© Libro N°. 2971. Los Vampiros De La Mente. Simmons, Dan. Colección
E.O. Julio 30 de 2016.
Título original: © Carrion comfort
Versión Original: © Los Vampiros De La Mente. Dan Simmons
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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TODA LA CULTURA
LOS VAMPIROS DE LA MENTE
Dan Simmons
Título original: Carrion comfort
Traducción: Manuel de Seabra
1ª edición: marzo 1992
La presente edición es propiedad de Ediciones B, S.A. Calle
Rocafort, 104 - 08015 Barcelona (España)
© 1989 by Dan Simmons
© Para la edición en castellano Ediciones B, S.A., 1992
Printed in Spain
ISBN: 84-406-2270-8 Depósito legal: B. 3.630-1992
Impreso en Talleres Gráficos «Dúplex, S.A.» Ciudad de Asunción,
26-D 08030 Barcelona
Cubierta:
IDEA BALMES. Jordi Vallhonesta
AGRADECIMIENTOS:
En cualquier libro que concluye con éxito la larga travesía
hasta su publicación han colaborado más cerebros y manos que los del autor,
pero una novela de este tipo y volumen acumula más deudas que la mayoría. Me
gustaría expresar mi agradecimiento a algunas de las personas que ayudaron a
Los vampiros de la mente a desafiar tormentas y mareas para llegar finalmente a
puerto:
A Dean R. Koontz, cuyo bondadoso estímulo fue tan perfectamente
oportuno como generoso.
A Richard Curtis, por su estimada persistencia y
profesionalidad.
A Paul Mikol, con aprecio, por su impecable gusto y amistad.
A los miembros del Milford-Minor del verano de 1986, cuya
escandalizada reacción me confirmó que iba por buen camino.
A Arleen Tennis, mecanógrafa extraordinaria, por los cálidos
días de verano delante de las casi últimas versiones de las revisiones
revisadas.
A Claudia Logerquist, por haberme recordado pacientemente que
las diéresis y diacríticos no tenían que salpicarse al azar, como la sal.
A Wolf Blitzar, del Jerusalem Post, que me descubrió el mejor
puesto de falafel en Haifa.
A Ekken Datlow, quien dijo que esta novela no tendría
continuación.
Agradecimientos muy especiales para:
Kathy Sherman, por su entusiástica, rápida y desinteresada
colaboración artística y por sus aún más desinteresados honorarios.
Mi hija Jane, cuya paciente espera a que papá «acabara su
horrible libro» se prolongó durante dos tercios de su vida.
Karen, que estaba ansiosa por ver qué pasaría después.
Y por último, mi más sincera gratitud a Edward. Bryant, el
caballero y gran escritor a quien este libro está dedicado, y que -pese a no
haber sufrido condena por traición y locura- puede perfectamente ser descrito
como el Ezra Pound de su generación.
No, inmundo consuelo, no desesperaré, no me cebaré en ti.
No desharé -por débiles que sean- estos últimos lazos del
hombre. En mí o, más cansadamente, no puedo ya llorar...
Gerard Manlei Hopkins
PRÓLOGO
Chelmno, 1942
Saul Laski se encontraba entre los que estaban a punto de morir
en el campo de exterminio y pensaba en la vida. Tiritaba de frío en la
oscuridad y se obligaba a recordar detalles de una mañana de primavera: una luz
dorada que rozaba las pesadas ramas de los sauces cercanos al arroyo, un campo
de margaritas blancas más allá de los edificios de piedra de la granja de su
tío.
El barracón estaba en silencio, sólo interrumpido ocasionalmente
por una tos áspera y por el ruido furtivo de la paja en la que Muselmünner, el
muerto en vida, buscaba calor en vano. En alguna parte, un viejo tosía en un
espasmo destructor que traducía el final de una lucha larga y desesperada. Lo
encontrarían muerto por la mañana. O, aunque sobreviviese hasta el amanecer, no
acudiría a la llamada matinal a formar en la nieve, lo que significaba que no
llegaría al mediodía.
Saul se apartó de la luz del proyector, que penetraba por los
helados cristales, y apoyó la espalda en las muescas de madera de su litera.
Las astillas le arañaron la espalda a través de la fina tela que lo cubría. A
medida que el frío y la fatiga lo dominaban las piernas empezaron a temblarle
sin control. Saul se agarró los delgados muslos y los apretó hasta que los
temblores cesaron.
«Viviré.» Este pensamiento era una orden, un imperativo que se
clavó tan profundamente en su conciencia que ni siquiera su hambriento y
dolorido cuerpo se veía capaz de desafiarlo.
Cuando era un chaval, pocos años antes, una eternidad antes, y
su tío Moshe le prometía llevarlo a pescar a su granja, cerca de Cracovia, se
había inventado el truco de pensar, justo antes de quedarse dormido, en una
piedra lisa, oval, en la que escribía la hora y el minuto en que quería
despertarse. Después imaginaba que la piedra caía en un estanque de aguas
transparentes y se hundía hasta las profundidades. En cada una de estas
ocasiones a la mañana siguiente se despertaba en el momento preciso;
despabilado, activo, respirando el aire fresco del alba y saboreando el
silencio que precede al amanecer, en aquel intervalo frágil antes de que sus
hermanos y hermanas se despertaran para acabar con la perfección.
«Viviré.» Saul cerró los ojos con fuerza y vio cómo la piedra se
hundía en el agua clara. Su cuerpo volvió a temblar; apretó la espalda con más
fuerza contra el áspero canto de las tablas. Por milésima vez intentó
acurrucarse más al fondo de su hoyo de paja. Había sido mejor cuando el viejo
señor Shistruk y el joven Ibrahim compartían la litera con él; pero Ibrahim
había sido fusilado en la mina y el señor Shistruk se había sentado durante dos
días delante de la cantera y se había negado a levantarse incluso cuando
Gluecks, el jefe de la SS, había soltado a su perro. El viejo había agitado su
huesudo brazo casi con alegría; un débil adiós a los prisioneros que miraban,
cinco segundos antes de que el pastor alemán le desgarrara la garganta.
«Viviré.» Esta idea tenía un ritmo que iba más allá de las
palabras, que superaba al lenguaje. Ponía un contrapunto a todo lo que Saul
había visto y experimentado durante los cinco meses pasados en el campo.
«Viviré.» La afirmación vibró con una luz y un calor que compensaron
parcialmente el frío, el pozo vertiginoso que amenazaba ahondarse dentro de él
y consumirle. El pozo. Saul había visto el pozo. Con los otros, había echado
terrones de tierra negra sobre los cuerpos aún calientes, algunos todavía retorciéndose,
como aquel niño que movía débilmente los brazos como saludando a un pariente
que llegase a una estación de ferrocarril o agitándose en el sueño. Había
echado la tierra sucia con la pala y había extendido la cal de los sacos,
demasiado pesados para ser levantados, mientras el guardia de la SS se sentaba
y dejaba balancear las piernas al borde del pozo, con sus manos suaves y
blancas apoyadas en el negro cañón de acero de la pistolaametralladora y un
pedacito de yeso en la ruda mejilla, donde se había cortado al afeitarse, un
corte que iba cicatrizándose mientras formas desnudas se agitaban débilmente a
la vez que Saul echaba tierra en el pozo, con los ojos enrojecidos por la nube
de cal que flotaba como niebla en el aire de invierno.
«Viviré.» Saul se concentró en la fuerza de esa cadencia y no
hizo caso de sus miembros temblorosos. Dos literas encima de él, un hombre
sollozaba en la noche. Saul notaba cómo los piojos corrían por sus miembros
buscando el centro de su declinante calor. Se acurrucó más, porque había
comprendido el objetivo que guiaba a las sabandijas, las
cuales respondían a la misma orden inconsciente, ilógica,
incontestable, de continuar.
La piedra cayó más profundamente en los abismos azules. Saul
podía distinguir las bastas letras mientras se balanceaba al borde del sueño.
«Viviré.»
Sus ojos se abrieron de golpe cuando un pensamiento le enfrió
más profundamente que el viento que silbaba a través de los resquicios de las
ventanas. Era el tercer jueves del mes. Saul estaba casi seguro. Ellos venían
el tercer jueves. Pero no siempre. Quizá no este jueves. Apretó los antebrazos
sobre su cara y se ovilló, acentuando su posición fetal.
Estaba casi dormido cuando la puerta del barracón se abrió
súbitamente. Eran cinco: dos guardias de la Waffen-SS con metralletas, un
suboficial del ejército, el teniente Schafner y un joven oberst que Saul nunca
había visto antes. El oberst tenía una cara pálida, aria, con un mechón de pelo
rubio que le caía sobre la frente. Las linternas de los recién llegados iban y
venían por las filas de literas dispuestas como una estantería. Nadie se movió.
Saul podía oír el silencio mientras ochenta y ocho esqueletos contenían la
respiración en la penumbra. Él también la retuvo.
Los alemanes avanzaron cinco pasos en el interior del barracón.
El aire frío los precedía y sus imponentes siluetas se perfilaban contra la
puerta abierta, mientras su aliento se mantenía suspendido a su alrededor como
en pequeñas nubes heladas. Saul se hundió aún más en la quebradiza paja.
-Sie! -tronó un grito. La luz de la linterna había caído sobre
una figura desnuda con gorra, agachada en las profundidades de una litera baja
a seis filas de Saul-. KommenSie!Schnell!
Como el hombre no se movió, los guardias SS le arrastraron
brutalmente hasta el pasillo. Saul oyó cómo los pies desnudos arañaban el
suelo.
-Sie, raus. Sie!
:Ahora tres muselmánner estaban de pie, como inertes
espantapájaros plantados ante las imponentes siluetas. La procesión se detuvo a
cuatro literas de la fila de Saul. Los guardias se volvieron para recorrer con
sus linternas a lo largo de la fila central de literas. Se reflejó un montón de
ojos rojizos, como de ratas asustadas que mirasen desde el interior de ataúdes
entreabiertos.
«Viviré.» Por primera vez la palabra sonaba más a plegaria que a
decisión. Nunca se habían llevado a más de cuatro hombres de un barracón.
-Sie.
El hombre de la linterna se había girado y enfocaba con su
linterna la cara de Saul, que no se movió. Ni respiró. El universo se redujo al
dorso de su propia mano, a pocos centímetros de su cara. En ese sitio su piel
era blanca como una larva. Los pelos del dorso de la mano eran muy oscuros.
Saul los miró con una profunda sensación de temor. La luz de la linterna le
volvió casi transparente la carne de su antebrazo. Pudo ver las capas
musculares, la forma elegante de los tendones, las venas azules que pulsaban
suavemente de acuerdo con los salvajes latidos de su corazón.
-Sie, raus.
El tiempo empezó a girar y a transcurrir con mayor lentitud.
Toda la vida de Saul, cada segundo, cada éxtasis y cada tarde banal, olvidada,
había conducido a aquel instante, a aquella encrucijada. Sus labios agrietados
se estiraron en una sonrisa triste. Había decidido hacía mucho que no se lo
llevarían durante la noche. Tendrían que matarle allí mismo, delante de los
demás. Por lo menos impondría a sus asesinos el momento de su muerte. Una gran
tranquilidad cayó sobre él.
-Schnell! -le gritó uno de los SS, y ambos avanzaron.
Saul estaba cegado por la luz, sintió el olor de lana húmeda y
de schnapps dulce en el aliento del hombre, notó el aire frío en la cara. Su
piel se contrajo en espera de que unas manos rudas cayeran sobre él.
-Nein -dijo el joven oberst.
Saul le vio solamente como una silueta tras el resplandor blanco
de la luz.
-Zurücktreten!
El oberst dio un paso al frente mientras los SS retrocedían
rápidamente. El tiempo parecía congelado mientras Saul miraba la forma oscura.
Nadie habló. La niebla de los alientos seguía suspendida en el aire del
barracón.
-Komm! -murmuró el oberst. No era una orden. Fue suave, casi
cariñoso, como si estuviese llamando a su perro favorito o incitando a un niño
a dar sus primeros e inseguros pasos-. Komm her!
Saul rechinó los dientes y cerró los ojos. Les mordería cuando
viniese. Les atacaría en el cuello. Les mordería y rasgaría y destrozaría venas
y cartílagos hasta que tuvieran que disparar; tendrían que disparar, se verían
obligados a...
-Komm!
El oberst golpeó ligeramente su rodilla. Los labios de Saul se
torcieron en un gruñido. Saltaría sobre esos hijoputas, desgarraría el jodido
cuello del hijoputa delante de los demás, le arrancaría las entrañas a su...
-Komm!
Entonces Saul lo notó. Algo le tocó. Ninguno de los alemanes se
había movido un solo centímetro, pero algo le dio un terrible golpe a
Saul en la base del espinazo. Gritó. Algo le tocó y después
entró en él.
Saul sintió la intrusión tan vivamente como si alguien le
hubiera metido una barra de acero por el ano. Sin embargo, nada le había
tocado. Nadie se había acercado a él. Saul gritó de nuevo y después sus
mandíbulas fueron cerradas por alguna fuerza invisible.
-Komm her, Du Jude!
Saul lo notó. Algo estaba en él, enderezando su espalda,
haciendo que sus brazos y piernas se agitaran en violentos espasmos. Sintió
algo parecido a un tornillo en su cerebro, que apretaba con insistencia. Trató
de gritar, pero aquello no le dejó. Se desplomó con violencia sobre la paja,
con los nervios quebrados y los pantalones empapados de orina. Después volvió a
arquearse abruptamente y cayó al suelo. Los guardias retrocedieron.
-Aufstehen!
Su espalda se curvó una vez más, con tanta fuerza que cayó de
rodillas. Sus brazos temblaban y se agitaban involuntariamente. Podía notar
algo en su cerebro, una presencia fría envuelta en una corona ardiente de
dolor. Ante sus ojos danzaban imágenes.
Saul se puso de pie.
-Geh!
Uno de los SS soltó una carcajada, seguía percibiéndose el olor
de lana y acero. Saul tuvo la vaga sensación de astillas frías bajo los pies.
Caminó tambaleándose hacia la puerta abierta y hacia la suave luz que se
vislumbraba tras ella. El oberst, que no se movió de donde estaba, golpeaba con
un guante en su muslo. Saul bajó por los peldaños del exterior a trompicones;
casi cayó, fue enderezado por una mano invisible que estrujaba su cerebro y
enviaba fuego y agujas que recorrían todos sus nervios. Descalzo, sin sentir el
frío, anduvo al frente de la procesión a través de la nieve y el fango
congelado, hacia el camión que lo esperaba.
«Viviré», pensó Saul Laski, pero la cadencia mágica se
deshilachó y desapareció ante un vendaval de carcajadas silenciosas y heladas
que pudo más que él.
LIBRO PRIMERO
APERTURAS
1
Charleston, viernes 12 de diciembre de 1980
Nina iba a atribuirse el mérito de la muerte de ese beatle,
John. Pensé que era de muy mal gusto. Tenía su álbum de recortes abierto sobre
mi mesilla de café de caoba, recortes de periódico meticulosamente colocados
por orden cronológico, las noticias de muertes registrando todas sus
«alimentaciones». La sonrisa de Nina Drayton era radiante, como siempre, pero
sus pálidos ojos azules no reflejaban la más mínima muestra de entusiasmo.
-Deberíamos esperar a Willi -dije yo.
-Claro, Melanie. Tienes razón, como siempre. ¡Qué tontería de mi
parte! Ya conozco las reglas.
Nina se irguió y empezó a caminar por la habitación, tocando
distraídamente los muebles o lanzando anodinos comentarios acerca de una
figurilla de cerámica o de una pieza de encaje. Esta parte de la casa había
sido el invernadero, pero ahora lo usaba como cuarto de costura. Algunas
plantas recibían todavía la luz de la mañana. El sol hacía que fuera un lugar
cálido y confortable durante el día, pero ahora que el invierno había llegado,
era demasiado frío para usarlo de noche. Tampoco me gustaba la impresión que
producía la oscuridad al caer la noche sobre todos esos cristales.
-Me gusta esta casa -aseguró Nina. Se volvió y me sonrió-. Debo
decirte que siempre tengo muchas ganas de volver a Charleston. Deberíamos tener
todas nuestras reuniones aquí.
Yo sabía que Nina detestaba esta ciudad y esta casa.
-Willi se sentiría ofendido -dije-. Sabes cuánto le gusta
exhibir su casa de Beverly Hills. A sus nuevas chicas.
-Y chicos -añadió Nina, y rió. De todos los cambios y tristezas
de Nina, su risa era lo que menos había cambiado. Era todavía la risa fuerte
pero infantil que yo había oído por primera vez hacía mucho tiempo. Entonces me
atrajo hacia ella, una adolescente solitaria y sensible al calor de otra, como
una mariposa nocturna, a una llama. Ahora sólo servía para enfriarme y ponerme
sobre aviso todavía más. Muchas mariposas nocturnas habían sido atraídas por la
llama de Nina durante muchas décadas.
-Pediré el té -dije.
El señor Thorne lo trajo en mi mejor porcelana de Wedgwood. Nina
y yo nos sentamos en los cuadrados de sol que se desplazaban lentamente y
hablamos en voz baja de cosas sin importancia: comentarios sobre economía
igualmente incompetentes por ambas partes, referencias a libros que la otra no
había conseguido leer y chistes acerca de la poca categoría de la gente que se
encuentra uno hoy en día cuando se viaja en avión. Alguien que espiara desde el
jardín podría haber pensado que se trataba de una sobrina envejecida, pero aún
atractiva, de visita en casa de su tía favorita. (No me permití la hipótesis de
que alguien nos tomara por madre e hija.) La gente suele considerarme una
persona bien vestida, incluso con estilo. Dios sabe cuánto me hacen pagar por
enviarme directamente las faldas de lana de Escocia y las blusas de seda de
París. Pero al lado de Nina siempre me sentía desaliñada. Ese día ella llevaba
un elegante vestido, de color azul claro, que, si yo había identificado
correctamente al diseñador, debía de haber costado varios miles de dólares. El
color hacía que su tez pareciese aún más perfecta que de costumbre y resaltaba
el azul de sus ojos. Su pelo se había vuelto tan gris como el mío, pero de
algún modo ella conseguía hacerlo menos evidente llevándolo largo y sujeto por
detrás con un simple pasador. Eso a Nina le daba un aire joven y chic y me
hacía consciente de que mis rizos cortos, artificiales, brillaban con un
reflejo azul.
Poca gente sospecharía que yo tenía cuatro años menos que Nina.
El tiempo había sido amable con ella. Y ella se había «alimentado» más a
menudo.
Nina dejó la taza y el platito y volvió a deambular por la
habitación. No era propio de ella mostrar esas señales de nerviosismo. Se
detuvo delante de la vitrina. Su mirada pasó sobre los hummels y las piezas de
estaño hasta que se detuvo, sorprendida.
-Dios mío, Melanie. ¡Una pistola! Qué lugar tan extraño para
guardar una vieja pistola.
-Es una reliquia familiar -le expliqué-. Muy valiosa. Y tienes
razón, es un lugar absurdo para colocarla. Pero es la única vitrina con
cerradura que tengo en casa, y la señora Hodges a veces trae a sus nietos
cuando viene de visita.
-¿Quieres decir que está cargada?
-No, claro que no -mentí-. Pero los niños no deben jugar con
estas cosas -expliqué con poca convicción. Nina asintió con la cabeza, pero no
se molestó en esconder la condescencia de su sonrisa. Se dirigió a la ventana
que daba al sur y miró hacia el jardín.
¡Vaya, vaya! El hecho de que no reconociera aquella pistola
aclaraba muchas cosas acerca de Nina Drayton.
Cuando lo mataron, Charles Edgar Larchmont era mi novio desde
hacía cinco meses y dos días. No habíamos hecho las amonestaciones formales,
pero íbamos a casarnos. Esos cinco meses habían sido una versión en miniatura
de la época: ingenua, coqueta, formal hasta llegar al amaneramiento y, sobre
todo, romántica. Romántica en el peor sentido de la palabra: entregada a
ideales empalagosos o insulsos que sólo un adolescente -o una sociedad
adolescente- conseguiría soportar. Éramos niños jugando con armas cargadas.
Nina, que entonces era Nina Hawkins, también tenía novio, un
inglés alto, torpe y bienintencionado, Roger Harrison. Había conocido a Nina en
Londres un año antes, durante los primeros días del Grand Tour de Hawkins.
Manifestando a todas luces su capricho -otro absurdo de aquellos tiempos
infantiles-, aquel inglés alto la había seguido de una capital europea a otra
hasta que, después de ser firmemente reconvenido por el padre de Nina (un
pequeño sombrerero sin imaginación, siempre a la defensiva respecto a su dudosa
posición social), Harrison volvió a Londres para «arreglar sus asuntos», pero
se presentó más tarde en Nueva York justamente cuando Nina era enviada a casa
de su tía en Charleston para poner fin a otro flirteo. Impávido, el torpe
inglés la siguió hasta el sur, sin preocuparse por los protocolos y las pacatas
costumbres de la época.
Éramos un grupo alegre. El día después de conocer a Nina en el
baile de junio de la prima Celia, los cuatro remontamos el río Cooper en una
barca alquilada para una excursión a la isla Daniel. Roger Harrison, serio y
solemne en todo, tejía un perfecto contrapunto para el irreverente sentido del
humor de Charles. No parecían importarle las bromas amables y no tardó en
sumarse a la risa general con su peculiar forma de reír.
Todo aquello le encantaba a Nina. Los dos hombres le prestaban
atención y mientras Charles nunca dejaba de mostrar la primacía de su afecto
por mí, estaba claro que Nina Hawkins era una de esas chicas que no dejan nunca
de ser el centro de la galantería y atención en cualquier reunión. Las
distintas capas sociales de Charleston tampoco eran ciegas al encanto de
nuestro cuarteto. Durante dos meses de ese ya lejano verano, ninguna fiesta
estaba completa, ninguna excursión adecuadamente planeada, ningún acontecimiento
social era considerado un éxito si nosotros, los cuatro alegres bromistas, no
habíamos sido invitados o decidíamos no asistir. Nuestro feliz dominio de la
escena social de la juventud era tan evidente que las primas Celia y Loraine
consiguieron convencer a sus padres de que partieran dos semanas antes para sus
estancias anuales de agosto en Maine.
No estoy segura de cuándo Nina y yo concebimos la idea del
duelo. Fue quizá durante una de aquellas largas noches, cuando una se deslizaba
hacia la cama de la otra, cuchicheando y riéndonos tontamente, sofocando
nuestra risa cuando el crujir de uniformes almidonados nos avisaba de la
presencia de nuestras criadas de color, que se movían por las habitaciones en
penumbra. Sea como fuera, la idea era consecuencia natural de las pretensiones
románticas de la época. La imagen de Charles y Roger batiéndose en duelo por
algún puntillo de honor relacionado con nosotras nos conmovió de una manera
física que ahora reconozco como una simple forma de excitación sexual.
Habría resultado inofensivo, de no ser por nuestra «aptitud».
Habíamos tenido tanto éxito en nuestra manipulación del comportamiento
masculino -una manipulación que era esperada y alentada en esa época-, que
ninguna de las dos había sospechado que había algo anormal en la forma como
nosotras podíamos trasponer nuestros caprichos a las acciones de otras
personas. La parapsicología no era conocida entonces, o más bien, conocida sólo
por los practicantes de los juegos de sociedad inspirados en el espiritismo. En
todo caso, nos divertimos con fantasías murmuradas durante varias semanas y
después una de nosotras -o quizás ambas- usó la «aptitud» para convertir la
fantasía en realidad.
En cierta forma fue nuestra primera «alimentación».
No recuerdo la supuesta causa de la disputa, quizás alguna
interpretación deliberadamente errónea de uno de los chistes de Charles. No
recuerdo a quiénes comprometieron Charles y Roger para servir de padrinos en
aquella excursión ilegal. Recuerdo la expresión ofendida y confusa en la cara
de Roger Harrison durante aquellos días. Era una caricatura del miedo, de la
confusión de un hombre que se encuentra en una situación que no ha provocado y
de la que no puede escapar. Recuerdo a Charles y los cambios de su voluble
temperamento, los ataques de malhumor, los períodos de rabia y las lágrimas y
besos la noche anterior al duelo.
Recuerdo también con gran claridad la belleza de aquella mañana.
Desde el río flotaba la niebla entremezclada con los difusos rayos del sol
naciente mientras nos dirigíamos al lugar del duelo. Recuerdo a Nina
extendiendo la mano y apretando la mía con una excitación impetuosa que penetró
en mi cuerpo como una descarga eléctrica.
Gran parte de aquella mañana se ha borrado de mi memoria. Quizás
en la intensidad de esa primera «alimentación» subconsciente yo haya
literalmente perdido la consciencia mientras me hundía en las ondas de miedo,
excitación, orgullo... de machismo... que emanaban de nuestros novios,
preparados para afrontar la muerte en aquella mañana encantadora. Recuerdo que
sentí el choque de comprender que todo aquello estaba pasando en realidad,
mientras escuchaba el paso de botas altas sobre el césped. Alguien contaba los
pasos. Recuerdo vagamente el peso de la pistola en mi mano. La mano de Charles,
me parece, nunca lo sabré con seguridad, y un segundo de claridad fría antes de
que la explosión rompiera la sucesión y el olor acre de la pólvora me hiciera
volver en mí.
Fue Charles quien murió. Nunca podré olvidar la increíble
cantidad de sangre que manó del pequeño agujero redondo dibujado en su pecho.
Cuando llegué junto a él, su camisa blanca estaba teñida de rojo. En nuestras
fantasías no había sangre. Tampoco la visión de Charles con la cabeza colgando,
su boca babeando sobre el pecho ensangrentado mientras sus pupilas desaparecían
tras los párpados para mostrar unos ojos completamente blancos, como dos huevos
empotrados en su cráneo. Roger Harrison sollozaba mientras Charles daba sus
últimas y estremecidas boqueadas en aquel campo de inocencia.
No recuerdo absolutamente nada de las confusas horas posteriores
al duelo. Fue a la mañana siguiente cuando abrí mi bolso de tela y encontré la
pistola de Charles entre mis cosas. ¿Por qué había yo guardado el revólver? Si
hubiera querido conservar algo como recuerdo de mi amor caído, ¿por qué ese
extraño trozo de metal? ¿Por qué quitar de sus dedos muertos el símbolo de
nuestro irreflexivo pecado?
En efecto, decía mucho sobre Nina que no hubiese reconocido la
pistola.
-Ha llegado Willi.
No era el señor Thorne anunciando la llegada de nuestro
invitado, sino la amanuensis de Nina, la odiosa señorita Barrett Kramer. La
apariencia de Kramer era tan asexuada como su nombre: el cabello corto y negro,
los hombros poderosos y una sonrisa dura, agresiva, que yo asociaba con
lesbianas y criminales. Parecía tener algo más de treinta años.
-Gracias, Barrett, cariño -dijo Nina.
Fui a recibir a Willi, pero el señor Thorne ya lo había hecho
entrar y nos encontramos en el vestíbulo.
-¡Melanie! ¡Estás magnífica! Cada vez que te veo pareces más
joven. ¡Nina!
El cambio en la voz de Willi era evidente. Los hombres seguían
siendo dominados a primera vista por Nina después de una ausencia. Hubo abrazos
y besos. El mismo Willi parecía más disoluto que nunca. Su americana deportiva
de alpaca tenía un corte exquisito, su jersey de cuello alto escondía con éxito
las líneas desgastadas de su cuello, pero cuando se quitó su garbosa gorra
deportiva, las largas greñas de pelo cano que había peinado hacia un lado para
esconder su intrusa calvicie estaban en desorden. La cara de Willi estaba
sonrojada de excitación, pero se veía aún el rojo entramado capilar de la nariz
y las mejillas que mostraban a las claras el abuso del alcohol y las drogas.
-Señoras, creo que ya conocen a mis compañeros... Tom Reynolds y
Jensen Luhar.
Los dos hombres se adelantaron para saludar. El señor Reynolds
era delgado y rubio, y sonreía sin descubrir los dientes. El señor Luhar era un
negro gigantesco, curvado hacia delante, con una mirada triste, magullada, y
una cara tosca. Estaba segura de que nunca antes había visto a esos peleles de
Willi.
-¿Por qué no vamos a la sala? -sugerí. Fue una procesión torpe
que acabó con los tres sentados en las sillas recargadamente tapizadas
dispuestas en torno de la mesa de té georgiana que había sido de mi abuela-.
Más té, por favor, señor Thorne. -La señorita Kramer consideró aquello la señal
para salir, pero los dos peones de Willi se quedaron indecisos en la puerta,
apoyándose de forma alternativa en uno y otro pie y mirando el cristal de la
vitrina como si la mera proximidad de ellos pudiese partir algo, lo cual, de
hecho, no me hubiera sorprendido.
-¡Jensen! -Willi chasqueó los dedos. El negro dudó y después
presentó un caro maletín de cuero. Willi lo puso sobre la mesa de té y, con sus
dedos cortos y anchos, abrió la cerradura con un estallido-. ¿Por qué no van a
hablar con el empleado de la señora Fuller para que les consiga alguna bebida?
Cuando se marcharon, Willi sacudió la cabeza y le sonrió a Nina:
-Perdón, querida.
Nina puso su mano en la manga de Willi. Se inclinó con aire
expectante.
-Melanie no me ha dejado empezar el «juego» sin ti. ¿No es
terrible por mi parte querer comenzar sin ti, querido Willi?
Willi frunció el ceño. Después de cincuenta años, todavía se
picaba si le llamaban Willi. En Los Ángeles era. Big Bill Borden. Cuando volvía
a su nativa Alemania -lo cual no era frecuente, por los peligros que ello
suponía- era una vez más Wilhelm von Borchert, señor de casa solariega, bosque
y montería. Pero Nina le había llamado Willi cuando se habían conocido en 1931,
en Viena, y Willi había quedado.
-Tú empiezas, Willi -dijo Nina-. Tú primero.
Yo recordaba bien la época en que pasábamos los primeros días de
nuestra reunión conversando y contándonos mutuamente los últimos
avatares de nuestras respectivas vidas. Ahora no había tiempo ni
para una charla rápida.
Willi enseñó los dientes y sacó nuevos recortes, libretas de
notas y un montón de casetes del maletín. Cuando había cubierto la pequeña mesa
con el material, el señor Thorne llegó con el té y el álbum de recortes de Nina
desde la sala de costura. Willi despejó con rapidez la mesita.
A primera vista se podía observar cierto parecido entre Willi
Borchert y el señor Thorne. Ambos tenían la cara colorada, pero la tez de Willi
era resultado de excesos y emociones; el señor Thorne no conocía nada de eso
desde hacía muchos años. La calvicie de Willi era desigual y estaba
meticulosamente camuflada -una comadreja con sarna-, mientras que la cabeza
pelada del señor Thorne era lisa, sin ninguna arruga. Nadie podía imaginar que
sobre el cráneo del señor Thorne hubiera florecido pelo alguna vez. Ambos
tenían los ojos grises -lo que un novelista hubiera llamado fríos ojos grises-
pero los del señor Thorne eran fríos con indiferencia, fríos con una claridad
que venía de una absoluta falta de emociones o de pensamientos turbios. Los de
Willi tenían el frío de un invierno tempestuoso del mar del Norte, y a veces se
enturbiaban con un velo cambiante a consecuencia de las emociones que le
embargaban: orgullo, odio, apego al dolor y a los placeres de la destrucción.
Willi nunca se refirió a su uso de la «aptitud» como «alimentarse» -yo era,
evidentemente, la única que pensaba en esos términos-, sino que hablaba a veces
de «caza». Pensaba quizás en los bosques oscuros de su patria cuando acechaba a
su cantera humana por las calles estériles de Los Ángeles. Yo me preguntaba si
Willi soñaba con el bosque. ¿Recordaba las chaquetas de caza de lana verde, los
aplausos de los criados, el rostro de sangre del jabalí agonizante? ¿O
recordaba el ruido de las botas altas sobre los adoquines y el golpeteo de los
puños de sus tenientes en las puertas? Quizá Willi todavía asociaba su «caza»
con la oscura noche europea del horno en cuyo funcionamiento había colaborado.
Yo lo llamaba «alimentar». Willi lo llamaba «caza». No oí nunca
a Nina llamarlo de forma alguna.
-¿Dónde está tu VCR? -preguntó Willi-. Lo tengo todo grabado.
-Oh, Willi -dijo Nina en un tono exasperado-. Ya conoces a
Melanie. Es tan anticuada. No quiere tener un vídeo.
-Ni siquiera tengo televisor -recalqué yo.
Nina rió.
-¡Diablos! -exclamó Willi-. Es igual. Tengo otras cosas aquí.
-Arrancó las gomas de las pequeñas libretas de notas-. Aunque sería mejor un
vídeo. Las estaciones de Los Ángeles hicieron una gran cobertura del
Estrangulador de Hollywood y yo publiqué en el... Bueno, tanto da.
Lanzó los videocasetes dentro del maletín y lo cerró.
-Veintitrés -dijo-. Veintitrés desde que nos encontramos hace
doce meses. No parece que haya pasado tanto tiempo, ¿verdad?
-Enséñanoslo -rogó Nina. Se inclinaba y sus ojos azules parecían
muy brillantes-. Sentí curiosidad desde que vi al Estrangulador entrevistado en
«Sesenta Minutos». ¿Era tuyo, Willi? Parecía tan...
-Ja, ja, sí, era mío. Un don nadie. Un hombrecillo tímido. Era
el jardinero de un vecino mío. Le dejé vivo para que la policía pudiera
interrogarle, para borrar cualquier duda. Se colgará en su celda el mes que
viene cuando la prensa haya perdido interés. Pero esto es más apasionante.
Miradlo. -Willi nos alcanzó diversas fotografías en blanco y negro. Un
ejecutivo de la NBC había asesinado a los cinco miembros de su familia y había
ahogado a una actriz de serial en su piscina. Después se había apuñalado repetidamente
y había escrito «50 ACCIÓN» con su sangre en la pared de la caseta de baño.
-¿Reviviendo viejas glorias, Willi? -preguntó Nina-. ¿«Muerte a
los Puercos» y todo eso?
-No, maldición. Creo que debería obtener un premio a la ironía.
La chica debía ahogarse en el programa. Estaba en el guión.
-¿Fue difícil de ser «usado»? -Era mi pregunta. Sentía
curiosidad a mi pesar.
Willi enarcó una ceja.
-La verdad es que no. Era alcohólico y muy dependiente de la
cocaína. Quedaba poco de él. Y odiaba a su familia. Como la mayor parte de la
gente.
-La mayor parte de la gente en California, quizá -matizó Nina
con una sonrisa forzada. Era un comentario extraño en Nina. Su
padre
se había suicidado arrojándose bajo un tranvía. Pregunté:
-¿Dónde estableciste contacto?
-En una fiesta. El lugar de siempre. Él compró la coca a un
director que había arruinado una de mis...
-¿Tuviste que repetir el contacto?
Willi frunció el ceño. A pesar de que mantenía su ira bajo
control, su rostro se puso más rojo.
-Ja, ja. Le vi dos veces más. Una vez sólo le observé desde mi
coche cuando jugaba al tenis.
-Premio a la ironía -concedió Nina-. Pero has perdido ese premio
por el contacto repetido. Si fuera tan vacío como dices, deberías
haber podido «usarlo» después con un solo toque. ¿Qué más
tienes?
Tenía el surtido habitual. Patéticos asesinatos en barrios
bajos. Dos muertes domésticas. Una colisión en la autopista, que degeneró en un
tiroteo fatal.
-Yo estaba entre la multitud -dijo Willi-. Establecí contacto.
El tenía un arma en la guantera.
-Dos puntos -dijo Nina.
Willi había dejado una buena para el final. Un antiguo astro
infantil, famoso en otros tiempos, había tenido un curioso accidente. Había
salido de su apartamento de Bel Air mientras éste se llenaba de gas y después
había vuelto para encender una cerilla. Dos personas más habían muerto en el
incendio que siguió a la explosión.
-Sólo recibes el mérito por él -dijo Nina.
-Ja, ja.
-¿Estás seguro de esto? Podría haber sido un accidente.
-No seas ridícula -espetó Willi con brusquedad. Se volvió hacia
mí-. Éste fue muy duro de «usar». Era muy fuerte. Obstruí su recuerdo de haber
abierto el gas. Tuve que sostenerlo durante dos horas. Después le obligué a
volver al apartamento. Luchó para no encender la cerilla.
-Deberías haberle hecho usar el mechero -dijo Nina.
-No era fumador -gruñó Willi-. Lo había dejado hacía un año.
-Sí -me sonrió Nina-. Creo haberle oído decir eso a Johnny
Carson.
No podía saber si Nina se estaba burlando de él.
Los tres nos dedicamos al ritual de atribuir puntos. Nina fue la
que más habló. Willi pasó de la tristeza a la expansión para después volver a
ensombrecerse. En cierto momento extendió la mano y me dio una palmadita en la
rodilla cuando reía y pedía ayuda. No dije nada. Finalmente desistió; atravesó
la sala hasta la licorera y se sirvió un vaso alto de bourbon de la garrafa de
mi padre. La luz del ocaso enviaba sus últimos rayos horizontales a través de
las vidrieras de las ventanas saledizas y lanzó un tinte rojo sobre Willi
mientras estaba junto al armario de roble. Sus ojos eran pequeños como ascuas
rojas en una máscara de sangre.
-Cuarenta y uno -dijo finalmente Nina. Levantó la mirada
impetuosamente y mostró la calculadora como si comprobara algún hecho
objetivo-. He contado cuarenta y un puntos. ¿Qué tienes tú, Melanie?
-Ja -interrumpió Willi-. Magnífico. Ahora pasemos a tus
pretensiones, Nina.
Su voz era sorda y vacía. Incluso Willi había perdido algún
interés en el «juego».
Antes de que Nina pudiese empezar, el señor Thorne entró e
informó de que la cena estaba servida. Pasamos al comedor, Willi sirviéndose
otro vaso de bourbon y Nina agitando las manos en cómicas ilustraciones de la
interrupción del «juego». Cuando estuvimos ante la gran mesa de caoba, yo asumí
mis funciones de anfitriona. Después de décadas de tradición, en la mesa estaba
prohibido hablar del «juego». Durante la sopa discutimos la nueva película de
Willi y la compra de un nuevo almacén para la cadena de tiendas de Nina.
Parecía que la columna mensual de Nina en Vogue iba a ser, clausurada, pero un
sindicato de prensa estaba interesado en comprarla.
Mis dos huéspedes se deshicieron en elogios acerca de la
perfección del jamón cocido, pero yo pensé que el señor Thorne había hecho la
salsa demasiado dulce. Las ventanas transparentaban ya una oscuridad completa
antes de que nos acabáramos el mousse de chocolate. La luz que emitía la araña
hacía que en el pelo de Nina bailaran reflejos de luz, mientras yo temía que el
mío brillara más azulado que nunca.
De repente, se oyó un ruido en la cocina. La cara del enorme
negro apareció tras la puerta de batientes. Su hombro se curvaba hacia unas
manos blancas y su expresión era la de un niño quejumbroso.
-... ni hablar si piensas que estamos sentados aquí como...
Las manos blancas le arrancaron del campo de visión.
-Perdón, señoras.
Willi rozó sus labios con la servilleta y se levantó. Todavía se
movía con elegancia a pesar de su edad.
Nina miró su mousse. Una orden áspera llegó desde la cocina
junto con el chasquido de un bofetón. Era el bofetón de la mano de un hombre,
duro y llano como el tiro de un rifle de pequeño calibre. Levanté la mirada y
vi al señor Thorne junto a mi codo retirando los platos de postre.
-Café, por favor, señor Thorne. Para todos. Él asintió con la
cabeza, su sonrisa era afable.
Franz Anton Mesmer lo conoció, aunque no lo entendió. Sospecho
que Mesmer debía de tener un pequeño toque de «aptitud». Las seudociencias
modernas la estudiaron y le dieron otro nombre, le negaron la mayor parte de su
poder, confundieron sus usos y orígenes, pero continúa siendo la sombra de lo
que Mesmer descubrió. No tienen idea de qué es «alimentar».
Me causa enorme desasosiego el actual aumento de la violencia. A
veces, realmente me dejo sumir en la desesperación, ese profundo pozo de
desesperanza sin futuro a lo que Hopkins llamó «inmundo consuelo». Observo el
matadero americano, los habituales ataques a
papas, presidentes y otras gentes de rango, y me pregunto si hay
muchos que poseen la «aptitud» o si la carnicería, simplemente, se ha
convertido en la moderna forma de vivir.
Todos los humanos se alimentan de la violencia, de los pequeños
ejercicios de poder sobre otros, pero pocos han conocido -como nosotros- el
poder fundamental. Y, sin esa «aptitud», pocos conocen el placer sin parangón
de capturar una vida humana. Sin la «aptitud», hasta los que se alimentan de
vida son incapaces de saborear el flujo de emociones que fluyen entre el
cazador y la víctima, el efecto estimulante del atacante que ha ido más allá de
todas las reglas y castigos, la extraña, casi sexual, sumisión de la víctima,
en ese último segundo de verdad en el que todas las opciones resultan
imposibles a raíz del ejercicio del poder absoluto sobre el otro.
A mí me desespera la violencia moderna, su naturaleza impersonal
y azarosa que la ha hecho accesible a tantos. Yo tenía televisión hasta que lo
vendí en pleno apogeo de la guerra de Vietnam. Aquellos higienizados pedazos de
muerte -hecha distante por las lentes de la cámara- no significaban nada para
mí. Pero creo que tenían un sentido para ese ganado que me rodea. Cuando acabó
la guerra y con ella los televisados recuentos diarios de cadáveres, los
telespectadores pidieron más y más, y las pantallas y calles de esta dulce y
moribunda nación lo suministraron en inmunda y grotesca abundancia. Es un
vicio, no hay duda.
No lo entienden. Observada sin más, la muerte violenta. es una
triste y manchada tapicería de confusión. Pero para los que, como nosotros, se
han «alimentado», la muerte puede ser un sacramento.
-¡Mi turno! ¡Mi turno! -La voz de Nina aún se parecía a la de
aquella beldad que acababa de llenar su tarjeta de danza en el baile de junio
de la prima Celia.
Volvimos a la sala. Willi había terminado su café y le pidió un
coñac al señor Thorne. Yo me sentía molesta por la actitud de Willi. Comprobar
que nuestros colaboradores más íntimos mostraban cualquier sugestión de
comportamiento imprevisto era ciertamente una señal de debilitamiento de la
«aptitud». Nina no pareció haberse dado cuenta.
-Los tengo todos en orden -dijo Nina. Abrió su libro de recortes
sobre la mesa de té ahora vacía. Willi los hojeó cuidadosamente, a veces
haciendo una pregunta, más a menudo asintiendo con un gruñido. Yo murmuré un
acuerdo ocasional, aunque no conocía a ninguno de ellos. Excepto al beatle,
claro. Nina dejó ése para el final.
-Dios mío, Nina, ¿fuiste tú? -Willi parecía casi furioso. Las
«alimentaciones» de Nina iban a parar siempre a suicidas dé Park Avenue y a
riñas matrimoniales que terminaban con disparos de armas de señora, caras y de
pequeño calibre. Este tipo de cosa estaba más en el crudo estilo de Willi.
Quizá sintiera que su territorio estaba siendo invadido-. Quiero decir que te
arriesgaste mucho, ¿verdad? Es tan..., ¡diablos!..., tan público.
Nina rió y dejó la calculadora.
-Willi, cariño, el «juego» consiste en precisamente eso, ¿no te
parece?
Willi se dirigió a la licorera y volvió a llenar su copa. El
viento sacudía ramas desnudas contra el cristal emplomado de la ventana
salediza. El invierno no me gusta. Incluso en el Sur marca mucho el espíritu.
-Ese tío, ¿cómo se llama...?, ¿no compró el arma en Hawai o en
algún sitio por el estilo? -preguntó Willi desde el otro lado de la sala-. A mí
me parece que fue por su propia iniciativa. Quiero decir que él ya le
perseguía.
-Willi, querido -la voz de Nina era ahora tan fría como el
viento que rastrillaba las ramas-, nadie dijo que fuera un hombre estable.
¿Cuántos de los tuyos son estables, Willi? Pero yo hice que pasara, cariño.
Escogí el lugar y el momento. ¿No comprendes la ironía del lugar, Willi?
Después de aquella pequeña broma al realizador de aquella película de brujería
hace unos años. Lo saqué directamente del guión.
-No lo sé -dijo Willi. Estaba sentado pesadamente en el diván,
derramando coñac sobre su americana deportiva, sin darse cuenta. La luz de la
lámpara se reflejaba en su cráneo. Las marcas de la edad eran más visibles de
noche, y su cuello, allí donde desaparecía en el jersey, era todo piel reseca y
tendones-. No lo sé. -Me miró y, de súbito, sonrió, como si compartiéramos una
secreta conspiración-. Podría ser como aquel escritor, ¿eh, Melanie? Podría ser
como ése.
Nina miró las manos en su regazo. Sus dedos bien cuidados
estaban blancos en las puntas.
Los vampiros de la mente. Así iba a titular su libro el
escritor. A veces me pregunto si realmente escribiría algo. ¿Cómo se llamaba?
Era un típico nombre ruso.
Willi y yo recibimos un telegrama de Nina: VEN DEPRISA. ERES
NECESARIO. Al día siguiente yo volaba hacia Nueva York. El avión era un
Constellation de hélice ruidoso y pasé casi todo el vuelo asegurándole a la
azafata, excesivamente solícita, que no necesitaba nada, que en verdad me
sentía bien. Era obvio que había decidido que yo era una abuela que volaba por
primera vez.
Willi consiguió llegar veinte minutos antes que yo. Nina estaba
muy turbada y más cerca de la histeria de lo que nunca la había visto. Había
estado en una fiesta en la parte baja de Manhattan dos días antes -no estaba
tan turbada como para olvidar decirnos qué nombres importantes estaban allí- y
se encontró compartiendo un rincón, una marmita de fondue y confidencias con un
joven escritor. O más bien, el escritor compartía confidencias con ella. Nina
lo describió como del tipo desaliñado, de barba corta y rala, gafas gruesas,
americana deportiva de pana sobre una vieja camisa escocesa, del tipo que,
según Nina, salpicaba invariablemente todas las fiestas de éxito en esa época.
Ella estaba suficientemente al día como para no llamarle beatnik, porque ese
término hacía poco que se había vuelto passé, pero nadie conocía aún el término
hippie, que, en cualquier caso, tampoco se podía aplicar. Era un escritor de
los que se ganan la vida a duras penas, en esa época por lo menos, vendiendo
sangre y novelando seriales de televisión. Se llamaba Nicholas no sé qué.
Su idea para un libro en el que ya trabajaba desde hacía algún
tiempo, le había contado a Nina, era que muchos de los asesinatos que se
cometían actualmente eran en realidad el resultado de un pequeño grupo de
asesinos psíquicos, a los que llamaba «vampiros de la mente», que usaban a
otros para ejecutar sus espantosos crímenes. Dijo que un editor ya se había
interesado por su proyecto y al día siguiente le ofrecería un contrato si él
aceptaba cambiar el título por El factor zombie y le ponía más sexo.
-¿Y qué? -le preguntó Willi a Nina, aburrido-. ¿Me haces
atravesar todo el continente para esto? Yo podría comprar esa idea para hacer
una película.
Ése fue el pretexto que usamos para interrogar a este Nicholas
cuando Nina dio una fiesta improvisada la noche siguiente. No asistí. Según
Nina, la fiesta no fue un gran éxito, pero le dio a Willi la oportunidad de
tener una larga conversación con el supuesto joven novelista. En la casi
patética ansia del escritor por entablar negocios con Bill Borden, productor de
Memorias de París, Tres en ritmo y por lo menos dos películas más en
technicolor completamente olvidables que circulaban ese verano por los autocines,
reveló que el libro consistía de un esquema muy gastado y una docena de páginas
de notas. De todas maneras, podría hacer una adaptación para el señor Borden en
cinco semanas, quizá tres semanas si le mandaran a Hollywood para tener el
estímulo creador adecuado.
Más tarde, esa noche, discutimos la posibilidad de que Willi
comprara una opción de la adaptación, pero Willi no disponía entonces de mucho
dinero en efectivo y Nina insistía. Por fin, el joven escritor se abrió la
arteria femoral con una cuchilla de afeitar y corrió gritando hacia una
estrecha callejuela de Greenwich Village, hasta morir. No creo que alguien se
molestara alguna vez en hojear sus notas.
-¿Podría ser como con ese escritor, ja, Melanie? -Willi me dio
una palmadita en la rodilla. Yo asentí con la cabeza-. Era mío -continuó
Willi-, y Nina intentó quitarme el mérito. ¿Recuerdas?
De nuevo hice un gesto afirmativo. De hecho, no había sido ni de
Nina ni de Willi. Yo había evitado la fiesta para poder establecer contacto más
tarde sin que el joven se diera cuenta de que lo seguían. Lo hice con
facilidad. Recuerdo estar sentada en una pequeña tienda demasiado calurosa,
frente al edificio de apartamentos. No fue nada difícil. Acabó tan rápidamente
que casi no sentí sensación de «alimentarme». Después volví a tener consciencia
de los radiadores chisporroteando y del olor a salchichón cuando la gente
corría hacia la puerta para ver qué eran esos gritos. Me acuerdo de que me bebí
mi té con lentitud para no tener que salir antes de que la ambulancia se
marchara.
-¡Tonterías! -dijo Nina, ocupada con su pequeña calculadora
¿Cuántos puntos?
Me miró. Yo miré a Willi.
-Seis -dijo él encogiéndose de hombros. Nina hizo un pequeño
espectáculo de la suma de los números.
-Treinta y ocho -dijo, y suspiró teatralmente-. Ganas otra vez,
Willi. O mejor, me bates de nuevo. Ahora tenemos que oír a Melanie. Has estado
tan callada, querida. Debes de tener alguna sorpresa.
-Sí -dijo Willi-, te toca ganar. Hace algunos años que te toca.
-Nada -dije yo. Había esperado una explosión de preguntas, pero
el silencio sólo era roto por el tictac del reloj que se hallaba en la repisa
de la chimenea. Nina miraba hacia el otro lado, hacia algo oculto por las
sombras del rincón.
-¿Nada? -repitió Willi.
-Hubo... uno -dije yo finalmente-. Pero fue por casualidad.
Pasaba por allí cuando estaba robándole a un viejo..., fue por casualidad.
Willi estaba agitado. Se puso de pie, se dirigió hacia la
ventana, giró una vieja silla de respaldo recto y se sentó a horcajadas, con
los brazos cruzados.
-¿Qué significa esto?
-¿Abandonas el «juego»? -preguntó Nina cuando se volvió para
mirarme. Dejé que la pregunta sirviera de respuesta.
-¿Por qué? -preguntó Willi bruscamente. En su excitación, la
erre sonó doble, dura.
Si yo hubiese sido educada en una época en que las chicas
pudiesen encogerse de hombros, lo habría hecho. Pero, al no ser así, me di por
satisfecha con deslizar los dedos por una imaginaria costura en mi falda. Willi
había hecho la pregunta, pero yo miraba directamente a los ojos de Nina.
Finalmente respondí:
-Estoy cansada. Creo que me estoy haciendo vieja.
-Te harás mucho más vieja si no «cazas» -dijo Willi. Su cuerpo,
su voz, la máscara roja de su cara, todo mostraba una gran ira apenas
controlada-. Dios mío, Melanie, ¡ya pareces más vieja! ¡Tienes un aspecto
horrible! Es por eso que «cazamos», mujer. ¡Mírate al espejo! ¿Quieres morirte
como una vieja sólo porque estás cansada de usarlos? ¡Puaj!
Willi se puso de pie y nos dio la espalda.
-¡Tonterías! -La voz de Nina sonaba fuerte, confiada, una vez
más al mando-. Melanie está cansada, Willi. Debes ser amable. Todos pasamos por
épocas así. Recuerdo cómo estabas tú después de la guerra. Como un cachorro
apaleado. Ni siquiera salías de tu pequeño apartamento miserable en Baden.
Incluso después de que te ayudamos a llegar a Nueva jersey, sólo mirabas
enfurruñado a tu alrededor mientras te compadecías de ti mismo. Melanie inventó
el «juego» para ayudarte a sentirte mejor. Por eso, ¡cállate! Nunca le digas a
una mujer cansada y deprimida que tiene un aspecto horrible. Sinceramente,
Willi, a veces eres un terrible schwüchsinniger. Y un patán.
(En alemán, «melancólico».) (Nota del Traductor)
Yo había imaginado muchas reacciones a mi anuncio, pero ésta era
la que más temía. Quiero decir que Nina también se había cansado del «juego».
Tenía que significar eso.
-Gracias, Nina, querida -dije-. Sabía que lo entenderías.
Ella se inclinó y tocó mi rodilla para tranquilizarme. Incluso a
través de mi falda de lana pude sentir el frío de sus dedos blancos.
Mis invitados no querían quedarse a pasar la noche. Imploré.
Protesté. Les recordé que las habitaciones estaban preparadas, que el señor
Thorne ya había quitado los edredones.
-La próxima vez -dijo Willi-. La próxima vez, Melanie, querida.
Pasaremos un fin de semana como antes. Una semana.
Willi estaba mucho más animado desde que había recibido su
premio de mil dólares de cada una de nosotras. Se había enfurruñado pero yo
había insistido. Había aplacado su ego cuando el señor Thorne le trajo un talón
a nombre de William D. Borden.
Le volví a pedir que se quedara, pero él protestó diciendo que
tenía un vuelo a medianoche para Chicago. Tenía que hablar acerca de una pieza
de teatro con un escritor que había ganado un premio. Después me abrazó; sus
compañeros estaban en el vestíbulo detrás de mí y yo sentí terror por un
instante.
Pero se marcharon. El joven rubio mostró su sonrisa blanca y el
negro agitó la cabeza con un gesto que interpreté como una despedida. Después
quedamos solas. Nina y yo.
Aunque no exactamente. La señorita Kramer estaba junto a Nina al
fondo del vestíbulo. El señor Thorne estaba fuera de mi vista, detrás de la
puerta de la cocina. Le dejé allí.
La señorita Kramer dio tres pasos adelante. Yo sentí que mi
aliento se detenía por un instante. El señor Thorne puso su mano en la puerta
de batientes. Entonces la fornida morena fue hasta el armario del vestíbulo,
cogió el abrigo de Nina y volvió para ayudarla a ponérselo.
-¿Estás segura de que no quieres quedarte?
-No, gracias, cariño. Le he prometido a Barrett que volvería
esta noche a Hilton Head.
-Pero es tarde.
-Tenemos reservas. De todas maneras, gracias, Melanie. Seguiré
en contacto.
-Sí.
-Espero que sí, querida. Tenemos que hablar. Sé cómo te sientes,
pero tienes que recordar que el «juego» sigue siendo importante para Willi.
Tenemos que encontrar una forma de terminarlo sin herir sus sentimientos. Quizá
podríamos visitarlo la próxima primavera en Karinhall o como sea que llama él a
ese triste lugar suyo en Baviera. Un viaje al Viejo Continente te ayudaría
mucho, querida.
-Sí.
-Seguiré en contacto. Cuando este negocio con el nuevo almacén
esté resuelto. Tenemos que pasar algún tiempo juntas, Melanie: solas las dos,
como en otros tiempos. -Sus labios besaron el aire cerca de mi mejilla. Cogió
mis antebrazos con fuerza durante unos segundosAdiós, querida.
Llevé las copas de coñac a la cocina. Thorne las cogió en
silencio.
-Asegúrate de que la casa está bien cerrada -le dije.
Él asintió con la cabeza y fue a verificar las cerraduras y el
sistema de alarma. Eran sólo las diez menos cuarto, pero yo estaba muy cansada.
«La edad», pensé. Subí por la ancha escalera, quizá lo mejor de la casa, y me
puse el camisón. Se había desatado una tempestad y el repiqueteo de la lluvia
en la ventana marcaba un ritmo triste.
El señor Thorne apareció cuando yo estaba cepillándome el pelo y
deseando que fuera más largo. Me volví. Se llevó la mano al bolsillo de su
chaleco oscuro. Cuando la sacó, brillaba en ella una navaja. Asentí con la
cabeza. Él cerró la navaja y la puerta. Escuché sus pasos por la escalera hasta
la silla del vestíbulo en la que pasaría la noche.
Creo que esa noche soñé con vampiros. O quizá pensaba en ellos
antes de dormirme y un fragmento de mi pensamiento permaneció conmigo hasta la
madrugada. De todos los terrores que la humanidad se inflige a sí misma, de
todos sus patéticos pequeños monstruos, sólo el mito del vampiro tiene algún
vestigio de dignidad. Como los humanos de los que vive, el vampiro responde a
sus propios oscuros impulsos. Pero al contrario de su mezquina presa humana,
adopta sus sórdidos medios para el único fin que podía justificar sus acciones:
la inmortalidad material. Son seres nobles, y tristes.
Willi tenía razón: me había hecho vieja. El año anterior se
había cobrado más que toda la década precedente. Pero yo no me había
«alimentado». A pesar del hambre, a pesar del reflejo de la edad en el espejo,
a pesar del oscuro impulso que había dominado nuestras vidas durante tantos
años, yo no me había «alimentado».
Me dormí tratando de recordar los rasgos de la cara de Charles.
Me dormí con hambre.
2
Beverly Hills, sábado 13 de diciembre de 1980
En medio del césped que se hallaba ante la casa de Tony Harod
había una gran fuente circular en la que la estatua de un sátiro de pezuña
hendida orinaba mientras miraba el cañón de Hollywood con una mueca perpetua,
que podía interpretarse como una aversión afligida o como un desprecio burlón.
Quienes conocían a Tony Harod no tenían dudas sobre qué expresión era la más
apropiada.
La casa había pertenecido antes a un actor del cine mudo que, en
lo mejor de su carrera y después de luchar mucho, había dado el difícil salto a
las películas sonoras para morir de cáncer de garganta tres meses después de
que su primera película se estrenara en el Graumann's Chinese Theater. Su viuda
se negó a abandonar la enorme propiedad y se quedó durante treinta y cinco años
como un guarda de un mausoleo, a menudo sableando a sus viejos conocidos de
Hollywood y a sus antes desdeñados parientes con el fin de pagar los impuestos.
En 1959, cuando murió, la casa fue comprada por un guionista que había escrito
tres de las cinco comedias románticas de Doris Day estrenadas hasta entonces.
El escritor se quejaba del jardín venido a menos y de mal olor en la sala del
segundo piso. Acabó por endeudarse tanto que se voló los sesos en el cobertizo
de las macetas; fue descubierto al día siguiente por un jardinero que no
denunció la muerte, temeroso de que la policía se percatase de su condición de
extranjero ilegal. El cadáver fue descubierto de nuevo doce días más tarde por
un abogado del Sindicato de Guionistas que había acudido a visitar al difunto
para discutir su próxima defensa en un pleito por plagio.
Entre los siguientes propietarios de la casa había una famosa
actriz que vivió allí durante los tres meses que se sucedieron entre su quinto
y su sexto matrimonio, un técnico de efectos especiales que murió en el
incendio de un economato y un jeque árabe que pintó el sátiro de color rosa y
le dio un nombre judío. El jeque fue asesinado en 1979 por su cuñado cuando
pasaba por Riyad en peregrinación y Tony Harod compró la finca cuatro días
después.
-Es asombrosamente estupenda -había dicho Harod al corredor de
fincas cuando estaban de pie en el camino de losas y miraban al sátiro que
orinaba-. Me la quedo.
Una hora después entregaba un cheque por seiscientos mil dólares
como pago al contado. Todavía no había visto el interior de la casa.
Shayla Berrington conocía las historias acerca de los actos
impulsivos de Tony Harod. Sabía de aquella vez que Harod había insultado a
Truman Capote delante de doscientos invitados, y del escándalo de 1978, cuando
él y uno de los colaboradores más cercanos de Jimmy Carter habían estado a
punto de ser detenidos por posesión de narcóticos. Nadie había ido a la cárcel,
no se había podido probar nada, pero se decía que Harod había gastado una broma
al desventurado georgiano. Shayla se inclinó para ver el sátiro cuando su
Mercedes con chófer se deslizaba por la curva hasta la entrada principal. Tenía
la aguda consciencia de que su madre no estaba con ella. En esta salida
particular también faltaba Loren (su agente), Richard (el agente de su madre),
Cowles (su chófer y guardaespaldas) y Esteban (su peluquero). Shayla tenía
diecisiete años, era una modelo de éxito desde hacía nueve y una estrella de
cine los últimos dos, pero cuando el Mercedes se detuvo delante de las puertas
recargadamente cinceladas de la mansión de Harod, se sintió como una princesa
de cuento de hadas obligada a visitar a un ogro feroz.
«No, no un ogro -pensó Shayla-. ¿Cómo llamó Norman Mailer a Tony
Harod después de la fiesta de Stephen y Leslie la primavera pasada? Un pequeño
gnomo malvado. Tengo que pasar por la cueva de este pequeño gnomo malvado para
hallar el tesoro.»
Shayla sintió la tensión en los músculos de su cuello cuando
tocó el timbre. Se consoló pensando que el señor Borden estaría allí. Le
gustaba el viejo productor, con su distinción europea y su agradable acento.
Shayla volvió a sentir la tensión cuando pensó en la reacción de su madre si
las mujeres más viejas descubrían que había arreglado en secreto aquel
encuentro. Shayla estaba a punto de dar media vuelta y marcharse cuando la
puerta se abrió.
-Ah, la señorita Berrington, supongo. -Tony Harod estaba en la
entrada vestido con una bata de terciopelo. Shayla le miró y se preguntó si
llevaba algo bajo ella. Podían verse algunos pelos grises en la mata negra de
su pecho desnudo.
-¿Cómo está? -saludó Shayla, y siguió a su supuesto productor
asociado hasta el vestíbulo. A primera vista, Tony Harod no era
un candidato obvio a gnomo. Era ligeramente más bajo que la media (Shayla medía
un metro setenta y siete, alta incluso para una modelo, y Harod no podía medir
más de un metro sesenta); sus largos brazos y enormes manos parecían
desproporcionados colgando de su cuerpo delgado, casi de muchacho. Su pelo era
muy oscuro y tan corto que unos flequillos se encrespaban sobre su frente alta
y pálida. Shayla pensó que quizá la primera sensación de un gnomo oculto era la
palidez de su piel, que parecía más apropiada para un habitante de una ciudad
del nordeste, cubierta de hollín, que para una persona que residía desde dos
años atrás en Los Ángeles. Su cara era huesuda, afilada, y la endurecía el
corte, sardónico de una boca que parecía tener demasiados dientes, pequeños, y
una lengua rosada y rápida, que se movía constantemente para humedecer su fino
labio inferior. Sus ojos eran muy profundos y parecían algo magullados, pero
fue la intensidad de su oscura mirada lo que hizo que Shayla inspirara
profundamente y se detuviera en la entrada de azulejos. Shayla era sensible a
los ojos (sus propios ojos la habían ayudado a hacer de ella lo que era) y
nunca había encontrado una mirada que la impresionara tanto como la de Tony
Harod. Lánguidos, de pesados párpados, casi ausentes en su desinterés burlón,
los ojos menudos y castaños de Harod parecían proyectar un poder y un desafío
que contrastaba enormemente con el resto de su apariencia.
-Entra, muchacha. ¿Dónde está tu séquito? No pensé que te
trasladaras a ninguna parte sin una multitud que haría que el gran ejército de
Napoleón pareciera una sesión de traseros del club de admiradores de Richard
Nixon.
-¿Qué? -preguntó Shayla, y enseguida se arrepintió. Dependía
demasiado de esta reunión como para quedarse atrás por puntos.
-¡No importa! -dijo Harod, y retrocedió para mirarla.
Metió las manos en los bolsillos de la bata, pero no antes de
que Shayla tuviese tiempo de apreciar sus dedos extraordinariamente largos y
pálidos. Pensó en el Gollum de El Hobbit.
-¡Joder, eres terriblemente bella! -sentenció el hombrecilloYa
sabía que eras una maravilla, pero eres aún más impresionante en carne y hueso.
Debes de dejar a los chicos de la playa hechos polvo.
Shayla se puso rígida. Estaba preparada para sufrir alguna
impertinencia, pero cada vez detestaba más las obscenidades.
-¿El señor Borden ya ha llegado? -preguntó fríamente.
Harod sonrió, pero sacudió la cabeza.
-Me temo que no -dijo-. Willi tuvo que ir a visitar a unos
viejos amigos al este, creo que en algún lugar del sur... Bogsville, Redneck
Beach...
Shayla vaciló. Se había considerado preparada para establecer el
trato que deseaba con el señor Borden y su productor asociado, pero la idea de
conversar sólo con Tony Harod la hizo temblar. Habría dado alguna excusa para
irse, pero esa iniciativa quedó anulada por la aparición de una bella mujer.
-Señorita Berrington, permítame que le presente a mi ayudante,
María Chen -dijo Harod-. María, ésta es Shayla Berríngton, una joven actriz de
mucho talento que podría ser la estrella de nuestra nueva película.
-¿Qué tal, señorita Chen? -Shayla evaluó a la otra mujer. De
unos treinta años, su ascendencia oriental manifiesta sólo en sus pómulos
hermosamente esculpidos, su abundante cabello negro y un ligero sesgo de los
párpados, María Chen podía fácilmente ser también modelo. La ligera tensión,
tan natural entre dos mujeres atractivas en el momento de ser presentadas, se
disipó de inmediato debido al calor de la sonrisa de la mayor de ellas.
-Señorita Berríngton, es un placer conocerla. -El apretón de
manos de Chen era firme y cálido-. Hace mucho tiempo que admiro su trabajo
publicitario. Tiene una calidad poco frecuente. Creo que el anuncio a doble
página de Avedon en Vogue era magnífico.
-Gracias, señorita Chen.
-Por favor, ¿por qué no me llama María? -Sonrió, se echó el pelo
hacia atrás y se volvió hacia Harod-. La piscina está a la temperatura
adecuada. He suspendido todas las llamadas durante los próximos cuarenta y
cinco minutos.
Harod asintió con la cabeza.
-Después de mi accidente en la autopista de Ventura, la
primavera pasada, me ayuda mucho pasar algún tiempo en el yacuzi cada día
-explicó él. Sonrió débilmente cuando la vio vacilar-. Regla de la piscina: hay
que llevar bañador. -Harod se desabrochó la bata para mostrar uno rojo con sus
iniciales formando un monograma doradoMaría puede conducirla a un vestuario, ¿o
prefiere discutir la película en otra ocasión cuando Willi pueda estar aquí?
Shayla pensó rápidamente. Dudaba de que pudiera mantener mucho
tiempo este negocio en secreto ante Loren y su madre. Esta podría ser su única
oportunidad de conseguir la película con sus propias condiciones.
-No traigo bañador -dijo.
María Chen rió y respondió:
-Eso no es problema. Tony tiene bañadores para todas las formas
y tamaños de invitados. Hasta tiene algunos para cuando lo visita su madre.
Shayla rió también. Siguió a la otra mujer por un largo
vestíbulo, a
través de una habitación llena de confortables compartimientos,
que estaba dominada por una gran pantalla de televisión y por estanterías
llenas de equipamiento electrónico de vídeo, y después por otro pequeño
vestíbulo hasta un vestuario forrado de cedro. María Chen abrió unos cajones
que revelaron cantidad de bañadores de hombres y de mujer en diversos estilos y
colores.
-La dejaré cambiarse -dijo María Chen.
-¿Estará usted con nosotros?
-Quizá más tarde. Tengo que mecanografiar alguna correspondencia
de Tony. Disfrute del agua y no haga caso de las maneras de Tony. A veces es un
poco rudo, pero es muy íntegro.
Shayla asintió con la cabeza mientras la otra mujer cerraba la
puerta. Shayla miró entre los montones de bañadores. Los estilos variaban desde
reducidos bikinis franceses a maillots sin tirantes y bañadores de dos piezas
más tradicionales. Las etiquetas llevaban los nombres de Gottex, Christian Dior
y Cole. Shayla eligió un bandeau anaranjado que no era escandaloso pero que
estaba cortado lo bastante alto para mostrar sus muslos y sus largas piernas de
modo que la favoreciera. Sabía por experiencia cómo aparecían sus pechos
pequeños y firmes y cómo se vería sólo una sugerencia de pezones hinchando el
fino tejido de licra. El color complementaría el verde avellana de sus ojos.
Shayla salió por otra puerta a un invernadero cerrado por tres
lados por paredes de cristal curvado donde la proliferación de plantas
tropicales capturaba gran parte de la luz. La cuarta pared tenía otra pantalla
de proyección junto a la puerta. Altavoces no visibles emitían música clásica.
El ambiente era húmedo. Shayla podía ver una gran piscina que brillaba en el
exterior a la luz matinal. En ella, Harod estaba reclinado en la parte poco
profunda y se tomaba un trago largo. Shayla sintió que el aire caliente y
húmedo la oprimía como una sábana mojada.
-¿Por qué has tardado tanto, chica? He empezado sin ti.
Shayla sonrió y se sentó al borde de la pequeña piscina. Quedó a
un metro y medio de Harod, no tan lejos como para que constituyera un insulto,
ni tan cerca como para sugerir intimidad. Dio un puntapié distraído al agua
espumeante, levantando las piernas con los pies estirados para mostrar los
músculos de las pantorrillas y los muslos.
-¿Podemos empezar? -sugirió Harod. Exhibía su sonrisa fina y
burlona; su lengua se asomó para humedecer el labio inferior.
-No debería haber venido -dijo Shayla en voz baja-. Mi agente
trata este tipo de cosas. Siempre consulto a mi madre antes de decidir
cualquier nuevo proyecto..., incluso un contrato de modelo para un fin de
semana. He venido porque el señor Borden me lo pidió. El señor Borden ha sido
muy amable desde...
-Sí, sí, está loco por ti -interrumpió Harod, y puso su bebida
sobre los azulejos-. El asunto es éste: Willi compró los derechos de un
best-seller titulado El tratante de blancas. Es un libro de mierda sistemática
escrito para analfabetos de catorce años y amas de casa con lobotomía que hacen
cola para comprar las nuevas novelas baratas cada mes. Un material idiota para
cuadrapléjicos intelectuales. Naturalmente, vendió unos tres millones de
ejemplares. Nosotros compramos los derechos antes de que se publicara. Willi
tiene a un tipo en Ballantine que le avisa cuando uno de estos pasteles de
mierda promete ser un éxito.
-Usted lo hace parecer muy interesante -dijo Shayla en voz baja.
-Jodidamente cierto. Claro que la película no usará la mayor
parte del libro, conserva la línea de la historia y el sexo barato. Pero
tenemos gente competente metida en ello. Michael May-Dreinen ha empezado a
trabajar en el guión y Schubert Williams ha aceptado ser el realizador.
-¿Schu Williams? -Shayla estaba sobresaltada. Williams acababa
de dirigir a George C. Scott en una película de gran éxito para la MGM. Miró la
superficie burbujeante de la piscina-. Me parece que no es nada que pueda
interesarnos -dijo-. Mi madre..., es decir, ella y yo tratamos de ser muy
cuidadosas con el tipo de vehículo que elegimos para encauzar mi carrera en el
cine.
-Ajá -dijo Harod y sorbió lo que quedaba de su bebida-. Hace dos
años empezaste en La esperanza de Shannerly, con Ryan O'Neal. Una chica a punto
de morirse encuentra a un estafador en iguales circunstancias en una clínica
mexicana. Ambos desisten de buscar falsas curas y encuentran la verdadera
felicidad en las pocas semanas que les quedan. Cito a Charles Chaplin: «Sólo la
presentación a la crítica de esta abominación de sacarina sería suficiente para
poner a los diabéticos en coma.»
-La distribución y la promoción fueron pobres y...
-Deberías estar muy contenta con eso, chica. Después, el año
pasado, tu mamá te metió en Al este de la felicidad, de Wise. Ibas a ser otra
Julie Andrews en ese timo de mierda barata de El sonido del moco. Pero no lo
fuiste, y no estamos en los sesenta, con niños floridos; son los jodidos
ochenta y aunque no soy tu agente, señorita Berrington, diría que la mamá y la
banda te han empujado bastante lejos por el valle de la mierda en lo que
respecta a tu carrera cinematográfica. Intentan convertirte en algo parecido a
Marie Osmond. Sé que eres miembro de la Iglesia de los Santos del Último Día,
¿y qué? Tenías clase en las portadas de Vogue y Seventeen, y ahora estás a
punto de mandarlo todo al carajo. Intentan hacerte pasar como una quinceañera
ingenua, pero es demasiado tarde para eso.
Shayla no se movió. Su cerebro corría pero no era capaz de
expresarse con palabras. Su impulso era decirle a ese pequeño gnomo malvado que
se fuera al diablo, pero no lo lograba y continuaba sentada al borde de la
piscina. Su futuro dependía de los minutos siguientes y su mente era un
embrollo.
Harod salió del agua y caminó sobre los azulejos hasta una barra
de bar colocada entre los helechos. Se sirvió un vaso alto de zumo de pomelo y
se volvió hacia Shayla.
-¿Quieres algo, muchacha? Tengo de todo, aquí. Hasta ponche
hawaiano, si hoy te sientes especialmente mormona.
Shayla sacudió la cabeza.
El productor se dejó caer otra vez en el yacuzi y colocó el vaso
contra su pecho. Miró un espejo que había en una pared y asintió con la cabeza
de manera casi imperceptible.
-Muy bien -dijo-. Hablemos de El tratante de blancas o como sea
que se llame finalmente.
-No creo que estemos interesadas...
-Recibes cuatrocientos mil dólares de adelanto -explicó Harod-,
más un porcentaje de taquilla... que nunca verás, con la contabilidad que hay.
Lo que realmente recibirás es un nombre que puedes explotar en cualquier
estudio de la ciudad. La cosa será una auténtica bomba, chica, créeme. Yo puedo
oler una película taquillera antes de que el segundo borrador de la adaptación
esté mecanografiado. Esta es grande.
-Me temo que no, señor Harod. El señor Borden dijo que si yo no
estaba interesada después de escuchar la primera propuesta, podríamos...
-El rodaje empieza en marzo -cortó Harod. Bebió un sorbo largo y
cerró los ojos-. Schu calcula doce semanas, o sea que tú cuenta con veinte.
Rodaremos en Argelia, en España, algunos días en Egipto y unas tres semanas en
los estudios Pinewood para las partes del palacio en el gran escenario
sonorizado que hay allí.
Shayla se puso en pie. El agua brilló en sus piernas. Puso las
manos en las caderas y miró al hombrecillo inmerso en la piscina. Harod no
abrió los ojos.
-Usted no escucha, señor Harod -exclamó ella-. He dicho no. No
haré su película. Ni siquiera he visto el guión. Bien, puede coger su Tratante
de blancas o lo que sea y...
-¿Y metérmelo en el culo? -Harod abrió los ojos. Shayla pensó en
un lagarto saliendo de su letargo. El agua formaba espuma alrededor de su
pálido pecho.
-Adiós, señor Harod -dijo Shayla Berrington, y le dio la
espalda. Había dado tres pasos cuando la voz de Harod la hizo detenerse.
-¿Te dan miedo las escenas de desnudo, muchacha? Ella vaciló,
después continuó.
-Te dan miedo las escenas de desnudo -repitió Harod, y ahora no
era una pregunta.
Shayla estaba casi en la puerta cuando se volvió. Sus manos
desgarraron el aire.
-¡Ni siquiera he visto el guión! -Su voz se quebró y se sintió
asustada por hallarse casi a punto de llorar.
-Claro, hay algunas escenas de desnudo -explicó Harod como si
ella no hubiera dicho nada-. Y una escena de amor que hará mojar las bragas a
las adolescentes. Podíamos usar una doble, pero no hay necesidad. Tú puedes
hacerlo, muchacha.
Shayla sacudió la cabeza. Sintió una furia creciente que no
podía expresar. Se volvió y alargó a ciegas el brazo hacia el pomo de la
puerta.
-Espera.
La voz de Tony Harod era más suave que nunca. Casi inaudible.
Pero tenía algo que la hizo detenerse con más firmeza que un grito. Parecía que
unos dedos fríos apretaban su cuello.
-Ven aquí.
Shayla se volvió y caminó hacia él. Harod yacía con sus manos de
delgados dedos cruzadas sobre el pecho. Parte del cerebro de Shayla gritó de
pánico y protestó, mientras otra parte se limitaba a observar con creciente
admiración.
-Siéntate.
Ella se sentó al borde de la piscina, a un metro de él. Sus
piernas cayeron en el yacuzi. La espuma salpicó sus bronceados muslos. Se
sintió fuera de su cuerpo, mirándose con una objetividad casi clínica.
-Como decía, puedes hacerlo, muchacha. ¡Mierda, todos somos un
poco exhibicionistas! Sólo que tú recibirás una pequeña fortuna por hacer lo
que de todas formas quieres hacer.
Como si luchara contra un terrible entorpecimiento, Shayla
levantó la cabeza y miró a los ojos a Tony Harod. En aquella luz moteada, sus
pupilas parecían haberse dilatado hasta el punto de reducir su pálida cara a
dos sendos agujeros negros.
-Como ahora -dijo Harod en voz baja, muy baja. Quizá ni siquiera
había hablado. Las palabras parecían deslizarse hasta un lugar en el cerebro de
Shayla como frías monedas que cayeran en aguas oscuras-. Realmente hace mucho
calor aquí. No necesitas el bañador. ¿Verdad? Claro que no.
Shayla miró fijamente. Distante, en el extremo más lejano del
túnel de su cerebro era una niña a punto de echarse a llorar. Observaba con una
sorpresa tranquila mientras su brazo se levantaba y su mano deslizaba
lentamente el extremo del bandeau y lo hacía pasar bajo el elástico. Tiró de él
con fuerza y el tejido se deslizó; ella notó la resistencia que le oponía el
bulto de sus pechos. Estiró el otro extremo. Los pezones se marcaron bajo la
tela. Podía ver la leve línea roja que desaparecía allí donde el elástico había
apretado su piel. Miró a Tony Harod.
Harod sonreía apenas y asentía con la cabeza.
Como si antes le hubieran concedido permiso para hacerlo, Shayla
bajó el bañador con un gesto brusco. Sus pechos se balancearon con suavidad
cuando se liberaron de la tela naranja. Tenía el cutis muy blanco, sólo
salpicado de alguna que otra peca. Sus pezones estaban turgentes y se erguían
con rapidez al contacto del aire fresco. Eran castaños, muy anchos y perfilados
por algunos pelos oscuros que Shayla consideraba demasiado bellos para
depilárselos. Nadie lo sabía. Ni siquiera su madre. No habría permitido que
nadie, ni el mismísimo Avedon, le fotografiara los pechos.
Miró de nuevo a Harod, pero su cara era sólo una mancha blanca.
La sala parecía inclinarse y girar a su alrededor. El ruido del reciclador de
la piscina aumentó hasta que latía en sus oídos. Al mismo tiempo, Shayla sintió
que algo se agitaba dentro de ella. Un calor agradable empezó a colmarla. Era
como si alguien le hubiese tocado directamente en el cerebro para acariciarla
en el centro de placer como sin duda una palma y unos dedos le acariciarían el
sensible montículo entre sus piernas. Shayla jadeó y se arqueó
involuntariamente.
-Hace de verdad mucho calor -dijo Tony Harod.
Ella se pasó las manos por la cara, tocó los párpados con algo
semejante al asombro y después deslizó las palmas por el cuello, por la
clavícula, y se detuvo apretando con fuerza el pecho, donde empezaba la carne
pálida. Podía sentir el pulso que latía en su garganta como un pájaro en su
jaula. Después deslizó las manos más abajo, arqueándose de nuevo mientras las
palmas resbalaban sobre sus pezones, que se habían vuelto dolorosamente
sensibles, levantando los pechos como el doctor Kemmerer le había enseñado a
hacer cuando tenía catorce años, pero sin examinarlos, sólo apretándolos,
sometiéndolos a una presión agradable que la hacía gemir de forma reprimida.
-Realmente, no hay necesidad de bañador -cuchicheó Harod. ¿Él
había cuchicheado? Shayla estaba confusa. Le miraba directamente y sus labios
no se habían movido. Su ligera sonrisa mostraba sus dientes pequeños, como
blancas piedras afiladas.
Era igual. Todo le era igual a Shayla, excepto verse libre del
maillot que la ceñía. Estiró el tejido hacia abajo, lo pasó por la comba de su
vientre y levantó las nalgas para pasar el elástico por debajo. El bañador se
redujo sólo a un pliegue de tejido arrollado en una pierna; terminó de
liberarse de él con un puntapié. Se miró, el arco interior de los muslos y la
línea vertical de vello púbico, no totalmente en v, que se elevaba hasta el
límite de su bronceado. Durante un segundo volvió a sentirse mareada, esa vez
con una sensación distante de choque, pero entonces sintió que las caricias
empezaban de nuevo en su interior y se inclinó hacia atrás, apoyada sobre los
codos.
El yacuzi lanzó chorros de agua caliente contra sus piernas.
Ella levantó una mano y recorrió lentamente una vena azul que latía bajo la
pálida piel de su pecho. El mínimo roce encendía su carne. Parecía que los
montículos de sus pechos se contraían y se hacían más pesados en el mismo
instante. El ruido de la piscina parecía sincronizado y después sincopado con
los sordos latidos de su corazón. Levantó la rodilla derecha y dejó caer la
mano junto a la parte interior de su pierna. Su propia palma se deslizó más
arriba, rompiendo las gotitas de agua que brillaban en el vello dorado de sus
muslos. El calor la llenaba, la controlaba. Su vulva pulsaba con un placer que
había conocido sólo en esa penumbra culpable antes de dormirse, conocida antes
sólo a través de un filtro de vergüenza que ahora faltaba; nunca lo había
sentido con esta irresistible sensación de calor y urgencia. Los dedos de
Shayla encontraron los pliegues húmedos de los labios de su vulva y los separó
con un jadeo suave.
-Demasiado calor para un bañador -dijo Tony Harod-. Para los
dos.
Tomó un sorbo de zumo de pomelo, se puso en pie sobre los
azulejos y dejó de nuevo el vaso al borde de la piscina.
Shayla se deslizó sintiendo los azulejos fríos bajo su cadera.
Su largo cabello cayó alrededor de su cara cuando se arrastró hacia delante,
con la boca ligeramente abierta, usando los codos como palanca. Harod reposaba
inclinado hacia atrás sobre los codos, dando distraídos puntapiés en el agua.
Shayla se detuvo y lo miró. En su mente las caricias se intensificaron,
encontraron su centro y se deslizaron con lentitud por tortuosos caminos. Sus
sentidos registraban sólo el flujo y reflujo de la fricción lubrificada. Shayla
jadeó e involuntariamente apretó los muslos con fuerza mientras oleajes
sucesivos de orgasmos preliminares la recorrían como ondulaciones. El murmullo
subió de tono en su mente, adquiriendo un carácter sibilante e insistente que
formaba parte del placer.
Los pechos de Shayla tocaban el suelo cuando se arrastró ante
Tony Harod y le bajó los shorts de baño con un movimiento frenético que era al
mismo tiempo violento y delicado. Estiró la tela fruncida sobre sus rodillas
hasta el agua. El vello negro bajaba desde el vientre. Su pene era pálido y
estaba fláccido; se movía con lentitud en el interior del nido de pelos negros.
Ella le miró y vio que su sonrisa había desaparecido. Sus ojos
eran
como agujeros en una máscara pálida. No había calor en ellos. Ni
excitación. Sólo la intensa concentración de un depredador mirando fijamente a
su presa. A Shayla no le importó. No se daba cuenta de lo que veía. Sabía sólo
que la caricia en su mente se había intensificado, había ido más allá del
éxtasis hacia el dolor. Un placer en estado puro inundó, como una droga, su
sistema nervioso.
Shayla apoyó su mejilla en el muslo de Harod y cogió su pene con
la mano derecha. Él se la apartó distraídamente. Shayla se mordió el labio y
gimió. Su mente era un torbellino de sensaciones que sólo registraba los
aguijones de la pasión y del dolor. Sus piernas se crisparon en espasmos
imposibles de dominar y se retorció contra el borde de la piscina. Recorrió con
sus labios la piel salada del muslo de Harod. Probó su propia sangre cuando
alargó la mano para coger los testículos de Harod en su palma. El hombrecillo
levantó la pierna derecha y la empujó delicadamente de lado hacia la piscina.
Shayla continuó aferrándose a sus piernas, luchando por no ser rechazada,
haciendo pequeños ruidos mientras su boca y sus manos lo buscaban.
María Chen entró, conectó un teléfono a una toma en la pared y
lo dejó en el suelo junto a Harod.
-Washington -dijo, miró una vez a Shayla y salió.
El calor y la fricción abandonaron la mente y el cuerpo de
Shayla y dejaron en su lugar una brusca frialdad que la hizo gritar de dolor.
Miró ciegamente durante un segundo y, después, retrocedió hacia la burbujeante
piscina. Empezó a temblar con violencia y se cubrió los senos con los brazos.
-Harod al habla -dijo el productor tras descolgar el teléfono.
Se levantó, dio tres pasos y se puso su bata de felpa.
Shayla miraba con herida incredulidad cómo su cuerpo pálido se
cubría. Empezó a temblar con más intensidad. Los escalofríos recorrían su
cuerpo. Clavó sus uñas en los cabellos y bajó la cara hacia el agua espumeante.
-¿Sí? -preguntó Harod-. ¡Hostia! ¿Cuándo? ¿Están seguros de que
iba a bordo? Joder! Sí. ¿Ambos? ¿Y el otro..., cómo se llama? joder! No, no. Me
cuidaré yo. No. He dicho que me cuidaré yo. Sí. No, cuente con dos días. Sí,
voy allá.
Colgó el teléfono con violencia, caminó hacia una silla de
mimbre y se desplomó sobre ella.
Shayla se arrastró hasta donde pudo y cogió el maillot que
flotaba en la piscina. Aún temblando, mareada por el asco, se puso en cuclillas
en el agua burbujeante para ponerse el bañador. Sollozaba sin tener conciencia
de ello. «Esto es una pesadilla», era el pensamiento que resonaba en su
perturbado cerebro.
Harod cogió un mando a distancia y lo apuntó hacia la gran
pantalla de proyección que había en una pared, se encendió de inmediato y
mostró una imagen de Shayla Berrington sentada al borde de una pequeña piscina.
Miraba a un lado, con una mirada vacía, sonreía como si disfrutara de un sueño
y empezaba a quitarse el elástico del bañador. Sus pechos eran pálidos, los
pezones estaban erectos, las aréolas grandes y visiblemente marrones hasta con
mala luz...
-¡No! -gritó Shayla, y golpeó el agua.
Harod se volvió y pareció reparar en su presencia por primera
vez. Sus finos labios se torcieron en un simulacro de sonrisa.
-Me temo que nuestros planes han cambiado un poco -dijo él, en
voz baja-. El señor Borden no participará en esta película. Yo seré el único
productor.
Shayla detuvo sus frenéticos golpes en el agua. Los mechones
húmedos de sus cabellos le caían sobre la cara. Tenía la boca abierta y la
saliva se escurría por su barbilla. Excepto sus sollozos desenfrenados, el
único sonido era el zumbido del reciclador.
-Conservaremos el programa de rodaje -comentó Harod casi
distraídamente. Levantó los ojos hacia la gran pantalla. Shayla Berrington se
arrastraba desnuda sobre los azulejos. Apareció el torso desnudo de un hombre.
La cámara enfocó la cara de Shayla mientras frotaba su mejilla contra un muslo
pálido y velludo. Sus ojos brillaban de pasión y su boca pulsaba redonda como
la de un pez-. Me temo que el señor Borden no producirá más películas con
nosotros -dijo Harod. Su cabeza giró hacia ella y los faros negros de sus ojos
parpadearon lentamente-. De ahora en adelante estamos sólo tú y yo, muchacha.
Los labios de Harod se torcieron y Shayla pudo ver sus pequeños
dientes.
-Me temo que el señor Borden no producirá más películas con
nadie. -Harod volvió a mirar hacia la pantalla-. Willi ha muerto -añadió en voz
baja.
3
Charleston, sábado 13 de diciembre de 1980
Cuando desperté, el sol brillaba entre las ramas. Era uno de
esos días de invierno cristalinos, templados, que hacen que la vida en el Sur
sea mucho menos deprimente que la pura supervivencia ante un invierno yanqui.
Podía ver el verde de los palmitos sobre los tejados. Cuando el señor Thorne me
trajo la bandeja del desayuno, le dije que abriera un poco la ventana. Mientras
tomaba el café, podía oír a los niños que jugaban en el patio. Algunos años
antes el señor Thorne me habría traído el periódico de la mañana sobre la
bandeja, pero hacía mucho tiempo que yo había aprendido que leer las locuras y
los escándalos del mundo era profanar la mañana. En realidad, cada vez me
interesaba menos por los asuntos de los hombres. Hacía doce años que vivía sin
periódicos, teléfono o televisión, y no había sufrido efectos nocivos excepto
si se considera negativa la creciente autosatisfacción. Sonreí al recordar el
disgusto de Willi por no poder mostrar sus videocasetes. Era tan infantil.
-Hoy es sábado, ¿verdad, señor Thorne? -Asintió y yo le indiqué
con un gesto que se llevara la bandeja-. Hoy saldremos -dije-. Un paseo. Quizás
iremos al fuerte. Después cenaremos en Henry's, y a casa. Tengo que preparar
ciertos asuntos.
El señor Thorne vaciló y casi tropezó al salir de la habitación.
Dejé de ceñirme por un instante la bata. No era normal que el señor Thorne
hiciera un movimiento desprovisto de gracia. Comprendí que también él se estaba
haciendo viejo. Enderezó la bandeja y los platos, meneó la cabeza y se dirigió
a la cocina.
No estaba dispuesta a dejar que los presagios de la vejez me
trastornaran en una mañana tan bella. Me sentí llena de nueva energía y
resolución. La reunión de la noche anterior no había ido bien, pero tampoco
había ido tan mal como podría haberse esperado. Yo había sido honesta con Nina
y Willi con respecto a mi intención de abandonar el «juego». En las semanas y
meses siguientes, ellos -o por lo menos Nina- empezarían a reflexionar sobre
las ramificaciones que esto podía traer consigo, pero cuando decidiesen
reaccionar, juntos o por separado, ya haría mucho tiempo que me habría
marchado. Tenía ya nuevas (y viejas) identidades esperándome en Florida,
Michigan, Londres, el sur de Francia y hasta Nueva Delhi. Michigan, por el
momento, ni hablar. No estaba acostumbrada a un clima duro. Nueva Delhi ya no
era el lugar hospitalario con los extranjeros que conocí cuando residí allí
durante algún tiempo antes de la guerra.
Nina tenía razón en una cosa: un regreso a Europa sería
beneficioso para mí. Añoraba la espléndida luz y el cordial savoir vivre de los
campesinos de los alrededores de mi vieja residencia de verano en las afueras
de Toulon.
El aire del exterior era estimulante. Me puse un sencillo
vestido estampado y mi abrigo de primavera. El vestigio de artritis en mi
pierna derecha me molestó mientras bajaba la escalera, pero usé el viejo bastón
de mi padre. Un joven criado negro lo había cortado para él el verano que nos
trasladamos de Greenville a Charleston. Sonreí cuando salí al encuentro del
aire cálido del patio.
La señora Hodges salió de su portal hacia la luz. Sus nietos y
los amigos de éstos jugaban alrededor de la fuente seca. Desde hacía dos siglos
el patio era compartido por los tres edificios de ladrillos. Sólo mi casa no
había sido dividida en pisos o apartamentos baratos.
-Buenos días, señorita Fuller.
-Buenos días, señora Hodges. Un hermoso día. -Sí, mucho. ¿Se va
de compras?
-Sólo un paseo, señora Hodges. Me extraña que el señor Hodges
no esté fuera. Los sábados acostumbra trabajar en el patio.
La señora Hodges frunció el ceño cuando una de las chiquillas
corrió entre nosotras. Su amiga vino chillando detrás con el jersey al viento.
-Oh, George ya está en el puerto deportivo. -¿Durante el día?
Muchas veces me divertía con la marcha del señor Hodges al
trabajo por la noche; su uniforme de guardia de seguridad impecablemente
planchado, su pelo gris que le sobresalía por debajo de la gorra, la fiambrera
negra del almuerzo cogida firmemente bajo el brazo. El señor Hodges era tan
curtido y patizambo como un viejo cowboy. Era uno de aquellos hombres que están
siempre al borde de la jubilación, pero que probablemente comprenden que la
inactividad sería una especie de sentencia de muerte.
-Oh, sí. Uno de esos hombres de color del turno de noche en el
edificio del almacén se marchó y le pidieron a George que ocupara su puesto. Le
dije que era muy viejo para trabajar cuatro noches por semana y además el fin
de semana, pero ya sabe cómo es George.
-Bien, déle mis saludos -le dije. Las chicas que corrían
alrededor de la fuente me ponían nerviosa.
La señora Hodges me siguió hasta la puerta de hierro forjado.
-¿Se marchará estas vacaciones, señorita Fuller?
-Quizá, señora Hodges. Es muy probable.
Después el señor Thorne y yo salimos a la acera y nos dirigimos
hacia Battery. Algunos coches pasaban lentamente por las calles estrechas, los
turistas miraban las casas de nuestro casco antiguo, pero el día estaba sereno
y tranquilo. Cuando entramos en la calle Broad, vi los mástiles de los yates y
veleros antes de ver el agua.
-Por favor, compre los billetes, señor Thorne -dije-. Creo que
me gustaría ver el Fuerte.
Como es típico de la mayoría de la gente que vive cerca de
atracciones turísticas populares, no había reparado en ellas durante muchos
años. Era un acto de sentimentalismo visitar ahora el Fuerte. Un acto motivado
por mi creciente aceptación del hecho de que tendría que dejar esos lugares
para siempre. Pensar en mudarse es algo totalmente diferente a enfrentarse
realmente a ello.
Había escasos turistas. El transbordador se alejó del malecón
hacia las plácidas aguas del puerto. La combinación de sol caliente y el
monótono zumbido del diésel me hizo dormitar durante un rato. Me desperté
cuando entrábamos en la oscura masa del fuerte de la isla. Durante un momento
acompañé al grupo de visitantes, disfrutando de los silencios de catacumba de
los niveles inferiores y del sonsonete estúpido de la guía del parque. Pero
cuando volvimos al museo, con sus dioramas cubiertos de polvo y sus pequeñas
bandejas de oropel con diapositivas, subí por la escalera de nuevo hacia el
parapeto. Le hice una señal al señor Thorne para que se quedara en lo alto de
la escalera y fui hasta las defensas. Sólo había otra pareja -una pareja joven
con un bebé en una incómoda cuna india y una cámara barata- en la muralla.
Fue un momento agradable. Una tormenta de mediodía venía de
occidente y proporcionaba un fondo oscuro a las agujas de las iglesias
iluminadas, las torres de ladrillos y partes de la ciudad. Desde una distancia
de tres kilómetros se podía ver el movimiento de la gente en el paseo de
Battery. El viento soplaba delante de las nubes y lanzaba cabrillas contra el
balanceante transbordador y contra el malecón de madera. El aire olía a río, a
invierno y a lluvia al anochecer.
No era difícil imaginar aquel lejano día. Las granadas habían
caído en el fuerte hasta que las capas superiores fueron poco más que
protectores montones de escombros. La gente había aplaudido y gritado desde los
tejados, detrás de Battery. Los vivos colores de los vestidos y sombrillas
debieron de haber sido exasperantes para los artilleros yanquis. Por fin uno de
ellos había disparado un tiro sobre los tejados atestados. La confusión que
siguió debió de resultar divertida desde el lugar que ocupaba.
Un movimiento del agua gris me llamó la atención. Algo oscuro se
deslizaba a su través; algo oscuro y sigiloso como un tiburón. Me desperté de
mis recuerdos cuando reconocí en esa masa en movimiento un submarino Polaris,
viejo pero sin duda útil todavía, que se deslizaba por las aguas oscuras sin
emitir un solo sonido. Las olas se curvaban y se rizaban sobre el casco liso
como una piel de marsopa, formando a ambos lados una estela blanca. Había
varios hombres en la torreta. Vestían pesados abrigos y sombreros calados hasta
los ojos. Unos inverosímiles binóculos colgaban del cuello de uno de los
hombres, quien supuse que sería el capitán. Señalaba algo más allá de la isla
Sullivan. Lo miré. Los contornos de mi visión empezaron a desvanacerse mientras
yo establecía contacto con el agua. Desde lejos me llegaban sonidos y visiones.
Tensión. El placer de la espuma salada, de la brisa del
nordeste. La ansiedad de las órdenes cerradas abajo. La conciencia de los
bajíos de arena que acababan de avistarse al lado del puerto.
Me asusté cuando alguien se me acercó por detrás. Los puntos que
oscilaban al borde de mi visión se escaparon cuando me volví.
El señor Thorne estaba allí, junto a mí. Sin que le hubiera
llamado. Había abierto la boca para decirle que volviera junto a la escalera
cuando descubrí la causa de su aproximación. El joven que había estado haciendo
fotos con su pálida esposa se dirigía hacia mí. El señor Thorne se movió para
interceptarle.
-Perdóneme, señora. ¿Podrían hacernos una foto?
Asentí con la cabeza y el señor Thorne cogió la cámara que le
tendían. Resultaba minúscula en sus manos de largos dedos. Dos fotos bastaron
para que la pareja quedara satisfecha con la inmortalización de su presencia
allí. El joven sonrió como un idiota y meneó la cabeza. El bebé empezó a llorar
cuando sopló un viento frío. Miré de nuevo hacia el submarino, pero ya había
pasado, su torreta gris era ahora una delgada línea que unía el mar y el cielo.
Estábamos casi de vuelta a la ciudad, el transbordador oscilaba
en dirección a la grada, cuando una desconocida me habló de la muerte de Willi.
-Es terrible, ¿verdad? -La locuaz anciana me había seguido hasta
la sección despejada de la cubierta. Aunque el viento se había vuelto
incómodamente fresco y yo me había movido dos veces para escapar de aquella
estúpida cháchara, era evidente que aquel personaje me había elegido como
blanco de conversación para el tramo final de la excursión. Ni mi reserva ni la
disuasiva presencia del señor Thorne parecían descorazonarla-. Debe de haber
sido terrible -continuaba ella-. En la penumbra...
-¿Qué ocurrió?
Una oscura premonición motivó mi pregunta.
-El accidente de avión. ¿No oyó hablar de eso? Debe de haber
sido terrible, caer en el pantano... Esta mañana le he dicho a mi hija...
-¿Qué accidente de avión? ¿Cuándo?
La anciana se encogió un poco ante la acritud de mi tono, pero
no se borró su vacía sonrisa.
-Ah, la noche pasada. Esta mañana le he dicho a mi hija...
-¿Dónde? ¿Qué avión?
El señor Thorne se acercó cuando oyó el tono de mi voz.
-La noche pasada -repitió ella con voz trémula-. El de Charleston.
El periódico que estaba en el salón lo cuenta todo. ¿No es terrible? Ochenta y
ocho personas. Yo le he dicho a mi hija...
La dejé junto a la barandilla. Había un periódico arrugado cerca
de la cafetería; bajo un titular de cuatro palabras podían leerse algunos
detalles de la muerte de Willi. El vuelo 417 a Chicago había despegado del
aeropuerto internacional de Charleston a las 12.18. Veinte minutos después
estalló en el aire cerca de la ciudad de Columbia. Fragmentos del fuselaje y
partes de los cuerpos habían caído en el pantano Congarese donde unos
pescadores nocturnos los encontraron. No hubo supervivientes. La FAA, el NTSB y
el FBI estaban investigando.
Mis oídos zumbaron y tuve que tomar asiento para no caerme. Mis
manos súbitamente húmedas se pegaban al tapizado de vinilo verde. Los pasajeros
pasaban cerca de mí de camino hacia las salidas.
Willi estaba muerto. Asesinado. Nina lo había matado. Durante
algunos vertiginosos segundos consideré la posibilidad de una conspiración, un
rebuscado trabajito de Nina y Willi para confundirme y hacerme pensar que sólo
era una amenaza. Pero no. No había ninguna razón. Si Nina hubiese incluido a
Willi en sus planes, no habría habido necesidad de maquinaciones tan absurdas.
Willi estaba muerto. Sus restos estaban sembrados sobre una zona
pantanosa, maloliente y oscura. Era demasiado fácil imaginar sus últimos
momentos. Se reclinaba en el confortable asiento de primera clase, con una copa
en la mano, quizá murmurándole algo a uno de sus palurdos compañeros. Después,
la explosión. Gritos. La súbita oscuridad. Una arremetida brutal y la caída
final en el olvido. Me estremecí y apreté el brazo metálico de la silla.
¿Cómo lo había hecho Nina? No era probable que hubiera utilizado
a uno de los hombres de Willi. No estaba más allá de los poderes de Nina «usar»
a los propios peones de Willi, especialmente en vista de su «aptitud»
debilitada, pero no había razón para hacerlo. Podía haber «usado» a cualquier
pasajero de ese vuelo. Habría sido difícil. El elaborado paso de preparar la
bomba, el supremo esfuerzo de bloquear todo el recuerdo, y el casi increíble
hecho de «usar» a alguien mientras estábamos juntos tomando café y coñac. Pero
Nina lo podía haber hecho. Sí, podía. Y el momento. El momento exacto sólo
podía significar una cosa.
El último de los turistas había salido de la sala. Sentí la
ligera sacudida que significaba que habíamos atracado en el malecón. El señor
Thorne estaba de pie junto a la puerta.
El momento elegido por Nina significaba que intentaba
enfrentarnos a los dos al mismo tiempo. Por supuesto lo había planeado mucho
antes de la reunión y de mi tímido anuncio de retirarme. ¡Cómo debía de haberse
divertido! ¡No me sorprende que reaccionara tan generosamente! Pero había
cometido un gran error. Al ocuparse primero de Willi, Nina lo apostó todo a la
posibilidad que yo no supiera la noticia antes de poderse ocupar de mí. Sabía
que yo no tenía acceso a las noticias diarias y que salía muy raramente. De
todas maneras, era improbable que Nina dejara algo al azar. ¿Sería posible que
pensara que yo había perdido completamente la «aptitud» y que Willi
representaba una amenaza mayor?
Yo sacudía la cabeza mientras salía de la sala hacia la luz gris
de la tarde. El viento penetraba a través del abrigo fino. La vista desde el
muelle era borrosa y me di cuenta de que tenía los ojos llenos de lágrimas.
¿Por Willi? Willi había sido un tonto débil y pomposo. ¿Por la traición de
Nina? Quizás era sólo el viento frío.
Las calles del casco antiguo estaban poco concurridas. Ramas
desnudas chasqueaban contra las ventanas de las casas. El señor Thorne seguía a
mi lado. El aire frío hacía más intenso el dolor artrítico de mi pierna
derecha, que subía hasta la cadera. Me curvé más sobre el bastón de mi padre.
¿Cuál sería su próximo movimiento? Me detuve. Un trozo de diario
arrastrado por el viento topó contra mi tobillo y continuó su viaje. ¿Cómo
vendría hasta mí? No desde muy lejos. Estaba en algún lu gar de la ciudad. Lo
sabía. Aunque era posible «usar» a alguien a larga distancia, ello requería una
gran relación, un conocimiento casi íntimo de esa persona, y si el contacto se
perdiera sería difícil, si no imposible,
restablecerlo a distancia. Ninguno de nosotros sabía por qué era
así. Ahora no importaba. Pero la idea de Nina aún allí, cerca, hizo que mi
corazón empezara a latir con fuerza.
Desde lejos no. Fuera quien fuese la persona que ella «usaba»,
vendría hacia mí. Yo vería a mi atacante. Conocía bastante bien a Nina; eso por
lo menos lo sabía. Sin duda, la muerte de Willi había sido su «alimentación»
menos personal imaginable, pero había sido una mera operación técnica. Desde
luego Nina había decidido ajustar viejas cuentas conmigo y Willi se había
convertido en un obstáculo para ella, en una amenaza pequeña pero significativa
que tenía que ser eliminada antes de continuar. No me costaba imaginar que para
el cerebro de Nina, su elección de la forma de morir de Willi sería
interpretada como un acto de compasión, casi una señal de afecto. No conmigo.
Era consciente de que Nina quería que yo supiera, aunque por poco tiempo, que
ella estaba detrás del ataque. En cierto sentido su vanidad sería mi aviso. O
por lo menos eso esperaba.
Tuve la tentación de marcharme de inmediato. Le podía decir al
señor Thorne que sacara el Audi del garaje y en una hora podríamos estar lejos
de la influencia de Nina, camino de una nueva vida al cabo de pocas horas.
Había cosas importantes en la casa, claro, pero los fondos que yo había
guardado en otro lugar sustituirían la mayor parte. Sería casi una alegría
dejarlo todo atrás junto con la identidad abandonada que lo había acumulado.
No. No podía irme. Todavía no.
Desde el otro lado de la calle, la casa tenía un aspecto tétrico
y malévolo. ¿Había sido yo quien había cerrado aquellas persianas del segundo
piso? Se asistía a un vago movimiento en el patio; vi a la nieta de la señora
Hodges y a una amiga corriendo de una puerta a otra. Permanecí indecisa en la
curva y golpeé con el bastón de mi padre contra el árbol de corteza negra. Era
estúpido temblar así, lo sabía, pero hacía mucho tiempo que no me veía.
obligada a tomar una decisión a la fuerza.
-Señor Thorne, por favor, inspeccione la casa. Cada habitación,
y vuelva enseguida.
Soplaba un viento frío mientras yo seguía con la mirada la
chaqueta negra del señor Thorne que se perdía en la penumbra del patio. Allí de
pie, sola, me sentí terriblemente expuesta. Miré la calle arriba y abajo,
buscando el pelo negro de la señorita Kramer, pero la única señal de movimiento
era una mujer joven que empujaba un cochecito de niño al fondo de la calle.
Las persianas del segundo piso se levantaron y la cara del señor
Thorne apareció, muy pálida, durante un minuto. Después me dio la espalda y yo
continué mirando el rectángulo oscuro. Un grito en el patio me asustó, pero era
sólo esa chiquilla..., ¿cómo se llamaba?..., llamando a su amiga. Kathleen, eso
era. Las dos estaban sentadas al borde de la fuente y abrían una caja de
galletas. Las miré fijamente y me tranquilicé. Incluso conseguí burlarme un
poco de mi paranoia. Durante un segundo pensé «usar» al señor Thorne
directamente, pero la idea de quedar desamparada en la calle me disuadió.
Cuando se está en contacto completo, los sentidos todavía funcionan, pero a
veces son
algo distantes.
«Deprisa».
La idea fue enviada casi sin querer. Dos hombres bajaban por la
acera de mi lado de la calle. Crucé para colocarme delante de mi portal. Los
hombres reían y gesticulaban. Uno de ellos me miró.
«Deprisa.»
El señor Thorne salió de la casa, cerró la puerta tras de sí y
atravesó el patio hacia donde estaba yo. Una de las chicas le dijo algo y le
ofreció la caja de galletas, pero él la ignoró. Al otro lado de la calle, los
dos hombres seguían andando. El señor Thorne me entregó la gran llave de la
puerta principal. La dejé caer en el bolsillo de mi abrigo y le miré de forma
incisiva. El asintió con la cabeza. Su pálida sonrisa se burló inconsciente de
mi consternación.
-¿Está seguro? -pregunté. El volvió a asentir con la cabeza. ¿Ha
verificado todos los cuartos? -Nuevo gesto afirmativo-. ¿Las alarmas? -Igual-.
¿El sótano? -Igual-. ¿Ninguna señal de alteración? -El señor Thorne movió
negativamente la cabeza.
Mi mano fue hacia el metal del portal, pero vacilé. La ansiedad
llenaba mi garganta como si fuera bilis. Yo era una vieja tonta, cansada y con
frío, pero no conseguía decidirme a abrir aquel portal.
-Venga. -Atravesé la calle y me aparté enérgicamente de la
casaIremos a cenar a Henry's y volveremos más tarde. -Pero yo no iba en
dirección al viejo restaurante; me alejaba sin dirección de la casa en lo que
íntimamente sabía que era un pánico ciego. Sólo empecé a calmarme cuando
llegamos al puerto y caminamos a lo largo de la muralla de Battery. No había
nadie más a la vista. Algunos coches pasaban por la calle, pero para llegar
hasta nosotros cualquier persona tendría que atravesar un espacio ancho, vacío.
Las nubes grises estaban muy bajas y se mezclaban con las olas picadas y
encrespadas de la bahía.
El aire libre y la luz del anochecer que se apagaba lograron
volverme a la vida y empecé a pensar con mayor claridad. Fuesen cuales fueran
los planes de Nina, seguro que habían sido lanzados en desorden debido a mi
ausencia durante todo el día. Dudo que Nina se quedase si hubiera existido el
mínimo peligro para ella. No, seguro que estaría volviendo a Nueva York en
avión cuando yo estaba temblando en el paseo de Battery. Por la mañana yo
recibiría un telegrama. Casi
podía adivinar las palabras exactas: MELANIE ¿NO ES TERRIBLE
ESTO DE WILLI? MUY TRISTE. ¿PUEDES VENIR CONMIGO A LOS FUNERALES? BESOS, NINA.
Empecé a comprender que mi vacilación había nacido de un deseo
de volver al calor y a la comodidad de mi casa, pero también de algo más. Sólo
tenía miedo de abandonar este viejo capullo. Ahora podía hacerlo. Esperaría en
un lugar seguro mientras el señor Thorne volvía a la casa para recoger la única
cosa que no podía abandonar. Después sacaría el coche del garaje y cuando
llegase el telegrama de Nina, ya estaría lejos. Sería Nina quien se
estremecería en la oscuridad en los meses y años futuros. Sonreí y empecé a
elaborar las órdenes necesarias.
-Melanie.
Mi cabeza se volvió bruscamente. El señor Thorne hacía
veintiocho años que no hablaba. Ahora lo estaba haciendo.
-Melanie.
Su cara estaba distorsionada por una sonrisa que era un rictus y
mostraba sus dientes negros. Tenía un cuchillo en su mano derecha. La hoja
centelleaba cuando me volví para mirarlo. Miré en sus vacíos ojos y grises y lo
supe.
-Melanie.
La larga hoja describió un arco poderoso. Yo no podía hacer nada
para detenerlo. Cortó la tela de la manga de mi abrigo y continuó su camino
hacia mi carne. Pero al volverme, mi bolso se había balanceado conmigo. El
cuchillo rasgó el cuero, lo atravesó, perforó mi abrigo y llegó a hacerme
sangrar en la base del tórax. El bolso me había salvado la vida.
Levanté el pesado bastón de mi padre y golpeé en el ojo
izquierdo al señor Thorne. Se tambaleó, pero no hizo ningún ruido. Una vez más,
el cuchillo rasgó el aire, pero yo había dado dos pasos atrás y la visión del
señor Thorne estaba nublada.
Cogí el bastón con ambas manos y lo giré de nuevo, dándole a mi
agresor un golpe brusco. Increíblemente, encontró de nuevo el mismo ojo.
Retrocedí tres pasos más.
La sangre corría por el lado izquierdo de la cara del señor
Thorne y el ojo magullado colgaba sobre la mejilla. La sonrisa burlona
continuaba, su cabeza se levantó, alzó con lentitud la mano izquierda, arrancó
el ojo rasgando bruscamente un filamento gris y lo lanzó al agua de la bahía.
Vino hacia mí. Me giré y me hice a un lado.
Intenté correr. El dolor en mi pierna derecha me obligó a
aflojar veinte pasos después. Quince pasos aún más rápidos y mis piernas
estaban sin oxígeno; mi corazón amenazaba estallar. Sentía rezumar una humedad
por mi lado izquierdo y experimentaba un escozor -como un cubo de hielo contra
la piel- donde la hoja del cuchillo me había tocado. Una mirada atrás me mostró
que el señor Thorne se dirigía hacia mí más deprisa de lo que yo me movía. En
situación normal me podría alcanzar en cuatro zancadas. Es difícil hacer que
alguien corra cuando le «usas». Sobre todo cuando el cuerpo de esa persona está
reaccionando a un choque y trauma. Miré atrás... otra vez, resbalando en el
pavimento escurridizo. El señor Thorne tenía una amplia sonrisa. De la órbita
vacía le manaba sangre, que le manchaba los dientes. No había nadie más a la
vista.
Bajaba por los peldaños, cogido a la barandilla para no caer.
Bajaba por la acera torcida y subía por el camino de asfalto hacia la calle.
Las luces de los faroles vacilaban y se encendían a medida que yo pasaba.
Detrás de mí, el señor Thorne superó los peldaños con dos saltos. Mientras
subía por el camino le agradecí a Dios por haber llevado zapatos de tacones
bajos para el paseo en barco. ¿Qué pensaría la gente al ver esta extraña
persecución entre dos viejos? No había nadie.
Entré en una calle lateral. Tiendas cerradas, almacenes vacíos.
Cortar a la izquierda me llevaría a la calle Broad, pero a mi derecha, medio
bloque más adelante, una figura solitaria había salido de un almacén oscuro. Me
dirigí hacia allí, ya incapaz de correr, a punto de desmayarme. Los dolores
artríticos de mi pierna eran más intensos de lo que nunca pude imaginar y
estaban a punto de hacerme caer en la acera. El señor Thorne estaba veinte
pasos atrás y se aproximaba rápidamente. El otro era un negro alto, delgado,
con una chaqueta marrón de nailon. Llevaba una caja de lo que parecían
fotografías sepia enmarcadas. Me contempló cuando me acerqué y después miró
sobre mi hombro hacia la persona que se hallaba unos diez pasos atrás.
-¡Eh!
El hombre tuvo tiempo para gritar una sola sílaba y después yo
llegué con mi mente y «empujé». El se retorció como un títere mal manipulado.
Su mandíbula cayó, sus ojos se pusieron vidriosos y pasó ante mí tambaleándose
en el mismo momento en que el señor Thorne me alcanzaba.
La caja voló por el aire y se oyó cómo el vidrio se partía
contra los ladrillos de la acera. Dedos largos, castaños, alcanzaron una
garganta blanca. El señor Thorne lo apartó, pero el negro se agarró tenazmente
y los dos giraron como una torpe pareja de baile. Yo llegué a la salida del
callejón y apoyé la cara contra el ladrillo frío para reanimarme. El esfuerzo
de concentración mientras «usaba» a ese negro no me permitió descansar siquiera
un segundo. Miré los torpes tropiezos de los dos hombres altos y me resistí a
un absurdo impulso de reír.
El señor Thorne clavó el cuchillo en el estómago del otro, lo
sacó y lo volvió a hundir. Las uñas del negro estaban incrustadas ahora en su
ojo sano. Sus fuertes dientes intentaban morderle la yugular. Desde lejos sentí
la fría intrusión de la hoja una tercera vez, pero el corazón
aún latía y todavía podía ser usado. El hombre saltó, rodeando
la cintura del señor Thorne con sus piernas, mientras sus mandíbulas se
cerraban sobre su musculosa garganta. Sus uñas se clavaron dejando marcas de
sangre en la piel blanca. Los dos hombres cayeron.
«Mátale.» Los dedos avanzaron hacia el ojo, pero el señor Thorne
extendió la mano izquierda y apartó la fina muñeca. Los débiles dedos
continuaron agitándose. Con un tremendo esfuerzo, el señor Thorne colocó el
brazo contra el pecho del otro y levantó su cuerpo como un niño sobre su, padre
recostado. Sus dientes arrancaron un trozo de carne, pero no produjeron ningún
daño vital. El señor Thorne puso el cuchillo entre ellos, arriba, a la
izquierda, y después a la derecha. Seccionó la mitad de la garganta del negro
con el segundo golpe y la sangre borbotó sobre ambos. Las piernas del negro
sufrieron dos espasmos. El señor Thorne lo lanzó a un lado, se volvió y caminó
apresuradamente por el callejón.
De nuevo a la luz, la luz del crepúsculo que desaparecía, vi que
había llegado a un callejón sin salida. Los fondos de almacenes y el lado de
metal sin ventanas del puerto de Battery conducían hasta las aguas de la bahía.
Una calle continuaba a la izquierda, pero era oscura, estaba desierta, y era
demasiado larga para intentar huir por ella. Miré hacia atrás a tiempo de ver
la silueta negra que entraba en el callejón detrás de mí.
Intenté establecer contacto, pero no había nada allí. Nada. El
señor Thorne podría perfectamente ser un agujero en el aire. Más tarde me
preocuparía en saber cómo había hecho esto Nina.
La puerta lateral del puerto deportivo estaba cerrada. La puerta
principal estaba a casi cien metros y se hallaría también cerrada. El señor
Thorne salió del callejón y giró la cabeza a ambos lados, buscándome. En la
débil luz, su cara marcada parecía casi negra. Empezó a acercarse a mí,
tambaleándose.
Levanté el bastón de mi padre, rompí el cristal de una ventana y
metí la mano entre los añicos. Si arriba o abajo había un cerrojo estaba
perdida. Sólo encontré una simple cerradura de pomo y un cerrojo cruzado. Mis
dedos se deslizaron sobre el frío metal, pero el cerrojo resbaló cuando el
señor Thorne llegaba a la acera detrás de mí. Entonces yo estaba dentro y
corría el cerrojo.
Estaba oscuro. El frío salía del suelo de hormigón y se oía el
ruido de muchos pequeños barcos que se balanceaban en sus amarraderos. A unos
cincuenta metros, se veía luz en las ventanas del despacho. Tenía la esperanza
de que hubiera un sistema de alarma, pero el edificio era lo bastante viejo y
el puerto poco importante para eso. Empecé a dirigirme hacia la luz cuando el
brazo del señor Thorne rompió el cristal de la puerta que estaba a mis
espaldas. El brazo se retiró. Un tremendo puntapié hizo añicos la bisagra
superior y astilló la madera alrededor del cerrojo. Miré hacia el despacho,
pero únicamente el sonido de un programa de radio salía de la puerta demasiado
lejana. Otro puntapié.
Giré a la derecha y salté noventa centímetros hasta la
balanceante proa de un yate. Cinco pasos y estaba en el pequeño espacio
cubierto de la cabina de proa. Cerré el frágil tablero de acceso y miré con
atención a través del plexiglás rayado.
El tercer puntapié del señor Thorne hizo que la puerta volara
hacia dentro, quedando colgada de largos listones de madera astillada. Su forma
oscura llenó el hueco. El cuchillo en su mano derecha reflejaba una luz
distante de la calle.
«Por favor. Por favor, escucha el ruido. »
Pero no hubo ningún movimiento en el despacho, sólo las voces
metálicas de la radio. El señor Thorne dio cuatro pasos, se detuvo y saltó al
primer barco en fila. Era un fueraborda descubierto y el señor Thorne estaba de
nuevo en el hormigón en seis segundos. El segundo barco tenía una pequeña
cabina. Se oyó un desgarro cuando el señor Thorne abrió con un puntapié la
pequeña escotilla y volvió al pasillo. Mi barco hacía el número ocho de la
fila. Me pregunté por qué él no oía el salvaje martilleo de mi corazón.
Cambié de posición y miré la portilla de estribor. El plexiglás
oscuro lanzó la luz fragmentada en rayas y dibujos. Vi fugazmente su cabello
blanco por la ventana y al poco tiempo cambió la emisora de la radio. La música
alta resonó en el cuarto. Fui hasta la otra portilla. El señor Thorne salía del
cuarto barco.
Cerré los ojos, aminoré la frecuencia de mi respiración, intenté
recordar las innumerables noches en que había observado una figura vieja y
patizamba que arrastraba los pies por la calle. El señor Thorne acabó su
inspección del quinto barco, un yate más largo, con diversos huecos oscuros, y
volvió al malecón.
«Olvida el café en el termo. Olvida el crucigrama. ¡Vea mirar!»
El sexto barco era un pequeño fueraborda. El señor Thorne lo
miró, pero no entró. El séptimo era un velero bajo, con el mástil plegado y la
vela recogida sobre la caseta del timón. El cuchillo del señor Thorne cortó la
gruesa lona, que sus manos ensangrentadas arrancaron como una nube que se
rasgara. Después pegó un salto hasta el hormigón.
«¡Olvida el café' ¡Vea mirar! ¡Ahora!»
El señor Thorne saltó a la proa de mi barco. Lo sentí
balancearse bajo su peso. No había dónde esconderme, sólo un pequeño armario
bajo el asiento, demasiado pequeño para mí. Desató las cintas de lona que
ataban los cojines al banco. El sonido de mi descompasada respiración parecía
resonar en el pequeño espacio. Me puse en posición fetal detrás del cojín,
mientras las piernas del señor Thorne pasaban por
la portilla de estribor.
«Ahora.»
Súbitamente su cara llenó la cinta de plexiglás a menos de
treinta centímetros de mi cabeza. Su mueca increíblemente amplia se ensanchó
todavía más.
«Ahora.»
Entró en la caseta del timón.
«Ahora. Ahora. Ahora.»
El señor Thorne se puso en cuclillas ante la puerta de la
cabina. Intenté reforzarla con las piernas, pero mi pierna derecha no obedecía.
El puño del señor Thorne rompió los finos listones y me agarró el tobillo.
-¡Eh, tú!
Era la voz trémula del señor Hodges. La luz de su linterna se
dirigió hacia nosotros.
El señor Thorne empujó la puerta. Mi pierna izquierda se dobló
dolorosamente. Su mano izquierda me cogía firmemente del tobillo a través de
las tablillas partidas, mientras la mano con el cuchillo se aproximaba por el
agujero.
-¡Eh! -gritó el señor Hodges, y después mi mente empujó. Con
mucha fuerza. El viejo se paró. Dejó caer la linterna y desató la hebilla de su
pistolera.
El señor Thorne movía el cuchillo adelante y atrás. El cojín
casi se me había escapado de las manos, mientras tiras de espuma llenaban la
cabina. La hoja rasgó la punta de mi dedo meñique cuando el cuchillo volvió
atrás de nuevo.
«Hazlo. Ahora. Hazlo.»
El señor Hodges cogió el revólver con ambas manos y disparó. El
tiro se adentró en la oscuridad mientras el sonido hacía resonar el hormigón y
el agua.
«¡Más cerca, idiota! ¡Deprisa!»
El señor Thorne empujó de nuevo y su cuerpo se introdujo en el
agujero. Dejó mi tobillo para liberar su brazo izquierdo, pero casi
instantáneamente su mano estaba de nuevo en la cabina para cogerme. Estiré el
brazo y encendí la luz del techo. La oscuridad me miró desde su órbita vacía.
La luz, a través de las tablillas quebradas, derramó haces amarillentos sobre
su cara destrozada.
Me deslicé hacia la izquierda, pero su mano, que agarraba mi
abrigo, me hacía caer del banco. Estaba de rodillas, liberando su mano derecha
para acuchillarme.
«¡Ahora!»
El segundo disparo del señor Hodges hizo blanco en la cadera
derecha del señor Thorne. Gruñó cuando el impacto le empujó hacia atrás,
haciéndole caer sentado. Mi abrigo se rasgó y los botones hicieron un ruido
metálico en la cubierta.
Antes de volver hacia atrás, el cuchillo cortó el mamparo, cerca
de mi oreja.
El señor Hodges caminó con paso inseguro hasta la proa, estuvo a
punto de caer y terminó por avanzar despacio por el lado de estribor. Empujé la
escotilla contra el brazo del señor Thorne, pero él no soltó mi abrigo y
continuó atrayéndome hacia sí. Caí de rodillas. El cuchillo volvió, cortó de
nuevo la espuma y alcanzó a rasgarme el abrigo. Lo que quedaba del cojín voló
de mis manos. Hice que el señor Hodges se detuviese a un metro de distancia y
apoyase el arma contra el techo de la cabina.
El señor Thorne hizo retroceder la hoja y la empuñó como una
espada de torero. Yo podía sentir los gritos silenciosos de triunfo que salían
de los dientes manchados, como un vaho venenoso. La luz de la locura de Nina
ardía detrás de aquel único ojo.
El señor Hodges disparó. La bala cortó la espina dorsal del
señor Thorne y continuó hasta el imbornal de la portilla. El señor Thorne se
arqueó hacia atrás, extendió los brazos y cayó en la cubierta como un gran pez
que acabara de ser sacado del agua. El cuchillo cayó en el suelo de la cabina,
mientras unos dedos blancos continuaban golpeando nerviosamente contra la
cubierta. Hice que el señor Hodges avanzara, apoyara la boca del arma contra la
sien del señor Thorne, un poco más arriba del ojo que le quedaba, y disparara
de nuevo. El sonido fue sordo y hueco.
Había un botiquín en el cuarto de baño del despacho. Hice que el
viejo se quedara en la puerta mientras yo vendaba mi dedo meñique y me tomaba
tres aspirinas.
Mi abrigo estaba destrozado y la sangre había manchado mi
vestido estampado. El vestido nunca me había gustado mucho -siempre creí que me
hacía parecer poco elegante-, pero el abrigo era uno de mis preferidos. Mi pelo
era un desastre. Estaba lleno de pequeños trozos de materia gris. Me pasé agua
por la cara y me arreglé el pelo lo mejor que pude. Sorprendentemente, no había
perdido mi harapiento bolso, aunque gran parte de su contenido había
desaparecido. Coloqué las llaves, el billetero, las gafas de leer y los
pañuelos en el bolsillo grande de mi abrigo y dejé caer el bolso detrás del
lavabo. Ya no tenía el bastón de mi padre; no recordaba dónde lo había dejado.
Con cautela, le quité el pesado revólver al señor Hodges. El
brazo
del viejo continuó estirado, y los dedos, curvados en el aire.
Después de hurgar durante algunos segundos conseguí abrir el cilindro. Quedaban
dos círculos brillantes de cobre. ¡El viejo loco andaba por allí con las seis
recámaras cargadas! «Deja siempre una recámara vacía bajo el percusor.» Charles
me había enseñado eso aquel alegre verano, mucho tiempo atrás, cuando estas
armas eran sólo excusas para pasear por la isla y hacer prácticas de tiro,
interrumpidas por los gritos agudos de nuestras risas nerviosas cuando Nina y
yo dejábamos que los firmes brazos de nuestros serios profesores nos recogieran
tras la sacudida del disparo. «Siempre se deben contar los cartuchos», decía
Charles, y yo casi me desmayaba contra él, contra su aroma varonil a jabón de afeitar
y a tabaco en esos días cálidos y brillantes.
El señor Hodges se movió ligeramente mientras mi atención
vagaba. Su boca se abrió y su dentadura postiza quedó colgando. Miré su viejo
cinturón de cuero, pero allí no había más balas, y yo no sabía dónde las
guardaba. Lo sondeé, pero poco quedaba en la confusión de pensamientos del
viejo, excepto un recuerdo desconcertante de la boca del arma puesta contra la
sien del señor Thorne, la explosión, la...
-Venga -dije. Equilibré las gafas en la cara ausente del señor
Hodges, le devolví el revólver y dejé que me condujera fuera del edificio.
Fuera estaba muy oscuro. Nos movíamos de farola a farola. Habíamos caminado
seis manzanas cuando los violentos temblores del viejo me recordaron que había
olvidado ordenarle que se pusiera el abrigo. Apreté mi tornillo mental y él
dejó de temblar.
La casa tenía el mismo aspecto que..., Dios mío..., sólo
cuarenta y cinco minutos antes. No había luces. Entramos en el patio y busqué
la llave en el bolsillo demasiado lleno de mi abrigo. El frío aire nocturno me
mordía. Procedentes de las ventanas iluminadas, al otro lado del patio,
llegaban las risas de las niñas, así que me apresuré para que Kathleen no viera
a su abuelo entrando en la casa. El señor Hodges iba delante con el revólver en
la mano. Le hice encender la luz antes de entrar.
La sala estaba vacía, tranquila. La luz de la araña en el
comedor reflejaba las superficies pulidas. Me senté un minuto en la silla de
tipo Williamsburg en el vestíbulo para dejar que el ritmo de mi corazón se
sosegara. No hice que el señor Hodges bajara el percursor de la pistola que
todavía empuñaba. Su brazo empezaba a temblar por la tensión y el peso del
arma. Finalmente, me levanté y fuimos hasta el fondo del vestíbulo, hacia el
invernadero.
La señorita Kramer salió por la puerta de batientes de la cocina
con el pesado atizador de hierro alzado. El revólver se disparó inofensivamente
contra el suelo cuando el brazo del viejo crujió al recibir el impacto del
atizador. El revólver se desprendió de su temblorosa mano, mientras la señorita
Kramer levantaba su arma por segunda vez.
Me giré y corrí hacia el vestíbulo. Detrás de mí oí el sonido de
melón reventado por el atizador al chocar contra el cráneo del señor Hodges. En
vez de correr hacia el patio, subí por la escalera. Un error. La señorita
Kramer saltó por la escalera y llegó al dormitorio pocos segundos después.
Vislumbré sus ojos muy abiertos, enloquecidos, y el atizador en alto antes de
cerrar de un golpe la pesada puerta. El pestillo se cerró justo cuando, desde
el otro lado, la morena se lanzó contra la madera. El grueso roble no cedió.
Después escuché el ruido de metal contra la puerta y el marco. Y otra vez. Y
otra.
Maldiciendo mi estupidez, recorrí con la mirada la habitación,
pero allí no había nada que pudiese serme de alguna ayuda, ni siquiera un
teléfono. Ni siquiera un armario donde pudiera esconderme, sólo el antiguo
guardarropa. Fui rápidamente hasta la ventana y la abrí. Mis gritos llamarían
la atención, pero no antes de que aquel monstruo entrara. Ahora atacaba los
bordes de la puerta. Miré afuera, vi sombras en las ventanas del otro lado, e
hice lo que tenía que hacer.
Dos minutos más tarde, yo apenas era consciente de la madera que
cedía alrededor del pestillo. Oía, lejos, el chirriar del atizador contra la
recalcitrante chapa de metal. La puerta se abrió hacia dentro.
La señorita Kramer estaba empapada en sudor. Tenía la boca
abierta y colgante y la baba resbalaba por su barbilla. Sus ojos no eran
humanos. Ni ella ni yo oímos el ruido de zapatos de lona detrás de ella.
«Deprisa. Levántala. Amartíllala. Usa las dos manos. Apunta.»
Algo avisó a la señorita Kramer. Avisó a Nina, diría yo, porque
la señorita Kramer ya no existía. Se volvió y vio a la pequeña Kathleen en la
barandilla con la pesada arma de su abuelo apuntada y amartillada. La otra
chica estaba en el patio llamando a su amiga.
Esta vez Nina supo que tenía que afrontar la amenaza. La
señorita Kramer levantó el atizador y giró hacia el vestíbulo precisamente
cuando la pistola se disparaba. El culatazo hizo caer a Kathleen hacia atrás,
escaleras abajo, mientras un ramillete rojo se abría sobre el pecho derecho de
la señorita Kramer. Giró en redondo, pero se agarró a la barandilla con la mano
derecha y corrió por la escalera detrás de la niña. La liberé en el momento en
que el atizador caía, se levantó, cayó de nuevo. Fui hasta lo alto de la
escalera. Yo tenía que «ver».
La señorita Kramer me miró mientras ejecutaba su terrible tarea.
En su cara salpicada sólo era visible el blanco de sus ojos. Su camisa
masculina estaba empapada de su propia sangre, pero todavía se movía, aún
funcionaba. Cogió el arma con la mano izquierda. Su boca se abrió más y un
sonido salió como vapor escapándose de un radiador viejo.
-Melanie... Melanie...
Cerré los ojos mientras aquella cosa empezaba a subir por la
escalera hacia mí.
La amiga de Kathleen entró por la puerta abierta con sus
pequeñas piernas temblando. Subió los peldaños en seis saltos y envolvió sus
finos y blancos brazos alrededor del cuello de la señorita Kramer un fuerte
abrazo. Cayeron hacia atrás, escaleras abajo, sobre Kathleen.
La chica parecía estar poco más que magullada. Bajé y le giré la
cabeza. Una mancha azul se esparcía por su pómulo y había cortes en sus brazos
y su frente. Sus ojos azules parpadeaban sin comprender.
La señorita Kramer se había desnucado. Cogí la pistola cuando me
dirigía a ella y di un puntapié al atizador para apartarlo. Su cabeza formaba
un ángulo imposible, pero aún respiraba. Su cuerpo estaba paralizado, la orina
manchaba ya la madera, pero sus ojos aún parpadeaban y chasqueó sus dientes con
gesto obsceno. Tenía que apresurarme. Se oían voces de adultos llamando desde
la casa de los Hodges. La puerta que daba al patio estaba abierta de par en
par. Me volví hacia la chica:
-Levántate.
Ella parpadeó y se puso de pie, empezando a sentir su dolorido
cuerpo.
Cerré la puerta y cogí un impermeable de color marrón del
perchero. Me llevó sólo un minuto pasar el contenido de mis bolsillos a los del
impermeable y quitarme mi arruinado abrigo de primavera. Ahora se oían voces
llamando en el patio.
Me arrodillé al lado de la señorita Kramer y cogí su cara entre
mis manos ejerciendo una fuerte presión para mantener inmóviles sus mandíbulas.
Sus ojos estaban de nuevo en blanco, pero yo le sacudí con violencia la cabeza
hasta que los iris fueron visibles. Me incliné hacia delante, hasta que
nuestras mejillas se tocaron. Mi susurro sonó más fuerte que un grito.
-Voy tras de ti, Nina.
Dejé caer su cabeza sobre la madera y me dirigí rápidamente al
invernadero, mi sala de costura. No tuve tiempo de coger la llave en el piso
superior, así que usé una silla Windsor para romper el cristal de la vitrina.
El viejo revólver casi no cabía en el bolsillo de mi abrigo.
La chica continuaba en el vestíbulo. Le di la pistola del señor
Hodges. Su brazo izquierdo formaba un ángulo extraño y me pregunté si se había
roto algo. Se oyó un golpe en la puerta y alguien probó el pomo.
-Por aquí -murmuré yo, y dirigí a la chica al comedor. Pasamos
por encima de la señorita Kramer en el camino, y después salimos al callejón, a
la noche.
Había tres hoteles en esta parte del casco antiguo. Uno era un
motel, caro pero moderno, a unas diez manzanas, confortable pero comercial. Lo
rechacé inmediatamente. El segundo era una casa de huéspedes pequeña pero
familiar, a sólo una manzana de mi casa. Era un sitio agradable, pero no
selecto, exactamente lo- que yo escogería de visita en otra ciudad. Lo rechacé
también. El tercero estaba dos bloques y medio más adelante, un viejo palacete
de la calle Broad transformado en hotel, con antigüedades en todas las
habitaciones, inmoderadamente caro. Corrí hacia allí. La chica se movía
rápidamente a mi lado. La pistola estaba aún en su mano, pero hice que se
quitara el jersey y ocultase con él el arma. Me dolía la pierna y me apoyaba a
menudo en la chica cuando nos apresurábamos bajando por la calle.
El gerente de Mansard House me reconoció. Sus. cejas se
arquearon, sorprendidas, durante una fracción de segundo, cuando reparó. en mi
aspecto desaliñado. La chica se quedó a unos tres metros, en el vestíbulo,
oculta en las sombras.
-Busco a una amiga -dije yo alegremente-. La señora Drayton. El
gerente empezó a hablar, hizo una pausa, frunció el ceño sin darse cuenta y lo
intentó de nuevo.
-Lo siento. Nadie con ese nombre está registrado aquí.
-Quizá se haya registrado con su apellido de soltera
-argumenté-. Nina Hawkins. Es una señora mayor, pero muy atractiva. Algunos
años más joven que yo, de pelo gris largo. Quizás esté con una amiga..., una
joven atractiva, morena, que se llama Barrett Kramer.
-No, lo siento -dijo el gerente en un tono extrañamente
monótono-. ¿Quiere dejar un recado por si llegan más tarde?
-No -contesté yo-. No tengo ningún recado para ellas.
Traje a la chica al vestíbulo y avanzamos por un corredor que
conducía a los salones y escaleras laterales.
-Perdón -dije a un botones que pasaba-. Quizás usted pueda
ayudarme.
-Sí, señora.
El chico se detuvo y lanzó su larga cabellera hacia atrás. Sería
complicado. Si no quería perder a la chica, tendría que actuar rápidamente.
-Busco a una amiga -le expliqué-. Una señora mayor, pero muy
atractiva. Ojos azules. Pelo gris largo. Viaja con una joven de pelo oscuro,
rizado. ~,
-Lo siento, señora. No hay nadie así registrado en él hotel.
Extendí la mano y le toqué la frente. Liberé a la chica y me
concentré en él.
-¿Está seguro?
-Es la señora Harrison -dijo. Sus ojos me miraron-. Habitación
207. Ala norte.
Sonreí. «Señora Harrison› Dios mío, qué tonta era Nina. De
súbito, la chica empezó a lloriquear y se desplomó contra la pared. Tomé una
decisión rápida. Me gusta pensar que fue por compasión, pero también es cierto
que su brazo izquierdo estaba inutilizado.
-¿Cómo te llamas? -le pregunté, cortando amablemente su
lloriqueo. Sus ojos se movieron, confundidos, de izquierda a derecha-. Tu
nombre -pedí.
-Alicia.
Fue sólo un cuchicheo.
-Muy bien, Alicia. Ahora quiero que te vayas a casa. Deprisa,
pero no corras.
-Me duele el brazo -se quejó Alicia. Sus labios empezaban a
temblar.
Le toqué la frente de nuevo y «empujé».
-Te irás a casa -le dije-. El brazo no te duele. No recuerdas
nada. Esto es como un sueño que olvidarás. Vete a casa. Deprisa, pero sin
correr. -Le quité la pistola, pero la dejé envuelta en el jersey-. Adiós,
Alicia.
Ella parpadeó y atravesó el vestíbulo en dirección a la puerta.
Yo miré a ambos lados y le entregué el arma al botones.
-Guárdala bajo el chaleco -le dije.
-¿Quién es?
La voz de Nina sonaba despreocupada.
-Albert, señora. El botones. Su coche está a la puerta y quería
bajarle el equipaje.
Se oyó el sonido de un cerrojo y la puerta se abrió una rendija,
con la cadena puesta. Albert parpadeó y sonrió tímidamente, lanzó su pelo hacia
atrás. Yo me apreté contra la pared.
-Muy bien. -Quitó la cadena y se apartó un poco. Se había girado
ya y estaba cerrando la maleta, cuando yo entré en la habitación.
-¡Hola, Nina! -dije en voz baja. Su espalda se irguió, pero
hasta ese movimiento era gracioso. Yo podía ver la marca en la colcha, donde
había estado echada. Se volvió lentamente. Llevaba un vestido rosa que yo no
había visto antes.
-Hola, Melanie. -Sonrió. Sus ojos eran del azul más suave, más
puro que yo había visto. Hice que el botones la encañonara con el arma del
señor Hodges. La amartilló. Nina cruzó las manos ante sí. Sus ojos no dejaron
de mirarme en ningún momento.
-¿Por qué? -pregunté.
Nina se encogió de hombros ligeramente. Por un momento, creí que
iba a reírse. No aguantaría que se riese, con aquella risa fuerte, infantil,
que me había tocado tantas veces. En vez de eso, cerró los ojos. Sin dejar de
sonreír.
-¿Por qué lo de señora Harrison? -pregunté.
-Oh, querida, sentí que le debía algo. Quiero decir, al pobre
Roger. ¿Nunca te conté cómo murió? No, claro que no. Y tú nunca me lo
preguntaste, querida Melanie.
Sus ojos se abrieron. Yo miré al botones: su mano continuaba
firme. Sólo le faltaba hacer un poco más de presión en el gatillo.
-Se ahogó, querida -dijo Nina-. El pobre Roger se lanzó desde
ese buque..., ¿cómo se llamaba?..., el que le llevaba de regreso a Inglaterra.
Tan extraño. Y acababa de escribirme una carta proponiéndome que nos casáramos.
Es una historia terriblemente triste, ¿verdad, Melanie? ¿Por qué te parece que
lo hizo? Creo que nunca lo sabremos.
-Creo que nunca lo sabremos -asentí.
Di la orden silenciosa al botones de que apretara el gatillo.
Nada.
Miré rápidamente a mi derecha. La cabeza del joven se volvía
hacia mí. Yo no le había mandado hacer eso. El arma empezó a girar en mi
dirección. La pistola se movió lentamente, como una veleta que girara con el
viento.
«¡No!»
Me esforcé hasta que las cuerdas de mi cuello se marcaron bajo
la piel. Giró más lentamente, pero no se detuvo hasta encañonarme. Nina rió. Su
risa retumbó en la pequeña habitación.
-Adiós, querida Melanie -dijo, y volvió a reír. Rió y le sacudió
la cabeza el botones.
Yo miré hacia la boca del revólver, mientras el percusor caía.
Sobre una recámara vacía. Y otra. Y otra.
-Adiós, Nina -dije yo, y saqué la gran pistola de Charles del
bolsillo de mí impermeable. La explosión me sacudió la muñeca y llenó la
habitación de humo azul. Un pequeño agujero, más pequeño que una moneda, pero
perfectamente redondo, apareció exactamente en el centro de la frente de Nina.
Durante un segundo ella se quedó de pie como si no hubiera sucedido nada.
Después cayó hacia atrás, hasta sentarse en la cama, y después cayó hacia
delante, al suelo.
Me volví hacia el botones y sustituí su inútil arma por el
antiguo pero bien conservado revólver. Por primera vez, me di cuenta de que el
chico no era mucho más joven que Charles, por aquel entonces. Tenía el pelo
casi exactamente del mismo color. Me acerqué a él y le besé levemente en los
labios.
-Albert -dije en voz baja-, quedan todavía cuatro cartuchos. Hay
que contar siempre los cartuchos, ¿verdad? Ve al vestíbulo. Mata al gerente.
Mata a otra persona cualquiera, a la primera que se te ponga
a tiro. Pon el cañón en tu boca y aprieta el gatillo. Si falla,
dispara otra vez. Oculta el arma hasta que llegues al vestíbulo.
Salimos a la confusión general del vestíbulo.
-¡Llamen a una ambulancia! -grité-. Ha habido un accidente. ¡Que
alguien llame a una ambulancia!
Varias personas obedecieron a toda prisa. Yo me desmayé y me
apoyé en un caballero de pelo cano. Las personas se apiñaban alrededor, algunas
se asomaban a la habitación y soltaban exclamaciones. De súbito, se oyó el
sonido de tres disparos en el vestíbulo. Aprovechando la nueva confusión, me
deslicé por la escalera de servicio y salí por la puerta de incendios hacia la
noche.
4
Charleston, martes 16 de diciembre de 1980
El sheriff Bobby Joe Gentry se balanceó en su silla y tomó otro
sorbo de su refresco de cola. Tenía los pies apoyados sobre su desordenada mesa
y el cuero de su cinturón crujió cuando se recostó en la silla. El despacho era
pequeño, cerrado por una pared y por viejos tabiques de madera que lo separaban
del ruido y del bullicio del resto del edificio del Ayuntamiento. La pintura
que se desconchaba de la madera vieja era de un tono diferente al verde
institucional que se desconchaba de la pared. El despacho estaba lleno a
rebosar, con la enorme mesa del sheriff, tres archivadores altos, una mesa
larga repleta de libros y carpetas apilados, una pizarra, desordenados estantes
colgados de repisas, y dos sillas oscuras, de madera, tan cubiertas de fichas y
papeles sueltos como la mesa.
-No me parece que pueda hacer mucho más por aquí -dijo el agente
Richard Haines. El hombre del FBI había apartado algunas carpetas y se
encaramaba al borde de la mesa. La raya de la pernera de sus pantalones era
afilada como un cuchillo.
-No -estuvo de acuerdo el sheriff Gentry. Eructó suavemente y
puso la lata de bebida sobre su rodilla-. No creo que haya motivos para que te
quedes por aquí. Puedes volver a la base.
Los dos oficiales de la ley parecían tener poco en común. Gentry
tenía sólo algo más de treinta años, pero su estatura alta ya se encaminaba
hacia la gordura. Su vientre apretaba ya la camisa gris del uniforme y
desbordaba al cinturón como una caricatura de periódico. Su cara era colorada y
ligeramente pecosa. A pesar de las entradas, y de la papada, Gentry tenía el
tipo de mirada franca, vagamente traviesa, en la que los rasgos del chaval que
había sido eran aún visibles en la cara del hombre.
La voz del sheriff Gentry era suave y tenía ese deje cansino de
buen tipo que se había recientemente hecho familiar a los americanos a través
de la proliferación de miles de radios FM, innumerables canciones country y una
serie aparentemente infinita de películas de Burt Reynolds para los autocines.
La camisa abierta de Gentry, el vientre terso y la voz calma hacían juego con
la sensación general de amable desaliño sugerido por su desordenado despacho,
pero había una gran ligereza, casi una cierta gracia, en sus movimientos, que
no contrastaba con esa imagen.
El agente especial del FBI, Richard M. Haines, tenía un aspecto
y un temperamento más consistentes. Era unos diez años más viejo que Gentry,
pero parecía más joven. Usaba un traje de verano gris claro de tres piezas y
una camisa beige de Jos. A. Bank. Su corbata de seda de color vino era el
número 280235 del mismo catálogo. Llevaba el pelo moderadamente corto,
cuidadosamente peinado, con un leve toque grisáceo en las sienes. Haines tenía
una cara cuadrada, con facciones regulares acordes con su físico delgado. Hacía
ejercicio cuatro veces por semana para mantener su vientre liso y duro. Tenía
también una voz llana y firme, honda pero sin acento. Era como si el difunto J.
Edgar Hoover hubiese diseñado a Haines como el arquetipo del agente del FBI.
No sólo las apariencias separaban a los dos hombres. Richard
Haines había pasado tres años de mediocres estudios en la Universidad de
Georgetown antes de ser reclutado para la agencia. Su entrenamiento en el FBI
había completado su educación. Bobby Joe Gentry se había formado en la
Universidad de Duke, en las especialidades de arte e historia, antes de ir a la
Universidad del Nordeste para hacer un doctorado en historia. Había llegado a
la policía a través de su tío Lee, un sheriff del condado que trabajaba cerca
de Spartanburg y que contrató a Bobby Joe como ayudante a media jornada durante
el verano de 1967. Un año más tarde, Bobby se había licenciado y estaba sentado
en un parque de Chicago, viendo cómo la policía perdía el control de la
situación, y la emprendía a golpes con los manifestantes pacifistas que se
estaban dispersando pacíficamente.
Gentry volvió al Sur, pasó dos años enseñando en el Morehouse
College de Atlanta y, después, cogió un empleo como guardia de seguridad,
mientras trabajaba en un libro sobre el Gabinete Breedman y su papel durante la
Reconstrucción. Nunca terminó ese libro, pero acabó por disfrutar de la rutina
del trabajo de guardia a pesar del problema constante que le suponía mantener
su peso dentro de los límites exigidos. En 1976 se fue a vivir a Charleston y
entró en la policía como oficial de patrulla. Un año después, rechazó una
oferta para pasar un año como profesor asociado de historia en la Universidad
de Duke.
A Gentry le gustaba la rutina del trabajo policial, los
contactos diarios con borrachos y locos, y la sensación de que ni un solo día
en su empleo era exactamente igual. Un año más tarde, se sorprendió a sí mismo
cuando presentó su candidatura a sheriff de Charleston. Y sorprendió a otras
personas cuando fue elegido para el cargo. Un periodista local escribió que
Charleston era una ciudad extraña, una ciudad enamorada de su historia, y que
la idea de un historiador haciendo de sheriff les había resultado simpática a
sus habitantes. Gentry no se consideraba un historiador. Se consideraba un
poli.
-Entonces, si no me necesita -se excusó Haines.
-¿Mmmm? ¿Qué pasa? -preguntó Gentry. Su atención se había
desviado. Aplastó la lata vacía y la lanzó a la papelera, donde rebotó contra
otras latas aplastadas y cayó al suelo.
-He dicho que me parece que voy a consultar a Gallagher y sigo
hasta Washington esta noche si no me necesitas. Estaremos en contacto a través
de Terry y del equipo del FAA.
-Sí, perfecto -dijo Gentry-. Bien, apreciamos mucho tu ayuda,
Dick. Tú y Terry sabéis más sobre esto que todo nuestro departamento junto.
Haines se levantó para salir justo cuando la secretaria del
sheriff asomó la cabeza por la puerta. La mujer llevaba un peinado de veinte
años atrás y gafas de diamantes falsos con una cadenita.
-Sheriff, está aquí aquel psiquiatra de Nueva York.
-Joder!, casi lo había olvidado -dijo Gentry, y se puso de pie-.
Gracias, Linda Mae. Dile que entre, por favor.
Haines se dirigió a la puerta.
-Bien, sheriff, tiene mi número por si algo...
-Dick, ¿puedes hacerme el favor de quedarte? Había olvidado que
venía este tío, pero puede darnos algunas informaciones sobre el caso Fuller.
Me telefoneó ayer. Dijo que era el psiquiatra de la señora Drayton, que estaba
en la ciudad en viaje de negocios. ¿Te importa quedarte unos minutos más?
Después puedo hacer que Tommy te acompañe al motel en una de las unidades si
tienes que correr para coger el avión.
Haines sonrió e hizo un significativo gesto con las manos.
-No hay prisa, sheriff. Escucharé con mucho gusto lo que ese
psiquiatra tiene que decir.
El agente del FBI se sentó en una de las dos orillas, sacando
una bolsa blanca de McDonalds del asiento.
-Gracias, Dick, te lo agradezco -dijo Gentry, y se pasó la mano
por la cara. Caminó hasta la puerta cuando se oyó golpear y la abrió para dar
paso a un hombre bajo, con barba, que llevaba una americana deportiva de pana.
-¿El sheriff Gentry? -El psiquiatra pronunció su nombre con una
«g» dura.
-Soy Bobby Joe Gentry. -Las enormes manos del sheriff se
cerraron sobre la mano extendida del otro hombre-. Usted debe de ser el doctor
Laski, ¿verdad?
-Saul Laski.
El psiquiatra no era excesivamente bajo, pero parecía
empequeñecido al lado de Gentry. Era un hombre delgado, de frente alta, y
pálida, una maraña de barba entrecana y tristes ojos marrones, que parecían
corresponder a un hombre más viejo. Una de las bisagras de sus gafas estaba
cogida con un trozo de cinta adhesiva.
-El agente especial del FBI Richard Haines -le presentó Gentry
con un gesto amplio-. Espero que no le importe, le he pedido a Dick que
estuviera presente. De todas maneras, estaba de visita y he pensado que podría
quizás hacerle preguntas más inteligentes que las mías.
El psiquiatra asintió con la cabeza, mirando a Haines.
-No sabía que el FBI se ocupaba de asesinatos locales -dijo
Laski. Su voz era suave, el acento inglés era muy leve, tenía controlado a la
perfección la sintaxis y el acento.
-Normalmente no -dijo Haines-. Pero hay diversos factores en
esta situación que pueden caer bajo el mandato del FBI. -¿Qué factores?
-preguntó Laski.
Haines cruzó los brazos y se aclaró la garganta.
-Secuestro para empezar, doctor. También violación de los
derechos civiles de una o más de las víctimas y además, por norma, ofrecemos la
ayuda de nuestros especialistas forenses a las agencias locales de la ley.
-Dick está aquí a causa de ese avión que explotó -le explicó
Gentry-. Por favor, siéntese, doctor Laski. Espere, quitaré todo esta
porquería. -Llevó algunas carpetas de revistas y vasos de plástico a la mesa y
volvió a su silla-. Ayer usted me dijo por teléfono que podría ayudarnos en
este caso de asesinato múltiple.
-La prensa de Nueva York lo llama «Los asesinatos de Mansard
House» -dijo Laski.
Empujó distraídamente las gafas hasta el borde de la nariz.
-¿Sí? -preguntó Gentry-. Bien, ostras, creo que es mejor que «La
masacre de Charleston», aunque no es muy exacto. La mayor parte de la gente no
estaba siquiera en Mansard House. Continúo pensando que es mucho ruido para
nueve personas muertas. Me imagino que hay muchos más muertos en una noche en
Nueva York
-Sí, seguramente -dijo Laski-, pero el tipo de crimen y los
sospechosos no son tan... fascinantes como en este caso.
-Tiene razón -concedió Gentry-. Le quedaríamos muy agradecido si
usted pudiera esclarecer esta confusión, doctor Laski.
-Me agradaría mucho poder ayudar. Desgraciadamente, no tengo
mucho que ofrecer.
-¿Usted era el psiquiatra de la señora Drayton? -le preguntó
Haines.
-Sí, digamos que sí. -Saul Laski hizo una pausa y se acarició la
barba. Sus ojos parecían muy grandes y sus párpados, pesados, como si hiciera
mucho tiempo que no dormía bien-. Vi a la señora Drayton sólo tres veces, la
última en septiembre. Vino a hablarme por primera vez al acabar una conferencia
que di en Columbia en agosto. Después de eso... tuvimos dos sesiones más.
-¿Pero era su paciente?.-La voz de Haines había asumido la
insistencia monótona de un fiscal.
-Técnicamente, sí -respondió Laski-. Pero no ejerzo
profesionalmente. Doy clases en Columbia, y ocasionalmente asesoro a algunos
estudiantes en la clínica universitaria, cosa que la psicóloga residente, Ellen
Hightower, cree beneficiosa para ellos.
-¿Quiere decir que la señora Drayton era estudiante?
-No, no lo creo. Ocasionalmente asistía a algunos cursos y a los
seminarios nocturnos. Ella... manifestó interés por un libro que yo había
escrito.
-Patología de la violencia -dijo el sheriff Gentry.
Laski parpadeó y se ajustó las gafas.
-No recuerdo haber mencionado el título de mi libro en nuestra
conversación de ayer, sheriff Gentry.
Gentry dobló las manos sobre el estómago y sonrió.
-No lo mencionó, doctor. Lo leí la primavera pasada. Lo leí dos
veces, para serle sincero. Sólo ahora he reconocido su nombre. Creo que es un
libro terriblemente brillante. Deberías leerlo, Dick.
-Me asombra que haya conseguido un ejemplar -dijo el psiquiatra.
Se volvió hacia el agente del FBI-. El libro expresa un punto de vista un poco
pedante de algunos procesos psíquicos. Sólo se tiraron dos mil ejemplares.
Academy Press. La mayor parte de los ejemplares vendidos fueron usados en
cursos en Nueva York y California.
-El doctor Laski cree que algunas personas son receptivas a...,
¿cómo lo llama? Un clima de violencia. Es eso, ¿verdad? -preguntó Gentry.
-Sí.
-Y que otras personas, o lugares, o épocas, programan a estas
personas receptivas para comportamientos que de otra forma serían impensables
en ellos. Claro que esto es sólo un resumen simplista del libro.
Laski parpadeó de nuevo, asombrado.
-Un resumen muy agudo -dijo.
Haines se puso en pie y fue a recostarse contra un archivador.
Cruzó los brazos y frunció el ceño ligeramente.
-Espere un momento, no acabo de entenderlo. Entonces, la señora
Drayton fue a hablar con usted, porque estaba interesada en su libro, y se
convirtió en su paciente. ¿Cierto?
-Acepté ofrecerle mi capacidad profesional, sí.
-¿Y tuvo también una relación personal con ella?
-No -respondió Laski-. Sólo estuve con ella tres veces. Una vez
durante algunos minutos después de mi conferencia sobre la violencia en el
Tercer Reich, y dos veces más, en dos sesiones de una hora, en la clínica.
-Ya veo -dijo Haines, aunque por su voz estaba claro que no lo
veía-, ¿y piensa que en esas sesiones hubo algo que nos podría ayudar a
esclarecer la presente situación?
-No -contestó Laski-. Me temo que no. Sin romper el secreto
profesional, puedo decir que la señora Drayton estaba preocupada por su
relación con su padre, que murió hace muchos años. No recuerdo nada en nuestras
discusiones que pueda echar luz a los detalles de su asesinato.
-Mmmm -murmuró Haines, y volvió a su silla. Miró el reloj.
Gentry sonrió y abrió la puerta, y vociferó: -¡Linda May, cariño!, ¿puedes
traernos café? Gracias, querida. -Doctor Laski, seguro que está informado de
que nosotros sabemos quién mató a su paciente -dijo Haines-. Lo que nos falta
en
este momento es el motivo.
-Ah, sí -dijo Laski, y se tocó la barba-. Era un chaval de la
ciudad,¿verdad?
-Albert LaFollette -aclaró Gentry-. Tenía diecinueve años y era
botones del hotel.
-¿Y no hay ninguna duda sobre su implicación?
-Ni la más mínima -aseguró Gentry-. Según han declarado cinco
testigos, Albert salió del ascensor, se dirigió a recepción y mató a su jefe,
Kyle Anderson, el gerente de Mansard House; le pegó un tiro en el corazón. Le
puso el revólver en el pecho. Tenemos las quemaduras de la pólvora en su traje.
Llevaba un Colt 45. No una reproducción barata, doctor, sino un auténtico Colt,
con número de serie de la fábrica del señor Colt. Una verdadera reliquia. El
chaval puso el arma contra el pecho de Kyle y apretó el gatillo. De acuerdo con
los testigos, no dijo nada. Después se gira y, sin pensárselo dos veces, le
dispara a Leonard Whitney, a plena cara.
-¿Quién es ese Whitney? -quiso saber el psiquiatra.
Fue Haines quien se aclaró la garganta para responder.
-Leonard Whitney era un comerciante de Atlanta. Acababa de salir
del restaurante del hotel cuando le dispararon. Por lo que sabemos, no tenía
ninguna relación con las otras víctimas.
-Sí -añadió Gentry-. Después Albert puso el arma en su boca y
apretó el gatillo. Ninguno de nuestros cinco testigos hizo nada para
impedírselo. Claro que todo fue muy rápido.
-¿Y se trata de la misma arma que mató a la señora Drayton?
-Sí.
-¿Hubo testigos de ese asesinato?
-No exactamente -explicó Gentry-. Pero un par de personas vieron
a Albert entrar en el ascensor. Le recuerdan, porque salía de la habitación de
donde procedían los gritos. Alguien había descubierto a la señora Drayton
después del disparo. Pero es curioso que nadie recuerde haber visto el revólver
en la mano del chaval. Aunque es natural. Podrías llevar un cerdo bajo el brazo
entre la multitud sin que nadie se diera cuenta.
-¿Quién descubrió el cadáver de la señora Drayton?
-No estamos seguros -dijo el sheriff-. Había una gran confusión
y después empezó el jaleo en el vestíbulo.
-Doctor Laski -intervino Haines-, si no puede ayudarnos con
alguna información sobre la señora Drayton, no sé qué utilidad puede tener
esto.
El agente del FBI estaba evidentemente dispuesto a terminar la
entrevista, pero fue interrumpido por la secretaria que entró con el café.
Haines puso su vaso sobre el archivador. Laski sonrió, agradecido, y se bebió
el líquido tibio. El café de Gentry venía en un gran tazón blanco con la
palabra AMO escrita en uno de los lados.
-Gracias, Linda Mae.
Laski se encogió ligeramente de hombros.
-Quería sólo ofrecer toda la ayuda que pudiera -dijo en voz
baja-. Me imagino que ustedes están muy ocupados. No les robaré más tiempo.
Puso el vaso de café sobre la mesa y se levantó.
-¡Eh! -gritó Bobby Joe Gentry-. Ya que está aquí, quiero saber
sus ideas sobre algunas cosas. -Se volvió hacia Haines-. El profesor fue asesor
del NYPD durante el caso del Hijo-de-Sam, hace un par de años.
-Uno entre muchos otros -matizó Laski-. Ayudamos a llegar a un
perfil de la personalidad del asesino. Al final resultó del todo improcedente.
El asesino fue detenido gracias al honesto trabajo de la policía.
-Sí -dijo Gentry-. Pero usted escribió un libro sobre este tipo
de asesinato en masa. A Dick y a mí nos gustaría saber su opinión sobre este
asunto. -Se levantó y se dirigió a una gran pizarra, cubierta por un trozo de
papel de embalaje sujetado con cinta. Gentry levantó el papel para revelar una
pizarra cubierta de diagramas, nombres y horas garabateados con tiza-.
Probablemente ya haya leído alguna noticia sobre el resto de nuestro pequeño
reparto de personajes.
-Sobre algunos -admitió Laski-. La prensa de Nueva York prestó
especial atención a la chica, Nina Drayton y a su abuelo.
-Sí, Kathy -dijo Gentry. Señaló con un dedo el nombre en la
pizarra-. Kathleen Marie Eliot. Diez años. Ayer vi su foto de cuarto curso en
la escuela. Mona. Mucho más agradable de mirar que las fotos de las escenas de
los crímenes de esa carpeta. -Gentry hizo una pausa y se frotó las mejillas.
Laski bebió otro sorbo de café y esperó-. Aquí tenemos nuestros escenarios
básicos -dijo el sheriff, y golpeó el diagrama de una calle-. Un ciudadano
asesinado aquí en pleno día, en la calle Calhoun. Otro, aquí, una manzana más
adelante, en el puerto deportivo de Battery. Tres cuerpos aquí, en la
residencia Fuller -golpeó un pequeño cuadrado en el cual tres «equis» se
apiñaban-, y nuestra gran escena final, con cuatro muertos, aquí en Mansard
House.
-¿Hay alguna relación? -preguntó Laski.
-Ése es el problema -suspiró Gentry-. No tienen nada en común.
-Hizo un gesto para señalar la columna de nombres-. El señor Preston, un hombre
negro encontrado acuchillado en Calhoun, era fotógrafo y comerciante en el
casco antiguo desde hace veintiséis años. Partimos del principio de que era un
espectador inocente, asesinado por quien será el siguiente cadáver de la lista.
-Karl Thorne -leyó Laski en la pizarra.
-El criado de la mujer desaparecida -añadió Haines.
-Sí -dijo Gentry-, pero a pesar de lo que ponía en su carné de
conducir, su nombre no era Karl Thorne. La identificación de las huellas
digitales que hemos recibido hoy de la Interpol dice que antes era conocido
como Oscar Felix Haupt, un ladrón de hoteles suizo de poca monta. Desapareció
en Berna en 1953.
-Dios mío -murmuró el psiquiatra-, ¿guardan las huellas
digitales de antiguos ladrones de hotel durante tanto tiempo?
-Haupt era más que eso -respondió Haines-. Parece que fue el
principal sospechoso en un famoso caso de asesinato. El asesinado fue un barón
francés de visita a un balneario. Haupt desapareció poco después. La policía
suiza acabó por creer que Haupt había sido asesinado, probablemente por tipos
del sindicato europeo.
-Parece que estaban equivocados -dijo el sheriff Gentry.
-¿Qué le hizo consultar a la Interpol? -preguntó Laski.
-Una corazonada -respondió Gentry, y volvió a mirar la
pizarra--. Muy bien, tenemos a Karl Oscar Felix Thorne-Haupt muerto aquí en el
puerto deportivo, y si la locura hubiese parado aquí, podríamos haber
encontrado algún motivo, el robo de un barco, quizá... La bala en el cerebro de
Haupt procedía del arma del vigilante nocturno, un 38. El problema es que Haupt
estaba terriblemente magullado, además de tener dos balas en el cuerpo. Había
dos tipos de manchas de sangre en sus ropas, además de la suya, quiero decir, y
muestras de piel y tejido bajo las uñas que indican claramente que fue él quien
atacó al señor Preston.
-Todo esto es muy confuso -dijo Saul Laski.
-Ah, profesor, aún no ha visto nada. -Gentry golpeó con los
dedos junto a tres nombres más: Barrett Kramer, George Hodges, Kathleen Marie
Eliot-. ¿Conoce a esa señora, doctor?
-Barrett Kramer -repitió Laski-. No. Leí su nombre en el
periódico, pero no me suena.
-Bueno. Valía la pena intentarlo. Era la compañera de viaje de
la señora Drayton. «Ayudante ejecutiva», parece que la identificó la gente de
Nueva York que reclamó su cuerpo. Una mujer de treinta y pocos años. Morena.
Fuerte. ¿La conoció?
-No -dijo-. No la recuerdo. No vino con la señora Drayton a
ninguna de las sesiones. Puede haber estado en mi conferencia la noche que
encontré a la señora Drayton, pero no me fijé en ella.
-De acuerdo. Bien, encontramos a la señorita Kramer que fue
asesinada con el 38 S&W del señor Hodges. Pero el juez está seguro de que
esa bala no la mató. Según parece, se rompió el cuello al caerse por la
escalera de la casa Fuller. Aún respiraba cuando llegó la ambulancia pero fue
declarada muerta en Urgencias. El encefalograma daba plano. Ahora bien, lo más
terrible es que las pruebas del forense sugieren que el pobre señor Hodges ni
siquiera le disparó. Fue encontrado aquí -Gentry golpeó otro diagrama-, en el
vestíbulo de la casa Fuller. Su revólver fue encontrado aquí, en el suelo de la
habitación de la señora Drayton, en Mansard House. ¿Qué tenemos entonces? Ocho
víctimas, nueve si contamos a Albert LaFollette, cinco armas...
-¿Cinco armas? -preguntó Laski-. Perdóneme, sheriff. No quería
interrumpir.
-No tiene importancia. Sí, cinco armas, por lo que sabemos. El
viejo 45 que usó Albert, el 38 de Hodges, un cuchillo encontrado cerca del
cuerpo de Haupt y un maldito atizador de chimenea que la Kramer usó para matar
a la chica.
-¿Barrett Kramer mató a la chiquilla?
-Ajá. Por lo menos sus huellas cubrían toda la maldita cosa y
encontramos sangre de la chica en las ropas de la señorita Kramer.
-Son sólo cuatro armas -dijo Laski.
-Ah, sí, hay también un bastón que encontramos en la puerta
trasera del puerto deportivo. Tenía restos de sangre.
Saul Laski sacudió la cabeza y miró a Richard Haines. El agente
tenía los brazos cruzados y miraba la pizarra. Parecía muy fatigado y
disgustado.
-Una auténtica lata de gusanos, ¿eh, profesor? -terminó Gentry.
Volvió a su silla y se dejó caer con un suspiro. Se inclinó hacia atrás y tomó
un sorbo de café frío del tazón-. ¿Alguna teoría?
Laski sonrió con tristeza y sacudió la cabeza. Miró fijamente la
pizarra, como si intentara aprender de memoria las informaciones que allí
había. Un minuto después se rascó la barba y dijo en voz baja:
-Lo siento, sheriff, no tengo ninguna teoría. Pero tengo que
hacerle una pregunta.
-¿Cuál?
-¿Dónde está la señora Fuller, cuya casa fue el escenario de
esta matanza?
-Señorita Fuller -corrigió Gentry-. Según los vecinos, era una
de las viejas solteronas de Charleston. Y para responder a su pregunta: no hay
rastro de la señorita Melanie Fuller. Sabemos que una anciana no identificada
fue vista en el vestíbulo superior del hotel inmediatamente después del
asesinato de la señora Drayton, pero nadie pudo confirmar que se tratase de la
señorita Fuller. Tenemos una alerta de tres estrellas para detener a esta
señora, pero hasta ahora, ni una palabra.
-Parece que ella es la clave -sugirió Laski con timidez.
-Quizás. Además su bolso despedazado fue encontrado detrás del
lavabo del puerto deportivo de Battery. Las manchas de sangre que encontramos
se corresponden con las de la navaja de Karl-Oscar.
-Dios mío -suspiró el psiquiatra-. No tiene sentido.
Hubo un momento de silencio y después Haines se puso en pie.
-Quizás es más sencillo de lo que parece -dijo, y tiró de los
puños de su camisa-. La señora Drayton estaba de visita en casa de la señora
Fuller, perdón, señorita Fuller, el día antes de los asesinatos. Las huellas en
la casa confirman que estuvo allí, y una vecina la vio entrar el viernes por la
noche. La señora Drayton cometió el error de contratar a esta Barrett Kramer
como ayudante. Kramer está buscada en Filadelfia y Baltimore por acusaciones
que datan de 1968.
-¿Qué acusaciones? -preguntó Laski.
-Vicio y narcóticos -exclamó el agente-. Todo parece indicar
que, de una manera u otra, la señorita Kramer y el criado de Fuller, ese
Thorne, planearon una conspiración contra sus viejos amos. Al fin y al cabo, se
dice que los bienes de la señora Drayton valen casi dos millones de dólares, y
la señora Fuller tenía una considerable cuenta bancaria aquí en Charleston.
-¿Pero cómo podrían ellos...? -empezó el psiquiatra.
-Concédame un minuto. Entonces Kramer y Thorne...; Haupt o como
se llame, matan a la señora Fuller y tiran el cuerpo..., la patrulla del puerto
ya está registrando la bahía. Sólo el vecino, el viejo guardia de seguridad, se
interpone en sus planes. Dispara contra Haupt y vuelve a casa de Fuller, pero
encuentra a Kramer allí. La nieta del viejo le ve desde el patio, corre a
reunirse con él y acaba siendo asesinada también. Albert LaFollette, otro
cómplice, pierde la cabeza cuando Kramer y Haupt no aparecen, mata a la señora
Drayton y enloquece.
Gentry se balanceó en su silla, con las manos agarradas sobre el
estómago. Sonreía ligeramente.
-¿Y Joseph Preston, el fotógrafo?
-Como usted mismo ha dicho, un inocente espectador -respondió
Haines-. Puede haber visto dónde lanzó Haupt el cuerpo de la vieja. No hay duda
de que el alemán la mató. La piel y muestras de tejido bajo las uñas de Preston
coinciden con las marcas en la cara de Haupt. En lo que quedaba de la cara de
Haupt.
-¿Y su ojo? -preguntó Gentry.
-¿Su ojo? ¿El ojo de quién? -El psiquiatra miró primero al
sheriff y después al hombre del FBI.
-De Haupt -respondió Gentry-. Lo perdió. Alguien se lo arrancó
con un palo.
Haines se encogió de hombros.
-De todas maneras, es la única puesta en escena que tiene
sentido. Tenemos dos empleados, ex criminales, que trabajan para dos viejas
adineradas. Intentan secuestrarlas o asesinarlas, les sale mal y la cosa acaba
en una cadena de asesinatos.
-Sí -dijo Gentry-. Quizá.
En el silencio que siguió, Saul Laski podía oír las risas que
llegaban de otros despachos del Ayuntamiento. Fuera, una sirena aulló y después
enmudeció.
-¿Qué opina, doctor? ¿Alguna idea? -preguntó Gentry.
Saul Laski sacudió lentamente la cabeza.
-Lo encuentro realmente desconcertante.
-¿Y qué me dice de su idea de una «resonancia de violencia»?
-preguntó Gentry.
-Mmmmm -dudó Laski-, éste no era precisamente el tipo de
situación que yo tenía en mente. Claro que parece una «cadena de violencia»,
pero no encuentro el catalizador.
-¿Catalizador? -repitió Haines-. ¿De qué diablos estamos
hablando?
Gentry sacó los pies de la mesa y se pasó un pañuelo rojo por el
cuello.
-El libro del doctor Laski hablaba de ciertas situaciones que
programan a las personas para matar.
-No comprendo -dijo Haines-. ¿Qué quiere decir «programar»? ¿Se
refiere al viejo argumento liberal de que la pobreza y las condiciones sociales
son las causas del crimen?
Era obvio por su tono de voz qué pensaba de ese punto de vista.
-De ninguna manera -dijo Laski-. Mi hipótesis es que hay ciertas
situaciones, condiciones, instituciones, incluso individuos, que desencadenan
en otros una reacción violenta, agresiva, que puede llegar al homicidio, sin
que, aparentemente, haya relación causal inmediata alguna.
El agente del FBI frunció el ceño.
-Sigo sin comprender.
-Joder -dijo el sheriff Gentry-, ¿has visto nuestra cárcel,
Dick? ¿No? Pues tienes que verla antes de marcharte. En agosto pasado la
pintamos de color rosa. La llamamos nuestro Hilton Pepto-Bismal. Pero la cosa
da resultado. Los incidentes violentos han descendido un 60 % desde que
cambiamos la pintura, y no es que tengamos una clientela más distinguida. Claro
que esto es exactamente lo contrario de lo que estamos hablando, ¿verdad,
doctor?
Laski se arregló las gafas. Cuando levantó la mano, Gentry vio
unos números azules tatuados en el brazo justo encima de la muñeca.
-Sí, pero pueden aplicarse elementos de la misma teoría -dijo el
psiquiatra-. Algunos estudios sobre colores han revelado cambios de actitud y
de comportamiento perfectamente medibles. Las razones de la disminución de
incidentes violentos en lugares pintados de un determinado color son, en el
mejor de los casos, vagas, pero los datos empíricos están ahí, como usted mismo
ha dicho, sheriff; y parece que implican una modificación de la reacción
psico-fisiológica simplemente a través de una alteración de la variable color.
Mi tesis sugiere que algunos de los incidentes menos comprensibles de crimen
violento son el resultado de una serie más compleja de factores estimulantes.
-Ejem -murmuró Haines. Miró el reloj y a Gentry. El sheriff
estaba sentado cómodamente con los pies sobre la mesa. Irritado, Haines se
quitó una imaginaria pelusa de sus pantalones grises-. Me temo que no veo cómo
puede ayudarnos esto, doctor Laski -dijo el agente-. El sheriff Gentry se
enfrenta con una complicada serie de asesinatos, no con unos ratones de
laboratorio que corren por un laberinto.
Laski asintió con la cabeza y se encogió de hombros.
-Yo estaba de visita -dijo-. Decidí contarle al sheriff mi
relación con la señora Drayton y ofrecer la ayuda que fuera posible. Comprendo
que debo de estar robándoles su precioso tiempo. Muchas gracias por el café,
sheriff.
El psiquiatra se levantó y se dirigió hacia la puerta.
-Gracias por su ayuda, doctor -dijo Gentry, y se sonó la nariz
con su pañuelo rojo. Lo restregó de un lado a otro como para
rascarse-. Oh, hay otra pregunta que me gustaría hacerle.
Laski se volvió con una mano en el pomo de la puerta y esperó.
-Doctor Laski, ¿cree usted que estos asesinatos podrían ser el resultado de una
riña entre las viejas..., Nina Drayton y Melanie Fuller,
quiero decir? ¿Podrían ellas haber puesto todo esto en marcha?
La cara de Laski no mostró ninguna reacción. Sus ojos tristes
parpadearon.
-Es posible, pero eso no explica los asesinatos de Mansard
House, ¿verdad? -murmuró.
-No, claro que no -asintió Gentry, y acabó de sonarse-. Muy
bien. Gracias, doctor. Le agradecemos que haya venido a vernos.
Si recuerda algo más sobre la señora Drayton que pueda darnos una pista
sobre este asunto, llámenos, por favor, a cobro revertido, ¿de
acuerdo?
-Sin duda -aseguró el psiquiatra-. ¡Suerte, caballeros!
Haines esperó a que la puerta se cerrase. -Deberíamos investigar
a este tipo -dijo.
-Mmm -murmuró Gentry. Tenía en las manos su tazón de café
vacío y lo hacía girar lentamente entre sus manos-. Ya lo he
hecho.
Es quien dice ser, ningún problema.
Haines parpadeó.
-¿Le comprobaste antes de que viniera aquí hoy? Gentry sonrió y
dejó el tazón.
-Después de que me llamara ayer. No tenemos tantos sospechosos
como para que sea perder el tiempo coger el teléfono y pedir información a
Nueva York.
-Haré que el FBI compruebe su paradero a partir de...
-Dio una conferencia en Columbia -interrumpió Gentry-. El
sábado por la noche. Participaba en una mesa redonda sobre la
violencia callejera. Después hubo una recepción que duró hasta después de
las once. Hablé con el decano.
-Sin embargo -dijo Haines-, comprobaré su ficha. Lo que ha
dicho de su relación con la vieja no me ha parecido del todo
cierto. -Sí -murmuró Gentry-, te quedaré agradecido si me haces este
favor, Dick.
El hombre del FBI cogió su impermeable y su maletín. Se detuvo
cuando miró al sheriff. Las manos de Gentry estaban tan
apretadas
que los dedos se habían vuelto blancos. Había en sus
habitualmente joviales ojos azules una irritación que se acercaba a furia.
Gentry lo miró.
-Dick, voy a necesitar toda la ayuda que pueda tener. -Claro.
-Mucha ayuda -dijo Gentry, y levantó un lápiz con las dos
manos-. En mi ciudad nadie quedará impune después de cometer nueve malditos
asesinatos. Alguien empezó todo esto y descubriré quién fue.
-Sí -dijo Haines.
-Descubriré a los culpables -continuó Gentry. Sus ojos estaban
fríos. El lápiz se partió entre sus dedos sin que él se diera cuenta-. Y
después los cogeré, Dick. Lo haré. Lo juro.
Haines asintió con la cabeza, dijo adiós, y se marchó. Gentry se
quedó mirando el lápiz partido en su mano largo rato. No sonreía. Lenta,
meticulosamente, continuó partiendo el lápiz en pedazos cada vez más pequeños.
Haines tomó un taxi hasta su hotel, pagó la cuenta y fue en el
mismo taxi hasta el aeropuerto internacional de Charleston. Llegaba temprano.
Después de registrar el equipaje, empezó a pasearse por el vestíbulo, compró el
Newsweek y pasó por diversas cabinas telefónicas hasta detenerse en una serie
de cabinas en un corredor lateral. Marcó un número con un prefijo de
Washington.
-El número que acaba de marcar está temporalmente fuera de
servicio -informó una voz grabada de mujer-. Por favor, inténtelo otra vez o
contacte con un representante del área de servicios de Bell.
-Haines, Richard M. -dijo el hombre del FBI. Miró por encima del
hombro a una mujer con un niño que pasaba en dirección a los aseos-. Coventry.
Cable. Intenté llamar 779.491.
Se oyó un chasquido, un ligero zumbido y otra voz grabada.
-Hasta nuevo aviso este despacho está cerrado por inventario. Si
quiere dejar un mensaje, por favor espere a oír la señal. No hay límite de
tiempo.
Hubo medio minuto de silencio seguido por la señal.
-Soy Haines. Salgo ahora de Charleston. Un psiquiatra llamado
Saul Laski ha aparecido hoy para hablar con Gentry. Laski dice que trabaja en
Columbia. Es autor de un libro titulado Patología de la violencia, de Academy
Press. Dijo que tuvo tres encuentros con Nina Drayton en Nueva York. Niega
conocer a Barrett Kramer, pero puede estar mintiendo. Laski tiene un tatuaje de
campo de concentración en el brazo. Número 4490182. Gentry ha investigado
también a Karl Thorne y sabe que era en realidad un ladronzuelo suizo llamado
Oscar Felix Haupt. Gentry va muy desaliñado, pero no es ningún estúpido.
Parece que está furioso con todo este asunto. Presentaré mañana
mi informe. Entretanto, recomiendo que Laski y el sheriff Gentry sean sometidos
a vigilancia. Como precaución, considero que se podrían cancelar las pólizas de
ambos. Estaré en casa esta tarde a las ocho y espero más instrucciones. Haines,
Cable. Coventry.
El agente Richard Haines colgó, cogió el maletín y fue
rápidamente a unirse a la multitud que se dirigía hacia las puertas de
embarque.
Saul Laski dejó el edificio del Ayuntamiento y se dirigió al
callejón donde había aparcado su Toyota alquilado. Lloviznaba, a pesar de lo
cual reparó en que el aire estaba caliente. La temperatura tenía que ser de
poco menos de 20 grados. Cuando había dejado Nueva York la víspera, nevaba y la
temperatura estaba bajo cero desde hacía días.
Se sentó en el coche y miró las gotas que caían sobre el
parabrisas. El coche olía a tapicería nueva y a cigarro. Empezó a temblar a
pesar del aire caliente. El temblor se transformó en fuertes sacudidas. Saul
agarró con fuerza el volante hasta que el temblor dejó la parte superior de su
cuerpo y se convirtió en un tenso estremecimiento en las piernas. Fijó con
fuerza los músculos de las piernas y pensó en otras cosas: en la primavera, en
un lago tranquilo que había descubierto en los Adirondaks el verano pasado, un
valle abandonado que había encontrado en el Sinaí, donde unas columnas romanas
se erguían, solitarias, contra acantilados de esquisto.
Algunos minutos después puso el coche en marcha y condujo sin
rumbo prefijado por las calles pulidas por la lluvia. Había poco tráfico.
Quería seguir por la carretera 52 hacia su motel. Pero giró hacia el sur en
East Bay Drive, en dirección al casco antiguo de Charleston.
Mansard House estaba señalada por una marquesina verde arqueada
que iba hasta el bordillo. Saul echó una ojeada a la oscura entrada y continuó.
Tres bloques más adelante torció a la derecha hacia una estrecha calle
residencial. Cercas de hierro forjado separaban los patios y jardines de las
aceras de ladrillo. Saul aminoró la velocidad, contó en voz baja para sí, buscó
los números de las casas.
La casa de Melanie Fuller estaba en penumbra. El patio estaba
vacío y la casa de al lado parecía cerrada, con las pesadas persianas bajadas.
Había una cadena y un candado en la puerta del jardín. El candado parecía
nuevo.
Saul torció a la izquierda en la calle siguiente y después de
nuevo a la izquierda, volviendo casi a la calle Broad. Pero encontró un lugar
para aparcar detrás de un camión de reparto. Ahora llovía con más fuerza. Sacó
un sombrero de tenis blanco del asiento trasero, se lo encasquetó en la cabeza
y se subió el cuello de su americana deportiva de pana.
El callejón se extendía por el centro del bloque y estaba
bordeado por pequeños garajes, follaje espeso, vallas altas e innumerables
cubos de basura. Había contado las casas mientras conducía, pero aún tuvo que
comprobar los dos palmitos que parecían muertos cerca de la ventana sur para
estar seguro de que aquélla era la casa. Caminó con las manos en los bolsillos,
sabiendo que atraía la atención en el estrecho callejón, pero incapaz de hacer
nada para evitarlo. La lluvia continuaba cayendo. La tarde gris se deslizaba
hacia la oscuridad de una noche de invierno. No tendría mucho más de media hora
de luz. Respiró hondo tres veces y se dirigió al camino de entrada, que no
tenía más de tres metros y terminaba en lo que antes debía de haber sido una
pequeña cochera. Las ventanas estaban pintadas de negro, pero era obvio que
nunca había sido usada como garaje. La cerca trasera era una red alta de acero,
entrelazada con parras y con las afiladas ramas del espeso seto. Una puerta más
baja, en otros tiempos parte de una valla de hierro negra, estaba cerrada con
una cadena y un candado. Una cinta de plástico envolvía la cadena y decía: «NO
ENTRAR POR ORDEN DEL SHERIFF DE CHARLESTON.»
Saul vaciló. El único sonido era el golpeteo de la lluvia en el
tejado de pizarra de la cochera y el agua que corría por el canalón de desagüe.
Tendió la mano, cogió la alta valla, metió su pie izquierdo en el travesaño de
la puerta, se balanceó precariamente durante un momento sobre las estacas de
hierro oxidado y después cayó, al otro lado, en la losa del patio.
Poniéndose en cuclillas durante un segundo, con las manos
abiertas contra la piedra mojada, y con un calambre en su pierna derecha,
escuchó los latidos de su corazón y los súbitos ladridos de un pequeño perro en
algún patio cercano. Los ladridos cesaron. Saul se movió rápidamente junto a
las flores y a una pila para pájaros que se extendía hasta un porche trasero de
madera, que naturalmente se había añadido mucho después de la construcción de
la casa. La lluvia, la luz agonizante y las goteantes cercas parecían tapar
sonidos distantes y amplificar el sonido de sus pasos y cada uno de los ruidos
que hacía. Podía ver a su izquierda plantas detrás de los cristales, en un
invernadero reformado que prolongaba el jardín. Intentó abrir la puerta de tela
metálica que daba al porche. Ésta se abrió con un suspiro herrumbroso y Saul
entró en la oscuridad.
El espacio era largo y estrecho y olía a moho y a tierra
podrida. Saul podía ver las siluetas de macetas de barro vacías contra los
ladrillos de la casa. La puerta interior, maciza, de cristal con tiras de plomo
y bellas molduras, estaba bien cerrada. Saul sabía que habría diversas
barreras. También estaba seguro de que la vieja tenía algún
sistema de alarma, pero tenía la certeza de que era una alarma interna, no
conectada a la comisaría.
«¿Y si la policía la ha conectado?» Saul sacudió la cabeza y
atravesó el espacio oscuro para espiar por las estrechas ventanas detrás de una
estantería. Podía verse el bulto blanco de una nevera. De súbito, se escuchó un
fragor distante de truenos y la lluvia redobló su asalto a los tejados y
cercas. Saul movió macetas, colocándolas en espacios vacíos y ensuciándose las
manos de tierra negra, y después quitó una sección de un metro de estantería.
Las ventanas, por encima del basto mostrador, estaban cerradas por dentro. Se
puso en cuclillas, apretó los dedos contra el cristal durante un segundo y
después se volvió para buscar el mayor y más pesado de los tiestos de barro.
El cristal, al romperse, hizo mucho ruido, más que los truenos
que seguían a los reflejos de los rayos que convertían los cristales intactos
en espejos. Saul se volvió de nuevo, rompió la silueta barbuda de su propio
reflejo, arrancó los trozos de vidrio que quedaban y metió la mano en la
oscuridad en busca del cerrojo. La idea súbita, infantil, de una mano tocando
la suya hizo que se le erizara la piel del cuello. Encontró una cadena y tiró
de ella. La ventana se abrió. Entró, pisó cristales y fórmica rotos, y saltó
pesadamente al suelo de la cocina.
Se escuchaban ruidos en la vieja casa. El agua corría por los
canalones junto a las ventanas. La nevera produjo un ruido sordo que hizo que
el corazón de Saul le saltara a la garganta. Supuso que debía de estar aún
enchufado. En algún lugar se escuchó un arañazo leve, como de uñas contra un
cristal. En la cocina había tres puertas de batiente que daban a tres
habitaciones distintas. Saul escogió la que tenía delante y salió a un largo
vestíbulo. Incluso a la pálida luz pudo ver dónde se había astillado el suelo
encerado, a pocos pasos de la puerta de la cocina. Se detuvo al pie de la
amplia escalera, casi esperando ver las siluetas de los cuerpos dibujadas en el
suelo como en las películas policíacas americanas que le gustaban tanto. No
había nada. Sólo una gran mancha que teñía la madera cerca del primer peldaño.
Saul miró por otro pequeño vestíbulo hacia el pasillo y después entró en una
habitación grande pero excesivamente amueblada que parecía una sala de estar
del siglo pasado. La luz se filtraba a través de los cristales de vidrio de
color encima de una gran ventana salediza. Sobre la chimenea, un reloj estaba
parado en las 3:26. Los muebles pesadamente tapizados y los altos armarios
llenos de cristalería y porcelana parecían haber absorbido todo el oxígeno de
la sala. Saul levantó el cuello de su americana e inspeccionó rápidamente la
sala. La habitación desprendía un olor peculiar. Apestaba a años y a cera y a
talco amargo y a decadencia, olor que Saul siempre asociaba con su vieja tía
Danuta en su pequeño apartamento de Cracovia. Danuta tenía ciento tres años
cuando murió.
Había un comedor vacío al otro lado del vestíbulo. Una lámpara
de araña tintineó ligeramente al entrar Saul. En el vestíbulo había una percha
para sombreros y dos bastones negros apoyados contra la pared. En la calle, un
camión pasó lentamente y la casa tembló.
El invernadero, situado detrás del comedor, estaba menos oscuro
que el resto de la casa. Saul se sintió expuesto allí. La lluvia había cesado y
pudo ver las rosas en el invernadero del jardín. Se haría de noche en pocos
minutos.
Alguien había reventado un magnífico armario. La madera de
cerezo estaba astillada y aún había cristales rotos en el suelo. Saul se acercó
y se puso en cuclillas. En el estante central había algunas estatuillas y
platos de estaño volcados.
Se levantó y miró alrededor. Una sensación de pánico crecía en
él sin ninguna razón aparente. El olor de carne muerta parecía haberle
acompañado. Se dio cuenta de que su mano derecha se abría y cerraba
espasmódicamente. Ahora podía irse, entrar directamente en la cocina por la
puerta de batientes y salir en dos minutos.
Saul se volvió y caminó por el gran vestíbulo hasta la escalera.
La barandilla le pareció suave y fría cuando la tocó. A pesar de una pequeña
ventana circular en la pared delante de la escalera, la oscuridad parecía
levantarse como aire frío y caer en la barandilla ante él. Se detuvo en lo
alto. A la derecha, una puerta estaba casi arrancada de sus bisagras. Pequeñas
astillas colgaban del marco como tendones rotos. Se obligó a entrar en el
dormitorio. Notó un olor como de cámara frigorífica con carne, semanas después
de que hubiese fallado la electricidad. Había un armario alto en un rincón,
como un ataúd puesto de pie. Las ventanas estaban cubiertas por pesadas
cortinas que daban al patio. Un cepillo y un peine de marfil muy caros ocupaban
el centro de un viejo tocador. El espejo estaba descolorido y manchado. La gran
cama estaba hecha con esmero.
Saul estaba a punto de salir cuando oyó un ruido.
Se quedó inmóvil, con las manos involuntariamente cerradas como
puños. No había nada excepto el olor a carne podrida. Estaba casi a punto de
moverse de nuevo, preparado para atribuir el ruido al agua de los canalones
atascados del exterior, cuando lo oyó otra vez, ahora más claramente.
Se oían pasos abajo. Alguien caminaba con un cuidado deliberado,
y empezó a subir por la escalera.
Saul se volvió y dio cuatro pasos hacia el gran armario. La
puerta no hizo ruido cuando la abrió y se metió entre las prendas de lana
colgadas de la vieja. Sentía un ruido sordo, violento, en sus orejas. Las
puertas alabeadas no se cerraban del todo y por la hendidura que
quedaba ante sus ojos entraba una fina línea vertical de luz gris cortada por
la oscura línea horizontal de la cama.
Los pasos subieron por los últimos peldaños, vacilaron durante
un largo rato de absoluto silencio, y después entraron en la habitación. Eran
muy ligeros.
Saul contuvo la respiración. El olor de la lana y la naftalina
se mezclaba con el olor de carne podrida que había impregnado su nariz y
amenazaba con sofocarle. Los pesados vestidos y bufandas se pegaban a él, le
rodeaban los hombros y el cuello.
No sabía si los pasos habían retrocedido o no, tan alto era el
zumbido en sus oídos. Un pánico claustrofóbico se apoderó de él. No podía
concentrarse en la fina rendija de luz. Recordó el fango cayendo sobre caras
vueltas, los movimientos de un brazo pálido contra la caída de barro negro, el
yeso en una mejilla herida y el peso de piernas, lana grisácea a la luz de
invierno, colgado sobre el pozo donde miembros blancos empujaban como lentos
gusanos el barro negro.
Saul hizo esfuerzos para respirar. Luchó contra la lana que lo
asfixiaba y tendió la mano para abrir la puerta del armario.
Su mano no llegó a tocarla. Antes de que pudiese moverse, la
puerta fue abierta bruscamente desde fuera.
5
Washington, D. C, martes 16 de diciembre de 1980
Tony Harod y María Chen llegaron al aeropuerto internacional de
Washington, alquilaron un coche y fueron directamente a Georgetown. Era el
inicio de la tarde. Cuando cruzaron el puente Mason Memorial, el Potomac
parecía gris y lento. Árboles desnudos lanzaban finas sombras sobre el paseo.
La avenida Wisconsin no estaba muy concurrida.
-Aquí -dijo Harod.
María giró hacia la calle M. A la pálida luz del invierno, las
lujosas casas parecían apiñadas. La que buscaban era semejante a muchas otras
de esa calle. No había zona de aparcamiento delante de la puerta amarillo
pálido del garaje. Pasó una pareja, ambos envueltos en pesadas pieles, con un
caniche tembloroso que tiraba de la correa.
-Esperaré -dijo María Chen.
-No -repuso Harod-. Ve a dar una vuelta. Pasa por aquí a
intervalos de diez minutos.
Ella vaciló un momento cuando Harod salió y después arrancó,
pasando delante de una limusina con chófer.
Harod ignoró la puerta delantera de la casa y se dirigió al
garaje. Levantó un panel metálico, que reveló una ranura fina y cuatro botones
sin indicaciones. Sacó una pequeña tarjeta de la cartera y la introdujo en la
ranura. Se oyó un chasquido. Se acercó más a la pared y apretó el tercer botón
cuatro veces y después tres, veces más. La puerta del garaje hizo un ruido
metálico. Harod sacó su tarjeta y entró.
Cuando la puerta bajó de nuevo, estaba muy oscuro en el espacio
vacío. No notó olor a gasolina o petróleo, sólo a hormigón frío y a perfume de
resina, como es habitual en los espacios reducidos. Dio dos pasos hacia el
centro del garaje y se quedó inmóvil, sin hacer ningún esfuerzo para encontrar
una puerta o un interruptor. Se oyó un suave zumbido eléctrico y supo que la
cámara de vídeo colocada en la pared le había examinado y había comprobado que
no había entrado nadie más. Supuso que la cámara tenía rayos infrarrojos o
lentes para aumentar la luz. En realidad, le daba igual.
Se abrió una puerta. Avanzó hacia la luz y entró en una
habitación vacía que, por las tomas eléctricas e instalaciones de tuberías, era
de suponer que había sido pensada para hacer las funciones de lavandería. Otra
cámara de vídeo colgaba de una segunda puerta que se abrió para cerrarse tras
él en cuanto hubo entrado. Harod bajó la cremallera de su chaqueta de cuero.
-Por favor, quítese las gafas de sol, señor Harod.
La voz procedía de un interfono en la pared.
-A tomar por el culo -dijo Harod amablemente, y se quitó las
gafas oscuras de aviador. Volvió a ponérselas cuando la puerta se abrió y
entraron dos hombres vestidos con trajes oscuros. Uno era calvo y macizo, la
estereotipada imagen de un guardaespaldas. El otro era más alto, delgado,
moreno, y, de una manera ambigua, infinitamente más amenazador.
-¿Puede levantar los brazos, por favor? -preguntó el fornido.
-¿Puede irse a tomar por el culo por diez duros? -preguntó
Harod. Detestaba que los hombres le tocaran. Y odiaba la idea de tocarlos.
Ambos se retaron con la mirada. Harod levantó los brazos. El fornido le cacheó
profesionalmente, con fría distancia, e hizo un gesto de asentimiento con la
cabeza al hombre moreno.
-Por aquí, señor Harod. -El hombre delgado lo condujo a través
de una cocina fuera de uso, hasta un vestíbulo iluminado y diversas
habitaciones vacías, sin muebles, y se detuvo al fondo de la escalera-. Es la
primera puerta a la izquierda, señor Harod -dijo, y señaló arriba-. Le están
esperando.
Harod no dijo nada y subió por la escalera. El piso era de roble
claro, estaba encerado y brillaba mucho. Al subir por la escalera, sus botas
retumbaban en la casa. El edificio olía a pintura y a vacío.
-Señor Harod, estamos muy contentos de que haya podido venir.
Había cinco hombres sentados en sillas plegables colocadas en
semicírculo. La habitación podía haber sido un dormitorio o un estudio grande.
El piso tenía pocos muebles, las ventanas con persianas eran blancas y la
chimenea estaba apagada. Harod conocía a los hombres, o por lo menos, sus
nombres: Trask, Colben, Sutter, Barent y Kepler. Llevaban trajes caros, de
corte conservador, y estaban sentados en la misma posición: las espaldas
derechas, las piernas y los brazos cruzados. Tres de ellos tenían maletines
junto a la silla. Tres usaban gafas.
Los cinco eran blancos. Sus edades iban desde los cuarenta y
tantos hasta los sesenta y tantos, y Barent era el más viejo. Colben era casi
calvo, pero los otros cuatro parecían compartir el mismo peluquero de Capitol
Hill. El que había hablado era Trask.
-Llega con retraso, señor Harod -añadió.
-Sí -admitió Tony Harod, y se acercó. No había silla para él. Se
quitó la chaqueta de cuero y la sostuvo sobre el hombro con un dedo. Llevaba
una camisa de seda de color rojo vivo, abierta en el pecho, sobre el que
mostraba un medallón con un diente de tiburón colgado de una cadena de oro;
pantalones negros de pana engalonados con la gran hebilla del cinturón R2-D2 de
oro que le regaló George Lucas, y pesadas botas de polo con tacones macizos-.
El vuelo se retrasó.
Trask asintió con la cabeza. Colben se aclaró la garganta como
si estuviera a punto de hablar, pero se contentó con volver a ponerse las gafas
de concha.
-Entonces, ¿qué sabemos? -preguntó Harod. Sin esperar una
respuesta, fue al lavabo, cogió una silla plegable de metal y la puso ante el
semicírculo. Se sentó a horcajadas y dejó la chaqueta sobre el respaldo-. ¿Hay
alguna novedad? -preguntó-. ¿O he hecho este jodido viaje para nada?
-Queríamos preguntarle algunas cosas -dijo Barent. Su voz era
refinada y bien modulada. Sus vocales guardaban algo del acento de Inglaterra.
Barent no era evidentemente un hombre que necesitase hacer que su voz se oyera.
Se le escuchaba.
Harod se encogió de hombros.
-Hice una de las loas en el funeral de Willi -dijo-. Forest
Lawn. Muy triste. Unos doscientos famosos de Hollywood aparecieron para
presentar sus respetos. Sólo diez o quince conocían realmente a Willi.
-Su casa -dijo Barent-. ¿Registró su casa como se le pidió?
-Sí.
-¿Y?
-Y nada -respondió Harod. Su boca se había convertido en una
fina línea en su cara pálida. Las comisuras de sus labios, tan a menudo
sarcásticas hasta la crueldad, estaban tensas-. Sólo dispuse de un par de
horas. Pasé la mitad de ese tiempo quitándome de encima a varios de los viejos
amantes de Willi que tenían llave y volvían como buitres en busca de carroña.
-¿Habían sido «usados»? -preguntó Colben. Había ansiedad en su
voz.
-No, creo que no. Willi estaba perdiendo su poder, no lo
olvidéis. Quizá los «usó» un poco, acondicionándolos. Tal vez les tocó un poco.
Pero lo dudo. No lo necesitaba, le sobraba con su dinero y su influencia en los
estudios.
-El registro -dijo Barent.
-Sí. Dispuse de una hora. Tom McGuire, el abogado de Willi, es
un viejo amigo y me dejó mirar los papeles del cofre y la mesa de Willi. No
había gran cosa. Algunas propiedades filmográficas y literarias. Algunas
acciones, pero no lo que se podría considerar una cartera. Willi prefería
mantener sus inversiones en la industria del cine. Una gran cantidad de cartas
comerciales, pero casi nada personal. Su testamento fue leído ayer. Me ha
tocado la casa..., si pago los jodidos impuestos. La mayor parte del dinero
estaba comprometido en proyectos. Dejó el resto de su cuenta bancaria a la
Protectora de Animales de Hollywood.
-¿La Protectora de Animales? -repitió Trask.
-Eso mismo. El viejo Willi estaba loco por los animales. Se
estaba siempre quejando de la forma como eran usados en las películas y quería
leyes más estrictas y reglas que protegieran a los caballos que hacían
acrobacias y mierdas de ese tipo.
-Siga -dijo Barent-. ¿No había papeles que pudiesen revelar el
pasado de Willi?
-No.
-¿Y nada que pudiera denunciar su «aptitud»? -No. Nada.
-¿Ni ninguna mención a ninguno de nosotros? -le preguntó Sutter.
Harod se puso más derecho en su silla.
-Claro que no. Ya sabéis que Willi lo desconocía todo sobre el
Club.
Barent asintió con la cabeza y movió los dedos. -¿No hay ninguna
posibilidad, señor Harod? -Ninguna.
-Pero él conocía la «aptitud» de usted.
-Bueno, sí, pero ustedes estuvieron de acuerdo hace años en que
le informaríamos de eso. Me dijeron eso cuando me ordenaron que entrase en
contacto con él.
-Sí, es cierto.
-Y por otro lado, Willi siempre creyó que mi «aptitud» era débil
y poco segura en comparación con la suya. Porque yo no necesitaba «usar» a
alguien constantemente como él, y por... por mis preferencias.
-Por no «usar» hombres -dijo Trask.
-Por mis preferencias -repitió Harod-. ¿Qué coño sabía Willi? Me
despreciaba hasta cuando lo había perdido todo excepto el poder para mantener
en orden a Reynolds y Luhar, sus dos adictos a la caricia. Y la mitad del
tiempo ni siquiera tenía éxito.
Barent asintió con la cabeza.
-Entonces, ¿usted no cree que aún fuera capaz de «usar» a
personas para cancelar a otras?
-Dios mío, no -contestó Harod-. Claro que no. Tal vez era capaz
de «usar» a sus dos cretinos o a uno de sus amantes, pero no era lo
bastante estúpido para hacerlo.
-¿Y usted le dejó ir a Charleston a esa... reunión con las dos
mujeres? -preguntó Kepler.
Harod se agarró con fuerza al respaldo de su silla a través de
la chaqueta de cuero.
-¿Qué quiere decir con «le dejó»? Joder, sí, le dejé. Mi trabajo
era vigilarle, no impedirle viajar. Willi viajaba por todo el mundo.
-¿Y qué cree que hacía en esas reuniones? --preguntó Barent.
Harod se encogió de hombros y dijo:
-Hablar de los viejos tiempos. Cotorrear con las dos viejecitas.
Por lo que sé, aún se tiraba a las viejas brujas. ¿Cómo carajo quieren que lo
sepa? Normalmente sólo estaba fuera dos o tres días. Nunca fue un problema.
Barent se volvió hacia Colben e hizo un gesto. El hombre calvo
abrió el maletín y sacó un pequeño libro marrón, que parecía un álbum de
fotografías. Lo hizo pasar de mano en mano hasta Harod.
-¿Qué mierda es esto?
-Míralo -ordenó.
Harod ojeó el álbum, rápidamente al principio, después muy
lentamente. Leyó de principio a fin algunos de los recortes de noticias. Cuando
hubo acabado, se quitó las gafas de sol. Nadie habló. Sonó una bocina en la
calle M.
-No es de Willi -dijo Harod.
-No -intervino Barrett-. Pertenecía a Nina Drayton.
-Increíble. No puede ser real. La vieja puta debía de estar
senil, con delirios de grandezas, soñando en buenos viejos tiempos.
-No -dijo Barent-. Parece ser que estaba presente en la mayor
parte de los jaleos. Con toda probabilidad, son obra suya.
-Dios mío -murmuró Harod. Se puso las gafas y se masajeó las
mejillas-. ¿Dónde han conseguido esto? ¿En su apartamento de Nueva York?
-No -respondió Colben-. Enviamos a una persona a Charleston el
sábado pasado a causa del accidente de Willi. Pudo recuperar esto entre las
cosas de Nina Drayton en el despacho del juez antes de que las autoridades
locales tuvieran oportunidad de verlo.
-¿Están ustedes seguros? -preguntó Harod.
-El problema es -explicó Barent- saber si los tres aún jugaban
alguna variante de su viejo «juego» de Viena. Y si es así, ¿tu amigo Willi
podía tener documentos semejantes en su poder?
Harod sacudió la cabeza y no dijo nada.
Colben sacó una carpeta de su maletín.
-En los restos del avión no se encontró' nada concluyente. Claro
que se encontraron pocas cosas reconocibles. Aún no se ha logrado recuperar más
de la mitad de los cuerpos. Los que han sido sacados del pantano están,
generalmente, demasiado fragmentados para poder ser identificados con rapidez.
Fue una explosión muy fuerte. Las condiciones del pantano dificultan la
recuperación. Es una situación difícil para los investigadores.
-¿Cuál de las viejas putas fue la responsable? -preguntó Harod.
-No estamos seguros -respondió Colben-. Pero parece que la amiga
de Willi, la señora Fuller, no sobrevivió al fin de semana. Es el candidato
lógico.
-Qué manera jodida de morirse para Willi -comentó Harod, sin
dirigirse a nadie en particular.
-Si realmente murió -dijo Barent.
-¿Qué? -Harod se inclinó hacia atrás. Sus piernas se enderezaron
y sus tacones hicieron marcas negras en el suelo de roble
¿Creen ustedes que no murió? ¿Piensan que no estaba a bordo?
-El agente recuerda que Willi y sus dos amigos embarcaron
-dijo Colben-. Willi y su colega negro, discutían.
-Jensen Juhar -especificó Harod-. Ese cabronazo sin cerebro.
Barent dijo:
-Pero no hay garantías de que hayan permanecido a bordo. El
agente salió de la zona de embarque algunos minutos antes del cierre del avión.
-Pero no hay nada que pueda sugerir que Willi no estaba a bordo
-insistió Harod.
Colben dejó la carpeta.
-No, hasta que se encuentre el cuerpo del señor Borden, no
podemos estar seguros de que haya sido... neutralizado. -Neutralizado -repitió
Harod.
Barent se puso de pie y fue hasta la ventana. Corrió las
cortinas que colgaban sobre las persianas blancas. A la luz indirecta, su piel
parecía de porcelana.
-Señor Harod, ¿hay alguna posibilidad de que Willi von Borchert
conociera el Island Club?
Harod se volvió como si le hubiesen abofeteado. -No. Es
imposible.
-¿Está seguro?
-Totalmente.
-¿Nunca se lo mencionó? ¿Ni siquiera indirectamente?
-¿Por qué iba a hacerlo? No, joder, Willi no sabía nada de nada.
-¿Está seguro?
-Willi era muy viejo, Barent. Quiero decir «viejo». Estaba medio
loco porque ya no podía «usar» a nadie. Especialmente «usar» para matar. Eso
mismo, matar, Colben, m-a-t-a-r, no «neutralizar» o «cancelar pólizas» o
«terminar con extremo detrimento» o cualquiera de los otros jodidos eufemismos
de agencia. Willi mataba para mantenerse joven, y ya no podía hacerlo, y el
pobre gilipollas se secaba como una ciruela dejada al sol. Si hubiera sabido
algo de su maldito Island Club, se habría arrastrado de rodillas hasta aquí
para pedirles que le dejaran entrar.
-También es su Island Club, Harod -dijo Barent.
-Sí, eso creo. Pero aún no he estado allá, y por eso no estoy
seguro.
Barent dijo:
-Será invitado la segunda semana de este verano. La primera
semana no es la... necesaria, ¿verdad?
-Quizá no. Pero creo que me gustaría codearme con los ricos y
poderosos. Sin hablar de hacer también unas caricias.
Barent rió. Algunos otros lo imitaron.
-Dios mío, Harod -dijo Sutter-, ¿no tiene bastante con llegar a
la ciudad de oropel?
-Por otro lado -intervino Trask-, ¿no le sería difícil? Quiero
decir, dada nuestra lista de invitados en la primera semana..., quiero decir,
por sus preferencias.
Harod se volvió y le miró. Los ojos de Harod se habían vuelto pequeñas
rendijas en una máscara pálida. Habló muy lentamente; cada palabra estaba en su
lugar como los cartuchos que entraran en una recámara.
-Sabe bien lo que quiero decir. No me joda.
-Sí -admitió Barent. Su voz era tranquilizadora, el acento
inglés más evidente-. Claro que sabemos qué quiere decir, señor Harod. Y ésta
puede ser su oportunidad. ¿Sabe quién estará en la isla este junio?
Harod se encogió de hombros y apartó la mirada de Colben.
-El habitual grupo de chicos ansiosos de vacaciones, supongo.
Imagino que Henry K. estará allí de nuevo. Quizás un ex presidente.
-Dos ex presidentes -matizó Barent con una sonrisa-. Y el
canciller de Alemania Occidental. Pero eso no es tan importante. Tendremos al
próximo presidente.
-¿Al próximo presidente? ¡Dios!, ¿no es demasiado?
-Sí, pero es viejo -intervino dijo Trask, y los otros rieron
como si fuera un chiste.
-En serio -dijo Barent-, éste es su gran año, señor Harod.
Cuando nos ayude a aclarar los detalles de esta confusión de Charleston, no
habrá nada en su camino que le impida ser miembro de pleno derecho. -¿Qué
detalles?
-Primero, ayúdenos a comprobar que William D. Borden alias herr
Wilhelm von Borchert, murió. Continuaremos con nuestras investigaciones. Quizá
su cuerpo sea recuperado pronto. Usted nos ayudará simplemente eliminando otras
posibilidades, si las hay.
-Muy bien. ¿Qué más?
-Segundo, haga un registro muy minucioso de la propiedad del
señor Borden antes de que aparezcan más... buitres. Asegúrese de que no dejó
absolutamente nada que pueda perjudicar a nadie.
-Volveré esta misma noche -aseguró Harod-. Y por la mañana iré
de nuevo a casa de Willi.
-Magnífico. Tercero y último, necesitaríamos su ayuda para
resolver un detalle final de Charleston.
-¿De qué se trata?
-De la persona que mató a Nina Drayton que con casi total
seguridad es responsable de la muerte de su amigo Willi: Melanie Fuller.
-¿Creen que aún está viva?
-Sí.
-¿Y quieren que les ayude a encontrarla?
-No -dijo Colben-. Nosotros la encontraremos.
-¿Y si ha dejado el país? Yo lo hubiera hecho en su lugar. -La
encontraremos -insistió Colben.
-Si no quieren que la encuentre, ¿qué quieren que haga?
-Queremos que esté presente cuando sea detenida -dijo Colben-. Queremos que
«cancele su póliza».
-Que la «neutralice» -murmuró Trask con una leve sonrisa. -Que
la «finalice con extremo detrimento» -dijo Kepler.
Harod parpadeó y miró la ventana, cerca de la cual Barent estaba
de pie. Barent se volvió y sonrió.
-Es hora de que pague su cuota, señor Harod. Nosotros la
encontraremos. Lo que queremos es que mate a esa entrometida.
Harod y María Chen tuvieron que salir del Dullas International
para conseguir un vuelo directo a Los Ángeles antes del Red Eye Special. El
vuelo se retrasó veinte minutos a causa de problemas técnicos. Harod necesitaba
una copa. Detestaba viajar en avión. Detestaba estar a la merced de otros y eso
era precisamente lo que viajar en avión significaba para él. Conocía las
estadísticas que mostraban lo seguro que era volar, pero para él no tenían
ningún significado. Tenía claras imágenes de restos esparcidos por varias
hectáreas, piezas de metal retorcidas aún al rojo vivo debido a las llamas,
trozos de cuerpos, rosados y
rojizos, sobre la hierba, como lonchas de salmón secándose al
sol. «Pobre Willi», pensó.
-¿Por qué no sirven las jodidas copas antes del vuelo, que es
cuando uno las necesita? -dijo. María Chen sonrió.
Las luces de la pista estaban encendidas en el momento en que,
por fin, el avión empezó a rodar para emprender el despegue, pero una vez se
hubieron elevado por encima de la sólida capa de nubes, tuvieron unos minutos
finales de luz solar. Harod abrió el maletín y extrajo un pesado montón de
manuscritos. Puso cinco posibles guiones sobre sus piernas. Dos eran demasiado
largos, más de ciento cincuenta páginas, y por eso volvió a meterlos en el
maletín sin leerlos. Uno tenía la primera página ilegible y lo dejó aparte.
Había leído ocho páginas del cuarto manuscrito cuando la azafata se acercó para
saber qué querían tomar.
-Vodka con hielo -dijo Harod. María Chen no quiso tomar nada.
Harod miró a la joven azafata cuando volvió con su copa. Era de
la opinión de que uno de los hechos más idiotas de la historia de la aviación
ocurrió cuando las líneas aéreas se rindieron a las acusaciones de
discriminación sexual y empezaron a contratar a hombres como azafatos.
Últimamente, incluso las azafatas le parecían más viejas y más feúchas, aunque
ésta no. Era joven y tenía un aspecto lozano, no era el habitual maniquí de
línea aérea, sino una mujer atractiva como una campesina. Parecía escandinava.
Tenía el pelo rubio, ojos azules y las mejillas ligeramente sonrosadas y llenas
de pecas. Sus pechos llenos, quizá demasiado llenos para su estatura, se
marcaban contra su chaqueta dorada y azul.
-Gracias, querida -dijo Harod cuando ella puso el vaso en la
habitual bandeja, delante de él. Tocó la mano de la chica cuando ésta se
enderezó-. ¿Cómo se llama?
-Kristen. -Sonrió, pero el efecto fue contrarrestado por la
rapidez con la que apartó la mano-. Mis amigos me llaman Kris.
-Bien, Kris, siéntate aquí un segundo. -Harod dio una palmadita
en el amplio brazo de su asiento-. Vamos a charlar un minuto.
Kristen sonrió de nuevo, una sonrisa superficial, casi mecánica.
-Lo siento. Vamos retrasados y tengo que preparar las comidas.
-Estoy leyendo un guión de una película -dijo Harod-.
Probablemente acabaré produciéndola. Hay un papel que parece escrito
precisamente para una bella madschen como tú.
-Gracias, pero tengo que ayudar a Laurie y Curt con las comidas.
Harod le agarró la muñeca cuando ella iba a apartarse.
-¿Te importaría traerme otro vodka con hielo antes de continuar
con Curt y Laurie?
Ella apartó el brazo lentamente, resistiéndose a la tentación de
friccionarse la muñeca, que ese pasajero le había cogido con cierta fuerza. No
sonrió.
La segunda copa no había llegado aún en el momento en que una
sonriente Laurie le trajo a Harod la cena, consistente en bistec y langosta. Él
no comió. Fuera estaba oscuro y las rojizas luces de las alas parpadeaban.
Harod encendió una luz de lectura sobre su cabeza, pero finalmente dejó a un
lado el guión. Observó a Kristen que se movía eficientemente de un lado para
otro. Fue Curt quien retiró la bandeja intacta de Harod.
-¿Desea un poco más de café?
Harod no contestó. Observaba a la azafata rubia que bromeaba con
un hombre de negocios y llevaba una almohada a un niño de cinco años, medio
dormido, dos filas más adelante.
-Tony -empezó María Chen.
-Calla -dijo Harod.
Esperó a que Curt y Laurie estuvieran ocupados en otro sitio y
Kristen quedara sola cerca de los aseos delanteros. Entonces, se levantó. La
chica se volvió en el pasillo para dejarle pasar, pero pareció no advertir su
presencia. El lavabo estaba libre. Harod entró y después abrió la puerta y miró
por la rendija.
-Por favor, señorita.
-¿Sí?
Kristen apartó los ojos de las bandejas que estaba guardando.
-Parece que no hay agua aquí.
-¿No hay presión?
-Muy poca -dijo Harod.
Se puso de lado para dejarla pasar. Por encima del hombro podía
ver a los pasajeros de primera clase escuchando música por sus auriculares,
leyendo, o dormitando. Sólo María Chen los miraba.
-Parece que ya está arreglado -dijo la azafata. Harod entró tras
ella y corrió el cerrojo. Kristen se puso derecha y se volvió. Harod le cogió
el brazo antes que pudiese hablar.
«Callada.» Harod acercó su cara a la de la chica. El
compartimiento era muy pequeño y la vibración de los motores de reacción latía
en los mamparos y repisas de metal.
Los ojos de la chica se abrieron mucho y separó los labios para
hablar, pero Harod «empujó» y ella no dijo nada. El la miró a los ojos tan
violentamente que la fuerza de su mirada era mucho más intensa que la presión
de su mano alrededor del brazo de la muchacha. Encontró resistencia y «empujó».
Sintió la corriente de sus pensamientos y «empujó» aún con más fuerza, abriendo
camino como un hombre que vadeara un río contra la corriente. Sintió que ella
se debatía, físicamente
al principio, y después, en los confines de su mente. Sujetó su
consciencia, que se retorcía, tan firmemente como había sujetado una vez a su
prima Elizabeth en una lucha cuando eran pequeños y acabó accidentalmente
encima de ella, cogiéndola por las muñecas, inmovilizándola contra el suelo,
con su cuerpo entre sus piernas, entre sus muslos, resistiendo sus esfuerzos
por escapar, empujando la pelvis con la fricción de su cuerpo, turbado por su
súbita erección y por la vana y violenta resistencia que le oponía su impotente
cautiva.
«Detente.» La resistencia de Kristen disminuyó hasta
desaparecer. Para Harod aquello era como el calor chocante, penúltimo, de
cuando penetraba físicamente a una mujer. Hubo una súbita calma y un
debilitamiento casi alarmante mientras su voluntad se expandía en la mente de
ella. La sensación que ella tenía de su ego se borró como una luz que se
extingue. Harod dejó que se borrase. No hizo ningún esfuerzo para atravesar el
tejido de sus pensamientos y llegar hasta el centro del placer. No perdió
tiempo acariciándola. No buscaba placer, sino sumisión.
«No te muevas.» Harod acercó su cara aún más. Había un casi
imperceptible vello dorado en las mejillas sonrosadas de Kristen. Sus ojos
estaban muy abiertos y eran muy azules, las pupilas estaban totalmente
dilatadas. Tenía los labios húmedos y abiertos. Harod pasó su boca por la de la
chica, le mordió levemente el labio inferior y le introdujo la lengua.
Kristen no se movió, excepto para soltar una ligera exhalación
que podría haber sido un suspiro o un gemido o un grito si hubiera estado
libre. Su boca tenía gusto de menta. Harod le mordió de nuevo el labio
inferior, esta vez con fuerza, y después se apartó y sonrió. La pequeña gota de
sangre dejó su labio y se desplazó lentamente hasta la barbilla. Los ojos de
Kristen miraban más allá de Harod, a través de él, pasivos, sin expresión
alguna, pero con un parpadeo que denotaba miedo, como el que se puede intuir en
la manera de moverse de un animal enjaulado detrás de los barrotes.
Harod le soltó el brazo y pasó su palma por la mejilla de la
chica. Saboreó la impotente resistencia de la voluntad de Kristen, la total
seguridad de su control.
El pánico de la muchacha le llegó en forma de poderoso perfume.
Ignoró la profundidad de su angustia y siguió trillados caminos de oscuridad
hasta el centro motor de su cerebro. Dio forma y moldeó su consciencia con
tanta seguridad como unas manos fuertes podrían amasar arcilla. Ella gimió.
«No te muevas.» Harod le quitó la chaqueta y la dejó caer,
arrugada, en una repisa detrás de ella. En la cabina resonaban su jadear ronco
y la vibración de los motores. El avión se inclinó ligeramente y Harod fue
lanzado contra ella y sus muslos se tocaron. Su excitación se unió a su poder
sobre ella.
«No hables.» Ella llevaba un pañuelo de seda con los colores
rojo y azul de la compañía aérea metido en la blusa beige. Harod ignoró el
pañuelo y le desabotonó la blusa con dedos seguros. Ella empezó a temblar
cuando él le sacó bruscamente la blusa del elástico de la falda, pero él
aumentó su control mental y ella quedó inmovilizada.
Kristen usaba un sostén blanco sencillo. Sus pechos eran pálidos
y pesados, redondos sobre la curva blanca del tejido. Harod sintió la
inevitable ternura muy dentro de sí, la ola de amor y pérdida que nunca dejaba
de sentir. Pero no interfirió en su control.
La boca de la joven se movió ligeramente. Saliva y sangre
temblaron en su labio inferior.
«No te muevas.» Le quitó la blusa de los hombros y la dejó
colgada de sus brazos inertes. Los dedos de ella se crisparon. Le desabrochó el
sostén y se lo quitó. Abrió su chaqueta de cuero y desabotonó su propia camisa
para frotar su pecho contra el de ella. Sus senos eran aún más grandes de lo
que se había imaginado, y firmes; su piel, tan blanca y los pezones, tan
delicadamente rosados y pequeños que Harod sintió un nudo en su garganta por la
fuerza de su deseo.
«Calla, calla, calla. No te muevas, puta.» El avión se inclinó
considerablemente hacia la izquierda. Harod se curvó sobre ella, con todo su
peso, y se frotó contra la curva suave de su vientre.
Hubo un ruido en el corredor: alguien intentaba abrir la puerta.
Harod le levantó la falda sobre los amplios muslos hasta las caderas. Sus
medias se rasgaron cuando se las bajó con brusquedad, las empujó con un pie,
movió su pierna izquierda para bajarlas del todo con la rodilla. Llevaba bragas
blancas tipo bikini. Había más vello suave y dorado en sus muslos. Sus piernas
eran increíblemente suaves y firmes. Harod cerró los ojos, satisfecho.
-Kristen, ¿estás aquí? -Era la voz del azafato. Un golpe
metálico sonó en la puerta-. ¿Kristen? Soy yo, Curt.
Harod le bajó las bragas blancas y se desabrochó los pantalones.
Estaba dolorosamente erecto. Tocó su bajo vientre exactamente encima de la
línea del vello púbico y ese contacto le hizo temblar. El avión se inclinó
debido a una turbulencia. En algún lugar un carillón sonó con urgencia. Harod
le cogió las nalgas, le separó las piernas y se deslizó dentro de ella cuando
el avión empezó a estremecerse violentamente. Sintió el borde del lavabo bajo
sus dedos cuando todo el peso de ella se asentó sobre sus manos. Hubo un
segundo de resistencia firme y después, por segunda vez, tuvo la sensación
abrumadora del calor del acto. Harod se movió con ímpetu contra ella. El
medallón con el diente de tiburón se balanceó contra sus pechos aplastados.
-¡Kristen! ¿Qué demonios pasa? Tenemos un temporal. ¿Kristen?
El avión se inclinó hacia la derecha. El lavabo y las repisas
vibraron. Harod arremetió con furia, levantó el peso de la chica contra sí y
arremetió de nuevo.
-¿Buscan a la azafata? -La voz de María Chen llegó a través de
la delgada puerta-. Estaba ayudando a una anciana que se sentía mal..., muy
mal, me temo.
Hubo un murmullo ininteligible. El sudor brillaba entre los
pechos de Kristen. Harod la sujetó con más fuerza, apretándola, cogiéndola en
el tornillo tensor de su voluntad, dentro de ella, sintiéndose entrar y
retroceder a través del agitado reflejo de los pensamientos de ella, saboreando
el sabor salobre de su carne y la sensación de su pánico, moviéndola en
respuesta como una gran marioneta flexible, sintiendo el orgasmo crecer en
ella, no, en él, las dos corrientes de pensamiento y de sensaciones chorreando
hacia una oscura caldera de reacción física.
-Yo hablaré con ella -dijo María Chen. Sonó un golpe ligero en
la puerta a pocos centímetros de la cara de Harod.
Harod se tensó, estalló, sintió que el medallón los magullaba a
ambos, y escondió su mentón en el hueco del cuello de la chica. La cabeza de
ella estaba arqueada hacia atrás, tenía la boca abierta en un grito silencioso
y sus ojos miraban fijamente el techo bajo.
El avión botó y viró. Harod besó el sudor de la garganta de la
chica y se inclinó para recuperar sus bragas. Sus dedos temblaban mientras le
arreglaba la blusa. Las medias estaban rasgadas. Las metió en un bolsillo de la
chica y le alisó las arrugas de la falda. Sus piernas parecían lo bastante
bronceadas como para disimular la ausencia de medias.
Poco a poco, Harod relajó su presión. Los pensamientos de la
muchacha eran una confusión, memorias mezcladas con sueños. Harod la dejó
inclinada sobre el lavabo mientras corría el cerrojo.
-El aviso de abrocharse el cinturón se ha encendido, Tony.
La figura delgada de María Chen llenó la puerta.
-Sí.
-¿Qué? -dijo Kristen distraídamente. Sus ojos aún estaban
turbios-. ¿Qué?
Bajó la cara hacia el lavabo de metal y vomitó silenciosamente.
María entró y sostuvo a la chica por los hombros. Cuando
terminó, le pasó una toalla húmeda por la cara. Harod se quedó en el pasillo,
apoyado en el marco de la puerta, mientras el avión saltaba como un pequeño
buque en un mar agitado.
-¿Qué? -preguntó Kristen, y se enfrentó a María Chen con la
mirada vacía-. Yo no..., ¿por qué no... recuerdo?
María miró a Harod al mismo tiempo que acariciaba la frente de
la chica.
-Es mejor que te sientes, Tony. Tendrás problemas por no
abrocharte el cinturón.
Harod volvió a su sitio y cogió el guión que estaba leyendo.
María Chen se reunió con él un momento después. La turbulencia se calmó.
Delante, la voz preocupada de Curt podía oírse por encima de los motores.
-No lo sé -llegó la respuesta confundida de Kristen-. No lo sé.
Harod los ignoró y tomó unas notas en los márgenes del
manuscrito. Algunos minutos más tarde, levantó los ojos para ver cómo María
Chen le miraba. Sonrió, con las comisuras de los labios torciéndose hacia
abajo.
-No me gusta esperar mi segunda copa -dijo en voz baja.
María Chen se volvió y miró afuera, la oscuridad y la
parpadeante luz roja en la punta del ala.
Al día siguiente, muy temprano, Tony Harod fue a la casa de
Willi. El guardia de la puerta reconoció el coche desde lejos y tenía la puerta
abierta cuando el Ferrari rojo paró.
-Buenos días, Chuck.
-Buenos días, señor Harod. No estoy acostumbrado a verle por
aquí tan temprano.
-No es habitual, desde luego, Chuck. Tengo que repasar unos
papeles de negocios. Estoy intentando desenredar las finanzas de algunos nuevos
proyectos en que Willi nos metió. Especialmente uno llamado
El tratante de blancas.
-Sí, señor, he leído algo sobre eso.
-¿La vigilancia va a continuar, Chuck?
-Sí, señor, por lo menos hasta la subasta del mes que viene.
-¿McGuire te paga?
-Sí, señor. Con dinero de la herencia.
-Bien. Ya nos veremos, Chuck. No te lleves ningún recuerdo.
-Usted tampoco, señor Harod.
Se apartó satisfecho y aceleró por el largo camino de entrada.
El sol matinal creaba un efecto de estroboscopio a través de la hilera de
álamos a lo largo del camino. Harod dio la vuelta alrededor de la fuente seca
de la entrada principal y aparcó cerca del ala oeste, donde Willi tenía el
despacho.
La casa de Bill Borden en Bel Air parecía un palacio
transportado al norte desde alguna república bananera. Hectáreas de estuco y
ladrillos rojos y ventanas de muchos cristales recibían la luz del sol. Las
puertas daban a patios con porches cubiertos que lindaban con
habitaciones abiertas, espaciosas, enlazadas por corredores de ladrillos a
otros patios. La casa parecía más un conjunto de añadidos, producto de diversas
generaciones, que una construcción austera levantada durante el caluroso verano
de 1938 para un pequeño magnate del cine que murió tres años después mientras
veía las primeras pruebas de una película.
Harod usó su llave para entrar en el ala oeste. Las persianas
venecianas proyectaban rayos amarillos sobre la moqueta del despacho de las
secretarias. La sala estaba ordenada; las máquinas de escribir, con sus fundas;
las mesas, limpias. Sintió una punzada inesperada cuando pensó en el caos
habitual de llamadas y en el ajetreo que había dominado el lugar. El despacho
de Willi estaba dos puertas más adelante, después de la sala de reuniones.
Harod sacó un trozo de papel del bolsillo y abrió la caja
fuerte. Colocó las carpetas clasificadas y los documentos plegados en el centro
de la gran mesa de Willi. Abrió el archivador y suspiró. Sería una larga
mañana.
Tres horas después, Harod se desperezó, bostezó y apartó la
silla de la mesa repleta de papeles. No había nada en los documentos de William
Borden que pudiera molestar a alguien, excepto a algunos aprovechados y a
algunos amantes de la calidad en el cine. Se puso de pie e hizo unos
movimientos de boxeo contra la pared. Sus Adidas le hacían sentirse ligero y
ágil. Llevaba un traje azul de jogging, con las cremalleras abiertas en las
muñecas y tobillos. Tenía hambre. Moviéndose con paso ligero, acompañado por el
ruido blando de sus zapatos de lona sobre los ladrillos, siguió por el corredor
del ala oeste, a través de un patio con una fuente, a lo largo de una terraza
lo bastante grande como para contener una reunión del Sindicato de Actores,
hasta entrar en la cocina por la puerta sur. Aún había comida en la nevera.
Había destapado una botella de champaña de dos litros y estaba untando con
mayonesa una rebanada de pan francés cuando oyó un ruido. Aún con la botella de
champaña en la mano, atravesó el gran comedor hacia la sala de estar.
-Eh, ¿qué demonios está haciendo? -gritó Harod.
A unos seis metros, un hombre estaba inclinado, registrando las
estanterías donde Willi almacenaba su videoteca. El hombre se enderezó
rápidamente, su torso lanzó una sombra sobre la pantalla de cuatro metros que
había en la pared.
-Oh, es usted -dijo Harod. El joven era uno de los novios de
Willi, que Harod y Tom McGuire habían ahuyentado algunos días antes. Era muy
joven, muy rubio, y tenía un tipo de bronceado perfecto que pocas personas en
el mundo se podían permitir mantener. Medía más de un metro ochenta y llevaba
sólo pantalones cortos apretados y zapatos de lona. Lucía los músculos de la
desnuda parte superior de su cuerpo. Sólo los deltoides y pectorales
testimoniaban centenares de horas de ejercicio de levantamiento de pesas y de
lucha con una máquina Universal. Su estómago le pareció a Harod el de alguien
que aplastaba regularmente piedras en él.
-Sí, soy yo. -Harod pensó que la voz del chico parecía más la de
un marino que la de un marica de la playa de Malibú-. ¿Quiere crear problemas?
Harod suspiró, cansado, y tomó un largo trago de champaña. Se
limpió la boca.
-Lárgate, chico. Está prohibido entrar aquí.
La cara del Cupido bronceado se abarquilló haciendo pucheros.
-Oh, ¿sí? Willi era un buen amigo mío.
-Vaya, vaya.
-Tengo derecho a estar aquí. Teníamos una relación más que
casual.
-Sí, eso ¿y qué más? -dijo Harod-. Ahora lárgate antes de que te
echen.
-¿Si? ¿Y quién va a echarme?
-Yo -aseguró Harod.
-¿Tú y quién más? -El chico se levantó en toda su estatura y
lució los músculos. Harod no sabía si miraba bíceps o tríceps; todos parecían
correr juntos como jerbos apresurados bajo un peligro inminente.
-Yo y la poli -dijo Harod, y se dirigió a un teléfono próximo.
-Oh, ¿sí? -El chico le arrebató el auricular y después arrancó
el cordón del teléfono. No contento con eso, gruñó y arrancó el cordón a lo
largo de quince metros de la pared.
Harod se encogió de hombros y dejó la botella de champaña.
-Calma, Brucie. Hay más teléfonos. Willi tenía muchos teléfonos. El chico dio
tres pasos rápidos y se puso delante de Harod. -No tan deprisa, mal nacido.
-¿Mal nacido? Jesús, no oía eso desde mi graduación en el
instituto de Evanston. ¿Sabes otros como ése, Brucie? -No me llames Brucie,
cabrón.
-Eso, sí, lo he oído alguna vez -dijo Harod, y avanzó un paso.
El chico puso tres dedos contra el pecho de Harod y lo empujó.
Harod se tambaleó hasta el brazo del sofá. El otro dio un salto hacia atrás y
se puso en cuclillas, con los brazos en una extraña posición.
-¿Karate? -preguntó Harod-. Eh, no hay necesidad de ser
violento.
Su voz sugería un cierto temblor.
-Cabrón -dijo el chico-. Cabrón mal nacido.
-Vaya, te repites. Eso es la edad -dijo Harod, y se volvió para
huir. El chico saltó hacia delante. Harod completó su giro, con la botella de
champaña de súbito de nuevo en su mano. La botella trazó un arco que acabó en
la sien izquierda del chico. La botella no se rompió. Se oyó un golpe sordo que
sonó como un gran campanazo contra un gato muerto y el chico cayó sobre la
rodilla derecha, con la cabeza colgando. Harod avanzó e intentó un gol con la
imaginaria pelota que se encontraba justo debajo de la sólida mandíbula del
chico-. ¡Aj! -gritó y se cogió su Adida. Saltaba sobre el pie derecho, mientras
el chico saltaba sobre los gruesos cojines del sofá y aterrizaba sobre ambas
rodillas delante de Harod como un pecador penitente. Harod lanzó una pesada
lámpara mexicana desde el final de la mesa en dirección a la hermosa cara. Al
contrario de la botella, la lámpara se rompió muy satisfactoriamente. Lo mismo
pasó con la nariz del chico y otras estructuras menos prominentes, y el
muchacho cayó de lado sobre la gruesa moqueta como un buzo con escafandra
autónoma que estuviera en el agua.
Harod pasó por encima de él y fue hasta el teléfono de la
cocina.
-¿Chuck? Soy Tony Harod. Pon a Leonard en la puerta principal y
trae tu coche, ¿oyes? Willi dejó basura aquí que hay que llevar al vertedero.
Más tarde, después que el amiguito de Willi fue llevado a
Urgencias y una vez que Harod hubo terminado su segunda copa de champaña y su
foie-gras con pan francés, volvió a la videoteca. Había más de trescientas
cintas en las estanterías. Algunas eran copias de los primeros triunfos de
Willi, obras maestras del cine como Tres en ritmo, La chica de la fiesta en la
playa, y Memorias de París. Al lado estaban ocho películas que Harod había
coproducido con Willi, incluidas Masacre en el baile de gala, Los niños murieron
y dos de la serie Noche de Walpurgis. Había también viejas películas, extractos
y tres episodios de la participación fracasada de Willi en la serie de TV De
ambos, una serie completa de películas de Jerry Damiano con clasificación X,
algunos nuevos estrenos del estudio y una colección variada de otras cintas. El
amiguito había separado diversas cintas y Harod se puso de rodillas para
mirarlas. La primera tenía sólo la etiqueta A&B. Harod conectó la unidad de
proyección y metió la cinta en el vídeo. El título de computador decía:
«Alexander y Byron 4/23.»
Las imágenes de apertura eran de la gran piscina de Willi. La
cámara giraba a la derecha, desde la cascada hasta la puerta de la habitación
de Willi. Un joven delgado en traje de baño aparecía a la luz. Hacía un gesto a
la cámara en el mejor estilo de una película de aficionados y se quedaba
incómodamente de pie al borde de la piscina, con el aire, pensó Harod, de una
versión anémica, sin pechos, de la Venus de Botticelli. De pronto, el musculoso
amiguito aparecía venido de las sombras. Usaba un bañador aún más pequeño e
inmediatamente empezaba una exhibición muscular. El joven delgado
-¿Alexander?expresaba su admiración con mímica. Harod sabía que Willi tenía un
buen sistema de micrófonos para su equipo de vídeo, pero esta especial
incursión en el cine-documento era tan silenciosa como una de las primeras
películas de Chaplin en dos bobinas.
El novio acabó su exhibición con una pose final en la que torcía
el torso. En ese momento, Alexander estaba de rodillas, un adorador a los pies
de Adonis. Adonis aún permanecía en su pose final, cuando el adorador alargaba
la mano y bajaba el bañador de su deidad. El bronceado del chico era perfecto.
Harod desconectó el vídeo.
-¿Byron? -murmuró Harod-. ¡Dios!
Volvió a las estanterías. Tardó quince minutos, pero finalmente
encontró lo que buscaba. Con la etiqueta «En el caso de que muera», había sido
colocada entre A sangre fría y En el calor de la noche. Harod se sentó en una
otomana y jugueteó, nervioso, con la cinta. Sentía un vacío en sus tripas y
tenía la tentación de largarse. Colocó la cinta en su lugar, presionó el botón
y se inclinó hacia delante.
-Hola, Tony -dijo Willi-, saludos desde la tumba. -Su imagen
estaba ampliada. Estaba sentado en una silla palmeada cerca de la piscina.
Hojas de palma eran agitadas por la brisa detrás de él, pero no había nadie
más, ni siquiera un criado. Su pelo blanco estaba peinado hacia delante, pero
Harod podía ver el bronceado en las entradas. El viejo llevaba una camisa
hawaiana holgada y pantalones cortos de color verde. Sus rodillas eran blancas.
El corazón de Harod latió con fuerza-. Si has encontrado esta cinta -dijo la
imagen de Willi-, entonces debo asumir que algún acontecimiento infeliz me ha
alejado de ti. Confío en que tú, Tony, seas el primero en encontrar este...
testamento final, y espero que lo estés viendo solo.
Harod cerró el puño. No sabía cuándo se había grabado la cinta,
pero parecía reciente.
-Espero que te hayas encargado de cualquier negocio inconcluso
que tengamos entre manos -dijo Willi-. Sé que la productora estará en buenas
manos. Tranquilo, amigo, si ya conoces mi testamento, no te preocupes. No hay
codicilos sorpresa en esta cinta. La casa es tuya. Esto es un encuentro
amistoso entre dos viejos amigos, ja?
-Joder -silbó Harod. Tenía piel de gallina en los brazos.
-... disfruta de la casa -decía Willi-. Sé que nunca te gustó
mucho, pero puede ser fácilmente convertida en capital de inversión si hace
falta. Quizá la puedas usar para nuestro pequeño proyecto de El
tratante de blancas, ¿no?
La cinta parecía muy reciente. Harod se estremeció a pesar del
cálido día.
-Tony, tengo muy poco que decirte. Debes estar de acuerdo en que
te traté como a un hijo, nicht wahr? Bien, si no como a un hijo, quizá como a
un sobrino predilecto. A pesar de que no siempre fuiste tan honesto conmigo
como deberías haber sido. Tienes amigos de los que no me hablaste..., ¿no es
verdad? Ah, bien, ninguna amistad es perfecta, Tony. Quizá yo no te haya
contado todo lo que hay que saber sobre mis amigos. Nosotros tenemos que vivir
nuestras vidas, ¿verdad?
Harod se sentó muy rígido, muy quieto, sin apenas respirar.
-Ahora ya no importa -dijo Willi, y miró, lejos de la cámara,
con los ojos entrecerrados, las manchas de luz que danzaban en la piscinaSi
estás viendo esta cinta, es porque debo de haberme ido. Nadie vive para
siempre, Tony. Lo entenderás cuando llegues a mi edad... -Willi miró de nuevo
el objetivo de la cámara-. Si llegas a mi edad. -Sonrió. Su dentadura postiza
era perfecta-. Quiero decirte tres cosas más, Tony. Primero, lamento que nunca
hayas aprendido a jugar al ajedrez. Sabes cómo me gustaba. Es más que un juego,
amigo mío. Ja, es mucho más que un juego. Una vez dijiste que no tenías tiempo
para esos juegos porque tenías toda una vida que vivir. Bien, hay siempre
tiempo para aprender, Tony. Hasta un hombre muerto puede ayudarte a aprender.
Zwez; segundo, quiero decirte que siempre detesté el nombre de Willi. Si nos
encontramos un día en el más allá, Tony, te pediré que me llames de manera
diferente. Herr Von Borchert sería aceptable. O Der Meister. ¿Tú crees en un
más allá, Tony? Yo sí. Estoy seguro de que existe. ¿Cómo te imaginas un lugar
así, eh? Siempre me imaginé el paraíso como una isla maravillosa donde todas
nuestras necesidades son satisfechas, donde hay mucha gente interesante con la
que conversar, y donde puedes «cazar» hasta quedarte satisfecho. Una imagen
agradable, ¿verdad?
Harod parpadeó. Había leído a menudo la frase «tener sudor
frío», pero nunca lo había experimentado antes.
-Finalmente, Tony, tengo que preguntarte: ¿qué especie de nombre
es Harod? Dices que vienes de una familia cristiana del Midwest y sin duda
invocas a menudo el nombre de Cristo, pero creo que quizás el nombre Harod
tenga otro origen. Creo que quizá mi sobrinito es judío. Ah, bien, ahora ya no
importa. Podemos hablar de eso si volvemos a encontrarnos de nuevo en el
Paraíso. Entre tanto, hay más en esta cinta, Tony. He añadido algunos extractos
de noticias. Puedes considerarlos instructivos, aunque normalmente no tengas
tiempo para esas cosas. Adiós, Tony. O mejor, auf wiedersehn.
Willi hizo un gesto a la cámara. La cinta quedó en blanco
durante algunos segundos y después apareció una noticia local de cinco meses
atrás sobre la captura del estrangulador de Hollywood. Siguieron más fragmentos
de noticias, una selección de asesinatos que cubría el período de un año.
Veinte minutos después, la cinta terminó y Harod desconectó el vídeo. Se quedó
sentado mucho tiempo con la cabeza entre las manos. Finalmente, se levantó,
rebobinó la cinta, se la guardó en el bolsillo de la chaqueta y se marchó.
Volvió a casa irritado y nervioso, tomando el camino más largo,
cambiando las marchas con brutalidad, entrando en la autopista de Hollywood a
más de 140 kilómetros por hora. Nadie le detuvo. Su chándal de jogging estaba
mojado por la transpiración cuando llegó a casa y detuvo el coche bajo la
mirada siniestra de su sátiro.
Harod entró en el bar que tenía junto al yacuzi y se sirvió un
gran vaso de vodka. Se lo bebió en cuatro sorbos y sacó la cinta del bolsillo.
La abrió y desenrolló la cinta en el suelo. Tardó varios minutos en quemarla en
la vieja barbacoa de la terraza que había más allá de la piscina. Un residuo
fundido quedó entre las cenizas. Harod golpeó repetidamente la cinta vacía
contra la chimenea de piedra de la barbacoa hasta que el plástico se hizo
pedazos. La echó al vertedero de al lado de la cabaña y entró en la casa para
tomarse otro vodka, esta vez mezclado con zumo de lima Rose.
Después se desnudó y se metió en el yacuzi. Casi dormía cuando
María Chen entró con el correo del día y su dictáfono.
-Déjalo aquí -dijo él, y continuó dormitando. Quince minutos
después abrió los ojos y empezó a seleccionar el montón de sobres del día,
dictando ocasionalmente notas o escuetas respuestas al Sony. Habían llegado
cuatro nuevos guiones. Tom McGuire había enviado un montón de papeles sobre la
casa de Willi, los preparativos de la subasta y el pago de los impuestos. Había
tres invitaciones a fiestas y Harod escribió una nota para aceptar una de
ellas. Michael May-Dreinan, un joven escritor presumido, había enviado una nota
manuscrita quejándose de que Schubert Williams, el realizador, ya estaba
reescribiendo su guión, que ni siquiera estaba terminado. ¿Podría Harod, por
favor, intervenir? De lo contrario, él, Dreinan, abandonaría el proyecto. Harod
puso la nota a un lado y no dictó ninguna respuesta.
La última carta venía en un pequeño sobre rosa con sello de
Pacific Palisades. Harod la abrió. El papel era igual al sobre y estaba
ligeramente perfumado. La letra era apretada y muy inclinada, con círculos
infantiles sobre las íes.
Estimado señor Harod:
No sé qué me pasó el sábado pasado. Nunca lo entenderé. Pero no
le echo la culpa y le perdono, aunque no me puedo perdonar a mí misma.
Hoy, Loren Sayles, mi agente, ha recibido un paquete de impresos
contractuales sobre su propuesta de película. Les he dicho a Loren y a mi madre
que debía de tratarse de un error. Les he dicho que había hablado con el señor
Borden sobre la película poco antes de su muerte, pero que no había ningún
compromiso.
No puedo trabajar en ese proyecto en este momento de mi carrera,
señor Harod. Estoy segura de que puede entender mi situación. Esto no significa
que no podamos trabajar juntos en otra película en el futuro. Tengo la certeza
de que usted comprende esta decisión y removería cualquier obstáculo o detalles
embarazosos que pudieran perjudicar una futura relación.
Sé que puedo confiar en que usted actuará correctamente en esta
situación, señor Harod. El sábado pasado usted dijo que sabía que yo era
miembro de la Iglesia de Jesucrito de los Santos del Ultimo Día. Estoy segura
de que también comprende que mi fe es muy fuerte y que mi compromiso con el
Señor y Sus Leyes está por encima de las demás consideraciones.
Rezo para que Dios le ayude -y en mi corazón sé que lo hará- a
encontrar el camino correcto en esta situación.
Muy sinceramente:
SHAYLA BERRINGTON
Harod metió la carta en el sobre. Shayla Berrington. Casi la
había olvidado. Cogió la pequeña grabadora y habló para el micrófono
incorporado: «María, carta a Tom McGuire. "Querido Tom: Me quitaré de
encima estos papeles legales tan pronto como me sea posible. Haz la subasta
según lo acordado. Punto y aparte. Estoy muy contento de saber que te han
gustado los extractos X que te mandé para la fiesta de aniversario de Cal.
Pensé que les haría gracia. Te envío otra cinta que creo que también le gustará.
No me hagas preguntas, simplemente disfrútala. Puedes hacer todas las copias
que quieras. Quizá Marv Sandborne y la pandilla de Four Star se quieran
divertir un poco. Punto y aparte. Conseguiré la transferencia de escritura
cuanto antes. Mis contables estarán en contacto. Punto y aparte. Recuerdos a
Sarah y a los niños. Fin." María, quiero firmarlo hoy mismo, ¿de acuerdo?
Adjunta VHS 165. Y, María..., por mensajero especial.»
6
Charleston, martes 16 de diciembre de 1980
La joven permaneció inmóvil, con los brazos extendidos, ambas
manos alrededor de la pistola que apuntaba al pecho de Saul Laski. Saul sabía
que si salía del armario ella dispararía, pero ningún poder de la Tierra podría
haberlo mantenido en aquel espacio oscuro con el olor del pozo en las narices.
Se tambaleó hacia la luz gris del dormitorio.
La mujer retrocedió y levantó más la pistola. No disparó. Saul
respiró profundamente y se dio cuenta de que la mujer era joven y negra, y
tenía gotas de humedad en el impermeable blanco y en su corto peinado afro. Tal
vez era atractiva, pero Saul no podía concentrarse en otra cosa que en la
pistola con la que ella continuaba apuntándole. Era una pequeña pistola
automática -Saul pensó que era de calibre 32-, pero su pequeñez no impedía que
el círculo oscuro del cañón atrajera toda su atención.
-Manos arriba -dijo ella.
Su voz era suave, sensual, con un acento educado del Sur. Saul
levantó las manos y entrelazó los dedos detrás del cuello.
-¿Quién es usted? -preguntó la mujer. Seguía con la automática
entre las manos, pero no parecía muy segura de cómo usar el arma. Se situó
demasiado cerca de él, a poco más de un metro. Saul sabía que tenía alguna
posibilidad de desviar el cañón antes de que ella pudiera apretar el gatillo.
Pero no lo intentó-. ¿Quién es usted? -repitió ella.
-Me llamo Saul Laski.
-¿Qué hace aquí?
-Yo podría preguntarle lo mismo.
-Responda a mi pregunta.
Ella levantó la pistola como si eso pudiera forzarle a hablar.
Saul sabía ahora que no estaba delante de una profesional, sino ante alguien
que se-había dejado seducir por la televisión y creía que las armas eran
varitas mágicas que podían hacer que las personas cumplieran sus órdenes. La
miró. Era más joven de lo que al principio había pensado, debía de tener poco
más de veinte años. Su voz era atractiva, su cara ovalada, de facciones
delicadas, boca gruesa, y grandes ojos que parecían muy negros a la escasa luz.
Su piel era color de café con leche.
-Estoy echando una ojeada -dijo Saul. Su voz sonaba firme, pero
podía comprobar que su cuerpo reaccionaba como siempre al hecho de tener un
arma apuntada: sus testículos intentaban volverse hacia dentro y tenía un deseo
irresistible de esconderse detrás de alguien, incluso de sí mismo.
-Esta casa ha sido sellada por la policía -dijo ella. Saul se
dio cuenta de que había dicho «policía» y no «pulicía», como pronunciaban los
negros de Nueva York.
-Sí -respondió-. Lo sé.
-¿Qué hace aquí?
Saul vaciló. La miró a los ojos. Vio ansiedad, tensión y una
gran intensidad. Esas emociones humanas le tranquilizaron y le convencieron de
decirle la verdad.
-Soy médico -explicó-. Psiquiatra. Estoy interesado en los
asesinatos que hubo aquí la semana pasada.
-¿Un psiquiatra? -La joven parecía dudar. La pistola no vaciló.
La casa estaba ahora muy oscura y la única luz procedía de una
lámpara de gas en el patio-. ¿Por qué ha entrado aquí? Saul se encogió de
hombros. Le dolían los brazos. -¿Puedo bajar las manos?
-No.
Saul asintió con la cabeza.
-Temía que las autoridades no me dejaran ver la casa. Tenía la
esperanza de encontrar algo que ayudara a explicar los sucesos. No creo que lo
haya.
-Debería llamar a la policía -dijo la mujer.
-¡Por supuesto! -convino Saul-. No he visto ningún teléfono
abajo, pero debe de haber uno en algún lugar. Llamemos a la policía. Llame al
sheriff Gentry. Yo seré acusado de violación de domicilio. Me parece que usted
será acusada de violación de domicilio, amenazas de muerte y tenencia ilícita
de armas. No está registrada, ¿verdad?
La cabeza de la mujer se había levantado tras la mención del
nombre de Gentry. Ignoró la pregunta.
-¿Qué sabe de los asesinatos del pasado sábado? -Su voz casi se
quebró en las últimas palabras.
Saul arqueó la espalda para aliviar el dolor de cuello y brazos.
-Sólo sé lo que leí -contestó-. Aunque conocía a una de las
mujeres, Nina Drayton. Creo que aquí hay mucho más de lo que la policía, el
sheriff Gentry y el hombre del FBI, Haines, se imaginan.
-¿Qué quiere decir?
-Quiero decir que nueve personas murieron en esta ciudad el
pasado sábado y nadie puede dar una explicación convincente -dijo Saul-. Pero
hay un hilo común que las autoridades no han sabido ver. Me duelen los brazos,
señorita. Voy a bajarlos, pero no se asuste, no haré ningún otro movimiento.
Bajó las manos antes de que ella pudiera responder. Ella
retrocedió un poco. El ambiente de la vieja casa los envolvió. En la calle, la
radio de un coche sonó un momento y después cesó.
-Creo que miente -dijo la joven-. Usted puede ser un vulgar
ladrón. O una especie de profanador de recuerdos. O puede haber tenido algo que
ver con los asesinatos.
Saul no dijo nada. Miró a la muchacha en la oscuridad. La
pequeña automática apenas era visible en sus manos. Él podía sentir su indecisión.
Un momento después, habló:
-Preston -dijo-. Joseph Preston, el fotógrafo. ¿Es usted su
mujer? No, su mujer no. El sheriff Gentry me ha dicho que el señor Preston
vivía en el barrio desde hace... veintiséis años, me parece. Su hija, quizá.
Sí, su hija.
La mujer retrocedió un poco más.
-Su padre fue asesinado en la calle -continuó Saul-.
Brutalmente. Absurdamente. Las autoridades no le pueden decir nada definitivo y
lo que le dicen es poco satisfactorio. Y usted decide esperar. Observa.
Posiblemente ha vigilado esta casa durante días. Entonces llega un judío de
Nueva York con un sombrero de tenis y salta la cerca. Usted piensa: «Ajá, éste
me contará algo.» ¿Estoy en lo cierto?
La chica continuó callada, pero bajó la pistola. Saul pudo ver
sus hombros moviéndose ligeramente y se preguntó si lloraba.
-Bien -dijo él, y le tocó levemente el brazo-, quizá yo la pueda
ayudar. Quizá juntos podamos comprender esta locura. Venga, salgamos de esta
casa. Apesta a muerte.
La lluvia había cesado. El jardín olía a hojas húmedas y tierra.
La chica condujo a Saul al otro lado de la cochera, donde había una brecha
entre el viejo hierro y el alambre nuevo. El la siguió a través del boquete.
Saul se dio cuenta de que se había guardado la pistola en el bolsillo del
impermeable blanco. Caminaron hasta el fondo del callejón, sus pies hacían
crujir suavemente la carbonilla esparcida por el suelo. La noche era fría.
-¿Cómo lo sabía? -preguntó ella.
-No lo sabía. Lo supuse.
Llegaron a la calle y se quedaron un minuto en silencio.
-Mi coche está aparcado en la esquina -dijo finalmente la joven.
-¿Sí? ¿Entonces cómo ha podido verme? -Le he visto al pasar en su coche. Miraba
los números y ha parado casi delante de la casa. Cuando ha dado la vuelta, he
entrado para
comprobar qué sucedía.
-Hmmm -murmuró Saul-. Yo sería un pésimo espía. -¿Es usted
realmente psiquiatra?
-Sí.
-Pero no de aquí.
-No. De Nueva York. A veces trabajo en la clínica de la
Universidad de Columbia.
-¿Es ciudadano americano?
-Sí.
-Su acento es... ¿Alemán?
-No, no es alemán -respondió Saul-. Nací en Polonia. ¿Cómo se
llama usted?
-Natalie -respondió ella-. Natalie Preston, mi padre era..., ya
lo sabe todo.
-No -dijo Saul-. Sé muy poco. En este preciso momento sólo sé
una cosa con seguridad.
-¿Qué?
Los ojos de la joven miraban con intensidad.
-Que tengo hambre -respondió Saul-. No he tomado nada desde
el desayuno, excepto ese horrible café en el despacho del
sheriff. Si
quiere acompañarme a cenar, podríamos continuar nuestra charla.
-Sí, con dos condiciones -dijo Natalie Preston. -¿Cuáles?
-Primero, que me cuente todo lo que sabe del asesinato de mi
padre.
-De acuerdo.
-Y segundo, que se quite ese sombrero de tenis empapado mientras
cenamos.
-De acuerdo -aceptó Saul Laski.
El restaurante se llamaba Henry's y estaba pocas manzanas más
adelante, cerca del viejo mercado. Desde fuera no parecía prometedor. La
fachada blanqueada no tenía ventanas ni adornos, excepto un
único letrero iluminado sobre la estrecha puerta. Por dentro era
vetusto y oscuro y le recordó a Saul un mesón cerca de Lodz donde su familia
comía a veces cuando él era un chaval. Algunos negros altos con impecables
chaquetas blancas se movían discretamente entre las mesas. El aire era espeso y
con agradable olor a vino, cerveza y pescado.
-Excelente -dijo Saul-. Si la comida sabe tan bien como huele,
será una experiencia maravillosa.
Lo fue. Natalie pidió una ensalada de camarones. Saul comió pez
espada, shish kebab con vegetales a la brasa y patatitas hervidas. Ambos
bebieron un vino blanco frío y hablaron de todo excepto de lo que habían venido
a hablar. Natalie se enteró de que Saul vivía solo, aunque lo atormentaba una
ama de llaves que era en parte yenta y en parte psiquiatra. Le garantizó a
Natalie que no tendría necesidad de servirse de la cortesía profesional de sus
colegas mientras Tema continuara explicándole sus neurosis y buscándoles curas.
-¿Entonces, usted no tiene familia? -preguntó Natalie.
-En Estados Unidos no -dijo Saul, y asintió con la cabeza al
camarero mientras el hombre retiraba los platos-. Tengo una prima en Israel y
muchos parientes lejanos.
Saul se enteró de que la madre de Natalie había muerto algunos
años antes y que la chica frecuentaba una escuela para graduados.
-¿Dice que irá a una universidad en el Norte? -preguntó.
-Pues, no es exactamente el Norte. St. Louis, Universidad de
Washington.
-¿Por qué ha elegido una facultad tan distante? Existe la
Facultad de Charleston. Tengo un amigo que enseñó algún tiempo en la
Universidad de Carolina del Sur en..., ¿es Columbia?
-Sí.
-Y el Wofford College. Eso está en Carolina del Sur, ¿verdad?
-Claro -dijo Natalie-. Y la Universidad Bob Jones está en
Greenville, pero mi padre quería que yo fuera lo más lejos posible de lo que él
llamaba «el cinturón negro». La Universidad de Washington, en St. Louis, tiene
una excelente facultad de pedagogía, una de las mejores adonde puede ir una
persona con un título de Bellas Artes. O por lo menos, conseguir una beca.
-¿Usted es artista?
-Fotógrafa -dijo Natalie-. Un poco de cine. Un poco de dibujo y
pintura al óleo. También hice un curso de inglés. He estudiado en Oberlin,
Ohio. ¿Lo conoce?
-Sí.
-De todos modos, una amiga mía, una buena acuarelista llamada
Diana Gold, me convenció el año pasado de que enseñar sería divertido. Pero
¿por qué le estoy contando todo esto?
Saul sonrió. El camarero vino con la cuenta y Saul insistió en
pagar. Dejó una propina generosa.
-No me contará nada, ¿verdad? -preguntó Natalie. Había un tono
de dolor en su voz.
-Por el contrario -aseguró Saul-. Probablemente le contaré más
de lo que jamás le he contado a nadie. El problema es..., ¿por qué? -¿Qué
quiere decir?
-Quiero decir..., ¿por qué estamos confiando el uno en el otro?
Usted ve a un desconocido entrando en una casa y dos horas más tarde está
conversando con él después de una magnífica cena. Yo encuentro a una joven que
enseguida me apunta con una pistola y al cabo de pocas horas estoy dispuesto a
compartir con ella cosas que no he contado a nadie desde hace muchos años. ¿Por
qué, señora Preston?
-Señorita Preston. Natalie. Y sólo puedo hablar por mí.
-Hágalo, por favor.
-Usted tiene una cara honesta, doctor Laski. Quizás «honesta» no
sea la palabra justa. Una cara de persona que se preocupa por los otros. Usted
ha conocido la tristeza...
Natalie se calló.
-Todos conocemos la tristeza -dijo Saul en voz baja. La chica
asintió con la cabeza.
-Pero algunas personas no aprenden de la experiencia. Yo creo
que usted ha aprendido. Lo veo en sus ojos. No sé qué más decir.
-¿Es en eso pues en lo que basamos nuestra apreciación y nuestro futuro?
-preguntó Saul-. ¿En los ojos de una persona? Natalie le miró.
-¿Por qué no? ¿Tiene algún método mejor? No era un desafío, sino
una pregunta.
Saul sacudió la cabeza.
-No. Puede que no haya ningún método mejor. Al menos para
empezar.
Dejaron el Charleston histórico en dirección al sudoeste, Saul
seguía en su Toyota alquilado al Nova verde de la chica. Atravesaron el río
Ashley por la autopista 17 y pararon algunos minutos después en una zona
llamada St. Andrews. Las casas allí eran blancas, un barrio limpio pero de
clase trabajadora. Saul aparcó en el caminito, detrás del coche de Natalie.
La casa de la chica era limpia y confortable, un hogar. Un
sillón de orejas y un pesado sofá ocupaban casi toda la pequeña sala de estar.
La chimenea estaba preparada; el paramento blanco estaba cubierto por una
maceta de hiedra sueca y numerosas fotografías de familia en marcos metálicos.
Había más fotografías enmarcadas en la pared, pero eran artísticas, no vulgares
instantáneas. Saul miró las fotos una por una cuando Natalie encendió las luces
y colgó el abrigo.
-Ansel Adams -dijo Saul mirando una notable fotografía en blanco
y negro de un pequeño pueblo del desierto con un cementerio a la luz del
crepúsculo bajo la pálida luna-. He oído hablar de él.
En otra foto, una niebla espesa se movía sobre una ciudad en una
colina.
-Mi padre lo conoció en los años cincuenta -explicó Natalie.
Había fotos de Imogen Cunningham, Sebastian Milito, George Tice,
André Kertész y Robert Frank. Saul contempló largo rato la foto de Frank: un
hombre con un traje oscuro y un bastón ante el porche de una casa antigua u
hotel. Un tramo de escalera hasta el segundo piso ocultaba la cara del hombre.
Eso hizo que Saul deseara dar dos pasos a la izquierda para identificarlo.
Alguno en la foto le causaba una profunda tristeza.
-Siento no conocer esas firmas -dijo Saul-. ¿Son fotógrafos muy
conocidos?
-Algunos sí -dijo Natalie-. Las fotos valen ahora cien veces más
de lo que mi padre pagó por ellas, pero nunca las venderé.
La chica hizo una pausa.
Saul cogió una foto de una familia negra en una merienda en el
campo. La mujer tenía una sonrisa afectuosa y franca, y el pelo rizado al
estilo de los años sesenta.
-¿Su madre?
-Sí -dijo Natalie-. Murió en un inesperado accidente en junio de
1968. Dos días después del asesinato de Robert Kennedy. Yo tenía nueve años.
La chiquilla de la foto estaba de pie en la mesa de picnic, y
sonreía y miraba de reojo al padre. Había otro retrato del padre de Natalie, un
retrato de él más viejo, serio y bastante guapo. El bigote fino y los ojos
luminosos hicieron que Saul pensara en Martin Luther King sin papada.
-Un hermoso retrato -dijo.
-Gracias. Lo hice el verano pasado.
Saul miró alrededor.
-¿No hay fotos de su padre enmarcadas?
-Aquí -dijo Natalie, y lo condujo hacia el comedor-. Mi padre no
quería ponerlas en la misma sala que las otras.
Sobre la espineta, en la larga pared que había delante de la
mesa del comedor, vio cuatro fotografías en blanco y negro. Dos eran estudios
de luz y sombra en los muros de viejas casas de ladrillos. Una foto de una
playa y el mar en un ángulo abierto increíblemente iluminado que se prolongaba
hasta el infinito. La última era un camino en el bosque y un estudio de planos,
sombras, y composición.
-Son maravillosas -dijo Saul-, pero no hay personas.
Natalie rió bajo.
-Es cierto. Mi padre se ganaba la vida haciendo fotos y decía
que no estaba dispuesto a hacer lo mismo como afición. Y por otro lado, era una
persona tímida. Nunca le gustó hacer fotos indiscretas, y siempre insistió en
que yo consiguiera un permiso por escrito si tenía que hacerlo. Detestaba la
idea de invadir la intimidad de alguien. Y además, mi padre era realmente...
tímido. Si había que llamar para encargar una pizza, siempre me pedía a mí que
telefoneara. -La voz de Natalie se hizo poco clara y la chica se volvió durante
un segundo-. ¿Le apetece un café?
-Sí -dijo Saul-. Sería agradable. -Había una habitación de
revelado junto a la cocina. Originariamente debía de haber sido una despensa o
un segundo lavabo-. ¿Usted y su padre revelaban las fotos aquí? -preguntó Saul.
Natalie asintió con la cabeza y giró una bombilla roja. El
pequeño cuarto estaba perfectamente ordenado: ampliadora, bandejas, botellas de
productos químicos, todo en estantes y con sus respectivas etiquetas. Sobre la
pila había ocho o diez fotos colgadas de un hilo de nailon. Saul las estudió.
Eran todas de la casa Fuller, hechas con luces diferentes y en distintos
momentos del día, desde diversos encuadres.
-¿Suyas?
-Sí -dijo Natalie-. Sé que es estúpido, pero es mejor que
quedarse sentado en el coche todo el día esperando que pase algo. -Se encogió
de hombros-. He ido cada día a la policía o al despacho del sheriff y no ha
servido de nada. ¿Quiere leche, o azúcar?
Saul meneó la cabeza. Fueron a la sala de estar y se sentaron
cerca de la chimenea, Natalie en el sillón de orejas, Saul en el sofá. Natalie
sirvió el café en tazas de porcelana tan finas que eran casi transparentes.
Hurgó los troncos y las astillas y encendió una vela. El fuego prendió
rápidamente y ardió bien. Se quedaron sentados un rato mirando las llamas.
-El sábado pasado yo había ido de compras de Navidad con unos
amigos a Clayton -dijo finalmente Natalie-. Es un suburbio de St. Louis. Fuimos
al cine... Popeye, con Robin Williams. Esa noche volví a mi apartamento en la
ciudad universitaria hacia las once y media. En cuanto sonó el teléfono supe
que había pasado algo. No sé por qué. Recibo muchas llamadas de amigos. De
Frederick, un buen amigo, que normalmente no deja el centro de ordenadores
antes de las once y a veces quiere ir a comer una pizza o cualquier otra cosa.
Pero esa vez yo sabía que era conferencia y malas noticias. Era la señora
Culver,
nuestra vecina de al lado. Ella y mi madre eran buenas amigas.
De todos modos, sólo conseguía decir que hubo un accidente, era la palabra que
ella usaba, «accidente». Tardé un minuto o dos en comprender que mi padre había
muerto, que había sido asesinado.
»Cogí el primer vuelo del domingo. Aquí todo estaba cerrado.
Había llamado al depósito de cadáveres desde St. Louis, pero cuando llegué
estaba cerrado y tuve que recorrer todo el edificio para encontrar a alguien
que me dejara entrar, y además no me esperaban. La señora Curver fue a
recibirme al aeropuerto, pero no paraba de llorar y se quedó en el coche.
»No parecía mi padre. Y mucho menos el martes, en el entierro,
con todos esos cosméticos. Yo estaba muy desconcertada. El domingo, en la
policía, nadie sabía qué pasaba. Prometieron que un tal detective Holmann me
visitaría esa tarde, pero no lo hizo hasta el lunes a primera hora de la tarde.
En vez de eso, el sheriff..., usted me ha dicho que le conoció, el señor
Gentry, vino al depósito de cadáveres el domingo. Me trajo a casa más tarde e
intentó responder a mis preguntas. Todos los demás sólo las hacían.
»De todos modos, el lunes llegaron mi tía Leah y todos mis
primos y estuve demasiado ocupada para pensar hasta el miércoles. Vino mucha
gente al entierro. Yo había olvidado lo apreciado que había sido mi padre.
Muchos comerciantes y gente del casco antiguo estaban allí. El sheriff Gentry
también.
»Leah quería quedarse una semana o dos, pero su hijo, Floyd,
tenía que volver a Montgomery. Le dije que no se preocupara y que quizá los
iría a ver por Navidad. -Natalie hizo una pausa. Saul estaba inclinado hacia
delante, con las manos juntas. Ella respiró hondo e hizo un gesto vago hacia la
ventana que daba a la calle-. Este es el fin de semana en que mi padre y yo
acostumbrábamos poner el árbol. Es muy tarde, pero él decía siempre que era más
divertido si el árbol no estaba en casa muchas semanas. Casi siempre lo
comprábamos en el solar de Dairy Queen, en Savannah. ¿Sabe?, el sábado le había
comprado una camisa escocesa en Pendleton. No sé por qué la traje conmigo. No
sé por qué lo hice. Ahora tendré que llevármela. -Paró y bajó la cara-.
Perdóneme un momento.
Entró rápidamente en la cocina.
Saul estuvo algunos minutos sentado, mirando el fuego, con los
dedos apretados con fuerza. Después fue también a la cocina. La encontró
apoyada en un rincón, con los brazos rígidos y un kleenex en la mano izquierda.
Saul se mantuvo a cierta distancia.
-Me siento tan furiosa -exclamó ella, apartando todavía los ojos
de Saul.
-Lo comprendo.
-Quiero decir, es como si él ni siquiera contara. Mi padre no
era importante. ¿Entiende lo que quiero decir?
-Sí.
-Cuando yo era pequeña, solía ver películas de cowboys por
televisión -dijo ella-. Mataban a alguien, no al héroe o al malo, sino a un
cualquiera, y era como si nunca hubiese existido, ¿sabe? Y eso me preocupaba.
Yo tenía sólo seis o siete años, pero eso me preocupaba. Al salir del cine
pensaba en esa persona y en que debía de tener padres y en todos los años que
le había llevado crecer y en cómo se habría vestido esa mañana, y después,
bang, ya no existe, porque el guionista quería mostrar cómo era de rápido el
héroe con el revólver o algo por el estilo. Oh, mierda, no digo más que
tonterías.
Natalie pegó en el mostrador con la mano derecha, la palma
vuelta hacia abajo.
Saul dio un paso adelante y le tocó el brazo izquierdo. -No
-dijo él-, no es así.
-Me pone tan furiosa -dijo ella-. Mi padre era real. Nunca
perjudicó a nadie. Jamás. Era el hombre más amable que he conocido, y alguien
le mató y nadie tiene ninguna idea de por qué. Simplemente no lo saben. Oh,
¡joder!, lo siento...
Saul la abrazó y la sostuvo mientras ella lloraba.
Natalie había calentado el café. Estaba sentada en el sillón de
orejas. Saul se quedó junto a la chimenea, tocando distraídamente las hojas de
la hiedra sueca.
-Eran tres -empezó a explicar-. Melanie Fuller, Nina Drayton, y
un hombre llamado Borden, de California. Eran asesinos, los tres.
-¿Asesinos? Pero la policía dijo que la señorita Fuller era una
señora mayor..., bastante vieja, y que la señora Drayton era la víctima.
-Sí -dijo Saul-, y los tres eran asesinos.
-Nadie ha mencionado el nombre de Borden -dijo Natalie.
-Borden estaba allí -aseguró Saul-. Y estaba a bordo del avión
que estalló el viernes por la noche..., el sábado de madrugada, de hecho. O
mejor, se suponía que estaba a bordo.
-No comprendo. Eso fue horas antes de que mi padre fuera
asesinado. ¿Cómo podía ese Borden, o cualquiera de esas otras personas, estar
implicado en el asesinato de mi padre?
-Usaron gente -explicó Saul-. Controlaron a otras personas.
Todos ellos tenían empleados y los usaban. Es difícil de
explicar.
-¿Quiere decir que estaban asociados con la Mafia o algo así?
Saul sonrió.
-Ojalá fuera tan simple.
Natalie meneó la cabeza.
-No comprendo.
-Es una historia muy larga -dijo Saul-. Y a veces fantástica,
realmente increíble. Sería mejor si no la escuchara. Pensará que estoy loco o
usted misma se verá envuelta en algo de terribles implicaciones.
-Ya estoy implicada -dijo Natalie.
-Sí. -Saul vaciló-. Pero no hay necesidad de más complicaciones.
-Yo continuaré implicada, por lo menos hasta que encuentren al
asesino de mi padre. Lo haré con usted y su información o lo haré sin usted,
doctor Laski. Lo juro.
Saul miró a la joven durante un momento muy largo.
-Sí, creo que lo hará. Aunque quizá cambiará de idea cuando
escuche mi historia. Me temo que para poder explicarle cómo eran esos tres
viejos, los tres asesinos responsables de la muerte de su padre, tendré que
contar también mi historia personal. Nunca se la había contado a nadie antes.
-Adelante -dijo Natalie-. Tengo todo el tiempo del mundo.
-Nací en 1925, en Polonia -dijo Saul-, en la ciudad de Lodz. Mi
familia era relativamente acomodada. Mi padre era médico. Éramos judíos, aunque
no ortodoxos. Mi madre había pensado convertirse al catolicismo cuando era más
joven. Mi padre se consideraba primero médico, después polaco, ciudadano de
Europa en tercer lugar y judío en cuarto. Y tal vez ni siquiera pusiera su
condición de judío tan alto.
»Cuando yo era un chaval, Lodz era un lugar tan agradable como
cualquier otro para un judío. Una tercera parte de los seiscientos mil
habitantes eran judíos. Muchos ciudadanos importantes, comerciantes y artistas,
eran judíos. Algunos de los amigos de mí padre pertenecían al mundo de las
artes. Su tío tocó en la orquesta sinfónica municipal durante años. Cuando yo
cumplí diez años, las cosas habían cambiado bastante. Los partidos políticos
locales habían sido elegidos después de prometer la eliminación de los judíos
de la ciudad. Como si estuviera poseído por la epidemia antisemítica que hacía
estragos en la vecina Alemania, el país se volvía contra nosotros. Mi padre
echaba la culpa a los tiempos duros que acabábamos de pasar. No se cansaba de
resaltar que los judíos europeos estaban acostumbrados a olas de pogromos
seguidas por generaciones de progreso. "Todos somos seres humanos -decía-,
a pesar de nuestras diferencias.» Estoy seguro de que mi padre murió creyendo
en esto.
Saul calló. Midió la habitación con sus pasos y después apoyó
las manos en el respaldo del sofá.
-Mire, Natalie, no estoy acostumbrado a contar estas cosas. No
sé
qué es necesario y qué no. Quizá sea mejor esperar a otra
ocasión. -No -dijo Natalie-, ahora. Tómese el tiempo necesario. Me
dijo que ayudará a explicar por qué murió mi padre. -Sí.
-Adelante. Cuéntemelo todo.
Saul asintió con la cabeza y dio la vuelta para sentarse en el
sofá. Apoyó los codos en las rodillas. Sus manos eran largas y hacían gestos en
el aire cuando hablaba.
-Yo tenía catorce años cuando los alemanes entraron en la
ciudad. Era septiembre de 1939. Al principio no fue especialmente terrible.
Organizaron la formación de un Consejo judío para asesorar al gobierno sobre
esa nueva zona conquistada por el Reich. Mi padre me explicaba que eso
demostraba que todos los hombres podían entenderse a través de negociaciones
civilizadas. Mi padre no creía en demonios. A pesar de las protestas de mi
madre, mi padre se ofreció para participar en el consejo. Pero no participó. Treinta
y un judíos preeminentes ya habían sido nombrados. Un mes después, a principios
de noviembre, los alemanes deportaban a los miembros del consejo a un campo y
quemaban la sinagoga.
»En nuestra familia se habló entonces de marcharse a la granja
de nuestro tío Moshe, cerca de Cracovia. En Lodz ya había escasez de alimentos.
Solíamos pasar el verano en la granja, y la idea de estar allí con el resto de
la familia era muy atractiva. Por el tío Moshe teníamos noticias de su hija
Rebecca, que se había casado con un judío americano y pensaba ir a Palestina, a
una granja. Durante años había incitado a los jóvenes de la familia a reunirse
con ella. A mí, la verdad es que me hubiera gustado irme a una granja. Ya me
habían expulsado, como a los otros judíos, de mi escuela en Lodz. El tío Moshe
había sido profesor en la Universidad de Varsovia y yo sabía que le habría
gustado darme clases particulares. Las nuevas leyes restringieron el ejercicio
profesional de mi padre sólo a judíos, y casi todos vivían en barrios lejanos,
más pobres. Había pocas razones para quedarnos, muchas para marcharnos.
»Pero nos quedamos. Decidimos visitar al tío Moshe en junio,
como hacíamos siempre, y entonces decidiríamos si íbamos a volver a la ciudad.
¡Qué ingenuos éramos!
»En marzo de 1940, la Gestapo nos echó de nuestras casas y creó
un gueto judío en la ciudad. El día de mi cumpleaños, 5 de abril, el gueto fue
completamente acordonado. Los judíos tenían totalmente prohibido viajar.
»De nuevo, los alemanes formaron un consejo, el Judenrat, y esta
vez mi padre fue elegido para formar parte de él. Uno de los ancianos,
Chaim Rumkowski, venía a menudo a casa -una habitación en la que
dormíamos ocho personas- de visita, y se pasaba la noche hablando, con mi padre
de la administración del gueto. Aunque parecía increíble, a pesar del
hacinamiento y el hambre, el orden se mantenía. Yo volví a la escuela. Cuando
mí padre no estaba reunido con el consejo, trabajaba dieciséis horas al día en
uno de los hospitales que él y Rumkowski habían creado a partir de nada.
»Durante un año sobrevivimos así. Yo era menudo para mi edad,
pero no tardé en aprender a sobrevivir en el gueto, aunque eso significase
robar, acaparar o hacer trueques con los soldados alemanes para conseguir
comida y cigarrillos. En el otoño de 1941, los alemanes empezaron a traer a
muchos miles de judíos occidentales a nuestro gueto. Algunos llegaban desde muy
lejos, de Luxemburgo, por ejemplo. Muchos eran judíos alemanes, que nos
despreciaban. Recuerdo una pelea que tuve con un muchacho, un judío de Francfort.
Era mucho más alto que yo. Entonces yo tenía dieciséis años, pero no aparentaba
más de trece. Pero lo derribé. Cuando intentó levantarse, le pegué con un
madero y le hice una gran herida en la frente. Él había venido la semana
anterior en uno de los trenes precintados y estaba todavía muy débil. No
recuerdo por qué nos peleamos.
»Mi hermana Stefa murió ese invierno de tifus, como otros miles.
Todos estábamos agradecidos de ver llegar la primavera, a pesar de los nuevos
avances alemanes en el frente oriental. Mi padre consideraba la caída inminente
de Rusia una buena señal. Estaba convencido de que la guerra terminaría en
agosto. Esperaba que muchos de los judíos fuesen enviados a nuevas ciudades en
el Este. "Quizá tengamos que ser agricultores para alimentar al nuevo
Reich -decía-. Pero la agricultura no es una mala forma de vida."
»En mayo, la mayor parte de los judíos alemanes y extranjeros
fueron enviados hacia el sur, a Oswiecim, Auschwitz. Pocos de nosotros habíamos
oído hablar de Oswiecim hasta que los transportes empezaron a salir de nuestro
gueto.
»Hasta esa primavera, nuestro gueto había sido usado como un
depósito. Ahora los trenes salían cuatro veces al día. Como miembro del
Judenrat, mi padre era obligado a ayudar, a supervisar la redada y expulsión de
miles de moradores del gueto. Era muy disciplinado, y aunque odiaba ese
trabajo, lo hacía. Y después trabajaba el día entero en el hospital, como para
hacer penitencia.
»Nuestro turno llegó en junio, en la época en que normalmente
solíamos ir a la granja del tío Moshe. Los siete recibimos orden de
presentarnos en la estación de ferrocarril. Mi madre y mi hermano menor Josef
lloraban. Pero fuimos. Creo que mi padre estaba contento.
»No fuimos enviados a Auschwitz, sino al norte, a Chelmno, un
pueblo que estaba a menos de setenta kilómetros de Lodz. Yo había tenido un
amigo, un chico provinciano llamado Mordechai, cuya familia era de Chelmno.
Supe más tarde que fue en Chelmno donde los alemanes realizaron sus primeros
experimentos de asfixia por gas, precisamente durante el invierno anterior,
cuando la pobre Stefa murió de tifus.
»Aunque habíamos oído terribles historias sobre los transportes
precintados, nuestro viaje no resultó desagradable. Fueron sólo unas horas.
Íbamos muy apretados en vagones, pero eran vagones normales de pasajeros. El
día era muy bonito; 24 de junio. Cuando llegamos, era como si hubiéramos ido a
casa del tío Moshe. La estación de Chelmno era minúscula, poco más que una
estación de provincias rodeada por un espeso bosque. Los soldados alemanes nos
llevaron hasta los camiones que nos esperaban, pero parecían relajados, casi
joviales. Ni rastro de los empujones y gritos a que estábamos acostumbrados en
Lodz. Recorrimos varios kilómetros en los camiones hasta una gran finca donde
se había instalado un campo. Una vez allí, fuimos registrados -recuerdo
perfectamente las hileras de mesas de los funcionarios fuera, en la grava, y el
piar de los pájaros- y después fuimos separados por sexos para las duchas y la
desinfección. Yo estaba impaciente por reunirme con los otros hombres y no vi a
mi madre y a mis cuatro hermanas que desaparecían detrás de la valla de la zona
de mujeres.
»Nos ordenaron que nos desnudáramos y formáramos en fila. Yo
estaba muy avergonzado, porque apenas si había empezado a madurar ese invierno.
No recuerdo que tuviese miedo. El día era cálido, nos habían prometido una
comida después de la limpieza y el bosque cercano y los ruidos del campo
creaban una atmósfera festiva, casi de carnaval. Más adelante, en un claro,
pude ver una gran furgoneta con dibujos alegres de animales y árboles pintados
a los costados. Nuestra fila había empezado a dirigirse hacia ese claro cuando
un hombre de la SS, un joven teniente con gafas gruesas y apariencia tímida, se
acercó a la fila para separar a los enfermos, los niños y los ancianos de los
hombres sanos y fuertes. El teniente vaciló cuando me vio. Yo era aún pequeño
para mi edad, pero había comido relativamente bien ese invierno y había
empezado a crecer con fuerza durante la primavera. Sonrió y agitó un pequeño
bastón de mando para enviarme a la fila de los hombres. Mi padre fue también
enviado a esa fila. Josef, que sólo tenía ocho años, tuvo que quedarse con los
niños y viejos. Josef empezó a llorar y mi padre se negó a dejarle. Yo volví a
la fila para quedarme con mi padre y con Josef. El oficial de la SS hizo señas
a un guardia. Mi padre me dijo que volviera con los otros. Me negué.
»Ésa fue la única vez que mi padre me pegó. Me empujó y dijo:
"¡Ve!" Yo negué con la cabeza y seguí en mi lugar en la fila. El
guardia, un sargento gordinflón, corría hacia nosotros. Mi padre me abofeteó
otra vez, con mucha fuerza, y repitió: "¡Ve!"
Sorprendido, dolido, me
tambaleé y caminé hasta la otra fila antes de que el guardia
llegara. El
oficial de la SS siguió con su trabajo. Yo estaba furioso contra
mi padre. No comprendía por qué no podíamos ducharnos juntos. Me había
humillado delante de los demás. Miré, entre lágrimas de enojo,
cómo
se iba y me fijé en su espalda desnuda, pálida a la luz de la
mañana, y
en Josef que, junto a él, ya no lloraba y miraba alrededor. Mi
padre se
volvió para mirarme una última vez antes de desaparecer con el
resto
de la fila de niños y viejos.
»Nosotros, casi la quinta parte de los hombres que habían
llegado
ese día, no fuimos desinfectados. Nos condujeron directamente a
los barracones y nos dieron uniformes de tela basta de prisioneros.
»Mi padre no apareció esa tarde ni esa noche, y cuando me fui a
dormir en los inmundos barracones, recuerdo que lloraba de soledad. Estaba
convencido de que al separarnos en la fila, mi padre me había condenado a estar
apartado de la zona del campo donde estarían las familias.
»Por la mañana nos dieron sopa fría de patatas y nos agruparon
en destacamentos de trabajo. Mi grupo fue conducido al bosque. Habían hecho
allí un pozo. Tenía más de sesenta metros de largo, doce de ancho y por lo
menos cuatro metros y medio de profundidad. Se podía ver, por la tierra
removida, que otros pozos habían sido llenados recientemente en las
proximidades. El olor debería haberme abierto los ojos, pero seguí negándome a
aceptar la idea, hasta que llegó la primera de las furgonetas del día. Eran las
mismas furgonetas que había visto el día anterior.
»Mire, Chelmno había sido una prueba. Por lo que habían
aprendido, Himmler había hecho instalar allí cámaras de gas prúsico, pero ese
verano aún usaban monóxido de carbono en cámaras precintadas y las furgonetas
de colores alegres.
»Nuestro trabajo era separar los cuerpos, realmente separarlos,
lanzarlos al pozo y cubrirlos con tierra y cal antes de que llegaran las cargas
siguientes. Las furgonetas de gas no eran eficaces. Muchas veces la mitad de
las víctimas sobrevivían al gas del tubo de escape y tenían que ser abatidas a
tiros al borde del pozo por los totenkopfverbdinde -la Brigada de la Muerte-
que esperaban allá, fumando y bromeando entre tanda y tanda. Aun así, algunos
sobrevivían al gas y a los tiros y eran enterrados cuando todavía se movían.
»Ese día volví a los barracones cubierto de excrementos y
sangre. Esa noche pensé que sería mejor morir, pero después decidí que viviría.
Viviría a pesar de todo. Viviría a pesar de todo, viviría sin otra razón que no
fuera vivir.
»Me aproximé y dije que era hijo de un dentista y que yo mismo
era dentista. Los kapos se rieron ante la idea de un dentista tan joven, pero
una semana después me pusieron en la brigada de los dientes. Yo y otros tres
judíos registrábamos los cadáveres desnudos en busca de anillos, oro o
cualquier cosa de valor. Explorábamos anos y vaginas con ganchos de acero.
Después yo usaba un par de alicates para arrancar los dientes de oro y los
empastes. A menudo me mandaban abajo, al pozo, a trabajar. Un sargento de la SS
que se llamaba Bauer a veces me lanzaba paladas de tierra a la cabeza y se
reía. Él mismo tenía dos dientes de oro.
»Después de una semana o dos, los judíos de los destacamentos de
entierro eran inevitablemente asesinados y se enviaba a los recién llegados
para sustituirlos. Quizá porque yo era rápido y eficiente en mi trabajo, me
quedé nueve semanas en el pozo. Cada mañana estaba seguro de que sería mi
turno. Cada noche en los barracones, mientras los más viejos decían el Kaddish,
podía escuchar gritos de "Eli, El¡" que salían de las literas en
penumbra. Hice desesperados contratos con un Dios en el que ya no creía.
"Sólo un día más -decía yo-, sólo un día más." Pero yo creía sobre
todo en mi propio deseo de sobrevivir. Quizá sufría del solipsismo de la
adolescencia, pero estaba convencido de que si creía con bastante fuerza que
continuaría existiendo, eso acabaría por ser cierto.
»En agosto el campo fue ampliado y por un motivo cualquiera fui
transferido al waldokommando, la brigada del bosque. Talábamos árboles,
despedazábamos troncos y extraíamos piedras para construir carreteras. De vez
en cuando, al regresar, toda una fila de trabajadores podía ser conducida a las
furgonetas o directamente al pozo. De esa manera se cambiaba la brigada. Con
las primeras nieves de noviembre yo había sido waldokommando más tiempo que
cualquier otro excepto el viejo kapo, Karski.
-¿Qué es un kapo? -preguntó Natalie. -Un kapo es un judío con un
látigo.
-¿Y ayudaban a los alemanes?
-Se han escrito tratados sobre los kapos y su identificación con
sus amos nazis -explicó Saul-. Stanley Elkins y otros han estudiado este tipo
de sumisión en los campos de concentración y cómo se puede comparar con la
docilidad e identificación con sus amos de los esclavos negros en Estados
Unidos. Precisamente este septiembre he formado parte de un grupo que ha
discutido el llamado Síndrome de Estocolmo, a consecuencia del cual los rehenes
no sólo se identifican con sus secuestradores, sino que les prestan apoyo.
-Ah, como esa, ¿cómo se llama...?, Patty Hearst -dijo Natalie.
-Sí. Y este..., este predominio por la fuerza de voluntad me
obsesiona desde hace muchos años. Pero hablaremos de esto más tarde.
Ahora, déjeme añadir sólo que si tengo que alegar algo en mi
favor durante el tiempo que estuve en los campos, es que no me convertí en
kapo.
»En noviembre de 1942, las mejoras en el campo estaban
terminadas y fui transferido a los barracones provisionales en el recinto
principal. Me pusieron en el destacamento del pozo. Entonces los hornos ya
estaban terminados, pero ellos habían subestimado el número de judíos que
llegaban y por eso las furgonetas y el pozo aún estaban en funcionamiento. Ya
no requerían mis servicios como dentista de los muertos. Yo echaba barro,
temblaba con el frío del invierno, y esperaba. Sabía que era sólo cuestión de días
que me reuniera con los que diariamente enterraba.
»Entonces, un jueves por la noche, el 19 de noviembre de 1942,
sucedió algo. -Saul guardó silencio. Unos segundos después se levantó y caminó
hasta la chimenea. El fuego estaba casi apagado-. Natalie, ¿tiene alguna bebida
o alguna cosa más fuerte que café? Jerez, por ejemplo.
-Claro -dijo Natalie-. ¿Un coñac le parece bien?
-Maravilloso.
Cuando ella volvió con una gran copa casi llena de coñac, Saul
había removido las brasas, añadido más madera y reavivado el fuego.
-Muchas gracias. -Agitó el líquido ambarino e inhaló
profundamente su aroma antes de beber el primer trago. El fuego crepitaba y
chisporroteaba de nuevo. Saul continuó su historia-: El jueves, estoy casi
seguro de que era el 19 de noviembre de 1942, cinco alemanes entraron en plena
noche en nuestro barracón. Era algo habitual y siempre se llevaban a cuatro
hombres, que ya no regresaban. Los prisioneros de los otros siete barracones de
nuestro recinto nos habían dicho que allí pasaba lo mismo. No teníamos idea de
por qué los nazis escogían esta manera de liquidar a unos cuantos, cuando miles
iban abiertamente al pozo diariamente, pero la verdad es que había muchas cosas
que no entendíamos. Se hablaba de experimentos médicos.
»Esa noche vino un joven oberst, un coronel, con los guardias. Y
esa noche me eligieron.
»Yo había decidido luchar si me sacaban del barracón en plena
noche. Comprendo que esto parece ir en contra de mi decisión de vivir a pesar
de todo, pero había algo en la idea de ser conducido hacia la oscuridad que me
producía pánico, que me quitaba todas las esperanzas. Estaba preparado para
luchar. Cuando los guardias me dieron la orden de salir de mi litera, sabía que
sólo me quedaban unos segundos de vida. Estaba dispuesto a intentar matar por
lo menos a uno de esos puercos antes de que me asesinaran.
»Pero no fue así. El oberst me ordenó que saliera y yo obedecí.
O mejor, mi cuerpo me desobedeció. No era simplemente cobardía o sumisión: el
oberst entró en mi mente. No conozco ninguna otra manera de decirlo. Lo sentí,
tan cierto como que estaba preparado para sentir las balas que no me
dispararon. Le sentí en mis músculos, moviendo mis pies, sacando mi cuerpo del
barracón. Y los guardias de la SS no paraban de reírse.
»Es imposible describir lo que sentí en aquel momento. Sólo
podía ser considerado como una violencia mental, pero eso no sugiere el sentido
de violación. Entonces no..., ni ahora..., creía en la posesión diabólica o en
sucesos sobrenaturales. Lo que pasó entonces fue el resultado de alguna aptitud
psíquica o psicológica monstruosa pero muy real para controlar directamente los
cerebros de otros seres humanos.
»Nos metieron en un camión. Esto de por sí ya era increíble.
Excepto para el breve y terrible viaje, desde la estación de Chelmno, los
judíos no podían ir nunca en vehículos. En Polonia, ese invierno, los esclavos
eran mucho más baratos que la gasolina.
»Nos llevaron al bosque. Éramos dieciséis en el camión,
incluyendo a una chica de los barracones de mujeres. La violación mental había
terminado, pero había dejado en mi mente un residuo más fétido y vergonzoso que
los excrementos que yo había lanzado diariamente en el destacamento del pozo.
Por la actitud y los cuchicheos de los otros judíos, sabía que no lo habían
sentido. Para ser honesto, en ese momento dudaba de mi salud mental.
»El viaje duró menos de una hora. Había un guardia en el camión
con nosotros. Llevaba una pistola-ametralladora. Los guardias del campo casi
nunca llevaban armas automáticas en el recinto por el peligro de que fueran
robadas. Si no me hubiera estado recuperando de la terrible experiencia del
barracón, habría hecho un intento de dominar al alemán, o por lo menos de
saltar del camión. Pero la mera presencia del oberst en la cabina del camión me
llenaba de un terror más profundo que el que había conocido durante meses.
»Pasaba de la medianoche cuando llegamos a una finca aún más
grande que el palacete en torno al cual Chelmno había sido construido. Estaba
muy adentrada en el bosque. Los americanos la considerarían un castillo, pero
era más y menos que eso. Era el tipo de antigua casa solariega que a veces se
encuentra en los bosques más oscuros de mi país: un gran montón de piedras
viejas, más allá de nuestra historia, cuidadas y añadidas durante incontables
generaciones por familias reclusas cuyo linaje se remonta a los tiempos antes
de Cristo. Los dos camiones se detuvieron y fuimos conducidos a un sótano no
muy alejado del salón principal. A la vista de los vehículos militares
aparcados en lo que quedaba de los jardines y por el ruido ronco que venía del
salón, pensé que los alemanes habían convertido la casa en centro de descanso y
entretenimiento para unidades privilegiadas. De hecho, una vez dentro y
encerrados en un sótano sin luz, oí a un judío lituano del otro camión murmurar
que conocía las marcas del regimiento de los vehículos. Pertenecían al
Einsatzgruppe 3 -un Grupo de Acción Especial-, que había liquidado pueblos
enteros de judíos cerca de su aldea, en Dvensk. Los einsatzgruppen eran
tratados con recelo y temor hasta por las totenkopfverbünde que realizaban los
exterminios del campo.
»Al cabo de un rato, los guardias volvieron con antorchas.
Éramos treinta y dos en el sótano. Fuimos divididos en dos grupos iguales y
conducidos a cuartos separados. Allí nuestro grupo fue vestido con túnicas
bastas, rojas, con símbolos blancos delante. Los guardias nos obligaron a
ponernos uniformes específicos. Mi símbolo -una torre o poste de alumbrado
barroco- no significaba nada para mí. El hombre que estaba a mi lado llevaba la
silueta de un elefante levantando su pata delantera derecha.
»Fuimos conducidos al gran salón. Allí nos recibió una escena
medieval de Hieronimus Bosco; centenares de SS y asesinos de los einsatzgruppen
descansaban y comían y jugaban y fornicaban con prostitutas en cualquier lugar.
Chicas campesinas polacas, algunas casi niñas, eran las siervas y esclavas de
los hombres de gris. Habían puesto antorchas en soportes en las paredes y el
cuadro estaba iluminado como en una visión estremecedora del infierno. Había
restos de comida escampados por toda la habitación. Los tapices, muy antiguos,
estaban manchados de hollín de las chimeneas abiertas. Una mesa de banquetes,
antes magnificente, había sido destrozada por los alemanes que habían grabado
sus nombres con bayonetas. Había hombres yaciendo, durmiendo y roncando en el
suelo. Vi a dos soldados orinando sobre un tapiz que debía de haber sido traído
de la Tierra Prometida en una de las cruzadas.
»El salón era enorme, pero su centro, un área de unos once
metros de largo por once de ancho, estaba ostensiblemente vacío. El suelo
estaba embaldosado en blanco y negro, con baldosas de sesenta centímetros
cuadrados. A ambos lados de este cuadrado, precisamente donde empezaban los
balcones, habían sido colocadas dos pesadas sillas elevadas. En uno de esos
tronos estaba sentado el joven oberst. Era pálido, rubio y ario. Sus manos eran
blancas y finas. En la otra silla había un viejo, con un aire tan antiguo como
el montón de piedras que nos rodeaba. Llevaba también un uniforme de la SS, de
general, pero el efecto era más el de un muñeco de cera marchito vestido por
niños malévolos con un uniforme holgado.
»El otro grupo de judíos había entrado por una puerta lateral.
Llevaban túnicas azul claro con símbolos negros semejantes a los nuestros. Pude
ver que la mujer de ese grupo usaba una túnica azul claro con el símbolo de una
corona o diadema en la frente. Entonces comprendí lo que pasaba. En el estado
de agotamiento y miedo constante al que había llegado, no había locura, por
estrafalaria que fuese, que no pudiera creer.
»Nos mandaron a nuestras casillas. Yo era un peón, un peón de un
alfil del rey blanco. Me quedé tres metros delante y a la derecha del trono del
oberst, enfrentándome al judío lituano que tenía un aire terriblemente asustado
y que era peón del alfil negro.
»Los gritos y cantos cesaron. Los soldados alemanes se reunieron
alrededor del tablero, empujándose para conseguir un lugar cerca del límite del
cuadrado. Algunos subieron la escalera o se agruparon en los balcones para
tener una vista mejor. Durante medio minuto hubo un silencio absoluto, sólo
roto por el chisporrotear de las antorchas y la respiración pesada de la
multitud. Nosotros estábamos en las casillas que nos habían asignado, treinta y
dos judíos hambrientos, pálidos y asustados, observando, expectantes,
respirando profundamente, esperando cualquier cosa que pudiera suceder.
-El viejo se inclinó ligeramente hacia delante en su silla alta
e hizo un gesto al oberst con la palma abierta. El otro sonrió y asintió con la
cabeza. El juego empezó.
-El oberst hizo otra vez una señal con la cabeza y el peón
situado a mi izquierda, un hombre mayor, delgado, con una barba corta, y gris
en las mejillas, avanzó dos casillas. El viejo respondió avanzando su peón de
rey. Por la manera como los confusos prisioneros se movían supe que no
controlaban sus actos.
»Yo había jugado un poco al ajedrez con mi padre y mi tío.
Conocía las aperturas clásicas, así que no me sorprendieron los movimientos. El
oberst miró a su derecha y un polaco rechoncho con la túnica correspondiente al
caballo, avanzó y fue a colocarse delante de mí. El viejo envió su caballo al
lado de la dama. El oberst movió nuestro alfil, un hombre pequeño con el brazo
izquierdo vendado, desde detrás de mí hasta la quinta casilla de la fila del
caballo. El viejo hizo avanzar una casilla el peón de dama.
»Deseé entonces que me hubiera correspondido cualquier otro
símbolo en lugar del de peón. La figura achaparrada del campesino situado
delante de mí, el caballo, ofrecía una sensación de escasa seguridad. A mi
derecha, otro peón se volvió hacia atrás e hizo una mueca de dolor cuando el
oberst le obligó a mirar adelante. Yo no me volví. Mis piernas empezaban a
temblar.
»El oberst avanzó el peón de dama dos casillas, de manera que
quedó al lado del viejo peón en la fila del rey. Nuestro peón de dama
era un chaval, apenas un adolescente, y miró furtivamente a
izquierda y derecha sin mover la cabeza. El caballo campesino colocado delante
de mí era la única protección que el chaval tenía frente al peón del viejo.
»El viejo hizo un gesto leve y su alfil saltó delante de la
holandesa que era su dama. La cara del alfil estaba muy pálida. El quinto
movimiento del oberst hizo salir a nuestro otro caballo. Desde mi posición, yo
no podía ver la cara del hombre. Los SS reunidos alrededor empezaron a gritar y
a aplaudir después de cada movimiento como si fueran espectadores en un partido
de fútbol. Yo oía fragmentos de conversación en la cual se referían al oponente
del oberst como Der Alter, "el viejo". El oberst era aplaudido como
DerMeister.
»El viejo se inclinó hacia delante como una araña pálida y el
caballo de su rey saltó delante del peón de alfil. El caballo era joven y
fuerte, demasiado fuerte para poder estar en el campo más de unos pocos días.
Tenía una sonrisa idiota en la cara, como si estuviera disfrutando de ese juego
de pesadilla. Como en respuesta a la sonrisa del chaval, el oberst movió a
nuestro frágil alfil a la misma casilla. Entonces reconocí al alfil. Era un
carpintero de nuestro barracón que se había herido dos días antes serrando
tablas para la sauna de los guardias. El hombrecillo levantó su brazo sano y
tocó al caballo negro en el hombro, como un amigo que le da un golpecillo a
otro cuando lo sustituye en el trabajo.
»No vi brillar el cañón del arma. El fusil disparó desde algún
sitio en el balcón que había detrás de mí, pero el ruido fue tan fuerte que di
un salto y empecé a volverme antes de que el tornillo del control del oberst
cayera sobre mi cuello. La sonrisa del joven caballo desapareció en una niebla
roja y gris y su cráneo explotó como consecuencia del impacto de la bala. Los
peones situados detrás de él se agacharon aterrorizados antes de que los
obligaran por la fuerza a ponerse de pie. El cuerpo del caballo se deslizó
hacia atrás, casi hasta la casilla en la que había empezado. Entretanto, ya se
había formado un charco de sangre en la casilla del peón blanco. Dos hombres de
la SS avanzaron y retiraron el cuerpo, arrastrándolo. Esquirlas de cráneo y
masa encefálica se habían esparcido sobre diversas piezas negras próximas, pero
nadie más había sido herido. El salón aplaudió mucho.
»El viejo se inclinó de nuevo hacia delante y su alfil dio un
paso en diagonal hasta donde esperaba el nuestro. El alfil negro tocó levemente
el brazo vendado del carpintero. Esta vez hubo una pausa antes de que el fusil
hablara. La bala hirió a nuestro alfil debajo del omóplato izquierdo y el
hombrecillo se tambaleó dos pasos hacia adelante y después se quedó de pie un
segundo, con su brazo derecho hacia atrás, como para rascarse, antes de que sus
rodillas se doblasen y cayera sobre las baldosas. Un sargento entró en el
tablero, colocó una Luger contra el cráneo del carpintero, disparó y retiró al
alfil, que aún se movía. El juego continuó.
»El oberst avanzó dos casillas nuestra dama. Sólo una casilla
vacía me separaba de la dama y pude ver cómo se había mordido las uñas hasta
sangrar. Eso me recordó a mi hermana, Stefa, y me sorprendí, al notar que las
lágrimas me empañaban la visión. Era la primera vez que lloraba por Stefa.
»El viejo hizo su movimiento acompañado del rugido de la
multitud ebria. El peón de su rey se movió rápidamente para comer el peón de
nuestra dama. Nuestro peón era un polaco con barba, evidentemente un judío
ortodoxo. El fusil disparó dos veces en sucesión rápida. El peón del rey negro
estaba cubierto de sangre cuando tomó el lugar del peón de nuestra dama en la
casilla.
»Ahora no tenía a nadie delante. Miré, a sólo tres casillas, la
cara del caballo negro. La antorcha lanzaba largas sombras. Los hombres de la
SS animaban a gritos a los jugadores desde el borde de las baldosas. Yo no me
atrevía a volverme para mirar al oberst, pero observé cómo el viejo se movía en
su trono. Debía de haber comprendido que estaba perdiendo el dominio del centro
del tablero. Volvió la cabeza y el peón del alfil de su rey avanzó una casilla.
El oberst movió nuestro alfil superviviente a la casilla siguiente, bloqueando
el peón enemigo y amenazando el alfil del viejo. La multitud ovacionó.
»Una vez completadas las aperturas, los dos contrincantes
empezaron a desarrollar su juego. Ambos enrocaron. Ambos pusieron en juego sus
torres. El oberst colocó su dama delante de mí. Miré sus omóplatos puntiagudos
contra la tela de su túnica y los rizos de su pelo crespo que le caían sobre su
espalda. Apreté y aflojé las manos. Un terrible dolor de cabeza formaba manchas
móviles ante mis ojos y temí perder el conocimiento. ¿Qué pasaría entonces? ¿El
oberst me permitiría que me desmayara, o mí cuerpo inconsciente sería mantenido
derecho en su lugar? Respiré hondo y me concentré en observar el resplandor de
la antorcha en un tapiz en la pared más lejana.
»En el movimiento catorce de las negras, el viejo mandó el alfil
a donde estaba nuestro caballo campesino, en el centro del tablero. Esta vez no
hubo disparo. El gordinflón sargento de la SS entró en el tablero y entregó su
puñal de gala al alfil negro. El salón quedó en completo silencio. La luz de la
antorcha danzó sobre el acero afilado. El campesino se retorció. Pude ver cómo
los músculos de sus brazos se crispaban en un esfuerzo vano por liberarse del
control del oberst. No lo logró. El alfil cortó su garganta con un rápido
movimiento de la hoja. El sargento de la SS recuperó su puñal e indicó con un
gesto a dos hombres que retiraran el cadáver. El juego se reanudó.
»Una de nuestras torres comió el alfil adversario. De nuevo fue
usado el cuchillo. Yo continuaba detrás de la joven dama y apretaba
mucho los ojos. Los abrí unos movimientos más tarde cuando el
oberst hizo avanzar nuestra dama una casilla. Yo quería sollozar, llorar,
cuando ella se alejó de mí. El viejo llevó inmediatamente su propia dama, una
chica holandesa, por la diagonal hasta la quinta casilla de la fila de torre.
La dama enemiga estaba a sólo una casilla de mi posición, en diagonal. No había
nada entre nosotros. Sentí mis tripas descargarse de miedo.
»El oberst empezó entonces su ataque. Primero avanzó su peón de
caballo por el flanco izquierdo. El viejo apartó su peón de torre, un hombre
sonrosado al que reconocí como perteneciente a la brigada del bosque, para
contestar a nuestro peón. El oberst se enfrentó al movimiento con nuestro peón
de torre. Era difícil para mí verlo. La mayor parte de los prisioneros eran más
altos que yo, así que sólo podía ver espaldas y hombros y cabezas rapadas y
sudadas, hombres aterrados y no piezas de ajedrez. Intenté reproducir el
tablero en mi mente. Sabía que sólo quedaban nuestro rey y una sola torre en la
fila detrás de mí. La otra pieza, situada en la misma fila que yo, era el peón
de rey. Enfrente y a mi izquierda había un grupo de dama, peón, torre y alfil.
Más a la izquierda, nuestro caballo superviviente estaba solo. A su izquierda,
los dos peones de torre habían llegado a un punto muerto. La dama negra
continuaba amenazándome desde la derecha.
»Nuestro rey, un judío delgado de unos sesenta años, dio un paso
en diagonal a su derecha. El viejo afianzó sus torres en la fila de su rey. De
repente, nuestra dama retrocedió hasta la segunda casilla de la fila de nuestra
torre. Ahora yo estaba solo. Podía ver cuatro casillas vacías enfrente, donde
el judío lituano miraba hacia atrás. Había un pánico animal en sus ojos.
»De súbito me adelanté, mis pies se arrastraron sobre el suelo
de mármol. La terrible, irrefutable presencia estaba dentro de mi cráneo,
empujándome, frenándome, cerrando mis mandíbulas con fuerza contra el grito que
me subía desde la base de la columna. Paré donde nuestra dama había estado
antes, con un peón blanco a cada lado. El viejo movió su caballo negro frente a
mí, saltando una casilla blanca vacía. La multitud gritaba ahora más alto. Oí
gritos de `Meister! Meister!" transformándose progresivamente en un canto.
»Me adelanté de nuevo, esta vez sólo una casilla. Yo era ahora
la única pieza blanca más allá de la línea media del tablero. Detrás de mí, a
mi derecha, estaba la dama negra. Sentía su presencia con tanta fuerza como
sentía la presencia del tirador en el balcón. Medio metro delante de mí estaban
la cara sudada y los ojos demacrados del caballo negro. Detrás de él se encogía
el judío lituano.
»La torre negra pasó a mi izquierda. Cuando entró en la casilla
del peón blanco, los dos hombres lucharon cuerpo a cuerpo. Al principio pensé
que eso significaba una pérdida del control del oberst o del viejo, pero
después comprendí que era parte del juego. Los soldados alemanes gritaban,
ávidos de sangre. La torre negra era más fuerte o no la restringían, y el peón
blanco se inclinaba bajo sus manos. La torre tenía las dos manos en la garganta
del peón y apretó con más fuerza. Se escuchó un sonido largo, seco, y el peón
cayó al suelo.
»En cuanto hubieron retirado el cuerpo de nuestro peón, el
oberst movió nuestro caballo superviviente hacia esa casilla y la lucha empezó
de nuevo. Esta vez fue la torre negra la que fue arrastrada afuera, sus pies
descalzos rozando las baldosas, los ojos dilatados y desorbitados.
»El caballo negro pasó junto a mí y de nuevo hubo lucha. Los dos
hombres chocaron, clavándose los dedos en los ojos mutuamente, agitando las
rodillas, hasta que el caballo blanco fue obligado a salir de su casilla hacia
la casilla blanca de atrás. El fusil debía de haber sido disparado desde el
balcón situado frente a mí. Sentí la ráfaga de aire cuando la bala pasó cerca
de mi oreja y oí el impacto. El caballo moribundo tropezó contra mí al caer.
Durante un segundo, su mano agarró débilmente mi tobillo como si buscara ayuda.
No me moví.
»Nuestra dama estaba de nuevo detrás de mí. El peón negro a mi
derecha avanzó para amenazarla. Lo habría eliminado si me lo hubieran ordenado,
pero no fue así. La dama retrocedió tres casillas. El viejo hizo avanzar una
casilla al peón de su dama. El oberst hizo intervenir a nuestro otro peón de
alfil.
» "Meister! Meister!, cantó la multitud. El viejo hizo
retroceder dos casillas a su dama negra.
»Entonces me movieron de nuevo. Quedé cara a cara con el judío
lituano, que estaba rígido, paralizado por el miedo. ¿Sabría que yo no le podía
hacer nada estando en la misma fila? Quizá no, pero yo era muy consciente de
que la dama negra podría aniquilarme en cualquier momento. Sólo la presencia
presentida de mi propia dama cinco casillas más atrás me ofrecía alguna
seguridad. ¿Pero qué pasaría si DerAlter desease cambiar damas? Lo que hizo fue
mover su torre de nuevo hacia la casilla original del rey.
»A mi izquierda hubo un alboroto mientras el otro peón de alfil
comía un peón negro y era comido a su vez por el alfil negro que sobrevivía.
Durante un momento quedé solo en territorio enemigo. Entonces el oberst situó
la dama blanca en la casilla que había detrás de mí. Pasara lo que pasase
ahora, no estaría solo. Contuve la respiración y esperé.
»No pasó nada. O mejor, el viejo bajó de su alta silla, hizo un
gesto
y se marchó. Había abandonado. La multitud embriagada de
soldados de los einsatzgruppen berreaba su aprobación. Un contingente de soldados
con la insignia de la calavera corrió hacia el oberst y lo paseó en hombros por
el salón. Yo me quedé allí de pie, delante del lituano, ambos parpadeando
estúpidamente. El juego había acabado y yo sabía que de alguna manera había
ayudado al oberst a ganarlo, pero estaba demasiado torpe para comprender cómo.
Todo lo que podía ver eran judíos cansados que permanecían de pie en un alivio
confuso mientras en el salón retumbaban gritos y cantos. Seis de nuestros
hombres de blanco habían muerto. Faltaban seis de las piezas negras. Los que
quedábamos podíamos movernos, vivir. Me volví para abrazar a la mujer que
estaba detrás de mí. Lloraba. «Shalom , le dije, y le besé las manos. shalom'
El judío lituano había caído de rodillas en su casilla blanca. Le ayudé a
levantarse.
»Una brigada de soldados con pistolas-ametralladoras nos hizo
atravesar la multitud hasta un vestíbulo vacío. Allí nos obligaron a
desnudarnos y a dejar nuestras túnicas apiladas. Después nos llevaron hacia la
noche, para matarnos.
-Nos dieron la orden de cavar nuestras propias tumbas. Había
media docena de palas en un claro situado a unos cuarenta metros, detrás de la
casa, y las usamos para cavar una zanja ancha, poco profunda, mientras los
soldados aguantaban las antorchas o conversaban y fumaban cigarrillos en la
oscuridad. Había nieve. La tierra estaba helada y dura como piedra. No pudimos
cavar más de medio metro. Entre los golpes sordos de las palas, podía oír las
risas que continuaban en el pabellón. De los ventanales salían haces de luz que
lanzaban rectángulos amarillos en los gabletes cubiertos de pizarra. Sólo el
ejercicio y nuestro miedo impedían que nos heláramos. Mis pies desnudos se
habían vuelto azulados y no sentía los dedos. Casi habíamos terminado de cavar
y yo sentía que debía decidir qué hacer. Estaba muy oscuro y pensé que la
tentativa con más posibilidades de éxito sería intentar escaparme por el
bosque. Habría sido mejor intentarlo todos al mismo tiempo, pero varios de los
judíos más viejos estaban demasiado helados y cansados para correr, y además,
no podíamos hablar entre nosotros. Las dos mujeres estaban de pie a varios
metros de la zanja, intentando en vano cubrir su desnudez mientras los guardias
hacían bromas groseras y les acercaban las antorchas.
»Yo no podía decidir si debía simplemente correr o usar la pala
de mango largo en un intento de aporrear a uno de los soldados y coger una
pistola-ametralladora. Eran einsatzgruppen totenkopfverb~inde, pero estaban
también borrachos y relajados. Tenía que decidirme.
»La pala. Elegí al guardia, un joven bajo, que parecía dormitar
a pocos pasos de mí. Cogí el mango con fuerza. »-Halt! Wo ist denn mein Bauer?
»Era el oberst rubio que venía hacia nosotros. Llevaba un pesado
abrigo y su gorro de oficial. Cuando entró en el círculo de antorchas miró
alrededor. Preguntaba por su peón. ¿Qué peón?
»-Sie! Kommen sie her.!
»Me hizo un gesto. Yo me encogí, esperando de nuevo la violación
mental, pero no llegó. Salté de la zanja, le entregué mi pala a un guardia y
quedé desnudo y trémulo ante el oberst, delante del que llamaban
VDerMeister".
»-Acabad -le dijo en alemán al sargento-. Schnell!
»El sargento asintió con la cabeza y agrupó a los judíos en el
borde de la zanja. Las dos mujeres se apiñaron en la punta, abrazadas con sus
delgados brazos. El sargento les ordenó que se echasen en el fondo de la zanja.
Tres hombres se negaron y fueron asesinados donde se encontraban. Uno de ellos,
el hombre que había sido el rey negro, cayó, crispándose, a sólo dos metros de
mí. Miré mis congelados pies e intenté no moverme, pero mis temblores iban en
aumento. Los otros judíos recibieron orden de empujar los cuerpos hacia el
agujero. Después se hizo el silencio. Las espaldas y nalgas pálidas de mis
compañeros brillaban a la luz de las antorchas. El sargento dio una orden y los
soldados dispararon. Pasó menos de un minuto. El sonido de las pistolasametralladoras
y carabinas ligeras parecía sordo, inconsecuente; un ruido leve, como de
descorchar una botella, y otra forma blanca, desnuda, se crispaba y sufría un
espasmo durante un segundo en el agujero y después se quedaba inmóvil. Las
mujeres murieron abrazadas. El judío lituano gritó en hebreo y se puso de
rodillas, con los brazos tendidos hacia los guardias o el cielo -aún no sé a
qué- y después fue casi cortado por la mitad por los tiros del fusil
automático.
»Durante todo el rato que duró la matanza, yo permanecí de pie,
temblando, mirando mis pies, rezando para volverme invisible. Pero antes de que
hubieran acabado, el sargento se acercó a mí y dijo:
»-¿Éste, mein oberst?
»-Mein zuverlássiger Bauer? -dijo el oberst-. ¿Mi peón de con
fianza? Tenemos que hacer una partida de caza.
»-Eine Jagd? -preguntó el sargento-. Heute nacht? »- Wenn es
ddmmert.
»-Auch DerAlter?
»--Ja.
»-Jawohl, mein oberst.
»Yo notaba que el sargento estaba contrariado. Esa noche no
tendría tiempo para dormir.
»Cuando los guardias empezaron a echar una fina capa de tierra
sobre los cadáveres, yo fui conducido de nuevo al pabellón y encadenado en el
mismo sótano donde habíamos estado antes. Empecé a sentir un hormigueo en los
pies, que después me noté muy calientes. Fue muy doloroso. A pesar de eso,
dormitaba cuando el sargento volvió, me quitó las cadenas y me dijo que me
vistiera: ropa interior, pantalones de lana azules, una camisa y un jersey,
calcetines gruesos y botas fuertes que me estaban sólo ligeramente pequeñas.
Aquellas ropas decentes me proporcionaban una sensación maravillosa después de
meses con andrajos.
»El sargento me llevó afuera, hasta donde esperaban en la nieve
cuatro hombres de la SS. Llevaban linternas y fusiles pesados. Uno de ellos
sujetaba un pastor alemán con una correa y dejó que el animal me oliera
mientras esperábamos. El gran salón estaba ahora oscuro, los gritos habían
cesado. Había una incierta luz en la noche a medida que la aurora se acercaba.
»Los guardias habían acabado de apagar sus linternas cuando
aparecieron el oberst y el viejo general. No llevaban uniforme, sino pesadas
chaquetas verdes de caza y capas. Los dos llevaban fusiles de gran calibre no
militar con mira telescópica. Entonces comprendí. Supe exactamente lo que iba a
suceder, pero estaba demasiado cansado para preocuparme.
»El oberst hizo un gesto y los guardias se apartaron de mí y
fueron a colocarse junto a los dos oficiales. Yo permanecí allí un minuto,
vacilante, negándome a hacer lo que querían que hiciera. El sargento me gruñó
en mal polaco: "¡Corre! ¡Corre, judío piojoso! ¡Ve!" Pero no me moví.
El perro se lanzaba, estirando la correa, gruñendo. El sargento levantó el
fusil y disparó un tiro que echó nieve entre mis pies. No me moví. Después
sentí los primeros toques indecisos en mi cerebro.
»'Ve, kleiner Bauer. "El cuchicheo suave en mi mente me
hizo tambalearme con asco. Me volví y corrí hacia el bosque.
»En mis condiciones, no podía correr mucho. Pocos minutos
después jadeaba y me tambaleaba. Mis huellas eran claramente visibles en la
nieve, pero no había nada que yo pudiera hacer al respecto. El cielo clareaba
mientras yo me tambaleaba en lo que esperaba que fuese la dirección sur. Oía
ladridos furiosos detrás de mí y sabía que el grupo de cazadores había empezado
a seguir mi rastro.
»Había caminado poco más de un kilómetro cuando llegué a una
zona abierta. Una franja de terreno de casi cien metros había sido liberada de
árboles y maleza. Había rollos de alambre de espino en el centro de esta tierra
de nadie, pero no fue el alambre el que me obligó a detenerme. En el centro
había un letrero en alemán y polaco que decía: "¡ALTO! ¡CAMPO DE
MINAS!"
»Los ladridos se acercaban. Me volví hacia la izquierda y empecé
a trotar, sintiendo un terrible dolor y jadeando. Ahora sabía que no había
ninguna salida. El perímetro minado debía de cercar toda la propiedad, su coto
de caza privado. Mi única esperanza era encontrar la carretera por donde
habíamos venido esa noche, hacía una eternidad. Sabía que me encontraría con
puertas y guardias, pero de todas formas iba a intentar la carretera. Mejor que
me cogieran los guardias que los asesinos que me perseguían. Decidí que
prefería atravesar el campo de minas antes que permitir que los cazadores me
dispararan.
»Acababa de llegar a un riachuelo cuando la violación mental
empezó. Yo estaba inmóvil, mirando el riachuelo medio helado, cuando lo sentí
entrar en mí. Durante unos segundos luché, cogiéndome las sienes, cayendo de
rodillas en la nieve, pero entonces el oberst ya estaba en mí, llenando mi
mente de la misma manera que el agua llena la boca y la nariz y los pulmones de
un hombre que se ahoga. Era peor que eso. Era como si una gran serpiente
entrara en mi cráneo y se abriera camino por mi cerebro. Grité, pero no salió
ningún sonido de mi garganta. Me puse de pie.
» Komm her, mein kleiner Bauer!"La voz del oberst cuchicheó
sin sonido dentro de mí. Sus pensamientos cayeron sobre los míos, forzando a mi
voluntad a entrar en un pozo hondo. Vislumbré imágenes de caras, lugares,
uniformes y salas. Recorrí olas de odio y arrogancia. Su amor a la violencia
llenó mi boca con el sabor cobrizo de la sangre. Komm!" El cuchicheo
mental era seductor, repugnante, como la lengua de un hombre entrando en mi
boca.
»Me vi corriendo hacia el riachuelo, volviendo al oeste, hacia
el grupo de cazadores, corriendo muy deprisa, jadeando en arranques leves,
dolorosos. El agua helada salpicó mis piernas e hizo pesados mis pantalones de
lana. Me sangraba la nariz y la sangre me corría libremente por la cara y el
cuello.
» «Komm her!"
»Dejé el riachuelo y fui, tambaleándome, a través del bosque
hacia una pila de cantos rodados. Mi cuerpo se crispaba y saltaba como una
marioneta mientras yo subía para meterme en un resquicio entre las rocas. Me
quedé allí con la mejilla contra la piedra, mientras la sangre caía sobre el
musgo helado. Oí voces que se aproximaban. El grupo de cazadores no estaba a
más de cincuenta pasos entre los árboles. Pensé que rodearían mi montón de
rocas y entonces el oberst me ordenaría que me pusiese de pie para que pudieran
disparar. Hice un esfuerzo para mover las piernas, para desplazar el brazo,
pero era como si alguien hubiese cortado los cables que ligaban mi cerebro a mi
cuerpo. Estaba inmovilizado allí con tanta seguridad como si los cantos rodados
hubiesen caído sobre mí.
»Escuché un murmullo de conversaciones y entonces,
increíblemente, los hombres siguieron el camino que yo había seguido diez
minutos antes. Podía oír al perro que ladraba mientras seguía mi rastro. ¿Por
qué el oberst jugaba conmigo? Hice un esfuerzo para comprender sus
pensamientos, pero mis débiles intentos fueron apartados como uno apartaría un
insecto molesto.
»De súbito, yo estaba de nuevo en movimiento, corriendo,
agachado, entre los árboles, después arrastrándome sobre el vientre a través de
la nieve. Sentí el olor de humo de cigarrillo antes de descubrirlos. El viejo y
el sargento estaban en un claro. El viejo estaba sentado sobre un tronco caído.
Tenía el fusil de caza sobre las rodillas. El sargento estaba de pie de
espaldas a mí, sus dedos golpeteando distraídamente la culata de su fusil.
»De súbito, me puse de pie y corrí, moviéndome más deprisa que
nunca. El sargento se volvió para mirar en el momento en que yo saltaba y le
pegaba con mi hombro. Yo era más pequeño que el sargento y mucho menos pesado,
pero la velocidad del impacto lo tiró al suelo. Me revolqué una vez, gritando
silenciosamente, deseando sólo recuperar el control de mi propio cuerpo y huir
hacia el bosque, y entonces cogí el fusil de caza del viejo y le pegué al
sargento en la cara y en el cuello, usando la magnífica culata cincelada como
porra. El sargento intentó levantarse y le pegué de nuevo. Buscó su fusil a
tientas y le aplasté la mano con mi bota y después dirigí la pesada culata
contra su cara hasta que los huesos se rompieron, hasta que ya no hubo cara.
Después bajé el fusil y me enfrenté al viejo.
»El viejo estaba sentado en el tronco, y tenía en la mano la
Luger que había sacado de la funda; el cigarrillo aún colgaba de sus finos
labios. Parecía tener mil años, pero había una sonrisa en la expresión
caricaturesca de su arrugada cara.
»-Sie! -dijo, y yo supe que no hablaba conmigo.
»-Ja,. Alter -dije yo, y me sentí admirado de oír las palabras
saliendo de mi boca-: Das Spiel ist beendet "
»-Veremos -dijo el viejo, y levantó la pistola para disparar.
»Entonces yo salté y la bala atravesó mi jersey y pasó rozando
mis costillas. Le agarré el puño antes de que pudiera disparar otra vez e
hicimos una pirueta en la nieve, mientras el viejo se ponía de pie para unirse
a mí en una estrafalaria danza: un joven judío demacrado, con sangre manando en
la nariz, y un viejo perdido en su abrigo de lana. Su Luger disparó de nuevo,
al aire, y después yo la noté en mi mano y retrocedí.
»Levanté el arma.
»-Nein -gritó el viejo, y entonces sentí su presencia como un
martillo contra mi cráneo.
»Durante un segundo, yo no estaba en ninguna parte mientras
aquellos dos oscuros parásitos luchaban por el control de mi mente. Después
tuve la sensación de que contemplaba la escena desde alguna parte por encima de
mi yo. Vi al viejo de pie, rígido, y vi mi propio cuerpo dando bandazos
alrededor como dominado por un terrible ataque epiléptico. Mis ojos se salían
de las órbitas y mi boca estaba abierta como la boca de un idiota. La orina
manchaba mis pantalones y humeaba al contacto con el aire helado.
»Después pude mirar desde mis propios ojos y el viejo dejó de
estar en mi mente. Retrocedió tres pasos y se sentó pesadamente en el tronco.
»-Willi -dijo-. Mein Freund...
»Mi brazo se levantó y le disparé dos veces en la cara y una vez
en el corazón. Cayó hacia atrás y yo me quedé mirando las suelas con clavos de
sus botas.
»'Ahora venimos, peón -cuchicheó el oberst en mi cabeza-.
Espéranos. "
»Aguardé hasta que pude oír sus botas y el gruñido del pastor
alemán detrás de los árboles. La pistola estaba todavía en mi mano. Intenté
relajar mi cuerpo, concentrando toda mi voluntad y energía en un solo dedo de
mi mano derecha. Ni siquiera pensé en lo que haría. El grupo de cazadores
estaba casi a la vista cuando el control del oberst se deslizó sólo lo
suficiente para que yo intentara algo. Fue la lucha más crucial y difícil de mi
vida. Tenía sólo que encoger un dedo algunos centímetros, pero exigió toda la
energía y determinación que quedaba en mi cuerpo y espíritu.
»Lo conseguí. La Luger se disparó y la bala trazó un camino en
mi muslo y arrancó el dedo pequeño de mi pie derecho. El dolor fue como un
fuego purificador. Pareció coger desprevenido al oberst y pude sentir cómo su
presencia se replegaba durante algunos segundos.
»Me volví y empecé a correr, dejando huellas de sangre en la
nieve. Hugo gritos muy cerca de mí. Un fusil automático empezó a castañetear y
pude sentir los proyectiles de acero zumbando cerca de mí como abejas. Pero el
oberst no me controlaba. Llegué al campo de minas y lo crucé sin vacilar.
Aparté la alambrada con mis propias manos, tiré a un lado los alambres y
continué mi huida. Increíblemente, inexplicablemente, conseguí atravesar el
claro. Entonces el oberst volvió a entrar en mi mente.
» `Halt!"Me detuve. Me giré y vi a cuatro guardias y al
oberst mirándome desde el otro lado de la zona de la muerte. "Vuelve,
pequeño peón -murmuraba la voz de aquel ser-. El juego se ha terminado. "
»Intenté levantar la Luger hasta mi sien. No pude hacerlo. Mi
cuerpo empezó a caminar hacia ellos, cruzando de nuevo el campo de minas. En
ese momento el pastor alemán se soltó del guardia que lo
sujetaba y corrió hacia mí. El animal acababa de llegar al borde
de la zona, a menos de veinte metros del oberst, cuando la mina explotó. Era
una mina antitanque, muy poderosa. Tierra, metralla y pedazos del animal
llenaron el aire. Vi cómo los cinco hombres caían y después algo blando vino
contra mi pecho y me hizo perder el equilibrio.
»Me levanté y vi la cabeza del perro cerca de mis pies. El
oberst y dos de los SS estaban en el suelo, a gatas, moviendo sus aturdidas
cabezas. Los otros dos no se movían. El oberst no estaba conmigo. Levanté la
Luger y vacié el cargador sobre el oberst. Estaba demasiado lejos. Yo temblaba
mucho. Ninguna de las balas llegó cerca de los tres hombres. No perdí más
tiempo mirando y me volví para huir.
»Hasta hoy no sé por qué el oberst me permitió escapar. Quizás
estaba herido por la explosión. O quizás otra demostración de su control sobre
mí podía hacer evidente que la muerte del viejo era obra suya. No lo sé. Pero
aún hoy sospecho que pude escaparme porque convenía a las intenciones del
oberst..
Saul calló. La chimenea se había apagado y ya pasaba mucho de la
medianoche. Él y Natalie Preston estaban sentados casi en la oscuridad. Durante
la media hora final de su narración, su voz había sido poco más que un gruñido
ronco.
-Está cansado -dijo Natalie.
No lo negó. Hacía dos noches que no dormía, desde que había
visto la foto de «William Borden» en el periódico del domingo por la mañana.
-Pero hay más, ¿verdad? -dijo Natalie-. Todo eso está
relacionado con la gente que mató a mi padre, ¿no es así?
Él asintió con la cabeza.
Natalie salió de la habitación y volvió enseguida con edredones,
sábanas y una almohada grande. Empezó a transformar el sofá en una cama.
-Quédese esta noche -dijo-. Puede terminar de contarme su
historia por la mañana. Haré el desayuno para los dos.
-Tengo una habitación en el motel -dijo Saul con voz ronca. La
idea de conducir hasta tan lejos por la carretera 52 le hizo querer cerrar los
ojos y dormirse en aquel mismo momento.
-Pero me gustaría que se quedara -murmuró ella-. Quiero
escuchar...; no, necesito conocer el resto de esta historia. -Hizo una pausa-.
Y no quiero estar sola en casa esta noche.
Saul asintió con la cabeza.
-Bien -dijo Natalie-. Hay un cepillo de dientes nuevo en el
cuarto de baño. Puedo darle un pijama limpio de mi padre, si quiere.
-No -dijo Saul-. No es preciso.
-Muy bien, de acuerdo -dijo Natalie, y se detuvo en la entrada
del pequeño vestíbulo-. Saul... -empezó a decir, y se frotó los ojosTodo
esto..., es todo verdad, ¿no?
-Sí.
-Y su oberst estuvo aquí en Charleston la semana pasada,
¿verdad? ¿Es uno de los responsables del asesinato de mi padre? -Creo que sí.
Natalie balanceó la cabeza, empezó a hablar, se mordió el labio
levemente y dijo sólo:
-Buenas noches, Saul.
-Buenas noches, Natalie.
A pesar del cansancio, Saul Laski continuó sin poder dormir, y
se quedó echado, observando en las fotografías de la pared el reflejo de la luz
de los faros de los coches que pasaban. Intentó pensar en cosas agradables, en
una luz dorada que tocaba los troncos de sauces cerca de un río o en un campo
de margaritas blancas en una granja donde había jugado cuando era un chaval.
Pero cuando finalmente se durmió, soñó con un bello día de junio y con su
hermano Josef que le seguía hasta un circo situado en un maravilloso prado
donde carros alegremente decorados llevaban bandadas de niños risueños hacia un
pozo que los esperaba.
7
Charleston, miércoles 17 de diciembre de 1980
Al principio, el sheriff Bobby Joe Gentry se sintió encantado
cuando descubrió que le seguían. Que él supiera, nunca le habían seguido antes.
Había tenido su propia experiencia de seguir gente; precisamente en la víspera
había seguido al psiquiatra, Laski; lo vio entrar en la casa Fuller, esperó
paciente en el Dodge de Linda Mae mientras Laski y la chica cenaban, y después
pasó una buena parte de la noche en St. Andrews tomando café y vigilando la
casa de Natalie Preston. Había sido una noche particularmente fría e inútil.
Esta mañana a primera hora había pasado por allí en su propio coche y el Toyota
alquilado del psiquiatra aún seguía aparcado delante de la casa. ¿Qué relación
podía haber entre ellos? Gentry tenía un claro presentimiento con respecto a Laski
-había sentido sus punzadas la primera vez que había hablado con el psiquiatra
por teléfono- y el presentimiento se estaba transformando en una de aquellas
picazones de intuición imposibles de rascar, entre los omóplatos, que Gentry
reconocía por experiencia como una de las armas necesarias en un buen policía.
Por eso ayer había seguido a Laski. Y ahora, a él -el sheriff Bobby Joe Gentry
de Charleston- le seguían.
Al principio le pareció difícil de creer. Ese miércoles por la
mañana se había levantado a las seis, como de costumbre, cansado de dormir poco
y de la excesiva cafeína de la noche anterior, había pasado por la casa de los
Preston en St. Andrews para verificar que Laski había pasado allí el resto de
la noche, había parado para tomar un donut en la cafetería de Sarah Dixon en la
avenida Rivers y después había ido hasta el parque Hampten para entrevistar a
una tal señora Lewellyn. El marido de esta mujer había salido de la ciudad la
misma noche de los asesinatos de Mansard House, cuatro días antes, y había
muerto en un accidente de coche en Atlanta la madrugada del domingo. Cuando la
policía de Georgia la llamó para informarle de que su marido había chocado contra
el pilar de un puente a una velocidad superior a ciento treinta kilómetros por
hora en la carretera de circunvalación 1-285 cerca de Atlanta, la señora
Lewellyn tenía una pregunta que hacer a la policía: «¿Qué diablos hacía Arthur
en Atlanta, si había salido la noche pasada para comprar un puro y el
periódico?»
Gentry pensó que era una pregunta pertinente. No conocía aún la
respuesta cuando salió de la casa de ladrillos de los Lewellyn a las nueve,
después de hablar durante media hora con la viuda. Entonces se percató de la
presencia del Plymouth verde aparcado a mitad del bloque, a la sombra de los
árboles altos que adornaban la calle.
Se había fijado antes en el Plymouth, cuando salía del
aparcamiento de la cafetería esa mañana muy temprano. Le había llamado la
atención sólo porque tenía matrícula de Maryland. Gentry sabía que un poli
puede volverse medio loco por fijarse en detalles como ése, que la mayoría de
las veces son totalmente inútiles. Mientras se sentaba al volante de su coche
aparcado delante de la casa de los Lewellyn, ajustó el espejo para poder ver
bien el Plymouth aparcado al final de la calle. Era el mismo coche. No podía
ver si había alguien dentro a causa de los reflejos del parabrisas. Se encogió
de hombros, se alejó de la curva, y torció a la izquierda a la primera señal de
stop. El Plymouth empezó a moverse antes de que el coche de Gentry se perdiera
de vista. Giró otra vez a la izquierda y se dirigió hacia el sur, intentó
decidir si debía volver al edificio del Ayuntamiento para terminar con el
papeleo o volver a St. Andrews. Atrás, podía ver el sedán verde separado por
dos coches.
Gentry condujo lentamente, dando golpecitos en el volante con
sus grandes manos enrojecidas y silbando una canción country entre dientes.
Escuchaba distraídamente el chirrido de su radio de la policía y pensó en todas
las razones que se le ocurrieron para que alguien le estuviese siguiendo. No
había muchas. Excepto unos pocos malhechores que había enviado a la cárcel
durante los dos últimos años, nadie tenía motivo para ajustarle las cuentas a
Bobby Joe Gentry, mucho menos para perder el tiempo siguiéndole en sus meandros
diarios. Se preguntó si estaría preocupándose por fantasmas. Había más de un
Plymouth verde en Charleston. «¿Con matrícula de Maryland?», se burló el
policía que había en él. Decidió volver al despacho por el camino más largo.
Giró a la izquierda hacia el tráfico de la calle Cannon. El
Plymouth le acompañó, manteniéndose a tres coches de distancia. Si Gentry no
hubiera sabido que estaba allí, ahora no lo vería. Sólo el vacío del pequeño
callejón cerca del parque Hampten, donde vivía la señora Lewellyn, le había
denunciado. Gentry viró en una rampa de la carretera 26, condujo hacia el norte
un poco más de un kilómetro y después salió, tomando calles traseras hacia el
este, hacia la calle Meeting. El Plymouth continuaba visible en el espejo,
escondiéndose detrás de otros vehículos siempre que podía, retrasándose cuando
no había tráfico.
-Bien, bien, bien -dijo el sheriff Gentry.
Continuó hacia Charleston Heights, pasando junto a la base
naval. Podían verse enormes buques grises a través de una maraña de grúas. Giró
a la izquierda, hacia la avenida Dorchester y después entró de nuevo en la
1-26, esta vez en dirección al sur. El Plymouth ya no estaba a la vista. Estaba
casi a punto de salir cerca del centro y atribuir la cosa al hecho de ver
demasiadas películas en la televisión por cable cuando un semirremolque cambió
de carril ochocientos metros más atrás y Gentry avistó al sedán verde.
Gentry tomó la salida 221 y volvió a las calles estrechas cerca
del edificio del Ayuntamiento. Había empezado a lloviznar. El conductor del
Plymouth había puesto en marcha el limpiaparabrisas al mismo tiempo que Gentry.
El sheriff intentó pensar en cualquier ley que pudiera estar siendo violada. No
se le ocurrió ninguna. «Muy bien -pensó Gentry-, ¿cómo se despista a alguien
que te sigue?» Pensó en todas las persecuciones a gran velocidad que había
visto en el cine. No, gracias. Intentó recordar detalles de las muchas novelas
de espionaje que había leído, pero todo lo que le venía a la mente eran
imágenes de cambios de vagones en el metro de Moscú. Muchas gracias. No era de
gran ayuda el hecho de que Gentry condujera su coche castaño con la inscripción
«SHERIFF DE CHARLESTON» en ambos costados.
Gentry sabía que podía hablar por la radio de la policía, dar un
par de vueltas al bloque y ocho coches de la policía y la mitad de las
patrullas de carretera estarían esperando en el cruce siguiente. ¿Y después
qué? Gentry se vio ante el juez Trantor respondiendo a la acusación de acosar a
un visitante de otro estado que intentaba encontrar el transbordador para
Fuerte Sumter y que había decidido seguir al policía local.
La cosa más inteligente que podía hacer, Gentry lo sabía, era no
hacer nada. Dejar que le siguiera tanto como quisiera -días, semanas, años-
hasta que pudiese descubrir de qué juego se trataba. El hombre del Plymouth -si
era un hombre- podía ser un funcionario de los tribunales o un reportero o un
testigo de Jehová persistente o un miembro del nuevo comité del gobernador
contra la corrupción policial. La cosa más inteligente, Gentry estaba seguro de
eso, era volver al trabajo, al despacho, no preocuparse y dejar que las cosas
se arreglasen por sí mismas.
-Oh, ¡qué demonios! -dijo Gentry.
Nunca había sido conocido por su paciencia. Giró el coche en un
patinazo de ciento ochenta grados sobre el pavimento húmedo, encendió las luces
y la sirena y aceleró por la estrecha calle de dirección única directamente
hacia el Plymouth que se aproximaba. Con su mano derecha sacó de su funda la
pistola no reglamentaria. Echó un vistazo para asegurarse de que la porra
estaba en el asiento donde la dejaba normalmente. Conducía muy deprisa y tocaba
el claxon para aumentar la confusión.
El motor del Plymouth tenía aire de sorprendido. Gentry podía
ver que sólo había un ocupante en el coche. El vehículo se desvió hacia la
derecha. Gentry cortó a la izquierda para cerrarle el paso. El Plymouth hizo
una finta más hacia la izquierda de la calle y después aceleró hacia la acera
derecha para intentar pasar al lado del coche del sheriff. Gentry giró el
volante hacia la izquierda, hizo saltar al coche cuando iba hacia la curva y se
preparó para una colisión frontal.
El Plymouth patinó de lado, se llevó una hilera de cubos de
basura con el parachoques posterior y chocó de lado con un poste telefónico.
Gentry detuvo su coche delante del radiador humeante del otro, asegurándose de
que estaba correctamente situado para impedirle la huida. Después salió, con la
pesada porra en la mano izquierda.
-¿Puedo ver su carné de conducir y los papeles del coche, señor?
-preguntó Gentry.
Una cara pálida, fina, le miró desde el interior del coche. El
Plymouth había chocado con el poste telefónico de manera que la puerta había
quedado bloqueada y el conductor conmocionado. El hombre tenía una frente alta
y el pelo muy negro. Gentry le situó en los cuarenta y tantos años. Llevaba un
traje oscuro, camisa blanca y una corbata fina, oscura, que parecía de la era
Kennedy.
Gentry miraba con cierta atención mientras el hombre buscaba la
cartera.
-¿Puede hacer el favor de sacar el carné de la cartera, señor?
El hombre hizo una pausa, parpadeó y se volvió para obedecer.
Gentry avanzó rápidamente y abrió la puerta con la mano izquierda, dejando que
la porra colgara de su muñeca. Su mano derecha
tocaba la culata de su Ruger Blackhawk.
-Por favor, salga del... ¡Mierda!
El conductor dio la vuelta con la pistola automática apuntando
ya hacia la cara del sheriff. Los ciento veinte kilos de Gentry pasaron por la
puerta abierta del coche cuando se lanzó para agarrar la muñeca del hombre. La
pistola disparó dos veces. Una de las balas pasó junto a la oreja del sheriff y
atravesó el techo. La otra convirtió el parabrisas del Plymouth en una telaraña
quebradiza. En ese momento, Gentry ya había agarrado al hombre por las muñecas
y ambos estaban tumbados sobre el asiento delantero como una pareja de
adolescentes en un aparcamiento. Ambos jadeaban. La porra de Gentry se había
trabado en el volante, presionando el claxón, y el Plymouth bramaba como una
bestia herida. El conductor levantó la mano izquierda para arañar la cara del
sheriff. Gentry bajó su maciza cabeza y le dio un cabezazo; una, dos veces,
hasta oír su quejido al tercer golpe. El conductor soltó la automática, que
rebotó en el volante y en la pierna de Gentry y cayó en el pavimento, afuera.
Con el pavor innato del deportista a las armas caídas, Gentry temía que se
disparara, vaciando media recámara en sus espaldas. No lo hizo.
-Joder -dijo Gentry, y se echó hacia atrás arrastrando al
conductor afuera del coche con él.
Agarraba el cuello del hombre con su mano derecha y después de
comprobar que la automática estaba cerca, casi bajo el coche, tiró al conductor
al suelo a unos dos metros. En el momento en que el otro consiguió ponerse de
pie, Gentry lo encañonaba con la pesada Ruger Blackhawk que su tío le había
regalado al jubilarse. El arma daba una sensación de solidez en su mano.
-Quieto ahí. No se mueva -ordenó Gentry.
Una docena de personas habían salido de las tiendas para ver qué
pasaba. Gentry se aseguró de que estaban fuera de tiro y de que sólo había una
pared de ladrillos detrás del conductor del Plymouth. Comprendió, al notar
cierta sensación de náusea, que se estaba preparando para matar al pobre hijo
de puta. Nunca antes había disparado un arma contra un ser humano. En vez de
sostener el revólver con ambas manos y manteniendo las piernas separadas, como
le habían enseñado, permaneció derecho, con el codo levantado y el arma
apuntando hacia el cielo. La lluvia era una niebla suave en la cara colorada
del sheriff.
-La pelea ha terminado -jadeó-. Relájate, hombre. Vamos a
conversar un poco sobre el asunto.
El conductor sacó la mano del bolsillo con una navaja. La hoja
apareció con un chasquido perfectamente audible. El hombre se puso casi en
cuclillas, balanceándose ligeramente, con los dedos de la otra mano extendidos.
Al sheriff no le gustó nada comprobar que el hombre empuñaba la navaja de la
manera correcta, amenazadoramente, con el pulgar sobre la hoja de quince
centímetros que ya se balanceaba en arcos cortos y flexibles. Gentry dio un
puntapié a la pistola automática enviándola debajo del Plymouth y retrocedió
tres pasos.
-Vamos, hombre -dijo Gentry-. No haga una estupidez. Suelte la
navaja.
No subestimó la velocidad con la que el hombre podía cubrir los
cinco metros que los separaban. Ni le cupo duda de que, a esa distancia, un
cuchillo lanzado podría ser tan mortífero como una bala. Pero recordó también
los agujeros de un palmo que el Blackhawk dejaba en el blanco de papel a
cuarenta pasos. No quería pensar en cómo actuarían las balas del 357 en tejido
humano a cinco metros.
-Suelte la navaja -repitió Gentry. Su voz sonaba monótona y
suave, en absoluto amenazante, carente de cualquier argumento-. Vamos a
tranquilizarnos y a discutir el caso.
El otro no había hablado ni una sola vez, únicamente emitía
gruñidos desde que Gentry se había acercado al Plymouth. Ahora un silbido, como
vapor de una olla que se enfría, venía de entre sus dientes apretados. Empezó a
levantar la navaja verticalmente.
«¡Para!» Gentry le apuntó con una mano, dirigiendo el arma al
centro de la fina corbata del hombre. Si la hoja llegaba hasta la altura de
lanzamiento, Gentry dispararía. La tensión de su dedo en el gatillo era ya lo
bastante fuerte para levantar el percutor.
Entonces Gentry vio algo que hizo que su corazón se detuviera en
una parálisis dolorosa. La cara del hombre parecía temblar, no agitándose, sino
fluyendo como una máscara de goma mal colocada que se deslizara sobre los
rasgos más sólidos. Sus ojos se habían abierto mucho, como sorprendidos o
aterrados, y ahora se movían hacia delante y hacia atrás como pequeños animales
llenos de pánico. Durante un instante, Gentry vio cómo una personalidad
diferente emergía en esa cara magra, apareció una mirada de terror total y
visible confusión en esos ojos cautivos, y después los músculos de la cara y
del cuello se pusieron rígidos, como si la máscara hubiese sido finalmente
ajustada. La hoja continuó levantándose hasta llegar a la altura de la barbilla
del hombre, lo bastante como para ser lanzada con precisión.
-¡Eh! -gritó Gentry. Relajó la tensión de su dedo sobre el
gatillo.
El conductor había clavado la hoja en su propia garganta. No la
apuñaló ni acuchilló, sino que introdujo los quince centímetros de acero como
habría hecho un cirujano para realizar la incisión inicial o como alguien
habría perforado cuidadosamente una sandía para abrirla. Después, con una
fuerza deliberada, lentamente, empujó la hoja de izquierda a derecha a todo lo
largo de la mandíbula.
-Oh, Jesús -murmuró Gentry. Se oyó gritar a alguien entre la
multitud de espectadores.
La sangre corría por la blancura de la camisa del hombre como si
un globo lleno de tinta roja hubiera reventado. El hombre se arrancó la navaja
y se quedó de pie durante unos increíbles diez o doce segundos, con las piernas
separadas y el cuello rígido, sin expresión, mientras una cascada de sangre
empapaba su torso y empezaba a gotear audiblemente en la acera húmeda. Entonces
cayó de espaldas, crispando las piernas.
-¡Atrás! -gritó Gentry a los mirones, y corrió hacia el hombre.
Con su pesada bota sujetó la muñeca derecha y le quitó el cuchillo con la
porra. La cabeza del conductor se había arqueado hacia atrás y el corte rojo en
su garganta estaba abierto como una obscena boca de tiburón. Gentry podía ver
cartílagos rasgados y las puntas desiguales de fibras grises y la sangre que
burbujeaba de nuevo. El pecho del hombre empezó a subir y bajar mientras sus
pulmones se llenaban de sangre.
Gentry corrió hasta el coche y pidió una ambulancia. Después
gritó de nuevo a la multitud que se apartara y metió su bastón bajo el Plymouth
para recuperar la automática. Era una Browning de nueve milímetros con una
especie de cargador doble que la hacía pesada como el infierno. Encontró el
seguro, lo cerró, se metió el arma en el cinturón y fue a arrodillarse junto al
moribundo.
El conductor estaba echado sobre su lado derecho, acurrucado,
con los brazos levantados con fuerza y los puños cerrados. La sangre formaba
ahora un charco de un metro de ancho y seguía fluyendo a cada lenta pulsación
del corazón. Gentry se arrodilló en el charco de sangre e intentó cerrar la
herida con las manos, pero el corte era demasiado ancho. En cinco segundos su
camisa quedó empapada. Los ojos del hombre habían adquirido una mirada fija,
vidriosa, que Gentry había visto en la cara de demasiados cadáveres.
La respiración rota y burbujeante cesó en el momento en que la
sirena de la ambulancia empezó a oírse a lo lejos.
Gentry se apartó, cayó de rodillas y se limpió las manos en los
muslos. La cartera del conductor había caído sobre el pavimento durante la
lucha y Gentry la recogió, salvándola del arroyo de sangre que avanzaba hacia
ella. Ignorando el procedimiento correcto, la abrió y echó una rápida ojeada a
su interior. La cartera contenía más de novecientos dólares en metálico, una
pequeña foto en blanco y negro del sheriff Bobby Joe Gentry y nada más. Nada.
Ningún carné de conducir, tarjetas de crédito, fotos de familia, carné de la
Seguridad Social, tarjetas profesionales, recibos viejos, absolutamente nada.
-¿Alguien me puede decir qué está pasando aquí? -dijo Gentry en
voz baja. Había parado de llover. El cuerpo del conductor yacía inmóvil sobre
la calzada. Su fina cara era tan blanca que parecía de cera. Gentry meneó la
cabeza y miró sin ver a la multitud nerviosa y a la policía que se acercaba y a
los camilleros-. ¿Alguien puede decirme qué está pasando aquí? -gritó.
No hubo respuesta.
8
Bayerisch-Eisenstein, jueves 18 de diciembre de 1980
Tony Harod y María Chen se dirigieron en coche hacia el nordeste
desde Munich, más allá de Deggendorf y Regen, internándose en los bosques y
montañas de Alemania occidental cerca de la frontera checa. Harod conducía el
BMW alquilado a gran velocidad, cambiando de marcha para coger las curvas,
resbaladizas a causa de la lluvia, con patinazos controlados, y acelerando
hasta llegar a los ciento veinte kilómetros por hora en las rectas. Esta
concentración y actividad no bastaba para sacarle de encima la tensión del
largo vuelo. Había intentado dormir durante la interminable travesía, pero ni
un solo segundo había podido dejar de ser consciente de que estaba encerrado
dentro de un tubo frágil y presurizado a miles de metros por encima del frío
Atlántico. Harod temblaba, aumentó la calefacción del BMW y adelantó a otros
dos coches. Había nieve alfombrando los campos y amontonada en los márgenes de
la carretera mientras subían por una zona más accidentada.
Dos horas antes, cuando habían salido de Munich por la
concurrida autopista, María había estudiado su mapa de carreteras Shell y había
dicho:
-Oh, Dachau está a pocos kilómetros de aquí.
-¿Y qué? -preguntó Harod.
-Allí había uno de esos campos -dijo ella-. Donde enviaban a los
judíos durante la guerra.
-¿Y qué? -preguntó Harod-. Eso es historia antigua.
-No tan antigua -matizó María Chen.
Harod tomó la salida número noventa y dos y cambió una autopista
concurrida por otra. Maniobró el BMW hacia el carril izquierdo y mantuvo el
velocímetro en cien kilómetros por hora.
-¿En qué año naciste? -preguntó.
-En el cuarenta y nueve -dijo María Chen.
-Nada de lo que pasó antes de tu nacimiento es digno de un
pensamiento -dijo Harod-. Es pura historia antigua.
María Chen guardó silencio y miró el curso del río Isan. La
última luz del atardecer se arrastraba en un cielo grisáceo.
Harod miró a su secretaria y recordó cómo la había conocido.
Había sido cuatro años atrás, durante el verano de 1976. Él había viajado a
Hong Kong para hablar con los hermanos Foy sobre un negocio de Willi para la
financiación de una de sus estúpidas películas de kung-fu. Harod estaba
contento de salir de Estados Unidos durante el furor de la histeria del
Bicentenario. El joven Foy le había llevado a pasar una noche en Kowloon.
Harod no tardó en comprender que el bar y club nocturno al que
lo llevaron, en la octava planta de un rascacielos de Kowloon, era en realidad
un prostíbulo, y que las bellas y sofisticadas mujeres de cuya compañía habían
estado disfrutando eran putas.
Harod había perdido el interés, y se habría marchado
inmediatamente si no hubiese reparado en la bella mujer eurasiática sentada
sola en el bar, en cuyos ojos descubrió una profunda indiferencia que no podía
ser simulada. Cuando interrogó a Dos-Mordidas Foy sobre ella, el enorme
asiático sonrió y le dijo:
-Ah, muy interesante. Una historia muy triste. La madre era una
misionera americana; el padre, profesor en el continente. La madre murió poco
después de llegar a Hong Kong. El padre también ha muerto. María Chen se quedó
y es una modelo muy famosa, muy cara.
-¿Modelo? -preguntó Harod-. ¿Y qué hace aquí?
Foy se encogió de hombros y sonrió, mostrando sus dientes de
oro.
-Gana mucho dinero, pero le hace falta mucho más. Gustos muy
caros. Quiere irse a América..., es ciudadana americana, pero no puede volver a
causa de sus gustos caros.
Harod meneó la cabeza.
-¿Cocaína?
-Heroína -aclaró Foy, y sonrió-. ¿Quiere conocerla?
Harod quería conocerla. Después de las presentaciones, cuando
estaban solos en el bar, María Chen dijo:
-Le conozco. Usted hace carrera con malas películas y peores
maneras.
Harod asintió con la cabeza.
-Y yo la conozco -dijo-. Es una adicta a la heroína y una puta
de Hong Kong.
Vio llegar la botella y quiso detenerla con el cerebro. Pero
falló. El ruido del golpe hizo que la gente dejase de hablar y volviese la
cabeza.
Cuando el murmullo de las conversaciones volvió a elevarse,
Harod sacó un pañuelo y se lo pasó por la boca. El anillo de la eurasiática le
había cortado el labio.
Harod había conocido antes «neutrales», personas sobre las
cuales la «aptitud» no tenía ningún poder. Pero eran raras. Y nunca le había
sucedido intentando esquivar un golpe.
-Muy bien -dijo-, las presentaciones ya están hechas. Ahora
tengo que hacerle una propuesta de negocios.
-No me interesa nada de lo que pueda ofrecerme -dijo María Chen.
No había duda sobre la sinceridad de su declaración. Pero continuó sentada en
el bar.
Harod meneó la cabeza. Estaba pensando rápidamente, recordando
la preocupación que sentía desde hacía meses. Trabajar con Willi le aterraba.
El viejo usaba raramente su «aptitud», pero cuando lo hacía no había duda de
que sus poderes eran mucho mayores que los de Harod. Aunque Harod pasara meses
o años condicionando cuidadosamente a un ayudante, no había duda de que Willi
podría hacer de él un instrumento suyo en un segundo. Harod había sentido una
creciente ansiedad desde que el maldito Island Club le había convencido que se
acercara al viejo asesino. Si Willi lo descubría, usaría cualquier instrumento
a su alcance para...
-Le doy un empleo en Estados Unidos -dijo-. Como mi secretaria
personal y secretaria ejecutiva en la compañía de cine que represento.
María Chen le miró con frialdad. No había interés en sus bellos
ojos castaños.
-Cincuenta mil dólares americanos al año -le propuso él-, más
beneficios.
Ella ni parpadeó.
-Gano más que eso aquí en Hong Kong -dijo ella-. ¿Por qué iba a
cambiar mi carrera de modelo por un trabajo de secretaria mal pagado?
El énfasis que puso en la palabra «secretaria» no dejó dudas
sobre el desprecio que sentía por la oferta.
-Los beneficios -le recordó Harod. Como María Chen no dijo nada,
continuó-: El suministro constante de..., el que usted necesita -dijo
dulcemente-. Y no necesitará preocuparse más con el proceso de compra.
Entonces María Chen parpadeó. La confianza en sí misma la
abandonó como un velo arrancado. Miró sus manos.
-Piénselo -dijo Harod-. Estaré en el hotel Victoria and Albert
hasta el jueves por la mañana.
Ella no miró cuando Harod dejó el club nocturno. El jueves por
la mañana, estaba preparándose para irse, de regreso a casa, el botones ya
había bajado el equipaje, se daba un último vistazo al espejo abotonando la
parte delantera de su americana safari de viaje, cuando María Chen apareció en
la puerta.
-¿Cuáles son mis deberes además de los de secretaria personal?
-preguntó.
Harod se volvió lentamente, se resistió al impulso de sonreír y
se encogió de hombros.
-Todo lo que yo determine -dijo, y sonrió-. Pero no lo que está
pensando. Las putas no me interesan.
-Habrá una condición -dijo María Chen. Harod miró y escuchó.
-El próximo año quiero... parar -dijo ella, y apareció sudor en
la piel suave de su frente-. Quiero dejar la heroína por las buenas. Y cuando
yo decida el momento, usted... lo arreglará.
Harod pensó durante un minuto. No estaba seguro de si, curada de
su dependencia, María Chen serviría a sus objetivos, pero dudaba que alguna vez
llegase a pedir desintoxicarse. Si lo hiciera, trataría del caso entonces.
Entretanto, contaría con los servicios de una ayudante bella e inteligente a la
que Willi no podría tocar.
-De acuerdo -dijo-. Vamos a arreglar su visado.
-No hace falta -dijo María Chen, y se hizo a un lado para
dejarlo pasar adelante hacia el ascensor-. Todo está en orden.
Treinta kilómetros después de Deggendorf se acercaron a Regen,
una ciudad medieval a la sombra de despeñaderos rocosos. Mientras bajaban por
una carretera de montaña hasta las afueras, María Chen señaló hacia donde los
faros habían iluminado un tablero oval plantado bajo los árboles cerca del
borde de la carretera.
-¿Te has fijado en eso durante todo el camino? -preguntó ella.
-Sí -dijo Harod, y cambió de marcha ante una curva muy cerrada.
-La guía dice que se usaban para llevar a los aldeanos locales a
sus funerales -dijo ella-. Cada tablero lleva escrito el nombre del muerto y
unas oraciones.
-Hermoso -concedió Harod.
La carretera atravesó una pequeña ciudad. Harod avistó las luces
de las calles que brillaban en la penumbra invernal, adoquines húmedos en los
callejones y una estructura oscura, grande y pesada, sobre la ciudad, en una
loma boscosa.
-Ese castillo pertenecía al conde Hund -leyó María Chen-. Hizo
enterrar viva a su mujer después que ella ahogó a su bebé en el río Regen.
Harod no dijo nada.
-¿No es un elemento curioso de la historia local? -dijo María
Chen.
Harod torció a la izquierda para seguir la autopista 11 hacia la
zona de montaña boscosa. Se veía nieve en el haz de luz de los faros. Extendió
la mano para quitarle la guía de las manos a María Chen y apagar su pequeña
linterna.
-Haz un favor -dijo-. Cierra esa mierda.
Llegaron a su pequeño hotel en Bayerisch-Eisenstein después de
las nueve, pero las habitaciones estaban preparadas y la cena se servía aún en
un comedor que apenas daba para cinco mesas. Una enorme chimenea calentaba la
sala y suministraba la mayor parte de la luz. Comieron en silencio.
Por lo poco que vio antes de encontrar el hotel,
Bayerisch-Eisenstein le pareció a Harod pequeña y vacía. Una única calle, unos
pocos viejos edificios bávaros en un estrecho valle entre colinas oscuras; el
lugar le recordaba alguna colonia perdida en los Catskills. Un letrero en las
afueras de la ciudad les había informado de que estaban a sólo algunos
kilómetros de la frontera checa.
Cuando subieron a sus habitaciones contiguas en el tercer piso,
Harod dijo:
-Bajaré a la sauna. Tú prepara las cosas para mañana.
El hotel tenía veinte habitaciones, casi todas ocupadas por
esquiadores que habían venido a explorar las pistas del Grossen Alter, la
montaña de mil cuatrocientos metros, situada algunos kilómetros más al norte.
Varias parejas estaban en la pequeña sala común del primer piso,
bebiendo cerveza o chocolate caliente y riendo con aquel tono alemán enérgico
que siempre sonaba cansado a los oídos de Harod.
La sauna estaba en el sótano y era poco más que una caja blanca
de cedro con bancos. Harod hizo subir la temperatura, se quitó la ropa en el
pequeño vestuario, y entró en la sauna ya aclimatada, con sólo una toalla.
Sonrió al pequeño aviso en inglés y alemán de la puerta:
«AVISO A LOS HUÉSPEDES: EN LA SAUNA EL VESTUARIO ES
FACULTATIVO.»
Era evidente que habían pasado por allí turistas norteamericanos
que se habían sorprendido por la indiferencia alemana a la desnudez en esas
situaciones.
Estaba casi dormido cuando entraron dos chicas. Eran jóvenes
-no tenían más de dieciséis años- y alemanas, y se reían al
entrar. No se detuvieron cuando vieron a Harod.
-Guten Abend -dijo la más alta de las dos rubias. Llevaban
toallas enrolladas. Harod también llevaba una toalla; no habló mientras espiaba
a las chicas por debajo de sus ojos de párpados pesados.
Recordó el día, casi tres años antes, en que María Chen le
anunció que era el momento de ayudarla a dejar la heroína.
-¿Por qué debería hacerlo? -había preguntado.
-Porque me lo prometiste -había respondido ella.
Harod la había mirado fijamente, recordando los meses de tensión
sexual, su frío rechazo a sus mínimas insinuaciones y la noche que él había ido
silenciosamente hasta su habitación y había abierto la puerta. Aunque eran más
de las dos de la madrugada, ella estaba despierta, leyendo en la cama. Cuando
él asomó la cabeza por la puerta, ella había dejado el libro, cogido un
revólver del calibre 38 del cajón de la mesilla de noche, lo había depositado
sobre sus rodillas, y había preguntado:
-Sí, ¿qué pasa, Tony?
El había meneado la cabeza y se había marchado.
-Muy bien, lo prometí -dijo Harod-, ¿qué quieres que haga? María
Chen se lo explicó.
Durante tres semanas no abandonó el cuarto cerrado del sótano.
Al principio arañaba con sus largas uñas el acolchado que él había ayudado a
colocar y que recubría paredes y puerta. Gritaba y daba golpes, rasgaba el
colchón y las almohadas, que eran los únicos muebles en la pequeña habitación,
y después gritaba de nuevo. Sólo Harod, sentado en el estudio de sonido junto a
la celda, podía oír sus gritos.
No se comía lo que él le pasaba por la abertura baja de la
puerta. A los dos días no se levantó del colchón y se quedó acurrucada, sudando
y temblando alternativamente, gimiendo débilmente en un momento dado y gritando
con una voz inhumana después. Al final, Harod se quedó en la habitación con
ella durante tres días y tres noches, ayudándole a ir al cuarto de baño de al
lado cuando ella ya podía sentarse, aseándola y cuidando de ella. Finalmente,
después de quince días, durmió veinticuatro horas seguidas, y Harod la bañó y
vendó los arañazos que se había infligido a sí misma. Mientras pasaba la
toallita por sus mejillas pálidas, por sus pechos perfectos y por sus muslos
cubiertos de sudor, pensó en todas las veces que había contemplado su cuerpo
vestido de seda en el despacho y deseó que no fuera una «neutral».
Después de bañarla y secarla, la había vestido con un pijama
suave, cambiado las sábanas y mantas sucias y dejado sola para dormir.
María Chen había salido de aquella habitación después de la
tercera semana con su actitud y sus maneras ligeramente distantes tan intactas
y perfectas como su pelo, vestido y maquillaje. No hablaron nunca de aquellas
tres semanas.
La chica más joven se rió tontamente y levantó los brazos por
encima de la cabeza, al mismo tiempo que le decía alguna cosa a la amiga. Harod
las miró a través del vapor. Sus ojos negros eran agujeros bajo los pesados
párpados.
La chica de más edad parpadeó varias veces y dejó la toalla. Sus
pechos eran firmes y pesados. La más joven pareció sorprenderse, con los brazos
aún por encima de la cabeza. Harod vio el vello suave bajo sus brazos y se
preguntó por qué las chicas alemanas no se depilaban. La más joven comenzó a
decir algo y empezó a desanudar su toalla. Sus dedos hurgaban como si
estuvieran dormidos o no estuvieran acostumbrados a hacerlo. La toalla cayó en
el momento en que la chica mayor levantaba las manos hacia los pechos de su
hermana.
«Hermanas», pensó Harod mientras entrecerraba los ojos para
saborear las sensaciones físicas. «Kirsten y Gabi.» Con dos no era fácil. Tenía
que cambiar de una a otra constantemente, sin permitir nunca que una se
escabullese mientras se ocupaba de la otra. Era como jugar al tenis contra sí
mismo, un juego que no desearías prolongar durante mucho tiempo. Pero no era
necesario que fuera un juego largo. Harod cerró los ojos y sonrió.
Cuando Harod volvió, María Chen estaba de pie ante la ventana,
mirando a un pequeño grupo de cantores de villancicos situados alrededor del
trineo de caballos. Se volvió en el momento en que una carcajada y un fragmento
de Oh, Tannenbaum llenaban el aire frío.
-¿Dónde está? -preguntó Harod. Llevaba un pijama de seda y una
bata dorada. Tenía el pelo húmedo.
María Chen abrió la maleta y sacó la automática del calibre 45.
La puso sobre la mesilla de café.
Harod levantó el arma, la disparó una vez y asintió.
-Ya suponía que no te molestarían en la aduana. ¿Dónde está el
cargador?
María cogió tres cargadores de metal de la maleta y los puso
sobre la mesa. Harod empujó el arma sin carga sobre la superficie de vidrio
hasta que quedó cerca de su mano.
-¡Oh! -dijo él-, echemos una ojeada a este jodido lugar.
-Extendió el mapa topográfico verde y blanco sobre la mesa, usando la
automática para aguantar una punta y los cargadores para las otras esquinas. Su
corto índice señaló una serie de puntos a ambos lados de una línea roja-.
Bayerisch-Eisenstein -dijo-. Nosotros. -El dedo se trasladó dos centímetros al
noroeste-. La casa de Willi está aquí, detrás de esta colina.
-El Gróssen-Arber -indicó María Chen.
-Lo que sea. Aquí mismo en medio del bosque.
-El Bayerischer Wald -dijo María Chen.
Harod la miró un minuto y después volvió a fijar su atención en
el
mapa.
-Forma parte de una especie de parque nacional..., pero aún es
propiedad privada. Totalmente absurdo.
-En los parques nacionales americanos hay propiedades privadas
-dijo María Chen-. Por otro lado, se supone que la finca no está ocupada.
-Sí -admitió Harod. Enrolló el mapa y se fue a su habitación a
través de la puerta que les comunicaba directamente. Un minuto después volvió
con un vaso de whisky de una botella que había comprado en Heathrow en la free
duty shop-. Entonces -dijo-, ¿comprendes qué haremos mañana?
-Sí -respondió María Chen:
-Si no está allí, no hay problema -dijo Harod-. Si está y está
solo y quiere hablar, no hay problema.
-¿Y si hay problema?
Harod se sentó, dejó el whisky sobre la mesa y colocó el
cargador en la pistola. Se la acercó a María Chen y esperó a que ella la
cogiera.
-En ese caso, le matas -dijo Harod-. Le matas a él y a quien
esté con él. Le disparas en la cabeza. Dos veces, si tienes tiempo. -Fue hasta
la puerta y vaciló-. ¿Otras preguntas?
-No -dijo María Chen.
Harod volvió a su habitación y cerró la puerta. María Chen oyó
el ruido del cerrojo. Permaneció sentada durante un rato, con la automática en
la mano, escuchando los sonidos ocasionales del Gemütlichkeit de fiesta que
venía de la calle, y contemplando la pequeña faja de luz amarilla bajo la
puerta de Tony Harod.
9
Washington, D. C, jueves 18 de diciembre de 1980
C. Arnold Barent dejó el hotel Mayflower y al presidente electo
y se dirigió al aeropuerto pasando por el edificio del FBI. Su limusina iba
precedida por un Mercedes gris y seguida por un Mercedes azul; ambos vehículos
los había alquilado una de sus compañías y los hombres que iban en ellos
estaban tan bien entrenados como los hombres de los servicios secretos que
habían sido tan visibles en el Mayflower.
-Creo que la discusión ha sido muy interesante -dijo Charles
Colben, el otro pasajero de la limusina.
Barent asintió con la cabeza.
-El presidente estaba muy abierto a tus sugestiones -dijo
Colben-. Parece que hasta podrá volver al retiro del Island Club este junio.
Eso sería interesante. Nunca hemos tenido allí a un presidente en ejercicio.
-Un presidente electo -dijo Barent.
-¿Qué?
-Has dicho que el presidente estaba muy abierto -dijo Barent-.
Querías decir el presidente electo. El señor Carter es nuestro presidente hasta
enero.
Colben emitió un sonido de mofa.
-¿Qué dice tu grupo de información sobre los rehenes? -preguntó
Barent en voz baja.
-¿Qué quieres decir?
-¿Serán liberados durante las últimas horas del mandato de
Carter o se esperará al próximo gobierno?
Colben se encogió de hombros.
-Somos el FBI, no la CIA Nuestro trabajo tiene que ser interno,
no operamos en el extranjero.
Barent meneó la cabeza, aún sonriendo ligeramente.
-Y parte de nuestro esfuerzo interno -dijo- es espiar la CIA
Por eso pregunto de nuevo: ¿cuándo volverán a casa los rehenes?
Colben frunció el ceño y miró los árboles desnudos de la avenida. -Lo mejor que
podemos conseguir son veinticuatro horas de ambos lados para la inauguración
-dijo-. Pero de la manera que el ayatollah ha estado confundiendo a Carter el
último año y medio, no me
parece que le vaya a dar ahora su hueso.
-Estuve con él una vez -explicó Barent-. Una persona
interesante.
-¿Qué? ¿Con quién? -preguntó Colben, desconcertado.
Los Carter habían estado en la finca de Barent en Palm Springs,
y en el castillo de Thousand Islands varias veces durante los últimos cuatro
años.
-Con el ayatollah Jomeini -dijo Barent pacientemente-. Fui desde
París para verle poco después que empezara su exilio. Un amigo sugirió que yo
podría encontrar al imán divertido.
-¿Divertido? -preguntó Colben-. ¿Ese cabrón fanático?
Barent frunció ligeramente el ceño, sorprendido por el lenguaje
de Colben. No le gustaban las palabrotas. Se había acostumbrado a la palabra
«puta» al principio de la semana que pasó con Tony Harod, porque había
comprendido que era necesaria una frase vulgar para hacer entender las cosas a
un hombre vulgar. Charles Colben también era un hombre vulgar.
-Me divertí -contestó Barent, arrepentido de haber hablado del
caso-. Dispuse de quince minutos de conversación con el dirigente religioso...,
con ayuda de un intérprete, aunque me habían asegurado que el ayatollah
entendía el francés. Y no te puedes imaginar qué hizo ese hombrecillo
exactamente antes de dar por concluida nuestra audiencia.
-¿Pedirte que dieras dinero para su revolución? -preguntó
Colben, su tono de voz revelaba su falta de interés-. Me doy por vencido.
-Intentó «usarme» -dijo Barent, sonriendo de nuevo, realmente
divertido al recordarlo-. Podía sentirlo buscando a tientas en mi cerebro, a
ciegas, instintivamente. Tuve la impresión de que creía ser el único en el
mundo que poseía la «aptitud». También tuve la impresión de que pensaba que era
Dios.
Colben se encogió de hombros otra vez.
-Se habría sentido un poco menos divino si Carter hubiese tenido
cojones para enviar algunos B-52 la primera semana de la crisis de los rehenes.
Barent cambió de tema.
-¿Y dónde está hoy nuestro amigo, el señor Harod?
Colben sacó un inhalador de un bolsillo, lo aplicó en ambas
ventanillas de la nariz e hizo una mueca.
-Él y su secretaria..., o lo que sea ella, se marcharon anoche a
Alemania occidental.
-Para averiguar si su amigo Willi está vivo y coleando en der
Vaterland, supongo -dijo Barent.
-En efecto.
-¿Y has enviado a alguien con él?
Colben meneó la cabeza.
-No hacía falta. Trask utiliza a algunos de sus contactos de
Francfort y Munich, de los tiempos en la Compañía, para vigilar el castillo.
Harod se dirige allí, de eso no hay duda. Controlaremos el tráfico de la CIA.
-¿Y él encontrará alguna cosa?
Charles Colben se encogió de hombros.
-No creerás que nuestro amigo Borden está aún vivo, ¿verdad?
-No. No veo cómo podría ser tan listo -dijo Colben-. Quiero
decir, nuestra idea era conseguir que la Drayton lo eliminara. La votación fue
unánime, ya que sus acciones se estaban haciendo demasiado públicas, ¿verdad?
-Y entonces descubrimos las pequeñas indiscreciones de Nina
Drayton -añadió C. Arnold Barent-. Bueno, es una pena.
-¿Qué es una pena?
Barent miró al burócrata calvo.
-Es una pena que ninguno de ellos fuera miembro del Island Club
-dijo-. Eran personas interesantes.
-Tonterías -le cortó Colben-. Eran unos lunáticos.
La limusina se detuvo. El cerrojo sonó en la puerta del lado de
Colben. Barent miró a través de la ventanilla la entrada fea, lateral, del
nuevo edificio del FBI.
-Tu parada -dijo, y después, cuando Colben estaba ya de pie en
la curva y el motorista estaba a punto de cerrar la puerta, añadió-: Charles,
tenemos que hacer algo con tu lenguaje.
Dejó al hombre calvo en la acera mirando la limusina que se
alejaba. El viaje al aeropuerto nacional duró sólo unos minutos. El DC-9
convertido de Barent esperaba junto a un hangar privado; los motores del avión
estaban en marcha, el aire acondicionado, funcionando, y un vaso de agua
mineral helada esperaba junto a la silla favorita de Barent. Don Mitchell, el
piloto, fue hasta el compartimiento de cola y saludó militarmente:
-Todo en orden, señor Barent -dijo-. Tengo que comunicar a la
torre de control nuestro plan de vuelo. ¿Cuál es nuestro destino, señor?
-Me gustaría ir a mi isla -respondió Barent, después de beber
varios tragos de su agua mineral.
Mitchell sonrió ligeramente. Era una vieja broma. C. Arnold
Barent era propietario de más de cuatrocientas islas en todo el mundo y tenía
residencias en más de una veintena.
-Sí, señor -dijo el piloto, y esperó.
-Informe a la torre de que el Plan de Vuelo E es el pertinente
-le indicó Barent. Se levantó con el vaso en la mano y fue a la puerta del
dormitorio-. Le avisaré cuando esté preparado.
-Sí, señor -dijo Mitchell-. Tenemos espacio libre en cualquier
momento dentro de los próximos quince minutos.
Barent asintió con la cabeza y esperó a que el piloto saliera.
Cuando entró en el dormitorio, el agente especial Haines estaba
sentado en la cama. Se levantó, pero Barent le indicó con un gesto que volviera
a sentarse. Barent terminó su bebida y se quitó la americana, la corbata y la
camisa. Echó la camisa arrugada en un cesto y sacó una nueva de un cajón del
armarito de cola.
-Dime, Richard -dijo Barent mientras se abotonaba la camisa-,
¿qué novedades hay?
Haines parpadeó y empezó a hablar:
-El supervisor Colben y el señor Trask se han encontrado esta
mañana antes de su entrevista con el presidente electo. Trask está en el equipo
de transición...
-Sí, sí -murmuró Barent, todavía de pie-. ¿Y la situación en
Charleston?
-La oficina aún vigila -explicó Haines-. El equipo del accidente
tiene la certeza de que el avión fue destruido por una bomba. Uno de los
pasajeros, registrado con el nombre de George Hummel, usó una tarjeta de
crédito que les llevó hasta un robo en Bar Harbor, Maine.
-Maine -repitió Barent. Neiman Trask era «ayudante» del senador
decano de Maine-. Muy chapucero.
-Sí, señor -dijo Haines-. De cualquier manera, el señor Colben
estaba muy preocupado con su orden de no interferirse en la investigación del
sheriff Gentry. Estuvo ayer con el señor Trask y el señor Kepler en el
Mayflower y estoy seguro de que enviaron su propio grupo o grupos a Charleston
anoche.
-¿Uno de los fontaneros de Trask?
-Sí, señor.
-Muy bien. Continúa, Richard.
-Aproximadamente a las 9.20 de hoy, el sheriff Gentry interceptó
a un hombre que le estaba siguiendo en un Plymouth Volaré 1976. Gentry intentó
detenerlo. El hombre al principio se resistió y después se cortó la garganta
con una navaja de muelle. Ingresó cadáver en el
Hospital General de Charleston. Ni la identificación de huellas
ni el registro del coche han dado pistas. Los registros dentales se están
comprobando, pero tardarán varios días.
-No encontrarán nada si es uno de los fontaneros de Trask
-reflexionó Barent-. ¿El sheriff está herido?
-No, señor. No, según nuestro equipo de vigilancia.
Barent meneó la cabeza. Cogió una corbata de seda de un perchero
y empezó a hacer el nudo. Dejó que su mente se extendiera y se introdujera en
la mente del agente especial Richard Haines. Pudo sentir el «escudo» que hacía
de Haines un «neutral», una concha sólida que rodeaba la ola de pensamientos,
ambiciones e impulsos oscuros que era Richard Haines. Como tantos otros con la
«aptitud», como el mismo Barent, Colben había elegido a un «neutral» como su
ayudante más directo. Aunque no pudiese ser condicionado, Haines también era
inmune a la amenaza de ser dominado por alguien con una «aptitud» más fuerte. O
así lo creía Colben.
Barent se deslizó sobre la superficie del escudo mental hasta
que encontró la inevitable grieta, se deslizó más profundamente a través del
laberinto de las pobres defensas de Haines, pasó su propia voluntad por la
deformación y el tejido del pensamiento del hombre del FBI. Tocó el centro de
placer de Haines y el agente cerró los ojos como si estuviera siendo atravesado
por una corriente.
-¿Dónde está la Fuller? -preguntó Barent.
Haines abrió los ojos.
-Aún no se sabe nada después del problema en el aeropuerto de
Atlanta el lunes por la noche.
-¿Hubo suerte con la localización de la llamada?
-No. La telefonista del aeropuerto cree que era una llamada
local.
-¿Crees que Colben, Kepler o Trask tienen acceso a otras
informaciones sobre dónde se encuentra ella..., o Willi?
Haines vaciló un segundo.
-No, señor -respondió finalmente-. Cuando se encuentre a uno de
los dos, creo que nos llegará de la manera habitual, a través de la oficina. Lo
sabré al mismo tiempo que el señor Colben.
-Antes, si es posible -dijo Barent con una sonrisa-. Gracias,
Richard. Como siempre, tu compañía es muy estimulante. Encontrarás a Foster en
el lugar habitual si necesitas contactar conmigo. En cuanto tengas cualquier
información sobre el paradero tanto de la Fuller como del amigo de Alemania,
quiero saberlo.
-Sí, señor.
-Oh, Richard. -Barent se estaba poniendo una chaqueta deportiva
de cachimira azul-. Continúas pensando que el sheriff Gentry y ese
psiquiatra...
-Laski -aclaró Haines.
-Sí -sonrió Barent-. ¿Aún piensas que los contratos de estas
personas deberían ser formalmente cancelados?
-Sí. -Haines frunció el ceño y formuló su respuesta
cuidadosamente-: Gentry es demasiado listo -dijo-. Al principio pensé que
estaba irritado con los asesinatos de Mansard House porque le desprestigiaban
en su propia ciudad, pero cuando me marché tuve la impresión de que se los
tomaba como algo personal. Un poli estúpido, gordo y tozudo.
-Pero listo -dijo Barent.
-Sí. -Haines frunció de nuevo el ceño-. No conozco a Laski, pero
está demasiado... complicado, de alguna manera. Conocía a la señora Drayton
y...
-Sí, sí -interrumpió Barent-. Bien, tal vez tengamos otros
planes para el doctor Laski. -Miró al hombre del FBI durante un rato largo-.
¿Richard?
-¿Sí?
Barent unió los dedos en pirámide.
-Hay una cosa que quiero preguntarte, Richard. Tú trabajaste
para el señor Colben durante varios años antes de entrar en el club. ¿Es
cierto?
-Sí, señor.
Barent tocó su labio inferior con la punta de sus dedos en
pirámide.
-Mi pregunta, Richard, es... ¿por qué?
Haines se admiró de que el agente no comprendiera.
-Quiero decir -continuó Barent-, ¿por qué haces todas las cosas
que Charles te pide..., aún te pide que hagas..., si puedes elegir? Haines se
iluminó. Su sonrisa mostró unos dientes perfectos. -Bueno -dijo-, creo que me
gusta mí trabajo. ¿Es todo por
hoy, señor Barent?
Barent lo miró durante un segundo y después contestó: -Sí.
Cinco minutos después de la salida de Haines, Barent usó el
interfono para llamar al piloto:
-Donald -dijo-, por favor, despega ahora. Me gustaría ir a mi
isla.
10
Charleston, miércoles 17 de diciembre de 1980
Saul se despertó con el ruido de niños jugando fuera, en la
calle, y durante varios segundos no supo dónde estaba. No era su apartamento.
Estaba en un sofá cerca de unas ventanas con cortinas amarillas. Durante un
segundo las cortinas amarillas le recordaron su casa de Lodz, los gritos de
niños... Stefa y Josef.
No, los excitados gritos eran en inglés. Charleston. Natalie
Preston. Recordó que le había contado su historia y sintió un arrebato de
vergüenza, como si la muchacha le hubiera visto desnudo. ¿Por qué le había
contado todo aquello? Después de tantos años, ¿por qué...?
-Buenos días. -Natalie asomó la cabeza desde la cocina. Usaba un
chándal rojo y pantalones vaqueros de un tono suave.
Saul se sentó y se frotó los ojos. Su camisa y sus pantalones
estaban cuidadosamente dispuestos en un brazo del sofá.
-Buenos días.
-¿Huevos con bacon y tostada le parece bien? -preguntó ella.
Olía a café recién hecho.
-Es una gran idea -dijo Saul-, excepto el bacon.
Natalie cerró un puño y fingió que se golpeaba en la cabeza.
-Claro -dijo-. ¿Su religión...?
-Mi colesterol.
Durante el desayuno, conversaron sobre cosas triviales: cómo era
vivir en Nueva York, ir a la universidad en St. Louis, haber crecido en el Sur.
-Es difícil de explicar -dijo Natalie-, pero de una forma o de
otra es más fácil ser negro aquí que en una ciudad del Norte. El racismo aún
existe aquí, pero ha... No sé cómo explicarlo..., ha cambiado mucho. Quizá
porque aquí la gente ha tenido que enfrentarse con sus actitudes durante mucho
tiempo y ha tenido que cambiar poco a poco, tal vez eso hace que todos sean un
poco más honestos. En el Norte, las cosas parecen mucho más mezquinas.
-Yo no pienso en St. Louis como en una ciudad del Norte -dijo
Saul con una sonrisa. Acabó el resto de su tostada y se bebió el café. Natalie
rió.
-No, pero tampoco es una ciudad del Sur -dijo-. Creo que es
simplemente una ciudad del medio oeste. Pensaba más en Chicago. -¿Ha vivido en
Chicago?
-He pasado allí algún tiempo durante el verano -le explicó
Natalie-. Mi padre me consiguió un trabajo como fotógrafa con un viejo amigo
suyo en el Tribune.
Hizo una pausa, con la vista fija en la taza de café. Saul dijo
tranquilamente:
-Es duro, ¿verdad? A veces lo olvidas y entonces mencionas el
nombre de la persona, sin pensar, y todo vuelve... Natalie asintió.
Saul miró las frondas de un palmito por la ventana de la cocina.
La ventana estaba un poco abierta y una cálida brisa entraba a través de la
reja. Apenas se podía creer que estaban a mediados de diciembre.
-Usted estudia para ser profesora -dijo Saul-, pero su primer
amor parece ser la fotografía.
Natalie meneó de nuevo la cabeza y se levantó para volver a
llenar las dos tazas de café.
-Era un acuerdo que mi padre y yo teníamos -dijo, y ahora
sonreía-. Continuaría ayudándome con la fotografía si yo estaba de acuerdo en
prepararme para lo que él llamaba «un trabajo honesto».
-¿Será profesora?
-Quizá -dijo Natalie.
Le sonrió de nuevo y Saul notó la perfección de sus dientes. La
sonrisa era al mismo tiempo cálida y tímida, una bendición.
Saul ayudó a lavar y secar los platos del desayuno, después
hicieron más café y salieron al pequeño porche delantero. Había poco tráfico y
el ruido de las risas de los niños había desaparecido. Saul se acordó de que
era miércoles; los niños estarían en la escuela ahora. Se sentaron en sillas
blancas de mimbre, cara a cara, Natalie con un jersey fino sobre los hombros y
Saul con su americana de pana arrugada.
-Prometió la segunda parte de la historia -dijo Natalie en voz
baja.
Saul asintió con la cabeza.
-¿La primera parte no le pareció fantástica? -preguntó-. ¿Los
delirios de un lunático?
-Usted es un psiquiatra -contestó Natalie-. No puede estar
loco.
Saul rió a carcajadas.
-Ah, le podría contar algunas historias... Natalie sonrió.
-Pero primero la segunda parte de esta historia.
Saul se quedó callado y miró el círculo negro del café de su
taza. -Escapó del oberst -le incitó Natalie.
Saul cerró los ojos durante un minuto, los abrió y se aclaró la
garganta. Cuando empezó a hablar había poca emoción en su voz, como
máximo un ligero toque de tristeza.
Natalie cerró los ojos algunos minutos después como para
imaginar las escenas que Saul describía con su voz suave, agradable y un
poco triste.
-No había escapatoria para un judío en Polonia ese invierno de
1942. Durante semanas vagué por el bosque al norte y al oeste de Lodz. Mi pie
acabó por dejar de sangrar, pero la infección parecía inevitable. Lo vendaba
con musgo y con harapos y continuaba. Las heridas del muslo derecho me dolieron
durante varios días, pero después se cerraron sin problemas. Robaba comida en
las granjas, me mantenía alejado de las carreteras y evitaba las pocas bandas
de guerrilleros polacos que operaban en esos bosques. Los guerrilleros habrían
matado a un judío tan deprisa como los alemanes.
»No sé cómo sobreviví ese invierno. Recuerdo a dos familias de
granjeros cristianos que permitieron que me escondiera en los montones de paja
de sus graneros y que me traían comida a pesar de que casi no les alcanzaba
para ellos.
»En la primavera fui hacia el sur, intentando llegar a la granja
del tío Moshe, cerca de Cracovia. No tenía papeles, pero pude unirme a un grupo
de obreros que volvían de construir defensas para los alemanes en el Este. En
la primavera de 1943 no había dudas de que el Ejército Rojo muy pronto pisaría
suelo polaco.
»Estábamos a ocho kilómetros de la granja del tío Moshe cuando
los obreros me denunciaron. Fui detenido por la Policía Azul polaca que me
interrogó durante tres días, aunque no crea que buscaban respuestas, sino sólo
una excusa para apalearme. Después me entregaron a los alemanes.
»La Gestapo no estaba interesada en mí, tal vez porque pensaban
que yo era sólo uno de los muchos judíos que habían huido de las ciudades o se
habían escapado de un transporte. La red alemana contra los judíos tenía muchos
agujeros. Como en tantos países ocupados,
sólo la cooperación espontánea de los mismos polacos hacía casi
imposible que los judíos escaparan de su destino en los campos.
»Por una razón cualquiera, fui enviado al Este. No fui enviado a
Auschwitz o Chelmno o Belzec o Treblinka, que estaban más cerca, sino que me
hicieron atravesar toda Polonia. Después de cuatro días en el furgón precintado
-cuatro días durante los cuales una tercera parte de los ocupantes del furgón
murió-, las puertas se abrieron y salimos, tambaleándonos y parpadeando por el
cambio de luz, para encontrarnos en Sobibor.
»Allí, en Sobibor, vi de nuevo al oberst.
»Sobibor era un campo de la muerte. Allí no había fábricas como
en Auschwitz o Belsen, ningún intento de engaño como en Theresenstadt o
Chelmno, ningún lema irónico de Arbeit Nacht Frei sobre las puertas, como en
tantas de las otras puertas del infierno nazi. En 1942 y 1943, los alemanes
tenían dieciséis enormes campos de concentración como Auschwitz, más de
cincuenta de menor envergadura, centenares de campos de trabajo, pero sólo tres
campos de la muerte, Vernichtungslager, destinados sólo a la exterminación:
Belzec, Treblinka y Sobibor. En sus breves veinte meses de existencia, más de
dos millones de judíos murieron en ellos.
»Sobibor era un campo pequeño (más pequeño que Chelmno) y estaba
situado junto al río Bug. Este río había sido la frontera oriental de Polonia
antes de la guerra y en el verano de 1943 el Ejército Rojo estaba empujando a
la Wehrmacht de nuevo hacia allí. Al oeste de Sobibor estaba el bosque Parczew,
el "Bosque de los Búhos".
»Todo el complejo de Sobibor cabría en tres o cuatro campos de
fútbol. Pero era muy eficiente en sus tareas, que eran simplemente acelerar la
solución final de Himmler.
»Tenía la certeza de que moriría allí. Salimos de los
transportes y fuimos conducidos tras una cerca alta al fondo de un corredor de
alambre. Habían cubierto con paja el alambre y por eso no podíamos ver nada
excepto una torre alta de guardia, las copas de los árboles y dos chimeneas de
ladrillo más lejos. Había tres carteles a lo largo del
camino hasta el almacén: "CANTINA",
"DUCHAS", "CAMINO AL CIELO". En
Sobibor alguien había expresado el sentido del humor de la SS.
Fuimos enviados a las duchas.
»Los judíos de los transportes franceses y holandeses iban
bastante tranquilos ese día, pero recuerdo que los judíos polacos tuvieron que
ser conducidos entre culetazos y maldiciones. Un viejo situado cerca de mí
gritaba obscenidades a todos los alemanes y sacudía el puño ante los hombres de
la SS que nos obligaban a desnudarnos.
»No puedo decirle con exactitud lo que sentí cuando entré en el
cuarto de las duchas. No sentía furia, y muy poco miedo. Quizás el
sentimiento dominante era el de alivio. Durante casi cuatro años
había sido impulsado por un único imperativo ("viviré") y para
satisfacer ese imperativo había contemplado cómo mis compatriotas, mis hermanos
judíos y mi familia, habían sido devorados por esa monstruosa máquina de matar
alemana. Lo había contemplado. De alguna manera, había ayudado. Ahora podía
descansar. Había hecho todo lo posible para sobrevivir y ahora estaba acabado.
Mi único pesar era no haber podido matar al oberst en vez de al viejo. En ese
momento el oberst había llegado a representar toda la maldad que me había
traído a este lugar. Era la cara del oberst lo que estaba en mi mente cuando
cerraron las pesadas puertas de aquel cuarto de duchas en junio de 1943.
»Estábamos muy apretados. Los hombres empujaban y gritaban y
gemían. Durante un minuto no pasó nada, hasta que las tuberías empezaron a
vibrar e hicieron un ruido metálico. Llegó la ducha y los hombres se empujaban
para alejarse. Yo no. Yo estaba directamente bajo un grifo y levanté la cara
hacia él. Pensé en mi familia. Me gustaría haber podido decir adiós a mi madre
y a mis hermanas. En ese instante el odio llegó, por fin. Me concentré en el
rostro del oberst mientras la rabia ardía en mí como una llama viva y los
hombres gritaban y las tuberías se sacudían y escupían su contenido sobre
nosotros.
»Era agua. Sólo agua. Las duchas -esas mismas duchas que
liquidaban tantos miles diariamente- eran también usadas como duchas normales
para algunos grupos, de vez en cuando. El cuarto no estaba precintado. Fuimos
conducidos afuera y despiojados. Nos afeitaron la cabeza. Recibimos uniformes
de prisioneros. Me tatuaron un número en el brazo. No recuerdo haber sentido
dolor.
»En Sobibor, donde eran tan eficientes en la exterminación de
tantos miles de judíos al día, elegían a algunos prisioneros cada mes para la
manutención del campo y otros trabajos. Nuestro transporte había sido elegido.
»En ese momento -aún paralizado, aún sin creer que había salido
de nuevo a la dolorosa luz- comprendí que había sido elegido para cumplir
alguna tarea. Todavía me negaba a creer en Dios; cualquier Dios que traicionara
a su pueblo de esta manera no merecía mi fe. Pero a partir de ese momento creí
que había un motivo para que yo continuara vivo. Ese motivo podía ser expresado
por la imagen de la cara del oberst con la que me había preparado para morir.
La inmensidad del mal que había soportado mi pueblo era tan excesiva que
resultaba imposible que cualquier persona (mucho menos un chico de diecisiete
años) pudiera comprenderlo. Pero la monstruosidad de la existencia del oberst
cabía dentro de mi comprensión. Viviría. Viviría aunque ya no reaccionara a ese
imperativo hacia la supervivencia. Viviría para cumplir, fuese cual fuere, el
destino que me esperaba. Me soportaría viviendo y soportaría cualquier cosa
para un día hacer desaparecer esa monstruosidad.
»Durante los tres meses siguientes viví en el Campo I de
Sobibor. El Campo II era un apeadero y nadie volvía del Campo III. Comía lo que
me daban, dormía cuando me lo permitían, defecaba cuando me ordenaban que lo
hiciera, y cumplía mis obligaciones como bahnhofkommando. Usaba una gorra y
bata azules con las siglas BK. Varias veces al día íbamos a recibir los
transportes que llegaban. Aún hoy, en las noches de insomnio, veo los lugares
de origen escritos con tiza en aquellos furgones precintados: Turobin, Gorzkow,
Wlodawa, Siedlce, Izbica, Markugzow, Karmorow, Zamosc. Descargábamos el
equipaje de los aturdidos judíos y les dábamos recibos. A causa de la
resistencia de los judíos polacos (que causaba retrasos en el proceso) se hizo
de nuevo habitual decirles a los supervivientes de los transportes que Sobibor
era una parada, una estación de descanso antes del viaje hasta los centros de
reestablecimiento. Durante algún tiempo incluso hubo en el almacén carteles que
indicaban las distancias en kilómetros hasta esos centros inexistentes. Los
judíos polacos raramente se creían esto, pero al final iban a las duchas con
los otros. Y los trenes continuaban llegando: Baranow, Ryki, Dubienka,
Biala-Polaska, Uchanie, Demblin, Rejowiec. Por lo menos una vez al día distribuíamos
postales entre los que llegaban de guetos elegidos. Los mensajes estaban
escritos de antemano: "Hemos llegado a los centros de reestablecimiento.
El trabajo en las granjas es duro, pero el sol es agradable y hay comida
abundante. Esperamos volver a verte pronto." Los judíos ponían su nombre y
su firma antes de ser conducidos a las duchas, para ser gaseados. Hacia el
final del verano, como los guetos se estaban quedando vacíos, esta astucia ya
no era necesaria. Konskowola, Jozefow, Michow, Grabowic, Lublin, Lodz. Algunos
transportes llegaban sin carga viva. Entonces nosotros, el bahnhofkommando,
dejábamos nuestros recibos de equipajes y arrancábamos los cadáveres desnudos
de su hediondo interior. Era como las furgonetas de gas de Chelmno, pero aquí
los cuerpos estaban enlazados por los abrazos de la agonía de días o semanas,
mientras que los furgones se cocían al sol en alguna vía muerta rural. Una vez,
cuando arrastraba el cadáver de una chica que estaba abrazada a un niño y a una
mujer mayor, tiré y su brazo se quedó en mis manos.
»Yo maldecía a Dios y veía la cara pálida, burlona, del oberst.
Viviría.
»En julio, Heinrich Himmler visitó Sobibor. Ese día hubo
transportes especiales de judíos occidentales para que él pudiera ser testigo
del proceso. Pasaron menos de dos horas desde la llegada del tren hasta que la
última columna de humo se elevó desde los seis hornos.
Durante ese tiempo, todas las posesiones de los judíos eran
confiscadas, clasificadas y almacenadas. Hasta el cabello de las mujeres era
cortado en el Campo II y transformado en fieltro o tejido para forro de
zapatillas para las tripulaciones de los submarinos.
»Yo estaba separando el equipaje en la zona de llegada cuando el
grupo del kommandant llevó a Himmler allí. Recuerdo poco a Himmler (era un
hombre pequeño con un bigote de burócrata y gafas), pero tras él venía un joven
oficial rubio en el que me fijé inmediatamente. Era el oberst. El oberst se
inclinó para hablar en voz baja al oído de Himmler en un par de ocasiones y en
una de ellas el SS Reichsführer lanzó la cabeza hacia atrás en una risotada
curiosamente femenina.
»Pasaron a unos cinco metros de mí. Inclinado sobre mi trabajo,
alcé la vista una vez para ver al oberst mirándome directamente. Creo que no me
reconoció. Habían pasado sólo ocho meses desde Chelmno y el juego de ajedrez,
pero para el- oberst yo debía de ser sólo un prisionero seleccionando el
equipaje de los muertos. Entonces vacilé. Era mi oportunidad y vacilé y todo se
perdió. Creo que entonces podía haber llegado al oberst. Podía haber tenido mis
manos en su garganta antes de que los disparos sonaran. Hasta podría haber
arrancado una pistola a uno de los oficiales próximos a Himmler y disparar
antes de que el oberst supiera que había una amenaza.
»Me pregunté más tarde si algo más que la sorpresa y la
indecisión me detuvo. En ese momento no tenía miedo. Mi miedo había muerto con
otras partes de mi espíritu semanas antes en la sala de las duchas. Sea por lo
que fuese, vacilé varios segundos, quizás un minuto, y la oportunidad se perdió
para siempre. El grupo de Himmler atravesó las puertas del cuartel general del
kommandant, una zona conocida como "pulga alegre". Cuando yo miraba
las puertas por donde ellos habían desaparecido, el sargento Wagner empezó a
gritarme para que trabajara si no quería ir al "hospital". Nadie
volvió nunca del hospital. Incliné la cabeza y volví al trabajo.
»Me mantuve alerta el resto del día, estuve despierto esa noche,
y esperé verlo durante todo el día siguiente, pero no volví a ver al oberst. El
grupo de Himmler se había marchado durante la noche.
»El 14 de octubre, los judíos de Sobibor se sublevaron. Yo había
oído rumores acerca de un alzamiento, pero parecía tan inverosímil que no les
había prestado atención. Al final, sus planes, cuidadosamente orquestados, se
resumieron en el asesinato de algunos guardias y en una loca carrera de más de
mil judíos hacia la puerta principal. La mayor parte fueron abatidos por tiros
de ametralladora en el primer minuto. Durante los momentos de confusión, otros
atravesaron la alambrada de la parte trasera del recinto cercana. Mi
destacamento de trabajo volvía del almacén cuando estalló la locura. El cabo
que nos custodiaba fue abatido por la vanguardia de la multitud y yo no tuve
más remedio que correr con los demás. Estaba seguro de que mi bata azul
atraería el fuego de los ucranianos de la torre. Pero me escondí entre los
árboles justo cuando dos mujeres que corrían junto a mí fueron abatidas por
disparos de fusil. Una vez entre los árboles, me puse la túnica gris de un
viejo que había llegado a la seguridad del bosque para ser abatido por una bala
perdida.
»Creo que unos doscientos logramos escapar ese día. Estábamos
solos o en pequeños grupos, la mayor parte sin jefes. El grupo que había
planeado la fuga no había previsto nada para sobrevivir una vez estuviesen
libres. La mayor parte de los judíos y prisioneros rusos fueron después cazados
por los alemanes o descubiertos y abatidos por los guerrilleros polacos. Muchos
se refugiaron en granjas próximas y fueron entregados. Algunos sobrevivieron en
el bosque y otros pocos atravesaron el río Bug en busca del Ejército Rojo que
avanzaba. Yo tuve suerte. Al tercer día en el bosque fui descubierto por
miembros de un grupo de guerrilleros judíos que se llamaba Chil. Estaban
comandados por un hombre de gran coraje que se llamaba Yechiel Greenshpan, que
me aceptó en el grupo y dio orden a su médico de que me ayudara a recuperar el
peso y la salud. Por primera vez desde el anterior invierno, mi pie fue
debidamente tratado. Durante cinco meses estuve con Chil en el "Bosque de
los Búhos". Era ayudante del médico, el doctor Yaczyk, y salvábamos vidas
siempre que podíamos, incluso vidas de alemanes.
»Poco después de la evasión, los nazis cerraron el campo de
Sobibor. Destruyeron los barracones, se llevaron los hornos y plantaron patatas
en los campos donde los pozos habían recibido los miles de cadáveres que no
fueron incinerados. Cuando el grupo de guerrilleros celebró el Hanukkah, la
mayor parte de Polonia estaba en caos mientras la Wehrmacht se retiraba hacia
el oeste y el sur. En marzo, el Ejército Rojo liberó la zona en la que
operábamos y la guerra terminó para mí.
»Durante varios meses fui interrogado por los soviéticos.
Algunos miembros del Chil fueron enviados a campos rusos, pero yo fui liberado
en mayo y volví a Lodz. No había nada allí para mí. El gueto judío había sido
más que diezmado; había sido exterminado. Nuestra vieja casa en la parte oeste
de la ciudad había sido destruida en la batalla.
»En agosto de 1945 viajé hasta Cracovia y después fui en
bicicleta hasta la granja del tío Moshe. Estaba ocupada por otra familia, una
familia cristiana. La habían comprado a las autoridades civiles durante la
guerra. Dijeron que no sabían nada del paradero de los antiguos propietarios.
»Durante ese mismo viaje volví a Chelmno. Los soviéticos habían
prohibido el acceso a la zona y no pude aproximarme al campo.
Durante cinco días acampé cerca y recorrí en bicicleta todas las carreteras y
caminos de la zona. Finalmente encontré los restos del gran pabellón. Había
sido destruido por bombas o por los alemanes en retirada, y sólo quedaban unas
piedras derribadas, vigas quemadas y el monolito chamuscado de la chimenea
central. No había rastros del suelo de ladrillo del salón principal.
»En el claro donde había estado el pozo de la muerte, había
señales de excavaciones recientes. Las colillas de numerosos cigarrillos rusos
sembraban la zona. Cuando pregunté en la posada local, los campesinos
insistieron en que no sabían nada de la exhumación de las sepulturas
colectivas. También insistieron (con enojo, esta vez) en que nadie en la zona
había sospechado que Chelmno fuera otra cosa más que lo que los alemanes habían
dicho que era: un campo de detención transitorio para criminales y presos políticos.
Yo estaba cansado de acampar y habría pasado la noche en la posada antes de
seguir hacia el sur, pero no pude. No aceptaban judíos. Al día siguiente cogí
el tren de Cracovia para buscar trabajo.
»El invierno de 1945-46 fue casi tan duro como el invierno de
1941-42. Se estaba formando el nuevo gobierno, pero la realidad era la falta de
alimentos, la falta de combustible, el mercado negro, los refugiados que
regresaban a miles para recoger las capas rasgadas de sus vidas, y la ocupación
soviética. Especialmente la ocupación. Durante siglos habíamos luchado contra
los rusos, los habíamos dominado, habíamos resistido sus invasiones, habíamos
vivido bajo su amenaza y después los habíamos recibido como liberadores. Ahora
nos despertábamos de la pesadilla de la ocupación alemana con la mañana fría de
la liberación rusa. Como Polonia, yo estaba exhausto, helado y en cierta manera
sorprendido por mi propia supervivencia, y me dediqué sólo a pasar otro invierno.
»En la primavera de 1946 llegó la carta de mi prima Rebecca.
Ella y su marido americano vivían en Tel Aviv. Había pasado meses escribiendo
cartas, contactando con funcionarios, enviando cables a agencias e
instituciones, en un esfuerzo por encontrar algún vestigio de nuestra familia.
Dio conmigo a través de unos amigos de la Cruz Roja Internacional.
»Le mandé una carta en respuesta y no tardó en llegar un cable
en el que me instaba a reunirme con ella en Palestina. Ella y David, su marido,
se ofrecían para enviar telegráficamente el dinero para el viaje.
»Yo nunca había sido sionista (de hecho, nuestra familia nunca
había pensado en Palestina como un posible estado judío), pero cuando salí de
aquel buque de carga atestado en junio de 1946 y puse el pie en lo que un día
sería Israel, tuve la sensación de que un pesado yugo se levantaba de mis
hombros y, por primera vez desde el 8 de septiembre de 1939, pude respirar un
aire de libertad. Confieso que ese día caí de rodillas y lloré.
»Quizá mi sensación de libertad era prematura. Algunos días
después de mi llegada a Palestina, hubo una explosión en el hotel Rey David, en
Jerusalén, donde estaba instalado el comando británico. Resulta que Rebecca y
su marido David eran miembros activos de la Hagánah.
»Un año y medio más tarde me reuní con ellos en la guerra de la
Independencia, pero a pesar de mi preparación y experiencia, fui a la guerra
sólo como estudiante de medicina. No era a los árabes a quienes yo odiaba.
»Rebecca insistió en que yo acabara mis estudios. David era
entonces el director en Israel de una compañía americana muy respetable y el
dinero no era problema. Así fue como un estudiante indiferente de Lodz (un
chaval cuya educación básica había sido interrumpida durante cinco años) volvió
a clase como un hombre marcado y cínico, como un viejo de veintitrés años.
»Sorprendentemente, tuve éxito. Entré en la universidad en 1950
y pasé a la escuela de medicina tres años más tarde. Estudié durante dos años
en Tel Aviv, quince meses en Londres, un año en Roma y una primavera particularmente
lluviosa en Zurich. Siempre que volvía a Israel, trabajaba en un kibbutz
próximo a la granja donde David y Rebecca pasaban el verano, y renovaba viejas
amistades. Mi deuda con mi prima y su marido aumentó más allá de la posibilidad
de pagarles, pero Rebecca insistía en que el único superviviente de la rama
Laski de la familia Eshkol tenía que hacer algo en la vida.
»Elegí psiquiatría. Mis estudios de medicina nunca me habían
parecido más que un requisito previo, estudiar el cuerpo, para después
dedicarme por entero al conocimiento de la mente. No tardé en obsesionarme con
teorías de violencia y dominación en los asuntos humanos. Estaba sorprendido de
que hubiese tan pocos estudios sobre ese tema. Había abundantes datos sobre los
mecanismos precisos de la jerarquía dominante en el orgullo de un león, había
voluminosas investigaciones sobre la ley del más fuerte en la mayor parte de
las especies de aves, cada vez había más informaciones de primatologistas sobre
el papel de la dominación y la agresión en los grupos sociales de nuestros
primos más cercanos, pero no se conocía casi nada sobre los mecanismos de la
violencia humana relacionada con la dominación y el orden social. Pronto empecé
a desarrollar mis propias teorías y especulaciones.
»Durante esos años de estudio hice numerosas investigaciones
sobre el oberst. Tenía una descripción suya, sabía que era oficial del
Einsatzgruppe 3, le había visto con Himmler, y recuerdo que las últimas
palabras de Der Alter habían sido "Willi, amigo mío". Entré en
contacto con las Comisiones para Crímenes de Guerra aliadas en las diversas
zonas de ocupación, la Cruz Roja, el Tribunal Permanente del Pueblo Soviético
sobre Crímenes de Guerra Fascistas, el Comité judío, y numerosos ministerios y
estructuras burocráticas. No había nada. Cinco años después fui al Mosad, la
agencia de espionaje israelita. Por lo menos ellos se mostraron muy interesados
en mi historia, pero entonces el Mosad no era la organización eficiente de hoy.
Y además, contaban en sus listas con nombres más famosos, como Eichmann, Murer
y Mengele, que tenían prioridad en las investigaciones frente a un desconocido
oberst denunciado sólo por un superviviente del Holocausto. En 1955 fui a
Austria para hablar con el cazador de nazis, Simon Wiesenthal.
»El "Centro de Documentación" de Wiesenthal era un
piso de un edificio de aspecto lastimoso en un barrio pobre de Viena. El
edificio, al parecer, había sido usado como alojamiento provisional durante la
guerra. Wiesenthal tenía tres salas, dos llenas de archivadores y su despacho,
que tenía sólo hormigón descubierto como suelo. Wiesenthal era una persona
nerviosa, intensa, con unos ojos perturbadores. Había algo familiar en ellos.
Al principio pensé que eran los de un fanático, pero después comprendí dónde los
había visto antes. Los ojos de Simon Wiesenthal me recordaban los que yo veía
todas las mañanas cuando me afeitaba.
»Le conté a Wiesenthal una versión abreviada de mi historia,
sugiriendo sólo que el oberst había cometido atrocidades con los presos de
Chelmno para diversión de sus soldados. Wiesenthal escuchó muy atento cuando le
dije que había visto de nuevo al oberst en Sobibor en compañía de Heinrich
Himmler.
»-¿Está seguro? -preguntó.
»-Del todo -respondí.
»Aunque estaba muy ocupado, Wiesenthal pasó dos días ayudándome
a encontrar la pista del oberst. En la tumba desordenada y compleja que era su
despacho, tenía cientos de índices y referencias, y los nombres de más de
veintidós mil miembros de la SS. Estudiamos fotos de personal de los
einsatzgruppen, fotos de graduaciones de academias militares, recortes de
diarios y fotos de la revista oficial de la SS, El cuerpo negro. Al final del
primer día, yo ya no podía concentrar la vista. Esa noche soñé con fotos de
oficiales de la Wehrmacht recibiendo medallas de risueños dirigentes nazis. No
había ninguna pista que me pudiese conducir hasta el oberst.
»Al final de la segunda tarde encontré algo. La foto de la
noticia llevaba la fecha de 23 de noviembre de 1942. Era la foto de un tal
barón Von Büler, un aristócrata prusiano y héroe de la Primera Guerra Mundial
que había vuelto al ejército con el grado de general. De acuerdo con el pie de
foto, el general Von Büler había muerto en acción cuando dirigía un heroico
contraataque contra una división rusa en el frente del Este. Contemplé largo
rato aquella cara arrugada y escarpada del descolorido recorte. Era el viejo.
Lo coloqué de nuevo en el archivo y continué repasando otros documentos.
»-Si por lo menos tuviéramos su apellido -dijo Wiesenthal esa
noche mientras comíamos en un pequeño restaurante cerca de la catedral de St.
Stephen-. Estoy seguro de que podríamos encontrarlo si tuviéramos su apellido.
La SS y la Gestapo tenían directorios completos de sus oficiales. Si tuviéramos
su apellido...
»Yo me encogí de hombros y dije que por la mañana volvería a Tel
Aviv. Casi habíamos agotado los recortes de Wiesenthal sobre los einsatzgruppen
y el frente del Este y mis estudios pronto exigirían todo mi tiempo.
»-¡De ninguna manera! -exclamó Wiesenthal-. Usted es un
superviviente del gueto de Lodz, de Chelmno y de Sobibor. Usted debe tener
mucha información sobre otros oficiales, sobre otros criminales de guerra.
Tiene que quedarse por lo menos la próxima semana. Le entrevistaré y guardaré
transcripción de la entrevista en mis archivos. No se sabe qué datos valiosos
puede usted poseer.
»-No -dije yo-. No estoy interesado en los otros. Sólo me
interesa encontrar al oberst.
»Wiesenthal miró su café y después me miró de nuevo. Había una
luz extraña en sus ojos.
»-Entonces, usted sólo está interesado en la venganza. »-Sí
-respondí-. Como usted.
»Wiesenthal meneó la cabeza tristemente.
»-No -dijo-. Quizás ambos estemos obsesionados, amigo mío.
Pero lo que yo busco es justicia, no venganza.
»-En este caso son lo mismo -exclamé. »Wiesenthal meneó de nuevo
la cabeza.
»-La justicia es exigida -dijo tan bajo que apenas pude oírle
Es exigida por millones de voces desde tumbas anónimas, desde
hornos herrumbrosos, desde casas vacías en cientos de ciudades. Pero no
la venganza. La venganza no es digna.
»-¿Digna de qué? -le pregunté, con más violencia de la que
pretendía.
»-De nosotros -contestó Wiesenthal-. De ellos. De su muerte. De
nuestra existencia.
»Yo sacudí la cabeza rechazando la idea, pero después he pensado
muy a menudo en esa conversación.
»Wiesenthal estaba decepcionado, pero aceptó continuar las
investigaciones para encontrar cualquier información que concordara con mi
descripción del oberst. Quince meses más tarde, pocos días después de haber
recibido mi licenciatura, llegó una carta de Simon Wiesenthal. Me enviaba
fotocopias de los documentos justificativos de los pagos de la Section IV
Sonderkommando Sub-section IV-B para los "Asesores Especiales" de los
eisatzgruppen. Wiesenthal había marcado el nombre del oberst Wilhelm von
Borchert, un oficial en misión especial con el einsatzgruppen 3 del despacho de
Reinhard Heydrich. Junto a esas fotocopias había un recorte de prensa que
Wiesenthal había retirado de su archivo. Siete jóvenes y risueños oficiales
posaban para la foto durante un concierto especial de la Filarmónica de Berlín
en beneficio de la Wehrmacht. El recorte llevaba la fecha 23.6.41. Era un
concierto de Wagner. Los nombres de los sonrientes oficiales estaban debajo. El
quinto por la izquierda, apenas visible tras los hombros de sus camaradas, con
el gorro encasquetado, era el semblante pálido del oberst. El nombre en el pie
decía oberleutnant Wilhelm von Borchert.
»Dos días después yo estaba en Viena. Wiesenthal había pedido a
sus corresponsales que investigaran los antecedentes de Von Borchert, pero los
resultados eran decepcionantes. Los Von Borchert eran una familia con raíces
aristocráticas en Prusia y Baviera oriental. La fortuna de la familia venía de
la tierra, de intereses mineros y de la exportación de objetos de arte. Los
agentes de Wiesenthal no pudieron encontrar el registro del nacimiento o
bautismo de ningún Wilhelm von Borchert en torno a 1880 en los registros. Pero
encontraron la noticia de una muerte. Según un anuncio en el Regen Zeitung del
19.7.54, el oberst Von Borchert, único heredero del conde Klaus von Borchert,
había muerto en combate defendiendo heroicamente Berlín de los invasores
soviéticos. La noticia había llegado al viejo conde y a su esposa a su
residencia de verano, Waldheim, en el Bayerischer Wald, cerca de
Bayerisch-Eisenstein. La familia buscaba el permiso de los aliados para cerrar
la propiedad y volver a su casa cerca de Bremen para los funerales. Wilhelm von
Borchert, continuaba el artículo, había recibido la codiciada Cruz de Hierro al
valor y estaba recomendado para promoción a SS Oberstgruppenführer en el
momento de su muerte.
»Wiesenthal había pedido a su gente que siguiera otras pistas.
No había nada. En 1956 la familia Von Borchert se componía sólo de una vieja
tía en Bremen y dos sobrinos que habían perdido la mayor parte del dinero de la
familia en malas inversiones en la posguerra. La enorme propiedad en Baviera
oriental estaba cerrada hacía años y gran parte del coto de caza había sido
vendido para pagar los impuestos. Hasta donde los limitados contactos de
Wiesenthal en el bloque del Este podían ir, los soviéticos y alemanes del Este
no tenían ninguna información sobre la vida o la muerte de Wilhelm von
Borchert.
»Fui a Bremen para hablar con la tía del oberst pero la mujer
estaba senil y no recordaba a nadie de la familia que se llamara Willi. Pensó
que yo había sido enviado por su hermano para llevarla a la Summerfest de
Waldheim. Uno de los sobrinos se negó a recibirme. El otro, un joven presumido
al que encontré en Bruselas, de camino a un balneario francés, dijo que había
estado con su tío Wilhelm sólo una vez, en 1937. Tenía entonces nueve años.
Recordaba sólo el maravilloso traje de su tío y el sombrero de paja que lucía
con aire desenvuelto. Sabía que su tío había sido un héroe de guerra y había
muerto luchando contra el comunismo. Yo volví a Tel Aviv.
»Durante varios años ejercí mi profesión en Israel, aprendiendo,
como todos los psiquiatras, que una licenciatura en psiquiatría sólo te
califica para empezar a aprender las complejidades y debilidades de la
personalidad humana. En 1960 mi prima Rebecca murió de cáncer. David me incitó
a irme a Estados Unidos para continuar mis investigaciones en la mecánica de la
dominación humana. Cuando protesté diciendo que en Tel Aviv tenía acceso a los
materiales adecuados, David bromeó diciendo que en ninguna parte el espectro de
la violencia sería más completo que en Estados Unidos. Llegué a Nueva York en
enero de 1964. El país se estaba recuperando de la pérdida de un presidente y
preparándose para ahogar su tristeza con la histeria adolescente ante la
llegada de un grupo de rock británico llamado The Beatles. La Universidad de
Columbia me había contratado como profesor invitado durante un año. Acabé por
quedarme para terminar mi libro sobre la patología de la violencia y finalmente
me hice ciudadano estadounidense.
»En noviembre de 1964 decidí quedarme en Estados Unidos. Estaba
de visita en casa de unos amigos en Princeton, Nueva jersey, y después de la
cena me pidieron por favor que, si no era mucha molestia, me quedase a ver una
hora de televisión con ellos. Yo no tenía televisor y les dije que me
encantaría. El programa que vimos era un documental emitido para celebrar el
primer aniversario del asesinato del presidente Kennedy. El programa me
interesó. Hasta en Israel, obsesionados como habíamos estado por nuestras
prioridades, la muerte del presidente norteamericano había representado un gran
choque para todos nosotros. Yo había visto fotos de la caravana de automóviles
que acompañaba al presidente en Dallas y me había impresionado la especialmente
tan reproducida imagen del pequeño hijo de Kennedy saludando el ataúd de su
padre, y había leído descripciones del asesinato del presunto asesino llevado a
cabo por Jack Ruby, pero nunca había visto las imágenes del asesinato de
Oswald. El documental lo mostraba: aquel hombrecillo sonriente vestido con un
jersey oscuro, los policías de paisano con sus tópicas caras norteamericanas,
el
hombre rechoncho saliendo de la multitud con una pistola casi en
el estómago de Oswald, el sonido agudo, llano, que me recordó los cuerpos
blancos, desnudos, cayendo al pozo, Oswald haciendo una mueca y cogiéndose el
estómago. Vi cómo los policías cogían a Ruby. En la confusión, las cámaras de
televisión eran empujadas y recorrían rápidamente a la multitud.
»-¡Dios mío, Dios mío! -grité en polaco, y me puse de pie. El
oberst estaba entre aquella multitud.
»Incapaz de explicar mi agitación a mis anfitriones, esa misma
noche cogí el tren hacia Nueva York. A la mañana siguiente, muy temprano, fui a
la oficina de Manhattan de la cadena que había transmitido el documental. Usé
mis contactos en la universidad y las editoriales para obtener el acceso a las
películas y vídeos de la cadena y lo que ellos llaman descartes. Aquella cara
sólo aparecía en los pocos segundos de cinta que yo había visto en el programa.
Un estudiante con quien yo trabajaba hizo fotografías del monitor de montaje de
la cadena y me las amplió cuanto pudo.
»Vista de esa manera, la cara era aún menos reconocible que
durante el segundo y medio que estuvo en la pantalla: una mancha blanca
semioculta entre las alas de sombreros tejanos, la vaga expresión de una fina
sonrisa, unos ojos tan oscuros como agujeros en un cráneo. La imagen no
serviría como prueba ante ningún tribunal del mundo, pero yo sabía que era el
oberst.
»Fui a Dallas. Las autoridades locales se mostraban aún
susceptibles a las críticas de la prensa y a la opinión mundial. Pocas personas
accedieron a hablar conmigo y las que lo hicieron, no querían hablar sobre los
sucesos en el garaje subterráneo. Nadie reconoció las fotos de la cinta de
vídeo o de la vieja noticia del periódico de Berlín que les mostré. No hablé
con reporteros, sino con testigos. Intenté hablar con Jack Ruby, el asesino del
asesino, pero no me autorizaron a hacerlo. La pista del oberst llevaba un año
de retraso y estaba tan fría como el cadáver de Lee Harvey Oswald.
»Volví a Nueva York. Hablé con conocidos de la embajada de
Israel. Negaron que las agencias de espionaje israelíes operaran en territorio
americano, pero estuvieron de acuerdo en hacer algunas investigaciones.
Contraté a un detective privado en Dallas. Su cuenta ascendió a siete mil
dólares y su informe podría resumirse en una sola palabra: nada. La embajada no
me cobró nada por su informe negativo, pero estoy seguro de que mis contactos
debieron de pensar que yo estaba loco para buscar a un criminal de guerra en el
lugar de un asesinato político. Sabían por experiencia que en su exilio la
mayor parte de los antiguos nazis buscaban sólo el anonimato.
»Empecé a dudar de mi cordura. La cara que me había obsesionado
en mis sueños durante tantos años se había convertido en la obsesión central de
mi vida. Como psiquiatra, podía comprender la ambigüedad de esta obsesión:
ardiendo en mi conciencia en una cámara de la muerte de Sobibor, templada por
el invierno más frío de mi espíritu, mi fijación de dar con el oberst había
sido mi razón de vida; borra una y la otra desaparece. Reconocer la muerte del
oberst habría sido reconocer mi propia muerte.
»Como psiquiatra yo comprendía mi obsesión. La comprendía pero
no podía creer en mi propio análisis. Aunque lo comprendiera, no habría
trabajado para "curarme". El oberst era real. La partida de ajedrez
se había jugado. El oberst no era un hombre que pudiese morir en una
fortificación improvisada cerca de Berlín. Los monstruos no mueren. Tienen que
ser exterminados.
»En el verano de 1965, conseguí por fin una entrevista con Jack
Ruby. No fue productiva. Ruby era un hombre adusto, de cara triste. Había
perdido peso en la cárcel y de su cara y brazos pendía piel fláccida como
pliegues de estopilla seca. Su mirada era vaga y abstraída, su voz, ronca. Ese
día de verano intenté arrancarle de su estado mental, pero se limitaba a
encogerse de hombros y a repetir lo que había declarado tantas veces durante
los interrogatorios. No, no sabía que iba a matar a Oswald hasta el momento
antes. Fue un accidente el hecho de haber podido entrar en el garaje. Alguna
cosa le entró cuando vio a Oswald, un impulso que no pudo controlar; aquél era
el hombre que había asesinado a su amado presidente.
»Le mostré las fotos del oberst. Meneó la cabeza con cansancio.
Recordaba a varios de los detectives de Dallas y a varios reporteros, pero
nunca había visto a ese hombre. ¿Había sentido alguna cosa extraña antes de
disparar sobre Oswald? Cuando le hice esta pregunta, Ruby levantó durante un
segundo su cansada cara de basset, y vi un estremecimiento de confusión en sus
ojos, pero eso desapareció casi inmediatamente y respondió en el mismo tono
monótono de antes. No, nada extraño, sólo furia ante la idea de que Oswald
todavía estuviera vivo mientras el presidente Kennedy estaba muerto y la señora
Kennedy y sus hijos estaban solos.
»No me sorprendí cuando un año después, en diciembre de 1966,
Ruby fue ingresado en el hospital Parkland para tratarle un cáncer. Cuando lo
entrevisté, me había parecido un hombre muy enfermo. Pocos le lloraron cuando
murió en enero de 1967. La nación había expiado su dolor y Jack Ruby era sólo
un recuerdo que era mejor olvidar.
»Durante el final de la década de los sesenta me dediqué cada
vez más a mis investigaciones psiquiátricas y a la enseñanza. Intenté
convencerme de que en mi trabajo teórico yo estaba exorcizando al demonio que
la cara del oberst había simbolizado. Interiormente, estaba más convencido.
»A través de la violencia de esos años, seguí estudiando la
violencia. ¿Cómo era posible que algunas personas pudieran dominar a otras con
tanta facilidad? En mis investigaciones reunía a pequeños grupos de hombres y
mujeres extraños con la excusa de realizar alguna tarea sin importancia, e,
inevitablemente, el orden social del más fuerte empezaba a establecerse media
hora después de la creación del grupo. A menudo los participantes ni siquiera
tenían consciencia del establecimiento de una jerarquía, pero cuando eran
interrogados, casi todos podían identificar al miembro "más
importante" del grupo, o al "más dinámico". Mis alumnos y yo
hicimos entrevistas, estudiamos transcripciones, y pasamos horas sin fin
mirando cintas de vídeo. Simulamos confrontaciones entre sujetos y figuras de
autoridad: decanos universitarios, policías, profesores, funcionarios de
Hacienda, funcionarios de prisiones y ministros. Siempre la cuestión de la
jerarquía y la dominación resultaba más compleja de lo que la mera posición
social podría sugerir.
»Fue en esta época cuando empecé a colaborar con la policía de
Nueva York en los perfiles de personalidad de homicidas. Los datos eran
fascinantes, las entrevistas eran deprimentes. Los resultados, poco
convincentes.
»¿Cuál era la fuente básica de la violencia humana? ¿Qué papel
tenía la violencia y la amenaza de violencia en nuestras interacciones de cada
día? Respondiendo a estas preguntas yo, ingenuamente, esperaba poder explicar
un día cómo un psicópata brillante pero equivocado como Adolf Hitler pudo
transformar una de las grandes culturas del mundo en una máquina de matar
aberrante e inmoral. Empecé con el conocimiento de que las demás especies
animales complejas de la Tierra tenían algún mecanismo para establecer la
dominación y la jerarquía social. Normalmente esta jerarquía se establecía sin
graves dificultades. Hasta depredadores tan feroces como lobos y tigres tenían
señales precisas de sumisión que ponían fin a la más violenta confrontación
antes de llegar a la muerte, o a causarse daños irreparables. ¿Y respecto al
hombre? ¿A nosotros nos falta, como tantos han asumido, esta señal instintiva
de reconocimiento de sumisión, y por eso estamos condenados a una lucha eterna,
a un tipo de locura dentro de la especie determinada por nuestros genes? Yo
creía que no.
»Mientras pasaba años reuniendo datos y desarrollando premisas,
mantenía secretamente una teoría tan estrafalaria y poco científica que habría
arruinado mi posición profesional si hubiera llegado a oídos de mis colegas. ¿Y
si la humanidad hubiera evolucionado hasta que el establecimiento de la
dominación pasara a ser un fenómeno (que algunos de mis amigos menos racionales
habrían llamado "parapsicológico") psíquico? Ciertamente, el
atractivo de algunos políticos, eso a lo que los órganos de información llaman
"carisma" a falta de un término mejor no estaba basado en el tamaño,
capacidad de reproducción o alarde de amenazas. ¿Qué pasaría, conjeturé, si en
algún lóbulo o hemisferio del cerebro hubiera un área dedicada sólo a proyectar
este sentido de dominación personal? Yo conocía muy bien los estudios
neurológicos que sugerían que nosotros heredábamos nuestro sentido jerárquico
de las zonas más primitivas del cerebro, el llamado "cerebro reptil".
Pero ¿y si hubo avances evolutivos (mutaciones) que dieron a algunos humanos
una capacidad semejante a la empatía o a la telepatía, pero infinitamente más
poderosa y útil en términos de supervivencia? ¿Y si esta aptitud, abastecida
por su propia sed de dominación, encontrase su expresión fundamental en la
violencia? ¿Serían los humanos que manifestaran esa aptitud realmente humanos?
»Al final, todo lo que podía hacer era teorizar sin fin sobre lo
que yo había sentido cuando la fuerza de voluntad del oberst había entrado en
mí. Con el paso de las décadas, los recuerdos de esos terribles días se
apagaban, pero el dolor de aquella violación mental, la repulsión y el terror,
aún me producían pesadillas de las que despertaba sobresaltado. Continué
enseñando, trabajando en mis investigaciones y moviéndome por entre las
realidades grises de la vida cotidiana. La primavera pasada me desperté un día
y descubrí que me estaba haciendo viejo. Hacía casi dieciséis años que había
visto aquella cara en la cinta de vídeo. Si el oberst era real, si aún estaba
vivo en cualquier rincón del mundo, sería un anciano. Pensé en los viejos
desdentados, temblorosos, que todavía eran descubiertos como criminales de
guerra. Lo más probable era que el oberst estuviera muerto.
»Había olvidado que los monstruos no mueren. Tienen que ser
exterminados.
»Hace menos de cinco meses casi me topé con el oberst en una
calle de Nueva York. Era una noche sofocante de julio. Yo estaba cerca de la
entrada oeste de Central Park, paseando, pensando, componiendo mentalmente un
artículo sobre la reforma de las prisiones, cuando el oberst salió de un
restaurante a no más de quince metros de mí y cogió un taxi. Iba acompañado por
una mujer, cuyo pelo blanco caía sobre un bello traje de noche de seda. El
oberst llevaba un traje oscuro. Tenía un aspecto seductor y sano. Había perdido
mucho pelo y el que le quedaba había pasado de rubio a gris, pero su cara,
aunque más pesada y colorada por la edad, continuaba cincelada con la imagen de
crueldad y control.
»Después de algunos segundos en que me quedé paralizado,
mirando, corrí detrás del taxi, que entró en el tráfico, y tuve que eludir
varios vehículos en una loca tentativa de alcanzarlo. Los
ocupantes, en el asiento trasero, no miraron atrás en ningún momento. El taxi
se alejó con el tráfico y yo me quedé en una curva al borde del colapso.
»El maitre del restaurante no me supo decir nada. Sí, una pareja
de edad muy distinguida había cenado allí esa noche, pero no los conocía. No,
no tenían reserva.
»Durante semanas anduve por esa zona de Central Park, buscando
por las calles, buscando la cara del oberst en cada taxi que pasaba. Contraté a
un detective de Nueva York y otra vez pagué sin resultados.
»Entonces sentí lo que ahora reconozco como una terrible
depresión nerviosa. No dormía, no podía trabajar y mis clases en la universidad
eran canceladas o cubiertas por asistentes nerviosos. Usaba la misma ropa
durante días, volvía a mi apartamento sólo para comer y pasear arriba y abajo
por mi habitación devorado por los nervios. Durante la noche caminaba por las
calles y varias veces fui interrogado por la policía. Sólo mi posición en
Columbia y el título mágico de «doctor» me salvaron de ser enviado a Bellevue
para ser examinado. Entonces, una noche que yo estaba echado en el suelo de mi
apartamento, comprendí algo: la cara de la mujer no me era desconocida.
»Durante toda la noche y el día siguiente luché para arrancar el
recuerdo de dónde la había visto antes. Había sido en una foto, de eso estaba
seguro. A su imagen se asociaban vagos recuerdos de aburrimiento, inquietud y
música suave.
»A las cinco y cuarto de esa tarde cogí un taxi y fui a la parte
alta de la ciudad, a la consulta de mi dentista. Acababa de marcharse, y la
recepcionista estaba cerrando el consultorio, pero me inventé una historia
cualquiera y conseguí que me dejara mirar los montones de viejas revistas en la
sala de espera. Había ejemplares de Seventeen, GQ Quarterly, Mademoiselle, U.S.
News and World Reports, Time, Newsweek, Vogue, Consumer Reports y Tennis World.
La recepcionista empezaba a ponerse nerviosa y a asustarse por mi estado
maniático en el momento en que empecé a hojear las revistas por segunda vez.
Sólo la profundidad de mi obsesión y la casi certeza de que los dentistas no
cambian sus existencias de revistas más de cuatro veces al año me mantuvieron
buscando mientras la cada vez más asustada mujer amenazaba con llamar a la
policía.
»La encontré. Su foto era un pequeño recuadro en blanco y negro
en las primeras páginas del montón de anuncios glaseados y adjetivos intensos
que era Vogue. La foto encabezaba una columna de opinión y
tenía un pie: "NINA DRAYTON."
»A partir de ese hallazgo, en pocas horas Nina Drayton estaba
localizada. Mi detective privado de Nueva York estaba encantado de poder
trabajar con alguna cosa más tangible que mi escurridizo fantasma. Harrington
volvió veinticuatro horas después con un buen informe sobre esa mujer. La mayor
parte de la información era de fuentes públicas.
»La señora Nina Drayton era un nombre muy conocido en la
industria de la moda de Nueva York, era propietaria de una cadena de boutiques,
y era viuda. Se había casado en agosto de 1940, con Parker Allan Drayton, uno
de los fundadores de American Airlines, que había fallecido diez meses después
de la boda; su viuda había continuado invirtiendo con inteligencia y había
entrado en diversos consejos de administración en los que ninguna mujer había
estado antes. La señora Drayton ya no trabajaba, excepto en sus tiendas, pero
participaba en las juntas de diversas asociaciones de caridad de prestigio, se
tuteaba con numerosos políticos, artistas y escritores, y se rumoreaba que
había tenido una aventura con un famoso compositor y director de orquesta de
Nueva York, y era propietaria de un gran apartamento de una planta en Park
Avenue, así como de varias casas de veraneo.
»No resultó muy difícil conseguir una presentación. Fue
suficiente echar una ojeada a mis listas de pacientes y muy pronto encontré el
nombre de una matrona rica y maníaco-depresiva que vivía en el mismo edificio
que la señora Drayton y que se movía en los mismos círculos.
»Conocí a Nina Drayton el segundo fin de semána de agosto en una
fiesta organizada por mi antigua paciente. Había pocos invitados. La mayor
parte de la gente había salido de la ciudad hacia sus chalés en el cabo o en
las Rocosas. Pero la señora Drayton estaba allí.
»Antes de estrechar su mano o mirar sus ojos azules y claros,
supe, sin sombra de duda, que ella era una de ellos. Era como el oberst. Su
presencia parecía llenar la terraza y hacía que las linternas chinas brillaran
más. Tuve la certeza de ese hecho como notaría una mano fría cerrándose sobre
mi garganta. Quizás ella sintiese mi reacción o quizá disfrutara hostigando
psiquiatras, pero Nina Drayton luchó conmigo verbalmente esa noche con una
mezcla de irónico desprecio y desafío malicioso tan sutil como las uñas de un
gato retraídas sobre terciopelo.
»La invité a una conferencia que yo daba esa semana en Columbia.
Para mi sorpresa, acudió, arrastrando tras de sí a una mujercilla con aire
malévolo llamada Barrett Kramer. Mi conferencia versaba sobre la política de
violencia deliberada durante el Tercer Reich y cómo estaba relacionada con la
de algunos regímenes de hoy en el Tercer Mundo. Estructuré la conferencia
sugiriendo una premisa contraria al pensamiento actual: que, efectivamente, la
inexplicable brutalidad de millones de alemanes se debía, por lo menos en
parte, a la manipulación de un grupo pequeño y secreto de personalidades
poderosas. Durante toda la conferencia pude ver a la señora Drayton sonriéndome
desde
la quinta fila. Era el tipo de sonrisa que el ratón debe de ver
en la cara del gato que está a punto de comérselo.
»Después de la conferencia, la señora Drayton quiso hablar
conmigo en privado. Me preguntó si todavía ejercía con pacientes y me pidió que
le tratara profesionalmente. Vacilé, pero ambos sabíamos cuál iba a ser mi
respuesta.
»La vi dos veces, ambas en septiembre. Empecé la terapia. Nina
Drayton estaba convencida de que su insomnio estaba directamente relacionado
con la muerte de su padre hacía algunas décadas. Me contó que tenía frecuentes
pesadillas en las que empujaba a su padre bajo un tranvía de Boston que lo
mataba aunque ella, en realidad, estaba a kilómetros de distancia cuando eso
sucedió. "¿Es cierto, doctor Laski -preguntó ella durante nuestra segunda
sesión-, que siempre matamos a aquellos a quienes amamos?" Le dije que
sospechaba que justamente lo contrario era lo más plausible; que intentábamos,
por lo menos en nuestra mente, matar a quienes aparentábamos amar, pero en
realidad, secretamente, despreciábamos. Nina Drayton se limitó a sonreír.
»Yo había sugerido que hiciéramos uso de la hipnosis durante
nuestra tercera sesión, en una tentativa de revivir su reacción a la noticia
del fallecimiento de su padre. Ella estuvo de acuerdo, pero no me sorprendí
cuando su secretaria me llamó a principios de octubre para cancelar las demás
sesiones. Para entonces, yo ya tenía a un detective privado vigilando con plena
dedicación a la señora Drayton.
»Cuando digo detective privado, debo hacer una aclaración. En
vez del ex policía cínico que se podría usted imaginar, siguiendo el consejo de
unos amigos contraté a un ex estudiante de Princeton de veinticuatro años que
escribía poesía en las horas libres. Francis Xavier Harrington llevaba en el
negocio de la investigación privada dos años, pero tuvo que comprarse un traje
nuevo para poder entrar en los restaurantes donde la señora Drayton comía.
Cuando yo autoricé una vigilancia de veinticuatro horas, tuvo que contratar a
dos viejos amigos para completar su agencia. Pero el chico no era tonto;
trabajaba deprisa y con competencia, y había un informe a máquina sobre mi mesa
cada lunes y viernes por la mañana. Algunos de sus éxitos no los conseguía por
vías rigurosamente legales, como en el caso de su truco para obtener copias de
las cuentas de teléfono de Nina Drayton. Ella llamaba a muchísima gente.
Harrington controló los números listados por la telefónica y confeccionó una
lista con los nombres y direcciones de estos abonados. Algunos eran muy
conocidos. Otros eran curiosos. Ninguno me llevó al oberst.
»Pasaron semanas. Ya había gastado la mayor parte de mis ahorros
para documentar lo que Nina Drayton hacía durante el día, sus preferencias
gastronómicas, sus negocios y sus llamadas telefónicas. El joven Harrington
comprendió que mis recursos eran limitados y se ofreció amablemente para
interceptar su correo y su teléfono. Decidí no autorizarle a hacerlo, por lo
menos durante algunas semanas más. No quería hacer nada que pudiera
perjudicarnos.
»Entonces, hace sólo dos semanas, la señora Drayton me llamó. Me
invitaba a una fiesta de Navidad en su apartamento el día 17 de diciembre.
Llamaba personalmente, me dijo, para que yo no tuviera excusa para no ir.
Quería que yo conociera a un querido amigo suyo de Hollywood, un productor de
cine que tenía verdaderos deseos de conocerme. Le había enviado un ejemplar de
mi libro, Patología de la violencia, y estaba loco por él.
»-¿Cómo se llama? -pregunté.
»-No se preocupe -me respondió ella-. Lo reconocerá cuando lo
vea.
»Yo temblaba tanto cuando colgué que pasó un minuto entero antes
de que pudiera marcar el número de Harrington. Esa tarde los tres chicos y yo
nos reunimos para discutir nuestra estrategia. De nuevo examinamos a fondo las
cuentas de teléfono. Esta vez llamamos a todos los números de Los Ángeles que
no estaban en el listín de la ciudad. A la sexta llamada la voz de un joven
respondió:
»-Residencia del señor Borden.
»-¿Éste es el teléfono de Thomas Borden? -preguntó Francis.
»-Se equivoca -dijo la voz-. Esto es la residencia de Bill
Borden.
»Escribí los nombres en la pizarra de mi despacho. Wilhelm von
Borchert. William Borden. Era tan propio de la naturaleza humana; el adúltero
firma con una versión aproximada de su propio nombre en el registro del hotel;
el criminal buscado por la policía usa seis alias falsos, cinco de los cuales
llevan su nombre. Hay algo en nuestros nombres que nos impide abandonarlos
completamente, por más que lo intentemos.
»Ese lunes, cuatro días antes de los sucesos de Charleston,
Harrington fue a Los Ángeles. Quería ir yo mismo, pero Francis insistió en que
sería mejor que fuera él para verificar a ese Borden, fotografiarlo y
asegurarse de que era realmente Von Borchert. Yo quería ir, pero comprendí que
no tenía ningún plan de acción. Después de todos esos años, no sabía qué haría
cuando encontrara al oberst.
»El lunes por la noche, Harrington llamó para informar de que la
película del avión había sido mediocre, que su hotel era decididamente inferior
al Beverly Wilshire y que la policía de Bel Air tenía tendencia a interrogarte
si pasabas por allí un par de veces con el coche o tenías la temeridad de
aparcar en las calles tortuosas para mirar la casa de alguna estrella de cine.
El martes telefoneó para saber si había novedades con la señora Drayton. Le
dije que sus dos amigos, Dennís y
Selby, eran un poco más torpones de lo que cabía esperar, pero
que la
señora Drayton actuaba como de costumbre. Francis continuó
diciéndome que había estado en el estudio donde Borden solía trabajar, y
aunque tenía un gabinete allí, nadie sabía cuándo podía aparecer
por
el lugar. La última vez que alguien lo había visto trabajando
allí fue
en 1979. Francis había tenido la esperanza de obtener una foto
de Borden, pero no había ninguna. Pensó mostrarle a la secretaria del estudio
la foto de Von Borchert en Berlín, pero decidió, según palabras
suyas,
"que no sería muy prudente". Pensaba llevar la cámara
con teleobjetivos a la casa de Borden en Bel Air al día siguiente.
»El miércoles, Harrington no telefoneó a la hora convenida.
Llamé
al hotel y me informaron de que continuaba registrado pero no
había
ido esa noche. El jueves por la mañana telefoneé a la policía de
Los
Ángeles. Estuvieron de acuerdo en examinar el asunto pero, con
las informaciones limitadas que yo les daba, pensé que había pocos motivos
para que sospecharan algo.
»-Esta ciudad es muy agitada -dijo el sargento con el que
hablé-. Un chico joven podría verse envuelto en muchos líos y olvidarse de
llamar.
»Durante todo ese día intenté ponerme en contacto con Dennis o
Selby. Hasta el contestador automático de la agencia de Francis estaba
desconectado. Fui al edificio de apartamentos de Park Avenue donde vivía Nina
Drayton. El guardia de seguridad del vestíbulo me informó de que la señora
Drayton estaba de vacaciones. No pude pasar de la puerta.
»Todo ese día, el viernes, estuve sentado en mi apartamento, a
solas. A las 11.30 la policía de Los Ángeles telefonéo. Habían inspeccionado la
habitación de Harrington en el hotel Beverly Hills. Sus ropas y equipaje habían
desaparecido y no había el mínimo rastro de él. ¿Sabía quién era responsable de
la cuenta del hotel, 329 dólares con 48?
»Esa noche hice un esfuerzo y fui a cenar a casa de un amigo. El
paseo de dos bloques desde la parada de autobús hasta su casa en Greenwich
Village me pareció interminable. La noche del sábado, la noche que su padre fue
asesinado aquí, en Charleston, formé parte de una mesa redonda, en la
universidad, sobre la violencia urbana. Había varios políticos y más de
doscientas personas. Durante la discusión, no paré de escrutar a la audiencia,
esperando ver la sonrisa de cobra de Nina Drayton o los fríos ojos del oberst.
Sentí que era otra vez un peón, pero ¿en el juego de quién?
»Este último domingo leí el diario de la mañana. Por primera vez
tuve noticia de los asesinatos de Charleston. En otro lugar del diario, una
columna corta anunciaba que el productor de Hollywood William D. Borden se
encontraba a bordo del desafortunado vuelo que había estallado el sábado por la
mañana en Carolina del Sur. Publicaban una extraña foto del productor. La foto
era de 1960. El oberst sonreía.
Saul se calló. Las tazas de café estaban frías y abandonadas en
la baranda del porche. Las sombras de los listones de la baranda se habían
arrastrado por las piernas de Saul mientras relataba su historia. En el súbito
silencio, los ruidos distantes de la calle se hicieron audibles.
-¿Cuál de ellos mató a mi padre? -preguntó Natalie.
Se había abrochado el jersey y ahora se frotaba los brazos como
si tuviera frío.
-No lo sé -dijo Saul.
-¿Melanie Fuller era uno de ellos?
-Sí, casi seguro.
-¿Y podría haber sido ella?
-Sí.
-¿Y está seguro de que Nina Drayton está muerta?
-Sí. Fui al depósito. Vi fotos del escenario del crimen. Leí el
informe de la autopsia.
-¿Pero ella podía haber matado a mi padre antes de morir? Saul
dudó.
-Es posible -admitió.
-Y Borden, el oberst, parece que murió en el accidente aéreo del
viernes.
Saul asintió con la cabeza.
-¿Se cree que haya muerto? -preguntó Natalie. -No.
Natalie se puso de pie y caminó por el pequeño porche. -¿Tiene
alguna prueba de que pueda estar vivo? -preguntó. -No.
-¿Pero cree que lo está?
-Sí.
-¿Y él o Melanie Fuller podrían haber asesinado a mi padre? -Sí.
-¿Y todavía busca a Borden..., Von Borchert..., sea quien fuere?
-Sí.
-¡Jesús!
Natalie entró en la casa y volvió con dos vasos de coñac. Le dio
uno a Saul y bebió del otro un largo sorbo. Sacó un paquete de cigarrillos del
bolsillo del jersey, buscó cerillas y encendió un cigarrillo con manos
temblorosas.
-Eso no es bueno -dijo Saul tranquilamente.
Natalie soltó un ruido brusco, agudo.
-Son como vampiros, ¿verdad? -preguntó. -¿Vampiros?
Saul meneó la cabeza sin comprender.
-Usan a otras personas y después las tiran como embalajes de
plástico o cualquier cosa -dijo ella-. Son como esos malditos
vampiros que se ven en las películas, con la diferencia de que éstos son
reales.
-Vampiros -dijo Saul, y se dio cuenta de que había hablado en
polaco-. Sí -admitió en inglés-, no es una mala analogía.
-Muy bien -exclamó Natalie-, ¿qué vamos a hacer ahora? -¿Vamos?
A Saul eso le cogió desprevenido. Se restregó las rodillas con
las
manos.
-Vamos -repitió Natalie, y había furia en su voz-. Usted y yo.
Nosotros. No me ha contado toda esta historia sólo para pasar el
rato.
Muy bien, ¿cuál va a ser nuestro próximo movimiento?
Saul meneó la cabeza y se rascó la barba.
-No sé por qué le he contado todo esto -dijo-. Pero... -Pero
¿qué?
-Es muy peligroso. Francis, esas personas...
Natalie se acercó, se puso en cuclillas y le tocó el brazo con
su
mano derecha.
-Mi padre se llamaba Joseph Leonard Preston -dijo ella, en voz
baja-. Tenía cuarenta y ocho años. Hubiera cumplido cuarenta y
nueve el 6 de febrero próximo. Era una buena persona, un buen
padre, un buen fotógrafo y un pésimo comerciante. Cuando reía... -Natalie se
detuvo durante un instante-. Cuando reía era muy difícil no
reír con él.
Durante algunos segundos se quedó allí en cuclillas, tocándole
la
muñeca junto al número tatuado. Después dijo:
-¿Qué haremos ahora? Saul inspiró con fuerza.
-No estoy seguro. Este sábado tengo que ir a Washington a hablar
con una persona que puede tener alguna información..., información que nos dirá
si el oberst está aún vivo. Aunque es improbable que
mi... contacto tenga esta información.
-Y después, ¿qué? -insistió Natalie.
-Después esperaremos -dijo Saul-. Esperaremos y vigilaremos,
y buscaremos en los periódicos.
-¿En los periódicos? -dijo Natalie-. ¿Qué hay que buscar en
los periódicos?
-Más asesinatos -dijo Saul.
Natalie parpadeó y volvió a ponerse en cuclillas. El cigarrillo
que tenía en la mano se había consumido. Lo lanzó a las tablas del suelo.
-¿Habla en serio? Seguro que Melanie Fuller y su oberst saldrán
del país..., se ocultarán..., harán algo así. ¿Por qué iban a meterse en este
tipo de cosas de nuevo tan pronto?
Saul se encogió de hombros.
-Es su naturaleza -dijo-. Los vampiros tienen que alimentarse.
Natalie se puso de pie y fue hasta la esquina del porche.
-Y entonces usted..., nosotros, cuando los encontremos, ¿qué
haremos? -preguntó ella.
-Entonces lo decidiremos -contestó Saul-. Antes tenemos que
encontrarlos.
-Para matar a un vampiro tienes que clavarle una estaca en el
corazón -razonó Natalie.
Saul no dijo nada.
Natalie cogió otro cigarrillo, pero no lo encendió.
-¿Qué pasa si llegas cerca de ellos y ellos descubren que les
buscas? -preguntó-. ¿Y si te buscan ellos?
-Eso podría simplificar mucho las cosas -dijo Saul.
Natalie iba a hablar cuando un coche blanco con la insignia del
Ayuntamiento se detuvo en la curva. Un hombre fuerte, de cara colorada, salió
del asiento del conductor.
-El sheriff Gentry -dijo Natalie.
Vieron cómo Gentry se quedaba primero de pie mirándolos y
después se acercaba, casi vacilando. Se detuvo en el primer peldaño del porche
y se quitó el sombrero. Su cara bronceada parecía la de un chaval que hubiese
visto algo terrible.
-Buenos días, doctor Laski -saludó Gentry. -Buenos días, sheriff
-dijo Natalie.
Saul miró a Gentry, la auténtica caricatura de un poli del Sur,
y sintió la misma inteligencia aguda y sensibilidad que había sentido la
víspera. Sus ojos desmentían por completo el resto de su apariencia.
-Necesito ayuda -dijo Gentry, y había un tono de sufrimiento en
su voz.
-¿Qué tipo de ayuda? -preguntó Natalie. Saul podía notar afecto
en su voz.
El sheriff Gentry miró su sombrero, dobló la copa con un
movimiento gracioso de su mano rechoncha y rosada, y los miró a ellos.
-Tengo seis ciudadanos muertos -dijo-. La manera cómo murieron
no tiene sentido lo mires por donde lo mires. Hace un par de horas hice parar a
un tío que no llevaba nada en la cartera excepto una foto mía. En vez de hablar
conmigo, ese tío se cortó la garganta. -
-Gentry miró a Natalie y después a Saul-. Y ahora, por una razón
cualquiera -dijo-, por una razón cualquiera que no tiene más sentido que todo
el resto de este horrible caso, tengo la corazonada de que ustedes, los dos, me
podrán ayudar.
Saul y Natalie le devolvieron la mirada en silencio.
-¿Podrán? -preguntó finalmente Gentry-. ¿Me ayudarán?
Natalie miró a Saul. Saul se rascó la barba durante un segundo,
se quitó las gafas y volvió a ponérselas, miró de nuevo a Natalie y meneó
ligeramente la cabeza.
-Entre, sheriff -dijo Natalie abriendo la puerta-. Haré algo de
comer. Esto puede durar un rato.
11
Bayerisch-Eisenstein, viernes 19 de diciembre de 1980
Tony Harod y María Chen desayunaron en el pequeño comedor del
hotel. Bajaron a las siete, pero el primer turno de desayuno, el de los
esquiadores más madrugadores, ya había acabado. El fuego chisporroteaba en la
chimenea de piedra y Harod podía ver la nieve y el cielo sin nubes a través de
la pequeña ventana de la pared sur.
-¿Crees que estará allí? -preguntó María Chen en voz baja
después de beber el último sorbo de café.
Harod se encogió de hombros.
-¿Cómo cojones puedo saberlo?
La víspera había estado convencido de que Willi no estaría en la
propiedad familiar, que el viejo productor había muerto en el accidente de
avión. Recordaba la mención de la propiedad de la familia en una conversación
que habían tenido cinco años antes. Harod estaba muy borracho; Willi acababa de
volver de un viaje de tres semanas a Europa y, de súbito, con lágrimas en los
ojos, había dicho: «¿Quién dice que no puedes volver otra vez a casa, eh, Tony?
¿Quién lo dice?», y después había empezado a describir la casa de su madre en
el sur de Alemania. Mencionar la ciudad más próxima había sido un descuido.
Harod había considerado el viaje como una manera de eliminar una posibilidad
preocupante, nada más. Pero ahora, a la luz áspera de la mañana, con María Chen
sentada frente a él con la Browning de nueve milímetros en el bolso, lo
improbable parecía muy posible.
-¿Y en cuanto a Tom y Jensen? -preguntó María Chen. Iba vestida
con unos elegantes pantalones de pana azul, calcetines altos y un pesado jersey
azul y rosa de esquiar que le había costado seiscientos dólares. Su pelo oscuro
estaba recogido en una pequeña cola y hasta con maquillaje parecía lozana y
limpia. Harod pensó que parecía una chica eurasiática de excursión con los
amigos de su padre.
-Si tienes que eliminarlos, encárgate de Tom primero -le dijo-.
Willi tiene tendencia a «usar» a Reynolds antes que al negro. Pero Luhar es
fuerte..., muy fuerte. Asegúrate de que si cae, sigue en el suelo. Pero si hay
pelea, Willi deberá ser el primero que hay que eliminar. Acaba con él y
Reynolds y Luhar dejarán de ser una amenaza. Están tan bien condicionados que
no pueden hacer pipí sin permiso de Willi.
María Chen parpadeó y miró alrededor. Las otras mesas estaban
llenas de parejas alemanas que reían y hablaban. Parecía que ningún oído
indiscreto había escuchado las instrucciones de Harod.
Harod hizo una señal a la camarera para pedir más café, se lo
bebió y frunció el ceño. No sabía si María Chen ejecutaría las instrucciones
cuando llegase el momento de matar. Consideraba que sí -nunca había
desobedecido una orden hasta ahora-, pero por un segundo deseó tener consigo
una mujer que no fuera una «neutral». Pero si su agente no fuera «neutral»,
había siempre la posibilidad de que Willi la utilizara en su propio beneficio.
Harod no se hacía ilusiones sobre la «aptitud» del viejo alemán -el mero hecho
de que Willi controlara a dos peleles mostraba la fuerza del poder del gran
cabrón-. Harod había llegado a creer que la «aptitud» de Willi se había
realmente apagado -entorpecido por la edad, las drogas y muchos años de
decadencia-, pero a la luz de los recientes acontecimientos, sería una locura y
tremendamente peligroso continuar actuando sobre ese supuesto. Harod meneó la
cabeza. Mierda. El jodido Island Club ya le tenía hasta las pelotas. Harod no
tenía ningún interés en enredarse con aquella vieja de Charleston. Cualquier
persona que hubiese jugado aquel maldito juego con Willi Borden -Von Borchert o
como se llamase el jodido cabrón- durante cincuenta años no era alguien con
quien Tony Harod deseara liarse. ¿Y qué harían Barent y sus amigotes cuando
supiesen que Willi estaba vivo? Si realmente estaba vivo. Harod recordaba su
reacción seis días antes cuando le habían llamado para anunciarle la muerte de
Willi. Primero sintió una ola de inquietud: ¿Y los proyectos de Willi? ¿Y el
dinero?
Después sólo alivio. El viejo hijoputa había muerto al fin.
Harod había pasado años ocultando su secreto terror de que el viejo descubriera
el Island Club, de que Tony le espiara...
«Yo imagino el Paraíso como una isla donde puedes
"cazar" a gusto, ¿eh, Tony?» ¿Willi había dicho esto en la cinta?
Harod recordó la sensación de hundirse en agua helada que había tenido cuando
la imagen de Willi había pronunciado aquellas palabras. Pero no había manera de
que Willi pudiese saberlo. Y por otro lado, la cinta había sido filmada antes
de que el avión se estrellara. Willi estaba muerto.
Y si no murió entonces, pensó Harod, no tardaría en hacerlo.
-¿Lista? -preguntó.
María Chen se pasó una servilleta de lino por los labios y
asintió
con la cabeza.
-Vamos -dijo Tony Harod.
-Entonces, ¿eso es Checoslovaquia? -preguntó Harod. Mientras
iban en el coche hacia el noroeste de la ciudad, avistó una barrera fronteriza,
un pequeño edificio blanco y varios guardias con uniformes verdes y extraños
cascos después de la estación de ferrocarril. Una pequeña señal en la carretera
decía «Ubergangsstelle».
-Sí -asintió María Chen.
-Gran cosa -dijo Harod.
Subieron por la sinuosa carretera del valle, pasaron las señales
de girar al Grosser Arber y al Kkine Albersee. En una colina distante pudo ver
el latigazo blanco de una pista de esquí y los puntos móviles de un telesilla.
Diminutos coches con cadenas en los neumáticos y portaesquís subían por
carreteras que eran poco más que corredores de hielo y nieve batida. Harod
tembló cuando el aire frío sopló a través de las ventanas traseras de su coche
alquilado. Las puntas de dos juegos de esquís para practicar esquí de fondo que
María había alquilado esa mañana en el hotel sobresalían por la ventana
posterior del lado del pasajero.
-¿Crees que necesitaremos esas cosas? -preguntó él, moviendo el
cuello en dirección al asiento trasero.
María Chen sonrió y levantó diez uñas pintadas.
-Quizá -dijo. Miró el mapa de carreteras Shell y lo cotejó con
un mapa fotográfico-. La siguiente a la izquierda -indicó-. Después, seis
kilómetros hasta el campo privado de acceso.
El BMW tuvo que deslizarse y resbalar los últimos diez
kilómetros subiendo por el «camino de acceso», que no era más que un par de
surcos en la nieve entre árboles.
-Alguien ha estado aquí arriba hace poco -dijo Harod-. ¿La casa
está muy lejos?
-Un kilómetro más después del puente -respondió María Chen.
Detrás de una curva rodeada de árboles desnudos apareció el
puente. Un pequeño tramo de madera con un aire más sólido que la barricada de
la frontera checa. Había una pequeña cabaña de aspecto alpino unos veinte
metros más abajo. Dos hombres salieron de ella y se dirigieron lentamente hacia
el coche. Harod esperaba que en aquellas zonas rústicas cualquier persona
vistiera trajes campestres y gorras de fieltro, pero aquellos dos hombres
llevaban pantalones castaños de lana y americanas del mismo color. Harod pensó
que parecían padre e hijo, el supuesto hijo, de menos de treinta años, sostenía
un rifle de caza en el antebrazo.
-Guten Morgen, haben Sie sich verfahren? -preguntó el más viejo
con una sonrisa-. Das hier ist ein Privatgrundstück. María Chen tradujo:
-Nos dan los buenos días y preguntan si nos hemos perdido. Dicen
que esto es una propiedad privada.
Harod sonrió a los dos hombres.
El más viejo mostró dientes de oro en una sonrisa retributiva;
el hijo no reveló ninguna expresión.
-No estamos perdidos -dijo Harod-. Venimos a visitar a Willi...,
HerrVon Borchert. Nos invitó. Venimos de California.
Cuando el viejo frunció el ceño, mostrando incomprensión, María
Chen tradujo rápidamente al alemán.
-Herr Von Borchert lebts bier nicht mehr -dijo el viejo-. Schon
seit vielen Jahren nicht mehr.. Das Gut ist schon seit sehr lauger Zeit
geschlossen. Niemand geht mehr dorthin.
-Dice que Herr Von Borchert ya no vive aquí -tradujo María
Chen-. Desde hace muchos años la casa está cerrada. Nadie va allá. Harod sonrió
y meneó la cabeza.
-Entonces, ¿cómo es que vosotros aún estáis de guardia, eh? -
Warum lassen Sie es noch bewachen? -tradujo María Chen. El viejo sonrió.
-Wir werden von der Familie bezahlt so dasz dort kein
Vandalismus eusteht -dijo el viejo-. Bald wird all das ein Teil des
Nationalwaldes werden. Die alten Hduser werden abgerissen. Bis dahin schickt
der Neffe uns Schecks aus Bonn, und wir hallen alle Wilddiebe und Unbefugte
fern, so wie es mein Valer vor mir getan hazte. Mein Sohn wird sich ande re
Arbeit suchen müssen.
-La familia nos paga para evitar el vandalismo -tradujo María
Chen-. Ah..., muy pronto..., muy pronto, esto será parte del Bosque Nacional.
La vieja casa será demolida. Hasta entonces, el sobrino..., el sobrino de Von
Borchert, me parece, Tony..., el sobrino nos envía talones desde Bonn y
nosotros mantenemos alejados a los cazadores furtivos y a los intrusos, tal
como mi padre lo hizo antes de mí. Mi hijo tendrá que buscar trabajo. -Y ella
añadió-: No nos dejarán pasar, Tony.
Harod le entregó al hombre un resumen de tres páginas de la
próxima película de Bill Borden, El tratante de blancas. Un billete de cien
marcos era ostensiblemente visible entre las páginas.
-Dile que venimos desde Hollywood para estudiar exteriores -le
dijo Harod-. Dile que el viejo castillo sería un magnífico castillo encantado.
María Chen lo hizo. El viejo miró el prospecto y el dinero y los
devolvió despreocupadamente.
-Ja, es wáre eine wunderbare kulisse für Binen Gruselfilm. Es
besteht kein Zwifel, dasz es hier spukt. Aber ich glaube, dasz es keine
weiteren Gespenster braucht. Ich schlage vor, dasz Sie umdrehen, so dasz Sie
bier nicht stecken bleibeu. Grüsz Gott!
-¿Qué dice? -preguntó Harod.
-Está de acuerdo en que la propiedad sería un excelente
escenario para una película de terror -dijo María Chen-. Dice que está
realmente encantado. Le parece que no necesita más fantasmas. Nos dice que
demos la vuelta aquí para que no quedemos atascados y nos desea buenos días.
-Diles que se vayan a tomar por el culo -dijo Harod sonriendo.
- Vielen Dank für Ihre Hilfe -dijo María Chen.
-Bitte sehr -respondió el viejo.
-De nada -dijo el joven del rifle.
Harod dio marcha atrás con el BMW por el largo camino, giró
hacia el oeste en el equivalente alemán de una carretera provincial y condujo
casi un kilómetro antes de aparcar el coche en nieve poco profunda a cinco
metros de una cerca. Cogió las tenazas del portamaletas y cortó la cerca por
cuatro sitios. Usó las botas para apartar los alambres. El corte no sería
visible desde la carretera a causa de los árboles, y además había poquísimo
tráfico. Volvió al coche, cambió sus botas de montaña por esquís de campo a
través que enganchó a unas botas muy cómicas, y dejó que María Chen le ayudara.
Harod había esquiado dos veces, ambas durante excursiones en Sun
Valley, una con la sobrina de Dino de Laurentiis y Ann Margaret, y no le había
gustado nada aquello.
María Chen dejó el bolso en el coche, metió la Browning en el
cinturón de su jersey, se metió un sujetador extra en el bolsillo, se colgó un
par de prismáticos alrededor del cuello y dirigió la marcha a través del corte
de la cerca. Harod se arrastró torpemente tras ella.
Se cayó dos veces en el primer kilómetro, y se maldijo mientras
luchaba para ponerse en pie y María Chen observaba con una ligera sonrisa. No
había ningún sonido excepto el chapotear suave de los esquís, el castañeteo
ocasional de las ardillas, y los bramidos desacompasados de la respiración de
Harod. Después de casi tres kilómetros de camino, María Chen paró y consultó su
brújula y el mapa topográfico.
-Allá está el riachuelo -dijo, señalando una parte densa del
bosque-. Podemos atravesarlo con ese tronco. El castillo debe de estar en el
claro a un kilómetro en esa dirección.
«Tres campos de fútbol más», pensó Harod luchando por recobrar
el aliento. Recordó el rifle de caza del joven y comprendió que la Browning
sería inútil en una competición. Y, según sabía, Jensen y Luhan y una docena
más de esclavos de Willi esperaban en el bosque con Uzis y Mac-10s. Harod se
obligó a respirar hondo y notó la tensión en su vientre. «Cojones», pensó. Se
había molestado en llegar hasta allí y no se iría sin saber si Willi estaba
allá.
-Vamos -dijo.
María Chen asintió con la cabeza, metió el mapa en el bolsillo y
esquió con elegancia hacia delante.
Había dos cadáveres delante de la casa.
Harod y María Chen se ocultaron detrás de una fina pantalla de
píceas y se turnaron para mirar los cuerpos con los prismáticos. Desde una
distancia de cincuenta metros, los dos bultos oscuros podían ser cualquier cosa
-bultos de ropa abandonada quizá-, pero los prismáticos mostraban la curva de
una mejilla blanca, la postura de miembros torcidos en un ángulo que habría
producido dolores terribles a una persona que durmiera. Aquellos dos no
dormían.
Harod miró de nuevo. Dos hombres. Abrigos oscuros. Guantes de
cuero. Uno había usado una cazadora marrón, que estaba un metro y medio más
adelante sobre la nieve. La nieve se hallaba salpicada de sangre alrededor de
los dos cuerpos. Un rastro rojo unía las huellas a la gran contraventana de la
vieja casa. Treinta metros más al este, había profundas marcas paralelas en la
nieve, otra pista de huellas en dirección a la casa y grandes estrías
circulares de nieve en polvo, como si un enorme abanico hubiese estado dirigido
hacia abajo. «Un helicóptero», reflexionó Harod.
No había señal de coches, vehículos para la nieve o marcas de
esquís. El camino que enlazaba con el de entrada donde él y María habían sido
detenidos antes era poco más que un espacio de nieve entre los árboles. Desde
allá no podían ver la cabaña alpina o el puente.
La casa principal era bastante más que una casa solariega
típica, definitivamente menos que un castillo. Era un enorme montón de piedras
oscuras y ventanas estrechas, tenía diversas alas y niveles y daba la impresión
de que había empezado como un pabellón central imponente y se le habían ido
añadiendo piezas generación tras generación. El color de la piedra y el tamaño
de las ventanas cambiaba aquí y allá, pero el efecto general era triste: piedra
oscura, pocos cristales, puertas estrechas, pesadas paredes que recubrían la
sombra de árboles desnudos. Harod pensó que estaba más de acuerdo con la
personalidad de Willi que el chalé de república bananera en Bel Air.
-Y ahora, ¿qué? -susurró María Chen.
-Calla -dijo Harod, y levantó los prismáticos para mirar de
nuevo los dos cadáveres. No estaban muy separados. La cara de uno estaba vuelta
hacia lo lejos, casi enterrada en la nieve, y por eso Harod sólo podía avistar
un poco de pelo oscuro, corto, agitándose ligeramente cuando soplaba viento,
pero el otro, el que estaba de espaldas, mostraba su cara pálida y unos ojos
abiertos, blancos, mirando hacia la línea de árboles de hoja perenne como si
esperara su llegada. Harod pensó que no llevaban mucho rato muertos. No parecía
que algún animal carroñero hubiese llegado hasta los cadáveres.
-Marchémonos, Tony.
-Cállate.
Harod bajó los prismáticos e intentó ordenar sus ideas. Desde
donde estaban no podían ver el otro lado de la casa. Si querían acercarse, era
buena idea no abandonar la protección del bosque y esquiar en un círculo amplio
para poder observar la casa desde todos los ángulos. Harod echó un vistazo al
gran claro. Los árboles estaban esparcidos en las dos direcciones; tardaría una
hora o más en entrar en el bosque y acercarse sigilosamente. Las nubes habían
cubierto el Sol y se había levantado un viento frío. Había empezado a nevar
ligeramente. Los tejanos de Harod estaban empapados después de las caídas y le
dolían las piernas a causa del ejercicio. La luz que desaparecía transmitía una
sensación de crepúsculo, aunque todavía no era mediodía.
-Marchémonos de aquí, Tony.
La voz de María Chen no sonaba suplicante ni asustada, sólo
tranquilamente insistente.
-Dame el arma -dijo él. Ella se la dio y él apuntó hacia la casa
y hacia los bultos oscuros de la entrada-. Ve hasta allá -le dijo-. Con tus
esquís. Te cubriré desde aquí. Creo que no hay nadie en la casa.
María Chen lo miró.
No había discusión ni desafío en sus ojos oscuros, sólo
curiosidad, como si fuera la primera vez que lo veía.
-Adelante -ordenó Harod, y bajó la automática, sin saber qué
haría si ella se negaba a obedecerle.
María Chen se volvió, se movió al lado de las píceas con un
movimiento rápido del palo de esquiar y se dirigió hacia la casa. Harod se
encorvó y se apartó del lugar en que habían estado, caminó por el bosque hasta
situarse tras un gran árbol de madera dura rodeado de pinos jóvenes. Levantó
los prismáticos. María Chen había llegado junto a los cuerpos. Se detuvo, clavó
los dos palos y observó la casa. Después miró hacia el lugar donde había dejado
a Harod y esquió hacia la casa, haciendo una pausa junto a la gran
contraventana antes de girar a la derecha y esquiar a lo largo de la casa.
Desapareció por el lado derecho -la esquina más cercana a la carretera de
acceso- y Harod levantó los esquís y se puso en cuclillas en una zona seca bajo
el árbol.
Los minutos se eternizaron hasta que ella apareció por el otro
lado de la casa. Volvió a la contraventana central e hizo un gesto hacia donde
creía que estaba Harod.
Harod esperó otros dos minutos, se puso derecho y se dirigió
hacia la casa, corriendo agachado. Había pensado que podría maniobrar mejor sin
los esquís. Fue un error. La nieve sólo le llegaba a las rodillas, pero le
entorpecía enormemente los movimientos y le hacía perder el equilibrio;
caminaba tres metros sobre la corteza helada y después se hundía y tenía que
tantear el camino por delante. Se cayó tres veces, y en una de las ocasiones
dejó caer la automática en la nieve. Comprobó que el cargador no estaba
atascado, sacudió la nieve de la culata y siguió avanzando.
Se detuvo junto a los dos cuerpos.
Tony Harod había producido veintiocho películas, todas menos
tres con Willi. Las veintiocho contenían amplias dosis de sexo y violencia, a
menudo por partes iguales. Las cinco entregas de la Noche de Walpurgis -la más
exitosa empresa de Harod- habían sido poco más que una sucesión de asesinatos,
la mayor parte de chicos y chicas jóvenes, antes, después o durante el acto
sexual. Los asesinatos eran mayormente vistos a través de la cámara subjetiva
que simulaba el punto de vista del asesino. Harod había aparecido a menudo en
el plató durante el rodaje y había visto personas apuñaladas, heridas por
disparos, empaladas, quemadas, destripadas y decapitadas. Había estado en
efectos especiales tiempo más que suficiente para aprender todos los misterios
de las bolsas de sangre y de aire, los ojos arrancados y los trucos
hidráulicos. Había escrito personalmente la escena de Noche de Walpurgis V• La
pesadilla continúa, en la que la cabeza de la niñera estalla en mil fragmentos
después de engullir la cápsula explosiva colocada en el frasco por Golon el
asesino enmascarado.
A pesar de todo esto, Tony Harod nunca había visto una víctima
real de un asesinato. Los únicos dos cadáveres a los que se había aproximado
eran los de su madre y su tía Mira ya colocados en sus ataúdes y rodeados por
la distancia protectora de las pompas fúnebres y de los acompañantes. Su madre
fue enterrada cuando Harod tenía nueve años; su tía Mira, cuando tenía trece.
Nunca nadie había mencionado la muerte de su padre.
A uno de los hombres que yacían junto a la casa de Willi Borden
le habían disparado cinco o seis veces; el otro tenía la garganta abierta.
Ambos habían sangrado mucho. La abundancia de sangre chocó a Harod por su
absurdo exceso, como si algún director de cine demasiado entusiasta hubiese
derramado cubos de tinta roja en el escenario. Simplemente echando un vistazo a
los cuerpos, la sangre y las huellas en la nieve, Harod pensó que podía
reconstruir parte de la escena: un helicóptero había aterrizado a unos treinta
metros de la casa. Ese par habían salido, aún con zapatos de ciudad, y se
habían dirigido a la puerta viselada. Habían empezado a luchar allí, sobre las
losas. Harod podía imaginarse al más bajo de los dos, el que tenía la cara
contra la nieve, volviéndose súbitamente y saltando sobre su compañero,
mordiéndole y arañándole. El más alto había retrocedido -Harod podía ver las
huellas de los tacones en la nieve-, después había desenfundado la Luger y
había disparado varias veces. El bajito había continuado avanzando, quizás
incluso después de recibir un tiro en la cara. El cadáver más pequeño tenía dos
agujeros de bala en la mejilla derecha y sobresalía de su boca un trozo de
músculo y tejido aún entre sus dientes. El más alto se había tambaleado varios
metros hacia atrás después de que el bajo hubiese caído; enseguida, como si
comprendiera por primera vez que su garganta estaba medio destrozada, su
arteria cortada y bombeando sangre a raudales, y su laringe rasgada, había
caído, había rodado por el suelo y había muerto mirando la línea de árboles
donde Harod y María Chen habían aparecido algunas horas después. El brazo del
hombre alto estaba medio levantado, frenado en la rigidez esculpida del rigor
mortis. Harod sabía que el rigor mortis empezaba y acababa después de un
determinado número de horas del fallecimiento, pero no recordaba cuántas. Le
daba igual. Los había imaginado como asociados, saliendo del helicóptero
juntos, muriendo juntos. Las huellas no eran una prueba definitiva de eso. A
Harod no le importaba. Otro grupo de huellas que iban desde la puerta hasta la
depresión que podía haber sido una zona de aterrizaje, permitía intuir, que
varias personas habían salido de la casa y habían subido al helicóptero. No
había manera de saber de dónde había venido el helicóptero, quién viajaba en
él, quién de la casa había subido él o adónde se dirigía. A Harod le daba
igual.
-¿Tony? -dijo María Chen en un susurro.
-Espera un segundo -rogó Harod.
Se volvió, se apartó del enorme círculo de sangre y vomitó sobre
la nieve. Se inclinó, sintió de nuevo el sabor del café y la espesa salchicha
alemana que se había comido en el desayuno. Cuando acabó, cogió un poco de
nieve limpia, se lavó la boca, se levantó y fue, evitando los cadáveres, a
reunirse con María Chen en las losas.
-La puerta no está cerrada -murmuró ella.
A través de los cristales, Harod podía ver sólo cortinas. Ahora
nevaba mucho y los densos copos oscurecían la línea de árboles que había a
sesenta metros de la casa. Harod asintió con la cabeza e inspiró con fuerza.
-Ve allá fuera y coge el arma de ese tipo -ordenó él-. Y mira si
lleva el carné.
María Chen miró a Harod durante un segundo y esquió hacia los
cadáveres. Tuvo que abrir la mano del cadáver del hombre más alto para liberar
el revólver. El hombre alto tenía el carné en la cartera; el otro cadáver tenía
la cartera y el pasaporte en el bolsillo de la americana. María Chen tuvo que
hacer rodar en la nieve los dos cadáveres para encontrar lo que Harod quería.
Cuando volvió a las losas, su jersey azul y su chaleco estaban
considerablemente manchados de sangre. Dejó los esquís y se frotó con nieve las
mangas del jersey y el chaleco.
Harod hojeó las carteras y el pasaporte. El hombre más alto se
llamaba Frank Lee, carné de conducir internacional, expedido hacía tres años en
Miami, y domicilio provisional en Munich. El otro se llamaba Ellis Robert
Sloan, 32 años, residente en Nueva York, visados y pasaporte para Alemania
occidental, Bélgica y Austria. Ochocientos dólares americanos y más de
seiscientos marcos alemanes entre ambas carteras. Harod meneó la cabeza y las
dejó caer en las losas. No habían revelado nada importante. Sabía que estaba
ganando tiempo, retrasando la entrada en la casa.
-Ven -dijo, y entró.
La casa era grande, fría, oscura, y estaba -Harod lo esperaba
fervorosamente- vacía. Ya no quería hablar con Willi. Sabía que si encontraba a
su viejo mentor de Hollywood, la primera reacción de Harod sería vaciarle el
cargador de la Browning en la cabeza. Si Willi se lo permitía. Tony Harod no se
hacía ilusiones sobre su «aptitud» en comparación con la de Willi. Podía
haberles hablado a Barent y a los otros de la decadencia del poder de Willi -y
creérselo él mismo un poco- pero, desgraciadamente, sabía que, en su momento
más flojo, Willi Borden podía dominar mentalmente a Tony Harod en diez
segundos. El viejo bastardo era un monstruo.
Harod deseó no haber venido a Alemania, no haber salido nunca de
California, no haber permitido nunca que Barent y los otros le obligaran a
asociarse con Willi.
-Atención -murmuró, y condujo a María Chen hacia el interior de
aquel oscuro montón de piedras.
Habitación tras habitación, los muebles estaban cubiertos por
sábanas blancas. Como le había ocurrido con los cadáveres del exterior, Harod
había visto eso en innumerables películas, pero en la realidad el efecto era
desconcertante. Se encontró apuntando la automática a cada silla cubierta y a
cada lámpara, esperando que se levantara y se dirigiera a él como la figura
cubierta por una sábana de La noche de Halloween de Carpenter.
El vestíbulo de la entrada principal era enorme, con baldosas
blancas y negras, y estaba vacío. Harod y María Chen caminaron sigilosamente,
pero no pudieron evitar que sus pasos resonaran. Harod se sintió como un
estúpido caminando con botas de esquí por la casa. María Chen le seguía
tranquilamente, con la Luger manchada de sangre en la mano. Su expresión no
mostraba más tensión que si caminara por la casa de Harod en Hollywood buscando
una revista extraviada.
Harod tardó quince minutos en asegurarse de que no había nadie
en el primer piso ni en el enorme, resonante, sótano. La casa parecía
abandonada; si no hubiera encontrado los cadáveres en el exterior, Harod
hubiera tenido la certeza de que allí no había entrado nadie durante años.
-Arriba -murmuró, aún empuñando la automática. Sus dedos estaban
blancos por la presión sobre el arma.
El ala oeste estaba oscura, fría y no había en ella ningún
mueble, pero cuando entraron en el corredor del ala este, Harod y María Chen se
quedaron inmóviles. Al principio, el pasillo parecía tapado por una especie de
enorme cristal de hielo ondulado -Harod pensó en la escena en que Zhivago y
Laura vuelven a la casa de campo en invierno-, pero Harod siguió cautelosamente
adelante y comprendió que la tenue luz se reflejaba en una fina y transparente
cortina de plástico que colgaba del techo y cubría completamente una pared. Dos
metros más adelante otra cortina del mismo tipo les hizo ir más despacio. Era
un simple aislamiento térmico del ala este. El corredor estaba oscuro, pero se
veía una pálida luz procedente de diversas puertas abiertas a lo largo de los
quince metros de pasillo. Harod hizo una seña a María Chen y avanzó
sigilosamente con ambas manos en la automática y las piernas flexionadas. Abrió
puertas, preparado para disparar, alerta, con la actitud de un gato. Imágenes
de Charles Bronson y Clint Eastwood danzaban en su cabeza. María Chen se quedó
junto a la cortina de plástico sin dejar de mirarlo.
-Mierda -dijo Harod después de casi diez minutos de controlar
habitaciones. Actuaba como si estuviera defraudado y, por los efectos
secundarios del flujo de adrenalina, estaba un poco defraudado.
A menos que hubiera habitaciones ocultas, la casa estaba vacía.
Cuatro de los cuartos a lo largo del corredor tenían señales de haber estado
habitados recientemente: neveras llenas, hornillos, papeles dispersos sobre las
mesas. Un cuarto en especial, un gran estudio con estanterías, un viejo sofá y
una chimenea con cenizas aún calientes al tacto, le hizo pensar a Harod que no
había encontrado a Willi por pocas horas. Quizá los inoportunos visitantes del
helicóptero habían sido los causantes de la súbita partida. Pero no habían
quedado ropas, ni otros objetos personales; quienquiera que estuviese allí
estaba preparado para marcharse. En el estudio, cerca de una ventana estrecha,
sobre una mesa robusta, había un enorme tablero de ajedrez con las figuras cinceladas
desplegadas en mitad del juego. Harod se dirigió a la mesa y usó la automática
para hurgar los pocos papeles que quedaban allí. El flujo de adrenalina estaba
desapareciendo, sustituido por una respiración rápida, un temblor creciente y
un enorme deseo de estar en otro sitio.
Los papeles estaban en alemán. Aunque Harod no lo entendía, tuvo
la sensación de que trataban de cosas triviales: contribuciones de la
propiedad, informes sobre el uso de la tierra, débitos y créditos. Los lanzó al
suelo, buscó en los pocos cajones vacíos y decidió que era el momento de
largarse.
-¡Tony!
Algo en la voz de María Chen le hizo volverse con la Browning
apuntada.
Estaba de pie junto a la mesa de ajedrez. Harod se acercó,
pensando que había visto algo por la estrecha ventana, pero la chica miraba el
gran tablero de ajedrez. Harod miró también. Un minuto después bajó la
automática, cayó sobre una rodilla y murmuró:
-Joder, Cristo.
Harod sabía poco de ajedrez. Sólo había jugado algunas veces de
niño, pero podía entender que el juego sobre el tablero estaba en su fase
inicial. Sólo tres piezas, dos negras y una blanca, se habían perdido y estaban
al lado del tablero. Harod se curvó hacia delante, aún sobre una rodilla, y sus
ojos quedaron a pocas pulgadas de las piezas más próximas.
El juego de ajedrez había sido cincelado a mano en marfil y
ébano. Cada pieza tenía ocho centímetros de altura, estaba cincelada con suma
delicadeza y debía de haber costado una fortuna. Harod sabía poco de ajedrez,
pero lo que sabía le sugería que se trataba de una partida muy poco ortodoxa.
El chaval al que había vencido Harod en su segunda y última partida, hacía casi
treinta años, se había reído cuando Tony había movido su dama durante la
apertura. El chaval se había reído burlonamente y había dicho algo sobre que
sólo un aficionado usaba su dama durante la apertura. Pero aquí ambas damas
habían sido claramente usadas. La dama blanca estaba en el centro del tablero,
enfrentada a un peón blanco. La dama negra había sido apartada del combate y
estaba sola en un lado. Harod se inclinó más. El rostro de ébano de la dama era
elegante, aristocrático, aún bello a pesar de las marcas de la edad
meticulosamente cinceladas. Harod había visto aquella cara cinco días antes en
Washington D.C., cuando C. Arnold
Barent le había mostrado una foto de la vieja que había sido
asesinada en Charleston y que había sido tan descuidada como para dejar su
macabro libro de recortes en la habitación del hotel. Tony Harod estaba
contemplando a Nina Drayton.
Examinó con urgencia cada uno de los rostros de las piezas de
ajedrez. No reconoció la mayor parte, pero algunas se hicieron claras como con
la asombrosa focal variable que Harod usaba en algunas de sus películas.
El rey blanco era Willi; no había duda, aunque la cara era más
joven, las facciones más definidas, el pelo más espeso y el uniforme ya no
estuviera vigente en Alemania. El rey negro era C. Arnold Barent, con traje de
calle. Harod reconoció en el alfil negro a Charles C. Colben. El alfil blanco
era el reverendo Jimmy Wayner Sutter. Kepler estaba tranquilamente sentado en
la fila delantera de peones negros, pero el caballo negro había saltado sobre
la fila de peones estáticos para entrar en la lucha. Harod giró la pieza
ligeramente y reconoció los rasgos cansados y remilgados de Nieman Trask.
Harod no reconoció la cara de la vieja regordeta de la dama
blanca, pero no tuvo ningún problema para adivinar su identidad. «La
encontraremos -había dicho Barent-. Todo lo que queremos es que la mates.» La
dama blanca y dos peones blancos estaban lejos, al fondo del lado negro del
tablero. Harod no reconoció el peón, que parecía rodeado por amenazadoras
piezas negras; era el rostro de un hombre entre los cincuenta y los sesenta
años, con barba y gafas. Alguna cosa en su cara hizo que Harod pensara que era judío.
Pero el otro peón blanco, el que estaba cuatro casillas delante del caballo de
Willi y aparentemente expuesto al ataque de varias piezas negras al mismo
tiempo, este peón, cuando lo giró lentamente, fue inmediatamente identificable.
Tony Harod miraba su propia cara.
-¡Joder!
El grito de Harod parecía resonar en la enorme casa. Gritó de
nuevo y pasó el cargador de la Browning sobre el tablero una vez, dos, tres
veces, esparciendo piezas de marfil y ébano por el suelo.
María Chen retrocedió y volvió la mirada hacia la ventana.
Fuera, la última luz del día parecía haber huido al bajar las nubes; la línea
oscura de árboles había desaparecido, envuelta en una niebla gris, y la espesa
nieve había cubierto suavemente los dos cadáveres como piezas de ajedrez caídas
en el césped de la casa.
12
Charleston, jueves 18 de diciembre de 1980
-Parece que va a nevar -dijo Saul Laski.
Estaban los tres sentados en el coche del sheriff Gentry: Saul y
Gentry en el asiento delantero, Natalie en el trasero. Lloviznaba y la
temperatura no era superior a los diez grados. Natalie y Gentry llevaban
americanas, Saul se había puesto un grueso jersey azul bajo una vieja americana
deportiva de tweed. Ahora usaba su índice para empujar las gafas sobre el
caballete de la nariz y miró de lado por el parabrisas mojado.
-Faltan tres días para Navidad -dijo- y no hay nieve. No sé cómo
los del Sur pueden acostumbrarse a esto.
-Yo tenía siete años la primera vez que vi nieve -dijo Bobby Joe
Gentry-. Cerraron la escuela. No había ni una pulgada de nieve, pero todos
corrimos a casa como si fuera el fin del mundo. Tiré una bola de nieve..., la
primera que hacía en mi vida, y fui a reventar la vitrina del salón de la vieja
señorita McGilvrey. Para mí casi fue el fin del mundo. Cuando mi padre llegó a
casa, hacía tres horas que le esperaba, no pude ni comer. Me sentí feliz de la
paliza y no lloré.
Gentry tocó un botón y el limpiaparabrisas batió una vez, dos
veces y volvió a su lugar con un chasquido. Los arcos del parabrisas
súbitamente aclarados empezaron a mancharse con la lluvia.
-Sí, señor -dijo Gentry con aquella voz cavernosa y agradable
que Laski ya conocía muy bien-, siempre que veo nieve pienso que recibo una
paliza e intento no llorar. Me parece que los inviernos se están haciendo más
fríos, la nieve se hace más fría.
-¿Ya ha llegado el médico? -preguntó Natalie desde el asiento
trasero.
-No. Aún faltan tres minutos para las cuatro -dijo Gentry-.
Calhoun se está haciendo viejo, aminora un poco la marcha, según me dicen, pero
es puntual como el viejo reloj de la abuela. Regular como nadie. Si dice que
estará aquí a las cuatro, estará aquí.
Como para recalcar el comentario, un largo Cadillac gris se
detuvo y dio marcha atrás para meterse en un hueco cinco coches delante del
coche patrulla de Gentry.
Saul miró el edificio. A varios kilómetros del casco antiguo, la
construcción era atractiva, combinaba la elegancia de lo añejo con las
comodidades modernas. Una vieja fábrica de conservas había sido transformada en
un grupo de chalés adosados y despachos con garaje. El edificio brillaba:
ladrillos limpios, madera añadida, reparada o pintada. A Saul le pareció que se
había tenido mucho cuidado en la restauración y reorganización del espacio.
-¿Está seguro de que los padres de Alicia aceptan esto?
-preguntó.
Gentry se quitó el sombrero y pasó el pañuelo por la faja
interior de cuero.
-Del todo -dijo-. La señora Kaiser está muy preocupada con la
chica. Dice que Alicia no come, se despierta chillando cuando intenta dormir y
se pasa la mayor parte del día sentada y mirando las musarañas.
-Hace sólo seis días que vio a su mejor amiga asesinada -dijo
Natalie-. Pobre muchacha.
-Y al abuelo de su mejor amiga -añadió Gentry-. Y quizás a otras
personas, no lo sabemos.
-¿Cree que estaba en Mansard House? -preguntó Saul.
-Nadie recuerda haberla visto allí -respondió el sheriff-, pero
eso no quiere decir nada. Si no están preparadas para hacerlo, la mayor parte
de las personas no se da cuenta de lo que pasa a su alrededor. Claro que
algunos se dan cuenta de todo. Pero nunca son los que están en el escenario de
un crimen.
-Alicia fue encontrada cerca, ¿verdad? -preguntó Saul.
-Precisamente entre los dos escenarios -dijo Gentry-. Una vecina
la vio en una esquina, llorando y con aire asustado, a medio camino entre la
casa Fuller y Mansard House.
-¿Su brazo está mejor? -preguntó Natalie.
Gentry se volvió para mirar a la mujer del asiento trasero.
Sonreía, y sus ojos azules y pequeños parecían más brillantes que la mustia luz
invernal del exterior.
-Sí, señora. Es una simple fractura.
-Un «señora» más en su boca, sheriff -refunfuñó Natalie-, y le
rompo un brazo.
-Sí, señora -dijo Gentry, sin aparente ironía. Miró de nuevo por
el parabrisas- Es realmente el viejo doctor C. Compró ese maldito bombardero
negro cuando fue a Inglaterra antes de la Segunda Guerra Mundial. Una serie de
conferencias en el London City Hospital, creo. Participaba en el grupo de
planificación de desastres antes de la guerra. Recuerdo que le dijo a mi tío
Lee hace años que los médicos británicos estaban preparados para encargarse de
cerca de cien veces las bajas semanales que tuvieron realmente cuando los
alemanes empezaron a bombardearlos. No quiero decir que estaban preparados para
más..., pero esperaban más.
-¿El doctor Calhoun tiene mucha experiencia de hipnotismo?
-preguntó Saul.
-Parece que sí -dijo Gentry con voz cansina-. Sobre eso aconsejó
a los ingleses en 1939. Parece que algunos de los especialistas de allá estaban
convencidos de que los bombardeos serían tan traumáticos que todos los civiles
quedarían afectados. Pensaron que Jack podría ayudarles con su sugestión
poshipnótica y todo eso. -Empezó a abrir la puerta del coche-. ¿Viene, señorita
Preston?
-Naturalmente -dijo Natalie, y salió hacia la lluvia.
Gentry salió y se quedó de pie junto al coche. La lluvia batió
en el ala de su sombrero.
-¿Está seguro de que no quiere venir, profesor? -preguntó.
-No, no quiero estar allí -dijo Saul-. No quiero tener ninguna
posibilidad de interferir. Pero estoy ansioso por saber qué dirá la niña.
-Yo también -murmuró Gentry-. Intentaré conservar la mente
abierta, pase lo que pase.
Cerró la puerta y corrió -corrió graciosamente para un hombre
tan pesado- para alcanzar a Natalie Preston.
«La mente abierta -pensó Saúl-. Sí, creo que la tienes, desde
luego.»
-Le creo -había dicho el sheriff Bobby Joe Gentry cuando Saul
hubo terminado de contar su historia el día anterior.
El psiquiatra había condensado la historia lo más posible,
reduciendo la narración que había ocupado casi toda la mañana y la noche
anterior a una sinopsis de cuarenta y cinco minutos. Varias veces Natalie le
había interrumpido para recordarle una parte que se había saltado. Gentry hizo
algunas preguntas puntuales. Comieron mientras Saul hablaba. En una hora la
historia estaba terminada, habían comido y el sheriff Gentry había asentido con
la cabeza, diciendo:
-Le creo.
Saul parpadeó.
-¿Así, por las buenas?
Gentry meneó la cabeza.
-Sí. -El sheriff se volvió para mirar a Natalie-. ¿Usted le
creyó, señorita Preston?
La joven vaciló sólo un segundo.
-Sí, le creí. -Miró a Saul-. Y sigo creyéndole.
Gentry no dijo nada más. Saul se rascó la barba, se quitó las
gafas para limpiarlas y volvió a ponérselas.
-¿No piensan que lo que yo explico es... fantástico?
-Claro que sí -dijo Gentry-, pero también pienso que es
fantástico tener nueve personas asesinadas en mi ciudad y ni una sola pista
sobre cómo se relacionan sus muertes. -El sheriff se inclinó hacia delante-.
¿No le había explicado esto a nadie antes? Quiero decir, toda la historia.
Saul se rascó la barba.
-Se lo expliqué a mi prima Rebecca -dijo en voz baja-. Poco
antes de su muerte, en 1960.
-¿Y ella le creyó? -preguntó Gentry.
Los ojos de Saul fueron al encuentro de la mirada del sheriff.
-Ella me quería. Nos habíamos encontrado inmediatamente después
de la guerra y me había ayudado a recuperarme. Me creyó. Dijo que me creía, y
yo decidí creer que era sincera. Pero ¿por qué debería aceptar usted una
historia como ésta?
Natalie no dijo nada. Gentry volvió a sentarse en su silla hasta
que su espalda hizo crujir la madera.
-Bien, hablando por mí, doctor -dijo él-, tengo que confesar dos
debilidades. Una, tiendo a juzgar a las personas por lo que me transmite lo que
me dicen, el cómo me lo dicen. Por ejemplo, ese hombre del FBI que conoció ayer
en mi despacho, Dickie Haines, quiero decir, todo lo que él dice es cierto y
lógico y todo lo que quiera. Parece correcto. Ostras, huele bien. Pero hay algo
en ese tío que me hace confiar en él casi tanto como en una comadreja
hambrienta. Nuestro señor Haines en cierta manera no está del todo con
nosotros. Quiero decir, la luz de su porche está encendida y todo, pero no hay
nadie en casa, si comprende lo que quiero decir. Hay mucha gente así. Cuando
conozco a alguna persona en la que creo, mi tendencia es creerla, y punto. Lo
que, por cierto, me ha metido en más de un lío.
»Segunda debilidad, tengo la manía de leer mucho. No estoy
casado. Mi trabajo es mi afición. Antes pensaba que quería ser historiador,
después divulgador de la historia, como Catton o Tuchman, después quizá
novelista. Pero era demasiado perezoso para ser cualquiera de esas cosas,
aunque todavía leo a toneladas. Me gustan las sandeces. Así que hice un
contrato conmigo mismo: por cada tres libros serios
que leo, me entrego a alguna sandez. Sandeces bien escritas, de
todas
formas, a pesar de ser sandeces. Por eso leo literatura de
misterio: John
D. MacDonald, Parker, Westlake; y cosas de suspense: Ludlum,
Treva
nian, LeCarré y Deighton; y literatura de terror, tipo Stephen
King,
Steve Rasnic Tem, tíos como éstos. -Le sonrió a Saul-. Su
historia no es tan extraña como todo eso.
Saul frunció el ceño y miró al sheriff.
-Señor Gentry, ¿intenta usted decirme que porque lee ficción
fantástica no encuentra mi historia fantástica?
Gentry meneó la cabeza.
-No, señor, digo que lo que me ha contado encaja con los hechos
y es la primera cosa que oigo que liga todos esos asesinatos.
-Haines tenía una teoría sobre Thorne -dijo Saul-. El criado de
la vieja y la Kramer conspirando para robar a sus amos.
-Haines está lleno de mierda, perdone el lenguaje, señorita
-espetó Gentry-. Y es imposible que ese muchacho, Albert LaFollette, el botones
que perdió la cabeza en Mansard House, estuviese conchabado con nadie. Yo
conocía al padre de Albert. Era un chico de tan pocas luces que apenas si sabía
atarse los cordones de los zapatos, pero era un buen chico. No jugaba al fútbol
en el instituto y les dijo a sus padres que no jugaba porque no quería hacer
daño a nadie.
-Pero mi historia va más allá de la lógica..., hasta lo
sobrenatural -dijo Saul. Se sentía ridículo discutiendo con el sheriff, pero no
podía admitir su aceptación inmediata.
Gentry se encogió de hombros.
-Siempre detesté las películas de vampiros en las que aparecen
cadáveres por todas partes con dos pequeños agujeros en el cuello y algunos de
ellos vuelven a la vida y todo eso y el chico bueno se pasa noventa minutos de
las dos horas de película intentando convencer a los otros chicos buenos de que
los vampiros existen.
Saul se frotó la barba.
-Mire -dijo Gentry en voz baja-, sea por la razón que fuere,
usted nos ha contado esto. De manera que ahora mis alternativas son: una, usted
es parte de esto, de una manera o de otra. Quiero decir, sé que usted no mató a
ninguna de esas personas personalmente. Participaba en una mesa redonda en
Columbia el sábado por la tarde y por la noche. Pero podría estar implicado.
Quizás hipnotizó a la señora Drayton o algo así. Ya lo sé, ya lo sé, la
hipnosis no funciona de esa manera, pero normalmente la gente tampoco domina
los cerebros de otros.
»Dos, usted puede estar como una regadera. Como uno de esos
patanes que salen de la nada para confesarse culpables cada vez que se comete
un asesinato.
»Tres, puede estar contando la verdad. Por el momento, me
decanto por la número tres. Además, también yo he visto algo misterioso por ahí
que encaja con su historia y no encaja con nada más.
-¿Qué algo misterioso? -preguntó Saul.
-El tío que me siguió esta mañana y que se mató en vez de hablar
conmigo -dijo Gentry-. Y el libro de recortes de la vieja.
-¿Libro de recortes? -inquirió Saul.
-¿Qué libro de recortes? -preguntó Natalie.
Gentry se quitó el sombrero, lo plegó y frunció el ceño con los
ojos fijos en él.
-Yo fui la primera autoridad que llegó al escenario del crimen
tras el asesinato de la señora Drayton -dijo-. Los camilleros estaban sacando
el cuerpo, los de homicidios aún estaban abajo contando los cuerpos y por eso
tuve tiempo de echar un vistazo en la habitación. No debería haberlo hecho.
Podría traerme problemas. Pero, ¡qué caray!, yo soy sólo un poli paleto. Pero
de todas maneras, allí estaba aquel libro grueso de recortes en una de sus
maletas, así que le eché una ojeada. Y allí estaban todos aquellos recortes
sobre asesinatos, el de John Lennon y muchos otros. La mayor parte, en Nueva
York. Llegaban hasta enero pasado. Al día siguiente la auténtica policía está
haciendo la investigación, el FBI está por todas partes, aunque no sea un caso
típico para ellos, y cuando voy al depósito el domingo por la noche no hay
libro de recortes, nadie lo ha visto, no hay registro de su presencia en el
escenario del crimen en los libros de la ciudad, no hay recibo del depósito de
cadáveres, nada.
-¿Preguntó por él? -quiso saber Saul.
-Claro -dijo Gentry-. A todo el mundo, desde los camilleros a
los chicos de homicidios. Nadie lo vio. Todo lo demás fue llevado al depósito y
registrado el domingo por la mañana: la ropa interior de la vieja, trajes,
píldoras para la tensión arterial, pero ningún libro de recortes con noticias
de más de veinte asesinatos.
-¿Quién hizo el inventario? -preguntó Saul.
-Homicidios y el FBI -dijo Gentry-. Pero Tobe Hartner, el
auxiliar administrativo del depósito, dice que nuestro querido señor Haines
estaba mirando el material cerca de una hora antes de que llegara el equipo de
homicidios. Dickie fue directamente al depósito.
Saul se aclaró la garganta.
-¿Piensa que el FBI está implicado en la ocultación de pruebas?
El sheriff Gentry lanzó una mirada candorosa, con los ojos muy abiertos.
-¿Por qué razón el FBI haría algo así?
El silencio se prolongó. Por fin Natalie Preston dijo:
-Sheriff, si uno de esos..., esos seres fue responsable de la
muerte de mi padre, ¿qué vamos a hacer?
Gentry cruzó las manos sobre el estómago y miró a Saul. Los ojos
del sheriff eran de un azul intenso.
-Es una buena pregunta, señorita Preston -dijo-. ¿Qué le parece,
doctor Laski? Si cogemos a su oberst o a la Fuller, o a ambos. ¿No le parece
que será un poco difícil conseguir una acusación de un jurado?
Saul abrió las manos en un gesto de impotencia.
-Parece una locura, estoy de acuerdo. Si aceptas esto, ninguna
lógica parece segura. Ningún asesino es condenado por una sombra de duda.
Ninguna prueba es suficientemente amplia para separar a los inocentes de los
culpables. Comprendo lo que quiere decir, sheriff.
-No -dijo Gentry-. No es tan malo como eso. Quiero decir, la
mayor parte de los casos de asesinato son realmente asesinatos, ¿cierto? ¿O
piensa que hay centenares o miles de esos vampiros de la mente corriendo por
ahí?
Saul cerró los ojos ante esa idea.
-Sinceramente rezo por que no sea así -dijo.
Gentry asintió con la cabeza.
-Entonces lo que tenemos aquí es una especie de caso especial,
¿verdad? Lo que nos lleva de nuevo a la pregunta de la señorita Preston. ¿Qué
vamos a hacer?
Saul inspiró profundamente.
-Necesito vuestra ayuda para... vigilar. Hay una posibilidad,
una pequeña posibilidad, de que uno u otro de los dos supervivientes vuelva a
Charleston. Quizá Melanie Fuller no tuvo tiempo de llevarse cosas de vital
importancia de su casa. Quizá William Borden, si está vivo, vuelva a por ella.
-Y después, ¿qué? -preguntó Natalie-. Esa gente no puede ser
castigada por los tribunales. ¿Qué pasa si los encontramos? ¿Qué puede hacer
usted?
Saul inclinó la cabeza, se ajustó las gafas y se pasó sus dedos
temblorosos por la frente.
-Hace cuarenta años que pienso en eso -dijo casi en un susurro-,
y todavía no lo sé. Pero siento que el oberst y yo estamos destinados a
encontrarnos de nuevo.
-¿Ellos son mortales? -preguntó Gentry.
-¿Qué? -exclamó Saul-. Sí, claro que son mortales.
-Alguien podría ir tras ellos y reventarles los sesos, ¿verdad?
-dijo el sheriff-. No vuelven a levantarse con la próxima luna llena o algo
así.
Saul se encaró al sheriff. Un minuto después, dijo:
-¿Qué pretende decir, sheriff?
-Mi opinión es..., aceptando su premisa de que esta gente puede
hacer lo que usted dice que puede hacer, en ese caso son los tipos más
terribles que conozco. Perseguir a uno de ellos sería como perseguir fantasmas
en los pantanos con un saco. Pero si los podemos identificar serán un blanco
tan fácil como usted o yo o John F. Kennedy o John Lennon. Cualquiera con un
fusil con una buena mira telescópica puede abatir a uno de ellos fácilmente.
¿Cierto, doctor?
Saul devolvió la mirada plácida del sheriff.
-Yo no tengo un fusil con mira telescópica -dijo.
Gentry meneó la cabeza:
-¿Ha traído algún arma de Nueva York? Saul negó con la cabeza.
-¿Tiene un arma, profesor?
-No.
Gentry se volvió hacia Natalie.
-Pero usted sí, señorita. Usted dijo que le siguió a la casa
Fuller ayer y que estaba preparada para detenerlo a punto de pistola si era
necesario.
Natalíe se sonrojó. Saul se sorprendió al ver cómo su piel color
café con leche podía volverse oscura cuando se sonrojaba.
-No es mía -dijo-. Era de mi padre. La tenía en su estudio de
fotografía. Tenía licencia. Era para protegerse de robos. Pasé por allí el
lunes y la traje.
-¿Puedo verla? -pidió Gentry delicadamente.
Natalíe fue hasta el armario del vestíbulo y sacó el arma del
bolsillo del impermeable. La puso sobre la mesa, cerca del sheriff. Gentry usó
el índice para girarla ligeramente hasta que quedó apuntada lejos de todos.
-¿Está acostumbrado a las armas, doctor? -preguntó Gentry. -No
de este tipo -contestó Saul.
-¿Y usted, señorita Preston? -dijo Gentry-. ¿Está familiarizada
con armas de fuego?
Natalie se frotó los brazos como si tuviera frío.
-Tengo un amigo en St. Louis que me enseñó a disparar -dijo-.
Se apunta y se apreta el gatillo. No es muy complicado. -¿Está
familiarizada con esta arma? -preguntó Gentry. Natalie negó con la cabeza.
-Mi padre la compró después de que yo me fuera al colegio lejos
de Charleston. No me parece que él la haya disparado nunca. No lo imagino capaz
de disparar a una persona.
Gentry enarcó las cejas y cogió la automática, la apuntó al
suelo y la tocó cuidadosamente por la protección del gatillo. -¿Está cargada?
-No -dijo Natalie-. Le quité todas las balas antes de salir
ayer.
Esta vez fue Saul quien enarcó las cejas. Gentry meneó la cabeza
y tocó la palanca para liberar el cargador de la culata negra de plástico.
Cogió el cargador para mostrarle a Saul que estaba vacío.
-Calibre 32, ¿no? -preguntó Saul.
-Llama 32 automática -convino el sheriff-. Un arma pequeña y muy
buena. Probablemente, nueva le costó al señor Preston unos trescientos dólares.
Señorita Preston, a nadie le gustan los consejos, pero yo me siento obligado a
darle algunos, ¿de acuerdo?
Natalíe asintió con la cabeza con un gesto escueto.
-Primero -dijo Gentry-, no apunte con un arma a nadie si no está
dispuesta a dispararla. Segundo, nunca apunte con un arma vacía. Y tercero, si
quiere tener un arma vacía debe asegurarse de que lo está.
Gentry hizo recular el mecanismo de la recámara y una bala cayó
sobre la toalla. Rodó sobre la mesa hasta topar contra un salero. Era una bala,
no un casquillo; no había sido disparada.
Natalie palideció, su piel se volvió de color ceniza.
-Es imposible -dijo en voz muy baja-. Conté las balas cuando las
quité. Eran seis en total.
Gentry volvió a poner el cargador con un chasquido, comprobó que
la palanca de seguridad estaba cerrada y apretó el gatillo. La recámara volvió
a su lugar con un ruido seco.
-Sí, señorita -dijo-, pero la Llama 32 tiene un cargador de
siete balas. Su padre debió de meter una en la cámara.
-¿Qué pretende ahora, sheriff? -preguntó Saul.
Gentry se encogió de hombros y puso la pistola automática de
nuevo sobre la mesa, cerciorándose de que ambos seguros estaban fijados.
-Creo que si vamos a perseguir a estos asesinos, vale más saber
alguna cosa de armas.
-Usted no lo entiende -dijo Saul-. Las armas son inútiles con
esa gente. Pueden hacer que el arma se vuelva contra ti. Pueden hacer de ti un
arma. Si los tres fuéramos tras el oberst, o tras la Fuller, en grupo, nunca
podríamos estar seguros unos de otros.
-Lo comprendo -dijo Gentry-. Y también comprendo que si los
encontramos, entonces ellos son vulnerables. Son peligrosos sobre todo porque
nadie conoce su existencia. Ahora nosotros la conocemos.
-Pero no sabemos dónde están -dijo Saul-. Creía que estaba tan
cerca. Estaba tan cerca...
-Borden tiene un pasado -intervino Gentry-, una historia, una
productora cinematográfica, asociados y amigos. Es un lugar por donde empezar.
Saul meneó la cabeza.
-Yo estaba convencido de que Francis Harrington estaría seguro
-dijo-. Había algunas preguntas. Si fue el oberst quien lo eliminó, podría
haberme reconocido. Creí que Francis estaría seguro y ahora está con casi
absoluta certeza muerto. No, no quiero que nadie más se implique directamente.
-Nosotros ya estamos implicados -respondió bruscamente Gentry-.
Estamos metidos en esto.
-Es cierto -dijo Natalie.
Los dos hombres se volvieron hacia ella. La intensidad le había
vuelto a la voz.
-Si no estás loco, Saul -dijo ella-, entonces esos monstruos
mataron a mi padre sin ninguna razón. Con vosotros dos o sola, voy a descubrir
a esos viejos asesinos y encontraré la manera de llevarlos ante la justicia.
-Entonces vamos a fingir que somos seres inteligentes -dijo
Gentry-. Saul, ¿Nina Drayton le dijo alguna cosa en sus dos sesiones que nos
pueda ayudar?
-No, creo que no -contestó Saul-. Habló de la muerte de su
padre. Deduje que ella usó su «aptitud» para asesinarlo.
-¿No habló de Borden ni de Melanie Fuller?
-No directamente, aunque se refirió a unos amigos de Viena a
principios de los años treinta. Por su descripción podían ser el oberst y
Melanie.
-¿Alguna cosa útil en eso?
-No. Indicios de celos sexuales y competición. -Saul, usted fue
usado por el oberst -dijo el sheriff. -Sí.
-Sin embargo, lo recuerda. ¿No sugirió que Jack Ruby y los otros
sufrían de una especie de amnesia después de ser usados?
-Sí -contestó Saul-. Creo que las personas que el oberst y los
otros han usado recuerdan sus actos, si los recuerdan, como se recuerda un
sueño.
-¿No se relaciona con la manera como los psicópatas se acuerdan
de episodios violentos?
-A veces -dijo Saul-. Otras veces, la vida normal de un psicópata
es el sueño y sólo está realmente vivo cuando causa dolor o muerte. Pero las
personas usadas por el oberst y los otros no son necesariamente psicópatas,
sólo víctimas.
-Pero usted recordó con exactitud cómo era cuando el oberst...
le poseía -dijo Gentry-. ¿Por qué?
Saul se quitó las gafas y las limpió.
-Era diferente. Era tiempo de guerra. Yo era un judío del campo.
Él suponía que yo no sobreviviría. No había necesidad de gastar energía para
apagar mi memoria. Además, yo me escapé por voluntad propia, pegándome un tiro
en el pie, sorprendiendo al oberst...
-Quería preguntarle eso -dijo Gentry-. Usted dice que el dolor
sorprendió al oberst, que le liberó de su control durante uno o dos minutos...
-Durante unos segundos -dijo Saul.
-De acuerdo, unos segundos. Pero todos los que fueron usados
aquí en Charleston deben de haber sufrido mucho. Haupt...,
Thorne, el ex ladrón que Melanie Fuller tenía como criado, perdió un ojo y no
por eso dejó de obedecer. La chica, Kathleen, fue golpeada hasta la muerte.
Barrett Kramer cayó por la escalera y recibió un tiro. El señor Preston fue...,
bueno, ya sabe lo que quiero decir...
-Sí -dijo Saul-. He pensado mucho sobre eso. Felizmente, cuando
el oberst estaba... en mi cerebro, no hay otra manera de decirlo..., yo podía
vislumbrar sus pensamientos.
-¿Telepatía? -preguntó Natalie.
-No -dijo Saul-, no, exactamente. No como generalmente se
presenta en la ficción. Era como intentar capturar los fragmentos de un sueño
que a veces recordamos vagamente al despertarnos. Pero yo sentí lo bastante los
pensamientos del oberst para comprender que su fusión conmigo cuando me usó
para matar al viejo de la SS... era inusual. El quería experimentarlo todo,
saborear cada matiz de las impresiones de los sentidos. Tengo la sospecha de
que, normalmente, él usaba a los otros como un simple amortiguador entre él y
el dolor que su víctima sentía.
-Como ver televisión sin sonido -dijo Gentry.
-Quizá -dudó Saul-, pero en este caso no se pierde ninguna
información de interés, sólo el choque del dolor. Sentí que el oberst
disfrutaba no sólo del dolor indirecto de los que asesinaba, sino también del
de los que usaba para cometer el asesinato...
-¿Piensa que recuerdos como ése pueden realmente ser borrados?
-¿En los cerebros de los que fueron usados? -preguntó Saul. Ante
el asentimiento de Gentry, prosiguió-: No. Enterrados, quizá. Como la víctima
de un trauma entierra su experiencia profundamente en el subconsciente.
Gentry se levantó entonces con una sonrisa amplia en la cara y
le dio una palmada en el hombro a Saul.
-Doctor -dijo, aún sonriendo-, acaba de darnos la manera de
saber lo que es verdad y lo que no lo es, quién está loco y quién cuerdo.
-¿De veras? -preguntó Saul, empezando a comprender mientras el
sheriff Gentry sonreía ante la mirada interrogativa de Preston.
-De veras -dijo Gentry-, y mañana podremos hacer la prueba y
saberlo de una vez por todas.
Saul estaba sentado en el coche del sheriff Gentry y escuchaba
cómo caía la lluvia. Había pasado casi una hora desde que Gentry y Natalie
habían entrado en la clínica con el viejo médico. Algunos minutos más tarde, un
Toyota azul había parado al otro lado de la calle y Saul había visto a una
chica rubia, con el brazo izquierdo en cabestrillo y ojos tristes y fatigados,
conducida por una pareja vestida con el estilo impecable pero previsible de los
jóvenes profesionales.
Saul esperaba. Era una cosa que sabía hacer muy bien; una cosa
que había aprendido cuando era un adolescente en los campos de la muerte. Por
vigésima vez recorrió el razonamiento de por qué había implicado a Natalie
Preston y al sheriff Gentry. El razonamiento era débil, una sensación de haber
llegado a callejones sin salida, una sensación súbita de confianza hacia esos
dos improbables aliados después de años de sospechas solitarias y, en última
instancia, la razón de haberles confiado la historia podía ser una simple
necesidad de contarla a alguien.
Saul meneó la cabeza. Intelectualmente, sabía que era un error,
pero emocionalmente el simple acto de contar la historia había resultado
increíblemente terapéutico. La tranquilidad de tener aliados, otras personas
activamente implicadas, permitía que Saul estuviera plácidamente sentado en el
coche del sheriff y se sintiera muy contento de esperar.
Saul estaba cansado. Reconoció el cansancio como algo más que la
falta de descanso y los efectos secundarios del exceso de adrenalina; era un
cansancio doloroso, tan doloroso como una herida en los huesos y tan viejo como
Chelmno. Había en él un cansancio que era tan permanente como el tatuaje en su
brazo. Como el tatuaje, llevaría ese cansancio doloroso hasta la tumba,
entregándose a una eternidad de fatiga. Saul meneó otra vez la cabeza, se quitó
las gafas y se friccionó el caballete de la nariz. «Deja eso, viejo -pensó-.
Weltschmerz es un estado de ánimo muy pesado. Más pesado para los otros que
para ti.» Pensó en la granja de David en Israel, en sus propias doce hectáreas
lejos de los huertos y de los campos, en una merienda con David y Rebecca poco
antes de marcharse a Estados Unidos. Los pequeños Aaron e Isaac, los gemelos de
David y Rebecca, que ese verano no tenían más de siete años, habían jugado a
indios y vaqueros entre las piedras y barrancos donde muchos siglos antes los
legionarios romanos habían perseguido a guerrilleros israelíes.
«Aaron», pensó Saul. Tenía que encontrarse con ese chico el
sábado por la tarde en Washington. Instantáneamente sintió que su estómago se
le contraía ante la idea de otra persona que podía verse involucrada en la
pesadilla; en este caso un familiar suyo. «¿Cuánto habrá descubierto él? -pensó
Saul-. ¿Hasta qué punto le implico?»
Salieron de la clínica la chica y sus acompañantes; tras ellos
apareció el médico, que apretó la mano del hombre, y después la familia se
marchó. Saul se dio cuenta de que había parado de llover. Vio salir a Gentry y
Natalie Preston, que hablaron un momento con el viejo médico y se dirigieron
con paso resoluto al coche.
-¿Entonces? -preguntó Saul cuando el sheriff se sentó al volante
y la joven estaba ya en el asiento trasero-. ¿Qué?
Gentry se quitó el sombrero y se limpió la frente con el
pañuelo. Bajó completamente la ventana y Saul recibió el olor de césped mojado
y mimosa que entró en el coche con la brisa. Gentry miró hacia atrás, hacia
Natalie.
-¿Por qué no se lo cuenta usted?
Natalie inspiró hondo y asintió con la cabeza. Tenía un aire
agitado, trastornado, pero su voz sonaba clara y firme.
-El consultorio del doctor Calhoun tiene una pequeña sala de
observación -dijo-. Hay un gran espejo trucado. Los padres de Alicia y nosotros
pudimos observar sin interferir. El sheriff Gentry me presentó como su
asistente.
-Lo que, en el contexto de esta investigación, es técnicamente
cierto -intervino Gentry-. Sólo puedo nombrar adjuntos en el caso de una
emergencia, pues de lo contrario sería la «ayudante adjunto Preston».
Natalie sonrió.
-Los padres de Alicia no se han opuesto a nuestra presencia. El
doctor Calhoun ha usado un pequeño aparato parecido a un metrónomo para
hipnotizar a la chica...
-Sí, sí -dijo Saul, tratando de controlar su súbita
impaciencia-. ¿Qué ha dicho la niña?
Los ojos de Natalie adquirieron un aire difuso mientras
recordaba la escena.
-El doctor le hizo recordar el día..., el sábado pasado..., cada
detalle. La cara de Alicia estaba rígida, inexpresiva, cuando ha llegado. Con
la hipnosis se ha iluminado, ha cobrado vida. Ha hablado con su amiga
Kathleen..., la chica que fue asesinada.
-Sí -dijo Saul, con impaciencia esta vez.
-Ella y Kathleen jugaban en la sala de estar de la señora
Hodges. La hermana de Kathleen, Debra, estaba en la otra sala mirando la
televisión. De repente, Kathleen dejó caer la muñeca Barbie con la que jugaba y
corrió hacia fuera y atravesó el patio hacia la casa de la señora Fuller.
Alicia corrió detrás de ella, se detuvo en medio del patio llamándola...
-Natalie tuvo un escalofrío-. Entonces ha dejado de hablar. Su cara ha vuelto a
perder la expresión. Ha dicho que no le permitían decir nada más.
-¿Estaba aún bajo hipnosis? -preguntó Saul. Gentry contestó:
-Estaba aún bajo hipnosis, pero no podía describir lo que pasó
después. El doctor Calhoun ha intentado diferentes maneras de ayudarla. Ella ha
continuado mirando el vacío y repitiendo que no le permitían contar nada más.
-¿Y esto ha sido todo? -preguntó Saul.
-No -dijo Natalie. Miró por la ventanilla la calle lavada por la
lluvia y después volvió a mirar a Saul. Sus labios llenos estaban apretados por
la tensión-. Entonces el doctor Calhoun ha dicho: «Ahora entras en la casa al
otro lado del patio. Dime quién eres.» Y Alicia no ha vacilado un segundo. Ha
dicho, con una voz distinta, vieja, quebrada: «Soy Melanie Fuller.»
Saul se sentó muy derecho. Un hormigueo recorrió su piel, como
si alguien le tocara la espina dorsal con dedos helados.
-Y entonces el doctor Calhoun le ha preguntado si ella, Melanie
Fuller, nos podía decir algo -continuó Natalie-. Y la cara de la pequeña Alicia
ha cambiado, se ha ondulado, su piel se ha llenado de arrugas y pliegues que no
estaban allí unos segundos antes..., y ha dicho, con la misma voz obscena de
vieja: «Voy tras de ti, Nina.» Ha seguido repitiendo esa frase, cada vez más
alto: «Voy tras de ti, Nina», hasta gritarla.
-Dios mío -dijo Saul.
-El doctor Calhoun estaba agitado -dijo Natalie-. Ha calmado a
la chica y la ha despertado, diciéndole que se sentiría feliz y descansada
cuando se despertara. Ella no era... feliz, quiero decir. Cuando ha salido del
trance ha empezado a llorar diciendo que le dolía el brazo. Su madre ha dicho
que era la primera vez que se quejaba del brazo desde la noche de los
asesinatos.
-¿Qué piensan sus padres de la sesión con el doctor Calhoun?
-preguntó Saul.
-Están trastornados -dijo Natalie-. La madre de Alicia ha
querido salir de la sala de observación para estar con ella cuando la chica ha
empezado a gritar. Pero cuando todo ha terminado, parecían muy aliviados. El
padre le ha dicho al doctor Calhoun que hasta la molestia en el brazo y las
lágrimas eran una mejora después del vacío que habían visto durante toda la
semana.
-¿Y el doctor Calhoun? -preguntó Saul.
Gentry puso el brazo en el respaldo del asiento.
-El médico ha dicho que parece un caso de «transferencia
inducida por traumatismo» -contestó ella-. Le ha recomendado un psiquiatra, un
hombre de Savanah que él conoce..., especializado en casos infantiles. Han
discutido sobre la cobertura del seguro de los Kaiser.
Saul asintió con la cabeza y los tres permanecieron sentados en
silencio. Fuera, el sol de la tarde atravesó las nubes e iluminó los árboles,
el césped, todo ese verdor humedecido por la lluvia que brillaba como un montón
de joyas. Saul inspiró el aroma del césped recién cortado e intentó recordar
que era diciembre. Se sintió a la deriva en el espacio y el tiempo, perdido en
corrientes que le llevaban cada vez más lejos de cualquier orilla reconocible.
-Sugiero que cenemos temprano y hablemos de esto -manifestó
Gentry de súbito-. Doctor, tiene que volver a Washington mañana muy temprano,
¿no es así?
-Sí -respondió Saul.
-Bien, en ese caso, vamos -dijo Gentry-. La policía invita.
Comieron en un excelente restaurante especializado en pescado en
Broad Street, en pleno casco antiguo. Había una fila de gente esperando, pero
cuando el gerente vio a Gentry los hizo pasar a una sala lateral con una mesa
vacía que apareció como por milagro. La sala estaba llena a rebosar y por eso
conversaron sobre generalidades, hablaron del clima de Nueva York y del clima
de Charleston, sobre fotografía, sobre la crisis de los rehenes de Irán, sobre
la política local de Charleston, la política de Nueva York y la política
americana. Ninguno de ellos parecía muy contento con los resultados de las
recientes elecciones nacionales. Después del café volvieron al coche de Gentry
para recoger los jerseys e impermeables y después caminaron a lo largo de la
muralla de Battery.
La noche era fría y clara. Las últimas nubes se habían disipado
y las constelaciones de invierno podían verse a través del brillo ambiental de
las luces de la ciudad. Las luces de Mount Pleasant eran visibles a través del
puerto en dirección este. Un pequeño barco, con las luces de navegación verde y
roja encendidas, se dirigía al oeste del puente, siguiendo las boyas de la Vía
Navegable Intercostal. Detrás de Saul, Natalie y Gentry, las altas ventanas de
muchas casas majestuosas brillaban en la noche con un color naranja.
Se detuvieron en la muralla de Battery. Las olas rompían contra
las piedras unos tres metros más abajo. Gentry miró alrededor, no vio
entrometidos a la vista y dijo con voz suave:
-¿Y ahora, doctor?
-Una excelente pregunta -dijo Saul-. ¿Alguna sugestión?
-Su reunión del sábado en Washington ¿tiene relación con lo
que... hemos estado discutiendo? -preguntó Natalie.
-Quizá -respondió Saul-. Probablemente. Lo sabré después del
encuentro. Siento no poder ser más explícito. Implica... a mi familia.
-¿Y en cuanto a ese tío que me seguía? -preguntó Gentry.
-¿El FBI ha podido darle un nombre? -dijo Saul.
-Nada -dijo el sheriff-. El coche había sido robado en
Rockville, Maryland, hace cinco meses. Pero ninguna pista sobre el fiambre. Ni
huellas digitales, ni dentadura..., nada.
-¿No es un poco raro? -preguntó Natalie.
-Casi inaudito -dijo Gentry. Cogió un guijarro y lo lanzó a la
bahía-. Hoy en día, todo el mundo está en algún registro.
-Quizás el FBI no se haya tomado demasiadas molestias -insinuó
Saul-. ¿Es ésa su teoría?
Gentry lanzó otra piedra y se encogió de hombros. Había ido todo
el día vestido de paisano -pantalones marrones y una vieja camisa escocesa-,
pero antes de dar el paseo a lo largo de Battery había cogido del maletero del
coche su chaquetón de sheriff y el sombrero tejano manchado de sudor y ahora
era otra vez la imagen de un sheriff sureño.
-No creo que el FBI usara un vagabundo hambriento como ése
-dijo-. Y si el tío no trabajaba para ellos, ¿quién lo estaba usando? ¿Y por
qué demonios se mataría para no ser detenido?
-Sería coherente con la manera como el oberst usaría a alguien
-dijo Saul-. O, más probablemente, Melanie Fuller.
Gentry lanzó otro guijarro y miró las luces de Fort Sumter, a
unos tres kilómetros.
-Sí -aceptó-, pero es absurdo. Su oberst no puede estar
interesado en acabar conmigo..., maldita sea, yo ni siquiera había oído hablar
de él hasta que usted me ha contado su historia. Y si la señorita Fuller está
preocupada con quién la persigue, haría mejor en habérselas con la Policía de
Tráfico, los chicos de homicidios y el FBI. Ese tío sólo tenía en la cartera
una foto de mí.
-¿La tiene aquí? -preguntó Saul.
Gentry asintió con la cabeza, la sacó del bolsillo de la
americana y se la pasó al psiquiatra. Saul se acercó a una farola para tener
más luz.
-Interesante -comentó Saul-. ¿Este edificio del fondo es el
Ayuntamiento?
-Sí.
-¿Hay algo en la foto que pueda darnos una idea de cuándo fue
tomada?
-Sí -dijo Gentry-. ¿Ve esta tirita en mi barbilla, aquí? -Sí.
-Yo uso la navaja de afeitar de mi padre, que perteneció antes a
su padre, y no suelo cortarme a menudo cuando me afeito. Pero el domingo pasado
me corté cuando Lester, uno de mis ayudantes, me llamó muy temprano y tuve que
afeitarme a toda prisa. Ese día llevaba esa tirita en la cara.
-El domingo -dijo Natalie.
-Sí.
-Entonces, quienquiera que estaba interesado en seguirle tomó
esta foto... parece hecha con una cámara de treinta y cinco milímetros,
¿cierto? -dijo Saul.
-Sí.
-Sacó la foto desde el otro lado de la calle el domingo y
después, el martes, alguien empezó a seguirle.
-Sí.
-¿Puedo ver la foto, por favor? -pidió Natalie. La estudió un
momento bajo la luz y dijo-: Quienquiera que la sacó usaba un fotómetro
incorporado..., abrió más para la luz en esta puerta que en su cara.
Probablemente tenía una lente de doscientos milímetros. Es muy grande. La foto
fue revelada en una habitación de revelado y no en un laboratorio comercial.
-¿Cómo lo sabe? -preguntó Gentry.
-¿Ve cómo fue cortado el papel? No es un trabajo comercial. Me
parece que no cortaron esto..., por eso creo que era una lente larga, pero fue
revelada deprisa. Las habitaciones de revelado privadas que trabajan con color
son muy vulgares hoy en día, pero su oberst o la señorita Fuller deben de estar
en casa de alguien que tiene una máquina propia, porque no la pueden haber
revelado en el maletero del coche. ¿Ha visto últimamente a alguna persona con
una SLR automática con lentes largas, sheriff?
Gentry le sonrió:
-Dickie Haines tenía un equipo como ése -dijo-. Una pequeña
Konika con una gran lente Bushnell.
Natalie le devolvió la foto y frunció el ceño al preguntarle a
Saul:
-¿Es posible que haya... otros? ¿Que haya más de esos seres?
Saul cruzó los brazos y miró la ciudad.
-No lo sé -dijo-. Durante años creía que el oberst era el único.
Un monstruo terrible... producido por el Tercer Reich, si eso era posible.
Entonces nuestras investigaciones sugerían que la aptitud para influir en las
acciones y reacciones de otros no era algo tan fuera de lo común. Leí
abundantes libros de historia y barajé la posibilidad de que figuras tan
dispares como Hitler, Rasputin y Gandhi tuvieran ese poder. Quizás haya una
especie de cadena y el oberst, Melanie Fuller, Nina Drayton, y sabe Dios cuántos
más están en la fila...
-¿Entonces puede haber más?
-Sí -dijo Saul.
-Y, por una razón cualquiera, están interesados en mí -dijo
Bobby Joe Gentry.
-Sí.
-Muy bien, de vuelta al punto de partida -suspiró el sheriff.
-No del todo -dijo Saul-. Mañana descubriré lo que pueda en
Washington. Quizá, sheriff, usted podría seguir buscando el paradero de la
señora Fuller y averiguar el estado actual de la investigación sobre-el
accidente aéreo.
-¿Y yo? -preguntó Natalie.
-Sería sensato que volviera a St. Louis y... -Saul vaciló.
-No, si puedo ser útil aquí -insistió ella-. ¿Qué puedo hacer?
-Yo tengo algunas ideas -dijo Gentry-. Podremos discutirlas
mañana después de acompañar al doctor al aeropuerto.
-Muy bien -dijo Natalie-. Me quedaré por lo menos hasta el
día uno.
-Les daré, a los dos, los números de mi casa y del despacho en
Nueva York -dijo Saul-. Debemos ponernos en contacto por lo menos cada dos
días. Y, sheriff, aunque todas nuestras investigaciones fueran nulas, hay una
manera de buscarlos en los medios de comunicación.
-¿Sí? ¿Cómo?
-La metáfora de la señorita Preston de que son vampiros no está
muy lejos de la verdad -dijo Saul-. Y, como los vampiros, son empujados por sus
tenebrosas necesidades. Esas necesidades no pasan desapercibidas cuando son
satisfechas.
-¿Se refiere a noticias de asesinatos? -preguntó Gentry. .
Precisamente.
-Pero en este país se cometen diariamente más asesinatos que en
Inglaterra durante todo un año -suspiró Gentry.
-Sí, pero el oberst y los otros tienen una inclinación por lo...
estrafalario -dijo Saul en voz baja-. Dudo que puedan alterar sus costumbres
tan completamente que no se note algún rastro de su peculiar enfermedad.
-Muy bien -dijo Gentry-. Si pasa lo peor, esperaremos hasta que
esos..., esos vampiros empiecen a matar de nuevo y los descubriremos. Los
encontraremos. ¿Y después qué?
Saul sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón y miró las luces
del puerto mientras limpiaba las gafas. Para él las luces eran prismas sin
foco, difusas y mezcladas con la oscuridad de la noche.
-Los encontraremos y los seguiremos y los cogeremos -dijo-. Y
entonces haremos lo que hay que hacer con todos los vampiros. -Volvió a ponerse
las gafas y envió una sonrisita fría a Natalie y al sheriff-. Les clavaremos
una estaca en el corazón. Les clavaremos estacas en el corazón, les cortaremos
la cabeza y les meteremos ajo en la boca. Y si eso no da resultado... -la leve
sonrisa de Saul se hizo infinitamente más fría-, pensaremos en alguna otra cosa
que dé resultado.
13
Charleston, miércoles 24 de diciembre de 1980
Fue la Navidad más solitaria que Natalie Preston había pasado en
su vida y decidió hacer algo al respecto. Cogió su bolso y su Nikon con las
lentes de retratar de 135 mm, salió de casa y condujo lentamente hasta el casco
antiguo de Charleston. Todavía no eran las cuatro de la tarde, pero la luz del
día ya empezaba a desaparecer.
Pasaba junto a casas señoriales y tiendas caras, oía música de
Navidad en la radio y dejaba que su mente vagase.
Notaba la ausencia de su padre. Aunque lo había visto cada vez
menos durante los últimos años, la idea de que no estaba allí -no estaba en
ninguna parte-, que no pensaba en ella, que no la esperaba, la hizo sentir que
algo se había derrumbado dentro de ella, plegándose hacia dentro y tirando de
la propia textura de su ser. Tenía ganas de llorar.
No había llorado cuando supo la noticia por teléfono. No había
llorado cuando Fred la había llevado en el coche hasta el aeropuerto de St.
Louis, él insistiendo en acompañarla, ella insistiendo que no, él dejando que
ella le convenciera. No había llorado durante el funeral ni durante las horas y
días de confusión que siguieron, rodeada de amigos y parientes. Hasta que cinco
días después del asesinato de su padre, cuatro días después de su regreso a
Charleston, en plena noche y sin poder conciliar el sueño, había buscado algo
para leer y había encontrado un nuevo libro de humor de Jean Shepherd, en la
edición Dell de bolsillo; el libro se le había caído y había quedado abierto en
una página en cuyos márgenes, en la letra sinuosa, generosa, de su padre, leyó
«Pasar esta Navidad con Nat», y a continuación leyó la página que describía una
visita desmesuradamente divertida y aterradora de un chico al Papá Noel de un
almacén -tan evocador como cuando los propios padres de Natalie la llevaron al
centro cuando tenía cuatro años y esperaron en la cola toda una hora para que
la hija huyera asustada en el momento crucial- y, al acabar de leer, había
reído hasta que la risa se transformó en lágrimas y después las lágrimas en
sollozos. Había llorado mucho esa noche, y había dormido sólo una hora o poco
más antes de la madrugada hasta despertar con la salida del sol de invierno, y
sintiéndose vacía, agotada, pero mejor de lo que una víctima de las náuseas se
siente después del primer espasmo. Lo peor había pasado.
Natalie giró a la izquierda y pasó junto a las casas estucadas
de Rainbow Row, con sus fachadas de vivos colores ahora apagados por la luz de
gas que se encendía, para combatir la incipiente oscuridad. Natalie, el volante
de su coche, meditó.
Había sido un error quedarse en Charleston. La señora Culver, la
vecina, venía a su casa casi cada hora, pero Natalie encontraba la charla con
la vieja viuda agotadora y dolorosa. Empezaba a sospechar que la señora Culver
había tenido esperanzas de convertirse en la segunda señora Preston y esa idea
hacía que Natalie deseara correr a su habitación y esconderse cuando oía el
familiar y tímido golpeteo en la puerta.
Frederick la llamaba cada noche desde St. Louis, a las ocho en
punto, y Natalie podía imaginarse la expresión de la cara oscura y triste del
amigo y antiguo novio cuando le decía: «Cariño, vuelve. No sirve de nada que te
quedes en la casa de tu padre. Te echo de menos, nena. Vuelve a casa con
Frederick.» Pero su pequeño apartamento en la ciudad universitaria ya no le
parecía una casa..., y la desordenada habitación de Frederick en la calle Alamo
era poco más que un lugar para dormir entre sesiones de catorce horas en el
centro de ordenadores donde él luchaba con las matemáticas de la distribución
de masa en los grupos galácticos. Había oído hablar de Frederick, el chico
listo pero mal preparado, a través de amigos comunes: que había vuelto de dos
misiones en Vietnam con un mal genio asesino, una renovada ferocidad en defensa
de la dignidad y un espíritu revolucionario que había empleado en convertirse
en el extraordinario matemático que Natalie conocía y... al que, por lo menos
durante gran parte del año anterior, ella había amado. O había creído amar.
«Vuelve, cariño», le decía él cada noche, y Natalie -sola, sufriendo por las
heridas de la pérdida dentro de sí- le rogaba: «Algunos días más, Frederick.
Algunos días más.»
«¿Algunos días más?», pensó. Las ventanas de las enormes casas a
lo largo del sur de Battery iluminaban filas de porches, palmitos, cúpulas y balaustradas.
Siempre le había gustado esta parte de la ciudad.
Cuando era una niña venía con su padre a pasear por Battery.
Tenía doce años cuando comprendió que aquí no vivían negros, que todas las
magníficas casas señoriales y las antiguas tiendas pertenecían exclusivamente a
los blancos. Años más tarde se asombró de que esa revelación pudiera llegarle
tan tarde a una chica negra que crecía en plenos años sesenta. Tantas cosas
llegaban naturalmente, tantas de las viejas maneras tenían que ser soportadas
diariamente, que no podía creerse que nunca hasta sus doce años se hubiese dado
cuenta de que las avenidas de su paseo nocturno -las viejas casas de sus sueños
de niña estaban prohibidas para ella y los suyos, como algunas de las piscinas,
cines e iglesias donde nunca pensó entrar. Cuando Natalie tenía edad para andar
sola por las calles de Charleston, las señales más obvias de la discriminación
habían desaparecido, las fuentes públicas eran realmente públicas, pero el
hábito persistía, las fronteras marcadas por dos siglos de tradición aún
continuaban vigentes, y ella consideraba increíble que pudiera aún recordar el
día -un día húmedo y frío de noviembre de 1972- en que se había quedado
pasmada, no lejos de este lugar en el viejo sur de Battery, al mirar las
grandes casas y comprender que nadie de su familia había vivido ni viviría
nunca allí. Pero ese pensamiento fue expulsado tan deprisa como había venido.
Natalie había heredado los ojos de su madre y el orgullo de su padre. Joseph
Preston había sido el primer comerciante negro que tuvo una tienda en la
prestigiosa zona de la bahía. Y ella era hija de Joseph Preston.
Natalie bajó por la calle Dock, pasó por delante del renovado
teatro con su tracería de hierro forjado que pendía del balcón del segundo piso
como un derroche de hiedra metálica.
Hacía diez días que estaba en casa y toda su vida anterior
parecía muy lejana. Gentry seguramente acababa el servicio en ese momento,
deseando buenas noches y feliz Navidad a sus ayudantes y secretarias, y a los
otros blancos del Ayuntamiento. Debía de estar a punto de visitarla.
Aparcó el coche cerca de la iglesia episcopal de St. Michael y
pensó en Gentry. En Robert Joseph Gentry.
Después de acompañar a Saul Laski al aeropuerto el viernes
anterior, habían pasado la mayor parte del día juntos, y también la mayor parte
del día siguiente. La discusión del primer día había versado sobre la historia
de Laski, sobre aquella idea de personas que podían usar mentalmente a otras.
«Si el profesor está loco, no hará probablemente daño a nadie -había dicho
Gentry-. Si no lo está, su historia explica por qué murió tanta gente.»
Natalie le había contado al sheriff que había espiado desde su
habitación cuando el psiquiatra de Nueva York, exhausto, volvía del lavabo al
sofá de su sala de estar. Iba descalzo, sólo con pantalones y lo que denominó
«una camiseta de viejo». Había mirado su pie derecho. Le faltaba el meñique y
se podía ver la marca de una vieja cicatriz,
-Eso no prueba nada -le había recordado Gentry.
El domingo habían hablado de otras cosas. Gentry hizo la cena
para los dos en su casa. A Natalie le encantó la casa, una vieja estructura
victoriana a unos diez minutos del casco antiguo. El barrio estaba en plena
evolución; algunas casas estaban en ruina, otras eran completamente renovadas.
El bloque de Gentry estaba habitado por parejas jóvenes -negras y blancas- con
triciclos en la acera de enfrente, combas abandonadas sobre el pequeño césped y
el sonido de risas en el patio trasero.
Tres salas del primer piso estaban llenas de libros: bonitas
estanterías empotradas en el estudio cerca del vestíbulo, estanterías de madera
hechas a mano a ambos lados de las ventanas saledizas del comedor y estanterías
baratas de metal a lo largo de una pared de ladrillos de la cocina. Mientras
Gentry preparaba la ensalada, Natalie había vagado, con la bendición del
sheriff, de habitación en habitación, admirando los volúmenes antiguos,
encuadernados en cuero, observando las estanterías de libros de historia,
sociología, psicología y una docena de otras disciplinas, y sonriendo ante la
fila de libros en rústica de espionaje, misterio y suspense. El estudio de
Gentry le hizo desear sentarse allí inmediatamente a leer un libro. Comparó la
enorme mesa llena de papeles y documentos, la gran silla y el sofá tapizados, y
las paredes con las estanterías empotradas y llenas de libros con su espartano
cuarto de trabajo en St. Louis. El estudio del sheriff Bobby Joe Gentry tenía
la atmósfera llena de vida que la habitación de revelar de su padre siempre le
había comunicado.
Con la ensalada ya aliñada y la lasaña en el horno, se habían
sentado en el estudio a tomar un magnífico whisky escocés y a conversar de
nuevo sobre la fiabilidad de Saul Laski y de sus respectivas reacciones ante su
historia.
-Toda la historia tiene la clásica atmósfera de la paranoia
-había dicho Gentry-, pero si un judío europeo hubiese previsto los detalles
del Holocausto una década antes de empezar, cualquier buen psiquiatra, incluso
un psiquiatra judío, le habría diagnosticado como un probable esquizofrénico
paranoide.
Habían contemplado cómo la última luz desaparecía tras las
ventanas mientras cenaban sin prisas. Gentry había registrado un sótano bien
surtido de botellas de vino y casi se había ruborizado, desconcertado por la
sugerencia de Natalie de que él tenía una bodega antes de; aparecer con dos
botellas de un excelente BV Cabernet Sauvignon para la cena. Ella consideró la
cena excelente y le felicitó por ser un buen gastrónomo. Él había respondido
con el comentario de que las
mujeres que sabían cocinar eran conocidas como buenas cocineras,
y, en cambio, los solterones que podían hacer algo en la cocina tenían que ser
gastrónomos. Ella rió y prometió tachar aquel estereotipo de su lista.
Estereotipos. Sola en Nochebuena, sentada en un coche que se
enfriaba rápidamente cerca de St. Michael, Natalie pensaba en estereotipos.
Saul Laski le había parecido un ejemplo maravilloso de
estereotipo: un judío polaco de Nueva York completo, con barba; ojos tristes,
semitas, que parecían mirarla desde alguna oscuridad europea que Natalie ni
siquiera podía concebir, ni mucho menos comprender. Un profesor..., un
psiquiatra, con un suave acento extranjero que podía perfectamente ser el
dialecto vienés de Freud, hasta donde el oído inexperto de Natalie podía
detectar. Usaba gafas que se aguantaban enteras gracias a la cinta adhesiva.
Dios mío, como la tía Ellen, que padeció demencia senil -ahora lo llamaban
Alzheimer- durante doce años, casi toda la vida de Natalie entonces, hasta que
finalmente murió.
Saul Laski tenía un aire diferente, actuaba de manera diferente,
tenía un olor diferente de la mayoría de la gente -blancos o negros que Natalie
conocía. Aunque el estereotipo de Natalie sobre los judíos era vago -trajes
oscuros, costumbres extrañas, una mirada étnica, amor al dinero y al poder,
todo lo contrario del desprendimiento de su propia gente en lo que respecta al
dinero y al poder-, no le hubiese costado nada meter todo lo raro de Saul Laski
en esos estereotipos.
Pero no lo hizo. Natalie no se engañaba pensando que era
demasiado inteligente para reducir a las personas a estereotipos; tenía sólo
veintiún años, pero conocía a personas inteligentes como su padre y Frederick
que se limitaban a cambiar los estereotipos que decidían aplicar a las
personas. Su padre -a pesar de lo sensible y generoso que era y de lo
ferozmente orgulloso que estaba de la raza y la herencia había considerado el
ascenso del llamado Nuevo Sur como una experiencia peligrosa, una manipulación
de radicales de ambos colores para cambiar el sistema que había cambiado
finalmente bastante en su propia estructura para permitir algún éxito y
dignidad a los hombres de color trabajadores como él mismo.
Frederick consideraba a la gente como primos del sistema,
administradores del sistema o víctimas del sistema. El sistema era claro para
Frederick; era la estructura política que había hecho la guerra de Vietnam
inevitable, la estructura de poder que lo mantenía, y la estructura social que
le había echado en esas fauces que esperaban. La reacción de Frederick había
sido doble: salir del sistema hacia algo tan improcedente e invisible como la
investigación matemática y hacerse tan bueno en eso que tendría el poder de
quedarse en la universidad y eludir el sistema durante el resto de su vida.
Mientras, Frederick vivía para las horas que pasaba delante de sus ordenadores,
evitaba complicaciones humanas, quería a Natalie tan feroz y competentemente
como luchaba contra cualquiera que pareciera ofenderle, y le enseñó a Natalie a
disparar el revólver del 38 que guardaba en su desordenado apartamento.
Natalie tembló y puso en marcha el motor para que el radiador
pudiera trabajar. Pasó St. Michael, vio a la gente que iba a una especie de
oficio temprano de Nochebuena y giró hacia la calle Broad. Pensó en los oficios
matinales de Navidad a los que había asistido con su padre durante tantos años
en la iglesia bautista situada a tres manzanas de casa. Esta Navidad había
decidido no acompañarle, no ser hipócrita. Sabía que su negativa le dolería, le
enojaría, pero estaba preparada para insistir en su punto de vista. Natalie
sintió que el vacío en ella parecía crecer con bandazos de tristeza que eran
físicamente dolorosos. En ese momento hubiese dado todo para borrar la
discusión e ir mañana por la mañana a la iglesia con su padre.
Su madre había muerto en un accidente el verano en que Natalie
tenía nueve años. Fue un accidente monstruoso, le había contado su padre la
misma noche de la tragedia, arrodillado junto a su cama, cogiendo las manos de
Natalie en las suyas; su madre volvía a casa del trabajo, cruzaba un pequeño
parque, a cien metros de la calle, cuando un descapotable con cuatro
estudiantes blancos, todos borrachos, había cruzado el césped en una travesura.
Dieron la vuelta a una fuente, perdieron tracción en el suelo resbaladizo del
césped y atropellaron a esa mujer de treinta y dos años que volvía a casa para
ir al encuentro de su marido y de su hija para la merienda al aire libre del
viernes por la tarde, sin ver el vehículo sino en el último segundo en que miró
al coche que se lanzaba sobre ella, con una expresión que un testigo describió
como sólo de sorpresa, sin horror.
El primer día del cuarto curso, el profesor de Natalie les mandó
hacer una redacción sobre sus vacaciones de verano. Natalie miró el papel con
líneas azules durante diez minutos y después escribió, muy cuidadosamente, con
su mejor letra y su nueva pluma estilográfica comprada el día anterior en
Keener's Drugs: «Este verano fui al entierro de mi madre. Mi madre era muy
dulce y bondadosa. Me quería mucho. Era muy joven para morir este verano.
Algunas personas que no debían conducir un coche la atropellaron y la mataron.
No fueron a la cárcel ni nada. Después del entierro de mi madre, mi padre y yo
fuimos a pasar tres días con tía Leah. Pero después volvimos. Echo mucho de
menos a mi madre.»
Después de terminar la redacción, Natalie había pedido permiso
para ir al lavabo, había caminado rápidamente por los corredores
familiares y extraños al mismo tiempo y había vomitado tranquila y
repetidamente en la tercera taza de los lavabos de las chicas.
Estereotipos. Natalie salió de la calle Broad hacia la casa de
Melanie Fuller. Hacía aquel camino cada día, sintiendo el conocido dolor y
furia, sabiendo que era el mismo instinto que enviaba a su lengua en busca de
la muela que le dolía, pero pasando por allí de todos modos. Cada día miraba
esa casa -tan oscura como la de al lado, ahora que la vecina, la señora Hodges,
se había marchado- y pensó en el jueves pasado, cuando había seguido al hombre
de la barba al interior de esa casa.
Saul Laski. Debería de ser fácil encajarlo en un estereotipo,
pero no lo era. Natalie pensó en sus ojos tristes y su voz suave, y se preguntó
dónde estaría Saul ahora. ¿Qué pasaba? Habían acordado llamar cada dos días,
pero ni ella ni Gentry habían tenido noticias suyas desde que le acompañaron al
aeropuerto de Charleston el viernes. Ayer, jueves, Gentry había telefoneado a
los números de la casa y de la universidad. En su casa nadie contestó y una
secretaria del departamento de psicología de Columbia dijo que el doctor Laski
estaba de vacaciones hasta el 6 de enero. No, el doctor Laski no se había
puesto en contacto con su despacho desde que había ido a Charleston el 16 de
diciembre, pero volvería el 6 de enero. Sus clases se reanudaban ese día.
El domingo, cuando estaba con Gentry en su estudio, Natalie le
había mostrado al sheriff una noticia de Washington D.C. sobre una explosión en
el despacho de un senador la noche pasada. Habían muerto cuatro personas.
¿Podría tener algo que ver con la presunta desaparición de Saul ese mismo día?
Gentry había sonreído y le había recordado que un guardia del
edificio había muerto en el mismo incidente, que tanto la policía de Washington
como el FBI estaban seguros de que había sido un acto terrorista aislado, que
ninguno de los cuatro muertos confirmados respondía a las señas de Saul Laski,
y que parte de la estúpida violencia del mundo no tenía nada que ver con la
pesadilla que Saul les había descrito.
Natalie había sonreído, y se había terminado su whisky. Tres
días después aún no había noticias de Saul.
El lunes por la mañana, Gentry la había llamado desde el
despacho.
-¿Le gustaría ayudarnos en la investigación oficial de los
asesinatos de Mansard House? -había preguntado.
-Claro -dijo Natalie-. ¿Cómo puedo hacerlo?
-Bien, es cuestión de intentar encontrar una foto de la señorita
Melanie Fuller -le explicó Gentry-. Según la gente de homicidios y la rama
local del FBI, no hay fotos de esta señora. No se han encontrado parientes, los
vecinos dicen que no tienen ninguna foto suya y en el registro de la casa
tampoco ha aparecido ninguna. El boletín que se acaba de enviar trae una
descripción. Pero me parece que sería útil tener una foto, ¿no le parece?
-¿Cómo puedo ayudar? -preguntó Natalie.
-Podemos encontrarnos delante de la casa Fuller dentro de quince
minutos -dijo Gentry-. Me conocerá porque llevaré una rosa en la solapa.
Gentry llegó con una rosa en el ojal de la camisa del uniforme.
Se la ofreció con un ademán pomposo cuando se acercaron a la puerta cerrada del
patio delantero de la casa Fuller.
-¿A qué debo el honor? -le preguntó Natalie, oliendo la rosa
pálida.
-Puede ser lo único que reciba en pago por una búsqueda larga,
frustrante y probablemente inútil -dijo Gentry. Cogió un enorme llavero, eligió
una anticuada y pesada llave, y abrió la puerta.
-¿Vamos a registrar otra vez la casa Fuller? -preguntó Natalie.
Era muy reacia a entrar de nuevo en ese lugar. Recordaba haber
seguido a Saul cinco días antes. Tembló a pesar de que el día era templado.
-No -respondió Gentry, y la condujo a través del pequeño espacio
hacia la otra vieja casa de ladrillos que compartía el patio. Buscó otra llave
en el llavero y abrió la puerta de madera tallada-. Después del asesinato de su
marido y de su nieta, Ruth Hodges se fue a vivir con su hija en la urbanización
de Sherwood Forest, al oeste de la ciudad. Tengo su permiso para buscar fotos.
El interior, que olía a madera barnizada y estaba repleto de
muebles viejos, estaba oscuro, pero no tenía la atmósfera mohosa característica
de las casas deshabitadas, que Natalie había notado en la casa Fuller. En el
segundo piso Gentry encendió una lámpara en una pequeña habitación con una mesa
de trabajo, un sofá y grandes grabados enmarcados de caballos de carreras.
-Esto era el cuchitril de George Hodges -dijo. El sheriff tocó
un álbum con una colección de sellos, pasó despacio las rígidas páginas y
levantó una lente-. Pobre viejo, nunca hizo daño a nadie. Treinta años en
correos y los últimos nueve como guardia de noche en el puerto deportivo.
Después pasa esto... -Meneó la cabeza-. De todas maneras, la señora Hodges dijo
que, hasta hace unos tres años, George tenía una cámara y la usaba mucho. Está
segura de que la señorita Fuller nunca le dejó hacerle una foto, dijo que la
señora se negaba rotundamente a ser fotografiada, pero George hizo muchas
diapositivas y la señora Hodges no podía jurar que no hubiera una foto de
Melanie Fuller en alguna parte.
-¿Y quiere que yo mire las diapositivas a ver si la encuentro?
-preguntó Natalie-. De acuerdo. Pero yo nunca he visto a Melanie Fuller.
-Sí -dijo Gentry-, pero le daré una copia de la descripción que
hemos hecho circular. Básicamente, separe todas las fotos de señoras de,
aproximadamente, setenta años. -Hizo una pausa-. ¿Usted o su padre tienen una
mesa de diapositivas o cualquier tipo de clasificadora?
-En el estudio -contestó Natalie-. Una gran mesa iluminada, de
metro y medio. ¿Pero no puedo usar un simple proyector?
-Podría ser más rápido con la mesa -dijo Gentry, y abrió la
puerta del gabinete.
-Dios mío -suspiró Natalie.
El armario era ancho y estaba lleno de estanterías. Las repisas
de la izquierda tenían libros y cajas con una etiqueta que decía «sellos», pero
el fondo y el lado derecho desde el techo hasta el suelo estaba forrado con
cajas largas, abiertas, llenas de envases amarillos de diapositivas Kodak.
Natalie se lo miró lentamente y se volvió hacia Gentry.
-Aquí hay miles de diapositivas -comentó-. Quizá decenas de
miles.
Gentry levantó las manos y dedicó a Natalie su más amplia
sonrisa de chaval.
-Ya le he dicho que se trataba de un trabajo para voluntarios
-le recordó-. Puse un ayudante a trabajar en esto, pero mi único ayudante con
tiempo libre es Lester y es una especie de cretino, un chico realmente
simpático, pero tan torpe... Creo que no consigue concentrarse.
-Mmm -murmuró Natalie-. Un argumento de peso.
Gentry continuaba sonriéndole.
-¡Qué diablos! -dijo Natalie-. Yo no tengo nada que hacer y el
estudio está libre hasta que Lorne Jessup, el abogado de mi padre, lo venda
todo a la gente de las tiendas Shutterburg Shops o venda el edificio. Muy bien,
manos a la obra.
-Le ayudaré a llevar estas cajas a su coche -propuso Gentry.
--Muchas gracias -dijo Natalie. Olió la rosa y suspiró.
Había miles de diapositivas y todas estaban al nivel de la
fotografía de aficionados o por debajo. Natalie sabía que era realmente difícil
sacar una buena foto -ella había pasado años intentando satisfacer a su padre
después que éste le había dado su primera cámara, una Yashica barata, manual,
cuando cumplió nueve años-, pero, ¡madre mía!, una persona que sacó miles de
fotos durante lo que parecían dos o tres décadas de trabajo, debería de haber
sacado una o dos diapositivas interesantes.
George Hodges no. Había fotos de familia, fotos de vacaciones,
de meriendas en el campo durante las vacaciones, de casas y de barcos, de casas
flotantes, de acontecimientos especiales, de fiestas -Natalie acabó por ver
todos los árboles de Navidad de los Hodges desde 1948 a 1977- y fotos
cotidianas de la vida diaria de los Hodges, pero todas tenían, con mucho, la
calidad de una instantánea. En dieciocho años de hacer fotos, George Hodges no
había sido capaz de entender que no se debían hacer fotos a contraluz, que no
debía colocar a sus sujetos mirando el sol, que no debía colocarlos delante de
árboles, postes u otros objetos que parecieran salir de sus orejas y
permanentes o cortes de pelo obsoletos, que no debía dejar el horizonte
inclinado, que no debía poner a sus sujetos humanos en poses sofocantes ni
fotografiar sus objetos desde lo que parecían kilómetros de distancia, ni
depender de su flash para objetos o personas muy cercanas o muy alejadas de las
lentes, ni incluir a la persona de cuerpo entero en sus retratos.
Fue esta última costumbre de aficionado la que llevó a Natalie a
descubrir a Melanie Fuller.
Pasaban de las siete de la tarde, Gentry había venido al estudio
con comida china preparada y habían comido de pie junto a la mesa, mientras
Natalie le mostraba su pequeño montón de posibilidades.
-No me parece que sea ninguna de estas señoras mayores -dijo-.
Todas posan voluntariamente y la mayor parte parecen demasiado jóvenes o
demasiado mayores. Por lo menos el señor Hodges marcó las cajas por años.
-Sí -dijo Gentry, cogiendo las diapositivas de la mesa para
echarles un vistazo-. Ninguna de éstas se ajusta a la descripción. El pelo no
se corresponde. La señora Hodges dijo que la señorita Fuller llevaba el mismo
peinado desde los años sesenta, por lo menos. Un poco corto y rizado y azul.
Como usted hoy.
-Gracias -dijo Natalie, pero sonrió mientras dejaba la caja de
cartón con cerdo agridulce y quitaba la cinta de goma de otra caja amarilla.
Empezó a poner diapositivas en orden-. Lo más duro del trabajo es resistir la
tentación de echarlas a la basura después de vistas -ironizó-. ¿Cree que la
señora Hodges lo hará algún día?
-Quizá no -respondió Gentry-. Me dijo que una de las razones por
las que George acabó por desistir de la fotografía fue porque ella nunca
mostraba interés en ver sus diapositivas.
-No sé por qué no -sonrió Natalie, y sacó la caja número
trescientos que contenía las fotos del hijo Lawrence y de la nuera Nadine,
nombres identificables debido a que la mayor parte de las diapositivas tenían
etiquetas, de pie en el patio, de cara a la luz brillante del sol, cogiendo a
un bebé de ojos entrecerrados, Laurel, mientras Kathleen, con tres años, tiraba
de la falda demasiado corta de la madre y también cerraba los ojos. Lawrence
llevaba calcetines blancos con sus zapatos negros-. ¡Espera un momento!
-exclamó.
Reaccionando a la súbita excitación de su voz, Gentry dejó las
otras diapositivas y se inclinó para mirar.
-¿Qué?
Natalie clavó un dedo en la décima diapositiva de la serie.
-Aquí. ¿Ve? Estos dos. El hombre alto calvo, ¿no podría ser...,
cómo se llamaba?
-El señor Thorne -dijo Gentry-, alias Oscar Felix Haupt. Y esta
señora con el vestido amplio y rizos cortos azulados... Sí, la señorita Fuller.
Ambos se inclinaron más y usaron una gran lente para estudiar la
imagen.
-Ella no se dio cuenta de que estaban tomando una foto -dijo
Natalie en voz baja.
-Ajá -convino Gentry-. Me pregunto por qué no.
-Basándome en el número de diapositivas de este cuadro familiar
tan peculiar -dijo Natalie-, me imagino que el señor Hodges los tenía allí de
pie unos doscientos días al año. La señorita Fuller probablemente pensaba que
eran estatuas del patio.
-Sí -sonrió Gentry-. Y podemos lograr una buena ampliación, ¿no?
Sólo de ella, claro.
-Creo que sí -dijo Natalie en un tono muy diferente-. Parece que
nuestro fotógrafo usaba Kodachrome 64 para luz de día que acepta mucha
ampliación antes de que el grano distorsione la imagen. Haremos un corte
internegativo para una prueba de mejor calidad. Cortaremos aquí y aquí y
tendrás un buen perfil de tres cuartos.
-¡Magnífico! -exclamó Gentry-. Un gran trabajo. Vamos a... eh,
¿qué pasa?
Natalie lo miró y se apretó los brazos con más fuerza para no
temblar. No paraba.
-No parece tener setenta u ochenta años -dijo.
Gentry miró otra vez la diapositiva.
-Fue sacada..., a ver..., hace unos cinco años, pero no, tiene
razón. Parece tener... quizá sesenta años. Pero en el registro de propiedad
consta que ella ya tenía la casa en los años veinte. Pero ¿qué le pasa?
-Nada -dijo Natalie-. He visto tantas fotos de la pequeña
Kathleen. Me olvido de que la niña está muerta. Y su abuelo, que sacó las
fotos, también.
Gentry asintió con la cabeza. Miró a Natalie mientras ella
miraba la diapositiva. Su mano izquierda se levantó, se movió hacia su hombro,
después se detuvo. Ella se inclinó aún más sobre la diapositiva.
-Y éste es el monstruo que probablemente los mató -dijo ella-.
Esta viejecita de apariencia inofensiva. Inofensiva como una gran araña negra
que mata a todos los que entran en su guarida. Y cuando sale de ella, hay aún
más muertos. Incluido mi padre. -Natalie apagó la mesa, le entregó la
diapositiva a Gentry y dijo-: Ya está, mañana daré una ojeada al resto de las
diapositivas para ver si aparece alguna otra. Entre tanto, haga circular ésta y
dicte una orden de detención o como se llame.
Gentry meneó la cabeza y cogió la diapositiva con sumo cuidado,
desde lejos, como si fuera una araña aún viva y aún mortífera.
Natalie aparcó el coche delante de la casa Fuller, miró el viejo
edificio como parte de su ritual y puso primera para ir a cualquier sitio y
telefonear a Gentry para cenar esa noche, pero, de pronto, se quedó helada y
paró el motor. Levantó la Nikon con manos temblorosas y miró por el visor,
apoyando la lente de 135 mm contra la ventana parcialmente abierta del lado del
conductor para mantenerla firme.
Había una luz en la casa Fuller. En el segundo piso. No en una
de las habitaciones que daban a la calle, pero sí lo bastante cerca como para
llegar al vestíbulo del segundo piso y a las persianas. Había pasado por allí
los tres últimos días, después del anochecer. Nunca había visto luz.
Bajó la cámara e inspiró hondo. Su corazón bombeaba con fuerza.
Tenía que haber una explicación racional. La vieja no podía haber vuelto a casa
cuando la policía de una docena de estados y el FBI la buscaban por todas
partes.
Pero ¿por qué no?
No, pensó Natalie, tenía que haber una explicación. Quizá Gentry
o alguno de los otros investigadores estaban buscando algo. Podía ser alguien
del Ayuntamiento; Gentry le había dicho que pensaban almacenar las cosas de la
vieja hasta que terminaran las audiencias y las investigaciones. Había un
centenar de explicaciones racionales posibles.
La luz se apagó. Natalie saltó como si alguien la hubiera tocado
en la nuca. Cogió la cámara, la levantó. La ventana del segundo piso llenó el
visor. La luz había desaparecido de entre las persianas pálidas.
Natalie colocó cuidadosamente la cámara en el asiento del
pasajero y se recostó, tomó aliento, sacó el bolso de la guantera y lo puso
sobre su regazo. Sin apartar la vista de la oscura fachada de la
casa, palpó el bolso, sacó la Llama 32 y volvió a poner el bolso en su sitio.
Continuó allí con el cargador de la pequeña arma apoyado en la curva más baja
del volante. Su pulgar encontró el seguro en la culata y lo soltó. Había aún un
segundo seguro, pero se tardaba menos de un segundo en abrirlo. El martes por
la noche, Gentry la había llevado a un campo de tiro privado y le había
mostrado cómo cargar, manejar y disparar el arma. Ahora estaba cargada con sus
siete balas ceñidas como huevos de metal en sus nidos de muelles.
Los pensamientos de Natalie corrían como ratones de laboratorio
en busca de la entrada del laberinto. ¿Qué hacer? ¿Por qué hacer algo? Había
habido merodeadores antes... Saul había sido un merodeador. ¿Dónde diablos
estaba Saul? ¿Podría ser él de nuevo? Natalie rechazó esta idea antes de que se
formara. ¿Quién, entonces? Tenía una imagen de Melanie Fuller y del señor
Thorne gracias a la diapositiva. No, el señor Thorne estaba muerto. Melanie
Fuller, posiblemente, también lo estaba. ¿Quién podía ser entonces?
Natalie apretó la culata del arma, cuidando de mantener el dedo
lejos del gatillo, y miró la casa. Su respiración era rápida pero controlada.
«Márchate. Llama a Gentry. ¿Adónde? ¿A su despacho, o a su casa?
Habla con un ayudante si tienes que hacerlo. Siete de la tarde de Nochebuena.
¿Cuánto tardaría el despacho del sheriff o de la policía urbana en contestar?
¿Y dónde estaba el teléfono más cercano?» Intentó imaginar uno y sólo recordó
las tiendas cerradas y los restaurantes junto a los que había pasado con el
coche.
«Entonces corre al edificio del Ayuntamiento o a casa de Gentry.
Son sólo diez minutos. Quienquiera que esté en la casa se marchará en diez
minutos.»
Una cosa que Natalie sabía que no haría era entrar en la casa.
La primera vez había sido una estupidez, pero la había impulsado la ira, el
dolor y una valentía nacida de la ignorancia. Ir allí esta noche sería
criminalmente estúpido. Con arma o sin ella.
Cuando Natalie era una niña, le gustaba quedarse despierta hasta
tarde las noches del viernes o del sábado para ver la película. Su padre la
dejaba abrir el sofá para que pudiera irse a dormir inmediatamente después...
o, más a menudo, mientras las últimas imágenes aún pasaban en la pantalla. A
veces la acompañaba -él con su pijama a rayas azules y blancas, ella con su
camisón de franela- y se recostaban comiendo palomitas y comentando la
película. En una cosa estaban sinceramente de acuerdo: no compadecerse nunca de
la heroína que actuaba estúpidamente. A la joven con camisón de encaje la
avisaban repetidamente: «No abras la puerta cerrada al final del corredor
oscuro.» ¿Y qué hacía en cuanto se quedaba a solas? Inmediatamente, su heroína
del viernes por la noche abría la puerta prohibida y Natalie y su padre
empezaban a alentar a cualquier monstruo que estuviera allí esperando. El padre
de Natalie tenía una frase para ese comportamiento: «La estupidez tiene un
precio y siempre se acaba pagando.»
Natalie abrió la puerta del coche y saltó a la calle. La
automática era un peso extraño en su mano derecha. Se quedó allí un segundo,
mirando las dos casas oscuras y el patio. Una farola a unos diez metros
iluminaba los ladrillos y la sombra del árbol. «Sólo hasta la puerta», pensó
Natalie. Si salía alguien, siempre podría correr. De todos modos, la puerta
estaría cerrada.
Atravesó la calle y se acercó a la puerta. Estaba abierta,
entornada. Tocó el frío metal con la mano izquierda y miró las oscuras ventanas
de la casa. La adrenalina hizo que su corazón batiera contra sus costillas,
pero también la hizo sentirse fuerte, ligera, rápida. Lo que tenía en la mano
era una pistola de verdad. Abrió el último seguro, como Gentry le había
enseñado. Sólo dispararía si fuera atacada..., atacada de cualquier manera...,
pero dispararía.
Sabía que era el momento de volver al coche, marcharse, llamar a
Gentry. Abrió la puerta y entró en el patio.
La enorme y vetusta fuente lanzaba una sombra profunda que la
protegió durante un largo minuto. Natalie permaneció allí y observó las
ventanas y la puerta de entrada de la casa Fuller. Se sentía como una niña de
diez años que se había atrevido a llamar a la puerta de entrada de la casa
encantada local. Pero había visto una luz allí.
Si alguien había estado allí, podía haberse ido por la parte de
atrás, por donde ella y Saul habían entrado. No iba a marcharse por la puerta
principal, a la vista de todo el mundo. De todos modos, había llegado bastante
lejos. Era hora de coger el maldito coche y ahuecar el ala.
Natalie caminó sigilosamente hasta el pequeño pórtico,
levantando ligeramente la pistola. Allí pudo ver lo que las sombras del tejado
del pequeño pórtico le habían ocultado: la puerta de entrada estaba
parcialmente abierta. Natalie estaba sin aliento, casi jadeaba, pero no
conseguía meter suficiente aire en los pulmones. Respiró hondo tres veces y
aguantó el aire de la tercera. Su respiración y su pulso se estabilizaron.
Alargó la automática y empujó ligeramente la puerta, que giró hacia dentro sin
ruido, como sobre bisagras engrasadas, revelando la madera del vestíbulo y los
primeros peldaños de la escalera del vestíbulo. Natalie creía ver las manchas
donde Kathleen Hodges y la Kramer habían muerto. Alguien que bajaba por la
escalera entraba en su campo de visión: primero dos pies, después unas piernas
negras.
«Joder», pensó Natalie y se volvió y corrió. El peso de la
automática la desequilibró y casi tropezó antes de llegar a la puerta. Recuperó
el equilibrio, lanzó una mirada asustada por encima del hombro a
la puerta abierta, a la fuente oscura, a las sombras en los ladrillos,
cristales y muros, y después ya estaba fuera y atravesaba la calle, abría
torpemente la puerta del coche y se metió en él.
Cerró la puerta con fuerza, tuvo la presencia de ánimo de cerrar
los seguros de la pistola antes de dejarla en el asiento del pasajero, y echó
mano a la llave, rezando para que la hubiese dejado en la ranura de encendido.
Sí. El motor se puso en marcha inmediatamente.
Natalie había puesto la mano en el cambio de marchas cuando dos
brazos se abalanzaron sobre ella desde el asiento trasero, una mano le tapó la
boca y la otra rodeó su cuello con la fuerza de un profesional. Gritó y volvió
a gritar mientras la presión de la mano en su boca sofocaba el sonido y le
impedía respirar normalmente. Tenía las dos manos libres y arañó un abrigo
grueso y los pesados guantes que oprimían su cara y su garganta. Se puso
derecha en su asiento en una tentativa desesperada de aliviar la presión, de
llegar a su asaltante con manos y uñas.
«El arma.» Natalie alargó la mano derecha pero no pudo
alcanzarla. Golpeó el cambio de marchas durante un segundo, después alargó las
uñas otra vez hacia atrás. Ahora su cuerpo estaba rígido, casi fuera del
asiento, con las rodillas por encima del fondo del volante. La cara de alguien,
pesada y húmeda, estaba contra su cuello y su mejilla derecha. Los dedos de su
mano izquierda se clavaron en algún tipo de gorra dura. La mano en su boca
alivió la presión, pero le cogió el cuello. El largo brazo derecho del asaltante
avanzó hacia el asiento de al lado y Natalie oyó el ruido de la pistola que
cayó sobre la esterilla. Lanzó las uñas a los pesados guantes cuando la mano
volvió a su cuello. Intentó arañar la cara de su agresor, pero éste le desvió
fácilmente la mano. Su boca estaba libre ahora, pero ya no tenía aire con el
que gritar. Veía puntos brillantes saltando delante de sus ojos y un estruendo
retumbaba en sus oídos.
«Ser estrangulada es eso», pensó mientras aún daba zarpazos al
abrigo y puntapiés al salpicadero, e intentaba levantar las rodillas lo
bastante alto como para llegar a tocar el círculo de la bocina en el volante.
Vislumbró en el espejo retrovisor unos ojos rojizos contra su cuello, un trozo
rojo de mejilla, y entonces comprendió que su propia piel estaba roja, la luz
era roja y su visión estaba llena de puntos rojos.
Algo raspó contra su mejilla, notó un aliento caliente contra su
cara, una voz poco clara le murmuró al oído:
-¿Quieres encontrarla? Busca en Germantown.
Natalie se arqueó lo más alto que pudo y agitó la cabeza hacia
atrás y hacia los lados con rapidez, sintiendo el dolor satisfactorio de su
cráneo golpeando carne y hueso.
La presión se alivió durante una fracción de segundo. Natalie
cayó hacia delante, forzó una respiración profunda en su garganta y pulmones
doloridos, respiró de nuevo y se inclinó hacia la derecha, cayendo ahora hacia
delante, buscando la automática detrás del cambio de marchas y bajo el asiento.
Los dedos se cerraron sobre su cuello, ahora más dolorosamente,
buscando algún punto crucial. Fue arrastrada de nuevo hacia
atrás. Hubo un centelleo de puntos rojos, un dolor terrible en el cuello. Y
después nada.
FIN


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