© Libro N°. 2970. Los Vagabundos Del Dharma. Kerouac, Jack. Colección
E.O. Julio 23 de 2016.
Título original: © The Dharma Bums Viking Press Nueva York, 1958
Versión Original: © Los Vagabundos Del Dharma. Jack Kerouac
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LOS VAGABUNDOS DEL DHARMA
Jack Kerouac
Título de la edición original:
The Dharma Bums Viking Press Nueva York, 1958
Traducción de Mariano Antolín Rato
Primera edición: noviembre 1996
Segunda edición: enero 1997
(c) EDITORIAL ANAGRAMA, S.A., 1996
Pedro de la Creu, 58 08034 Barcelona
ISBN: 84-339-2360-9
Depósito Legal: B. 2184-1997
Printed in Spain
Liberduplex, S.L., Constitució, 19, 08014 Barcelona
Dedicado
a Han Chan
1
Saltando
a un mercancías que iba a Los Ángeles un mediodía de finales de septiembre de
1955, me instalé en un furgón y, tumbado con mi bolsa del ejército bajo la
cabeza y las piernas cruzadas, contemplé las nubes mientras rodábamos hacia el
norte, a Santa Bárbara. Era un tren de cercanías y yo planeaba dormir aquella
noche en la playa de Santa Bárbara v a la mañana siguiente coger otro, de
cercanías también, hasta,San Luis Obispo, o si no el mercancías de primera
clase directo a San Francisco de las diecinueve. Cerca de Camarillo, donde
Charlie Parker se había vuelto loco y recuperado la cordura, un viejo vagabundo
delgado y bajo saltó a mi furgón cuando nos dirigíamos a una vía muerta para
dejar paso a otro tren, y pareció sorprendido de verme. Se instaló en el otro
extremo del furgón y se tumbó frente a mí, con la cabeza apoyada en su mísero
hatillo, y no dijo nada. Al rato pitaron, después de que hubiera pasado el
mercancías en dirección este dejando libre la vía principal, y nos incorporamos
porque el aire se había enfriado y la neblina se extendía desde la mar
cubriendo los valles más templados de la costa. Ambos, el vagabundo y yo, tras
infructuosos intentos por arrebujarnos con nuestra ropa sobre el hierro frío,
nos levantamos y caminamos deprisa y saltamos y movimos los brazos, cada uno en
su extremo del furgón. Poco después enfilamos otra vía muerta en una estación
muy pequeña y pensé que necesitaba un bocado y vino de Tokay para redondear la
fría noche camino de Santa Bárbara.
-¿Podría
echarle un vistazo a mi bolsa mientras bajo a conseguir una botella de vino?
-Pues
claro.
Me
apeé de un salto por uno de los lados y atravesé corriendo la autopista 101
hasta la tienda, y compré, además del vino, algo de pan y fruta. Volví
corriendo a mi tren de mercancías, que tenía que esperar otro cuarto de hora en
aquel sitio ahora soleado y caliente. Pero empezaba a caer la tarde y haría
frío en seguida. El vagabundo estaba sentado en su extremo del furgón con las
piernas cruzadas ante un mísero refrigerio consistente en una lata de sardinas.
Me dio pena y le dije:
-¿Qué
tal un trago de vino para entrar en calor? A lo mejor también quiere un poco de
pan y queso para acompañar las sardinas.
-Pues
claro.
Hablaba
desde muy lejos, como desde el interior de una humilde laringe asustada o que
no quería hacerse oír. Yo había comprado el queso tres días atrás en Ciudad de
México, antes del largo y barato viaje en autobús por Zacatecas y Durango y
Chihuahua, más de tres mil kilómetros hasta la frontera de El Paso. Comió el
queso y el pan y bebió el vino con ganas y agradecimientos. Yo estaba
encantado. Recordé aquel versículo del Sutra del Diamante que dice:
"Practica
la caridad sin tener en la mente idea alguna acerca de la caridad, pues la
caridad, después de todo, sólo es una palabra."
En
aquellos días era muy devoto y practicaba mis devociones religiosas casi a la
perfección. Desde entonces me he vuelto un tanto hipócrita con respecto a mi
piedad de boca para afuera y algo cansado y cínico... Pero entonces creía de
verdad en la caridad y amabilidad y humildad y celo y tranquilidad y sabiduría
y éxtasis, y me creía un antiguo bikhu con ropa actual que erraba por el mundo
(habitualmente por el inmenso arco triangular de Nueva York, Ciudad de México y
San Francisco) con el fin de hacer girar la rueda del Significado Auténtico, o
Dharma, y hacer méritos como un futuro Buda (Iluminado) y como un futuro Héroe
en el Paraíso. Todavía no conocía a Japhy Ryder -lo conocería una semana
después-, ni había oído hablar de los "Vagabundos del Dharma", aunque
ya era un perfecto Vagabundo del Dharma y me consideraba un peregrino
religioso. El vagabundo del furgón fortaleció todas mis creencias al entrar en
calor con el vino y hablar y terminar por enseñarme un papelito que contenía
una oración de Santa Teresita en la que anunciaba que después de su muerte
volvería a la tierra y derramaría sobre ella rosas, para siempre, y para todos
los seres vivos.
-¿Dónde
consiguió eso? -le pregunté.
-Bueno,
lo recorté de una revista hace un par de años, en Los Ángeles. Siempre lo llevo
conmigo.
-¿Y
se sienta en los furgones y lo lee? -Casi todos los días.
No
habló mucho más del asunto, ni tampoco se extendió sobre Santa Teresita, y era
muy humilde con respecto a su religiosidad y me habló poco de sus cuestiones
personales. Era el tipo de vagabundo de poca estatura, delgado y tranquilo, al
que nadie presta mucha atención ni siquiera en el barrio chino, por no hablar
de la calle Mayor. Si un policía lo echaba a empujones de algún sitio, no se
resistía y desaparecía, y si los guardas jurados del ferrocarril andaban por
allí cerca cuando había un tren de mercancías listo para salir, era
prácticamente imposible que vieran al hombrecillo escondido entre la maleza y
saltando a un vagón desde la sombra. Cuando le conté que planeaba subir la
noche siguiente al Silbador, el tren de mercancías de primera clase, dijo:
-¡Ah!
¿Quieres decir el Fantasma de Medianoche? -¿Llamáis así al Silbador?
-Al
parecer, has trabajado en esa línea.
-Sí.
Fui guardafrenos en la Southern Pacific.
-Bueno,
nosotros, los vagabundos, lo llamamos el Fantasma de Medianoche porque se coge
en Los Ángeles y nadie te ve hasta que llegas a San Francisco por la mañana. Va
así de rápido.
-En
los tramos rectos alcanza los ciento treinta kilómetros por hora, tío.
-Sí,
pero hace un frío tremendo por la noche cuando enfila la costa norte de Gaviotv
v sigue la línea de la rompiente.
-La
rompiente, eso es, después vienen las montañas, una vez pasada Margarita.
-Margarita,
eso es; he cogido ese Fantasma de Medianoche muchas más veces de las que puedo
recordar.
-¿Cuántos
años hace que no va por casa?
-Más
de los que puedo recordar. Vivía en Ohio.
Pero
el tren se puso en marcha, el viento volvió a enfriarse y cavó la neblina otra
vez, y pasamos la hora y media siguiente haciendo todo lo que podíamos y más
para no congelarnos y dejar de castañetear tanto. Yo estaba acurrucado en una
esquina y meditaba sobre el calor, el calor de Dios, para combatir el frío;
después di saltitos, moví brazos y piernas y canté. Sin embargo, el vagabundo
tenía más paciencia que yo y se mantenía tumbado casi todo el rato, rumiando
sus pensamientos y desamparado. Los dientes me castañeteaban y tenía los labios
azules. Al oscurecer vimos aliviados la silueta de las montañas familiares de
Santa Bárbara y en seguida nos detuvimos y nos calentamos junto a las vías bajo
la tibia noche estrellada.
Dije
adiós al vagabundo de Santa Teresita en el cruce, donde saltamos a tierra, y me
fui a dormir a la arena envuelto en mi manta, lejos de la playa, al pie de un
acantilado donde la bofia no pudiera verme y echarme. Calenté unas salchichas
clavadas a unos palos recién cortados y puestos sobre una gran hoguera, y
también una lata de judías y una de macarrones al queso, v bebí mi vino recién
comprado y disfruté de una de las noches más agradables de mi vida. Me metí en
el agua y chapoteé un poco y estuve mirando la esplendorosa noche estrellada,
el universo diez
veces
maravilloso de oscuridad y diamantes de Avalokitesvara.
"Bien,
Ray -me dije contento-, sólo quedan unos pocos kilómetros. Lo has conseguido
otra vez."
Feliz.
Solo con mis pantalones cortos, descalzo, el pelo alborotado, junto al fuego,
cantando, bebiendo vino, escupiendo, saltando, correteando -¡esto sí que es
vida!- Completamente solo y libre en las suaves arenas de la playa con los
suspiros del mar cerca y las titilantes y cálidas estrellas, vírgenes de
Falopio, reflejándose en el vientre fluido del canal exterior. Y si las latas
están al rojo vivo y no puedes cogerlas con la mano, usa tus viejos guantes de
ferroviario; con eso basta. Dejé que la comida se enfriara un poco para
disfrutar un poco más del vino y de mis pensamientos. Me senté con las piernas
cruzadas sobre la arena e hice balance de mi vida. Bueno, allí estaba, ¿y qué?
"¿Qué
me deparará el porvenir?"
Entonces,
el vino excitó mi apetito y tuve que lanzarme sobre las salchichas. Las mordí
por un extremo sujetándolas con el palo por el otro, y ñam ñam, y luego me
dediqué a las dos sabrosas latas atacándolas con mi vieja cuchara y sacando
judías y trozos de cerdo, o de macarrones y salsa picante, y quizá también un
poco de arena.
"¿Cuántos
granos de arena habrá en esta playa? -pensé-. ¿Habrá tantos granos de arena
como estrellas en el cielo? -ñam, ñam-. Y si es así, ¿cuántos seres humanos
habrán existido? En realidad, ¿cuántos seres vivos habrán existido desde antes
del comienzo de los tiempos sin principio? Bueno, creo que habría que calcular
el número de granos de arena de esta playa y el de las estrellas del cielo, en
cada uno de los diez mil enormes macrocosmos, lo que daría un número de granos
de arena que ni la IBM ni la Burroughs podrían computar. ¿Y cuántos serán?
-trago de vino-; realmente no lo sé, pero en este preciso momento esa dulce
Santa Teresita y el viejo vagabundo están derramando sobre mi cabeza un par de
docenas de trillones de sextillones de descreídas e innumerables rosas
mezcladas con lirios."
Después,
terminada la comida, secados los labios con mi pañuelo rojo, lavé los platos
con agua salada, di patadas a unos terrones de arena, anduve de acá para allá,
sequé los platos, los guardé, devolví la vieja cuchara al interior del saco
húmedo por el aire del mar, y me tendí envuelto en la manta para pasar una
buena noche de descanso bien ganado. Me desperté en mitad de la noche.
"¿Dónde
estoy? ¿Qué es ese baloncesto de la eternidad que las chicas juegan aquí, a mi
lado, en la vieja casa de mi vida? ¿Está en llamas la casa?"
Pero
sólo es el rumor de las olas que se acercan más y más con la marea alta a mi
cama de mantas.
"Soy
tan duro y tan viejo como una concha", y me vuelvo a dormir y sueño que
mientras duermo consumo tres rebanadas de aliento de pan... ¡Pobre mente
humana, y pobre hombre solitario de la playa!, y Dios observándolo mientras
sonríe y yo digo... Y soñé con mi casa de hace tanto tiempo en Nueva Inglaterra
y mis gatitos tratando de seguirme durante miles de kilómetros por las
carreteras que cruzan América, y mi madre llevando un bulto a la espalda, y mi
padre corriendo tras el efímero e inalcanzable tren, y soñé y me desperté en un
grisáceo amanecer, lo vi, resoplé (porque había visto que todo el horizonte
giraba como si un tramoyista se hubiera apresurado a ponerlo en su sitio y
hacerme creer en su realidad), y me volví a dormir.
"Todo
da lo mismo", oí que decía mi voz en el vacío que se abraza tan fácilmente
durante el sueño.
2
El
vagabundo de Santa Teresita fue el primer Vagabundo del Dharma auténtico que
conocí, y el segundo fue el número uno de todos los Vagabundos del Dharma y, de
hecho, fue él, Japhy Ryder, quien acuñó la frase. Japhy Ryder era un tipo del
este de Oregón criado con su padre y madre v hermana en una cabaña de troncos
escondida en el bosque: desde el principio fue un hombre de los bosques, un
leñador, un granjero, interesado por los animales y la sabiduría india, así que
cuando llegó a la universidad, quisiéralo él o no, estaba ya bien preparado
para sus estudios, primero de antropología, después de los mitos indios y
posteriormente de los textos auténticos de mitología india. Por último,
aprendió chino y japonés y se convirtió en un erudito en cuestiones orientales
y descubrió a los más grandes Vagabundos del Dharma, a los lunáticos zen de
China y Japón. Al mismo tiempo, como era un muchacho del Noroeste con
tendencias idealistas, se interesó por el viejo anarquismo del I.W.W ( ), y
aprendió a tocar la guitarra y a cantar antiguas canciones proletarias que
acompañaban su interés por las canciones indias y su folklore. Le vi por
primera vez caminando por una calle de San Francisco a la semana siguiente
(después de haber hecho autostop desde Santa Bárbara de un tirón y, aunque
nadie lo crea, en el coche conducido por una chica rubia guapísima vestida sólo
con un bañador sin tirantes blanco como la nieve y descalza y con una pulsera
de oro en el tobillo, y era un Lincoln Mercury último modelo rojo canela, y la
chica quería bencedrina para conducir sin parar hasta la ciudad y cuando le
dije que tenía un poco en mi bolsa del ejército gritó:
"¡Fantástico!"). Y vi a Japhy que caminaba con ese curioso paso largo
de montañero, v llevaba una pequeña mochila a la espalda llena de libros v
cepillos de dientes y a saber qué más porque era su mochila pequeña para
"bajar-a-la-ciudad" independiente de su gran mochila con el saco de
dormir, poncho y cacerolas. Llevaba una pequeña perilla que le daba un extraño
aspecto oriental con sus ojos verdes un tanto oblicuos, pero no parecía en modo
alguno un bohemio (un parásito del mundo del arte). Era delgado, moreno,
vigoroso, expansivo, cordial y de fácil conversación, y hasta decía hola a los
vagabundos de la calle y cuando se le preguntaba algo respondía directamente
sin rodeos lo que se le ocurría y siempre de un modo chispeante y suelto.
-¿Dónde
conociste a Ray Smith? -le preguntaron en cuanto entramos en The Place, el bar
favorito de los tipos más pasados de la zona de la playa.
-Bueno,
siempre conozco a mis bodhisattvas en la calle -respondió a gritos, y pidió
unas cervezas.
Y
fue una noche tremenda, una noche histórica en muchos sentidos. Japhy y algunos
otros poetas (él también escribía poesía y traducía al inglés poemas chinos y
japoneses) habían organizado una lectura de poemas en la Galería Seis, en el
centro de la ciudad. Se habían citado en el bar y se estaban poniendo a tono.
Pero mientras los veía por allí de pie o sentados, comprendí que Japhy era el
único que no tenía aspecto de poeta, aunque de hecho lo fuera. Los otros poetas
eran o tíos pasados con gafas de concha y pelo negro alborotado como Alvah
Goldbook, o pálidos y delicados poetas como Ike O'Shay (vestido de traje), o
italianos renacentistas de aspecto amable y fuera de este mundo como Francis
DaPavia (que parecía un cura joven), o liantes anarquistas de pelo alborotado y
chalina como Rheinhold Cacoethes, o tipos de gafas y tamaño enorme, tranquilos
y callados, como Warren Coughlin. Y todos los demás prometedores poetas estaban
también sentados por allí, vestidos de modos distintos, con chaquetas de pana de
gastados codos, zapatos estropeados, libros asomándoles por los bolsillos. Sin
embargo, Japhy llevaba unas toscas ropas de obrero compradas de segunda mano en
el Monte de Piedad que le servían para trepar a las montañas y andar por el
bosque y para sentarse de noche a campo abierto junto a una hoguera, o para
moverse haciendo autostop siempre costa arriba y costa abajo. De hecho, en su
pequeña mochila llevaba también un divertido gorro alpino verde que se ponía
cuando llegaba al pie de una montaña, habitualmente cantando, antes de iniciar
un ascenso de quizá miles de metros. Llevaba unas botas de montaña muy caras
que eran su orgullo y su felicidad, de fabricación italiana, con las que andaba
haciendo ruido por el suelo cubierto de serrín del bar como un antiguo
maderero. Japhy no era alto, sólo algo más de metro setenta, pero era fuerte y
ágil y musculoso. Su rostro era una máscara de huesos tristes, pero sus ojos
brillaban como los de los viejos sabios bromistas de China, sobre la pequeña
perilla, como para compensar el lado duro de su agradable cara. Tenía los
dientes algo amarillos, debido a su temprano descuido de la limpieza en el
bosque, pero no se notaba demasiado, aunque abría mucho la boca para reírse a
mandíbula batiente de los chistes. A veces se quedaba quieto y callado y se
limitaba a mirar tristemente el suelo como si fuera muy tímido. Pero otras
veces era muy divertido. Demostraba tenerme simpatía y se interesó por la
historia del vagabundo de Santa Teresita y lo que le conté de mis experiencias
en trenes de carga o haciendo autostop o caminando por el bosque.
Inmediatamente decidió que yo era un gran "bodhisattva", lo que
quiere decir "gran criatura sabia" o "gran ángel sabio", y
que adornaba este mundo con mi sinceridad. Nuestro santo budista favorito era
el mismo: Avalokitesvara, o, en japonés, Kwannon el de las Once Cabezas. Sabía
todo tipo de detalles del budismo tibetano, chino, mahayana, hinayana, japonés
y hasta birmano, pero en seguida le advertí que me la traían floja la mitología
y todos esos nombres y clases de budismo nacionales, puesto que sólo me
interesaba la primera de las cuatro nobles verdades de Sakyamuni: Toda vida es
dolor. Y hasta un cierto punto me interesaba, además, la tercera: Es posible la
supresión del dolor, lo que entonces no creía para nada posible. (Todavía no
había digerido el Lankavatara Sutra que enseña que finalmente en el mundo no
hay más que mente y, por tanto, todo es posible incluida la supresión del
dolor.) El tronco de Japhy era el supraescrito Warren Coughlin, un tipo
bonachón y cordial con más de ochenta kilos de carne de poeta encima, de quien
Japhy me dijo (al oído) que resultaba más interesante de lo que parecía.
-¿Quién
es?
-Es
mi mejor amigo desde los tiempos de Oregón, nos conocemos desde hace mucho
tiempo. Al principio uno piensa que es torpe y estúpido, pero la verdad es que
es un diamante de muchos quilates. Ya lo verás. No bajes la guardia porque te
puede arrinconar. Es capaz de hacer que te vuele la cabeza sólo con una palabra
oportuna.
-¿Por
qué?
-Es
un gran bodhisattva misterioso y creo que quizá sea una reencarnación de
Asagna, el gran sabio mahayana de hace siglos.
-Y
yo, ¿quién soy?
-No
lo sé, quizá la Cabra.
-¿La
Cabra?
-O
quizá seas Cara de Barro.
-¿Quién
es Cara de Barro?
-Cara
de Barro es el barro de tu cara de cabra. Qué dirías si a alguien le
preguntaran: "¿El perro tiene la naturaleza de Buda?", y respondiera:
"¡Wu!"
-Diría
que era un montón de estúpido budismo zen...
Esto
confundió un poco a Japhy. -Escucha, Japhy -le dije-, no soy budista zen, soy
un budista serio, soy un soñador hinayana de lo más antiguo que se asusta ante
el mahayanismo posterior. -Y así continué toda la noche, manteniendo que el
budismo zen no se centraba tanto en la bondad como en la confusión del
intelecto para que éste perciba la ilusión de todas las fuentes de las cosas-.
Es mezquino -me quejé-. Todos aquellos maestros zen tirando a sus jóvenes
discípulos al barro porque no pueden responder a sus inocentes cuestiones
verbales.
-Era
porque querían que comprendieran que el barro es mejor que las palabras, chico.
Pero
no consigo recrear (ni esforzándome) la exacta brillantez de todas las
respuestas de Japhy y sus observaciones y salidas que me llevaron a mal traer
durante toda la noche y que acabaron por enseñarme algo que cambió mis planes
de vida.
En
cualquier caso seguí al grupo de poetas aulladores a la lectura de la Galería
Seis de aquella noche, que fue, entre otras cosas importantes, la noche del
comienzo del Renaci miento Poético de San Francisco. Estaban allí todos. Fue
una noche enloquecida. Y yo fui el que puso las cosas a tono cuando hice una
colecta a base de monedas de diez y veinticinco centavos entre el envarado
auditorio que estaba de pie en la galería y volví con tres garrafas de borgoña
californiano de cuatro litros cada una y todos se animaron, así que hacia las
once, cuando Alvah Goldbook leía, o mejor, gemía su poema
"¡Aullido!", borracho, con los brazos extendidos, todo el mundo
gritaba: "¡Sigue! ¡Sigue! ¡Sigue!" (como en una sesión de jazz) y el
viejo Rheinhold Cacoethes, el padre del mundillo poético de Frisco, lloraba de
felicidad. El propio Japhy leyó sus delicados poemas sobre Coyote, el dios de
los indios de la meseta norteamericana (creo), o por lo menos el dios de los
indios del Noroeste, Kwakiutl y todos los demás.
-¡Jódete!,
dijo Coyote, y se largó -leía Japhy al distinguido auditorio, haciéndoles
aullar de alegría, pues todo resultaba delicado y jódete era una palabra sucia
que se volvía limpia. Y también estaban sus tiernos versos líricos, como los de
los osos comiendo bayas, que demostraban su amor a los animales, y grandes
versos misteriosos sobre bueyes por los caminos mongoles que demostraban su
conocimiento de la literatura oriental, incluso de Hsuan Tsung, el gran monje
chino que anduvo desde China al Tibet, desde Lanchow a Kashgar y Mongolia
llevando una barrita de incienso en la mano. Después, Japhy demostró su humor
tabernario con versos sobre los ligues de Coyote. Y sus ideas anarquistas sobre
cómo los norteamericanos no saben vivir, en versos sobre individuos atrapados
en salas de estar hechas con pobres árboles cortados por sierras mecánicas
(demostrando aquí, además, su procedencia y educación como leñador en el
Norte). Su voz era profunda y sonora y, en cierto modo, valiente, como la voz
de los antiguos oradores y héroes norteamericanos. Había algo decidido y
enérgico y humanamente esperanzado que me gustaba de él, mientras los otros
poetas, o eran demasiado exquisitos con su esteticismo, o demasiado
histéricamente cínicos para abrigar ninguna esperanza, o demasiado abstractos o
intimistas, o demasiado políticos, o como Coughlin demasiado incomprensibles
para que se les entendiera (el enorme Coughlin diciendo cosas sobre
"procesos sin clarificar", aunque cuando Coughlin dijo que la
revelación era una cuestión personal advertí el potente budismo y los
sentimientos idealistas de Japhy, que éste había compartido con el bondadoso
Coughlin en su época de compañeros de universidad, como yo había compartido mis
sentimientos con Alvah en el Este y con otros menos apocalípticos y directos,
pero en ningún sentido más simpáticos y lastimeros).
Mientras
tanto, montones de personas seguían de pie en la galería a oscuras esforzándose
por no perder palabra de la asombrosa lectura poética mientras yo iba de grupo
en grupo invitándoles a que echaran un trago o volvía al estrado y me sentaba
en la parte derecha soltando gritos de aprobación y hasta frases enteras
comentando algo sin que nadie me invitara a ello, pero también sin que
molestaran a nadie en medio de la alegría general. Fue una gran noche. El
delicado Francis DaPavia leyó, en delicadas páginas de papel cebolla amarillo,
o rosa, que sostenía en sus largos y blancos dedos, unos poemas de su íntimo
amigo Altman que había tomado demasiado peyote en Chihuahua (¿o murió de
polio?), pero no leyó ninguno de sus propios poemas: una maravillosa elegía en
memoria del joven poeta muerto capaz de arrancar lágrimas al Cervantes del
Capítulo Siete, y leída con una'delicada voz inglesa que me hizo llorar de risa
para mis adentros aunque luego llegué a conocer mejor a Francis y me gustó.
Entre
la gente que andaba por allí estaba Rosie Buchanan, una chica, de pelo corto,
pelirroja, delgada, guapa, una tía verdaderamente pasada y amiga de todos los
que conta ban en la playa, que había sido modelo de pintor y hasta escribía
ella misma y vibraba de excitación en aquellos tiempos porque estaba enamorada
de mi viejo tronco Cody.
-Maravilloso,
¿eh, Rosie? -le grité, y se metió un lingotazo de vino y me miró con ojos
brillantes.
Cody
estaba justo detrás de ella con los brazos agarrándola por la cintura. Entre
los poetas, Rheinhold Cacoethes, con su chalina y su andrajosa chaqueta, se
levantaba de vez en cuando y presentaba medio en broma con su divertida voz de
falsete al siguiente poeta; pero, como digo, eran las once y media cuando se
habían leído todos los poemas y todo el mundo andaba de un lado para otro
preguntándose qué había pasado allí y qué iba a pasar con la poesía
norteamericana, y el viejo Cacoethes se secaba las lágrimas con un pañuelo. Y
todos, es decir los poetas, nos unimos a él y fuimos en varios coches hasta
Chinatown para cenar fabulosamente, con palillos y conversaciones a gritos en
plena noche en uno de esos animados y enormes restaurantes chinos de San Francisco.
Y sucedió que era el restaurante chino favorito de Japhy, el Nam Yuen, y me
enseñó lo que debía pedir y cómo se comía con palillos y me contó algunas
anécdotas de los lunáticos zen de Oriente y me puso tan contento (también
teníamos una botella de vino delante) que acabé por levantarme y me dirigí al
viejo cocinero que estaba a la puerta de la cocina y le pregunté:
-¿Por
qué vino el bodhidharma desde el oeste? -El bodhidharma fue el indio que llevó
el budismo al este, a China.
-¿Y
a mí qué me importa? -respondió el viejo cocinero, con los ojos entornados.
-Una
respuesta perfecta, absolutamente perfecta. Ahora ya sabes lo que entiendo por
zen -me dijo Japhy cuando se lo conté.
Tenía
que aprender un montón de cosas más. En especial, cómo tratar a las chicas...,
según el modo lunático zen de Japhy, y tuve oportunidad de comprobarlo con mis
propios ojos la semana siguiente.
3
En
Berkeley yo estaba viviendo con Alvah Goldbook en su casita cubierta de rosas
en la parte trasera de una casa mayor de la calle Milvia. El viejo y carcomido
porche se inclinaba hacia adelante, hacia el suelo, entre parras, con una
mecedora bastante cómoda en la que me sentaba todas las mañanas a leer mi Sutra
del Diamante. El terreno de alrededor estaba lleno de plantas tomateras casi en
sazón, y menta, menta, todo olía a menta, y un viejo y hermoso árbol bajo el
que me gustaba sentarme y meditar en aquellas perfectas y frescas noches
estrelladas del incomparable octubre californiano. Teníamos una pequeña y
perfecta cocina de gas, pero no nevera, aunque eso no importara. Teníamos
también un pequeño y perfecto cuarto de baño con bañera y agua caliente, y una
habitación bastante grande llena de almohadones y esteras y colchones para
dormir, y libros, libros, cientos de libros, desde Catulo a Pound y Blyth, a
álbumes de Bach y Beethoven (y hasta un disco de swing de Ella Fitzgerald con
un Clark Terry muy interesante a la trompeta) y un buen fonógrafo Webcor de
tres velocidades que sonaba lo bastante fuerte como para hacer volar el tejado;
y este tejado era de madera contrachapada, y las paredes también, y una noche
en una de nuestras borracheras de lunáticos zen atravesé encantado esa pared
con el puño y Coughlin me vio y la atravesó con la cabeza lo menos diez
centímetros.
A un
par de kilómetros de allí, bajando Milvia y luego subiendo hacia el campus de
la Universidad de California, en la parte de atrás de otra casa enorme de una
calle tranquila (Hillegass), Japhy vivía en su propia cabaña que era
infinitamente más pequeña que la nuestra, aproximadamente de cuatro por cuatro,
sin nada aparte de las típicas pertenencias de Japhy, que mostraba así su
creencia en la sencilla vida monástica -ni una silla, ni siquiera una mecedora
sentimental; únicamente esteras-. En un rincón estaba su famosa mochila grande
con cazos y sartenes muy limpios encajados unos dentro de otros formando una
unidad compacta atada con un pañuelo azul. Después estaban sus zuecos japoneses
de madera de pata, que nunca usaba, y un par de calcetines con los que andaba
suavemente por encima de sus preciosas esteras, con el sitio justo para los
cuatro dedos en una parte y para el dedo gordo en la otra. También tenía
bastantes cestas de las de naranjas, todas llenas de hermosos libros
académicos, algunos de ellos en lenguas orientales, todos los grandes sutras,
comentarios a los sutras, las obras completas de D. T. Suzuki y una bonita
edición de haikus japoneses en cuatro volúmenes. También tenía una valiosa
colección de poesía occidental. De hecho, si hubiera entrado un ladrón a robar,
las únicas cosas que habría encontrado de auténtico valor hubieran sido los
libros. La ropa de Japhy consistía en prendas que le habían regalado o que
había comprado de segunda mano, con expresión confusa y feliz, en los almacenes
del Ejército de Salvación: calcetines de lana remendados, camisetas de color,
camisas de faena, pantalones vaqueros, mocasines y unos cuantos jerséis de
cuello alto que se ponía uno encima del otro en las frías noches de las sierras
californianas y en la zona de las cascadas de Washington y Oregón durante
aquellas caminatas increíblemente largas que a veces duraban semanas y semanas
con sólo unos pocos kilos de comida seca en la mochila. Unos cuantos cestos de
naranjas servían de mesa, sobre la cual, una soleada tarde en la que aparecí
por allí, humeaba una pacífica taza de té junto a él mientras se inclinaba con
aspecto serio encima de los caracteres chinos del poeta Han Chan. Coughlin me
había dado su dirección y al entrar vi la bicicleta de Japhy en el césped de
delante de la casa más grande (donde vivía la dueña) y luego unos cantos
rodados y piedras y unos divertidos árboles enanos que había traído de sus
paseos por la montaña para preparar su propio "jardín japonés de té"
o "jardín de la casa de té", con un pino muy adecuado que suspiraba
sobre su nuevo y diminuto domicilio.
Jamás
había visto una escena tan pacífica como cuando, en aquel atardecer rojizo,
simplemente abrí la pequeña puerta y miré dentro y le vi al fondo de la cabaña,
sentado en un almohadón encima de la estera con las piernas cruzadas, y las
gafas puestas que le hacían parecer viejo y estudioso y sabio, con un libro en
el regazo y la fina tetera y la taza de porcelana humeando a su lado. Levantó
la vista tranquilamente, vio quién era y dijo:
-Ray,
entra. -Y volvió a clavar los ojos en los caracteres chinos.
-¿Qué
estás haciendo?
-Traduzco
el gran poema de Han Chan titulado "Montaña Fría" escrito hace mil
años y parte de él garabateado en las paredes de los riscos a cientos de
kilómetros de cualquier otro ser vivo.
-¡Vaya!
-Cuando
entres en esta casa debes quitarte los zapatos, puedes estropear las esteras
con ellos.
-Así
que me quité los zapatos y los dejé cuidadosamente al lado de la puerta y él me
alcanzó un almohadón y me senté con las piernas cruzadas junto a la pared de
madera y me ofreció una taza de té-. ¿Has leído el Libro del Té? -preguntó.
-No,
¿qué libro dices?
-Es
un tratado muy completo sobre el modo de hacer el té utilizando el conocimiento
de dos mil años de preparación del té. Algunas de las descripciones del efecto
del primer sorbo de té, y del segundo, y del tercero, son realmente tremendas y
maravillosas.
-Esos
tipos se colocan con nada, ¿verdad?
-Bébete
el té y verás; es un té verde muy bueno.
-Era
bueno y me sentí inmediatamente tranquilo y reconfortado-.
-¿Quieres
que te lea partes de este poema de Han Chan? ¿Quieres que te cuente cosas de Han
Chan?
-¡Claro!
-Verás,
Han Chan era un sabio chino que se cansó de la ciudad y se escondió en la
montaña.
-¡Hombre!
Eso suena a ti.
-En
aquel tiempo se podía hacer eso de verdad. Vivía en una cueva, no lejos de un
monasterio budista del distrito Tang-Sing, de Tien Ta¡, y su único amigo humano
era Shi-te, el absurdo lunático zen que trabajaba en el monasterio y lo barría
con una escoba. Shi-te era también poeta, pero no dejó nada escrito. De vez en
cuando, Han Chan bajaba de Montaña Fría con su traje de cortezas y entraba en
la cocina caliente y esperaba a que le dieran de comer, pero ninguno de los
monjes quería darle comida porque se negaba a entrar en la orden y atender la
campana de la meditación tres veces al día. Verás por qué, pues en algunas de
sus manifestaciones, como... Pero, escucha, miraré aquí y te lo traduciré del
chino. -Me incliné por encima de su hombro y observé cómo leía aquellos
extraños y enrevesados caracteres chinos-. "Trepando a Montaña Fría,
sendero arriba; el sendero a Montaña Fría sube y sube: un largo desfiladero
lleno de rocas de un alud, el ancho torrente y la hierba empañada de neblina.
El musgo es resbaladizo, aunque no ha estado lloviendo, el pino canta, pero no
hace viento, ¿quién es capaz de romper las ataduras del mundo y sentarse
conmigo entre blancas nubes?"
-¡Estupendo!
-Claro
que es mi traducción al inglés. Ves que hay cinco caracteres en cada verso y
tengo que añadir las preposiciones y artículos y demás partículas occidentales.
-¿Por
qué no te limitas a traducirlo tal y como está, es decir, si hay cinco
caracteres, pones cinco palabras? ¿Qué significan estos cinco primeros
caracteres?
-El
carácter de trepar, el carácter de sendero, el carácter de arriba, el carácter
de montaña, el carácter de frío.
-Muy
bien, pues entonces traduce "Trepar sendero arriba Montaña Fría".
-Sí,
pero ¿qué haces con el carácter de largo, el carácter de desfiladero, el
carácter de alud, el carácter de rocas y el carácter de caer?
-¿Dónde
pone eso?
-En
el tercer verso. Habría que leer: "Largo desfiladero lleno alud
rocas."
-Bueno,
eso todavía es mejor.
-Sí,
ya pensé en ello, pero tengo que someterlo a la aprobación de los especialistas
en chino de la universidad y aclarar su sentido en inglés.
-¡Chico,
esto es magnífico! -dije contemplando la pequeña casa-. Y tú sentado aquí tan
tranquilo a esta hora tan tranquila estudiando solo con las gafas puestas...
-Ray,
lo que tienes que hacer es subir conmigo a una montaña en seguida. ¿Qué te
parecería escalar el Matterhorn?
-Muy
bien. ¿Dónde está eso?
-Arriba,
en las Altas Sierras. Podemos ir hasta allí con Henry Morley en su coche y
llevar las mochilas y empezar en el lago. Yo podría llevar toda la comida y
material que necesitamos en la mochila grande y tú podrías pedir a Alvah su
mochila pequeña y llevar calcetines y calzado de repuesto y alguna cosa más.
-¿Qué
significan estos caracteres?
-Estos
caracteres significan que Han Chan bajó de la montaña después de vagar durante
muchos años por ella para ver a sus amigos de la ciudad, y dice: "Hasta
hace poco viví en Montaña Fría, etcétera, y ayer visité a amigos y familiares;
más de la mitad se había ido a los Manantiales Amarillos", esto, los
Manantiales Amarillos, significa la muerte, "ahora por la mañana encaro mi
solitaria sombra. No puedo estudiar con los ojos llenos de lágrimas."
-Es
lo mismo que tú, Japhy, estudiando con los ojos llenos de lágrimas.
-¡No
tengo los ojos llenos de lágrimas!
-¿No
los tendrás dentro de mucho, mucho tiempo?
-Sin
duda los tendré, Ray..., y mira aquí: "En la montaña hace frío; siempre ha
hecho frío, no sólo este año", fíjate, está alto de verdad, a lo mejor a
cuatro mil metros o más, y dice: "Dentadas crestas siempre nevadas,
bosques en sombríos barrancos escupiendo niebla a finales de junio, hojas que
empiezan a caer a primeros de agosto, y aquí estoy tan alto como si me hubiera
colocado..."
-¡Colocado!
-Es
mi traducción; de hecho dice que está tan alto como un hombre sensual de la
ciudad, pero yo hago una traducción moderna y pasota.
-¡Maravilloso!
-Y le pregunté por qué Han Chan era su héroe.
-Porque
-respondió- era un poeta, un hombre de las montañas, un budista dedicado a
meditar sobre la esencia de todas las cosas, y también, dicho sea de paso, un
vegetariano, aunque yo no lo soy, pues creo que en este mundo moderno ser
vegetariano es pasarse demasiado, ya que todas las cosas conscientes comen lo
que pueden. Y además, era un hombre solitario capaz de hacérselo solo y vivir
con pureza y auténticamente para sí mismo.
-Eso
también suena a ti.
-Y
también a ti, Ray; no se me ha olvidado lo que me contaste de lo que hacías
meditando en los bosques de Carolina del Norte y todo lo demás.
Japhy
estaba muy triste, hundido. Nunca le había visto tan apagado, melancólico,
pensativo. Su voz era tierna como la de una madre; parecía hablar desde muy
lejos a una pobre criatura anhelante (yo) que necesitaba oír su mensaje. No se
centraba en nada, era como si estuviera en trance.
-¿Has
meditado hoy?
-Sí,
lo primero que hago por la mañana es meditar antes del desayuno, y siempre
medito un buen rato por la tarde, a menos que me interrumpan.
-¿Y
quién te interrumpe?
-Bueno,
la gente. A veces Coughlin, y Alvah vino ayer, y Rol Sturlason, y tengo a esa
chica que viene a jugar al yabyum.
-¿Al
yabyum? ¿Y eso qué es?
-¿No.
conoces el yabyum, Smith? Ya te hablaré de él en otra ocasión.
Parecía
demasiado triste para hablar del yabyum, del que supe un par de noches más
tarde. Hablamos "un rato mas de Han Chan y los poemas de las rocas, y
cuando ya me iba, Rol Sturlason, un tipo alto, rubio y guapo, llegó para
discutir su viaje a Japón con él. A este Rol Sturlason le interesaba mucho el
famoso jardín de piedras del monasterio de Shokokuji, de Kioto, que no es más
que viejos cantos rodados situados de tal modo, al parecer de un modo estético
y místico, que hace que todos los años vayan allí miles de turistas y monjes a
contemplar las piedras en la arena y obtener la paz de espíritu. Jamás había
conocido a personas tan serias y al tiempo inquietas. No volví a ver a Rol
Sturlason; se fue a Japón poco después, pero no olvidé lo que dijo de las piedras
a mi pregunta: "¿Y quién las colocó de ese modo tan maravilloso?"
-No
lo sabe nadie. Quizá un monje o unos monjes hace mucho. Pero hay una forma
definida, aunque misteriosa, en la disposición de las piedras. Sólo a través de
la forma podremos comprender el vacío.
Me
enseñó una foto de los cantos rodados en la arena bien rastrillada que parecían
islas en un mar que tenía ojos (los declives) y estaban rodeadas por el
claustro del patio de un monasterio. Después me enseñó un diagrama de la
disposición de las piedras con una proyección en silueta y me enseñó la lógica
geométrica y todo lo demás, y mencionó la frase. "individualidad
solitaria" y llamó a las piedras "choques contra el espacio",
todo haciendo referencia a algo relacionado con un koan que me interesaba menos
que él y especialmente que el bueno de Japhy que preparaba más té en el ruidoso
hornillo de petróleo y nos ofreció unas tazas con una reverencia silenciosa
casi oriental. Fue algo completamente diferente a la noche de la lectura de
poemas.
4
Sin
embargo, a la noche siguiente, hacia las doce, Coughlin y Alvah y yo nos
reunimos y decidimos comprar un garrafón de cuatro litros de borgoña e irrumpir
en la cabaña de Japhy.
-¿Qué
estará haciendo esta noche? -pregunté.
-Bueno
-respondió Coughlin-, seguramente estudiando, vamos a verlo.
Compramos
el garrafón en la avenida Shattuck y bajamos todavía más y volví a ver su pobre
bicicleta en el césped. -Japhy se pasa el día entero Berkeley arriba y Berkeley
abajo en bicicleta con la mochila a la espalda -dijo Coughlin-. También solía
hacer lo mismo en el Reed College de Oregón. Allí era toda una institución.
Luego montábamos fiestas tremendas y bebíamos vino y venían chicas y
terminábamos saltando por la ventana y gastando bromas a todo el mundo.
-¡Extraño!
¡Muy extraño! -dijo Alvah, poniendo cara de asombro y mordiéndose el labio.
El
propio Alvah estudiaba con mucho cuidado a nuestro amigo, alborotador y, al
tiempo, tranquilo. Llegamos a la puertecita. Japhy levantó la vista del libro
que estudiaba, en esta ocasión poesía norteamericana, con las piernas cruzadas
y las gafas puestas, y no dijo nada excepto "¡ah!" con un tono
curiosamente civilizado.
Nos
quitamos los zapatos y caminamos por los dos metros de estera hasta ponernos
junto a él. Fui el último en descalzarme y tenía el garrafón en la mano y se lo
enseñé desde el otro extremo del cuarto, y Japhy sin abandonar su postura,
soltó:
-¡Bieeeen!
-Y saltó directamente hacia mí aterrizando a mis pies en postura de luchador
que tuviera un puñal en la mano. Y de pronto lo tenía y tocó el garrafón con él
y el cristal hizo "¡clic!".
Era
el salto más extraño que había visto en mi vida, exceptuados los de los
acróbatas, algo así como el de una cabra montesa. También me recordó a un
samurai, un guerrero japonés: el grito, el salto, la postura y aquella
expresión de cómico enfado en los ojos saltones mientras hacía una mueca
divertida. Me dio la impresión de que, de hecho, se trataba de una queja porque
habíamos interrumpido su estudio, y también contra el propio vino que lo
emborracharía y haría que echara a perder una noche de lectura. Pero sin más
alborotos descorchó el garrafón y bebió un trago larguísimo y todos nos
sentamos con las piernas cruzadas y pasamos cuatro horas gritándonos cosas unos
a otros, y fue una de las noches más divertidas. Algunas de las cosas que
dijimos eran de este tipo:
JAPHY.
Bueno, Coughlin, viejo asqueroso, ¿qué has estado haciendo últimamente?
COUGHLN.
Nada.
ALVAH.
¿Qué son todos esos libros de ahí? ¡Hombre, Pound! ¿Te gusta Pound?
JAPHY.
Si no fuera porque confundió el nombre de Li Po y le llamó por su nombre
japonés y armó todo aquel lío, está muy bien... de hecho, es mi poeta favorito.
RAY.
¿Pound? ¿Quién puede tener como poeta favorito a ese loco pretencioso?
JAPHY.
Bebe un poco más de vino, Smith, estás diciendo tonterías. ¿Cuál es tu poeta
favorito, Alvah?
RAY.
¿Por qué no me pregunta nadie a mí cuál es mi poeta favorito? Sé más poesía que
todos vosotros juntos. JAPHY. ¿De verdad?
ALVAH.
Posiblemente. ¿No habéis leído el nuevo libro de poemas de Ray que acaba de
escribir en México: "la rueda de la temblorosa idea carnal gira en el
vacío despidiendo contracciones, puercoespines, elefantes, personas, polvo de
estrellas, locos, insensatez...".
RAY.
¡No es así!
JAPHY.
Hablando de carne, ¿habéis leído el nuevo poema de...?
Etc.,
etc. Luego, todo terminó desintegrándose en un follón de conversaciones y
gritos y con nosotros revolcándonos de risa por el suelo y finalmente con Alvah
y Coughlin y yo subiendo por la silenciosa calle de la facultad cogidos del
brazo cantando "Eli Eli" a voz en grito y dejando caer el garrafón
vacío que se hizo añicos a nuestros pies. Pero le habíamos hecho perder su
noche de estudio y me sentí molesto por ello hasta la noche siguiente, cuando
Japhy apareció en nuestra casa con una chica bastante guapa y entró y le dijo
que se desvistiera; cosa que ella hizo de inmediato.
5
Era
algo que estaba de acuerdo con las teorías de Japhy acerca de las mujeres y el
joder. Se me olvidó mencionar que el día en que el artista de las piedras le
había visitado a última hora de la tarde, apareció por allí poco después una
rubia con botas de goma y una túnica tibetana con botones de madera, y durante
la conversación general preguntó cosas de nuestro plan de escalar el monte
Matterhorn y dijo:
-¿No
podría ir con vosotros? -Pues a ella también le gustaba la montaña.
-Pues
claro -respondió Japhy, con aquella voz tan divertida que usaba para bromear;
una voz enérgica y profunda, imitación de la de un maderero del Noroeste que
conocía, de hecho un guardabosques, el viejo Burnie Byers-; pues claro, ven con
nosotros y te la meteremos todos a tres mil metros de altura. -Y lo dijo de un
modo tan divertido e informal y, de hecho, serio, que la chica no se molestó,
más bien pareció complacida. Y con ese mismo espíritu traía ahora a esa chica,
Princess, a nuestra casa. Era alrededor de las ocho de la tarde y había
oscurecido. Alvah y yo estábamos tomando tranquilamente el té y leyendo poemas
o pasándolos a máquina, y dos bicicletas se detuvieron a la entrada: Japhy en
la suya, Princess en otra. Princess tenía los ojos grises y el pelo muy rubio y
era muy guapa y sólo tenía veinte años. Debo decir una cosa acerca de ella:
Princess estaba loca por el sexo y loca por los hombres, así que no hubo
demasiados problemas para convencerla de que jugara al yabyum.
-¿No
sabes lo que es el yabyum, Smith? -dijo Japhy, con su potente vozarrón,
moviéndose agitado mientras cogía a Princess de la mano-. Princess y yo te
vamos a enseñar lo que es.
-Me
parece bien -dije-, sea lo que sea.
Yo
también conocía a Princess de antes y había estado loco por ella, en la ciudad,
aproximadamente un año atrás. Era otra extraña coincidencia que Princess
hubiera conocido a Japhy y se enamorara de él, también locamente; y hacía lo
que él le mandase. Siempre que venía gente a visitarnos yo ponía un pañuelo
rojo sobre la lamparita de la pared y apagaba la luz del techo para que el
ambiente fuera fresco y rojizo y adecuado para sentarse y beber vino y charlar.
Hice eso, y cuando volví de la cocina con una botella en la mano no podía creer
lo que decían mis ojos al ver a Japhy y a Alvah que se estaban desnudando y
tirando la ropa en cualquier lado y a Princess que ya estaba completamente
desnuda, con su piel, blanca como la nieve cuando es alcanzada por el rojo sol
del atardecer, a la luz roja de la pared.
-¿Qué
coño pasa? -dije.
-Aquí
tienes el yabyum, Smith -dijo Japhy, y se sentó con las piernas cruzadas en un
almohadón del suelo e hizo un gesto a Princess que se sentó encima de él,
dándole la cara, con los brazos alrededor del cuello, y se quedaron sentados
así sin decir nada durante un rato. Japhy no estaba nada nervioso y seguía
sentado allí de la forma adecuada, pues así tenía que ser. -Esto es lo que
hacen en los templos del Tibet. Es una ceremonia sagrada y se lleva a cabo
delante de monjes que cantan. La gente reza y recita Om Mani Pahdme Hum, que
significa Así Sea el Rayo en el Oscuro Vacío. Yo soy el rayo y Princess el
oscuro vacío, ¿entiendes?
-Pero
¿qué piensa ella de esto? -grité casi desesperado. ¡Había pensado tantas cosas
idealistas de aquella chica el año anterior! Y había dado muchísimas vueltas al
asunto de si estaba bien que me la tirara, porque era tan joven y todo lo
demás.
-¡Oh,
es delicioso! -dijo Princess-. Ven y haz la prueba.
-Pero
yo no puedo sentarme así. -Japhy estaba sentado en la posición del loto, que es
como se llama, con los tobillos encima de los muslos. Alvah estaba sentado
sobre el colchón y trataba de hacer lo mismo. Finalmente, las piernas de Japhy
empezaron a dolerle y se extendió sobre el colchón donde ambos, él y Alvah,
empezaron a explorar el territorio. Todavía no podía creerlo.
-Quítate
la ropa y ven aquí con nosotros, Smith.
Pero
aparte de todos mis sentimientos hacia Princess, estaba el año de celibato que
había pasado creyendo que la lujuria era la causa directa del nacimiento, que
era la causa directa del sufrimiento y la muerte y no miento si digo que había
llegado a un punto en el que consideraba los impulsos sexuales ofensivos y
hasta crueles.
"Las
mujeres guapas cavan las sepulturas", me decía siempre que volvía la
cabeza involuntariamente para observar a las incomparables bellezas indias de
México. Y la ausencia de impulsos sexuales activos también me había
proporcionado una nueva vida pacífica con la que disfrutaba muchísimo. Pero
aquello era demasiado. Todavía me asustaba tener que desnudarme; además, nunca
me había gustado hacerlo ante más de una persona, especialmente con hombres
alrededor. Pero a Japhy todo esto se la traía floja y en seguida estaba
haciéndoselo pasar a Princess a base de bien y pronto. Le llegó el turno a
Alvah (con sus enormes ojos fijos en la luz roja, y tan serio leyendo poemas un
minuto antes). Así que dije:
-¿Qué
os parece si me dedico a trabajarle el brazo?
-¡Adelante,
muy bien! -Y lo hice, tumbándome en el suelo completamente vestido y besándole
la mano, luego la muñeca, luego seguí subiendo por el brazo, y ella se reía y
casi lloraba de gusto con todas las partes de su cuerpo trabajadas a fondo.
Todo el pacífico celibato de mi budismo se estaba yendo por el desagüe.
-Smith,
desconfío de cualquier tipo de budismo o de cualquier filosofía o sistema
social que rechace el sexo -dijo Japhy, muy serio y consciente ahora que estaba
satisfecho y se sentaba desnudo y con las piernas cruzadas en el colchón y se
liaba un pitillo de Bull Durham (lo cual constituía parte de su vida
"sencilla"). La cosa terminó con todos desnudos y haciendo
alegremente café en la cocina y Princess sentada en el suelo con las rodillas
cogidas con los brazos sin ningún motivo, sólo por hacerlo; después terminamos
por bañarnos los dos juntos y oíamos a Alvah y a Japhy en la otra habitación
discutiendo de orgías lunáticas de amor libre zen.
-Oye,
Princess, deberíamos hacerlo todos los jueves por la noche -gritó Japhy-. Será
una función regular.
-¡Sí,
sí! -gritó a su vez Princess desde la bañera. Decía que le gustaba mucho
hacerlo y añadió-: ¿Sabes? Me siento como la madre de todas las cosas y tengo
que cuidar de mis hijitos.
-También
eres una cosa muy preciosa.
-Pero
soy la vieja madre de la tierra, soy una bodhisattva. -Estaba un poco chiflada,
pero cuando la oí decir "bodhisattva" comprendí que también ella
quería ser una gran budista como Japhy, y al ser una mujer no tenía otro modo
de expresarlo que así, con aquel acto tradicionalmente enraizado en la
ceremonia yabyum del budismo tibetano. Así que todo estaba bien.
Alvah
lo había pasado muy bien y estaba a favor de la idea de "todos los jueves
por la noche", y yo lo mismo.
-Alvah,
Princess dice que es una bodhisattva. -Claro que lo es.
-Dice
que es la madre de todos nosotros.
-Las
mujeres bodhisattvas del Tibet y ciertas zonas de la antigua India -dijo
Japhy,- eran llevadas y utilizadas como concubinas sagradas de los templos y a
veces de cuevas rituales y hacían méritos y meditaban. Todos ellos, hombres y
mujeres, meditaban, ayunaban, jodían así, volvían a comer, bebían, hablaban,
peregrinaban, vivían en viharas durante la estación de las lluvias y al aire
libre en la seca, y no se preguntaban qué hacer con el sexo, que es algo que
siempre me ha gustado de las religiones orientales. Y lo que siempre he
intentado saber de los indios de nuestro país... Sabéis, cuando era niño en
Oregón no me sentía norteamericano en absoluto, con todos esos ideales de casa
en las afueras y represión sexual y esa tremenda censura gris de la prensa de
cuanto son valores humanos, y cuando descubrí el budismo de repente sentí que
había vivido otra vida anterior hacía innumerables años y ahora debido a faltas
y pecados de esa vida se me había degradado a un tipo de existencia más penoso
y mi karma era nacer en Norteamérica, donde nadie se divierte ni cree en nada,
y menos que nada en la libertad. Por eso me gustan siempre los movimientos
libertarios, como el anarquismo del Noroeste, los viejos héroes de la Matanza
de Everett y todos...
La
cosa siguió con apasionadas discusiones acerca de todos estos temas y
finalmente Princess se vistió y se fue a casa en bicicleta con Japhy, y Alvah y
yo nos quedamos sentados uno frente al otro bajo la tenue luz roja.
-Ya
te habrás dado cuenta, Ray, de que Japhy es realmente agudo... De hecho es el
tío más agudo y rebelde y loco que he conocido nunca. Y lo que más me gusta de
él es que es el gran héroe de la Costa Oeste; sabes que llevo aquí dos años y
nunca había conocido a nadie con una inteligencia auténticamente iluminada.
Casi había perdido las esperanzas en la Costa Oeste. Y además, está su
formación oriental, su Pound; toma peyote y tiene visiones, sube montañas y es
un bhiku... ¡Claro! Japhy Ryder es un grande y nuevo héroe de la cultura
norteamericana.
-¡Está
loco! -asentí-. Y otra de las cosas que me gustan de él son esos momentos
tranquilos y melancólicos en los que no habla casi nada...
-Sí,
me pregunto qué será de él al final.
-Creo
que terminará como Han Chan viviendo solo en la montaña y escribiendo poemas en
las paredes de los riscos o recitándoselos a multitudes reunidas a la entrada
de su cueva.
-O
quizá vaya a Hollywood y sea una estrella de cine. ¿Sabes lo que me dijo el
otro día? "Alvah, ya sabes que jamás he pensado en hacer películas y
convertirme en una estrella. Puedo hacer de todo, pero eso no lo he intentado
todavía." Y yo creo que puede hacer de todo. ¿Te has fijado en el modo en
que tiene enrollada a Princess?
-Naturalmente.
Y
esa misma noche más tarde, mientras Alvah dormía, me senté bajo el árbol de la
entrada y miré las estrellas y luego cerré los ojos para meditar tratando de
tranquilizarme y volver a mi ser habitual.
Alvah
no podía dormir y salió y se tumbó en la hierba mirando el cielo, y dijo:
-Grandes
nubes de vapor cruzan la oscuridad, lo que me hace comprender que vivimos en un
auténtico planeta. -Cierra los ojos y verás mucho más que eso.
-¡Vaya,
hombre! No consigo saber lo que quieres decir con todas esas cosas -añadió,
enfadado.
Siempre
le molestaban mis conferencias sobre el éxtasis Samadhi, que es el estado que
se alcanza cuando uno lo detiene todo y detiene la mente y con los ojos
cerrados ve una especie de eterna trama de energía eléctrica ululante en lugar
de las tristes imágenes y formas de los objetos, que son, después de todo,
imaginarios. Y quien no lo crea que vuelva dentro de un billón de años y lo
niegue.
-No
te parece -siguió Alvah- que resulta mucho más interesante ser como Japhy y
andar con chicas y estudiar y pasarlo bien y hacer algo de verdad, en lugar de
estar sentado tontamente debajo de los árboles.
-Para
nada -dije, y estaba seguro de ello y sabía que Japhy estaría de acuerdo
conmigo-. Lo único que hace Japhy es divertirse en el vacío.
-No
lo creo.
-Te
apuesto lo que quieras a que es así. La semana que viene le acompañaré a la
montaña y lo averiguaré y te lo contaré.
-Muy
bien -suspiró-, en cuanto a mí, me limitaré a seguir siendo Alvah Goldbook y al
diablo con toda esa mierda budista.
-Algún
día lo lamentarás. No entiendo por qué no consigues comprender lo que te estoy
explicando: son tus seis sentidos los que te engañan y te hacen creer, no sólo
que tienes seis sentidos, sino además que entras en contacto con el mundo
exterior por medio de ellos. Si no fuera por tus ojos no me verías. Si no fuera
por tus oídos no oirías ese avión. Si no fuera por tu nariz no olerías esta
menta a medianoche. Si no fuera por tu lengua no apreciarías la diferencia de
sabor entre A y B. Si no fuera por tu cuerpo, no sentirías a Princess. No hay
yo, ni avión, ni mente, ni Princess, ni nada. ¡Por el amor de Dios! ¿Es que
quieres vivir engañado todos y cada uno de los malditos minutos de tu vida?
-Sí,
eso es lo que quiero, y doy gracias a Dios porque haya surgido algo de la nada.
-Bueno,
hay algo más que quiero decirte: se trata del otro aspecto, de que la nada ha
surgido de algo, y de que ese algo es Dharmakaya, el cuerpo del verdadero
Significado, y que esa nada es esto, y que todo es confusión y charla. Me voy a
la cama.
-Bueno,
a veces veo un relámpago de iluminación en lo que intentas exponer, pero
créeme, tengo más satoris con Princess que con las palabras.
-Son
satoris de tu insensata carne, de tu lujuria.
-Sé
que mi redentor vive.
-¿Qué
redentor y qué vive?
-Mira,
dejemos esto y limitémonos a vivir.
-¡Y
un cojón! Cuando pensaba como tú, Alvah, era tan miserable y avaro corno lo
eres tú ahora. Lo único que quieres es escapar y ponerte feo y que te peguen y
te jodan y te volverás viejo y enfermo y te zarandeará el samsara porque estás
aferrado a la jodida carne eterna del retorno, y lo tendrás merecido, te lo
aseguro.
-No
resulta muy agradable. Todos se angustian y tratan de vivir con lo que tienen.
Tu budismo te ha vuelto misera ble, Ray, v hace que tengas miedo a quitarte la
ropa para celebrar una sencilla y sana orgía.
-Bien,
pero ¿al final no lo hice?
-Sí,
pero después de muchos melindres... Bueno, dejémoslo.
Alvah
se fue a la cama, sentado v cerrados los ojos, pensé: "Este pensar se ha
detenido", pero como tenía que pensar en no pensar no se detenía, pero me
invadió una oleada de alegría al comprender que toda aquella perturbación era
simplemente un sueño que ya había terminado y que no tenía que preocuparme,
puesto que yo no era "Yo" y rogué a Dios, o Tathagata, para que me
concediera tiempo y sensatez y fuerzas suficientes para ser capaz de decirle a
la gente lo que sabía (aunque no puedo hacerlo ni siquiera ahora) v así todos
se enterarían de lo que sabía v no se desesperarían tanto. El viejo árbol
rumiaba sobre mí, silencioso como una cosa viva. Oí a un ratón moverse entre la
hierba del jardín. Los tejados de Berkeley parecían como lastimosa carne viva
estremeciéndose que protegiera a dolientes fantasmas de la eternidad de los
cielos a los que temían mirar. Cuando por fin me fui a la cama no me sentía
engañado por ninguna Princess ni por el deseo de ninguna no Princess v nadie
estaba en desacuerdo conmigo y me sentí alegre y dormí bien.
6
Y
llegó el momento de nuestra gran expedición a la montaña. Japhy vino a
recogerme al caer la tarde en bicicleta. Cogimos la mochila de Alvah v la
pusimos en la cesta de la bici. Saqué calcetines v jerséis. Pero no tenía
calzado adecuado para el monte v lo único que podía servirme eran las playeras
de Japhy, viejas pero resistentes. Mis zapatos eran demasiado flexibles v
estaban gastados.
-Así
será mejor, Ray, con playeras tendrás los pies ligeros v podrás trepar de roca
en roca sin problemas. Claro que nos cambiaremos de calzado de vez en cuando y
tal.
-¿Qué
pasa con la comida? ¿Qué es lo que llevas? -Bien, pero antes de hablar de
comida, R-a-a-y -a veces me llamaba por mi nombre de pila y cuando lo hacía
siempre arrastraba mucho, melancólicamente, la única sílaba,
"R-a-a-a-v", como si se preocupara de mi bienestar-, te diré que
tengo tu saco de dormir, no es de plumas de pato como el mío, y por supuesto es
más pesado, pero vestido y con una buena hoguera te sentirás cómodo allá
arriba.
-Con
la ropa puesta, bien, pero ¿por qué un buen fuego? Es sólo octubre.
-Sí,
pero allá arriba se está bajo cero, R-a-a-y, incluso en octubre -me dijo
tristemente.
-¿De
noche?
-Sí,
de noche, y de día hace un calor agradable. Verás, el viejo John Muir solía ir
a aquellas montañas sólo con su viejo capote militar y una bolsa de papel llena
de pan duro y dormía envuelto en el capote y mojaba el pan seco en agua cuando
quería comer, erraba por allí durante meses enteros antes de volver a la
ciudad.
-¡Dios
mío! ¡Debía ser un tipo duro!
-En
cuanto a la comida, he bajado hasta la calle del Mercado y en el Palacio de
Cristal compré mi cereal favorito, bulgur, que es una especie de trigo búlgaro
sin refinar, y lo mezclaré con taquitos de tocino y así tendremos una rica sopa
para los tres, Morley y nosotros. Y también llevo té; uno siempre agradece una
buena taza de té bien caliente bajo esas frías estrellas. Y llevo un auténtico
pudín de chocolate, no ese pudín instantáneo falsificado sino un auténtico
pudín de chocolate que calentaremos y agitaremos bien en el fuego y luego lo
dejaremos enfriar encima de la nieve.
-¡Estupendo,
chico!
-Así
que en vez del arroz que llevo siempre, en esta ocasión haremos ese pudín en tu
honor, R-a-a-y, y en el bulgur voy a poner todo tipo de vegetales secos, los
compré en la Ski Shop. Comeremos y desayunaremos eso, y en cuanto a alimentos
que nos den fuerza llevo esta gran bolsa de cacahuetes y uvas pasas, y otra
bolsa con orejones y ciruelas pasas. -Y me enseñó el diminuto paquete que
contenía toda esta importante comida para tres hombres hechos y derechos que
iban a pasar veinticuatro horas o más subiendo a las montañas-. Lo más
importante cuando se va a la montaña es llevar el menor peso posible, los paquetes
te impiden moverte con comodidad.
-Pero
yo creo que en ese paquete no hay bastante comida.
-Sí
la hay, el agua la hincha.
-¿Llevamos
vino?
-No,
allá arriba no va bien, en cuanto estás a gran altura no sientes necesidad de
alcohol.
No
le creí, pero no dije nada. Pusimos mis cosas en la bicicleta y atravesamos el
campus hasta casa de Japhy empujando la bici por la acera. Era un claro y frío
atardecer de las mil y una noches y la torre del reloj de la Universidad de
California era una limpia sombra oscura destacándose sobre un fondo de cipreses
y eucaliptos y todo tipo de árboles; sonaban campanas en algún sitio, y el aire
era fresco.
-Va
a hacer frío allá arriba -dijo Japhy, pero aquella noche se sentía muy bien y
rió cuando le pregunté sobre el jueves siguiente con Princess-. Mira, ya hemos
practicado el yabyum un par de veces más desde la otra noche; Princess viene a
mi casa en cualquier momento del día o de la noche y, tío, no acepta el no como
respuesta. Así que proporciono entera satisfacción a la bodhisattva. -Y Japhy
quería hablar de todo, de su infancia en Oregón-. Verás, mi madre v mi padre y
mi hermana llevaban una vida realmente primitiva en aquella cabaña de troncos,
y en las mañanas de invierno tan frías todos nos desvestíamos y vestíamos
delante del fuego, teníamos que hacerlo, y por eso no soy como tú en eso del
desnudarse, quiero decir que no me da vergüenza ni nada hacerlo.
-¿Y
qué solías hacer cuando fuiste a la universidad? -En verano siempre trabajaba
para el gobierno como vigilante contra incendios... Deberías hacer eso el
verano que viene, Smith... y en invierno esquiaba mucho y solía andar por el
campus muy orgulloso con mis bastones. También subí a unas cuantas montañas,
incluyendo una larga caminata Rainier arriba, casi hasta la cima, donde se
firma. Por fin, un año llegué hasta arriba del todo. Hay muy pocas firmas,
sabes. Y subí cumbres de la zona de las Cascadas durante la temporada y fuera
de ella, y trabajé de maderero. Smith, tengo que hablarte de las aventuras de
los leñadores del Noroeste, me gusta hacerlo, lo mismo que a ti te gusta hablar
de los ferrocarriles; tenías que haber visto aquellos trenes de vía estrecha de
por allí arriba y aquellas frías mañanas de invierno con nieve y la panza llena
de tortitas y sirope y café negro; chico, levantas el hacha ante el primer
tronco de la mañana y no hay nada como eso.
-Es
igual que mi sueño de Gran Noroeste. Los indios kwatiutl, la policía montada...
-Bueno,
ésos son del Canadá, de la Columbia Británica; solía encontrarme con ellos en
los senderos de la montaña. Pasamos empujando la bici por delante de varios
edificios y cafeterías de la universidad y miramos dentro del Robbie para ver
si había algún conocido. Estaba Alvah trabajando en su turno de camarero. Japhy
y yo teníamos un aspecto curioso en el campus con nuestra ropa, y de hecho
Japhy era considerado un excéntrico en el campus, cosa bastante habitual en
esos sitios donde se considera raro al hombre auténtico; las universidades no
son más que lugares donde está una clase media sin ninguna personalidad, que
normalmente encuentra su expresión más perfecta en los alrededores del campus
con sus hileras de casas de gente acomodada con césped y aparatos de televisión
en todas las habitaciones y todos mirando las mismas cosas y pensando lo mismo
al mismo tiempo mientras los Japhys del mundo merodean por la espesura para oír
la voz de esa espesura, para encontrar el éxtasis de las estrellas, para encontrar
el oscuro misterio secreto del origen de esta miserable civilización sin
expresión.
-Toda
esta gente -decía Japhy- tiene cuartos de baño alicatados de blanco y se llenan
de mierda como los osos en el monte, pero toda esa mierda se va por los
desagües y nadie piensa en ella y en que su propio origen está en esa mierda y
en la algalia y la espuma de la mar. Se pasan el día entero lavándose las manos
con jabón perfumado, y desearían comérselo escondidos en el cuarto de baño.
Japhy
tenía montones de ideas, las tenía todas. Llegamos a su casa cuando anochecía y
se podía oler a leña ardiendo y a hojas quemadas, y lo empaquetamos todo y
fuimos calle abajo para reunirnos con Henry Morley que tenía coche. Henry
Morley era un tipo de gafas muy informado, aunque también excéntrico; en el
campus resultaba más excéntrico y raro que Japhy. Era bibliotecario, tenía
pocos amigos y era montañero. Su casita de una sola habitación en una apartada
calle de Berkeley estaba llena de libros y fotos de montañismo y había
bastantes mochilas, botas de montaña y esquíes. Me asombró oírle hablar, pues
hablaba exactamente igual que Rheinhold Cacoethes, el crítico, y resultó que
habían sido muy amigos tiempo atrás y habían subido montañas juntos y no podría
decir si Morley había influido en Cacoethes o a la inversa. Me parecía que el
que había influido era Morley. Tenían el mismo modo de hablar bajo, sarcástico,
ingenioso y bien formulado, con miles de imágenes. Cuando Japhy y yo entramos
había unos cuantos amigos de Morley reunidos allí (un grupo extraño que incluía
a un chino, un alemán y algunos otros estudiantes de una u otra cosa), y Morley
dijo:
-Llevaré
mi colchón neumático. Vosotros, muchachos, podéis dormir, si queréis, en el
duro y frío suelo, pero yo no voy a prescindir de este colchón neumático, gasté
dieciséis dólares en él, lo compré en los almacenes del ejército, en Oakland, y
anduve por allí el día entero preguntando si con patines podría considerarse
técnicamente un vehículo. -Y siguió así con bromas que me resultaban
incomprensibles (y lo mismo a los otros) aunque casi nadie le escuchaba, y
siguió hablando y hablando como para sí mismo, pero me gustó desde el
principio. Suspiramos cuando vimos los enormes montones de cosas que quería
llevarse al monte: comida enlatada, y, además de su colchón neumático, insistió
en llevar un zapapico y un equipo variadísimo que no necesitábamos.
-Puedes
llevar esa hacha, Morley, aunque no creo que la necesites, pero la comida en
lata no es más que agua que tienes que echarte a la espalda, ¿no te das cuenta
de que hay todo el agua que queramos esperándonos allá arriba?
-Bueno,
yo pensaba que una lata de este chop suey chino iría bien.
-Llevo
bastante comida para todos. Vámonos.
Morley
pasó mucho rato hablando y yendo de un lado para otro y empaquetando sus
inverosímiles cosas, y por fin dijimos adiós a sus amigos y subimos al pequeño
coche inglés de Morley y nos pusimos en marcha, hacia las diez, en dirección a
Tracy; luego subiríamos a Bridgeport, desde donde conduciríamos otros doce
kilómetros hasta el comienzo del sendero del lago.
Me
senté en el asiento de atrás y ellos hablaban en el de delante. Morley era un
auténtico loco que aparecería (más tarde) con un litro de batido esperando que
me lo bebiera, pero hice que me llevara a una tienda de bebidas, aunque el plan
consistía en hacer que le acompañara a ver a una chica con la que yo debería
actuar como pacificador o algo así: llegamos a la puerta de la chica, la abrió
y, cuando vio quién era, cerró de un portazo y nos fuimos.
-Pero
¿qué es lo que pasa?
-Es
una historia bastante larga -dijo Morley vagamente, y nunca llegué a enterarme
de lo que pasaba.
Otra
vez, y viendo que Alvah no tenía somier en la cama, apareció por casa como un
fantasma cuando nos acabábamos de levantar y hacíamos café con un enorme somier
de cama de matrimonio que, en cuanto se fue, nos apresuramos a esconder en el
cobertizo. También nos trajo tablas y de todo, incluidas unas inutilizables
estanterías para libros; todo tipo de cosas, como digo, y años después tuve
otras disparatadas aventuras con él cuando fuimos los dos a su casa de Contra
Costa (de la que era propietario y alquilaba) y nos pasamos tardes increíbles
mientras me pagaba dos dólares a la hora por sacar cubos de barro de su sótano
inundado, y él sacaba el barro a mano y estaba negro y cubierto de barro como
Tartarilouak, el rey de los tipos de barro de Paratioalaouakak, y con una
extraña mueca de placer en la cara; y después, cuando pasábamos por un pueblo y
quisimos comprar helados y caminábamos por la calle principal (habíamos hecho
autostop con nuestros cubos y escobas) con los helados en la mano y golpeando a
todo el mundo por las estrechas aceras, como una pareja de cómicos de una vieja
película muda de Hollywood. En todo caso, era una persona muy extraña desde
todos los puntos de vista. Ahora conducía el coche en dirección a Tracy por
aquella abarrotada autopista de cuatro carriles y hablaba sin parar, y por cada
cosa que decía Japhy, él tenía que decir doce y la cosa iba más o menos así:
-Por
Dios, últimamente me siento muy estudioso, creo que la semana que viene leeré
algo sobre ornitología -decía Japhy, por ejemplo.
-¿Quién
no se siente estudioso -respondía Morleycuando no tiene al lado a una chica
tostada por el sol de la Riviera?
Siempre
que Japhy decía algo se volvía hacia él y le miraba y soltaba una de esas
tonterías brillantes totalmente serio; no conseguía entender qué tipo de
extraño erudito y secreto payaso lingüístico era bajo estos cielos de
California. Si Japhy mencionaba los sacos de dormir, Morley replicaba con cosas
como ésta:
-Soy
poseedor de un saco de dormir francés azul pálido, de poco peso, pluma de
ganso, una buena compra, me parece, lo encontré en Vancouver, muy adecuado para
Daisy Mae. Un tipo totalmente inadecuado para Canadá. Todo el mundo quiere
saber si su abuelo era el explorador que conoció a un esquimal. Yo mismo soy
del Polo Norte. -¿De qué estás hablando? -preguntaba yo desde el asiento de
atrás.
Y
Japhy decía:
-Sólo
es una cinta magnetofónica interesante.
Les
dije que tenía un comienzo de tromboflebitis, coágulos de sangre en las venas
de los pies, y que tenía miedo a la ascensión del día siguiente, no porque me
pareciera dificil, sino porque podría encontrarme peor al regreso. Morley dijo:
-¿La
tromboflebitis es un ritmo especial al mear?
Y
cuando dije algo de los tipos del Oeste, me respondió: -Soy un tipo del Oeste
bastante idiota... Fíjate en los prejuicios que hemos llevado a Inglaterra.
-Morley,
tú estás loco.
-No
lo sé, quizá lo esté, pero si lo estoy de todas maneras dejaré un testamento
maravilloso. -Y luego añadió sin venir a cuento-: Bueno, no sabéis lo mucho que
me gusta subir montañas con dos poetas. Yo también voy a escribir un libro,
será sobre Ragusa, una ciudad república marítima de finales de la Edad Media,
ofrecieron la secretaría a Maquiavelo y resolvieron los problemas de clase y
durante una generación contaron con un lenguaje que se impuso para las
relaciones diplomáticas de Levante. Esto fue debido a la influencia de los
turcos, naturalmente.
-Naturalmente
-dijimos.
Así
que levantó la voz y nos hizo esta pregunta: -¿Podéis aseguraros una Navidad
con una aproximación de sólo dieciocho millones de segundos a la izquierda de
la chimenea roja original?
-Naturalmente
-dijo Japhy, riendo.
-Muy
bien -dijo Morley, conduciendo el coche por curvas cada vez más frecuentes-.
Están preparando autobuses especiales para los renos que van a la Conferencia
de la Felicidad que se celebra de corazón-a-corazón, antes de iniciarse la
temporada, en lo más profundo de la sierra a exactamente diez mil quinientos
sesenta metros del motel primitivo. Será algo más nuevo que un análisis, y
mucho más sencillo. Si uno pierde el billete se convierte en gnomo, el equipo
es agradable y hay rumores de que las convenciones del Tribunal de Actores se
están hinchando y se derramarán rebotadas de la Legión. De todos modos, Smith
-se volvió hacia mí-, cuando busques el camino de regreso a la selva emocional
recibirás un regalo de... alguien. ¿No crees que el sirope de arce te ayudaría
a sentirte mejor?
-Claro
que sí, Henry.
Y
así era Morley. Entretanto el coche había empezado a subir por las
estribaciones y pasamos por diversos pueblos de aspecto siniestro donde nos
detuvimos a poner gasolina y no vimos a nadie, excepto a diversos Elvis Presley
en pantalones vaqueros en la carretera, esperando que alguien los animara, pero
ya llegaba hasta nosotros un rumor de arroyos y sentimos que las montañas más
altas no estaban lejos. Una noche agradable y pura, y por fin llegamos a un
camino asfaltado muy estrecho y enfilamos en dirección a las propias montañas.
Pinos muy altos empezaron a aparecer a los lados de la carretera y también
riscos ocasionales. El aire era penetrante y maravilloso. Además, era la
víspera de la apertura de la temporada de caza y en el bar donde nos detuvimos
a tomar un trago había muchos cazadores con gorros rojos y camisas de lana algo
borrachos y tontos con todas sus armas y cartuchos en los coches y
preguntándonos inquietos si habíamos visto a algún venado o no. Desde luego,
habíamos visto a un venado, justo antes de llegar al bar. Morley conducía y
hablaba y decía:
-Bueno,
Ryder, a lo mejor eres el Lord Tennyson de nuestro pequeño equipo de tenis de
la Costa, te llaman el Nuevo Bohemio y te comparan a los Caballeros de la Tabla
Redonda menos Amadís el Grande y los esplendores extraordinarios del pequeño
reino moro que fue vendido en bloque a Etiopía por diecisiete mil camellos y
mil seiscientos soldados de a pie cuando César todavía no había sido destetado.
-Y en esto, el venado estaba en la carretera, deslumbrado por nuestros faros,
petrificado antes de saltar a los matorrales de un lado de la carretera y
desaparecer en el repentino y vasto silencio de diamantes del bosque (que
percibimos claramente porque Morley había parado el motor), y oímos cada vez
más lejos el ruido de sus pezuñas corriendo hacia su refugio de las nieblas de
las alturas. Estábamos de verdad en pleno monte; Morley dijo que a una altura
de unos mil metros. Oíamos los arroyos corriendo monte abajo saltando entre
rocas iluminadas por las estrellas, pero no los veíamos.
-¡Eh,
venadito! -grité al animal-. No te preocupes que no te vamos a disparar.
Luego
ya estábamos en el bar donde nos detuvimos ante mi insistencia ("En estas
cumbres tan frías del norte a medianoche no hay nada mejor para el alma del
hombre que un buen vaso de oporto espeso como los jarabes de sir Arthur").
..
-De
acuerdo, Smith -dijo Japhy-, pero me parece que no deberíamos beber en una
excursión como ésta.
-Pero
¿qué coño importa?
-Bueno,
bueno, pero piensa en todo el dinero que hemos ahorrado comprando los alimentos
secos más baratos para este fin de semana y cómo nos lo vamos a beber ahora
mismo.
-Ésa
es la historia de mi vida, rico o pobre, y por lo general, pobre y
requetepobre.
Entramos
en el bar, que era un parador de estilo alpino junto a la carretera, como un
chalet suizo, con cabezas de alce y grabados de venados en las paredes y la
propia gente que estaba en el bar parecía de un anuncio de la temporada de
caza, aunque todos estaban bebidos; era una masa confusa de sombras en el bar
en penumbra mientras entrábamos y nos sentábamos en tres taburetes y pedíamos
el oporto. El oporto resultaba extraño en el país del whisky de los cazadores,
pero el barman sacó una vieja botella de oporto Christian Brothers y nos sirvió
un par de tragos en anchos vasos de vino (Morley era abstemio) y Japhy y yo
bebimos y nos sentimos muy bien.
-¡Ah!
-dijo Japhy, reconfortado por el vino y la medianoche-. Pronto volveré al Norte
a visitar los húmedos bosques de mi infancia y las montañas nebulosas y a mis
viejos y mordaces amigos intelectuales y a mis viejos amigos leñadores tan
borrachos; por Dios, Ray, no habrás vivido nada hasta que hayas estado allí
conmigo o sin mí. Y después me iré a Japón y andaré por aquellas montañas en
busca de antiguos templos escondidos y olvidados y de viejos sabios de ciento
nueve años rezando a Kwannon en cabañas y meditando tanto que cuando salen de
la meditación se ríen de todo lo que se mueve. Pero eso no quiere decir que no
me guste Norteamérica, por Dios que no, aunque odie a estos malditos cazadores
cuyo único afán es coger un arma y apuntar a seres indefensos y matarlos, por
cada ser consciente o criatura viva que maten tendrán que renacer mil veces y
sufrir los horrores del samsara y se lo tendrán bien merecido.
-¿Oyes
eso, Morley? ¿Tú qué piensas?
-Mi
budismo no es más que un débil y doliente interés por alguno de los dibujos que
han hecho, aunque debo decir que a veces Cacoethes alcanza una entusiasta nota
de budis mo en sus poemas de la montaña, aunque de hecho nunca me haya
interesado el budismo como creencia. -En realidad, se la traía floja cualquier
tipo de diferencia-. Soy neutral -añadió riéndose feliz con una especie de
vehemente mirada de reojo, y Japhy gritó:
-¡Neutral
es lo que es el budismo!
-Bueno,
ese oporto va a hacerte devolver hasta la primera papilla. Sabes que estoy
decepcionado a fortiori porque no hay licor benedictino ni tampoco trapense,
sólo agua bendita y licor Christian Brothers. No es que me sienta muy expansivo
por estar aquí, en este curioso bar que parece la sede social de los escritores
pancistas, almacenistas armenios todos ellos, y protestantes bien intencionados
y torpes que van de excursión en grupo y quieren, aunque no sepan cómo, evitar
la concepción. Estos tipos son tontos del culo -añadió con una súbita
revelación-. La leche de por aquí debe ser buena, pues hay más vacas que
personas. Ahí arriba tiene que haber una raza diferente de anglos, pero no me
gusta especialmente su aspecto. Los tipos más rápidos de por aquí deben ir a
cincuenta y cinco kilómetros. Bueno, Japhy -dijo como conclusión-, si algún día
consigues un cargo público, espero que te compres un traje en Brooks Brothers.
Espero que no te enrolles en fiestas de artistas donde quizá... digamos -vio
que entraban unas cuantas chicas- jóvenes cazadoras... Por eso deberían estar
abiertos los jardines de infancia todo el año.
Pero
a los cazadores no les gustó que estuviésemos allí aparte hablando en voz baja
de nuestros diversos asuntos personales y se nos unieron y en seguida había por
todo aquel bar oval brillantes arengas sobre los venados de la localidad, sobre
los montes que había que subir, sobre qué hacer, y cuando oyeron que habíamos
venido hasta aquí, no a matar animales sino sólo a escalar montañas, nos
consideraron unos excéntricos sin remedio y nos dejaron solos. Japhy y yo
habíamos bebido un par de copas y nos sentíamos muy bien y volvimos al coche
con Morley y reanudamos la marcha. Subimos y subimos y cada vez los árboles
eran más altos y hacía más frío, hasta que por fin eran casi las dos de la
madrugada y dijeron que todavía faltaba mucho para llegar a Bridgeport y al
comienzo del sendero, así que lo mejor era que durmiéramos en aquel bosque
metidos en nuestros sacos y termináramos la jornada.
-Nos
levantaremos al amanecer y nos pondremos en marcha. Tenemos este pan moreno y
este queso -dijo Japhy, sacando el pan moreno y el queso que había metido en la
mochila en el último momento- y tendremos un buen desayuno y guardaremos el
bulgur y las demás cosas para nuestro desayuno de mañana por la mañana a más de
tres mil metros de altura.
De
acuerdo. Sin dejar de hablar, Morley condujo el coche a un sitio alfombrado de
pinocha bastante dura bajo un amplio parque natural de pinos y abetos, algunos
de treinta metros de altura. Era un lugar tranquilo iluminado por las
estrellas
con escarcha en el suelo y un silencio de muerte, si se exceptuaban los
ocasionales y leves rumores en la maleza donde acaso algún conejo nos oía
petrificado. Saqué mi saco de dormir y lo extendí y me quité los zapatos
suspirando de felicidad; metí los pies con los calcetines puestos en el saco y
miraba alegremente alrededor a los árboles enormes y pensaba: "¡Qué noche
de sueño delicioso voy a tener, y qué bien meditaré en este intenso silencio de
ninguna parte!"
-Oye,
al parecer el señor Morley ha olvidado su saco de dormir -me gritó Japhy desde
el coche.
-¿Cómo?
Bien, ¿y ahora qué?
Discutieron
el asunto un rato mientras paseaban los haces de luz de sus linternas sobre la
escarcha, y luego Japhy vino y me dijo:
-Tienes
que salir de ahí, Smith; sólo tenemos dos sacos de dormir, así que los
abriremos por la cremallera y los extenderemos para hacer una manta para los
tres. ¡Maldita sea! Vaya frío que vamos a pasar.
-¿Cómo?
¡El frío se nos meterá por debajo!
-Sí,
pero Henry no puede dormir en el coche, se congelaría; no tiene calefacción.
-¡Me
cago en la puta! ¡Y yo que estaba dispuesto a disfrutar tanto de esto! -gemí
saliendo del saco y poniéndome los zapatos y Japhy en seguida unió los dos
sacos y los puso encima de los ponchos y ya se disponía a dormir y echamos a
suertes y me tocó dormir en el centro y tenía frío y las estrellas eran
carámbanos burlones.
Me
tumbé y Morley soplaba como un maníaco hinchando su ridículo colchón neumático
para tumbarse a mi lado, pero en cuanto lo hinchó y se tendió encima de él,
empezó a agitarse y levantarse y suspirar y se volvía a un lado y a otro bajo
las gélidas estrellas mientras Japhy roncaba, Japhy que no se enteraba de toda
esta agitación. Por fin, Morley vio que no podía dormir y se levantó y fue al
coche probablemente a decirse esas locuras que solía soltar sin parar y casi me
había dormido cuando a los pocos minutos estaba de vuelta, congelado, y se
metió bajo la manta, pero seguía dando vueltas y revueltas y soltando
maldiciones de vez en cuando, también suspiraba y la cosa siguió así durante lo
que me pareció una eternidad y luego vi que Aurora estaba empalideciendo el
borde oriental de Amida y ya estábamos todos de pie. ¡Aquel loco de Morley!
Y
eso fue sólo el comienzo de las desventuras de este curioso tipo (como en
seguida se verá), este hombre curiosísimo que probablemente era el único
montañero en la historia del mundo que olvidó su saco de dormir.
"¡Cielos!
-pensé-. ¿Por qué no se le habrá olvidado el colchón neumático en lugar del
saco?"
7
Desde
el mismísimo momento en que nos reunimos con Morley, éste emitía sin parar
repentinos grititos para estar a tono con nuestra aventura. Eran simples
"¡Alaiu!" que intentaban sonar a tiroleses, y los soltaba en las
situaciones más extrañas, como cuando todavía estaba con sus amigos chinos y
alemanes, y cuando después entramos en el coche "¡Alaiu!", y luego,
cuando nos bajamos y entramos en el bar, "¡Alaiu!".
Ahora,
cuando Japhy se despertó y vio que había amanecido y se levantó y corrió a
reunir leña y tiritaba ante un tímido fuego, Morley se despertó de su inquieto
sueño, bostezó y soltó un "¡Alaiu!" que el eco multiplicó a lo lejos.
Yo me levanté también, y todo lo que podíamos hacer para calentarnos era dar
saltitos y mover rápidamente los brazos lo mismo que habíamos hecho el viejo
vagabundo y yo en el furgón, en la costa meridional. Pero Japhy en seguida
consiguió más leña y pronto chisporroteaba una espléndida hoguera y de espaldas
a ella gritábamos y hablábamos.
Era
una hermosa mañana. Los rayos del sol, de un rojo primigenio, aparecieron sobre
las cumbres y atravesaban la espesura del bosque como si pasaran a través de
los vitrales de una catedral, y la neblina subía al encuentro del sol y por
todas partes llegaba hasta nosotros el rugido secreto de los torrentes que
probablemente llevarían películas de hielo arrancadas de sus remansos. Un sitio
extraordinario para pescar. En seguida estaba gritando "¡Alaiu!" yo
mismo, pero cuando Japhy fue a coger más leña y no lo vimos durante un rato y
Morley gritó "¡Alaiu!", Japhy respondió con un simple
"¡Jau!" que, según dijo, era el modo en que los indios se llamaban en
la montaña y resultaba mucho más bonito; así que empecé a gritar también
"¡Jau!".
Luego
subimos al coche y partimos. Comimos el pan y el queso. No había diferencia
entre el Morley de esa mañana y el de la noche pasada, excepto que su voz, con
aquel tono divertido y culto, sonaba quizá más de acuerdo con la frescura de
aquella mañana, un sonido que recordaba al de los que se levantan muy pronto,
ese deje un tanto ronco y anhelante, como el del que se lanza al nuevo día. El
sol calentó en seguida. El pan negro estaba bueno, había sido preparado por la
mujer de Sean Monahan; Sean que tenía una casa en Corte Madera, donde todos
podíamos ir sin pagar ningún alquiler. El queso era un Cheddar curado. Pero no
me gustó demasiado, y en cuanto estuvimos en pleno campo sin ver casas ni gente
empecé a echar de menos un buen desayuno caliente y de pronto, después de haber
cruzado un puentecillo sobre un torrente, vimos un pequeño albergue junto a la
carretera bajo impresionantes enebros y salía humo por la chimenea y tenía un
anuncio de neón en la puerta y un cartel en la ventana donde decía que servían
tortitas y café.
-¡Vamos
a entrar ahí, necesitamos un desayuno de adultos si vamos a estar escalando
montes el día entero! Nadie se opuso a mi iniciativa y entramos y nos sentamos
y una mujer amable nos atendió con esa alegre locuacidad de la gente que vive
en sitios apartados.
-¡Qué,
chicos! De caza, ¿eh?
-No
-respondió Japhy-. Sólo vamos a subir el Matterhorn.
-¡El
Matterhorn! Yo no lo haría aunque me pagaran mil dólares.
Entretanto
fui al servicio que había en la parte trasera y me lavé con agua del grifo
deliciosamente fría y me hormigueó la cara, luego bebí unos tragos y fue como
si me entrara hielo líquido en el estómago y me senté allí realmente contento y
bebí más. Unos perros de lanas ladraban a la dorada luz del sol que llegaba a
través de las ramas de abetos y pinos de más de treinta metros de altura.
Distinguí unas cumbres coronadas de nieve en la distancia. Una de ellas era el
Matterhorn.
Volví
a entrar y las tortitas estaban listas, calientes y humeantes, y eché sirope
sobre las mantecosas tortitas y las corté y tomé café caliente y comí. Henry y
Japhy hicieron lo mismo, y por una vez no hablábamos. Luego bebimos aquella
incomparable agua fría mientras entraban cazadores con botas de montaña y
camisas de lana. Pero no cazadores borrachos como los de la noche anterior,
sino cazadores muy serios dispuestos a ponerse en marcha en cuanto desayunaran.
Nadie pensaba en beber alcohol aquella mañana.
Subimos
al coche, cruzamos otro puente sobre un torrente, cruzamos un prado donde había
unas cuantas vacas y cabañas de troncos, y salimos a un llano desde el que se
distinguía claramente el Matterhorn alzándose por encima de todas las demás
cumbres. Era el más impresionante de todos los dentados picos de la parte sur.
-¡Ahí
lo tenéis! -dijo Morley auténticamente orgulloso-. ¿No es hermoso? ¿No os
recuerda a los Alpes? Tengo una colección de fotos de montañas cubiertas de
nieve que os enseñaré en alguna ocasión.
-Me
gustan las cosas reales -dijo Japhy, mirando con seriedad hacia las montañas, y
en aquella mirada distante, aquel suspiro íntimo, vi que se encontraba de nuevo
en casa.
Bridgeport
es un pequeño pueblo dormido que recuerda curiosamente a Nueva Inglaterra y se
encuentra en el llano. Dos restaurantes, dos estaciones de servicio, una
escuela, todo bordeando la carretera 395 que pasa por allí bajando desde Bishop
y luego subiendo todo el rato hasta Carson City, Nevada.
8
Entonces
tuvo lugar otro increíble retraso, cuando Morley decidió ver si encontraba
alguna tienda abierta en Bridgeport donde comprar un saco de dormir o, por lo
menos, una lona o tela encerada de alguna clase para dormir a casi tres mil
metros de altura aquella noche que, a juzgar por la noche anterior a unos mil
metros, iba a ser bastante fría. Mientras, Japhy y yo esperábamos sentados bajo
el ahora caliente sol de las diez de la mañana sobre la yerba de la escuela,
observando el ocasional tráfico que pasaba por la cercana y poco concurrida
carretera y contemplando a un joven indio que hacía autostop en dirección
norte. Hablamos de él con interés:
-Eso
es lo que me gustaría hacer; andar haciendo autostop por ahí y sentirme libre,
imaginando que soy indio y haciendo todo eso. Maldita sea, Smith, vamos a
hablar con él y desearle buena suerte.
El
indio no era muy comunicativo, pero tampoco se mostró esquivo y nos contó que
iba demasiado despacio por la 395. Le deseamos suerte. Entretanto seguíamos sin
ver a Morley que se había perdido en aquel pequeño poblado.
-¿Qué
estará haciendo? ¿Despertando al dueño de alguna tienda y sacándole de la cama?
Por
fin, Morley volvió y dijo que no había encontrado nada adecuado y que la única
cosa que se podía hacer era alquilar un par de mantas en el albergue del lago.
Subimos al coche, retrocedimos unos cuantos cientos de metros por la carretera
y nos dirigimos al sur hacia las resplandecientes nieves sin huella alguna
arriba en el aire azul. Pasamos junto a los lagos Gemelos y llegamos al
albergue, que era una enorme casa blanca. Morley entró y entregó cinco dólares
de depósito por el uso de un par de mantas durante aquella noche. Una mujer
estaba de pie a la entrada con los brazos en jarras, los perros ladraban. La
carretera estaba llena de polvo, una carretera sucia, pero el lago tenía una
pureza de cera. En él, los reflejos de los riscos y montañas aparecían con
claridad. Pero estaban arreglando la carretera y podíamos ver una nube de polvo
amarillo delante por donde teníamos que caminar un rato mientras bordeábamos el
lago a lo largo de un arroyo para luego subir por el monte hasta el comienzo
del sendero.
Aparcamos
el coche y sacamos nuestras cosas y nos las repartimos bajo el caliente sol.
Japhy metió algunas cosas en mi mochila y me dijo que tenía que llevarlas o
acabaría cayendo de cabeza al lago. Lo decía muy serio, en plan líder, y eso me
gustó más que nada. Después, con idéntica seriedad infantil, se inclinó sobre
el polvo del camino y con el zapapico empezó a dibujar un gran círculo dentro
del que representó varias cosas.
-¿Qué
es eso?
-Estoy
haciendo un mandala mágico que no sólo nos ayudará durante el ascenso, sino que
además, y después de unas cuantas acciones y cánticos, me permitirá predecir el
futuro.
-¿Qué
es un mandala?
-Son
los dibujos budistas y siempre son círculos llenos de cosas, el círculo
representa el vacío y las cosas la ilusión, ¿entiendes? A veces hay mandalas
pintados en la cabeza de ciertos bodhisattvas y estudiándolos puedes saber su
historia. Son de origen tibetano.
Llevaba
mis playeras y ahora me encasqueté el gorro que Japhy me había entregado, y que
era una boina francesa negra que me puse ladeada y me eché la mochila a la
espalda y estaba en condiciones de ponerme en marcha. Con las playeras y la
boina me sentía más como un pintor bohemio que como un montañero. Sin embargo,
Japhy llevaba sus preciosas botas y su pequeño sombrero suizo con una pluma y
parecía un elfo algo rudo. Me lo imagino ahora en la montaña, aquella mañana.
Ésta es la visión: es una mañana muy pura en la alta y seca sierra, a lo lejos
los abetos dan sombra a las laderas nevadas, algo más cerca, las formas de los
pinos, y allí el propio Japhy con su sombrerito y una enorme mochila a la
espalda y una flor en la mano izquierda que tiene enganchada a la correa de la
mochila que le cruza el pecho; la hierba crece entre los montones de rocas y
piedras; distantes jirones de niebla acuchillan los costados de la mañana, y
sus ojos brillan alegres. Está en camino, sus héroes son John Muir, Han Chan,
Shin-te y Li Po, John Burroughs, Paul Bunyan y Kropotkin; es bajo y tiene un
divertido modo de sacar el vientre cuando camina, pero no porque tenga el
vientre grande, sino porque su espina dorsal se curva un poco; compensa esto
con sus largas zancadas tan vigorosas como las de un hombre alto (como comprobé
siguiéndole sendero arriba), y su pecho es amplio y sus hombros anchos.
-Me
siento muy bien esta mañana, Japhy -le dije mientras cerrábamos el coche y nos
echábamos a andar por el camino del lago con nuestros bultos, ocupando todo el
ancho de lado a lado como soldados de infantería un tanto dispersos-. ¿No es
esto infinitamente mejor que The Place? Estarán emborrachándose allí en una
deliciosa mañana de sábado como ésta, y nosotros aquí junto al purísimo lago
caminando a través del aire fresco y limpio. ¡De verdad que esto es un haiku!
-Las
comparaciones son odiosas, Smith -dijo Japhy poniéndose a mi altura y citando a
Cervantes y haciendo una observación de budista zen-. No encuentro que sea
diferente estar en The Place a subir al Matterhorn, se trata del mismo vacío,
joven.
Pensé
en esto y comprendí que tenía razón, que las comparaciones son odiosas, que
todo es lo mismo, aunque estaba seguro de sentirme bien y, de repente, me di
cuenta de que esto (a pesar de las hinchadas venas de mi pie) me sentaría muy
bien y me apartaría de la bebida y quizá me hiciera apreciar un modo de vida
totalmente nuevo. -Japhy, me alegra haberte conocido. Voy a aprender a llenar
las mochilas y a vivir escondido en estas montañas cuando me canse de la
civilización. De hecho, doy gracias por haberte conocido.
-Bueno,
Smith, también yo doy gracias por haberte conocido y por aprender a escribir
espontáneamente y todo eso.
-Eso
no es nada.
-Para
mí es mucho. Vamos, muchachos, un poco más deprisa, no tenemos tiempo que
perder.
Poco
a poco nos fuimos acercando al polvo amarillo donde había máquinas trabajando y
obreros enormes y sudorosos que ni siquiera nos miraron mientras trabajaban y
juraban. Para ellos, escalar el monte hubiera supuesto paga doble o cuádruple
en un día como hoy: un sábado.
Japhy
y yo reímos pensando en eso. Me sentí un poco incómodo con mi ridícula boina,
pero los obreros no nos miraron y pronto los dejamos atrás y nos acercamos a la
última tienda de troncos al pie del sendero. Era, pues, una cabaña de troncos
levantada al final del lago y estaba dentro de una V de poderosos riscos. Nos
detuvimos y descansamos un rato en los escalones de la entrada. Habíamos
caminado unos seis kilómetros, pero por un camino llano y en buenas
condiciones. Entramos y compramos azúcar y galletas y coca-colas y cosas así.
Entonces, y de repente, Morley, que no había callado durante los seis
kilómetros que habíamos caminado y que tenía un aspecto divertido con la enorme
mochila donde llevaba el colchón hinchable (ahora deshinchado) y sin sombrero
ni nada en la cabeza, así que parecía exactamente lo que parece en la
biblioteca, y eso a pesar de aquellos anchos pantalones que llevaba, recordó
que se había olvidado de vaciar el cárter.
-Conque
te has olvidado de vaciar el cárter -dije yo al notar su consternación y sin
saber mucho de coches-. Conque se te ha olvidado carteriar el vacier.
-No,
no. Eso significa que si la temperatura baja de cero esta noche, el jodido
radiador reventará y no podremos volver a casa y tendremos que caminar veinte
kilómetros hasta Bridgeport y nos quedaremos colgados.
-Bueno,
a lo mejor no hace tanto frío esta noche.
-No
podemos correr ese riesgo -dijo Morley, y por entonces yo estaba indignado
contra él porque siempre encontraba manera de olvidar cosas, liarlo todo,
retrasarnos y hacer que el itinerario fuera un círculo vicioso en lugar de una
excursión relativamente sencilla.
-¿Y
qué vas a hacer? ¿Qué vamos a hacer? ¿Retroceder los seis kilómetros?
-Sólo
podemos hacer una cosa. Vuelvo yo solo, vacío el cárter, regreso, y sigo el
sendero y me reúno con vosotros esta noche.
-Encenderé
un buen fuego -dijo Japhy-, y lo verás desde lejos y podrás alcanzarnos.
-Es
fácil.
-Pero
tendrás que darte prisa y llegar junto a nosotros a la caída de la tarde.
-Lo
haré, me pondré en marcha ahora mismo. Pero entonces me dio pena el pobre Henry
y le dije: -¡Qué coño! ¿Quieres decir que vas a andar detrás de nosotros el día
entero? ¡A la mierda con ese cárter! Vente con nosotros.
-Costará
demasiado dinero arreglarlo si se congela, Smith, es mejor que vuelva. Puedo
pensar un montón de cosas agradables y enterarme aproximadamente de lo que
habléis a lo largo del día si me pongo en marcha ahora mismo. No lancéis
rugidos a las abejas y no hagáis daño al perro, y si se juega un partido de
tenis y nadie lleva camisa no abráis mucho los ojos ante el reflector o el sol
os echará encima el culo de una chica, y también gatos y cajas de fruta y
naranjas dentro... -Y tras decir esto, sin más rodeos ni ceremonias, se fue
carretera abajo diciendo adiós con la mano y farfullando algo más, hablando
consigo mismo, así que le chillamos:
-Hasta
pronto, Henry, date prisa. -Y no respondió y siguió caminando encogiéndose de
hombros.
-Mira
-dije-, me parece que no le importa nada. Le basta con andar por ahí y
olvidarse las cosas.
-Y
darse palmadas en la tripa y ver las cosas como son, igual que Chuangtsé. -Y
Japhy y yo soltamos una carcajada viendo a Henry alejarse vacilante, solo y
loco, bajando por la carretera que acabábamos de subir.
-Bien,
continuemos -dijo Japhy-. Cuando me pese demasiado esta mochila tan grande
cambiaremos de carga. -Estoy preparado. Tío, dámela ahora, tengo ganas de
llevar algo pesado. No sabes lo bien que me siento, tío, vamos. -Cambiamos,
pues, de cargas y seguimos.
Los
dos nos sentíamos muy bien y hablamos un largo trecho, de todo tipo de cosas;
literatura, las montañas, chicas, Princess, los poetas japoneses, nuestras
anteriores aventuras, y de pronto me di cuenta que era una auténtica bendición
que Morley se hubiera olvidado de vaciar el cárter, pues en el caso contrario
Japhy no habría podido meter baza en todo el santo día y en cambio ahora yo
tenía la oportunidad de oírle exponer sus ideas. El modo que tenía de hacer las
cosas y de caminar me recordaba a Mike, el amigo de mi infancia al que también
le gustaba abrir camino, a Buck Jones, tan serio, con los ojos dirigidos a
lejanos horizontes, a Natty Bumppo, haciéndome frecuentes indicaciones:
"Por aquí es demasiado profundo, bordearemos el arroyo hasta que podamos
vadearlo", o, "hay barro blando al fondo, será mejor rodear este
sitio", y todo lo decía muy en serio. Y me lo imaginaba en su infancia en
aquellos bosques del este de Oregón. Caminaba igual que hablaba, desde detrás
podía ver que metía un poco los pies hacia dentro, exactamente como yo; pero
cuando llegaba el momento de subir los ponía hacia fuera, como Chaplin, para
que su paso fuera más fácil y firme.
Cruzamos
una especie de cauce embarrado con densos matorrales y sauces y salimos al otro
lado un poco mojados y seguimos sendero arriba. Estaba claramente señalado y
había sido reparado recientemente por peones camineros, pero llegamos a una
zona donde una roca que había caído cerraba el paso. Japhy tomó grandes
precauciones para apartar la roca diciendo:
-Yo
trabajaba de peón caminero, no soporto ver un camino cegado como está éste,
Smith.
Según
íbamos subiendo el lago aparecía debajo de nosotros y, de pronto, en aquella
superficie azul claro vimos los profundos agujeros donde el lago tenía sus
manantiales, igual que pozos negros, y también vimos cardúmenes de peces.
-¡Esto
es como un mañana en China y he cumplido los cinco años en el tiempo sin
principio! -exclamé, y sentí ganas de sentarme en el sendero y sacar mi
cuaderno y escribir mis impresiones sobre todo aquello.
-Mira
allí -dijo Japhy, entusiasmado también-, chopos amarillos. Esto me recuerda un
haiku...: "Al hablar de la vida literaria, los chopos amarillos."
Al
caminar por esos parajes se pueden entender las perfectas gemas de los haikus
que han escrito los poetas orientales, no se embriagaban nunca en las montañas,
no se excitaban, simplemente registraban con alegría infantil lo que veían, sin
artificios literarios ni expresiones delicadas. Hicimos haikus mientras
subíamos serpenteando por laderas cubiertas de matorrales.
-Rocas
en el borde del precipicio -dije-, ¿por qué no se caen?
-Eso
podría ser un haiku y no serlo -dijo Japhy-, quizá resulte demasiado
complicado. Un auténtico haiku tiene que ser tan simple como el pan y, sin
embargo, hacerte ver las cosas reales. Tal vez el haiku más grande de todos es
el que dice: "El gorrión salta por la galería, con las patas
mojadas." Es de Shiki. Ves claramente las huellas mojadas como una visión
eü tu mente, y en esas pocas palabras también ves toda la lluvia que ha estado
cayendo ese día y casi hueles la pinocha mojada.
-¡Dime
otro!
-Trataré
de que sea uno mío, vamos a ver: "El lago debajo... los negros agujeros
forman manantiales." ¡No, esto no es un haiku! ¡Maldita sea! ¡Uno nunca
tiene suficiente cuidado con los haikus!
-¿Qué
te parece si los hacemos al subir y de un modo espontáneo?
-¡Mira,
mira! -gritó feliz-. Flores de la montaña, fíjate qué delicado color azul
tienen. Y allí arriba, claro, hay amapolas californianas. Todo el prado está
tachonado de color. Por cierto, allá arriba veo un auténtico pino blanco de
California, ya no se ven muchos.
-Sabes
mucho de pájaros y árboles y todo eso, ¿verdad? -Lo he estudiado toda mi vida.
Luego
seguimos subiendo y la conversación se hizo más esporádica, superficial y
risueña. Pronto llegamos a un recodo del sendero donde de pronto éste se hizo
oscuro y estábamos en la sombra de un arroyo que discurría con gran fragor
entre rocas. Un tronco caído formaba un puente perfecto sobre las agitadas y
espumosas aguas, nos tendimos encima de él y bajamos la cabeza y nos mojamos el
pelo y bebimos mientras el agua nos salpicaba la cara; era como tener la cabeza
bajo la corriente de un dique. Me quedé un largo minuto allí disfrutando del
súbito frescor.
-¡Esto
es como un anuncio de la cerveza Rainer! -gritó Japhy.
-Vamos
a sentarnos un rato para disfrutar de este sitio. -Chico, ¡no sabes lo mucho
que nos queda todavía! -Es igual, no estoy cansado.
-Ya
lo estarás, fiera.
9
Seguimos
y yo me sentía inmensamente bien ante el aspecto en cierto modo inmortal que
tenía el sendero, ahora en las primeras horas de la tarde, con las laderas
cubiertas de hierba que parecían envueltas en nubes de polvo de oro viejo, y
los insectos revoloteando sobre las piedras v el viento suspirando en
temblorosas danzas por encima de las piedras calientes, y el modo en que de
pronto el sendero desembocaba en una zona sombría y fresca con grandes árboles
por encima de nuestras cabezas y luz mucho más profunda. Y también el lago allá
abajo convertido en un lago de juguete con aquellos agujeros negros
perfectamente visibles todavía y las sombras de la nube gigante sobre el lago,
y el trágico caminito que se alejaba serpenteante por el que el pobre Morley
regresaba.
-¿Puedes
ver a Morley allá abajo? Japhy miró largamente.
-Veo
una pequeña nube de polvo, a lo mejor es él que ya está de vuelta.
Me
parecía que ya había visto antes el antiguo atardecer del sendero; los prados,
las rocas y las amapolas de pronto me hacían revivir la rugiente corriente con
el tronco que servía de puente y el verdor del fondo, y había algo
indescriptible en mi corazón que me hacía pensar que había vivido antes y que
en esa vida ya había recorrido el sendero en circunstancias semejantes
acompañado por otro bodhisattva, aunque quizá se tratara de un viaje más
importante, y tenía ganas de tenderme a la orilla del sendero y recordar todo
eso. Los bosques producen eso, siempre parecen familiares, perdidos hace
tiempo, como el rostro de un pariente muerto hace mucho, como un viejo sueño,
como un fragmento de una canción olvidada que se desliza por encima del agua, y
más que nada como la dorada eternidad de la infancia pasada o de la madurez
pasada con todo el vivir y el morir y la tristeza de hace un millón de años, y
las nubes que pasan por arriba parecen testificar (con su solitaria
familiaridad) este sentimiento, casi un éxtasis, con destellos de recuerdos
súbitos, y sintiéndome sudoroso y soñoliento me decía que sería muy agradable
dormir y soñar en la hierba. A medida que subíamos nos sentíamos más cansados,
y ahora, como dos auténticos escaladores, ya no hablábamos ni teníamos que
hablar y estábamos alegres y, de hecho, Japhy lo mencionó volviéndose hacia mí
tras media hora de silencio:
-Así
es como más me gusta, cuando no se tienen ganas ni de hablar, como si fuéramos
animales que se comunican por una silenciosa telepatía.
Y
así, entregados a nuestros propios pensamientos, seguimos subiendo; Japhy
usando ese paso que ya he mencionado, y yo con mi propio paso, que era corto,
lento y paciente, y me permitía subir montaña arriba kilómetro y medio a la
hora; así que siempre iba unos treinta metros detrás de él y cuando se nos
ocurría algún haiku ahora teníamos que gritárnoslo hacia atrás o hacia
adelante. En seguida llegamos a la parte más alta del sendero donde dejaba de
haberlo, al incomparable prado de ensueño que tenía una laguna en el centro y
después del cual había piedras y nada más que piedras.
-La
única señal que tenemos ahora para saber el camino que debemos seguir son los
hitos.
-¿Qué
hitos?
-¿Ves
esas piedras de ahí?
-¿Esas
piedras de ahí, dices? ¡Pero, hombre, si sólo veo kilómetros de piedras que
llevan a la cima!
-¿Ves
ese montoncito de piedras de ahí, junto al pino? Se trata de un hito puesto por
otros escaladores. Hasta podría ser uno que puse yo mismo en el cincuenta y
cuatro, pero no estoy seguro. Ahora iremos de piedra en piedra atentos a los
hitos y así sabremos más o menos por dónde ir. Aunque, claro está, que sabemos
por dónde ir; esa ladera de ahí delante, ¿la ves?, es la meseta que debemos
alcanzar.
-¿Meseta?
¡Dios mío! ¡Yo creía que eso era la cima de la montaña!
-Pues
no lo es, después de eso hay una meseta y después un pedregal y después más
rocas y luego llegaremos a un lago alpino no mayor que esta laguna y después
todavía viene la ascensión final, unos trescientos metros casi en
vertical
hasta la cima del mundo desde donde se ve toda California y parte de Nevada y
donde el viento sopla que te levanta.
-¡Guau!...
¿Y cuánto nos llevará?
-Lo
más que podemos esperar es establecer nuestro campamento en la meseta esta
noche. La llamo meseta y de hecho no lo es, es sólo una plataforma entre
riscos.
Pero
en el extremo final más elevado del sendero había un lugar bellísimo y dije:
-Tío,
mira eso... -Un prado de ensueño, pinos en un extremo, y la laguna, el aire
limpio y fresco, las nubes de la tarde corriendo doradas-. ¿Por qué no nos
quedamos a dormir aquí? Creo que nunca había visto un sitio tan hermoso.
-Esto
no es nada. Es hermoso, claro, pero podríamos despertarnos mañana por la mañana
y encontrarnos con tres docenas de maestros que subieron a caballo y están
friendo bacon a nuestro lado. En el sitio adonde vamos no verás a nadie, y si
hay alguien será un montañero, o dos, pero no lo creo en esta época del año.
Puede nevar en cualquier momento. Si lo hace esta noche, tú y yo podemos decir
adiós a la vida.
-Bueno,
pues adiós, Japhy. En cualquier caso podemos descansar un rato aquí y beber un
poco de agua y admirar el prado.
Nos
sentíamos cansados y bien. Nos tumbamos en la hierba y descansamos e
intercambiamos las mochilas y nos las sujetamos y reanudamos la marcha. Casi al
tiempo la hierba se terminó y empezaron las piedras; subimos a la primera, y
desde entonces todo consistió en saltar de piedra en piedra, ascendiendo de
modo gradual, subiendo por un valle de piedras de unos ocho kilómetros que se
hacía más y más escarpado con inmensos despeñaderos a ambos lados que formaban
las paredes del valle, hasta cerca del risco donde avanzamos casi gateando.
-¿Y
qué hay detrás de ese risco?
-Hay
hierba alta, matorrales, piedras dispersas, bellos arroyos con meandros que
tienen hielo en los remansos incluso a mediodía, manchas de nieve, árboles
tremendos y una roca tan grande como dos casas de Alvah una encima de la otra
que se inclina hacia adelante y forma una especie de concavidad donde podemos
acampar y encender un buen fuego que caliente la pared de piedra. Después de
eso se termina la hierba y el bosque. Eso será a unos tres mil metros de
altura, más o menos.
Con
las playeras me resultaba facilísimo bailar ágilmente de piedra en piedra, pero
al cabo de un rato noté que Japhy hacía lo mismo con mucha más gracia y que se
movía sin esfuerzo de piedra en piedra, a veces bailando deliberadamente y
cruzando las piernas de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, y yo
traté de seguir sus pasos durante unos momentos, pero en seguida comprendí que
era mejor que eligiera mis propias piedras y me dedicara a mi propia danza.
-El
secreto de este modo de escalar -dijo Japhy- es como el zen. No hay que pensar.
Hay que limitarse a bailar. Es la cosa más fácil del mundo. De hecho más fácil
todavía que caminar por terreno llano, que resulta tan monótono. Se presentan
pequeños problemas a cada paso y, sin embargo, nunca dudas y te encuentras de
repente encima de otra piedra que has elegido sin ningún motivo especial, justo
como en el zen. -Y así era.
Ya
casi no hablábamos. Los músculos de las piernas se cansaban. Pasamos horas,
quizá tres, subiendo por aquel valle tan largo. Por entonces llegó el atardecer
y la luz se iba poniendo color ámbar y las sombras caían siniestras sobre el
valle de piedras y eso, en lugar de asustarte, te proporcionaba una nueva
sensación de inmortalidad. Los hitos estaban dispuestos de forma que se veían
con facilidad: te subías a una roca y mirabas hacia adelante y localizabas un
hito (normalmente eran dos piedras planas, una encima de otra, y a veces otra
más redonda encima como adorno) y te dirigías en su dirección. El objetivo de
estos hitos, dispuestos así por escaladores previos, era ahorrar un par de
kilómetros o más andando de un lado a otro del inmenso valle. Entretanto,
nuestro torrente rugía por allí cerca, aunque ahora era más fino y tranquilo,
procedente de la propia cara del risco, en aquel momento distante un kilómetro
y medio valle arriba, brotando de una mancha negra que distinguí en la roca
gris.
Saltar
de piedra en piedra y sin caer nunca, con una mochila a la espalda, es más
fácil de lo que parece; es imposible caerse cuando se sigue el ritmo de la
danza. Miré valle abajo varias veces y me sorprendió comprobar lo altos que
estábamos y ver más lejos aún horizontes de nuevas montañas. Nuestro hermoso
valle en lo alto del sendero era como un pequeño calvero en el bosque de Arden.
Luego la ruta se hizo más empinada, el sol se puso más rojo, y muy pronto
empecé a ver manchas de nieve en la sombra de algunas rocas. Llegamos a un
lugar donde el risco de enfrente parecía echársenos encima. En ese momento vi
que Japhy dejaba a un lado su mochila y me acerqué a él.
-Bien,
dejaremos nuestra carga aquí y subiremos esos pocos metros por la ladera de
este paredón, por aquel sitio que parece más accesible. Encontraremos el sitio
donde acampar. Lo recuerdo bien. En realidad, puedes quedarte por aquí y
descansar o meneártela mientras doy una vuelta. Me gusta andar solo.
De
acuerdo. Me senté y me cambié los calcetines mojados y la camiseta empapada por
prendas secas y crucé las piernas y descansé y silbé durante una media hora;
una ocupación realmente agradable, y Japhy volvió y dijo que había encontrado
el sitio. Yo creía que sólo quedaba un breve paseo hasta el lugar donde
descansaríamos, pero casi nos llevó otra hora trepar unas piedras y saltar por
encima de otras hasta llegar al plano de la plataforma, y allí, sobre una zona
de hierba más o menos llana, caminar unos doscientos metros hasta donde había
una gran roca gris rodeada de pinos. El lugar era esplendoroso: nieve en el
suelo, manchas blancas en la hierba, y murmurantes arroyos y las enormes y
silenciosas montañas de piedra a ambos lados, y el viento soplando y el olor a
brezos. Vadeamos un adorable arroyuelo de un palmo de profundidad, agua
transparente con pureza de perla, y llegamos a la enorme roca. Había troncos
carbonizados de otros montañeros que habían acampado allí.
-¿Dónde
está el Matterhorn?
-Desde
aquí no se puede ver, aunque... -señaló una gran plataforma lejana y una cañada
con maleza que doblaba a la derecha-... dando la vuelta por allí, un par de
kilómetros o así más allá, nos encontraremos al pie del Mattherhorn. -¡Coño,
tío! ¡Eso nos va a llevar otro día entero! -No cuando se viaja conmigo, Smith.
-Bien,
Ryderito, me parece bien.
-De
acuerdo, Smithito, y ahora vamos a descansar y disfrutar de todo esto y
prepararemos la cena y esperaremos al viejo Morleyto.
Así
que abrimos las mochilas y sacamos las cosas y fumamos y lo pasamos bien. Ahora
las montañas tenían un matiz rosado. Quiero decir las rocas, porque sólo había
rocas sólidas cubiertas por los átomos de polvo acumulados desde el tiempo sin
principio. De hecho me asustaban aquellas dentadas monstruosidades que teníamos
alrededor y por encima.
-¡Qué
silencio!
-Sí,
tío, ¿sabes?, para mí una montaña es un Buda. Piensa en su paciencia; cientos
de miles de años inmóvil aquí en un perfecto silencio y como rezando por todos
los seres vivos esperando que se terminen nuestras agitaciones y locuras.
Japhy
sacó el té, un té chino, y echó un poco en un bote de hojalata, y el fuego se
había avivado entretanto, aunque todavía era pequeño porque no se había puesto
el sol, y clavó un largo palo entre unas rocas y colgó de él la tetera y el
agua hirvió en seguida y la vertió en el bote de hojalata y tomamos nuestro té
en vasos de estaño. Yo mismo había traído el agua de un arroyo, y era un agua
fría y pura como la nieve y como los ojos con párpados de cristal del cielo. Y
nuestro té era con gran diferencia el más puro y tonificante que había tomado
en toda mi vida y daba ganas de tomar más y más y nos quitó la sed, v, desde
luego, nos proporcionó un delicioso calor en el estómago.
-Ahora
entenderás la pasión oriental por el té -dijo Japhy-. Recuerda ese libro del
que te hablé sobre el primer sorbo que es alegría, el segundo goce, el tercero
serenidad, el cuarto locura, el quinto éxtasis.
-Sí,
es un buen compañero.
La
roca junto a la que habíamos acampado era una maravilla. Tenía unos diez metros
de alto por otros diez de base, un cuadrado casi perfecto, v unos árboles
retorcidos inclinándose sobre ella v como mirándonos desde arriba. Desde la
base avanzaba hacia adelante formando una concavidad, así que si llovía
estaríamos parcialmente cubiertos.
-¿Cómo
llegaría esta inmensa hija de puta hasta aquí? -Probablemente fue dejada por el
glaciar en retirada. ¿Ves aquel campo de nieve de allí?
-Sí.
-Es
lo que queda del glaciar. No se puede comprender si cayó hasta aquí desde
montañas prehistóricas inconcebibles, o si aterrizó aquí cuando la tierra
estalló durante el levantamiento del jurásico. Ray, estar aquí no es como estar
sentado en un salón de té de Berkelev. Esto es el comienzo v el fin del mundo.
Fíjate en estos pacientes budas mirándonos sin decir nada.
-Y
viniste aquí totalmente solo...
-Anduve
por aquí semanas interminables, justo como John Muir, iba de un lado para otro
siguiendo las vetas de cuarcita o recogiendo amapolas, o simplemente caminando
sin parar, cantando, desnudo v preparando la comida v riendo.
-Japhy,
tengo que decírtelo; me pareces el tipo más feliz del mundo y eres grande, te
lo aseguro. Me alegra tanto aprender tantas cosas... Este sitio, además, hace
que sienta una profunda devoción. ¿Sabes que hice una oración?
-¿Cuál?
-Me
siento y digo... bueno, paso revista a todos mis amigos y parientes y enemigos
uno a uno, sin alimentar odio o agradecimiento alguno, y digo algo como:
"Japhy Ryder, igualmente vacío, igualmente digno de ser amado, igualmente
un próximo Buda", luego sigo y digo: "David O. Selznick, igualmente
vacío, igualmente digno de ser amado, igualmente un próximo Buda", aunque
la verdad es que no utilizo nombres como David O. Selznick, sólo los de la
gente que conozco porque cuando digo las palabras: "Igualmente un próximo
Buda", quiero pensar en los ojos, como en los de Morley, esos ojos azules
tras las gafas, y cuando uno piensa "igualmente un próximo Buda",
piensa en esos ojos y de hecho de pronto ve el auténtico secreto de la
serenidad y la verdad de su próxima budeidad. Luego, uno piensa en los ojos del
enemigo.
-Eso
es estupendo, Ray. -Y Japhy sacó su cuaderno de notas y escribió la oración y
movió la cabeza admirado-. Es realmente estupendo, voy a enseñarles esta
oración a todos los monjes que conozca en el Japón. Todo te va bien, Ray, el
único problema que tienes es que nunca aprendiste a venir a sitios como éste y
dejas que el mundo te ahogue en su mierda y has sido ultrajado..., aunque como
digo las comparaciones son odiosas, lo que ahora decimos es cierto.
Sacó
el bulgur, trigo sin refinar desmenuzado, y lo mezcló con un par de paquetes de
legumbres y vegetales secos y lo puso todo en la cacerola para que estuviera
bien cocido al caer la tarde. Empezamos a escuchar tratando de oír los gritos
de Morley, que no llegaban. Comenzamos a preocuparnos por él.
-El
problema es que, joder, si se ha caído de una piedra y se ha roto una pierna,
nadie podrá ayudarle. Es peligroso... Yo he hecho este camino solo, pero soy
muy bueno escalando, soy como una cabra montesa.
-Tengo
hambre.
-Yo
también, joder, quisiera que llegara en seguida. Vamos a pasear un poco por
ahí, comeremos bolas de nieve y beberemos agua y esperaremos.
Hicimos
eso, explorando el extremo superior de la lisa plataforma, y volvimos. Por
entonces el sol ya se había puesto detrás de la pared occidental de nuestro
valle, y oscurecía, y todo se volvía más rojo, más frío, y surgían haces
púrpura detrás de las dentadas cumbres. El cielo era profundo. Incluso
empezamos a ver unas pálidas estrellas, por lo menos una o dos. De repente
oímos un distante "¡Alaiu!" y Japhy se puso en pie de un salto y
subió a una piedra y gritó: "¡Ju! ¡Ju! ¡Ju!"
Llegó
otro "¡Alaiu!". -¿Está muy lejos?
-¡Dios
mío! Por el sonido se diría que ni siquiera ha empezado. No está ni al comienzo
del valle de piedras. No puede pasar por allí de noche.
-¿Qué
podemos hacer?
-Vamos
hasta el borde del risco y nos sentaremos allí y le llamaremos durante una
hora. Llevaremos los cacahuetes y las pasas y comeremos eso mientras esperamos.
Quizá no esté tan lejos como pienso.
Subimos
al promontorio desde donde podíamos ver el valle entero y Japhy se sentó en la
postura del loto con las piernas cruzadas encima de una roca y sacó su rosario
de madera y rezó. Es decir, simplemente mantuvo las cuentas en las manos
puestas hacia abajo y los pulgares juntos. Y se quedó mirando hacia adelante
sin mover ni un solo músculo. Me senté lo mejor que pude encima de una roca y
estuvimos así sin decir nada y meditando. Sólo que yo meditaba con los ojos
cerrados. El silencio era un inmenso ruido. Desde donde estábamos, el rumor del
arroyo, el gorgoteo y parloteo del arroyo, llegaba bloqueado por las rocas.
Oímos algunos "Alaius" melancólicos más, pero parecía que se alejaban
más y más cada vez. Cuando abrí los ojos el rosa era mucho más púrpura. Las
estrellas empezaron a brillar. Caí en una profunda meditación, sintiendo que
las montañas eran realmente budas y amigas nuestras y tuve la extraña sensación
de que había algo raro en que sólo hubiera tres hombres en todo aquel inmenso
valle: el místico número tres. Nirmanakaya, Sambhogakaya y Dharmakaya. Pedí la
salvación y la felicidad eterna para el pobre Morley. En una ocasión abrí los
ojos y vi a Japhy sentado allí rígido como una piedra y sentí ganas de reír
porque me pareció muy divertido. Pero las montañas eran poderosas y solemnes, y
lo mismo Japhy, y debido a eso, de hecho, la risa tendría que ser solemne.
Era
algo hermoso. Los tintes rosados se desvanecieron y entonces todo era una
oscuridad púrpura y el rumor del silencio era como un torrente de olas de
diamante que atravesaran los pórticos líquidos de nuestros oídos y fueran
capaces de tranquilizar a un hombre durante mil años. Pedí por Japhy, por su
futura salvación y felicidad y eventual budeidad. Todo era completamente serio,
completamente alucinante, completamente feliz.
"Las
rocas son espacio -pensé-, y el espacio es ilusión." Tuve un millón de
pensamientos. Japhy hacía lo mismo. Me extrañaba el modo en que meditaba con
los ojos abiertos. Y ante todo estaba humanamente asombrado de que ese muchacho
que estudiaba con tanta intensidad poesía oriental y antropología y ornitología
y todas las demás cosas y que era un recio aventurero en senderos y montañas
también sacara de repente su enternecedor y hermoso rosario de madera y se
pusiera a rezar allí con solemnidad, como un viejo santo del desierto, aunque
resultara tan curioso en Norteamérica, con los altos hornos y los aeropuertos.
El mundo no debe ser tan malo cuando producía tipos como Japhy, pensé, y me
sentí contento. El dolor de todos mis músculos y el hambre eran bastante
desagradables, y las oscuras rocas que nos rodeaban, el hecho de que no hubiera
nadie que te calmara con besos y palabras suaves, de que estuviera allí sentado
meditando y pidiendo por el mundo con otro joven vehemente... era algo bueno
haber nacido para morir, aunque sólo fuera para eso, como nos ocurría a
nosotros. Algo saldrá de todo esto, amigos míos, en las Vías Lácteas de la
eternidad desplegándose ante nuestros mágicos ojos sin envidia. Tuve ganas de
contarle a Japhy todo lo que pensaba, pero comprendí que no importaba y además,
en cualquier caso, él ya lo sabía, y el silencio es la montaña de oro. -¡Alaiu!
-gritaba Morley, y ahora era de noche, y Japhy dijo:
-Bueno,
parece que todo indica que todavía está lejos. Creo que tendrá la suficiente
cordura como para instalar su propio campamento por ahí abajo, así que
regresemos al nuestro y preparemos la cena.
-De
acuerdo. -Y gritamos "¡Ju!" un par de veces para tranquilizar a
Morley. Sabíamos que tendría la cordura precisa.
Y
así fue, como luego supimos. Acampó y se envolvió en las dos mantas que había
alquilado, encima de su cama neumática, y durmió la noche entera en aquel
incomparable prado con la laguna y los pinos, según nos contaría al reunirse
con nosotros al día siguiente.
10
Anduve
por allí cerca y cogí pequeños palos que sirvieran de astillas para la hoguera
y después fui a reunir trozos mayores y, por fin, cogí troncos bastante
grandes: resultaban fáciles de encontrar por allí. Teníamos una hoguera que
Morley habría visto a ocho kilómetros de distancia si no hubiera estado
escondida detrás del risco, fuera de su vista. La hoguera enviaba contra la
pared de piedra el calor, y la pared lo absorbía y lo devolvía, así que
estábamos en una habitación caliente exceptuadas las puntas de nuestras narices
que se enfriaban cuando dejábamos el lugar para traer leña y agua. Japhy puso
el bulgur en la olla con agua y empezó a hervirlo y lo revolvió con un palo
mientras estaba ocupado preparando el pudín de chocolate y lo ponía a calentar
en otra olla que sacó de mi mochila. También preparó más té. Luego sacó un
juego doble de palillos y en seguida teníamos la cena lista y nos reímos. Fue
la cena más deliciosa de toda mi vida. Arriba, más allá del resplandor
anaranjado de nuestra hoguera, se veían inmensos sistemas de incontables
estrellas, como resplandores individuales o como guirnaldas de Venus o enormes
Vías Lácteas inconmensurables para el entendimiento humano, todo frío, azul,
plata, aunque nuestra hoguera y nuestra comida eran rosas y apetitosas. Y tal y
como había predicho Japhy, no tuve las menores ganas de beber alcohol, me había
olvidado de él, la altura era excesiva, el ejercicio duro, el aire demasiado
vivo y bastaba con él para ponerte borracho como una cuba. Fue una cena estupenda;
siempre se come mejor cuando se toman pequeños trozos con los palillos, sin
tragar demasiada cantidad, por este motivo la ley de la supervivencia de Darwin
tiene mejor aplicación en China: si uno no sabe manejar los palillos y
conseguir igualar a los más hábiles en la olla familiar, se muere de hambre. En
cualquier caso, terminé ayudándome con el dedo índice.
Terminada
la cena, Japhy restregó cuidadosamente los cacharros con un estropajo metálico
y me hizo traer agua. La cogí en una lata vacía que habían dejado otros
montañeros, y tras llenarla en un estanque de estrellas, volví con ella y una
bola de nieve, y Japhy lavó los platos con agua previamente hervida.
-Normalmente
no lavo los platos, sólo los ato con mi pañuelo azul, porque esas cosas
realmente no importan..., aunque seguro que este tipo de conocimientos no los
apreciarían esos del edificio de Madison Avenue, ¿cómo se llaman?..., esa
empresa inglesa, ¿cómo se llama? Creo que Urber and Urber, ¡a la mierda! Y
ahora voy a sacar mi mapa del firmamento y ver cómo andan las cosas esta noche.
Las estrellas son mucho más numerosas que todos tus famosos sutras Surangamy.
-Así que desplegó su mapa del firmamento y lo hizo girar un poco, y lo ajustó y
miró y dijo-: Son exactamente las ocho cuarenta y ocho.
-¿Cómo
lo sabes?
-Sino
no estaría donde está si no fueran las ocho cuarenta y ocho... ¿Sabes lo que me
gusta de ti, Ray? Evocas en mí el auténtico lenguaje de este país que es el
lenguaje de los obreros, de los ferroviarios, de los leñadores. ¿Les has oído
hablar alguna vez?
-Pues
claro. Conocí a un tipo, un conductor de un camión cisterna lleno de petróleo,
que me recogió en Houston, Texas, una medianoche después de que un marica due
ño de un motel, que se llamaba muy adecuadamente el Albergue del Dandy, me
echara y me dijera que si no conseguía que me recogiera alguien dormiría al
sereno; así que esperé como una hora en la carretera totalmente desierta y de
pronto llegó un camión conducido por un cherokee que me dijo que lo era, aunque
se llamaba Johnson o Ally Reynolds o algo parecido, y empezó a hablar más o
menos así: "Mira, chaval, yo salí de debajo de las faldas de mamá antes de
que tú llegaras a oler el río y vine al Oeste para conducir como un loco por
los campos petrolíferos de Texas...", y siguió con una especie de charla
rítmica y se ocupaba de todo tipo de cosas siguiendo el ritmo de los acelerones
y frenazos y cambios de velocidad del camión y éste rodaba a más de cien por
hora y su relato iba igual de rápido, algo magnífico, eso es lo que yo llamo
poesía.
-Eso
quería decir. Deberías oír al viejo Burnie Byers hablar de esa misma manera en
la zona del Skagit. Ray, tienes que ir allí.
-De
acuerdo, iré.
Japhy,
arrodillado sobre el mapa, estudiaba el firmamento, inclinado un poco hacia
adelante para mirar a través de las ramas de los árboles, que enmarcaban
nuestras piedras, con su perilla y todo, y con aquella poderosa roca grisácea
detrás de él, igual, exactamente igual que la visión que yo había tenido de los
viejos maestros zen de China en la inmensidad. Estaba doblado un poco hacia
adelante, de rodillas, como si tuviera un sutra sagrado en la mano. Pero en
seguida se dirigió a la mancha de nieve y volvió con el pudín de chocolate que
ahora estaba helado y delicioso a más no poder. Nos echamos encima de él.
-Quizá
deberíamos dejar un poco para Morley. -No se conservará, el sol de la mañana lo
desharía.
La
hoguera dejó de crepitar y sólo quedaron enormes brasas, pero enormes de
verdad, de dos metros de largo. La noche imponía cada vez más su sensación de
gélido cristal, y el olor de los humeantes leños era tan delicioso como el del
pudín de chocolate. Fui un rato a dar un paseo junto al arroyo casi helado y me
senté a meditar junto a un tronco caído y las enormes paredes de las montañas a
ambos lados de nuestro valle eran masas silenciosas. Hacía demasiado frío para
quedarse allí más de un minuto. Cuando regresé nuestra hoguera color naranja
reflejaba su resplandor en la enorme roca y Japhy, arrodillado y contemplando
el firmamento a más de tres mil metros por encima del rechinante mundo, era la
imagen misma de la paz y el buen sentido. Había otro aspecto de Japhy que me
asombraba: su poderoso y tierno sentido de la caridad. Siempre estaba regalando
cosas, siempre practicando lo que los budistas llaman el Paramita de Dana, la
perfección de la caridad.
Cuando
volví y me senté junto al fuego, dijo:
-Bueno,
Smith, ya es hora de que tengas un rosario de cuentas de juju, así que quédate
con éste. -Y me entregó las cuentas de madera oscura unidas por una cuerda
negra y brillante con un bello lazo en el extremo.
-No
puedes regalarme una cosa así. Procede de Japón, ¿no?
-Tengo
otro juego de cuentas negras. Smith, la oración que me enseñaste antes merece
un rosario de cuentas de juju como éste. En cualquier caso, es tuyo.
Minutos
después liquidamos el resto del pudín de chocolate, aunque Japhy consiguió que
yo tomara la parte mayor. Luego, cuando extendió ramas sobre la piedra y encima
del poncho, se aseguró que su saco de dormir estuviera más alejado del fuego
que el mío para que yo estuviera bien caliente. Siempre estaba practicando la
caridad. De hecho me la enseñó cuando una semana más tarde le regalé unas
agradables camisetas que había encontrado en los almacenes del Monte de Piedad.
Correspondió a este regalo dándome un recipiente de plástico para guardar
alimentos. En broma, le regalé una flor muy grande del jardín de Alvah. Un día
más tarde me trajo solemnemente un pequeño ramo de flores recogidas en los
jardines públicos de Berkeley.
-Y
puedes quedarte con las playeras, además -dijo-. Tengo otro par más viejo que
ése, pero igual de buenas.
-Mira,
no puedo aceptar todo esto.
-Smith,
¿no te das cuenta de que es un privilegio regalar cosas a los demás? -Y lo
hacía de un modo muy agradable. No había nada de navideño ni de ostentoso, sino
algo casi triste, y en ocasiones sus regalos eran cosas viejas que tenían el
encanto de lo útil y lo melancólico.
Nos
metimos en los sacos de dormir, ya hacía un frío gélido, era alrededor de las
once, y hablamos un rato más antes de que uno de los dos dejara de responder y
en seguida nos dormimos. Mientras Japhy roncaba me desperté y seguí tumbado
mirando a las estrellas y dando gracias a Dios por haber subido a esta montaña.
Mis piernas estaban mejor, todo el cuerpo revigorizado. Los crujidos de los
troncos apagándose eran como Japhy haciendo comentarios sobre mi felicidad. Le
miré, su cabeza estaba metida en el saco de plumas de pato. Su forma acurrucada
era la única cosa que se podía ver en muchos kilómetros de oscuridad saturada y
concentrada de deseos de ser buena. Pensé: "¡Qué cosa más extraña es el
hombre! Como dice la Biblia: "¿Quién conoce el espíritu del hombre que
mira a lo alto?" Este pobre muchacho diez años más joven que yo haciéndome
parecer un idiota que olvida todos los ideales y la alegría que tenía antes, en
mis recientes años de bebedor decepcionado. ¿Y qué le importa no tener dinero?
No necesita el dinero, lo único que necesita es su mochila con esas bolsitas de
comida seca y un buen par de zapatos, y allá se va a disfrutar de los
privilegios de un millonario en sitios como éste. ¿Y qué millonario con gota
podría llegar hasta esta roca? Nos ha llevado un día entero llegar hasta
aquí." Y me prometí que iniciaría una nueva vida. "Por todo el Oeste
y por las montañas del Este, y también por el desierto, vagabundearé con una
mochila, seguiré el camino puro." Y me dormí tras hundir la nariz dentro
del saco de dormir y me desperté hacia el alba temblando; el suelo húmedo había
atravesado el impermeable y el saco, y mis costillas estaban sobre un suelo más
húmedo que el de una cama mojada. El aliento me humeaba. Me volví sobre el otro
lado y volví a dormirme: mis sueños fueron puros sueños fríos como agua helada,
pero sueños felices, no pesadillas.
Cuando
me desperté de nuevo y la luz del sol era de un primigenio color naranja que
llegaba a través de los riscos del este y bajaba por entre nuestras fragantes
ramas de pino, me sentí como cuando era niño y había llegado el momento de
jugar el día entero porque era sábado. Japhy ya estaba levantado y cantaba y
haciendo aire con las manos avivaba un pequeño rescoldo. El suelo tenía
escarcha blanca. Se alejó corriendo y gritó: "¡Alaiu!", y, ¡Dios
mío!, de pronto oímos que Morley contestaba mucho más cerca que la noche
anterior.
-Ya
se ha puesto en camino. Despierta, Smith, y toma una taza de té, te sentará
bien, ya verás.
Me
levanté y pesqué las playeras dentro del saco de dormir donde las había tenido
toda la noche para que se calentaran y me las puse, y también me puse la boina
y di un salto y corrí unos cuantos metros por la hierba. El arroyo estaba
helado, excepto por el centro, donde las burbujas se alejaban tintineando. Me
tumbé boca abajo y tomé un profundo trago, mojándome la cara. No hay sensación
mejor en el mundo que lavarse la cara en el agua fría una mañana en la montaña.
Después volví y Japhy estaba calentando los restos de la cena de la noche
anterior que estaba todavía bastante rica. Luego me acerqué al borde del risco
y gritamos hacia Morley, y de repente lo vimos a lo lejos. Una delgada figura
dos o tres kilómetros valle abajo moviéndose como un ser enano animado en el
inmenso vacío.
-Esa
pequeña mancha de allí abajo es nuestro ocurrente amigo Morley -dijo Japhy, con
su curiosa voz potente de leñador.
Unas
dos horas después, Morley estaba a una distancia desde la que podía hablar
mientras saltaba las piedras finales en dirección a nosotros que lo esperábamos
sentados en una roca al sol, que ya calentaba.
-La
Asociación Femenina de Ayuda dice que debo presentarme aquí para ver si a
vosotros, muchachos, os gusta llevar cintas azules cosidas a la camisa, dicen
que queda mucha limonada rosa y que lord Mountbatten se está impacientando. Me
parece que están estudiando el origen de ese reciente conflicto en el Oriente
Medio, o preferirán tomar café. En mi opinión deberían tener más cuidado con un
par de literatos como vosotros... -Y siguió así, sin parar y sin razón alguna,
parloteando bajo el feliz cielo azul de la mañana con su apagada sonrisa,
sudando un poco debido al prolongado esfuerzo matutino.
-Bueno,
Morley, ¿estás preparado para subir al Matterhorn?
-Lo
estaré en cuanto me cambie estos calcetines mojados.
11
Hacia
mediodía nos pusimos en marcha dejando nuestras mochilas en el campamento al
que probablemente nadie llegaría hasta por lo menos el año próximo, y seguimos
valle arriba con sólo un poco de comida y un equipo de primeros auxilios. El
valle era más largo de lo que parecía. Casi inmediatamente eran las dos de la
tarde y el sol se estaba poniendo más dorado y se levantó viento y empecé a
pensar: "¡Dios mío, vamos a tener que subir a esa montaña de noche!"
-Tienes
razón, tenemos que darnos prisa -dijo Japhy, después de que le comunicara mis
temores.
-¿Por
qué no lo dejamos y volvemos a casa?
-Vamos,
vamos, fiera, subiremos corriendo a esa montaña y luego volveremos a casa.
El
valle era largo, largo, largo. En su extremo superior se hizo muy escarpado y
empecé a tener miedo de caerme; las piedras eran pequeñas y resbaladizas y me
dolían los tobillos debido al esfuerzo muscular del día anterior. Pero Morley
seguía caminando y hablando y me di cuenta de que tenía una gran resistencia.
Japhy se quitó los pantalones y parecía un indio; quiero decir que se quedó en
pelotas si se exceptúa un taparrabos, y avanzaba casi quinientos metros por
delante de nosotros; a veces nos esperaba un poco para darnos tiempo a que le
alcanzáramos, y luego seguía, moviéndose más deprisa, esperando escalar la
montaña ese mismo día. Morley iba el segundo, todo el tiempo, unos cincuenta
metros por delante de mí. Yo no tenía prisa. Luego, cuando la tarde avanzó,
decidí adelantar a Morley y reunirme con Japhy. Ahora estábamos a unos tres mil
quinientos metros de altura y hacía frío y había mucha nieve y hacia el este
veíamos inmensas montañas coronadas de nieve y vastas extensiones de valle a
sus pies y prácticamente nos encontrábamos en la cima de California. En un
determinado momento tuve que gatear, lo mismo que los otros, por un estrecho
lecho de roca, alrededor de una piedra saliente, y me asusté de verdad: la
caída era de unos treinta metros, lo bastante como para romperme la crisma,
encima de otro pequeño lecho de roca donde rebotaría como preparación para una
segunda caída, la definitiva, de unos trescientos metros. Ahora el viento
arreciaba. Sin embargo, toda esa tarde, en un grado incluso mayor que la
anterior, estuvo llena de premoniciones o recuerdos, como si hubiera estado
allí antes, trepando por aquellas rocas, con objetivos más antiguos, más
serios, más sencillos. Por fin llegamos al pie del Matterhorn donde había una
bellísima laguna desconocida para la mayoría de los hombres de este mundo,
contemplada sólo por un puñado de montañeros, una laguna a más de tres mil
quinientos metros de altura con nieve en las orillas y bellas flores y bella
hierba, un prado alpino, llano y de ensueño, sobre el que me tumbé en seguida
quitándome los zapatos. Japhy, que ya llevaba allí media hora, se había vestido
otra vez porque hacía frío. Morley subía detrás de nosotros sonriendo. Nos
sentamos allí observando la inminente escarpadura tan empinada que constituía
el tramo final del Matterhorn.
-No
parece excesivamente difícil -dije, animado-, llegaremos en seguida.
-No,
Ray, es mucho más de lo que parece. ¿No te das cuenta de que son unos
trescientos metros más?
-¿Tanto?
-A
menos que nos demos prisa y marchemos dos veces más rápido que hasta ahora, no
conseguiremos regresar a nuestro campamento antes de que caiga la noche y no
llegaremos al coche, allí, al lado de la cabaña de troncos, antes de mañana por
la mañana.
-¡Vaya!
-Estoy
cansado -dijo Morley-, no pienso intentar el ascenso.
-Me
parece muy bien -respondí-. La finalidad del montañero no es demostrar que
puede llegar a la cima de una montaña, sino encontrarse en un lugar salvaje.
-Bueno,
pues yo subiré -dijo Japhy.
-Pues
si tú subes, yo iré contigo.
-¿Y
tú, Morley?
-No
creo que lo consiguiera. Esperaré aquí.
El
viento era muy fuerte, y pensaba que en cuanto subiéramos unos cuantos metros
por la ladera estorbaría nuestra ascensión.
Japhy
cogió un pequeño paquete de cacahuetes y uvas pasas y dijo:
-Ésta
será nuestra gasolina, chico. Ray, ¿estás dispuesto a ir el doble de deprisa?
-Lo
estoy. ¿Qué dirían los de The Place si supieran que he hecho todo este camino
para rajarme en el último minuto?
-Es
tarde, démonos prisa. -Y Japhy empezó a caminar muy deprisa y hasta corría a
veces cuando había que ir hacia la derecha o la izquierda por aristas de
pedregales. Un pedregal es un derrumbe de piedras y arena y es muy dificil de
escalar, pues siempre se producen pequeños aludes. Bastaban unos pocos pasos
para que nos pareciera que subíamos más y más como en un terrorífico ascensor,
y tuve que tragar saliva cuando me volví a mirar hacia abajo y vi todo el
estado de California, o así parecía, extendiéndose en tres direcciones bajo los
amplios cielos azules con impresionantes nubes del espacio planetario e
inmensas perspectivas de valles distantes y hasta mesetas, y si no me
equivocaba todo el estado de Nevada estaba también allí, ante mi vista. Era
aterrador mirar hacia abajo y ver a Morley, un punto soñador que nos estaba
esperando junto al lago. "¿Por qué no me habré quedado con el viejo
Henry?", pensé. Y ahora empecé a tener miedo a subir más, miedo a estar
demasiado arriba. También empecé a temer que el viento me barriera. Todas las
pesadillas que había tenido sobre caídas de una montaña, por un precipicio o
desde un piso alto me pasaron por la cabeza con perfecta claridad. Y, encima,
cada doce pasos que dábamos, nos sentíamos exhaustos.
-Eso
es por la altura, Ray -dijo Japhy, sentándose a mi lado, jadeante-. Tomaremos
unas pasas y unos cacahuetes y ya verás la fuerza que te dan.
Y
cada vez que tomábamos aquel tremendo vigorizante, ambos trepábamos sin decir
nada otros veinte o treinta pasos. Entonces nos sentábamos de nuevo, sudando en
el viento frío, jadeando, en el techo del mundo, sorbiéndonos los mocos como
chavales jugando a última hora de la tarde un sábado de invierno. Ahora el
viento empezó a aullar como en las películas de La Mortaja del Tibet. La
pendiente era demasiado para mí; ahora tenía miedo a mirar hacia abajo; lo
hice: ni siquiera conseguí distinguir a Morley junto a la laguna.
-¡Date
prisa! -gritó Japhy, desde unos treinta metros más arriba-. Se está haciendo
tardísimo.
Miré
hacia la cumbre. Estaba allí mismo. Llegaría a ella en cinco minutos.
-Sólo
nos queda media hora -gritó Japhy. No podía creerlo. Tras cinco minutos de
rabiosa ascensión, me dejé caer y miré hacia arriba y la cumbre seguía donde
antes. Lo que menos me gustaba de aquella cumbre era que todas las nubes del
mundo pasaban a través de ella como si fueran niebla.
-En
realidad yo no tengo nada que hacer allí arriba -murmuré-. ¿Por qué me dejaría
enrollar en esto?
Japhy
iba ahora mucho más adelante, me había dejado las pasas y los cacahuetes y, con
una especie de solemnidad solitaria, había decidido llegar a la cumbre, aunque
muriera en el empeño. No volvió a sentarse. Pronto estaba todo un campo de
fútbol, unos cien metros, por delante de mí; cada vez era más pequeño. Volví la
cabeza como la mujer de Loth.
-¡Está
demasiado alto! -aullé en dirección a Japhy, dominado por el pánico.
No
me oyó. Avancé unos cuantos pasos más y caí exhausto panza abajo, resbalando un
poco.
-¡Está
demasiado alto! -volví a gritar auténticamente asustado.
¿Qué
pasaría si no podía evitar el seguir deslizándome hacia abajo por el pedregal?
Esa maldita cabra montesa de Japhy seguía saltando por entre la hierba, allí
delante, de roca en roca, cada vez más arriba. Sólo distinguía el brillo de sus
suelas.
-¿Cómo
voy a seguir a un loco como ése?
Pero
como un demente, como un desesperado, le seguí. Por fin llegué a una especie de
saliente donde pude sentarme en un plano horizontal en lugar de tener que
agarrarme a algo para no caer hacia abajo, y me acurruqué allí para que el
viento no me arrastrara y miré hacia abajo y alrededor y tomé una decisión.
-¡Me
quedo aquí! -le grité a Japhy.
-Vamos,
Smith, sólo quedan otros cinco minutos. ¡Estoy a treinta metros de la cumbre!
-¡Me
quedo aquí! ¡Está demasiado alto!
No
dijo nada y siguió. Vi que se caía y resoplaba y volvía a ponerse en pie y
reanudaba la marcha.
Me
acurruqué todavía más en el saliente y cerré los ojos y pensé: "¡Maldita
vida esta! ¿Por qué tenemos que nacer y sólo por eso nuestra pobre carne queda
sometida a unos horrores tan terribles como las enormes montañas y las rocas y
los espacios abiertos?", y recordé aterrorizado el famoso dicho zen:
"Cuando llegues a la cumbre de una montaña, sigue subiendo." Y se me
pusieron los pelos de punta.
¡Y
me había parecido un poema maravilloso sentado en las esteras de Alvah! Ahora
me hacía latir más deprisa el corazón y desear no haber nacido.
"De
hecho, cuando Japhy llegue a la cima de esa cumbre, seguirá subiendo, lo mismo
que el viento que sopla. Pero este viejo filósofo se quedará aquí. -Y cerré los
ojos-. Además -pensé-, descansa y no te inquietes, no tienes que demostrar nada
a nadie."
Y de
repente, oí en el viento un hermoso grito entrecortado de una extraña
musicalidad y mística intensidad, y miré hacia arriba, y allí estaba Japhy de
pie encima de la cumbre del Matterhorn lanzando su grito alegre de conquistador
de las cumbres y de Buda azote de la montaña. Era algo hermoso. Y también era
cómico, allí arriba, en aquella no tan cómica cima de California, entre toda
aquella niebla veloz. Pero tenía que reconocerle su valor, el esfuerzo, el
sudor y aquel grito humano de triunfo: nata en lo alto de un helado. No tuve
fuerza suficiente para responder a su grito. Anduvo de un lado para otro
investigando fuera de mi vista el pequeño terreno llano (según dijo) que se
extendía unos cuantos metros hacia el oeste y que después caía quizá hasta los
propios suelos cubiertos de aserrín de Virginia City. Era una locura. Le oía
gritarme, pero me acurruqué todavía más en mi rincón protector. Miré abajo
hacia el pequeño lago donde Morley estaba tumbado con una hierba en la boca y
dije en voz alta:
-Aquí
tenemos el karma de estos tres hombres: Japhy Ryder se lanza triunfante hacia
la cumbre y llega a ella; yo casi llego, pero me rajo y quedo acurrucado en
este maldito agujero. Sin embargo, el más listo de los tres, el poeta de
poetas, se queda ahí tumbado con una rodilla sobre otra, mirando el cielo y
mordisqueando una flor en una deliciosa ensoñación junto a la deliciosa plage.
¡Maldita sea! No volverán a traerme aquí arriba.
12
Ahora
estaba realmente asombrado ante la sabiduría de Morley: "¡Y con todas
aquellas jodidas fotografias de los Alpes Suizos!", pensé.
Entonces,
de repente, todo era justo igual que en el jazz: sucedió en un loco segundo o
así: miré hacia arriba y vi a Japhy corriendo montaña abajo; daba saltos
tremendos de cinco metros, corría, brincaba, aterrizaba con gran habilidad
sobre los tacones de sus botas, lanzaba entonces otro largo y enloquecido
alarido mientras bajaba por las laderas del mundo, y en ese súbito relámpago
comprendí que es imposible caerse de una montaña, idiota de mí, y lanzando un
alarido me puse en pie de repente y empecé a correr montaña abajo detrás de él
dando también unos pasos enormes, saltando y corriendo fantásticamente como él,
y en cinco minutos más o menos, Japhy Ryder y yo (con mis playeras, clavando
los tacones de las playeras en la arena, en las piedras, en las rocas, sin preocuparme
dado lo ansioso que me sentía por bajar de allí) bajamos y gritamos como cabras
montesas o, como yo digo, igual que lunáticos chinos de hace mil años, de tal
manera que pusimos los pelos de punta al meditabundo Morley, que seguía junto
al lago y que dijo que levantó la vista y nos vio volando montaña abajo y no
podía creer lo que le decían sus ojos. De hecho, en uno de mis mayores saltos y
más feroces alaridos de alegría, llegué volando justo hasta la orilla del lago
y clavé los tacones de mis playeras en el barro y me quedé sentado allí,
encantado de la vida. Japhy ya se estaba quitando las botas y sacando de su
interior arena y guijarros. Era maravilloso. Me quité las playeras y saqué de
ellas un par de cubos de polvo de lava, y dije:
-¡Ah,
Japhy, me has enseñado la última lección de todas: uno no puede caerse de una
montaña!
-Eso
es lo que quiere decir el dicho: "Cuando llegues a la cima de una montaña,
sigue subiendo, Smith."
-¡Joder,
tío! Aquel grito de triunfo que lanzaste fue la cosa más bella que he oído en
toda mi vida. Me habría gustado tener un magnetófono para grabarlo.
-Esas
cosas no son para que las oiga la gente de por ahí abajo -dijo Japhy,
mortalmente serio.
-Sí,
tienes toda la razón. Esos vagabundos sedentarios sentados en almohadones no
merecen oír el grito del triunfante azote de la montaña. Pero cuando miré y te
vi corriendo por esa montaña abajo de repente, lo entendí todo.
-Vaya,
Smith, así que hoy has tenido un pequeño satori, ¿no es así? -dijo Morley.
-¿Y
tú qué has hecho por aquí abajo? -Dormir casi todo el tiempo.
-Bien,
maldita sea, no llegué a la cumbre. Ahora me avergüenzo de mí mismo porque al
saber cómo se baja de una montaña sé cómo se sube a ella y que es imposible
caerse, pero ya es demasiado tarde.
-Volveremos
el verano que viene, Ray, y subiremos. ¿Es que no te das cuenta de que ésta es
la primera vez que has subido a la montaña y que dejaste al veterano Morley
aquí abajo, muy por detrás de ti?
-Claro
-dijo Morley-. ¿No crees que deberían concederle a Smith el título de fiera por
lo que ha hecho hoy?
-Claro
que sí -dijo Japhy, y me sentí orgulloso de verdad. Era un fiera.
-Bien,
joder, la próxima vez que vengamos seré un auténtico león.
-Vámonos
de aquí, tíos, ahora nos queda un largo trecho, todavía tenemos que bajar por
el valle de piedras y después tomar ese sendero del lago. Dudo que poda mos
hacer todo ese camino antes de que sea noche cerrada.
-Vamos.
-Nos pusimos de pie e iniciamos el regreso. Esta vez, cuando llegué a aquel
lecho de piedra que me había asustado, actué con gran soltura y salté y bailé a
lo largo de él, pues había aprendido de verdad que uno no puede caerse de una
montaña. Si uno puede caerse o no de una montaña, eso no lo sé, pero yo había
aprendido que no se puede. Y así lo acepté.
Me
alegró, con todo, encontrarme en el valle y perder de vista todo aquel espacio
de cielo abierto y, por fin, hacia las cinco, cuando ya atardecía, iba unos
cientos de metros detrás de los otros dos y caminaba solo, siguiendo el camino
que me señalaban las negras cagarrutas de los venados; cantaba y pensaba, nada
me esperaba ni tenía nada de qué preocuparme, sólo seguir las cagarrutas de los
venados con los ojos clavados en el suelo y disfrutar de la vida. En un
determinado momento miré y vi al loco de Japhy que había trepado para
divertirse a la cima de una ladera nevada y se dejaba resbalar, unos cuantos
cientos de metros, tumbado de espaldas, gritando encantado. Y no sólo eso: se
había vuelto a quitar los pantalones y los llevaba enrollados alrededor del
cuello. Hacía esto sólo por comodidad, lo que es cierto, y porque nadie podía
verlo entonces, aunque me imagino perfectamente que si fuera a la montaña con
chicas haría lo mismo. Podía oír que Morley le hablaba en el grande y solitario
valle: incluso tapado por las rocas sabía que era su voz. Terminé por seguir el
sendero de los venados de un modo tan constante que me encontré bajando
senderos y subiendo riscos totalmente fuera de la vista de los otros, aunque
seguía oyéndolos; pero confiaba tanto en el instinto del dulce y milenario
venado que, justamente cuando se hacía de noche, su antiguo sendero me llevó
directamente a la orilla del arroyo familiar (donde los venados llevaban
bebiendo los últimos cinco mil años) y vi desde allí el resplandor de la hoguera
de Japhy que daba tonos anaranjados y vivos a la enorme roca. La luna brillaba
muy alta en el cielo.
-Bueno,
esa luna será nuestra salvación, todavía tenemos que andar unos doce kilómetros
cuesta abajo. Comimos un poco y tomamos mucho té y preparamos las mochilas con
todas nuestras cosas. Nunca había pasado momentos más felices en mi vida que
aquellos solitarios instantes en los que bajaba por el sendero de venados, y
cuando cargamos las mochilas, me volví y lancé una última mirada en aquella
dirección. Ya había oscurecido y tuve la esperanza de ver alguno de los
venados, pero no había nada a la vista y sentí una gran gratitud por todo
aquello. Había sido como cuando uno es niño y ha pasado el día entero
correteando por bosques y prados y vuelve a casa al atardecer con los ojos
clavados en el suelo, arrastrando los pies, pensando y silbando, tal y como debían
de sentirse los niños indios cuando seguían a sus padres desde el río Russian
al Shasta doscientos años atrás, y como los niños árabes que siguen a sus
padres, las huellas de sus padres; era un sonsonete de gozosa soledad,
sorbiéndome los mocos como una niña llevando a casa a su hermanito en el trineo
y los dos van cantando aires imaginarios y hacen muecas al suelo y son ellos
mismos antes de entrar en la cocina y poner la cara seria del mundo de los
mayores. Pero ¿puede haber algo más serio que seguir el rastro de unos venados
hasta encontrar el agua?
Llegamos
a la escarpadura y bajamos por el valle de piedras durante unos ocho kilómetros
a la clara luz de la luna, lo que hacía fácil saltar de piedra en piedra, unas
piedras ahora blancas, con manchas de negra sombra. Todo era limpio y claro y
bello a la luz de la luna. A veces se veía el relámpago de plata de un arroyo.
Más abajo estaban los pinos y el prado y la laguna.
En
esto, mis pies se negaron a seguir. Llamé a Japhy y pedí disculpas. No podía
seguir saltando. Tenía ampollas, no sólo en las plantas, sino a los lados de
los pies que carecían de protección. Así que hizo un cambio conmigo y me dejó
sus botas.
Con
aquellas botas fuertes, ligeras y protectoras, sabía que podría caminar bien.
Fue una magnífica sensación nueva ser capaz de saltar de roca en roca sin
sentir el dolor a través de las finas playeras. Por otra parte, también fue un
alivio para Japhy sentir de repente su ligereza y disfrutó de ella. Nos
apresuramos valle abajo. Pero según íbamos avanzando nos inclinábamos más y
más: estábamos realmente cansados. Con las pesadas mochilas resultaba dificil
controlar los músculos necesarios para seguir montaña abajo, lo que en
ocasiones es más dificil que subirla. Y había todas aquellas rocas a las que
teníamos que subir y saltar de una a otra; y a veces, tras haber caminado por
arena, debíamos escalar o bordear algún risco. También nos encontrábamos a veces
bloqueados por malezas infranqueables y era preciso rodearlas o abrirnos paso
aplastándolas y en ocasiones se me enganchaba la mochila en esas malezas y me
quedaba desenredándola mientras maldecía y soltaba tacos bajo la luz de la
luna. Ninguno de nosotros hablaba. Yo también estaba enfadado porque Japhy y
Morley temían detenerse a descansar, decían que resultaba peligroso.
-Pero
¿por qué? Hay luna, hasta podríamos dormir por aquí.
-No,
tenemos que llegar al coche esta misma noche. -Bueno, pero paremos aquí un
minuto. Las piernas ya no me sostienen.
-De
acuerdo, pero sólo un minuto.
Pero
nunca descansaban lo suficiente y me pareció que iba a ponerme histérico.
Incluso empecé a maldecirles y, en un determinado momento, le grité a Japhy:
-¿Qué
sentido tiene matarse de este modo? ¿Llamas divertirse a esto? -(Tus ideas son
estupideces, añadí para mis adentros).
Un
poco de cansancio cambia muchas cosas. Eternidades de rocas iluminadas por la
luna y matorrales y rocas e hitos y aquel terrorífico valle con las dos
murallas de monte y finalmente parecía que todo había terminado, pero nada,
todavía quedaba... Y mis piernas pedían a gritos un alto, y yo maldecía y daba
patadas a las ramas y acabé tirándome al suelo para descansar un minuto.
-Vamos,
Ray, que todo termina. -De hecho comprendí que lo que me faltaba eran ánimos, y
que lo sabía desde hacía tiempo. Pero estaba gozoso. Y cuando llegamos al prado
alpino me tumbé boca abajo y bebí agua y disfruté pacíficamente en silencio
mientras Japhy y Morley hablaban y se preocupaban por recorrer el resto del
camino a tiempo.
-No
os preocupéis de eso, es una noche hermosísima y hemos caminado mucho. Bebed un
poco de agua y tumbaos por aquí unos cinco o diez minutos, y todo se arreglará
por sí mismo.
Ahora
el filósofo era yo. Y de hecho, Japhy se mostró de acuerdo conmigo y
descansamos pacíficamente. Aquel largo y maravilloso descanso proporcionó a mis
huesos la seguridad de que me llevarían perfectamente hasta el lago. Era
maravilloso bajar por el sendero. La luz de la luna se filtraba a través del
follaje y moteaba las espaldas de Japhy y Morley que caminaban delante de mí.
Adoptamos con nuestras mochilas una buena marcha rítmica y disfrutábamos
mientras bajábamos en zigzag por el sendero, siempre con una marcha rítmica. Y
aquel rumoroso arroyo era bellísimo a la luz de la luna, aquellos destellos de
luna en el agua, aquella espuma blanca como la nieve, aquellos árboles
negrísimos, propios de un paraíso mágico de sombra y luna. El aire empezó a ser
más cálido y agradable y de hecho pensé que ya podía oler de nuevo a seres
humanos. Sentíamos ya el agradable y rancio olor de las aguas del lago, y de
las flores, y del polvo blando del llano. Allí arriba sólo olía a nieve y a
hielo y a roca muerta. Aquí, en cambio, estaba el olor a madera calentada por
el sol, a polvo soleado que descansaba a la luz de la luna, a barro del lago, a
flores, a paja, a todas esas cosas buenas de la tierra. Era agradable bajar por
el sendero. Hubo un momento en que me sentí más cansado que nunca, mucho más
que en aquel interminable valle de piedra, pero ya se podía ver allí abajo el
refugio del lago, una agradable luz, v por lo tanto ya no me importaba nada.
Morley y Japhy hablaban sin parar y sólo nos quedaba llegar hasta el coche. De
pronto, como en un sueño agradable, despertando súbitamente de una pesadilla
interminable que se acabó, estábamos caminando por la carretera y había casas y
había automóviles aparcados bajo los árboles y el coche de Morley estaba
también allí.
-Por
la tibieza del aire -dijo Morley, inclinándose sobre el coche una vez que
dejamos las mochilas en el suelo-, deduzco que la noche pasada no ha helado.
Volví a vaciar el cárter para nada.
-Bueno,
a lo mejor heló...
Morley
entró en el albergue a comprar aceite y le dijeron que no había helado nada,
que había sido una de las noches más calientes del año.
-Tanta
molestia para nada -dije. Pero ya no nos preocupaba nada. Estábamos hambrientos
y añadí-: Vayamos hasta Bridgeport y tomemos una buena hamburguesa con patatas
fritas y café muy caliente en cualquier sitio.
Seguimos
la polvorienta carretera que bordeaba el lago bajo la luz de la luna, nos
paramos en el albergue y Morley devolvió las mantas, y llegamos a un pueblecito
y aparcamos. ¡Pobre Japhy! Fue entonces cuando descubrí su talón de Aquiles.
Este hombre duro y pequeño que no se asustaba de nada y podía andar solo por el
monte durante semanas enteras y dominar montañas, tenía miedo a entrar en un
restaurante porque la gente que había dentro iba demasiado bien vestida. Morley
y yo nos reímos y dijimos:
-¿Qué
importa eso? Vamos a entrar y comeremos ahí. Pero Japhy pensaba que el sitio
que habíamos elegido parecía demasiado burgués e insistió en que fuéramos a un
restaurante con pinta proletaria que había al otro lado de la carretera.
Entramos allí y resultó ser un lugar improvisado con camareras perezosas que
tardaron más de cinco minutos en venir a atendernos. Me enfadé y dije:
-Vamos
al otro sitio. ¿De qué tienes miedo, Japhy? ¿Qué más te da? Quizá sepas muchas
cosas de las montañas, pero de comer no tienes ni idea.
De
hecho nos sentimos mutuamente un tanto molestos y me sentí mal. Pero entramos
en el otro sitio, que era el mejor restaurante de los dos, con una barra a un
lado y muchos cazadores bebiendo a la tenue luz del salón, y había muchas mesas
con familias enteras alrededor comiendo tras haber elegido de entre una gran
variedad de platos. El menú era amplio y apetitoso: había trucha de río y todo.
A Japhy, me di cuenta, le asustaba además gastar diez centavos de mas en una
buena comida. Fui a la barra y pedí una copa de oporto y la traje hasta donde
nos habíamos sentado (y Japhy: "Ray, ¿estás seguro de que puedes
permitirte este lujo?") y yo me burlé un poco de él. Ahora se sentía
mejor.
-¿Qué
pasa contigo, Japhy? A lo mejor es que eres un viejo anarquista al que le
asusta la sociedad. ¿Qué puede importarte todo esto? Las comparaciones son
odiosas.
-Bien,
Smith, sólo me pareció que este sitio estaba lleno de asquerosos ricachos de la
mierda y que los precios serían demasiado altos. Te lo reconozco, me asusta
todo este bienestar norteamericano. Sólo soy un viejo bikhu y no tengo nada que
ver con este nivel de vida tan elevado, ¡maldita sea!, toda mi vida he sido
pobre y no consigo acostumbrarme a ciertas cosas.
-Estupendo,
tus debilidades son admirables. Te las compro.
Y
cenamos muy bien con patatas al horno y chuletas de cerdo y ensalada y bollos y
pastel de frambuesa y guarnición. Teníamos un hambre tan honrada que aquello no
fue
una diversión,
sino una necesidad. Después de cenar fuimos a una tienda de bebidas y compramos
una botella de moscatel y el viejo propietario y un amigo suyo que estaba allí
nos miraron y dijeron:
-¿Dónde
habéis estado, muchachos?
-Hemos
subido al Matterhorn, hasta arriba del todo -dije orgullosamente. Se limitaron
a observarnos atentamente, boquiabiertos. Me sentía muy orgulloso y compré un
puro y añadí-: A más de tres mil quinientos metros, sí, señor, y hemos vuelto
con tanta hambre y sintiéndonos tan bien que este vino nos va a venir de
perlas.
Seguían
boquiabiertos. Los tres estábamos quemados por el sol y sucios y con pinta
montaraz. No dijeron nada pensando que estábamos locos.
Subimos
al coche y nos dirigimos a San Francisco bebiendo y riéndonos y contando largas
historias y Morley conducía realmente bien aquella noche y rodábamos en
silencio y atravesamos las calles de Berkeley grises al amanecer mientras Japhy
y yo dormíamos como troncos en el asiento de atrás. En un determinado momento
me desperté como un niño y me dijeron que estaba en casa y me apeé del coche
tambaleante y crucé la hierba de la entrada y abrí mis mantas y me acurruqué y
quedé dormido hasta muy avanzada la tarde con sueños muy bellos. Cuando me
desperté al día siguiente, las venas de -los pies estaban totalmente
deshinchadas. Había eliminado los coágulos de sangre. Me sentí muy feliz.
13
Cuando
me levanté al día siguiente no pude evitar el sonreír pensando en Japhy
encogido delante de aquel llamativo restaurante preguntándose si nos dejarían
entrar o no. Era la primera vez que lo había visto asustado de algo. Pensé
hablarle de esas cosas aquella misma noche. Pero aquella noche pasó de todo. En
primer lugar, Alvah había salido por unas horas y yo estaba solo leyendo cuando
de repente oí una bicicleta delante de la casa y miré y vi que era princess.
-¿Dónde
están los demás? -preguntó. -¿Cuánto puedes quedarte?
-Tengo
que irme ahora mismo, a no ser que telefonee a mi madre.
-Vamos
a llamarla. -Muy bien.
Fuimos
al teléfono público de la estación de servicio de la esquina y dijo a su madre
que volvería dentro de un par de horas, y cuando caminábamos por la acera le
pasé el brazo por la cintura, pero apretándole con la mano el vientre, y ella
exclamó:
-¡Oohh!
No puedo resistirlo. -Y casi nos caemos de la acera y me mordió la camisa justo
cuando pasaba junto a nosotros una vieja que nos riñó enfadada y después de que
se alejase nos dimos un larguísimo y loco beso apasionado bajo los árboles del
atardecer. Corrimos a casa donde ella se pasó una hora literalmente
retorciéndose entre mis brazos y Alvah entró en medio de nuestros ritos finales
de bodhisattvas. Tomamos el habitual baño juntos. Era estupendo estar sentados
en la bañera llena de agua caliente charlando y enjabonándonos mutuamente.
¡Pobre Princess! Era sincera en todo lo que decía. Me gustaba de verdad y me
enternecía y hasta llegué a advertirle:
-No
seas tan lanzada y evita las orgías con quince tipos en la cima de una montaña.
Japhy
llegó después de que se fuera ella, y también vino Coughlin y, de repente
(teníamos vino), se inició una fiesta enloquecida. Las cosas empezaron cuando
Coughlin y yo, que ya estábamos borrachos, paseamos por una concurrida calle
cogidos del brazo llevando enormes flores que habíamos encontrado en un jardín,
y con una nueva garrafa de vino, soltando haikus y saludos y satoris a todo el
que veíamos por la calle y todo el mundo nos sonreía. -Caminamos diez
kilómetros llevando una flor enorme -gritaba Coughlin.
Yo
iba encantado con él. Parecía una rata de biblioteca o un gordo a reventar,
pero era un hombre de verdad. Fuimos a visitar a un profesor del Departamento
de Inglés de la Universidad de California al que conocíamos y Coughlin dejó los
zapatos en la puerta y entró bailando en casa del atónito profesor, asustándolo
un poco, aunque de hecho por entonces Coughlin ya era un poeta bastante
conocido. Después, descalzos y con nuestras enormes flores y nuestro garrafón,
volvimos a casa hacia las diez de la noche. Yo acababa de recibir un giro
postal aquel mismo día, una beca de trescientos dólares, y le dije a Japhy:
-Bueno,
ahora ya lo he aprendido todo, estoy preparado. ¿Por qué no me acompañas mañana
a Oakland y me ayudas a comprar una mochila y útiles y equipo para que pueda
irme al desierto?
-Muy
bien, conseguiré el coche de Morley y vendré por ti a primera hora de la
mañana; pero ahora, ¿qué tal seguir con este vino?
Puse
el pañuelo rojo en la bombilla y bebimos vino y estuvimos allí sentados
charlando. Fue una gran noche de conversaciones muy interesantes. Primero,
Japhy contó sus últimas aventuras, cuando había sido marino mercante en el
puerto de Nueva York, en 1948, y andaba con una navaja en el bolsillo, cosa que
nos sorprendió mucho a Alvah y a mí, y después habló de una chica de la que
estuvo enamorado y con la que había vivido en California.
-Me
tenía salido a todas horas, joder. Entonces, Coughlin dijo:
-Cuéntales
lo del Gran Ciruelo, Japhy. Y al instante, Japhy dijo:
-Gran
Ciruelo, el maestro zen, fue interrogado. Se le preguntó cuál era el gran
significado del budismo, y él dijo que flores de junco, tallos de sauce, agujas
de bambú, hilos de lino, en otras palabras, agárrate, muchacho, el éxtasis es
general, eso es lo que significa, el éxtasis de la mente, el mundo no es sino
mente, y ¿qué es la mente? La mente no es sino el mundo, joder. Entonces el
antepasado Caballo dijo: "Esa mente es Buda." También dijo:
"Ninguna mente es Buda." Luego, hablando de Gran Ciruelo, añadió:
"La ciruela está madura."
-Bueno,
todo eso es muy interesante -observó Alvah-. Pero "Oú sont les neiges
d'antan?".
-Bueno,
en parte estoy de acuerdo contigo porque el problema es que esa gente veía las
flores como si estuvieran soñando, aunque, joder, el mundo es real. Smith y
Goold book y todos viven como si fuera un sueño, mierda, como si ellos mismos
fueran sueños o puntos. El dolor o el amor o el peligro te hacen real de nuevo.
¿No es así, Ray, como lo sentiste cuando estabas tan asustado en aquel
saliente? -Todo era real, es cierto.
-Por
eso los hombres de la frontera son siempre héroes y siempre fueron mis héroes y
siempre lo serán. Están constantemente alerta ante la realidad de las cosas que
puede ser real y también irreal, no les importa. El Sutra del Diamante dice:
"No tengas ideas preconcebidas sobre la realidad de la existencia ni sobre
la irrealidad de la existencia", o algo así. Los grilletes se ablandarán y
las porras caerán al suelo. Seamos libres en cualquier caso.
-El
presidente de Estados Unidos de pronto está bizco y se va volando -grito.
-¡Y
las anchoas serán polvo! -grita Coughlin.
-El
Golden Gate cruje con el óxido del poniente -dice Alvah.
-¡Y
las anchoas serán polvo! -insiste Coughlin.
-Dame
otro trago de la garrafa. ¡Jo! ¡Jo! ¡Jo! -Japhy se pone en pie de un salto-. He
estado leyendo a Whitman, oíd lo que dice: Alzaos, esclavos, y haced temblar al
déspota extranjero. Señala así la actitud del Bardo, del bardo lunático zen de
los viejos senderos del desierto que ve que el mundo entero es una cosa llena
de gente que anda de un lado para otro cargada con mochilas, Vagabundos del
Dharma negándose a seguir la demanda general de la producción de que consuman
y, por tanto, de que trabajen para tener el privilegio de consumir toda esa
mierda que en realidad no necesitan, como refrigeradores, aparatos de
televisión, coches, coches nuevos y llamativos, brillantina para el pelo de una
determinada marca y desodorantes y porquería en general que siempre termina en
el cubo de la basura una semana después; todos ellos presos en un sistema de
trabajo, producción, consumo, trabajo, producción, consumo... Tengo la visión
de una gran revolución de mochilas, de miles y hasta de millones de jóvenes
norteamericanos con mochilas y subiendo a las montañas a rezar, haciendo que
los niños rían y que se alegren los ancianos, haciendo que las chicas sean
felices y también las señoras mayores, que serán más felices todavía, todos
ellos lunáticos zen que andan escribiendo poemas que surgen de sus cabezas sin
motivo y siendo amables y realizando actos extraños que proporcionan visiones
de libertad eterna a todo el mundo y a todas las criaturas vivas; eso es lo que
me gusta de vosotros dos, Goldbook y Smith, que sois dos tipos de la Costa Este
a la que creía muerta.
-¡Y
nosotros que pensábamos que la muerta era la Costa Oeste!
-Habéis
traído hasta aquí un viento refrescante. Pensad en el granito puro del jurásico
de Sierra Nevada con las dispersas y altas coníferas de la última era glacial y
los lagos que acabamos de ver y que son una de las más grandes expresiones de
esta tierra; pensad en lo auténticamente grande y lo sabia que será esta
América, con toda esa energía y exuberancia y espacio centrado en el Dharma.
-¡Vaya!
-dice Alvah-. ¡Joder con ese viejo y cansado Dharma!
-¡Sí!
Lo que necesitamos es un zendo flotante donde un viejo bódhisattva pueda ir de
un sitio a otro y estar siempre seguro de encontrar sitio donde dormir y amigos
y comida.
-"Los
jóvenes estaban alegres y esperaban algo más y Jack preparó la comida, en honor
de la muerta" -recité.
-¿Qué
es eso?
-Es
un poema que he escrito. "Los jóvenes estaban sentados en una arboleda
escuchando al Amigo que les hablaba de las llaves. Muchachos, dijo éste, el
Dharma es una puerta... Veamos... Chicos, os hablo de las llaves porque hay
montones de llaves, pero sólo una puerta, una colmena para las abejas. Así que
escuchadme y trataré de contároslo todo tal y como lo oí hace tiempo en la Casa
de la Tierra Pura. A vosotros, muchachos con dientes empapados de vino que no
entendéis estas palabras, os lo explicaré de un modo más sencillo, como una
botella de vino y un buen fuego, bajo las divinas estrellas. Y ahora
escuchadme, y cuando hayáis comprendido el Dharma de los antiguos budas y
deseado sentaros con la verdad bajo un árbol solitario, en Yuma, Arizona, o
dondequiera que estéis, no me deis las gracias por haberos contado lo que a mí
me han contado. Así es la rueda que hago girar, ésa es la razón de que yo
exista: la Mente es el Hacedor, sin motivo alguno, porque todo lo creado ha
sido creado para desaparecer."
-Eso
es demasiado pesimista y como un mal sueño -dijo Alvah-, aunque el sentido es
puro, como el de Melville. -Tendremos un zendo flotante para los jóvenes del
Amigo empapados en vino. Vendrán a él y se instalarán y aprenderán a tomar el
té lo mismo que aprendió Ray, y también a meditar como debería hacerlo Alvah, y
yo seré el monje que está al frente del zendo con una gran tinaja llena de
grillos.
-¿Grillos?
-Eso
es, una serie de monasterios para que vayan los amigos y se recluyan y mediten
dentro de ellos, podemos instalar grupos de cabañas en la Sierra o en las Altas
Casca das o como dice Ray allá en México y tener enormes grupos de hombres
santos y puros que se reúnen para beber y hablar y rezar y pensar en que las
ondas de la salvación fluyen en noches como ésta, y además tener mujeres,
pequeñas chozas con familias religiosas, como en los viejos tiempos de los
puritanos. ¿Quién dice que la policía norteamericana y los republicanos y los
demócratas tienen que decirnos lo que tenemos que hacer?
-¿Y
qué pasa con los grillos?
-Una
gran tinaja llena de grillos, dame otro trago, Coughlin, grillos de un par de
milímetros de largo con grandes antenas blancas a los que criaré yo mismo;
peque ños seres sensibles dentro de una botella que cantarán realmente bien en
cuanto crezcan. Quiero nadar en los ríos y beber leche de cabra y hablar con
monjes y leer únicamente libros chinos y deambular por los valles hablando con
los campesinos y sus hijos. Tenemos que organizar semanas de recogimiento
colectivo en nuestros zendos donde nuestras mentes traten de volar y salir
despedidas como resortes y entonces como buenos soldados volveremos a reunirlo
todo con los ojos cerrados, exceptuando, claro, lo que está equivocado. ¿Has
oído mi último poema, Goldbook?
-No,
¿cómo es?
-"Madre
de hijos, hermana, hija del anciano enfermo, virgen, tu blusa está rota, y
tienes hambre y estás desnuda, yo también tengo hambre, toma estos
poemas."
-Bonito,
bonito...
-Quiero
ir en bicicleta bajo el calor de la tarde, llevar sandalias de cuero del
Pakistán, hablar en voz alta a monjes zen amigos envueltos en delgadas túnicas
de verano y con la cabeza rapada. Quiero vivir en templos de oro, beber
cerveza, decir adiós, ir a Yokohama, al tumultuoso puerto de Asia lleno de
siervos y bajeles, esperar, trabajar, regresar, ir, ir a Japón, volver a
Estados Unidos, leer a Hakuin, limpiarme los dientes con arena y disciplinarme
todo el tiempo mientras sigo sin llegar a ningún sitio, y aprender así...
aprender que mi cuerpo y todo se cansa y enferma y desaparece y así averiguar
todas las cosas de Hakuyu.
-¿Quién
es Hakuyu?
-Su
nombre significa Blanca Oscuridad, su nombre significa el que vive en las
montañas de regreso del Agua Blanca del Norte adonde iré caminando, ¡por Dios!
tiene que estar lleno de empinadas gargantas cubiertas de pinos y valles de
bambú y riscos.
-¡Iré
contigo! -(Era yo).
-Quiero
leer cosas sobre Hakuin que fue a ver al anciano que vivía en una cueva, dormía
con ciervos y comía castañas, y el viejo le dijo que dejase de meditar y dejase
de pensar en los koans, como Ray dice, y que en lugar de eso aprendiera a
dormir y despertar, le dijo, y cuando te acuestes debes doblar las piernas y
respirar profundamente y después concentrar la mente en un punto que esté cinco
centímetros por debajo del ombligo hasta que te sientas como una bola de
energía y entonces empiezas a respirar desde los talones y te concentras
diciéndote que el centro está justo aquí, y es La Tierra Pura de Amida, el
centro de la mente, y cuando despiertas debes empezar a respirar
conscientemente y estirarte un poco y pensar en lo mismo el resto del tiempo.
-Mira,
eso me gusta -dice Alvah-, esas señales indicadoras que llevan a alguna parte.
¿Y qué más?
-El
resto del tiempo, le dijo, no debes esforzarte por pensar en nada, simplemente
come bien, no demasiado, y duerme bien, y el viejo Hakuyu dijo que entonces
tenía trescientos años y que imaginaba que viviría otros quinientos más. ¡Oye!
Eso me hace pensar que a lo mejor anda todavía por allí, si es que queda
alguien.
-¡O
el pastor le dio una patada a su perro! -cortó Coughlin.
-Espero
encontrar esa cueva en Japón.
-No
se puede vivir en este mundo, pero no hay otro sitio adonde ir -dijo riendo
Coughlin.
-¿Qué
significa eso? -pregunté.
-Significa
que la silla donde estoy sentado es el trono de un león y que el león se mueve,
ruge.
-¿Y
qué dice?
-Dice:
"¡Rajula! ¡Rajula! ¡Cara de la Gloria! ¡Universo masticado y
tragado!"
-¡Valiente
chorrada! -protesté yo.
-Me
voy a Marin County dentro de unas semanas -dijo Japhy-. Pasaré cientos de veces
alrededor del Tamalpais y contribuiré a purificar la atmósfera y a que los
espíritus locales se acostumbren al sonido de un sutra. ¿Qué piensas de eso,
Alvah?
-Pienso
que es una alucinación maravillosa y que me gustan esas cosas.
-El
problema contigo, Alvah, es que no haces bastante zazen por la noche, en
especial cuando hace frío afuera, que es cuando sienta mejor, además deberías
casarte y tener hijos mestizos, manuscritos, mantas hechas en casa y leche
materna sobre el suelo feliz de una casa como ésta. Consíguete una cabaña que
no esté excesivamente lejos de la ciudad, vive modestamente, vete a ligar a los
bares de vez en cuando, escribe y piensa encima de las colinas y aprende a
cortar leña y a hablar con las abuelas, tonto del culo, coge cargas de leña y
dáselas, bate palmas, consigue favores sobrenaturales, aprende el arte de las
flores y cultiva crisantemos junto a la puerta, y cásate, por el amor de Dios,
consíguete una chica sensible y lista que mande a la mierda los martinis y
todas esas estupideces de la cocina.
-¡Hombre!
-dice Alvah, sentándose muy derecho y alegre-, ¿y qué más?
-Piensa
en las golondrinas y en las chotacabras que llenan los campos. ¿Sabes, Ray?
Ayer traduje otra estrofa de Han Chan, escucha: "Montaña Fría es una casa,
carece de vigas y paredes, a derecha e izquierda están abiertas las seis
puertas, el vestíbulo es el cielo azul, las habitaciones están desocupadas y
vacías, la pared del este choca contra la del oeste, en el centro no hay nada.
Nadie me inquieta, cuando hace frío, enciendo una pequeña hoguera, cuando tengo
hambre preparo unas verduras, nada tengo que ver con el kulak, con su granero y
sus pastizales... levanta una prisión para sí mismo y una vez dentro de ella,
no puede salir, piensa en ello, podría sucederte a ti."
Después,
Japhy cogió su guitarra y se puso a cantar, finalmente también yo cogí la
guitarra y compuse una canción a partir de las notas que obtenía pulsando las
cuerdas con los dedos, rasgueándolas, dram, dram, dram, y canté la canción del
Fantasma de Medianoche, el tren de mercancías.
-Cuando
hablas del Fantasma de Medianoche de California, ¿sabes en qué pienso, Smith?
En calor, mucho calor, y en bambú creciendo más de diez metros v balanceándose
en la brisa y más calor y un montón de monjes alborotando con sus flautas en
algún sitio y cuando recitan sutras con redobles de tambor y ruido de
campanillas y ruido de bastones es como oír a un enorme coyote prehistórico
cantando... Las cosas que residen en vosotros, locos, se remontan a los días en
que los hombres se casaban con osos y hablaban al búfalo ante Dios. Pásame otro
trago. Tened siempre los calcetines remendados y las botas engrasadas.
Pero
como si eso no fuera bastante, Coughlin dice con toda tranquilidad:
-Sacad
punta a vuestros lápices, arreglaos la corbata, sacad brillo a los zapatos y
cerraos la bragueta, limpiaos los dientes, peinaos, fregad el suelo, comed
pasteles de fresa, abrid los ojos...
-Peinad
el suelo y comed los ojos, eso está bien -dice Alvah, pellizcándose muy serio
el labio de abajo. -Recordando todo el tiempo en que he hecho cuanto he podido,
pero el rododendro sólo está iluminado a medias, y las hormigas y las abejas
son comunistas y los tranvías están aburridos.
-Y
japonesitos en el tren F cantando Inky Dinky Parly Vu -grité yo.
-Y
las montañas viven en la ignorancia total así que por eso abandono; por tanto,
quitaos los zapatos y metéoslos en el bolsillo. Acabo de contestar a todas
vuestras preguntas, venga un trago, mauvais sujet.
-No
pises al tonto del culo -grité borracho.
-Trata
de hacerlo sin pisar al armadillo -dice Coughlin-. No seas mamón toda la vida,
estúpido de mierda.
¿No
ves lo que quiero decir? Mi león ha comido bastante v yo duermo al lado de él.
-;Oh!
-dice Alvah-. Me gustaría entender todo eso.
Y yo
estaba asombrado, MUY asombrado, por el rápido maravilloso golpeteo en mi
cerebro dormido. Todos estábamos superpasados v borrachos. Fue una noche loca.
Terminó con Coughlin y yo peleándonos v haciendo agujeros en las paredes y a
punto de derribar la ,casa: Alvah estaba muv enfadado al día siguiente. Durante
la lucha casi le rompo la pierna al pobre Coughlin; incluso yo mismo terminé
con una astilla clavada varios centímetros en la piel que sólo saldría casi un
año después. Entretanto, en determinado momento, Morlev apareció en la puerta
como un espectro llevando un par de litros de yogur y preguntando si queríamos
un poco. Japhy se fue a las donde la madrugada diciendo que vendría a recogerme
por la mañana para iniciar el gran día destinado a la compra de mi equipo. Todo
anduvo muy bien con los lunáticos zen; el furgón del manicomio estaba demasiado
lejos para oírnos. Pero hay una enseñanza en todo esto, como se comprueba al
pasear de noche por una calle de los alrededores y hay una casa v otra a ambos lados
de la calle, todas ellas con' la lámpara del cuarto de estar encendida v dentro
el cuadrado azulado de la televisión, cada familia concentrando su atención en
el mismo espectáculo v nadie habla; silencio también en los alrededores; perros
que te ladran porque pasas sobre pies humanos v no sobre ruedas. Se comprende
lo que quiero decir: uno empieza a parecerse a todo el mundo y piensa también
como todos, v los lunáticos zen hace tiempo que han vuelto al polvo, con la
risa en el polvo de sus labios. Sólo se puede decir una cosa de la gente que
mira la televisión, de los millones v millones clavados en el Ojo único: no
hacen daño a nadie mientras están ahí sentados delante del Ojo. Pero tampoco
hace daño Japhy... lo veo en los años venideros caminando sigilosamente con la
mochila a la espalda, por calles de las afueras, pasando junto a las azules
ventanas de la televisión, solo, dueño de los únicos pensamientos no
electrificados por el Amo de la Conexión. En lo que a mí respecta, quizá la
respuesta esté en mi poema del Amigo que dice:
-¿Quién
gastó esta broma cruel a uno tras otro, escapándose como una rata al desierto
tan llano? -preguntó Montana Slim, gesticulando hacia él, el amigo de los hombres,
en su cubil de león-. ¿Se volvió loco Dios, como aquel indio que era un dador
con más vueltas que el mismo río? ¿Por qué nos dio aquel jardín, un paraíso,
para inundárnoslo luego todo vengativo? Dinos, buen amigo, lo que sepas; Harry
v Dick quieren saber ese truco y por qué es tan bajo y tan mezquino el Eterno
Escenario. ¿Dónde está el sentido de tanta comedia?,
Y
pensé que quizá pudiera saberlo con estos Vagabundos del Dharma.
14
Pero
yo tenía mis propios planes y éstos no tenían nada que ver con el aspecto
"lunático" de todo esto. Quería hacerme con un equipo completo, con
todo lo necesario para dormir, abrigarme, cocinar, comer, es decir, con una
cocina v un dormitorio portátiles, v largarme a alguna parte y encontrar la
soledad perfecta y contemplar el vacío perfecto de mi mente v ser completamente
neutral con respecto a todas v cada una de mis ideas. También quería rezar,
dedicarme sólo a eso; rezar por todas las criaturas vivas; consideraba que ésa
era la única actividad decente que quedaba en el mundo. Estar en alguna
apartada orilla, o en el desierto, o en la montaña, o en una cabaña de México o
de Adirondack, y descansar y estar tranquilo y no hacer nada más; practicar lo
que los chinos llaman "hacer- nada". De hecho, no quería tener nada
que ver ni con las ideas de Japhy acerca de la sociedad (a mi juicio era mejor
evitarla, rodearla), ni con ninguna de las ideas de Alvah sobre sacarle a la
vida todo lo que se pueda porque su tristeza es muy dulce y uno morirá algún
día.
Cuando
Japhy vino a recogerme a la mañana siguiente, yo estaba pensando en todo esto.
Él, Alvah y yo fuimos a Oakland en el coche de Morley y estuvimos en los
almacenes del Monte de Piedad y del Ejército de Salvación comprando camisas de
franela (a cincuenta centavos cada una) y camisetas. Todos habíamos elegido
camisetas de color, y sólo un minuto después, cuando cruzábamos la calle bajo
el limpio sol de la mañana, Japhy dijo:
-Fijaos,
la tierra es un planeta fresco y lozano, ¿por qué preocuparse de nada? -(lo
cual es cierto).
Luego,
en las tiendas de ropa de segunda mano, revolvimos todo tipo de cajones y
estantes polvorientos llenos de camisas lavadas y remendadas de todos los
vagabundos del universo. Compré calcetines, un par de medias de lana escocesas
muy largas que me llegaban por encima de la rodilla y me resultarían muy útiles
en las noches frías cuando meditara bajo la helada. Y compré una bonita
chaqueta de lona con cremallera por noventa centavos.
Luego
fuimos al enorme almacén del ejército de Oakland y al fondo había colgados
sacos de dormir y toda clase de equipamiento, incluidos colchones neumáticos
como el de Morley, cantimploras, linternas, tiendas de campaña, rifles, botas
de agua, y los más inverosímiles objetos para cazadores y pescadores. De todo
aquello, Japhy y yo elegimos un montón de cosas útiles para los bikhus. Él
compró una especie de parrilla de aluminio y me la regaló; como es de aluminio
nunca se estropea y permite calentar cualquier tipo de cacharro encima de una
hoguera. Eligió un excelente saco de dormir usado de pluma de pato; antes abrió
la cremallera y examinó el interior. Luego una mochila completamente nueva, de
la que me sentí muy orgulloso.
-Te
regalaré mi funda para la bolsa de dormir -dijo Japhy.
Luego
decidí comprar unos vasos de plástico blanco, y unos guantes de ferroviario
nuevos. Consideré que tenía unas botas bastante nuevas en el Este, adonde iría
por Navidades, aunque también pensé en comprarme un par de botas de montaña
italianas como las de Japhy.
Volvimos
a Berkeley y fuimos al Ski Shop, y cuando entramos y el empleado vino a
atendernos, Japhy dijo con su voz de leñador:
-Aquí
equipando a unos amigos para el Apocalipsis.
Y me
llevó a la parte trasera de la tienda y cogió una especie de impermeable de
nailon con capucha, que se puede poner por encima cubriendo incluso la mochila
(dando el aspecto de un monje jorobado) y que te protege por completo de la
lluvia. También puede hacerse con él una pequeña tienda de campaña y usarlo
como aislante del suelo colocado debajo del saco de dormir. Compré un bote de
plástico blando con tapa de rosca que podía utilizarse (me dije) para llevar
miel al monte. Pero posteriormente lo usé para llevar vino más que para otra
cosa, y más tarde aún, cuando hice algún dinero, para llevar whisky. También
compré una batidora de plástico que me resultó muy útil, pues con sólo una
cucharada de leche en polvo y un poco de agua de un arroyo permitía preparar un
vaso de leche. Compré un juego de bolsas para comida como el de Japhy. Quedé
verdaderamente equipado para el Apocalipsis, y no estoy bromeando; si cayera
una bomba atómica sobre San Francisco aquella misma noche todo lo que tenía que
hacer era largarme de allí, lo más lejos posible, con mi comida empaquetada y
mi dormitorio y mi cocina encima, sin ningún problema en el mundo. La gran
adquisición final fue una batería de cocina: dos cacharros grandes metidos uno
dentro de otro, con una tapadera que era también sartén, y vasos de estaño y
unos pequeños cubiertos de aluminio que encajaban unos en otros. Japhy me
regaló otra cosa de su propio equipo: una cuchara normal y corriente. Pero sacó
unos alicates y la dobló por el mango, y dijo:
-¿Ves?
Cuando tengas que sacar un cacharro de una hoguera demasiado grande, no tienes
más que usar esto. Y me sentí un hombre nuevo.
15
Me
puse la camisa de franela nueva y los calcetines y una camiseta de las recién
adquiridas, y unos pantalones vaqueros, preparé la mochila con todas las cosas
muy bien guardadas dentro de ella, me la eché a la espalda y me fui aquella
misma noche a San Francisco sólo con objeto de callejear por la ciudad con todo
el equipo encima. Bajé por la calle Mission cantando alegremente. Fui a la
calle Tercera del barrio chino para degustar mis donuts favoritos y café, y los
vagabundos de por allí se quedaron fascinados y querían saber si andaba
buscando uranio. No quería ponerme a soltar discursos sobre lo que me proponía
encontrar y que era infinitamente más valioso para la humanidad que cualquier
mineral, y dejé que dijeran:
-Chico,
todo lo que tienes que hacer es ir a Colorado y andar por allí con uno de esos
pequeños contadores Geiger y te harás millonario.
-En
el barrio chino todo el mundo quiere ser millonario.
-Gracias,
muchachos -respondí-, a lo mejor lo hago.
-También
hay montones de uranio en la región del Yukón.
-Y
en Chihuahua -dijo un viejo-. Apostaría lo que fuera a que en Chihuahua hay
uranio.
Me
alejé y paseé por San Francisco con mi enorme mochila, feliz. Fui hasta casa de
Rosie para verla a ella y a Cody. Quedé muy asombrado cuando la vi. Había
cambiado de repente. Estaba delgadísima, era puro hueso, y tenia los ojos
dilatados de miedo y saliéndosele de las órbitas.
-¿Qué
es lo que le pasa?
Cody
me llevó a la otra habitación y me dijo que no hablara con ella.
-Se
ha puesto así en las últimas cuarenta y ocho horas.
-Pero
¿qué le pasa?
-Dice
que escribió una lista con todos nuestros nombres y todos nuestros pecados, o
eso dice, y luego trató de tirarla por el retrete del sitio donde trabaja, y la
lista era tan grande que atascó el retrete y tuvieron que llamar a alguien de
sanidad para que lo desatascara y asegura que el tipo llevaba uniforme y que
era de la bofia y que se llevó la lista a la comisaría y que nos van a detener
a todos. Ha flipado, eso es todo. -Cody era un viejo amigo mío que había vivido
conmigo en aquella buhardilla de San Francisco años atrás. Un buen amigo de
verdad-. ¿Y no te has fijado en las señales que tiene en los brazos?
-Sí.
-Había visto sus brazos, que estaban todos llenos de cortes.
-Intentó
cortarse las venas con un viejo cuchillo que no cortaba bien. Estoy muy
preocupado por ella. ¿Podrías quedarte a hacerle compañía mientras voy a
trabajar?
-Verás,
tío...
-Hombre,
no seas así. Ya sabes lo que dice la Biblia: "Hasta el más pequeño de
estos... "
-Sí,
muy bien, pero planeaba divertirme un poco esta noche.
-No
todo es diversión en la vida. A veces uno tiene ciertas responsabilidades, ¿no
te parece?
No
iba a tener ocasión de lucir mi nuevo equipo en The Place. Cody me llevó en
coche hasta la cafetería de Van Ness, donde con el dinero que me dio, le compré
un par de bocadillos a Rosie y volví solo y traté de que comiera. Estaba
sentada en la cocina y me miraba fijamente.
-Pero
¿es que no te das cuenta de lo que significa? -repetía-. Ahora lo saben todo de
ti.
-¿De
quién?
-De
ti.
-¿De
mí?
-De
ti, y de Alvah y de Cody, y de ese Japhy Ryder, de todos vosotros, y de mí. De
todos los que andan por The Place. Nos van a detener a todos mañana, si no es
antes. -Y miraba a la puerta aterrorizada.
-¿Por
qué intentaste cortarte las venas? ¿No es lo peor que uno puede hacerse a sí
mismo?
-Porque
ya no quiero vivir. Te estoy diciendo que va a haber una gran redada de la
policía.
-No,
lo que va a haber es una gran revolución de mochilas -dije riendo sin darme
cuenta de lo grave que era la situación; de hecho, Cody y yo ni nos habíamos
enterado, aunque debiéramos habernos dado cuenta viendo los cortes que se había
hecho de lo lejos que quería ir-. Escúchame -empecé, pero no me escuchaba.
-¿Es
que no te das cuenta de lo que está pasando? -gritaba ella, mirándome con ojos
desorbitados y sinceros, tratando de que, por una loca telepatía, creyera que
todo lo que decía era verdad. De pie, en la cocina del pequeño apartamento, con
los esqueléticos brazos levantados suplicando y tratando de explicarse, las
piernas rígidas, el rojo cabello encrespado, temblaba y se estremecía y se
llevaba las manos a la cabeza de vez en cuando.
-¡Todo
eso es un disparate! -le grité, y de pronto sentí lo que siempre siento cuando
trato de explicar el Dharma a la gente, a Alvah, a mi madre, a mis parientes, a
mis novias, a todo el mundo: nunca escuchan, siempre quieren que yo les escuche
a ellos, porque ellos saben y yo no sé nada, sólo soy un inútil y un idiota que
no entiende el auténtico significado y la gran importancia de este mundo tan
real.
-La
policía va a hacer una redada y nos detendrán a todos, y no sólo eso, sino que
nos van a interrogar semanas y semanas y quizá hasta años para que confesemos
todos los delitos y pecados que hemos cometido, es una red, se extiende en
todas direcciones, terminarán por detener a todos los de North Beach y hasta a
todos los de Greenwich Village, y llegarán a París y al final el mundo entero
estará en la cárcel, ¿no te das cuenta de que esto es sólo el comienzo?
-Saltaba ante cualquier ruido pensando que era la pasma que venía a detenernos.
-¿Por
qué no me escuchas? -repetía yo, pero cada vez que lo decía ella me hipnotizaba
con sus ojos desorbitados, y estuvo a punto de hacerme creer en lo que ella
creía a fuerza de entregarse por completo a las locas lucubraciones de su
mente-. Rosie, estás creando todas esas ideas a partir de nada, ¿acaso no te
das cuenta de que esta vida es sólo un sueño? ¿Por qué no te calmas y disfrutas
del amor de Dios? ¡Dios eres tú, maniática!
-¡Oh,
van a destruirte, Ray, lo veo perfectamente, van a perseguir también a todos
los grupos religiosos y acabarán con ellos. Es sólo el comienzo. Todo está
relacionado con Rusia, pero no lo dirán... y hay algo que oí de los rayos del
sol y de algo que pasa mientras se duerme. ¡Ray, el mundo no volverá a ser el
mismo!
-¿Qué
mundo? ¿Qué te importa todo eso? Haz el favor de callarte, me estás asustando.
¡No! Por Dios, no me estás asustando y no quiero seguir escuchándote. -Me fui
muy enfadado, compré una botella de vino y corrí en busca de Cowboy y de otros
músicos y regresé con todo el grupo para seguir cuidándola-. Toma un poco de
vino, eso te hará ser sensata.
-No,
no beberé alcohol, todo ese vino que bebéis es veneno, quema el estómago y
embota el cerebro. ¿Qué es lo que no te funciona bien? ¿No te das cuenta de lo
que está pasando?
-Vamos,
vamos.
-Es
mi última noche en la tierra -añadió.
Los
músicos y yo bebimos el vino y hablamos hasta cerca de medianoche y Rosie
parecía estar mejor, tendida en el sofá, hablando, incluso riendo un poco,
comiendo los bocadillos y bebiendo el té que le preparé. Los músicos se fueron
y yo me quedé dormido sobre el suelo de la cocina metido en mi saco de dormir
nuevo. Pero cuando Cody volvió aquella noche y yo me había ido ya, Rosie subió
al tejado mientras él estaba durmiendo y rompió el tragaluz para tener unos
trozos de cristal con los que cortarse las venas, y allí estaba sentada
desangrándose al amanecer cuando la vio un vecino y llamó a la policía y cuando
la pasma subió al tejado para ayudarla pasó lo que tenía que pasar: Rosie vio a
los de la bofia y creyendo que iban a detenernos a todos, echó a correr por el
borde del tejado. Un joven agente irlandés se lanzó como un jugador de rugby
para sujetarla y consiguió agarrarla por la bata, pero ella se soltó y cayó
desnuda a la acera, seis pisos debajo. Los músicos que vivían en el piso bajo y
que habían pasado la noche entera hablando y poniendo discos, oyeron el golpe
sordo. Miraron por la ventana y vieron un espectáculo horrible.
-Tío,
nos dejó destrozados, no vamos a poder tocar esta noche, Ray.
Corrieron
las cortinas de la ventana temblorosos. Cody seguía dormido... Cuando me lo
contaron al día siguiente, cuando vi en el periódico una X señalando el sitio
de la acera donde había caído, pensé: "¿Por qué no quiso escucharme?
¿Acaso le estaba diciendo tonterías? ¿Es que mis ideas son estúpidas e
infantiles? ¿No es ya hora de que empiece a seguir lo que sé que es
verdadero?"
Y
eso hice. La semana siguiente recogí mis cosas decidido a lanzarme a la
carretera y a dejar esta ciudad de la ignorancia que es la ciudad moderna. Dije
adiós a Japhy y a los demás, y salté a mi tren de carga en dirección a la
costa, a Los Ángeles. ¡Pobre Rosie! Estaba absolutamente segura de que el mundo
era real y que el miedo era real, y ¿qué es real?
"Por
lo menos -pensé- está en el Cielo, y lo sabe."
16
Y
esto fue lo que me dije: "Ahora sigo el camino que lleva al Cielo."
De
pronto, me di cuenta de que tendría que enseñar un montón de cosas en el
transcurso de mi vida. Como digo, estuve con Japhy antes de irme, paseamos
tristemente por el parque de Chinatown, comimos en el Nan Yuen, salimos, nos
sentamos en la hierba, era domingo, y súbitamente había un grupo de
predicadores negros que se dirigían a grupos dispersos de familias chinas que
no mostraban ningún interés hacia lo que decían dejando que sus hijos
corretearan por la hierba, y también a vagabundos que no se preocupaban de esos
predicadores mucho más que los chinos. Una mujer grande y gorda, como Ma
Rainey, soltaba un sermón a voz en grito, con las piernas muy abiertas y fijas
en el suelo, y tan pronto hablaba como cantaba un blues. Era hermoso y el
motivo por el que esta mujer, que era una magnífica predicadora, no estuviera
predicando en una iglesia, era que de vez en cuando tenía que despejarse la
garganta y, isplash!, escupía con toda su fuerza contra la hierba.
-Y
os digo que el Señor cuida de vosotros si reconocéis que tenéis un nuevo
país... Sí. -Y lanzaba un escupitajo a cinco metros de distancia.
-¿Lo.
ves? -le dije a Japhy-. Eso no lo podría hacer dentro de una iglesia, pero ¿has
oído alguna vez a un predicador mejor?
-Tienes
razón -dice Japhy-. Pero no me gustan todas esas cosas que está contando de
Jesucristo.
-¿Qué
hay de malo en Jesucristo? ¿Acaso no habló del Cielo? ¿Es que el Cielo no es lo
mismo que el Nirvana de Buda?
-Eso,
según tu interpretación, Smith.
-Japhy,
había cosas que traté de contarle a Rosie y encontré que no podía decírselas
debido al cisma que separa el budismo del cristianismo, Oriente de Occidente.
¿Qué coño importa eso? ¿No estamos ahora todos en el Cielo?
-¿Quién
dijo eso?
-¿Es
esto el nirvana o no?
-Ahora
estamos tanto en el nirvana como en el samsara. -Palabras, palabras, ¿qué hay
en una palabra? Nirvana. Y, además, ¿no oyes cómo te llama esa mujer y te dice
que
tienes
una nueva patria, un nuevo país de Buda? -Japhv parecía contento y sonrió-.
Países budistas en todas partes para cada uno de nosotros, y Rosie era una flor
y dejamos que se marchitara.
-Nunca
has dicho nada más cierto, Ray.
La
mujer se nos acercó, y se fijó en nosotros, además, y de modo especial en mí.
Hasta me llamó querido.
-Puedo
ver en tus ojos que entiendes todo lo que estoy diciendo, querido. Quiero que
sepas que quiero que vayas al Cielo y seas feliz. Quiero que entiendas todas
las cosas que estoy diciendo.
-Oigo
y entiendo.
Al
otro lado de la calle estaba el nuevo templo budista que trataban de construir
unos cuantos jóvenes de la Cámara de Comercio China de Chinatown, y una noche
yo había pasado por allí y, borracho, me había unido a ellos y transportado
arena en una carretilla. Eran jóvenes Sinclair Lewis idealistas y lanzados que
vivían en buenas casas y se ponían pantalones vaqueros para trabajar en la
construcción de la iglesia, del mismo modo que hacen en las ciudades del Medio
Oeste los chicos del Medio Oeste con un Richard Nixon de rostro radiante como
capataz y la pradera alrededor. Aquí, en el corazón de la pequeña y sofisticada
zona de San Francisco conocida por Chinatown, hacían lo mismo aunque su iglesia
fuera la de Buda. Era extraño, pero a Japhy no le interesaba el budismo de
Chinatown porque era un budismo tradicional, y prefería el budismo intelectual
y artístico del zen -y eso que yo intentaba conseguir que viera que eran la
misma cosa-. En el restaurante habíamos comido con palillos y nos gustó. Ahora
me despedía y no sabía cuándo lo volvería a ver.
Detrás
de la mujer negra había un predicador que se balanceaba con los ojos cerrados
diciendo:
-Así
es, así es. Ella nos dijo:
-Que
Dios os bendiga, muchachos, por escuchar lo que os tengo que decir. No olvidéis
que, para el que ama a Dios, todas las cosas se juntan en el bien, para quienes
son llamados de acuerdo con Sus objetivos. Romanos, ocho, dieciocho, chicos. Y
hay una nueva patria esperándoos, y estad seguros de manteneros a la altura de
vuestras obligaciones. ¿Me oís?
-Sí,
señora, estamos atentos. Dije adiós a Japhy.
Pasé
unos cuantos días en casa de Cody, en las colinas. Cody estaba tremendamente
impresionado por el suicidio de Rosie y decía sin parar que tenía que rezar por
ella noche y día en un momento tan concreto como éste cuando, como se había
suicidado, su alma andaba en pena por la superficie de la tierra esperando ir
al infierno o al purgatorio. -Tenemos que meterla en el purgatorio, tío.
Así
que le ayudé a rezar cuando dormía por las noches sobre el césped de la entrada
dentro de mi nuevo saco de dormir. Durante esos días recogí en mi libreta de
notas los poemitas que me recitaban los niños:
-A
a... que vengo ya... I i... te quiero a ti... U u... el cielo es azul... soy
más alto que tú ... tuturú.
Mientras,
Cody decía:
-No
bebas tanto de ese vino añejo.
A
última hora de la tarde del lunes estaba en las vías de la estación de San José
y esperaba al Silbador de la tarde. Pero aquel día no pasaba y tuve que esperar
por el Fantasma de Medianoche de las siete treinta. En cuanto se hizo de noche,
calenté una lata de macarrones en una pequeña hoguera de ramas que encendí
entre los densos matorrales de al lado de las vías, y comí. El Fantasma
llegaba. Un guardagujas amigo me dijo que era mejor que no subiera al tren
porque en el cruce había un vigilante siniestro con una enorme linterna que
miraba si había alguien subido a los vagones y si lo encontraba telefoneaba a
Watsonville para que lo echaran.
-Ahora,
en invierno -me dijo-, hay gente que abre los vagones cerrados rompiendo las
ventanillas y deja botellas por el suelo, jodiendo todo el tren.
Me
deslicé hasta el extremo este de la estación con la mochila a cuestas, y cogí
el Fantasma casi cuando ya salía, más allá del cruce donde estaba el vigilante,
y extendí el saco de dormir y me quité los zapatos, los puse bajo mi chaqueta
doblada, me metí en el saco y dormí espléndidamente todo el trayecto hasta
Watsonville donde me escondí entre la maleza hasta que el tren se puso en
marcha de nuevo, subí otra vez y dormí entonces el resto de la noche mientras
volaba hacia la increíble costa y ¡oh, Buda! ¡Tu luz de la luna! ¡Oh, Cristo!
¡Tu resplandor en el mar! El mar, Surf, Tangair, Gaviota, el tren iba a ciento
treinta kilómetros por hora y yo calentito dentro del saco de dormir volando
hacia el Sur, camino de casa a pasar las Navidades. De hecho, no me desperté
hasta las siete de la mañana cuando el tren disminuía la marcha al entrar en
Los Ángeles y lo primero que vi, cuando me estaba poniendo los zapatos y
preparando mis cosas para bajar en marcha, fue a un ferroviario que me saludaba
diciendo:
-¡Bienvenido
a Los Ángeles!
Pero
tenía que salir de allí en seguida. El smog era espeso, los ojos me lloraban,
el sol calentaba, el aire apestaba, Los Ángeles es un infierno. Los hijos de
Cody me habían contagiado un resfriado y tenía ese viejo virus de California y
me sentía bastante mal. Con el agua que goteaba de un vagón frigorífico y que
recogí en el cuenco de las manos, me lavé la cara y los dientes y me peiné y me
dirigí a Los Ángeles para esperar hasta las siete y media de la tarde en que
planeaba coger el mercancías de primera clase, el Silbador, hasta Yuma,
Arizona. Fue un horrible día de espera. Tomé café en los cafetines del barrio
chino, en la calle Mayor de la parte Sur, a diecisiete centavos cada uno.
Al
anochecer me puse al acecho del tren. Un vagabundo estaba sentado junto a una
puerta observándome con especial interés. Me acerqué a hablarle. Me dijo que
había sido marine, que era de Patterson, Nueva Jersey, y después de un rato
sacó un papel que a veces leía en los trenes de carga. Lo miré. Era una cita de
la Digha Nikaya, las palabras de Buda.
Sonreí;
no dije nada. Era un vagabundo muy hablador que no bebía, un vagabundo
idealista y dijo:
-Eso
es todo y me gusta hacerlo. Salto a los trenes de mercancías y recorro el país
y preparo la comida, que son latas que caliento en hogueras. Y prefiero eso a
ser rico y tener casa y trabajo. Estoy encantado. Tenía artritis, ya sabes,
pasé años en el hospital. Encontré un modo de curarme y entonces me lancé a la
carretera y llevo en ella desde entonces.
-¿Qué
hiciste para curarte la artritis? Yo tengo tromboflebitis.
-¿De
verdad? Bueno, también funcionará contigo. Limítate a estar cabeza abajo tres
minutos al día o quizá cinco minutos. Todas las mañanas, cuando me levanto,
esté en la orilla de un río o en un tren en marcha, o donde sea, me pongo
cabeza abajo y cuento hasta quinientos. Son tres minutos, ¿no? -Le preocupaba
mucho saber si contar hasta quinientos costaba tres minutos. Era raro. Me
figuré que en la escuela sus notas de aritmética no debieron de ser muy buenas.
-Sí,
poco más o menos.
-Haz
eso todos los días y te desaparecerá la flebitis lo mismo que a mí la artritis.
Tengo ya cuarenta años. También te irá bien tomar leche caliente y miel al
acostarte, yo siempre llevo un tarro de miel -sacó uno de su hatillo-, y pongo
la leche y la miel en una lata y la caliento, y la bebo. Con esas dos cosas
basta.
-De
acuerdo -respondí prometiéndome seguir su consejo, puesto que era Buda.
El
resultado fue que unos tres meses después me desapareció la flebitis y no
volvió a manifestarse nunca más, algo realmente raro. En realidad, desde
entonces siempre que intento contárselo a los médicos no me dejan seguir porque
piensan que estoy loco. Vagabundo del Dharma, Vagabundo del Dharma. Nunca
olvidé a aquel inteligente ex marine judío de Patterson, Nueva Jersey,
quienquiera que fuese, con su papel que leía por la noche junto a las
rezumantes plataformas de los complejos industriales de una Norteamérica que
todavía es la Norteamérica mágica.
A
las siete y media llegó mi Silbador y los guardagujas lo revisaban cuando me
escondí en unos matorrales para subirme a él, parcialmente oculto tras un poste
telefónico. El tren se puso en marcha sorprendentemente deprisa, en mi opinión,
y cargado con los veintitantos kilos de mochila, corrí tras él hasta que vi una
agradable barra y me agarré a ella y salté. Subí hasta el techo del furgón para
tener una buena vista del tren entero y ver dónde estaba el vagón plataforma.
Sagrado humo y chispas celestiales; pero en cuanto el tren adquiría velocidad y
salía de la estación vi que se trataba de un hijoputa mercancías con dieciocho
vagones cerrados. Íbamos a unos treinta kilómetros por hora y tenía que saltar
o jugarme la vida porque dentro de un momento el tren iría por lo menos a
ciento treinta y tendría que mantenerme sujeto a lo que fuera (algo imposible
en el techo de un furgón cerrado), así que bajé por las barras metálicas,
después de haber soltado la hebilla de mi correa que se había enganchado en el techo,
y me encontré agarrado a la barra más baja y dispuesto a saltar..., pero el
tren iba demasiado deprisa. Puse a un lado la mochila y la sujeté
tranquilamente con la mano y luego tomé la loca decisión de saltar esperando
que todo saliera bien y me tambaleé unos cuantos pasos y me encontré sano y
salvo en el suelo.
Pero
ahora estaba cinco kilómetros dentro de la jungla industrial de Los Ángeles en
medio de una noche dominada por el smog que me ahogaba y provocaba náuseas y
tuve que dormir toda la noche junto a una cerca de alambre de espino, en una
zanja próxima a las vías, despertándome cada poco el follón que armaban los
guardagujas del Southern Pacific y.Santa Fe que andaban por allí, hasta que el
ambiente se despejó a medianoche y empecé a respirar mejor (pensaba y rezaba
dentro del saco de dormir). Pero en seguida volvieron la niebla y el smog y, al
amanecer, una espantosa nube húmeda muy blanca, y hacía demasiado calor para
dormir dentro del saco y fuera resultaba muy desagradable; la noche entera,
pues, fue horrible, si se exceptúa el amanecer en que un pájaro me bendijo con
sus trinos.
Lo
único que podía hacer era largarme de Los Ángeles. De acuerdo con las
instrucciones de mi amigo estuve cabeza abajo, apoyado contra una valla para no
caerme. Eso hizo que mejorara de mi resfriado. Luego caminé hasta la estación
de autobuses (cruzando vías y calles apartadas) y cogí un autobús barato para
hacer los cuarenta kilómetros hasta Riverside. Unos de la pasma miraron
recelosamente la mochila que llevaba a la espalda. Todo quedaba lejísimos de la
cómoda pureza de estar con Japhy Ryder en aquel prado de la montaña bajo las
pacíficas y cantarinas estrellas.
17
Me
llevó cuarenta kilómetros justos salir del smog de Los Ángeles; en Riverside el
sol brillaba limpio y claro. Me animó ver un hermoso sauce seco con arena
blanca y un hilo de río en el medio cuando pasábamos por el puente a la entrada
de Riverside. Estaba buscando mi primera oportunidad de pasar la noche al aire
libre y poner a prueba mis nuevas ideas. Pero en la calurosa estación de
autobuses me vio un negro y se fijó en la mochila y se me acercó y dijo que en
parte era mohawk, y cuando le respondí diciéndole que pensaba volver por la
carretera para dormir en el lecho seco del río, dijo:
-No,
señor, no puede hacerlo, los policías de este sitio son los peores de todo el
estado. Si te ven allí abajo te encerrarán, muchacho -siguió-, también a mí me
gustaría dormir al aire libre, pero es ilegal.
-Esto
no es la India -le dije picado, y me alejé dispuesto a intentarlo. Era como el
vigilante de la estación de San José; pero aunque fuera ilegal y trataran de
detenerme, lo único que podía hacer era intentarlo y mantenerme oculto. Me reí
pensando en lo que sucedería si yo fuera Fuke, el sabio chino del siglo noveno
que andaba por China agitando sin parar una campanilla. La única alternativa
que se presentaba de dormir al aire libre, coger trenes de mercancías y hacer
lo que me diera la gana, lo comprendí perfectamente, era sentarme junto con
otras miles de personas delante de un aparato de televisión en una casa de
locos, donde seríamos "vigilados". Entré en un supermercado y compré
jugo concentrado de naranja y queso cremoso y pan blanco, con lo que pensaba
alimentarme hasta el día siguiente en que haría autostop desde el otro extremo
de la ciudad. Vi muchos coches patrulla de la pasma y cómo me miraban con
recelo: policías delgados, bien pagados y alimentados, en coches último modelo
con todos aquellos equipos de radio tan caros evitando que los bikhus durmieran
en su territorio aquella noche.
En
el bosque que había junto a la autopista lancé una mirada atenta para
asegurarme de que no había coches patrulla a la vista y me metí decidido entre
los árboles. Había mucha maleza seca y caminé aplastándola sin molestarme en
buscar el sendero. Me dirigí decidido hacia las doradas arenas del lecho seco
del río que distinguía allí delante. El puente estaba tendido sobre la maleza y
nadie me podía ver a menos que se parara y mirara hacia abajo. Como un criminal
me abrí paso entre la frágil maleza y salí sudando de allí y me metí hasta el
tobillo en zanjas llenas de agua, y luego, cuando encontré un sitio despejado,
entré en una especie de bosquecillo de bambúes; dudé y no encendí una pequeña
hoguera hasta que anocheció y nadie podía ver el humo, y tuve cuidado de que no
hubiera muchas llamas. Extendí mi impermeable con el saco de dormir encima, y
todo sobre un lecho de hojas secas y bambúes. Los álamos amarillos llenaban el
aire de la tarde de humo dorado haciendo que me parpadearan los ojos. Era un
sitio agradable si se exceptúa el rugido de los camiones que pasaban por encima
del puente. Me molestaban bastante la cabeza y los senos nasales y estuve
cabeza abajo unos cinco minutos. Me reí: "¿Qué pensaría la gente si me
viera?"
Pero
aquello no tenía nada de cómico, me sentía triste, realmente triste, como la
noche anterior en aquel horrible paraje lleno de niebla de la zona industrial
de Los Ángeles, cuando de hecho había llegado a llorar un poco. Después de
todo, un hombre sin hogar tiene derecho a llorar, pues todas las cosas del
mundo se levantan contra él.
Oscureció.
Saqué una tartera y fui a buscar agua, pero tuve que atravesar tanta maleza que
cuando volví a donde había acampado la mayoría del agua se había derramado.
Mezclé en mi nueva batidora de plástico el agua con zumo de naranja concentrado
y me preparé una naranjada fría, luego extendí el queso sobre el pan y comí
encantado.
"Esta
noche -pensé- dormiré mucho y rezaré bajo las estrellas para que el Señor me
conceda la Budeidad una vez que mi trabajo de Buda esté terminado, amén."
Y
como eran las Navidades, añadí:
"Que
el Señor os bendiga a todos y haga descender una tierna y feliz Navidad sobre
vuestros techos y espero que los ángeles se sienten en ellos la noche de la
grande y auténtica Estrella, amén."
Y
más tarde, metido en el saco de dormir, pensé mientras fumaba: "Todo es
posible. Yo soy Dios, soy Buda, soy un Ray Smith imperfecto, todo al mismo
tiempo, soy un espacio vacío, soy todas las cosas. Tengo todo el tiempo del
mundo de vida a vida para hacer lo que hay que hacer, para hacer lo que está
hecho, para hacer lo hecho sin tiempo, un tiempo que por dentro es
infinitamente perfecto. ¿Para qué llorar? ¿Para qué preocuparse? Perfecto como
la esencia de la mente y las mentes de las cáscaras de plátano."
Y
añadí eso riendo al recordar a mis poéticos amigos lunáticos zen Vagabundos del
Dharma de San Francisco a los que empezaba a echar de menos. Y también añadí
una breve oración por Rosie.
"Si
viviera podría haber venido conmigo aquí, quizá hubiera podido decirle algo,
hacer que viera las cosas de modo diferente. A lo mejor sólo hubiera hecho el
amor con ella sin decirle nada."
Pasé
largo rato meditando con las piernas cruzadas, pero el ruido de los camiones me
molestaba. Pronto salieron las estrellas y mi pequeña hoguera les mandó un poco
de humo. Me deslicé dentro del saco hacia las once y dormí bien, salvo por los
trozos de bambú que había dejado de las hojas y que me hicieron dar vueltas
durante toda la noche.
"Es
mejor dormir en una cama incómoda libre que dormir sin libertad en una cama
cómoda."
Pensaba
en todo tipo de cosas según iba pasando el tiempo. Había empezado una nueva
vida con mi nuevo equipo: era un Don Quijote tierno. Por la mañana me sentía
bien y lo primero que hice fue meditar y rezar un poco:
"Bendigo
todas las cosas vivas. Os bendigo en el presente interminable, os bendigo en el
futuro interminable, amén." Y esta breve oración hizo que me sintiera bien
y así seguía cuando empaqueté todas mis cosas y fui a trompicones hasta el agua
que bajaba de una roca al otro lado de la autopista. Un agua de manantial
deliciosa con la que me lavé la cara y los dientes y bebí. Entonces estaba
preparado para recorrer haciendo autostop los cerca de cinco mil kilómetros
hasta Rocky Mount, Carolina del Norte, donde me esperaba mi madre, seguramente
lavando los platos en su querida y pobre cocina.
18
La
canción que estaba de moda por entonces era una de Roy Hamilton: "Everybody's
Got a Home but Me" ("Todos tienen casa menos yo"). Yo iba
cantándola mientras atrave saba Riverside. En el otro extremo de la ciudad me
situé en la autopista y me recogió una pareja de jóvenes que me llevaron hasta
un aeropuerto que estaba a unos ocho kilómetros, y desde allí fui con un tipo
bastante callado hasta Beaumont, California, pero me dejó a unos seis o siete
kilómetros del centro, en una autopista de dos direcciones donde nadie se
paraba, así que decidí caminar en aquel aire hermoso y resplandeciente. En
Beaumont comí perritos calientes, hamburguesas y una bolsa de patatas fritas y
bebí un batido de fresa entre jóvenes estudiantes. Luego, en el otro extremo de
la ciudad, me recogió un mexicano que se llamaba Jaimy y que me dijo que era
hijo del gobernador de Baja California, México, pero no le creí. Era un
borrachuzo y quiso que le comprara vino que terminó vomitando por la ventanilla
sin dejar de conducir: un triste, hundido y desamparado joven de ojos
melancólicos y muy bonitos, algo loco. Se dirigía a Mexicali que quedaba un
poco apartado de mi camino, aunque estaba lo bastante cerca de Arizona como
para que me viniera bien.
En
Calexico la gente andaba haciendo las compras de Navidad por la calle Mayor y
había increíbles bellezas mexicanas asombrosamente perfectas que iban mejorando
tanto que cuando las primeras volvían a pasar habían quedado borradas en mi
mente. Yo andaba por allí mirándolo todo, tomando un helado, y esperando a
Jaimy que dijo que tenía que hacer una gestión y que luego me recogería de
nuevo y me llevaría personalmente a Mexicali, México, donde me presentaría a
sus amigos. Planeaba cenar bien y barato aquella noche en México, y luego
seguir viaje. Jaimy no volvió a aparecer, claro. Crucé la frontera andando y
doblé a la derecha por una calleja estrecha para evitar la calle de los
vendedores ambulantes, y fui inmediatamente a cambiar el agua al canario en una
obra, pero un vigilante mexicano loco con uniforme consideró que aquello era
una gran infracción y me dijo algo, y cuando le dije "No sé" (en
español), respondió: "No sabes, ¿policía?" (también en castellano);
¡y el tipo amenazaba con avisar a la pasma sólo Porque yo había meado en
aquellos escombros! Pero luego me di cuenta, y me entristeció, de que había
meado justo en el sitio donde él solía hacer fuego por la noche: había restos
de madera carbonizados. Seguí por la calle embarrada sintiéndome realmente mal
y triste, con la enorme mochila a la espalda, mientras el vigilante me miraba
con expresión tristísima.
Llegué
a una colina y vi grandes cauces llenos de barro, con hedores y charcos y
espantosos senderos con mujeres y burros renqueando al atardecer; un viejo
mendigo chino mexicano me llamó la atención y nos detuvimos a charlar, v cuando
le conté que quería dormir por allí (de hecho estaba pensando en ir un poco más
allá, a la ladera de las montañas), me miró horrorizado y, como era sordomudo,
hizo gestos de que podían robarme la mochila y matarme si lo hacía, y me di
cuenta en seguida de que tenía razón. Ya no estaba en Norteamérica. A uno u
otro lado de la frontera, en cualquier parte donde metiera las narices, un
hombre sin hogar estaba con el agua al cuello. ¿Dónde encontraría un
bosquecillo tranquilo en el que meditar y vivir para siempre? Después de que el
viejo intentara contarme su vida por señas, me alejé agitando la mano y
sonriendo y crucé la llanura y un estrecho puente sobre las aguas amarillentas
y llegué al barrio pobre de casas de adobe de Mexicali, donde como siempre la
alegría mexicana me encantó, y comí una deliciosa cazuela de sopa de cocido con
trozos de cabeza y cebolla cruda, pues en la frontera había cambiado
veinticinco centavos por tres pesos en billetes y un montón de monedas enormes.
Mientras comía en el pequeño mostrador de barro de la calle, observé a la
gente, los perros miserables, las cantinas, las putas, oí la música, pasaban
tipos indolentes por la estrecha carretera y al otro lado de la calle había un
inolvidable Salón de Belleza con un espejo sin marco en una pared vacía y sillas
y una belleza de diecisiete años con el pelo con rulos soñando delante del
espejo, pero tenía al lado un viejo busto de yeso con una peluca, y detrás un
tipo enorme con bigote y un jersey de esquí hurgándose los dientes y un chaval
delante del espejo de la silla de al lado comiendo un plátano, y en la acera
había unos cuantos niños reunidos como delante de un cine y pensé: "Vaya,
Mexicali entero un sábado por la tarde. Gracias, Señor, por devolverme las
ganas de vivir, por tus formas siempre recurrentes en Tu Vientre de Fertilidad
Exuberante."
Todas
mis lágrimas no eran en vano. Al fin todo funcionaba.
Después
callejeé y compré una especie de rosquilla caliente, luego dos naranjas a una
chica, y volví a cruzar el puente al caer la tarde y me dirigí contento a la
frontera. Pero allí me detuvieron tres desagradables guardias norteamericanos y
registraron hoscos toda la mochila.
-¿Qué
ha comprado en México?
-Nada.
No
me creían. Siguieron registrando. Después de manosear los paquetes de patatas
fritas de Beaumont que me habían sobrado y las uvas pasas y los cacahuetes y
las zanahorias, y las latas de cerdo y judías compradas para el camino, y los
bollos de pan integral, se asquearon y me dejaron seguir. Era divertido, de
verdad; esperaban encontrar una mochila llena de opio de Sinaloa, seguro, o
yerba de Mazatlán, o heroína de Panamá. A lo mejor creían que venía caminando
desde Panamá. No conseguían situarme.
Fui
a la estación de los autobuses Greyhound y compré un billete hasta El Centro y
la autopista principal. Pensaba coger el Fantasma de Medianoche para Arizona y
estar en Yuma aquella misma noche y dormir en el cauce del Colorado, que hacía
tiempo que me atraía. Pero las cosas se estropearon; en El Centro fui a la
estación y anduve por allí, y por fin hablé con un maquinista que hacía señales
a una máquina en maniobras.
-¿Dónde
está el Silbador?
-No
pasa por El Centro.
Me
sorprendió mi estupidez.
-El
único mercancías que puedes coger pasa antes por México, luego por Yuma, pero
te encontrarán y te echarán a patadas y terminarás en un calabozo mexicano,
tío.
-Ya
tengo bastante de México, gracias.
Así
que me fui al cruce del pueblo donde los coches doblan hacia el este, camino de
Yuma, y empecé a hacer autostop. Durante una hora no tuve suerte. De repente,
un gran camión se paró al lado; el chófer se bajó y se puso a rebuscar en una
maleta.
-¿Va
hacia el este? -pregunté.
-En
cuanto me divierta un poco en Mexicali. ¿Conoces algo de México?
-Viví
allí años.
Me
miró de arriba abajo. Era un buen tipo, gordo, alegre, del Medio Oeste. Le
gusté.
-¿Qué
te parece si me enseñas algo de Mexicali esta noche y luego te llevo a Tucson?
-¡Estupendo!
Subimos
al camión y volvimos directamente a Mexicali por la carretera que acababa de
recorrer en autobús. Pero merecía la pena llegar hasta Tucson. Aparcamos el
camión en Calexico, que ahora estaba tranquilo, eran las once, v pasamos a
Mexicali y le aparté de las casas de putas para turistas y le llevé a los
auténticos y viejos salones mexicanos donde había chicas que bailaban por un
peso y tequila de verdad v diversión a montones. Fue una noche estupenda; el
camionero bailó y se divirtió, se hizo una foto con una chica y se bebió unos
veinte tequilas. En un determinado momento de la noche se nos unió un tío de
color que era algo marica pero terriblemente divertido y nos llevó a una casa
de putas, y luego, cuando salíamos, un policía mexicano le quitó su navaja
automática.
-Es
la tercera navaja que estos hijoputas me quitan este mes -dijo.
Por
la mañana, Beaudrv (el camionero) y yo volvimos al camión con los ojos
hinchados y resaca y él no perdió tiempo v se dirigió directamente -a Yuma sin
volver a El Centro por la estupenda autopista 98 sin tráfico y recta durante
más de ciento cincuenta kilómetros llegando a Gray Wells a ciento treinta por
hora. En seguida llegaríamos a Tucson. Habíamos tomado un almuerzo ligero en
las afueras de Yuma y ahora decía que tenía ganas de una buena chuleta.
-Lo
malo es que en estos sitios para camioneros nunca tienen las grandes chuletas
que a mí me gustan.
-Bueno,
pues sólo tienes que aparcar el camión delante de uno de esos supermercados de
Tucson que hay junto a la autopista y te compro una chuleta de cinco
centímetros de grosor y nos paramos en el desierto y enciendo una hoguera y te
preparo la mejor chuleta de tu vida.
No
me creía, pero así lo hice. Dejadas atrás las luces de Tucson en un atardecer
rojo fuego sobre el desierto, se detuvo y encendí una hoguera con ramas de
mezquite, añadiendo ramas mayores y luego troncos según se iba haciendo de
noche, v cuando las brasas estuvieron listas traté de poner la carne encima
sujeta en un espetón, pero éste se quemó, así que freí las enormes chuletas en
su propia grasa en mi maravillosa sartén nueva y le di mi navaja y se la
zampaba diciendo:
-Ñam,
ñam, es la mejor chuleta que he comido en mi vida.
También
había comprado leche, así que teníamos sólo chuletas y leche, un gran banquete
de proteínas, sentados allí en la arena mientras los coches pasaban zumbando
por la autopista junto a nuestra pequeña hoguera.
-¿Dónde
aprendiste todas estas cosas tan divertidas? -me dijo, riendo-. Bueno, va sabes
que cuando digo divertidas no las desprecio para nada, sé lo que valen. Aquí me
tienes matándome con este trasto yendo y viniendo de Ohio a Los Ángeles y gano
más de lo que tú has tenido en toda tu vida de vagabundo, pero eres el único
que disfruta la vida Y, no sólo eso, además lo haces sin trabajar ni necesitar
un montón de dinero. Vamos a ver, ¿quién es más listo, tú o yo?
Y
tenía una preciosa casa en Ohio, y mujer, hija, árbol de Navidad, dos coches,
garaje, césped, cortadora de césped, pero no podía disfrutar de nada de eso
porque de hecho no era libre. Era la triste verdad. No quiero decir que yo
fuera mejor que él, nada de eso, era un tipo estupendo y yo le gustaba y él me
gustaba y dijo:
-Bien,
voy a decirte una cosa, ¿qué te parece si te llevo hasta Ohio?
-¡Estupendo!
Así casi me dejarás en casa. Voy al sur de allí, a Carolina del Norte.
-Al
principio dudaba en proponértelo por los tipos del seguro Markell, ¿sabes que
si te encuentran viajando conmigo perderé mi empleo?
-Vaya,
coño... Es algo realmente jodido.
-Sin
duda lo es, pero te digo una cosa, después de esta chuleta que me has
preparado, aunque haya tenido que pagarla yo, pero que tú has cocinado y aquí
estás lavando los platos con arena, sólo puedo decirte que se metan el empleo
en el culo, pues ahora eres mi amigo y tengo derecho a llevar a un amigo en el
camión.
-De
acuerdo -dije-, y rezaré para que no nos paren esos tipos del seguro Markell.
-Si
tenemos buena suerte no lo harán, pues ahora es sábado y estaremos en
Springfield, Ohio, hacia el amanecer del martes si piso a fondo este trasto y
eso es más o menos lo que dura su fin de semana.
¡Y
vaya si pisó a fondo el trasto! Desde aquel desierto de Arizona zumbamos a
través de Nuevo México, tomamos el atajo que lleva de Las Cruces a Alamogordo,
donde hicieron explotar la primera bomba atómica y donde yo tuve una extraña
visión cuando pasábamos a toda velocidad: al ver las nubes por encima de las
montañas de Alamogordo parecía que tenían impresas en el cielo estas palabras:
"Esto es la Imposibilidad de la existencia de todo."
¡Extraño
lugar para aquella visión realmente extraña! Y luego se lanzó a través de la
hermosa comarca india de Atascadero, en las alturas de Nuevo México, y había
hermosos valles verdes y pinos y ondulados prados como en Nueva Inglaterra, y
luego bajamos a Oklahoma (en las afueras de Bowie, Arizona, echamos un
sueñecito al amanecer, él en el camión, yo en mi saco de dormir sobre la fría
arcilla roja sin más techo que el brillo de las estrellas y alrededor el
silencio y en la distancia un coyote), y en seguida atravesamos Arkansas y
devoramos ese estado en una tarde y luego Missouri y San Luis, y por fin el
lunes por la noche atravesamos Illinois e Indiana como una exhalación y
entramos en el querido y nevado Ohio con todas las luces de Navidad en las
ventanas de viejas granjas que llenaron mi corazón de alegría.
"Uf
-pensé-. Todo el largo camino desde los cálidos brazos de las chicas de
Mexicali hasta las nieves navideñas de Ohio de un tirón. "
Beaudry
tenía una radio en el salpicadero y la tuvo funcionando a tope durante todo el
viaje también. No hablamos mucho, de vez en cuando él gritaba contándome una
anécdota, y tenía una voz tan potente que llegó a perforarme el tímpano (el
izquierdo) y me dolió, haciéndome pegar un salto de medio metro en el asiento.
Era fabuloso. Hicimos un montón de buenas comidas también en varios de sus
restaurantes favoritos de la carretera, una de ellas en Oklahoma, donde comimos
cerdo al horno y boniatos dignos de la propia cocina de mi madre, comimos y
comimos, él siempre tenía hambre, y yo también, estábamos en invierno y hacía
frío y era Navidad en los campos y la comida era buena.
En
Independence, Missouri, hicimos nuestra única parada para dormir en una
habitación; era un hotel de casi cinco dólares por persona, lo que resultaba un
robo, pero él necesitaba dormir y yo no podía esperarle en el camión bajo cero.
Cuando me desperté por la mañana, miré afuera y vi a todos los jóvenes
ambiciosos con traje que iban a trabajar a las compañías de seguros esperando
llegar a ser algún día como Harry Truman. Hacia el amanecer del martes Beaudry
me dejó en las afueras de Springñeld, Ohio, en medio de una terrible ola de
frío, y nos dijimos adiós un tanto tristes.
Fui
a un bar, tomé un té, hice balance, fui a un hotel y dormí profundamente
agotado. Después adquirí un billete para Rocky Mount, puesto que era imposible
hacer autostop
de
Ohio a Carolina del Norte por toda aquella región montañosa en invierno
atravesando Blue Ridge y todo. Pero me impacienté y decidí hacer autostop de
cualquier forma y pedí al autobús que se detuviera en las afueras y volví
caminando a la estación de autobuses para que me devolvieran el importe del
billete. No quisieron darme el dinero. La conclusión de mi loca impaciencia fue
que tuve que esperar más de ocho horas el siguiente autobús a Charleston, en el
oeste de Virginia. Empecé haciendo autostop en las afueras de Springfield
esperando coger el autobús en un pueblo de más adelante, era sólo para
divertirme, pero se me congelaron los pies y las manos esperando de pie en
pequeños pueblos melancólicos al ponerse el día. Un vehículo me llevó a un
pueblecito y allí me quedé esperando junto a la oficina de telégrafos que
también hacía de estación, hasta que llegó mi autobús. Resultó que el autobús
iba abarrotado y marchó lentamente por la zona montañosa durante toda la noche
y al amanecer subió a las alturas de Blue Ridge, una bella región con muchos
árboles entonces bajo la nieve; luego, tras un día entero de detenerse y
seguir, detenerse y seguir, bajamos las montañas hasta Mount Airy, y por fin,
al cabo de siglos, llegamos a Raleigh donde cambié a mi autobús local y di
instrucciones al conductor de que me dejara en una carretera de segundo orden
que serpentea unos cinco kilómetros a través de bosques de pinos hasta la casa
de mi madre en Big Easonburg Woods, que es un cruce cercano a Rocky Mount.
Me
dejó allí hacia las ocho de la tarde y anduve los cinco kilómetros por la
helada y silenciosa carretera de Carolina bajo la luna, observando a un reactor
que pasó por encima, su estela derivó a través de la cara de la luna y cortó en
dos el círculo de nieve. Era maravilloso haber vuelto al Este con nieve, en
Navidad, con lucecitas ocasionales en las ventanas de las granjas, los bosques
silenciosos, los calveros de los pinares tan desnudos y lúgubres, la vía del
tren alejándose entre los bosques gris azulado hacia mi sueño.
A
las nueve en punto cruzaba tambaleante con todo mi equipo el patio de mi madre
y allí estaba ella junto al fregadero de azulejos blancos de la cocina,
fregando los platos y esperándome con expresión acongojada (llegaba con
retraso), preocupada por si llegaría alguna vez y probablemente pensando:
"Pobre
Raymond, ¿por qué tiene que andar siempre por ahí haciendo autostop y
preocupándome tanto? ¿Por qué no es como las demás personas?"
Y yo
pensaba en Japhy mientras estaba allí de pie en el frío patio mirándola y me
decía:
"¿Por
qué le molestan tanto a Japhy los azulejos blancos del fregadero y los
"aparatos de cocina" como él los llama? La gente tiene buen corazón,
tanto si viven como Vagabundos del Dharma como si no. La compasión es el
corazón del budismo."
Detrás
de la casa había un gran bosque de pinos donde podría pasarme todo el invierno
y la primavera meditando bajo los árboles y descubriendo por mí mismo la verdad
de todas las cosas. Era muy feliz. Anduve alrededor de la casa y miré el árbol
de Navidad junto a la ventana. A unos cien metros carretera abajo, las dos
tiendas del pueblo constituían una brillante y cálida escena en el, por lo
demás, frío vacío del bosque. Fui hasta la caseta del perro y me encontré al
viejo Bob temblando y resoplando de frío. Lloriqueó de alegría al verme. Lo
desaté y ladró y saltó a mi alrededor y entró conmigo en la casa donde abracé a
mi madre en la caliente cocina y mi hermana y mi cuñado vinieron del cuarto de
estar y me dieron la bienvenida, y mi sobrinito Lou también, y estaba en casa
de nuevo.
19
Todos
querían que durmiera en el sofá del cuarto de estar junto a la acogedora estufa
de petróleo, pero yo insistí en que quería que mi cuarto fuera (como antes) el
porche trasero con sus seis ventanas dando a los yermos campos invernales y a
los pinares de más allá, dejando todas las ventanas abiertas y extendiendo mi
querido saco de dormir sobre el sofá que había allí para dormir sumido en el
sueño puro de las noches de invierno con la cabeza hundida dentro del suave
calor del nailon y las plumas de pato. Cuando se acostaron, me puse la chaqueta
y el gorro con orejeras v los guantes de ferroviario, y encima de todo eso mi
impermeable de nailon, y paseé bajo la luz de la luna por los campos de algodón
como un monje amortajado. El suelo estaba cubierto de escarcha. El viejo
cementerio, carretera abajo, brillaba con la escarcha. Los tejados de las
granjas cercanas eran como blancos paneles de nieve. Atravesé los surcos de los
campos de algodón seguido por Bob, un buen perro de caza, y por el pequeño
Sandy, que pertenecía a los Joyner, nuestros vecinos, y por unos cuantos perros
vagabundos más (todos los perros me quieren), y llegué al lindero del bosque.
Allí, la primavera pasada, había trazado un pequeño sendero cuando iba a
meditar bajo mi joven pino favorito. El sendero seguía allí. Mi entrada oficial
al bosque la constituían un par de pinos jóvenes que hacían de puerta. Siempre
hacía una reverencia allí y juntaba las manos v daba las gracias a
Avalokitesvara por la maravilla del bosque. Luego entré, precedido por la
blancura lunar de Bob, camino de mi pino, donde mi viejo lecho de paja seguía
estando al pie del árbol. Arreglé mi impermeable y mis piernas y me senté a
meditar.
Los
perros también meditaban. Todos estábamos absolutamente quietos. El campo
entero estaba helado y silencioso a la luz de la luna, no había ni siquiera los
leves ruidos de los conejos o los mapaches. Un frío silencio absoluto. Quizá un
perro ladraba a unos ocho kilómetros hacia Sandy Cross. Sólo llegaba el débil,
debilísimo ruido de enormes camiones rodando en la noche por la 301, a unos
veinte kilómetros, y por supuesto el rumor ocasional de las máquinas diesel de
la Atlantic Coast Line, con pasajeros o mercancías, yendo hacia el norte y el
sur, a Nueva York y Florida. Una noche bendita. Inmediatamente caí en un trance
carente de pensamientos donde de nuevo se me reveló: "Este pensar ha
cesado."
Y
suspiré porque ya no tenía que pensar y sentí que todo mi cuerpo se sumergía en
una bienaventuranza en la que no podía dejar de creer, completamente relajado y
en paz con todo el efímero mundo del sueño y del que sueña y del propio soñar.
Acudían además a mí todo tipo de pensamientos, como: "Un hombre que
practica la bondad en el campo merece todos los templos que levanta este
mundo."
Y
alargué la mano y acaricié al viejo Bob, que me miró contento.
"Todas
las cosas vivas y muertas como estos perros y yo van y vienen sin ninguna
duración o sustancia propia, Dios mío, y con todo, posiblemente ni existamos.
¡Qué extraño, qué valioso, qué bueno para nosotros! ¡Qué horror si el mundo
hubiera sido real, porque si fuera real, sería inmortal!"
Mi
impermeable de nailon me protegía del frío, como una tienda de campaña a la
medida, y me quedé mucho tiempo allí sentado, con las piernas cruzadas, en los
bosques invernales de medianoche, por lo menos una hora. Luego volví a casa, me
calenté con el fuego del cuarto de estar mientras los demás dormían, después me
metí en el saco que estaba en el porche y me quedé dormido.
La
noche siguiente era Nochebuena y la pasé con una botella de vino delante de la
televisión disfrutando del programa y de la misa de gallo de la catedral de San
Patricio, en Nueva York, con obispos oficiando, y ceremonias resplandecientes y
fieles; los sacerdotes con sus vestiduras de encaje blanco como la nieve ante
grandes altares que no eran ni la mitad de grandes que mi lecho de paja de
debajo del pequeño pino, me imaginé. Luego, a medianoche, muy silenciosos, los
pequeños padres, mi hermana y mi cuñado, pusieron los regalos bajo el árbol, y
aquello resultó más glorioso que todos los Gloria in Excelsis Deos de la
Iglesia de Roma y de todos sus obispos.
"Pues,
después de todo -pensé-, Agustín era un eunuco y Francisco mi hermano
idiota."
Mi
gato Davey, de repente, me bendijo, dulce gato, al saltar a mi regazo. Cogí la
Biblia y leí un poco de San Pablo junto a la estufa caliente y las luces del
árbol:
"Dejad
que se vuelva necio para que pueda volverse sabio."
Y
pensé en el bueno de Japhy y deseé que estuviera disfrutando de la Nochebuena
conmigo.
"Ahora
ya estáis colmados -dice San Pablo-, ya os habéis vuelto ricos. Los santos
juzgarán el mundo."
Luego,
en una explosión de hermosa poesía, más hermosa que todas las lecturas de
poesía de todos los Renacimientos de San Francisco, añade:
"Alimentos
para el vientre, y el vientre para los alimentos; pero Dios reducirá a nada a
ambos."
"Sí
-pensé-. Se paga con el hocico lo que tiene una vida tan corta..."
Esa
semana me quedé solo en casa, pues mi madre tuvo que ir a Nueva York a un
funeral y los otros trabajaban. Todas las tardes iba al pinar con los perros, y
leía, estu diaba, meditaba bajo el cálido sol del invierno sureño, y luego
volvía y preparaba la cena para todos al atardecer. Además, instalé una cesta y
practicaba el baloncesto a la puesta del sol. Por la noche, una vez que se
habían acostado, volvía al bosque bajo la luz de las estrellas e incluso bajo
la lluvia con mi impermeable. El bosque me aceptaba. Me divertía escribiendo
poemas al estilo de Emily Dickinson, como:
"Enciende
una hoguera, combate a los mentirosos. ¿Qué diferencia hay en la
existencia?" O: "Una semilla de sandía produce una necesidad, grande
y jugosa, igual que la autocracia." "Que todo florezca y haya
bienaventuranza por siempre jamás", rezaba en el bosque por la noche.
Seguía componiendo nuevas y mejores oraciones. Y más poemas, como cuando cae la
nieve:
"No
frecuente, la sagrada nieve, tan suave, la sagrada fuente." Y en cierta
ocasión escribí: "Los Cuatro Inevitables: 1. Libros Mohosos. 2. Naturaleza
sin Interés. 3. Existencia Insulsa. 4. Nirvana Vacío; ¡cómpralos,
muchacho!"
O
escribía en tardes aburridas cuando ni el budismo ni la poesía ni el vino ni la
soledad ni el baloncesto conseguían dominar mi perezosa pero inquieta carne:
"Nada
que hacer, ¡oh, vaya! Prácticamente sólo tristeza." Una tarde contemplaba
a los patos en la zona de los cerdos del otro lado de la carretera, y era
domingo, y los predicadores gritaban por radio Carolina y escribí:
"Imaginaos a todos los gusanos eternos vivos y muertos y los patos se los
comen..., ahí tenéis el sermón de la escuela dominical."
En
un sueño oía las palabras:
"El
dolor no es sino el soplo de una concubina." Pero en Shakespeare eso se
diría: "¡Ay, a fe mía que suena demasiado frío."
Y
entonces, de repente, una noche después de cenar, cuando paseaba por la fría y
ventosa oscuridad del patio, me sentí tremendamente deprimido y me tiré al
suelo y grité: "¡Voy a morir!" porque no había nada más que hacer en
la fría soledad de esta dura tierra inhóspita, y al momento la suave bendición
de la iluminación fue como leche en mis párpados y me sentí confortado. Y me di
cuenta de que ésta era la verdad que Rosie conocía, y también todos los demás
muertos, mi padre muerto y mi hermano muerto y los tíos y tías y primos
muertos, la verdad que se realiza en los huesos del muerto y que está más allá
del Árbol de Buda y de la Cruz de Jesús. Cree que el mundo es una flor etérea y
vive. ¡Yo sabía esto! También sabía que yo era el peor vagabundo del mundo. La
luz del diamante estaba en mis ojos.
Mi
gato maulló junto a la nevera, ansioso de ver qué maravilloso deleite contenía.
Le di de comer.
20
Con
el tiempo mis meditaciones y estudios empezaron a dar fruto. La cosa en
realidad empezó a finales de enero, una noche muy fría en el silencio mortal
del bosque cuando casi me pareció oír unas palabras que decían: "Todo está
muy bien, por siempre y siempre y siempre."
Solté
un tremendo grito, era la una de la madrugada, v los perros dieron un salto y
se movieron alegres. Me sentí como aullando a las estrellas. Uní las manos y
recé:
-¡Oh,
sabio y sereno espíritu de la Iluminación! Todo está muy bien por siempre y
siempre y siempre y te doy las gracias, todas mis gracias, amén.
¿Qué
me importaba la torre de los vampiros y el semen y los huesos y el polvo? Me
sentía libre y, por lo tanto, era libre.
De
pronto, tuve ganas de escribir a Warren Coughlin, en quien ahora pensaba
intensamente, y recordaba su humildad y silencio entre los inútiles gritos de
Alvah y Japhy y de mí mismo:
-Sí,
Coughlin, ahora es reluciente y lo hemos conseguido. Hemos llevado a América
como una manta brillante hasta ese más brillante Ya de ninguna parte -dije.
En
febrero empezó a hacer menos frío y el suelo empezó a ablandarse un poco y las
noches en el bosque fueron más tibias y mis sueños en el porche más agradables.
Las estrellas parecían hacerse más húmedas en el cielo, y mayores. Bajo las
estrellas yo dormitaba con las piernas cruzadas junto a mi árbol y en mi
duermevela me estaba diciendo: "¿Moab? ¿Quién es Moab?", y me
desperté con un mechón de pelo en la mano, un mechón arrancado a uno de los
perros. Así, despierto, tuve pensamientos como:
"Todo
son apariencias diferentes de lo mismo, mi amodorramiento, el mechón, Moab,
todo un suurno efímero. Todo pertenece al mismo vacío. ¡Bendito sea!"
Luego
hice que estas palabras circularan por mi mente para adiestrarme:
"Yo
soy vacío, no soy diferente del vacío, ni el vacío es diferente a mí, pues el
vacío soy yo."
Había
un charco con una estrella brillando en él. Escupí en el charco, la estrella
desapareció y yo dije:
-¿Es
real esa estrella?
No
era inconsciente del hecho de que había un buen fuego esperando a que volviera
de estas meditaciones de medianoche; me lo proporcionaba amablemente mi cuñado
que estaba un poco molesto y cansado de verme por allí sin trabajar. Una vez le
recité un verso de alguien sobre cómo se crece con el sufrimiento, y dijo:
-Si
tú creces con el sufrimiento, yo ya debería ser tan grande como esta casa.
Cuando
iba a la tienda a comprar pan y leche, los tipos que estaban allí entre cañas
de pescar y barriles de melaza me decían:
-¿Qué
coño haces en el bosque? -Bueno, voy allí a estudiar.
-¿No
eres ya algo mayor para ser estudiante? -Bueno, a veces sólo voy allí a echar
un sueñecito. Pero yo les veía andar por el campo el día entero buscan do algo
que hacer para que sus mujeres creyeran que eran unos hombres muy ocupados y
que trabajaban duro, y no me podían engañar. Sabía que en secreto lo que
querían era ir a dormir al bosque, o simplemente sentarse sin hacer nada, como
hacía yo sin que me diera vergüenza. Nunca me molestaron. ¿Cómo iba a contarles
que mi sabiduría era el conocimiento de que la sustancia de mis huesos y de los
suyos y de los huesos de los muertos en la tierra, que la lluvia por la noche
es la sustancia común individual, perdurablemente tranquila y bendita? Que lo
creyeran o no tampoco me importaba. Una noche con mi impermeable, sentado bajo
un fuerte chaparrón, compuse una cancioncilla para acompañar el sonido de la
lluvia en mi capucha de goma: -Las gotas de lluvia son éxtasis, las gotas de
lluvia no son diferentes que el éxtasis, ni el éxtasis es diferente que las
gotas de lluvia, sí, el éxtasis es las gotas de lluvia. ¡Sigue lloviendo, oh,
nube!
Así
que cómo podía importarme lo que los viejos masticadores de tabaco de la tienda
del cruce dijeran sobre mi mortal excentricidad; todos nos convertimos en lo
mismo en la sepultura, además. Hasta me emborraché un poco con uno de esos
viejos en una ocasión y anduvimos en coche por las carreteras de la zona y de
hecho le expliqué cómo me sentaba en aquellos bosques a meditar y él lo
entendió de verdad y dijo que le gustaría hacer la prueba si tuviera tiempo o
consiguiera reunir el suficiente valor, y había algo de lúgubre envidia en su
voz. Todo el mundo lo sabe todo.
21
Llegó
la primavera después de intensas lluvias que lo barrieron todo; había charcos
marrones por todas partes en los húmedos y marchitos campos. Fuertes vientos
calientes empujaron nubes blancas como la nieve por delante del sol y el seco
aire. Eran días dorados con una hermosa luna por la noche; hacía calor y una
rana valiente croaba a las once de la noche en el Arroyo del Buda, donde yo
había instalado mi nuevo lecho de paja debajo de un par de árboles retorcidos
junto a un claro del pinar y una extensión de hierba seca y un delgado
arroyuelo. Allí, un día, mi sobrinito Lou me acompañó y yo cogí un objeto del
suelo y lo alcé en silencio, sentado debajo del árbol, y Lou, mirándome,
preguntó:
-¿Qué
es eso?
-Eso
-le respondí y, con un movimiento nivelador de la mano, dije-: Tathata.
-Repitiendo-: Eso... es eso.
Y
sólo cuando le dije que era una piña consiguió formarse la idea imaginaria de
la palabra "piña", pues, de hecho, como se dice en el sutra: "La
Vacuidad es Discriminación."
Y él
dijo:
-La
cabeza me saltó y los sesos se me retorcieron y luego los ojos empezaron a
parecer pepinos y el pelo un remolino y el remolino me lamió la barbilla.
-Luego añadió- ¿Por qué no hago un poema? -Quería celebrar aquel momento.
-Muy
bien, pero hazlo en seguida, al tiempo que caminas.
-De
acuerdo... "Los pinos ondulan, el viento trata de susurrar algo, los
pájaros dicen pío, pío, pío, y los halcones vuelan jark-jark-jark"...
-¡Oye!
¡Estamos en peligro!
-¿Por
qué?
-El
halcón... ¡jark, jark, jark!
-¿Y
qué?
-¡Jark!
¡Jark!... Nada.
Tiré
de mi silenciosa pipa, en paz y calma el corazón. Llamaba a mi nueva arboleda
"La arboleda del árbol gemelo", debido a los dos troncos en los que
me apoyaba y que se enredaban uno en otro; un abeto blanco brillando por la
noche y que me mostraba a más de cien metros de distancia el sitio adonde iba,
aunque el viejo Bob me mostraba el camino con su blancura a lo largo del oscuro
sendero. Un sendero en el que una noche perdí el rosario que me había regalado
Japhy, pero lo encontré al día siguiente justo en el sendero, imaginándome:
"El Dharma no se puede perder, nada se puede perder en un sendero
transitado." Entonces ya había mañanas de primavera con los perros
felices, y yo olvidando la Senda del Budismo y limitándome a estar contento;
observaba revolotear a los nuevos pajarillos todavía sin el grosor del verano;
los perros bostezando y casi tragándose mi Dharma; la hierba meciéndose, las
gallinas cloqueando. Noches de primavera practicando el Dhyana bajo la nebulosa
luna. Veo la verdad:
"Aquí,
esto, es Eso. El mundo, tal cual es, es el Cielo, y ando buscando un Cielo
fuera de lo que hay, y sólo este mundo mezquino es el Cielo. ¡Ah, si pudiera
comprender! ¡Si consiguiera olvidarme de mí mismo y encaminar mis meditaciones
a la liberación, al despertar y a la bendición de todas las criaturas vivas, me
daría cuenta de que lo que hay en todas partes es éxtasis!"
Tardes
que se alargaban y yo simplemente sentado en la paja hasta que me cansaba de
"pensar en nada" y me iba a dormir y tenía fugaces sueños como aquel
tan raro que tuve una vez en que estaba en una especie de ático fantasmal v
grisáceo arrastrando maletas de carne gris que me entregaba mi madre y yo me
quejaba impaciente: "¡No quiero volver a bajar!" (a hacer ese trabajo
mundano). Y sentía que entonces era un ser vacío llamado a disfrutar del
éxtasis del auténtico cuerpo sin fin.
Días
que seguían a días, y yo en mono, sin peinarme, casi sin afeitar, acompañada
únicamente de perros y gatos, viviendo otra vez la felicidad de la niñez.
Entretanto solicité v obtuve un puesto de vigilante de incendios para el verano
en el Servicio Forestal, en el pico de la Desolación, en las Altas Cascadas,
estado de Washington. Así que decidí que en marzo me instalaría en la cabaña de
Japhy para estar más cerca de Washington cuando llegase el verano.
Los
domingos por la tarde mi familia quería que fuera de paseo en coche con ellos,
pero yo prefería quedarme en casa solo, y ellos se enfadaban y decían:
-Pero,
¿qué es lo que te pasa?
Y
los oía discutir en la cocina sobre la inutilidad de mi budismo, y luego todos
subían al coche y se marchaban y vo iba a la cocina y cantaba: "Las mesas
están vacías, todos se han ido", con la música de "You're Learning
the Blues", de Frank Sinatra.
Me
sentía loco de remate y de lo más feliz. Los domingos por la tarde, pues, iba a
mi bosque con los perros y me sentaba y ponía las palmas de la mano hacia
arriba y recibía puñados de ardiente sol en ellas.
"El
nirvana es la pata que se mueve", decía, al ver la primera cosa que vi
cuando abrí los ojos después de la meditación, y que era la pata de Bob
moviéndose en la hierba mientras el perro soñaba. Después volví a casa por mi
claro, puro, transitado sendero, esperando la noche en la que vería de nuevo a
los innumerables budas ocultos en el aire a la luz de la luna.
Pero
mi serenidad quedó definitivamente interrumpida debido a una curiosa discusión
con mi cuñado; empezó a quejarse de que desataba a Bob y me lo llevaba al
bosque.
-He
gastado demasiado dinero en ese perro para que ahora vengas y lo sueltes.
-¿Te
gustaría a ti estar sujeto a una cadena el día entero y llorar como este perro?
-le dije.
-A
mí no me molesta -respondió.
-Y a
mí no me importa -añadió mi hermana.
Me
enfadé tanto que me largué al bosque, y era un domingo por la tarde y decidí
quedarme sentado allí sin cenar hasta medianoche, y entonces volver y recoger
mis cosas y marcharme. Pero a las pocas horas mi madre ya me estaba llamando
desde el porche trasero para que fuera a cenar, yo no quería ir y, por fin, el
pequeño Lou vino hasta mi árbol y me pidió que volviera.
En
el arroyo había ranas que croaban en los momentos más raros interrumpiendo mi
meditación como a propósito, y una vez en pleno mediodía una rana croó tres
veces y se quedó en silencio el resto del día, como tratando de explicarme La
Triple Vía. Ahora la rana croó una vez. Sentí que era una señal que significaba
la única Vía de la Compasión, y volví decidido a olvidar todo el asunto; hasta
mi pena por el perro. ¡Qué sueño tan triste e inútil! De nuevo en el bosque
aquella misma noche, pasando las cuentas del rosario, formulé oraciones
curiosas como éstas:
"Mi
orgullo ha sido herido, eso es vacuidad; mi interés es el Dharma, eso es
vacuidad; me siento orgulloso de mi afecto por los animales, eso es vacuidad;
mi idea de la cadena, eso es vacuidad; la compasión de Ananda, hasta eso es
vacuidad."
Quizá
si hubiera estado por allí un viejo maestro zen le habría dado una patada al
perro encadenado para que todos tuvieran un súbito atisbo de iluminación. Me
esforzaba por librarme de la idea de personas y perros, y de mí mismo. Me
sentía profundamente dolido debido al molesto asunto aquel de intentar negar lo
que era evidente. En cualquier caso, fue un tierno y leve drama de domingo en
el campo.
"Raymond
no quiere encadenar al perro." Y entonces, de repente, bajo el árbol, de
noche, tuve una idea asombrosa. "¡Todo está vacío, pero iluminado! Las
cosas están vacías en el tiempo, el espacio y la mente."
Lo
concreté todo, y al día siguiente, sintiéndome muy alegre, consideré que había
llegado el momento de explicárselo todo a mi familia. Se rieron más que otra
cosa.
-¡Pero
escuchad! ¡No! ¡Mirad! Si es muy fácil, dejad que os lo explique del modo más
sencillo y conciso que pueda. Todas las cosas están vacías, ¿no es así?
-¿Qué
quieres decir con vacías? ¿Acaso no tengo esta naranja en la mano?
-Está
vacía, todo está vacío, las cosas vienen pero para irse, todas las cosas hechas
tienen que deshacerse, y tienen que deshacerse simplemente porque fueron
hechas.
Ni
siquiera admitió esto nadie.
-Tú
y tu Buda, ¿por qué no sigues la religión con la que naciste? -dijeron mi madre
y mi hermana.
-Todo
se va, se ha ido ya, ya ha venido y se ha ido -grité-. ¡Ah! -me alejé unos
pasos, regresando en seguida-, y las cosas están vacías porque se manifiestan,
¿no es así? Las veis, pero están hechas de átomos que no se pueden medir ni
pesar ni coger; hasta los científicos más tontos lo saben ahora. No hay nada
que encontrar en los átomos más lejanos, las cosas sólo son disposiciones de
algo que parece sólido al aparecer en el espacio, ni son verdaderas ni falsas,
son pura y simplemente fantasmas.
-¡Fantasmas!
-gritó asombrado el pequeño Lou. Estaba de acuerdo conmigo de verdad, pero le
asustaba mi insistencia en los "fantasmas".
-Mira
-dijo mi cuñado-, si las cosas están vacías, ¿cómo puedo sentir esta naranja?
La saboreo v la trago, ¿no es así? Respóndeme a eso.
-Tu
mente crea la naranja al verla, oírla, tocarla, olerla, gustarla y pensar en
ella, pero sin esa mente, como tú la llamas, la naranja no sería vista, ni
oída, ni gustada ni tan siquiera mentalmente apreciada, porque de hecho ¡esa
naranja depende de tu mente para existir! ¿No lo ves? Por sí misma es una
no-cosa, en realidad es algo mental, sólo la ve tu mente. En otras palabras:
está vacía y despierta.
-Bien,
aun siendo así, sigue sin interesarme.
Volví
aquella noche al bosque lleno de entusiasmo v pensé: "¿Qué significa que
me encuentre en este mundo sin fin, pensando en que soy un hombre sentado bajo
las estrellas en el techo del mundo y, sin embargo, en realidad vacío y alerta
en medio de la vacuidad e iluminación de todo? Significa que estoy vacío e
iluminado, que sé que estoy vacío, iluminado, y que no hay diferencia entre yo
v todo lo demás. En otras palabras, significa que me he convertido en lo mismo
que todo lo demás. Significa que me he convertido en un Buda."
Lo
sentí de verdad y creí en ello v me regocijé pensando en que tenía que
contárselo a Japhy en cuanto volviera a California.
-Por
lo menos, me escuchará -murmuré y sentía una gran compasión por los árboles:
éramos la misma cosa; acaricié a los perros que nunca discutían conmigo. Todos
los perros aman a Dios. Son más listos que sus amos. Se lo dije a los perros
también, y me escuchaban con las orejas tiesas y lamiéndome la cara. Les daba
igual una cosa que otra con tal de que yo siguiera allí. San Ramón de los
Perros, eso es lo que fui aquel año, a no ser que fuera nadie o nada.
A
veces en el bosque me limitaba a sentarme v a mirar las cosas tratando de
adivinar el secreto de la existencia. Miraba los santos, los largos, los
amarillos hierbajos doblados que ante mí constituían una estera de hierba Sede
del Tathagata de la Pureza mientras señalaban en todas las direcciones y
charlaban volubles cuando el viento dictaba Ta, Ta, Ta, en grupos chismosos con
algunos de estos hierbajos solitarios orgullosos de mostrarse aparte, o
enfermos y medio muertos y caídos, la entera congregación de los hierbajos
vivos al viento de pronto sonando como campanas y saltando excitados y todo
amarillo y pegado a la tierra y pienso Esto es.
-Rop
rop rop -grito a los hierbajos, y se muestran a barlovento alargando sondas
inteligentes para señalar y tentar y engañar; algunos introduciendo en la
florecida imaginación la perturbadora idea, húmeda de tierra, de que habían
convertido en karma sus propias raíces y tallos... Era mágico. Me duermo y
sueño las palabras: "Gracias a estas enseñanzas, la tierra llegará a su
fin", y sueño que mamá asiente solemnemente con toda la cabeza, ejem, y
los ojos cerrados. ¿Qué me importaban todas aquellas molestas heridas y
aburridas inquietudes del mundo? Los huesos humanos no son más que vanas líneas
que se desvanecen, el universo entero un vacío molde de estrellas.
"Soy
una Rata Bikhu Vacía", soñé.
¿Qué
me importaba el graznido del pequeño uno mismo que vaga por todas partes? Me
ocupaba de la manifestación, desasimiento, separación, surgimiento, aparición,
rechazo, inanidad, alejamiento, extinción del rompimiento con todo, fuera,
fuera, atrás, chas, chas.
"El
polvo de mi pensamiento reunido dentro de un globo -pensé-, en esta soledad sin
tiempo", y en realidad sonreí porque al fin estaba viendo la blanca luz en
todas partes, en todas las cosas.
El
viento cálido hizo hablar profundamente a los pinos una noche en que empezaba a
experimentar lo que se llama "Samapatti", que en sánscrito significa
Visitas Trascendenta les. Tenía la mente un tanto adormecida, pero físicamente
estaba despierto del todo allí sentado derecho bajo mi árbol cuando, de
repente, vi flores, montañas de ellas color rosa, rosa salmón, en el chisss del
silencioso bosque (conseguir el nirvana es como localizar el silencio) y vi una
antigua visión del Dipankara Buda que era el Buda que nunca decía nada, a
Dipankara como una enorme y nevada Pirámide Buda con espesas y negras cejas
enmarañadas, igual que John L. Levis, y una mirada terrible, todo en un sitio
antiguo, un campo antiguo nevado como Alban ("Un nuevo campo", había
gritado la predicadora negra), toda la visión erizándome el pelo. Recuerdo el
extraño y mágico grito final que evocó en mí, signifique lo que signifique:
Colyalcolor. Y aquélla, la visión, estaba desprovista de cualquier sensación de
ser yo mismo, era pura ausencia de ego, simplemente unas actividades etéreas e
indómitas desprovistas de cualquier predicado dañino... desprovistas de
esfuerzo, desprovistas de error.
"Todo
es perfecto -pensé-. La forma es vacuidad y la vacuidad es forma, y estamos
aquí para siempre en una u otra forma, que es vacía. Lo que los muertos han
conseguido: este rico murmullo silencioso de la Pura Tierra Iluminada. "
Tuve
ganas de gritar por encima de los bosques y los techos de Carolina del Norte
anunciando la verdad simple y gloriosa. Luego dije:
-Tengo
la mochila preparada y es primavera, voy a ir al Sudoeste, a las tierras secas,
a la extensa y solitaria región de Texas y Chihuahua y a las alegres calles
nocturnas de México, con música saliendo por las puertas, chicas, vino, yerba,
grandes sombreros, ¡viva! ¿Qué importa? Como las hormigas, que no tienen nada
que hacer y se pasan el día entero atareadas, yo no tengo que hacer nada más
que lo que quiera y ser amable y, con todo, mantenerme sin influencias de las
consideraciones imaginarias y rezar por la luz.
Sentado,
pues, en mi árbol-Buda, en aquel "colyalcolor" de flores rosas y
rojas y blanco marfil, entre bandadas de mágicas aves transcendentes
reconociendo la iluminación de mi mente con suaves y misteriosos cantos (la
alondra sin rumbo), en el perfume etéreo, misteriosamente antiguo, y la
beatitud de los campos-Buda, vi que mi vida era una resplandeciente página en
blanco y que podía hacer todo lo que quisiera.
Algo
extraño sucedió al día siguiente que ilustró el auténtico poder que había
obtenido de estas mágicas visiones. Mi madre llevaba cinco días tosiendo y la
nariz le chorreaba y ahora empezaba a dolerle la garganta tanto que sus toses
resultaban penosas y me sonaban muy mal. Decidí sumirme en un profundo trance y
autohipnotizarme, recordándome: "Todo está vacío e iluminado", para
averiguar el origen y curar la enfermedad de mi madre. Al instante, en mis ojos
cerrados, tuve la visión de una botella de brandy que luego vi que era Heet, un
medicamento para friegas, y encima de eso, superpuesto como en un fundido
cinematográfico, distinguí claramente un cuadro de unas florecillas blancas,
redondas, de pétalos pequeños. Al instante me levanté, era medianoche, mi madre
tosía en la cama, y salí y cogí varios floreros con capullos que mi hermana
había colocado por la casa la semana anterior y los saqué fuera. Luego cogí un
poco de Heet del armario de las medicinas y le dije a mi madre que se frotara
la garganta. Al día siguiente la tos había desaparecido. Posteriormente, cuando
ya me había ido al Oeste haciendo autostop, una enfermera amiga nuestra oyó la
historia y dijo:
-Sí,
eso suena como a alergia a las flores.
Durante
esa visión y esas actividades comprendí de modo perfectamente claro que la
gente enferma al utilizar las coyunturas físicas para castigarse a sí misma,
debido a su naturaleza autorreguladora de Dios, o su naturaleza de Buda, o su
naturaleza de Alá, o de cualquier nombre que se quiera dar a Dios, y que todo
funciona automáticamente de esa manera. Éste fue el primer y último
"milagro" porque temí interesarme demasiado por estas cosas y
envanecerme. También estaba un poco asustado de tanta responsabilidad.
Todos
los de mi familia se enteraron de mi visión y de lo que había hecho, pero no
pareció interesarles demasiado; de hecho, tampoco me interesó a mí. Y eso
estaba bien. Ahora era muy rico, un supe multimillonario en gracias
transcendentales Samapatti, a causa de un karma bueno y humilde, quizá porque
me había compadecido del perro y perdonado a los hombres. Pero también sabía
que era un heredero bienaventurado, y que el pecado final, el peor, es la
integridad. Así que terminaría con aquello y me lanzaría a la carretera e iría
a ver a Japhy. "No dejes que las penas te vuelvan malo", canta Frank
Sinatra. Durante mi última noche en el bosque, la víspera de mi marcha a dedo,
oí la palabra "cuerpo astral", que se refería a que las cosas no deben
hacerse desaparecer, sino que debe hacerse que despierten a su auténtico
cuerpo, a su cuerpo astral, supremamente puro. Vi que no había que hacer nada
porque nunca pasa nada ni nunca pasará nada: todas las cosas son luz vacía. Así
que me fui muy fortalecido, con mi mochila, dando un beso de adiós a mi madre.
Se había gastado cinco dólares en poner unas medias suelas nuevas de goma con
refuerzo a mis viejas botas y ahora estaba perfectamente preparado para el
trabajo del próximo verano en la montaña. Nuestro viejo amigo Tom, el tendero,
un auténtico personaje, me llevó en su vehículo hasta la autopista 64 y allá
nos dijimos adiós con la mano y empecé a hacer autostop para recorrer los cinco
mil kilómetros de vuelta a California. Regresaría de nuevo a casa las próximas
Navidades.
22
Entretanto,
Japhy estaba esperándome en su agradable y pequeña cabaña de Corte Madera,
California. Se había instalado en la finca de Sean Monahan, en una cabaña de
troncos construida detrás de una hilera de cipreses sobre una escarpada colina
cubierta de hierba, y también de eucaliptos y pinos, detrás de la casa principal
de Sean. La cabaña había sido levantada por un viejo para morir dentro de ella,
años atrás. Estaba bien construida. Fui invitado a ir a vivir allí y quedarme
todo el tiempo que quisiera, y sin pagar alquiler. La cabaña la había hecho
habitable, tras años de abandono, Whitey Jones, cuñado de Sean Monahan, un tipo
joven y muy buen carpintero, que había puesto arpillera cubriendo las paredes
de madera e instalado una buena estufa de leña y una lámpara de petróleo y
luego nunca vivió allí, pues tuvo que irse a trabajar lejos del pueblo. Conque
Japhy se trasladó allí para terminar sus estudios y llevar una maravillosa vida
solitaria. Si alguien quería verlo, tenía que subir la empinada pendiente. En
el suelo había esteras de esparto y Japhy me dijo en una carta:
"Me
siento y fumo una pipa y tomo té y oigo al viento azotar las delgadas ramas de
los eucaliptos semejantes a látigos, y rugir a las hileras de cipreses."
Se
quedaba allí hasta el 15 de mayo, fecha en que zarparía para Japón, donde le
había invitado una fundación norteamericana para que estuviera en un monasterio
y estudiara con un maestro.
"Entretanto
-escribía Japhy-, puedes venir a compartir la lóbrega cabaña de un salvaje, con
vino, y chicas los fines de semana y buena comida y un fuego de leña. Monahan
nos dará dinero para comer a cambio de que le cortemos unos cuantos árboles de su
cercado y hagamos leña con ellos y te enseñaré a ser leñador."
Durante
aquel invierno, Japhy había ido en autostop a su pueblo natal del Noroeste;
había atravesado la nieve Portland arriba, más allá de la zona de los glaciares
azules, y finalmente estuvo en la granja de un amigo, en el norte de
Washington, un sitio llamado Nooksack Valley, donde se quedó una semana en una
destartalada cabaña de recogedor de fresas escalando, además, algunos de los
montes próximos. Nombres como "Nooksack" y "Parque Nacional del
Monte Baker", excitaban mi imaginación al evocar las hermosas y
cristalinas visiones de nieve y hielo y pinos del lejano Norte de mis sueños
infantiles... Pero ahora estaba allí de pie, en una carretera bajo el calor de
abril, en Carolina del Norte, esperando que me cogiera alguien. En seguida pasó
un estudiante que me llevó hasta un pueblo llamado Nashville, en pleno campo,
donde me asé al sol durante media hora antes de que me recogiera un taciturno,
aunque amable, oficial del ejército que me llevó directamente hasta Greenville,
en Carolina del Sur. Tras todo aquel invierno y parte de la primavera de
increíble paz durmiendo en el porche y descansando en el bosque, las molestias
del autostop me resultaban peores que nunca, un auténtico infierno. De hecho,
en Greenville tuve que caminar inútilmente unos cinco kilómetros bajo el
ardiente sol, perdido en un laberinto de calles, buscando una determinada
autopista, y pasé delante de una especie de fragua donde había tipos de color
muy negros y sudorosos y cubiertos de carbón, y grité: " ¡De repente estoy
otra vez en el infierno!" cuando noté la oleada de calor.
Pero
en la carretera empezó a llover y tras unas cuantas etapas me encontré, en
plena noche de lluvia, en Georgia, donde descansé sentado encima de la mochila
bajo el alero de unos viejos almacenes y bebí media botella de vino. Era una
noche lluviosa, nadie me recogió. Cuando apareció el autobús Greyhound, lo paré
y fui en él hasta Gainesville. En Gainesville pensé dormir junto a la vía del
tren un rato, pero estaba a casi dos kilómetros, y justo cuando decidí dormir
en la estación, pasó una cuadrilla de ferroviarios camino del trabajo y me
vieron, así que me retiré a un sitio apartado de las vías, pero el coche de la
policía andaba por allí (probablemente le habían hablado de mí los
ferroviarios, o no le habían hablado), y tuve que irme; en cualquier caso había
muchos mosquitos, y volví a la ciudad y me quedé esperando a que me recogiera
alguien a las luces brillantes de los restaurantes del centro, y los policías
sin duda me veían y sin embargo no me hicieron preguntas ni me molestaron.
Pero
nadie me cogía, y como empezaba a amanecer, me fui a dormir por cuatro dólares
a un hotel y me duché y descansé. Pero ¡otra vez sentí la sensación de abandono
y soledad que tuve en Navidades durante mi viaje de vuelta al Este! De lo único
que estaba de verdad orgulloso era de mis nuevas medias suelas y de mi mochila.
Por la mañana, después de desayunar en un siniestro restaurante con
ventiladores en el techo y muchas moscas, me dirigí a la ardiente carretera y
conseguí que un camionero me llevara a Flowery Branch, Georgia; unos cuantos
viajes más me llevaron a través de Atlanta hasta un pueblecito llamado
Stonewall, donde me recogió un sureño enorme y muy gordo con sombrero de ala
ancha que apestaba a whisky y todo el tiempo contaba chistes y se volvía a
mirarme para ver si me reía, mientras lanzaba el coche contra los blandos
terraplenes que bordeaban la carretera y dejaba grandes nubes de polvo a
nuestra espalda, así que bastante antes de que llegara a su destino, le rogué
que parara y le dije que quería bajarme a comer algo.
-Estupendo,
muchacho, comeré algo también y luego otra vez en marcha. -Estaba borracho y
conducía muy deprisa.
-Bien,
tengo que ir al retrete -dije arrastrando las palabras.
La
experiencia me había jodido, así que decidí mandar a la mierda el autostop.
Tenía bastante dinero para coger un autobús hasta El Paso, y desde allí me
dedicaría a saltar a los mercancías de la Southern Pacific que son diez veces
mas seguros. Además, la idea de ir directamente hasta El Paso, Texas, bajo los
claros cielos azules del seco Sudoeste y los interminables desiertos donde
dormir, sin bofia, me decidió. Estaba ansioso por encontrarme lejos del Sur,
lejos de aquella Georgia de esclavos.
El
autobús llegó a las cuatro en punto y estábamos en Birmingham, Alabama, en
plena noche, y allí esperé el próximo autobús en un banco tratando de dormir
con los brazos apoyados en la mochila, pero permanecí despierto contemplando
cómo pululaban los pálidos fantasmas de las estaciones de autobuses
norteamericanas: de hecho, una mujer pasó a mi lado como una voluta de humo, y
quedé definitivamente seguro de que no existía. En la cara se le reflejaba la
fe fantasmal en lo que estaba haciendo... Y en la mía, por la misma razón,
también. Después de Birmingham, en seguida se hallaba Luisiana y luego los
campos petrolíferos del este de Texas, luego Dallas, luego un día entero de
viaje en un autobús abarrotado de reclutas a través de la inmensa extensión de
Texas hasta El Paso, adonde llegamos hacia medianoche, y por entonces yo estaba
tan agotado que lo único que quería era dormir. Pero no fui a un hotel, tenía
que mirar por el dinero, y me eché la mochila ,a la espalda y me dirigí
directamente hacia la estación de ferrocarril para extender mi saco de dormir
en algún sitio cerca de las vías. Fue entonces, aquella noche, cuando comprendí
el sueño que me había hecho comprar la mochila totalmente equipada.
Fue
una noche maravillosa y tuve el sueño más maravilloso de mi vida. Primero fui
hasta las vías y anduve por allí cautelosamente, detrás de las hileras de
vagones, y al llegar al extremo oeste de la estación seguí caminando porque, de
pronto, en la oscuridad, vi un desierto allí delante. Distinguía rocas,
arbustos secos, montañas cercanas; todo vago a la luz de las estrellas.
"¿Por
qué andar por viaductos y raíles? -pensé-. Lo único que tengo que hacer es
caminar un poco y estaré fuera del alcance de los vigilantes de la estación y,
por lo mismo, de los vagabundos."
Seguí
caminando por la senda principal unos cuantos kilómetros y en seguida estuve a
campo abierto en pleno desierto. Mis gruesas botas eran perfectas para caminar
entre maleza y piedras. Era cerca de la una de la madrugada y deseaba dormir
para dejar atrás el largo viaje desde Carolina. Por fin vi una montaña a la
derecha y me gustó, después de haber pasado por un largo valle con muchas
luces, sin duda una cárcel o penal. "No te acerques por ahí, chaval",
pensé, y luego subí por el cauce seco de un arroyo; a la luz de las estrellas,
la arena y las rocas eran blancas. Subí y subí.
De
pronto, me sentí encantado al darme cuenta de que estaba completamente solo y a
salvo y de que nadie me iba a despertar en toda la noche. ¡Una revelación
asombrosa! Y además, en la mochila tenía todo lo que necesitaba; había llenado
de agua fresca mi botella de plástico en la estación de autobuses antes de
ponerme en marcha. Seguí subiendo por el cauce, así que cuando al fin me di la
vuelta y miré hacia atrás, distinguí todo México, todo Chihuahua, el reluciente
desierto de arena brillando bajo una luna que se ponía y que era enorme y
brillaba justo encima de las montañas de Chihuahua. Las vías de la Southern
Pacific corren paralelas al Río Grande hasta más allá de El Paso, así que desde
donde estaba, en el lado norteamericano, distinguía justo hasta el río que
separa los dos países. La arena del arroyo era suave y sedosa. Desplegué mi
saco de dormir y me descalcé y bebí un trago de agua y encendí la pipa y me
crucé de piernas y me sentí contento. Ni el menor sonido; en el desierto
todavía era invierno. Muy lejos, sólo el ruido de la estación donde maniobraban
con los vagones haciendo tremendos poms que despertaban a todo El Paso, pero no
a mí. Mi única compañía era aquella luna de Chihuahua que se iba hundiendo más
y más según la miraba, perdiendo su blanca luz y poniéndose más y más amarilla.
Sin embargo, cuando me di la vuelta para dormirme, brillaba como un foco en la
cara y tuve que esconderla para poder dormir. Siguiendo con mi costumbre de
poner nombre a los sitios, llamé "Quebrada del apache" a éste. De
hecho, dormí bien.
Por
la mañana descubrí el rastro de una serpiente de cascabel en la arena, pero
podría ser del verano anterior. Había bastantes pisadas de botas de cazador. El
cielo era de un azul resplandeciente aquella mañana, el sol calentaba, había
muchas ramas secas para encender una hoguera. Tenía latas de cerdo y judías en
mi espaciosa mochila. Desayuné como un duque. El único problema era el agua,
pensé, pues me la había bebido toda y el sol calentaba y tenía sed. Subí por el
seco arroyo arriba para explorarlo y llegué hasta su nacimiento, una sólida
pared de roca a cuyo pie la arena era todavía más blanda y suave que la de la
noche anterior. Decidí acampar allí aquella noche, después de un día muy
agradable en el viejo Juárez disfrutando con las iglesias y las calles y la
comida mexicana. Durante un rato pensé en dejar la mochila escondida entre las
piedras, pero aun siendo poco probable, podía pasar por allí un viejo vagabundo
o un cazador y encontrarla, así que me la eché a la espalda y bajé por el cauce
seco del arroyo hasta la senda y caminé por ella los cinco kilómetros hasta El
Paso, y dejé la mochila por veinticinco centavos en la consigna de la estación
del ferrocarril. Luego crucé la ciudad caminando y llegué a la frontera, pagué
veinte centavos y pasé al otro lado.
Terminó
por ser un día enloquecido, aunque empezó de un modo bastante sensato en la
iglesia de Santa María de Guadalupe, luego di un paseo por el mercado indio y
me senté en los bancos del parque entre los alegres e infantiles mexicanos,
pero después vinieron los bares y unas cuantas copas de más y grité en español
a los bigotudos peones mexicanos:
-¡Todas
las granas de arena del desierto de Chihuahua son vacuidad!
Y
finalmente me uní a un grupo de siniestros apaches mexicanos muy raros que me
llevaron a su churretosa chabola de piedra y me pasaban yerba a la luz de unas
velas e invitaron a sus amigos y todo era un montón de cabezas difuminadas por
la luz de las velas y el humo. De hecho me desagradó el sitio y recordé mi
perfecta quebrada de arena blanca y el sitio donde dormiría aquella noche y me
despedí. Pero no querían que me fuera. Uno de ellos me robó unas cuantas cosas
de mi bolsa de la compra, pero no me importó. Uno de los chicos mexicanos era
marica y se había enamorado de mí y quería acompañarme a California. En Juárez
ya era de noche; todos los clubs nocturnos resonaban. Fuimos a tomar una
cerveza a uno donde sólo había soldados negros despatarrados con chicas en sus
rodillas, un bar demencial, con rock and roll en la máquina de discos, algo así
como un paraíso. El chico mexicano quería que saliéramos a la calle y chistara
a los chavales norteamericanos y les dijera que sabía dónde había chicas.
-Y
entonces, yo me los llevo a mi habitación, chisss, ¡y nada de chicas! -dijo el
mexicano.
No
pude deshacerme de él hasta la frontera. Nos dijimos adiós. Pero aquélla era la
ciudad del mal y yo tenía a mi santo desierto esperándome.
Crucé
la frontera caminando ansiosamente y atravesé El Paso y fui a la estación de
ferrocarril, recogí la mochila, lancé un gran suspiro, y anduve sin pausa
aquellos cinco kilómetros hasta el arroyo, que era bastante fácil de reconocer
a la luz de la luna, y subí, mis pies haciendo aquel solitario zuap zuap de las
botas de Japhy, y me di cuenta que sin duda había aprendido de Japhy el modo de
expulsar a los demonios del mundo y la ciudad y de encontrar mi alma auténtica
y pura, siempre que tuviera una mochila decente a la espalda. Volví a mi
campamento y extendí el saco de dormir y di las gracias al Señor por todo lo
que me estaba dando. En aquel momento, el recuerdo de toda aquella larga y
siniestra tarde fumando marihuana con mexicanos de sombrero ladeado en un
sórdido cuarto a la luz de unas velas era como un sueño, un mal sueño, igual
que uno de mis sueños sobre la paja en el Arroyo del Buda, Carolina del Norte.
Medité y recé. No existe en el mundo ningún lugar donde se pueda dormir tan
bien como de noche en el desierto, en invierno, provisto de un buen saco de
dormir caliente de pluma de pato. El silencio es tan intenso que uno puede oír
rugir a su propia sangre en los oídos, aunque más fuerte que eso, y con mucho,
es el misterioso ruido que yo siempre identifico con el ruido del diamante de
la sabiduría, el misterioso sonido del propio silencio que es un gran Chsssssss
que recuerda algo que parece haberse olvidado a causa de la tensión, algo que
remite a los días del nacimiento. Me gustaría poder explicárselo a las personas
a quienes quiero, a mi madre, a Japhy, pero no existen palabras que describan
su nada y su pureza.
"¿Existe
una verdad indudable y definida que se pueda enseñar a todos los seres
vivos?", era la pregunta que probablemente se hacía Dipankara, el de
grandes cejas nevadas, y su respuesta era el rumoroso silencio del diamante.
23
Por
la mañana tenía que lanzarme a la carretera o nunca llegaría a la acogedora
cabaña de California. Me quedaban unos ocho dólares del dinero en metálico que
llevaba conmigo. Bajé hasta la autopista y empecé a hacer autostop, esperando
tener suerte en seguida. Me recogió un viajante. Dijo:
-Aquí,
en El Paso, tenemos trescientos sesenta días al año de un sol magnífico y mi
mujer se acaba de comprar un aparato para secar la ropa.
Me
llevó hasta Las Cruces, Nuevo México, y allí crucé caminando el pueblo,
siguiendo la autopista, y llegué al otro extremo y vi un viejo y hermoso árbol
enorme y decidí tumbarme allí a descansar.
"Dado
que se trata de un sueño que ya ha terminado, he llegado ya a California; por
tanto, decido descansar debajo de este árbol hasta el mediodía", cosa que
hice, tumbado; hasta eché una siestecita; muy agradable todo.
Después
me levanté y fui hasta el puente del tren, y justo entonces me vio un tipo y
dijo:
-¿Le
gustaría ganar un par de dólares a la hora ayudándome a transportar un piano?
Necesitaba
el dinero y dije que sí. Dejamos mi mochila en su depósito de mudanzas y fuimos
con su camioneta hasta una casa de las afueras de Las Cruces, donde había un
grupo de personas bastante agradables de clase media charlando en el porche, y
el tipo y yo nos bajamos de la camioneta con la carretilla de mano y las
almohadillas y sacamos el piano, también un montón de muebles, y luego lo
llevamos todo a su nueva casa y lo metimos dentro y eso fue todo. Dos horas, me
dio cuatro dólares y fui a un restaurante de camioneros y cené como un duque y
todo estaba bien por aquella tarde y aquella noche. Justo entonces se detuvo un
coche, conducido por un enorme tejano con sombrero, con una joven pareja
mexicana con pinta de pobres en el asiento de atrás, la chica tenía un niño en
brazos, y me ofreció llevarme hasta Los Ángeles por diez dólares.
-Le
daré todo lo que tengo, que son sólo cuatro dólares -le dije.
-Bueno,
maldita sea, suba de todos modos.
Hablaba
y hablaba y condujo toda la noche a través de Arizona y el desierto de
California y me dejó a la entrada de Los Ángeles a un tiro de piedra de la
estación del tren a las nueve en punto de la mañana, y el único desastre
consistió en que aquella pobre mujer mexicana tiró algo de la comida del niño
encima de mi mochila que estaba en el suelo del coche y tuve que limpiarla
enfadado. Pero había sido gente bastante agradable. De hecho, mientras
atravesábamos Arizona les expliqué algo de budismo, en especial les hablé del
karma, la reencarnación, y todos parecían encantados de oírme.
-O
sea, ¿que hay posibilidad de volver a intentarlo de nuevo? -preguntó el pobre
mexicanito que estaba todo vendado debido a una pelea que había tenido en
Juárez la noche anterior.
-Eso
es lo que dicen.
-Muy
bien, maldita sea, la próxima vez que nazca espero no ser el mismo que ahora.
Y en
cuanto al enorme tejano, si había alguien que necesitara otra oportunidad, ese
alguien era él: sus historias duraron toda la noche y siempre eran sobre cómo
había zurrado a tal o cual por esto o lo otro. Por lo que contó, había dejado
fuera de combate a tipos suficientes como para formar un vengativo ejército de
fantasmas afligidos que arrasara Texas. Pero me di cuenta de que más que otra
cosa era un mentiroso y no creí ni la mitad de las cosas que contaba y hacia
medianoche dejé de escucharle. Ahora, a las nueve de la mañana, en Los Ángeles,
me dirigí caminando a la estación, desayuné donuts y café en un bar sentado en
la barra, mientras charlaba con el encargado, un italiano que quería saber lo
que andaba haciendo por allí con aquella mochila tan grande, luego fui a la
estación y me senté en la hierba mirando cómo formaban los trenes.
Orgulloso
porque en otro tiempo había sido guardafrenos, cometí el error de andar junto a
las vías con la mochila a la espalda charlando con los guardagujas,
informándome del próximo tren de cercanías, cuando de repente llegó un guardia
enorme y muy joven y muy alto con una pistola a la cadera, balanceándose dentro
de una cartuchera, como el sheriff de Cochise y Wyatt Earp de la televisión, y
mirándome fríamente desde detrás de sus gafas de sol me ordenó apartarme de las
vías. Volví a la carretera mientras él me seguía con la mirada con los brazos
en jarras. Cabreado, seguí carretera abajo y salté de nuevo la valla de la
estación y me quedé tumbado un rato en la hierba. Luego me senté, mordisqueé
una hierbecita, pero siempre manteniéndome agachado y a la espera. En seguida
oí unos pitidos agudos y supe que el tren estaba listo y salté por encima de
unos vagones llegando al tren que me interesaba. Subí al tren, que ya se ponía
en marcha, y la estación de Los Ángeles iba quedando atrás y yo permanecía
tumbado allí con la hierbecilla en la boca, siempre bajo la inolvidable mirada
del vigilante, que ahora tenía también los brazos en jarras, pero por un motivo
diferente. De hecho, hasta se rascó la cabeza.
El
cercanías iba a Santa Bárbara donde fui a la playa, nadé un poco y calenté algo
de comida en una hoguera que hice en la arena, regresando a la estación con
tiempo de sobra para coger El Fantasma de Medianoche. El Fantasma de Medianoche
está compuesto básicamente por vagones descubiertos con remolques de camión
sujetos a ellos con cables de acero. Las enormes ruedas de los remolques quedan
encajadas en bloques de madera. Como siempre apoyo la cabeza en estos bloques,
diría adiós a Ray si se produjera un choque. Consideré que si mi destino era
morir en el Fantasma de Medianoche, no por eso dejaría de ser mi destino.
Consideré también que había unas cuantas cosas que Dios quería que hiciera
todavía. El Fantasma llegó a la hora justa y salté a uno de los vagones, me
instalé debajo de un remolque, extendí mi saco de dormir, metí las botas entre
la chaqueta enrollada que me servía de almohada, me relajé y suspiré. Zum,
estábamos en marcha. Y entonces entendí por qué los vagabundos lo llaman el
Fantasma de Medianoche, pues, agotado, en contra de cualquier consejo, me quedé
dormido y sólo desperté bajo el resplandor de las luces de la oficina de la
estación de San Luis Obispo, una situación realmente peligrosa, pues el tren se
había parado en el peor sitio. Pero no había ni un alma a la vista, era plena
noche, y además precisamente entonces, cuando me desperté de mi perfecto sueño,
se oyeron pitidos repetidos delante y ya nos alejábamos de allí, exactamente
igual que fantasmas. Y no me desperté hasta casi San Francisco, ya por la
mañana. Me quedaba un dólar y Japhy me estaba esperando en la cabaña. El viaje
entero había sido rápido y esclarecedor como un sueño, y estaba de regreso.
24
Si
los Vagabundos del Dharma llegan a tener alguna vez aquí, en Norteamérica,
hermanos legos que lleven vidas normales con sus mujeres y sus hijos y sus
casas, serán como Sean Monahan.
Sean
era un joven carpintero que vivía en una vieja casa de madera de lo alto del
camino forestal que partía de las amontonadas casas de Corte Madera; conducía
un viejo trasto, había añadido él solo un porche a la casa para que sirviera de
cuarto de jugar a sus hijos, y había elegido una mujer que estaba de acuerdo
con él en todos los detalles acerca de cómo disfrutar de la vida con poco
dinero. A Sean le gustaba tomarse días libres y dejar el trabajo sólo para
subir a la cabaña de la colina, que pertenecía a la finca que tenía arrendada,
y pasarse el día meditando y estudiando los sutras budistas y tomando tazas de
té y durmiendo la siesta. Su mujer era Christine, una chica muy guapa, con un
pelo rubio como la miel que le caía encima de los hombros, que andaba descalza
por la casa y el terreno tendiendo la ropa y cociendo su propio pan y pasteles.
Era experta en preparar una comida con nada. El año anterior, Japhy le había
regalado por su cumpleaños una bolsa de cinco kilos de harina, y les encantó el
regalo. En realidad, Sean era un patriarca de la antigüedad; aunque sólo tenía
veintidós años, llevaba una larga barba como la de San José, y entre ella
podían vérsele sus blancos dientes de perla cuando sonreía, y brillar sus
jóvenes ojos azules. Ya tenían dos hijitas, que también andaban descalzas por
la casa y el terreno y empezaban a saber cuidar de sí mismas. La casa de Sean
tenía esteras de esparto por el suelo, y también se rogaba al que entraba en
ella que se descalzase. Tenía montones de libros y su único lujo era un aparato
de alta fidelidad donde ponía su excelente colección de discos indios y de
flamenco y de jazz. Tenía hasta discos chinos y japoneses. La mesa para comer
era baja, lacada en negro, una mesa de estilo japonés, y para comer en casa de Sean
uno no sólo tenía que quedarse en calcetines, también debía sentarse en las
esteras como pudiera. Christine era buenísima haciendo sopas y bizcochos
deliciosos.
Cuando
llegué allí aquel mediodía, después de apearme del autobús y de subir como un
par de kilómetros por la cuesta de alquitrán, Christine me obligó a sentarme
inmediatamente delante de una sopa caliente y un pan también caliente con
mantequilla. Era una criatura adorable.
-Sean
y Japhy están trabajando en Sausalito. Volverán a casa hacia las cinco.
-Voy
a subir a la cabaña y echar una ojeada y esperaré allí.
-Bueno,
pero si quieres puedes quedarte aquí y poner el tocadiscos.
-Temo
estorbarte.
-No
me estorbarás, todo lo que tengo que hacer es tender esta ropa y preparar algo
de pan para esta noche y remendar unas cuantas cosas.
Con
una mujer como ésta, Sean, que sólo trabajaba ocasionalmente de carpintero,
había conseguido reunir unos cuantos miles de dólares en el banco. Y, lo mismo
que un patriarca de la antigüedad, era generoso, siempre insistiendo en darte
de comer, y si había doce personas en la casa, organizaba un banquete (sencillo
pero delicioso) en la mesa de fuera, y siempre con un garrafón de vino tinto.
Sin embargo, era un arreglo colectivo; era muy estricto con respecto a eso;
hacía una colecta para el vino, y si venía gente, como siempre sucedía, a pasar
un largo fin de semana, se esperaba que trajeran comida o dinero para comida.
Luego, por la noche, bajo los árboles y las estrellas de su terreno, con todo
el mundo bien alimentado y bebiendo vino tinto, Sean sacaba su guitarra y
cantaba canciones folk. Cuando me cansaba de aquello, subía a la colina y me
iba a dormir.
Después
de almorzar y hablar un rato con Christine, subí a la colina. La ladera, muy
empinada, se iniciaba casi en la misma puerta de atrás. Había grandes abetos y
otras clases de pinos, y en la finca pegada a la de Sean, un prado de ensueño
con flores silvestres y dos hermosos bayos cuyos esbeltos cuellos se inclinaban
sobre la jugosa hierba bajo el caliente sol.
"¡Muchacho,
esto va a ser todavía mejor que el bosque de Carolina del Norte!", pensé,
empezando a subir. En la ladera era donde Sean y Japhy habían talado tres
eucaliptos enormes y los habían cortado (excepto los troncos) con una sierra
mecánica. Ahora los troncos estaban preparados y vi que habían empezado a
partirlos con cuñas y mazas y hachas de doble filo. La pequeña senda que subía
a la colina era tan empinada que casi había que doblarse hacia delante y
caminar como un mono. Luego seguía una hilera de cipreses plantados por el
anciano que había muerto en la colina años atrás. Esta hilera protegía de los
vientos fríos y de las nieblas procedentes del océano que azotaban la finca. La
ascensión se hacía en tres etapas: primero estaba la cerca trasera de Sean;
luego, otra cerca, que formaba un pequeño parque de venados donde en realidad
una noche vi venados, cinco, descansando (la zona entera era una reserva de
caza mayor); y después, la cerca final y la cima de la colina cubierta de
hierba con una brusca hondonada a la derecha donde la cabaña resultaba
difícilmente visible bajo los árboles y los arbustos floridos. Detrás de la
cabaña, una construcción sólida de tres grandes habitaciones de las que Japhy
sólo ocupaba una, había mucha leña, un caballete para serrar y hachas y un
retrete sin techo, simplemente un agujero en el suelo y unas tablas. Era como
la primera mañana del mundo en un sitio maravilloso, con el sol filtrándose a
través del denso mar de hojas, y pájaros y mariposas revoloteando, calor y suavidad,
el olor de los brezos y las flores de más allá de la cerca de alambre de espino
que llevaba hasta la cima de la montaña y mostraba un panorama de toda la zona
de Marin County. Entré en la cabaña.
Encima
de la puerta había una tabla con caracteres chinos; nunca supe lo que decía;
probablemente: "¡Mara, fuera de aquí!" (Mara el Tentador). Dentro
admiré la hermosa simplicidad del modo de vivir de Japhy, limpio, sensible,
extrañamente rico sin haber gastado nada en la decoración. Viejos floreros de
barro estallaban de ramilletes de flores cogidas en el terreno de alrededor.
Sus libros ordenadamente dispuestos en las cestas de naranjas. El suelo
cubierto por esteras muy baratas. Las paredes, como dije, recubiertas de
arpillera, que es uno de los papeles pintados mejores que se pueden encontrar,
muy atractivo y de olor agradable. Encima de la estera de Japhy había un
delgado colchón con un chal de lana escocesa de Paisley tapándolo, y sobre todo
eso, cuidadosamente enrollado durante el día, su saco de dormir. Detrás de una
cortina de arpillera, en un armario,
estaban
su mochila y otros trastos, fuera de la vista. De la arpillera de la pared
colgaban hermosos grabados de antiguas pinturas chinas sobre seda, y mapas de
Marin County y del noroeste de Washington y varios poemas escritos por Japhy y
sujetos con chinchetas para que los leyera todo el que quisiera. El último
poema superpuesto encima de los demás decía:
"Justo
acaba de empezar con un colibrí deteniéndose encima del porche dos metros más
allá de la puerta abierta. Luego se fue, interrumpiendo mi estudio, y vi el
viejo poste de pino inclinado sobre el suelo, enredado en el gran arbusto de
flores amarillas, más alto que yo, que tengo que apartar cada vez que entro. El
sol formando una telaraña de sombras al atravesar sus ramas. Los gorriones
coronados de blanco cantan incesantes en los árboles; un gallo, allá abajo en
el valle, cacarea y cacarea. Sean Monahan, ahí fuera, a mis espaldas, lee el
Sutra del Diamante al sol. Ayer leí Migración de las aves. La dorada avefría y
la golondrina del Ártico son hoy esa gran abstracción a mi puerta, porque los
jilgueros y petirrojos pronto se irán y los que cogen nidos se llevarán toda la
nidada, y pronto, un día brumoso de abril, llegará el calor a la colina, y sin
ningún libro, sabré que las aves marinas persiguen la primavera hacia el norte
a lo largo de la costa: anidarán en Alaska dentro de seis semanas." Y lo
firmaba: "Japhet M. Ryder, Cabaña de los Cipreses, 18, III, 56."
No
quise tocar nada de la casa hasta que él volviera del trabajo, así que salí y
me tumbé al sol sobre la verde hierba tan alta y esperé toda la tarde
fantaseando. Pero luego se me ocurrió:
"Podría
prepararle a Japhy una buena cena." Y bajé la colina y siguiendo carretera
abajo fui a la tienda y compré judías, cerdo salado y algunas cosas más, y
volví y encendí el fuego y preparé un guiso de Nueva Inglaterra con melaza y
cebollas. Me asombró el modo en que Japhy guardaba la comida: simplemente
encima de un estante: dos cebollas, una naranja, una bolsa de germen de trigo,
latas de curry en polvo, arroz, trozos misteriosos de algas secas chinas, una
botella de salsa de soja (para preparar sus misteriosos platos chinos). La sal
y la pimienta estaban guardadas en pequeñas bolsas de plástico cerradas con una
goma elástica. No había en el mundo nada que Japhy despreciara o perdiera.
Ahora vo introducía en su cocina aquel sustancioso guiso de judías y cerdo, y
quizá no le gustara. También, tenía por allí un buen trozo del pan moreno de
Christine, y el cuchillo para cortarlo era una simple navaja clavada en una
tabla.
Oscureció
y esperé fuera, dejando la tartera de judías en el fuego para que se mantuviera
caliente. Corté un poco de leña y la añadí al montón de detrás del fogón.
Llegaban viento y niebla del Pacífico, los árboles se doblaban profundamente y
bramaban. Desde la cima de la colina no se veía nada excepto árboles, árboles,
un mar rugiente de árboles. Era el paraíso. Como había refrescado, me metí
dentro y avivé el fuego, cantando, y cerré las ventanas. Las ventanas eran
sencillamente unas placas de plástico opaco de quita y pon fabricadas
hábilmente por Whitey Jones, el hermano de Christine, que dejaban entrar la
luz, aunque desde el interior no se veía nada, y protegían del viento frío.
Pronto hizo calor en la acogedora cabaña. De pronto, oí un "¡Ooh!"
que procedía del rugiente mar de árboles de fuera. Era Japhy que volvía.
Salí
a su encuentro. Venía por la alta hierba, cansado del trabajo, con el pesado
andar de sus botas, la chaqueta echada sobre los hombros.
-Bueno,
Smith, ya estás aquí.
-Te
he preparado un buen plato de judías.
-¿De
verdad? -Estaba inmensamente agradecido-. Chico, qué alivio volver a casa del
trabajo y no tener que hacerse la cena. Estoy agotado. -Atacó las judías con
pan y el café que yo había hecho en un cacharro, al estilo francés, removiendo
con una cuchara. Fue una cena estupenda y luego encendimos nuestras pipas y
hablamos mientras las llamas crepitaban-.
-Ray,
vas a pasar un verano maravilloso en el pico de la Desolación. Te hablaré de
él.
-También
pienso pasar una primavera estupenda aquí, en esta cabaña.
-Espera
un poco, lo primero que vamos a hacer es invitar este fin de semana a dos
chicas nuevas bastante guapas, Psyche y Polly Whitmore; espera un momento.
¡Joder!... No puedo invitarlas a las dos porque las dos están enamoradas de mí
y tendrán celos. De todos modos, celebramos grandes fiestas todos los fines de
semana, empezamos abajo, en casa de Sean, y terminamos aquí. Y mañana no
trabajo, así que le cortaré a Sean un poco de leña. Es todo lo que tienes que
hacer, no pide más. Pero si quieres trabajar con nosotros en Sausalito la
semana que viene, puedes ganar diez dólares diarios.
-Estupendo...
con eso compraremos judías y cerdo y vino.
Japhy
sacó un bonito dibujo de una montaña.
-Aquí
tienes la montaña que verás alzarse ante ti, el Hozomeen. Yo mismo la dibujé
hace dos veranos desde el pico Cráter. En el cincuenta y dos fui por primera
vez a esa zona del Skagit, haciendo autostop desde Frisco a Seattle, y luego,
una vez allí, con una barba incipiente y la cabeza totalmente afeitada...
-¡Con
la cabeza afeitada del todo! ¿Y por qué?
-Para
ser igual que un bikhu, ya sabes lo que dicen los sutras.
-Pero
¿qué pensaba la gente al verte haciendo autostop con la cabeza afeitada?
-Pensaban
que estaba loco, pero todo el mundo me cogía y yo explicaba el Dharma, chico, y
los dejaba iluminados.
-Me
parece que también yo hice algo de eso cuando venía en autostop hacia aquí...
Te hablaré de mi arroyo en las montañas del desierto.
-Espera
un poco. Me pusieron de vigilante en la montaña del Cráter, pero como aquel año
había tanta nieve en la cima de las montañas, tuve que trabajar antes durante
un mes en una pista que estaban haciendo en la garganta del Granite Creek. Ya
verás todos esos sitios. Luego, con una reata de mulas, cubrimos los diez
kilómetros finales por una sinuosa senda tibetana, por encima de la línea de
árboles, sobre las zonas nevadas hasta las escarpadas cumbres del final, y
luego trepé por los riscos en medio de una tormenta de nieve y abrí la cabaña y
preparé mi primera comida allí mientras aullaba el viento y el hielo se
acumulaba en las dos paredes cara al viento. Chico, espera hasta que estés allá
arriba. Aquel año, mi amigo Jack Joseph estaba en el Desolación, donde vas a
estar tú.
-¡Vaya
nombre! ¡Desolación! ¡Joder! ¡Sí que es un nombre raro! ¡De verdad que...!
-Fui
el primer vigilante de incendios que subió. Lo escuché por la radio en cuanto
la encendí y todos los vigilantes me daban la bienvenida. Luego me puse en
contacto con otras montañas, también te darán un emisor-receptor; es casi un
rito que todos los vigilantes charlen de los osos que han visto y hasta te
piden la receta de bollos u otra cosa y así todo el rato. Estábamos en la cima
del mundo hablándonos todos por medio de una red de radio separados unos de
otros por cientos de kilómetros. Es una zona muy primitiva la que vas a
conocer, chico. Desde la cabaña veía las luces del Desolación una vez que había
oscurecido. Jack Joseph leía sus libros de geología y durante el día nos
comunicábamos por medio de espejos para alinear los prismáticos en busca de incendios
según la posición de la brújula.
-Pues
vaya, jamás conseguiré aprender eso, sólo soy un poeta vagabundo.
-Ya
verás como aprendes, el polo magnético, la estrella polar y la aurora boreal...
Jack Joseph y yo hablábamos todas las noches. Un día se le metió un enjambre de
mariposas en la atalaya que había encima del tejado y el depósito de agua quedó
lleno de ellas. Otro día fue a dar un paseo por los alrededores y se encontró
con un oso dormido.
-¡Vaya!
Creo que ese sitio es muy agreste.
-Y
eso no es nada... y cuando se le echaba encima una tormenta eléctrica, me
llamaba para decir que desaparecía de las ondas, pues la tormenta estaba
demasiado cerca para que su radio funcionara, y dejaba de oírsele y bailaban
los rayos. Pero a medida que avanzaba el verano, el Desolación se secaba y
tenía flores y el ambiente era de égloga y Jack andaba por los riscos y yo
seguía en la montaña del Cráter en taparrabos y botas buscando nidos de chochas
por pura y simple curiosidad, trepando y metiendo las narices en todo, haciendo
que me picaran las avispas... El Desolación, Ray, está ahí arriba, a unos dos
mil metros de altitud en dirección al Canadá y las alturas de Chelan, y la
sierra de Pickett, con montes como el Retador, el Terror, Furia,
Desesperación... y tu propia cordillera se llama la sierra del Hambre, y la
zona montañosa del pico Boston y el pico Buckner se extiende hacia el sur, son
miles de kilómetros de montañas, venados, osos, conejos, halcones, truchas,
ardillas. Te gustará muchísimo, Ray, ya verás.
-Espero
que sea así. Y que no me piquen las avispas porque...
Luego
sacó sus libros y leyó un rato, y yo también leí, cada uno a la luz de su
propia lámpara de petróleo. Fue una velada muy tranquila en casa mientras nos
cubría la niebla y rugía el viento en los árboles de fuera, y por el valle, una
mula iba quejándose con los gritos más terribles que había oído jamás.
-Cuando
una mula se lamenta de ese modo -dijo Japhy-, me entran ganas de rezar por
todos los seres vivos. -Luego meditó durante un rato, inmóvil, en la postura
del loto, y después dijo-: Hora de acostarse. -Pero yo quería contarle todas
las cosas que había descubierto aquel invierno meditando en el bosque-. Son
sólo palabras -dijo tristemente, sorprendiéndome-. No quiero oír todas tus
descripciones con palabras y palabras y palabras de lo que hiciste por el
invierno, tío, quiero entender las cosas a través de la acción.
Japhy
había cambiado desde el año anterior. Ya no tenía perilla, perdiendo así la
expresión divertida y risueña de su rostro, y ahora parecía más flaco y como de
piedra. También se había cortado el pelo al cepillo y parecía un alemán, serio
y, por encima de todo, triste. Ahora en su cara parecía haber algo así como
decepción, y la había, indudablemente, en su alma, y no quería escuchar mis
vehementes explicaciones de que todo estaba bien por siempre jamás. De repente,
me dijo:
-Creo
que voy a casarme pronto, estoy cansado de andar por ahí de un lado a otro.
-Pero
yo creía que habías descubierto el ideal de pobreza y libertad zen.
-Tal
vez me esté cansando de todo eso. Cuando vuelva del monasterio japonés
probablemente estaré harto de todo. A lo mejor me hago rico y trabajo y junto
un montón de dinero y vivo en una casa muy grande. -Pero un minuto después
añadió-: Pero ¿quién querría esclavizarse a todas esas cosas? Yo no, Smith, lo
que pasa es que estoy deprimido y lo que me cuentas, todavía me deprime más. Mi
hermana ha vuelto a la ciudad, ¿sabes?
-¿Quién?
-Rhoda,
mi hermana. Me crié con ella en los bosques de Oregón. Va a casarse con un tipo
muy rico de Chicago, un auténtico cerca. Mi padre también tiene problemas con
su hermana, mi tía Noss. Es una verdadera bruja.
-No
deberías de haberte afeitado la perilla, con ella tenías aspecto de sabio
feliz.
-Bueno,
ya no soy un sabio feliz, y estoy cansado. Estaba agotado tras un largo día de
trabajo. Decidimos irnos a dormir y olvidarlo todo. De hecho estábamos algo
tristes y mutuamente molestos. Durante el día había encontrado un sitio cerca
de un rosal silvestre donde pensaba instalar mi saco de dormir. Lo había
cubierto con una capa de hierba recién cortada. Ahora, con mi linterna y mi
botella de agua fría, fui allí y me sumergí en un hermoso descanso nocturno
bajo los árboles que sollozaban. Antes medité un poco, pues dentro no podía
meditar tal y como Japhy había hecho. Después de todo, aquel invierno en el
bosque por la noche necesitaba oír el sonido de animales y pájaros y notar que
la tierra suspiraba debajo para poder sentir mi afinidad con todos los seres
vivos, vacíos e iluminados y ya salvados para siempre. Pedí por Japhy: me
parecía que estaba cambiando y no para bien. Al amanecer llovió un poco y la
lluvia repiqueteaba en mi saco de dormir y entonces me eché el impermeable por
encima en vez de por debajo, solté un taco, y seguí durmiendo. A las siete, el
sol ya había salido y las mariposas se posaban en las rosas junto a mi cabeza y
un colibrí se lanzó en picado por encima de mí, silbando y se marchó
rápidamente encantado. Pero estaba equivocado con respecto a Japhy y su cambio.
Aquélla fue una de las mañanas más maravillosas de nuestra vida. Allí estaba
delante de la puerta de la cabaña con una sartén muy grande en la mano haciendo
ruido y entonando:
-Budam
saranam gochami... Dhammam saranam gochami... Sangam saranam gochami...
-Y
gritando-: Vamos, muchacho, ¡las tortitas están listas! ¡Venga, levántate!
¡Bang, bang, Bang!
Y el
sol naranja penetraba entre los pinos y todo volvía a ser maravilloso. De
hecho, Japhy había meditado aquella noche y decidió que tenía razón en
aferrarme al viejo y buen Dharma.
25
Japhy
había preparado unas estupendas tortitas de harina de trigo moreno y teníamos
sirope casero para acompañarlas y un poco de mantequilla. Le pregunté qué
significaba aquella canción del "Gochami".
-Es
un cántico que entonan antes de cada una de las tres comidas en los monasterios
budistas japoneses. Budam Saranam Gochami significa encuentro refugio en Buda;
San gam, encuentro refugio en el templo; Dhammam, encuentro refugio en el
Dharma, la verdad. Mañana por la mañana te prepararé otro buen desayuno, un
slumgullion. ¿Es que nunca tomaste un rico y antiguo slumgullion? Pues chico,
no es más que huevos revueltos y patatas, todo mezclado.
-¿Es
una comida de leñador?
-Allí
arriba no hay leñadores, eso es una expresión del Este. Allí los llaman
hacheros. Ven a tomar tus tortitas y luego bajaremos y cortaremos troncos, yo
te enseñaré a manejar un hacha de dos filos. -Cogió el hacha, la afiló y me
enseñó a afilarla-. Y jamás utilices esta hacha con un tronco que esté en el
suelo, darías a las piedras y la embotarías, utiliza siempre otro tronco o algo
así de tajador.
Fui
al retrete, y al volver, queriendo sorprender a Japhy con un truco zen, tiré el
rollo de papel higiénico por la ventana abierta y él soltó un alarido de
samurai y apareció por la ventana en botas y pantalones cortos con un puñal en
la mano, y dando un salto de casi cinco metros, llegó hasta el cercado donde
estaban los troncos. Era una locura. Empezamos a bajar sintiéndonos altos.
Todos los troncos a los que les había quitado las ramas tenían un corte más o
menos grande, donde uno podía meter más o menos la pesada cuña de hierro, y
luego, levantando una maza de casi tres kilos por encima de la cabeza, te
apartabas un poco para no alcanzarte el tobillo, y asestabas un golpe a la cuña
y partías el tronco limpiamente en dos. Luego, ponías cada una de estas mitades
en el tajador, y con un golpe del hacha de doble filo, una hermosa hacha muy
larga, afilada como una navaja de afeitar, tenías el tronco partido en cuatro.
Luego cogías el cuarto de tronco y lo cortabas en dos partes. Japhy me enseñó a
manejar el mazo y el hacha sin demasiada energía, pero cuando se animaba, me di
cuenta de que también manejaba el hacha con toda su fuerza, lanzando su famoso
grito o soltando maldiciones. Pronto cogí el tranquillo y hacía aquello como si
lo hubiera estado haciendo toda la vida.
Christine
salió a mirarnos y nos dijo: -Os voy a preparar un buen almuerzo.
-Estupendo.
-Japhy y Christine eran como hermanos. Partimos un montón de troncos. Resultaba
muy enrollarte dejar caer el mazo encima de la cuña y notar que el tronco
cedía, si no a la primera, a la segunda vez. El olor a aserrín, pinos, la brisa
del mar soplando por encima de las plácidas montañas, el canto de las alondras,
las mariposas revoloteando por la hierba, todo era perfecto. Luego entramos y
tomamos un buen almuerzo: perritos calientes y arroz y sopa y vino tinto y los
bizcochos recién hechos por Christine, y nos quedamos sentados allí cruzados de
piernas y descalzos manoseando la vasta biblioteca de Sean.
-¿Oíste
hablar de aquel discípulo que preguntó a su maestro zen: Qué es el Buda?
-No.
¿Qué?
-"El
Buda es un zurullo de mierda seca", fue la respuesta. Y el discípulo tuvo
una iluminación súbita.
-Pura
mierda -dije.
-¿No
sabes lo que es la iluminación súbita? Un discípulo acudió a un maestro y
respondió a su koan y el maestro le pegó con un palo y lo tiró por encima de la
veranda a un barrizal que estaba a cinco metros. El discípulo se levantó y se
echó a reír. Luego se convirtió en maestro. No tuvo la iluminación gracias a
las palabras, sino a aquel saludable empujón que lo echó fuera del porche.
"Rebozado
en el barro para demostrar la cristalina verdad de la compasión", pensé.
Bien, no le volvería a soltar mis "palabras" a Japhy nunca más.
-¡Oye!
-gritó, tirándome una flor a la cabeza-. ¿Sabes cómo se convirtió Kasyapa en el
primer patriarca? El Buda iba a empezar a exponer un sutra y doscientos
cincuenta bikhus estaban esperando con sus mantos en orden y las piernas
cruzadas, y lo único que hizo el Buda fue levantar una flor. Todos quedaron
perplejos. El Buda no decía nada. Sólo Kasyapa sonreía. Así fue como el Buda
eligió a Kasyapa. Es lo que se llama el sermón de la flor, chico.
Fui
a la cocina y cogí un plátano y salí y dije:
-Bien,
te voy a decir lo que es el nirvana.
-¿El
qué?
Me
comí el plátano y tiré la cáscara y no dije nada.
-Ahí
tienes -concluí-, el sermón del plátano.
-¡Vaya!
-gritó Japhy-. ¿Has oído hablar alguna vez del Viejo Hombre Coyote y de cómo él
y Zorro Plateado iniciaron el mundo al caminar por el espacio vacío hasta que
apareció un poco de suelo bajo sus pies? Mira este cuadro, a propósito. Aquí
tienes a los famosos Toros.
Era
una antigua historieta china que mostraba primero a un joven que iba al bosque
con un bastón y un hatillo, como un vagabundo norteamericano de 1905, y en las
viñetas siguientes se encuentra con un toro, trata de domarlo, trata de
montarlo, por fin lo doma y lo monta, pero luego se aleja del toro y se limita
a sentarse a meditar a la luz de la luna, y, finalmente, podía vérsele bajar de
la montaña de la iluminación y, a continuación, en la siguiente viñeta no hay
nada en absoluto, y seguía una viñeta con un árbol en flor, luego en la última
viñeta se ve que el joven es un brujo viejo y gordo que se ríe llevando una
enorme bolsa a la espalda camino de la ciudad donde va a emborracharse con los
carniceros, iluminado ya, mientras otro joven nuevo empieza a subir la montaña
con un hatillo y un bastón.
-Y
así sigue y sigue, los discípulos y los maestros pasan por lo mismo. Primero
tienen que encontrar y domar el toro de su esencia mental, y luego dejarlo,
después llegan por fin a la nada, representada aquí por esta viñeta vacía, y
luego, tras llegar a la nada, lo consiguen todo, que son estos brotes del
árbol, así que ya pueden volver a la ciudad y emborracharse con los carniceros,
como hacía Li Po.
Era,
sin duda, una historieta muy profunda que me recordó mi propia experiencia,
tratando de domar la mente en el bosque, luego comprendiendo que todo estaba
vacío e iluminado y que no tenía nada que hacer, y ahora emborrachándome con
Japhy, el carnicero del pueblo. Pusimos discos y nos quedamos allí tumbados
fumando y luego salimos a cortar más leña.
Cuando
a la caída de la tarde refrescó, subimos a la cabaña y nos lavamos y vestimos
para la gran fiesta de la noche del sábado. Durante el día, Japhy subió y bajó
a la colina por lo menos diez veces para llamar por teléfono v hablar con
Christine y conseguir pan y traer sábanas limpias para su chica de aquella
noche (cuando tenía una chica ponía sábanas limpias a su delgado colchón de
encima de las esteras de paja: un rito). En cambio, yo me limité a estar
sentado en la hierba sin hacer nada, o escribiendo haikus, o mirando al viejo
buitre que revoloteaba sobre la colina.
"Debe
de haber alguna carroña por aquí", me imaginé. -¿Qué haces ahí sentado el
día entero? -me preguntó Japhy.
-Practico
la no-acción.
-¿Y
qué diferencia hay? A la mierda, mi budismo es actividad -dijo Japhy,
lanzándose de nuevo colina abajo. Entonces oí que estaba serrando y silbando a
lo lejos. No podía pararse ni un minuto. Sus meditaciones consistían en hacer
las cosas normales, a su debido tiempo. Meditó por primera vez al despertar por
la mañana, luego tuvo su meditación de media tarde, de sólo tres minutos, luego
meditaría antes de acostarse, y eso era todo. Sin embargo, yo andaba por allí y
dejaba vagar la imaginación todo el tiempo. Éramos dos monjes extrañamente
distintos en la misma senda. Con todo, cogí una pala y nivelé el suelo de junto
al rosal, justo donde estaba mi lecho de hierba: era demasiado irregular para
resultar cómodo: lo dejé bien alisado y aquella noche dormí perfectamente
después de la gran fiesta y de todo el vino.
Aquella
gran fiesta fue una locura. Japhy tenía a una chica, Polly Whitmore, que había
venido a verle. Una morenita guapa con peinado a la española y ojos ocuros, de
hecho una auténtica belleza, y además montañera. Acababa de divorciarse y vivía
sola en Millbrae. Y el hermano de Christine, Whitey Jones, trajo a su novia
Patsy. Y, naturalmente, estaba Sean, que volvió a casa después del trabajo y se
lavó y arregló para la fiesta. Vino otro chico a pasar el fin de semana: un
rubio enorme llamado Bud Diefendorf que trabajaba de bedel en la Asociación
Budista para pagarse el alojamiento y asistir a las clases gratis. Una especie
de enorme Buda fumador de pipa con todo tipo de extrañas ideas. Me gustó Bud,
era inteligente, y me gustó que hubiera empezado a estudiar medicina en la
Universidad de Chicago y luego lo dejara por la filosofía y, finalmente,
siguiera a Buda, el gran asesino de toda filosofía. Dijo:
-Una
vez soñé que estaba sentado debajo de un árbol tocando el laúd y cantando
"No tengo ni nombre". Era el bikhu sin nombre.
Resultaba
realmente agradable reunirse con tantos budistas después del duro viaje
haciendo autostop.
Sean
era un místico y extraño budista con la mente llena de supersticiones y
premoniciones.
-Creo
en los demonios -dijo.
-Bueno
-le respondí acariciando el pelo de su hijita-, todos los niños saben que todo
el mundo va al Cielo. -A lo que asintió suavemente con una triste inclinación
de cabeza.
Era
muy agradable y todo el tiempo decía "Sí, sí, sí", y se pasaba largas
horas en su viejo bote fondeado en la bahía que se hundía cuando había tormenta
y teníamos que sacarlo a fuerza de remos y achicar el agua bajo la fría niebla.
Era sólo un desastre de bote de menos de cuatro metros de eslora, sin cabina
que mereciera ese nombre, una ruina flotando en el agua alrededor de una
oxidada ancla.
Whitey
Jones, el hermano de Christine, era un muchacho amable de veinte años que nunca
decía nada y se limitaba a sonreír y aceptaba las bromas sin protestar. Por
ejemplo, la fiesta terminó de un modo demente y las tres parejas se desnudaron
del todo y bailaron una especie de polka cogidos de la mano alrededor del
cuarto de estar, mientras las niñas dormían en sus cunas. Eso ni a mí ni a Bud
nos molestó para nada, y seguimos fumando nuestras pipas y discutiendo de
budismo en un rincón: lo mejor que podíamos hacer, pues no había chicas para
nosotros. Y delante teníamos un hermoso trío de ninfas bailando. Pero Japhy y
Sean llevaron a Patsy al dormitorio haciendo como que se la iban a joder, sólo
para gastarle una broma a Whitey, que se puso todo colorado, y hubo risas y
carreras por toda la casa.
Bud
y yo seguíamos sentados allí cruzados de piernas con unas chicas desnudas
bailando delante y reímos dándonos cuenta de que era una situación familiar.
-Es
como en una vida anterior, Ray -dijo Bud-, tú y yo éramos monjes en un
monasterio del Tibet y las chicas bailaban para nosotros antes del yabyum.
-Sí,
y éramos unos monjes viejos a quienes ya no les interesaba el sexo. En cambio,
Sean y Japhy y Whitey eran unos monjes jóvenes y todavía estaban llenos del
fuego del mal y tenían un montón de cosas que aprender.
De
cuando en cuando, Bud y yo mirábamos toda aquella carne y nos relamíamos en
secreto. Pero la mayor parte del tiempo, de hecho, durante casi todo aquel
jolgorio, mantuve los ojos cerrados escuchando la música: trataba sinceramente
de mantener el deseo fuera de mi mente a fuerza de voluntad y apretando los
dientes. Y para eso, lo mejor era tener los ojos cerrados. A pesar de las
desnudeces y todo lo demás, en realidad fue una agradable fiesta familiar y
todo el mundo empezó a bostezar con ganas de irse a la cama. Whitey se fue con
Patsy, Japhy subió a la colina con Polly y las sábanas limpias, y yo desenrollé
mi saco de dormir junto al rosal y me dormí. Bud también había traído su saco
de dormir y lo extendió sobre las esteras del suelo de la sala de estar de
Sean.
Por
la mañana, Bud subió y encendió la pipa y se sentó en la hierba charlando
conmigo mientras me frotaba los ojos para despertar del todo. Durante ese día,
el domingo, vino gente de todas clases preguntando por los Monahan, y la mitad
de esa gente subió a la colina para ver la cabaña y a los dos famosos y locos
bikhus: Japhy y Ray. Entre ellos, estaban Alvah, Princess y Warren Coughlin.
Sean preparó la mesa de delante de la casa y puso vino y hamburguesas encima y
encendió una hoguera y sacó sus dos guitarras y era un modo magnífico de vivir
en la soleada California -comprendí en seguida- con todo aquel agradable Dharma
y aquel montañismo relacionado con él. Todos tenían sacos de dormir y mochilas
y algunos de ellos iban a hacer una excursión al día siguiente por las sendas
de Marin County que son tan bonitas. Los presentes se dividieron, pues, en tres
grupos: los que estaban en el cuarto de estar oyendo discos y hojeando los
libros; los de la entrada que comían y escuchaban a Sean tocando la guitarra; y
los de la cima de la colina que bebían té y se sentaban con las piernas
cruzadas discutiendo de poesía y otras cosas, del Dharma también, o se paseaban
por el prado viendo cómo hacían volar las cometas los niños, o las mujeres
montando a caballo. Todos los fines de semana se desarrollaba la misma jira
campestre, una escena clásica de ángeles y muñecas pasando unas horas en un
vacío igual al vacío de la historieta de los Toros y la rama florida.
Bud
y yo estábamos sentados en la colina mirando las cometas.
-Esa
cometa no subirá bastante, tiene la cola demasiado corta -dije.
-Oye
-dijo Bud-, eso está muy bien, me recuerda el problema principal de mis
meditaciones. El motivo por el que no puedo alcanzar el nirvana: simplemente
porque mi cola no es lo bastante larga. -Aspiró el humo y consideró seriamente
lo que acababa de decir.
Era
el tipo más serio del mundo. Consideró aquello toda la noche y a la mañana
siguiente me dijo:
-La
noche pasada me vi como si fuera un pez que nadaba en el vacío del mar, yendo a
derecha e izquierda sin conocer el significado de derecha y de izquierda, sólo
gracias a mi aleta caudal, esto es, a la cola de mi cometa. Así que soy un pez
Buda y mi aleta caudal es mi sabiduría.
-Es
infinita de verdad esa cometa -dije.
Durante
esas fiestas siempre me eclipsaba un rato para echar una siesta bajo los
eucaliptos, en vez de junto a mi rosal donde por el día hacía demasiado calor,
y descansaba muy bien a la sombra de los árboles. Una tarde, cuando contemplaba
las ramas más altas de estos árboles inmensamente altos, empecé a notar que las
ramitas y las hojas de sus copas eran felices danzarinas líricas contentas de
que les hubiera tocado estar allí arriba, con todo aquel murmullo del árbol
balanceándose debajo de ellas, un árbol que bailaba y se mecía en un movimiento
enorme y comunal y misteriosamente necesario, y así flotaban allí en el vacío
expresando con el baile el significado del árbol. Noté que las hojas parecían
casi humanas por el modo en que se doblaban y luego se alzaban y luego iban de
un lado a otro líricamente. Fue una visión disparatada, pero hermosa. Otra vez,
debajo de esos árboles, soñé que veía un trono púrpura todo cubierto de oro,
con una especie de Papa o Patriarca Eterno en él, y Rosie por allí cerca, y en
ese momento Cody estaba en la cabaña charlando con unos amigos y parecía que se
encontraba a la izquierda de esta visión como una especie de arcángel, y cuando
abrí los ojos, vi que se trataba simplemente del sol que me daba en los
párpados. Y como decía, estaba aquel colibrí, un hermoso colibrí azul bastante
pequeño, no mayor que una libélula, que se lanzaba en picado silbando sobre mí,
diciéndome sin duda hola, todos los días, normalmente por la mañana, y siempre
le contestaba con un grito devolviéndole el saludo. Finalmente empezó a
asomarse por la ventana abierta de la cabaña, piando y zumbando con sus
frenéticas alas, mirándome con unos ojillos redondos, y luego, zas, se iba.
¡Aquel colibrí! ¡Un amigo californiano...!
Con
todo, a veces tenía miedo de que se lanzara directamente contra mi cabeza con
su pico tan largo como un alfiler de sombrero. También estaba aquella vieja
rata merodeando por el sótano de debajo de la cabaña, y era conveniente tener
la puerta cerrada por la noche. Mis otros amigos eran las hormigas, una colonia
de ellas que querían entrar en la cabaña y llegar hasta la miel ("Llamando
a todas las hormigas, llamando a todas las hormigas. Hay que entrar y conseguir
la miel", cantó un niño en la cabaña uno de aquellos días), así que fui
hasta el hormiguero e hice un camino de miel que se dirigía al jardín de atrás
y durante una semana disfrutaron de aquella nueva veta. Incluso me arrodillaba
y hablaba con ellas. Había flores muy bonitas alrededor de la cabaña, rojas,
púrpura, rosa, y hacíamos ramilletes con ellas, pero el más bonito de todos fue
el que hizo una vez Japhy sólo con piñas y agujas de pino. Tenía aquella
sencillez que caracterizaba toda su vida. A veces, entraba ruidosamente en la
cabaña con la sierra y, viéndome allí sentado, decía:
-¿Por
qué te pasas sentado el día entero?
-Porque
soy el Buda conocido por el Desocupado.
Y
entonces era cuando la cara de Japhy se arrugaba con aquella divertida risa tan
suya de niño, igual que un muchacho chino riéndose, con patas de gallo apareciendo
a los lados de sus ojos y su larga boca muy abierta. A veces se entusiasmaba
conmigo.
Todos
querían a Japhy. Polly y Princess, y hasta Christine, que estaba casada, se
habían enamorado locamente de él, y secretamente todas tenían celos de la
favorita de Japhy, Psyche, que apareció el fin de semana siguiente realmente
guapa con pantalones vaqueros y un cuello blanco sobre su jersey de cuello
vuelto y una cara y un cuerpo muy delicados. Japhy me confesó que estaba algo
enamorado de ella. Pero le costó trabajo convencerla de que para hacer el amor
tenía que emborracharse antes, pues una vez que empezaba a beber, Psyche ya no
podía parar. Ese fin de semana en que vino, Japhy preparó slumgullion para los
tres en la cabaña, y luego Sean nos dejó su viejo coche y fuimos unos ciento
cincuenta kilómetros costa arriba hasta una playa solitaria donde cogimos
mejillones de las rocas batidas por el mar y los ahumamos en una gran hoguera
de leña cubierta de algas. Teníamos vino y pan y queso, y Psyche se pasó el día
entero tumbada boca abajo con los vaqueros y el jersey puestos sin decir nada.
Pero en una ocasión levantó sus pequeños ojos azules y dijo:
-¡Qué
oral eres, Smith, siempre estás comiendo y bebiendo!
-Soy
Buda Come-vacío -dije.
-¿No
es guapa de verdad? -preguntó Japhy.
-Psyche
-dije-, este mundo es la película de todo lo que existe, es una película hecha
del mismo material en todas partes y no pertenece a nadie, y es todo lo que
existe. -¡Tonterías!
Corrimos
por la playa. En una ocasión en que Japhy y Psyche se alejaron mucho y yo iba
caminando solo silbando "Stella", de Stan Getz, una pareja de chicas
muy guapas que estaba con unos amigos me oyeron y una de ellas se volvió v
dijo:
-
¡Swing!
Había
grutas naturales en la misma playa donde Japhy había celebrado grandes fiestas
y organizado bailes con todos desnudos alrededor de una hoguera.
Luego
llegaban los días de labor y se terminaban las fiestas y Japhy y yo barríamos
la cabaña como viejos vagabundos limpiando el polvo de pequeños templos. Toda
vía me quedaba algo de mi pensión del último otoño, en cheques de viaje, y cogí
uno y fui al supermercado autopista abajo y compré harina de trigo y de maíz,
azúcar, melaza, miel, sal, pimienta, cebollas, arroz, leche en polvo, pan,
judías, guisantes, patatas, zanahorias, repollo, lechuga, café, cerillas de
madera muy grandes para encender la lumbre y volví tambaleándome por la ladera
hasta la colina con todo aquello y un par de litros de oporto. El pulcro y
pequeño anaquel donde Japhy guardaba las reservas de alimentos, de repente
quedó lleno de muchísima comida.
-¿Qué
vamos a hacer con todo esto? Tenemos que alimentar a tantos bikhus...
A su
debido tiempo tuvimos a más bikhus de los que podíamos atender: el pobre
borracho de Joe Mahoney, un amigo mío del año anterior, apareció y durmió tres
días seguidos para recuperarse de otro pasón en North Beach y The Place. Le
llevé el desayuno a la cama. Los fines de semana a veces había hasta doce
amigos en la cabaña, todos discutiendo y dando voces y yo cogía harina de maíz
y la mezclaba con cebolla picada y sal y agua y echaba cucharadas de la mezcla
en una sartén al fuego (con aceite) proporcionando a todo el grupo tortas
deliciosas para acompañar el té. En el Libro de los Cambios chino un año antes
había echado un par de monedas para ver cuál era la predicción de mi futuro, y
el resultado había sido: "Alimentarás a los demás."
Y,
de hecho, me pasaba casi todo el tiempo de pie delante del fogón.
-¿Qué
significa que esos árboles y montañas de ahí fuera no sean mágicos sino reales?
-¿Cómo?
-decían.
-Significa
que esos árboles y montañas de ahí fuera no son mágicos sino reales.
-¿De
verdad?
-¿Qué
significa que esos árboles y montañas de ahí fuera no sean en absoluto reales,
sino mágicos? -seguía yo. -Bueno, venga ya...
-Significa
que esos árboles y montañas no son en absoluto reales, sino mágicos.
-Bueno,
¿y qué pasa con eso? ¡Maldita sea!
-Pasa
que vosotros preguntáis ¿y qué pasa con eso? ¡Maldita sea! -grité.
-¿Y
qué?
-Significa
que preguntáis ¿y qué pasa con eso? ¡Maldita sea!
-Vamos,
tío, ¿por qué no metes la cabeza en el saco de dormir y me traes café?
Siempre
estaba preparando café en el fogón.
-¡Corta
ya! -gritó Warren Coughlin-. No hay quien te aguante.
Una
tarde estaba sentado con unos niños en la hierba y me preguntaron:
-¿Por
qué es azul el cielo?
-Porque
el cielo es azul.
-Quiero
saber por qué es azul el cielo.
-El
cielo es azul porque quieres saber por qué es azul el cielo.
-¡Tonterías!
-dijeron.
También
había unos cuantos chavales que rondaban por allí y tiraban piedras al tejado
de la cabaña, creyendo que estaba abandonada. Una tarde, en la época en que
Japhy yvo teníamos un gatito negro, se acercaron sigilosamente a la puerta para
mirar dentro. Justo cuando se disponían a abrir la puerta, la abrí yo con el
gato negro en brazos y dije en voz muy alta:
-¡Soy
un fantasma!
Se
atragantaron y me miraron y me creyeron y dijeron:
-Sí.
En
seguida estaban al otro lado de la colina. Nunca volvieron a tirar piedras.
Seguro que creyeron que yo era un brujo.
26
Se
hacían planes para una gran fiesta de despedida a Japhy, unos cuantos días
antes de que su barco zarpara rumbo a Japón. Pensaba hacer el viaje en un
mercante japonés. Iba a ser la fiesta mayor de todas, y se extendería desde el
tocadiscos de la sala de estar de Sean, hasta la hoguera del patio, la cima de
la colina y todavía más lejos. Japhy y yo estábamos cansados de fiestas y no
nos seducía la idea. Pero pensaba venir todo el mundo: todas las chicas, incluida
Psyche, y el poeta Cacoethes, y Coughlin, y Alvah, y Princess, y su nuevo
novio, y hasta el director de la Asociación Budista, Arthur Whane, con su mujer
e hijos, y también el padre de Japhy, y por supuesto Bud, y parejas sin
especificar de todas partes que traerían vino y comida y guitarras. Japhy dijo:
-Estoy
cansado de estas fiestas. ¿Qué tal si tú y yo nos vamos a las pistas de Marin
County después de la fiesta? Pasaremos unos cuantos días. Podemos coger las
mochilas y dirigirnos a la zona de Potrero, Meadows o a Laurel Dell.
-¡Estupendo!
En
esto, de repente una tarde apareció Rhoda, la hermana de Japhy, con su
prometido. Iba a casarse en la casa del padre de Japhy, en Mill Valley, con una
gran recepción y todo. Japhy y yo estábamos sentados en la cabaña una tarde
bochornosa, y de pronto, ella estaba en la puerta, delgada y rubia y preciosa,
con su elegante novio de Chicago, un hombre muy guapo.
-¡Caramba!
-gritó Japhy, levantándose de un salto y besándola con un apasionado abrazo,
que ella le devolvió de todo corazón. ¡Y cómo hablaron!
-Oye,
¿crees que resultará un buen marido?
-Lo
será, lo he escogido con mucho cuidado, protestón. -Será mejor que lo sea o se
las tendrá que ver conmigo. Luego, en plan de alarde, encendió un gran fuego y
dijo:
-Así
es como hacemos las cosas en esos montes de verdad del Norte.
Luego
echó demasiado petróleo al fuego y se apartó; esperó como un niño travieso y
¡bruuum!: se oyó una gran explosión en el interior de la estufa y sentí
claramente la sacudida al otro lado de la habitación. Estuvo a punto de irse
todo al carajo. Luego le preguntó al pobre novio:
-Verás,
¿conoces algunas buenas posturas para la noche de bodas?
El
pobre tipo acababa de hacer el servicio militar en Birmania y quería hablar de
ese país, pero no consiguió meter baza. Japhy estaba más enloquecido que nunca
y auténticamente celoso. Le invitaron a la elegante recepción y dijo:
-¿Podría
presentarme en pelotas?
-Haz
lo que quieras, pero ven.
-Puedo
imaginármelo todo, la coctelera y todas las señoras con sus elegantes sombreros
y los guaperas destrozando corazones y música de órgano y todo el mundo
secándose los ojos porque la novia es tan guapa y... ¿Por qué quieres entrar a
formar parte de la clase media, Rhoda?
-¿Y
qué me importa? -dijo ella-. Quiero empezar a vivir.
Su
novio tenía mucho dinero. En realidad era un tipo agradable y sentí que tuviera
que aguantar todo aquello con una sonrisa.
Después
de que se fueron, Japhy dijo:
-No
aguantará a su lado más de seis meses. Rhoda es una chica muy loca y prefiere
los pantalones vaqueros y andar por ahí a quedarse encerrada en un apartamento
de Chicago.
-La
quieres, ¿verdad?
-Y
no sabes cuánto... Debería casarme con ella.
-¡Pero
si es tu hermana!
-Y
qué cojones importa. Necesita a un hombre de verdad como yo. No sabes lo
salvaje que es, no te criaste con ella en los bosques.
Rhoda
era realmente guapa y lamenté que se hubiera presentado con su novio. En todo
aquel tumulto de mujeres todavía no me había conseguido una para mí. No es que
pusiera demasiado interés, pero a veces me sentía solo viéndolos a todos
emparejados y pasándolo tan bien y entonces todo lo que podía hacer era meterme
en el saco de dormir junto al rosal y suspirar y decir bah. Para mí todo se
reducía a sabor de vino tinto en la boca y a un montón de leña.
Pero
por entonces encontré algo parecido a un cuervo muerto en el cercado de los
venados y pensé: "Bonito espectáculo para los ojos de una persona
sensible, y todo proviene del sexo."
Así
que aparté el sexo de nuevo de mi cabeza. Mientras el sol brillara y luego
parpadeara y volviera a brillar, me bastaba. Sería bueno y seguiría solo, no
tendría aventuras, me quedaría tranquilo y sería bueno.
"La
compasión es la estrella que guía -dijo Buda-. No discutas con las autoridades
o con mujeres. Suplica. Sé humilde."
Escribí
un poemita dedicado a cuantos venían a la fiesta: "Hay en vuestros
párpados guerras, y seda..., pero los santos se han ido, ido todos, libres de
todo eso."
En
realidad me creía una especie de santo demente. Y eso se basaba en que me
decía: "Ray, no corras detrás del alcohol y las mujeres y la compañía,
quédate en la cabaña y disfruta de la relación natural con las cosas tal y como
son."
Pero
resultaba difícil vivir allí arriba con todas aquellas rubias que venían los
fines de semana y también alguna que otra noche. Una vez, una morenita muy
guapa aceptó subir conmigo a la colina y estábamos allí en la oscuridad encima
del colchón cuando, de repente, se abrió la puerta y entraron Sean y Joe
Mahoney bailando y riéndose, tratando deliberadamente de que me enfadara... a
no ser que creyeran de verdad en mis esfuerzos ascéticos y fueran ángeles que
venían a alejarme de la mala mujer. Cosa que hicieron en el acto. A veces,
cuando estaba muy borracho y colocado y sentado de piernas cruzadas en medio de
una de las enloquecidas fiestas, tenía auténticas visiones de una santa niebla
vacía en los párpados y cuando abría los ojos veía que todos aquellos buenos
amigos estaban sentados a mi alrededor esperando que me explicara; y nadie
consideraba mi conducta extraña, sino perfectamente natural entre budistas; y
tanto si al abrir los ojos explicaba algo como si no, quedaban satisfechos.
Durante toda esa época, en realidad, sentía un deseo irresistible de cerrar los
ojos cuando estaba acompañado. Creo que a las chicas les asustaba.
-¿A
qué se debe que esté siempre sentado con los ojos cerrados?
La
pequeña Prajna, la hijita de dos años de Sean, se acercaba y me ponía un dedo
en los párpados y decía:
-¡Buba!
¡Buba!
A
veces prefería llevarla de la mano a dar pequeños paseos mágicos por el jardín,
en lugar de quedarme sentado o charlando en el cuarto de estar.
En
cuanto a Japhy, le gustaba todo lo que yo hacía siempre que procurara que la
lámpara de petróleo no humeara y que no afilara el hacha de modo desigual. Era
muy estricto para estas cosas.
-Tienes
que aprender -decía-. Maldita sea. Si hay algo que no puedo aguantar es que las
cosas no se hagan bien. Era asombroso la de comidas que sabía preparar con los
productos de su anaquel. Tenía todo tipo de algas y raíces secas compradas en
Chinatown, y preparaba una mezcla de aquello con salsa de soja y la echaba
encima de arroz hervido y resultaba delicioso comido con palillos. Y allí
sentados al anochecer, con los árboles rugiendo y las ventanas todavía
abiertas, con frío, comíamos ñam. ñam aquellas deliciosas comidas chinas de
fabricación casera. Japhy sabía manejar los palillos muy bien y comía
rápidamente. Luego a veces yo lavaba los platos y luego salía a meditar un rato
sobre mi lecho debajo de los eucaliptos, y por la ventana de la cabaña veía el
pardo resplandor de la lámpara de petróleo de Japhy mientras estaba sentado
hurgándose los dientes. A veces salía a la puerta de la cabaña y gritaba:
-¡Ooooh!
-Yo no le contestaba y le oía murmurar-:
-¿Dónde
coño estará? -Y le veía escudriñar la oscuridad en busca de su bikhu.
Una
noche estaba sentado meditando, cuando a mi izquierda oí un fuerte crujido.
Miré y era un venado que venía a visitar su antigua morada y a mordisquear un
poco de follaje. A través del valle sumergido en el crepúsculo la vieja mula
seguía con su gimiente: "¡Ji jo! ¡Ji jo!", como un entrecortado canto
tirolés en el aire: como una trompeta tocada por un ángel terriblemente triste:
como un aviso a la gente que cenaba en sus casas de que no todo estaba tan bien
como creían. Y, sin embargo, era un grito de amor hacia otra mula. Pero ésa era
la razón de que...
Una
noche meditaba en tan perfecta quietud que llegaron dos mosquitos y se me
posaron en una de las mejillas y se quedaron allí mucho tiempo sin picarme y
luego se marcharon, y no me habían picado.
27
Pocos
días antes de la gran fiesta de despedida, Japhy y yo discutimos. Bajamos a San
Francisco para, dejar su bicicleta en el mercante atracado en el puerto, y
después fuimos al barrio chino bajo la llovizna a que nos cortaran el pelo por
muy poco dinero en la escuela de peluqueros. Finalmente, pensábamos buscar en
los almacenes del Ejército de Salvación y del Monte de Piedad algo de ropa
interior y cosas así. Mientras caminábamos bajo la llovizna por las concurridas
calles ("¡Esto me recuerda a Seattle!", gritó), tuve unas ganas
invencibles de emborracharme para ponerme bien. Compré una botella de oporto y
lo destapé y llevé a Japhy a una calleja y bebimos.
-Será
mejor que no bebas demasiado -me dijo-. Ya sabes que después vamos a ir a
Berkeley a una conferencia y un coloquio en el Centro Budista.
-No
tengo ganas de ir, lo único que quiero es beber en las callejas.
-Te
están esperando; el año pasado les leí todos tus poemas.
-No
me importa. Mira esa niebla que hay ahí arriba y luego mira este oporto tan
cálido, ¿no te hacen sentir que cantas al viento?
-No,
no demasiado. Ray, ya sabes que Cacoethes dice que bebes demasiado.
-¡Que
se ocupe de su úlcera! ¿Por qué crees que tiene úlcera? Porque bebe demasiado.
¿Tengo yo una úlcera? ¡Nunca en la vida! ¡Bebo para alegrarme! Si no te gusta
que beba, puedes ir tú solo a la conferencia. Te esperaré en casa de Coughlin.
-Pero
¿es que vas a perdértela sólo por un poco de vino?
-La
sabiduría también está en el vino, ¡maldita sea! -grité-. ¡Toma un trago!
-¡No
quiero!
-Bueno,
entonces beberé yo.
Y
terminé la botella y volvimos a la calle Sexta, donde inmediatamente entré en
la misma tienda y compré otra. Ahora me encontraba bien.
Japhy
estaba triste y decepcionado.
-¡Cómo
esperas convertirte en un bikhu bondadoso o en un bodhisattva mahasattva si te
emborrachas continuamente!
-¿Has
olvidado la última viñeta de los Toros donde el viejo se emborracha con los
carniceros?
-¿Y
qué? ¿Cómo vas a entender tu propia esencia mental con la cabeza toda embotada
y los dientes manchados y lleno de náuseas?
-No
tengo náuseas, me encuentro bien. Podría flotar en esa niebla gris y volar por
encima de San Francisco como una gaviota. ¿Te conté alguna vez lo del barrio
chino este? Viví por aquí...
-También
yo he vivido en el barrio chino de Seattle, y sé perfectamente lo que pasa en
esos sitios.
Los
neones de tiendas y bares resplandecían en el gris de la noche lluviosa. Me
sentía maravillosamente bien. Después de cortarnos el pelo fuimos al almacén
del Monte de Piedad y anduvimos de pesca en los cajones. Compramos calcetines y
camisetas, cinturones y otras prendas viejas por muy poco. Yo seguía pegándole
besos al vino: me había colgado la botella del cinturón. Japhy estaba enfadado.
Luego subimos al coche y fuimos a Berkeley cruzando el puente bajo la lluvia y
siguiendo hasta las afueras de Oakland, y luego hasta el centro, donde Japhy
esperaba encontrar unos vaqueros de mi talla. Nos habíamos pasado el día entero
mirando vaqueros usados para ver si me servían. Seguí pegándole al vino y al
fin Japhy cedió y bebió un poco y me enseñó el poema que había escrito mientras
me cortaban el pelo en el barrio chino:
"¡Moderna
escuela de peluquería! Smith, ojos cerrados, padece un corte de pelo temiendo
la fealdad. 50 centavos. Un estudiante de peluquero cetrino, García en su bata,
dos chicos rubios, uno con cara asustada y grandes orejas. Mirando desde los
asientos, dile: "Eres muy feo y tienes las orejas grandes." Llorará y
sufrirá sin que ni siquiera sea cierto. El otro, de cara delgada, concentrado,
vaqueros remendados y zapatos rotos me mira delicadamente. Chico doliente que
se volverá duro y avaro en la pubertad; Ray y yo con una botella de oporto por
dentro en este día lluvioso de mayo y no hay levis usados de nuestra talla en
la ciudad y el estudiante de peluquero corta el pelo a lo barrio chino y el
alumno maduro empieza su carrera en plena floración."
-¿Ves?
-dije-. No hubieras escrito ese poema sin el vino que te puso a tono.
-Lo
habría escrito en cualquier caso. Tú eres el que bebes demasiado todo el
tiempo, no sé cómo vas a llegar a la iluminación ni arreglártelas para estar en
las montañas, andas todo el rato colina abajo gastando el dinero de las judías
en vino. Acabarás tirado en la calle, lloviéndote encima, borracho perdido, y
te llevarán a cualquier sitio. Entonces renacerás como encargado de bar
abstemio para purgar tu karma. -Hablaba en serio y estaba preocupado por mí,
pero seguí bebiendo.
Cuando
llegamos a casa de Alvah, ya era hora de salir para la conferencia del Centro
Budista. Dije:
-Me
quedaré aquí emborrachándome y os esperaré.
-Muy
bien -dijo Japhy, mirándome sombríamente-. Es tu vida.
Estuvo
fuera unas dos horas. Me sentía triste y bebí demasiado y estaba mareado. Pero
había decidido no dejarme vencer por el alcohol y resistir y demostrarle algo a
Japhy. De pronto, al anochecer, Japhy entró corriendo en la casa borracho
perdido y gritando:
-¿Sabes
lo que pasó, Smith? Fui a la conferencia budista y todos estaban bebiendo sake
en tazas de té y todos se emborracharon. ¡Tenías razón! ¡Es todo lo mismo!
¡Todos borrachos y discutiendo del prajna! -Y después de eso Japhy y yo nunca
volvimos a reñir.
28
Llegó
la noche de la gran fiesta. Prácticamente podía oírse el ajetreo de la
preparación colina abajo, y me sentí deprimido.
"¡Oh,
Dios mío! La sociabilidad no es más que una gran sonrisa y una gran sonrisa no
es más que dientes. Me gustaría quedarme aquí y descansar y ser bueno."
Pero
alguien trajo vino y me puso en marcha.
Esa
noche el vino corrió colina abajo como un río. Sean había reunido un montón de
troncos grandes para hacer una hoguera inmensa delante de la casa. Era una
noche de mayo clara, estrellada, templada y agradable. Vino todo el mundo. La
fiesta se dividió en seguida en las tres partes de siempre. Pasé la mayor parte
del tiempo en el cuarto de estar donde ponían discos de Cal Tjader y había un
montón de chicas bailando mientras Bud y Sean y a veces Alvah y su nuevo
tronco, George, tocaban el bongo en latas puestas boca abajo.
Fuera,
la escena era más tranquila, con el resplandor del fuego y gente sentada en los
largos troncos que Sean había situado alrededor de la hoguera, y en la mesa un
banquete digno de un rey y de su hambriento séquito. Aquí, junto a la hoguera,
lejos del frenesí de los bongos del cuarto de estar, Cacoethes llevaba la
batuta discutiendo de poesía con los listos locales, en términos como éstos:
-Marshall
Dashiell está demasiado ocupado cuidándose la barba y conduciendo su Mercedes
Benz de cóctel en cóctel por Chevy Chase y la aguja de Cleopatra; O. O. Dowler
se pasea en limusina por Long Island y pasa los veranos chillando en la Plaza
de San Marcos; y el apodado Pequeña Camisa Recia, qué queréis, se las arregla
muy bien por Savile Row,con bombín y chaleco; y Manuel Drubbing es un culo
inquieto que mira sin parar las revistas minoritarias para ver a quién citan; y
de Omar Tott no tengo nada que decir. Albert Law Livingston está muy ocupado
firmando ejemplares de sus novelas y mandando felicitaciones de Navidad a Sarah
Vaughan; a Ariadne Jones le molesta la compañía Ford; Leontine McGee dice que
es vieja. Entonces, ¿quién queda?
-Ronald
Firbank -dijo Coughlin.
-Creo
que los únicos poetas auténticos de este país, fuera de la órbita de los que
estamos aquí, son el Doctor Musial, que probablemente esté murmurando detrás de
las cortinas de su cuarto de estar en este mismo momento, y Dee Sampson, que es
demasiado rico. Eso hace que nos quede el querido Japhy, que se nos va a Japón,
y nuestro llorón preferido, el amigo Goldbook, y el señor Coughlin que tiene
una lengua viperina. ¡Dios mío, el único bueno que queda soy yo! Por lo menos
tengo un honrado trasfondo anarquista. Por lo menos tengo helada la nariz,
botas en los pies, y protestas en la boca. -Se retorció el bigote.
-¿Y
qué pasa con Smith?
-Bueno,
supongo que en su aspecto más terrible es un bodhisattva. Es todo lo que puedo
decir de él. -Aparte, añadió medio en broma-: Se pasa borracho el día entero.
Esa
noche también vino Henry Morley, pero sólo un rato, y se comportó de un modo
muy raro sentado al fondo leyendo las historietas de Mad y esa nueva revista
llamada Hip. Se fue pronto, después de observar:
-Las
salchichas son demasiado delgadas, ¿creéis que es un signo de los tiempos, o es
que Armour y Swift usan mexicanos descarriados?
Nadie
habló con él, excepto Japhy y yo. Me entristeció verle irse tan temprano; era
invisible como un fantasma, igual que siempre. Con todo, estrenó un traje
marrón nuevo para la ocasión, y de repente ya no estaba.
Entretanto,
en la colina, donde las estrellas parpadeaban entre los árboles,. había parejas
ocasionales que se revolcaban por la hierba o habían subido vino y guitarras y
celebraban fiestas por su cuenta dentro de la cabaña. Fue una noche estupenda.
Por fin llegó el padre de Japhy, al salir de su trabajo; era un tipo menudo,
delgado, duro, justo igual que Japhy, un poco calvo, pero tan enérgico y loco
como su hijo. En seguida se puso a bailar mambos con las chicas mientras yo
golpeaba frenéticamente una lata.
-¡Sigue,
tío! -gritaba.
Nunca
había visto a un bailarín más frenético. Movía las caderas delante de la chica
hasta casi caerse, y sudaba, hacía visajes, se agitaba, se reía: era el padre
más loco que ha bía visto en mi vida. Hacía poco, en la boda de su hija, había
disuelto la recepción al irrumpir a cuatro patas con una piel de tigre encima y
mordiendo los tobillos de las señoras y rugiendo. Ahora había cogido a una
chica muy alta, de casi un metro ochenta, llamada Jane, la hacía girar en el
aire y casi la estrella contra la biblioteca. Japhy andaba de un lado para otro
con un garrafón en la mano, la cara resplandeciente de felicidad. Durante algún
tiempo el follón del cuarto de estar casi dejó vacía la zona de alrededor de la
hoguera, y Psyche y Japhy bailaron como locos; luego Sean dio un salto e hizo
girar por el aire a Psyche y ésta pareció perder el equilibrio y cayó justo
entre Bud y yo que estábamos sentados en el suelo tocando la percusión (Bud y
yo nunca teníamos chicas y estábamos ajenos a todo) y se quedó allí tirada, dormida
en nuestro regazo durante un segundo. Tiramos de nuestras pipas y seguimos
tocando. Polly Whitmore andaba trajinando por la cocina, ayudaba a Christine y
hasta hizo unos bollos riquísimos. Me di cuenta de que se sentía sola porque
Psyche andaba por allí y Japhy ya no estaba con ella, así que me acerqué y la
cogí por la cintura, pero me miró con tal miedo que no hice nada. Parecía
terriblemente asustada de mí. Princess andaba también por allí con su novio
nuevo, y parecía molesta.
-¿Qué
les das a todas éstas? -pregunté a Japhy-. ¿No me puedes pasar una?
-Coge
a la que quieras. Esta noche no me importa.
Salí
a la hoguera para escuchar las últimas agudezas de Cacoethes. Arthur Whane
estaba sentado en un tronco, bien vestido, traje y corbata, y me acerqué a él y
le pregunté:
-Bien,
¿y qué es el budismo? ¿Es imaginación fantástica? ¿Magia del rayo? ¿Es teatro,
sueño? ¿O ni siquiera teatro, sólo sueño?
-No,
para mí el budismo es conocer a la mayor cantidad de gente posible.
Y
por allí andaba, realmente afable, dando la mano a todo el mundo y charlando
como si se tratara de un cóctel. Dentro, la fiesta se volvía más y más
frenética. Empecé a bailar con aquella chica tan alta. Era una fiera. Quise
llevármela a la cima de la colina con una garrafa de vino, pero su marido
andaba por allí. Esa misma noche, pero más tarde, apareció un negro y empezó a
tocar el bongo en su cabeza y mejillas y boca y pecho, y al golpearse obtenía
sonidos realmente potentes, y tenía un ritmo tremendo. Todo el mundo estaba
encantado y dijeron que era un bodhisattva.
Llegaba
gente de todas clases desde la ciudad, donde las noticias de la gran fiesta
corrían de bar en bar. De pronto, levanté la vista y Alvah y George se estaban
paseando desnudos.
-¿Qué
estáis haciendo?
-Bueno,
decidimos quitarnos la ropa.
A
nadie parecía importarle. De hecho vi que Cacoethes y Arthur Whane, perfectamente
vestidos, mantenían una conversación muy seria con aquel par de locos desnudos.
Finalmente, Japhy se desnudó también y andaba de un lado para otro con su
garrafa. Cada vez que alguna de las chicas le miraba, soltaba un potente rugido
y se echaba encima de ella, que se apresuraba a salir corriendo de la casa,
mientras gritaba. Estaba loco. Me preguntaba lo que pasaría si la policía de
Corte Madera se olía lo que estaba pasando y subía bramando en sus coches
patrulla. La hoguera era grandísima y desde la carretera todo el mundo podía
ver lo que estaba pasando delante de la casa. Sin embargo, y de modo extraño,
nada quedaba fuera de lugar: la hoguera, la comida en la mesa, los que tocaban
la guitarra, la espesa arboleda balanceándose al viento y unos cuantos tipos
desnudos... Todo resultaba natural.
Me
dirigí al padre de Japhy y le dije:
-¿Qué
piensa de Japhy andando desnudo por ahí?
-Me
importa un carajo. Japh, por lo que a mí respecta, puede hacer todo lo que le
dé la gana. Oye, ¿dónde está esa chica tan alta con la que estaba bailando?
Era
un perfecto padre de Vagabundo del Dharma. Había pasado años difíciles en su
juventud cuando vivía en los bosques de Oregón, cuidando de toda su familia en
aquella cabaña que había construido él mismo y con todos los problemas que
presenta cultivar cualquier cosa en una tierra dura de inviernos tan fríos.
Ahora tenía una empresa de pintura y ganaba mucho. Era dueño de una de las
casas más bonitas de Mill Valley, que se había encargado de construir, y tenía
a su hermana a su cargo. La madre de Japhy vivía sola en el Norte, en una casa
de huéspedes. Japhy se ocuparía de ella cuando volviera de Japón. Yo había
leído una triste carta de esa mujer. Japhy me contó que sus padres se habían
separado de modo definitivo y que cuando volviera del monasterio vería lo que
podía hacer por ella. A Japhy no le gustaba hablar de esas cosas, y su padre,
desde luego, jamás la mencionaba. Pero me gustaba el padre de Japhy, me gustaba
el modo en que bailaba sudando y enloquecido; el modo que tenía de dejar que
todos hicieran lo que les apeteciera, v de volver a su casa a medianoche
bailando bajo una lluvia de flores hasta su coche aparcado en la carretera.
Al
Lark era otra de las personas agradables que estaban por allí, y se quedó todo
el rato sentado rasgueando su guitarra, tocando acordes de blues y a veces de
flamenco, y mirando al vacío; y cuando terminó la fiesta a las tres de la
madrugada se fue con su mujer a la parte de atrás v se tumbaron dentro de unos
sacos de dormir v los oí charlar en la hierba.
-Vamos
a bailar -decía ella.
-¡Oh,
no, duérmete de una vez! -decía él.
Psyche
y Japhy estaban enfadados y aquella noche ella no quería subir a la colina y
hacer honor a las nuevas sábanas blancas. Se alejó muy seria y vi que Japhy
subía solo, dando tumbos, borracho perdido. La fiesta había terminado.
Acompañé
a Psvche hasta su coche v le dije:
-¡Vamos,
guapa! ¿Por qué le das este disgusto a Japhy la noche de su despedida?
-Ha
sido muy malo conmigo, ¡que se valva a la mierda!
-Mira,
Psvche, nadie te va a comer allí arriba.
-Me
da lo mismo, vuelvo a la ciudad.
-Bueno,
pero no está nada bien lo que haces y, además, Japhy me contó que estaba
enamorado de ti.
-No
lo creo.
-Así
es la vida -dije mientras me alejaba con un gran garrafón de vino colgado de un
dedo.
Inicié
la ascensión v oí que Psvche trataba de dar marcha atrás con el coche y girar
en la estrecha carretera. La parte trasera del coche se hundió en la cuneta y
no podía sacarlo y terminó durmiendo en casa de Christine, tendida en el suelo.
Entretanto,
Bud y Coughlin v Alvah y George habían subido a la cabaña v estaban tumbados
por allí con diversas mantas v sacos de' dormir. Coloqué mi saco encima de la
suave hierba v me sentí el más afortunado de todos. La fiesta había terminado y
también los gritos, pero ¿qué habíamos conseguido? Empecé a cantar entre trago
y trago. Las estrellas tenían un brillo enceguecedor.
-¡Un
mosquito tan grande como el monte Meru es mucho mavor de lo que crees! -gritó
Coughlin dentro de la cabaña al oírme cantar.
A mi
vez, grité:
-¡El
casco de un caballo es más delicado de lo que parece!
Alvah
salió corriendo en ropa interior v bailó locamente v aulló largos poemas
tendido en la hierba. Por fin conseguimos que Bud se levantara v se pusiera a
hablar sin parar de sus últimas ocurrencias. Celebramos una especie de nueva
fiesta allí arriba.
-¡Vamos
abajo a ver cuántas chicas se han quedado! Bajé la ladera rodando la mitad del
camino y traté de que Psyche subiera, pero estaba fuera de combate tumbada en
el suelo. Las brasas de la gran hoguera todavía estaban al rojo y daban mucho
calor. Sean roncaba en el dormitorio de su mujer. Cogí algo de pan de la mesa y
lo unté de queso fresco; lo comí y bebí vino. Estaba totalmente solo junto al
fuego y hacia el este empezaba a clarear.
-¡Qué
borracho estoy! -dije-. ¡Despertad! ¡Despertad! ¡Despertad! -grité-. ¡La cabra
del día está empujando la mañana! ¡Nada de peros! ¡Bang! ¡Venid, chicas! ¡Lisiados!
¡Golfos! ¡Ladrones! ¡Chulos! ¡Verdugos! ¡Fuera!
En
esto tuve una poderosa sensación: sentí una gran piedad por todos los seres
humanos, fueran quienes fueran. Vi sus caras, sus bocas afligidas, sus
personalidades, sus intentos por estar alegres, su petulancia, su sensación de
pérdida, sus agudezas vacías y torpes en seguida olvidadas. Y todo, ¿para qué?
Comprendí que el ruido del silencio estaba en todas partes, y que, sin embargo,
todo y en todas partes era silencio. ¿Qué pasaría si de repente nos
despertáramos y comprendiéramos que lo que pensábamos que era esto y aquello no
fuera ni esto ni aquello para nada? Subí tambaleándome a la colina, saludado
por los pájaros, y contemplé a las figuras acurrucadas que dormían en el suelo.
¿Quiénes eran todos estos extraños fantasmas enraizados conmigo a la tonta e
insignificante aventura terrestre? ¿Y quién era yo? ¡Pobre Japhy! A las ocho de
la mañana se levantó y golpeó su sartén y entonó el "Gochami" y nos
llamó para desayunar tortitas.
29
La
fiesta duró varios días; la mañana del tercer día la gente seguía desperdigada
por la hierba cuando Japhy y yo sacamos sigilosamente nuestras mochilas, con
unos víveres adecuados, y nos fuimos carretera abajo con las primeras luces
anaranjadas de uno de los dorados días de California.
Iba
a ser un día maravilloso, estábamos de nuevo en nuestro elemento: las pistas
forestales.
Japhy
estaba muy animado.
-¡Maldita
sea! Sienta muy bien dejar atrás tanta pasada y largarse al bosque. Cuando
vuelva de Japón, Ray, y haga realmente frío, nos pondremos ropa interior
caliente y recorreremos el país haciendo autostop. Piensa en el océano, las
montañas, Alaska, Klamath..., un denso bosque de abetos adecuado para un bikhu,
un lago con un millón de patos. ¡Estupendo! ¡Wu! Oye, ¿sabes lo que significa
wu en chino?
-¿Qué?
-Niebla.
Estos bosques de Marin son maravillosos; hoy te enseñaré el bosque Muir, aunque
allá en el Norte esté toda esa auténtica zona montañosa del Pacífico, el futuro
hogar de la encarnación del Dharma. ¿Sabes lo que voy a hacer? Escribiré un
poema muy largo que se titule "Ríos y montañas sin fin", y lo
escribiré todo en un rollo que se desenrollará sin parar lleno de nuevas
sorpresas con las que se olvide totalmente lo que hay escrito antes, algo así
como un río, ¿entiendes? O como una de esas pinturas chinas en seda tan largas
con un par de hombrecillos que caminan por un paisaje sin fin con viejos
árboles retorcidos y montañas tan altas que se funden con la niebla del vacío
de la parte superior de la seda. Me pasaré tres mil años escribiéndolo; contendrá
información sobre la conservación del suelo, las autoridades forestales del
valle del Tennessee, la astronomía, la geología, los viajes de Hsuan Tsung, la
teoría de la pintura china, la repoblación forestal, la ecología oceánica y las
cadenas de supermercados.
-Adelante,
chico.
Como
siempre, yo iba detrás de él y, cuando empezamos a escalar con las mochilas
bien sujetas a la espalda como si fuéramos animales de carga y no nos
encontráramos bien sin llevar peso, de nuevo empezó el viejo y solitario y
agradable zap zap por el sendero, muy despacio, a un kilómetro y pico por hora.
Llegamos al final de una carretera empinada donde tuvimos que pasar por delante
de unas cuantas casas que se levantaban junto a unos farallones cubiertos de
monte bajo con cascadas que se dividían en hilos de agua. Subimos luego por un
empinado prado lleno de mariposas y heno y un poco de rocío: eran las siete de
la mañana. Luego bajamos por una carretera polvorienta, y después, al final de
esta polvorienta carretera que subía y subía, divisamos un hermoso panorama:
Corte Madera y Mill Valley estaban allá lejos y, al fondo, distinguimos la roja
parte alta del puente de Golden Gate.
-Mañana
por la tarde, cuando vayamos camino de Stimson Beach -dijo Japhy-, verás toda
la blanca ciudad de San Francisco a muchos kilómetros de distancia, en la bahía
azul. Ray, por Dios, en nuestra vida futura tendremos una hermosa tribu libre
en estos montes californianos, con mujeres y docenas de radiantes hijos
iluminados; viviremos como los indios, en tiendas, y comeremos bayas y brotes.
-¿Y
judías no?
-Escribiremos
poemas, tendremos una imprenta y publicaremos nuestros propios poemas; será la
Editorial Dharma. Lo poetizaremos todo y haremos un libro muy gordo de bombas
heladas para la gente ignorante.
-No.
La gente no está tan mal, también sufren. Siempre estamos leyendo que se quemó
una chabola en algún lugar del Medio Oeste y que murieron tres niños pequeños y
hay fotos de los padres llorando. Hasta se quemó el gato. Japhy, ¿crees que
Dios creó el mundo para divertirse un día en que estaba aburrido? Porque si
fuera así, sería un ser mezquino.
-Pero
¿qué entiendes tú por Dios?
-Simplemente
Tathagata, si quieres.
-Bueno,
pues en los sutras dice que Dios, o Tathagata, no creó el mundo a partir de sus
entrañas, sino que apareció debido a la ignorancia de los seres vivos.
-Pero
él también creó a esos seres vivos y a su ignorancia. Es una pena todo esto. No
descansaré hasta que averigüe por qué, Japhy, por qué.
-¡Oye!
¡No inquietes tanto la esencia de tu mente! Recuerda que en la pura esencia
mental, Tathagata nunca se hace la pregunta por qué; ni tan siquiera le
proporciona sentido.
-Bien,
entonces en realidad nunca pasa nada. Me tiró un palo y me dio en un pie.
-Bien,
eso no ha pasado -dije.
-En
realidad, no lo sé, Ray, pero comprendo que te entristezca el mundo. Sin duda
es muy triste. Fíjate en la fiesta de la otra noche. Todos querían pasarlo bien
e hicieron esfuerzos para conseguirlo, y, sin embargo, al día siguiente nos
despertamos bastante tristes y alejados unos de otros. ¿Qué piensas de la
muerte, Ray?
-Creo
que la muerte es nuestra recompensa. Cuando uno muere va directamente al Cielo
del nirvana, y se acabó lo que se daba.
-Pero
supón que renacieras en el infierno y que los demonios te meten bolas de acero
al rojo vivo por la boca. -La vida ya me ha metido mucho acero por la boca.
Pero creo que eso sólo es un sueño preparado por unos cuantos monjes histéricos
que no entendían la serenidad del Buda bajo el Árbol Bo, o ni siquiera la de
Cristo mirando desde lo alto a sus torturadores y perdonándolos.
-¿De
verdad que te gusta Cristo?
-Claro
que sí. Y, a fin de cuentas, hay un montón de gente que dice que es Maitreya,
el Buda que se había profetizado que aparecería después de Sakyamuni. ¿Sabes?
Maitre va en sánscrito significa "Amor", y Cristo todo el tiempo
habla de amor.
-¡No
empieces a predicar el cristianismo! Ya te estoy viendo en tu lecho de muerte
besando un crucifijo lo mismo que el viejo Karamazov o como nuestro viejo amigo
Dwight Goddard que fue budista toda su vida y de repente, en sus últimos días,
volvió al cristianismo. ¡Nunca me pasará una cosa así! Quiero estar todas las
horas del día en un templo solitario meditando delante de una estatua de
Kwannon que está encerrada porque no la puede ver nadie: es demasiado poderosa.
¡Dale duro, viejo diamante!
-Ya
verás lo que pasa cuando baje la marea.
-¿Te
acuerdas de Rol Sturlason, aquel amigo mío que fue a Japón a estudiar las rocas
de Ryoanji? Fue en un mercante que se llamaba Serpiente Marina, así que pintó
una serpiente marina con sirenas en una mampara del comedor y la tripulación
quedó encantada y todos querían convertirse en Vagabundos del Dharma
inmediatamente. Ahora anda subiendo el sagrado monte Hiei, de Kioto,
seguramente con medio metro de nieve, pero sigue sin desviarse por donde no hay
senderos, paso a paso, atravesando espesos bambúes y pinos retorcidos como los
de los dibujos. Los pies húmedos y sin acordarse de comer. Así es como hay que
escalar.
-Por
cierto, ¿qué ropa vas a llevar en el monasterio? -¡Hombre! Lo adecuado. Prendas
al estilo de la Dinastía Tang. Un largo hábito negro con amplias mangas y
extraños pliegues. Para sentirme así oriental de verdad.
-Alvah
dice que mientras hay gente como nosotros que anda muy excitada queriendo
parecer orientales, ahora los orientales se dedican a leer a los surrealistas y
a Charles Darwin, y que están locos por vestirse a la moda occidental.
-En
cualquier caso, Oriente se funde con Occidente. Piensa en la gran revolución
mundial que se producirá cuando el Oriente se funda de verdad con el Occidente.
Y son los tipos como nosotros los que inician el proceso. Piensa en los
millones de tipos del mundo entero que andan por ahí con mochilas a la espalda
en sitios apartados, o viajando en autostop.
-Eso
suena a los primeros días de las Cruzadas, con Walter el Mendigo y Pedro el
Ermitaño encabezando grupos harapientos de creyentes camino de Tierra Santa.
-Sí,
pero aquello tenía la siniestrez y miseria europeas. Quiero que mis Vagabundos
del Dharma lleven la primavera en el corazón con todo él florecido y los
pájaros dejando caer sus pequeños excrementos y sorprendiendo a los gatos que
hace un momento querían comerlos.
-¿En
qué estás pensando?
-Me
limito a hacer poemas mentales mientras trepo hacia el monte Tamalpais. Mira
allí arriba, es un monte maravilloso, el más hermoso del mundo. ¡Qué forma tan
bella! Me gusta el Tamalpais de verdad. Dormiremos allí esta noche. Nos llevará
hasta última hora de la tarde alcanzarlo. La zona de Marin era mucho más
frondosa y amena que la áspera zona de la sierra por donde trepamos el otoño
anterior: todo eran flores, árboles, matorrales, pero al lado de la senda
también había gran cantidad de ortigas. Cuando llegamos al final del alto
camino polvoriento, de repente nos encontramos en un denso bosque de pinos y
seguimos un oleoducto a través de la espesura, tan umbría que el sol de la
mañana penetraba con dificultad y hacía fresco y estaba húmedo. Pero el olor
era puro: a pinos y madera húmeda. Japhy no paró de hablar en toda la mañana.
Ahora que estaba una vez más en pleno monte, se comportaba como un chiquillo.
-Lo
único malo de ese asunto del monasterio japonés es que, a pesar de toda su
inteligencia y sus buenas intenciones, los norteamericanos de allí saben muy
poco de lo que pasa en Norteamérica y de los que estudiamos budismo por aquí.
Y, además, no les interesa la poesía.
-¿Quiénes
dices?
-Pues
los que me mandan allí y pagan los gastos. Gastan mucho dinero preparando
elegantes escenas de jardines y editando libros de arquitectura japonesa, y
toda esa porque ría que no le gusta a nadie y que sólo les resulta útil a las
divorciadas norteamericanas ricas en gira turística por Japón. En realidad, lo
que debían de hacer era construir o comprar una vieja casa japonesa y tener una
huerta y un sitio donde estar y ser budista, es decir, algo auténtico y no uno
de esos bodrios habituales para la clase media norteamericana con pretensiones.
De todos modos, tengo muchas ganas de encontrarme allí. Chico, hasta me puedo
ver por la mañana sentado en la estera con una mesa baja al lado, escribiendo
en mi máquina portátil, y con el hibachi cerca y un cacharro de agua caliente y
todos mis papeles y mapas, la pipa y la linterna, todo muy ordenado; y afuera
ciruelos y pinos con nieve en las ramas, y arriba el monte Heizan con la nieve
espesándose, y sugi e hinoki alrededor, y los pinos, chico, y los cedros...
Templos escondidos que se encuentran al bajar por senderos pedregosos; sitios
fríos muy antiguos con musgo donde croan las ranas, y dentro estatuillas y
lámparas colgantes y lotos dorados y pinturas y olor a incienso y arcones
lacados con estatuas. -Su barco zarpaba dentro de un par de días-. Pero me da
pena dejar California... a lo mejor por eso quiero echarle una ojeada final
hoy, Ray.
Desde
el umbrío bosque de pinos subimos a un camino donde había un refugio de
montaña. Luego cruzamos el camino, y después de andar entre maleza cuesta
abajo, llega mos a un sendero que probablemente no conocía nadie, a excepción
de unos cuantos montañeros y, de pronto, ya estábamos en los bosques del Muir.
Era un extenso valle que se abría varios kilómetros ante nosotros. Seguimos
tres kilómetros por una vieja pista forestal y entonces Japhy subió por la
ladera hasta otra pista que nadie habría imaginado que se encontraba allí.
Seguimos por ella, subiendo y bajando a lo largo de un torrente con troncos
caídos que nos permitían cruzarlo y, de vez en cuando, puentes que, según
Japhy, habían construido los boys scouts: eran árboles serrados por la mitad
con la parte plana hacia arriba sobre la que se podía caminar. Luego trepamos
por una empinada ladera cubierta de pinos y salimos a la carretera. Subimos una
loma con hierba y salimos a una especie de anfiteatro de estilo griego con
asientos de piedra alrededor de algo parecido a un escenario también de piedra
dispuesto como para hacer representaciones tetra dimensionales de Esquilo y
Sófocles. Bebimos agua y nos sentamos y nos quitamos las botas y contemplamos
la silenciosa obra de teatro desde los asientos de piedra. A lo lejos, se veía
el puente del Golden Gate y San Francisco todo blanco.
Japhy
se puso a gritar y silbar y cantar, lleno de alegría. Nadie le oía.
-Así
estarás en la cima del monte de la Desolación este verano, Ray.
-Cantaré
con todas mis fuerzas por primera vez en la vida.
-Sólo
te oirán los conejos, o quizás un oso con sentido crítico. Ray, esa zona del
Skagit donde vas a ir es el sitio mejor de Norteamérica. Ese río que serpentea
corriendo y saltando entre gargantas camino del vallé despoblado... Montes
nevados que se desvanecen entre los pinos... Y valles profundos y húmedos...
como Big Beaver y Little Beaver, algunos de los mejores bosques vírgenes de
cedro rojo que quedan en el mundo. Me acuerdo muchas veces de mi casa
abandonada de la atalaya del monte Cráter, y yo allí sentado, sólo con los
conejos y el viento que aúlla, envejeciendo mientras los conejos, agazapados en
sus acogedoras madrigueras de debajo de las piedras, calientes, comen semillas
o lo que coman los conejos. Cuanto más te acercas a la auténtica materia, a la
piedra y al aire y al fuego y a la madera, muchacho, el mundo resulta más
espiritual. Toda esa gente que se considera materialista a ultranza no sabe
nada de eso. Se consideran gente práctica y tienen la cabeza llena de ideas y
nociones confusas. -Levantó la mano-. Escucha esa ardilla.
-Me
pregunto qué estarán haciendo en casa de Sean. -Seguramente se acaban de
levantar y están empezando a beber ese vino tan agrio sentados por allí
diciendo tonterías. Deberían de haber venido con nosotros, así aprenderían
algo.
Cogió
su mochila y se puso en marcha. A la media hora estábamos en un hermoso prado,
después de seguir por una polvorienta senda a lo largo de arroyos poco
profundos, y por fin llegamos a la zona de Potrero Meadows. Era un Parque
Forestal Nacional con un hogar de piedra y mesas para merendar y todo lo
necesario para acampar; pero no vendría nadie hasta el fin de semana. Unos
cuantos kilómetros más allá, nos contemplaba la atalaya de la cima del
Tamalpais. Abrimos las mochilas y pasamos una tarde muy tranquila dormitando al
sol o con Japhy de un lado para otro mirando las mariposas y los pájaros y
tomando notas en su cuaderno, y yo me paseé solo por el otro extremo, al norte,
donde una desolada montaña de roca muy parecida a las de las Sierras se
extendía hacia el mar.
Al
anochecer, Japhy encendió una gran hoguera y se puso a preparar la cena.
Estábamos cansados y felices. Aquella noche hicimos una sopa que no olvidaré
jamás y, de hecho, fue la mejor sopa que tomé desde la época en que era un
joven y famoso escritor en Nueva York y comía en el Chambord o en Henri Cru.
Consistió en un par de paquetes de guisantes secos echados en un cacharro de
agua hirviendo con tocino frito. Lo revolvimos hasta que volvió a hervir.
Estaba rico y sabía de verdad a guisantes, y a tocino ahumado; lo adecuado para
tomar al anochecer cuando empieza a hacer frío junto a una crepitante hoguera.
Además, mientras pululaba por allí, Japhy había encontrado bejines, unas setas
silvestres, pero no de las de sombrilla, sino redondas, del tamaño de pomelos y
de carne tersa y blanca. Las cortó y las frió en la grasa del tocino y nos las
tomamos aparte con arroz frito. Fue una cena deliciosa. Lavamos los cacharros
en el bullicioso arroyo. La crepitante hoguera mantenía alejados a los
mosquitos. La luna asomaba entre las ramas de los pinos. Desenrollamos los
sacos de dormir encima de la hierba y nos acostamos pronto. Estábamos muy
cansados.
-Bien,
Ray -dijo Japhy-, dentro de muy poco estaré muy lejos, mar adentro, y tú
haciendo autostop costa arriba hacia Seattle, y luego camino de la zona del
Skagit. Me pregunto qué será de nosotros.
Nos
dormimos pensando en esto. Durante la noche tuve un sueño muy vivo, uno de los
sueños más claros que había tenido nunca. Vi claramente un abarrotado mercado
chino, sucio y lleno de humo, con mendigos y vendedores y animales de carga y
barro y cacharros humeando y montones de basura y verduras que se vendían
metidas en sucios recipientes de metal puestos en el suelo, y de repente, un
mendigo harapiento había bajado de las montañas; un mendigo chino inimaginable,
insignificante, que estaba en un extremo del mercado contemplándolo todo con
expresión divertida. Era bajo, fuerte, con el rostro curtido por el sol del
desierto y la montaña; vestía unos cuantos harapos; llevaba un hatillo de cuero
a la espalda; iba descalzo. Yo había visto tipos como aquél con poca
frecuencia, y sólo en México. A veces aparecían por Monterrey salidos de
aquellas montañas rocosas; seguramente mendigos que vivían en cuevas. Pero el
de ahora era un chino el doble de pobre, el doble de duro; un vagabundo
infinitamente más misterioso; y sin duda se trataba de Japhy. Tenía su misma
boca grande, sus mismos ojos chispeantes, su misma cara angulosa (una cara como
la de la mascarilla mortuoria de Dostoievski, con pómulos prominentes y cabeza
cuadrada); y era bajo y fornido como Japhy. Me desperté al amanecer, pensando:
"¡Vaya! ¿Le va a pasar eso a Japhy? A lo mejor deja el monasterio y
desaparece y no lo vuelvo a ver nunca más. Será el espectro de Han Chan de las
montañas orientales, y hasta los mismos chinos le tendrán miedo viéndolo tan harapiento
y derrotado."
Se
lo conté a Japhy. Ya estaba preparando el fuego y silbando.
-Bueno,
no te quedes ahí metido en el saco de dormir. Levántate y trae un poco de agua.
¡Yodelayji, ju! Ray, te traeré unas barritas de incienso del templo de
Kiyomizu. Las iré poniendo una a una en un gran incensario de bronce y haré el
ritual adecuado. ¿Qué opinas de eso? Sólo es un sueño que tuviste. Si el tipo
era yo, pues bien, era yo, ¿y qué? Siempre quejándome, siempre joven, ¡viva!
-Sacó su pequeña hacha de la mochila y anduvo a hachazo limpio entre los
arbustos y preparó una buena hoguera. Había neblina en los árboles y niebla en
el suelo-. Vamos a recoger las cosas. Iremos hasta Laurel Dell. Luego
seguiremos por las pistas forestales y bajaremos hasta el mar para nadar un
poco.
-Maravilloso.
Para
aquella excursión, Japhy había traído una mezcla deliciosa y muy energética;
galletas Ry-Krisp, un queso Cheddar curado y un salchichón. Desayunamos todo
eso con té recién hecho y nos sentimos maravillosamente bien. Dos hombres
pueden vivir durante dos días a base de pan concentrado y salchichón (carne
concentrada) y queso, y el conjunto no pesa más de kilo y medio. Japhy estaba
lleno de ideas de ese tipo. ¡Qué esperanza, qué energía humana, qué auténtico
optimismo norteamericano encerraba su pequeña estructura física! Allí iba
delante de mí por la senda y se volvía y gritaba:
-Intenta
meditar mientras caminas. Limítate a andar mirando al suelo y sin mirar a los
lados, y abandónate mientras el suelo desfila a tus pies.
Llegamos
a Laurel Dell hacia las diez. También había allí hogares de piedras, parrillas
y mesas, pero los alrededores eran infinitamente más hermosos que en Potrero
Meadows. Había auténticos prados. Una belleza de ensueño con suave hierba
alrededor y un linde de frondosos árboles. Hierba ondulante y arroyos y nadie a
la vista.
-Dios
mío, voy a volver aquí y traeré comida y gasolina y un hornillo y prepararé la
comida sin hacer humo y así los del Servicio Forestal no vendrán a molestarme.
-Sí,
pero si te encuentran cocinando fuera de estos hogares te echarán, Smith.
-Pero
¿qué voy a hacer si no los fines de semana? ¿Unirme a los que vienen de
excursión? Me esconderé por ahí, junto a ese hermoso prado. Me quedaré aquí
para siempre.
-Y
sólo hay tres kilómetros cuesta abajo hasta Stimson Beach y la tienda de
comestibles que hay allí.
A
mediodía nos pusimos en marcha hacia la playa. Fue una marcha tremendamente
agotadora. Subimos hasta los prados más altos, desde donde pudimos ver otra vez
San Francisco en la lejanía, y luego bajamos por una senda muy empinada que
parecía caer directamente en el mar; a veces había que bajar corriendo y, en
una ocasión, casi sentados de culo. Un torrente de agua corría al lado de la
senda. Adelanté a Japhy y, mientras cantaba alegremente, empecé a bajar tan
deprisa por la senda, que lo dejé casi un par de kilómetros atrás y tuve que
esperarle al pie de la cuesta. Japhy se lo tomaba con más calma disfrutando de
los helechos y las flores. Dejamos las mochilas encima de unas hojas secas que
había junto a los árboles y caminamos libres del peso hasta los prados que
caían sobre el mar pasando junto a varias granjas con vacas pastando. Llegamos
al pueblo donde compramos vino en la tienda, y en seguida estábamos en la arena
y entre las olas. Era un día fresco con momentos ocasionales de sol. Pero no
nos importaba. Nos tiramos al agua y nadamos enérgicamente un rato y luego
salimos y sacamos el salchichón y los Ry-Krisp y el queso, lo pusimos todo
encima de un papel y, sentados en la arena, comimos y bebimos vino y charlamos.
Hasta me eché una siestecita. Japhy se sentía muy bien.
-¡Maldita
sea, Ray! Nunca sabrás lo contento que estoy de haber decidido pasarnos estos
dos días en el monte. Me siento como nuevo. ¡Sé que de esto tiene que salir
algo bueno!
-¿De
esto?
-Bueno,
de lo que sea, no lo sé... Del modo en que aceptamos nuestras vidas. Ni tú ni
yo vamos a romperle la cara a nadie ni a ahogar a ninguna persona, en sentido
económico. Nos dedicamos a rezar por todos los seres vivos, y cuando seamos lo
bastante fuertes seremos capaces de hacer las cosas de verdad, como los
antiguos santos. ¿Quién sabe? El mundo podría despertarse y abrirse por todas
partes en una hermosa flor del Dharma.
Dormitó
un poco, se despertó y miró y dijo:
-Fíjate
en toda esa extensión de agua que llega hasta Japón.
Cada
vez se sentía más triste por tener que marcharse.
30
Iniciamos
el regreso y recogimos las mochilas y seguimos subiendo por aquel sendero que
casi llegaba hasta el nivel del mar. Fue una ascensión dificil, ayudándonos con
las manos entre rocas y arbustos, y nos dejó exhaustos, pero al final llegamos
a un hermoso prado desde el que vimos de nuevo San Francisco en la distancia.
-Jack
London solía andar por este sendero -dijo Japhy. Seguimos por la ladera sur de
una hermosa montaña desde donde, a lo largo de kilómetros y durante horas,
tuvimos vistas constantes del Golden Gate, e incluso de Oakland. Había bellos
parques naturales de robles serenos, todos dorados y verdes al caer la tarde, y
muchas flores silvestres. Una vez vimos a un cervatillo encima de un montículo
cubierto de hierba que nos miraba asombrado. Bajamos por el prado hasta un
bosque de pinos y luego subimos y subimos por una cuesta tan empinada que
empezamos a maldecir y a sudar entre el polvo. Las sendas son así: uno se
siente flotar en el paraíso shakespeariano de Arden y cree que va a ver ninfas
y pastores tocando el camarillo, cuando de repente se encuentra bajo un sol
abrasador en un infierno de polvo y espinos y ortigas..., exactamente igual que
la vida.
-El
mal karma produce automáticamente buen karma -dijo Japhy-. No te quejes tanto y
sigue, pronto estaremos cómodamente sentados en una cumbre llana.
Los
últimos tres kilómetros del monte fueron terribles y dije:
-Japhy,
hay una cosa que en este momento deseo más que cualquier otra en el mundo...,
más que cualquiera de las que he deseado en toda mi vida. -Soplaba el frío
viento del atardecer y apresurábamos el paso inclinados bajo las mochilas por
aquel sendero interminable.
-¿Cuál?
-Una
de esas tabletas de chocolate Hershey tan maravillosas. Hasta me contentaría
con una de las más pequeñas. Por el motivo que sea, una de esas tabletas sería
mi salvación en este preciso instante.
-Eso
es tu budismo, una tableta de chocolate Hershey. ¿Qué te parecería estar a la
luz de la luna, bajo un naranjo, con un helado de vainilla?
-Demasiado
frío. Lo que necesito, anhelo, pido, ansío... por lo que me estoy muriendo, es
por una tableta... Estábamos muy cansados y no dejábamos de caminar en
dirección a casa mientras hablábamos como niños. Yo seguía repitiendo y
repitiendo lo necesario que me resultaba una tableta de chocolate. Lo decía de
verdad. Necesitaba reponer fuerzas. Me sentía mareado y necesitaba azúcar, pero
pensar en chocolate y cacahuetes deshaciéndoseme en la boca con aquel aire frío
era excesivo.
Pronto
estábamos saltando la valla del corral que llevaba al prado de los caballos de
encima de nuestra cabaña. Luego asaltamos la alambrada de nuestro terreno y
anduvimos los siete u ocho metros de hierba alta, una vez pasado mi lecho junto
al rosal, y llegamos a la puerta de nuestra vieja cabañita. Era la última noche
juntos en aquella casa. Nos sentamos tristemente en la cabaña a oscuras,
quitándonos las botas y suspirando. No podía hacer otra cosa que sentarme sobre
mis pies. Sentarse encima de los pies propios elimina el dolor.
-Para
mí se han acabado las caminatas -dije.
-Bueno,
todavía tenemos que conseguir algo que cenar -dijo Japhy-. Veo que este fin de
semana lo terminamos todo. Voy a bajar hasta el supermercado de la carretera a
comprar algo.
-Pero,
tío, ¿es que no estás cansado? Vámonos a la cama, ya comeremos mañana.
Pero
volvió a calzarse las botas y salió. Todo el mundo se había ido, la fiesta
había terminado en cuanto se dieron cuenta de que Japhy y yo habíamos
desaparecido. Encendí la lumbre y me tumbé y hasta dormí un rato, y de pronto
era de noche y Japhy volvía y encendía la lámpara de petróleo y colocaba la
comida encima de la mesa, y además, traía tres tabletas de chocolate Hershey
sólo para mí. Fueron las tabletas Hershey mejores que comí nunca. También había
traído mi vino favorito, oporto, sólo para mí.
-Me
voy, Ray, y me imaginé que debíamos celebrarlo... Su voz se arrastraba llena de
tristeza y cansancio. Cuando Japhy estaba cansado, y a veces quedaba
completamente agotado después de caminar o trabajar, su voz sonaba lejana y
débil. Pero en seguida reunió fuerzas y empezó a preparar la cena y a cantar
delante del hornillo como un millonario, haciendo ruido con las botas sobre el
suelo de madera de la cabaña, preparando jarrones de flores, calentando agua
para el té, rasgueando su guitarra y tratando de animarme, mientras yo, tendido
allí, miraba tristemente el techo de arpillera. Era nuestra última noche, ambos
lo notábamos.
-Me
pregunto cuál de los dos morirá antes -murmuré en voz alta-.
-Sea
el que sea, vuelve, fantasma, y entrégale la llave.
-¡Ja!
-Me trajo la cena y comimos con las piernas cruzadas como tantas otras noches:
oyendo sólo el viento enfurecido en el océano de árboles y a nuestros dientes
haciendo ñam ñam al comer nuestros sencillos alimentos de bikhu.
-Piensa,
Ray -dijo Japhy-, en cómo sería este monte de encima de la cabaña hace treinta
mil años, en la época del hombre de Neanderthal. ¿Te das cuenta de que en aquel
tiempo, según los sutras, ya había un Buda, Dipankara?
-¿El
que nunca dijo nada?
-Imagínate
a todos aquellos hombres-mono iluminados sentados alrededor de una hoguera en
torno a su Buda que no decía nada y lo sabía todo.
Aquella
misma noche, pero un poco más tarde, subió Sean y se sentó cruzado de piernas y
habló breve y tristemente con Japhy. Todo había terminado. Luego subió Chris
tine con las dos niñas en brazos; era una chica fuerte y podía subir pendientes
pronunciadas con pesadas cargas. Aquella noche fui a dormir en mi saco junto al
rosal y lamenté la repentina y fría oscuridad que había caído sobre la cabaña.
Eso
me recordó uno de los primeros capítulos de la vida de Buda cuando decidió
dejar el palacio, y a su afligida esposa y a su hijo y a su pobre padre, y se
alejó a lomos de un caballo blanco para ir al bosque a cortarse su pelo rubio y
devolvió el caballo con un criado que lloraba, embarcándose en un dificil viaje
a través del bosque en pos de la verdad eterna.
"Como
los pájaros que se congregan en los árboles al atardecer y luego desaparecen al
caer la noche, así son las separaciones del mundo", escribió Ashvhaghosha
hace casi dos mil años.
Al
día siguiente pensé en hacerle un regalo de despedida, pero como no tenía mucho
dinero ni ideas al respecto, cogí un trozo de papel no mayor que una uña y
escribí cuidadosamente en él: ¡Ojalá utilices el cortador de diamante de la
misericordia! Y cuando dije adiós a Japhy en el puerto se lo entregué. Lo leyó,
se lo metió en el bolsillo y no dijo nada.
Y lo
último que pasó en San Francisco fue que al fin Psyche se ablandó y le escribió
una nota que decía:
"Me
reuniré contigo en tu camarote y te daré lo que quieres", o algo parecido,
y por eso ninguno de nosotros subió al barco para despedirse de él en el
camarote.
Psyche
le estaba esperando allí para una escena de apasionado amor. Sólo dejamos a
Sean que subiera a bordo para ver si necesitaba algo de última hora. Conque una
vez que todos le dijimos adiós y nos fuimos, Japhy y Psyche probablemente
hicieron el amor en el camarote y entonces ella se echó a llorar e insistió en
que también quería ir a Japón y el capitán mandó que desembarcaran todos, pero
ella no quería y la cosa terminó así:
El
barco empezó a separarse del muelle y Japhy apareció en cubierta con Psyche en
brazos, y sin dudarlo, la tiró al muelle -era lo bastante fuerte como para
arrojar a una chica a tres metros de distancia-, donde Sean pudo recogerla
justo a tiempo. Y aunque eso no se atuvo exactamente al cortador de diamante de
la misericordia, no estuvo nada mal; Japhy quería llegar a la otra orilla y
dedicarse a sus cosas. Sus cosas que se concretaban en el Dharma. Y el mercante
zarpó y dejó atrás el Golden Gate y se perdió en las procelosas inmensidades
del gris Pacífico, rumbo al oeste. Psyche lloraba. Sean lloraba. Todos
estábamos tristes.
-Es
una pena -dijo Warren Coughlin-, lo más probable es que desaparezca en el Asia
Central mientras realiza un viaje tranquilo, pero sin pausas, desde Kashgar a
Lanchow, vía Lhasa, con una recua de yacs tibetanos mientras vende palomitas de
maíz, alfileres e hilo de coser de varios colores y escala de cuando en cuando
algún Himalaya, y terminará iluminando al Dala¡ Lama y a todo el que se
encuentre a varios kilómetros a la redonda y no volveremos a oír nada de él.
-No,
no hará eso -dije-. Nos quiere mucho.
-De
todas formas -añadió Alvah-, todo termina siempre en lágrimas.
31
Entonces,
y como si el dedo de Japhy me indicara el camino, inicié mi marcha hacia el
norte, camino de la montaña.
Era
la mañana del 18 de junio de 1956. Bajé y dije adiós a Christine y le di las
gracias por todo y seguí carretera abajo. Me despidió agitando la mano desde la
entrada de la casa.
-Nos
vamos a sentir muy solos por aquí ahora que todos se han ido y no celebraremos
fiestas los fines de semana -había dicho.
Disfrutó
de verdad con todo lo que había pasado. Allí se quedó junto a la puerta,
descalza con la pequeña Prajna al lado, también descalza, mientras me alejaba
por el prado de los caballos.
El
viaje hacia el norte fue fácil, como si me acompañaran los buenos deseos de
Japhy de que llegara a la montaña que sería mía para siempre. En la 101 me
cogió inmediatamente un profesor de sociología, originario de Boston, que solía
cantar en Cape Cod y que el día anterior se había desmayado en la boda de un
amigo porque llevaba algún tiempo ayunando. Cuando me dejó en Cloverdale compré
víveres para el camino: un salchicón, un trozo de queso Cheddar, RyKrisp y unos
dátiles de postre, todo cuidadosamente metido en mis bolsas para comida dentro
de la mochila. Todavía me quedaban cacahuetes y uvas pasas de la última
excursión. Japhy había dicho:
-No
necesitaré esos cacahuetes y uvas pasas en el mercante.
Lo
recordé con algo de tristeza, y también cómo era de cuidadoso Japhy en lo que
se refiere a la comida y yo deseé que todo el mundo se ocupara en serio de las
cuestiones alimenticias en lugar de fabricar cohetes y aparatos y explosivos,
utilizando el dinero de la comida de todo el mundo en hacerlo saltar todo por
los aires.
Anduve
como un par de kilómetros después de comer en la parte de atrás de un garaje, y
llegué a un puente del río Russian, donde quedé atascado bajo una luz grisácea
lo menos durante tres horas. Pero, de repente, me recogió para hacer un
trayecto inesperadamente corto un granjero con un tic en la cara que iba con su
mujer e hijo hasta un pueblecito, Preston, donde un camionero se ofreció a
llevarme hasta Eureka ("¡Eureka!", grité) y en seguida se puso a
hablar conmigo y me dijo:
-¡Maldita
sea! No sabes lo solo que me siento en este trasto. Me gusta tener alguien con
quien hablar por la noche. Si quieres te llevaré hasta Crescent City.
Quedaba
un poco apartado de mi camino, algo más al norte de Eureka, pero dije que muy
bien. El tipo se llamaba Ray Breton y me llevó unos cuatrocientos cincuenta
kilóme tros bajo la lluvia, hablando sin parar toda la noche de su vida, sus
hermanos, sus mujeres, hijos, padre, y en Humboldt Redwood Forest, en un
restaurante llamado El Bosque de Arden, cenamos maravillosamente bien mariscos
y pastel de fresas y helado de vainilla de postre. Tomamos mucho café y lo pagó
todo él. Conseguí que dejara de hablar de sus problemas y empezamos a hablar de
las Cosas Importantes, y dijo:
-Sí,
los que son buenos van al Cielo porque han estado en el Cielo desde el
principio. -Lo que me pareció muy justo.
Viajamos
toda la noche bajo la lluvia y llegamos a Crescent City al amanecer. Era un
pueblo junto al mar y había niebla. Aparcó el camión en la arena, junto a la
orilla, y dormimos una hora. Luego se fue después de invitarme a desayunar:
tortitas y huevos. Probablemente se había cansado de pagarme la comida.
Entonces anduve hasta las afueras de Crescent City y seguí por una carretera
hacia el este. Era la autopista 199 y por ella volví a la 99 que me llevaría a
Portland y Seattle más deprisa que la pintoresca, pero más lenta, carretera de
la costa.
De
repente me sentí tan libre que empecé a caminar por el lado equivocado de la
carretera y hacía señales con el dedo andando como un santo chino que no va a
ninguna parte mientras me dirigía al monte de mi alegría. ¡Pobre mundo
angelical! De pronto, todo dejó de importarme. Iba a caminar sin detenerme.
Pero precisamente porque iba bailando por el lado erróneo de la carretera y no
me importaba, todo el mundo empezó a cogerme. Primero fue un buscador de oro
con un pequeño tractor, y hablamos largamente de los bosques, de los montes
Siskiyou (que atravesábamos en dirección a Grants Pass, Oregón), de cómo se
prepara un buen pescado al horno. Me dijo que para eso bastaba con encender una
hoguera en la arena amarilla de un arroyo, y entonces enterrar el pescado en la
arena caliente unas cuantas horas, sacarlo y quitarle la arena. Se interesó
mucho por mi mochila y mis planes.
Me
dejó a la entrada de un pueblo de las montañas muy parecido a Bridgeport,
California, donde Japhy y yo habíamos estado sentados al sol. Caminé un par de
kilómetros y eché una siesta en el bosque, justo en el corazón de la sierra de
Siskiyou. Me desperté sintiéndome muy raro en medio de aquella desconocida
niebla china. Seguí andando por el lado equivocado de la carretera y en Kerby
me cogió un vendedor de coches usados, un tipo rubio que me dejó en Grants
Pass, y allí, después de que un grueso vaquero con un camión de grava tratara
deliberadamente de pasar por encima de mi mochila, conseguí que un melancólico
leñador que tenía un casco en la cabeza me llevara muy deprisa, subiendo y
bajando por un valle de ensueño hasta Canyonville, donde, como entre sueños, se
detuvo un tipo demente con un camión lleno de guantes, y el conductor, Ernest
Petersen, me dijo que subiera y se puso a hablar insistiendo en que me sentara
en el asiento de cara a él (con lo que iba a toda velocidad de espaldas a la
carretera), y me dejó en Eugene, Oregón. Hablaba sin parar y de todo tipo de
cosas y compró cerveza y hasta se paró en varias estaciones de servicio para
enseñar los guantes. Dijo:
-Mi
padre era un hombre estupendo que siempre decía: "En el mundo hay más
grupas de caballos que caballos." Era un gran aficionado a los deportes y
acudía a las pruebas de atletismo con un cronómetro y conducía de un modo
temerario y era un tipo independiente que se resistía a afiliarse a los
sindicatos.
Nos
despedimos en el rojo atardecer junto a una laguna de las afueras de Eugene.
Pensaba pasar la noche allí. Extendí mi saco de dormir debajo de un pino junto
a un espeso matorral que estaba al lado de la carretera, un poco alejado de las
casas de campo desde las que ni podían ni querían verme porque todo el mundo
miraba la televisión, y cené y dormí doce horas metido en el saco. Sólo me
desperté en una ocasión en medio de la noche para untarme de loción
antimosquitos.
Por
la mañana divisé las impresionantes estribaciones de la cordillera de Cascade,
en cuyo extremo más septentrional, a unos seiscientos kilómetros, casi en la
frontera con Canadá, estaba mi montaña. Por la mañana el arroyo estaba sucio a
causa del aserradero que había al otro lado de la carretera. Me lavé en el
arroyo y me puse en marcha tras una breve oración con el rosario que Japhy me
había regalado en el Matterhorn.
-Adoro
la vacuidad de la divina cuenta del rosario del Buda.
Me
recogieron inmediatamente un par de rudos jóvenes que me llevaron hasta las
afueras de Junction City donde tomé café y anduve tres kilómetros hasta un
restaurante de carretera que me pareció bien y tomé tortitas y luego seguí
caminando por la carretera y pasaban coches zumbando y me preguntaba cómo
conseguiría llegar hasta Portland, por no hablar de Seattle. Me cogió un
divertido pintor de brocha gorda con los zapatos salpicados de pintura y cuatro
latas de medio litro de cerveza fría, que en seguida se detuvo en un bar de la
carretera para comprar más cerveza, y por fin estábamos en Portland cruzando
puentes colgantes eternos que se alzaban después de que los pasáramos para dar
paso a grúas flotantes que bajaban por aquel río tan sucio rodeado de pinares.
En el centro de Portland tomé un autobús que por veinticinco centavos me llevó
a Vancouver, Washington, donde comí una hamburguesa Coney Island, luego salí a
la autopista 99 y me recogió un agradable Okie, joven, amable y bigotudo, un
auténtico bodhisattva, que me dijo:
-Estoy
muy orgulloso de haberte cogido y tener alguien con quien hablar.
Nos
parábamos continuamente a tomar café y entonces él jugaba a la máquina muy en
serio y, además, cogía a todos los autostopistas de la carretera; primero a un
tipo enorme, otro Okie de Alabama, y luego a un enloquecido marinero de Montana
que habló por los codos y dijo cosas inteligentes; y fuimos como balas hasta
Olympia, Washington, a más de ciento treinta kilómetros por hora por una
sinuosa carretera que atravesaba los bosques y llegamos a la Base Naval de
Bremerton, Washington, donde un transbordador que costaba cincuenta centavos
era todo lo que me separaba de Seattle.
Nos
despedimos y el vagabundo Okie y yo subimos al transbordador. Le pagué el
billete agradecido por la terrible suerte que había tenido en la carretera y
hasta le di cacahuetes y pasas que devoró hambriento, por lo que también le di
salchichón y queso.
Luego,
mientras él se quedaba sentado en la sala principal, subí a cubierta mientras
el transbordador emproaba la fría llovizna para disfrutar del canal de Puget
Sound. El viaje hasta el puerto de Seattle duraba una hora y encontré una
botella de vodka encajada en la barandilla dentro de un ejemplar de la revista
Time. Bebí tranquilamente y abrí la mochila y saqué mi jersey grueso y me lo
puse debajo del impermeable y anduve por la cubierta vacía debido al frío y la
niebla sintiéndome salvaje y lírico. Y, de repente, vi que el Noroeste era
muchísimo más de lo que imaginaba a partir de los relatos de Japhy. Había
kilómetros y kilómetros de montañas increíbles que se elevaban en todos los
horizontes entre jirones de nubes; el monte Olympus y el monte Baker, una
gigantesca franja anaranjada en los oscuros cielos de la zona del Pacífico que
llevaba, lo sabía, hacia las desolaciones siberianas de Hokkaido. Me arrimé a
la cabina del puente oyendo dentro la conversación a lo Mark Twain que
mantenían el patrón y el timonel. En la densa y oscura niebla de delante unas
grandes luces de neón rojas decían: PUERTO DE SEATTLE. Y de pronto, todo lo que
Japhy me había contado de Seattle empezó a colarse en mi interior como lluvia
fría. Podía notarlo y verlo, y no sólo imaginarlo. Era exactamente como él
había dicho: húmedo, inmenso, cubierto de bosques, montañoso, frío,
estimulante, desafiante. El transbordador enfiló hacia el muelle en Alaska Way,
y vi de inmediato los tótems de los viejos almacenes y la vieja locomotora estilo
1880 con soñolientos fogoneros que iba clong clog a lo largo del malecón como
en una escena de mis sueños. Era una vieja locomotora norteamericana Casey
Jones, la única que había visto, aparte de las de las películas de vaqueros.
Pero ésta funcionaba de verdad y tiraba de los vagones bajo la tenue luz de la
ciudad mágica.
Me
dirigí de inmediato a un agradable hotel bastante limpio de la zona del puerto,
el Hotel Stevens, cogí una habitación por un dólar setenta y cinco la noche,
tomé un baño caliente y dormí muy bien, y por la mañana me afeité y salí a la
Primera Avenida y encontré casualmente unos almacenes del Monte de Piedad con
jerséis maravillosos y ropa interior de color y desayuné estupendamente con
café a cinco centavos en el mercado abarrotado a aquella hora de la mañana y
con el cielo azul y• las nubes que pasaban muy rápido por encima y las aguas
del canal de Puget Sound brillando y bailando bajo los viejos malecones. Era el
auténtico Noroeste. A mediodía dejé el hotel con mis nuevos calcetines de lana
y demás prendas bien guardadas y caminando me dirigí encantado a la 99, que
estaba a unos pocos kilómetros de la ciudad, y me recogieron en seguida.
Siempre breves trayectos.
Ahora
empezaba a distinguir las Cascadas en el horizonte, al nordeste; increíbles
inmensidades y rocas aserradas y cubiertas de nieve que te hacían tragar
saliva. La carretera corría por los fértiles valles del Stilaquamish y el
Skagit: unos valles con granjas y vacas pastando ante aquel telón de fondo de
cimas cubiertas de nieve. Cuanto más al norte iba, mayores eran las montañas,
hasta que empecé a tener miedo. Me recogió un individuo que parecía un pulcro
abogado con gafas en un coche muy serio, pero que resultó ser el famoso Bat
Lindstrom, el campeón de automovilismo, y su coche tan serio tenía el motor
preparado y podía llegar a doscientos ochenta kilómetros por hora. Y se puso a
demostrármelo lanzando el coche como una exhalación para que pudiera oír aquel
poderoso rugido. Luego me cogió un maderero que dijo que conocía a los guardas
forestales del sitio adonde yo iba, y añadió:
-El
valle del Skagit sigue al del Nilo en fertilidad.
Me
dejó en la 1-G, que llevaba a la 17-A, la cual se metía en el corazón de las
montañas, y, de hecho, terminaba en un camino de tierra, en la presa del
Diablo. Ahora estaba de verdad en la zona montañosa. Los que me cogían eran
madereros, buscadores de uranio, granjeros, y me llevaron hasta el último
pueblo grande de Skagit Valley, Sedro Woolley, un pueblo con un importante
mercado, y luego seguí por una carretera que cada vez era más estrecha y con
más curvas, siempre entre escarpaduras y el río Skagit, que cuando lo cruzamos
por la 99, era un río de ensueño con prados a ambos lados, y ahora era un
torrente de nieve fundida que corría rápido entre orillas cubiertas de barro.
Empezaron a aparecer acantilados a ambos lados. Las montañas cubiertas de nieve
habían desaparecido, ya no podía verlas aunque sentía su presencia; y más y más
cada vez.
32
En
una vieja taberna vi a un viejo decrépito que casi no podía moverse detrás del
mostrador cuando le pedí una cerveza.
"Prefiero
morir en una cueva glacial a pasar una tarde eterna en un sitio polvoriento
como éste", pensé.
Una
pareja muy amartelada me dejó junto a una tienda de comestibles de Sauk y allí
hice el trayecto final con un chuleta de largas patillas morenas, un loco y
borracho guitarrista del Skagit Valley que conducía como un demonio y que se
detuvo entre una nube de polvo delante de la Estación Forestal de Marblemount.
Estaba en casa.
El
ayudante del guardabosques estaba de pie mirándonos.
-¿Es
usted Smith? -Sí.
-¿Y
ése? ¿Es amigo suyo?
-No,
sólo me recogió y me trajo hasta aquí.
-¿Quién
se cree usted que es para andar a esa velocidad por propiedades del gobierno?
Tragué
saliva, había dejado de ser un bikhu libre. No lo volvería a ser hasta que me
encontrara en mi montaña la semana próxima. Tenía que pasar una semana entera
en la Escuela de Vigilantes de Incendios con un montón de jóvenes, todos
llevando cascos; unos lo llevaban muy derecho, y otros, como yo, ladeado.
Abrimos cortafuegos en el bosque o talamos árboles o provocamos pequeños
incendios experimentales. Y allí conocí al antiguo guardabosques y leñador
Burnie Byers, el "hachero" al que Japhy imitaba siempre con su voz
profunda y extraña.
Burnie
y yo nos instalábamos en el bosque dentro de su camión y hablábamos de Japhy.
-Es
una vergüenza que Japhy no haya vuelto este año. Era el mejor vigilante de
incendios que he tenido nunca y, además, el mejor montañero que he visto en la
vida. Siem pre dispuesto a subir, deseando llegar a las cumbres. Sin duda el
mejor chaval que he conocido nunca. No le tenía miedo a nadie y siempre daba su
opinión. Eso era lo que más me gustaba de él. Si llega un momento en que uno no
puede decir lo que piensa, entonces debe perderse en lo más profundo del bosque
y dejarse morir en una choza. Y una cosa más sobre Japhy: esté donde esté, en
todo lo que le queda de vida y por muy viejo que sea, siempre lo pasará bien.
Burnie
tenía unos sesenta y cinco años y de hecho hablaba en tono paternal de Japhy.
Algunos de los otros chicos le recordaban también y me preguntaron cuándo
volvería. Aquella noche, como era el cuarenta aniversario de Burnie en el
Servicio Forestal, los demás guardabosques le hicieron un regalo, que consistía
en un cinturón de acero. Burnie siempre tenía problemas con los cinturones y en
aquella época llevaba una cuerda sujetándole los pantalones. Así que se puso el
cinturón y dijo algo divertido de que lo mejor sería que no comiera mucho, y
todos aplaudieron y rieron. Me dije que Burnie y Japhy probablemente eran las
dos personas mejores y más trabajadoras de todo este país.
Después
del cursillo en la escuela pasé cierto tiempo subiendo a las montañas que había
detrás del puesto forestal o simplemente sentado a orillas del Skagit con la
pipa en la boca y una botella de vino entre las piernas; tardes y noches
enteras a la luz de la luna, mientras los otros se iban a beber cerveza al
pueblo. El río Skagit, en Marblemount, era un claro arroyo de nieve líquida de
un verde purísimo; arriba, los pinos del noroeste se amortajaban entre nubes; y
más allá, había cumbres con nubes desfilando por delante de ellas que a veces
dejaban pasar los rayos del sol. Era una creación de las tranquilas montañas;
sin duda lo era este torrente de pureza que tenía a los pies. El sol brillaba
en los rablones y algunos troncos hacían frente a la corriente. Los pájaros
revoloteaban por encima del agua, buscando a los sonrientes peces escondidos
que sólo muy raramente daban un salto fuera del agua, arqueados sus lomos, y
caían de nuevo al agua, que borraba toda huella y seguía corriendo. Troncos y
tocones pasaban flotando a cuarenta kilómetros por hora. Supuse que si trataba
de cruzar el río nadando, aunque fuera tan estrecho, no alcanzaría la otra
orilla hasta un kilómetro más abajo. Era un río maravilloso con un vacío de
eternidad dorada, olor a musgo y corteza y ramas y barro, todo haciendo
desfilar misteriosas visiones ante mis ojos y, sin embargo, tranquilo y perenne
como los árboles de las laderas y el sol que bailaba. Cuando miraba hacia las
nubes, éstas adquirían, según me dije, rostros de eremitas. Las ramas de los
pinos parecían contentas bañándose en el agua. Las copas de los árboles
parecían encantadas de que las nubes les sirvieran de sudario. Las hojas
acariciadas por el viento del nordeste y besadas por el sol parecían hechas
para el goce. Las nieves de las alturas del horizonte, libres de toda senda,
parecían acogedoras y cálidas. Todo parecía libre para siempre y agradable;
todo más allá de la verdad, más allá del azul del espacio vacío.
-Las
montañas son poderosamente pacientes, hombreBuda -dije en voz alta y tomé un
trago.
Hacía
frío, pero cuando el sol alcanzaba el tronco en el que estaba sentado, éste se
convertía en un horno al rojo vivo. Cuando volvía bajo la luz de la luna a ese
viejo tronco, el mundo era como un sueño, como un fantasma, como una burbuja,
como una sombra, como el rocío que se evapora, como el resplandor de un
relámpago.
Por
fin había llegado el momento de prepararme para subir a la montaña. Compré
comida a crédito por valor de cuarenta y cinco dólares en la pequeña tienda de
Marble mount y lo cargamos todo en el camión -Happy el mulero y yo-, y fuimos
cuesta arriba hasta la presa del Diablo. A medida que avanzábamos, el Skagit se
hacía más estrecho y más parecido a un torrente y, finalmente, empezó a saltar
sobre las rocas alimentado por cascadas que caían de las boscosas paredes de
piedra que lo flanqueaban, y cada vez se hacía más peñascoso y salvaje. Habían
represado el río Skagit en Newhalem, y también en la presa del Diablo, donde un
gigantesco ascensor estilo Pittsburgh te llevaba hasta una plataforma al nivel
del lago del Diablo. Cuando hacia 1890 la fiebre del oro llegó a esta región,
los buscadores construyeron un sendero entre los riscos de sólida roca de la
garganta que iba de Newhalem hasta lo que es hoy el lago Ross, donde estaba la
última presa, y habían llenado los arroyos Ruby, Granite y Canyon de yacimientos
que nunca merecieron la pena. Ahora la mayor parte de esta senda quedaba debajo
del agua. En 1919 un incendio había devastado la región alta del Skagit, y toda
la zona que rodeaba Desolación, mi montaña, había ardido y ardido durante dos
meses, llenando el cielo de la parte septentrional de Washington y la Columbia
Británica de humo que ocultaba el sol. El gobierno intentó combatirlo enviando
mil hombres con recuas de mulas que tardaron en llegar tres semanas desde
Marblemount, así que sólo las lluvias pudieron con el incendio y apagaron las
llamas, aunque, según me dijeron, todavía se veían troncos carbonizados en el
pico de la Desolación y en algunos valles. Ésa era la razón del nombre:
Desolación.
-Chico
-dijo el viejo y pintoresco Happy, que todavía llevaba un viejo sombrero de
vaquero de su época de Wyoming y se liaba sus propios cigarrillos y gastaba
bromas todo el tiempo-, a ver si no eres como el tipo que tuvimos hace unos
cuantos años en el Desolación. Lo subimos hasta allí y era el tipo más inútil
que he visto nunca; lo metí en la atalaya y quiso freírse un huevo para cenar y
rompió la cáscara y se le escapó de la sartén y el fogón y fue a parar encima
de su bota. No sabía si cagarse o mearse, ¡vaya tío! Y encima, cuando me fui y
le dije que no se enfadara demasiado consigo mismo, el mamón va y me contesta:
"Sí, señor, sí, señor."
-Eso
no me preocupa, lo único que quiero es estar allí arriba solo todo este verano.
-Ahora
dices eso, pero ya verás cómo cambias de copla en seguida. Todos son así de
valientes. Pero luego empiezan a hablar solos. Y eso no es lo malo, lo peor es
cuando empiezas a responderte.
El
viejo Happy llevaba las mulas de carga por el sendero de la garganta, mientras
yo iba en el bote desde la presa del Diablo hasta el pie de la presa de Ross,
desde donde se veían inmensas extensiones hasta el monte Baker y las otras
montañas del Servicio Forestal en un amplio panorama que, desde los alrededores
del lago Ross, se extendía brillando al sol hasta el mismo Canadá. En la presa
de Ross, las balsas del Servicio Forestal estaban amarradas un poco apartadas
de la escarpada orilla cubierta de árboles. Resultaba bastante duro dormir en
aquellas literas, se balanceaban con la balsa y los troncos y las olas
combinadas, y hacían un ruido que te mantenía despierto.
La
noche en que dormí allí había luna llena que bailaba sobre las aguas. Uno de
los vigilantes dijo:
-La
luna está justo encima de la montaña, y cuando veo eso siempre me imagino que
estoy viendo la silueta de un coyote.
Al
fin había llegado el día lluvioso y gris de mi partida para el pico de la
Desolación. Uno de los guardas forestales estaba con nosotros, y los tres
íbamos a subir y no iba a ser nada agradable cabalgar el día entero bajo aquel
diluvio.
-Chico,
debiste haber incluido un par de botellas de brandy entre los víveres, vas a
necesitarlas allí arriba para luchar contra el frío -dijo Happy, mirándome con
su gran narizota roja.
Estábamos
de pie junto al corral; Happy daba de comer a los caballos sujetándoles sacos
de pienso alrededor del cuello: los animales comían sin importarles la lluvia.
Fuimos pesadamente hasta la puerta de troncos y la abrimos y dimos un rodeo
bajo los inmensos sudarios de los montes Sourdough y Ruby. Las olas chocaban
contra la lancha y nos salpicaban. Entramos en la cabina del piloto y éste nos
preparó una taza de café. Los abetos de la orilla, escasamente visibles, eran
como filas de fantasmas entre la neblina del lago. Aquello era el auténtico
rostro amargo y ceñudo y miserable del Noroeste.
-¿Dónde
está el Desolación? -pregunté.
-Hoy
no lo verás hasta que estemos prácticamente en su cima -dijo Happy-, y entonces
no te va a gustar demasiado. Ahora allí arriba está nevando y granizando.
Chico, ¿estás seguro de que no tienes escondida una botellita de brandy en
algún sitio de la mochila?
Ya
nos habíamos liquidado una botella de vino de moras que él había comprado en
Marblemount.
-Happy,
cuando en septiembre baje de esa montaña, te invitaré a un litro de whisky
escocés.
Me
iban a pagar bien por estar en el monte que buscaba. -Lo has prometido, no te
olvides de ello.
Japhy
me había contado un montón de cosas de Happy el Empaquetador, como le llamaban.
Happy era un buen hombre; él y el viejo Burnie Byers eran los mejores veteranos
de aquel sitio. Conocían la montaña y sabían cargar a los animales y, sin
embargo, no ambicionaban convertirse en inspectores forestales.
Happy
también recordaba a Japhy con nostalgia.
-Ese
chico sabía un montón de canciones muy divertidas y muchas cosas así. Fíjate
que hasta le gustaba hacer sendas. En una ocasión tuvo una novia china allá en
Seattle. La vi en la habitación de su hotel; te digo que ese Japhy era una
fiera con las mujeres.
Casi
podía oír la voz de Japhy cantando alegres canciones con su guitarra mientras
el viento aullaba en torno a la lancha y las olas grisáceas salpicaban las
ventanas de la cabina del piloto.
"Y
éste es el lago de Japhy, y ahí están las montañas de Japhy", pensé, y
tuve muchas ganas de que Japhy estuviera aquí y de que me viera hacer lo que él
quería que hiciera.
Dos
horas después nos acercamos a la orilla escarpada y frondosa del lago, unos
doce kilómetros o así más arriba. Desembarcamos y amarramos la lancha a unos
tocones y Happy le dio un palo a la primera mula que se lanzó bosque arriba con
su carga a cuestas y trepó por la resbaladiza orilla, con las patas poco firmes
y a punto de caerse al lago con toda mi comida, pero siguió trepando entre la
neblina hasta un sendero donde se paró a esperar a su amo. Luego las otras
mulas, cargadas con baterías y otro equipo variado, la siguieron, y después
Happy, que se puso en cabeza sobre su caballo, y luego yo en Mabel, la yegua, y
finalmente Wally, el guarda forestal.
Dijimos
adiós con la mano al tipo del remolcador e iniciamos una triste jornada bajo la
lluvia, trepando por aquella zona ártica entre neblina y lluvia siguiendo
estrechos senderos de roca con árboles y matorrales que nos calaban hasta los
huesos cuando los rozábamos. Yo llevaba mi impermeable de nailon atado al pomo
de la silla de montar y en seguida me lo puse: un monje amortajado a caballo.
Happy y Wally no se taparon con nada y se limitaron a cabalgar empapados y con
la cabeza baja. El caballo a veces resbalaba en las piedras del sendero.
Seguimos y seguimos, siempre más y más arriba, y por fin encontramos un tronco
que había caído atravesando el sendero y Happy desmontó y sacó su hacha de
doble filo y empezó a golpear maldiciendo y sudando hasta que consiguió abrir
una nueva senda que rodeaba al árbol caído. Todo con ayuda de Wally, mientras a
mí se me encomendaba la tarea de vigilar a los animales, cosa que hice sentado
cómodamente debajo de un arbusto y liando un pitillo. Las mulas se asustaron
ante lo escarpado y estrecho de la senda que habían hecho, y Happy me dijo
enfadado:
-¡Maldita
sea, agárralas por las crines y llévatelas de aquí! -Luego, como la asustada
era la yegua, añadió-: ¡Agarra bien esa jodida yegua, cojones! ¿Es que voy a
tener que hacerlo yo todo?
Por
fin, conseguimos seguir y trepamos y trepamos, y en seguida dejamos el monte
bajo y entramos en nuevas cimas alpinas con prados pedregosos llenos de
altramuces azules y amapolas rojas que atravesaban la neblina grisácea con un
color desvaído mientras el viento soplaba muy fuerte y ahora con aguanieve.
-¡Mil
quinientos metros ya! -gritó Happy, desde delante, dándose la vuelta con su
viejo sombrero agitado por el viento mientras se liaba un cigarrillo,
cómodamente instala do en la silla con toda la experiencia de una vida a
caballo. Los prados de brezos florecidos subían y subían entre la niebla y
nosotros seguíamos la senda en zig zag con el viento soplando cada vez más
fuerte, hasta que por fin Happy volvió a gritar:
-¿Ves
esa enorme roca de ahí delante? -Miré y entre la niebla vi una roca gris
semejante a una mortaja allí mismo delante de nosotros. Happy dijo entonces-:
Está a más de trescientos metros, aunque creas que puedes tocarla ya. Cuando
lleguemos allí casi habremos terminado. Sólo quedará otra media hora.
Un
minuto después me gritó:
-¿Estás
seguro de que no te has traído una botellita extra de brandy, muchacho?
Estaba
empapado y hecho una pena, pero no le importaba y pude oírle cantar en el
viento. Poco a poco íbamos subiendo prácticamente por encima del nivel de los
árboles; el prado dejó paso a rocas y, de pronto, en el suelo había nieve a
derecha e izquierda y los caballos hundían las patas en ella casi hasta el
corvejón. Podían verse los agujeros con agua que dejaban sus cascos. De hecho,
ya estábamos muy arriba. Con todo, alrededor no conseguía distinguir nada,
excepto niebla y blanca nieve y jirones de neblina que pasaban rápidamente. En
un día despejado habría visto los profundos precipicios a uno de los lados del
sendero y sin duda me habría asustado temiendo que el caballo resbalara y
cayera. Pero ahora lo único que veía abajo eran leves sugerencias de copas de
árboles que parecían matas de arbustos.
"¡Oh,
Japhy! -pensé-. ¡Y tú surcando el océano en un barco seguro, caliente en tu
camarote, escribiendo cartas a Psyche, a Sean y a Christine!"
La
nieve se hizo más profunda y el granizo empezó a azotar nuestros rostros
enrojecidos por la intemperie, y por fin Happy gritó desde adelante:
-¡Ya
casi hemos llegado!
Yo
tenía frío y estaba calado. Me bajé de la yegua y me limité a conducirla por la
senda mientras el animal lanzaba una especie de gruñido de alivio al sentirse
liberado de la carga y me seguía obedientemente. Aun sin mí, iba bastante
cargado.
-¡Ahí
está! -gritó Happy, y entre la niebla que se arremolinaba en aquel techo del
mundo, vi una curiosa cabaña con tejado en punta, de aspecto casi chino, entre
puntiagudos abetos y rocas, encima de una gran piedra desnuda y rodeada de
campos nevados y manchas de hierba empapada y de florecillas.
Tragué
saliva. Resultaba demasiado lóbrego y triste para que me gustara.
-¿Va
a ser esto mi casa y refugio durante todo el verano?
Avanzamos
trabajosamente hasta el corral de troncos construido por algún viejo vigilante
de los años treinta y atamos a los animales y descargamos los bultos. Happy
subió y quitó la puerta protectora y sacó las llaves y abrió; dentro estaba
oscuro, y el suelo cubierto de barro y las paredes húmedas y en un siniestro
camastro de madera había un somier hecho de cuerda (así no atraía los rayos) y
las ventanas eran opacas a causa del polvo, y lo peor de todo, el suelo estaba
cubierto de revistas rotas y roídas por los ratones y de restos de comida
también y de innumerables bolitas de las cagadas de los ratones.
-Bien
-dijo Wally, enseñando sus grandes dientes-, te va a llevar bastante tiempo
limpiar todo esto, ¿verdad? Puedes empezar ahora mismo retirando todas esas
latas viejas del estante y pasando una bayeta mojada por encima para quitar la
suciedad.
Y lo
hice, y tenía que hacerlo, estaba a sueldo.
Pero
el bueno de Happy encendió un alegre fuego en la rechoncha estufa y puso sobre
ella un cacharro con agua y echó dentro media lata de café y gritó:
-No
hay nada como un café realmente fuerte. En esta región, chico, nos gusta que el
café ponga los pelos de punta. Miré por la ventana: niebla.
-¿A
qué altura estamos?
-A
dos mil metros, más o menos.
-¿Y
cómo voy a distinguir los incendios? Ahí fuera sólo hay niebla.
-Dentro
de un par de días la barrerá el viento y podrás ver cientos de kilómetros, no
te preocupes.
Pero
no le creí. Recordé a Han Chan hablando de la niebla de Montaña Fría, una
niebla que nunca se iba; empecé a apreciar la osadía de Han Chan. Happy y Wally
salieron conmigo y pasamos cierto tiempo colocando el mástil del anemómetro y
haciendo otras tareas. Luego Happy entró y preparó una cena estupenda en el
hornillo: jamón y huevos, acompañados de un café muy fuerte. Wally desempaquetó
el aparato de radio receptor-emisor que funcionaba con baterías de coche y se
puso en contacto con las balsas del Ross. Después, desenrollaron sus sacos de
dormir disponiéndose a pasar la noche en el suelo, mientras yo dormí en el
húmedo camastro metido en mi propio saco.
Por
la mañana todavía nos rodeaba una niebla gris y hacía viento. Prepararon los
animales y antes de irse se volvieron y me dijeron:
-Bien,
¿qué te parece el pico de la Desolación? Happy añadió:
-No
olvides lo que te dije de responder a tus propias preguntas. Y si se acerca un
oso y mira por la ventana, limítate a cerrar los ojos.
Las
ventanas aullaban mientras se alejaban fuera de mi vista entre la niebla y los
retorcidos árboles de la cumbre, y en seguida dejé de verlos y ya estaba solo
en el pico de la Desolación, y me parecía que por toda la eternidad, convencido
de que no saldría vivo de allí. Trataba dé distinguir las montañas, pero los
ocasionales huecos que se abrían entre la niebla sólo revelaban unas formas
vagas y distantes. Renuncié a ver nada y entré y me pasé el día entero
limpiando la cabaña.
Por
la noche me puse el impermeable encima de la chaqueta y la ropa de abrigo y
salí a meditar en el brumoso techo del mundo. Aquí estaba la Gran Nube de la
Verdad, Dharmamega, el fin último. Empecé a ver mi primera estrella a eso de
las diez; de pronto se disipó parte de la niebla y creí ver montañas, inmensas
e imponentes formas que cerraban el paso, negras y blancas con nieve en la cima
y, tan cerca que casi di un salto. A las once pude ver el lucero de la tarde
por encima del Canadá, hacia el norte, y creí distinguir una franja naranja de
puesta de sol detrás de la niebla, pero todo esto se me fue de la cabeza ante
el ruido que hacían las ratas arañando la puerta del sótano. En el desván, los
ratones corrían sobre sus patitas negras entre granos de arena y arroz y
trastos dejados allí por generaciones enteras de perdedores del Desolación.
"Vaya,
vaya -pensé-, ¿conseguiré que me llegue a gustar? Y si no, ¿cómo me las
arreglaré para largarme?"
Lo
mejor sería irse a la cama y hundir la cabeza dentro del saco.
En
mitad de la noche, mientras estaba medio dormido, abrí los ojos un poco, y de
repente me desperté con los pelos de punta: acababa de ver un enorme monstruo
negro ante mi ventana. Lo miré y vi que tenía una estrella encima. Era el monte
Hozomeen que estaba a muchos kilómetros de distancia, en el Canadá, y se
inclinaba sobre mi cabaña para atisbar por la ventana. La niebla había
desaparecido por completo y era una noche estrellada. ¡Joder con la montaña!
Tenía la misma forma inolvidable de una torre de brujas que Japhy la había dado
con su pincel cuando la dibujó en aquel cuadro que colgaba de la arpillera de
las paredes de Corte Madera. Era una elevación de rocas que daban vueltas y
vueltas en espiral hasta alcanzar la cumbre donde una perfecta torre de brujas
terminada en punta señalaba al infinito. Hozomeen, Hozomeen, la montaña más
siniestra que había visto nunca. Y la más hermosa también en cuanto llegué a
conocerla bien y vi detrás de ella la Aurora Boreal reflejándose en todo el
hielo del Polo Norte desde el otro lado del mundo.
33
Así
que por la mañana me desperté con el sol brillando en un hermoso cielo azul.
Salí a la entrada de mi cabaña, y allí estaba todo lo que Japhy me había dicho:
cientos de kilómetros de puras rocas cubiertas de nieve y lagos vírgenes y
altos bosques, y debajo, en lugar del mundo, un mar de nubes color malvavisco,
un mar plano como un techo que se extendía kilómetros y kilómetros en todas
direcciones, cubriendo de nata todos los valles; eran lo que se suelen llamar
nubes bajas, que para mí, sobre aquel pináculo a dos mil metros de altura,
quedaban muy por debajo. Preparé café en el hornillo y salí y calenté mis
huesos empapados de niebla al sol, sentado en los escalones de madera.
-Ti,
ti -dije a un conejo peludo, y el animalito disfrutó durante un minuto junto a
mí del mar de nubes. Freí jamón y huevos, excavé un agujero para la basura a
unos cien metros senda abajo, cogí leña e identifiqué los lugares con mis
prismáticos y puse nombres a todas las rocas cortadas y mágicas, nombres que
Japhy me había cantado tan a menudo: monte Jack, monte del Terror, monte de la
Furia, monte del Desafio, monte de la Desesperación, el Cuerno de Oro, et
Plantón, pico Cráter, el Rubí, el monte Baker, mayor que el mundo en la
distancia, al oeste, monte del Garañón, el pico del Pulgar Doblado, y los
fabulosos nombres de los arroyos: los Tres Locos, el Canela, el Confusión, el
Rayo y el Congelador. Y todo aquello era mío, no había ningún otro par de ojos
contemplando ese inmenso universo panorámico de materia. Tuve una tremenda
sensación de ensueño que no me dejaría en todo aquel verano y que, de hecho, se
hizo mayor, en especial cuando me ponía cabeza abajo para que me circulara la
sangre, en lo más alto de la montaña, utilizando un saco para apoyar la cabeza,
y entonces las montañas parecían burbujas en el vacío visto al revés. ¡En
realidad me di cuenta de que estaban cabeza abajo lo mismo que yo! No había
duda alguna de que la gravedad nos mantiene a todos intactos y cabeza abajo
contra la superficie del globo terrestre en un infinito espacio vacío. Y de
pronto, me di cuenta también de que estaba solo de verdad y no tenía nada que
hacer, excepto comer y descansar y divertirme, y que nadie podría criticarme.
Las florecillas crecían por todas partes, entre las rocas, y nadie las había
pedido que crecieran, como tampoco a mí.
Por
la tarde, el mar de nubes malvavisco se disipó parcialmente y el lago Ross
apareció ante mi vista. Un bello estanque cerúleo allá abajo con las pequeñas
embarcacio nes de juguete de los excursionistas, unas embarcaciones que
quedaban demasiado lejos como para que las viera, pero que dejaban pequeñas
estelas en el espejo del lago. Podían verse pinos reflejados cabeza abajo en el
lago señalando al infinito. Esa misma tarde me tumbé en la hierba con toda
aquella gloria ante mí y me sentí un poco aburrido y pensé:
"Ahí
no hay nada porque no me importa nada."
Y
luego me puse en pie de un salto y empecé a cantar y a bailar y a silbar, y los
fuertes silbidos atravesaban la Garganta del Rayo porque aquello era demasiado
inmenso para que se produjera eco. Detrás de la cabaña había un gran campo
nevado que me proporcionaría agua fresca para beber hasta septiembre; bastaría
con un cubo al día que se fundiría en el interior, y luego metería un vaso de
estaño y así siempre tendría agua muy fría. Empezaba a sentirme más contento de
lo que me había sentido durante años y años, desde la infancia; sí, me sentía
libre y alegre y solitario.
-Buddy-o,
tralará, lará, la -canté mientras me paseaba entre las rocas.
Luego
llegó la primera puesta de sol y resultó increíble. Las montañas estaban
cubiertas de niebla rosa, las nubes quedaban lejos y rizadas y parecían
antiguas ciudades remo tas con el esplendor de la tierra del Buda. El viento
soplaba incesante, fssssh, fssssh, sacudiendo ocasionalmente mi barco. El disco
de la luna nueva era prognático y resultaba secretamente cómico en la pálida
tabla azulada de encima de los monstruosos hombros de niebla que se alzaban del
lago Ross. Cumbres dentadas surgían como de golpe por detrás de las laderas,
semejantes a las montañas que dibujaba de niño. Parecía que en alguna parte se
estaba celebrando un festival dorado. Escribí en mi diario:
"¡Oh,
qué feliz soy!", pues en los picos, al terminar el día, veía la esperanza.
Japhy tenía razón.
La
oscuridad iba envolviendo mi montaña y pronto sería otra vez de noche y habría
estrellas y el Abominable Hombre de las Nieves merodearía por el Hozomeen.
Encendí un buen fuego en el hornillo y me preparé unos deliciosos bollos de
centeno y un estofado de carne. Un fuerte viento del oeste batía la cabaña, que
estaba bien construida con varillas de acero que se hundían en hormigón: no
sería arrancada. Estaba satisfecho. Siempre que miraba por la ventana veía
abetos alpinos sobre un fondo de cumbres nevadas, nieblas cegadoras o, allá
abajo, el lago todo rizado e iluminado por la luna como un lago de juguete. Me
hice un ramillete de altramuces y amapolas y lo puse en un cacharro con agua.
La cumbre del monte Jack estaba hecha de nubes plateadas. A veces veía el
resplandor de relámpagos a lo lejos iluminando súbitamente los increíbles
horizontes. Algunas mañanas había niebla, y mi sierra, la sierra del Hambre,
quedaba completamente envuelta en leche.
El
domingo siguiente, justo como el primero, el amanecer reveló un mar de
brillantes nubes planas a unos trescientos metros por debajo de mí. Siempre que
me sentía aburrido me liaba otro pitillo con el tabaco Prince Albert de la
lata; no hay nada mejor en el mundo qué un pitillo recién liado que se disfruta
sin prisa. Me paseaba en la quietud de brillante plata con horizontes rosados
al oeste, y todos los insectos se aquietaban en honor de la luna.
Había
días calurosos y desagradables con plagas de langosta y otros insectos, calor,
nada de aire, ninguna nube, en los que no conseguía entender que hiciera tanto
calor en una montaña del Norte. A mediodía lo único que se oía era el zumbido
sinfónico de un millón de insectos, mis amigos. Pero llegaba la noche y, con
ella, la luna del monte, la luna que rielaba en el lago, y yo salía y me
sentaba en la hierba y meditaba cara al oeste deseando que hubiera un Dios
personal en toda esta materia impersonal. Iba a mi campo de nieve, sacaba una
jarra de jalea púrpura y miraba la luna a través de ella. Veía que el mundo
rodaba hacia la luna. Por la noche, mientras estaba dentro del saco, el venado
subía desde los bosques y mordisqueaba los restos de comida que quedaban en los
platos de estaño que siempre dejaba a la puerta de la cabaña; machos con
grandes cuernos, hembras, y cervatillos preciosos que parecían mamíferos del
otro mundo, de otro planeta, con todas aquellas rocas iluminadas por la luna
detrás.
Luego
podía llegar una turbulenta lluvia lírica del sur traída por el viento, y yo
decía:
-El
sabor de la lluvia, ¿por qué arrodillarse? -Y también-: Es el momento de tomar
un café caliente y fumar un pitillo, chicos -dirigiéndome a mis imaginarios
bikhus.
La
luna se puso llena y con ella llegó la Aurora Boreal sobre el monte Hozomeen
("Mira el vacío y la quietud es todavía mayor", había dicho Han Chan
en la traducción de Japhy); y de hecho todo estaba tan quieto, que lo único que
tenía que hacer era variar la posición de mis piernas cruzadas sobre la hierba
alpina para oír las pezuñas de los venados que huían asustados. Cabeza abajo
antes de irme a la cama encima de aquel techo de roca iluminado por la luna,
podía ver claramente que la tierra estaba en realidad cabeza abajo y que el
hombre era un bicho raro y vano lleno de ideas extrañas que caminaba al revés
presumiendo, y comprendía que el hombre recordaba por qué este sueño de
planetas y plantas y Plantagenets había sido construido de materia primordial.
A veces me enfadaba porque las cosas no me salían bien: cuando se me quemaba
una torta o resbalaba en el campo de nieve al ir a buscar agua, o la vez en que
la pala se me cayó al barranco; y me enfadaba tanto que quería morder las
cumbres de las montañas, y entonces entraba en la cabaña y daba una patada a la
mesa y me hacía daño en un dedo. Pero la mente debe estar vigilante, y eso
aunque la carne sufra: las circunstancias de la existencia son plenamente
gloriosas.
Todo
lo que tenía que hacer era mirar de vez en cuando el horizonte en busca de humo
y mantener funcionando el aparato de radio emisor-receptor y barrer el suelo.
La radio no me daba mucho trabajo; no hubo incendios tan cercanos como para que
tuviera que dar cuenta de ellos y no participé en las charlas de los
vigilantes. Me lanzaron en paracaídas un par de baterías nuevas, aunque las que
tenía seguían en buen estado.
Una
noche, en una visión mientras meditaba, Avalokitesvara, el que Oía y Respondía
las Oraciones, me dijo: -Tienes poder para recordar a todo el mundo que son
personas completamente libres.
Me
puse la mano encima para recordármelo en primer lugar a mí mismo, y luego,
sintiéndome alegre, grité:
-Ta
-y abrí los ojos y vi una estrella fugaz.
Los
mundos innumerables de la Vía Láctea, palabras. Tomé la sopa en una tacita y me
supo mucho mejor que tomada en una gran sopera..., mi sopa de guisantes y
tocino a lo Japhy. Dormía siestas de un par de horas todas las tardes, me
despertaba y comprendía que "nada de esto sucedió nunca" al mirar las
montañas de mi alrededor. El mundo estaba cabeza abajo colgando en un océano de
espacio sin fin y aquí estaba toda esa gente sentada en el cine viendo
películas, allí, abajo, en el mundo al que volvería... Me paseaba por la
entrada de la cabaña al anochecer y cantaba "Ah, las horas pequeñas",
y cuando llegué a las palabras "cuando el mundo entero esté profundaménte
dormido", se me llenaron los ojos de lágrimas.
-Muy
bien, mundo -dije-, te amaré.
Por
la noche, en la cama, caliente y feliz dentro del saco sobre el acogedor
camastro de madera, veía mi mesa y mi ropa a la luz de la luna y pensaba:
"¡Pobre Raymond!, su día es tan triste y con tantas inquietudes, sus
impulsos son tan efímeros, ¡es tan complicado y molesto tener que vivir!",
y luego me dormía como un corderito. ¿Somos ángeles caídos que nos negamos a
creer que nada es nada y, por tanto, nacemos para perder a los que amamos y a
nuestros amigos más queridos uno a uno, y después nuestra propia vida, para
probarnos?... Pero volvía la fría mañana con nubes que surgían de la Garganta
del Rayo como humo gigantesco, con el lago abajo siempre cerúleo y neutro, y
con el vacío espacio igual que siempre. ¡Oh, rechinantes dientes de la tierra!
¿Adónde lleva todo esto si no es a una dulce y dorada eternidad para demostrar
que todo está equivocado, para demostrar que la propia demostración carece de
sentido...?
34
Al
fin llegó agosto con ráfagas que sacudieron mi cabaña y auguraron poco de
augusto. Hice mermelada de frambuesas de color rubí al ponerse el sol. Puestas
de sol enfurecidas que lanzaban espumosos mares de nubes a través de cortadas
inimaginables, con todos los matices rosados de la esperanza detrás, y yo me
sentía justo como ellas, brillante y lúgubre más allá de las palabras. Por
todas partes terribles campos de hielo y de nieve; una brizna de hierba
bailando en los vientos de la infinitud, anclada a una roca. Hacia el este
estaba gris; hacia el norte, espantoso; hacia el oeste, en enloquecido furor,
dementes frenéticos luchaban en siniestra lobreguez; hacia el sur, la neblina
de mi padre. El monte Jack, con su sombrero de trescientos metros de roca dominando
un centenar de campos de fútbol nevados. El arroyo Canela era una fantasía de
niebla escocesa. El Shull se perdía entre el Cuerno Dorado. Mi lámpara de
petróleo ardía en el infinito.
"Pobre
carne tan débil -me dije-, no hay solución."
Ya
no sabía nada de nada y tampoco me importaba nada en absoluto, y de repente me
sentía auténticamente libre. Luego llegaron las mañanas realmente frías y
crepitaba el fuego y cortaba leña con el hacha y la gorra puesta (una gorra con
orejeras), y me sentía maravillosamente bien y perezoso en el interior de la
cabaña, empujado dentro por las nubes heladas. Lluvia, truenos en las montañas,
pero delante de la estufa leía mis revistas ilustradas occidentales. Por todas
partes aire de nieve y humo de leña. Finalmente llegó la nieve en un remolino
amortajado procedente del Hozomeen, junto al Canadá. Llegó tempestuosa enviando
blancos heraldos radiantes a través de los que miraba, lo vi perfectamente, el
ángel de la luz. Y el viento se levantó y se alzaron oscuras nubes como si
procedieran de una fragua. Canadá era un mar de niebla_ sin sentido. Y aquello
llegó en un ataque en abanico anunciado por el cantar del tubo de mi estufa, y
avanzó impetuoso y se tragó mi viejo cielo azul que había estado lleno de nubes
doradas; a lo lejos, el retumbar de los truenos canadienses; y hacia el sur
otra tormenta mayor y más negra cerrándose como una pinza. Pero el Hozomeen se
mantenía firme rechazando el ataque con un hosco silencio. Y nada podría
inducir a los alegres horizontes dorados del nordeste, donde no había tormenta,
a cambiar su puesto con el Desolación. De pronto, un arco iris verde y rosado
se situó justo encima de la sierra del Hambre a menos de trescientos metros de
mi puerta, como una centella, como una columna; viniendo entre nubes
arremolinadas y sol anaranjado y tumultuoso.
-¿Qué
es un arco iris, Señor? Un collar para los humildes.
Y se
encajó justo en el arroyo del Rayo, y lluvia y nieve cayeron simultáneamente y
el lago era de un blanco de leche dos kilómetros más abajo y todo era una
auténtica locura. Salí y de repente mi sombra fue rodeada por el arco iris
mientras caminaba por la cima y un misterio con halo hizo que deseara rezar.
-¡Oh,
Ray, el transcurso de tu vida es como una gota de lluvia dentro del océano
ilimitado que es el despertar eterno! ¿Por qué seguir preocupado? Escribe a
Japhy y cuéntaselo todo.
La
tormenta pasó y se fue tan rápidamente como había llegado, y al caer la tarde,
el lago brilló cegadoramente. La caída de la tarde y mi estropajo secándose
encima de la roca. La caída de la tarde y mi espalda helada mientras en la cima
del mundo lleno de nieve mi cubo. La caída de la tarde, y era yo y no el vacío
lo que había cambiado. Un anochecer cálido y rosado y yo meditando bajo la
media luna amarilla de agosto. Siempre que oía el trueno en las montañas era
como la plancha del amor de mi madre.
-¡Trueno
y nieve! ¿Cómo seguiremos hacia adelante? -canté.
Y de
pronto, habían llegado las lluvias torrenciales, noches enteras lloviendo,
millones de hectáreas de árboles lavados y lavados, y en el desván ratas
milenarias durmiendo sabiamente.
La
mañana. Llegaba la clara sensación del otoño, llegaba el final de mi trabajo.
Ahora los días eran ventosos y con rápidas nubes: un claro aspecto dorado entre
la bruma del mediodía. La noche, preparar chocolate caliente y cantar junto al
fuego. Llamaba a Han Chan por los montes: no obtuve respuesta. Llamaba a Han
Chan en la niebla de la mañana: silencio, se me dijo. Llamaba: Dipankara me
instruía sin decir nada. Nieblas que desfilan al viento y yo cierro los ojos y
habló el hornillo.
-¡Wuu!
-grité, y el ave en perfecto equilibrio sobre la copa del abeto se limitó a
mover la cola; luego se fue y la distancia se hizo inmensamente blanca. Noches
negras con señales de osos: allí abajo, en el agujero para la basura, las
oxidadas latas de leche agria y solidificada y evaporada mordidas y destrozadas
por poderosas garras: Avalokitesvara el Oso. Nieblas gélidas con terribles
agujeros. En mi calendario arranqué el día cincuenta y cinco.
Mi
pelo había crecido, mis ojos eran de un azul puro en el espejo, mi piel estaba
tostada. Otra vez temporales de lluvia la noche entera, las lluvias del otoño,
y yo caliente como una tostada dentro del saco de dormir soñando con
movimientos de la infantería que exploraba las montañas; frías y duras mañanas
con viento, ráfagas de niebla, ráfagas de nubes, súbitos soles
resplandecientes, la prístina luz en las laderas y tres leños crepitando en el
fuego mientras yo, exultante, oía a Burnie Byers decir por la radio que todos
los vigilantes bajaran aquel mismo día. La temporada se había terminado. Paseé
por los alrededores de la cabaña con una taza de café colgada del pulgar
cantando:
-Montaña,
montañita, en la hierba está la ardillita.
Y
allí estaba mi ardilla, en el aire brillante y claro y soleado, de pie encima
de una piedra, muy derecha, juntaba las manos con un grano de avena entre
ellas. Lo mordisqueó y se marchó: era la pequeña deuda de todo lo que allí
había. Al anochecer se acercó por el norte una gran pared de nubes.
-Brrrr
-dije. Y canté-: Sí, sí, pero ella estuvo aquí. -Y me refería a mi cabaña y a
cómo el viento no pudo con ella, y seguí-: Pasa, pasa, pasa, tú que pasas a
través de todo.
Encima
de la montaña perpendicular había visto el giro completo de sesenta soles. La
visión de la libertad eterna era mía para siempre. La ardilla se perdió entre
las rocas y surgió una mariposa. Así de sencillo era. Los pájaros revoloteaban
alegres por encima de la cabaña; contaban con un camino de dos kilómetros de
moras hasta la línea de bosques. Fui por última vez hasta el borde de la
Garganta del Rayo. Aquí, sentado el día entero a lo largo de sesenta días,
entre la niebla o a la luz de la luna o del sol o,en la oscuridad de la noche,
había contemplado los retorcidos y nudosos arbolillos que parecían crecer en el
aire, en la pura roca.
Y de
pronto, me pareció ver a aquel inimaginable vagabundo chino allí mismo, entre
la niebla, con aquel humor inexpresable en su rostro arrugado. No era el Japhy
de la vida real, el de las mochilas y el estudio del budismo y las enloquecidas
fiestas de Corte Madera, era el Japhy más real que la vida, el Japhy de mis
sueños, y estaba allí sin decir nada.
-¡Fuera
de aquí, ladrones de la mente! -gritó hacia abajo, en dirección a las oquedades
de las increíbles Cascadas. Era el Japhy que me había aconsejado subir aquí y
que ahora, aunque estaba a más de diez mil kilómetros de distancia, en Japón,
respondiendo a la campanilla de la meditación (una campanilla que más tarde
mandaría por correo a mi madre, simplemente porque era mi madre y quería
hacerle un regalo), aparecía encima del pico de la Desolación junto a los
retorcidos árboles de las rocas certificando y justificando todo lo que allí
había.
-Japhy
-dije en voz alta-, no sé cuándo nos volveremos a ver o lo que sucederá en el
porvenir, pero el Desolación, el Desolación... ¡No sabes lo que debo al
Desolación! Gracias, te estaré agradecido siempre por guiarme hasta este lugar
donde lo he aprendido todo. Ahora ha llegado el triste momento de volver a las
ciudades y soy un par de meses más viejo y existe toda esa humanidad y los
bares y los espectáculos y el amor valiente, todo cabeza abajo en el vacío.
¡Dios lo bendiga todo! Pero Japhy, tú y yo lo sabemos para siempre.
¡Oh,
juventud eterna! ¡Oh, eterno llorar! -Abajo, en el lago, aparecieron reflejos
rosados de vapor celestial y dije-: ¡Dios mío, te amo! -Y volví la vista al
cielo y sentí de verdad lo que decía-. Me he enamorado de ti, Dios mío. Cuida
de todos nosotros. No importa como sea.
A
los niños y los inocentes todo les da igual.
Y
siguiendo la costumbre de Japhy de doblar una rodilla y dedicar una breve
oración al lugar que dejaba, como cuando dejó la sierra, y en Marin, y cuando
ofreció una oración de gratitud al dejar la cabaña de Sean el día en que iba a
embarcarse, del mismo modo yo, al bajar de la montaña con la mochila a cuestas,
me volví y me arrodillé en el sendero y dije:
-Gracias,
cabaña.
-Y
en seguida añadí-: ¡Bah! -haciendo una mueca, porque sabía que aquella cabaña y
aquella montaña comprenderían lo que quería decir.
Después
di la vuelta y seguí sendero abajo de vuelta a este mundo.
***
Los
Vagabundos del Dharma es una de las obras capitales de Jack Kerouac, el
escritor paradigmático de la generación beat. Situada en California, expone el
descubrimiento del budismo y su primera ley, "la vida es
sufrimiento", durante la época en que su autor se sentía un fracasado
porque no encontraba editor para sus libros. Pero además de un modo filosófico
de encarar el fracaso y de la búsqueda del auténtico significado -el Dharma-,
por parte de unos jóvenes desharrapados y febriles, expresa la comunión con la
naturaleza en la cima de altas montañas, la fraternidad y la poesía. Y todo
entre vino, marihuana y orgías, donde Kerouac aparece como Ray Smith, aunque el
auténtico protagonista sea el poeta y budista Gary Snyder, que figura bajo el
nombre de Japhy Ryder. Junto a ellos pueden también identificarse fácilmente
Allen Ginsberg y Laurence Ferlinghetti, entre otros participantes en el llamado
"renacimiento de San Francisco", narrado con suma brillantez en el
libro.
Los
Vagabundos del Dharma elevó a Kerouac a representante esencial del resurgir de
una espiritualidád que también era un nuevo modo de relacionarse entre los
seres humanos y que hoy, cuando se imponen las realidades virtuales y las rutas
cibernéticas, supone un soplo de aire puro y un impulso hacia otros mundos
igual de poco sustanciales, pero donde los sentimientos adquieren proporciones
insólitas. Su lectura no dejará a nadie indiferente e impulsará a explorar
dimensiones hasta entonces sólo atisbadas, pero que su autor sabe convertir en
cotidianas.
Nacido
en Lowell (Massachusetts), en 1922, en el seno de una familia de origen
franco-canadiense, Jack Kerouac estudió en un colegio católico de su ciudad
natal. Fue famoso jugador de fútbol norteamericano y se matriculó en la
Universidad de Columbia, aunque no llegó a graduarse. Recorrió Estados Unidos
trabajando en múltiples empleos. Después de alcanzar el reconocimiento
literario, se retiró a Lowell, se casó y abandonó toda actividad pública. Con
la salud destrozada por el alcohol, murió en 1969. Además de autor de poemas y
ensayos, publicó, entre otras novelas, En el camino y Los subterráneos (ya
editadas en esta misma colección), que han hecho que siga siendo leído
masivamente y considerado uno de los narradores norteamericanos más
apasionantes.
FIN


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