© Libro N°. 2969. Los Tres Mosqueteros. Dumas, Alejandro. Colección E.O. Julio 23 de 2016.
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RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LOS TRES MOSQUETEROS
Alejandro Dumas
Indice
I. Prefacio
I. Los tres presentes del señor D'Artagnan padre
II. La antecámara del señor de Tréville
III. La audiencia
IV. El hombro de Athos, el tahalíde Porthos y el pañuelo de
Aramis
V. Los mosqueteros del rey y los guardias del señor cardenal
VI. Su majestad el rey Luis XIII
VII. Los mosqueteros por dentro
VIII. Una intriga de corte
IX. D'Artagnan se perfila
X. Una ratonera en el siglo XVII
XI. La intriga se anuda
XII. Georges Villiers, duque de Buckingham
XIII. El señor Bonacieux
XIV. El hombre de Meung
XV. Gentes de toga y gentes de espada
XVI. Donde el señor guardasellos Séguier buscó más de una vez la
campana para tocarla como lo hacía antaño
XVII. El matrimonio Bonacieux
XVIII. El amante y el marido
XIX. Plan de campaña
XX. El viaje
XXI. La condesa de Winter
XXII. El ballet de la Merlaison
XXIII. La cita
XXIV. El pabellón
XXV. Porthos
XXVI. La tesis de Aramis
XXVII. La mujer de Athos
XXVIII. El regreso
XXIX. La caza del equipo
XXX. Milady
XXXI. Ingleses y franceses
XXXII. Una cena de procurador
XXXIII. Doncella y señora
XXXIV. Donde se trata del equipo deAramis y de Porthos.
XXXV. De noche todos los gatos son pardos
XXXVI. Sueño de venganza
XXXVII. El secreto de Milady
XXXVIII. Cómo, sin molestarse, Athos encontró su equipo
XXXIX. Una visión
XL. El cardenal
XLI. El sitio de la Rochelle .
XLII . El vino de Anjou . .
XLIII. El albergue del Colombier Rouge .
XLIV. De la utilidad de los tubos de estufa
XLV. Escena conyugal
XLVI. El bastión Saint Gervais
XLVII. El consejo de los mosqueteros
XLVIII. Asunto de familia
XLIX. Fatalidad
L. Charla de un hermano con su hermana
LI. Oficial
LII. Primera jornada de cautividad
LIII. Segunda jornada de cautividad
LIV. Tercera jornada de cautividad
LV. Cuarta jornada de cautividad
LVI. Un recurso de tragedia clásica
LVII. Evasión
LVIII. Lo que pasó en Portsmouth el 23de agosto de 1628
LIX. En Francis
LX. El convento de las Carmelitas de Béthune
LXI. Dos variedades de demonios
LXII. Gota de agua
LXIII. El hombre de la capa roja
LXIV. El juicio
LXV. La ejecución
LXVI. Conclusión
LXVII. Epílogo
Prefacio
EN EL QUE SE RACE CONSTAR QUE,
PESE A SUS NOMBRES EN «OS» Y EN «IS»,
LOS HEROES DE LA HISTORIA QUE VAMOS
A TENER EL HONOR DE CONTAR
A NUESTROS LECTORES
NO TIENEN NADA DE MITOLOGICO
Hace aproximadamente un año, cuando hacía investigaciones en la
Biblioteca Real para mi historia de Luis XIV, di por casualidad con las
Memorias del señor D'Artagnan, impresas como la mayoría de las obras de esa
época, en que los autores pretendían decir la verdad sin ir a darse una vuelta
más o menos larga por la Bastilla en Amsterdam, por el editor Pierre Rouge. El
título me sedujo: las llevé a mi casa, con el permiso del señor bibliotecario
por supuesto, y las devoré.
No es mi intención hacer aquí un análisis de esa curiosa obra, y
me contentaré con remitir a ella a aquellos lectores míos que aprecien los
cuadros de época. Encontrarán ahí retratos esbozados de mano maestra; y aunque
esos bocetos estén, la mayoría de las veces, trazados sobre puertas de cuartel
y sobre paredes de taberna, no dejarán de reconocer, con tanto parecido como en
la historia del señor Anquetil, las imágenes de Luis XIII, de Ana de Austria,
de Richelieu, de Mazarino y de la mayoría de los cortesanos de la época.
Mas, como se sabe, lo que sorprende el espíritu caprichoso del
poeta no siempre es lo que impresiona a la masa de lectores. Ahora bien, al
admirar, como los demás admirarán sin duda, los detalles que hemos señalado, lo
que más nos preocupó fue una cosa a la que, por supuesto, nadie antes que
nosotros había prestado la menor atención.
D'Artagnan cuenta que, en su primera visita al señor de
Tréville, capitán de los mosqueteros del rey, encontró en su antecámara a tres
jóvenes que servían en el ilustre cuerpo en el que él solicitaba el honor de
ser recibido, y que tenían por nombre los de Athos, Porthos y Aramis.
Confesamos que estos tres nombres extranjeros nos sorprendieron,
y al punto nos vino a la mente que no eran más que seudónimos con ayuda de los
cuales D'Artagnan había disimulado nombres tal vez ilustres, si es que los
portadores de esos nombres prestados no los habían escogido ellos mismos el día
en que, por capricho, por descontento o por falta de fortuna, se habían
endosado la simple casaca de mosquetero.
Desde ese momento no tuvimos reposo hasta encontrar, en las
obras coetáneas, una huella cualquiera de esos nombres extraordinarios que tan
vivamente habían despertado nuestra curiosidad.
Sólo el catálogo de los libros que leímos para llegar a esa meta
llenaría un folletón entero cosa que quizá fuera muy instructiva, pero a todas
luces poco divertida para nuestros lectores. Nos contentaremos, pues, con
decirles que en el momento en que, desalentados de tantas investigaciones
infructuosas, Ibamos a abandonar nuestra búsqueda, encontramos por fin, guiados
por los consejos de nuestro ilustre y sabio amigo Paulin Paris, un manuscrito
in folio, con la signatura núm. 4772 ó 4773, no lo recordamos exactamente,
titulado así:
Memorias del señor conde de la Fère, referentes a algunos de los
sucesos que pasaron en Francia hacia finales del reinado del rey Luis Xlll y el
comienzo del reinado del rey Luis XIV.
Adivínese si fue grande nuestra alegría cuando, al hojear el
manuscrito, última esperanza nuestra, encontramos en la vigésima página el
nombre de Athos, en la vigésima séptima el nombre de Porthos y en la trigésima
primera el nombre de Aramis.
El descubrimiento de un manuscrito completamente desconocido, en
una época en que la ciencia histórica es impulsada a tan alto grado, nos
pareció casi milagroso. Por eso nos apresuramos a solicitar permiso para
hacerlo imprimir con objeto de presentarnos un día con el bagaje de otros a la
Academia de inscripciones y bellas letras, si es que no conseguimos, cosa muy
probable, entrar en la Academia francesa con nuestro propio bagaje. Debemos
decir que ese permiso nos fue graciosamente otorgado; lo que consignamos aquí
para desmentir públicamente a los malévolos que pretenden que vivimos bajo un
gobierno más bien poco dispuesto con los literatos.
Ahora bien, lo que hoy ofrecemos a nuestros lectores es la
primera parte de ese manuscrito, restituyéndole el título que le conviene,
comprometiéndonos a publicar inmediatamente la segunda si, como estamos
seguros, esta primera parte obtiene el éxito que merece.
Mientras tanto, como el padrino es un segundo padre, invitamos
al lector a echar la culpa de su placer o de su aburrimiento a nosotros y no al
conde de La Fère.
Sentado esto, pasemos a nuestra historia.
Capítulo 1
Los tres presentes del señor D'Artagnan padre
El primer lunes del mes de abril de 1625, el burgo de Meung,
donde nació el autor del Roman de la Rose, parecía estar en una revolución tan
completa como si los hugonotes hubieran venido a hacer de ella una segunda
Rochelle. Muchos burgueses, al ver huir a las mujeres por la calle Mayor, al
oír gritar a los niños en el umbral de las puertas, se apresuraban a endosarse
la coraza y, respaldando su aplomo algo incierto con un mosquete o una
partesana, se dirigían hacia la hos-tería del Franc Meunier, ante la cual
bullía, creciendo de minuto en minuto, un grupo compacto, ruidoso y lleno de
curiosidad.
En ese tiempo los pánicos eran frecuentes, y pocos días pasaban
sin que una aldea a otra registrara en sus archivos algún acontecimiento de ese
género. Estaban los señores que guerreaban entre sí; estaba el rey que hacía la
guerra al cardenal; estaba el Español que hacía la guerra al rey. Luego, además
de estas guerras sordas o públicas, secretas o patentes, estaban los ladrones,
los mendigos, los hugonotes, los lobos y los lacayos que hacían la guerra a
todo el mundo. Los burgueses se armaban siempre contra los ladrones, contra los
lobos, contra los lacayos, con frecuencia contra los señores y los hugonotes,
algunas veces contra el rey, pero nunca contra el cardenal ni contra el
Español. De este hábito adquirido resulta, pues, que el susodicho primer lunes
del mes de abril de 1625, los burgueses, al oír el barullo y no ver ni el
banderín amarillo y rojo ni la librea del duque de Richelieu, se precipitaron
hacia la hostería del Franc Meunier.
Llegados allí, todos pudieron ver y reconocer la causa de aquel
jaleo.
Un joven..., pero hagamos su retrato de un solo trazo: figuraos
a don Quijote a los dieciocho años, un don Quijote descortezado, sin cota ni
quijotes, un don Quijote revestido de un jubón de lana cuyo color azul se había
transformado en un matiz impreciso de heces y de azul celeste. Cara larga y
atezada; el pómulo de las mejillas saliente, signo de astucia; los músculos
maxilares enormente desarrollados, índice infalible por el que se reconocía al
gascón, incluso sin boina, y nuestro joven llevaba una boina adornada con una
especie de pluma; los ojos abiertos a inteligentes; la nariz ganchuda, pero
finamente diseñada; demasiado grande para ser un adolescente, demasiado pequeña
para ser un hombre hecho, un ojo poco acostumbrado le habría tomado por un hijo
de aparcero de viaje, de no ser por su larga espada que, prendida de un tahalí
de piel, golpeaba las pantorrillas de su propietario cuando estaba de pie, y el
pelo erizado de su montura cuando estaba a caballo.
Porque nuestro joven tenía montura, y esa montura era tan
notable que fue notada: era una jaca del Béam, de doce á catorce años, de
pelaje amarillo, sin crines en la cola, mas no sin gabarros en las patas, y
que, caminando con la cabeza más abajo de las rodillas, lo cual volvía inútil
la aplicación de la martingala, hacía pese a todo sus ocho leguas diarias. Por
desgracia, las cualidades de este caballo estaban tan bien ocultas bajo su
pelaje extraño y su porte incongruente que, en una época en que todo el mundo
entendía de caballos, la aparición de la susodicha jaca en Meung, donde había
entrado hacía un cuarto de hora más o menos por la puerta de Beaugency, produjo
una sensación cuyo disfavor repercutió sobre su caballero.
Y esa sensación había sido tanto más penosa para el joven
D'Artagnan (así se llamaba el don Quijote de este nuevo Rocinante) cuanto que
no se le ocultaba el lado ridículo que le prestaba, por buen caballero que
fuese, semejante montura; también él había lanzado un fuerte suspiro al aceptar
el regalo que le había hecho el señor D'Artagnan padre. No ignoraba que una
bestia semejante valía por lo menos veinte libras; cierto que las palabras con
que el presente vino acompañado no tenían precio.
Hijo mío había dicho el gentilhombre gascón en ese puro patois
de Béam del que jamás había podido desembarazarse Enrique IV , hijo mío, este
caballo ha nacido en la casa de vuestro padre, tendrá pronto trece años, y ha
permanecido aquí todo ese tiempo, lo que debe llevaros a amarlo. No lo vendáis
jamás, dejadle morir tranquila y honorablemente de viejo; y si hacéis campaña
con él, cuidadlo como cuidaríais a un viejo servidor. En la corte continuó el
señor D'Artagnan padre , si es que tenéis el honor de ir a ella, honor al que
por lo demás os da derecho vuestra antigua nobleza, mantened dignamente vuestro
nombre de gentilhombre, que ha sido dignamente llevado por vuestros antepasados
desde hace más de quinientos años. Por vos y por los vuestros (por los vuestros
entiendo vuestros parientes y amigos) no soportéis nunca nada salvo del señor
cardenal y del rey. Por el valor, entendedlo bien, sólo por el valor se labra
hoy día un gentilhombre su camino. Quien tiembla un segundo deja escapar quizá
el cebo que precisamente durante ese segundo la fortuna le tendía. Sois joven,
debéis ser valiente por dos razones: la primera, porque sois gascón, y la
segunda porque sois hijo mío. No temáis las ocasiones y buscad las aventuras.
Os he hecho aprender a manejar la espada; tenéis un jarrete de hierro, un puño
de acero; batíos por cualquier motivo; batíos, tanto más cuanto que están
prohibidos los duelos, y por consiguiente hay dos veces valor al batirse. No
tengo, hijo mío, más que quince escudos que daros, mi caballo y los consejos
que acabáis de oír. Vuestra madre añadirá la receta de cierto bálsamo que supo
de una gitana y que tiene una virtud milagrosa para curar cualquier herida que
no alcance el corazón. Sacad provecho de todo, y vivid felizmente y por mucho
tiempo. Sólo tengo una cosa que añadir, y es un ejemplo que os propongo, no el
mío porque yo nunca he aparecido por la corte y sólo hice las guerras de
religión como voluntario; me refiero al señor de Tréville, que fue antaño
vecino mío, y que tuvo el honor siendo niño de jugar con nuestro rey Luis XIII,
a quien Dios conserve. A veces sus juegos degeneraban en batalla, y en esas
batallas no siempre era el rey el más fuerte. Los golpes que en ellas recibió
le proporcionaron mucha estima y amistad hacia el señor de Tréville. Más tarde,
el señor de Tréville se batió contra otros en su primer viaje a Paris, cinco
veces; tras la muerte del difunto rey hasta la mayoría del joven, sin contar
las guerras y los asedios, siete veces; y desde esa mayoría hasta hoy, quizá
cien. Y pese a los edictos, las ordenanzas y los arrestos, vedle capitán de los
mosqueteros, es decir, jefe de una legión de Césares a quien el rey hace mucho
caso y a quien el señor cardenal teme, precisamente él que, como todos saben,
no teme a nada. Además, el señor de Tréville gana diez mil escudos al año; es
por tanto un gran señor. Comenzó como vos: idle a ver con esta carta, y amoldad
vuestra conducta a la suya, para ser como él.
Con esto, el señor D'Artagnan padre ciñó a su hijo su propia
espada, lo besó tiernamente en ambas mejillas y le dio su bendición.
Al salir de la habitación paterna, el joven encontró a su madre,
que lo esperaba con la famosa receta cuyo empleo los consejos que acabamos de
referir debían hacer bastante frecuente. Los adioses fueron por este lado más
largos y tiernos de lo que habían sido por el otro, no porque el señor
D'Artagnan no amara a su hijo, que era su único vástago, sino porque el señor
D'Artagnan era hombre, y hubiera considerado indigno de un hombre dejarse
llevar por la emoción, mientras que la señora D'Artagnan era mujer y, además,
madre. Lloró en abundancia y, digámoslo en alabanza del señor D'Artagnan hijo,
por más es-fuerzo que él hizo por aguantar sereno como debía estarlo un futuro
mosquetero, la naturaleza pudo más, y derramó muchas lágrimas de las que a
duras penas consiguió ocultar la mitad.
El mismo día el joven se puso en camino, provisto de los tres
presentes paternos y que estaban compuestos, como hemos dicho, por trece
escudos, el caballo y la carta para el señor de Tréville; como es lógico, los
consejos le habían sido dados por añadidura.
Con semejante vademécum, D'Artagnan se encontró, moral y
físicamente, copia exacta del héroe de Cervantes, con quien tan felizmente le
hemos comparado cuando nuestros deberes de historiador nos han obligado a
trazar su retrato. Don Quijote tomaba los molinos de viento por gigantes y los
carneros por ejércitos: D'Artagnan tomó cada sonrisa por un insulto y cada
mirada por una provocación. De ello resultó que tuvo siempre el puño apretado
desde Tarbes hasta Meung y que, un día con otro, llevó la mano a la empuñadura
de su espada diez veces diarias; sin embargo, el puño no descendió sobre
ninguna mandíbula, ni la espada salió de su vaina. Y no es que la vista de la
malhadada jaca amarilla no hiciera florecer sonrisas en los rostros de los que
pasaban; pero como encima de la jaca tintineaba una espada de tamaño respetable
y encima de esa espada brillaba un ojo más feroz que noble, los que pasaban
reprimían su hilaridad, o, si la hilaridad dominaba a la prudencia, trataban
por lo menos de reírse por un solo lado, como las máscaras antiguas. D'Artagnan
permaneció, pues, majestuoso a intacto en su susceptibilidad hasta esa
desafortunada villa de Meung.
Pero aquí, cuando descendía de su caballo a la puerta del Franc
Meunier sin que nadie, hostelero, mozo o palafrenero, hubiera venido a coger el
estribo de montar, D'Artagnan divisó en una ventana entreabierta de la planta
baja a un gentilhombre de buena estatura y altivo gesto aunque de rostro
ligeramente ceñudo, hablando con dos personas que parecían escucharle con
deferencia. D'Artagnan, según su costumbre, creyó muy naturalmente ser objeto
de la conversación y escuchó. Esta vez D'Artagnan sólo se había equivocado a
medias: no se trataba de él, sino de su caballo. El gentilhombre parecía
enumerar a sus oyentes todas sus cualidades y como, según he dicho, los oyentes
parecían tener gran deferencia hacia el narrador, se echaban a reír a cada
instante. Como media sonrisa bastaba para despertar la irascibilidad del joven,
fácilmente se comprenderá el efecto que en él produjo tan ruidosa hilaridad.
Sin embargo, D'Artagnan quiso primero hacerse idea de la
fisonomía del impertinente que se burlaba de él. Clavó su mirada altiva sobre
el extraño y reconoció un hombre de cuarenta a cuarenta y cinco años, de ojos
negros y penetrantes, de tez pálida, nariz fuertemente pronunciada, mostacho
negro y perfectamente recortado; iba vestido con un jubón y calzas violetas con
agujetas de igual color, sin más adorno que las cuchilladas habituales por las
que pasaba la camisa. Aquellas calzas y aquel jubón, aunque nuevos, parecían
arrugados como vestidos de viaje largo tiempo encerrados en un baúl. D'Artagnan
hizo to-das estas observaciones con la rapidez del observador más minucioso, y,
sin duda, por un sentimiento instintivo que le decía que aquel desconocido
debía tener gran influencia sobre su vida futura.
Y como en el momento en que D'Artagnan fijaba su mirada en el
gentilhombre de jubón violeta, el gentilhombre hacía respecto a la jaca
bearnesa una de sus más sabias y más profundas demostraciones, sus dos oyentes
estallaron en carcajadas, y él mismo dejó, contra su costumbre, vagar
visiblemente, si es que se puede hablar así, una pálida sonrisa sobre su
rostro. Aquella vez no había duda, D'Artagnan era realmente insultado. Por eso,
lleno de tal convicción, hundió su boina hasta los ojos y, tratando de copiar
algunos aires de corte que había sorprendido en Gascuña entre los señores de
viaje, se adelantó, con una mano en la guarnición de su espada y la otra
apoyada en la cadera. Des-graciadamente, a medida que avanzaba, la cólera le
enceguecía más y más, y en vez del discurso digno y altivo que había preparado
para formular su provocación, sólo halló en la punta de su lengua una
personalidad grosera que acompañó con un gesto furioso.
¡Eh, señor! exclamó . ¡Señor, que os ocultáis tras ese postigo!
Sí, vos, decidme un poco de qué os reís, y nos reiremos juntos.
El gentilhombre volvió lentamente los ojos de la montura al
caballero, como si hubiera necesitado cierto tiempo para comprender que era a
él a quien se dirigían tan extraños reproches; luego, cuando no pudo albergar
ya ninguna duda, su ceño se frunció ligeramente y tras una larga pausa, con un
acento de ironía y de insolencia imposible de describir, respondió a
D'Artagnan:
Yo no os hablo, señor.
¡Pero yo sí os hablo! exclamó el joven exasperado por aquella
mezcla de insolencia y de buenas maneras, de conveniencias y de desdenes.
El desconocido lo miró un instante todavía con su leve sonrisa
y, apartándose de la ventana, salió lentamente de la hostería para venir a
plantarse a dos pasos de D'Artagnan frente al caballo. Su actitud tranquila y
su fisonomía burlona habían redoblado la hilaridad de aquellos con quienes
hablaba y que se habían quedado en la ventana.
D'Artagnan, al verle llegar, sacó su espada un pie fuera de la
vaina.
Decididamente este caballo es, o mejor, fue en su juventud botón
de oro dijo el desconocido continuando las investigaciones comenzadas y
dirigiéndose a sus oyentes de la ventana, sin aparentar en modo alguno notar la
exasperación de D'Artagnan, que sin embargo estaba de pie entre él y ellos ; es
un color muy conocido en botánica, pero hasta el presente muy raro entre los
caballos.
¡Así se ríe del caballo quien no osaría reírse del amo! exclamó
el émulo de Tréville, furioso.
Señor prosiguió el desconocido , no río muy a menudo, como vos
mismo podéis ver por el aspecto de mi rostro; pero procuro conservar el
privilegio de reír cuando me place.
¡Y yo exclamó D'Artagnan no quiero que nadie ría cuando no me
place!
¿De verdad, señor? continuó el desconocido más tranquilo que
nunca . Pues bien, es muy justo y girando sobre sus talones se dispuso a entrar
de nuevo en la hostería por la puerta principal, bajo la que D'Artagnan, al
llegar, había observado un caballo completamente ensillado.
Pero D'Artagnan no tenía carácter para soltar así a un hombre
que había tenido la insolencia de burlarse de él. Sacó su espada por entero de
la funda y comenzó a perseguirle gritando:
¡Volveos, volveos, señor burlón, para que no os hiera por la
espalda!
¡Herirme a mí! dijo el otro girando sobre sus talones y mirando
al joven con tanto asombro como desprecio . ¡Vamos, vamos, querido, estáis
loco!
Luego, en voz baja y como si estuviera hablando consigo mismo:
Es enojoso prosiguió . ¡Qué hallazgo para su majestad, que busca
valientes de cualquier sitio para reclutar mosqueteros!
Acababa de terminar cuando D'Artagnan le alargó una furiosa
estocada que, de no haber dado con presteza un salto hacia atrás, es probable
que hubiera bromeado por última vez. El desconocido vio entonces que la cosa
pasaba de broma, sacó su espada, saludó a su adversario y se puso gravemente en
guardia. Pero en el mismo momento, sus dos oyentes, acompañados del hostelero,
cayeron sobre D'Artagnan a bastonazos, patadas y empellones. Lo cual fue una
diversión tan rápida y tan completa en el ataque, que el adversario de
D'Artagnan, mientras éste se volvía para hacer frente a aquella lluvia de
golpes, envainaba con la misma precisión, y, de actor que había dejado de ser,
se volvía de nuevo espectador del combate, papel que cumplió con su
impasibilidad de siempre, mascullando sin embargo:
¡Vaya peste de gascones! ¡Ponedlo en su caballo naranja, y que
se vaya!
¡No antes de haberte matado, cobarde! gritaba D'Artagnan
mientras hacía frente lo mejor que podía y sin retroceder un paso a sus tres
enemigos, que lo molían a golpes.
¡Una gasconada más! murmuró el gentilhombre . ¡A fe mía que
estos gascones son incorregibles! ¡Continuad la danza, pues que lo quiere!
Cuando esté cansado ya dirá que tiene bastante.
Pero el desconocido no sabía con qué clase de testarudo tenía
que habérselas; D'Artagnan no era hombre que pidiera merced nunca. El combate
continuó, pues, algunos segundos todavía; por fin, D'Artagnan, agotado dejó
escapar su espada que un golpe rompió en dos trozos. Otro golpe que le hirió
ligeramente en la frente, lo derribó casi al mismo tiempo todo ensangrentado y
casi desvanecido.
En este momento fue cuando de todas partes acudieron al lugar de
la escena. El hostelero, temiendo el escándalo, llevó con la ayuda de sus mozos
al herido a la cocina, donde le fueron otorgados algunos cuidados.
En cuanto al gentilhombre, había vuelto a ocupar su sitio en la
ventana y miraba con cierta impaciencia a todo aquel gentío cuya permanencia
allí parecía causarle viva contrariedad.
Y bien, ¿qué tal va ese rabioso? dijo volviéndose al ruido de la
puerta que se abrió y dirigiéndose al hostelero que venía a informarse sobre su
salud.
¿Vuestra excelencia está sano y salvo? preguntó el hostelero.
Sí, completamente sano y salvo, mi querido hostelero, y soy yo
quien os prequnta qué ha pasado con nuestro joven.
Ya esta mejor dijo el hostelero : se ha desvanecido totalmente.
¿De verdad? dijo el gentilhombre.
Pero antes de desvanecerse ha reunido todas sus fuerzas para
llamaros y desafiaros al llamaros.
¡Ese buen mozo es el diablo en persona! exclamó el desconocido.
¡Oh, no, excelencia, no es el diablo! prosiguió el hostelero con
una mueca de desprecio . Durante su desvanecimiento lo hemos registrado, y en
su paquete no hay más que una camisa y en su bolsa nada más que doce escudos,
lo cual no le ha impedido decir al desmayarse que, si tal cosa le hubiera
ocurrido en Paris, os arrepentiríais en el acto, mientras que aquí sólo os
arrepentiréis más tarde.
Entonces dijo fríamente el desconocido , es algún príncipe de
sangre disfrazado.
Os digo esto, mi señor prosiguió el hostelero , para que toméis
precauciones.
¿Y ha nombrado a alguien en medio de su cólera?
Lo ha hecho, golpeaba sobre su bolso y decía: «Ya veremos lo que
el señor de Tréville piensa de este insulto a su protegido.»
¿El señor de Tréville? dijo el desconocido prestando atención .
¿Golpeaba sobre su bolso pronunciando el nombre del señor de Tréville?...
Veamos, querido hostelero: mientras vuestro joven estaba desvanecido estoy
seguro de que no habréis dejado de mirar también ese bolso. ¿Qué había?
Una carta dirigida al señor de Tréville, capitán de los
mosqueteros.
¿De verdad?
Como tengo el honor de decíroslo, excelencia.
El hostelero, que no estaba dotado de gran perspiscacia, no
observó la expresión que sus palabras habían dado a la fisonomía del
desconocido. Este se apartó del reborde de la ventana sobre el que había
permanecido apoyado con la punta del codo, y frunció el ceño como hombre
inquieto.
¡Diablos! murmuró entre dientes . ¿Me habrá enviado Tréville a
ese gascón? ¡Es muy joven! Pero una estocada es siempre una estocada,
cualquiera que sea la edad de quien la da, y no hay por qué desconfiar menos de
un niño que de cualquier otro; basta a veces un débil obstáculo para contrariar
un gran designio.
Y el desconocido se sumió en una reflexión que duró algunos
minutos.
Veamos, huésped dijo , ¿es que no me vais a librar de ese
frenético? En conciencia, no puedo matarlo, y sin embargo añadió con una
expresión fríamente amenazadora , sin embargo, me molesta. ¿Dónde está?
En la habitación de mi mujer, donde se le cura, en el primer
piso.
¿Sus harapos y su bolsa están con él? ¿No se ha quitado el
jubón?
Al contrario, todo está abajo, en la cocina. Pero dado que ese
joven loco os molesta...
Por supuesto. Provoca en vuestra hostería un escándalo que las
gentes honradas no podrían aguantar. Subid a vuestro cuarto, haced mi cuenta y
avisad a mi lacayo.
¿Cómo? ¿El señor nos deja ya?
Lo sabéis de sobra, puesto que os he dado orden de ensillar mi
caballo. ¿No se me ha obedecido?
Claro que sí, y como vuestra excelencia ha podido ver, su
caballo está en la entrada principal, completamente aparejado para partir.
Está bien, haced entonces lo que os he pedido.
¡Vaya! se dijo el hostelero . ¿Tendrá miedo del muchacho?
Pero una mirada imperativa del desconocido vino a detenerle en
seco. Saludó humildemente y salió.
No es preciso advertir a milady sobre este bribón continuó el
extraño . No debe tardar en pasar; viene incluso con retraso. Decididamente es
mejor que monte a caballo y que vaya a su encuentro... ¡Sólo que si pudiera
saber lo que contiene esa carta dirigida a Tréville!...
Y el desconocido, siempre mascullando, se dirigió hacia la
cocina.
Durante este tiempo, el huésped, que no dudaba de que era la
presencia del muchacho lo que echaba al desconocido de su hostería, había
subido a la habitación de su mujer y había encontrado a D'Artagnan dueño por
fin de sus sentidos. Entonces, tratando de hacerle comprender que la policía
podría jugarle una mala pasada por haber ido a buscar querella a un gran señor
porque, en opinión del huésped, el desconocido no podía ser más que un gran
señor , le convenció para que, pese a su debilidad, se levantase y prosiguiese
su camino. D'Artagnan, medio aturdido, sin jubón y con la cabeza toda envuelta
en vendas, se levantó y, empujado por el hostelero, comenzó a bajar; pero al
llegar a la cocina, lo primero que vio fue a su provocador que hablaba
tranquilamente al estribo de una pesada carroza tirada por dos gruesos caballos
normandos.
Su interlocutora, cuya cabeza aparecía enmarcada en la
portezuela, era una mujer de veinte a veintidós años. Ya hemos dicho con qué
rapidez percibía D'Artagnan una fisonomía; al primer vistazo comprobó que la
mujer era joven y bella. Pero esta belleza le sorprendió tanto más cuanto que
era completamente extraña a las comarcas meridionales que D'Artagnan había
habitado hasta entonces. Era una persona pálida y rubia, de largos cabellos que
caían en bucles sobre sus hombros, de grandes ojos azules lánguidos, de labios
rosados y manos de alabastro. Hablaba muy vivamente con el desconocido.
Entonces, su eminencia me ordena... decía la dama.
Volver inmediatamente a Inglaterra, y avisarle directamente si
el duque abandona Londres.
Y ¿en cuanto a mis restantes instrucciones? preguntó la bella
viajera.
Están guardadas en esa caja, que sólo abriréis al otro lado del
canal de la Mancha.
Muy bien, ¿qué haréis vos?
Yo regreso a París.
¿Sin castigar a ese insolente muchachito? preguntó la dama.
El desconocido iba a responder; pero en el momento en que abría
la boca, D'Artagnan, que lo había oído todo, se abalanzó hacia el umbral de la
puerta.
Es ese insolente muchachito el que castiga a los otros exclamó ,
y espero que esta vez aquel a quien debe castigar no escapará como la primera.
¿No escapará? dijo el desconocido frunciendo el ceño.
No, delante de una mujer no osaríais huir, eso presumo.
Pensad dijo milady al ver al gentilhombre llevar la mano a su
espada , pensad que el menor retraso puede perderlo todo.
Tenéis razón exclamó el gentilhombre ; partid, pues, por vuestro
lado; yo parto por el mío.
Y saludando a la dama con un gesto de cabeza, se abalanzó sobre
su caballo, mientras el cochero de la carroza azotaba vigorosamente a su tiro.
Los dos interlocutores partieron pues al galope, alejándose cada cual por un
lado opuesto de la calle.
¡Eh, vuestro gasto! vociferó el hostelero, cuyo afecto a su
viajero se trocaba en profundo desdén al ver que se alejaba sin saldar sus
cuentas.
Paga, bribón gritó el viajero, siempre galopando, a su lacayo,
el cual arrojó a los pies del hostelero dos o tres monedas de plata, y se puso
a galopar tras su señor.
¡Ah, cobarde! ¡Ah, miserable! ¡Ah, falso gentilhombre! exclamó
D'Artagnan lanzándose a su vez tras el lacayo.
Pero el herido estaba demasiado débil aún para soportar
semejante sacudida. Apenas hubo dado diez pasos, cuando sus oídos le zumbaron,
le dominó un vahído, una nube de sangre pasó por sus ojos, y cayó en medio de
la calle gritando todavía:
¡Cobarde, cobarde, cobarde!
En efecto, es muy cobarde murmuró el hostelero aproximándose a
D'Artagnan, y tratando mediante esta adulación de reconciliarse con el obre
muchacho, como la garza de la fábula con su limaco nocturno.
Sí, muy cobarde murmuró D'Artagnan ; pero ella, ¡qué hermosa!
¿Quién ella? preguntó el hostelero.
Milady balbuceó D'Artagnan.
Y se desvaneció por segunda vez.
Es igual dijo el hostelero , pierdo dos, pero me queda éste, al
que estoy seguro de conservar por lo menos algunos días. Siempre son once
escudos de ganancia.
Ya se sabe que once escudos constituían precisamente la suma que
quedaba en la bolsa de D'Artagnan.
El hostelero había contado con once días de enfermedad, a escudo
por día; pero había contado con ello sin su viajero. Al día siguiente, a las
cinco de la mañana, D'Artagnan se levantó, bajó él mismo a la cocina, pidió,
además de otros ingredientes cuya lista no ha llegado hasta nosotros, vino,
aceite, romero, y, con la receta de su madre en la mano, se preparó un bálsamo
con el que ungió sus numerosas heridas, renovando él mismo sus vendas y no
queriendo admitir la ayuda de ningún médico. Gracias sin duda a la eficacia del
bálsamo de Bohemia, y quizá también gracias a la ausencia de todo doctor,
D'Artagnan se encontró de pie aquella misma noche, y casi curado al día
siguiente.
Pero en el momento de pagar aquel romero, aquel aceite y aquel
vino, único gasto del amo que había guardado dieta absoluta mientras que, por
el contrario, el caballo amarillo, al decir del hostelero al menos, había
comido tres veces más de lo que razonablemente se hubiera podido suponer por su
talla, D'Artagnan no encontró en su bolso más que su pequeña bolsa de
terciopelo raído así como los once escudos que contenía; en cuanto a la carta
dirigida al señor de Tréville, ha-bía desaparecido.
El joven comenzó por buscar aquella carta con gran impaciencia,
volviendo y revolviendo veinte veces sus bolsos y bolsillos, buscando y
rebuscando en su talego, abriendo y cerrando su bolso; pero cuando se hubo
convencido de que la carta era inencontrable, entró en un tercer acceso de
rabia que a punto estuvo de provocarle un nuevo consumo de vino y de aceite
aromatizados; porque, al ver a aquel joven de mala cabeza acalorarse y amenazar
con romper todo en el establecimiento si no encontraban su carta, el hostelero
había cogido ya un chu-zo, su mujer un mango de escoba, y sus criados los
mismos bastones que habían servido la víspera.
¡Mi carta de recomendación! gritaba D'Artagnan . ¡Mi carta de
recomendación, por todos los diablos, a os ensarto a todos como a hortelanos!
Desgraciadamente, una circunstancia se oponía a que el joven
cumpliera su amenaza; y es que, como ya lo hemos dicho, su espada se había roto
en dos trozos durante la primera refriega, cosa que él había olvidado por
completo. Y de ello resultó que cuando D'Artagnan quiso desenvainar, se
encontró armado pura y simplemente con un trozo de espada de ocho o diez
pulgadas más o menos, que el hostelero había encasquetado cuidadosamente en la
vaina. En cuanto al resto de la hoja, el chef la había ocultado hábilmente para
hacerse una aguja me-chera.
Sin embargo, esta decepción no hubiera detenido probablemente a
nuestro fogoso joven, si el huésped no hubiera pensado que la reclamación que
le dirigía su viajero era perfectamente justa.
Pero, en realidad dijo bajando su chuzo , ¿dónde está esa carta?
Sí, ¿dónde está esa carta? gritó D'Artagnan . Os prevengo ante
todo que esa carta es para el señor de Tréville, y que es preciso que aparezca;
porque si no aparece él sabrá de sobra hacerla aparecer.
Esta amenaza acabó por intimidar al hostelero. Después del rey y
del señor cardenal, el señor de Tréville era el hombre cuyo nombre era quizá el
repetido con más frecuencia por los militares a incluso por los burgueses.
También estaba el padre Joseph cierto; pero su nombre a él nunca le era
pronunciado sino en voz baja, ¡tan grande era el terror que inspiraba la
eminencia gris, como se llamaba al familiar del cardenal!
Por eso, arrojando su chuzo lejos de sí, y ordenando a su mujer
hacer otro tanto con su mango de escoba y a sus servidores con sus bastones,
fue el primero que dio ejemplo en buscar la carta perdida.
¿Es que esa carta encerraba algo precioso? preguntó el hostelero
al cabo de un instante de investigaciones inútiles.
¡Diablos! ¡Ya lo creo! exclamó el gascón, que contaba con
aquella carta para hacer su carrera en la corte . Contenía mi fortuna.
¿Bonos contra el Tesoro? preguntó el hostelero inquieto.
Bonos contra la tesorería particular de Su Majestad respondió
D'Artagnan que, contando con entrar en el servicio del rey gracias a esta
recomendación, creía poder dar aquella respuesta algo aventurada sin mentir.
¡Diablos! dijo el hostelero completamente desesperado.
Pero no importa continuó D'Artagnan con el aplomo nacional , no
importa; el dinero no es nada, pero esa carta sí lo era todo. Hubiera preferido
perder antes mil pistolas que perderla.
Nada arriesgaba diciendo veinte mil, pero cierto pudor juvenil
lo contuvo.
Un rayo de luz alcanzó de pronto la mente del hostelero, que se
daba a todos los diablos al no encontrar nada.
Esa carta no se ha perdido exclamó.
¡Ah! dijo D'Artagnan.
No; os la han robado.
¿Robado? ¿Y quién?
El gentilhombre de ayer. Bajó a la cocina, donde estaba vuestro
jubón. Se quedó allí solo. Apostaría que ha sido él quien la ha robado.
¿Lo creéis? respondió D'Artagnan poco convencido, porque sabía
mejor que nadie la importancia completamente personal de aquella carta, y no
veía en ella nada que pudiera provocar la codicia.
El hecho es que ninguno de los criados, ninguno de los viajeros
presentes hubiera ganado nada poseyendo aquel papel.
Decís, pues respondió D'Artagnan , que sospecháis de ese
impertinente gentilhombre.
Os digo que estoy seguro continuó el hostelero ; cuando yo le
anuncié que Vuestra Señoría era el protegido del señor de Tréville, y que
teníais incluso una carta para ese ilustre gentilhombre, pareció muy inquieto,
me preguntó dónde estaba aquella carta, y bajó inmediatamente a la cocina donde
sabía que estaba vuestro jubón.
Entonces es mi ladrón respondió D'Artagnan ; me quejaré al señor
de Tréville, y el señor de Tréville se quejará al rey.
Luego sacó majestuosamente dos escudos de su bolsillo, se los
dio al hostelero, que lo acompañó, sombrero en mano, hasta la puerta, y subió a
su caballo amarillo, que le condujo sin otro accidente hasta la puerta Saint
Antoine, en París, donde su propietario lo vendió por tres escudos, lo cual era
pagarlo muy bien, dado que D'Artagnan lo había agotado hasta el exceso durante
la última etapa. Además, el chalán a quien D'Artagnan lo cedió por las nueve
libras susodichas no ocultó al joven que sólo le daba aquella exorbitante suma
debido a la originalidad de su color.
D'Artagnan entró, pues, en París a pie, llevando su pequeño
paquete bajo el brazo, y caminó hasta encontrar una habitación de alquiler que
convino a la exigüidad de sus recursos. Aquella habitación era una especie de
buhardilla, sita en la calle des Fossoyeurs, cerca del Luxemburgo.
Tan pronto como hubo gastado su último denario, D'Artagnan tomó
posesión de su alojamiento, pasó el resto de la jornada cosiendo su jubón y sus
calzas de pasamanería, que su madre había descosido de un jubón casi nuevo del
señor D'Artagnan padre, y que le había dado a escondidas; luego fue al paseo de
la Ferraille , para mandar poner una hoja a su espada; luego volvió al Louvre
para informarse del primer mosquetero que encontró de la ubicación del palacio
del señor de Tréville que estaba situado en la calle del Vieux Colombier, es
decir, precisamente en las cercanías del cuarto apalabrado por D'Artagnan,
circunstancia que le pareció de feliz augurio para el éxito de su viaje.
Tras ello, contento por la forma en que se había conducido en
Meung sin remordimientos por el pasado, confiando en el presente y lleno de
esperanza en el porvenir, se acostó y se durmió con el sueño del valiente.
Aquel sueño, todavía totalmente provinciano, le llevó hasta las
nueve de la mañana, hora en que se levantó para dirigirse al palacio de aquel
famoso señor de Tréville, el tercer personaje del reino según la estimación
paterna.
Capítulo ll
La antecámara del señor de Tréuille
El señor de Troisville, como todavía se llamaba su familia en
Gascuña, o el señor de Tréville, como había terminado por llamarse él mismo en
Paris, había empezado en realidad como D'Artagnan, es decir, sin un cuarto,
pero con ese caudal de audacia, de ingenio y de entendimiemto que hace que el
más pobre hidalgucho gascón reciba con frecuencia de sus esperanzas de la
herencia paterna más de lo que el más rico gentilhombre de Périgord o de Berry
recibe en realidad. Su bravura insolente, su suerte más insolente todavía en un
tiempo en que los golpes llovían como chuzos, le habían izado a la cima de esa
difícil escala que se llama el favor de la corte, y cuyos escalones había
escalado de cuatro en cuatro.
Era el amigo del rey, que honraba mucho, como todos saben, la
memoria de su padre Enrique IV. El padre del señor de Tréville le había servido
tan fielmente en sus guerras contra la Liga que, a falta de dinero contante y
sonante cosa que toda la vida le faltó al bearnés, el cual pagó siempre sus
deudas con la única cosa que nunca necesitó pedir prestada, es decir, con el
ingenio , que a falta de dinero contante y sonante, decimos, le había
autorizado, tras la rendición de Paris, a tomar por armas un león de oro
pasante sobre gules con esta divisa: Fidelis et fortis. Era mucho para el
honor, pero mediano para el bienestar. Por eso, cuando el ilustre compañero del
gran Enrique murió, dejó por única herencia al señor su hijo, su espada y su
divisa. Gracias a este doble don y al nombre sin tacha que lo acompañaba, el
señor de Tréville fue admitido en la casa del joven príncipe, donde se sirvió
también de su espada y fue tan fiel a su divisa que Luis XIII, uno de los
buenos aceros del reino, solía decir que si tuviera un amigo en ocasión de
batirse, le daría por consejo tomar por segundo primero a él, y a Tréville
después, y quizá incluso antes que a él.
Por eso Luis XIII tenía un afecto real por Tréville, un afecto
de rey, afecto egoísta, es cierto, pero que no por ello dejaba de ser afecto. Y
es que, en aquellos tiempos desgraciados, se buscaba sobre todo rodearse de
hombres del temple de Tréville. Muchos podían tomar por divisa el epiteto de
fuerte, que formaba la segunda parte de su exergo; pero pocos gentileshombres
podían reclamar el epíteto de fiel, que formaba la primera. Tréville era uno de
estos últimos; era una de esas raras organizaciones, de inteligencia obediente
como la del dogo, de valor ciego, de vista rápida, de mano pronta, a quien el
ojo le había sido dado sólo para ver si el rey estaba descontento de alguien, y
la mano para golpear a ese alguien enfadoso: un Besme, un Maurevers, un Poltrot
de Méré, un Vitry. En fin, en el caso de Tréville, había faltado hasta aquel
entonces la ocasión; pero la acechaba y se prometía cogerla por los pelos si
alguna vez pasaba al alcance de su mano. Por eso hizo Luis XIII a Tréville
capitán de sus mosqueteros, que eran a Luis XIII, por la devoción o mejor por
el fanatismo, lo que sus ordinarios eran a Enrique III y lo que su guarda
escocesa a Luis XI.
Por su parte, y desde ese punto de vista, el cardenal no le iba
a la zaga al rey. Cuando hubo visto la formidable elite de que Luis XIII se
rodeaba, ese segundo, o mejor, ese primer rey de Francia también había querido
tener su guardia. Tuvo por tanto sus mosqueteros como Luis XIII tenía los
suyos, y se veía a estas dos potencias rivales seleccionar para su servicio, en
todas las provincias de Francia a incluso en todos los Estados extranjeros, a
los hombres célebres por sus estoca-das. Por eso Richelieu y Luis XIII
disputaban a menudo, mientras jugaban su partida de ajedrez, por la noche,
sobre el mérito de sus servidores. Cada cual ponderaba los modales y el valor
de los suyos; y al tiempo que se pronunciaban en voz alta contra los duelos y
contra las riñas, los excitaban por lo bajo a llegar a las manos, y concebían
un auténtico pesar o una alegría inmoderada por la derrota o la victoria de los
suyos. Así al menos lo dicen las Memorias de un hombre que estuvo en algunas de
esas derrotas y en muchas de esas victorias.
Tréville había captado el lado débil de su amo, y gracias a esta
habilidad debía el largo y constante favor de un rey que no ha dejado
reputación de haber sido muy fiel a sus amistades. Hacía desfilar a sus
mosqueteros entre el cardenal Armand Duplessis con un aire burlón que erizaba
de cólera el mostacho gris de Su Eminencia. Tréville entendía admirablemente
bien la guerra de aquella época, en la que, cuando no se vivía a expensas del
enemigo, se vivía a expensas de sus compatriotas: sus soldados formaban una
legión de jaraneros, indisciplinada para cualquier otro que no fuera él.
Desaliñados, borrachos, despellejados, los mosqueteros del rey,
o mejor los del señor de Tréville, se desparramaban por las tabernas, por los
paseos, por los juegos públicos, gritando fuerte y retorciéndose los mostachos,
haciendo sonar sus espuelas, enfrentándose con placer a los guardias del señor
cardenal cuando los encontraban; luego, desenvainando en plena calle entre mil
bromas; muertos a veces, pero seguros en tal caso de ser llorados y vengados;
matando con frecuencia, y seguros entonces de no enmohecer en prisión, porque
allí estaba el señor de Tréville para reclamarlos. Por eso el señor de Tréville
era alabado en todos los tonos, cantado en todas las gamas por aquellos hombres
que le adoraban y que, bandidos todos como eran, temblaban ante él como
escolares ante su maestro, obedeciendo a la menor palabra y prestos a hacerse
matar para lavar el menor reproche.
El señor de Tréville había usado esta palanca poderosa en favor
del rey en primer lugar y de los amigos del rey, y luego en favor de él mismo y
sus amigos. Por lo demás, en ninguna de las Memorias de esa época que tantas
Memorias ha dejado se ve que ese digno gentilhombre haya sido acusado, ni
siquiera por sus enemigos y los tenía tanto entre las gentes de pluma como
entre las gentes de espada en ninguna parte se ve, decimos, que ese digno
gentilhombre haya sido acusado de hacerse pagar la cooperación de sus secuaces.
Con un raro ingenio para la intriga, que lo hacía émulo de los mayores
intrigantes había permanecido honesto. Es más, a pesar de las grandes estocadas
que dejan a uno derrengado y de los ejercicios penosos que fatigan, se había
convertido en uno de los más galantes trotacalles, en uno de los más finos
lechuguinos, en uno de los más alambicados habladores ampulosos de su época; se
hablaba de las aventuras galantes de Tréville como veinte años antes se había
hablado de las de Bassom-pierre, lo que no era poco decir. El capitán de los
mosqueteros era, pues, admirado, temido y amado, lo cual constituye el apogeo
de las fortunas humanas.
Luis XIV absorbió a todos los pequeños astros de su corte en su
vasta irradiación; pero su padre, sol pluribus impar, dejó su esplendor
personal a cada uno de sus favoritos, su valor individual a cada uno de sus
cortesanos. Además de los resplandores del rey y del cardenal, se contaban
entonces en París más de doscientos pequeños resplandores algo solicitados.
Entre los doscientos pequeños resplandores, el de Tréville era uno de los más
buscados.
El patio de su palacio, situado en la calle del Vieux Colombier,
se parecía a un campamento, y esto desde las seis de la mañana en verano y
desde las ocho en invierno. De cincuenta a sesenta mosqueteros, que parecían
turnarse para presentar un número siempre imponente, se paseaban sin cesar
armados en plan de guerra y dispuestos a todo. A lo largo de aquellas grandes
escalinatas, sobre cuyo emplazamiento nuestra civilización construiría una casa
entera, subían y bajaban solicitantes de París que corrían tras un favor
cualquiera, gentilhombres de provincia ávidos para ser enrolados, y lacayos
engalanados con todos los colores que venían a traer al señor de Tréville los
mensajes de sus amos. En la antecámara, sobre altas banquetas circulares,
descansaban los elegidos, es decir, aquellos que estaban convocados. Allí había
murmullo desde la mañana a la noche, mientras el señor de Tréville, en su
gabinete contiguo a esta antecámara, recibía las visitas, escuchaba las quejas,
daba sus órdenes y, como el rey en su balcón del Louvre, no tenía más que
asomarse a la ventana para pasar revista de hombres y de armas.
El día en que D'Artagnan se presentó, la asamblea era imponente,
sobre todo para un provinciano que llegaba de su provincia: es cierto que el
provinciano era gascón, y que sobre todo en esa época los compatriotas de
D'Artagnan tenían fama de no dejarse intimidar fácilmente. En efecto, una vez
que se había franqueado la puerta maciza, enclavijada por largos clavos de
cabeza cuadrangular, se caía en medio de una tropa de gentes de espada que se
cruzaban en el patio interpelándose, peleándose y jugando entre sí. Para
abrirse paso en medio de todas aquellas olas impetuosas habría sido preciso ser
oficial, gran señor o bella mujer.
Fue, pues, por entre ese tropel y ese desorden por donde nuestro
joven avanzó con el corazón palpitante, ajustando su largo estoque a lo largo
de sus magras piernas, y poniendo una mano en el borde de sus sombrero de
fieltro con esa media sonrisa del provinciano apurado que quiere mostrar
aplomo. Cuando había pasado un grupo, entonces respiraba con más libertad; pero
comprendía que se volvían para mirarlo y, por primera vez en su vida,
D'Artagnan, que hasta aquel día había tenido una buena opinión de sí mismo, se
sintió ridículo.
Llegado a la escalinata, fue peor aún; en los primeros escalones
había cuatro mosqueteros que se divertían en el ejercicio siguiente, mientras
diez o doce camaradas suyos esperaban en el rellano a que les tocara la vez
para ocupar plaza en la partida.
Uno de ellos, situado en el escalón superior, con la espada
desnuda en la mano, impedía o al menos se esforzaba por impedir que los otros
tres subieran.
Estos tres esgrimían contra él sus espadas agilísimas.
D'Artagnan tomó al principio aquellos aceros por floretes de esgrima, los creyó
botonados; pero pronto advirtió por ciertos rasguños que todas las armas
estaban, por el contrario, afiladas y aguzadas a placer, y con cada uno de
aquellos rasguños no sólo los espectadores sino incluso los actores reían como
locos.
El que ocupaba el escalón en aquel momento mantenía a raya
maravillosamente a sus adversarios. Se hacía círculo en torno a ellos; la
condición consistía en que a cada golpe el tocado abandonara la partida,
perdiendo su turno de audiencia en beneficio del tocador. En cinco minutos,
tres fueron rozados, uno en el puño, otro en el mentón, otro en la oreja, por
el defensor del escalón, que no fue tocado destreza que le valió, según las
condiciones pactadas, tres turnos de favor.
Aunque no fuera difícil, dado que quería ser asombrado, este
pasatiempo asombró a nuestro joven viajero; en su provincia, esa tierra donde
sin embargo se calientan tan rápidamente los cascos, había visto algunos
preliminares de duelos, y la gasconada de aquellos cuatro jugadores le pareció
la más rara de todas las que hasta entonces había oído, incluso en Gascuña. Se
creyó transportado a ese país de gigantes al que Gulliver fue más tarde y donde
pasó tanto miedo, y sin embargo no había llegado al final: quedaban el rellano
y la antecámara.
En el rellano no se batían, contaban aventuras con mujeres, y en
la antecámara historias de la corte. En el rellano, D'Artagnan se ruborizó; en
la antecámara, tembló. Su imaginación despierta y vagabunda, que en Gascuña le
hacía temible a las criadas a incluso alguna vez a las dueñas, no había soñado
nunca, ni siquiera en esos momentos de delirio, la mitad de aquellas maravillas
amorosas ni la cuarta parte de aquellas proezas galantes, realzadas por los
nombres más conocidos y los detalles menos velados. Pero si su amor por las
buenas costum-bres fue sorprendido en el rellano, su respeto por el cardenal
fue escandalizado en la antecámara. Allí, para gran sorpresa suya, D'Artagnan
oía criticar en voz alta la política que hacía temblar a Europa, y la vida privada
del cardenal, que a tantos altos y poderosos personajes había llevado al
castigo por haber tratado de profundizar en ella: aquel gran hombre,
reverenciado por el señor D'Artagnan padre, servía de hazmerreír a los
mosqueteros del señor de Tréville, que se metían con sus piernas zambas y con
su espalda encorvada; unos cantaban villancicos sobre la señora D'Aiguillon, su
amante, y sobre la señora de Combalet, su nieta, mientras otros preparaban
partidas contra los pajes y los guardias del cardenal duque, cosas todas que
parecían a D'Artagnan monstruosas imposibilidades.
Sin embargo, cuando el nombre del rey intervenía a veces de
improviso en medio de todas aquellas rechiflas cardenalescas, una especie de
mordaza calafateaba por un momento todas aquellas bocas burlonas; miraban con
vacilación en torno, y parecían temer la indiscreción del tabique del gabinete
del señor de Tréville; pero pronto una alusión volvía a llevar la conversación
a Su Eminencia, y entonces las risotadas iban en aumento, y no se escatimaba
luz sobre todas sus acciones.
Desde luego, éstas son gentes que van a ser encarceladas y
colgadas pensó D'Artagnan con terror , y yo, sin ninguna duda, con ellos porque
desde el momento en que los he escuchado y oído seré tenido por cómplice suyo.
¿Qué diría mi señor padre, que tanto me ha recomendado respetar al cardenal, si
me supiera en compañía de semejantes paganos?
Por eso, como puede suponerse sin que yo lo diga, D'Artagnan no
osaba entregarse a la conversación; sólo miraba con todos sus ojos, escuchando
con todos sus oídos, tendiendo ávidamente sus cinco sentidos para no perderse
nada, y, pese a su confianza en las recomendaciones paternas, se sentía llevado
por sus gustos y arrastrado por sus instintos a celebrar más que a censurar las
cosas inauditas que allí pasaban.
Sin embargo, como era absolutamente extraño el montón de
cortesanos del señor de Tréville, y era la primera vez que se le veía en aquel
lugar, vinieron a preguntarle lo que deseaba. A esta pregunta, D'Artagnan se
presentó con mucha humildad, se apoyó en el título de compatriota, y rogó al
ayuda de cámara que había venido a hacerle aquella pregunta pedir por él al
señor de Tréville un momento de audiencia, petición que éste prometió en tono
protector transmitir en tiempo y lugar.
D'Artagnan, algo recuperado de su primera sorpresa, tuvo
entonces la oportunidad de estudiar un poco las costumbres y las fisonomías.
En el centro del grupo más animado había un mosquetero de gran
estatura, de rostro altanero y una extravagancia de vestimenta que atraía sobre
él la atención general. No llevaba, por de pronto, la casaca de uniforme, que,
por lo demás, no era totalmente obligatoria en aquella época de libertad menor
pero de mayor independencia, sino una casaca azul celeste, un tanto ajada y
raída, y sobre ese vestido un tahalí magnífico, con bordados de oro, que
relucía como las escamas de que el agua se cubre a plena luz del día. Una capa
larga de terciopelo carmesí caía con gracia sobre sus hombros, descubriendo
solamente por delante el espléndido tahalí, del que colgaba un gigantesco
estoque.
Este mosquetero acababa de dejar la guardia en aquel mismo
instante, se quejaba de estar constipado y tosía de vez en cuando con
afectación. Por eso se había puesto la capa, según decía a los que le rodeaban,
y mientras hablaba desde lo alto de su estatura retorciéndose desdeñosamente su
mostacho, admiraban con entusiasmo el tahalí bordado, y D'Artagnan más que
ningún otro.
¿Qué queréis? decía el mosquetero . La moda lo pide; es una
locura, lo sé de sobra, pero es la moda. Por otro lado, en algo tiene que
emplear uno el dinero de su legítima.
¡Ah, Porthos! exclamó uno de los asistentes . No trates de
hacernos creer que ese tahalí te viene de la generosidad paterna; te lo habrá
dado la dama velada con la que te encontré el otro domingo en la puerta Saint
Honoré.
No, por mi honor y fe de gentilhombre: lo he comprado yo mismo,
y con mis propios dineros respondió aquel al que acababan de designar con el
nombre de Porthos.
Sí, como yo he comprado dijo otro mosquetero esta bolsa nueva
con lo que mi amante puso en la vieja.
Es cierto dijo Porthos , y la prueba es que he pagado por él
doce pistolas.
La admiración acreció, aunque la duda continuaba existiendo.
¿No es así, Aramis? dijo Porthos volviéndose hacia otro
mosquetero.
Este otro mosquetero hacía contraste perfecto con el que le
interrogaba y que acababa de designarle con el nombre de Aramis: era éste un
joven de veintidós o veintitrés años apenas, de rostro ingenuo y dulzarrón, de
ojos negros y dulces y mejillas rosas y aterciopeladas como un melocotón en
otoño; su mostacho fino dibujaba sobre su labio superior una línea
perfectamente recta; sus manos parecían temer bajarse, por miedo a que sus
venas se hinchasen, y de vez en cuando se pellizcaba el lóbulo de las orejas para
mantenerlas de un encarnado tierno y transparente. Por hábito, hablaba poco y
lentamente, saludaba mucho, reía sin estrépito mostrando sus dientes, que tenía
hermosos y de los que, como del resto de su persona, parecía tener el mayor
cuidado. Respondió con un gesto de cabeza afirmativo a la interpelación de su
amigo.
Esta afirmación pareció haberle disipado todas las dudas
respecto al tahalí; continuaron, pues, admirándolo, pero ya no volvieron a
hablar de él; y por uno de esos virajes rápidos del pensamiento, la
conversación pasó de golpe a otro tema.
¿Qué pensáis de lo que cuenta el escudero de Chalais? preguntó
otro mosquetero sin interpelar directamente a nadie y dirigiéndose por el
contrario a todo el mundo.
¿Y qué es lo que cuenta? preguntó Porthos en tono de
suficiencia.
Cuenta que ha encontrado en Bruselas a Rochefort, el instrumento
ciego del cardenal, disfrazado de capuchino; ese maldito Rochefort, gracias a
ese disfraz, engañó al señor de Laigues como a necio que es.
Como a un verdadero necio dijo Porthos ; pero ¿es seguro?
Lo sé por Aramis respondió el mosquetero.
¿De veras?
Lo sabéis bien, Porthos dijo Aramis ; os lo conté a vos mismo
ayer, no hablemos pues más.
No hablemos más, esa es vuestra opinión prosiguió Porthos . ¡No
hablemos más! ¡Maldita sea! ¡Qué rápido concluís! ¡Cómo! El cardenal hace
espiar a un gentilhombre, hace robar su correspondencia por un traidor, un
bergante, un granuja; con la ayuda de ese espía y gracias a esta
correspondencia, hace cortar el cuello de Chalais, con el estúpido pretexto de
que ha querido matar al rey y casar a Monsieur con la reina. Nadie sabía una
palabra de este enigma, vos nos lo comunicasteis ayer, con gran satisfacción de
todos, y cuando estamos aún todos pasmados por la noticia, venís hoy a
decirnos: ¡No hablemos más!
Hablemos entonces, pues que lo deseáis prosiguió Aramis con
paciencia.
Ese Rochefort dijo Porthos , si yo fuera el escudero del pobre
Chalais, pasaría conmigo un mal rato.
Y vos pasaríais un triste cuarto de hora con el duque Rojo
prosiguió Aramis.
¡Ah! ¡El duque Rojo! ¡Bravo bravo el duque Rojo! respondió
Porthos aplaudiendo y aprobando con la cabeza . El «duque Rojo» tiene gracia.
Haré correr el mote, querido, estad tranquilo. ¡Tiene ingenio este Aramis! ¡Qué
pena que no hayáis podido seguir vuestra vocación, querido, qué delicioso abad
habríais hecho!
¡Bah!, no es más que un retraso momentáneo prosiguió Aramis : un
día lo seré. Sabéis bien, Porthos, que sigo estudiando teología para ello.
Hará lo que dice prosiguió Porthos , lo hará tarde o temprano.
Temprano dijo Aramis.
Sólo espera una cosa para decidirse del todo y volver a ponerse
su sotana, que está colgada debajo del uniforme, prosiguió un mosquetero.
¿Y a qué espera? preguntó otro.
Espera a que la reina haya dado un heredero a la corona de
Francia.
No bromeemos sobre esto, señores dijo Porthos ; gracias a Dios,
la reina está todavía en edad de darlo.
Dicen que el señor de Buckingham está en Francia prosiguió
Aramis con una risa burlona que daba a aquella frase, tan simple en apariencia,
una significación bastante escandalosa.
Aramis, amigo mío, por esta vez os equivocáis interrumpió
Porthos , y vuestra manía de ser ingenioso os lleva siempre más allá de los
límites; si el señor de Tréville os oyese, os arrepentiríais de hablar así.
¿Vais a soltarme la lección, Porthos? exclamó Aramis, con ojos
dulces en los que se vio pasar como un relámpago.
Querido, sed mosquetero o abad. Sed lo uno o lo otro, pero no lo
uno y lo otro prosiguió Porthos . Mirad, Athos os lo acaba de decir el otro
día: coméis en todos los pesebres. ¡Ah!, no nos enfademos, os lo suplico, sería
inútil, sabéis de sobra lo que hemos convenido entre vos, Athos y yo. Vais a la
casa de la señora D'Aiguillon, y le hacéis la corte; vais a la casa de la
señora de Bois Tracy, la prima de la señora de Chevreuse, y se dice que vais
muy adelantado en los favores de la dama. ¡Dios mío!, no confeséis vuestra
felicidad, no se os pide vuestro secreto, es conocida vuestra discreción. Pero
dado que poseéis esa virtud, ¡qué diablos!, usadla para con Su Majestad. Que se
ocupe quien quiera y como se quiera del rey y del cardenal; pero la reina es
sagrada, y si se habla de ella, que sea para bien.
Porthos, sois pretencioso como Narciso, os lo aviso respondió
Aramis , sabéis que odio la moral, salvo cuando la hace Athos. En cuanto a vos,
querido, tenéis un tahalí demasiado magnífico para estar fuerte en la materia.
Seré abad si me conviene; mientras tanto, soy mosquetero: y en calidad de tal
digo lo que me place, y en este momento me place deciros que me irritáis.
¡Aramis!
¡Porthos!
¡Eh, señores, señores! gritaron a su alrededor.
El señor de Tréville espera al señor D'Artagnan interrumpió el
lacayo abriendo la puerta del gabinete.
Ante este anuncio, durante el cual la puerta permanecía abierta,
todos se callaron, y en medio del silencio general el joven gascón cruzó la
antecámara en una parte de su longitud y entró donde el capitán de los
mosqueteros, felicitándose con toda su alma por escapar tan a punto al fin de
aquella extravagante querella.
Capítulo III
La audiencia
El señor de Tréville estaba en aquel momento de muy mal humor;
sin embargo, saludó cortésmente al joven, que se inclinó hasta el suelo, y
sonrió al recibir su cumplido, cuyo acento bearnés le recordó a la vez su
juventud y su región, doble recuerdo que hace sonreír al hombre en todas las
edades. Pero acordándose casi al punto de la antecámara y haciendo a D'Artagnan
un gesto con la mano, como para pedirle permiso para terminar con los otros
antes de comenzar con él, llamó tres veces, aumentando la voz cada vez, de
suerte que recorrió todos los tonos intermedios entre el acento imperativo y el
acento irritado:
¡Athos! ¡Porthos! ¡Aramis!
Los dos mosqueteros con los que ya hemos trabado conocimiento, y
que respondían a los dos últimos de estos tres nombres, dejaron en seguida los
grupos de que formaban parte y avanzaron hacia el gabinete cuya puerta se cerró
detrás de ellos una vez que hubieron franqueado el umbral. Su continente,
aunque no estuviera completamente tranquilo, excitó sin embargo, por su
abandono lleno a la vez de dignidad y de sumisión, la admiración de D'Artagnan,
que veía en aquellos hombres semidioses, y en su jefe un Júpiter olímpico
armado de todos sus rayos.
Cuando los dos mosqueteros hubieron entrado, cuando la puerta
fue cerrada tras ellos, cuando el murmullo zumbante de la antecámara, al que la
llamada que acababa de hacerles había dado sin duda nuevo alimento, hubo
empezado de nuevo, cuando, al fin, el señor de Tréville hubo recorrido tres o
cuatro veces, silencioso y fruncido el ceño, toda la longitud de su gabinete
pasando cada vez entre Porthos y Aramis, rígidos y mudos como en desfile se
detuvo de pronto frente a ellos, y abarcándolos de los pies a la cabeza con una
mirada irritada:
¿Sabéis lo que me ha dicho el rey exclamó , y no más tarde que
ayer noche? ¿Lo sabéis, señores?
No respondieron tras un instante de silencio los dos mosqueteros
; no, señor, lo ignoramos.
Pero espero que haréis el honor de decírnoslo añadió Aramis en
su tono más cortés y con la más graciosa reverencia.
Me ha dicho que de ahora en adelante reclutará sus mosqueteros
entre los guardias del señor cardenal.
¡Entre los guardias del señor cardenal! ¿Y eso por qué? preguntó
vivamente Porthos.
Porque ha comprendido que su vino peleón necesitaba ser remozado
con una mezcla de buen vino.
Los dos mosqueteros se ruborizaron hasta el blanco de los ojos.
D'Artagnan no sabía dónde estaba y hubiera querido estar a cien pies bajo
tierra.
Sí, sí continuó el señor de Tréville animándose , sí, y Su
Majestad tenía razón, porque, por mi honor, es cierto que los mosqueteros
juegan un triste papel en la corte. El señor cardenal contaba ayer, durante el
juego del rey, con un aire de condolencia que me desagradó mucho que anteayer
esos malditos mosqueteros, esos juerguistas (y reforzaba estas palabras con un
acento irónico que me desagradó más todavía), esos matasietes (añadió mirándome
con su ojo de oce-lote), se habían retrasado en la calle Férou, en una taberna,
y que una ronda de sus guardias (creí que iba a reírse en mis narices) se había
visto obligada a detener a los perturbadores. ¡Diablos!, debéis saber algo.
¡Arrestar mosqueteros! ¡Erais vosotros, vosotros, no lo neguéis, os han
reconocido y el cardenal ha dado vuestros nombres! Es culpa mía, sí, culpa mía,
porque soy yo quien elijo a mis hombres. Veamos vos, Aramis, ¿por qué diablos
me habéis pedido la casaca cuando tan bien ibais a estar bajo la sotana? Y vos,
Porthos, veamos, ¿tenéis un tahalí de oro tan bello sólo para colgar en él una
espada de paja? ¡Y Athos! No veo a Athos. ¿Dónde está?
Señor respondió tristemente Aramis , está enfermo, muy enfermo.
¿Enfermo, muy enfermo, decís? ¿Y de qué enfermedad?
Temen que sea la viruela, señor respondió Porthos, queriendo
terciar con una frase en la conversación , y sería molesto porque a buen seguro
le estropearía el rostro.
¡Viruela! ¡Vaya gloriosa historia la que me contáis, Porthos!...
¿Enfermo de viruela a su edad?... ¡No!... sino herido sin duda, muerto quizá...
¡Ah!, si ya lo sabía yo... ¡Maldita sea! Señores mosqueteros, sólo oigo una
cosa, que se frecuentan los malos lugares, que se busca querella en la calle y
que se saca la espada en las encrucijadas. No quiero, en fin, que se dé motivos
de risa a los guardias del señor cardenal, que son gentes valientes,
tranquilas, diestras, que nunca se ponen en situación de ser arrestadas, y que,
por otro lado, no se dejarían detener..., estoy seguro. Preferirían morir allí
mismo antes que dar un paso atrás... Largarse, salir pitando, huir, ¡bonita
cosa para los mosqueteros del rey!
Porthos y Aramis temblaron de rabia. De buena gana habrían
estrangulado al señor de Tréville, si en el fondo de todo aquello no hubieran
sentido que era el gran amor que les tenía lo que le hacía hablar así.
Golpeaban el suelo con el pie, se mordían los labios hasta hacerse sangre y
apretaban con toda su fuerza la guarnición de su espada. Fuera se había oído
llamar, como ya hemos dicho, a Athos, Porthos y Aramis, y se había adivinado,
por el tono de la voz del señor de Tréville, que estaba completamente encolerizado.
Diez cabezas curiosas se habían apoyado en los tapices y palidecían de furia,
porque sus orejas pegadas a la puerta no perdían sílaba de cuanto se decía,
mientras que sus bocas iban repitiendo las palabras insultantes del capitán a
toda la población de la antecámara. En un instante, desde la puerta del
gabinete a la puerta de la calle, todo el palacio estuvo en ebullición.
¡Los mosqueteros del rey se hacen arrestar por los guardias del
señor cardenal! continuó el señor de Tréville, tan furioso por dentro como sus
soldados, pero cortando sus palabras y hundiéndolas una a una, por así decir, y
como otras tantas puñaladas en el pecho de sus oyentes . ¡Ay, seis guardias de
Su Eminencia arrestan a seis mosqueteros de Su Majestad! ¡Por todos los
diablos! Yo he tomado mi decisión. Ahora mismo voy al Louvre; presento mi
dimisión de capitán de los mosqueteros del rey para pedir un tenientazgo entre
los guardias del cardenal, y si me rechaza, por todos los diablos, ¡me hago
abad!'
A estas palabras el murmullo del exterior se convirtió en una
explosión; por todas partes no se oían más que juramentos y blasfemias. Los
¡maldición!, los ¡maldita sea!, los ¡por todos los diablos! se cruzaban, en el
aire. D'Artagnan buscaba una tapicería tras la cual esconderse, y sentía un
deseo desmesurado de meterse debajo de la mesa.
Bueno, mi capitán dijo Porthos, fuera de sí , la verdad es que
éramos seis contra seis, pero fuimos cogidos traicioneramente, y antes de que
hubiéramos tenido tiempo de sacar nuestras espadas, dos de nosotros habían
caído muertos, y Athos, herido gravemente, no valía mucho más. Ya conocéis vos
a Athos; pues bien, capitán, trató de levantarse dos veces, y volvió a caer las
dos veces. Sin embargo, no nos hemos rendido, ¡no!, nos han llevado a la
fuerza. En camino, nos hemos escapado. En cuanto a Athos, lo creyeron muerto, y
lo dejaron tranquilamente en el campo de batalla, pensando que no valía la pena
llevarlo. Esa es la historia. ¡Qué diablos, capitán, no se ganan todas las
batallas! El gran Pompeyo perdió la de Farsalia, y el rey Francisco I, que
según lo que he oído decir valía tanto como él, perdió sin embargo la de Pavía.
Y tengo el honor de aseguraros que yo maté a uno con su propia
espada dijo Aramis porque la mía se rompió en el primer encuentro... Matado o
apuñalado, señor, como más os plazca.
Yo no sabía eso prosiguió el señor de Tréville en un tono algo
sosegado . Por lo que veo, el señor cardenal exageró.
Pero, por favor, señor continuó Aramis, que, al ver a su cap¡tán
aplacarse, se atrevía a aventurar un ruego , por favor, señor, no digáis que el
propio Athos está herido, sería para desesperarse que llegara a oídos del rey,
y como la herida es de las más graves, dado que después de haber atravesado el
hombro ha penetrado en el pecho, sería de temer...
En el mismo instante, la cortina se alzó y una cabeza noble y
hermosa, pero horriblemente pálida, apareció bajo los flecos:
¡Athos! exclamaron los dos mosqueteros.
¡Athos! repitió el mismo señor de Tréville.
Me habéis mandado llamar, señor dijo Athos al señor de Tréville
con una voz debilitada pero perfectamente calma , me habéis llamado por lo que
me han dicho mis compañeros, y me apresuro a ponerme a vuestras órdenes; aquí
estoy, señor, ¿qué me queréis?
Y con estas palabras, el mosquetero, con firmeza irreprochable,
ceñido como de costumbre, entró con paso firme en el gabinete. El señor de
Tréville, emocionado hasta el fondo de su corazón por aquella prueba de valor,
se precipitó hacia él.
Estaba diciéndoles a estos señores añadió , que prohíbo a mis
mosqueteros exponer su vida sin necesidad, porque las personas valientes son
muy caras al rey, y el rey sabe que sus mosqueteros son las personas más
valientes de la tierra. Vuestra mano, Athos.
Y sin esperar a que el recién venido respondiese por sí mismo a
aquella prueba de afecto, al señor de Tréville cogía su mano derecha y se la
apretaba con todas sus fuerzas sin darse cuenta de que Athos, cualquiera que
fuese su dominio sobre sí mismo, dejaba escapar un gesto de dolor y palidecía
aún más, cosa que habría podido creerse imposible.
La puerta había quedado entrearbierta, tanta sensación había
causado la llegada de Athos, cuya herida, pese al secreto guardado, era
conocida de todos. Un murmullo de satisfacción acogió las últimas palabras del
capitán, y dos o tres cabezas, arrastradas por el entusiasmo, aparecieron por
las aberturas de la tapicería. Iba sin duda el señor de Tréville a reprimir con
vivas palabras aquella infracción a las leyes de la etiqueta, cuando de pronto
sintió la mano de Athos crisparse en la suya, y dirigiendo los ojos hacia él se
dio cuenta de que iba a desvanecerse. En el mismo instante, Athos, que había
reunido todas sus fuerzas para luchar contra el dolor, vencido al fin por él,
cayó al suelo como si estuviese muerto.
¡Un cirujano! gritó el señor de Tréville . ¡El mío, el del rey,
el mejor! ¡Un cirujano! Si no, maldita sea, mi valiente Athos va a morir.
A los gritos del señor de Tréville todo el mundo se precipitó en
su gabinete sin que él pensara en cerrar la puerta a nadie, afanándose todos en
torno del herido. Pero todo aquel afán hubiera sido inútil si el doctor exigido
no hubiera sido hallado en el palacio mismo; atravesó la multitud, se acercó a
Athos, que continuaba desvanecido y como todo aquel ruido y todo aquel
movimiento le molestaba mucho, pidio como primera medida y como la más urgente
que el mosquetero fuera llevado a una habitación vecina. Por eso el señor de
Tréville abrió una puerta y mostró el camino a Porthos y a Aramis, que llevaron
a su compañero en brazos. Detrás de este grupo iba el cirujano, y detrás del
cirujano la puerta se cerró.
Entonces el gabinete del señor de Tréville, aquel lugar
ordinariamente tan respetado, se convirtió por un momento en una sucursal de la
antecámara. Todos disertaban, peroraban, hablaban en voz alta, jurando,
blasfemando, enviando al cardenal y a sus guardias a todos los diablos.
Un instante después, Porthos y Aramis volvieron; sólo el
cirujano y el señor de Tréville se habían quedado junto al herido.
Por fin, el señor de Tréville regresó también. El herido había
recuperado el conocimiento; el cirujano declaraba que el estado del mosquetero
nada tenía que pudiese inquietar a sus amigos, habiendo sido ocasionada su
debilidad pura y simplemente por la pérdida de sangre.
Luego el señor de Tréville hizo un gesto con la mano y todos se
retiraron excepto D'Artagnan, que no olvidaba que tenía audiencia y que, con su
tenacidad de gascón, había permanecido en el mismo sitio.
Cuando todo el mundo hubo salidoy la puerta fue cerrada, el
señor de Tréville se volvió y se encontró solo con el joven. El suceso que
acababa de ocurrir le había hecho perder algo el hilo de sus ideas. Se informó
de lo que quería el obstinado solicitante. D'Artagnan entonces dio su nombre, y
el señor de Tréville, trayendo a su memoria de golpe todos sus recuerdos del
presente y del pasado, se puso al corriente de la situación.
Perdón le dijo sonriente , perdón, querido compatriota, pero os
había olvidado por completo. ¡Qué queréis! Un capitán no es nada más que un
padre de familia cargado con una responsabilidad mayor que un padre de familia
normal. Los soldados son niños grandes; pero como debo hacer que las órdenes
del rey, y sobre todo las del señor cardenal, se cumplan...
D'Artagnan no pudo disimular una sonrisa. Ante ella, el señor de
Tréville pensó que no se las había con un imbécil y, yendo derecho al grano,
cambiando de conversación, dijo:
Quise mucho a vuestro señor padre. ¿Qué puedo hacer por su hijo?
Daos prisa, mi tiempo no es mío.
Señor dijo D'Artagnan , al dejar Tarbes y venir hacia aquí, me
proponía pediros, en recuerdo de esa amistad cuya memoria no habéis perdido,
una casaca de mosquetero; pero después de cuanto he visto desde hace dos horas,
comprendo que un favor semejante sería enorme, y tiemblo de no merecerlo.
En efecto, joven, es un favor respondió el señor de Tréville ;
pero quizá no esté tan por encima de vos como creéis o fingís creerlo. Sin
embargo, una decisión de Su Majestad ha previsto este caso, y os anuncio con
pesar que no se recibe a nadie como mosquetero antes de la prueba previa de
algunas campañas, de ciertas acciones de brillo, o de un servicio de dos años
en algún otro regimiento menos favorecido que el nuestro.
D'Artagnan se inclinó sin responder nada. Se sentía aún más
deseoso de endosarse el uniforme de mosquetero desde que había tan grandes
dificultades en obtenerlo.
Pero prosiguió Tréville fijando sobre su compatriota una mirada
tan penetrante que se hubiera dicho que quería leer hasta el fondo de su
corazón , pero por vuestro padre, antiguo compañero mío como os he dicho,
quiero hacer algo por vos, joven. Nuestros cadetes de Béarn no son por regla
general ricos, y dudo de que las cosas hayan cambiado mucho de cara desde mi
salida de la provincia. No debéis tener, para vivir, demasiado dinero que
hayáis traído con vos.
D'Artagnan se irguió con un ademán orgulloso que quería decir
que él no pedía limosna a nadie.
Está bien, joven, está bien continuó Tréville ya conozco esos
ademanes; yo vine a Paris con cuatro escudos en mi bolsillo, y me hubiera
batido con cualquiera que me hubiera dicho que no me hallaba en situación de
comprar el Louvre.
D'Artagnan se irguió más y más; gracias a la venta de su
caballo, comenzaba su carrera con cuatro escudos más de los que el señor de
Tréville había comenzado la suya.
Debéis, pues, decía yo, tener necesidad de conservar lo que
tenéis, por fuerte que sea esa suma; pero debéis necesitar también
perfeccionaros en los ejercicios que convienen a un gentilhombre. Escribiré hoy
mismo una carta al director de la Academia Real y desde mañana os recibirá sin
retribución alguna. No rechacéis este pequeño favor. Nuestros gentileshombres
de mejor cuna y más ricos lo solicitan a veces sin poder obtenerlo. Aprenderéis
el manejo del caballo, esgrima y danza; haréis buenos conocimientos, y de vez
en cuando volveréis a verme para decirme cómo os encontráis y si puedo hacer
algo por vos.
Por desconocedor que fuera D'Artagnan de las formas de la corte,
se dio cuenta de la frialdad de aquel recibimiento.
¡Desgraciadamente, señor dijo veo la falta que hoy me hace la
carta de recomendación que mi padre me había entregado para vos!
En efecto respondió el señor de Tréville , me sorprende que
hayáis emprendido tan largo viaje sin ese viático obligado, único recurso de
nosotros los bearneses.
La tenía, señor, y, a Dios gracias, en buena forma exclamó
D'Artagnan ; pero me fue robada pérfidamente.
Y contó toda la escena de Meung, describió al gentilhombre
desconocido en sus menores detalles, todo ello con un calor y una verdad que
encantaron al señor de Tréville.
Sí que es extraño dijo este último pensando . ¿Habíais hablado
de mí en voz alta?
Sí, señor, sin duda cometí esa imprudencia; qué queréis, un
nombre como el vuestro debía servirme de escudo en el camino. ¡Juzgad si me
puse a cubierto a menudo!
La adulación estaba muy de moda entonces, y el señor de Tréville
amaba el incienso como un rey o como un cardenal. No pudo impedirse por tanto
sonreír con satisfacción visible, pero aquella sonrisa se borró muy pronto,
volviendo por sí mismo a la aventura de Meung.
Decidme repuso , ¿no tenía ese gentilhombre una ligera cicatriz
en la sien?
Sí, como lo haría la rozadura de una bala.
¿No era un hombre de buen aspecto?
Sí.
¿Y de gran estatura?
Sí.
¿Pálido de tez y moreno de pelo?
Sí, sí, eso es. ¿Cómo es, señor, que conocéis a ese hombre? ¡Ah,
si alguna vez lo encuentro, y os juro que lo encontraré, aunque sea en el
infierno...!
¿Esperaba a una mujer? prosiguió Tréville.
Al menos se marchó tras haber hablado un instante con aquella a
la que esperaba.
¿No sabéis cuál era el tema de su conversación?
El le entregaba una caja, le decía que aquella caja contenía sus
instrucciones, y le recomendaba no abrirla hasta Londres.
¿Era inglesa esa mujer?
La llamaba Milady.
¡El es! murmuró Tréville . ¡El es! Y yo le creía aún en
Bruselas.
Señor, sabéis quién es ese hombre exclamó D'Artagnan . Indicadme
quién es y dónde está, y os libero de todo, incluso de vuestra promesa de
hacerme ingresar en los mosqueteros; porque antes que cualquier otra cosa
quiero vengarme.
Guardaos de ello, joven exclamó Tréville ; antes bien, si lo
veis venir por un lado de la calle, pasad al otro. No os enfrentéis a semejante
roca: os rompería como a un vaso.
Eso no impide dijo D'Artagnan que si alguna vez lo encuentro...
Mientras tanto prosiguió Tréville , no lo busquéis, si tengo
algún consejo que daros.
De pronto Tréville se detuvo, impresionado por una sospecha
súbita. Aquel gran odio que manifestaba tan altivamente el joven viajero por
aquel hombre que, cosa bastante poco verosímil, le había robado la carta de su
padre, aquel odio ¿no ocultaba alguna perfidia? ¿No le habría sido enviado
aquel joven por Su Eminencia? ¿No vendría para tenderle alguna trampa? Ese
presunto D'Artagnan ¿no sería un emisario del cardenal que trataba de
introducirse en su casa, y que le habían puesto al lado para sorprender su confianza
y para perderlo más tarde, como mil veces se había hecho? Miró a D'Artagnan más
fijamente aún que la vez primera. Sólo se tranquilizó a medias por el aspecto
de aquellá fisonomía chispeante de ingenio astuto y de humildad afectada.
«Sé de sobra que es gascón pensó . Pero puede serlo tanto para
el cardenal como para mí. Veamos, probémosle.»
Amigo mío le dijo lentamente quiero, como a hijo de mi viejo
amigo (porque tengo por verdadera la historia de esa carta perdida), quiero
dijo , para reparar la frialdad que habéis notado ante todo en mi recibimiento,
descubriros los secretos de nuestra política. El rey y el cardenal son los
mejores amigos del mundo: sus aparentes altercados no son más que para engañar
a los imbéciles. No pretendo que un compatriota, un buen caballero, un muchacho
valiente, hecho para avanzar, sea víctima de todos esos fingimientos y caiga
como un necio en la trampa, al modo de tantos otros que se han perdido por
ello. Pensad que yo soy adicto a estos dos amos todopoderosos, y que nunca mis
diligencias serias tendrán otro fin que el servicio del rey y del señor
cardenal, uno de los más ilustres genios que Francia ha producido. Ahora,
joven, regulad vuestra conducta sobre esto, y si tenéis, bien por familia, bien
por amigos, bien por propio instinto, alguna de esas enemistades contra el
cardenal semejante a las que vemos manifestarse en los gentileshombres, decidme
adiós y despidámonos. Os ayudaré en mil circunstancias, pero sin relacionaros
con mi persona. Espero que mi franqueza, en cualquier caso, os hará amigo mío;
porque sois, hasta el presente, el único joven al que he hablado como lo hago.
Tréville se decía aparte para sí:
«Si el cardenal me ha despachado a este joven zorro, a buen
seguro, él, que sabe hasta qué punto lo execro, no habrá dejado de decir a su
espía que el mejor medio de hacerme la corte es echar pestes de él; así, pese a
mis protestas, el astuto compadre va a responderme con toda seguridad que
siente horror por Su Eminencia.»
Ocurrió de muy otra forma a como esperaba Tréville; D'Artagnan
respondió con la mayor simplicidad:
Señor, llego a París con intenciones completamente idénticas. Mi
padre me ha recomendado no aguantar nada salvo del rey, del señor cardenal y de
vos, a quienes tiene por los tres primeros de Francia.
D'Artagnan añadía el señor de Tréville a los otros dos, como
podemos darnos cuenta; pero pensaba que este añadido no tenía por qué estropear
nada.
Tengo, pues, la mayor veneración por el señor cardenal continuó
, y el más profundo respeto por sus actos. Tanto mejor para mí, señor, si me
habláis, como decís, con franqueza; porque entonces me haréis el honor de
estimar este parecido de gustos; mas si habéis tenido alguna desconfianza, muy
natural por otra parte, siento que me pierdo diciendo la verdad; pero, tanto
peor; así no dejaréis de estimarme, y es lo que quiero más que cualquier otra
cosa en el mundo.
El señor de Tréville quedó sorprendido hasta el extremo. Tanta
penetración, tanta franqueza, en fin, le causaba admiración, pero no disipaba
enteramente sus dudas; cuanto más superior fuera este joven a los demás, tanto
más era de temer si se engañaba. Sin embargo, apretó la mano de D'Artagnan, y
le dijo:
Sois un joven honesto, pero en este momento no puedo hacer nada
por vos más que lo que os he ofrecido hace un instante. Mi palacio estará
siempre abierto para vos. Más tarde, al poder requerirme a todas horas y por
tanto aprovechar todas las ocasiones, obtendréis probablemente lo que deseáis
obtener.
Eso quiere decir, señor prosiguió D'Artagnan , que esperáis a
que vuelva digno de ello. Pues bien, estad tranquilo, añadió con la
familiaridad del gascón , no esperaréis mucho tiempo.
Y saludó para retirarse como si el resto corriese en adelante de
su cuenta.
Pero esperad dijo el señor de Tréville deteniéndolo , os he
prometido una carta para el director de la Academia. ¿Sois demasiado orgulloso
para aceptarla, mi joven gentilhombre?
No, señor dijo D'Artagnan ; os respondo que no ocurrirá con esta
como con la otra. La guardaré tan bien que os juro que llegará a su destino, y
¡ay de quien intente robármela!
El señor de Tréville sonrió ante esa fanfarronada y, dejando a
su joven compatriota en el vano de la ventana, donde se encontraba y donde
habían hablado juntos, fue a sentarse a una mesa y se puso a escribir la carta
de recomendación prometida. Durante ese tiempo, D'Artagnan, que no tenía nada
mejor que hacer, se puso a batir una marcha contra los cristales, mirando a los
mosqueteros que se iban uno tras otro, y siguiéndolos con la mirada hasta que
desaparecían al volver la calle.
El señor de Tréville, después de haber escrito la carta, la
selló y, levantándose, se acercó al joven para dársela; pero en el momento
mismo en que D'Artagnan extendía la mano para recibirla, el señor de Tréville
quedó completamante estupefacto al ver a su protegido dar un salto, enrojecer
de cólera y lanzarse fuera del gabinete gritando:
¡Ah, maldita sea! Esta vez no se me escapará.
¿Pero quién? preguntó el señor de Tréville.
¡El, mi ladrón! respondió D'Artagnan . ¡Ah, traidor!
Y desapareció.
¡Diablo de loco! murmuró el señor de Tréville . A menos añadió
que no sea una manera astuta de zafarse, al ver que ha marrado su golpe.
Capítulo IV
El hombro de Athos, el tahalí de Porthos y el pañuelo de Aramis
D'Artagnan, furioso, había atravesado la antecámara de tres
saltos y se abalanzaba a la escalera cuyos escalones contaba con descender de
cuatro en cuatro cuando, arrastrado por su camera, fue a dar de cabeza en un
mosquetero que salía del gabinete del señor de Tréville por una puerta de
excusado; y al golpearle con la frente en el hombro, le hizo lanzar un grito o
mejor un aullido.
Perdonadme dijo D'Artagnan tratando de reemprender su carrera ,
perdonadme, pero tengo prisa.
Apenas había descendido el primer escalón cuando un puño de
hierro le cogió por su bandolera y lo detuvo.
¡Tenéis prisa! exclamó el mosquetero, pálido como un lienzo .
Con ese pretexto golpeáis, decís: «Perdonadme», y creéis que eso basta. De
ningún modo, amiguito. ¿Creéis que porque habéis oído al señor de Tréville
hablarnos un poco bruscamente hoy, se nos puede tratar como él nos habla?
Desengañaos, compañero; vos no sois el señor de Tréville.
A fe mía replicó D'Artagnan al reconocer a Athos, el cual, tras
el vendaje realizado por el doctor, volvía a su alojamiento , a fe mía que no
lo he hecho a propósito, ya he dicho «Perdonadme». Me parece, pues, que es
bastante. Sin embargo, os lo repito, y esta vez es quizá demasiado, palabra de
honor, tengo prisa, mucha prisa. Soltadme, pues, osto suplico y dejadme ir a
donde tengo que hacer.
Señor dijo Áthos soltándole , no sois cortés. Se ve que venís de
lejos.
D'Artagnan había ya salvado tres o cuatro escalones, pero a la
observación de Athos se detuvo en seco.
¡Por todos los diablos, señor! dijo . Por lejos que venga no
sois vos quien me dará una lección de Buenos modales, os lo advierto.
Puede ser dijo Athos.
Ah, si no tuviera tanta prisa exclamó D'Artagnan , y si no
corriese detrás de uno...
Señor apresurado, a mí me encontraréis sin comer, ¿me oís?
¿Y dónde, si os place?
Junto a los Carmelitas Descalzos.
¿A qué hora?
A las doce.
A las doce, de acuerdo, allí estaré.
Tratad de no hacerme esperar, porque a las doce y cuarto os
prevengo que seré yo quien coma tras vos y quien os corte las orejas a la
camera.
¡Bueno! le gritó D'Artagnan . Que sea a las doce menos diez.
Y se puso a comer como si lo llevara el diablo, esperando
encontrar todavía a su desconocido, a quien su paso tranquilo no debía haber
llevado muy lejos.
Pero a la puerta de la calle hablaba Porthos con un soldado de
guardia. Entre los dos que hablaban, había el espacio justo de un hombre.
D'Artagnan creyó que aquel espacio le bastaría, y se lanzó para pasar como una
flecha entre ellos dos. Pero D'Artagnan no había contado con el viento. Cuando
iba a pasar, el viento sacudió en la amplia capa de Porthos, y D'Artagnan vino
a dar precisamente en la capa. Sin duda, Porthos tenía razones para no
abandonar aquella parte esencial de su vestimenta, porque en lugar de dejar ir
el faldón que sostenía, tiró de él, de tal suerte que D'Artagnan se enrolló en
el terciopelo con un movimiento de rotación que explica la resistencia del
obstinado Porthos.
D'Artagnan, al oír jurar al mosquetero, quiso salir de debajo de
la capa que lo cegaba, y buscó su camino por el doblez. Temía sobre todo haber
perjudicado el lustre del magnífico tahalí que conocemos; pero, al abrir
tímidamente los ojos, se encontró con la nariz pegada entre los dos hombros de
Porthos, es decir, encima precisamente del tahalí.
¡Ay!, como la mayoría de las cosas de este mundo que sólo tienen
apariencia el tahalí era de oro por delante y de simple búfalo por detrás.
Porthos, como verdadero fanfarrón que era, al no poder tener un tahalí de oro,
completamente de oro, tenía por lo menos la mitad; se comprende así la
necesidad del resfriado y la urgencia de la capa.
¡Por mil diablos! gritó Porthos haciendo todo lo posible por
desembarazarse de D'Artagnan que le hormigueaba en la espalda . ¿Tenéis acaso
la rabia para lanzaros de ese modo sobre las personas?
Perdonadme dijo D'Artagnan reapareciendo bajo el hombro del
gigante , pero tengo mucha prisa, como detrás de uno, y...
¿Es que acaso olvidáis vuestros ojos cuando corréis? preguntó
Porthos.
No respondió D'Artagnan picado , no, y gracias a mis ojos veo
incluso lo que no ven los demás.
Porthos comprendió o no comprendió; lo cierto es que dejándose
llevar por su cólera dijo:
Señor, os desollaréis, os lo aviso, si os restregáis así en los
mosqueteros.
¿Desollar, señor? dijo D'Artagnan . La palabra es dura.
Es la que conviene a un hombre acostumbrado a mirar de frente a
sus enemigos.
¡Pardiez! De sobra sé que no enseñáis la espalda a los vuestros.
Y el joven, encantado de su travesura, se alejó riendo a
mandíbula batiente.
Porthos echó espuma de rabia a hizo un movimiento para
precipitarse sobre D'Artagnan.
Más tarde, más tarde le gritó éste , cuando no tengáis vuestra
capa.
A la una, pues, detrás del Luxemburgo.
Muy bien, a la una respondió D'Artagnan volviendo la esquina de
la calle.
Pero ni en la calle que acababa de recorrer, ni en la que
abarcaba ahora con la vista vio a nadie. Por despacio que hubiera andado el
desconocido, había hecho camino; quizá también había entrado en alguna casa.
D'Artagnan preguntó por él a todos los que encontró, bajó luego hasta la
barcaza, subió por la calle de Seine y la Croix Rouge; pero nada, absolutamente
nada. Sin embargo, aquella carrera le resultó beneficiosa en el sentido de que
a medida que el sudor inundaba su frente su corazón se enfriaba.
Se puso entonces a reflexionar sobre los acontecimientos que
acababan de ocurrir; eran abundantes y nefastos: eran las once de la mañana
apenas, y la mañana le había traído ya el disfavor del señor de Tréville, que
no podría dejar de encontrar algo brusca la forma en que D’Artagnan lo había
abandonado.
Además, había pescado dos buenos duelos con dos hombres capaces
de matar, cada uno, tres D'Artagnan; en fin, con dos mosqueteros, es decir, con
dos de esos seres que él estimaba tanto que los ponía, en su pensamiento y en
su corazón, por encima de todos los demás hombres.
La coyuntura era triste. Seguro de ser matado por Athos, se
comprende que el joven no se inquietara mucho de Porthos. Sin embargo, como la
esperanza es lo último que se apaga en el corazón del hombre, llegó a esperar
que podría sobrevivir, con heridas terribles, por supuesto, a aquellos dos
duelos, y, en caso de supervivencia, se hizo para el futuro las reprimendas
siguientes:
¡Qué atolondrado y ganso soy! Ese valiente y desgraciado Athos
estaba herido justamente en el hombro contra el que yo voy a dar con la cabeza
como si fuera un morueco. Lo único que me extraña es que no me haya matado en
el sitio; estaba en su derecho y el dolor que le he causado ha debido de ser
atroz. En cuanto a Porthos..., ¡oh, en cuanto a Porthos, a fe que es más
divertido!
Y a pesar suyo, el joven se echó a reír, mirando no obstante si
aquella risa aislada, y sin motivo a ojos de quienes le viesen reír, iba a
herir a algún viandante.
En cuanto a Porthos, es más divertido; pero no por ello dejo de
ser un miserable atolondrado. No se lanza uno así sobre las personas sin decir
cuidado, no, y no se va a mirarlos debajo de la capa para ver lo que no hay. Me
habría perdonado de buena gana, seguro; me habría perdonado si no le hubiera
hablado de ese maldito tahalí, con palabras encubiertas, cierto; sí, bellamente
encubiertas. ¡Ah, soy un maldito gascón, sería ingenioso hasta en la sartén de
freír! ¡Vamos, D'Artagnan, amigo mío continuó, hablándole a sí mismo con toda
la confianza que creía deberse si escapas a ésta, cosa que no es probable, se
trata de ser en el futuro de una cortesía perfecta. En adelante es preciso que
te admiren, que te citen como modelo. Ser atento y cortés no es ser cobarde.
Mira mejor a Aramis: Aramis es la dulzura, es la gracia en persona. ¡Y bien!,
¿a quién se le ha ocurrido alguna vez decir que Aramis era un cobarde? No desde
luego que a nadie y de ahora en adelante quiero tomarle en todo por modelo.
¡Ah, precisamente ahí está!
D'Artagnan, mientras caminaba monologando, había llegado a unos
pocos pasos del palacio D'Aiguillon y ante este palacio había visto a Aramis
hablando alegremente con tres gentileshombres de la guardia del rey. Por su
parte, Aramis vio a D'Artagnan; pero como no olvidaba que había sido delante de
aquel joven ante el que el señor de Tréville se había irritado tanto por la
mañana, y como un testigo de los reproches que los mosqueteros habían recibido
no le resultaba en modo alguno agradable, fingía no verlo. D'Artagnan,
entregado por entero a sus planes de conciliación y de cortesía, se acercó a
los cuatro jóvenes haciéndoles un gran saludo acompañado de la más graciosa
sonrisa. Aramis inclinó ligeramente la cabeza, pero no sonrió. Por lo demás,
los cuatro interrumpieron en aquel mismo instante su conversación.
D'Artagnan no era tan necio como para no darse cuenta de que
estaba de más; pero no era todavía lo suficiente ducho en las formas de la alta
sociedad para salir gentilmente de una situación falsa como lo es, por regla
general, la de un hombre que ha venido a mezclarse con personas que apenas
conoce y en una conversación que no le afecta. Buscaba por tanto en su interior
un medio de retirarse lo menos torpemente posible, cuando notó que Aramis había
dejado caer su pañuelo y, por descuido sin duda, había puesto el pie encima; le
pareció llegado el momento de reparar su inconveniencia: se agachó, y con el
gesto más gracioso que pudo encontrar, sacó el pañuelo de debajo del pie del
mosquetero, por más esfuerzos que hizo éste por retenerlo, y le dijo devolviéndoselo:
Señor, aquí tenéis un pañuelo que en mi opinión os molestaría
mucho perder.
En efecto, el pañuelo estaba ricamente bordado y llevaba una
corona y armas en una de sus esquinas. Aramis se ruborizó excesivamente y
arrancó más que cogió el pañuelo de manos del gascón.
¡Ah, ah! exclamó uno de los guardias . Encima dirás, discreto
Aramis, que estás a mal con la señora de Bois Tracy, cuando esa graciosa dama
tiene la cortesía de prestarte sus pañuelos.
Aramis lanzó a D'Artagnan una de esas miradas que hacen
comprender a un hombre que acaba de ganarse un enemigo mortal; luego, volviendo
a tomar su tono dulzarrón, dijo:
Os equivocáis, señores, este pañuelo no es mío, y no sé por qué
el señor ha tenido la fantasía de devolvérmelo a mí en vez de a uno de
vosotros, y prueba de lo que digo es que aquí está el mío, en mi bolsillo.
A estas palabras, sacó su propio pañuelo, pañuelo muy elegante
también, y de fina batista, aunque la batista fuera cara en aquella época, pero
pañuelo bordado, sin armas, y adornado con una sola inicial, la de su
propietario.
Esta vez, D'Artagnan no dijo ni pío, había reconocido su error,
pero los amigos de Aramis no se dejaron convencer por sus negativas, y uno de
ellos, dirigiéndose al joven mosquetero con seriedad afectada, dijo:
Si fuera como pretendes, me vería obligado, mi querido Aramis, a
pedírtelo; porque, como sabes, Bois Tracy es uno de mis íntimos, y no quiero
que se haga trofeo de las prendas de su mujer.
Lo pides mal respondió Aramis ; y aun reconociendo la justeza de
tu reclamación en cuanto al fondo, me negaré debido a la forma.
El hecho es aventuró tímidamente D'Artagnan , que yo no he visto
salir el pañuelo del bolsillo del señor Aramis. Tenía el pie encima, eso es
todo, y he pensado que, dado que tenía el pie, el pañuelo era suyo.
Y os habéis equivocado, querido señor respondió fríamente
Aramis, poco sensible a la reparación.
Luego, volviéndose hacia aquel de los guardias que se había
declarado amigo de Bois Tracy, continuó:
Además, pienso, mi querido íntimo de Bois Tracy, que yo soy
amigo suyo no menos cariñoso que puedas serlo tú; de suerte que, en rigor, este
pañuelo puede haber salido tanto de tu bolsillo como del mío.
¡No, por mi honor! exclamó el guardia de Su Majestad.
Tú vas a jurar por tu honor y yo por mi palabra, y entonces
evidentemente uno de nosotros dos mentirá. Mira, hagámosio mejor, Montaran,
cojamos cada uno la mitad.
¿Del pañuelo?
Sí.
De acuerdo exclamaron lo otros dos guardias el juicio del rey
Salomón. Decididamente, Aramis, estás lleno de sabiduría.
Los jóvenes estallaron en risas, y como es lógico, el asunto no
tuvo más continuación. Al cabo de un instante la conversación cesó, y los tres
guardias y el mosquetero, después de haberse estrechado cordialmente las manos,
tiraron los tres guardias por su lado y Aramis por el suyo.
Este es el momento de hacer las paces con ese hombre galante se
dijo para sí D'Artagnan, que se había mantenido algo al margen durante toda la
última parte de aquella conversación. Y con estas buenas intenciones,
acercándose a Aramis, que se alejaba sin prestarle más atención, le dijo:
Señor, espero que me perdonéis.
¡Ah, señor! le interrumpió Aramis . Permitidme haceros observar
que no habéis obrado en esta circunstancia como un hombre galante debe hacerlo.
¡Cómo, señor! exclamó D'Artagnan . Suponéis...
Supongo, señor, que no sois un imbécil, y que sabéis bien,
aunque lleguéis de Gascuña, que no se pisan sin motivo los pañuelos de
bolsillo. ¡Qué diablos! Paris no está empedrado de batista.
Señor, os equivocáis tratando de humillarme dijo D'Artagnan, en
quien el carácter peleón comenzaba a hablar más alto que las resoluciones
pacíficas . Soy de Gascuña, cierto, y puesto que lo sabéis, no tendré necesidad
de deciros que los gascones son poco sufridos; de suerte que cuando se han
excusado una vez, aunque sea por una tontería, están convencidos de que ya han
hecho más de la mitad de lo que debían hacer.
Señor, lo que os digo respondió Aramis , no es para buscar
pelea. A Dios gracias no soy un espadachín, y siendo sólo mosquetero por
ínterin, sólo me bato cuando me veo obligado, y siempre con gran repugnancia;
pero esta vez el asunto es grave, porque tenemos a una dama comprometida por
vos.
Por nosotros querréis decir exclamó D'Artagnan.
¿Por qué habéis tenido la torpeza de devolverme el pañuelo?
¿Por qué habéis tenido vos la de dejarlo caer?
He dicho y repito, señor, que ese pañuelo no ha salido de mi
bolsillo.
¡Pues bien, mentís dos veces, señor, porque yo lo he visto salir
de él!
¡Ah, con que lo tomáis en ese tono, señor gascón! ¡Pues bien, yo
os enseñaré a vivir!
Y yo os enviaré a vuestra misa, señor abate. Desenvainad, si os
place, y ahora mismo.
No, por favor, querido amigo; no aquí, al menos. ¿No veis que
estamos frente al palacio D'Aiguillon, que está lleno de criaturas del
cardenal? ¿Quién me dice que no es Su Eminencia quien os ha encargado
procurarle mi cabeza? Pero yo aprecio mucho mi cabeza, dado que creo que va
bastante correctamente sobre mis hombros. Quiero mataros, estad tranquilo, pero
mataros dulcemente, en un lugar cerrado y cubierto, allí donde no podáis
jactaros de vuestra muerte ante nadie.
Me parece bien, pero no os fiéis, y llevad vuestro pañuelo, os
pertenezca o no; quizá tengáis ocasión de serviros de él.
¿El señor es gascón? preguntó Aramis.
Sí. El señor no pospone una cita por prudencia.
La prudencia, señor, es una virtud bastante inútil para los
mosqueteros, lo sé, pero indispensable a las gentes de Iglesia; y como sólo soy
mosquetero provisionalmente, tengo que ser prudente. A las dos tendré el honor
de esperaros en el palacio del señor de Tréville. Allí os indicaré los buenos
lugares.
Los dos jóvenes se saludaron, luego Aramis se alejó remontando
la calle que subía al Luxemburgo, mientras D'Artagnan, viendo que la hora
avanzaba, tomaba el camino de los Carmelitas Descalzos, diciendo para sí:
Decididamente, no puedo librarme; pero por lo menos, si soy
muerto, seré muerto por un mosquetero.
Capítulo V
Los mosqueteros del rey y los guardias del señor cardenal
D'Artagnan no conocía a nadie en París. Fue por tanto a la cita
de Athos sin llevar segundo, resuelto a contentarse con los que hubiera
escogido su adversario. Por otra parte tenía la intención formal de dar al
valiente mosquetero todas las excusas pertinentes, pero sin debilidad, por
temor a que resultara de aquel duelo algo que siempre resulta molesto en un
asunto de este género, cuando un hombre joven y vigoroso se bate contra un
adversario herido y debilitado: vencido, duplica el triunfo de su antagonista;
vencedor, es acusado de felonía y de fácil audacia.
Por lo demás, o hemos expuesto mal el carácter de nuestro
buscador de aventuras, o nuestro lector ha debido observar ya que D'Artagnan no
era un hombre ordinario. Por eso, aun repitiéndose a sí mismo que su muerte era
inevitable, no se resignó a morir suavemente, como cualquier otro menos
valiente y menos moderado que él hubiera hecho en su lugar. Reflexionó sobre
los distintos caracteres de aquellos con quienes iba a batirse, y empezó a ver
más claro en su situación. Gracias a las leales excusas que le preparaba,
esperaba hacer un amigo de Athos, cuyos aires de gran señor y cuya actitud
austera le agradaron mucho. Se prometía meter miedo a Porthos con la aventura
del tahalí, que, si no quedaba muerto en el acto, podía contar a todo el mundo,
relato que, hábilmente manejado para ese efecto, debía cubrir a Porthos de
ridículo; por último, en cuanto al socarrón de Aramis, no le tenía demasiado
miedo, y suponiendo que llegase hasta él, se encargaba de despacharlo aunque
parezca imposible, o al menos señalarle el rostro, como César había recomendado
hacer a los soldados de Pompeyo, dañar para siempre aquella belleza de la que
estaba tan orgulloso.
Además había en D'Artagnan ese fondo inquebrantable de
resolución que habían depositado en su corazón los consejos de su padre,
consejos cuya sustancia era: «No aguantar nada de nadie salvo del rey, del
cardenal y del señor de Tréville.» Voló, pues, más que caminó, hacia el
convento de los Carmelitas Descalzados, o mejor Descalzos, como se decía en
aquella época, especie de construcción sin ventanas, rodeada de prados áridos,
sucursal del Pré aux Clers, y que de ordinario servía para encuentros de personas
que no tenían tiempo que perder.
Cuando D'Artagnan llegó a la vista del pequeño terreno baldío
que se extendía al pie de aquel monasterio, Athos hacía sólo cinco minutos que
esperaba, y daban las doce. Era por tanto puntual como la Samaritana y el más
riguroso casuista en duelos no podría decir nada.
Athos, que seguía sufriendo cruelmente por su herida, aunque
hubiera sido vendada a las nueve por el cirujano del señor de Tréville, estaba
sentado sobre un mojón y esperaba a su adversario con aquella compostura
apacible y aquel aire digno que no le abandonaban nunca. Al ver a D'Artagnan,
se levantó y dio cortésmente algunos pasos a su encuentro. Este, por su parte,
no abordó a su adversario más que con sombrero en mano y su pluma colgando
hasta el suelo.
Señor dijo Athos , he hecho avisar a dos amigos míos que me
servirán de padrinos, pero esos dos amigos aún no han llegado. Me extraña que
tarden: no es lo habitual en ellos.
Yo no tengo padrinos, señor dijo D'Artagnan , porque, llegado
ayer mismo a Paris, no conozco aún a nadie, salvo al señor de Tréville, al que
he sido recomendado por mi padre, que tiene el honor de ser uno de sus pocos
amigos.
Athos reflexionó un instante.
¿No conocéis más que al señor de Tréville? preguntó.
No, señor, no conozco a nadie más que a él...
¡Vaya..., pero... prosiguió Athos hablando a medias para sí
mismo, a medias para D'Artagnan , vaya, pero si os mato daré la impresión de un
traganiños!
No demasiado, señor respondió D'Artagnan con un saludo que no
carecía de dignidad ; no demasiado, pues que me hacéis el honor de sacar la
espada contra mí con una herida que debe molestaros mucho.
Mucho me molesta, palabra, y me habéis hecho un daño de todos
los diablos, debo decirlo; pero lucharé con la izquierda, es mi costumbre en
semejantes circunstancias. No creáis por ello que os hago gracia, manejo
limpiamente la espada con las dos manos; será incluso desventaja para vos: un
zurdo es muy molesto para las personas que no están prevenidas. Lamento no
haberos participado antes esta circunstancia.
Señor dijo D'Artagnan inclinándose de nuevo , sois realmente de
una cortesía por la que no os puedo quedar más reconocido.
Me dejáis confuso respondió Athos con su aire de gentilhombre ;
hablemos pues de otra cosa, os lo suplico, a menos que esto os resulte
desagradable. ¡Por todos los diablos! ¡Qué daño me habéis hecho! El hombro me
arde...
Si permitierais... dijo D'Artagnan con timidez.
¿Qué, señor?
Tengo un bálsamo milagroso para las heridas, un bálsamo que me
viene de mi madre, y que yo mismo he probado.
¿Y?
Pues que estoy seguro de que en menos de tres días este bálsamo
os curará y al cabo de los tres días, cuando estéis curado, señor, sera para mí
siempre un gran honor ser vuestro hombre.
D'Artagnan dijo estas palabras con una simplicidad que hacía
honor a su cortesía, sin atentar en modo alguno contra su valor.
¡Pardiez, señor! dijo Athos . Es esa una propuesta que me place,
no que la acepte, pero huele a gentilhombre a una legua. Así es como hablaban y
obraban aquellos valientes del tiempo de Carlomagno, en quienes todo caballero
debe buscar su modelo. Desgraciadamente, no estamos ya en los tiempos del gran
emperador. Estamos en la época del señor cardenal, y de aquí a tres días se
sabría, por muy guardado que esté el secreto se sabría, digo, que debemos
batirnos, y se opondrían a nuestro combate... Vaya, esos trotacalles ¿no
acaba-rán de venir?
Si tenéis prisa, señor dijo D'Artagnan a Athos con la misma
simplicidad con que un instante antes le había propuesto posponer el duelo tres
días , si tenéis prisa y os place despacharme en seguida, no os preocupéis, os
lo ruego.
Es esa una frase que me agrada dijo Athos haciendo un gracioso
gesto de cabeza a D'Artagnan , no es propia de un hombre sin cabeza, y a todas
luces lo es de un hombre valiente. Señor, me gustan los hombres de vuestro
temple y veo que si no nos matamos el uno al otro, tendré más tarde verdadero
placer en vuestra conversación. Esperemos a esos señores, os lo ruego, tengo
tiempo, y será más correcto. ¡Ah, ahí está uno según creo!
En efecto, por la esquina de la calle de Vaugirard comenzaba a
aparecer el gigantesco Porthos.
¡Cómo! exclamó D'Artagnan . ¿Vuestro primer testigo es el señor
Porthos?
Sí. ¿Os contraría?
No, de ningún modo.
Y ahí está el segundo.
D'Artagnan se volvió hacia el lado indicado por Athos y
reconoció a Aramis.
¡Qué! exclamó con un acento más asombrado que la primera vez .
¿Vuestro segundo testigo es el señor Aramis?
Claro, ¿no sabéis que no se nos ve jamás a uno sin los otros, y
que entre los mosqueteros y entre los guardias, en la corte y en la ciudad, se
nos llama Athos, Porthos y Aramis o los tres inseparables? Bueno como vos
llegáis de Dax o de Pau...
De Tarbes dijo D'Artagnan.
...os está permitido ignorar este detalle dijo Athos.
A fe mía dijo D'Artagnan , que estáis bien llamados, señores, y
mi aventura, si tiene alguna resonancia, probará al menos que vuestra unión no
está fundada en el contraste.
Entre tanto Porthos se había acercado, había saludado a Athos
con la mano; luego, al volverse hacia D'Artagnan, había quedado estupefacto.
Digamos de pasada que había cambiado de tahalí, y dejado su
capa.
¡Ah, ah! exclamó . ¿Qué es esto?
Este es el señor con quien me bato dijo Athos señalando con la
mano a D'Artagnan, y saludándole con el mismo gesto.
Con él me bato también yo dijo Porthos.
Pero a la una respondió D'Artagnan.
Y también yo me bato con este señor dijo Aramis llegando a su
vez al lugar.
Pero a las dos dijo D'Artagnan con la misma calma.
Pero ¿por qué te bates tú, Athos? preguntó Aramis.
A fe que no lo sé demasiado; me ha hecho daño en el hombro. ¿Y
tú, Porthos?
A fe que me bato porque me bato respondió Porthos enrojeciendo.
Athos, que no se perdía una, vio pasar una fina sonrisa por los
labios del gascón.
Hemos tenido una discusión sobre indumentaria dijo el joven.
¿Y tú, Aramis? preguntó Athos.
Yo me bato por causa de teología respondió Aramis haciendo al
mismo tiempo una señal a D'Artagnan con la que le rogaba tener en secreto la
causa del duelo.
Athos vio pasar una segunda sonrisa por los labios de
D'Artagnan.
¿De verdad? dijo Athos.
Sí, un punto de San Agustín sobre el que no estamos de acuerdo
dijo el gascón.
Decididamente es un hombre de ingenio murmuró Athos.
Y ahora que estáis juntos, señores dijo D'Artagnan , permitidme
que os presente mis excusas.
A la palabra «excusas», una nube pasó por la frente de Athos,
una sonrisa altanera se deslizó por los labios de Porthos, y una señal negativa
fue la respuesta de Aramis.
No me comprendéis, señores dijo D'Artagnan alzando la cabeza, en
la que en aquel momento jugaba un rayo de sol que doraba las facciones finas y
osadas : os pido excusas en caso de que no pueda pagaros mi deuda a los tres,
porque el señor Athos tiene derecho a matarme primero, lo cual quita mucho
valor a vuestra deuda, señor Porthos, y hace casi nula la vuestra, señor
Aramis. Y ahora, señores, os lo repito, excusadme, pero sólo de eso, ¡y en
guardia!
A estas palabras, con el gesto más desenvuelto que verse pueda,
D'Artagnan sacó su espada.
La sangre había subido a la cabeza de D'Artagnan, y en aquel
momento habría sacado su espada contra todos los mosqueteros del reino, como
acababa de hacerlo contra Athos, Porthos y Aramis.
Eran las doce y cuarto. El sol estaba en su cenit y el
emplazamiento escogido para ser teatro del duelo estaba expuesto a todos sus
ardores.
Hace mucho calor dijo Athos sacando a su vez la espada , y sin
embargo no podría quitarme mi jubón, porque todavía hace un momento he sentido
que mi herida sangraba, y temo molestar al señor mostrándole sangre que no me
haya sacado él mismo.
Cierto, señor dijo D'Artagnan , y sacada por otro o por mí, os
aseguro que siempre veré con pesar la sangre de un caballero tan valiente; por
eso me batiré yo también con jubón como vos.
Vamos, vamos dijo Porthos , basta de cumplidos, y pensad que
nosotros esperamos nuestro turno.
Hablad por vos solo, Porthos, cuando digáis semejantes
incongruencias interrumpió Aramis . Por lo que a mí se refiere, encuentro las
cosas que esos señores se dicen muy bien dichas y a todas luces dignas de dos
gentileshombres.
Cuando queráis, señor dijo Athos poniéndose en guardia.
Esperaba vuestras órdenes dijo D'Artagnan cruzando el hierro.
Pero apenas habían resonado los dos aceros al tocarse cuando una
cuadrilla de guardias de Su Eminencia, mandada por el señor de Jussac, apareció
por la esquina del convento.
¡Los guardias del cardenal! gritaron a la vez Porthos y Aramis .
¡Envainad las espadas, señores, envainad las espadas!
Pero era demasiado tarde. Los dos combatientes habían sido
vistos en una postura que no permitía dudar de sus intenciones.
¡Hola! gritó Jussac avanzando hacia ellos y haciendo una señal a
sus hombres de hacer otro tanto . ¡Hola, mosqueteros! ¿Nos estamos batiendo?
¿Para qué queremos entonces los edictos?
Sois muy generosos, señores guardias dijo Athos lleno de rencor,
porque Jussac era uno de los agresores de la antevíspera . Si os viésemos
batiros, os respondo de que nos guardaríamos mucho de impedíroslo. Dejadnos
pues hacerlo, y podréis tener un rato de placer sin ningún gasto.
Señores dijo Jussac , con gran pesar os declaro que es
imposible. Nuestro deber ante todo. Envainad, pues, por favor, y seguidnos.
Señor dijo Aramis parodiando a Jussac , con gran placer
obedeceríamos vuestra graciosa invitación, si ello dependiese de nosotros; pero
desgraciadamente es imposible: el señor de Tréville nos lo ha prohibido. Pasad,
pues, de largo, es lo mejor que podéis hacer.
Aquella broma exasperó a Jussac.
Cargaremos contra vosotros si desobedecéis.
Son cinco dijo Athos a media voz , y nosotros sólo somos tres;
seremos batidos y tendremos que morir aquí, porque juro que no volveré a
aparecer vencido ante el capitán.
Entonces Porthos y Aramis se acercaron inmediatamente uno a
otro, mientras Jussac alineaba a sus hombres.
Este solo momento bastó a D'Artagnan para tomar una decisión:
era uno de esos momentos que deciden la vida de un hombre, había que elegir
entre el rey y el cardenal; hecha la elección, había que perseverar en ella.
Batirse, es decir, desobedecer la ley, es decir, arriesgar la cabeza, es decir,
hacerse de un solo golpe enemigo de un ministro más poderoso que el rey mismo,
eso es lo que vislumbró el joven y, digámoslo en alabanza suya, no dudó un
segundo. Voviéndose, pues, hacia Athos y sus amigos dijo:
Señores, añadiré, si os place, algo a vuestras palabras. Habéis
dicho que no sois más que tres, pero a mí me parece que somos cuatro.
Pero vos no sois de los nuestros dijo Porthos.
Es cierto respondió D'Artagnan ; no tengo el hábito, pero sí el
alma. Mi corazón es mosquetero, lo siento de sobra, señor, y eso me entusiasma.
Apartaos, joven gritó Jussac, que sin duda por sus gestos y la
expresión de su rostro había adivinado el designio de D'Artagnan . Podéis
retiraros, os lo permitimos. Salvad vuestra piel, de prisa.
D'Artagnan no se movió.
Decididamente sois un valiente dijo Athos apretando la mano del
joven.
¡Vamos, vamos, tomemos una decisión! prosiguió Jussac.
Veamos dijeron Porthos y Aramis , hagamos algo.
El señor está lleno de generosidad dijo Athos.
Pero los tres pensaban en la juventud de D'Artagnan y temían su
inexperiencia.
No seremos más que tres, uno de ellos herido, además de un niño
prosiguió Athos , y no por eso dejarán de decir que éramos cuatro hombres.
¡Sí, pero retroceder...! dijo Porthos.
Es difícil añadió Athos.
D'Artagnan comprendió su falta de resolución.
Señores, ponedme a prueba dijo , y os juro por mi honor que no
quiero marcharme de aquí si somos vencidos.
¿Cómo os llamáis, valiente? dijo Athos.
D'Artagnan, señor.
¡Pues bien, Athos, Porthos, Aramis y D'Artagnan, adelante! gritó
Athos.
¿Y bien? Veamos, señores, ¿os decidís a decidiros? gritó por
tercera vez Jussac.
Está resuelto, señores dijo Athos.
¿Y qué decisión habéis tomado? preguntó Jussac.
Vamos a tener el honor de cargar contra vos respondió Aramis,
alzando con una mano su sombrero y sacando su espada con la otra.
¡Ah! ¿Os resistís? exclamó Jussac.
¡Por todos los diablos! ¿Os sorprende?
Y los nueve combatientes se precipitaron unos contra otros con
una furia que no excluía cierto método.
Athos cogió a un tal Cahusac, favorito del cardenal; Porthos
tuvo a Biscarat y Aramis se vio frente a dos adversarios.
En cuanto a D'Artagnan, se encontró lanzado contra el mismo
Jussac.
El corazón del joven gascón batía hasta romperle el pecho, no de
miedo, a Dios gracias, del que no conocía siquiera la sombra, sino de
emulación; se batía como un tigre furioso, dando vueltas diez veces en torno a
su adversario, cambiando veinte veces sus guardias y su terreno. Jussac era,
como se decía entonces, un enamorado de la espada, y la había practicado mucho;
sin embargo, pasaba todos los apuros del mundo defendiéndose contra un
adversario que, ágil y saltarín, se alejaba a cada momento de las reglas
recibidas, atacando por todos los lados a la vez, y precaviéndose además como
hombre que tiene el mayor respeto por su epidermis.
Por fin la lucha terminó por hacer perder la paciencia a Jussac.
Furioso de ser tenido en jaque por aquel al que había mirado como a un niño, se
calentó y comenzó a cometer errores. D'Artagnan que, a pesar de la práctica,
poseía una profunda teoría, redobló la agilidad. Jussac, queriendo terminar,
lanzó una terrible estocada a su adversario tirándose a fondo; pero éste paró
primero, y mientras Jussac se ponía en pie, deslizándose como una serpiente
bajo su acero, le pasó su espada a través del cuerpo. Jussac cayó como una
mole.
D'Artagnan lanzó entonces una mirada inquieta y rápida sobre el
campo de batalla.
Aramis había matado ya a uno de sus adversarios; pero el otro le
acosaba vivamente. Sin embargo, Aramis estaba en buena situación y aún podía
defenderse.
Biscarat y Porthos acababan de hacer un golpe doble: Porthos
había recibido una estocada atravesándole el brazo, y Biscarat atravesándole el
muslo. Pero como ninguna de las dos heridas era grave, no se batían sino con
más encarnizamiento.
Athos, herido de nuevo por Cahusac, palidecía a ojos vistas,
pero no retrocedía un ápice: se había limitado a cambiar de mano su espada, y
se batía con la izquierda.
Según las leyes del duelo de esa época, D'Artagnan podía
socorrer a uno; mientras buscaba con los ojos qué compañero tenía necesidad de
su ayuda sorprendió una mirada de Athos. Aquella mirada era de una elocuencia
sublime. Athos moriría antes que pedir socorro; pero podía mirar, y con la
mirada pedir apoyo. D'Artagnan lo adivinó, dio un salto terrible y cayó sobre
el flanco de Cahusac gritando:
¡A mí, señor guardia, que yo os mato!
Cahusac se volvió, justo a tiempo. Athos, a quien sólo su
extremado valor sostenía, cayó sobre una rodilla.
¡Maldita sea! gritó a D'Artagnan . ¡No lo matéis, joven, os lo
suplico; tengo un viejo asunto que terminar con él cuando esté curado y con
buena salud! Desarmadle solamente, quitadle la espada. ¡Eso es, bien, muy bien!
Esta exclamación le había sido arrancada a Athos por la espada
de Cahusac, que saltaba a veinte pasos de él. D'Artagnan y Cahusac se lanzaron
a la vez, uno para recuperarla, el otro para apoderarse de ella; pero
D'Artagnan, más rápido llegó el primero y puso el pie encima.
Cahusac corrió hacia aquel de los guardias que había matado
Aramis, se apoderó de su acero y quiso volver a D'Artagnan; pero en su camino
se encontró con Athos, que durante aquella pausa de un instante que le había
procurado D'Artagnan había recuperado el aliento y que, por temor a que
D'Artagnan le matase a su enemigo, quería volver a empezar el combate.
D'Artagnan comprendió que sería contrariar a Athos no dejarle
actuar. En efecto, algunos segundos después, Cahusac cayó con la garganta
atravesada por una estocada.
En ese mismo instante, Aramis apoyaba su espada contra el pecho
de su adversario derribado, y le forzaba a pedir merced.
Quedaban Porthos y Biscarat: Porthos hacía mil fanfarronadas
preguntando a Bicarat qué hora podía ser, y le felicitaba por la compañía que
acababa de obtener su hermano en el regimiento de Navarra; pero, mientras
bromeaba, nada ganaba. Biscarat era uno de esos hombres de hierro que no caen
más que muertos.
Sin embargo, había que terminar. La ronda podía llegar y prender
a todos los combatientes, heridos o no, realistas o cardenalistas. Athos,
Aramis y D'Artagnan rodearon a Biscarat y le conminaron a rendirse. Aunque solo
contra todos y con una estocada que le atravesaba el muslo, Biscarat quería
seguir; pero Jussac, que se había levantado sobre el codo, le gritó que se
rindiera. Biscarat era gascón como D'Artagnan; hizo oídos sordos y se contentó
con reír, y entre dos quites, encontrando tiempo para dibujar con la punta de
su espada un lugar en el suelo, dijo parodiando un versículo de la Biblia:
Aquí morirá Biscarat, el único de los que están con él!
Pero están cuatro contra ti; acaba, te lo ordeno.
¡Ah! Si lo ordenas, es distinto dijo Biscarat ; como eres mi
brigadier, debo obedecer.
Y dando un salto hacia atrás, rompió la espada sobre su rodilla
para no entregarla, arrojó los trozos por encima de la tapia del convento y se
cruzó de brazos silbando un motivo cardenalista.
La bravura siempre es respetada, incluso en un enemigo. Los
mosqueteros saludaron a Biscarat con sus espadas y las devolvieron a la vaina.
D'Artagnan hizo otro tanto, y luego, ayudado por Biscarat, el único que había
quedado en pie, llevó bajo el soportal del convento a Jussac, Cahusac y a aquel
de los adversarios de Aramis que sólo había sido herido. El cuarto, como ya
hemos dicho, estaba muerto. Luego hicieron sonar la campana y llevando cuatro
de las cinco espadas se encaminaron ebrios de alegría hacia el palacio del
señor de Tréville.
Se les veía con los brazos entrelazados, ocupando todo lo ancho
de la calle, y agrupando tras sí a todos los mosqueteros que encontraban, por
lo que, al fin, aquello fue una marcha triunfal. El corazón de D'Artagnan
nadaba en la ebriedad, caminaba entre Athos y Porthos apretándolos con ternura.
Si todavía no soy mosquetero dijo a sus nuevos amigos al
franquear la puerta del palacio del señor de Tréville , al menos ya soy
aprendiz, ¿no es verdad?
Capítulo VI
Su majestad el rey Luis Xlll
El suceso hizo mucho ruido. El señor de Tréville bramó en voz
alta contra sus mosqueteros, y los felicitó en voz baja; pero como no había
tiempo que perder para prevenir al rey el señor de Tréville se apresuró a
dirigirse al Louvre. Era demasiado tarde, el rey se hallaba encerrado con el
cardenal, y dijeron al señor de Tréville que el rey trabajaba y que no podía
recibir en aquel momento. Por la noche, el señor de Tréville acudió al juego
del rey. El rey ganaba, y como su majestad era muy avaro, estaba de excelente
humor; por ello, cuando el rey vio de lejos a Tréville, dijo:
Venid aquí, señor capitán, venid que os riña; ¿sabéis que Su
Eminencia ha venido a quejárseme de vuestros mosqueteros, y ello con tal
emoción que esta noche Su Eminencia está enfermo? ¡Pero, bueno, vuestros
mosqueteros son incorregibles, son gentes de horca!
No, Sire respondió Tréville, que vio a la primera ojeada cómo
iban a desarrollarse las cosas ; no, todo lo contrario, son buenas criaturas,
dulces como corderos, y que no tienen más que un deseo, de eso me hago
responsable: y es que su espada no salga de la vaina más que para el servicio
de Vuestra Majestad. Pero, qué queréis, los guardias del señor cardenal están
buscándoles pelea sin cesar, y por el honor mismo del cuerpo los pobres jóvenes
se ven obligados a defenderse.
¡Escuchad al señor de Tréville! dijo el rey . ¡Escuchadle! ¡Se
diría que habla de una comunidad religiosa! En verdad, mi querido capitán, me
dan ganas de quitaros vuestro despacho y dárselo a la señorita de Chemerault, a
quien he prometido una abadía. Pero no penséis que os creeré sólo por vuestra
palabra. Me llaman Luis el Justo, señor de Tréville, y ahora mismo lo veremos.
Porque me fío de esa justicia, Sire, esperaré paciente y
tranquilo el capricho de Vuestra Majestad.
Esperad pues, señor, esperad dijo el rey , no os haré esperar
mucho.
En efecto, la suerte cambiaba, y como el rey empezaba a perder
lo que había ganado, no era difícil encontrar un pretexto para hacer
perdónesenos esta expresión de jugador, cuyo origen, lo confesamos, lo
desconocemos para hacer el carlomagno. El rey se levantó, pues, al cabo de un
instante y, metiendo en su bolsillo el dinero que tenía ante sí y cuya mayor
parte procedía de su ganancia, dijo:
La Vieuville, tomad mi puesto, tengo que hablar con el señor de
Tréville por un asunto de importancia... ¡Ah!..., yo tenía ochenta luises ante
mí; poned la misma suma, para que quienes han perdido no tengan motivos de
queja. La justicia ante todo.
Luego, volviéndose hacia el señor de Tréville y caminando con él
hacia el vano de una ventana, continuó:
Y bien, señor, vos decís que son los guardias de la Eminentísima
los que han buscado pelea a vuestros mosqueteros.
Sí, Sire, como siempre.
Y ¿cómo ha ocurrido la cosa? Porque como sabéis, mi querido
capitán, es preciso que un juez escuche a las dos partes.
Dios mío, de la forma más simple y más natural. Tres de mis
mejores soldados, a quienes Vuestra Majestad conoce de nombre y cuya devoción
ha apreciado más de una vez, y que tienen, puedo afirmarlo al rey, su servicio
muy en el corazón; tres de mis mejores soldados, digo, los señores Athos,
Porthos y Aramis, habían hecho una excursión con un joven cadete de Gascuña que
yo les había recomendado aquella misma mañana. La excursión iba a tener lugar
en SaintGermain, según creo, y se habían citado en los Carmelitas Descalzos,
cuando fue perturbada por el señor de Jussac y los señores Cahusac, Biscarat y
otros dos guardias que ciertamente no venían allí en tan numerosa compañía sin
mala intención contra los edictos.
¡Ah, ah!, me dais que pensar dijo el rey ; sin duda iban para
batirse ellos mismos.
No los acuso, Sire, pero dejo a Vuestra Majestad apreciar qué
pueden ir a hacer cuatro hombres armados a un lugar tan desierto como lo están
los alrededores del convento de los Carmelitas.
Sí, tenéis razón, Tréville, tenéis razón.
Entonces, cuando vieron a mis mosqueteros, cambiaron de idea y
olvidaron su odio particular por el odio de cuerpo; porque Vuestra Majestad no ignora
que los mosqueteros, que son del rey y nada más que para el rey, son los
enemigos de los guardias, que son del señor cardenal.
Sí, Tréville, sí dijo el rey melancólicamente , y es muy triste,
creedme, ver de este modo dos partidos en Francia, dos cabezas en la realeza;
pero todo esto acabará, Tréville, todo esto acabará. Decís, pues, que los
guardias han buscado pelea a los mosqueteros
Digo que es probable que las cosas hayan ocurrido de este modo,
pero no lo juro, Sire. Ya sabéis cuán difícil de conocer es la verdad, y a
menos de estar dotado de ese instinto admirable que ha hecho llamar a Luis XIII
el Justo...
Y tenéis razón, Tréville, pero no estaban solos vuestros
mosqueteros, ¿no había con ellos un niño?
Sí, Sire, y un hombre herido, de suerte que tres mosqueteros del
rey, uno de ellos herido, y un niño no solamente se han enfrentado a cinco de
los más terribles guardias del cardenal, sino que aun han derribado a cuatro
por tierra.
Pero ¡eso es una victoria! exclamó el rey radiante . ¡Una
victoria completa!
Sí, Sire, tan completa como la del puente de Cé.
¿Cuatro hombres, uno de ellos herido y otro un niño decís?
Un joven apenas hombre, que se ha portado tan perfectamente en
esta ocasión que me tomaré la libertad de recomendarlo a Vuestra Majestad.
¿Cómo se llama?
D'Artagnan, Sire. Es hijo de uno de mis más viejos amigos; el
hijo de un hombre que hizo con el rey vuestro padre, de gloriosa memoria, la
guerra partidaria.
¿Y decís que se ha portado bien ese joven? Contadme eso,
Tréville; ya sabéis que me gustan los relatos de guerra y combate.
Y el rey Luis XIII se atusó orgullosamente su mostacho
poniéndose en jarras.
Sire prosiguió Tréville , como os he dicho, el señor D'Artagnan
es casi un niño, y como no tiene el honor de ser mosquetero, estaba vestido de
paisano; los guardias del señor cardenal, reconociendo su gran juventud, y que
además era extraño al cuerpo, le invitaron a retirarse antes de atacar.
¡Ah! Ya veis, Tréville interrumpió el rey , que son ellos los
que han atacado.
Exactamente, Sire; sin ninguna duda; le conminaron, pues, a
retirarse, pero él respondió que era mosquetero de corazón y todo él de Su
Majestad, y que por eso se quedaría con los señores mosqueteros
¡Bravo joven! murmuró el rey.
Y en efecto, permanció a su lado; y Vuestra Majestad tiene a un
campeón tan firme que fue él quien dio a Jussac esa terrible estocada que
encoleriza tanto al señor cardenal.
¿Fue él quien hirió a Jussac? exclamó el rey ¡El, un niño! Eso
es imposible, Tréville.
Ocurrió como tengo el honor de decir a Vuestra Majestad.
¡Jussac, uno de los primeros aceros del reino!
¡Pues bien, Sire, ha encontrado su maestro!
Quiero ver a ese joven, Tréville, quiero verlo, y si se puede
hacer algo, pues bien, nosotros nos ocuparemos.
¿Cuándo se dignará recibirlo Vuestra Majestad?
Mañana a las doce, Tréville.
¿Lo traigo solo?
No, traedme a los cuatro juntos. Quiero darles las gracias a
todos a la vez; los hombres adictos son raros, Tréville, y hay que recompensar
la adhesión.
A las doce, Sire, estaremos en el Louvre.
¡Ah! Por la escalera pequeña, Tréville, por la escalera pequeña.
Es inútil que el cardenal sepa...
Sí, Sire.
¿Comprendéis, Tréville? Un edicto es siempre un edicto; está
prohibido batirse a fin de cuentas.
Pero ese encuentro, Sire, se sale a todas luces de las
condiciones ordinarias de un duelo: es una riña, y la prueba es que eran cinco
guardias del cardenal contra mis tres mosqueteros y el señor D'Artagnan
Exacto dijo el rey ; pero no importa, Tréville; de todas formas,
venid por la escalera pequeña.
Tréville sonrió. Pero como era ya mucho para él haber obtenido
que aquel niño se revolviese contra su maestro, saludó respetuosamen al rey, y
con su licencia se despidió de él.
Aquella misma tarde los tres mosqueteros fueron advertidos del
honor que se les había concedido. Como conocían desde hacia tiempo al rey, no
se enardecieron demasiado; pero D'Artagnan, con su imaginación gascona, vio
venir su fortuna y pasó la noche haciendo sueños dorados. Por eso, a las ocho
de la mañana estaba en casa de Athos.
D'Artagnan encontró al mosquetero completamente vestido y
dispuesto a salir. Como la cita con el rey no era hasta las doce, había
proyectado con Porthos y Aramis ir a jugar a la pelota a un garito situado al
lado de las caballerizas del Luxemburgo. Athos invitó a D'Artagn a seguirlos, y
pese a su ignorancia de aquel juego, al que nunca ha jugado, éste aceptó, sin
saber qué hacer de su tiempo desde las nueve de la mañana que apenas eran hasta
las doce.
Los dos mosqueteros hablan llegado ya y peloteaban juntos.
Athos, que era muy aficionado a todos los ejercicios corporales, pasó con
D'Artagnan al lado opuesto, y los desafió. Pero al primer movimiento que
intentó, aunque jugaba con la mano derecha, comprendió que su herida era
demasiado reciente aún para permitirle semejante ejercicio. D'Artagnan se
quedó, pues, solo, y como declaró que era demasiado torpe para sostener un
partido en regla, continuaron enviando solamente pelotas sin contar los tantos.
Pero una de aquellas pelotas, lanzada por el puño hercúleo de Porthos, pasó tan
cerca del rostro de D'Ar-tagnan que pensó que, si en lugar de pasarle de lado,
le hubiera dado, su audiencia se habría probablemente perdido, dado que le
hubiera sido del todo imposible presentarse ante el rey. Y como, según su
imaginación gascona, de aquella audiencia dependía todo su porvenir, saludó
cortésmente a Porthos y Aramis, declarando que no proseguirla la partida sino
cuando estuviera en situación de hacerles frente, y se volvió para situarse
junto a la soga y en la galería.
Por desgracia para D'Artagnan, entre los espectadores se
encontraba un guardia de Su Eminencia, el cual, todo enardecido aun por la
derrota de sus compañeros, y llegado la víspera solamente, se había prometido
aprovechar la primera ocasión de vengarla. Creyó, pues, que la ocasión había
llegado y, dirigiéndose a su vecino, dijo:
No es sorprendente que ese joven tenga miedo de una pelota, es
sin duda un aprendiz de mosquetero.
D'Artagnan se volvió como si una serpiente lo hubiera mordido y
miró fijamente al guardia que acababa de decir aquella insolente frase.
¡Pardiez! prosiguió aquél rizándose insolentemente el mostacho .
Miradme cuanto queráis, mi querido señor, he dicho lo que he dicho.
Y como lo que habéis dicho está demasiado claro para que
vuestras palabras necesiten una explicación respondió D'Artagnan en voz baja ,
os ruego que me sigáis.
Y eso, ¿cuándo? preguntó el guardia con el mismo aire burlón.
Ahora mismo, si os place.
Y ¿sabéis por casualidad quién soy?
Lo ignoro completamente, y no me inquieta.
Pues os equivocáis, porque si supieseis mi nombre, quizá no
tuvierais tanta prisa.
¿Cómo os llamáis?
Bernajoux, para serviros.
Pues bien, señor Bernajoux dijo tranquilamente D'Artagnan , voy
a esperaros a la puerta.
Id, señor, os sigo.
No os apresuréis, señor, que no se den cuenta de que salimo
juntos; comprended que, para lo que vamos a hacer, demasiada gente nos
molestaría.
Está bien respondió el guardia asombrado de que su nombre no
hubiera producido más efecto sobre el joven.
En efecto, el nombre de Bernajoux era conocido de todo el mundo,
a excepción quizá de D'Artagnan solamente; porque era uno de esos que figuraba
la mayoría de las veces en las riñas cotidianas que todos los edictos del rey y
del cardenal no habían podido reprimir.
Porthos y Aramis estaban tan ocupados con su partido y Athos los
miraba con tanta atención que no vieron siquiera salir a su joven compañero,
que, como había dicho al guardia de Su Eminencia, se detuvo en la puerta; un
momento después, éste bajaba a su vez. Como D'Artagnan no tenía tiempo que
perder, dado que la audiencia del rey estaba fijada para las doce, echó una
ojeada en torno suyo y, viendo que la calle estaba desierta, dijo a su
adversario:
A fe mía que, aunque os llaméis Bernajoux, es una suerte para
vos tener que habérosla sólo con un aprendiz de mosquetero; pero tranquilizaos,
lo haré lo mejor que pueda. ¡En guardia!
Pero dijo aquel a quien D'Artagnan provocaba de ese modo- me
parece que el lugar está bastante mal escogido, y que estaríam mejor detrás de
la abadía de Saint Germain o en el Pré aux Clercs.
Lo que decís está muy puesto en razón respondió D'Artagnan ;
desgraciadamente, no me sobra el tiempo, tengo una cita a las doce en punto.
¡En guardia, pues, señor, en guardia!
Bernajoux no era hombre para hacerse repetir dos veces semejate
cumplido. En el mismo instante su espada brilló en su mano y lanzó sobre su
adversario al que, gracias a su gran juventud, espera intimidar.
Pero D'Artagnan había hecho la víspera su aprendizaje, y recién
salido de su victoria, todo henchido de su futuro favor, había resuelto no
retroceder un paso; por eso los dos aceros se encontraron metidos hasta las
guardas, y como D'Artagnan se mantenía firme en su puesto fue su adversario el
que dio un paso en retirada. Pero D Artagnan aprovechó el momento en que, en
ese movimiento, el acero de Bernajoux se desviaba de la línea, libró, se lanzó
a fondo y tocó a su adversa en el hombro. En seguida D'Artagnan dio un paso
hacia atrás a su vez y levantó su espada; pero Bernajoux le gritó que no era
nada, y tirándose ciegamente sobre él, se ensartó él mismo. Sin embargo, como
no caía, como no se declaraba vencido, sino que sólo se iba acercando hacia el
palacio del señor de la Trémouille a cuyo servicio tenía un pariente,
D'Artagnan, ignorando él mismo la gravedad de la última herida que su
adversario había recibido, le acosaba vivamente, y sin duda lo iba a rematar de
una tercera estocada cuando, habiéndose extendido el rumor que se alzaba en la
calle hasta el juego de pelota, dos de los amigos del guardia, que le habtan
otdo intercambiar algunas palabras con D'Artagnan y que le habían visto salir a
raíz de aquellas palabras, se precipitaron espada en mano fuera del garito y
cayeron sobre el vencedor. Pero al momento Athos, Porthos y Aramis aparecieron
a su vez, y en el momento en que los guardias atacaban a su joven camarada, los
forzaron a volverse. En aquel momento Bernajoux cayó; y como los guardias eran
sólo dos contra cuatro, se pusieron a gritar: «¡A nosotros, palacio de la
Trémouille!» A estos gritos, todos los que había en el palacio salieron,
abalazándose sobre los cuatro compañeros que por su parte se pusieron a gritar:
«iA nosotros, mosqueteros! »
Este grito era atendido con frecuencia; porque se sabía a los
mosqueteros enemigos de su Eminencia, y se los amaba por el odio que sentían
hacia el cardenal. Por eso los guardias de otras compañías distintas a las que
pertenecían al duque Rojo, como lo había llamado Aramis, por lo general tomaban
partido en esta clase de querellas por los mosqueteros del rey. De tres
guardias de la compañía del señor Des Essarts que pasaban, dos vinieron, pues,
en ayuda de los cuatro compañeros, mientras el otro corría al palacio del señor
de Tréville, gritando: «iA nosotros, mosqueteros, a nosotros!». Como de
costumbre, el palacio del señor de Tréville estaba lleno de soldados de esa
arma, que acudieron en socorro de sus camaradas. La refriega se hizo general,
pero la fuerza estaba del lado de los mosqueteros: los guardias del cardenal y
las gentes del señor de La Trémouille se retiraron al palacio, cuyas puertas
cerraron justo a tiempo para impedir que sus enemigos hicieran irrupción a la
vez que ellos. En cuanto al herido, había sido transportado dentro al principio
y, como hemos dicho, en muy mal estado.
La agitación llegaba a su colmo entre los mosqueteros y sus
aliados, y se deliberaba ya si, para castigar la insolencia que habían tenido
los criados del señor de La Trémouille de hacer una salida contra los
mosqueteros del rey, no se prendería fuego a su palacio. La proposición había
sido hecha y acogida con entusiasmo cuando afortunadamente sonaron las once;
D'Artagnan y sus compañeros se acordaron de su audiencia y, como habrían
sentido que se diera un golpe tan hermoso sin ellos, consiguieron calmar los
ánimos. Se contentaron, pues, con arrojar algunos adoquines contra las puertas,
pero las puertas re-sistieron; entonces se cansaron; por otro lado, aquellos
que debían ser mirados como cabecillas de la empresa habían abandonado hacía un
instante el grupo y se encaminaban hacia el palacio del señor de Tréville, que
los esperaba, al corriente ya de esta algarada.
Deprisa, al Louvre dijo , al Louvre sin perder un instante, y
tratemos de ver al rey antes de que sea prevenido por el cardenal; nosotros le
contaremos las cosas como una continuación del asunto de ayer, y los dos
pasarán juntos.
El señor de Tréville, acompañado de los cuatro jóvenes, se
encaminó pues hacia el Louvre; pero, para gran asombro del capitán de los
mosqueteros, le anunciaron que el rey habla ido a montería del ciervo en el
bosque de Saint Germain. El señor de Tréville se hizo repetir dos veces aquella
nueva, y a cada vez sus compañeros vieron su rostro ensombrecerse.
¿Acaso Su Majestad preguntó tenía desde ayer el proyecto de esta
cacería?
No, Excelencia respondió el ayuda de cámrara . Ha sido el
montero mayor el que ha venido a anunciarle esta mañana que la pasada noche
habían apartado un ciervo para él. Al principio respondió que no iría, luego no
ha sabido resistir al placer que le proponía esa caza, y después de comer ha
partido.
¿Ha visto el rey al cardenal? preguntó el señor de Tréville.
Lo más probable respondió el ayuda de cámara , porque esta
mañana he visto los caballos de carroza de Su Eminencia, he preguntado dónde
iba, y me han contestado: «A Saint Germain».
Estamos prevenidos dijo el señor de Tréville . Señores, veré al
rey esta noche; en cuanto a vos, os aconsejo no arriesgaros.
El aviso era demasiado razonable y sobre todo venía de un hombre
que conocía demasiado bien al rey para que los cuatro jóvenes trataran de
discutirlo. El señor de Tréville les invitó pues a volver cada uno a su
alojamiento y a esperar sus noticias.
Al entrar en su palacio, el señor de Tréville pensó que había
que tomar la delantera quejándose el primero. Envió a uno de sus criados a casa
del señor de La Trémouille con una carta en la que rogaba echar fuera de su
casa al guardia del señor cardenal, y reprender a su gentes por la audacia que
habían tenido de hacer una salida contra los mosqueteros. Pero el señor de La
Trémouille, ya prevenido por su escudero, del que, como se sabe, Bernajoux era
pariente, le hizo responder que no correspondía ni al señor de Tréville ni a
sus mosqueteros quejarse, sino más bien al contrario, a él, contra cuyas gentes
habían cargado los mosqueteros y cuyo palacio habían querido quemar. Como el
debate entre estos dos señores habría podido durar largo tiempo, porque cada uno
debía, naturalmente, mantenerse en sus trece, al señor de Tréville se le
ocurrió un expediente que tenía por meta acabar con todo, y era ir a buscar él
mismo al señor de La Trémouille.
Se dirigió; pues, en seguida a su palacio, y se hizo anunciar.
Los dos señores se saludaron cortésmente, ya que, si no había
amistad entre ellos, había al menos estima. Los dos eran personas de ánimo y de
honor, y como el señor de La Trémouille, protestante y que sólo veía rara vez
al rey, no era de ningún partido, no llevaba por lo general a sus relaciones
sociales prevención alguna. Aquella vez, sin embargo, su acogida, aunque
cortés, fue más fría que de costumbre.
Señor dijo el señor de Tréville , ambos creemos tener motivo de
queja uno del otro, y yo mismo he venido para que juntos saquemos este asunto a
la luz.
De buen grado respondió el señor de La Trémouille , pero os
prevengo que estoy bien informado, y toda la culpa es de vuestros mosqueteros.
Sois un hombre demasiado justo y demasiado razonable, señor dijo
el señor de Tréville , para no aceptar la propuesta que voy a haceros.
Hacedla, señor, os escucho.
¿Cómo se encuentra el señor Bernajoux, el pariente de vuestro
escudero?
Pues muy mal, séñor. Además de la estocada que ha recibido en el
brazo y que no es nada peligrosa, ha pescado otra que le ha atravesado el
pulmón, al punto de que el médico dice tristes cosas.
Pero ¿ha conservado el herido su conocimiento?
Perfectamente.
¿Habla?
Con dificultad, pero habla.
Pues bien, señor, vayamos a su lado; conjurémosle, en nombre del
Dios ante el que quizá va a ser llamado, a decir la verdad. Le tomo por juez de
su propia causa, señor, y lo que diga lo creeré.
El señor de La Trémouille reflexionó un instante; luego, como
era difícil hacer una proposición más razonable, aceptó.
Ambos bajaron a la habitación donde estaba el enfermo. Este, al
ver entrar a estos dos nobles señores que venían a visitarlo, trató de
levantarse en el lecho, pero estaba demasiado débil y, agotado por el esfuerzo
que había hecho, volvió a caer casi sin conocimiento.
El señor de La Trémouille se acercó a él y le hizo respirar
sales que le devolvieron a la vida. Entonces el señor de Tréville, no queriendo
que se le pudiese acusar de haber influenciado al enfermo, invitó al señor de
La Trémouille a interrogarle él mismo.
Lo que había previsto el señor de Tréville ocurrió. Colocado
entre la vida y la muerte como Bernajoux estaba, no tuvo siquiera la idea de
callar un instante la verdad; contó a los dos señores las cosas exactamente tal
como habían ocurrido.
Era todo lo que quería el señor de Tréville; deseó a Bernajoux
una pronta convalecencia, se despidió del señor de La Trémouille, volvió a su
palacio e hizo avisar a los cuatro amigos que les esperaba a cenar.
El señor de Tréville recibía a muy buena compañía, por supuesto
anticardenalista. Se comprende, pues, que la conversación girase durante toda
la cena sobre los dos fracasos que acababan de sufrir los guardias de Su
Eminencia. Y como D'Artagnan había sido el héroe de aquellas dos jornadas, fue
sobre él sobre el que cayeron todas las felicitaciones, que Athos, Porthos y
Aramis le dejaron no sólo como buenos amigos sino como hombres que habían
tenido con bastante frecuencia su vez para dejarle a él la suya.
Hacia las seis, el señor de Tréville anunció que se veía
obligado a ir al Louvre; pero como la hora de la audiencia concedida por Su
Majestad había pasado, en lugar de solicitar la entrada por la escalera
pequeña, se plantó con los cuatro hombres en la antecámara. El rey no había
vuelto aún de caza. Nuestros jóvenes hacía apenas media hora que esperaban,
mezclados con el gentío de los cortesanos, cuando todas las puertas se abrieron
y se anunció a Su Majestad.
A este anuncio, D'Artagnan se sintió temblar hasta la médula de
los huesos. El instante que iba a seguir debía, con toda probabilidad, decidir
el resto de su vida. Por eso sus ojos se fijaron con angustia en la puerta por
la que debía entrar el rey.
Luis XIII apareció marchando el primero; iba vestido con el
traje de caza, lleno de polvo aún, con botas altas y con la fusta en la mano. A
la primera ojeada, D'Artagnan juzgó que el ánimo del rey se hallaba en plena
tormenta.
Esta disposición, por visible que fuera en Su Majestad, no
impidió a los cortesanos alinearse a su paso: en las antecámaras reales más
vale ser visto con mirada irritada que no ser visto en absoluto. Los tres
mosqueteros no titubearon pues y dieron un paso hacia adelante, mientras que
D'Artagnan por el contrario permaneció oculto tras ellos; pero aunque el rey
conocía personalmente a Athos, Porthos y Aramis, pasó ante ellos sin mirarlos,
sin hablarles y como si jamás los hubiera visto. En cuanto al señor de
Tréville, cuando los ojos del rey se detuvieron un instante sobre él, sostuvo
aquella mirada con tanta firmeza que fue el rey quien apartó la vista; tras
ello, siempre mascullando, Su Majestad volvió a sus habitaciones.
Las cosas van mal dijo Athos sonriendo , y todavía no nos harán
caballeros de la orden esta vez.
Esperad aquí diez minutos dijo el señor de Tréville , y si al
cabo de diez minutos no me veis salir, regresad a mi palacio, porque será
inútil que me esperéis más tiempo.
Los cuatro jóvenes esperaron diez minutos, un cuarto de hora,
veinte minutos; y viendo que el señor de Tréville no aparecía, se fueron muy
inquietos por lo que fuera a suceder.
El señor de Tréville había entrado osadamente en el gabinete del
rey, y había encontrado a Su Majestad de muy mal humor, sentado en un sillón y
golpeando sus botas con el mango de su fusta, cosa que no le había impedido
pedirle con la mayor flema noticias de su salud.
Mala, señor, mala respondió el rey , me aburro.
En efecto, era la peor enfermedad de Luis XIII, quien a menudo
tomaba a uno de sus cortesanos, lo atraía a una ventana y le decía: Señor tal,
aburrámonos juntos.
¡Cómo! ¡Vuestra Majestad se aburre! dijo el señor de Tréville .
¿Acaso no ha recibido placer hoy de la caza?
¡Vaya placer, señor! Todo degenera, a fe mía, y no sé si es la
caza la que no tiene ya rastro o son los perros los que no tienen nariz.
Lanzamos un ciervo de diez años, lo corremos durante seis horas, y cuando está
a punto de ser cogido, cuando Saint Simon pone ya la trompa en su boca para
hacer sonar el alalí, icrac!, toda la jauría se deja engañar y se lanza sobre
un cervato. Como veis me veré obligado a renunciar a la montería como he
renunciado a la caza de vuelo. ¡Ay, soy un rey muy desgraciado, señor de
Tréville! No tenía más que un gerifalte y se murió anteayer.
En efecto, Sire, comprendo vuestra desesperación, y la desgracia
es grande; pero según creo os queda todavía un buen número de halcones,
gavilanes y terzuelos.
Y ningún hombre para instruirlos; los halconeros se van, sólo yo
conozco ya el arte de la montería. Después de mí todo estará dicho, y se cazará
con armadijos, cepos y trampas. ¡Si tuviera tiempo todavía de formar alumnos!
Pero sí, el señor cardenal está que no me deja un momento de reposo, que me
habla de España, que me habla de Austria, que me habla de Inglaterra. ¡Ah!, a
propósito del señor cardenal, señor de Tréville, estoy descontento de vos.
El señor de Tréville esperaba al rey en este esguince. Conocía
al rey de mucho tiempo atrás; había comprendido que todas sus lamentaciones no
eran más que un prefacio, una especie de excitación para alentarse a sí mismo,
y que era a donde había llegado por fin a donde quería venir.
¿Y en qué he sido yo tan desafortunado para desagradar a Vuestra
Majestad? preguntó el señor de Tréville fingiendo el más profundo asombro.
¿Así es como hacéis vuestra tarea señor? prosiguió el rey sin
responder directamente a la pregunta del señor de Tréville . ¿Para eso es para
lo que os he nombrado capitán de mis mosqueteros, para que asesinen a un
hombre, amotinen todo un barrio y quieran incendiar Paris sin que vos digáis
una palabra? Pero por lo demás –continuó el rey , sin duda me apresuro a
acusaros, sin duda los perturbadores están en prisión y vos venís a anunciarme
que se ha hecho justicia.
Sire respondió tranquilamente el señor de Tréville , vengo por
el contrario a pedirla.
¿Y contra quién? exclamó el rey.
Contra los calumniadores dijo el señor de Tréville.
¡Vaya, eso sí que es nuevo! prosiguió el rey . ¿No iréis a
decirme que esos tres malditos mosqueteros, Athos, Porthos y Aramis y vuestro
cadete de Béarn no se han arrojado como furias sobre el pobre Bernajoux y no lo
han maltratado de tal forma que es probable que esté a punto de fallecer? ¿No
iréis a decir luego que no han asediado el palacio del duque de La Trémouille,
ni que no han querido quemarlo? Cosa que no habría sido gran desgracia en
tiempo de guerra, dado que es un nido de hugonotes, pero que en tiempo de paz
es un ejemplo molesto. Decid, ¿vais a negar todo esto?
¿Y quién os ha hecho ese hermoso relato, Sire? preguntó
tranquilamente el señor de Tréville.
¿Quién me ha hecho ese hermoso relato, señor? ¿Y quién queréis
que sea, si no aquel que vela cuando yo duermo, que trabaja cuando yo me
divierto, que lleva todo dentro y fuera del reino, tanto en Francia como en
Europa?
Su majestad quiere hablar de Dios, sin duda dijo el señor de
Tréville , porque no conozco más que a Dios que esté por encima de Su Majestad.
No, señor; me refiero al sostén del Estado, a mi único servidor,
a mi único amigo, al señor cardenal.
Su eminencia no es Su Santidad, Sire.
¿Qué queréis decir con eso, señor?
Que no hay nadie más que el papa que sea infalible, y que esa
infalibilidad no se extiende a los cardenales.
¿Queréis decir que me engaña, queréis decir que me traiciona?
Entonces le acusáis. Veamos, decid, confesad francamente de qué le acusáis.
No, Sire, pero digo que se equivoca; digo que ha sido mal
informado; digo que se ha apresurado a acusar a los mosqueteros de Vuestra
Majestad, para con los que es injusto, y que no ha ido a sacar sus informes de
buena fuente.
La acusación viene del señor de La Trémouille, del duque mismo.
¿Qué respondéis a eso?
Podría responder, Sire, que está demasiado interesado en la
cuestión para ser un testigo imparcial; pero lejos de eso, Sire, tengo al duque
por un gentilhombre, y me remito a él, pero con una condición, Sire.
¿Cuál?
Que Vuestra Majestad le haga venir, le interrogue pero por sí
misma, frente a frente, sin testigos, y que yo vea a Vuestra Majestad tan
pronto como haya recibido al duque.
¡Claro que sí! dijo el rey . ¿Y vos os remitís a lo que diga el
señor de La Trémouille?
Sí, Sire.
¿Aceptáis su juicio?
Indudablemente.
¿Y os someteréis a las reparaciones que exija?
Totalmente.
¡La Chesnaye! gritó el rey . ¡La Chesnaye!
El ayuda de cámara de confianza de Luis XIII, que permanecía
siempre a la puerta, entró.
La Chesnaya dijo el rey , que vayan inmediatamente a buscarme al
señor de La Trémouille; quiero hablar con él esta noche.
¿Vuestra Majestad me da su palabra de que no verá a nadie entre
el señor de Trémouille y yo?
A nadie, palabra de gentilhombre.
Hasta mañana entonces, Sire.
Hasta mañana, señor.
¿A qué hora, si le place a Vuestra Majestad?
A la hora que queráis.
Pero si vengo demasiado de madrugada temo despertar a Vuestra
Majestad.
¿Despertarme? ¿Acaso duermo? Yo no duermo ya, señor; sueño
algunas cosas, eso es todo. Venid, pues, tan pronto como queráis, a las siete;
pero ¡ay de vos si vuestros mosqueteros son culpables!
Si mis mosqueteros son culpables, Sire, los culpables serán
puestos en manos de Vuestra Majestad, que ordenará de ellos lo que le plazca.
¿Vuestra Majestad exige alguna cosa más? Que hable, estoy dispuesto a
obedecerla.
No, señor, no, y no sin motivo se me ha llamado Luis el Justo.
Hasta mañana pues, señor, hasta mañana.
Dios guarde hasta entonces a Vuestra Majestad.
Aunque poco durmió el rey, menos durmió aún el señor de
Tréville; había hecho avisar aquella misma noche a sus tres mosqueteros y a su
compañero para que se encontrasen en su casa a las seis y media de la mañana.
Los llevó con él sin afirmarles nada, sin prometerles nada, y sin ocultarles
que el favor de ellos y el suyo propio estaba en manos del azar.
Llegado al pie de la pequeña escalera, les hizo esperar. Si el
rey seguía irritado contra ellos, se alejarían sin ser vistos; si el rey
consentía en recibirlos, no habría más que hacerlos llamar.
Al llegar a la antecámara particular del rey, el señor de
Tréville encontró a La Chesnaye, quien le informó de que no habían encontrado
al duque de La Trémouille la noche de la víspera en su palacio, que había
regresado demasiado tarde para presentarse en el Louvre, que acababa de llegar
y que estaba en aquel momento con el rey.
Esta circunstancia plugo mucho al señor de Tréville, que así
estuvo seguro de que ninguna sugerencia extraña se deslizaría entre la
deposición de La Trémouille y él.
En efecto, apenas habían transcurrido diez minutos cuando la
puerta del gabinete se abrió y el señor de Tréville vio salir al duque de La
Trémouille, el cual vino a él y le dijo:
Señor de Tréville, Su Majestad acaba de enviarme a buscar para
saber cómo sucedieron las cosas ayer por la mañana en mi palacio. Le he dicho
la verdad, es decir, que la culpa era de mis gentes, y que yo estaba dispuesto
a presentaros mis excusas. Puesto que os encuentro, dignaos recibirlas y
tenerme siempre por uno de vuestros amigos.
Señor duque dijo el señor de Tréville , estaba tan lleno de
confianza en vuestra lealtad que no quise junto a Su Majestad otro defensor que
vos mismo. Veo que no me había equivocado, y os agradezco que haya todavía en
Francia un hombre de quien se puede decir sin engañarse lo que yo he dicho de
vos.
¡Está bien, está bien! dijo el rey, que había escuchado todos
estos cumplidos entre las dos puertas . Sólo que decidle, Tréville, puesto que
se quiere uno de vuestros amigos, que yo también quisiera ser uno de los suyos,
pero que me descuida; que hace ya tres años que no le he visto, y que sólo lo
veo cuando le mando buscar. Decidle todo eso de mi parte, porque son cosas que
un rey no puede decir por sí mismo.
Gracias, Sire, gracias dijo el duque ; pero que Vuestra Majestad
esté seguro de que no suelen ser los más adictos, y no lo digo por el señor de
Tréville, aquellos que ve a todas horas del día.
¡Ah! Habéis oído lo que he dicho; tanto mejor, duque, tanto
mejor dijo el rey adelantándose hasta la puerta . ¡Ay sois vos, Tréville!
¿Dónde están vuestros mosqueteros? Anteayer os había dicho que me los
trajeseis. ¿Por qué no lo habéis hecho?
Están abajo, Sire, y con vuestra licencia La Chesnaye va a
decirles que suban.
Sí, sí, que vengan en seguida; van a ser las ocho y a las nueve
espero una visita. Id, señor duque, y volved sobre todo. Entrad Tréville.
El duque saludó y salió. En el momento en que abría la puerta,
los tres mosqueteros y D'Artagnan, conducidos por La Chesnaye, aparecían en lo
alto de la escalera.
Venid, mis valientes dijo el rey , venid; tengo que reñiros.
Los mosqueteros se aproximaron inclinándose; D'Artagnan les
siguió detrás.
¡Diablos! continuó el rey . Entre vosotros cuatro, ¡siete
guardias de Su Eminencia puestos fuera de combate en dos días! Es demasiado,
señores, es demasiado. A esta marcha, Su Eminencia se verá obligado a renovar
su compañía dentro de tres semanas, y yo a hacer aplicar los edictos en todo
rigor. Uno por casualidád, no digo que no; pero siete en dos días, lo repito,
es demasiado, es muchísimo.
Por eso, Sire, Vuestra Majestad ve que vienen todo contritos y
todo arrepentidos a presentaros excusas.
¡Todo contritos y todo arrepentidos! ¡Hum! dijo el rey . No me
fío una pizca de sus caras hipócritas; hay ahí detrás, sobre todo, una cara de
gascón. Venid aquí, señor.
D'Artagnan, que comprendió que era a él a quien se dirigía el
cumplido, se acercó adoptando su aspecto más desesperado.
Bueno, pero ¿no me decíais que era un joven? ¡Si es un niño,
señor de Tréville, un verdadero niño! ¿Y ha sido él quien ha dado esa ruda
estocada a Jussac?
Y las dos bellas estocadas a Bernajoux.
¿De verdad?
Sin contar dijo Athos , que si no me hubiera sacado de las manos
de Biscarat, a buen seguro no habría tenido yo el honor de hacer en este
momento mi más humilde reverencia a Vuestra Majestad.
¡Pero entonces este bearnés es un verdadero demonio! Voto a los
clavos, señor de Tréville, como habría dicho el rey mi padre. En este oficio,
se deben agujerear muchos jubones y romper muchas espadas. Pero los gascones
suelen ser pobres, ¿no es asî?
Sire, debo decir que aún no se han encontrado minas de oro en
sus montañas, aunque el Señor les deba de sobra ese milagro en recompensa por
la forma en que apoyaron las pretensiones del rey vuestro padre.
Lo cual quiere decir que son los gascones los que me han hecho
rey a mí mismo, dado que yo soy el hijo de mi padre, ¿no es así, Tréville? Pues
bien, sea en buena hora, no digo que no. La Chesnaye, id a ver si, hurgando en
todos mis bolsillos, encontráis cuarenta pistolas; y si las encontráis,
traédmelas. Y ahora, veamos, joven, con la mano en el corazón, ¿cómo ocurrió?
D'Artagnan contó la aventura de la víspera en todos sus
detalles: cómo no habiendo podido dormir de la alegría que experimentaba por
ver a Su Majestad, había llegado al alojamiento de sus amigos tres horas antes
de la audiencia; cómo habían ido juntos al garito, y cómo por el temor que
había manifestado de recibir un pelotazo en la cara, había sido objeto de la
burla de Bernajoux, que había estado a punto de pagar aquella burla con la
pérdida de la vida, y el señor de La Trémouille, que en nada se había mezclado,
con la pérdida de su palacio.
Está bien eso murmuró el rey ; sí, así es como el duque me lo ha
contado. ¡Pobre cardenal! Siete hombres en dos días, y de los más queridos;
pero basta ya, señores, ¿me entendéis? Es bastante; os habéis tomado vuestra
revancha por lo de la calle Férou, y más; debéis estar satisfechos.
Si Vuestra Majestad lo está dijo Tréville , nosotros lo estamos.
Sí, lo estoy añadió el rey tomando un puñado de oro de la mano
de La Chesnaye y poniéndolo en la de D'Artagnan . He aquí, dijo, una prueba de
mi satisfacción.
En esa época, las ideas de orgullo que son de recibo en nuestros
días apenas estaban aún de moda. Un gentilhombre recibía de mano a mano dinero
del rey, y no por ello se sentía humillado en nada. D'Artagnan puso, pues, las
cuarenta pistolas en su bolso sin andarse con melindres y agradeciéndoselo
mucho por el contrario a Su Majestad.
¡Bueno! dijo el rey, mirando su péndola . Bueno, y ahora que son
ya las ocho y media, retiraos; porque, ya os lo he dicho, espero a alguien a
las nueve. Gracias por vuestra adhesión, señores. Puedo contar con ella, ¿no es
cierto?
¡Oh, Sire! exclamaron a una los cuatro compañeros . Nos haríamos
cortar en trozos por Vuestra Majestad.
Bien, bien, pero permaneced enteros; es mejor, y me seréis más
útiles. Tréville añadió el rey a media voz mientras los otros se retiraban ,
como no tenéis plaza en los mosqueteros y como, además, para entrar en ese
cuerpo hemos decidido que había que hacer un noviciado, colocad a ese joven en
la compañía de los guardias del señor Des Essarts, vuestro cuñado. ¡Ah,
pardiez, Tréville! Me regocijo con la mueca que va a hacer el cardenal; estará
furioso, pero me da lo mismo; estoy en mi derecho.
Y el rey saludó con la mano a Tréville, que salió y vino a
reunirse con sus mosqueteros, a los que encontró repartiendo con D'Artagnan las
cuarenta pistolas.
Y el cardenal, como había dicho Su Majestad, se puso
efectivamente furioso, tan furioso que durante ocho días abandonó el juego del
rey, lo cual no impedía al rey ponerle la cara más encantadora del mundo, y
todas las veces que lo encontraba preguntarle con su voz más acariciadora:
Y bien, señor cardenal, ¿cómo van ese pobre Bernajoux y ese
pobre Jussac, que son vuestros?
Capítulo VII
Los mosqueteros por dentro
Cuando D'Artagnan estuvo fuera del Louvre y hubo consultado a
sus amigos sobre el empleo que debía hacer de su parte de las cuarenta
pistolas, Athos le aconsejó que encargase una buena comida en la Pomme de Pin,
Porthos que tomase un lacayo, y Aramis que se echase una amante conveniente.
La comida se celebró aquel mismo día, y el lacayo sirvió la
mesa. La comida había sido encargada por Athos y el lacayo proporcionado por
Porthos. Era un picardo al que el glorioso mosquetero había contratado aquel
mismo día y para esta ocasión en el puente de la Tournelle, mientras hacía
círculos al escupir en el agua.
Porthos había pretendido que tal ocupación era prueba de una
organización reflexiva y contemplativa, y lo había llevado sin más
recomendación. La gran cara de aquel gentilhombre, a cuya cuenta se creyó
contratado, había seducido a Planchet tal era el nombre del picardo ; hubo en
él una ligera decepción cuando vio que el puesto estaba ya ocupado por un
cofrade llamado Mosquetón y cuando Porthos le hubo manifestado que la situación
de su casa, aunque grande, no soportaba dos criados, y que tenía que entrar al
servicio de D'Artagnan. Sin embargo, cuando asistió a la comida que daba su amo
y le vio sacar para pagar un puñado de oro de su bolsillo, creyó labrada su
fortuna y agradeció al cielo haber caído en posesión de semejante Creso;
perseveró en esa opinion hasta después del festín, con cuyas sobras reparó
largas abstinencias. Pero al hacer aquella noche la cama de su amo, las
quimeras de Planchet se desvanecieron. La cama era lo único del alojamiento,
que se componía de una antecámara y de un dormitorio. Planchet se acostó en la
antecámara sobre una colcha sacada del lecho de D'Artagnan, de la que
D'Artagnan prescindió en adelante.
Athos, por su parte, tenía un criado que había hecho ingresar a
su servicio de una forma muy particular, y que se llamaba Grimaud. Era muy
silencioso aquel digno señor. Hablamos de Athos, por supuesto. Desde hacía
cinco o seis años vivía en la más profunda intimidad con sus compañeros Athos y
Aramis, los cuales recordaban haberle visto sonreír a menudo, pero jamás le
habían oído reír. Sus palabras eran breves y expresivas, diciendo siempre lo
que querían decir, nada más: nada de adornos, nada de florituras, nada de
arabescos. Su conversación era un hecho sin ningún episodio.
Aunque Athos apenas tuviera treinta años y fuese de gran belleza
de cuerpo y espíritu, nadie le conocía amantes. Jamás hablaba de mujeres. Sólo
que no impedía que se hablase de ellas delante de él, aunque fuera fácil ver
que tal género de conversación, al que no se mezclaba más que con palabras
amargas y observaciones misantrópicas, le era completamente desagradable. Su
reserva, su hurañía y su mutismo hacían de él casi un viejo; para no ir contra
sus costumbres había habituado a Grimaud a obedecerle a un simple gesto o a un
simple movimiento de labios. No le hablaba más que en las circunstancias
supremas.
A veces, Grimaud, que temía a su amo como al fuego, teniendo a
la vez por su persona un gran apego y por su genio una gran veneración, creía
haber entendido perfectamente lo que deseaba, se apresuraba para ejecutar la
orden recibida y hacía precisamente lo contrario. Entonces Athos se encogía de
hombros y sin encolerizarse vapuleaba a Grimaud. Esos días hablaba un poco.
Porthos, como se habrá podido ver, tenía un carácter
completamente opuesto al de Athos: no sólo hablaba mucho, sino que hablaba a
voz en grito; poco le importaba por otro lado, hay que hacerle justicia, que se
le escuchase o no; hablaba por el placer de hablar y por el placer de oírse;
hablaba de todo salvo de ciencias, alegando a este respecto el odio inveterado
que desde su infancia tenía, segun decía, a los sabios. Tenía menos estilo que
Athos, y el sentimiento de su inferioridad a este respecto a menudo le había
hecho, desde el comienzo de su relación, injusto con ese gentilhombre, al que
se había esforzado por superar con sus espléndidos trajes. Pero con una simple
casaca de mosquetero y sólo por su forma de echar atrás la cabeza y dar un
paso, Athos ocupaba en el mismo instante el sitio que le era debido y relegaba
al fastuoso Porthos a segunda fila. Porthos se consolaba llenando la antecámara
del señor de Tréville y los cuerpos de guardia del Louvre con el estruendo de
sus aventuras galantes, de las que Athos no hablaba nunca; y por el momento,
tras haber pasado de la nobleza de ropa a la nobleza de espada, de la fontanera
a la baronesa, no había para Porthos otra cosa que una princesa extranjera que
le quería una_ enormidad.
Un viejo proverbio dice: «A tal amo, tal criado.» Pasemos, pues,
del criado de Athos al criado de Porthos, de Grimaud a Mosquetón.
Mosquetón era un normando a quien su amo había cambiado el
pacífico nombre de Boniface por el infinitamente más sonoro y belicoso de
Mosquetón. Había entrado al servicio de Porthos a condición de ser vestido y
alojado solamente, pero de modo magnífico; no exigía más que dos horas diarias
para consagrarlas a una industria que debía bastarle a satisfacer sus demás
necesidades. Porthos había aceptado el trato: la cosa iba de maravilla. Hacía
cortar para Mosquetón jubones de sus vestidos viejos y de sus capas de
repuesto, y gracias a un sastre muy inteligente que le ponía sus pingajos como
nuevos dándoles la vuelta, y de cuya mujer se sospechaba que quería hacer
descender a Porthos de sus costumbres aristocráticas, Mosquetón hacía muy buena
figura detrás de su amo.
En cuanto a Aramis, cuyo carácter creemos haber expuesto
suficientemente carácter que, por lo demás, como el de sus compañeros, podremos
seguir en su desarrollo , su lacayo se llamaba Bazin. Debido a la esperanza que
su amo tenía de recibir un día las órdenes, iba vestido siempre de negro, como
debe estarlo el servidor de un eclesiástico. Era un hombre del Berry, de
treinta y cinco a cuarenta años, dulce, apacible, regordete, que ocupaba los
ocios que su amo le dejaba leyendo obras pías, haciendo si acaso para dos una
cena de pocos platos pero excelente. Por lo demás, era mudo, ciego, sordo y de
una fidelidad a toda prueba.
Ahora que conocemos, aunque no sea más que superficialmente, a
amos y criados, pasemos a las viviendas ocupadas por cada uno de ellos.
Athos vivía en la calle Férou, a dos pasos del Luxemburgo; su
alojamiento se componía de dos pequeñas habitaciones, muy decentemente
amuebladas, en una casa adornada, cuya hospedera aún joven y realmente todavía
bella le ponía inútilmente ojos de cordera. Algunos retazos de un gran
esplendor pasado se manifestaba aquí y allá en las paredes de este modesto
alojamiento: era, por ejemplo, una espada, ricamente damasquinada, que
remontaba por la forma a los tiempos de Francisco I y cuya empuñadura solamente,
incrustada de piedras preciosas, podía valer doscientas pistolas y que sin
embargo, en sus momentos de mayor penuria, Athos no había consentido nunca en
empeñar ni en vender. Aquella espada había sido durante mucho tiempo la
ambición de Porthos. Porthos habría dado diez años de su vida por poseer
aquella espada.
Cierto día que tenía una cita con una duquesa, trató incluso de
pedirla en préstamo a Athos. Athos, sin decir nada, vació sus bolsillos,
amontonó todas sus joyas: bolsas, cordones y cadenas de oro, y ofreció todo a
Porthos; pero en cuanto a la espada, le dijo, estaba empotrada en su sitio y
sólo debía dejarlo cuando su amo abandonara su alojamiento. Además de su
espada, había también un retrato que representaba a un señor de los tiempos de
Enrique III, vestido con la mayor elegancia, y que llevaba la encomienda del
Santo Espíritu, y este retrato tenía con Athos ciertos parecidos de líneas,
ciertas similitudes de familia que indicaban que aquel gran señor, caballero de
órdenes del rey, era su antepasado.
Finalmente, un cofre de magnífica orfebrería, con las mismas
armas que la espada y el retrato, hacía un juego de chimenea que se daba de
patadas espantosamente con el resto de los adornos. Athos llevaba siempre
consigo la llave de aquel cofre. Pero cierto día lo había abierto delante de
Porthos, y Porthos había podido asegurarse de que el cofre no contenía más que
cartas y papeles: cartas de amor y papeles de familia sin duda.
Porthos vivía en un piso muy amplio y de aparencia suntuosa, en
la calle del Vieux Colombier. Cada vez que pasaba con un amigo por delante de
sus ventanas, en una de las cuales Mosquetón estaba siempre vestido con gran
librea, Porthos alzaba la cabeza y la mano y decía: ¡He ahí mi mansión! Pero
jamás se le encontraba en casa, jamás invitaba a nadie a subir, y nadie podía
hacerse una idea de lo que aquella suntuosa apariencia encerraba de riquezas
reales.
En cuanto a Aramis, habitaba un pequeño piso compuesto por un
gabinete un comedor y un dormitorio, dormitorio que, situado como el resto del
alojamiento en la planta baja, daba a un pequeño jardín lozano, verde, umbroso
a impenetrable a los ojos del vecindario.
En cuanto a D'Artagnan, ya sabemos cómo se había alojado y ya
hemos trabado conocimientos con su lacayo, maese Planchet.
D'Artagnan, que era muy curioso por naturaleza, como lo son por
lo demás las personas que tienen el genio de la intriga, hizo cuantos esfuerzos
pudo por saber lo que eran realmente Athos, Porthos y Aramis; porque bajo esos
nombres de guerra, cada uno de los jóvenes ocultaba sus nombres de
gentilhombre, Athos sobre todo, que olía a gran señor a la legua. Se dirigió,
pues, a Porthos para informarse sobre Athos y Aramis, y a Aramis para conocer a
Porthos.
Por desgracia, el propio Porthos no sabía de la vida de su
silencioso camarada más de lo que había dejado traslucir. Se decía que había
tenido grandes fracasos en sus aventuras amorosas, y que una horrible traición
había envenenado para siempre la vida de aquel hombre galante. ¿Cuál era esa
traición? Todos lo ignoraban.
En cuanto a Porthos, a excepción de su verdadero nombre, que
sólo el señor de Tréville sabía, así como el de sus dos camaradas, su vida era
fácil de conocer. Vanidoso a indiscreto, se veía a su través como a través de
un cristal. Lo único que hubiera podido despistar al investigador habría sido
creerse todo lo bueno que él mismo decía de sí.
En cuanto a Aramis, pese a su aire de no tener ningún secreto,
era muchacho todo adobado en misterios, que respondía poco a las preguntas que
se le hacían sobre los otros, y eludía aquellas que se le hacían sobre él. Un
día, D'Artagnan, después de haberle interrogado largo tiempo sobre Porthos y
haberse enterado del rumor que corría sobre las aventuras galantes del
mosquetero con una princesa, quiso saber a qué atenerse sobre las aventuras de
su interlocutor.
Y vos, querido compañero le dijo , ¿vos qué habláis de las
baronesas, de las condesas y de las princesas de los demás?
Perdón interrumpió Aramis , he hablado porque el propio Porthos
habla de ellas, porque ha gritado todas esas hermosas cosas delante de mí.
Pero, mi querido señor D'Artagnan, creed que, si las hubiera recibido de otra
fuente, o si me hubieran sido confiadas, no habría habido confesor más discreto
que yo.
No lo dudo prosiguió D'Artagnan ; pero, en fin, me parece que
vos mismo tenéis bastante familiaridad con los escudos de armas: testigo,
cierto pañuelo bordado al que debo el honor de vuestro conocimiento.
Aramis aquella vez no se enfadó, sino que adoptó su aire más
modesto y respondió afectuosamente:
Querido, no olvidéis que quiero ser de iglesia y que huyo de
todas las ocasiones mundanas. Aquel pañuelo que visteis en modo alguno me había
sido confiado; había sido olvidado en mi casa por uno de mis amigos. Tuve que
recogerlo para no comprometerlos, a él y a la dama a la que ama. En cuanto a
mí, no tengo ni quiero tener amantes, siguiendo en esto el ejemplo muy juicioso
de Athos, que no las tiene más que yo.
Pero, ¡qué diablos!, no sois abad, dado que sois mosquetero.
Mosquetero por ínterin, querido, como dice el cardenal,
mosquetero contra mi gusto, pero hombre de iglesia en el corazón, creedme.
Athos y Porthos me metieron ahí para entretenerme: tuve, en el momento de ser
ordenado, una pequeña dificultad con... Pero esto apenas os interesa, y os robo
un tiempo precioso.
Nada de eso, me interesa mucho exclamó D'Artagnan , y por ahora
no tengo absolutamente nada que hacer.
Sí, pero yo tengo que rezar mi breviario respondió Aramis ,
después de componer algunos versos que me ha pedido la señora D'Aiguillon;
luego debo pasar por la calle Saint Honoré, para comprar carmín para la señora
de Chevreuse. Como veis, querido amigo, si nada os apremia, yo estoy muy
apremiado.
Y Aramis tendió afectuosamente la mano a su joven compañero, y
se despidió de él.
Por más esfuerzos que hizo, D'Artagnan no pudo saber más sobre
sus tres nuevos amigos. Tomó, pues, la decisión de creer para el presente todo
cuanto se decía de su pasado, esperando revelaciones más serias y más amplias
del porvenir. Mientras tanto, consideró a Athos como a un Aquiles, a Porthos
como a un Ayax, y a Aramis como a un José.
Por lo demás, la vida de los cuatro jóvenes era alegre. Athos
jugaba, y siempre con mala fortuna. Sin embargo, jamás pedía prestado un
céntimo a sus amigos, aunque su bolsa estuviera sin cesar a su servicio; y
cuando había apostado sobre su palabra, siempre hacía despertar a su acreedor a
la seis de la mañana para pagarle su deuda de la víspera.
Porthos tenía rachas: esos días, si ganaba, se le veía insolente
y espléndido; si perdía, desaparecía por completo durante algunos días, al cabo
de los cuales reaparecía con el rostro descolorido y mal gesto, pero con dinero
en sus bolsillos.
En cuanto a Aramis, no jugaba jamás. Pero era el peor mosquetero
y el invitado más desagradable que se pudiese ver. Tenía siempre que trabajar.
A veces, en medio de una comida, cuando todos con la incitación del vino y el
calor de la conversación, creían que había aún para dos o tres horas de
permanencia en la mesa, Aramis miraba a su reloj, se levantaba con una graciosa
sonrisa y se despedía de la compañía para ir, decía él, a consultar a un
casuista con el que tenía cita. Otras veces regresaba a su alojamiento para
escribir una tesis y rogaba a sus amigos no distraerle.
Entonces Athos sonreía con aquella encantadora sonrisa
melancólica que tan bien sentaba a su noble figura, y Porthos bebía jurando que
Aramis no sería nunca más que un cura de aldea.
Planchet, el criado de D'Artagnan, soportó noblemente la buena
fortuna; recibía treinta sous diarios, y durante un mes venía al alojamiento
alegre como un pinzón y afable con su amo. Cuando el viento de la adversidad
comenzó a soplar sobre la pareja de la calle des Fossayeurs, es decir, cuándo
las cuarenta pistolas del rey Luis XIII fueron comidas o casi, comenzó con
quejas que Athos encontró nauseabundas Porthos indecentes y Aramis ridículas.
Athos aconsejó, pues, a D'Ártágnan despedir al bribón; Porthos quería que antes
lo apaleara, y Aramis pretendió que un amo no debía oír más que los cumplidos
que se hacen de él.
Es muy fácil para vos decir eso dijo D'Artagnan ; a vos, Athos,
que vivís mudo con Grimaud, que le prohibís hablar y que, por tanto, no tenéis
nunca malas palabras con él; a vos, Porthos, que lleváis un tren magnífico y
que sois un dios para vuestro criado Mosquetón, y a vos finalmente, Aramis, que
siempre distraído por vuestros estudios teológicos, inspiráis un profundo
respeto a vuestro servidor Bazin, hombre dulce y religioso; pero yo, que no
tengo ni consistencia ni recursos, yo, que no soy mosquetero ni siquiera
guardia, yo, ¿qué haré yo para inspirar cariño, temor o respeto a Planchet?
La cosa es grave respondieron los tres amigos ; es un asunto
interno; con los criados ocurre como con las mujeres, hay que ponerlos en
seguida en el sitio que uno desea que permanezcan. Reflexionad, pues.
D'Artagnan reflexionó y se decidió por vapulear a Planchet
provisionalmente, cosa que fue ejecutada con la conciencia que D’Artagnan ponía
en todo; luego, después de haberlo vapuleado bien, le prohibió abandonar su
servicio sin su permiso. Porque, añadió, el porvenir no me puede fallar; espero
inevitablemente tiempos mejores. Tu fortuna está, pues, hecha si te quedas a mi
lado, y yo soy demasiado buen amo para privarte de tu fortuna concediéndote el
despido que me pides.
Esta manera de actuar infundió en los mosqueteros mucho respeto
hacia la política de D'Artagnan, Planchet quedó igualmente admirado y no habló
más de irse.
La vida de los cuatro jóvenes se había hecho común; D'Artagnan,
que no tenía ningún hábito, puesto que llegaba de su provincia y caía en medio
de un mundo totalmente nuevo para él, tomó por eso los hábitos de sus amigos.
Se levantaban hacia las ocho en invierno, hacia las seis en
verano, y se iban a recibir órdenes y a ver cómo iban los asuntos del señor de
Tréville. D'Artagnan, aunque no fuese mosquetero, hacía el servicio con una
puntualidad conmovedora: estaba siempre de guardia, porque siempre hacía
compañía a aquel de sus tres amigos que montaba la suya. Se le conocía en el
palacio de los mosqueteros y todos le tenían por un buen camarada; el señor de
Tréville, que le había aprecia-do a la primera ojeada y que le tenía verdadero
afecto, no cesaba de recomendarlo al rey.
Por su parte, los tres mosqueteros querían mucho a su joven
camarada. La amistad que unía a aquellos cuatro hombres, y la necesidad de
verse tres o cuatro veces por día, bien para un duelo, bien para asuntos, bien
por placer, les hacían correr sin cesar a unos tras otros como sombras; y se
encontraba siempre a los inseparables buscándose del Luxemburgo a la plaza
Saint Sulpice, o de la calle del Vieux-Colombier al Luxemburgo.
Mientras tanto, las promesas del señor de Tréville seguían su
curso. Un buen día, el rey ordenó al señor caballero Des Essarts tomar a
D'Artagnan como cadete en su compáñía de guardias. D'Artagnan endosó suspirando
aquel uniforme que hubiera querido trocar, al precio de diez años de su
existencia, por la casaca de mosquetero. Pero el señor de Tréville prometió
aquel favor tras un noviciado de dos años, noviciado que podía ser abreviado
por otra parte si se le presentaba a D'Artagnan ocasión de hacer algún servicio
al rey o de acometer al-guna acción brillante. D'Artagnan se retiró con esta
promesa y desde el día siguiente comenzó su servicio.
Entonces fue cuando les llegó a Athos, Porthos y Aramis el turno
de montar guardia con D'Artagnan cuando estaba de guardia. La compañía del
señor caballero Des Essarts tomó así cuatro hombres en lugar de uno el día en
que tomó a D'Artagnan.
Capítulo VIII
Una intriga de corte
Sin embargo, las cuarenta pistolas del rey Luis XIII, como todas
las cosas de este mundo, después de haber tenido un comienzo habían tenido un
fin, y a partir de ese fin nuestros cuatro compañeros habían caído en apuros.
Al principio Athos sostuvo durante algún tiempo a la asociación con sus propios
dineros. Le había sucedido Porthos. y gracias a una de esas desapariciones a
las que estaban habituados. durante casi quince días había subvenido aún a las
necesidades de todos; por fin había llegado la vez de Aramis, que había
cumplido de buena gana, y que, según decía, vendiendo sus libros de teología
había logrado procurarse algunas pistolas.
Entonces, como de costumbre, recurrieron al señor de Tréville,
que dio algunos adelantos sobre el sueldo; pero aquellos adelantos no podían
llevar muy lejos a tres mosqueteros que tenían muchas cuentas atrasadas, y a un
guardia que no las tenía siquiera.
Finalmente, cuando se vio que iba a faltar de todo, se reunieron
en un último esfuerzo ocho o diez pistolas que Porthos jugó. Desgraciadamente,
estaba en mala vena: perdió todo, además de veinticinco pistolas sobre palabra.
Entonces los apuros se convirtieron en penuria: se vio a los
hambrientos seguidos de sus lacayos correr las calles y los cuerpos de guardia,
trincando de sus amigos de fuera todas las cenas que pudieron encontrar;
porque, siguiendo la opinión de Aramis, en la prosperidad había que sembrar
comidas a diestro y siniestro para recoger algunas en la desgracia.
Athos fue invitado cuatro veces y llevó cada vez a sus amigos
con sus criados. Porthos tuvo seis ocasiones a hizo lo propio con sus
camaradas; Aramis tuvo ocho. Era un hombre que, como se habrá podido
comprender, hacía poco ruido y mucha tarea.
En cuanto a D'Artagnan, que no conocía aún a nadie en la
capital, no halló más que un desayuno de chocolate en casa de un cura de su
región, y una cena en casa de un corneta de los guardias. Llevó su ejército a
casa del cura, a quien devoraron sus provisiones de dos meses, y a casa del
corneta, que hizo maravillas; pero, como decía Planchet, sólo se come una vez,
aunque se coma mucho.
D'Artagnan se encontró, pues, bastante humillado por no tener
mas que una comida y media porque el desayuno en casa del cura no podía contar
más que por media comida que ofrecer a sus compañeros a cambio de los festines
que se habían procurado Athos, Porthos y Aramis. Se creía en deuda con la
sociedad, olvidando, en su buena fe completamente juvenil, que él había
alimentado a aquella compañía durante un mes, y su espíritu inquieto se puso a
trabajar activamente. Reflexionó que aquella coalición de cuatro hombres
jóvenes, valien-tes, emprendedores y activos debía tener otra meta que paseos
contoneándose, lecciones de esgrima y bromas más o menos ingeniosas.
En efecto, cuatro hombres como ellos, cuatro hombres consagrados
unos a otros desde la bolsa hasta la vida, cuatro hombres apoyándose siempre,
sin retroceder nunca, ejecutando aisladamente o juntos las resoluciones
adoptadas en común: cuatro brazos amenazando los cuatro puntos cardinales o
volviéndose hacia un solo punto debían inevitablemente, bien de modo
subterráneo, bien a la luz, bien a cara descubierta, bien mediante labor de
zapa, bien por la astucia, bien por la fuerza, abrirse camino hacia la meta que
quisieran alcanzar, por más prohibida o alejada que estuviese. Lo único que
asombraba a D'Artagnan es que sus compañeros no hubieran pensado esto.
El sí, él lo pensaba, y seriamente incluso, estrujándose el
cerebro para encontrar dirección a aquella fuerza única multiplicada por
cuatro, con la que no dudaba que, como con la palanca que buscaba Arquímedes,
se podía levantar el mundo, cuando llamaron suavemente a la puerta. D'Artagnan
despertó a Planchet y le ordenó ir a abrir.
Que de la frase, «D'Artagnan despertó a Planchet», el lector no
vaya a suponer que era de noche o que aún no había llegado el día. ¡No!
Acababan de sonar las cuatro. Planchet, dos horas antes, había venido a pedir
de cenar a su amo, que le respondió con el refrán: «Quien duerme come». Y
Planchet comía durmiendo.
Fue introducido un hombre de cara bastante simple y que tenía
aspecto de burgués.
De buena gana hubiera querido Planchet, para postre, oír la
conversación; pero el burgués declaró a D'Artagnan que por ser importante y
confidencial lo que tenía que decirle deseaba permanecer a solas con él.
D'Artagnan despidió a Planchet e hizo sentarse a su visitante.
Hubo un momento de silencio durante el cual los dos hombres se
miraron para establecer un conocimiento previo, tras lo cual D'Artagnan se
inclinó en señal de que escuchaba.
He oído hablar del señor D'Artagnan como de un joven muy
valiente dijo el burgués , y esa reputación de que goza con motivo me ha
decidido a confiarle un secreto.
Hablad, señor, hablad dijo D'Artagnan, que por instinto olfateó
algo ventajoso.
El burgués hizo una nueva pausa y continuó:
Mi mujer es costurera de la reina, señor, y no carece ni de
prudencia ni de belleza. Hace casi tres años que me hicieron desposarla, aunque
no tenía más que una pequeña dote, porque el señor de La Porte el portamantas
de la reina, es su padrino y la protege...
¿Y bien, señor? preguntó D'Artagnan.
¡Pues bien! prosiguió el burgués . Pues bien señor, mi mujer ha
sido raptada ayer por la mañana cuando salía de su cuarto de trabajo.
¿Y quién ha raptado a vuestra mujer?
Con seguridad no sé nada, señor, pero sospecho de alguien.
¿Y quién es esa persona de la que sospecháis?
Un hombre que la perseguía desde hace tiempo.
¡Diablos!
Pero permitid que os diga, señor prosiguió el burgués , que
estoy convencido de que en todo esto hay menos amor que política.
Menos amor que política dijo D'Artagnan con un gesto pensativo .
¿Y qué sospecháis?
No sé si debería deciros lo que sospecho...
Señor, os haré observar que yo no os pido absolutamente nada.
Sois vos quien habéis venido. Sois vos quien me habéis dicho que tenéis un
secreto que confiarme. Obrad, pues, a vuestro gusto, aún estáis a tiempo de
retiraros.
No, señor, no; me parecéis un joven honesto, y tendré confianza
en vos. Creo, pues, que mi mujer no ha sido detenida por sus amores, sino por
los de una dama más importante que ella.
¡Ah ah! ¿No será por los amores de la señora de Bois Tracy? dijo
D Artagnan, que quiso aparentar ante su burgués que estaba al corriente de los
asuntos de la corte.
Más importante, señor más importante.
¿De la señora D'Aiguillon?
Más importante todavía.
¿De la señora de Chevreuse?
¡Más alto, mucho más alto!
De la... D'Artagnan se detuvo.
Sí, señor respondió tan bajo que apenas se pudo oír al espantado
burgués.
¿Y con quién?
¿Con quién puede ser si no es con el duque de...
El duque de...
¡Sí, señor! respondió el burgués dando a su voz una entonación
más sorda todavía.
Pero ¿cómo sabéis vos todo eso?
¡Ah! ¿Que cómo lo sé?
Sí, ¿cómo lo sabéis? Nada de confidencias a medias o...
¿Comprendéis?
Lo sé por mi mujer, señor por mi propia mujer.
Que lo sabe..., ¿por quién?
Por el señor de La Porte. ¿No os he dicho que era la ahijada del
señor de La Porte el hombre de confianza de la reina? Pues bien, el señor de La
Porte la puso junto a Su Majestad para que nuestra pobre reina tuviera al menos
alguien de quien fiarse, abandonada como está por el rey, espiada como está por
el cardenal, traicionada como es por todos.
¡Ah, ah! Ya se van concretando las cosas dijo D'Artagnan.
Mi mujer vino hace cuatro días, señor; una de sus condiciones
era que vendría a verme dos veces por semana; porque, como tengo el honor de
deciros, mi mujer me quiere mucho; mi mujer, pues vino y me confió que la
reina, en aquel momento, tenía grandes temores.
¿De verdad?
Sí, el señor cardenal, a lo que parece, la persigue y acosa más
que nunca. No puede perdonarle la historia de la zarabanda. ¿Sabéis vos la
historia de la zarabanda?
Pardiez, claro que la sé respondió D'Artagnan, que no sabía nada
en absoluto, pero que quería aparentar estar al corriente.
De suerte que ahora ya no es odio; es venganza.
¿De veras?
Y la reina cree...
Y bien, ¿qué cree la reina?
Cree que han escrito al señor duque de Buckingham en su nombre.
¿En nombre de la reina?
Sí, para hacerle venir a Paris, y una vez venido a Paris, para
atraerle a alguna trampa.
¡Diablo! Pero vuestra mujer, mi querido señor, ¿qué tiene que
ver en todo esto?
Es conocida su adhesión a la reina, y se la quiere alejar de su
ama, o intimidarla por estar al tanto de los secretos de Su Majestad, o
seducirla para servirse de ella como espía.
Es probable dijo D'Artagnan ; pero al hombre que la ha raptado,
¿lo conocéis?
Os he dicho que creía conocerle.
¿Su nombre?
No lo sé; lo que únicamente sé es que es una criatura del
cardenal, su instrumento ciego.
Pero ¿lo habéis visto?
Sí, mi mujer me lo ha mostrado un día.
¿Tiene algunas señas por las que se le pueda reconocer?
Por supuesto, es un señor de gran estatura, pelo negro, tez
morena, mirada penetrante, dientes blancos y una cicatriz en la sien.
¡Una cicatriz en la sien! exclamó D'Artagnan . Y además dientes
blancos, mirada penetrante, tez morena, pelo negro y gran estatura. ¡Es mi
hombre de Meung!
¿Es vuestro hombre, decís?
Sí, sí; pero esto no importa. No, me equivoco, esto simplifica
mucho las cosas por el contrario; si vuestro hombre es el mío, ejecutaré dos
venganzas de un golpe; eso es todo; pero ¿dónde coger a ese hombre?
No lo sé.
¿No tenéis ninguna información sobre su domicilio?
Ninguna; un día que yo llevaba a mi mujer al Louvre, él salía al
tiempo que ella iba a entrar, y me lo señaló.
¡Diablo! ¡Diablo! murmuró D'Artagnan . Todo esto es muy vago.
¿Por quién habéis sabido el rapto de vuestra mujer?
Por el señor de La Porte.
¿Os ha dado algún detalle?
El no tenía ninguno.
¿Y vos no habéis sabido nada por otro lado?
Sí, he recibido...
¿Qué?
Pero no sé si no cometo una gran imprudencia.
¿Volvéis otra vez a las andadas? Sin embargo, os haré observar
que esta vez es algo tarde para retrocedes.
Yo no retrocedo, voto a bríos exclamó el burgués jurando para
hacerse ilusiones . Además, palabra de Bonacieux...
Os llamáis Bonacieux? le interrumpió D'Artagnan.
Sí, ése es mi nombre.
Decíais, pues, ¡palabra de Bonacieux! Perdón si os he
interrumpido; pero me parecía que ese nombre no me era desconocido.
Es posible, señor. Yo soy vuestro casero.
¡Ah, ah! dijo D'Artagnan semincorporándose y saludando . ¿Sois
mi casero?
Sí, señor, sí. Y como desde hace tres meses estáis en mi casa, y
como, distraído sin duda por vuestras importantes ocupaciones, os habéis
olvidado de pagar mi alquiler, como, digo yo, no os he atormentado un solo
instante, he pensado que tendríais en cuenta mi delicadeza.
¡Cómo no, mi querido señor Bonacieux! prosiguió D'Artagnan .
Creed que estoy plenamente agradecido por semejante proceder y que, como os he
dicho, si puedo serviros en algo...
Os creo, señor, os creo, y como iba diciéndoos, palabra de
Bonacieux, tengo confianza en vos.
Acabad, pues, lo que habéis comenzado a decirme.
El burgués sacó un papel de su bolsillo y lo presentó a
D'Artagnan.
¡Una carta! dijo el joven.
Que he recibido esta mañana.
D'Artagnan la abrió, y como el día empezaba a declinar, se
acercó a la ventana. El burgués le siguió.
«No busquéis a vuestra mujer leyó D'Artagnan ; os será devuelta
cuando ya no haya necesidad de ella. Si dais un solo paso para encontrarla
estáis perdido.»
Desde luego es positivo continuó D'Artagnan ; pero, después de
todo, no es más que una amenaza.
Sí, peso esa amenaza me espanta; yo, señor, no soy un hombre de
espada en absoluto; y le tengo miedo a la Bastilla.
¡Hum! hizo D'Artagnan . Pero es que yo temo la Bastilla tanto
como vos. Si no se tratase más que de una estocada, pase todavía.
Sin embargo, señor, había contado con vos para esta ocasión.
¿Sí?
Al veros rodeado sin cesar de mosqueteros de aspecto magnífico y
reconocer que esos mosqueteros eran los del señor de Tréville, y por
consiguiente enemigos del cardenal, había pensado que vos y vuestros amigos,
además de hacer justicia a nuestra pobre reina, estaríais encantados de jugarle
una mala pasada a Su Eminencia.
Sin duda.
Y además había pensado que, debiéndome tres meses de alquiler de
los que nunca os he hablado...
Sí, sí, ya me habéis dado ese motivo, y lo encuentro excelente.
Contando además con que, mientras me hagáis el honor de
permanecer en mi casa, no os hablaré nunca de vuestro alquiler futuro...
Muy bien.
Y añadid a eso, si fuera necesario, que cuento con ofreceros una
cincuentena de pistolas si, contra toda probabilidad, os hallarais en apuros en
este momento.
De maravilla; pero entonces, ¿sois rico, mi querido señor
Bonacieux?
Vivo con desahogo, señor, esa es la palabra; he amontonado algo
así como dos o tres mil escudos de renta en el comercio de la mercería, y sobre
todo colocado al unos fondos en el último viaje del célebre navegante Jean
Mocquet de suerte que, como comprenderéis, señor... ¡Ah! Pero... exclamó el
burgués.
¿Qué? preguntó D'Artagnan.
¿Qué veo ahî?
¿Dónde?
En la calle, frente a vuestras ventanas, en el hueco de aquella
puerta: un hombre embozado en una capa.
¡Es él! gritaron a la vez D'Artagnan y el burgués, reconociendo
los dos al mismo tiempo a su hombre.
¡Ah! Esta vez exclamó D'Artagnan saltando sobre su espada , esta
vez no se me escapará.
Y sacando su espada de la vaina, se precipitó fuera del
alojamiento.
En la escalera encontró a Athos y Porthos que venían a verle. Se
apartaron. D'Artagnan pasó entre ellos como una saeta.
¡Vaya! ¿Adónde comes de ese modo? le gritaron al mismo tiempo
los dos mosqueteros.
¡El hombre de Meung! respondió D'Artagnan, y desapareció.
D'Artagnan había contado más de una vez a sus amigos su aventura
con el desconocido, así como la aparición de la bella viajera a la que aquel
hombre había parecido confiar una misiva tan importante.
La opinión de Athos había sido que D'Artagnan había perdido su
carta en la pelea. Un gentilhombre, según él y, por la descripción que
D'Artagnan había hecho del desconocido, no podía ser más que un gentilhombre ,
un gentilhombre debía ser incapaz de aquella bajeza, de robar una carta.
Porthos no había visto en todo aquello más que una cita amorosa
dada por una dama a un caballero o por un caballero a una dama, y que había
venido a turbar la presencia de D'Artagnan y de su caballo amarillo.
Aramis había dicho que esta clase de cosas, por ser misteriosas,
más valía no profundizarlas.
Comprendieron, pues por algunas palabras escapadas a D'Artagnan,
de qué asunto se trataba, y como pensaron que después de haber cogido a su
hombre o haberlo perdido de vista, D'Artagnan terminaría por volver a subir a
su casa, prosiguieron su camino.
Cuando entraron en la habitación de D'Artagnan, la habitación
estaba vacía: el casero, temiendo las secuelas del encuentro que sin duda iba a
tener lugar entre el joven y el desconocido, había juzgado, debido a la
exposición que él mismo había hecho de su carácter, que era prudente poner pies
en polvorosa.
Capítulo IX
D'Artagnan se perfila
Como habían previsto Athos y Porthos, al cabo de una media hora
D'Artagnan regresó. También esta vez había perdido a su hombre, que había
desaparecido como por encanto. D'Artagnan había corrido, espada en mano, por
todas las calles de alrededor, pero no había encontrado nada que se pareciese a
aquel a quien buscaba; luego, por fin, había vuelto a aquello por lo que habría
debido empezar quizá, y que era llamar a la puerta contra la que el desconocido
se había apoyado; pero fue inútil que hubiera hecho sonar diez o doce veces
seguidas la aldaba, nadie había respondido, y los vecinos que, atraídos por el
ruido, habían acudido al umbral de su puerta o habían puesto las narices en sus
ventanas, le habían asegurado que aquella casa, cuyos vanos por otra parte estaban
cerrados, estaba desde hace seis meses completamente deshabitada.
Mientras D'Artagnan corría por calles y llamaba a las puertas,
Aramis se había reunido con sus dos compañeros, de suerte que, al volver a su
casa, D'Artagnan encontró la reunión al completo.
¿Y bien? dijeron a una los tres mosqueteros al ver entrar a
D'Artagnan con el sudor en la frente y el rostro alterado por la cólera
¡Y bien! exclamó éste arrojando la espada sobre la cama . Ese
hombre tiene que ser el diablo en persona; ha desaparecido como un fantasma,
como una sombra, como un espectro.
¿Creéis en las apariciones? le preguntó Athos a Porthos.
Yo no creo más que en lo que he visto, y como nunca he visto
apariciones, no creo en ellas.
La Biblia dijo Aramis hace ley el creer en ellas; la sombra de
Samuel se apareció a Saúl y es un artículo de fe que me molestaría ver puesto
en duda, Porthos.
En cualquier caso, hombre o diablo, cuerpo o sombra, ilusión o
realidad, ese hombre ha nacido para mi condenación, porque su fuga nos hace
fallar un asunto soberbio, señores, un asunto en el que había cien pistolas y
quizá más para ganar.
¿Cómo? dijeron a la vez Porthos y Aramis.
En cuanto a Athos, fiel a su sistema de mutismo, se contentó con
interrogar a D'Artagnan con la mirada.
Planchet dijo D'Artagnan a su criado, que pasaba en aquel
momento la cabeza por la puerta entreabierta para tratar de sorprender algunas
migajas de la conversación , bajad a casa de mi casero, el señor Bonacieux, y
decidle que nos envíe media docena de botellas de vino de Beaugency: es el que
prefiero.
¡Vaya! ¿Es que tenéis crédito con vuestro casero? preguntó
Porthos.
Sí respondió D'Artagnan , desde hoy. Y estad tranquilos, que, si
su vino es malo, le enviaremos a buscar otro.
Hay que usar y no abusar dijo silenciosamente Aramis.
Siempre he dicho que D'Artagnan era la cabeza fuerte de nosotros
cuatro dijo Athos, quien, despues de haber emitido esta opinión, a la que
D'Artagnan respondió con un saludo, cayó al punto en su silencio acostumbrado.
Pero, en fin, veamos, ¿qué pasa? preguntó Porthos.
Sí dijo Aramis , confiádnoslo, mi querido amigo, a no ser que el
honor de alguna dama se halle interesado por esa confidencia, en cuyo caso
haríais mejor guardándola para vos.
Tranquilizaos respondió D'Artagnan , ningún honor tendrá que
quejarse de lo que tengo que deciros.
Y entonces contó a sus amigos palabra por palabra lo que acababa
de ocurrir entre él y su huésped, y cómo el hombre que había raptado a la mujer
del digno casero era el mismo con el que había tenido que disputar en la
hostería del Franc Meunier.
Vuestro asunto no es malo dijo Athos después de haber degustado
el vino como experto a indicado con un signo de cabeza que lo encontraba bueno
, y se podrá sacar de ese buen hombre de cincuenta a sesenta pistolas. Ahora
queda por saber si cincuenta o sesenta pistolas valen la pena de arriesgar
cuatro cabezas.
Pero prestad atención exclamó D'Artagnan , hay una mujer en este
asunto, una mujer raptada, una mujer a la que sin duda se amenaza, a la que
quizá se tortura, y todo ello porque es fiel a su ama.
Tened cuidado, D'Artagnan, tened cuidado dijo Aramis , os
acaloráis demasiado, en mi opinión, por la suerte de la señora Bonacieux. La
mujer ha sido creada para nuestra perdición, y de ella es de donde nos vienen
todas nuestras miserias.
A esta sentencia de Aramis, Athos frunció el ceño y se mordió
los labios.
No me inquieto por la señora Bonacieux exclamó D'Artagnan , sino
por la reina, a quien el rey abandona, a quien el cardenal persigue y que ve
caer, una tras otra, las cabezas de todos sus amigos.
¿Por qué ella ama lo que más detestamos del mundo, a los
españoles y a los ingleses?
España es su patria respondió D'Artagnan , y es muy lógico que
ame a los españoles, que son hijos de la misma tierra que ella. En cuanto al
segundo reproche que le hacéis, he oído decir que no amaba a los ingleses, sino
a un inglés.
¡Y a fe mía dijo Athos hay que confesar que ese inglés es bien
digno de ser amado! Jamás he visto mayor estilo que el suyo.
Sin contar con que se viste como nadie dijo Porthos . Estaba yo
en el Louvre el día en que esparció sus perlas, y, ipardiez!, yo cogí dos que
vendí por diez pistolas la pieza. Y tú, Aramis, ¿le conoces?
Tan bien como vosotros, señores, porque yo era uno de aquellos a
los que se detuvo en el jardín de Amiens, donde me había introducido el señor
de Putange, el caballerizo de la reina. En aquella época yo estaba en el
seminario, y la aventura me pareció cruel para el rey.
Lo cual no me impediría dijo D'Artagnan , si supiera dónde está
el duque de Buckingham, cogerle por la mano y conducirle junto a la reina,
aunque no fuera más que para hacer rabiar al señor cardenal; porque nuestro
verdadero, nuestro único, nuestro eterno enemigo, señores, es el cardenal, y si
pudiéramos encontrar un medio de jugarle alguna pasada cruel, confieso que
comprometería de buen grado micabeza.
Y el mercero, D'Artagnan prosiguió Athos , ¿os ha dicho que la
reina pensaba que se había hecho venir a Buckingham con un falso aviso?
Eso teme ella.
Esperad dijo Aramis.
¿Qué? preguntó Porthos.
Seguid, seguid, trato de acordarme de las circunstancias.
Y ahora estoy convencido dijo D'Artagnan , de que el rapto de
esa mujer de la reina está relacionado con los acontecimientos de que hablamos,
y quizá con la presencia de Buckingham en Paris.
El gascón está lleno de ideas dijo Porthos con admiración.
Me gusta mucho oírle hablar dijo Athos , su patois me divierte.
Señores prosiguió Aramis , escuchad esto.
Escuchemos a Aramis dijeron los tres amigos.
Ayer me encontraba yo en casa de un sabio doctor en teología al
que consulto a veces por mis estudios...
Athos sonrió.
Vive en un barrio desierto continuó Aramis , sus gustos, su
profesión lo exigen. Y en el momento en que yo salía de su casa...
¿Y bien? preguntaron sus oyentes . ¿En el momento en que salíais
de su casa?
Aramis pareció hacer un esfuerzo sobre sí mismo, como un hombre
que, en plena corriente de mentira, se ve detener por un obstáculo imprevisto;
pero los ojos de sus tres compañeros estaban fijos en él, sus orejas esperaban
abiertas, no había medio de retroceder.
Ese doctor tiene una nieta continuó Aramis.
¡Ah! ¡Tiene una nieta! interrumpió Porthos.
Dama muy respetable dijo Aramis.
Los tres amigos se pusieron a reír.
¡Ah, si os reís o si dudáis prosiguió Aramis , no sabréis nada!
Somos creyentes como mahometanos y mudos como catafalcos . dijo
Athos.
Entonces continúo prosiguió Aramis . Esa nieta viene a veces a
ver a su tío; y ayer ella, por casualidad, se encontraba allí al mismo tiempo
que yo, y tuve que ofrecerme para conducirla a su carroza.
¡Ah! ¿Tiene una carroza la nieta del doctor? interrumpió
Porthos, uno de cuyos defectos era una gran incontinencia de lengua . Buen
conocimiento, amigo mío.
Porthos prosiguió Aramis , ya os he hecho notar más de una vez
que sois muy indiscreto, y que eso os perjudica con las mujeres.
Señores, señores exclamó D'Artagnan, que entreveía el fondo de
la aventura , la cosa es seria; tratemos, pues, de no bromear si podemos.
Seguid, Aramis, seguid.
De pronto, un hombre alto, moreno, con ademanes de
gentilhombre..., vaya, de la clase del vuestro, D'Artagnan.
El mismo quizá dijo éste.
Es posible... continuó Aramis se acercó a mí, acompañado por
cinco o seis hombres que le seguían diez pasos atrás, y con el tono más cortés
me dijo: «Señor duque, y vos madame», continuó dirigiéndose a la dama a la que
yo llevaba del brazo...
¿A la nieta del doctor?
¡Silencio, Porthos! dijo Athos . Sois insoportable.
«Haced el favor de subir en esa carroza, y eso sin tratar de
poner la menor resistencia, sin hacer el menor ruido.»
Os había tomado por Buckingham! exclamó D'Artagnan.
Eso creo respondió Aramis.
Pero ¿y la dama? preguntó Porthos.
¡La había tomado por la reina! dijo D'Artagnan.
Exactamente respondió Aramis.
¡El gascón es el diablo! exclamó Athos . Nada se le escapa.
El hecho es dijo Porthos que Aramis es de la estatura y tiene
algo de porte del hermoso duque; pero, sin embargo, me parece que el traje de
mosquetero...
Yo tenía una capa enorme dijo Aramis.
En el mes de julio, ¡diablos! dijo Porthos . ¿Es que el doctor
teme que seas reconocido?
Me cabe en la cabeza incluso dijo Athos que el espía se haya
dejado engañar por el porte; pero el rostro...
Yo llevaba un gran sombrero dijo Aramis.
¡Dios mío, cuántas precauciones para estudiar teología!
Señores, señores dijo D'Artagnan , no perdamos nuestro tiempo
bromeando; dividámonos y busquemos a la mujer del mercero, es la llave de la
intriga.
¡Una mujer de condición tan inferior! ¿Lo creéis, D'Artagnan?
preguntó Porthos estirando los labios con desprecio.
Es la ahijada de La Porte, el ayuda de cámara de confianza de la
reina. ¿No os lo he dicho, señores.Y además, quizá sea un cálculo de Su
Majestad haber ido, en esta ocasión, a buscar sus apoyos tan bajo. Las altas
cabezas se ven de lejos, y el cardenal tiene buena vista.
¡Y bien! dijo Porthos . Arreglad primero precio con el mercero,
y buen precio.
Es inútil dijo D'Artagnan porque creo que, si no nos paga,
quedaremos suficientemente pagados por otro lado.
En aquel momento, un ruido precipitado resonó en la escalera, la
puerta se abrió con estrépito y el malhadado mercero se abalanzó en la
habitación donde se celebraba el consejo.
¡Ah, señores! exclamó ¡Salvadme, en nombre del cielo, salvadme!
Hay cuatro hombres que vienen para detenerme! ¡Salvadme, salvadme!
Porthos y Aramis se levantaron.
Un momento exclamó D'Artagnan haciéndoles señas de que
devolviesen a la vaina sus espadas medio sacadas ; un momento, no es valor lo
que aquí se necesita, es prudencia.
Sin embargo exclamó Porthos , no dejaremos...
Vos dejaréis hacer a D'Artagnan dijo Athos ; es, lo repito, la
cabeza fuerte de todos nosotros, y por lo que a mí se refiere, declaro que yo
le obedezco. Haz lo que quieras, D'Artagnan.
En aquel momento, los cuatro guardias aparecieron a la puerta de
la antecámara, y al ver a cuatro mosqueteros en pie y con la espada en el
costado, dudaron seguir adelante.
Entrad, señores, entrad gritó D'Artagnan , aquí estáis en mi
casa, y todos nosotros somos fieles servidores del rey y del señor cardenal.
¿Entonces, señores, no os opondréis a que ejecutemos las órdenes
que hemos recibido? preguntó aquel que parecía el jefe de la cuadrilla.
Al contrario, señores, y os echaríamos una mano si fuera
necesario.
Pero ¿qué dice? masculló Porthos.
Eres un necio dijo Athos . ¡Silencio!
Pero me habéis prometido... dijo en voz baja el pobre mercero.
No podemos salvaros más que estando libres respondió rápidamente
y en voz baja D'Artagnan , y si hiciéramos ademán de defenderos, se nos
detendría con vos.
Me parece, sin embargo...
Adelante, señores, adelante dijo en voz alts D'Artagnan , no
tengo ningún motivo para defender al señor. Le he visto hoy por primera vez, y
¡en qué ocasión! El mismo os la dirá: para venir a reclamarme el precio de mi
alquiler. ¿Es c¡erto, señor Bonacieux? ¡Responded!
Es la verdad pura exclamó el mercero-, pero el señor no os
dice...
Silencio sobre mí, silencio sobre mis amigos, silencio sobre la
reina sobre todo, o perderéis a todo el mundo sin salvaros. ¡Vamos, vamos,
señores, llevaos a este hombre!
Y D Artagnan empujó al mercero todo aturdido a las manos de los
guardias, diciéndole:
Sois un tunante querido. ¡Venir a pedirme dinero a mí, a un
mosquetero! ¡A prisión, señores, una vez más, llevadle a prisión, y guardadle
bajo llave el mayor tiempo posible, eso me dará tiempo para pagar!
Los esbirros se confundieron en agradecimientos y se llevaron su
presa.
En el momento en que bajaban, D'Artagnan palmoteó sobre el
hombro del jefe:
¿Y no beberé yo a vuestra salud y vos a la mía? dijo llenando
dos vasos de vino de Béaugency que tenía gracias a la liberalidad del señor
Bonacieux.
Será para mí un gran honor dijo el jefe de los esbirros , y
acepto con gratitud.
Entonces, a la vuestra, señor... ¿cómo os llamáis?
Boisrenad.
¡Señor Boisrenard!
¡A la vuestra, mi gentilhombre! ¿A vuestra vez, cómo os llamáis,
si os place?
D Artagnan.
¡A la vuestra, señor D'Artagnan!
¡Y por encima de todas éstas exclamó D'Artagnan como arrebatado
por su entusiasmo , a la del rey y del cardenal!
Quizá el jefe de los esbirros hubiera dudado de la sinceridad de
D'Artagnan si el vino hubiera sido malo, pero al ser bueno el vino, se quedó
convencido.
Pero ¿qué diablo de villanía habéis hecho? dijo Porthos cuando
el aguacil en jefe se hubo reunido con sus compañeros y los cuatro amigos se
encontraron solos . ¡Vaya! ¡Cuatro mosqueteros dejan arrestar en medio de ellos
a un desgraciado que pide ayuda! ¡Un gentilhombre brindar con un corchete!
Porthos dijo Aramis , ya Athos lo ha prevenido que eras un
necio, y yo soy de su opinión. D'Artagnan, eres un gran hombre, y para cuando
estés en el puesto del señor de Tréville, pido tu protección para conseguir
tener una abadía.
¡Maldita sea! No lo entiendo dijo Porthos . ¿Aprobáis lo que
D'Artagnan acaba de hacer?
Claro que sí dijo Athos ; y no solamente apruebo lo que acaba de
hacer, sino que incluso le felicito por ello.
Y ahora, señores dijo D'Artagnan sin tomarse el trabajo de
explicar su conducta a Porthos , todos para uno y uno para todos, esa es
nuestra divisa, ¿no es as¡?
Pero... dijo Porthos.
-¡Extiende la mano y jura! gritaron a la vez Athos y Aramis.
Vencido por el ejemplo, rezongando por lo bajo, Porthos extendió
la mano y los cuatro amigos repitieron a un solo grito la fórmula dictada por
D'Artagnan:
«Todos para uno, uno para todos.»
Está bien, que cada cual se retire ahora a su casa dijo
D'Artagnan como si no hubiera hecho otra cosa en toda su vida que ordenar , y
atención, porque a partir de este momento, henos aquí enfrentados al cardenal.
Capítulo X
Una ratonera en el siglo XVII
La invención de la ratonera no data de nuestros días; cuando las
sociedades, al formarse, inventaron un tipo de policía cualquiera, esta
policía, a su vez, inventó las ratoneras.
Como quizá nuestros lectores no estén familiarizado aún con el
argot de la calle de Jérusalem, y como desde que escribimos y hace ya unos
quince años de esto es ésta la primera vez que empleamos esa palabra aplicada a
esa cosa, expliquémosles lo que es una ratonera.
Cuando, en una casa cualquiera, se ha detenido a un individuo
sospechoso de un crimen cualquiera, se mantiene en secreto el arresto; se ponen
cuatro o cinco hombres emboscados en la primera pieza, se abre la puerta a
cuantos llaman, se la cierra tras ellos y se los detiene; de esta forma, al
cabo de dos o tres días, se tiene a casi todos los habituales del
establecimiento.
He ahí lo que es una ratonera.
Se hizo, pues, una ratonera de la vivienda de maese Bonacieux, y
todo aquel que apareció fue detenido a interrogado por las gentes del señor
cardenal. Excusamos decir que, como un camino particular conducía al primer
piso que habitaba D'Artagnan, los que venían a su casa eran exceptuados entre
todas las visitas.
Además allí sólo venían los tres mosqueteros; se habían puesto a
buscar cada uno por su lado, y nada habían encontrado ni descubierto. Athos
había llegado incluso a preguntar al señor de Tréville, cosa que, dado el
mutismo habitual del digno mosquetero, había asombrado a su capitán. Pero el
señor de Tréville no sabía nada, salvo que la última vez que había visto al
cardenal, al rey y a la reina, el cardenal tenía el gesto preocupado, el rey
estaba inquieto y los ojos de la reina indicaban que había pasado la noche en
vela o llorando. Pero esta última circunstancia le había sorprendido poco: la
reina, desde su matrimonio, velaba y lloraba mucho.
El señor de Tréville recomendó en cualquier caso a Athos el
servicio del rey y sobre todo de la reina, rogándole hacer la misma
recomendación a sus compañeros.
En cuanto a D'Artagnan, no se movía de su casa. Había convertido
su habitación en observatorio. Desde las ventanas veía llegar a los que venían
a hacerse prender; luego, como había quitado las baldosas del suelo como había
horadado el esamblaje y sólo un simple techo le separaba de la habitación
inferior, en la que se hacían los interrogatorios, oía todo cuanto pasaba entre
los inquisidores y los acusados.
¿La señora Bonacieux os ha entregado alguna cosa para su marido
o para alguna otra persona?
¿El señor Bonacieux os ha entregado alguna cosa para su mujer o
para alguna otra persona?
¿Alguno de los dos os ha hecho alguna confidencia de viva voz?
Si supieran algo, no preguntarían así se dijo a sí mismo
D'Artagnan . Ahora bien ¿qué tratan de saber? Si el duque de Buckingham se
halla en Paris y si ha tenido o debe tener alguna entrevista con la reina.
D'Artagnan se detuvo ante esta idea que, después de todo lo que
había oído, no carecía de verosimilitud.
Mientras tanto la ratonera estaba en servicio permanentemente, y
la vigilancia de D'Artagnan también.
La noche del día siguiente al arresto del pobre Bonacieux cuando
Athos acababa de dejar a D'Artagnan para ir a casa del señor de Trévilie cuando
acababan de sonar las nueve, y cuando Planchet, que no había hecho todavía la
cama, comenzaba su tarea, se oyó llamar a la puerta de la calle; al punto esa
puerta se abrió y se volvió a cerrar: alguien acababa de caer en la ratonera.
D'Artagnan se abalanzó hacia el sitio desenlosado, se acostó
boca abajo y escuchó.
No tardaron en oírse gritos, luego gemidos que se trataban de
ahogar. En cuanto al interrogatorio, no se trataba de eso.
¡Diablos! se dijo D'Artagnan . Me parece que es una mujer: la
registran, ella resiste, la violentan, ¡miserables!
Y D'Artagnan, pese a su prudencia, se contenía para no mezclarse
en la escena que ocurría debajo de él.
Pero si os digo que soy la dueña de la casa, señores; os digo
que soy la señora Bonacieux; los digo que pertenezco a la reina! gritaba la
desgraciada mujer.
¡La señora Bonacieux! murmuró D'Artagnan . ¿Seré lo bastante
afortunado para haber encontrado lo que todo el mundo busca?
Precisamente a vos estábamos esperando dijeron los
interrogadores.
La voz se volvió más y más ahogada: un movimiento tumultuoso
hizo resonar el artesonado. La víctima se resistía tanto como una mujer puede
resistir a cuatro hombres.
Perdón, señores, per... murmuró la voz, que no hizo oír más que
sonidos inarticulados.
La amordazan, van a llevársela exclamó D'Artagnan irguiéndose
como movido por un resorte . Mi espada; bueno, está a mi lado. ¡Planchet!
¿Señor?
Corre a buscar a Athos, Porthos y Aramis. Uno de los tres estará
probablemente en su casa, quizá ya hayan vuelto los tres. Que cojan las armas,
que vengan, que acudan. ¡Ah!, ahora que me acuerdo, Athos está con el señor de
Tréville.
Pero ¿dónde vais, señor, dónde vais?
Bajo por la ventana exclamó D'Artagnan para llegar antes; tú,
vuelve a poner las baldosas, barre el suelo, sal por la puerta y corre donde te
digo.
¡Oh, señor, señor, vais a mataros! exclamó Planchet.
¡Cállate, imbécil! dijo D'Artagnan.
Y aferrándose con la mano al reborde de su ventana, se dejó caer
desde el primer piso, que afortunadamente no era elevado, sin hacerse ningún
rasguño.
Al punto se fue a llamar a la puerta murmurando:
Voy a dejarme coger yo también en la ratonera, y pobres de los
gatos que ataquen a semejante ratón.
Apenas la aldaba hubo resonado bajo la mano del joven cuando el
tumulto cesó, unos pasos se acercaron, se abrió la puerta y D'Artagnan, con la
espada desnuda, se abalanzó en la vivienda de maese Bonacieux, cuya puerta,
movida sin duda por algún resorte, volvió a cerrarse tras él.
Entonces, quienes habitaban aún la desgraciada casa de Bonacieux
y los vecinos más próximos oyeron grandes gritos pataleos, entrechocar de
espaldas y un ruido prolongado de muebles. Luego, un momento después, aquellos
que sorprendidos por aquel ruido habían salido a las ventanas para conocer la
causa, pudieron ver cómo la puerta se abría y no salir a cuatro hombres
vestidos de negro, sino volar como cuervos espantados, dejando por tierra y en
las esquinas de las mesas plumas de sus alas, es decir, jirones de sus vestidos
y trozos de sus capas.
D'Artagnan fue vencedor sin mucho trabajo, hay que decirlo,
porque sólo uno de los aguaciles estaba armado y aún se defendió por guardar
las formas. Es cierto que los otros tres habían tratado de matar al joven con
las sillas, los taburetes y las vasijas; pero dos o tres rasguños hechos por la
tizona del gascón les habían asustado. Diez minutos habían bastado a su
derrota, y D'Artagnan se había hecho dueño del campo de batalla.
Los vecinos, que habían abierto las ventanas con la sagre fría
peculiar de los habitantes de Paris en aquellos tiempos de tumultos y de riñas
perpetuas, las volvieron a cenrar cuando hubieron visto huir a los cuatro
hombres negros: su instinto les decía que por el momento todo estaba acabado.
Además se hacía tarde, y entonces, como hoy, se acostaban
temprano en el barrio de Luxemburgo.
D'Artagnan, solo con la señora Bonacieux, se volvió hacia ella:
la pobre mujer estaba derribada sobre un butacón y semidesvestida. D'Artagnan
la examinó de una ojeada rápida.
Era una encantadora mujer de veinticinco a veintiséis años,
morena con ojos azules, con una nariz ligeramente respingona, dientes
admirables, un tinte marmóreo de rosa y de ópalo. Hasta ahí llegaban los signos
que podían hacerla confundir con una gran dama. Las manos eran blancas, pero
sin finura: los pies no anunciaban a la mujer de calidad. Afortunadamente,
D'Artagnan no se hallaba preocupado todavía por estos detalles.
Mientras D'Artagnan examinaba a la señora Bonacieux y estaba a
sus pies, como hemos dicho, vio en el suelo un fino pañuelo de batista, que
recogió según su costumbre, y en una de cuyas esquinas reconoció la misma
inicial que había visto en el pañuelo que le había obligado a batirse con
Aramis.
Desde aquel momento, D'Artagnan desconfiaba de los pañuelos
blasonados; por eso, sin decir nada, volvió a poner el que había recogido en el
bolsillo de la señora Bonacieux.
En aquel instante, la señora Bonacieux recobraba el sentido.
Abrió los ojos, miró con terror en torno suyo, vio que la habitación estaba
vacía y que estaba sola con su liberador. Le tendió al punto las manos
sonriendo. La señora Bonacieux tenía la sonrisa más encantadora del mundo.
¡Ah, señor! dijo ella . Sois vos quien me habéis salvado;
permitidme que os dé las gracias.
Señora dijo D'Artagnan , no he hecho más que lo que todo gentilhombre
hubiera hecho en mi lugar; no me debéis, pues, ningún agradecimiento.
Claro que sí, señor, claro que sí, y espero probaros que no
habéis prestado un servicio a una ingrata. Pero ¿qué querían de mí esos
hombres, a los que al principio he tomado por ladrones, y por qué el señor
Bonacieux no está aquí?
Señora, esos hombres eran mucho más peligrosos de lo que pudiera
serlo los ladrones, porque son agentes del señor cardenal, y en cuánto a
vuestro marido, el señor Bónacieux no está aquí porque ayer vinieron a
prenderlo para conducirlo a la Bastilla.
¡Mi marido en la Bastilla! exclamó la señora Bonacieux . ¡Oh,
Dios mío! ¿Qué ha hecho? ¡Pobre querido mío, él, la inocencia misma!
Y alguna cosa como una sonrisa apuntaba sobre el rostro aún todo
asustado de la joven.
¿Qué ha hecho, señora? dijo D'Artagnan . Creo que su único
crimen es tener a la vez la dicha y la desgracia de ser vuestro marido.
Pero, señor, sabéis entonces...
Sé que habéis sido raptada, señora.
¿Y por quién? ¿Lo sabéis? ¡Oh, si lo sabéis, decídmelo!
Por un hombre de cuarenta a cuarenta y cinco años, de pelo
negro, de tez morena, con una cicatriz en la sien izquierda.
¡Eso es, eso es! Pero ¿y su nombre?
¡Ah, su nombre! Es lo que yo ignoro.
¿Y mi marido sabía que había sido raptada?
Había sido advertido por una carta que le había escrito el
raptor mismo.
¿Y sospecha preguntó la señora Bonacieux con apuro la causa de
este suceso?
Lo atribuía, según creo, a una causa política.
Yo al principio dudé, y ahora pienso como él. ¿Así es que mi
querido Bonacieux no ha sospechado ni un solo instante de mí...?
¡Lejos de ello, señora, estaba muy orgulloso de vuestra
sabiduría y sobre todo de vuestro amor!
Una segunda sonrisa casi imperceptible afloró a los labios
rosados de la hermosa joven.
Pero prosiguió D'Artagnan ¿cómo habéis huido?
He aprovechado un momento en que me han dejado sola, y como
desde esta mañana sabía a qué atenerme sobre mi rapto, con la ayuda de mis
sábanas he bajado por la ventana; entonces, como creía aquí a mi marido, he
acudido corriendo.
¿Para poneros bajo su protección?
¡Oh! No, pobre hombre, yo sabía de sobra que él era incapaz de
defenderme; pero como podía servirnos para otra cosa, quería prevenirle.
¿De qué?
¡Oh! Ese no es mi secreto, no puedo por tanto decíroslo.
Y además dijo D'Artagnan (perdón, señora, si, como guardia que
soy, os llamo a la prudencia), además creo que no estamos aquí en lugar
oportuno para hacer confidencias. Los hombres que he puesto en fuga van a
volver con ayuda; si nos encuentran aquí, estamos perdidos. Yo he hecho avisar
a tres de mis amigos, pero ¡quién sabe si los habrán encontrado en sus casas!
Sí, sí, tenéis razón exclamó la señora Bonacieux asustada ;
huyamos, corramos.
Tras estas palabras, pasó su brazo bajo el de D'Artagnan y lo
apretó vivamente.
Pero ¿adónde huir? dijo D'Artagnan . ¿Adónde correr?
Lo primero, alejémonos de esta casa, después ya veremos.
Y la joven y el joven, sin molestarse en cerrar la puerta,
descendieron rápidamente por la calle des Fossoyeurs, se adentraron por la
calle des Fossés Monsieur le Prince y no se detuvieron hasta la plaza
Saint-Sulpice.
¿Y ahora qué vamos a hacer preguntó D'Artagnan y adónde queréis
que os conduzca?
Me resulta muy difícil responderos, os lo confieso dijo la
señora Bonacieux ; mi intención era hacer avisar al señor de La Porte por medio
de mi marido, a fin de que el señor de La Porte pudiera decirnos precisamente
lo que había pasado en el Louvre desde hacía tres días, y si había peligro para
mí en presentarme.
Pero yo dijo D'Artagnan puedo avisar al señor de La Porte.
Sin duda; sólo que hay un obstáculo, y es que al señor Bonacieux
lo conocen en el Louvre y le dejarían pasar, mientras que a vos no os conocen y
os cerrarán la puerta.
¡Ah, bah! dijo D'Artagnan . Vos tenéis en algún postigo del
Louvre un conserje que os es adicto, y que gracias a una contraseña...
La señora Bonacieux miró fijamente al joven.
¿Y si os diera esa contraseña dijo ella la olvidaríais tan
pronto como la hubierais utilizado?
¡Palabra de honor, a fe de gentilhombre! dijo D'Artagnan con un
acento en cuya verdad nadie podía equivocarse.
Bueno, os creo: tenéis aspecto de joven valiente y por otra
parte vuestra fortuna está quizá al cabo de vuestra dedicación.
Haré sin promesa y por conciencia todo cuanto pueda para servir
al rey y ser agradable a la reina dijo D'Artagnan ; disponed, pues, de mí como
de un amigo.
¿Y a mí dónde me meteréis durante ese tiempo?
¿No tenéis una persona a cuya casa pueda el señor de La Porte
venir a buscaros?
No, no quiero fiarme de nadie.
Esperad dijo D'Artagnan , estamos a la puerta de Athos. Sí, ésta
es.
¿Quién es Athos?
Uno de mis amigos.
¿Y si está en casa y me ve?
No está, y me llevaré la llave después de haberos hecho entrar
en su habitación.
¿Y si vuelve?
No volverá; además se le dirá que he traído una mujer, y que esa
mujer está en su casa.
Pero eso me comprometerá mucho, ¿no lo sabéis?
¡Qué os importa! Nadie os conoce; además, nos hallamos en una
situación de pasar por alto algunas conveniencias.
Entonces vamos a casa de vuestro amigo. ¿Dónde vive?
En la calle Férou, a dos pasos de aquí.
Vamos.
Y los dos reemprendieron su camera. Como había previsto
D'Artagnan, Athos no estaba en su casa; tomó la llave, que tenían la costumbre
de darle como a un amigo de la casa, subió la escalera a introdujo a la señora
Bonacieux en la pequeña habitación cuya descripción ya hemos hecho.
Estáis en vuestra casa dijo él , tened cuidado, cerrad las
ventanas por dentro y no abráis a nadie, a menos que oigáis dar tres golpes
así, mirad y golpeó tres veces: dos golpes cercanos uno al otro y bastante
fuerte, y un golpe más distante y más ligero.
Está bien dijo la señora Bonacieux ; ahora me toca a mí daros
mis instrucciones.
Escucho.
Presentaros en el portillo del Louvre por el lado de la calle de
l'Echelle y preguntad por Germain.
Está bien. ¿Y después?
Os preguntará qué queréis, y entonces vos le responderéis con
estas dos palabras: Tours y Bruxelles. Al punto se pondrá a vuestras órdenes.
¿Y qué le ordenaré yo?
Ir a buscar al señor de La Porte, el ayuda de cámara de la
reina.
¿Y cuando haya ido a buscarle y el señor de La Porte haya
venido?
Me lo enviaréis.
Está bien, pero ¿cómo os volveré a ver?
¿Os importa mucho volverme a ver?
Por supuesto.
Pues bien, dejadme a mí ese cuidado, y estad tranquilo.
Cuento con vuestra palabra.
Contad con ella.
D'Artagnan saludó a la señora Bonacieux lanzándole la mirada más
amorosa que le fue posible concentrar sobre su encantadora personita, y.
mientras bajaba la escalera, oyó la puerta cerrarse tras él con doble vuelta de
llave. En dos saltos estuvo en el Louvre; cuando entraba en el postigo de
l'Echelle sonaban las diez. Todos los acontecimientos que acabamos de contar
habían sucedido en media hora.
Todo se cumplió como lo había anunciado la señora Bonacieux. A
la consigna convenida, Germain se inclinó; diez minutos después, La Porte
estaba en la portería; en dos palabras, D'Artagnan le puso al corriente y le
indicó dónde estaba la señora Bonacieux. La Porte se aseguró por dos veces la
exactitud de las señas, y partió corriendo. Sin embargo, apenas hubo dado diez
pasos cuando volvió.
Joven le dijo a D'Artagnan , un consejo.
¿Cuál?
Podríais ser molestado por lo que acaba de pasar.
¿Lo creéis?
Sí.
¿Tenéis algún amigo cuya péndola se retrase?
¿Para...?
Id a verle para que pueda testimoniar que estabais en su casa a
las nueve y media. En justicia, esto se llama una coartada.
D'Artagnan encontró prudente el consejo; puso pies en polvorosa,
llegó a casa del señor de Tréville; pero en lugar de pasar al salón con todo el
mundo, pidió entrar en el gabinete. Como D'Artagnan era uno de los habituales
del palacio, no hubo ninguna dificultad para acceder a su demanda; y fueron a
avisar al señor de Tréville que su joven compatriota, teniendo algo importante
que decide, solicitaba una audiencia particular. Cinco minutos después, el
señor de Tréville preguntaba a D'Artagnan qué podía hacer por él y cuál era el
motivo de su visita a una hora tan avanzada.
¡Perdón, señor! dijo D'Artagnan, que había aprovechado el
momento en que se había quedado solo para retrasar el reloj tres cuartos de
hora . He pensado que como no eran más que las nueve y veinticinco minutos, aún
había tiempo para presentarme en vuestra casa.
¡Las nueve y veinticinco minutos! exclamó el señor de Tréville
mirando su péndola . ¡Pero es imposible!
Ya lo veis, señor dijo D'Artagnan , eso lo testimonia.
Es exacto dijo el señor de Tréville , habría creído que era más
tarde. Pero veamos, ¿qué queréis?
Entonces D'Artagnan le hizo al señor de Tréville una larga
historia sobre la reina. Le expuso los temores que había concebido respecto a
Su Majestad; le contó que había oído decir los proyectos del cardenal respecto
a Buckingham, y todo ello con una tranquilidad y un aplomo del que el señor de
Tréville fue tanto mejor la víctima cuanto que, como ya hemos dicho, él mismo
había notado algo nuevo entre el cardenal, el rey y la reina.
Al sonar las diez, D'Artagnan abandonó al señor de Tréville, que
le agradeció sus informes, le recomendó tener siempre en el corazón el servicio
del rey y de la reina, y se volvió al salón. Pero al pie de la escalera,
D'Artagnan se acordó de que había olvidado su bastón; por lo tanto subió
precipitadamente, volvió a entrar en el gabinete, con una vuelta de dedo puso
de nuevo el péndulo en su hora para que no se pudiese percibir al día siguiente
que había sido movido, y seguro desde entonces de que tenía un testigo para
probar su coartada, bajó la escalera y pronto se encontró en la calle.
Capítulo XI
La intriga se anuda
Una vez hecha la visita al señor de Tréville, D'Artagnan tomó,
todo pensativo, el camino más largo para regresar a su casa.
¿En qué pensaba D'Artagnan, que se apartaba así de su ruta,
mirando las estrellas del cielo, tan pronto suspirando como sonriendo?
Pensaba en la señora Bonacieux. Para un aprendiz de mosquetero,
la joven era casi una idealidad amorosa. Bonita, misteriosa, iniciada en casi
todos los secretos de la corte, que reflejaban tanta encantadora gravedad sobre
sus trazos graciosos, era sospechosa de no ser insensible, lo cual es un
atractivo irresistible para los amantes novicios; además, D'Artagnan la había
liberado de manos de aquellos demonios que querían registrarla y maltratarla, y
este importante servicio había establecido entre ella y él uno de esos
sentimientos de gratitud que fácilmente adoptan un carácter más tierno.
D'Artagnan se veía ya, ¡tan deprisa caminan los sueños en alas
de la imaginación!, abordado por un mensajero de la joven que le daba algún
billete de cita, una cadena de oro o un diamante. Ya hemos dicho que los
jóvenes caballeros recibían sin vergüenza de su rey: añadamos que, en aquel
tiempo de moral fácil, no tenían tampoco vergüenza con sus amantes, ni de que
éstas les dejaran casi siempre preciosos y duraderos recuerdos, como si ellas
hubieran tratado de conquistar la fragilidad de sus sentimientos con la solidez
de sus dones.
Se hacía entonces carrera por medio de las mujeres, sin
ruborizarse. Las que no eran más que bellas, daban su belleza, y de ahí viene
sin duda el proverbio según el cual la joven más bella del mundo no puede dar
más que lo que tiene. Las que eran ricas daban además una parte de su dinero, y
se podría citar un buen número de héroes de esa galante época que no hubieran
ganado ni sus espuelas primero, ni sus batallas luego, sin la bolsa más o menos
provista que su amante ataba al arzón de su silla.
D'Artagnan no poseía nada: la indecisión del provinciano, barniz
ligero, flor efímera, vello de melocotón, se había evaporado al viento de los
consejos poco ortodoxos que los tres mosqueteros daban a su amigo. D'Artagnan,
siguiendo la extraña costumbre de la época, miraba a Paris como en campaña, y
esto ni más ni menos que en Flandes: el español allá lejos, la mujer aquí. Por
todas partes había un enemigo que combatir contribuciones que alcanzar.
Pero, digámoslo, por ahora D'Artagnan estaba movido por un
sentimiento más noble y más desinteresado. El mercero le había dicho que era
rico: el joven había podido adivinar que, con un necio como lo era el señor
Bonacieux, debía ser la mujer quien tenía la llave de la bolsa. Pero todo esto
no había influido para nada en el sentimiento producido por la visita de la
señora Bonacieux, y el interés había permanecido casi extraño a este comienzo
de amor que había sido la continuación. Decimos casi, porque la idea de que una
mujer joven, bella, graciosa, espiritual, es rica al mismo tiempo, nada quita a
ese comienzo de amor, todo lo contrario, lo corrobora.
Hay en la holgura una multitud de cuidados y de caprichos
aristocráticos que le van bien a la belleza. Unas medias finas y blancas, un
vestido de seda, un bordado de encaje, una bonita zapatilla en el pie, una
cinta nueva en la cabeza, no hacen bonita a una mujer fea, pero hacen bella a
una mujer bonita, sin contar que las manos ganan con todo esto; las manos,
sobre todo en las mujeres, necesitan permanecer ociosas para permanecer bellas.
Además D'Artagnan, como sabe muy bien el lector, a quien no
hemos ocultado el estado de su fortuna, D'Artagnan no era millonario; esperaba
serlo algún día, pero el tiempo que él mismo se fijaba para ese feliz cambio
estaba bastante lejos. Mientras tanto, ¡qué desesperación ver a una mujer que
se ama desear esas mil naderías con que las mujeres hacen su dicha, y no poder
darle esas mil naderías! Al menos, cuando la mujer es rica y el amante no lo
es, lo que no puede ofrecerle, ella misma se lo ofrece; y aunque por regla
general ella se consiga tal disfrute con el dinero del marido, raro es que sea
él a quien dé las gracias.
Además D'Artagnan, dispuesto a ser el amante más tierno, era
mientras tanto un amigo abnegado. En medio de sus proyectos amorosos sobre la
mujer del mercero, no olvidaba a los suyos. La bonita señora Bonacieux era
mujer para pasear por el llano de Saint Denis o entre el tumulto de Saint
Germain, en compañía de Athos, de Porthos y Aramis, a los cuales D'Artagnan
estaría orgulloso de mostrar una conquista semejante. Luego, cuando se ha
caminado mucho tiempo, llega el hambre: D'Artagnan tras algún tiempo había
notado esto. Harían breves comidas encantadoras en las que se toca por un lado
la mano de un amigo, y por el otro el pie de una amante. En fin, en los
momentos de apuros, en las situaciones extremas, D'Artagnan sería el salvador
de sus amigos.
¿Y el señor Bonacieux, a quien D'Artagnan había empujado a las
manos de los esbirros renegándole en alta voz y a quien había prometido en voz
baja salvarle? Debemos confesar a nuestros lectores que D'Artagnan no pensaba
en él ni por un momento, o que, si pensaba, era para decirse que estaba bien
donde estaba, fuera en la parte que fuera. El amor es la más egoísta de todas
las pasiones.
Sin embargo, que nuestros lectores se tranquilicen: si
D'Artagnan olvida a su hospedero o hace ademán de olvidarlo so pretexto de que
no sabe adónde ha sido conducido, nosotros no lo olvidamos, y nosotros sabemos
dónde está. Pero por ahora, hagamos como el gascón enamorado. En cuanto al
digno mercero, volveremos a él más tarde.
D'Artagnan, mientras reflexionaba en sus futuros amores,
mientras hablaba a la noche, mientras sonreía a las estrellas, remontaba la
calle du Cherche Midi o Chasse Midi, como se llamaba entonces. Como se
encontraba en el barrio de Aramis, le había venido la idea de ir a visitar a su
amigo, para darle algunas explicaciones sobre los motivos que le habían hecho
enviar a Planchet con la invitación de presentarse inmediatamente en la
ratonera. Ahora bien, si Aramis se hubiera encontrado en su casa cuando Planchet
había ido a ella, habría corrido indudablemente a la calle des Fossoyeurs, y al
no encontrar quizá a nadie más que a sus dos compañeros, ni unos ni otros
habían sabido lo que aquello quería decir. Esa molestia merecía, pues, una
explicación; he ahí lo que se decía en voz alta D’Artagnan.
Además, por lo bajo, pensaba que aquella era para él una ocasión
de hablar de la bonita señora Bonacieux, de la que su espíritu, si no su
corazón, estaba ya totalmente lleno. A propósito de un primer amor no es
necesario pedir discreción. Este primer amor va acompañado de una alegría tan
grande que es preciso que esa alegría desborde; sin eso, os ahogaría.
Desde hacía dos horas París estaba sombrío y comenzaba a
quedarse desierto. Las once sonaban en todos los relojes del barrio de
Saint-Germain, hacía una temperatura suave. D'Artagnan seguía una calleja
situada sobre el emplazamiento por el que hoy pasa la calle d Assas, respirando
las emanaciones embalsamadas que venían con el viento de la calle de Vaugirard
y que enviaban los jardines refrescados por el rocío del atardecer y por la
brisa de la noche. A lo lejos resonaban, amortiguados no obstante por buenos
postigòs, los cantos de los bebedores en algunas tabernas perdidas en el llano.
Llegado al cabo de la callejuela, D'Artagnan torció a la izquierda. La casa que
habitaba Aramis se hallaba situada entre la calle Cassete y la calle
Servandoni;.
D'Artagnan acababa de dejar atrás la calle Cassete y reconocía
ya la puerta de la casa de su amigo, enterrada bajo un macizo de sicomoros y de
clemátides que formaban un vasto anillo por encima de ella, cuando percibió
algo como una sombra que salía de la calle Servandoni. Ese algo estaba envuelto
en una capa, y D'Artagnan creyó al principio que era un hombre; pero por la
pequeñez de la talla, por la incertidumbre de los andares, por el embarazo del
paso, pronto reconoció a una mujer. Es más, aquella mujer, como si no hubiera
estado bien segura de la casa que buscaba, alzaba los ojos para orientarse, se
detenía, volvía atrás, luego volvía de nuevo. D'Artagnan quedó intrigado.
«¡Y si fuera a ofrecerle mis servicios! pensó . Por su aspecto
se ve que es joven; quizá sea hermosa. ¡Oh! Sí. Pero una mujer que corre las
calles a esta hora no sale más que para reunirse con su amante. ¡Maldita sea!
Si fuera a perturbar la cita, sería un mal comienzo para entrar en relaciones.»
Sin embargo, la joven seguía avanzando, contando las casas y las
ventanas. No era, por lo demás, cosa larga ni difícil. No había más que tres
palacetes en aquella parte de la calle, y dos ventanas con vistas sobre aquella
calle: la una era de un pabellón paralelo al que ocupaba Aramis, la otra era la
del propio Aramis.
¡Pardiez! se dijo D'Artagnan, a quien la nieta del teólogo venía
a las mientes . ¡Pardiez! Estaría bueno que esa paloma rezagada buscase la casa
de nuestro amigo. Pero, por vida mía, eso sería demasiado. ¡Ah, mi querido
Aramis, por esta vez, quiero tener el corazón limpio!
Y D'Artagnan, haciéndose lo más delgado que pudo, se puso a
cubierto en el lado más oscuro de la calle, junto a un banco de piedra situado
en el fondo de un nicho.
La joven continuó avanzando, porque además de la ligereza de su
paso, que le había traicionado, acababa de hacer oír una breve tos que
denunciaba una voz de las más frescas. D’Artagnan pensó que aquella tos era una
señal.
Sin embargo, bien porque se hubiera respondido a aquella tos
mediante un signo equivalente que había fijado las irresoluciones de la
nocturna buscadora, bien porque sin ayuda extraña hubiera reconocido que había
llegado al fin de su camino, se acercó resueltamente al postigo de Aramis y
llamó con tres intervalos iguales con su dedo encorvado.
¡Vaya con Aramis! murmuró D'Artagnan . ¡Ah, señor hipócrita, os
he cogido haciendo teología!
Apenas fueron dados los tres golpes cuando la ventana interior
se abrió y una luz apareció a través de los vidrios del postigo.
¡Ah, ah! hizo el indiscreto no de las puertas, sino de las
ventanas . ¡Vaya!, esperaban la visita. Veamos, el postigo va a abrirse y la
dama entrará escalando. ¡Muy bien!
Pero, para gran asombro de D Artagnan, el postigo permaneció
cerrado. Además, la luz que había resplandecido un instante desapareció y todo
volvió a la oscuridad.
D'Artagnan pensó que aquello no podía durar así, y continuó
mirando con todos sus ojos y escuchando con todas sus orejas.
Tenía razón: al cabo de unos segundos, dos golpes secos
resonaron en el interior.
La joven de la calle respondió con un solo golpe seco, y el
postigo se entreabrió.
Júzguese si D'Artagnan miraba y escuchaba con avidez.
Desgraciadamente, la luz había sido llevada a otra habitación.
Pero los ojos del joven se habían habituado a la noche. Por otra parte, los
ojos de los gascones tienen, como los de los gatos, según se asegura, la
propiedad de ver durante la noche.
D'Artagnan vio, pues, que la joven sacaba de su bolso un objeto
blanco que desplegó con viveza y que tomó la forma de un pañuelo. Desplegado
aquel objeto, hizo notar una esquina a su interlocutor.
Esto recordó a D'Artagnan aquel pañuelo que había encontrado a
los pies de la señora Bonacieux, que le había recordado el que habia encontrado
a los pies de Aramis.
¿Qué diablos podía, pues, significar aquel pañuelo?
Situado donde estaba, D'Artagnan no podía ver el rostro de
Aramis, y decimos de Aramis porque el joven no tenía ninguna duda de que era su
amigo quien dialogaba desde el interior con la dama del exterior; la curiosidad
pudo en él más que la prudencia y aprovechando la preocupación en que la vista
del pañuelo parecía sumir a los dos personajes que hemos puesto en escena,
salió de su escondite, y raudo como una centella, pero ahogando el ruido de sus
pasos, fue a pegarse a una esquina del muro, desde el que su mirada podía
hundirse perfectamente en el interior de la habitación de Aramis.
Llegado allí, D'Artagnan pensó lanzar un grito de sorpresa: no
era Aramis quien hablaba con la visitante nocturna, era una mujer. Sólo que
D'Artagnan veía bastante para reconocer la forma de sus vestidos, pero no para
distinguir sus rasgos.
En el mismo instante, la mujer de la habitación sacó un segundo
pañuelo de su bolsillo y lo cambió por aquel que acababan de mostrarle. Luego
entre las dos mujeres fueron pronunciadas algunas palabras. Por fin el postigo
se cerró. La mujer que se hallaba en el exterior de la ventana se volvió y vino
a pasar a cuatro pasos de D'Artagnan bajando la toca de su manto; pero la
precaución había sido tomada demasiado tarde y D'Artagnan había reconocido a la
señora Bonacieux.
¡La señora Bonacieux! La sospecha de que era ella le había
cruzado por el espíritu cuando había sacado el pañuelo de su bolso; pero ¿por
qué motivo la señora Bonacieux, que había enviado a buscar al señor de La Porte
para hacerse llevar por él al Louvre, corría las calles de París sola a las
once y media de la noche, con riesgo de hacerse raptar por segunda vez?
Era preciso, por tanto, que fuera por un asunto muy importante.
¿Y qué asunto hay importante para una mujer de veinticinco años? El amor.
Pero ¿era por su cuenta o por cuenta de otra persona por lo que
se exponía a semejantes azares? Esto era lo que se preguntaba a sí mismo el
joven, a quien el demonio de los celos mordía en el corazón ni más ni menos que
a un amante titulado.
Había por otra parte un medio muy simple de asegurarse adónde
iba la señora Bonacieux: era seguirla. Este medio era tan simple que D'Artagnan
lo empleó naturalmente y por instinto.
Pero a la vista del joven que se separaba del muro como una
estatua de su nicho, y al ruido de los pasos que oyó resonar tras ella, la
señora Bonacieux lanzó un pequeño grito y huyó.
D'Artagnan corrió tras ella. No era una cosa difícil para él
alcanzar a una mujer embarazada por su manto. La alcanzó, pues, un tercio más
allá de la calle en que se había adentrado. La desgraciada estaba agotada, no
de fatiga sino de terror, y cuando D'Artagnan le puso la mano sobre el hombro,
ella cayó sobre una rodilla gritando con voz estrangulada:
Matadme si queréis, pero no sabréis nada.
D'Artagnan la alzó pasándole el brazo en torno al talle; pero
como sintió por su peso que estaba a punto de desvanecerse, se apresuró a
traquilizarla con protestas de afecto. Tales protestas no significaban nada
para la señora Bonacieux, porque semejantes protestas pueden hacerse con las
peores intenciones del mundo; pero la voz era todo. La joven creyó reconocer el
sonido de aquella voz; volvió a abrir los ojos, lanzó una mirada sobre el
hombre que le había causado tan gran miedo y, al reconocer a D'Artagnan, lanzó
un grito de alegría.
¡Oh, sois vos! ¡Sois vos! dijo . ¡Gracias, Dios mío!
Sí, soy yo dijo D'Artagnan , yo, a quien Dios ha enviado para
velar por vos.
¿Era con esa intención con la que me seguíais? preguntó con una
sonrisa llena de coquetería la joven cuyo carácter algo burlón la dominaba, y
en la que todo temor había desaparecido desde el momento mismo en que había
reconocido un amigo en aquel a quien había tomado por un enemigo.
No dijo D'Artagnan , no, lo confieso, es el azar el que me ha
puesto en vuestra ruta; he visto una mujer llamar a la ventana de uno de mis
amigos...
¿De uno de vuestros amigos? interrumpió la señora Bonacieux. Sin
duda; Aramis es uno de mis mejores amigos.
¡Aramis! ¿Quién es ése?
Vamos! ¿Vais a decirme que no conocéis a Aramis?
Es la primera vez que oigo pronunciar ese nombre.
Entonces, ¿es la primera vez que vais a esa casa?
Claro.
¿Y no sabíais que estuviese habitada por un joven?
No.
¿Por un mosquetero?
De ninguna manera.
¿No es, pues, a él a quien veníais a buscar?
De ningún modo. Además, ya lo habéis visto, la persona con quien
he hablado es una mujer.
Es cierto; pero esa mujer es de las amigas de Aramis.
Yo no sé nada de eso.
Se aloja en su casa.
Eso no me atañe.
Pero ¿quién es ella?
¡Oh! Ese no es secreto mío.
Querida señora Bonacieux, sois encantadora; pero al mismo tiempo
sois la mujer más misteriosa...
¿Es que pierdo con eso?
No, al contrario, sois adorable.
Entonces, dadme el brazo.
De buena gana. ¿Y ahora?
Ahora conducidme.
¿Adónde?
Adonde voy.
Pero ¿adónde vais?
Ya lo veréis, puesto que me dejaréis en la puerta.
¿Habrá que esperaros.
Será inútil.
Entonces, ¿volveréis sola?
Quizá sí, quizá no.
Y la persona que os acompañará luego, ¿será un hombre, será una
mujer?
No sé nada todavía.
Yo sí, yo sí lo sabré.
¿Y cómo?
Os esperaré para veros salir.
En ese caso, ¡adiós!
¿Cómo?
No tengo necesidad de vos.
Pero habíais reclamado...
La ayuda de un gentilhombre, y no la vigilancia de un espía.
La palabra es un poco dura.
¿Cómo se llama a los que siguen a las personas a pesar suyo?
Indiscretos.
La palabra es demasiado suave.
Vamos, señora, me doy cuenta de que hay que hacer todo lo que
vos queráis.
¿Por qué privaros del mérito de hacerlo en seguida?
¿No hay alguno que se ha arrepentido de ello?
Y vos, ¿os arrepentís en realidad?
Yo no sé nada de mí mismo. Pero lo que sé es que os prometo
hacer todo lo que queráis si me dejáis acompañaros hasta donde vayáis.
Y me dejaréis después?
Sí.
¿Sin espiarme a mi salida?
No.
¿Palabra de honor?
¡A fe de gentilhombre!
Tomad entonces mi brazo y caminemos.
D'Artagnan ofreció su brazo a la señora Bonacieux, que se cogió
de él, mitad riendo, mitad temblando, y los dos juntos ganaron lo alto de la
calle La Harpe. Llegada allí la joven pareció dudar, como ya había hecho en la
calle Vaugirard. Sin embargo, por ciertos signos, pareció reconocer una puerta;
y se acercó a ella.
Y ahora, señor dijo , aquí es donde tengo que venir; mil gracias
por vuestra honorable compañía, que me ha salvado de todos los peligros a que
habría estado expuesta. Pero ha llegado el momento de cumplir vuestra palabra:
yo he llegado a mi destino.
¿Y no tendréis nada que temer a la vuelta?
No tendré que temer más que a los ladrones.
¿Y eso no es nada?
¿Qué podrían robarme? No tengo un denario encima.
Olvidáis ese bello pañuelo bordado, blasonado.
¿Cuál?
El que encontré a vuestros pies y que metí en vuestro bolsillo.
¡Callaos, callaos, desgraciado! exclamó la joven . ¿Queréis
perderme?
Ya veis que todavía hay peligro para vos, puesto que una sola
palabra os hace temblar y confesáis que si oyesen esa palabra estaríais
perdida. ¡Ah, señora exclamó D'Artagnan cogiéndole la mano y cubriéndola con
una ardiente mirada , sed más generosa, confiad en mí! No habéis leído todavía
en mis ojos que no hay más que afecto y simpatía en mi corazón.
Claro que sí respondió la señora Bonacieux y si me pedís mis
secretos, os los diré; pero los de los demás, es otra cosa.
Está bien dijo D'Artagnan , yo los descubriré; puesto que tales
secretos pueden tener influencia sobre vuestra vida, es preciso que esos
secretos se conviertan en los míos.
Guardaos de ello exclamó la joven con una serenidad que hizo
temblar a D'Artagnan a su pesar . ¡No os mezcléis en nada de lo que me atañe,
no tratéis de ayudarme en lo que hago! Y esto os lo pido en nombre del interés
que os inspiro, en nombre del servicio que me habéis hecho, y que no olvidaré
en mi vida. Creed ante todo en lo que os digo. No os ocupéis más de mí, no
existo más para vos, que sea como si no me hubierais visto jamás.
¿Aramis debe hacer lo mismo que yo, señora? dijo D'Artagnan
picado.
Es ya la segunda o tercera vez que pronunciáis ese nombre,
señor, y sin embargo os he dicho que no lo conocía.
¿No conocéis al hombre a cuyo postigo vais a llamar? Vamos,
señora, ¿no me creéis demasiado crédulo?
Confesad que habéis inventado esa historia para hacerme hablar,
y que vos mismo habéis creado ese personaje.
Yo no he inventado nada, señora, no creo nada, digo la exacta
verdad.
¿Y decíis que uno de vuestros amigos vive en esa casa?
Lo digo y lo repito por tercera vez, en esa casa es donde vive
mi amigo, y ese amigo es Aramis.
Todo esto se aclarará más tarde murmuró la joven ; ahora, señor,
callaos.
Si pudierais ver mi corazón completamente al descubierto dijo
D'Artagnan , leeríais en él tanta curiosidad que tendríais piedad de mí, y
tanto amor que al instante satisfaríais incluso mi curiosidad. No tenéis nada
que temer de quienes os aman.
Habláis muy deprisa de amor, señor dijo la mujer moviendo la
cabeza.
Es que el amor me ha venido deprisa y por primera vez, y aún no
tengo veinte años.
La joven lo miró a hurtadillas
Escuchad, estoy tras su rastro dijo D'Artagnan Hace tres meses
estuve a punto de tener un duelo con Aramis por un pañuelo semejante al que
habéis mostrado a aquella mujer que estaba en su casa, por un pañuelo marcado
de la misma manera, estoy seguro.
Señor dijo la joven , me cansáis, os lo juro, con esas
preguntas.
Pero vos, señora, tan prudente pensad en ello; si fuerais
arrestada con ese pañuelo, y si ese pañuelo fuera cogido, ¿no os
comprometeríais?
¿Y por qué? ¿Las iniciales no son las mías: C. B., Costance
Bonacieux?
O Camille de Bois Tracy.
Silencio, señor, una vez mas, ¡silencio! ¡Ah! Puesto que los
peligros que corro no os detienen, pensad en los que podéis correr vos.
¿Yo?
Sí, vos. Corréis peligro en la cárcel, corréis peligro de muerte
por el hecho de conocerme.
Entonces no os dejo.
Señor dijo la joven suplicando y juntando las manos , señor, en
el nombre del cielo, en el nombre del honor de un militar, en el nombre de la
cortesía de un gentilhombre, alejaos; ved, suenan las doce, es la hora en que
me esperan.
Señora dijo el joven inclinándose , no sé negar nada a quien me
lo pide así; contentaos, ya me alejo.
Pero ¿no me seguiréis, no me espiaréis?
Regreso a mi casa ahora mismo.
¡Ah, ya sabía yo que erais un buen joven! exclamó la señora
Bonacieux tendiéndole una mano y poniendo la otra en la aldaba de una pequeña
puerta casi perdida en el muro.
D'Artagnan tomó la mano que se le tendía y la besó
ardientemente.
¡Ay, preferiría no haberos visto jamás! exclamó D'Artagnan con
aquella brutalidad ingenua que las mujeres prefieren con frecuencia a las
afectaciones de la cortesía, porque descubre el fondo del pensamiento y prueba
que el sentimiento domina sobre la razón.
¡Pues bien! prosiguió la señora Bonacieux con una voz casi
acariciadora y estrechando la mano de D'Artagnan, que no había abandonado la
suya . ¡Pues bien¡ Yo no diré tanto como vos: lo que está perdido para hoy no
está perdido para el futuro. ¿Quién sabe si cuando yo esté libre un día no
satisfaré vuestra curiosidad?
¿Y hacéis la misma promesa a mi amor? exclamó D'Artagnan en el
colmo de la alegría.
¡Oh! Por ese lado, no quiero comprometerme, eso dependerá de los
sentimientos que vos sepáis inspirarme.
Así, hoy, señora...
Hoy, señor, no estoy segura más que del agradecimiento.
¡Ah! Sois muy encantadora dijo D'Artagnan con tristeza , y
abusáis de mi amor.
No, yo use de vuestra generosidad, eso es todo. Pero, creedlo,
con ciertas personas todo se recobra.
¡Oh, me hacéis el más feliz de los hombres! No olvidéis esta
noche, no olvidéis esta promesa.
Estad tranquilo, en tiempo y lugar me acordaré de todo. ¡Y bien,
partid pues, partid, en nombre del cielo! Me esperaban a las doce en punto, y
voy retrasada.
Cinco minutos.
Sí; pero en ciertas circunstancias cinco minutos son cinco
siglos.
Cuando se ama.
¿Y quién os dice que no tengo un asunto amoroso?
¿Es un hombre el que os espera? exclamó D'Artagnan . ¡Un hombre!
Vamos, que la discusión vuelve a empezar dijo la señora
Bonacieux con media sonrisa que no estaba exenta de cierto tinte de
impaciencia.
No, no, me voy; creo en vos, quiero tener todo el mérito de mi
afecto, aunque ese afecto sea una estupidez. ¡Adiós, señora, adiós!
Y como si no se sintiera con fuerza para separarse de la mano
que sostenía más que mediante una sacudida, se alejó corriendo, mientras la
señora Bonacieux llamaba, como en el postigo, con tres golpes lentos y
regulares; luego, llegado al ángulo de la calle, él se volvió: la puerta se
había abierto y vuelto a cerrar, la bonita mercera había desaparecido.
D'Artagnan prosiguió su camino, había dado su palabra de no
espiar a la señora Bonacieux, y aunque la vida de ella dependiera del lugar
adonde había ido a reunirse, o de la persona que debía acompañarla, D'Artagnan
habría vuelto a su casa, puesto que había dicho que volvía. Cinco minutos
después estaba en la calle des Fossoyeurs.
Pobre Athos decía , no sabrá lo que esto quiere decir. Se habrá
dormido mientras me esperaba, o habrá regresado a su casa, y al volver se habrá
enterado de que había ido allí una mujer. ¡Una mujer en casa de Athos! Después
de todo continuó D'Artagnan , también había una en casa de Aramis. Todo esto es
muy extraño y me intriga mucho saber cómo va a terminar.
Mal, señor, mal respondió una voz que el joven reconoció como la
de Planchet; porque monologando en voz alta, a la manera de las personas muy
preocupadas, se había adentrado por el camino al fondo del cual estaba la
escalera que conducía a su habitación.
¿Cómo mal? ¿Qué quieres decir, imbécil? preguntó D'Artagnan .
¿Qué ha pasado?
Toda clase de desgracias.
¿Cuáles?
En primer lugar, el señor Athos está arrestado.
¡Arrestado! ¡Athos! ¡Arrestado! ¿Por qué?
Lo encontraron en vuestra casa; lo tomaron por vos.
¿Y quién lo ha arrestado?
La guardia que fueron a buscar los hombres negros que vos
pusisteis en fuga.
¡Por qué no ha dicho su nombre! ¿Por qué no ha dicho que no
tenía nada que ver con este asunto?
Se ha guardado mucho de hacerlo, señor; al contrario, se ha
acercado a mí y me ha dicho: «Es tu amo el que necesita su libertad en este
momento, y no yo, porque él sabe todo y yo no sé nada. Le creerán arrestado, y
esto le dará tiempo; dentro de tres días diré quién soy, y entonces tendrán que
dejarme salir.»
¡Bravo, Athos! Noble corazón murmuró D'Artagnan , en eso le
reconozco. ¿Y qué han hecho los esbirros?
Cuatro se lo han llevado no sé adónde, a la Bastilla o al
Fort-l'Evêque; dos se han quedado con los hombres negros, que han registrado
por todas partes y que han cogido todos los papeles. Por fin, los dos últimos,
durante esta comisión, montaban guardia en la puerta; luego, cuando todo ha
acabado, se han marchado dejando la casa vacía y completamente abierta.
¿Y Porthos y Aramis?
Yo no los encontré, no han venido.
Pero pueden venir de un momento a otro, porque tú les dejaste el
recado de que los esperaba.
Sí, señor.
Bueno, no te muevas de aquí; si vienen, avísales de lo que me ha
pasado, que me esperen en la taberna de la Pomme du Pin; aquí habría peligro,
la casa puede ser espiada. Corro a casa del señor de Tréville para anunciarle
todo esto, y me reúno con ellos.
Está bien, señor dijo Planchet.
Pero tú te quedas, tú no tengas miedo dijo D'Artagnan volviendo
sobre sus pasos para recomendar valor a su lacayo.
Estad tranquilo, señor dijo Planchet ; no me conocéis todavía:
soy valiente cuando me pongo a ello; la cosa consiste en ponerme; además, soy
picardo.
Entonces, de acuerdo dijo D'Artagnan ; te haces matar antes que
abandonar tu puesto.
Sí, señor, y no hay nada que no haga para probar al señor que le
soy adicto.
Bueno se dijo a sí mismo D'Artagnan , parece que el método que
empleé con este muchacho es decididamente bueno; lo usaré en su momento.
Y con toda la rapidez de sus piernas, algo fatigadas ya sin
embargo por las carreras de la jornada, D'Artagnan se dirigió hacia la calle du
Vieux Colombier.
El señor de Tréville no estaba en su palacio; su compañía se
hallaba de guardia en el Louvre; él estaba en el Louvre con su compañía.
Había que llegar hasta el señor de Tréville; era importante que
fuera prevenido de lo que pasaba. D'Artagnan decidió entrar en el Louvre. Su
traje de guardia de la compañía del señor Des Essarts debía servirle de
pasaporte.
Descendió, pues, la calle des Petits Augustins y subió el muelle
para tomar el Pont Neuf. Por un instante tuvo la idea de pasar en la barca,
pero al llegar a la orilla del agua había introducido maquinalmente su mano en
el bolsillo y se había dado cuenta de que no tenía con qué pagar al barquero.
Cuando llegaba a la altura de la calle Guénégaud, vio desembocar
de la calle Dauphine un grupo compuesto por dos personas cuyo aspecto le
sorprendió.
Las dos personas que componían el grupo eran: la una, un hombre;
la otra, una mujer.
La mujer tenía el aspecto de la señora Bonacieux, y el hombre se
parecía a Aramis hasta el punto de ser tomado por él.
Además, la mujer tenía aquella capa negra que D'Artagnan veía
aún recortarse sobre el postigo de la calle de Vaugirard y sobre la puerta de
la calle de La Harpe.
Además, el hombre llevaba el uniforme de los mosqueteros.
El capuchón de la mujer estaba vuelto, el hombre tenía su
pañuelo sobre su rostro; los dos, esa doble precaución lo indicaba, los dos
tenían, pues, interés en no ser reconocidos.
Ellos tomaron el puente; era el camino de D'Artagnan, puesto que
D'Artagnan se dirigía al Louvre; D'Artagnan los siguió.
D'Artagnan no había dado veinte pasos cuando quedó convencido de
que aquella mujer era la señora Bonacieux y de que aquel hombre era Aramis.
En el mismo instante sintió que todas las sospechas de los celos
se agitaban en su corazón.
Era doblemente traicionado por su amigo y por aquella a la que
amaba ya como a una amante. La señora Bonacieux le había jurado por todos los
dioses que no conocía a Aramis, y un cuarto de hora después de que ella le
hubiera hecho este juramento la volvía a encontrar del brazo de Aramis.
D'Artagnan no reflexionó que conocía a la bonita mercera desde
hacía tres horas, que no le debía a él nada más que un poco de gratitud por
haberla liberado de los hombres perversos que querían raptarla, y que ella no
le había prometido nada. Se miró como un amante ultrajado, traicionado,
escarnecido; la sangre y la cólera le subieron al rostro, resolvió aclararlo
todo.
La joven mujer y el joven hombre se habían dado cuenta de que
los seguían, y habían doblado el paso. D'Artagnan tomó carrera, los sobrepasó,
luego volvió sobre ellos en el momento en que se encontraban ante la
Samaritaine, alumbrada por un reverbero que proyectaba su claridad sobre toda
aquella parte del puente.
D'Artagnan se detuvo ante ellos, y ellos se detuvieron ante él.
¿Qué queréis, señor? preguntó el mosquetero retrocediendo un
paso y con un acento extranjero que probaba a D'Artagnan que se había
equivocado en una parte de sus conjeturas.
¡No es Aramis! exclamó.
No, señor, no soy Aramis, y por vuestra exclamación veo que me
habéis tomado por otro, y os perdono.
¡Vos me perdonáis! exclamó D'Artagnan.
Sí respondió el desconocido . Dejadme, pues, pasar, porque nada
tenéis conmigo.
Tenéis razón, señor dijo D'Artagnan , nada tengo con vos, sí con
la señora.
¡Con la señora! Vos no la conocéis dijo el extranjero.
Os equivocáis, señor, la conozco.
¡Ah! dijo la señora Bonacieux con un tono de reproche . ¡Ah,
señor! Tenía yo vuestra palabra de militar y vuestra fe de gentilhombre;
esperaba contar con ellas.
Y yo, señora dijo D'Artagnan embarazado . Me habíais prometido.
. .
Tomad mi brazo, señora dijo el extranjero , y continuemos
nuestro camino.
Sin embargo, D'Artagnan, aturdido, aterrado, anonadado por todo
lo que le pasaba, permanecía en pie y con los brazos cruzados ante el
mosquetero y la señora Bonacieux.
El mosquetero dio dos pasos hacia adelante y apartó a D'Artagnan
con la mano.
D'Artagnan dio un salto hacia atrás y sacó su espada.
Al mismo tiempo y con la rapidez de la centella, el desconocido
sacó la suya.
¡En nombre del cielo, milord! exclamó la señora Bonacieux
arrojándose entre los combatientes y tomando las espadas con sus manos.
¡Milord! exclamó D'Artagnan iluminado por una idea súbita .
¡Milord! Perdón señor, es que vois sois...
Milord el duque de Buckingham dijo la señora Bonacieux a media
voz ; y ahora podéis perdernos a todos.
Milord, madame, perdón, cien veces perdón; pero yo la amaba,
milord, y estaba celoso; vos sabéis lo que es amar, milord; perdonadme y
decidme cómo puedo hacerme matar por vuestra gracia.
Sois un joven valiente dijo Buckingham tendiendo a D'Artagnan
una mano que éste apretó respetuosamente ; me ofrecéis vuestros servicios, los
acepto; seguidnos a veinte pasos hasta el Louvre. ¡Y si alguien nos espía,
matadlo!
D'Artagnan puso su espada desnuda bajo su brazo, dejó
adelantarse a la señora Bonacieux y al duque veinte pasos y los siguió,
dispuesto a ejecutar a la letra las instrucciones del noble y elegante ministro
de Carlos I.
Pero afortunadamente el joven secuaz no tuvo ninguna ocasión de
dar al duque aquella prueba de su devoción; y la joven y el hermoso mosquetero
entraron en el Louvre por el postigo de L'Echelle sin haber sido inquietados.
En cuanto a D'Artagnan, se volvió al punto a la taberna de la
Pomme du Pin, donde encontró a Porthos y a Aramis que lo esperaban.
Pero sin darles otra explicación sobre la molestia que les había
causado, les dijo que había terminado solo el asunto para el que por un
instante había creído necesitar su intervención.
Y ahora, arrastrados como estamos por nuestro relato, dejemos a
nuestros tres amigos volver cada uno a su casa, y sigamos por el laberinto del
Louvre al duque de Buckingham y a su guía.
Capítulo XII
Georges Villiers, duque de Buckingham
La señora Bonacieux y el duque entraron en el Louvre sin
dificultad; la señora Bonacieux era conocida por pertenecer a la reina; el
duque llevaba el uniforme de los mosqueteros del señor de Tréville que, como
hemos dicho, estaba de guardia aquella noche. Además, Germain era adicto a los
intereses de la reina, y si algo pasaba, la señora Bonacieux sería acusada de
haber introducido a su amante en el Louvre, eso es todo; cargaba con el crimen:
su reputación estaba perdida, cierto, pero ¿qué valor tiene en el mundo la
reputación de una simple mercera?
Un vez entrados en el interior del patio, el duque y la joven
siguieron el pie de los muros durante un espacio de unos veinticinco pasos;
recorrido ese espacio la señora Bonacieux empujó una pequeña puerta de
servicio, abierta durante el día, pero cerrada generalmente por la noche; la
puerta cedió; los dos entraron y se encontraron en la oscuridad, pero la señora
Bonacieux conocía todas las vueltas y revueltas de aquella parte del Louvre,
destinada a las personas de la servidum-bre. Cerró las puertas tras ella, tomó
al duque por la mano, dio algunos pasos a tientas, asió una barandilla, tocó
con el pie un escalón y comenzó a subir la escalera; el duque contó dos pisos.
Entonces ella torció a la derecha, siguió un largo corredor, volvió a bajar un
piso, dio algunos pasos más todavía, introdujo una llave en una cerradura,
abrió una puerta y empujó al duque en una habitación iluminada solamente por
una lámpara de noche diciendo: «Quedad aquí, milord duque, vendrán». Luego
salió por la misma puerta, que cerró con llave, de suerte que el duque se
encontró literalmente prisionero.
Sin embargo, por más solo que se encontraba, hay que decirlo, el
duque de Buckingham no experimentó por un instante siquiera temor; uno de los
rasgos salientes de su carácter era la búsqueda de la aventura y el amor por lo
novelesco. Valiente, osado, emprendedor, no era la primera vez que arriesgaba
su vida en semejantes tentativas; había sabido que aquel presunto mensaje de
Ana de Austria, fiado en el cual había venido a París, era una trampa, y en
lugar de regresar a Inglaterra, abusando de la posición en que se le había
puesto, había declarado a la reina que no partiría sin haberla visto. La reina
se había negado rotundamente al principio, luego había temido que el duque,
exasperado, cometiese alguna locura. Ya estaba decidida a recibirlo y a
suplicarle que partiese al punto cuando, la tarde misma de aquella decisión, la
señora Bonacieux, que estaba encargada de ir a buscar al duque y conducirle al
Louvre, fue raptada. Durante dos días se ignoró completamente lo que había sido
de ella, y todo quedó en suspenso. Pero una vez libre, una vez puesta de nuevo
en contacto con La Porte, las cosas habían recuperado su curso, y ella acababa
de realizar la peli-grosa empresa que, sin su arresto, habría ejecutado tres
días antes.
Buckingham, que se había quedado solo, se acercó a un espejo.
Aquel vestido de mosquetero le iba de maravilla.
A los treinta y cinco años que entonces tenía, pasaba, y con
razón, por el gentilhombre más hermoso y por el caballero más elegante de
Francia y de Inglaterra.
Favorito de dos reyes, rico en millones, todopoderoso en el
reino que agitaba según su fantasía y calmaba a su capricho, Georges Villiers,
duque de Buckingham, había emprendido una de esas existencias fabulosas que
quedan en el curso de los siglos como asombro para la posteridad.
Por eso, seguro de sí mismo, convencido de su poder, cierto de
que las leyes que rigen a los demás hombres no podían alcanzarlo, iba erecho al
fin que se había fijado, por más que ese fin fuera tan elevado y tan
deslumbrante que para cualquier otro sólo mirarlo habría sido locura. Así es
como había conseguido acercarse varias veces a la bella y orgullosa Ana de
Austria y hacerse amar a fuerza de deslumbramiento.
Georges Villiers se situó, pues, ante un espejo, como hemos
dicho, devolvió a su bella cabellera rubia las ondulaciones que el peso del
sombrero le había hecho perder, se atusó su mostacho, y con el corazón todo
henchido de alegría, feliz y orgulloso de alcanzar el momento que durante tanto
tiempo había deseado, se sonrió a sí mismo de orgullo y de esperanza.
En aquel momento, un puerta oculta en la tapicería se abrió y
apareció una mujer. Buckingham vio aquella aparición en el cristal; lanzó un
grito, ¡era la reina!
Ana de Austria tenía entonces veintiséis o veintisiete años, es
decir, se encontraba en todo el esplendor de su belleza.
Su caminar era el de una reina o de una diosa; sus ojos, que
despedían reflejos de esmeralda, eran perfectamente bellos, y al mismo tiempo
llenos de dulzura y de majestad.
Su boca era pequeña y bermeja y aunque su labio inferior, como
el de los príncipes de la Casa de Austria, sobresalía ligeramente del otro, era
eminentemente graciosa en la sonrisa, pero también profundamente desdeñosa en
el desprecio.
Su piel era citada por su suavidad y su aterciopelado, su mano y
sus brazos eran de una belleza sorprendente y todos los poetas de la época los
cantaban como incomparables.
Finalmente, sus cabellos, que de rubios que eran en su juventud
se habían vuelto castaños, y que llevaba rizados, muy claros y con mucho polvo,
enmarcaban admirablemente su rostro, en el que el censor más rígido no hubiera
podido desear más que un poco menos de rouge, y el escultor más exigente sólo
un poco más de finura en la nariz.
Buckingham permaneció un instante deslumbrado; jamás Ana de
Austria le había parecido tan bella en medio de los bailes, de las fiestas, de
los carruseles como le pareció en aquel momento, vestida con un simple vestido
de satén blanco y acompañada de doña Estefanía, la única de sus mujeres
españolas que no había sido expulsada por los celos del rey y por las
persecuciones de Richelieu.
Ana de Austria dio dos pasos hacia adelante; Buckingham se
precipitó a sus rodillas y, antes de que la reina hubiera podido impedírselo,
besó los bajos de su vestido.
Duque, ya sabéis que no he sido yo quien os ha hecho escribir.
¡Oh! Sí, señora, sí, vuestra majestad exclamó el duque , sé que
he sido un loco, un insensato por creer que la nieve se animaría, que el mármol
se calentaría; mas, ¿qué queréis? Cuando se ama se cree fácilmente en el amor;
además, no he perdido todo en este viaje, puesto que os veo.
Sí respondió Ana , pero debéis saber por qué y cómo os veo,
milord. Os veo por piedad hacia vos mismo; os veo porque, insensible a todas
mis penas, os habéis obstinado en permanecer en una ciudad en la que,
permaneciendo, corréis riesgo de la vida y me hacéis a mí correr el riesgo de
mi honor; os veo para deciros que todo nos separa, las profundidades del mar,
la enemistad de los reinos, la santidad de los juramentos. Es sacrilegio luchar
contra tantas cosas, milord. Os veo, en fin para deciros que no tenemos que
vernos más.
Hablad, señora; hablad, reina dijo Buckingham ; la dulzura de
vuestra voz cubre la dureza de vuestras palabras. ¡Vos habláis de sacrilegio!
Pero el sacrilegio está en la separación de corazones que Dios había formado el
uno para el otro.
Milord exclamó la reina , olvidáis que nunca os he dicho que os
amaba.
Pero jamás me habéis dicho que no me amarais; y, realmente,
decirme semejantes palabras, sería por parte de vuestra majestad una ingratitud
demasiado grande. Porque, decidme, ¿dónde encontráis un amor semejante al mío,
un amor que ni el tiempo, ni la ausencia, ni la desesperación pueden apagar, un
amor que se contenta con una cinta extraviada, con una mirada perdida, con una
palabra escapada? Hace tres años, señora, que os vi por primera vez, y desde
hace tres años os amo así. ¿Queréis que os diga cómo estabais vestida la
primera vez que os vi? ¿Queréis que detalle cada uno de los adornos de vuestro
tocado? Mirad, aún lo veo; estabais sentada en un cojín cuadrado, a la moda de
España; teníais un vestido de satén verde con brocados de oro y de plata; las
mangas colgantes y anudadas sobre vuestros hellos brazos, sobre esos brazos
admirables, con gruesos diamantes; teníais una gorguera cerrada, un pequeño
bonete sobre vuestra cabeza del color de vuestro vestido, y sobre ese bonete
una pluma de garza. ¡Oh! Mirad, mirad, cierro los ojos y os veo tal cual erais
entonces; los abro y os veo cual sois ahora, es decir, ¡cien veces más bella
aún!
¡Qué locura! murmuró Ana de Austria, que no tenía el valor de
admitirle al duque haber conservado tan bien su retrato en su corazón . ¡Qué
locura alimentar una pasión inútil con semejantes recuerdos!
¿Y con qué queréis entonces que yo viva? Yo no tengo más que
recuerdos. Es mi felicidad, es mi tesoro, es mi esperanza. Cada vez que os veo,
es un diamante más que guardo en el escriño de mi corazón. Este es el cuarto
que vos dejáis caer y que yo recojo; porque en tres años, señora, no os he
visto más que cuatro veces: esa primera de que acabo de hablaros, la segunda en
casa de la señora de Chevreuse, la tercera en los jardines de Amiens.
Duque dijo la reina ruborizándose no habléis de esa noche.
¡Oh! Al contrario, hablemos, señora, hablemos de ella; es la
noche feliz y resplandeciente de mi vida. ¿Os acordáis de la bella noche que
hacía? ¡Cuán dulce y perfumado era el aire, cuán azul el cielo todo esmaltado
de estrellas! ¡Ah! Aquella vez, señora, pude estar un instante a solas con vos;
aquella vez vos estabais dispuesta a decirme todo: el aislamiento de vuestra
vida, las penas de vuestro corazón. Vos estabais apoyada en mi brazo, mirad, en
éste. Al inclinar mi cabeza a vuestro lado, yo sentía vuestros hermosos
cabellos rozar mi rostro, y cada vez que me rozaban yo temblaba de la cabeza a
los pies. ¡Oh, reina, reina! ¡Oh! No sabéis cuánta felicidad del cielo, cuánta
alegría del paraíso hay encerradas en un momento semejante. Mirad, mis bienes,
mi fortuna, mi gloria, ¡todos los días que me quedan por vivir a cambio de un
momento semejante y de una noche parecida! Porque esa noche, señora, esa noche
vos me amabais, os lo juro.
Milord, es posible, sí, que la influencia del lugar, que el
encanto de aquella hermosa noche, que la fascinación de vuestra mirada, que
esas mil circunstancias, en fin, que se juntan a veces para perder a una mujer,
se hayan agrupado en torno mío en aquella noche fatal; pero ya lo visteis,
milord; la reina vino en ayuda de la mujer que flaqueaba: a la primera palabra
que osasteis decir, a la primera osadía a la que tuve que responder, pedí
ayuda.
¡Oh! Sí, sí, eso es cierto, y cualquier otro amor distinto al
mío habría sucumbido a esa prueba; pero mi amor, en mi caso, ha salido de ella
ardiente y más eterno. Creisteis huir de mí volviendo a París, creisteis que no
osaría abandonar el tesoro que mi amo me había encargado vigilar. ¡Ah, qué me
importan a mí todos los tesoros del mundo ni todos los reyes de la tierra! Ocho
días después, yo estaba de regreso, señora. Y esa vez, nada tuvisteis que
decirme: yo había arriesgado mi favor, mi vida, por veros un segundo, no toqué
siquiera vuestra mano, y vos me perdonasteis al verme tan sometido y
arrepentido.
Sí, pero la calumnia se ha apoderado de todas esas locuras en
las que yo no contaba para nada, y vos lo sabéis bien, milord. El rey, excitado
por el señor cardenal, organizó un escándalo terrible: la señora de Vernet ha
sido echada, Putange exiliado, la señora de Chevreuse ha caído en desgracia, y
cuando vos quisisteis volver como embajador de Francia, recordad, milord, que
el rey mismo se opuso.
Sí, y Francia va a pagar con una guerra el rechazo de su rey. Yo
no puedo veros, señora; pues bien, quiero que cada día oigáis hablar de mí.
¿Qué otro objetivo pensáis que han tenido esa expedición de Ré y esa liga con
los protestantes de la Rochelle que proyecto? ¡El placer de veros!. No tengo la
esperanza de penetrar a mano armada hasta Paris, lo sé de sobra; pero esta
guerra podrá llevar a una paz, esa paz necesitará un negociador, ese negociador
seré yo. Entonces no se atreverán a rechazarme, y volveré a Paris, y os veré, y
seré feliz un instante. Cierto que miles de hombres habrán pagado mi dicha con
su vida; pero ¿qué me importaría a mí, dado que os vuelvo a ver? Todo esto es
quizá muy loco, quizá muy insensato; pero decidme, ¿qué mujer tiene un amante
más enamorado? ¿Qué reina ha tenido un servidor más ardiente?
Milord, milord, invocáis para vuestra defensa cosas que os
acusan incluso; milord, todas esas pruebas de amor que queréis darme son casi
crímenes.
Porque vos no me amáis, señora; si me amaseis, todo esto lo
veríais de otro modo; si me amaseis, ¡oh!, si vos me amaseis sería demasiada
felicidad y me volvería loco. ¡Ah! La señora de Chevreuse, de la que hace un
momento hablabais, la señora de Chevreuse ha sido menos cruel que vos; Holland
la amó y ella respondió a su amor.
La señora de Chevreuse no era reina murmuró Ana de Austria,
vencida a pesar suyo por la expresión de un amor tan profundo.
¿Me amaríais entonces si no lo fuerais, señora, decid, me
amaríais entonces? ¿Puedo, pues, creer que es la dignidad sola de vuestro rango
la que os hace cruel para mí? ¿Puedo, pues, creer que si vos hubierais sido la
señora de Chevreuse, el pobre Buckingham habría podido esperar? Gracias por
esas dulces palabras, mi bella Majestad, cien veces gracias.
¡Ah! Milord, habéis entendido mal, habéis interpretado mal; yo
no he querido decir...
¡Silencio! ¡Silencio! dijo el duque . Si yo soy feliz por un
error, no tengáis la crueldad de quitármelo. Lo habéis dicho vos misma, se me
ha atraído a una trampa, tal vez deje mi vida en ella porque, mirad, es
extraño, pero desde hace algún tiempo tengo presentimientos de que voy a morir
y el duque sonrió con una sonrisa triste y encantadora a la vez.
¡Oh, Dios mío! exclamó Ana de Austria con un acento de terror
que probaba que sentía por el duque un interés mayor del que quería confesar.
No os digo esto para asustaros, señora, no; es incluso ridículo
lo que os digo, y creedme que no me preocupo nada por semejantes sueños. Pero
esa palabra que acabáis de decirme, esa esperanza que casi me habéis dado, lo
habrá pagado todo, incluso mi vida.
¡Y bien! dijo Ana de Austria . Yo también, duque, tengo
presentimientos, también yo tengo sueños. He soñado que os veía tendido,
sangrando, víctima de una herida.
¿En el lado izquierdo, no es verdad, con un cuchillo?
interrumpió Buckingham.
Sí, eso es, milord, eso es, en el lado izquierdo, con un
cuchillo. ¿Quién ha podido deciros que yo había tenido ese sueño? No lo he
confiado más que a Dios, a incluso en mis plegarias.
No quiero más, y vos me amáis, señora, está claro.
¿Que yo os amo?
Sí, vos. ¿Os enviaría Dios los mismos sueños que a mí si no me
amaseis? ¿Tendríamos los mismos presentimientos si nuestras dos existencias no
estuvieran en contacto por el corazón? Vos me amáis, oh, reina, y ¿me
lloraréis?
¡Oh, Dios mío, Dios mío! exclamó Ana de Austria . Es más de lo
que puedo soportar. Mirad, duque, en el nombre del cielo, partid, retiraos; no
sé si os amo o si no os amo, pero lo que sé es que no seré perjura. Tened,
pues, piedad de mí y partid. ¡Oh! Si fuerais herido en Francia, si murieseis en
Francia, si pudiera suponer que vuestro amor por mí fue causa de vuestra
muerte, no me consolaría jamás, me volvería loca por ello. Partid, pues,
partid, os lo suplico.
¡Oh, qué bella estáis así! ¡Cuánto os amo! dijo Buckingham.
¡Partid, partid! Os lo suplico, y volved más tarde; volved como
embajador, volved como ministro, volved rodeado de guardias que os defiendan,
de servidores que vigilen por vos, y entonces no temeré más por vuestra vida y
sentiré dicha en volveros a ver.
¡Oh! ¿Es cierto lo que me decís?
Sí...
Pues entonces, una prenda de vuestra indulgencia, un objeto que
venga de vos y que me recuerde que no he tenido un sueño; algo que vos hayáis
llevado y que yo pueda llevar a mi vez, un anillo, un collar, una cadena.
¿Y os iréis, os iréis si os doy lo que me pedís?
Sí.
¿En el mismo momento?
Sí.
¿Abandonaréis Francia, volveréis a Inglaterra?
Sí, os lo juro.
Esperad, entonces, esperad.
Y Ana de Austria regresó a sus habitaciones y salió casi al
momento, llevando en la mano un pequeño cofre de palo de rosa con sus
iniciales, incrustado de oro.
Tomad, milord duque dijo , guardad esto en recuerdo mío.
Buckingham tomó el cofre y cayó por segunda vez de rodillas.
Me habíais prometido iros dijo la reina.
Y mantengo mi palabra. Vuestra mano, vuestra mano, señora, y me
voy.
Ana de Austria tendió su mano cerrando los ojos y apoyándose con
la otra en Estefanía, porque sentía que las fuerzas iban a faltarle.
Buckingham apoyó con pasión sus labios sobre aquella bella mano;
luego, al alzarse, dijo:
Si antes de seis meses no estoy muerto, os habré visto, señora,
aunque tenga que desquiciar el mundo para ello.
Y, fiel a la promesa hecha, se lanzó fuera de la habitación.
En el corredor encontró a la señora Bonacieux que lo esperaba y
que, con las mismas precauciones y la misma fortuna, volvió a conducirlo fuera
del Louvre.
Capítulo XIII
El señor Bonacieux
Como se ha podido observar, en todo esto había un personaje que,
pese a su posición, no había parecido inquietarse más que a medias; este
personaje era el señor Bonacieux, respetable mártir de las intrigas políticas y
amorosas que tan bien se encadenaban unas a otras, en aquella época a la vez
tan caballeresca y tan galante.
Afortunadamente lo recuerde el lector o no lo recuerde ,
afortunadamente hemos prometido no perderlo de vista.
Los esbirros que lo habían detenido lo condujeron directamente a
la Bastilla, donde, todo tembloroso, se le hizo pasar por delante de un pelotón
de soldados que cargaban sus mosquetes.
Allí, introducido en una galería semisubtenánea, fue objeto, por
parte de quienes lo habían llevado, de las más groseras injurias y del más
feroz trato. Los esbirros veían que no se las habían con un gentilhombre, y lo
trataban como a verdadero patán.
Al cabo de media hora aproximadamente, un escribano vino a poner
fin a sus torturas, pero no a sus inquietudes, dando la orden de conducir al
señor Bonacieux a la cámara de interrogatorios. Generalmente se interrogaba a
los prisioneros en sus casas, pero con el señor Bonacieux no se guardaban
tantas formas.
Dos guardias se apoderaron del mercero, le hicieron atravesar un
patio, le hicieron adentrarse por un corredor en el que había tres centinelas,
abrieron una puerta y lo empujaron en una habitación baja, donde por todo
mueble no había más que una mesa, una silla y un comisario.
El comisario estaba sentado en la silla y se hallaba ocupado
escribiendo algo sobre la mesa. Los dos guardias condujeron al prisionero ante
la mesa y, a una señal del comisario, se alejaron fuera del alcance de la voz.
El comisario, que hasta entonces había mantenido la cabeza
inclinada sobre sus papeles, la alzó para ver con quién tenía que habérselas.
Aquel comisario era un hombre de facha repelente, la nariz puntiaguda, las
mejillas amarillas y salientes, los ojos pequeños pero investigadores y vivos,
y la fisonomía tenía al mismo tiempo algo de garduña y de zorro. Su cabeza
sostenida por un cuello largo y móvil, salía de su amplio traje negro
balanceándose con un movimiento casi parecido al de la tortuga cuando saca su
cabeza fuera de su caparazón.
Comenzó por preguntar al señor Bonacieux sus apellidos y su
nombre, su edad, su estado y su domicilio.
El acusado respondió que se llamaba Jacques Michel Bonacieux,
que tenía cincuenta y un años, mercero retirado, y que vivía en la calle des
Fossoyeurs, número 11.
Entonces el comisario, en lugar de continuar interrogándole, le
soltó un largo discurso sobre el peligro que corre un burgués oscuro
mezclándose en asuntos públicos.
Complicó este exordio con una exposición en la que contó el
poder y los actos del señor cardenal, aquel ministro incomparable, aquel
triunfador de los ministros pasados, aquel ejemplo de los ministros futuros:
actos y poder a los que nadie se oponía impunemente.
Después de esta segunda parte de su discurso, fijando su mirada
de gavilán sobre el pobre Bonacieux, lo invitó a reflexionar sobre la gravedad
de la situación.
Las reflexiones del mercero estaban ya hechas; lanzaba pestes
contra el momento en que el señor de La Porte había tenido la idea de casarlo
con su ahijada, y sobre todo contra el momento en que esta ahijada había sido
admitida como costurera de la reina.
El fondo del carácter de maese Bonacieux era un profundo egoísmo
mezclado a una avaricia sórdida todo ello sazonado con una cobardía extrema. El
amor que le había inspirado su joven mujer, por ser un sentimiento totalmente
secundario, no podía luchar con los sentimientos primitivos que acabamos de
enumerar.
Bonacieux reflexionó, en efecto, sobre lo que acababan de
decirle.
Pero, señor comisario dijo tímidamente , estad seguro de que
conozco y aprecio más que nadie el mérito de la incomparable Eminencia por la
que tenemos el honor de ser gobernados.
¿De verdad? preguntó el comisario con aire de duda . Si
realmente fuera así, ¿cómo es que estáis en la Bastilla?
Cómo estoy, o mejor, por qué estoy replicó el señor Bonacieux ,
eso es lo que me es completamente imposible deciros, dado que yo mismo lo
ignoro; pero a buen seguro no es por haber contrariado, conscientemente al
menos, al señor cardenal.
Sin embargo, es preciso que hayáis cometido un crimen, puesto
que estáis aquí acusado de alta traición.
¡De alta traición! exclamó Bonacieux . ¡De alta traición! ¿Y
cómo queréis vos que un pobre mercero que detesta a los hugonotes y que
aborrece a los españoles esté acusado de alta traición? Reflexionad, señor, es
materialmente imposible.
Señor Bonacieux dijo el comisario mirando al acusado como si sus
pequeños ojos tuvieran la facultad de leer hasta lo más profundo de los
corazones , señor Bonacieux, ¿tenéis mujer?
Sí, señor respondió el mercero todo temblando, sintiendo que ahí
era donde el asunto iba a embrollarse ; es decir, la tenía.
¿Cómo? ¡La teníais! ¿Pues qué habéis hecho de ella, si ya no la
tenéis?
Me la han raptado, señor.
¿Os la han raptado? prosiguió el comisario . ¿Y sabéis quién es
el hombre que ha cometido ese rapto?
Creo conocerlo.
¿Quién es?
Pensad que yo no afirmo nada, señor comisario, y que yo sólo
sospecho.
¿De quién sospecháis? Veamos, responded con franqueza.
El señor Bonacieux se hallaba en la mayor perplejidad: ¿debía
negar todo o decir todo? Negando todo, podría creerse que sabía demasiado para
confesar; diciendo todo, daba prueba de buena voluntad. Se decidió por tanto a
decirlo todo.
Sospecho dijo de un hombre alto, moreno, de buen aspecto, que
tiene todo el aire de un gran señor; nos ha seguido varias veces, según me ha
parecido, cuando iba a esperar a mi mujer al postigo del Louvre para llevarla a
casa.
El comisario pareció experimentar cierta inquietud.
¿Y su nombre? dijo.
¡Oh! En cuanto a su nombre, no sé nada, pero si alguna vez lo
vuelvo a encontrar lo reconoceré al instante, os respondo de ello, aunque fuera
entre mil personas.
La frente del comisario se ensombreció.
¿Lo reconoceríais entre mil, decís? continuo.
Es decir prosiguió Bonacieux, que vio que había ido descaminado
, es decir...
Habéis respondido que lo reconoceríais dijo el comsario ; está
bien, basta por hoy; antes de que sigamos adelante es preciso que alguien sea
prevenido de que conocéis al raptor de vuestra mujer.
Pero yo no os he dicho que le conociese exclamó Bonacieux
desesperado . Os he dicho, por el contrario...
Llevaos al prisionero dijo el comisario a los dos guardias.
¿Y dónde hay que conducirlo? preguntó el escribano.
A un calabozo.
¿A cuál?
¡Oh, Dios mío! Al primero que sea, con tal que cierre bien
respondió el comisario con una indiferencia que llenó de horror al pobre
Bonacieux.
¡Ay! ¡Ay! se dijo . La desgracia ha caído sobre mi cabeza; mi
mujer habrá cometido algún crimen espantoso; me creen su cómplice, y me
castigarán con ella; ella habrá hablado, habrá confesado que me había dicho
todo; una mujer, ¡es tan débil! ¡Un calabozo, el primero que sea! ¡Eso es! Una
noche pasa pronto; y mañana a la rueda, a la horca. ¡Oh, Dios mío! ¡Tened
piedad de mí!
Sin escuchar para nada las lamentaciones de maese Bonacieux,
lamentaciones a las que por otra parte debían estar acostumbrados, los dos
guardias cogieron al prisionero por un brazo y se lo llevaron, mientras el
comisario escribía deprisa una carta que su escribano esperaba.
Bonacieux no pegó ojo, y no porque su calabozo fuera demasiado
desagradable, sino porque sus inquietudes eran demasiado grandes. Permaneció
toda la noche sobre su taburete, temblando al menor ruido; y cuando los
primeros rayos del día se deslizaron en la habitacion, la aurora le pareció
haber tornado tintes fúnebres.
De golpe oyó correr los cerrojos, y tuvo un sobresalto terrible.
Creía que venían a buscarlo para conducirlo al cadalso; así, cuando vio pura y
simplemente aparecer, en lugar del verdugo que esperaba, a su comisario y su
escribano de la víspera, estuvo a punto de saltarles al cuello.
Vuestro asunto se ha complicado desde ayer por la noche, buen
hombre le dijo el comisario , y os aconsejo decir toda la verdad; porque solo
vuestro arrepentimiento puede aplacar la cólera del cardenal.
Pero si yo estoy dispuesto a decir todo exclamó Bonacieux , al
menos todo lo que sé. Interrogad, os lo suplico.
Primero, ¿dónde está vuestra mujer?
Pero si ya os he dicho que me la habían raptado.
Sí, pero desde ayer a las cinco de la tarde, gracias a vos, se
ha escapado.
¡Mi mujer se ha escapado! exclamó Bonacieux . ¡Oh, la
desgraciada! Señor si se ha escapado, no es culpa mía os lo juro.
¿Qué fuisteis, pues, a hacer a casa del señor D'Artagnan,
vuestro vecino, con el que tuvisteis una larga conferencia durante el día?
¡Ah! Sí, señor comisario, sí, eso es cierto, y confieso que me
equivoqué. Estuve en casa del señor D'Artagnan.
¿Cuál era el objeto de esa visita?
Pedirle que me ayudara a encontrar a mi mujer. Creía que tenía
derecho a reclamarla; me equivocaba, según parece, y por eso os pido perdón .
¿Y qué respondió el señor D'Artagnan?
El señor D'Artagnan me prometió su ayuda; pero pronto me di
cuenta de que me traicionaba.
¡Os burláis de la justicia! El señor D'Artagnan ha hecho un
pacto con vos y, en virtud de ese pacto, él ha puesto en fuga a los hombres de
policía que habían detenido a vuestra mujer, y la ha sustraído a todas las
investigaciones.
¡El señor D'Artagnan ha raptado a mi mujer! ¡Vaya! Pero ¿qué me
decís?
Por suerte, D'Artagnan está en nuestras manos, y vais a ser
careado con él.
¡Ah? A fe que no pido otra cosa exclamó Bonacieux , no me
molestará ver un rostro conocido.
Haced entrar al señor D'Artagnan dijo el comisario a los dos
guardias.
Los dos guardias hicieron entrar a Athos.
Señor D'Artagnan dijo el comisario dirigiéndose a Athos ,
declarad lo que ha pasado entre vos y el señor.
¡Pero exclamó Bonacieux si no es el señor D'Artagnan ése que me
mostráis!
¡Cómo! ¿No es el señor D'Artagnan? exclamó el comisario.
En modo alguno respondió Bonacieux.
¿Cómo se llama el señor? preguntó el comisario.
No puedo decíroslo, no lo conozco.
¡Cómo! ¿No lo conocéis?
No.
¿No lo habéis visto jamás?
Sí, lo he visto, pero no sé cómo se llama.
¿Vuestro nombre? preguntó el comisario.
Athos respondió el mosquetero.
Pero eso no es un nombre de hombre, ¡eso es un nombre de
montaña! exclamó el pobre interrogador, que comenzaba a perder la cabeza.
Es mi nombre dijo tranquilamente Athos.
Pero vos habéis dicho que os llamabais D'Artagnan.
¿Yo?
Sí, vos.
Veamos, cuando me han dicho: «Vos sois el señor D'Artagnan», yo
he respondido: «¿Lo creéis así?» Mis guardias han exclamado que estaban
seguros. Yo no he querido contrariarlos. Además, yo podía equivocarme.
Señor, insultáis a la majestad de la justicia.
De ningún modo dijo tranquilamente Athos.
Vos sois el señor D'Artagnan.
Como veis, sois vos el que aún me lo decís.
Pero exclamó a su vez el señor Bonacieux os digo, señor
comisario, que no tengo la más minima duda. El señor D'Artagnan es mi huésped,
y en consecuencia, aunque no me pague mis alquileres, y precisamente por eso,
debo conocerlo. El señor D'Artagnan es un joven de diecinueve a veinte años
apenas, y este señor tiene treinta por lo menos. El señor D'Artagnan está en
los guardias del señor Des Essarts, y este señor está en la compañía de los
mosqueteros del señor de Tréville: mirad el uniforme, señor comisario, mirad el
uniforme.
Es cierto murmuró el comisario ; es malditamente cierto.
En aquel momento la puerta se abrió de golpe, y un mensajero,
introducido por uno de los carceleros de la Bastilla, entregó una carta al
comisario.
¡Oh, la desgraciada! exclamó el comisario.
¿Cómo? ¿Qué decís? ¿De quién habláis? ¡Espero que no sea de mi
mujer!
Al contrario, es de ella. Bonito asunto el vuestro.
¡Vaya! exclamó el mercero exasperado . Haced el favor de
decirme, señor, cómo ha podido empeorar por lo que mi mujer haya hecho mientras
yo estoy en prisión.
Porque lo que ha hecho es la consecuencia de un plan tramado
entre vosotros, un plan infernal.
Os juro, señor comisario, que estáis en el más profundo error;
que yo no sé nada de nada de lo que debía hacer mi mujer, que soy completamente
extraño a lo que ella ha hecho y, que si ella ha hecho tonterías, reniego de
ella, la desmiento, la maldigo.
¡Bueno! dijo Athos al comisario . Si ya no tenéis necesidad de
mí aquí, enviadme a alguna parte; vuestro señor Bonacieux es irritante.
Volved a llevar a los prisioneros a sus calabozos dijo el
comisario señalando con el mismo gesto a Athos y a Bonacieux , que sean
guardados con mayor severidad que nunca.
Sin embargo dijo Athos con su calma habitual , si vos estáis
buscando al señor D'Artagnan, no veo demasiado bien en qué puedo yo
reemplazarlo.
¡Haced lo que he dicho! exclamó el comisario . Y en el secreto
más absoluto. ¡Ya habéis oído!
Athos siguió a sus guardias encogiéndose de hombros, y el señor
Bonacieux lanzando lamentaciones capaces de ablandar el corazón de un tigre.
Llevaron al mercero al mismo calabozo en que había pasado la
noche, y lo dejaron solo toda la jornada. Durante toda la jornada el señor
Bonacieux lloró como un verdadero mercero, dado que no era un hombre de espada,
tal como él mismo nos ha dicho.
Por la noche, hacia las ocho, en el momento en que iba a
decidirse a meterse en la cama, oyó pasos en su corredor. Aquellos pasos se
acercaron a su calabozo, su puerta se abrió y aparecieron los guardias.
Seguidme dijo un exento que venía tras los guardias.
¡Que os siga! exclamó Bonacieux . ¿Que os siga a esta hora? ¿Y
adónde, Dios mío?
Adonde tenemos orden de llevaros.
Pero eso no es una respuesta.
Sin embargo, es la única que podemos daros.
-¡Ay, Dios mío, Dios mío! murmuró el pobre mercero . Esta vez sí
que estoy perdido.
Y siguió maquinalmente y sin resistencia a los guardias que
venían a buscarlo.
Tomó el mismo corredor que ya había tomado, atravesó un primer
patio, luego un segundo cuerpo de edificios; finalmente, a la puerta del patio
de entrada, encontró un coche rodeado de cuatro guardias a caballo. Lo hicieron
subir en aquel coche, el exento se colocó tras él, cerraron la portezuela con
llave, y los dos se encontraron en una prisión rodante.
El coche se puso en movimiento, lento como un carromato fúnebre.
A través de la reja cerrada con candado, el prisionero veía las casas y el
camino, eso era todo; pero, como auténtico parisiense que era, Bonacieux
reconocía cada calle por los guardacantones, por las muestras, por los
reverberos. En el momento de llegar a Saint Paul, lugar donde se ejecutaba a
los condenados de la Bastilla, estuvo a punto de desvanecerse y se persignó dos
veces. Había creído que el coche debía detenerse allí. Sin embargo, el coche
siguió.
Más lejos, un gran terror lo invadió otra vez. Fue al bordear el
cementerio de Saint Jean, donde se enterraba a los criminales de Estado. Sólo
una cosa lo tranquilizó algo, y es que antes de enterrarlos se les cortaba por
regla general la cabeza, y su cabeza estaba aún sobre sus hombros. Pero cuando
vio que el coche tomaba la ruta de la Grève, cuando vio los techos picudos del
Ayuntamiento, cuando el coche se adentró bajo la arcada, creyó que todo había
terminado para él, quiso confesarse con el exento, y, tras su negativa, lanzó
gritos tan lastimeros que el exento le anunció que, si seguía ensordeciéndole
así, le pondría una mordaza.
Aquella amenaza tranquilizó algo a Bonacieux: si hubieran tenido
que ejecutarlo en Grève, no merecía la pena amordazarlo, porque estaban a punto
de llegar al lugar de la ejecución. En efecto, el coche cruzó la plaza fatal
sin detenerse. Ya sólo quedaba que temer la Croix du Trahoir: precisamente el
coche tomó el camino de ella.
Esta vez no había duda, era la Croix du-Trahoir, donde se
ejecutaba a los criminales subalternos. Bonacieux se había jactado creyéndose
digno de Saint Paul o de la plaza de Grève: ¡era en la Croix duTrahoir donde
iban a terminar su viaje y su destino! No podía ver todavía aquella maldita
cruz, pero la sentía en cierto modo venir a su encuentro. Cuando no estuvo más
que a una veintena de pasos, oyó un rumor y el coche se detuvo. Era más de lo
que podía soportar el pobre Bonacieux, ya derrumbado por las sucesivas
emociones que había experimentado; lanzó un débil gemido, que hubiera podido
tomarse por el último suspiro de un moribundo, y se desvaneció.
Capítulo XIV
El hombre de Meung
Aquella reunión era producida no por la espera de un hombre al
que debían colgar, sino por la contemplación de un ahorcado.
El coche, detenido un instante, prosiguió, pues, su marcha,
atravesó la multitud, continuó su camino, enfiló la calle Saint Honoré, volvió
la calle des Bons Enfants y se detuvo ante una puerta baja.
La puerta se abrió, dos guardias recibieron en sus brazos a
Bonacieux, sostenido por el exento; lo metieron por una avenida, lo hicieron
subir una escalera y lo depositaron en una antecámara.
Todos estos movimientos eran realizados por él de una forma
maquinal.
Había andado como se anda en sueños; había entrevisto los
objetos a través de una niebla; sus oídos habían percibido los sonidos sin
comprenderlos; hubieran podido ejecutarlo en aquel momento sin que él hubiera
hecho un gesto para emprender su defensa, sin que hubiera lanzado un grito para
implorar piedad.
Permaneció, pues, sentado de este modo en la banqueta, con la
espalda apoyada en la pared y los brazos colgantes, en la misma postura en que
los guardias lo habían depositado.
Sin embargo, como al mirar en torno suyo no viese ningún objeto
amenazador, como nada indicase que corría un peligro real, como la banqueta
estaba convenientemente blanda, como la pared estaba recubierta de hermoso
cuero de Córdoba, como grandes cortinas de damasco rojo flotaban ante la
ventana, retenidas por alzapaños de oro, comprendió poco a poco que su terror
era exagerado, y comenzó a mover la cabeza de derecha a izquierda y de arriba
abajo.
Con este movimiento, al que nadie se opuso, recuperó algo de
valor y se arriesgó a encoger una pierna, luego la otra; por fin, ayudándose de
sus dos manos, se levantó de la banqueta y se encontró sobre sus pies.
En aquel momento, un oficial de buen aspecto abrió una
portezuela, continuó cambiando aún algunas palabras con una persona que se
encontraba en la habitación vecina y, volviéndose hacia el prisionero, dijo:
¿Sois vos quien se llama Bonacieux?
Sí, señor oficial balbuceó el mercero, más muerto que vivo ,
para serviros.
Entrad dijo el oficial.
Y se echó a un lado para que el mercero pudiera pasar. Aquel
obedeció sin réplica y entró en la habitación en la que parecía ser esperado.
Era un gran gabinete, de paredes adornadas con armas ofensivas y
defensivas, cerrado y sofocante, y en el que ya había fuego aunque todavía
apenas fuera a finales del mes de septiembre. Una mesa cuadrada, cubierta de
libros y papeles sobre los que había, desenrollado, un piano inmenso de la
ciudad de La Rochelle, estaba en medio de la pieza.
De pie ante la chimenea estaba un hombre de mediana talla, de aspecto
altivo y orgulloso, de ojos penetrantes, de frente amplia, de rostro enteco que
alargaba más incluso una perilla coronada por un par de mostachos. Aunque aquel
hombre tuviera de treinta y seis a treinta y siete años apenas, pelo, mostacho
y perilla iban agrisándose. Aquel hombre, menos la espada, tenía todo el
aspecto de un hombre de guerra, y sus botas de búfalo, aún ligeramente
cubiertas de polvo, indicaban que había montado a caballo durante el día.
Aquel hombre era Armand Jean Duplessis, cardenal de Richelieu,
no tal como nos lo representaran cascado como un viejo, sufriendo como un
mártir, el cuerpo quebrado, la voz apagada, enterrado en un gran sillón como en
una tumba anticipada que no viviera más que por la fuerza de un genio ni
sostuviera la lucha con Europa más que con la eterna aplicación de su
pensamiento sino tal cual era realmente en esa época, es decir, diestro y
galante caballero débil de cuerpo ya, pero sostenido por esa potencia moral que
hizo de él uno de los hombres más extraordinarios que hayan existido;
preparándose, en fin, tras haber sostenido al duque de Nevers en su ducado de
Mantua, tras haber tomado Nîmes, Castres y Uzes, a expulsar a los ingleses de
la isla de Ré y a sitiar La Rochelle.
A primera vista, nada denotaba, pues, al cardenal y era
imposible a quienes no conocían su rostro adivinar ante quién se encontraban.
El pobre mercero permaneció de pie a la puerta, mientras los
ojos del personaje que acabamos de describir se fijaban en él y parecían
penetrar hasta el fondo del pasado.
Está ahí ese Bonacieux? pregunto tras un momento de silencio.
Sí, monseñor contestó el oficial.
Esta bien, dadme esos papeles y dejadnos.
El oficial cogió de la mesa los papeles señalados, los entregó a
quien se los pedía, se inclinó hasta el suelo y salió.
Bonacieux reconoció en aquellos papeles sus interrogatorios de
la Bastilla. De vez en cuando, el hombre de la chimenea alzaba los ojos por
encima de la escritura y los hundía como dos puñales hasta el fondo del corazón
del pobre mercero.
Al cabo de diez minutos de lectura y de diez segundos de examen,
el cardenal se había decidido.
Esa cabeza no ha conspirado nunca murmuró ; pero no importa,
veamos de todas formas.
Estáis acusado de alta traición dijo lentamente el cardenal.
Es lo que ya me han informado, monseñor exclamó Bonacieux, dando
a su interrogador el título que había oído al oficial darle ; pero yo os juro
que no sabía nada de ello.
El cardenal reprimió una sonrisa.
Habéis conspirado con vuestra mujer, con la señora de Chevreuse
y con milord el duque de Buckingham.
En realidad, monseñor respondió el mercero , he oído pronunciar
todos esos nombres.
¿Y en qué ocasión?
Ella decía que el cardenal de Richelieu había atraído al duque
de Buckingham a París para perderlo y para perder a la reina con él.
¿Ella decía eso? exclamó el cardenal con violencia.
Sí, monseñor; pero yo le he dicho que se equivocaba por mantener
tales opiniones, y que Su Eminencia era incapaz...
Callaos, sois un imbécil prosiguió el cardenal.
Es precisamente eso lo que mi mujer me respondió, monseñor.
¿Sabéis quién ha raptado a vuestra mujer?
No, monseñor.
Sin embargo, ¿tenéis sospechas?
Sí, monseñor, pero esas sospechas han parecido contrariar al
señor comisario y ya no las tengo.
Vuestra mujer se ha escapado, ¿lo sabíais?
No, monseñor, lo he sabido después de haber entrado en prisión,
y siempre por la mediación del señor comisario, un hombre muy amable.
El cardenal reprimió una segunda sonrisa.
Entonces, ¿ignoráis lo que ha sido de vuestra mujer después de
su fuga?
Completamente, monseñor; habrá debido volver al Louvre.
A la una de la mañana no había vuelto aún.
¡Ah D¡os mío! Pero entonces ¿qué habrá s¡do de ella?
Ya lo sabremos, estad tranquilo; nada se oculta al cardenal; el
cardenal lo sabe todo.
En tal caso, monseñor, ¿creéis que el cardenal consent¡rá en
dec¡rme qué ha ocurr¡do con mi mujer?
Quizá; pero es preciso primero que confeséis todo lo que sepáis
relativo a las relaciones de vuestra mujer con la señora de Chevreuse.
Pero, monseñor, yo no sé nada; no la he visto nunca.
Cuando ¡ba¡s a buscar a vuestra mujer al Louvre, ¿volvía ella
d¡rectamente a casa?
Cas¡ nunca: tenía que ver a vendedores de tela, a cuyas casas yo
la llevaba.
¿Y cuántos vendedores de telas había?
Dos, monseñor.
¿Dónde viven?
Uno en la calle de Vaug¡rard; el otro en la calle de La Harpe.
¿Entrasteis en sus casas con ella?
Nunca, monseñor; la esperaba a la puerta.
¿Y qué pretexto os daba para entrar así completamente sola?
No me lo daba; me decía que esperase, y yo esperaba.
Sois un marido complaciente, mi querido señor Bonacieux dijo el
cardenal.
«¡Ella me llama su querido señor! dijo para sí mismo el mercero
. ¡Diablos, las cosas van bien!»
¿Reconoceríais esas puertas?
Sí.
Sabéis los números?
¿Cuáles son?
Número 25 en la calle de Vaugirard; número 75 en la calle de La
Harpe.
Está bien dijo el cardenal.
A estas palabras, cogió una campanilla de plata y llamó; el
official volvió a entrar.
Idme a buscar a Rochefort dijo a media voz , y que venga
inmediatamente si ha vuelto.
El conde está ahí dijo el official , pide hablar al instante con
Vuestra Eminencia.
¡Con Vuestra Eminencia! murmuró Bonacieux, que sabía que tal era
el título que ordinariamente se daba al señor cardenal . ¡Con Vuestra
Eminencia!
¡Que venga entonces, que venga! dijo vivamente Richelieu.
El official se lanzó fuera de la habitación con esa rapidez que
ponían de ordinario todos los servidores del cardenal en obedecerle.
¡Con Vuestra Eminencia! murmuraba Bonacieux haciendo girar los
ojos extraviados.
No habían transcurrido cinco segundos desde la desaparición del
official, cuando la puerta se abrió y un nuevo personaje entró.
¡Es él! exclamó Bonacieux.
¿Quién es él? preguntó el cardenal.
El que ha raptado a mi mujer.
El cardenal llamó por segunda vez. El official reapareció.
Devolved este hombre a manos de sus dos guardias, y que espere a
que yo lo llame ante mí.
¡No, monseñor! ¡No, no es él! exclamó Bonacieux . No, me he
equivocado, es otro que se le parece algo. El señor es un hombre honrado.
Llevaos a este imbécil dijo el cardenal.
El official cogió a Bonacieux por debajo del brazo y volvió a
llevarlo a la antecámara donde encontró a sus dos guardias.
El nuevo personaje al que se acababa de introducir siguió con
ojos de impaciencia a Bonacieux hasta que éste hubo salido, y cuando 1a puerta
fue cerrada tras él, dijo aproximándose rápidamente al cardenal.
Han sido vistos.
¿Quiénes? preguntó Su Eminencia.
Ella y él.
¿La reina y el duque? exclamó Richelieu.
Sí.
¿Y dónde?
En el Louvre.
¿Estáis seguro?
Completamente.
¿Quién os lo ha dicho?
La señora de Lannoy, que es completamente de Vuestra Eminencia,
como sabéis.
¿Por qué no lo ha dicho antes?
Sea por casualidad o por desconfianza, la reina ha hecho
acostarse a la señora de Fargis en su habitación, y la ha tenido allí toda la
jornada.
Está bien, hemos perdido. Tratemos de tomar nuestra revancha.
Os ayudaré con toda mi alma, monseñor, estad tranquilo.
¿Cuándo ha sido?
Alas doce y media de la noche, la reina estaba con sus
mujeres...
¿Dónde?
En su cuarto de costura...
Bien.
Cuando han venido a entregarle un pañuelo de parte de su
costurera...
¿Después?
Al punto la reina ha manifestado una gran emoción, y pese al
rouge con que tenía el rostro cubierto, ha palidecido.
¡Y después! ¡Después!
Sin embargo, se ha levantado, y con voz alterada, ha dicho:
«Señoras, esperadme diez minutos, luego vengo.» Y ha abierto la puerta de su
alcoba, y luego ha salido.
¿Por qué la señora de Lannoy no ha venido a preveniros al
instante?
Nada era seguro todavía; además, la reina había dicho: «Señoras,
esperadme»; y no se atrevía a desobedecer a la reina.
¿Y cuánto tiempo ha estado la reina fuera de su cuarto?
Tres cuartos de hora.
¿La acompañaba alguna de sus mujeres?
Doña Estefanía solamente.
¿Y luego ha vuelto?
Sí, pero para coger un pequeño cofre de palo de rosa con sus
iniciales y salir en seguida.
Y cuando ha vuelto más tarde, ¿traía el cofre?
No.
¿La señora de Lannoy sabía qué había en ese cofre?
Sí, los herretes de diamantes que Su Majestad ha dado a la
reina.
¿Y ha vuelto sin ese cofre?
Sí.
¿La opinión de la señora de Lannoy es que se los ha entregado a
Buckingham?
Está segura.
¿Y cómo?
Durante el día, la señora de Lannoy, en su calidad de azafata de
atavío de la reina, ha buscado ese cofre, se ha mostrado inquieta al no
encontrarlo y ha terminado por pedir noticias a la reina.
¿Y entonces, la reina?...
La reina se ha puesto muy roja y ha respondido que por haber
roto la víspera uno de sus herretes lo había enviado a reparar a su orfebre.
Hay que pasar por él y asegurarse si la cosa es cierta o no.
Ya he pasado.
Y bien, ¿el orfebre?
El orfebre no ha oído hablar de nada.
¡Bien! ¡Bien! Rochefort, no todo está perdido, y quizá..., quizá
todo sea para mejor.
El hecho es que no dudo de que el genio de Vuestra Eminencia...
Reparará las tonterías de mi guardia, ¿no es eso?
Es precisamente lo que iba a decir si Vuestra Eminencia me
hubiera dejado acabar mi frase.
Ahora, ¿sabéis dónde se ocultaban la duquesa de Chevreuse y el
duque de Buckingham?
No, monseñor, mis gentes no han podido decirme nada positivo al
respecto.
Yo sí lo sé.
¿Vos, monseñor?
Sí, o al menos lo creo. Estaban el uno en la calle de Vaugirard,
número 25, y la otra en la calle de La Harpe, número 75.
¿Quiere Vuestra Eminencia que los haga arrestar a los dos?
Será demasiado tarde, habrán partido.
No importa, podemos asegurarnos.
Tomad diez hombres de mis guardias y registrad las dos casas.
Voy monseñor.
Y Rochefort se abalanzó fuera de la habitación.
El cardenal, ya solo, reflexionó un instante y llamó por tecera
vez. Apareció el mismo oficial.
Haced entrar al prisionero dijo el cardenal.
Maese Bonacieux fue introducido de nuevo y, a una seña del
cardenal, el oficial se retiró.
Me habéis engañado dijo severamente el cardenal.
¡Yo! exclamó Bonacieux . ¡Yo engañar a Vuestra Eminencia!
Vuestra mujer, al ir a la calle de Vaugirard y a la calle de La
Harpe, no iba a casa de vendedores de telas.
¿Y adónde iba, santo cielo?
Iba a casa de la duquesa de Chevreuse y a casa del duque de
Buckingham.
Sí dijo Bonacieux echando mano de todos sus recursos , sí, eso
es, Vuestra Eminencia tiene razón. Muchas veces le he dicho a mi mujer que era
sorprendente que vendedores de telas vivan en casas semejantes, en casas que no
tenían siquiera muestras, y las dos veces mi mujer se ha echado a reír. ¡Ah,
monseñor! continuó Bonacieux arrojándose a los pies de la Eminencia . ¡Ah! ¡Con
cuánto motivo sois el cardenal, el gran cardenal, el hombre de genio al que
todo el mundo reverencia!
El cardenal, por mediocre que fuera el triunfo alcanzado sobre
un ser tan vulgar como era Bonacieux, no dejó de gozarlo durante un instante;
luego, casi al punto, como si un nuevo pensamiento se presentara a su espíritu,
una sonrisa frunció sus labios y, tendiendo la mano al mercero, le dijo:
Alzaos, amigo mío, sois un buen hombre.
¡El cardenal me ha tocado la mano! ¡Yo he tocado la mano del
gran hombre! exclamó Bonacieux . ¡El gran hombre me ha llamado su amigo!
Sí, amigo mío, sí dijo el cardenal con aquel tono paternal que
sabía adoptar a veces, pero que sólo engañaba a quien no le conocía ; y como se
ha sospechado de vos injustamente, hay que daros una indemnización. ¡Tomad!
Coged esa bolsa de cien pistolas, y perdonadme.
¡Que yo os perdone, monseñor! dijo Bonacieux dudando en tomar la
bolsa, temiendo sin duda que aquel don no fuera más que una chanza . Pero vos
sois libre de hacerme arrestar, sois bien libre de hacerme torturar, sois bien
libre de hacerme prender; sois el amo, y yo no tendría la más minima palabra
que decir. ¿Perdonaros, monseñor? ¡Vamos, no penséis más en ello!
¡Ah, mi querido Bonacieux! Sois generoso ya lo veo, y os lo
agradezco. Tomad, pues, esa bolsa. ¿Os vais sin estar demasiado descontento?
Me voy encantado, monseñor.
Adiós, entonces, o mejor, hasta la vista, porque espero que nos
volvamos a ver.
Siempre que monseñor quiera, estoy a las órdenes de Su
Eminencia.
Será a menudo, estad tranquilo, porque he hallado un gusto
extremo con vuestra conversación.
¡Oh, monseñor!
Hasta la vista, señor Bonacieux, hasta la vista.
Y el cardenal le hizo una señal con la mano, a la que Bonacieux
respondió inclinándose hasta el suelo; luego salió a reculones, y cuando estuvo
en la antecámara el cardenal le oyó que en su entusiasmo, se desgañitaba a
grito pelado: «¡Viva monseñor! ¡Viva Su Eminencia! ¡Viva el gran cardenal!» El
cardenal escuchó sonriendo aquella brillante manifestación de sentimientos
entusiastas de maese Bonacieux; luego, cuando los gritos de Bonacieux se
hubieron perdido en la lejanía:
Bien dijo . De ahora en adelante será un hombre que se haga
matar por mí.
Y el cardenal se puso a examinar con la mayor atención el mapa
de La Rochelle que, como hemos dicho, estaba extendido sobre su escritorio,
trazando con un lápiz la línea por donde debía pasar el famoso dique que
dieciocho meses más tarde cerraba el puerto de la ciudad sitiada.
Cuando se hallaba en lo más profundo de sus meditaciones
estratégicas, la puerta volvió a abrirse y Rochefort entró.
¿Y bien? dijo vivamente el cardenal, levantándose con la
presteza que probaba el grado de importancia que concedía a la comisión que
había encargado al conde.
¡Y bien! dijo éste . Una mujer de veintiséis a veintiocho años y
un hombre de treinta y cinco a cuarenta años se han alojado, efectivamente, el
uno cuatro días y la otra cinco, en las casas indicadas por Vuestra Eminencia;
pero la mujer ha partido esta noche pasada y el hombre esta mañana.
¡Eran ellos! exclamó el cardenal, que miraba el péndulo . Y
ahora continuó , es demasiado tarde para correr tras ellos: la duquesa está en
Tours y el duque en Boulogne. Es en Londres donde hay que alcanzarlos.
¿Cuáles son las órdenes de Vuestra Eminencia?
Ni una palabra de lo que ha pasado; que la reina permanezca
totalmente segura; que ignore que sabemos su secreto, que crea que estamos a la
busca de una conspiración cualquiera. Enviadme al guardasellos Séguier.
¿Y ese hombre, ¿qué ha hecho de él Vuestra Eminencia?
¿Qué hombre? preguntó el cardenal.
El tal Bonacieux.
He hecho todo lo que se podía hacer con él. Lo he convertido en
espía de su mujer.
El conde de Rochefort se inclinó como hombre que reconocía la
gran superioridad del maestro, y se retiró.
Una vez que se quedó solo, el cardenal se sentó de nuevo,
escribió una carta que selló con su sello particular, luego llamó. El oficial
entró por cuarta vez.
Hacedme venir a Vitray dijo y decidle que se apreste para un
viaje.
Un instante después, el hombre que había pedido estaba de pie
ante él, calzado con botas y espuelas.
Vitray dijo , vais a partir inmediatamente para Londres. No os
detendréis un instante en el camino. Entregaréis esta carta a milady. Aquí
tenéis un vale de doscientas pistolas, pasad por casa de mi tesorero y haceos
pagar. Hay otro tanto a recoger si estáis aquí de regreso dentro de seis días y
si habéis hecho bien mi comisión.
El mensajero, sin responder una sola palabra se inclinó, cogió
la carta, el vale de doscientas pistolas y salió.
He aquí lo que contenía la carta:
«Milady,
Asistid al primer baile a que asista el duque de Buckingham.
Tendrá en su jubón doce herretes de diamantes, acercaos a él y quitadle dos.
Tan pronto como esos herretes estén en vuestro poder, avisadme.»
Capítulo XV
Gentes de toga y gentes de espada
Al día siguiente de aquel en que estos acontecimientos tuvieron
lugar, no habiendo reaparecido Athos todavía, el señor de Tréville fue avisado
por D'Artagnan y por Porthos de su desaparición.
En cuanto a Aramis, había solicitado un permiso de cinco días y
estaba en Rouen, según decían, por asuntos de familia.
El señor de Tréville era el padre de sus soldados. El menor y
más desconocido de ellos, desde el momento en que llevaba el uniforme de la
compañía, estaba tan seguro de su ayuda y de su apoyo como habría podido
estarlo de su propio hermano.
Se presentó, pues, al momento ante el teniente de lo criminal.
Se hizo venir al oficial que mandaba el puesto de la Croix Rouge, y los
informes sucesivos mostraron que Athos se hallaba alojado momentáneamente en
Fort l'Évêque.
Athos había pasado por todas las pruebas que hemos visto sufrir
a Bonacieux.
Hemos asistido a la escena de careo entre los dos cautivos.
Athos, que nada había dicho hasta entonces por miedo a que D'Artagnan, inquieto
a su vez no hubiera tenido el tiempo que necesitaba, Athos declaró a partir de
ese momento que se llamaba Athos y no D'Artagan .
Añadió que no conocía ni al señor ni a la señora Bonacieux, que
jamás había hablado con el uno ni con la otra; que hacia las diez de la noche
había ido a hacer una visita al señor D'Artagnan, su amigo, pero que hasta esa
hora había estado en casa del señor de Tréville donde había cenado: veinte
testigos añadió podían atestiguar el hecho y nombró a varios gentileshombres
distinguidos, entre otros al señor duque de La Trémouille.
El segundo comisario quedó tan aturdido como el primero por la
declaración simple y firme de aquel mosquetero, sobre el cual de buena gana
habrían querido tomar la revancha que las gentes de toga tanto gustan de
obtener sobre las gentes de espada; pero el nombre del señor de Tréville y el
del señor duque de La Trémouille merecían reflexión.
También Athos fue enviado al cardenal, pero desgraciadamente el
cardenal estaba en el Louvre con el rey.
Era precisamente el momento en que el señor de Tréville, al
salir de casa del teniente de lo criminal y de la del gobernador del Fort
l'Evêque, sin haber podido encontrar a Athos, llegó al palacio de Su Majestad.
Como capitán de los mosqueteros, el señor de Tréville tenía a
toda hora acceso al rey.
Ya se sabe cuáles eran las prevenciones del rey contra la reina,
prevenciones hábilmente mantenidas por el cardenal que, en cuestión de
intrigas, desconfiaba infinitamente más de las mujeres que de los hombres. Una
de las grandes causas de esa prevención era sobre todo la amistad de Ana de
Austria con la señora de Chevreuse. Estas dos mujeres le inquietaban más que
las guerras con España, las complicaciones con Inglaterra y la penuria de las
finanzas. A sus ojos y en su pensamiento, la señora de Chevreuse servía a la
reina no sólo en sus intrigas políticas, sino, cosa que le atormentaba más aún,
en sus intrigas amorosas.
A la primera frase que le había dicho el señor cardenal, que la
señora de Chevreuse, exiliada en Tours y a la que se creía en esa ciudad, había
venido a Paris y que durante los cinco días que había permanecido en ella había
despistado a la policía, el rey se había encolerizado con furia. Caprichoso a
infiel, el rey quería ser llamado Luis el Justo y Luis el Casto. La posteridad
comprenderá difícilmente este carácter que la historia sólo explica por hechos
y nunca por razonamientos.
Pero cuando el cardenal añadió que no solamente la señora de
Chevreuse había venido a París, sino que además la reina se había relacionado
con ella con ayuda de una de esas correspondencias misteriosas que en aquella
época se denominaba una cábala, cuando afirmó que él, el cardenal, estaba a
punto de desenredar los hilos más oscuros de aquella intriga, cuando, en el
momento de arrestar con las manos en la masa, en flagrante delito, provisto de
todas las pruebas, al emisario de la reina junto a la exiliada, un mosquetero
había osado interrumpir violentamente el curso de la justicia cayendo, espada
en mano, sobre honradas gentes de ley encargadas de examinar con imparcialidad
todo el asunto para ponerlo ante los ojos del rey, Luis XIII no se contuvo más
y dio un paso hacia las habitaciones de la reina con esa pálida y muda
indignación que, cuando estallaba, llevaba a ese príncipe hasta la más fría
crueldad.
Y, sin embargo, en todo aquello el cardenal no había dicho aún
una palabra del duque de Buckingham.
Fue entonces cuando el señor de Tréville entró, frío, cortés y
con una vestimenta irreprochable.
Advertido de lo que acababa de pasar por la presencia del
cardenal y por la alteración del rostro del rey, el señor de Tréville se sintió
fuerte como Sansón ante los Filisteos.
Luis XIII ponía ya la mano sobre el pomo de la puerta; al ruido
que hizo el señor de Tréville al entrar, se volvió.
Llegáis en el momento justo, señor dijo el rey que, cuando sus
pasiones habían subido a cierto punto, no sabía disimular , y me entero de
cosas muy bonitas a cuenta de vuestros mosqueteros.
Y yo respondió fríamente el señor de Tréville tengo muy bonitas
cosas de que informarle sobre sus gentes de toga.
¿De verdad? dijo el rey con altivez.
Tengo el honor de informar a Vuestra Majestad continuó el señor
de Tréville en el mismo tono de que una partida de procuradores, de comisarios
y de gentes de policía, gentes todas muy estimables pero muy encarnizadas,
según parece, contra el uniforme, se ha permitido arrestar en una casa, llevar
en plena calle y arrojar en el Fort-l'Evêque, y todo con una orden que se han
negado a presentar, a uno de mis mosqueteros, o mejor dicho, de los vuestros,
sire, de conducta irreprochable, de reputación casi ilustre y a quien Vuestra
Majestad co-noce favorablemente: el señor Athos.
Athos dijo el rey maquinalmente . Sí, por cierto, conozco ese
nombre.
Que Vuestra Majestad lo recuerde dijo el señor de Tréville . El
señor Athos es ese mosquetero que en el importuno duelo que sabéis tuvo la
desgracia de herir gravemente al señor de Cahusac. A propósito, monseñor
continuó Tréville, dirigiéndose al cardenal , el señor de Cahusac está
completamente restablecido, ¿no es así?
¡Gracias! dijo el cardenal mordiéndose los labios de cólera.
El señor Athos había ido a hacer una visita a uno de sus amigos
entonces ausente prosiguió el señor de Tréville . A un joven bearnés, cadete en
los guardias de Su Majestad en la compañía de Des Essarts; pero apenas acababa
de instalarse en casa de su amigo y de coger un libro para esperarlo, cuando
una nube de corchetes y de soldados, todos juntos, sitiaron la casa, hundieron
varias puertas...
El cardenal hizo una seña al rey que significaba: «Es por el
asunto de que os he hablado.»
Ya sabemos todo eso replicó el rey porque todo eso se ha hecho a
nuestro servicio.
Entonces dijo Tréville , es también por servicio de Vuestra
Majestad por lo que se coge a uno de mis mosqueteros inocentes, por lo que se
le pone entre dos guardias como a un malhechor, y por lo que pasea en medio de
una población insolente a ese hombre galantes que ha vertido diez veces su
sangre al servicio de Vuestra Majestad y que está dispuesto a verterla todavía.
¡Bah! dijo el rey, vacilando . ¿Han pasado así las cosas?
El señor de Tréville no dice dijo el cardenal con la mayor
flema- que ese mosquetero inocente, ese hombre galante una hora antes, acababa
de herir a estocadas a cuatro comisarios instructores delegados por mí para
instruir un asunto de la más alta importancia.
Desafío a Vuestra Eminencia a probarlo exclamó el señor de
Tréville con su franqueza completamente gascona y su rudeza militar . Porque
una hora antes, el señor Athos, quien debo confiar a Vuestra Majestad que es un
hombre de la mayor calidad, me hacía el honor, después de haber cenado conmigo,
de charlar en el salón de mi palacio con el señor duque de La Trémouille y el
señor conde de Chalus, que se encontraban allí.
El rey miró al cardenal.
Un atestado da fe de ello dijo el cardenal, respondiendo en voz
alta a la interrogación muda de Su Majestad y las gentes maltratadas han
redactado el siguiente, que tengo el honor de presentar a Vuestra Majestad.
¿Atestado de gentes de toga vale tanto como la palabra de honor
de un hombre de espada? respondió orgullosamente Tréville.
Vamos, vamos, Tréville, callaos dijo el rey.
Si su Eminencia tiene alguna sospecha contra uno de mis
mosqueteros dijo Tréville , la justicia del señor cardenal es bastante conocida
como para que yo mismo pida una investigación.
En la casa en que se ha hecho esa inspección judicial continuó
el cardenal, impasible se aloja, según creo, un bearnés amigo del mosquetero.
¿Vuestra Eminencia se refiere al señor D'Artagnan?
Me refiero a un joven al que vos protegéis, señor de Tréville.
Sí, Eminencia, es ese mismo.
No sospecháis que ese joven haya dado malos consejos...
¿A Athos, a un hombre que le dobla en edad? interrumpió el señor
de Tréville . No, monseñor. Además, el señor D'Artagnan ha pasado la noche
conmigo.
¡Vaya! dijo el cardenal . Todo el mundo ha pasado la noche con
usted.
¿Dudaría Su Eminencia de mi palabra? dijo Tréville, con el rubor
de la cólera en la frente.
¡No, Dios me guarde de ello! dijo el cardenal . Sólo que... ¿a
qué hora estaba él con vos?
¡Puedo decirlo a sabiendas a Vuestra Eminencia porque cuando él
entraba me fijé que eran las nueve y media en el péndulo, aunque yo hubiera
creído que era más tarde!
¿Y a qué hora ha salido de vuestro palacio?
A las diez y media, una hora después del suceso.
En fin respondió el cardenal, que no sospechaba ni por un
momento de la lealtad de Tréville, y que sentía que la victoria se le escapaba
, en fin, Athos ha sido detenido en esa casa de la calle des Fossoyeurs.
¿Le está prohibido a un amigo visitar a otro amigo? ¿A un
mosquetero de mi compañía confraternizar con un guardia de la compañía del
señor Des Essarts?
Sí, cuando la casa en la que confraterniza con ese amigo es
sospechosa.
Es que esa casa es sospechosa, Tréville dijo el rey . Quizá no
lo sabíais.
En efecto, sire, lo ignoraba. En cualquier caso, puede ser
sospechosa en cualquier parte; pero niego que lo sea en la parte que habita el
señor D'Artagnan; porque puedo afirmaros, sire, que de creer en lo que ha
dicho, no existe ni un servidor más fiel de Su Majestad, ni un admirador más
profundo del señor cardenal.
¿No es ese D'Artagnan el que hirió un día a Jussac en ese
desafortunado encuentro que tuvo lugar junto al convento de los Carmelitas
Descalzos? preguntó el rey mirando al cardenal, que enrojeció de despecho.
Y al día siguiente a Bernajoux. Sí, sire; sí, ése es, y Vuestra
Majestad tiene buena memoria.
Entonces, ¿qué decidimos? dijo el rey.
Eso atañe a Vuestra Majestad más que a mí dijo el cardenal . Yo
afirmaría la culpabilidad.
Y yo la niego dijo Tréville . Pero Su Majestad tiene jueces y
sus jueces decidirán.
Eso es dijo el rey . Remitamos la causa a los jueces; su misión
es juzgar, y juzgarán.
Sólo que prosiguió Tréville es muy triste que, en estos tiempos
desgraciados que vivimos la vida más pura, la virtud más irrefutable no eximan
a un hombre de la infamia y de la persecución. Y el ejército no estará
demasiado contento, puedo responder de ello, de estar expuesto a tratos
rigurosos por asuntos de policía.
La frase era imprudente, pero el señor de Tréville la había
lanzado con conocimiento de causa. Quería una explosión, por eso de que la mina
hace fuego, y el fuego ilumina.
¡Asuntos de policía! exclamó el rey, repitiendo las palabras del
señor de Tréville . ¡Asuntos de policía! ¿Y qué sabéis vos de eso, señor?
Mezclaos con vuestros mosqueteros y no me rompáis la cabeza. En vuestra opinión
parece que si por desgracia se detiene a un mosquetero, Francia está en
peligro. ¡Cuánto escándalo por un mosquetero! ¡Vive el cielo que haré detener a
diez! ¡Cien, incluso; toda la compañía! Y no quiero que se oiga ni una palabra.
Desde el momento en que son sospechosos a Vuestra Majestad dijo
Tréville , los mosqueteros son culpables; por eso me veis, sire, dispuesto a
devolveros mi espada; porque, después de haber acusado a mis soldados, no dudo
que el señor cardenal terminará por acusarme a mí mismo; así, pues, es mejor
que me constituya prisionero con el señor Athos, que ya está detenido, y con el
señor d'Artagnan, a quien se arrestará sin duda.
Cabezota gascón ¿terminaréis? dijo el rey.
Sire respondió Tréville sin bajar ni por asomo la voz , ordenad
que se me devuelva mi mosquetero o que sea juzgado.
Se le juzgará dijo el cardenal.
¡Pues bien tanto mejor! Porque en tal caso pediré a Su Majestad
permiso para abogar por él.
El rey temió un estallido.
Si Su Eminencia dijo no tiene personalmente motivos...
El cardenal vio venir al rey y se le adelantó.
Perdón dijo , pero desde el momento en que Vuestra Majestad ve
en mí un juez predispuesto, me retiro.
Veamos dijo el rey . ¿Me juráis vos, por mi padre, que el señor
Athos estaba con vos durante el suceso y que no ha tomado parte en él?
Por vuestro glorioso padre y por vos mismo, que sois lo que yo
amo y venero más en el mundo, ¡lo juro!
¿Queréis reflexionar, sire? dijo el cardenal . Si soltamos de
este modo al prisionero, no podremos conocer nunca la verdad.
El señor Athos seguirá estando ahí prosigió el señor de Tréville
, dispuesto a responder cuando plazca a las gentes de toga interrogarlo. No
escapará, señor cardenal, estad tranquilo, yo mismo respondo de él.
Claro que no desertará dijo el rey . Se le encontrará siempre,
como dice el señor de Tréville. Además añadió, bajando la voz y mirando con
aire suplicante a Su Eminencia , démosle seguridad: eso es política.
Esta política de Luis XIII hizo sonreír a Richelieu.
Ordenad, sire dijo . Tenéis el derecho de gracia.
El derecho de gracia no se aplica más que a los culpables dijo
Tréville, que quería tener la última palabra y mi mosquetero es inocente. No
es, pues, gracia lo que vais a conceder, sire, es justicia.
¿Y está en Fort l'Evêque? dijo el rey.
Sí, sire, y en secreto, en un calabozo, como el último de los
criminales.
¡Diablos! ¡Diablos! murmuró el rey . ¿Qué hay que hacer?
Firmar la orden de puesta en libertad y todo estará dicho añadió
el cardenal . Yo creo, como Vuestra Majestad, que la garantía del señor de
Tréville es más que suficiente.
Tréville se inclinó respetuosamente con una alegría que no
estaba exenta de temor; hubiera preferido una resistencia porfiada del cardenal
a aquella repentina facilidad.
El rey firmó la orden de excarcelación y Tréville se la llevó
sin demora.
En el momento en que iba a salir, el cardenal le dirigió una
sonrisa amistosa y dijo al rey:
Una buena armonía reina entre los jefes y los soldados de
vuestros mosqueteros, sire; eso es muy beneficioso para el servicio y muy
honorable para todos.
Me jugará alguna mala pasada de un momento a otro decía Tréville
. Nunca se tiene la última palabra con un hombre semejante. Pero démonos prisa
porque el rey puede cambiar de opinión en seguridad, y á fin de cuentas es más
difícil volver a meter en la Bastilla o en Fort l'Evêque a un hombre que ha
salido de ahí que guardar un prisionero que ya se tiene.
El señor de Tréville hizo triunfalmente su entrada en el Fort
l'Évêque, donde liberó al mosquetero, a quien su apacible indiferencia no había
abandonado.
Luego, la primera vez que volvió a ver a D'Artagnan, le dijo:
Escapáis de una buena, vuestra estocada a Jussac está pagada.
Queda todavía la de Bernajoux, y no debéis fiaros demasiado.
Por lo demás, el señor de Tréville tenía razón en desconfiar del
cardenal y en pensar que no todo estaba terminado, porque apenas hubo cerrado
el capitán de los mosqueteros la puerta tras él cuando Su Eminencia dijo al
rey:
Ahora que no estamos más que nosotros dos, vamos a hablar
seriamente, si place a Vuestra Majestad. Sire, el señor de Buckingham estaba en
París desde hace cinco días y hasta esta mañana no ha partido.
Capítulo XVI
Donde el señor guardasellos Séguier buscó más de
una vez la campana para tocarla como lo hacía antaño
Es imposible hacerse una idea de la impresión que estas pocas
palabras produjeron en Luis XIII. Enrojeció y palideció sucesivamente; y el
cardenal vio en seguida que acababa de conquistar de un solo golpe todo el
terreno que había perdido.
¡El señor de Buckingham en Paris! exclamó ¿Y qué viene a hacer?
Sin duda, a conspirar con vuestros enemigos los hugonotes y los
españoles.
¡No, pardiez, no! ¡A conspirar contra mi honor con la señora de
Chevreuse, la señora de Longueville y los Condé!
¡Oh sire, qué idea! La reina es demasiado prudente y, sobre
todo, ama demasiado a Vuestra Majestad.
La mujer es débil, señor cardenal dijo el rey ; y en cuanto a
amarme mucho, tengo hecha mi opinión sobre ese amor.
No por ello dejo de mantener dijo el cardenal que el duque de
Buckingham ha venido a Paris por un plan completamente politico.
Y yo estoy seguro de que ha venido por otra cosa, señor
cardenal; pero si la reina es culpable, ¡que tiemble!
Por cierto dijo el cardenal , por más que me repugne detener mi
espíritu en una traición semejante, Vuestra Majestad me da que pensar: la
señora de Lannoy, a quien por orden de Vuestra Majestad he interrogado varias
veces, me ha dicho esta mañana que la noche pasada Su Majestad había estado en
vela hasta muy tarde, que esta mañana había llorado mucho y que durante todo el
día había estado escribiendo.
A él indudablemente dijo el rey . Cardenal, necesito los papeles
de la reina.
Pero ¿cómo cogerlos, sire? Me parece que no es Vuestra Majestad
ni yo quienes podemos encargarnos de una misión semejante.
¿Cómo se cogieron cuando la mariscala D'Ancre? exclamó el rey en
el más alto grado de cólera . Se registraron sus armarios y por último se la
registró a ella misma.
La mariscala D'Ancre no era más que la mariscala D'Ancre, una
aventurera florentina, sire, eso es todo, mientras que la augusta esposa de
Vuestra Majestad es Ana de Austria, reina de Francia, es decir, una de las
mayores princesas del mundo.
Por eso es más culpable, señor duque. Cuanto más ha olvidado la
alta posición en que estaba situada, tanto más bajo ha descendido. Además, hace
tiempo que estoy decidido a terminar con todas sus pequeñas intrigas de
política y de amor. A su lado tiene también a un tal La Porte...
A quien yo creo la clave de todo esto, lo confieso dijo el
cardenal.
Entonces, ¿vos pensáis, como yo, que ella me engaña? dijo el
rey.
Yo creo, y lo repito a Vuestra Majestad, que la reina conspira
contra el poder de su rey, pero nunca he dicho contra su honor.
Y yo os digo que contra los dos; yo os digo que la reina no me
ama; yo os digo que ama a otro; ¡os digo que ama a ese infame duque de
Buckingham! ¿Por qué no lo habéis hecho arrestar mientras estaba en París?
¡Arrestar al duque! ¡Arrestar al primer ministro del rey Carlos
I! Pensad en ello, sire. ¡Qué escándalo! Y si las sospechas de Vuestra
Majestad, de las que yo sigo dudando, tuvieran alguna consistencia, ¡qué
escándalo terrible! ¡Qué escándalo desesperante!
Pero puesto que se exponía como un vagabundo y un ladronzuelo,
había...
Luis XIII se detuvo por sí mismo espantado de lo que iba a
decir, mientras que Richelieu, estirando el cuello, esperaba inútilmente la
palabra que había quedado en los labios del rey.
¿Había?
Nada dijo el rey , nada. Pero en todo el tiempo que ha estado en
Paris, ¿le habéis perdido de vista?
No, sire.
Dónde se alojaba?
In la calle de La Harpe, número 75.
¿Dónde está eso?
Junto al Luxemburgo.
¿Y estáis seguro de que la reina y él no se han visto?
Creo que la reina está demasiado vinculada a sus deberes, sire.
Pero se han escrito; es a él a quien la reina ha escrito durante
todo el día; señor duque, ¡necesito esas cartas!
Pero, sire...
Señor duque, al precio que sea las quiero.
Haré observar, sin embargo, a Vuestra Majestad...
¿Me traicionáis vos también, señor cardenal, para oponeros
siempre así a mis deseos? ¿Estáis de acuerdo con los españoles y con los
ingleses, con la señora de Chevreuse y con la reina?
Sire respondió suspirando el cardenal , creía estar al abrigo de
semejante sospecha.
Señor cardenal, ya me habéis oído: quiero esas cartas.
No habría más que un medio.
¿Cuál?
Sería encargar de esta misión al señor guardasellos Séguier. La
cosa entra por entero en los deberes de su cargo.
¡Que envíen a buscarlo ahora mismo!
Debe estar en mi casa, sire; hice que le rogasen pasarse por
allí, y cuando he venido al Louvre he dejado la orden de hacerle esperar si se
presentaba.
¡Que vayan a buscarlo ahora mismo!
Las órdenes de Vuestra Majestad serán cumplidas, pero...
¿Pero qué?
La reina se negará quizá a obedecer.
¿Mis órdenes?
Sí, si ignora que esas órdenes vienen del rey.
Pues bien para que no lo dude, voy a prevenirla yo mismo.
Vuestra Majestad no debe olvidar que he hecho todo cuanto he
podido para prevenir una ruptura.
Sí duque, sé que vos sois muy indulgente con la reina, demasiado
indulgente quizá, y os prevengo que luego tendremos que hablar de esto.
Cuando le plazca a Vuestra Majestad; pero siempre estaré feliz y
orgulloso, sire, de sacrificarme a la buena armonía que deseo ver reinar entre
vos y la reina de Francia.
Bien, cardenal, bien; pero mientras tanto enviad en busca del
señor guardasellos; yo entro en los aposentos de la reina.
Y abriendo la puerta de comunicación, Luis XIII se adentró por
el corredor que conducía de sus habitaciones a las de Ana de Austria.
La reina estaba en medio de sus mujeres, la señora de Guitaut,
la señora de Sablé, la señora de Montbazon y la señora de Guéménée. En un
rincón estaba aquella camarista española, doña Estefanía, que la había seguido
desde Madrid. La señora de Guéménée leía, y todo el mundo escuchaba con
atención a la lectora, a excepción de la reina que, por el contrario, había
provocado aquella lectura a fin de poder seguir el hilo de sus propios
pensamientos mientras fingía escuchar.
Estos pensamientos, pese a lo dorados que estaban por un último
reflejo de amor, no eran menos tristes. Ana de Austria, privada de la confianza
de su marido, perseguida por el odio del cardenal, que no podía perdonarle
haber rechazado un sentimiento más dulce, con los ojos puestos en el ejemplo de
la reina madre, a quien aquel odio había atormentado toda su vida aunque María
de Médicis, si hay que creer las Memorias de la época, hubiera comenzado por
conceder al cardenal el sentimiento que Ana de Austria terminó siempre por
negarle . Ana de Austria había visto caer a su alrededor a sus servidores más
abnegados, sus confidentes más íntimos, sus favoritos más queridos. Como esos
desgraciados dotados de un don funesto, llevaba la desgracia a cuanto tocaba;
su amistad era un signo fatal que apelaba a la persecución. La señora Chevreuse
y la señora de Vernet estaban exiliadas; finalmente, La Porte no ocultaba a su
ama que esperaba ser arrestado de un momento a otro.
Fue el instante en que estaba sumida en la más profunda y
sombría de estas reflexiones cuando la puerta de la habitación se abrio y entró
el rey.
La lectora se calló al momento, todas las damas se levantaron y
se hizo un profundo silencio.
En cuanto al rey, no hizo ninguna demostración de cortesía;
sólo, deteniéndose ante la reina, dijo con voz alterada:
Señora, vais a recibir la visita del señor canciller, que os
comunicará ciertos asuntos que le he encargado.
La desgraciada reina, a la que amenazaba constantemente con el
divorcio, el exilio e incluso el juicio, palideció bajo el rouge y no pudo
impedirse decir:
Pero ¿por qué esta visita, sire? ¿Qué va a decirme el señor
canciller que Vuestra Majestad no pueda decirme por sí misma?
El rey giró sobre sus talones sin responder y casi en ese mismo
instante el capitán de los guardias, el señor de Guitaut, anunció la visita del
señor canciller.
Cuando el canciller apareció, el rey había salido ya por otra
puerta.
El canciller entró medio sonriendo, medio ruborizándose. Como
probablemente volveremos a encontrarlo en el curso de esta historia, no estaría
mal que nuestros lectores traben desde ahora conocimiento con él.
El tal canciller era un hombre agradable. Fue Des Roches de
Masle, canónigo de Notre Dame y que en otro tiempo había sido ayuda de cámara
del cardenal, quien le propuso a Su Eminencia como un hombre totalmente adicto.
El cardenal se fio y le fue bien.
Contaban de él algunas historias, entre otras ésta:
Tras una juventud tormentosa, se había retirado a un convento
para expiar al menos durante algún tiempo las locuras de la adolescencia.
Pero, al entrar en aquel santo lugar, el pobre penitente no pudo
cerrar la puerta con la rapidez suficiente para que las pasiones de que huía no
entraran con él. Estaba obsesionado sin tregua, y el superior, a quien había
confiado esa desgracia, queriendo ayudarlo en lo que pudiese, le había
recomendado para conjurar al demonio tentador recurrir a la cuerda de la
campana y echarla al vuelo. Al ruido delator, los monjes sabrían que la
tentación asediaba a un hermano, y toda la comunidad se pondría a rezar.
El consejo pareció bueno al futuro canciller. Conjuró al
espíritu maligno con gran acompañamiento de plegarias hechas por los monjes;
pero el diablo no se deja desposeer fácilmente de una plaza en la que ha
sentado sus reales; a medida que redoblaban los exorcismos, redoblaba él las
tentaciones; de suerte que día y noche la campana repicaba anunciando el
extremo deseo de mortificación que experimentaba el penitente.
Los monjes no tenían ni un instante de reposo. Por el día no
hacían más que subir y bajar las escaleras que conducían a la capilla; por la
noche, además de completas y maitines, estaban obligados a saltar veinte veces
fuera de sus camas y a prosternarse en las baldosas de sus celdas.
Se ignora si fue el diablo quien soltó la presa o fueron los
monjes quienes se cansaron; pero al cabo de tres meses, el diablo reapareció en
el mundo con la reputación del más terrible poseso que jamás haya existido.
Al salir del convento entró en la magistratura, se convirtió en
presidente con birrete en el puesto de su tío, abrazó el partido del cardenal,
cosa que no probaba poca sagacidad; se hizo canciller, sirvió a su eminencia
con celo en su odio contra la reina madre y en su venganza contra Ana de
Austria; estimuló a los jueces en el asunto de Chalais, alentó los ensayos del
señor de Laffemas, gran ahorcador de Francia; finalmente, investido de toda la
confianza del cardenal, confianza que tan bien se había ganado, vino a recibir
la singular comisión para cuya ejecución se presentaba en el aposento de la
reina.
La reina estaba aún de pie cuando él entró, pero apenas lo hubo
visto se volvió a sentar en su sillón a hizo seña a sus mujeres de volverse a
sentar en sus cojines y taburetes, y con un tono de suprema altivez preguntó:
Qué deseáis, señor y con qué fin os presentáis aquí?
Para hacer en nombre del rey, señora, y salvo el respeto que
tengo el honor de deber a Vuestra Majestad, una indagación completa en vuestros
papeles.
¡Cómo, señor! Una indagación en mis papeles... ¡A mil ¡Qué cosa
más indigna!
Os ruego que me perdonéis, señora, pero en esta circunstancia no
soy sino el instrumento de que el rey se sirve. ¿No acaba de salir de aquí Su
Majestad y no os ha invitado ella misma a prepararos para esta visita?
Registrad, pues, señor; soy una criminal según parece:
Estefanía, dadle las llaves de mis mesas y de mis secreteres.
El canciller hizo una visita por pura formalidad a los muebles,
pero sabía de sobra que no era en un mueble donde la reina había debido guardar
la importante carta que había escrito durante el día.
Cuando el canciller hubo abierto y cerrado veinte veces los
cajones del secreter, tuvo, pese a los titubeos que experimentaba, tuvo, digo,
que llegar a la conclusión del asunto, es decir, a registrar a la propia reina.
El canciller avanzó, pues, hacia Ana de Austria, y con un tono muy perplejo y
aire muy embarazado, dijo:
Y ahora sólo me queda por hacer la indagación principal.
¿Cuál? preguntó la reina, que no comprendía o que, mejor dicho,
no quería comprender.
Su Majestad está segura de que ha sido escrita por vos una carta
durante el día; sabe que aún no ha sido enviada a su destinatario. Esa carta no
se encuentra ni en vuestra mesa ni en vuestro secreter y, sin embargo, esa
carta está en alguna parte.
¿Os atreveríais a poner la mano sobre vuestra reina? dijo Ana de
Austria, irguiéndose en toda su altivez y fijando sobre el canciller sus ojos,
cuya expresión se había vuelto casi amenazadora.
Yo soy un súbdito fiel del rey, señora; y todo cuanto Su
Majestad ordene lo haré.
Pues bien es cierto dijo Ana de Austria , y los espías del señor
cardenal le han servido bien. Hoy he escrito una carta, esa carta no está en
ninguna parte. La carta está aquí.
Y la reina llevó su bella mano a su blusa.
Entonces, dadme esa carta, señora dijo el canciller.
No se la daré más que al rey, señor dijo Ana.
Si el rey hubiera querido que esa carta le hubiera sido
entregada, señora, os la hubiera pedido él mismo. Pero, os lo repito, es a mí a
quien ha encargado reclamárosla, y si no la entregáis...
¿Y bien?
También me ha encargado cogérosla.
Cómo, ¿qué queréis decir?
Que mis órdenes van lejos, señora, y que estoy autorizado a
buscar el papel sospechoso en la persona misma de Vuestra Majestad.
¡Qué horror! exclamó la reina.
¿Queréis pues, hacer las cosas fáciles?
Esa conducta es de una violencia infame, ¿lo sabíais, señor?
El rey manda, señora, perdonadme.
No lo soportaré; no, no, ¡antes morir! exclamó la reina, en la
que se revolvía la sangre imperiosa de la española y de la austríaca.
El canciller hizo una profunda reverencia, luego, con la
intención bien patente de no retroceder un ápice en el cumplimiento de la
comisión que se le había encargado y como hubiera podido hacerlo un ayudante de
verdugo en la cámara de torturas, se acercó a Ana de Austria, de cuyos ojos se
vieron en el mismo instante brotar lágrimas de rabia.
Como hemos dicho, la reina era de una gran belleza.
El cometido podía, pues, pasar por delicado, y el rey había
llegado, a fuerza de celos contra Buckingham, a no estar celoso de nadie.
Sin duda el canciller Séguier buscó en ese momento con los ojos
el cordón de la famosa campana; pero al no encontrarlo, tomó su decisión y
tendió la mano hacia el lugar en que la reina había confesado que se encontraba
el papel.
Ana de Austria dio un paso hacia atrás, tan pálida que se
hubiera dicho que iba a morir; y apoyándose con la mano izquierda, para no
caer, en una mesa que se encontraba tras ella, sacó con la derecha un papel de
su pecho y lo tendió al guardasellos.
Tomad, señor, ahí está la carta exclamó la reina, con voz
entrecortada y temblorosa . Cogedla y libradme de vuestra odiosa presencia.
El canciller, que por su parte tembiaba por una emoción fácil de
concebir, cogió la carta, saludó hasta el suelo y se retiró.
Apenas se hubo cerrado la puerta tras él, cuando la reina cayó
semidesvanecida en brazos de sus mujeres.
El canciller fue a llevar la carta al rey sin haber leído una
sola palabra. El rey la cogió con la mano temblorosa, buscó el destinatario,
que faltaba; se puso muy pálido, la abrió lentamente; luego, al ver por las
primeras letras que estaba dirigida al rey de España, leyó con rapidez.
Era todo un plan de ataque contra el cardenal. La reina invitaba
a su hermano y al emperador de Austria a fingir, heridos como estaban por la
política de Richelieu, cuya eterna preocupación fue el sometimiento de la casa
de Austria, que declaraban la guerra a Francia y que imponían como condición de
la paz el despido del cardenal; pero de amor no había una sola palabra en toda
aquella carta.
El rey, todo contento, se informó de si el cardenal estaba aún
en el Louvre. Se le dijo que Su Eminencia esperaba, en el gabinete de trabajo,
las órdenes de Su Majestad.
El rey se dirigió al punto a su lado.
Tomad, duque le dijo ; teníais razón y era yo el que estaba
equivocado; toda la intriga es política, y no había ningún asunto de amor en
esta carta. En cambio se trata, y mucho, de vos.
El cardenal tomó la carta y la leyó con la mayor atención;
luego, cuando hubo llegado al fin la releyó una segunda vez.
¡Bien! dijo . Vuestra Majestad ya ve hasta dónde llegan mis
enemigos: se os amenaza con dos guerras si no me echáis. En verdad, yo en
vuestro lugar, sire, cedería a tan poderosas instancias y, por mi parte, yo me
retiraría de los asuntos públicos con verdadera dicha.
¿Qué decís, duque?
Digo, sire, que mi salud se pierde en estas luchas excesivas y
en estos trabajos eternos. Digo que lo más probable es que yo no pueda soportar
las fatigas del asedio de La Rochelle, y que más valdría que nombrarais para él
al señor de Condé, o al señor de Basompierre o a algún valiente que se halle en
situación de dirigir la guerra, y no a mí, que soy un hombre de iglesia, al que
se aleja constantemente de mi vocación para aplicarme a cosas para las que no
tengo ninguna aptitud. Seréis más feliz en el interior, sire, y no dudo que
seréis más grande en el extranjero.
Señor duque dijo el rey comprendo, estad tranquilo; todos los
que son nombrados en esa carta serán castigados como merecen, y la reina
también.
¿Qué decís, sire? Dios me guarde de que, por mí, la reina sufra
la menor contrariedad. Ella siempre me ha creído su enemigo, sire, aunque
Vuestra Majestad puede atestiguar que yo siempre la he apoyado calurosamente,
incluso contra vos. ¡Oh, si ella traicionase a Vuestra Majestad en su honor,
sería otra cosa, y yo sería el primero en decir: «¡Nada de gracia sire, nada de
gracia para la culpable!» Afortunadamente no es nada de eso, y Vuestra Majestad
acaba de adquirir una nueva prueba.
Es cierto, señor cardenal dijo el rey , y teníais razón, como
siempre; pero no por ello deja la reina de merecer toda mi cólera.
Sois vos, sire, quien habéis incurrido en la suya; y si
realmente ella hiciera ascos seriamente a Vuestra Majestad, yo lo comprendería;
Vuestra Majestad la ha tratado con una severidad...
Así es como trataré siempre a mis enemigos y a los vuestros,
duque, por alto que estén colocados y sea cual sea el peligro que yo coma por
actuar severamente con ellos.
La reina es mi enemiga, pero no la vuestra, sire; al contrario,
es una esposa abnegada, sumisa a irreprochable; dejadme, pues, sire, interceder
por ello junto a Vuestra Majestad.
¡Entonces que se humille, y que venga a mí la primera!
Al contrario, sire, dad ejemplo: vos habéis cometido el primer
error, puesto que sois vos quien habéis sospechado de la reina.
¿Que yo vaya el primero? dijo el rey . ¡Jamás!
Sire, os lo suplico.
Además, ¿cómo iría yo el primero?
Haciendo una cosa que sabéis que le gustaría.
¿Cuál?
Dad un baile; ya sabéis cuánto le gusta a la reina la danza; os
prometo que su rencor no resistirá ante semejante tentación.
Señor cardenal, vos sabéis que no me gustan todos esos placeres
mundanos.
Por eso la reina os quedará más agradecida, puesto que sabe
vuestra antipatía por ese placer; además, será una ocasión para ella de ponerse
esos bellos herretes de diamantes que acabáis de darle por su cumpleaños el
otro día, y que aún no ha tenido tiempo de ponerse.
Ya veremos, señor cardenal, ya veremos dijo el rey, que en su
alegría por hallar a la reina culpable de un crimen que le importaba poco a
inocente de una falta que temía mucho, estaba dispuesto a reconciliarse con
ella . Ya veremos; pero, por mi honor, sois demasiado indulgente.
Sire dijo el cardenal dejad la severidad a los ministros, la
indulgencia es la virtud real; usadla y veréis cómo os encontraréis bien.
Tras esto, el cardenal, oyendo dar en el péndulo las once, se
inclinó profundamente pidiendo permiso al rey para retirarse y suplicándole que
se reconciliase con la reina.
Ana de Austria, que a consecuencia de la confiscación de su
carta esperaba algún reproche, quedó muy sorprendida al ver al día siguiento al
rey hacer tentativas de acercamiento hacia ella. Su primer movimiento fue de
repulsa, su orgullo de mujer y su dignidad de reina habían sido, los dos, tan
cruelmente ofendidos que no podía reconciliarse así, a la primera; pero,
vencida por el consejo de sus mujeres, tuvo finalmente aspecto de comenzar a
olvidar. El rey aprovechó aquel primer momento de retorno para decirle que
contaba con dar de un momento a otro una fiesta.
Era una cosa tan rara una fiesta para la pobre Ana de Austria
que, como había pensado el cardenal, ante este anuncio la última huella de sus
resentimientos desapareció, si no de su corazón, al menos de su rostro. Ella
preguntó qué día debía tener lugar aquella fiesta, pero el rey respondió que
tenía que entenderse sobre este punto con el cardenal.
En efecto, todos los días el rey preguntaba al cardenal en qué
época tendría lugar aquella fiesta, y todos los días, el cardenal, con un
pretexto cualquiera, difería fijarla.
Así pasaron diez días.
El octavo día después de la escena que hemos contado, el
cardenal recibió una carta, con sello de Londres, que contenía solamente estas
pocas líneas:
«Los tengo; pero no puedo abandonar Londres, dado que me falta
dinero; enviadme quinientas pistolas, y, cuatro o cinco días después de
haberlas recibido, estaré en Paris.»
El mismo día en que el cardenal hubo recibido esta carta, el rey
le dirigió su pregunta habitual.
Richelieu contó con los dedos y se dijo en voz baja:
Ella llegará, según dice, cuatro o cinco días después de haber
recibido el dinero; se necesitan cuatro o cinco días para que el dinero llegue,
cuatro o cinco para que ella vuelva, lo cual hacen diez días; ahora demos su
parte a los vientos contrarios, a la mala suerte, a las debilidades de mujer y
pongamos doce días.
¡Y bien, señor duque! dijo el rey . ¿Habéis calculado?
Sí, siré; hoy estamos a 20 de septiembre; los regidores de la
ciudad dan una fiesta el 3 de octubre. Resultará todo de maravilla, porque así
no parecerá que volvéis a la reina.
Luego el cardenal añadió:
A propósito, sire, no olvidéis decir a Su Majestad, la víspera
de esa fiesta, que deseáis ver cómo le sientan sus herretes de diamantes.
Capítulo XVII
El matrimonio Bonacieux
Era la segunda vez que el cardenal insistía en ese punto de los
herretes de diamantes con el rey. Luis XIII quedó sorprendido, pues, por
aquella insistencia, y pensó que tal recomendación ocultaba algún misterio.
Más de una vez el rey había sido humillado porque el cardenal
cuya policía, sin haber alcanzado la perfección de la policía moderna, era
excelente estuviese mejor informado que él mismo de lo que pasaba en su propio matrimonio.
Esperó, pues, sacar, de un encuentro con Ana de Austria, alguna luz de aquella
conversación y volver luego junto a Su Eminencia con algún secreto que el
cardenal supiese o no supiese, lo cual, tanto en un caso como en otro, le
realzaba infinitamente a los ojos de su ministro.
Fue, pues, en busca de la reina y, según su costumbre, la abordó
con nuevas amenazas contra quienes la rodeaban. Ana de Austria bajó la cabeza y
dejó pasar el torrente sin responder, esperando que terminaría por detenerse;
pero no era eso lo que quería Luis XIII; Luis XIII quería una discusión de la
que saliese alguna luz nueva, convencido como estaba de que el cardenal tenía
alguna segunda intención y maquinaba una sorpresa terrible como sabía hacer Su
Eminencia. Y llegó a esa meta con su persistencia en acusar.
Pero exclamó Ana de Austria, cansada de aquellos vagos ataques ,
pero sire, no me decís todo lo que tenéis en el corazón. ¿Qué he hecho yo?
Veamos, ¿qué nuevo crimen he cometido? Es posible que Vuestra Majestad haga
todo este escándalo por una carta escrita a mi hermano.
El rey, atacado a su vez de una manera tan directa, no supo qué
responder; pensó que aquel era el momento de colocar la recomendación que no
debía hacer más que la víspera de la fiesta.
Señora dijo con majestad , habrá dentro de poco un baile en el
Ayuntamiento; espero que para honrar a nuestros valientes regidores aparezcáis
en traje de ceremonia y sobre todo adornada con los herretes de diamantes que
os he dado por vuestro cumpleaños. Esa es mi respuesta.
La respuesta era terrible. Ana de Austria creyó que Luis XIII lo
sabía todo, y que el cardenal había conseguido de él ese largo disimulo de
siete a ocho días, que cuadraba por lo demas con su carácter. Se puso
excesivamente pálida, apoyó sobre una consola su mano de admirable belleza y
que parecía en ese momento una mano de cera y, mirando al rey con los ojos
espantados, no respondió ni una sola sílaba.
¿Habéis oído, señora? dijo el rey, que gozaba con aquel embarazo
en toda su extensión, pero sin adivinar la causa . ¿Habéis oído?
Sí, sire, he oído balbuceó la reina.
¿Iréis a ese baile?
Sí.
Con vuestros herretes?
La palidez de la reina aumentó aún más, si es que era posible;
el rey se percató de ello, y lo disfrutó con esa fría crueldad que era una de
las partes malas de su carácter.
Entonces, convenido dijo el rey . Eso era todo lo que tenía que
deciros.
Pero ¿qué día tendrá lugar el baile? preguntó Ana de Austria.
Luis XIII sintió instintivamente que no debía responder a aquella pregunta,
pues la reina la había hecho con una voz casi moribunda.
Muy pronto, señora dijo ; pero no me acuerdo con precisión de la
fecha del día, se la preguntaré al cardenal.
¿Ha sido el cardenal quien os ha anunciado esa fiesta? exclamó
la reina.
Sí, señora respondió el rey asombrado . Pero ¿por qué?
¿Ha sido él quien os ha dicho que me invitéis a aparecer con los
herretes?
Es decir, señora...
¡Ha sido él, sire, ha sido él!
¡Y bien! ¿Qué importa que haya sido él o yo? ¿Hay algún crimen
en esa invitación?
No, sire.
Entonces, ¿os presentaréis?
Sí, sire.
Está bien dijo el rey, retirándose . Está bien, cuento con ello.
La reina hizo una reverencia, menos por etiqueta que porque sus
rodillas flaqueaban bajo ella.
El rey partió encantado.
Estoy perdida murmuró la reina . Perdida porque el cardenal lo
sabe todo, y es él quien empuja al rey, que todavía no sabe nada, pero que
sabrá todo muy pronto. ¡Estoy perdida! ¡Dios mío, Dios mío Dios mío!
Se arrodilló sobre un cojín y rezó con la cabeza hundida entre
sus brazos palpitantes.
En efecto, la posición era terrible. Buckingham había vuelto a
Londres, la señora de Chevreuse estaba en Tours. Más vigilada que nunca, la
reina sentía sordamente que una de sus mujeres la traicionaba, sin saber decir
cuál. La Porte no podía abandonar el Louvre. No tenía a nadie en el mundo en
quien fiarse.
Por eso, en presencia de la desgracia que la amenazaba y del
abandono que era el suyo, estalló en sollozos.
¿No puedo yo servir para nada a Vuestra Majestad? dijo de pronto
una voz llena de dulzura y de piedad.
La reina se volvió vivamente, porque no había motivo para
equivocarse en la expresión de aquella voz: era una amiga quien así hablaba.
En efecto, en una de las puertas que daban a la habitación de la
reina apareció la bonita señora Bonacieux; estaba ocupada en colocar los
vestidos y la ropa en un gabinete cuando el rey había entrado; no había podido
salir, y había oído todo.
La reina lanzó un grito agudo al verse sorprendida, porque en su
turbación no reconoció al principio a la joven que le había sido dada por La
Porte.
¡Oh, no temáis nada, señora! dijo la joven juntando las manos y
llorando ella misma las angustias de la reina . Pertenezco a Vuestra Majestad
en cuerpo y alma, y por lejos que esté de ella, por inferior que sea mi
posición, creo que he encontrado un medio para librar a Vuestra Majestad de
preocupaciones.
¡Vos! ¡Oh, cielos! ¡Vos! exclamó la reina . Pero veamos, miradme
a la cara. Me traicionan por todas partes, ¿puedo fiarme de vos?
¡Oh, señora! exclamó la joven cayendo de rodillas . Por mi alma,
¡estoy dispuesta a morir por Vuestra Majestad!
Esta exclamación había salido del fondo del corazón y, como el
primero, no podía engañar.
Sí continuó la señora Bonacieux . Sí, aquí hay traidores; pero
por el santo nombre de la Virgen, os juro que nadie es más adicta que yo a
Vuestra Majestad. Esos herretes que el rey pide de nuevo se los habéis dado al
duque de Buckingham, ¿no es así? ¿Esos herretes estaban guardados en una cajita
de palo de rosa que él llevaba bajo el brazo? ¿Me equivoco acaso? ¿No es as?
¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! murmuró la reina cuyos dientes
castañeaban de terror.
Pues bien, esos herretes prosiguió la señora Bonacieux hay que
recuperarlos.
Sí, sin duda, hay que hacerlo exclamó la reina . Pero ¿cómo,
cómo conseguirlo?
Hay que enviar a alguien al duque.
Pero ¿quién...? ¿Quién...? ¿De quién fiarme?
Tened confianza en mí, señora; hacedme ese honor, mi reina, y yo
encontraré el mensajero.
¡Pero será preciso escribir!
¡Oh, sí! Es indispensable. Dos palabras de mano de Vuestra
Majestady vuestro sello particular.
Pero esas dos palabras, ¡son mi condena, son el divorcio, el
exilio!
¡Sí, si caen en manos infames! Pero yo respondo de que esas dos
palabras sean remitidas a su destinatario.
¡Oh, Dios mío! ¡Es preciso, pues, que yo ponga mi vida, mi
honor, mi reputación en vuestras manos!
¡Sí, sí, señora, lo es, y yo salvaré todo esto!
Pero ¿cómo? Decídmelo al menos.
Mi marido ha sido puesto en libertad hace tres días; aún no he
tenido tiempo de volverlo a ver. Es un hombre bueno y honesto que no tiene odio
ni amor por nadie. Hará lo que yo quiera; partirá a una orden mía, sin saber lo
que lleva, y entregará la carta de Vuestra Majestad, sin saber siquiera que es
de Vuestra Majestad, al destinatario que se le indique.
La reina tomó las dos manos de la joven en un arrebato
apasionado, la miró como para leer en el fondo de su corazón, y al no ver más
que sinceridad en sus bellos ojos la abrazó tiernamente.
¡Haz eso exclamó , y me habrás salvado la vida, habrás salvado
mi honor!
¡Oh! No exageréis el servicio que yo tengo la dicha de haceros;
yo no tengo que salvar de nada a Vuestra Majestad, que es solamente víctima de
pérfidas conspiraciones.
Es cierto, es cierto, hija mía dijo la reina . Y tienes razón.
Dadme, pues, esa carta, señora, el tiempo apremia.
La reina corrió a una pequeña mesa sobre la que había tinta,
papel y plumas; escribió dos líneas, selló la carta con su sello y la entregó a
la señora Bonacieux.
Y ahora dijo la reina , nos olvidamos de una cosa muy necesaria.
. .
¿Cuál?
El dinero.
La señora Bonacieux se ruborizó.
Sí, es cierto dijo . Confesaré a Vuestra Majestad que mi marido.
. .
Tu marido no lo tiene, es eso lo que quieres decir.
Claro que sí, lo tiene pero es muy avaro, es su defecto. Sin
embargo que Vuestra Majestad no se inquiete, encontraremos el medio...
Es que yo tampoco tengo dijo la reina (quienes lean las Memorias
de la señora de Motteville no se extrañarán de esta respuesta) . Pero espera.
Ana de Austria corrió a su escriño.
Toma dijo . Ahí tienes un anillo de gran precio, según aseguran;
procede de mi hermano el rey de España, es mío y puedo disponer de él. Toma ese
anillo y hazlo dinero, y que tu marido parta.
Dentro de una hora seréis obedecida.
Ya ves el destinatario añadió la reina hablando tan bajo que
apenas podía oírse lo que decía: A Milord el duque de Buckingham, en Londres.
La carta le será entregada personalmente.
¡Muchacha generosa! exclamó Ana de Austria.
La señora Bonacieux besó las manos de la reina, ocultó el papel
en su blusa y desapareció con la ligereza de un pájaro.
Diez minutos más tarde estaba en su casa; como le había dicho a
la reina no había vuelto a ver a su marido desde su puesta en libertad; por
tanto ignoraba el cambio que se había operado en él respecto del cardenal,
cambio que habían logrado la lisonja y el dinero de Su Eminencia y que habían
corroborado, luego, dos o tres visitas del conde de Rochefort, convertido en el
mejor amigo de Bonacieux, al que había hecho creer sin mucho esfuerzo que
ningún sentimiento culpable le había llevado al rapto de su mujer, sino que era
solamente una pre-caución política.
Encontró al señor Bonacieux solo; el pobre hombre ponía a duras
penas orden en la casa, cuyos muebles había encontrado casi rotos y cuyos
armarios casi vacíos, pues no es la justicia ninguna de las tres cosas que el
rey Salomón indica que no dejan huellas de su paso. En cuanto a la criada,
había huido cuando el arresto de su amo. El terror había ganado a la pobre
muchacha hasta el punto de que no había dejado de andar desde Paris hasta
Bourgogne, su país natal.
El digno mercero había participado a su mujer, tan pronto como
estuvo de vuelta en casa, su feliz retorno, y su mujer le había respondido para
felicitarle y para decirle que el primer momento que pudiera escamotear a sus
deberes sería consagrado por entero a visitarle.
Aquel primer momento se había hecho esperar cinco días, lo cual
en cualquier otra circunstancia hubiera parecido algo largo a maese Bonacieux;
pero en la visita que había hecho al cardenal y en las visitas que le hacía
Rochefort, había amplio tema de reflexión, y como se sabe, nada hace pasar el
tiempo como reflexionar.
Tanto más cuanto que las reflexiones de Bonacieux eran todas
color de rosa. Rochefort le llamaba su amigo, su querido Bonacieux, y no cesaba
de decirle que el cardenal le hacía el mayor caso. El mercero se veía ya en el
camino de los honores y de la fortuna.
Por su parte, la señora Bonacieux había reflexionado, pero hay
que decirlo, por otro motivo muy distinto que la ambición; a pesar suyo, sus
pensamientos habían tenido por móvil constante aquel hermoso joven tan valiente
y que parecía tan amoroso. Casada a los dieciocho años con el señor Bonacieux,
habiendo vivido siempre en medio de los amigos de su marido, poco susceptibles
de inspirar un sentimiento cualquiera a una joven cuyo corazón era más elevado
que su posición, la señora Bonacieux había permanecido insensible a las
seducciones vulgares; pero, en esa época sobre todo, el título de gentilhombre
tenía gran influencia sobre la burguesía y D'Artagnan era geltihombre; además,
llevaba el uniforme de los guardias que después del uniforme de los mosqueteros
era el más apreciado de las damas. Era, lo repetimos, hermoso, joven,
aventurero; hablaba de amor como hombre que ama y que tiene sed de ser amado;
tenía más de lo que es preciso para enloquecer a una cabeza de veintitrés años
y la señora Bonacieux había llegado precisamente a esa dichosa edad de la vida.
Aunque los dos esposos no se hubieran visto desde hacía más de
ocho días, y aunque graves acontecimientos habían pasado entre ellos, se
abordaron, pues, con cierta preocupación; sin embargo, el señor Bonacieux
manifestó una alegría real y avanzó hacia su mujer con los brazos abiertos.
La señora Bonacieux le presentó la frente.
Hablemos un poco dijo ella.
¿Cómo? dijo Bonacieux, extrañado.
Sí, tengo una cosa de la mayor importancia que deciros.
Por cierto, que yo también tengo que haceros algunas preguntas
bastante serias. Explicadme un poco vuestro rapto, por favor.
Por el momento no se trata de eso dijo la señora Bonacieux.
¿Y de qué se trata entonces? ¿De mi cautividad?
Me enteré de ella el mismo día; pero como no erais culpable de
ningún crimen, como no erais cómplice de ninguna intriga, como no sabíais nada,
en fin, que pudiera comprometeros, ni a vos ni a nadie, no he dado a ese suceso
más importancia de la que merecía.
¡Habláis muy a vuestro gusto señora! prosiguió Bonacieux, herido
por el poco interés que le testimoniaba su mujer . ¿Sabéis que he estado metido
un día y una noche en un calabozo de la Bastilla?
Un día y una noche que pasan muy pronto; dejemos, pues, vuestra
cautividad, y volvamos a lo que me ha traído a vuestro lado.
¿Cómo? ¡Lo que os trae a mi lado! ¿No es, pues, el deseo de
volver a ver a un marido del que estáis separada desde hace ocho días? pregunto
el mercero picado en lo más vivo.
Es eso en primer lugar, y además otra cosa.
¡Hablad!
Una cosa del mayor interés y de la que depende nuestra fortuna
futura quizá.
Nuestra fortuna ha cambiado mucho de cara desde que os vi,
señora Bonacieux, y no me extrañaría que de aquí a algunos meses causara la
envidia de mucha gente.
Sí, sobre todo si queréis seguir las instrucciones que voy a
daros.
¿A mî?
Sí, a vos. Hay una buena y santa acción que hacer, señor, y
mucho dinero que ganar al mismo tiempo.
La señora Bonacieux sabía que hablando de dinero a su marido le
cogía por el lado débil.
Pero aunque un hombre sea mercero, cuando ha hablado diez
minutos con el cardenal Richelieu, no es el mismo hombre.
¡Mucho dinero que ganar! dijo Bonacieux estirando los labios.
Sí, mucho.
¿Cuánto, más o menos?
Quizá mil pistolas.
¿Lo que vais a pedirme es, pues, muy grave?
Sí.
¿Qué hay que hacer?
Saldréis inmediatamente, yo os entregaré un papel del que no os
desprenderéis bajo ningún pretexto, y que pondréis en propia mano de alguien.
¿Y adónde tengo que ir?
A Londres.
¡Yo a Londres! Vamos, estáis de broma, yo no tengo nada que
hacer en Londres.
Pero otros necesitan que vos vayáis.
¿Quiénes son esos otros? Os lo advierto, no voy a hacer nada más
a ciegas, y quiero saber no sólo a qué me expongo, sino también por quién me
expongo.
Una persona ilustre os envía, una persona ilustre os, espera; la
recompensa superará vuestros deseos, he ahí cuanto puedo prometeros.
¡Intrigas otra vez, siempre intrigas! Gracias, yo ahora no me
fío, y el cardenal me ha instruido sobre eso.
¡El cardenal! exclamó la señora Bonacieux . ¡Habéis visto al
cardenal!
El me hizo llamar respondió orgullosamente el mercero.
Y vos aceptasteis su invitación, ¡qué imprudente!
Debo decir que no estaba en mi mano aceptar o no aceptar, porque
yo estaba entre dos guardias. Es cierto además que, como entonces yo no conocía
a Su Eminencia, si hubiera podido dispensarme de esa visita, hubiera estado muy
encantado.
¿Os ha maltratado entonces? ¿Os ha amenazado acaso?
Me ha tendido la mano y me ha llamado su amigo, ¡su amigo! ¿Oís,
señora? ¡Yo soy el amigo del gran cardenal!
¡Del gran cardenal!
¿Le negaríais, por casualidad ese título, señora?
Yo no le niego nada, pero os digo que el favor de un ministro es
efímero, y que hay que estar loco para vincularse a un ministro; hay poderes
que están por encima del suyo, que no descansan en el capricho de un hombre o
en el resultado de un acontecimiento; de esos poderes es de los que hay que
burlarse.
Lo siento, señora, pero no conozco otro poder que el del gran
hombre a quien tengo el honor de servir.
¿Vos servís al cardenal?
Sí, señora, y como su servidor no permitiré que os dediquéis a
conspiraciones contra el Estado, y que vos misma sirváis a las intrigas de una
mujer que no es francesa y que tiene el corazón español. Afortunadamente el
cardenal está ahí, su mirada alerta vigila y penetra hasta el fondo del
corazón.
Bonacieux repetía palabra por palabra una frase que había oído
decir al conde de Rochefort; pero la pobre mujer, que había contado con su
marido y que, en aquella esperanza, había respondido por él a la reina, no
tembló menos, tanto por el peligro en el que ella había estado a punto de
arrojarse, como por la impotencia en que se encontraba. Sin embargo, conociendo
la debilidad y sobre todo la codicia de su marido, no desesperaba de atraerle a
sus fines.
¡Ah! Sois cardenalista, señor exclamó . ¡Conque servís al
partido de los que maltratan a vuestra mujer a insultan a vuestra reina!
Los intereses particulares no son nada ante los intereses de
todos. Yo estoy de parte de quienes salvan al Estado dijo con énfasis
Bonacieux.
Era otra frase del conde de Rochefort, que él había retenido y
que hallaba ocasión de meter.
¿Y sabéis lo que es el Estado de que habláis? dijo la señora
Bonacieux, encogiéndose de hombros . Contentaos con ser un burgués sin fineza
ninguna, y dad la espalda a quien os ofrece muchas ventajas.
¡Eh eh! dijo Bonacieux, golpeando sobre una bolsa de panza
redondeada y que devolvió un sonido argentino . ¿Qué decís vos de esto, señora
predicadora?
¿De dónde viene ese dinero?
¿No lo adivináis?
¿Del cardenal?
De él y de mi amigo el conde de Rochefort.
¡El conde de Rochefort! ¡Pero si ha sido él quien me ha raptado!
Puede ser, señora.
¿Y vos recibís dinero de ese hombre?
¿No me habéis dicho vos que ese rapto era completamente
politico?
Sí; pero ese rapto tenía por objeto hacerme traicionar a mi ama,
arrancarme mediante torturas confesiones que pudieran comprometer el honor y
quizá la vida de mi augusta ama.
Señora prosiguió Bonacieux vuestra augusta ama es una pérfida
española, y lo que el cardenal hace está bien hecho.
Señor dijo la joven , os sabía cobarde, avaro a imbécil, ¡pero
no os sabía infame!
Señora dijo Bonacieux, que no había visto nunca a su mujer
encolerizada y que se echaba atrás ante la ira conyugal . Señora, ¿qué decís?
¡Digo que sois un miserable! continuó la señora Bonacieux, que
vio que recuperaba alguna influencia sobre su marido . ¡Ah, hacéis política
vos! ¡Y encima política cardenalista! ¡Ah, os venderíais en cuerpo y alma al
demonio por dinero!
No, pero al cardenal sí.
¡Es la misma cosa! exclamó la joven . Quien dice Richelieu dice
Satán.
Callaos, señora, callaos, podrían oírnos.
Sí, tenéis razón, y sería vergonzoso para vos vuestra propia
cobardía.
Pero ¿qué exigís entonces de mí? Veamos.
Ya os lo he dicho: que partáis al instante, señor, que cumpláis
lealmente la comisión que yo me digno encargaros y, con esta condición, olvido
todo, perdono; y hay más ella le tendió la mano : os devuelvo mi amistad.
Bonacieux era cobarde y avaro; pero amaba a su mujer: se
enterneció. Un hombre de cincuenta años no guarda durante mucho tiempo rencor a
una mujer de veintitrés. La señora Bonacieux vio que dudaba.
Entonces, ¿estáis decidido? dijo ella.
Pero, querida amiga, reflexionad un poco en lo que exigís de mí;
Londres está lejos de Paris, muy lejos, y quizá la comisión que me encarguéis
no esté exenta de peligro.
¡Qué importa si los evitáis!
Mirad, señora Bonacieux dijo el mercero . Mirad, decididamente,
me niego: las intrigas me dan miedo. He visto la Bastilla. ¡Brrrr! ¡La Bastilla
es horrible! Nada más pensar en ella se me pone la carne de gallina. Me han
amenazado con la tortura. ¿Sabéis vos lo que es la tortura? Cuñas de madera que
os meten entre las piernas hasta que los huesos estallan! No, decididamente, no
iré. Y ¡pardiez!, ¿por qué no vais vos misma? Porque en verdad creo que hasta
ahora he estado engañado sobre vos: ¡creo que sois un hombre, y de los más
rabiosos incluso!
Y vos, vos sois una mujer, una miserable mujer, estúpida y
tonta. ¡Ah, tenéis miedo! Pues bien, si no partís ahora mismo, os hago detener
por orden de la reina, y os hago meter en la Bastilla que tanto teméis.
Bonacieux cayó en una reflexión profunda; pesó detenidamente las
dos cóleras en su cerebro, la del cardenal y la de la reina; la del cardenal
prevaleció con mucha diferencia.
Hacedme detener de parte de la reina dijo y yo apelaré a Su
Eminencia.
Por vez primera, la señora Bonacieux vio que había ido demasiado
lejos, y quedó asustada por haber avanzado tanto. Contempló un instante con
horror aquel rostro estúpido, de una resolución invencible, como el de esos
tontos que tienen miedo.
¡Pues entonces, sea! dijo . Quizá, a fin de cuentas, tengáis
razón: un hombre sabe mucho más que las mujeres de política, y vos sobre todo,
señor Bonacieux, que habéis hablado con el cardenal. Y sin embargo, es muy duro
añadió que mi marido, que un hombre con cuyo afecto yo creía poder contar me
trate tan descortésmente y no satisfaga en nada mi fantasía.
Es que vuestras fantasías pueden llevar muy lejos respondió
Bonacieux, triunfante y desconfío de ellas.
Renunciaré, pues, a ellas dijo la joven suspirando . Está bien,
no hablemos más.
Si al menos me dijerais qué tenía que hacer en Londres prosiguió
Bonacieux, que recordaba un poco tarde que Rochefort le había encomendado
tratar de sorprender los secretos de su mujer.
Es inútil que lo sepáis dijo la joven, a quien una desconfianza
instintiva impulsaba ahora hacia trás : era una bagatela de las que gustan a
las mujeres, una compra con la que había mucho que ganar.
Pero cuanto más se resistía la joven, tanto más pensaba
Bonacieux que el secreto que ella se negaba a confiarle era importante. Por eso
decidió correr inmediatamente a casa del conde de Rochefort y decirle que la
reina buscaba un mensajero para enviarlo a Londres.
Perdonadme si os dejo, querida señora Bonacieux dijo él ; pero
por no saber que vendríais hoy he quedado citado con uno de mis amigos; vuelvo
ahora mismo, y si queréis esperarme, aunque sólo sea medio minuto, tan pronto
como haya terminado con ese amigo, vuelvo para recogeros y, como comienza a
hacerse tarde, acompañaros al Louvre.
Gracias, señor respondió la señora Bonacieux ; no sois lo
suficientemente valiente para serme de ninguna utilidad, y volveré al Louvre
perfectamente sola.
Como os plazca, señora Bonacieux respondió el exmercero . ¿Os
veré pronto?
Claro que sí; espero que la próxima semana mi servicio me deje
alguna libertad, y la aprovecharé para venir a ordenar nuestras cosas, que
deben estar algo desordenadas.
Está bien; os esperaré. ¿No me guardáis rencor?
¡Yo! Por nada del mundo.
¿Hasta pronto entonces?
Hasta pronto.
Bonacieux besó la mano de su mujer y se alejó rápidamente.
¡Vaya! dijo la señora Bonacieux cuando su marido hubo cerrado la
puerta de la calle y ella se encontró sola . ¡Sólo le faltaba a este imbécil
ser cardenalista! Y yo que había asegurado a la reina, yo que había prometido a
mi pobre ama... ¡Ay, Dios mío, Dios mío! Me va a tomar por una de esas
miserables que pupulan por palacio y que han puesto junto a ella para espiarla.
¡Ay, señor Bonacieux! Nunca os he amado mucho, pero ahora es mucho peor: os
odio, y ¡palabra que me la pagaréis!
En el momento en que decía estas palabras, un golpe en el techo
la hizo alzar la cabeza, y una voz, que vino a ella a través del piso, gritó:
-Querida señora Bonacieux, abridme la puerta pequeña de la
avenida y bajo junto a vos.
Capítulo XVlll
El amante y el marido
¡Ay, señora! dijo D'Artagnan entrando por la puerta que le abría
la joven . Permitidme decíroslo, tenéis un triste marido.
¡Entonces habéis oído nuestra conversación! preguntó vivamente
la señora Bonacieux, mirando a D'Artagnan con inquietud.
Toda entera.
Dios mío, ¿cómo?
Mediante un procedimiento conocido por mí, gracias al cual oí
también la conversación más animada que tuvisteis con los esbirros del
cardenal.
¿Y qué habéis comprendido de lo que decíamos?
Mil cosas: en primer lugar, que vuestro marido es un necio y un
imbécil, afortunadamente; luego, que estáis en un apuro, cosa que me ha
encantado y que me da ocasión de ponerme a vuestro servicio, y Dios sabe si
estoy dispuesto a arrojarme al fuego por vos; finalmente que la reina necesita
que un hombre valiente, inteligente y adicto haga por ella un viaje a Londres.
Yo tengo al menos dos de las tres cualidades que necesitáis, y heme aquí.
La señora Bonacieux no respondió, pero su corazón batía de
alegría y una secreta esperanza brilló en sus ojos.
¿Y qué garantía me daréis preguntó si consiento en confiaros
esta misión?
Mi amor por vos. Veamos, decid, ordenad: ¿qué hay que hacer?
¡Dios mío, Dios mío! murmuró la joven . Debo confiaros un
secreto semejante, señor. ¡Sois casi un niño!
Bueno, veo que os falta alguien que os responda por mí.
Confieso que eso me tranquilizarla mucho.
¿Conocéis a Athos?
No.
¿A Porthos?
No.
¿A Aramis?
No. ¿Quiénes son esos señores?
Mosqueteros del rey. ¿Conocéis al señor de Tréville, su capitán?
¡Oh, sí, a ese lo conozco. ¡No personalmente, sino por haber
oído hablar de él más de una vez a la reina como de un valiente y leal
gentilhombre.
¿No teméis que él os traicione por el cardenal, no es así?
¡Oh, no, seguro que no!
Pues bien, reveladle vuestro secreto y preguntadle si por
importante, por precioso, por terrible que sea podéis confiármelo.
Pero ese secreto no me pertenece y no puedo revelarlo de ese
modo.
Ibais a confiar de buena gana en el señor Bonacieux dijo
D'Artagnan con despecho.
Como se confía una carta al hueco de un árbol, al ala de un
pichón, al collar de un perro.
Sin embargo yo, como veis, os amo.
Vos lo decís.
¡Soy un hombre galante!
Lo creo.
¡Soy valiente!
¡Oh, de eso estoy segura!
Entonces, ponedme a prueba.
La señora Bonacieux miró al joven, contenida por una última
duda. Pero había tal ardor en sus ojos, tal persuasión en su voz, que se sintió
arrastrada a fiarse de él. Además, se hallaba en una de esas circunstancias en
que hay que arriesgar el todo por el todo. La reina estaba tan perdida por una
exagerada discreción como por una excesiva confianza. Además, confesémoslo, el
sentimiento involuntario que experimentaba por aquel joven proector la decidió
a hablar.
Escuchad le dijo . Me rindo a vuestras protestas y cedo ante
vuestras palabras. Pero os juro ante Dios que nos oye, que si me traicionáis y
mis enemigos me perdonan, me mataré acusándoos de mi muerte.
Y yo yo os juro ante Dios, señora dijo D'Artagnan , que, si soy
cogido durante el cumplimiento de las órdenes que vais a darme, moriré antes de
hacer o decir nada que comprometa a alguien.
Entonces la joven le confió el terrible secreto del que el azar
le había revelado ya una parte frente a la Samaritana. Esta fue su mutua
declaración de amor.
D'Artagnan resplandecía de alegría y de orgullo. Aquel secreto
que poseía, aquella mujer a la que amaba, la confianza y el amor hacían de él
un gigante.
Parto dijo . Parto al instante.
¡Cómo! ¿Partís? exclamó la señora Bonacieux . ¿Y vuestro
regimiento , vuestro capitán?
Por mi alma, me habéis hecho olvidar todo eso, querida
Constance. Sí, tenéis razón, necesito un permiso.
Un obstáculo todavía murmuró la señora Bonacieux con dolor.
¡Oh, ese exclamó D'Artagnan, tras un momento de reflexión- lo
superaré , estad tranquila!
¿Cómo?
Iré a buscar esta misma noche al señor de Tréville, a quien
encargaré que pida para mí este favor a su cuñado el señor des Essarts. Ahora,
otra cosa.
¿Qué? preguntó D'Artagnan, viendo que la señora Bonacieux dudaba
en continuar.
¿Quizá no tengáis dinero?
Quizá demasiado dijo D'Artagnan, sonriendo.
Entonces prosiguió la señora Bonacieux abriendo un armario y
sacando de ese armario la bolsa que media hora antes acariciaba tan
amorosamente su marido tomad esta bolsa.
¡El del cardenal! exclamó estallando de risa D'Artagnan que,
como se recordará, gracias a sus baldosas levantadas no se había perdido una
sílaba de la conversación del mercero y de su mujer.
El del cardenal dijo la señora Bonacieux . Como veis, se
presenta bajo un aspecto bastante respetable.
¡Pardiez! exclamó D'Artagnan . Será una cosa doblemente
divertida: ¡Salvar a la reina con el dinero de Su Eminencia!
Sois un joven amable y encantador dijo la señora Bonacieux .
Estad seguro de que Su Majestad no será nada ingrata.
¡Oh, yo ya estoy bien recompensado! exclamó D'Artagnan . Os amo,
vos me permitís decíroslo: es ya más dicha de la que me atrevía a esperar.
¡Silencio! dijo la señora Bonacieux, estremeciéndose.
¿Qué?
Están hablando en la calle.
Es la voz...
De mi marido. ¡Sí, lo he reconocido!
D'Artagnan corrió a lá puerta y pasó el cerrojo.
Que no entre hasta que yo no haya salido, y cuando yo salga, vos
le abrís.
Pero también yo debería haberme marchado. Y la desaparición de
ese dinero, ¿cómo justificarla si estoy yo aquí?
Tenéis razón, hay que salir.
¿Salir? ¿Y cómo? Nos verá si salimos.
Entonces hay que subir a mi casa.
¡Ah! exclamó la señora Bonacieux . Me decís eso en un tono que
me da miedo.
La señora Bonacieux pronunció estas palabras con una lágrima en
los ojos. D'Artagnan vio esa lágrima y, turbado, enternecido, se arrojó a sus
pies.
En mi casa dijo estaréis tan segura como en un templo, os doy mi
palabra de gentilhombre.
Partamos dijo ella . Me fío de vos, amigo mío.
D'Artagnan volvió a abrir con precaución el cerrojo y los dos
juntos, ligeros como sombras, se deslizaron por la puerta interior hacia la
avenida, subieron sin ruido la escalera y entraron en la habitación de
D'Artagnan.
Una vez allí, para mayor seguridad, el joven atrancó la puerta;
se acercaron los dos a la ventana, y por una rendija del postigo vieron al
señor Bonacieux que hablaba con un hombre de capa.
A la vista del hombre de capa, D'Artagnan dio un salto y,
sacando a medias la espada, se lanzó hacia la puerta.
Era el hombre de Meung.
¿Qué vais a hacer? exclamó la señora Bonacieux . Nos perdéis.
¡Pero he jurado matar a ese hombre! dijo D'Artagnan.
Vuestra vida está consagrada en este momento y no os pertenece.
En nombre de la reina, os prohíbo meteros en ningún peligro extraño al del
viaje.
Y en vuestro nombre, ¿no ordenáis nada?
En mi nombre dijo la señora Bonacieux, con viva emoción , en mi
nombre, os lo suplico. Pero escuchemos, me parece que hablan de mí.
D'Artagnan se acercó a la ventana y prestó oído.
El señor Bonacieux había abierto su puerta, y al ver la
habitación vacía, había vuelto junto al hombre de la capa al que había dejado
solo un instante.
Se ha marchado dijo . Habrá vuelto al Louvre.
¿Estáis seguro respondió el extranjero de que no ha sospechado
de las intenciones con que habéis salido?
No respondió Bonacieux con suficiencia . Es una mujer demasiado
superficial.
El cadete de los guardias, ¿está en su casa?
No lo creo; como veis, su postigo está cerrado y no se ve
brillar ninguna luz a través de las rendijas.
Es igual, habría que asegurarse.
¿Cómo?
Yendo a llamar a su puerta.
Preguntaré a su criado.
Id.
Bonacieux regresó a su casa, pasó por la misma puerta que
acababa de dar paso a los dos fugitivos, subió hasta el rellano de D'Artagnan y
llamó.
Nadie respondió. Porthos, para dárselas de importante, había
tomado prestado aquella tarde a Planchet. En cuanto a D'Artagnan, tenía mucho
cuidado con dar la menor señal de existencia.
En el momento en que el dedo de Bonacieux resonó sobre la
puerta, los dos jóvenes sintieron saltar sus corazones.
No hay nadie en su casa dijo Bonacieux.
No importa, volvamos a la vuestra, estaremos más seguros que en
el umbral de una puerta.
¡Ay, Dios mío! murmuró la señora Bonacieux . No vamos a oír
nada.
Al contrario dijo D'Artagnan les oiremos mejor. D'Artagnan
levantó las tres o cuatro baldosas que hacían de su habitación otra oreja de
Dionisio, extendió un tapiz en el suelo, se puso de rodillas a hizo señas a la
señora Bonacieux de inclinarse, como él hacía, hacia la abertura. ¿Estáis
seguro de que no hay nadie? dijo el desconcido.
Respondo de ello dijo Bonacieux.
¿Y pensáis que vuestra mujer...?
Ha vuelto al Louvre.
¿Sin hablar con nadie más que con vos?
Estoy seguro.
Es un punto importante, ¿comprendéis?
Entonces, ¿la noticia que os he llevado tiene un valor...?
Muy grande, mi querido Bonacieux, no os lo oculto.
Entonces, ¿el cardenal estará contento conmigo?
No lo dudo.
¡El gran cardenal!
¿Estáis seguro de que en su conversación con vos vuestra mujer
no ha pronunciado nombres propios?
No lo creo.
¿No ha nombrado ni a la señora de Chevreuse, ni al señor de
Buckingham,ni a la señora de Vernel?
No, ella me ha dicho sólo que queria enviarme a Londres para
servir a los intereses de una persona ilustre.
¡Traidor! murmuró la señora Bonacieux.
¡Silencio! dijo D Artagnan cogiéndole una mano que ella le
abandonó sin pensar.
No importa continuó el hombre de la capa . Sois un necio por no
haber fingido aceptar el encargo, ahora tendríais la carta; el Estado al que se
amenaza estaría a salvo, y vos...
¿Y yo?
Pues bien, vos , el cardenal os daría títulos de nobleza..
¿Os lo ha dicho?
Sí, yo sé que quería daros esa sorpresa.
Estad tranquilo prosiguió Bonacieux . Mi mujer me adora, todavía
hay tiempo.
¡Imbécil! murmuró la señora Bonacieux.
¡Silencio! dijo D'Artagnan, apretándole más fuerte la mano.
¿Cómo que aún hay tiempo? prosiguió el hombre de la capa.
Vuelvo al Louvre, pregunto por la señora Bonacieux, le digo que
lo he pensado, que me hago cargo del asunto, obtengo la carts y corro adonde el
cardenal.
¡Bien! Id deprisa; yo volveré pronto para saber el resultado de
vuestra gestión.
El desconocido salió.
¡Infame! dijo la señora Bonacieux, dirigiendo todavía este
epíteto a su marido.
¡Silencio! repitió D'Artagnan apretándole la mano más
fuertemente aún.
Un aullido terrible interrumpió entonces las reflexiones de
D'Artagnan y de la señora Bonacieux. Era su marido, que se había percatado de
la desaparición de su bolsa y que maldecía al ladrón.
¡Oh, Dios mío! exclamó la señora Bonacieux . Va a alborotar a
todo el barrio.
Bonacieux chilló mucho tiempo; pero como semejantes gritos, dada
su frecuencia, no atraían a nadie en la calle des Fossoyeurs y, como por otra
parte la casa del mercero tenía desde hacía algún tiempo mala fama al ver que
nadie acudía salió gritando, y se oyó su voz que se alejaba en dirección de la
calle du Bac.
Y ahora que se ha marchado, os tots alejaros a vos dijo la
señora Bonacieux . Valor, pero sobre todo prudencia, y pensad que os debéis a
la reina.
¡A ella y a vos! exclamó D'Artagnan . Estad tranquila, bella
Constance volveré digno de su reconocimiento; pero ¿volveré tan digno de
vuestro amor?
La joven no respondió más que con el vivo rubor que coloreó sus
mejillas. Algunos instantes después, D'Artagnan salía a su vez, envuelto, él
también, en una gran capa que alzaba caballerosamente la vaina de una larga
espada.
La señora Bonacieux le siguió con los ojos, con esa larga mirada
de amor con que la mujer acompaña al hombre del que se siente amar; pero cuando
hubo desaparecido por la esquina de la calle, cayó de rodillas y, uniendo las
manos, exclamó:
¡Oh, Dios mío! ¡Proteged a la reina, protegedme a mï!
Capítulo XIX
Plan de campaña
D'Artagnan se dirigió directamente a casa del señor de Tréville.
Había pensado que, en pocos minutos, el cardenal sería advertido por aquel
maldito desconocido que parecía ser su agente, y pensaba con razón que no había
un instante que perder.
El corazón del joven desbordaba de alegría. Ante él se
presentaba una ocasión en la que había a la vez gloria que adquirir y dinero
que ganar, y como primer aliento acababa de acercarle a una mujer a la que
adoraba. Este azar, de golpe, hacía por él más que lo que hubiera osado pedir a
la Providencia.
El señor de Tréville estaba en su salón con su corte habitual de
gen-tileshombres. D'Artagnan, a quien se conocía como familiar de la casa, fue
derecho a su gabinete y le avisó de que le esperaba para una cosa importante.
D'Artagnan estaba allí hacía apenas cinco minutos cuando el
señor de Tréville entró. A la primera ojeada y ante la alegría que se pintó
sobre su rostro, el digno capitán comprendió que efectivamente pasaba algo
nuevo.
Durante todo el camino, D'Artagnan se había preguntado si se
confiaría al señor de Tréville o si solamente le pediría concederle carta
blanca para un asunto secreto. Pero el señor de Tréville había sido siempre tan
perfecto para él, era tan adicto al rey y a la reina, odiaba tan cordialmente
al cardenal, que el joven resolvió decirle todo.
¿Me habéis hecho llamar, mi joven amigo? dijo el señor de
Tréville.
Sí, señor dijo D'Artagnan , y espero que me perdonéis por
haberos molestado cuando sepáis el importante asunto de que se trata.
Decid entonces, os escucho.
No se trata de nada menos dijo D'Artagnan bajando la voz que del
honor y quizá de la vida de la reina.
¿Qué decís? preguntó el señor de Tréville mirando en torno suyo
si estaban completamente solos y volviendo a poner su mirada interrogadora en
D'Artagnan.
Digo, señor, que el azar me ha hecho dueño de un secreto...
Que yo espero que guardaréis, joven, por encima de vuestra vida.
Pero que debo confiaros a vos, señor, porque sólo vos podéis
ayudarme en la misión que acabo de recibir de Su Majestad.
¿Ese secreto es vuestro?
No, señor, es de la reina.
¿Estáis autorizado por Su Majestad para confiármelo?
No, señor, porque, al contrario, se me ha recomendado el más
profundo misterio.
¿Por qué entonces ibais a traicionarlo por mí?
Porque ya os digo que sin vos no puedo nada y porque tengo miedo
de que me neguéis la gracia que vengo a pediros si no sabéis con qué objeto os
lo pido.
Guárdad vuestro secreto, joven, y decidme lo que deseáis.
Deseo que obtengáis para mí, del señor des Essarts, un permiso
de quince días.
¿Cuándo?
Esta misma noche.
¿Abandonáis Paris?
Voy con una misión.
¿Podéis decirme adónde?
A Londres.
¿Está alguien interesado en que no lleguéis a vuestra meta?
El cardenal, según creo, daría todo el oro del mundo por
impedirme alcanzarlo.
¿Y vais solo?
-Voy solo.
En ese caso, no pasaréis de Bondy. Os lo digo yo, palabra de
Tréville.
¿Por qué?
Porque os asesinarán.
Moriré cumpliendo con mi deber.
Pero vuestra misión no será cumplida.
Es cierto dijo D'Artagnan.
Creedme continuó Tréville , en las empresas de este género hay
que ser cuatro para que llegue uno.
-¡Ah!, tenéis razón, señor! – dijo D’Artagnan-. Vos conocéis a
Athos, Porthos y Aramis y vos sabéis si puedo disponer de ellos.
¿Sin confiarles el secreto que yo no he querido saber?
Nos hemos jurado, de una vez por todas, confianza ciega y
abnegación a toda prueba; además, podéis decirles que tenéis toda vuestra
confianza en mí, y ellos no serán más incrédulos que vos.
Puedo enviarles a cada uno un permiso de quince días, eso es
todo: a Athos, a quien su herida hace siempre sufrir, para ir a tomar las aguas
de Forges; a Porthos y a Aramis para que acompañen a su amigo, a quien no
quieren abandonar en una situación tan dolorosa. El envío de su permiso será la
prueba de que autorizo su viaje.
Gracias, señor, sois cien veces bueno.
Id a buscarlos ahora mismo, y que se haga todo esta noche. ¡Ah!,
y lo primero escribid vuestra petición al señor Des Essarts. Quizá tengáis
algún espía a vuestros talones, y vuestra visita, que en tal caso ya es
conocida del cardenal, será legitimada de este modo.
D'Artagnan formuló aquella solicitud, y el señor de Tréville, al
recibirla en sus manos, aseguró que antes de las dos de la mañana los cuatro
permisos estarían en los domicilios respectivos de los viajeros.
Tened la bondad de enviar el mío a casa de Athos dijo D'Artagnan
. Temo que de volver a mi casa tenga algún mal encuentro.
Estad tranquilo. ¡Adiós, y buen viaje! A propósito dijo el señor
de Tréville llamándole.
D'Artagnan volvió sobre sus pasos.
¿Tenéis dinero?
D'Artagnan hizo sonar la bolsa que tenía en su bolsillo.
¿Bastante? preguntó el señor de Tréville.
Trescientas pistolas.
Está bien, con eso se va al fin del mundo; id pues.
D'Artagnan saludó al señor de Tréville, que le tendió la mano;
D'Artagnan la estrechó con un respeto mezclado de gratitud. Desde que había
llegado a Paris, no había tenido más que motivos de elogio para aquel hombre
excelente a quien siempre había encontrado digno, leal y grande.
Su primera visita fue para Aramis; no había vuelto a casa de su
amigo desde la famosa noche en que había seguido a la señora Bonacieux. Hay
más: apenas había visto al joven mosquetero, y cada vez que lo había vuelto a
ver, había creído observar una profunda tristeza en su rostro.
Aquella noche, Aramis velaba, sombrío y soñador; D'Artagnan le
hizo algunas preguntas sobre aquella melancolía profunda; Aramis se excusó
alegando un comentario del capítulo dieciocho de San Agustín que tenía que
escribir en latín para la semana siguiente, y que le preocupaba mucho.
Cuando los dos amigos hablaban desde hacía algunos instantes, un
servidor del señor de Tréville entró llevando un sobre sellado.
¿Qué es eso? preguntó Aramis.
El permiso que el señor ha pedido respondió el lacayo.
Yo no he pedido ningún permiso.
Callaos y tomadlo dijo D'Artagnan . Y vos, amigo mío, tomad esta
media pistola por la molestia; le diréis al señor de Tréville que el señor
Aramis se lo agradece sinceramente. Idos.
El lacayo saludó hasta el suelo y salió.
¿Qué significa esto? preguntó Aramis.
Coged lo que os hace falta para un viaje de quince días y
seguidme.
Pero no puedo dejar Paris en este momento sin saber...
Aramis se etuvo.
Lo que ha pasado con ella, ¿no es eso? continuó D'Artagnan.
¿Quién? prosiguió Aramis.
La mujer que estaba aquí, la mujer del pañuelo bordado.
¿Quién os ha dicho que aquí había una mujer? replicó Aramis
tornándose pálido como la muerte.
Yo la vi.
¿Y sabéis quién es?
Creo sospecharlo al menos.
Escuchad dijo Aramis , puesto que sabéis tantas cosas, ¿sabéis
qué ha sido de esa mujer?
Presumo que ha vuelto a Tours.
¿A Tours? Sí, eso puede ser, la conocéis. Pero ¿cómo ha vuelto a
Tours sin decirme nada?
Porque temió ser detenida.
¿Cómo no me ha escrito?
Porque temió comprometeros.
¡D'Artagnan, me devolvéis la vida! exclamó Aramis . Me creía
despreciado, traicionado. ¡Estaba tan contento de volverla a ver! Yo no podía
creer que arriesgase su libertad por mí, y sin embargo, ¿por qué causa habrá
vuelto a Paris?
Por la causa que hoy nos hace ir a Inglaterra.
¿Y cuál es esa causa? preguntó Aramis.
La sabréis un día, Aramis; por el momento, yo imitaré la
discreción de la nieta del doctor.
Aramis sonrió, porque se acordaba del cuento que había referido
cierta noche a sus amigos.
¡Pues bien! Dado que ella ha abandonado Paris y que vos estáis
seguro de ello, D'Artagnan, nada me detiene aquí y yo estoy dispuesto a
seguiros. Decís que vamos a...
A casa de Athos por el momento, y, si queréis venir, os invito a
daros prisa, porque hemos perdido ya demasiado tiempo. A propósito, avisad a
Bazin.
¿Bazin viene con nosotros? preguntó Aramis.
Quizá. En cualquier caso, está bien que por ahora nos siga a
casa de Athos.
Aramis llamó a Bazin, y tras haberle ordenado ir a reunirse con
él a casa de Athos, tomando su capa, su espada y sus tres pistolas, y abriendo
inútilmente tres o cuatro cajones para ver si encontraba en ellos alguna
pistola extraviada, dijo:
Partamos, pues.
Luego, cuando estuvo bien seguro de que aquella búsqueda era
superflua, siguió a D'Artagnan, preguntándose cómo era que el joven cadete de
los guardias había sabido quién era la mujer a la que él había dado
hospitalidad y conociese mejor que él lo que había sido de ella.
Al salir, Aramis puso su mano sobre el brazo de D'Artagnan y,
mirándole fijamente, dijo:
¿Vos no habéis hablado de esa mujer a nadie?
A nadie en el mundo.
¿Ni siquiera a Athos y a Porthos?
No les he soplado ni la menor palabra.
En buena hora.
Y tranquilo respecto a este importante punto, Aramis continuó su
camino con D'Artagnan, y pronto los dos juntos llegaron a casa de Athos.
Lo encontraron con su permiso en una mano y la carta del señor
de Tréville en la otra.
¿Podéis explicarme lo que significa este permiso y esta carta
que acabo de recibir? dijo Athos asombrado.
«Mi querido Athos: Puesto que vuestra salud lo exige de modo
indispensable, quiero que descanséis quince días. Id, pues, a tomar las aguas
de Forges o cualquiera otra que os convenga, y restableceros pronto. Vuestro
afectísimo
Tréville.»
Pues bien, ese permiso y esa carta significan que hay que
seguirme, Athos.
¿A las aguas de Forges?
Allí o a otra parte.
¿Para servicio del rey?
Del rey o de la reina. ¿No somos servidores de Sus Majestades?
En aquel momento entró Porthos.
¡Pardiez! dijo . Vaya cosa más extraña. ¿Desde cuándo entre los
mosqueteros se concede a la gente permisos sin que los pidan?
Desde que tienen amigos que los piden para ellos dijo
D'Artagnan.
¡Ah, ah! dijo Porthos . Parece que hay novedades.
Sí, nos vamos dijo Aramis.
¿Adónde? preguntó Porthos.
A fe que no sé nada dijo Athos ; pregúntaselo a D'Artagnan.
A Londres, señores dijo D'Artagnan.
¡A Londres! exclamó Porthos . ¿Y qué vamos a hacer nosotros en
Londres?
Eso es lo que no puedo deciros, señores, y tenéis que fiaros de
mí.
Pero para ir a Londres añadió Porthos , se necesita dinero, y yo
no lo tengo.
Ni yo dijo Aramis.
Ni yo dijo Athos.
Yo lo tengo prosiguió D'Artagnan sacando su tesoro de su bolso y
depositándolo sobre la mesa . En esa bolsa hay trescientas pistolas; tomemos
cada uno setenta y cinco; es más de lo que se necesita para ir a Londres y
volver. Además, estad tranquilos, no todos llegaremos a Londres.
Y eso ¿por qué?
Porque según todas las probabilidades, habrá alguno de nosotros
que se quede en el camino.
¿Es acaso una campaña lo que emprendemos?
Y de las más peligrosas, os lo advierto.
¡Vaya! Pero dado que corremos el riesgo de hacernos matar dijo
Porthos , me gustaría saber por qué al menos.
Lo sabrás más adelante dijo Athos.
Sin embargo dijo Aramis , yo soy de la opinión de Porthos.
¿Suele el rey rendiros cuenta? No, os dice buenamente: Señores
se pelea en Gascuña o en Flandes, id a batiros; y vos vais. ¿Por qué? No os
preocupáis siquiera.
D'Artagnan tiene razón dijo Athos , aquí están nuestros tres
permisos que proceden del señor de Tréville, y ahí hay trescientas pistolas que
vienen de no sé dónde. Vamos a hacernos matar allí donde se nos dice que
vayamos. ¿Vale la vida la pena de hacer tantas preguntas? D'Artagnan, yo estoy
dispuesto a seguirte.
Y yo también dijo Porthos.
Y yo también dijo Aramis . Además, no me molesta dejar París.
Necesito distracciones.
¡Pues bien, tendréis distracciones, señores, estad tranquilos!
dijo D'Artagnan.
Y ahora, ¿cuándo partimos? dijo Athos.
Inmediatamente respondió D'Artagnan ; no hay un minuto que
perder.
¡Eh, Grimaud, Planchet, Mosquetón, Bazin! gritaron los cuatro
jóvenes llamando a sus lacayos . Dad grasa a nuestras botas y traed los
caballos de palacio.
En efecto, cada mosquetero dejaba en el palacio general, como en
un cuartel, su caballo y el de su criado.
Planchet, Grimaud, Mosquetón y Bazin partieron a todo correr.
Ahora, establezcamos el plan de campaña dijo Porthos . ¿Dónde
vamos primero?
A Calais dijo D'Artagnan ; es la línea más recta para llegar a
Londres.
¡Bien! dijo Porthos . Mi opinión es ésta.
Habla.
Cuatro hombres que viajan juntos serían sospechosos; D'Artagnan
nos dará a cada uno sus instrucciones, yo partiré delante por la ruta de
Boulogne para aclarar el camino; Athos partirá dos horas después por la de
Amiens; Aramis nos seguirá por la de Noyon; en cuanto a D'Artagnan, partirá por
la que quiera, con los vestidos de Planchet, mientras Planchet nos seguirá
vestido de D'Artagnan y con el uniforme de los guardias.
Señores dijo Athos , mi opinión es que no conviene meter para
nada lacayos en un asunto semejante; un secreto puede ser traicionado por azar
por gentileshombres, pero es casi siempre vendido por lacayos.
El plan de Porthos me parece impracticable dijo D'Artagnan ,
porque yo mismo ignoro qué instrucciones puedo daros. Yo soy portador de una
carta, eso es todo. No la sé y por tanto no puedo hacer tres copias de esa
carta, puesto que está sellada; en mi opinión, hay que viajar en compañía. Esa
carta está aquí, en mi bolsillo y mostró el bolsillo en que estaba la carta .
Si muero, uno de vosotros la cogerá y continuaréis la ruta; si éste muere, le
tocará a otro, y así sucesivamente; con tal que uno solo llegue, se habrá hecho
lo que había que hacer.
¡Bravo, D'Artagnan! Tu opinión es la mía dijo Athos . Además,
hay que ser consecuente: voy a tomar las aguas, vosotros me acompañáis; en
lugar de Forges, voy a tomar baños de mar: soy libre. Si se nos quiere detener,
muestro la carta del señor de Tréville, y vosotros mostráis vuestros permisos;
si se nos ataca, nosotros nos defenderemos; si se nos juzga, defenderemos erre
que erre que no teníamos otra intención que meternos cierto número de veces en
el mar; darían buena cuenta de cuatro hombres aislados, mientras que cuatro
hombres juntos son una tropa. Armaremos a los cuatro lacayos de pistolas y
mosquetones; si se envía un ejército contra nosotros, libraremos batalla, y el
superviviente, como ha dicho D'Artagnan, llevará la carta.
Bien dicho exclamó Aramis ; no hablas con frecuencia, Athos,
pero cuando hablas es como San Juan Boca de Oro. Adopto el plan de Athos. ¿Y
tú, Porthos?
Yo también dijo Porthos , si conviene a D'Artagnan. D'Artagnan,
portador de la carta, es naturalmente el jefe de la empresa; que él decida y
nosotros obedeceremos.
Pues bien dijo D'Artagnan , decido que adoptemos el plan de
Athos y que partamos dentro de media hora.
¡Adoptado! contestaron a coro los tres mosqueteros.
Y cada cual alargando la mano hacia la bolsa, cogió setenta y
cinco pistolas a hizo sus preparativos para partir a la hora convenida.
Capítulo XX
El viaje
A las dos de la mañana, nuestros cuatro aventureros salieron de
Paris por la puerta de Saint Denis; mientras fue de noche, permanecieron mudos;
a su pesar, sufrían la influencia de la oscuridad y veían acechanzas por todas
partes.
A los primeros rayos del día, sus lenguas se soltaron; con el
sol, la alegría volvió: era como en la víspera de un combate, el corazón
palpitaba, los ojos reían; se sentía que la vida que quizá se iba a abandonar
era, a fin de cuentas, algo bueno.
El aspecto de la caravana, por lo demás, era de lo más
formidable: los caballos negros de los mosqueteros, su aspecto marcial, esa
costumbre de escuadrón que hace marchar regularmente a esos nobles compañeros
del soldado hubieran traicionado el incógnito más estricto.
Los seguían los criados, armados hasta los dientes.
Todo fue bien hasta Chantilly, adonde llegaron hacia las ocho de
la mañana. Había que desayunar. Descendieron ante un albergue que recomendaba
una muestra que representaba a San Martín dando la mitad de su capa a un pobre.
Ordenaron a los lacayos no desensillar los caballos y mantenerse dispuestos
para volver a partir inmediatamente.
Entraron en la sala común y se sentaron en una mesa.
Un gentilhombre que acababa de llegar por la ruta de San Martín
estaba sentado en aquella misma mesa y desayunaba. El entabló conversación
sobre cosas sin importancia y los viajeros respondieron; él bebió a su salud y
los viajeros le devolvieron la cortesia.
Pero en el momento en que Mosquetón venía a anunciar que los
caballos estaban listos y que se levantaba la mesa, el extranjero propuso a
Porthos beber a la salud del cardenal. Porthos respondio que no deseaba otra
cosa si el desconocido, a su vez, quería beber a la salud del rey. El
desconocido exclamó que no conocía más rey que Su Eminencia. Porthos lo llamó
borracho; el desconocido saco su espada.
Habéis hecho una tontería dijo Athos ; no importa, ya no se
puede retroceder ahora: matad a ese hombre y venid a reuniros con nosotros lo
más rápido que podáis.
Y los tres volvieron a montar a caballo y partieron a rienda
suelta, mientras que Porthos prometía a su adversario perforarle con todas las
estocadas conocidas en la esgrima.
¡Unol dijo Athos al cabo de quinientos pasos.
Pero ¿por qué ese hombre ha atacado a Porthos y no a cualquier
otro? preguntó Aramis.
Porque por hablar Porthos más alto que todos nosotros, le ha
tomado por el jefe dijo D'Artagnan.
Siempre he dicho que este cadete de Gascuña era un pozo de
sabiduría murmuró Athos.
Y los viajeros continuaron su ruta.
En Beauvais se detuvieron dos horas, tanto para dejar respirar a
los caballos como para esperar a Porthos. Al cabo de dos horas, como Porthos no
llegaba, ni noticia alguna de él, volvieron a ponerse en camino.
A una legua de Beauvais, en un lugar en que el camino se
encontraba encajonado entre dos taludes, encontraron ocho o diez hombres que,
aprovechando que la ruta estaba desempedrada en aquel lugar, fingían trabajar
en ella cavando agujeros y haciendo rodadas en el fango.
Aramis, temiendo ensuciarse sus botas en aquel mortero
artificial, los apostrofó duramente. Athos quiso retenerlo; era demasiado
tarde. Los obreros se pusieron a insultar a los viajeros a hicieron perder con
su insolencia la cabeza incluso al frío Athos, que lanzó su caballo contra uno
de ellos.
Entonces, todos aquellos hombres retrocedieron hasta una zanja y
cogieron mosquetes ocultos; resultó de ello que nuestros siete viajeros fueron
literalmente pasados por las armas. Aramis recibió una bala que le atravesó el
hombro, y Mosquetón otra que se alojó en las partes carnosas que prolongan el
bajo de los riñones. Sin embargo, Mosquetón sólo se cayó del caballo, no porque
estuviera gravemente herido, sino porque como no podía ver su herida creyó sin
duda estar más peligrosamente herido de lo que lo estaba.
Es una emboscada dijo D'Artagnan , no piquemos el cebo, y en
marcha.
Aramis, aunque herido como estaba se agarró a las crines de su
caballo, que le llevó con los otros. El de Mosquetón se les había reunido y
galopaba completamente solo a su lado.
Así tendremos un caballo de recambio dijo Athos.
Preferiría tener un sombrero dijo D'Artagnan ; el mío se lo ha
llevado una bala. Ha sido una suerte que la carta que llevo no haya estado
dentro.
¡Vaya, van a matar al pobre Porthos cuando pase! dijo Aramis.
Si Porthos estuviera sobre sus piernas, ya se nos habría unido
dijo Athos . Mi opinión es que, sobre la marcha, el borracho se ha despejado.
Y galoparon aún durante dos horas, aunque los caballos
estuvieran tan fatigados que era de temer que negasen muy pronto el servicio.
Los viajeros habían cogido la trocha, esperando de esta forma
ser menos inquietados; pero en Crèvecoeur, Aramis declaró que no podía seguir.
En efecto, había necesitado de todo su coraje que ocultaba bajo su forma
elegante y sus ademanes corteses para llegar hasta allí. A cada momento
palidecía, y tenían que sostenerlo sobre su caballo; lo bajaron a la puerta de
una taberna, le dejaron a Bazin que, por lo demás, en una escaramuza era más
embarazoso que útil, y volvieron a partir con la esperanza de ir a dormir a
Amiens.
¡Pardiez! dijo Athos cuando se encontraron en camino, reducidos
a dos amos y a Grimaud y Planchet . ¡Pardiez! No seré yo su víctima, y os
aseguro que no me harán abrir la boca ni sacar la espada de aquí a Calais... Lo
juro...
No juremos dijo D'Artagnan , golopemos si nuestros caballos
consienten en ello.
Y los viajeros hundieron sus espuelas en el vientre de sus
caballos, que, vigorosamente estimulados, volvieron a encontrar fuerzas.
Llegaron a Amiens a medianoche y descendieron en el albergue del Lis d'Or.
El hostelero tenía el aspecto del más honesto hombre de la
tierra; recibió a los viajeros con su palmatoria en una mano y su bonete de
algodón en la otra; quiso alojar a los dos viajeros a cada uno en una
habitación encantadora, pero desgraciadamente cada una de aquellas habitaciones
estaba en una punta del hotel. D'Artagnan y Athos las rechazaron; el hostelero
respondió,que no había otras dignas de Sus Excelencias; pero los viajeros
declararon que se acostarían en la habitación común, cada uno sobre un colchón
que pondrían en el suelo. El hostelero insistió, los viajeros se obstinaron:
hubo que hacer lo que querían.
Acababan de disponer el lecho y de atrancar la puerta por
dentro, cuando llamaron al postigo del patio; preguntaron quién estaba allí,
reconocieron la voz de sus criados y abrieron.
En efecto, eran Planchet y Grimaud.
Grimaud bastará para guardar los caballos dijo Planchet ; si los
señores quieren, yo me acostaré atravesando la puerta; de esta forma, estarán
seguros de que nadie llegará hasta ellos.
¿Y en qué te acostarás? dijo D'Artagnan.
He aquí mi cama respondió Planchet.
Y mostró un haz de paja.
Ven entonces dijo D'Artagnan ; tienes razón: la cara del
hostelero no me gusta, es demasiado graciosa.
Ni a mí tampoco dijo Athos.
Planchet subió por la ventana y se instaló atravesado junto a la
puerta, mientras Grimaud iba a encerrarse en la cuadra, respondiendo de que a
las cinco él y los cuatro caballos estarían dispuestos.
La noche fue bastante tranquila. Hacia las dos de la mañana
intentaron abrir la puerta, pero cuando Ptanchet se despertó sobresaltado y
gritó: «¿Quién va?», le respondieron que se equivocaban, y se alejaron.
A las cuatro de la mañana, se oyó un gran escándalo en las
cuadras; Grimaud había querido despertar a los mozos de cuadra, y los mozos de
cuadra le golpeaban. Cuando abrieron la ventana, se vio al pobre muchacho sin
conocimiento, la cabeza hendida por un golpe del mango de un horcón.
Planchet bajó entonces al patio y quiso ensillar los caballos;
los caballos estaban extenuados. Sólo el de Mosquetón, que había viajado sin
amo durante cinco o seis horas la víspera, habría podido continuar la ruta;
pero por un error inconcebible, el veterinario al que se había mandado a
buscar, según parecía, para sangrar al caballo del hostelero, había sangrado al
de Mosquetón.
Aquello comenzaba a ser inquietante: todos aquellos accidentes
sucesivos eran quizá resultado del azar, pero podían también ser muy bien fruto
de una conspiración. Athos y D'Artagnan salieron, mientras Planchet iba a
informarse de si había tres caballos en venta por los alrededores. A la puerta
había dos caballos completamente equipados, fuertes y vigorosos. Aquello
arreglaba el asunto. Preguntó dónde estaban los dueños; le dijeron que los
dueños habían pasado la noche en el albergue y saldaban su cuenta en aquel
momento con el amo.
Athos bajó para pagar el gasto, mientras D'Artagnan y Planchet
estaban en la puerta de la caller el hostelero se hallaba en una habitación
baja y alejada, a la que rogó a Athos que pasase.
Athos entró sin desconfianza y sacó dos pistolas para pagar: el
hostelero estaba solo y sentado ante su mesa, uno de cuyos cajones estaba
entreabierto. Tomó el dinero que le ofreció Athos, lo hizo dar vueltas y más
vueltas en sus manos y de pronto, gritando que la moneda era falsa, declaró que
iba a hacerle detener, a él y a su compañero, por monederos falsos.
¡Bribón! dijo Athos, avanzando hacia él . ¡Voy a cortarte las
orejas!
En aquel mismo instante, cuatro hombres armados hasta los
dientes entraron por las puertas laterales y se arrojaron sobre Athos.
¡Me han cogido! gritó Athos con todas las fuerzas de sus
pulmones . ¡Largaos, D'Artagnan! ¡Pica espuelas, pícalas! y soltó dos tiros de
pistola.
D'Artagnan y Planchet no se lo hicieron repetir dos veces,
soltaron los dos caballos que esperaban a la puerta, saltaron encima, les
hundieron las espuelas en el vientre y partieron a galope tendido.
¿Sabes qué ha sido de Athos? preguntó D'Artagnan a Planchet
mientras corrían.
¡Ay, señor! dijo Planchet . He visto caer a dos por los dos
disparos, y me ha parecido, a través de la vidriera, que luchaba con la espada
con los otros.
¡Bravo, Athos! murmuró D'Artagnan . ¡Cuando pienso que hay que
abandonarlo! De todos modos, quizá nos espera otro tanto a dos pasos de aquí.
¡Adelante, Planchet, adelante! Eres un valiente.
Ya os lo dije, señor respondió Planchet ; en los picardos, eso
se ve con el uso, estoy en mi tierra, y eso me excita.
Y los dos juntos, picando espuelas, llegaron a Saint Omer de un
solo tirón. En Saint Omer hicieron respirar a los caballos brida en mano, por
miedo a contratiempos, y comieron un bocado deprisa y de pie en la calle; tras
lo cual, volvieron a partir.
A cien pasos de las puertas de Calais, el caballo de D'Artagnan
cayó, y ya no hubo medio de hacerlo levantarse: la sangre le salía por la nariz
y por los ojos; quedaba sólo el de Planchet, pero éste se había parado y no
hubo medio de hacerle andar.
Afortunadamente, como hemos dicho, estaban a cien pasos de la
ciudad; dejaron las dos monturas en la carretera y corrieron al puerto.
Planchet hizo observar a su amo un gentilhombre que llegaba con su criado y que
no les precedía más que en una cincuentena de pasos.
Se aproximaron rápidamente a aquel hombre que parecía muy
agitado. Tenía las botas cubiertas de polvo y se informaba sobre si podría
pasar en aquel mismo momento a Inglaterra.
Nada sería más fácil le respondió el patrón de un navío
dispuesto a hacerse a la vela ; pero esta mañana ha llegado la orden de no
dejar partir a nadie sin un permiso expreso del señor cardenal.
Tengo ese permiso dijo el gentilhombre sacando un papel de su
bolso ; aquí está.
Hacedlo visar por el gobernador del puerto dijo el patrón y
dadme preferencia.
¿Dónde encontraré al gobernador?
En su casa de campo.
¿Y dónde está situada esa casa?
A un cuarto de legua de la villa; mirad, desde aquí la veréis al
pie de aquella pequeña prominencia, aquel techo de pizarra.
¡Muy bien! dijo el gentilhombre.
Y seguido de su lacayo, tomó el cam¡no de la casa de campo del
gobernador.
D'Artagnan y Planchet siguieron al gentilhombre a quinientos
pasos de distancia.
Una vez fuera de la villa, D'Artagnan apresuró el paso y alcanzó
al gentilhombre cuando éste entraba en un bosquecillo.
Señor le dijo D'Artagnan , parece que tenéis mucha prisa.
No puedo tener más, señor.
Estoy desesperado dijo D'Artagnan , porque como también tengo
prisa, querría pediros un favor.
¿Cuál?
Que me dejéis pasar primero.
Imposible dijo el gentilhombre ; he hecho sesenta leguas en
cuarenta y cuatro horas y es preciso que mañana a mediodía esté en Londres.
Y yo he hecho el mismo camino en cuarenta horas y es preciso que
mañana a las diez de la mañana esté en Londres.
Caso perdido, señor; pero yo he llegado el primero y no pasaré
el segundo.
Caso perdido, señor; pero yo he llegado el segundo y pasaré el
primero.
¡Servicio del rey! dijo el gentilhombre.
¡Servicio mío! dijo D'Artagnan.
Me parece que es una mala pelea la que me buscáis.
¡Pardiez! ¿Qué queréis que sea?
¿Qué deseáis?
¿Queréis saberlo?
Por supuesto.
Pues bien, quiero la orden de que sois portador, dado que yo no
la tengo y dado que necesito una.
¿Bromeáis, verdad?
No bromeo nunca.
¡Dejadme pasar!
No pasaréis.
Mi valiente joven, voy a romperos la cabeza. ¡Eh, Lubin, mis
pistolas!
Planchet dijo D'Artagnan , encárgate tú del criado, yo me
encargo del amo.
Planchet, enardecido por la primera proeza, saltó sobre Lubin, y
como era fuerte y vigoroso, dio con sus riñones en el suelo y le puso la
rodilla en el pecho.
Cumplid vuestro cometido, señor dijo Planchet , que yo ya he
hecho el mío.
Al ver esto, el gentilhombre sacó su espada y se abalanzó sobre
D'Artagnan; pero tenía que habérselas con un adversario terrible.
En tres segundos D'Artagnan le suministró tres estocadas,
diciendo a cada una:
Una por Athos, otra por Porthos, y otra por Aramis.
A la tercera, el gentilhombre cayó como una mole.
D'Artagnan le creyó muerto, o al menos desvanecido, y se
aproximó a él para cogerle la orden, pero en el momento en que extendía el
brazo para registrarlo, el herido, que no había soltado su espada, le asestó un
pinchazo en el pecho diciendo:
Una por vos.
¡Y una por mí! ¡Para el final la buena! exclamó D'Artagnan
furioso, clavándole en tierra con una cuarta estocada en el vientre.
Aquella vez el gentilhombre cerró los ojos y se desvaneció.
D'Artagnan registró el bolsillo en que había visto poner la
orden de paso y la cogió. Estaba a nombre del conde de Wardes.
Luego, lanzando una última ojeada sobre el hermoso joven, que
apenas tenía veinticinco años y al que dejaba allí tendido, privado del sentido
y quizá muerto, lanzó un suspiro sobre aquel extraño destino que lleva a los
hombres a destruirse unos a otros por intereses de personas que les son
extrañas y que a menudo no saben siquiera que existen.
Pero muy pronto fue sacado de estas cavilaciones por Lubin, que
lanzaba aullidos y pedía ayuda con todas sus fuerzas.
Planchet le puso la mano en la garganta y apretó con todas sus
fuerzas.
Señor dijo mientras lo tenga así, no gritará, de eso estoy
seguro; pero tan pronto como lo suelte, volverá a gritar. Es, según creo,
normando, y los normandos son cabezotas.
¡Espera! dijo D'Artagnan.
Y cogiendo su pañuelo lo amordazó.
Ahora dijo Planchet atémoslo a un árbol.
La cosa fue hecha a conciencia, luego arrastraron al conde de
Wardes junto a su doméstico; y como la noche comenzaba a caer y el atado y el
herido estaban algunos pasos dentro del bosque, era evidente que debían
quedarse allí hasta el día siguiente.
¡Y ahora dijo D'Artagnan , a casa del gobernador!
Pero estáis herido, me parece dijo Planchet.
No es nada; ocupémonos de lo que más urge; luego ya volveremos a
mi herida que, además, no me parece muy peligrosa.
Y los dos se encaminaron deprisa hacia la casa de campo del
digno funcionario.
Anunciaron al señor conde de Wardes.
D'Artagnan fue introducido.
¿Tenéis una orden firmada del cardenal? dijo el gobernador.
Sí, señor respondió D'Artagnan , aquí está.
¡Ah, ah! Está en regla y bien certificada dijo el gobernador.
-Es muy simple respondió D'Artagnan ,soy uno de sus más fieles .
Parece que Su Eminencia quiere impedir a alguien llegar a
Inglaterra.
Sí, a un tal D'Artagnan, un gentilhombre bearnés que ha salido
de París con tres amigos suyos con la intención de llegar a Londres.
¿Le conocéis vos personalmente? preguntó el gobernador.
¿A quién?
A ese D'Artagnan.
De maravilla.
Dadme sus señas entonces.
Nada más fácil.
Y D'Artagnan hizo rasgo por rasgo la descripción del conde de
Wardes.
¿Va acompañado? preguntó el gobernador.
Sí, de un criado llamado Lubin.
Se tendrá cuidado con ellos y, si les ponemos la mano encima, Su
Eminencia puede estar tranquilo, serán devueltos a Paris con una buena escolta.
Y si lo hacéis, señor gobernador dijo D'Artagnan , habréis hecho
méritos ante el cardenal.
Lo veréis a vuestro regreso, señor conde?
Sin ninguna duda.
Os suplico que le digáis que soy su servidor.
No dejaré de hacerlo.
Y contento por esta promesa, el goberandor visó el pase y lo
entregó a D'Artagnan.
D'Artagnan no perdió su tiempo en cumplidos inútiles, saludó al
gobernador, le dio las gracias y partió.
Una vez fuera, él y Planctîet tomaron su camino y, dando un gran
rodeo, evitaron el bosque y volvieron a entrar por otra puerta.
El navío continuaba dispuesto para partir, el patrón esperaba en
el puerto.
¿Y bien? dijo al ver a D'Artagnan.
Aquí está mi pase visado dijo éste.
¿Y aquel otro gentilhombre?
No pasará hoy dijo D'Artagnan , pero estad tranquilo, yo pagaré
el pasaje por nosotros dos.
En tal caso, partamos dijo el patrón.
¡Partamos! repitió D'Artagnan.
Y saltó con Planchet al bote; cinco minutos después estaban a
bordo.
Justo a tiempo: a media legua en alta mar, D'Artagnan vio
brillar una luz y oyó una detonación.
Era el cañonazo que anunciaba el cierre del puerto.
Era momento de ocuparse de su herida; afortunadamente, como
D'Artagnan había pensado, no era de las más peligrosas: la punta de la espada
había encontrado una costilla y se había deslizado a lo largo del hueso;
además, la camisa se había pegado al punto a la herida, y apenas si había
destilado algunas gotas de sangre.
D'Artagnan estaba roto de fatiga; extendieron para él un colchón
en el puente, se echó encima y se durmió.
Al día siguiente, al levantar el día se encontró a tres o cuatro
leguas aún de las costas de Inglaterra; la brisa había sido débil toda la noche
y habían andado poco.
A las diez, el navío echaba el ancla en el puerto de Douvres.
A las diez y media, D'Artagnan ponía el pie en tierra de
Inglaterra, exclamando:
¡Por fin, heme aquí!
Pero aquello no era todo; había que ganar Londres. En
Inglaterra, la posta estaba bastante bien servida. D'Artagnan y Planchet
tomaron cada uno una jaca, un postillón corrió por delante de ellos; en cuatro
horas se plantaron en las puertas de la capital.
D'Artagnan no conocía Londres, D'Artagnan no sabía ni una
palabra de inglés; pero escribió el nombre de Buckingham en un papel, y todos
le indicaron el palacio del duque.
El duque estaba cazando en Windsor, con el rey.
D'Artagnan preguntó por el ayuda de cámara de confianza del
duque, el cual, por haberle acompañado en todos sus viajes, hablaba
perfectamente francés; le dijo que llegaba de Paris para un asunto de vida o
muerte, y que era preciso que hablase con su amo al instante.
La confianza con que hablaba D'Artagnan convenció a Patrice, que
así se llamaba este ministro del ministro. Hizo ensillar dos caballos y se
encargó de conducir al joven guardia. En cuanto a Planchet, le habían bajado de
su montura rígido como un junco; el pobre muchacho se hallaba en el límite de
sus fuerzas; D'Artagnan parecía de hierro.
Llegaron al castillo; allí se informaron: el rey y Buckingham
cazaban pájaros en las marismas situadas a dos o tres leguas de allí.
A los veinte minutos estuvieron en el lugar indicado. Pronto
Patrice oyó la voz de su señor que llamaba a su halcón.
-¿A quién debo anunciar a milord el duque? preguntó Patrice.
-Al joven que una noche buscó querella con él en el Pont Neuf,
frente a la Samaritaine.
¡Singular recomendación!
Ya veréis cómo vale tanto como cualquier otra.
Patrice puso su caballo al galope, alcanzó al duque y le anunció
en los términos que hemos dicho que un mensajero le esperaba.
Buckingham reconoció a D'Artagnan al instante, y temiendo que en
Francis pasaba algo cuya noticia se le hacía llegar, no perdió más que el
tiempo de preguntar dónde estaba quien la traía; y habiendo reconocido de lejos
el uniforme de los guardias puso su caballo al galope y vino derecho a
D'Artagnan. Patrice, por discreción, se mantuvo aparte.
¿No le ha ocurrido ninguna desgracia a la reina? exclamó
Buckingham, pintándose en esta pregunta todo su pensamiento y todo su amor.
No lo creo; sin embargo, creo que corre algún gran peligro del
que sólo Vuestra Gracia puede sacarla.
¿Yo? exclamó Buckingham . ¡Bueno, me sentiría muy feliz de
servirla para alguna cosa! ¡Hablad! ¡Hablad!
Tomad esta carta dijo D'Artagnan.
¡Esta carta! ¿De quién viene esta carta?
De Su Majestad, según pienso.
¡De Su Majestad! dijo Buckingham palideciendo hasta tal punto
que D'Artagnan creyó que iba a marearse.
Y rompió el sello.
¿Qué es este desgarrón? dijo mostrando a D'Artagnan un lugar en
el que se hallaba atravesada de parte a parte.
¡Ah, ah! dijo D'Artagnan . No había visto eso; es la espada del
conde de Wardes la que ha hecho ese hermoso agujero al agujerearme el pecho.
¿Estáis herido? preguntó Buckingham rompiendo el sello.
¡Oh! ¡No es nada! dijo D'Artagnan . Un rasguño.
¡Justo cielo! ¡Qué he leído! exclamó el duque . Patrice, quédate
aquí, o mejor, reúnete con el rey donde esté, y di a Su Majestad que le suplico
humildemente excusarme, pero un asunto de la más alta importancia me llama a
Londres. Venid, señor, venid.
Y los dos juntos volvieron a tomar al galope el camino de la
capital.
Capítulo XXI
La condesa de Winter
Durante el camino, el duque se hizo poner al corriente por
D'Artagnan no de cuanto había pasado, sino de lo que D'Artagnan sabía. Al unir
lo que había oído salir de la boca del joven a sus recuerdos propios, pudo,
pues, hacerse una idea bastante exacta de una situación, de cuya gravedad, por
lo demás, la carta de la reina, por corta y poco explícita que fuese, le daba
la medida. Pero lo que le extrañaba sobre todo es que el cardenal, interesado
como estaba en que aquel joven no pusiera el pie en Inglaterra, no hubiera
logrado detenerlo en ruta.
Fue entonces, y ante la manifestación de esta sorpresa, cuando
D'Artagnan le contó las precauciones tomadas, y cómo gracias a la abnegación de
sus tres amigos, que había diseminado todo ensangrentados en el camino, había
llegado a librarse, salvo la estocada que había atravesado el billete de la
reina y que había devuelto al señor de Wardes en tan terrible moneda. Al
escuchar este relato hecho con la mayor simplicidad, el duque miraba de vez en
cuando al joven con aire asombrado, como si no hubiera podido comprender que
tanta prudencia, coraje y abnegación hubieran venido a un rostro que no
indicaba tod¿ via los veinte años.
Los caballos iban como el viento y en algunos minutos estuvieron
a las puertas de Londres. D'Artagnan había creído que al llegar a la ciudad el
duque aminoraría la marcha del suyo, pero no fue así: continuó su camino a todo
correr, inquietándose poco de si derribaba a quienes se hallaban en su camino.
En efecto, al atravesar la ciudad, ocurrieron dos o tres accidentes de este
género; pero Buckingham no volvió siquiera la cabeza para mirar qué había sido
de aquellos a los que había volteado. D'Artagnan le seguía en medio de gritos
que se parecían mucho a maldiciones.
Al entrar en el patio del palacio, Buckingham saltó de su
caballo y, sin preocuparse por lo que le ocurriría, lanzó la brida sobre el
cuello y se abalanzó hacia la escalinata. D'Artagnan hizo otro tanto, con
alguna inquietua más sin embargo, por aquellos nobles animales cuyo mérito
había podido apreciar; pero tuvo el consuelo de ver que tres o cuatro criados
se habían lanzado de las cocinas y las cuadras y se apoderaban al punto de sus
monturas.
El duque caminaba tan rápidamente que D'Artagnan apenas podía
seguirlo. Atravesó sucesivamente varios salones de una elegancia de la que los
mayores señores de Francia no tenían siquiera idea, y llegó por fin a un
dormitorio que era a la vez un milagro de gusto y de riqueza. En la alcoba de
esta habitación había una puerta, oculta en la tapicería, que el duque abrió
con una llavecita de oro que llevaba colgada de su cuello por una cadena del
mismo metal. Por discreción, D'Artagnan se había quedado atrás; pero en el
momento en que Buckingham franqueaba el umbral de aquella puerta, se volvió, y
viendo la indeci-sión del joven:
Venid le dijo , y si tenéis la dicha de ser admitido en
presencia de Su Majestad, decidle lo que habéis visto.
Alentado por esta invitación, D'Artagnan siguió al duque, que
cerró la puerta tras él.
Los dos se encontraron entonces en una pequeña capilla tapizada
toda ella de seda de Persia y brocada de oro, ardientemente iluminada por un
gran número de bujías. Encima de una especie de altar, y debajo de un dosel de
terciopelo azul coronado de plumas btancas y rojas, había un retrato de tamaño
natural representando a Ana de Austria, tan perfectamente parecido que
D'Artagnan lanzó un grito de sorpresa: se hubiera creído que la reina iba a
hablar.
Sobre el altar, y debajo del retrato, estaba el cofre que
guardaba los herretes de diamantes.
El duque se acercó al altar, se arrodilló como hubiera podido
hacerlo un sacerdote ante Cristo; luego abrió el cofre.
Mirad le dijo sacando del cofre un grueso nudo de cinta azul
todo resplandeciente de diamantes . Mirad, aquí están estos preciosos herretes
con los que había hecho juramento de ser enterrado. La reina me los había dado,
la reina me los pide; que en todo se haga su voluntad, como la de Dios.
Luego se puso a besar unos tras otros aquellos herretes de los
que tenía que separarse. De pronto, lanzó un grito terrible.
¿Qué pasa? preguntó D'Artagnan con inquietud . ¿Y qué os ocurre,
milord?
Todo está perdido exclamó Buckingham, volviéndose pálido como un
muerto ; dos de estos herretes faltan, no hay más que diez.
Milord, ¿los ha perdido o cree que se los han robado?
Me los han robado repuso el duque . Y es el cardenal quien ha
dado el golpe. Mirad, las cintas que los sostenían han sido cortadas con
tijeras.
Si milord pudiera sospechar quién ha cometido el robo... Quizá
esa persona los tenga aún en sus manos.
¡Esperad, esperad! exclamó el duque . La única vez que me he
puesto estos herretes fue en el baile del rey, hace ocho días, en Windsor. La
condesa de Winter, con quien estaba enfadado, se me acercó durante ese baile.
Aquella reconciliación era una venganza de mujer celosa. Desde ese día no la he
vuelto a ver. Esa mujer es un agente del cardenal.
¡Pero los tiene entonces en todo el mundo! exclamó D'Artagnan.
¡Oh, sí sí! dijo Buckingham, apretando los dientes de cólera .
Sí, es un luchador terrible. Pero, no obstante, ¿cuándo ha de tener lugar ese
baile?
El próximo lunes.
¡El próximo lunes! Todavía cinco días; es más tiempo del que
necesitamos. ¡Patrice! exclamó el duque, abriendo la puerta de la capilla .
¡Patrice!
Su ayuda de cámara de confianza apareció.
¡Mi joyero y mi secretario!
El ayuda de cámara salió con una presteza y un mutismo que
probaban el hábito que había contraído de obedecer ciegamente y sin réplica.
Pero aunque fuera el joyero llamado en primer lugar, fue el
secretario quien apareció antes. Era muy simple, vivía en palacio. Encontró a
Buckingham sentado ante una mesa en su dormitorio y escribiendo algunas órdenes
de su propio puño.
Señor Jackson le dijo , vais a daros un paseo hasta casa del
lord canciller y decirle que le encargo la ejecución de estas órdenes. Deseo
que sean promulgadas al instante.
Pero, monseñor, si el lord canciller me interroga por los
motivos que han podido llevar a Vuestra Gracia a una medida tan extraordinaria,
¿qué responderé?
Que tal ha sido mi capricho, y que no tengo que dar cuenta a
nadie de mi voluntad.
¿Será esa la respuesta que deberá transmitir a Su Majestad
repuso sonriendo el secretario si por casualidad Su Majestad tuviera la
curiosidad de saber por qué ningún bajel puede salir de los puertos de Gran
Bretaña?
Tenéis razón señor respondió Buckingham En tal caso le dirá al
rey que he decidido la guerra, y que esta medida es mi primer acto de
hostilidad contra Francia.
El secretario se inclinó y salió.
Ya estamos tranquilos por ese lado dijo Buckingham, volviéndose
hacia D'Artagnan . Si los herretes no han partido ya para Francia, no llegarán
antes que vos.
Y eso, ¿por qué?
Acabo de embargar a todos los navíos que se encuentran en este
momento en los puertos de Su Majestad, y a menos que haya un permiso
particular, ni uno solo se atreverá a levar anclas.
D'Artagnan miró con estupefacción a aquel hombre que ponía el
poder ¡limitado de que estaba revestido por la confianza de un rey al servicio
de sus amores. Buckingham vio en la expresión del rostro del joven lo que
pasaba en su pensamiento y sonrió.
Sí dijo sí, es que Ana de Austria es mi verdadera reina; a una
palabra de ella traicionaría a mi país, traicionaría a mi rey, traicionaría a
mi Dios. Ella me pidió no enviar a los protestantes de La Rochelle la ayuda que
yo les había prometido, y no lo he hecho. Faltaba así a mi palabra, ¡pero no
importa! Obedecía a su deseo. ¿No he sido suficientemente pagado por mi
obediencia? Porque a esa obediencia debo precisamente su retrato.
D'Artagnan admiró de qué hilos frágiles y desconocidos están a
veces suspendidos los destinos de un pueblo y la vida de los hombres.
Estaba él en lo más profundo de sus reflexiones, cuando entró el
orfebre: era un irlandés de los más hábiles en su arte, y que confesaba él
mismo ganar cien mil libras al año con el duque de Buckingham.
Señor O'Reilly le dijo el duque, conduciéndolo a la capilla ,
ved estos herretes de diamantes y decidme cuánto vale cada pieza.
El orfebre lanzó una sola ojeada sobre la forma elegante en que
estaban engastados, calculó uno con otro el valor de los diamantes y sin duda
alguna:
Mil quinientas pistolas la pieza, milord respondió.
¿Cuántos días se necesitarían para hacer dos herretes como
estos? Como veis, faltan dos.
Ocho días, milord.
Los pagaré a tres mil pistolas la pieza, pero los necesito para
pasado mañana.
Los tendrá, milord.
Sois un hombre preciso, señor O'Reilly, pero esto no es todo;
esos erretes no pueden ser confiados a nadie, es preciso que sean hechos en
este palacio.
Imposible, milord, sólo yo puedo realizarlos para que no se vea
la diferencia entre los nuevos y los viejos.
Entonces, mi querido señor O'Reilly, sois mi prisionero, y
aunque ahora quisierais salir de mi palacio no podríais; decidid, pues. Decidme
los nombres de los ayudantes que necesitáis, y designad los utensilios que
deben traer.
El orfebre conocía al duque, sabía que cualquier observación era
inútil, y por eso tomó al instante su decisión.
¿Me será permitido avisar a mi mujer? preguntó.
¡Oh! Os será incluso permitido verla, mi querido señor O'Reilly;
vuestro cautiverio será dulce, estad tranquilo; y como toda molestia vale una
compensación, además del precio de los dos herretes, aquí tenéis un buen millar
de pistolas para haceros olvidar la molestia que os causo.
D'Artagnan no volvía del asombro que le causaba aquel ministro,
que movía a su placer hombres y millones.
En cuanto al orfebre, escribía a su mujer enviándole el bono de
mil pistolas y encargándola devolverle a cambio su aprendiz más hábil, un
surtido de diamantes cuyo peso y título le daba, y una lista de los
instrumentos que le eran necesarios.
Buckingham condujo al orfebre a la habitación que le estaba
destinada y que, al cabo de media hora, fue transformada en taller. Luego puso
un centinela en cada puerta con prohibición de dejar entrar a quienquiera que
fuese, a excepción de su ayuda de cámara Patrice. Es inútil añadir que al
orfebre O'Reilly y a su ayudante les estaba absolutamente prohibido salir bajo
el pretexto que fuera.
Arreglado este punto, el duque volvió a D'Artagnan.
Ahora, joven amigo mío dijo , Inglaterra es nuestra. ¿Qué
queréis qué deseáis?
Una cama respondió D'Artagnan . Os confieso que por el momento
es lo que más necesito.
Buckingham dio a D'Artagnan una habitación que pegaba con la
suya. Quería tener al joven bajo su mano, no porque desconfiase de él, sino
para tener alguien con quien hablar constantemente de la reina.
Una hora después fue promulgada en Londres la ordenanza de no
dejar salir de los puertos ningún navío cargado para Francia, ni siquiera el
paquebote de las camas. A los ojos de todos, aquello era una declaración de
guerra entre los dos reinos.
Dos días después, a las once, los dos herretes en diamantes
estaban acabados y tan perfectamente imitados, tan perfectamente parejos que
Buckingham no pudo reconocer los nuevos de los antiguos, y los más expertos en
semejante materia se habrían equivocado igual que él.
Al punto hizo llamar a D'Artagnan.
Mirad le dijo . Aquí están los herretes de diamantes que habéis
venido a buscar, y sed mi testigo de que todo cuanto el poder humano podía
hacer lo he hecho.
Estad tranquilo, milord, diré lo que he visto; pero ¿me entrega
Vuestra Gracia los herretes sin la caja?
La caja os sería un embarazo. Además, la caja es para mí tanto
más preciosa cuanto que sólo me queda ella. Diréis que la conservo yo.
Haré vuestro encargo palabra por palabra, milord.
Y ahora prosiguió Buckingham, mirando fijamente al joven , ¿cómo
saldaré mi deuda con vos?
D'Artagnan enrojeció hasta el blanco de los ojos. Vio que el
duque buscaba un medio de hacerle aceptar algo, y aquella idea de que la sangre
de sus compañeros y la suya iban a ser pagadas por el oro inglés le repugnaba
extrañamente.
Entendámonos milord respondió D'Artagnan , y sopesemos bien los
hechos por adelantado, a fin de que no haya desprecio en ello. Estoy al
servicio del rey y de la reina de Francia, y formo parte de la compañía de los
guardias del señor des Essarts quien, como su cuñado el señor de Tréville, está
particularmente vinculado a Sus Majestades. Por tanto, lo he hecho todo por la
reina y nada por Vuestra Gracia. Es más, quizá no hubiera hecho nada de todo
esto si no hubiera tratado de ser agradable a alguien que es mi dama, como la
reina lo es vuestra.
Sí dijo el duque, sonriendo , y creo incluso conocer a esa
persona, es...
Milord, yo no la he nombrado interrumpió vivamente el joven.
Es justo dijo el duque . Es, pues, a esa persona a quien debo
estar agradecido por vuestra abnegación.
Vos lo habéis dicho, milord, porque precisamente en este momento
en que se trata de guerra, os confieso que no veo en Vuestra Gracia más que a
un inglés, y por consiguiente a un enemigo al que estaría más encantado de
encontrar en el campo de batalla que en el parque de Windsor o en los
corredores del Louvre; lo cual, por lo demás, no me impedirá ejecutar punto por
punto mi misión y hacerme matar si es necesario para cumplirla; pero, lo repito
a Vuestra Gracia, sin que tenga que agradecerme personalmente lo que por mí
hago en esta segunda entrevista más de lo que hice por ella en la primera.
Nosotros decimos: «Orgulloso como un escocés» murmuró
Buckingham.
Y nosotros decimos: «Orgulloso como un gascón» respondió
D'Artagnan. Los gascones son los escoceses de Francia.
D'Artagnan saludó al duque y se dispuso a partir.
¡Y bien! ¿Os vais as? ¿Por dónde? ¿Cómo?
Es cierto.
¡Dios me condene! Los franceses no temen a nada.
Había olvidado que Inglaterra era una isla y que vos erais el
rey.
Id al puerto, buscad el bricbarca Sund, entregad esta carta al
capitán; él os conducirá a un pequeño puerto donde ciertamente no os esperan, y
donde no atracan por regla general más que barcos de pesca.
¿Cómo se llama ese puerto?
Saint Valèry; pero, esperad: llegado allí, entraréis en un mal
albergue sin nombre y sin muestra, un verdadero garito de marineros; no podéis
confundiros, no hay más que uno.
¿Después?
Preguntaréis por el hostelero, y le diréis: Forward.
Lo cual quiere decir...
Adelante: es la contraseña. Os dará un caballo completamente
ensillado y os indicará el camino que debéis seguir; encontraréis de ese modo
cuatro relevos en vuestra ruta. Si en cada uno de ellos queréis dar vuestra
dirección de Paris, los cuatro caballos os seguirán; ya conocéis dos, y me ha
parecido que sabéis apreciarlos como aficionado: son los que hemos montado;
creedme, los otros no les son inferiores. Estos cuatro caballos están equipados
para campaña. Por orgulloso que seáis, no os negaréis a aceptar uno ni hacer
aceptar los otros tres a vuestros compañeros: además son para hacer la guerra.
El fin excluye los medios, como vos decís, como dicen los franceses, ¿no es
así?
Sí, milord, acepto dijo D'Artagnan . Y si place a Dios, haremos
buen uso de vuestros presentes.
Ahora, vuestra mano, joven; quizá nos encontremos pronto en el
campo de batalla; pero mientras tanto, nos dejaremos como buenos amigos, eso
espero.
Sí, milord, pero con la esperanza de convertirnos pronto en
enemigos.
Estad tranquilo, os lo prometo.
Cuento con vuestra palabra, milord.
D'Artagnan saludó al duque y avanzó vivamente hacia el puerto.
Frente a la Torre de Londres encontró el navio designado,
entregó su carta al capitán, que la hizo visar por el gobernador del puerto, y
aparejó al punto.
Cincuenta navíos estaban en franquicia y esperaban.
Al pasar junto a la borda de uno de ellos, D'Artagnan creyó
reconocer a la mujer de Meung, la misma a la que el gentilhombre desconocido
había llamado «milady», y que él, D'Artagnan, había encontrado tan bella; pero
gracias a la corriente del río y al buen viento que soplaba, su navío iba tan
deprisa que al cabo de un instante estuvieron fuera del alcance de los ojos.
Al día siguiente, hacia las nueve de la mañana, llegaron a Saint
Valèry.
D'Artagnan se dirigió al instante hacia el albergue indicado, y
lo reconoció por los gritos que de él salían: se hablaba de guerra entre
Inglaterra y Francia como de algo próximo a indudable, y los marineros
contentos alborotaban en medio de la juerga.
D'Artagnan hendió la multitud, avanzó hacia el hostelero y
pronunció la palabra Forword. Al instante el huésped le hizo seña de que le
siguiese, salió con él por una puerta que daba al patio, lo condujo a la cuadra
donde lo esperaba un caballo completamente ensillado, y le preguntó si
necesitaba alguna otra cosa.
Necesito conocer la ruta que debo seguir dijo D'Artagnan.
Id de aquí a Blangy, y de Blangy a Neufchátel. En Neufchátel
entrad en el albergue de la Herse d'Ord, dad la contraseña al hotelero, y, como
aquí, encontraréis un caballo totalmente ensillado.
¿Debo algo? preguntó D'Artagnan.
Todo está pagado dijo el hostelero , y con largueza. Id, pues, y
que Dios os guíe.
¡Amén! respondió el joven, partiendo al galope.
Cuatro horas después estaba en Neufchátel.
Siguió estrictamente las instrucciones recibidas; en Neufchátel,
como en Saint Valèry, encontró una montura totalmente ensillada y aguardándolo;
quiso llevar las pistolas de la silla que acababa de dejar a la silla que iba a
tomar: las guardas del arzón estaban provistas de pistolas parecidas.
Vuestra dirección en Paris?
Palacio de los Guardias, compañía Des Essarts.
Bien respondió éste.
¿Qué ruta hay que tomar? preguntó a su vez D'Artagnan.
La de Rouen; pero dejaréis la ciudad a vuestra derecha. En la
Pequeña aldea de Ecouis os detendréis, no hay más que un albergue, el Ecu de
France. No lo juzguéis por su apariencia: en sus cuadras tendrá un caballo que
valdrá tanto como éste.
¿La misma contraseña?
Exactamente.
¡Adiós, maese!
¡Buen viaje, gentilhombre! ¿Tenéis necesidad de alguna cosa?
D'Artagnan hizo con la cabeza señal de que no, y volvió a partir a todo galope.
En Ecouis, la misma escena se repitió: encontró un hostelero tan previsor, un
caballo fresco y descansado; dejó sus señas como lo había hecho y volvió a
partir al mismo galope para Pontoise. En Pontoise, cambió por última vez de
montura y a las nueve entraba a todo galope en el patio del palacio del señor
de Tréville.
Había hecho cerca de sesenta leguas en doce horas.
El señor de Tréville lo recibió como si lo hubiera visto aquella
misma mañana; sólo que, apretándole la mano un poco más vivamente que de
costumbre, le anunció que la compañía del señor Des Essarts estaba de guardia
en el Louvre y que podía incorporarse a su puesto.
Capítulo XXII
El ballet de la Merlaison
Al día siguiente no se hablaba en todo Paris más que del baile
que los señores regidores de la villa darían al rey y a la reina, y en el cual
sus Majestades debian bailar el famoso ballet de la Merlaison, que era el
ballet favorito del rey.
En efecto, desde hacía ocho días se preparaba todo en el
Ayuntamiento para aquella velada solemne. El carpintero de la villa había
levantado los estrados sobre los que debían permanecer las damas invitadas; el
tendera del Ayuntamiento había adornado las salas con doscientas velas de cera
blanca, lo cual era un lujo inaudito para aquella época; en fin, veinte
violines habían sido avisados, y el precio que se les daba había sido fijado en
el doble del precio ordinario, dado que, según este informe, debían tocar
durante toda la noche.
A las diez de la mañana, el señor de La Coste, abanderado de los
guardias del rey, seguido de dos exentos y de varios arqueros del cuerpo, vino
a pedir al escribano de la villa, llamado Clément, todas las llaves de puertas,
habitaciones y oficinas del Ayuntamiento. Aquellas llaves le fueron entregadas
al instante; cada una de ellas llevaba un billete que debía servir para hacerla
reconocer, y a partir de aquel momento el señor de La Coste quedó encargado de
la guardia de todas las puertas y todas las avenidas.
A las once vino a su vez Duhallier, capitán de los guardias,
trayendo consigo cincuenta arqueros que se repartieron al punto por el
Ayuntamiento, en las puertas que les habían sido asignadas.
A las tres llegaron dos compañías de guardias, una francesa,
otra suiza. La compañía de los guardias franceses estaba compuesta: la mitad
por hombres del señor Duhallier, la otra mitad por hombres del señor des
Essarts.
A las seis de la tarde, los invitados comenzaron a entrar. A
medida que entraban, eran colocados en el salón, sobre los estrados preparados.
A las nueve llegó la señora primera presidenta. Como era después
de la reina la persona de mayor consideración de la fiesta, fue recibida por
los señores del Ayuntamiento y colocada en el palco frontero al que debía
ocupar la reina.
A las diez se trajo la colación de confituras para el rey en la
salita del lado de la iglesia Saint Jean, y ello frente al aparador de plata
del Ayuntamiento, que era guardado por cuatro arqueros.
A medianoche se oyeron grandes gritos y numerosas aclamaciones:
era el rey que avanzaba a través de las calles que conducen del Louvre al
palacio del Ayuntamiento, y que estaban iluminadas con linternas de color.
Al punto los señores regidores, vestidos con sus trajes de paño
y precedidos por seis sargentos, cada uno de los cuales llevaba un hachón en la
mano, fueron ante el rey, a quien encontraron en las gradas, donde el preboste
de los comerciantes le dio la bienvenida, cumplida la cual Su Majestad
respondió excusándose de haber venido tan tarde, pero cargando la culpa sobre
el señor cardenal, que lo había retenido hasta las once para hablar de los
asuntos del Estado.
Su Majestad, en traje de ceremonia, estaba acompañado por S. A.
R. Monsieur, por el conde de Soissons, por el gran prior, por el duque de
Longueville, por el duque D'Elbeuf, por el conde D'Harcourt, por el conde de La
Roche Guyon, por el señor de Liancourt, por el señor de Baradas, por el conde
de Cramail y por el caballero de Souveray.
Todos observaron que el rey tenía aire triste y preocupado.
Se había preparado para el rey un gabinete, y otro para
Monsieur. En cada uno de estos gabinetes había depositados trajes de máscara.
Otro tanto se había hecho para la reina y para la señora presidenta. Los
señores y las damas del séquito de Sus Majestades debían vestirse de dos en dos
en habitaciones preparadas a este efecto.
Antes de entrar en el gabinete, el rey ordenó que viniesen a
prevenirlo tan pronto como apareciese el cardenal.
Media hora después de la entrada del rey, nuevas aclamaciones
sonaron: éstas anunciaban la llegada de la reina . Los regidores hicieron lo
que ya habían hecho antes y precedidos por los sargentos se adelantaron al
encuentro de su ilustre invitada.
La reina entró en la sala: se advirtió que, como el rey, tenía
aire triste y sobre todo fatigado.
En el momento en que entraba, la cortina de una pequeña tribuna
que hasta entonces había permanecido cerrada se abrió, y se vio aparecer la
cabeza pálida del cardenal vestido de caballero español. Sus ojos se fijaron
sobre los de la reina, y una sonrisa de alegría terrible pasó por sus labios:
la reina no tenía sus herretes de diamantes.
La reina permaneció algún tiempo recibiendo los cumplidos de los
señores del Ayuntamiento y respondiendo a los saludos de las damas.
De pronto el rey apareció con el cardenal en una de las puertas
de la sala. El cardenal le hablaba en voz baja y el rey estaba muy pálido.
El rey hendió la multitud y, sin máscara, con las cintas de su
jubón apenas anudadas, se aproximó a la reina y con voz alterada le dijo:
Señora, ¿por qué, si os place, no tenéis vuestros herretes de
diamantes cuando sabéis que me hubiera agradado verlos?
La reina tendió su mirada en torno a ella, y vio detrás del rey
al cardenal que sonreía con una sonrisa diabólica.
Sire respondió la reina con voz alterada , porque en medio de
esta gran muchedumbre he temido que les ocurriera alguna desgracia.
¡Pues os habéis equivocado, señora! Si os he hecho ese regalo ha
sido para que os adornarais con él. Os digo que os habéis equivocado.
Y la voz del rey estaba temblorosa de cólera; todos miraban y
escuchaban con asombro, sin comprender nada de lo que pasaba.
Sire dijo la reina puedo enviarlos a buscar al Louvre, donde
están, y así los deseos de Vuestra Majestad serán cumplidos.
Hacedlo, señora, hacedlo, y cuanto antes; porque dentro de una
hora va a comenzar el ballet.
La reina saludó en señal de sumisión y siguió a las damas que
debían conducirla a su gabinete.
Por su parte, el rey volvió al suyo.
Hubo en la sala un momento de desconcierto y confusión.
Todo el mundo había podido notar que algo había pasado entre el
rey y la reina; pero los dos habían hablado tan bajo que, habiéndose alejado
todos por respeto algunos pasos, nadie había oído nada. Los violines tocaban
con toda su fuerza, pero no los escuchaban.
El rey salió el primero de su gabinete; iba en traje de caza de
los más elegantes y Monsieur y los otros señores iban vestidos como él. Era el
traje que mejor llevaba el rey, y así vestido parecía verdaderamente el primer
gentilhombre de su reino.
El cardenal se acercó al rey y le entregó una caja. El rey la
abrió y encontró en ella dos herretes de diamantes.
¿Qué quiere decir esto? preguntó al cardenal.
Nada respondió éste . Sólo que si la reina tiene los herretes,
cosa que dudo, contadlos, Sire, y si no encontráis más que diez, preguntad a Su
Majestad quién puede haberle robado los dos herretes que hay ahí.
El rey miró al cardenal como para interrogarle; pero no tuvo
tiempo de dirigirle ninguna pregunta: un grito de admiración salió de todas las
bocas. Si el rey parecía el primer gentilhombre de su reino, la reina era a
buen seguro la mujer más bella de Francia.
Es cierto que su tocado de cazadora le iba de maravilla; tenía
un sombrero de fieltro con plumas azules, un corpiño de terciopelo gris perla
unido con broches de diamantes, y una falda de satén azul toda bordada de
plata. En su hombro izquierdo resplandecían los herretes sostenidos por un nudo
del mismo color que las plumas y la falda.
El rey se estremecía de alegría y el cardenal de cólera; sin
embargo, distantes como estaban de la reina, no podían contar los herretes; la
reina los tenía, sólo que, ¿tenía diez o tenía doce?
En aquel momento, los violines hicieron sonar la señal del
baile. El rey avanzó hacia la señora presidenta, con la que debía bailar, y S.
A. Monsieur con la reina. Se pusieron en sus puestos y el baile comenzó.
El rey estaba en frente de la reina, y cada vez que pasaba a su
lado, devoraba con la mirada aquellos herretes, cuya cuenta no podía saber. Un
sudor frío cubría la frente del cardenal.
El baile duró una hora: tenía dieciséis intermedios.
El baile terminó en medio de los aplausos de toda la sala, cada
cual llevó a su dama a su sitio, pero el rey aprovechó el privilegio que tenía
de dejar a la suya donde se encontraba para avanzar deprisa hacia la reina.
Os agradezco, señora le dijo , la deferencia que habéis mostrado
hacia mis deseos, pero creo que os faltan dos herretes, y yo os los devuelvo.
Y con estas palabras, tendió a la reina los dos herretes que le
había entregado el cardenal.
¡Cómo, Sire! exclamó la joven reina fingiendo sorpresa . ¿Me
dais aún otros dos? Entonces con éstos tendré catorce.
En efecto, el rey contó y los doce herretes se hallaron en los
hombros de Su Majestad.
El rey llamó al cardenal.
Y bien, ¿qué significa esto, monseñor cardenal? preguntó el rey
en tono severo.
Eso significa, Sire respondió el cardenal , que yo deseaba que
Su Majestad aceptara esos dos herretes y, no atreviéndome a ofrecérselos yo
mismo, he adoptado este medio.
Y yo quedo tanto más agradecida a Vuestra Eminencia respondió
Ana de Austria con una sonrisa que probaba que no era víctima de aquella
ingeniosa galantería , cuanto que estoy segura de que estos dos herretes os
cuestan tan caros ellos solos como los otros doce han costado a Su Majestad.
Luego, habiendo saludado al rey y al cardenal, la reina tomó el
camino de la habitación en que se había vestido y en que debía desvestirse.
La atención que nos hemos visto obligados a prestar durante el
comienzo de este capítulo a los personajes ilustres que en él hemos
introducido, nos han alejado un instante de aquel a quien Ana de Austria debía
el triunfo inaudito que acababa de obtener sobre el cardenal y que, confundido,
ignorado perdido en la muchedumbre apiñada en una de las puertas, miraba desde
allí esta escena sólo comprensible para cuatro personas: el rey, la reina Su
Eminencia y él.
La reina acababa de ganar su habitación y D'Artagnan se
aprestaba a retirarse cundo sintió que le tocaban ligeramente en el hombro; se
volvió y vio a una mujer joven que le hacía señas de seguirla. Aquella joven
tenía el rostro cubierto por un antifaz de terciopelo negro, mas pese a esta
precaución que, por lo demás, estaba tomada más para los otros que para él,
reconoció al instante mismo a su guía habitual, la ligera a ingeniosa señora
Bonacieux.
La víspera apenas si se habían visto en el puesto del suizo
Germain, donde D'Artagnan la había hecho llamar. La prisa que tenía la joven
por llevar a la reina la excelente noticia del feliz retorno de su mensajero
hizo que los dos amantes apenas cambiaran algunas palabras. D'Artagnan siguió,
pues, a la señora Bonacieux movido por un doble sentimiento: el amor y la
curiosidad. Durante todo el camino, y a medida que los corredores se hacían más
desiertos, D'Artagnan quería detener a la joven, cogerla, contemplarla, aunque
no fuera más que un instante; pero vivaz como un pájaro, se deslizaba siempre
entre sus manos, y cuando él quería hablar, su dedo puesto en su boca con un
leve gesto imperativo lleno de encanto le recordaba que estaba bajo el imperio
de una potencia a la que debía obedecer ciegamente, y que le prohibía incluso
la más ligera queja; por fin, tras un minuto o dos de vueltas y revueltas, la
señora Bonacieux abrió una puerta a introdujo al joven en un gabinete
completamente oscuro. Allí le hizo una nueva señal de mutismo, y abriendo una
segunda puerta oculta por una tapicería cuyas aberturas esparcieron de pronto
viva luz, desapareció.
D'Artagnan permaneció un instante inmóvil y preguntándose dónde
estaba, pero pronto un rayo de luz que penetraba por aquella habitación, el
aire cálido y perfumado que llegaba hasta él, la conversación de dos o tres
mujeres, en lenguaje a la vez respetuoso y elegante, la palabra Majestad muchas
veces repetida, le indicaron claramente que estaba en un gabinete contiguo a la
habitación de la reina.
El joven permaneció en la sombra y esperó.
La reina se mostraba alegre y feliz, lo cual parecía asombrar a
las personas que la rodeaban y que tenían por el contrario la costumbre de
verla casi siempre preocupada. La reina achacaba aquel sentimiento gozoso a la
belleza de la fiesta, al placer que le había hecho experimentar el baile, y
como no está permitido contradecir a una reina, sonría o llore, todos
ponderaban la galantería de los señores regidores del Ayuntamiento de Paris.
Aunque D'Artagnan no conociese a la reina, distinguió su voz de
las otras voces, en primer lugar por un ligero acento extranjero, luego por ese
sentimiento de dominación, impreso naturalmente en todas las palabras
soberanas. La oyó acercarse y alejarse de aquella puerta abierta, y dos o tres
veces vio incluso la sombra de un cuerpo interceptar la luz.
Finalmente, de pronto, una mano y un brazo adorables de forma y
de blancura pasaron a través de la tapicería; D'Artagnan comprendió que aquella
era su recompensa: se postró de rodillas, cogió aquella mano y apoyó
respetuosamente sus labios; luego aquella mano se retiró dejando en las suyas
un objeto que reconoció como un anillo; al punto la puerta volvió a cerrarse y
D'Artagnan se encontró de nuevo en la más completa oscuridad.
D'Artagnan puso el anillo en su dedo y esperó otra vez; era
evidente que no todo había terminado aún. Después de la recompensa de su
abnegación venía la recompensa de su amor. Además, el ballet había acabado,
pero la noche apenas había comenzado: se cenaba a las tres y el reloj de Saint
Jean hacía algún tiempo que había tocado ya las dos y tres cuartos.
En efecto, poco a poco el ruido de las voces disminuyó en la
habitación vecina; se las oyó alejarse; luego, la puerta del gabinete donde
estaba D'Artagnan se volvió a abrir y la señora Bonacieux se adelantó.
¡Vos por fin! exclamó D'Artagnan.
¡Silencio! dijo la joven, apoyando su mano sobre los labios del
joven . ¡Silencio! E idos por donde habéis venido.
Pero ¿cuándo os volveré a ver? exclamó D'Artagnan.
Un billete que encontraréis al volver a vuestra casa lo dirá.
¡Marchaos, marchaos!
Y con estas palabras abrió la puerta del corredor y empujó a
D'Artagnan fuera del gabinete.
D'Artagnan obedeció cómo un niño, sin resistencia y sin obción
alguna, lo que prueba que estaba realmente muy enamorado.
Capítulo XXIII
La cita
D'Artagnan volvió a su casa a todo correr, y aunque eran más de
las tres de la mañana y aunque tuvo que atravesar los peores barrios de Paris,
no tuvo ningún mal encuentro. Ya se sabe que hay un dios que vela por los
borrachos y los enamorados.
Encontró la puerta de su casa entreabierta, subió su escalera, y
llamó suavemente y de una forma convenida entre él y su lacayo. Planchet, a
quien dos horas antes había enviado del palacio del Ayuntamiento recomendándole
que lo esperase, vino a abrirle la puerta.
¿Alguien ha traído una carta para mî? preguntó vivamente
D'Artagnan.
Nadie ha traído ninguna carta, señor respondió Planchet ; pero
hay una que ha venido totalmente sola.
¿Qué quieres decir, imbécil?
Quiero decir que al volver, aunque tenía la llave de vuestra
casa en mi bolsillo y aunque esa llave no me haya abandonado, he encontrado una
carta sobre el tapiz verde de la mesa, en vuestro dormitorio.
¿Y dónde está esa carta?
La he dejado donde estaba, señor. No es natural que las cartas
entren así en casa de las gentes. Si la ventana estuviera abierta, o solamente
entreabierta, no digo que no; pero no, todo estaba herméticamente cerrado.
Señor, tened cuidado, porque a buen seguro hay alguna magia en ella.
Durante este tiempo, el joven se había lanzado a la habitación y
abierto la carta; era de la señora Bonacieux y estaba concebida en estos
términos:
«Hay vivos agradecimientos que haceros y que transmitiros. Estad
esta noche hacia las diez en Saint Cloud, frente al pabellón que se alza en la
esquina de la casa del señor D'Estrées.
C. B.»
Al leer aquella carta, D'Artagnan sentía su corazón dilatarse y
encogerse con ese dulce espasmo que tortura y acaricia el corazón de los
amantes.
Era el primer billete que recibía, era la primera cita que se le
concedía. Su corazón, henchido por la embriaguez de la alegría, se sentía
presto a desfallecer sobre el umbral de aquel paraíso terrestre que se llamaba
el amor.
¡Y bien, señor! dijo Planchet, que había visto a su amo
enrojecer y palidecer sucesivamente . ¿No es justo lo que he adivinado y que se
trata de algún asunto desagradable?
Te equivocas, Planchet respondió D'Artagnan , y la prueba es que
ahí tienes un escudo para que bebas a mi salud.
Agradezco al señor el escudo que me da, y le prometo seguir
exactamente sus instrucciones; pero no es menos cierto que las cartas que
entran así en las casas cerradas...
Caen del cielo, amigo mío, caen del cielo.
Entonces, ¿el señor está contento? preguntó Planchet.
¡Mi querido Planchet, soy el más feliz de los hombres!
¿Puedo aprovechar la felicidad del señor para irme a acostar?
Sí, vete.
Que todas las bendiciones del cielo caigan sobre el señor, pero
no es menos cierto que esa carta...
Y Planchet se retiró moviendo la cabeza con aire de duda que no
había conseguido borrar enteramente la liberalidad de D'Artagnan.
Al quedarse solo, D'Artagnan leyó y releyó su billete, luego
besó y volvió a besar veinte veces aquellas líneas trazadas por la mano de , su
bella amante. Finalmente se acostó, se durmió y tuvo sueños dorados.
A las siete de la mañana se levantó y llamó a Planchet, que a la
segunda llamada abrió la puerta, el rostro todavía mal limpio de las
inquietudes de la víspera.
Planchet le dijo D'Artagnan , salgo por todo el día quizá; eres,
pues, libre hasta las siete de la tarde; pero a las siete de la tarde, estate
dispuesto con dos caballos.
¡Vaya! dijo Planchet . Parece que todavía vamos a hacernos
agujerear la piel en varios lugares.
Cogerás tu mosquetón y tus pistolas.
¡Bueno! ¿Qué decía yo? exclamó Planchet . Estaba seguro; , esa
maldita carta...
Tranquilízate, imbécil, se trata simplemente de una partida de
placer.
Sí, como los viajes de recreo del otro día, en los que llovían
las balas y donde había trampas.
Además, si tenéis miedo, señor Planchet prosiguió D'Artagnan ,
iré sin vos; prefiero viajar solo antes que tener un compañero que tiembla.
El señor me injuria dijo Planchet ; me parece, sin embargo, que
me ha visto en acción.
Sí, pero creo que gastaste todo tu valor de una sola vez.
El señor verá que cuando la ocasión se presente todavía me
queda; sólo que ruego al señor no prodigarlo demasiado si quiere que me quede
por mucho tiempo.
¿Crees tener todavía cierta cantidad para gastar esta noche?
Eso espero.
Pues bien, cuento contigo.
A la hora indicada estaré dispuesto; sólo que yo creía que el
señor no tenía más que un caballo en la cuadra de los guardias.
Quizá no haya en estos momentos más que uno, pero esta noche
habrá cuatro.
Parece que nuestro viaje fuera un viaje de remonta.
Exactamente dijo D'Artagnan.
Y tras hacer a Planchet un último gesto de recomendación salió.
El señor Bonacieux estaba a su puerta. La intención de
D'Artagnan era pasar de largo sin hablar al digno mercero; pero éste hizo un
saludo tan suave y tan benigno que su inquilino hubo por fuerza no sólo de
devolvérselo, sino incluso de trabar conversación con él.
Por otra parte, ¿cómo no tener un poco de condescendencia para
con un marido cuya mujer os ha dado una cita para esa misma noche en Saint
Cloud, frente al pabellón del señor D'Estrées? D'Artagnan se acercó con el aire
más amable que pudo adoptar.
La conversación recayó naturalmente sobre el encarcelamiento del
pobre hombre. El señor Bonacieux, que ignoraba que D'Artagnan había oído su
conversación con el desconocido de Meung, contó a su joven inquilino las
persecuciones de aquel monstruo del señor de Laffemas, a quien no cesó de
calificar durante todo su relato de verdugo del cardenal, y se extendió
largamente sobre la Bastilla, los cerrojos, los postigos, los tragaluces, las
rejas y los instrumentos de tortura.
D'Artagnan lo escuchó con una complacencia ejemplar; luego,
cuando hubo terminado:
Y la señora Bonacieux dijo por fin , ¿sabéis quién la había
raptado? Porque no olvido que gracias a esa circunstancia molesta debo la dicha
de haberos conocido.
¡Ah! dijo el señor Bonacieux . Se han guardado mucho de
decírmelo, y mi mujer por su parte, me ha jurado por todos los dioses que ella
no lo sabía. Pero y de vos continuó el señor Bonacieux en un tono de ingenuidad
perfecta , ¿qué ha sido de vos todos estos días pasados? No os he visto ni a
vos ni a vuestros amigos, y no creo que haya sido en el pavimento de París
donde habéis cogido todo el polvo que Planchet quitaba ayer de vuestras botas.
Tenéis razón, mi querido señor Bonacieux, mis amigos y yo hemos
hecho un pequeño viaje.
¿Lejos de aquí?
¡Oh, Dios mío, no, a unas cuarenta leguas sólo! Hemos ido a
llevar al señor Athos a las aguas de Forges, donde mis amigos se han quedado.
¿Y vos habéis vuelto, verdad? prosiguió el señor Bonacieux dando
a su fisonomía su aire más maligno . Un buen mozo como vos no consigue largos
permisos de su amante, y erais impacientemente esperado en Paris, ¿no es así?
A fe dijo riendo el joven , os lo confieso, mi querido señor
Bonacieux, tanto más cuanto que veo que no se os puede ocultar nada. Sí, era
esperado, y muy impacientemente, os respondo de ello.
Una ligera nube pasó por la frente de Bonacieux, pero tan ligera
que D'Artagnan no se dio cuenta.
¿Y vamos a ser recompensados por nuestra diligencia? continuó el
mercero con una ligera alteración en la voz, alteración que D'Artagnan no notó
como tampoco había notado la nube momentánea que un instante antes había
ensombrecido el rostro del digno hombre.
¡Vaya! ¿Vais a sermonearme? dijo riendo D'Artagnan.
No, lo que os digo es sólo repuso Bonacieux , es sólo para saber
si volveremos tarde.
¿Por qué esa pregunta, querido huésped? preguntó D'Artagnan .
¿Es que contáis con esperarme?
No, es que desde mi arresto y el robo que han cometido en mi
casa, me asusto cada vez que oigo abrir una puerta, y sobre todo por la noche.
¡Maldita sea! ¿Qué queréis? Yo no soy un hombre de espada.
¡Bueno! No os asustéis si regreso a la una, a las dos o a las
tres de la mañana; y si no regreso, tampoco os asustéis.
Aquella vez Bonacieux se quedó tan pálido que D'Artagnan no pudo
dejar de darse cuenta, y le preguntó qué tenía.
Nada respondió Bonacieux , nada. Desde estas desgracias, estoy
sujeto a desmayos que se apoderan de mí de pronto, y acabo de sentir pasar por
mí un estremecimiento. No le hagáis caso, vos no tenéis más que ocuparos de ser
feliz.
Entonces tengo ocupación, porque lo soy.
No todavía, esperar entonces, vos mismo lo habéis dicho: esta
noche.
¡Bueno, esta noche llegará, a Dios gracias! Y quizá la estéis
esperando vos con tanta impaciencia como yo. Quizá esta noche la señora
Bonacieux visite el domicilio conyugal.
La señora Bonacieux no está libre esta noche respondió con tono
grave el marido ; está retenida en el Louvre por su servicio.
Tanto peor para vos, mi querido huésped, tanto peor; cuando soy
feliz quisiera que todo el mundo lo fuese; pero parece que no es posible.
Y el joven se alejó riéndose a carcajadas que sólo él, eso
pensaba, podía comprender.
¡Divertíos mucho! respondió Bonacieux con un acento sepulcral.
Pero D'Artagnan estaba ya demasiado lejos para oírlo y, aunque
lo hubiera oído, en la disposición de ánimo en que estaba, no lo hubiera
ciertamente notado.
Se dirigió hacia el palacio del señor de Tréville; su visita de
la víspera había sido como se recordará, muy corta y muy poco explicativa.
Encontró al señor de Tréville con la alegría en el alma. El rey
y la reina habían estado encantadores con él en el baile. Cierto que el
cardenal había estado perfectamente desagradable.
A la una de la mañana se había retirado so pretexto de que
estaba indispuesto. En cuanto a Sus Majestades, no habían vuelto al Louvre
hasta las seis de la mañana.
Ahora dijo el señor de Tréville bajando la voz a interrogando
con la mirada a todos los ángulos de la habitación para ver si estaban
completamente solos , ahora hablemos de vos, joven amigo, porque es evidente
que vuestro feliz retorno tiene algo que ver con la alegría del rey, con el
triunfo de la reina y con la humillación de su Eminencia. Se trata de
protegeros.
¿Qué he de temer respondió D'Artagnan mientras tenga la dicha de
gozar del favor de Sus Majestades?
Todo, creedme. El cardenal no es hombre que olvide una
mistificación mientras no haya saldado sus cuentas con el mistificador, y el
mistificador me parece ser cierto gascón de mi conocimiento.
¿Creéis que el cardenal esté tan adelantado como vos y sepa que
soy yo quien ha estado en Londres?
¡Diablos! ¿Habéis estado en Londres? De Londres es de donde
habéis traído ese hermoso diamante que brilla en vuestro dedo? Tened cuidado,
mi querido D'Artagnan, no hay peor cosa que el presente de un enemigo. ¿No hay
sobre esto cierto verso latino?... Esperad...
Sí, sin duda prosiguió D'Artagnan, que nunca había podido
meterse la primera regla de los rudimentos en la cabeza y que, por ignorancia,
había provocado la desesperación de su preceptor ; sí, sin duda, debe haber
uno.
Hay uno, desde luego dijo el señor de Tréville, que tenía cierta
capa de letras y el señor de Benserade me lo citaba el otro día... Esperad,
pues... Áh, ya está:
Timeo Danaos et dona ferentes
Lo cual quiere decir: «Desconfiad del enemigo que os hace
presentes». Ese diamante no proviene de un enemigo, señor repuso D'Artagnan ,
proviene de la reina.
¡De la reina! ¡Oh, oh! dijo el señor de Tréville . Efectivamente
es una auténtica joya real, que vale mil pistolas por lo menos. ¿Por quién os
ha hecho dar este regalo?
Me lo ha entregado ella misma.
Y eso, ¿dónde?
En el gabinete contiguo a la habitación en que se cambió de
tocado.
¿Cómo?
Dándome su mano a besar.
¡Habéis besado la mano de la reina! exclamó el señor de Tréville
mirando a D'Artagnan.
¡Su Majestad me ha hecho el honor de concederme esa gracia!
Y eso, ¿en presencia de testigos? Imprudente, tres veces
imprudente.
No, señor, tranquilizaos, nadie lo vio repuso D'Artagnan. Y le
contó al señor de Tréville cómo habían ocurrido las cosas.
¡Oh, las mujeres, las mujeres! exclamó el viejo soldado . Las
reconozco en su imaginación novelesca; todo lo que huele a misterio les
encanta; así que vos habéis visto el brazo, eso es todo; os encontraríais con
la reina y no la reconoceríais; ella os encontraría y no sabría quién sois vos.
No, pero gracias a este diamante... repuso el joven.
Escuchad dijo el señor de Tréville . ¿Queréis que os dé un
consejo, un buen consejo, un consejo de amigo?
Me haréis un honor, señor dijo D'Artagnan.
Pues bien, id al primer orfebre que encontréis y vendedie ese
diamante por el precio que os dé; por judío que sea, siempre encontreréis
ochocientas pistolas. Las pistolas no tienen nombre, joven, y ese anillo tiene
uno terrible, y que puede traicionar a quien lo lleve.
¡Vender este anillo! ¡Un anillo que viene de mi soberana!
¡Jamás! dijo D'Artagnan.
Entonces volved el engaste hacia dentro, pobre loco, porque es
de todos sabido que un cadete de Gascuña no encuentra joyas semejantes en el
escriño de su madre.
¿Pensáis, pues, que tengo algo que temer? preguntó d'Artagnan.
Equivale a decir, joven, que quien se duerme sobre una mina cuya
mecha está encendida debe considerarse a salvo en comparación con vos.
¡Diablo! dijo D'Artagnan, a quien el tono de seguridad del señor
de Tréville comenzaba a inquietar . ¡Diablo! ¿Qué debo hacer?
Estar vigilante siempre y ante cualquier cosa. El cardenal tiene
la memoria tenaz y la mano larga; creedme, os jugará una mala pasada.
Pero ¿cuál?
¿Y qué sé yo? ¿No tiene acaso a su servicio todas las trampas
del demonio? Lo menos que puede pasaros es que se os arreste.
¡Cómo! ¿Se atreverían a arrestar a un hombre al servicio de Su
Majestad?
¡Pardiez! Mucho les ha preocupado con Athos. En cualquier caso,
joven, creed a un hombre que está hace treinta años en la corte; no os durmáis
en vuestra seguridad, estaréis perdido. Al contrario, y soy yo quien os lo
digo, ved enemigos por todas partes. Si alguien os busca pelea, evitadla,
aunque sea un niño de diez años el que la busca; si os atacan de noche o de
día, batíos en retirada y sin vergüenza; si cruzáis un puente, tantead las
planchas, no vaya a ser que una os falte bajo el pie; si pasáis ante una casa
que están construyendo, mirad al aire, no vaya a ser que una piedra os caiga
encima de la cabeza; si volvéis a casa tarde, haceos seguir por vuestro criado,
y que vuestro criado esté armado, si es que estáis seguro de vuestro criado.
Desconfiad de todo el mundo, de vuestro amigo, de vuestro hermano, de vuestra
amante, de vuestra amante sobre todo.
D'Artagnan enrojeció.
De mi amante repitió él maquinalmente . ¿Y por qué más de ella
que de cualquier otro?
Es que la amante es uno de los medios favoritos del cardenal; no
lo hay más expeditivo: una mujer os vende por diez pistolas, testigo Dalila.
¿Conocéis las Escrituras, no?
D'Artagnan pensó en la cita que le había dado la señora
Bonacieux para aquella misma noche; pero debemos decir, en elogio de nuestro
heroe, que la mala opinión que el señor de Tréville tenía de las mujeres en
general, no le inspiró la más ligera sospecha contra su preciosa huéspeda.
Pero, a propósito prosiguió el señor de Tréville . ¿Qué ha sido
de vuestros tres compañeros?
Iba a preguntaros si vos habíais sabido alguna noticia.
Ninguna, señor.
Pues bien yo los dejé en mi camino: a Porthos en Chantilly, con
un duelo entre las manos; a Aramis en Crévocoeur, con una bala en el hombro, y
a Athos en Amiens, con una acusación de falso monedero encima.
¡Lo veis! dijo el señor de Tréville . Y vos, ¿cómo habéis
escapado?
Por milagro, señor, debo decirlo, con una estocada en el pecho y
clavando al señor conde de Wardes en el dorso de la ruta de Calais como a una
mariposa en una tapicería.
¡Lo veis todavía! De Wardes, un hombre del cardenal, un primo de
Rochefort. Mirad, amigo mío, se me ocurre una idea.
Decid, señor.
En vuestro lugar, yo haría una cosa.
¿Cuál?
Mientras Su Eminencia me hace buscar en Paris, yo, sin tambor ni
trompeta, tomaría la ruta de Picardía, y me ¡ría a saber noticias de mis tres
compañeros. ¡Qué diablo! Bien merecen ese pequeño detalle por vuestra parte.
El consejo es bueno, señor, y mañana partiré.
¡Mañana! ¿Y por qué no esta noche?
Esta noche, señor, estoy retenido en Paris por un asunto
indispensable.
¡Ah, joven, joven! ¿Algún amorcillo? Tened cuidado, os lo
repito; fue la mujer la que nos perdió a todos nosotros, y la que nos perderá
aún a todos nosotros. Creedme, partid esta noche.
¡Imposible, señor!
¿Habéis dado vuestra palabra?
Sí, señor.
Entonces es otra cosa; pero prometedme que, si no sois muerto
esta noche, mañana partiréis.
Os lo prometo.
¿Necesitáis dinero?
Tengo todavía cincuenta pistolas. Es todo lo que me hace falta,
según pienso.
Pero ¿vuestros compañeros?
Pienso que no deben necesitarlo. Salimos de Paris cada uno con
setenta y cinco pistolas en nuestros bolsillos.
¿Os volveré a ver antes de vuestra partida?
No, creo que no, señor, a menos que haya alguna novedad.
¡Entonces, buen viaje!
Gracias, señor.
Y D'Artagnan se despidió del señor de Tréville, emocionado como
nunca por su solicitud completamente paternal hacia sus mosqueteros.
Pasó sucesivamente por casa de Athos, de Porthos y de Aramis.
Ninguno de los tres había vuelto. Sus criados tambien estaban ausentes, y no
había noticia ni de los unos ni de los otros.
¡Ah, señor! dijo Planchet al divisar a D'Artagnan . ¡Qué
contento estoy de verle!
¿Y eso por qué, Planchet? preguntó el oven.
¿Confiáis en el señor Bonacieux, nuestro huésped?
¿Yo? Lo menos del mundo.
¡Oh, hacéis bien, señor!
Pero ¿a qué viene esa pregunta?
A que mientras hablabais con él, yo os observaba sin escucharos;
señor, su rostro ha cambiado dos o tres veces de color.
¡Bah!
El señor no ha podido notarlo, preocupado como estaba por la
carta que acababa de recibir; pero, por el contrario, yo, a quien la extraña
forma en que esa carta había llegado a la casa había puesto en guardia no me he
perdido ni un solo gesto de su fisonomía.
¿Y cómo la has encontrado?
Traidora señor.
¿De verdad?
Además, tan pronto como el señor le ha dejado y ha desaparecido
por la esquina de la calle, el señor Bonacieux ha cogido su sombrero, ha
cerrado su puerta y se ha puesto a correr en dirección contraria.
En efecto, tienes razón, Planchet, todo esto me parece muy
sospechoso, y estáte tranquilo, no le pagaremos nuestro alquiler hasta que la
cosa no haya sido categóricamente explicada.
El señor se burla, pero ya verá.
¿Qué quieres, Planchet? Lo que tenga que ocurrir está escrito.
¿El señor no renuncia entonces a su paseo de esta noche?
Al contrario, Planchet, cuanto más moleste al señor Bonacleux,
tanto más iré a la cita que me ha dado esa carta que tanto lo inquieta.
Entonces, si la resolución del señor...
Inquebrantable, amigo mío; por tanto, a las nueves estate
preparado aquí, en el palacio; yo vendré a recogerte.
Planchet, viendo que no había ninguna esperanza de hacer
renunciar a su amo a su proyecto, lanzó un profundo suspiro y se puso a
almohazar al tercer caballo.
En cuanto a D'Artagnan, como en el fondo era un muchacho lleno
de prudencia, en lugar de volver a su casa, se fue a cenar con aquel cura
gascón que, en los momentos de penuria de los cuatro amigos, les había dado un
desayuno de chocolate.
Capítulo XXIV
El pabellón
A las nueve, D'Artagnan estaba en el palacio de los Guardias;
encontró a Planchet armado. El cuarto caballo había llegado.
Planchet estaba armado con su mosquetón y una pistola.
D'Artagnan tenía su espada y pasó dos pistolas a su cintura,
luego los dos montaron cada uno en un caballo y se alejaron sin ruido. Hacía
noche cerrada, y nadie los vio salir. Planchet se puso a continuación de su
amo, y marchó a diez pasos tras él.
D'Artagnan cruzó los muelles, salió por la puerta de la
Conférence y siguió luego el camino, más hermoso entonces que hoy, que conduce
a Saint Cloud.
Mientras estuvieron en la ciudad, Planchet guardó
respetuosamente la distancia que se había impuesto; pero cuando el camino
comenzó a volverse más desierto y más oscuro, fue acercándose lentamente; de
tal modo que cuando entraron en el bosque de Boulogne, se encontró andando codo
a codo con su amo. En efecto, no debemos disimular que la oscilación de los
corpulentos árboles y el reflejo de la luna en los sombríos matojos le causaban
viva inquietud. D'Artagnan se dio cuenta de que algo extraordinario ocurría en
su lacayo.
¡Y bien, señor Planchet! le preguntó . ¿Nos pasa algo?
¿No os parece, señor, que los bosques son como iglesias?
¿Y eso por qué, Planchet?
Porque tanto en éstas como en aquéllos nadie se atreve a hablar
en voz alta.
¿Por qué no te atreves a hablar en voz alta, Planchet? ¿Porque
tienes miedo?
Miedo a ser oído, sí, señor.
¡Miedo a ser oído! Nuestra conversación es sin embargo moral, mi
querido Planchet, y nadie encontraría nada qué decir de ella.
¡Ay, señor! repuso Planchet volviendo a su idea madre . Ese
señor Bonacieux tiene algo de sinuoso en sus cejas y de desagradable en el
juego de sus labios.
¿Quién diablos te hace pensar en Bonacieux?
Señor, se piensa en lo que se puede y no en lo que se quiere.
Porque eres un cobarde, Planchet.
Señor, no confundamos la prudencia con la cobardía; la prudencia
es una virtud.
Y tú eres virtuoso, ¿no es así, Planchet?
Señor, ¿no es aquello el cañón de un mosquete que brilla? ¿Y si
bajáramos la cabeza?
En verdad murmuró D'Artagnan, a quien las recomendaciones del
señor de Tréville volvían a la memoria , en verdad, este animal terminará por
meterme miedo.
Y puso su caballo al trote.
Planchet siguió el movimiento de su amo, exactamente como si
hubiera sido su sombra, y se encontró trotando tras él.
¿Es que vamos a caminar así toda la noche, señor? preguntó.
No, Planchet, porque tú has llegado ya.
¿Cómo que he llegado? ¿Y el señor?
Yo voy a seguir todavía algunos pasos.
¿Y el señor me deja aquí solo?
¿Tienes miedo Planchet?
No, pero sólo hago observar al señor que la noche será muy fría,
que los relentes dan reumatismos y que un lacayo que tiene reumatismos es un
triste servidor, sobre todo para un amo alerta como el señor.
Bueno, si tienes frío, Planchet, entra en una de esas tabernas
que ves allá abajo, y me esperas mañana a las seis delante de la puerta.
Señor, he comido y bebido respetuosamente el escudo que me
disteis esta mañana, de suerte que no me queda ni un maldito centavo en caso de
que tuviera frío.
Aquí tienes media pistola. Hasta mañana.
D'Artagnan descendió de su caballo, arrojó la brida en el brazo
de Planchet y se alejó rápidamente envolviéndose en su capa.
¡Dios, qué frío tengo! exclamó Planchet cuando hubo perdido de
vista a su amo y, apremiado como estaba por calentarse, se fue a todo correr a
llamar a la puerta de una casa adornada con todos los atributos de una taberna
de barrio.
Sin embargo, D'Artagnan, que se había metido por un pequeño
atajo, continuaba su camino y llegaba a Saint Cloud; pero en lugar de seguir la
carretera principal, dio la vuelta por detrás del castillo, ganó una especie de
calleja muy apartada y pronto se encontró frente al pabellón indicado. Estaba
situado en un lugar completamente desierto. Un gran muro, en cuyo ángulo estaba
aquel pabellón dominaba un lado de la calleja, y por el otro un seto defendía
de los transeúntes un pequeño jardín en cuyo fondo se alzaba una pobre cabaña.
Había llegado a la cita, y como no le habían dicho anunciar su
presencia con ninguna señal, esperó.
Ningún ruido se dejaba oír, se hubiera dicho que estaba a cien
legUas de la capital. D'Artagnan se pegó al seto después de haber lanzado una
ojeada detrás de sí. Por encima de aquel seto, aquel jardín y aquella cabaña,
una niebla sombría envolvía en sus pliegues aquella inmensidad en que duerme
París, vacía, abierta inmensidad donde brillaban algunos puntos luminosos,
estrellas fúnebres de aquel infierno.
Pero para D'Artagnan todos los aspectos revestían una forma
feliz, todas las ideas tenían una sonrisa, todas las tinieblas eran diáfanas.
La hora de la cita iba a sonar.
En efecto, al cabo de algunos instantes, el campanario de
Saint-Cloud dejó caer lentamente diez golpes de su larga lengua mugiente.
Había algo lúgubre en aquella voz de bronce que se lamentaba así
en medio de la noche.
Pero cada una de aquellas horas que componían la hora esperada
vibraba armoniosamente en el corazón del joven.
Sus ojos estaban fijos en el pequeño pabellón situado en el
ángulo del muro, cuyas ventanas estaban todas cerradas con los postigos, salvo
una sola del primer piso.
A través de aquella ventana brillaba una luz suave que argentaba
el follaje tembloroso de dos o tres tilos que se elevaban formando grupo fuera
del parque. Evidentemente, detrás de aquella ventanita, tan graciosamente
iluminada, le aguardaba la señora Bonacieux.
Acunado por esta idea, D Artagnan esperó por su parte media hora
sin impaciencia alguna, con los ojos fijos sobre aquella casita de la que
D'Artagnan percibía una parte del techo de molduras doradas, atestiguando la
elegancia del resto del apartamento.
El campanario de Saint Cloud hizo sonar las diez y media.
Aquella vez, sin que D'Artagnan comprendiese por qué, un temblor
recorrió sus venas. Quizá también el frío comenzaba a apoderarse de él y
tornaba por una sensación moral lo que sólo era una sensación completamente
física.
Luego le vino la idea de que había leído mal y que la cita era
para las once solamente.
Se acercó a la ventana, se situó en un rayo de luz, sacó la
carta de su bolsillo y la releyó; no se había equivocado, efectivamente la cita
era para las diez.
Volvió a ponerse en su sitio, empezando a inquietarse por aquel
silencio y aquella soledad.
Dieron las once.
D'Artagnan comenzó a temer verdaderamente que le hubiera
ocurrido algo a la señora Bonacieux.
Dio tres palmadas, señal ordinaria de los enamorados; pero nadie
le respondió, ni siquiera el eco.
Entonces pensó con cierto despecho que quizá la joven se había
dormido mientras lo esperaba.
Se acercó a la pared y trató de subir, pero la pared estaba
recientemente revocada, y D'Artagnan se rompió inútilmente las uñas.
En aquel momento se fijó en los árboles, cuyas hojas la luz
continuaba argentando, y como uno de ellos emergía sobre el camino, pensó que
desde el centro de sus ramas su mirada podría penetrar en el pabellón.
El árbol era fácil. Además D'Artagnan tenía apenas veinte años,
y por lo tanto se acordaba de su oficio de escolar. En un instante estuvo en el
centro de las ramas, y por los vidrios transparentes sus ojos se hundieron en
el interior del pabellón.
Cosa extraña, que hizo temblar a D'Artagnan de la planta de los
pies a la raíz de sus cabellos, aquella suave luz, aquella tranquila lámpara
iluminaba una escena de desorden espantoso; uno de los cristales de la ventana
estaba roto, la puerta de la habitación había sido hundida y medio rota pendía
de sus goznes; una mesa que hubiera debido estar cubierta con una elegante cena
yacía por tierra; frascos en añicos, frutas aplastadas tapizaban el piso; todo
en aquella habitación daba testimonio de una lucha violenta y desesperada;
D'Artagnan creyó incluso reconocer en medio de aquel desorden extraño trozos de
vestidosy algunas manchas de sangre maculando el mantel y las cortinas.
Se dio prisa por descender a la calle con una palpitación
horrible en el corazón; quería ver si encontraba otras huellas de violencia.
Aquella breve luz suave brillaba siempre en la calma de la
noche. D'Artagnan se dio cuenta entonces, cosa que él no había observado al
principio, porque nada le empujaba a tal examen, que el suelo, batido aquí,
pisoteado allá, presentaba huellas confusas de pasos de hombres y de pies de
caballos. Además, las ruedas de un coche, que parecía venir de París, habían
cavado en la tierra blanda una profunda huella que no pasaba más allá del
pabellón y que volvía hacia Paris.
Finalmente, prosiguiendo sus búsquedas, D'Artagnan encontró
junto al muro un guante de mujer desgarrado. Sin embargo, aquel guante, en
todos aquellos puntos en que no había tocado la tierra embarrada, era de una
frescura irreprochable. Era uno de esos guantes perfumados que los amantes
gustan quitar de una hermosa mano.
A medida que D'Artagnan proseguía sus investigaciones, un sudor
más abundante y más helado perlaba su frente, su corazón estaba oprimido por
una horrible angustia, su respiración era palpitante; y sin embargo se decía a
sí mismo para tranquilizarse que aquel pabellón no tenía nada en común con la
señora Bonacieux; que la joven le había dado cita ante aquel pabellón y no en
el pabellón, que podía estar retenida en Paris por su servicio, quizá por los
celos de su marido.
Pero todos estos razonamientos eran severamente criticados,
destruidos, arrollados por aquel sentimiento de dolor íntimo que, en ciertas
ocasiones, se apodera de todo nuestro ser y nos grita, para todo cuanto en
nosotros está destinado a oírnos, que una gran desgracia planea sobre nosotros.
Entonces D'Artagnan enloqueció casi: corrió por la carretera,
tomb el mismo camino que ya había andado, avanzó hasta la barca e interrogó al
barquero.
Hacia las siete de la tarde el barquero había cruzado el río con
una mujer envuelta en un mantón negro, que parecía tener el mayor interés en no
ser reconocida; pero precisamente debido a esas precauciones que tomaba, el
barquero le había prestado una atención mayor, y había visto que la mujer era
joven y hermosa.
Entonces, como hoy, había gran cantidad de mujeres jóvenes y
hermosas que iban a Saint Cloud y que tenían interés en no ser vistas, y sin
embargo D'Artagnan no dudó un solo instante que no fuera la señora Bonacieux la
que el barquero había visto.
D'Artagnan aprovechó la lámpara que brillaba en la cabaña del
barquero para volver a leer una vez más el billete de la señora Bonacieux y
asegurarse de que no se había engañado, que la cita era en Saint Cloud y no en
otra parte, ante el pabellón del señor D'Estrées y no en otra calle.
Todo ayudaba a probar a D'Artagnan que sus presentimientos no lo
engañaban y que una gran desgracia había ocurrido.
Volvió a tomar el camino del castillo a todo correr; le parecía
que en su ausencia algo nuevo había podido pasar en el pabellón y que las
informaciones lo esperaban allí.
La calleja continuaba desierta, y la misma luz suave y calma
salía desde la ventana.
D'Artagnan pensó entonces en aquella casucha muda y ciega, pero
que sin duda había visto y que quizá podía hablar.
La puerta de la cerca estaba cerrada, pero saltó por encima del
seto, y pese a los ladridos del perm encadenado, se acercó a la cabaña.
A los primeros golpes que dio, no respondió nadie.
Un silencio de muerte reinaba tanto en la cabaña como en el
pabellón; no obstante, como aquella cabaña era su último recurso, insistió.
Pronto le pareció oír un ligero ruido interior, ruido temeroso,
y que parecía temblar él mismo de ser oído.
Entonces D'Artagnan dejó de golpear y rogó con un acento tan
lleno de inquietud y de promesas, de terror y zalamería, que su voz era capaz
por naturaleza de tranquilizar al más miedoso. Por fin, un viejo postigo
carcomido se abrió, o mejor se entreabrió, y se volvió a cerrar cuando la
claridad de una miserable lámpara que ardía en un rincón hubo iluminado el
tahalí, el puño de la espada y la empuñadura de las pistolas de D'Artagnan. Sin
embargo, por rápido que fuera el movimiento, D'Artagnan había tenido tiempo de
vislumbrar una cabeza de anciano.
¡En nombre del cielo, escuchadme! Yo esperaba a alguien que no
viene, me muero de inquietud. ¿No habrá ocurrido alguna desgracia por los
alrededores? Hablad.
La ventana volvió a abrirse lentamente, y el mismo rostro
apareció de nuevo, sólo que ahora más pálido aún que la primera vez.
D'Artagnan contó ingenuamente su historia, nombres excluidos;
dijo cómo tenía una cita con una joven ante aquel pabellón, y cómo, al no verla
venir, se había subido al tilo y, a la luz de la lámpara, había visto el
desorden de la habitación.
El viejo lo escuchó atentamente, al tiempo que hacía señas de
que estaba bien todo aquello; luego, cuando D'Artagnan hubo terminado, movió la
cabeza con un aire que no anunciaba nada bueno.
¿Qué queréis decir? exclamó D'Artagnan . ¡En nombre del cielo,
explicaos!
¡Oh, señor dijo el viejo , no me pidáis nada! Porque si os
dijera lo que he visto, a buen seguro que no me ocurrira nada bueno.
¿Habéis visto entonces algo? repuso D'Artagnan . En tal críso,
en nombre del cielo continuó, entregándole una pistola , decid, decid lo que
habéis visto, y os doy mi palabra de gentilhombre de que ninguna de vuestras
palabras saldrá de mi corazón.
El viejo leyó tanta franqueza y dolor en el rostro de D'Artagnan
que le hizo seña de escuchar y le dijo en voz baja:
Senan las nueve poco más o menos, había oído yo algún ruido en
la calle y quería saber qué podía ser, cuando al acercarme a mi puerta me di
cuenta de que alguien trataba de entrar. Como soy pobre y no tengo miedo a que
me roben, fui a abrir y vi a tres hombres a algunos pasos de allí. En la sombra
había una carroza con caballos enganchados y caballos de mano. Esos caballos de
mano pertenecían evidentemente a los tres hombres que estaban vestidos de
caballeros. «Ah, mis buenos señores exclamé yo , ¿qué queréis?» «Debes tener
una escalera», me dijo aquel que parecía el jefe del séquito. «Sí, señor; una
con la que recojo la fruta.» «Dánosla, y vuelve a tu casa. Ahí tienes un escudo
por la molestia que te causamos. Recuerda solamente que si dices una palabra de
lo que vas a ver y de lo que vas a oír (porque mirarás y escucharás pese a las
amenazas que te hagamos, estoy seguro), estás perdido.» A estas palabras, me
lanzó un escudo que yo recogí, y él tomó mi escalera. Efectivamente, después de
haber cerrado la puerta del seto tras ellos hice ademán de volver a la casa;
pero salí en seguida por la puerta de atrás y deslizándome en la sombra llegué
hasta esa mata de saúco, desde cuyo centro podía ver todo sin ser visto. Los
tres hombres habían hecho avanzar el coche sin ningún ruido, sacaron de él a un
hombrecito grueso, pequeño, de pelo gris, mezquinamente vestido de color
oscuro, el cual se subió con precaución a la escalera miró disimuladamente en
el interior del cuarto, volvió a bajar a paso de lobo y murmuró en voz baja:
«¡Ella es!» Al punto aquel que me había hablado se acercó a la puerta del
pabellón, la abrió con una llave que llevaba encima, volvió a cerrar la puerta
y desapareció; al mismo tiempo los otros dos subieron a la escalera. El viejo
permanecía en la portezuela el cochero sostenía a los caballos del coche y un
lacayo los caballos de silla. De pronto resonaron grandes gritos en el
pabellón, una mujer corrió a la ventana y la abrió como para precipitarse por
ella. Pero tan pronto como se dio cuenta de los dos hombres, retrocedió; los
dos hombres se lanzaron tras ella dentro de la habitación. Entonces ya no vi
nada más; pero oía ruido de muebles que se rom-pen. La mujer gritaba y pedía
ayuda. Pero pronto sus gritos fueron ahogados; los tres hombres se acercaron a
la ventana, llevando a la mujer en sus brazos; dos descendieron por la escalera
y la transportaron al coche, donde el viejo entró junto a ella. El que se había
quedado en el pabellón volvió a cerrar la ventana, salió un instante después
por la puerta y se aseguró de que la mujer estaba en el coche: sus dos
compañeros le esperaban ya a caballo, saltó él a su vez a la silla; el lacayo
ocupó su puesto junto al cochero; la carroza se alejó al galope escoltada por
los tres caballeros, y todo terminó. A partir de ese momento, yo no he visto
nada ni he oído nada.
D'Artagnan, abrumado por una noticia tan terrible, quedó inmóvil
y mudo, mientras todos los demonios de la cólera y los celos aullaban en su
corazón.
Pero, señor gentilhombre prosiguió el viejo, en el que aquella
muda desesperación producía ciertamente más afecto del que hubieran producido
los gritos y las lágrimas ; vamos, no os aflijáis, no os la han matado, eso es
lo esencial.
¿Sabéis aproximadamente dijo D'Artagnan quién era el hombre que
dirigía esa infernal expedición?
No lo conozco.
Pero, puesto que os ha hablado, habéis podido verlo.
¡Ah! ¿Son sus señas lo que me pedís?
Sí.
Un hombre alto, enjuto, moreno, de bigotes negros, la mirada
oscura, con aire de gentilhombre.
¡El es! exclamó D'Artagnan . ¡Otra vez él! ¡Siempre él! Es mi
demonio, según parece. ¿Y el otro?
¿Cuál?
El pequeño.
¡Oh, ese no era un señor, os lo aseguro! Además, no llevaba
espada, y los otros le trataban sin ninguna consideración.
Algún lacayo murmuró D'Artagnan . ¡Ah, pobre mujer! ¡Pobre
mujer! ¿Qué te han hecho?
Me habéis prometido el secreto dijo el viejo.
Y os renuevo mi promesa, estad tranquilo, yo soy gentilhombre.
Un gentilhombre no tiene más que una palabra, y yo os he dado la mía.
D'Artagnan volvió a tomar, con el alma afligida, el camino de la
barca. Tan pronto se resistía a creer que se tratara de la señora Bonacieux, y
esperaba encontrarla al día siguiente en el Louvre, como temía que ella tuviera
una intriga con algún otro y que un celoso la hubiera sorprendido y raptado.
Vacilaba, se desolaba, se desesperaba.
¡Oh, si tuviese aquí a mis amigos! exclamó . Tendría al menos
alguna esperanza de volverla a encontrar; pero ¿quién sabe qué habrá sido de
ellos?
Era medianoche poco más o menos; se trataba de encontrar a
Planchet. D Artagnan se hizo abrir sucesivamente todas las tabernas en las que
percibió algo de luz; en ninguna de ellas encontró a Planchet.
En la sexta, comenzó a pensar que la búsqueda era un poco
aventurada. D'Artagnan no había citado a su lacayo más que a las seis de la
mañana y, estuviese donde estuviese, estaba en su derecho.
Además al joven le vino la idea de que, quedándose en los
alrededores del lugar en que había ocurrido el suceso, quizá obtendría algún
esclarecimiento sobre aquel misterioso asunto. En la sexta taberna, como hemos
dicho, D'Artagnan se detuvo, pidió una botella de vino de primera calidad, se
acodó en el ángulo más oscuro y se decidió a esperar el día de este modo; pero
también esta vez su esperanza quedó frustrada, y aunque escuchaba con los oídos
abiertos, no oyó, en medio de los juramentos, las burlas y las injurias que
entre sí cambiaban los obreros, los lacayos y los carreteros que componían la
ho-norable sociedad de que formaba parte, nada que pudiera ponerle sobre las
huellas de la pobre mujer raptada. Así pues, tras haber tragado su botella por
ociosidad y para no despertar sospechas, trató de buscar en su rincón la
postura más satisfactoria posible y de dormirse mal que bien. D'Artagnan tenía
veinte años, como se recordará, y a esa edad el sueño tiene derechos
imprescriptibles que reclaman imperiosamente incluso en los corazones más
desesperados.
Hacia las seis de la mañana, D'Artagnan se despertó con ese
malestar que acompaña ordinariamente al alba tras una mala noche. No era muy
largo de hacer su aseo; se tanteó para saber si no se habían aprovechado de su
sueño para robarle, y habiendo encontrado su diamante en su dedo, su bolsa en
su bolsillo y sus pistolas en su cintura, se levantó, pagó su botella y salió
para ver si tenía más suerte en la búsqueda de su lacayo por la mañana que por
la noche. En efecto, lo primero que percibió a través de la niebla húmeda y
grisácea fue al honrado Planchet, que con los dos caballos de la mano esperaba
a la puerta de una pequeña taberna miserable ante la cual D'Artagnan había
pasado sin sospechar siquiera su existencia.
Capítulo XXV
Porthos
En lugar de regresar a su casa directamente, D'Artagnan puso pie
en tierra ante la puerta del señor de Tréville y subió rápidamente la escalera.
Aquella vez estaba decidido a contarle todo lo que acababa de pasar. Sin duda,
él daría buenos consejos en todo aquel asunto; además, como el señor de
Tréville veía casi a diario a la reina, quizá podría sacar a Su Majestad alguna
información sobre la pobre mujer a quien sin duda se hacía pagar su adhesión a
su señora.
El señor de Tréville escuchó el relato del joven con una
gravedad que probaba que había algo más en toda aquella aventura que una
intriga de amor; luego, cuando D'Artagnan hubo acabado:
¡Hum! dijo . Todo esto huele a Su Eminencia a una legua.
Pero ¿qué hacer? dijo D'Artagnan.
Nada, absolutamente nada ahora sólo abandonar Paris como os he
dicho, lo antes posible. Yo veré a la reina, le contaré los detalles de la
desaparición de esa pobre mujer, que ella sin duda ignora; estos detalles la
orientarán por su lado, y a vuestro regreso, quizá tenga yo alguna buena nueva
que deciros. Dejadlo en mis manos.
D'Artagnan sabía que, aunque gascón el señor de Tréville no
tenía la costumbre de prometer, y que cuando por azar prometía, mantenía, y con
creces, lo que habia prometido. Saludó, pues, lleno de agradecimiento por el
pasado y por el futuro, y el digno capitán, que por su lado sentía vivo interés
por aquel joven tan valiente y tan resuelto, le apretó afectuosamente la mano
deseándole un buen viaje.
Decidido a poner los consejos del señor de Tréville en práctica
en aquel mismo instante, D'Artagnan se encaminó hacia la calle des Fossoyeurs,
a fin de velar por la preparación de su equipaje. Al acercarse a su casa,
reconoció al señor Bonacieux en traje de mañana, de pie ante el umbral de su
puerta. Todo lo que le había dicho la víspera el prudente Planchet sobre el
carácter siniestro de su huésped volvió entonces a la memoria de D’Artagnan que
lo miró más atentamente de lo que hasta entonces había hecho. En efecto, además
de aquella palidez amarillenta y enfermiza que indica la filtración de la bilis
en la sangre y que por el otro lado podía ser sólo accidental, D'Artagnan
observó algo de sinuosamente pérfido en la tendencia a las arrugas de su cara.
Un bribón no ríe de igual forma que un hombre honesto, un hipócrita no llora
con las lágrimas que un hombre de buena fe. Toda falsedad es una máscara, y por
bien hecha que esté la máscara, siempre se llega, con un poco de atención, a
distinguirla del rostro.
Le pareció pues, a D'Artagnan que el señor Bonacieux llevaba una
máscara, a incluso que aquella máscara era de las más desagradables de ver.
En consecuencia, vencido por su repugnancia hacia aquel hombre,
iba a pasar por delante de él sin hablarle cuando, como la víspera, el señor
Bonacieux lo interpeló:
¡Y bien, joven le dijo , parece que andamos de juerga! ¡Diablos,
las siete de la mañana! Me parece que os apartáis de las costumbres recibidas y
que volvéis a la hora en que los demás salen.
No se os hará a vos el mismo reproche, maese Bonacieux dijo el
joven , y sois modelo de las gentes ordenadas. Es cierto que cuando se pone una
mujer joven y bonita, no hay necesidad de correr detrás de la felicidad; es la
felicidad la que viene a buscaros, ¿no es así, señor Bonacieux?
Bonacieux se puso pálido como la muerte y muequeó una sonrisa.
¡Ah, ah! dijo Bonacieux . Sois un compañero bromista. Pero
¿dónde diablos habéis andado de correría esta noche, mi joven amigo? Parece que
no hacía muy buen tiempo en los atajos.
D'Artagnan bajó los ojos hacia sus botas todas cubiertas de
barro; pero en aquel movimiento sus miradas se dirigieron al mismo tiempo hacia
los zapatos y las medias del mercero; se hubiera dicho que los había mojado en
el mismo cenegal; unos y otros tenían manchas completamente semejantes.
Entonces una idea súbita cruzó la mente de D'Artagnan. Aquel
hombrecito grueso, rechoncho, cuyos cabellos agrisaban ya, aquella especie de
lacayo vestido con un traje oscuro, tratado sin consideración por las gentes de
espada que componían la escolta, era el mismo Bonacieux. El marido había
presidido el rapto de su mujer.
Le entraron a D'Artagnan unas terribles ganas de saltar a la
garganta del mercero y de estrangularlo; pero ya hemos dicho que era un
muchacho muy prudente y se contuvo. Sin embargo, la revolución que se había
operado en su rostro era tan visible que Bonacieux quedó espantado y trató de
retroceder un paso; pero precisamente se encontraba delante del batiente de la
puerta, que estaba cerrada, y el obstáculo que encontró le forzó a quedarse en
el mismo sitio.
¡Vaya, sois vos quien bromeáis, mi valiente amigo! dijo
D'Artagnan . Me parece que si mis botas necesitan una buena esponja, vuestras
medias y vuestros zapatos también reclaman un buen cepillado. ¿Es que también
vos os habéis corrido una juerga, maese Bonaceux? ¡Diablos! Eso sería
imperdonable en un hombre de vuestra edad y que además tiene una mujer joven y
bonita como la vuestra.
¡Oh, Dios mío, no! dijo Bonacieux . Ayer estuve en Saint-Mandé
para informarme de una sirvienta de la que no puedo prescindir, y como los
caminos estaban en malas condiciones he traído todo ese fango que aún no he
tenido tiempo de hacer desaparecer.
El lugar que designaba Bonacieux como meta de correría fue una
nueva prueba en apoyo de las sospechas que había concebido D'Artagnan.
Bonacieux había dicho Saint Mandé porque Saint Mandé es el punto completamente
opuesto a Saint Cloud.
Aquella probabilidad fue para él un primer consuelo. Si
Bonacieux sabía dónde estaba su mujer, siempre se podría, empleando medios
extremos, forzar al mercero a soltar la lengua y dejar escapar su secreto. Se
trataba sólo de convertir esta probabilidad en certidumbre.
Perdón, mi querido señor Bonacieux, si prescindo con vos de los
modales dijo D'Artagnan ; pero nada me altera más que no dormir, tengo una sed
implacable; permitidme tomar un vaso de agua de vuestra casa; ya lo sabéis, eso
no se niega entre vecinos.
Y sin esperar el permiso de su huésped, D'Artagnan entró
rápidamente en la casa y lanzó una rápida ojeada sobre la cama. La cama no
estaba deshecha. Bonacieux no se había acostado. Acababa de volver hacía una o
dos horas; había acompañado a su mujer hasta el lugar al que la habían
conducido, o por lo menos hasta el primer relevo.
Gracias, maese Bonacieux dijo D'Artagnan vaciando su vaso , eso
es todo cuanto quería de vos. Ahora vuelvo a mi casa, voy a ver si Planchet me
limpia las botas y, cuando haya terminado, os lo mandaré por si queréis
limpiaros vuestros zapatos.
Y dejó al mercero todo pasmado por aquel singular adiós y
preguntándose si no había caído en su propia trampa.
En lo alto de la escalera encontró a Planchet todo estupefacto.
¡Ah, señor! exclamó Planchet cuando divisó a su amo . Ya tenemos
otra, y esperaba con impaciencia que regresaseis.
Pues, ¿qué pasa? preguntó D'Artagnan.
¡Oh, os apuesto cien, señor, os apuesto mil si adivanáis la
visita que he recibido para vos en vuestra ausencia!
¿Y eso cuándo?
Hará una media hora, mientras vos estabais con el señor de
Tréville.
¿Y quién ha venido? Vamos, habla.
El señor de Cavois.
¿El señor de Cavois?
En persona.
¿El capitán de los guardias de Su Eminencia?
El mismo.
¿Venía a arrestarme?
Es lo que me temo, señor, y eso pese a su aire zalamero.
¿Tenía el aire zalamero, dices?
Quiero decir que era todo mieles, señor.
¿De verdad?
Venía, según dijo, de parte de Su Eminencia, que os quería
mucho, a rogaros seguirle al Palais Royal.
Y tú, ¿qué le has contestado?
Que era imposible, dado que estabais fuera de casa, como podía
él mismo ver.
¿Y entonces qué ha dicho?
Que no dejaseis de pasar por allí durante el día; luego ha
añadido en voz baja: «Dile a tu amo que Su Eminencia está completamente
dispuesto hacia él, y que su fortuna depende quizá de esa entrevista».
La trampa es bastante torpe para ser del cardenal repuso
sonriendo el joven.
También yo he visto la trampa y he respondido que os
desesperaríais a vuestro regreso. «¿Dónde ha ido?», ha preguntado el señor de
Cavois. «A Troyes, en Champagne», le he respondido. «¿Y cuándo se ha marchado?»
«Ayer tarde».
Planchet, amigo mío interrumpió D'Artagnan , eres realmente un
hombre precioso.
¿Comprendéis, señor? He pensado que siempre habría tiempo, si
deseáis ver al señor de Cavois, de desmentirme diciendo que no os habíais
marchado; sería yo en tal caso quien habría mentido, y como no soy
gentilhombre, puedo mentir.
Tranquilízate, Planchet, tu conservarás tu reputación de hombre
verdadero: dentro de un cuarto de hora partimos.
Es el consejo que iba a dar al señor; y, ¿adónde vamos, si se
puede saber?
¡Pardiez! Hacia el lado contrario del que tú has dicho que había
ido. Además, ¿no tienes prisa por tener nuevas con Grimaud, de Mosquetón y de
Bazin, como las tengo yo de saber qué ha pasado de Athos, Porthos y Aramis?
Claro que sí, señor dijo Planchet , y yo partiré cuando queráis;
el aire de la provincia nos va mejor, según creo, en este momento que el aire
de Paris. Por eso, pues...
Por eso, pues, hagamos nuestro petate, Planchet y partamos; yo
iré delante, con las manos en los bolsillos para que nadie sospeche nada. Tú te
reunirás conmigo en el palacio de los Guardias. A propósito, Planchet, creo que
times razón respecto a nuestro huésped, y que decididamente es un horrible
canalla.
¡Ah!, creedme, señor, cuando os digo algo; yo soy fisonomista, y
bueno.
D'Artagnan descendió el primero, como había convenido; luego,
para no tener nada que reprocharse, se dirigió una vez más al domicilio de sus
tres amigos: no se había recibido ninguna noticia de ellos; sólo una carta toda
perfumada y de una escritura elegante y menuda había llegado para Aramis.
D'Artagnan se hizo cargo de ella. Diez minutos después, Planchet se reunió en
las cuadras del palacio de los Guardias. D'Artagnan, para no perder tiempo, ya
había ensillado su caballo él mismo.
Está bien le dijo a Planchet cuando éste tuvo unido el maletín
de grupa al equipo ; ahora ensilla los otros tres, y partamos.
¿Creéis que iremos más deprisa con dos caballos cada uno?
preguntó Planchet con aire burlón.
No, señor bromista respondió D'Artagnan , pero con nuestros
cuatro caballos podremos volver a traer a nuestros tres amigos, si es que
todavía los encontramos vivos.
Lo cual será una gran suerte respondió Planchet , pero en fin,
no hay que desesperar de la misericordia de Dios.
Amén dijo D'Artagnan, montando a horcajadas en su caballo.
Y los dos salieron del palacio de los Guardias, alejándose cada
uno por una punta de la calle, debiendo el uno dejar Paris por la barrera de La
Villette y el otro por la barrera de Montmartre, para reunirse más allá de
Saint Denis, maniobra estratégica que ejecutada con igual puntualidad fue
coronada por los más felices resultados. D'Artagnan y Planchet entraron juntos
en Pierrefitte.
Planchet estaba más animado, todo hay que decirlo, por el día
que por la noche.
Sin embargo, su prudencia natural no le abandonaba un solo
instante; no había olvidado ninguno de los incidentes del primer viaje, y tenía
por enemigos a todos los que encontraba en camino. Resultaba de ello que sin
cesar tenía el sombrero en la mano, lo que le valía severas reprimendas de
parte de D'Artagnan, quien temía que, debido a tal exceso de cortesía, se le
tomase por un criado de un hombre de poco valer.
Sin embargo, sea que efectivamente los viandantes quedaran
conmovidos por la urbanidad de Planchet, sea que aquella vez ninguno fue
apostado en la ruta del joven, nuestros dos viajeros llegaron a Chantilly sin
accidente alguno y se apearon ante el hostal del Grand Saint Martin, el mismo
en el que se habían detenido durante su primer viaje.
El hostelero, al ver al joven seguido de su lacayo y de dos caballos
de mano, se adelantó respetuosamente hasta el umbral de la puerta. Ahora bien,
como ya había hecho once leguas, D'Artagnan juzgó a propósito detenerse,
estuviera o no estuviera Porthos en el hostal. Además, quizá no fuera prudente
informarse a la primera de lo que había sido del mosquetero. Resultó de estas
reflexiones que D'Artagnan, sin pedir ninguna noticia de lo que había ocurrido,
se apeó, encomendó los caballos a su lacayo, entró en una pequeña habitación
destinada a recibir a quienes deseaban estar solos, y pidió a su hostelero una
botella de su mejor vino y el mejor desayuno posible, petición que corroboró
más aún la buena opinion que el alberguista se había hecho de su viajero a la
primera ojeada.
Por eso D'Artagnan fue servido con una celeridad milagrosa.
El regimiento de los guardias se reclutaba entre los primeros
gentilhombres del reino, y D'Artagnan, seguido de un lacayo y viajando con
cuatro magníficos caballos, no podía, pese a la sencillez de su uniforme, dejar
de causar sensación. El hostelero quiso servirle en persona; al ver lo cual,
D'Artagnan hizo traer dos vasos y entabló la siguiente conversación:
A fe mía, mi querido hostelero dijo D'Artagnan llenando los dos
vasos , os he pedido vuestro mejor vino, y si me habéis engañado vais a ser
castigado por donde pecasteis, dado que como detesto beber solo, vos vais a
beber conmigo. Tomad, pues, ese vaso y bebamos. ¿Por qué brindaremos, para no
herir ninguna suceptibilidad? ¡Bebamos por la prosperidad de vuestro
establecimiento!
Vuestra señoría me hace un honor dijo el hostelero , y le
agradezco sinceramente su buen deseo.
Pero no os engañéis dijo D'Artagnan , hay quizá más egoísmo de
lo que pensáis en mi brindis: sólo en los establecimientos que prosperan le
recibien bien a uno; en los hostales en decadencia todo va manga por hombro, y
el viajero es víctima de los apuros de su huésped; pero yo que viajo mucho y
sobre todo por esta ruta, quisiera ver a todos los alberguistas hacer fortuna.
En efecto dijo el hostelero , me parece que no es la primera vez
que tengo el honor de ver al señor.
Bueno, he pasado diez veces quizá por Chantilly, y de las diez
veces tres o cuatro por lo menos me he detenido en vuestra casa. Mirad, la
última vez hará diez o doce días aproximadamente; yo acompañaba a unos amigos,
mosqueteros, y la prueba es que uno de ellos se vio envuelto en una disputa con
un extraño, con un desconocido, un hombre que le buscó no sé qué querella.
¡Ah! ¡Sí, es cierto! dijo el hostelero . Y me acuerdo
perfectamente. ¿No es del señor Porthos de quien Vuestra Señoría quiere
hablarme?
Ese es precisamente el nombre de mi compañero de viaje. ¡Dios
mío! Querido huésped, decidme, ¿le ha ocurrido alguna desgracia?
Pero Vuestra Señoría tuvo que darse cuenta de que no pudo
continuar su viaje.
En efecto, nos había prometido reunirse con nosotros, y no lo
hemos vuelto a ver.
El nos ha hecho el honor de quedarse aquí.
Cómo? ¿Os ha hecho el honor de quedarse aquí?
Sí, señor, en el hostal; incluso estamos muy inquietos.
¿Y por qué?
Por ciertos gastos que ha hecho.
¡Bueno, los gastos que ha hecho él los pagará!
¡Ay, señor, realmente me ponéis bálsamo en la sangre! Hemos
hecho fuertes adelantos, y esta mañana incluso el cirujano nos declaraba que,
si el señor Porthos no le pagaba, sería yo quien tendría que hacerse cargo de
la cuenta, dado que era yo quien le había enviado a buscar.
Pero, entonces, ¿Porthos está herido?
No sabría decíroslo, señor.
¿Cómo que no sabríais decírmelo? Sin embargo, vos deberíais
estar mejor informado que nadie.
Sí, pero en nuestra situación no decimos todo lo que sabemos,
señor, sobre todo porque nos ha prevenido que nuestras orejas responderán por
nuestra lengua.
¡Y bien! ¿Puedo ver a Porthos?
Desde luego, señor. Tomad la escalera, subid al primero y llamad
en el número uno. Sólo que prevenidle que sois vos.
¡Cómo! ¿Que le prevenga que soy yo?
Sí porque os podría ocurrir alguna desgracia.
¿Y qué desgracia queréis que me ocurra?
El señor Porthos puede tomaros por alguien de la casa y en un
movimiento de cólera pasaros su espada a través del cuerpo o saltaros la tapa
de los sesos.
¿Qué le habéis hecho, pues?
Le hemos pedido el dinero.
¡Ah, diablos! Ya comprendo; es una petición que Porthos recibe
muy mal cuando no tiene fondos; pero yo sé que debía tenerlos.
Es lo que nosotros hemos pensado, señor; como la casa es muy
regular y nosotros hacemos nuestras cuentas todas las semanas, al cabo de ocho
días le hemos presentado nuestra nota; pero parece que hemos llegado en un mal
momento, porque a la primera palabra que hemos pronunciado sobre el tema, nos
ha enviado al diablo; es cierto que la víspera había jugado.
¿Cómo que había jugado la víspera? ¿Y con quién?
¡Oh, Dios mío! Eso, ¿quién lo sabe? Con un señor que estaba de
paso y al que propuso una partida de sacanete.
Ya está, el desgraciado lo habrá perdido todo.
Hasta su caballo, señor, porque cuando el extraño iba a partir,
nos hemos dado cuenta de que su lacayo ensillaba el caballo del señor Porthos.
Entonces nosotros le hemos hecho la observación, pero nos ha respondido que nos
metiésemos en lo que nos importaba y que aquel caballo era suyo. En seguida
hemos informado al señor Porthos de lo que pasaba, pero él nos ha dicho que
éramos unos bellacos por dudar de la palabra de un gentilhombre, y que, dado
que él había dicho que el caballo era suyo, era necesario que así fuese.
Lo reconozco perfectamente en eso murmuró D'Artagnan.
Entonces continuó el hostelero , le hice saber que, desde el
momento en que parecíamos destinados a no entendernos en el asunto del pago,
esperaba que al menos tuviera la bondad de conceder el honor de su trato a mi
colega el dueño del Aigle d'Or; pero el señor Porthos me respondió que mi
hostal era el mejor y que deseaba quedarse en él. Tal respuesta era demasiado
halagadora para que yo insistiese en su partida. Me limité, pues, a rogarle que
me devolviera su habitación, que era la más hermosa del hotel, y se contentase
con un precioso gabinetito en el tercer piso. Pero a esto el señor Porthos
respondió que como esperaba de un momento a otro a su amante, que era una de
las mayores damas de la corte yo debía comprender que la habitación que el me
hacía el honor de habitar en mi casa era todavía mediocre para semejante
persona. Sin embargo, reconociendo y todo la verdad de lo que decía, creí mi
deber insistir; pero sin tomarse siquiera la molestia de entrar en discusión
conmigo, cogió su pistola, la puso sobre su mesilla de noche y declaró que a la
primera palabra que se le dijera de una mudanza cualquiera, fuera o dentro del
hostal, abriría la tapa de los sesos a quien fuese lo bastante imprudente para
meterse en una cosa que no le importaba más que él. Por eso, señor, desde ese
momento nadie entra ya en su habitación, a no ser su doméstico.
¿Mosquetón está, pues, aquí?
Sí, señor; cinco días después de su partida ha vuelto del peor
humor posible; parece que él también ha tenido sinsabores durante su viaje. Por
desgracia, es más ligero de piernas que su amo, lo cual hace que por su amo
ponga todo patas arriba, dado que, pensando que podría nagársele lo que pide,
coge cuanto necesita sin pedirlo.
El hecho es respondió D'Artagnan que siempre he observado en
Mosquetón una adhesión y una inteligencia muy superiores.
Es posible, señor; pero suponed que tengo la oportunidad de
ponerme en contacto, sólo cuatro veces al año, con una inteligencia y una
adhesión semejantes, y soy un hombre arruinado.
No, porque Porthos os pagará.
¡Hum! dijo el hostelero en tono de duda.
Es el favorito de una gran dama que no lo dejará en el apuro por
una miseria como la que os debe...
Si yo me atreviera a decir lo que creo sobre eso...
¿Qué creéis vos?
Yo diría incluso más: lo que sé.
¿Qué sabéis?
E incluso aquello de que estoy seguro.
Veamos, ¿y de qué estáis seguro?
Yo diría que conozco a esa gran dama.
¿Vos?
Sí, yo.
¿Y cómo la conocéis?
¡Oh, señor! Si yo creyera poder confiarme a vuestra discreción .
. .
Hablad, y a fe de gentilhombre que no tendréis que arrepentiros
de vuestra confianza.
Pues bien, señor, ya sabéis, la inquietud hace hacer muchas
cosas.
¿Qué habéis hecho?
¡Oh! Nada que no esté en el derecho de un acreedor.
Y...?
El señor Porthos nos ha entregado un billete para esa duquesa,
encargándonos echarlo al correo. Su doméstico no había llegado todavía. Como no
podía dejar su habitación, era preciso que nos hiciéramos cargo de sus recados.
¿Y después?
En lugar de echar la carta a la posta, cosa que nunca es segura,
aproveché la ocasión de uno de mis mozos que iba a Paris y le ordené
entregársela a la duquesa en persona. Era cumplir con las intenciones del señor
Porthos, que nos había encomendado encarecidamente aquella carta, ¿no es así?
Más o menos.
Pues bien, señor, ¿sabéis lo que es esa gran dama?
No; yo he oído hablar a Porthos de ella, eso es todo.
¿Sabéis lo que es esa presunta duquesa?
Os repito, no la conozco.
Es una vieja procuradora del Châtelet, señor, llamada señora
Coquenard, la cual tiene por lo menos cincuenta años y se da incluso aires de
estar celosa. Ya me parecía demasiado singular una princesa viviendo en la
calle aux Ours.
¿Cómo sabéis eso?
Porque montó en gran cólera al recibir la carta, diciendo que el
señor Porthos era un veleta y que además habría recibido la estocada por alguna
mujer.
Pero entonces, ¿ha recibido una estocada?
¡Ah Dios mío! ¿Qué he dicho?
Habéis dicho que Porthos había recibido una estocada.
Sí, pero él me había prohibido terminantemente decirlo.
Y eso, ¿por qué?
¡Maldita sea! Señor, porque se había vanagloriado de perforar a
aquel extraño con el que vos lo dejasteis peleando, y fue por el contrario el
extranjero el que, pese a todas sus baladronadas, le hizo morder el polvo. Pero
como el señor Porthos es un hombre muy glorioso, excepto para la duquesa, a la
que él había creído interesar haciéndole el relato de su aventura, no quiere
confesar a nadie que es una estocada lo que ha recibido.
Entonces, ¿es una estocada lo que le retiene en su cama?
Y una estocada magistral, os lo aseguro. Es preciso que vuestro
amigo tenga siete vidas como los gatos.
¿Estabais vos all'?
Señor, yo los seguí por curiosidad, de suerte que vi el combate
sin que los combatientes me viesen.
¿Y cómo pasaron las cosas?
Oh la cosa no fue muy larga, os lo aseguro; se pusieron en
guardia; el extranjero hizo una finta y se lanzó a fondo; todo esto tan
rápidamente que cuando el señor Porthos llegó a la parada, tenía ya tres
pulgadas de hierro en el pecho. Cayó hacia atrás. El desconocido le puso al
punto la punta de su espada en la garganta, y el señor Porthos, viéndose a
merced de su adversario, se declaró vencido. A lo cual el desconocido le pidió
su nombre, y al enterarse de que se llamaba Porthos y no señor D'Artagnan, le ofreció
su brazo, le trajo al hostal, montó a caballo y desapareció.
¿Así que era al señor D'Artagnan al que quería ese desconocido?
Parece que sí.
¿Y sabéis vos qué ha sido de él?
No, no lo había visto hasta entonces y no lo hemos vuelto a ver
después.
Muy bien; sé lo que quería saber. Ahora, ¿decís que la
habitación de Porthos está en el primer piso, número uno?
Sí, señor, la habitación más hermosa del albergue, una
habitación que ya habría tenido diez ocasiones de alquilar.
¡Bah! Tranquilizaos dijo D'Artagnan riendo . Porthos os pagará
con el dinero de la duquesa Coquenard.
¡Oh, señor! Procuradora o duquesa si soltara los cordones de su
bolsa, nada importaría; pero ha respondido taxativamente que estaba harta de
las exigencias y de las infidelidades del señor Porthos, y que no le enviaría
ni un denario.
¿Y vos habéis dado esa respuesta a vuestro huésped?
Nos hemos guardado mucho de ello: se habría dado cuenta de la
forma en que habíamos hecho el encargo.
Es decir, que sigue esperando su dinero.
¡Oh, Dios mío, claro que sí! Ayer incluso escribió; pero esta
vez ha sido su doméstico el que ha puesto la carta en la posta.
¿Y decís que la procuradora es vieja y fea?
Unos cincuenta años por lo menos, señor, no muy bella, según lo
que ha dicho Pathaud.
En tal caso, estad tranquilo, se dejará enternecer; además
Porthos no puede deberos gran cosa.
¡Cómo que no gran cosa! Una veintena de pistolas ya, sin contar
el médico. No se priva de nada; se ve que está acostumbrado a vivir bien.
Bueno, si su amante le abandona, encontrará amigos, os lo
aseguro. Por eso, mi querido hostelero, no tengáis ninguna inquietud, y
continuad teniendo con él todos los cuidados que exige su estado.
El señor me ha prometido no hablar de la procuradora y no decir
una palabra de la herida.
Está convenido; tenéis mi palabra.
¡Oh, es que me mataría!
No tengáis miedo; no es tan malo como parece.
Al decir estas palabras, D'Artagnan subió la escalera, dejando a
su huésped un poco más tranquilo respecto a dos cosas que parecían preocuparle:
su deuda y su vida.
En lo alto de la escalera, sobre la puerta más aparente del
corredor, había trazado, con tinta negra, un número uno gigantesco; D'Artagnan
llamó con un golpe y, tras la invitación a pasar adelante que le vino del
interior, entró.
Porthos estaba acostado y jugaba una partida de sacanete con
Mosquetón para entretener la mano, mientras un asador cargado con perdices
giraba ante el fuego y en cada rincón de una gran chimenea hervían sobre dos
hornillos dos cacerolas de las que salía doble olor a estofado de conejo y a
caldereta de pescado que alegraba el olfato. Además, lo alto de un secreter y
el mármol de una cómoda estaban cubiertos de botellas vacías.
A la vista de su amigo Porthos lanzó un gran grito de alegría y
Mosquetón, levantándose respetuosamente, le cedió el sitio y fue a echar una
ojeada a las cacerolas de las que parecía encargase particularmente.
¡Ah! Pardiez sois vos dijo Porthos a D'Artagnan ; sed
bienvenidos, y excusadme si no voy hasta vos. Pero añadió mirando a D'Artagnan
con cierta inquietud vos sabéis lo que me ha pasado.
No.
¿El hostelero no os ha dicho nada?
Le he preguntado por vos y he subido inmediatamente.
Porthos pareció respirar con mayor libertad.
¿Y qué os ha pasado, mi querido Porthos? continuó D'Artagnan.
Lo que me ha pasado fue que al lanzarme a fondo sobre mi
adversario, a quien ya había dado tres estocadas, y con el que quería acabar de
una cuarta, mi pie fue a chocar con una piedra y me torcí una rodilla.
¿De verdad?
¡Palabra de honor! Afortunadamente para el tunante, porque no lo
habría dejado sino muerto en el sitio, os lo garantizo.
¿Y qué fue de él?
¡Oh, no sé nada! Ya tenía bastante, y se marchó sin pedir lo que
faltaba; pero a vos, mi querido D'Artagnan, ¿qué os ha pasado?
¿De modo, mi querido Porthos continuó D'Artagnan , que ese
esguince os retiene en el lecho?
¡Ah, Dios mío, sí, eso es todo! Por lo demás, dentro de pocos
días ya estaré en pie.
Entonces, ¿por qué no habéis hecho que os lleven a París? Debéis
aburriros cruelmente aquí.
Era mi intención, pero, querido amigo, es preciso que os
confiese una cosa.
Cuál?
Es que, como me aburría cruelmente, como vos decís, y tenía en
mi bolsillo las sesenta y cinco pistolas que vos me habéis dado, para
distraerme hice subir a mi cuarto a un gentilhombre que estaba de paso y al
cual propuse jugar una partidita de dados. El aceptó y, por mi honor, mis
sesenta y cinco pistolas pasaron de mi bolso al suyo, además de mi caballo, que
encima se llevó por añadidura. Pero ¿y vos, mi querido D'Artagnan?
¿Qué queréis, mi querido Porthos? No se puede ser afortunado en
todo dijo D'Artagnan ; ya sabéis el proverbio: «Desgraciado en el juego,
afortunado en amores.» Sois demasiado afortunado en amores para que el juego no
se vengue; pero ¡qué os importan a vos los reveses de la fortuna! ¿No tenéis,
maldito pillo que sois, no tenéis a vuestra duquesa, que no puede dejar de
venir en vuestra ayuda?
Pues bien, mi querido D'Artagnan, para que veáis mi mala suerte
respondió Porthos con el aire más desenvuelto del mundo , le escribí que me
enviase cincuenta luises, de los que estaba absolutamente necesitado dada la
posición en que me hallaba...
¿Y?
Y... no debe estar en sus tierras, porque no me ha contestado.
¿De veras?
Sí. Ayer incluso le dirigí una segunda epístola, más apremiante
aún que la primera. Pero estáis vos aquí, querido amigo, hablemos de vos. Os
confieso que comenzaba a tener cierta inquietud por culpa vuestra.
Pero vuestro hostelero se ha comportado bien con vos, según
parece, mi querido Porthos dijo D'Artagnan señalando al enfermo las cacerolas
llenas y las botellas vacías.
iAsí, así! respondió Porthos . Hace tres o cuatro días que el
impertinente me ha subido su cuenta, y yo les he puesto en la puerta, a su
cuenta y a él, de suerte que estoy aquí como una especie de vencedor, como una
especie de conquistador. Por eso, como veis, temiendo a cada momento ser
violentado en mi posición, estoy armado hasta los dientes.
Sin embargo dijo riendo D'Artagnan , me parece que de vez en
cuando hacéis salidas.
Y señalaba con el dedo las botellas y las cacerolas.
¡No yo, por desgracia! dijo Porthos . Este miserable esguince me
retiene en el lecho; es Mosquetón quien bate el campo y trae víveres.
Mosquetón, amigo mío continuó Porthos , ya veis que nos han llegado refuerzos,
necesitaremos un suplemento de vituallas.
Mosquetón dijo D'Artagnan , tendréis que hacerme un favor.
¿Cuál, señor?
Dad vuestra receta a Planchet; yo también podría encontrarme
sitiado, y no me molestaría que me hicieran gozar de las mismas ventajas con
que vos gratificáis a vuestro amo.
¡Ay, Dios mío, señor! dijo Mosquetón con aire modesto . Nada más
fácil. Se trata de ser diestro, eso es todo. He sido educado en el campo, y mi
padre, en sus momentos de apuro, era algo furtivo.
Y el resto del tiempo, ¿qué hacía?
Señor, practicaba una industria que a mí siempre me ha parecido
bastante afortunada.
¿Cuál?
Como era en los tiempos de las guerras de los católicos y de los
hugonotes, y como él veía a los católicos exterminar a los hugonotes, y a los
hugonotes exterminar a los católicos, y todo en nombre de la religión, se había
hecho una creencia mixta, lo que le permitía ser tan pronto católico como
hugonote. Se paseaba habitualmente, con la escopeta al hombro, detrás de los
setos que bordean los caminos, y cuando veía venir a un católico solo, la
religión protestante dominaba en su espíritu al punto. Bajaba su escopeta en
dirección del viajero; luego, cuando estaba a diez pasos de él, entablaba un
diálogo que terminaba casi siempre por al abandono que el viajero hacía de su
bolsa para salvar la vida. Por supuesto, cuando veía venir a un hugonote, se
sentía arrebatado por un celo católico tan ardiente que no comprendía cómo un
cuarto de hora antes había podido tener dudas sobre la superioridad de nuestra
santa religión. Porque yo, señor, soy católico; mi padre, fiel a sus
principios, hizo a mi hermano mayor hugonote.
¿Y cómo acabó ese digno hombre? preguntó D'Artagnan.
¡Oh! De la forma más desgraciada, señor. Un día se encontró
cogido en una encrucijada entre un hugonote y un católico con quienes ya había
tenido que vérselas y le reconocieron los dos, de suerte que se unieron contra
él y lo colgaron de un árbol; luego vinieron a vanagloriarse del hermoso
desatino que habían hecho en la taberna de la primera aldea, donde estábamos
bebiendo nosotros, mi hermano y yo.
¿Y qué hicisteis? dijo D'Artagnan.
Les dejamos decir prosiguió Mosquetón . Luego, como al salir de
la taberna cada uno tomó un camino opuesto, mi hermano fue a emboscarse en el
camino del católico, y yo en el del protestante. Dos horas después todo había
acabado, nosotros les habíamos arreglado el asunto a cada uno, admirándonos al
mismo tiempo de la previsión de nuestro pobre padre, que había tomado la
precaución de educarnos a cada uno en una religión diferente.
En efecto, como decís, Mosquetón, vuestro padre me parece que
fue un mozo muy inteligente. ¿Y decís que, en sus ratos perdidos, el buen
hombre era furtivo?
Sí, señor, y fue él quien me enseñó a anudar un lazo y a colocar
una caña. Por eso, cuando yo vi que nuestro bribón de hostelero nos alimentaba
con un montón de viandas bastas, buenas sólo para patanes, y que no le iban a
dos estómagos tan debilitados como los nuestros, me puse a recordar algo mi
antiguo oficio. Al pasearme por los bosques del señor Principe, he tendido
lazos en las pasadas; y si me tumbaba junto a los estanques de Su Alteza, he
dejado deslizar sedas en sus aguas. De suerte que ahora, gracias a Dios, no nos
faltan, como el señor puede asegurarse, perdices y conejos, carpas y anguilas,
alimentos todos ligeros y sanos, adecuados para los enfermos.
Pero ¿y el vino? dijo D'Artagnan . ¿Quién proporciona el vino?
¿Vuestro hostelero?
Es decir, sí y no.
¿Cómo sí y no?
Lo proporciona él, es cierto, pero ignora que tiene ese honor.
Explicaos, Mosquetón, vuestra conversación está llena de cosas
instructivas.
Mirad, señor. El azar hizo que yo encontrara en mis
peregrinaciones a un español que había visto muchos países, y entre otros el
Nuevo Mundo.
¿Qué relación puede tener el Nuevo Mundo con las botellas que
están sobre el secreter y sobre esa cómoda?
Paciencia, señor, cada cosa a su tiempo.
Es justo, Mosquetón; a vos me remito y escucho.
Ese español tenía a su servicio un lacayo que le había
acompañado en su viaje a México. El tal lacayo era compatriota mío, de suerte
que pronto nos hicimos amigos, tanto más rápidamente cuanto que entre nosotros
había grandes semejanzas de carácter. Los dos amamos la caza por encima de
todo, de suerte que me contaba cómo, en las llanuras de las pampas, los
naturales del país cazan al tigre y los toros con simples nudos corredizos que
lanzan al cuello de esos terribles animales. Al principio yo no podía creer que
se llegase a tal grado de destreza, de lanzar a veinte o treinta pasos el
extremo de una cuerda donde se quiere; pero ante las pruebas había que admitir
la verdad del relato. Mi amigo colocaba una botella a treinta pasos, y a cada
golpe, cogía el gollete en un nudo corredizo. Yo me dediqué a este ejercicio, y
coo la naturaleza me ha dotado de algunas facultades, hoy lanzo el lazo tan
bien como cualquier hombre del mundo. ¿Comprendéis ahora? Nuestro hostelero
tiene una cava muy bien surtida, pero no deja un momento la llave; sólo que esa
cava tiene un tragaluz. Y por ese tragaluz yo lanzo el lazo, y como ahora ya sé
dónde está el buen rincón, lo voy sacando. Así es, señor, como el Nuevo Mundo
se encuentra en relación con las botellas que hay sobre esa cómoda y sobre ese
secreter. Ahora, gustad nuestro vino y sin prevención decidnos lo que pensáis
de él.
Gracias, amigo mío, gracias; desgraciadamente acabo de
desayunar.
¡Y bien! dijo Porthos . Ponte a la mesa, Mosquetón, y mientras
nosotros desayunamos, D'Artagnan nos contará lo que ha sido de él desde hace
ocho días que nos dejó.
De buena gana dijo D'Artagnan.
Mientras Porthos y Mosquetón desayunaban con apetito de
convalecientes y con esa cordialidad de hermanos que acerca a los hombres en la
desgracia, D'Artagnan contó cómo Aramis, herido, había sido obligado a
detenerse en Crèvecceur, cómo había dejado a Athos debatirse en Amiens entre
las manos de cuatro hombres que lo acusaban de monedero falso,y cómo él,
D'Artagnan, se había visto obligado a pasar por encima del vientre del conde de
Wardes para llegar a Inglaterra.
Pero ahí se detuvo la confidencia de D'Artagnan; anunció
solamente que a su regreso de Gran Bretaña había traído cuatro caballos
magníficos, uno para él y otro para cada uno de sus tres compañeros; luego
terminó anunciando a Porthos que el que le estaba destinado se hallaba
instalado en las cuadras del hostal.
En aquel momento entró Planchet; avisaba a su amo de que los
caballos habían descansado suficientemente y que sería posible ir a dormir a
Clermont.
Como D'Artagnan se hallaba más o menos tranquilo respecto a
Porthos, y como esperaba con impaciencia tener noticias de sus otros dos
amigos, tendió la mano al enfermo y le previno de que se pusiera en ruta para
continuar sus búsquedas. Por lo demás, como contaba con volver por el mismo
camino, si en siete a ocho días Porthos estaba aún en el hostal del Grand Saint
Martin, lo recogería al pasar.
Porthos respondió que con toda probabilidad su esguince no le
permitiría alejarse de allí. Además, tenía que quedarse en Chantilly para
esperar una respuesta de su duquesa.
D'Artagnan le deseó una recuperación pronta y buena; y después
de haber recomendado de nuevo Porthos a Mosquetón, y pagado su gasto al
hostelero se puso en ruta con Planchet, ya desembarazado de uno de los caballos
de mano.
Capítulo XXVI
La tesis de Aramis
D'Artagnan no había dicho a Porthos nada de su herida ni de su
procuradora. Era nuestro bearnés un muchacho muy prudente, aunque fuera joven.
En consecuencia, había fingido creer todo lo que le había contado el glorioso
mosquetero, convencido de que no hay amistad que soporte un secreto
sorprendido, sobre todo cuando este secreto afecta al orgullo; además, siempre
se tiene cierta superioridad moral sobre aquellos cuya vida se sabe.
Y D'Artagnan, en sus proyectos de intriga futuros, y decidido
como estaba a hacer de sus tres compañeros los instrumentos de su fortuna,
D'Artagnan no estaba molesto por reunir de antemano en su mano los hilos
invisibles con cuya ayuda contaba dirigirlos.
Sin embargo, a lo largo del camino, una profunda tristeza le
oprimía el corazón; pensaba en aquella joven y bonita señora Bonacieux, que
debía pagarle el precio de su adhesión; pero, apresurémonos a decirlo, aquella
tristeza en el joven provenía no tanto del pesar de su felicidad perdida cuanto
de la inquietud que experimentaba porque le pasase algo a aquella pobre mujer.
Para él no había ninguna duda: era víctima de una venganza del cardenal y, como
se sabe, las venganzas de Su Eminencia eran terribles. Cómo había encontrado él
gracia a los ojos del ministro, es lo que él mismo ignoraba y sin duda lo que
le hubiese revelado el señor de Cavois si el capitán de los guardias le hubiera
encontrado en su casa.
Nada hace marchar al tiempo ni abrevia el camino como un
pensamiento que absorbe en sí mismo todas las facultades del organismo de quien
piensa. La existencia exterior parece entonces un sueño cuya ensoñación es ese
pensamiento. Gracias a su influencia, el tiempo no tiene medida, el espacio no
tiene distancia. Se parte de un lugar y se llega a otro, eso es todo. Del
intervalo recorrido nada queda presente a vuestro recuerdo más que una niebla
vaga en la que se borran mil imágenes confusas de árboles, de montañas y de
paisajes. Fue así, presa de una alucinación, como D'Artagnan franqueó, al trote
que quiso tomar su caballo, las seis a ocho leguas que separan Chantilly de
Crèvecceur, sin que al llegar a esta ciudad se acordase de nada de lo que había
encontrado en su camino.
Sólo allí le volvió la memoria, movió la cabeza, divisó la
taberna en que había dejado a Aramis y, poniendo su caballo al trote, se detuvo
en la puerta.
Aquella vez no fue un hostelero, sino una hostelera quien lo
recibió; D'Artagnan era fisonomista, envolvió de una ojeada la gruesa cara
alegre del ama del lugar, y comprendió que no había necesidad de disimular con
ella ni había nada que temer de parte de una fisonomía tan alegre.
Mi buena señora le preguntó D'Artagnan , ¿podríais decirme qué
ha sido de uno de mis amigos, a quien nos vimos forzados a dejar aquí hace una
docena de días?
¿Un guapo joven de veintitrés a veinticuatro años, dulce,
amable, bien hecho?
¿Y además herido en un hombro?
Eso es.
Precisamente.
Pues bien, señor sigue estando aquí.
¡Bien, mi querida señora! dijo D'Artagnan poniendo pie en tierra
y lanzando la brida de su caballo al brazo de Planchet . Me devolvéis la vida.
¿Dónde está mi querido Aramis, para que lo abrace? Porque, lo confieso, tengo
prisa por volverlo a ver.
Perdón, señor, pero dudo de que pueda recibiros en este momento.
¿Y eso por qué? ¿Es que está con una mujer?
¡Jesús! ¡No digáis eso! ¡El pobre muchacho! No, señor, no está
con una mujer.
Pues, ¿con quién entonces?
Con el cura de Montdidier y el superior de los jesuitas de
Amiens.
¡Dios mío! exclamó D'Artagnan . El pobre muchacho está peor.
No, señor, al contrario; pero a consecuencia de su enfermedad,
la gracia le ha tocado y está decidido a entrar en religión.
Es justo dijo D'Artagnan , había olvidado que no era mosquetero
más que por ínterin.
¿El señor insiste en verlo?
Más que nunca.
Pues bien, el señor no time más que tomar la escalera de la
derecha en el patio, en el segundo, número cinco.
D'Artagnan se lanzó en la dirección indicada y encontró una de
esas escaleras exteriores como las que todavía vemos hoy en los patios de los
antiguos albergues. Pero no se llegaba así donde el futuro abad; el paso a la
habitación de Aramis estaba guardado ni más ni menos que como los jardines de
Armida; Bazin estaba en el corredor y le impidió el paso con tanta mayor
intrepidez cuanto que, tras muchos años de pruebas, Bazin se veía por fin a
punto de llegar al resultado que eternamente había ambicionado.
En efecto, el sueño del pobre Bazin había sido siempre el de
servir a un hombre de iglesia, y esperaba con impaciencia el momento siempre
entrevisto en el futuro en que Aramis tiraría por fin la casaca a las ortigas
para tomar la sotana. La promesa renovada cada día por el joven de que el
momento no podía tardar era lo único que lo había retenido al servicio del
mosquetero, servicio en el cual, según decía, no podía dejar de perder su alma.
Bazin estaba, pues, en el colmo de la alegría. Según toda
probabilidad, aquella vez su maestro no se desdiría. La reunión del dolor
físico con el dolor moral había producido el efecto tanto tiempo deseado:
Aramis, sufriendo a la vez del cuerpo y del alma, había posado por fin sus ojos
y su pensamiento en la religión, y había considerado como una advertencia del
cielo el doble accidente que le había ocurrido, es decir, la desaparición
súbita de su amante y su herida en el hombro.
Se comprende que en la disposición en que se encontraba nada
podía ser más desagradable para Bazin que la llegada de D'Artagnan, que podía
volver a arrojar a su amo en el torbellino de las ideas mundanas que lo habían
arrastrado durante tanto tiempo. Resolvió, pues, defender bravamente la puerta;
y como, traicionado por la dueña del albergue, no podía decir que Aramis estaba
ausente, trato de probar al recién llegado que sería el colmo de la
indiscreción molestar a su amo durante la piadosa conferencia que había
entablado desde la mañana y que, a decir de Bazin, no podía terminar antes de
la noche.
Pero D'Artagnan no tuvo en cuenta para nada el elocuente
discurso de maese Bazin, y como no se preocupaba de entablar polémica con el
criado de su amigo, lo apartó simplemente con una mano y con la otra giró el
pomo de la puerta número cinco.
La puerta se abrió y D'Artagnan penetró en la habitación.
Aramis, con un gabán negro, con la cabeza aderezada con una
especie de tocado redondo y plano que no se parecía demasiado a un gorro estaba
sentado ante una mesa oblonga cubierta de rollos de papel y de enormes
infolios; a su derecha estaba sentado el superior de los jesuitas y a su
izquierda el cura de Montdidier. Las cortinas estaban echadas a medias y no
dejaban penetrar más que una luz misteriosa, aprovechada para una plácida
ensoñación. Todos los objetos mundanos que pueden sorprender a la vista cuando
se entra en la habitación de un joven, y sobre todo cuando ese joven es
mosquetero, habían desaparecido como por encanto; y por miedo, sin duda, a que
su vista no volviese a llevar a su amo a las ideas de este mundo, Bazin se
había apoderado de la espada, las pistolas, el sombrero de pluma, los brocados
y las puntillas de todo género y toda especie.
En su lugar y sitio D'Artagnan creyó vislumbrar en un rincón
oscuro como una forma de disciplina colgada de un clavo de la pared.
Al ruido que hizo D'Artagnan al abrir la puerta, Aramis alzó la
cabeza y reconoció a su amigo. Pero para gran asombro del joven, su vista no pareció
producir gran impresión en el mosquetro, tan apartado estaba su espíritu de las
cosas de la tierra.
Buenos días, querido D'Artagnan dijo Aramis ;creed que me alegro
de veros.
Y yo también dijo D'Artagnan , aunque todavía no esté muy seguro
de que sea a Aramis a quien hablo.
Al mismo, amigo mío, al mismo; pero ¿qué os ha podido hacer
dudar?
Tenía miedo de equivocarme de habitación, y he creído entrar en
la habitación de algún hombre de iglesia; luego, otro error se ha apoderado de
mí al encontraros en compañía de estos señores: que estuvieseis gravemente
enfermo.
Los dos hombres negros lanzaron sobre D'Artagnan, cuya intención
comprendieron, una mirada casi amenazadora; pero D'Artagnan no se inquietó por
ella.
Quizá os molesto, mi querido Aramis continuó D'Artagnan porque,
por lo que veo, estoy tentado de creer que os confesáis a estos señores.
Aramis enrojeció perceptiblemente.
¿Vos molestarme? ¡Oh! Todo lo contrario, querido amigo, os lo
juro; y como prueba de lo que digo, permitidme que me alegre de veros sano y
salvo.
«¡Ah, por fin se acuerda! pensó D'Artagnan . No va mal la cosa.»
Porque el señor, que es mi amigo, acaba de escapar a un rudo
peligro continuó Aramis con unción, señalando con la mano a D'Artagnan a los
dos eclesiásticos.
Alabad a Dios, señor respondieron éstos inclinándose al unísono.
No he dejado de hacerlo, reverendos respondió el joven
devolviéndoles a su vez el saludo.
Llegáis a propósito, querido D'Artagnan dijo Aramis , y vos vais
a iluminarnos, tomando parte en la discusión, con vuestras lutes. El señor
principal de Amiens, el señor cura de Montdidier y yo, argumentamos sobre
ciertas cuestiones teológicas cuyo interés nos cautiva desde hace tiempo; yo
estaría encantado de contar con vuestra opinión.
La opinión de un hombre de espada carece de peso respondió
D'Artagnan, que comenzaba a inquietarse por el giro que tomaban las cosas , y
vos podéis ateneros, creo yo, a la ciencia de estos señores.
Los dos hombres negros saludaron a su vez.
Al contrario prosiguió Aramis , y vuestra opinión nos será
preciosa. He aquí de lo que se trata: el señor principal tree que mi tesis debe
ser sobre todo dogmática y didáctica.
¡Vuestra tesis! ¿Hacéis, pues, una tesis?
Por supuesto respondió el jesuita ; para el examen que precede a
la ordenación, es de rigor una tesis.
¡La ordenación! exclamó D'Artagnan, que no podía creer en lo que
le habían dicho sucesivamente la hostelera y Bazin . ¡La ordenación!
Y paseaba sus ojos estupefactos sobre los tres personajes que
tenía delante de sí.
Ahora bien continuó Aramis tomando en su butaca la misma pose
graciosa que hubiera tornado de estar en una callejuela, y examinando con
complaciencia su mano Blanca y regordeta como mano de mujer, que tenía en el
aire para hacer bajar la sangre ; ahora bien, como habéis oído, D'Artagnan, el
señor principal quisiera que mi tesis fuera dogmática, mientras que yo querría
que fuese ideal. Por eso es por lo que el señor principal me proponía ese punto
que no ha sido aún tratado, en el cual reconozco que hay materia para
desarrollos magníficos:
«Utraque manus in benedicendo clericis inferioribus necessaria
est.»
D'Artagnan, cuya erudición conocemos, no parpadeó ante esta cita
más de lo que había hecho el señor de Tréville a propósito de los presentes que
pretendía D'Artagnan haber recibido del señor de Buckingham.
Lo cual quiere decir prosiguió Aramis para facilitarle las cosas
: las dos manos son indispensables a los sacerdotes de órdenes inferiores
cuando dan la bendición.
¡Admirable tema! exclamó el jesuita.
¡Admirable y dogmático! repitió el cura, que de igual fuerza
aproximadamente que D'Artagnan en latín, vigilaba cuidadosamente al jesuita
para pisarle los talones y repetir sus palabras como un eco.
En cuanto a D'Artagnan, permaneció completamente indiferente al
entusiasmo de los dos hombres negros.
¡Sí, admirable! ¡Prorsus admirabile! continuó Aramis . Pero
exige un estudio en profundidad de los Padres de la Iglesia y de las
Escrituras. Ahora bien, yo he confesado a estos sabios eclesiásticos, y ello
con toda humildad, que las vigilias de los cuerpos de guardia y el servicio del
rey me habían hecho descuidar algo el estudio. Me encontraría, pues, más a mi
gusto, facilius natans, en un tema de mi elección, que sería a esas rudas
cuestiones teológicas lo que la moral es a la metafísica en filosofía.
D'Artagnan se aburría profundamente, el cura también.
¡Ved qué exordio! exclamó el jesuita.
Exordium repitió el cura por decir algo.
Quemadmodum inter coelorum inmensitatem .
Aramis lanzó una ojeada hacia el lado de D'Artagnan y vio que su
amigo bostezaba hasta desencajarse la mandíbula.
Hablemos francés, padre mío le dijo al jesuita . El señor
D'Artagnan gustará con más viveza de nuestras palabras.
Sí, yo estoy cansado de la ruta dijo D'Artagnan , y todo ese
latín se me escapa.
De acuerdo dijo el jesuita un poco despechado, mientras el cura,
transportado de gozo, volvía hacia D'Artagnan una mirada llena de
agradecimiento ; bien, ved el partido que se sacaría de esa glosa.
Moisés, servidor de Dios... no es más que servidor, oídlo bien.
Moisés bendice con las manos; se hace sostener los dos brazos, mientras los
hebreos baten a sus enemigos; por tanto, bendice con las dos manos. Además que
el Evangelio dice: Imponite manus, y no monum; imponed las manos, y no la mano.
Imponed las manos repitió el cura haciendo un gesto.
Por el contrario, a San Pedro, de quien los papas son sucesores
continuó el jesuita , Porrigite digitos. Presentad los dedos, ¿estáis ahora?
Ciertamente respondió Aramis lleno de delectación , pero el
asunto es sutil.
¡Los dedos! prosiguió el jesuita San Pedro bendice con los
dedos. El papa bendice por tanto con los dedos también. Y ¿con cuántos dedos
bendice? Con tres dedos: uno para el Padre, otro para el Hijo y otro para el
Espíritu Santo.
Todo el mundo se persignó; D'Artagnan se creyó obligado a imitar
aquel ejemplo.
El papa es sucesor de San Pedro y representa los tres poderes
divinos; el resto, ordines inferiores de la jerarquía eclesiástica, bendice en
el nombre de los santos arcángeles y ángeles. Los clérigos más humildes, como
nuestros diáconos y sacristanes, bendicen con los hisopos, que simulan un
número indefinido de dedos bendiciendo. Ahí tenéis el tema simplificado,
argumentum omni denudatum ornamento. Con eso yo haría continuó el jesuita dos
volúmenes del tamaño de éste.
Y en su entusiamo, golpeaba sobre el San Crisóstomo infolio que
hacía doblarse la mesa bajo su peso.
D'Artagnan se estremeció.
Por supuesto dijo Aramis , hago justicia a las bellezas de
semejante tesis, pero al mismo tiempo admito que es abrumadora para mí. Yo
había escogido este texto: decidme, querido D'Artagnan, si no es de vuestro
gusto: Non inutile est desiderium in oblatione, o mejor aún: Un poco de
pesadumbre no viene mal en una ofrenda al Señor.
¡Alto ahí! exclamó el jesuita . Esa tesis roza la herejía; hay
una proposición casi semejante en el Augustinus del heresiarca Jansenius, cuyo
libro antes o después será quemado por manos del verdugo. Tened cuidado, mi
joven amigo; os inclináis, mi joven amigo, hacia las falsas doctrinas; os
perderéis.
Os perderéis dijo el cura moviendo dolorosamente la cabeza.
Tocáis en ese famoso punto del libre arbitrio que es un escollo
mortal. Abordáis de frente las insinuaciones de los pelagianos y de los
semipelagianos.
Pero, reverendo... repuso Aramis algo atarullado por la lluvia
de argumentos que se le venía encima.
¿Cómo probaréis continuó el jesuita sin darle tiempo a hablar
que se debe echar de menos el mundo que se ofrece a Dios? Escuchad este dilema:
Dios es Dios, y el mundo es el diablo. Echar de menos al mundo es echar de
menos al diablo; ahí tenéis mi conclusión.
Es la mía también dijo el cura.
Pero, por favor... dijo Aramis.
¡Desideras diabolum, desgraciado! exclamó el jesuita.
¡Echa de menos al diablo! Ah, mi joven amigo prosiguió el cura gimiendo
, no echéis de menos al diablo, soy yo quien os lo suplica.
D'Artagnan creía volverse idiota; le parecía estar en una casa
de locos y que iba a terminar loco como los que veía. Sólo que estaba forzado a
callarse por no comprender nada de la lengua que se hablaba ante él.
Pero escuchadme prosiguió Aramis con una cortesía bajo la que
comenzaba a apuntar un poco de impaciencia ; yo no digo que eche de menos; no,
yo no pronunciaría jamás esa frase, que no sería ortodoxa. . .
El jesuita levantó los brazos al cielo y el cura hizo otro
tanto.
No, pero convenid al menos que no admite perdón ofrecer al Señor
aquello de lo que uno está completamente harto. ¿Tengo yo razón, D'Artagnan?
¡Yo así lo creo! exclamó éste.
El cura y el jesuita dieron un salto sobre sus sillas.
Aquí tenéis mi punto de partida, es un silogismo: el mundo no
carece de atractivos, dejo el mundo; por tanto hago un sacrificio; ahora bien,
la Escritura dice positivamente: Haced un sacrificio al Señor.
Eso es cierto dijeron los antagonistas.
Y además continuó Aramis pellizcándose la oreja para volverla
roja, de igual modo que agitaba las manos para volverlas blancas , además he
hecho cierto rondel que le comuniqué al señor Voiture el año pasado, y sobre el
cual ese gran hombre me hizo mil cumplidos.
¡Un rondel! dijo desdeñosamente el jesuita.
¡Un rondel! dijo maquinalmente el cura.
Decidlo, decidlo exclamó D'Artagnan ; cambiará un poco las
cosas.
No, porque es religioso respondió Aramis , y es teología en
verso.
¡Diablos! exclamó D'Artagnan.
Helo aquí dijo Aramis con aire modesto que no estaba exento de
cierto tinte de hipocresía:
Los que un pasado lleno de encantos lloráis,
y pasáis días desgraciados,
todas uuestras desgracias habrán terminado
cuando sólo a Dios vuestras lágrimas ofrezcáis,
vosotros, los que lloráis.
D'Artagnan y el cura parecieron halagados. El jesuita persistió
en su opinión.
Guardaos del gusto profano en el estilo teológico. ¿Qué dice en
efecto San Agustín? Severus sit clericorum sermo.
¡Sí, que el sermón sea claro! dijo el cura.
Pero se apresuró a añadir el jesuita viendo que su acólito se
desviaba , vuestra tesis agradará a las damas, eso es todo; tendrá el éxito de
un alegato de maese Patru.
¡Plega a Dios! exclamó Aramis transportado.
Ya lo veis exclamó el jesuita , el mundo habla todavía en vos en
voz alta, altissima voce. Seguís al mundo, mi joven amigo, y tiemblo porque la
gracia no sea eficaz.
Tranquilizaos, reverendo, respondo de mí.
¡Presunción mundana!
¡Me conozco, padre mío, mi resolución es irrevocable!
Entonces, ¿os obstináis en seguir con esa tesis,
Me siento llamado a tratar esa tesis, y no otra; voy, pues, a
continuarla, y mañana espero que estaréis satifescho de las correcciones que
haré según vuestros consejos.
Trabajad lentamente dijo el cura , os dejamos en disposiciones
excelentes.
Sí, el terreno está completamente sembrado dijo el jesuita , y
no tenemos que temer que una parte del grano haya caído sobre la piedra, otra
al lado del camino, y que los pájaros del cielo hayan comido el resto, aves
coeli comederunt illam.
¡Que la peste lo ahogue con tu latín! dijo D'Artagnan, que se
sentía en el límite de sus fuerzas.
Adiós, hijo mío dijo el cura , hasta mañana.
Hasta mañana, joven temerario dijo el jesuita ; prometéis ser
una de las lumbreras de la Iglesia; ¡quiera el cielo que esa luz no sea un
fuego devorador!
D'Artagnan, que durante una hora se había mordido las uñas de
impaciencia, empezaba a atacar la carne.
Los dos hombres negros se levantaron, saludaron a Aramis y a
D'Artagnan, y avanzaron hacia la puerta. Bazin, que se había quedado de pie y
que había escuchado toda aquella controversia con un piadoso júbilo, se lanzó
hacia ellos, tomó el breviario del cura, el misal del jesuita y caminó
respetuosamente delante de ellos para abrirles paso.
Aramis los condujo hasta el comienzo de la escalera y volvió a
subir junto a D'Artagnan, que seguía pensando.
Una vez solos, los dos amigos guardaron primero un silencio
embarazoso; sin embargo era preciso que uno de ellos rompiese a hablar, y como
D'Artagnan parecía decidido a dejar este honor a su amigo:
Ya lo veis dijo Aramis , me encontráis vuelto a mis ideas
fundamentales.
Sí, la gracia eficaz os ha tocado, como decía ese señor hace un
momento.
¡Oh! Estos planes de retiro están hechos hace mucho tiempo; y
vos ya me habíais oído hablar, ¿no es eso, amigo mío?
Claro, pero confieso que creí que bromeabais.
¡Con esa clase de cosas! ¡Vamos, D'Artagnan!
¡Maldita sea! También se bromea con la muerte.
Y se comete un error, D'Artagnan, porque la muerte es la puerta
que conduce a la perdición o a la salvación.
De acuerdo, pero si os place, no teologicemos, Aramis; debéis
tener bastante para el resto del día; en cuanto a mí, yo he olvidado el poco
latín que jamás supe; además debo confesaros que no he comido nada desde esta
mañana a las diez, y que tengo un hambre de todos los diablos.
Ahora mismo comeremos, querido amigo; sólo que, como sabéis, es
viernes, y en un día así yo no puedo ver ni comer carne. Si queréis contentaros
con mi comida... se compone de tetrágonos cocidos y fruta.
¿Qué entendéis con tetrágonos? preguntó D'Artagnan con
inquietud.
Entiendo espinacas repuso Aramis ; pero para vos añadiré huevos,
y es una grave infracción de la regla, porque los huevos son carne, dado que
engendran el pollo.
Ese festín no es suculento, pero no importa; por estar con vos,
lo sufriré.
Os quedo agradecido por el sacrificio dijo Aramis ; pero si no
aprovecha a nuestro cuerpo, aprovechará, estad seguro, a vuestra alma.
O sea que, decididamente, Aramis, entráis en religión. ¿Qué van
a decir nuestros amigos, qué va a decir el señor de Tréville? Os tratarán de
desertor, os prevengo.
Yo no entro en religión, vuelvo a ella. Es de la iglesia de la
que había desertado por el mundo, porque como sabéis tuve que violentarme para
tomar la casaca de mosquetero.
Yo no sé nada.
¿Ignoráis vos cómo dejé el seminario?
Completamente.
Aquí tenéis mi historia; por otra parte las Escrituras dicen:
«Confesaos los unos a los otros», y yo me confieso a vos, D'Artagnan.
Y yo os doy la absolución de antemano, ya veis que soy bueno.
No os burléis de las cosas santas, amigo mío.
Vamos hablad, hablad, os escucho.
Yo estaba en el seminario desde la edad de nueve años, y dentro
de tres días iba a cumplir veinte, iba a ser abate y todo estaba dicho. Una
tarde en que estaba, según mi costumbre, en una casa que frecuentaba con placer
(uno es joven, ¡qué queréis, somos débiles!), un oficial que me miraba con ojos
celosos leer las Vidas de los santos a la dueña de la casa, entró de pronto y
sin ser anunciado. Precisamente aquella tarde yo había traducido un episodio de
Judith y acababa de comunicar mis versos a la dama que me hacía toda clase de
cumplidos e, inclinada sobre mi hombro, los releía conmigo. La postura, que
qui-zá era algo abandonada, lo confieso, molestó al oficial; no dijo nada, pero
cuando yo salí, salió detrás de mí y al alcanzarme dijo: «Señor abate, ¿os
gustan los bastonazos?» «No puedo decirlo, señor, respondí, porque nadie ha
osado nunca dármelos.» «Pues bien, escuchadme, señor abate, si volvéis a la
casa en que os he encontrado esta tarde, yo osaré.» Creo que tuve miedo, me
puse muy pálido, sentí que las piernas me abandonaban, busqué una respuesta que
no encontré, me callé. El oficial esperaba aquella respuesta y, viendo que
tardaba, se puso a reír, me volvió la espalda y volvió a entrar en la casa. Yo
volví al seminario. Soy buen gentilhombre y tengo la sangre ardiente, como
habéis podido observar, mi querido D'Artagnan; el insulto era terrible, y por
desconocido que hubiera quedado para el resto del mundo, yo lo sentía vivir y
removerse en el fondo de mi corazón. Declaré a mis superiores que no me sentía
suficientemente preparado para la ordenación, y a petición mía se pospuso la
ceremonia por un año. Fui en busca del mejor maestro de armas de Paris, quedé
de acuerdo con él para tomar una lección de esgrima cada día, y durante un año
tome aquella lección. Luego, el aniversario de aquél en que había sido
insultado, colgé mi sotana de un clavo, me puse un traje completo de caballero
y me dirigí a un baile que daba una dama amiga mía, donde yo sabía que debía
encontrarse mi hombre. Era en la calle des Francs-Burgeois, al lado de la
Force. En efecto, mi oficial estaba allí, me acerqué a él, que cantaba un lai
de amor mirando tiernamente a una mujer, y le interrumpí en medio de la segunda
estrofa. «Señor, ¿os sigue desagradando que yo vuelva a cierta casa de la calle
Payenne, y volveréis a darme una paliza si me entra el capricho de
desobedeceros?» El oficial me miró con asombro, luego me dijo: «¿Qué queréis,
señor? No os conozco.» «Soy le respondí el pequeño abate que lee las Vidas de
santos y que traduce Judith en verso.» «¡Ah, ah! Ya me acuerdo dijo el oficial
con sorna . ¿Qué queréis?» «Quisiera que tuvierais tiempo suficiente para dar
una vuelta paseando conmigo.» «Mañana por la mañana, si queréis, y será con el
mayor placer.» «Mañana por la mañana, no; si os place, ahora mismo.» «Si lo
exigís...» «Pues sí, lo exijo.» «Entonces, salgamos. Señoras dijo el oficial ,
no os molestéis. El tiempo de matar al señor solamente y vuelvo para acabaros
la última estrofa. » Salimos. Yo le llevé a la calle Payenne justo al lugar en
que un año antes a aquella misma hora me había hecho el cumplido que os he
relatado. Hacía un clara de luna soberbio. Sacamos las espadas y, al primer
encuentro, le deje en el sitio.
¡Diablos! exclamó D'Artagnan.
Pero continuó Aramis como las damas no vieron volver a su cantor
y se le encontró en la calle Payenne con una gran estocada atravesándole el
cuerpo, se pensó que había sido yo poque lo había aderezado así, y el asunto
terminó en escándalo. Me vi obligado a renunciar por algún tiempo a la sotana.
Athos, con quien hice conocimiento en esa época, y Porthos, que me había
enseñado, además de algunas lecciones de esgrima, algunas estocadas airosas, me
decidie-ron a pedir una casaca de mosquetero. El rey había apreciado mucho a mi
padre, muerto en el sitio de Arras, y me concedieron esta casaca. Como
comprenderéis hoy ha llegado para mí el momento de volver al seno de la
Iglesia.
¿Y por qué hoy en vez de ayer o de mañana? ¿Qué os ha pasado hoy
que os da tan malas ideas?
Esta herida, mi querido D'Artagnan, ha sido para mí un aviso del
cielo.
¿Esta herida? ¡Bah, está casi curada y estoy seguro de que no es
ella la que más os hace sufrir!
¿Cuál entonces? preguntó Aramis enrojeciendo.
Tenéis una en el corazón, Aramis, unas más viva y más sangrante,
una herida hecha por una mujer.
Los ojos de Aramis destellaron a pesar suyo.
¡Ah! dijo disimulando su emoción bajo una fingida negligencia .
No habléis de esas cosas. ¡Pensar yo en eso! ¡Tener yo penas de amor! ;
¡Vanitas vanitatum! Me habría vuelto loco, en vuestra opinión. ¿Y por quién?
Por alguna costurerilla, por alguna doncella a quien habría hecho la corte en
alguna guarnición. ¡Fuera!
Perdón, mi querido Aramis, pero yo creía que apuntabais más
alto.
¿Más alto? ¿Y quién soy yo para tener tanta ambición? ¡Un pobre
mosquetero muy bribón y muy oscuro que odia las servidumbres y se encuentra muy
desplazado en el mundo!
¡Aramis, Aramis! exclamó D'Artagnan mirando a su amigo con aire
de duda.
Polvo, vuelvo al polvo. La vida está llena de humillaciones y de
dolores continuó ensombreciéndose ; todos los hilos que la atan a la felicidad
se rompen una vez tras otra en la mano del hombre, sobre todo los hilos de oro.
¡Oh, mi querido D'Artagnan! prosiguió Aramis dando a su vez un ligero tinte de
amargura . Creedme, ocultad bien vuestras heridas cuando las tengáis. El
silencio es la última alegría de los desgraciados; guardaos de poner a alguien,
quienquiera que sea, tras la huella de vuestros dolores; los curiosos empapan
nuestras lágrimas como las moscas sacan sangre de un gamo herido.
¡Ay, mi querido Aramis! dijo D'Artagnan lanzando a su vez un
profundo suspiro . Es mi propia historia la que aquí resumís.
¿Cómo?,
Sí, una mujer a la que amaba, a la que adoraba, acaba de serme
raptada a la fuerza. Yo no sé dónde está, dónde la han llevado; quizá esté
prisionera, quizá esté muerta.
Pero vos al menos tenéis el consuelo de deciros que no os ha
abandonado voluntariamente; que si no tenéis noticias suyas es porque toda
comunicación con vos le está prohibida, mientras que...
Mientras que...
Nada respondió Aramis , nada.
De modo que renunciáis al mundo; ¿es una decisión tomada, una
resolución firme?
Para siempre. Vos sois mi amigo, mañana no seréis para mí más
que una sombra; o mejor aún, no existiréis. En cuanto al mundo, es un sepulcro
y nada más.
¡Diablos! Es muy triste lo que me decís.
¿Qué queréis? Mi vocación me atrae, ella me lleva.
D'Artagnan sonrió y no respondió nada. Aramis continuó:
Y sin embargo, mientras permanezco en la tierra, habría querido
hablar de vos, de nuestros amigos.
Y yo dijo D'Artagnan habría querido hablaros de vos mismo, pero
os veo tan separado de todo; los amores los habéis despechado; los amigos, son
sombras; el mundo es un sepulcro.
¡Ay! Vos mismo podréis verlo dijo Aramis con un suspiro.
No hablemos, pues, más dijo D'Artagnan , y quememos esta carta
que, sin duda, os anunciaba alguna nueva infelicidad de vuestra costurerilla o
de vuestra doncella.
¿Qué carta? exclamó vivamente Aramis.
Una carta que había llegado a vuestra casa en vuestra ausencia y
que me han entregado para vos.
¿Pero de quién es la carta?
¡Ah! De alguna doncella afligida, de alguna costurerilla
desesperada; la doncella de la señora de Chevreuse quizá, que se habrá visto
obligada a volver a Tours con su ama y que para dárselas de peripuesta habrá
cogido papel perfumado y habrá sellado su carta con una corona de duquesa.
¿Qué decís?
¡Vaya, la habré perdido! dijo hipócritamente el joven fingiendo
buscarla . Afortunadamente el mundo es un sepulcro y por tanto las mujeres son
sombras, y el amor un sentimiento al que decís ¡fuera!
¡Ah, D'Artagnan, D'Artagnan! exclamó Aramis . Me haces morir.
Bueno, aquí está dijo D'Artagnan.
Y sacó la carta de su bolsillo.
Aramis dio un salto, cogió la carta, la leyó o, mejor, la
devoró; su rostro resplandecía.
Parece que la doncella tiene un hermoso estilo dijo
indolentemente el mensajero.
Gracias, D'Artagnan exclamó Aramis casi en delirio . Se ha visto
obligada a volver a Tours; no me es infiel, me ama todavía. Ven, amigo mío, ven
que te abrace; ¡la dicha me ahoga!
Y los dos amigos se pusieron a bailar en torno del venerable San
Crisóstomo, pisoteando buenamente las hojas de la tesis que habían rodado sobre
el suelo.
En aquel momento entró Bazin con las espinacas y la tortilla.
¡Huye, desgraciado! exclamó Aramis arrojándole su gorra al
rostro . Vuélvete al sitio de donde vienes, llévate esas horribles legumbres y
esos horrorosos entremeses. Pide una liebre mechada, un capón gordo, una pierna
de cordero al ajo y cuatro botellas de viejo borgoña.
Bazin, que miraba a su amo y que no comprendía nada de aquel
cambio, dejó deslizarse melancólicamente la tortilla en las espinacas, y las
espinacas en el suelo.
Este es el momento de consagrar vuestra existencia al Rey de
Reyes dijo D'Artagnan , si es que tenéis que hacerle una cortesía: Non inutile
desiderium in oblatione.
¡Idos al diablo con vuestro latín! Mi querido D'Artagran,
bebamos, maldita sea, bebamos mucho, y contadme algo de lo que pasa por ahí.
Capítulo XXVII
La mujer de Athos
Ahora sólo queda saber nuevas de Athos dijo D'Artagnan al fogoso
Aramis, una vez que lo hubo puesto al corriente de lo que había pasado en la
capital después de su partida, y mientras una excelente comida hacía olvidar a
uno su tesis y al otro su fatiga.
¿Creéis, pues, que le habrá ocurrido alguna desgracia? –preguntó
Aramis . Athos es tan frío, tan valiente y maneja tan hábilmente su espada...
Sí, sin duda, y nadie reconoce más que yo el valor y la
habilidad de Athos; pero yo prefiero sobre mi espada el choque de las lanzas al
de los bastones; temo que Athos haya sido zurrado por el hatajo de lacayos, los
criados son gentes que golpean fuerte y que no terminan pronto. Por eso, os lo
confieso, quisiera partir lo antes posible.
Yo trataré de acompañaros dijo Aramis , aunque aún no me siento
en condiciones de montar a caballo. Ayer ensayé la disciplina que veis sobre
ese muro, y el dolor me impidió continuar ese piadoso ejercicio.
Es que, amigo mío, nunca se ha visto intentar curar un
escopetazo a golpes de disciplina; pero estabais enfermo, y la enfermedad
debilita la cabeza, lo que hace que os excuse.
¿Y cuándo partís?
Mañana, al despuntar el alba; reposad lo mejor que podáis esta
noche y mañana, si podéis, partiremos juntos.
Hasta mañana, pues dijo Aramis ; porque por muy de hierro que
seáis, debéis tener necesidad de reposo.
Al día siguiente, cuando D'Artagnan entró en la habitación de
Aramis, lo encontró en su ventana.
¿Qué miráis ahí? preguntó D'Artagnan.
¡A fe mía! Admiro esos tres magníficos caballos que los mozos de
cuadra tienen de la brida; es un placer de príncipe viajar en semejantes
monturas.
Pues bien, mi querido Aramis, os daréis ese placer, porque uno
de esos caballos es para vos.
¡Huy! ¿Cuál?
El que queráis de los tres, yo no tengo preferencia.
¿Y el rico caparazón que te cubre es mío también?
Claro.
¿Queréis reiros, D'Artagnan?
Yo no río desde que vos habláis francés.
¿Son para mí esas fundas doradas, esa gualdrapa de terciopelo,
esa silla claveteada de plata?
Para vos, como el caballo que piafa es para mí, y como ese otro
caballo que caracolea es para Athos.
¡Peste! Son tres animales soberbios.
Me halaga que sean de vuestro gusto.
¿Es el rey quien os ha hecho ese regalo?
A buen seguro que no ha sido el cardenal; pero no os preocupéis
de dónde vienen, y pensad sólo que uno de los tres es de vuestra propiedad.
Me quedo con el que lleva el mozo de cuadra pelirrojo.
¡De maravilla!
¡Vive Dios! exclamó Aramis . Eso hace que se me pase lo que
quedaba de mi dolor; me montaría en él con treinta balas en el cuerpo. ¡Ah, por
mi alma, qué bellos estribos! ¡Hola! Bazin, ven acá ahora mismo.
Bazin apareció, sombrío y lánguido, en el umbral de la puerta.
¡Bruñid mi espada enderezad mi sombrero de fieltro, cepillad mi
capa y cargad mis pistolas! dijo Aramis.
Esta última recomendación es inútil interrumpió D'Artagnan ; hay
pistolas cargadas en vuestras fundas.
Bazin suspiró.
Vamos, maese Bazin, tranquilizaos dijo D'Artagnan ; se gana el
reino de los cielos en todos los estados.
¡El señor era ya tan buen teólogo! dijo Bazin casi llorando .
Hubiera llegado a obispo y quizá a cardenal.
Y bien, mi pobre Bazin, veamos, reflexiona un poco: ¿para qué
sirve ser hombre de iglesia, por favor? No se evita con ello ir a hacer la
guerra; como puedes ver, el cardenal va a hacer la primera campaña con el casco
en la cabeza y la partesana al puño; y el señor de Nagret de La Valette, ¿qué
me dices? También es cardenal; pregúntale a su lacayo cuántas veces tiene que
vendarle.
¡Ay! suspiró Bazin . Ya lo sé, señor, todo está revuelto en este
mundo de hoy.
Durante este tiempo, los dos jóvenes y el pobre lacayo habían
descendido.
Tenme el estribo, Bazin dijo Aramis.
Y Aramis se lanzó a la silla con su gracia y su ligereza
ordinarias; pero tras algunas vueltas y algunas corvetas del noble animal, su
caballero se resintió de dolores tan insoportables que palideció y se tambaleó.
D'Artagnan, que en previsión de este accidente no lo había perdido de vista, se
lanzó hacia él, lo retuvo en sus brazos y lo condujo a su habitación.
Está bien, mi querido Aramis, cuidaos dijo , iré sólo en busca
de Athos.
Sois un hombre de bronce le dijo Aramis.
No, tengo suerte, eso es todo; pero ¿cómo vais a vivir mientras
me esperáis? Nada de tesis, nada de glosas sobre los dedos y las bendiciones,
¿eh?
Aramis sonrió.
Haré versos dijo.
Sí, versos perfumados al olor del billete de la doncella de la
señora de Chevreuse. Enseñad, pues, prosodia a Bazin, eso le consolará. En
cuanto al caballo, montadlo todos los días un poco, y eso os habituará a las
maniobras.
¡Oh, por eso estad tranquilo! dijo Aramis . Me encontraréis
dispuesto a seguiros.
Se dijeron adiós y, diez minutos después, D'Artagnan, tras haber
recomendado su amigo a Bazin y a la hostelera, trotaba en dirección de Amiens.
¿Cómo iba a encontrar a Athos? ¿Lo encontraría acaso?
La posición en la que lo había dejado era crítica; bien podía
haber sucumbido. Aquella idea, ensombreciendo su frente, le arrancó algunos
suspiros y le hizo formular en voz baja algunos juramentos de venganza. De
todos sus amigos, Athos era el mayor y por tanto el menos cercano en apariencia
en cuanto a gustos y simpatías.
Sin embargo, tenía por aquel gentilhombre una preferencia
notable. El aire noble y distinguido de Athos, aquellos destellos de grandeza
que brotaban de vez en cuando de la sómbra en que se encerraba voluntariamente,
aquella inalterable igualdad de humor que le hacía el compañero más fácil de la
tierra, aquella alegría forzada y mordaz, aquel valor que se hubiera llamado
ciego si no fuera resultado de la más rara sangre fría, tantas cualidades
cautivaban más que la estima, más que la amistad de D'Artagnan, cautivaban su
admiración.
En efecto, considerado incluso al lado del señor de Tréville, el
elegante cortesano Athos, en sus días de buen humor podía sostener con ventaja
la comparación; era de talla mediana, pero esa talla estaba tan admirablemente
cuajada y tan bien proporcionada que más de una vez, en sus luchas con Porthos,
había hecho doblar la rodilla al gigante cuya fuerza física se había vuelto
proverbial entre los mosqueteros; su cabeza, de ojos penetrantes, de nariz
recta, de mentón dibujado como el de Bruto, tenía un carácter indefinible de
grandeza y de gracia; sus manos, de las que no tenía cuidado alguno, causaban
la desesperación de Aramis, que cultivaba las suyas con gran cantidad de pastas
de almendras y de aceite perfumado; el sonido de su voz era penetrante y melodioso
a la vez, y además, lo que había de indefinible en Athos, que se hacía siempre
oscuro y pequeño, era esa ciencia delicada del mundo y de los usos de la más
brillante sociedad, esos hábitos de buena casa que apuntaba como sin querer en
sus menores acciones.
Si se trataba de una comida, Athos la ordenaba mejor que nadie
en el mundo, colocando a cada invitado en el sitio y en el rango que le habían
conseguido sus antepasados o que se había conseguido él mismo. Si se trataba de
la ciencia heráldica, Athos conocía todas las familias nobles del reino, su
genealogía, sus alianzas, sus armas y el origen de sus armas. La etiqueta no
tenía minucias que le fuesen extrañas, sabía cuáles eran los derechos de los
grandes propietarios, co-nocía a fondo la montería y la halconería y cierto
día, hablando de ese gran arte, había asombrado al rey Luis XIII mismo, que,
sin embargo, pasaba por maestro de la materia.
Como todos los grandes señores de esa época, montaba a caballo y
practicaba la esgrima a la perfección. Hay más: su educación había sido tan
poco descuidada, incluso desde el punto de vista de los estudios escolásticos,
tan raros en aquella época entre los gentileshombres, que sonreía a los
fragmentos de latín que soltaba Aramis y que Porthos fingía comprender; dos o
tres veces incluso, para gran asombro de sus amigos, le había ocurrido, cuando
Aramis dejaba escapar algún error de rudimento, volver a poner un verbo en su
tiempo o un nombre en su caso. Además, su probidad era inatacable en ese siglo
en que los hombres de guerra transigían tan fácilmente con su religión o su
conciencia, los amantes con la delicadeza rigurosa de nuestros días y los
pobres con el séptimo mandamiento de Dios. Era, pues, Athos un hombre muy
extraordinario.
Y sin embargo, se veía a esta naturaleza tan distinguida, a esta
criatura tan bella, a esta esencia tan fina, volverse insensiblemente hacia la
vida material, como los viejos se vuelven hacia la imbecilidad física y moral.
Athos, en sus horas de privación, y esas horas eran frecuentes, se apagaba en
toda su parte luminosa, y su lado brillante desaparecía como en una profunda
noche.
Entonces, desvanecido el semidiós, se convertía apenas en un
hombre. Con la cabeza baja, los ojos sin brillo, la palabra pesada y penosa,
Athos miraba durante largas horas bien su botella y su vaso, bien a Grimaud
que, habituado a obedecerle por señas, leía en la mirada átona de su señor
hasta el menor deseo, que satisfacía al punto. La reunión de los cuatro amigos
había tenido lugar en uno de estos momentos: un palabra, escapada con un
violento esfuerzo, era todo el contingente que Athos proporcionaba a la
conversación. A cambio, Athos solo bebía por cuatro, y esto sin que se notase
salvo por un fruncido del ceño más acusado y por una tristeza más profunda.
D'Artagnan, de quien conocemos el espíritu investigador y
penetrante, por interés que tuviese en satisfacer su curiosidad sobre el tema,
no había podido aún asignar ninguna causa a aquel marasmo, ni anotar las
ocasiones. Jamás Athos recibía cartas, jamás Athos daba un paso que no fuera
conocido por todos sus amigos.
No se podía decir que fuera el vino lo que le daba aquella
tristeza, porque, al contrario, sólo bebía para olvidar esta tristeza, que este
remedio, como hemos dicho, volvía más sombría aún. No se podía atribuir aquel
exceso de humor negro al juego, porque al contrario de Porthos, quien
acompañaba con sus cantos o con sus juramentos todas las variaciones de la
suerte, Athos, cuando había ganado, permanecía tan impasible como cuando había
perdido. Se le había visto, en el círculo de los mosqueteros, ganar una tarde
tres mil pistolas y perder hasta el cinturón brocado de oro de los días de
gala; volver a ganar todo esto adernás de cien luises más, sin que su hermosa
ceja negra se hubiese levantado o bajado media línea, sin que sus manos
perdiesen su matiz nacarado, sin que su conversación, que era agradable aquella
tarde, cesase de ser tranquila y agradable.
No era tampoco, como en nuestros vecinos los ingleses, una
influencia atmosférica la que ensombrecía su rostro, porque esa tristeza se
hacía más intensa por regla general en los días calurosos del año; junio y
julio eran los meses terribles de Athos.
Al presente no tenía penas, y se encogía de hombros cuando le
hablaban del porvenir; su secreto estaba, pues, en el pasado, como le había
dicho vagamente a D'Artagnan.
Aquel tinte misterioso esparcido por toda su persona volvía aún
más interesante al hombre cuyos ojos y cuya boca, en la embriaguez más
completa, jamás habían revelado nada, sea cual fuere la astucia de las
preguntas dirigidas a él.
¡Y bien! pensaba D'Artagnan . El pobre Athos está quizá muerto
en este momento, y muerto por culpa mía, porque soy yo quien lo metió en este
asunto, cuyo origen él ignoraba, y cuyo resultado ignorará y del que ningún
provecho debía sacar.
Sin contar, señor respondió Panchet , que probablemente le
debemos la vida. Acordaos cuando gritó: «¡Largaos, D'Artagnan! Me han cogido»
Y después de haber descargado sus dos pistolas, ¡qué ruido
terrible hacía con su espada! Se hubiera dicho que eran veinte hombres, o
mejor, veinte diablos rabiosos.
Y estas palabras redoblaban el ardor de D'Artagnan, que
aguijoneaba a su caballo, el cual sin necesidad de ser aguijoneado llevaba a su
caballero al galope.
Hacia las once de la mañana divisaron Amiens; a las once y media
estaban a la puerta del albergue maldito.
D'Artagnan había meditado contra el hostelero pérfido en una de
esas buenas venganzas que consuelan, aunque no sea más que a la esperanza.
Entró, pues, en la hostería, con el sombrero sobre los ojos, la mano izquierda
en el puño de la espada y haciendo silbar la fusta con la mano derecha.
¿Me conocéis? dijo al hostelero, que avanzaba para saludarle.
No tengo ese honor, monseñor respondió aquél con los ojos
todavía deslumbrados por el brillante equipo con que D'Artagnan se presentaba.
¡Ah, conque no me conocéis!
No, monseñor.
Bueno, dos palabras os devolverán la memoria. ¿Qué habéis hecho
del gentilhombre al que tuvisteis la audacia, hace quince días poco más o
menos, de intentar acusarlo de moneda falsa?
El hostelero palideció, porque D'Artagnan había adoptado la
actitud más amenazadora, y Panchet hacía lo mismo que su dueño.
¡Ah, monseñor, no me habléis de ello! exclamó el hostelero con
su tono de voz más lacrimoso . Ah, señor, cómo he pagado esa falta.
¡Desgraciado de mí!
Y el gentilhombre, os digo, ¿qué ha sido de él?
Dignaos escucharme, monseñor, y sed clemente. Veamos, sentaos,
por favor.
D'Artagnan, mudo de cólera y de inquietud, se sentó amenazador
como un juez. Planchet se pegó orgullosamente a su butaca.
Esta es la historia, Monseñor prosiguió el hostelero todo
tembloroso , porque os he reconocido ahora: fuisteis vos el que partió cuando
yo tuve aquella desgraciada pelea con ese gentilhombre de que vos habláis.
Sí, fui yo; así que, como veis, no tenéis gracias que esperar si
no decís toda la verdad.
Hacedme el favor de escucharme y la sabréis toda entera.
Escucho.
Yo había sido prevenido por las autoridades de que un falso
monedero célebre llegaría a mi albergue con varios de sus compañeros, todos
disfrazados con el traje de guardia o de mosqueteros. Vuestros caballos,
vuestros lacayos, vuestra figura, señores, todo me lo habían pintado.
¿Después, después? dijo D'Artagnan, que reconoció en seguida de
dónde procedían aquellas señas tan exactamente dadas.
Tomé entonces, según las órdenes de la autoridad que me envió un
refuerzo de seis hombres, las medidas que creí urgentes a fin de detener a los
presuntos monederos falsos.
¡Todavía! dijo D'Artagnan a quien esta palabra de monedero falso
calentaba terriblemente las orejas.
Perdonadme, monseñor, por decir tales cosas, pero precisamente
son mi excusa. La autoridad me había metido miedo, y vos sabéis que un
alberguista debe tener cuidado con la autoridad.
Pero una vez más, ese gentilhombre ¿dónde está? ¿Qué ha sido de
él? ¿Está muerto? ¿Está vivo?
Paciencia, monseñor, que ya llegamos. Sucedió, pues, lo que vos
sabéis, y vuestra precipitada marcha añadió el hostelero con una fineza que no
escapó a D'Artagnan parecía autorizar el desenlace. Ese gentilhombre amigo
vuestro se defendió a la desesperada. Su criado, que por una desgracia
imprevista había buscado pelea a los agentes de la autoridad, disfrazados de
mozos de cuadra...
¡Ah, miserable! exclamó D'Artagnan . Estabais todos de acuerdo,
y no sé cómo me contengo y no os mato a todos.
¡Ay! No, monseñor, no todos estábamos de acuerdo, y vais a verlo
en seguida. El señor vuestro amigo (perdón por no llamarlo por el nombre
honorable que sin duda lleva, pero nosotros ignoramos ese nombre), el señor
vuestro amigo, después de haber puesto de combate a dos hombres de dos
pistoletazos, se batió en retirada defendiéndose con su espada, con la que
lisió incluso a uno de mis hombres, y con un cintarazo que me dejó aturdido.
Pero, verdugo, ¿acabarás? dijo D'Artagnan . Athos, ¿qué ha sido
de Athos?
Al batirse en retirada, como he dicho, señor, encontró tras él
la escalera de la bodega, y como la puerta estaba abierta, sacó la llave y se
encerró dentro. Como estaban seguros de encontrarlo allí, lo dejaron en paz.
Sí dijo D'Artagnan , no se trataba de matarlo, sólo querían
hacerlo prisionero.
¡Santo Dios! ¿Hacerlo prisionero, monseñor? El mismo se
aprisionó, os lo juro. En primer lugar, había trabajado rudamente: un hombre
estaba muerto de un golpe y otros dos heridos de gravedad. El muerto y los dos
heridos fueron llevados por sus camaradas, y no he oído hablar nunca más de
ellos, ni de unos ni de otros. Yo mismo, cuando recuperé el conocimiento, fui a
buscar al señor gobernador, al que conté todo lo que había pasado, y al que
pregunté qué debía hacer con el prisionero. Pero el señor gobernador fingió
caer de las nubes; me dijo que ignoraba por completo a qué me refería, que las
órdenes que habían llegado no procedían de él, y que si tenía la desgracia de
decir a quienquiera que fuese que él estaba metido en toda aquella escaramuza,
me haría prender. Parece que yo me había equivocado, señor, que había arrestado
a uno por otro, y que al que debía arrestar estaba a salvo.
Pero ¿Athos? exclamó D'Artagnan, cuya impaciencia aumentaba por
el abandono en que la autoridad dejaba el asunto . ¿Qué ha sido de Athos?
Como yo tenía prisa por reparar mis errores hacia el prisionero
prosiguió el alberguista , me encaminé hacia la bodega a fin de devolverle la
libertad. ¡Ay, señor, aquello no era un hombre, era un diablo! A la proposición
de libertad, declaró que era una trampa que se le tendía y que antes de salir
debía imponer sus condiciones. Le dije muy humildemente, porque ante sí mismo
yo no disimulaba la mala situación en que me había colocado poniéndole la mano
encima a un mosquetero de Su Majestad, le dije que yo estaba dispuesto a
some-terme a sus condiciones. «En primer lugar dijo , quiero que se me devuelva
a mi criado completamente armado.» Nos dimos prisa por obedecer aquella orden
porque, como comprenderá el señor, nosotros estábamos dispuesto a hacer todo lo
que quisiera vuestro amigo. El señor Grimaud (él sí ha dicho su nombre, aunque
no habla mucho), el señor Grimaud fue, pues, bajado a la bodega, herido como
estaba; entonces su amo, tras haberlo recibido, volvió a atrancar la puerta y
nos ordenó quedarnos en nuestra tienda.
Pero ¿dónde está? exclamó D'Artagnan . ¿Dónde está Athos?
En la bodega, señor.
¿Cómo desgraciado, lo retenéis en la bodega desde entonces?
¡Bondad divina! No señor. ¡Nosotros retenerlo en la bodega! ¡No
sabéis lo que está haciendo en la bodega! ¡Ay si pudieseis hacerlo salir,
señor, os quedaría agradecido toda mi vida, os adoraría como a un amo!
Entonces, ¿está allí, allí lo encontraré?
Sin duda, señor, se ha obstinado en quedarse. Todos los días se
le pasa por el tragaluz pan en la punta de un horcón y carne cuando la pide,
pero ¡ay!, no es de pan y de carne de lo que hace el mayor consumo. Una vez he
tratado de bajar con dos de mis mozos, pero se ha encolerizado de forma
terrible. He oído el ruido de sus pistolas, que cargaba, y de su mosquetón, que
cargaba su criado. Luego, cuando le hemos preguntado cuáles eran sus
intenciones, el amo ha res-pondido que tenía cuarenta disparos para disparar él
y su criado, y que dispararían hasta el último antes de permitir que uno solo
de nosotros pusiera el pie en la bodega. Entonces, señor, yo fui a quejarme al
gobernador, el cual me respondió que no tenía sino lo que me merecía, y que
esto me enseñaría a no insultar a los honorables señores que tomaban albergue
en mi casa.
¿De suerte que desde entonces?... prosiguió D'Artagnan no
pudiendo impedirse reír de la cara lamentable de su hostelero.
De suerte que desde entonces, señor continuó éste , llevamos la
vida más triste que se pueda ver; porque, señor, es preciso que sepáis que
nuestras provisiones están en la bodega; allí está nuestro vino embotellado y
nuestro vino en cubas, la cerveza, el aceite y las especias, el tocino y las
salchichas; y como nos han prohibido bajar, nos hemos visto obligados a negar
comida y bebida a los viajeros que nos llegan, de suerte que todos los días
nuestra hostería se pierde. Una semana más con vuestro amigo en la bodega y
estaremos arrui-nados.
Y sería de justicia, bribón. ¿No se ve en nuestra cara que
éramos gente de calidad y no falsarios, decid?
Sí, señor, sí, tenéis razón dijo el hostelero , pero mirad,
mirad cómo se cobra.
Sin duda lo habrán molestado dijo D'Artagnan.
Pero tenemos que molestarlo exclamó el hostelero ; acaban de
llegarnos dos gentileshombres ingleses.
¿Y?
Pues que los ingleses gustan del buen vino, como vos sabéis,
señor, y han pedido del mejor. Mi mujer habrá solicitado al señor Athos permiso
para entrar y satisfacer a estos señores; y como de costumbre él se habrá
negado. ¡Ay, bondad divina! ¡Ya tenemos otra vez escandalera!
En efecto, D'Artagnan oyó un gran ruido venir del lado de la
bodega; se levantó, precedido por el hostelero, que se retorcía las manos, y
seguido de anchet, que llevaba su mosquetón cargado, se acercó al lugar de la
escena.
Los dos gentileshombres estaban exasperados, habían hecho un
largo viaje y se morían de hambre y de sed.
Pero esto es una tiranía exclamaban ellos en muy buen francés,
aunque con acento extranjero , que ese loco no quiera dejar a estas buenas
gentes usar su vino. Vamos a hundir la puerta y, si está demasiado colérico,
pues lo matamos.
¡Mucho cuidado, señores! dijo D'Artagnan sacando sus pistolas de
su cintura . Si os place, no mataréis a nadie.
Bueno, bueno decía detrás de la puerta la voz tranquila de Athos
, que los dejen entrar un poco a esos traganiños, y ya veremos.
Por muy valientes que parecían ser, los dos gentileshombres se
miraron dudando; se hubiera dicho que había en aquella bodega uno de esos ogros
famélicos, gigantescos héroes de las leyendas populares, cuya caverna nadie
fuerza impunemente.
Hubo un momento de silencio, pero al fin los dos ingleses
sintieron vergüenza de volverse atrás y el más osado de ellos descendió los
cinco o seis peldaños de que estaba formada la escalera y dio a la puerta una
patada como para hundir el muro.
Planchet dijo D'Artagnan cargando sus pistolas , yo me encargo
del que está arriba, encárgate tú del que está abajo. ¡Ah, señores, queréis
batalla! Pues bien, vamos a dárosla.
¡Dios mío! exclamó la voz hueca de Athos . Oigo a D'Artagnan,
según me parece.
En efecto dijo D'Artagnan alzando la voz a su vez , soy yo,
amigo mío.
¡Ah, bueno! Entonces dijo Athos , vamos a trabajar a esos
derribapuertas.
Los gentileshombres habían puesto la espada en la mano, pero se
encontraban cogidos entre dos fuegos; dudaron un instante todavía; pero, como
en la primera ocasión, venció el orgullo y una segunda patada hizo tambalearse
la puerta en toda su altura.
Apártate, D'Artagnan, apártate gritó Athos , apártate, voy a
disparar.
Señores dijo D'Artagnan, a quien la reflexión no abandonaba
nunca , señores, pensadlo. Paciencia, Athos. Os vais a meter en un mal asunto y
vais a ser acribillados. Aquí, mi criado y yo que os soltaremos tres disparos;
y otros tantos os llegarán de la bodega; además, todavía tenemos nuestras
espadas, que mi amigo y yo, os lo aseguro, manejamos pasablemente. Dejadme que
me ocupe de mis asuntos y hs vuestros. Dentro de poco tendréis de beber, os doy
mi palabra.
Si es que queda gruñó la voz burlona de Athos.
El hostelero sintió un sudor frío correr a lo largo de su
espina.
¿Cómo que si queda? murmuró.
¡Qué diablos! Quedara prosguió D'Artagnan , estad tránquilo,
entre dos no se habrán bebido toda la bodega. Señores, devolved vuestras
espadas a sus vainas.
Bien. Y vos volved a poner vuestras pistolas en vuestro cinto.
De buen grado.
Y D'Artagnan dio ejemplo. Luego, volviéndose hacia Planchet, le
hizo señal de desarmar su mosquetón.
Los ingleses, convencidos, devolvieron gruñendo sus espadas a la
vaina. Se les contó la historia del apasionamiento de Athos. Y como eran buenos
gentileshombres, le quitaron la razón al hostelero.
Ahora, señores dijo D'Artagnan , volved a vuestras habitaciones,
y dentro de diez minutos os prometo que os llevarán cuanto podáis desear.
Los ingleses saludaron y salieron.
Ahora estoy solo, mi querido Athos dijo D'Artagnan , abridme la
puerta, por favor.
Ahora mismo dijo Athos.
Entonces se oyó un gran ruido de haces entrechocando y de vigas
gimiendo: eran las contraescarpas y los bastiones de Athos que el sitiado
demolía por sí mismo.
Un instante después, la puerta se tambaleó y se vio aparecer la
cabeza pálida de Athos, quien con una ojeada rápida exploró los alrededores.
D'Artagnan se lanzó a su cuello y lo abrazó con ternura; luego
quiso llevárselo fuera de aquel lugar húmedo; entonces se dio cuenta de que
Athos vacilaba.
¿Estáis herido? le dijo.
¡Yo, nada de eso! Estoy totalmente borracho eso es todo, y jamás
hombre alguno ha tenido tanto como se necesitaba para ello. ¡Vive Dios!
Hostelero, me parece que por lo menos yo solo me he bebido ciento cincuenta
botellas.
¡Misericordia! exclamó el hostelero . Si el criado ha bebido la
mitad sólo del amo, estoy arruinado.
Grimaud es un lacayo de buena casa, que no se habría permitido
lo mismo que yo; él ha bebido de la tuba; vaya, creo que se ha olvidado de
goner la espita. ¿Oís? Está corriendo.
D'Artagnan estalló en una carcajada que cambió el temblor del
hostelero en fiebre ardiente.
Al mismo tiempo Grimaud apareció detrás de su amo, con el
mosquetón al hombro la cabeza temblando como esos sátiros ebrios de los cuadros
de Rubens. Estaba rociado por delante y por detrás de un licor pringoso que el
hostelero reconoció en seguida por su mejor aceite de oliva.
El cortejo atravesó el salón y fue a instalarse en la mejor
habitación del albergue, que D'Artagnan ocupó de manera imperativa.
Mientras tanto, el hostelero y su mujer se precipitaron con
lámparas en la bodega, que les había sido prohibida durante tanto tiempo y
donde un horroroso espectáculo los esperaba.
Más allá de las fortificaciones en las que Athos había hecho
brecha para salir y que componían haces, tablones y toneles vacíos amontonados
según todas las reglas del arte estratégico, se veían aquí y allá, nadando en
mares de aceite y de vino, las osamentas de todos los jamones comidos, mientras
que un montón de botellas rotas tapizaba todo el ángulo izquierdo de la bodega,
y un tonel, cuya espita había quedado abierta, perdía por aquella abertura las
últimas gotas de su sangre. La imagen de la devastación y de la muerte, como
dice el poeta de la antigüedad, reinaba allí como en un campo de batalla.
De las cincuenta salchichas, apenas diez quedaban colgadas de
las vigas.
Entonces los aullidos del hostelero y de la hostelera taladraron
la bóveda de la bodega; hasta el mismo D'Artagnan quedó conmovido. Athos ni
siquiera volvió la cabeza.
Pero al dolor sucedió la rabia. El hostelero se armó de una rama
y, en su desesperación, se lanzó a la habitación donde los dos amigos se habían
retirado.
¡Vino! dijo Athos al ver al hostelero.
¿Vino? exclamó el hostelero estupefacto . ¿Vino? Os habéis
bebido por valor de más de cien pistolas; soy un hombre arruinado, perdido
aniquilado.
¡Bah! dijo Athos . Nosotros seguimos con sed.
Si os hubierais contentado con beber, todavía; pero habéis roto
todas las botellas.
Me habéis empujado sobre un montón que se ha venido abajo.
Vuestra es la culpa.
Todo mi aceite perdido!
Él aceite es un bálsamo soberano para las heridas, y era preciso
que el pobre Grimaud se curase las que vos le habéis hecho.
¡Todos mis salchichones roídos!
Hay muchas ratas en esa bodega.
Vais a pagarme todo eso exclamó el hostelero exasperado.
¡Triple bribón! dijo Athos levantándose. Pero volvió a caer en
seguida; acababa de dar la medida de sus fuerzas. D'Artagnan vino en su ayuda
alzando su fusta.
El hostelero retrocedió un paso y se puso a llorar a mares.
Esto os enseñará dijo D'Artagnan a tratar de una forma más
cortés a los huéspedes que Dios os envía...
¿Dios? ¡Mejor diréis el diablo!
Mi querido amigo dijo D'Artagnan , si seguís dándonos la murga,
vamos a encerrarnos los cuatro en vuestra bodega a ver si el estropicio ha sido
tan grande como decís.
Bueno, señores dijo el hostelero , me he equivocado, lo
confieso, pero todo pecado tiene su misericordia; vosotros sois señores, y yo
soy un pobre alberguista, tened piedad de mí.
Ah, si hablas así dijo Athos , vas a ablandarme el corazón, y
las lágrimas van a correr de mis ojos como el vino corría de tus toneles. No
era tan malo el diablo como lo pintan. Veamos, ven aquí y hablaremos.
El hostelero se acercó con inquietud.
Ven, lo digo, y no tengas miedo continuó Athos . En el momento
que iba a pagarte, puse mi bolsa sobre la mesa.
Sí, monseñor.
Aquella bolsa contenía sesenta pistolas, ¿dónde está?
Depositada en la escribanía, monseñor; habían dicho que era
moneda falsa.
Pues bien, haz que te devuelvan mi bolsa, y quédate con las
sesenta pistolas.
Pero monseñor sabe bien que el escribano no suelta lo que coge.
Si era moneda falsa todavía quedaría la esperanza; pero desgraciadamente son
piezas buenas.
Arréglatelas, mi buen hombre, eso no me afecta, tanto más cuanto
que no me queda una libra.
Veamos dijo D'Artagnan , el viejo caballo de Athos, ¿dónde está?
En la cuadra.
Cuánto vale?
Cincuenta pistolas a lo sumo.
Vale ochenta; quédatelo, y no hay más que hablar.
¡Cómo! ¿Tú vendes mi caballo? dijo Athos . ¿Tú vendes mi
Bayaceto? Y ¿en qué haré la guerra? ¿Encima de Grimaud?
Te he traído otro dijo D'Artagnan.
¿Otro?
¡Y magnífico! exclamó el hostelero.
Entonces, si hay otro más hermoso y más joven, quédate con el
viejo y a beber.
¿De qué? preguntó el hostelero completamente sosegado.
De lo que hay al fondo, junto a las traviesas; todavía quedan
veinticinco botellas; todas las demás se rompieron con mi caída. Sube seis.
¡Este hombre es una cuba! dijo el hostelero para sí mismo . Si
se queda aquí quince días y paga lo que bebe, sacará a flote nuestros asuntos.
Y no olvides continuó D'Artagnan de subir cuatro botellas
semejantes para los dos señores ingleses.
Ahora dijo Athos , mientras esperamos a que nos traigan el vino,
cuéntame, D'Artagnan, qué ha sido de los otros; veamos.
D'Artagnan le contó cómo había encontrado a Porthos en su lecho
con un esguince y a Aramis en su mesa con dos teólogos. Cuando acababa, el
hostelero volvió con las botellas pedidas y un jamón que, afortunadamente para
él, había quedado fuera de la bodega.
Está bien dijo Athos llenando su vaso y el de D'Artagnan por lo
que se refiere a Porthos y Aramis; pero vos, amigo mío, ¿qué habéis hecho y qué
os ha ocurrido a vos? Encuentro que tenéis un aire siniestro.
¡Ay! dijo D'Artagnan . Es que soy el más desgraciado de todos
nosotros.
¡Tú desgraciado, D'Artagnan! dijo Athos . Veamos, ¿cómo eres
desgraciado? Dime eso.
Más tarde dijo D'Artagnan.
¡Más tarde! Y ¿por qué más tarde? ¿Porque crees que estoy
borracho, D'Artagnan? Acuérdate siempre de esto: nunca tengo las ideas más
claras que con el vino. Habla, pues, soy todo oídos.
D'Artagnan contó su aventura con la señora Bonacieux.
Athos escuchó sin pestañear; luego, cuando hubo acabado:
Miserias todo eso dijo Athos , miserias.
Era la expresión de Athos.
¡Siempre decís miserias, mi querido Athos! dijo D'Artagnan . Eso
os sienta muy mal a vos, que nunca habéis amado.
El ojo muerto de Athos se inflamó de pronto, pero no fue más que
un destello; en seguida se volvió apagado y vacío como antes.
Es cierto dijo tranquilamente , nunca he amado.
¿Veis, corazón de piedra dijo D'Artagnan , que os equivocáis
siendo duro con nuestros corazones tiernos?
Corazones tiernos, corazones rotos dijo Athos.
¿Qué decís?
Digo que el amor es una lotería en la que el que gana, gana la
muerte. Sois muy afortunado por haber perdido, creedme, mi querido D'Artagnan.
Y si tengo algún consejo que daros, es perder siempre.
Ella parecía amarme mucho.
Ella parecía.
¡Oh, me amaba!
¡Infantil! No hay un hombre que no haya creído como vos que su
amante lo amaba y no hay ningún hombre que no haya sido engañado por su amante.
Excepto vos, Athos, que nunca la habéis tenido.
Es cierto dijo Athos tras un momento de silencio , yo nunca la
he tenido. ¡Bebamos!
Pero ya que estáis filósofo dijo D'Artagnan , instruidme,
ayudadme; necesito saber y ser consolado.
Consolado ¿de qué?
De mi desgracia.
Vuestra desgracia da risa dijo Athos encogiéndose de hombros ;
me gustaría saber lo que diríais si yo os contase una historia de amor.
¿Sucedida a vos?
O a uno de mis amigos, qué importa.
Hablad, Athos, hablad.
Bebamos, haremos mejor.
Bebed y contad.
Cierto que es posible dijo Athos vaciando y volviendo a llenar
su vaso , las dos cosas van juntas de maravilla.
Escucho dijo D'Artagnan.
Athos se recogió y, a medida que se recogía, D'Artagnan lo veía
palidecer; estaba en ese período de la embriaguez en que los bebedores vulgares
caen y duermen. El, él soñaba en voz alta sin dormir. Aquel sonambulismo de la
bonachera tenía algo de espantoso.
¿Lo queréis? preguntó.
Os lo ruego dijo D'Artagnan.
Sea como deseáis. Uno de mis amigos, uno de mis amigos, oís
bien, no yo dijo Athos interrumpiéndose con una sonrisa sombría ; uno de los
condes de mi provincia, es decir, del Berry, noble como un Dandolo o un
Montmorency, se enamoró a los veinticinco años de una joven de dieciséis, bella
como el amor. A través de la ingenuidad de su edad apuntaba un espíritu
ardiente, un espíritu no de mujer, sino de poeta; ella no gustaba embriagaba;
vivía en una aldea, junto a su hermano, que era cura. Los dos habían llegado a
la región, venían no se sabía de dónde; pero al verla tan hermosa y al ver a su
hermano tan piadoso nadie pensó en preguntarles de dónde venían. Por lo demás
se los suponía de buena extracción. Mi amigo, que era el señor de Ìa región,
hubiera podido seducirla o tomarla por la fuerza, a su gusto, era el amo:
¿quién habría venido en ayuda de dos extraños, de dos desconocidos? Por
desgracia era un hombre honesto, la desposó. ¡El tonto, el necio, el imbécil!
Pero ¿por qué, si la amaba? preguntó D'Artagnan.
Esperad dijo Athos . La llevó a su castillo y la hizo la primera
dama de su provincia; y hay que hacerle justicia, cumplía perfectamente con su
rango.
¿Y? preguntó D'Artagnan.
Y un día que ella estaba de caza con su marido continuó Athos en
voz baja y hablando muy deprisa , ella se cayó del caballo y se desvaneció: el
conde se lanzó en su ayuda, y como se ahogaba en sus vestidos, los hendió con
su puñal y quedó al descubierto el hombro. ¿Adivináis lo que tenía en el
hombro, D'Artagnan? dijo Athos con un gran estallido de risa.
¿Puedo saberlo? preguntó D'Artagnan.
Una for de lis dijo Athos . ¡Estaba marcada!
Y Athos vació de un solo trago el vaso que tenía en la mano.
¡Horror! exclamó D'Artagnan . ¿Qué me decís?
La verdad. Querido, el ángel era un demonio. La pobre joven
había robado.
¿Y qué hizo el conde?
El conde era un gran señor, tenía sobre sus tierras derecho de
horca y cuchillo: acabó de desgarrar los vestidos de la condesa, le ató las
manos a la espalda y la colgó de un árbol.
¡Cielos! ¡Athos! ¡Un asesinato! exclamó D'Artagnan.
Sí, un asesinato, nada más dijo Athos pálido como la muerte .
Pero me parece que me están dejando sin vino.
Y Athos cogió por el gollete la última botella que quedaba, la
acercó a su boca y la vació de un solo trago, como si fuera un vaso normal.
Luego se dejó caer con la cabeza entre sus dos manos; D'Artagnan
permaneció ante él, parado de espanto.
Eso me ha curado de las mujeres hermosas, poéticas y amorosas
dijo Athos levantándose y sin continuar el apólogo del conde . ¡Dios os conceda
otro tanto! ¡Bebamos!
¿Así que ella murió? balbuceó D'Artagnan.
¡Pardiez! dijo Athos . Pero tended vuestro vaso. ¡Jamón, pícaro!
gritó Athos . No podemos beber más.
¿Y su hermano? añadió tímidamente D'Artagnan.
Su hermano? repuso Athos.
Sí, el cura.
!Ah! Me informé para colgarlo también; pero había puesto pies en
polvorosa, había dejado su curato la víspera.
¿Se supo al menos lo que era aquel miserable?
Era sin duda el primer amante y el cómplice de la hermosa, un
digno hombre que había fingido ser cura quizá para casar a su amante y
asegurarse una fortuna. Espero que haya sido descuartizado.
¡Oh, Dios mío, Dios mió! dijo D'Artagnan, completamente aturdido
por aquella horrible aventura.
Comed ese jamón, D'Artagnan, es exquisito dijo Athos cortando
una loncha que puso en el plato del joven . ¡Qué pena que sólo hubiera cuatro
como éste en la bodega!
D'Artagnan no podía seguir soportando aquella conversación, que
lo enloquecía; dejó caer su cabeza entre sus dos manos y fingió dormirse.
Los jóvenes no saben beber dijo Athos mirándolo con piedad . ¡Y
sin embargo éste es de los mejores..!
Capítulo XXVIII
El regreso
D'Artagnan había quedado aturdido por la horrible confesión de
Athos; sin embargo, muchas de las cosas parecían oscuras en aquella
semirrevelación; en primer lugar, había sido hecha por un hombre completamente
ebrio a un hombre que lo estaba a medias, y no obstante, pese a esa ola que
hace subir al cerebro el vaho de dos o tres botellas de borgoña, D'Artagnan, al
despertarse al día siguiente, tenía cada palabra de Athos tan presente en su
espíritu como si a medida que habían caído de su boca se hubieran impreso en su
espíritu. Toda aquella duda no hizo sino darle un deseo más vivo de llegar a
una certidumbre, y pasó a la habitación de su amigo con la intención bien
meditada de reanudar su conversación de la víspera; pero encontró a Athos con
la cabeza completamente sentada, es decir, el más fino y más impenetrable de
los hombres.
Por lo demás, el mosquetero, después de haber cambiado con él un
apretón de manos, se le adelantó con el pensamiento.
Estaba muy borracho ayer, mi querido D'Artagnan dijo ; me he
dado cuenta esta mañana por mi lengua, que estaba todavía muy espesa y por mi
pulso, que aún estaba muy agitado; apuesto a que dije mil extravagancias.
Y al decir estas palabras miró a su amigo con una fijeza que lo
embarazó.
No replicó D'Artagnan , y si no recuerdo mal, no habéis dicho
nada muy extraordinario.
¡Ah, me asombráis! Creía haberos contado una historia de las más
lamentables.
Y miraba al joven como si hubiera querido leer en lo más
profundo de su corazón.
A fe mía dijo D'Artagnan , parece que yo estaba aún más borracho
que vos, puesto que no me acuerdo de nada.
Athos no se fió de esta palabra y prosiguió:
No habréis dejado de notar, mi querido amigo, que cada cual
tiene su clase de borrachera: triste o alegre; yo tengo la borrachera triste, y
cuando alguna vez me emborracho, mi manía es contar todas las historias
lúgubres que la tonta de mi nodriza me metió en el cerebro. Ese es mi defecto,
defecto capital, lo admito; pero, dejando eso a un lado, soy buen bebedor.
Athos decía esto de una forma tan natural que D'Artagnan quedó
confuso en su convicción.
Oh, de algo así me acuerdo, en efecto prosiguió el joven
tratando de volver a coger la verdad , me acuerdo de algo así como que hablamos
de ahorcados, pero como se acuerda uno de un sueño.
¡Ah, lo veis! dijo Athos palideciendo y, sin embargo, tratando
de reír . Estaba seguro, los ahorcados son mi pesadilla.
Sí, sí prosiguió D'Artagnan , y, ya está, la memoria me vuelve:
sí, se trataba..., esperad..., se trataba de una mujer.
¿Lo veis? respondió Athos volviéndose casi lívido . Es mi famosa
historia de la mujer rubia, y cuando la cuento es que estoy borracho perdido.
Sí, eso es dijo D'Artagnan , la historia de la mujer rubia, alta
y hermosa, de ojos azules. ;
Sí, y colgada. 1
Por su marido, que era un señor de vuestro conocimiento continuó
D'Artagnan mirando fíjamente a Athos.
¡Y bien! Ya veis cómo se compromete un hombre cuando no sabe lo
que se dice prosiguió Athos encogiéndose de hombros como si tuviera piedad de
sí mismo . Decididamente, no quiero emborracharme más, D'Artagnan, es una mala
costumbre.
D'Artagnan guardó silencio.
Luego Athos, cambiando de pronto de conversación:
A propósito dijo , os agradezco el caballo que me habéis traído.
¿Es de vuestro gusto? preguntó D'Artagnan.
Sí, pero no es un caballo de aguante.
Os equivocáis; he hecho con él diez leguas en menos de hora y
media, y no parecía más cansado que si hubiera dado una vuelta a la plaza Saint
Sulpice.
Pues me dais un gran disgusto.
¿Un gran disgusto?
Sí, porque me he deshecho de él.
¿Cómo?
Estos son los hechos: esta mañana me he despertado a las seis,
vos dormíais como un tronco, y yo no sabía qué hacer; estaba todavía
completamente atontado de nuestra juerga de ayer; bajé al salón y vi a uno de
nuestros ingleses que ajustaba un caballo con un tratante por haber muerto ayer
el suyo a consecuencia de un vómito de sangre. Me acerqué a él, y como vi que
ofrecía cien pistolas por un alazán tostado: «Por Dios le dije , gentilhombre,
también yo tengo un caballo que vender.» «Y muy bueno incluso dijo él . Lo vi
ayer, el cria-do de vuestro amigo lo llevaba de la mano.» «¿Os parece que vale
cien pistolas?» «Sí.» ¿Y queréis dármelo por ese precio?» «No, pero os lo
juego.» «¿Me lo jugáis?» «Sí.» «¿A qué?» «A los dados.» Y dicho y hecho; y he
perdido el caballo. ¡Ah, pero también continuó Athos- he vuelto a ganar la
montura.
D'Artagnan hizo un gesto bastante disgustado.
¿Os contraría? dijo Athos.
Pues sí, os lo confieso prosiguió D'Artagnan . Ese caballo debía
serviros para hacernos reconocer un día de batalla; era una prenda, un
recuerdo. Athos, habéis cometido un error.
Ay, amigo mío, poneos en mi lugar prosiguió el mosquetero ; me
aburría de muerte, y además, palabra de honor, no me gustan los caballos
ingleses. Veamos, si no se trata más que de ser reconocido por alguien, pues
bien, la silla bastará; es bastante notable. En cuanto al caballo, ya
encontraremos alguna excusa para justificar su desaparición. ¡Qué diablos! Un
caballo es mortal; digamos que el mío ha tenido el muermo.
D'Artagnan no desfruncía el ceño.
Me contraría continuó Athos que tengáis en tanto a esos
animales, porque no he acabado mi historia.
¿Pues qué habéis hecho además?
Después de haber perdido mi caballo (nueve contra diez, ved qué suerte),
me vino la idea de jugar el vuestro.
Sí, pero espero que os hayáis quedado en la idea.
No, la puse en práctica en aquel mismo instante.
¡Vaya! exclamó D'Artagnan inquieto.
Jugué y perdí.
¿Mi caballo?
Vuestro caballo; siete contra ocho, a falta de un punto..., ya
conocéis el proverbio.
Athos no estáis en vuestro sano juicio, ¡os lo juro!
Querido, ayer, cuando os contaba mis tontas historias, era
cuando teníais que decirme eso, y no esta mañana. Los he perdido, pues, con
todos los equipos y todos los arneses posibles.
¡Pero es horrible!
Esperad, no sabéis todo; yo sería un jugador excelente si no me
obstinara; pero me obstino, es como cuando bebo; me encabezoné entonces. . .
Pero ¿qué pudisteis jugar si no os quedaba nada?
Sí quedaba, amigo mío, sí quedaba; nos quedaba ese diamante que
brilla en vuestro dedo, y en el que me fijé ayer.
¡Este diamante! exclamó D'Artagnan llevando con presteza la mano
a su anillo.
Y como entiendo, por haber tenido algunos propios, lo estimé en
mil pistolas.
Espero dijo seriamente D'Artagnan medio muerto de espanto que no
hayáis hecho mención alguna de mi diamante.
Al contrario, querido amigo; comprended, ese diamante era
nuestro único recurso; con él yo podía volver a ganar nuestros arneses y
nuestros caballos, y además dinero para el camino.
¡Athos, me hacéis temblar! exclamó D Artagnan.
Hablé, pues, de vuestro diamante a mi contrincante, que también
había reparado en él. ¡Qué diablos, querido, lleváis en vuestro dedo una
estrella del cielo, y queréis que no le presten atención! ¡Imposible!
¡Acabad, querido, acabad dijo D'Artagnan , porque, por mi honor,
con vuestra sangre fría me hacéis morir!
Dividimos, pues, ese diamante en diez partes de cien pistolas
cada una.
¡Ah! ¿Queréis reíros y probarme? dijo D'Artagnan a quien la
cólera comenzaba a cogerle por los cabellos como Minerva coge a Aquiles en la
Ilíada.
No, no bromeo, por todos los diablos. ¡Me hubiera gustado veros
a vos! Hacía quince días que no había visto un rostro humano y que estaba allí
embruteciéndome empalmando una botella tras otra.
Esa no es razón para jugar un diamante respondió D Artagnan
apretando su mano con una crispacion nerviosa.
Escuchad, pues, el final: diez partes de cien pistolas cada una,
en diez tiradas sin revancha. En trece tiradas perdí todo. ¡En trece tiradas!
El número trece me ha sido siempre fatal, era el trece del mes de julio
cuando...
¡Maldita sea! exclamó D'Artagnan levantándose de la mesa . La
historia del día hace olvidar la de la noche.
Paciencia dijo Athos y tenía un plan. El inglés era un
extravagante, yo lo había visto por la mañana hablar con Grimaud y Grimaud me
había advertido que le había hecho proposiciones para entrar a su servicio. Me
jugué a Grimaud, el silencioso Grimaud dividido en diez porciones.
¡Ah, vaya golpe! dijo D'Artagnan estallando de risa a pesa suyo.
¡El mismo Grimaud! ¿Oís esto? Y con las diez partes de Grimaud
que no vale en total un ducado de plata, recuperé el diamante. Ahora decid si
la persistencia no es una virtud.
¡Y a fe que bien rara! exclamó D'Artagnan consolado y
sosteniéndose los hijares de risa.
Como comprenderéis, sintiéndome en vena, me puse al punto a
jugar el diamante.
¡Ah, diablos! dijo D'Artagnan ensombreciéndose de nuevo.
Volví a ganar vuestros arneses, después vuestro caballo, luego
mis arneses, luego mi caballo, luego lo volví a perder. En resumen, conseguí
vuestro arnés, luego el mío. Ahí estamos. Una tirada soberbia; y ahí me he
quedado.
D'Artagnan respiró como si le hubieran quitado la hostería de
encima del pecho.
En fin, que me queda el diamante dijo tímidamente.
¡Intacto, querido amigo! Además de los arneses de vuestro
bucéfalo y del mío.
Pero ¿qué haremos de nuestros arneses sin caballos?
Tengo una idea sobre ellos.
Athos, me hacéis temblar.
Escuchad, vos no habéis jugado hace mucho tiempo, D'Artagnan.
Y no tengo ganas de jugar.
No juremos. No habéis jugado hace tiempo, decía yo, y por eso
debéis tener buena mano.
¿Y después?
Pues que el inglés y su acompañante están todavía ahí. He
observado que lamentaban mucho los arneses. Vos parecéis tener en mucho vuestro
caballo. En vuestro lugar, yo jugaría vuestros arneses contra vuestro caballo.
Pero él no querrá un solo arnés.
Jugad los dos, pardiez. Yo no soy tan egoísta como vos.
¿Haríais eso? dijo D'Artagnan indeciso, tanto comenzaba a
ganarle la confianza, a su costa, de Ahtos.
Palabra de honor, de una sola tirada.
Pero es que, después de haber perdido los caballos, quisiera
conservar los arneses.
Jugad entonces vuestro diamante.
Oh, esto es otra cosa; nunca, nunca.
¡Diablos! dijo Athos . Yo os propondría jugaros a Planchet; pero
como eso ya está hecho, quizá el inglés no quiera.
Decididamente, mi querido Athos dijo D'Artagnan , prefiero no
arriesgar nada.
¡Es una lástima! dijo fríamente Athos . El inglés está forrado
de pistolas. ¡Ay, Dios mío! Ensayad una tirada, una tirada se juega
¿Y si pierdo?
Ganaréis.
Pero ¿y si pierdo?
Pues entonces le daréis los arneses.
Vaya entonces una tirada dijo D'Artagnan.
Athos se puso a buscar al inglés y lo encontró en la cuadra,
donde examinaba los arneses con ojos ambiciosos. La ocasión era buena. Puso sus
condiciones: los dos arneses contra un caballo o cien pistolas a escoger. El
inglés calculó rápido: los dos arneses valían trescienta: pistolas los dos;
aceptó.
D'Artagnan echó los dados temblando, y sacó un número tres; su
palidez espantó a Athos, que se contentó con decir:
Qué mala tirada, compañero; tendréis caballos con arneses señor.
El inglés, triunfante, no se molestó siquiera en hacer rodar los
da dos, los lanzó sobre la mesa sin mirarlos, tan seguro estaba de su victoria;
D'Artagnan se había vuelto para ocultar su mal humor.
Vaya, vaya, vaya dijo Athos con su voz tranquila, esa tirado de
dados es extraordinaria, no la he visto más que cuatro veces en m vida: dos
ases.
El inglés miró y quedó asombrado; D'Artagnan miró y quedó
encantado.
Sí continuó Athos , solamente cuatro veces: una vez con el señor
de Créquy; otra vez en mi casa, en el campo, en mi castillo de... cuando yo
tenía un castillo; una tercera vez con el señor de Tréville donde nos
sorprendió a todos; y finalmente, una cuarta vez en la taberna, donde me tocó a
mí y donde yo perdí por ella cien luises y una cena.
Entonces el señor recupera su caballo dijo el inglés.
Cierto dijo D'Artagnan
¿Entonces no hay revancha?
Nuestras condiciones estipulaban que nada de revancha, ¿lo re
cordáis?
Es cierto; el caballo va a ser devuelto a vuestro criado, señor
Un momento dijo Athos ; con vuestro permiso, señor, solicito
decir unas palabras a mi amigo.
Decídselas.
Athos llevó a parte a D'Artagnan.
¿Y bien? le dijo D'Artagnan . ¿Qué quieres ahora, tentador?
Quieres que juegue, ¿no es eso?
No, quiero que reflexionéis.
¿En qué?
¿Vais a tomar el caballo, no es así?
Claro.
Os equivocáis, yo tomaría las cien pistolas; vos sabéis que os
habéis jugado los arneses contra el caballo o cien pistolas, a vuestra
elección.
Sí.
Yo tomaría las cien pistolas.
Pero yo, yo me quedo con el caballo.
Os equivocáis, os lo repito. ¿Qué haríamos con un caballo para
nosotros dos? Yo no pienso montar en la grupa, tendríamos la pinta de los dos
hijos de Aymón, que han perdido a sus hermanos; no podéis humillarme cabalgando
a mi lado, cabalgando sobre ese magnífico destrero. Yo, sin dudar un solo
instante, cogería las cien pistolas, necesitamos dinero para volver a Paris.
Yo me quedo con el caballo, Athos.
Pues os equivocáis, amigo mío: un caballo tiene un extraño, un
caballo tropieza y se rompe las patas, un caballo come en un pesebre donde ha
comido un caballo con muermo: eso es un caballo o cien pistolas perdidas; hace
falta que el amo alimente a su caballo, mientras que, por el contrario, cien
pistolas alimentan a su amo.
Pero ¿cómo volveremos?
En los caballos de nuestros lacayos, pardiez. Siempre se verá en
el aire de nuestras figuras que somos gentes de condición.
Vaya figura que vamos a hacer sobre jacas, mientras Aramis y
Porthos caracolean sobre sus caballos.
¡Aramis! ¡Porthos! exclamó Athos, y se echó a reír.
¿Qué? preguntó D'Artagnan, que no comprendía nada la hilar¡dad
de su amigo.
Bien, bien, sigamos dijo Athos.
O sea, que vuestra opinión...
Es coger las cien pistolas, D'Artagnan; con las cien pistolas
vamos a banquetear hasta fin de mes: hemos enjugado fatigas y estará bien que
descansemos un poco.
¡Yo reposar! Oh, no, Athos; tan pronto como esté en Paris me
pongo a buscar a esa pobre mujer.
Y bien, ¿creéis que vuestro caballo os será tan útil para eso
corno buenos luises de oro? Tomad las cien pistolas, amigo mío, tomad las cien
pistolas.
D'Artagnan sólo necesitaba una razón para rendirse. Esta le
pareció excelente. Además, resistiendo tanto tiempo, temía parecer egoísta a
los ojos de Athos; accedió, pues, y eligió las cien pistolas que el inglés le
entregó en el acto.
Luego no se pensó más que en partir. Además, hechas las paces
con el alberguista, el viejo caballo de Athos costó seis pistolas; D'Artagnan y
Athos cogieron los caballos de Planchet y de Grimaud, y los dos criados se
pusieron en camino a pie, llevando las sillas sobre sus cabezas.
Por mal montados que fueran los dos amigos, pronto tomaron la
delantera a sus criados y llegaron a Crèvecoeur. De lejos divisaron a Aramis
melancólicamente apoyado en su ventana, y mirando como mi hermana Anne
levantarse polvaredas en el horizonte.
¡Hola! ¡Eh, Aramis! ¿Qué diablos hacéis ahí? gritaron los dos
amigos.
¡Ah, sois vos, D'Artagnan; sois vos, Athos! dijo el joven .
Pensaba con qué rapidez se van los bienes de este mundo, y mi caballo inglés,
que se aleja y que acaba de aparecer en medio de un torbellino de polvo, era
una imagen viva de la fragilidad de las cosas de la tierra.
La vida misma puede resolverse en tres palabras: Erat, est,
fuit.
¿Y eso qué quiere decir en el fondo? preguntó D'Artagnan, que
comenzaba a sospechar la verdad.
Esto quiere decir que acaba de hacer un negocio de tontos:
sesenta luises por un caballo que, por la manera en que se va, puede hacer al
trote cinco leguas por hora.
D'Artagnan y Athos estallaron en carcajadas.
Mi querido Athos dijo Aramis : no me echéis la culpa, os lo
suplico; la necesidad no tiene ley; además yo soy el primer castigado, puesto
que este infame chalán me ha robado por lo menos cincuenta luises. Vosotros sí
que tenéis buen cuidado; venís sobre los caballos de vuestros lacayos y hacéis
que os lleven vuestros caballos de lujo de la mano, despacio y a pequeñas
jornadas.
En aquel mismo instante, un furgón que desde hacía unos momentos
venía por la ruta de Amiens, se detuvo y se vio salir a Grimaud y a Planchet
con sus sillas sobre la cabeza. El furgón volvía de vacío hacia París y los dos
lacayos se habían comprometido, a cambio de su transporte, a aplacar la sed del
cochero durante el camino.
¿Cómo? dijo Aramis, viendo lo que pasaba . ¿Nada más que las
sillas?
¿Comprendéis ahora? dijo Athos.
Amigos míos, exactamente igual que yo. Yo he conservado el arnés
por instinto. ¡Hola, Bazin! Llevad mi arnés nuevo junto al de esos señores.
¿Y qué habéis hecho de vuestros curas? preguntó D'Artagnan.
Querido, los invité a comer al día siguiente dijo Aramis ; hay
aquí un vino exquisito, dicho sea de paso; los emborraché lo mejor que pude;
entonces el cura me prohibió dejar la casaca y el jesuita me rogó que le haga
recibir de mosquetero.
¡Sin tesis! exclamó D'Artagnan . Sin tesis. Pido la supresión de
la tesis.
Desde entonces continuó Aramis , vivo agradablemente. He
comenzado un poema en versos de una sílaba; es bastante difícil, pero el mérito
en todo está en la dificultad. La materia es galante, os leeré el primer canto,
tiene cuatrocientos versos y dura un minuto.
¡A fe mía, mi querido Aramis! dijo D'Artagnan, que detestaba
casi tanto los versos como el latín . Añadid al mérito de la dificultad el de
la brevedad, y al menos seguro que vuestro poema tiene dos méritos.
Además continuó Aramis , respira pasiones, ya veréis. ¡Ah!,
amigos míos, ¿volveremos a París? Bravo, yo estoy dispuesto; vamos, pues, a
volver a ver a ese bueno de Porthos tanto mejor. ¿Creeríais que echo en falta a
ese gran necio? El no hubiera vendido su caballo, ni siquiera a cambio de un
reino. Quería verlo ya sobre su animal y su silla. Estoy seguro de que tendrá
pinta de Gran Mogol.
Se hizo un alto de una hora para dar respiro a los caballos;
Aramis saldó sus cuentas, colocó a Bazin en el furgón con sus camaradas y se
pusieron en ruta para ir en busca de Porthos.
Lo encontraron de pie, menos pálido de lo que lo había visto
D'Artagnan durante su primera visita, y sentado a una mesa en la que, aunque
estuviese solo, había comida para cuatro personas; aquella comida se componía
de viandas galanamente aderezadas, de vinos escogidos y de frutos soberbios.
¡Ah, pardiez! dijo levantándose . Llegáis a punto, señores,
estaba precisamente en la sopa y vais a comer conmigo.
¡Oh, oh! dijo D'Artagnan . No es Mosquetón quien ha cogido a
lazo tales botellas; además, aquí hay un fricandó mechado y un filete de
buey...
Me voy recuperando dijo Porthos , me voy recuperando; nada
debilita tanto como esos malditos esguinces. ¿Habéis tenido vos esguinces,
Athos?
Jamás; sólo recuerdo que en nuestra escaramuza de la calle de
Férou recibí una estocada que al cabo de quince o dieciocho días me produjo
exactamente el mismo efecto.
Pero esta comida no era sólo para vos, mi querido Porthos dijo
Aramis.
No dijo Porthos ; esperaba a algunos gentileshombres de la
vecindad que acaban de comunicarme que no vendrán; vos los reemplazaréis, y yo
no perderé en el cambio. ¡Hola, Mosquetón! ¡Sillas, y que se doblen las
botellas!
¿Sabéis lo que estamos comiendo? dijo Athos al cabo de diez
minutos.
Pardiez respondió D'Artagnan ; yo como carne de buey mechada con
cardos y con tuétanos.
Y yo chuletas de cordero dijo Porthos.
Y yo una pechuga de ave dijo Aramis.
Todos os equivocáis, señores respondió Athos ; coméis caballo.
¡Vamos! dijo D'Artagnan.
¿Caballo? preguntó Aramis con una mueca de disgusto.
Sólo Porthos no respondió.
Sí, caballo, ¿no es cierto, Porthos, que comemos caballo? Quizá
incluso con arreos y todo.
No, señores; he guardado el arnés dijo Porthos.
A fe que todos somos iguales dijo Aramis ; se diría que
estábamos de acuerdo.
¡Qué queréis! dijo Porthos . Este caballo causaba vergüenza a
mis visitantes y no he querido humillarlos.
Y en cuanto a vuestra duquesa, sigue en las aguas, ¿no es
cierto? prosiguió D'Artagnan.
Allí sigue respondió Porthos . Palabra que el gobernador de la
provincia, uno de los gentileshombres que esperaba a cenar hoy, parecía
desearlo tanto que se lo he dado.
¡Dado! exclamó D'Artagnan.
¡Oh, Dios mío! ¡Sí, dado! Esa es la palabra dijo Porthos ;
porque ciertamente valía ciento cincuenta luises, y el ladrón no ha querido
pagármelo más que en ochenta.
¿Sin la silla? dijo Aramis.
Sí, sin la silla.
Observaréis, señores dijo Athos , que, pese a todo, Porthos ha
sido el que mejor negocio ha hecho de todos nosotros.
Se produjo entonces un hurra de risas que dejaron al pobre
Porthos completamente atónito; pero pronto se le explicó la razón de aquella
hilaridad, que él compartió ruidosamente, según su costumbre.
¿De modo que todos tenemos dinero? dijo D'Artagnan.
No por lo que mí toca dijo Athos ; me ha parecido tan bueno el
vino español de Aramis que he hecho cargar sesenta botellas en el furgón de los
lacayos; eso me ha dejado sin nada.
En cuanto a mí dijo Aramis , imaginaos que di hasta mi último
céntimo a la iglesia de Montdidier y a los jesuitas de Amiens, he tenido que
hacerme cargo de los compromisos que había contraído, misas encargadas por mí y
para vos, señores; que se dirán, señores, y que no dudo que nos han de servir
de maravilla.
Y yo dijo Porthos , ¿creéis que mi esguince no me ha costado
nada? Sin contar la herida de Mosquetón, por la que he tenido que hacer venir
al cirujano dos veces al día, el cual me ha hecho pagar doble sus visitas, so
pretexto de que ese imbécil de Mosquetón había ido a recibir una bala en un
lugar que no se enseña generalmente más que a los boticarios; por eso le he
recomendado encarecidamente no volver a dejarse herir ahí.
Vamos, vamos dijo Athos, cambiando una sonrisa con D'Artagnan y
Aramis , veo que os habéis comportado a lo grande con vuestro pobre mozo; es
propio de un buen amo.
En resumen continuó Porthos : pagados mis gastos, me quedará una
treintena de escudos.
Y a mí una decena de pistolas dijo Aramis.
Vamos dijo Athos , parece que nosotros somos los Cresos de la
sociedad. De vuestras cien pistolas, ¿cuánto os queda, D'Artagnan?
¿De mis cien pistolas? En primer lugar, os he dado cincuenta.
¿Eso creéis?
¡Pardiez!
Ah, es cierto, ahora me acuerdo.
Luego he pagado seis al hostelero.
¡Qué animal de hostelero! ¿Por qué le habéis dado seis pistolas?
Es lo que vos me dijisteis que le diese.
Es cierto que soy demasiado bueno. En resumen, ¿qué queda?
Veinticinco pistolas dijo D'Artagnan.
Y yo dijo Athos, sacando algo de calderilla de su bolsillo ,
yo...
Vos, nada.
A fe que es tan poco que no merece la pena juntarlo en el
montón.
Ahora calculemos cuánto poseemos en total. ¿Porthos?
Treinta escudos.
¿Aramis?
Diez pistolas.
¿Y vos, D'Artagnan?
Veinticinco.
Eso hace un total... dijo Athos.
Cuatrocientas setenta y cinco libras dijo D'Artagnan, que
contaba como Arquímedes.
Llegados a Paris, tendremos todavía cuatrocientas dijo Porthos ,
además de los arneses.
Pero ¿nuestros caballos de escuadrón? dijo Aramis.
Bueno, los cuatro caballos de los lacayos nos servirán como dos
de amo, que echaremos a suertes; con las cuatrocientas libras se hará una mitad
para uno de los desmontados, luego dejaremos las migajas de nuestros bolsillos
a D'Artagnan, que tiene buena mano y que irá a jugarlas al primer garito.
Cenemos entonces dijo Porthos ; esto se enfría.
Los cuatro amigos, más tranquilos desde entonces por su futuro,
hicieron honor a la comida, cuyas sobras fueron abandonadas a los señores
Mosquetón, Bazin, Planchet y Grimaud.
Al llegar a París, D'Artagnan encontró una carta del señor de
Tréville, quien le prevenía de que, a petición suya, el rey acababa de
concederle el favor de ingresar en los mosqueteros.
Como esto era todo lo que D'Artagnan ambicionaba en el mundo,
aparte por supuesto, de volver a encontrar a la señora Bonacieux, corrió todo
contento en busca de sus camaradas, a los que acababa de dejar hacía media
hora, y a los que encontró muy tristes y muy preocupados. Estaban reunidos
todos en consejo en casa de Athos, cosa que indicaba siempre circunstancias de
cierta gravedad.
El señor de Tréville acababa de hacerles avisar que la intención
muy meditada de Su Majestad era iniciar la campaña el primero de mayo, y tenían
que preparar de inmediato los equipos.
Los cuatro filósofos se miraron todo pasmados: el señor de
Tréville no bromeaba en materia de disciplina.
¿Y en cuánto estimáis esos esquipos? dijo D'Artagnan.
¡Oh! No hay más que decirlo prosiguió Aramis , acabamos de hacer
nuestras cuentas con una cicatería de espartanos y necesitamos cada uno de
nosotros mil quinientas libras.
Cuatro por quinientas son dos mil; o sea, en total seis mil
libras dijo Athos.
Yo creo dijo D'Artagnan que bastará con mil libras cada uno;
cierto que no hablo como espartano, sino como procurador...
Esta palabra de procurador despertó a Porthos.
¡Vaya, tengo una idea! dijo.
Algo es algo; yo no tengo siquiera ni la sombra de una dijo
fríamente Athos ; en cuanto a D'Artagnan, señores, la felicidad de ser en
adelante uno de nosotros le ha vuelto loco. ¡Mil libras! Declaro que para mí
sólo necesito dos mil.
Cuatro or dos son ocho dijo entonces Aramis ; por tanto, son
ocho mil liras las que necesitamos para nuestros equipos, equipos de los que,
es cierto, tenemos ya las sillas.
Además dijo Athos, esperando a que D'Artagnan, que iba a dar las
gracias al señor de Tréville, hubiese cerrado la puerta ; además de ese hermoso
diamante que brilla en el dedo de nuestro amigo. ¡Qué diablo! D'Artagnan es
demasiado buen camarada para dejar a sus hermanos en el apuro cuando lleva en
su dedo corazon el rescate de un rey.
Capítulo XXIX
La caza del equipo
El más preocupado de los cuatro amigos era, por supuesto,
D'Artagnan, aunque D'Artagnan, en su calidad de guardia, fuera más fácil de
equipar que los señores mosqueteros, que eran señores; pero nuestro cadete de
Gascuña era, como se habrá podido ver, de un carácter previsor y casi avaro,
aunque también fantasioso hasta el punto (explicad los contrarios) de poderse
comparar con Porthos. A aquella preocupación de su vanidad D'Artagnan unía en
aquel momento una inquietud menos egoísta. Pese a algunas informaciones que
había podido recibir sobre la señora Bonacieux, no le había llegado ninguna
noticia. El señor de Tréville había hablado de ello a la reina: la reina
ignoraba dónde estaba la joven mercera y habría prometido hacerla buscar. Pero
esta promesa era muy vaga y apenas tranquilizadora para D'Artagnan.
Athos no salía de su habitación: había decidido no arriesgar una
zancada para equiparse.
Nos quedan quince días les decía a sus amigos ; pues bien, si al
cabo de quince días no he encontrado nada mejor, si nada ha venido a
encontrarme, como soy buen católico para romperme la cabeza de un disparo,
buscaré una buena pelea a cuatro guardias de su Eminencia o a ocho ingleses y
me batiré hasta que haya uno que me mate, lo cual, con esa cantidad, no puede
dejar de ocurrir. Se dirá entonces que he muerto por el rey, de modo que habré
cumplido con mi deber sin tener necesidad de equiparme.
Porthos seguía paseándose con las manos a la espalda, moviendo
la cabeza de arriba abajo y diciendo:
Sigo en mi idea.
Aramis, inquieto y despeinado, no decía nada.
Por estos detalles desastrosos puede verse que la desolación
reinaba en la comunidad.
Los lacayos, por su parte, como los corceles de Hipólito,
compartían la triste pena de sus amos. Mosquetón hacía provisiones de mendrugos
de pan; Bazin, que siempre se había dado a la devoción, no dejaba las iglesias;
Planchet miraba volar las moscas, y Grimaud, al que la penuria general no podía
decidir a romper el silencio impuesto por su amo, lanzaba suspiros como para
enternecer a las piedras.
Los tres amigos, porque, como hemos dicho, Athos había jurado no
dar un paso para equiparse, los tres amigos salían, pues, al alba y volvían muy
tarde. Erraban por las calles mirando al suelo para saber si las personas que
habían pasado antes que ellos no habían dejado alguna bolsa. Se hubiera dicho
que seguían pistas, tan atentos estaban por donde quiera que iban. Cuando se
encontraban, teman miradas desoladas que querían decir: ¿Has encontrado algo?
Sin embargo como Porthos había sido el primero en dar con su
idea y como había persistido en ella, fue el primero en actuar. Era un hombre
de acción aquel digno Porthos. D'Artagnan lo vio un día encantinarse hacia la
iglesia de Saint Leu, y lo siguió instintivamente: entró en el lugar santo
después de haberse atusado el mostacho y estirado su perilla, lo cual anunciaba
de su parte las intenciones más conquistadoras. Como D'Artagnan tomaba algunas
precauciones para esconderse, Porthos creyó no haber sido visto. D'Artagnan
entró tras él; Porthos fue a situarse al lado de un pilar; D'Artagnan, siempre
sin ser visto, se apoyó en otro.
Precisamente había sermón, lo cual hacía que la iglesia
estuviera abarrotada. Porthos aprovechó la circunstancia para echar una ojeada
a las mujeres; gracias a los buenos cuidados de Mosquetón, el, exterior estaba
lejos de anunciar las penurias del interior: su sombrero estaba ciertamente
algo pelado, su pluma descolorida, sus brocados algo deslustrados, sus
puntillas bastante raídas, pero a media luz todas estas bagatelas desaparecían
y Porthos seguía siendo el bello Porthos.
D'Artagnan observó en el banco más cercano al pilar donde
Porthos y él estaban adosados una especie de beldad madura, algo amarillenta,
algo seca, pero tiesa y altiva bajo sus cofias negras. Los ojos de Porthos se
dirigían furtivamente hacia aquella dama, luego mariposeaban a lo lejos por la
nave.
Por su parte, la dama, que de vez en cuando se ruborizaba,
lanzaba con la rapidez del rayo una mirada sobre el voluble Porthos, y al punto
los ojos de Porthos se ponían a mariposear con furor. Era claro que se trataba
de un manejo que hería vivamente a la dama de las cofias negras, porque se
mordía los labios hasta hacerse sangre, se arañaba la punta de la nariz y se
agitaba desesperadamente en su asiento.
Al verlo, Porthos se atusó de nuevo su mostacho, estiró una
segunda vez su perilla y se puso a hacer señales a una bella dama que estaba
junto al coro, y que no solamente era una bella dama, sino que sin duda se
trataba de una gran dama, porque tenía tras ella un negrito que había llevado
el cojín sobre el que estaba arrodillada, y una doncella que sostenía el bolso
bordado con escudo de armas en que se guardaba el libro con que seguía la misa.
La dama de las cofias negras siguió a través de sus vueltas la
mirada de Porthos, y comprobó que se detenía sobre la dama del cojín de
terciopelo, del negrito y de la doncella.
Mientras tanto, Porthos jugaba fuerte: guiños de ojos, dedos
puestos sobre los labios, sonrisitas asesinas que realmente asesinaban a la
hermosa desdeñada.
Por eso, en forma de mea culpa y golpeándose el pecho, ella
lanzó un ¡hum! tan vigoroso que todo el mundo, incluso la dama del cojín rojo,
se volvió hacia su lado; Porthos permaneció impasible, aunque había comprendido
bien, pero se hizo el sordo.
La dama del cojín rojo causó gran efecto, porque era muy bella,
en la dama de las cofias negras, que vio en ella una rival realmente peligrosa:
un gran efecto sobre Porthos, que la encontró más hermosa que la dama de las
cofias negras; un gran efecto sobre D'Artagnan, que reconoció a la dama de
Meung, de Calais y de Douvres, a la que su perseguidor, el hombre de la
cicatriz, había saludado con el nombre de milady.
D'Artagnan, sin perder de vista a la dama del cojín rojo,
continuó siguiendo los manejos de Porthos, que le divertían mucho; creyó
adivinar que la dama de las cofias negras era la procuradora de la calle Aux
Ours, tanto más cuanto que la iglesia de Saint Leu no estaba muy alejada de la
citada calle.
Adivinó entonces por inducción que Porthos trataba de tomarse la
revancha por la derrota de Chantilly, cuando la procuradora se había mostrado
tan recalcitrante respecto a la bolsa.
Pero en medio de todo aquello, D'Artagnan notó también que su
rostro no correspondía a las galanterías de Porthos. Aquello no eran más que
quimeras ilusiones; pero para un amor real, para unos celos verdaderos, ¿hay
otra realidad que las ilusiones y las quimeras?
El sermón acabó; la procuradora avanzó hacia la pila de agua
bendita; Porthos se adelantó y, en lugar de un dedo, metió toda la mano. La
procuradora sonrió, creyendo que era para ella, por lo que Porthos hacía aquel
extraordinario, pero pronto y cruelmente fue desengañada: cuando sólo estaba a
tres pasos de él, éste volvió la cabeza, fijando de modo invariable los ojos
sobre la dama del cojín rojo, que se había levantado y que se acercaba seguida
de su negrito y de su doncella.
Cuando la dama del cojín rojo estuvo junto a Porthos, Porthos
sacó su mano toda chorreante de la pila; la bella devota tocó con su mano
afilada la gruesa mano de Porthos, hizo, sonriendo, la señal de la cruz y selió
de la iglesia.
Aquello fue demasiado para la procuradora; no dudó de que
aquella dama y Porthos estaban requebrándose. Si hubiera sido una gran dama, se
habría desmayado; pero como no era más que una procuradora, se contentó con
decir al mosquetero con un furor concentrado:
¡Eh, señor Porthos! ¿No me vais a ofrecer a mí agua bendita?
Al oír aquella voz, Porthos se sobresaltó como lo haría un
hombre que se despierta tras un sueño de cien años.
Se..., señora exclamó él . ¿Sois vos? ¿Cómo va vuestro marido,
mi querido señor Coquenard? ¿Sigue tan pícaro como siempre? ¿Dónde tenía yo los
ojos, que no os he visto siquiera en las dos horas que ha durado ese sermón?
Estaba a dos pasos de vos, señor respondió la procuradora , y no
me habéis visto porque no teníais ojos más que para la hermosa dama a quien
acabáis de dar agua bendita.
Porthos fingió estar apurado.
¡Ah! dijo . Habéis notado...
Hay que estar ciego para no verlo.
Sí dijo displicentemente Porthos ; es una duquesa amiga mía con
la que tengo muchos problemas para encontrarme por los celos de su marido, y
que me había avisado que vendría hoy, sólo para verme, a esta pore iglesia, en
este barrio perdido.
Señor Porthos dijo la procuradora ¿tendríais la bondad de
ofrecerme el brazo durante cinco minutos? Hablaría de buena gana con vos.
Por supuesto, señora dijo Porthos, guiñándose un ojo a sí mismo
como un jugador que ríe de la víctima que va a hacer.
En aquel momento, D'Artagnan pasaba persiguiendo a milady; lanzó
una ojeada hacia Porthos y vio aquella mirada triunfante.
¡Vaya, vaya! se dijo a sí mismo, razonando sobre el sentido de
la moral extrañamente fácil de aquella época galante . Ahí hay uno que
fácilmente podrá equiparse en el plazo previsto.
Porthos, cediendo a la presión del brazo de su procuradora como
una barca cede al gobernalle, llegó al claustro de Saint Magloire, pasaje poco
frecuentado, encerrado por molinetes en sus dos extremos. No se veía, por el
día, más que mendigos comiendo o niños jugando.
¡Ah, señor Porthos! exclamó la procuradora cuando se hubo
tranquilizado de que nadie extraño a la población habitual de la localidad
podía verlos ni oírlos . Vaya, señor Porthos, estáis hecho un conquistador,
según parece.
¿Yo, señora? dijo Porthos engallándose . ¿Y eso por qué?
¿Y las señas de hace un momento, y el agua bendita? Pero por lo
menos es una princesa esa dama, con su negrito y su doncella.
Os equivocáis. Dios mío, no respondió Porthos , es simplemente
una duquesa.
¿Y ese recadero que la esperaba en la puerta, y esa carroza con
un cochero de lujosa librea que esperaba en su pescante?
Porthos no había visto ni el recadero ni la canoza; pero con su
mirada de mujer celosa, la señora Coquenard lo había visto todo.
Porthos lamentó no haber hecho a la dama del cojín rojo princesa
a la primera.
¡Ah, sois un muchacho amado por las hermosas, señor Porthos!
prosiguió suspirando la procuradora.
Pero respondió Porthos comprenderéis que con un físico como el
que la naturaleza me ha dotado, no dejo de tener aventuras.
¡Dios mío! ¡Qué pronto olvidan los hombres! exclamó la
procuradora alzando los ojos al cielo.
Menos pronto que las mujeres respondió Porthos ; porque, en fin,
señora, yo puedo decir que he sido víctima, cuando herido, moribundo, me he
visto abandonado a los cirujanos; yo, el vástago de una familia ilustre, que me
habíia fiado de vuestra amistad, he estado a punto de morir de mis heridas,
primero; y de hambre después, en un mal albergue de Chantilly, y eso sin que
vos os hayáis dignado responder una sola vez a las ardientes cartas que os he
escrito.
Pero, señor Porthos... murmuró la procuradora, que se daba
cuenta de que, a juzgar por la conducta de las mayores damas de su tiempo,
había cometido un error.
Yo, que había sacrificado por vos a la condesa de Peñaflor...
Lo sé.
A la baronesa de...
Señor Porthos, no me abruméis.
A la duquesa de...
Señor Porthos, sed generoso.
Tenéis razón, señora; además, no acabaría.
Pero es que mi marido no quiere oír hablar de prestar.
Señora Coquenard dijo Porthos , acordaos de la primera carta que
me escribisteis y que conservo grabada en mi memoria.
La procuradora lanzó un gemido.
Pero es que, además dijo ella , la suma que pedíais prestada era
algo fuerte.
Señora Coquenard, os daba preferencia. No he tenido más que
escribir a la duquesa de... No quiero decir su nombre, porque no sé lo que es
comprometer a una mujer; pero lo que sí sé es que yo no he tenido más que
escribirle para que me enviase mil quinientos.
La procuradora derramó una lágrima.
Señor Porthos dijo , os juro que me habéis castigado de sobra y
que si en el futuro os encontráis en semejante paso, no tendréis más que
dirigiros a mí.
Dejémoslo, señora dijo Porthos, como sublevado ; no hablemos de
dinero, por favor, es humillante.
¡Así que no me amáis ya! dijo lenta y tristemente la
procuradora.
Porthos guardó un silencio majestuoso.
¿Así es como me respondéis? ¡Ay, comprendo!
Pensad en la ofensa que me habéis hecho, señora; se me ha
quedado aquí dijo Porthos, poniendo la mano en su corazón y apretando con
fuerza.
¡Yo la repararé, mi querido Porthos!
Además, ¿qué os pedía? prosiguió Porthos con un movimiento de
hombros lleno de sencillez . Un préstamo, nada más. Después de todo, no soy un
hombre poco razonable. Sé que no sois rica, señora Coquenard, que vuestro
marido está obligado a sangrar a los pobres litigantes para sacar unos pobres
escudos. Si fueseis condesa, marquesa o duquesa, sería distinto, y en tal caso
no podría perdonaros.
La procuradora se picó.
Sabed, señor Porthos dijo ella , que mi caja fuerte, por muy
caja fuerte de procuradora que sea, está quizá mejor provista que la de todas
vuestras remilgadas anruinadas.
Doble ofensa la que me hacéis entonces dijo Porthos soltando el
brazo de la procuradora de debajo del suyo ; porque si vos sois rica, señora
Coquenard, entonces no hay excusa que valga en vuestra negativa.
Cuando digo rica prosiguió la procuradora, que vio que se había
dejado arrastrar demasiado lejos , no hay que tomar la palabra al pie de la
letra. No soy lo que se dice rica, pero vivo holgada.
Mirad, señora dijo Porthos , no hablemos más de todo eso, os lo
suplico. Me habéis despreciado; entre nosotros la simpatía se apagó.
¡Qué ingrato sois!
¡Ah, encima podéis quejaros! dijo Porthos.
¡Idos, pues, con vuestra bella duquesa! Yo no os retengo.
¡Vaya, por lo menos no está tan seca como creo!
Veamos, señor Porthos, una vez más, la última: ¿Aún me amáis?
¡Ah, señora! dijo Porthos con el tono más melancólico que pudo
adoptar . Justo cuando vamos a entrar en campaña, en una campaña en que mis
presentimientos me dicen que sere muerto...
¡Oh, no digáis esas cosas! exclamó la procuradora estallando en
sollozos.
Algo me lo dice continuó Porthos, poniéndose más y más
melancólico.
Decid mejor que tenéis un nuevo amor.
No, os hablo sinceramente. Ningún nuevo amor me conmueve, e
incluso siento aquí, en el fondo de mi corazón, algo que habla por vos. Pero
dentro de quince días, como sabéis o como quizá no sepáis, esa fatal campaña
empieza: voy a estar muy preocupado por mi equipo. Luego voy a hacer un viaje
para ver a mi familia, en el fondo de Bretaña, para conseguir la suma necesaria
para mi partida.
Porthos notó un último combate entre el amor y la avaricia.
Y como continuó la duquesa que acabáis de ver en la iglesia
tiene sus tierras junto a las mías, haremos el viaje juntos. Los viajes, como
sabéis, parecen mucho menos largos cuando se hacen acompañado.
¿No tenéis ningún amigo en Paris, señor Porthos? dijo la
procuradora.
Creía tenerlo dijo Porthos adoptando su aire melancólico , pero
he visto claramente que me equivocaba.
Lo tenéis, señor Porthos, lo tenéis prosiguió la procuradora en
un transporte que le sorprendió a ella misma ; venid mañana a casa. Vos sois
hijo de mi tía, por tanto mi primo; venís de Noyon, en Picardía; tenéis varios
procesos en Paris y estáis sin procurador. ¿Habéis retenido todo esto?
Perfectamente, señora.
Venid a la hora de la comida.
Muy bien.
Y manteneos firme ante mi marido, que es marrullero pese a sus
setenta y seis años.
¡Setenta y seis años! ¡Diablo! ¡Hermosa edad! repuso Porthos. La
edad madura, querréis decir, señor Porthos. Por eso el pobre hombre puede
dejarme viuda de un momento a otro continuó la procuradora lanzando una mirada
significativa a Porthos . Afortunadamente, por contrato de matrimonio, nos
hemos pasado todo al último que viva.
¿Todo? dijo Porthos.
Todo.
Ya veo que sois una mujer precavida, mi querida señora Coquenard
dijo Porthos apretando tiernamente la mano de la procuradora.
¿Estamos, pues, reconciliados, querido señor Porthos? dijo ella
haciendo melindres.
=Para toda la vida replicó Porthos con el mismo aire.
Hasta la vista entonces, traidor mío.
Hasta la vista, olvidadiza mía.
¡Hasta mañana, angel mío!
¡Hasta mañana, llama de mi vida!
Capítulo XXX
Milady
D'Artagnan había seguido a Milady sin ser notado por ella; la
vio subir a su carroza y la oyó dar a su cochero la orden de ir a
Saint-Germain.
Era inútil tratar de seguir a pie un coche llevado al trote por
dos vigorosos caballos. D'Artagnan volvió, por tanto, a la calle Férou.
En la calle de Seine encontró a Planchet que se hallaba parado
ante la tienda de un pastelero y que parecía extasiado ante un brioche de la
forma más apetecible.
Le dio orden de ir a ensillar dos caballos a las cuadras del
señor de Tréville, uno para él, D'Artagnan, y otro para Planchet, y venir a
reunírsele a casa de Athos, porque el señor de Tréville había puesto sus
cuadras de una vez por todas al servicio de D'Artagnan.
Planchet se encaminó hacia la calle del Colombier y D'Artagnan
hacia la calle Férou. Athos estaba en su casa vaciando tristemente una de las
botellas de aquel famoso vino español que había traído de su viaje a Picardía.
Hizo señas a Grimaud de traer un vaso para d'Artagnan y Grimaud obedeció como
de costumbre.
D'Artagnan contó entonces a Athos todo cuanto había pasado en la
iglesia entre Porthos y la procuradora, y cómo para aquella hora su compañero
estaba probablemente en camino de equiparse.
Pues yo estoy muy tranquilo respondió Athos a todo este relato ;
no serán las mujeres las que hagan los gastos de mi arnés.
Y, sin embargo, hermoso, cortés, gran señor como sois, mi
querido Athos, no habría ni princesa ni reina a salvo de vuestros dardos
amorosos.
¡Qué joven es este D'Artagnan! dijo Athos, encogiéndose de
hombros.
E hizo señas a Grimaud para que trajera una segunda botella.
En aquel momento Planchet pasó humildemente la cabeza por la
puerta entreabierta y anunció a su señor que los dos caballos estaban allí.
¿Qué caballos? preguntó Athos.
Dos que el señor de Tréville me presta para el paseo y con los
que voy a dar una vuelta por Saint Germain.
¿Y qué vais a hacer a Saint Germain? preguntó aún Athos.
Entonces D'Artagnan le contó el encuentro que había tenido en la
iglesia, y cómo había vuelto a encontrar a aquella mujer que, con el señor de
la capa negra y la cicatriz junto a la sien, era su eterna preocupación.
Es decir, que estáis enamorado de ella, como lo estáis de la
señora Bonacieux dijo Athos encogiéndose desdeñosamente de hombros como si se
compadeciese de la debilidad humana.
¿Yo? ¡Nada de eso! exclamó D'Artagnan . Sólo tengo curiosidad
por aclarar el misterio con el que está relacionada. No sé por qué, pero me
imagino que esa mujer, por más desconocida que me sea y por más desconocido que
yo sea para ella, tiene una influencia en mi vida.
De hecho, tenéis razón dijo Athos . No conozco una mujer que
merezca la pena que se la busque cuando está perdida. La señora Bonacieux está
perdida, ¡tanto peor para ella! ¡Que ella misma se encuentre!
No, Athos, no, os engañáis dijo D'Artagnan ; amo a mi pobre
Costance más que nunca, y si supiese el lugar en que está, aunque fuera en el
fin del rrìundo, partiría para sacarla de las manos de sus verdugos; pero lo
ignoro, todas mis búsquedas han sido inútiles. ¿Qué queréis? Hay que
distraerse.
Distraeos, pues, con Milady, mi querido D'Artagnan; lo deseo de
todo corazón, si es que eso puede divertiros.
Escuchad, Athos dijo D'Artagnan ; en lugar de estaros encerrado
aquí como si estuvierais en la cárcel, montad a caballo y venid conmigo a
pasearos por Saint Germain.
Querido replicó Athos , monto mis caballos cuando los tengo; si
no, voy a pie.
Pues bién yo respondió D'Artagnan sonriendo ante la misantropía
de Athos, que en otro le hubiera ciertamente herido , yo soy menos orgulloso
que vos, yo monto lo que encuentro. Por eso, hasta luego, mi querido Athos.
Hasta luego dijo el mosquetero haciendo a Grimaud seña de
descorchar la botella que acababa de traer.
D'Artagnan y Planchet montaron y tomaron el camino de
Saint-Germain.
A lo largo del camino, lo que Athos había dicho al joven de la
señora Bonacieux le venía a la mente. Aunque D'Artagnan no fuera de carácter
muy sentimental, la linda mercera había causado una impresión real en su
corazón; como decía, estaba dispuesto a ir al fin del mundo para buscarla. Pero
el mundo tiene muchos fines por eso de que es redondo; de suerte que no sabía
hacia qué lado volverse.
Mientras tanto, iba a tratar de saber lo que Milady era. Milady
había hablado con el hombre de la capa negra, luego lo conocía. Ahora bien, en
la mente de D'Artagnan era el hombre de la capa negra el que había raptado a la
señora Bonacieux la segunda vez, como la había raptado la primera. D'Artagnan,
pues, sólo mentía a medias, lo cual es mentir bien poco, cuando decía que
dedicándose a la busca de Milady se ponía al mismo tiempo a la busca de
Costance.
Mientras pensaba así y mientras daba de vez en cuando un golpe
de espuela a su caballo, D'Artagnan había recorrido el camino y llegado a Saint
Germain. Acababa de bordear el pabellón en que diez años más tarde debía nacer
Luis XIV. Atravesaba una calle muy desierta, mirando a izquierda y dlyrecha por
si reconocía algún vestigio de su bella inglesa, cuando en la planta baja de
una bonita casa que según la costumbre de la época no tenía ninguna ventana que
diese a la calle, vio aparecer una figura conocida. Esta figura paseaba por una
es-pecie de terraza adornada de flores. Planchet fue el primero en reconocerla.
¡Eh, señor! dijo dirigiéndose a D'Artagnan . ¿No os acordáis de
esa cara de papamoscas?
No dijo D'Artagnan ; y, sin embargo, estoy seguro de que no es
la primera vez que veo esa cara.
Ya lo creo, rediez dijo Planchet : es el pobre Lubin, el lacayo
del conde Wardes, al que tan bien dejasteis apañado hace un mes, en Calais en
el camino hacia la casa de campo del gobernador.
¡Ah, claro dijo D'Artagnan , y ahora lo reconozco! ¿Crees que él
te reconocerá a ti?
A fe, señor, que estaba tan confuso que dudo que haya guardado
de mí un recuerdo muy claro.
Pues bien, vete entonces a hablar con ese muchacho dijo
D'Artagnan a infórmate en la conversación si su amo ha muerto.
Planchet se bajó del caballo, se dirigió directamente a Lubin
que, en efecto, no lo reconoció, y los dos lacayos se pusieron a hablar con el
mejor entendimiento del mundo, mientras D'Artagnan empujaba los dos caballos a
una calleja y dando la vuelta a una casa volvía para asistir a la conferencia
tras un seto de avellanos.
Al cabo de un instante de observación detrás del seto oyó el
ruido de un coche y vio detenerse frente a él la carroza de Milady. No podía
equivocarse, Milady estaba dentro. D'Artagnan se tendió sobre el cuerpo de su
caballo para ver todo sin ser visto.
Milady sacó su encantadora cabeza rubia por la portezuela y dio
órdenes a su doncella.
Esta última, joven de veinte a veintidós años, despierta y viva,
verdadera doncella de gran dama, saltó del estribo en el que estaba sentada
según la costumbre de la época y se dirigió a la terraza en la que D'Artagnan
había visto a Lubin.
D'Artagnan siguió a la doncella con los ojos y la vio
encaminarse hacia la terraza. Pero, por azar, una orden del interior había
llamado a Lubin, de modo que Planchet se había quedado solo, mirando por todas
partes por qué camino había desaparecido D'Artagnan.
La doncella se aproximó a Planchet, al que tomó por Lubin, y
tendiéndole un billete dijo:
Para vuestro amo.
¿Para mi amo? repuso Planchet extrañado.
Sí, y es urgente. Daos prisa.
Dicho esto ella huyó hacia la carroza, vuelta de antemano hacia
el sitio por el que había venido; se lanzó sobre el estribo y la carroza partió
de nuevo.
Planchet dio vueltas y más vueltas al billete y luego,
acostumbrado a la obediencia pasiva, saltó de la terraza, se metió en la
callejuela y al cabo de veinte pasos encontró a D'Artagnan, quien habiéndolo
visto todo, iba a su encuentro.
Para vos, señor dijo Planchet presentando el billete al joven.
¿Para mí? dijo D'Artagnan . ¿Estás seguro de ello?
Claro que estoy seguro; la doncella ha dicho: «Para tu amo.» Y
yo no tengo más amo que vos, así que... ¡Vaya real moza! A fe que...
D'Artagnan abrió la carta y leyó estas palabras:
«Una persona que se interesa por vos más de lo que puede decir,
quisiera saber qué día podríais pasear por el bosque. Mañana, en el hostal del
Champ du Drap d'Or, un lacayo de negro y rojo esperará vuestra respuesta.»
¡Oh, oh, esto sí que va rápido! se dijo D'Artagnan . Parece que
Milady y yo nos preocupamos por la salud de la misma persona. Y bien, Planchet,
¿cómo va ese buen señor Wardes? Entonces, ¿no ha muerto?
No, señor; va todo lo bien que se puede ir con cuatro estocadas
en el cuerpo, porque, sin que yo os lo reproche, le largasteis cuatro a ese
buen gentilhombre, y aún está débil, porque perdió casi toda su sangre. Como le
había dicho al señor, Lubin no me ha reconocido, y me ha contado de cabo a rabo
nuestra aventura.
Muy bien, Planchet, eres el rey de los lacayos; ahora vuelve a
subir al caballo y alcancemos la carroza.
No costó mucho; al cabo de cinco minutos divisaron la carroza
detenida al otro lado de la carretera; un caballero ricamente vestido estaba a
la portezuela.
La conversación entre Milady y el caballero era tan animada que
D'Artagnan se detuvo al otro lado de la carroza sin que nadie, salvo la linda
doncella, se diera cuenta de su presencia.
La conversación transcurría en inglés, lengua que D'Artagnan no
comprendía; pero por el acento el joven creyó adivinar que la bella inglesa
estaba encolerizada; terminó con un gesto que no dejó lugar a dudas sobre la
naturaleza de aquella conversación: un golpe de abanico aplicado con tal fuerza
que el pequeño adorno femenino voló en mil pedazos.
El caballero lanzó una carcajada que pareció exasperar a Milady.
D'Artagnan pensó que aquél era el momento de intervenir; de modo
que se aproximó a la otra portezuela, descubriéndose respetuosamente, y dijo:
Señora, ¿me permitís ofreceros mis servicios? Parece que este
caballero os ha encolerizado. Decid una palabra, señora, y yo me encargo de
castigarlo por su falta de cortesía.
A las primeras palabras Milady se había vuelto, mirando al joven
con extrañeza, y cuando él hubo terminado:
Señor dijo ella, en muy buen francés , de todo corazón me
pondría bajo vuestra protección si la persona que me molesta no fuera mi
hermano.
¡Ah! Excusadme entonces dijo D'Artagnan ; como comprenderéis, lo
ignoraba, señora.
¿Por qué se mezcla ese atolondrado exclamó agachándose hasta la
altura de la portezuela el caballero al que Milady había designado como
pariente suyo y por qué no sigue su camino?
El atolondrado lo seréis vos dijo D'Artagnan, agachándose a su
vez sobre el cuello de su caballo y respondiendó por su lado por la portezuela
; no sigo mi camino porque me apetece detenerme aquí.
El caballero dirigió algunas palabras en inglés a su hermana.
Yo os hablo en francés dijo D'Artagnan ; hacedme, pues, el
placer, por favor, de responderme en la misma lengua. Sois el hermano de la
señora, de acuerdo, pero por suerte no lo sois mío.
Podría creerse que Milady, temerosa como lo es de ordinario
cualquier mujer, iría a interponerse en aquel inicio de provocación, a fin de
impedir que la querella siguiese adelante; pero, por el contrario, se lanzó al
fondo de su carroza y gritó fríamente al cochero.
¡Deprisa, al palacio!
La linda doncella lanzó una mirada de inquietud sobre
D'Artagnan, cuyo buen aspecto parecía haber producido su efecto sobre ella.
La carroza partió dejando a los dos hombres uno frente al otro,
sin ningún obstáculo material que los separase.
El caballero hizo un movimiento para seguir al coche, pero
D'Artagnan, cuya cólera ya en efervescencia había aumentado todavía más al
reconocer en él al inglés que en Amiens le había ganado su caballo y había
estado a punto de ganar a Athos su diamante, saltó a la brida y lo detuvo.
¡Eh, señor! dijo . Me parecéis todavía más atolondrado que yo,
porque me da la impresión de que olvidáis que entre nosotros hay una pequeña
querella.
¡Ah, ah! dijo en inglés . Sois vos, mi señor. ¿Pero es que
tonéis siempre que jugar un juego a otro!
Sí, y eso me recuerda que tengo una revancha que tomar. Nos
veremos, señor, si manejáis tan diestramente el estoque como el cubilete.
Veis de sobra que no llevo espada dijo el inglés . ¿Queréis
haceros el valiente contra un hombre sin armas?
Espero que la tengáis en casa replicó D'Artagnan . En cualquier
caso, yo tengo dos y, si queréis, os prestaré una.
Inútil dijo el inglés , estoy provisto de sobra de esa clase de
utensilios.
Pues bien, mi digno gentilhombre prosiguió D'Artagnan , elegid
la más larga y venid a enseñármela esta tarde.
¿Dónde, si os place?
Detrás del Luxemburgo, es un barrio encantador para paseos del
género del que os propongo.
De acuerdo, allí estaré.
¿Vuestra hora?
La seis.
A propósito, probablemente tendréis también uno o dos amigos.
Tengo tres que estarán muy honrados de jugar la misma partida
que yo.
¿Tres? Perfecto. ¡Qué coincidencia! dijo D'Artagnan . ¡Justo mi
cuenta!
Y ahora, ¿quién sois? preguntó el inglés.
Soy el señor D'Artagnan, gentilhombre gascón, que sirve en los
guardias, compañía del señor Des Essarts. ¿Y vos?
Yo soy lord de Winter, barón de Sheffield.
Muy bien, soy vuestro servidor, señor barón dijo D'Artagnan ,
aunque tengáis nombres difíciles de retener.
Y espoleando a su caballo, lo puso al galope y tomó el camino de
Paris.
Como solía hacer en semejantes ocasiones, D'Artagnan bajó
derecho a casa de Athos.
Encontró a Athos acostado sobre un gran canapé en el que, como
había dicho, esperaba que su equipo viniese a encontrarlo.
Contó a Athos todo lo que acababa de pasar, menos la carta del
señor de Wardes.
Athos quedó encantado cuando supo que iba a batirse contra un
inglés. Ya hemos dicho que era su sueño.
Enviaron a buscar al instante a Porthos y a Aramis por los
lacayos, y se los puso al corriente de la situación.
Porthos sacó su espada fuera de la funda y se puso a espadonear
contra el muro retrocediendo de vez en cuando y haciendo flexiones como un
bailarín. Aramis, que seguía trabajando en su poema se encerró en el gabinete
de Athos y pidió que no lo molestaran hasta el momento de desenvainar.
Athos pidió por señas a Grimaud una botella.
En cuanto a D'Artagnan, preparó para sus adentros un pequeño
plan cuya ejecución veremos más tarde, y que le prometía alguna aventura
graciosa, como podía verse por las sonrisas que de vez en cuando cruzaban su
rostro cuya ensoñación iluminaban.
Parte 2
Capítulo XXXI
Ingleses y franceses
Llegada la hora, se dirigieron con los cuatro lacayos hacia el
Luxemburgo, a un recinto abandonado a las cabras. Athos dio una moneda al
cabrero para que se alejase. Los lacayos fueron encargados de hacer de
centinelas.
Inmediatamente una tropa silenciosa se aproximó al mismo
recinto, penetró en él y se unió a los mosqueteros; luego tuvieron lugar las
presentaciones según las costumbres de ultramar.
Los ingleses eran todas personas de la mayor calidad, los
nombres extraños de sus adversarios fueron, pues, para ellos tema no sólo de
sospresa sino aun de inquietud.
Pero a todo esto dijo lord de Winter cuando los tres amigos
hubieron dado sus nombres , no sabemos quiénes sois, y nosotros no nos
batiremos con nombres semejantes; son nombres de pastores.
Como bien suponéis, milord, son nombres falsos dijo Athos.
Lo cual nos da aún mayor deseo de conocer los nombres verdaderos
respondió el inglés.
Habéis jugado de buena gana contra nosostros sin conocerlos dijo
Athos , y con ese distintivo nos habéis ganado nuestros dos caballos.
Cierto, pero no arriesgábamos más que nuestras pistolas; esta
vez arriesgamos nuestra sangre: se juega con todo el mundo, pero uno sólo se
bate con sus iguales.
Eso es justo dijo Athos. Y llevó aparte a aquel de los cuatro
ingleses con el que debía batirse y le dijo su nombre en voz baja.
Porthos y Aramis hicieron otro tanto por su lado.
¿Os basta eso dijo Athos a su adversario , y me creéis tan gran
señor como para hacerme la gracia de cruzar la espada conmigo?
Sí, señor dijo el inglés inclinándose.
Y bien, ahora, ¿queréis que os diga una cosa? repuso fríamente
Athos.
¿Cuál? preguntó el inglés.
Nunca deberíais haberme exigido que me diese a conocer.
¿Por qué?
Porque se me cree muerto, porque tengo razones para desear que
no se sepa que vivo, y porque voy a verme obligado a mataros, para que mi
secreto no corra por ahí.
El inglés miró a Athos, creyendo que éste bromeaba; pero Athos
no bromeaba por nada del mundo.
Señores dijo dirigiéndose al mismo tiempo a sus compañeros y a
sus adversarios , ¿estamos?
Sí respondieron todos a una, ingleses y franceses.
Entonces, en guardia dijo Athos.
Y al punto, ocho espadas brillaron a los rayos del crepúsculo, y
el combate comenzó con un encarnizamiento muy natural entre gentes dos veces
enemigas.
Athos luchaba con tanta calma y método como si estuviera en una
sala de armas.
Porthos, corregido sin duda de su excesiva confianza por su
aventura de Chantilly, hacía un juego lleno de sutileza y prudencia.
Aramis, que tenía que terminar el tercer canto de su poema, se
apresuraba como hombre muy ocupado.
Athos fue el primero en matar a su adversario: no le había
lanzado más que una estocada, pero como había avisado, el golpe había sido
mortal, la espada le atravesó el corazón.
Porthos fue el segundo en tender al suyo sobre la hierba: le
había atravesado el muslo. Entonces, como el inglés le entregaba su espada sin
hacer más resistencia, Porthos lo tomó en brazos y lo llevó a su carroza.
Aramis presionó al suyo con tanto vigor que, después de haber
cedido una cincuentena de pasos, terminó por emprender la huida a todo correr y
desapareció entre el abucheo de los lacayos.
En cuanto a D'Artagnan, había jugado pura y simplemente un juego
defensivo; luego, cuando hubo visto a su adversario muy cansado, de un ataque
de cuarta al flanco le había hecho soltar la espada. El barón, viéndose
desarmado, dio dos o tres pasos hacia atrás; pero en este movimiento, su pie
resbaló y cayó boca arriba.
D'Artagnan estuvo sobre él de un salto y poniéndole la espada en
la garganta le dijo:
Podría mataros, señor, y estáis entre mis manos, pero os concedo
la vida por amor a vuestra hermana.
D'Artagnan se hallaba en el colmo de la alegría; acababa de
realizar el plan que había proyectado de antemano, y cuyo desarrollo había
hecho aflorar a su rostro las sonrisas de que hemos hablado.
El inglés, encantado con habérselas con un gentilhombre tan
acomodaticio, estrechó a D'Artagnan entre sus brazos, hizo mil carantoñas a los
tres mosqueteros y, como el adversario de Porthos ya estaba instalado en el
coche y el de Aramis había puesto pies en polvorosa, no hubo que pensar más que
en el difunto.
Cuando Porthos y Aramis lo desnudaban con la esperanza de que su
herida no fuera mortal, una gruesa bolsa escapó de su cintura. D'Artagnan la
recogió y se la tendió a lord de Winter.
¿Y qué diablos queréis que haga yo con esto? dijo el inglés.
Entregádsela a su familia dijo D'Artagnan.
A su familia no le preocupa esa miseria: tiene más de quince mil
luises de renta; guardaos esa bolsa para vuestros lacayos.
D'Artagnan metió la bolsa en su bolsillo.
Y ahora, joven amigo, porque espero que me permitiréis daros ese
nombre dijo lord de Winter , desde esta noche, si lo deseáis, os presentaré a
mi hermana, lady Clarick; porque quiero que ella os conceda sus favores, y como
no está mal vista en la come, quizá en el futuro una palabra dicha por ella no
os fuera del todo inútil.
D'Artagnan se ruborizó de placer y se inclinó en señal de
asentimiento.
Mientras tanto, Athos se había acercado a D'Artagnan.
¿Qué pensáis hacer con esa bolsa? le dijo en voz baja al oído
Contaba con entregárosla, mi querido Athos.
¿A mí? ¿Y eso por qué?
¡Toma! Vos lo habéis matado: son los despojos opimos.
¡Yo heredero de un enemigo! dijo Athos . ¿Por quién me tomáis
entonces?
Es costumbre de guerra dijo D'Artagnan . ¿Por qué no habría de
ser costumbre de un duelo?
Ni siquiera he hecho eso en el campo de batalla dijo Athos.
Porthos se encogió de hombros. Aramis, con un movimiento de
labios, aprobó a Athos.
Entonces dijo D'Artagnan , demos este dinero a los lacayos, como
lord de Winter nos ha dicho que hagamos.
Sí dijo Athos , demos esa bolsa no a nuestros lacayos, sino a
los lacayos ingleses.
Athos cogió la bolsa y la lanzó a las manos del cochero.
Para vos y vuestros compañeros.
Esta grandeza de modales en un hombre completamente privado de
todo, sorprendió al mismo Porthos, y esta generosidad francesa, contada por
lord de Winter y su amigo, tuvo gran éxito en todas partes salvo entre los
señores Grimaud, Mosquetón Planchet y Bazin.
Lord de Winter dio a D'Artagnan, al despedirse, la dirección de
su hermana; vivía en la Place Royale, que era entonces el barrio de moda, en el
número 6. Además, se comprometía a ir a recogerlo para presentarlo. D'Artagnan
lo citó a las ocho, en casa de Athos.
Aquella presentación a Milady preocupaba mucho la cabeza de
nuestro gascón. Recordaba de qué extraña manera se había mezclado aquella mujer
hasta entonces en su destino. Estaba convencido de que era alguna criatura del
cardenal y, sin embargo, se sentía invenciblemente arrastrado hacia ella por
uno de esos sentimientos de que uno no se da cuenta. Su único temor era que
Milady reconociese en él al hombre de Meung y de Douvres. En ese caso, ella
sabría que era uno de los amigos del señor de Tréville, y, por consiguiente,
que pertenecía en cuerpo y alma al rey, lo cual, desde ese momento, le haría
perder parte de sus ventajas, porque conocido de Milady como él la conocía a
ella, jugaría con ella el mismo juego. En cuanto a aquel principio de intriga
entre ella y el conde de Wardes, nuestro presuntuoso se preocupaba más bien
poco, aunque el marqués fuera joven, guapo, rico y fuerte en el favor del
cardenal. No en balde se tiene veinte años, y, sobre todo, ¡no en balde ha
nacido uno en Tarbes!
D'Artagnan comenzó por ir a su casa para hacerse un aseo
esplendente; luego se dirigió a la de Athos, y, según su costumbre, se lo contó
todo. Athos escuchó sus proyectos; luego movió la cabeza y le recomendó
prudencia con algo de amargura.
¡Vaya! le dijo . Acabáis de perder a una mujer que decís que es
buena, encantadora y perfecta, y ya estáis corriendo detrás de otra.
D'Artagnan se dio cuenta de la verdad de este reproche.
Yo amaba a la señora Bonacieux de corazón, mientras que a Milady
la amo con la cabeza; al hacerme llevar a su casa, busco sobre todo conocer el
papel que juega en la corte.
¡Diantre, el papel que juega! No es difícil de adivinar después
de todo cuanto me habéis dicho. Es un emisario del cardenal: una mujer que os
atraerá a una trampa en la que dejaréis sencillamente la cabeza.
¡Diablos, mi querido Athos! Veis las cosas muy negras, en mi
opinión.
Querido, desconfío de las mujeres, ¿qué queréis? Estoy pagando
por ello, y sobre todo de las mujeres rubias. Según me habéis dicho, Milady es
rubia.
Tiene el pelo del rubio más hermoso que se pueda hallar.
¡Ay, mi pobre D'Artagnan! exclamó Athos.
Escuchad, quiero saber; luego, cuando sepa lo que deseo saber me
alejaré.
Ilustraos, pues dijo flemáticamente Athos.
Lord de Winter llegó a la hora indicada, pero Athos, prevenido a
tiempo, pasó a la segunda habitación. Encontró, pues, a D'Artagnao solo, y como
eran cerca de las ocho llevó consigo al joven.
Una elegante carroza esperaba abajo, y como estaba enjaezadé con
dos excelentes caballos, en un instante estuvieron en la Place Royale.
Milady Clarick recibió graciosamente a D'Artagnan. Su palacete
era de una sustuosidad notable; y aunque la mayoría de los ingleses, expulsados
por la guerra, abandonaban Francia o estaban a punto de abandonarla, Milady
acababa de hacer en su casa nuevos gastos: lo cual probaba que la medida
general que despedía a los ingleses no la afectaba.
Veis aquí dijo lord de Winter presentando a D'Artagnan a su
hermana a un joven gentilhombre que ha tenido mi vida entre sus manos, y que no
ha querido abusar de su ventaja, aunque fuésemos dos veces enemigos, por ser yo
quien lo insultó, y por ser inglés. Agradecédselo, pues, señora, si sentís
alguna amistad por mí.
Milady frunció ligeramente el entrecejo; una nube apenas visible
pasó por su frente, y en sus labios apareció una sonrisa tan extraña que el
joven, que vio ese triple matiz, tuvo como un escalofrío.
El hermano no vio nada; se había vuelto para jugar con el mono
favorito de Milady, al que había tirado por el jubón.
Sed bienvenido, señor dijo Milady con una voz cuya dulzura
singular contrastaba con los síntomas de mal humor que acababa de observar
D'Artagnan , hoy habéis adquirido derechos eternos para mi gratitud.
El inglés se volvió entonces y contó el combate sin omitir
detalle. Milady escuchó con la mayor atención; sin embargo, se veía fácilmente,
por más esfuerzo que hiciese por ocultar sus impresiones, que el relato no le
resultaba agradable. La sangre subía a su cabeza, y su pequeño pie se agitaba
impacientemente bajo la falda.
Lord de Winter no se dio cuenta de nada. Luego, cuando hubo
terminado, se acercó a una mesa donde estaban servidos, sobre una bandeja, una
botella de vino español y vasos. Llenó dos vasos y con un gesto invitó a
D'Artagnan a beber.
D'Artagnan sabía que era contrariar mucho a un inglés negarse a
brindar con él. Se acercó, pues, a la mesa y cogió el segundo vaso. Sin
embargo, no había perdido de vista a Milady, y en el cristal vislumbró el
cambio que acababa de operarse en su rostro. Ahora que ella no creía ser
mirada, un sentimiento que se parecía a la ferocidad animaba su fisonomia.
Mordía su pañuelo a dentelladas.
Aquella linda criadita a la que D'Artagnan ya había visto entró
entonces; dijo en inglés algunas palabras a lord de Winter, que pidió al punto
a D’Artagnan permiso para retirarse, excusándose con la urgencia del asunto que
le llamaba, y encargando a su hermana obtener su perdon.
D'Artagnan cambió un apretón de manos con lord de Winter y
volvió junto a Milady. El rostro de aquella mujer, con movilidad sorprendente,
había recuperado su expresión llena de gracia, y sólo algunas pequeñas manchas
rojas sobre su pañuelo indicaban que se había mordido los labios hasta hacerse
sangre.
Sus labios eran magníficos, hubiérase dicho de coral.
La conversación tomó un giro jovial. Milady parecía haberse
repuesto enteramente. Contó que lord de Winter no era más que su cuñado, y no
su hermano: se habia casado con el segundón de la familia, que a había dejado
viuda con un hijo. Ese hijo era el único heredero de lord de Winter, si lord de
Winter no se casaba. Todo esto dejaba ver a D'Artagnan un velo que envolvía
algo, pero no distinguía aún nada bajo ese velo.
Por lo demás, al cabo de media hora de conversación D'Artagnan
estaba convencido de que Milady era compatriota suya: hablaba francés con una
pureza y una elegancia que no dejaban duda alguna al respecto.
D Artagnan se deshizo en palabras galantes y en protestas de
afecto. A todas las sandeces que se le escaparon a nuestro gascón, Milady
sonrió con benevolencia. Llegó la hora de retirarse. D'Artagnan se despidió de
Milady y salió del salón como el más feliz de los hombres.
En la escalera encontró a la linda doncella, que le rozó
suavemente al pasar y, ruborizándose hasta el blanco de los ojos, le pidió
perdón por haberle tocado con una voz tan dulce que el perdón le fue concedido
al instante.
D'Artagnan volvió al día siguiente y fue recibido mejor aún que
la víspera. Lord de Winter no estaba, y fue Milady quien esta vez le hizo todos
los honores de la velada. Pareció interesarse mucho por él, le preguntó de
dónde era, quiénes eran sus amigos, y si no había pensado alguna vez en
vincularse al servicio del señor cardenal.
D'Artagnan que, como sabemos, era muy prudente para un gascón de
veinte años, se acordó entonces de sus sospechas sobre Milady; le hizo un gran
elogio de Su Eminencia, le dijo que no habría dejado de entrar en los guardias
del cardenal en lugar de entrar en los guardias del rey si hubiera conocido al
señor de Cavois en lugar de conocer al señor de Tréville.
Milady cambió de conversación sin afectación alguna, y preguntó
a D'Artagnan de la forma más descuidada del mundo si había estado alguna vez en
Inglaterra.
D'Artagnan respondió que había sido enviado por el señor de
Tréville para tratar de una remonta de caballos, y que incluso se había traido
cuatro como muestra.
En el curso de esta conversación, Milady se pellizcó dos o tres
veces los labios: tenía que vérselas con un gascón que jugaba fuerte.
A la misma hora que la víspera D'Artagnan se retiró. En el
corredor volvió a encontrar a la linda Ketty, tal era el nombre de la doncella,
Esta lo miró con una expresión de misteriosa benevolencia en la que no podía
equivocarse. Pero D'Artagnan estaba tan preocupado por el ama que no se fijaba
más que en lo que venía de ella.
D'Artagnan volvió a la casa de Milady al día siguiente, y al
siguiente, y cada vez Milady le brindó una acogida más graciosa.
Cada vez también, bien en la antecámara, bien en el corredor,
bien en la escalinata, volvía a encontrar a la linda doncella.
Pero como ya hemos dicho, D'Artagnan no prestaba ninguna
atención a esta persistencia de la pobre Ketty.
Capítulo XXXII
Una cena de procurador
Mientras tanto, el duelo en el que Porthos había jugado un papel
tan brillante no le había hecho olvidar la cena a la que le había invitado la
mujer del procurador. Al día siguiente, hacia la una, se hizo dar la última
cepillada por Mosquetón, y se encaminó hacia la calle Aux Ours, con el paso de
un hombre que tiene dos veces suerte.
Su corazón palpitaba, pero no era, como el de D'Artagnan, por un
amor joven a impaciente. No, un interés más material le latigaba la sangre, iba
por fin a franquear aquel umbral misterioso, a subir aquella escalinata
desconocida que habían construido, uno a uno, los viejos escudos de maese
Coquenard.
Iba a ver, en realidad, cierto arcón cuya imagen había visto
veinte veces en sus sueños; arcón de forma alargada y profunda, lleno de
cadenas y cerrojos, empotrado en el suelo; arcón del que con tanta frecuencia
había oído hablar, y que las manos algo secas, cierto, pero no sin elegancia,
de la procuradora, iban a abrir a sus miradas admiradoras.
Y luego él, el hombre errante por la tierra, el hombre sin
fortuna, el hombre sin familia, el soldado habituado a los albergues, a los
tugurios; a las tabernas, a las posadas, el gastrónomo forzado la mayor parte
del tiempo a limitarse a bocados de ocasión, iba a probar comidas caseras, a
saborear un interior confortable y a dejarse mimar con esos pequeños cuidados
que cuanto más duro es uno más placen, como dicen los viejos soldadotes.
Venir en calidad de primo a sentarse todos los días a una buena
mesa, desarrugar la frente amarilla y arrugada del viejo procurador, desplumar
algo a los jóvenes pasantes enseñándoles la baceta, el passedix y el
lansquenete en sus jugadas más finas, y ganándoles a manera de honorarios por
la lección que les daba en una hora sus ahorros de un mes, todo esto hacía
sonreír enormemente a Porthos.
El mosquetero recordaba bien, de aquí y de allá, las malas ideas
que corrían en aquel tiempo sobre los procuradores y que les han sobrevivido:
la tacañería, los recortes, los días de ayuno, pero como después de todo, salvo
algunos accesos de economía que Porthos había encontrado siempre muy
intempectivos, había visto a la procuradora bastante liberal, para una
procuradora, por supuesto, esperó encontrar una casa montada de forma
halagüeña.
Sin embargo, a la puerta el mosquetero tuvo algunas dudas: el
comienzo era para animar a la gente: alameda hedionda y negra, escalera mal
aclarada por barrotes a través de los cuales se filtraba la luz de un patio
vecino; en el primer piso una puerta baja y herrada con enormes clavos como la
puerta principal de Grand Chátelet.
Porthos llamó con el dedo: un pasante alto, pálido y escondido
bajo una selva virgen de pelo, vino a abrir y saludó con aire de hombre
obligado a respetar en otro al mismo tiempo la altura que indica la fuerza, el
uniforme militar que indica el estado, y la cara bermeja que indica el hábito
de vivir bien.
Otro pasante más pequeño tras el primero, otro pasante más alto
tras el segundo, un mandadero de doce años tras el tercero.
En total, tres pasantes y medio; lo cual, para la época,
anunciaba un bufete de los más surtidos.
Aunque el mosquetero sólo tenía que llegar a la una, desde medio
día la procuradora tenía el ojo avizor y contaba con el corazón y quizá también
con el estómago de su adorador para que adelantase la hora.
La señora Coquenard llegó, pues, por la puerta de la vivienda
casi al mismo tiempo que su invitado llegaba por la puerta de la escalera, y la
aparición de la digna dama lo sacó de un gran apuro. Los pasantes eran curiosos
y él, no sabiendo demasiado bien qué decir a aquella gama ascendente y
descendente, permanecía con la lengua muda.
Es mi primo exclamó la procuradora ; entrad pues, entrad, señor
Porthos.
El nombre de Porthos causó efecto en los pasantes, que se
echaron a reír; pero Porthos se volvió, y todos los rostros recuperaron su
gravedad.
Llegaron al gabinete del procurador tras haber atravesado la
antecámara donde estaban los pasantes, y el estudio donde habrían debido estar;
esta última habitación era una especie de sala negra y amueblada, con
papelotes. Al salir del estudio, dejaron la cocina a la derecha y entraron en
la sala de recibir.
Todas aquellas habitaciones que se comunicaban no inspiraron en
Porthos buenas ideas. Las palabras debían oírse desde lejos por todas aquellas
puertas abiertas; luego, al pasar, había lanzado una mirada rápida y
escrutadora en la cocina, y a sí mismo se confesaba, para vergüenza de la
procuradora y para pesar suyo, que no había visto ese fuego, esa animación, ese
movimiento que a la hora de una buena comida reinan ordinariamente en ese
santuario de la gula.
Indudablemente el procurador había sido prevenido de aquella
visita, porque no testimonió ninguna sorpresa ante la vista de Porthos, que
avanzó sobre él con un aire bastante desenvuelto y lo saludó cortésmente.
Somos primos, según parece, señor Porthos dijo el procurador
levantándose a fuerza de brazos sobre su sillón de caña.
El viejo, envuelto en un gran jubón en el que se perdía su
cuerpo endeble, era vigoroso y seco; sus ojillos grises brillaban como
carbunclos y parecían, junto con su boca gesticulera, la única parte de su
rostro donde quedaba vida. Por desgracia, las piernas comenzaban a rehusar
servir a toda aquella máquina ósea; desde que hacía cinco o seis meses se había
dejado sentir este debilitamiento, el digno procurador se había convertido casi
en el esclavo de su mujer.
El primo fue aceptado con resignación, eso fue todo. Un maese
Coquenard ligero de piernas hubiera declinado todo parentesco con el señor
Porthos.
Sí, señor, somos primos dijo sin desconcertarse Porthos, que por
otra parte jamás había contado con ser recibido por el marido con entusiamo.
¿Por parte de las mujeres, según creo? dijo maliciosamente el
procurador.
Porthos no se dio cuenta de la socarronería y la tomó por una
ingenuidad de la que se rió para sus adentros. La señora Coquenard, que sabía
que el procurador ingenuo era una variedad muy rara en la especie, sonrió algo
y se ruborizó mucho.
Desde la llegada de Porthos, maese Coquenard había puesto con
inquietud los ojos en un gran armario colocado frente a su escritorio de roble.
Porthos comprendió que aquel armario, aunque no correspondiese a la forma del
que había visto en sus sueños, debía ser el bienaventurado arcón, y se
congratuló de que la realidad tuviera seis pies más alto que el sueño.
Maese Coquenard no prosiguió más lejos sus investigaciones
genealógicas, pero volviendo su mirada inquieta del armario a Porthos, se
encontró con decir:
Señor primo, antes de su partida para la campaña, nos hará el
favor de cenar una vez con nosotros, ¿no es así, señora Coquenard?
En esta ocasión Porthos recibió el golpe en pleno estómago y lo
sintió; parece que por su lado la señora Coquenard tampoco fue insensible a él
porque añadió:
Mi primo no volvería si cree que le tratamos mal; en caso
contrario, tiene demasiado poco tiempo que pasar en París y, por consiguiente,
para vernos, para que no le pidamos casi todos los instantes de quo pueda
disponer hasta su partida.
¡Oh, mis piernas, mis pobres piernas! ¿Dónde estáis? murmuró
Coquenard. Y trató de sonreír.
Esta ayuda que le había llegado a Porthos en el momento que era
atacado en sus esperanzas gastronómicas inspiró al mosquetero mucha gratitud
hacia su procuradora.
Pronto llegó la hora de comer. Pasaron al comedor, gran sala
oscura que se hallaba situada en frente a la cocina.
Los pasantes que, a lo que parece, habían notado en la casa
perfumes desacostumbrados, eran de una exactitud militar, y tenían a mano sus
taburetes, dispuestos como estaban a sentarse. Se los veía remo. ver por
adelantado las mandíbulas con disposiciones tremendas.
«¡Rediós! pensó Porthos lanzando una mirada sobre los tres
hambrientos, porque el mandadero no era, como es lógico, admitido er los
honores de la mesa magistral . ¡Rediós! En lugar de mi primo, yo no conservaría
semejantes golosos. Se diría náufragos que no han comido desde hace seis
semanas.»
Maese Coquenard entró, empujado en su sillón de ruedas por la
señora Coquenard, a quien Porthos, a su vez, vino a ayudar para llevar a su
marido hasta la mesa.
Apenas hubo entrado, movió la nariz y las mandíbulas al igual
que sus pasantes.
¡Vaya vaya! dijo . Tenemos una sopa prometedora.
¿Qué diablos huelen de extraordinario en la sopa? dijo Porthos
ante el aspecto de un caldo pálido, abundante, pero completamente ciego y sobre
el que nadaban algunas cortezas, raras como las islas de un archipiélago.
La señora Coquenard sonrió y a una indicación suya todo el mundo
se sentó con diligencia.
El primero en ser servido fue maese Coquenard, luego Porthos;
después la señora Coquenard llenó su plato y distribuyó las cortezas sin caldo
a los pasantes impacientes.
En aquel momento se abrió por sí sola la puerta del comedor
rechinando, y Porthos, a través de los batientes entreabiertos, vio al pequeño
recadero que, no pudiendo participar en el festín, comía su pan entre el doble
olor de la cocina y del comedor.
Tras la sopa, la criada trajo una gallina hervida;
magnificiencia que hizo dilatar los párpados de los invitados de tal forma que
parecían a punto de romperse.
¡Cómo se ve que queréis a vuestra familia, señora Coquenard!
dijo el procurador con una sonrisa casi trágica . Esto es una galantería que
tenéis con vuestro primo.
La pobre gallina era delgada y estaba revestida de uno de esos
gruesos pellejos erizados que los huesos nunca horadan pese a sus esfuerzos;
habrían tenido que buscarla durante mucho tiempo antes de encontrarla en el
palo al que se había retirado para morir de vejez.
«¡Diablos! pensó Porthos . ¡Sí que es triste esto! Yo respeto la
vejez, pero hago poco caso de si está hervida o asada.»
Y miró a la redonda para ver si su opinión era compartida; pero
al contrario que él, no vio más que ojos resplandecientes, que devoraban por
adelantado aquella sublime gallina, objeto de sus desprecios.
La señora Coquenard atrajo la fuente para sí, separó hábilmente
las dos grandes patas negras, que puso en el plato de su marido; cortó el
cuello, que se puso, dejando a un lado la cabeza, para ella; cortó el ala para
Porthos y devolvió a la criada que acababa de traerlo el animal, que volvió
casi intacto, y que había desaparecido antes de que el mosquetero tuviera
tiempo de examinar las variaciones que el desencanto pone en los rostros, según
los caracteres y temperamentos de quienes lo experimentan.
En lugar del pollo, hizo su entrada una fuente de habas, fuente
enorme en la que hacían ademán de mostrarse algunos huesos de cordero, a los
que en un principio se hubiera creído acompañados de carne.
Mas los pasantes no fueron víctimas de esta superchería y los
rostros lúgubres se convirtieron en rostros resignados.
La señora Coquenard distribuyó este manjar a los jóvenes con la
moderación de una buena ama de casa.
Llegó la ronda del vino. Maese Coquenard echó de una botella de
gres muy exigua el tercio de un vaso a cada uno de los jóvenes, se sirvió a sí
mismo en proporciones casi iguales, y la botella pasó al punto del lado de
Porthos y de la señora Coquenard.
Los jóvenes llenaron con agua aquel tercio de vino, luego,
cuando habían bebido la mitad del vaso, volvían a llenarlo, y seguían
haciéndolo siempre así; lo cual les llevaba al final de la comida a tragar una
bebida que del color del rubí había pasado al del topacio quemado.
Porthos comió tímidamente su ala de gallina, y se estremeció al
sentir bajo la mesa la rodilla de la procuradora que venía a encontrar la suya.
Bebió también medio vaso de aquel vino tan escatimado, y que reconoció como uno
de esos horribles caldos de Montreuil, terror de los, paladares expertos.
Maese Coquenard lo miró engullir aquel vino puro y suspiró.
¿Queréis comer estas habas, primo Porthos? dijo la señora
Coquenard en ese tono que quiere decir: Creedme, no las comáis.
¡Al diablo si las pruebo! murmuró por lo bajo Porthos. Y añadió
en voz alta : Gracias, prima, no tengo más hambre.
Y se hizo un silencio. Porthos no sabía qué comportamiento
tener. El procurador repitió varias veces:
¡Ay señora Coquenard! Os felicito, vuestra comida era un
verdadero festín. ¡Dios, cómo he comido!
Maese Coquenard había comido su sopa, las patas negras de la
gallina y el único hueso de cordero en que había algo de carne.
Porthos creyó que se burlaban de él, y comenzó a retorcerse el
mostacho y a fruncir el entrecejo; pero la rodilla de la señora Coquenard vino
suavemente a aconsejarle paciencia.
Aquel silencio y aquella intrerrupción de servicio, que se
habían vuelto ininteligibles para Porthos, tenían por el contrario una
significación terrible para los pasantes: a una mirada del procurador,
acompañada de una sonrisa de la señora Coquenard, se levantaron lentamente de
la mesa, plegaron sus servilletas más lentamente aún, luego saludaron y se
fueron.
Id, jóvenes, id a hacer la digestión trabajando dijo gravemente
el procurador.
Una vez idos los pasantes, la señora Coquenard se levantó y sacó
un trozo de queso, confitura de membrillo y un pastel que ella misma había
hecho con almendras y miel.
Maese Coquenard frunció el ceño, porque veía demasiados postres;
Porthos se pellizcó los labios, porque veía que no había nada que comer.
Miró si aún estaba allí el plato de habas; el plato de habas
había desaparecido.
Gran festín exclamó maese Coquenard agitándose en su silla ,
auténtico festín, epuloe epularum; Lúculo cena en casa de Lúculo.
Porthos miró la botella que estaba a su lado, y esperó que con
vino, pan y queso comería; pero no había vino, la botella estaba vacía; el
señor y la señora Coquenard no parecieron darse cuenta.
Está bien se dijo Porthos , ya estoy avisado.
Pasó la lengua sobre una cucharilla de confituras y se dejó
pegados los labios en la pasta pegajosa de la señora Coquenard.
Ahora se dijo , el sacrificio está consumado. ¡Ay, si tuviera la
esperanza de mirar con la señora Coquenard en el armario de su marido!
Maese Coquenard, tras las delicias de semejante comida, que él
llamaba exceso, sintió la necesidad de echarse la siesta. Porthos esperaba que
tendría lugar a continuación y en aquel mismo lugar; pero el procurador maldito
no quiso oír nada: hubo que llevarlo a su habitación y gritó hasta que estuvo
delante de su armario, sobre cuyo reborde, por mayor precaución aún, posó sus
pies.
La procuradora se llevó a Porthos a una habitación vecina y
comenzaron a sentar las bases de la reconciliación.
Podréis venir tres veces por semana dijo la señora Coquenard.
Gracias dijo Porthos , no me gusta abusar; además, tengo que
pensar en mi equipo.
Es cierto dijo la procuradora gimiendo- Ese desgraciado equipo.
. .
¡Ay, sí! dijo Porthos . Es por él.
Pero ¿de qué se compone el equipo de vuestro regimiento, señor
Porthos?
¡Oh, de muchas cosas! dijo Porthos . Los mosqueteros, como
sabéis, son soldados de elite, y necesitan muchos objetos que son inútiles para
los guardias o para los Suizos.
Pero detalládmelos...
En total pueden llegar a... dijo Porthos, que prefería discutir
el total que el detalle.
La procuradora esperaba temblorosa.
¿A cuánto? dijo ella . Espero que no pase de... detuvo, le
faltaba la palabra.
¡Oh, no! dijo Porthos . No pasa de dos mil quinientas libras;
creo incluso que, haciendo economías, con dos mil libras me arreglaré.
¡Santo Dios, dos mil libras! exclamó ella . Eso es una fortuna.
Porthos hizo una mueca de las más significativas; la señora
Coquenard la comprendió.
Preguntaba por el detalle porque, teniendo muchos parientes y
clientes en el comercio, estaba casi segura de obtener las cosas a la m tad del
precio a que las pagaríais vos.
¡Ah, ah dijo Porthos , si es eso lo que habéis querido decir!
Sí, querido señor Porthos. ¿Así que lo primero que necesitáis es
un caballo?
Sí, un caballo.
¡Pues bien, precisamente lo tengo!
¡Ah! dijo Porthos radiante . O sea que lo del caballo está
arreglado; luego me hacen falta el enjaezamiento completo, que se compone de
objetos que sólo un mosquetero puede comprar, y que por otra parte no subirá de
las trescientas libras.
Trescientas libras, entonces pondremos trescientas libras dijo
la procuradora con un suspiro.
Porthos sonrió: como se recordará, tenía la silla que le venía
di Buckingham: eran por tanto trescientas libras que contaba con mete
astutamente en su bolsillo.
Luego continuó , está el caballo de mi lacayo y mi equipaje en
cuanto a las armas es inútil que os preocupéis, las tengo.
¿Un caballo para vuestro lacayo? contestó la procuradora. Vaya,
sois un gran señor, amigo mío.
Eh, señora dijo orgullosamente Porthos , ¿soy acaso un muerto de
hambre?
No, sólo decía que un bonito mulo tiene a veces tan buena pinta
como un caballo, y que me parece que consiguiéndoos un buen mulo para
Mosquetón...
Bueno, dejémoslo en un buen mulo dijo Porthos ; tenéis razón, he
visto a muy grandes señores españoles cuyo séquito iba en mulo pero entonces
incluid, señora Coquenard, un mulo con penachos cascabeles.
Estad tranquilo dijo la procuradora.
Queda la maleta.
Oh, en cuanto a eso no os preocupéis exclamó la señor, Coquenard
, mi marido tiene cinco o seis maletas, escogeréis la mejor; tiene una sobre
todo que le gustaba mucho para sus viajes y qu, es tan grande que cabe un
mundo.
Y esa maleta, ¿está vacía? preguntó ingenuamente Porthos
Claro que está vacía respondió ingenuamente por su lado la
procuradora.
¡Ay, la maleta que yo necesito ha de ser una maleta bien
provista, querida!
La señora Coquenard lanzó nuevos suspiros. Molière no había
escrito aún su escena de L'Avare: la señora Coquenard precede por tanto a
Harpagón.
En resumen, el resto del equipo fue debatido sucesivamente de la
misma manera; y el resultado de la escena fue que la procuradora pediría a su
marido un préstamo de ochocientas libras en plata, y proporcionaría el caballo
y el mulo que tendrían el honor de llevar a la gloria a Porthos y a Mosquetón.
Fijadas estas condiciones, y estipulados los intereses así como
la fecha de rembolso, Porthos se despidió de la señora Coquenard. Esta quería
retenerlo poniéndole ojos de cordera; pero Porthos pretextó las exigencias del
servicio, y fue necesario que la procuradora cediese el puesto al rey.
El mosquetero volvió a su casa con un hambre de muy mal humor.
Capítulo XXXIII
Doncella y señora
Entre tanto, como hemos dicho, pese a los gritos de su
conciencia y a los sabios consejos de Athos, D'Artagnan se enamoraba más de
hora en hora de Milady; por eso no dejaba de ir ningún día a hecerle una corte
a la que el aventurero gascón estaba convencido de que tarde o temprano no
podía dejar ella de corresponderle.
Una noche que llegaba orgulloso, ligero como hombre que espera
una lluvia de oro, encontró a la doncella en la puerta cochera; pero esta vez
la linda Ketty no se contentó con sonreírle al pasar: le cogió dulcemente la
mano.
¡Bueno! se dijo D'Artagnan . Estará encargada de algún mensaje
para mí de parte de su señora; va a darme alguna cita que no habrá osado darme
ella de viva voz.
Y miró a la hermosa niña con el aire más victorioso que pudo
adoptar.
Quisiera deciros dos palabras, señor caballero... balbuceó la
doncella.
Habla, hija mía, habla dijo D'Artagnan , te escucho.
Aquí, imposible: lo que tengo que deciros es demasiado largo y
sobre todo demasiado secreto.
¡Bueno! Entonces, ¿qué se puede hacer?
Si el señor caballero quisiera seguirme dijo tímidamente Ketty.
Donde tú quieras, hermosa niña.
Venid entonces.
Y Ketty, que no había soltado la mano de D'Artagnan, lo arrastró
por una pequeña escalera sombría y de caracol, y tras haberle hecho subir una
quincena de escalones, abrió una puerta.
Entrad, señor caballero dijo , aquí estaremos solos y podremos
hablar.
¿Y de quién es esta habitación, hermosa niña? preguntó
d'Artagnan.
Es la mía, señor caballero; comunica con la de mi ama por esta
puerta. Pero estad tranquilo no podrá oír lo que decimos, jamás se acuesta
antes de medianoche.
D'Artagnan lanzó una ojeada alrededor. El cuartito era
encantador de gusto y de limpieza; pero, a pesar suyo, sus ojos se fijaron en
aquella puerta que Katty le había dicho que conducía a la habitación de Milady.
Ketty adivinó lo que pasaba en el alma del joven, y lanzó un
suspiro.
¡Amáis entonces a mi ama, señor caballero! dijo ella.
¡Más de lo que podría decir! ¡Estoy loco por ella!
Ketty lanzó un segundo suspiro.
¡Ah, señor dijo ella , es una lástima!
¿Y qué diablos ves en ello que sea tan molesto? preguntó
d'Artagnan.
Es que, señor prosiguió Ketty mi ama no os ama.
¡Cómo! dijo d'Artagnan . ¿Te ha encargado ella decírmelo?
¡Oh, no, señor! Soy yo quien, por interés hacia vos, he tomado
la decisión de avisaros.
Gracias, mi buena Ketty, pero sólo por la intención, porque
comprenderás la confidencia no es agradable.
Es decir, que no creéis lo que os he dicho, ¿verdad?
Siempre cuesta creer cosas semejantes, hermosa niña, aunque no
sea más que por amor propio.
¿Entonces no me creéis?
Confieso que hasta que no te dignes darme algunas pruebas de lo
que me adelantáis
¿Qué decís a esto?
Y Ketty sacó de su pecho un billetito.
¿Para mí? dijo d'Artagnan apoderándose préstamente de la carta.
No, para otro.
¿Para otro?
Sí.
¡Su nombre, su nombre! exclamó d'Artagnan.
Mirad la dirección.
Señor conde de Wardes. El recuerdo de la escena de Saint Germain
se apareció de pronto al espíritu del presuntuoso gascón; con un movimiento
rápido como el pensamiento, desgarró el sobre pese al grito que lanzó Ketty al
ver lo que iba a hacer, o mejor, lo que hacía.
¡Oh, Dios mío, señor caballero! dijo . ¿Qué hacéis?
¡Yo nada! dijo d'Artagnan; y leyó:
«No habéis contestado a mi primer billete. ¿Estáis entonces
enfermo, o bien habéis olvidado los ojos que me pusisteis en el baile de la
señora Guise? Aquí tenéis la ocasión, conde, no la dejéis escapar.»
D'Artagnan palideció; estaba herido en su amor propio, se creyó
herido en su amor.
¡Pobre señor d'Artagnan! dijo Ketty con voz llena de compasión y
apretando de nuevo la mano del joven.
¿Tú me compadeces, pequeña? dijo d'Artagnan.
¡Sí, sí, con todo mi corazón, porque también yo sé lo que es el
amor!
¿Tú sabes lo que es el amor? dijo d'Artagnan mirándola por
primera vez con cierta atención.
-¡Ay, sí!
-Pues bien, en lugar de compadecerme, mejor harías en ayudarme a
vengarme de tu ama.
¿Y qué clase de venganza querríais hacer?
Quisiera triunfar en ella, suplantar a mi rival.
A eso no os ayudaré jamás, señor caballero –dijo vivamente
Ketty.
Y eso, ¿por qué? preguntó d'Artagnan.
Por dos razones.
¿Cuáles?
La primera es que mi ama jamás os amará.
¿Tú qué sabes?
La habéis herido en el corazón.
¡Yo! ¿En qué puedo haberla herido, yo, que desde que la conozco
vivo a sus pies como un esclavo? Habla, te lo suplico.
Eso no lo confesaré nunca más que al hombre... que lea hasta el
fondo de mi alma.
D'Artagnan miró a Ketty por segunda vez. La joven era de un
frescor y de una belleza que muchas duquesas hubieran comprado con su corona.
Ketty dijo él , yo leeré hasta el fondo de tu alma cuando
quieras; que eso no te preocupe, querida niña.
Y le dio un beso bajo el cual la pobre niña se puso roja como
una cereza.
¡Oh, no! exclamó Ketty . ¡Vos no me amáis! ¡Amáis a mi ama, lo
habéis dicho hace un momento!
Y eso te impide hacerme conocer la segunda razón.
La segunda razón, señor caballero prosiguió Ketty envalentonada
por el beso primero y luego por la expresión de los ojos d joven , es que en
amor cada cual para sí.
Sólo entonces d'Artagnan se acordó de las miradas lánguidas d
Ketty y de sus encuentros en la antecámara, en la escalinata, en el corredor,
sus roces con la mano cada vez que lo encontraba y sus suspiros ahogados; pero
absorto por el deseo de agradar a la gran dama había descuidado a la doncella;
quien caza el águila no se preocupa del gorrión.
Mas aquella vez nuestro gascón vio de una sola ojeada todo el
partido que podía sacar de aquel amor que Ketty acababa de confesar de una
forma tan ingenua o tan descarada: intercepción de cartas dirigidas al conde de
Wardes, avisos en el acto, entrada a toda hora en la habitación de Ketty,
contigua a la de su ama. El pérfido, como se vi sacrificaba ya mentalmente a la
pobre muchacha para obtener a Milady de grado o por fuerza.
¡Y bien! le dijo a la joven . ¿Quieres, querida Ketty, que te dé
una prueba de ese amor del que tú dudas?
¿De qué amor? preguntó la joven.
De ese que estoy dispuesto a sentir por ti.
¿Y cuál es esa prueba?
¿Quieres que esta noche pase contigo el tiempo que suelo pasar
con tu ama?
¡Oh, sí! dijo Ketty aplaudiendo . De buena gana.
Pues bien, querida niña dijo D'Artagnan sentándose en un sillón
, ven aquí que yo te diga que eres la doncella más bonita qu nunca he visto.
Y le dijo tantas cosas y tan bien que la pobre niña, que no pedi
otra cosa que creerlo, lo creyó... Sin embargo, con gran asombro d D'Artagnan,
la joven Ketty se defendía con cierta resolución.
El tiempo pasa de prisa cuando se pasa en ataques y defensas
Sonó la medianoche y se oyó casi al mismo tiempo sonar la
campanilla en la habitación de Milady.
¡Gran Dios! exclamó Ketty . ¡Mi señora me llama! ¡Idos, idos
rápido!
D'Artagnan se levantó, cogió su sombrero como si tuviera
intención de obedecer; luego, abriendo con presteza la puerta de un gra armario
en lugar de abrir la de la escalera, se acurrucó dentro en rnedio de los
vestidos y las batas de Milady.
¿Qué hacéis? exclamó Ketty.
D'Artagnan, que de antemano había cogido la llave, se encerró en
el armario sin responder.
¡Bueno! gritó Milady con voz agria . ¿Estáis durmiendo? ¿Por qué
no venís cuando llamo?
Y D'Artagnan oyó que abrían violentamente la puerta de comunicación.
Aquí estoy, Milady, aquí estoy exclamó Ketty lanzándose al
encuentro de su ama.
Las dos juntas entraron en el dormitorio, y como la puerta de
comunicación quedó abierta, D'Artagnan pudo oír durante algún tiempo todavía a
Milady reñir a su sirvienta; luego se calmó, y la conversación recayó sobre él
mientras Ketty arreglaba a su ama.
¡Bueno! dijo Milady . Esta noche no he visto a nuestro gascón.
¡Cómo, señora! dijo Ketty . ¿No ha venido? ¿Será infiel antes de
ser feliz?
¡Oh! No, se lo habrá impedido el señor de Tréville o el señor
Des Essarts. Me conozco, Ketty, y sé que a ése lo tengo cogido.
¿Qué hará la señora?
¿Qué haré?... Tranquilízate, Ketty, entre ese hombre y yo hay
algo que él ignora... Ha estado a punto de hacerme perder mi crédito ante Su
Eminencia... ¡Oh! Me vengaré.
Yo creía que la señora lo amaba
¿Amarlo yo? Lo detesto. Un necio, que tiene la vida de lord de
Winter entre sus manos y que no lo mata y así me hace perder trescientas mil
libras de renta.
Es cierto dijo Ketty , vuestro hijo era el único heredero de su
tío, y hasta su mayoría vos habríais gozado de su fortuna.
D'Artagnan se estremeció hasta la médula de los huesos al oír a
aquella suave criatura reprocharle, con aquella voz estridente que a ella tanto
le costaba ocultar en la conversación, no haber matado a un hombre al que él la
había visto colmar de amistad.
Por eso continuó Milady , ya me habría vengado en él si el
cardenal, no sé por qué, no me hubiera recomendado tratarlo con miramiento.
¡Oh, sil Pero la señora no ha tratado con miramientos a la mujer
que él amaba.
¡Ah, la mercera de la calle des Fossoyeurs! Pero ¿no se ha
olvidado ya él de que existía? ¡Bonita venganza, a fe!
Un sudor frío corría por la frente de D'Artagnan: aquella mujer
era un monstruo.
Volvió a escuchar, pero por desgracia el aseo había terminado.
Está bien dijo Milady , volved a vuestro cuarto y mañana tratad
de tener una respuesta a la carta que os he dado.
¿Para el señor de Wardes? dijo Ketty.
Claro, para el señor de Wardes.
Este me parece dijo Ketty una persona que debe de ser todo lo
contrario que ese pobre señor D'Artagnan.
Salid, señorita dijo Milady , no me gustan los comentarios.
D'Artagnan oyó la puerta que se cerraba, luego el ruido de dos
cerrojos que echaba Milady a fin de encerrarse en su cuarto; por su parte, pero
con la mayor suavidad que pudo, Ketty dio una vuelta de llave; entonces
D'Artagnan empujó la puerta del armario.
¡Oh, Dios mío! dijo en voz baja Ketty . ¿Qué os pasa? ¡Qué
pálido estáis!
¡Abominable criatura! murmuró D'Artagnan.
¡Silencio, silencio salid! dijo Ketty . No hay más que un
tabique entre mi cuarto y el de Milady, se oye en uno todo lo que se dice en el
otro.
Precisamente por eso no me marcharé dijo D'Artagnan.
¿Cómo? dijo Ketty ruborizándose.
O al menos me marcharé... más tarde.
Y atrajo a Ketty hacia él; no había medio de resistir ¡la
resistencia hace tanto ruido! , por eso Ketty cedió.
Aquello era un movimiento de venganza contra Milady. D'Artagnan
encontró que tenían razón al decir que la venganza es placer de dioses. Por
eso, con algo de corazón se habría contentado con esta nueva conquista; mas
D'Artagnan sólo tenía ambición y orgullo.
Sin embargo, y hay que decirlo en su elogio, el primer empleo
que hizo de su influencia sobre Ketty fue tratar de saber por ells qué había
sido de la señora Bonacieux; pero la pobre muchacha juró sobre el crucifijo a
D'Artagnan que ignoraba todo, pues su ama no dejaba nunca penetrar más que la
mitad de sus secretos; sólo creía poder responder que no estaba muerta.
En cuanto a la causa que había estado a punto de hacer perder a
Milady su crédito ante el cardenal, Ketty no sabía nada más; pero en esta
ocasión D'Artagnan estaba más adelantado que ella: como había visto a Milady en
su navío acuartelado en el momento en que él dejaba Inglaterra, sospechó que
aquella vez se trataba de los herretes de diamantes.
Pero lo más claro de todo aquello es que el odio verdadero, el
odio profundo, el odio inveterado de Milady procedía de que no había matado a
su cuñado.
D'Artagnan volvió al día siguiente a casa de Milady. Estaba ella
de muy mal humor; D'Artagnan sospechó que era la falta de respuesta del señor
de Wardes lo que tanto la molestaba. Ketty entró y Milady la recibió con
dureza. Una ojeada que lanzó a D'Artagnan quería decir: ¡Ya veis cuánto sufro
por vos!
Sin embargo, al final de la velada, la hermosa leona se
dulcificó, escuchó sonriendo la frases dulces de D'Artagnan, incluso le dio la
mano a besar.
D’Artagnan salió no sabiendo qué pensar; pero como era un
muchacho al que no se hacía fácilmente perder la cabeza, al tiempo que hacía su
corte a Milady, había esbozado en su mente un pequeño plan.
Encontró a Ketty en la puerta, y como la víspera subió a su
cuarto para tener noticias. A Ketty la había reñido mucho, la había acusado de
neglicencia. Milady no comprendía nada del silencio del conde de Wardes, y le
había ordenado entrar en su cuarto a las nueve de la mañana para coger una
tercera carta.
D'Artagnan hizo prometer a Ketty que llevaría a su casa esa
carta a la mañana siguiente; la pobre joven prometió todo lo que quiso su
amante: estaba loca.
Las cosas pasaron como la víspera; D'Artagnan se encerró en su
armario. Milady llamó, hizo su aseo, despidió a Ketty y cerró su puerta. Como
la víspera, D'Artagnan no volvió a su casa hasta la cinco de la mañana.
A las once, vio llegar a Ketty; llevaba en la mano un nuevo
billete de Milady. Aquella vez, la pobre muchacha ni siquiera trató de
disputárselo a D'Artagnan: le dejó hacer; pertenecía en cuerpo y alma a su
hermoso soldado.
D'Artagnan abrió el billete y leyó lo que sigue:
«Esta es la tercera vez que os escribo para deciros que os amo.
Tened cuidado de que no os escriba una cuarta vez para deciros que os detesto.
Si os arrepentís de vuestra forma de comportaros conmigo, la
joven que os entregue este billete os dirá de qué forma un hombre galante puede
obtener su perdón.»
D'Artagnan enrojeció y palideció varias veces al leer este
billete.
¡Oh, seguís amándola! dijo Ketty, que no había separado un
instante los ojos del rostro del joven.
No, Ketty, te equivocas, ya no la amo; pero quiero vengarme de
sus desprecios.
Sí, conozco vuestra venganza; ya me lo habéis dicho.
¡Qué te importa, Ketty! Sabes de sobra que sólo te amo a ti.
¿Cómo se puede saber eso?
Por el desprecio que haré de ella.
Ketty suspiró.
D'Artagnan cogió una pluma y escribió:
«Señora, hasta ahora había dudado de que fuese yo el
destinatario de esos dos billetes vuestros, tan indigno me creía de semajante
honor; además, estaba tan enfermo que en cualquier caso hubiese dudado en
responder.
Pero hoy debo creer en el exceso de vuestras bondades porque no
sólo vuestra carta, sino vuestra criada también, me asegura que tengo la dicha
de ser amado por vos.
No tiene ella necesidad de decirme de qué manera un hombre
galante puede obtener su perdón. Por tanto, iré a pediros el mío esta noche a
las once. Tardar un día sería ahora a mis ojos haceros una nueva ofensa.
Aquel a quien habéis hecho el más feliz de los hombres.
Conde de Wardes.»
Este billete era, en primer lugar, falso; en segundo lugar una
indelicadeza; incluso era, desde el punto de vista de nuestras costumbres ,
actuales, algo como una infamia; pero no se tenían tantos miramientos en
aquella época como se tienen hoy. Por otro lado D'Artagnan, por confesión
propia, sabía a Milady culpable de traición a capítulos más importantes y no
tenía por ella sino una estima muy endeble. Y sin embargo, pese a esa poca
estima, sentía que una pasión insensata por aquella mujer le quemaba. Pasión
embriagada de desprecio; pero pasión o sed, como se quiera.
La intención de D'Artagnan era muy simple; por la habitación de
Ketty llegaba él a la de su ama; se beneficiaba del primer momento de sorpresa,
de vergüenza, de terror para triunfar de ella; quizá fracasara, pero había que
dejar algo al azar. Dentro de ocho días se iniciaba la campaña y había que
partir; D'Artagnan no tenía tiempo de hilar el amor perfecto.
Toma dijo el joven entregando a Ketty el billete completamente
cerrado dale esta carta a Milady; es la respuesta del señor de Wardes.
La pobre Ketty se puso pálida como la muerte, sospechaba lo que
contenía aquel billete.
Escucha, querida niña le dijo D'Artagnan , comprendes que esto
debe terminar de una forma o de otra; Milady puede descubrir que le has
entregado el primer billete a mi criado en lugar de entregárselo al criado del
conde; que soy yo quien ha abierto los otros que tenían que haber sido abiertos
por el señor de Wardes; entonces Milady te echa y ya la conoces, no es una
mujer como para quedarse en esa venganza.
¡Ay! dijo Ketty . ¿Por quién me he expuesto a todo esto?
Por mí, lo sabes bien hermosa mía dijo el joven , y por esto te
estoy muy agradecido, te lo juro.
Pero ¿qué contiene vuestro billete?
Milady te lo dirá.
¡Ay, vos no me amáis exclamó Ketty , y soy muy desgraciada!
Este reproche tuvo una respuesta con la que siempre se engañan
las mujeres: D'Artagnan respondió de forma que Ketty permaneciese en el error
más grande.
Sin embargo, ella lloró mucho antes de decidirse a entregar
aquella carta a Milady; por fin se decidió, que es todo lo que D'Artagnan
quería.
Además le prometió que aquella noche saldría temprano de casa de
su ama y que al salir del salón del ama iría a su cuarto.
Esta promesa acabó por consolar a la póbre Ketty.
Capítulo XXXIV
Donde se trata del equipo de Aramis y de Porthos
Desde que los cuatro amigos estaban a la caza cada cual de su
equipo, no había entre ellos reunión fija. Cenaban unos sin otros, donde cada
uno se encontraba, o mejor, donde se podía. El servicio, por su lado, les
llevaba también una buena parte de su precioso tiempo, que transcurría tan
deprisa. Habían convenido solamente en encontrarse una vez por semana, hacia la
una en el alojamiento de Athos, dado que este último, según el juramento que
había hecho, no pasaba del umbral de su puerta.
El mismo día en que Ketty había ido a buscar a D'Artagnan a su
casa era día de reunión.
Ápenas hubo salido Ketty, D'Artagnan se dirigió hacia la calle
Férou.
Encontró a Athos y Aramis que filosofaban. Aramis tenía ciertas
veleidades de volver a ponerse la sotana. Athos, según su costumbre, ni lo
disuadía ni lo alentaba. Athos era de la opinión de dejar a cada cual a su
libre albedrío. Nunca daba consejos a no ser que se los pidieran. E incluso
había que pedírselos dos veces.
En general, no se piden consejos decía más que para no
seguirlos; o, si se siguen, es para tener a alguien a quien se puede reprochar
el haberlos dado.
Porthos llegó un momento después de D'Artagnan. Los cuatro
amigos estaban, pues, reunidos.
Los cuatro rostros expresaban cuatro sentimientos distintos: el
de Porthos tranquilidad; el de D'Artagnan, esperanza; el de Aramis, inquietud;
el de Athos, despreocupación.
Al cabo de un instante de conversación en la cual Porthos dejó
entrever que una persona situada muy arriba había tenido a bien encargarse de
sacarle del apuro, entró Mosquetón.
Venía a rogar a Porthos que pasase a su alojamiento, donde su
presencia era urgente, según decía con aire muy lastimoso.
¿Es mi equipo? preguntó Porthos.
Sí y no respondió Mosquetón.
Pero ¿qué es lo que quieres decir?...
Venid, señor.
Porthos se levantó, saludó a sus amigos y siguió a Mosquetón.
Un instante después, Bazin apareció en el umbral de la puerta.
¿Para qué me queréis, amigo mío? dijo Aramis con aquella dulzura
de lenguaje que se observaba en él cada vez que sus ideas lo llevaban hacia la
iglesia.
Un hombre espera al señor en casa respondió Bazin.
¡Un hombre! ¿Qué hombre?
Un mendigo.
Dadle limosna, Bazin, y decidle que ruege por un pobre pecador.
Ese mendigo quiere forzosamente hablaros, y pretende que
estaréis encantado de verlo.
¿No ha dicho nada de particular para mí?
Sí. Si el señor Aramis, ha dicho, duda en venir a buscarme, le
anunciaréis que llego de Tours.
¿De Tours? exclamó Aramis . Señores, mil perdones, pero sin duda
este hombre me trae noticias que esperaba.
Y levantándose al punto se alejó rápidamente.
Quedaron Athos y D'Artagnan.
Creo que esos muchachos han encontrado su solución. ¿Qué
pensáis, D'Artagnan? dijo Athos.
Sé que Porthos lleva camino de conseguirlo dijo D'Artagnan ; y
en cuanto a Aramis, a decir verdad, nunca me ha preocupado mucho; pero vos, mi
querido Athos, vos que tan generosamente habéis distribuido las pistolas del
inglés que eran vuestra legítima, ¿que vais a hacer?
Estoy muy contento de haber matado a ese maldito, querido, dado
que es pan bendito matar un inglés, pero si me hubiera embolsado sus pistolas
me pesarían como un remordimiento.
¡Vamos, mi querido Athos! Realmente tenéis ideas inconcebibles.
¡Dejémoslo, dejémoslo! El señor de Tréville, que me hizo el
honor de visitarme ayer, me dijo que frecuentáis a esos ingleses sospechosos
que protege el cardenal.
Eso quiere decir que visito una inglesa de la que ya os he
hablado.
Ah, sí, la mujer rubia respecto a la cual os he dado consejos
que naturalmente os habéis cuidado mucho de seguir.
Os he dado mis razones.
Sí, veis ahí vuestro equipo, según creo por lo que me habéis
dicho.
¡Nada de eso! He conseguido la certeza de que esa mujer tiene
algo que ver con el rapto de la señora Bonacieux.
Sí, comprendo; para encontrar a una mujer, hacéis la corte a
otra: es el camino más largo, pero el más divertido.
D'Artagnan estuvo a punto de contárselo todo a Athos; pero un
punto lo detuvo: Athos era un gentilhombre severo sobre el pundonor, y en todo
aquel pequeño plan que nuestro enamorado había fijado respecto a Milady había
ciertas cosas que de antemano, estaba seguro de ello, no obtendrían el
asentimiento del puritano; prefirió, pues, guardar silencio, y como Athos era
el hombre menos curioso de la tierra, las confidencias de D'Artagnan se
quedaron ahí.
Dejaremos, pues, a los dos amigos, que no tenían nada muy
importante que decirse, para seguir a Aramis.
A la nueva de que el hombre que quería hablarle llegaba de
Tours, ya hemos visto con qué rapidez el joven había seguido, o mejor,
adelantado a Bazin; no dio, pues, más que un salto de la cane Férou a la calle
de Vaugirard.
Al entrar en su casa, encontró efectivamente a un hombre de
estatura baja y ojos inteligentes, pero cubierto de harapos.
¿Sois vos quien preguntáis por mí? dijo el mosquetero.
Yo pregunto por el señor Aramis; ¿sois vos quien os llamáis asî?
Yo mismo; ¿tenéis algo que entregarme?
Sí, si me mostráis cierto pañuelo bordado.
Helo aquí dijo Aramis sacando una llave de su pecho y abriendo
un cofrecito de madera de ébano incrustado de nácar , helo aquí, mirad.
Está bien dijo el mendigo , despedid a vuestro lacayo.
En efecto, Bazin, curioso por saber lo que el mendigo quería de
su maestro, había acompasado el paso al suyo, y había llegado casi al mismo
tiempo que él; pero esta celeridad no le sirvió de gran cosa; a la invitación
del mendigo, su amo le hizo seña de retirarse, y no tuvo más remedio que
obedecer.
Una vez que Bazin salió, el mendigo lanzó una mirada rápida en
torno a él, a fin de asegurarse de que nadie podía verlo ni oírlo, y abriendo
su vestido harapiento mal apretado por un cinturón de cuero, se puso a descoser
la parte alta de su jubón, de donde sacó una carta.
Aramis lanzó un grito de alegría a la vista del sello, besó la
escritura, y con un respeto casi religioso abrió la epístola, que contenía lo
que sigue:
«Amigo, la suerte quiere que sigamos separados por algún tiempo
aún; mas los hermosos días de la juventud no se han perdido sin retorno.
Cumplid vuestro deber en el campamento; yo cumplo el mío en otra parte; haced
la campaña como gentilhombre valiente, y pensad en mí, que beso tiernamente
vuestros ojos negros.
¡Adiós, o mejor, hasta luego!»
El mendigo seguía descosiendo; de sus sucios vestidos sacó una a
una ciento cincuenta pistolas dobles de España, que alineó sobre la mesa;
luego, abrió la puerta, saludó y partió antes de que el joven, estupefacto,
hubiera osado dirigirle la palabra.
Aramis releyó entonces la carta, y se dio cuenta de que aquella
carta tenía un post scriptum.
«P. S. Podéis acoger al portador, que es conde y grande de
España. »
¡Sueños dorados! exclamó Aramis . ¡Oh hermosa vida! Sí, somos
jóvenes. Sí, aún tendremos días felices. ¡Óh, para ti, para ti, amor mío, mi
sangre, mi vida, todo, todo, mi bella dueña!
Y besaba la carta con pasión sin mirar siquiera el oro que
centelleaba sobre la mesa.
Bazin llamó suavemente a la puerta; Aramis no tenía ya motivo
para mantenerlo a distancia; le permitió entrar.
Bazin quedó estupefacto a la vista de aquel oro y olvidó que
venía a anunciar a D'Artagnan, que, curioso por saber quién era el mendigo,
venía a casa de Aramis al salir de la de Athos.
Pero como D'Artagnan no se preocupaba mucho con Aramis, al ver
que Bazin olvidaba anunciarlo, se anunció él mismo.
¡Diablo, mi querido Aramis! dijo D'Artagnan . Si esto son las
ciruelas que os envían de Tours, presentaréis mis respetos al jardinero que las
cosecha.
Os equivocáis, querido dijo Aramis siempre discreto , es mi
librero, que acaba de enviarme el precio de aquel poema en versos de una sílaba
que comencé allá.
¡Ah, claro! dijo D'Artagnan . Pues bien, vuestro librero es
generoso, mi querido Aramis, es todo cuanto puedo deciros.
¡Cómo, señor! exclamó Bazin . ¿Tan caro se vende un poema? ¡Es
increble! Oh, señor, haced cuantos queráis, podéis convertiros en el émulo del
señor de Voiture y del señor de Benserade. También a mí me gusta esto. Un poeta
es casi un abate. ¡Ah, señor Aramis, meteos, pues, a poeta, os lo suplico!
Bazin, amigo mío dijo Aramis , creo que os estáis mezclando en
la conversación.
Bazin comprendió que se había equivocado; bajó la cabeza y
salió.
¡Vaya! dijo D'Artagnan con una sonrisa . Vendéis vuestras
producciones a peso de oro, sois muy afortunado, amigo mío; pero tened cuidado,
vais a perder esa carta que sale de vuestra casaca, y que sin duda también es
de vuestro librero.
Aramis se puso rojo hasta el blanco de los ojos, volvió a meter
su carta y a abotonar su jubón.
Mi querido D'Artagnan dijo , vayamos si os parece en busca de
nuestros amigos; y puesto que soy rico, hoy volveremos a comer juntos a la
espera de que vos seais rico en otra ocasión.
¡A fe que con mucho gusto! dijo D'Artagnan . Hace tiempo que no
hemos hecho una comida decente; y como por mi cuenta esta noche tengo que hacer
una expedición algo arriesgada, no me molestará, lo confieso, que se me suba la
cabeza con algunas botellas de viejo borgoña.
¡Vaya por el viejo borgoña! Tampoco yo lo detesto dijo. Aramis,
a quien la vista del oro había quitado como con la mano sus ideas de retiro.
Y tras poner tres o cuatro pistolas en su bolso para responder a
las necesidades del momento, guardó las otras en el cofre de ébano incrustado
de nácar donde ya estaba el famoso pañuelo que le había servido de talismán.
Los dos amigos se dirigieron primero a casa de Athos que, fiel
al juramento que había hecho de no salir, se encargó de hacerse traer a cena a
casa; como entendía a las mil maravillas los detalles gastronómicos, D'Artagnan
y Aramis no pusieron ninguna dificultad en dejarle ese importante cuidado.
Se dirigían a casa de Porthos cuando en la esquina de la calle
du Bac se encontraron con Mosquetón, que con aire lastimero echaba por delante
de él a un mulo y a un caballo.
D'Artagnan lanzó un grito de sorpresa, que no estaba exento de
mezcla de alegría.
¡Ah, mi caballo amarillo! exclamó . Aramis, ¡mirad ese caballo!
¡Oh, horroroso rocín! dijo Aramis.
Pues bien, querido prosiguió D'Artagnan , es el caballo sobre el
que vine a Paris.
¿Cómo? ¿El señor conoce este caballo? dijo Mosquetón.
Es de un color original dijo Aramis ; es el único que he visto
en mi vida con ese pelo.
Eso creo también prosiguió D'Artagnan ; yo lo vendí por eso en
tres escudos, y debió ser por el pelo, porque el esqueleto no vale desde luego
dieciocho libras. Pero ¿cómo se encuentra entre tus manos este caballo,
Mosquetón?
¡Ah dijo el criado no me habléis de ello, señor, es una mala
pasada del marido de nuestra duquesa!
¿Cómo ha sido eso, Mosquetón?
Sí, somos vistos con buenos ojos por una mujer de calidad, la
duquesa de..., pero perdón, mi amo me ha recomendado ser discreto. Nos había
forzado a aceptar un pequeño recuerdo, un magnífico caballo berberisco y un
mulo andaluz, que eran maravillosos de ver; el marido se ha enterado del
asunto, ha confiscado al pasar las dos magníficas bestias que nos enviaban, ¡y
las ha sustituido por estos horribles animales!
Que tú devuelves dijo D'Artagnan.
Exacto contestó Mosquetón ; comprenderéis que no podemos aceptar
semejantes monturas a cambio de las que nos han prometido.
No, pardiez, aunque me hubiera gustado ver a Porthos sobre rni
Botón de Oro; eso me habría dado una idea de lo que era yo mismo cuando llegué
a Paris. Pero no te entretenemos, Mosquetón, vete a hacer el recado de tu amo,
vete. ¿Está él en casa?
Sí, señor dijo Mosquetón , pero muy desapacible, id.
Y continuó su camino hacia el paseo des Grands Augustins,
mientras los dos amigos iba a llamar a la puerta del infortunado Porthos. Este
les había visto atravesar el patio y se había abstenido de abrir. Llamaron,
pues, inútilmente.
Mientras tanto, Mosquetón continuaba su camino y al atravesar el
Pont Neuf, siempre arreando delante de él sus dos matalones, llegó a la calle
aux Ours. Llegado allí, ató, según las órdenes de su amo, caballo y mulo a la
aldaba de la puerta del procurador; luego, sin inquietarse por su suerte
futura, volvió en busca de Porthos y le anunció que su recado estaba hecho.
Al cabo de cierto tiempo, las dos desgraciadas bestias, que no
habían comido desde la mañana, hicieron tal ruido alzando y dejando caer la
aldaba de la puerta que el procurador ordenó a su recadero ir a informarse en
el vecindario a quién pertenecían el çaballo y el mulo.
La señora Coquenard reconoció su regalo, y no comprendió al
principio nada de aquella devolución; pero pronto la visita de Porthos la
iluminó. La furia que brillaba en los ojos del mosquetero, pese a la coacción
que se imponía espantó a la sensible amante. En efecto, Mosquetón no había
ocultado a su amo que había encontrado a D'Artagnan y a Aramis, y que
D'Artagnan había reconocido en el caballo amarillo la jaca bearnesa sobre la
que había venido a Paris y que había vendido por tres escudos.
Porthos salió tras haber dado cita a la procuradora en el
claustro Saint Maglorie. La procuradora, al ver que Porthos se iba, lo invitó a
cenar, invitación que el mosquetero rehusó con aire lleno de majestad.
La señora Coquenard se dirigió toda temblorosa al claustro
Saint-Maglorie, porque adivinaba los reproches que allí le esperaban; pero
estaba fascinada por las grandes maneras de Porthos.
Todas las imprecaciones y reproches que un hombre herido en su
amor propio puede dejar caer sobre la cabeza de una mujer, Porthos las dejó
caer sobre la cabeza inclinada de la procuradora.
iAy! dijo . Lo he hecho lo mejor que he podido. Uno de nuestros
clientes es mercader de caballos, debía dinero al bufete, y se mostraba
recalcitrante. He cogido este mulo y este caballo por lo que nos debía; me
había prometido dos monturas regias.
iPues bien, señora dijo Porthos , si os debía más de cinco
escudos vuestro chalán es un ladrón!
No está prohibido buscar lo barato, señor Porthos dijo la
procuradora tratando de excusarse.
No, señora, pero quienes buscan lo barato deben permitir a los
otros buscarse amigos más generosos.
Y Porthos, girando sobre sus talones, dio un paso para
retirarse.
¡Señor Porthos, señor Porthos! exclamó la procuradora . Me he
equivocado, lo reconozco, y no habría debido regatear tratándose de equipar a
un caballero como vos.
Porthos, sin responder, dio un segundo paso de retirada.
La procuradora creyó verlo en una nube centelleante todo rodeado
de duquesas y marquesas que le lanzaban bolsas de oro a los pies.
¡Deteneos, en nombre del cielo! Señor Porthos exclamó , deteneos
y hablemos.
Hablar con vos me trae mala suerte dijo Porthos.
Pero decidme, ¿qué pedís?
Nada, porque esto equivale a lo mismo que si os pidiese algo.
La procuradora se colgó del brazo de Porthos, y en el impulso de
su dolor, exclamó:
Señor Porthos, yo ignoro todo esto, ¿sé acaso lo que es un
caballo? ¿Sé lo que son los arneses?
Teníais que haber confiado en mí, que sí lo sé, señora; pero
habéis querido economizar y, en consecuencia, prestar a usura.
Es un error, señor Porthos, y lo repararé bajo palabra de honor.
¿Y cómo? preguntó el mosquetero.
Escuchad. Esta noche el señor Coquenard va a casa del señor
duque de Chaulnes, que lo ha llamado. Es para una consulta que durará dos horas
por los menos; venid, estaremos solos y haremos nuestras cuentas.
¡En buena hora! Eso es lo que se dice hablar, querida mía.
¿Me perdonáis?
Veremos dijo majestuosamente Porthos.
Y ambos se separaron diciéndose: Hasta esta noche.
«¡Diablos! pensó Porthos al alejarse . Me parece que me estoy
acercando por fin al baúl de maese Coquenard.»
Capítulo XXXV
De noche todos los gatos son pardos
Aquella noche, tan impacientemente esperada por Porthos y
D'Artagnan, llegó por fin.
D'Artagnan, como de costumbre, se presentó hacia las nueve en
casa de Milady. La encontró de un humor encantador; jamás lo había recibido tan
bien. Nuestro gascón vio a la primera ojeada que su billete había sido
entregado, y ese billete producía su efecto.
Ketty entró para traer sorbetes. Su amante le puso una cara
encantadora, le sonrió con una sonrisa más graciosa, mas, ¡ay!, la pobre chica
estaba tan triste que no se dio cuenta siquiera de la benevolencia de Milady.
D'Artagnan miraba juntas a aquellas dos mujeres y se veía
forzado a confesar que la naturaleza se había equivocado al formarlas; a la
gran dama le había dado un alma venal y vil, a la doncella le había dado un
corazón de duquesa.
A las diez Milady comenzó a parecer inquieta. D'Artagnan
comprendió lo que aquello quería decir; miraba el péndulo, se levantaba, se
volvía a sentar, sonreía a D'Artagnan con un aire que quería decir: Sois muy
amable sin duda, pero seríais encantador si os fueseis.
D'Artagnan se levantó y cogió su sombrero; Milady le dio su mano
a besar; el joven sintió que se la estrechaba y comprendió que era por un
sentimiento no de coquetería, sino de gratitud por su marcha.
Lo ama endiabladamente murmuró. Luego salió.
Aquella vez Ketty no lo esperaba, ni en la antecámara, ni en el
corredor, ni en la puerta principal. Fue preciso que D'Artagnan encontrase él
solo la escalera y el cuarto.
Ketty estaba sentada con la cabeza oculta entre sus manos y
lloraba.
Oyó entrar a D'Artagnan pero no levantó la cabeza; el joven fue
junto a ella y le cogió las manos; entonces ella estalló en sollozos.
Como D'Artagnan había presumido, Milady, al recibir la carta, le
había dicho todo a su criada en el delirio de su alegría; luego, como
recompensa por la forma de haber hecho el encargo esta vez, le había dado una
bolsa. Ketty, al volver a su cuarto, había tirado la bolsa en un rincón donde
había quedado completamente abierta, vomitando tres o cuatro piezas de oro
sobre el tapiz.
A la voz de D'Artagnan la pobre muchacha alzó la cabeza.
D'Artagnan mismo quedó asustado por el transtorno de su rostro. Juntó las manos
con aire suplicante, pero sin atreverse a decir una palabra.
Por poco sensible que fuera el corazón de D'Artagnan, se sintió
enternecido por aquel dolor mudo; pero le importaban demasiado sus proyectos, y
sobre todo aquél, para cambiar algo en el programa que se había trazado de
antemano. No dejó, pues, a Ketty ninguna esperanza de ablandarlo, sólo que
presentó su acción como simple venganza.
Por lo demás esta venganza se hacía tanto más fácil cuanto que
Milady, sin duda para ocultar su rubor a su amante, había recomendado a Ketty
apagar todas las luces del piso, a incluso de su habitación. Antes del alba el
señor de Wardes debería salir, siempre en la oscuridad.
Al cabo de un instante se oyó a Milady que entraba en su
habitación. D'Artagnan se abalanzó al punto a su armario. Apenas se había
acurrucado en él cuando se dejó oír la campanilla.
Milady parecía ebria de alegría, se hacía repetir por Ketty los
menores detalles de la pretendida entrevista de la doncella con de Warder, cómo
había recibido él su carta, cómo había respondido, cuál era la expresión de su
rostro, si parecía muy enamorado; y a todas estas preguntas la pobre Ketty,
obligada a poner buena cara, respondía con una voz ahogada cuyo acento doloroso
su ama ni siquiera notaba, ¡así de egoísta es la felicidad!
Por fin, como la hora de su entrevista con el conde se acercaba,
Milady hizo apagar todo en su cuarto, y ordenó a Ketty volver a su habitación a
introducir a de Wardes tan pronto como se presentara.
La espera de Ketty no fue larga. Apenas D'Artagnan hubo visto
por el agujero de la cerradura de su armario que todo el piso estaba en la
oscuridad cuando se lanzó de su escondite en el momento mismo en que Ketty
cerraba la puerta de comunicación.
¿Qué es ese ruido? preguntó Milady.
Soy yo dijo D'Artagnan a media voz , yo, el conde de Wardes.
¡Oh, Dios mío, Dios mío! murmuró Ketty . No ha podido esperar
siquiera la hora que él mismo había fijado.
¡Y bien! dijo Milady con una voz temblorosa . ¿Por qué no entra?
Conde, conde añadió , ¡sabéis de sobra que os espero!
A esta llamada, D'Artagnan alejó suavemente a Ketty y se
precipitó en la habitación de Milady.
Si la rabia y el dolor deben torturar su alma, ésa es la del
amante que recibe bajo un nombre que no es el suyo protestas de amor que se
dirigen a su afortunado rival.
D'Artagnan estaba en una situación dolorosa que no había
previsto, los celos le mordían el corazón, y sufría casi tanto como la pobre
Ketty, que en aquel mismo momento lloraba en la habitación vecina.
Sí, conde decía Milady con su voz más dulce, apretando
tiernamente su mano entre las suyas ; sí, soy feliz por el amor que vuestras
miradas y vuestras palabras me han declarado cada vez que nos hemos encontrado.
También yo os amo. ¡Oh, mañana, mañana, quiero alguna prenda de vos que
demuestre que pensáis en mí, y, como podríais olvidarme, tomad!
Y ella pasó un anillo de su dedo al de D'Artagnan.
D'Artagnan se acordó de haber visto aquel anillo en la mano de
Milady: era un magnífico zafiro rodeado de brillantes.
El primer movimiento de D'Artagnan fue devolvérselo, pero Milady
añadió:
No, no, guardad este anillo por amor a mí. Además, aceptándolo
añadió con voz conmovida me hacéis un servicio mayor de lo que podríais
imaginar.
«Esta mujer está llena de misterios» murmuró para sus adentros
D'Artagnan.
En aquel momento se sintió dispuesto a revelarlo todo. Abrió la
boca para decir a Milady quién era, y con qué objetivo de venganza había
venido, pero ella añadió:
¡Pobre ángel, a quien ese monstruo de gascón ha estado a punto
de matar!
El monstruo era él.
¡Oh! continuó Milady . ¿Os hacen sufrir mucho todavía vuestras
heridas?
Sí, mucho dijo D'Artagnan, que no sabía muy bien qué responder.
Tranquilizaos murmuró Milady , yo os vengaré, y cruelmente.
«¡Maldita sea! se dijo D'Artagnan . El momento de las
confidencias todavía no ha llegado.»
Necesitó D'Artagnan algún tiempo todavía para reponerse de este
breve diálogo; pero todas las ideas de venganza que había traído se habían
desvanecido por completo. Aquella mujer ejercía sobre él un increíble poder, la
odiaba y la adoraba a la vez; jamás había creído que estos dos sentimientos tan
contrarios pudieran habitar en el mismo corazón y al reunirse formar un amor
extraño y en cierta forma diabólico.
Sin embargo, acababa de sonar la una; hubo que separarse;
D'Artagnan, en el momento de dejar a Milady, no sintió más que un vivo pesar
por alejarse, y en el adiós apasionado que ambos se dirigieron recíprocamente,
convinieron una nueva entrevista para la semana siguiente. La pobre Ketty
esperaba poder dirigir algunas palabras a D'Artagnan cuando pasara por su
habitación, pero Milady lo guió ella misma en la oscuridad y sólo lo dejó en la
escalinata.
Al día siguiente por la mañana, D'Artagnan corrió a casa de
Athos. Estaba empeñado en una aventura tan singular que quería pedirle consejo.
Le contó todo. Athos frunció varias veces el ceño.
Vuestra Milady le dijo me parece una criatura infame, pero no
por ello habéis dejado de equivocaros al engañarla; de una forma o de otra,
tenéis un terrible enemigo encima.
Y al hablarle, Athos miraba con atención el zafiro rodeado de
diamantes que había ocupado en el dedo de D'Artagnan el lugar del anillo de la
reina, cuidadosamente puesto en un escriño.
¿Veis este anillo? dijo el gascón glorioso por exponer a las
miradas de sus amigos un presente tan rico.
Sí dijo Athos , me recuerda una joya de familia.
Es hermoso, ¿no es cierto? dijo D'Artagnan.
¡Magnífico! respondió Athos . No creía que éxistieran dos
zafiros de unas aguas tan bellas. ¿Lo habéis cambiado por vuestro diamante?
No dijo D'Artagnan : es un regalo de mi hermosa inglesa, o
mejor, de mi hermosa francesa, porque, aunque no se lo he preguntado, estoy
convencido de que ha nacido en Francia.
¿Este anillo os viene de Milady? exclamó Athos con una voz en la
que era fácil distinguir una gran emoción.
De ella misma; me lo ha dado esta noche.
Enseñadme ese anillo dijo Athos.
Aquí está respondió D'Artagnan sacándolo de su dedo.
Athos lo examinó y padileció, luego probó en el anular de su
mano izquierda; le iba a aquel dedo como si estuviera hecho para él. Una nube
de cólera y de venganza pasó por la frente ordinariamente tranquila del
gentilhombre.
Es imposible que sea el mismo dijo . ¿Cómo iba a encontrarse
este anillo en las manos de milady Clarick? Y sin embargo, es muy difícil que
haya entre dos joyas un parecido semejante.
¿Conocéis este anillo? preguntó D'Artagnan.
Había creído reconocerlo dijo Athos , pero sin duda me
equivocaba.
Y lo devolvió a D'Artagnan sin cesar, sin embargo, de mirarlo.
Mirad dijo al cabo de un instante , D'Artagnan, quitaos ese
anillo de vuestro dedo o volved el engaste para dentro; me trae tan crueles
recuerdos que no estaría tranquilo para hablar con vos. ¿No venís a pedirme
consejos, no me decíais que estabais en apuros sobre lo que debíais hacer?...
Esperad... Dejadme ese zafiro: ese al que yo me refiero debe tener una de sus
caras rozada a consecuencia de un accidente.
D'Artagnan sacó de nuevo el anillo de su dedo y se lo entregó a
Athos.
Athos se estremeció.
Mirad dijo , ved, ¿no es extraño?
Y mostraba a D'Artagnan aquel rasguño que recordaba debía
existir.
Pero ¿de quién os venía este zafiro, Athos?
De mi madre, que lo tenía de su madre. Como os digo, es una
antigua joya... que jamás debió salir de la familia,.
Y vos, ¿lo... vendisteis? preguntó dudando D'Artagnan.
No contestó Athos con una sonrisa singular ; lo di durante una
noche de amor, como os lo han dado a vos.
D'Artagnan permaneció pensativo a su vez; le parecía ver en el
alma de Milady abismos cuyas profundidades eran sombrías y desconocidas.
Metió el anillo no en su dedo sino en su bolsillo.
Oíd le dijo Athos cogiéndole la mano , ya sabéis cuánto os amo,
D'Artagnan; si tuviera un hijo no lo querría tanto como a vos. Pues bien,
creedme, renunciad a esa mujer. No la conozco, pero una especie de intuición me
dice que es una criatura perdida, y que hay algo de fatal en ella.
Y tenéis razón dijo D'Artagnan . También yo me aparto de ella;
os confieso que esa mujer me asusta a mí incluso.
¿Tendréis ese valor? dijo Athos.
Lo tendré respondió D'Artagnan , y desde ahora mismo.
Pues bien, de verdad, hijo mío, tenéis razón dijo el
gentilhombre apretando la mano del gascón con un cariño casi paterno ; ojalá
quiera Dios que esa mujer, que apenas ha entrado en vuestra vida, no deje en
ella una huella funesta.
Y Athos saludó a D'Artagnan con la cabeza, como hombre que
quiere hacer comprender que no le molesta quedarse a solas con sus
pensamientos.
Al volver a su casa, D'Artagnan encontró a Ketty que lo
esperaba. Un mes de fiebre no habría cambiado a la pobre niña más de lo que lo
estaba por aquella noche de insomnio y de dolor.
Era enviada por su ama al falso de Wardes. Su ama estaba loca de
amor, ebria de alegría; quería saber cuándo le daría el conde una segunda
entrevista.
Y la pobre Ketty, pálida y temblorosa, esperaba la respuesta de
D'Artagnan.
Athos tenía un gran influjo sobre el joven; los consejos de su
amigo unidos a los gritos de su propio corazón le habían decidido, ahora que su
orgullo estaba a salvo y su venganza satisfecha, a no volver a ver a Milady.
Por toda respuesta tomó una pluma y escribió la carta siguiente:
«No contéis conmigo, señora, para la próxima cita; desde mi
convalecencia tengo tantas ocupaciones de ese género que he tenido que poner
cierto orden. Cuando llegue vuestra vez, tendré el honor de participároslo.
Os beso las manos.
Conde de Wardes.»
Del zafiro ni una palabra: ¿quería el gascón guardar un arma
contra Milady? O bien, seamos francos, ¿no conservaba aquel zafiro como último
recurso para el equipo?
Nos equivocaríamos por lo demás si juzgáramos las acciones de
una época desde el punto de vista de otra época. Lo que hoy sería mirado como
una vergüenza por un hombre galante era en ese tiempo algo sencillo y
completamente natural, y los segundones de las mejores familias se hacían
mantener por regla general por sus amantes.
D'Artagnan pasó su carta abierta a Ketty, que la leyó primero
sin comprenderla y que estuvo a punto de enloquecer de alegría al releerla por
segunda vez.
Ketty no podía creer en tal felicidad. D'Artagnan se vio
obligado a renovarle de viva voz las seguridades que la carta le daba por
escrito; y cualquiera que fuese, dado el carácter arrebatado de Milady, el
peligro que corría la pobre niña al entregar aquel billete a su ama, no dejo de
volver a la Place Royale a toda velocidad de sus piernas.
El corazón de la mejor mujer es despiadado para los dolores de
un¡ rival.
Milady abrió la carta con una prisa igual a la que Ketty había
puesto en traerla; pero a la primera palabra que leyó, se puso lívida; luego
arrugó el papel; luego se volvió con un centelleo en los ojos hacia Ketty
¿Qué significa esta carta? dijo.
Es la respuesta a la de la señora respondió Ketty toda
temblorosa.
¡Imposible! exclamó Milady . Imposible que un gentilhombre haya
escrito a una mujer semejante carta.
Luego, de pronto, temblando:
¡Dios mío! dijo ella . Sabrá... y se detuvo.
Sus dientes rechinaban, estaba color ceniza; quiso dar un paso
hacia la ventana para ir en busca de aire, pero no pudo más que tende los
brazos, le fallaron las piernas y cayó sobre un sillón.
Ketty creyó que se mareaba y se precipitó para abrir su corsé.
Pero Milady se levantó con presteza.
¿Qué queréis? dijo . ¿Y por qué me ponéis las manos encima?
He pensado que la señora se mareaba y he querido ayudarla
respondió la sirvienta, completamente asustada por la expresión terrible que
había tomado el rostro de su ama.
¿Marearme yo? ¿Yo? ¿Yo? ¿Me tomáis por una mujerzuela Cuando se
me insulta no me mareo, me vengo, ¿entendéis?
Y con la mano hizo a Ketty señal de que saliese.
Capítulo XXXVI
Sueño de venganza
Por la noche, Milady ordenó introducir al señor D'Artagnan tai
pronto como viniese, según su costumbre. Pero no vino.
Al día siguiente Ketty vino a ver de nuevo al joven y le contó
todo lo que había pasado la víspera; D'Artagnan sonrió; aquella celosa cólera
de Milady era su venganza.
Por la noche, Milady estuvo más impaciente aún que la víspera
renovó la orden relativa al gascón, mas, como la víspera, lo esperó en vano.
Al día siguiente Ketty se presentó en casa de D'Artagnan, no
alegre y viva como los dos días anteriores, sino por el contrario triste hasta
morir.
D'Artagnan preguntó a la pobre niña lo que tenía; mas por toda
respuesta ella sacó una carta de su bolso y se la entregó.
Aquella carta era de la escritura de Milady, sólo que esta vez
estaba dirigida a D'Artagnan y no al señor de Wardes.
La abrió y leyó lo que sigue:
«Querido señor D'Artagnan, está mal descuidar así a sus amigos,
sobre todo en el momento en que se los va a dejar por tanto tiempo. Mi cuñado y
yo os hemos esperado ayer y anteayer inútilmente. ¿Pasará lo mismo esta tarde?
Vuestra muy agradecida,
Lady Clarick. »
Es muy sencillo dijo D'Artagnan , y esperaba esta carta. Mi
crédito está en alza por la baja del conde de Wardes.
¿Es que iréis? preguntó Ketty.
Escucha, querida niña dijo el gascón, que trataba de excusarse a
sus propios ojos de faltar a la promesa que le había hecho a Athos , comprende
que sería descortés no responder a una invitación tan positiva. Milady, al ver
que no volvía, no comprendería nada de la interrupción de mis visitas, podría
sospechar algo, y ¿quién puede decir hasta dónde iría la venganza de una mujer
de ese temple?
¡Dios mío! dijo Ketty . Sabéis presentar las cosas de forma que
siempre tenéis razón. Pero vais a seguir haciéndole la torte, y si esta vez
vais a agradarle bajo vuestro verdadero nombre y vuestro verdadero rostro, será
mucho peor que la primera vez.
El instinto hacía adivinar a la pobre niña una parte de lo que
iba a pasar.
D'Artagnan la tranquilizó lo mejor que pudo y le prometió
permanecer insensible a las seduciones de Milady.
Le hizo responder que era imposible estar más agradecido a sus
bondades y que se ponía a sus órdenes; pero no se atrevió a escribirle por miedo
a no poder disimular suficientemente su escritura a unos ojos tan ejercitados
como los de Milady.
Al sonar las nueve, D'Artagnan estaba en la Place Royale. Era
evidente que los criados que esperaban en la antecámara estaban avisados,
porque tan pronto como D'Artagnan apareció, antes incluso de que hubiera
preguntado si Milady estaba visible, uno de ellos corrió a anunciarlo.
Hacedle entrar dijo Milady con voz seca, pero tan penetrante que
D'Attagnan la oyó desde la antecámara.
Fue introducido.
No estoy para nadie dijo Milady . ¿Entendéis? Para nadie El
lacayo salió.
D'Artagnan lanzó una mirada curiosa sobre Milady; estaba pálid y
tenía los ojos fatigados, bien por las lágrimas, bien por el insomnio Se había
disminuido adrede el número habitual de luces, y sin embargo, la joven no podía
llegar a ocultar las marcas de la fiebre que la había devorado desde hacía dos
días.
D'Artagnan se acercó a ella con su galantería de costumbre; ella
hizo entonces un esfuerzo supremo para recibirlo, pero jamás fisonomía más
turbada desmintió sonrisa más amable.
A las preguntas que D'Artagnan le hizo sobre su salud:
Mala respondió ella muy mala.
Pero entonces dijo D'Artagnan , soy indiscreto, tenéis sin duda
necesidad de reposo y voy a retirarme.
No dijo Milady ; al contrario, quedaos, señor D'Artagnar vuestra
amable compañía me distraerá.
«¡Oh, oh! pensó D'Artagnan . Nunca ha estado tan encantadora,
desconfiemos. »
Milady adoptó el aire más afectuoso que pudo adoptar, y dio toda
la brillantez posible a su conversación. Al mismo tiempo aquella fiebre que la
había abandonado hacía un instante volvía a dar brillo a sus ojos, color a sus
mejillas, carmín a sus labios. D'Artagnan volvió a encontrar a la Circe que ya
le había envuelto en sus encantos. Su amor, qu él creía apagado y que sólo
estaba adormecido, se despertó en su corazón. Milady sonreía y D'Artagnan
sentía que se condenaría por aquell sonrisa.
Hubo un momento en que sintió algo como un remordimiento por lo
que había hecho contra ella.
Poco a poco Milady se volvió más comunicativa. Preguntó a
D'Artagnan si tenía un amante.
¡Ay! dijo D'Artagnan con el aire más sentimental que pudo
adoptar . ¿Sois tan cruel para hacerme una pregunta semejante a mi que desde
que os he visto no respiro ni suspiro más que por vos y para vos?
Milady sonrió con una sonrisa extraña.
¿O sea que me amáis? dijo ella.
¿Necesito decíroslo? ¿No os habéis dado cuenta?
Claro, pero ya lo sabéis, cuanto más orgullosos son los
corazones, más difíciles son de coger.
¡Oh, las dificultades no me asustan! dijo D'Artagnan . Sólo las
cosas imposibles me espantan.
Nada es imposible dijo Milady para un amor verdadero.
¿Nada, señora?
Nada contestó Milady.
«¡Diablo! prosiguió D'Artagnan para sus adentros . La nota ha
cambiado. ¿Se habrá enamorado la caprichosa de mí por casualidad, y estaría
dispuesta a darme a mí mismo algún otro zafiro igual al que me ha dado al
tomarme por de Wardes?»
D'Artagnan acercó con presteza su silla a Milady.
Veamos dijo ella , ¿qué haríais para probar ese amor de que
habláis?
Todo cuanto se exigiera de mí. Que me manden, estoy dispuesto.
¿A todo?
¡A todo! exclamó D'Artagnan, que sabía de antemano que no
arriesgaba gran cosa arriesgándose así.
Pues bien, hablemos un poco dijo a su vez Milady, acercando su
sillón a la silla de D'Artagnan.
Os escucho, señora dijo éste.
Milady permaneció un instante preocupada y como indecisa; luego,
pareciendo adoptar una resolución, dijo:
-Tengo un enemigo.
¿Vos, señora? exclamó D'Artagnan fingiendo sorpresa . ¿Es
posible, Dios mío? ¿Hermosa y buena como sois?
¡Un enemigo mortal!
¿De verdad?
Un enemigo que me ha insultado tan cruelmente que entre él y yo
hay una guerra a muerte. ¿Puedo contar con vos como auxiliar?
D'Artagnan comprendió inmediatamente adónde quería ir aquella
vengativa criatura.
Podéis, señora dijo con énfasis ; mi brazo y mi vida os
pertenecen como mi amor.
Entonces dijo Milady , puesto que sois tan generoso como
enamorado...
Se detuvo.
¿Y bien? preguntó D'Artagnan.
Y bien prosiguió Milady tras un momento de silencio , cesad
desde hoy de hablar de imposibilidades.
No me agobiéis con mi dicha exclamó D'Artagnan precipitándose de
rodillas y cubriendo de besos las manos que le dejaban.
«Véngame de ese infame de Wardes murmuró Milady entre dientes ,
y sabré desembarazarme de ti luego, ¡doble tonto, hoja de espada viviente!»
«Cae voluntariamente entre mis brazos después de haberme burlado
descaradamente, hipócrita y peligrosa mujer pensaba D'Artagnan por su parte , y
luego me reiré de ti con aquel a quien quieres matar por rni mano.»
D'Artagnan alzó la cabeza.
Estoy dispuesto dijo.
¿Me habéis, pues, comprendido, querido señor D'Artagnan? dijo
Milady.
Adivinaré una de vuestras miradas.
¿O sea que emplearíais por mí vuestro brazo, que tanta fama ha
conseguido ya?
Ahora mismo.
Pero y yo dijo Milady , ¿cómo pagaré semejante servicio? Conozco
a los enamorados, son personas que no hacen nada por nada.
Vos sabéis la única respuesta que yo deseo dijo D'Artagnan , la
única que sea digna de vos y de mí.
Y la atrajo dulcemente hacia él.
Ella resistió apenas.
¡Interesado! dijo ella sonriendo.
¡Ah! exclamó D'Artagnan verdaderamente arrastrado por la pasión
que esta mujer tenía el don de encender en su corazón . ¡Ay, cuán inverosímil
me parece esta dicha! Tras haber tenido siempre miedo a verla desaparecer como
un sueño, tengo prisa por hacerla realidad.
Pues bien, mereced esa pretendida dicha.
Estoy a vuestras órdenes dijo D'Artagnan.
¿Seguro? preguntó Milady con una última duda.
Nombradme al infame que ha podido hacer llorar vuestros hermosos
ojos.
¿Quién os dice que he llorado? dijo ella.
Me parecía...
Las mujeres como yo no lloran dijo Milady.
¡Tanto mejor! Veamos, decidme cómo se llama.
Pensad que su nombre es todo mi secreto.
Sin embargo, es necesario que yo sepa su nombre.
Sí, es necesario. ¡Ya veis la confianza que tengo en vos!
Me colmáis de alegría. ¿Cómo se llama?
Vos lo conocéis.
De verdad?
¿No será uno de mis amigos? prosiguió D'Artagnan jugando a la
duda para hacer creer en su ignorancia.
Y si fuera uno de vuestros amigos, ¿dudaríais? exclamó Milady. Y
un destello de amenaza pasó por sus ojos.
¡No, aunque fuese mi hermano! exclamó D'Artagnan como arrebatado
por el entusiasmo.
Nuestro gascón se adelantaba sin peligro porque sabía adónde
iba.
Amo vuestra adhesión dijo Milady.
¡Ay! ¿Sólo eso amáis en mí? preguntó D'Artagnan.
Os amo también a vos dijo ella cogiéndole la mano.
Y la ardiente presión hizo temblar a D'Artagnan como si por el
tacto aquella fiebre que quemaba a Milady lo ganase a él.
¡Vos me amáis! exclamó . ¡Oh, si así fuera, sería para volverse
loco!
Y la envolvió en sus dos brazos. Ella no trató de apartar sus
labios de su beso, sólo que no lo devolvió.
Sus labios estaban fríos: a D'Artagnan le pareció que acababa de
besar a una estatua.
No por ello estaba menos ebrio de alegría, electrizado de amor;
creía casi en la ternura de Milady; creía casi en el crimen de de Wardes. Si de
Wardes hubiera estado en ese momento al alcance de su mano, lo habría matado.
Milady aprovechó la ocasión.
Se llama... dijo ella a su vez.
De Wardes, lo sé exclamó D'Artagnan.
¿Y cómo lo sabéis? preguntó Milady cogiéndole las dos manos y
tratando de llegar por sus ojos hasta el fondo de su alma.
D'Artagnan sintió que se había dejado llevar y que había
cometido una falta.
Decid, decid, pero decid repetía Milady , ¿cómo lo sabéis?
¿Cómo lo sé? dijo D'Artagnan.
Sí.
Lo sé porque ayer de Wardes, en un salón en el que yo estaba, ha
mostrado un anillo que decía tener de vos.
¡Miserable! exclamó Milady.
El epíteto, como se supondrá, resonó hasta en el fondo del
corazón de D'Artagnan.
¿Y bien? continuó ella.
Pues bien, os vengaré de ese miserable replicó D'Artagnan
dándose aires de don Japhet de Armenia.
Gracias, mi bravo amigo exclamó Milady . ¿Y cuándo seré vengada?
Mañana, ahora mismo, cuando vos queráis.
Milady iba a exclamar: «Ahora mismo»; pero pensó que semejante
precipitación sería poco graciosa para D'Artagnan.
Por otra parte, tenía mil precauciones que tomar, mil consejos
que dar a su defensor, para que evitara explicaciones ante testigos con el
conde. Todo esto estaba previsto por una frase de D'Artagnan.
Mañana dijo seréis vengada o yo estaré muerto.
¡No! dijo ella . Me vengaréis, pero no moriréis. Es un cobarde.
Con las mujeres puede ser, pero no con los hombres. Sé algo
sobre eso.
Pero me parece que en vuestra pelea con él no habéis tenid que
quejaros de la fortuna.
La fortuna es una cortesana: favorable ayer, puede traicionarm
mañana.
Lo cual quiere decir que ahora dudáis.
No, no dudo, Dios me libre; pero, ¿sería justo dejarme ir a un
muerte posible sin haberme dado al menos algo más que esperanza?
Milady respondió con una ojeada que quería decir:
«¿Sólo es eso? Marchaos, pues.»
Luego, acompañando la mirada de palabras explicativas:
Es demasiado justo dijo con ternura.
¡Oh, sois un ángel! dijo el joven.
¿O sea que todo convenido? dijo ella.
Salvo lo que os pido, querida mía.
Pero ¿cuando os digo que podéis confiar en mi ternura?
No tengo el día de mañana para esperar.
Silencio; oigo a mi hermano, es inútil que os encuentre aquí
Llamó. Apareció Ketty.
Salid por esa puerta dijo ella empujándolo hacia una puertecilla
oculta , y volved a las once; acabaremos esta entrevista. Ketty os introducirá
en mi cuarto.
La pobre niña pensó caerse hacia atrás al oír estas palabras.
Y bien, ¿qué hacéis, señorita, permaneciendo ahí inmóvil com una
estatua? Vamos, llevad al caballero; y esta noche, a las once, habéis oído.
Parece que sus citas son siempre a las once pensó D'Artagnan ;
es un hábito adquirido.
Milady le tendió una mano que él beso tiernamente.
Veamos dijo al retirarse y respondiendo apenas a los reproches
de Ketty , veamos, no hagamos el imbécil; decididamente es una mujer es una
gran malvada; tengamos cuidado.
Capítulo XXXVII
El secreto de Milady
D'Artagnan había salido del palacete en vez de subir inmediatamenl
a la habitación de Ketty, pese a las instancias que le había hecho la joven, y
esto por dos razones: la primera, porque de esta forma evitaba los reproches,
las recriminaciones, las súplicas; la segunda, porque no le importaba leer un
poco en su pensamiento y, si era posible, en el de aquella mujer.
Todo cuanto él tenía de más claro dentro es que D'Artagnan amaba
a Milady como un loco y que ella no lo amaba nada de nada. Por un instante,
D'Artagnan comprendió que lo mejor que podría hacer sería regresar a su casa y
escribirle a Milady una larga carta en la que le confesaría que él y de Wardes
eran hasta el presente completamente el mismo, que por consiguiente no podía
comprometerse, su pena de suicidio, a matar a de Wardes. Pero también estaba
espoleado por un feroz deseo de venganza; quería poseer a su vez a aquella
mujer bajo su propio nombre; y como esta venganza le parecía tener cierta
dulzura no quería renunciar a ella.
Dio cinco o seis veces la vuelta a la Place Royale, volviéndose
cada diez pasos para mirar la luz del piso de Milady, que se vislumbraba a
través de las celosías; era evidente que en esta ocasión la joven estaba menos
urgida que la primera de volver a su cuarto.
Por fin la luz desapareció.
Con aquella luz se apagó la última irresolución en el corazón de
D'Artagnan; recordó los detalles de la primera noche, y con el corazón
palpitante la cabeza ardiendo, entró en el palacete y se precipitó en el cuarto
de Ketty.
La joven, pálida como la muerte, temblando con todos sus
miembros, quiso detener a su amante; pero Milady, con el oído en acecho, había
oído el ruido que había hecho D'Artagnan: abrió la puerta.
Venid dijo.
Todo esto era de un impudor increíble, de un descaro tan
monstruoso que apenas si D'Artagnan podía creer en lo que veía y oía. Creía
estar arrastrado a alguna de esas intrigas fantásticas como las que se realizan
en el sueño.
No por ello se abalanzó menos hacia Milady, cediendo a la
atracción que el imán ejerce sobre el hierro.
La puerta se cerró tras ellos.
Ketty se abalanzó a su vez contra la puerta.
Los celos, el furor, el orgullo ofendido, todas las pasiones
que, en fin, se disputan el corazón de una mujer enamorada la empujaban a una
revelación; pero estaba perdida si confesaba haberse prestado a semejante
maquinación; y por encima de todo, D'Artagnan estaba perdido para ella. Este
último pensamiento de amor le aconsejó aún este último sacrificio.
D'Artagnan, por su parte, estaba en el colmo de todos sus
deseos: no era ya un rival al que se amaba en él, era a él mismo a quien
parecía amar. Una voz secreta le decía muy en el fondo del corazón que no era
más que un instrumento de venganza al que se acariciaba a la espera de que
diese la muerte, pero el orgullo, el amor propio, la locura, hacían callar
aquella voz, ahogaban aquel murmullo. Luego, nuestro gascón, con la dosis de
confianza que nosotros le conocemos, se comparaba a de Wardes y se preguntaba
por qué, a fin de cuentas, no le iba a amar, también a él, por sí mismo.
Se abandonó por tanto por entero a las sensaciones del momento.
Milady no fue para él aquella mujer de intenciones fatales que le habían
asustado por un momento, fue una amante ardiente y apasionada abandonándose por
entero a su amor que ella misma parecía experimentar. Dos horas poco más o
menos transcurrieron así.
Sin embargo, los transportes de los dos amantes se calmaron.
Milady, que no tenía los mismos motivos que D'Artagnan para olvidar, fue la
primera en volver a la realidad y preguntó al joven si las medidas que debían
llevar al día siguiente a él y a de Wardes a un encuentro estaban fijadas de
antemano en su mente.
Pero D'Artagnan, cuyas ideas habían adquirido un curso muy
distinto, se olvidó como un imbécil y respondió galantemente que era muy tarde
para ocuparse de duelos a estocadas.
Aquella frialdad por los únicos intereses que la preocupaban,
asustó a Milady, cuyas preguntas se volvieron más agobiantes.
Entonces D Artagnan, que nunca había pensado seriamente en aquel
duelo imposible, quiso desviar la conversación, pero no tenía ya fuerza.
Milady lo contuvo en los límites que había marcado de antemano
con su espíritu iresistible y su voluntad de hierro.
D'Artagnan se creyó muy ingenioso aconsejando a Milady
renunciar, perdonando a de Wardes, a los proyectos furiosos que ella había
formado.
Pero a las primeras palabras que dijo, la joven se estremeció y
se alejó.
¿Tenéis acaso miedo, querido D'Artagnan? dijo ella con una voz
aguda y burlona que resonó extrañamente en la oscuridad.
¡Ni lo penséis, querida! respondió D'Artagnan . ¿Y si, en última
instancia, ese pobre conde de Wardes fuera menos culpable de lo que pensáis?
En cualquier caso dijo gravemente Milady , me ha engañado, y
desde el momento en que me ha engañado, ha merecido la muerte.
¡Morirá, pues, puesto que lo condenáis! dijo D'Artagnan en un
tono tan firme que a Milady le pareció expresión de una adhesión a toda prueba.
Al punto ella se acercó a él.
No podríamos decir el tiempo que duró la noche para Milady; pero
D'Artagnan creía estar a su lado hacía dos horas apenas cuando la luz apareció
en las rendijas de las celosías y pronto invandió la habitación de claridad
macilenta.
Entonces Milady, viendo que D'Artagnan iba a dejarla, le recordó
la promesa que le había hecho de vengarla de de Wardes.
Estoy completamente dispuesto dijo D'Artagnan , pero antes
quisiera estar seguro de una cosa.
¿De cuál? preguntó Milady.
De que me amáis.
Me parece que os de dado la prueba.
Sí, también soy yo en cuerpo y alma vuestro.
¡Gracias, mi valiente amante! Pero de igual forma que yo os he
probado mi amor, vos me probaréis el vuestro, ¿verdad?
Desde luego. Pero si me amáis como decís replicó D'Artagnan ,
¿no teméis por mí?
¿Qué puedo temer?
Pues que sea herido peligrosamente, que sea muerto, incluso.
Imposible dijo Milady , sois un hombre muy valiente y una espada
muy fina.
¿No preferiríais, pues replicó D'Artagnan , un medio que os
vengara y a la vez hiciera inútil el combate?
Milady miró a su amante en silencio: aquella luz macilenta de
los primeros rayos del día daba a sus ojos claros una expresión extrañamente
funesta.
Realmente dijo , creo que ahora dudáis.
No, no dudo; es que ese pobre conde de Wardes me da
verdaderamente pena desde que ya no lo amáis, y me parece que un hombre debe
estar tan cruelmente castigado por la pérdida sola de vuestro amor, que no
necesita de otro castigo.
¿Quién os dice que yo lo haya amado? preguntó Milady.
Al menos puedo creer ahora sin demasiada fatuidad que amáis a
otro dijo el joven en un tono cariñoso , y os lo repito, me intereso por el
conde.
¿Vos? preguntó Milady.
Sí, yo.
¿Y por qué vos?
Porque sólo yo sé...
¿Qué?
Que está lejos de ser, o mejor, que está lejos de haber sido tan
culpable hacia vos como parece.
¿De veras? dijo Milady con aire inquieto . Explicaos, porque
realmente no sé qué queréis decir.
Y miraba a D'Artagnan que la tenía abrazada con ojos que
parecían inflamarse poco a poco.
¡Sí, yo soy un hombre galante! dijo D'Artagnan, decidido a
terminar . Y desde que vuestro amor es mío desde que estoy seguro de poseerlo,
porque lo poseo, ¿no es cierto?
Por entero, continuad.
Pues bien me siento como transportado, me pesa una confesión.
¿Una confesión?
Si hubiera dudado de vuestro amor no lo habría hecho; pero, ¿me
amáis, mi bella amante? ¿No es cierto que me amáis?
Sin duda.
Entonces, si por exceso de amor me he hecho culpable respecto a
vos, ¿me perdonaréis?
¡Quizá!
D'Artagnan trató, con la sonrisa más dulce que pudo adoptar, de
acercar sus labios a los labios de Milady, mar ella lo apartó.
Esa confesión dijo palideciendo , ¿cuál es?
Habíais citado a de Warder, el jueves último, en esta misma
habitación, ¿no es cierto?
¡Yo, no! Eso no es cierto dijo Milady con un tono de voz tan
firme y un rostro tan impasible que, si D Artagnan no hubiera tenido una
certeza tan total, habría dudado.
No mintáis, ángel mío dijo D'Artagnan sonriendo , sería inútil.
¿Cómo? ¡Hablad, pues! ¡Me hacéis morir!
¡Oh, tranquilizaos, no sois culpable frente a mí, y yo os he
perdonado ya!
¡Y después, después!
De Warder no puede gloriarse de nada.
¿Por qué? Vos mismo me habéis dicho que ere anillo...
Ese anillo, amor mío, soy yo quien lo tengo. El duque de Warder
del jueves y D'Artagnan de hoy son la misma persona.
El imprudente esperaba una sorpresa mezclada con pudor, una
pequeña tormenta que se resolvería en lágrimas; pero se equivocaba
extrañamente, y su error no duró mucho.
Pálida y terrible, Milady se irguió y al rechazar a D'Artagnan
con un violento golpe en el pecho, se balanzó fuera de la cama.
D'Artagnan la retuvo por su bata de fina tela de Indias para
implorar su perdón; mas ella con un movimiento potente y resuelto, trató de
huir. Entonces la batista se degarró dejando al desnudo los hombros, y sobre
uno de aquellos hermosos hombros redondos y blancos, D'Artagnan, con un
sobrecogimiento inexpresable, reconoció la flor de lis, aquella marca indeleble
que imprime la mano infamante del verdugo.
-¡Gran Dios! exclamó D'Artagnan soltando la bata.
Y se quedó mudo, inmóvil y helado sobre la cama.
Pero Milady se sentía denunciada por el horror mismo de
D'Artagnan. Sin duda lo había visto todo; el joven sabía ahora su secreto,
secreto terrible que todo el mundo ignoraba, salvo él.
Ella se volvió, no ya como una mujer furiosa, sino como una
pantera herida.
¡Ah, miserable! dijo ella . Me has traicionado cobardemente, ¡y
además conoces mi secreto! ¡Morirás!
Y corrió al cofre de marquetería puesto sobre el tocador, lo
abrió con mano febril y temblorosa, sacó de él un pequeño puñal de mango de
oro, de hoja aguda y delgada, y volvió de un salto sobre D'Artagnan medio
desnudo.
Aunque el joven fuera valiente, como se sabe, quedó asustado por
aquella cara alterada, aquellas pupilas horriblemente dilatadas, aquellas
mejillas pálidas y aquellos labios sangrantes; retrocedió hasta quedar entre la
cama y la pared, como habría hecho ante la proximidad de una serpiente que
reptase hacia él, y al encontrar su espada bajo su mano mojada de sudor, la
sacó de la funda.
Pero sin inquietarse por la espada, Milady trató de subirse a la
cama para golpearlo, y no se detuvo sino cuando sintió la punta aguda sobre su
pecho.
Entonces trató de coger aquella espada con las manos; pero
D'Artagnan la apartó siempre de sus garras, y presentándola tanto frente a sus
ojos como frente a su pecho, se dejó deslizar del lecho, tratando de retirarse
por la puerta que conducía a la habitación de Ketty.
Durante este tiempo, Milady se abalanzaba sobre él con horribles
transporter, rugiendo de un modo formidable.
Como esto se parecía a un duelo, D'Artagnan se iba reponiendo
poco a poco.
¡Bien, hermosa dama, bien! decía . Pero, por Dios, calmaos, u os
dibujo una segunda flor de lis en el otro hombro.
¡Infame, infame! aullaba Milady.
Mas D'Artagnan, buscando siempre la puerta, estaba a la
defensiva.
Al ruido que hacían, ella derribando los muebles para ir a por
él, él parapetándose detrás de los muebles para protegerse de ella, Ketty abrió
la puerta. D'Artagnan, que había maniobrado sin cesar para acercarse a aquella
puerta, sólo estaba a tres pasos y de un solo impulso se abalanzó de la
habitación de Milady a la de la criada y rápido como el relámpago cerró la
puerta, contra la cual se apoyó con todo su peso mientras Ketty pasaba los cen
ojos.
Entonces Milady trató de derribar el arbotante que la encerraba
en su habitación con fuerzas muy superiores a las de una mujer; luego, cuando
se dio cuenta de que era imposible, acribilló la puerta a puñaladas, algunas de
las cuales atravesaron el espesor de la madera.
Cada golpe iba acompañado de una imprecación terrible.
Deprisa, deprisa, Ketty dijo D'Artagnan a media voz cuando los
cerrojos fueron echados . Sácame del palacio o, si le dejamos tiempo para
prepararse, hará que me maten los lacayos.
Pero no podéis salir así dijo Ketty , estáis completamente
desnudo.
Es cierto dijo D'Artagnan, que sólo entonces se dio cuenta del
traje que vestía , es cierto vísteme como puedas, pero démonos prisa;
compréndelo, se trata de vida o muerte.
Ketty no comprendía demasiado; en un visto y no visto le puso un
vestido de flores, una amplia cofia y una manteleta; le dio las pantuflas, en
las que metió sus pies desnudos, luego lo arrastró por los escalones. Justo a
tiempo, Milady había hecho ya sonar la campanilla y despertado a todo al
palacio. El portero tiró del cordón a la voz de Ketty en el momento mismo en
que Milady, también medio desnuda, gritaba por la ventana: ¡No abráis!
Capítulo XXXVIII
Cómo, sin molestarse, Athos encontró su equipo
El joven huía mientras ella lo seguía amenazando con un gesto
impotente. En el momento que lo perdió de vista, Milady cayó desvanecida en su
habitación.
D'Artagnan estaba tan alterado que, sin preocuparse de lo que
ocurriría con Ketty atravesó medio Paris a todo correr y no se detuvo hasta la
puerta de Athos. El extravío de su mente, el terror que lo espoleaba, los
gritos de algunas patrullas que se pusieron en su persecución y los abucheos de
algunos transeúntes, que pese a la hora poco avanzada, se dirigían a sus
asuntos, no hicieron más que precipitar su camera.
Cruzó el patio, subió los dos pisos de Athos y llamó a la puerta
como para romperla.
Grimaud vino a abrir con los ojos abotargados de sueño.
D'Artagnan se precipitó con tanta fuerza en la antecámara, que estuvo a punto
de derribarlo al entrar.
Pese al mutismo habitual del pobre muchacho, esta vez la palabra
le vino.
¡Eh, eh, eh! exclamó . ¿Qué queréis, corredora? ¿Qué pedís,
bribona?
D'Artagnan alzó sus cofias y sacó sus manos de debajo de la
manteleta; a la vista de sus mostachos y de su espada desnuda, el pobre diablo
se dio cuenta de que tenía que vérselas con un hombre.
Creyó entonces que era algún asesino.
¡Socorro! ¡Ayuda! ¡Socorro! gritó.
¡Cállate desgraciado! dijo el joven . Soy D'Artagnan, ¿no me
reconoces? ¿Dónde está tu amo?
¡Vos, señor D'Artagnan! exclamó Grimaud espantado . Imposible.
Grimaud dijo Athos saliendo de su cuarto en bata , creo que os
permitís hablar.
¡Ay, señor, es que!...
Silencio.
Grimaud se contentó con mostrar con el dedo a su amo a
D'Artagnan.
Athos reconoció a su camarada, y con lo flemático que era soltó
una carcajada que motivaba de sobra la mascarada extraña que ante sus ojos
tenía: cofias atravesadas, faldas que caían sobre los zapatos, mangas
remangadas y mostachos rígidos por la emoción.
No os riáis, amigo mío exclamó D'Artagnan ; por el cielo, no os
riáis, porque, por mi alma os lo digo, no hay nada de qué reírse.
Y pronunció estas palabras con un aire tan solemne y con un
espanto tan verdadero que Athos le cogió las manos al punto exclamando:
¿Estaréis herido, amigo mío? ¡Estáis muy pálido!
No, pero acaba de ocurrirme un suceso terrible. ¿Estáis solo,
Athos?
¡Pardiez! ¿Quién queréis que esté en mi casa a esta hora?
Bueno, bueno.
Y D'Artagnan se precipitó en la habitación de Athos.
¡Venga, hablad! dijo éste cerrando la puerta y echando los
cerrojos para no ser molestados . ¿Ha muerto el rey? ¿Habéis matado al señor
cardenal? Estáis completamente cambiado; veamos, veamos, decid, porque
realmente me muero de inquietud.
Athos dijo D'Artagnan desembarazándose de sus vestidos de mujer
y apareciendo en camisón , preparaos para oír una historia increíble, inaudita.
Poneos primero esta bata dijo el mosquetero a su amigo.
D'Artagnan se puso la bata, tomando una manga por otra: ¡tan
emocionado estaba todavía!
¿Y bien? dijo Athos.
Y bien respondió D'Artagnan inclinándose hacia él oído de Athos
y bajando la voz : Milady está marcada con una flor de lis en el hombro.
¡Ay! gritó el mosquetero como si hubiera recibido una bala en el
corazón.
Veamos dijo D'Artagnan , ¿estáis seguros de que la otra está
bien muerta?
¿La otra? dijo Athos con una voz tan sorda que apenas si D'Artagnan
la oyó.
Sí, aquella de quien un día me hablasteis en Amiens.
Athos lanzó un gemido y dejó caer su cabeza entre las manos.
Esta continuó D'Artagnan es una mujer de veintiséis a veintiocho
años.
Rubia dijo Athos , ¿no es cierto?
Sí.
¿De ojos azul claro, con una claridad extraña, con pestañas y
cejas negras?
Sí.
¿Alta, bien hecha? Le falta un diente junto al canino de la
izquierda.
Sí.
¿La flor de lis es pequeña, de color rojizo y como borrada por
las capas de crema que le aplica.
Sí.
Sin embargo ¡vos decís que es inglesa!
Se llama Milady, pero puede ser francesa. A pesar de esto, lord
de Winter no es más que su cuñado.
Quiero verla, D'Artagnan.
Tened cuidado, Athos, tened cuidado; habéis querido matarla, es
mujer para devolvérosla y no fallar en vos.
No se atreverá a decir nada porque sería denunciarse a sí misma.
¡Es capaz de todo! ¿La habéis visto alguna vez furiosa?
No dijo Athos.
¡Una tigresa, una pantera! ¡Ay, mi querido Athos, tengo miedo de
haber atraído sobre nosotros dos una venganza terrible!
D'Artagnan contó entonces todo: la cólera insensata de Milady y
sus amenazas de muerte.
Tenéis razón y por mi alma que no daré mi vida por nada dijo
Athos . Afortunadamente, pasado mañana dejamos Paris; con toda probabilidad
vamos a La Rochelle, y una vez ¡dos...
Os seguiría hasta el fin del mundo, Athos, si os reconociese;
dejad que su odio se ejerza sobre mí sólo.
¡Ay, querido amigo! ¿Qué me importa que ella me mate? dijo Athos
. ¿Acaso pensáis que amo la vida?
Hay algún horrible misterio en todo esto, Athos. Esta mujer es
la espía del cardenal, ¡estoy seguro!
En tal caso, tened cuidado. Si el cardenal no os tiene en alta
estima por el asunto de Londres, os tiene en gran odio; pero como, a fin de
cuentas, no puede reprocharos ostensiblemente nada y es preciso que su odio se
satisfaga, sobre todo cuando es un odio de cardenal, tened cuidado. Si salís,
no salgáis solo; si coméis, tomad vuestras precauciones; en fin, desconfiad de
todo, incluso de vuestra sombra.
Por suerte dijo D'Artagnan , sólo se trata de llegar a pasado
mañana por la noche sin tropiezo, porque una vez en el ejército espero que sólo
tengamos que temer a los hombres.
Mientras tanto dijo Athos , renuncio a mis proyectos de
reclusión, a iré por todas partes junto a vos; es preciso que volváis a la
calle des Fossoyeurs, os acompaño.
Pero por cerca que esté de aquí replicó D'Artagnan , no puedo
volver así.
Es cierto dijo Athos. Y tiró de la campanilla.
Grimaud entró.
Athos le hizo señas de ir a casa de D'Artagnan y traer de allí
vestidos.
Grimaud respondió con otra señal que comprendía perfectamente y
partió.
¡Ah! Con todo esto nada hemos avanzado en cuanto al equipo,
querido amigo dijo Athos ; porque, si no me equivoco, habéis dejado vuestro
traje en casa de Milady, que sin duda no tendrá la atención de devolvéroslo.
Suerte que tenéis el zafiro.
El zafiro es vuestro, mi querido Athos. ¿No me habéis dicho que
era un anillo de familia?
Sí, mi padre lo compró por dos mil escudos, según me dijo
antaño; formaba parte de los regalos de boda que hizo a mi madre; y el
magnífico. Mi madre me lo dio, y yo, loco como estaba, en vez de guar dar ese
anillo como una reliquia santa, se lo di a mi vez a esa miserable.
Entonces, querido, tomad este anillo que comprendo que debéis
tener.
¿Coger yo ese anillo tras haber pasado por las manos de la
infame? ¡Nunca! Ese anillo está mancillado, D'Artagnan.
Vendedlo entonces.
¿Vender un diamante que viene de mi madre? Os confieso que lo
consideraría una profanación.
Entonces, empeñadlo, y seguro que os prestan más de un millar de
escudos. Con esa suma, tendréis dinero de sobra; luego, con el primer dinero
que os venga, lo desempeñáis y lo recobráis lavado de sus antiguas manchas,
porque habrá pasado por las manos de los usureros
Athos sonrió.
Sois un camarada encantador dijo , querido D'Artagnan; cot
vuestra eterna alegría animáis a los pobres espíritus en la aflicción. ¡Pue
bien, sí, empeñemos ese anillo, pero con una condición!
¿Cuál?
Que sean quinientos escudos para vos y quinientos escudos para
mí.
¿Pensáis eso, Athos? Yo no necesito la cuarta parte de esa suma,
yo, que estoy en los guardias y que vendiendo mi silla la conseguiré. ¿Qué
necesito? Un caballo para Planchet, eso es todo. Olvidáis además que también yo
tengo un anillo.
Al que apreciáis más, según me parece, de lo que yo aprecio al
mío; he creído darme cuenta al menos.
Sí, porque en una circunstancia extrema puede sacarnos no sólo
de algún gran apuro, sino incluso de algún gran peligro; es no sólo un diamante
precioso, sino también un talismán encantado.
No os comprendo, pero creo en lo que me decís. Volvamos, pues, a
mi anillo, o mejor a vuestro anillo; o aceptáis la mitad de la suma que nos den
o lo tiro al Sena, y dudo mucho de que, como a Polícatres, haya algún pez lo
bastante complaciente para devolvérnoslo.
¡Bueno, acepto! dijo D'Artagnan.
En aquel momento Grimaud entró acompañado de Planchet; éste,
inquieto por su maestro y curioso por saber lo que le había pasado, había
aprovechado la circunstancia y traía los vestidos él mismo.
D'Artagnan se vistió, Athos hizo otro tanto; luego, cuando los
dos estuvieron dispuestos a salir, este último hizo a Grimaud la señal de
hombre que se pone en campaña; éste descolgó al punto su mosquetón y se dispuso
a acompañar a su amo.
Athos y D' Artagnan, seguidos de sus criados, llegaron sin
incidentes a la calle des Fossoyeurs. Bonacieux estaba a la puerta y miró a
D'Artagnan con aire socarrón.
¡Vaya, mi querido inquilino! dijo . Daos prisa, tenéis una
hermosa joven que os espera, y ya sabéis que a las mujeres no les gusta que las
hagan esperar.
¡Es Ketty! exclamó D'Artagnan.
Y se precipitó por la alameda.
Efectivamente, en el rellano que conducía a su habitación y
agazapada junto a su puerta, encontró a la pobre niña toda temblorosa. Cuando
ella lo vio:
Me habéis prometido vuestra protección, me habéis prometido
salvarme de su cólera dijo ; recordad que sois vos quien me habéis perdido.
Sí, por supuesto dijo D'Artagnan , cálmate, Ketty. Pero ¿qué ha
pasado después de mi marcha?
¿Lo sé acaso? dijo Ketty . A los gritos que se ha puesto a dar,
los lacayos han acudido, estaba loca de cólera; ha vomitado contra vos todas
las imprecaciones que existen. Entonces he pensado que ella recordaría que
había sido por mi habitación por donde habíais penetrado en la suya, y que
entonces pensaría que yo era vuestra cómplice; he cogido el poco dinero que
tenía, mis vestidos mejores y me he escapado.
¡Pobre niña? Pero ¿qué voy a hacer de ti? Me marcho pasado
mañana.
Lo que queráis, señor caballero, hacedme salir de Paris, hacedme
salir de Francia.
Sin embargo, no puedo llevarte conmigo al sitio de La Rochelle
dijo D'Artagnan.
No, pero podéis colocarme en provincias, junto a alguna dama de
vuestro conocimiento, en vuestra región por ejemplo.
¡Ay, querida amiga! En mi región las damas no tienen doncellas.
Pero espera, me hago cargo del asunto. Planchet, vete a buscarme a Aramis, que
venga inmediatamente. Tenemos una cosa muy importante que decirle.
¡Comprendo! dijo Athos . Pero ¿por qué no Porthos? Me parece que
su marquesa...
La marquesa de Porthos se hace vestir por los pasantes de su
marido dijo D'Artagnan riendo . Además, Ketty no querría quedarse en la calle
aux Ours, ¿no es así, Ketty?
Me quedaré donde queráis dijo Ketty ,con tal que esté bien
escondida y que no sepa dónde estoy.
Ahora, Ketty, que vamos a separarnos y que por consiguiente no
estás ya celosa de mí...
Señor caballero, cerca o lejos dijo Ketty , os amaré siempre.
Dónde diablos va a anidar la constancia? murmuró Athos.
Vambién yo dijo D'Artagnan también yo te amaré siempre, estáte
tranquila. Pero, veamos, respóndeme. Ahora doy gran importancia a la pregunta
que te hago: ¿Has oído hablar alguna vez de una dama joven a la que habían
raptado cierta noche?
Esperad... ¡Oh, Dios mío! Señor caballero, ¿es que todavía amáis
a esa mujer?
No, uno de mis amigos es el que la ama. Mira, es Athos, ése que
está ahí.
¿Yo? exclamó Athos con acento parecido al de un hombre que se da
cuenta que va a poner el pie sobre una culebra.
¡Claro, vos! dijo D'Artagnan apretando la mano de Athos . Sabéis
de sobra el interés que todos nosotros sentimos por esa pobre señora Bonacieux.
Además, Ketty no dirá nada, ¿no es así, Ketty? Compréndelo, niña mía continuó
D'Artagnan , es la mujer de ese horrible mamarracho que has visto a la puerta
al entrar aquí.
¡Oh, Dios mío! exclamó Ketty . Me recordáis mi miedo, ¡con tal
que no me haya reconocido!...
¿Cómo reconocido? ¿Has visto en otra ocasión a ese hombre?
Fue dos veces a casa de Milady.
Ah, eso es. ¿Cuándo?
Pues hará unos quince o dieciocho días aproximadamente.
Exacto.
Y volvió ayer tarde.
Ayer tarde.
Sí, un momento antes de que vos mismo vinieseis.
Mi querido Athos, estamos envueltos en una red de espías. ¿Y
crees que lo ha reconocido?
He bajado mi cofia al verlo, pero quizá era demasiado tarde.
Bajad Athos de vos desconfía menos que de mí, y ved si todavía
está en la puerta.
Athos descendió y volvió a subir en seguida.
Se ha marchado dijo , y la casa está cerrada.
Ha ido a informar y a decir que todos los pichones están en este
momento en el palomar.
¡Pues bien, volemos entonces dijo Athos y dejemos aquí sólo a
Planchet para que nos lleve las noticias!
¡Un momento! ¿Y Aramis, al que hemos ido a buscar?
Está bien dijo Athos esperemos a Aramis.
En aquel momento entró Áramis.
Se le expuso el asunto y se le dijo cuán urgente era encontrar
un lugar para Ketty entre todos sus altos conocimientos.
Aramis reflexionó un momento y dijo ruborizándose.
¿Os haría un buen servicio, D'Artagnan?
Os quedaría agradecido por él toda mi vida.
Pues bien, la señora de Bois Tracy me ha pedido según creo para
una de sus amigas que vive en provincias, una doncella segura; y si vos, mi
querido D'Artagnan, podéis responderme de la señorita...
¡Oh, señor exclamó Ketty sería totalmente adicta, estad seguro
de ello, a la persona que me dé los medios para dejar París!
Entonces dijo Aramis , todo está arreglado.
Se sentó a la mesa y escribió unas letras, que luego selló con
un anillo, y le dio el billete a Ketty.
Ahora, hija mía dijo D'Artagnan , ya sabes que aquí tan insegura
estás tú como nosotros. Separémonos. Ya volveremos a encontrarnos en tiempos
mejores.
En el tiempo en que nos encontremos, y en el lugar que sea dijo
Ketty , me volveréis a encontrar tan amante como lo soy ahora de vos.
Juramento de jugador dijo Athos mientras D'Artagnan iba a
acompañar a Ketty a la escalera.
Un instante después los tres jóvenes se separaron tras citarse a
las cuatro en casa de Athos y dejando a Planchet para guardar la casa.
Aramis regresó a la Buys, y Athos y D'Artagnan se preocuparon de
la venta del zafiro.
Como había previsto nuestro gascón, encontraron fácilmente
trescientas pistolas por el anillo. Además el judío anunció que, si querían
vendérselo, como le servía de colgante magnífico para los pendientes de las
orejas daría por él hasta quinientas pistolas.
Athos y D'Artagnan, con la actividad de dos soldados y la
ciencia de dos conocedores, tardaron tres horas apenas en comprar todo el
equipo de mosquetero. Además Athos era acomodaticio y gran señor hasta la punta
de las uñas. Cada vez que algo le convenía, pagaba el precio exigido sin tratar
siquiera de regatear. D'Artagnan quería hacer entonces algunas observaciones,
pero Athos le ponía la mano sobre el hombro sonriendo y D'Artagnan comprendía
que era bueno para él, pequeño geltilhombre gascón, regatear, pero no para un
hombre que tenía aires de príncipe.
El mosquetero encontró un soberbio caballo andaluz, negro como
el jade, de belfos de fuego, y patas finas y elegantes, que tenía seis años. Lo
examinó y lo halló sin un defecto. Le costó mil libras.
Quizá lo hubiera tenido por menos; pero mientras D'Artagnan
discutía el precio con el chalán, Athos contaba las cien pistolas sobre la
mesa.
Grimaud tuvo un caballo picardo, achaparrado y fuerte, que costó
trescientas libras.
Pero comprada la silla de este último caballo y las armas de
Grimaud, no quedaba un céntimo de las cincuentas pistolas de Athos. D'Artagnan
ofreció a su amigo que mordiera un bocado en la parte que le correspondía, con
la obligación de devolverle más tarde lo que hubiera tomado en préstamo.
Pero Athos se limitó a encogerse de hombros por toda respuesta.
¿Cuánto daba el judío por quedarse con el zafiro? preguntó
Athos.
Quinientas pistolas.
Es decir, doscientas pistolas más; cien pistolas para vos, cien
pistolas para mí. Si eso es una auténtica fortuna, amigo mío. Volved a casa del
judío.
¡Cómo! ¿Queréis...?
Decididamente ese anillo me traía recuerdos demasiado tristes;
además, nunca tendríamos trescientas pistolas para devolverle, de modo que
perderíamos dos mil libras en este asunto. Id a decirle que el anillo es suyo,
D'Artagnan, y volved con las doscientas pistolas.
Reflexionad, Athos.
El dinero contante es caro en los tiempos que corren, y hay que
saber hacer sacrifios. Id, D'Artagnan, id; Grimaud os acompañará con su
mosquetón.
Media hora después, D'Artagnan volvió con las dos mil libras y
sin que le hubiera ocurrido ningún accidente.
Así fue como Athos encontró en su ajuar recursos que no se
esperaba.
Capítulo XXXIX
Una visión
A las cuatro, los cuatro amigos se hallaban reunidos en casa de
Athos. Sus preocupaciones sobre el equipo habían desaparecido por entero, y
cada rostro no conservaba otra expresión que las de sus propias y secretas
inquietudes; porque detrás de cualquier felicidad presente se oculta un temor
futuro.
De pronto Planchet entró con dos cartas dirigidas a D'Artagnan.
Una era un pequeño billete gentilmente plegado a lo largo con un
lindo sello de cera verde en el que estaba impresa una paloma trayendo un ramo
verde.
La otra era una gran epístola rectangular y resplandecinte con
las armas terribles de Su Eminencia el cardenal duque.
A la vista de la carta pequeña, el corazón de D'Artagnan saltó,
porque había creído reconocer la escritura; y aunque no había visto esa
escritura más que una vez, la memoria de ella había quedado en lo más profundo
de su corazón.
Cogió, pues, la epístola pequeña y la abrió rápidamente.
«Paseaos (se le decía) el miércoles próximo entre las seis y las
siete de la noche, por la ruta de Chaillot, y mirad con cuidado en las carrozas
que pasen, pero si amáis vuestra vida y la de las personas que os aman, no
digáis ni una palabra, no hagáis un movimiento que pueda hacer creer que habéis
reconocido a la que se expone a todo por veros un instante.»
Sin firma.
Es una trampa dijo Athos , no vayáis, D'Artagnan.
Sin embargo dijo D'Artagnan , me parece reconocer la escritura.
Quizá esté amañada replicó Athos ; a las seis o las siete, a esa
hora, la ruta de Chaillot está completamente desierta: sería lo mismo que iros
a pasear por el bosque de Bondy.
Pero ¿y si vamos todos? dijo D'Artagnan . ¡Qué diablos! No nos
devorarán a los cuatro; además, cuatro lacayos; además, los cabal1os; además,
las armas.
Además será una ocasión de lucir nuestros equipos dijo Porthos.
Pero si es una mujer la que escribe dijo Aramis , y esa mujer
desea no ser vista, pensad que la comprometéis, D'Artagnan, cosa que está mal
por parte de un gentilhombre.
Nos quedaremos detrás dijo Porthos , y sólo él se adelantará.
Sí, pero un disparo de pistola puede ser disparado fácilmente
desde una carroza que va al galope.
¡Bah! dijo D'Artagnan . Me fallarán. Alcanzaremos entonces la
carroza y mataremos a quienes se encuentren dentro. Serán otros tantos enemigos
menos.
Tiene razón dijo Porthos . ¡Batalla! Además, tenemos que probar
nuestras armas.
¡Bueno, démonos ese placer! dijo Aramis con su aire dulce y
despreocupado.
Como queráis dijo Athos.
Señores dijo D'Artagnan , son las cuatro y media; tenemos justo
el tiempo de estar a las seis en la ruta de Chaillot.
Además, si salimos demasiado tarde, nos verían, lo cual es
perjudicial. Vamos pues, a prepararnos, señores.
Pero esa segunda carta dijo Athos : os olvidáis de ella; sin
embargo, me parece que el sello indica que merece ser abierta; en cuanto a mí,
declaro, mi querido D'Artagnan, que me preocupa mucho más que la pequeña
chuchería que acabáis de deslizar sobre vuestro corazón .
D'Artagnan enrojeció.
Pues bien dijo el joven , veamos, señores, qué me quiere Su
Eminencia.
Y D'Artagnan abrió la carta y leyó:
«El señor D'Artagnan, guardia del rey, en la compañía Des
Essarts, es esperado en el Palais Cardinal esta noche a las ocho.
LA HOUDINIÈRE
Capitán de los guardias.»
¡Diablos! dijo Athos . Ahí tenéis una cita tan inquietante como
la otra, pero de forma distinta.
Iré a la segunda al salir de la primera dijo D'Artagnan ; la una
es para las siete, la otra para las ocho; habrá tiempo para todo.
¡Hum! Yo no iría dijo Aramis ; un caballero galante no puede
faltar a una cita dada por una dama, pero un gentilhombre prudente puede
excusarse de no ir a casa de Su Eminencia, sobre todo cuando tiene razones para
creer que no es para que lo feliciten.
Soy de la opinión de Aramis dijo Porthos.
Señores respondió D'Artagnan ya he recibido del señor de Cavois
una invitación semejante de Su Eminencia; me despreocupé de ella, y al día
siguiente me ocurrió una desgracia. Constance desapareció; por lo que pueda
pasar, iré.
Si es una decisión dijo Athos , hacedlo.
Pero ¿y la Bastilla? dijo Aramis.
¡Bah, vosotros me sacaréis! replicó D'Artagnan.
Por supuesto contestaron Aramis y Porthos con un aplomo
admirable y como si fuera la cosa más sencilla , por supuesto que os sacaremos;
pero entretanto, como debemos marcharnos pasado mañana, haríais mejor en no
correr el riesgo de la Bastilla.
Hagamos otra cosa mejor dijo Athos : no le perdamos de vista
durante la velada, y esperémosle cada uno de nosotros en una puerta del Palais
con tres mosqueteros detrás de nosotros; si vemos salir algún coche con la
portezuela cerrada y medio sospechoso, le caemos encima. Hace mucho tiempo que
no nos hemos peleado con los guardias del señor cardenal, y el señor de
Tréville debe de creernos muertos.
Decididamente, Athos dijo Aramis , estáis hecho para general del
ejército; ¿qué decís del plan, señores?
Admirable! repitieron a coro los lóvenes.
Pues bien dijo Porthos , corro a palacio, prevengo a nuestros
camaradas que estén preparados para las ocho; la cita será en la plaza del
Palais Cardinal; vos, durante ese tiempo, haced ensillar los caballos para los
lacayos.
Pero yo no tengo caballo dijo D'Artagnan ; voy a coger uno hasta
casa del señor de Tréville.
Es inútil dijo Aramis , cogeréis uno de los míos.
¿Cuántos tenéis entonces? preguntó D'Artagnan.
Tres respondió sonriendo Aramis.
Querido dijo Athos , sois desde luego el poeta mejor montado de
Francia y Navarra.
Escuchad, mi querido Aramis, no sabéis qué hacer con tres
caballos, ¿verdad? No comprendo siquiera que hayáis comprado tres caballos.
Claro, no he comprado más que dos dijo Aramis.
Y el tercero, ¿os caído del cielo?
No, el tercero me ha sido traído esta misma mañana por un criado
sin librea que no ha querido decirme a quién pertenecía y que me ha asegurado
haber recibido la orden de su amo...
O de su ama interrumpió D'Artagnan.
Eso da igual dijo Aramis poniéndose colorado ...y que me ha
asegurado, decía, haber recibido de su ama la orden de poner ese caballo en mi
cuadra sin decirme de parte de quién venía.
Sólo a los poetas os ocurren esas cosas replicó gravemente
Athos.
Pues bien, en tal caso, hagamos las cosas lo mejor posible dijo
D'Artagnan : ¿cuál de los dos caballos montaréis, el que habéis
comprado o el que os han dado?
El que me han dado, sin discusión; comprenderéis, D'Artagnan,
que no puedo hacer esa injuria...
Al donante desconocido contestó D'Artagnan.
O a la donante misteriosa dijo Athos.
Entonces, ¿el que habéis comprado se os vuelve inútil?
Casi.
¿Y lo habéis escogido vos mismo?
Y con el mayor cuidado; como sabéis, la seguridad del caballero
depende casi siempre de su caballo.
Bueno, cedédmelo por el precio que os ha costado.
Iba a ofrecéroslo, mi querido D'Artagnan, dándoos el tiempo que
necesitéis para devolverme esa bagatela.
¿Y cuánto os ha costado?
Ochocientas libras.
Aquí tenéis cuarenta pistolas dobles, mi querido amigo dijo
D'Artagnan sacando la suma de su bolsillo; sé que es ésta la moneda con que os
pagan vuestros poemas.
Entonces, ¿tenéis fondos? dijo Aramis.
Muchos, muchísimos, querido.
Y D'Artagnan hizo sonar en su bolso el resto de sus pistolas.
Mandad vuestra silla al palacio de los Mosqueteros y os traerán
vuestro caballo aquí con los nuestros.
Muy bien, pero pronto serán las cinco, démonos prisa.
Un cuarto de hora después, Porthos apareció por la esquina de la
calle Férou en un magnífico caballo berberisco; Mosquetón le seguía en un
caballo de Auvergne, pequeño pero sólido. Porthos resplandecía de alegría y de
orgullo.
Al mismo tiempo Aramis apareció por la otra esquina de la calle
montado en un soberbio corcel inglés; Bazin lo seguía en un caballo ruano,
llevando atado un vigoroso mecklemburgués: era la montura de D'Artagnan.
Los dos mosqueteros se encontraron en la puerta; Athos y
D'Artagnan los miraban por la ventana.
¡Diablos! dijo Aramis . Tenéis un soberbio caballo, querido
Porthos.
Sí respondió Porthos ; éste es el que tenían que haberme enviado
al principio: una jugarreta del marido lo sustituyó por el otro; pero el marido
ha sido castigado luego y yo he obtenido satisfacciones.
Planchet y Grimaud aparecieron entonces llevando de la mano las
monturas de sus amos; D'Artagnan y Athos descendieron, montaron junto a sus
compañeros y los cuatro se pusieron en marcha: Athos en el caballo que debía a
su mujer, Aramis en el caballo que debía a su amante, Porthos en el caballo que
debía a su procuradora, y D'Artagnan en el caballo que debía a su buena
fortuna, la mejor de las amantes.
Los seguían los criados.
Como Porthos había pensado, la cabalgada causó buen efecto; y si
la señora Coquenard se hubiera encontrado en el camino de Porthos y hubiera
podido ver el gran aspecto que tenía sobre su hermoso berberisco español, no
habría lamentado la sangria que había hecho en el cofre de su marido.
Cerca del Louvre los cuatro amigos encontraron al señor de
Tréville que volvía de Saint Germain; los paró para felicitarlos por su equipo,
cosa que en un instante atrajo a su alrededor algunos centenares de mirones.
D'Artagnan aprovechó la circunstancia para hablar al señor de
Tréville de la carta de gran sello rojo y armas ducales; por supuesto, de la
otra no sopló ni una palabra.
El señor de Tréville aprobó la resolución que había tomado, y le
aseguró que si al día siguiente no había reaparecido, él sabría encontrarlo en
cualquier sitio que estuviese.
En aquel momento, el reloj de la Samaritaine dio las seis; los
cuatro amigos se excusaron con una cita y se despidieron del señor de Tréville.
Un tiempo de galope los condujo a la ruta de Chaillot; la luz
comenzaba a bajar, los coches pasaban y volvían a pasar; D'Artagnan, guardado a
algunos pasos por sus amigos, hundía sus miradas hasta el fondo de las
carrozas, y no veía ningún rostro conocido.
Finalmente, al cuarto de hora de espera y cuando el crepúsculo
caía completamente, apareció un coche llegando a todo galope por la ruta de
Sèvres; un presentimiento le dijo de antemano a D'Artagnan que aquel coche
encerraba a la persona que le había dado cita; el joven quedó completamente
sorprendido al sentir su corazón batir tan violentamente. Casi al punto una
cabeza de mujer salió por la portezuela, con dos dedos sobre la boca como para
recomendar silencio, o como para enviar un beso; D'Artagnan lanzó un leve grito
de alegría: aquella mujer, o mejor dicho, aquella aparición, porque el coche
había pasado con la rapidez de una visión, era la señora Bonacieux.
Por un movimiento involuntario y pese a la recomendación hecha,
D'Artagnan lanzó su caballo al galope y en pocos saltos alcanzó el coche; pero
el cristal de la portezuela estaba herméticamente cerrado: la visión había
desaparecido.
D'Artagnan se acordó entonces de la recomendación:
«Si amáis vuestra vida y la de las personas que os aman,
permaneced inmóvil y como si nada hubierais visto.»
Se detuvo, por tanto, temblando no por él sino por la pobre
mujer Rue, evidentemente, se había expuesto a un gran peligro dándole aquella
cita.
El coche continuó su ruta caminando siempre a todo galope, se
adentró en París y desapareció.
D'Artagnan había quedado desconcertado y sin saber qué pensar.
Si era la señora Bonacieux y si volvía a Paris, ¿por qué aquella cita fugitiva,
por qué aquel simple cambio de una mirada, por qué aquel beso perdido? Y si por
otro lado no era ella, lo cual era muy posible porque la escasa luz que quedaba
hacía fácil el error, si no era ella, ¿no sería el comienzo de un golpe de mano
montado contra él con el cebo de aquella mujer cuyo amor por ella era conocido?
Los tres compañeros se le acercaron. Los tres habían visto
perfectamente una cabeza de mujer aparecer en la portezuela, pero ninguno de
ellos, excepto Athos, conocía a la señora Bonacieux. La opinión de Athos, por
lo demás, fue que sí era ella; pero menos preocupado que D'Artagnan por aquel
bonito rostro, había creído ver una segunda cabeza una cabeza de hombre, al
fondo del coche.
Si es así dijo D'Artagnan , sin duda la llevan de una prisión a
otra. Pero ¿qué van a hacer con esa pobre criatura y cuándo volveré a verla?
Amigo dijo gravemente Athos , recordad que los muertos son los
únicos a los que uno está expuesto a volver a encontrar sobre la tierra. Vos
sabéis algo de eso, igual que yo, ¿no es así? Ahora bien, si vuestra amante no
está muerta, si es la que acabamos de ver, la encontraréis un día a otro. Y
quizá, Dios mío añadió con un acento misántropo que le era propio , quizá antes
de lo que queráis.
Sonaron las siete y media, el coche llevaba un retraso de veinte
minutos respecto a la cita dada. Los amigos de D'Artagnan le recordaron que
tenía una visita que hacer, haciéndole observar también que todavía estaba a
tiempo de desdecirse.
Pero D'Artagnan era a la vez obstinado y curioso. Se le había
metido en la cabeza que iría al Palais Cardinal y que sabría lo que Su
Eminencia quería. Nada pudo hacerle cambiar su determinación.
Llegaron a la calle Saint Honoré, y en la plaza Palais Cardinal
encontraron a los doce mosqueteros convocados que se paseaban a la espera de
sus camaradas. Sólo allí se les explicó de qué se trataba.
D'Artagnan era muy conocido en el honorable cuerpo de los
mosqueteros del rey, donde se sabía que un día ocuparía un puesto; se le miraba
por tanto por adelantado como a un camarada. Resultó de aquellos antecedentes
que cada cual aceptó de buena gana la misión a que estaba invitado; por otra
parte, según todas las probabilidades, se trataba de jugar una mala pasada al
señor cardenal y a sus gentes, y para tales expediciones aquellos
gentileshombres estaban siempre dispuestos.
Athos los repartió, pues, en tres grupos, tomó el mando de uno,
dio el segundo a Aramis y el tercero a Porthos; luego cada grupo fue a
emboscarse frente a una salida.
D'Artagnan por su parte entró valientemente por la puerta
principal.
Aunque se sintiera vigorosamente apoyado, el joven no iba sin
inquietud al subir paso a paso la escalinata. Su conducta con Milady se parecía
mucho a una traición, y sospechaba de las relaciones políticas que existían
entre aquella mujer y el cardenal; además, de Wardes, a quien tan mal había
tratado, era uno de los fieles de Su Eminencia, y D'Artagnan sabía que si Su
Eminencia era terrible con sus enemigos, era muy adicto a sus amigos.
Si de Wardes le ha contado todo nuestro asunto al cardenal, cosa
que no es dudosa, y si me ha reconocido, cosa que es probable, debo
considerarme poco más o menos como un hombre condenado decía D'Artagnan
moviendo la cabeza . Pero ¿por qué ha esperado hasta hoy? Es muy sencillo,
Milady se habrá quejado contra mí con ese dolor hipócrita que la vuelve tan
interesante, y este último crimen habrá hecho desbordar el vaso.
Afortunadamente añadió , mis buenos amigos estarán abajo y no dejarán que me
lleven sin defenderme. Sin embargo, la compañía de mosqueteros del señor de
Tréville no puede hacer sola la guerra al cardenal, que dispone de las fuerzas
de toda Francia, y ante el cual la reina carece de poder y el rey de voluntad.
D'Artagnan, amigo mío, eres valiente, tienes excelentes cualidades, ¡pero las
mujeres lo perderán!
Estaba en tan triste conclusión cuando entró en la antecámara.
Entregó su carta al ujier de servicio, que lo hizo pasar a la sala de espera y
se metió en el interior del palacio.
En aquella sala de espera había cinco o seis guardias del señor
cardernal que, al reconocer a D'Artagnan y sabiendo que era él quien había
herido a Jussac, lo miraban sonriendo de manera singular.
Aquella sonrisa le pareció a D'Artagnan de mal augurio; sólo que
como nuestro gascón no era fácil de intimidar, o mejor, gracias a un orgullo
natural de las gentes de su región, no dejaba ver fácilmente lo que pasaba en
su alma cuando aquello que pasaba se parecía al temor, se plantó orgullosamente
ante los señores guardias y esperó con la mano en la cadera, en una actitud que
no carecía de majestad.
El ujier volvió a hizo seña a D'Artagnan de seguirlo. Le pareció
al joven que los guardias, al verlo alejarse, cuchicheaban entre sí.
Siguió un corredor, atravesó un gran salón, entró en una
biblioteca y se encontró frente a un hombre sentado ante un escritorio y que
escribía.
El ujier lo introdujo y se retiró sin decir una palabra.
D'Artagnan permaneció de pie y examinó a aquel hombre.
D'Artagnan creyó al principio que tenía que habérselas con algún
juez examinando su dossier, pero se dio cuenta de que el hombre del escritorio
escribía o mejor corregía líneas de desigual longitud, contando las palabras
con los dedos; vio que estaba frente a un poeta; al cabo de un instante, el
poeta cerró su manuscrito sobre cuya cubierta estaba escrito: MIRAME, tragedia
en cinco actos, y alzó la cabeza.
D'Artagnan reconoció al cardenal.
Capítulo XL
El cardenal
El cardenal apoyó su codo sobre su manuscrito, su mejilla sobre
su mano, y miró un instante al joven. Nadie tenía el ojo más profundamente
escrutador que el cardenal, y D'Artagnan sintió aquella mirada correr por sus
venas como una fiebre.
Sin embargo puso buena cara, teniendo su sombrero en sus manos y
esperando el capricho de Su Eminencia, sin demasiado orgullo, pero también sin
demasiada humildad.
Señor le dijo el cardenal , ¿sois vos un D'Artagnan del Béam?
Sí, monseñor respondió el joven.
Hay muchas ramas de D'Artagnan en Tarbes y en los alrededores
dijo el cardenal ; ¿a cuál pertenecéis vos?
Soy hijo del que hizo las guerras de religión con el gran rey
Enrique, padre de Su Graciosa Majestad.
Eso está bien. ¿Sois vos quien salisteis hace siete a ocho meses
más o menos de vuestra región para venir a buscar fortuna a la capital?
Sí, monseñor.
Vinisteis por Meung, donde os ha ocurrido algo, no sé muy bien
qué, pero algo.
Monseñor dijo D'Artagnan , lo que me pasó...
Inútil, inútil replicó el cardenal con una sonrisa que indicaba
que conocía la historia tan bien como el que quería contársela ; estabais
recomendado al señor de Tréville, ¿no es así?
Sí, monseñor, pero precisamente, en ese desgraciado asunto de
Meung...
Se perdió la carta prosiguió la Eminencia ; sí, ya sé eso; pero
el señor de Tréville es un fisonomista hábil que conoce a los hombres a primera
vista, y os ha colocado en la compañía de su cuñado, el señor des Essarts,
dejándoos la esperanza de que un día a otro entraríais en los mosqueteros.
Monseñor está perfectamente informado dijo D'Artagnan.
Desde esa época os han pasado muchas cosas: os habéis paseado
por detrás de los Chartreux cierto día que más hubiera valido que estuvieseis
en otra parte; luego habéis hecho con vuestros amigos un viaje a las aguas de
Forges; ellos se han detenido en ruta, pero vos habéis continuado vuestro
camino. Es muy sencillo, teníais asuntos en Inglaterra.
Monseñor dijo D'Artagnan completamente desconcertado , yo iba...
De caza, a Windsor, o a otra parte, eso no importa a nadie. Sé
eso, porque mi obligación consiste en saberlo todo. A vuestro regreso, habéis
sido recibido por una augusta persona, y veo con placer que habéis conservado
el recuerdo que os ha dado.
D'Artagnan llevó la mano al diamante que tenía de la reina, y
volvió con presteza el engaste hacia dentro; pero era demasiado tarde.
Al día siguiente de esa fecha, habéis recibido la visita de
Cavois prosiguió el cardenal ; iba a rogaros que pasaseis por el Palais; esa
visita no la habéis hecho, y habéis cometido un error.
Monseñor, temía haber incurrido en desgracia con Vuestra
Eminencia.
¡Vaya! Y eso, ¿por qué señor? Por haber seguido las órdenes de
vuestros superiores con más inteligencia y valor de lo que otro hubiera hecho.
¿Incurrir en mi desgracia cuando merecíais elogios? Son las personas que no
obedecen las que yo castigo, y nos la que, como vos, obedecen... demasiado
bien... Y la prueba, recordad la fecha del día en que os había dicho que
vinierais a verme, buscad en vuestra memoria lo que pasó aquella misma noche.
Era la misma noche en que había tenido lugar el rapto de la
señora Bonacieux; D'Artagnan se estremeció, y recordó que media hora antes la
pobre mujer había pasado a su lado, arrastrada sin duda por la misma potencia
que la había hecho desaparecer.
En fin continuó el cardenal como no oía hablar de vos desde hace
algún tiempo, he querido saber qué hacíais. Además, me debéis alguna gratitud:
vos mismo habréis observado con qué miramientos habéis sido tratado en todas
las circunstancias.
D'Artagnan se inclinó con respeto.
Eso continuó el cardenal , se debía no sólo a un sentimiento de
equidad natural, sino además a un plan que yo me había trazado respecto a vos.
D'Artagnan estaba cada vez más asombrado.
Yo quería exponeros ese plan el día que recibisteis mi primera
invitación; pero no vinisteis. Por suerte, nada se ha perdido con ese retraso,
y hoy vais a oírlo. Sentaos ahí, delante de mí, señor D Artagnan: sois lo
suficientemente buen gentilhombre para no escuchar de pie.
Y el cardenal indicó con el dedo una silla al joven, que estaba
tan asombrado de lo que pasaba que, para obedecer, esperó una segunda
indicación de su interlocutor.
Sois valiente, señor D'Artagnan continuó la Eminencia ; sois
prudente, cosa que vale más. Me gustan los hombres de cabeza y de corazón; no
os asustéis dijo sonriendo , por hombres de corazón entiendo hombres de valor;
mas, pese a lo joven que sois y recién entrado en el mundo, tenéis enemigos
poderosos; ¡si no tenéis cuidado, os perderán!
¡Ah, monseñor! respondió el joven . Lo harán muy fácilmente sin
duda; porque son fuertes y están bien apoyados, mientras que yo estoy solo.
Sí, es cierto; pero por más solo que estéis, habéis hecho ya
mucho, y más haréis aún, no tengo ninguna duda. Sin embargo, necesitáis, en mi
opinión, ser guiado en la aventurera carrera que habéis emprendido; porque, si
no me equivoco, habéis venido a París con la ambiciosa idea de hacer fortuna.
Estoy en la edad de las locas esperanzas, Monseñor dijo
D'Artagnan.
No hay locas esperanzas más que para los tontos, señor, y vos
sois Inteligente. Veamos, ¿qué diríais de una enseña en mis guardias, y de una
compañía después de la campaña?
¡Ah, Monseñor!
Aceptáis, ¿no es así?
Monseñor replicó D'Artagnan con aire de apuro.
¿Cómo? ¿Rehusáis? exclamó el cardenal asombrado.
Estoy en los guardias de Su Majestad, Monseñor, y no tengo
motivos para estar descontento.
Pero me parece dijo la Eminencia que mis guardias son también
los guardias de Su Majestad, y que con tal que se sirva en un cuerpo francés,
se sirve al rey.
Monseñor, Vuestra Eminencia ha comprendido mal mis palabras.
¿Queréis un pretexto, no es eso? Comprendo. Pues bien, ese
pretexto lo tenéis. El ascenso, la campaña que se inicia, la ocasión que se os
ofrece: eso para la gente; para vos, la necesidad de protecciones seguras;
porque es bueno que sepáis, señor D'Artagnan, que he recibido quejas graves
contra vos, vos no consagráis exclusivamente vuestros días y vuestras noches al
servicio del rey.
D'Artagnan se puso colorado.
Por lo demás continuó el cardenal posando su mano sobre un
legajo de papeles , tengo todo un informe que os concierne; pero antes de
leerlo, he querido hablar con vos. Os sé hombre de resolución, y vuestros
servicios, bien dirigidos, en vez de perjudicaros pueden reportaros mucho.
Veamos, reflexionad y decidid.
Vuestra bondad me confunde, Monseñor respondió D'Artagnan , y
reconozco en vuestra Eminencia una grandeza de alma que me hace tan pequeño
como un gusano; pero, en fin, dado que Monseñor me permite hablarle con
franqueza...
D'Artagnan se detuvo.
Sí, hablad.
Pues bien, diré a Vuestra Eminencia que todos mis amigos están
en los mosqueteros y en los guardias del rey, y que mis enemigos, por una
fatalidad inconcebible, están con Vuestra Eminencia; sería por tanto mal
recibido y mal mirado si aceptara lo que monseñor me ofrece.
¿Tendríais la orgullosa idea de que no os ofrezco lo que valéis,
señor? dijo el cardenal con una sonrisa de desdén.
Monseñor, Vuestra Eminencia es cien veces bueno conmigo, y, por
el contrario, pienso no haber hecho aún suficiente para ser digno de sus
bondades. El sitio de La Rochelle va a empezar, monseñor; yo serviré ante los
ojos de Vuestra Eminencia, y si tengo la suerte de comportarme en ese sitio de
tal forma que merezca atraer sus miradas, ¡pues bien!, luego tendré al menos
detrás de mí alguna acción brillante para justificar la protección con que
tenga a bien honrarme. Todo debe ha cerse a su tiempo, monseñor; quizá más
tarde tenga yo derecho a darme, en este momento parecería que me vendo.
Es decir, que rehusáis servirme, señor dijo el cardenal con un
tono de despecho en el que apuntaba sin embargo cierta clase de estima ;
quedad, pues, libre y guardad vuestros odios y vuestras simpatías.
Monseñor...
Bien, bien dijo el cardenal , no os quiero; pero como
comprenderéis bastante tiene uno con defender a sus amigos y recompensarlos, no
debe nada a sus enemigos, y sin embargo os daré un consejo: manteneos alerta,
señor D'Artagnan, porque en el momento en que yo haya retirado mi mano de vos,
no compraría vuestra vida por un óbolo.
Lo intentaré, monseñor respondió el gascón con noble seguridad.
Más tarde, y si en cierto momento os ocurre alguna desgracia
dijo Richelieu con intención , pensad que soy yo quien ha ido a buscaros, y que
ha hecho cuanto ha podido para que esa desgracia no os alcanzase.
Pase lo que pase dijo D'Artagnan poniendo la mano en el pecho a
inclinándose , tendré eterna gratitud a Vuestra Eminencia por lo que hace por
mí en este momento.
Bien, como habéis dicho señor D'Artagnan , volveremos a vernos
en la campaña; os seguiré con los ojos, porque estaré allí prosiguió el
cardenal señalando con el dedo a D'Artagnan una magnífica armadura que debía
endosarse , y a vuestro regreso, pues bien, ¡hablaremos!
¡Ah, monseñor! exclamó D'Artagnan . Ahorradme el peso de vuestra
desgracia; permaneced neutral, monseñor, si os parece que actúo como hombre
galante.
Joven dijo Richelieu , si puedo deciros una vez más lo que os he
dicho hoy, os prometo decíroslo.
Esta última frase de Richelieu expresaba una duda terrible;
consternó a D'Artagnan más de lo que habría hecho una amenaza, porque era una
advertencia. El cardenal trataba, pues, de preservarle de alguna desgracia que
lo amenazaba. Abrió la boca para responder, pero con gesto altivo el cardenal
lo despidió.
D'Artagnan salió; pero a la puerta estuvo a punto de fallarle el
corazón, y poco le faltó para volver a entrar. Sin embargo, el rostro grave y
severo de Athos se le apareció: si hacía con el cardenal el pacto que éste le
proponía, Athos no volvería a darle la mano, Athos renegaría de él.
Fue este temor el que lo retuvo: ¡tan poderosa es la influencia
de un carácter verdaderamente grande sobre cuanto le rodea!
D'Artagnan descendió por la misma escalera por la que había
entrado, y encontró ante la puerta a Athos y a los cuatro mosqueteros que
esperaban su regreso y que comenzaban a inquietarse. Con una palabra d'Artagnan
los tranquilizó, y Planchet corrió a avisar a los demás puestos que era inútil
montar una guardia más larga, dado que su amo había salido sano y salvo del
Palais Cardinal.
Una vez vueltos a casa de Athos, Aramis y Porthos se informaron
de las causas de aquella extraña cita; pero D'Artagnan se contentó con decirles
que el señor de Richelieu lo había hecho ir para proponerle entrar en sus
guardias con el grado de enseña, y que había rehusado.
Y habéis hecho bien exclamaron a una Porthos y Aramis.
Athos cayó en profunda reflexión y no dijo nada. Pero en cuanto
estuvo solo con D'Artagnan:
Habéis hecho lo que debíais hacer, D'Artagnan dijo Athos , pero
quizá habéis hecho mal.
D'Artagnan lanzó un suspiro; porque aquella voz respondía a una
voz de su alma, que le decía que grandes desgracias lo esperaban.
La jornada del día siguiente se pasó en preparativos de partida;
D'Artagnan fue a despedirse del señor de Tréville. A aquella hora se creía
todavía que la separación de los guardias y de los mosqueteros sería
momentanéa, porque aquel día tenía el rey su parlamento y debían partir al día
siguiente. El señor de Tréville se contentó, pues, con preguntar a D'Artagnan
si necesitaba algo de él, pero D'Artagnan respondió orgullosamente que tenía
todo lo que necesitaba.
La noche reunió a todos los camaradas de la compañía de los
guardias del señor des Essarts y de la compañía de los mosqueteros del señor de
Tréville, que habían hecho amistad. Se dejaban para volverse a ver cuando
pluguiera a Dios y si placía a Dios. La noche fue por tanto una de las más
ruidosas, como se puede suponer, porque en semejantes casos, no se puede
combatir la extrema precaución más que con el extremo descuido.
Al día siguiente, al primer toque de las trompetas, los amigos
se dejaron: los mosqueteros corrieron al palacio del señor de Tréville y los
guardias al del señor des Essarts. Los dos capitanes condujeron al punto sus
compañías al Louvre, donde el rey los revistaba.
El rey estaba triste y parecía enfermo, lo cual quitaba algo a
su gesto altivo. En efecto, la víspera la fiebre lo había cogido en medio del
parlamento y mientras ocupaba la presidencia. No por ello estaba menos decidido
a partir aquella misma noche; y pese a las observaciones que se habían hecho,
había querido pasar revista, esperando que el primer golpe de vigor vencería la
enfermedad que comenzaba a apoderarse de él.
Una vez pasada la revista, los guardias se pusieron en marcha,
ellos solos; los mosqueteros debían partir sólo con el rey, lo que permitió a
Porthos ir a dar una vuelta, en su soberbio equipo, por la calle aux Ours.
La procuradora lo vio pasar en su uniforme nuevo y sobre su
hermoso caballo. Amaba demasiado a Porthos para dejarlo partir así; le hizo
seña de apearse y de venir a su lado. Porthos estaba magnífico; sus espuelas
resonaban, su coraza brillaba, su espada le golpeaba orgullosamente las
piernas. Aquella vez los pasantes no tuvieron ninguna gana de reír: ¡tanta era
la pinta que Porthos tenía de cortador de orejas!
El mosquetero fue introducido junto al señor Coquenard, cuyos
ojillos grises brillaron de cólera al ver a su primo todo flamante. Sin
embargo, una cosa lo consoló interiormente; es que por todas partes decían que
la campaña sería ruda: en el fondo de su corazón esperaba dulcemente que
Porthos muriera en ella.
Porthos presentó sus respetos a maese Coquenard y se despidió de
él; maese Coquenard le deseó toda suerte de prosperidades. En cuanto a la
señora Coquenard, no podía contener sus lágrimas; pero nadie sacó ninguna mala
consecuencia de su dolor; se la sabía muy apegada a sus parientes, por los que
había tenido siempre crueles disputas con su marido.
Pero las auténticas despedidas se hicieron en la habitación de
la señora Coquenard: fueron desgarradoras.
Durante el tiempo que la procuradora pudo seguir con los ojos g
su amante, agitó un pañuelo inclinándose fuera de la ventana, hasta el punto de
que se creería que quería tirarse. Porthos recibió todas aquellas señales de
ternura como hombre habituado a semejantes demostraciones. Sóio que al volver
la esquina de la calle, se quitó el sombrero y lo agitó en señal de adiós.
Por su parte, Aramis escribía una larga carta. ¿A quién? Nadie
sabía nada. En la habitación vecina, Ketty, que debía partir aquella misma
noche para Tours, esperaba aquella carta misteriosa.
Athos bebía a sorbos la última botella de su vino español.
Mientras tanto, D'Artagnan desfilaba con su compañía.
Al llegar al barno de Saint Antoine, se volvió para mirar
alegremente la Bastilla; pero como era solamente la Bastilla lo que miraba, no
vio a Milady que, montada sobre un caballo overo, lo señalaba con el dedo a dos
hombres de mala catadura que se acercaron al punto a las filas para
reconocerlo. A una interrrogación us hicieron con la mirada, Milady respondió
con un signo que era él. Luego, segura de que no podía haber error en la
ejecución de sus órdenes, espoleó su caballo y desapareció.
Los dos hombres siguieron entonces a la compañía, y a la salida
del barrio Saint Antoine montaron en dos caballos completamente preparados que
un criado sin librea tenía en la mano esperándolos.
Capítulo XLI
El sitio de La Rochelle
El sitio de La Rochelle fue uno de los grandes acontecimientos
politicos de Luis XIII, y una de las grandes empresas militares del cardenal.
Es por tanto interesante, a incluso necesario, que digamos algunas palabras,
dado que muchos detalles de ese asedio están ligados de manera demasiado
importante a la historia que hemos comenzado a contar para que los pasemos en
silencio.
Las miras políticas del cardenal cuando emprendió este asedio
eran considerables. Expongámoslas primero, luego pasaremos a las miras
particulares que no tuvieron sobre Su Eminencia menos influencia que las
primeras.
De las ciudades importantes dadas por Enrique IV a los hugonotes
como plazas de seguridad, sólo quedaba La Rochelle. Se trataba por tanto de
destruir aquel último baluarte del calvinismo, levadura peligrosa a la que
venían a mezclarse jncesantemente fermentos de revuelta civil o de guerra
extranjera,
Españoles, ingleses, italianos descontentos, aventureros de
cuálquier nación, soldados de fortuna de toda secta acudian a la primera
llamada bajo las banderas de los protestantes y se organizaban como una vasta
asociación cuyas ramas divergían a capricho en todos los puntos de Europa.
La Rochelle, que había adquirido nueva importancia con la ruina
de las demás ciudades calvinistas era, pues, el hogar de las disensiones y de
las ambiciones. Había más: su puerto era la primera puerta abierta a los
ingleses en el reino de Francia; y al cerrarlo a Inglaterra, nuestra eterna
enemiga, el cardenal acababa la obra de Juana de Arco y del duque de Guisa.
Por eso Bassompierre, que era a la vez protestante y católico,
protestante de corazón y católico como comendador del Espíritu Santo;
Bassompierre, que era alemán de nacimiento y francés de corazón; Bassompierre,
en fin, que ejercía un mando particular en el asedio de La Rochelle, decía
cargando a la cabeza de muchos otros señores protestantes como él:
¡Ya veréis, señores, cómo somos tan bestias que conquistaremos
La Rochelle!
Y Bassompierre tenía razón; el cañoneo de la isla de Ré
presagiaba para él las dragonadas de Cévennes; la toma de La Rochelle era el
prefacio de la revocación del edicto de Nantes.
Pero, ya lo hemos dicho, al lado de estas miras del ministro
nivelador y simplificador, y que pertenecen a la historia, el cronista está
obligado a reconocer las pequeñas miras del hombre enamorado y del rival
celoso.
Richelieu, como todos saben, había estado enamorado de la reina;
si este amor tenía en él un simple objetivo politico o era naturalmente una de
esas profundas pasiones como las que inspiró Ana de Austria a quienes la
rodeaban, es lo que no sabríamos decir; pero en cualquier caso, por los
desarrollos anteriores de esta historia, se ha visto que Buckingham había
triunfado sobre él y que en dos o tres circunstancias, y sobre todo en la de
los herretes, gracias al desvelo de los tres mosqueteros y al valor de D'Artagnan,
había sido cruelmente burlado.
Se trataba, pues, para Richelieu no sólo de librar a Francia de
un enemigo, sino de vengarse de un rival; por lo demás, la venganza debía ser
grande y clamorosa, y digna en todo un hombre que tiene en su mano, por espada
de combate, las fuerzas de todo un reino.
Richelieu sabía que combatiendo a Inglaterra combatía a
Buckingham, que venciendo a Inglaterra vencía a Buckingham, y que humillando a
Inglaterra ante los ojos de Europa humillaba a Buckingham a los ojos de la
reina.
Por su lado Buckingham, aunque ponía ante todo el honor de
Inglaterra estaba movido por intereses absolutamente semejantes a los del
cardenal; Buckingham también perseguía una venganza particular: bajo ningún
pretexto había podido Buckingham entrar en Francia como embajador, y quería
entrar como conquistador.
De donde resulta que lo que realmente se ventilaba en esa
partida que los dos reinos más poderosos jugaban por el capricho de dos hombres
enamorados, era una simple mirada de Ana de Austria.
La primera ventaja había sido para el duque de Buckingham:
llegado inopinadamente a la vista de la isla de Ré con noventa bajeles y veinte
mil hombres aproximadamente, había sorprendido al conde Toiras, que mandaba en
nombre del rey en la isla; tras un combate sangriento había realizado su
desembarco.
Relatemos de paso que en este combate había perecido el barón de
Chantal; el barón de Chantal dejaba huérfana una niña de dieciocho meses.
Esta niña fue luego Madame de Sévigné.
El conde de Toiras se retiro a la ciudadela Saint Martin con la
guarnición, y dejó un centenar de hombres en un pequeño fuerte que se que se
llamaba de la Prée.
Este acontecimiento había acelerado las decisiones del cardenal;
y a la espera de que el rey y él pudieran ir a tomar el mando del asedio de La
Rochelle, que estaba decidido, había hecho partir a Monsieur para dirigir las
primeras operaciones, y había hecho desfilar hacia el escenario de la guerra
todas las tropas de que había podido disponer.
De este destacamento enviado como vanguardia era del que formaba
parte nuestro amigo D'Artagnan.
El rey, como hemos dicho, debía seguirlo tan pronto como hubiera
terminado la solemne sesión real pero al levantarse de aquel asiento real, el
28 de junio se había sentido afiebrado; habría querido partir igualmente pero
al empeorar su estado se vio obligado a detenerse en Villeroi.
Ahora bien, allí donde se detenía el rey se detenían los
mosqueteros; de donde resultaba que D'Artagnan, que estaba pura y simplemente
en los guardias, se había separado, momentáneamente al menos, de sus buenos
amigos Athos, Porthos y Aramis; esta separación, que no era para él más que una
contrariedad, se habría convertido desde luego en inquietud seria si hubiera
podido adivinar qué peligros desconocidos lo rodeaban.
No por eso dejó de llegar, sin incidente alguno al campamento
establecido ante La Rochelle, hacia el 10 del mes de septiembre del año 1627.
Todo se hallaba en el mismo estado: el duque de Buckingham y sus
ingleses dueños de la isla de Ré, continuaban sitiando, aunque sin éxito, la
ciudadela de Saint Martin y el fuerte de La Prée, y las hostilidades con La
Rochelle habían comenzado hacía dos o tres días a propósito de un fuerte que el
duque de Angulema acababa de hacer construir junto a la ciudad.
Los guardias, al mando del señor des Essarts, se alojaban en los
Mínimos.
Pero como sabemos, D'Artagnan, preocupado por la ambición de
pasar a los mosqueteros, raramente había hecho amistad con sus camaradas; se
encontraba por tanto solo y entregado a sus propias reflexiones.
Sus reflexiones no eran risueñas; desde hacía un año que había
llegado a Paris se había mezclado en los asuntos públicos; sus asuntos privados
no habían adelantado mucho ni en arnor ni en fortuna.
En amor, la única mujer a la que había amado era la señora
Bonacieux, y la señora Bonacieux había desaparecido sin que él pudiera
descubrir aún qué había sido de ella.
En fortuna, se había hecho, débil como era, enemigo del
cardenal, es decir, de un hombre ante el cual temblaban los mayores del reino,
empezando por el rey.
Aquel hombre podía aplastarlo, y sin embargo no lo habia hecho;
para un ingenio tan perspicaz como era D'Artagnan, aquella indulgencia era una
luz por la que vela un porvenir mejor.
Luego se había hecho también otro enemigo menos de temer,
pensaba, pero que sin embargo instintivamente sentía que no era de despreciar:
ese enemigo era Milady.
A cambio de todo esto había conseguido la protección y la
benevolencia de la reina, pero la benevolencia de la reina era, en aquellos
tiempos, una causa más de persecuciones; y su protección, como se sabe,
protegía muy mal; ejemplos: Chalais y la señora Bonacieux.
Lo que en todo aquello había ganado en claro era el diamante de
cinco o seis mil libras que llevaba en el dedo; pero incluso de aquel diamante,
suponiendo que D'Artagnan en sus proyectos de ambición quisiera guardarlo para
convertirlo un día en señal de reconocimiento de la reina, no había que
esperar, puesto que no podía deshacerse de él, más valor que de los guijarros
que pisoteaba.
Decimos los guijarros que pisoteaba, porque D'Artagnan hacía
estas reflexiones paseándose en solitario por un lindo caminito que conducía
del campamento a la villa de Angoutin; ahora bien, estas reflexiones lo habían
llevado más lejos de lo que pensaba, y la luz comenzaba a bajar cuando al
último rayo del crepúsculo le pareeió ver brillar detrás de un seto el cañón de
un mosquete.
D'Artagnan tenía el ojo despierto y el ingenio pronto,
comprendió que el mosquete no había venido hasta allí completamente solo y que
quien lo manejaba no estaba escondido detrás de un seto con intenciones
amistosas. Decidió por tanto largarse cuando, al otro lado de la ruta, tras una
roca, divisó la extremidad de un segundo mosquete.
Era evidentemente una emboscada.
El joven lanzó una ojeadas sobre el primer mosquete y vio con
cierta inquietud que se bajaba en su dirección, pero tan pronto como vio el
orificio del cañón inmóvil se arrojó cuerpo a tierra. Al mismo tiempo salió el
disparo y oyó el silbido de la bala que pasaba por encima de su cabeza.
No había tiempo que perder: D'Artagnan se levantó de un salto en
el mismo momento que la bala del otro mosquete hizo volar los guijarros en el
lugar mismo del camino en que se había arrojado de cara contra el suelo.
D'Artagnan no era uno de esos hombres inútilmente valientes que
buscan la muerte ridícula para que se diga de ellos que no han retrocedido ni
un paso; además, aquí no se trataba de valor: D'Artagnan había caído en una
celada.
Si hay un tercer disparo se dijo , soy hombre muerto.
Y al punto, echando a todo correr, huyó en dirección del
campamento con la velocidad de las gentes de su región, tan renombradas por su
agilidad; mas cualquiera que fuese la rapidez de su carrera, el primero que
había disparado, habiendo tenido tiempo de volver a cargar su arma, le disparó
un segundo disparo tan bien ajustado esta vez que la bala le atravesó el
sombrero y lo hizo volar a diez pasos de él.
Sin embargo, como D'Artagnan no tenía otro sombrero, recogió el
suyo a la carrera, llegó todo jadeante y muy pálido a su alojamiento, se sentó
sin decir nada a nadie y se puso a reflexionar.
Aquel suceso podía tener tres causas:
La primera y más natural podía ser una emboscada de los
rochelleses, a quienes no les habría molestado matar a uno de los guardias de
Su Majestad, primero porque era un enemigo menos, y porque este enemigo podía
tener una bolsa bien guarnecida en su bolso.
D'Artagnan cogió su sombrero, examinó el agujerro de la bala y
movió la cabeza. La bala no era una bala de mosquete, era una bala de arcabuz;
la exactitud del disparo le había dado ya la idea de que había sido dispardo
por un arma particular: aquello no era, por tanto, una emboscada militar,
puesto que la bala no era de calibre.
Aquello podía ser un buen recuerdo del señor cardenal. Se
recordará que en el momento mismo en que gracias a aquel bienaventurado rayo de
sol había divisado el cañón del fusil, él se asombraba de la longanimidad de Su
Eminencia para con él.
Pero D'Artagnan movió la cabeza. Con personas con las que no
tenía más que extender la mano rara vez recurría Su Eminencia a semejantes
medios.
Aquello podía ser una venganza de Milady.
Esto era lo más probable.
Trató inútilmente de recordar o los rasgos o el traje de los
asesinos; se había alejado tan rápidamente de ellos que no había tenido tiempo
de observar nada.
¡Ay, mis pobres amigos! murmuró D'Artagnan . ¿Dónde estáis?
¡Cuánta falta me hacéis!
D'Artagnan pasó muy mala noche. Tres o cuatro veces se despertó
sobresaltado, imaginándose que un hombre se acercaba a su cama para apuñalarlo.
Sin embargo, apareció la luz sin que la oscuridad hubiera traído ningún
incidente.
Pero D'Artagnan sospechó mucho que lo que estaba aplazado no
estaba perdido.
D'Artagnan permaneció toda la jornada en su alojamiento; a sí
mismo se dio la excusa de que el tiempo era malo.
Al día siguiente, a las nueve, tocaron llamada y tropa. El duque
de Orleáns visitaba los puestos. Los guardias corrieron a las armas y
D'Artagnan ocupó su puesto en medio de sus camaradas.
Monsieur pasó ante el frente de batalla; luego, todos los
oficiales superiores se acercaron a él para hacerle séquito, el señor Des
Essarts, capitán de los guardias, igual que los demás.
Al cabo de un instante le pareció a D'Artagnan que el señor Des
Essarts le hacía señas de acercarse: esperó un nuevo gesto de su superior,
temiendo equivocarse, pero repetido el gesto, dejó las filas y se adelantó para
oír la orden.
Monsieur va a pedir hombres voluntarios para una misión
peligrosa, pero que será un honor para quienes la cumplan; os he hecho esa seña
para que estuvierais preparado.
¡Gracias, mi capitán! respondió D'Artagnan, que no pedía otra
cosa que distinguirse a los ojos del teniente general.
En efecto, los rochelleses habían hecho una salida durante la
noche y habían recuperado un bastión del que el ejército realista se había
apoderado dos días antes; se trataba de hacer un reconocimiento a cuerpo
descubierto para ver cómo custodiaba el ejército aquel bastión.
Efectivamente, al cabo de algunos instantes Monsieur elevó la
voz y dijo:
Necesitaría para esta misión tres o cuatro voluntarios guiados
por un hombre seguro.
En cuanto al hombre seguro, lo tengo a mano, Monsieur dijo el
señor Des Essarts, mostrando a D'Artagnan ; y en cuanto a los cuatro o cinco
voluntarios, Monsieur no tiene más que dar a conocer su intenciones, y no le
faltarán hombres.
¡Cuatro hombres de buena voluntad para venir a hacerse matar
conmigo! dijo D'Artagnan levantando su espada.
Dos de sus camaradas de los guardias se precipitaron
inmediatamente, y habiéndose unido a ellos dos soldados, encontró que el número
pedido era suficiente; D'Artagnan rechazó, pues, a todos los demás, no
queriendo atropellar a quienes tenían prioridad.
Se ignoraba si después de la toma del bastión los rochelleses lo
habían evacuado o habían dejado allí guarnición; había, pues, que examinar el
lugar indicado desde bastante cerca para comprobarlo.
D'Artagnan partió con sus cuatro compañeros y siguió la
trinchera: los dos guardias marchaban a su misma altura y los soldados venían
detrás.
Así, cubriéndose con los revestimientos del terreno, llegaron a
unos cien pasos del bastión. Allí, al volverse D'Artagnan, se dio cuenta de que
los dos soldados habían desaparecido.
Creyó que por miedo se habían quedado atrás y continuó
avanzando.
A la vuelta de la contraescarpa, se hallaron a sesenta pasos
aproximadamente del bastión.
No se veía a nadie, y el bastión parecía abandonado.
Los tres temerarios deliberaban si seguir adelante cuando, de
pronto, un cinturón de humo ciñó al gigante de piedra y una docena da balas
vinieron a silbar en torno a D'Artagnan y sus dos compañeros.
Sabían lo que querían saber: el bastión estaba guardado.
Quedarse más tiempo en aquel lugar peligroso hubiese sido, pues, una
imprudencia inútil; D'Artagnan y los dos guardias volvieron la espalda y
comenzaron una retirada que se parecía a una fuga.
Al llegar al ángulo de la trinchera que iba a servirles de
muralla uno de los guardias cayó: una bala le había atravesado el pecho. EÌ
otro, que estaba sano y salvo, continuó su carrera hacia el campamento.
D'Artagnan no quiso abandonar así a su compañero y se inclinó
hacia él para levantarlo y ayudarlo a alcanzar las líneas; pero en aquel
momento salieron dos disparos de fusil: una bala vino a estrellarse sobre la
roca tras haber pasado a dos pulgadas de D'Artagnan.
El joven se volvió rápidamente porque aquel ataque no podía
venir del bastión, que estaba oculto por el ángulo de la trinchera. La idea de
los dos soldados que lo habían abandonado le vino a la mente y le recordó a los
asesinos de la víspera; resolvió, por tanto, saber a qué atenerse aquella vez y
cayó sobre el cuerpo de su camarada como si estuviera muerto.
Vio al punto dos cabezas que se levantaban por encima de una
obra abandonada que estaba a treinta pasos de allí; eran las de nuestros dos
soldados. D'Artagnan no se había equivocado: aquellos dos hombres no le habían
seguido más que para asesinarlo, esperando que la muerte del joven sería
cargada en la cuenta del enemigo.
Sólo que, como podía estar solamente herido y denunciar su
crimen, se acercaron para rematarlo; por suerte, engañados por la artimaña de
D'Artagnan, se olvidaron de volver a cargar sus fusiles.
Cuando estuvieron a diez pasos de él, D'Artagnan, que al caer
había tenido gran cuidado de no soltar su espada, se levantó de pronto y de un
salto se encontró junto a ellos.
Los asesinos comprendieron que, si huían hacia el campamento sin
haber matado a aquel hombre, serían acusados por él; por eso su primera idea
fue la de pasarse al enemigo. Uno de ellos cogió su fusil por el cañón y se
sirvió de él como de una maza: lanzó un golpe terrible a D'Artagnan, que lo
evitó echándose hacia un lado; pero con este movimiento brindó paso al bandido,
que se lanzó al punto hacia el bastión. Como los rochelleses que lo vigilaban
ignoraban con qué intención venía aquel hombre hacia ellos, dispararon contra
él y cayó herido por una bala que le destrozó el hombro.
En este tiempo, D'Artagnan se había lanzado sobre el segundo
soldado, atacándolo con su espada; la lucha no fue larga, aquel miserable no
tenía para defenderse más que su arcabuz descargado; la espada del guardia se
deslizó por sobre el cañón del arma vuelta inútil y fue a atravesar el muslo
del asesino que cayó. D'Artagnan le puso inmediatamente la punta del hierro en
el pecho.
¡Oh, no me matéis! exclamó el bandido . ¡Gracia, gracia,
oficial, y os lo diré todo!
¿Vale al menos lo secreto la pena de que lo perdone la vida?
preguntó el joven conteniendo su brazo.
Sí, si estimáis que la existencia es algo cuando se tienen
veintidós años como vos y se puede alcanzar todo, siendo valiente y fuerte como
vos lo sois.
¡Miserable! dijo D'Artagnan . Vamos, habla deprisa, ¿quién te ha
encargado asesinarme?
Una mujer a la que no conozco, pero que se llamaba Milady.
Pero si no conoces a esa mujer, ¿cómo sabes su nombre?
Mi camarada la conocía y la llamaba así, fue él quien tuvo el
asunto con ella y no yo; él tiene incluso en su bolso una carta de esa persona
que debe tener para vos gran importancia, por lo que he oído decir.
Pero ¿cómo te metiste en esta celada?
Me propuso que diéramos el golpe nosotros dos y acepté.
¿Y cuánto os dio ella por esta hermosa expedición?
Cien luises.
Bueno, en buena hora dijo el joven riendo estima que valgo algo:
cien luises. Es una cantidad para dos miserables como vosotros; por eso
comprendo que hayas aceptado y lo perdono con una condición.
¿Cuál? preguntó el soldado inquieto y viendo que no todo había
terminado.
Que vayas a buscarme la carta que tu camarada tiene en bolsillo.
Pero eso exclamó el bandido es otra manera de matarme; ¿cómo
queréis que vaya a buscar esta carta bajo el fuego del bastión?
Sin embargo, tienes que decidirte a ir en su busca, o te juro
que mueres por mi mano.
¡Gracia, señor, piedad! ¡En nombre de esa dama a la que amáis a
la que quizá creéis muerta y que no lo está! exclamó el bandido poniéndose de
rodillas y apoyándose sobre su mano, porque comenzaba a perder sus fuerzas con
la sangre.
¿Y por qué sabes tú que hay una mujer a la que amo y que yo he
creído muerta a esa mujer? preguntó D'Artagnan.
Por la carta que mi camarada tiene en su bolsillo.
Comprenderás entonces que necesito tener esa carta di D'Artagnan
; así que no más retrasos ni dudas, o aunque me repugne templar por segunda vez
mi espada en la sangre de un miserable como tú, lo juro por mi fe de hombre
honrado...
Y a estas palabras D'Artagnan hizo un gesto tan amenazador que
el herido se levantó.
¡Deteneos! ¡Deteneos! exclamó recobrando valor a fuerza de
terror . ¡Iré..., iré...!
D'Artagnan cogió el arcabuz del soldado, lo hizo pasar delante
de él y lo empujó hacia su compañero pinchándole los lomos con la punta de su
espada.
Era algo horrible ver a aquel desgraciado dejando sobre el
camino que recorría un largo reguero de sangre, cada vez más pálido ante muerte
próxima, tratando de arrastrarse sin ser visto hasta el cuerpo de su cómplice
que yacía a veinte pasos de allí.
El terror estaba pintado sobre su rostro cubierto de un sudor
frío de tal modo que D'Artagnan se compadeció y mirándolo con desprecio:
Pues bien dijo , voy a demostrarte la diferencia que existe
entre un hombre de corazón y un cobarde como tú: quédate iré yo.
Y con paso ágil, el ojo avizor, observando los movimientos del
enemigo, ayudándose con todos los accidentes del terreno, D'Artagnan llegó
hasta el segundo soldado.
Había dos medios para alcanzar su objetivo: registrarlo allí
mismo o llevárselo haciendo un escudo con su cuerpo y registrarlo en la
trinchera.
D'Artagnan prefirió el segundo medio y cargó el asesino a sus
hombros en el momento mismo que el enemigo hacía fuego.
Una ligera sacudida el ruido seco de tres balas que agujereaban
las carnes, un último grito un estremecimiento de agonía le probaron a
D’Artagnan que el que había querido asesinarlo acababa de salvarle la vida.
D'Artagnan ganó la trinchera y arrojó el cadáver junto al herido
tan pálido como un muerto.
Comenzó el inventario inmediatamente: una cartera de cuero, una
bolsa donde se encontraba evidentemente una parte de la suma del dinero que
había recibido, un cubilete y los dados formaban la herencia del muerto.
Dejó el cubilete y los dados donde habían caído, lanzó la bolsa
al herido y abrió ávidamente la cartera.
En medio de algunos papeles sin importancia, encontró la carta
siguiente: era la que había ido a buscar con riesgo de su vida:
«Dado que habéis perdido el rastro de esa mujer y que ahora está
a salvo en ese convento al que nunca deberíais haberla dejado llegar, tratad al
menos de no fallar con el hombre; si no, sabéis que tengo la mano larga y que
pagaréis caros los cien luises que os he dado.»
Sin firma. Sin embargo, era evidente que la carta procedía de
Milady. Por consiguiente, la guardó como pieza de convicción y, a salvo tras el
ángulo de la trinchera se puso a interrogar al herido. Este confesó que con su
camarada, el mismo que acababa de morir, estaba encargado de raptar a una joven
que debía salir de París por la barrera de La Villete pero que, habiéndose
parado a beber en una taberna, habían llegado diez minutos tarde al coche.
Pero ¿qué habríais hecho con esa mujer? preguntó D'Artagnan con
angustia.
Debíamos entregarla en un palacio de la Place Royale dijo el
herido.
¡Sí! ¡Sí! murmuró D'Artagnan . Es exacto, en casa de la misma
Milady.
Entonces el joven estremeciéndose, comprendió qué terrible sed
de venganza empujaba a aquella mujer a perderlo, a él y a los que lo amaban, y
cuánto sabía ella de los asuntos de la corte, puesto que lo había descubierto
todo. Indudablemente debía aquellos informes al cardenal.
Mas, en medio de todo esto, comprendió, con un sentimiento de
alegría muy real, que la reina había terminado por descubrir la prisión en que
la pobre señora Bonacieux expiaba su adhesión, y que la había sacado de aquella
prisión. Así quedaban explicados la carta que había recibido de la joven y su
paso por la ruta de Chaillot, un paso parecido a una aparición.
Y entonces, como Athos había predicho, era posible volver a
encontrar a la señora Bonacieux, y un convento no era inconquistable.
Esta idea acabó de devolver a su corazón la clemencia. Se volvió
hacia el herido que seguía con ansiedad todas las expresiones diversas de su
cara, y le tendió el brazo:
Vamos le dijo , no quiero abandonarte así. Apóyate en mí y
volvamos al campamento.
Sí dijo el herido, que a duras penas creía en tanta magnanimidad
, pero ¿no sera para hacer que me cuelguen?
Tienes mi palabra dijo D'Artagnan , y por segunda vez te perdono
la vida.
El herido se dejó caer de rodillas y besó de nuevo los pies de
su salvador; pero D'Artagnan, que no tenía ningún motivo para quedarse tan
cerca del enemigo, abrevió él mismo los testimonios de gratitud.
El guardia que había vuelto a la primera descarga de los
rochelleses había anunciado la muerte de sus cuatro compañeros. Quedaron, pues,
asombrados y muy contentos a la vez en el regimiento cuando se vio aparecer al
joven sano y salvo.
D'Artagnan explicó la estocada de su compañero por una salida
que improvisó. Contó la muerte del otro soldado y los peligros que habían
corrido. Este relato fue para el ocasión de un verdadero triunfo. Todo el
ejército habló de aquella expedición durante un día, y Monsieur hizo que le
transmitieran sus felicitaciones.
Por lo demás, como toda acción hermosa lleva consigo su
recompensa, la hermosa acción de D'Artagnan tuvo por resultado devolverle la
tranquilidad que había perdido. En efecto, D'Artagnan creía poder estar
tranquilo, puesto que de sus dos enemigos uno estaba muerto y otro era adicto a
sus intereses.
Esta tranquilidad probaba una cosa, y es que D'Artagnan no
conocía aún a Milady.
Capítulo XLII
El vino de Anjou
Tras las noticias casi desesperadas del rey, el rumor de su
convalecencia comenzaba a esparcirse por el campamento; y como tenía mucha
prisa por llegar en persona al asedio, se decía que tan pronto como pudiera
montar a caballo se pondría en camino.
En este tiempo, Monsieur, que sabía que de un día para otro iba
a ser reemplazado en su mando bien por el duque de Angulema, bien por
Bassompierre, bien por Schomberg, que se disputaban el mando, hacía poco,
perdía las jornadas en tanteos, y no se atrevía a arriesgar una gran empresa
para echar a los ingleses de la isla de Ré, donde asediaban constantemente la
ciudadela Saint Martin y el fuerte de La Prée, mientras que por su lado los
franceses asediaban La Rochelle.
D'Artagnan, como hemos dicho, se había tranquilizado, como
ocurre siempre tras un peligro pasado, y cuando el peligro pareció desvanecido,
sólo le quedaba una inquietud, la de no tener noticia alguna de sus amigos.
Pero una mañana a principios del mes de noviembre, todo quedó
explicado por esta carta, datada en Villeroi:
«Señor D'Artagnan:
Los señores Athos, Porthos y Aramis, tras haber jugado una buena
partida en mi casa y haberse divertido mucho, han armado tal escándalo que el
preboste del castillo, hombre muy rígido, los ha acuartelado algunos días; pero
yo he cumplido las órdenes que me dieron de enviar doce botellas de mi vino de
Anjou, que apreciaron mucho: quieren que vos bebáis a su salud con su vino
favorito.
Lo he hecho, y soy, señor, con gran respeto,
Vuestro muy humilde y obediente servidor,
GODEAU
Hostelero de los Señores Mosqueteros.»
¡Sea en buena hora! exclamó D'Artagnan . Piensan en mí en sus
placeres como yo pensaba en ellos en mi aburrimiento; desde luego, beberé a su
salud y de muy buena gana, pero no beberé solo.
Y D'Artagnan corrió a casa de dos guardias con los que había
hecho más amistad que con los demás, a fin de invitarlos a beber con él el
delicioso vinillo de Anjou que acababa de llegar de Villeroi. Uno de los
guardias estaba invitado para aquella misma noche y otro para el día siguiente;
la reunión fue fijada por tanto para dos días después.
Al volver, D'Artagnan envió las doce botellas de vino a la
cantina de los guardias, recomendando que se las guardasen con cuidado; luego,
el día de la celebración, como la comida estaba fijada para la hora del mediodía,
D'Artagnan envió a las nueve a Planchet para prepararlo todo.
Planchet, muy orgulloso de ser elevado a la dignidad de maître,
pensó en preparar todo como hombre inteligente; a este efecto, se hizo ayudar
del criado de uno de los invitados de su amo, llamado Fourreau, y de aquel
falso soldado que había querido matar a D'Artagnan, y que por no pertenecer a
ningún cuerpo, había entrado a su servicio, o mejor, al de Planchet, desde que
D'Artagnan le había salvado la vida.
Llegada la hora del festín, los dos invitados llegaron y
ocuparon su sitio y se alinearon los platos en la mesa. Planchet servia,
servilleta en brazo, Fourreau descorchaba las botellas, y Brisemont, tal era el
nombre del convaleciente, transvasaba a pequeñas garrafas de cristal el vino
que parecía haber formado posos por efecto de las sacudidas del camino. La
primera botella estaba algo turbia hacia el final: de este vino Brisemont
vertió los posos en su vaso, y D'Artagnan le permitió beberlo; porque el pobre
diablo no tenía aún muchas fuerzas.
Los convidados, tras haber tomado la sopa, iban a llevar el
primer vaso a sus labios cuando de pronto el cañón resonó en el fuerte Louis y
en el fuerte Neuf; al punto, creyendo que se trataba de algún ataque
imprevisto, bien de los sitiados, bien de los ingleses, los guardias saltaron
sobre sus espadas; D'Artagnan, no menos rápido, hizo como ellos y los tres
salieron corriendo a fin de dirigirse a sus puestos.
Mas apenas estuvieron fuera de la cantina cuando se enteraron de
la causa de aquel gran alboroto; los gritos de ¡Viva el rey! ¡Viva el cardenal!
resonaban por todas las direcciones.
En efecto, el rey, impaciente como se había dicho, acababa de
hacer en una dos etapas, y llegaba en aquel mismo instante con toda su casa y
un refuerzo de diez mil hombres de tropa; le precedían y seguían sus
mosqueteros. D'Artagnan, formando calle con su compañia, saludó con gesto
expresivo a sus amigos, que le respondieron con los ojos, y al señor de
Tréville, que lo reconoció al instante.
Una vez acabada la ceremonia de recepción, los cuatro amigos
estuvieron al punto en brazos unos de otros.
¡Diantre! exclamó D'Artagnan . No podíais haber llegado en mejor
momento, y la carne no habrá tenido tiempo aún de enfriarse.
¿No es eso, señores? añadió el joven volviéndose hacia los dos
guardias, que presentó a sus amigos.
¡Vaya, vaya, parece que estábamos de banquete! dijo Porthos.
Espero dijo Aramis que no haya mujeres en vuestra comida.
¿Es que hay vino potable en vuestra bicoca? preguntó Athos.
Diantre, tenemos el vuestro, querido amigo respondió D'Artagnan.
¿Nuestro vino? preguntó Athos asombrado.
Sí, el que me habéis enviado.
¿Nosotros os hemos enviado vino?
Lo sabéis de sobra, de ese vinillo de los viñedos de Anjou.
Sí, ya sé a qué vino os referéis.
El vino que preferís.
Sin duda, cuando no tengo ni champagne ni chambertin.
Bueno, a falta de champagne y de chambertin os contentaréis con
éste.
O sea que, sibaritas como somos, hemos hecho venir vino de Anjou
dijo Porthos.
Pues claro, es el vino que me han enviado de parte vuestra.
¿De nuestra parte? dijeron los tres mosqueteros.
Aramis, ¿sois vos quién habéis enviado vino? dijo Athos.
No, ¿y vos, Porthos?
No, ¿y vos Athos?
No.
Si no es vuestro dijo D'Artagnan , es de vuestro hostelero.
¿Nuestro hostelero?
Pues claro, vuestro hostelero, Godeau, hostelero de los
mosqueteros.
A fe nuestra que, venga de donde quiera, no importa dijo Porthos
; probémoslo, y si es bueno, bebámoslo.
No dijo Athos , no bebamos el vino que tiene una fuente
desconocida.
Tenéis razón, Athos dijo D'Artagnan . ¿Ninguno de vosotros ha
encargado al hostelero enviarme vino?
¡No! Y sin embargo, ¿os lo ha enviado de nuestra parte?
Aquí está la carta d¡jo D'Artagnan.
Y presentó el billete a sus camaradas.
¡Esta no es su escritura! exclamó Athos . La conozco porque fui
yo quien antes de partir saldó las cuentas de la comunidad.
Carta falsa dijo Porthos ; nosotros no hemos sido acuartelados.
D'Artagnan preguntó Aramis en tono de reproche , ¿cómo habéis
podido creer que habíamos organizado un alboroto?...
D'Artagnan palideció y un estremecimiento convulsivo agitó sus
miembros.
Me asustas dijo Athos, que no le tuteaba sino en las grandes
ocasiones . ¿Qué ha pasado entonces?
¡Corramos, corramos, amigos míos! exclamó D'Artagnan . Una
terrible sospecha cruza mi mente. ¿Será otra vez una venganza de esa mujer?
Fue Athos el que ahora palideció.
D'Artagnan se precipitó hacia la cantina. Los tres mosqueteros y
los dos guardias lo siguieron.
Los primero que sorprendió la vista de D'Artagnan al entrar en
el comedor fue Brisemont tendido en el suelo y retorciéndose en medio de
atroces convulsiones.
Planchet y Fourreau, pálidos como muertos trataban de ayudarlo;
pero era evidente que cualquier ayuda resultaba inútil: todos los rasgos del
moribundo estaban crispados por la agonía.
¡Ay! exclamó al ver a D'Artagnan . ¡Ay, es horrible, fingís
perdonarme y me envenenáis!
¡Yo! exclamó D'Artagnan . ¿Yo, desgraciado? Pero ¿qué dices?
Digo que sois vos quien me habéis dado ese vino, digo que sois
vos quien me ha dicho que lo beba, digo que habéis querido vengaros de mí, digo
que eso es horroroso..
No creáis eso, Brisemont dijo D'Artagnan , no creáis nada de
eso; os lo juro, os aseguro que...
¡Oh, pero Dios está aquí, Dios os castigará! ¡Dios mío! Que
sufra un día lo que yo sufro.
Por el Evangelio exclamó D'Artagnan precipitándose hacia el
moribundo , os juro que ignoraba que ese vino estuviese envenenado y que yo iba
a beber como vos.
No os creo dijo el soldado.
Y expiró en medio de un aumento de torturas.
¡Horroroso! ¡Horroroso! murmuraba Athos, mientras Porthos rompía
las botellas y Aramis daba órdenes algo tardías para que fuesen en busca de un
confesor.
¡Oh, amigos míos! dijo D'Artagnan . Venís una vez más a salvarme
la vida, no sólo a mí, sino a estos señores. Señores continuó dirigiéndose a
los guardias , os ruego silencio sobre toda esta aventura; grandes personajes
podrían estar pringados en lo que habéis visto, y el perjuicio de todo esto
recaería sobre nosotros.
¡Ay, señor! balbuceaba Planchet, más muerto que vivo . ¡Ay,
señor, me he librado de una buena!
¡Cómo, bribón! exclamó D'Artagnan . ¿Ibas entonces a beber mi
vino?
A la salud del rey, señor, iba a beber un pobre vaso si Fourreau
no me hubiera dicho que me llamaban.
¡Ay! dijo Fourreau, cuyos dientes rechinaban de terror . Yo
quería alejarlo para beber completamente solo.
Señores dijo D'Artagnan dirigiéndose a los guardias ,
comprenderéis que un festín semejante sólo sería muy triste después de lo que
acaba de ocurrir; por eso, recibid mis excusas y dejemos la partida para otro
día, por favor.
Los dos guardias aceptaron cortésmente las excusas de D'Artagnan
y, comprendiendo que los cuatro amigos deseaban estar solos, se retiraron.
Cuando el joven guardia y los tres mosqueteros estuvieron sin
testigos, se miraron de una forma que quería decir que todos comprendían la
gravedad de la situación.
En primer lugar dijo Athos , salgamos de esta sala; no hay peor
compañía que un muerto de muerte violenta.
Planchet dijo D'Artagnan , os encomiendo el cadáver de este
pobre diablo. Que lo entierren en tierra santa. Cierto que había cometido un
crimen, pero estaba arrepentido.
Y los cuatro amigos salieron de la habitación, dejando a
Planchet y a Fourreau el cuidado de rendir los honores mortuorios a Brisemont.
El hostelero les dio otra habitación en la que les sirvió huevos
pasados por agua y agua que el mismo Athos fue a sacar de la fuente. En pocas
palabras Porthos y Aramis fueron puestos al corriente de la situación.
¡Y bien! dijo D'Artagnan a Athos . Ya lo veis, querido amigo, es
una guerra a muerte.
Athos movió la cabeza.
Sí, sí dijo , ya lo veo, pero ¿créis que sea ella?
Estoy seguro.
Sin embargo os confieso que todavía dudo.
¿Y esa flor de lis en el hombro?
Es una inglesa que habrá cometido alguna fechoría en Francia y
que habrá sido marcada a raíz de su crimen.
Athos, es vuestra mujer, os lo digo yo repitió D'Artagnan . ¿No
recordáis cómo coinciden las dos marcas?
Sin embargo habría jurado que la otra estaba muerta, la colgué
muy bien.
Fue D'Artagnan quien esta vez movió la cabeza.
En fin ¿qué hacemos? dijo el joven.
Lo cierto es que no se puede estar así, con una espada
eternamente suspendida sobre la cabeza dijo Athos , y que hay que salir de esta
situación.
Pero ¿cómo?
Escuchad, tratad de encontraros con ella y de tener una
explicación; decidle: ¡La paz o la guerra! Palabra de gentilhombre de que nunca
diré nada de vos, de que jamás haré nada contra vos; por vuestra parte,
juramento solemne de permanecer neutral respecto a mí; si no, voy en busca del
canciller, voy en busca del rey, voy en busca del verdugo, amotino la corte
contra vos, os denuncio por marcada, os hago meter a juicio, y si os absuelven,
pues entonces os mato, palabra de gentilhombre, en la esquina de cualquier
guardacantón, como mataría a un perro rabioso.
No está mal ese sistema dijo D'Artagnan , pero ¿cómo encontrarme
con ella?
El tiempo, querido amigo, el tiempo trae la ocasión, la ocasión
es la martingala del hombre; cuanto más empeñado está uno, más se gana si se
sabe esperar.
Sí, pero esperar rodeado de asesinos y de envenenadores...
¡Bah! dijo Athos . Dios nos ha guardado hasta ahora, Dios nos
seguirá guardando.
Sí, a nosotros sí; además, nosotros somos hombres y,
considerándolo bien, es nuestro deber arriesgar nuestra vida; pero ¡ella!...
añadió a media voz.
¿Quién ella? preguntó Athos.
Constance.
La señora Bonacieux. ¡Ah! Es justo eso dijo Athos . ¡Pobre
amigo! Olvidaba que estabais enamorado.
Pues bien dijo Aramis . ¿No habéis visto, por la carta misma que
habéis encontrado encima del miserable muerto, que estaba en un convento? Se
está muy bien en un convento, y tan pronto acabe el sitio de La Rochelle, os
prometo que por lo que a mí se refiere.
¡Bueno! dijo Athos . ¡Bueno! Sí, mi querido Aramis, ya sabemos
que vuestros deseos tienden a la religión.
Sólo soy mosquetero por ínterin dijo humildemente Arami:
Parece que hace mucho tiempo que no ha recibido nuevas de su
amante dijo en voz baja Athos ; mas no prestéis atención, ya conocemos eso.
Bien dijo Porthos , me parece que hay un medio muy simple.
¿Cuál? preguntó D'Artagnan.
¿Decís que está en un convento? prosiguió Porthos.
Sí.
Pues bien, tan pronto como termine el asedio, la raptamos del
ese convento.
Pero habría que saber en qué convento está.
Claro dijo Porthos.
Pero, pensando en ello dijo Athos , ¿no pretendéis querido
D'Artagnan que ha sido la reina quien le ha escogido el convento?
Sí, eso creo por lo menos.
Pues bien, Porthos nos ayudará en eso.
¿Y cómo?
Pues por medio de vuestra marquesa, vuestra duquesa, vuestra
princesa; debe tener largo el brazo.
¡Chis! dijo Porthos poniendo un dedo sobre sus labios . La_ creo
cardenalista y no debe saber nada.
Entonces dijo Aramis , yo me encargo de conseguir noticia,
¿Vos, Aramis? exclamaron los tres amigos . ¿Vos? ¿Y cómo?
Por medio del limosnero de la reina, del que soy muy amigo dijo
Aramis ruborizándose.
Y con esta seguridad, los cuatro amigos, que habían acabado
modesta comida, se separaron con la promesa de volverse a ver aquella misma
noche; D'Artagnan volvió a los Mínimos, y los tres mosqueteros alcanzaron el
acuartelamiento del rey, donde tenían que hacer preparar su alojamiento.
Capítulo XLIII
El albergue del Colombier Rouge
Apenas llegado al campamento, el rey, que tenía tanta prisa por
encontrarse frente al enemigo y que, con mejor derecho que el cardenal,
compartía su odio contra Buckingham, quiso hacer todos los preparativos,
primero para expulsar a los ingleses de la isla de Ré, luego para apresurar el
asedio de La Rochelle; pero, a pesar suyo, se demoró por las disensiones que
estallaron entre los señores de Bassompierre y Schomberg contra el duque de
Angulema.
Los señores de Bassompiere y Schomberg eran mariscales de
Francia y reclamaban su derecho a mandar el ejército bajo las órdenes del rey;
pero el cardenal, que temía que Bassompierre, hugonote en el fondo del corazón,
acosase débilmente a ingleses y rochelleses, sus hermanos de religión, apoyaba
por el contrario al duque de Angulema, a quien el rey, a instigación suya,
había nombrado teniente general. De ello resultó que, so pena de ver a los
señores de Bassompierre y Schomberg abandonar el ejército, se vieron obligados
a dar a cada uno un mando particular; Bassompierre tomó sus acuartemamientos al
norte de la ciudad desde La Leu hasta Dompierre; el duque de Angulema al este,
desde Dompierre hasta Périgny; y el señor de Schomberg al mediodía, desde
Périgny hasta Angoutin.
El alojamiento de Monsieur estaba en Dompierre.
El alojamiento del rey estaba tanto en Etré como en La Jarrie.
Finalmente, el alojamiento del cardenal estaba en las dunas, en
el puente de La Pierre en una simple casa sin ningún atrincheramiento.
De esta forma, Monsieur vigilaba a Bassompierre; el rey, al
duque de Angulema, y el cardenal, al señor de Schomberg.
Una vez establecida esta organización, se ocuparon de echar a
los ingleses de la isla.
La coyuntura era favorable: los ingleses, que ante todo
necesitan buenos víveres para ser buenos soldados, al no comer más que carnes
saladas y mal pan, tenían muchos enfermos en su campamento; además el mar, muy
malo en aquella época del año en todas las costas del Océano, estropeaba todos
los días algún pequeño navío; y con cada marea la playa, desde la punta del
Aiguillon hasta la trinchera, se cubría literalmente de restos de pinazas, de
troncos de roble y de falúas; de lo cual resultaba que, aunque las gentes del
rey se mantuviesen en su campamento, era evidente que un día a otro Buckingham,
que sólo permanecía en la isla de Ré por obstinación, se vena obligado a
levantar el sitio.
Pero como el señor de Toiras hizo decir que en el campamento
enemigo se preparaba todo par un nuevo asalto, el rey juzgó que había que
terminar y dio las órdenes necesarias para un ataque decisivo.
No siendo nuestra intención hacer un diario de asedio, sino por
el contrario contar sólo los sucesos que tienen que ver con la historia que
contamos, nos contentaremos con decir en dos palabras que la empresa tuvo éxito
para gran asombro del rey y a la mayor gloria del señor cardenal. Los ingleses,
rechazados paso a paso, batidos en todos los encuentros, aplastados al pasar
por la isla de Loix, se vieron obligados a embarcar de nuevo, dejando en el
campo de batalla dos mil hombres, entre ellos cinco coroneles, tres tenientes
coroneles, doscientos cincuenta capitanes y veinte gentileshombres de calidad,
cuatro piezas de cañón y sesenta banderas, que fueron llevadas a París por
Claude de Saint Simon y colgadas con gran pompa en las bóvedas de Notre-Dame.
Fueron cantados tedéum en el campamento, y de ahí se esparcieron
por toda Francia.
El cardenal quedó, pues, dueño de proseguir el asedio sin tener,
al menos momentáneamente, nada que temer de parte de los ingleses.
Pero como acabamos de decir, el reposo era solo momentáneo.
Un enviado del duque de Buckingham, llamado Montaigu, había sido
capturado, y se le había encontrado la prueba de una liga entre el Imperio,
España, Inglaterra y Lorena.
Aquella liga estaba dirigida contra Francia.
Además, en el alojamiento de Buckingham, que se había visto
obligado a abandonar más precipitadamente de lo que habría creído, se habían
encontrado papeles que confirmaban aquella liga y que, por lo que afirma el
señor cardenal en sus Memorias, comprometían mucho a la señora de Chevreuse y
por consiguiente a la reina.
Era sobre el cardenal sobre el que pesaba toda la
responsabilidad, porque no se es ministro absoluto sin ser responsable; por eso
todos los recursos de su vasto ingenio estaban tensos día y noche, y ocupados
en escuchar el menor rumor que se alzara en uno de los grandes reinos de
Europa.
El cardenal conocía la actividad y sobre todo el odio de
Buckingham; si la liga que amenazaba a Francia triunfaba, toda su influencia
estaba perdida; la política española y la política austríaca tenían sus
representantes en el gabinete del Louvre, donde aún no tenían más que
partidarios; él, Richelieu, el ministro francés, el ministro nacional por
excelencia, estaba perdido. El rey, que pese a obedecerlo como un niño, lo
odiaba como un niño odia a su maestro, lo abandonaba a las venganzas reunidas
de Monsieur y de la reina; estaba por tanto perdido, y quizá Francia con él.
Había que remediar todo aquello.
Por eso se vieron correos, a cada instante más numerosos,
sucederse día y noche en aquella casita del puente de La Pierre, donde el
cardenal había establecido su residencia.
Eran monjes que llevaban tan mal el hábito que era fácil
reconocer que pertenecían sobre todo a la Iglesia militante; mujeres algo
molestas en sus trajes de pajes, y cuyos largos calzones no podían disimilar
por entero las formas redondeadas; en fin, campesinos de manos ennegrecidas
pero de pierna fina, y que olían a hombre de calidad a una legua a la redonda.
Luego otras visitas menos agradables, porque dos o tres veces
corrió el rumor de que el cardenal había estado a punto de ser asesinado.
Cierto que los enemigos de Su Eminencia decían que era ella
misma la que ponía en campaña a asesinos torpes, a fin de tener, llegado el
caso, el derecho de adoptar represalias; pero no hay que creer ni lo que dicen
los ministros ni lo que dicen sus enemigos.
Lo cual, por lo demás, no impedía al cardenal, a quien jamás ni
sus más encarnizados detractores han negado el valor personal, hacer sus
recorridos nocturnos para comunicar al duque de Angulema órdenes importantes,
tanto para ir a ponerse de acuerdo con el rey como para ir a conferenciar con
algún mensajero que no quería que se dejase entrar en su casa.
Por su lado los mosqueteros, que no tenían gran cosa que hacer
en el asedio, no eran severamente controlados y llevaban una vida alegre. Y
esto les era tanto más fácil, sobre todo a nuestros tres amigos, cuanto que,
siendo amigos del señor de Tréville, obtenían fácilmente de él el llegar tarde
y quedarse tras el cierre del campamento con permisos particulares.
Pero una noche en que D'Artagnan, que estaba de trinchera, no
había podido acompañarlos, Athos, Porthos y Aramis, montados en sus caballos de
batalla, envueltos en capas de guerra y con una mano sobre la culata de sus
pistolas, volvían los tres de una cantina que Athos había descubierto dos días
antes en el camino de La Jarrie, y que se llamaba el Colombier Rouge, siguiendo
el camino que llevaba al campamento estando en guardia, como hemos dicho, por
temor a una emboscada, cuando a un cuarto de legua más o menos de la aldea de
Boisnar, creyeron oír el paso de una cabalgata que venía hacia ellos; al punto
los tres se detuvieron, apretados uno contra otro, y esperaron, en medio del
camino. Al cabo de un instante, y cuando precisamente salía la luna de una nube,
vieron aparecer en una vuelta del camino dos caballeros que al divisarlos se
detuvieron también, pareciendo deliberar si debían continuar su ruta o volver
atrás. Esta duda proporcionó algunas sospechas a los tres amigos y Athos, dando
algunos pasos hacia adelante, gritó con su firme voz:
¿Quién vive?
¿Quién vive, vos? respondió uno de aquellos caballeros.
Eso no es contestar dijo Athos . ¿Quién vive? Responded o
cargamos.
¡Tened cuidado con lo que vais a hacer señores! dijo entonces
una voz vibrante que parecía tener el hábito de mando.
¿Es algún oficial superior que hace su ronda de noche? dijo
Athos . ¿Qué queréis hacer, señores?
¿Quiénes sois? dijo la misma voz con el mismo tono de mando.
Responded o podríais pasarlo mal por vuestra desobediencia.
Mosqueteros del rey dijo Athos, más y más convencido de que
quien los interrogaba tenía derecho a ello.
Qué compañía?
Compañía de Tréville.
Avanzad en orden y venid a darme cuenta de lo que hacíais aquí a
esta hora.
Los tres mosqueteros avanzaron, con la cabeza algo gacha, porque
los tres estaban ahora convencidos de que tenían que vérselas con alguien más
fuerte que ellos; se dejó por lo demás a Athos el cuidado de portavoz.
Uno de los caballeros, el que había tomado la palabra en segundo
lugar, estaba diez pasos por delante de su compañero; Athos hizo señas a
Porthos y a Aramis de quedarse, por su parte, atrás, y avanzó solo.
¡Perdón, mi oficial! dijo Athos . Pero ignorábamos con quién
teníamos que vérnoslas, y como podéis ver estábamos ojo avizor.
¿Vuestro nombre? dijo el oficial que se cubría una parte del
rostro con su capa.
¿Y el vuestro, señor? dijo Athos que comenzaba a revolverse
contra aquel interrogatorio . Dadme, por favor, una prueba de que tenéis
derecho a interrogarme.
¿Vuestro nombre? repitió por segunda vez el caballero dejando
caer su capa de tal forma que dejaba el rostro al descubierto.
¡Señor cardenal! exclamó el mosquetero estupefacto.
¡Vuestro nombre! repitió por tercera vez Su Eminencia.
Athos dijo el mosquetero.
El cardenal hizo una seña al escudero, que se acercó.
Estos tres mosqueteros nos seguirán dijo en voz baja , no quiero
que se sepa que he salido del campamento, y siguiéndonos estare mos más seguros
de que no lo dirán a nadie.
Nosotros somos gentileshombres, Monseñor dijo Athos ; pedidnos,
pues, nuestra palabra y no os inquietéis por nada. A Dios gracias, sabemos
guardar un secreto.
El cardenal clavó sus ojos penetrantes sobre aquel audaz
interlocutor.
Tenéis el oído fino, señor Athos dijo el cardenal ; pero ahora
escuchad esto: os ruego que me sigáis, no por desconfianza, sino por mi
seguridad. Sin duda vuestros dos compañeros son los señores Porthos y Aramis.
Sí, Eminencia dijo Athos mientras los dos mosqueteros que se
habían quedado atrás se acercaban con el sombrero en la mano.
Os conozco, señores dijo el cardenal , os conozco; sé que no
sois completamente amigos míos y estoy molesto por ello, pero sé que sois
valientes y leales gentileshombres y que se puede fiar de vosotros. Señor
Athos, hacedme, pues, el honor de acompañarme, vos y vuestros amigos, y
entonces tendré una escolta como para dar envidia a Su Majestad si nos lo
encontramos.
Los tres mosqueteros se inclinaron hasta el cuello de sus
caballos.
Pues bien, por mi honor dijo Athos , que Vuestra Eminencia hace
bien en llevarnos con ella: hemos encontrado en el camino caras horribles, a
incluso con cuatro de esas caras hemos tenido una querella en el Colombier
Rouge.
¿Una querella? ¿Y por qué, señores? dijo el cardenal . No me
gustan los camorristas, ¡ya lo sabéis!
Por eso precisamente tengo el honor de prevenir a Vuestra
Eminencia de lo que acaba de ocurrir; porque podría enterarse por otras
personas distintas a nosotros y creer, por la falsa relación, que estamos en
falta.
¿Y cuáles han sido los resultados de esa querella? pregunté el
cardenal frunciendo el ceño.
Pues mi amigo Aramis, que está aquí, ha recibido una leve
estocada en el brazo, lo cual no le impedirá, como Vuestra Eminencie podrá ver,
subir al asalto mañana si Vuestra Excelencia ordena h escalada.
Pero no sois hombres para dejaros dar estocadas de esa forma
dijo el cardenal ; vamos, sed francos, señores, algunas habréis de vuelto;
confesaos, ya sabéis que tengo derecho a dar la absolución
Yo, Monseñor dijo Athos , no he puesto siquiera la espada en la
mano, pero he agarrado al que me tocaba por medio del cuerpo y lo he tirado por
la ventana. Parece que al caer continuó Athos cor cierta duda se ha roto una
pierna.
¡Ah, ah! dijo el cardenal . ¿Y vos, señor Porthos?
Yo, Monseñor, sabiendo que el duelo está prohibido, he cogido un
banco y le he dado a uno de esos bergantes un golpe que, según creo, le ha
partido el hombro.
Bien dijo el cardenal . ¿Y vos, señor Aramis?
Yo, Monseñor, como soy de temperamento dulce y como además, cosa
que igual no sabe Monseñor, estoy a punto de tomar el hábito, quería separarme
de mis camaradas cuando uno de aquellos miserables me dio traidoramente una
estocada de través en el brazo úquierdo. Entonces me faltó paciencia, saqué la
espada a mi vez, y, cuando volvía a la carga, creo haber notado que al
arrojarse sobre mí se había atravesado el cuerpo; sólo sé con certeza que ha
caído y me ha parecido que se lo llevaban con sus dos compañeros.
¡Diablos, señores! dijo el cardenal . Tres hombres fuera de
combate por una disputa de taberna; no os vais de vacío. ¿Y a proposito, ¿de
qué vino la querella?
Aquellos miserables estaban borrachos dijo Athos , y sabiendo
que había una mujer que había llegado por la noche a la taberna querían forzar
la puerta.
¿Forzar la puerta? dijo el cardenal . ¿Y eso para qué?
Para violentarla sin duda dijo Athos ; tengo el honor de decir a
Vuestra Eminencia que aquellos miserables estaban borrachos.
¿Y esa mujer era joven y hermosa? preguntó el cardenal con
cierta inquietud.
No la hemos visto, Monseñor dijo Athos.
¡No la habéis visto! ¡Ah, muy bien! replicó vivamente el
cardenal . Habéis hecho bien en defender el honor de una mujer, y como es al
albergue del Colombier Rouge a donde yo voy, sabré si me habéis dicho la
verdad.
Monseñor dijo altivamente Athos , somos gentileshombres, y para
salvar nuestra cabeza no diríamos una mentira.
Por eso no dudo de lo que me decís, señor Athos, no lo dudo ni
un solo instante, pero añadió para cambiar de conversación , ¿aquella dama
estaba, por tanto, sola?
Aquella dama tenía encerrado con ella un caballero dijo Athos ;
pero como pese al alboroto el caballero no ha aparecido, es de presumir que es
un cobarde.
¡No juzguéis temerariamente!, dice el Evangelio replicó el
cardenal.
Athos se inclinó.
Y ahora, señores, está bien continuó Su Eminencia . Sé lo que
quería saber; seguidme.
Los tres mosqueteros pasaron tras el cardenal, que se envolvió
de nuevo el rostro con su capa y echó su caballo a andar manteniéndose a ocho o
diez pasos por delante de sus acompañantes.
Llegaron pronto al albergue silencioso y solitario; sin duda el
hostelero sabía qué ilustre visitante esperaba, y por consiguiente había
despedido a los importunos.
Diez pasos antes de llegar a la puerta, el cardenal hizo seña a
su escudero y a los tres mosqueteros de detenerse. Un caballo completamente
ensillado estaba atado al postigo. El cardenal llamó tres veces y de
determinada manera.
Un hombre envuelto en una capa salió al punto y cambió algunas
rápidas palabras con el cardenal, tras lo cual volvió a subir a caballo y
partió en la dirección de Surgères, que era también la de París.
Avanzad, señores dijo el cardenal.
Me habéis dicho la verdad, gentileshombres dijo dirigiéndose a
los tres mosqueteros . Sólo a mí me atañe que nuestro encuentro de esta noche
os sea ventajoso; mientras tanto, seguidme.
El cardenal echó pie a tierra y los tres mosqueteros hicieron
otro tanto; el cardenal arrojó la brida de su caballo a las manos de su
escudero y los tres mosqueteros ataron las bridas de los suyos a los postigos.
El hotelero permanecía en el umbral de la puerta; para él el
cardenal no era más que un oficial que venía a visitar a una dama.
¿Tenéis alguna habitación en la planta baja donde estos señore
puedan esperarme junto a un buen fuego? dijo el cardenal.
El hostelero abrió la puerta de una gran sala, en la que
precisament acababan de reemplazar una mala estufa por una gran chimenea
excelente.
Tengo ésta respondió.
Está bien dijo el cardenal . Entrad ahí, señores, y tened a bie
esperarme; no tardaré más de media hora.
Y mientras los tres mosqueteros entraban en la habitación de la
planta baja, el cardenal, sin pedir informes más amplios, subió la escaler como
hombre que no necesita que le indiquen el camino.
Capítulo XLIV
De la utilidad de los tubos de estufa
Era evidente que, sin sospecharlo, y movidos solamente por su
carácter caballeresco y aventurero, nuestros tres amigos acababan de prestar
algún servicio a alguien a quien el cardenal honraba con su proteción
particular.
Pero ¿quién era ese alguien? Es la pregunta que se hicieron
primero los tres mosqueteros; luego, viendo que ninguna de las respuesta que
podía hacer su inteligencia era satisfactoria, Porthos llamó al hotelero y
pidió los dados.
Porthos y Aramis se sentaron ante una mesa y se pusieron a
jugar, Athos se paseó reflexionando.
Al reflexionar y pasearse, Athos pasaba una y otra vez por
delante del tubo de la estufa roto por la mitad y cuya otra extremidad daba a
la habitación superior, y cada vez que pasaba y volvía a pasar, de un murmullo
de palabras que terminó por centrar su atención. Athos se acercó y distinguió
algunas palabras que sin duda le parecieron merecer un interés tan grande que
hizo seña a sus compañeros de callasen quedando él inclinado, con el oído
puesto a la altura del orificio interior.
Escuchad, Milady decía el cardenal ; el asunto es importarte;
sentaos ahí y hablemos.
¡Milady! murmuró Athos.
Escucho a Vuestra Excelencia con la mayor atención respondió una
voz de mujer que hizo estremecer al mosquetero.
Un pequeño navío con tripulación inglesa, cuyo capitán está de
mi parte, os espera en la desembocadura del Charente, en el fuerte de La
Pointe: se hará a la vela mañana por la mañana.
Entonces, ¿es preciso que vaya allí esta noche?
Ahora mismo, es decir, cuando hayáis recibido mis instrucciones.
Dos hombres que encontraréis a la puerta al salir os servirán de escolta; me
dejaréis salir a mí primero; luego, media hora después de mí, saldréis vos.
Sí, monseñor. Ahora volvamos a la misión que tenéis a bien
encargarme; y como quiero seguir mereciendo la confianza de Vuestra Eminencia,
dignaos exponérmela en términos claros y precisos para que no cometa ningún
error.
Hubo un instante de profundo silencio entre los dos
interlocutores; era evidente que el cardenal media por adelantado los términos
en que iba a hablar y que Milady reunía todas sus facultades intelectuales para
comprender las cosas que él iba a decir y grabarlas en su memoria cuando
estuviesen dichas.
Athos aprovechó ese momento para decir a sus dos compañeros que
cerraran la puerta por dentro y para hacerles seña de que vinieran a escuchar
con él.
Los dos mosqueteros, que amaban la comodidad, trajeron una silla
para cada uno de ellos y otra silla para Athos. Los tres se sentaron entonces
con las cabezas juntas y el oído al acecho.
Vais a partir para Londres continuó el cardenal . Una vez
llegada a Londres, iréis en busca de Buckingham.
Haré observar a Su Eminencia dijo Milady que, desde el asunto de
los herretes de diamantes, que el duque siempre sospechó obra mía, Su Gracia
desconfía de mí.
Esta vez dijo el cardenal no se trata de captar su confianza,
sino de presentarse franca y lealmente a él como negociadora.
Franca y lealmente repitió Milady con una indecible expresión de
duplicidad.
Sí, franca y lealmente replicó el cardenal en el mismo tono ;
toda esta negociación debe ser hecha al descubierto.
Seguiré al pie de la letra las instrucciones de Su Eminencia, y
espero que me las dé.
Iréis en busca de Buckingham de parte mía, y le diréis que sé
todos los preparativos que hace, pero que apenas me preocupo por ello, dado
que, al primer movimiento que haga, pierdo a la reina.
¿Creerá él que Vuestra Eminencia está en condiciones de cumplir
la amenaza que le hace?
Sí, porque tengo pruebas.
Es preciso que yo pueda presentar estas pruebas a su
consideración.
Por supuesto, y le diréis que publico el informe de Bois Robert
y del marqués de Beutru sobre la entrevista que el duque tuvo en casa de la
señora condestable con la reina, la noche en que la señora condestable dio una
fiesta de máscaras; le direis, para que no dude de nada, que el fue vestido de
Gran Mogol, traje que debía llevar el caballero de Guisa, y que compró a este
último mediante la suma de tres mil pistolas.
De acuerdo, monseñor.
Todos los detalles de su entrada en el Louvre y de su salida,
durante la noche en que se introdujo en Palacio con el traje de decidor de la
buenaventura italiano, me son conocidos; le diréis, para que tampoco dude de la
autenticidad de mis informes, que tenía bajo su capa un gran traje blanco
sembrado de lágrimas negras, de calaveras y de huesos en forma de aspa; porque
en caso de sorpresa, debía hacerse pasar por el fantasma de la Dama blanca que,
como todo el mundo sabe, vuelve al Louvre cada vez que va a ocurrir algún gran
suceso.
¿Eso es todo, monseñor?
Decidle que también sé todos los detalles de la aventura de
Amiens, que haré escribir una novelita, ingeniosamente disfrazada, con un plano
del jardín y los retratos de los principales actores de aquella escena
nocturna.
Le diré eso.
Decidle además que tengo en mi poder a Montaigu, está en la
Bastilla, que no le han sorprendido ninguna carta encima, es cierto, pero que
la tortura puede hacerle decir lo que sabe, a incluso... lo que no sabe.
De acuerdo.
En fin, añadid que Su Gracia, en la precipitación que puso al
dejar la isla de Ré, olvidó en su alojamiento cierta carta de la señora de
Chevreuse que compromete especialmente a la reina, en la que ella demuestra no
sólo que Su Majestad puede amar a los enemigos del rey, sino que incluso
conspira con los de Francia. Habéis retenido todo lo que os he dicho, ¿no es
así?
Juzgue Vuestra Eminencia: el baile de la señora condestable; la
noche del Louvre; la velada de Amiens; el arresto de Montaigu; la carta de la
señora de Chevreuse.
Eso es dijo el cardenal , eso es; tenéis una memoria afortunada,
Milady.
Pero replicó aquella a quien el cardenal acababa de dirigir su
cumplido adulador ¿si pese a todas estas razones el duque no se rinde y
continúa amenazando a Francia?
El duque está enamorado como un loco, o mejor, como un necio
contestó Richelieu con profunda amargura ; como los antiguos paladines, ha
emprendido esta guerra nada más que por obtener una mirada de su bella. Si sabe
que esta guerra puede costarle el honor y quizá la libertad de la dama de sus
pensamientos, como él dice, os respondo de que se lo pensará dos veces.
Sin embargo dijo Milady con una persistencia que probaba que
quería ver claro hasta el fin en la misión de que iba a encargarse , sin
embargo, ¿si persiste?
Si persiste... dijo el cardenal ... No es probable.
Es posible dijo Milady.
Si persiste... Su Eminencia hizo una pausa y prosiguió . Pues
bien, si persiste, esperaré uno de esos acontecimientos que cambian la faz de
los Estados.
Si Su Eminencia quisiera citarme alguno de esos acontecimientos
en la historia dijo Milady quizá comparta yo su confianza en el futuro.
Pues bien, mirad, por ejemplo –dijo Richelieu-, cuando en 1610,
por un motivo más o menos parecido al que hace conmoverse al duque, el rey
Enrique IV, de gloriosa memoria, iba a invadir a la vez Flandes y Italia para
golpear a un mismo tiempo a Austria por dos lados, ¿no ocurrió entonces un
acontecimiento que salvó a Austria? ¿Por qué el rey de Francia no habría de
tener la misma suerte que el emperador?
¿Vuestra Eminencia se refiere a la cuchillada de la calle de la
Ferronerie?
Precisamente dijo el cardenal.
¿Vuestra Eminencia no teme que el suplicio de Ravaillac espanto
a quienes tengan por un instante la idea de imitarlo?
En todo tiempo y en todos los países, sobre todo si esos países
están divididos por la religión, habrá fanáticos que no pedirán otra cola que
convertirse en mártires. Y ved, precisamente ahora recuerdo que los puritanos
están furiosos contra el duque de Buckingham y que sus predicadores lo designan
como el Anticristo.
¿Y entonces? preguntó Milady.
Pues que continuó el cardenal con un sire indiferente por el
momento no se trataría, por ejemplo, sino de buscar una mujer hermosa, joven,
hábil, que tuviera que vengarse del duque. Tal mujer puede encontrarse: el
duque es hombre de aventuras galantes y si ha sembrado muchos amores con sus
promesas de constancia eterna, ha debido sembrar muchos odios también por sus
continuas infidelidades.
Sin duda dijo fríamente Milady , se puede encontrar una mujer
semejante.
Pues bien, una mujer semejante, que pusiera el cuchillo de
Jaques Clément o de Ravaillac en las manos de un fanático, salvaría a Francis.
Sí, pero sería cómplice de un asesinato.
¿Se ha conocido alguna vez a los cómplices de Ravaillac o de
Jacques Clément?
No, porque quizá estaban situados demasiado alto para que se
atrevieran a irlos a buscar donde estaban; no se quemaría el Palacio de
Justicia por todo el mundo, monseñor.
¿Creéis, pues, que el incendio del Palacio de Justicia tiene una
causa distinta a la del azar? preguntó Richelieu en un tono como el de quien
hace una pregunta sin ninguna importancia.
Yo, monseñor respondió Milady , no creo nada, cito un hecho, eso
es todo; sólo digo que si yo me llamara señorita de Montpensier, o reina Maria
de Médicis, tomaría menos precauciones de las que tomo por llamarme simplemente
lady Clarick.
Eso es justo dijo Richelieu . ¿Qué queréis entonces?
Querría una orden que ratificase de antemano todo cuanto yo crea
deber hacer para mayor bien de Francia.
Pero primero habría que buscar la mujer que he dicho y que
tuviera que vengarse del duque.
Está encontrada dijo Milady.
Luego habría que encontrar ese miserable fanático que servirá de
instrumento a la justicia de Dios.
Se encontrará.
Pues bien dijo el duque , entonces será el momento de reclamar
la orden que pedís ahora mismo.
Vuestra Eminencia tiene razón dijo Milady , y soy yo quien está
equivocada al ver en la misión con que me honra otra cosa de lo que realmente
es, es decir, anunciar a Su Gracia, de parte de Su Eminencia, que conocéis los
diferentes disfraces con ayuda de los cuales ha conseguido acercarse a la reina
durante la fiesta dada por la señora condestable; que tenéis pruebas de la
entrevista concedida en el Louvre por la reina a cierto astrólogo italiano que
no es otro que el duque de Buckingham; que habéis encargado una novelita, de
las más ingeniosas, sobre la aventura de Amiens, con el plano del jardín donde
esa aventura ocurrió y retratos de los actores que figuraron en ella; que
Montaigu está en la Bastilla, y que la tortura puede hacerle decir cosas que
recuerde, incluso cosas que habría olvidado; finalmente, que vos poseéis cierta
carta de la señora de Chevreuse, encontrada en el alojamiento de Su Gracia, que
compromete de modo singular, no sólo a quien la escribió, sino que incluso a
aquella en cuyo nombre fue escrita. Luego, si pese a todo esto persiste, como
es a lo que acabo de decir a lo que se limita mi misión, no tendré más que
rogar a Dios que haga un milagro para salvar a Francia. ¿Basta con eso,
Monseñor? ¿Tengo que hacer alguna otra cosa?
Basta con eso replicó secamente monseñor.
Pues ahora dijo Milady sin parecer observar el cambio de tono
del cardenal respecto a ella , ahora que he recibido las instrucciones de
Vuestra Eminencia a propósito de sus enemigos, ¿monseñor me permitirá decirle
dos palabras de los míos?
¿Tenéis entonces enemigos? preguntó Richelieu.
Sí, monseñor; enemigos contra los cuales me debéis todo vuestro
apoyo, porque me los he hecho sirviendo a Vuestra Eminencia.
¿Y cuáles? replicó el cardenal.
En primer lugar una pequeña intrigante llamada Bonacieux.
Está en la prisión de Nantes.
Es decir, estaba allí prosiguió Milady , pero la reina ha
sorprendido una orden del rey, con ayuda de la cual la ha hecho llevar a un
convento.
¿A un convento? dijo el cardenal.
Sí, a un convento.
Y ¿a cuál?
Lo ignoro, el secreto ha sido bien guardado.
¡Yo lo sabré!
¿Y Vuestra Eminencia me dirá en qué convento está esa mujer?
No veo ningún inconveniente dijo el cardenal.
Bien; ahora tengo otro enemigo muy de temer por distintos
motivos que esa pequeña señora Bonacieux.
¿Cuál?
Su amante.
¿Cómo se llama?
-¡Oh! Vuestra Eminencia lo conoce bien –exclamó Milady llevada
por la cólera-. Es el genio malo de nosotros dos; es ése que en un encuentro
con los guardias de Vuestra Eminencia decidió la victoria de los mosqueteros
del rey; es el que dio tres estocadas a de Wardes, vuestro emisario, y que hizo
fracasar el asunto de los herretes; es el que, finalmente, sabiendo que era yo
quien le había raptado a la señora Bonacieux, ha jurado mi muerte.
¡Ah, ah! dijo el cardenal . Sé a quién os referís.
Me refiero a ese miserable de D'Artagnan.
Es un intrépido compañero dijo el cardenal.
Y precisamente porque es un intrépido compañero es más de temer.
Sería preciso dijo el duque tener una prueba de su inteligencia
con Buckingham.
¡Una prueba! exclamó Milady . Tendré diez.
Pues bien entonces es la cosa más sencilla del mundo,
presentadrne esa prueba y lo mando a la Bastilla.
¡De acuerdo, monseñor! Pero ¿y después?
Cuando se está en la Bastilla, no hay después dijo el cardenal
con voz sorda . ¡Ah, diantre continuó , si me fuera tan fácil desembarazarme de
mi enemigo como fácil me es desembarazarme de los vuestros, y si fuera contra
personas semejantes por lo que pedís vos la impunidad!...
Monseñor replicó Milady , trueque por trueque, vida por vida,
hombre por hombre; dadme a mí ese y yo os doy el otro.
No sé lo que queréis decir replicó el cardenal , y no quiero
siquiera saberlo; pero tengo el deseo de seros agradable y no veo ningún
inconveniente en daros lo que pedís respecto a una criatura tan ínfima; tanto
más, como vos me decís, cuanto que ese pequeño D'Artagnan es un libertino, un
duelista y un traidor.
¡Un infame, monseñor, un infame!
Dadme, pues, un papel, una pluma y tinta dijo el cardenal.
Helos aquí, monseñor.
Se hizo un instante de silencio que probaba que el cardenal
estaba ocupado en buscar los términos en que debía escribirse el billete, o
incluso si debía escribirlo. Athos, que no había perdido una palabra de la
conversación, cogió a cada uno de sus compañeros por una mano y los llevó al
otro extremo de la habitación.
¡Y bien! dijo Porthos . ¿Qué quieres y por qué no nos dejas
escuchar el final de la conversación?
¡Chis! dijo Athos hablando en voz baja . Hemos oído todo cuanto
es necesario oír; además no os impido escuchar el resto, pero es preciso que me
vaya.
¡Es preciso que te vayas! dijo Porthos . Pero si el cardenal
pregunta por ti, ¿qué responderemos?
No esperaréis a que pregunte por mí, le diréis los primeros que
he partido como explorador porque algunas palabras de nuestro hostelero me han
hecho pensar que el camino no era seguro; primero diré dos palabras sobre ello
al escudero del cadernal; el resto es cosa mía, no os preocupéis.
¡Sed prudente, Athos! dijo Aramis.
Estad tranquilos respondió Athos , ya sabéis, tengo sangre fría.
Porthos y Aramis fueron a ocupar nuevamente su puesto junto al
tubo de estufa.
En cuanto a Athos, salió sin ningún misterio, fue a tomar su
caballo atado con los de sus amigos a los molinetes de los postigos, convenció
con cuatro palabras al escudero de la necesidad de una vanguardia Para el
regreso, inspeccionó con afectación el fulminante de sus pistolas, se puso la
espada en los dientes y siguió, como hijo pródigo, la ruta que llevaba al
campamento.
Capítulo XL V
Escena conyugal
Como Athos había previsto, el cardenal no tardó en descender;
abrió la puerta de la habitación en que habían entrado los mosqueteros y
encontró a Porthos jugando una encarnizada partida de dados con Aramis. De
rápida ojeada registró todos los rincones de la sala y vio que le faltaba uno
de los hombres.
¿Qué ha sido del señor Athos? preguntó.
Monseñor respondió Porthos , ha partido como explorador por
algunas frases de nuestro hostelero, que le han hecho creer que la ruta no era
segura.
¿Y vos, que habéis hecho vos, señor Porthos?
Le he ganado cinco pistolas a Aramis.
Y ahora, ¿podéis volver conmigo?
Estamos a las órdenes de Vuestra Eminencia.
A caballo pues, señores, que se hace tarde.
El escudero estaba a la puerta y sostenía por las bridas el
caballo del cardenal. Un poco más lejos, un grupo de dos hombres y de tres
caballos aparecía en la sombra: aquellos dos hombres eran los que debían
conducir a Milady al fuerte de La Pointe y velar por su embarque.
El escudero confirmó al cardenal lo que los dos mosqueteros ya
le habían dicho a propósito de Athos. El cardenal hizo un gesto aprobador y
emprendió la ruta, rodeándose de las mismas precauciones que había tomado al
partir.
Dejémosle seguir el camino del campamento, protegido por el
escudero y los dos mosqueteros, y volvamos a Athos.
Durante una centena de pasos, había caminado al mismo trote; mas
una vez fuera de la vista, había lanzado su caballo a la derecha, había dado un
rodeo, y había vuelto a una veintena de pasos, al bosquecillo, para acechar el
paso de la pequeña tropa; una vez reconocidos los sombreros bordados de sus
compañeros y la franja dorada de la capa del señor cardenal, esperó a que los
caballeros hubieran doblado el recodo del camino, y habiéndoles perdido de
vista, volvió al galope al albergue que se le abrió sin dificultad.
El hostelero lo reconoció.
Mi oficial dijo Athos ha olvidado hacer a la dama del primero
una recomendación importante; me envía para reparar su olvido.
Subid dijo el hostelero , todavía está en su habitación.
Athos aprovechó el permiso, subió la escalera con su paso más
ligero, llegó a la meseta y a través de la puerta entreabierta vio a Milady que
se ataba su sombrero.
Entró en la habitación y cerró la puerta tras sí.
Al ruido que hizo al empujar el cerrojo, Milady se volvió.
Athos estaba de pie ante la puerta, envuelto en su capa, la capa
cubriéndole hasta los ojos.
Al ver aquella figura muda a inmóvil como una estatua, Milady
tuvo miedo.
¿Quién sois? ¿Y qué queréis? exclamó.
Vamos, ¡es ella! murmuró Athos.
Y dejando caer su capa y alzando su sombrero avanzó hacia
Milady.
¿Me reconocéis, señora? dijo.
Milady dio un paso adelante, luego retrocedió como ante la vista
de una serpiente.
Vamos dijo Athos , está bien, ya veo que me reconocéis.
¡El conde de La Fère! murmuró Milady palideciendo y
retrocediendo hasta que el muro le impidió ir más lejos.
Sí, Milady respondió Athos , el conde de La Fère en persona, que
vuelve directamente del otro mundo para tener el placer de veros. Sentémonos,
pues, y hablemos, como dice Monseñor el cardenal.
Milady, dominada por un terror inexpresable, se sentó sin
proferir una sola palabra.
¿Sois acaso un demonio enviado a la tierra? dijo Athos . Vuestro
poder es grande, pero sabéis también que con la ayuda de Dios los hombres han
vencido con frecuencia a los demonios más terribles. Ya os cruzasteis en mi
camino, creía haberos vencido, señora; pero, o yo me equivocaba o el infierno
os ha resucitado.
A estas palabras que le traían recuerdos espantosos, Milady bajó
la cabeza con un gemido sordo.
Sí, el infierno os ha resucitado prosiguió Athos , el infierno
os ha hecho rica, el infierno os ha dado otro nombre, el infierno os ha rehecho
casi otro rostro; pero no ha borrado ni las mancillas de vuestra alma ni la
marca de vuestro cuerpo.
Milady se levantó como movida por un resorte, y sus ojos
lanzaron destellos. Athos permaneció sentado.
Me creíais muerto, como yo os creía muerta, ¿no es as? ¡Y este
nombre de Athos había ocultado al conde de La Fère, como el nombre de Milady
Clarick había ocultado a Anne de Breuil! ¿No era así como os llamabais cuando
vuestro honrado hermano nos casó? Nuestra posición es realmente extraña
prosiguió Athos riendo ; uno y otro sólo hemos vivido hasta ahora porque nos
creíamos muertos, y porque un recuerdo molesta menos que una criatura, aunque
ésta sea más devoradora a veces que un recuerdo.
Pero, en fin dijo Milady con una voz sorda , ¿qué os trae a m?
¿Y qué queréis de mí?
Quiero deciros que, aunque permaneciendo invisible a vuestros
ojos, no os he perdido de vista.
¿Sabéis lo que he hecho?
Puedo contar día por día vuestras acciones, desde vuestra
entrada al servicio del cardenal hasta esta noche.
Una sonrisa de incredulidad pasó por los labios pálidos de
Milady.
Oíd: sois vos quien cortó los dos herretes de diamantes del
hombro del duque de Buckingham; sois vos quien ha hecho raptar a la señora
Bonacieux; sois vos quien, enamorada de De Wardes, y creyendo pasar la noche
con él, habéis abierto vuestra puerta al señor D'Artagnan; sois vos quien,
creyendo que De Wardes os había engañado quisisteis hacerlo matar por su rival;
sois vos quien, cuando este rival hubo descubierto vuestro infame secreto,
habéis querido hacerlo matar por dos asesinos que enviasteis en su persecución;
sois vos quien, viendo que las balas habían fallado su tiro, habéis enviado
vino envenenado con una carta falsa para hacer creer a vuestra víctima que
aquel vino venía de sus amigos; sois vos, en fin, quien en esta habitación, y
sentada en la silla en que estoy, acabáis de aceptar con el cardenal Richelieu
el compromiso de hacer asesinar al duque de Buckingham, a cambio de la promesa
que él os ha hecho de dejaros asesinar a D'Artagnan.
Milady estaba lívida.
Pero ¿sois acaso Satán? dijo ella.
Quizá dijo Athos , pero en cualquier caso, escuchad bien esto:
asesinéis o hagáis asesinar al duque de Buckingham, poco importa; no lo
conozco, además es un inglés. Pero no toquéis con la punta de los dedos ni un
solo pelo de D'Artagnan, que es un fiel amigo a quien amo y a quien defiendo, a
os juro por la cabeza de mi padre que el crimen que hayáis cometido será el
último.
El señor D'Artagnan me ha ofendido cruelmente dijo Milady con
voz sorda . El señor D'Artagnan morirá.
¿De veras es posible que alguien os ofenda, señora? dijo riendo
Athos . ¿Os ha ofendido y morirá?
Morirá replicó Milady ; ella primero, él después.
Athos fue arrebatado como por un vértigo: la vista de aquella
criatura, que no tenía nada de mujer, le traía recuerdos terribles; pensó que
un día, en una situación menos peligrosa que aquella en que se encontraba,
había ya querido sacrificarla a su honor; su deseo de crimen le volvió
quemándole y lo invadió como una fiebre ardiente: se levantó a su vez, llevó la
mano a su cintura, sacó de él una pistola y la armó.
Milady, pálida como un cadáver, quiso gritar, pero su lengua
helada no pudo proferir más que un sonido ronco que no tenía nada de palabra
humana y que parecía el estertor de una bestia fiera; pegada contra la sombría
tapicería, con los cabellos esparcidos, parecía como la imagen espantosa del
terror.
Athos alzó lentamente su pistola, extendió el brazo de manera
que el arma tocase casi la frente de Milady y luego, con una voz tanto más
terrible cuanto que tenía la calma suprema de una inflexible resolución:
Señora dijo , ahora mismo vais a entregarme el papel que os ha
firmado el cardenal, o por mi alma que os salto la tapa de los sesos.
Con otro hombre Milady habría podido conservar alguna duda, pero
ella conocía a Athos; sin embargo, permaneció inmóvil.
Tenéis un segundo para decidiros dijo él.
Milady vio en la contracción de su rostro que el disparo iba a
salir; llevó vivamente la mano a su pecho, sacó de él un papel y lo tendió a
Athos.
¡Tomad dijo ella , y sed maldito!
Athos cogió el papel, volvió a poner la pistola en su cintura,
se acercó a la lámpara para asegurarse de que era aquél, lo desplegó y leyó:
«El portador de la presente ha "hecho lo que ha hecho"
por orden mía y para bien del Estado.
3 de diciembre de 1627.
Richelieu»
Y ahora dijo Athos recobrando su capa y volviendo a ponerse el
sombrero en la cabeza , ahora que lo he amancado los dientes, víbora, muerde si
puedes.
Y salió de la habitación sin mirar siquiera para atrás.
A la puerta encontró a los dos hombres y el caballo que tenían
de la mano.
Señores dijo la orden de Monseñor, ya lo sabéises conducir a esa
mujer, sin perder tiempo, al fuerte de La Pointe y no dejarla hasta que esté a
bordo.
Como estas palabras concordaban efectivamente con la orden que
había recibido, inclinaron la cabeza en señal de asentimiento.
En cuanto a Athos, montó con ligereza y partió al galope; sólo
que, en lugar de seguir la ruta, tomó campo a través, picando con vigor a su
caballo y deniéndose de vez en cuando para escuchar.
En uno de estos altos, oyó por el camino el paso de varios
caballos. No dudó que fueran el cardenal y su escolta. Entonces echó una nueva
camera, restregó a su caballo con los brezales y las hojas de los árboles y
vino a situarse de través en el camino, a doscientos pasos del campamento
aproximadamente.
¿Quién vive? gritó de lejos cuando divisó a los caballeros.
Es nuestro valiente mosquetero, según creo dijo el cardenal.
Sí, Monseñor respondió Athos , el mismo.
Señor Athos dijo Richelieu , recibid mi agradecimiento por la
buena custodia que habéis hecho de nosotros; señores, hemos llegado: tomad la
puerta de la izquierda, la contraseña es Rey y Ré.
Al decir estas palabras, el cardenal saludó con la cabeza a los
tres amigos y giró a la derecha seguido de su escudero; porque aquella noche
dormía en el campamento.
¡Y bien! dijeron a una Porthos y Aramis cuando el cardenal
estuvo fuera del alcance de la voz . Y bien, ha firmado el papel que ella
pedía.
Lo sé dijo tranquilamente Athos , porque es éste.
Y los tres amigos no intercambiaron una sola palabra hasta su
acuartelamiento, excepto para dar la contraseña a los centinelas.
Sólo que enviaron a Mosquetón a decir a Planchet que rogaban a
su amo que, al ser relevado de trinchera, se dirigiese al momento al
alojamiento de los mosqueteros.
Por otra parte, como Athos había previsto, Milady, al
encontrarse en la puerta a los hombres que la esperaban, no puso ninguna
dificultad en seguirlos; por un instante había tenido ganas de hacerse llevar
ante el cardenal y contarle todo, pero una revelación por su parte llevaba a
una revelación por parte de Athos: ella diría que Athos la había colgado, pero
Athos diría que ella estaba marcada; pensó que más valía guardar silencio,
partir discretamente, cumplir con su habilidad ordinaria la difícil misión de
que se había encargado y luego, una vez cumplido todo a satisfacción del
cardenal, ir a reclamar su venganza.
Por consiguiente, tras haber viajado toda la noche, a las siete
de la mañana estaba en el fuerte de La Pointe, a las ocho había embarcado y a
las nueve el navío, que con la patente de corso del cardenal se suponía en
franquía para Bayonne, levaba el ancla y navegaba rumbo a Inglaterra.
Capítulo XLVI
El bastión Saint Geruais
Al llegar donde sus tres amigos, D'Artagnan los encontró
reunidos en la misma habitación: Athos reflexionaba, Porthos rizaba su
mostacho, Aramis decía sus oraciones en un encantador librito de horas
encuadernado en terciopelo azul.
¡Diantre, señores! dijo . Espero que lo que tengáis que decirme
valga la pena; en caso contrario os prevengo que no os perdonaré haberme hecho
venir en lugar de dejarme descansar después de una noche pasada conquistando y
desmantelando un bastión. ¡Ah, y que no estuvierais allí, señores! ¡Hizo buen
calor!
¡Estábamos en otro lado donde tampoco hacía frío! respondió
Porthos haciendo adoptar a su mostacho un rizo que le era particular.
¡Chis! dijo Athos.
¡Vaya! dijo D'Artagnan comprendiendo el ligero fruncimiento de
ceño del mosquetero . Parece que hay novedades por aquí.
Aramis dijo Athos , creo que anteayer fuisteis a almorzar al
albergue del Parpaillot.
Sí.
¿Qué tal está?
Por lo que a mí se refiere comí muy mal: anteayer era día de
ayuno, y no tenían más que carne.
¿Cómo? dijo Athos . ¿En un puerto de mar no tienen pescado?
Dicen replicó Aramis volviendo a su piadosa lectura que el dique
que ha hecho construir el señor cardenal lo echa a alta mar.
Mas no es eso lo que yo os preguntaba, Aramis prosiguió Athos ;
yo os preguntaba si estuvisteis a gusto, y si nadie os había molestado.
Me parece que no tuvimos demasiados importunos; sí, de hecho, y
para lo que queréis decir, Athos, estaremos bastante bien en el Parpaillot.
Vamos entonces al Parpaillot dijo Athos , porque aquí las
paredes son corno hojas de papel.
D'Artagnan, que estaba habituado a las maneras de hacer de su
amigo, que reconocía inmediatamente en una palabra, en un gesto, en un signo
suyo que las circunstancias eran graves, cogió el brazo de Athos y salió con él
sin decir nada; Porthos siguió platicando con Aramis.
En camino encontraron a Grimaud y Athos le hizo seña de
seguirlos; Grimaud, según su costumbre, obedeció en silencio; el pobre muchacho
había terminado casi por olvidarse de hablar.
Llegaron a la cantina del Parpaillot: eran las siete de la
mañana, el día comenzaba a clarear; los tres amigos encargaron un desayuno y
entraron en la sala donde, a decir del huésped, no debían ser molestados.
Por desgracia la hora estaba mal escogida para un conciliábulo;
acababan de tocar diana, todos sacudían el sueño de la noche, y para disipar el
aire húmedo de la mañana venían a beber la copita a la cantina dragones,
suizos, guardias, mosqueteros, caballos ligeros se sucedíar con una rapidez que
debía hacer ir bien los asuntos del hostelero, perc que cumplía muy mal las
miras de los cuatro amigos. Por eso respondieron de una forma muy huraña a los
saludos, a los brindis y a las bromas de sus camaradas.
¡Vamos! dijo Athos . Vamos a organizar alguna buena pelea, y no
tenemos necesidad de eso en este momento. D'Artagnan, contadnos vuestra noche;
luego nosotros os contaremos la nuestra.
En efecto dijo un caballo ligero que se contoneaba sosteniendo
en la mano un vaso de aguardiente que degustaba con lentitud ; en efecto, esta
noche estabais de trinchera, señores guardias, y me parece que andado en dimes
y diretes con los rochelleses.
D'Artagnan miró a Athos para saber si debía responder a aquel
intruso que se mezclaba en la conversación.
Y bien dijo Athos , ¿no oyes al señor de Busigny que te hace el
honor de dirigirte la palabra? Cuenta lo que ha pasado esta noche, que estos
señores desean saberlo.
¿No habrán cogido un fasitón? preguntó un suizo que bebía ron en
un vaso de cerveza.
Sí, señor respondió D'Artagnan inclinándose , hemos tenido ese
honor; incluso hemos metido, como habéis podido oír, bajo uno de los ángulos,
un barril de pólvora que al estallar ha hecho una hermosa brecha; sin contar
con que, como el bastión no era de ayer, todo el resto de la obra ha quedado
tambaleándose.
Y ¿qué bastión es? preguntó un dragón que tenía ensartada en su
sable una oca que traía para que se la asasen.
El bastión Saint Gervais respondió D'Artagnan, tras el cual los
rochelleses inquietaban a nuestros trabajadores.
¿Y la cosa ha sido acalorada?
Por supuesto; nosotros hemos perdido cinco hombres y los
rochelleses ocho o diez.
¡Triante! exclamó el suizo, que, pese a la admirable colección
de juramentos que posee la lengua alemana, había tomado la costumbre de jurar
en francés.
Pero es probable dijo el caballo ligero que esta mañana envíen
avanzadillas para poner las cosas en su sitio en el bastión.
Sí, es probable dijo D'Artagnan.
Señores dijo Athos , una apuesta.
¡Ah! Sí, una apuesta dijo el suizo.
Cuál? preguntó el caballo ligero.
Esperad dijo el dragón poniendo su sable, como un asador, sobre
los dos grandes morillos que sostenían el fuego de la chimenea , estoy con
vosotros. Hostelero maldito, una grasera en seguida, para que no pierda ni una
sola gota de la grasa de esta estimable ave.
Tiene razón dijo el suizo , la grasa zuya, es muy fuena gon
gonfituras.
Ahí dijo el dragón . Ahora, veamos la apuesta. ¡Escuchamos,
señor Athos!
¡Sí, la apuesta! dijo el caballo ligero.
Pues bien, señor de Busigny, apuesto con vosotros dijo Athosa
que mis tres compañeros, los señores Porthos, Aramis y D Artagnan y yo nos
vamos a desayunar al bastión Saint Gervais y que estaremos allí una hora, reloj
en mano, haga lo que haga el enemigo para desalojarnos.
Porthos y Aramis se miraron; comenzaban a comprender.
Pero dijo D'Artagnan inclinándose al oído de Athos vas a
hacernos matar sin misericordia.
Estamos mucho más muertos respondió Athos si no vamos.
¡Ah! A fe que es una hermosa apuesta dijo Porthos retrepándose
en su silla y retorciéndose el mostacho.
Acepto dijo el señor de Busigny ; ahora se trata de fijar la
puesta.
Vosotros sois cuatro, señores dijo Athos ; nosotros somos
cuatro; una cena a discreción para ocho, ¿os parece?
De acuerdo replicó el señor de Busigny.
Perfectamente dijo el dragón.
Me fa dijo el suizo.
El cuarto auditor, que en toda esta conversación había jugado un
papel mudo, hizo con la cabeza una señal de que aceptaba la proposición.
El desayuno de estos señores está dispuesto dijo el hostelero.
Pues bien, traedlo dijo Athos.
El hostelero obedeció. Athos llamó a Grimaud, le mostró una gran
cesta que yacía en un rincón y le hizo el gesto de envolver en las servilletas
las viandas traídas.
Grimaud comprendió al instante que se trataba de desayunar en el
campo, cogió la cesta, empaquetó las viandas, unió a ello botellas y cogió la
cesta al brazo.
Pero ¿dónde se van a tomar mi desayuno? dijo el hostelero.
¿Qué os importa dijo Athos , con tal de que os paguen?
Y majestuosamente tiró dos pistolas sobre la mesa.
¿Hay que devolveros algo mi oficial? dijo el hostelero.
No, añade solamente dos botellas de Champagne y la diferencia
será por las servilletas.
El hostelero no hacía tan buen negocio como había creído al
principio pero se recuperó deslizando a los comensales dos botellas de vino de
Anjou en lugar de dos botellas de vino de Champagne.
Señor de Busigny dijo Athos , ¿tenéis a bien poner vuestro reloj
con el mío, o me permitís poner el mío con el vuestro?
De acuerdo, señor dijo el caballo ligero sacando del bolsillo
del chaleco un hermoso reloj rodeado de diamantes ; las siete y media dijo.
Siete y treinta y cinco minutos dijo Athos ; ya sabemos que el
mío se adelanta cinco minutos sobre vos, señor.
Y saludando a los asistentes boquiabiertos, los cuatro jóvenes
tomaron el camino del bastión Saint Gervais, seguidos de Grimaud, que llevaba
la cesta, ignorando dónde iba, pero en la obediencia pasiva a que se había
habituado con Athos no pensaba siquiera en preguntarlo.
Mientras estuvieron en el recinto del campamento, los cuatro
amigos no intercambiaron una palabra; además eran seguidos por los curiosos
que, conociendo la apuesta hecha, querían saber cómo saldrían de ella.
Pero una vez hubieron franqueado la línea de circunvalación y se
encontraron en pleno campo, D'Artagnan, que ignoraba por completo de qué se
trataba, creyó que había llegado el momento de pedir una explicación.
Y ahora, mi querido Athos dijo , tened la amabilidad de decirme
adónde vamos.
Ya lo veis dijo Athos , vamos al bastión.
Sí, pero ¿qué vamos a hacer all?
Ya lo sabéis, vamos a desayunar.
Pero ¿por qué no hemos desayunado en el Parpaillot?
Porque tenemos cosas muy importantes que decirnos, y porque era
imposible hablar cinco minutos en ese albergue, con todos esos importunos que
van, que vienen, que saludan, que se pegan a la mesa; ahí por lo menos
prosiguió Athos señalando el bastión no vendrán a molestarnos.
Me parece dijo D'Artagnan con esa prudencia que tan bien y tan
naturalmente se aliaba en él a una bravura excesiva , me parece que habríamos
podido encontrar algún lugar apartado en las dunas, a orillas del mar.
Donde se nos habría visto conferenciar a los cuatro juntos, de
suerte que al cabo de un cuarto de hora el cardenal habría sido avisado por sus
espías de que teníamos consejo.
Sí dijo Aramis , Athos tiene razón: Animadvertuntur in desertis.
Un desierto no habría estado mal dijo Porthos , pero se trataba
de encontrarlo.
No hay desierto en el que un pájaro no pueda pasar por encima de
la cabeza, donde un pez no pueda saltar por encima del agua, donde un conejo no
pueda salir de su madriguera, y creo que pájaro, pez, conejo todo es espía del
cardenal. Más vale, pues, seguir nuestra empresa, ante la cual por otra parte
ya no podemos retroceder sin vergüenza; hemos hecho una apuesta, una apuesta
que no podía preverse, y sobre cuya verdadera causa desafío a quien sea a que
la adivine: para ganarla vamos a permanecer una hora en el bastión. Seremos
ata-cados o no lo seremos. Si no lo somos, tendremos todo el tiempo para
hablar, y nadie nos oirá, porque respondo de que los muros de este bastión no
tienen orejas; si lo somos, hablaremos de nuestros asuntos al mismo tiempo, y
además, al defendernos, nos cubrimos de gloria. Ya veis que todo es beneficio.
Sí dijo D'Artagnan , pero indudablemente pescaremos alguna bala.
Vaya, querido dijo Athos , ya sabéis vos que las balas más de
temer no son las del enemigo.
Pero me parece que para semejante expedición habríamos debido al
menos traer nuestros mosquetes.
Sois un necio, amigo Porthos; ¿para qué cargar con un peso
inútil?
No me parece inútil frente al enemigo un buen mosquete de
calibre, doce cartuchos y un cebador.
Pero bueno dijo Athos , ¿no habéis oído lo que ha dicho
D'Artagnan?
¿Qué ha dicho D'Artagnan? preguntó Porthos.
D'Artagnan ha dicho que en el ataque de esta noche había ocho o
diez franceses muertos, y otros tantos rochelleses.
¿Y qué?
No ha habido tiempo de despojarlos, ¿no es así? Dado que, por el
momento, había otras cosas más urgentes.
Y ¿qué?
¡Y qué! Vamos a buscar sus mosquetes sus cebadores y sus
cartuchos, y en vez de cuatro mosquetes y de doce balas vamos a tener una
quincena de fusiles y un centenar de disparos.
¡Oh, Athos! dijo Aramis . Eres realmente un gran hombre.
Porthos inclinó la cabeza en señal de asentimiento.
Sólo D'Artagnan no parecía convencido.
Indudablemente Grimaud compartía las dudas del joven; porque al
ver que se continuaba caminando hacia el bastión, cosa que había dudado hasta
entonces, tiró a su amo por el faldón de su traje.
¿Dónde vamos? preguntó por gestos.
Athos le sañaló el bastión.
Pero dijo en el mismo dialecto el silencioso Grimaud dejaremos
ahí nuestra piel.
Athos alzó los ojos y el dedo hacia el cielo.
Grimaud puso su cesta en el suelo y se sentó moviendo la cabeza.
Athos cogió de su cintura una pistola, miró si estaba bien
cargada, la armó y acercó el cañón a la oreja de Grimaud.
Grimaud volvió a ponerse en pie como por un resorte.
Athos le hizo seña de coger la cesta y de caminar delante.
Grimaud obedeció.
Todo cuanto había ganado el pobre muchacho con aquella pantomima
de un instante es que había pasado de la retaguardia a la vanguardia.
Llegados al bastión, los cuatro se volvieron.
Más de trescientos soldados de todas las armas estaban reunidos
a la puerta del campamento, y en un grupo separado se podía distinguir al señor
de Busigny, al dragón, al suizo y al cuarto apostante.
Athos se quitó el sombrero, lo puso en la punta de su espada y
lo agitó en el aire.
Todos los espectadores le devolvieron el saludo, acompañando
esta cortesía con un gran hurra que llegó hasta ellos.
Tras lo cual, los cuatro desaparecieron en el bastión donde ya
los había precedido Grimaud.
Capítulo XLVII
El consejo de los mosqueteros
Como Athos había previsto, el bastión sólo estaba ocupado por
una docena de muertos tanto franceses como rochelleses.
Señores dijo Athos, que había tomado el mando de la expedición ,
mientras Grimaud pone la mesa, comencemos a recoger los fusiles y los
cartuchos; además podemos hablar al cumplir esa tarea. Estos señores añadió él
señalando a los muertos no nos oyen.
Podríamos de todos modos echarlos en el foso dijo Porthos ,
después de habernos asegurado que no tienen nada en sus bolsillos.
Sí dijo Aramis , eso es asunto de Grimaud.
Bueno dijo D'Artagnan , entonces que Grimaud los registre y los
arroje por encima de las murallas.
Guardémonos de hacerlo dijo Athos , pueden servirnos.
¿Esos muertos pueden servirnos? dijo Porthos . ¡Vaya, os estáis
volviendo loco, amigo mío!
¡«No juzguéis temerariamente», dice el Evangelio el señor
cardenal! respondió Athos . ¿Cuántos fusiles, señores.
Doce respondió Aramis.
¿Cuántos disparos?
Un centenar.
Es todo cuanto necesitamos; carguemos las armas.
Los cuatro mosqueteros se pusieron a la tarea. Cuando acababan
de cargar el último fusil, Grimaud hizo señas de que el desayuno estaba
servido.
Athos respondió, siempre por gestos, que estaba bien a indicó a
Grimaud una especie de atalaya donde éste comprendió que debía quedarse de
centinela. Sólo que para suavizar el aburrimiento de la guardia, Athos le
permitió llevar un pan, dos chuletas y una botella de vino.
Y ahora, a la mesa dijo Athos.
Los cuatro amigos se sentaron en el suelo, con las piernas
cruzadas, como los turcos o los canteros.
¡Ah! dijo D'Artagnan . Ahora que ya no tienes miedo de ser oído,
espero que vayas a hacernos participe de tu secreto, Athos.
Espero que os procure a un tiempo agrado y gloria, señores dijo
Athos . Os he hecho dar un paseo encantador; aquí tenemos un desayuno de los
más suculentos, y quinientas personas allá abajo, como podéis verles a través
de las troneras, que nos toman por locos o por héroes, dos clases de imbéciles
que se parecen bastante.
Pero ¿y ese secreto? preguntó D'Artagnan.
El secreto dijo Athos es que ayer por la noche vi a Milady.
D'Artagnan llevaba su vaso a los labios; pero al nombre de Milady la mano le
tembló tan fuerte que lo dejó en el suelo para no derramar el contenido...
¿Has visto a tu mu...?
¡Chis! interrumpió Athos . Olvidáis, querido, que estos señores
no están iniciados como vos en el secreto de mis asuntos domésticos; he visto a
Milady.
¿Y dónde? preguntó D'Artagnan.
A dos leguas más o menos de aquí, en el albergue del Colombier
Rouge.
En tal caso estoy perdido dijo D'Artagnan.
No, no del todo aún prosiguió Athos , porque a esta hora debe
haber abandonado las costas de Francia.
D'Artagnan respiró.
Pero, a fin de cuentas prosiguió Porthos , ¿quién es esa Milady?
Una mujer encantadora dijo Athos degustando un vaso de vino
espumoso . ¡Canalla de hostelero exclamó , que nos da vino de Anjou por vino de
Champagne y que cree que nos vamos a dejar coger! Sí continuó , una mujer
encantadora que ha tenido bondades con nuestro amigo D'Artagnan, que le ha
hecho no sé qué perfidia que ella ha tratado de vengar, hace un mes tratando de
hacerlo matar a disparos de mosquete, hace ocho días tratando de envenenarlo, y
ayer pidiendo su cabeza al cardenal.
¿Cómo? ¿Pidiendo mi cabeza al cardenal? exclamó D'Artagnan,
pálido de terror.
Eso es tan cierto dijo Porthos como el Evangelio; lo he oído con
mis dos orejas.
Y yo también dijo Aramis.
Entonces dijo D'Artagnan dejando caer su brazo con desaliento es
inútil seguir luchando más tiempo; da igual que me salte la tapa de los sesos,
todo está terminado.
Es la última tontería que hay que hacer dijo Athos , dado que es
la única que no tiene remedio.
Pero no escaparé nunca dijo D'Artagnan con semejantes enemigos.
Primero, mi desconocido de Meung; luego de Wardes, a quien he dado tres
estocadas; luego Milady, cuyo secreto he sorprendido; por fin el cardenal, cuya
venganza he hecho fracasar.
¡Pues bien! dijo Athos . Todo eso no hace más que cuatro, y
nosotros somos cuatro, uno contra uno. Diantre, si hemos de creer las señas que
nos hace Grimaud, vamos a tener que vérnoslas con un número de personas mucho
mayor. ¿Qué pasa, Grimaud? Considerando la gravedad de las circunstancias,
amigo mío, os permito hablar, pero sed lacónico, por favor. ¿Qué veis?
Una tropa.
¿De cuántas personas?
De veinte hombres.
¿Qué hombres?
Dieciséis zapadores, cuatro soldados.
¿A cuántos pasos están?
A quinientos pasos.
Bueno, aún tenemos tiempo de acabar estas aves y beber un vaso
de vino a tu salud, D'Artagnan.
¡A tu salud! repitieron Porthos y Aramis.
Pues bien, ¡a mi salud! Aunque no creo que vuestros deseos me
sirvan de gran cosa.
¡Bah! dijo Athos . Dios es grande, como dicen los sectarios de
Mahoma y el porvenir está en sus manos.
Luego, tragando el contenido de su vaso, que dejó junto a sí,
Athos se levantó indolentemente, cogió el primer fusil que había a mano y se
acercó a una tronera.
Porthos, Aramis y D'Artagnan hicieron otro tanto. En cuanto a
Grimaud, recibió la orden de colocarse detrás de los cuatro a fin de volver a
cargar las armas.
Al cabo de un instante vieron aparecer la tropa; seguía una
especie de ramal de trinchera que establecía comunicación entre el bastión y la
ciudad.
¡Diantre! dijo Athos . ¿Merecía la pena molestarnos por una
veintena de bribones armados de piquetas, de azadones y de palas? Grimaud no
hubiera debido hacer otra cosa que hacerles señas de que se fueran y estoy
convencido de que nos habrían dejado tranquilos.
Lo dudo observó D'Artagnan , porque avanzan muy decididos por
ese lado. Por otra parte, con los trabajadores hay cuatro soldados y un
brigadier armados de mosquetes.
Eso es que no nos han visto replicó Athos.
¡A fe dijo Aramis confieso que me da repugnancia disparar sobre
esos pobres diablos de burgueses!
¡Mal cura respondió Porthos el que tiene piedad de los
heréticos!
Realmente dijo Athos , Aramis tiene razón, voy a avisarlos.
¿Qué diablos hacéis? exclamó D'Artagnan . Vais a haceros
fusilar, querido.
Pero Athos no hizo caso alguno del aviso, y subiéndose a la
brecha con el fusil en una mano y el sombrero en la otra:
Señores dijo dirigiéndose a los soldados y a los trabajadores,
que, asombrados por su aparición se detenían a cincuenta pasos aproximadamente
del bastión, y saludándolos cortésmente , señores, algunos amigos y yo estamos
a punto de desayunar en este bastión. Y ya sabéis que nada es tan desagradable
como ser molestado cuando uno desayuna; por tanto, os rogamos que, si tenéis
algo que hacer inexorablemente aquí, esperéis a que hayamos terminado nuestra
comida, o que volváis más tarde; a menos que tengáis el saludable deseo de
dejar el partido de la rebelión y de venir a beber con nosotros a la salud del
rey de Francia.
¡Ten cuidado, Athos! exclamó D'Artagnan . ¿No ves que lo están
apuntando?
Ya lo veo, lo veo dijo Athos , pero son burgueses que disparan
muy mal, y que se libren de tocarme.
En efecto, en aquel mismo instante cuatro disparos de fusil
salieron y las balas vinieron a estrellarse junto a Athos, pero sin que una
sola lo tocase.
Cuatro disparos de fusil los respondieron casi al mismo tiempo,
pero éstos estaban mejor dirigidos que los de los agresores: tres soldados
cayeron en el sitio, y uno de los trabajadores fue herido.
¡Grimaud, otro mosquete! dijo Athos, que seguía en la brecha.
Grimaud obedeció inmediatamente. Por su parte, los tres amigos
habían cargado sus armas; una segunda descarga siguió a la primera: el
brigadier y dos zapadores cayeron muertos, el resto de la tropa huyó.
Vamos, señores, una salida dijo Athos.
Y los cuatro amigos, lanzándose fuera del fuerte, llegaron hasta
el campo de batalla, recogieron los cuatro mosquetes y el espontón del
brigadier; y convencidos de que los huidos no se detendrían hasta la ciudad,
tomaron de nuevo el camino del bastión, trayendo los trofeos de la victoria.
Volved a cargar las armas, Grimaud dijo Athos , y nosotros,
señores, volvamos a nuestro desayuno y sigamos. ¿Dónde estábamos?
Yo lo recuerdo dijo D'Artagnan, que se preocupaba mucho del
itinerario que debía seguir Milady.
Va a Inglaterra respondió Athos.
¿Con qué fin?
Con el fin de asesinar o hacer asesinar a Buckingham.
D'Artagnan lanzó una exclamación de sorpresa y de indignación.
¡Pero eso es infame! exclamó.
¡Oh, en cuanto a eso dijo Athos , os ruego que creáis que me
inquieto muy poco! Ahora que habéis terminado, Grimaud continuó Athos , tomad
el espontón de nuestro brigadier, atadle una servilleta y plantadlo en lo alto
de nuestro bastión, a fin de que esos rebeldes de los rochelleses vean que
tienen que vérselas con valientes y leales soldados del rey.
Grimaud obedeció sin responder. Un instante después la bandera
blanca flotaba por encima de los cuatro amigos; un trueno de aplausos saludó su
aparición; la mitad del campamento estaba en las barreras.
¿Cómo? replicó D'Artagnan . ¿Te inquietas poco de que mate o
haga matar a Buckingham? Pero el duque es nuestro amigo.
El duque es inglés, el duque combate contra nosotros; que haga
del duque lo que quiera, me preocupo tanto por ello como por una botella vacía.
Y Athos lanzó a quince pasos de él una botella que tenía en la
mano y de la que acababa de trasvasar hasta la última gota a su vaso.
Un momento dijo D'Artagnan , yo no abandono a Buckingham así;
nos dio caballos muy buenos.
Y sobre todo unas buenas sillas añadió Porthos, que en aquel
momento mismo llevaba en su capa el galón de la suya.
Además observó Aramis , Dios quiere la conversión y no la muerte
del pecador.
Amén dijo Athos , y ya volveremos sobre eso más tarde, si es ese
vuestro gusto; pero por el momento lo que más me preocupaba, y estoy seguro de
que tú, D'Artagnan, me comprenderás, era recuperar de aquella mujer una especie
de firma en blanco que había arrancado al cardenal, y con cuya ayuda ella debía
desembarazarse de ti y quizá de nosotros impunemente.
Pero esa criatura es un demonio dijo Porthos tendiendo su plato
a Aramis, que trinchaba un ave.
Y esa firma en blanco dijo D'Artagnan , esa firma en blanco, ¿ha
quedado entre sus manos?
No, ha pasado a las mías; no diré que haya sido sin esfuerzo,
porque mentiría.
Querido Athos dijo D'Artagnan , ya no seguiré contando las veces
que os debo la vida.
Entonces, ¿nos dejasteis para volver junto a ella? preguntó
Aramis.
Exacto.
¿Y tienes esa carta del cardenal? dijo D'Artagnan.
Aquí está dijo Athos.
Y sacó el precioso papel del bolsillo de su casaca.
D'Artagnan lo desplegó con una mano cuyo temblor no trataba
siquiera de disimular y leyó:
«El portador de la presente ha "hecho lo que ha hecho"
por orden mía y para bien del Estado.
5 de diciembre de 1627.
Richelieu»
En efecto dijo Aramis , es una absolución en toda regla.
Hay que romper ese papel exclamó D'Artagnan, que parecía leer su
sentencia de muerte.
Muy al contrario dijo Athos , hay que conservarlo por encima de
todo, y yo no daría este papel aunque lo cubrieran de piezas de oro.
¿Y qué va a hacer ahora ella? preguntó el joven.
Pues probablemente dijo despreocupado Athos va a escribir al
cardenal que un maldito mosquetero, llamado Athos, le ha arrancado por la
fuerza su salvoconducto; en la misma carta le dará consejo de desembarazarse al
mismo tiempo que de él de sus dos amigos, Porthos y Aramis; el cardenal
recordará que son los mismos hombres que encontró en su camino entonces, una
buena mañana hará detener a D'Artagnan y para que no se aburra solo, nos
enviará a hacerle compañía a la Bastilla.
¡Vaya! dijo Porthos . Me parece que estáis haciendo bromas de
mal gusto, querido.
No bromeo respondió Athos.
¿Sabéis dijo Porthos que retorcerle el cuello a esa maldita
Milady sería un pecado menor que retorcérselo a estos pobres diablos de
hugonotes, que nunca han cometido más crímenes que cantar en francés salmos que
nosotros cantamos en latín?
¿Qué dice el abate a esto? preguntó tranquilamente Athos.
Digo que soy de la opinión de Porthos respondió Aramis.
¡Y yo también! dijo D'Artagnan.
Suerte que ella está lejos observó Porthos ; porque confieso que
me molestaría mucho aquí.
Me molesta en Inglaterra tanto como en Francia dijo Athos.
A mí me molesta en todas partes continuó D'Artagnan.
Pero puesto que la teníais dijo Porthos , ¿por qué no la habéis
ahogado, estrangulado, colgado? Sólo los muertos no vuelven.
¿Eso creéis, Porthos? respondió el mosquetero con una sonrisa
sombría que sólo D'Artagnan comprendió.
Tengo una idea dijo D'Artagnan.
Veamos dijeron los mosqueteros.
¡A las armas! gritó Grimaud.
Los jóvenes se levantaron con presteza a los fusiles.
Aquella vez avanzaba una pequeña tropa compuesta de veinte o
veinticinco hombres; pero ya no eran trabajadores, eran soldados de la
guarnición.
¿Y si volviéramos al campamento? dijo Porthos . Me parece que la
partida no es igual.
Imposible por tres razones respondió Athos ; la primera es que
no hemos terminado de almorzar; la segunda es que aún tenemos cosas importantes
que decir, la tercera es que todavía faltan diez minutos para que pase la hora.
Bueno dijo Aramis , sin embargo hay que preparar un plan de
batalla.
Es muy simple respondió Athos :tan pronto como el enemigo esté
al alcance del mosquete, nosotros hacemos fuego; si continúa avanzando,
nosotros volvemos a hacer fuego; hacemos fuego mientras tengamos los fusiles
cargados; si lo que quede de la tropa quiere todavía subir al asalto, dejamos a
los asaltantes bajar hasta el foso, y entonces les echamos encima de la cabeza
ese lienzo de muralla que sólo está en pie por un milagro de equilibrio.
¡Bravo! exclamó Porthos . Decididamente, Athos, habéis nacido
para general, y el cardenal, que se cree un gran hombre de guerra, es bien poca
cosa a vuestro lado.
Señores dijo Athos , nada de repeticiones inútiles, por favor;
que cada uno apunte bien a su hombre.
Yo tengo el mío dijo D'Artagnan.
Y yo el mío dijo Porthos.
Y yo ídem dijo Aramis.
¡Entonces fuego! dijo Athos.
Los cuatro disparos de fusil no hicieron más que una detonación.
y cuatro hombres cayeron.
Entonces batió el tambor, y la pequeña tropa avanzó a paso de
carga.
Entonces los disparos de fusil se sucedieron sin regularidad,
pero siempre enviados con igual precisión. Sin embargo, como si hubieran
conocido la debilidad numérica de los amigos, los rochelleses continuaban
avanzando a paso de carrera.
Con los otros tres disparos de fusil cayeron dos hombres; sin
embargo, el paso de los que quedaban en pie no aminoraba.
Llegados al pie del bastión, los enemigos eran todavía doce o
quince; una última descarga los acogió, pero no los detuvo: saltaron al foso y
se aprestaron a escalar la brecha.
¡Vamos; amigos míos! dijo Athos . Terminemos de un golpe: ¡a la
muralla, a la muralla!
Y los cuatro amigos, secundados por Grimaud, se pusieron a
empujar con el cañón de sus fusiles un enorme lienzo de muro que se inclinó
como si el viento lo arrastrase, y desprendiéndose de su base cayó con horrible
estruendo en el foso; luego se oyó un gran grito, una nube de polvo subió hacia
el cielo, y eso fue todo.
¿Los habremos aplastado desde el primero hasta el último?
preguntó Athos.
A fe que eso me parece dijo D'Artagnan.
No dijo Porthos , ahí hay dos o tres que escapan cojeando.
En efecto, tres o cuatro de aquellos desgraciados, cubiertos de
barro y de sangre, huían por el camino encajonado y ganaban de nuevo la ciudad:
era todo lo que quedaba de la tropilla.
Athos miró su reloj.
Señores dijo , hace una hora que estamos aquí y ahora la partida
está ganada; pero hay que ser buenos jugadores, y además D'Artagnan no nos ha
dicho su idea.
Y el mosquetero, con su sangre fría habitual, fue a sentarse
ante los restos del desayuno.
¿Mi idea? dijo D'Artagnan.
Sí, decíais que teníais una idea replicó Athos.
¡Ah, ya recuerdo! contestó D'Artagnan . Yo paso a Inglaterra por
segunda vez, voy en busca del señor de Buckingham y le advierto del compló
tramado contra su vida.
Vos no haréis eso, D'Artagnan dijo fríamente Athos.
¿Y por qué no? ¿No lo he hecho ya?
Sí, pero en esa época no estábamos en guerra; en esa época, el
señor de Buckingham era un aliado y no un enemigo: lo que queréis hacer sería
tachado de traición.
D'Artagnan comprendió la fuerza de este razonamiento y se calló.
Pues me parece dijo Porthos que también yo tengo una idea.
¡Silencio para la idea de Porthos! dijo Aramis.
Yo le pido permiso al señor de Tréville, bajo algún pretexto que
vos encontraréis: yo no soy fuerte en eso de los pretextos, Milady no me
conoce, me acerco a ell a sin que sospeche de mí y, cuando encuetre una
ocasión, la estrangulo.
¡Bueno dijo Athos , no estoy muy lejos de adoptar la idea de
Porthos!
¡Qué va! dijo Aramis . ¡Matar a una mujer! No, mirad, yo tengo
la idea buena.
¡Veamos vuestra idea, Aramis! pidió Athos, que sentía mucha
deferencia por el joven mosquetero.
Hay que prevenir a la reina.
¡A fe que sí! exclamaron juntos Porthos y D'Artagnan . Creo que
estamos dando en el blanco.
¿Prevenir a la reina? dijo Athos . ¿Y cómo? ¿Tenemos relaciones
en la corte? ¿Podemos enviar a alguien a Paris sin que se sepa en el
campamento? De aquí a Paris hay ciento cuarenta leguas: la carta no habrá
llegado a Angers cuando estemos ya en el calabozo.
En cuanto a enviar con seguridad una carta a Su Majestad propuso
Aramis ruborizándose , yo me encargo de ello; conozco en Tours una persona
hábil...
Aramis se detuvo viendo sonreír a Athos.
¡Bueno! ¿No adoptáis ese medio, Athos? dijo D'Artagnan.
No lo rechazo del todo dijo Athos , pero sólo quiero hacer
observar a Aramis que él no puede abandonar el campamento; que cualquier otro
de nosotros no es seguro; que dos horas después de que el mensajero haya
partido, todos los capuchinos, todos los alguaciles, todos los bonetes negros
del cardenal sabrán vuestra carta de memoria, y que vos y vuestra hábil persona
seréis detenidos.
Sin contar objetó Porthos que la reina salvará al señor de
Buckingham, pero que en modo alguno nos salvará a nosotros.
Señores dijo D'Artagnan , lo que Porthos objeta está lleno de
sentido.
¡Ah, ah! ¿Qué pasa en la ciudad? dijo Athos.
Tocan a generala.
Los cuatro amigos escucharon, y el ruido del tambor llegó
efectivamente hasta ellos.
Vais a ver cómo nos mandan un regimiento entero dijo Porthos.
¿Por qué no? dijo el mosquetero . Me siento en vena, y
resistiría ante un ejército con tal de que hubiera tenido la preocupación de
coger una docena más de botellas.
Palabra de honor que el tambor se acerca dijo D'Artagnan.
Dejadlo que se acerque dijo Athos , hay un cuarto de hora de camino de aquí a
la ciudad, y por tanto de la ciudad aquí. Es más tiempo del que necesitamos
para preparar nuestro plan; si nos vamos de aquí nunca encontraremos un lugar
tan conveniente. Y mirad, precisamente, señores, acaba de ocurrírseme la idea
buena.
Decid, pues.
Permitid que dé a Grimaud algunas órdenes indispensables.
Athos hizo a su criado señal de acercarse.
Grimaud dijo Athos señalando a los muertos que yacían en el
bastión , vais a coger a estos señores, vais a enderezarlos contra la muralla,
vais a ponerles su sombrero en la cabeza y su fusil en la mano.
¡Oh gran hombre exclamó D'Artagnan , lo comprendo!
¿Comprendéis? dijo Porthos.
Y tú, Grimaud, ¿comprendes? preguntó Aramis.
Grimaud hizo seña de que sí.
Es todo lo que se necesita dijo Athos , volvamos a mi idea. Sin
embargo, yo quisiera comprender observó Porthos.
Es inútil.
Sí, sí, la idea de Athos dijeron al mismo tiempo D'Artagnan y
Aramis.
Esa Milady, esa mujer esa criatura ese demonio tiene un cuñado,
según creo que me habéis dicho D'Artagnan.
Sí, yo lo conozco incluso mucho, y creo además que no tiene
grandes simpatías por su cuñada.
No hay mal en ello respondió Athos , a incluso sería mejor que
la detestara.
En tal caso estamos servidos a placer.
Sin embargo dijo Potthos , me gustaría comprender lo que Grimaud
hace.
¡Silencio, Porthos! dijo Aramis.
¿Cómo se llama ese cuñado?
Lord de Winter.
¿Dónde está ahora?
Volvió a Londres al primer rumor de guerra.
¡Pues bien ése es precisamente el hombre que necesitamos! dijo
Athos . Ese es al que nos conviene avisar; le haremos saber que su cuñada está
a punto de asesinar a alguien, y le rogaremos no perderla de vista. Espero que
en Londres haya algún establecimiento del género de las Madelonetas, o
Muchachas arrepentidas; hace meter allá a su cuñada, y nosotros tranquilos.
Sí dijo D'Artagnan , hasta que salga.
A fe replicó Athos que pedís demasiado, D'Artagnan, os he dado
lo que tenía y os prevengo que es el fondo de mi bolso.
A mí me parece que es lo mejor dijo Aramis ; prevenimos a la vez
a la reina y a lord de Winter.
Sí, pero ¿a quién enviaremos con la carta a Tours y con la carta
a Londres?
Yo respondo de Bazin dijo Aramis.
Y yo de Planchet continuó D'Artagnan.
En efecto dijo Porthos , si nosotros no podemos ausentarnos del
campamento, nuestros lacayos pueden dejarlo.
Por supuesto dijo Aramis , y hoy mismo escribimos las cartas,
les damos dinero y parten.
¿Les damos dinero? replicó Athos . ¿Tenéis, pues, dinero?
Los cuatro amigos se miraron, y una nube pasó por las frentes
que un instante antes estaban despejadas.
¡Alerta! gritó D'Artagnan . Veo puntos negros y puntos rojos que
se agitan allá. ¿Qué decíais de un regimiento, Athos? Es un verdadero ejército.
A fe que sí dijo Athos , ahí están. ¡Vaya con los hipócritas que
venían sin tambor ni trompeta. ¡Ah, ah! ¿Has terminado Grimaud?
Grimaud hizo seña de que sí, y mostró una docena de muertos que
había colocado en las actitudes más pintorescas: los unos sosteniendo las
armas, los otros con pinta de echárselas a la cara, los otros con la espada en
la mano.
¡Bravo! repitió Athos . Eso honra tu imaginación.
Es igual dijo Porthos . Me gustaría sin embargo comprender.
Levantemos el campo primero lo interrumpió D'Artagnan , luego
comprenderás.
¡Un instante, señores, un instante! Demos a Grimaud tiempo de
quitar la mesa.
¡Ah! dijo Aramis . Mirad cómo los puntos negros y los puntos
rojos crecen visiblemente, y yo soy de la opinión de D'Artagnan: creo que no
tenemos tiempo que perder para ganar nuestro campamento.
A fe dijo Athos que no tengo nada contra la retirada; habíamos
apostado por una hora, y nos hemos quedado hora y media; no hay nada que decir;
partamos, señores, partamos.
Grimaud había tomado ya la delantera con la cesta y el servicio.
Los cuatro amigos salieron tras él y dieron una decena de pasos.
¡Eh! exclamó Athos . ¿Qué diablos hacemos, señores?
¿Nos hemos olvidado algo? preguntó Aramis.
La bandera, pardiez. ¡No hay que dejar una bandera en manos del
enemigo, aunque esa bandera no sea más que una servilleta!
Y Athos se precipitó al bastión, subió a la plataforma y quitó
la bandera; sólo que como los rochellese habían llegado a tiro de mosquete,
hicieron un fuego terrible sobre aquel hombre que, como por placer, iba a
exponerse a los disparos.
Pero se habría dicho que Athos tenía un encanto pegado a su
persona: las balas pasaron silbando a su alrededor y ninguna lo tocó.
Athos agitó su estandarte volviéndoles la espalda a las gentes
de la ciudad y saludando a las del campamento. De las dos partes resonaron
grandes gritos, de la una gritos de cólera, de la otra gritos de entusiasmo.
Una segunda descarga hizo realmente de la servilleta una
bandera. Se oyeron los clamores de todo el campamento que gritaba:
¡Bajad, bajad!
Athos bajó; sus camaradas, que lo esperaban con ansiedad, lo
vieron aparecer con alegría.
Vamos, Athos, vamos dijo D'Artagnan , larguémonos; ahora que
hemos encontrado todo, menos el dinero, sería estúpido ser muertos.
Pero Athos continuó caminando majestuosamente por más
observaciones que le hicieran sus compañeros, los cuales, viendo que era
inútil, regularon sus pasos por el suyo.
Grimaud y su cesta habían tomado la delantera y se hallaban los
dos fuera de alcance.
Al cabo de un instante se oyó el ruido de una descarga de
fusilería colérica.
¿Qué es eso? preguntó Porthos . ¿Y sobre quién disparan? No oigo
silbar las balas y no veo a nadie.
Disparan sobre nuestros muertos respondió Athos.
Pero nuestros muertos no responderán.
Precisamente: entonces creerán en una emboscada, deliberarán;
enviarán un parlamentario, y cuando se den cuenta de la burla, estaremos fuera
del alcance de las balas. He ahí por qué es inútil coger una pleuresía dándonos
prisa.
¡Oh, comprendo! exclamó Porthos maravillado.
¡Es una suerte! dijo Athos encogiéndose de hombros.
Por su parte, los franceses, al ver volver a los cuatro amigos,
lanzaban gritos de entusiasmo.
Finalmente una nueva descarga de mosquetes se dejó oír, y esta
vez las balas vinieron a estrellarse sobre los guijarros alrededor de los
cuatro amigos y a silbar lúgubremente en sus orejas. Los rochelleses acababan
por fin de apoderarse del bastión.
¡Vaya gentes tan torpes! dijo Athos . ¿Cuántos hemos matado?
¿Doce?
O quince.
¿Cuántos hemos aplastado?
Ocho o diez.
¿Y a cambio de todo esto ni un arañazo? ¡Ah, sí! ¿Qué tenéis en
la mano, D Artagnan? Sangre, me parece.
No es nada dijo D'Artagnan.
¿Una bala perdida?
Ni siquiera.
¿Qué, entonces?
Ya lo hemos dicho, Athos amaba a D'Artagnan como a su hijo, y
aquel carácter sombrío a inflexible tenía a veces por el joven solicitudes de
padre.
Un rasguño repuso D'Artagnan ; me he pillado los dedos entre dos
piedras, la del muro y la de mi anillo; y la piel se ha abierto.
Eso pasa por tener diamantes, amigo mío dijo desdeñosamente
Athos.
¡Ah, claro! exclamó Porthos . En efecto, hay un diamante. ¿Y por
qué diablos, puesto que hay un diamante, nos quejamos de no tener dinero?
¡Claro, es cierto! dijo Aramis.
Enhorabuena Porthos; esta vez es una idea.
Sin duda dijo Porthos engallándose ante el cumplido de Athos ,
puesto que hay un diamante, vendámoslo.
Pero es el diamante de la reina dijo D'Artagnan.
Razón de más repuso Athos , la reina salvando al señor de
Buckingham su amante, nada más justo; la reina salvándonos a nosotros, que
somos sus amigos, nada más moral. Vendamos el diamante. ¿Qué piensa el señor
abate? No pido la opinión de Porthos, ya la ha dado.
Pues yo pienso dijo Aramis ruborizándose que, al no venir su
anillo de una amante, y por consiguiente al no ser una prenda de amor,
D'Artagnan puede venderlo.
Querido, habláis como la teología en persona. ¿O sea que vuestra
opinión es...?
Vender el diamante respondió Aramis.
Pues bien dijo alegremente D'Artagnan , vendamos él diamante y
no hablemos más.
La descarga de fusilería continuaba, pero los amigos estaban
fuera del alcance, y los rochelleses no disparaban más que por descargo de
conciencia.
A fe dijo Athos , a tiempo le ha venido esa idea a Porthos: ya
estamos en el campamento. Señores, ni una palabra sobre este asunto. Nos
observan, vienen a nuestro encuentro, vamos a ser llevados en triunfo.
En efecto, como hemos dicho, todo el campamento estaba
emocionado; más de dos mil personas habían asistido, como a un espectáculo a la
feliz fanfarronada de los cuatro amigos fanfarronada cuyo verdadero motivo
estaban muy lejos de sospechar. No se oían más que los gritos de ¡Vivan los
guardias! ¡Vivan los mosqueteros! El señor de Busigny había venido el primero a
estrechar la mano de Athos y a reconocer que la apuesta estaba perdida. El
dragón y el suizo lo habían seguido, todos los compañeros habían seguido al
dragón y al suizo. Aquello eran felicitaciones, apretones de manos, abrazos que
no ter-minaban, risas inextinguibles a propósito de los rochelleses;
finalmente, un tumulto tan grande que el señor cardenal creyó que había motín y
envió a La Houdinière, su capitán de los guardias, a informarse de o que
pasaba.
La cosa le fue contada al mensajero con todo el efluvio del
entusiasmo.
Y bien preguntó el cardenal al ver a La Houdinière.
Y bien, Monseñor dijo éste ,son tres mosqueteros y un guardia
que han apostado con el señor de Busigny a que iban a desayunar al bastión
Saint Gervais, y mientras desayunaban han resistido allí al enemigo, y han
matado no sé cuántos rochelleses.
¿Estáis informado del nombre de esos tres mosqueteros?
Sí, Monseñor.
¿Cómo se llaman?
Son los señores Athos, Porthos y Aramis.
¡Siempre mis tres valientes! murmuró el cardenal . ¿Y el
guardia?
El señor D'Artagnan.
¡Siempre mi bribón! Decididamente es preciso que estos hombres
sean míos.
Aquella noche misma, el cardenal habló al señor de Tréville de
la hazaña de la mañana, que era la comidilla de todo el campamento. El señor de
Tréville, que conocía el relato de la aventura de la boca misma de los héroes,
la volvió a contar con todos sus detalles a Su Eminencia, sin olvidar el
episodio de la servilleta.
Está bien, señor de Tréville dijo el cardenal , hacedme llegar
esa servilleta, os lo ruego. Haré bordar en ella tres flores de lis de oro, y
la daré por guión de vuestra compañía.
Monseñor dijo el señor de Tréville , será injusto para los
guardian: el señor D'Artagnan no es mío, sino del señor Des Essarts.
Pues bien, lleváoslo dijo el cardenal ; no es justo que, dado
que esos cuatro valientes militares se quieren tanto, no sirvan en la misma
compañía.
Aquella misma noche, el señor de Tréville anunció esta buena
noticia a los tres mosqueteros y a D'Artagnan, invitando a los cuatro a
almorzar al día siguiente.
D'Artagnan no cabía en sí de alegría. Ya lo sabemos, el sueño de
toda su vida había sido ser mosquetero.
Los tres amigos estaban muy contentos.
¡A fe dijo D'Artagnan a Athos que has tenido una idea victoriosa
y que, como dijiste, hemos conseguido con ella gloria y hemos podido trabar una
conversación de la mayor importancia!
Que podemos proseguir ahora sin que nadie sospeche, porque, con
la ayuda de Dios, en adelante vamos a pasar por cardenalistas.
Aquella misma noche D'Artagnan fue a presentar sun respetos al
señor Des Essarts y a participarle el ascenso que había obtenido.
El señor den Essarts, que quería mucho a D'Artagnan, le ofreció
entonces sun servicios: aquel cambio de cuerpo traía consign gastos de
equipamiento.
D'Artagnan rehusó; pero, pareciéndole buena la ocasión, le rogó
hacer estimar el diamante, que le entregó y que deseaba convertir en dinero.
Al día siguiente, a las ocho de la mañana, el criado del señor
Des Essarts entró en el alojamiento de D'Artagnan y le entregó una bolsa de oro
conteniendo siete mil libras.
Era el precio del diamante de la reina.
Capítulo XLVIII
Asunto de familia
Athos había encontrado la palabra: asunto de familia. Un asunto
de familia no estaba sometido a la investigación del cardenal; un asunto de
familia no afectaba a nadie; uno podía ocuparse ante todo el mundo de un asunto
de familia.
Desde luego, Athos había dado con la palabra: asunto de familia.
Aramis había dado con la idea: los lacayos.
Porthos había dado con el medio: el diamante.
Unicamente D'Artagnan no había dado con nada, él que solía ser
el más inventivo de los cuatro; pero también hay que decir que el solo nombre
de Milady lo paralizaba.
Ah, sí, nos equivocamos: había dado con comprador para el
diamante.
El almuerzo en casa del señor de Tréville fue de una alegría
encantadora. D'Artagnan tenía ya su uniforme; como era poco más o menos de la
misma talla que Aramis, y como Aramis, pagado con largueza, como se recordará,
por el librero que le había comprado su poema, había hecho el doble de todo,
había cedido a su amigo un equipo completo.
D'Artagnan habría estado en el colmo de todos sus deseos si no
hubiera visto despuntar a Milady como una nube sombría en el horizonte.
Después de almorzar, convinieron en reunirse por la noche en el
alojamiento de Athos, y allí terminarían el asunto.
D'Artagnan pasó el día enseñando su traje de mosquetero por
todas las calles del campamento.
Por la noche, a la hora fijada, los cuatro amigos se reunieron;
sólo quedaban tres cosas que decidir:
Lo que había que escribir al hermano de Milady.
Lo que había que escribir a la persona hábil de Tours.
Y qué lacayos serían los que llevarían las camas.
Cada cual ofreció el suyo: Athos hablaba de la discreción de
Grimaud, que sólo hablaba cuando su amo le descosía la boca; Porthos ponderaba
la fuerza de Mosquetón, que era de corpulencia capaz de dar una tunda a cuatro
hombres de complexión ordinaria; Aramis, confiando en la destreza de Bazin,
hacía un elogio pomposo de su candidato; finalmente, D'Artagnan tenía fe
completa en la bravura de Planchet, y recordaba la forma en que se había
comportado en el espinoso asunto de Boulogne.
Estas cuatro virtudes disputaron largo tiempo el premio, y
dieron lugar a magníficos discursos, que no referiremos aquí por miedo a que
resulten largos.
Por desgracia dijo Athos , será preciso que aquel a quien se
envíe posea por sí solo las cuatro cualidades juntas.
Pero ¿dónde encontrar un lacayo semejante?
¡Inencontrable! dijo Athos . Lo sé bien: tomad, pues, a Grimaud.
Tomad a Mosquetón.
Tomad a Bazin.
Tomad a Planchet; Planchet es bravo y diestro; ahí tenéis ya dos
de las cuatro cualidades.
Señores dijo Aramis , lo principal no es saber cuál de nuestros
cuatro lacayos es el más discreto, el rnás fuerte, el más diestro o el más
bravo; lo principal es saber cuál ama más el dinero.
Lo que Aramis dice está lleno de sensatez prosiguió Athos ; hay
que especular sobre los defectos de las personas y no sobre sus virtudes; señor
abate, ¡sois un gran móralista!
Indudablemente replicó Aramis ; porque no sólo necesitamos estar
bien servidos para triunfar, sino incluso para no fracasar; porque en caso de
fracaso, está en juego la cabeza, no de los lacayos...
¡Más bajo, Aramis! dijo Athos.
Exacto, no de los lacayos prosiguió Aramis , sino del amo, e
incluso de los amos. ¿Nos son bastante adictos nuestros lacayos para arriesgar
su vida por nosotros? No.
¡A fe dijo D'Artagnan que respondería casi de Planchet!
¡Pues bien, querido amigo! Añadid a su adhesión natural una
buena suma que le proporcione algún desahogo, y entonces, en lugar de responder
por él una vez, responderéis dos.
¡Buen Dios! Os equivocaréis de todos modos dijo Athos, que era
optimista cuando se trataba de las cosas, y pesimista cuando se trataba de los
hombres . Prometerán todo para tener el dinero, y en camino el miedo los
impedirá actuar. Una vez cogidos, los encerrarán; y encerrados confesarán. ¡Qué
diablo! ¡No somos niños! Para ir a Inglaterra Athos bajó la voz , hay que
atravesar toda Francia, sembrada de espías y de criaturas del cardenal; se
necesita un pase para embarcarse; hay que saber inglés para preguntar el camino
a Londres. Ya véis que la cosa me parece muy difícil.
Nada de eso dijo D'Artagnan que estaba empeñado en que la cosa
se realizase ; yo, por el contrario, la veo fácil. ¡No hay ni que decir, por
supuesto, que si se escribe a lord de Winter los horrores del cardenal...!
¡Más bajo! dijo Athos.
Las intrigas y los secretos de Estado continuó D'Artagnan
haciendo caso a la recomendación no hay ni que decir que ¡todos nosotros
seremos enrodados vivos!; pero, por Dios, no olvidéis, como vos mismo habéis
dicho, Athos, que le escribimos por un asunto de familia; que le escribimos con
el único fin de que ponga a Milady, desde su llegada a Londres, en la
imposibilidad de perjudicarnos. Le escribiré, por tanto, una carta poco más o
menos en estos términos:
Veamos dijo Aramis, adoptando de antemano un semblante de
crítico.
«Señor y querido amigo...
Vaya, pues sí; querido amigo a un inglés interrumpió Athos ;
buen comienzo, ¡bravo!, D'Artagnan. Sólo que con esa palabra seréis
descuartizado en lugar de enrodado vivo.
Bueno, de acuerdo, entonces diré señor a secas.
Podéis decir incluso milord prosiguió Athos, que se empeñaba en
las conveniencias.
«Milord, ¿os acordáis del pequeño cercado de cabras del
Luxemburgo?»
¡Vaya! ¡Ahora el Luxemburgo! Creerá que es una alusión a la
reina madre. ¡Eso sí que es ingenioso! dijo Athos.
Pues entonces pondremos simplemente: «Milord, ¿os acordáis de un
pequeño cercado en el que se os salvó la vida?»
Mi querido D'Artagnan dijo Athos , no seréis nunca otra cosa que
un mal redactor: «¡En que se os salvó la vida!H ¡Quita de ahli Eso no es digno.
A un hombre galante no se le recuerdan esos servicios. Beneficio reprochado,
ofensa hecha.
¡Ah amigo mío! dijo D'Artagnan . Sois insoportable, y si hay que
escribir bajo vuestra censura, a fe que renuncio.
Y hacéis bien. Manejad el mosquete y la espada, querido,
practicáis hábilmente los dos ejercicios, pero pasad la pluma al señor abate,
esto le concierne.
¡Ah sí por cierto dijo Porthos , pasad la pluma a Aramis, que
escribe tesis en latín!
Pues bien, sea dijo D'Artagnan , redactadnos esa nota, Aramis,
pero, ¡por San Pedro!, hacedlo con cautela, porque os aviso que yo también os
espulgaré.
No pido otra cosa dijo Aramis con esa ingenua confianza que todo
poeta tiene en sí mismo ; pero que me pongan al corriente; por aquí y por allá
he oído decir que esa cuñada era una bribona, yo mismo he tenido pruebas de
ello al escuchar su conversación con el cardenal.
¡Más bajo, pardiez! dijo Athos.
Mas se me escapan los detalles continuó Aramis.
Y a mí también dijo Porthos.
D'Artagnan y Athos se miraron algún tiempo en silencio. Por fin
Athos, tras haberse recogido y poniéndose aún más pálido de lo que era por
costumbre, hizo un signo de asentimiento; D'Artagnan comprendió que podía
hablar.
¡Pues bien! Esto es lo que tengo que decir prosiguió D'Artagnan
: «Milord, vuestra cuñada es una criminal, que quiso haceros matar para
heredaros. Además, no podía desposar a vuestro hermano, por estar ya casada en
Francia y por haber sido...»
D'Artagnan se detuvo como si buscase la palabra, mirando a
Athos.
Arro'ada por su marido dijo Athos.
Por haber sido marcada continuó D'Artagnan.
¡Bah! exclamó Porthos . ¡Imposible! ¿Ha querido hacer matar a su
cuñado?
Sí.
¿Estaba casada? preguntó Aramis.
Sí.
¿Y su marido se dio cuenta de que tenía una flor de lis en el
hombro? exclamó Porthos.
Sí.
Estos tres síes fueron dichos por Athos con una entonación más
sombría cada vez.
¿Y quién ha visto esa flor de lis? preguntó Aramis.
D'Artagnan y yo, o mejor, para observar el orden cronológico, yo
y D'Artagnan respondió Athos.
¿Y el marido de esa horrible criatura vive aún? dijo Aramis.
Aún vive.
¿Estáis seguro?
Lo estoy.
Hubo un instante de frío silencio durante el que cada cual se
sintió impresionado según su naturaleza.
Esta vez prosiguió Athos interrumpiendo el primero el silencio
D'Artagnan nos ha dado un programa excelente, y eso es lo primero que hay que
escribir.
¡Diablos! Tenéis razón, Athos prosiguió Aramis , y la redacción
es espinosa. El mismo señor canciller se vería en apuros para redactar una
epístola de esa fuerza, y sin embargo, el señor canciller redacta muy
tranquilamente un atestado. ¡No importa, callaos, escribo!
En efecto, Aramis cogió la pluma, reflexionó algunos instantes,
se puso a escribir ocho o diez líneas de una encantadora y diminuta escritura
de mujer, y luego, con voz dulce y lenta, como si cada palabre hubiera sido
sopesada escrupulosamente, leyó lo que sigue:
«Milord:
La persona que os escribe estas pocas líneas ha tenido el honor
de cruzar la espada con vos en un pequeño cercado de la calle d'Enfer. Como
luego tuvisteis a bien declararos varias veces amigo de esta persona, ésta os
debe agradecer esa amistad con un buen aviso. Dos veces habéis estado a punto
de ser víctima de un pariente próximo a quien creéis vuestro heredero, porque
ignoráis que antes de contraer matrimonio en Inglaterra estaba ya casada en
Francia. Pero la tercera vez que es ésta, podéis sucumbir a ella. Vuestro
pariente ha partido de La Rochelle para Inglaterra durante la noche. Vigilad su
llegada, porque tiene grandes y terribles proyectos. Si queréis saber
absolutamente de lo que es capaz, leed su pasado en su hombro izquierdo.»
¡Bien! A las mil maravillas dijo Athos , y tenéis pluma de
secretario de Estado, mi querido Aramis. Ahora lord de Winter estará ojo
avizor, si el aviso le llega; y aunque caiga en manos de Su Eminencia misma, no
podríamos quedar comprometidos. Mas como el criado que partirá podría hacernos
creer que ha estado en Londres y detenerse en Chátellerault, démosle sólo con
la carta la mitad de la suma, prometiéndole la otra mitad a cambio de la
respuesta. ¿Tenéis el diamante? continuó Athos.
Tengo algo mejor que eso, tengo el dinero.
Y D'Artagnan arrojó la bolsa sobre la mesa: al sonido del oro,
Aramis alzó los ojos. Porthos se estremeció; en cuanto a Athos, permaneció
impasible.
¿Cuánto hay en esa pequeña bolsa? dijo.
Siete mil libras en luises de doce francos.
¡Siete mil libras! exclamó Porthos . ¿Ese mal diamantucho valía
siete mil libras?
Eso parece dijo Athos , porque aquí están; no creo que nuestro
amigo D'Artagnan haya puesto de lo suyo.
Pero señores dijo D'Artagnan , en todo esto no pensamos en la
reina. Cuidemos algo la salud de su querido Buckingham. Es lo menos que le
debemos.
Es justo dijo Athos , pero eso concierne a Aramis.
¡Bien! respondió éste ruborizándose . ¿Qué tengo que hacer?
Es muy sencillo replicó Athos , redactar una segunda carta para
esa persona hábil que vive en Tours.
Aramis volvió a tomar la pluma, se puso a reflexionar de nuevo y
escribió las siguientes líneas, que sometió al instante mismo a la aprobación
de sus amigos:
«Mi querida prima...»
Vaya dijo Athos , ¿esa persona hábil es pariente vuestra?
Prima hermana dijo Aramis.
¡Vaya entonces por prima!
Aramis continuó:
«Mi querida prima, Su Eminencia el cardenal, a quien Dios
conserve para felicidad de Francia y confusión de los enemigos del reino, está
a punto de acabar con los rebeldes heréticos de La Rochelle: es probable que el
socorro de la flota inglesa no llegue siquiera a la vista de la plaza; me
atrevería a decir incluso que estoy seguro de que el señor de Buckingham se
verá impedido de partir por algún gran acontecimiento. Su Eminencia es el
politico más ilustre de los tiempos pasados, del tiempo presente y probablemente
de los tiempos futuros. Apagaría el sol si el sol le molestara. Dad estas
felices nuevas a vuestra hermana, querida prima. He soñado que ese maldito
inglés era matado. No puedo recordar si lo era por el hierro o por el veneno;
sólo estoy segura de que he soñado que era matado, y, ya lo sabéis, mis sueños
no me engañan jamás. Estad segura, por tanto, de que pronto me veréis volver.»
¡De maravilla! exclamó Athos . Sois el rey de los poetas; mi
querido Aramis, habláis como el Apocalipsis y sois verdadero como el Evangelio.
Ahora no os queda mas que poner las señas en esa carta.
Es muy fácil dijo Aramis.
Y plegó coquetamente la carta, la volvió y escribió:
«A mademoiselle Marie Michon, costurera de Tours.»
Los tres amigos se miraron riendo: estaban prendados.
Ahora dijo Aramis comprenderéis, señores, que sólo Bazin puede
llevar esta carta a Tours; mi prima sólo conoce a Bazin y no tiene confianza
más que en él: cualquier otro haría fracasar el asunto. Además, Bazin es
ambicioso y sabio; Bazin ha leído la historia, señores, sabe que Sixto V se
convirtió en Papa tras haber guardado puercos. Pues bien, como cuenta con
entrar en la iglesia al tiempo que yo, no desespera convertirse él también en
Papa o al menos en cardenal: com-prenderéis que un hombre que tiene semejantes
miras no se dejará prender o, si es prendido, sufrirá el martirio antes que
hablar.
Bien, bien dijo D'Artagnan , os concedo de buena gana a Bazin;
pero concededme a mí a Planchet: Milady lo hizo poner en la calle cierto día a
fuerza de bastonazos; ahora bien, Planchet tiene buena memoria y, os respondo
de ello, si puede suponer una venganza posible, antes se dejará romper la
crisma que renunciar a ella. Si vuestros asuntos en Tours son vuestros asuntos,
Aramis, los de Londres son los míos. Ruego por tanto que se escoja a Planchet,
quien además ya ha estado en Londres conmigo y sabe decir muy correctamente:
London, sir, if you please y my master lord D'Artagnan; con esto, estad
traquilos, hará su camino de ida y vuelta.
En ese caso dijo Athos , es preciso que Planchet reciba
setecientas libras para ir y setecientas libras para volver, y Bazin,
trescientas libras para ir y trescientas para volver; esto reducirá la suma a
cinco mil libras; nosotros cogeremos mil libras cada uno para emplearlas como
bien nos parezca, y dejaremos un fondo de mil libras que guardará el abate para
los casos extraordinarios o para las necesidades comunes. ¿Estáis de acuerdo?
Mi querido Athos dijo Aramis , habláis como Néstor, que era,
como todos sabemos, el más sabio de los griegos.
Pues bien, todo resuelto prosiguió Athos : Planchet y Bazin
partirán; en última instancia, no me molesta conservar a Grimaud; está
acostumbrado a mis modales, y me quedo con él, el día de ayer ha debido
baldarle, y ese viaje lo perdería.
Se hizo venir a Planchet y se le dieron las instrucciones; ya
había sido prevenido por D'Artagnan, que de primeras le había anunciado la
gloria, luego el dinero, después el peligro.
Llevaré la carta en la bocamanga de mi traje dijo Planchet , y
la tragaré si me prenden.
Pero entonces no podrás hacer el encargo dijo D'Artagnan.
Esta noche me daréis una copia, que mañana sabré de memoria.
¡Y bien! ¿Qué os había dicho?
Ahora continuó dirigiéndose a Planchet tienes ocho días para
llegar junto a lord de Winter, tienes otros ocho para volver aquí; en total,
dieciséis días; si al dieciseisavo día de tu partida, a las ocho de la tarde,
no has llegado, nada de dinero, aunque sean las ocho y cinco minutos.
Entonces, señor dijo Planchet , compradme un reloj.
Toma éste dijo Athos, dándole el suyo con una generosidad
despreocupada y sé un valiente muchacho. Piensa que si hablas, te vas de la
lengua y callejeas haces cortar el cuello a tu amo, que tiene tanta confianza
en tu fidelidad que nos ha respondido de ti. Pero piensa también que si por tu
culpa le ocurre alguna desgracia a D'Artagnan, te encontraré donde sea y será
para abrirte el vientre.
¡Oh señor! dijo Planchet, humillado por la sospecha y asustado
sobre todo por el aire tranquilo del mosquetero.
Y yo dijo Porthos haciendo girar sus grandes ojos , piensa que
te desuello vivo.
¡Ay, señor!
Y yo continuó Aramis con su voz dulce y melodiosa , piensa que
te quemo a fuego lento como un salvaje.
¡Ah, señor!
Y Planchet se puso a llorar; no nos atreveríamos a decir si fue
de terror, debido a las amenanzas que le hacían o de ternura al ver a los
cuatro amigos tan estrechamente unidos.
D'Artagnan le cogió la mano y lo abrazó.
¿Ves, Planchet? le dijo . Estos señores lo dicen todo eso por
ternura hacia mí, pero en el fondo lo quieren.
¡Ay, señor! dijo Planchet . O triunfo o me cortan en cuatro;
aunque me descuarticen, estad convencido de que ni un solo trozo hablará.
Quedó decidido que Planchet partiría al día siguiente a las ocho
de la mañana a fin de que, como había dicho, pudiera durante la noche
aprenderse la carta de memoria. Justo a las doce se llegó a este acuerdo; debía
estar de vuelta al decimosexto día, a las ocho de la tarde.
Por la mañana, en el momento en que iba a montar a caballo,
D'Artagnan, que en el fondo sentía debilidad por el duque, tomó aparte a
Planchet.
Escucha le dijo , cuando hayas entregado la carta a lord de
Winter y la haya leido, le dirás: «Velad por Su Gracia lord Buckingham, porque
lo quieren asesinar.» Pero esto, Planchet, es tan grave y tan importante que ni
siquiera he querido confesar a mis amigos que te confiaría este secreto, y ni
por un despacho de capitán querría escribírtelo.
Estad tranquilo, señor dijo Planchet , ya veréis si se puede
contar conmigo.
Y montando sobre un excelente caballo, que debía dejar a veinte
leguas de allí para tomar la posta, Planchet partió al galope, el corazón algo
encogido por la triple promesa que le habían hecho los mosqueteros, pero por lo
demás en las mejores disposiciones del mundo.
Bazin partió al día siguiente por la mañana para Tours, y tuvo
ocho días para hacer su comisión.
Los cuatro amigos, durante toda la duración de estas dos
ausencias, tenían, como fácilmente se comprenderá, el ojo en acecho más que
nunca, la nariz al viento y los oídos a la escucha. Sus jornadas se pasaban
tratando de sorprender lo que se decía de acechar los pasos del cardenal y de
olfatear los correos que llegaban. Más de una vez un estremecimiento
insuperable se apoderó de ellos cuando se los llamó para algún servicio
inesperado. Por otra parte, tenían que guardarse de su propia seguridad, Milady
era un fantasma que cuando se había aparecido una vez a las personas, no las
dejaba ya dormir tranquilas.
La mañana del octavo día, Bazin, fresco como siempre y sonriendo
según su costumbre, entró en la taberna de Parpaillot cuando los cuatro amigos
estaban a punto de almorzar, diciendo según el acuerdo fijado:
Señor Aramis, aquí está la respuesta de vuestra prima.
Los cuatro amigos intercambiaron una mirada alegre: la mitad de
la tarea estaba hecha; cierto que era la más corta y la más fácil.
Aramis, ruborizándose a pesar suyo, tomó la carta, que era de
una escritura grosera y sin ortografía.
¡Buen Dios! exclamó riendo . Decididamente no lo conseguirá;
nunca esa pobre Michon escribirá como el señor de Voiture.
¿Qué es lo que quiere tezir esa probe Mijon? preguntó el suizo,
que estaba a punto de hablar con los cuatro amigos cuando la carta había
llegado.
¡Oh, Dios mío! Nada de nada dijo Aramis , una costurerita
encantadora a la que amaba mucho y a la que le he pedido algunas líneas de su
puño y letra a manera de recuerdo.
¡Diozez! dijo el suizo . Zi ella ser tan glante como zu
ezcritura, tendrez muja fortuna gamarata.
Aramis leyó la carta y la pasó a Athos.
Ved, pues, lo que me escribe, Athos dijo.
Athos lanzó una mirada sobre la epístola, y para hacer
desvanecerse todas las sospechas que hubieran podido nacer, leyó en alta voz:
«Prima mía, mi hermana y yo adivinamos muy bien los sueños, y
tenemos incluso un miedo horroroso por ellos; pero espero que del vuestro pueda
decir que todo sueño es mentira. ¡Adiós! Portaos bien, y haced que de vez en
cuando oigamos hablar de voz.
Aglae Michon
¿Y de qué sueño habla ella? preguntó el dragón que se había a
cercado durante la lectura.
Zí, ¿de qué zueño? dijo el suizo.
¡Diantre! dijo Aramis . Es muy sencillo: de un sueño que tuve y
le conté.
¡Oh!, zí, por Tios; ez muy sencijo de gontar zu zueño; pero yo
no zueño jamás.
Sois muy dichoso dijo Athos levantándose . ¡Y me gustaría poder
decir lo mismo que vos!
¡Jamás! exclamó el suizo, encantado de que un hombre como Athos
le envidiase algo . ¡Jamás! ¡Jamás!
D'Artagnan, viendo que Athos se levantaba, hizo otro tanto, tomó
su brazo y salió.
Porthos y Aramis se quedaron para hacer frente a las chirigotas
del dragón y del suizo.
En cuanto a Bazin, se fue a acostar sobre un haz de paja; y como
tenía más imaginación que el suizo, soñó que el señor Aramis, vuelto Papa, le
tocaba con un capelo de cardenal.
Pero como hemos dicho, Bazin con su feliz retorno no había
quitado más que una parte de la inquietud que aguijoneaba a los cuatro ami gos.
Los días de la espera son largos, y D'Artagnan sobre todo hubieri apostado que
ahora los días tenían cuarenta y ocho horas. Olvidaba las lentitudes obligadas
de la navegación, exageraba el poder de Milady. Prestaba a aquella mujer, que
le parecía semejante a un demonio, auxiliares sobrenaturales como ella; al
menor ruido se imaginaba que venían a detenerle y que traían a Planchet para
carearlo con él y con sus amigos. Hay más: su confianza de antaño tan grande en
el digno picardo disminuía de día en día. Esta inquietud era tan grande que
ganaba a Porthos y a Aramis. Sólo Athos permanecía impasible como si ningún
peligro se agitara en torno suyo, y como si respirase su atmósfera cotidiana.
El decimosexto día sobre todo estos signos de agitación eran tar
visibles en D'Artagnan y sus dos amigos que no podían quedarse er su sitio, y
vagaban como sombras por el camino por el que debía volver Planchet.
Realmente les decía Athos no sois hombres, sino niños, para que
una mujer os cause tan gran miedo. Después de todo, ¿de qué se trata? ¡De ser
encarcelados! De acuerdo, pero nos sacarán de prisión: de ella ha sido sacada
la señora Bonacieux. ¿De sér decapitados: Pero si todos los días, en la
trinchera, vamos alegremente a exponernos a algo peor que eso, porque una bala
puede partirnos una pierna, y estoy convencido de que un cirujano nos hace
sufrir más cortándonos el muslo que un verdugo al cortarnos la cabeza. Estad,
por tanto, tranquilos; dentro de dos horas, de cuatro, de seis a más tardar,
Planchet estará aquí: ha prometido estar aquí, y yo tengo grandísima fe ear las
promesas de Planchet, que me parece un muchacho muy valiente.
Pero ¿si no llega? dijo D'Artagnan.
Pues bien, si no llega es que se habrá retrasado, eso es todo.
Puede haberse caído del caballo, puede haber hecho una cabriola por encima del
puente, puede haber corrido tan deprisa que haya cogido una fluxión de pecho.
Vamos, señores, tengamos en cuenta los acontecimientos. La vida es un rosario
de pequeñas miserias que el filósofo desgrana riendo. Sed filósofos como yo,
señores sentaos a la mesa y bebamos; nada hace parecer el porvenir color de
rosa como mirarlo a través de un vaso de chambertin.
Eso está muy bien respondió D'Artagnan ; pero estoy harto de
tener que temer, cuando bebo bebidas frías, que el vino salga de la bodega de
Milady.
¡Qué difícil sois! dijo Athos . ¡Una mujer tan bella!
¡Una mujer de marca! dijo Porthos con su gruesa risa.
Athos se estremeció, pasó la mano por su frente para enjugarse
él sudor y se levantó a su vez con un movimiento nervioso que no pudo reprimir.
Sin embargo, el día pasó y la noche llegó más lentamente, pero
al fin llegó; las cantinas se llenaron de parroquianos; Athos, que se había
embolsado su parte del diamante, no dejaba el Parpaillot. Había encontrado en
el señor de Busigny, que por lo demás le había dado una cena magnífica, un
partner digno de él. Jugaban, pues, juntos, como de costumbre, cuando las siete
sonaron: se oyó pasar las patrullas que iban a doblar los puestos; a las siete
y media sonó la retreta.
Estamos perdidos dijo D'Artagnan al oído de Athos.
Queréis decir que hemos perdido dijo tranquilamente Athos
sacando cuatro pistolas de su bolsillo y arrojándolas sobre la mesa . Vamos,
señores continuó , tocan a retreta, vamos a acostarnos.
Y Athos salió del Parpaillot seguido de D'Artagnan. Aramis venía
detras dando el brazo a Porthos. Aramis mascullaba versos y Portos se arrancaba
de vez en cuando algunos pelos del mostacho en señal de desesperación.
Pero he aquí que, de pronto en la oscuridad, se dibuja una
sombra, cuya forma es familiar a D'Artagnan, y que una voz muy conocida le
dice:
Señor os traigo vuestra capa, porque hace fresco esta noche.
¡Planchet! exclamó D'Artagnan ebrio de alegría.
¡Planchet! repitieron Porthos y Aramis.
Pues claro, Planchet dijo Athos . ¿Qué hay de sorprendente en
ello? Había prometido estar de regreso a las ocho, y están dando las ocho.
¡Bravo! Planchet, sois un muchacho de palabra, y si alguna vez dejáis a vuestro
amo, os guardo un puesto a mi servicio.
¡Oh, no, nunca! dijo Planchet . Nunca dejaré al señor
D'Artagnan!
Al mismo tiempo D'Artagnan sintió que Planchet le deslizaba un
billete en la mano.
D'Artagnan tenía grandes deseos de abrazar a Planchet al regreso
como lo había abrazado a la partida; pero tuvo miedo de que esta señal de
efusión, dada a su lacayo en plena calle, pareciese extraordinaria a algún
transeúnte, y se contuvo.
Tengo el billete dijo a Athos y a sus amigos.
Está bien dijo Athos , entremos en casa y lo leeremos.
El billete ardía en la mano de D'Artagnan; quería acelerar el
paso; pero Athos le cogió el brazo y lo pasó bajo el suyo; y así, el joven tuvo
que acompasar su camera a la de su amigo.
Por fin entraron en la tienda, encendieron una lámpara, y
mientras Planchet se mantenía en la puerta para que los cuatro amigos no fueran
sorprendidos, D'Artagnan, con una mano temblorosa, rompió el sello y abrió la
carta tan esperada.
Contenía media línea de una escritura completamente británica y
de una concisión completamente espartana:
«Thank you, be easy.»
Lo cual quería decir:
«¡Gracias, estad tranquilo!»
Athos tomó la carta de manos de D'Artagnan, la aproximó a la
lámpara, la prendió fuego y no la soltó hasta que no quedó reducida a cenizas.
Luego, llamando a Planchet:
Ahora, muchacho, puedes reclamar tus setecientas libras, mas no
arriesgabas gran cosa con un billete como éste.
No será por falta de haber inventado muchos medios para
guardarlo dijo Planchet.
Y bien dijo D'Artagnan cuéntanos eso.
Maldición, es muy largo, señor.
Tienes razón, Planchet dijo Athos ; además la retreta ha sonado,
y nos haríamos notar conservando la luz más tiempo que los demás.
Sea dijo D'Artagnan , acostémonos. Duerme bien, Planchet.
A fe, señor, que será la primera vez en dieciséis días.
¡También para mí! dijo D'Artagnan.
¡También para mí! replicó Porthos.
¡Y para mí también! repitió Aramis.
Pues bien, si queréis que os confiese la verdad, ¡para mí
también! dijo Athos.
Capítulo XLIX
Fatalidad
Entretanto Milady, ebria de cólera, rugiendo sobre el puente del
navío como una leona a la que embarcan, había estado tentada de arrojarse al
mar para ganar la costa, porque no podía hacerse a la idea de que había sido
insultada por D'Artagnan amenazada por Athos y que abandonaba Francia sin
vengarse de ellos. Pronto esta idea se había vuelto tan insoportable para ella
que, con riesgo de lo que de terrible podía ocurrir para ella misma, había
suplicado al capitán arrojarla junto a la costa; mas el capitán, apremiado para
escapar a su falsa posi-ción, colocado entre los cruceros franceses a ingleses
como el murciélago entre las ratas y los pájaros, tenía mucha prisa en volver a
ganar Inglaterra, y rehusó obstinadamente obedecer a lo que tomaba por un
capricho de mujer, prometiendo a su pasajera, que además le había sido
recomendada particularmente por el cardenal, dejarla, si el mar y los franceses
lo permitían, en uno de los puertos de Bretaña, bien en Lorient, bien en Brest;
pero, entretanto el viento era contrario, la mar mala, voltejeaban y daban
bordadas. Nueve días después de la salida de Charente, Milady, completamente
pálida por sus penas y su cólera, vela aparecer sólo las costas azules del
Finisterre.
Calculó que para atravesar aquel rincón de Francia y volver
junto al cardenal necesitaba por lo menos tres días; añadid un día para
desembarco, y eran cuatro; añadid esos cuatro días a los otros nueve, y eran
trece días perdidos, trece días durante los que tantos acontecimientos
importantes podían pasar en Londres. Pen"dudablemente que el cardenal
estaría furioso por su regreso y que por consiguiente estaría más dispuesto a
escuchar las quejas que se lanzarían contra ella que las acusaciones que ella
lanzarfa contra los otros. Dejó, por tanto, pasar Lorient y Brest sin
insistirle al capitán que, por su parte, se guardó mucho de dar aviso. Milady
continuo, pues, su ruta, y el mismo día en que Planchet se embarcaba de
Portsmouth para Francia, la mensajera de su Eminencia entraba triunfante en el
puerto.
Toda la ciudad estaba agitada por un movimiento extraordinario:
cuatro grandes bajeles recientemente terminados acababan de ser lanzados al
mar; de pie sobre la escollera engalanado de oro, deslumbrante, según su
costumbre, de diamantes y pedrerías, el sombrero de fieltro adornado con una
pluma blanca que volvía a caer sobre su hombro, se vela a Buckingham rodeado de
un estado mayor casi tan brillante como él.
Era una de esas bellas y raras jornadas de invierno en que
Inglaterra se acuerda de que hay sol. El astro pálido, pero sin embargo aún
espléndido, se ponía en el horizonte empurpurando a la vez el cielo y el mar
con bandas de fuego y arrojando sobre las tomes y las viejas casas de la ciudad
un último rayo de oro que hacía centellear los cristales como el reflejo de un
incendio. Milady, al respirar aquel aire del océano más vivo y más balsámico a
la proximidad de la tierra, al contemplar todo el poder de aquellos
preparativos que ella estaba encargada de destruir, todo el poderío de aquel
ejército que ella debía combatir sola ella mujer con algunas bolsas de oro, se
comparó mentalmente a Judith, la terrible judía, cuando penetró en el
campamento de los Asirios y cuando vio la masa enorme de carros, de caballos,
de hombres y de armas que un gesto de su mano debía disipar como una nube de
humo.
Entraron en la rada pero cuando se aprestaban a echar el ancla,
un pequeño cúter formidablemente armado se aproximó al navío mercante
declarándose guardacostas, a hizo echar al mar su bote, que se dirigió hacia la
escala. Aquel bote llevaba un oficial, un contramaestre y ocho remadores; sólo
el oficial subió a bordo, donde fue recibido con toda la deferencia que inspira
un uniforme.
El oficial se entretuvo algunos instantes con el patron, le hizo
leer un papel de que era portador y, por orden del capitán mercante, toda la
tripulación del navío, marineros y pasajeros, fue llevada al puente.
Cuando concluyó aquella especie de pase de lista, el official
preguntó en voz alta del punto de partida de la bricbarca, de su ruta, de sus
puntos de tierra tocados, y a todas las preguntas el capitán satisfizo sin
duda, y sin dificultad. Entonces el official comenzó a pasar revista de todas
las personas una tras otra y, deteniéndose en Milady, la consideró con gran
cuidado, pero sin dirigirle una sola palabra.
Luego volvió al capitán, le dijo aún unas palabras; y como si
fuera a él a quien en adelante el navío debiera obedecer, ordenó una maniobra
que la tripulación ejecutó al punto. Entonces el navío se puso en marcha,
siempre escoltado por el pequeño cúter, que bogaba borda con borda a su lado,
amenazando su flanco con la boca de sus seis cañones; mientras, la barca seguía
la estela del navío, débil punto junto a la enorme masa.
Durante el examen que el oficial había hecho de Milady, Milady,
como se supondrá, lo había devorado por su parte con la mirada. Mas, sea el que
fuere el hábito que esta mujer de ojos de llama tuviera de leer en el corazón
de aquellos cuyos secretos necesitaba adivinar, esta vez encontró un rostro de
una impasibilidad tal que ningún descubrimiento siguió a su investigación. El
official, que se había detenido ante ella y que sigilosamente la había
estudiado con tanto cuidado, podía tener entre veinticinco y ventiséis años;
era blanco de rostro, con ojos ; azul claro algo sumidos; su boca, fina y bien
dibujada, permanecía inmóvil en sus líneas correctas; su mentón, vigorosamente
acusado, de notaba esa fuerza de voluntad que en el tipo vulgar británico no es
ordinariamente más que cabezonería; una frente algo huidiza, como conviene a
los poetas, a los entusiastas y a los soldados, estaba apenas sombreada por una
cabellera corta y rala que, como la barba que cubría la parte baja de su
rostro, era de un hermoso color castaño oscuro.
Cuando entraron en el puerto era ya de noche. La bruma espesaba
aún más la oscuridad y formaba en torno de los fanales y de las linternas de
las escolleras un círculo semejante al que rodea la luna cuando el tiempo
amenaza con volverse lluvioso. El aire que se respiraba era triste, húmedo y
frío.
Milady, aquella mujer tan fuerte, se sentía tiritar a pesar
suyo.
El official se hizo indicar los bultos de Milady, hizo llevar su
equipaje al bote, y una vez que estuvo hecha esta operación, la invitó a ella
misma tendiéndole su mano.
¿Quién sois, señor preguntó ella , que habéis tenido la bondad
de ocuparos tan particularmente de mí?
Debéis saberlo, señora, por mi uniforme; soy oficial de la
marina inglesa respondió el joven.
Pero ¿es costumbre que los oficiales de la marina inglesa se
pongan a las órdenes de sus compatriotas cuando llegan a un puerto de Gran
Bretaña y lleven la galantería hasta conduciros a tierra?
Sí, Milady, es costumbre, no por galantería sino por prudencia,
que en tiempo de guerra los extranjeros sean conducidos a una hostería
designada a fin de que queden bajo la vigilancia del gobierno hasta una
perfecta información sobre ellos.
Estas palabras fueron pronunciadas con la cortesía más puntual y
la calma más perfecta. Sin embargo, no tuvieron el don de convencer a Milady.
Pero yo no soy extranjera, señor dijo ella con el acento más
puro que jamás haya sonado de Porstmouth a Manchester , me llamo lady Clarick,
y esta medida...
Esta medida es general, Milady, y trataríais en vano de
sustraeros a ella.
Entonces os seguiré, señor.
Y aceptando la mano del official, comenzó a descender la escala,
a cuyo extremo le esperaba el bote. El oficial la siguió: una gran capa estaba
extendida a popa, el official la hizo sentar sobre la capa y se sentó junto a
ella.
Remad dijo a los marineros.
Los ocho remos cayeron en el mar, haciendo un solo ruido,
golpeando con un solo golpe, y el bote pareció volar sobre la superficie del
agua.
Al cabo de cinco minutos tocaban tierra.
El oficial saltó al muelle y ofreció la mano a Milady.
Un coche esperaba.
Es para nosotros este coche? preguntó Milady.
Sí, señora respondió el official.
La hostería debe estar entonces muy lejos.
Al otro extremo de la ciudad.
Vamos dijo Milady.
Y subió resueltamente al coche.
El oficial veló porque los bultos fueran cuidadosamente atados
detrás de la caja, y, concluida esta operación, ocupó su sitio junto a Milady y
cerró la portezuela.
Al punto, sin que se diese ninguna orden y sin que hubiera
necesidad de indicarle su destino, el cochero partió al galope y se metió por
las calles de la ciudad.
Una recepción tan extraña debía ser para Milady amplia materia
de reflexión; por eso, al ver que el joven oficial no parecía dispuesto en modo
alguno a trabar conversación, se acodó en un ángulo del coche pasó revista una
tras otra a todas las suposiciones que se presentaan a su espíritu.
Sin embargo, al cabo de un cuarto de hora, extrañada de la
largura del camino, se inclinó hacia la portezuela para ver adónde se la
conducía. No se percibían ya casas; en las tinieblas, aparecían los árboles
como grandes fantasmas negros recorriendo uno tras otro.
Milady se estremeció.
Pero ya no estamos en la ciudad, señor dijo.
El joven guardó silencio.
No seguiré más lejos si no me decís adónde me conducís; ¡os lo
prevengo, señor!
Esta amenaza no obtuvo ninguna respuesta.
¡Oh, esto es demasiado! exclamó Milady . ¡Socorro! ¡Socorro!
Ninguna voz respondió a la suya, el coche continuo rodando con
rapidez; el oficial parecía una estatua.
Milady miró al oficial con una de esas expresiones terribles,
peculiares de su rostro y que raramente dejaban de causar su efecto; la colera
hacía centellear sus ojos en la sombra.
El joven permaneció impasible.
Milady quiso ábrir la portezuela y tirarse.
Tened cuidado, señora dijo fríamente el joven ; si saltáis os
mataréis.
Milady volvió a sentarse echando espuma; el oficial se inclinó,
la miró a su vez y pareció sorprendido al ver aquel rostro, tan bello no hacía
mucho, trastornado por la rabia y vuelto casi repelente. La astuta criatura
comprendió que se perdía al dejar ver así en su alma; volvió a serenar sus
rasgos, y con una voz gimente dijo:
En nombre del cielo, señor, decidme si es a vos, a vuestro
gobierno, o a un enemigo al que debo atribuir la violencia que se me hace.
No se os hace ninguna violencia, señora, y lo que os sucede es
el resultado de una medida totalmente simple que estamos obligados a tomar con
todos aquellos que desembarcan en Inglaterra.
Entonces, ¿vos no me conocéis, señor?
Es la primera vez que tengo el honor de veros.
Y, por vuestro honor, ¿no tenéis ningún motivo de odio contra
mí?
Ninguno, os lo juro.
Había tanta serenidad, tanta sangre fría, dulzura incluso en la
voz del joven, que Milady quedó tranquilizada.
Finalmente, tras una hora de marcha aproximadamente, el coche se
detuvo ante una verja de hierro que cerraba un camino encajonado que conducía a
un castillo severo de forma, macizo y aislado. Entonces, como las ruedas
rodaban sobre arena fina, Milady oyó un vasto mugido que reconoció por el ruido
del mar que viene a romper sobre una costa escarpada.
El coche pasó bajo dos bóvedas, y finalmente se detuvo en un
patio sombrío y cuadrado; casi al punto la portezuela del coche se abrió, el
joven saltó ágilmente a tierra y presentó su mano a Milady, que se apoyó en
ella y descendió a su vez con bastante calma.
Lo cierto es dijo Milady mirando en torno suyo y volviendo sus
ojos sobre el joven oficial con la más graciosa sonrisa que estoy prisionera;
pero no será por mucho tiempo, estoy segura añadió ; mi conciencia y vuestra
cortesía, señor, son garantías de ello.
Por halagador que fuese el cumplido, el ficial no respondió
nada; pero sacando de su cintura un pequeño silbato de plata semejante a aquel
de que se sirven los contramaestres en los navíos de guerra, silbó tres veces,
con tres modulaciones diferentes; entonces aparecieron varios hombres,
desengancharon los caballos humeantes y llevaron el coche bajo el cobertizo.
Luego, el oficial, siempre con la misma cortesía calma, invitó a
su prisionera a entrar en la casa. Esta, siempre con su mismo rostro sonriente,
le tomó el brazo y entró con él bajo una puerta baja y cimbrada que por una
bóveda sólo iluminada al fondo conducía a una escalera de piedra que giraba en
torno de una arista de piedra; luego se detuvieron ante una puerta maciza que,
tras la introducción en la cerradura de una llave que el joven llevaba consigo,
giró pesadamente sobre sus goznes y dio entrada a la habitación destinada a
Milady.
De una sola mirada la prisionera abarcó la habitación en sus
menores detalles.
Era una habitación cuyo moblaje era al mismo tiempo muy limpio
para una prisión y muy severo para una habitación de hombre libre; sin embargo,
los barrotes en las ventanas y los cerrojos exteriores de la puerta decidían la
causa en favor de la prisión.
Por un instante, toda la fuerza de ánimo de esta criatura,
templada sin embargo en las fuentes más vigorosas, la abandonó; cayó en un
sillón, cruzando los brazos, bajando la cabeza y esperando a cada instante ver
entrar a un juez para interrogarla.
Pero nadie entró, sino dos o tres soldados de marina que
trajeron los baúles y las cajas, los depositaron en un rincón y se retiraron
sin decir nada.
El oficial presidía todos estos detalles con la misma calma que
constantemente le había visto Milady, sin pronunciar una palabra y haciéndose
obedecer con un gesto de su mano o a un toque de silbato.
Se hubiera dicho que entre este hombre y sus inferiores la
lengua hablada no existía o resultaba inútil.
Finalmente Milady no se pudo contener por más tiempo y rompió el
silencio.
En nombre del cielo, señor exclamó , ¿qué quiere decir todo
cuanto pasa? Aclarad mis irresoluciones; tengo valor para cualquier peligro que
preveo, para cualquier desgracia que comprendo. ¿Dónde estoy y qué soy aqu? Si
estoy libre, ¿por qué esos barrotes y esas puertas? Si estoy prisionera, ¿qué
crimen he cometido?
Estáis aquí en la habitación que se os ha destinado, señora. He
recibido la orden de ir a recogeros en el mar y conduciros a este castillo;
creo haber cumplido esta orden con toda la rigidez de un soldado, pero también
con toda la cortesía de un gentilhombre. Ahí termina, al menos hasta el
presente, la carga que tenía que cumplir junto a vos, lo demás concierne a otra
persona.
Y esa otra persona, ¿quién es? preguntó Milady . ¿No podéis
decirme su nombre?...
En aquel momento se oyó por las escaleras un gran rumor de
espuelas; algunas voces pasaron y se apagaron, y el ruido de un paso aislado se
acercó a la puerta.
Esa persona, hela aquí, señora dijo el oficial descubriendo el
pasaje y colocándose en actitud de respeto y sumisión.
Al mismo tiempo se abrió la puerta: un hombre apareció en el
umbral...
Estaba sin sombrero, llevaba la espada al costado y estrujaba un
pañuelo entre sus dedos.
Milady creyó reconocer a aquella sombra en la sombra; se apoyó
con una mano en el brazo de su sillón y adelantó la cabeza como para ir por
delante de una certidumbre.
Entonces el extraño avanzó lentamente; y a medida que avanzaba
al entrar en el círculo de luz proyectado por la lámpara, Milady retrocedía
involuntariamente.
Luego, cuando ya no tuvo ninguna duda:
¡Cómo! ¡Mi hermano! exclamó en el colmo del estupor . ¿Sois vos?
Sí, hermosa dama respondió lord de Winter haciendo un saludo
mitad cortés, mitad irónico , yo mismo.
Pero, entonces, ¿este castillo?
Es mío.
¿Esta habitación?
Es la vuestra.
¿Soy, pues, vuestra prisionera?
Más o menos.
¡Pero esto es un horrendo abuso de fuerza!
Nada de grandes palabras; sentémonos y hablemos tranquilamente,
como conviene hacer entre un hermano y una hermana.
Luego, volviéndose hacia la puerta, y viendo que el joven
oficial esperaba sus últimas órdenes:
Está bien dijo , gracias; ahora, dejadnos, señor Felton.
Capítulo L
Charla de un hermano con su hermana
Durante el tiempo que lord de Winter tardó en cerrar la puerta,
en echar un cerrojo y acercar un asiento al sillón de su cuñada Milady,
pensativa, hundió su mirada en las profundidades de la posibilidad, y descubrió
toda la trama que ni siquiera había podido entrever mientras ignoró en qué
manos había caído. Tenía a su cuñado por un buen gentilhombre, cabal cazador,
jugador intrépido, emprendedor con las mujeres, pero de fuerza inferior a la
suya tratándose de intriga. ¿Cómo había podido descubrir su llegada? ¿Cómo
hacerla prender? ¿Por qué la retenía?
Athos le había dicho algunas palabras que probaban que la
conversación que había mantenido con el cardenal había caído en oídos extraños;
pero no podía admitir que él hubiera podido cavar una contramina tan pronta y
tan audaz.
Temió más bien que sus precedentes operaciones en Inglaterra
hubieran sido descubiertas. Buckingham podia haber adivinado que era ella quien
había cortado los dos herretes, y vengarse de aquella pequeña traición; pero
Buckingham era incapaz de entregarse a ningún exceso contra una mujer, sobre
todo si suponía que aquella mujer había actuado movida por un sentimiento de
celos.
Esta suposición le pareció la más probable; creyó que querían
vengarse del pasado y no ir al encuentro del futuro. Sin embargo, y en
cualquier caso, se congratuló de haber caído en manos de su cuñado, de quien
contaba sacar provecho, antes que entre las de un enemigo directo a
inteligente.
Sí, hablemos, hermano mío dijo ella con una especie de
jovialidad, decidida como estaba a sacar de la conversación, pese al disimulo
que pudiera aportar a ella lord de Winter, las aclaraciones que necesitaba para
regular su conducta futura.
¿Os habéis, pues, decidido a volver a Inglaterra dijo lord de
Winter , a pesar de la resolución que tan a menudo me manifestasteis en Paris
de no volver a poner los pies sobre territorio de Gran Bretaña?
Milady respondió a una pregunta con otra pregunta.
Ante todo dijo ella , decidme cómo me habéis hecho espiar tan
severamente para estar prevenidos de antemano no sólo de mi llegada, sino aun
del día, de la hora y del puerto al que llegaba.
Lord de Winter adoptó la misma táctica que Milady, pensando que,
puesto que su cuñada la empleaba, ésa debía ser la buena.
Mas, decidme vos, mi querida hermana prosiguió , qué venís a
hacer en Inglaterra.
Pero si vengo a veros prosiguió Milady, sin saber cuánto
agravaba, con esta respuesta, las sospechas que había hecho nacer en el
espíritu de su cuñado la carta de D'Artagnan, y queriendo sólo captar la
benevolencia de su oyente con una mentira.
¡Ah! ¿Verme? dijo tímidamente lord de Winter.
Claro, veros. ¿Qué hay de sorprendente en ello?
Y al venir a Inglaterra, ¿no habéis tenido otro objetivo que
verme?
No.
¿O sea, que sólo por mí os habéis tomado la molestia de
atravesar la Mancha?
Sólo por vos.
¡Vaya! ¡Cuánta ternura, hermana mía!
¿No soy acaso vuestro pariente más próximo? preguntó Milady con
el tono de ingenuidad más conmovedora.
E incluso mi única heredera, ¿no es eso? dijo a su vez lord de
Winter, fijando sus ojos sobre los de Milady.
Por mucho que fuera el poder que tuviera sobre sí misma, Milady
no pudo impedir estremecerse, y como al pronunciar las últimas palabras que
había dicho, lord de Winter había puesto la mano en el brazo de su hermana, ese
estremecimiento no se le escapó.
En efecto, el golpe era directo y profundo. La primera idea que
vino al espíritu de Milady fue que había sido traicionada por Ketty, y que ésta
le había contado al barón esa aversión interesada cuya señal había dejado
escapar imprudentemente ante su criada; recordó también la salida furiosa a
imprudente que había hecho contra D'Artagnan cuando había salvado la vida de su
cuñado.
No comprendo, milord dijo ella para ganar tiempo y hacer hablar
a su adversario . ¿Qué queréis decir? ¿Y hay algún sentido desconocido oculto
en vuestras palabras?
¡Oh, Dios mío! No dijo lord de Winter con aparente bondad . Vos
tenéis el deseo de verme, y venís a Inglaterra. Yo me entero de ese deseo, o
mejor, sospecho que lo sentís, y a fin de ahorraros todas las molestias de una
llegada nocturna a un puerto, todas las fatigas de un desembarco, envío a uno
de mis oficiales a vuestro encuentro; pongo un coche a sus órdenes y él os trae
aquí, a este castillo, del que soy gobernador, al que vengo todos los días, y
en el que, para que nuestro doble deseo de veros quede satisfecho, os hago
preparar una habitación. ¿Hay algo en cuanto digo más sorprenderte de lo que
hay en cuanto vos me habéis dicho?
No, lo que encuentro sorprendente es que vos hayáis sido
prevenido de mi llegada.
Sin embargo es la cosa más simple, querida hermana: ¿no habéis
visto que el capitán de vuestro pequeño navío había enviado por delante, al
entrar en la rada, para obtener su entrada al puerto, un pequeño bote portador
de su libro de corredera y de su registro de tripulación? Yo soy comandante del
puerto, me han traído ese libro, he reconocido en él vuestro nombre. Mi corazón
me ha dicho lo que acababa de confiarme vuestra boca, es decir, el motivo por
el que os expo-níais a los peligros de un mar tan peligroso o al menos tan
fatigante en este momento, y he enviado mi cúter a vuestro encuentro. El resto
ya lo sabéis.
Milady comprendió que lord de Winter mentía y quedó más asustada
aún.
Hermano mío continuó ella . ¿No es milord Buckingham a quien vi
sobre la escollera, por la noche, al llegar?
El mismo. ¡Ah! Comprendo que su vista os haya sorprendido
prosiguió lord de Winter . Vos venís de un país donde deben ocuparse mucho de
él, y sé que su armamento contra Francia preocupa mucho a vuestro amigo el
cardenal.
¡Mi amigo el cardenal! exclamó Milady, viendo que tanto sobre
este punto como sobre el otro lord de Winter parecía enterado de todo.
¿No es, pues, amigo vuestro? prosiguió negligentemente el barón
. ¡Ah!, perdón, eso creía; pero ya volveremos a milord duque más tarde, no nos
apartemos del giro sentimental que la conversación había tomado. ¿Venís, a lo
que decís, para verme?
Sí.
Pues bien, yo os he respondido que seríais servida a placer, y
que nos veríamos todos los días.
¿Debo, por tanto, permanecer eternamente aquí? preguntó Milady
con cierto terror.
¿Os encontráis mal alojada, hermana mía? Pedid lo que os falte,
yo me apresuraré a hacer que os lo den.
Pero no tengo ni mis mujeres ni mis criados...
Tendréis todo eso, señora; decidme en qué tren había montado
vuestro primer marido vuestra casa; aunque yo no sea más que vuestro cuñado, la
montaré en un tren parecido.
¿Mi primer marido? exclamó Milady mirando a lord de Winter con
los ojos pasmados.
Sí, vuestro marido francés; no hablo de mi hermano. Por lo
demás, si lo habéis olvidado, como aún vive podría escribirle y él me haría
llegar informes a este respecto.
Un sudor frío perló la frente de Milady.
Vos bromeáis dijo ella con una voz sorda.
¿Tengo aire de hacerlo? preguntó el barón levantándose y dando
un paso hacia atrás.
O mejor, me insultáis continuó ella apretando con sus manos
crispadas los dos brazos del sillón y alzándose sobre sus muñecas.
¿Yo insultaros? dijo lord de Winter con desprecio . En verdad,
señora, ¿creéis que es posible?
En verdad, señor dijo Milady , o estáis ebrio o sois un
insensato; salid y enviadme una mujer.
Las mujeres son muy indiscretas, hermana; ¿no podría yo serviros
de doncella? De esta forma todos nuestros secretos quedarían en familia.
¡Insolente! exclamó Milady, y, como movida por un resorte, saltó
sobre el barón, que la esperó impasible, pero, sin embargo, con una mano sobre
la guarda de su espada.
¡Eh, eh! dijo él . Sé que tenéis costumbre de asesinar a las
personas, pero yo me defenderé, os lo prevengo, aunque sea contra vos.
¡Oh, tenéis razón! dijo Milady . ¡Y me dais la impresión de ser
lo bastante cobarde como para poner la mano sobre una mujer!
Quizá sí; además tendría mi excusa: mi mano no sería la primers
mano de hombre que sería puesta sobre vos, según imagino.
Y el barón indicó con un gesto lento y acusador el hombro
izquierdo de Milady, que casi tocó con el dedo.
Milady lanzó un rugido sordo y retrocedió hasta el ángulo de la
habitación como una pantera que quiere acularse para abalanzarse.
¡Oh, rugid cuanto queráis! exclamó lord de Winter . Pero no
tratéis de morderme porque, os lo advierto, se volvería en perjuicio vuestro;
aquí no hay procuradores que arreglen de antemano las sucesiones, no hay
caballero errante que venga a buscarme pelea por la hermosa dama que retengo
prisionera, sino que tengo completamente dispuestos jueces que dispondrán de
una mujer lo bastante desvergonzada para venir a deslizarse, bígama, en el
lecho de lord de Winter, mi hermano mayor, y estos jueces, os lo advierto, os
enviarán a un verdugo que os pondrán los dos hombros parejos.
Los ojos de Milady lanzaban tales destellos que, aunque él fuera
hombre y armado ante una mujer desarmada, sintió el frío del miedo deslizarse
hasta el fondo de su alma; no por ello dejó de continuar, con un furor
creciente:
Sí, comprendo, después de haber heredado de mi hermano, os
habría sido dulce heredar de mí; pero, sabedlo de antemano, podéis matarme o
hacerme matar, mis precauciones están tomadas, ni un penique de cuanto poseo
pasará a vuestras manos. ¿No sois lo bastante rica, vos, que poseéis cerca de
un millón, y no podéis deteneros en vuestro camino fatal si no hacéis el mal
más que por el goce infinito y supremo de hacerlo? Mirad: os aseguro que si la
memoria de mi hermano no fuera sagrada iríais a pudriros en un calabozo del
Estado o a saciar en Tyburn la curiosidad de los marineros; me callaré, pero
vos soportaréis tranquilamente vuestra cautividad; dentro de quince o veinte
días parto para La Rochelle con el ejército; pero la víspera de mi partida
vendrá a recogeros un bajel, que yo veré partir y que os conducirá a nuestras
colonias del Sur; y estad tranquila, os uniré un compañero que os levantará la
tapa de los sesos a la primera tentativa que arriesguéis por volver a
Inglaterra, o al continente.
Milady escuchaba con una atención que dilataba sus ojos llenos
de llamas.
Sí, pero hasta entonces continuó lord de Winter permaneceréis en
este castillo: los muros son espesos, las puertas son fuertes, los barrotes son
sólidos; además, vuestra ventana da a pico sobre el mar; los hombres de mi
séquito, que me son fieles en la vida y en la muerte, montan guardia en torno a
esta habitación, y vigilan todos los pasajes que conducen al patio; y llegada
al patio, os quedarían aún tres verjas que atravesar. La consigna es precisa:
un paso, un gesto, una palabra que simule una evasión, y dispararán sobre vos;
si os matan, la justicia inglesa tendrá, como espero, alguna obligación conmigo
por haberle ahorrado la tarea. ¡Ah! Vuestros trazos recuperan la calma, vuestro
rostro reencuentra su seguridad. Quince días, veinte días, decís, ¡bah!; de
aquí a entonces, tengo el genio inventivo, me vendrá alguna idea; tengo el
espíritu infernal y encontraré alguna víctima. De aquí a quince días, os decís,
estaré fuera de aquí. ¡Ah, ah! Intentadio.
Viéndose adivinada, Milady se hundió las uñas en la carne para
domar todo movimiento que pudiera dar a su fisonomía una significación
cualquiera distinta a la de la angustia.
Lord de Winter continuó:
El oficial que manda aquí en mi ausencia ya lo habéis visto y lo
conocéis sabe, como veis, observar una consigna, porque, os conozco, vos no
habéis venido desde Portsmouth aquí sin haber tratado de hablarle. ¿Qué decís a
eso? ¿Habría sido más impasible y muda una estatua de mármol? Habéis ensayado
ya el poder de vuestras seducciones sobre muchos hombres, y desgraciadamente
habéis triunfado siempre; pero ensayadlo con éste, diantre; si lo conseguís, os
declaro el mismo demonio.
Fue hacia la puerta y la abrió bruscamente.
¡Qué llamen al señor Felton! dijo . Esperad un instante, voy a
recomendaros a él.
Entre los dos personajes se hizo un silencio extraño, durante el
cual se oyó el ruido de un paso lento y regular que se acercaba; al punto, en
la sombra del corredor se vio dibujarse una forma humana, y el joven teniente
con el que ya hemos trabado conocimiento se detuvo en el umbral, esperando las
órdenes del barón.
Entrad, mi querido John dijo lord de Winter , entrad y cerrad la
puerta.
El joven oficial entró.
Ahora dijo el barón , mirad a esta mujer: es joven, es bella,
tiene todas las seducciones de la tierra; pues bien, es un monstruo que a sus
veinticinco años se ha hecho culpable de tantos crímenes como podáis leer en un
año en los archivos de nuestros tribunales; su voz habla en su favor, su
belleza sirve de cebo a las víctimas, su cuerpo mismo paga lo que ha prometido,
es justicia que hay que hacerle; tratará de seduciros, quizá intente incluso
mataros. Yo os he sacado de la miseria, Felton, os he hecho nombrar teniente,
os he salvado la vida una vez, ya sabéis en qué ocasión; soy para vos no sólo
un protector, sino un amigo; no sólo un bienhechor, sino un padre; esta mujer
ha vuelto a Inglaterra a fin de conspirar contra mi vida; tengo a esta
serpiente entre mis manos; pues bien, os hago llamar y os digo: amigo Felton,
John, hijo mío, guárdame y sobre todo guárdate de esta mujer; jura por tu
salvación que la conservarás para el castigo que ha merecido. John Felton, me
fío de tu palabra; John Felton, creo en tu lealtad.
Milord dijo el joven oficial, cargando su mirada pura de todo el
odio que pudo encontrar en su corazón , milord, os juro que se hará como
deseáis.
Milady recibió aquella mirada como víctima resignada: era
imposible ver una expresión más sumisa y más dulce de la que reinaba entonces
sobre su hermoso rostro. Apenas si el propio lord de Winter reconoció a la
tigresa que un momento antes él se aprestaba a combatir.
No saldrá jamás de esta habitación, ¿entendéis, John? continuó
el barón . No se carteará con nadie, no hablará más que con vos, si es que
tenéis a bien hacerle el honor de dirigirle la palabra.
Basta, milord, he jurado.
Y ahora, señora, tratad de hacer la paz con Dios, porque estáis
juzgada por los hombres.
Milady dejó caer su cabeza como si se hubiera sentido aplastada
por este juicio. Lord de Winter salió haciendo un gesto a Felton, que salió
tras él y cerró la puerta.
Un instante después se oía en el corredor el paso pesado de un
soldado de marina que hacía de centinela, el hacha a la cintura y el mosquete
en la mano.
Milady permaneció durante algunos minutos en la misma posición,
porque pensó que se la vigilaba por la cerradura; luego, lentamente, alzó su
cabeza, que había recuperado una expresión formidable de amenaza y desafío,
corrió a escuchar a la puerta, miró por la ventana y volviendo a enterrarse en
un amplio sillón, pensó.
Capítulo LI
Oficial
Entre tanto, el cardenal esperaba nuevas de Inglaterra, pero
ninguna nueva llegaba, ni siquiera enfadosa y amenazadora.
Aunque La Rochelle estuviera bloqueada, por cierto que pudiera
parecer el éxito gracias a las precauciones tomadas y sobre todo al dique que
no dejaba ya penetrar ningún barco en la ciudad asediada, sin embargo el
bloqueo podia durar mucho tiempo todavía; y era una gran afrenta para las armas
del rey y una gran molestia para el señor cardenal, que ya no tenía, por
cierto, que malquistar a Luis XIII con Ana de Austria, ya estaba hecho, sino
conciliar al señor de Bassompie-rre, que estaba malquistado con el duque de
Angulema.
En cuanto a Monsieur, que había comenzado el asedio, dejaba al
cardenal el cuidado de acabarlo.
La ciudad, pese a la increíble perseverancia de su alcalde,
había intentado una especie de motín para rendirse; el alcalde había hecho
colgar a los amotinados. Esta ejecución calmó a las peores cabezas, que
entonces se decidieron a dejarse morir de hambre. Esta muerte les parecía
siempre más lenta y menos segura que morir por estrangulamiento.
Por su parte, de vez en cuando, los sitiadores cogían mensajeros
que los rochelleses enviaban a Buckingham, o espías que Buckingham enviaba a
los rochelleses. En uno y otro caso el proceso se hacía deprisa. El señor
cardenal decía esta sola palabra: ¡Colgadlo! Se invitaba al rey a ver el
ahorcamiento. El rey venía lánguidamente, se ponía en primera fila para ver la
operación en todos sus detalles: esto le distraía siempre algo y le hacía tomar
el asedio con paciencia, pero no le impedía aburrirse mucho ni hablar en todo
momento de volver a Paris, de suerte que, si hubieran faltado mensajeros y
espías, Su Eminencia, a pesar de toda su imaginación, se habría encontrado en
muchos apuros.
No obstante el paso del tiempo, los rochelleses no se rendían:
el último espía que se había cogido era portador de una carta. Esta carta decía
a Buckingham que la ciudad estaba en las últimas; pero en lugar de añadir: «Si
vuestro socorro no llega antes de quince días, nos rendiremos», añadía siempre:
«Si vuestro socorro no llega antes de quince días, habremos muerto todos de
hambre cuando llegue».
Los rochelleses no tenían, pues, esperanza más que en
Buckingham. Buckingham era su Mesías. Era evidente que si un día se enteraban
con certeza de que no había que contar ya con Buckingham, con la esperanza
caería su valor.
El cardenal esperaba, por tanto, con gran impaciencia las nuevas
de Inglaterra que debían anunciar que Buckingham no vendría.
El tema de apoderarse de la ciudad a viva fuerza, debatido con
frecuencia en el consejo real, había sido descartado siempre; en primer lugar,
La Rochelle parecía inconquistable, pues el cardenal, dijera lo que dijera,
sabía de sobra que el horror de la sangre derramada en este encuentro, en que
franceses debían combatir contra franceses, era un movimiento retrógrado de
sesenta años impreso en la política, y el cardenal era en aquella época lo que
hoy se denomina un hombre de progreso. En efecto, el saco de La Rochelle, el
asesinato de tres mil o cuatro mil hugonotes que se habrían hecho matar se
parecía demasiado, en 1628, a la matanza de San Bartolomé en 1572; y, además,
por encima de todo esto, este medio extremo, que nada repugnaba al rey, buen
católico, venía a estrellarse siempre contra este argumento de los generales
sitiadores: La Rochelle era inconquistable de otro modo que por el hambre.
El cardenal no podia apartar de su espíritu el temor en que le
arrojaba su terrible emisaria, porque también él había comprendido las
proposiciones extrañas de esta mujer, tan pronto serpiente como león. ¿Lo había
traicionado? ¿Estaba muerta? En cualquier caso la conocía lo bastante como para
saber que actuando a su favor o contra él, amiga o enemiga, ella no permanecía
inmóvil sin grandes impedimentos. Esto era lo que no podía saber.
Por lo demás, contaba, y con razón, con Milady: había adivinado
en el pasado de esta mujer esas cosas terribles que sólo su capa roja podía
cubrir; y sentía que por una causa o por otra, esta mujer le era adicta, al no
poder encontrar sino en él un apoyo superior al peligro que la amenazaba.
Resolvió, por tanto, hacer la guerra completamente solo y no
esperar cualquier éxito extraño más que como se espera una suerte afortunada.
Continuó haciendo elevar el famoso dique que debía hacer padecer hambre a La
Rochelle; mientras tanto, puso los ojos sobre aquella desgraciada ciudad que
encerraba tanta miseria profunda y tantas virtudes heroicas y, acordándose de
la frase de Luis XI, su predecesor politico como él era predecesor de
Robespierre, murmuró esta máxima del compadre de Tristán: «Dividir para
reinar.»
Enrique IV, al asediar Paris, hacía arrojar por encima de las
murallas pan y víveres; el cardenal hizo arrojar pequeños billetes en los que
manifestaba a los rochelleses cuán injusta, egoísta y bárbara era la conducta
de sus jefes; estos jefes tenían trigo en abundancia, y no lo compartían;
adoptaban la máxima, porque también ellos tenían máximas, de que poco importaba
que las mujeres, los niños y los viejos muriesen, con tal que los hombres que
debían defender sus murallas siguiesen fuertes y con buena salud. Hasta
entonces, bien por adhesión, bien por impotencia para reaccionar contra ella,
esta máxima, sin ser generalmene adoptada, pasaba, sin embargo, de la teoría a
la práctica; pero los billetes vinieron a atentar contra ella. Los billetes
recordaban a los hombres que aquellos hijos, aquellas mujeres, aquellos viejos
a los que se dejaba morir eran sus hijos, sus esposas y sus padres; que sería
más justo que todos fueran reducidos a la miseria común, a fin de que una misma
posición hiciera adoptar resoluciones unánimes.
Estos billetes causaron todo el efecto que podia esperar quien
los había escrito, dado que decidieron a un gran número de habitantes a iniciar
negociaciones particulares con el ejército real.
Pero en el momento en que el cardenal veía fructificar ya su
medio y se aplaudía por haberlo puesto en práctica, un habitante de La
Rochelle, que había podido pasar a través de las líneas reales, Dios sabe cómo,
pues tanta era la vigilancia de Bossompierre, de Schomberg y del duque de
Angulema, vigilados ellos mismos por el cardenal, un habitante de La Rochelle,
decíamos, entró en la ciudad procedente de Porstmouth y diciendo que había
visto una flota magnífica dispuesta a hacerse a la vela antes de ocho días.
Además, Buckingham anunciaba al alcalde que por fin iba a declararse la gran
lucha contra Francia, y que el reino iba a ser invadido a la vez por los
ejércitos ingleses, imperiales y españoles. Esta carta fue leída públicamente
en todas las plazas, se pegaron copias en las esquinas de las calles y los
mismos que habían comenzado a iniciar las negociaciones las interrumpieron,
resueltos a esperar este socorro tan pomposamente anunciado.
Esta circunstancia inesperada devolvió a Richelieu sus
inquietudes primeras, y lo forzó a pesar suyo a volver nuevamente los ojos
hacia el otro lado del mar.
Durante este tiempo, libre de las inquietudes de su único y
verdadero jefe, el ejército real llevaba una existencia alegre; los víveres no
faltaban en el campamento, ni tampoco el dinero; todos los cuerpos rivalizaban
en audacia y alegría. Coger espías y colgarlos, hacer expediciones audaces
sobre el dique o por el mar, imaginar locuras, ponerlas en práctica, tal era el
pasatiempo que hacía encontrar cortos al ejército aquellos días tan largos no
sólo para los rochelleses roídos por el hambre y la ansiedad, sino incluso por
el cardenal que los bloqueaba con tanto ardor.
A veces, cuando el cardenal, siempre cabalgando como el último
gendarme del ejército, paseaba su mirada pensativa sobre las obras, tan lentas
a gusto de su deseo, que alzaban por orden suya los ingenieros que había hecho
venir de todos los rincones de Francia, encontraba algún mosquetero de la
compañía de Tréville, se acercaba a él, lo miraba de forma singular y al no
reconocerlo por uno de nuestros compañeros, dejaba it hacia otra parte su
mirada profunda y su vasto pensamiento.
Cierto día en que, roído por un hastío mortal, sin esperanza en
las negociaciones con la ciudad, sin nuevas de Inglaterra, el cardenal había
salido sin más objeto que salir, acompañado solamente de Cahusac y de La
Houdinière, costeando las playas arenosas y mezclando la inmensidad de sus
sueños a la inmensidad del océano, llegó al paso de su caballo a una colina
desde cuya altura percibió detrás de un seto, tumbados sobre la arena y tomando
de paso uno de esos rayos de sol tan raros en esa época del año, a siete
hombres rodeados de botellas vacías. Cuatro de esos hombres eran nuestros
mosqueteros disponiéndose a escuchar la lectura de una carta que uno de ellos
acababa de recibir. Esta carta era tan importante que había hecho abandonar
sobre un tambor cartas y dados.
Los otros tres se ocupaban en destapar una damajuana de vino de
Collioure; eran los lacayos de aquellos señores.
Como hemos dicho, el cardenal estaba de sombrío humor, y nada,
cuando se encontraba en esa situación de espíritu, redoblaba tanto su
desabrimiento como la alegría de los demás. Por otro lado, tenía una
preocupación extraña: era creer que las causas mismas de su tristeza excitaban
la alegría de los extraños. Haciendo seña a La Houdinière y a Cahusac de
detenerse, descendió de su caballo y se aproximó a aquellos reidores
sospechosos, esperando que con la ayuda de la arena que apagaba sus pasos, y
del seto que ocultaba su marcha, podría oír algunas palabras de aquella
conversación que tan interesante parecía; a diez pasos del seto solamente
reconoció el parloteo gascón de D'Artagnan, y como ya sabía que aquellos
hombres eran mosqueteros, no dudó que los otros tres fueran aquellos que
llamaban los inseparables, es decir, Athos, Porthos y Aramis.
Júzguese si su deseo de oír la conversación aumentó con este
descubrimiento; sus ojos adoptaron una expresión extraña, y con paso de ocelote
avanzó hacia el seto; pero aún no había podido coger más que sílabas vagas y
sin ningún sentido positivo cuando un grito sonoro y breve lo hizo estremecerse
y atrajo la atención de los mosqueteros.
¡Oficial! gritó Grimaud.
Habláis en mi opinión de forma rara dijo Athos alzándose sobre
un codo y fascinando a Grimaud con su mirada resplandeciente.
Por eso Grimaud no añadió ni una palabra, contentándose con
tener el dedo índice en la dirección del seto y denunciando con este gesto al
cardenal y a su escolta.
De un solo salto los cuatro mosqueteros estuvieron en pie y
saludaron con respeto.
El cardenal parecía furioso.
Parece que los señores mosqueteros se hacen cuidar dijo . ¿Acaso
vienen los ingleses por tierra? ¿O no será que los mosqueteros se consideran
oficiales superiores?
Monseñor respondió Athos, porque en medio del terror general
sólo él había conservado aquella calma y aquella sangre fría de gran señor que
no lo abandonaban nunca , Monseñor, los mosqueteros, cuando no están de
servicio o cuando su servicio ha terminado, beben y juegan a los dados, y son
oficiales muy superiores para sus lacayos.
¡Lacayos! masculló el cardenal . Lacayos que tienen la orden de
advertir a sus amos cuando pasa alguien no son lacayos, son centinelas.
Su Eminencia ve, sin embargo, que si no hubiéramos tomado esta
precaución, nos habríamos expuesto a dejarle pasar sin presentarle nuestros
respetos y ofrecerle nuestra gratitud por la gracia que nos ha hecho de
reunirnos. D'Artagnan continuó Athos , vos que hace un momento pedíais esta
ocasión de expresar vuestra gratitud a Monseñor, hela aquí, aprovechadla.
Estas palabras fueron pronunciadas con aquella flema
imperturbable que distinguía a Athos en las horas de peligro, y con aquella
excesiva cortesía que hacía de él en ciertos momentos un rey más majestuoso que
los reyes de nacimiento.
D'Artagnan se acercó y balbuceó algunas palabras de gratitud,
que pronto expiraron bajo la mirada ensombrecida del cardenal.
No importa, señores continuó el cardenal, al parecer por nada
del mundo apartado de su intención primera por el incidente que Athos había
suscitado ; no importa, señores, no me gusta que simples soldados, porque
tienen la ventaja de servir en un cuerpo privilegiado, hagan de esta forma los
grandes señores, y la disciplina es la misma para ellos que para todo el mundo.
Athos dejó al cardenal acabar completamente su frase e,
inclinándose en señal de asentimiento, replicó a su vez:
La disciplina, Monseñor, no ha sido olvidada por nosotros de
ninguna manera, eso espero al menos. No estamos de servicio y hemos creído que
al no estar de servicio podíamos disponer de nuestro tiempo como bien nos
pareciera. Si somos lo bastante afortunados para que Su Eminencia tenga alguna
orden particular que darnos, estamos dispuestos a obedecerle. Monseñor ve
continuó Athos frunciendo el ceño porque aquella especie de interrogatorio
comenzaba a impacientarlo- que, para estar dispuestos a la menor alerta, hemos
salido con nuestras armas.
Y señaló con el dedo al cardenal los cuatro mosquetes en haz
junto al tambor sobre el que estaban las camas y los dados.
Tenga a bien Vuestra Eminencia creer añadió D'Amagnan- que nos
habríamos dirigido a su encuentro si hubiéramos podido suponer que era ella la
que venía hacia nosotros con tan pequeña compañía.
El cardenal se mordió los mostachos y un poco los labios.
¿Sabéis de qué tenéis aire, siempre juntos, como aquí ahora,
armados como estáis, y guardados por vuestros lacayos? dijo el cardenal .
Tenéis aire de cuatro conspiradores.
¡Oh! En cuanto a eso, Monseñor, es cierto dijo Athos , y nosotros
conspiramos, como Vuestra Eminencia pudo ver la otra mañana, sólo que contra
los rochelleses.
¡Vaya con los señores politicos! prosiguió el cardenal
frunciendo a su vez el ceño . Quizá se encontraría en vuestros cerebros el
secreto de muchas cosas que son ignoradas si se pudiera leer en ellos como
leéis en esa cama que habéis ocultado cuando me habéis visto venir.
El rubor subió al rostro de Athos, que dio un paso hacia Su
Eminencia.
Se diría que sospecháis de nosotros verdaderamente, Monseñor, y
que estamos sufriendo un auténtico interrogatorio; si es así, dígnese Vuestra
Eminencia explicarse, y por lo menos sabremos a qué atenernos.
Y aunque esto fuera un interrogatorio repücó el cardenal , otros
distintos a vosotros los han sufrido, señor Athos, y han respondido.
Por eso, Monseñor, he dicho a Vuestra Eminencia que no tenía más
que preguntar, y que nosotros estábamos prestos para responder.
¿De quién era esa carta que íbais a leer, señor Aramis, y que
vos habéis ocultado?
Una carta de mujer, Monseñor.
¡Oh! Lo supongo dijo el cardenal ; hay que ser discreto para esa
clase de cartas; sin embargo, se pueden mostrar a un confesor; como sabéis, he
recibido las órdenes.
Monseñor dijo Athos con una calma tanto más terrible cuanto que
se jugaba la cabeza al dar esta respuesta , la carta es de una mujer, pero no
está firmada ni Marion de Lorme, ni señorita D'Aiguillon.
El cardenal se volvió pálido como la muerte, un destello leonado
salió de sus ojos; se volvió como para dar una orden a Cahusac y a La
Houdiniére. Athos vio el movimiento: dio un páso hacia los mosqueteros, sobre
los que los tres amigos tenían fijos los ojos como hombres poco dispuestos a
dejarse detener. Con el cardenal eran tres; los mosqueteros, comprendidos los
lacayos, eran siete; juzgó que la pamida sería muy desigual, que Athos y sus
compañeros conspiraban real-mente; y mediante uno de esos giros rápidos que
siempre tenía a su disposición, toda su cólera se fundió en una sonrisa.
¡Vamos, vamos! dijo . Sois jóvenes valientes, orgullosos a plena
luz, fieles en la oscuridad; no hay mal alguno en vigilar sobre uno mismo
cuando se vigila tan bien sobre los demás; señores, no he olvidado la noche en
que me servisteis de escolta para it al Colombier-Rouge; si hubiera algún
peligro que temer en la ruta que voy a seguir os rogaría que me acompañaseis;
pero como no lo hay, permaneced donde estáis, acabad vuestras botellas, vuestra
partida y vuestra carta. Adiós, señores.
Y volviendo a montar en su caballo, que Cahusac le había traído,
los saludó con la mano y se alejó.
Los cuatro jóvenes, de pie a inmóviles, lo siguieron con los
ojos sin decir una sola palabra hasta que hubo desaparecido.
Luego se miraron.
Todos tenían el rostro consternado, porque pese al adiós
amistoso de Su Eminencia comprendían que el cardenal se iba con la rabia en el
corazón.
Sólo Athos sonreía con sonrisa potente y desdeñosa. Cuando el
cardenal estuvo fuera del alcance de la voz y de la vista:
¡Ese Grimaud ha gritado muy tarde! dijo Porthos, que tenia
muchas ganas de hacer caer su mal humor sobre alguien.
Grimaud iba a responder para excusarse. Athos alzó el dedo y
Grimaud se calló.
¿Habrías entregado la carta, Aramis? dijo D'Artagnan.
Estaba totalmente resuelto dijo Aramis con su voz más aflautada
: si hubiera exigido que le fuera entregada la carta, le habría presentado la
carta con una mano, y con la otra le habría pasado mi espada a través del
cuerpo.
Eso me esperaba dijo Athos ; por eso me he lanzado entre vos y
él. En verdad, ese hombre es muy imprudente al hablar así a otros hombres; se
diría que no se las ha visto más que con mujeres y niños.
Mi querido Athos dijo D'Artagnan , os admiro, pero después de
todo estábamos en culpa.
¿Cómo en culpa? prosiguió Athos . ¿De quién es este aire que
respiramos? ¿De quién este océano sobre el que se extiende nuestras miradas?
¿De quién esta arena sobre la que estamos tumbados? ¿De quién esta carta de
vuestra amante? ¿Son del cardenal? A fe mía que ese hombre se figura que el
mundo le pertenece; estáis ahí, balbuceante, estupefacto, aniquilado; se
hubiera dicho que la Bastilla se alzaba ante vos y que la gigantesca Medusa os
convertía en piedra. Veamos, ¿es que acaso es conspirar estar enamorado? Vois
estáis enamorado de una mujer a la que el cardenal ha hecho encerrar, queréis
apartarla de las manos del cardenal; es una partida que jugáis con Su
Eminencia: esa carta es vuestro juego; ¿por qué ibais a mostrar vuestro juego a
vuestro adversario? Eso no se hace. ¿Que él lo adivina? En buena hora. Nosotros
adivinamos el suyo de sobra.
De hecho dijo D'Artagnan , lo que vos decís, Athos, está lleno
de sentido.
En tal caso, que no vuelva a tratarse de lo que acaba de
ocurrir, y que Aramis prosiga la carta de su prima donde el señor cardenal le
ha interrumpido.
Aramis sacó la carta de su bolso, los tres amigos se acercaron a
él y los tres lacayos se reunieron de nuevo junto a la damajuana.
No habíais leido más que una o dos líneas dijo D'Artagnan ;
empezad, pues, la carta desde el principio.
Encantado dijo Aramis.
«Querido primo, creo que me decidiré a partir para Stenay, donde
mi hermana ha hecho entrar a nuestra pequeña criada en el convento de las
Carmelitas; esa pobre muchacha está resignada, sabe que no se puede vivir en
ninguna otra parte sin que esté en peligro la salvación de su alma. Sin
embargo, si los asuntos de nuestra familia se arreglan como nosotros deseamos,
creo que ella correrá el riesgo de condenarse, y que volverá junto a aquellos a
los que echa de menos, tanto más cuanto que sabe que se piensa siempre en ella.
Mientras tanto, no es damasiado desdichada: todo cuanto desea es una carta de
su pretendiente. Sé de sobra que esa clase de géneros pasa difícilmente por
entre las verjas; mas, después de todo, como ya os he dado pruebas de ello,
querido primo, no soy demasiado torpe y me haré cargo de esa comisión. Mi
hermana os agradece vuestro recuerdo fiel y eterno. Ha sentido por un instante
una gran inquietud; mas, finalmente, se ha tranquilizado algo ahora, tras haber
enviado a su agente allá a fin de que nada imprevisto ocurra.
Adiós, mi querido primo, dadnos nuevas de vos con la mayor
frecuencia que podáis, es decir, cuantas veces creáis poder hacerlo con
seguridad. Recibid un abrazo.
Marie Michon.»
¡Cuánto os debo, Aramis! exclamó D'Artagnan . ¡Querida Costance!
¡Por fin tengo nuevas suyas! ¡Vive, está a buen seguro en un convento, está en
Stenay! ¿Dónde pensáis que está Stenay, Athos?
A algunas leguas de las fronteras; una vez levantado el asedio,
podremos it a dar una vuelta por ese lado.
Y esperemos que no sea muy tarde dijo Porthos ; esta mañana han
colgado a un espía que ha declarado que los rochelleses estaban con los cueros
de sus zapatos. Suponiendo que tras haber comido el cuero se coman la suela, no
sé qué les quedará para después, a menos que se coman unos a otros.
¡Pobres imbéciles! dijo Athos vaciando un vaso de excelente vino
de Burdeos, que sin tener en aquella época la reputación que tiene hoy, no por
eso la merecía menos . ¡Pobres imbéciles! ¡Como si la religión católica no
fuera la más ventajosa y agradable de las religiones! Da igual prosiguió tras
haber hecho chascar su lengua contra el paladar , son gentes valientes. Mas
¿qué diablos hacéis, Aramis? continuó Athos . ¿Guardáis esa carta en vuestro
bolsillo?
Sí dijo D'Artagnan , Athos tiene razón, hay que quemarla.
Quién sabe si el señor cardenal no tiene un secreto para
interrogar a las cenizas...
Debe tener uno dijo Athos.
Pero ¿qué queréis hacer con esa carta? preguntó Porthos.
Venid aquí, Grimaud dijo Athos.
Grimaud se levantó y obedeció.
Para castigaros por haber hablado sin permiso, amigo mío, vais a
comer este trozo de papel; luego, para recompensar el servicio que nos habéis
hecho, beberéis este vaso de vino; aquí tenéis la carta primero, masticad con
energía.
Grimaud sonrió y con los ojos fijos sobre el vaso que Athos
acababa de llenar hasta el borde, trituró el papel y lo tragó.
¡Bravo, maese Grimaud! dijo Athos . Y ahora tomad esto; bien, os
dispenso de dar las gracias.
Grimaud tragó silenciosamente el vaso de vino de Burdeos, pero
sus ojos alzados al cielo hablaban durante todo el tiempo que duró esta dulce
ocupación un lenguaje que no por ser mudo era menos expresivo.
Y ahora dijo Athos , a menos que el señor cardenal tenga la
ingeniosa idea de hacer abrir el vientre de Grimaud, creo que podemos estar
casi tranquilos.
Durante este tiempo Su Eminencia continuaba su paseo melancólico
murmurando entre sus mostachos.
¡Decididamente es preciso que estos cuatro hombres sean míos!
Capítulo LII
Primera jornada de cautividad
Volvamos a Milady, a la que una mirada lanzada sobre las costas
de Francia nos ha hecho perder la vista un instante.
La volvemos a encontrar en la posición desesperada en que lo
hemos dejado, ahondando un abismo de sombrías reflexiones, sombrío infierno a
cuya puerta ha dejado casi la esperanza; porque por primera vez duda, porque
por vez primera siente miedo.
En dos ocasiones le ha fallado su fortuna, en dos ocasiones se
ha visto descubierta y traicionada, y en estas dos ocasiones ha sido contra el
genio fatal enviado sin duda por el Señor para combatirla contra lo que ha
fracasado: D'Artagnan la ha vencido a ella, esa invencible potencia del mal.
El la ha engañado en su amor, humillado en su orgullo, hecho
fracasar en su ambición, y ahora la pierde en su fortuna, la golpea en su
libertad, la amenaza incluso en su vida. Es más, ha alzado una punta de su
mascara, esa égida con que ella se cubre y que la vuelve tan fuerte.
D'Artagnan ha alejado de Buckingham, a quien ella odia como odia
a todo cuanto ha amado, la tempestad con que lo amenazaba Richelieu en la
persona de la reina. D'Artagnan se ha hecho pasar por de Wardes, hacia quien
ella sentía una de esas fantasias de tigresa, indomables como las tienen las
mujeres de ese carácter. D'Artagnan conocía ese terrible secreto que ella juró
que nadie conocería sin morir. Finalmente, en el momento en que acaba de
obtener una firma en blanco con cuya ayuda iba a vengarse de su enemigo, esa
firma en blanco le es arrancada de las manos, y es D'Artagnan quien la tiene
prisionera y quien va a enviarla a algún inmundo Botany Bay, a algún Tyburn
infame del océano Indico.
Porque indudablemente todo esto le viene de D'Artagnan; ¿de
quién procederían tantas vergüenzas amontonadas sobre su cabeza si no es de él?
Sólo él ha podido transmitir a lord de Winter todos esos horrendos secretos,
que él ha descubierto uno tras otro por una especie de fatalidad. Conoce a su
cuñado, le habrá escrito.
¡Cuánto odio destila! Allí inmóvil, con los ojos ardientes y
fijos en su cuarto desierto, ¡cómo los destellos de sus rugidos sordos, que a
veces escapan con su respiración del fondo de su pecho, acompañan perfectamente
el ruido del oleaje que asciende, gruñe, muge y viene a romperse, como una
desesperación eterna a impotente, contra las rocas sobre las cuales está
construido ese castillo sombrío y orgulloso! ¡Cómo concibe, a la luz de los
rayos que su cólera tormentosa hace brillar en su espíritu, contra la señorita
Bonacieux, contra Buckingham y, sobre todo, contra D'Artagnan, magníficos
proyectos de venganza, perdidos en las lejanías del futuro!
Sí, pero para vengarse hay que ser libre, y para ser libre,
cuando se está prisionero, hay que horadar un muro, desempotrar los barrotes,
agujerear el suelo; empresas todas estas que puede llevar a cabo un hombre
paciente y fuerte, pero ante las cuales deben fracasar las irritaciones
febriles de una mujer. Por otra parte, para hacer todo esto hay que tener
tiempo, meses, años, y ella..., ella tiene diez o doce días, según lo dicho por
lord de Winter, su fraterno y terrible carcelero.
Y, sin embargo, si fuera hombre intentaría todo esto, y quizá
triunfaría. ¿Por qué, pues, el cielo se ha equivocado de esta forma, poniendo
esta alma viril en ese cuerpo endeble y delicado?
Por eso han sido terribles los primeros momentos de cautividad:
algunas convulsiones de rabia que no ha podido vencer han pagado su deuda de
debilidad femenina a la naturaleza. Pero poco a poco ha superado los relámpagos
de su loca cólera, los estremecimientos nerviosos que han agitado su cuerpo han
desaparecido, y ahora está replegada sobre sí misma como una serpiente fatigada
que reposa.
Vamos, vamos; estaba loca al dejarme llevar así dice hundiendo
en el espejo, que refleja en sus ojos su mirada brillante, por la que parece
interrogarse a sí misma . Nada de violencia, la violencia es una prueba de
debilidad. En primer lugar, nunca he triunfado por ese medio; quizá si usara mi
fuerza contra las mujeres, tendría oportunidad de encontralas más débiles aún
que yo, y por consiguiente vencerlas, pero es contra hombres contra los que yo
lucho, y no soy para ellos más que una mujer. Luchemos como mujer, mi fuerza
está en mi debi-lidad
Entonces, como para rendirse a sí misma cuenta de los cambios
que podía imponer a su fisonomía tan expresiva y tan móvil, la hizo adoptar a
la vez todas las expresiones, desde la de la cólera que crispaba sus rasgos
hasta la de la más dulce, afectuosa y seductora sonrisa. Luego sus cabellos
adoptaron sucesivamente bajo sus manos sabias las ondulaciones que creyó que
podían ayudar a los encantos de su rostro. Finalmente, satisfecha de sí misma,
murmuró:
Vamos, nada está perdido. Sigo siendo hermosa.
Eran, aproximadamente, las ocho de la noche; Milady vio una
cama; pensó que un descanso de algunas horas refrescaria no sólo su cabeza y
sus ideas, sino también su tez. Sin embargo, antes de acostarse, le vino una
idea mejor. Había oído hablar de cena. Estaba ya desde hacía una hora en
aquella habitación, no podían tardar en traerle su comida. La prisionera no
quiso perder tiempo, y resolvió hacer, desde aquella misma noche, alguna
tentativa para sondear el terreno estudiando el carácter de las personas a las
que su custodia estaba con-fiada.
Una luz apareció por debajo de la puerta; aquella luz anunciaba
el regreso de sus carceleros. Milady, que se había levantado, se lanzó
vivamente sobre su sillón, la cabeza echada hacia atrás, sus hermosos cabellos
sueltos y esparcidos, su pecho medio desnudo bajo sus encajes chafados, una
mano sobre el corazón y la otra colgando.
Descorrieron los cerrojos, la puerta chirrió sobre sus goznes, y
en la habitación resonaron unos pasos que se aproximaron.
Poned ahí esa mesa dijo una voz que la prisionera reconoció como
la de Felton.
La orden fue ejecutada.
Traeréis antorchas y haréis el relevo del centinela continuó
Felton.
Esta doble orden que dio a los mismos individuos el joven
teniente probó a Milady que sus servidores eran los mismos hombres que sus
guardianes, es decir soldados.
Las órdenes de Felton eran ejecutadas por los demás con una
silenciosa rapidez que daba buena idea del floreciente estado en que mantenía
la disciplina.
Finalmente, Felton, que aún no había mirado a Milady, se volvió
hacia ella.
¡Ah, ah! dijo . Duerme, está bien; cuando se despierte cenará.
Y dio algunos pasos para salir.
Pero, mi teniente dijo un soldado menos estoico que su jefe, y
que se había acercado a Milady , esta mujer no duerme.
¿Cómo que no duerme? dijo Felton . ¿Entonces, qué hace?
Está desvanecida; su rostro está muy pálido, y por más que
escucho no oigo su respiración.
Tenéis razón dijo Felton tras haber mirado a Milady desde el
lugar en que se encontraba, sin dar un paso hacia ella ; id a avisar a lord de
Winter que su prisionera está desvanecida porque no sé qué hacer: el caso no
estaba previsto.
El soldado salió para cumplir las órdenes de su oficial: Felton
se sentó en un sillón que por azar se encontraba junto a la puerta y esperó sin
decir una palabra, sin hacer un gesto. Milady poseía ese gran arte, tan
estudiado por las mujeres, de ver a través de sus largas pestañas sin dar la
impresión de abrir los párpados: vislumbró a Felton que le daba la espalda,
continuó mirándolo durante diez minutos aproximadamente, y durante esos diez
minutos el impasible guardián no se volvió ni una sola vez.
Pensó entonces que lord de Winter iba a venir a dar, con su
presencia, nueva fuerza a su carcelero: su primera prueba estaba perdida,
adoptó su partido como mujer que cuenta con sus recursos; en consecuencia, alzó
la cabeza, abrió los ojos y suspiró débilmente.
A este suspiro Felton se volvió por fin.
¡Ah! Ya habéis despertado señora dijo ; nada tengo que hacer ya
aquí. Si necesitáis algo, llamad.
¡Oh, Dios mío, Dios mío! ¡Cuánto he sufrido! murmuró con aquella
voz armoniosa que, semejante a la de las encantadoras antiguas, encantaba a
todos a quienes quería perder.
Y al enderezarse en su sillón adoptó una posición más graciosa y
más abandonada aún que la que tenía cuando estaba tumbada.
Felton se levantó.
Seréis servida de este modo tres veces al día, señora dijo : por
la mañana, a las nueve; durante el día, a la una, y por la noche, a las ocho.
Si no os va bien, podéis indicar vuestras horas en lugar de las que os
propongo, y en este punto obraremos conforme a vuestros deseos.
Pero ¿voy a quedarme siempre sola en esta habitación grande y
triste? preguntó Milady.
Se ha avisado a una mujer de los alrededores, mañana estará en
el castillo, y vendrá siempre que deseéis su presencia.
Os lo agradezco, señor respondió humildemente la prisionera.
Felton hizo un leve saludo y se dirigió hacia la puerta. En el
momento en que iba a franquear el umbral lord de Winter apareció en el
corredor, seguido del soldado que había ido a llavarle la nueva del
desvanecimiento de Milady. Traía en la mano un frasco de sales.
¿Y bien? ¿Qué es? ¿Qué es lo que pasa aquî? dijo con una voz
burlona viendo a su prisionera de pie y a Felton dispuesto a salir . ¿Esta
muerta ha resucitado ya? Demonios, Felton, hijo mío, ¿no has visto que te
tomaba por un novicio y que representaba para ti el primer acto de una comedia
cuyos desarrollos tendremos sin duda el placer de seguir?
Lo he pensado, milord dijo Felton ; pero como la prisionera es
mujer después de todo, he querido tener los miramientos que todo hombre bien
nacido debe a una mujer, si no por ella, al menos por uno mismo.
Milady sintió un estremecimiento por todo su cuerpo. Estas
palabras de Felton pasaban como hielo por todas sus venas.
O sea prosiguió de Winter riendo , esos hermosos cabellos
sabiamente esparcidos, esa piel blanca y esa lánguida mirada, ¿no te han
seducido aún, corazón de piedra?
No, milord respondió el impasible joven , y creedme, se necesita
algo más que tejemanejes y coqueterías de mujer para corromperme.
En tal caso, mi bravo teniente, dejemos a Milady buscar otra
cosa y vayamos a cenar. ¡Ah!, tranquilízate, tiene la imaginación fecunda, y el
segundo acto de la comedia no tardará en seguir al primero.
Y a estas palabras lord de Winter pasó su brazo bajo el de
Felton y se lo llevó riendo.
¡Oh! Ya encontraré lo que necesitas murmuró Milady entre dientes
; estáte tranquilo pobre monje frustrado, pobre soldado convertido, que te has
cortado el uniforme de un hábito.
A propósito prosiguió de Winter deteniéndose en el umbral de la
puerta , no es preciso, Milady, que este fracaso os quite el apetito. Catad ese
pollo y ese pescado que no he hecho envenenar, palabra de honor. Me llevo
bastante bien con mi cocinero, y como no tiene que heredar de mí, tengo en él
plena y total confianza. Haced como yo. ¡Adiós, querida hermana! Hasta vuestro
próximo desvanecimiento.
Era cuanto Milady podía soportar: sus manos se crisparon sobre
su sillón, sus dientes rechinaron sordamente, sus ojos siguieron el movimiento
de la puerta que se cerró tras lord de Winter y Felton; y cuando se vio sola,
una nueva crisis de desesperación se apoderó de ella; lanzó los ojos sobre la
mesa, vio brillar un cuchillo, se abalanzó y lo cogió; pero su desengaño fue
cruel: la hoja era redonda y de plata flexible.
Una carcajada resonó tras la puerta mal cerrada, y la puerta
volvió a abrirse.
¡Ja, ja! exclamó lord de Winter . ¡Ja, ja, ja! ¿Ves, mi valiente
Felton, ves lo que te había dicho? Ese cuchillo era para ti; hijo mío, te
habría matado. ¿Ves? Es uno de sus defectos, desembarazarse así, de una forma o
de otra, de las personas que la molestan. Si te hubiera escuchado, el cuchillo
habría sido puntiagudo y de acero: entonces se acabó Felton, te habría
degollado y después de ti a todo el mundo. Mira, además, John, qué bien sabe
empuñar su cuchillo.
En efecto, Milady empuñaba aún el arma ofensiva en su mano
crispada, pero estas últimas palabras, este supremo insulto, destensaron sus
manos, sus fuerzas y hasta su voluntad.
El cuchillo cayó a tierra.
Tenéis razón, milord dijo Felton con un acento de profundo
disgusto que resonó hasta en el fondo del corazón de Milady , tenéis razón y
soy yo el que estaba equivocado.
Y los os salieron de nuevo.
Pero esta vez Milady prestó oído más atento que la primera vez,
y oyó alejarse sus pasos y apagarse en el fondo del corredor.
Estoy perdida murmuró , heme aquí en poder de gentes sobre las
que no tendré más ascendiente que sobre estatuas de bronce o granito; me
conocen de memoria y están acorazados contra todas mis armas. Es, sin embargo,
imposible que esto termine como ellos han decidido.
En efecto, como indicaba esta última reflexión, ese retorno
instintivo a la esperanza, en aquella alma profunda el temor y los sentimientos
débiles no flotaban demasiado tiempo. Milady se sentó a la mesa, comió de
varios platos, bebió un poco de vino español, y sintió que le volvía toda su
resolución.
Antes de acostarse ya había comentado, analizado, mirado por
todas su facetas, examinado desde todos los puntos de vista las palabras, los
pasos, los gestos, los signos y hasta el silencio de sus carceleros, y de este
estudio profundo, hábil y sabio, había resultado que Felton era, en conjunto,
el más vulnerable de sus dos perseguidores.
Una frase sobre todo volvía a la mente prisionera:
Si te hubiera escuchado había dicho lord de Winter a Felton.
Por tanto, Felton había hablado en su favor, puesto que lord de
Winter no había querido escuchar a Felton.
Débil o fuerte repetía Milady , ese hombre tiene un destello de
piedad en su alma; de ese destelló haré yo un incendio que lo devovará. En
cuanto al otro, me conoce, me teme y sabe lo que tiene que esperar de mí si
alguna vez me escapo de sus manos; es, pues, inútil intentar nada sobre él.
Pero Felton es otra cosa: es un joven ingenuo, puro y que parece virtuoso; a
éste hay un medio de perderlo.
Y Milady se acostó y se durmió con la sonrisa en los labios;
quien la hubiera visto durmiendo la habría supuesto una muchacha soñando con la
corona de flores que debía poner sobre su frente en la próxima fiesta.
Capitulo LIII
Segunda jornada de cautividad
Milady soñaba que por fin tenía a D'Artagnan, que asistía a su
suplicio, y era la vista de su sangre odiosa corriendo bajo el hacha del
verdugo lo que dibujaba aquella encantadora sonrisa sobre sus labios.
Dormía como duerme un prisionero acunado por su primera
esperanza.
Al día siguiente, cuando entraron en su cuarto, estaba todavía
en su cama. Felton estaba en el corredor: traía la mujer de que había hablado
la víspera y que acababa de llegar; esta mujer entró y se aproximó a la cama de
Milady ofreciéndole sus servicios.
Milady era habitualmente pálida; su tez podia, pues, equivocar a
una persona que la viera por primera vez.
Tengo fiebre dijo ella ; no he dormido un solo instante durante
toda esta larga noche, sufro horriblemente; ¿seréis vos más humana de lo que
fueron ayer conmigo?
¿Queréis que llame a un médico? dijo la mujer.
Felton escuchaba este diálogo sin decir una palabra.
Milady reflexionaba que cuanta más gente la rodease más gente
tendría que apiadar y más se redoblaría la vigilancia de lord de Winter;
además, el médico podría declarar que la enfermedad era fingida, y Milady, tras
haber perdido la primera parte, no quería perder la segunda.
Ir a buscar a un médico dijo , ¿para qué? Esos señores
declararon ayer que mi mal era una comedia; sin duda ocurriría lo mismo hoy;
porque desde ayer noche han tenido tiempo de avisar al doctor.
Entonces dijo Felton impacientado , decid vos misma, señora, qué
tratamiento queréis seguir.
¿Lo sé yo acaso? ¡Dios mío! Siento que sufro, eso es todo; me
den lo que me den, poco me importa.
Id a buscar a lord de Winter dijo Felton cansado de aquellas
quejas eternas.
¡Oh, no, no! exclamó Milady . No señor, no lo llaméis, os lo
ruego; estoy bien, no necesito nada, no lo llaméis.
Puso una vehemencia tan prodigiosa, una elocuencia tan
arrebatadora en esta exclamación, que Felton, arrobado, dio algunos pasos
dentro de la habitación.
«Está emocionado», pensó Milady.
Sin embargo, señora dijo Felton , si sufrís realmente se enviará
a buscar un médico, y si nos engañáis, pues bien, entonces tanto peor para vos,
pero al menos por nuestra parte no tendremos nada que reprocharnos.
Milady no respondió; pero echando hacia atrás su hermosa cabeza
sobre la almohada, se fundió en lágrimas y estalló en sollozos.
Felton la miró un instante con su impasibilidad ordinaria;
luego, como la crisis amenazaba con prolongarse, salió; la mujer lo siguió.
Lord de Winter no apereció.
Creo que empiezo a verlo claro murmuró Milady con una alegría
salvaje, sepultándose bajo las sábanas para ocultar a cuantos pudieran espiarle
este arrebato de satisfacción interior.
Transcurrieron dos horas.
Ahora es tiempo de que la enfermedad cese dijo ; levantémonos y
obtengamos algunos éxitos desde hoy; no tengo más que diez días, y esta noche
se habrán pasado dos.
Al entrar por la mañana en la habitación de Milady, le habían
traído su desayuno; y ella había pensado que no tardarían en venir a levantar
la mesa, y que en ese momento volvería a ver a Felton.
Milady no se equivocaba. Felton reapareció y, sin prestar
atención a si Milady había tocado o no la comida, hizo una señal para que se
llevasen fuera de la habitación la mesa, que ordinariamente traían
completamente servida.
Felton se quedó el último, tenía un libro en la mano.
Milady, tumbada en un sillón junto a la chimenea, hermosa,
pálida y resignada, parecía una virgen santa esperando el martirio.
Felton se aproximó a ella y dijo:
Lord de Winter, que es católico como vos, señora, ha pensado que
la privación de los ritos y de las ceremonias de vuestra religión puede seros
penosa: consiente, pues, en que leáis cada día el ordinario de vuestra misa, y
este es un libro que contiene el ritual.
Ante la forma en que Felton depositó aquel libro sobre la mesita
junto a la que estaba Milady, ante el tono con que pronunció estas dos
palabras: vuestra misa, ante la sonrisa desdeñosa con que las acompañó, Milady
alzó la cabeza y miró más atentamente al oficial.
Entonces, en aquel peinado severo, en aquel traje de una
sencillez exagerada, en aquella frente pulida como el mármol, pero dura a
impenetrable como él, reconoció a uno de esos sombríos puritanos que con tanta
frecuencia había encontrado tanto en la corte del rey Jacobo como en la del rey
de Francia, donde, pese al recuerdo de San Bartolomé, venían a veces a buscar
refugio.
Tuvo, pues, una de esas inspiraciones súbitas como sólo las
gentes de genio las reciben en las grandes crisis, en los momentos supremos que
deben decidir su fortuna o su vida.
Estas dos palabras: vuestra misa, y una simple ojeada sobre
Felton le habían revelado, en efecto, toda la importancia de la respuesta que
iba a dar.
Pero con esa rapidez de inteligencia que le era peculiar,
aquella respuesta se presentó completamente formulada a sus labios:
¡Yo! dijo con un acento de desdén, puesto al unísono con aquel
que había observado en la voz del joven oficial , yo, señor, ¿mi misa? Lord de
Winter, el católico corrompido, sabe bien que yo no soy de su religión, y que
es una trampa que quiere tenderme.
¿Y de qué religión sois entonces, señora? preguntó Felton con
una sorpresa que, pese al dominio que sobre sí mismo tenía, no pudo ocultar por
completo.
Lo diré exclamó Milady con exaltación fingida el día en que haya
sufrido lo suficiente por mi fe.
La mirada de Felton descubrió a Milady toda la extensión del
espacio que acababa de abrirse con esta sola frase.
Sin embargo, el joven oficial permaneció mudo a inmóvil: sólo su
mirada había hablado.
Estoy en manos de mis enemigos prosiguió ella con ese tono de
entusiasmo que sabía familiar a los puritanos . Pues bien, ¡que mi Dios me
salve o perezca yo por mi Dios! He ahí la respuesta que os suplico deis por mí
a lord de Winter. Y en cuanto a ese libro añadió ella señalando el ritual con
la punta del dedo, pero sin tocarlo como si temiera mancillarse a tal
contacto-, podéis llevároslo y serviros de él vos mismo, porque sin duda sois
doblemente cómplice de lord de Winter, cómplice en su persecución, cómplice en
su herejía.
Felton no respondió, tomó el libro con el mismo sentimiento de
repugnancia que ya había manifestado y se retiró pensativo. Lord de Winter vino
hacia las cinco de la tarde; Milady había tenido tiempo durante todo el día de
trazarse su plan de conducta; lo recibió como mujer que ya ha recuperado todas
sus ventajas.
Parece dijo el barón sentándose en un sillón frente al que
ocupaba Milady y extendiendo indolentemente sus pies sobre el hogar , parece
que hemos cometido una pequeña apostasía.
¿Qué queréis decir, señor?
Quiero decir que desde la última vez que nos vimos hemos
cambiado de religión; ¿os habréis casado por casualidad con un tercer marido
protestante?
Explicaos, milord prosiguió la prisionera con majestad , porque
os declaro que oigo vuestras palabras pero que no las comprendo.
Entonces es que no tenéis religión de ningún tipo; prefiero esto
prosiguió riéndose burlonamente lord de Winter.
Es cierto que eso va mejor con vuestros principios replicó
fríamente Milady.
¡Oh! Os confieso que me da completamente igual.
Aunque no confesarais esa indiferencia religiosa, milord,
vuestros excesos y vuestros crímenes darían fe de ella.
¡Vaya! Habláis de excesos, señora Mesalina; habláis de crímenes,
lady Macbeth. O yo he oído mal o, diantre, sois bien impúdica.
Habláis así porque sabéis que nos escuchan, señor respondió
fríamente Milady , y porque queréis interesar a vuestros carceleros y a
vuestros verdugos contra mí.
¡Mis carceleros! ¡Mis verdugos! Bueno, señora, lo tomáis en un
tono poético y la comedia de ayer se vuelve esta noche tragedia. Por lo demás,
dentro de ocho días estaréis donde debéis estar, y mi tarea habrá acabado.
¡Tarea infame! ¡Tarea impía! replicó Milady con la exaltación de
la víctima que provoca a su juez.
Palabra de honor que creo dijo de Winter levantándose que la
bribona se vuelve loca. Vamos, vamos, calmaos, señora puritana, u os hago meter
en el calabozo. Diantre, es mi vino español el que se os sube a la cabeza, ¿no
es así? Estad tranquila, esa embriaguez no es peligrosa y no tendrá
consecuencias.
Y lord de Winter se retiró jurando, cosa que en aquella época
era un hábito completamente caballeresco.
Felton estaba en efecto detrás de la puerta y no había perdido
ni palabra de toda esta escena.
Milady había adivinado bien.
¡Sí! ¡Vete, vete! le dijo a su hermano . Por el contrario, las
consecuencias se acercan, pero tú no las verás, imbécil, sino cuando sea tarde para
evitarlas.
Se restableció el silencio, transcurrieron dos horas; trajeron
la cena y encontraron a Milady ocupada en hacer sus oraciones, oraciones que
había aprendido de un viejo servidor de su segundo marido, un puritano de los
más austeros. Parecía en éxtasis y no pareció prestar atención siquiera a lo
que pasaba en torno suyo. Felton hizo señal de que no se la molestara, y cuando
todo quedó preparado él salió sin ruido con los soldados.
Milady sabía que podia ser espiada; continuó, pues, sus
oraciones hasta el final, y le pareció que el soldado que estaba de centinela a
su puerta no caminaba con el mismo paso y que parecía escuchar.
Por el momento no pretendía más, se levantó, se sentó a la mesa,
comió poco y no bebió más que agua.
Una hora después vihieron a levantar la mesa, pero Milady
observó que esta vez Felton no acompañaba a los soldados.
Temía, por tanto, verla con demasiada frecuencia.
Se volvió hacia la pared para sonreír, porque en esa sonrisa
había tal expresión de triunfo que esa sola sonrisa la habría denunciado.
Aún dejó transcurrir media hora, y como en aquel momento todo
estaba en silencio en el viejo castillo, como no se oía más que el eterno
murmullo del oleaje, esa respiración inmensa del océano, con su voz pura,
armoniosa y vibrante comenzó la primera estrofa de este salmo que gozaba
entonces de gran favor entre los puritanos:
Señor, si nos abandonas
es para uer si somos fuertes,
mas luego eres tú quien das
con tu celeste mano la palma a nuestros esfuerzos.
Estos versos no eran excelentes, les faltaba incluso mucho para
serlo; mas como todos saben, los protestantes no se las daban de poetas.
Al cantar, Milady escuchaba: el soldado de guardia a su puerta
se había detenido como si se hubiera convertido en piedra. Milady pudo por
tanto juzgar el efecto que había producido.
Entonces ella continuó su canto con un fervor y un sentimiento
inexpresables; le pareció que los sonidos se desparramaban a lo lejos bajo las
bóvedas a iban como un encanto mágico a dulcificar el corazón de sus
carceleros. Sin embargo, parece que el soldado de centinela, celoso católico
sin duda, agitó el encanto, porque a través de la puerta dijo:
¡Callaos, señora! Vuestra canción es triste como un De
profundis, y si además de estar de guardia aquí hay que oír cosas semejantes,
no habrá quien aguante.
¡Silencio! dijo una voz grave que Milady reconoció como la de
Felton . ¿A qué os mezcláis, gracioso? ¿Os ha ordenado alguien impedir cantar a
esta mujer? No. Se os ha ordenado custodiarla, disparar sobre ella si intenta
huir. Custodiadla; si huye, matadla; pero no alteréis en nada las órdenes.
Una expresión de alegría indecible iluminó el rostro de Milady,
mas esta expresión fue fugitiva como el reflejo de un rayo, y sin dar la
impresión de haber oído el diálogo del que no se había perdido ni una palabra,
siguió dando a su voz todo el encanto, toda la amplitud y toda la seducción que
el demonio había puesto en ella:
Para tantos lloros y miseria,
para mi exilio y para mis cadenas,
tengo mi juuentud, mi plegaria,
y Dios, que tendrá en cuenta los males que he sufrido
Aquella voz, de una amplitud nunca oída y de una pasión sublime,
daba a la poesía ruda a inculta de estos salmos una magia y una expresión que
los puritanos más exaltados raramente encontraban en los cantos de sus
hermanos, que ellos se veían obligados a adornar con todos los recursos de su
imaginación: Felton creyó oír cantar al ángel que consolaba a los tres hebreos
en el horno:
Milady continuó:
Mas para nosotros llegará el día
de la liberación, Dios justo y fuerte;
y si nuestra esperanza es engañado
siempre nos queda el martirio y la muerte.
Esta estrofa, en la que la terrible encantadora se esforzó por
poner toda su alma acabó de sembrar el desorden en el corazón del joven
oficial; abrió bruscamente la puerta y Milady lo vio aparecer pálido como
siempre, pero con los ojos ardientes y casi extraviados.
¿Por qué cantáis así dijo y con semejante voz?
Perdón, señor dijo Milady con dulzura , olvidaba que mis cantos
no son de recibo en esta casa. Sin duda os he ofendido en vuestras creencias;
pero ha sido sin querer, os lo juro, perdonadme, pues, una falta que quizá es
grande, pero que desde luego es involuntaria.
Milady estaba tan bella en aquel momento, el éxtasis religioso
en que parecía sumida daba tal expresión a su semblante que Felton,
deslumbrado, creyó ver al ángel que hacía un instante sólo creía oír.
Sí, sí respondió , sí: perturbáis, agitáis a las personas que
viven en este castillo.
Y el pobre insensato no se daba cuenta de la incoherencia de sus
frases, mientras Milady hundía su ojo de lince en lo más profundo de su
corazón.
Me callaré dijo Milady bajando los ojos con toda la dulzara que
pudo dar a su voz, con toda la resignación que pudo impnmir a su porte.
No, no, señora dijo Felton ; sólo que cantad menos alto, sobre
todo por la noche.
Y a estas palabras, Felton, sintiendo que no podría conservar
mucho tiempo su severidad para con la prisionera, se precipitó fuera de su
habitación.
Habéis hecho bien, teniente dijo el soldado ; esos cantos
perturban el alma; sin embargo, uno termina por acostumbrarse. ¡Es tan hermosa
su voz!
Capítulo LIV
Tercera jornada de cautividad
Felton había venido, pero todavía tenía que dar un paso. Había
que retenerlo, o mejor, era preciso que se quedase solo, y Milady sólo
oscuramente veía aún el medio que debía conducirla a este resultado.
Se necesitaba más aún: había que hacerlo hablar, a fin de
hablarle también. Porque Milady lo sabía de sobra, su mayor seducción estaba en
su voz, que recorría con tanta habilidad toda la gama de tonos, desde la
palabra humana hasta el lenguaje celeste.
Y, sin embargo, pese a toda su seducción, Milady podría fracasar
porque Felton estaba prevenido, y esto contra el menor azar. Desde ese momento,
vigiló todas sus acciones, todas sus palabras, hasta la más simple mirada de
sus ojos, hasta su gesto, hasta su respiración, que se podía interpretar como
un suspiro. En fin ella estudió todo, como hace un hábil cómico a quien se
acaba de dar un papel nuevo en un puesto que no tiene la costumbre de ocupar.
Respecto a lord de Winter su conducta era más fácil: también
estaba decidida desde la víspera. Permanecer muda y digna en su presencia,
irritarlo de vez en cuando por medio de un desdén afectado, por medio de una
palabra despectiva, empujarlo a amenazas y a violencias que hicieran contraste
con su resignación, tal era su proyecto. Felton vería: quizá no dijera nada;
pero vería.
Por la mañana Felton vino como de costumbre; pero Milady le dejó
presidir todos los preparativos del desayuno sin dirigirle la palabra. Por eso,
en el momento en que iba él a retirarse, ella tuvo un rayo de esperanza; porque
creyó que era él quien iba a hablar; pero sus labios se movieron sin que ningún
sonido saliera de su boca, y haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, encerró en su
corazón las palabras que iban a escapar de sus labios, y salió.
Hacia mediodía, entró lord de Winter.
Hacía un hermoso día de invierno, y un rayo de ese pálido sol de
Inglaterra que ilumina pero no calienta, pasaba a través de los barrotes de la
prisión.
Milady miraba por la ventana, y fingió no oír la puerta que se
abría.
¡Vaya vaya! dijo lord de Winter . Tras haber hecho comedia, tras
haber hecho tragedia, ahora hacemos melancolía.
La prisionera no respondió.
Sí, sí continuó lord de Winter , comprendo; de buena gana
quisierais estar en libertad en esa orilla; de buena gana querríais, sobre un
buen navío, hender las olas de ese mar verde como la esmeralda; querríais de
buena gana, bien en tierra, bien sobre el océano, tenderme una de esas buenas
emboscadas que tan bien sabéis combinar. ¡Paciencia, paciencia! Dentro de
cuatro días os será permitida la orilla, os será abierto el mar, más abierto de
lo que quisierais, porque dentro de cuatro días Inglaterra será desembarazada
de vos.
Milady unió las manos, y alzando sus hermosos ojos al cielo:
¡Señor, Señor! dijo con una angélica suavidad de gesto y de
entonación . Perdonad a este hombre como yo lo perdono.
Sí, reza, maldita exclamó el barón . Tu oración es tanto más
generosa cuanto que, te lo juro, estás en poder de un hombre que no perdonará.
Y salió.
En el momento en que salía, una mirada penetrante se coló por la
puerta entreabierta, y ella vislumbró a Felton que volvía a su sitio
rápidamente para no ser visto por ella.
Entonces se arrojó de rodillas y se puso a rezar.
¡Dios mío, Dios mío! dijo . Vos sabéis por qué santa causa
sufro; dadme, pues, la fuerza de sufrir.
La puerta se abrió suavemente; la hermosa suplicante fingió no
haber oído, y con una voz llena de lágrimas continuó:
¡Dios vengador, Dios de bondad! ¿Dejaréis que se cumplan los
horribles proyectos de este hombre?
Sólo entonces fingió ella oír el ruido de los pasos de Felton y,
alzándose rápida como el pensamiento, se ruborizó como si tuviera vergüenza de
haber sido sorprendida de rodillas.
No me gusta molestar a los que rezan, señora dijo gravemente
Felton ; no os molestéis, pues, por mí, os lo suplico.
¿Cómo sabéis que rezaba? Señor dijo Milady, con una voz ahogada
por los sollozos , os equivocáis; señor, yo no rezaba.
¿Pensáis acaso, señora respondió Felton con su misma voz grave,
aunque con un acento más dulce que me creo con derecho de impedir a una
criatura prosternarse ante su Creador? ¡No lo permita Dios! Por otra parte, el
arrepentimiento sienta bien a los culpables; sea el que fuere el crimen que
haya cometido, un culpable a los pies de Dios me parece sagrado.
¡Culpable yo! dijo Milady con una sonrisa que habría desarmado
al angel del juicio final . ¡Culpable! ¡Dios mío, tú sabes bien si lo soy! Si
decís que estoy condenada, señor, sea en buena hora; pero ya lo sabéis Dios,
que ama a los mártires, permite que, a veces, se condene a los inocentes.
Si estuvierais condenada, si fuerais mártir respondió Felton ,
razón de más para rezar, y yo mismo os ayudaría con mis plegarias.
¡Oh! Vos sois justo exclamó Milady, precipitándose a sus pies ;
mirad, no puedo resistir por más tiempo, porque temo que me falten las fuerzas
en el momento en que tenga que sostener la lucha y confesar mi fe; escuchad,
pues, la súplica de una mujer desesperada. Os engañan, señor, pero no se trata
de esto, no os pido más que una gracia, y si me la concedéis, os bendeciré en
este mundo y en el otro.
Hablad con el señor, señora dijo Felton ; afortunadamente no
estoy encargado ni de perdonar ni de castigar; y es alguien más alto que yo a
quien Dios ha confiado esa responsabilidad.
A vos, no, sólo a vos. Escuchadme, antes de contribuir a mi
perdición, antes de contribuir a mi ignominia.
Si habéis merecido esa vergüenza, señora, si habéis incurrido en
esa ignominia, hay que sufrirla ofreciéndola a Dios.
¡Qué decís! ¡Oh, no me comprendéis! Cuando yo hablo de
ignominia, creéis que hablo de un castigo cualquiera, de la prisión o de la
muerte. ¡Ojalá plazca al cielo! ¿Qué me importan a mí la muerte o la prisión?
Soy yo quien ahora no os comprende, señora.
O quien finge no comprenderme, señor respondió la prisionera con
una sonrisa de duda.
¡No, señora, por el honor de un soldado, por la fe de un
cristiano!
¡Cómo! ¿Ignoráis los designios de lord de Winter sobre mí?
Los ignoro.
Imposible, sois su confidente.
Yo no miento nunca, señora.
¡Oh! Se esconde demasiado poco para que no se le adivine.
Yo no trato de adivinar nada, señora; yo espero que se confíe a
mí; y aparte de lo que ante vos me ha dicho, lord de Winter nada me ha
confiado.
Mas exclamó Milady con un increíble acento de verdad , ¿no sois,
pues, su cómplice, no sabéis, pues, que él me destina a una vergüenza que todos
los castigos de la tierra no podrían igualar en horror?
Os equivocáis, señora dijo Felton enrojecido ; lord de Winter no
es capaz de semejante crimen.
«Bueno dijo Milady para sus adentros , ¡sin saber lo que es, lo
llama crimen!»
Y luego, en voz alta:
El amigo del infame es capaz de todo.
¿A quién llamáis infame? preguntó Felton.
¿Hay en Inglaterra dos hombres a quien un nombre semejante pueda
convenir?
¿Os referís a Georges Villiers? dijo Felton, cuyas miradas se
inflamaron.
A quien los paganos, los gentiles y los infieles llaman duque de
Buckingham prosiguió Milady . ¡No habría creído que hubiera un inglés en toda
Inglaterra que necesitara una explicación tan larga para reconocer a aquel al
que me refería!
La mano del Señor está extendida sobre él dijo Felton , no
escapará al castigo que merece.
Felton no hacía sino expresar respecto al duque el sentimiento
de execración que todos los ingleses habían consagrado a aquel a quien los
mismos católicos llamaban el exactor, el concusionario, el disoluto, y a quien
los puritanos llamaban simplemente Satán.
¡Oh, Dios mío, Dios mío! exclamó Milady . Cuando os suplico
enviar a ese hombre el castigo que le es debido, sabéis que no es por venganza
propia por lo que lo persigo, sino que es la liberación de todo un pueblo lo
que imploro.
¿Lo conocéis entonces? preguntó Felton.
«Por fin me pregunta», se dijo a sí misma Milady en el colmo de
la alegría por haber llegado tan pronto a tan gran resultado.
¡Oh! ¿Si lo conozco? ¡Claro que sí! ¡Para mi desgracia, para mi
desgracia eterna!
Y Milady se torció los brazos como llegada al paroxismo del dolor.
Felton sintió sin duda en sí mismo que su fuerza lo abandonaba, y dio algunos
pasos hacia la puerta; la prisionera, que no lo perdía de vista, saltó en su
persecución y lo detuvo.
¡Señor! exclamó . Sed bueno, sed clemente, escuchad mi ruego:
ese cuchillo que la fatal prudencia del barón me ha quitado, porque sabe el uso
que quiero hacer de él. ¡Oh, escuchadme hasta el final! ¡Ese cuchillo dejádmelo
un mimuto solamente, por gracia, por piedad! Abrazo vuestras rodillas; mirad,
cerraréis la puerta, no es en vos en quien quiero usarlo. ¡Dios!, en vos, el
único ser justo, bueno y compasivo que he encontrado; en vos, mi salvador
quizá; un minuto, ese cuchillo, un minuto, uno sólo, y os lo devuelvo por el
postigo de la puerta; nada más que un minuto, señor Felton, ¡y habréis salvado
mi honor!
¡Mataros! exclamó Felton con terror, olvidando retirar sus manos
de las manos de la prisionera . ¡Mataros!
¡He dicho señor murmuró Milady bajando la voz y dejándose caer
abatida sobre el suelo , he dicho mi secreto! Lo sabe todo, Dios mío, estoy
perdida.
Felton permanecía de pie, inmóvil e indeciso.
«Aún duda pensó Milady , no he sido suficientemente verdadera.»
Se oyó caminar en el corredor; Milady reconoció el paso de lord
de Winter. Felton lo reconoció también y se adelantó hacia la puerta.
Milady se abalanzó.
¡Oh!, ni una palabra dijo con voz concentrada , ni una palabra
de cuanto os he dicho a ese hombre, o estoy perdida, y seréis vos, vos...
Luego, como los pasos se acercaban, ella se calló por miedo a
que su voz fuera oída, apoyando con un gesto de terror infinito su hermosa mano
sobre la boca de Felton. Felton rechazó suavemente a Milady, que fue a caer
sobre una tumbona.
Lord de Winter pasó ante la puerta sin detenerse, y se oyó el
ruido de los pasos que se alejaban.
Felton, pálido como la muerte, permaneció algunos instantes con
el oído tenso y escuchando; luego, cuando el ruido se hubo apagado por
completo, respiró como un hombre que sale de un sueño, y se precipitó fuera de
la habitación.
¡Ah! dijo Milady escuchando a su vez el ruido de los pasos de
Felton, que se alejaban en dirección opuesta a los de lord de Winter . ¡Por fin
eres mío!
Luego su frente se ensombreció.
Si le habla al barón dijo , estoy perdida, porque el barón, que
sabe de sobra que no me mataré, me pondrá delante de él un cuchillo en las
manos, y él verá que toda esta gran desesperación no era más que un juego.
Fue a situarse ante el espejo y se miró: jamás había estado tan
bella.
¡Oh, sí dijo sonriendo , pero él no hablará!
Por la noche, lord de Winter vino con la cena.
Señor le dijo Milady , ¿vuestra presencia es un accesorio
obligado de mi cautividad, o podríais ahorrarme ese aumento de torturas que
causan vuestras visitas?
¡Cómo, querida hermana! dijo de Winter . ¿No me anunciasteis
sentimentalmente, con esa linda boca tan cruel hoy para mí, que veníais a
Inglaterra con el único fin de verme a vuestro gusto, goce cuya privación,
según decíais, sentíais tanto que lo arriesgasteis todo por eso: mareo,
tempestad, cautividad? Pues bien, aquí me tenéis, quedad satisfecha; además,
esta vez mi visita tiene un motivo.
Milady se estremeció, creyó que Felton había hablado; nunca en
toda su vida quizá aquella mujer, que había experimentado tantas emociones
potentes y opuestas, había sentido latir su corazón tan violentamente.
Estaba sentada; lord de Winter cogió un sillón, lo acercó a su
lado y se sentó junto a ella; luego, sacando de su bolso un papel que desplegó
lentamente:
Mirad le dijo , quería mostraros esta especie de pasaporte que
yo mismo he redactado y que en adelante os servirá de número de orden en la
vida que consiento en dejaros.
Luego, volviendo sus ojos de Milady al papel, leyó:
«Orden de conducir a...»
El nombre está en blanco interrumpió lord de Winter . Si tenéis
alguna preferencia, indicádmela; y con tal que sea a un millar de leguas de
Londres, se hará a vuestro gusto. Prosigo:
«Orden de conducir a... la citada Charlotte Backson, marcada por
la justicia del reino de Francia, mas liberada por el castigo; permanecerá en
esa residencia, sin apartarse nunca de ella más de tres leguas. En caso de
tentativa de evasión, le será aplicada la pena de muerte. Recibirá cinco
chelines diarios para su alojamiento y alimentación.»
Esa orden no me concierne a mí respondió fríamente Milady ,
porque lleva un nombre distinto al mío.
¡Un nombre! Pero ¿es que tenéis uno?
Tengo el de vuestro hermano.
Os equivocáis, mi hermano sólo es vuestro segundo marido, y el
primero todavía vive. Decidme su nombre y lo pondré en vez del nombre de
Charlotte Backson. ¿No? ¿No queréis?... ¿Guardáis silencio? ¡Está bien! Seréis
inscrita bajo el nombre de Charlotte Backson.
Milady permaneció silenciosa; sólo que en esta ocasión no era ya
por su afectación, sino por terror; creyó que la orden estaba dispuesta a ser
ejecutada: pensó que lord de Winter había adelantado su partida; creyó que
estaba condenada a partir aquella misma noche. En su mente todo lo vio, pues,
perdido durante un instante cuando de pronto se dio cuenta de que la orden no
estaba adornada con ninguna firma.
La alegría que sintió ante este descubrimiento fue tan grande
que no la pudo ocultar.
Sí, sí dijo lord de Winter, que se dio cuenta de lo que ella
pensaba . Sí, buscáis la firma y os decís: no todo está perdido, porque ese
acta no está firmada; me lo enseñan para asustarme, eso es todò. Os equivocáis:
mañana esta orden será enviada a lord de Buckingham; pasado mañana volverá
firmada por su puño y adornada con su sello, y veinticuatro horas después, y de
eso yo soy quien os responde, recibirá su principio de ejecución. Adiós,
señora, eso es todo lo que tenía que deciros.
Y yo os responderé, señor, que ese abuso de poder y ese exilio
bajo nombre supuesto son una infamia.
¿Preferís ser colgada bajo vuestro verdadero nombre, Milady? Ya
lo sabéis, las leyes inglesas son inexorables cuando se abusa del matrimonio;
explicaos con franqueza: aunque mi nombre, o mejor el nombre de mi hermano, se
halle mezclado en todo esto, correré el riesgo del escándalo en un proceso
público con tal de estar seguro de que al mismo tiempo me veré libre de vos.
Milady no respondió, pero se tornó pálida como un cadáver.
¡Ah, ya veo que preferís la peregrinación! Divinamente, señora,
y hay un viejo proverbio que dice que los viajes forman a la juventud. ¡A fe
que no estáis equivocada después de todo: la vida es buena! Por eso no me
preocupa que vos me la quitéis. Todavía queda por arreglar el asunto de los
cinco chelines; me muestro algo parsimonioso, ¿no es as? Se debe a que no me
preocupa que corrompáis a vuestros guardianes. Además, siempre os quedarán
vuestros encantos para seducirlos. Usadlos si vuestro fracaso con Felton no os
ha asqueado de las tentativas de ese género.
«Felton no ha hablado se dijo Milady , nada está perdido aún.»
Y ahora, señora, hasta luego. Mañana vendré para anunciaros la
partida de mi mensajero.
Lord de Winter se levantó, saludó irónicamente a Milady y salió.
Milady respiró: todavía tenía cuatro días por delante; cuatro días le bastaban
para terminar de seducir a Felton.
Una idea terrible se le ocurrió entonces: que lord de Winter
enviaría quizá al propio Felton a hacer firmar la orden a Buckingham; de esa
suerte Felton se le escapaba, y para que la prisionera triunfase se necesitaba
la magia de una seducción continua.
Sin embargo, como hemos dicho, una cosa la tranquilizaba: Felton
no había hablado.
No quiso parecer conmocionada por las amenazas de lord de
Winter, se sentó a la mesa y comió.
Luego, como había hecho la víspera, se puso de rodillas y
repitió en voz alta sus oraciones. Como la víspera, el soldado dejó de caminar
y se detuvo para escucharla.
Al punto oyó pasos más ligeros que los del centinela que venían
del fondo del corredor y que se detenían ante su puerta.
Es él dijo.
Y comenzó el mismo canto religioso que la víspera había exaltado
tan violentamente a Felton.
Mas, aunque su voz dulce, plena y sonora vibró más armoniosa y
más desgarradora que nunca, la puerta permaneció cerrada. En una de las miradas
furtivas que lanzaba sobre un pequeño postigo, le pareció a Milady vislumbrar a
través de la reja cerrada los ojos ardientes del joven; pero fuera realidad o
visión, esta vez él tuvo sobre sí mismo el poder de no entrar.
Sólo que instantes después de que ella terminara su canto
religioso, Milady creyó oír un profundo suspiro; luego los mismos pasos que
había oído acercarse se alejaron lentamente y como con pesar.
Capítulo LV
Cuarta jornada de cautividad
Al día siguiente, cuando Felton entró en la habitación de
Milady, la encontró de pie, subida sobre un sillón, teniendo entre sus manos
una cuerda tejida con la ayuda de algunos pañuelos de batista desgarrados en
tiras trenzadas unas con otras atadas cabo con cabo; al ruido que Felton hizo
al abrir la puerta, lady saltó con presteza al pie de su sillón, y trató de
ocultar tras ella aquella cuerda improvisada que sostenía en la mano.
El joven estaba aún más pálido que de costumbre, y sus ojos
enrojecidos por el insomnio indicaban que había pasado una noche febril.
Sin embargo, su frente estaba armada de una serenidad más
austera que nunca.
Avanzó lantamente hacia Milady, que se había sentado, y cogiendo
un cabo de la trenza asesina que por descuido, o adrede quizá, ella había
dejado ver:
¿Qué es esto, señora? preguntó fríamente.
¿Esto? Nada dijo Milady sonriendo con esa expresión dolorosa que
tan bien sabía dar ella a su sonrisa . El hastío es el enemigo mortal de los
prisioneros, me aburría y me he divertido trenzando esta cuerda.
Felton dirigió los ojos hacia el punto del muro de la habitación
ante el que había encontrado a Milady de pie sobre el sillón en que ahora
estaba sentada, y por encima de su cabeza divisó un gancho dorado, empotrado en
el muro, y que servía para colgar bien los uniformes, bien las armas.
Temblaba, y la prisionera vio aquel temblor; porque aunque
tuviera los ojos bajos, nada se le escapaba.
¿Y qué hacéis de pie sobre ese sillón? preguntó.
¿Qué os importa? respondió Milady.
Deseo saberlo contestó Felton.
No me preguntéis dijo la prisionera ; vos sabéis de sobra que a
nosotros, los verdaderos cristianos, nos está prohibido mentir.
Pues bien dijo Felton ; voy a deciros lo que hacíais, o mejor,
lo que ibais a hacer: ibais a acabar la obra fatal que alimentáis en vuestro
espíritu; pensad, señora, que si nuestro Dios prohíbe la mentira, prohíbe mucho
más severamente aún el suicidio.
Cuando Dios ve a una de esas criaturas injustamente perseguida,
colocada entre el suicidio y el deshonor, creedme, señor, respondió Milady con
un tono de profunda convicción , Dios le perdona el suicidio; porque entonces
el suicidio es el martirio.
Decís demasiado o demasiado poco; hablad, señora, en nombre del
cielo, explicaos.
¿Que os cuente mis desgracias para que las tratéis de fábulas?
¿Que os diga mis proyectos para que vayáis a denunciarlos a mi perseguidor? No,
señor. Además, ¿qué os importa la vida o la muerte de una infeliz condenada?
Vos no responderéis más que de mi cuerpo, ¿no es as? Y con tal que presentéis
un cadáver que sea reconocido por el mío, no se os exigirá más y quizá incluso
tengáis recompensa doble.
¡Yo, señora, yo! exclamó Felton . ¿Suponer que aceptaré el
premio de vuestra vida? ¡Oh, no pensáis en lo que decís!
Dejadme hacer, Felton, dejadme hacer dijo Milady exaltándose ;
todo soldado debe ser ambicioso, ¿no es as? Vos sois teniente; pues bien,
seguiréis mi cortejo con el grado de capitán.
Pero ¿qué os he hecho yo dijo Felton trastornado para que me
carguéis con semejante responsabilidad ante los hombres y ante Dios? Dentro de
algunos días os marcharéis muy lejos de aquí, señora, vuestra vida no estará ya
bajo mi custodia, y entonces añadió él con un suspiro haréis lo que queráis.
O sea exclamó Milady como si no pudiera resistir a una santa
indignación , vos, un hombre piadoso, vos a quien se llama un justo, no pedís
otra cosa: no ser inculpado, no ser inquietado por mi muerte.
Yo debo velar por vuestra vida, señora, y velaré por ella.
Mas ¿comprendéis la misión que cumplís? Cruel ya, si yo fuera
culpable, ¿qué nombre le daríais, qué nombre le dará el Señor si soy inocente?
Yo soy soldado, señora, y cumplo las órdenes que he recibido.
¿Creéis que el día del jucio final Dios separará los verdugos
ciegos de los jueces inicuos? Vos no queréis que yo mate mi cuerpo, y os hacéis
el agente de quien quiere matar mi alma.
Pero, os lo repito prosiguió Felton transtornado , ningún
peligro os amenaza, y yo respondo por lord de Winter como de mí mismo.
¡Insensato! exclamó Milady Pobre insensato que se atreve a
responder de otro hombre cuando los más sabios, cuando los más grandes, según
Dios, dudan en responder de ellos mismos, y que se coloca en el partido más
fuerte y más feliz para abrumar a la más débil y más desdichada.
Imposible, señora, imposible murmuró Felton, que en el fondo de
su corazón sentía la justicia de este argumento ; prisionera, no recuperaréis
por mí la libertad; viva, no perderéis por mí la vida.
Sí exclamó Milady , pero perderé lo que es mucho más caro que la
vida, perderé el honor, Felton, y seréis vos, vos, a quien yo haré responsable
ante Dios y ante los hombres de mi vergüenza y de mi infamia.
Esta vez Felton, por más impasible que fuera o que fingiera ser,
no pudo resistir a la influencia secreta que ya se había apoderado de él: ver a
aquella mujer tan hermosa, blanca como la más cándida visión, verla
alternativamente desconsolada y amenazadora, sufrir a la vez el ascendiente del
dolor y de la belleza, era demasiado para un visionario, era demasiado para un
cerebro minado por los sueños ardientes de la fe extática, era demasiado para
un corazón corroído a la vez por el amor del cielo que abrasa, por el odio de
los hombres que devora.
Milady vio la turbación, sentía por intuición la llama de las
pasiones opuestas que ardían con la sangre en las venas del joven fanático; y
como un general hábil que, viendo al enemigo dispuesto a retroceder, marcha
sobre él lanzando el grito de victoria, ella se levantó, bella como una
sacerdotisa antigua, inspirada como una virgen cristiana, y con el brazo
extendido, el cuello al descubierto, los cabellos esparcidos, reteniendo con
una mano su vestido púdicamente recogido sobre su pecho, la mirada iluminada
por ese fuego que ya había llevado el desor-den a los sentidos del joven
puritano, caminó hacia él, exclamando con un aire vehemente de su voz tan
dulce, a la que, en aquella ocasión, prestaba un acento terrible:
Entrega a Baal su víctima,
arroja a los leones el mártir:
¡Dios hará que te arrepientas!...
A él clamo desde el abismo.
Felton se detuvo ante este extraño apóstrofe, como petrificado.
¿Quién sois vos, quién sois vos? exclamó él juntando las manos .
¿Sois una enviada de Dios, sois un ministro de los infiernos, sois ángel o
demonio, os llamáis Eloah o Astarté?
¿No me has reconocido, Felton? Yo no soy ni un ángel ni un
demonio, soy una hija de la tierra, soy una hermana de tu creencia, eso es
todo.
¡Sí, sil dijo Felton . Aún dudaba, pero ahora creo.
¡Crees y, sin embargo, eres el cómplice de ese hijo de Belial
que se llama lord de Winter! ¡Crees y, sin embargo, me dejas en manos de mis
enemigos, del enemigo de Inglaterra, del enemigo de Dios! ¡Crees y, sin
embargo, me entregas a quien llena y mancilla el mundo con sus herejías y sus
desenfrenos, a ese infame Sardanápalo a quien los ciegos llaman duque de
Buckingham y a quien los creyentes llaman el anticristo!
¿Yo entregaros a Buckingham? ¿Yo? ¿Qué decís?
Tienen ojos exclamó Milady y no verán; tienen oídos y no oirán.
Sí, sí dijo Felton pasándose las manos por la frente cubierta de
sudor como para arrancar de ella su última duda ; sí, reconozco la voz que me
habla en mis sueños: sí, reconozco los rasgos del ángel que se me aparece cada
noche, gritando a mi alma que no puede dormir: «¡Golpea, salva a Inglaterra,
sálvate a ti mismo, porque morirás sin haber calmado a Dios!» ¡Hablad, hablad!
exclamó Felton . Ahora puedo comprenderos.
Un destello de alegría terrible, pero rápido como el
pensamiento, brotó de los ojos de Milady.
Por fugitiva que hubiera sido aquella luz homicida, Felton la
vio y se estremeció como si aquella luz hubiera iluminado los abismos del
corazón de aquella mujer.
Felton se acordó de pronto de las advertencias de lord de
Winter, de las seducciones de Milady, de sus primeras tentativas desde su
llegada; retrocedió un paso y bajó la cabeza, pero sin cesar de mirarla; como
si, fascinado por aquella extraña criatura, sus ojos no pudieran desprenderse
de sus ojos.
Milady no era mujer capaz de equivocarse en cuanto al sentido de
aquella duda. Bajo sus aparentes emociones su sangre fría no la abandonaba.
Antes de que Felton le hubiera respondido y de que ella se viera obligada a
proseguir aquella conversación tan difícil de sostener en el mismo acento de
exaltación, dejó caer sus manos y, como si la debilidad de la mujer se
superpusiese al entusiamo del instante:
Mas no dijo , no me toca a mí ser la Judith que libró a Betulia
de este Holofernes. La espada del Eterno es demasiado pesada para mi brazo.
Dejadme, pues, rehuir el deshonor de la muerte, dejadme refugiarme en el
martirio. No os pido ni la libertad, como haría un culpable, ni la venganza,
como haría una pagana. Dejadme rríorir, eso es todo. Os suplico, os imploro de
rodillas: dejadme morir, y mi último suspiro será una bendición para mi
salvador.
Ante esta voz dulce y suplicante, ante esta mirada tímida y
abatida, Felton se acercó. Poco a poco la encantadora se había revestido de
aquellos adornos mágicos que se ponía y quitaba a voluntad, es decir, la
belleza, la dulzura, las lágrimas y, sobre todo, el irresistible atractivo de
la voluptuosidad mística, la más devoradora de las voluptosidades.
¡Ay! dijo Felton . No puedo más que una cosa, compadeceros si me
probáis que sois una víctima. Mas lord de Winter tiene crueles quejas contra
vos. Vos sois cristiana, sois mi hermana en religión; me siento arrastrado
hacia vos, yo que no he amado más que a mi bienhechor, yo, que no he encontrado
en la vida más que traidores e impíos. Pero vos, señora, tan bella en realidad,
tan pura en apariencia, para que lord de Winter os persiga, habréis cometido
iniquidades.
Tienen ojos repitió Milady con un acento indecible de dolor- y
no verán; tienen oídos y no oirán.
Entonces exclamó el joven oficial hablad, hablad, pues.
¡Confiaros mi vergüenza! exclamó Milady con el rubor del pudor
en el rostro . Porque a menudo el crimen de uno es la vergüenza del otro.
¡Confiaros mi vergüenza a vos, un hombre; yo, una mujer! ¡Oh! continuo ella
llevando púdicamente su mano sobre sus hermosos ojos . ¡Oh, jamás, jamás podré!
¡A mí, a un hermano! exclamó Felton.
Milady lo miró largo tiempo con una expresión que el joven
oficial tomó por duda, y que, sin embargo, no era más que una observación y,
sobre todo, voluntad de fascinar.
Felton, suplicante a su vez, juntó las manos.
Pues bien dijo Milady , me fío de mi hermano, me atrevo.
En ese momento se oyó el paso de lord de Winter; pero esta vez
el terrible cuñado de Milady no se contentó, como había hecho la víspera, con
pasar delante de la puerta y alejarse: se detuvo, cambió dos palabras con el
centinela, luego la puerta se abrió y apareció él.
Mientras se habían cambiado esas dos palabras, Felton había
retrocedido vivamente, y cuando lord de Winter entró, él estaba a algunos pasos
de la prisionera.
El barón entró lentamente y dirigió su mirada escrutadora de la
prisionera al joven oficial.
Hace mucho tiempo, John dijo , que estáis aquí. ¿Os ha contado
esa mujer sus crímenes? Entonces comprendo la duración de la entrevista.
Felton temblaba, y Milady sintió que estaba perdida si no acudía
en ayuda del puritano desconcertado.
¡Ah! ¡Teméis que vuestra prisionera se os escape! dijo ella .
Pues bien, preguntad a vuestro digno carcelero qué gracia solicitaba de él hace
un instante.
¿Pedíais una gracia? dijo el baron suspicaz.
Sí, milord replicó el joven confuso.
Y veamos, ¿qué gracia? preguntó lord de Winter.
Un cuchillo que ella me devolverá por el postigo un mimuto
después de haberlo recibido respondió Felton.
¿Hay aquí alguien escondido a quien esta graciosa persona quiera
degollar? prosiguió lord de Winter con su voz burlona y despreciativa.
Estoy yo respondió Milady.
Os he dado a elegir entre América y Tyburn replicó lord de
Winter ; escoged Tyburn, Milady: la cuerda es todavía más segura que el
cuchillo creedme.
Felton palideció y dio un paso adelante pensando que, en el
momento en que él había entrado, Milady tenía una cuerda.
Tenéis razón dijo ésta , y ya había pensado en ello luego añadió
con una voz sorda : lo volveré a pensar.
Felton sintió correr un estremecimiento hasta en la médula de
sus huesos; probablemente lord de Winter percibió este movimiento.
Desconfía, John dijo . John, amigo mío, me he apoyado en ti, ten
cuidado. ¡Te he prevenido! Además, ten valor, hijo mío, dentro de tres días nos
veremos libres de esta criatura, y donde la envíen no perjudicará a nadie.
¡Ya lo oís! exclamó Milady con escándalo de tal forma que el
barón creyó que ella se dirigía al cielo y que Felton comprendió que era para
él.
Felton bajó la cabeza y meditó.
El barón tomó al oficial por el brazo volviendo la cabeza sobre
su hombro, a fin de no perder de vista a Milady hasta haber salido.
Vamos, vamos dijo la prisionera cuando la puerta se hubo cerrado
, no estoy tan adelantada como creía. Winter ha cambiado su estupidez ordinaria
por una prudencia desconocida. ¡Lo que es el deseo de venganza, y cuánto forma
al hombre ese deseo! En cuanto a Felton, duda. ¡Ay, no es un hombre como ese
maldito D'Artagnan! Un puritano no adora más que a las vírgenes, y las adora
juntando las manos. Un mosquetero ama a las mujeres, y las ama juntado los
brazos.
Sin embargo, Milady esperó con impaciencia, porque sospechaba
que la jornada no pasaría sin volver a ver a Felton. Por fin una hora después
de la escena que acabamos de contar, oyó que se hablaba en voz baja junto a la
puerta, luego al punto la puerta se abrió y reconoció a Felton.
El joven avanzó rápidamente por el cuarto, dejando la puerta
abierta tras él y haciendo señal a Milady de callarse; tenía el rostro
alterado.
¿Qué me queréis? dijo ella.
Escuchad respondió Felton en voz baja , acabo de alejar al
centinela para poder permanecer aquí sin que se sepa que he venido, para
hablaros sin que se pueda oír lo que os digo. El barón acaba de contarme una
historia espantosa.
Milady adoptó una sonrisa de víctima resignada y sacudió la
cabeza.
O vos sois un demonio continuó Felton , o el barón, mi
bienhechor, mi padre, es un monstruo. Os conozco desde hace cuatro días, le amo
a él desde hace diez años; puedo, pues, dudar entre los dos; no os asustéis de
lo que os digo, necesito estar convencido. Esta noche, después de las doce,
vendré a veros, vos me convenceréis.
No, Felton, no, hermano mío dijo ella , el sacrificio es
demasiado grande, y siento cuánto os cuesta. No, estoy perdida, no os perdáis
conmigo. Mi muerte será mucho más elocuente que mi vida, y el silencio del
cadáver os convencerá mucho mejor que las palabras de la prisionera.
Callaos, señora exclamó Felton , y no me habléis así; he venido
para que me prometáis bajo palabra de honor, para que me juréis por lo más
sagrado para vos que no atentaréis contra vuestra vida.
No quiero prometer dijo Milady porque nadie más que yo respeta
el juramento y, si prometiera, tendría que cumplirlo.
¡Pues bien! dijo Felton . Comprometeos sólo hasta el momento en
que me volváis a ver. Si cuando me hayáis vuelto a ver persistís aún, ¡pues
bien!, entonces seréis libre, y yo mismo os daré el arma que me habéis pedido.
¡De acuerdo! dijo Milady . Esperaré por vos.
Juradlo.
Lo juro por nuestro Dios. ¿Estáis contento?
Bien dijo Felton ; hasta esta noche.
Y se precipitó fuera del cuarto, volvió a cerrar la puerta y
esperó fuera, con el espontón del soldado en la mano, como si hubiera montado
la guardia en su lugar.
Una vez vuelto el soldado, Felton le devolvió el arma.
Entonces, a través del postigo al que se había acercado, Milady
vio al joven persignarse con un fervor delirante a irse por el corredor con un
transporte de alegría.
En cuanto a ella, volvió a su puesto con una sonrisa de salvaje
desprecio en sus labios, y repitió blasfemando ese nombre terrible de Dios por
el que había jurado sin haber aprendido nunca a conocerlo.
¡Mi Dios! dijo ella . ¡Fanático insensato! ¡Mi Dios soy yo, yo,
y él quien me ayudará a vengarme!
Capítulo LVI
Quinta jornada de cautividad
Milady había llegado a la mitad del triunfo y el éxito obtenido
redoblaba sus fuerzas.
No era difícil vencer, como lo había hecho hasta entonces, a
hombres prontos a dejarse seducir y a quienes la educación galante de la corte
arrastraba pronto a la trampa; Milady era bastante hermosa para no encontrar
resistencia de parte de la carne, y era bastante hábil para pasar por encima de
todos los obstáculos del espíritu.
Mas esta vez tenía que luchar contra una naturaleza salvaje,
concentrada, insensible a fuerza de austeridad; la religión y la penitencia
habían hecho de Felton un hombre inaccesible a las seducciones corrientes. Daba
vueltas en aquella cabeza exaltada a planes tan vastos, a proyectos tan
tumultuosos, que no quedaba en ella sitio para ningún amor, de capricho o de
materia, ese sentimiento que se nutre de ocio y crece con la corrupción. Milady
había abierto por tanto brecha, con su falsa virtud, en la opinión de un hombre
horriblemente prevenido contra ella, y con su belleza en el corazón y los
sentidos de un hombre casto y puro. Finalmente, se había mostrado a sí misma la
medida de sus medios, desconocidos para ella misma hasta entonces, mediante
esta experiencia hecha sobre el sujeto más rebelde que la naturaleza y la
religión podían someter a su estudio.
Sin embargo, durante la velada muchas veces había desesperado
ella del destino y de sí misma; no invocaba a Dios, ya lo sabemos, pero tenía
fe en el genio del mal, esa inmensa soberanía que reina en todos los detalles
de la vida humana, y a la que, como en la fábula árabe, un grano de granada le
basta para reconstruir un mundo perdido.
Milady, bien preparada para recibir a Felton, pudo montar sus
baterías para el día siguiente. Sabía que no le quedaban más que dos días, que
una vez firmada la orden por Buckingham (y Buckingham la firmaría tanto más
fácilmente cuanto que la orden llevaba un nombre falso, y que no podría él
reconocer a la mujer de que se trataba), una vez firmada aquella orden,
decíamos, el barón la haría embarcar inmediatamente, y sabía también que las
mujeres condenadas a la deportación usan armas mucho menos poderosas en sus
seducciones que las pretendidas mujeres virtuosas cuya belleza ilumina el sol
del mundo, cuyo espíritu alaba la voz de la moda y un reflejo de aristocracia
adora con sus luces encantadas. Ser una mujer condenada a una pena miserable a
infamante no es impedimento para ser bella, pero es un obstáculo para volverse
alguna vez poderosa. Como todas las gentes de mérito real, Milady conocía el
medio que convenía a su naturaleza, a sus recursos. La pobreza le repugnaba, la
abyección disminuía dos tercios de su grandeza. Milady no era reina sino entre
las reinas; su dominación necesitaba el placer del orgullo satisfecho. Mandar a
seres inferio-res era para ella más una humillación que un placer.
Desde luego, habría vuelto de su exilio, eso no lo dudaba ni un
instante; pero ¿cuánto tiempo podría durar ese exilio? Para una naturaleza
activa y ambiciosa como la de Milady, los días que uno no se ocupa en subir son
días nefastos. ¡Piénsese, pues, cuál es la palabra con que deben denominarse
los días que uno emplea en descender! Perder un año, dos años, tres años; es
decir, una eternidad, volver cuando D'Artagnan, feliz y triunfante, hubiera
recibido de la reina, junto con sus amigos, la recompensa que se habían
granjeado de sobra con los servicios que habían prestado: era ésta una de esas
ideas devoradoras que una mujer como Milady no podía soportar. Por lo demás, la
tormenta que bramaba en ella duplicaba su fuerza, y habría hecho estallar los
muros de su prisión si su cuerpo hubiera podido tomar por un solo instante las
proporciones de su espíritu.
Luego, lo que en medio de todo esto la aguijoneaba era el
recuerdo del cardenal. ¿Qué debía pensar, qué debía decir de su silencio el
cardenal, desconfiado, inquieto, suspicaz; el cardenal, no sólo su único apoyo,
su único sostén, su único protector en el presente, sino además el principal
instrumento de su fortuna y de su venganza futura? Ella lo conocía, ella sabía
que a su retraso tras un viaje inútil, por más que arguyese la prisión, por más
que exaltase los sufrimientos soportados, el cardenal respondería con aquella
calma burlona del escéptico potente a la vez por la fuerza y por el genio: «¡No
teníais que haberos dejado coger!»
Entonces Milady reunía toda su energía, murmurando en el fondo
de su pensamiento el nombre de Felton, el único destello de luz que penetraba
hasta ella en el fondo del infierno en que había caído; y como una serpiente
que enrolla y desenrolla sus anillos para darse ella misma cuenta de su fuerza,
envolvía de antemano a Felton en los mil repliegues de su imaginación
inventiva.
Sin embargo el tiempo transcurría, las horas, unas tras otras,
parecían despertar la campana al pasar, y cada golpe del badajo de bronce
repercutía en el corazón de la prisionera. A las nueve, lord de Winter hizo su
visita acostumbrada, miró la ventana y los barrotes, sondeó el suelo y los
muros, inspeccionó la chimenea y las puertas sin que durante esta larga y
minuciosa inspección ni él ni Milady pronunciasen una sola palabra.
Indudablemente los dos comprendían que la situación se había
vuelto demasiado grave para perder el tiempo en palabras inútiles y en cóleras
sin efecto.
Vamos, vamos dijo el barón al dejarla , ¡esta noche todavía no
escaparéis!
A las diez vino Felton a colocar un centinela; Milady reconoció
su paso. Ahora lo adivinaba ella como una amante adivina el del amado de su
corazón, y, sin embargo, Milady detestaba y despreciaba a la vez a aquel débil
fanático.
No era la hora convenida, Felton no entró.
Dos horas después, y cuando daban las doce, el centinela fue
relevado.
Esta vez sí era la hora; por eso, a partir de ese momento Milady
esperó con impaciencia.
El nuevo centinela comenzó a pasearse por el corredor.
Al cabo de diez minutos llegó Felton.
Milady prestó oído.
Escucha dijo el joven al centinela no te alejes de este puesto
bajo ningún pretexto, porque sabes que la noche pasada un soldado fue castigado
por milord por haber dejado su puesto un instante, aunque fui yo quien, durante
su corta ausencia, vigiló en su puesto.
Sí, lo sé dijo el soldado.
Te recomiendo, por tanto, la más exacta vigilancia. Yo añadió
voy a entrar para inspeccionar por segunda vez la habitación de esta mujer, que
según temo tiene siniestros proyectos contra sí misma y a la cual he recibido
orden de cuidar.
Bueno murmuró Milady , ¡ya tenemos al austero puritano
mintiendo!
En cuanto al soldado, se contentó con sonreír.
¡Diantre! Mi teniente dijo , no sois tan desgraciado por estar
encargado de semejantes comisiones, sobre todo si milord os autoriza a mirar
hasta en su cama.
Felton se ruborizó; en cualquier otra circunstancia hubiera
reprendido al soldado que se permitía semejante broma; pero su conciencia
murmuraba demasiado alto para que su boca osase hablar.
Si llamo dijo , ven; igual que si alguien viene, llámame.
Sí, mi teniente dijo el soldado.
Felton entró en la habitación de Milady. Milady se levantó.
¿Ya estáis aquî? dijo ella.
Os había prometido venir dijo Felton y he venido.
Me habíais prometido otra cosa además.
¿Qué? ¡Dios mío! dijo el joven que, pese a su dominio sobre sí
mismo, sentía sus rodillas temblar y comenzar a brotar el sudor en su frente.
Habíais prometido traerme un cuchillo y dejármelo tras nuestra
conversación.
No habléis de eso, señora dijo Felton no hay situación por
terrible que sea que autorice a una criatura de Dios a darse la muerte. He
reflexionado que no debo hacerme nunca culpable de semejante pecado.
¡Ah, habéis reflexionado! dijo la prisionera sentándose en su
sillón con una sonrisa de desdén . También yo he reflexionado.
¿En qué?
En que yo no tenía nada que decir a un hombre que no mantenía su
palabra.
¡Dios mío! murmuró Felton.
Podéis retiraros dijo Milady , no hablaré.
¡Aquí está el cuchillo! dijo Felton sacando de su bolsillo el
arma que según su promesa había traído, pero que dudaba en entregar a su
prisionera.
Veámoslo dijo Milady.
¿Qué vais a hacer?
Palabra de honor, os lo devuelvo al momento; lo pondré sobre la
mesa y vos quedaréis entre él y yo.
Felton tendió el arma a Milady, que examinó atentamente su
temple y probó la punta en el extremo de su dedo.
Bien dijo ella devolviendo el cuchillo al joven oficial , es un
buen acero; sois un fiel amigo, Felton.
Felton cogió el arma y la puso sobre la mesa como acababa de ser
acordado con su prisionera.
Milady lo siguió con los ojos e hizo un gesto de satisfacción.
Ahora dijo ella , escuchadme.
La recomendación era inútil: el joven oficial estaba de pie ante
ella esperando sus palabras para devorarlas.
Felton dijo Milady con una severidad llena de melancolía ,
Felton, si vuestra hermana, la hija de vuestro padre, os dijera: «Joven aún,
bastante hermosa por desgracia, me hicieron caer en una trampa, resistí; se
multiplicaron en torno mío las emboscadas, resistí; se blasfemó la religión a
la que sirvo, al Dios que adoro, porque llamaba en mi ayuda a ese Dios y a esa
religión, resistí; entonces se me prodigaron los ultrajes, y como no podían
perder mi alma, quisieron mancillar mi cuerpo para siempre; finalmente...»
Milady se detuvo, y una sonrisa amarga pasó por sus labios.
Finalmente dijo Felton , finalmente, ¿qué han hecho?
Finalmente, una noche decidieron paralizar esa resistencia que
no se podía vencer: una noche mezclaron en mi agua un poderoso narcótico;
apenas hube acabado mi cena, me sentí caer poco a poco en un entumecimiento
desconocido. Aunque no sintiese desconfianza, un temor vago se apoderó de mí y
traté de luchar contra el sueño; me levanté, quise correr a la ventana, pedir
socorro, pero mis piernas se negaron a llevarme; me parecía que el techo bajaba
contra mi cabeza y me aplastaba con su peso; tendí los brazos, traté de hablar,
no pude más que lanzar sonidos inarticulados; un embotamiento irresistible se
apoderaba de mí, me agarré a un sillón, sintiendo que iba a caer, mas pronto
aquel apoyo fue insuficiente para mi brazos débiles, caí sobre una rodilla,
luego sobre las dos; quise gritar, mi lengua estaba helada; Dios no me vio ni
me oyó sin duda, y me deslizé por el suelo, presa de un sueño que se parecía a
la muerte. De todo cuanto pasó en este sueño y del tiempo que transcurrió
durante su duración, ningún recuerdo tengo; la única cosa que recuerdo es que
me desperté acostada en una habitación redonda cuyo moblaje era suntuoso, y en
la que la luz sólo penetraba por una abertura del techo. Por lo demás, ninguna
puerta parecía dar entrada a ella: se hubiera dicho una prisión magnífica. Pasé
mucho tiempo hasta que pude darme cuenta del lugar en que me encontraba y de
todos los detalles que cuento, mi espíritu parecía luchar inútilmente para
sacudir las pesadas tinieblas de aquel sueño al que no podía arrancarme; tenía
percepciones vagas de un espacio recorrido, de la rodadura de un coche, de un
sueño horrible en el que mis fuerzas se agotarían; pero todo aquello era tan
sombrío y tan indistinto en mi pensamiento, que estos sucesos parecían
pertenecer a otra vida distinta a la mía y, sin embargo, mezclada a la mía por
una fantástica dualidad. A veces, el estado en que me encontraba me pareció tan
extraño, que creí que era un sueño. Me levanté vacilante, mis vestidos estaban
junto a mí, sobre una silla: no recordaba ni haberme desnudado ni haberme
acostado. Entonces poco a poco la realidad se presentó a mí llena de púdicos
terrores: yo no estaba ya en la casa en que vivía; por lo que podía juzgar por
la luz del sol, habían transcurrido ya dos tercios del día; había dormido desde
la vigilia hasta la noche; mi sueño había durado, pues, casi veinticuatro
horas. ¿Qué había pasado durante aquel largo sueño? Me vestí tan rápidamente
como me fue posible. Todos mis movimientos lentos y embotados atestiguaban que
la influencia del narcótico no se había disipado aún por completo. Por lo
demás, aquel cuarto estaba amueblado para recibir a una mujer; y la coqueta más
acabada no habría tenido un solo deseo que formular que, paseando su mirada por
el cuarto, no hubiera visto completamente cumplido. Desde luego no era yo la
primera cautiva que se había visto encerrada en aquella espléndida prisión;
pero como comprenderéis, Felton, cuanto más bella era la prisión, más miedo me
daba. Sí, era una prisión porque traté en vano de salir de ella. Tanteé todos
los muros con objeto de descubrir una puerta: en todas las partes los muros
devolvieron un sonido plano y sordo. Quizá quince veces di la vuelta a aquella
habitación, buscando una salida cualquiera: no la había; caí agotada de fatiga
y de terror en un sillón. Durante este tiempo, la noche se acercaba rápidamente
y con la noche aumentaban mis terrores: no sabía si debía quedarme donde estaba
sentada; me parecía que es-taba rodeada de peligros deconocidos en los que iba
a caer a cada Paso. Aunque no hubiese comido nada desde la víspera, mis temores
me impedían sentir hambre. Ningún ruido de fuera, que me permitiese medir el
tiempo, llegaba hasta mí; presumía sólo que podían ser de las siete a las ocho
de la noche; porque estábamos en el mes de octubre, y la oscuridad era total.
De pronto, el chirrido de una puerta que gira sobre sus goznes me hizo temblar;
un globo de fuego apareció encima de la abertura guarnecida de vidrios del
techo arrojando una viva luz en mi habitación y vislumbré con terror que un
hombre estaba de pie a algunos pasos de mí. Una mesa con dos cubiertos, con una
cena totalmente preparada, se había alzado como por magia en medio del cuarto.
Aquel hombre era el que me perseguía desde hacía un año, el que había jurado mi
deshonor y el que, a las primeras palabras que salieron de su boca, me hizo
comprender que lo había cumplido la noche anterior.
¡Infame! murmuró Felton.
¡Oh, sí, infame! exclamó Milady viendo el interés que el joven
oficial, cuya alma parecía suspendida de sus labios, se tomaba en este extraño
relato . ¡Oh, sí, infame! Había creído que le bastaba con haber triunfado de mí
en mi sueño para que todo estuviese dicho; venía esperando que yo aceptaría mi
vergüenza, puesto que mi vergüenza estaba consumada; venía a ofrecerme su
fortuna a cambio de mi amor. Todo cuanto el corazón de una mujer puede contener
de soberbio desprecio y de palabras desdeñosas lo arrojé sobre aquel hombre;
sin duda estaba habituado a reproches semejantes porque me escuchó tranquilo,
sonriente y con los brazos cruzados sobre el pecho; luego, cuando creyó que yo
había dicho todo, se adelantó hacia mí: yo salté hacia la mesa, cogí un cuchillo
y lo apoyé sobre mi pecho. «Dad un paso más le dije y además de mi deshonor
tendréis también mi muerte que reprocharos.» Sin duda, en mi mirada, en mi voz,
en toda mi persona había esa verdad de gesto, de ademán y de acento que lleva
la convicción a las almas más perversas, porque se detuvo. «¡Vuestro amor! me
dijo . ¡Oh, no! Sois una amante encantadora para que consienta en perderos así,
después de haber tenido la dicha de poseeros, una sola vez solamente. ¡Adiós,
hermosa! Esperaré para volver a visitaros a que estéis en mejores
disposiciones.» Tras estas palabras, silbó; el globo de llama que iluminaba mi
habitación subió y desapareció; volví a encontrarme en la oscuridad. El mismo
ruido de una puerta que se abre y se cierra se reprodujo un instante después,
el globo resplandeciente descendió de nuevo y volví a encontrarme sola. Aquel
momento fue horrible; si aún tenía algunas dudas sobre mi desdicha, esas dudas
se habían desvanecido en una desesperante realidad: estaba en poder de un
hombre al que no sólo detestaba sino al que despreciaba; un hombre capaz de
todo y que ya me había dado una prueba fatal de a lo que podía atreverse.
Mas ¿quién era ese hombre? preguntó Felton.
Pasé la noche en una silla, estremeciéndome al menor ruido;
porque a media noche más o menos, la lámpara se había apagado, y yo ya me había
vuelto a encontrar en la oscuridad. Mas la noche pasó sin nuevas tentativas de
mi perseguidor. Llegó el día, la mesa había desaparecido; sólo que yo tenía aún
el cuchillo en la mano. Aquel cuchillo era toda mi esperanza. Yo estaba rota de
fatiga; el insomnio quemaba mis ojos; no me había atrevido a dormir ni un solo
instante: el día me tranquilizó, fui a echarme sobre mi cama sin abandonar el
cuchillo liberador que oculté bajo mi almohada. Cuando me desperté, una nueva
mesa estaba servida. Esta vez, pese a mis terrores, a pesar de mis angustias,
se hizo sentir un hambre devoradora; hacía cuarenta y ocho horas que no había
tomado ningún alimento: comí pan y algunas frutas; luego, acordándome del
narcótico mezclado al agua que había bebido, no toqué la que estaba en la mesa
y fui a llenar mi vaso en una fuente de mármol adosada al muro, encima de mi
lavabo. Sin embargo, pese a esta precaución, no permanecí menos tiempo en una
angustia horrorosa; pero mis temores no estaban fundados esta vez: pasé la
jornada sin experimentar nada que se pareciese a lo que temía. Había tenido la
precaución de vaciar a medias la jarra para que no se dieran cuenta de mi
desconfianza. Llegó la noche, y'con ella la oscuridad; sin embargo, por
profunda que fuese, mis ojos comenzaban a habituarse a ella; vi en medio de las
tinieblas hundirse la mesa en el suelo; un cuarto de hora después reapareció con
mi cena; un instante después, gracias a la misma lámpara, mi habitación se
iluminó de nuevo. Estaba resuelta a no comer más que objetos a los que fuera
imposible mezclar ningún somnífero: dos huevos y algunas frutas compusieron mi
comida; luego fui a tomar un vaso de agua de mi fuente protectora y lo bebí. A
los primeros sorbos, me pareció que no tenía el mismo gusto que por la mañana:
una sospecha rápida se apoderó de mí, me detuve, pero ya había tragado medio
vaso. Tiré el resto con horror, y esperé, con el sudor del espanto en la
frente. Sin duda, algún invisible testigo me había visto tomar el agua de
aquella fuente, y había aprovechado mi confianza para asegurar mejor mi pérdida
tan fríamente resuelta, tan cruelmente perseguida. No había transcurrido media
hora cuando se produjeron los mismos síntomas; sólo que como aquella vez no
había bebido más que medio vaso de agua, luché más tiempo, y en lugar de
dormirme completamente, caí en un estado de somnolencia que me dejaba sentir lo
que pasaba en torno mío, a la vez que me quitaba la fuerza de defenderme o de
huir. Me arrastré hacia mi cama, para buscar allí la única defensa que me
quedaba, mi cuchillo salvador; pero no pude llegar hasta la cabecera: caí de
rodillas, con las manos aferradas a una de las columnas del pie; entonces
comprendí que estaba perdida.
Felton palideció horrorosamente, y un estremecimiento convulsivo
corrió por todo su cuerpo.
Y lo que era más horroroso continuó Milady con la voz alterada
como si hubiera experimentado aún la misma angustia que en aquel momento
terrible es que aquella vez yo tenía conciencia del peligro que me amenazaba;
es que mi alma, puedo decirlo, velaba en mi cuerpo adormecido; es que yo veía,
es que oía; es cierto que todo aquello era como un sueño, pero no por ello
menos espantoso. Vi la lámpara que ascendía y que poco a poco me dejaba en la
oscuridad; luego oí el chirrido tan bien conocido de aquella puerta, aunque
aquella puerta sólo se hubiera abierto dos veces. Sentí instintivamente que
alguien se acercaba a mí; dicen que el desgraciado perdido en los desiertos de
América siente de este modo la cercanía de la serpiente. Quería hacer un
esfuerzo, trataba de gritar; gracias a una increíble energía de voluntad me
levanté, para volver a caer al punto... y volver a caer en los brazos de mi
perseguidor.
Decidme, pues, ¿quién era ese hombre? exclamó el joven oficial.
Milady vio de una sola mirada todo el sufrimiento que inspiraba
a Felton, sopesándolo en cada detalle de su relato; pero no quería hacerle
gracia de ninguna tortura. Con mayor profundidad le rompería el corazón, con
mayor seguridad la vengaría. Ella continuó, pues, como si no hubiera oído su
exclamación, o como si hubiera pensado que no había llegado aún el momento de
responder a ella.
Sólo que aquella vez el infame tenía que habérselas no ya con
una especie de cadáver inerte, sin ningún sentimiento. Ya os lo he dicho:
aunque no conseguía recuperar el ejercicio completo de mis facultades, me
quedaba el sentimiento de mi peligro: luchaba, pues, con todas mis fuerzas, y,
sin duda, pese a lo debilitada que estaba, oponía una larga resistencia, porque
lo oí exclamar: «¡Estas miserables puritanas! Saba que cansan a sus verdugos,
pero las creía menos fuertes contra sus seductores.» ¡Ay! Aquella resistencia
desesperada no podía du-rar mucho tiempo, sentí que mis fuerzas se agotaban; y
esta vez no fue de mi sueño de lo que el cobarde se aprovechó, fue de mi
desvanecimiento.
Felton escuchaba sin hacer oír otra cosa que una especie de
rugido sordo; sólo el sudor corría sobre su frente de mármol, y su mano oculta
bajo su uniforme desgarraba su pecho.
Mi primer movimiento al volver en mí fue buscar bajo mi almohada
aquel cuchillo que no había podido alcanzar; si no había servido para la
defensa podía servir al menos para la expiación. Pero al coger aquel cuchillo,
Felton, me vino una idea terrible. He jurado decíroslo todo y os lo diré todo;
os he prometido la verdad, la diré aunque me pierda.
Os vino la idea de vengaros de aquel hombre, ¿no es eso? exclamó
Felton.
¡Pues, sí! dijo Milady . Aquella idea no era de cristiana, lo
sé; sin duda ese eterno enemigo de nuestra alma, ese león que ruge sin cesar en
torno de nosotros la soplaba a mi espíritu. En fin, ¿qué puedo deciros Felton?
continuó Milady con el tono de una mujer que se acusa de un crimen . Me vino
esa idea y sin duda ya no me dejó. Hoy llevo el castigo de ese pensamiento
homicida.
Continuad, continuad dijo Felton , tengo prisa por veros llegar
a la venganza.
¡Oh! Resolví que tenía que llegar lo antes posible, no dudaba de
que él volvería a la noche siguiente Por el día no tenía nada que temer. Por
eso, cuando vino la hora del almuerzo, no dudé en comer y beber: estaba
resuelta a fingir que cenaba, pero no tomaría nada; debía por tanto, combatir
mediante la nutrición de la mañana el ayuno de Ìa noche. Sólo que oculté un
vaso de agua sustraída a mi desayuno, dado que había sido la sed la que más me
había hecho sufrir cuan-do había permanecido cuarenta y ocho horas sin beber ni
comer. El día transcurrió sin tener otra influencia sobre mí que afirmarme en
la resolución tomada: sólo que tuve cuidado de que mi rostro no traicionase en
nada el pensamiento de mi corazón, porque no dudaba de que era observada;
varias veces incluso sentí una sonrisa en mis labios. Felton, no me atrevo a
deciros ante qué idea sonreía, sentiríais horror de mí...
Continuad, continuad dijo Felton , ya veis que escucho y que
tengo prisa por llegar.
Llegó la noche, los acontecimientos habituales se produjeron; en
la oscuridad, como de costumbre, fue servida mi cena, luego la lámpara se
iluminó, y me senté a la mesa. Comí sólo algunas frutas: fingí que me servía
agua de la jarra, pero sólo bebí de la que había conservado en mi vaso; la
sustitución, por lo demás, fue hecha con la maña suficiente para que mis
espías, si los tenía, no concibiesen sospecha alguna. Tras la cena, ofrecí las
mismas señales de embotamiento que la víspera; pero esta vez, como si
sucumbiese a la fatiga o como si me familiarizase con el peligro, me arrastré
hacia la cama a hice semblante de adormecerme. En esta ocasión había encontrado
mi cuchillo bajo la almohada y, al tiempo que fingía dormir, mi mano apretaba
convulsivamente la empuñadura. Transcurrieron dos horas sin que ocurriese nada
nuevo. ¡Aquella vez, Dios mío! ¡Quién me hubiera dicho esto la víspera:
comenzaba a temer que no viniese! Por fin, vi la lámpara elevarse suavemente y
desaparecer en las profundidades del techo; mi habitación se llenó de
tinieblas, pero hice un esfuerzo por horadar con la mirada la oscuridad.
Aproximadamente pasaron diez minutos. No oía yo otro ruido que el del latido de
mi corazón. Yo imploraba al cielo para que viniese. Por fin oí el ruido tan conocido
de la puerta que se abría y volvía a cerrarse; oí, pese al espesor de la
alfombra, un paso que hacía chirriar el suelo; vi, pese a la oscuridad, una
sombra que se acercaba a mi cama.
¡Daos prisa daos prisa! dijo Felton . ¿No veis que cada una de
vuestras palabras me quema como plomo derretido?
Entonces continuó Milady entonces reuní todas mis fuerzas, me
acordé de que el momento de la venganza, o, mejor dicho, de la justicia había
sonado; me consideraba otra Judith; me recogí sobre mí misma, con mi cuchillo
en la mano, y cuando lo vi junto a mí tendiendo los brazos para buscar a su
víctima, entonces, con el último grito del dolor y de la desesperación, le
golpeé en medio del pecho. ¡Miserable! ¡Lo había previsto todo: su pecho estaba
cubierto de una cota de malla! El cuchillo se embotó. «¡Ay, ay! exclamó
cogiéndome el brazo y arrancándome el arma que tan mal me había servido .
¡Queréis mi vida, hermosa puritana! Mas esto es más que odio, esto es
ingratitud. ¡Vamos, vamos, calmaos, calmaos, niña mía! Había creído que os
habíais dulcificado. No soy de esos tiranos que conservan las mujeres por la
fuerza: no me amáis, dudaba de ello con mi fatuidad ordinaria; ahora estoy
convencido. Mañana seréis libre.» Yo no tenía más que un deseo: era que me
matase. «¡Tened cuidado! le dije . Mi libertad es vuestro deshonor. Sí, porque
apenas salga de aquí diré todo, diré la violencia que habéis usado contra mí,
diré mi cautividad. Denunciaré este palacio de infamia; estáis colocado muy
alto, milord, mas temblad. Por encima de vos está el rey, por encima del rey está
Dios.» Por dueño que pareciese de sí mismo, mi perseguidor dejó traslucir un
movimiento de cólera. Yo no podía ver la expresión de su rostro, pero había
sentido estremecerse su brazo sobre el que estaba puesta mi mano. «Entonces, no
saldréis de aquí», dijo. «¡Bien, bien! exclamé yo. Entonces el lugar de mi
suplicio será también el de mi tumba. Yo moriré aquí y ya veréis si un fantasma
que acusa no es más terrible aún que un vivo que amenaza.» «No se os dejará
ningún arma.» «Hay una que la desesperación ha puesto al alcance de toda
criatura que tenga el valor de servirse de ella. Me dejaré morir de hambre.»
«Veamos dijo el miserable , ¿no vale más la paz que una guerra como ésta? Os
devuelvo la libertad ahora mismo, os proclamo una virtud, os denomino la Lucrecia
de Inglaterra. » «Y yo, yo digo que vos sois Sextus, yo os denuncio a los
hombres como os he denunciado ya a Dios; y si ha-ce falta que, como Lucrecia,
firme mi acusación con mi sangre, la firmaré.» «¡Ah, ah! dijo mi enemigo en un
tono burlón . Entonces es distinto. A fe que a fin de cuentas estáis bien aquí:
nada os faltará, y si os dejáis morir de hambre, será culpa vuestra.» Tras
estas palabras se retiró, oí abrirse y volverse a cerrar la puerta y permanecí
abismada, menos aún, lo confieso, en mi dolor que en la vergüenza de no haberme
vengado. Mantuvo su palabra. Todo el día, toda la noche transcurrieron sin que
volviese a verlo. Pero yo también mantuve mi palabra, y no comí ni bebí; como
le había dicho, estaba resuelta a dejarme morir de hambre. Pasé el día y la
noche rezando, porque esperaba que Dios me perdonase mi suicidio. La segunda
noche la puerta se abrió; estaba tumbada en el suelo, las fuerzas comenzaban a
abandonarme. Ante el ruido, me levanté sobre una mano. «Y bien me dijo una voz que
vibraba de una forma demasiado terrible a mi oído para que no la reconociese ;
y bien, nos hemos dulcificado un poco, y pagaremos nuestra libertad con la sofa
promesa del silencio. Mirad, soy buen príncipe añadió , y aunque no me gustan
los puritanos, les hago justicia, así como a las puritanas, cuando son
hermosas. Vamos, hacedme un pequeño juramento sobre la cruz, no os pido más.»
«¡Sobre la cruz! exclamé yo levantándome, porque al oír aquella voz aborrecida
había vuelto a encontrar todas mis fuerzas . ¡Sobre la cruz! Juro que ninguna
promesa, ninguna amenaza, ninguna tortura me cerrará la boca. ¡Sobre la cruz!
Juro denunciaros por todas panes como asesino, como ladrón del honor, como
cobarde. ¡Sobre la cruz! Juro, si alguna vez consigo salir de aquí, pedir
venganza contra vos al género humano entero.» «¡Tened cuidado! dijo la voz con
un acento de amenaza que yo no había oído todavía . Tengo un recurso supremo,
que no emplearé más que en último extremo, de cerraros la boca o al menos de
impedir que alguien crea una sola palabra de lo que digáis.» Reuní todas mis
fuerzas para responder con una carcajada. El vio que entre nosotros había
adelante una guerra eterna, una guerra a muerte. «Escuchad dijo , os doy aún el
resto de esta noche y el día de mañana; reflexionad: si prometéis callaros, la
riqueza, la consideración, los ho-nores incluso os rodearán; si amenazáis con
hablar, os condeno a la infamia.» «¡Vos! exclamé yo . ¡Vos!» «¡A la infamia
eterna, indeleble!» «¡Vos!», repetí yo. ¡Oh, os lo digo, Felton, le creía
insensato! «Sí, yo», contestó él. «¡Ah, dejadme! le dije . Salid si no queréis
que ante vuestros ojos me rompa la cabeza contra la pared.» «Está bien replicó
él , vos lo habéis querido, hasta mañana por la noche.» «Hasta mañana por la
noche», respondí yo dejándome caer y mordiendo la alfombra de rabia...
Felton se apoyaba sobre un mueble y Milady vela con alegría de
demonio que quizá le faltara la fuerza antes del fin del relato.
Capítulo LVII
Un recurso de tragedia clásica
Tras un momento de silencio, empleado por Milady en observar al
joven que la escuchaba, continuó su relato:
Hacía casi tres días que no había comido ni bebido, sufría
torturas atroces: a veces pasaban por mí como nubes que me apretaban la frente,
que me tapaban los ojos: era el delirio. Llegó la noche; estaba tan débil que a
cada instante me desvanecía y cada vez que me desvanecía daba gracias a Dios,
porque creía que iba a morir. En medio de unos de estos desvanecimientos, oí
abrirse la puerta; el terror me volvió en mí. Mi perseguidor entró seguido de
un hombre enmascara-do: él también estaba enmascarado; pero yo reconí su paso,
yo reconocí aquel aire imponente que el infierno ha dado a su persona para
desgracia de la humanidad. «Y bien me dijo , ¿estáis decidida a hacerme el
juramento que os he pedido?» «Vos lo habéis dicho, los puritanos no tienen más
que una palabra: la mía ya la habéis oído, ¡y es llevaros en la tierra ante el
tribunal de los hombres; en el cielo, ante el tribunal de Dios!» «¿Así que
persistís?» «Juro ante Dios que me oye: tomaré el mundo entero por testigo de
vuestro crimen, y esto hasta que encuentre un vengador.» «Sois una prostituta
dijo con voz tonante , y sufriréis el suplicio de las prostitutas. Marcada a
los ojos del mundo que invocaréis, ¡tratad de probar a ese mundo que no so¡s
culpable ni loca!» Luego, dirigiéndose al hombre que le acompañaba: «Verdugo
dijo , cumple tu deber.»
¡Oh, su nombre, su nombre! exclamó Felton . ¡Su nombre,
decídmelo!
Entonces, pese a mis gritos, pese a mi resistencia, porque yo
comenzaba a comprender que para mí se trataba de algo peor que la muerte, el
verdugo me cogió, me volcó sobre el suelo, me magulló con sus agarrones y,
ahogada por los sollozos, casi sin conocimiento, invocando a Dios que no me
escuchaba, lancé de pronto un espantoso grito de dolor y de vergüenza: un
hierro ardiendo, un hierro candente, el hiero del verdugo, se había impreso en
mi hombro.
Felton lanzó un rugido.
Mirad dijo Milady, levantándose entonces con una majestad de
reina , mirad, Felton, ved cómo han inventado un nuevo martirio para la
doncella pura y, sin embargo, víctima de la brutalidad de un malvado. Aprended
a conocer el corazón de los hombres, y en adelante haceos con menos facilidad
instrumento de sus injustas venganzas.
Con rápido gesto, Milady abrió su vestido, desgarró la batista
que cubría su seno y, ruborizada por una fingida cólera y una vergüenza
teatral, mostró al joven la huella indeleble que deshonraba aquel hombro tan
bello.
Pero exclamó Felton es una flor de lis lo que ahí veo.
Precisamente ahí es donde está la infamia respondió Milady . La
marca de Inglaterra... había que probar qué tribunal me la había impuesto, yo
habría hecho una apelación pública a todos los tribunales del reino; mas la
marca de Francia..., ¡oh!, con ella estaba bien marcada.
Aquello era demasiado para Felton.
Pálido, inmóvil, aplastado por esta revelación espantosa,
deslumbrado por la belleza sobrehumana de aquella mujer que se desnudaba ante
él con un impudor que le pareció sublime, terminó cayendo de rodillas ante ella
como hacían los primeros cristianos ante aquellas puras y santas mártires que
la persecución de los emperadores libraba en el circo a la sanguinaria
lubricidad del populacho. La marca desapareció, sólo quedó la belleza.
¡Perdón, perdón! exclamó Felton . ¡Oh, perdón!
Milady leyó en sus ojos: amor, amor.
¿Perdón de qué? preguntó ella.
Perdón por haberme unido a vuestros perseguidores.
Milady le tendió la mano.
¡Tan bella, tan joven! exclamó Felton cubriendo aquella mano de
besos.
Milady dejó caer sobre él una de esas miradas que de un esclavo
hacen un rey.
Felton era puritano: dejó la mano de esta mujer para besar sus
pies.
El ya no la amaba más, la adoraba.
Cuando aquella crisis hubo pasado, cuando Milady pareció haber
recobrado su sangre fría, que no había perdido nunca; cuando Felton hubo visto
volverse a cerrar bajo el velo de la castidad aquellos tesoros de amor que no
se le ocultaban sino para hacérselos desear más ardientemente:
¡Ah! Ahora dijo no tengo más que una cosa que pediros, es el
nombre de vuestro verdadero verdugo; porque para mí no hay más que uno; el otro
era el instrumento nada más.
¿Cómo, hermano? exclamó Milady . ¿Es preciso que todavía te lo
nombre, no lo has adivinado?
¿Qué? contestó Felton . ¡El..., también él..., siempre él! ¿Qué?
El verdadero culpable...
El verdadero culpable dijo Milady es el estragador de
Inglaterra, el perseguidor de los verdaderos creyentes, el cobarde rapaz del
honor de tantas mujeres, el que por un capricho de su corazón corrompido va a
hacer derramar tanta sangre a dos reinos, el que protege a los prostestantes
hoy y que mañana los traicionará...
¡Buckingham! ¡Entonces es Buckingham! exclamó Felton exasperado.
Milady ocultó su rostro en sus manos, como si no hubiera podido
soportar la vergüenza que este hombre le recordaba.
¡Buckingham el verdugo de esta angélica criatura! exclamó Felton
. Y tú, Dios mío, no lo has fulminado, y tú lo has dejado noble, honrado,
poderoso para la perdición de todos nosotros.
Dios abandona a quien se abandona a sí mismo dijo Milady.
Pero, entonces, ¡quiere atraer sobre su cabeza el castigo
reservado a los malditos! continuó Felton con exaltación creciente . ¡Quiere
que la venganza humana anticipe la justicia celeste!
Los hombres lo temen y lo protegen.
¡Oh, yo dijo Felton , yo no lo temo y no lo protegeré!...
Milady sintió su alma bañada por una alegría infernal.
-Pero ¿cómo lord de Winter, mi protector, mi padre preguntó
Felton , está mezclado en todo esto?
Escuchad, Felton prosiguió Milady , porque al lado de hombres
cobardes y despreciables todavía hay naturalezas grandes y generosas. Yo tenía
un prometido, un hombre al que yo amaba y que me amaba; un corazón como el
vuestro, Felton, un hombre como vos. Fui a él y le conté todo; me conocía y no
dudó ni un solo instante. Era un gran señor, era un hombre en todo el igual de
Buckingham. No me dijo nada, se ciñó solamente su espada, se envolvió en su
capa y se dirigió a Buckingham Palace.
Sí, sí dijo Felton , comprendo; aunque con semejantes hombres no
sea la espada lo que hay que emplear, sino el puñal.
Buckingham se había ido la víspera, enviado como embajador a
España, donde iba a pedir la mano de la infanta para el rey Carlos I, que no
era entonces más que príncipe de Gales. Mi prometido volvió. «Escuchad me dijo
, ese hombre ha partido y, por consiguiente, por ahora, escapa a mi venganza;
pero, mientras tanto, unánomos, como debíamos estarlo; luego, confiad en lord
de Winter para sostener su honor y el de su mujer.»
¡Lord de Winter! exclamó Felton.
Sí dijo Milady lord de Winter, y ahora debéis comprenderlo todo,
¿no es así?: Buckingham permaneció ausente más de un año. Ocho días antes de su
llegada lord de Winter murió súbitamente, dejándome única heredera. ¿De dónde
venía el golpe? Dios, que todo lo sabe, lo sabe sin duda, yo a nadie acuso...
¡Oh, qué abismo, qué abismo! exclamó Felton.
Lord de Winter había muerto sin decir nada a su hermano. El
secreto terrible debía quedar oculto a todos hasta que estallase como el rayo
sobre la cabeza del culpable. Vuestro protector había visto con pesar este
matrimonio de su hermano mayor con una joven sin fortuna. Sentí que no podía
esperar de un hombre engañado en sus esperanzas de herencia apoyo alguno. Pasé
a Francia resuelta a permanecer allí durante todo el resto de mi vida. Pero
toda mi fortuna está en Inglaterra; cerradas las comunicaciones por la guerra,
todo me faltó: me vi obligada entonces a volver; hace seis días arribé a
Portsmouth.
¿Y bien? dijo Felton.
Y bien. Buckingham se enteró sin duda de mi regreso, habló de él
a lord de Winter, ya prevenido contra mí, y le dijo que su cuñada era una
prostituida, una mujer marcada. La voz pura y noble de mi marido no estaba allí
para defenderme. Lord de Winter creyó todo cuanto se le dijo, con tanta mayor
facilidad cuanto que tenía interés en creerlo. Me hizo detener, me condujo
aquí, me puso bajo vuestra custodia. El resto vos lo sabéis: pasado mañana me
destierra, me deporta; pasado mañana me relega entre los infames. ¡Oh!, la
trampa está bien urdida, la conspiración es hábil y mi honor no sobrevivirá a
ella. De sobra veis que es preciso que yo muera, Felton; ¡Felton, dadme ese
cuchillo!
Y tras estas palabras, como si todas sus fuerzasa estuvieran
agotadas, Milady se dejó ir débil y lánguida entre los brazos del joven oficial
que, ebrio de amor, de cólera y de voluptuosidades desconocidas, la recibió con
transporte, la apretó contra su corazón, todo tembloroso ante el aliento de
aquella boca tan bella, todo extraviado al contacto de aquel seno tan
palpitante.
No, no dijo ; no, tú vivirás honrada y pura, vivirás para
triunfar de tus enemigos.
Milady lo rechazó lentamente con la mano atrayéndolo con la
mirada; mas Felton, a su vez, se apoderó de ella, implorándola como a una
divinidad.
¡Oh! ¡La muerte, la muerte! dijo ella, velando su voz y sus
párpados . ¡Oh, la muerte antes que la vergüenza! Felton, hermano mío, amigo
mío, te lo ruego.
No exclamó Felton , no, ¡tú vivirás y serás vengada!
Felton, llevo la desgracia a todo lo que me rodea. ¡Felton,
abandóname! ¡Felton, déjame morir!
Pues bien, muramos entonces juntos exclamó él apoyando sus
labios sobre los de la prisionera.
Varios golpes sonaron en la puerta; esta vez, Milady lo rechazó
realmente.
Escucha dijo , nos han oído; alguien viene. ¡Se acabó, estamos
perdidos!
No dijo Felton , es el centinela que me previene sólo de que
llega una ronda.
Entonces, corred a la puerta y abrid vos mismo.
Felton obedeció: aquella mujer era ya todo su pensamiento, toda
su alma.
Se encontró frente a un sargento que mandaba una patrulla de
vigilancia.
¡Y bien! ¿Qué ocurre? preguntó el joven teniente.
Me habíais dicho que abriese la puerta si oía pedir ayuda dijo
el soldado , pero habéis olvidado dejarme la llave; os he oído gritar sin
comprender lo que decíais, he querido abrir la puerta, estaba cerrada por
dentro y entonces he llamado al sargento.
Y aquí estoy dijo el sargento.
Felton, extraviado, casi loco, permanecía sin voz.
Milady comprendió que le correspondía coger las riendas de la
situación; corrió a la mesa y cogió el cuchillo que había depositado Felton:
¿Y con qué derecho queréis impedirme morir? dijo ella.
¡Gran Dios! exclamó Felton viendo brillar el cuchillo en su
mano.
En aquel momento, una carcajada irónica resonó en el corredor.
El barón, atraído por el ruido, en bata, con la espada bajo el
brazo, estaba de pie en el umbral de la puerta.
¡Ah, ah! dijo . Ya estamos ante el último acto de la tragedia;
ya lo veis, Felton el drama ha seguido todas las fases que yo había indicado;
pero estad tranquilo, la sangre no correrá.
Milady comprendió que estaba perdida si no daba a Felton una
prueba inmediata y terrible de su valor.
Os equivocáis, milord, la sangre correrá. ¡Ojalá esa sangre
caiga sobre los que la hacen correr!
Felton lanzó un grito y se precipitó hacia ella; era demasiado
tarde: Milady se había golpeado.
Pero el cuchillo había encontrado, afortunadamente, deberíamos
decir que hábilmente, la ballena de hierro que en esa época defendía como una
coraza el pecho de las mujeres; se había deslizado desgarrando el vestido y
había penetrado al bies entre la carne y las costillas.
El vestido de Milady no por ello quedó menos manchado de sangre
en un segundo.
Milady había caído de espaldas y parecía desvanecida.
Felton arrancó el cuchillo.
Ved, milord dijo con aire sombrío . ¡Ahí tenéis una mujer que
estaba bajo mi custodia y que se ha matado!
Estad tranquilo, Felton dijo lord de Winter , no está muerta,
los demonios no mueren tan fácilmente, tranquilizaos a id a esperarme en mi
cuarto.
Pero, milord.
Id, os lo ordeno.
A esta conminación de su superior, Felton obedeció; pero, al
salir, puso el cuchillo en su pecho.
En cuanto a lord de Winter, se contentó con llamar a la mujer
que servía a Milady, y cuando hubo venido le recomendó a la prisionera que
seguía desvanecida, y la dejó sola con ella.
Sin embargo, como en conjunto, pese a sus sospechas, la herida
podía ser grave, envió al instante un hombre a caballo a buscar un médico.
Capítulo LVIII
Evasión
Como había pensado lord de Winter, la herida de Milady no era
peligrosa; por eso, cuando se encontró sola con la mujer que el barón se había
hecho llamar y que se afanaba en desnudarla, volvió a abrir los ojos.
Sin embargo, había que jugar a la debilidad y al dolor; no eran
cosas difíciles para una comedianta como Milady; por eso la pobre mujer fue
víctima completa de su prisionera a la que, pese a sus protestas, se obstinó en
velar toda la noche.
Pero la presencia de aquella mujer no le impedía a Milady
pensar.
No había ninguna duda, Felton estaba convencido, Felton era
suyo: si un ángel se apareciese al joven para acusar a Milady, desde luego lo
tomaría, en la disposición de espíritu en que se encontraba, por un enviado del
demonio.
Milady sonreía a este pensamiento porque Felton era en lo
sucesivo su única esperanza, su único medio de salvación.
Pero lord de Winter podía sospechar, y Felton podía ser ahora
vigilado.
Hacia las cuatro de la mañana llegó el médico; pero desde que
Milady se había apuñalado la herida estaba ya cerrada: el médico no pudo, por
tanto medir ni la dirección ni la profundidad; reconoció sólo por el pulso de
la enferma que el caso no era grave.
Por la mañana, Milady, so pretexto de que no había dormido por
la noche y que necesitaba descanso, despidió a la mujer que velaba a su lado.
Tenía una esperanza, y es que Felton llegara a la hora del
desayuno; pero Felton no vino.
¿Sus temores se habían vuelto realidad? Felton, sospechoso del
barón, ¿iba a fallarle en el momento decisivo? No tenía más que un día: lord de
Winter le había anunciado su embarque para el 23 y estaba en la mañana del 22.
No obstante, esperó aún con bastante paciencia hasta la hora de
la cena.
Aunque no comió por la mañana la cena le fue traída a la hora
habitual; Milady se dio entonces cuenta con terror que el uniforme de los
soldados que la custodiaban había cambiado.
Entonces se aventuró a preguntar qué había sido de Felton. Le
respondieron que Felton había montado a caballo hacía una hora y había partido.
Se informó de si el barón seguía en el castillo; el soldado
respondió que sí, y que tenía la orden de avisarlo en caso de que la prisionera
deseara hablarle.
Milady respondió que estaba demasiado débil por el momento, y
que su único deseo era permanecer sola.
El soldado salió dejando la cena servida.
Felton había sido alejado, los soldados de marina habían sido
cambiados; desconfiaba, por tanto, de Felton.
Era el ultimo golpe dado a la prisionera.
Al quedar sola, se levantó; aquella cama, en la que estaba por
prudencia y para que se la creyese gravemente enferma, le quemaba como un
brasero ardiente. Lanzó una mirada a la puerta: el barón había hechó clavar una
plancha sobre el postigo; temía sin duda que por aquella abertura consiguiese,
mediante algún recurso diabólico, seducir a los guardias.
Milady sonrió de alegría; podría, pues, entregarse a sus
transportes sin ser observada: recorria la habitación con la exaltación de una
loca furiosa o de una tigresa encerrada en una jaula de hierro. Desde luego,si
le hubiese quedado el cuchillo, habría pensado no en matarse a sí misma, sino
esta vez en matar al barón.
A las seis, lord de Winter entró; estaba armado hasta los
dientes. Aquel hombre, en el que hasta entonces Milady no había visto sino un
gentleman bastante necio, se había vuelto un magnífico carcelero: parecía
preverlo todo, adivinarlo todo, prevenirlo todo.
Una sola mirada lanzada sobre Milady le informó de lo que pasaba
en su alma.
Sea dijo él , mas no me mataréis hoy todavía; no tenéis ya
armas, y además estoy sobre aviso. Habíais comenzado a pervertir a mi pobre
Felton: sufría ya vuestra infernal influencia, mas quiero salvarlo, no os verá
más, todo ha terminado. Recoged vuestro vestuario; mañana partiréis. Había
fijado el embarque el 24, pero he pensado que cuanto más adelante la cosa, más
segura será. Mañana a mediodía tendré la orden de vuestro exilio firmada por
Buckingham. Si decís una sola palabra a quien quiera que sea antes de estar en
el navío, mi sargento os levantará la tapa de los sesos, tiene esa orden; si ya
en el navío decís una palabra a quien quiera que sea antes de que el capitán os
to permita, el capitán os hará arrojar al mar, está así acordado. Hasta luego:
eso es todo lo que por hoy tenía que deciros. Mañana os volveré a ver para
deciros adiós.
Y con estas palabras el barón salió.
Milady había escuchado toda esta amenanzante parrafada con la
sonrisa de desdén sobre los labios, pero con la rabia en el corazón.
Sirvieron la cena; Milady sintió que necesitaba fuerzas, no
sabía qué podia pasar durante aquella noche que se aproximaba amenazante,
porque gruesas nubes voltejeaban en el cielo y los relámpagos lejanos
anunciaban una tormenta.
La tormenta estalló hacia las diez de la noche: Milady sentía un
consuelo al ver a la naturaleza compartir el desorden de su corazón: el trueno
bramaba en el aire como la cólera en su pensamiento; le parecía que al pasar la
ráfaga desmelenaba su frente como los árboles cuyas ramas curvaba y cuyas hojas
se llevaba; ella aullaba como el huracán, y su voz se perdía en el clamor de la
naturaleza que parecía, también ella, gemir y desesperarse.
De pronto oyó golpear un cristal y a la claridad de un
relámpago, vio el rostro de un hombre aparecer tras los barrotes.
Corrió a la ventana y la abrió.
¡Felton! exclamó . ¡Estoy salvada!
Sí dijo Felton ; pero, ¡silencio, silencio! Necesito tiempo para
serrar vuestros barrotes. Tened cuidado solamente de que no os vean por el
postigo.
¡Oh, es una prueba de que el Señor está con nosotros, Felton!
prosiguió Milady . Han cerrado el postigo con una plancha.
Está bien, ¡Dios los ha vuelto insensatos! dijo Felton.
Pero ¿qué tengo que hacer? preguntó Milady.
Nada, nada; volved a cerrar la ventana solamente. Acostaos, o al
menos meteos en vuestra cama completamente vestida; cuando haya terminado,
golpearé en los cristales. Mas ¿podréis seguirme?
¡Oh, sí7
¿Y vuestra herida?
Me hace sufrir, pero no me impide caminar.
Estad, pues, preparada a la primera señal.
Milady volvió a cerrar la ventana, apagó la lámpara y fue, como
le había recomendado Felton, a hacerse un ovillo en su cama. En medio de las
quejas de la tormenta, ella oía el chirrido de la lima contra los barrotes, y a
la claridad de cada relámpago vislumbraba la sombra de Felton tras los
cristales.
Pasó una hora sin respirar, jadeante, con el sudor sobre la
frénté y el corazón oprimido por una angustia espantosa a cada movimiento que
oía en el corredor.
Hay horas que duran un año.
Al cabo de una hora, Felton golpeó de nuevo.
Milady saltó fuera de su cama y fue a abrir. Dos barrotes de
menos formaban una abertura para que un hombre pasase.
¿Estáis preparada? preguntó Felton:
Sí. ¿Tengo que llevar alguna cosa?
Oro si tenéis.
Sí, por suerte me han dejado el que tenía.
Tanto mejor, porque he gastado todo lo mío en fletar un barco.
Tomad -dijo Milady poniendo en las manos de Felton una bolsa
llena de oro.
Felton cogió la bolsa y la arrojó al pie del muro.
Ahora dijo , ¿queréis venir?
Aquí estoy.
Milady se subió a un sillón y pasó la parte superior de su
cuerpo por la ventana: vio al joven oficial suspendido sobre el abismo por una
escala de cuerda.
Por primera vez, un movimiento de terror le recordó que era
mujer.
El vacío la espantaba.
Me lo temía dijo Felton.
No es nada, no es nada dijo Milady , bajaré con los ojos
cerrados.
¿Tenéis confianza en mí? dijo Felton.
¿Y lo preguntáis?
Juntad vuestras dos manos; cruzadlas, está bien.
Felton le ató las dos muñecas con un pañuelo; luego, por encima
del pañuelo, con una cuerda.
¿Qué hacéis? preguntó Milady con sorpresa.
Pasad vuestros brazos alrededor de mi cuello y no temáis nada.
Pero os haré perder el equilibrio y nos estrellaremos los dos.
Tranquilizaos, soy marino.
No había un segundo que perder; Milady pasó sus dos brazos en
torno al cuello de Felton y se dejó deslizar fuera de la ventana.
Felton comenzó a descender los escalones lentamente y uno a uno.
Pese al peso de los dos cuerpos, el soplo del huracán los
balanceaba en el aire.
De pronto Felton se detuvo.
¿Qué ocurre? preguntó Milady.
Silencio dijo Felton , oigo pasos.
¡Estamos descubiertos!
Se hizo un silencio de algunos instantes.
No dijo Felton , no es nada.
Pero ¿qué es ese ruido?
El de la patrulla que va a pasar por el camino de ronda.
¿Dónde está ese camino de ronda?
Justo debajo de nosotros.
Nos van a descubrir.
No, si no hay relámpagos.
Tropezarán con el final de la escala.
Por suerte le faltan seis pies para llegar al suelo.
¡Ahí están, Dios mío!
¡Silencio!
Los dos permanecieron colgados, inmóviles y sin aliento a veinte
pies del suelo; durante este tiempo los soldados pasaban por debajo riendo y
hablando.
Fue para los fugitivos un momento terrible.
La patrulla pasó; se oyó el ruido de los pasos que se alejaban y
el murmullo de las voces que iba debilitándose.
Ahora dijo Felton , estamos salvados.
Milady lanzó un suspiro y se desvaneció.
Felton continuó descendiendo. Llegado al final de la escala, y
cuando sintió que faltaba apoyo para sus pies, se pegó como una lapa con las
manos; llegado por fin al último escalón se dejó colgar en la fuerza de las
muñecas y tocó el suelo. Se agachó, recogió la bolsa de oro y lo cogió entre
sus dientes.
Luego levantó a Milady en sus brazos y se alejó con presteza por
el lado opuesto al que había tomado la patrulla. Pronto dejó el camino de
ronda, descendió por entre las rocas y llegado a la orilla del mar, dejó oír un
toque de silbato.
Una señal parecida le respondió y cinco minutos después vio aparecer
una barca ocupada por cuatro hombres.
La barca se aproximó tan cerca como pudo a la orilla, pero no
había suficiente fondo para que pudiera tocar tierra; Felton se metió en el
agua hasta la cintura, porque no quería confiar a nadie su precioso peso.
Afortunadamente la tempestad comenzaba a calmarse, y, sin
embargo, el mar estaba todavía violento; la barquilla saltaba sobre las olas
como una cáscara de nuez.
¡A la balandra! dijo Felton . Remad con rapidez.
Los cuatro hombres se pusieron a los remos; pero la mar estaba
demasiado gruesa para que los remos hicieran mucha labor.
Sin embargo, se iban alejando del castillo; era lo principal. La
noche era profundamente tenebrosa y resultaba ya casi imposible distinguir la
orilla desde la barca; con mayor razón no se habría podido distinguir la barca
desde la orilla.
Un punto negro se balanceaba en el mar.
Era la balandra.
Mientras la barca avanzaba por su parte con toda la fuerza de
sus cuatro remadores, Felton desataba la cuerda, luego el pañuelo que ataba las
manos de Milady.
Luego, cuando sus manos estuvieron desatadas, cogió agua del mar
y se la orrojó al rostro.
Milady lanzó un suspiro y abrió los ojos.
¿Dónde estoy? dijo.
A salvo respondió el joven oficial.
¡Oh, a salvo, a salvo! exclamó ella . Sí ahí está el cielo, aquí
el mar. Este aire que respiro es el de la libertad. ¡Ah..., gracias, Felton,
gracias!
El joven la apretó contra su corazón.
Pero ¿qué tengo en las manos? preguntó Milady . Parece como si
me hubieran quebrado las muñecas en un torno.
En efecto, Milady alzó los brazos; tenía las muñecas magulladas.
¡Ay! dijo Felton mirando aquellas hermosas manos y moviendo
suavemente la cabeza.
¡Oh, no es nada, no es nada! exclamó Milady . ¡Ahora me acuerdo!
Milady buscó con los ojos a su alrededor.
Está ahí dijo Felton, empujando con el pie la bolsa de oro.
Se acercaban a la balandra. El marinero de guardia dio una voz a
la barca, la barca respondió.
Qué barco es ése? preguntó Milady.
El que he fletado para vos.
¿Dónde va a conducirme?
Donde vos queráis, con tal que a mí me dejéis en Portsmouth.
¿Qué vais a hacer en Portsmouth? preguntó Milady.
Cumplir las órdenes de lord de Winter dijo Felton con una
sombría sonrisa.
¿Qué órdenes? preguntó Milady.
Entonces, ¿no comprendéis? dijo Felton.
No; explicaos, os lo suplico.
Como si desconfiase de mí, ha querido custodiaros él mismo y me
ha mandado en su lugar a hacer firmar a Buckingham la orden de vuestra
deportación.
Pero si desconfiaba de vos, ¿cómo os ha confiado esa orden?
¿Creía acaso que yo sabía lo que llevaba?
¡Ah, claro! ¿Y vais a Portsmouth?
No tengo tiempo que perder: mañana es 23, y Buckingham parte
mañana con la flota.
Parte mañana para dónde?
Para La Rocelle.
¡Es preciso que no parta! exclamó Milady, olvidando su presencia
de ánimo acostumbrada.
Tranquilizaos respondió Felton , no partirá.
Milady temblaba de alegría. Acababa de leer en lo más profundo
del corazón del joven: la muerte de Buckingham estaba escrita en él con todas
las letras.
¡Felton... dijo , sois grande como Judas Macabeo! Si morís,
moriré con vos: he ahí todo lo que puedo deciros.
¡Silencio! dijo Felton . Hemos llegado.
En efecto, tocaban la balandra.
Felton subió el primero a la escala y dio la mano a Milady,
mientras los marineros la sostenían porque el mar estaba todavía muy agitado.
Un instante después estaban sobre el puente.
Capitán dijo Felton , esta es la persona de quien os he hablado
y a quien hay que conducir sana y salva a Francia.
Mediante mil pistolas dijo el capitán.
Os he dado ya quinientas.
Es cierto dijo el capitán.
Y aquí están las otras quinientas añadió Milady, llevando la
mano a la bolsa de oro.
No dijo el capitán , yo no tengo más que una palabra y se la he
dado a este joven; las otras quinientas pistolas no se me deben hasta llegar a
Boulogne.
¿Y llegaremos?
Sanos y salvos dijo el capitán , tan cierto como que me llamo
Jack Buttler.
Pues bien dijo Milady , si mantenéis vuestra palabra, no serán
quinientas pistolas, sino mil lo que os daré.
¡Hurra por vos, hermosa dama! exclamó el capitán . ¡Y ojalá Dios
me envié con frecuencia clientes como Vuestra Señoría!
Mientras tanto dijo Felton , conducidnos a la pequeña bahía de
Chichester, antes de Portsmouth; ya sabéis qué hemos convenido que nos
llevaréis allí.
El capitán respondió ordenando la maniobra necesaria, y hacia
las siete de la mañana el pequeño navío arrojaba el ancla en la bahía
designada.
Durante esta travesía, Felton había contado todo a Milady: cómo,
en lugar de ir a Londres, había fletado el pequeño navío, cómo había vuelto,
cómo había escalado la muralla colocando en los intersticios de las piedras, a
medida que subía, crampones, para asegurar sus pies, y cómo, finalmente,
llegado a los barrotes, había atado la escala. Milady sabía lo demás.
Por su parte, Milady trató de alentar a Felton en su proyecto;
pero a las primeras palabras que salieron de su boca, vio de sobra que el joven
fanático tenía más necesidad de ser moderado que reafirmado.
Convinieron que Milady esperaría a Felton hasta las diez; si a
las diez no estaba de vuelta, ella partiría.
En tal caso, suponiendo que estuviera libre, se reuniría con
ella en Francia, en el convento de las Carmelitas de Béthume.
Capítulo LIX
Lo que pasó en Portsmouth el 23 de agosto de 1628
Felton se despidió de Milady como un hermano que va a dar un
simple paseo se despide de su hermana besándole la mano.
Toda su persona aparecía en un estado de calma ordinaria: sólo
un resplandor desacostumbrado brillaba en sus ojos, semejante a un reflejo de
fiebre; su frente estaba más pálida aún que de costumbre; sus dientes estaban
apretados, y su palabra tenía un acento cortado y convulso que indicaba que
algo sombrío se agitaba en él.
Mientras estuvo sobre la barca que lo conducía a tierra,
permaneció con el rostro vuelto hacia Milady que, de pie sobre el puente, lo
seguía con los ojos. Los dos estaban bastante tranquilos sobre el temor a ser
perseguidos: nunca se entraba en la habitación de Milady antes de las nueve; y
se necesitaban tres horas para llegar desde el castillo a Londrés:
Felton use el pie en tierra, escaló la pequeña cresta que
conducía a lo alto del acantilado, saludó a Milady por última vez y tomó su
camino hacia la ciudad.
Al cabo de cien pasos, como él terreno iba descendiendo, no
podía ya ver más que el mástil de la balandra.
En seguida corrió en dirección de Portsmouth, cuyas torres y
casas veía dibujarse frente a él, a media milla aproximadamente, en la bruma de
la mañana.
Más allá de Portsmouth, el mar estaba cubierto de bajeles, cuyos
mástiles se veían, semejantes a un bosque de álamos despojados por el invierno,
balancearse bajo el soplo del viento.
En su marcha rápida, Felton repasaba lo que diez años de
meditaciones ascéticas y una larga estancia en medio de los puritanos le habían
proporcionado de acusaciones verdaderas o falsas contra el favorito de Jacobo
VI y de Carlos I.
Cuando comparaba los crímenes públicos de este ministro,
crímenes brillantes, crímenes europeos, si así se podía decir, con los crímenes
privados y desconocidos con que lo había cargado Milady, Felton encontraba que
el más culpable de los dos hombres que en sí contenía Buckingham era aquel cuya
vida no conocía el público. Es que su amor tan extraño, tan nuevo, tan
ardiente, le hacía ver las acusaciones infames a imaginarias de lady de Winter
como se ve a través de un cristal de aumento, en el estado de monstruos
espantosos, los imperceptibles átomos en realidad comparados con un hormiga.
La rapidez de su carrera encendía aún su sangre: la idea de que
detrás de sí dejaba, expuesta a una venganza espantosa, a la mujer que amaba o
mejor, la que adoraba como a una santa, la emoción pasada, su fatiga presente,
todo exaltaba su alma por encima de los sentimientos humanos.
Entró en Portsmouth hacia las ocho de la mañana; toda la
población estaba en pie; el tambor batía en las calles y en el puerto; las
tropas de embarque descendían hacia el mar.
Felton llegó al palacio del Almirantazgo cubierto de polvo y
chorreando de sudor; su rostro, ordinariamente tan pálido, estaba púrpura de
calor y de cólera. El centinela quiso rechazarlo; pero Felton llamó al jefe del
puesto y sacó del bolso la carta de que era portador.
Mensaje urgente de parte de lord de Winter dijo.
Al nombre de lord de Winter, a quien se sabía uno de los íntimos
de Su Gracia, el jefe del puesto dio la orden de dejar pasar a Felton, que por
lo demás, llevaba el uniforme del oficial de marina.
Felton se precipitó en el palacio.
En el momento en que entraba en el vestíbulo entraba también un
hombre lleno de polvo, sin aliento, dejando a la puerta un caballo de posta que
al llegar cayó sobre sus rodillas.
Felton y él se dirigieron al mismo tiempo a Patrick, el ayuda de
cámara de confianza del duque. Felton nombró al barón de Winter, el desconocido
no quiso nombrar a nadie, y pretendió que sólo podía darse a conocer al duque.
Los dos insistían para pasar uno antes que el otro.
Patrick, que sabía que lord de Winter estaba en tratos de
servicio y en relaciones de amistad con el duque, dio preferencia a quien venía
en su nombre. El otro fue obligado a esperar, y fue fácil ver cuánto maldecía
aquel retraso.
El ayuda de cámara hizo atravesar a Felton una gran sala en la
que esperaban los diputados de La Rochelle, encabezados por el príncipe de
Soubise, y lo introdujo en un gabinete donde Buckingham, que salía del baño,
acababa su aseo, al que en esta ocasión como en cualquier otra concedía una
atención extraordinaria.
El teniente Felton dijo Patrick , de parte de lord de Winter.
Felton entró. En aquel momento Buckingham arrojaba sobre un
canapé una rica bata recamada de oro, para ponerse un jubón de terciopelo azul
completamente bordado de perlas.
¿Por qué no ha venido el propio barón? preguntó Buckingham . Lo
esperaba esta mañana.
Me ha encargado decir a Vuestra Gracia respondió Felton que
lamentaba mucho no tener ese honor, pero que se hallaba impedido por la
custodia que está obligado a hacer del castillo.
Sí, sí dijo Buckingham , ya sé eso, hay una prisionera.
Precisamente de esa prisionera quería yo hablar a Vuestra Gracia
prosiguió Felton.
¡Bien, hablad!
Lo que tengo que deciros sólo puede ser oído de vos, milord.
Dejadnos, Patrick dijo Buckingham , pero estad cerca de la
campanilla; os llamaré en seguida.
Patrick salió.
Estamos solos, señor dijo Buckingham ; hablad.
Milord dijo Felton , el barón de Winter os ha escrito el otro
día para rogaros que firmaseis una orden de embarco relativa a una joven
llamada Charlotte Backson.
Sí, señor, y le he contestado que me trajera o me enviara esa
orden y que yo la firmaría.
Hela aquí, Milord.
Dadme dijo el duque.
Y tomándola de las manos de Felton, lanzó sobre el papel una
ojeada rápida. Entonces, dándose cuenta de que era lo que se le había
anunciado, la puso sobre la mesa, cogió una pluma y se dispuso a firmar.
Perdón, milord dijo Felton deteniendo al duque , ¿Vuestra Gracia
sabe que el nombre de Charlotte Backson no es el nombre verdadero de esa mujer?
Sí, señor, lo sé respondió el duque mojando la pluma en el
tintero.
¿Entonces Vuestra Gracia conoce su verdadero nombre? preguntó
Felton con voz cortada.
Lo conozco.
El duque acercó la pluma al papel.
Y conociendo ese nombre verdadero prosiguió Felton , ¿monseñor
lo firmará?
Claro que sí dijo Buckingham , y mejor dos veces que una.
No puedo creer continuó Felton con una voz que se hacía cada vez
más cortante y brusca que Su Gracia sepa que se trata de lady de Winter...
¡Lo sé perfectamente, aunque estoy asombrado de que lo sepáis
vos!
¿Y Vuestra Gracia firmará esa orden sin remordimientos?
Buckingham miró al joven con altivez.
Vaya, señor, ¿sabéis le dijo que me estáis haciendo preguntas
extrañas y que soy muy tonto por responder a ellas?
Respondedme, monseñor dijo Felton , la situación es más grave de
lo que quizá penséis.
Buckingham pensó que el joven, viniendo de parte de lord de
Winter, hablaba sin duda en su nombre y se sosegó.
Sin ningún remordimiento dijo , y el barón sabe como yo que
milady de Winter es una gran culpable y que es casi otorgarle gracia militar su
pena al destierro.
El duque posó su pluma sobre el papel.
¡No firmaréis esa orden, milord! dijo Felton dando un paso hacia
el duque.
¿Que no firmaré esta orden? dijo Buckingham . ¿Y por qué?
Porque haréis examen de conciencia y haréis justicia a Milady.
Se le hará justicia enviándola a Tyburn dijo Buckingham ; Milady
es una infame.
Monseñor, Milady es un ángel, vos lo sabéis de sobra, y yo os
exijo su libertad.
¡Vaya! dijo Buckingham . Estáis loco al hablarme así.
Milord, perdonadme; hablo como puedo; me contengo. Sin embargo,
milord, pensad en lo que vais a hacer, ¡y tened cuidado con pasaros de la raya!
¿Cómo?... ¡Dios me perdone! exclamó Buckingham . ¡Pero creo que
me está amenazando!
No, milord, aún ruego, y os digo: una gota de agua basta para
hacer desbordarse el vaso lleno, una falta ligera puede atraer el castigo sobre
la cabeza perdonada a pesar de tantos crímenes.
Señor Felton dijo Buckingham , vais a salir de aquí y
consideraros arrestado inmediatamente.
Vais a escucharme hasta el final, milord. Habéis seducido a esa
joven, la habéis ultrajado y mancillado: reparad vuestros crímenes para con
ella, dejadla partir libremente; y no exigiré otra cosa de vos.
¿Vos no exigiréis? dijo Buckingham mirando a Felton con asombro
y haciendo hincapié en cada una de las sílabas de las tres palabras que acababa
de pronunciar.
Milord continuó Felton exaltándose a medida que hablaba ,
milord, tened cuidado, toda Inglaterra está harta de vuestras iniquidades;
milord, habéis abusado del poder real que casi habéis usurpado; milord, habéis
horrorizado a los hombres y a Dios; Dios os castigará más tarde, pero yo, yo os
castigaré hoy.
¡Ah! ¡Esto es demasiado fuerte! grito Buckingham dando un paso
hacia la puerta.
Felton le cerró el paso.
Os lo pido humildemente dijo , firmad la orden de puesta en
libertad de lady de Winter; pensad que es la mujer que habéis deshonrado.
Retiraos, señor dijo Buckingham , o llamo y hago que os pongan
cadenas.
Vos no llamaréis dijo Felton arrojándose entre el duque y la
campanilla colocada sobre un velador inscrustado de plata ; tened cuidado,
milord, estáis entre las manos de Dios.
En las manos del diablo, querréis decir exclamó Buckingham
alzando la voz para atraer a gente, sin llamar, sin embargo, directamente.
Firmad, milord, firmad la libertad de lady de Winter dijo Felton
empujando un papel hacia el duque.
¡A la fuerza! ¿Os burláis de mí? ¡Eh, Patrick!
¡Firmad, milord!
¡Jamás!
¿Jamás?
¡A mí! gritó el duque, y al mismo tiempo saltó sobre su espada.
Pero Felton no le dio tiempo de sacarla: tenía abierto y oculto
en su jubón el cuchillo con que se había herido Milady; de un salto estuvo
sobre el duque.
En ese momento Patrick entraba en la sala gritando:
¡Milord, una carta de Francia!
¡De Francia! exclamó Buckingham olvidando todo al pensar de
quién le venía aquella carta.
Felton aprovechó el momento y le hundió en el costado el
cuchillo hasta el mango.
¡Ah, traidor! gritó Buckingham . Me has matado...
¡Al asesino! aulló Patrick.
Felton lanzó los ojos en torno a él para huir, y al ver la
puerta libre se precipitó en la habitación vecina que era aquella donde
esperaban, como hemos dicho, los diputados de La Rochelle, la atravesó
corriendo y se precipitó hacia la escalera; pero en el primer escalón se
encontró con lord de Winter, que al verlo pálido, extraviado, lívido, manchado
de sangre en la mano y en el rostro, saltó a su cuello exclamando:
¡Lo sabía lo había adivinado y llego un minuto tarde! ¡Oh,
desgraciado de mí!
Al grito lanzado por el duque, a la llamada de Patrick, el
hombre al que Felton había encontrado en la antecámara se precipitó en el
gabinete.
Encontró al duque tumbado sobre un sofá, cerrando su herida con
su mano crispada.
La Porte dijo el duque con voz moribunda , La Porte, ¿vienes de
su parte?
Sí, monseñor respondió el fiel servidor de Ana de Austria , pero
quizá demasiado tarde.
¡Silencio, La Porte, podrían oíros! Patrick, no dejéis entrar a
nadie. ¡Oh, no llegaré a saber lo que me manda decir! ¡Dios mío, me muero!
Y el duque se desvaneció.
Sin embargo, lord de Winter, los diputados, los jefes de la
expedición, los oficiales de la casa de Buckingham, habían irrumpido en su
habitación; por todas partes sonaban gritos de desesperación. La nueva que
llenaba el palacio de quejas y gemidos pronto se desparramó por doquier y se
esparció por la ciudad.
Un cañonazo anunció que acababa de pasar algo nuevo e
inesperado.
Lord de Winter se mesaba los cabellos.
¡Un minuto tarde! exclamó . ¡Un minuto tarde! ¡Oh, Dios mío,
Dios mío, qué desgracia!
En efecto, a las siete de la mañana habían ido a decirle que una
escala de cuerda flotaba en una de las ventanas del castillo; había corrido al
punto a la habitación de Milady, había encontrado la habitación vacía y la
ventana abierta los barrotes serrados, se había acordado de la recomendación
verbal que le había hecho transmitir D'Artagnan por su mensajero, había
temblado por el duque, y corriendo a la cuadra, sin perder tiempo siquiera de
hacer ensillar su caballo, había saltado sobre el primero que encontró, había
corrido a galope tendido y, saltando a tierra en el patio, había subido
precipitadamente la escalera, y en el primer escalón se había encontrado, como
hemos dicho, con Felton.
Sin embargo, el duque no estaba muerto; volvió en sí, abrió los
ojos y la esperanza volvió a todos los corazones.
Señores dijo dejadme solo con Patrick y La Porte.
¡Ah, sois vos, de Winter! Esta mañana me habéis enviado un
singular loco, ved el estado en que me ha puesto.
¡Oh, milord! exclamó el barón . No me consolaré nunca.
Y cometerás un error, mi querido de Winter dijo Buckingham
tendiéndole la mano . No sé de ningún hombre que merezca ser lamentado durante
toda la vida por otro hombre; mas déjanos, te lo ruego.
El barón salió sollozando.
No se quedaron en el gabinete más que el duque herido, La Porte
y Patrick.
Se buscaba a un médico, al que no podían encontrar.
Viviréis, milord, viviréis repetía de rodillas ante el sofá del
duque el mensajero de Ana de Austria.
¿Qué me escribía ella? dijo débilmente Buckingham chorreando
sangre y dominando, para hablar de aquella a la que amaba, atroces dolores .
¿Que me escribía ella? Léeme su carta.
¡Oh, milord! dijo La Porte.
Obedece, La Porte; ¿no ves que no tengo tiempo que perder?
La Porte rompió el sello y puso el pergamino bajo los ojos del
duque; mas Buckingham trató en vano de distinguir la escritura.
Lee, pues dijo ,lee, yo no veo ya; lee, porque pronto quizá no
oiga y moriré entonces sin saber lo que me ha escrito.
La Porte no puso más dificultades, y ieyó:
«Milord:
Por cuanto he sufrido de vos y por vos desde que os conozco, os
conjuro, si tenéis alguna preocupación por mi descanso, que interrumpáis el
gran armamento que hacéis contra Francia y ceséis una guerra de la que en voz
alta se dice que la religión es la causa visible, y en voz baja que vuestro
amor por mí es la causa oculta. Esta guerra no sólo puede acarrear a Francia y
a Inglaterra grandes catástrofes, sino incluso a vos, milord, desgracias de las
que nunca me consolaré.
Velad por vuestra vida, que amenazan y que me será cara en el
momento en que no esté obligada a ver en vos un enemigo.
Vuestra afectísima,
Ana.»
Buckingham reunió los restos de su vida para escuchar esta
lectura; luego, cuando hubo terminado, como si hubiera encontrado en aquella
carta un amargo desencanto:
¿No tenéis otra cosa que decirme de viva voz, La Porte?
preguntó.
Sí, monseñor: la reins me había encargado deciros que velaseis
por vos, porque había recibido el aviso que os querían asesinar.
¿Y eso es todo, eso es todo? prosiguió Buckingham con
impaciencia.
Tamb¡én me había encargado dec¡ros que os amará siempre.
¡Ah! d¡jo Buckingham ¡Dios sea loado! Mi muerte no será para
ells la muerte de un extraño...
La Porte se fundió en lágrimas.
Patrick dijo el duque , traedme el cofre donde estaban los
herretes de diamantes.
Patrick trajo el objeto pedido, que La Porte reconoció por haber
pertenecido a la reina.
Ahora, la bolsita de satén blanco, donde están bordadas en
perlas sus iniciales.
Patrick volvió a obedecer.
M¡rad, La Porte dijo Buckingham , estas son las ún¡cas prendas
que tengo de ella, este cofre de plata y estas dos cartas. Las devolvéis a Su
Majestad; y como último recuerdo... buscó a su alrededor algún objeto precioso
añadiréis...
Siguió buscando; pero sus m¡radas oscurecidas por la muerte no
encontraron más que el cuchillo caído de las manos de Felton echando aún el
vaho de la sangre bermeja extendida en la hoja.
Y añadiréis este cuchillo dijo el duque apretando la mano de La
Porte.
Aún pudo poner la bolsita en el fondo del cofre de plats, dejó
caer allí el cuchillo haciendo seña a La Porte de que no podía ya hablar;
luego, en la última convulsión, para la cual esta vez no tenía fuerzas ya de
combatir, se deslizó del sofá al suelo.
Patrick lanzó un grito.
Buckingham quiso sonreír por última vez; pero la muerte detuvo
su pensamiento, que quedó grabado sobre su frente como un último beso de amor.
En aquel momento el médico del duque llegó completamente
espantado; estaba ya a bordo del bajel almirante, habían tenido que ir a
buscarlo allí.
Se acercó al duque, cogió su mano, la conservó un instante en la
suya y la dejó caer.
Todo es inútil dijo , está muerto.
¡Muerto, muerto! exciamó Patrick.
Ante este grito toda la multitud entró en la sala, y por
doquiera no hubo más que consternación y tumulto.
Tan pronto como lord de Winter vio a Buckingham muerto, corrió a
por Felton, a quien los soldados seguían custodiando en la terraza del palacio.
¡Miserable! dijo al joven que desde la muerte de Buckingham
había encontrado aquella calma y aquella sangre fría que ya no iban a
abandonarlo . ¡Miserable! ¿Qué has hecho?
Me he vengado dijo.
¡Tú! dijo el barón . Di que has servido de instrumento a esa
maldita mujer; pero, te lo juro, este crimen será su último crimen.
No sé lo que queréis decir contestó tranquilamente Felton , e
ignoro de quién queréis hablar, milord: he matado al señor de Buckingham porque
ha rehusado en dos ocasiones, a vos mismo, nombrarme capitán: lo he castigado
por su injusticia, eso es todo.
De Winter, estupefacto, miraba a las, personas que ataban a
Felton y no sabía qué pensar de semejante sensibilidad.
Una sola cosa ponía, sin embargo, una nube sobre la frente pura
de Felton. A cada ruido que oía, el ingenuo puritano creía reconocer los pasos
y la voz de Milady viniendo a arrojarse en sus brazos para acusarse y perderse
con él.
De pronto se estremeció, su mirada se fijó en un punto del mar,
que desde la terraza en que se encontraba se dominaba completamente; con
aquella mirada de águila de marino había reconocido, allí donde otro no hubiera
visto más que una gaviota balanceándose sobre las olas, la vela de la balandra
que se dirigía a las costas de Francis.
Palideció, se llevó la mano al corazón, que se rompía, y
comprendió toda la traición.
Una última gracia, milord le dijo al barón.
¿Cuál? preguntó éste.
¿Qué hora es?
El barón sacó su reloj.
Las nueve menos diez dijo.
Milady había adelantado su partida una hora y media; desde que
oyó el cañonazo que anunciaba el fatal suceso, había dado la orden de levar el
ancla.
El barco bogaba bajo un cielo azul a gran distancia de la costa.
Dios lo ha querido dijo Felton con la resiganción del fanático,
pero sin poder, sin embargo, separar los ojos de aquel esquife a bordo del cual
creía sin duda distinguir el blanco fantasma de aquella a quien su vida iba a
ser sacrificada.
De Winter siguió su mirada, interrogó su sufrimiento y adivinó
todo.
Sé castigado solo primero, miserable dijo lord de Winter a
Felton, que se dejaba arrastrar con los ojos vueltos hacia el mar ; pero lo
juro, por la memoria de mi hermano a quien tanto amé, que tu cómplice no se ha
salvado.
Felton bajó la cabeza sin pronunciar una palabra.
En cuanto a de Winter, bajó rápidamente la escalera y se dirigió
al puerto.
Capítulo LX
En Francia
El primer temor del rey de Inglaterra, Carlos I, al enterarse de
esta muerte, fue que una noticia terrible desalentase a los rochelleses; trató,
dice Richelieu en sus Memorias, de ocultársela el mayor tiempo posible,
haciendo cerrar los puertos por todo su reino y teniendo especial cuidado de
que ningún bajel saliese hasta que el ejército que Buckingham aprestaba hubiera
partido, encargándose él mismo, a falta de Buckingham, de supervisar la marcha.
Llevó incluso la severidad de esta orden hasta mantener en
Inglaterra al embajador de Dinamarca, que se había despedido, y al embajador
ordinario de Holanda, que debía llevar al puerto de Flessingue los navíos de
Indias que Carlos I había hecho devolver a las Provincias Unidas.
Mas como pensó dar esta orden sólo cinco horas después del
suceso, es decir, a las dos de la tarde, ya habían salido del puerto dos
navíos: el uno llevando, como sabemos, a Milady, la cual, sospechando ya el
acontecimiento, fue confirmada en su creencia al ver el pabellón negro
desplegarse en el mástil del bajel almirante.
En cuanto al segundo navío, más tarde diremos a quién llevaba y
cómo partió.
Durante este tiempo, por lo demás, nada nuevo en el campo de La
Rochelle; sólo el rey, que se aburría mucho, como siempre, pero quizá aún un
poco más en el campamento que en otra parte, resolvió ir de incógnito a pasar
las fiestas de San Luis a Saint Germain, y pidió al cardenal hacerle preparar
una escolta de veinte mosqueteros solamente. El cardenal, a quien a veces
ganaba el aburrimiento del rey, concedió con gran placer aquel permiso a su
real lugarteniente, que prometió estar de regreso hacia el 15 de septiembre.
El señor de Tréville avisado por Su Eminencia, hizo su maletín
de grupa, y como, sin saber el motivo, conocía el vivo deseo a incluso la
imperiosa necesidad que sus amigos tenían de volver a Paris, los designó, por
supuesto, para formar parte de la escolta.
Los cuatro jóvenes supieron la noticia un cuarto de hora después
que el señor de Tréville, porque fueron los primeros a quienes se la comunicó.
Fue entonces cuando D'Artagnan apreció el favor que le había otorgado el
cardenal al hacerle formar parte por fin de los mosqueteros: sin esta
circunstancia, se habría visto obligado a permanecer en el campamento mientras
sus compañeros partían.
Más tarde se verá que esta impaciencia de dirigirse a Paris
tenía por causa el peligro que debía correr la señora Bonacieux al encontrarse
en el convento de Béthune con Milady, su enemiga mortal. Por eso, como hemos
dicho, Aramis había escrito inmediatamente a Marie Michon, aquella costurera de
Tours que tan buenos conocimientos tenía, para que obtuviese que la reina diese
autorización a la señora Bonacieux de salir del convento y retirarse bien a
Lorraine, bien a Bélgica. La respuesta no se había hecho esperar, y ocho o diez
días después, Aramis había recibido esta carta:
«Mi querido primo:
Aquí va la autorización de mi hermana para retirar a nuestra
pequeña criada del convento de Béthune, cuyo aire vos pensáis que es malo para
ella. Mi hermana os envía esta autorización con gran placer, porque quiere
mucho a esa muchacha, a la que se reserva serle útil más tarde.
Os abrazo,
Marie Michon.»
A esta carta iba unida una autorización así concebida:
«La superiors del convento de Béthune entregará a la persona que
le entregue este billete la novicia que entró en su convento bajo mi
recomendación y patronazgo.
En el Louvre, el 10 de agosto de 1628.
Anne.»
Como se comprenderá, estas relaciones de parentesco entre Aramis
y una costurera que llamaba a la reina hermana suya habían amenizado la
cháchara de los jóvenes; pero Aramis, después de haberse ruborizado dos o tres
veces hasta el blanco de los ojos ante las gruesas bromas de Porthos, había
rogado a sus amigos que no volvieran a tocar el tema, declarando que si se le
volvía a decir una sola palabra, no imploraría más a su prima como
intermediaria en este tipo de asuntos.
No volvió, pues, a tratarse de Marie Michon entre los cuatro
mosqueteros, que, por otra parte, teman lo que querían: la orden de sacar a la
señora Bonacieux del convento de las Carmelitas de Béthune. Es cierto que esta
orden no les serviría de gran cosa mientras estuvieran en el campamento de La
Rochelle, es decir, en la otra esquina de Francia; por eso D'Artagnan iba a
pedir un permiso al señor de Tréville, confiándole buenamente la importancia de
su partida, cuando le fue transmitida esta buena nueva tanto a él como a sus
tres compañeros: que el rey iba a partir para Paris con una escolta de veinte
mosqueteros, y que ellos formaban parte de la escolta.
La alegría fue grande. Enviaron a los criados por delante con
los equipajes, y partieron el 16 por la mañana.
El cardenal condujo a Su Majestad de Surgères a Mauzé, y allí el
rey y su ministro se despidieron uno de otro con grandes demostraciones de
amistad.
Sin embargo, el rey, que buscaba distracción, aunque caminando
lo más deprisa que le era posible, porque deseaba llagar a Paris para el 23, se
detenía de vez en cuando para cazar la picaza, pasatiempo cuyo gusto le fuera
inspirado antaño por De Luynes, y por el que siempre había conservado gran
predilección. De los veinte mosqueteros, dieciséis, cuando eso ocurría, se
alegraban del descanso; pero otros cuatro maldecían cuanto podían. D'Artagnan,
sobre todo, tenía zum-bidos perpetuos en las orejas, cosa que Porthos explicaba
así:
Una gran dama me enseñó que eso quiere decir que se habla de vos
en alguna parte.
Finalmente, la escolta cruzó Paris el 23 por la noche; el rey
dio las gracias al señor de Tréville, y le permitió distribuir permisos por
cuatro días, a condición de que ninguno de los favorecidos apareciese en algún
lugar público, so pena de la Bastilla.
Los cuatro primeros permisos otorgados, como se supondrá, fueron
para nuestros cuatro amigos. Es más, Athos obtuvo del señor de Tréville seis
días en lugar de cuatro a hizo añadir a estos seis días dos noches de más,
porque partieron el 24, a las cinco de la mañana, y, por complaciencia aún, el
señor de Tréville posdató el permiso hasta el 25 por la mañana.
Dios mío decía D'Artagnan, que como se sabe nunca dudaba de nada
, me parece que ponemos muchas pegas a una cosa bien simple: en dos días, y
reventando dos o tres caballos (poco me importa: tengo dinero), estoy en
Béthume, entrego la carta de la reina a la superiora, y dejo al querido tesoro
que voy a buscar no en Lorraine, tampoco en Bélgica, sino en Paris, donde
estará mejor oculto, sobre todo mientras el señor cardenal esté en La Rochelle.
Luego, una vez de retorno a la campaña, mitad por la protección de su prima,
mitad por el favor de lo que personalmente hemos hecho por ella, obtendremos de
la reina cuanto queramos. Quedaos, pues, aquí, no os agotéis de fatiga
inútilmente: yo y Planchet, es todo cuanto se necesita para un expedición tan
simple.
A lo cual Athos respondió tranquilamente.
También nosotros tenemos dinero; porque aún no he bebido
completamente el resto del diamante, y Porthos y Aramis no se lo han comido
todo. Reventaremos, por tanto, cuatro caballos mejor que uno. Mas pensad,
D'Artagnan dijo con una voz tan sombría que su acento dio escalofríos al joven
, pensad que Béthune es una villa donde el cardenal ha citado a una mujer que
por doquiera que va lleva la desgracia consigo. Si no tuvierais que habéroslas
más que con cuatro hombres, D'Artagnan, os dejaría ir solo; tenéis que
habéroslas con esa mujer, vayamos los cuatro, y pliega al cielo que con
nuestros cuatro cria-dos seamos en número suficiente.
Me asustáis, Athos exclamó D'Artagnan . ¿Qué teméis, pues, Dios
mío?
¡Todo! respondió Athos.
D'Artagnan examinó los rostros de sus compañeros, que, como el
de Athos, llevaban la huella de una inquietud profunda, y continuaron camino al
mayor trote que podían los caballos, pero sin añadir una sola palabra.
El 25 por la noche, cuando entraban en Arras, y cuando
D'Artagnan acababa de echar pie a tierra en el albergue de la Herse d'Or para
beber un vaso de vino un caballero salió del patio de la posta, donde acababa
de tracer el relevo tomando a todo galope, y con un caballo fresco, el camino
de Paris. En el momento en que pasaba del portalón a la calle, el viento
entreabrió la capa en que estaba envuelto, aunque fuese el mes de agosto, y se
llevó su sombrero, que el viajero retuvo con su mano en el momento en que ya
había abandonado su cabeza, y lo hundió rápidamente hasta los ojos.
D'Artagnan, que tenía fijos los ojos sobre aquel hombre,
palideció y dejó caer su vaso.
¿Qué os ocurre, señor?... dijo Planchet . ¡Eh, eh! Acudid,
señores, que mi amo se encuentra mal.
Los tres amigos acudieron y encontraron a D'Artagnan que, en
lugar de encontrarse mal, corría hacia su caballo. Lo detuvieron en el umbral.
¡Eh! ¿Dónde diablos vas as? le gritó Athos.
¡Es él! exclamó D'Artagnan, pálido de cólera y con el sudor
sobre la frente . ¡Es él! ¡Dejadme que le siga!
Pero él, ¿quién? preguntó Athos.
El, ese hombre.
¿Qué hombre?
Ese hombre maldito, mi genio malo, a quien he visto siempre
cuando estaba amenazado por alguna desgracia; el que acompañaba a la horrible
mujer cuando la encontré por primera vez, aquel a quien buscaba cuando provoqué
a Athos, aquél a quien vi la mañana del día en que la señora Bonacieux fue
raptada. ¡El hombre de Meung! ¡Lo he visto, es él! ¡Lo he reconocido cuando el
viento ha entreabierto su capa!
¡Diablos! dijo Athos pensativo.
A caballo, señores, a caballo, persigámoslo y lo alcanzaremos.
Querido dijo Aramis , pensad que él va hacia el lado opuesto al
que nosotros vamos; que tiene un caballo fresco y que nuestros caballos están
fatigados; que, por consiguiente, reventaremos nuestros caballos sin tener
siquiera la posibilidad de alcanzarlo. Dejemos al hombre, D'Artagnan, salvemos
a la mujer.
¡Eh, señor! gritó un mozo de cuadra corriendo tras el
desconocido . ¡Eh, señor, se os ha caído del sombrero este papel! ¡Eh, señor,
eh!
Amigo dijo D'Artagnan , media pistola por ese papel.
Con mucho gusto, señor; aquí lo tenéis.
El mozo de cuadra, encantado del buen día que había hecho,
regresó al patio del hostal; D'Artagnan desplegó el papel.
¿Y bien? preguntaron sus amigos rodeándolo.
¡Nada más que una palabra! dijo D'Artagnan.
Sí dijo Aramis , pero ese nombre es un nombre de villa o de
aldea.
Armentiéres leyó Porthos . Armentières, no conozco eso.
¡Y ese nombre de villa o de aldea está escrito de su mano!
exclamó Athos.
Vamos, vamos, guardemos cuidadosamente este papel dijo
D'Artagnan , quizá no haya perdido mi última pistola. A caballo, amigos míos, a
caballo.
Y los cuatro compañeros se lanzaron al galope por la ruta de
Béthune.
Capítulo LXI
El convento de las Carmelitas de Béthune
Los grandes criminales llevan con ellos una especie de
predestinación que los hace superar todos los obstáculos, que los hace escapar
de todos los peligros, hasta el momento en que la Providencia, cansada, ha
marcado por escollo de su fortuna impía.
Así ocurría con Milady; pasó a través de los cruceros de las dos
naciones, y arribó a Boulogne sin ningún accidente.
Y si al desembarcar en Portsmouth Milady era una inglesa a
quienes las persecuciones de Francia echaban de La Rochelle, al desembarcar en
Boulogne, tras dos días de travesía, se hizo pasar por una francesa a quien los
ingleses molestaban en Portsmouth, por el odio que habían concebido contra
Francia.
Milady tenía por otro lado el más eficaz de los pasaportes: su
belleza, su gran aspecto y la generosidad con que repartía las pistolas.
Ex¡mida de las formalidades de costumbre por la sonrisa afable y las maneras
galantes de un viejo gobernador del puerto que le besó la mano, no se quedó en
Boulogne más que el tiempo de poner en la posts una carts concebida en estos
términos:
«A Su Eminencia Monseñor el Cardenal de Richelieu, en su
campamento ante La Rochelle.
Monseñor que Vuestra Eminencia se tranquilice; Su Gracia el
duque de Buckingham no partirá hacia Francia.
Boulogne, 25 por la noche.
Milady ***. »
«P. S. Según los deseos de Vuestra Eminencia, me dirijo al
convento de las Carmelitas de Béthune, donde esperaré sus órdenes. »
Efectivamente, aquella misma noche Milady se puso en camino; la
cogió la noche: se detuvo y durmió en un albergue; luego, al día siguiente, a
las cinco de la mañana, partió, y tres horas después entró en Béthune.
Se hizo indicar el convento de las Carmelitas, y entró en él al
punto.
La superiora vino ante ella: Milady le mostró la orden del
cardenal, la abadesa le hizo dar la habitación y servir de desayunar.
Todo el pasado se había borrado ya a los ojos de esta mujer, y,
con la mirada puesta en el porvenir, no veía más que la alta fortuna que le
reservaba el cardenal, a quien tan felizmente había servido, sin que su nombre
se hubiera mezclado para nada con aquel sangriento asunto. Las pasiones siempre
nuevas que la consumían daban a su vida las apariencias de esas nubes que
vuelan en el cielo, reflejando tan pronto el azul, tan pronto el fuego, tan
pronto el negro opaco de la tempestad, y que no dejan más rastros sobre la
tierra que la devastación y la muerte.
Tras el desayuno, la abadesa vino a visitarla: hay pocas
distracciones en el claustro, y la buena superiora tenía prisa por trabar
conocimiento con su nueva pensionista.
Milady quería agradar a la abadesa; ahora bien, era cosa fácil
para aquella mujer tan realmente superior; trató de ser amable: fue encantadora
y sedujo a la buena superiora por su conversación tan variada y por las gracias
esparcidas en toda su persona.
A la abadesa, que era una hija de la nobleza, le gustaban sobre
todo las historias de corte, que rara vez llegan hasta las extremidades del
reino y que, sobre todo, tanto les cuesta franquear los muros de los conventos,
a cuyo umbral vienen a expirar los rumores mundanales.
Milady, por el contrario, estaba muy al corriente de todas las
intrigas aristocráticas, en medio de las cuales había vivido constantemente
desde hacía cinco o seis años; se puso, pues, a entretener a la buena abadesa
con las prácticas mundanas de la corte de Francia, mezcladas a las devociones
extremadas del rey, le hizo la crónica escandalosa de los señores y las damas
de la corte, que la abadesa conocía perfectamente de nombre, tocó de refilón
los amores de la reina y de Buckingham, hablando mucho para que se hablase
poco.
Mas la abadesa se contentó con escuchar todo y sonreír sin
responder. Sin embargo, como Milady vio que este género de relato le divertía
mucho, continuó; sólo que hizo recaer la conversación sobre el cardenal.
Pero se hallaba en apuros: ignoraba si la abadesa era realista o
cardenalista: se mantuvo en un punto medio prudente; pero la abadesa, por su
parte, se mantuvo en una reserva más prudente aún, contentándose con hacer una
profunda inclinación de cabeza todas las veces que la viajera pronunciaba el
nombre de Su Eminencia.
Milady comenzó a creer que se aburriría mucho en el convento;
resolvió, pues, arriesgar algo para saber luego a qué atenerse. Queriendo ver
hasta dónde iría la discreción de aquella buena abadesa, se puso a hablar mal,
muy disimulado primero, luego más circunstanciado, del cardenal, contando los
amores del ministro con la señora de D'Aiguillon, con Marion de Lorme y con
algunas otras mujeres galantes.
La abadesa escuchó más atentamente, se animó poco a poco y
sonrió.
Bueno se dijo Milady , le toma gusto a mi discurso; si es
cardenalista, no pone mucho fanatismo que digamos.
Luego pasó a las persecuciones ejercidas por el cardenal sobre
sus enemigos. La abadesa se contentó con persignarse, sin aprobar ni
desaprobar.
Esto confirmó a Milady en su opinión de que la religiosa era más
realista que cardenalista. Milady continuó, ponderando cada vez más.
Soy muy ignorante en todas estas materias dijo por fin la
abadesa , pero por alejadas que estemos de la corte, por marginadas y apartadas
de los intereses del mundo tenemos ejemplos muy tristes de cuanto nos contáis,
y una de nuestras pensionistas ha sufrido muchas venganzas y persecuciones del
señor cardenal.
Una de vuestras pensionistas dijo Milady . ¡Oh, Dios mío, pobre
mujer! La compadezco entonces.
Y tenéis razón, porque es muy de compadecer: prisión, amenazas,
malos tratos, ha sufrido todo. Pero después de todo prosiguió la abadesa ,
quizá el señor cardenal tuviera motivos plausibles para actuar así, y aunque
ella tiene el aire de un ángel, no hay que juzgar siempre a las personas por el
aspecto.
«Bueno se dijo Milady , quién sabe; quizá voy a descubrir algo
aquí, estoy en vena. »
Y se dedicó a dar a su rostro una expresión de candor perfecta.
¡Ay! dijo Milady . Yo lo sé; se dice que no hay que creer en las
fisonomías; pero ¿en qué creer entonces, si no es en la más bella obra del
Señor? En cuanto a mí, quizá esté equivocada toda mi vida; pero me fiaré
siempre de una persona cuyo rostro me inspire simpatía.
¿Seríais tentada, pues, de creer que esta joven es inocente?
dijo la abadesa.
El señor cardenal no castiga sólo los crímenes dijo ella ; hay
ciertas virtudes que persigue con más severidad que ciertas fechorías.
Permitidme, señora, expresaros mi extrañeza dijo la abadesa.
Y ¿de qué? preguntó Milady con ingenuidad.
Del lenguaje que tenéis.
¿Qué encontráis de sorprendente en este lenguaje? preguntó
Milady sonriendo.
Vois sois amiga del cardenal, puesto que os envía aquí, y sin
embargo...
Y, sin embargo, hablo mal de él prosiguió Milady, acabando el
pensamiento de la superiora.
Al menos no habláis bien.
Es que yo no soy su amiga dijo ella suspirando , sino su
víctima.
Pero, sin embargo, ¿esa carta por la que os recomienda a mí?
Es una orden contra mí de mantenerme en una especie de prisión
de la que me hará sacar por algunos de sus satélites.
Mas ¿por qué no habéis huido?
¿Dónde iría? ¿Creéis que hay un lugar en la tierra que no pueda
alcanzar el cardenal si quiere molestarme en tender la mano? Si yo fuera
hombre, en rigor, todavía sería posible; pero mujer, ¿qué queréis que haga una
mujer? Esa joven pensionista que tenéis aquí, ¿ha tratado de huir?
No, cierto, pero ella es otra cosa, creo que está retenida en
Francia por algún amor.
Entonces dijo Milady con un suspiro , si ama no es completamente
desgraciada.
¿O sea dijo la abadesa mirando a Milady con interés creciente ,
que lo que estoy viendo es también una pobre perseguida?
¡Ay, sí! dijo Milady.
La abadesa miró un instante a Milady con inquietud, como si un
nuevo pensamiento surgiese en su mente.
¿Vos no sois enemiga de nuestra santa fe? dijo ella balbuceando.
¡Yo! exclamó Milady . ¿Yo protestante? ¡Oh, no, pongo por
testigo al Dios que nos oye de que, por el contrario, soy ferviente católica!
Entonces dijo la abadesa sonriendo , tranquilizaos; la casa en
que estáis no será una prisión muy dura, y haremos todo lo necesario para
haceros amar la cautividad. Hay más, encontraréis aquí a esa joven perseguida
sin duda a consecuencia de alguna intriga cortesana. Es amable, graciosa.
¿Cómo la llamáis?
Me ha sido recomendada por alguien situado muy arriba, bajo el
nombre de Ketty. No he tratado de saber su otro nombre.
¡Ketty! exclamó Milady . ¿Cómo? ¿Estáis segura?
¿Que se hace llamar así? Sí, señora. ¿La conoceríais?
Milady sonrió para sí misma y ante la idea que le había venido
de que aquella mujer pudiera ser su antigua doncella. Al recuerdo de esta joven
se mezclaba un recuerdo de cólera, y un deseo de venganza había alterado los
rasgos de Milady, que, por lo demás, casi al punto adoptaron la expresión calma
y benévola que esta mujer de cien rostros les había hecho perder
momentáneamente.
¿Y cuándo podré ver a esa joven dama, por la que siento una
simpatía tan grande? preguntó Milady.
Pues esta noche dijo la abadesa , hoy mismo. Pero habéis viajado
durante cuatro horas, como vos misma me habéis dicho; esta mañana os habéis
levantado a las cinco, debéis necesitar descanso. Acostaos y dormid, a la hora
de la cena os despertaremos.
Aunque Milady hubiera podido prescindir muy bien del sueño,
sostenida como estaba por todas las excitaciones que una nueva aventura hacía
experimentar a su corazón ávido de intrigas, no por eso dejó de aceptar el
ofrecimiento de la superiora: desde hacía doce o quince días había pasado por
tantas emociones diversas que, aunque su cuerpo de hierro podía aún soportar la
fatiga, su alma necesitaba reposo.
Se despidió, pues, de la abadesa y se acostó, dulcemente acunada
por las ideas de venganza que naturalmente le había traído el nombre de Ketty.
Recordaba aquella promesa casi ilimitada que le había hecho el cardenal si
triunfaba en su empresa. Había triunfado; podría, pues, vengarse de D'Artagnan.
Sólo una cosa espantaba a Milady: era el recuerdo de su marido,
el conde de La Fère, a quien había creído muerto o al menos expatriado, y que
ahora volvía a encontrar bajo el nombre de Athos, el mejor amigo de D'Artagnan.
Pero, también, si era amigo de D'Artagnan, había debido
prestarle ayuda en todas las intrigas, con ayuda de las cuales la reina había
desbaratado los proyectos de Su Eminencia; si era amigo de D'Artagnan, era
enemigo del cardenal, y sin duda conseguiría ella envolverlo en la venganza en
cuyos pliegues contaba con ahogar al joven mosquetero.
Todas estas esperanzas eran dulces pensamientos para Milady; por
eso, acunada por ellos, se durmió al punto. .
Fue despertada por una voz dulce que resonó al pie de su cama.
Abrió los ojos y vio a la abadesa acompañada de una joven de cabellos rubios,
de tez delicada, que fijaba sobre ella una mirada llena de benevolente
curiosidad.
El rostro de aquella joven le era completamente desconocido: las
dos se examinaron con una atención escrupulosa, al tiempo que cambiaban los
saludos de uso; las dos eran muy bellas, pero de belleza completamente
distinta. Sin embargo, Milady sonrió al reconocer que aventajaba con mucho a la
joven mujer en clase y modales aristocráticos. Es cieto que el hábito de
novicia que llevaba la joven no era muy ventajoso para sostener una lucha de
este género.
La abadesa las presentó una a otra; luego, cuando fue cumplida
esta formalidad, como sus deberes la llamaban a la iglesia, dejó a las dos
jóvenes mujeres solas.
La novicia, al ver a Milady acostada, quería seguir a la
superiora, mas Milady la retuvo.
¿Cómo señora? le dijo ella . ¿Apenas os he visto y ya queréis
privarme de vuestra presencia, con la cual, sin embargo, contaba yo, os lo
confieso, para el tiempo que tengo que pasar aquí?
No, señora respondió la novicia sólo que temía haber escogido
mal el momento; dormid, estáis fatigada.
Bueno dijo Milady , ¿qué pueden pedir las personas que duermen?
Un buen despertar. Este despertar vos me lo habéis dado; dejadme gozar de él a
mi gusto.
Y cogiéndole la mano, la atrajo sobre un sillón que estaba junto
a su lecho.
La novicia se sentó.
¡Dios mío dijo ella , qué desgraciada soy! Hace ya seis meses
que estoy aquí, sin la sombra de una distracción; llegáis vos, vuestra
presencia iba a ser para mí una compañía encantadora, y he aquí que lo más
probable es que de un momento a otro vaya a dejar el convento.
¡Cómo! dijo Milady . ¿Os marcháis en seguida?
Al menos eso espero dijo la novicia con una expresión de alegría
que no trataba de disfrazar por nada del mundo.
Creo haber entendido que habéis sufrido por parte del cardenal
continuó Milady ; hubiera sido un motivo más de simpatía entre nosotras.
Ya me lo ha dicho nuestra buena madre. ¿Es, por tanto, verdad
que también vos erais una víctima de ese malvado cardenal?
¡Chiss! dijo Milady . Incluso aquí no hablemos así de él; todas
mis desgracias proceden de haber dicho más o rlenos lo que vos acabáis de
decir, delante de una mujer a quien yo creía amiga mía y que me ha traicionado.
Y vos, ¿sois también vos víctima de una traición?
No dijo la novicia , sino de mi desvelo por una mujer a la que
yo quería, por quien hubiera dado mi vida, por la que aún la daría.
Y que os ha abandonado, ¿no es eso?
He sido lo bastante injusta para creerlo, pero desde hace dos o
tres días he obtenido prueba de lo contrario, y se lo agradezco a Dios; me
habría costado creer que me había olvidado. Pero vos, señora continuó la
novicia me parece que estáis libre, y que si quisierais huir, no dependería más
que de vos.
¿Dónde queréis que vaya sin amigos, sin dinero, en una parte de
Francia que no conozco, adonde no he venido nunca?...
¡Oh! exclamó la novicia . En cuanto a amigos, los tendréis por
todas partes donde os mostréis. Parecéis tan buena y sois tan bella...
Esto no me impide prosiguió Milady endulzando su sonrisa de
manera que le daba una expresión angelical que yo esté sola y perseguida.
Escuchad dijo la novicia , hay que tener esperanza en el cielo,
como veis; siempre viene en el momento en que el bien que se ha hecho defiende
nuestra causa ante Dios, y mirad, quizá sea una suerte para vos, por humilde y
sin poder que yo sea, que me hayáis encontrado; porque si yo salgo de aquí,
pues bien, tendré algunos amigos poderosos que, después de haberse puesto en
campaña por mí, podrán también ponerse en campaña por vos.
¡Oh! Cuando he dicho que estaba sola dijo Milady, esperando
hacer hablar a la novicia hablando de ella misma , no es por falta de tener
algunos conocimientos situados arriba; pero estos conocimientos tiemblan ante
el cardenal: la reina misma no se atreve a sostener a alguien contra el
cardenal; tengo pruebas de que su majestad, pese a su excelente corazón, ha
sido obligada más de una vez a abandonar a la cólera de Su Eminencia a personas
que la habían servido.
Creedme, señora, la reina puede parecer haber abandonado a esas
personas; pero no hay que creer en las apariencias; cuanto más perseguidas son,
más piensa en ellas, y con frecuencia, en el momento en que ellas menos lo
piensan, tienen pruebas de su buen recuerdo.
¡Ay! dijo Milady . Lo creo. Es tan buena la reina...
¡Oh, entonces conocéis a esa bella y noble reina, puesto que
habláis así! exclamó la novicia con entusiasmo.
Es decir replicó Milady, acorralada en sus posiciones , a ella
personalmente no tengo el honor de conocerla; pero conozco a buen número de sus
amigos más íntimos: conozco al señor de Putange, he conocido en Inglaterra al
señor Dujart, conozco al señor de Tréville.
¡El señor de Tréville! exclamó la novicia . ¿Conocéis al señor
de Tréville?
Sí, perfectamente, mucho incluso.
¿El capitán de los mosqueteros del rey?
El capitán de los mosqueteros del rey.
¡Oh, vais a ver exclamó la novicia cómo dentro de un momento
vamos a ser muy conocidas, casi amigas! Si conocéis al señor de Tréville
habréis debido ir a su casa.
¡Con frecuencia! dijo Milady, que una vez entrada en esta vía y
dándose cuenta de que la mentira triunfaba, quería llevarla hasta el final.
En su casa habréis debido ver a algunos de sus mosqueteros...
¡A todos los que habitualmente recibe! respondió Milady, para
quien esta conversación empezaba a tener un interés real.
Nombradme a algunos de los que vos conozcáis y veréis que
estarán entre mis amigos.
Conozco dijo Milady embarazada al señor de Louvigny, al señor de
Courtivron, al señor de Férussac.
La novicia la dejó decir; luego, viendo que se detenía:
¿Y no conocéis le dijo a un gentilhombre llamado Athos?
Milady se puso tan pálida como las sábanas entre las que se
acostaba, y por dueña que fuera de sí misma no pudo impedirse lanzar un grito
cogiendo la mano de su interlocutora y devorándola con la mirada.
¿Qué, qué os ocurre? ¡Oh, Dios mío! preguntó aquella pobre mujer
. ¿He dicho algo que os haya herido?
No, pero ese nombre me ha sorprendido porque también yo he
conocido a ese gentilhombre, y porque me parece extraño encontrar a alguien que
le conozca mucho.
¡Oh, sí, mucho, no solamente a él, sino también a sus amigos,
los señores Porthos y Aramis!
De veras, también a ellos los conozco exclamó Milady, que sintió
el frío penetrar hasta su corazón.
Pues bien, si los conocéis, debéis saber que son buenos y
francos compañeros. ¿Por qué nos os dirigís a ellos si necesitáis apoyo?
Es decir balbuceó Milady , yo no estoy vinculada realmente a
ninguno de ellos; los conozco por haber oído hablar mucho de ellos a uno de mis
amigos, el señor D'Artagnan.
¡Conocéis al señor D'Artagnan! exclamó la novicia a su vez,
cogiendo la mano de Milady y devorándola con los ojos.
Luego notando la extraña expresión de la mirada de Milady:
Perdón, señora dijo , ¿a título de qué lo conocéis?
Pues replico Milady en apuros a título de amigo.
Me engañáis, señora dijo la novicia ; habéis sido su amante.
Sois vos quien lo habéis sido, señora exclamó Milady a su vez.
¡Yo! dijo la novicia.
Sí, vos; ahora os conozco, vos sois la señora Bonacieux.
La joven retrocedió, llena de sorpresa y de terror.
¡Oh, no lo neguéis! Responded prosiguió Milady.
Pues bien: sí, señora; yo le amo dijo la novicia , ¿somos
rivales?
El rostro de Milady se encendió de un fuego tan salvaje que en
cualquier otra circunstancia la señora Bonacieux habría huido de espanto; pero
estaba totalmente dominada por los celos.
Veamos: decís, señora prosiguió la señora Bonacieux con una
energía de la que se la hubiera creído incapaz , qué habéis sido o sois su
amante?
¡Oh, oh! exclamó Milady con un acento que no admitía duda sobre
su verdad . ¡Jamás, jamás!
Os creo dijo la señora Bonacieux ; mas ¿por qué entonces habéis
gritado así?
¿Cómo, no comprendéis? dijo Milady, que se había repuesto de su
turbación y que había recuperado toda su presencia de ánimo.
¡Cómo queréis que comprenda! Yo no sé nada.
¿No comprendéis que, por ser mi amigo, D'Artagnan me había
tomado por confidente?
¿De veras?
¡No comprendéis que lo sé todo: vuestro rapto de la casita de
Saint Germain, su desaparición, la de sus amigos, sus búsquedas inútiles desde
ese momento! Y ¿cómo no queréis que me sorprenda, cuando sin sospechármelo me
encuentro con vos, de quien hemos hablado con tanta frecuencia juntos, con vos,
a quien él ama con toda la fuerza de su alma, con vos, a quien él me había
hecho amar antes de haberos visto? ¡Ay, querida Costance, ahora os encuentro,
por fin os veo!
Y Milady tendió sus brazos a la señora Bonacieux, que,
convencida por lo que acababa de decirle, no vio ya en esta mujer, en quien un
instante antes había creído su rival, más que una amiga sincera y abnegada.
¡Oh, perdonadme, perdonadme! exclamó ella dejándose ir sobre su
hombro . ¡Lo amo tanto!
Las dos mujeres estuvieron un instante abrazadas. Desde luego,
si las fuerzas de Milady hubieran estado a la altura de su odio, la señora
Bonacieux sólo hubiera salido muerta de aquel abrazo. Pero no pudiendo
ahogarla, le sonrió.
¡Oh, querida, querida muchacha dijo Milady , cuán feliz soy al
veros! Dejadme miraros y diciendo estas palabras la devoraba inquisitivamente
con la mirada . Sí, sois vos. ¡Ah y, por cuanto me ha dicho, os reconozco
ahora, os reconozco perfectamente!
La pobre joven no podía sospechar lo que de horrorosamente cruel
pasaba tras la muralla de aquella frente pura, tras aquelos ojos tan brillantes
donde no leía otra cosa sino interés y compasión.
Entonces sabéis cuánto he sufrido dijo la señora Bonacieux ,
puesto que os he dicho lo que él sufría; pero sufrir por él es felicidad.
Milady replicó maquinalmente.
Sí, es felicidad.
Ella pensaba en otra cosa.
Y, además continuó la señora Bonacieux , mi suplicio toca a su
término; mañana, quizá esta noche, lo volveré a ver, y entonces el pasado no
existirá.
¿Esta noche? ¿Mañana? exclamó Milady sacada de su ensoñación por
aquellas palabras . ¿Qué queréis decir? ¿Esperáis alguna nueva de él?
Lo espero a él.
A él. ¿D'Artagnan aquí?
El mismo.
¡Pero es imposible! Está en el sitio de La Rochelle con el
cardenal; no volverá a París sino después de la toma de la ciudad.
Vos creéis eso, pero ¿es que hay algo imposible para mi
D'Artagnan el noble y leal gentilhombre?
¡Oh, no puedo creeros!
¡Buenos entonces leed! dijo en el exceso de su orgullo y de su
alegría la desventurada joven presentando una carta a Milady.
«¡La escritura de la señora Chevreuse! se dijo para sus adentros
Milady . ¡Ay, estaba segura de que tenía conocimientos por ese lado!»
Y leyó ávidamente estas pocas líneas:
«Mi querida niña, estad preparada: nuestro amigo os verá muy
pronto, y no os verá más que para arrancaros de la prisión en que vuestra
seguridad exigía que estuvieseis oculta; preparaos, pues, para la partida y no
desesperéis jamás de nosotros.
Vuestro encantador gascón acaba de mostrarse valiente y fiel
como siempre; decidle que se le agradece en alguna parte el aviso que ha dado.»
Sí, sí dijo Milady , sí, la carta es precisa. ¿Sabéis cuál es
ese aviso?
No, sospecho solamente que haya prevenido a la reina de alguna
nueva maquinación del cardenal.
Sí, eso es sin duda dijo Milady, devolviendo la carta a la
señora Bonacieux y dejando caer su cabeza pensativa sobre su pecho.
En aquel momento se oyó el galope de un caballo.
¡Oh! exclamó la señora Bonacieux precipitándose a la ventana .
¿Será ya él?
Milady había permanecido en su cama, petrificada por la
sorpresa; tantas cosas inesperadas le llegaban de golpe que por primera vez la
cabeza le fallaba.
¡EI, él! murmuró ella . ¿Será él?
Y permanecía en la cama con los ojos fijos.
¡Ay, no! dijo la señora Bonacieux . Es un hombre que no conozco
y que, sin embargo, parece que viene hacia aquí; sí, aminora su carrera, se
deteniene en la puerta, llama.
Milady saltó fuera de su cama.
¿Estáis completamente segura de que no es él? dijo ella.
¡Oh, sí, completamente segura!
Quizá hayáis visto mal.
¡Oh! Aunque no viera más que la pluma de su sombrero, la punta
de su capa, lo reconocería.
Milady seguía vistiéndose.
No importa, ¿decís que ese hombre viene hacia aquî?
Sí, ha entrado.
Es para vos o para mí.
¡Oh, Dios mío, qué agitada parecéis!
Sí, lo confieso, yo no tengo vuestra confianza, temo cualquier
cosa del cardenal.
¡Chis! dijo la señora Bonacieux . Alguien viene.
Efectivamente, la puerta se abrió y entró la superiora.
Sois vos la que llegáis de Boulogne? preguntó a Milady.
-Sí, soy yo respondió ésta tratando de recuperar su sangre fría
. ¿Quién pregunta por mí?
Un hombre que no quiere decir su nombre, pero que viene de parte
del cardenal.
¿Y qué quiere decirme? preguntó Milady.
Que quiere hablar con una dama que ha llegado de Boulogne.
Entonces hacedlo entrar, señora, os lo ruego.
¡Oh, Dios mío, Dios mío! dijo la señora Bonacieux . ¿Será alguna
mala noticia?
Tengo miedo.
Os dejo con ese extraño, pero tan pronto como se marche, volveré
si me lo permitís.
¡Cómo no! Os lo suplico.
La superiora y la señora Bonacieux salieron.
Milady se quedó sola, fijos los ojos en la puerta; un instante
después se oyó el ruido de espuelas que resonaban en las escaleras, luego los
pasos se acercaron, luego la puerta se abrió y apareció un hombre.
Milady lanzó un grito de alegría: aquel hombre era el conde de
Rochefort, el instrumento ciego de Su Eminencia.
Capítulo LXII
Dos variedades de demonios
¡Ah! exclamaron al mismo tiempo Rochefort y Milady . ¡Sois vos!
Sí, soy yo.
¿Y llegáis?... preguntó Milady.
De La Rochelle. ¿Y vos?
De Inglaterra.
¿Buckingham?
Muerto o herido peligrosamente; cuando yo partía sin haber
podido obtener nada de él, un fanático acababa de asesinarlo.
¡Ah! exclamó Rochefort con una sonrisa . ¡He ahí un azar muy
feliz! Y que satisfará mucho a Su Eminencia. ¿Le habéis avisado?
Le escribí desde Boulogne. Pero ¿cómo estáis aquí?
Su Eminencia, inquieto, me ha enviado en vuestra busca.
Llegué ayer.
¿Y qué habéis hecho desde ayer?
No he perdido mi tiempo.
¡Oh! Eso me lo sospecho de sobra.
¿Sabéis a quién he encontrado aquí?
No.
Adivinad.
¿Cómo queréis...?
A esa joven a quien la reina ha sacado de prisión.
¿La amante del pequeño D'Artagnan?
Sí, a la señora Bonacieux, cuyo retiro ignoraba el cardenal.
Bueno dijo Rochefort , ahí tenemos un azar que puede igualarse
con el otro. El señor cardenal es realmente un hombre privilegiado.
¿Comprendéis mi asombro continuó Milady cuando me he encontrado
cara a cara con esta mujer?
¿Ella os conoce?
No.
Entonces, ¿os mira como a una extraña?
Milady sonrió.
¡Soy su mejor amiga!
Por mi honor dijo Rochefort , no hay como vos, mi querida
condesa, para hacer milagros.
Y vale la pena, caballero dijo Milady , porque ¿sabéis qué pasa?
No.
Van a venir a buscarla mañana o pasado mañana con una orden de
la reina.
¿De verdad? ¿Y quién?
D'Artagnan y sus amigos.
Realmente harán tanto que nos veremos obligados a enviarlos a la
Bastilla.
¿Por qué no se ha hecho ya?
¡Qué queréis! Porque el señor cardenal tiene por esos hombres
una debilidad que yo no comprendo.
¿De veras?
Sí.
Pues bien, decidle esto, Rochefort, decidle que nuestra
conversación en el albergue del Colombier Rouge fue oída por esos cuatro
hombres; decidle que después de su partida uno de ellos subió y me arrancó
mediante la violencia el salvoconducto que me había dado; decidie que habían
hecho avisar a lord de Winter de mi paso a Inglaterra; que también en esta
ocasión han estado a punto de hacer fracasar mi misión, como hicieron fracasar
la de los herretes; decidle que entre esos cuatro hombres, sólo dos son de temer,
D'Artagnan y Athos; decidle que el tercero, Aramis, es el amante de la señora
de Chevreuse: hay que dejar vivir a éste, sabemos su secreto, puede ser útil;
en cuanto al cuarto, Porthos, es un tonto, un fatuo y un necio: que no se
preocupe siquiera.
Pero esos cuatro hombres deben estar en este momento en el
asedio de La Rochelle.
Eso creía como vos; pero una carta que la señora Bonacieux ha
recibido de la señora de Chevreuse, y que ha cometido la imprudencia de
comunicarme, me lleva a creer que por el contrario estos cuatro hombres están
de camino y vienen a llevársela.
¡Diablos! ¿Qué hacer?
¿Qué os ha dicho el cardenal a mi respecto?
Que reciba vuestros partes escritos o verbales, que vuelva al
puesto, y cuando él sepa lo que habéis hecho, pensará en lo que debéis hacer.
¿Debo entonces quedarme aquî? preguntó Milady.
Aquí o en los alrededores.
¿No podéis llevarme con vos?
No, la orden es formal; en los alrededores del campamento
podríais ser reconocida, y vuestra presencia, como comprenderéis, comprometería
a Su Eminencia, sobre todo después de lo que acaba de pasar allá. Sólo que
decidme por adelantado dónde esperaréis noticias del cardenal, que yo sepa
siempre dónde encontraros.
Escuchad, es probable que no pueda permanecer aquí.
¿Por qué?
Olvidáis que mis enemigos pueden llegar de un momento a otro.
Cierto; pero entonces, ¿esa mujercita va a escapársele a Su
Eminencia?
¡Bah! dijo Milady con una sonrisa que no pertenecía más que a
ella . Olvidáis que yo soy su mejor amiga.
¡Ah, es cierto! Puedo, por tanto, decir al cardenal que,
respecto a esa mujer...
Que esté tranquilo.
¿Eso es todo?
El sabrá lo que quiere decir.
Lo adivinará. Ahora, veamos, ¿qué debo hacer yo?
Salir al instante; me parece que las nuevas que lleváis bien
merecen que nos demos prisa.
Mi silla se ha partido al entrar en Lillers.
¡Estupendo!
¿Cómo estupendo?
Sí, necesito vuestra silla dijo la condesa.
¿Y cómo iré yo entonces?
A todo galope.
Os tienen sin cuidado esas ciento ochenta leguas.
¿Qué es eso?
Se harán. ¿Y luego?
Luego, al pasar por Lillers, me devolvéis la silla con orden a
vuestro criado de ponerse a mi disposición.
Bien.
Indudablemente, tendréis encima de vos alguna orden del
cardenal...
Tengo mi pleno poder.
Lo mostraréis a la abadesa diciendo que vendrán a buscarme, bien
hoy, bien mañana, y que yo tendré que seguir a la persona que se presente en
vuestro nombre.
¡Muy bien!
No olvidéis tratarme duramente cuando habléis de mí a la
abadesa.
¿Por qué?
Yo soy una víctima del cardenal. Tengo que inspirar confianza a
esa pobre señora Bonacieux.
De acuerdo. Ahora, ¿queréis hacerme un informe de todo lo que ha
pasado?
Ya os he contado los acontecimientos, tenéis buena memoria,
repetid las cosas tal como os las he dicho, un papel se pierde.
Tenéis razón; basta con saber dónde encontraros, para que no
vaya a recorrer inútilmente por los alrededores.
Es cierto, esperad.
¿Tenéis un mapa?
¡Oh! Conozco esta región de maravilla.
¿Vos? ¿Cuándo habéis venido aquí?
Fui criada aquí.
¿De verdad?
Siempre sirve de algo, como veis, haber sido criada en alguna
parte.
Entonces me esperáis...
Dejadme pensar un instante; claro, mirad, en Armentières.
¿Qué es Armentières?
Una pequeña aldea junto al Lys; no tendré más que cruzar el río
y estoy en un país extranjero.
¡De maravilla! Pero que quede claro que no atravesaréis el río
más que en caso de peligro.
Por supuesto.
Y en ese caso, ¿cómo sabré dónde estáis?
¿Necesitáis a vuestro lacayo?
No.
¿Es un hombre seguro?
A toda prueba.
Dádmelo; nadie lo conoce, lo dejo en el lugar del que mé voy y
él os lleva adonde estoy.
¿Y decís que me esperáis en Armentières?
En Armentières respondió Milady.
Escribidme ese nombre en un trozo de papel, no vaya a ser que lo
olvide; un nombre de aldea no es comprometedor, ¿no es as?
¿Quién sabe? No imports dijo Milady escribiendo el nombre en
media hoja de papel , me comprometo.
¡Bien! dijo Rochefort cogiendo de las manos de Milady el papel,
que plegó y metió en el forro de su sombrero . Por otra parte, tranquilizaos;
voy a hacer como los niños, y en caso de que pierda ese papel, repetiré el
nombre durante todo el camino. Y ahora, ¿eso es todo?
Creo que sí.
Intentaremos recordar: Buckingham, muerto o gravemente herido;
vuestra conversación con el cardenal, oída por los cuatro mosqueteros; lord de
Winter avisado de vuestra llegada a Portsmouth; D'Artagnan y Athos, a la
Bastilla; Aramis, amante de la señora de Chevreuse; Porthos, un fauto; la
señora Bonacieux, vuelta a encontrar; enviaros la silla lo antes posible; poner
mi lacayo a vuestra disposición; hacer de vos una víctima del cardenal para que
la abadesa no sospeche; Armentières, a orillas del Lys. ¿Es eso?
Realmente, mi querido caballero, sois un milagro de memoria. A
propósito, añadid una cosa.
¿Cuál?
He visto bosques muy bonitos que deben lindar con el jardín del
convento, decid que me está permitido pasear por esos bosques. ¿Quién sabe?
Quizá tenga necesidad de salir por una puerta de atrás.
Pensáis en todo.
Y vos, vos olvidáis una cosa.
¿Cuál?
Preguntarme si necesito dinero.
Tenéis razón, ¿cuánto queréis?
Todo el oro que tengáis.
Tengo aproximadamente quinientas pistolas.
Yo tengo otro tanto; con mil pistolas se hace frente a todo;
vaciad vuestros bolsillos.
Aquí están, condesa.
Bien, mi querido conde. ¿Cuándo partís?
Dentro de una hora: el tiempo de tomar un bocado, durante el
cual enviaré a buscar un caballo de posts.
¡De maravilla! ¡Adiós, caballero!
Adiós, condesa.
Recomendadme al cardenal dijo Milady.
Recomendadme a Satán replicó Rochefort.
Milady y Rochefort cambiaron una sonrisa y se separaron.
Una hora después, Rochefort partió a galope tendido en su
caballo; cinco horas más tarde pasaba por Arras. Nuestros lectores ya saben
cómo había sido reconocido por D'Artagnan, y cómo este reconocimiento,
inspirando temores a los cuatro mosqueteros, habían dado nueva actividad a su
viaje.
Capítulo LXlll
Gota de agua
Apenas había salido Rochefort, volvió a entrar la señora
Bonacieux. Encontró a Milady con el rostro risueño.
Y bien dijo la joven lo que vos temíais ha llegado, por tanto;
esta noche o mañana el cardenal os envía a recoger.
¿Quién os ha dicho eso, niña mía? preguntó Milady.
Lo he oído de la boca misma del mensajero.
Venid a sentaros aquí a mi lado dijo Milady.
Ya estoy aquí.
Esperad que me asegure de si alguien nos escucha.
¿Por qué todas estas precauciones?
Ahora vais a saberlo. Milady se levantó y fue a la puerta la
abrió, miró en el corredor y volvió a sentarse junto a la señora Bonacieux.
Entonces dijo ella , ha interpretado bien su papel.
¿Quién?
El que se ha presentado a la abadesa como enviado del cardenal.
Era entonces un papel que representaba?
Sí, niña mía.
Ese hombre no es entonces...
Ese hombre dijo Milady bajando la voz es mi hermano.
¡Vuestro hermano! exclamó la señora Bonacieux.
Pues sí, sólo vos sabéis este secreto, niña mía; si lo confiáis
a alguien, sea el que sea, estaré perdida, y quizá vos también.
¡Oh, Dios mío!
Escuchad, lo que pasa es esto: mi hermano, que venía en mi ayuda
para sacarme de aquí a la fuerza si era preciso, se ha encontrado con el
emisario del cardenal que venía a buscarme; lo ha seguido. Al llegar a un lugar
del camino solitario y apartado, ha sacado la espada conminando al mensajero a
entregarle los papeles de que era portador; el mensajero ha querido defenderse,
mi hermano lo ha matado.
¡Oh! exclamó la señora Bonacieux temblando.
Era el único medio, pensad en ello. Entonces mi hermano ha
resuelto sustituir la fuerza por la astucia: ha cogido los papeles y se ha
presentado aquí como el emisario mismo del cardenal, y dentro de una hora o
dos, un coche debe venir a recogerme de parte de Su Eminencia.
Comprendo; ese coche es vuestro hermano quien os lo envía.
Exacto; pero eso no es todo: esa carta que habéis recibido y que
creéis de la señora de Chevreuse...
¿Qué?
Es falsa.
¿Cómo?
Sí, falsa: es una trampa para que no hagáis resistencia cuando
vengan a buscaros.
Pero si vendrá D'Artagnan.
Desengañaos, D'Artagnan y sus amigos están retenidos en al
asedio de La Rochelle.
¿Cómo sabéis eso?
Mi hermano ha encontrado a los emisarios del cardenal con traje
de mosqueteros. Os habrían llamado a la puerta, vos habríais creído que se
trataba de amigos os raptaban y os llevaban a Paris.
¡Oh, Dios mío! Mi cabeza se pierde en medio de este caos de
iniquidades. Siento que si esto durase continuó la señora Bonacieux llevando
sus manos a su frente me volvería loca.
Esperad.
¿Qué?
Oigo el paso de un caballo, es el de mi hermano que se marcha;
quiero decirle el último adiós, venid.
Milady abrió la ventana a hizo señas a la señora Bonacieux de
reunirse con ella. La joven fue allí.
Rochefort pasaba al galope.
¡Adiós, hermano! exclamó Milady.
El caballero alzó la cabeza, vio a las dos jóvenes y, rnientras
seguía corriendo, hizo a Milady una seña amistosa con la mano.
¡Este buen Georges! dijo ella volviendo a cerrar la ventana con
una expresión de rostro llena de afecto y melancolía.
Y volvió a sentarse en su sitio, como si se sumiera en
reflexiones completamente personales.
Querida señora dijo la señora Bonacieux , perdón por
interrumpiros, pero ¿qué me aconsejáis hacer? ¡Dios mío! Vos tenéis más
experiencia que yo; hablad, os escucho.
En primer lugar dijo Milady , puede que yo me equivoque y que
D'Artagnan y sus amigos vengan realmente en vuestra ayuda.
¡Oh, hubiera sido demasiado hermoso! exclamó la señora Bonacieux
. Y tanta felicidad no está hecha para mí.
Entonces, atended; será simplemente una cuestión de tiempo, una
especie de carrera para saber quién llegará primero. Si son vuestros amigos los
que los aventajan en rapidez, estaréis salvada; si son los satélites del
cardenal, estaréis perdida.
¡Oh sí, perdida sin remisión! ¿Qué hacer entonces? ¿Qué hacer?
Habría un medio muy simple, muy natural...
¿Cuál? Decid.
Sería esperar oculta en los alrededores y aseguraros de quiénes
son los hombres que vienen a buscaros.
Pero ¿dónde esperar?
¡Oh, eso sí que no es un problema! Yo misma me detendré y me
ocultaré a algunas leguas de aquí, a la espera de que mi hermano venga a
reunirse conmigo; pues bien, os llevo conmigo, nos escondemos y esperamos
juntas.
Pero no me dejarán partir, aquí estoy casi prisionera.
Como creen que yo me marcho por orden del cardenal, no creerán
que estéis deseosa de seguirme.
¿Y?
Pues lo siguiente: el coche está en la puerta, vos me despedís,
subís al estribo para estrecharme en vuestros brazos por última vez; el criado
de mi hermano que viene a recogerme está avisado, hace una señal al postillón y
partimos al galope.
Pero D'Artagnan, D'Artagnan, ¿si viene?
¿No hemos de saberlo?
¿Cómo?
Nada más fácil. Hacemos regresar a Béthune a ese criado de mi
hermano, del cual, ya os lo he dicho, podemos fiarnos; se disfraza y se aloja
frente al convento; si son los emisarios del cardenal los que vienen, no se
mueve; si es el señor D'Artagnan y sus amigos, los lleva adonde estamos
nosotras.
Entonces, ¿los conoce?
Claro, ha visto al señor D'Artagnan en mi casa.
¡Oh, sí, sí, tenéis razón! De esta forma todo va de la mejor
manera posible; pero no nos aiejemos de aquí.
A siete a ocho leguas todo lo más, nos sïtuamos junto a la
frontera, por ejemplo, y a la primera alerta, salimos de Francia.
Y hasta entonces, ¿qué hacer?
Esperar.
Pero ¿y si ilegan?
El coche de mi hermano llegará antes que ellos.
¿Si estoy lejos de vos cuando vengan a recogernos, comiendo o
cenando, por ejemplo?
Haced una cosa.
¿Cuál?
Decid a vuestra buena superiora que para dejarnos lo menos
posible le pedís permiso de compartir mi comida.
¿Lo permitirá?
¿Qué inconveniente hay en eso?
¡Oh, muy bien de esta forma no nos dejaremos un instante!
Pues bien, bajad a su cuarto para hacerle saber vuestra
petición; siento mi cabeza pesada, voy a dar una vuelta por el jardín.
Id, pero ¿dónde os volveré a encontrar?
Aquí, dentro de una hora.
Aquí, dentro de una hora. ¡Oh, cuán buena sois! Os lo agradezco.
Cómo no interesarme de vos? Aunque no fuerais hermosa y encanta ora, ¿no sois
la amiga de uno de mis mejores amigos?
Querido D'Artagnan. ¡Oh, cómo os lo agradecerá!
Eso espero. Vamos, todo está convenido, bajemos.
¿Vais al jardín?
Sí.
Seguid este corredor, una escalerita os conduce allí.
¡De maravilla! ¡Gracias!
Y las dos mujeres se separaron cambiando una encantadora
sonrisa. Milady había dicho la verdad, tenía la cabeza pesada porque sus
proyectos mal clasificados entrechocaban como en un caos. Necesitaba estar sola
para poner un poco de orden en sus pensamientos. Veía vagamente en el futuro;
pero le hacía falta un poco de silencio y de quietud para dar a todas sus
ideas, aún confusas, una forma nítida, un plan fijo.
Lo más acuciante era raptar a la señora Bonacieux, ponerla en
lugar seguro y allí, llegado el caso, hacer de ella un rehén. Milady comenzaba
a temer el resultado de aquel duelo terrible en que sus enemigos ponían tanta
perseverancia como ella encarnizamiento.
Por otra parte, sentía, como se siente venir una tormenta, que
aquel resultado estaba cercano y no podía dejar de ser terrible.
Lo principal para ella, como hemos dicho, era por tanto tener en
sus manos a la señora Bonacieux. La señora Bonacieux era la vida de D'Artagnan;
era más que su vida, era la de la mujer que él amaba; era, en caso de mala
suerte, un medio de tratar y obtener con toda seguridad buenas condiciones.
Ahora bien, este punto estaba fijado: la señora Bonacieux, sin
desconfianza, la seguía; una vez oculta con ella en Armentières, era fácil
hacerle creer que D'Artagnan no había venido a Béthune. Dentro de quince días
como máximo, Rochefort estaría de vuelta; durante esos quince días, por otra
parte, pensaría sobre lo que tenía que hacer para vengarse de los cuatro
amigos. No se aburriría, gracias a Dios, porque tendría el pasatiempo más dulce
que los sucesos pueden conceder a una mujer de su carácter: una buena venganza
que perfeccionar.
Al tiempo que pensaba, ponía los ojos a su alrededor y
clasificaba en su cabeza la topografía del jardín. Milady era como un general
que prevé juntas la victoria y la derrota, y que está preparado, según las
alternativas de la batalla, para ir hacia adelante o batirse en retirada.
Al cabo de una hora oyó una voz dulce que la llamaba: era la
señora Bonacieux. La buena abadesa había consentido naturalmente en todo y,
para empezar, iban a cenar juntas.
-Al llegar al patio, oyeron el ruido de un coche que se detenía
en la puerta.
¿Oís? dijo ella.
Sí, el rodar de un coche.
Es el que mi hermano nos envía.
¡Oh, Dios mío!
¡Vamos, valor!
Llamaron a la puerta del convento, Milady no se había engañado.
Subid a vuestra habitación le dijo a la señora Bonacieux ,
tendréis algunas joyas que desearéis llevaros.
Tengo sus cartas dijo ella.
Pues bien, id a buscarlas y venid a reuniros conmigo a mi
cuarto, cenaremos de prisa; quizá viajemos una parte de la noche, hay que tomar
fuerzas.
¡Gran Dios! dijo la señora Bonacieux llevándose la mano al pecho
. El corazón me ahoga, no puedo caminar.
¡Valor, vamos, valor! Pensad que dentro de un cuarto de hora
estaréis salvada, y pensad que lo que vais a hacer, lo hacéis por él.
¡Oh sí, todo por él! Me habéis devuelto mi valor con una sola
palabra; id, yo me reuniré con vos.
Milady subió rápidamente a su cuarto, encontró allí al lacayo de
Rochefort y le dio sus instrucciones.
Debía esperar a la puerta; si por casualidad aparecían los
mosqueteros, el coche partía al galope, daba la vuelta al convento a iba a
esperar a Milady a una pequeña aldea situada al otro lado del bosque. En este
caso, Milady cruzaba el jardín y ganaba la aldea a pie; ya lo había dicho,
Milady conocía de maravilla esta parte de Francia.
Si los mosqueteros no aparecían, las cosas marcharían como
estaba convenido: la señora Bonacieux subía al coche so protexto de decirle
adiós y Milady raptaba a la señora Bonacieux.
La señora Bonacieux entró y, para quitarle cualquier sospecha,
si es que la tenía, Milady repitió ante ella al lacayo toda la última parte de
sus instrucciones.
Milady hizo algunas preguntas sobre el coche: era una silla
tirada por tres caballos, guiada por un postillón; el lacayo de Rochefort debía
precederla como correo.
Era un error de Milady su temor a que la señora Bonacieux
tuviera sospechas: la pobre joven era demasiado pura para sospechar en otra
mujer semejante perfidia; además, el nombre de la condesa de Winter, que había
oído pronunciar a la abadesa, le era completamente desconocido, a ignoraba
incluso que una mujer hubiera tenido parte tan grande y tan fatal en las
desgracias de su vida.
Ya lo veis dijo Milady cuando el lacayo hubo salido , todo está
dispuesto. La abadesa no sospecha nada y cree que viene a buscarme de parte del
cardenal. Ese hombre va a dar las últimas órdenes: tomad algo, bebed una gota
de vino y partamos.
Sí dijo maquinalmente la señora Bonacieux , sí, partamos.
Milady le hizo señas de sentarse ante ella, le puso un vasito de
vino español y le sirvió una pechuga.
Ved le dijo , todo nos ayuda: la oscuridad llega; al alba
habremos llegado a nuestro refugio y nadie podrá sospechar dónde estamos.
Vamos, valor, tomad algo.
La señora Bonacieux comió maquinalmente algunos bocados y templó
sus labios en el vaso.
Vamos, vamos dijo Milady llevando el suyo a sus labios , haced
como yo.
Pero en el momento en que lo acercaba a su boca, su mano quedó
suspendida: acababa de oír en la ruta como el rodar lejano de un galope que se
iba aproximando; luego, casi al mismo tiempo, le pareció oír relinchos de
caballos.
Aquel ruido la sacó de su alegría como un ruido de tormenta
despierta en medio de un hermoso sueño; palideció y corrió a la ventana
mientras la señora Bonacieux, levantándose toda temblorosa, se apoyaba sobre su
silla para no caer.
No se veía nada aún, sólo se oía el galope que continuaba
acercándose.
¡Oh, Dios mío! dijo la señora Bonacieux . ¿Qué es ese ruido?
El de nuestros amigos o de nuestros enemigos dijo Milady con su
terrible sangre fría ; quedaos donde estáis; voy a decíroslo.
La señora Bonacieux permaneció de pie, muda, inmóvil y pálida
como una estatua.
El ruido se hacía más fuerte, los caballos no debían estar a más
de ciento cincuenta pasos; si no se los divisaba todavía, es porque la ruta
formaba un codo. Sin embargo, el ruido se hacía tan nítido que se hubieran
podido contar los caballos por el ruido irregular de sus herraduras.
Milady miraba con toda la potencia de su atención. Necesitó poco
tiempo para poder reconocer a los que llegaban.
De pronto, en el recodo del camino, vio relucir los sombreros
galonados y flotar las plumas; contó dos, después cinco, luego ocho caballeros;
uno de ellos precedía a todos los demás en dos cuerpos de caballo.
Milady lanzó un rugido ahogado. En el que venía a la cabeza
reconoció a D'Artagnan.
¡Oh, Dios mío, Dios mío! exclamó la señora Bonacieux . ¿Qué
pasa?
Es el uniforme de los guardias del señor cardenal; no hay un
momento que perder exclamó Milady . ¡Huyamos, huyamos!
Sí, sí, huyamos repitió la señora Bonacieux, pero sin poder dar
un paso, clavada como estaba en su sitio por el terror.
Se oyó a los caballeros que pasaban bajo la ventana.
¡Venid, pero venid! exclamaba Milady tratando de arrastrar a la
joven por el brazo . Gracias al jardín, aún podemos huir, tengo la llave; pero
démonos prisa, dentro de cinco minutos será demasiado tarde.
La señora Bonacieux trató de caminar, dio dos pasos y cayó de
rodillas.
Milady trató de levantarla y de llevársela, pero no pudo
conseguirlo.
En aquel momento se oyó el rodar de un coche, que, a la vista de
los mosqueteros partió al galope. Luego, tres o cuatro disparos sonaron.
Por última vez, ¿queréis venir? exclamó Milady.
¡Oh, Dios mío, Dios mío! Veis que las fuerzas me faltan, veis
que no puedo caminar: huid sola.
¡Huir sola! ¡Dejaros aquíl No, no nunca exclamó Milady.
De pronto, un destello lívido brotó de sus ojos; de un salto,
como loca, corrió a la mesa, echó en el vaso de la señora Bonacieux el
contenido de un engaste de anillo que abrió con una presteza singular.
Era un grano rojizo que se fundió al punto.
Luego, cogiendo el vaso con una mano firme:
Bebed dijo , este vino os dará fuerzas, bebed.
¡Constance, Constance! respondió el joven . ¿Dónde estáis? ¡Dios
mío!
En el mismo momento, la puerta de la celda cedió al choque más
que se abrió; varios hombres se precipitaron en la habitación; la señora
Bonacleux había caído en un sïllón sin poder hacer un movimiento.
D'Artagnan arrojó una pistola aún humeante que tenía en la mano
y cayó de rodillas ante su dueña, Athos voivió a poner la suya en su cintura;
Porthos y Aramis, que tenían desnudas sus espadas, las envainaron.
¡Oh, D'Artagnan! ¡Mi bien amado D'Artagnan! ¡Vienes por fin, no
me habían engañado, eres tú!
¡Sí, sí, Constance! ¡Juntos!
¡Oh! Por más que ella decía que no vendrías yo esperaba en
secreto; no he querido huir. lAy, qué bien he hecho, qué feliz soy!
A la palabra de ella, Athos, que estaba sentado tranquilamente,
se levantó de un salto.
¡E!la! ¿Quién es ella? preguntó D'Artagnan.
Mi compañera; la que, por amistad hacia mí, quería sustraerme a
mis perseguidores; !a que tomándoos por guardias del cardenal acaba de huir.
Vuestra compañera exclamó D'Artagnan volviéndose más pálido que
el velo blanco de su amante . ¿A qué compañera os referís?
A aquella cuyo coche estaba a la puerta, a una mujer que se dice
vuestra amiga, D'Artagnan; a una mujer a quien vos habéis contado todo.
¡Su nombre, su nombre! exclamó D'Artagnan . ¡Dios mío! ¿No
sabéis vos su nombre?
Sí, lo han pronunciado delante de mí; esperad..., pero es
extranjero... ¡Oh, Dios mío! Mi cabeza se turba, ya no veo.
¡Ayudadme, amigos ayudadme! Sus manos están heladas exclamó
D'Artagnan . Se encuentra mal. ¡Gran Dios! ¡Pierde el conocimiento!
Mientras Porthos pedía ayuda con toda la potencia de su voz,
Aramis corrió a la mesa para coger un vaso de agua; pero se detuvo al ver la
horrible alteración del rostro de Athos que, de pie ante la mesa, con los pelos
erizados, los ojos helados de estupor, miraba uno de los vasos y parecía presa
de la duda más horrible.
¡Oh! decía Athos . ¡Oh, no, es imposible! ¡Dios no permitiría
semejante crimen!
¡Agua, agua! gritaba D'Artagnan . ¡Agua!
¡Oh, pobre mujer, pobre mujer! murmuraba Athos con la voz
quebrada.
La señora Bonacieux volvió a abrir los ojos bajo los besos de
D'Artagnan.
Y acercó el vaso a los labios de la joven, que bebió
maquinalmente.
¡Ah! No es así como quería vengarme dijo Milady dejando con una
sonrisa infernal el vaso encima de la mesa , pero a fe que se hace lo que se
puede.
Y se precipitó fuera de la habitación.
La señora Bonacieux la vio huir, sin poder seguirla; estaba como
esas gentes que sueñan que las persiguen y que tratan en vano de caminar.
Transcurrieron algunos minutos, un ruido horrible resonaba en la
puerta; a cada instante la señora Bonacieux esperaba ver reaparecer a Milady,
que no reaparecía.
Varias veces, de terror sin duda, el sudor frío subió a su
frente ardiente.
Por fin, oyó el rechinar de las verjas que se abrían, el ruido
de las botas y de las espuelas resonó por las escaleras: había un gran murmullo
de voces que iban acercándose, en medio de las cuales le parecía oír pronunciar
su nombre.
De pronto lanzó un gran grito de alegría y se lanzó hacia la
puerta, había reconocido la voz de D Artagnan.
¡D'Artagnan! ¡D'Artagnan! exclamó ella . ¿Sois vos? Por aquí,
por aquí.
¡Vuelve en sí! exclamó el joven . ¡Oh, Dios mío, Dios mío,
gracias!
Señora dijo Athos , señora, en nombre del cielo, ¿de quién es
este vaso vacío?
Mío, señor... respondió la joven con voz moribunda.
Pero ¿quién os ha echado el vino que estaba en ese vaso?
Ella.
Pero ¿quién es ella?
¡Ah, ya me acuerdo! dijo la señora Bonacieux . La condesa de
Winter...
Los cuatro amigos lanzaron un solo y mismo grito, pero el de
Athos dominó todos los demás.
En aquel momento, el rostro de la señora Bonacieux se volvió
lívido, un dolor sordo la abatió y cayó jadeante en los brazos de Porthos y de
Aramis.
D'Artagnan cogió las manos de Athos con una angustia difícil de
describir.
¿Y qué? dijo . Tú crees...
Su voz se extinguió en un sollozo.
Lo creo todo dijo Athos mordiéndose los labios hasta hacerse
sangre.
iD'Artagnan! ¡D'Artagnan! exclamó la señora Bonacieux . ¿Dónde
estás? No me dejes, ya ves que voy a morir.
D'Artagnan soltó las manos de Athos, que tenía aún entre sus
manos crispadas, y corrió hacia ella.
Su rostro tan hermoso estaba todo transtornado, sus ojos
vidriosos no teman ya mirada, un estremecimiento convulsivo agitaba su cuerpo,
el sudor corría por su frente.
¡En nombre del cielo! ¡Corred a llamar! Porthos, Aramis, ¡pedid
ayuda!
Inútil dijo Athos , inútil, para el veneno que ella echa no hay
contraveneno.
¡Sí, sí, socorro, socorro! murmuró la señora Bonacieux .
¡Socorro!
Luego, reuniendo todas su fuerzas, cogió la cabeza del joven
entre sus dos manos, lo miró un instante como si toda su alma hubiera pasado a
su mirada y, con un grito sollozante, apoyó sus labios sobre los de él.
¡Constance! ¡Constance! exclamó D'Artagnan.
Un suspiro escapó de la boca de la señora Bonacieux rozando la
de D'Artagnan; aquel suspiro era aquella alma tan casta y tan amante que subía
al cielo.
D'Artagnan no estrechaba más que un cadáver entre sus brazos.
El joven lanzó un grito y cayó junto a su amante, tan pálido y
helado como ella.
Porthos lloró, Aramis mostró el puño al cielo, Athos hizo el
signo de la cruz.
En aquel momento un hombre apareció en la puerta, casi tan
pálido como los que estaban en la habitación, miró todo en torno suyo, vio a la
señora Bonacieux muerta y a D'Artagnan desvanecido.
Apareció justo en ese instante de estupor que sigue a las
grandes catástrofes.
No me había equivocado dijo , he ahí al señor D'Artagnan y sus
tres amigos, los señores Athos, Porthos y Aramis.
Estos cuyos nombres acababan de ser pronunciados miraban al
extranjero con asombro, y a los tres les parecía reconocerlo.
Señores prosiguió el recién llegado , vos estáis como yo a la
búsqueda de una mujer que añadió con una sonrisa terrible ha debido pasar por
aquí, ¡porque veo un cadáver!
Los tres amigos permanecieron mudos; sólo que tanto la voz como
el rostro les recordaba a un hombre que ya habían visto; sin embargo, no podían
acordarse de en qué circunstancias.
Señores continuó el extranjero , puesto que no queréis reconocer
a un hombre que probablemente os debe la vida dos veces, tendré que dar mi
nombre: soy lord de Winter, el cuñado de esa mujer.
Los tres amigos lanzaron un grito de sorpresa.
Athos se levantó y le tendió la mano.
Sed bienvenido, milord dijo , sois de los nuestros.
Salí de Portsmouth cinco horas después que ella dijo lord de
Winter , llegué a Boulogne tres horas después que ella, no la alcancé por
veinte minutos en Saint Omer; finalmente, en Lillers perdí su rastro. Iba al
azar, informándome con todo el mundo, cuando os he visto pasar al galope; he
reconocido al señor D'Artagnan. Os he llamado, no me habéis respondido; he
querido seguiros, pero mi caballo estaba demasiado cansado para ir a la misma
velocidad que los vuestros. Y, sin embargo, parece que pese a la diligencia que
habéis puesto, ¡ha-béis llegado demasiado tarde!
Ya lo veis dijo Athos señalando a lord de Winter a la señora
Bonacieux muerta y a D'Artagnan, al que Porthos y Aramis trataban de que
recobrara el conocimiento.
¿Están muertos los dos? preguntó fríamente lord de Winter.
Afortunadamente no respondió Athos ; el señor D'Artagnan sólo
está desvanecido.
¡Ah, tanto mejor! dijo lord de Winter.
En efecto, en aquel momento D'Artagnan volvió a abrir los ojos.
Se arrancó de los brazos de Porthos y de Aramis y se precipitó
como un insensato sobre el cuerpo de su amante.
Athos se levantó, se dirigió hacia su amigo con paso lento y
solemne, lo abrazó tiernamente y, como él estallaba en sollozos, le dijo con su
voz tan notable y tan persuasiva:
Amigo, sé hombre: las mujeres lloran los muertos; los hombres
los vengan.
¡Oh, sí! dijo D'Artagnan . Sí; si es para vengarla estoy
dispuesto a seguirte.
Athos aprovechó aquel momento de fuerza que la esperanza de la
venganza daba a su desdichado amigo para hacer señas a Porthos y Aramis de que
fueran a buscar a la superiora.
Los dos amigos la encontraron en el corredor, completamente
impresionada aún y extraviada por tantos acontecimientos; llamó a algunas
religiosas que, contra todos los hábitos monásticos, se encontraron en
presencia de cinco hombres.
Señora dijo Athos pasando el brazo de D'Artagnan bajo el suyo ,
abandonamos a vuestros piadosos cuidados el cuerpo de esta desgraciada mujer.
Fue un ángel sobre la tierra antes de ser un ángel en el cielo. Tratadla como a
una de vuestras hermanas; nosotros volveremos un día a rezar sobre su tumba.
D'Artagnan ocultó su rostro en el pecho de Athos y estalló en
sollozos.
¡Llora dijo Athos . Llora, corazón lleno de amor, de juventud y
de vida! ¡Ay, de buena gana quisiera poder llorar como tú!
Y se llevó a su amigo afectuoso como un padre, consolador como
un cura, grande como hombre que ha sufrido mucho.
Los cinco, seguidos de sus criados, que llevaban sus caballos de
la brida, avanzaron hacia la villa de Béthune, cuyo arrabal se divisaba, y se
detuvieron ante el primer albergue que encontraron.
Pero ¿no seguimos a esa mujer? dijo D'Artagnan.
Más tarde dijo Athos , tengo que tomar medidas.
Se nos escapará replicó el joven , se nos escapará, Athos, y
será por tu culpa.
Respondo de ella dijo Athos.
D'Artagnan tenía tal confianza en la palabra de su amigo, que
bajó la cabeza y entró en el albergue sin responder nada.
Pothos y Aramis se miraban sin comprender nada de la seguridad
de Athos.
Lord de Winter creía que hablaba así para adormecer el dolor de
D'Artagnan.
Ahora, señores dijo Athos cuando estuvo seguro de que había
cinco habitaciones libres en el hotel , nos retiraremos cada uno a su cuarto;
D'Artagnan necesita estar solo para llorar y vos para dormir. Yo me encargo de
todo, estad tranquilos.
Sin embargo, me parece dijo lord de Winter que si hay alguna
medida que tomar contra la condesa, eso me afecta: es mi cuñada.
Y a mí también dijo Athos : es mi mujer.
D'Artagnan se estremeció porque comprendió que Athos estaba
seguro de la venganza, puesto que revelaba semejante secreto; Porthos y Aramis
se miraron palideciendo. Lord de Winter pensó que Athos estaba loco.
Retiraos, pues dijo Athos , y dejadme hacer. Veis de sobra que
en mi calidad de marido me corresponde a mí. Sólo que, D'Artagnan si no lo
habéis perdido, entregadme ese papel que se escapó del sombrero de aquel hombre
y sobre el que está escrito el nombre de la villa...
¡Ah! dijo D'Artagnan . Comprendo, ese nombre escrito por su
puño...
¡Ya ves dijo Athos que hay un Dios en el cielo!
Capítulo LXIV
El hombre de la capa roja
La desesperación de Athos había dejado sitio a un dolor
concentrado que hacía más lúcidas aún las brillantes facultades de espíritu de
aquel hombre.
Concentrado por entero en un solo pensamiento, el de la promesa
que había hecho y de la responsabilidad que había tomado, se retiró el último a
su habitación, pidió al hostelero que le procurase un mapa de la provincia, se
inclinó encima, interrogó a las líneas trazadas, advirtió que cuatro caminos
diferentes se dirigían de Béthune a Armentières, a hizo llamar a los criados.
Planchet, Grimaud, Mosquetón y Bazin se presentaron y recibieron
las órdenes claras, puntuales y graves de Athos.
Debían partir al alba al día siguiente, y dirigirse a
Armentières, cada uno por una ruta diferente. Planchet, el más inteligente de
los cuatro, debía seguir aquella por la que había desaparecido el coche contra
el que los cuatro amigos habían disparado y que, como se rocordará, iba
acompañado por el doméstico de Rochefort.
Athos puso en campaña primero a los criados porque desde que
estos hombres estaban a su servicio y al de sus amigos había advertido en cada
uno de ellos cualidades diferentes y esenciales.
En segundo lugar, criados que preguntan inspiran a los
transeúntes menos desconfianza que sus amos, y hallan más simpatía en aquellos
a quienes se dirigen.
Por último, Milady conocía a los amos, mientras que no conocía a
los criados; y, por el contrario, los criados conocían perfectamente a Milady.
Los cuatro debían hallarse al día siguiente, a las once, en el
lugar indicado; si habían descubierto el refugio de Milady, tres permanecerían
custodiándola, el cuarto regresaría a Béthune para avisar a Athos y servir de
guía a los cuatro amigos.
Tomadas estas disposiciones, los criados se retiraron a su vez.
Athos se levantó entonces de su silla, se ciñó la espada, se
envolvió en su capa y salió de la hostería; eran las diez aproximadamente. A
las diez de la noche, como se sabe, en provincias las calles están poco
frecuentadas. Athos, sin embargo, buscaba visiblemente a alguien a quien
pudiera dirigir una pregunta. Por fin encontró un transeúnte rezagado, se
acercó a él, le dijo algunas palabras; el hombre al que se dirigía retrocedió
con terror, sin embargo respondió a las palabras del mosquetero con una indicación.
Athos ofreció a aquel hombre media pistola por acompañarlo, pero el hombre
rehusó.
Athos se metió en la calle que el indicador había designado con
el dedo; pero, llegado a la encrucijada, se detuvo de nuevo visiblemente
apurado. No obstante, como más que cualquier otro lugar la encrucijada le
ofrecía la posibilidad de encontrar a alguien, se detuvo. En efecto, al cabo de
un instante, pasó un vigilante nocturno. Athos le repitió la misma pregunta que
ya había hecho a la primera persona que había encontrado; el vigilante nocturno
dejó percibir el mismo tenor, rehusó también acompañar a Athos y le mostró con
la mano el camino que debía seguir.
Athos caminó en la dirección indicada y alcanzó el arrabal
situado en el extremo opuesto de la villa, aquel por el que él y sus compañeros
habían entrado. Allí pareció de nuevo inquieto y embarazado, y se detuvo por
tercera vez.
Afortunadamente pasó un mendigo que se acercó a Athos para
pedirle limosna. Athos le ofreció un escudo por acompañarlo donde iba. El
mendigo dudó un instante pero, a la vista de la moneda de plata que brillaba en
la oscuridad, se decidió y caminó delante de Athos.
Llegado a la esquina de una calle, le mostró de lejos una casita
aislada, solitaria, triste; Athos se acercó mientras el mendigo, que había
recibido su salario, se alejaba a todo correr.
Athos dio una vuelta a la casa antes de distinguir la puerta en
medio del color rojizo con que aquella casa estaba pintada; ninguna luz se
colaba por las cortaduras de las contraventanas, ningún ruido dejaba suponer
que estuviese habitada, era sombría y muda como una tumba.
Tres veces llamó Athos sin que le contestasen. A la tercera
llamada, sin embargo, pasos interiores se acercaron; finalmente, la puerta se
entreabrió, y un hombre de talla alta, tez pálida, pelo y barba negros,
apareció.
Athos y él cambiaron algunas palabras en voz baja, luego el
hombre de talla alta hizo señas al mosquetero de que podía entrar. Athos
aprovechó al momento el permiso y la puerta se cerró tras él.
El hombre al que Athos había venido a buscar tan lejos y al que
había encontrado con tanto esfuerzo, lo hizo entrar en su laboratorio, donde
estaba ocupado en sujetar con alambres ruidosos huesos de un esqueleto. Todo el
cuerpo estaba ya ajustado: sólo la cabeza estaba puesta sobre un mesa.
El resto del moblaje indicaba que aquél en cuya casa se hallaba
se ocupaba en ciencias naturales: había tarros llenos de serpientes,
etiquetados según las especies; lagartos disecados relucían como esmeraldas
talladas en grandes marcos de madera negra; en fin, botes de hierbas
silvestres, odoríferas y sin duda dotadas de virtudes desconocidas al vulgo,
estaban pegadas al techo y bajaban por las esquinas del cuarto.
Athos lanzó una ojeada fría a indiferente sobre todos estos
objetos que acabamos de describir y, a invitación de aquel al que venía a
buscar, se sentó a su lado.
Entonces le explicó la causa de su visita y el servicio que
reclamaba de el; mas apenas hubo expuesto su demanda, el desconocido, que
estaba de pie ante el mosquetero, retrocedió con terror y rehusó. Entonces
Athos sacó de su bolsillo un breve papel sobre el que había escritas dos líneas
acompañadas de una firma y un sello, y lo presentó a aquel que daba demasiado
prematuramente aquellas señales de repugnancia. El hombre de alta estatura,
apenas hubo leído aquellas dos líneas, visto la firma y reconocido el sello, se
inclinó en señal de que no tenía ya ninguna objeción que hacer, y que estaba
dispuesto a obedecer.
Athos no pidió más; se levantó, saludó, salió, tomó al irse el
mismo camino que había seguido para venir, volvió a entrar en la hostería y se
encerró en su cuarto.
Al alba, D'Artagnan entró en su habitación y preguntó qué iba a
hacer.
Esperar respondió Athos.
Algunos instantes después, la superiora del convento hizo avisar
a los mosqueteros de que el entierro de la víctima de Milady tendría lugar a
mediodía. En cuanto a la envenenadora, no había habido noticias; sólo que debía
haber huido por el jardín, en cuya arena habían reconocido la huella de sus
pasos, y cuya puerta habían encontrado cerrada; en cuanto a la llave, había
desaparecido.
A la hora indicada, lord de Winter y los cuatro amigos se
dirigieron al convento; las campanas tocaban a duelo, la capilla estaba
abierta, la verja del coro estaba cerrada. En medio del coro estaba puesto el
cuerpo de la víctima, revestida de sus hábitos de novicia. A cada lado del
coro, y tras las verjas que se abrían sobre el convento, estaba toda la
comunidad de Carmelitas, que escuchaba desde allí el servicio divino y mezclaba
su canto al canto de los sacerdotes, sin ver a los profanos ni ser vista por ellos.
A la puerta de la capilla, D'Artagnan sintió que su valor huía
nuevamente; se volvió en busca de Athos, pero Athos había desaparecido.
Fiel a su misión de venganza, Athos se había hecho conducir al
jardín; y allí, sobre la arena, siguiendo los pasos ligeros de aquella mujer
que había dejado un rastro ensangrentado por donde había pasado, avanzó hasta
la puerta que dabá al bosque, se la hizo abrir y se metió en el bosque.
Entonces todas sus dudas se confirmaron: el camino por el que el
coche había desaparecido contorneaba el bosque. Athos siguió el camino algún
tiempo con los ojos fijos en el suelo; ligeras manchas de sangre, que provenían
de una herida hecha o al hombre que acompañaba el coche como correo o a uno de
los caballos, salpicaban el camino. Al cabo de tres cuartos de legua
aproximadamente, a cincuenta pasos de Festubert, aparecía una mancha de sagre
más amplia; el suelo estaba pisoteado por los caballos. Entre el bosque y aquel
lugar desnudo, un poco antes de la tierra lastimada, se encontraba la misma
hue-lla de breves pasos que en el jardín; el coche se había detenido.
En aquel lugar, Milady había salido del bosque y había montado
en el coche.
Satisfecho por este descubrimiento que confirmaba todas sus
sospechas, Athos volvió a la hostería y encontró a Planchet que lo esperaba con
impaciencia.
Todo era como Athos había previsto.
Planchet había seguido la ruta, había observado, como Athos, las
manchas de sangre, como Athos había reconocido el lugar en que los caballos se
habían detenido; pero había ido más lejos de Athos, de suerte que en la aldea
de Festubert, mientras bebía en un albergue, sin haber tenido necesidad de
preguntar, había sabido que la víspera, a las ocho y media de la noche, un
hombre herido, que acompañaba a una dama que viajaba en una silla de posta, se
había visto obligado a detenerse, sin poder seguir delante. El accidente habría
sido cargado en la cuenta de ladrones que habían detenido la silla en el
bosque. El hombre había quedado en la aldea, la mujer había hecho el relevo y
continuado su camino.
Planchet se puso a buscar al postillón que había conducido la
silla, y lo encontró. Había conducido a la señora hasta Fromelles, y de
Fromelles ella había partido hacia Armentières. Planchet tomó la trocha, y a
las siete de la mañana estaba en Armentières.
No había más que una hostería, la de la posta. Planchet fue a
presentarse allí como lacayo sin trabajo que buscaba una plaza. No había
hablado diez minutos con las gentes del albergue cuando ya sabía que una mujer
sola había llegado a las once de la noche, había alquilado una habitación,
había hecho venir al dueño de la hostería y le había dicho que deseaba
permanecer algún tiempo por aquellos alrededores.
Planchet no tenía necesidad de saber más. Corrió al lugar de la
cita, encontró a los tres lacayos puntuales en su puesto, los colocó como
centinelas en todas las salidas de la hostería y volvió en busca de Athos, que
acababa de recibir los informes de Planchet cuando sus amigos regresaron.
Todos los rostros estaban sombríos y crispados, incluso el dulce
rostro de Aramis.
¿Qué hay que hacer? preguntó D'Artagnan.
Esperar respondió Athos.
Cada uno se retiró a su habitación.
A las ocho de la noche, Athos dio la orden de ensillar los
caballos e hizo avisar a lord de Winter y a sus amigos de que se preparasen
para la expedición.
En un instante todos estuvieron preparados. Cada uno inspeccionó
las armas y las puso a punto. Athos bajó el primero y encontró a D'Artagnan ya
a caballo a impacientándose.
Paciencia dijo Athos , nos falta todavía uno.
Los cuatro caballeros miraron en torno suyo con sorpresa, porque
buscaban inúltimente en su mente quién era aquel que podía faltarles.
En aquel momento Planchet trajo el caballo de Athos; el
mosquetero saltó con ligereza a la silla.
Esperadme dijo , vuelvo.
Y partió a galope.
Un cuarto de hora después volvió, efectivamente, acompañado de
un hombre enmascarado y envuelto en una gran capa roja.
Lord de Winter y los tres mosqueteros se interrogaron con la
mirada. Ninguno de ellos pudo informar a los otros, porque todos ignoraban
quién era aquel hombre. Sin embargo, pensaron que aquello debía ser así, puesto
que se hacía por orden de Athos.
Era triste al aspecto de aquellos seis hombres corriendo en
silencio, sumidos cada cual en su pensamiento, taciturnos como la
desesperación, sombríos como el castigo.
Capítulo LXV
El juicio
Era una noche tormentosa y lúgubre, gruesas nubes corrían por el
cielo velando la claridad de las estrellas; la luna no debía aparecer hasta
medianoche.
A veces, a la luz de un relámpago que brillaba en el horizonte,
se vislumbraba la ruta que se desorrollaba blanca y solitaria; luego, apagado
el relámpago, todo volvía a la oscuridad.
A cada momento Athos invitaba a D'Artagnan, siempre a la cabeza
de la pequeña tropa, a ocupar su puesto, que al cabo de un instante abandonaba
de nuevo; no tenía más que un pensamiento: ir hacia adelante, e iba.
Cruzaron en silencio la aldea de Festubert, donde se había
quedado el doméstico herido, luego bordearon el bosque de Richebourg; llegados
a Herlies, Planchet, que seguía dirigiendo la columna, torció a a izquierda.
Varias veces, lord de Winter, Porthos o Aramis, habían tratado
de dirigir la palabra al hombre de la capa roja; pero a cada pregunta que le
había sido hecha, él se había inclinado sin responder. Los viajeros habían
comprendido entonces que había una razón para que el desconocido guardase
silencio, y habían dejado de dirigirle la palabra.
Además, la tormenta crecía, los relámpagos se sucedían
rápidamente, el trueno comenzaba a gruñir, y el viento, precursor del huracán,
silbaba en la llanura, agitando las plumas de los caballeros.
La cabalgada se lanzó a galope tendido.
Un poco más allá de Fromelles, la tormenta estalló; desplegaron
las capas; quedaban aún tres leguas por hacer: las hicieron bajo torrentes de
lluvia.
D'Artagnan se había quitado su sombrero de fieltro y no se había
puesto la capa; sentía placer en dejar correr el agua sobre su frente ardiente
y sobre su cuerpo agitado por escalofríos febriles.
En el momento que la pequeña tropa hubo pasado Goskal a iba a
llegar a la posta, un hombre, refugiado bajo un árbol, se separó del tronco con
el que había permanecido confundido en la oscuridad, y avanzó hasta el medio de
la ruta, poniendo sus dedos sobre sus labios.
Athos reconoció a Grimaud.
¿Qué pasa? exclamó D'Artagnan . ¿Habrá dejado Armentières?
Grimaud hizo con la cabeza un signo afirmativo. D'Artagnan
rechinó los dientes.
¡Silencio D'Artagnan! dijo Athos . Soy yo quien me he encargado
de todo, a mí me toca interrogar a Grimaud.
¿Dónde está? preguntó Athos.
Grimaud tendió la mano en dirección del Lys.
¿Lejos de aquf? preguntó Athos.
Grimaud hizo señal de que sí.
Señores dijo Athos , está solo a media legua de aquí, en
dirección al río.
Está bien dijo D'Artagnan ; llévanos, Grimaud.
Grimaud tomó campo a través y sirvió de guía a la cabalgada.
Al cabo de quinientos pasos aproximadamente, se encontraron un
riachuelo que vadearon.
A la luz de un relámpapo divisaron la aldea de Erquinghem.
¿Es ahí? preguntó D Artagnan.
Grimaud movió la cabeza en señal de negación.
¡Silencio, puesl dijo Athos.
Y la tropa continuó su camino.
Otro relámpago brilió; Grimaud extendió el brazo, y a la luz
azulada de la serpiente de fuego se distinguió una casita aislada, a orillas
del río, a cien pasos de una barcaza. Una ventana estaba iluminada.
Hemos llegado dijo Atlios.
En aquel momento, un hombre tumbado en el foso se levantó. Era
Mosquetón, quien señaló con el dedo la ventana iluminada.
Está ahí dijo.
¿Y Bazin? . preguntó Athos.
Mientras que yo vigilaba la ventana, él vigilaba la puerta.
Bien dijo Athos , todos sois fieles servidores.
Athos saltó de su caballo, cuya brida puso en manos de Grimaud,
y avanzó hacia la ventana tras haber hecho señas al resto de la tropa de virar
hacia el lado de la puerta.
La casita estaba rodeada por un seto vivo, de dos o tres pies de
alto. Athos franqueó el seto, llegó hasta la ventana privada de contraventanas,
pero cuyas semicortinas estaban completamente echadas.
Se subió sobre el reborde de piedra, a fin de que su mirada
pudiera sobrepasar la altura de las cortinas.
A la luz de una lámpara vio a una mujer envuelta en un manto de
color oscuro sentada en un escabel, junto a un fuego moribundo: sus codos
estaban apoyados sobre una mala mesa, y apoyaba su cabeza en sus dos manos
blancas como el marfil.
No se podía distinguir su rostro, pero una sonrisa siniestra
pasó por los labios de Athos: no podía equivocarse, era la que buscaba.
En aquel momento un caballo relinchó. Milady alzó la cabeza,
vio, pegado al cristal, el rostro pálido de Athos y lanzó un grito.
Athos comprendió que lo había reconocido, empujó la ventana con
la rodilla y con la mano, la ventana cedió, los cristales se rompieron.
Y Athos, como el espectro de la venganza, saltó a la habitación.
Milady corrió a la puerta y la abrió; más pálido y más
amenazador aún que Athos, D'Artagnan estaba en el umbral.
Milady retrocedió lanzando un grito. D'Artagnan, creyendo que
tenía algún medio de huir y temiendo que se le escapase, sacó una pistola de su
cintura; pero Athos alzó la mano.
Devuelve esa arma a su sitio, D'Artagnan dijo . Importa que esta
mujer sea juzgada y no asesinada. Espera aún un momento, D'Artagnan, y quedarás
satisfecho. Entrad, señores.
D'Artagnan obedeció, porque Athos tenía la voz solemne y el
gesto poderoso de un juez enviado por el Señor mismo. Luego, detrás de
D'Artagnan entraron Porthos, Aramis, lord de Winter y el hombre de la capa
roja.
Los cuatro criados guardaban la puerta y la ventana.
Milady estaba caída sobre su silla con las manos extendidas como
para conjurar aquella horrible aparición; al ver a su cuñado, lanzó un grito
terrible.
¿Qué queréis? exclamó Milady.
Queremos dijo Athos a Charlotte Backson, que se llamó primero
condesa de La Fère, y luego lady Winter, baronesa de Sheffield.
¡Yo soy, yo soy! murmuró ella en el colmo del terror . ¿Qué me
queréis?
Queremos juzgaros por vuestros crímenes dijo Athos ; seréis
libre de defenderos, justificaos si podéis. El señor D'Artagnan os va a acusar
el primero.
D'Artagnan se adelantó.
Ante Dios y ante los hombres dijo , acuso a esta mujer de haber
envenenado a Constance Bonacieux, muerta ayer tarde.
Se volvió hacia Porthos y hacia Aramis.
Nosotros somos testigos dijeron con un solo movimiento los dos
mosqueteros.
D'Artagnan continuó:
Ante Dios y ante los hombres, acuso a esta mujer de haber
querido envenenarme a mí mismo, con vino que había enviado de Villeroy, con una
falsa carta como si el vino fuera de mis amigos; Dios me salvó, pero un hombre,
que se llamaba Brisemont, murió en mi lugar.
. Nosotros somos testigos dijeron con la misma voz Porthos y
Aramis.
Ante Dios y ante los hombres, acuso a esta mujer de haberme
empujado a asesinar al barón de Wardes; y como nadie estuvo allí para
atestiguar la verdad de esta acusación, lo atestiguo yo mismo. He dicho.
Y D'Artagnan pasó al otro lado de la habitación con Porthos y
Aramis.
¡Os toca a vos, milord! dijo Athos.
El barón se acercó a su vez.
Ante Dios y ante los hombres dijo , acuso a esta mujer de haber
hecho asesinar al duque de Buckingham.
¿El duque de Buckingham asesinado? exclamaron a un solo grito
todos los asistentes.
Sí dijo el barón . ¡Asesinado! Ante la carta de aviso que me
escribisteis, hice detener a esta mujer, y la di para guardarla a un leal
servidor; ella corrompió a aquel hombre, ella le puso el puñal en la mano, ella
le obligó a matar al duque, y quizá en este momento Felton pague con su cabeza
el crimen de esta furia.
Un estremecimiento corrió entre los jueces ante la revelación de
estos crímenes aún desconocidos.
Eso no es todo prosiguió lord de Winter ; mi hermano, que os
había hecho su heredero, murió en tres horas de una extraña enfermedad que deja
manchas lívidas en todo el cuerpo. Hermana mía, ¿cómo murió vuestro marido?
¡Horror! exclamaron Porthos y Aramis.
Asesina de Buckingham, asesina de Felton, asesina de mi hermano,
pido justicia contra vos, y declaro que, si no me la hacen, me la haré yo.
Y lord de Winter fue a colocarse junto a D'Artagnan dejando el
puesto libre a otro acusador.
Milady dejó caer su frente en sus dos manos y trató de recordar
sus ideas confundidas por un vértigo mortal.
Me toca a mí dijo Athos, temblando como el león tiembla a la
vista de la serpiente , me toca a mí. Yo desposé a esta mujer cuando era joven
la desposé a pesar de toda mi familia; yo le di mis bienes, le di mi nombre; un
día me di cuenta de que esta mujer estaba marcada; esta mujer estaba marcada
con una flor de lis en el hombro izquierdo.
¡Oh! dijo Milady levantándose . Desafío a que al quien encuentre
el tribunal que pronunció sobre mí esa sentencia infame. Desafío a que alguien
encuentre a quien la ejecutó.
Silencio dijo una voz . A esta me toca a mí responder.
Y el hombre de la capa roja se aproximó a su vez.
¿Quién es este hombre, quién es este hombre? exclamó Milady
sofocada por el terror y cuyos cabellos se soltaron y se erizaron sobre su
lívida cabeza como si hubieran estado vivos.
Todos los ojos se volvieron hacia aquel hombre, porque para
todos, excepto para Athos, era desconocido.
Incluso Athos lo miraba con tanta estupefacción como los otros,
porque ignoraba cómo podía estar él mezclado en algo en el horrible drama que
se desarrollaba en aquel momento.
Tras haberse acercado a Milady con paso lento y solemne, de modo
que sólo la mesa lo separaba de ella, el desconocido se quitó la máscara.
Milady miró algún tiempo con un tenor creciente aquel rostro
pálido enmarcado entre cabellos y patillas negras, cuya única expresión era una
impasibilidad helada. Luego, de pronto:
¡Oh, no, no! dijo ella levantándose y retrocediendo hasta la
pared . No, no, ¡es una aparición infernal! ¡No es él! ¡Auxilio! ¡Auxilio!
exclamó con una voz ronca y volviéndose hacía el muro, como s¡ hubiera podido
abrirse un paso con sus manos.
Pero ¿quién sois vos? exclamaron todos los testigos de aquella
escena.
Preguntádselo a esa mujer dijo el hombre de la capa roja ,
porque ya habéis visto que me ha reconocido.
¡El verdugo de Lille, el verdugo de Lille! exclamó Milady presa
de un terror insensato y aferrándose con las manos al muro para no caer.
Todo el mundo se apartó, y el hombre de la capa roja permaneció
solo de pie en medio de la sala.
¡Oh, gracia, gracia! ¡Perdón! exclamó la miserable cayendo de
rodillas.
El desconocido dejó que se hiciera el silencio de nuevo.
¡Ya os decía yo que me había reconocido! prosiguió . Sí, yo soy
el verdugo de la ciudad de Lille, y ésta es mi historia.
Todos los ojos estaban fijos en aquel hombre cuyas palabras
esperaban con una ávida ansiedad.
Esta joven era en otro tiempo una muchacha tan bella como bella
es hoy. Era religiosa en el convento de las Benedictinas de Templemar. Un joven
cura, de corazón sencillo y creyente, servía la iglesia de aquel convento; ella
emprendió la tarea de seducirlo y triunfó, sedujo a un santo. Los votos de los
dos eran sagrados, irrevocables; su relación no podía durar mucho tiempo sin
perderlos a los dos. Consiguió de él que se marcharan ambos de la region; pero
para marcharse de la región, para huir juntos, para alcanzar otra parte de
Francia donde pudieran vivir tranquilos porque serían desconocidos, hacía falta
dinero; ni el uno ni la otra lo tenían. El cura robó los vasos sagrados, los
vendió; pero, cuando se aprestaban a huir juntos, los dos fueron detenidos.
Ocho días después, ella había seducido al hijo del carcelero y se había
escapado. El joven sacerdote fue condenado a diez años de grilletes y a la
marca. Yo era el verdugo de la ciudad de Lille, como dijo esta mujer. Fui
obligado a marcar al culpable, y el culpable, señores, ¡era mi hermano! Juré
entonces que esta mujer que lo había perdido, que era más que su cómplice,
puesto que lo había empujado al crimen, compartiría por lo menos el castigo.
Sospeché el lugar en que estaba oculta, la perseguí, la alcancé, la agarroté y
le imprimí la misma marca que había impreso en mi hermano. Al día siguiente de
mi regre so a Lille, mi hermano consiguió escaparse, se me acusó de complicidad
y se me condenó a permanecer en prisión en su puesto mientras no se constituyera
él prisionero. Mi pobre hermano ignoraba aquel juicio; se había reunido con
esta mujer, habían huido juntos al Berry; y allí, él había obtenido un pequeño
curato. Esta mujer pasaba por her-mana suya. El señor de la tierra en que
estaba situada la iglesia del curato vio aquella pretendida hermana y se
enamoró de ella, enamorándose hasta el punto de que le propuso desposarla.
Entonces ella dejó al que había perdido por aquel al que iba a perder, y se
convirtió en condesa de La Fère...
Todos los ojos se volvieron hacia Athos, cuyo verdadero nombre
era aquél, y que hizo señal con la cabeza de que cuanto había dicho el verdugo
era cierto.
Entonces prosiguió aquél , loco, desesperado, decidido a
quitarse su existencia, a quien ella había quitado todo, honor y felicidad, mi
hermano regresó a Lille, y, enterándose del juicio que me había condenado en su
lugar, se constituyó prisionero y se colgó la misma noche del tragaluz de su
calabozo. Por lo demás, debo hacerles justicia, quienes me condenaron
mantuvieron su palabra. Apenas fue comprobada la identidad del cadáver me
devolvieron mi libertad. Ese es el crimen de que la acuso, era la causa por la
que la marqué. Señor D'Artagnan dijo Athos , ¿cuál es la pena que exigís contra
esta mujer?
La pena de muerte respondió D'Artagnan.
Milord de Winter continuo Athos , ¿cuál es la pena que exigís
contra esta mujer?
La pena de muerte contestó lord de Winter.
Señores Porthos y Aramis continuó Athos , vosotros que sois sus
jueces, ¿cuál es la pena a que condenáis a esta mujer?
La pena de muerte respondieron con voz sorda los dos
mosqueteros.
Milady lanzó un aullido horroroso y dio algunos pasos hacia sus
jueces arrastrándose de rodillas.
Athos extendió las manos hacia ella.
Anne de Breuil, condesa de La Fère, milady de Winter dijo ,
vuestros crímenes han cansado a los hombres en la tierra y a Dios en el cielo.
Si sabéis alguna oración, decidla, porque estáis condenada y vais a morir.
A estas palabras que no dejaban ninguna esperanza, Milady se
alzó en toda su estatura y quiso hablar, pero las fuerzas le faltaron; sintió
que una mano potente a implacable la cogía por lo pelos y la arrastraba tan
irrevocablemente como la fatalidad arrastra al hombre: no trató siquiera de
hacer resistencia y salió de la cabaña.
Lord de Winter, D'Artagnan, Athos, Porthos y Aramis salieron
detrás de ella. Los criados siguieron a sus amos y la habitación quedó
solitaria con su ventana rota, su puerta abierta y su lámpara humeante que
ardía tristemente sobre la mesa.
Capítulo LXVI
La ejecución
Era medianoche aproximadamente; la luna, escoltada por su
menguante y ensangrentada por las últimas huellas de la tormenta, se alzaba
tras la pequeña aldea de Armentières, que destacaba sobre su claridad macilenta
la silueta sombría de sus casas y el esqueleto de su alto campanario recortado
a la luz. Enfrente, el Lys hacía rodar sus aguas semejantes a un río de estaño
fundido, mientras que en la otra orilla se veía la masa negra de los árboles
perfilarse sobre un cielo tormentoso invadido por gruesas nubes de cobre que
hacían una especie de crepúsculo en medio de la noche. A la izquierda se alzaba
un viejo molino abandonado, de aspas inmóviles, en cuyas ruinas una lechuza
dejaba oír su grito agudo, periódico y monótono. Aquí y allá, en la llanura, a
izquierda y derecha del camino que seguia el lúgubre cortejo, aparecían algunos
árboles bajos y achaparrados que parecían enanos disformes acuclillados para
acechar a los hombres en aquella hora siniestra.
De vez en cuando un largo relámpago abría el horizonte en toda
su amplitud, serpenteaba por encima de la masa negra de árboles y venía como
una espantosa cimitarra a cortar el cielo y el agua en dos partes. Ni un soplo
de viento pasaba por la pesada atmósfera. Un silencio de muerte aplastaba toda
la naturaleza; el suelo estaba húmedo y resbaladizo por la lluvia que acababa
de caer, y las hierbas reanimadas despedían su olor con más energía.
Dos criados arrastraban a Milady, teniéndola cada uno por un
brazo; el verdugo caminaba detrás, y lord de Winter, D'Artagnan, Athos, Porthos
y Aramis caminaban detrás del verdugo.
Planchet y Bazin venían los últimos.
Los dos criados conducían a Milady por la orilla del río. Su
boca estaba muda; pero sus ojos hablaban con una elocuencia inexpresable,
suplicando ya a uno ya a otro de los que ella miraba.
Cuando se encontraba a algunos pasos por delante, dijo a los
criados:
Mil pistolas a cada uno de vosotros si protegéis mi fuga; pero
si me entregáis a vuestros amigos, tengo aquí cerca vengadores que os harán
pagar cara mi muerte.
Grimaud dudaba. Mosquetón temblaba con todos sus miembros.
Athos, que había oído la voz de Milady, se acercó rápidamente;
lord de Winter hizo otro tanto.
Que se vuelvan estos criados dijo , les ha hablado, no son ya
seguros.
Llamaron a Planchet y Bazin, que ocuparon el sitio de Grimaud y
Mosquetón.
Llegados a la orilla del agua, el verdugo se acercó a Milady y
le ató los pies y las manos.
Entonces ella rompió el silencio para exclamar:
Sois unos cobardes, sois unos miserables asesinos, os hacen
falta diez para degollar a una mujer; tened cuidado, si no soy socorrida, seré
vengada.
Vois no sois una mujer dijo fríamente Athos , no pertenecéis a
la especie humana, sois un demonio escapado del infierno y vamos a devolveros a
él.
¡Ay, señores virtuosos! dijo Milady . Tened cuidado, aquel que
toque un pelo de mi cabeza es a su vez un asesino.
El verdugo uede matar sin ser por ello un asesino, señora dijo
el hombre de la capa roja golpeando sobre su larga espada ; él es el último
juez, eso es todo: Nachrichter, como dicen nuestros vecinos alemanes.
Y cuando la ataba diciendo estas palabras, Milady lanzó dos o
tres gritos salvajes que causaron un efecto sombrío y extraño volando en la
noche y perdiéndose en las profundidades del bosque.
Pero si soy culpable, si he cometido los crímenes de los que me
acusáis aullaba Milady , llevadme ante un tribunal; no sois jueces, no lo sois
para condenarme.
Os propuse Tyburn dijo lord de Winter . ¿Por qué no quisisteis?
¡Porque no quiero morir! exclamó Milady debatiéndose . Porque
soy demasiado joven para morir.
La mujer que envenenasteis en Béthune era más joven aún que vos,
señora, y, sin embargo, está muerta dijo D'Artagnan.
Entraré en un claustro, me haré religiosa dijo Milady.
Estabais en un claustro dijo el verdugo y salisteis de él para
perder a mi hermano.
Milady lanzó un grito de terror y cayó de rodillas.
El verdugo la alzó y quiso llevarla hacia la barca.
¡Oh, Dios mío! exclamó . ¡Dios mío! ¿Vais a ahogarme?
Aquellos gritos tenían algo tan desgarrador que D'Artagnan, que
al principio era el más encarnizado en la persecución de Milady, se dejó
deslizar sobre un tronco a inclinó la cabeza, tapándose las orejas con las
palmas de sus manos; sin embargo, pese a todo, todavía oía amenazar y gritar.
D'Artagnan era el más joven de todos aquellos hombres y el
corazón le falló.
¡Oh, no puedo ver este horrible espectáculo! ¡No puedo consentir
que esta mujer muera así!
Milady había oído algunas palabras y se había recuperado a la
luz de la esperanza.
¡D'Artagnan! ¡D'Artagnan! gritó . ¡Acuérdate de que te he amado!
El joven se levantó y dio un paso hacia ella.
Pero Athos, bruscamente, sacó su espada y se interpuso en su
camino.
Si dais un paso más, D'Artagnan dijo , cruzaremos las espadas.
D'Artagnan cayó de rodillas y rezó.
Vamos continuó Athos , verdugo, cumple tu deber.
De buena gana, monseñor dijo el verdugo , porque, tan cierto
como que soy católico, creo firmemente que soy justo al cumplir mi función en
esta mujer.
Está bien.
Athos dio un paso hacia Milady.
Yo os perdono dijo el mal que me habéis hecho; os perdono mi
futuro roto, mi honor perdido, mi honor mancillado y mi salvación eterna
comprometida por la desesperación a que me habéis arrojado. Morid en paz.
Lord de Winter se adelantó a su vez.
Yo os perdono dijo el envenenamiento de mi hermano, el asesinato
de Su Gracia lord de Buckingham, yo os perdono la muerte del pobre Felton, yo
os perdono las tentativas contra mi persona. Morid en paz.
Y a mí dijo D'Artagnan perdonadme, señora, haber provocado
vuestra cólera con un engaño indigno de un gentilhombre; y a cambio, yo os
perdono el asesinato de mi pobre amiga y vuestras vene ganzas crueles contra
mí, yo os perdono y lloro por vos. Morid en paz:
I am lost! murmuró Milady en inglés . I must die.
Entonces se levantó por sí misma y lanzó en torno suyo una de
esas miradas claras que parecían brotar de unos ojos de llama.
No vio nada.
No escuchó ni oyó nada.
En torno suyo no tenía más que enemigos.
¿Dónde voy a morir? dijo.
En la otra orilla respondió el verdugo.
Entonces la hizo subir a la barca, y cuando iba a poner él el
pie en ella, Athos le entregó una suma de dinero.
Toma dijo , ése es el precio de la ejecución; que se vea bien
que actuamos como jueces.
Está bien dijo el verdugo ; y ahora, a su vez, que esta mujer
sepa que no cumplo con mi oficio, sino con mi deber.
Y arrojó el dinero al río.
La barca se alejó hacia la orilla izquierda del Lys, llevando a
la culpable y al ejecutor; todos los demás permanecieron en la orilla derecha,
donde habían caído de rodillas.
La barca se deslizaba lentamente a lo largo de la cuerda de la
barcaza, bajo el reflejo de una nube pálida que estaba suspendida sobre el agua
en aquel momento.
Se la vio llegar a la otra orilla; los personajes se dibujaban
en negro sobre el horizonte rojizo.
Milady, durante el trayecto, había conseguido soltar la cuerda
que ataba sus pies; al llegar a la orilla, saltó con ligereza a tierra y tomó
la huida.
Pero el suelo estaba húmedo; al llegar a lo alto del talud,
resbaló y cayó de rodillas.
Una idea supersticiosa la hirió indudablemente; comprendió que
el cielo le negaba su ayuda y permaneció en la actitud en que se encontraba,
con la cabeza inclinada y las manos juntas.
Entonces, desde la otra orilla, se vio al verdugo alzar
lentamente sus dos brazos; un rayo de luna se reflejó sobre la hoja de su larga
espada; los dos brazos cayeron y se oyó el silbido de la cimitarra y el grito
de la víctima. Luego, una masa truncada se abatió bajo el golpe.
Entonces el verdugo se quitó su capa roja, la extendió en
tierra, depositó allí el cuerpo, arrojó allí la cabeza, la ató por las cuatro
esquinas, se la echó al hombro y volvió a subir a la barca.
Llegado al centro del Lys, detuvo la barca, y, suspendido su
fardo sobre el río:
¡Dejad pasar la justicia de Dios! gritó en voz alta.
Y dejó caer el cadáver a lo más profundo del agua, que se cerró
sobre él.
Tres días después, los cuatro mosqueteros entraban en Paris;
estaban dentro de los límites de su permiso, y la misma noche fueron a hacer su
visita acostumbrada al señor de Tréville.
Y bien, señores les preguntó el bravo capitán , ¿os habéis
divertido en vuestra excursión?
Prodigiosamente respondió Athos con los dientes apretados.
Capítulo LXVII
Conclusión
El 6 del mes siguiente, el rey, cumpliendo la promesa que había
hecho al cardenal de dejar Paris para volver a La Rochelle, salió de su capital
todo aturdido aún por la nueva que acababa de esparcirse de que Buckingham
acababa de ser asesinado.
Aunque prevenida de que el hombre al que tanto había amado
corría un peligro, la reina, cuando se le anunció esta muerte, no quiso
creerla; ocurrió incluso que exclamó imprudentemente:
¡Es falso! Acaba de escribirme.
Pero al día siguiente tuvo que creer en aquella fatal noticia:
La Porte, retenido como todo el mundo en Inglaterra por las órdenes del rey
Carlos I, llegó portador del último y fúnebre presente que Buckingham enviaba a
la reina.
La alegría del rey había sido muy viva ; no se molestó siquiera
en disimularla a incluso la hizo estallar con afectación ante la reina. A Luis
XIII, como a todos los corazones débiles, le faltaba generosidad.
Mas pronto el rey se volvió sombrío y con mala salud; su frente
no era de aquellas que se aclaran durante mucho tiempo; sentía que al volver al
campamento iba a recuperar su esclavitud, y, sin embargo, volvía allí.
El cardenal era para él la serpiente fascinadora; y él, él era
el pájaro que revolotea de rama en rama sin poder escapar.
En torno suyo no tenía más que enemigos.
Por eso el regreso hacia La Rochelle era profundamente triste.
Nuestros cuatro amigos causaban el asombro de sus camaradas; viajaban juntos,
codo con codo, la mirada sombría, la cabeza baja. Athos alzaba de vez en cuando
sólo su amplia frente: un destello brillaba en sus ojos, una sonrisa amarga
pasaba por sus labios; luego, semejante a sus camaradas, se dejaba ir de nuevo
en sus ensoñaciones.
Tan pronto como llegaba la escolta a una villa, cuando habían
conducido al rey a su alojamiento, los cuatro amigos se retiraban o a la
habitación de uno de ellos o a alguna taberna apartada, donde ni jugaban ni
bebían; sólo hablaban en voz baja mirando con cuidado si alguien los escuchaba.
Un día en que el rey había hecho un alto en la ruta para cazar
la picaza y en que los cuatro amigos, según su costumbre, en vez de seguir la
caza, se habían detenido en una taberna sobre la carretera, un hombre que venía
de La Rochelle a galope tendido se detuvo a la puerta para beber un vaso de
vino y hundió su mirada en el interior de la habitación donde estaban sentados
a la mesa los cuatro mosqueteros.
¡Hola! ¡El señor D'Artagnan! dijo . ¿No sois vos quien veo ahí?
D'Artagnan alzó la cabeza y soltó un grito de alegría. Aquel
hombre que él llamaba su fantasma era su desconocido de Meung, de la calle des
Fossoyeurs y de Arras.
¡Ah, señor! dijo el joven . Por fin os encuentro; esta vez no
escaparéis.
No es esa mi intención tampoco, señor, porque esta vez os
buscaba; en nombre del rey os detengo, y digo que tenéis que entregarme vuestra
espada, señor, y sin resistencia; os va en ello la cabeza, os lo advierto.
¿Quién sois vos? preguntó D'Artagnan bajando su espada, pero sin
entregarla aún.
Soy el caballero de Rochefort respondió el desconocido , el
escudero del señor cardenal de Richelieu, y tengo orden de llevaros junto a Su
Eminencia.
Volvemos junto a Su Eminencia, señor caballero dijo Athos
adelantándose y aceptaréis la palabra del señor D'Artagnan, que va a dirigirse
en línea recta a La Rochelle.
Debo ponerlo en manos de los guardias, que lo llevarán al
campamento.
Nosotros lo llevaremos, señor, por nuestra palabra de
gentileshombres; pero por nuestra palabra de gentileshombres también añadió
Athos, frunciendo el ceño , el señor D'Artagnan no nos abandonará.
El caballero de Rochefort lanzó una ojeada hacia atrás y vio que
Porthos y Aramis se habían situado entre él y la puerta; comprendió que estaba
completamente a merced de aquellos cuatro hombres.
Señores dijo , si el señor D'Artagnan quiere entregarme su
espada y unir su palabra a la vuestra, me contentaré con vuestra promesa de
conducir al señor D'Artagnan al campamento del señor cardenal.
Tenéis mi palabra, señor dijo D'Artagnan , y aquí está mi
espada.
Eso está mejor añadió Rochefort , porque es preciso que continúe
mi viaje.
Si es para reuniros con Milady dijo fríamente Athos , es inútil,
no la encontraréis.
¿Qué le ha pasado entonces? preguntó vivamente Rochefort.
Volved al campamento y lo sabréis.
Rochefort se quedó un instante pensativo, luego, como no estaba
más que a una jornada de Surgères, hasta donde el cardenal debía ir ante el
rey, resolvió seguir el consejo de Athos y volver con ellos.
Además, aquel retraso le ofrecía una ventaja: vigilar por sí
mismo a su prisionero.
Volvieron a ponerse en ruta.
Al día siguiente, a las tres de la tarde, llegaron a Surgères.
El cardenal esperaba allí a Luis XIII. El ministro y el rey intercambiaron
muchas caricias, se felicitaron por el venturoso azar que desembarazaba a
Francia del encarnizado enemigo que amotinaba a Europa contra ella. Tras lo
cual, el cardenal, que había sido avisado por Rochefort de que D'Artagnan
estaba detenido, y que tenía prisa por verlo, se despidió del rey invitándolo a
ver al día siguiente los trabajos del dique que esta-ban acabados.
Al volver aquella noche a su acampada del puente de La Pierre,
el cardenal encontró de pie, ante la puerta de la casa que habitaba, a
D'Artagnan sin espada y a los tres mosqueteros armados.
Aquella vez, como él era más fuerte, los miró con severidad y,
con los ojos y con la mano, hizo a D'Artagnan una seña de que lo siguiera.
D'Artagnan obedeció.
Te esperaremos, D'Artagnan dijo Athos lo suficientemente alto
para que el cardenal lo oyese.
Su Eminencia frunció el ceño, se detuvo un instante, luego
continuó su camino sin pronunciar una sola palabra.
D'Artagnan entró detrás del cardenal, y Rochefort detrás de
D'Artagnan; la puerta fue vigilada.
Su Eminencia se dirigió a la habitación que le servía de
gabinete e hizo seña a Rochefort de introducir al joven mosquetero.
Rochefort obedeció y se retiró.
D'Artagnan permaneció solo frente al cardenal; era su segunda
entrevista con Richelieu, y él confesó después que estaba convencido de que
sería la última.
Richelieu permaneció de pie, apoyado contra la chimenea, con una
mesa entre él y D'Artagnan.
Señor dijo el cardenal , habéis sido detenido por orden mía.
Eso me han dicho, monseñor.
¿Sabéis por qué?
No, monseñor; porque la única cosa por la que podría ser
detenido es aún desconocida de Su Eminencia.
Richelieu miró fijamente al joven.
¡Oh! ¡Oh! dijo . ¿Qué quiere decir eso?
Si monseñor quiere decirme primero los crímenes que se me
imputan, yo le diré luego los hechos que he realizado.
¡Se os imputan crímenes que han hecho caer cabezas más altas que
la vuestra, señor! dijo el cardenal.
¿Cuáles, monseñor? preguntó D'Artagnan con una calma que asombró
al propio cardenal.
Se os imputa haber mantenido correspondencia con los enemigos
del reino, se os imputa haber sorprendido los secretos de Estado, se os imputa
haber tratado de hacer abortar los planes de vuestro general.
¿Y quién me imputa eso, monseñor? dijo D'Artagnan, que
sospechaba que la acusación venía de Milady . Una mujer marcada por la justicia
del país, una mujer que ha desposado a un hombre en Francia y a otro en
Inglaterra, una mujer que ha envenenado a su segundo marido y que ha intentado
envenenarme a mí mismo.
¿Qué decís, señor? exclamó el cardenal asombrado . ¿Y de qué
mujer habláis de ese modo?
De Milady de Winter respondió D'Artagnan ; sí, de Milady de
Winter, de la que sin duda Vuestra Eminencia ignoraba todos los crímenes cuando
la ha honrado con su confianza.
Señor dijo el cardenal , si Milady de Winter ha cometido todos
los crímenes que decís, será castigada.
Ya lo está, monseñor.
Y ¿quién la ha castigado?
Nosotros.
¿Está en prisión?
Está muerta.
¿Muerta? repitió el cardenal, que no podía creer lo que oía .
¡Muerta! ¿Habéis dicho que está muerta?
Tres veces trató de matarme, y la perdoné; pero mató a la mujer
que yo amaba. Entonces, mis amigos y yo la hemos cogido, juzgado y condenado.
D'Artagnan contó entonces el envenenamiento de la señora
Bonacieux en el convento de las Carmelitas de Béthune, el juicio de la casa
aislada y la ejecución a orillas del Lys.
Un temblor corrió por todo el cuerpo del cardenal, que, sin
embargo, no temblaba fácilmente.
Pero, de pronto como sufriendo la influencia de un pensamiento
mudo, la fisonomía del cardenal, sombrío hasta entonces, se aclaró poco a poco
y llegó a la más perfecta serenidad.
Así dijo con una voz cuya dulzura contrastaba con la severidad
de sus palabras , así que os habéis constituido en jueces, sin pensar que
quienes no tienen la misión de castigar y castigan son asesinos.
Monseñor, os juro que ni por un instante he tenido la intención
de defender mi cabeza contra vos. Sufriré el castigo que Vuestra Eminencia
quiera infligirme. No amo tanto la vida como para temer la muerte.
Sí, lo sé, sois un hombre de corazón, señor dijo el cardenal con
una voz casi afectuosa ; puedo deciros, pues, de antemano que seréis juzgado,
condenado incluso.
Cualquier otro podría responder a Vuestra Eminencia que tiene su
perdón en el bolsillo; yo me contentaré con deciros: Ordenad, monseñor, estoy
dispuesto.
¿Vuestro perdón? dijo Richelieu sorprendido.
Sí, monseñor dijo D'Artagnan.
¿Y firmado por quién? ¿Por el rey?
Y el cardenal pronunció estas palabras con una singular
expresión de desprecio.
No, por Vuestra Eminencia.
¿Por mí? Estáis loco, señor.
Monseñor reconocerá sin duda su escritura.
Y D'Artagnan presentó al cardenal el preciso papel que Athos
había arrancado a Milady, y que había dado a D'Artagnan para que le sirviera de
salvaguardia.
Su Eminencia cogió el papel y leyó con voz lenta apoyándose en
cada sílaba:
«El portador de la presente ha "hecho lo que ha hecho"
por orden mía y para bien del Estado.
En el campamento de La Rochelle, a 5 de agosto de 1628.
Richelieu.»
El cardenal, tras haber leído estas dos líneas, cayó en una
meditación profunda, pero no devolvió el papel a D'Artagnan.
«Medita con qué clase de suplicio me hará morir se dijo en voz
baja D'Artagnan ; pues a fe que verá cómo muere un gentilhombre.»
El joven mosquetero estaba en excelente disposición de morir
heroicamente.
Richelieu seguía pensando, enrollaba y desenrollaba el papel en
sus manos. Finalmente, alzó la cabeza, fijó su mirada de águila sobre aquella
fisonomía leal, abierta, inteligente, leyó en aquel rostro surcado por las
lágrimas todos los sufrimientos que había enjugado desde hacía un mes, y pensó
por tercera o cuarta vez cuánto futuro tenía aquel muchacho de veintiún años, y
qué recursos podría ofrecer a un buen amo su actividad, su valor y su ingenio.
Por otro lado, los crimenes, el poder, el genio infernal de
Milady le habían espantado más de una vez. Sentía como una alegría secreta
haberse liberado para siempre de aquella cómplice peligrosa.
Desgarró lentamente el papel que D'Artagnan tan generosamente le
había entregado.
«Estoy perdido», dijo para sí mismo D'Artagnan.
Y se inclinó profundamente ante el cardenal como hombre que
dice: «¡Señor, que se haga vuestra voluntad!»
El cardenal se acercó a la mesa y, sin sentarse, escribió
algunas líneas sobre un pergamino cuyos dos tercios ertaban ya cubiertos y puso
su sello.
«Esa es mi condena dijo D'Artagnan ; me ahorra el aburrimiento
de la Bastilla y la lentitud de un juicio. Encima es demasiado amable.»
Tomad, señor dijo el cardenal al joven , os he cogido un
salvoconducto y os devuelvo otro. El nombre falta en ese despacho: escribidlo
vos mismo.
D'Artagnan cogió el papel dudando y puso los ojos encima.
Era un tenientazgo en los mosqueteros.
D'Artagnan cayó a los pies del cardenal.
Monseñor dijo , mi vida es vuestra; disponed de ella en
adelante; pero este favor que me otorgáis no lo merezco; tengo tres amigos que
son más merecedores y más dignos...
Sois un muchacho valiente, D'Artagnan interrumpió el cardenal
palmeándolo familiarmente en el hombro, encantado por haber vencido a aquella
naturaleza rebelde . Haced de ese despacho lo que os plazca. Sólo que recordad
que, aunque el nombre esté en blanco, os lo he dado a vos.
No lo olvidaré jamás respondió D'Artagnan . Vuestra Eminencia
puede estar segura de ello.
El cardenal se volvió y dijo en voz alta:
¡Rochefort!
El caballero, que sin duda estaba detrás de la puerta, entró al
punto.
Rochefort dijo el cardenal , ahí veis al señor D'Artagnan; lo
recibo entre mis amigos; así pues, que se le abrace y que si alguien quiere
conservar su cabeza sea prudente.
Rochefort y D'Artagnan se besaron con la punta de los labios;
pero el cardenal estaba allí, observándolos con su ojo vigilante.
Salieron de la habitación al mismo tiempo.
Nos encontraremos, ¿no es cierto, señor?
Cuando os plazca contestó D'Artagnan.
Ya llegará la ocasión respondió Rochefort.
¿Qué? dijo Richelieu abriendo la puerta.
Los dos hombres sonrieron, se estrecharon la mano y saludaron a
Su Eminencia.
Empezábamos a impacientarnos dijo Athos.
¡Ya estoy aquí, amigos míos! respondió D'Artagnan . No solamente
libre, sino favorecido.
¿Nos contaréis eso?
Esta noche.
En efecto, aquella misma noche D'Artagnan se dirigió al
alojamiento de Athos, a quien encontró a punto de vaciar su botella de vino
español, ocupación que realizaba religiosamente todas las noches.
Le contó lo que había pasado entre el cardenal y él, y sacando
el despacho de su bolso:
Tomad, mi querido Athos dijo , a vos os corresponde,
naturalmente.
Athos sonrió con su dulce y encantadora sonrisa.
Amigo dijo , para Athos es demasiado; para el conde de La Fère
es demasiado poco. Guardad ese despacho, os corresponde. ¡Ay, Dios mío, qué
caro lo habréis comprado!
D'Artagnan salió de la habitación de Athos y entró en la de
Porthos.
Lo encontró vestido con un magnífico traje, cubierto de
espléndidos brocados y mirándose a un espejo.
¡Ah, ah! dijo Porthos . ¡Sois vos, querido amigo! ¿Qué tal me va
este traje?
De maravilla dijo D'Artagnan , pero vengo a proponeros un traje
que aún os iría mejor.
¿Cuál? preguntó Porthos.
El de teniente de mosqueteros.
D'Artagnan contó a Porthos su entrevista con el cardenal, y
sacando el despacho de su bolso:
Tomad, querido dijo , escribid vuestro nombre ahí, y sed buen
jefe para mí.
Porthos puso los ojos en el despacho y se lo devolvió a
D'Artagnan, con gran sorpresa del joven.
Sí dijo , me halagaría mucho, pero no tendría tiempo para gozar
de ese favor. Durante nuestra expedición a Béthune, el marido de mi duquesa ha
muerto; de suerte que, querido amigo, dado que el cofre del difunto me tiende
los brazos, me caso con la viuda. Mirad, me estoy probando mi traje de boda;
guardad el tenientazgo, querido, guardadlo.
Y entregó el despacho a D'Artagnan.
El joven entró en la habitación de Aramis.
Lo encontró arrodillado en un reclinatorio, con la frente
apoyada contra su libro de horas abierto.
Le contó su entrevista con el cardenal, y sacando por tercera
vez el despacho de su bolso:
Vos, nuestro amigo, nuestra luz, nuestro protector invisible
dijo , aceptad este despacho; lo habéis merecido más que nadie, por vuestra
sabiduría y vuestros consejos siempre seguidos con tan felices resultados.
¡Ay, querido amigo! dijo Aramis . Nuestras últimas aventuras me
han hecho tomar un disgusto total por la vida del hombre de espada. Esta vez mi
decisión está irrevocablemente tomada: tras el asedio, entraré en los
Lazaristas. Guardad ese despacho, D'Artagnan: el oficio de las armas os va
bien, y seréis un valiente y afortunado capitán.
D'Artagnan, con los ojos húmedos de gratitud y resplandecientes
de alegría, volvió a Athos, a quien encontró aún en la mesa y mirando su último
vaso de málaga a la luz de la lámpara.
¡Y bien! dijo . También ellos han rehusado.
Es que nadie, querido amigo, era más digno de él que vos.
Cogió una pluma, escribió en el despacho el nombre de D'Artagnan
y se lo entregó.
Ya no tendré más amigos dijo el joven , ¡ay!, ni nada más que
amargos recuerdos.
Y dejó caer su cabeza entre sus dos manos, mientras dos lágrimas
corrían a lo largo de sus mejillas.
Sois joven respondió Athos , y vuestros amargos recuerdos tienen
tiempo de cambiarse en dulces recuerdos.
Epílogo
La Rochelle, privada del socorro de la flota inglesa y de la
división prometida por Buckingham, se rindió tras el asedio de un año. El 28 de
octubre de 1628 se firmó la capitulación.
El rey hizo su entrada en Paris el 23 de diciembre del mismo
año. Se le acogió en triunfo como si volviese de vencer al enemigo y no a
franceses. Entró por el barrio Saint Jacques bajo arcos cubiertos de
vegetación.
D'Artagnan tomó posesión de su grado. Porthos abandonó el
servicio y desposó, durante el año siguiente, a la señora Coquenard; el cofre
tan ambicionado contenía ochocientas mil libras.
Mosquetón tuvo una librea magnífica y además la satisfacción,
que había ambicionado toda su vida, de subir detrás de una carroza dorada.
Aramis, tras un viaje a Lorraine, desapareció de pronto y dejó
de escribir a sus amigos. Más tarde se supo, por la señora Chevreuse, que lo
dijo a dos o tres de sus amantes, que había tomado el hábito en un convento de
Nancy.
Bazin se convirtió en hermano lego.
Athos siguió siendo mosquetero a las órdenes de D'Artagnan,
hasta 1663, época en la que, tras un viaje que hizo a Touraine, dejó también el
servicio so pretexto de que acababa de recoger una pequeña herencia en el
Rousillon.
Grimaud siguió a Athos.
D'Artagnan se batió tres veces con Rochefort y lo hirió tres
veces.
Os mataré probablemente a la cuarta le dijo tendiéndole la mano
para levantarlo.
Mejor sería, para vos y para mí, que nos quedásemos por aquí
respondió el herido . ¡Diantre! Soy más amigo vuestro que lo que pensáis,
porque desde el primer encuentro habría podido, diciendo una palabra al
cardenal, haceros cortar la cabeza.
Aquella vez se abrazaron, pero de buen corazón y sin segundas
intenciones.
Planchet obtuvo de Rochefort el grado de sargento en los
guardias. El señor Bonacieux vivía muy tranquilo, ignorando completamente lo
que había sido de su mujer y no inquietándose apenas. Un día tuvo la
imprudencia de acordarse del cardenal; el cardenal le hizo responder que iba a
encargarse de que no le faltara nada en adelante.
En efecto, al día siguiente, habiendo salido el señor Bonacieux
a las siete de la noche de su casa para dirigirse al Louvre, no volvió a
aparecer más en la calle des Fossoyeurs; la opinión de quienes parecían mejor
informados fue que era alimentado y alojado en algún castillo real a expensas
de su generosa Eminencia.
FIN


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