© Libro No. 440. El Conde de
Montecristo. Dumas, Alejandro. Colección Emancipación Obrera. Junio 29 de
2013.
Título original: © El Conde de
Montecristo. Alejandro Dumas
Versión Original: © El Conde de Montecristo. Alejandro Dumas
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
Librodot.com: http://www.pekegifs.com/librosdecuentos/Dumas%20(padre),%20Alejandro%20-%20El%20Co
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza
una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los
autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.
Portada e Ilustración E.O. de Imagen:
http://libreriaelextranjero.com/wp-content/uploads/2012/07/El-Conde-de-Montecristo-de-Alejandro-Dumas.-Ed.-Debate.jpg
© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Alejandro Dumas
El Conde de Montecristo
Revisado por : ABC
Sumario
PRIMERA PARTE El
castillo de If
SEGUNDA PARTE Simbad
el marino
TERCERA PARTE Extrañas
coincidencias
CUARTA PARTE El
mayor Cavalcanti
QUINTA PARTE La
mano de Dios
PRIMERA PARTE
EL CASTILLO DE IF
Capítulo primero
Marsella. La llegada
El 24 de febrero de 1815, el vigía de Nuestra Señora de la
Guarda dio la señal de que se hallaba a la vista el bergantín El Faraón
procedente de Esmirna, Trieste y Nápoles. Como suele hacerse en tales casos,
salió inmediatamente en su busca un práctico, que pasó por delante del castillo
de If y subió a bordo del buque entre la isla de Rión y el cabo Mongión. En un
instante, y también como de costumbre, se llenó de curiosos la plataforma del
castillo de San Juan, porque en Marsella se daba gran importancia a la llegada
de un buque y sobre todo si le sucedía lo que al Faraón, cuyo casco
había salido de los astilleros de la antigua Focia y pertenecía a un naviero de
la ciudad.
Mientras tanto, el buque seguía avanzando; habiendo pasado felizmente
el estrecho producido por alguna erupción volcánica entre las islas de
Calasapeigne y de Jaros, dobló la punta de Pomegue hendiendo las olas bajo sus
tres gavias, su gran foque y la mesana. Lo hacía con tanta lentitud y tan
penosos movimientos, que los curiosos, que por instinto presienten la
desgracia, preguntábanse unos a otros qué accidente podía haber sobrevenido al
buque. Los más peritos en navegación reconocieron al punto que, de haber
sucedido alguna desgracia, no debía de haber sido al buque, puesto que, aun
cuando con mucha lentitud, seguía éste avanzando con todas las condiciones de
los buques bien gobernados.
En su puesto estaba preparada el ancla, sueltos los cabos del
bauprés, y al lado del piloto, que se disponía a hacer que El Faraón enfilase
la estrecha boca del puerto de Marsella, hallábase un joven de fisonomía
inteligente que, con mirada muy viva, observaba cada uno de los movimientos del
buque y repetía las órdenes del piloto.
Entre los espectadores que se hallaban reunidos en la explanada
de San Juan, había uno que parecía más inquieto que los demás y que, no
pudiendo contenerse y esperar a que el buque fondeara, saltó a un bote y ordenó
que le llevasen al Faraón, al que alcanzó frente al muelle de la
Reserva.
Viendo acercarse al bote y al que lo ocupaba, el marino abandonó
su puesto al lado del piloto y se apoyó, sombrero en mano, en el filarete del
buque. Era un joven de unos dieciocho a veinte años, de elevada estatura,
cuerpo bien proporcionado, hermoso cabello y ojos negros, observándose en toda
su persona ese aire de calma y de resolución peculiares a los hombres avezados
a luchar con los peligros desde su infancia.
‑¡Ah! ¡Sois vos Edmundo! ¿Qué es lo que ha sucedido? ‑preguntó
el del bote‑ ¿Qué significan esas caras tan tristes que tienen todos los de la
tripulación?
‑Una gran desgracia, para mí al menos, señor Morrel ‑respondió
Edmundo‑. Al llegar a la altura de Civita‑Vecchia, falleció el valiente
capitán Leclerc...
‑¿Y el cargamento? ‑preguntó con ansia el naviero.
‑Intacto, sin novedad. El capitán Leclerc...
‑¿Qué le ha sucedido? ¾preguntó el naviero, ya más
tranquilo¾. ¿Qué le ocurrió a ese valiente capitán?
‑Murió.
‑¿Cayó al mar?
‑No, señor; murió de una calentura cerebral, en medio de horribles
padecimientos.
Volviéndose luego hacia la tripulación:
‑¡Hola! ¾dijo¾ Cada uno a su puesto, vamos a anclar.
La tripulación obedeció, lanzándose inmediatamente los ocho o
diez marineros que la componían unos a las escotas, otros a las drizas y otros
a cargar velas.
Edmundo observó con una mirada indiferente el principio de la
maniobra, y viendo a punto de ejecutarse sus órdenes, volvióse hacia su
interlocutor.
‑Pero ¿cómo sucedió esa desgracia? ‑continuó el naviero.
‑¡Oh, Dios mío!, de un modo inesperado. Después de una larga
plática con el comandante del puerto, el capitán Leclerc salió de Nápoles
bastante agitado, y no habían transcurrido veinticuatro horas cuando le
acometió la fiebre... y a los tres días había fallecido. Le hicimos los
funerales de ordenanza, y reposa decorosamente envuelto en una hamaca, con una
bala del treinta y seis a los pies y otra a la cabeza, a la altura de la isla
de Giglio. La cruz de la Legión de Honor y la espada las conservamos y las traemos
a su viuda.
‑Es muy triste, ciertamente ¾prosiguió el joven con
melancólica sonrisa¾ haber hecho la guerra a los ingleses por espacio de diez años,
y morir después en su cama como otro cualquiera.
‑¿Y qué vamos a hacerle, señor Edmundo? ¾replicó
el naviero, cada vez más tranquilo¾; somos mortales, y es
necesario que los viejos cedan su puesto a los jóvenes; a no ser así no habría
ascensos, y puesto que me aseguráis que el cargamento...
‑Se halla en buen estado, señor Morrel. Os aconsejo, pues, que
no lo cedáis ni aun con veinticinco mil francos de ganancia.
Acto seguido, y viendo que habían pasado ya la torre Redonda,
gritó Edmundo:
‑Largad las velas de las escotas, el foque y las de mesana.
La orden se ejecutó casi con la misma exactitud que en un buque
de guerra.
‑Amainad y cargad por todas partes.
A esta última orden se plegaron todas las velas, y el barco
avanzó de un modo casi imperceptible.
‑Si queréis subir ahora, señor Morrel ¾dijo
Dantés dándose cuenta de la impaciencia del armador¾,
aquí viene vuestro encargado, el señor Danglars, que sale de su camarote, y
que os informará de todos los detalles que deseéis. Por lo que a mí respecta,
he de vigilar las maniobras hasta que quede El Faraón anclado y de luto.
No dejó el naviero que le repitieran la invitación, y asiéndose
a un cable que le arrojó Dantés, subió por la escala del costado del buque con
una ligereza que honrara a un marinero, mientras que Dantés, volviendo a su
puesto, cedió el que ocupaba últimamente a aquel que había anunciado con el
nombre de Danglars, y que saliendo de su camarote se dirigía adonde estaba el
naviero.
El recién llegado era un hombre de veinticinco a veintiséis
años, de semblante algo sombrío, humilde con los superiores, insolente con los
inferiores; de modo que con esto y con su calidad de sobrecargo, siempre tan
mal visto, le aborrecía toda la tripulación, tanto como quería a Dantés.
‑¡Y bien!, señor Morrel ‑dijo Danglars‑, ya sabéis la desgracia,
¿no es cierto?
‑Sí, sí, ¡pobre capitán Leclerc! Era muy bueno y valeroso.
‑Y buen marino sobre todo, encanecido entre el cielo y el agua,
como debe ser el hombre encargado de los intereses de una casa tan respetable
como la de Morrel a hijos ‑respondió Danglars.
‑Sin embargo ¾repuso el naviero mirando a Dantés, que fondeaba en este
instante¾, me parece que no se necesita ser marino viejo, como decís,
para ser ducho en el oficio. Y si no, ahí tenéis a nuestro amigo Edmundo, que
de tal modo conoce el suyo, que no ha de menester lecciones de nadie.
‑¡Oh!, sí ‑dijo Danglars dirigiéndole una aviesa mirada en la
que se reflejaba un odio reconcentrado‑; parece que este joven todo lo sabe.
Apenas murió el capitán, se apoderó del mando del buque sin consultar a nadie,
y aún nos hizo perder día y medio en la isla de Elba en vez de proseguir rumbo
a Marsella.
‑Al tomar el mando del buque ‑repuso el naviero‑ cumplió con su
deber; en cuanto a perder día y medio en la isla de Elba, obró mal, si es que
no tuvo que reparar alguna avería.
‑Señor Morrel, el bergantín se hallaba en excelente estado y
aquella demora fue puro capricho, deseos de bajar a tierra, no lo dudéis.
‑Dantés ‑dijo el naviero encarándose con el joven‑, venid acá.
‑Disculpadme, señor Morrel ‑dijo Dantés‑, voy en seguida.
Y en seguida ordenó a la tripulación: «Fondo»; a inmediatamente
cayó el anda al agua, haciendo rodar la cadena con gran estrépito. Dantés
permaneció en su puesto, a pesar de la presencia del piloto, hasta que esta
última maniobra hubo concluido.
‑¡Bajad el gallardete hasta la mitad del mastelero! ‑gritó en
seguida‑. ¡Iza el pabellón, cruza las vergas!
‑¿Lo veis? ‑observó Danglars‑, ya se cree capitán.
‑Y de hecho lo es ‑contestó el naviero.
‑Sí, pero sin vuestro consentimiento ni el de vuestro asociado,
señor Morrel.
‑¡Diantre! ¿Y por qué no le hemos de dejar con ese cargo? ‑repuso
Morrel‑. Es joven, ya lo sé, pero me parece que le sobra experiencia para
ejercerlo...
Una nube ensombreció la frente de Danglars.
‑Disculpadme, señor Morrel ‑dijo Dantés acercándose‑, y puesto
que ya hemos fondeado, aquí me tenéis a vuestras órdenes. Me llamasteis, ¿no es
verdad?
Danglars hizo ademán de retirarse.
‑Quería preguntaros por qué os habéis detenido en la isla de
Elba.
‑Lo ignoro, señor Morrel: fue para cumplir las últimas órdenes
del capitán Leclerc, que me entregó, al morir, un paquete para el mariscal
Bertrand.
‑¿Pudisteis verlo, Edmundo?
‑¿A quién?
‑Al mariscal.
‑Sí.
Morrel miró en derredor, y llevando a Dantés aparte:
‑¿Cómo está el emperador? ‑le preguntó con interés.
‑Según he podido juzgar por mí mismo, muy bien.
‑¡Cómo! ¿También habéis visto al emperador?...
‑Sí, señor; entró en casa del mariscal cuando yo estaba en
ella... ‑¿Y le hablasteis?
‑Al contrario, él me habló a mí ‑repuso Dantés sonriéndole.
‑¿Y qué fue lo que os dijo?
‑Hízome mil preguntas acerca del buque, de la época de su salida
de Marsella, el rumbo que había seguido y del cargamento que traía. Creo que a
haber venido en lastre, y a ser yo su dueño, su intención fuera el comprármelo;
pero le dije que no era más que un simple segundo, y que el buque pertenecía a
la casa Morrel a hijos. « ¡Ah ‑dijo entonces‑, la conozco. Los Morrel han sido
siempre navieros, y uno de ellos servía en el mismo regimiento que yo, cuando
estábamos de guarnición en Valence.»
‑¡Es verdad! ‑exclamó el naviero, loco de contento‑. Ese era
Policarpo Morrel, mi tío, que es ahora capitán. Dantés, si decís a mi tío que
el emperador se ha acordado de él, le veréis llorar como un niño. ¡Pobre viejo!
Vamos, vamos ‑añadió el naviero dando cariñosas palmadas en el hombro del joven‑;
habéis hecho bien en seguir las instrucciones del capitán Leclerc deteniéndoos
en la isla de Elba, a pesar de que podría comprometeros el que se supiese que
habéis entregado un pliego al mariscal y hablado con el emperador.
‑¿Y por qué había de comprometerme? ‑dijo Dantés‑. Puedo
asegurar que no sabía de qué se trataba; y en cuanto al emperador, no me hizo
preguntas de las que hubiera hecho a otro cualquiera. Pero con vuestro permiso ‑continuó
Dantés‑: vienen los aduaneros, os dejo...
‑Sí, sí, querido Dantés, cumplid vuestro deber.
El joven se alejó, mientras iba aproximándose Danglars.
‑Vamos ‑preguntó éste‑, ¿os explicó el motivo por el cual se
detuvo en Porto‑Ferrajo?
‑Sí, señor Danglars.
‑Vaya, tanto mejor ‑respondió éste‑, porque no me gusta tener
un compañero que no cumple con su deber.
‑Dantés ya ha cumplido con el suyo ‑respondió el naviero‑, y no
hay por qué reprenderle. Cumplió una orden del capitán Leclerc.
‑A propósito del capitán Leclerc: ¿os ha entregado una carta de
su parte?
‑¿Quién?
‑Dantés.
‑¿A mí?, no. ¿Le dio alguna carta para mí?
‑Suponía que además del pliego le hubiese confiado también el
capitán una carta.
‑Pero ¿de qué pliego habláis, Danglars?
‑Del que Dantés ha dejado al pasar en Porto‑Ferrajo.
‑Cómo, ¿sabéis que Dantés llevaba un pliego para dejarlo en
Porto‑Ferrajo. .. ?
Danglars se sonrojó.
‑Pasaba casualmente por delante de la puerta del capitán, estaba
entreabierta, y le vi entregar a Dantés un paquete y una carta.
‑Nada me dijo aún ‑contestó el naviero‑, pero si trae esa carta,
él me la dará.
Danglars reflexionó un instante.
‑En ese caso, señor Morrel, os suplico que nada digáis de esto a
Dantés; me habré equivocado.
En esto volvió el joven y Danglars se alejó.
‑Querido Dantés, ¿estáis ya libre? ‑le preguntó el naviero.
‑Sí, señor.
‑La operación no ha sido larga, vamos.
‑No, he dado a los aduaneros la factura de nuestras mercancías,
y los papeles de mar a un oficial del puerto que vino con el práctico.
‑¿Conque nada tenéis que hacer aquí?
Dantés cruzó una ojeada en torno.
‑No, todo está en orden.
‑Podréis venir a comer con nosotros, ¿verdad?
‑Dispensadme, señor Morrel, dispensadme, os lo ruego, porque
antes quiero ver a mi padre. Sin embargo, no os quedo menos reconocido por el
honor que me hacéis.
‑Es muy justo, Dantés, es muy justo; ya sé que sois un buen
hijo.
‑¿Sabéis cómo está mi padre? ‑preguntó Dantés con interés.
‑Creo que bien, querido Edmundo, aunque no le he visto.
‑Continuará encerrado en su mísero cuartucho.
‑Eso demuestra al menos que nada le ha hecho falta durante
vuestra ausencia.
Dantés se sonrió.
‑Mi padre es demasiado orgulloso, señor Morrel, y aunque hubiera
carecido de lo más necesario, dudo que pidiera nada a nadie, excepto a Dios.
‑Bien, entonces después de esa primera visita cuento con vos.
‑Os repito mis excusas, señor Morrel; pero después de esa primera
visita quiero hacer otra no menos interesante a mi corazón.
‑¡Ah!, es verdad, Dantés, me olvidaba de que en el barrio de los
Catalanes hay una persona que debe esperaros con tanta impaciencia como vuestro
padre, la hermosa Mercedes.
Dantés se sonrojó intensamente.
‑Ya, ya ‑repuso el naviero‑; por eso no me asombra que haya ido
tres veces a pedir información acerca de la vuelta de El Faraón. ¡Cáspita!
Edmundo, en verdad que sois hombre que entiende del asunto. Tenéis una querida
muy guapa.
‑No es querida, señor Morrel ‑dijo con gravedad el marino‑; es
mi novia.
‑Es lo mismo ‑contestó el naviero, riéndose.
‑Para nosotros no, señor Morrel.
‑Vamos, vamos, mi querido Edmundo ‑replicó el señor Morrel‑, no
quiero deteneros por más tiempo. Habéis desempeñado harto bien mis negocios
para que yo os impida que os ocupéis de los vuestros. ¿Necesitáis dinero?
‑No, señor; conservo todos mis sueldos de viaje.
‑Sois un muchacho muy ahorrativo, Edmundo.
‑Y añadid que tengo un padre pobre, señor Morrel.
‑Sí, ya sé que sois buen hijo. Id a ver a vuestro padre.
El joven dijo, saludando:
‑Con vuestro permiso.
‑Pero ¿no tenéis nada que decirme?
‑No, señor.
‑El capitán Lederc, ¿no os dio al morir una carta para mí?
‑¡Oh!, no; le hubiera sido imposible escribirla; pero esto me
recuerda que tendré que pediros licencia por unos días.
‑¿Para casaros?
‑Primeramente, para eso, y luego para ir a París.
‑Bueno, bueno, por el tiempo que queráis, Dantés. La operación
de descargar el buque nos ocupará seis semanas lo menos, de manera que no podrá
darse a la vela otra vez hasta dentro de tres meses. Para esa época sí necesito
que estéis de vuelta, porque El Faraón ‑continuó el naviero tocando en
el hombro al joven marino‑ no podría volver a partir sin su capitán.
‑¡Sin su capitán! ‑exclamó Dantés con los ojos radiantes de alegría‑.
Pensad lo que decís, señor Morrel, porque esas palabras hacen nacer las
ilusiones más queridas de mi corazón. ¿Pensáis nombrarme capitán de El
Faraón?
‑Si sólo dependiera de mí, os daría la mano, mi querido Dantés,
diciéndoos... «es cosa hecha»; pero tengo un socio, y ya sabéis el refrán
italiano: Chi a compagno a padrone. Sin embargo, mucho es que de dos
votos tengáis ya uno; en cuanto al otro confiad en mí, que yo haré lo posible
por que lo obtengáis también.
‑¡Oh, señor Morrel! ‑exclamó el joven con los ojos inundados en
lágrimas y estrechando la mano del naviero‑; señor Morrel, os doy gracias en
nombre de mi padre y de Mercedes.
‑Basta, basta ‑dijo Morrel‑. Siempre hay Dios en el cielo para
la gente honrada; id a verlos y volved después a mi encuentro.
‑¿No queréis que os conduzca a tierra?
‑No, gracias: tengo aún que arreglar mis cuentas con Danglars.
¿Os llevasteis bien con él durante el viaje?
‑Según el sentido que deis a esa pregunta. Como camarada, no,
porque creo que no me desea bien, desde el día en que a consecuencia de cierta
disputa le propuse que nos detuviésemos los dos solos diez minutos en la isla
de Montecristo, proposición que no aceptó. Como agente de vuestros negocios,
nada tengo que decir y quedaréis satisfecho.
‑Si llegáis a ser capitán de El Faraón, ¿os llevaréis
bien con Danglars?
‑Capitán o segundo, señor Morrel ‑respondió Dantés‑, guardaré
siempre las mayores consideraciones a aquellos que posean la confianza de mis
principales.
‑Vamos, vamos, Dantés, veo que sois cabalmente un excelente
muchacho. No quiero deteneros más, porque noto que estáis ardiendo de
impaciencia.
‑¿Me permitís... , entonces?
‑Sí, ya podéis iros.
‑¿Podré usar la lancha que os trajo?
‑¡No faltaba más!
‑Hasta la vista, señor Morrel, y gracias por todo.
‑Que Dios os guíe.
‑Hasta la vista, señor Morrel.
‑Hasta la vista, mi querido Edmundo.
El joven saltó a la lancha, y sentándose en la popa dio orden de
abordar a la Cannebière. Dos marineros iban al remo, y la lancha se deslizó con
toda la rapidez que es posible en medio de los mil buques que obstruyen la
especie de callejón formado por dos filas de barcos desde la entrada del puerto
al muelle de Orleáns.
El naviero le siguió con la mirada, sonriéndose hasta que le vio
saltar a los escalones del muelle y confundirse entre la multitud, que desde
las cinco de la mañana hasta las nueve de la noche llena la famosa calle de la
Cannebière, de la que tan orgullosos se sienten los modernos focenses, que
dicen con la mayor seriedad: «Si París tuviese la Cannebière, sería una
Marsella en pequeño.»
Al
volverse el naviero, vio detrás de sí a Danglars, que aparentemente esperaba
sus órdenes; pero que en realidad vigilaba al joven marino. Sin embargo, esas
dos miradas dirigidas al mismo hombre eran muy diferentes.
Capítulo segundo
El padre y el hijo
Y dejando que Danglars diera rienda suelta a su odio inventando
alguna calumnia contra su camarada, sigamos a Dantés, que después de haber
recorrido la Cannebière en toda su longitud, se dirigió a la calle de Noailles,
entró en una casita situada al lado izquierdo de las alamedas de Meillán, subió
de prisa los cuatro tramos de una escalera oscurísima, y comprimiendo con una
mano los latidos de su corazón se detuvo delante de una puerta entreabierta
que dejaba ver hasta el fondo de aquella estancia; allí era donde vivía el
padre de Dantés.
La noticia de la arribada de El Faraón no había llegado
aún hasta el anciano, que encaramado en una silla, se ocupaba en clavar estacas
con mano temblorosa para unas capuchinas y enredaderas que trepaban hasta la
ventana.
De pronto sintió que le abrazaban por la espalda, y oyó una voz
que exclamaba:
‑¡Padre! ..., ¡padre mío!
El anciano, dando un grito, volvió la cabeza; pero al ver a su
hijo se dejó caer en sus brazos pálido y tembloroso.
‑¿Qué tienes, padre? ‑exclamó el joven lleno de inquietud‑. ¿Te
encuentras mal?
‑No, no, querido Edmundo, hijo mío, hijo de mi alma, no; pero no
lo esperaba, y la alegría... la alegría de verte así..., tan de repente...
¡Dios mío!, me parece que voy a morir...
‑Cálmate, padre: yo soy, no lo dudes; entré sin prepararte, porque
dicen que la alegría no mata. Ea, sonríe, y no me mires con esos ojos tan
asustados. Ya me tienes de vuelta y vamos a ser felices.
‑¡Ah!, ¿conque es verdad? ‑replicó el anciano‑: ¿conque vamos a
ser muy felices? ¿Conque no me dejarás otra vez? Cuéntamelo todo.
‑Dios me perdone ‑dijo el joven‑, si me alegro de una desgracia
que ha llenado de luto a una familia, pues el mismo Dios sabe que nunca anhelé
esta clase de felicidad; pero sucedió, y confieso que no lo lamento. El capitán
Leclerc ha muerto, y es probable que, con la protección del señor Morrel, ocupe
yo su plaza... ¡Capitán a los veinte años, con cien luises de sueldo y una
parte en las ganancias! ¿No es mucho más de lo que podía esperar yo, un pobre
marinero?
‑Sí, hijo mío, sí ‑dijo el anciano‑, ¡eso es una gran felicidad!
‑Así pues, quiero, padre, que del primer dinero que gane alquiles
una casa con jardín, para que puedas plantar tus propias enredaderas y tus
capuchinas..., pero ¿qué tienes, padre? parece que lo encuentras mal.
‑No, no, hijo mío, no es nada.
Las fuerzas faltaron al anciano, que cayó hacia atrás.
‑Vamos, vamos ‑dijo el joven‑, un vaso de vino lo reanimará.
¿Dónde lo tienes?
‑No, gracias, no tengo necesidad de nada ‑dijo el anciano procurando
detener a su hijo.
‑Sí, padre, sí, es necesario; dime dónde está.
Y abrió dos o tres armarios.
‑No te molestes ‑dijo el anciano‑, no hay vino en casa.
‑¡Cómo! ¿No tienes vino? ‑exclamó Dantés palideciendo a su vez y
mirando alternativamente las mejillas flacas y descarnadas del viejo‑. ¿Y por
qué no tienes? ¿Por ventura lo ha hecho falta dinero, padre mío?
‑Nada me ha hecho falta, pues ya lo veo ‑dijo el anciano.
‑No obstante ‑replicó Dantés limpiándose el sudor que corría por
su frente‑, yo le dejé doscientos francos... hace tres meses, al partir.
‑Sí, sí, Edmundo, es verdad. Pero olvidaste cierta deudilla que
tenías con nuestro vecino Caderousse; me lo recordó, diciéndome que si no se
la pagaba iría a casa del señor Morrel... y yo, temiendo que esto lo
perjudicase, ¿qué debía hacer? Le pagué.
‑Pero eran ciento cuarenta francos los que yo debía a Caderousse...
‑exclamó Dantés‑. ¿Se los pagaste de los doscientos que yo lo dejé?
El anciano hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.
‑De modo que has vivido tres meses con sesenta francos... ‑murmuró
el joven.
‑Ya sabes que con poco me basta ‑dijo su padre.
‑¡Ah, Dios mío, Dios mío! ¡Perdonadme! ‑exclamó Edmundo
arrodillándose ante aquel buen anciano.
‑¿Qué haces?
‑Me desgarraste el corazón.
‑¡Bah!, puesto que ya estás aquí ‑dijo el anciano sonriendo‑,
todo lo olvido.
‑Sí, aquí estoy ‑dijo el joven‑, soy rico de porvenir y rico un
tanto de dinero. Toma, toma, padre, y envía al instante por cualquier cosa.
Y vació sobre la mesa sus bolsillos, que contenían una docena de
monedas de oro, cinco o seis escudos de cinco francos cada uno y varias
monedas pequeñas.
El viejo Dantés se quedó asombrado.
‑¿Para quién es esto? ‑preguntole.
‑Para mí, para ti, para nosotros. Toma, compra provisiones, sé
feliz; mañana, Dios dirá.
‑Despacio, despacito ‑dijo sonriendo el anciano‑; con lo permiso
gastaré, pero con moderación, pues creerían al verme comprar muchas cosas que
me he visto obligado a esperar tu vuelta para tener dinero.
‑Puedes hacer lo que quieras. Pero, ante todo, toma una criada,
padre mío. No quiero que lo quedes solo. Traigo café de contrabando y buen
tabaco en un cofrecito; mañana estará aquí. Pero, silencio, que viene gente.
‑Será Caderousse, que sabiendo tu llegada vendrá a felicitarte.
‑Bueno, siempre labios que dicen lo que el corazón no siente ‑murmuró
Edmundo‑; pero no importa, al fin es un vecino y nos ha hecho un favor.
En efecto, cuando Edmundo decía esta frase en voz baja, se vio
asomar en la puerta de la escalera la cabeza negra y barbuda de Caderousse.
Era un hombre de veinticinco a veintiséis años, y llevaba en la mano un trozo
de paño, que en su calidad de sastre se disponía a convertir en forro de un
traje.
‑¡Hola, bien venido, Edmundo! ‑dijo con un acento marsellés de
los más pronunciados, y con una sonrisa que descubría unos dientes
blanquísimos.
‑Tan bueno como de costumbre, vecino Caderousse, y siempre
dispuesto a serviros en lo que os plazca ‑respondió Dantés disimulando su
frialdad con aquella oferta servicial.
‑Gracias, gracias; afortunadamente yo no necesito de nada, sino
que por el contrario, los demás son los que necesitan algunas veces de mí
(Dantés hizo un movimiento). No digo esto por ti, muchacho: te he prestado
dinero, pero me lo has devuelto, eso es cosa corriente entre buenos vecinos, y
estamos en paz.
‑Nunca se está en paz con los que nos hacen un favor ‑dijo
Dantés‑, porque aunque se pague el dinero, se debe la gratitud.
‑¿A qué hablar de eso? Lo pasado, pasado; hablemos de tu feliz
llegada, muchacho. Iba hacia el puerto a comprar paño, cuando me encontré con
el amigo Danglars. « ¿Tú en Marsella? », le dije. « ¿No lo ves? », me
respondió. « ¡Pues yo lo creía en Esmirna! » «¡Toma! , si ahora he vuelto de
allá.» « ¿Y sabes dónde está Edmundo?» « En casa de su padre, sin duda»,
respondió Danglars. Entonces vine presuroso ‑continuó Caderousse‑, para
estrechar la mano a un amigo.
‑¡Qué bueno es este Caderousse! ‑dijo el anciano‑. ¡Cuánto nos
ama!
‑Ciertamente que os amo y os estimo, porque sois muy honrados, y
esta clase de hombres no abunda... Pero a lo que veo vienes rico, muchacho ‑añadió
el sastre reparando en el montón de oro y plata que Dantés había dejado sobre
la mesa.
El joven observó el rayo de codicia que iluminaba los ojos de su
vecino.
‑¡Bah! ‑dijo con sencillez‑, ese dinero no es mío. Manifesté a
mi padre temor de que hubiera necesitado algo durante mi ausencia, y para
tranquilizarme vació su bolsa aquí. Vamos, padre ‑siguió diciendo Dantés‑,
guarda ese dinero, si es que a su vez no lo necesita el vecino Caderousse, en
cuyo caso lo tiene a su disposición.
‑No, muchacho ‑dijo Caderousse‑, nada necesito, que a Dios
gracias el oficio alimenta al hombre. Guarda tu dinero, y Dios te dé mucho más;
eso no impide que yo deje de agradecértelo como si me hubiera aprovechado de
él.
‑Yo lo ofrezco de buena voluntad ‑dijo Dantés.
‑No lo dudo. A otra cosa. ¿Conque eres ya el favorito de Morrel?
¡Picaruelo!
‑El señor Morrel ha sido siempre muy bondadoso conmigo ‑respondió
Dantés.
‑En ese caso, has hecho muy mal en rehusar su invitación.
‑¡Cómo! ¿Rehusar su invitación? ‑exclamó el viejo Dantés‑. ¿Te
ha convidado a comer?
‑Sí, padre mío ‑replicó Edmundo sonriéndose al ver la sorpresa
de su padre.
‑¿Y por qué has rehusado, hijo? ‑preguntó el anciano.
‑Para abrazaros antes, padre mío ‑respondió el joven‑; ¡tenía
tantas ganas de veros!
‑Pero no debiste contrariar a ese buen señor Morrel ‑replicó
Caderousse‑, que el que desea ser capitán, no debe desairar a su naviero.
‑Ya le expliqué la causa de mi negativa ‑replicó Dantés‑, y
espero que lo haya comprendido.
‑Para calzarse la capitanía hay que lisonjear un tanto a los patrones.
‑Espero ser capitán sin necesidad de eso ‑respondió Dantés.
‑Tanto mejor para ti y tus antiguos conocidos, sobre todo para
alguien que vive allá abajo, detrás de la Ciudadela de San Nicolás.
‑¿Mercedes? ‑dijo el anciano.
‑Sí, padre mío ‑replicó Dantés‑; y con vuestro permiso, pues ya
que os he visto, y sé que estáis bien y que tendréis todo lo que os haga falta,
si no os incomodáis, iré a hacer una visita a los Catalanes.
‑Ve, hijo mío, ve ‑dijo el viejo Dantés‑, ¡Dios te bendiga en tu
mujer, como me ha bendecido en mi hijo!
‑¡Su mujer! ‑dijo Caderousse‑; si aún no lo es, padre Dantés; si
aún no lo es, según creo.
‑No; pero según todas las probabilidades ‑respondió Edmundo, no
tardará mucho en serlo.
‑No importa, no importa ‑dijo Caderousse‑, has hecho bien en
apresurarte a venir, muchacho.
‑¿Por qué? ‑preguntole.
‑Porque Mercedes es una buena moza, y a las buenas mozas nunca
les faltan pretendientes, a ésa sobre todo. La persiguen a docenas.
‑¿De veras? ‑dijo Edmundo con una sonrisa que revelaba
inquietud, aunque leve.
‑¡Oh! ¡Sí! ‑replicó Caderousse‑, y se le presentan también
buenos partidos, pero no temas, como vas a ser capitán, no hay miedo de que lo
dé calabazas.
‑Eso quiere decir ‑replicó Dantés, con sonrisa que disfrazaba
mal su inquietud‑, que si no fuese capitán...
‑Hem... ‑balbució Caderousse.
‑Vamos, vamos ‑dijo el joven‑, yo tengo mejor opinión que vos de
las mujeres en general, y de Mercedes en particular, y estoy convencido de que,
capitán o no, siempre me será fiel.
‑Tanto mejor ‑dijo el sastre‑, siempre es bueno tener fe, cuando
uno va a casarse; ¡pero no importa!, créeme, muchacho, no pierdas tiempo en
irle a anunciar lo llegada y en participarle tus esperanzas.
‑Allá voy ‑dijo Edmundo, y abrazó a su padre, saludó a
Caderousse y salió.
Al poco rato, Caderousse se despidió del viejo Dantés, bajó a su
vez la escalera y fue a reunirse con Danglars, que le estaba esperando al
extremo de la calle de Senac.
‑Conque ‑dijo Danglars‑, ¿le has visto?
‑Acabo de separarme de él ‑contestó Caderousse.
‑¿Y te ha hablado de sus esperanzas de ser capitán?
‑Ya lo da por seguro.
‑¡Paciencia! ‑dijo Danglars‑; va muy de prisa, según creo.
‑¡Diantre!, no parece sino que le haya dado palabra formal el
señor Morrel.
‑¿Estará muy contento?
‑Está más que contento, está insolente. Ya me ha ofrecido sus
servicios, como si fuese un gran señor, y dinero como si fuese un capitalista.
‑Por supuesto que habrás rehusado, ¿no?
‑Sí, aunque bastantes motivos tenía para aceptar, puesto que yo
fui el que le prestó el primer dinero que tuvo en su vida; pero ahora el señor
Dantés no necesitará de nadie, pues va a ser capitán.
‑Pero aún no lo es -observó Danglars.
‑Mejor que no lo fuese ‑dijo Caderousse‑, porque entonces,
¿quién lo toleraba?
‑De nosotros depende ‑dijo Danglars‑ que no llegue a serlo, y
hasta que sea menos de lo que es.
‑¿Qué dices?
‑Yo me entiendo. ¿Y sigue amándole la catalana?
‑Con frenesí; ahora estará en su casa. Pero, o mucho me engaño,
o algún disgusto le va a dar ella.
‑Explícate.
‑¿Para qué?
‑Es mucho más importante de lo que tú lo imaginas.
‑Tú no le quieres bien, ¿es verdad?
‑No me gustan los orgullosos.
‑Entonces dime todo lo que sepas de la catalana.
‑Nada sé de positivo; pero he visto cosas que me hacen creer,
como lo dije, que esperaba al futuro capitán algún disgusto por los alrededores
de las Vieilles‑Infirmeries.
‑¿Qué has visto? Vamos, di.
‑Observé que siempre que Mercedes viene por la ciudad, la
acompaña un joven catalán, de ojos negros, de piel tostada, moreno, muy
ardiente, y a quien llama primo.
‑¡Ah! ¿De veras? Y ¿te parece que ese primo le haga la corte?
‑A lo menos lo supongo. ¿Qué otra cosa puede haber entre un
muchacho de veintiún años y una joven de diecisiete?
‑¿Y Dantés ha ido a los Catalanes?
‑Ha salido de su casa antes que yo.
‑Si fuésemos por el mismo lado, nos detendríamos en la Reserva,
en casa del compadre Pánfilo, y bebiendo un vaso de vino, sabríamos algunas
noticias...
‑¿Y quién nos las dará?
‑Estaremos al acecho, y cuando pase Dantés adivinaremos en la
expresión de su rostro lo que haya pasado.
‑Vamos allá ‑dijo Caderousse‑, pero ¿pagas tú?
‑Pues claro ‑respondió Danglars.
Los dos
se encaminaron apresuradamente hacia el lugar indicado, donde pidieron una
botella y dos vasos. El compadre Pánfilo acababa, según dijo, de ver pasar a
Dantés diez minutos antes. Seguros de que se hallaba en los Catalanes, se
sentaron bajo el follaje naciente de los plátanos y sicómoros, en cuyas ramas
una alegre bandada de pajarillos saludaba con sus gorjeos los primeros días de
la primavera.
Capítulo tercero
Los catalanes
A cien pasos del lugar en que los dos amigos, con los ojos fijos
en el horizonte y el oído atento, paladeaban el vino de Lamalgue, detrás de un
promontorio desnudo y agostado por el sol y por el viento nordeste, se
encontraba el modesto barrio de los Catalanes.
Una colonia misteriosa abandonó en cierto tiempo España, yendo a
establecerse en la lengua de tierra en que permanece aún. Nadie supo de dónde
venía, y hasta hablaba un dialecto desconocido. Uno de sus jefes, el único que
se hacía entender un poco en lengua provenzal, pidió a la municipalidad de
Marsella que les concediese aquel árido promontorio, en el coal, a fuer de
marinos antiguos, acababan de dejar sus barcos. Su petición les fue aceptada, y
tres meses después aquellos gitanos del mar habían edificado un pueblecito en
torno a sus quince o veinte barcas.
Construido en el día de hoy de una manera extraña y pintoresca,
medio árabe, medio española, es el mismo que se ve hoy habitado por los
descendientes de aquellos hombres que hasta conservan el idioma de sus padres.
Tres o cuatro siglos han pasado, y aún permanecen fieles al promontorio en que
se dejaron caer como una bandada de aves marinas. No sólo no se mezclan con la
población de Marsella, sino que se casan entre sí, conservando los hábitos y
costumbres de la madre patria, del mismo modo que su idioma.
Es preciso que nuestros lectores nos sigan a través de la única
calle de este pueblecito, y entren con nosotros en una de aquellas casas, a
cuyo exterior ha dado el sol el bello colorido de las hojas secas, común a
todos los edificios del país, y cuyo interior pule una capa de cal, esa tinta
blanca, único adorno de las posadas españolas.
Una bella joven de pelo negro como el ébano y ojos dulcísimos
como los de la gacela, estaba de pie, apoyada en una silla, oprimiendo entre
sus dedos afilados una inocente rosa cuyas hojas arrancaba, y los pedazos se
veían ya esparcidos por el suelo. Sus brazos desnudos hasta el codo, brazos
árabes, pero que parecían modelados por los de la Venus de Arlés, temblaban con
impaciencia febril, y golpeaba de tal modo la tierra con su diminuto pie, que
se entreveían las formas puras de su pierna, ceñida por una media de algodón
encarnado a cuadros azules.
A tres pasos de ella, sentado en una silla, balanceándose a
compás y apoyando su codo en un mueble antiguo, hallábase un mocetón de veinte
a veintidós años que la miraba con un aire en que se traslucía inquietud y
despecho: sus miradas parecían interrogadoras; pero la mirada firme y fija de
la joven le dominaba enteramente.
‑Vamos, Mercedes ‑decía el joven‑, las pascuas se acercan, es el
tiempo mejor para casarse. ¿No lo crees?
‑Ya lo dije cien veces lo que pensaba, Fernando, y en poco lo
estimas, pues aún sigues preguntándome.
‑Repítemelo, te lo suplico, repítemelo por centésima vez para
que yo pueda creerlo. Dime que desprecias mi amor, el amor que aprobaba lo
madre. Haz que comprenda que te burlas de mi felicidad; que mi vida o mi muerte
no son nada para ti... ¡Ah, Dios mío, Dios mío!, haber soñado diez años con la
dicha de ser tu esposo, y perder esta esperanza, la única de mi vida.
‑No soy yo por cierto quien ha alimentado en ti esa esperanza
con mis coqueterías, Fernando ‑respondió Mercedes‑. Siempre lo he dicho: «Te
amo como hermano; pero no exijas de mí otra cosa, porque mi corazón pertenece a
otro. ¿No lo he dicho siempre esto?
‑Sí, ya lo sé, Mercedes ‑respondió Fernando‑; hasta el horrible
atractivo de la franqueza tienes conmigo. Pero ¿olvidas que es ley sagrada
entre los nuestros el casarse catalanes con catalanes?
‑Te equivocas, Fernando, no es una ley, sino una costumbre; y,
créeme, no debes de invocar esta costumbre en lo favor. Has entrado en quintas.
La libertad de que gozas la debes únicamente a la tolerancia. De un momento a
otro pueden reclamarte tus banderas, y una vez seas soldado, ¿qué harías de mí,
pobre huérfana, sin otra fortuna que una mísera cabaña casi arruinada y unas
malas redes, herencia única de mis padres? Hace un año que murió mi madre, y
desde entonces, bien lo sabes, vivo casi a expensas de la caridad pública. Tal
vez me dices que lo soy útil, para partir conmigo tu pesca, y yo la acepto,
Fernando, porque eres hijo del hermano de mi padre, porque nos hemos criado
juntos, y porque además sé que lo disgustarías si la rehusase. Pero sé muy bien
que ese pescado que yo vendo, y ese dinero que me dan por él, y con el cual
compro el estambre que luego hilo, no es más que una limosna, y como tal la
recibo.
‑¿Y eso qué importa, Mercedes? Pobre y sola como vives, me
convienes más que la hija del naviero más rico de Marsella. Yo quiero una mujer
honrada y hacendosa, y ninguna como tú posee esas cualidades.
‑Fernando ‑respondió Mercedes con un movimiento de cabeza‑, no
puede responder de ser siempre honrada y hacendosa, la que ama a otro hombre
que no sea su marido. Confórmate con mi amistad, porque te repito que esto es
todo lo que yo puedo prometerte. Yo no ofrezco sino lo que estoy segura de
poder dar.
‑Sí, sí, ya lo comprendo ‑dijo Fernando‑; soportas con
resignación tu miseria, pero te asusta la mía. Pero, oye, Mercedes, si me amas
probaré fortuna y llegaré a ser rico. Puedo dejar el oficio de pescador; puedo
entrar de dependiente en alguna casa de comercio, y llegar a ser comerciante.
‑Tú no puedes hacer nada de eso, Fernando. Eres soldado, y si
permaneces en los Catalanes todavía es porque no hay guerra; sigue con lo
oficio de pescador, no hagas castillos en el aire, y confórmate con mi amistad,
pues no puedo dar otra cosa.
‑Pues bien, tienes razón, Mercedes, me haré marinero, dejaré el
trabajo de nuestros padres que tú tanto desprecias, y me pondré un sombrero de
suela, una camisa rayada y una chaqueta azul con anclas en los botones. ¿No es
así como hay que vestirse para agradarte?
‑¿Qué quieres decir con eso? No lo comprendo...
‑Quiero decir que no serías tan cruel conmigo, si no esperaras a
uno que usa el traje consabido. Pero quizás él no te es fiel, y aunque lo
fuera, el mar no lo habrá sido con él.
‑¡Fernando! ‑exclamó Mercedes‑, ¡te creía bueno, pero me
engañaba! Eso es prueba de mal corazón. Sí, no te lo oculto, espero y amo a ese
que dices, y si no volviese, en lugar de acusarle de inconstancia, creería que
ha muerto adorándome.
Fernando hizo un gesto de rabia.
‑Adivino tus pensamientos, Fernando, querrás vengar en él los
desdenes míos... querrás desafiarle... Pero ¿qué conseguirás con esto? Perder
mi amistad si eres vencido, ganar mi odio si vencedor. Créeme, Fernando: no es
batirse con un hombre el medio de agradar a la mujer que le ama. Convencido de
que te es imposible tenerme por esposa, no, Fernando, no lo harás, lo
contentarás con que sea tu amiga y tu hermana. Por otra parte ‑añadió con los
ojos preñados de lágrimas‑, tú lo has dicho hace poco, el mar es pérfido:
espera, Fernando, espera. Han pasado cuatro meses desde que partió... ¡cuatro
meses, y durante ellos he contado tantas tempestades!...
Permaneció Fernando impasible sin cuidarse de enjugar las
lágrimas que resbalaban por las mejillas de Mercedes, aunque a decir verdad,
por cada una de aquellas lágrimas hubiera dado mil gotas de su sangre..., pero
aquellas lágrimas las derramaba por otro. Púsose en pie, dio una vuelta por la
cabaña, volvió, detúvose delante de Mercedes, y con una mirada sombría y los
puños crispados exclamó:
‑Mercedes, te lo repito, responde, ¿estás resuelta?
‑¡Amo a Edmundo Dantés ‑dijo fríamente Mercedes‑, y ningún otro
que Edmundo será mi esposo!
‑¿Y le amarás siempre?
‑Hasta la muerte.
Fernando bajó la cabeza desalentado; exhaló un suspiro que más
bien parecía un gemido, y levantando de repente la cabeza y rechinando los
dientes de cólera exclamó:
‑Pero, ¿y si hubiese muerto?
‑Si hubiese muerto... ¡Entonces yo también me moriría!
‑¿Y si lo olvidase?
‑¡Mercedes! ‑gritó una voz jovial y sonora desde fuera‑.
¡Mercedes!
‑¡Ah! ‑exclamó la joven sonrojándose de alegría y de amor‑; bien
ves que no me ha olvidado, pues ya ha llegado.
Y lanzándose a la puerta la abrió exclamando:
‑¡Aquí, Edmundo, aquí estoy!
Fernando, lívido y furioso, retrocedió como un caminante al ver
una serpiente, cayendo anonadado sobre una silla, mientras que Edmundo y
Mercedes se abrazaban. El ardiente sol de Marsella penetrando a través de la
puerta, los inundaba de sus dorados reflejos. Nada veían en torno suyo: una
inmensa felicidad los separaba del mundo y solamente pronunciaban palabras
entrecortadas que revelaban la alegría de su corazón.
De pronto Edmundo vislumbró la cara sombría de Fernando, que se
dibujaba en la sombra, pálida y amenazadora, y quizá, sin que él mismo
comprendiese la razón, el joven catalán tenía apoyada la mano sobre el cuchillo
que llevaba en la cintura.
‑¡Ah! ‑dijo Edmundo frunciendo las cejas a su vez‑; no había
reparado en que somos tres.
Volviéndose en seguida a Mercedes:
‑¿Quién es ese hombre? ‑le preguntó.
‑Un hombre que será de aquí en adelante lo mejor amigo, Dantés,
porque lo es mío, es mi primo, mi hermano Fernando, es decir, el hombre a quien
después de ti amo más en la tierra.
‑Está bien ‑respondió Edmundo.
Y sin soltar a Mercedes, cuyas manos estrechaba con la
izquierda, presentó con un movimiento cordialísimo la diestra al catalán. Pero
lejos de responder Fernando a este ademán amistoso, permaneció mudo a inmóvil
como una estatua. Entonces dirigió Edmundo miradas interrogadoras a Mercedes,
que estaba temblando, y al sombrío y amenazador catalán alternativamente. Estas
miradas le revelaron todo el misterio, y la cólera se apoderó de su corazón.
‑Al darme tanta prisa en venir a vuestra casa, no creía
encontrar en ella un enemigo.
‑¡Un enemigo! ‑exclamó Mercedes dirigiendo una mirada de odio a
su primo‑; ¿un enemigo en mi casa? A ser cierto, yo lo cogería del brazo y me
iría a Marsella, abandonando esta casa para no volver a pisar sus umbrales.
La mirada de Fernando centelleó.
‑Y si te sucediese alguna desgracia, Edmundo mío ‑continuó con
aquella calma implacable que daba a conocer a Fernando cuán bien leía en su
siniestra mente‑, si te aconteciese alguna desgracia, treparía al cabo del
Morgión para arrojarme de cabeza contra las rocas.
Fernando se puso lívido.
‑Pero te engañas, Edmundo ‑prosiguió Mercedes‑. Aquí no hay
enemigo alguno, sino mi primo Fernando, que va a darte la mano como a su más
íntimo amigo.
Y la joven fijó, al decir estas palabras, su imperiosa mirada en
el catalán, quien, como fascinado por ella, se acercó lentamente a Edmundo y le
tendió la mano.
Su odio desaparecía ante el ascendiente de Mercedes. Pero apenas
hubo tocado la mano de Edmundo, conoció que había ya hecho todo lo que podía
hacer, y se lanzó fuera de la casa.
‑¡Oh! ‑exclamaba corriendo como un insensato, y mesándose los
cabellos‑. ¡Oh! ¿Quién me librará de ese hombre? ¡Desgraciado de mí!
‑¡Eh!, catalán, ¡eh! ¡Fernando! ¿Adónde vas? ‑dijo una voz.
El joven se detuvo para mirar en torno y vio a Caderousse
sentado con Danglars bajo el emparrado.
‑¡Eh! ‑le dijo Caderousse‑. ¿Por qué no te acercas? ¿Tanta prisa
tienes que no te queda tiempo para dar los buenos días a tus amigos?
‑Especialmente cuando tienen delante una botella casi llena ‑añadió
Danglars.
Fernando miró a los dos hombres como atontado y sin
responderles.
‑Afligido parece ‑dijo Danglars tocando a Caderousse con la
rodilla‑. ¿Nos habremos engañado, y se saldrá Dantés con su tema contra todas
nuestras previsiones?
‑¡Diantre! Es preciso averiguar esto ‑contestó Caderousse; y
volviéndose hacia el joven le gritó‑: Catalán, ¿te decides?
Fernando enjugóse el sudor que corría por su frente, y entró a
paso lento bajo el emparrado, cuya sombra puso un tanto de calma en sus
sentidos, y la frescura, vigor en sus cansados miembros.
‑Buenos días: me habéis llamado, ¿verdad? ‑dijo desplomándose
sobre uno de los bancos que rodeaban la mesa.
‑Corrías como loco, y temí que te arrojases al mar ‑respondió
Caderousse riendo‑. ¡Qué demonio! A los amigos no solamente se les debe ofrecer
un vaso de vino, sino también impedirles que se beban tres o cuatro vasos de
agua.
Fernando exhaló un suspiro que pareció un sollozo, y hundió la
cabeza entre las manos.
‑¡Hum! ¿Quieres que te hable con franqueza, Fernando? ‑dijo
Caderousse, entablando la conversación con esa brutalidad grosera de la gente
del pueblo, que con la curiosidad olvidan toda clase de diplomacia‑, pues
tienes todo el aire de un amante desdeñado.
Y acompañó esta broma con una estrepitosa carcajada.
‑¡Bah! ‑replicó Danglars‑; un muchacho como éste no ha nacido
para ser desgraciado en amores: tú te burlas, Caderousse.
‑No‑replicó éste‑, fíjate, ¡qué suspiros!... Vamos, vamos,
Fernando, levanta la cabeza y respóndenos. No está bien que calles a las
preguntas de quien se interesa por tu salud.
‑Estoy bien ‑murmuró Fernando apretando los puños, aunque sin
levantar la cabeza.
‑¡Ah!, ya lo ves, Danglars ‑repuso Caderousse guiñando el ojo a
su amigo‑. Lo que pasa es esto: que Fernando, catalán valiente, como todos los
catalanes, y uno de los mejores pescadores de Marsella, está enamorado de una
linda muchacha llamada Mercedes; pero desgraciadamente, a lo que creo, la
muchacha ama por su parte al segundo de El Faraón; y como El Faraón ha
entrado hoy mismo en el puerto... ¿Me comprendes?
‑Que me muera, si lo entiendo ‑respondió Danglars:
‑El pobre Fernando habrá recibido el pasaporte.
‑¡Y bien! ¿Qué más? ‑dijo Fernando levantando la cabeza y
mirando a Caderousse como aquel que busca en quién descargar su cólera‑.
Mercedes no depende de nadie, ¿no es así? ¿No puede amar a quien se le antoje?
‑‑¡Ah!, ¡si lo tomas de ese modo ‑‑lijo Caderousse‑, eso es otra
cosa! Yo te tenía por catalán. Me han dicho que los catalanes no son hombres
para dejarse vencer por un rival, y también me han asegurado que Fernando,
sobre todo, es temible en la venganza.
‑Un enamorado nunca es temible ‑repuso Fernando sonriendo.
‑¡Pobre muchacho! ‑replicó Danglars fingiendo compadecer al
joven‑. ¿Qué quieres? No esperaba, sin duda, que volviese Dantés tan pronto.
Quizá le creería muerto, quizás infiel, ¡quién sabe! Esas cosas son tanto más
sensibles cuanto que nos están sucediendo a cada paso.
‑Seguramente que no dices más que la verdad ‑respondió
Caderousse, que bebía al compás que hablaba, y a quien el espumoso vino de
Lamalgue comenzaba a hacer efecto‑. Fernando no es el único que siente la
llegada de Dantés, ¿no es así, Danglars?
‑Sí, y casi puedo asegurarte que eso le ha de traer alguna
desgracia.
‑Pero no importa ‑añadió Caderousse llenando un vaso de vino
para el joven, y haciendo lo mismo por duodécima vez con el suyo‑; no importa,
mientras tanto se casa con Mercedes, con la bella Mercedes... se sale con la
suya.
Durante este coloquio, Danglars observaba con mirada
escudriñadora al joven. Las palabras de Caderousse caían como plomo derretido
sobre su corazón.
‑¿Y cuándo es la boda? ‑preguntó.
‑¡Oh!, todavía no ha sido fijada ‑murmuró Fernando.
‑No, pero lo será -dijo Caderousse‑; lo será tan cierto como que
Dantés será capitán de El Faraón: ¿no opinas tú lo mismo, Danglars?
Danglars se estremeció al oír esta salida inesperada,
volviéndose a Caderousse, en cuya fisonomía estudió a su vez si el golpe estaba
premeditado; pero sólo leyó la envidia en aquel rostro casi trastornado por la
borrachera.
‑¡Ea! -dijo llenando los vasos‑. ¡Bebamos a la salud del capitán
Edmundo Dantés, marido de la bella catalana!
Caderousse llevó el vaso a sus labios con mano temblorosa, y lo
apuró de un sorbo. Fernando tomó el suyo y lo arrojó con furia al suelo.
‑¡Vaya! ‑exclamó Caderousse‑. ¿Qué es lo que veo allá abajo en
dirección a los Catalanes? Mira, Fernando, tú tienes mejores ojos que yo: me
parece que empiezo a ver demasiado, y bien sabes que el vino engaña mucho...
Diríase que se trata de dos amantes que van agarrados de la mano... ¡Dios me
perdone! ¡No presumen que les estamos viendo, y mira cómo se abrazan!
Danglars no dejaba de observar a Fernando, cuyo rostro se
contraía horriblemente.
‑¡Calle! ¿Los conocéis, señor Fernando? ‑dijo.
‑Sí ‑respondió éste con voz sorda‑. ¡Son Edmundo y Mercedes!
‑¡Digo! ‑exclamó Caderousse‑. ¡Y yo no los conocía! ¡Dantés!
¡Muchacha! Venid aquí, y decidnos cuándo es la boda, porque el testarudo de
Fernando no nos lo quiere decir.
‑¿Quieres callarte? ‑‑dijo Danglars, fingiendo detener a
Caderousse, que tenaz como todos los que han bebido mucho se disponía a
interrumpirles‑. Haz por tenerte en pie, y deja tranquilos a los enamorados.
Mira, mira a Fernando, y toma ejemplo de él.
Acaso éste, incitado por Danglars, como el toro por los toreros,
iba al fin a arrojarse sobre su rival, pues ya de pie tomaba una actitud
siniestra, cuando Mercedes, risueña y gozosa, levantó su linda cabeza y clavó
en Fernando su brillante mirada. Entonces el catalán se acordó de que le había
prometido morir si Edmundo moría, y volvió a caer desesperado sobre su asiento.
Danglars miró sucesivamente a los dos hombres, el uno
embrutecido por la embriaguez y el otro dominado por los celos.
‑¡Oh! Ningún partido sacaré de estos dos hombres ‑murmuró‑, y
casi tengo miedo de estar en su compañía. Este bellaco se embriaga de vino,
cuando sólo debía embriagarse de odio; el otro es un imbécil que le acaban de
quitar la novia en sus mismas narices, y se contenta solamente con llorar y
quejarse como un chiquillo. Sin embargo, tiene la mirada torva como los
españoles, los sicilianos y los calabreses que saben vengarse muy bien; tiene
unos puños capaces de estrujar la cabeza de un buey tan pronto como la cuchilla
del carnicero... Decididamente el destino le favorece; se casará con Mercedes,
será capitán y se burlará de nosotros como no... (una sonrisa siniestra
apareció en los labios de Danglars), como no tercie yo en el asunto.
‑¡Hola! ‑seguía llamando Caderousse a medio levantar de su
asiento‑. ¡Hola!, Edmundo, ¿no ves a los amigos, o lo has vuelto ya tan
orgulloso que no quieres siquiera dirigirles la palabra?
‑No, mi querido Caderousse ‑respondió Dantés‑; no soy orgulloso,
sino feliz, y la felicidad ciega algunas veces más que el orgullo.
‑Enhorabuena, ya eso es decir algo ‑replicó Caderousse‑. ¡Buenos
días, señora Dantés!
Mercedes saludó gravemente.
‑Todavía no es ése mi apellido ‑dijo‑, y en mi país es de mal
agüero algunas veces el llamar a las muchachas con el nombre de su prometido
antes que se casen. Llamadme Mercedes.
‑Es menester perdonar a este buen vecino ‑añadió Dantés‑. Falta
tan poco tiempo...
‑¿Conque, es decir, que la boda se efectuará pronto, señor
Dantés? -dijo Danglars saludando a los dos jóvenes.
‑Lo más pronto que se pueda, señor Danglars: nos toman hoy los
dichos en casa de mi padre, y mañana o pasado mañana a más tardar será la
comida de boda, aquí, en La Reserva; los amigos asistirán a ella; lo que
quiere decir que estáis invitados desde ahora, señor Danglars, y tú también,
Caderousse.
‑¿Y Fernando? ‑dijo Caderousse sonriendo con malicia‑; ¿Fernando
lo está también?
‑El hermano de mi mujer lo es también mío ‑respondió Edmundo‑, y
con muchísima pena le veríamos lejos de nosotros en semejante momento.
Fernando abrió la boca para contestar; pero la voz se apagó en
sus labios y no pudo articular una sola palabra.
‑¡Hoy los dichos, mañana o pasado la boda!... ¡Diablo!, mucha
prisa os dais, capitán.
‑Danglars ‑repuso Edmundo sonriendo‑, dígo lo que Mercedes decía
hace poco a Caderousse: no me deis ese título que aún no poseo, que podría ser
de mal agüero para mí.
‑Dispensadme ‑respondió Danglars‑. Decía, pues, que os dais
demasiada prisa. ¡Qué diablo!, tiempo sobra: El Faraón no se volverá a
dar a la mar hasta dentro de tres meses.
‑Siempre tiene uno prisa por ser feliz, señor Danglars; porque
quien ha sufrido mucho, apenas puede creer en la dicha. Pero no es sólo el
egoísmo el que me hace obrar de esta manera; tengo que ir a París.
‑¡Ah! ¿A París? ¿Y es la primera vez que vais allí, Dantés?
‑Sí.
‑Algún negocio, ¿no es así?
‑No mío; es una comisión de nuestro pobre capitán Leclerc. Ya
comprenderéis que esto es sagrado. Sin embargo, tranquilizaos, no gastaré más
tiempo que el de ida y vuelta.
‑Sí, sí, ya entiendo ‑dijo Danglars. Y después añadió en voz
sumamente baja‑: A París... Sin duda, para llevar alguna carta que el capitán
le ha entregado. ¡Ah!, ¡diantre! Esa carta me acaba de sugerir una idea... una
excelente idea. ¡Ah! ¡Dantés!, amigo mío, aún no tienes el número 1 en el
registro de El Faraón. ‑Y volviéndose en seguida hacia Edmundo, que se
alejaba:‑ ¡Buen viaje! ‑le gritó.
‑Gracias
‑respondió Edmundo volviendo la cabeza, y acompañando este movimiento con
cierto ademán amistoso. Y los dos enamorados prosiguieron su camino, tranquilos
y alborozados como dos ángeles que se elevan al cielo.
Capítulo cuarto
Complot
Danglars siguió con la mirada a Edmundo y a Mercedes hasta que
desaparecieron por uno de los ángulos del puerto de San Nicolás; y volviéndose
en seguida vislumbró a Fernando que se arrojaba otra vez sobre su silla, pálido
y desesperado, mientras que Caderousse entonaba una canción.
‑¡Ay, señor mío ‑dijo Danglars a Fernando‑, creo que esa boda no
le sienta bien a todo el mundo!
‑A mí me tiene desesperado ‑respondió Fernando.
‑¿Amáis, pues, a Mercedes?
‑La adoro.
‑¿Hace mucho tiempo?
‑Desde que nos conocimos.
‑¿Y estáis ahí arrancándoos los cabellos en lugar de buscar remedio
a vuestros pesares? ¡Qué diablo!, no creí que obrase de esa manera la gente de
vuestro país.
‑¿Y qué queréis que haga? ‑preguntó Fernando.
‑¿Qué sé yo? ¿Acaso tengo yo algo que ver con...? Paréceme que
no soy yo, sino vos, el que está enamorado de Mercedes. «Buscad ‑dice el
Evangelio‑, y encontraréis.»
‑Yo había encontrado ya.
‑¿Cómo?
‑Quería asesinar al hombre, pero la mujer me ha dicho que si llegara
a suceder tal cosa a su futuro, ella se mataría después.
‑¡Bah!, ¡bah!, esas cosas se dicen, pero no se hacen.
‑Vos no conocéis a Mercedes, amigo mío, es mujer que dice y
hace.
« ¡Imbécil! ‑murmuró para sí Danglars‑. ¿Qué me importa que ella
muera o no, con tal que Dantés no sea capitán? »
‑Y antes que muera Mercedes moriría yo ‑replicó Fernando con un
acento que expresaba resolución irrevocable.
‑¡Eso sí que es amor! ‑gritó Caderousse con una voz dominada
cada vez más por la embriaguez‑. Eso sí que es amor, o yo no lo entiendo.
‑Veamos ‑dijo Danglars‑; me parecéis un buen muchacho, y lléveme
el diablo si no me dan ganas de sacaros de penas; pero...
‑Sí, sí ‑dijo Caderousse‑, veamos.
‑Mira ‑replicó Danglars‑, ya lo falta poco para emborracharte,
de modo que acábate de beber la botella y lo estarás completamente. Bebe, y no
lo metas en lo que nosotros hacemos. Porque para tomar parte en esta
conversación es indispensable estar en su sano juicio.
‑¡Yo borracho ‑exclamó Caderousse‑, yo! Si todavía me atrevería
a beber cuatro de tus botellas, que por cierto son como frascos de agua de
colonia... ‑Y añadiendo el dicho al hecho, gritó:‑ ¡Tío Pánfilo, más vino! ‑Caderousse
empezó a golpear fuertemente la mesa con su vaso.
‑¿Decíais?... ‑replicó Fernando, esperando anheloso la continuación
de la frase interrumpida.
‑¿Qué decía? Ya no me acuerdo. Ese borracho me ha hecho perder
el hilo de mis ideas.
‑¡Borracho!, eso me gusta; ¡ay de los que no gustan del vino!,
tienen algún mal pensamiento, y temen que el vino se lo haga revelar.
Y Caderousse se puso a cantar los últimos versos de una canción
muy en boga por aquel entonces.
Los que
beben agua sola
son hombres
de mala ley,
y prueba es
de ello... el diluvio de Noé.
‑Conque decíais ‑replicó Fernando‑, que quisierais sacarme de
penas; pero añadíais...
‑Sí, añadía que para sacaros de penas, basta con que Dantés no
se case, y me parece que la boda puede impedirse sin que Dantés muera.
‑¡Oh!, sólo la muerte puede separarlos ‑dijo Fernando.
‑Raciocináis como un pobre hombre, amigo mío ‑exclamó CaderOusse‑;
aquí tenéis a Danglars, pícaro redomado, que os probará en un santiamén que no
sabéis una palabra. Pruébalo, Danglars, yo he respondido de ti, dile que no es
necesario que Dantés muera. Por otro lado, muy triste sería que muriese Dantés;
es un buen muchacho; le quiero mucho, mucho; ¡a tu salud, Dantés! ¡A tu salud!
Fernando se levantó dando muestras de impaciencia.
‑Dejadle ‑dijo Danglars deteniendo al joven‑. ¿Quién le hace
caso? Además, no va tan desencaminado: la ausencia separa a las personas casi
mejor que la muerte. Suponed ahora que entre Edmundo y Mercedes se levantan de
pronto los muros de una cárcel; estarán tan separados como si los dividiese la
losa de una tumba.
‑Sí, pero saldrá de la cárcel ‑dijo Caderousse, que con la
sombra de juicio que aún le quedaba se mezclaba en la conversación‑; y cuando
uno sale de la cárcel y se llama Edmundo Dantés, se venga.
‑¿Qué importa? ‑murmuró Fernando.
‑Además ‑replicó Caderousse‑, ¿por qué han de prender a Dantés
si él no ha robado ni matado a nadie?...
‑Cállate ‑dijo Danglars.
‑No quiero ‑contestó Caderousse‑; lo que yo quiero que me digan
es por qué habían de prender a Dantés; yo quiero mucho a Dantés; ¡a tu salud,
Dantés, a tu salud!
Y se bebió otro vaso de vino.
Danglars observó en los ojos extraviados del sastre el progreso
de la borrachera, y volviéndose hacia Fernando, le dijo:
‑¿Comprendéis ya que no habría necesidad de matarle?
‑Desde luego que no, si pudiéramos lograr que lo prendiesen.
Pero ¿por qué medio...?
‑Como lo buscáramos bien ‑dijo Danglars‑, ya se encontraría.
Pero ¿en qué lío voy a meterme? ¿Acaso tengo yo algo que ver...?
‑Yo no sé si esto os interesa ‑dijo Fernando cogiéndole por el
brazo‑; pero lo que sí sé es que tenéis algún motivo de odio particular contra
Dantés, porque el que odia no se engaña en los sentimientos de los demás.
‑¡Yo motivos de odio contra Dantés!, ninguno, ¡palabra de honor!
Os vi desgraciado, y vuestra desgracia me conmovió; esto es todo. Pero desde el
momento en que creéis que obro con miras interesadas, adiós, mi querido amigo,
salid como podáis de ese atolladero.
Y Danglars hizo ademán de irse.
‑No ‑dijo Fernando deteniéndole‑, quedaos. Poco me importa que
odiéis o no a Dantés; pero yo sí le odio; lo confieso francamente. Decidme un
medio y lo ejecuto al instante..., como no sea matarle, porque Mercedes ha
dicho que se daría muerte si matasen a Dantés.
Caderousse levantó la cabeza que había dejado caer sobre la
mesa, y mirando a Fernando y a Danglars estúpidamente:
‑¡Matar a Dantés...! ‑dijo‑ ¿Quién habla de matar a Dantés?
¡No quiero que le maten... !, es mi amigo... esta mañana me
ofreció su dinero..., del mismo modo que yo partí en otro tiempo el mío con
él... ¡No quiero que maten a Dantés... ! , no... , no...
‑Y ¿quién habla de matarle, imbécil? ‑replicó Danglars‑. Sólo se
trata de una simple broma. Bebe a su salud ‑añadió llenándole un vaso‑, y
déjanos en paz.
‑Sí, sí, a la salud de Dantés ‑dijo Caderousse apurando el contenido
de su vaso‑; a su salud... a su salud... a su...
‑Pero ¿el medio...?, ¿el medio? ‑murmuró Fernando.
‑¿No lo habéis hallado aún?
‑No, vos os encargasteis de eso.
‑Es cierto ‑repuso Danglars‑, los franceses tienen sobre los españoles
la ventaja de que los españoles piensan y los franceses improvisan.
‑Improvisad, pues ‑dijo Fernando con impaciencia.
‑Muchacho ‑dijo Danglars‑, trae recado de escribir.
‑¡Recado de escribir! ‑murmuró Fernando.
‑Puesto que soy editor responsable, ¿de qué instrumentos me he
de servir sino de pluma, tinta y papel?
‑¿Traes eso? ‑exclamó Fernando a su vez.
‑En esa mesa hay recado de escribir ‑respondió el mozo señalando
una inmediata.
‑Tráelo.
El mozo lo cogió y lo colocó encima de la mesa de los bebedores.
‑¡Cuando pienso ‑observó Caderousse, dejando caer su mano sobre
el papel‑ que con esos medios se puede matar a un hombre con mayor seguridad
que en un camino a puñaladas! Siempre tuve más miedo a una pluma y a un
tintero, que a una espada o a una pistola.
‑Ese tunante no está tan borracho como parece ‑dijo Danglars‑.
Echadle más vino, Fernando.
Fernando llenó el vaso de Caderousse, observándole atentamente,
hasta que le vio, casi vencido por ese nuevo exceso, colocar, o más bien,
soltar su vaso sobre la mesa.
‑Conque... ‑murmuró el catalán, conociendo que ya no podía
estorbarle Caderousse, pues la poca razón que conservaba iba a desaparecer con
aquel último vaso de vino.
‑Pues, señor, decía ‑prosiguió Danglars‑, que si después de un
viaje como el que acaba de hacer Dantés tocando a Nápoles y en la isla de Elba,
le denunciase alguien al procurador del rey como agente bonapartista...
‑Yo le denunciaré ‑dijo vivamente el joven.
‑Sí, pero os harán firmar vuestra declaración, os carearán con
el reo, y aunque yo os dé pruebas para sostener la acusación, eso es poco;
Dantés no puede permanecer preso eternamente; un día a otro tendrá que salir,
y en el día en que salga, ¡desdichado de vos!
‑¡Oh! Sólo deseo una cosa ‑dijo Fernando‑, y es que me venga a
buscar.
‑Sí, pero Mercedes os aborrecerá si tocáis el pelo de la ropa a
su adorado Edmundo.
‑Es verdad ‑repuso Fernando.
‑Nada, si nos decidimos, lo mejor es coger esta pluma simplemente,
y escribir una denuncia con la mano izquierda para que no sea conocida la letra
‑contestó Danglars; y esto diciendo, escribió con la mano izquierda y con una
letra que en nada se parecía a la suya acostumbrada, los siguientes renglones,
que Fernando leyó a media voz:
Un amigo
del trono y de la religión previene al señor procurador del rey que un tal
Edmundo Dantés, segundo de El Faraón, que llegó esta mañana de Esmirna, después
de haber tocado en Nápoles y en Porto‑Ferrajo, ha recibido de Murat una misiva
para el usurpador, y de éste otra carta para la junta bonapartista de París.
Fácilmente se tendrá la prueba de su crimen, prendiéndole,
porque la carta se hallará sobre su persona, o en casa de su padre, o en su camarote,
a bordo de El Faraón.
‑Está bien ‑añadió Danglars‑. De este modo vuestra venganza
tendría sentido común, y de lo contrario podría recaer sobre vos mismo,
¿entendéis? Ya no queda sino cerrar la carta, escribir el sobre ‑y Danglars
hizo como decía‑: Al señor procurador del rey, y asunto concluido.
‑Sí, asunto concluido ‑exclamó Caderousse, quien con los últimos
resplandores de su inteligencia había escuchado la lectura, y comprendiendo por
instinto todas las desgracias que podría causar tal denuncia; sí, negocio
concluido; pero sería una infamia.
Y alargó el brazo para coger la carta.
‑Por supuesto ‑dijo Danglars, apartándole la mano‑, lo que digo
no es más que una broma; y soy el primero que sentiría mucho que le sucediese
algo a Dantés, a ese bueno de Dantés. Vamos, ¡no faltaba más...! ‑y cogiendo la
carta, la estrujó entre los dedos, y la tiró a un rincón.
‑¡Muy bien! ‑exclamó Caderousse‑. Dantés es mi amigo, y no
quiero que le hagan ningún daño.
‑¿Quién diablos piensa en hacerle daño? A lo menos no seremos ni
Fernando ni yo ‑dijo Danglars levantándose y mirando al joven, cuyos ojos
estaban clavados en el papel delator tirado en el suelo.
‑En tal caso ‑replicó Caderousse‑, que nos den más vino, quiero
beber a la salud de Edmundo y de la bella Mercedes.
‑Bastante has bebido, ¡borracho! ‑dijo Danglars‑; y como sigas
bebiendo lo verás obligado a dormir aquí, porque seguramente no podrás tenerte
en pie.
‑¡Yo! ‑balbuceó Caderousse levantándose con la arrogancia del
borracho‑; ¡yo no poder tenerme! ¿Apuestas algo a que me atrevo a subir al
campanario de las Accoules derechito, sin dar traspiés?
‑Está bien ‑dijo Danglars‑, hago la apuesta; pero la dejaremos
para mañana. Ya es tiempo de que nos vayamos; dame el brazo.
‑Vamos allá ‑dijo Caderousse‑; mas para andar no necesito de lo
brazo. ¿Vienes, Fernando? ¿Vuelves a Marsella con nosotros?
‑No ‑respondió Fernando‑; me vuelvo a los Catalanes.
‑Haces mal; ven con nosotros a Marsella.
‑Nada tengo que hacer en Marsella, y no quiero ir.
‑Bueno, bueno, no quieres, ¿eh? Pues haz lo que lo parezca:
libertad para todos en todo. Ven, Danglars, y dejémosle que vuelva a los
Catalanes, si así lo quiere.
Danglars aprovechó este instante de docilidad de Caderousse para
llevarle hacia Marsella; pero para dejar a Fernando más a sus anchas, en vez de
irse por el muelle de la Rive‑Neuve, echó por la puerta de Saint‑Victor.
Caderousse le seguía tambaleándose, cogido de su brazo. Apenas anduvieron unos
veinte pasos, Danglars volvió la cabeza tan a tiempo, que pudo ver al joven
abalanzarse al papel, que guardó en su bolsillo, dirigiéndose en seguida hacia
Pillon.
‑¡Calla! ¿Qué está haciendo? ‑dijo Caderousse‑. Nos ha dicho que
iba a los Catalanes, y se dirige a la ciudad. ¡Oye, Fernando, vas descaminado,
oye!
‑Tú eres el que no ves bien ‑dijo Danglars‑. ¡Si sigue derecho
el camino de las Vieilles Infirmeries.. . !
‑Es cierto ‑respondió Caderousse‑; pero hubiera jurado que iba
por la derecha. Decididamente el vino es un traidor, que hace ver visiones.
‑Vamos,
vamos ‑murmuró Danglars‑, que la cosa marcha, y sólo cabe dejarla marchar.
Capítulo quinto
El banquete de boda
Amaneció un día magnífico: el tiempo estaba hermosísimo; el sol,
puro y brillante, y sus primeros rayos, de un rojo purpúreo, doraban las
espumas de las olas.
La comida había sido preparada en el primer piso de La
Reserva, cuyo emparrado ya conocemos. Se componía aquél de un gran salón
iluminado por cinco o seis ventanas; encima de cada una se veía escrito el
nombre de una de las mejores ciudades de Francia. Todas estas ventanas caían a
un balcón de madera: de madera era también todo el edificio.
Si bien la comida estaba anunciada para las doce, desde las once
de la mañana llenaban el balcón multitud de curiosos impacientes. Eran éstos
los marineros privilegiados de El Faraón y algunos soldados amigos de
Dantés. Todos se habían puesto de gala para honrar a los novios. Entre los
convidados circulaba cierto murmullo ocasionado porque los consignatarios de El
Faraón habían de honrar con su presencia la comida de boda del segundo. Era
tan grande este honor, que nadie se atrevía a creerlo, hasta que Danglars, que
llegaba con Caderousse, confirmó la noticia, porque aquella mañana había visto
al señor Morrel, y le dijo que asistiría a la comida de La Reserva.
Efectivamente, un instante después Morrel entró en la sala y fue
saludado por los marineros con un unánime viva y con aplausos. La presencia del
naviero les confirmaba las voces que corrían de que Dantés iba a ser su
capitán; y como todos aquellos valientes marineros le querían tanto, le daban
gracias, porque pocas veces la elección de un jefe está en armonía con los
deseos de los subordinados. No bien entró Morrel, cuando eligieron a Danglars y
a Caderousse para que saliesen al encuentro de los novios, y les previniesen de
la llegada del personaje que había producido tan viva sensación, para que se
apresuraran a venir pronto. Danglars y Caderousse se marcharon en seguida pero
a los cien pasos vieron que la comitiva se acercaba.
Esta se componía de cuatro jóvenes amigas de Mercedes, catalanas
también, que acompañaban a la novia, a quien daba el brazo Edmundo. junto a la
futura caminaba el padre de Dantés, y detrás de ellos venía Fernando con su
siniestra sonrisa. Ni Mercedes ni Edmundo se dieron cuenta de esa sonrisa: los
pobres muchachos eran tan felices que sólo pensaban en sí mismos, y no tenían
ojos más que para aquel hermoso cielo que los bendecía.
Danglars y Caderousse cumplieron con su misión de embajadores, y
dando después un fuerte apretón de manos a Edmundo, Danglars se fue a colocar
al lado de Fernando, y Caderousse al del padre de Dantés, objeto de la atención
general. El anciano vestía una casaca de tafetán, con grandes botones de acero
tallados. Cubrían sus delgadas, aunque vigorosas piernas, unas medias de
algodón que a la legua olían a contrabando inglés. De su sombrero apuntado
pendían con pintoresca profusión cintas blancas y azules; se apoyaba en fin, en
un nudoso bastón de madera, encorvado por el puño como el pedum antiguo.
Parecía uno de esos figurones que adornaban en 1796 los jardines de Luxemburgo
y de las Tullerías.
junto a él habíase colocado, como ya hemos dicho, Caderousse, a
quien la esperanza de una buena comida acabó de reconciliar con los Dantés;
Caderousse conservaba un vago recuerdo de lo que había sucedido el día
anterior, como cuando al despertar por la mañana nos representa la imaginación
el sueño que hemos tenido por la noche.
Al acercarse Danglars a Fernando, dirigió una mirada penetrante
al amante desdeñado. Este, que caminaba detrás de los novios, completamente
olvidado de Mercedes, que con ese egoísmo sublime del amor sólo pensaba en
Edmundo; Fernando, repetimos, pálido y sombrío, de vez en cuando dirigía una
mirada a Marsella, y entonces un temblor convulsivo se apoderaba de sus
miembros. Parecía como si esperase, o más bien previese algún acontecimiento.
Dantés vestía con elegante sencillez, como perteneciente a la
marina mercante; su traje participaba del uniforme militar y del traje civil; y
con él y con la alegría y gentileza de la novia, parecía más alegre y más
bonita.
Mercedes estaba tan hermosa como una griega de Chipre o de Ceos,
de ojos de ébano y labios de coral. Su andar gracioso y desenvuelto parecía de
andaluza o de arlesiana. Una joven cortesana quizás hubiera procurado disimular
su alegría; pero Mercedes miraba a todos sonriéndose, como si con aquella
sonrisa y aquellas miradas les dijese: «Puesto que sois mis amigos, alegraos
como yo, porque soy muy dichosa. »
Tan pronto como fueron divisados los novios desde La Reserva,
salió el señor Morrel a su encuentro, seguido de los marineros y de los
soldados, a los cuales renovó la promesa de que Dantés sucedería al capitán
Leclerc. Al verle Edmundo dejó el brazo de su novia, y tomó el del naviero que
con la joven dieron la señal subiendo los primeros la escalera de madera que
conducía a la sala del banquete.
‑Padre mío ‑‑dijo Mercedes deteniéndose junto a la mesa‑, vos a
mi derecha, os lo ruego. A mi izquierda pondré al que me ha servido de hermano ‑añadió
con una dulzura que penetró como la punta de un puñal hasta lo más profundo del
corazón de Fernando. Sus labios palidecieron, y bajo el matiz de su rostro fue
fácil distinguir cómo se retiraba poco a poco la sangre para agolparse al
corazón.
Dantés había hecho entretanto lo mismo con Morrel, colocándole a
su derecha, y con Danglars, que colocó a su izquierda, haciendo en seguida
señas con la mano a todos para que se colocaran a su gusto. Ya corrían de mano
en mano por toda la mesa los salchichones de Arlés, las brillantes langostas,
las sabrosas ostras del Norte, los exquisitos mariscos envueltos en su áspera
concha, como la castaña en su erizo, y las almejas que las gentes meridionales
prefieren a las anchoas; en fin, toda esa multitud de entremeses delicados que
arrojan las olas a la arenosa playa, y los pescadores designan con el nombre
genérico de frutos de mar.
‑¡Qué silencio! ‑dijo el anciano saboreando un vaso de vino
amarillo como el topacio, que el tío Pánfilo acababa de traer a Mercedes‑.
¿Quién diría que hay aquí treinta personas que sólo desean hablar?
‑¡Bah!, un marido no siempre está alegre ‑dijo Caderousse.
‑El caso es ‑dijo Dantés‑, que soy en este momento demasiado
feliz para estar alegre.
‑Tenéis razón, vecino; la alegría causa a veces una sensación
extraña, que oprime el corazón casi tanto como el dolor.
Danglars observaba a Edmundo, cuyo espíritu impresionable absorbía
y devolvía toda emoción.
‑Qué ‑le dijo‑, ¿teméis algo? Me parece que todo marcha según
vuestros deseos.
‑Justamente es eso lo que me espanta ‑respondió Dantés‑, paréceme
que el hombre no ha nacido para ser feliz con tanta facilidad. La dicha es como
esos palacios de las islas encantadas, cuyas puertas guardan formidables
dragones; preciso es combatir para conquistar, y yo, a la verdad, no sé que
haya merecido la dicha de ser marido de Mercedes.
‑¡Marido! ¡Marido! ‑dijo Caderousse riendo‑; aún no, mi capitán.
Haz de marido un poco, y ya verás la que se arma.
Mercedes se ruborizó.
Fernando estaba muy agitado en su silla, estremeciéndose al
menor ruido, y limpiándose las gruesas gotas de sudor que corrían por su frente
como las primeras gotas de una lluvia de tormenta.
‑A fe mía, vecino Caderousse ‑dijo Dantés‑, que no vale la pena
que me desmintáis por tan poca cosa. Mercedes no es aún mi mujer, tenéis razón ‑y
sacó su reloj‑; pero dentro de hora y media lo será.
Los presentes profirieron un grito de sorpresa, excepto el padre
de Dantés, cuya sonrisa dejaba ver una fila de dientes bien conservados.
Mercedes sonrióse sin ruborizarse, y Fernando apretó convulsivamente el mango
de su cuchillo.
‑¡Dentro de hora y medía! ‑dijo Danglars, palideciendo también‑,
¿cómo es eso?
‑Sí, amigos míos ‑respondió Dantés‑; gracias al señor Morrel, al
hombre a quien debo más en el mundo después de mi padre, todos los obstáculos
se han allanado; hemos obtenido dispensa de las amonestaciones, y a las dos y
media el alcalde de Marsella nos espera en el Ayuntamiento. Por lo tanto, como
acaba de dar la una y cuarto, creo no haberme engañado mucho al decir que
dentro de una hora y treinta minutos, Mercedes se llamará la señora Dantés.
Fernando cerró los ojos; una nube de fuego le abrasaba los párpados;
apoyóse sobre la mesa, y a pesar de todos sus esfuerzos no pudo contener un
sordo gemido, que se perdió en el rumor causado por las risas y por las
felicitaciones de la concurrencia.
‑A eso le llamo yo ser activo ‑dijo el padre de Dantés‑. Ayer
llegó y hoy se casa..., nadie gana a los marinos en actividad.
‑Pero ¿y las formalidades? ‑preguntó tímidamente Danglars- ¿el
contrato... ?
‑El contrato ‑le interrumpió Dantés riendo‑, el contrato está ya
hecho. Mercedes no tiene nada, yo tampoco; nos casamos en iguales condiciones;
conque ya se os alcanzará que ni se habrá tardado en escribir el contrato, ni
costará mucho dinero.
Esta broma excitó una nueva explosión de alegría y de
enhorabuenas.
‑Conque, es decir, que ésta es la comida de bodas ‑dijo Danglars.
‑No ‑repuso Dantés‑, no la perderéis por eso, podéis estar
tranquilos. Mañana parto para París: cuatro días de ida, cuatro de vuelta y uno
para desempeñar puntualmente la misión de que estoy encargado; el primero de
marzo estoy ya aquí; el verdadero banquete de bodas se aplaza para el 2 de
marzo.
La promesa de un nuevo banquete aumentó la alegría hasta tal
punto, que el padre de Dantés, que al principio de la comida se quejaba del
silencio, hacía ahora vanos esfuerzos para expresar sus deseos de que Dios
hiciera felices a los esposos.
Dantés adivinó el pensamiento de su padre, y se lo pagó con una
sonrisa llena de amor. Mercedes entretanto miraba 1a hora en el reloj de la
sala, haciendo picarescamente cierta señal a Edmundo. Reinaba en la mesa esa
alegría ruidosa y esa libertad individual que siempre se toman las personas de
clase inferior al fin de la comida. Los que no estaban contentos en sus sitios,
se habían levantado para ocupar otros nuevos.
Todos empezaban ya a hablar en confusión, y nadie respondía a su
interlocutor, sino a sus propios pensamientos.
La palidez de Fernando se comunicaba por minutos a Danglars.
Aquél, sobre todo, parecía presa de mil tormentos horribles. Había sido de los
primeros en levantarse y se paseaba por la sala, procurando apartar su oído de
la algazara, de las canciones y del choque de los vasos.
Acercóse a él Caderousse en el momento en que Danglars, de quien
parecía huir, acababa de reunírsele en un ángulo de la sala.
‑En verdad ‑dijo Caderousse, a quien la amabilidad de Dantés, y
sobre todo el vino del tío Pánfilo, habían hecho olvidar enteramente el odio
que inspiró la repentina felicidad de Edmundo‑; en verdad que Dantés es un
guapo mozo, y cuando le veo sentado junto a su novia, digo para mí, que hubiera
sido una lástima jugarle la mala pasada que intentabais ayer.
‑Pero ya has visto ‑respondió Danglars‑ que aquello no pasó de
una conversación. Ese pobre Fernando estaba ayer tan fuera de sí, que me causó
lástima al principio; pero, desde que decidió asistir a la boda de su rival, no
hay ya temor alguno.
Caderousse miró entonces a Fernando, que estaba lívido.
‑El sacrificio es tanto mayor ‑prosiguió Danglars‑ cuanto que la
muchacha es de perlas. ¡Diantre!, miren si es dichoso mi futuro capitán.
Quisiera llamarme Dantés, no más que por doce horas.
‑¿Vámonos? ‑dijo en este punto con dulce voz Mercedes‑; acaban
de dar las dos, a las dos y cuarto nos esperan.
‑Sí, sí ‑contestó Dantés levantándose inmediatamente.
‑Vamos ‑repitieron a coro todos los convidados.
Fernando estaba sentado en el antepecho de la ventana, y Danglars,
que no le perdía de vista un momento, le vio observar a Dantés con inquieta
mirada, levantarse como por un movimiento convulsivo, y volver a desplomarse
en el sitio donde se hallaba antes.
Oyóse en aquel momento un ruido sordo, como de pasos recios,
voces confusas y armas, ahogando las exclamaciones de los convidados a
imponiendo a toda la asamblea el silencio del estupor. El ruido se oyó más
cerca: en la puerta resonaron tres golpes...; cada cual miraba a su alrededor
con asombro.
‑¡En nombre de la ley! ‑gritó una voz sonora.
La puerta se abrió al punto, dando paso a un comisario con su
faja y a cuatro soldados y un cabo. Con esto, a la inquietud sucedió el terror.
‑¿Qué se ofrece? ‑preguntó Morrel avanzando hacia el comisario,
a quien conocía‑;sin duda venís equivocado.
‑Si ha sido así, señor Morrel ‑respondió el comisario‑, creed
que pronto se deshará la equivocación. Entretanto, y por muy sensible que me
sea, debo cumplir con la orden que tengo. ¿Quién de vosotros, señores, se
llama Edmundo Dantés?
Las miradas de todos se volvieron hacia el joven, que muy conmovido,
aunque conservando toda su dignidad, dio un paso hacia delante y respondió:
‑Yo soy, caballero, ¿qué me queréis?
‑Edmundo Dantés ‑repuso el comisario‑, en nombre de la ley, daos
preso.
‑¡Preso yo! ‑dijo Edmundo, cuyo rostro se cubrió de una leve
palidez‑. ¡Preso yo!, pero ¿por qué?
‑Lo ignoro, caballero. Ya lo sabréis en el primer interrogatorio
a que seréis sometido.
El señor Morrel comprendió que nada podía intentarse: un comisario
con su faja no es ya un hombre, es la estatua de la ley, fría, sorda, muda. El
viejo, por el contrario, se precipitó hacia el comisario: hay ciertas cosas que
nunca podrá comprender el corazón de un padre o de una madre. Rogó, suplicó;
pero ruegos y lágrimas fueron inútiles. Sin embargo, su desesperación era tan
grande, que el comisario al fin se conmovió.
‑Tranquilizaos, caballero ‑le dijo‑, quizá se habrá olvidado
vuestro hijo de algunos de los requisitos que exigen la aduana o la sanidad.
Yo así lo creo. Cuando se hayan tomado los informes que se desean, le pondrán
en libertad.
‑¿Qué significa esto? ‑preguntó Caderousse frunciendo el entrecejo
y mirando a Danglars, que aparentaba sorpresa.
‑¿Qué sé yo? ‑respondió Danglars‑; como tú, veo y estoy perplejo,
sin comprender nada de todo ello.
Caderousse buscó con los ojos a Fernando, pero éste había desaparecido.
Toda la escena de la víspera se le representó entonces con todos
sus pormenores. Aquella catástrofe acababa de arrancar el velo que la
embriaguez había echado entre su entendimiento y su memoria.
‑¡Oh! ‑dijo con voz ronca‑, ¿quién sabe si esto será el resultado
de la broma de que hablabais ayer, Danglars? En ese caso, desgraciado de vos,
porque es muy triste broma por cierto.
‑Ya viste que rompí aquel papel ‑balbució Danglars.
-No lo rompiste; lo arrugaste y lo arrojaste a un rincón.
‑¡Calla! Tú estabas borracho.
‑¿Qué es de Fernando?
‑¡Qué sé yo! Habrá tenido que hacer. Pero en vez de ocuparte de
él, consolemos a esos pobres afligidos.
Efectivamente, durante la conversación, Dantés había dado la
mano sonriendo a sus amigos, y después de abrazar a Mercedes, se había
entregado al comisario, diciendo:
‑Tranquilizaos, pronto se reparará el error, y probablemente no
llegaré a entrar en la cárcel.
‑¡Oh!, seguramente ‑dijo Danglars, que, como ya hemos dicho, se
acercaba en este momento al grupo principal.
Dantés bajó la escalera precedido del comisario de policía y
rodeado de soldados. Un coche los esperaba a la puerta, y subió a él, seguido
de los soldados y del comisario. La portezuela se cerró, y el carruaje tomó el
camino de Marsella.
‑¡Adiós, Dantés! ¡Adiós, Edmundo! ‑exclamó Mercedes desde el
balcón, adonde salió desesperada.
El preso escuchó este último grito, salido del corazón doliente
de su novia como un sollozo, y asomando la cabeza por la ventanilla del coche,
le contestó:
‑¡Hasta la vista, Mercedes!
Y en esto desapareció por uno de los ángulos del fuerte de San
Nicolás.
‑Esperadme aquí ‑dijo el naviero‑; voy a tomar el primer carruaje
que encuentre: corro a Marsella, y os traeré noticias suyas.
‑Sí, sí, id ‑exclamaron todos a un tiempo‑; id, y volved pronto.
A esta segunda marcha siguió un momento de terrible estupor en
todos los que se quedaban. El anciano y Mercedes permanecieron algún tiempo
sumidos en el más profundo abatimiento; pero al fin se encontraron sus ojos, y
reconociéndose por dos víctimas heridas del mismo golpe, se arrojaron en brazos
uno de otro.
En todo este tiempo, Fernando, de vuelta a la sala, bebió un
vaso de agua y fue a sentarse en una silla. La casualidad hizo que Mercedes,
al desasirse del anciano, cayese sobre una silla próxima a aquélla donde él se
hallaba, por lo que Fernando, por un movimiento instintivo, retiró hacia atrás
la suya.
‑Ha sido él ‑dijo Caderousse a Danglars, que no perdía de vista
al catalán.
‑Creo que no ‑respondió Danglars‑; es demasiado tonto. En todo
caso, suya es la responsabilidad.
‑Y del que se lo aconsejó ‑repuso Caderousse.
‑¡Ah! Si fuese uno responsable de todo lo que inadvertidamente
dice...
‑Sí, cuando lo que se dice inadvertidamente trae desgracias como
ésta.
Mientras tanto, los grupos comentaban de mil maneras el arresto
de Dantés.
‑Y vos, Danglars ‑dijo una voz‑, ¿qué pensáis de este
acontecimiento?
‑Yo ‑respondió Danglars‑ creo que traería algo de contrabando en
El Faraón...
‑Pero si así fuera, vos lo sabríais, Danglars; ¿no sois vos el
responsable?
‑Sí, pero no lo soy sino de lo que viene en factura. Lo que sé
es que traemos algunas piezas de algodón, tomadas en Alejandría en casa de
Pastret, y en Esmirna en casa de Pascal: no me preguntéis más.
‑¡Oh!, ahora recuerdo ‑murmuró el pobre anciano al oír esto‑,
ahora recuerdo... Ayer me dijo que traía una caja de café y otra de tabaco.
‑Ya lo veis ‑dijo Danglars‑, eso será sin duda; durante nuestra
ausencia, los aduaneros habrán registrado El Faraón y lo habrán descubierto.
.
Casi insensible hasta el momento, Mercedes dio al fin rienda
suelta a su dolor.
‑¡Vamos, vamos, no hay que perder la esperanza! ‑dijo el padre
de Dantés, sin saber siquiera lo que decía.
‑¡Esperanza! ‑repitió Danglars.
‑¡Esperanza! ‑murmuró Fernando; pero esta palabra le ahogaba;
sus labios se agitaron sin articular ningún sonido.
‑¡Señores! ‑gritó uno de los invitados que se había quedado en
una de las ventanas‑; señores, un carruaje... ¡Ah! ¡Es el señor Morrel! ¡Valor!
Sin duda trae buenas noticias.
Mercedes y el anciano saliéronle al encuentro, y reuniéronse con
él en la puerta: el señor Morrel estaba sumamente pálido.
‑¿Qué hay? ‑exclamaron todos a un tiempo.
‑¡Ay!, amigos míos ‑respondió Morrel moviendo la cabeza‑, la
cosa es más grave de lo que nosotros suponíamos...
‑Señor ‑exclamó Mercedes‑, ¡es inocente!
‑Lo creo ‑respondió Morrel‑; pero le acusan...
‑¿De qué? ‑preguntó el viejo Dantés.
‑De agente bonapartista.
Aquellos de nuestros lectores que hayan vivido en la época de
esta historia recordarán cuán terrible era en aquel tiempo tal acusación.
Mercedes exhaló un grito, y el anciano se dejó caer en una silla.
‑¡Oh! ‑murmuró Caderousse‑, me habéis engañado, Danglars, y al
fin hicisteis lo de ayer. Pero no quiero dejar morir a ese anciano y a esa
joven, y voy a contárselo todo.
‑¡Calla, infeliz! ‑exclamó Danglars agarrando la mano de Caderousse‑,
¡calla!, o no respondo de ti. ¿Quién lo dice que Dantés no es culpable? El
buque tocó en la isla de Elba; él desembarcó, permaneciendo todo el día en
Porto‑Ferrajo. Si le han hallado con alguna carta que le comprometa, los que le
defiendan, pasarán por cómplices suyos.
Con el rápido instinto del egoísmo, Caderousse comprendió lo atinado
de la observación, miró a Danglars con admiración, y retrocedió dos pasos.
‑Esperemos, pues ‑murmuró.
‑Sí, esperemos ‑dijo Danglars‑; si es inocente, le pondrán en
libertad; si es culpable, no vale la pena comprometerse por un conspirador.
‑Vámonos, no puedo permanecer aquí por más tiempo.
‑Sí, ven ‑dijo Danglars, satisfecho al alejarse acompañado‑;
ven, y dejemos que salgan como puedan de ese atolladero.
Tan pronto como partieron, Fernando, que había vuelto a ser el
apoyo de la joven, cogió a Mercedes de la mano y la condujo a los Catalanes.
Los amigos de Dantés condujeron a su vez a la alameda de Meillán al anciano
casi desmayado.
En seguida se esparció por la ciudad el rumor de que Dantés acababa
de ser preso por agente bonapartista.
‑¿Quién lo hubiera creído, mi querido Danglars? ‑dijo el señor
Morrel reuniéndose a éste y a Caderousse, en el camino de Marsella, adonde se
dirigía apresuradamente para adquirir algunas noticias directas de Edmundo por
el sustituto del procurador del rey, señor de Villefort, con quien tenía
algunas relaciones‑. ¿Lo hubierais vos creído?
‑¡Diantre! ‑exclamó Danglars‑, ya os dije que Dantés hizo escala
en la isla de Elba sin motivo alguno, lo cual me pareció sospechoso.
‑Pero ¿comunicasteis vuestras sospechas a alguien más que a mí?
‑Líbreme Dios de ello, señor Morrel ‑dijo en voz baja Danglars‑;
bien sabéis que por culpa de vuestro tío, el señor Policarpo Morrel, que ha
servido en sus ejércitos, y que no oculta sus opiniones, sospechan que
lamentáis la caída de Napoleón, y mucho me disgustaría el causar algún
perjuicio a Edmundo o a vos. Hay ciertas cosas que un subordinado debe decir a
su principal, y ocultar cuidadosamente a los demás.
‑¡Bien! Danglars, ¡bien! ‑contestó el naviero‑, sois un hombre honrado. Hice bien al
pensar en vos para cuando ese pobre Dantés hubiese llegado a ser capitán del
Faraón.
‑Pues ¿cómo...?
‑Sí, ya había preguntado a Dantés qué pensaba de vos y si tenía
alguna repugnancia en que os quedarais en vuestro puesto, pues, yo no sé por
qué, me pareció notar que os tratabais con alguna frialdad.
‑¿Y qué os respondió?
‑Que creía efectivamente que, por una causa que no me dijo, le
guardabais cierto rencor; pero que todo el que poseía la confianza del
consignatario, poseía la suya también.
‑¡Hipócrita! ‑murmuró Danglars.
‑¡Pobrecillo! ‑dijo Caderousse‑,era un muchacho excelente.
‑Sí, pero entretanto ‑indicó el señor Morrel‑, tenemos al Faraón
sin capitán.
‑¡Oh! ‑dijo Danglars‑, bien podemos esperar, puesto que no
partimos hasta dentro de tres meses, que para entonces ya estará libre Dantés.
‑Sí, pero mientras tanto...
‑¡Mientras tanto..., aquí me tenéis, señor Morrel! ‑dijo Danglars‑.
Bien sabéis que conozco el manejo de un buque tan bien como el mejor capitán.
Esto no os obligará a nada, pues cuando Dantés salga de la prisión volverá a
su puesto, yo al mío, y pax Christi.
‑Gracias, Danglars, así se concilia todo, en efecto. Tomad,
pues, el mando, os autorizo a ello, y presenciad el desembarque. Los asuntos
no deben entorpecerse porque suceda una desgracia a alguno de la tripulación.
‑Sí, señor, confiad en mí. ¿Y podré ver al pobre Edmundo?
‑Pronto os lo diré, Danglars. Voy a hablar al señor de
Villefort, y a influir con él en favor del preso. Bien sé que es un realista
furioso; pero, aunque realista y procurador del rey, también es hombre, y no
le creo de muy mal corazón.
‑No ‑repuso Danglars‑; pero me han dicho que es ambicioso, y
entonces...
‑En fin ‑repuso Morrel suspirando‑, allá veremos. Id a bordo,
que yo voy en seguida.
Y se separó de los dos amigos para tomar el camino del Palacio
de Justicia.
‑Ya ves el sesgo que va tomando el asunto ‑dijo Danglars a Caderousse‑;
¿piensas todavía en defender a Dantés?
‑No a fe; pero, sin embargo, terrible cosa es que tenga tales
consecuencias una broma.
‑¿Y quién ha tenido la culpa? No seremos ni tú ni yo, ciertamente;
en todo caso, la culpa es de Fernando. Bien viste que yo, por mi parte, tiré el
papel a un rincón; y hasta creo haberlo roto.
‑No, no ‑dijo Caderousse‑; en cuanto a eso estoy seguro, lo vi
en un rincón, doblado y arrugado; ojalá estuviese aún allí.
‑¿Qué quieres? Si Fernando lo cogió lo habrá copiado o hecho
copiar, y aun sabe Dios si se tomaría esa molestia. Ahora que caigo en ello,
¡Dios mío!, quizás envió mi propia carta. Afortunadamente yo desfiguré mucho la
letra.
‑Pero ¿sabías tú que Dantés conspiraba?
‑¿Qué había de saber? Aquello fue una broma, como ya lo dije.
Pero me parece que, al igual que los arlequines, dije la verdad al bromear.
‑Lo mismo da ‑replicó Caderousse‑. Yo, sin embargo, daría
cualquier cosa por que no ocurriera lo que ha ocurrido, o por lo menos por no
haberme metido en nada: ya verás como por esto nos sucede también a nosotros
alguna desgracia, Danglars.
‑En todo caso, la desgracia caerá sobre el verdadero culpable, y
el verdadero culpable es Fernando y no nosotros. ¿Qué desgracia quieres que
nos sobrevenga? Vivamos tranquilos, que ya pasará la tempestad.
‑¡Amén! ‑dijo Caderousse, haciendo una señal de despedida
a Danglars y dirigiéndose a la alameda de Meillan, moviendo la cabeza y
hablando consigo mismo, como aquellas personas que están muy preocupadas con
sus pensamientos.
‑¡Magnífico! ‑murmuró Danglars‑, las cosas toman el giro que yo
esperaba. De momento ya soy capitán, y si ese imbécil de Caderousse se calla,
capitán para siempre... Sólo me atormenta el pensar que si la justicia diera
libertad a Dantés... ¡Oh...!, no ‑añadió, sonriendo con satisfacción‑, la
justicia es la justicia, y en ella confío.
Y dicho esto saltó a una barca y dio orden al barquero para que
le condujera a bordo del Faraón, adonde, como ya recordará el lector, le
había citado el señor Morrel.
Capítulo sexto
El sustituto del procurador del rey
En la calle de Grand‑Cours, lindando con la fuente de las
Medusas, en una de esas antiguas casas de arquitectura aristocrática,
edificadas por Puget, se celebraba también en el mismo día y en la misma hora
un banquete de bodas, con la diferencia de que en lugar de ser los personajes y
anfitriones gente del pueblo, marineros y soldados, pertenecían a la más alta
sociedad de Marsella.
Tratábase de antiguos magistrados que habían dimitido sus
empleos en tiempo del usurpador, antiguos oficiales desertores de sus filas
para pasarse a las del ejército de Condé, y jóvenes de ilustre alcurnia,
todavía poco elevados a pesar de lo que habían sufrido ya por el odio hacia
aquel a quien cinco años de destierro debían convertir en un mártir, y quince
de restauración en un dios.
Se hallaban sentados a la mesa, y la conversación chispeaba a impulsos
de todas las pasiones de la época, pasiones tanto más terrible y encarnizadas
en el Mediodía de Francia, cuanto que al cabo de quinientos años, los odios
religiosos venían a añadirse a los odios políticos.
El emperador rey de la isla de Elba, que después de haber sido
soberano en una parte del mundo, reinaba sobre una población de cinco a seis
mil almas, y después de haber oído gritar ¡Viva Napoleón! por ciento
veinte millones de vasallos, en diez lenguas diferentes, era tratado allí como
un hombre perdido sin remedio para Francia y para el trono. Los magistrados
anatematizaban sus errores políticos; los militares murmuraban de Moscú y de
Leipzig; las mujeres, de su divorcio de Josefina; y no parecía sino que aquel
mundo alegre y triunfante, no por la caída del hombre, sino por la derrota del
príncipe, creyese que la vida comenzaba de nuevo para él, que despertaba de un
sueño penoso.
Un anciano condecorado con la cruz de San Luis se levantó brindando
por la salud del rey Luis XVIII. Era el marqués de SaintMeran. Con este
brindis, que recordaba a la vez al desterrado de Hartwell y al rey pacificador
de Francia, se aumentó el barullo, los vasos chocaron unos con otros, las
mujeres se quitaron las flores de la cabeza y las esparcieron sobre el mantel;
momento fue éste en verdad de entusiasmo casi poético.
‑Ya confesarían de plano si estuviesen aquí ‑dijo la marquesa de
Saint‑Meran, mujer de mirada dura, labios delgados y continente aristocrático,
mujer aún a la moda, a pesar de sus cincuenta años‑ ya confesarían de plano
todos esos revolucionarios que nos han secuestrado, a quienes dejamos a nuestra
vez conspirar tranquilamente en nuestros castillos antiguos comprados por un
pedazo de pan en tiempo del Terror; ya confesarían que el verdadero desinterés
estaba de nuestra parte, puesto que nosotros nos uníamos a la agonizante
monarquía, mientras ellos, por el contrario, saludaban al sol que nacía, y
labraban sus fortunas, mientras que nosotros perdíamos la nuestra; confesarían
que nuestro soberano era verdaderamente Luis, el muy amado, mientras que su
usurpador no fue nunca más que Napoleón el maldito. ¿No es verdad, Villefort?
‑¿Qué decís..., señora marquesa...? ‑respondió aquel a quien se
dirigía esta pregunta‑. Perdonadme, no atendía a la conversación.
‑Dejad a esos jóvenes, marquesa ‑replicó el viejo que había
brindado‑. Van a casarse, y naturalmente tendrán que hablar de otra cosa que no
de política.
‑Dispensadme, mamá ‑dijo una preciosa joven de cabellos rubios y
ojos azules‑. Os devuelvo al señor de Villefort, al que entretuve un instante.
Señor de Villefort, mamá os preguntaba...
‑Estoy pronto a responder a la señora marquesa, si se digna repetir
su pregunta que antes no oí.
‑Estáis dispensada, Renata ‑dijo la marquesa con una sonrisa de
ternura que rara vez brillaba en su rostro áspero y seco‑; sin embargo, el
corazón de la mujer es de tal naturaleza que aunque árido y endurecido por las
exigencias sociales, siempre guarda un rincón fértil y amable, el que Dios ha
consagrado al amor de madre.
‑Estáis perdonada... Ahora oíd, Villefort: dije que los bonapartistas
no tenían ni nuestra convicción, ni nuestro entusiasmo, ni nuestro desinterés.
‑¡Oh, señora! Por lo menos tienen algo que reemplace a eso: el
fanatismo. Napoleón es el Mahoma de Occidente; es para todos esos hombres
vulgares, aunque ambiciosos como nunca los hubo, no sólo un legislador, sino un
tipo, el tipo de la igualdad.
‑¡De la igualdad! ‑exclamó la marquesa‑. ¡Napoleón, tipo de la
igualdad! Y entonces, ¿qué es el señor de Robespierre? Creo que le quitáis de
su lugar para colocar en él al corso; bastábale con su usurpación.
‑No, señora ‑repuso Villefort‑, dejo a cada cual en su puesto: a
Robespierre en la plaza de Luis XV sobre el cadalso; a Napoleón, en la plaza de
Vendôme sobre su columna; con la diferencia de que el uno ha creado la igualdad
que abate; el otro, la igualdad que eleva; el uno ha puesto a los reyes al
nivel de la guillotina; el otro ha elevado al pueblo al nivel del trono. Pero
eso no impide ‑añadió Villefort riendo‑ que los dos sean unos infames
revolucionarios, y que el 9 de Termidor y el 4 de abril de 1814 sean dos días
felices para Francia, y dignos de ser igualmente celebrados por los amigos del
orden y de la monarquía; pero esto explica también cómo, aunque caído para no
levantarse jamás, Napoleón ha conservado sus adeptos. ¿Qué queréis, marquesa?
Cromwell, que no fue ni la mitad de lo que Napoleón, tuvo también los suyos.
‑¿Sabéis, Víllefort, que lo que estáis diciendo presenta un
matiz algo revolucionario? Pero os perdono: le es imposible a un hijo de un
girondino no conservar cierto apego al terror.
Villefort, sonrojándose, repuso:
‑Es cierto que mi padre era girondino, señora, es verdad; pero
mi padre no votó la muerte del rey; estuvo proscrito por ese mismo terror que
os proscribía, y poco le faltó para perder la cabeza en el mismo cadalso en que
la perdió vuestro padre.
‑Sí ‑dijo la marquesa, sin alterarse por este horrible recuerdo‑;
con la diferencia que hubieran alcanzado un mismo fin por diferentes medios,
como lo demuestra el que toda mi familia haya permanecido siempre unida a los
príncipes desterrados, mientras que vuestro padre ha tenido a bien unirse al
nuevo gobierno, y tras haber sido girondino el ciudadano Noirtier, el conde
Noirtier se haya hecho senador.
‑¡Mamá! ¡Mamá! ‑balbució Renata‑. Bien sabéis que hemos
convenido en no renovar tristes recuerdos.
‑Señora ‑respondió Villefort‑, uno mis ruegos con los de la
señorita de Saint‑Meran para que olvidéis lo pasado. ¿A qué echarnos unos a
otros en cara cosas que el mismo Dios no puede impedir? Porque Dios puede
cambiar el porvenir, mas no el pasado. Lo que nosotros, los hombres, podemos
solamente es cubrirlo con un velo. ¡Pues bien!, yo me he separado no solamente
de la opinión, sino del nombre de mi padre. Mi padre ha sido o es aún
bonapartista, y se llama Noirtier; yo soy realista y me llamo de Villefort.
Dejad que en el caduco tronco se seque un resto de savia revolucionaria, y no
miréis, señora sino al retoño que se separa de este mismo tronco, sin poder, y
acaso diga... sin querer separarse enteramente.
‑¡Muy bien, Villefort! ‑dijo el marqués‑, ¡muy bien! ¡Buena
respuesta! Yo suplico continuamente a la marquesa que olvide lo pasado, sin
poder conseguirlo: veremos si vos sois más afortunado.
‑Sí, está bien ‑respondió la marquesa‑; olvidemos lo pasado; no
deseo otra cosa; mas, por lo menos, que Villefort sea inflexible en adelante.
No os olvidéis de que hemos respondido de vos a S. M.; que S. M. ha tenido a
bien olvidarlo todo, de la misma manera que yo lo hago accediendo a vuestra
súplica. Pero si cayese en vuestras manos un conspirador, cuenta con lo que
hacéis, porque habéis de daros cuenta de que se os vigila muy particularmente,
por pertenecer a una familia que puede estar relacionada con los conspiradores.
‑¡Ay, señora! ‑dijo Villefort‑; mi profesión, y sobre todo los
tiempos en que vivimos me obligan a ser muy severo. Pues bien, lo seré. He
tenido que sostener algunas acusaciones políticas, y estoy ya como quien dice
probado. Por desgracia, todavía no hemos concluido.
‑Pues ¿cómo? ‑dijo la marquesa.
‑Tengo temores casi ciertos. Napoleón en la isla de Elba no está
muy lejos de Francia; su presencia casi a vista de nuestras costas sostiene la
esperanza de sus partidarios. Marsella está llena de oficiales sin colocación,
que disputan todos los días con los realistas, de lo cual resultan duelos entre
personas de clase elevada, asesinatos entre el vulgo.
‑A propósito ‑dijo el conde de Salvieux, antiguo amigo del señor
de Saint‑Meran y chambelán del conde de Artois‑; ¿ignoráis que la Santa Alianza
desaloja a Napoleón de donde está?
‑Sí, cuando salimos de París no se hablaba de otra cosa ‑respondió
el señor de Saint‑Meran‑. ¿Y adónde le envían?
‑A Santa Elena.
‑¿A Santa Elena? ¿Y eso qué es? ‑preguntó la marquesa.
‑Una isla situada a dos mil leguas de aquí, más allá del Ecuador
‑respondió el conde.
‑Gran locura era en verdad, como dice Villefort, dejar a semejante
hombre entre Córcega, donde ha nacido, entre Nápoles, donde aún reina su
cuñado, y enfrente de Italia, de la que iba a formar un reino para su hijo.
‑Por desgracia ‑dijo Villefort‑, los tratados de 1814 impiden
que se toque ni aun el pelo de la ropa de Napoleón.
‑Pues se faltará a esos tratados ‑repuso el señor de Salvieux ¿Tuvo
él tantos escrúpulos en fusilar al desgraciado duque le Enghien?
‑Sí ‑añadió la marquesa‑, está convenido. La Santa Alianza libra
a Europa de Napoleón, y Villefort libra a Marsella de sus partidarios. O el
rey reina o no reina. Si reina, su gobierno debe ser fuerte y sus agentes
inflexibles; único medio de impedir el mal.
‑Desgraciadamente, señora ‑dijo Villefort sonriendo‑, un sustituto
del procurador del rey acude siempre cuando el mal está hecho.
‑Entonces su deber es repararlo.
‑También pudiera yo deciros, señora, que a él no le toca repararlo,
aunque sí vengarlo.
‑¡Oh, señor de Villefort! ‑dijo una hermosa joven, hija del conde
de Salvieux y amiga de la señorita de Saint‑Meran‑; procurad que se vea alguna
causa de ésas mientras residimos en Marsella. Nunca he asistido a un tribunal,
y me han dicho que es cosa curiosa.
‑¡Oh!, sí, muy curiosa en efecto, señorita ‑respondió el sustituto‑,
porque en lugar de una tragedia fingida, lo que allí se representa es un
verdadero drama; en lugar de los dolores aparentes, son dolores reales. El
hombre que se presenta allí, en lugar de volver, cuando se corre el telón, a
entrar tranquilamente en su casa, a cenar con su familia, a acostarse y
conciliar pronto el sueño para volver a sus tareas al día siguiente, entra en
una prisión donde le espera tal vez el verdugo. Bien veis que para las personas
nerviosas que desean emociones fuertes no hay otro espectáculo mejor que ése.
Descuidad, señorita, si se presentase la ocasión, ya os avisaré.
‑¡Nos hace temblar..., y se ríe! ‑dijo Renata palideciendo.
‑¿Qué queréis? ‑replicó Villefort‑; esto es como si dijéramos...
un desafío... Por mi parte he pedido ya cinco o seis veces la pena de muerte
contra acusados por delitos políticos... ¿Quién sabe cuántos puñales se afilan
a esta hora o están ya afilados contra mí?
‑¡Oh, Dios mío! ‑dijo Renata cada vez más espantada‑; ¿habláis
en serio, señor de Villefort?
‑Lo más serio posible ‑replicó el joven magistrado sonriéndose‑.
Y con los procesos que desea esta señorita para satisfacer su curiosidad, y yo
también deseo para satisfacer mi ambición, la situación no hará sino
agravarse. ¿Pensáis que esos veteranos de Napoleón que no vacilaban en acometer
ciegamente al enemigo, en quemar cartuchos o en cargar a la bayoneta, vacilarán
en matar a un hombre que tienen por enemigo personal, cuando no vacilaron en
matar a un ruso, a un austriaco o a un húngaro a quien nunca habían visto?
Además, todo es necesario, porque a no ser así no cumpliríamos con nuestro
deber. Yo mismo, cuando veo brillar de rabia los ojos de un acusado, me animo,
me exalto; entonces ya no es un proceso, es un combate; lucho con él, y el
combate acaba, como todos los combates, en una victoria o en una derrota. A
esto se le llama acusar; ésos son los resultados de la elocuencia. Un acusado
que se sonriera después de mi réplica me haría creer que hablé mal, que lo que
dije era pálido, flojo, insuficiente. Figuraos, en cambio, qué sensación de
orgullo experimentará un procurador del rey cuando, convencido de la
culpabilidad del acusado, le ve inclinarse bajo el peso de las pruebas y bajo
los rayos de su elocuencia... La cabeza que se inclina caerá inevitablemente.
Renata profirió una exclamación.
‑Eso es saber hablar ‑dijo uno de los invitados.
‑Ese es el hombre que necesitamos en estos tiempos ‑añadió otro.
‑Cuando estuvisteis inspiradísimo, querido Villefort ‑indicó un
tercero‑ fue cuando... esa última causa..., ¿no recordáis?, la de aquel hombre
que asesinó a su padre. En realidad, primero lo matasteis vos que el verdugo.
‑¡Oh...!, para los parricidas no debe haber perdón ‑dijo Renata‑;
para esos crímenes no hay suplicio bastante grande; mas para los desgraciados
reos políticos...
‑¡Para los reos políticos, mucho menos aún, Renata ‑exclamó la
marquesa‑, porque el rey es el padre de la nación, y querer destronar o matar
al rey, es querer matar al padre de treinta y dos millones de almas!
‑También admito eso, señor Villefort ‑repuso Renata‑, si me
prometéis ser indulgente con aquellos que os recomiende yo.
‑Descuidad ‑dijo Villefort con una sonrisa muy tierna‑, sentenciaremos
juntos.
‑Hija mía‑dijo la marquesa‑, atended vos a vuestras fruslerías
caseras y dejad a vuestro futuro esposo cumplir con su deber. Hoy las armas han
cedido su puesto a la toga, como dice cierta frase latina.. .
‑Cedant arma togae ‑añadió Villefort inclinándose.
‑No me atrevía a hablar en latín ‑prosiguió la marquesa.
‑Me parece que estaría más contenta si fueseis médico ‑replicó
Renata‑. El ángel exterminador, aunque ángel, me asusta mucho.
‑¡Qué buena sois! ‑murmuró Villefort con una mirada amorosa.
‑Hija mía ‑añadió el marqués‑, el señor Villefort será médico
moral y político de este departamento. El cargo no puede ser más honroso.
‑Y así hará olvidar el que ejerció su padre ‑añadió la
incorregible marquesa.
‑Señora ‑repuso Villefort con triste sonrisa‑, ya he tenido el
honor de deciros que mi padre abjuró los errores de su vida pasada; que se ha
hecho partidario acérrimo de la religión y del orden, realista, y acaso mejor
realista que yo, pues lo es por arrepentimiento, y yo lo soy por pasión.
Dicha esta frase, para juzgar Villefort del efecto que producía,
miró alternativamente a todos lados, como hubiera mirado en la audiencia a su
auditorio tras una frase por el estilo.
‑Exactamente, querido Villefort ‑repuso el conde de Salvieux‑,
eso mismo decía yo anteayer en las Tullerías al ministro que se admiraba de
este enlace singular entre el hijo de un girondino y la hija de un oficial del
ejército de Condé: mis razones le convencieron. Luis XVIII profesa también el
sistema de fusión, y como nos estuviese escuchando sin nosotros saberlo, salió
de repente y dijo: «Villefort (reparad que no pronunció el apellido Noirtier,
sino que recalcó el de Villefort), Villefort hará fortuna. Además de pertenecer
en cuerpo y alma a mi partido, tiene experiencia y talento. Pláceme que el
marqués y la marquesa de Saint‑Meran le concedan la mano de su hija, y yo mismo
se lo aconsejaría de no habérmelo ellos consultado y pedido mi autorización.»
‑¿Eso dijo el rey? ‑exclamó Villefort lleno de gozo.
‑Textualmente, y si el marqués es franco os lo confirmará. Una
escena semejante le ocurrió con S. M. cuando le habló de esta boda hace seis
meses.
‑Es verdad ‑añadió el marqués.
‑¡Todo en el mundo lo deberé a ese gran monarca! ¿Qué no haría
yo por su servicio?
‑Así me gusta ‑añadió la marquesa‑. Vengan ahora conspiradores
y ya verán...
‑Yo, madre mía ‑dijo al punto Renata‑, ruego a Dios que no os
escuche, y que solamente depare al señor de Villefort rateros y asesinos. Así
dormiré tranquila.
‑Es como si para un médico deseara calenturas, jaquecas, sarampiones,
enfermedades, en fin, de nonada ‑repuso Villefort sonriendo‑. Si deseáis que
ascienda pronto a procurador del rey, pedid por el contrario esos males agudos
cuya curación honra.
En aquel momento, como si hubiese la casualidad esperado el
deseo de Villefort para satisfacérselo, un criado entró a decirle algunas palabras
al oído. Inmediatamente se levantó de la mesa el sustituto, excusándose, y
regresó poco después lleno de alegría.
Renata le contemplaba amorosa, porque en aquel momento Villefort,
con sus ojos azules, su pálida tez y sus patillas negras, estaba, en verdad,
apuesto y elegante. La joven parecía pendiente de sus labios, como en espera de
que explicase aquella momentánea desaparición.
‑A propósito, señorita ‑dijo al fin Villefort‑, ¿no queríais tener
por marido un médico? Pues sabed que tengo siquiera con los discípulos de
Esculapio (frase a la usanza de 1815) una semejanza, y es que jamás puedo
disponer de mi persona, y que hasta de vuestro lado me arrancan en el mismo
banquete de bodas.
‑¿Y para qué? ‑le preguntó la joven un tanto inquieta.
‑¡Ay! Para un enfermo, que si no me engaño está in extremis.
La enfermedad es tan grave que quizá termine en el cadalso.
‑¡Dios
mío! ‑exclamó Renata palideciendo.
‑¿De veras? ‑dijeron a coro todos los presentes.
‑Según parece, se acaba de descubrir un complot bonapartista.
‑¿Será posible? ‑exclamó la marquesa.
‑He aquí lo que dice la delación ‑y leyó Villefort en voz alta‑:
«Un amigo del trono y de la religión previene al señor procurador del rey que
un tal Edmundo Dantés, segundo de El Faraón, que llegó esta mañana de
Esmirna, después de haber tocado en Nápoles y en Porto‑Ferrajo, ha recibido de
Murat una carta para el usurpador, y de éste otra carta para la junta
bonapartista de París.
»Fácilmente se tendrá la prueba de su delito, prendiéndole, porque
la carta se hallará en su persona, o en casa de su padre, o en su camarote, a
bordo de El Faraón.»
‑Pero esta carta ‑dijo Renata‑, además de ser un anónimo, no se
dirige a vos, sino al procurador del rey.
‑Sí, pero con la ausencia del procurador, el secretario que abre
sus cartas abrió ésta, mandóme buscar, y como no me encontrasen, dispuso
inmediatamente el arresto del culpable.
‑¿De modo que está preso el culpable? ‑preguntó la marquesa.
‑Decid mejor el acusado ‑repuso Renata.
‑Sí, señora, y conforme a lo que hace unos instantes tuve el honor
de deciros, si damos con la carta consabida, el enfermo no tiene cura.
‑¿Y dónde está ese desdichado? ‑le preguntó Renata.
‑En mi casa.
‑Pues corred, amigo mío ‑dijo el marqués‑. No descuidéis por
nuestra causa el servicio de S. M.
‑¡Oh, Villefort! ‑balbució Renata juntando las manos‑. ¡Indulgencia!
Hoy es el día de nuestra boda.
Villefort dio una vuelta a la mesa, y apoyándose en el respaldo
de la silla de la joven, le dijo:
‑Por no disgustaros, haré cuanto me sea posible, querida Renata;
pero si no mienten las señas, si es cierta la acusación, me veré obligado a
cortar esa mala hierba bonapartista.
Estremecióse Renata al oír la palabra cortar, porque la hierba
en cuestión tenía una cabeza sobre los hombros.
‑¡Bah! ‑dijo la marquesa‑, no os preocupéis por esa niña,
Villefort; ya se irá acostumbrando.
Diciendo esto, presentó al sustituto una mano descarnada, que él
besó, aunque con los ojos clavados en Renata, como si le dijese:
“Vuestra mano es la que beso..., o la que quisiera besar ahora”.
‑¡Mal agüero! ‑murmuró Renata.
‑¿Qué bobadas son ésas? ‑le contestó su madre‑. ¿Qué tiene que
ver la salud del Estado con vuestro sentimentalismo ni con vuestras manías?
‑¡Oh, madre mía! ‑murmuró Renata.
‑Disculpad a esa mala realista, señora marquesa ‑dijo Villefort‑.
Yo, en cambio, os prometo cumplir mis obligaciones de sustituto de procurador
del rey a conciencia, es decir, con atroz severidad.
Pero al decir estas palabras, las miradas que a hurtadillas
dirigía a su novia decíanle a ésta:
‑«Tranquilizaos, Renata: por vuestro amor seré indulgente.»
Renata
pagóle estas miradas con una tan dulce sonrisa, que Villefort salió de la
estancia lleno de alborozo.
Capítulo séptimo
El interrogatorio
Apenas hubo salido del comedor, despojóse el sustituto de su risueña
máscara, tomando el aspecto grave de quien va a decidir la vida o la muerte de
un hombre. Sin embargo, aunque obligado a mudar su fisonomía, cosa que alcanzó
el sustituto a fuerza de trabajo y tal vez ensayándose al espejo como los
cómicos, en esta ocasión le fue doblemente difícil fruncir las cejas y dar a
sus facciones la gravedad oportuna.
Puesto que, dejando a un lado el recuerdo de las opiniones políticas
de su padre, que podían en lo futuro impedirle su fortuna, Gerardo de
Villefort era completamente feliz en aquel momento. Rico de suyo, además de
gozar a los veintinueve años de una posición brillante en la magistratura, iba
a casarse con una joven hermosa, a quien amaba, si no con ciega pasión, por lo
menos razonablemente, como puede amar un sustituto del procurador del rey.
Además de su belleza, notable sin duda alguna, la señorita de Saint‑Meran, su
futura esposa, pertenecía a una de las familias más importantes por aquel
entonces, y con la influencia de su padre, que por ser hija única Renata
pasaría al yerno enteramente, llevaba en dote cincuenta mil escudos, que con
las esperanzas ‑palabra horrible inventada por los que hacen del matrimonio un
juego de cubiletes‑ podía aumentarse un día hasta medio millón con una
herencia. Todos estos elementos reunidos componían, pues, para Villefort, una
suma increíble de felicidad, de tal manera que le faltaba poco para escupir al
sol.
El comisario de policía le esperaba a la puerta. La vista de
este hombre hízole caer de su cielo a nuestro mundo material. Reformó su
semblante de la manera que hemos dicho, y acercándose al oficial de justicia:
‑Ya me tenéis aquí ‑le dijo‑ He leído vuestra carta: hicisteis
bien al prender a ese hombre. Referidme ahora cuanto sepáis de él y de su
conspiración.
‑De la conspiración, señor, no sabemos nada todavía. En un legajo
sellado tenéis sobre vuestro bufete cuantos papeles le hemos encontrado. Del
preso tan sólo podré deciros que, según reza la carta que habéis visto, es un
tal Edmundo Dantés, segundo de El Faraón, bergantín propio de la casa Morrel,
que hace el comercio de algodón con Alejandría y Esmirna.
‑Antes de pertenecer a la marina mercante, ¿había servido quizás
en la de guerra?
‑No, señor. ¡Si es muy joven!
‑¿Qué edad tiene?
‑Diecinueve o veinte años, a lo sumo.
En este momento llegaba Villefort con el comisario a la parte de
la calle Grande en que desemboca la de los Consejos. Un hombre que estaba como
esperándole, salió a su encuentro. Era el señor Morrel.
‑¡Ah!, señor de Villefort ‑exclamó el buen hombre al ver al
sustituto‑. ¡Gracias a Dios que os encuentro! Sabed que acaba de cometerse la
más escandalosa, la más terrible arbitrariedad. Acaban de prender al segundo de
mi Faraón, al joven Edmundo Dantés.
‑Ya lo sé, caballero ‑respondió Villefort‑; y ahora voy a tomarle
declaración.
‑¡Oh, caballero! ‑prosiguió el naviero, llevado de su amistad hacia
el joven‑, vos no conocéis al acusado, yo sí, yo le conozco. Es el hombre más
honrado y digno, y aún diré más entendido en su oficio que haya en toda la
marina mercante. ¡Oh, señor de Villefort! ¡Os lo recomiendo encarecidamente!
Como ya habrán comprendido los lectores, pertenecía Villefort al
partido noble de la ciudad, y Morrel al plebeyo: con lo que el primero era
ultrarrealista, y al segundo se le tildaba de bonapartista.
Miró Villefort desdeñosamente a Morrel, y le dijo con frialdad:
‑Debéis comprender, caballero, que puede un hombre ser amable
en su vida privada, honrado en sus relaciones comerciales, y ser, sin embargo,
un gran culpable en política. Lo comprendéis así, ¿no es verdad?
Y recalcó el magistrado estas últimas palabras, como
queriéndolas aplicar al armador, mientras con su mirada escrutadora penetraba
al fondo del corazón de aquel hombre, que se atrevía a interceder por otro,
necesitando él mismo de indulgencia. Morrel se sonrojó, porque en punto a
cosas políticas no tenía muy limpia la conciencia, y porque no se le apartaba
de la memoria lo que Edmundo le había dicho de su entrevista con el gran
mariscal, y de las palabras del emperador. Sin embargo, añadió con el interés más
vivo:
‑Suplícoos, señor de Villefort, que justo como debéis de serlo,
y bondadoso como sois, nos devolváis pronto al pobre Dantés.
Este nos devolváis resonó revolucionariamente en los
oídos del sustituto.
‑¡Vaya! ¡Vaya! ‑murmuró para su capote‑: nos devolváis...
¿Si estará afiliado este Dantés en alguna sociedad secreta? Cuando su protector
usa sencillamente de la fórmula colectiva... Creo que el comisario dice que le
prendió en una taberna en medio de mucha gente... Esto merece la pena de
pensarlo seriamente.
Luego añadió en voz alta:
‑Podéis, caballero, estar tranquilo, que no en vano apeláis a mi
justicia si el preso es inocente; pero si es culpable, me veré obligado a
cumplir con mi obligación, pues en las circunstancias difíciles y azarosas en
que nos hallamos, sería la impunidad muy mal ejemplo.
Y habiendo llegado Villefort a la puerta de su casa, inmediata
al Palacio de Justicia, entró en ella majestuosamente, después de saludar con
mucha ceremonia al desdichado naviero, que se quedó como petrificado.
Estaba llena la antecámara de gendarmes y agentes de policía, y
entre ellos el preso, de pie, inmóvil y tranquilo, aunque todos le miraban con
expresión rencorosa.
Atravesó Villefort la antecámara mirando a Dantés de reojo, y
después de recibir un legajo de manos de un agente, desapareció diciendo:
‑Que conduzcan aquí al preso.
Por rápida que fuese, aquella mirada bastó a Villefort para formarse
una idea del hombre a quien iba a interrogar. En aquella frente despejada y
ancha había adivinado la inteligencia, el valor en aquellos ojos fijos y aquel
fruncido entrecejo, y la franqueza en aquellos labios gruesos y entreabiertos,
que dejaban ver sus dientes, blancos como el marfil.
La primera impresión había sido favorable a Dantés; pero como
Villefort había oído asegurar muchas veces como máxima de profunda política,
que es bueno desconfiar de nuestro primer impulso, aplicó a la ocasión la
máxima, sin tener en cuenta la diferencia que va del impulso a la impresión.
Por lo tanto, ahogó los sanos instintos que se despertaban en su
corazón, compuso al espejo su fisonomía como para caso tan grave, y sombrío y
amenazador sentóse delante de su bufete.
Un instante después entró Edmundo, que estaba muy pálido, aunque
tranquilo y sonriendo. Saludó a su juez con cortés desembarazo, y se puso a
buscar con los ojos una silla, como si estuviese en casa de su armador.
Entonces sus ojos tropezaron con la mirada impasible de
Villefort, con aquella impasible mirada propia de los hombres de mundo, sin
transparencia. Y esto hizo que el pobre joven reconociese cuál era su verdadera
situación.
‑¿Quién sois, y cómo os llamáis? ‑le preguntó Villefort hojeando
las notas que recibiera del agente al entrar, notas que en una hora habían
alcanzado más que mediano volumen: tanto obra la corrupción de los espías en
esto de prisiones.
‑Me llamo Edmundo Dantés ‑respondió el joven con voz sonora y
tranquila‑; soy segundo de El Faraón, buque perteneciente a los señores
Morrel e hijos.
‑¿Vuestra edad?
‑Diecinueve años ‑respondió Dantés.
‑¿Qué hacíais cuando os prendieron?
‑Hallábame en la comida de mi boda, señor ‑repuso el joven con
voz literalmente conmovida, por el contraste que hacía aquel recuerdo con su
situación, y el sombrío rostro del sustituto, con la hermosa figura de
Mercedes.
‑¡Comida de boda! ‑repitió Villefort, estremeciéndose a pesar
suyo.
‑Sí, señor; voy a casarme pronto con una mujer a quien amo hace
tres años.
A pesar de su ordinario estoicismo, conmovió a Villefort esta
coincidencia, que junto con la voz melancólica de Dantés, despertaba en el
fondo de su alma una dulce simpatía. El también, como aquel joven, se casaba;
él también era dichoso, y fueron a turbar su dicha para que él turbara a su vez
la de aquel joven.
«Esta homogeneidad filosófica ‑pensó interiormente‑ sorprenderá
mucho a los convidados, cuando yo vuelva a casa de Saint‑Meran.»
En seguida, mientras Dantés esperaba que siguiese el
interrogatorio, se puso a componer en su imaginación el discurso que debía de
pronunciar, lleno de antítesis sorprendentes, y de esas frases pretenciosas
que tal vez son tenidas por la verdadera elocuencia.
Terminada en su mente la elocuente perorata, sonrió Villefort
seguro de su éxito, y encarándose con Dantés:
‑Proseguid ‑le dijo.
‑¿Qué queréis que diga?
‑Todo aquello que pueda ilustrar a la justicia.
‑Dígame la justicia en qué quiere que la ilustre, y obedeceré de
todo en todo: aunque le prevengo ‑añadió con una sonrisa‑ que cuanto puedo
decir es de poca monta.
‑¿Habéis servido bajo el mando del usurpador?
‑Su caída estorbó que me viese incorporado a la marina de
guerra.
‑Dicen que vuestras opiniones políticas son exageradas ‑prosiguió
Villefort, que aunque nada sabía de esto, quiso darlo por seguro, porque le
sirviera de añagaza.
‑¡Yo opiniones políticas, señor! ¡Ah!, casi me da vergüenza el
decirlo, pero nunca he tenido opinión. Con mis diecinueve años escasos, como
ya os dije, ni sé nada, ni estoy destinado a otra cosa que a la plaza que mis
navieros quieran otorgarme. Así, pues, todas mis opiniones, no digo políticas,
sino privadas, se resumen en tres sentimientos: el cariño de mi padre, el
respeto al señor Morrel y el amor de Mercedes. Es cuanto puedo decir a la
justicia. Supongo que no le debe de importar mucho.
A medida que Dantés hablaba, Villefort estudiaba aquel rostro
tan franco y dulce a la vez, y recordaba las palabras de Renata, que sin
conocerle intercedió por aquel preso. Ayudado del conocimiento que ya tenía de
los crímenes y de los criminales, hallaba en cada frase de Dantés una prueba de
su inocencia. Aquel joven, o mejor dicho, aquel muchacho sencillo, natural,
elocuente, con esa elocuencia del corazón que jamás encuentra el que la busca,
henchido de afectos para todos, porque era dichoso, cosa que trueca en buenos a
los hombres malos, contagiaba en su dulce afabilidad hasta a su mismo juez. A
pesar de lo severo que se le mostraba Villefort, ni en sus miradas, ni en su
voz, ni en sus acciones, tenía Edmundo para él más que bondad y dulzura.
‑¡Cáspita! ‑exclamó para sí Villefort‑. ¡Qué joven tan interesante!
No me costará mucho trabajo cumplir el primer deseo de Renata..., lo que me
valdrá además un buen apretón de manos de todo el mundo.
De tal modo serenó esta esperanza el ceño de Villefort, que
cuando volvió a ocuparse de Dantés, el joven, que había observado atentamente
las mudanzas de su rostro, le sonreía también como su pensamiento.
‑¿Tenéis enemigos? ‑le preguntó Villefort.
‑¡Enemigos yo! ‑repuso Dantés‑. Afortunadamente valgo poco para
tenerlos. Aunque mi carácter es tal vez demasiado vivo, procuro siempre
refrenarlo con mis subordinados. Diez o doce marineros tengo a mis órdenes. Que
se les pregunte y os responderán que me aprecian y me respetan, no diré como a
un padre, que soy muy joven para eso, sino como a un hermano mayor.
‑Si no enemigos, podéis tener rivales. Vais a ser capitán a los
diecinueve años, lo que para los vuestros es una posición elevada: ibais a
casaros con una mujer que os quiere, felicidad rarísima en la tierra. Estos
favores del destino os pueden acaso granjear envidias.
‑Sí, tenéis razón. Es muy posible, cuando vos lo decís: vos, que
debéis conocer el mundo mejor que yo; pero si estos rivales fuesen amigos míos,
os declaro que no deseo conocerlos por no verme obligado a aborrecerlos.
‑Os equivocáis, Dantés. Importa mucho conocer el terreno que pisamos,
y de mí sé decir que me parecéis tan bueno, que por vos me separaré de las
ordinarias fórmulas de la justicia, ayudándoos a descubrir quién sea el que os
denuncia. Aquí tenéis la carta que me han dirigido. ¿Reconocéis la letra?
Y sacando la denuncia de su bolsillo la presentó Villefort a
Dantés. Al leerla éste pasó como una sombra por sus ojos, y respondió:
‑No conozco la letra, porque está de propósito disfrazada,
aunque correcta y firme. De seguro la trazó mano habilísima. ¡Cuán feliz soy ‑añadió,
mirando a Villefort con gratitud‑, cuán feliz soy en haber dado con un hombre
como vos, pues reconozco en efecto que el que ha escrito ese papel es un
verdadero enemigo!
Y en la fulminante mirada con que acompañó el joven estas
frases, pudo comprender Villefort cuánta energía se ocultaba bajo aquella
apariencia de dulzura.
‑Seamos francos ‑dijo el sustituto‑, habladme no como preso al
juez, sino como hombre en una posición falsa a otro que se interesa por él.
¿Qué hay de verdad en esto de la acusación anónima?
Y Villefort arrojó con disgusto sobre su bufete la carta que Dantés
acababa de devolverle.
‑Todo y nada, señor: voy a deciros la pura verdad, por mi honor
de marino, por el amor de Mercedes y por la vida de mi padre.
‑Hablad ‑dijo en voz alta Villefort.
Luego añadió para sí:
«Si Renata me viese, creo que quedaría contenta de mí, y no me
llamaría ya corta‑cabezas.»
‑Oíd, señor. Al salir de Nápoles, el capitán Leclerc se sintió
atacado de calentura cerebral. Como no había médico a bordo, y el capitán se
negaba a que desembarcásemos en cualquier punto de la costa, porque tenía prisa
en llegar a la isla de Elba, su enfermedad subió de punto hasta que a los tres
días, sintiéndose acabar, me llamó y me dijo:
«‑Querido Dantés, juradme por vuestro honor que haréis lo que os
voy a encargar ahora. De ello dependen los mayores intereses.
»‑Lo juro, capitán‑le respondí.
»‑Pues oíd. Como después de que yo muera os pertenece el mando
del Faraón, en calidad de segundo, lo tomaréis, y haciendo rumbo a la
isla de Elba desembarcaréis en Porto‑Ferrajo, preguntaréis por el gran mariscal
y le entregaréis esta carta. Acaso entonces os darán otra con una comisión, que
me estaba reservada a mí. La cumpliréis y todo el honor será vuestro.
»‑Así lo haré, mi capitán; pero supongo que no será tan fácil
como pensáis el llegar hasta el gran mariscal.
»‑Esta sortija os abrirá todas las puertas, y allanará todas las
dificultades ‑respondió Leclerc.
»Y me entregó la sortija. Ya era tiempo, porque dos horas
después deliraba, y a la mañana siguiente había ya muerto.
‑¿Qué hicisteis entonces?
‑Lo que debía, señor, lo que otro cualquiera en mi lugar hubiera
hecho. Siempre son sagrados los deseos de un moribundo, y entre los marinos,
órdenes. Hice, pues, rumbo a la isla de Elba, adonde llegué a la mañana
siguiente, desembarcando yo solo, después de mandar que nadie se moviese.
Conforme había previsto se me presentaron algunas dificultades para ver al gran
mariscal, pero todas las allanó la sortija. Tras rogarme que le refiriera los
detalles de la muerte de Leclerc, como el pobre capitán había sospechado, me
entregó una carta encargándome que la llevara en persona a París. Prometíselo
resueltamente porque así cumplía también la última voluntad de mi capitán.
»Lo demás ya lo sabéis. Desembarqué en Marsella, arreglé todos
los asuntos de aduana y sanidad, y corrí por último a ver a mi novia, que he
encontrado más bella y más encantadora que nunca. Gracias al señor Morrel todas
las diligencias eclesiásticas se apresuraron, de modo que cuando me prendieron
asistía como dije a la comida de boda. Una hora después pensaba casarme y
partir mañana a París, cuando esta maldita denuncia que parece despreciáis
tanto como yo...
‑Sí, sí ‑murmuró Villefort‑, todo lo creo, y a ser culpable lo
sois de imprudencia, aunque imprudencia legítima, pues vuestro capitán os la
impuso. Por consiguiente, dadme esa carta de la isla de Elba, y con palabra de
presentaros así que os llame, podéis volver al lado de vuestros amigos.
‑¿Conque, es decir, que ya estoy libre, señor? ‑exclamó Dantés
lleno de júbilo.
‑Sí, pero dadme primero esa carta.
‑Debe de estar en vuestro poder, porque en ese paquete reconozco
algunos papeles de los que me cogieron.
‑Aguardad ‑dijo el sustituto a Dantés, que ya cogía su sombrero
y sus guantes‑; ¿a quién iba dirigida?
‑Al señor Noirtier, calle de Coq‑Heron, París.
Un rayo que hiriera a Villefort no le trastornara más que este
imprevisto golpe. Dejóse caer sobre su asiento, del que se había separado un
si es no es para asir el legajo, y ojeándolo precipitadamente, entresacó la
carta fatal, contemplándola con terror indescriptible.
‑¡Al señor Noirtier, calle de Coq‑Heron, número 13! ‑murmuró
palideciendo cada vez más.
‑Sí, señor -respondió Dantés‑. ¿Le conocéis?
‑No ‑respondió el sustituto vivamente‑. Un fiel servidor del rey
no conoce a los conspiradores.
‑¿Es una conspiración? ‑le preguntó Edmundo, que después de
haberse creído libre empezaba de nuevo a asustarse‑. De todos modos, os lo
repito, señor, ignoraba el contenido de esa carta.
. ‑Sí ‑repuso Villefort con voz sorda‑, pero no ignorabais el
nombre de la persona a quien va dirigida.
‑Era preciso que lo supiese para poder entregársela a él mismo.
‑¿Y no se la habéis enseñado a nadie? ‑dijo Villefort leyendo y
demudándose al mismo tiempo.
‑A nadie; os lo juro por mi honor.
‑¿Ignora todo el mundo que sois portador de una carta de la isla
de Elba para el señor Noirtier?
‑Todo el mundo, señor..., salvo la persona que me la entregó.
‑Eso ya es mucho..., muchísimo‑murmuró Villefort.
Su frente fruncíase cada vez más, a medida que proseguía la lectura
de la carta: sus labios blancos, sus manos temblorosas, sus ojos
sanguinolentos, hacían cruzar por el cerebro de Dantés las más dolorosas
fantasías.
Terminada la lectura, el sustituto dejó caer la cabeza entre las
manos, permaneciendo un instante como fuera de sí.
‑¡Dios mío! ¿Qué ocurre de nuevo? ‑preguntó tímidamente Dantés.
Villefort no respondió, y al cabo de un rato volvió a levantar
su rostro descompuesto para releer la misiva.
‑¿Decís que no sabéis el contenido de esta carta? ‑volvió a
preguntar a Edmundo.
‑Os juro por mi honor ‑respondió Dantés‑, que lo ignoraba, pero,
¡Dios mío!, ¿qué tenéis? ¿Estáis malo? ¿Queréis que llame?
‑No, señor ‑dijo el sustituto levantándose vivamente‑; no abráis
la boca, no digáis una palabra. Yo soy quien manda aquí, no vos.
‑Era, señor, no más que por ayudaros ‑dijo Dantés un tanto herido
en su amor propio.
‑De nada necesito; fue un mareo pasajero. Ocupaos de vos:
dejadme a mí. Responded.
Dantés esperó el interrogatorio que auguraba este mandato; pero
vanamente. Volvió el sustituto a caer en el sillón, y pasándose por la frente
su mano fría se puso a leer la carta por tercera vez.
‑¡Oh! ¡Si sabe lo que contiene esta carta, si sabe que Noirtier
es padre de Villefort, estoy perdido, perdido para siempre!
Y de vez en cuando miraba de reojo a Dantés, como si quisiese
penetrar ese velo impenetrable que cubre en el corazón los secretos que no
suben a los labios.
‑¡Oh! No vacilemos ‑exclamó de repente.
‑Pero en nombre del cielo ‑exclamó el desdichado joven‑, si
dudáis de mí, si sospecháis de mi honradez, interrogadme, que estoy dispuesto a
contestaros.
Hizo Villefort un violento esfuerzo sobre sí mismo, y con un
acento que en vano procuraba fuese firme:
‑Caballero ‑le dijo‑, resultan contra vos los más graves cargos.
No está ya en mi poder, como creía antes, el poneros en libertad ahora mismo.
Antes de paso tan grave, debo consultar al juez de instrucción. Mientras
tanto, ya habéis visto de qué manera os traté...
‑¡Oh!, sí, señor ‑exclamó Dantés‑, y os lo agradezco en el alma
que habéis sido para mí más un amigo que un juez.
‑Pues, amigo, voy a teneros preso algún tiempo todavía, lo menos
que pueda. El principal cargo que existe contra vos es esta carta, y ahora
veréis...
Villefort se acercó a la chimenea, y arrojó la carta al fuego,
sin apartarse de allí hasta verla convertida en cenizas.
‑Mirad..., ya no existe.
‑¡Oh, señor! ‑exclamó Dantés‑; no sois la justicia: sois la Providencia.
‑Escuchadme ‑prosiguió Villefort‑: con lo que acabo de hacer me
parece que confiaréis en mí, ¿no es verdad?
‑¡Oh, señor! Mandad y seréis obedecido.
No ‑dijo Villefort, aproximándose al joven‑; no son órdenes lo
que quiero daros, sino consejos.
‑Pues bien, los miraré como si fueran órdenes.
‑Hasta la noche os tendré aquí en el palacio de justicia: si
otra persona viniese a interrogaros, decidle todo lo que me habéis dicho,
excepto lo de la carta.
‑Os lo prometo, señor.
Era como si el juez rogase y el preso concediese.
‑Ya comprendéis ‑añadió mirando las cenizas que aún conservaban
la forma de papel, y revoloteaban en torno a la llama‑; ya comprendéis que
destruida esta carta y guardando el secreto por vos y por mí, nadie os la
volverá a presentar. Negad, pues, si os hablan de ella, negadlo todo, y os
habréis salvado.
‑Os lo prometo, señor ‑dijo Dantés.
‑¡Bien! ¡Bien! ‑añadió Villefort llevando la mano al cordón de
la campanilla; pero se detuvo al ir a cogerlo.
‑¿No teníais más carta que ésa? ‑le preguntó.
‑No, señor, era la única.
‑Juradlo.
‑Lo juro ‑dijo Dantés extendiendo la mano.
Villefort llamó, y apareció un comisario de policía.
Acercóse Villefort al comisario para decirle al oído ciertas
palabras, a las que respondió aquél con una leve inclinación de cabeza.
‑Seguidle ‑dijo Villefort a Dantés.
Hizo el joven una genuflexión, y con una postrera mirada de
gratitud salió de la estancia.
Apenas se cerró tras él la puerta, cuando faltaron las fuerzas
al sustituto, y cayendo en un sillón casi desvanecido, murmuró:
‑¡Oh, Dios mío! ¡De qué sirven la vida y la fortuna! Si hubiese
estado en Marsella el procurador del rey, si hubieran llamado al juez de
instrucción en lugar mío, segura era mi ruina. Y todo por ese papel, ¡por ese
papel maldito! ¡Ah, padre mío, padre mío! ¿Habéis de ser siempre un obstáculo
para mi felicidad en este mundo? ¿He de luchar yo siempre con vuestra vida
pasada?
De repente, brilló en toda su fisonomía un fulgor
extraordinario: dibujóse en sus labios contraídos aún una sonrisa; sus ojos
vagos parecían como si se fijasen con un solo pensamiento.
‑Eso es, sí... ‑dijo‑. Esa carta, que debía perderme, labrará
acaso mi fortuna. Ea, Villefort, manos a la obra.
Y asegurándose de que el reo no estaba ya en la antecámara,
salió a su vez el sustituto del procurador del rey, y se encaminó apresuradamente
hacia la casa de su prometida.
Capitulo octavo
El castillo de If
Al atravesar la antecámara, el comisario de policía hizo una
seña a dos gendarmes, que en seguida se colocaron a la derecha y a la izquierda
de Dantés. Abrióse una puerta que conducía desde la habitación del procurador
del rey al tribunal de Justicia, y echaron por uno de esos pasadizos sombríos
que hacen temblar a los que por ellos pasan, aunque no tengan por qué temblar.
Así como el despacho de Villefort comunicaba con el tribunal de
Justicia, éste comunicaba con la cárcel, edificio sombrío pegado al palacio.
Por todas sus ventanas y balcones se ve el famoso campanario de los Acoules,
que se eleva enfrente.
Tras haber andado un sinnúmero de corredores, vio Dantés abrirse
una puerta con un candado de hierro, como en respuesta a tres golpes que dio
el comisario con un martillo de hierro, y que sonaron lúgubremente en el
corazón del preso. Recelaba éste en entrar; pero los dos gendarmes le empujaron
ligeramente, y la puerta volvió a cerrarse. Ya respiraba otro aire, pesado y
mefítico: ya estaba en los calabozos.
Se le condujo a uno, aunque decente, bien guardado de barrotes y
cerrojos; pero su aspecto no era para infundir serios temores. Por otra parte,
las palabras del sustituto del procurador del rey, que habían parecido tan
sinceras a Dantés, resonaban en sus oídos todavía como una promesa de
esperanza.
Eran las cuatro cuando Dantés entró en su prisión, de manera que
la noche llegó muy pronto. Corría, como hemos dicho, el primero de marzo.
Falto de empleo el sentido de la vista, se le aumentó
grandemente el del oído. Creyendo que venían a ponerle en libertad al rumor más
leve, se levantaba al punto encaminándose a la puerta; pero bien pronto el
rumor se perdía en otra dirección, y el preso volvía a caer desesperado sobre
su banquillo.
A las diez de la noche, en fin, cuando iba ya perdiendo toda
esperanza le pareció que un nuevo ruido se acercaba en efecto a su prisión. Y
así fue. Oyéronse en el corredor unos pasos, que junto a su puerta cesaron;
giró una llave, rechinaron los cerrojos, la pesada puerta de encina se abrió,
inundando de luz deslumbradora la estancia.
Al resplandor veía Edmundo brillar los sables y las alabardas de
cuatro gendarmes.
Había dado ya un paso hacia la puerta; pero se detuvo al ver
aquel inusitado aparato militar.
‑¿Venís a buscarme? ‑inquirió.
‑Sí ‑respondió uno de los gendarmes.
‑¿De parte del sustituto del procurador del rey?
‑Eso es lo que creo.
‑Estoy pronto a seguiros ‑lijo entonces Dantés.
Persuadido de que le buscaban de parte de Villefort, no tenía
ningún recelo. Adelantóse, pues, con rostro tranquilo y paso firme, y se
colocó él mismo en medio de su escolta.
En la puerta de la calle esperaba un coche. Junto al cochero
estaba sentado un guardia municipal.
‑¿Es para mí ese carruaje? ‑preguntó Dantés.
‑Para vos ‑respondió un gendarme‑, subid.
Quiso Dantés hacer algunas observaciones; pero la portezuela se
abrió, sintiéndose empujado para que subiese, y como no tenía ni posibilidad ni
intención de resistirse, hallóse al punto en el fondo del carruaje, sentado
entre dos gendarmes. Ocuparon los otros dos el asiento de la delantera, y el
pesado vehículo se puso en marcha, causando un ruido sordo y siniestro.
El preso dirigió sus ojos a las ventanillas, pero todas tenían
rejas: no había hecho sino mudar de prisión; solamente que ésta se movía,
transportándole a un sitio de él ignorado. A través de los barrotes, tan
espesos que apenas cabía la mano entre ellos, reconoció Dantés que pasaban por
la calle de la Tesorería, y que bajaban al muelle por la calle de San Lorenzo y
la de Taramis.
Luego, a través de la reja del coche, vio brillar las luces de
la Consigna.
El carruaje se paró, apeóse el municipal y se acercó al cuerpo
de guardia, de donde salió al punto una docena de soldados que se pusieron en
fila, viendo Dantés relucir sus fusiles al resplandor de los reverberos del
muelle.
‑¿Se desplegará para mí ese aparato de fuerza militar? ‑murmuró
para sus adentros.
Al abrir el municipal la portezuela, que estaba cerrada con
llave, respondió a la pregunta de Dantés sin pronunciar una sola palabra,
porque pudo ver entonces entre las dos filas de soldados un como camino
preparado para él desde el carruaje al puerto.
Los dos gendarmes que ocupaban el asiento delantero bajaron los
primeros, haciéndole a su vez apearse, en lo que le imitaron luego los dos que
llevaba al lado. Dirigiéronse hacia una lancha que un aduanero de la marina
sujetaba a la orilla con una cadena, mientras los soldados contemplaban al
preso con aire de estúpida curiosidad. Inmediatamente encontróse instalado en
la popa, siempre entre los cuatro gendarmes, y el municipal a la proa. Una
violenta sacudida separó el barco de la orilla, y cuatro remeros vigorosos lo
enderezaron hacia el Pillón. A un grito de los remeros bajó la cadena que
cierra el puente, y se encontró Edmundo en lo que se llama el freón, es
decir, fuera del puerto.
Al salir al aire libre el primer impulso del preso fue de
alborozo, porque el aire significa libertad. Así, pues, respiró a sus anchas
esa brisa ligera que lleva en sus alas los dulcísimos a incomprensibles
misterios de la noche y del mar. Pronto, sin embargo, exhaló un suspiro,
porque pasaba por delante de aquella Reserva donde tan feliz había sido aquella
misma mañana, antes de su prisión. Para mayor dolor, a través de las luminosas
rendijas de dos ventanas, los alegres rumores de un baile llegaban a sus oídos.
Dantés, con las manos puestas en actitud de orar, levantó los
ojos al cielo.
El bote proseguía su camino, y pasada ya la Téte‑de‑More, hallábase
enfrente de la columna del Faro, donde dobló. Esta maniobra era incomprensible
para Dantés.
‑Pero ¿adónde me lleváis? ‑preguntó a uno de los gendarmes.
‑Ahora lo sabréis.
‑Pero...
‑Nos está prohibido dar ninguna explicación.
Tenía Dantés mucho de soldado, y calló por parecerle cosa absurda
el preguntar a hombres a quienes estaba prohibido responder, y entonces las
más bizarras fantasías cruzaron por su imaginación. Como en tal barco era
humanamente imposible hacer una larga travesía, y como no se veía ningún otro
buque anclado por aquellos alrededores, se imaginó que le iban a desembarcar en
algún punto lejano de la costa, diciéndole que estaba libre. Todo contribuía a
reforzar con buenos agüeros esta imaginación. Ni estaba atado, ni intentaron siquiera
ponerle grillos. Luego, el sustituto, que tan bien le tratara, ¿no le había
dicho que con tal de que nunca pronunciase aquel nombre fatal de Noirtier nada
le sucedería? Ante sus mismos ojos, ¿no había quemado Villefort aquella carta
peligrosa, única prueba que había contra él?
Decidióse, pues, a esperar mudo y pensativo. Sus ojos,
acostumbrados a las tinieblas como los de todo marino, devoraban la oscuridad
y el espacio.
Habían dejado a la derecha la isla de Ratonmeau con su faro, y
bordeando la costa llegaban a la sazón a la altura de los Catalanes. Aquí
fueron dobles y devoradoras las miradas del preso; porque estaba cerca de
Mercedes, y a cada instante creía ver dibujarse entre las tinieblas de la
orilla la forma indecisa y vaga de una mujer.
¿Cómo el corazón no decía a Mercedes que pasaba su amado a trescientos
pasos de ella?
Una luz solamente brillaba en los Catalanes. Al buscar Dantés la
posición de esta luz, llegó a comprender que alumbraba a su novia: Mercedes
era, a no dudar, la única que velaba en la colonia. Con un solo grito que él
diera podía oírle y reconocerle.
Un falso amor propio le detuvo, sin embargo. ¿Qué dirían los gendarmes
oyéndole gritar como un demente?
Silencioso y con los ojos clavados en la luz quedó, mientras el
barco proseguía su camino, sin pensar ni en el barco ni en el camino, sino sólo
en Mercedes.
Un accidente topográfico hizo que la luz se perdiese de vista.
Volvióse Dantés al punto, y conoció que la embarcación entraba en alta mar.
A pesar de la repugnancia que experimentaba Dantés en dirigir
nuevas preguntas al gendarme, acercándose a él, y tomándole una mano:
‑Camarada ‑le dijo‑, suplícoos por vuestra conciencia y a fuer
de soldado que tengáis piedad de mí y me respondáis. Yo soy el capitán Edmundo
Dantés, francés bueno y leal, aunque acusado de no sé qué traición. ¿Adónde me
lleváis? Decídmelo, que os doy mi palabra de marino de resignarme a mi suerte.
El gendarme se rascó la oreja mirando a su camarada, que hizo un
ademán como si dijese:
‑A la altura en que nos hallamos creo que ya no hay peligro.
Y volviéndose el primero a Edmundo:
‑¡Siendo marino y marsellés preguntáis adónde vamos! ‑le dijo.
‑Sí, puesto que lo ignoro, palabra de honor.
‑¿No sospecháis nada?
‑No lo sospecho.
‑Es imposible.
‑Os lo juro por lo más sagrado. Contestadme en nombre del cielo.
‑Pero la consigna...
‑La consigna no os prohíbe decirme lo que yo sabré dentro de
diez minutos, o tal vez antes. Con decírmelo me ahorráis siglos de incertidumbre.
Os lo pregunto como si fueseis mi amigo. Mirad: ni puedo ni quiero moverme ni
huir. ¿Adónde vamos?
‑Si no estáis ciego, como hayáis salido alguna vez por mar de
Marsella, podréis adivinarlo.
‑Pues no acierto.
‑Mirad a vuestro alrededor.
Púsose Dantés de pie, y mirando hacia donde el barco parecía
dirigirse, distinguió en la oscuridad, a cien toesas, la negra y descarnada
roca en que campea como una esfinge el sombrío castillo de If.
Esta mole informe, esta prisión terrorífica que provee a
Marsella de consejas y tradiciones lúgubres, como Dantés no pensaba en ella, le
hizo al distinguirla aquel efecto que el cadalso hace al que va a morir.
‑¡Dios mío! ‑exclamó‑. ¡El castillo de If! ¿Qué vamos a hacer
allí?
El gendarme se sonrió.
‑No se me conducirá allí para dejarme preso ‑prosiguió Dantés‑,
porque el castillo de If es una prisión de Estado donde entran sólo los grandes
criminales políticos. ¿Hay allí quizá jueces o magistrado?
‑Yo supongo ‑dijo el gendarme‑ que no hay sino murallas de
piedra, gobernador, carceleros y guarnición. Ea, ea, amiguito, no os hagáis el
sorprendido, que no parece sino que me agradecéis con burlas mi complacencia.
Dantés apretó la mano del gendarme.
‑¿Sospecháis que me llevan a encerrar al castillo de If?
‑Es probable, camarada; pero no sé a qué viene el apretarme
tanto la mano.
‑¿Sin más formalidades? ¿Sin más averiguaciones?
‑Las formalidades están cumplidas, y las averiguaciones hechas.
‑¿De modo que a pesar de la promesa del señor de Villefort...?
‑Ignoro si el señor de Villefort os ha prometido algo ‑dijo el
gendarme‑, pero sé que vamos al castillo de If. ¡Eh! ¿Qué hacéis? ¡Camaradas, a
mí!
Rápido como el rayo, Dantés había querido arrojarse al mar; pero
los ojos infatigables y peritos del gendarme lo habían adivinado, y cuatro
brazos vigorosos le sujetaron cuando ya sus pies iban a abandonar el suelo de
la barca, después de lo cual volvió a caer en el fondo de ésta, rugiendo de
cólera.
‑¡Muy bien! ‑exclamó el gendarme poniéndole sobre el pecho una
rodilla‑. ¡Muy bien! ¡Así cumplís vuestras palabras de marino! ¡Quién se fía de
moscas muertas! Ahora, amiguito, si os movéis tan siquiera, os soplo una bala
en el cráneo. Falté a la primera parte de mi consigna, pero os juro que no
faltaré a la segunda.
Y Dantés sintió, en efecto, apoyado en su sien el cañón del
mosquetón.
De momento estuvo tentado de hacer el movimiento que se le prohibía
para acabar de una vez con aquella serie de inesperadas desgracias; pero por
lo mismo que eran inesperadas, no pudo creerlas duraderas, y con esto, y con
recordar las promesas de Villefort, y con parecerle indigna, preciso es
decirlo, aquella muerte a manos de un gendarme en el fondo de una lancha,
volvió a su sitio primero, sollozando de ira y retorciéndose las manos con
furor.
Casi en el mismo instante hizo temblar el barco un choque violentísimo.
Saltó uno de los remeros a la roca en que acababa de tocar la proa; crujió una
maroma enroscándose en una polea, y pudo comprender Edmundo que había llegado
al término del viaje y amarraban el bote.
En efecto, sus guardias, que le sujetaban a la vez por los
brazos y por el cuello, obligáronle a levantarse y a saltar a tierra,
impeliéndole hacia los escalones que conducían a la ciudadela, mientras que el
municipal los seguía detrás con la bayoneta calada.
Ya no hizo Dantés vanas resistencias. Su lentitud en el andar
más le producía la inercia que la resistencia, y daba traspiés como un borracho.
Veía escalonarse soldados por el camino; conoció que subía una escalera que le
obligaba a alzar los pies, y que entraba por una puerta, y que esta puerta se
cerraba detrás de él; pero todo maquinalmente, como a través de una nube, sin
distinguir nada con claridad. Ya ni siquiera veía el mar, esa fuente de dolores
para los presos, que contemplan su espacio afligidos por no poderlo salvar.
En un momento que hicieron alto, procuró Edmundo recogerse en sí
mismo, y darse cuenta de su situación. Miró en derredor, y vio que se
encontraba en un patio cuadrado de altísimas paredes; oíase a lo lejos el paso
acompasado de los centinelas, y tal vez cuando pasaban al resplandor
proyectado en los muros por dos o tres luces que había dentro del castillo,
veía brillar el cañón de sus fusiles.
Aguardaron allí como por espacio de diez minutos. Seguros de que
ya no podría escapárseles, los gendarmes habían abandonado a Dantés. Parecía
que esperasen órdenes, órdenes que al fin llegaron.
‑¿Dónde está el preso? ‑preguntó una voz.
‑Aquí ‑respondieron los gendarmes.
‑Que venga conmigo, voy a llevarle a su departamento.
‑Id ‑dijeron los gendarmes a Dantés.
Siguió el preso a su guía, que, en efecto, le condujo a una sala
casi subterránea, cuyas paredes negras y húmedas parecía que sudasen lágrimas.
Una especie de lámpara, de fétida grasa en vez de aceite, ardía sobre un banco
iluminando aquella mansión horrible. Con su luz pudo reconocer Dantés a su
conductor, carcelero subalterno, mal vestido y de mala facha.
‑He aquí vuestro cuarto para esta noche ‑le dijo‑ Es ya tarde y
el señor gobernador está acostado. Cuando mañana se levante, según las órdenes
que tenga, acaso os mudarán de domicilio. Mientras tanto, aquí tenéis pan, agua
en ese cántaro, y paja allí en un rincón. Es cuanto puede un preso desear.
Buenas noches.
Y antes de que Dantés hubiera pensado en contestar, antes que
reparase dónde ponía el pan el carcelero, antes que comprendiese dónde estaba
el cántaro ni en qué rincón la paja, había el carcelero cogido la lamparilla, y
cerrando la puerta, le había robado aquella mezquina luz, que como la de un
relámpago hizo distinguir al preso las grasientas paredes de su calabozo.
Por consiguiente, encontróse solo, en silencio y oscuridad, mudo
y triste como aquellas paredes cuyo frío glacial helaba el sudor de su frente.
Cuando el primer albor de la aurora envió a aquel antro un poco
de claridad, volvió el carcelero con orden de dejarle en el mismo calabozo.
Dantés ni siquiera había mudado de sitio, cual si una mano de hierro le hubiese
clavado en él la víspera. Inmóvil y con la cabeza baja, notábasele una
alteración solamente: casi cubiertos los ojos por una hinchazón producida por
la humedad.
Así había pasado toda la noche: de pie, sin dormir un solo
instante.
Acercósele el carcelero, y aún dio en torno suyo algunas
vueltas: pero parecía que Dantés no le veía. Al fin le dio un golpecito en la
espalda, que le hizo estremecer.
‑¿Habéis dormido? ‑le preguntó el carcelero.
‑No lo sé ‑respondió Dantés.
El carcelero le miró sorprendido.
‑¿Tenéis hambre? ‑prosiguió.
‑No lo sé ‑respondió de nuevo Dantés.
‑¿Queréis algo?
‑Quisiera ver al gobernador.
El carcelero se encogió de hombros y se marchó.
Siguióle Dantés con la vista, extendiendo los brazos a la puerta
entreabierta, pero ésta se cerró de repente.
Entonces su pecho se desgarró, por decirlo así, en un
interminable sollozo. Corrieron a torrentes las lágrimas que hinchaban sus
pupilas; púsose de hinojos con la frente pegada al suelo, y a rezar por largo
rato, repasando en su imaginación toda su vida pasada, y preguntándose qué
crimen había cometido en aquella vida tan corta aún para merecer tan duro
castigo, y así pasó todo el día.
Algunos bocados de pan y algunas gotas de agua fueron todo su
alimento. Ora se sentaba absorto en sus meditaciones, ora giraba en torno de su
cuarto como una fiera enjaulada.
Una idea le atormentaba sobre todas. Durante la travesía,
ignorando su destino, permaneció tranquilo a inmóvil, cuando pudo muchas veces
arrojarse al mar, donde gracias a que era gran nadador y buzo de los más
célebres de Marsella, hubiera escapado por debajo del agua a la persecución de
los gendarmes, y ganada la costa, huido a una isla desierta, con la esperanza
de que algún navío genovés o catalán le llevase a Italia o a España. Desde
allí escribiría a Mercedes que viniera a reunirse con él. Ni por asomo le
inquietaba la miseria en ninguna parte del mundo a que fuese, pues los buenos
marinos en todas son raros, sin contar que hablaba el italiano como un toscano,
y el español como un castellano viejo. De este modo, pues, habría vivido libre
y feliz con Mercedes y con su padre, que también se les juntaría, mientras en
la presente situación, encerrado en el castillo de If, sin esperanzas, ni aun
el consuelo tendría de saber de su padre y de Mercedes. ¡Y todo por haberse
fiado de las palabras de Villefort! Motivo era para perder el juicio.
A la misma hora de la mañana siguiente volvió el carcelero.
‑¿Seréis ya más razonable? ‑le preguntó.
Dantés no le respondía.
‑Vamos, valor ‑prosiguió aquél‑. ¿Deseáis algo que yo pueda
proporcionaros? Decidlo.
‑Deseo ver al gobernador.
‑¡Ea!, ya os dije que es imposible ‑repuso el carcelero con impaciencia.
‑¿Por qué?
‑Porque el reglamento no lo permite a los presos.
‑¿Qué es lo que les permite, entonces?
‑Que coman mejor, si lo pagan, que salgan a pasear y tal vez
lean.
‑Ni quiero leer, ni pasear, ni comer mejor. Sólo quiero ver al
gobernador.
‑Si me fastidiáis repitiéndome lo mismo ‑prosiguió el carcelero‑,
no os traeré de comer.
‑Pues me moriré de hambre, no me importa ‑dijo Dantés.
El acento de estas palabras dio a entender al carcelero que no
sería el morir desagradable a Edmundo; y como por cada preso tenía diez cuartos
diarios sobre poco más o menos, calculando el déficit que su falta le
ocasionaría, respondió en tono más dulce:
‑Escuchad: ese deseo es imposible; desechadlo, porque no hay
ejemplo de que haya bajado una sola vez el gobernador al calabozo de un preso;
pero si os portáis cuerdamente se os concederá pasear, con lo que acaso algún
día veáis al gobernador, y entonces podréis hablar con él.
‑Pero ¿cuánto tiempo ‑dijo Edmundo‑ tendré que esperar a que se
presente esa ocasión?
‑¡Diantre! ‑respondió el carcelero‑: Un mes, tres meses, medio
año o quizás un año entero.
‑Eso es mucho ‑exclamó Dantés‑. Quiero verle en seguida.
‑No seáis terco; no os empeñéis en ese imposible, o antes de
quince días os habréis vuelto loco.
‑¿Lo creéis así? ‑dijo Dantés.
‑Sí, loco; así es como empieza la locura. Aquí tenemos un ejemplar.
Con el tema de ofrecer un millón al gobernador si le ponía en libertad, ha
perdido el seso un abate que antes que vinierais ocupaba este calabozo.
‑¿Y cuánto tiempo hace que salió de aquí?
‑Dos años.
‑¿En libertad?
‑No, se le ha trasladado al subterráneo.
‑Escucha ‑dijo Dantés‑; yo no soy abate ni loco, que por desdicha
tengo aún completo mi juicio...; voy a hacerte una proposición.
‑¿Cuál?
‑No voy a ofrecerte un millón, porque no podría dártelo, pero sí
cien escudos, como quieras el primer día que vayas a Marsella llegar a los
Catalanes con una carta mía, para una joven que se llama Mercedes... ¿Qué digo
carta? Cuatro letras.
‑Si se descubriera que había llevado esas cuatro letras,
perdería mi destino, que vale mil libras anuales, sin contar las propinas y la
comida. ¿No será imbecilidad que yo aventure mil libras por trescientas?
‑Pues oye, y tenlo presente ‑dijo Edmundo‑. Si te niegas a avisar
al gobernador de que deseo hablarle; si te niegas a llevar mi carta a Mercedes,
o siquiera a notificarle que estoy preso aquí, te esperaré el día menos pensado
detrás de la puerta, y cuando entres te romperé el alma con ese banco.
‑¡Amenazas a mí! ‑exclamó el carcelero retrocediendo y poniéndose
en guardia‑. Por lo visto se os trastorna el juicio. Como vos principió el
abate: dentro de tres días estaréis como él, loco de atar. Por fortuna hay
subterráneos en el castillo de If.
Dantés cogió el banco y lo hizo girar en ademán amenazador.
‑¡Está bien! ¡Está bien! ‑dijo el carcelero‑; vos lo habéis querido.
Voy a prevenir al gobernador.
‑¡Enhorabuena! ‑respondió Dantés colocando el banco en su sitio,
y sentándose con la cabeza baja y la mirada vaga, como si realmente se hubiera
vuelto loco.
Salió el carcelero, y un momento después volvió con cuatro soldados
y un cabo.
‑De orden del gobernador ‑les dijo‑, llevad a este hombre a los
calabozos del piso bajo.
‑¿Al subterráneo? ‑preguntó el cabo.
‑Al subterráneo: los locos deben estar con los locos.
Los cuatro soldados se apoderaron de Dantés, que los seguía sin
ofrecer resistencia.
Bajaron quince escalones, y se abrió la puerta de un
subterráneo, en el que entró murmurando:
‑Tienen razón: los locos, con los locos.
La puerta se cerró y Dantés caminó hacia delante hasta tropezar
con la pared: entonces se acurrucó inmóvil en un ángulo, mientras sus ojos,
acostumbrados a la oscuridad, comenzaban a distinguir los objetos.
El
carcelero tenía razón. Poco le faltaba a Dantés para perder el juicio.
Capítulo noveno
La noche de bodas
Como hemos dicho, Villefort tomó el camino de la plaza del GrandCours,
y de la casa de la marquesa de Saint‑Meran, donde encontró a los convidados
tomando café en el salón, después de los postres.
Renata le aguardaba con una impaciencia de que participaban
todos, por lo que la acogida que tuvo fue una exclamación general.
‑¡Hola, señor corta‑cabezas, columna del Estado, moderno Bruto
realista! ‑exclamó uno de los presentes‑; ¿qué hay de nuevo?
‑¿Nos amenaza quizás otro régimen del Terror? ‑preguntó
otro.
‑¿Ha salido de su caverna el ogro de Córcega? ‑añadió un tercero.
‑Señora marquesa ‑dijo Villefort acercándose a su futura suegra‑,vengo
a suplicaros que me perdonéis. La necesidad me obliga a dejaros... ¿Tendré el
honor, señor marqués, de hablaros un instante en secreto?
‑¿Tan grave es el asunto...? ‑murmuró la marquesa al notar la
nube que ensombrecía el rostro de Villefort.
‑Tan grave que me obliga a despedirme de vos para una corta
ausencia. ¡Mirad si será grave! ‑añadió volviéndose a Renata.
‑¿Vais a partir? ‑exclamó Renata, sin poder ocultar la emoción que le causaba
esta noticia inesperada.
‑¡Ay, señorita!, es necesario‑ respondió Villefort.
‑¿Adónde vais? ‑preguntó la marquesa.
‑Es un secreto, señora; sin embargo, si alguno de estos señores
tiene algo que mandar para París, sepa que un amigo mío, que está a sus
órdenes, partirá esta misma noche.
Todos se miraron unos a otros.
‑¿No me habéis pedido una entrevista? ‑preguntó el marqués.
‑Sí, pasemos, si os place, a vuestro gabinete.
El marqués cogió del brazo a Villefort y salió con él.
‑Vamos, hablad, ¿qué es lo que ocurre? ‑exclamó el marqués
cuando llegaron al gabinete.
‑Cosas que creo de alta importancia, y que exigen que me
traslade a París inmediatamente. Ante todo, marqués, y perdonadme lo indiscreto
de la pregunta que os hago, ¿tenéis papel del Estado?
‑Tengo en papel toda mi fortuna. Unos seiscientos o setecientos
mil francos.
‑Pues vendedlo, vendedlo en seguida, o de lo contrario os vais a
ver arruinado.
‑¿Cómo queréis que desde aquí lo venda?
‑¿Verdad que tenéis un corresponsal banquero?
‑Sí.
‑Dadme una carta para él, encargándole que venda esos créditos
sin perder tiempo. Quizá llegaré tarde.
‑¡Diablo! ‑exclamó el marqués‑; entonces no perdamos ni un
minuto.
Y sentándose a la mesa se puso a escribir a su banquero una
carta, encargándole que vendiera a cualquier precio.
‑Ahora que tengo esta carta ‑dijo Villefort guardándola cuidadosamente
en su camera‑, necesito otra.
‑¿Para quién?
‑Para el rey.
‑¿Para el rey?
‑Sí.
‑Pero yo no me atrevo a escribir directamente a Su Majestad.
‑Tampoco os la pido a vos, sino que os encargo que se la pidáis
al señor de Salvieux. Es necesario que me dé una carta que me ayude a llegar
hasta el rey sin las formalidades y etiquetas que me harían perder un tiempo
precioso.
‑Pero ¿no podría serviros el guardasellos de intermediario?
Tiene entrada en las Tullerías a todas horas.
‑Sí, mas no quiero partir con otro el mérito de la nueva de que
soy portador. ¿Comprendéis? El guardasellos se lo apropiaría todo, hasta mi
parte en los beneficios. Baste, marqués, con esto que digo. Mi fortuna está
asegurada si llego antes que nadie a las Tullerías, porque voy a prestar al rey
un servicio que jamás podrá olvidar.
‑En ese caso, amigo mío, id a hacer vuestros preparativos, mientras
hago yo que Salvieux escriba esa carta.
‑No perdáis tiempo. Dentro de un cuarto de hora tengo que estar
en la silla de postas.
‑Haced parar el carruaje en la puerta.
‑Me disculparéis, ¿no es verdad?, con la señora marquesa y con
Renata, a quien dejo en ocasión tan grata con el más profundo sentimiento.
‑En mi gabinete las encontraréis a la hora de vuestra partida.
‑Gracias mil veces. No olvidéis la carta.
El marqués llamó y poco después se presentó un lacayo.
‑Decid al conde de Salvieux que le espero aquí. Ya podéis iros ‑continuó
el marqués dirigiéndose a Villefort.
‑Bueno; al instante estoy de regreso.
Y Villefort salió de la estancia apresuradamente; pero
ocurriósele al llegar a la calle que un sustituto del procurador del rey podría
ocasionar la alarma de un pueblo con que se le viese andar muy de prisa.
Volvió, pues, a su paso ordinario, que era en verdad, digno de un juez.
Junto a la puerta de su casa parecióle distinguir una cosa como
un fantasma blanco que le esperaba inmóvil.
Era la linda catalana, que al no tener noticias de Edmundo, iba
a enterarse por sí misma de la causa del arresto de su amante.
Al acercarse Villefort salióle al paso, destacándose de la pared
en que se apoyaba. Como Dantés le había hablado ya de su novia, nada tuvo que
hacer Mercedes para que la reconociera. Villefort, sorprendido de la belleza y
dignidad de aquella mujer, y cuando le preguntó el paradero de su amado, le
pareció que él era el acusado y ella el juez.
‑El hombre de quien habláis ‑dijo Villefort‑ es un gran criminal,
y en nada puedo favorecerle, señorita.
Mercedes lanzó un gemido, y detuvo a Villefort al ver que éste
intentaba proseguir su camino.
‑Pero decidme al. menos dónde está, para que pueda siquiera informarme
de si vive aún o ha muerto.
‑Ni lo sé, ni eso me atañe a mí ‑respondió Villefort.
Y molestado por aquellos ojos penetrantes y aquel ademán de súplica,
rechazó Villefort a Mercedes, y entró en su casa cerrando apresuradamente la
puerta y dejando a la joven entregada al dolor y a la desesperación.
Pero el dolor no se deja rechazar tan fácilmente. Parecido a la
flecha mortal de que habla Virgilio, el hombre herido por él lo lleva siempre
consigo.
Aunque había cerrado la puerta, al llegar Villefort a su
gabinete sintió que sus piernas flaqueaban, y lanzando, más que un suspiro, un
sollozo, dejóse caer en un sillón.
Entonces brotó en el fondo de aquel pecho enfermo el primer germen
de una úlcera mortal. Aquel hombre sacrificado a su ambición, aquel inocente
que pagaba culpas de su propio padre, apareciósele pálido y amenazador,
acompañado de su novia, pálida como él, y seguido del remordimiento, no del
remordimiento que hace enloquecer al que lo sufre como en los antiguos
sistemas fatalistas, sino de ese sordo y doloroso golpear sobre el corazón, que
a veces nos hiere como el recuerdo de un crimen casi olvidado, herida cuyos
dolores ahondan la llaga que nos conduce a la muerte.
El alma de Villefort todavía vaciló un instante. Había
pronunciado muchas sentencias de muerte sin otra emoción que la de la lucha moral
del juez con los reos; y aquellos reos ajusticiados gracias a su terrible
elocuencia, que convenció al jurado y a los jueces, no puso en su frente una
sola arruga, porque aquellos hombres eran criminales, por lo menos en la
opinión del sustituto. Mas ahora variaba la cuestión; acababa de aplicar la
reclusión perpetua a un inocente que iba a ser feliz, arrebatándole la felicidad
y además la libertad; ya no era juez, era verdugo. Y al pensar en esto empezaba
a sentir ese sordo golpear que hemos descrito, desconocido de él hasta
entonces; oído en el fondo de su corazón, llenando su mente de quimeras. De
este modo un dolor instintivo y violento notifica a los que sufren que no deben
sin temblar poner el dedo en sus llagas antes que se cicatricen.
Pero la de Villefort era de esas que no se cicatrizan nunca, o
que se cierran aparentemente para volver a abrirse más enconadas y dolorosas.
Si en esta situación la dulce voz de Renata le hubiera
recomendado clemencia; si entrara la bella Mercedes a decirle: “En nombre de
Dios que nos ve y nos juzga, devolvedme a mi prometido” ¡Oh!, sí, aquella
voluntad doblegada al cálculo hubiese cedido, y sin duda con sus manos frías, a
riesgo de perderlo todo, hubiera firmado inmediatamente la orden de poner a
Dantés en libertad; sin embargo, ninguna voz le habló al oído, ni se abrió la
puerta sino para el criado que vino a anunciarle que los caballos estaban ya
enganchados a la silla de posta.
El sustituto se levantó, o mejor dicho, saltó de la silla como
aquel que triunfa de una lucha secreta, y corriendo a su bufete puso en sus
bolsillos todo el oro que encerraban sus cajones. Luego dio por la estancia
dos o tres vueltas con las manos en la frente, articulando palabras sin
sentido, hasta que los pasos del ayuda de cámara que venía a ponerle la capa,
le sacaron de su éxtasis, y lanzándose al carruaje ordenó lacónicamente que
parara en la calle de Grand‑Cours, en casa del marqués de Saint‑Meran.
El infortunado Dantés estaba condenado.
Como le había prometido el señor de Saint‑Meran, Renata y la marquesa
estaban en su gabinete. Al ver a la joven tembló el sustituto: porque pensaba
que le pediría de nuevo la libertad del preso; pero, ¡ay!, que es forzoso
decirlo para afrenta de nuestro egoísmo, la linda joven sólo pensaba en una
cosa: en el viaje que Villefort iba a emprender.
Le amaba, y Villefort iba a partir en el mismo instante en que
habían de enlazarse para siempre, y sin anunciar cuándo volvería. En vez de
compadecer a Edmundo, Renata maldijo al hombre que con su crimen la separaba de
su amado.
¿Qué era entretanto de Mercedes?
La pobre había encontrado a Fernando en la esquina de la calle
de la Logia, a Fernando, que había seguido sus huellas, y volviendo a los
Catalanes se arrojó en su lecho moribunda y desesperada. De rodillas y
acariciando una de sus heladas manos, que Mercedes no pensaba en retirar,
Fernando la cubría de ardientes besos, ni siquiera sentidos de ella.
Así transcurrió la noche. Cuando no tuvo aceite se apagó la
lámpara; pero Mercedes no advirtió la oscuridad, como no había advertido la
luz. Hasta la aurora vino sin que ella la advirtiese.
El dolor había puesto en sus ojos una venda que no la dejaba ver
más que a Edmundo.
‑¡Ah! ¿Estáis aquí? ‑exclamó al fin volviéndose a Fernando.
‑Desde ayer no os he abandonado un momento ‑respondió éste
lanzando un suspiro.
El señor Morrel, por su parte, no se había desanimado: supo que
Dantés, después de su interrogatorio, fue conducido a una prisión, y entonces
corrió a casa de todos sus amigos, y con todas aquellas personas de Marsella
que gozaban de alguna influencia; pero ya corría el rumor de que Dantés había
sido preso por agente bonapartista, y como en esa época hasta los visionarios
tenían por insensatez cualquier tentativa de Napoleón para recobrar su trono,
el buen Morrel, acogido con frialdad de todos, regresó a su casa desesperado,
aunque confesando que el lance era crítico, y que nadie podría disminuir su
gravedad.
Caderousse también se había inquietado mucho por su parte. En
lugar de revolver el mundo como Morrel, en vez de hacer algo por Edmundo,
encerróse con dos botellas en su cuarto, a intentó ahogar su inquietud por
medio de la embriaguez.
Pero en la situación moral en que se hallaba era poco dos
botellas para hacerle perder el juicio. Lo perdió, sin embargo, lo suficiente
para impedirle que fuese a buscar más vino, y demasiado poco para borrar sus
recuerdos; con lo que, puesta la cabeza entre las manos sobre la mesa coja, y
al lado de sus dos botellas, se quedó como si dijéramos entre dos luces,
viendo danzar a la de su candil aquellos espectros de que ha henchido Hoffman
sus libros empapados en ron.
Danglars era el único que no estaba inquieto ni atormentado,
sino más bien alegre, por haberse vengado de un enemigo, asegurando en El
Faraón su empleo que temía perder. Danglars era uno de esos hombres
calculistas que nacen con una pluma detrás de la oreja y un tintero por
corazón. Para él todas las cosas del mundo eran sumas o restas, y un número de
más importancia que un hombre, cuando el número podía aumentar la suma que el
hombre podía disminuir.
Danglars se había acostado a la hora de costumbre y durmió tranquilamente.
Después de recibir Villefort la carta del señor Salvieux, y
besado a Renata en las dos mejillas y en la mano a la marquesa de Saint‑Meran,
y de despedirse del marqués con un apretón de manos, corría la posta por el
camino de Aix.
El padre de Dantés se moría de dolor y de inquietud.
En cuanto a Edmundo, ya sabemos cuál era su suerte.
Capítulo diez
El gabinete de las Tullerías
Dejemos entretanto a Villefort camino de París, gracias a ir
derramando dinero, y atravesando los dos o tres salones que le preceden,
penetremos en aquel gabinetito ovalado de las Tullerías, famoso por haber sido
la estancia favorita de Napoleón, de Luis XVIII y de Luis Felipe.
Sentado a una mesa, que procedía de Hartwel, y que por una de
esas manías comunes a los altos personajes tenía en particular estimación, el
rey Luis XVIII escuchaba distraído a un hombre de cincuenta a cincuenta y dos
años, cabello cano y continente aristocrático y pulcro.
Sin dejar de escucharle iba haciendo anotaciones en el margen de
un volumen de Horacio, de. la edición de Griphins, que aunque incorrecta es la
más estimada, y que se prestaba mucho a las sagaces observaciones filosóficas
del rey.
‑¿Decíais, pues, caballero...? ‑murmuró el rey.
‑Que estoy muy inquieto, señor.
‑¿De veras? ¿Habéis visto acaso en sueños siete vacas gordas y
siete flacas?
‑No, señor, pues esto anunciaría solamente siete años de abundancia
y otros siete de hambre, que con un rey tan previsor como Vuestra Majestad no
se deben de temer.
‑Pues ¿qué otros cuidados os apenan, mi querido Blacas?
‑Creo, señor, y lo creo fundamentalmente, que se va formando una
tempestad hacia el lado del Mediodía.
‑Y bien, mí querido conde ‑respondió Luis XVIII‑; os creo mal
informado, y sé positivamente que hace muy buen tiempo allá abajo.
Aunque hombre de talento, Luis XVIII gustaba a veces de
burlarse.
‑Señor ‑dijo el señor de Blacas‑, aunque no fuese sino para
tranquilizar a un fiel servidor, ¿no podría Vuestra Majestad enviar al
Languedoc, a la Provenza y al Delfinado hombres fíeles que informaran sobre la
situación política de aquellas tres provincias.
‑Canimus surdis ‑respondió el rey, prosiguiendo en sus
notas a Horacio.
‑Señor ‑repuso el cortesano, sonriéndose para dar a entender que
comprendía el hemistiquio del poeta de Venusa‑; señor, Vuestra Majestad puede
confiar en el espíritu público reinante en Francia; pero yo creo tener también
mis razones para temer alguna tentativa desesperada.
‑¿De quién?
‑De Bonaparte, o por lo menos, de sus partidarios.
‑Mí querido Blacas ‑dijo el rey‑, vuestros temores no me dejan
trabajar.
‑Y vos,
señor, con vivir tan tranquilo, me quitáis el sueño.
‑Esperad, esperad. Se me ocurre una excelente nota acerca de
aquello del Pastor cum traheret. Ya continuaréis luego.
Hobo un momento de silencio, durante el cual Luis XVIII escribió
con una letra todo lo microscópica que pudo, una nota nueva al margen de su
Horacio, y dijo luego, levantándose con la satisfacción del que se imagina
haber concebido una idea, cuando no ha hecho sino comentar las de otro:
‑Proseguid, querido conde, proseguid.
‑Señor ‑dijo Blacas, que por un momento abrigó la esperanza de
explotar a Villefort en su favor‑, obligado me veo a deciros que no son simples
rumores lo que sin fundamento me inquieta. Un hombre merecedor de mi
confianza, un hombre de saber, a quien he dado el encargo de vigilar el
Mediodía (el conde vaciló al pronunciar estas palabras), llega en posta en este
mismo instante a decirme: «El rey está amenazado de un gran peligro.» Por eso
he venido a advertiros, señor.
‑Mala ducis avi domum ‑continuó anotando Luis XVIII.
‑¿Me ordena Vuestra Majestad que no insista en eso otra vez?
‑No, mi querido conde, pero alargad la mano.
‑¿Cuál?
‑La que queráis..., ahí a la izquierda...
‑¿Aquí, señor?
‑Dígoos que a la izquierda y buscáis a la derecha... guise decir
a mi izquierda. Hallaréis ahí un informe del ministro de policía con fecha de
ayer. Pero, ¡calla!, aquí aparece en persona el señor Dandré... ¿No habéis
dicho que era el señor Dandré? ‑‑exclamó Luis XVIII dirigiéndose al ujier, que
en efecto acababa de anunciar al ministro de la policía.
‑Sí, señor, el barón de Dandré‑repuso el ujier.
‑Justamente ‑repuso Luis XVIII con imperceptible sonrisa‑.
Entrad, barón, entrad, y decid al duque lo que sepáis más reáente del señor de
Bonaparte. No disimuléis la gravedad de la situación, si la tiene, sea lo que
fuere... Veamos: ¿es en efecto la isla de Elba un volcán pronto a vomitar sobre
nosotros las llamas de la guerra: bella, horrida bella?
El señor Dandré pavoneóse con gracia, apoyando las manos en el
respaldo de un sillón, y contestó:
‑¿Se ha dignado Vuestra Majestad pasar los ojos por mi informe
de ayer?
‑Sí, sí, pero decídselo al conde, decidle lo que reza este
informe, que no puede encontrar. Explicadle lo que hace el usurpador en su
isla.
‑Señor ‑dijo el barón al conde‑, todos los vasallos de Su Majestad
deben de regocijarse con las noticias que tenemos de la isla de Elba.
Bonaparte...
Y el señor Dandré fijó los ojos en Luis XVIII, que, ocupado en
escribir una nota, no levantó la cabeza.
‑Bonaparte ‑continuó el barón‑ se aburre mucho, y pasa los días
de sol a sol viendo trabajar a los mineros de Porto‑Longonne.
‑Y se rasca para distraerse ‑añadió el monarca.
‑¿Se rascal ‑preguntó el conde‑; ¿qué quiere decir Vuestra
Majestad?
‑¿Olvidáis, mi querido conde, que ese coloso, ese héroe, ese semidiós
sufre de una enfermedad cutánea que le consume?
‑Y hay más, señor conde ‑continuó el ministro de policía‑:
estamos casi seguros de que dentro de poco tiempo estará loco,
‑¿Loco?
‑De remate: su cabeza se debilita. Tan pronto llora a mares como
ríe a carcajadas. Otras veces se pasa las horas muertas arrojando al agua
piedrecitas, y al verlas rebotar en la superficie se queda tan satisfecho como
si hubiera ganado otro Marengo a otro Austerlitz. No me negaréis que éstos son
síntomas de locura.
‑O de sobrado juicio, señor barón ‑dijo Luis XVIII riendo‑;
arrojando piedrecitas a la mar se solazaban los grandes capitanes del tiempo
antiguo. Leed si no en Plutarco la vida de Escipión el Africano.
A la vista de estos dos hombres tan tranquilos, el señor de
Blacas vaciló unos instantes; porque Villefort no había querido decirle todo lo
que sabía, sino lo que bastaba a alarmarle, para no perder todo el valor de su
secreto.
‑Vamos, vamos, Dandré ‑‑dijo Luis XVIII‑, Blacas aún no está
convencido. Contadle la conversión del usurpador.
El ministro de policía se inclinó.
‑¿Conversión del usurpador? ‑murmuró el conde mirando al rey y a
Dandré‑. ¿El usurpador se ha convertido?
‑Del todo, querido conde.
‑Pero ¿a qué?
‑A los buenos principios. Vamos, explicádselo, barón.
‑Escuchad, pues... ‑dijo el ministro con mucha gravedad‑. Hace
unos días, ha pasado Napoleón una revista, en que dos o tres de sus viejos
gruñones, como él los llama, manifestaron deseos de volver a Francia, en lo
que consintió exhortándoles a servir a su buen rey. Tales fueron sus propias
palabras, señor conde, lo sé de buena tinta.
‑Y ahora, Blacas, ¿qué diréis? ‑exclamó el triunfante monarca
dejando de compulsar el volumen que tenía abierto delante de él.
‑Digo, señor, que o el ministro de policía o yo nos equivocamos;
peso como es imposible que el equivocado sea él, que tiene el cargo de velar
por Vuestra Majestad, es más probable que yo lo sea. No obstante, señor, yo en
lugar vuestro interrogaría por mí mismo a la persona que aludo; y por mi parte
insistiré en que siga Vuestra Majestad este consejo.
‑Enhorabuena, conde. Presentádmelo y lo recibiré; pero con las
armas en la mano. Señor ministro, ¿tenéis algún parte de fecha más moderna que
éste, que es del 20 de febrero y estamos a 3 de marzo?
‑No, señor; pero lo estaba esperando de un momento a otro,
cuando salí esta mañana, y es posible que haya llegado durante mi ausencia.
‑Id, pues, a la prefectura, y si no ha llegado..., ejem...,
ejem... ‑dijo riendo Luis XVIII‑, inventad uno. ¿Sería la primera vez...? ¿Eh?
‑¡Oh, señor! ‑‑dijo el ministro‑, a Dios gracias, nada hay que
inventar en cuanto a eso; porque todos los días nos llueven denuncias, y muy
detalladas, de infelices que creen hacer un servicio y esperan que se les
pague. La mayor parte ven visiones; pero esperan que la casualidad las
convierta hoy o mañana en realidad.
‑Está bien, id, y tened en cuenta que os espero ‑dijo el rey
Luis XVIII.
‑No haré sino it y volver. Antes de diez minutos estoy de
vuelta.
‑Yo, señor, voy en busca de mi mensajero ‑dijo el señor de
Blacag.
‑Aguardad, aguardad un instante ‑respondió Luis XVIII‑. A decir
verdad, conde, debo cambiaros las armas del escudo: pondréis desde ahora un
águila volando con una presa entre sus garras que pugna en vano por
escapársele, y esta divisa: Tenax.
‑Ya escucho, señor‑dijo impaciente el señor de Blacas.
‑Quería consultaros sobre este pasaje: Molli fugies anhelitu...,
ya sabéis..., se trata del ciervo que huye del lobo. ¿No sois cazador, y de
lobos? Entonces, ¿qué os parece el molli anhelitu?
‑¡Admirable, señor!, pero mi hombre es como el ciervo de que
habláis. En tres días escasos ha recorrido doscientas veinte leguas, en silla
de posta.
‑Buena tontería, cuando el telégrafo sin cansarse nada gasta
tres o cuatro horas solamente.
‑¡Ah, señor!, qué mal pagáis a ese pobre joven, que viene tan
apresurado a dar a Vuestra Majestad un aviso útil. Aunque no sea sino por el
señor de Salvieux que me lo recomienda, os ruego que le recibáis bien.
‑¿El señor de Salvieux, el chambelán de mi hermano?
‑El mismo.
‑Está efectivamente en Marsella.
‑Desde allí me ha escrito,
‑¿Os habla también de esa conspiración?
‑No; pero me recomienda al señor de Villefort, encargándome que
le traiga a la presencia de Vuestra Majestad.
‑¡El señor de Villefort! ‑exclamó el rey‑. ¿Ese mensajero es el
señor de Villefort?
‑Sí, señor.
‑¿Y es el que viene de Marsella?
‑En persona.
‑¿Por qué no me dijisteis su nombre desde un principio? ‑exclamó
el rey, cuyo semblante reflejó de repente cierto aire de inquietud.
‑Creía que os era desconocido.
‑No, no, Blacas; es un hombre de talento, de miras elevadas y sobre
todo ambicioso. Me parece que vos conocéis de nombre a su padre.
‑¿A su padre?
‑Sí, a Noirtier.
‑¿Noirtier, el girondino? ¿Noirtier, el senador?
‑Exacto.
‑¡Y Vuestra Majestad emplea al hijo de semejante hombre!
‑Blacas, amigo mío, vos no sabéis vivir. ¿No os dije que
Villefort es ambicioso? Por medrar sacrificará hasta a su padre.
‑Conque ¿le traigo?
‑En seguida, en seguida... ¿Dónde está?
‑Debe de esperarme abajo, en su carruaje.
‑Id a buscarle.
‑Voy en seguida.
El conde salió de la cámara con la rapidez de un joven, porque
su sincero realismo le prestaba el ardor propio de los veinte años, y se
quedó Luis XVIII solo, volviendo a hojear el libro entreabierto
y murmurando:
Justum et tenacem propositi virum.
Con la misma rapidez volvió el señor de Blacas; pero en la antecámara
se vio obligado a invocar la autoridad del rey, porque el traje empolvado y no
conforme a la etiqueta de Villefort alarmó al señor de Brezé, que no comprendía
cómo un hombre pudiera atreverse a presentarse al rey de aquella manera.
Pero el conde allanó todos los obstáculos con esta sola frase: Por
orden de Su Majestad; y a pesar de cuantas reflexiones hizo el maestro de
ceremonias, penetró Villefort en la cámara regia.
El rey se hallaba sentado donde le dejara Blacas, por lo que al
abrir la puerta Villefort hallóse frente a frente del monarca. En el primer
momento, el joven magistrado se detuvo, titubeando.
‑Entrad, señor de Villefort ‑le dijo el rey‑, entrad.
Saludó el sustituto adelantándose algunos pasos y esperando que
le interrogaran.
‑Señor de Villefort ‑continuó Luis XVIII‑, asegura el señor de
Blacas que tenéis que hacernos importantes revèlaciones.
‑Señor, el conde tiene razón, y espero que Vuestra Majestad se
la dará también por su parte.
‑Pero, ante todo, decidme, ¿es en vuestra opinión el mal tan grave
como me lo quieren hacer creer?
‑Señor, yo lo creo gravísimo, pero no irreparable, merced a mis
precauciones. Así lo espero.
‑Hablad, hablad todo lo que queráis, caballero ‑dijo el rey, que
empezaba a contagiarse del temor del señor Blacas y del que revelaba también la
voz de Villefort‑; hablad y, sobre todo, comenzad por el principio, porque me
gusta el orden en todas las cosas.
‑Señor ‑dijo Villefort‑, haré a Vuestra Majestad una relación
muy fiel del asunto; pero suplicándole de paso que disculpe la oscuridad que
acaso ponga en mis palabras mi presente turbación.
Una mirada del rey después de este exordio insinuante, aseguró a
Villefort de que se le escuchaba con benevolencia.
‑Señor ‑continuó‑, he venido a París con toda la celeridad posible,
a anunciar a Vuestra Majestad que en el ejercicio de mis funciones he
descubierto, no una de esas conspiraciones vulgares a insignificantes, como
las que se urden todos los días, así por el ejército como por las gentes del
pueblo, sino una verdadera conspiración que amenaza nada menos que al trono de
Vuestra Majestad. Señor, el usurpador se ocupa en armar tres navíos: medita un
proyecto, insensato quizá, pero por esto mismo, terrible. En estos momentos
debe de
haber salido de la isla de Elba, ignoro en qué dirección, pero
seguramente intentará un desembarco en Nápoles, en las costas de Toscana, o
quizás en nuestro mismo suelo. Vuestra Majestad no ignora que el soberano de la
isla de Elba mantiene aún relaciones con Italia y con Francia.
‑Sí, lo sé, caballero ‑dijo el rey muy conmovido‑, y hace poco
nos avisaron de que en la calle de Santiago se efectuaban reuniones
bonapartistas. Pero continuad, os lo ruego. ¿Cómo obtuvisteis esas noticias?
‑Son el resultado de un interrogatorio que hice a un hombre de
Marsella a quien de mucho tiempo atrás vigilaba. Le hice prender el mismo día
de mi marcha. Aquel hombre, marino revoltoso, y bonapartista acérrimo, ha ido
a la isla de Elba secretamente, donde el gran mariscal le encargó una misión
verbal para cierto bonapartista de París, cuyo nombre no he podido arrancarle:
esta misión se reducía a encargar al bonapartista que preparase los ánimos a
una restauración (tened presente, señor, que copio el interrogatorio),
restauración que no puede menos de estar próxima.
‑¿Y qué ha sido de ese hombre? ‑preguntó Luis XVIII.
‑Está preso, señor.
‑Así, pues, ¿os parece tan grave el asunto?
‑Tan grave, señor, que la primera noticia me sorprendió en una
fiesta de familia, el día de mi boda, y lo he abandonado todo en el mismo
momento para venir a demostrar a Vuestra Majestad mis temores y mi adhesión.
‑Es cierto ‑dijo Luis XVIII‑. ¿No existía un proyecto de matrimonio
entre vos y la señorita de Saint‑Meran?
‑Hija de uno de los más fieles servidores de Vuestra Majestad.
‑Sí, sí; pero volvamos a ese complot, señor de Villefort.
‑Temo que sea más que un complot, una conspiración.
‑Una conspiración en estos tiempos ‑repuso sonriendo Luis XVIII‑,
es cosa muy fácil de proyectar, pero difícil de llevar a cabo, porque
restablecidos como quien dice ayer en el trono de nuestros abuelos, estamos
amaestrados por el presente, por el pasado y para el porvenir. De diez meses a
esta parte redoblan mis ministros su vigilancia en el litoral del Mediterráneo.
Si desembarcara Napoleón en Nápoles, antes de que llegase a Piombino, se levantarían
en masa los pueblos coaligados; si desembarca en Toscana, aquel país es su
enemigo; si en Francia, ¿quién le seguiría?: un puñado de hombres, y fácilmente
le haríamos desistir de su intento, mayormente cuando tanto le aborrece el
pueblo. Tranquilizaos pues, caballero; mas no por eso estéis menos seguro de nuestra
real gratitud.
‑Aquí está el señor barón de Dandré ‑exclamó en esto el conde de
Blacas.
En efecto, en este mismo instante asomaba en la puerta el
ministro de policía, pálido y tembloroso: sus miradas vacilaban como si estuviese
a punto de desmayarse.
Villefort
dio un paso para salir; pero le retuvo un apretón de manos del señor de Blacas.
Capítulo once
El ogro de Córcega
Al contemplar aquel rostro tan alterado, el rey Luis XVIII rechazó
violentamente la mesa a que estaba sentado.
‑¿Qué tenéis, señor barón? ‑exclamó‑. ¡Estáis turbado y vacilante!
¿Tiene alguna relación eso con lo que decía el conde de Blacas, y lo que acaba
de confirmarme el señor de Villefort?
Por su parte el conde de Blacas se acercó también al barón; pero
el miedo del cortesano impedía el triunfo del orgullo del hombre. En efecto, en
aquella sazón era más ventajoso para él verse humillado por el ministro de
policía, que humillarle en cosa de tanto interés.
‑Señor... ‑balbució el barón.
‑Acabad ‑dijo Luis XVIII.
Cediendo entonces el ministro de policía a un impulso de desesperación,
corrió a postrarse a los pies del rey, que dio un paso hacia atrás frunciendo
las cejas.
‑¿No hablaréis? ‑dijo.
‑¡Oh, señor! ¡Qué espantosa desgracia! ¿No soy digno de lástima?
Jamás me consolaré.
‑Caballero ‑dijo Luis XVIII‑, os mando que habléis.
‑Pues bien, señor, el usurpador ha salido de la isla de Elba el
26 de febrero, y ha desembarcado el 1 de marzo.
‑¿Dónde? ‑preguntó el rey vivamente.
‑En Francia, señor, en un puertecillo cercano a Antibes, en el
golfo Juan.
‑¡Cómo! El usurpador ha desembarcado en Francia, cerca de Antibes,
en el golfo Juan, a doscientas cincuenta leguas de París el día 1 de marzo, y
hasta hoy, 3, no sabéis esta noticia... ¡Eso es imposible, caballero! Os han
informado mal o estáis loco.
‑¡Ay, señor! Ojalá fuera como decís.
Hizo Luis XVIII un inexplicable gesto de cólera y de espanto, levantándose
de repente como si este golpe imprevisto le hiriese a la par en el corazón y en
el rostro.
‑¡En Francia! ‑exdamó‑. ¡El usurpador en Francia!, pero ¿no se
vigilaba a ese hombre? ¿Quién sabe si estarían de acuerdo con él?
‑¡Oh, señor! ‑‑exclamó el conde de Blacas‑, a una persona como
el barón de Dandré no se le puede acusar de traición. Todos estábamos ciegos,
alcanzando también nuestra ceguera al ministro de policía. Este es todo su
crimen.
‑Pero... ‑dijo Villefort, y repuso al momento reportándose‑.
Perdón, señor, perdón, mi celo me hace audaz. Dígnese Vuestra Majestad
excusarme.
‑Hablad, caballero, hablad libremente ‑contestó el rey Luis
XVIII‑. Ya que nos habéis prevenido del mal, ayudadnos a buscarle el remedio.
‑Todo el mundo, señor, aborrece a Bonaparte en el Mediodía;
paréceme que si osa penetrar en su territorio, fácilmente se logrará que la
Provenza y el Languedoc se subleven contra él.
‑Sin duda ‑dijo el ministro‑; pero viene por Gap y Sisteron.
‑¡Viene! ‑exclamó Luis XVIII‑. ¿Viene a París?
El silencio del ministro equivalía a una confesión.
‑¿Y creéis, caballero, que podamos sublevar el Delfinado como la
Provenza? ‑preguntó el rey a Villefort.
‑Lamento infinito, señor, decir a Vuestra Majestad una verdad
cruel; pero las opiniones del Delfinado son muy diferentes de las de la
Provenza y el Languedoc. Los montañeses, señor, son bonapartistas.
‑Vamos ‑murmuró Luis XVIII‑, bien sabe lo que se hace. ¿Y
cuántos hombres tiene?
‑Señor, me es imposible decirlo a Vuestra Majestad porque lo ignoro‑dijo
el ministro de policía.
‑¡No lo sabéis! ¿No os habéis informado de esta circunstancia?
En verdad que no es importante ‑añadió el rey con una sonrisa irónica.
‑No pude informarme, señor. El despacho anunciaba solamente el
desembarco y el camino que trae el usurpador.
‑¿Por qué medio habéis recibido ese despacho?
El ministro bajó la cabeza, y el bochorno se pintaba en su semblante.
‑Por el telégrafo, señor ‑dijo Dandré.
Luis XVIII dio un paso hacia atrás cruzándose de brazos, como
Napoleón hubiera hecho, y dijo pálido de cólera:
‑¡Conque una coalición de siete ejércitos ha derrocado a ese hombre,
conque un milagro de Dios me ha restituido el trono de mis padres tras
veintitrés años de exilio, conque he estudiado, sondeado y analizado en ese
destierro los hombres y las cosas de esta Francia, mi tierra de promisión, para
que, al llegar al goce de mis anhelos, el mismo poder de que dispongo se
escape de mis manos para aniquilarme!
‑Señor, es la fatalidad... ‑murmuró el ministro, aplastado por
aquellas abrumadoras palabras.
‑¿De modo que es verdad lo que murmuraban nuestros enemigos?
¿Nada hemos aprendido? ¿Nada hemos olvidado? Si me vendiesen como a él le
vendieron, me consolaría; pero estar rodeado de personas encumbradas por mí,
que deben velar por mí, con más cuidado que por ellas mismas, porque mi fortuna
es su fortuna, porque no eran nada antes que yo subiese al trono, porque nada
serán si yo caigo, y caer, y por torpeza, y por incapacidad. ¡Ah! ¡Cuánta
razón tenéis, señor mío, la fatalidad... !
El ministro se inclinaba bajo el peso de tan terrible anatema;
Blacas se limpiaba la frente cubierta de sudor, y Villefort, viendo crecer su
importancia, estaba satisfecho en su fuero interno.
‑¡Caer...! ‑prosiguió Luis XVIII, que de una sola mirada sondeó
el abismo que amenazaba tragar su trono‑. ¡Caer! ¡Y saber por el telégrafo la
noticia! ¡Oh!, mejor quisiera subir al cadalso de mi hermano Luis XVI, que
bajar así las escaleras de las Tullerías, expuesto de ese modo al ridículo...
¿Sabéis, caballero, lo que el ridículo puede en Francia? No lo sabéis, aunque
debíais de saberlo.
‑Señor, ¡señor! ‑murmuró el ministro‑, ¡por piedad!
‑Acercaos, señor de Villefort ‑continuó el rey encarándose con
el joven, que de pie y un tanto retirado observaba el desarrollo de esta
conversación, en que se trataba el destino de un reino‑, acercaos y decid a
este caballero que pudo saber antes lo que no supo.
‑Señor, era materialmente imposible adivinar proyectos que el
usurpador ocultaba a todo el mundo.
‑¡Materialmente imposible! ¡Gran palabra! Desgraciadamente hay
palabras tan grandes como grandes hombres: ya conozco a ellas y a ellos.
¡Imposible a un ministro que cuenta con una administración, con oficinas, con
agentes, con gendarmes, con espías, con un millón y quinientos mil francos de
fondos secretos, imposible saber lo que pasa a sesenta leguas de las costas de
Francia! Pues oíd: este caballero no contaba con ninguno de tales recursos;
este caballero, simple magistrado, sabía más que vos con toda vuestra policía,
y hubiese salvado mi corona a tener como vos el derecho de dirigir un telégrafo.
El ministro miró con una expresión de despecho a Villefort, que
inclinó la cabeza con la modestia del triunfo.
No lo digo por vos, Blacas ‑continuó Luis XVIII‑, pues si bien
nada habéis descubierto, tuvisteis al menos la cordura de sospechar, y
sospechar con perseverancia. Otro hombre, acaso hubiera tenido por
intrascendente la revelación del señor Villefort, o por hija de una innoble
ambición.
Estas palabras aludían a las que el ministro de policía
pronunció tan sobre seguro una hora antes.
Villefort comprendió perfectamente al rey. Otro en su lugar
acaso se desvaneciera con el humo de la alabanza; pero temió, crearse un
enemigo mortal en el ministro de policía, aunque lo tuviese por hombre perdido
sin remedio. En efecto, aquel ministro que en la plenitud de su poder no supo
adivinar el secreto de Napoleón, podía en sus últimos instantes de vida
política descubrir el de Villefort, solamente con interrogar a Dantés. Por
esto, en vez de cebarse en el caído le alargó la mano.
‑Señor ‑dijo‑‑, la rapidez de este suceso debe probar a Vuestra
Majestad que sólo Dios podía impedirlo. Lo que Vuestra Majestad achaca en mí a
una perspicacia notable, es hijo del acaso pura y simplemente. Lo he
aprovechado como un servidor fiel, y nada más. No me concedáis mérito mayor que
el que tengo, para no veros obligado a recobrar la primera opinión que
formasteis de mí.
El ministro de policía, agradecido, dirigió al joven una
elocuente mirada, con lo que conoció Villefort que había logrado su deseo, es
decir, que sin perder la gratitud del rey, acababa de ganar un amigo con quien
podía contar siempre.
‑Está bien ‑dijo Luis XVIII.
Y añadió luego, volviéndose al ministro de policía y al señor de
Blacas:
‑Podéis retiraros, señores. Lo que hay que hacer ahora atañe al
ministro de la Guerra.
‑Afortunadamente ‑dijo el señor de Blacas‑, podemos contar con
la marina, Vuestra Majestad sabe cuán adicta es a su gobierno, según todos los
informes.
‑No me habléis, conde, de informes, que ya sé la confianza que
puedo poner en ellos. Y a propósito de informes, señor barón, ¿habéis sabido
algo nuevo sobre el asunto de la calle de Santiago?
‑¡El asunto de la calle de Santiago! ‑exclamó el sustituto sin
poder reprimir una exclamación.
Pero en seguida repuso:
‑Perdón, señor, si mi adhesión a Vuestra Majestad hace que me
olvide, no del respeto que le debo, que ése está grabado profundamente, en mi
corazón, sino de la etiqueta de palacio.
‑Decid y haced lo que queráis, caballero ‑respondió el rey Luis
XVIII‑; en esta ocasión habéis adquirido el derecho de interrogar.
‑Señor ‑respondió el ministro de policía‑, venía justamente
ahora a comunicar a Vuestra Majestad las últimas noticias que he adquirido
sobre el asunto que nos ocupa. La muerte del general Quesnel nos va a dar el
hilo de un gran complot.
El nombre del general Quesnel hizo estremecer a Villefort.
‑En efecto, señor ‑prosiguió el ministro de policía‑, todo induce
a creer que esta muerte no ha sido suicidio, como al principio creía todo el
mundo, sino asesinato. Cuando desapareció, salía, al parecer, el general
Quesnel de un club bonapartista. Un hombre desconocido le fue a buscar aquella
misma mañana, citándole en la calle de Santiago: desgraciadamente el ayuda de
cámara del general, que le estaba peinando al entrar el desconocido en el
gabinete, aunque recuerda bien que la calle era la de Santiago, no se acuerda
del número de la casa.
A medida que el ministro daba estos pormenores al rey, Vinefort,
como pendiente de sus labios, mudaba instantáneamente de color.
El monarca se volvió hacia él.
‑¿No suponéis como yo, señor de Villefort, que el general, a
quien se tenía justamente por adicto al usurpador, pero que en el fondo era
todo mío, haya muerto víctima de una venganza bonapartista?
‑Es probable, señor ‑respondió Villefort‑; pero ¿no se conocen
más detalles?
‑Hemos dado con el hombre de la cita, y se le sigue la pista.
‑¡Se le sigue la pista! ‑repitió el sustituto.
‑Sí; el ayuda de cámara dio sus señas. Es un hombre de cincuenta
a cincuenta y dos años; moreno, ojos negros, cejas espesas y bigote. Lleva un
levitón azul abotonado, y en un ojal la insignia de oficial de la Legión de
Honor. Ayer la policía siguió a un individuo exactamente igual en todo a ese
sujeto; pero le perdió de vista en la esquina de la calle de Coq‑Heron.
Villefort tuvo que apoyarse en el respaldo de un sillón, porque
a medida que el ministro hablaba, negábanse sus piernas a sostenerle; pero
cuando supo que el desconocido había escapado al agente que le seguía, respiró
a sus anchas.
‑Buscad a ese hombre, caballero ‑dijo el rey al ministro de policía‑,
porque si es verdad, como todo hace suponer, que el general Quesnel que tan
útil nos hubiera sido en estas circunstancias, ha caído bajo el puñal de un
asesino, bonapartistas o no, quiero que los criminales sean castigados como se
merecen.
Villefort necesitó de toda su sangre fría para no dejar
traslucir los terrores que le inspiraban estas palabras del rey.
‑¡Cosa extraña! ‑prosiguió el rey, como bromeando‑; la policía
cree haberlo dicho todo cuando dice: se ha cometido un asesinato; y haberlo
hecho todo cuando añade: he encontrado la pista de los culpables.
‑Señor, confío en que Vuestra Majestad quede completamente satisfecho
esta vez.
‑Ya veremos. No quiero deteneros más, barón; iréis a descansar,
señor de Villefort, que debéis hallaros muy fatigado del viaje. ¿Os alojáis en
casa de vuestro padre?
Villefort se turbó visiblemente.
‑No, señor ‑dijo‑. Me hospedo en el hotel de Madrid, situado en
la calle de Tournon.
‑Pero supongo que le habréis visto.
‑Señor, en cuanto llegué fui a buscar al conde de Blacas.
‑Pero ¿le veréis?
‑Ni siquiera trataré de hacerlo.
‑¡Ah!, es justo ‑dijo el rey sonriéndose como para probar que todas
sus preguntas encerraban intención‑; olvidábame de que estáis algo reñido con
el señor Noirtier, nuevo sacrificio a la causa real, que debo recompensaros.
‑La bondad con que me trata Vuestra Majestad es ya recompensa
tan sobre todos mis desos, que nada más tengo que pedir al rey.
‑No importa, caballero, os tendremos presente, descuidad: entretanto,
esta cruz...
Y quitándose el rey la cruz de la Legión de Honor que solía
llevar en el pecho cerca de la cruz de San Luis, y por encima de las placas de
la orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo y de San Lázaro, se la dio a
Villefort, que repuso:
‑Señor, Vuestra Majestad se equivoca: esta cruz es de oficial.
‑Tomadla, a fe mía, sea la que fuere ‑dijo el rey‑, que no tengo
tiempo para pedir otra. Blacas, haced que extiendan el diploma al señor de
Villefort.
Los ojos de éste se humedecieron con una lágrima de orgullosa
alegría; tomó la cruz y la besó.
‑¿Qué órdenes ‑dijo‑ tiene Vuestra Majestad que darme en este
momento?
‑Descansad el tiempo que os haga falta, y tened presente que si
en París no podéis servirme en nada, en Marsella puede ser muy al contrario.
‑Señor ‑respondió inclinándose Villefort‑, dentro de una hora
habré salido de París.
‑Marchad, caballero ‑dijo el rey‑, y si yo os olvidase, que los
reyes son desmemoriados, no temáis el hacer por recordaros... Señor barón,
ordenad que busquen al ministro de la Guerra. Blacas, quedaos.
‑¡Ah, señor! ‑dijo al magistrado el ministro de policía, cuando
salieron de palacio‑. ¡Entráis con buen pie: vuestra fortuna es cosa hecha!
‑¿Durará mucho? ‑murmuró el magistrado saludando al ministro,
cuya fortuna se deshacía, y buscando con los ojos un coche para volver a su
casa.
A una seña de Villefort se acercó un fiacre, a cuyo conductor
dio las señas de su casa, lanzándose al fondo en seguida, donde se entregó a
sus sueños ambiciosos.
Diez minutos más tarde, el magistrado estaba ya en su casa, y
mandó a par que le sirviesen el almuerzo y que preparasen los caballos para
dentro de dos horas.
Iba ya a sentarse a la mesa, cuando sonó fuertemente la
campanilla, como agitada por una mano vigorosa. El ayuda de cámara fue a abrir,
y Villefort pudo oír que pronunciaban su nombre.
‑¿Quién puede saber que estoy en París? ‑murmuró.
En este momento entró el ayuda de cámara.
‑¿Y bien? ‑le dijo Villefort‑. ¿Quién ha llamado? ¿Quién pregunta
por mí?
‑Una persona que no quiere decir su nombre.
‑¡Una persona que no quiere decir su nombre! ¿Y qué quiere?
‑Desea hablaros.
‑¿A mí?
‑Sí, señor.
‑¿Ha dado mis señas? ¿Sabe quién soy yo?
‑Indudablemente.
‑¿Qué trazas tiene?
‑Es un hombre de unos cincuenta años.
‑¿Alto? ¿Bajo?
‑De la estatura del señor, sobre poco más o menos.
‑¿Blanco o moreno?
‑Muy moreno; de cabellos, ojos y cejas negros.
‑¿Y cómo va vestido? ‑preguntó vivamente el magistrado.
‑Un levitón azul, abotonado hasta arriba, con la roseta de la Legión
de Honor.
‑¡Él es! ‑murmuró Villefort palideciendo.
‑¡Diantre! ‑dijo asomando en la puerta el hombre que hemos
descrito ya dos veces‑. ¡Diantre! ¡Qué conducta tan extraña! ¿Así hacen en
Marsella esperar los hijos a sus padres en la antecámara?
‑¡Padre mío...! ‑exclamó el sustituto‑, no me engañé..., sospechaba
que fueseis vos.
‑Si lo sospechabas ‑contestó el recién llegado dejando el bastón
en un rincón y el sombrero en una silla-, permíteme entonces, querido Gerardo,
hacerte ver que has obrado mal haciéndome esperar.
‑Dejadnos, Germán ‑dijo Villefort.
El criado se retiró, y veíase que le sorprendía lo ocurrido.
Capítulo doce
Padre a hijo
El señor Noirtier, porque, en efecto, era él quien acababa de
llegar, siguió con la vista al criado hasta que cerró la puerta, y luego, sin
duda receloso de que se quedase a escuchar en la antecámara, la volvió a abrir
por su propia mano. No fue inútil esta precaución, y la presteza con que salía
Germán de la antecámara dio a entender que no estaba puro del pecado que perdió
a nuestro primer padre. El señor Noirtier se tomó entonces el trabajo de cerrar
por sí mismo la puerta de la antecámara, y echando el cerrojo a la de la
alcoba, acercóse, tendiéndole la mano, a Villefort, que aún no había dominado
la sorpresa que le causaban aquellas operaciones.
‑¿Sabes, querido Gerardo ‑le dijo mirándole de una manera indefinible‑,
sabes que me parece que no lo alegras mucho de verme?
‑Padre mío ‑respondió Villefort‑, me alegro con toda el alma;
pero no esperaba vuestra visita y me ha sorprendido.
‑Mas ahora que caigo en ello ‑respondió el señor Noirtier‑, que
yo os podría decir otro tanto. Me anunciáis desde Marsella vuestra boda para
el 28 de febrero, ¡y estáis en Paris el 3 de marzo!
‑No os quejéis, padre mío, de mi estancia en París ‑dijo Gerardo
acercándose al señor Noirtier‑. He venido por vos, y mi viaje puede salvaros.
‑¿De veras? ‑dijo el señor Noirtier acomodándose en un sillón‑;
¿de veras? Contadme eso, señor magistrado, que debe de ser cosa curiosa.
‑¿Habéis oído hablar, padre mío, de cierto club bonapartista de
la calle de Santiago?
‑¿Número 53? ¡Ya lo creo! Como que soy su vicepresidente.
‑Vuestra sangre fría me hace temblar, padre.
‑¿Qué quieres? Quien ha sido proscrito por la Montaña, quien ha
huido de París en un carro de heno, quien ha corrido por las Landas de Burdeos
perseguido por los sabuesos de Robespierre, se acostumbra a todo en esta vida.
Sigue. ¿Qué ha pasado en ese club de la calle de Santiago?
‑Lo que ha pasado es que han citado a él al general Quesnel, y
éste, que salió a las nueve de la noche de su casa, ha sido hallado muerto en
el Sena.
‑¿Y quién os contó esa historia?
‑El mismo rey, señor.
‑Pues a cambio de ella voy a daros una noticia ‑prosiguió Noirtier.
‑Supongo que ya sé de qué se trata.
‑¡Ah! ¿Sabéis el desembarco de Su Majestad el emperador?
‑¡Silencio, padre! Os lo suplico por vos y por mí. Ya sabía yo
esa noticia, y aún antes que vos, porque hace tres días que bebo los vientos
desde Marsella a París, rabioso por no poder apartar de mi imaginación esa
idea que me la trastorna.
‑¡Hace tres días! ¿Estáis loco? Hace tres días no se había embarcado
todavía el emperador.
‑No importa. Yo sabía su intento.
‑¿Cómo?
‑Por una carta que os dirigían a vos desde la isla de Elba.
‑¿A mí?
‑A vos: la he sorprendido, así como al mensajero. Si aquella
carta hubiera caído en otras manos, quizás estaríais fusilado a estas horas,
padre mío.
El señor Noirtier se echó a reír.
‑No parece ‑dijo‑ sino que la restauración haya aprendido del
imperio el modo de dar remate pronto a los asuntos. ¡Fusilado! ¿Adónde vamos a
parar? ¿Y qué es de esa carta? Os conozco bastante bien para temer que hayáis
dejado de destruirla.
‑La quemé, temeroso de que hubiese en el mundo un solo fragmento;
porque aquella carta era vuestra perdición.
‑Y la pérdida de vuestra carrera ‑repuso fríamente Noirtier‑. Ya
lo comprendo todo; pero no hay por qué temer, pues me protegéis por vuestro
interés.
‑Más que eso aún: os salvo.
‑¡Vaya, vaya! El interés dramático sube de punto. Explicaos.
‑Volvamos a hablar del club de la calle de Santiago.
‑Parece que el tal club ocupa mucho a la policía. Si lo buscasen
mejor ya darían con él.
Ya han dado con la pista.
‑Esa es la frase sacramental. Cuando la policía no ve más allá
de sus narices en un asunto, asegura que ha dado con la pista; y con esto
espera el gobierno tranquilamente a que venga a decirle con las orejas gachas:
he perdido la pista.
‑Sí, pero encontró un cadáver. El general ha sido muerto: en todas
partes del mundo se llama eso un asesinato.
‑¿Un asesinato decís? ¿Quién prueba que el general ha sido víctima
de un asesinato? Todos los días se encuentran en el Sena cadáveres de
desesperados o de personas que no saben nadar.
‑Sabéis muy bien, padre mío, que el general no se ha suicidado,
así como que en el mes de enero nadie se baña. No, no, no os engañéis a vos
mismo. Su muerte está bien calificada de asesinato.
‑¿Y quién la califica así?
‑El propio rey.
‑¿El rey? Lo tenía por filósofo: ¿cómo cree que en política haya
asesinatos? En política, querido mío, y vos lo sabéis tan bien como yo, no hay
hombres, sino ideas; no sentimientos, sino intereses; en política no se mata a
un hombre, sino se allana un obstáculo. ¿Queréis que os diga cómo ha acaecido
lo del general Quesnel? Pues voy a decíroslo. Creíamos poder contar con él, y
aun nos lo habían recomendado de la isla de Elba. Uno de nosotros fue a su
casa a invitarle para que asistiera a una reunión de amigos en la calle de
Santiago. Accede a ello, se le descubre el plan, la fuga de la isla de Elba, el
desembarco, todo en fin; y cuando lo sabe, cuando ya nada le queda por saber,
nos declara que es realista. Entonces nos miramos unos a otros; le hacemos jurar,
pero jura de tan mala gana que parecía como si tentase a Dios... Pues oye, a
pesar de esto, se le deja salir en libertad, en libertad absoluta... Si no ha
vuelto a su casa..., ¿qué sé yo? Habrá errado el camino, porque él se separó de
nosotros sano y salvo. ¡Asesinato decís! Me sorprende en verdad, Villefort, que
vos, sustituto del procurador del rey, baséis una acusación en tan malas
pruebas. ¿Me ha ocurrido nunca a mí, cuando cumpliendo vuestro deber de
realista cortáis la cabeza a uno de los míos, me ha ocurrido nunca el iros a
decir: habéis cometido un asesinato? No, sino que os he dicho: bien, muy bien;
mañana tomaremos el desquite.
‑Pero tened en cuenta, padre mío, que cuando nosotros la tomemos
será terrible.
‑No os comprendo.
‑¿Vos contáis con la vuelta del usurpador?
‑Confieso que sí.
‑Pues os engañáis. No avanzará diez leguas al corazón de
Francia, sin verse perseguido y acosado como un animal feroz.
.‑Mi querido amigo, el emperador está ahora camino de Grenoble;
el día 10 ó 12 llegará a Lyon, y el 20 ó 25, a París.
‑Los pueblos van a sublevarse en masa.
‑En su favor.
‑Sólo trae algunos hombres y se enviarán ejércitos numerosos contra
él.
‑Que le escoltarán el día de su entrada en la capital. En
verdad, querido Gerardo, que sois un niño todavía, pues os creéis bien informado
porque el telégrafo dice con tres días de atraso: “El usurpador ha desembarcado
en Cannes con algunos hombres. Ya se le persigue”. Sin embargo, ignoráis lo que
hace y la posición que ocupa. Ya se le persigue, es el non plus de
vuestras noticias. Si son ciertas se le perseguirá hasta París sin quemar un
cartucho.
‑Grenoble y Lyon son dos ciudades fieles que le opondrán una
barrera infranqueable.
‑Grenoble le abrirá sus puertas con entusiasmo, y Lyon le saldrá
al encuentro en masa. Creedme: estamos tan bien informados como vosotros, y
nuestra policía vale tanto como la vuestra... ¿Queréis que os lo pruebe?
Intentabais ocultarme vuestra llegada y sin embargo la he sabido a la media
hora. A nadie sino al cochero disteis las señas de vuestra casa, y no obstante
yo las sé, pues que llego precisamente cuando os ibais a sentar a la mesa. A
propósito, pedid otro cubierto y almorzaremos juntos.
‑En efecto ‑respondió Villefort mirando a su padre con asombro‑;
en efecto estáis bien informado.
‑Es muy natural. Vosotros estáis en el poder, no disponéis de
otros recursos que los que procura el oro, mientras nosotros, que esperamos el
poder, disponemos de los que proporciona la adhesión.
‑¿La adhesión? ‑repuso riendo Villefort.
‑Sí, la adhesión, que así en términos decorosos se llama a la ambición
que espera.
Y esto diciendo Noirtier alargó la mano al cordón de la
campanilla para llamar al criado, viendo que su hijo no le llamaba; pero éste
le detuvo, diciéndole:
‑Esperad, padre mío, oíd una palabra.
‑Decidla.
‑A pesar de su torpeza, la policía realista sabe una cosa
terrible.
‑¿Cuál?
‑Las señas del hombre que se presentó en casa del general
Quesnel la mañana del día en que desapareció.
‑¡Ah! ¿Conque sabe eso? ¡Miren la policía! ¿Y cuáles son sus
señas?
‑Tez morena, cabellos, ojos y patillas negros, levitón azul
abotonado hasta la barba, roseta de oficial de la Legión de Honor, sombrero
de alas anchas y bastón de junco.
‑¡Vaya! ¿Conque se sabe eso? ‑dijo Noirtier‑. ¿Y por qué no le
ha echado la mano?
‑Porque ayer le perdió de vista en la esquina de la calle de CoqHeron.
‑¡Cuando yo os digo que es estúpida la policía!
‑Sí, pero de un momento a otro puede dar con él.
‑Sí, si no estuviese sobre aviso ‑dijo Noirtier mirando a su
alrededor con la mayor calma‑; pero como lo está, va a cambiar de rostro y de
traje.
Y levantándose al decirlo, se quitó el levitón y la corbata,
tomó del neceser de su hijo, que estaba sobre una mesa, una navaja de afeitar,
se enjabonó la cara, y con mano firme quitóse aquellas patillas negras que
tanto le comprometían.
Su hijo le miraba con un terror que tenía algo de admiración.
Cortadas las patillas, peinóse Noirtier de modo diferente,
cambió su corbata negra por otra de color que había en una maleta abierta, su
gabán azul cerrado, por otro de su hijo de color claro, observó ante el espejo
si le caería bien el sombrero de alas estrechas de Villefort, y dejando el
bastón de junco en el rincón de la chimenea donde lo había puesto agitó en su
nerviosa mano un ligerísimo junco del cual Villefort se servía para presentarse
y andar con desenvoltura, que era una de sus principales cualidades
distintivas.
‑¿Y ahora crees que me reconocerá la policía? ‑preguntó volviéndose
hacia su estupefacto hijo.
‑No, señor ‑balbució el sustituto‑. A lo menos, así lo espero.
‑Encomiendo a la prudencia ‑prosiguió Noirtier‑ estos trastos
que dejo aquí.
‑¡Oh! Id tranquilo, padre mío ‑respondió Villefort.
‑Ya lo creo. Oye: empiezo a comprender que en efecto puedes
haberme salvado la vida; pero, anda, que muy pronto te lo pagaré.
Villefort inclinó la cabeza.
‑Creo que os engañáis, padre mío.
‑¿Volverás a ver al rey?
‑¿Quieres pasar a sus ojos por profeta?
‑Los profetas de desgracias no son en la corte bien recibidos,
padre.
‑Pero a la corta o a la larga se les hace justicia. En el caso
de una segunda restauración pasarás por un gran hombre.
‑¿Y qué he de decir al rey?
‑‑«Señor, os engañan acerca del espíritu reinante en Francia, y
en las ciudades y en el ejército. El que en París llamáis el ogro de Córcega,
el que se llama todavía en Nevers el usurpador, se llama ya en Lyón Bonaparte,
y el emperador en Grenoble. Os lo imagináis fugitivo, acosado, y en realidad
vuela como el águila de sus banderas. Sus soldados, que creéis muertos de
hambre y de fatiga, dispuestos a desertar, multiplícanse como los copos de
nieve en torno del alud que cae. Partid, señor, abandonad Francia a su
verdadero dueño, al que no la ha comprado, sino conquistado; partid, señor, y
no porque estéis en peligro, que él es bastante poderoso para no tocaros el
pelo de la ropa; sino porque sería una mengua para un nieto de San Luis, deber
la vida al hombre de Arcolea, de Marengo de Austerlitz.» Dile esto, Gerardo...,
o mejor será que no le digas nada. Disimula tu viaje a todo el mundo; no te
vanaglories de lo que has venido a hacer, ni de lo que hiciste en París; si has
bebido los vientos a la venida, devóralos a la vuelta, entra en tu casa de modo
que nadie lo sospeche y en particular sé desde ahora humilde, inofensivo,
astuto; porque te juro que obraremos como aquel que conoce a sus enemigos y es
fuerte de suyo. Andad, andad, mi querido Gerardo, que con obedecer las órdenes
paternales, o mejor dicho, si queréis, con atender a los consejos de un amigo,
os sostendremos en vuestro destino. Así podréis ‑añadió Noirtier sonriendo‑,
salvarme por segunda vez si la rueda de la fortuna política vuelve a levantaros
y a bajarme a mí. Adiós, mi querido Gerardo: en el primer viaje que hagáis,
venid a parar en mi casa.
Y con esto se marchó tranquilo, como no había dejado de estarlo
un solo momento durante esta conversación, mientras que Villefort, pálido y
agitado, corrió a la ventana, desde donde le pudo ver pasar impasible entre dos
o tres hombres de mala traza, que emboscados detrás de la esquina, y en los
portales, esperaban quizás al de las patillas negras, el gabán azul y el
sombrero de alas anchas, para echarle el guante.
Villefort permaneció de pie y lleno de ansiedad, hasta que,
viéndole desaparecer en la encrucijada de Bussy, se precipitó sobre el malhadado
traje, ocultó en el fondo de su maleta el levitón azul y la corbata negra,
aplastó el sombrero escondiéndolo debajo de un armario, hizo pedazos el bastón
arrojándolos al fuego, y poniéndose la gorra de viaje llamó al ayuda de cámara,
vedándole con un gesto las mil preguntas que éste ansiaba hacer; pagóle la
cuenta y se precipitó al carruaje que ya le estaba aguardando. En Lyón supo que
Bonaparte acababa de entrar en Grenoble, y participando de la agitación que
reinaba en los pueblos del tránsito llegó a Marsella henchida el alma con las
angustias con que la ambición y los primeros medros suelen envenenarla.
Capítulo trece
Los cien días
El
señor Noirtier resultó un profeta verídico. Tal cual los auguró pasaron los
sucesos. Todo el mundo conoce lo de la vuelta de la isla de Elba, suceso
extraño, milagroso, que no tiene ejemplo en lo pasado ni tendrá imitadores en
lo porvenir probablemente.
Luis XVIII no trató parar golpe tan duro sino con mucha parsimonia.
Su desconfianza de los hombres le hacía desconfiar de los acontecimientos. El
realismo, o mejor dicho, la monarquía restaurada por él vaciló en sus
cimientos mal afirmados aún; un solo gesto del emperador acabó de demoler el
caduco edificio, mezcla heterogénea de preocupaciones y de nuevas ideas.
Villefort no alcanzó de su rey sino aquella gratitud inútil a la sazón y hasta
peligrosa, y aquella cruz de la Legión de Honor, que tuvo la prudencia de no
enseñar a nadie, aunque el señor de Blacas le envió el diploma a vuelta de
correo, cumpliendo la orden de Su Majestad.
Napoleón hubiera destituido a Villefort, de no protegerle
Noirtier, que gozaba de mucha influencia en la corte de los Cien Días, tanto
por los peligros que había corrido, como por los servicios que había prestado.
El girondino del 93, el senador de 1806, protegió pues a su protector de la
víspera; tal como se lo había prometido.
Durante la resurrección del imperio, resurrección que hasta a
los menos avisados se alcanzaba poco duradera, se limitó Villefort a ahogar el
terrible secreto que Dantés había estado en trance de divulgar.
El procurador del rey fue destituido de su cargo por sospechas
de tibieza en sus opiniones bonapartistas. Sin embargo, restablecido apenas el
imperio, es decir, apenas habitó Napoleón en las Tullerías que acababa de
abandonar Luis XVIII, apenas lanzó sus numerosas y diferentes órdenes desde
aquel gabinete que conocemos, donde encontró abierta aún y casi llena sobre la
mesa de nogal la caja de tabaco del rey Luis XVIII, Marsella, a pesar del vigor
de sus magistrados, empezó a dejar traslucir en su seno las chispas de la
guerra civil, nunca apagadas enteramente en el Mediodía. Muy poco faltó para
que las represalias fuesen algo más que cencerradas a los realistas metidos en
su concha, los cuales se vieron obligados a no poder salir de su casa, porque
en las calles los perseguían cruelmente si se dejaban ver.
Por un cambio natural, el naviero, que como dijimos pertenecía
al partido del pueblo, llegó a ser en esta ocasión, si no muy poderoso, porque
Morrel era prudente y algo tímido, como aquel que con su laborioso trabajo va
amasando lentamente una fortuna, por lo menos, alentado por los bonapartistas
furibundos que criticaban su moderación, hallóse, repetimos, bastante fuerte
para levantar la voz y hacer una reclamación, que como ya se adivinará, fue en
favor de Dantés.
Villefort continuaba siendo sustituto, a pesar de la caída del
procurador: su boda, aunque resuelta, habíase aplazado para mejores tiempos.
Si el emperador se afianzaba en el trono, necesitaba Gerardo de otra alianza,
que su padre buscaría y ajustaría; pero como una segunda restauración
devolviese Francia al rey Luis XVIII, crecería la influencia del marqués de
Saint‑Meran, y la suya propia, con lo que llegara a ser la proyectada unión más
ventajosa que nunca.
El sustituto del procurador del rey era el primer magistrado de
Marsella, cuando una mañana se abrió la puerta de su despacho y le anunciaron
al señor Morrel.
Otro cualquiera se hubiera alarmado con el solo anuncio de semejante
visita; pero el sustituto era un hombre superior, que tenía, si no la práctica,
el instinto de todas las cosas. Hizo aguardar al señor Morrel en la antecámara,
tal como había hecho en otro tiempo, y no porque estuviera ocupado con alguien,
sino porque es costumbre que se haga antesala al sustituto del procurador del
rey. Hasta después de un cuarto de hora, pasado en leer tres o cuatro
periódicos de diferentes colores políticos, no dio orden de que entrase el naviero,
que esperaba encontrar a Villefort abatido, y le halló como seis semanas antes,
firme, grave, y con esa ceremoniosa política que es la más alta de todas las
barreras que separan al hombre vulgar del hombre encumbrado.
Había entrado en el despacho de Villefort convencido de que el
magistrado iba a temblar a su vista, y como sucedió al revés, él fue quien se
vio tembloroso y conmovido ante aquel personaje interrogador, que le esperaba
con el codo apoyado en la mesa y la barba en la palma de la mano.
El señor Morrel se detuvo a la puerta. Miróle Villefort como si
le costase trabajo reconocerle, y después de una larga pausa, durante la cual
no hacía el digno naviero sino darle vueltas y más vueltas a su sombrero entre
las manos, el sustituto dijo:
‑Si no me engaño..., sois... el señor Morrel.
‑Sí, señor; el mismo‑respondió Morrel.
‑Acercaos, pues ‑prosiguió el juez, haciéndole con la mano un
signo protector‑; acercaos y decidme a qué debo el honor de esta visita.
‑¿No lo sospecháis, caballero? ‑le preguntó el señor Morrel.
‑No, ni remotamente; aunque eso no impide que esté dispuesto a
serviros en cuanto de mí dependa.
‑Todo depende de vos ‑repuso el naviero.
‑Explicaos, pues.
‑Señor ‑prosiguió Morrel animándose a medida que iba hablando y
conociendo así lo fuerte de su posición, como la justicia de su causa‑; señor,
ya recordaréis que pocos días antes de saberse el desembarco de Su Majestad el
emperador, vine a recomendar a vuestra indulgencia a un desdichado joven,
segundo de mi barco, a quien se acusaba, como seguramente recordaréis, se
acusaba de mantener relaciones en la isla de Elba. Aquellas relaciones,
entonces criminales, son hoy títulos de favor. Entonces servíais a Luis XVIII y
le castigasteis, caballero..., fue vuestro deber. Hoy servís a Napoleón,
debéis protegerle, porque también es vuestro deber. Vengo a preguntaros qué ha
sido de aquel joven.
Villefort hizo un violento esfuerzo para decir:
‑¿Cuál es su nombre? Tened la bondad de decírmelo.
‑Edmundo Dantés.
De seguro Villefort hubiera preferido batirse en duelo a veinticinco
pasos, que oír pronunciar este nombre así a boca de jarro; pero ni pestañeó.
«Con esto ‑dijo para sí‑, nadie me podrá acusar de haber hecho
una cuestión personal de la prisión de ese hombre.»
‑¿Dantés? ‑repitió‑: ¿Decís Edmundo Dantés?
‑Sí, señor.
Abrió entonces Villefort un grueso libro que yacía en un cajón
de su mesa, y después de hojearlo mil y mil veces, se volvió a decir al
naviero, con el aire más natural del mundo:
‑¿Estáis bien seguro de no engañaros?
Si Morrel hubiese sido un hombre más versado en estas materias,
le chocara que el sustituto del procurador del rey se dignase responderle en
cosas ajenas de todo en todo a su jurisdicción. Entonces se hubiera preguntado
por qué no le hacía Villefort recurrir al registro general de cárceles, a los
gobernadores de las prisiones, o al prefecto del departamento.
Pero Morrel, que había esperado encontrar a Villefort temeroso,
creía hallarle condescendiente. El sustituto lo había comprendido.
‑No, caballero, no me equivoco ‑respondió Morrel‑. Conozco hace
diez años a ese joven, y hace cuatro que le tengo a mi servicio. Hace seis
semanas, ¿no os acordáis?, vine a rogaros que fuerais con él clemente, así como
hoy vengo a rogaros que seáis justo. ¡Harto mal me recibisteis entonces, y aún
me contestasteis peor; que los realistas entonces trataban a la baqueta a los
bonapartistas!
‑¡Caballero! ‑respondió Villefort parando el golpe con su acostumbrada
sangre fría‑, yo era entonces realista porque creía ver en los Borbones no
solamente los herederos legítimos del trono, sino los electos del pueblo; pero
las jornadas milagrosas de que hemos sido testigos pruébanme que me engañaba.
El genio de Bonaparte sale vencedor. El monarca legítimo es el monarca amado.
‑Enhorabuena ‑exclamó Morrel con su natural franqueza‑; me da
gusto oíros hablar así, y ya pronostico buenas cosas al pobre Edmundo.
‑Aguardad ‑repuso Villefort hojeando otro registro‑: ya caigo...,
¿no es un marino que se iba a casar con una catalana? Sí..., sí..., ya
recuerdo. Era un asunto muy grave.
‑¿Cómo?
‑¿No sabéis que desde mi casa se le llevó a las prisiones del Palacio
de Justicia?
‑Sí; ¿y bien?
‑Di cuenta a París, enviando los papeles que le hallé..., ¿qué
queréis? Mi deber lo exigía. Ocho días después de su prisión me arrebataron al
reo.
‑¿Os lo arrebataron? ‑exclamó Morrel‑; ¿y qué han hecho con él?
‑¡Oh, tranquilizaos! Seguramente habrá sido transportado a Fenestrelles,
a Pignerol o a las islas de Santa Margarita..., lo que se llama deportación en
lenguaje jurídico, y el día menos pensado le veréis volver a tomar el mando de
su buque.
‑Que venga cuando quiera, le reservo su puesto. Pero ¿cómo no ha
venido ya? Paréceme que el primer cuidado de la policía debió de ser poner en
libertad a los presos de la justicia realista.
‑Mi querido señor Morrel, ésa es una acusación temeraria ‑respondió
Villefort‑. Para todo hay una fórmula legal. La orden de prisión vino de
arriba y de arriba ha de venir la de ponerle en libertad.
Ahora bien, como apenas hace quince días de la vuelta de
Napoleón, todavía no es tarde.
‑Pero habrá algún medio de activar el asunto, ahora que nosotros
mandamos, ¿verdad? Tengo amigos y alguna influencia: puedo lograr que se eche
tierra a la sentencia.
‑No ha sido sentencia.
‑Pues que le borren del registro general de cárceles.
‑En materia de política tampoco hay registros. Muchas veces importa
a los gobiernos que un hombre desaparezca sin dejar rastro alguno. Las
anotaciones del registro general podrían servir de hilo conductor al que le
buscara.
‑Eso sucedería quizás en tiempo de los Borbones; pero ahora...
‑En todos tiempos sucede lo mismo, mi querido señor Morrel. Los
gobiernos se suceden unos a otros imitándose siempre. La máquina penitenciaria
inventada por Luis XIV sigue hoy en uso, y es muy parecida a la Bastilla. El
emperador ha sido más severo al reglamentar sus prisiones que el gran rey
mismo, y el número de los presos que no constan en el registro general de
cárceles es incalculable.
Tanta benevolencia hubiese borrado hasta las sospechas más evidentes,
que Morrel no tenía por otra parte.
‑Pero, en fin, señor de Villefort ‑le dijo‑, ¿qué os parece que
haga para apresurar la vuelta del pobre Dantés?
‑Una sola cosa: haced una solicitud al ministro de Justicia.
‑¡Oh!, caballero, ya sabemos el destino de las solicitudes; el
ministro recibe doscientas cada día y no lee cuatro.
‑Sí ‑respondió Villefort‑, pero leería una dirigida por mi conducto,
recomendada al margen por mí, y remitida directamente por mí.
‑¿De modo que os encargaríais de que llegara a sus manos esa solicitud?
‑Con mucho gusto. Dantés podía ser entonces culpable; pero ahora
es inocente, y es mi deber el devolverle la libertad, como entonces lo fue
quitársela.
Villefort evitaba así una requisitoria, aunque poco probable,
posible; requisitoria que sin remedio le perdería.
‑¿Cómo se escribe al ministro?
‑Sentaos ahí, señor Morrel ‑dijo Villefort levantándose y cediéndole
su asiento‑. Voy a dictaros.
‑¿Tendríais tanta bondad?
‑Desde luego. No perdamos tiempo, que ya hemos perdido demasiado.
‑Sí, caballero. Pensemos en que el pobre muchacho aguarda, sufre
y quizá se desespera.
Villefort tembló al recuerdo de aquel desgraciado que le maldeciría
desde el fondo de su prisión; pero había ya avanzado mucho para retroceder.
Dantés debía desaparecer ante su ambición.
‑Dictad ‑dijo el naviero sentado en la silla de Villefort y con
la pluma en la mano.
Villefort dictó entonces una instancia, en la que exageraba el
patriotismo de Dantés, sus servicios a la causa bonapartista, y pintándole,
en fin, como uno de los agentes más activos de la vuelta de Napoleón. Era
evidente que a tal solicitud el ministro haría al punto justicia, si ya no la
había hecho.
Terminada la solicitud, Villefort la volvió a leer en voz alta.
‑Así está bien ‑dijo‑ Ahora confiad en mí.
‑¿Y partirá pronto esta solicitud, caballero?
‑Hoy mismo.
‑¿Recomendada por vos?
‑La mejor recomendación que yo podría ponerle es certificar que
es cierto cuanto decís en la solicitud.
Y sentándose a su vez, escribió Villefort al margen su
certificado.
‑Y ahora ¿qué hay que hacer, caballero? ‑le preguntó el armador.
‑Esperar ‑repuso Villefort‑ yo me encargo de todo.
Esta seguridad volvió las esperanzas a Morrel; de modo que cuando
dejó al sustituto le había ganado enteramente. El naviero fue en seguida a
anunciar al padre de Edmundo que no tardaría en volver a ver a su hijo.
En cuanto a Villefort, guardó cuidadosamente aquella solicitud
que para salvar en lo presente a Dantés le comprometía tanto en lo futuro, caso
de que sucediese una cosa que ya los sucesos y el aspecto de Europa dejaban
entrever: otra restauración.
Por lo tanto, Edmundo continuó en la cárcel. Aletargado en su calabozo
no oyó el rumor espantoso de la caída del trono de Luis XVIII, ni el más
espantoso aún de la del trono del emperador.
Sin embargo, el sustituto lo había observado todo con ojo
avizor. Durante esta corta aparición imperial llamada los Cien Días, Morrel
había vuelto a la carga insistiendo siempre por la libertad de Dantés; pero
Villefort le había tranquilizado con promesas y esperanzas. AI fin llegó el día
de Waterloo.
Morrel había hecho por su joven amigo cuanto humanamente le
había sido posible. Ensayar nuevos medios durante la segunda restauración
hubiese sido comprometerse en vano.
Luis XVIII volvió a subir al trono. Villefort, para quien
Marsella estaba llena de recuerdos que eran para él otros tantos remordimientos,
solicitó y obtuvo la plaza de procurador del rey en Tolosa.
Quince días después de su instalación en esta ciudad se verificó
su matrimonio con la señorita Renata de Saint‑Meran, cuyo padre tenía más
influencia que nunca.
Y con esto Dantés permaneció preso, así durante los Cien Días
como después de Waterloo, y olvidado, si no de los hombres, de Dios a lo menos.
Danglars comprendió toda la extensión del golpe con que había
perdido a Dantés, al ver volver a Francia a Napoleón. Su denuncia acertó por
casualidad, y como aquellos hombres que tienen cierta aptitud para el crimen y
un mediano arte de saber vivir, llamó a esta rara casualidad decreto de la
Providencia.
Pero cuando Napoleón volvió a París, y al resonar su voz imperiosa
y potente, Danglars tuvo miedo, ya que esperaba a cada instante ver aparecer a
Dantés, a su víctima, enterado de todo, y amenazador y terrible en la venganza.
Manifestó entonces al señor Morrel su deseo de abandonar la vida marítima,
logrando que el naviero le recomendase a un comerciante español, a cuyo
servicio entró a fin de marzo, es decir, diez o doce días después de la vuelta
de Napoleón a las Tullerías.
Partió, pues, para Madrid, y ninguno de sus amigos volvió a
saber de su paradero.
Fernando no comprendió nada de lo sucedido. Dantés estaba ausente. Con esto se contentaba.
¿Qué le había sucedido?
No trató de averiguarlo; sólo con el respiro que le dejaba su
ausencia se ingenió como pudo, ora para engañar a Mercedes sobre las causas
de la desaparición de Edmundo, ora para meditar planes de emigración y robo.
Quizás, y eran estos momentos los más tristes de su vida, se sentaba a la punta
del cabo Pharo, desde donde se distinguen a la par Marsella y los Catalanes,
contemplándolos triste e inmóvil como un ave de rapiña, y soñando a cada
instante ver venir a su rival vivo y erguido, y para él también nuncio de
terribles venganzas. Para entonces estaba tomada su decisión: mataba a Edmundo
de un tiro, y después se suicidaba; pero esto se lo decía a sí mismo para
disculpar su asesinato.
Fernando se engañaba a sí mismo. Nunca se hubiera él suicidado,
porque tenía esperanzas aún.
En medio de estos tristes y dolorosos acontecimientos, el imperio
llamó a sus banderas la última quinta, y todos cuantos podían empuñar las
armas se lanzaron fuera del territorio francés a la voz del emperador. Fernando
fue de éstos; abandonó a Mercedes y su cabaña con doble dolor, pues temía que
en su ausencia volviese su rival y se casase con la que adoraba. Si alguna vez
debió Fernando matarse fue al abandonar a su amada Mercedes. Sus atenciones con
ella, la compasión que demostraba a su desdicha, el cuidado con que adivinaba
sus menores deseos, habían producido el efecto que producen siempre las
apariencias de adhesión en los corazones generosos. Mercedes había querido
mucho a Fernando como amigo; y su amistad creció con el agradecimiento.
‑Hermano mío ‑le dijo atando a la espalda del catalán la mochila
del quinto‑ hermano mío, mi único amigo, no lo dejes matar, no me dejes sola en
este mundo en que lloro, y en el que estaré enteramente abandonada si tú me
faltas.
Estas palabras, dichas por despedida, fueron para Fernando un
rayo de esperanza. Si Dantés no regresaba, quizá Mercedes llegaría a ser suya.
Esta se quedó, pues, enteramente sola en aquella tierra árida,
que nunca se lo había parecido tanto, con el mar inmenso por único horizonte.
Bañada en lágrimas, como aquella loca cuya doliente vida cuenta el pueblo,
veíasela de continuo errante en torno a los Catalanes; ora quedándose muda a
inmóvil como una estatua bajo el ardiente sol del Mediodía, para contemplar a
Marsella; ora sentándose a la orilla del mar, como si escuchara sus gemidos,
eternos como su dolor, y preguntándose al propio tiempo a sí misma si no le
fuera mejor que esperar sin esperanza, inclinarse hacia delante y dejarse caer
por su propio peso en aquel abismo que la tragaría. Mas no fue valor lo que le
faltó, sino que vino en su ayuda la religión a salvarla del suicidio.
Caderousse fue, como Fernando, llamado por la patria; pero tenía
ocho años más y era casado, con lo que se le destinó a las costas. El viejo
Dantés, a quien sólo la esperanza sostenía, la perdió con la caída del imperio,
y cinco meses más tarde, día por día de la ausencia de su hijo, y a la misma
hora en que Edmundo fue preso, expiró en brazos de Mercedes. El señor Morrel
cubrió todos los gastos del entierro y las mezquinas deudas que el pobre viejo
había contraído durante su enfermedad. Esto, más que filantropía, era valor,
porque el país estaba en llamas, y socorrer, aunque moribundo, al padre de un
bonapartista tan peligroso como Dantés, podía ser tomado por un verdadero
crimen político.
Capítulo catorce
El preso furioso y el preso loco
Al cabo de un año aproximadamente después de la vuelta de Luis
XVIII, el inspector general de cárceles efectuó una visita a las del reino.
Desde su calabozo, Dantés percibía el rumor de los preparativos
que se hacían en el castillo, y no por el alboroto que ocasionaban, aunque no
era grande, sino porque los presos oyen en el silencio de la noche hasta la
araña que teje su tela, hasta la caída periódica de la gota de agua que tarda
una hora en filtrarse por el techo de su calabozo, y adivinó que algo nuevo
sucedía en el mundo de los vivos: hacía tanto tiempo que le habían encerrado en
una tumba, que podía muy bien tenerse por muerto.
En efecto, el inspector iba visitando una tras otra las
prisiones, calabozos y subterráneos. A muchos presos interrogaba,
particularmente a aquellos cuya dulzura o estupidez los hacía recomendables a
la benevolencia de la administración: sus preguntas se redujeron a cómo estaban
alimentados y qué reclamaciones tenían que hacer a su autoridad. Todos
convinieron unánimemente en que la comida era detestable, y pedían la libertad.
El inspector les preguntó entonces si tenían otra cosa que decirle. Su respuesta
fue un ademán de cabeza. ¿Qué otra cosa que la libertad pueden pedir los
presos?
El inspector se volvió sonriendo, y dijo al gobernador del
castillo:
‑No sé para qué nos obligan a estas visitas inútiles. Quien ve a
un preso los ve a todos. ¡Siempre lo mismo! Todos están mal alimentados y son
inocentes por añadidura. ¿Hay algunos más?
‑Sí, tenemos los peligrosos y los dementes, que están en los subterráneos.
‑Vamos ‑dijo el inspector con aire de aburrimiento‑. Cumplamos
nuestra obligación en regla. Bajemos a los subterráneos.
‑Aguardad por lo menos a que vayan a buscar dos hombres ‑respondió
el gobernador‑ que los presos, sea por hastío de la vida, sea para hacerse
condenar a muerte, intentan tal vez crímenes desesperados, y podríais ser
víctima de alguno.
‑Tomad, pues, precauciones ‑dijo el inspector.
En efecto, enviaron a buscar dos soldados, y comenzaron a bajar
una escalera, tan empinada, tan infecta y tan húmeda, que el olfato y la
respiración se lastimaban a la par.
‑¡Oh! ¿Quién diablos habita este calabozo? ‑dijo el inspector a
la mitad del camino.
‑Un conspirador de los más temibles: nos lo han recomendado
particularmente como hombre capaz de cualquier cosa.
‑¿Está solo?
‑Sí.
‑¿Y cuánto tiempo hace?
‑Un año, con corta diferencia.
‑¿Y desde su entrada en el castillo está en el subterráneo?
‑No, señor, sino desde que quiso matar al llavero encargado de
traerle la comida.
‑¿Ha querido matar al llavero?
‑Sí, señor: a ese mismo que nos viene alumbrando. ¿No es cierto,
Antonio? ‑le preguntó el gobernador.
‑Como lo oye, señor ‑respondió el llavero.
‑¿Está loco este hombre?
‑Peor que loco, es el diablo.
‑¿Queréis que demos cuenta a la superioridad? ‑preguntó el
inspector al gobernador.
‑Es inútil. Bastante castigado está. Ya raya en la locura, y
según la experiencia que nuestras observaciones nos dan, dentro de un año
estará completamente loco.
‑Mejor para él ‑dijo el inspector‑, pues sufrirá menos.
Como se ve, era este inspector un hombre muy humano, y digno del
filantrópico empleo que gozaba.
‑Tenéis razón, caballero ‑repuso el gobernador‑ y vuestra reflexión
da a entender que habéis estudiado la materia a fondo. En otro subterráneo que
está separado de éste unos veinte pies y al cual se desciende por otra
escalera, tenemos un viejo abate, jefe del partido de Italia in illo tempore,
preso aquí desde 1811. Desde fines de 1813 se le ha trastornado la cabeza, y ya
nadie le podría reconocer físicamente. Antes lloraba, ahora ríe; antes
enflaquecía, ahora engorda. ¿Queréis verle antes que a éste? Su locura es
divertida y os aseguro que no os entristecerá.
‑A uno y otro veré ‑respondió el inspector‑. Hagamos las cosas
como se deben hacer.
Era ésta la primera vez que el inspector hacía una visita de
cárceles, por lo que deseaba dar a sus jefes buena idea de sí.
‑Entremos, pues, en éste ‑dijo.
‑Bien ‑respondió el gobernador, haciendo una seña al llavero, el
cual abrió la puerta.
A1 rechinar de las macizas cerraduras; al rumor de los pesados
cerrojos, Dantés, que estaba acurrucado en un rincón del calabozo recreándose
deleitosamente en el exiguo rayo de luz que penetraba por un tragaluz con
gruesísimos barrotes, Dantés, repetimos, levantó la cabeza. Viendo a un
desconocido alumbrado por dos llaveros que llevaban antorchas encendidas,
custodiado por dos soldados y respetado por el gobernador de tal manera que le
hablaba con el sombrero en la mano, comprendió Dantés el objeto de su visita, y
viendo en fin que se le presentaba coyuntura de hablar a una autoridad
superior, saltó hacia él con las manos en actitud de súplica. Los soldados
calaron bayoneta, temiendo que el preso se dirigiese al inspector con malas
intenciones; éste retrocedió un paso, asustado. Dantés comprendió que le
habían pintado a sus ojos como un hombre temible. Procuró entonces poner en su
mirada cuanto de humildad y mansedumbre hay en el corazón humano, y con una
elocuencia piadosa que admiró a todos los circunstantes trató de conmover al
recién llegado. Escuchó hasta el fin el inspector el discurso de Dantés, y
volviéndose al gobernador le dijo en voz baja:
‑Ya va haciéndose humano, y los sentimientos dulces empiezan a
dominarle. Observad cómo el temor obra en él su efecto; retrocedió ante las
bayonetas, y el loco no retrocede ante peligro alguno. Sobre este síntoma he
hecho ya en Charentón observaciones muy curiosas. Después, volviéndose al
preso:
‑En resumen‑le dijo‑, ¿qué pedís?
‑Pido que me digan el crimen que he cometido; que se me nombren
jueces; que se me juzgue; que se me fusile si soy culpable, pero que me pongan
en libertad si soy inocente.
‑¿Coméis bien? ‑le preguntó el inspector.
‑Sí, yo lo creo..., no lo sé; pero eso importa poco. Lo que debe
importar, no solamente a mí, pobre preso, sino a todos los que se ocupan en
hacer justicia, y sobre todo al rey que nos manda, es que el inocente no sea
víctima de una delación infame, y no muera entre cerrojos maldiciendo a sus
verdugos.
‑¡Qué humilde estáis hoy! ‑le dijo el gobernador‑. No siempre
sucede lo mismo, de otra manera hablabais el día que quisisteis asesinar a
vuestro guardián.
‑Es verdad, señor ‑respondió Dantés‑, y por ello pido humildemente
perdón a este hombre, que ha sido siempre bondadoso conmigo. Pero ¿qué
queréis? Yo estaba loco, yo estaba furioso.
‑¿Y ahora, ya no lo estáis?
‑No, señor; porque la prisión me doma, me anonada. ¡Hace tanto
tiempo que estoy aquí!
‑¡Mucho tiempo! ¿En qué época os detuvieron? ‑le preguntó el
inspector.
‑El 28 de febrero de 1815, a las dos de la tarde.
El inspector se puso a calcular.
‑Estamos a 30 de julio de 1816; no hace más que diecisiete meses
que estáis preso.
‑¿No hace más? ‑repuso Dantés‑. ¿Os parecen pocos diecisiete
meses? ¡Ah!, señor, ignoráis lo que son diecisiete meses de cárcel; diecisiete
años, diecisiete siglos, sobre todo para un hombre como yo, que estaba próximo
a ser feliz; para un hombre que vela abierta una carrera honrosa, y que todo lo
pierde en aquel mismo instante, que del día más claro y hermoso pasa a la noche
más profunda, que ve su carrera destruida, que no sabe si le ama aún la mujer
que antes le amaba, que ignora en fin si su anciano padre está muerto o vivo.
Diecisiete meses de cárcel para un hombre acostumbrado al aire del mar, a la
independencia del marino, al espacio, a la inmensidad, a lo infinito;
caballero, diecisiete meses de cárcel es el mayor castigo que pueden merecer
los crímenes más horribles del vocabulario humano. Compadeceos de mí,
caballero, y pedid para mí no indulgencia, sino rigor, no indulto, sino
justicia. Justicia, señor, yo no pido más que justicia. ¿Quién se la niega a un
preso?
‑Está bien, ya veremos ‑dijo el inspector.
Y volviéndose hacia su acompañante añadió:
‑En verdad me da lástima este pobre diablo. Luego me enseñaréis
en el libro de registro su partida.
‑Con mucho gusto ‑respondió el gobernador‑, pero creo que
hallaréis notas tremendas contra él.
‑Caballero ‑prosiguió Edmundo‑, bien sé que vos no podéis
hacerme salir de aquí por vuestra propia decisión, pero podéis transmitir mi
súplica a la autoridad, provocar una requisitoria, hacer en fin que se me
juzgue. ¡Justicia es todo lo que pido! Sepa yo al menos de qué crimen se me
acusa, y a qué castigo se me sentencia. La incertidumbre es el peor de todos
los suplicios.
‑Contadme, pues, detalles del asunto ‑dijo el inspector.
‑Señor ‑exclamó Dantés‑, por vuestra voz comprendo que estáis
conmovido. ¡Señor! ¡Decidme que tenga esperanza!
‑No puedo decíroslo ‑respondió el inspector‑, sino solamente
prometeros examinar vuestra causa.
‑¡Oh! Entonces, caballero, estoy libre, ¡me he salvado!
‑¿Quién os mandó detener? ‑preguntó el inspector.
‑El señor de Villefort ‑respondió Edmundo Dantés‑. Vedle y
entendeos con él.
‑Desde hace un año que el señor de Villefort no está en
Marsella, sino en Tolosa.
‑¡Ah! , no me extraña ‑balbució Dantés‑. ¡He perdido a mi único
protector!
‑¿Tenía
el señor de Villefort algún motivo para estar resentido con vos?
‑Ninguno, señor; antes al contrario, fue muy bondadoso conmigo.
‑¿Podré fiarme de las notas que haya dejado escritas sobre vos,
o que me proporcione él mismo?
‑Sí, señor.
‑Pues bien: tened esperanza.
Dantés cayó de rodillas levantando las manos al cielo, y recomendándole
en una oración aquel hombre que había bajado a su calabozo como el Salvador a
sacar almas del infierno. La puerta se volvió a cerrar, pero la esperanza que
acompañaba al inspector se quedó encerrada en el calabozo de Dantés.
‑¿Queréis ver ahora el libro de registro ‑dijo el gobernador‑, o
bajamos antes al calabozo del abate?
‑Acabemos la visita ‑respondió el inspector‑. Si volviese a
salir al aire libre quizá no tendría valor para acabarla.
‑Este preso no es por el estilo del otro, que su locura
entristece menos que la razón de su vecino.
‑¿Cuál es su locura?
‑¡Oh!, muy extraña. Se cree poseedor de un tesoro inmenso. El
primer año ofreció al gobierno un millón si le ponía en libertad; el segundo
año le ofreció dos millones; el tercero, tres, y así progresivamente. Ahora
está en el quinto año: es probable que os pida una entrevista, y os ofrezca
cinco millones.
‑Manía rara es, en efecto ‑dijo el inspector‑. ¿Y cómo se llama
ese millonario?
‑El abate Faria.
‑Número 27 ‑dijo el inspector.
‑Aquí es. Abrid, Antonio.
El llavero obedeció, con lo que pudo el inspector pasear su
mirada curiosa por el calabozo del abate loco, que así solían llamar a
aquel preso.
En mitad de la estancia, dentro de un círculo trazado en el
suelo con un pedazo de yeso de la pared, veíase agazapado un hombre casi
desnudo, tan roto estaba su traje. Ocupábase en aquellos momentos en hacer
dentro del círculo líneas geométricas muy bien trazadas, y parecía tan
preocupado con su problema como Arquímedes cuando le mató el soldado de
Marcelo. Ni siquiera pestañeó al rumor de la puerta que se abría, ni dio
muestra alguna de sorpresa cuando el resplandor de las antorchas iluminó con
desusado brillo el húmedo suelo en que trabajaba. Volvióse entonces y vio con
gran sorpresa la numerosa comitiva que acababa de entrar en su calabozo.
Acto continuo se puso en pie y cogió un cobertor que yacía a los
pies de su miserable lecho para envolverse y recibir con mayor decencia a los
recién venidos.
‑¿Qué es lo que pedís? ‑le dijo el inspector sin alterar la
fórmula.
‑¿Yo, caballero...?, no pido nada ‑respondió el abate como admirado.
‑Sin duda no me comprendéis ‑dijo el inspector‑. Yo soy un
delegado del gobierno para visitar las cárceles y atender las reclamaciones de
los presos.
‑¡Oh!, entonces es otra cosa, caballero ‑exclamó vivamente el
abate‑ Espero que vamos a entendernos.
‑¿Lo veis? ‑dijo el gobernador por lo bajo‑ El principio, ¿no os
indica que va a parar a lo que yo os decía?
‑Caballero ‑prosiguió el preso‑, yo soy el abate Faria, natural
de Roma. A los veinte años era secretario del cardenal Rospigliossi. Sin saber
por qué, me detuvieron a principios de 1811, y desde entonces suplico
vanamente mi libertad a las autoridades italianas y francesas.
‑¿Y por qué a las francesas? ‑le preguntó el gobernador.
‑Porque me prendieron en Piombino, y supongo que, como Milán y
Florencia, Piombino será actualmente capital de un departamento francés.
El inspector y el gobernador se miraron sonriendo.
‑¿Sabéis, amigo mío ‑le dijo el inspector‑, que no son muy
frescas vuestras noticias de Italia?
‑Datan del día en que fui preso, caballero ‑repuso el abate Faria‑
y como Su Majestad el emperador había creado el reino de Roma para el hijo que
el cielo acababa de darle, supongo que, siguiendo el curso de sus conquistas,
haya realizado el sueño de Maquiavelo y de César Borgia, que era hacer de
Italia entera un solo y único reino.
‑Caballero ‑dijo el inspector‑, la Providencia, por fortuna, ha
modificado ese gigantesco plan de que parecéis partidario tan ardiente.
‑Ese es el único medio de hacer de Italia un Estado fuerte, independiente
y feliz ‑respondió el abate.
‑Puede ser ‑repuso el inspector‑; pero yo no he venido a estudiar
un curso de política ultramontana, sino a preguntaros, como ya lo hice, si
tenéis algo que reclamar sobre vuestra habitación, trato y comida.
‑La comida es igual a la de todas las cárceles, quiero decir,
malísima ‑respondió el abate‑ la habitación ya lo veis, húmeda a insalubre,
aunque muy buena para calabozo. Pero no tratemos de eso sino de revelaciones de
la más alta importancia que tengo que hacer al gobierno.
‑Ya va a su negocio ‑dijo en voz baja el gobernador al
inspector.
‑Me felicito, pues, de veros ‑prosiguió el abate‑, aunque me
habéis interrumpido un cálculo excelente que a no fallarme cambiaría quizás el
sistema de Newton. ¿Podéis concederme una entrevista secreta?
‑¿Eh? ¿Qué decía yo? ‑dijo el gobernador al inspector.
‑Bien conocéis a vuestra gente ‑respondió este último sonriéndose,
y volviéndose a Faria le dijo:
‑Caballero, lo que me pedís es imposible.
‑Sin embargo, ¿y si se tratase, caballero ‑repuso el abate‑, de
hacer ganar al gobierno una suma enorme, una suma de cinco millones?
‑A fe mía que hasta la cantidad adivinasteis ‑dijo el inspector
volviéndose otra vez hacia el gobernador.
‑Vamos ‑prosiguió el abate, conociendo que el inspector iba a
marcharse‑, no hay necesidad de que estemos absolutamente solos. El señor
gobernador puede asistir a nuestra entrevista.
‑Amigo mío ‑dijo el gobernador‑, sabemos por desgracia de antemano
lo que queréis decirnos. De vuestros tesoros, ¿no es verdad?
Miró Faria a este hombre burlón con ojos en que un observador
desinteresado hubiera leído la razón y la verdad.
‑Sin duda alguna ‑le respondió‑. ¿De qué queréis que yo os
hable, sino de mis tesoros?
‑Señor inspector ‑repuso el gobernador‑, puedo contaros esa
historia tan bien como el abate, porque hace cuatro o cinco años que no me
habla de otra cosa.
‑Eso demuestra, señor gobernador ‑dijo Faria‑, que sois como
aquellos de que habla la Escritura, que tienen ojos y no ven, oídos y no oyen.
‑Amigo ‑añadió el inspector‑, el gobierno es rico, y a Dios gracias
no necesita de vuestro dinero. Guardadlo, pues, para cuando salgáis de vuestro
encierro.
Dilatáronse los ojos del abate, y asiendo de la mano al
inspector, le dijo:
‑Pero, ¿y si no salgo nunca? ¿Y si contra toda justicia
permanezco siempre en este calabozo? ¿Y si muero sin haber legado a nadie mi
secreto? ¡El tesoro se perderá! ¿No es preferible que lo poseamos el gobierno
y yo? Daré hasta seis millones, caballero, sí, le daré hasta seis millones, y
me contentaré con el resto si se me pone en libertad.
‑A fe mía ‑dijo a media voz el inspector‑, habla con tal acento
de convicción, que se le creería a no saber que está loco.
‑No estoy loco, caballero, digo la verdad ‑repuso Faria, que con
ese oído finísimo de los presos no perdió una sola palabra‑. El tesoro de que
hablo existe ciertamente, y me comprometo a firmar con vos un tratado por el
cual me llevaréis adonde yo designe, se cavará en la tierra, y si yo miento, si
no se encuentra nada, si estoy loco como decís, consentiré en volver al
calabozo, y en permanecer toda mi vida, y en esperar la muerte sin volver a
pedir nada ni a vos ni a nadie.
El gobernador se echó a reír.
‑¿Y está muy lejos el lugar de vuestro tesoro?
‑A cien leguas de aquí, sobre poco más o menos.
‑No está mal imaginado ‑dijo el gobernador‑. Si todos los presos
se divirtiesen en pasear a sus guardias por un espacio de cien leguas, y si los
guardias consintiesen en tales paseos, sería un magnífico motivo para que los
presos tomaran las de Villadiego a la primera ocasión, que no dejaría de
presentarse, ciertamente, en tan larga correría.
‑Es un ardid muy gastado ‑dijo el inspector‑. Ni siquiera tiene
el mérito de la invención.
Después, volviéndose al abate, le dijo:
‑Ya os he preguntado si os dan bien de comer.
‑Caballero ‑respondió Faria‑, juradme por Cristo nuestro Señor
que me pondréis en libertad si no miento, y os diré dónde está el tesoro.
‑¿Os dan buen alimento? ‑repitió el inspector.
‑Nada aventuráis, caballero, y no será un truco para escaparme,
pero consiento en permanecer aquí mientras vos vayáis...
‑¿No contestáis a mi pregunta? ‑repuso impaciente el inspector.
‑¡Ni vos a mi solicitud! ‑respondió el abate‑. ¡Maldito seáis
como los insensatos que no han querido creerme! ¿No queréis mi oro? Para mí
será. ¿Me negáis la libertad? Dios me la dará. Idos. Ya nada tengo que decir.
Y el abate tiró el cobertor sobre la cama, recogió su pedazo de
yeso, y fue a sentarse en medio de su círculo, donde continuó trazando sus
figuras.
‑¿Qué hace? ‑decía el inspector al irse.
‑Cuenta sus tesoros ‑le contestó el gobernador.
Faria respondió a este sarcasmo con una mirada sublime de desprecio.
Salieron y el llavero cerró la puerta.
‑¿Si habrá poseído, en efecto, algún tesoro? ‑decía el inspector
subiendo la escalera.
‑O habrá soñado que lo poseía, y despertó demente ‑repuso el
gobernador.
‑Si realmente fuera tan rico, no estaría preso ‑añadió el inspector
con la sencillez del hombre corrompido.
Así concluyó para el abate Faria esta aventura. Siguió preso sin
que lograse con la visita otra cosa que afirmar su fama de loco.
Caligula o Nerón, aquellos célebres rebuscadores de tesoros, que
se dieron de cabezadas por todo lo imposible, hubiesen atendido a este pobre
hombre, le hubiesen concedido el aire que deseaba, el espacio que en tanto
tenía, la libertad que tan cara quería pagar; pero los reyes de ahora,
encerrados en los límites de lo probable, no tienen la audacia de la voluntad,
temen el oído que escucha las órdenes que ellos mismos dan, el ojo que ve sus
acciones; no sienten en sí lo superior de la esencia divina, son hombres
coronados, en una palabra. En otro tiempo se creían o a lo menos se decían
hijos de Júpiter, y conservaban algo del ser de su padre; que no se plagian
fácilmente las cosas de ultra‑nubes. Ahora los reyes se hacen muy a
menudo vulgares. Sin embargo, como ha repugnado siempre al gobierno despótico
que se vean a la luz pública los efectos de la prisión y de la tortura; como
hay pocos ejemplos de que una víctima de la inquisición haya podido pasear por
el mundo sus huesos triturados y sus sangrientas llagas, así la locura, esta
úlcera causada por el fango de los calabozos, se esconde casi siempre
cuidadosamente en el sitio en que ha nacido, o si sale de él es para enterrarse
en un hospital sombrío, donde el médico no puede distinguir ni al hombre ni al
pensamiento entre las informes ruinas que el carcelero le entrega.
Vuelto loco en la prisión el abate Faria, por su misma locura,
estaba condenado a no salir nunca de ella. En cuanto a Dantés, el inspector le
cumplió su palabra, examinando el libro de registro cuando volvió a los
aposentos del gobernador. Así decía la nota referente a él:
Edmundo Dantés:
Bonapartista acérrimo. Ha tomado una parte muy activa en la vuelta de Napoleón.
Téngase muy vigilado y con el mayor secreto. Esta nota era de otra letra y de
otra tinta que las demás del registro, lo que prueba que no ha sido anotada de
la prisión de Edmundo. La acusación era bastante positiva para dudar de ella.
El inspector escribió, pues, debajo:
«Nada se puede hacer por él.»
Esta visita había hecho revivir a Dantés. Desde su entrada en el
calabozo se había olvidado de contar los días; pero el inspector le había dado
una fecha nueva, y no la olvidó esta vez, sino que arrancando de la pared un
pedazo de yeso escribió en el muro: «30 de julio de 1816.» Desde este momento
señaló con una raya cada día que pasaba para poder calcular el tiempo.
Transcurrieron días, semanas y meses, y Dantés seguía confiado.
Empezó por fijar para su salida de la cárcel un término de quince días, pues
suponiendo que el inspector no tuviese en su asunto sino la mitad del interés
que él mismo tenía, le bastaba con ese plazo. Transcurrido también éste, pensó
que era absurdo creer que el inspector se ocupase en tal cosa antes de su
regreso a París, y como su vuelta era imposible sin terminar la visita, que
debía durar lo menos un mes o dos, alargó Edmundo su plazo hasta tres meses.
Pasados éstos hizo otro cálculo, prolongándolos hasta seis; pero cuando éstos
pasaron también, halló que juntos los primeros días con los meses había
esperado diez y medio.
Durante dicho tiempo en nada había mudado su situación; ninguna
nueva de consuelo había tenido, y seguía como siempre mudo su carcelero. Dantés
empezó a dudar de sus sentidos, a creer que lo que tomaba por un recuerdo no
era sino una visión de su fantasía, y que aquel ángel consolador solamente
había bajado a su calabozo en alas de un sueño.
Al cabo de un año trasladaron al gobernador del castillo,
obteniendo el antiguo el mando de la fortaleza de Ham, a la que se llevó muchos
de sus dependientes, entre ellos el carcelero de Edmundo. Llegó el nuevo
gobernador, y como le costase mucho trabajo recordar los nombres de los presos,
se los hizo representar por números. Este horrible hotel tenía unas cincuenta
habitaciones, cuyos números respectivos tomaron sus habitantes. ¡El
desgraciado marino dejó de llamarse Edmundo Dantés, conociéndose tan sólo por
el número 34!
Capítulo quince
El número 34 y el número 27
Dantés pasó por todos los grados de desventura que experimentan
los presos olvidados en el fondo de sus calabozos. Comenzó por recurrir al
orgullo, que es una consecuencia de la esperanza y un íntimo convencimiento de
la propia inocencia; después dudó de su inocencia, lo que no dejaba de
justificar un tanto las suposiciones de locura del gobernador, y por último
cayó del pedestal de su orgullo, y no para implorar a Dios, sino a los hombres.
Dios es el último recurso. El desgraciado que debería comenzar por él, no llega
a implorarle sino después de haber agotado todas sus esperanzas.
Pidió, pues, que le sacasen de su calabozo para ponerle en otro,
aunque fuese más negro y más oscuro. Un cambio, aunque perdiendo, era siempre
un cambio, y le proporcionaría por algún tiempo distracción. Pidió asimismo
que le concediesen el pasear, y el tomar el aire, y libros a instrumentos. Nada
le fue concedido; pero no por eso dejó de pedir, pues se había acostumbrado a
hablar con su carcelero, que era más mudo que el anterior si es posible. Hablar
con un hombre, aunque no le respondiese, había llegado a parecerle una gran
felicidad. Hablaba para escuchar su propia voz, pues cierta vez que ensayó en
hablar a solas, su voz le dio miedo.
Muchas veces, cuando estaba en libertad, se había horrorizado
Dantés al recuerdo de esas cárceles comunes de las poblaciones, donde los
vagabundos están mezclados con los bandoleros y con los asesinos, que con
innoble placer contraen horribles lazos, haciendo de la vida de la cárcel una
orgía espantosa. Pues, a pesar de todo, llegó incluso a sentir deseos de
encontrarse en uno de estos antros, por ver otras caras que la de aquel
carcelero impasible y mudo; llegó a echar de menos el presidio con su infamante
traje, su cadena asida al pie, y la marca en la espalda. Los presidiarios al
menos viven en sociedad con sus semejantes, respiran el aire libre y ven el
cielo: los presidiarios deben ser muy dichosos.
Un día suplicó a su guardián que pidiese para él un compañero,
aunque fuese el abate loco de que había oído hablar. Bajo la corteza de un
carcelero, por más que sea muy ruda, queda siempre algo de humanidad, y éste, a
pesar de que nunca lo había demostrado ostensiblemente, en lo íntimo de su
alma compadeció muchas veces a aquel desgraciado joven, sujeto a tan dura
cautividad, por lo que transmitió al gobernador la solicitud del número 34;
pero el gobernador, prudentísimo como si fuera un hombre político, se figuró
que Dantés quería insurreccionar a los presos, fraguar una conspiración, contar
con algún amigo para alguna tentativa; y le negó lo que pedía.
Habiendo agotado todos los recursos humanos, y no encontrando
remedio de ninguna clase para sus males, fue cuando se dirigió a Dios. Vinieron
entonces a vivificar su alma todos esos pensamientos piadosos que baten sus
alas sobre los desgraciados. Recordó las oraciones que le enseñaba su madre,
hallándoles una significación entonces de él desconocida, porque las oraciones
para el hombre que es dichoso son a veces palabras vacías de sentido, hasta
que el dolor viene a explicar al infortunio ese lenguaje sublime con que nos
habla Dios.
Oró, pues, mas no con fervor sino con rabia. Rezando en alta voz
no le asustaban sus palabras: caía en una especie de éxtasis; a cada palabra
que pronunciaba se le aparecía Dios; sacaba lecciones de todos los hechos de su
vida humilde y oscura, atribuyéndolos a Dios, imponiéndose deberes para el
porvenir, y al final de cada rezo intercalaba ese deseo egoísta que los
hombres dirigen a sus semejantes más a menudo que a Dios:
«... Y perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a
nuestros deudores... »
Y esto le puso sombrío, y un velo cubrió sus ojos. Dantés era un
hombre sencillo y sin educación. Lo pasado permanecía para él envuelto en ese
misterio que la ciencia desvanece. En la soledad de un calabozo, en el desierto
de su imaginación, no le era posible resucitar los tiempos pasados, reanimar
los pueblos muertos, restaurar las antiguas ciudades, que el pensamiento
poetiza y agiganta, y que pasan delante de los ojos alumbradas por el fuego del
cielo, como los cuadros babilónicos de Martin. Dantés no conocía más que su
pasado, tan breve; su presente, tan sombrío, y su futuro tan dudoso. ¡A la luz
de los diecinueve años ver la oscuridad de una noche eterna! Como ninguna
distracción le entretenía, su espíritu enérgico, a cuyas aspiraciones bastara
solamente el tender su vuelo a través de las edades, se veía obligado a ceñirse
a su calabozo como un águila encerrada en una jaula. Entonces se aferraba, por
decirlo así, a una idea, a la de su ventura, desvanecida sin causa aparente por
una fatalidad inconcebible; aferrábase, pues, a este pensamiento, le daba mil
vueltas examinándolo bajo todas sus fases, devorándolo como el implacable
Ugolino devora el cráneo del arzobispo Roger en el Infierno del Dante. Edmundo,
que sólo tenía una fe pasajera en el poder, la perdió como la pierden otros
después del triunfo, con la única diferencia de que él no había sabido
aprovecharla.
La rabia sucedió al ascetismo. Tales blasfemias decía Edmundo,
que el carcelero retrocedía espantado: se daba golpes contra las paredes, y con
cuanto tenía a la mano, principalmente en sí mismo se vengaba de las
contrariedades que le hacía sufrir un grano de arena, una paja o una ráfaga de
viento. Entonces aquella carta acusadora que él había visto, que él había tocado,
que le enseñó Villefort, volvía a clavársele en el magín y cada línea brillaba
en la pared como el Mane Thécel Pharés, de Baltasar. Decía para sí que
era el odio de los hombres, no la venganza de Dios el que lo hundió en aquella
sima; entregaba aquellos hombres desconocidos a todos los suplicios que
inventaba su exaltada imaginación, y aún le parecían dulces los más tremendos,
y sobre todo livianos para ellos, porque tras el suplicio viene la muerte, y la
muerte es, si no el reposo, la insensibilidad, que se le parece mucho.
A fuerza de repetirse a sí mismo, a propósito de sus enemigos,
que la calma es la muerte, y el que desea castigar con crueldad necesita de
otros recursos que no son los de la muerte, cayó en el horrible ensimismamiento
que ocasiona la idea del suicidio. ¡Pobre de aquel a quien detienen en la
pendiente de la desgracia estas tristes ideas! ¡Son como uno de esos mares
muertos que reflejan el purísimo azul del cielo; pero que si el nadador se
arroja a ellos, siente hundirse sus pies en un suelo fangoso, que le atrae, le
aspira y le traga! En esta situación, sin auxilio divino, no hay remedio para
él, y cada esfuerzo que hace le hunde más, y le arrastra más y más a la muerte.
Esta agonía moral es, sin embargo, menos terrible que el dolor
que la precede y el castigo que acaso la sigue; es una especie de consuelo
vertiginoso, que nos muestra la profundidad del abismo, pero que también en su
fondo nos muestra la nada. Edmundo se consoló, pues, un tanto con esta idea.
Todos sus dolores, todos sus sufrimientos, con su lúgubre cortejo de fantasmas,
huyeron hacia aquel rincón del calabozo, donde parecía que el ángel de la
muerte pudiese fijar su silenciosa planta. Contempló ya con tranquilidad su
vida pasada, con terror su vida futura, y eligió ese término medio que le
ofrecía un asilo.
‑Tal vez en mis lejanas correrías, cuando yo era aún hombre, y
cuando este hombre libre y potente daba a otros hombres órdenes que eran
ejecutadas en el acto, tal vez (decía para sí) he visto nublarse el cielo,
bramar las olas y encresparse, nacer la tempestad en un extremo del espacio, y
como un águila gigantesca venir llenando con sus alas los dos horizontes. Quizá
conocía ya entonces que mi barco era un refugio despreciable, puesto que
parecía temblar y estremecerse, ligero como una pluma en la mano de un
gigante. Después el terrible mugido de las olas, la vista de los escollos me
anunciaban la muerte, y la muerte me espantaba, y hacía inauditos esfuerzos
para librarme de ella, y reunía en un punto todas las energías del hombre y
toda la inteligencia del marino para luchar con Dios. Y esto, porque yo
entonces era feliz; porque volver a la vida era para mí volver a la felicidad;
porque aquella muerte yo no la había llamado ni la había elegido; porque el
sueño, en fin, me parecía intolerable en aquel lecho de algas y de légamo...,
era que me indignaba a mí, criatura, imagen de Dios, el servir de pasto a los
albatros o a los tiburones. Pero hoy ya es otra cosa: he perdido cuanto me
encariñaba con la existencia; hoy la muerte me sonríe como una nodriza al niño
que va a amamantar; hoy muero como se me antoja; muero cansado, como dormía en
aquellas noches de desesperación y rabia después de haber dado tres mil vueltas
en mi camarote; es decir, treinta mil pasos; es decir, diez leguas sobre poco
más o menos.
En cuanto esta idea germinó en la imaginación del joven, púsose
un tanto más alegre, más risueño, se conformó más con su pan negro y con su
dura cama, comió menos, dejó de dormir, y comenzó a parecerle soportable aquel
resto de existencia, que podría dejar cuando quisiese, como se deja un vestido
viejo.
Dos maneras tenía de morir; una era sencilla: atar su pañuelo a
un hierro de la ventana y ahorcarse; otra era dejarse morir de hambre, sin que
su carcelero se diera cuenta de ello. La primera repugnaba mucho a Dantés,
porque recordaba a los piratas que mueren ahorcados en las vergas de los
navíos que los apresan: tenía pues a la horca por un suplicio infamante y no
quería aplicárselo a sí mismo, por lo que adoptó el segundo medio, empezando
desde aquel día a ponerlo en práctica.
Cerca de cuatro años habían transcurrido en las alternativas que
hemos referido. A fines del segundo dejó de contar los días, y había vuelto a
esa ignorancia del tiempo, de que le sacara en otra época el inspector.
Habiendo dicho Dantés «quiero morir», y habiendo elegido hasta
la muerte que se daría, lo calculó bien todo, y por temor de arrepentirse hizo
juramento consigo mismo de morir de aquella manera. «Cuando me traigan las
provisiones las tiraré por la ventana ‑decíase‑, y aparentaré que las he
comido.»
Hízolo como se lo había prometido. Dos veces cada día tiraba su
comida por la ventanilla con reja, que apenas le dejaba ver el cielo,
primeramente con alegría, después con reflexión, y por último con pesar. Para
fortalecerse en tan horrible lucha, necesitaba recordarse a cada instante el
juramento que se había hecho. Aquella comida que otras veces le repugnaba,
gracias al aguijón del hambre, le parecía tentadora a la vista, exquisita al
olfato, y más de una vez pasó horas enteras con la cazuela en las manos
contemplando fijamente iba a cesar para él, hízole figurarse que Dios se
compadecía al fin de aquella carne nauseabunda, aquel pescado podrido, y aquel
pan negro sus sufrimientos. Dominaban aún en él los postreros instintos de la
vida. Su calabozo de sus amigos, alguno de esos seres amados, en quien tantas
veces le parecía entonces menos sombrío, y su situación menos desesperada.
pensó, siempre que pensaba, no se ocuparía de él en aquellos momentos. Todavía
era joven, puesto que debía contar veinticinco o veintiséis años, y le quedaban
con corta diferencia cincuenta que vivir, o sea el doble de lo que había
vivido. Pero no, sin duda Edmundo se engañaba; aquello no era más que una de
esas visiones fantásticas que se forjan a las puertas de lamentos, y no
trataría de disminuir la distancia que los separaba?
Durante este tiempo, ¡cuántos acontecimientos podrían abrir las
murallas del castillo de If, y romper las puertas, y volverle a la libertad!
Entonces aproximaba a su boca aquella comida que, Tántalo voluntario, apartaba
al punto con mano firme, pues con el recuerdo de su juramento, esta generosa
naturaleza temía despreciarse a sí mismo si lo quebrantaba. Riguroso a
implacable consigo mismo, gastó, pues, el asomo de existencia que le quedaba,
llegando un día en que no tuvo fuerzas para levantarse a arrojar la comida. Al
día siguiente ya no veía, y oía con mucha dificultad. El carcelero creyó que
estaba enfermo de gravedad, y Edmundo confió ya en su muerte próxima. Así pasó
todo el día. Cierto aturdimiento vago y un si es no es agradable, empezaba a
apoderarse de él.
Ya se habían adormecido las convulsiones nerviosas de su estómago;
se habían calmado los ardores de su sed. Al cerrar los ojos veía una multitud
de resplandores brillantes, como esos fuegos fatuos que oscilan por la noche a
flor de los terrenos fangosos: era el crepúsculo de ese ignoto país que se
llama la muerte.
De repente, a las nueve de aquella misma noche, oyó en la pared
en que se apoyaba su cama un ruido sordo y lento. Venían tantos animales
inmundos a hacer ruido por aquel lado, que poco a poco se había acostumbrado
Dantés a no despertar siquiera de sus sueños por cosa tan común allí; pero
esta vez, ya que la abstinencia tuviese exaltados sus sentidos, ya que fuese
el ruido, en efecto, extraordinario, o ya porque en los momentos supremos todo
tiene importancia, Edmundo levantó la cabeza para oír mejor. Era una especie de
frotamiento acompasado, que parecía provenir, o de unas enormes uñas o de unos
dientes fortísimos, o en fin, de un instrumento que chocara con la piedra.
Aunque debilitada, en la imaginación del joven bulló al punto esta idea falaz,
fija constantemente en la de todo preso: ¡La libertad! La ocasión en que
escuchaba aquel ruido, justamente cuando todo ruido muere. El ruido seguía
oyéndose, sin embargo, y duró hasta tres horas sobre por más o menos,
terminando en una especie de roce, como al arrastrar una cosa.
Horas más tarde se repitió más fuerte y más cercano. Empezaba
Edmundo a interesarse en aquel trabajo que le hacía compañía, cuando entró el
carcelero.
Habían pasado ocho días desde que decidió morir, y cuatro desde
que empezó a poner en práctica su proyecto, y en todo este tiempo no había
Edmundo dirigido la palabra a aquel hombre, ni respondido a las que él le
dirigía preguntándole por su enfermedad, sino que por el contrario, siempre se
volvía del otro lado cuando el carcelero le contemplaba atentamente. Mas hoy
podía el carcelero oír aquel sordo ruido y alarmarse, y destruir acaso aquel
yo no sé qué de esperanza, cuya idea deleitaba los últimos momentos de Dantés.
El carcelero le traía el almuerzo y Edmundo se incorporó en su
cama, y ahuecando la voz se puso a hablar de todas las cosas posibles, de la
mala calidad de su alimento, del frío que reinaba en el calabozo, maldiciendo y
gruñendo, para tener el derecho de gritar más fuertemente, y agotando la
paciencia del carcelero, que precisamente aquel día había pedido para el preso
enfermo caldo y pan tierno, y le llevaba ambas cosas. Por fortuna creyó que
Dantés deliraba, y salió del calabozo, poniendo el almuerzo en la mesilla coja
donde lo solía dejar. Libre entonces Edmundo, volvió a escuchar con deleite. El
ruido era ya tan claro que el joven lo escuchaba sin trabajo alguno.
‑¡No hay dada! ‑exclamó para sí‑; puesto que, a pesar de la luz
del día prosigue este ruido, lo ocasiona algún desdichado preso para escaparse.
¡Oh! ¡Si yo estuviera con él, cómo le ayudaría!
De pronto, una nube sombría pasó eclipsando esta aurora de esperanza
por aquella mente, sólo habituada a la desgracia, y que no podía sin macho
trabajo volver a concebir la felicidad. Era, pues, la idea de que quizás aquel
rumor lo ocasionaban algunos albañiles que se ocupasen por orden del
gobernador, en arreglar el calabozo inmediato.
Fácil era cerciorarse; pero ¿cómo se atrevía a preguntarlo? Nada
más fácil, repetimos, que esperar la llegada del carcelero, hacerle darse
cuenta del ruido, y observar la impresión que le causaba; pero con esta nimia
satisfacción de su curiosidad, ¿no podría arriesgar intereses muy altos? Por
desgracia, la cabeza de Edmundo, como una campana vacía, estaba aturdida, y
tan débil, que su cerebro, flotante como un vapor, no podía condensarse para
concebir una idea. No vio más que un medio para dar fuerza a su reflexión y
lucidez a su juicio; volvió los ojos hacia el caldo, humeante aún, que el
carcelero acababa de poner sobre la mesa, y levantándose como pudo tomó la
taza y bebió de un sorbo, sintiendo al punto un indecible bienestar. Y tuvo fuerzas para contenerse, aunque había
ya cogido el pan para comerlo; pero el recuerdo de que muchos náufragos,
extenuados de hambre, habían muerto por comer mucho de repente, hízole dejar el
pan sobre la mesa y volver a acostarse. Edmundo ya no quería morir.
Pronto sintió penetrar la luz en su cerebro. Sus ideas vagas e
incomprensibles empezaban a reflejarse en ese espejo maravilloso cuya lucidez
distingue al hombre del animal. Pudo, pues, pensar, fortificando su
pensamiento con el raciocinio.
‑Puedo hacer una prueba ‑dijo entonces para sí‑, pero sin
comprometer a nadie. Si el ruido procede de un albañil, en cuanto yo golpee la
pared, cesará, porque él intentará saber quién llama y por qué llama; pero como
será su trabajo no solamente lícito sino obligatorio, al punto lo proseguirá.
Si, por lo contrario, es un preso, el ruido que yo haga debe sobresaltarle, y
temiendo ser descubierto abandonará su trabajo hasta la noche cuando todos
duerman en el castillo.
Acto seguido volvió a levantarse Edmundo, y esta vez, ni sus
piernas vacilaban ni sus ojos se desvanecían. Dirigióse a un rincón del calabozo,
arrancó una piedra, que con la humedad iba ya desprendiéndose, y con ella dio
tres golpes en la pared, donde parecía sentirse más cercano el ruido. Al primer
golpe, el ruido cesó como por ensalmo. Púsose a escuchar Edmundo con toda su
alma, y pasó una hora, y pasaron dos, sin que el ruido prosiguiese. Del otro
lado de la pared respondía a sus golpes un silencio absoluto. Lleno de
esperanza, comió algunos bocados de pan, bebió unos sorbos de agua, y gracias a
la poderosa constitución de que le dotara la naturaleza, hallóse poco más o
menos como antes. Llegó la noche y no se oyó el ruido.
‑¡Es un preso! ‑exclamó Dantés con indecible júbilo.
Desde entonces su cabeza fue un volcán, y se hizo su vida
violenta a fuerza de ser activa. Pasó la noche sin que él cerrara los ojos ni
se oyera el más leve ruido. Con el alba llegó el carcelero a traer las
provisiones. Edmundo había agotado las del día anterior, y agotó también las
nuevas, escuchando incesantemente aquel ruido que no continuaba, temiendo que
no volviese a repetirse, andando al día diez o doce leguas en su calabozo,
asiéndose a la reja de hierro de la ventanilla para recobrar la elasticidad de
sus miembros, y disponiéndose, en fin, a luchar cuerpo a cuerpo con el
porvenir, al igual que los gladiadores, que ejercitaban su cuerpo y lo frotaban
con aceite antes de bajar a la arena. En los intervalos de esta febril
actividad, escuchaba por si volvía el ruido, impacientándose con la prudencia
de aquel preso, que no adivinaba que quien le había interrumpido en sus tareas
de libertad era otro preso que deseaba recobrarla tanto como él.
Transcurrieron tres días... setenta y dos horas mortales
contadas minuto por minuto. A1 fin una noche, cuando el carcelero acababa de
hacerle su última visita, tenía Edmundo por centésima vez pegado el oído a la
pared, y le pareció que un rumor imperceptible vibraba sordamente en su cabeza,
puesta en contacto con la pared. Apartóse un poco para refrescar su cerebro
exaltado, dio algunas vueltas por la habitación, y volvió a colocarse en el
mismo sitio. No había duda: algo pasaba en el otro lado. El preso había reconocido
lo arriesgado de su empresa y la proseguía de otro modo. Sin duda había
sustituido el cincel por la palanca. Animado por este descubrimiento, Edmundo
decidió ayudar a aquel obrero infatigable. Empezando por apartar su cama, pues
detrás de ella creía que sonaba el rumor, buscó con los ojos un objeto que le
sirviese para rascar la pared y arrancar una piedra de sus húmedos cimientos.
No tenía cuchillo ni instrumento cortante alguno, sino sólo los barrotes de la
reja, y como más de una vez se había convencido de que era imposible
arrancarlos, ni siquiera lo intentó. Todos sus muebles reducíanse a la cama,
una silla, una mesa, un jarro y un cántaro. La cama tenía los pies de hierro;
pero los tenía unidos a las tablas con tornillos. Para poder arrancarlos
necesitaba de un destornillador.
Sólo le quedaba un recurso: romper el cántaro, y emprender su tarea
con uno de los pedazos que tuviesen forma puntiaguda. Dicho y hecho: dejó caer
el cántaro al suelo, con lo que se hizo mil pedazos. Eligió dos o tres de los
más agudos y los ocultó en su jergón, dejando los otros en el suelo. El
romperse el cántaro era una cosa tan natural, que no le daba cuidado alguno.
Edmundo tenía toda la noche para trabajar; pero con la oscuridad no se daba
mucha maña, pues tenía que trabajar a tientas, y conoció bien pronto que su
primitiva herramienta se embotaba contra un cuerpo más duro. Volvió, pues, a
acostarse y esperó que amaneciera: con la esperanza había recobrado la
paciencia, y durante toda la noche no dejó de oír al zapador anónimo que
continuaba su trabajo subterráneo.
Al amanecer entró el carcelero. Díjole el joven que bebiendo, la
víspera, con el cántaro, se le había caído de las manos, rompiéndose. El
carcelero, refunfuñando, fue a traer otra vasija nueva, sin tomarse el trabajo
de llevarse los restos de la rota. Volvió con ella un instante después,
encargando al preso que tuviese más cuidado, y se marchó.
Dantés escuchó con alegría inexplicable rechinar la cerradura,
que en otros tiempos cada vez que se cerraba le oprimía el corazón. Oyó
alejarse el ruido de los pasos, y cuando se extinguieron enteramente corrió a
retirar la cama de su sitio, con lo que pudo ver, al débil rayo de luz que
penetraba en el calabozo, lo inútil de su tarea de la noche anterior, ya que
había rascado la piedra y no la cal que por sus extremos la rodeaba y que la
humedad había reblandecido bastante. Latiéndole con fuerza el corazón observó
Dantés que se caía a pedazos, y que aunque los pedazos eran átomos, en
realidad, en media hora arrancó un puñado poco más o menos. Un matemático
hubiera podido calcular que con dos años de este trabajo, si no se tropezaba
con piedra viva, podría practicarse un boquete de dos pies cuadrados y veinte
de profundidad. Entonces el preso se reprendió a sí mismo por no haber ocupado
en aquella manera las largas horas que había perdido esperando, rezando y
desesperándose. Eran cerca de seis años que llevaba en el calabozo. ¿Qué
trabajo no hubiera podido acabar por lento que fuese? Esta idea le infundió
alientos.
A los tres días logró, con infinitas precauciones, arrancar todo
el cimiento, dejando la piedra al aire. La pared se componía de morrillos
interpolados de piedras para mayor solidez. Una de estas piedras era la que
había casi desprendido y que ahora anhelaba arrancar de su base. Recurrió
Dantés a sus dedos, pero fueron insuficientes, y los pedazos del cántaro,
introducidos a manera de palanca en los huecos, se rompían cuando él apretaba.
Después de una hora de inútiles tentativas se levantó con la frente bañada en
sudor, lleno de angustia el corazón, preguntándose si tendría que renunciar al
principio de su empresa. ¿Tendría que esperar, inerte y pasivo, a que su
compañero, que quizá se cansaría, lo hiciese todo por su parte?
Pasó entonces por su imaginación una idea que le hizo quedarse
parado y sonriendo. Su frente húmeda de sudor se secó al punto. El carcelero le
llevaba todos los días la sopa en una cacerola de cinc. Además de su sopa,
contenía esta cacerola seguramente la de otro preso, puesto que había observado
Dantés que unas veces estaba enteramente llena y otras hasta la mitad
únicamente, según que su conductor empezaba a distribuir por él o por su
compañero.
La cacerola tenía un mango de hierro, que era justamente lo que
Edmundo necesitaba, y lo que hubiera pagado con diez años de su vida. El
carcelero solía vaciar la cacerola en la cazuela de Dantés, quien después de
comerse la sopa con una cuchara de palo, lavaba la cazuela para que le sirviera
al siguiente día. Aquella noche Edmundo colocó la cazuela en el suelo entre la
puerta y la mesilla, de modo que al entrar el carcelero la pisó y la hizo mil
pedazos sin que pudiese decir nada a Dantés: si éste había cometido la torpeza
de dejarla en el suelo, el carcelero había cometido la de no mirar dónde ponía
los pies; por lo que tuvo que contentarse con refunfuñar. Miró luego a su
alrededor para hallar donde dejarle la comida; pero Dantés no tenía más vasija
que la cazuela.
‑Dejadme la cacerola ‑dijo Edmundo‑, mañana podréis recogerla
cuando me traigáis el desayuno.
Este consejo convenía tanto a la pereza del carcelero, como que
así no necesitaba subir y bajar otra vez la escalera. Dejó pues la cacerola.
Edmundo tembló de alegría, y comiendo esta vez a toda prisa la sopa y el resto
de sus provisiones, que, según costumbre de las cárceles, se juntaban en una
sola vasija, esperó más de una hora para cerciorarse de que el carcelero no
volvería; separó la cama de la pared, cogió la cacerola, a introduciendo el
mango por la junta de piedra, sirvióse de él como de una palanca.
Una ligera oscilación de la piedra le probó que su ensayo tenía
buen j resultado; al cabo de una hora, la piedra había salido de la pared,
dejando un hueco como de un pie de diámetro. Recogió con cuidado toda la cal, y
la esparció en los rincones del calabozo. Luego raspó el suelo con uno de los
pedazos del cántaro y mezcló aquella cal con tierra negruzca. Queriendo después
aprovechar aquella noche, en que la casualidad, o mejor dicho, su sabia
combinación le proveyera de tan precioso instrumento, siguió cavando con mucho
afán. Al amanecer volvió a colocar la piedra en su agujero, colocó también la
cama en su sitio y se acostó. Su almuerzo consistía en un pedazo de pan, que
poco después vino a traerle el carcelero.
‑¡Cómo! ¿No me bajáis otra cazuela? ‑le preguntó Edmundo.
‑No, porque todo lo rompéis ‑respondió aquél‑. Habéis roto a un
cántaro, y tenido la culpa de que yo rompiese la cazuela. Si todos los presos
hiciesen tanto gasto como vos, el gobierno no podría soportarlo. Os dejaré la
cacerola, y en ella os echaré la sopa de hoy en adelante: acaso no la
romperéis.
Dantés levantó los ojos al cielo y cruzó las manos debajo de su
cobertor porque aquel pedazo de hierro, de que dispondría ya a todas horas, le
inspiraba una gratitud al cielo, más viva que la que le habían inspirado todas
las venturas de su vida anterior. Había observado solamente que su compañero
no trabajaba desde que él había comenzado su tarea. Pero ni esto importaba, ni
era razón para desmayar: si su compañero no llegaba hasta él, él llegaría
hasta su compañero. Todo el día trabajó sin descanso, de manera que por la
noche, gracias a su nuevo instrumento, había arrancado de la pared sobre diez
puñados, entre morrillos, cal y piedra del cimiento.
A la hora de la visita enderezó lo mejor que pudo el mango de su
cacerola, colocándola en su sitio. Vertió en ella el llavero su ordinaria
ración de sopa y de provisiones, o por mejor decir de pescado, porque aquel
día, así como tres veces por semana, hacían comer de viernes a los presos. Este
habría sido un medio de calcular el tiempo, si Edmundo no hubiera renunciado a
él desde hacía mucho.
Fuese el carcelero y esta vez quiso Dantés asegurarse de si su
vecino había en efecto renunciado o no a su empresa, y se puso a escuchar
atentamente. Todo permaneció en silencio como durante aquellos tres días en que
los trabajos se habían interrumpido. Suspiró, convencido de que el preso
desconfiaba de él. Con todo, no por esto dejó de trabajar toda la noche; pero a
las dos o tres horas tropezó con un obstáculo. El hierro no se hundía, sino que
resbalaba sobre una superficie plana. Metió la mano, y pudo cerciorarse de que
había tropezado con una viga que atravesaba, o, mejor dicho, cubría enteramente
el agujero comenzado por él. Era preciso cavar por debajo de ella o por encima.
El desgraciado no había pensado en este obstáculo.
‑¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ‑exclamó‑, tanto os recé, que confié
que me oyeseis. ¡Dios mío!, después de haberme quitado la libertad en vida...
¡Dios mío!, después de haber hecho renunciar al reposo de la muerte... ¡Dios
mío!, que me habéis devuelto al mundo... ¡Dios mío! ¡Apiadaos de mí, no me
dejéis morir entregado a la desesperación!
‑¿Quién es el que habla de Dios y se desespera? ‑murmuró una
voz, que como salida del centro de la tierra, llegaba a Edmundo opaca, por
decirlo así, y con un acento sepulcral.
Erizáronsele los cabellos y retrocedió, aunque estaba de
rodillas.
‑¡Ah! ‑dijo‑, oigo la voz de un hombre.
Ya hacía cuatro o cinco años que Edmundo no hablaba sino con el
carcelero, y para los presos el carcelero no es un hombre, es una puerta viva
que se aumenta a la puerta de encina, es una barra de carne sujetada a los
hierros de su ventana.
‑En nombre del cielo, quienquiera que seáis el que habló,
imploro que sigáis hablando, aunque vuestra voz me asuste: ¿quién sois?
‑¿Y vos, quién sois? ‑le preguntó la voz.
‑Un preso desdichado ‑respondió Edmundo, que no tenía ningún
inconveniente en responder.
‑¿De dónde sois?
‑Francés.
‑¿Os llamáis?
‑Edmundo Dantés.
‑¿Vuestra profesión?
‑Marino.
‑¿Cuánto tiempo hace que estáis preso?
‑Desde el 28 de febrero de 1815.
‑¿Cuál es vuestro delito?
‑Soy inocente.
‑Pero ¿de qué os acusan?
‑De haber conspirado para que volviera el emperador.
‑¿El emperador no está ya en el trono?
‑Abdicó en Fontainebleau
en 1814, y fue desterrado a la isla de Elba. Pero ¿desde cuándo estáis vos aquí
que ignoráis todo esto?
‑Desde 1811.
Dantés se estremeció; aquel hombre estaba preso cuatro años
antes que él.
‑Está bien: no cavéis más ‑dijo la voz muy aprisa‑. Decidme
solamente: ¿a qué altura está vuestra excavación?
‑Al nivel del suelo.
‑¿Y cómo puede ocultarse?
‑Con mi cama.
‑¿No os han mudado la cama desde que estáis preso?
Nunca.
‑¿Adónde cae vuestro calabozo?
‑A un corredor.
‑¿Y el corredor?
‑Al patio.
‑¡Ay! ‑murmuró la voz.
‑¡Dios mío! ¿Qué ocurre? ‑preguntó Dantés.
‑Que me equivoqué; que lo imperfecto de mi croquis me engañó;
que la falta de compás me ha perdido, pues una línea equivocada en mi croquis
equivale en realidad a quince pies. He creído que esta pared que nos separa era
la muralla.
‑Pero entonces hubierais salido al mar.
‑Era lo que yo quería.
‑¿Y si lo hubieseis logrado?
‑Nadaría hasta llegar a una de esas islas que rodean al castillo
de If, la isla de Daume o la de Tiboulen, o la costa, y me hubiera salvado.
‑¿Habríais podido nadar tanto?
‑Dios me habría dado fuerzas. Ahora todo está perdido.
‑¿Todo?
‑Sí, tapad muy bien ese agujero, no trabajéis más, no os ocupéis
en nada, y esperad que yo os avise...
‑¿Quién sois? Decidme quién sois, por lo menos.
‑Soy... soy el número 27.
‑¿Desconfiáis de mí? ‑le preguntó Dantés.
Y creyó oír por toda respuesta una risa amarga.
‑¡Oh! Soy buen cristiano ‑exclamó en seguida, adivinando instintivamente
que aquel hombre pensaba abandonarle‑. Os juro por Cristo que primero
consentiré que me maten, que dejar entrever a vuestros verdugos y a los míos un
átomo de la verdad; pero, en nombre del cielo, no me privéis de vuestra
presencia, no me privéis de vuestra voz, porque, os lo juro, me van abandonando
ya las fuerzas... porque me estrellaría contra la pared y tendríais que
reprocharos mi muerte.
‑¿Qué edad tenéis? Vuestra voz parece la de un joven.
‑No sé mi edad a punto fijo, como no sé el tiempo que he pasado
aquí. Solamente sé que iba a cumplir diecinueve años cuando me prendieron en
1815.
‑No ha cumplido aún veintiséis años ‑murmuró la voz. A esa edad
el hombre no es traidor todavía.
‑¡Oh! No, no, os lo juro ‑repitió Dantés‑. Os lo dije, consentiré
que me despedacen antes que haceros traición.
‑Hicisteis bien en hablarme, hicisteis bien en rogarme, porque
ya iba yo a trazar otro plan y a separarme de vos. Pero vuestra edad me
tranquiliza; esperadme, que me reuniré con vos.
‑¿Cuándo?
‑Antes calcularé nuestros recursos: dejad a mi cargo el
avisaros.
‑Pero no me abandonaréis, no me dejaréis solo, ¿verdad? Os vendréis
a reunir conmigo o consentiréis en que vaya a reunirme con vos. Huiremos
juntos, y si no podemos huir, hablaremos, vos de las personas a quienes améis,
yo de aquellas a quienes amo. Vos debéis de amar a alguien.
‑Estoy solo en el mundo.
‑Entonces me amaréis a mí. Si sois joven seré vuestro amigo; si
viejo, vuestro hijo. Mi padre debe de contar ahora setenta años, si aún vive;
yo sólo amaba a él y a una joven llamada Mercedes. Estoy seguro de que mi padre
no me ha olvidado; pero ella... sabe Dios si aún piensa en mí. Os amaré como
amaba a mi padre.
‑Está bien ‑dijo el preso‑. Hasta mañana.
Aunque pocas, el acento de estas palabras convenció a Dantés,
que sin hacer ninguna pregunta más se levantó, y tomando para ocultar los
escombros las mismas precauciones de otros días, volvió a arrimar su cama a la
pared. Desde aquel instante se entregó en cuerpo y alma a su felicidad: ya no
estaría solo, quizás iba a ser libre; y lo peor que podría sucederle, si seguía
preso, era tener un compañero, y como es sabido, la prisión en compañía es sólo
media prisión. Las quejas exhaladas en común son casi oraciones; las oraciones
en común son casi himnos de gratitud.
Dantés
no hizo en todo el día más que pasear de un extremo al otro de su calabozo,
saltándosele el corazón de júbilo, júbilo que en algunos intervalos le
ahogaba. Sentábase en la cama, apretándose el pecho con las manos, y al menor
ruido que se oía en el corredor lanzabase hacia la puerta; porque una o dos
veces le pasó por su imaginación la idea horrible de que le separasen de aquel
hombre, a quien ya amaba aún sin conocerle. Entonces tomó una resolución: si el
carcelero separaba su cama de la pared, y veía la excavación, y se inclinaba
para examinarla, él le asesinaría al punto con la baldosa en que colocaba el
cántaro de agua.
Le condenarían a muerte, bien lo sabía; pero ¿no iba él a morir
de fastidio y desesperación cuando aquel ruido milagroso le volvió a la vida?
A la noche volvió el carcelero. Dantés estaba acostado, porque
le parecía que así ocultaba mejor la excavación. Con ojos muy extrañados debió
de mirar sin duda al inoportuno carcelero, porque éste le dijo:
‑Vamos, ¿vais a volveros loco otra vez?
Dantés no respondió, porque temía que lo conmovido de su acento
le delatase. El carcelero se fue, moviendo la cabeza. Al llegar la noche creyó
Dantés que su vecino se aprovecharía del silencio y de la oscuridad para
reanudar la conversación; pero nada menos que eso: transcurrió la noche sin que
ningún ruido respondiese a su febril ansiedad; pero, por la mañana, después de
la visita de costumbre, cuando ya él había separado su cama de la pared,
sonaron tres golpecitos acompasados, que le hicieron ponerse apresuradamente de
radillas.
‑¿Sois vos? ‑dijo‑ ¡Aquí estoy!
‑¿Se ha marchado ya el carcelero? ‑preguntó la voz.
‑Sí, y no volverá hasta la noche ‑contestó Dantés‑. Tenemos doce
horas a nuestra disposición.
‑¿Puedo, pues, trabajar? ‑preguntó la voz.
‑Sí, sí, ¡al instante! ¡Al instante! Yo os lo suplico.
Y en el
mismo momento la tierra en que apoyaba Dantés ambas manos, pues tenía la mitad
del cuerpo metido en el agujero, vaciló como si le faltara la base. Echóse
hacia atrás Dantés, y una porción de tierra y piedras se precipitó por otro
agujero que acababa de abrirse debajo del que había abierto él. Entonces, en el
fondo de aquel lóbrego antro, cuya profundidad no podía calcularse a primera
vista, apareció una cabeza, unos hombros, y un hombre, por último, que salía
con bastante agilidad.
Capítulo dieciséis
Un sabio italiano
Dantés recibió en sus brazos a aquel nuevo amigo, por tanto tiempo
esperado, y lo llevó junto a su ventana para que le alumbrase por entero la
tenue luz del calabozo.
Era un hombre pequeño de estatura, encanecido más por las penas
que por los años, ojos de mirada penetrante ocultos por espesas cejas, también
un tanto canas, y de larguísima barba que todavía se conservaba negra. Lo
demacrado de su rostro, que surcaban arrugas profundísimas, la línea atrevida
de sus facciones, todo en él, en fin, revelaba al hombre más acostumbrado a
ejercer las facultades del alma que las del cuerpo. La frente del recién
llegado estaba bañada en sudor y en cuanto al traje, era imposible distinguir
la forma primitiva, porque se le caía a pedazos. Lo menos representaba sesenta
y cinco años, aunque cierto vigor en las acciones .demostraba que tal vez tenía
menos edad que la que le hacía representar su prolongado encierro.
Acogió el recién llegado las entusiastas protestas del joven con
una especie de agrado, y parecía como si su alma helada reviviese por un
instante para confundirse con aquella alma ardiente. Agradecióle, pues,
efusivamente su cordialidad, aunque le había causado una impresión muy
terrible hallar un segundo calabozo donde creyó encontrar la libertad.
‑Veamos primeramente ‑le dijo‑ si hay medio de que los carceleros
no den con el quid de nuestras entrevistas. Nuestra tranquilidad futura
consiste en que ellos ignoren lo que ha pasado.
Y, al decir esto, se inclinó hacia la excavación, y alzando la
piedra en vilo, aunque era grande su peso, la volvió a colocar en su sitio.
‑Esta piedra ha sido arrancada con poca precaución ‑dijo al
inclinarse‑. ¿Tenéis herramientas?
‑¿Y vos ‑le respondió Dantés admirado‑, las tenéis acaso?
‑He construido algunas. A excepción de lima, tengo todas las que
necesito: escoplo, tenazas y palanca.
‑¡Oh! Cuánta curiosidad tengo de ver esos productos de vuestra
paciencia y de vuestra industria ‑dijo Dantés.
‑Mirad, aquí traigo el escoplo.
Y diciendo esto, le enseñó una hoja de hierro fuerte y aguda: el
mango era de madera.
‑¿Cómo habéis hecho esto? ‑le dijo Dantés.
‑Con uno de los goznes de mi cama. Con esta herramienta he
abierto todo el camino que me condujo aquí: cerca de cincuenta pies.
‑¡Cincuenta pies! ‑exclamó el preso con una especie de terror.
‑Hablad más quedo, joven, hablad más quedo. Muchas veces hay
detrás de las puertas quien escucha a los presos.
‑Saben que estoy solo.
‑No importa.
‑¿Y decís que habéis cavado cincuenta pies para llegar hasta
aquí?
‑Tal es, poco más o menos, la distancia que separa mi calabozo
del vuestro. Empero, como me faltaban instrumentos de geometría para tirar la
escala de proporción, he trazado mal una curva, de modo que en vez de cuarenta
pies de elipse he hallado cincuenta. Mi intención, como ya os dije, era salir
a la muralla exterior, horadarla también y arrojarme al mar. En vez de pasar
por debajo de vuestro calabozo, he costeado el corredor a que sale, lo que hace
que todo mi trabajo sea inútil, pues el corredor cae a un patio lleno de
centinelas.
‑Es verdad ‑dijo Dantés‑, pero ese corredor sólo pertenece a una
de las paredes de este calabozo, y éste, como veis, tiene cuatro.
‑Desde luego; pero esta pared primera está edificada en la
piedra viva: necesitarían para horadarla diez mineros con buenas herramientas
diez años: esta otra debe empalmar con los cimientos de las habitaciones del
gobernador; saldríamos a las cuevas, que están cerradas con llave: allí nos
atraparían. La pared cae..., esperad, esperad..., ¿adónde cae la otra pared?
Esta pared era la del tragaluz por donde entraba la luz. A imitación
de laa troneras, este respiradero iba estrechándose hasta el fin de un modo
tal, que sin contar las tres hileras de hierros, capaces de hacer dormir
tranquilo al gobernador más pusilánime, no hubiera podido escaparse ni un niño
por allí. Al hacer esta pregunta el recién llegado, arrastró la mesa hasta colocarla
debajo del tragaluz.
‑Subid‑ dijo a Dantés.
Dantés obedeció, subió sobre la mesa, y adivinando el intento de
su compañero apoyó la espalda en la pared y le alargó ambas manos desde encima
de la mesa. Entonces el hombre que se había llamado a sí mismo con el número
de su calabozo, y cuyo verdadero nombre ignoraba Dantés aún, con más ligereza
que la que su edad hacía presumir, subió del suelo a la mesa, y luego, flexible
como un gato o un reptil, de la mesa a las manos de Dantés, y de las manos a
las espaldas. De este modo, doblándose extremadamente, porque no le permitía
otra cosa el techo del calabozo, pudo meter la cabeza entre la primera fila de
hierros y mirar arriba y abajo, retirando al momento la cabeza con mucha prima
a la vez que exclamaba:
‑¡Oh!, ¡oh! ¡Ya lo sospechaba yo!
Y volvió a bajar a la mesa, y de la mesa saltó al suelo.
‑¿Qué sospechabais? ‑le preguntó ansioso el joven, saltando
también.
El anciano se quedó meditabundo.
‑Sí ‑dijo‑, eso es... la cuarta pared del calabozo da a una galería
exterior, a una especie de ronda por donde pasan patrullas y donde hay
centinelas.
‑¿Estáis seguro de ello?
‑He visto el morrión de un soldado y la boca de su fusil. Me
retiré tan pronto por miedo de que él también me viese.
‑En resumen... ‑dijo Dantés.
‑Ya veis que es imposible huir por vuestro calabozo.
‑¿De modo que...? ‑preguntó el joven con acento interrogador.
‑Conque ¡hágase la voluntad de Dios! ‑contestó. Y las facciones
del anciano se cubrieron de un aspecto de resignación.
Dantés no pudo menos de mirar con extrañeza que rayaba en admiración,
a un hombre que con tanta filosofía renunciaba a una esperanza alimentada
tantos años.
‑¿Queréis decirme ahora quién sois? ‑le preguntó.
‑¡Oh!, sí, como os interese todavía, aunque no pueda ya serviros
para nada.
‑Podéis servirme de consuelo y de sostén, puesto que me parece
sin igual vuestra fortaleza de espíritu.
‑Yo soy ‑dijo el anciano sonriendo tristemente‑ el abate Faria,
preso, como ya sabéis, desde 1811 en el castillo de If; pero antes de esa fecha
llevaba ya tres años en la fortaleza de Fenestrelle. En esa fecha me
trasladaron del Piamonte a Francia. Supe entonces que el destino, hasta allí su
vasallo, había dado un hijo al emperador Napoleón, hijo que en la misma cuna
se llamaba ya rey de Roma. Estaba yo entonces muy lejos de sospechar lo que me
habéis dicho, a saber: que cuatro años más tarde el coloso se haría pedazos.
¿Quién reina ahora en Francia? ¿Es acaso Napoleón II?
‑No; Luis XVIII.
‑¿El hermano de Luis XVI? ¡Extraños y misteriosos decretos del
Altísimo! ¿Cuál es el objeto de la Providencia haciendo caer al hombre que
había elevado, y elevar al que había hecho caer?
Dantés seguía con la vista a aquel hombre que olvidaba un
momento su propio destino para ocuparse de tal del mundo.
‑Sí, sí ‑prosiguió‑, lo mismo que en Inglaterra. Después de
Carlos I, Cromwell; después de Cromwell, Carlos II, y quizá después de Jacobo
II, algún pariente, algún príncipe de Orange, algún Statuder que se corone
rey, y con él nuevas concesiones al pueblo, y ¡constitución y libertad! Vos lo
veréis, joven ‑dijo volviéndose hacia Dantés, y mirándole con ojos brillantes
y profundos, como debían de tenerlos los profetas. Vos lo veréis, puesto que
todavía tenéis edad para verlo.
‑¡Ay!, si salgo de aquí.
‑Justamente ‑respondió el abate Faria‑. Estamos presos aunque
hay momentos en que lo olvido y que me creo libre, atravesando mi vista por
entre los muros que me encierran.
‑Pero ¿por qué estáis preso?
‑Por haber soñado en 1807 lo que Napoleón quiso realizar en
1811; porque como él, quise formar con todos esos principados que hacen de
Italia un nido de reyezuelos tiránicos y débiles, un imperio compacto y
fortísimo; porque creí hallar mi César Borgia en un bobo coronado que aparentó
comprenderme para engañarme mejor. Mi proyecto era el de Alejandro VI y el de
Clemente VII; siempre fracasará, puesto que ellos lo emprendieron inútilmente,
y Napoleón no pudo acabar de realizarlo. No hay duda: ¡Italia está maldita!
El anciano inclinó la cabeza... Dantés no comprendía cómo un
hombre puede arriesgar su existencia por semejantes intereses; bien que a
decir verdad, si conocía a Napoleón por haberle visto y haberle hablado, en
cambio, ignoraba completamente quiénes fuesen Clemente VII y Alejandro VI. Con
lo cual fue contagiándose de la creencia de su carcelero, creencia general en
el castillo de If, y dijo al anciano:
‑¿No sois vos el eclesiástico a quien se cree... enfermo?
‑A quien se cree loco, queréis decir, ¿no es verdad?
‑No me atrevía ‑dijo sonriendo Dantés.
‑Sí, sí ‑prosiguió el abate con amarga sonrisa‑ yo soy el que
pasa por loco, soy el que divierte hace tanto tiempo a los huéspedes de este
castillo, y el que divertiría a los niños, si los hubiera en esta mansión del
duelo sin esperanza.
Quedóse Dantés un momento inmóvil y mudo.
‑¿Conque renunciáis a huir? ‑dijo al cabo.
‑Lo reconozco imposible. Es volverse contra Dios intentar lo que
Dios no quiere.
‑¿Por qué os desanimáis? También es pedir mucho a la Providencia
querer a la primera tentativa, de manera que ¿no podéis volver a la excavación
por otro lado?
‑Pero ¿así habláis de volver? ¿No sabéis lo que ya he hecho?
¿Ignoráis que he necesitado cuatro años pare construir las herramientas que
poseo? ¿No sabéis que hace diez años que pico y cavo una tierra tan dura como
el granito? ¿Sabéis que he necesitado desencajar piedras que en otro tiempo
hubiera yo creído imposible mover; que he pasado días enteros en esa empresa
titánica, creyéndome dichoso por la noche con haber minado una pulgada en
cuadro de ese vetusto cimiento, que hoy está ya tan duro como la misma piedra?
¿Ignoráis acaso que pare ocultar los escombros que sacaba, he necesitado horadar
la bóveda de una escalera, y que en ella los he ido depositando hasta el punto
de que hoy no puede ya contener un puñado de polvo más? ¿No sabéis, por
último, que ya creía tocar al fin de mi trabajo, que no me quedaban más
fuerzas que las precisas pare esto, cuando Dios no solamente lo aleja sino que
lo alarga indefinidamente? Así, os repito lo que os dije: nada haré desde ahora
pare alcanzar mi libertad, puesto que Dios quiere que por siempre la haya perdido.
Edmundo bajó la cabeza pare no reveler a aquel hombre que la alegría
de tener un compañero le impedía compartir como debiera el dolor que
experimentaba el preso, de no haber podido salvarse. El abate se dejó caer
sobre la cama de Edmundo, que permaneció de pie. Jamás había pensado en la fuga
el joven. Tienen algunas cosas tal aire de imposibles, que no se nos ocurre la
idea de intentarlas, y hasta las evitamos instintivamente. Efectuar una mina de
cincuenta pies, empleando tres años pare salir por todo triunfo a un precipicio
que cae al mar; arrojarse desde cincuenta, sesenta, setenta o acaso cien pies
de altura, pare hacerse pedazos en una roca, si antes la bala del centinela no
ha hecho su oficio; verse obligado, si se escape de tantos peligros, nada menos
que a nadar una legua, era lo bastante pare que cualquiera se resignara, y ya
hemos visto que a Dantés le faltó poco pare llevar esta resignación hasta el
suicidio.
Pero ahora que el joven había visto a un anciano agarrarse a su
vide con tanta energía, dándole ejemplo de resoluciones desesperadas, se puso a
reflexionar y hacer cuentas con su valor. Otro hombre había intentado lo que él
no se imaginó siquiera; otro, menos joven, menos fuerte, menos atrevido que
él, a fuerza de astucia y de paciencia, se había procurado cuantas herramientas
necesitaba pare esta operación increíble, que sólo pudo fracasar por una línea
mal trazada; todo esto lo había hecho otro hombre, conque nada era imposible a
Dantés; Faria había minado cincuenta pies; él minaría ciento; Faria, con
cincuenta años de edad, había consagrado tres a su obra; él, que sólo tenía la
mitad de los años de Faria, consagraría seis; Faria, hombre de iglesia, abate y
sabio, no había temido aventurarse a ir nadando desde el castillo de If a la
isla de Daume, de Ratonneau, o de Lamaire; ¿cómo él, Edmundo el marino, el
hábil nadador que tantas veces había bajado al fondo del mar a coger una rama
de coral, vacilaría para pasar una legua a nado? ¿Una hora solamente, cuando él
había estado horas enteras en el mar sin hacer pie ni descanso alguno? No, no,
Dantés no tenía necesidad más que de ser estimulado por un ejemplo. Todo lo
que pudiese hacer otro hombre lo haría él. Se quedó pensativo diciendo al cabo
al anciano:
‑Ya encontré lo que buscabais.
Faria se conmovió.
‑¿Vos? ‑exclamó levantando la cabeza, como si diera a entender
a Edmundo que a decir verdad, su desaliento no sería de gran duración‑. Veamos,
¿qué encontrasteis?
‑El túnel que hicisteis para llegar hasta aquí tiene la misma
dirección que la galería exterior, ¿no es verdad?
‑Sí.
‑¿Debe de estar a una distancia de cincuenta pasos?
‑A lo sumo.
‑Pues bien, hacia la mitad del túnel abrimos otro que forme como
los brazos de una cruz. Esta vez tomáis mejor vuestras medidas; salimos a la
galería exterior, matamos al centinela y nos escapamos. Sólo dos cosas se
necesitan para llevar adelante este plan: ánimo, vos le tenéis; fuerzas, no me
faltan a mí. No hablo de paciencia, vos me habéis probado ya la vuestra, y yo
os probaré la mía.
‑Aguardad, que aún no sabéis, mi querido compañero, de qué especie
son mis ánimos ‑respondió el abate‑, y qué use puedo hacer de mis fuerzas. En
cuanto a la paciencia, creo que demostré bastante al volver a empezar por la
mañana la tarea de la noche, y por la noche la tarea del día. Pero cuando lo
hice, me imaginaba servir a Dios dando libertad a una de sus criaturas, que por
ser inocente no podía ser condenado.
‑Y ¿no sucede lo mismo ahora que entonces? ‑le preguntó Dantés‑.
¿O es que os reconocéis culpable desde que me habéis encontrado?
‑No; pero no quiero llegar a serlo. Hasta ahora no creí tener
que habérmelas sino con las cosas, pero según vuestro plan, tendré que
habérmelas con los hombres. Yo he podido muy bien atravesar una pared y
destruir una escalera, pero no atravesaré un pecho ni destruiré una
existencia.
‑¡Cómo! ‑le dijo Dantés haciendo un leve ademán de sorpresa-
¡pudiendo escaparos, renunciaríais por semejante escrúpulo!
‑Y vos ‑repuso Faria‑, ¿por qué no habéis asesinado a vuestro
carcelero y habéis huido disfrazado con su traje?
‑Porque nunca se me ocurrió tal cosa.
‑No; no lo hicisteis porque el crimen os inspira horror
instintivo, por eso no se os ocurrió tal cosa ‑replicó el anciano‑. Nuestro mismo
instinto nos advierte que lo natural y lo sencillo es no apartarnos de la línea
del deber. El tigre que se alimenta de sangre, y cuyo destino es bañarse en
sangre, sólo necesita que le indique su olfato dónde hay una presa que devorar.
Al punto se abalanza contra ella y la destroza. Este es su instinto, obedece a
él, pero al hombre, por el contrario, le repugna la sangre, y no creáis que
son las leyes sociales las que le prohiben el asesinato, no, que son las leyes
de la Naturaleza.
Dantés se quedó confundido. Aquellas palabras eran en efecto la
explicación de las ideas que habían pasado por su cerebro, o dicho mejor, por
su alma, porque hay ideas que brotan del cerebro a ideas que brotan del
corazón.
‑Además ‑añadió Faria‑, en los doce años que llevo de calabozo,
he recordado las fugas célebres, y aunque pocas, las que ha coronado el éxito
fueron las meditadas a sangre fría y preparadas lentamente. Así huyó de
Vincennes el duque de Beaufort, así de Fort PEveque el abate de Buquoi, y así
Latude de la Bastilla. Ha habido además otras fugas deparadas por la
casualidad, y ésas son las mejores. Creedme, esperemos una ocasión, y si se
presenta aprovechémosla.
‑A vos os ha sido fácil esperar ‑dijo Dantés suspirando‑. Vuestra
continua tarea os ocupaba todos los instantes, y cuando no, teníais esperanza
para consolaros.
‑Tened presente que no me ocupaba sólo en eso ‑dijo el abate.
‑Pues ¿qué hacíais?
‑Escribir o estudiar.
‑¿Os dan papel, tinta y plumas?
No, pero yo me lo he hecho.
‑¡Vos hacéis papel, tinta y plumas! ‑exclamó Dantés.
‑Sí.
Dantés, admirado, miró a aquel hombre, aunque costándole trabajo
creer lo que le decía. Faria notó esta ligera duda y le dijo:
‑Cuando vengáis a mí cuarto, os enseñaré una obra completa,
resultado de todos los pensamientos, reflexiones a indagaciones de toda mi
vida. La había imaginado a la sombra del Coliseo, en Roma, al pie de la columna
de San Marcos, en Venecia, y a orillas del Arno, en Florencia. Entonces yo no
sospechaba siquiera que mis verdugos me obligarían a escribirla en un calabozo
del castillo de If. Intitúlase mi libro Tratado sobre la posibilidad de una
sola monarquía italiana. Formará un volumen en cuarto muy abultado.
‑¿Y la habéis escrito...?
‑En dos camisas. He inventado una preparación que pone al lienzo
liso y compacto como el pergamino.
‑¿Sois también químico?
‑Poca cosa. He conocido a Lavoisier, y tratado amistosamente a
Cabanis.
‑Pero para esa obra habréis necesitado algunos apuntes históricos.
¿Tenéis libros?
‑En Roma tenía una biblioteca de cerca de cinco mil volúmenes, y
a fuerza de leerlos y releerlos comprendí que con ciento cincuenta obras
elegidas con inteligencia, se posee, si no el resumen completo del saber
humano, lo más útil tan siquiera. Dediqué tres años de mi vida a leer y releer
esas ciento cincuenta obras, de modo que cuando me prendieron las sabía casi de
memoria, y con un leve esfuerzo las he ido recordando todas en mi prisión. De
cabo a rabo podría recitaros a Tucídides, Jenofonte, Plutarco, Tito Livio,
Tácito, Strada, Jornandés, Dante, Montaigne, Shakespeare, Espinosa, Maquiavelo
y Bossuet. Solamente os cito los más importantes.
‑¿Sabéis muchos idiomas?
‑Hablo cinco lenguas: el alemán, el francés, el italiano, el
inglés y el español. Con ayuda del griego antiguo comprendo el griego moderno;
aunque lo hablo mal, lo estoy al presente estudiando.
‑¿Lo estáis estudiando? ‑dijo Dantés.
‑Sí, ciertamente. He hecho un vocabulario de las palabras que
sé, combinándolas de todas las maneras para que puedan expresar lo que pienso.
Sé cerca de mil palabras, y en rigor no necesito de más, aunque haya cien mil
en los diccionarios, si no me equivoco. No seré quizás elocuente, pero me daré
a entender, y con esto me basta.
Cada vez más asombrado, Edmundo empezaba a juzgar sobrenaturales
las facultades de aquel hombre. Puso empeño en cogerle en descubierto en algún
punto y continuó:
‑Pero si no os han dado plumas, ¿cómo habéis podido escribir
esta obra tan voluminosa?
‑He hecho plumas excelentes que, a ser conocidas, las preferiría
todo el mundo, con los cartílagos de la cabeza de esas enormes pescadillas que
algunas veces nos dan a comer los días de vigilia. Por lo cual, veo con mucho
placer llegar los miércoles, los viernes y los sábados, porque espero aumentar
mi provisión de plumas, y porque son mi tarea más dulce los trabajos
históricos, yo lo confieso. Absorbiéndome en el pasado me olvido del presente,
volando libre y a mis anchas por la historia, me olvido de que no tengo
libertad.
‑Pero ¿y la tinta? ¿Con qué hacéis la tinta? ‑dijo Dantés.
‑En otro tiempo ‑contestó Faria‑ había en mi calabozo una
chimenea, que sin duda estuvo tapiada antes de mi venida, pero por espacio de
muchos años han encendido en ella lumbre, puesto que todo el cañón está
cubierto de hollín. He disuelto este hollín en el vino que me dan todos los domingos,
y he ahí una tinta magnífica. Para las notas, y para aquellos pasajes que han
de atraer poderosamente la atención de los lectores, me pico los dedos con un
alfiler y los escribo con mi sangre.
‑Y ¿cuándo podré yo ver todo eso? ‑le preguntó Dantés.
‑Cuando queráis ‑respondió Faria.
‑¡Oh! ¡Ahora! ¡Ahora mismo! ‑exclamó el joven.
‑Pues seguidme ‑dijo Faria, y se metió en el camino subterráneo.
Dantés le siguió.
Capítulo diecisiete
El calabozo del abate Faria
Después
de haber pasado encorvado, pero con bastante facilidad, por el camino
subterráneo, llegó Dantés al extremo opuesto, que lindaba con el calabozo del
abate. Allí el paso era más difícil, y tan estrecho, que apenas bastaba a un
hombre.
El calabozo del abate estaba embaldosado, y levantando una de
estas baldosas del rincón más oscuro fue como empezó la maravillosa empresa
cuyo término vio Dantés, y de pie todavía, púsose a examinar el cuarto con suma
atención. A primera vista no presentaba nada de particular.
‑Bueno ‑dijo el abate‑, no son más que las doce y cuarto, podemos
disponer aún de algunas horas.
Dantés miró en torno suyo buscando el reloj, en que el abate
había podido ver la hora con tanta seguridad.
‑Observad ‑le dijo Faria‑ ese rayo de luz que entra por mi
ventana, y reparad en la pared las líneas que yo he trazado. Gracias a esas
líneas, combinadas con el doble movimiento de la Tierra, y la elipse que ella
describe en derredor del Sol, sé con más exactitud la hora que si tuviese
reloj, porque el reloj se descompone, y el Sol y la Tierra no se descomponen
jamás.
Dantés no había comprendido nada de esta explicación. Al ver
salir el Sol detrás de las montañas y ponerse en el Mediterráneo, siempre había
creído que era el Sol quien giraba, no la Tierra. Este doble movimiento del
globo que habitamos, y que él, sin embargo, no echaba de ver, se le antojaba
casi imposible, conque en cada una de las palabras de su interlocutor
entreveía misterios profundos de ciencia tan admirables, como las minas de oro
y de diamantes que visitó años atrás en un viaje que hizo a Guzarate y
Golconda.
‑Veamos ‑dijo al abate‑. Estoy impaciente por examinar vuestros
tesoros.
Dirigióse Faria a la chimenea, y levantó, con ayuda del cincel
que tenía siempre en la mano, la piedra que en otro tiempo sirvió de hogar,
que ocultaba un hoyo bastante profundo. En este hoyo estaban guardados todos
los objetos de que habló a Dantés.
El abate le preguntó:
‑¿Qué queréis ver primero?
‑Enseñadme vuestra obra sobre Italia.
Faria sacó de su precioso armario tres o cuatro rollos de
lienzo, semejantes a hojas de papiro. Eran retazos de tela, de cuatro pulgadas
sobre poco más o menos de ancho, por dieciocho de largo. Estaban todos
numerados y llenos de un texto que Dantés pudo leer porque era italiano, lengua
materna del abate, y que Dantés, como provenzal, conocía perfectamente.
‑Ved, todo está aquí. Hace ocho días que he escrito la palabra
fin en el lienzo sexagesimoctavo. Me he quedado sin dos camisas y sin todos mis
pañuelos, pero si algún día salgo de aquí, y si logro encontrar en Italia un
impresor que se atreva a imprimirla, tengo asegurada mi reputación.
‑Sí ‑respondió Dantés‑, bien lo veo. Enseñadme ahora, yo os lo
suplico, las plumas con que habéis escrito esta obra.
‑Vedlas ‑dijo Faria.
Y enseñó al joven una varita como de seis pulgadas de largo, y
coma el mango de un pincel de grueso, a cuyo extremo había puesto y atado con
un hilo uno de los tales cartílagos, aún manchado con la tinta de que habló a
Dantés. Era picudo y tenía puntos como una pluma ordinaria. Dantés lo examinó
buscando con la mirada por el cuarto el instrumento con que había sido
cortado.
‑¡Ah! Buscáis el cortaplumas, ¿no es cierto? ‑le preguntó Faria‑.
Esa es mi obra maestra. Lo he hecho, así como este cuchillo, del hierro de un
candelero viejo.
El cortaplumas cortaba como una navaja de afeitar, y en cuanto
al cuchillo, reunía la ventaja de poder servir de cuchillo y de puñal.
Dantés contempló estos diferentes objetos con la misma
curiosidad con que en las tiendas de quincalla de Marsella había examinado
otras veces las chucherías construidas por los salvajes, y traídas de los mares
del Sur por marinos aventureros.
‑En cuanto a la tinta ‑dijo Faria‑, ya sabéis cómo me la proporciono;
sabed además que la voy haciendo a medida que la necesito.
‑Pero lo que más me admira ‑dijo Dantés‑ es que los días os
hayan bastado para trabajos tan grandes.
‑Disponía también de las noches ‑respondió el abate.
‑¿Sois como los gatos? ¿Veis a oscuras?
‑No, pero Dios ha dado al hombre la inteligencia para remediar
la pobreza de sus sentidos; la luz me la procuré.
‑¿De qué modo?
‑De la comida que me traen, extraigo la grasa, la derrito y hago
una especie de aceite muy espeso; mirad mi luz.
Y el abate enseñó a Edmundo una especie de lamparilla, semejante
a las que suelen emplear en los festejos públicos.
‑Pero ¿y el fuego?
‑He aquí dos pedernales con su correspondiente yesca. Con pretexto
de una enfermedad cutánea pedí un poco de azufre, que me concedieron.
Dantés puso sobre la mesa los objetos que tenía en la mano, e
inclinó la cabeza sintiéndose humillado por tanta perseverancia y fortaleza de
espíritu.
‑Y esto no es todo ‑prosiguió Faria‑, porque nadie debe ocultar
sus tesoros en un mismo sitio; vamos a otra cosa.
En seguida colocaron la baldosa en su sitio. Echó un poco de
tierra por encima el abate, la pisoteó para que desapareciese todo rastro de
solución de continuidad, y en seguida separó su cama del sitio en que se
hallaba.
Detrás de la cabecera, oculto con una piedra que lo cerraba casi
herméticamente, había un agujero que contenía una escala de cuerda de
veinticinco a treinta pies de largo.
Dantés la examinó y la encontró de una solidez a toda prueba.
‑¿Quién os dio la cuerda que habréis necesitado para esta obra
maravillosa?
‑Al principio algunas camisas que yo tenía, y después la ropa de
mi cama que he deshilachado en tres años de mi prisión en Fenestrelle. Cuando
me transportaron al castillo de If hallé medio para traerme las hilas, y aquí
continué mi trabajo.
‑Pero ¿no advirtieron que las sábanas de vuestra cama se iban
quedando sin dobladillos?
‑No, que yo las cosía.
‑¿Con qué?
‑Con esta aguja.
Y de uno de los jirones de su vestido sacó Faria una espina
larga y afilada que llevaba consigo.
‑Sí ‑prosiguió Faria‑, tuve primeramente intenciones de limar
los hierros y huir por esa ventana, que como veis, es más grande que la
vuestra, y aún la hubiese agrandado para escaparme, pero descubrí que caía a
un patio interior y renuncié a mi proyecto por aventurado. Conservo, sin
embargo, la escala para cualquier caso imprevisto, para una de esas fugas que
proporciona la casualidad, como antes os decía.
Aunque, al parecer, Dantés examinaba la escala, pensaba en realidad
en otra cosa. Se le había ocurrido de repente que aquel hombre tan ingenioso,
tan sabio, tan profundo, quizás acertaría a ver claro en las tinieblas de su
propia desgracia, que él nunca había podido penetrar.
‑¿En qué pensáis? ‑le preguntó el abate con una sonrisa, creyendo
que el ensimismamiento de Dantés procedía de su admiración.
‑Pienso, en primer lugar, en la inmensa inteligencia que habéis
empleado para llegar a esta situación. ¿Qué no habríais hecho gozando de
libertad?
‑Quizá nada; acaso mi cerebro exuberante se hubiera evaporado en
cosas pequeñas. Así como es necesaria la presión para hacer estallar la
pólvora, así el infortunio es necesario también para descubrir ciertas minas
misteriosas ocultas en la inteligencia humana. La prisión ha concentrado todas
mis facultades intelectuales en un solo punto, que por ser estrecho ha
ocasionado que ellas choquen unas con otras. Como ya sabéis, del choque de las
nubes resulta la electricidad, de la electricidad el relámpago y del relámpago
la luz.
‑Yo no sé nada ‑contestó Dantés humillado por su ignorancia‑,
casi todas las palabras que pronunciáis carecen para mí de sentido. ¡Qué
dichoso sois sabiendo tanto!
El abate se sonrió.
‑¿No decíais ahora que pensabais en dos cosas?
‑Sí.
‑Sólo me habéis dicho la primera. ¿Cuál es la segunda?
‑La segunda es que vos me habéis contado vuestra historia y yo
no os he referido la mía.
‑Vuestra historia, joven, es demasiado corta para encerrar
sucesos de importancia.
‑Sin embargo ‑repuso Dantés‑, contiene una desgracia inmensa,
una desgracia inmerecida, y quisiera, para no blasfemar de Dios, como lo he
hecho hartas veces, poder quejarme de los hombres.
‑¿Os creéis inocente del crimen de que os acusan?
‑Completamente. Lo juro por las únicas personas caras a mi corazón,
por mi padre y por Mercedes.
‑Veamos, contadme vuestra historia ‑dijo Faria, cerrando su escondrijo
y volviendo a poner la cama en su lugar.
Dantés hizo la relación de todo lo que él llamaba su historia,
que se limitaba a un viaje a la India, y dos o tres a Levante, llegando al fin
a su último viaje, a la muerte del capitán Leclerc, al encargo que le dio para
el gran mariscal, a su plática con éste, a la misiva que le confió para un tal
señor Noirtier, a su llegada a Marsella, a su entrevista con su padre, a sus
amores, a su desposorio con Mercedes, a la comida de aquel día, y por último, a
su detención, a su interrogatorio, a su prisión provisional en el palacio de
justicia, y a su traslación definitiva al castillo de If. Desde este punto no
sabía nada más, ni aun el tiempo que llevaba encerrado. Acabada la relación, el
abate se puso a reflexionar profundamente. Después de un corto espacio, dijo:
‑Hay en legislación un axioma profundísimo, que prueba lo que
hace poco yo os decía, esto es, que a no nacer los malos pensamientos de una
organización mala también, el crimen repugna a la naturaleza humana. Sin
embargo, la civilización nos ha creado necesidades, vicios y falsos apetitos,
cuya influencia llega tal vez a ahogar en nosotros los buenos instintos,
arrastrándonos al mal. De aquí esta máxima: Para descubrir al culpable,
averiguad quién se aprovecha del crimen. ¿A quién podía ser provechosa vuestra
desaparición?
‑A nadie, ¡Dios mío! ¡Yo era tan poca cosa!
‑No respondáis así, que falta a vuestra respuesta lógica y filosofía.
Todo es relativo, querido amigo, desde el rey, que estorba a su futuro sucesor,
hasta el empleado, que estorba a su supernumerario. Si el rey muere, el
sucesor hereda una corona; si el empleado muere, el supernumerario hereda su
sueldo y sus gajes. Este sueldo es su lista civil, su presupuesto, necesita de
él para vivir, como el rey precisa de sus millones.
»En torno a cada individuo, así en lo más alto como en lo más
bajo de la escala social, se agrupa constantemente un mundo entero de
intereses, con sus torbellinos y sus átomos, como los mundos de Descartes.
»Volvamos, pues, a vuestro mundo. ¿Decís que ibais a ser nombrado
capitán del Faraón?
‑Sí.
‑¿Podía interesar a alguno que no fueseis capitán del Faraón? Podía
interesar a alguno que no os casaseis con Mercedes? Contestad ante todo a mi
primera pregunta, porque el orden es la clave de los problemas. ¿Podía
interesar a alguno que no fueseis capitán del Faraón?
‑No, porque yo era muy querido a bordo. Si los marineros hubiesen
podido elegir su jefe, estoy seguro de que lo habría sido yo. Un solo hombre
estaba algo picado conmigo, porque cierto día tuvimos una disputa, le desafié,
y él no aceptó.
‑Veamos, veamos. ¿Cómo se llamaba ese hombre?
‑Danglars.
‑¿Cuál era su empleo a bordo?
‑Sobrecargo.
‑Si hubieseis llegado a ser capitán, ¿le conservaríais en su empleo?
‑No; a depender de mí, porque creí encontrar en sus cuentas alguna
inexactitud.
‑Bien. Decidme ahora¿presenció alguien vuestra última entrevista
con el capitán Leclerc?
‑No, porque estábamos solos.
‑¿Pudo oír alguien la conversación?
‑Sí, porque la puerta estaba abierta y aún... esperad... sí...
sí... Danglars pasó precisamente en el instante en que el capitán Lederc me
entregaba el paquete para el gran mariscal.
‑Bien ‑murmuró el abate‑, ya dimos con la pista. Cuando desembarcasteis
en la isla de Elba ¿os acompañó alguien?
‑Nadie.
‑¿Y os entregaron una misiva?
‑Sí, el gran mariscal.
‑¿Qué hicisteis con ella?
‑La guardé en mi cartera.
‑¿Llevabais vuestra cartera? ¿Y cómo una cartera capaz de contener
una carta oficial podía caber en un bolsillo?
‑Tenéis razón. Mi cartera estaba a bordo.
‑Luego fue a bordo donde colocasteis la carta en la cartera.
‑Sí.
‑Desde Porto‑Ferrajo a bordo, ¿qué hicisteis de la carta?
‑La tuve en la mano.
‑Cuando abordasteis de nuevo al Faraón, ¿pudieron ver todos que
llevabais una carta?
.‑Sí.
‑¿Y Danglars también lo vio?
‑También.
‑Poco a poco. Escuchad bien: refrescad vuestra memoria. ¿Os
acordáis de los términos en que estaba concebida la denuncia?
‑¡Oh!, sí, sí: la he leído y releído muchas veces, y tengo sus
palabras muy presentes.
‑Repetídmelas.
Dantés reflexionó un instante y repuso:
‑Así decía textualmente:
«Un amigo del trono y de la religión previene al señor
procurador del rey que un tal Edmundo Dantés, segundo del Faraón, que llegó
esta mañana de Esmirna, después de haber tocado en Nápoles y en Porto‑Ferrajo,
ha recibido de Murat una carta para el usurpador, y de éste otra carta para la
junta bonapartista de París.
»Fácilmente se tendrá la prueba de su crimen prendiéndole, porque
la carta se hallará en su poder, o en casa de su padre, o en su camarote, a
bordo del Faraón.»
El abate se encogió de hombros.
‑Eso está claro como la luz del día ‑dijo‑, y es necesario tener
un alma muy buena, y muy inocente, para no comprenderlo todo desde el
principio.
‑¿Lo creéis así? ‑exclamó Edmundo‑. ¡Oh! ¡Sería una acción muy
infame!
‑¿Cuál era la letra ordinaria de Danglars?
‑Cursiva, y muy hermosa.
‑¿Y la del anónimo?
‑Inclinada a la izquierda.
El abate se sonrió:
‑Una letra desfigurada, ¿no es verdad?
‑Muy correcta era para desfigurada.
‑Esperad ‑dijo.
Y diciendo esto, cogió el abate su pluma, o lo que él llamaba
pluma, la mojó en tinta, y escribió con la mano izquierda en un lienzo de los
que tenía preparados, los dos o tres primeros renglones de la denuncia.
Edmundo retrocedió, mirando al abate con terror:
‑¡Oh! ¡Es asombroso! ‑exclamó‑. ¡Cómo se parece esa letra a la
otra!
‑Es que sin duda se escribió la denuncia con la mano izquierda.
He observado siempre una cosa ‑prosiguió el abate.
‑¿Cuál?
‑Todas las letras escritas con la mano derecha son varias, y
semejantes todas las escritas con la mano izquierda.
‑¡Cuánto habéis visto! ¡Cuánto habéis observado!
‑Continuemos.
‑¡Oh!, sí, sí.
‑Pasemos a mi segunda pregunta.
‑Os escucho.
‑¿Podía interesar a alguien que no os casaseis con Mercedes?
‑Sí, a un joven que la amaba.
‑¿Su nombre?
‑Fernando.
‑Ese es un nombre español.
‑Era catalán.
‑¿Y creéis que ése haya sido capaz de escribir la carta?
‑No, lo que él hubiera hecho era darme una puñalada.
‑Eso es muy español. Una puñalada sí, una bajeza, no.
‑Además, ignoraba todos los pormenores que contiene la delación
‑indicó Edmundo. ‑¿No se los habíais contado a nadie?
‑A nadie.
‑¿Ni a vuestra novia?
‑Ni a mi novia.
‑Pues ya no me cabe duda alguna: fue Danglars.
‑¡Oh!, ahora estoy seguro.
‑Esperad un poco... ¿Conocía Danglars a Fernando?
‑No... sí... ahora me acuerdo...
‑¿Qué?
‑La víspera de mi boda los vi sentados juntos a la puerta de la
taberna de Pánfilo. Danglars estaba afectuoso y al mismo tiempo burlón, y
Fernando pálido y como turbado. ‑¿Estaban solos?
‑No; se hallaba con ellos otro compañero, muy conocido mío, y
que fue sin duda el que los relacionó..., un sastre llamado Caderousse; éste
estaba ya borracho... Esperad, esperad... ¿cómo no he recordado esto antes de
ahora? Junto a su mesa había un tintero..., papel y pluma... ‑murmuró Edmundo
llevándose la mano a la frente‑. ¡Oh! ¡Infames! ¡Infames!
‑¿Queréis aún saber más? ‑le dijo el abate, sonriendo.
‑Sí, sí; puesto que veis claro en todo, y todo lo adivináis,
quiero saber por qué no he sido interrogado más que una sola vez y por qué he
sido condenado sin formación de causa.
‑¡Oh!, eso es más difícil ‑dijo el abate‑. La policía tiene misterios
casi imposibles de penetrar. Lo averiguado hasta ahora en eso de vuestros dos
enemigos es una bagatela. En esto de la justicia tendréis que darme informes
más exactos.
‑Preguntadme, pues, porque a decir verdad, más claro veis vos en
mis asuntos que yo mismo.
‑¿Quién os tomó declaración? ¿El sustituto, el procurador del
rey o el juez de instrucción?
‑El sustituto.
‑¿Era joven o viejo?
‑Joven, como de veintisiete a veintiocho años.
‑No estaría corrompido aún; pero ya podía tener ambición ‑dijo
el abate‑. ¿Que tal se portó con vos?
‑Más bien amable que severo.
‑¿Se lo contasteis todo?
‑Todo.
‑¿Y cambió de maneras durante el interrogatorio?
‑Cuando leyó la denuncia, parecióme que sentía mi desgracia.
‑¿Vuestra desgracia?
‑Sí.
‑¿Estabais seguro de que era vuestra desgracia lo que le
apenaba?
‑Por lo menos me dio una prueba muy grande de su simpatía hacia
mí.
‑¿Cuál?
‑Quemó el único documento que podía comprometerme.
‑¿Qué documento? ¿La denuncia?
‑No, la carta.
‑¿Estáis seguro?
‑Lo vi con mis propios ojos.
‑La cuestión varía. Este hombre puede ser más perverso de lo que
vos creéis.
‑¡Me hacéis estremecer! ‑dijo Dantés‑. ¿No estará poblado el
mundo sino de tigres y cocodrilos?
‑Sí, con la diferencia de que los tigres y cocodrilos de dos
pies son más temibles que los otros. ¿Conque decís que quemó la carta?
‑Sí, diciéndome por añadidura: «Ya lo veis, ésta es la única
prueba que existe contra vos, y la destruyo.»
‑Muy sublime es esa conducta para ser natural.
‑¿De veras?
‑Estoy seguro. ¿A quién iba dirigida esa carta?
‑Ál señor Noirtier, calle de Coq‑Heron, número 13, en París.
‑¿Y no sospecháis que el sustituto pudiera tener interés en que
desapareciese esa carta?
‑Quizá, porque diciéndome que por mi interés lo hacía, me obligó
a jurarle dos o tres veces que a nadie hablaría de la carta, ni menos de la
persona a quien iba dirigida.
‑¡Noirtier! ¡Noirtier! ‑murmuró el abate‑. Yo he conocido un
Noirtier en la corte de la antigua reina de Etruria, un Noirtier que había sido
girondino en tiempo de la revolución. ¿Cómo se llama el sustituto de que habéis
hablado?
‑Villefort es su apellido.
El abate se echó a reír a carcajadas. Dantés lo miraba
estupefacto.
‑¿De qué os reís?
‑¿Veis ese rayo de luz? ‑le preguntó Faria.
‑Sí.
‑Pues todo está tan claro como ese rayo transparente. ¡Pobre muchacho!
¡Pobre joven! ¿Conque era muy bondadoso el magistrado?
‑Sí.
‑¿De modo que el digno sustituto quemó la carta?
‑Sí.
‑¿De modo que el honrado abastecedor del verdugo os hizo jurar
que a nadie hablaríais de Noirtier?
‑Sí.
‑Pues ese Noirtier, ¡qué pobre ciego sois! Ese Noirtier, ¿no
sabéis quién era? Ese Noirtier era su padre.
Un rayo caído a sus pies, que abriera la boca del infierno, para
tragárselo, habría causado a Edmundo menos impresión que aquellas palabras
inesperadas. Como un loco recorría la habitación, sujetando se la cabeza con
las manos por temor de que estallara.
‑¡Su padre! ¡Su padre! ‑exclamaba.
‑Sí, su padre, que se llama Noirtier de Villefort ‑repuso el
abate. Entonces un resplandor vivísimo iluminó la inteligencia del preso. Todo
lo que hasta entonces le había parecido oscuro, se le apareció con la mayor
claridad. Las bruscas alteraciones de Villefort durante el interrogatorio, la
carta quemada, el juramento que le exigió, el tono casi de súplica el
magistrado, que en vez de amenazar parecía que suplicase, todo le vino a la
memoria. Profirió un grito, vaciló un instante como si estuviera borracho y
lanzándose al agujero que conducía a su calabozo, exclamó:
‑¡Oh!, necesito estar a solas para pensar en todo esto.
Y al llegar a su calabozo se arrojó sobre la cama, donde le
halló por la noche el carcelero, sentado, con los ojos fijos, las facciones contraídas,
a inmóvil y mudo como una estatua. Durante aquellas horas de meditación que
habían corrido para él unos segundos, tomó una resolución terrible a hizo un
juramento atroz.
Una voz sacó a Edmundo de sus reflexiones, era la del abate
Faria, que habiendo recibido también la visita del carcelero, venía a convidar
a Edmundo a comer. Su calidad de loco, y en particular de loco divertido, le
proporcionaba algunos privilegios, como eran un pan más blando y una copa de
vino los domingos. Precisamente aquel día era domingo, y el abate brindaba a su
joven compañero la mitad de su pan y su vino.
Dantés le siguió. Se había serenado su rostro; pero al recobrar su ordinario
aspecto le quedaba un no sé qué de sequedad y firmeza, que demostraba una
resolución invariable. El abate le miró fijamente.
‑Siento ‑le dijo el abate‑ el haberos ayudado en vuestras averiguaciones
de ayer y haberos dicho lo que os díje.
‑¿Por qué?
‑Porque he engendrado en vuestro corazón un sentimiento que
antes no abrigaba: la venganza.
Dantés se sonrió y dijo:
‑Hablemos de otra cosa.
Contemplóle el abate un momento todavía, y bajó tristemente la
cabeza. Después, como Dantés le había exigido, se puso a hablar de otra cosa.
El anciano era uno de esos hombres cuya conversación, como la de todos aquellos
que han sufrido mucho, a la par que sirve de enseñanza, interesa y conmueve,
empero no era egoísta, pues nunca hablaba de desgracias. Dantés escuchaba todas
sus palabras con admiración, unas le revelaban ciertas ideas, de que él ya
tenía noción por rozarse con la marina, que profesaba, y otras, referente a
cosas desconocidas, le abrían horizontes nuevos, como esas auroras polares que
alumbran a los navegantes en las regiones australes. Dantés comprendió
entonces cuánta felicidad sería para una inteligencia bien organizada, seguir a
la del abate en su vuelo por las esferas morales, filosóficas y sociales, en
que ordinariamente se cernía.
‑Debíais de enseñarme algo de lo que sabéis, aunque no fuese
sino para no cansaros de mí ‑le dijo una vez‑. Paréceme que la soledad os sería
preferible a un compañero sin educación ni modales, como yo. Si accedéis a lo
que os pido, empeño mi palabra en no hablaros más de la fuga.
El abate se sonrió.
‑¡Ay, hijo mío! ‑le contestó‑. El saber humano es tan limitado
que cuando os enseñe las matemáticas, la física, la historia y las tres o
cuatro lenguas que poseo, sabréis tanto como yo; ahora, pues, siempre
necesitaré dos años para enseñaros toda mi ciencia.
‑¡Dos años! ‑exclamó Dantés‑. ¿Creéis que podré aprender tantas
cosas en dos años?
‑En su aplicación, no; en sus principios, sí. Aprender no es
saber, de aquí nacen los eruditos y los sabios, la memoria forma a los unos, y
la filosofía a los otros.
‑Pero ¿no se puede aprender la filosofía?
‑La filosofía no se aprende. La filosofía es el matrimonio entre
las ciencias y el genio que las aplica. La filosofía es la nube resplandeciente
en que puso Dios el pie para subir a la gloria.
‑Veamos ‑dijo Dantés‑. ¿Qué me enseñaréis primero? Tengo deseos
de empezar, tengo sed de aprender.
‑Todo ‑contestó el abate.
En efecto, aquella noche imaginaron los dos presos un sistema de
educación, que desde el día siguiente se puso en práctica. Tenía Dantés una
memoria prodigiosa y una extremada facilidad en concebir las ideas. La
inclinación matemática de su inteligencia le predisponía a comprenderlo todo
con ayuda del cálculo, al paso que el instinto poético del marino corregía lo
que hubiese de aridez sobrada y materialismo en la demostración reducida a
números o a líneas. Sabía ya, como se ha dicho, el italiano y un poco del
romanico o griego moderno, aprendido en sus viajes a Oriente. Estas dos
lenguas le hicieron comprender fácilmente el mecanismo de las demás, por lo que
a los seis meses empezaba a hablar el español, el inglés y el alemán.
Tal como le había prometido al abate Faria, bien que la
distracción del estudio le sirviese como de libertad, o que él fuese rígido cumplidor
de su palabra, como hemos visto, Edmundo no hablaba ya de escaparse, y los días
pasaban para él tan rápidos como instructivos. Al año estaba convertido en
otro hombre.
En cuanto al abate Faria, reparaba Dantés que, a pesar de la
distracción que en su cautividad le había proporcionado su compañía, cada día
se iba poniendo más taciturno. Como si le dominase un pensamiento persistente
a incesante, caía en profundas abstracciones, suspiraba involuntariamente, se
incorporaba de súbito, y cruzando los brazos se ponía muy meditabundo a dar
vueltas por su calabozo. Cierto día se paró de repente en medio de uno de esos
círculos que sin tregua trazaba en derredor de la estancia, y exclamó:
‑¡Ah! ¡Si no hubiera centinela!
‑Si vos queréis, no lo habrá ‑dijo Dantés, que había seguido el
curso de su pensamiento a través de las arrugas de su frente, como a través de
un cristal.
‑Ya os dije que el crimen me repugna ‑repuso el abate.
‑Y, sin embargo, si cometiéramos ese crimen, sería por instinto
de conservación, por un sentimiento de defensa personal.
‑No importa, yo sería incapaz de...
‑Pero ¿pensáis en ello?
‑A todas horas, a todas horas ‑murmuró el abate.
‑Y habéis encontrado algún medio, ¿no es así? ‑dijo Edmundo.
‑Sí, como pusieran en la galería un centinela ciego y sordo.
‑Será ciego y sordo ‑respondió Dantés con una resolución que
asustaba al abate.
‑¡No!, ¡no!, ¡imposible! ‑exclamó éste.
Dantés quiso seguir hablando de aquello, pero Faria movió la
cabeza y se negó a decir nada más. Pasaron tres meses.
‑¿Tenéis fuerza? ‑le preguntó el abate un día.
Dantés, sin responderle, cogió el escoplo, lo dobló como un
cayado, y lo volvió a su forma primitiva.
‑¿Me prometéis no matar al centinela, sino en el último extremo?
‑Bajo palabra de honor.
‑Entonces podemos ejecutar nuestro plan ‑dijo el abate.
‑¿Cuánto tiempo necesitaremos?
‑Un año, por lo menos.
‑Pero ¿cuándo podemos empezar nuestros trabajos?
‑Al instante.
‑Ya lo veis, hemos perdido un año ‑exclamó Dantés.
‑¿Creéis que lo hayamos perdido? ‑le replicó el abate.
‑¡Oh! ¡Perdonadme! ‑dijo Edmundo sonrojándose.
‑¡Callad! El hombre siempre es hombre, y vos uno de los mejores
que yo haya conocido. Oíd mi plan.
El abate mostró entonces a Dantés un plano que había trazado,
conteniendo su calabozo, el de Dantés y la excavación que juntaba uno con otro.
En medio de este corredor estableció un ramal semejante a los que se abren en
las minas; por él llegaban a la galería del centinela, y una vez allí
desprendían del suelo una baldosa, que en un momento dado se hundiría bajo el
peso del centinela, que desaparecería en la excavación. Edmundo se abalanzaba entonces
a él, cuando aturdido por el golpe de la caída no pudiera defenderse, le
sujetaba, le ataba, y luego, saliendo por una de las ventanas de aquella galería,
se descolgaban ambos por la muralla exterior, para lo cual les serviría la
escala del abate.
Este plan era tan sencillo, que no podía menos de salir bien, y
Dantés lo aplaudió con entusiasmo. Desde aquel instante se pusieron a trabajar
los mineros con tanto más ardor cuanto que habían descansado mucho tiempo, y
aquel trabajo, según todas las probabilidades, no era sino continuación del
pensamiento íntimo y secreto de cada uno de ellos.
Sólo lo interrumpían en la hora en que se veían obligados a
estar en su calabozo para recibir cada uno la visita de su carcelero. Se habían
además acostumbrado tanto a distinguir el rumor imperceptible de los pasos de
aquel hombre cuando bajaba la escalera, que nunca los sorprendió de improviso.
La tierra que sacaban de la nueva mina, que habría llenado sin duda la cavidad
antigua, la arrojaban puñado a puñado con precauciones inauditas por una a otra
ventana, así del calabozo de Dantés como del abate, pulverizándola con mucho
esmero, y el viento de la noche se la llevaba sin dejar la menor huella.
Más de un año se pasó en este trabajo, ejecutado con un escoplo,
un cuchillo y una palanca de madera. En este período, y al mismo tiempo que
trabajaban, el abate seguía instruyendo a Dantés, hablándole ora en una
lengua, ora en otra, enseñándole la historia de los pueblos y la de los
grandes hombres que dejan en pos de sí de siglo en siglo una de esas estelas
brillantes que llaman la gloria. Hombre de mundo, Faria, y del gran mundo,
tenía además en sus maneras una como grandeza melancólica que Dantés, gracias
al espíritu de asimilación de que le había dotado la naturaleza, supo convertir
en la finura elegante que le faltaba, y en esas maneras aristocráticas que no
se adquieren sino con las costumbres y el continuo trato de las clases elevadas
o de los hombres distinguidos.
Al cabo de quince meses, la excavación estaba terminada debajo
de la galería. Oíanse los pasos del centinela, y los dos obreros, precisados a
esperar una noche sin luna para que su evasión tuviese más probabilidades aún
de buen éxito, tenían sólo un temor, y era que el suelo, falto de su base, se
hundiera por sí mismo bajo los pies del soldado. Este inconveniente se remedió
un tanto, colocando una especie de puntal que habían encontrado en sus
excavaciones. Ocupado en asegurarlo estaba Dantés, cuando de pronto oyó al
abate Faria, que se había quedado en el calabozo del joven aguzando una clavija
para asegurar la escala, oyó, repetimos, que lo llamaba con acento de dolorosa
angustia. Acudió Dantés al punto y encontró al abate de pie en medio de la
estancia, pálido, con las manos crispadas, e inundada la frente de sudor.
‑¡Oh, Dios mío! ‑exclamó Dantés‑, ¿qué sucede? ¿Qué tenéis?
‑¡Pronto! ¡Pronto! ‑respondió el abate‑, escuchadme.
Fijóse Dantés en su rostro lívido, sus ojos rodeados de una
aureola negruzca, sus labios blancos, sus cabellos erizados, y lleno de terror
dejó caer al suelo el escoplo que tenía en la mano.
‑Pero ¿qué sucede?
‑¡Estoy perdido! ‑dijo el abate‑, escuchadme. Una enfermedad
horrible y acaso mortal, va a acometerme, ya la siento llegar, ya la siento. El
año antes de mi prisión me acometió también. Sólo tiene un remedio y os lo voy
a decir: corred a mi calabozo, levantad el pie de mi cama, que está hueco, y
allí encontraréis un frasquito de cristal medio lleno de un líquido rojo,
traédmelo... O si no... antes... es verdad, podrían sorprenderme fuera de mi
calabozo... ayudadme a volver, ahora que tengo algunas fuerzas todavía. ¿Quién
sabe lo que va a suceder y el tiempo que durará el acceso?
Sin aturdirse Dantés, aunque aquella desdicha fue inmensa, bajó
a la excavación remolcando, por decirlo así, a su desventurado compañero, y
con muchísimo trabajo pudo llegar al calabozo del abate, al cual depositó en su
lecho.
‑Gracias ‑dijo el anciano, estremeciéndose‑. Siento que la
enfermedad se acerca, voy a caer en un estado de catalepsia, acaso no haré ni
un movimiento siquiera, acaso no podré tampoco quejarme, pero acaso también
echaré espuma por la boca, y gritaré y batallaré en extremo. Procurad que no
oigan mis gritos, que es lo más importante, porque tal vez me trasladarían a
otro calabozo, separándonos para siempre. Cuando me veáis inmóvil, frío y como
muerto, sólo entonces, tenedlo bien entendido, me separaréis los dientes con
el cuchillo, me echaréis en la boca ocho o diez gotas de ese licor, y acaso
volveré a la vida.
‑¿Acaso? ‑exclamó Dantés, suspirando.
‑¡Acudid...! ya... ahora ‑exclamó el abate‑, yo... me... mue...
El acceso fue tan súbito y violento, que ni aun pudo el
desgraciado preso terminar la frase, una nube envolvió su frente, rápida y
sombría como las tempestades del mar, la crisis hízole abrir desmesuradamente
los ojos, torció su boca y coloreó sus mejillas, rugió, forcejeó, vomitó
espuma, pero Dantés ahogó sus gritos con la ropa de la cama, tal como se lo
había pedido. El ataque duró dos horas. Después, inerte, más pálido y más frío
que el mármol, y más destrozado que una caña que se pisotea, se agitó violentamente
en una postrera convulsión, y se puso lívido.
Esto era lo único que esperaba Edmundo, a que aquella muerte
aparente se hubiese apoderado de todo el cuerpo y helado el corazón. Cogió
entonces el cuchillo, introdujo la punta entre los dientes, separó con
muchísimo trabajo las mandíbulas contraídas, le echó, contándolas con
exactitud, diez gotas de aquel licor rojo y esperó.
Dos horas pasaron sin que el viejo hiciera movimiento alguno. Temió
Dantés haber acudido demasiado tarde, y le contemplaba fijamente con las manos
puestas en la cabeza. Al fin sus mejillas se colorearon un poco, sus ojos
constantemente abiertos a inmóviles volvieron a mirar, un débil suspiro salió
de su boca, y por último hizo un movimiento.
‑¡Se ha salvado! ¡Se ha salvado! ‑exclamó Dantés.
El enfermo, que no podía hablar aún, extendió con ansiedad visible
la mano hacia la puerta. Púsose Dantés a escuchar, y oyó en efecto los pasos
del carcelero. Iban a dar las siete; Dantés no había podido ocuparse en
calcular el tiempo.
A1 punto se precipitó por el agujero, volvió a colocar la
baldosa sobre su cabeza y pasó a su calabozo.
Un instante después se abrió la puerta, y el carcelero, como
siempre, encontró al joven sentado en su cama.
No bien había vuelto la espalda, apenas se perdió en el corredor
el ruido de sus pasos, cuando Dantés, lleno de inquietud, sin pensar en la
comida, tomó otra vez el camino que siguiera antes, y levantando la baldosa
con su cabeza, entró en el calabozo del abate.
Este había recobrado ya el conocimiento, pero seguía tendido
inerte sobre su lecho.
‑Ya creía no volveros a ver ‑dijo a Edmundo.
‑¿Por qué? ‑le preguntó el joven‑. ¿Pensabais morir?
‑No, pero como todo está dispuesto para la fuga, creí que os escaparíais.
La indignación se pintó en el rostro de Dantés.
‑¡Sin vos! ¡Me habéis creído capaz de escaparme solo! ¿De veras?
‑exclamó.
‑Ya veo que estaba equivocado ‑dijo el enfermo‑. ¡Qué débil y
qué rendido estoy!
‑¡Valor! Pronto recobraréis las fuerzas ‑le dijo Edmundo sentándose
junto a la cama y cogiendo una de sus manos.
El abate Faria movió la cabeza:
‑La otra vez ‑le dijo‑ el ataque me duró una hora, y luego tuve
hambre y pude andar solo. Hoy no puedo levantar mi pierna ni mi brazo derecho,
y mi cabeza está aturdida, lo que prueba un derrame cerebral. A la tercera vez
quedaré enteramente paralítico o tal vez moriré de repente.
‑No, no, tranquilizaos; no moriréis. Cuando os dé, si os da, ese
tercer ataque, ya estaremos libres, entonces os salvaremos como ahora y mejor
que ahora, porque tendremos todos los recursos necesarios.
‑Amigo mío ‑le contestó el anciano‑, no os engañéis a vos mismo.
La crisis que acabo de pasar me ha condenado a prisión eterna. Para huir es
preciso poder nadar.
‑Pues bien, esperaremos ocho días, un mes, dos meses si es necesario.
En ese intervalo recobraréis vuestras fuerzas. Todo está preparado para
nuestra fuga, y hasta podremos elegir la hora y la ocasión que más nos
convenga. El día que os sintáis capaz de nadar, aquel mismo día pondremos
nuestro proyecto en ejecución.
‑Yo jamás podré nadar ‑dijo Faria‑, este brazo está paralítico,
y no para un día, sino para siempre. Levantadlo vos mismo y veréis cuánto pesa.
El joven levantó aquel brazo, y volvió a caer inerte por su
propio peso.
Edmundo suspiró.
‑Ya estáis convencido, ¿no es cierto? ‑le preguntó Faria‑.
Creedme, sé bien lo que me digo. Desde que sufrí el primer ataque de este mal,
no he dejado un punto de pensar en él. Ya me lo esperaba, porque es
hereditario en mi familia. Mi padre murió al tercer ataque, y mi abuelo
también. El médico que preparó ese licor, que no es otro que el famoso Cabanis,
me predijo la misma suerte.
‑¡El médico se engaña! ‑exclamó Dantés‑. Y tocante a la parálisis,
no me importa. Cargaré con vos y nadaré llevándoos a la espalda.
‑Joven ‑repuso el abate‑, sois marino y nadador, y debéis saber
por consiguiente que con tal peso ningún hombre es capaz de nadar cincuenta
brazas. Dejad de alucinaros con quimeras, que no puede creer ni vuestro mismo
corazón, tan generoso. Yo permaneceré aquí hasta que suene la hora de mi
libertad, que será la de la muerte. Vos huid, huid. Sois joven, diestro y
fuerte, no os cuidéis de mí, os devuelvo vuestra palabra.
‑¡Oh! Entonces ‑dijo Edmundo‑, también yo permaneceré aquí.
Luego, levantándose y extendiendo su mano sobre Faria, añadió
solemnemente:
‑Por la sangre de Cristo, juro no abandonaros hasta la muerte.
El abate contempló a aquel joven tan noble y sencillo, tan
grande, leyendo en sus facciones, animadas con el fuego del entusiasmo más
puro, la sinceridad de su afecto y la lealtad de su juramento.
‑Lo acepto ‑contestó‑. Gracias.
Y tendiéndole la mano añadió:
‑Quizá seréis recompensado por ese afecto tan desinteresado,
empero como yo no puedo escaparme y vos no queréis, lo que importa es cegar el
subterráneo que hemos hecho debajo de la galería. El soldado puede advertir
que el suelo repite el eco de sus pasos, y avisar al gobernador, con lo cual
nos descubrirían. Id, pues, a cegarlo vos, ya que desgraciadamente yo no puedo
ayudaros. Emplead toda la noche si es preciso, y no volváis a verme hasta mañana
después de la visita del carcelero. Entonces acaso tendré que deciros alguna
cosa importante.
Dantés
estrechó la mano del abate, que el pagó con una sonrisa, y salió de la prisión,
obediente y respetuoso, como era en todas ocasiones con su anciano amigo.
Capítulo dieciocho
El tesoro
Cuando Dantés entró a la mañana siguiente en el calabozo de su
compañero, le encontró sentado y tranquilo. Iluminándole el único rayo de luz
que penetraba por su angosta ventana, tenía en su mano derecha, única de que ya
podía servirse, un pedazo de papel, que por haber estado arrollado mucho tiempo
conservaba la forma cilíndrica, que sería muy difícil quitarle. El abate se lo
enseñó a Dantés, sin decir una palabra.
‑¿Qué es esto? ‑le preguntó el joven.
‑Miradlo bien ‑repuso el abate sonriendo.
‑Por más que miro ‑dijo Dantés‑, no veo sino un papel medio
quemado, que contiene algunas letras góticas, escritas con una tinta muy
extraña.
‑Este papel, amigo mío, ya puedo decíroslo todo, puesto que os
he probado, este papel es mi tesoro; la mitad os pertenece desde hoy.
Un sudor frío corrió por la frente de Dantés. Hasta entonces, ¡y
ya hemos visto cuánto tiempo había transcurrido entonces!, evitó cuidadosamente
el hablar a Faria de aquel tesoro, ocasión de su pretendida locura. Con su
instintiva delicadeza, no había querido Edmundo herir esta fibra dolorosa; y
por su parte Faria también calló, haciéndole tomar aquel silencio por el
recobro de la razón, pero ahora sus palabras, justamente después de una
enfermedad tan grave, anunciaban que recaía en la locura.
‑¿Vuestro tesoro? ‑balbuceó Dantés.
‑El abate se sonrió.
‑Sí ‑le dijo. Vuestro corazón, Edmundo, es noble en todo y de
vuestra palidez y vuestro temblor infiero lo que os sucede en este instante.
Pero tranquilizaos, que no estoy loco. Este tesoro existe, Dantés, y ya que no
he podido poseerlo, vos lo poseeréis. Nadie quiso escucharme ni creerme,
teniéndome por loco, pero vos que debéis saber que no lo soy, me creeréis
después de lo que voy a deciros. Escuchadme.
‑¡Ay! ‑murmuró Edmundo para sí. Ha vuelto a recaer; esa
desgracia me faltaba únicamente.
Luego añadió en alta voz:
‑Amigo mío, vuestra enfermedad os habrá fatigado, tal vez. ¿No
queréis descansar? Mañana, si os place, me contaréis vuestra historia, pero hoy
quiero cuidaros. Además ‑prosiguió sonriéndose‑, un tesoro, ¿qué prisa nos
corre?
‑¡Mucha! ¡Mucha, Edmundo! ‑prosiguió el viejo‑. ¿Quién sabe si
mañana o pasado me dará el tercer ataque? Reflexionad que entonces todo se
perdería. Sí, muchas veces he recordado con amargo placer esas riquezas, que
harían la felicidad de diez familias, perdidas para esos hombres que no han
querido atenderme. Esta idea me servía de venganza, y la saboreaba
deliciosamente en la noche de mi calabozo y en la desesperación de mi estado.
Mas ahora que por vuestro cariño perdono al mundo, ahora que os veo joven y
rico de porvenir, ahora que pienso en la fortuna que puedo proporcionaros con
esta revelación, me asusta la tardanza, y temo no dejar seguras en manos de un
propietario tan digno como vos, tantas riquezas sepultadas.
Edmundo volvió la cabeza suspirando.
-
Persistís en vuestra incredulidad, Edmundo ‑prosiguió Faria‑ mi voz no os ha
convencido. Veo que necesitáis pruebas. Pues bien, leed ese papel que a nadie
he mostrado aún.
‑Mañana, amigo mío ‑respondió Dantés, rehusando acceder a lo que
él creía locura del anciano‑. Creí que estaba ya convencido que no hablaríamos
de esto hasta mañana.
‑No hablaremos hasta mañana, pero leed hoy este papel.
«No lo exasperemos», díjose Dantés.
Y tomando aquel papel, cuya mitad faltaba sin duda por haber
sido consumida por algún accidente, leyó:
que puede
ascender a dos
manos con
corta diferenci
tando la
roca vigésima, a c
Este en
linea recta. Dos
grutas: el
tesoro yace en
segunda.
Como a mi úni
clusiva
propiedad el refe
25 de abril
de 14
‑¡Y bien! ‑dijo Faria cuando el joven acabó su lectura.
‑Yo aquí no encuentro ‑respondió Dantés ‑sino renglones cortados,
palabras sin sentido. El fuego, además, ha puesto ininteligibles las letras.
‑Para vos, amigo mío, que las leéis por primera vez, pero no
para mí, que he pasado leyéndolas muchas noches de claro en claro, reconstruyendo
a mi modo cada frase, y completando cada pensamiento.
‑¿Y creéis haber encontrado ese sentido interrumpido?
‑Estoy seguro, y vos mismo lo conoceréis, pero ahora escuchad la
historia de ese papel.
‑¡Silencio! ‑exclamó Dantés‑, oigo pasos... se acercan... me
voy... Adiós.
Y Dantés, feliz por haberse librado de la historia y de la
explicación que esperaba le confirmasen la desgracia de su amigo, deslizóse
ágilmente por el estrecho subterráneo, mientras Faria, con una especie de
actividad producida por el terror, colocaba en su sitio la baldosa, dándole
con el pie, y cubriéndola con un pedazo de estera, para que no se advirtiese la
solución de continuidad que no había podido evitar con la prisa.
Era el gobernador, quien, informado por el carcelero de la enfermedad
del abate, venía por sí mismo a asegurarse de su gravedad.
Recibióle Faria sentado, y evitando todo movimiento que pudiera
comprometerle, logró ocultar al gobernador la parálisis que había invadido la
mitad del cuerpo. Y lo hizo porque temía que el gobernador, compadecido de él,
quisiese trasladarle a un calabozo más saludable, separándole de su joven
compañero, pero no sucedió así por fortuna, y el gobernador se retiró
convencido de que su pobre loco, por quien sentía cierta simpatía en el fondo
de su corazón, no tenía más que una ligera indisposición.
En este intervalo, Edmundo, sentado en su cama, con la cabeza
entre las manos, procuraba coordinar sus ideas. Todo lo que había visto en
Faria desde que le conoció, era tan razonable, tan lógico y tan sublime, que no
podía comprender tanta cordura en tantas cosas y la demencia en una sola.
¿Sería que Faria se engañase con esto de su tesoro, o que todo el mundo se
equivocase al juzgar a Faria?
Dantés permaneció todo el día en su calabozo sin atreverse a
volver al de su amigo. Por este medio esperaba retardar la hora en que adquiriese
la certidumbre de la locura del abate. Esta creencia iba a serle muy dolorosa.
Pero, por la noche, después de la visita ordinaria, viendo el anciano
que Edmundo no venía, intentó salvar el espacio que los separaba. Edmundo
tembló de pies a cabeza al oír los dolorosos esfuerzos que hacía para
arrastrarse, porque una de sus piernas estaba paralítica, y el brazo no podía
servirle de nada. Edmundo, pues, viose precisado a ayudarle, porque de lo
contrario nunca hubiera podido salir por la estrecha boca del subterráneo que
daba a su calabozo.
‑Aquí me tenéis, persiguiéndoos con tenacidad ‑díjole con una
sonrisa muy benévola. Sin duda creísteis poder libraros de mi munificencia,
pero no será así. Escuchadme, pues.
Edmundo comprendió que ya no le era posible retroceder. Hizo
sentar al viejo en su cama, y se colocó a su lado en el banquillo.
‑Ya sabéis ‑dijo el abate‑ que yo era secretario, familiar y
amigo del cardenal Spada, último de los príncipes de este nombre. A aquel
prelado dignísimo debo cuanta felicidad haya gozado en mi vida. A pesar de que
las riquezas de su familia eran proverbiales, y muchas veces oí decir: “Rico
como un Spada”, no era rico, pero vivía a costa de esta reputación de riquezas.
Así viven de sí mismas casi todas las reputaciones populares. Su palacio fue mi
paraíso. Eduqué yo a sus sobrinos, que ya han muerto, y apenas se quedó él solo
en el mundo, le pagué en adhesión cuanto había hecho por mí durante diez años.
La casa del Cardenal no tuvo ya secretos de ninguna especie para
mí. Muchas veces había yo visto ocupado a monseñor en compulsar los libros
antiguos y hojear ávidamente los manuscritos, olvidados entre el polvo del
archivo de la familia. Un día que yo le hice ver la inutilidad de sus afanes,
pues no conseguía como premio de ellos más que quedarse muy abatido, me miró
sonriendo con amargura, y por respuesta abrió un libro, que es la historia de
la ciudad de Roma. En el capítulo XX de la vida del papa Alejandro VI, leí las
siguientes líneas, que desde entonces no pude olvidar:
«Terminadas las tremendas guerras de la Romaña, César Borgia, su
conquistador, necesitaba dinero para comprar el resto de Italia, y el Papa por
su parte necesitaba también dinero para acabar con Luis X11, rey de Francia,
que a pesar de sus últimos reveses era un enemigo poderoso todavía.
Resolvieron, pues, de común acuerdo, hacer un buen negocio, lo que era muy
difícil en aquella pobre Italia, exhausta de recursos.
»Su Santidad concibió una idea muy feliz. Determinó crear dos
cardenales.»
Al nombrar dos grandes personajes en Roma, es decir, a dos de
los más ricos, hacía a la vez Su Santidad dos buenos negocios: primeramente
podía vender los altos cargos y los magníficos empleos que aquellos dos
cardenales poseían, y podía aprovecharse, en segundo lugar, del subido precio
a que los dos capelos se venderían. Otra tercera especulación resultaba de
esto, que podremos conocer muy pronto.
Al momento encontraron el Papa y César Borgia Bus futuros cardenales.
Uno era Juan Rospigliosi, que ostentaba las más altas dignidades de la Santa
Sede, y el otro César Spada, uno de los romanos más notables y más ricos. Uno y
otro podían apreciar en su verdadero valor el precio de semejante favor papal.
Los dos eran ambiciosos.
En cuanto ellos aceptaron, encontró César Borgia compradores
para sus empleos. La consecuencia de esto fue que Rospigliosi y Spada pagaron
por ser cardenales, y otros ocho pagaron también por ser lo que eran los
cardenales antes de su creación. Ochocientos mil escudos ingresaron en las
arcas papales.
Finalmente, ya es tiempo que pasemos a la última parte de la
especulación. Rospigliosi y Spada se vieron colmados de halagos por el Papa,
que habiéndoles conferido por sí mismo las insignias del cardenalato, estaba
seguro de que ellos, por demostrar dignamente su gratitud, realizarían toda su
fortuna para fijar en Roma su residencia. Así en efecto sucedió, y el Papa y
César Borgia los convidaron a comer.
Este convite dio ocasión a una grave disputa entre el Santo
Padre y su hijo. César opinaba que se debía recurrir a uno de esos medios que
él solía emplear con sus amigos íntimos, a saber: la famosa llave con que se
rogaba a ciertas personas que abriesen cierto armario. Esta llave, sin duda por
un olvido inocente del cerrajero tenía una especie de púa pequeña de hierro,
que al hacer fuerza la persona que abría el armario, que era difícil de abrir,
se clavaba en la mano, ocasionando la muerte al otro día. Había también la
sortija de cabeza de león: César se la ponía para dar la mano a ciertas
personas, el león las mordía imperceptiblemente, y a las veinticuatro
horas..., requiescant in pace.
César propuso pues a su padre mandar abrir el armario a
Rospigliosi y a Spada, o darles un cordial apretón de manos, pero Alejandro VI
le respondió:
‑Tratándose
de esos excelentes cardenales Spada y Rospigliosi, paréceme que no debemos
rehuir los gastos de un gran banquete, porque un presentimiento me dice que
hemos de quedarnos con ese dinero. Sin duda olvidáis, César, además, que una
indigestión hace su efecto en el acto, mientras un mordisco o una picadura
tardan uno o dos días.
César se rindió a ese razonamiento y he aquí que los dos
cardenales fueron invitados a comer. El banquete se debía efectuar cerca de San
Pedro ad Vincula, en una hermosa posesión del Papa, muy conocida de los
cardenales por su celebridad.
Envanecido Rospigliosi con su nueva dignidad, preparó su
estómago para el banquete, pero Spada, hombre prudentísimo y que amaba con
extremo a su sobrino, un capitán joven de mucho porvenir, tomó papel y pluma a
hizo testamento.
En seguida envió un recado a su sobrino encargándole que le esperase
por los alrededores de San Pedro, pero, según parece, el mensajero no le
encontró. Spada conocía la costumbre de aquellos convites. Desde que el
cristianismo, eminentemente civilizador, introdujo el progreso en Roma, no era
un centurión el que venía de parte del tirano a deciros: “César quiere que
mueras”, sino que era un legado ad latere, que con la sonrisa en los
labios venía a deciros de parte del Papa: «Su Santidad quiere que comáis en su
compañía.»
Spada se dirigió a las dos a San Pedro ad Vincula; ya le estaba
esperando el Papa allí. La primera persona que vieron sus ojos fue a su
sobrino el capitán, muy ataviado y muy tranquilo. César Borgia le colmaba de
halagos y caricias. Spada palideció, porque César, con una mirada irónica, le
daba a entender que todo lo había previsto y que estaba bien tendido el lazo.
En el transcurso de la comida, el cardenal no pudo hacer otra cosa que
preguntar a su sobrino:
‑¿Recibisteis mi recado?
El capitán respondió que no, pero había comprendido la pregunta.
Sin embargo, ya era tarde, porque acababa de beber un vaso de excelente vino,
escanciado ex profeso para él por el copero del Papa. En el mismo instante
ofrecían liberalmente a Spada vino de otra botella. Una hora después un médico
declaró que ambos estaban envenenados con Betas. Spada murió allí mismo, y el
capitán a la puerta de su casa, haciendo una seña a su mujer, que no pudo
comprenderle.
César Borgia y el Papa se apresuraron al punto a apoderarse de
la herencia, a pretexto de registrar los papeles de los difuntos, pero todo el
caudal de Spada consistía en un pedazo de papel en que había escrito él mismo:
«Lego a mi
muy amado sobrino mis baúles y mis libros, entre los cuales se halla mi hermoso
breviario con cantos de oro, que deseo conserve en memoria de su querido tío.»
Sorprendidos los herederos de que Spada, el hombre poderoso, fuese
en efecto, el más pobre de los tíos, lo registraron todo, revolvieron los
muebles, y admiraron el breviario. Ningún tesoro apareció, como no se cuenten
los tesoros científicos encerrados en la biblioteca y en los laboratorios. Esto
fue todo. Las pesquisas de César y de su padre fueron inútiles.
Nada se encontró, o a lo menos, poquísimo, es decir, unos mil escudos
en alhajas, y otro tanto en dinero. Su sobrino, sin embargo, había vivido
bastante tiempo para decir a su mujer:
‑Buscad entre los papeles de mi tío, porque sé que existe un testamento
real y verdadero.
Con esto se hicieron más diligencias aún que las que habían
hecho los augustos herederos; pero todo en vano. Los dos palacios de Spada y la
posesión que tenía detrás del Palatino, como los bienes inmuebles en aquella
época valían poco, quedaron a favor de la familia, por indignos de la
rapacidad del Papa y de su hijo.
Los meses y los años fueron transcurriendo. Alejandro VI, como
sabéis, murió envenenado por una equivocación: César, envenenado también, se
salvó, cambiando de piel como las culebras. En su nueva piel el veneno había
dejado unas manchas semejantes a las del tigre. Por último, obligado a
abandonar Roma, fue a hacerse matar oscuramente en una escaramuza nocturna,
casi olvidada por la historia.
Tras la muerte del Papa y el destierro de su hijo César, todo el
mundo esperaba que la familia volviera al fausto que tenía en los tiempos del
cardenal Spada; pero no fue así. Los Spada siguieron viviendo en una dudosa
medianía, un misterio eterno envolvió este asunto lúgubre. La opinión general
fue que César, mejor político que su padre, le había robado la fortuna de los
dos cardenales, y digo los dos, porque Rospigliosi, que no había tomado
precaución alguna, fue despojado del todo.
‑Hasta aquí ‑dijo Faria interrumpiéndose y sonriendo‑, no os
parece este cuento de loco, ¿es verdad?
‑¡Oh, amigo mío! ‑le contestó Dantés‑, paréceme, al contrario,
que leo una crónica interesantísima. Continuad, os lo suplico.
‑Ya continúo: La familia se acostumbró a esta situación; pasaron
años y años. Entre sus descendientes unos fueron soldados; otros, diplomáticos;
varios, eclesiásticos, y otros, banqueros. Enriqueciéronse algunos, y otros se
acabaron de arruinar. Vengamos ahora al último de esta familia, a aquel de
quien fui secretario, al conde de Spada.
Yo le había oído quejarse frecuentemente de la desproporción que
guardaba con su rango su fortuna, aconsejéle que la colocara a renta vitalicia,
siguió mi consejo y dobló su renta.
El famoso breviario que no había salido de la familia,
pertenecía a este conde Spada. Se lo habían ido legando de padres a hijos, porque
aquella rara cláusula que se encontró en el testamento hizo de él una verdadera
reliquia, mirada con supersticiosa veneración. Era un libro con magníficas
iluminaciones góticas, tan cargado de oro que en los días de grandes
solemnidades lo llevada un criado delante del cardenal.
Como todos los secretarios y administradores que me habían precedido,
yo me dediqué también a registrar los archivos de la familia, llenos de toda
clase de títulos, papeles y pergaminos, pero a pesar de mi actividad y esmero
fueron inútiles mis pesquisas. Y hay que tener en cuenta que yo había leído y
hasta había escrito, una historia, o por mejor decir unas efemérides de la casa
de Borgia, con idea de descubrir si a la muerte del cardenal César Spada había
tenido algún aumento la fortuna de aquellos príncipes, y no encontré otro que
el ocasionado por los bienes del cardenal Rospigliosi, su compañero de
infortunio.
Yo estaba casi seguro de que ni los Borgias ni la familia Spada
se habían aprovechado de la herencia, que sin duda había quedado sin dueño,
como esos tesoros de los cuentos árabes que yacen en las entrañas de la tierra
guardados por un genio. Mil y mil veces conté y rectifiqué los capitales, las
rentas y los gastos de la familia durante trescientos años: todo fue inútil.
Permanecí en mi ignorancia y el conde Spada en su miseria.
Por este tiempo murió él. De su renta vitalicia había exceptuado
sus papeles de familia, su biblioteca, compuesta de S 000 volúmenes, y su
famoso breviario.
Esto y unos mil escudos romanos, que poseía en dinero, me lo
legó, a condición de componer una historia de su casa y un árbol genealógico,
y de mandar decir misas en el aniversario de su muerte, lo cual cumplí
exactamente.
No os impacientéis, mi querido Edrnundo, que ya llegamos al fin.
En 1807, un mes antes de mi encarcelamiento y quince días después
de la muerte del conde Spada, el día 29 de diciembre (ahora comprenderéis por
qué se me ha quedado tan fija esta fecha importante), hallábame yo leyendo por
centésima vez aquellos papeles, que iba coordinando, porque el palacio iba a
pasar a ser posesión de un extranjero. Yo pensaba salir de Roma y establecerme
en Florencia con todo el dinero que poseía, que eran unas doce mil libras, mi
biblioteca y mi famoso breviario. Hallábame, pues, como digo, fatigado por
aquella tarea, y algo indispuesto por un exceso que había hecho en la comida, y
dejé caer la cabeza entre las manos y me quedé dormido.
Eran las tres de la tarde. Cuando desperté, el reloj daba las
seis.
Al levantar la cabeza, halléme en la más profunda oscuridad.
Llamé para que me trajesen luz, pero nadie acudió. Entonces resolví servirme
de mí mismo, que era además un hábito filosófico, que iba a serme muy
necesario. Con una mano cogí la bujía ya preparada, y con la otra busqué un
papel para encenderlo en la moribunda llama que quedaba en la chimenea, pero
por miedo a que, debido a la oscuridad, cogiera un papel interesante en vez de
otro inútil, hallábame perplejo, cuando recordé haber visto en el famoso
breviario que estaba sobre la mesa un papel viejísimo, ya casi negro, que
seguramente servía de registro o seña, y sin duda había durado tantos años en
aquel libro por la veneración con que los herederos lo miraban. Busquélo, pues,
a tientas, lo encontré, lo retorcí, y acercándolo a la llama lo encendí.
Pero al mismo tiempo y como por encanto, a medida que el fuego
se propagaba, vi aparecer una letras negruzcas, que por momentos iban
convirtiéndose en pavesa. Asustéme, estrujé en mis manos el papel para
apagarlo, encendí la bujía en la luz de la chimenea, examiné conmovido el
papel quemado, y comprendí que una tinta misteriosa y simpática había trazado
aquellas letras, que sólo el fuego pudo hacer inteligibes.
Lo quemado era como una tercera parte del papel, y el resto lo
que habéis leído esta mañana. Volvedlo a leer, Dantés, que luego, para que lo
entendáis, yo completaré las frases y el sentido.
Y el abate, con aire de triunfo, presentó el papel al joven, que
en esta ocasión leyó ávidamente estas palabras, escritas con una tinta como
herrumbrosa:
Hoy 25 de
abril de 149
mer S. S.
Alejandro Vl, co
contento con
haberme hec
heredarme, y
me reserve l
Caprara y
Bentivoglio, qu
dos. Declaro
pues a mi sobr
redero
universal, que he esc
conoce por
haberlo visitado
grutas de la
isla de Monte‑Cris
rras de oro,
dinero acuñado,
joyas. Yo
sólo conozco la e
que puede
ascender a dos
manos con
corta diferenci
tando la
roca vigésima, a c
Este en
línea recta. Dos
grutas: el
tesoro yace en
segunda.
Como a mi úni
clusiva
propiedad el refe
25 de abril
de 14
CES
‑Ahora ‑añadió el abate‑, leed este otro.
Y presentó a Edmundo otro papel con otros fragmentos de renglones.
Tomólo Edmundo y leyó:
8 me ha
convidado a con
que me
presumo que no
ho pagar el
capelo quiera
a suerte de
los cardenales
e han muerto
envenena
ino Guido
Spada, mi he
ondido en
un sitio que él
en mi
compañía, en las
lo, cuanto
poseo en ba
pedrería,
diamantes y
xistencia de
este tesoro,
millones de
escudos ro
a, y se
encontrará levan
ontar desde
el ancón del
aberturas
hay en estas
el ángulo
más lejano de la
co heredero,
le dejo en ex
rido
tesoro.
98.
AR SPADA.
El abate observaba con ansia las impresiones de Dantés.
‑Ahora ‑dijo, viendo que éste había llegado al último renglón‑,
ahora juntad los dos fragmentos, y juzgad por vos mismo.
Dantés obedeció; de los fragmentos unidos resultaba lo
siguiente:
Hoy 25 de abril de 149...8, me ha convidado a co
mer S. S. Alejandro VI, co...n que me presumo que no
contento con haberme hec...ho pagar el capelo quiera
heredarme, y me reserve l...a suerte de los cardenales
Caprara y Bentivoglio, qu...e han muerto envenena-
dos. Declaro pues a mi sobr...ino Guido Spada, mi he
redero universal, que he esc...ondido en un sitio que él
conoce por habeslo visitado... en mi compañía, en las
grutas de la isla de Monte‑Cris...lo cuanto poseo en ba-
rras de oro, dinero acuñado... pedrería, diamantes y
joyas. Yo sólo conozco la e...xistencia de este tesoro,
que puede ascender a dos... millones de escudos ro-
manos con corta diferenci...a, y se encontrará levan-
tando la roca vigésima, a c...ontar desde el ancón
del Este en línea recta. Dos... aberturas hay en estas
grutas: el tesoro yace en... el ángulo más lejano de la
segunda. Como a mi úni...co heredero, le dejo en ex-
clusiva propiedad el refe...rido tesoro.
25 de abril de 14...98.
CES...AR SPADA
‑¿Lo comprendéis ahora? ‑dijo Faria.
‑Esta era la declaración del cardenal Spada, el testamento tan
buscado en vano ‑contestó Edmundo, sin osar aún creerlo.
‑Sí, mil veces sí.
‑Pero ¿quién lo ha completado de este modo?
‑Yo, con la ayuda del fragmento existente, adiviné el resto, calculando
la longitud de las líneas por la del papel, y deduciendo de lo no quemado lo
que debía decir lo quemado, como un átomo de luz que viene del cielo, guía a
aquel que camina por un subterráneo.
‑¿Y qué hicisteis cuando pensasteis haber adquirido esa convicción?
‑Determiné marchar, y marché al instante, llevando conmigo el
principio de mi grande obra sobre Italia, pero hacía mucho tiempo que la
policía imperial no me perdía de vista. Napoleón quería entonces dividir el
reino en provincias, al contrario de lo que quiso apenas tuvo un heredero. Mi
precipitada marcha despertó, pues, las sospechas de la policía, que estaba muy
lejos de poder adivinar su verdadero objeto, y me prendieron cuando iba a
desembarcarme en Piombino.
‑Ahora, amigo mío ‑prosiguió Faria mirando a Dantés con ternura
casi paternal‑, ahora sabéis tanto como yo. Si nos escapamos juntos, la mitad
del tesoro es vuestro, si muero aquí y os salváis solo, os pertenece por
entero.
‑Pero ¿no tiene en el mundo ese tesoro dueño más legítimo? ‑preguntó
Dantés vacilando.
‑No, no, tranquilizaos. La familia se ha extinguido del todo.
Además, el último conde Spada me hizo su heredero. Legándome aquel breviario
simbólico, me legó cuanto contenía. No, no, tranquilizaos. Si llegamos a
apoderarnos de esta fortuna, podemos gozarla sin remordimientos.
‑¿Y decís que ese tesoro asciende...?
‑Asciende a dos millones de escudos romanos, trece millones de
nuestra moneda.
‑¡Imposible! ‑exclamó Dantés, asustado ante lo enorme de la
soma.
‑¡Imposible! ¿Y por qué? ‑repuso el anciano‑. La familia Spada
era una de las más antiguas y poderosas en el siglo XV. Además, en aquellos
tiempos no se conocían ni especulaciones ni industria, esta acumulación de
dinero y joyas no es inverosímil. Todavía existen familias romanas que se
mueren de hambre, teniendo vinculado un millón en diamantes y pedrerías de que
no pueden disponer.
Edmundo, vacilando entre la alegría y la incredulidad, creía
estar soñando.
‑Si os he ocultado este secreto tanto tiempo ‑prosiguió Faria‑,
ha sido para probaros y sorprenderos. Si nos hubiéramos escapado antes de mi
ataque de catalepsia, os habría llevado a la isla de MonteCristo, pero ahora ‑añadió
con un suspiro‑, vos me llevaréis a mí. Ea, Dantés, ¿no me dais las gracias?
‑Ese tesoro os pertenece, amigo mío ‑respondió el joven‑, os
pertenece a vos solo, yo no tengo ningún derecho a él, ni siquiera soy pariente
vuestro.
‑¡Vos sois hijo mío, Dantés! ‑exclamó el anciano‑. Sois el hijo
de mi prisión. Mi estado me condenaba al celibato, y Dios os envió a mí para
consuelo juntamente del hombre que no podía ser padre, y del preso que no podía
ser libre.
Y el abate tendió el brazo que tenía libre y Dantés se arrojó a
su cuello, sollozando.
Capítulo diecinueve
El tercer ataque
Ese tesoro tanto tiempo objeto de las meditaciones del abate,
que podía asegurar la dicha futura del que amaba en realidad como a un hijo,
había ganado a sus ojos en valor. No hablaba de otra cosa todo el día más que
de aquella inmensa cantidad, explicando a Dantés cuánto puede servir a sus
amigos en los tiempos modernos el hombre que posee trece o catorce millones.
Estas palabras hicieron que el rostro de Dantés se contrajera, porque el
juramento que había hecho de vengarse cruzó por su imaginación, haciéndole
pensar también cuánto mal puede hacer a sus enemigos en los tiempos modernos el
hombre que posee un caudal de trece o catorce millones.
El abate no conocía la isla de Montecristo, pero sí la conocía
Dantés, que había pasado muchas veces por delante y una hizo escala en ella;
está situada a veinticinco millas de la Pianosa, entre Córcega y la isla de
Elba. Montecristo, que ha estado siempre y está todavía enteramente desierta,
es una peña de forma casi cónica, que parece lanzada por un cataclismo
volcánico desde el fondo del mar a la superficie.
Dantés le hizo a Faria el plano de la isla, y Faria dio consejos
a Dantés sobre los medios que había de emplear para apoderarse del tesoro.
Pero estaba muy lejos de participar del entusiasmo y sobre todo
de la confianza del anciano. Aunque ya se hubiese convencido de que no estaba
loco, y la manera con que adquirió este convencimiento contribuyera a admirarle
más y más, no podía creer humanamente que aquel tesoro, aún suponiendo que en
efecto hubiera existido, existiese todavía, y cuando no lo mirase como cosa
quimérica, lo miraba a lo menos como dudosa.
Parecía como si el destino se empeñase en quitar a los presos su
última esperanza y darles a entender que estaban condenados a prisión eterna.
Una nueva desgracia les sobrevino por entonces. La galería que daba al mar,
ruinosa desde mucho tiempo antes, había sido reparada. Reforzáronse los
cimientos, y se rellenó con enormes bloques de granito la excavación que a
medias había cegado Dantés. Sin esta precaución, que el abate sugirió al joven,
como se recordará, su desgracia hubiera sido mayor aún, porque descubierta su
tentativa de evasión los hubieran separado inevitablemente. Una nueva puerta,
más maciza y más inexorable que las otras, se había cerrado para ellos.
‑Ya veis ‑decía Dantés con tristeza‑, ya veis que Dios quiere
quitarme hasta el mérito de lo que vos llamáis adhesión. Os prometo permanecer
aquí eternamente, y ahora ni aún libre soy para cumplir mi promesa. Me quedaré
sin el tesoro, como vos, y ni uno ni otro saldremos de este castillo. Por lo
demás, mi verdadero tesoro, amigo mío, no es el que esperaba hallar en los
antros lúgubres de Montecristo, sino vuestra presencia, nuestra unión de cinco
o seis horas cada día, a pesar de nuestros carceleros, y sobre todo estos
torrentes de inteligencia que habéis derramado en la mía, estos idiomas que me
habéis dado a conocer con todas sus ramificaciones filológicas, estas ciencias
que tan fácilmente me comunicasteis gracias a la profundidad con que las
conocéis y los sencillos principios a que las habéis reducido. Este es mi
verdadero tesoro, amigo mío, con esto sí que me habéis dado riqueza y
felicidad. Creedme y consolaos, esto vale más para mí que montes de oro y de
diamantes, aunque no fuesen tan problemáticos como esas nubes que en las
alboradas se ven flotar sobre el mar, que a primera vista las cree uno tierra
firme, y a medida que se va acercando a ellas se evaporan, se volatilizan y se
esfuman. Teneros a mi lado el tiempo mayor posible, oír vuestra elocuente voz,
adornar mi inteligencia, fortalecer mi alma, predisponer mi organización
entera a grandes y terribles cosas para cuando goce de libertad, ejecutarlas
de manera que no vuelva a dominarme la desesperación, de que ya estaba casi
poseído cuando os conocí; ésta es la fortuna que os debo, y no quimérica, sino
tan verdadera, que todos los soberanos del mundo, aunque fuesen como César
Borgia, no podrían arrebatármela.
Esto hizo que para los dos infelices fuesen los días, si no
venturosos, menos largos y más tranquilos. Faria, que en tantos años ni una
palabra había dicho de su tesoro, hablaba de él a cada instante.
Según había previsto, se quedó enteramente paralítico del brazo
derecho y la pierna izquierda, y casi perdió toda esperanza de poder servirse
de ellos, pero soñaba siempre con la libertad o la fuga de su compañero, y
gozaba por él con esta idea.
Temeroso de que el papel se perdiese o se extraviase algún día,
obligó a Dantés a aprenderlo de memoria, y lo aprendió en efecto desde la
primera palabra hasta la última. Seguros entonces de que nadie por el primer
trozo podría adivinar su contenido completo, hicieron pedazos el segundo.
A veces pasaba Faria horas enteras dando instrucciones a Edmundo,
instrucciones que debían servirle al hallarse en libertad.
Desde el mismo día, desde la misma hora, desde el mismo instante
que se viera libre, su único y exclusivo pensamiento debía ser el de ir a
Montecristo, de cualquier modo, idear un puesto que no despertase sospechas
para quedarse allí solo, y una vez solo, enteramente solo, buscar las
maravillosas grutas, y cavar en el sitio indicado.
El sitio indicado, como recordará el lector, era el ángulo más
lejano de la segunda abertura.
Con esta esperanza se pasaban las horas, si no rápidas, a lo
menos soportables.
Como ya hemos dicho, Faria, aunque sin volver al use de su pie y
de su mano, había vuelto completamente al de su inteligencia, enseñando poco a
poco a su joven compañero, además de las nociones morales que hemos dicho, ese
calmoso oficio de preso, que consiste en hacer algo de lo que no es nada en el
fondo. Así, pues, estaban constantemente ocupados, Faria por temor de
envejecer y Edmundo por temor de recordar su pasado, ya casi olvidado, y que no
quedaba en su memoria sino como una luz lejana, perdida en las tinieblas de la
noche. Tal era su vida, semejante a la de esos hombres a quienes la desgracia
no ha herido nunca, y que vegetan tranquila y maquinalmente bajo la mano de la
Providencia.
Pero bajo esa calma aparente, había en el corazón del joven y en
el del anciano tal vez, muchos ímpetus reprimidos, muchos suspiros ahogados,
que estallaban cuando Faria se quedaba solo y Edmundo volvía a su prisión.
Una noche se despertó este último sobresaltado, figurándose
haber oído que le llamaban. Abrió los ojos y procuró saber de dónde procedía
aquel sonido. Su nombre, o más bien una voz doliente que se esforzaba en pronunciarlo,
llegó hasta sus oídos. Incorporóse en la cama lleno de angustia y sudoroso, y
escuchó atentamente. No había duda. La voz venía del calabozo de su compañero.
‑¡Gran Dios! ‑murmuró Edmundo‑. Si será que...
Y separando su cama de la pared, retiró la piedra, lanzóse al
subterráneo y llegó al extremo opuesto. La baldosa estaba levantada.
A1 vacilante resplandor de aquella lámpara tosca de que ya hemos
hablado, vio Dantés al abate pálido en extremo, y aunque en pie, agarrado a su
cama para poder sostenerse. Sus facciones estaban trastornadas por aquellos
horribles síntomas que Dantés ya conocía y que tanto le asustaran
anteriormente.
‑¿Comprendéis..., amigo mío? ¿No es verdad? ‑le dijo Faria resignado‑.
Nada tengo que deciros.
Edmundo lanzó un grito de dolor, y perdiendo completamente la
cabeza se dirigió a la puerta gritando:
‑¡Socorro!¡Socorro!
Faria tuvo suficientes fuerzas aún para detenerle.
‑¡Silencio o estáis perdido! ‑le dijo‑ No pensemos sino en vos,
amigo mío, en haceros soportable la prisión y posible la fuga. Años enteros
necesitaríais para volver a hacer lo que yo hasta aquí hice, y sería vano en
cuanto nuestros carceleros conociesen que estamos de acuerdo. Por otra parte,
tranquilizaos, amigo, que no estará vacío mucho tiempo este calabozo que yo voy
a abandonar. Otro desgraciado vendrá a ocupar mi puesto. Acaso él será joven,
y fuerte, y sufrido como vos, y podrá ayudaros en vuestra fuga, que yo impedía.
Ya no tendréis un semicadávér adherido a vos, que paralizará todos vuestros
esfuerzos. Decididamente Dios se acuerda de vos, os da más que os quita, pues
ya es tiempo de que yo muera.
Edmundo no pudo hacer otra cosa más que cruzar las manos y exclamar:
‑¡Oh, amigo mío! ¡Amigo mío! ¡Callad!
Luego, recobrando su fortaleza, que le abandonó un instante por
aquel golpe imprevisto, y su valor, vencido por las palabras del viejo, repuso:
‑¡Oh! Ya os salvé una vez, bien puedo salvaros otra.
Y levantó el pie de la cama, y sacó el frasco, que contenía aún
una tercera parte del licor rojo.
‑Mirad ‑le dijo‑, aún nos queda esta medicina salvadora. Pronto,
pronto, decidme lo que necesito hacer. ¿Se toman esta vez otras precauciones?
Hablad, amigo mío, que ya os escucho.
‑No hay esperanza ‑respondió el abate inclinando la cabeza‑,
pero no importa, la voluntad de Dios es que el hombre que ha creado y en cuyo
corazón ha puesto con tantas raíces el amor a la vida, haga cuanto pueda por
conservar esta vida, tan trabajosa algunas veces y siempre tan amada.
‑¡Sí, sí! ‑exclamó Dantés‑, os salvaré, sí, os lo repito.
‑Pues ea, procuradlo, el frío me acomete, siento que la sangre
se agolpa a mi cerebro, este horrible temblor que hace rechinar mis dientes, y
parece que disloca todos mis huesos, este espantoso temblor invade mi cuerpo,
dentro de cinco minutos me dará el ataque, dentro de un cuarto de hora no os
quedará de mí más que un cadáver.
‑¡Oh! ‑exclamó Dantés con desesperado acento.
‑Haced lo que la otra vez, con la diferencia de no esperar tanto
tiempo. Todos los resortes de mi vida están ahora muy gastados, y la muerte ‑prosiguió
mostrándole su brazo y su pierna paralíticos‑, la muerte recorrió ya la mitad
de su camino. Si después de haberme echado en la boca doce gotas, en lugar de
diez, vieseis que no vuelvo en mí, me echáis el resto. Ahora, llevadme a la
cama, porque apenas puedo sostenerme.
Edmundo cogió en sus brazos al viejo y lo puso en la cama.
‑Ahora acercaos, amigo mío, único consuelo de mi triste vida ‑le
dijo Faria‑ don del cielo, aunque algo tardío, pero, en fin, don del cielo, y
don inapreciable, de que le doy infinitas gracias..., en este momento en que me
separo de vos para siempre, os deseo todas las dichas, toda la prosperidad que
merecéis. ¡Hijo mío! ¡Yo os bendigo!
El joven se arrodilló, apoyando la cabeza en la cama de Faria.
‑Sobre todo, hijo mío, escuchad bien lo que os digo en este instante
supremo: el tesoro de los Spada existe efectivamente. Dios me concede que en
este momento no haya para mí ni obstáculo ni distancias. Lo estoy viendo en el
fondo de la segunda gruta, mis ojos penetran en las entrañas de la tierra y se
deslumbran con tantas riquezas. Si conseguís evadiros, recordad que el pobre
abate, a quien todo el mundo creía loco, no lo estaba. ¡Corred a Montecristo,
apoderaos de nuestra fortuna, y gozadla, que bastante sufristeis!
Una violenta sacudida interrumpió al anciano. Edmundo levantó la
cabeza y vio que sus ojos se enrojecían, parecía que una ola de sangre le subía
desde el pecho a la frente.
‑¡Adiós! ¡Adiós! ‑murmuró Faria, apretando convulsivamente la
mano del joven‑. ¡Adiós!
‑¡Oh! ¡Todavía no! ¡Todavía no! ‑exclamaba éste‑. No me
abandonéis... ¡Oh, Dios mío! ¡Socorredle...! ¡Socorro! ¡Acudid...!
‑¡Silencio! ‑murmuró el moribundo. ¡Silencio!, que luego nos
separarán si me salváis.
‑Es cierto. ¡Oh! Sí, sí, confianza; os salvaré. Además, aunque
parece que sufrís mucho, no es tanto como la otra vez.
‑Desengañaos..., sufro menos porque tengo menos fuerzas para
sufrir. A vuestra edad se tiene fe en la vida; que es el privilegio de la
juventud creer y esperar; pero los viejos ven la muerte con más claridad...
¡Oh...!, ya está aquí..., ya se aproxima... todo se acaba... pierdo la vista...
¡y la razón! Dadme la mano, Dantés... ¡Adiós! ¡Adiós!
E incorporándose por un esfuerzo supremo, repuso:
‑¡Montecristo...! ¡No os olvidéis de Montecristo!
Y volvió a caer en la cama.
La crisis fue terrible. Un cuerpo con los miembros retorcidos,
las pupilas hinchadas, una espuma sanguinolenta en la boca, fue lo que en aquel
lecho de dolor ocupó el puesto del ser tan inteligente que se había acostado
pocos minutos antes.
Dantés tomó la lámpara, la colocó en la cabecera de la cama,
sobre una piedra que sobresalía de la pared, de modo que su trémula luz
alumbraba con reflejos extraños y fantásticos aquella fisonomía desencajada,
aquel cuerpo inerte y aniquilado.
Con la mirada fija en él esperó valerosamente la ocasión de administrarle
la medicina salvadora. Cuando creyó que había llegado esta ocasión, cogió el
cuchillo, separó los dientes, que le ofrecieron menos resistencia que la vez
anterior, contó las doce gotas y esperó. El frasco podría tener otro tanto de
licor que el gastado.
Esperó diez minutos, un cuarto de hora, media hora, ¡y nada!
Tembloroso, con los cabellos lacios y la frente inundada de sudor, contó los
minutos por los latidos de su corazón. Entonces pensó que era ya tiempo de
arriesgar la última prueba, acercó el frasco a los labios sanguinolentos de
Faria, y sin necesidad de separarle las mandíbulas, que no habían vuelto a
juntarse, echó en la boca el resto del líquido. El efecto fue galvánico y una
violenta contracción sacudió todos los miembros de Faria, sus ojos volvieron a
abrirse con una expresión horrorosa, exhaló un suspiro que parecía un grito, y
fue luego, poco a poco, quedándose inmóvil; únicamente los ojos le quedaron
abiertos.
Media hora, una y hasta hora y media pasaron, siendo de agonía
para Edmundo. Inclinado hacia su amigo con la mano sobre su pecho, sintió
sucesivamente irse el cuerpo enfriando, y el latido del corazón hacerse sordo y
profundo. Todo acabó bien pronto, apagóse el último latido, la cara se puso
lívida y aunque los ojos seguían abiertos, ya no miraban.
Ya eran las seis de la mañana, y rayaba el día; su luz indecisa,
penetrando en el calabozo, amenguaba la de la lamparilla moribunda. Sus
ráfagas extrañas y fantásticas daban tal vez al cadáver apariencias de vida.
En tanto duró la lucha del día con la noche, Dantés pudo dudar aún, pero cuando
se hizo enteramente de día llegó a comprender que se hallaba solo con un
cadáver. Entonces se apoderó de él un terror profundo a invencible. No osaba
estrechar aquella mano que caía fuera de la cama, ni menos fijar sus ojos en
aquellos ojos blancos a inmóviles, que en vano trató de cerrar muchas veces.
Apagó la lamparilla, ocultóla con mucho cuidado, y desapareció, colocando como
pudo la baldosa sobre su cabeza. Por otra parte, ya era hora; el carcelero iba
a venir de un momento a otro.
Nada indicó en el carcelero que tuviese ya conocimiento de la
desgracia. Cuando salió, sintióse Edmundo impaciente por saber lo que iba a
pasar en el calabozo de su desgraciado amigo, y para saberlo penetró en el
subterráneo, llegando a tiempo de oír las exclamaciones del carcelero pidiendo
auxilio.
Pronto acudieron los otros carceleros, se oyó después ese Paso
regular y sordo que usan los soldados, aunque no estén de servicio. Tras los
soldados se presentó el gobernador.
Edmundo oyó rechinar la cama, como si diesen vuelta al cadáver,
y la voz del gobernador que ordenaba que le echasen agua a la cara y que viendo
que ésta no le causaba efecto alguno, mandó a buscar al médico.
El gobernador salió, y algunas frases compasivas llegaron a
oídos de Dantés, mezcladas con risas burlonas.
‑Vamos, vamos, el loco ha ido a reunirse con su tesoro ‑decía
uno‑ ¡Buen viaje!
‑Con todos sus millones no tendrá para pagar la mortaja ‑añadía
otro.
‑¡Oh!, las mortajas del castillo de If no cuestan muy caras ‑respondía
un tercero.
‑Quizá como eclesiástico, hagan algunos gastos más por él ‑dijo
uno de los primeros interlocutores.
‑Este irá al saco.
Edmundo no perdió una sola palabra, pero apenas comprendía lo
que decían.
A poco dejaron de oírse las voces, y juzgó que habían salido del
calabozo. Sin embargo, no se atrevió a entrar en él, porque era fácil que alguno
se hubiera quedado a velar al muerto. Conteniendo su respiración, permaneció
mudo a inmóvil.
Transcurrida una hora, sobre poco más o menos, interrumpió el silencio
un leve ruido que iba aumentándose. Era el gobernador, que volvía acompañado
del médico y de algunos oficiales. Hubo un momento de silencio. Era evidente
que el médico se acercaba a la cama y examinaba el cadáver. Pronto comenzó la
discusión.
El médico analizó la enfermedad de que había sido atacado el preso
y declaró que estaba muerto. La conversación tenía un tono de indiferencia que
indignó a Dantés, pareciéndole que todo el mundo debía profesar al pobre abate
una parte de la afección que le profesaba él.
‑Lo siento mucho ‑dijo el gobernador respondiendo a la declaración
del médico‑, mucho lo siento, porque era un preso amable, inofensivo, que nos
divertía con su locura, y sobre todo fácil de guardar.
‑¡Oh! ‑repuso el llavero‑, aunque no le hubiéramos guardado tan
bien, hubiera permanecido aquí cincuenta años, sin intentar una sola vez
escaparse, yo lo aseguro.
‑No obstante ‑indicó el gobernador‑, creo que sería oportuno, a
pesar de vuestra declaración, y no porque yo dude de vuestra ciencia, sino
para poner a cubierto mi responsabilidad, sería conveniente que nos
asegurásemos de que está efectivamente muerto.
Hubo otro intervalo de silencio absoluto, durante el cual
Dantés, que seguía acechando, creyó que el médico examinaba y tocaba el cadáver
por segunda vez.
‑Podéis estar tranquilo ‑dijo al gobernador‑. Está bien muerto,
os respondo de ello.
‑Ya sabéis, caballero ‑repuso el gobernador con insistencia‑,
que en estos casos no nos contentamos con un simple examen, conque dejando a
un lado las apariencias, servíos cumplir las formalidades prescritas por la
ley.
‑Que calienten los hierros ‑ordenó el doctor‑, aunque es en
verdad una precaución inútil.
Esta orden de calentar los hierros hizo estremecer a Dantés.
Oyéronse pasos precipitados, el rechinar la puerta, idas y venidas,
y después entró un mozo diciendo:
‑Aquí tenéis el basero con un hierro.
Hubo otro instante de silencio, oyóse después un chirrido como
de carne quemada, y un olor nauseabundo llegó hasta el horrorizado Dantés a
través de la baldosa. Aquel olor de carne humana carbonizada hizo que Edmundo
estuviera a punto de desmayarse.
‑Bien veis, caballero, que está muerto efectivamente ‑dijo el
doctor‑, esta quemadura en el talón es la última prueba que podíamos hacer. Ya
el pobre loco se curó de su locura, y se libró de su cautividad.
‑¿No se llamaba Faria? ‑inquirió uno de los oficiales que acompañaban
al gobernador.
‑Sí, señor, y pretendía que su nombre era muy aristocrático. Por
lo demás, le creía hombre muy entendido y muy razonable en todas las cosas que
no fuesen su tesoro, pero en esto debo confesar que era intratable.
‑Nosotros llamamos monomanía a esa enfermedad ‑observó el
médico.
‑¿No habéis tenido nunca queja de él? ‑preguntó el gobernador al
carcelero encargado de llevar la comida al abate.
‑Nunca, señor gobernador ‑respondió el carcelero‑. A1 contrario,
muchas veces me divertía contándome historietas, y hasta una vez que mi mujer
estuvo enferma me dio una receta que la hizo sanar al momento.
‑¡Vaya, vaya! ¡Y yo que ignoraba que me las había con un colega!
‑dijo el médico‑. Espero, señor gobernador ‑añadió sonriendo‑‑, que le
trataréis como a tal.
‑Sí, sí, desde luego. Le meteremos decentemente en el saco más
nuevo que se encuentre. ¿Estáis contento?
‑¿Tenemos que cumplir esa formalidad en vuestra presencia? ‑le
preguntó el mozo.
‑Sin duda alguna, pero daos prisa, que no pienso estar aquí todo
el día.
Dantés volvió a oír nuevas idas y venidas, y poco después roce
como de una tela, giró la cama sobre sus goznes, y un pie pesado, como de un
hombre que levanta una carga, conmovió la baldosa que ocultaba a Dantés. Luego
volvió a rechinar la cama como si el cadáver tornase a su sitio.
‑Esta noche... ‑dijo el gobernador.
‑¿Se le dirá misa? ‑preguntó uno de los oficiales.
‑¡Imposible! ‑respondió el gobernador‑. Precisamente ayer me
pidió el capellán del castillo permiso para ir a Hyeres por ocho días, y se lo
concedí respondiéndole de todos mis presos. Si el pobre abate se hubiera dado
menos prisa, no se quedara sin su requiem.
‑Bah, bah ‑dijo el médico con esa impiedad familiar a los de su
profesión‑, es sacerdote y Dios se lo tomará en cuenta, por no dar al infierno
el gusto de enviarle un sacerdote.
Una carcajada general acogió esta horrible burla. Entretanto
seguían amortajando al abate.
‑Esta noche... ‑dijo el gobernador, viendo la tarea acabada.
‑¿A qué hora? ‑le preguntó el mozo.
‑A eso de las diez o las once.
‑¿Y se ha de velar al muerto?
‑¿Para qué? Se cierra el calabozo como si estuviese vivo.
Las voces se fueron perdiendo y los pasos alejándose, crujió la
cerradura de la puerta y sus pesados cerrojos, y un silencio más medroso que
el de la soledad, el de la muerte, invadió el calabozo y hasta el alma
petrificada del joven. Entonces levantó lentamente la baldosa con la cabeza, y
echó una mirada investigadora por el calabozo. Estaba desierto.
Edmundo salió de la galería.
Capítulo veinte
El cementerio del castillo de If
Sobre la cama, tendido a lo largo a iluminado débilmente por la
claridad de la luz nebulosa que penetraba por la ventana, se veía un saco de
grosera tela, cuyos informes pliegues dibujaban los contornos de un cuerpo
humano: aquél era el sudario del abate, aquél era el sudario que, según decían
los carceleros, costaba tan poco. Todo había terminado. La separación material
existía ya entre Dantés y su anciano amigo. Ya no podría ver aquellos ojos que
habían quedado abiertos como para mirar más allá de la muerte, ni podría
estrechar aquella mano industriosa que descorriera el velo a tantos misterios
para que él los penetrase. Faria, su útil y buen compañero, a cuya presencia
tanto se había acostumbrado, no existía ya más que en su memoria. Entonces se
sentó a la cabecera de la cama, dominado de una triste y lúgubre melancolía.
¡Solo! ¡Había vuelto a quedarse solo! ¡Había vuelto al silencio
y la nada!
¡Solo! ¡Sin compañía y hasta sin la voz del único ser amigo que
le quedaba en la tierra!
¿No sería mejor que fuera a resolver con Dios el problema de la
vida, como había hecho el abate Faria, aun pasando por tantos dolores como él?
La idea del suicidio, desterrada por la presencia y la amistad
del abate, vino entonces a colocarse como un fantasma al lado del cadáver de
éste.
‑Si pudiera morir iría adonde él va ‑dijo‑, y volvería a encontrarle
seguramente. Pero ¿cómo morir? Bien fácil es ‑añadió sonriendo‑. Me quedo
aquí, me abalanzo al primero que entre, lo ahogo y me guillotinan.
Sin embargo, como ocurre siempre, así en los grandes dolores
como en las grandes tempestades, que damos con el abismo al dar en los
extremos, horrorizó a Dantés la idea de esta muerte infamante, y de súbito pasó
de esta desesperación a una sed ardiente de libertad.
‑¡Morir! ¡Oh!, no ‑exclamó‑, no valdría la pena de haber vivido
tanto y sufrido tanto, para morir así. Ahora sería verdaderamente conspirar en
favor de mi destino miserable. No, quiero vivir, quiero luchar hasta el fin,
quiero recobrar la dicha que me han robado. Con la idea de la muerte me
olvidaba de que tengo verdugos que castigar, y quién sabe si recompensar
amigos. Pero, ¡ay!; ahora van a olvidarme, y no saldré ya de aquí sino como el
abate Faria.
Al pronunciar estas palabras quedó petrificado, como aquel a
quien se le ocurre una idea aterradora. De pronto se incorporó, llevóse la mano
a la frente como si le diera un vértigo, dio dos o tres vueltas por la
habitación, y fue a detenerse delante de la cama.
‑¡Oh!, ¡oh! ‑murmuró‑. ¿Quién me envía este pensamiento? ¿Sois
vos, Dios mío? Pues que sólo los muertos salen de aquí, ocupemos el lugar de
los muertos.
Y sin vacilar un momento siquiera, por no cambiar aquella resolución
desesperada, inclinóse sobre el nauseabundo saco, lo abrió con el cuchillo que
Faría había hecho, sacó el cadáver, lo llevó a su propio calabozo, lo acostó en
su cama, poniéndole en la cabeza el pañuelo de hilo que él acostumbraba llevar
puesto, lo cubrió con su cobertor, besó por última vez aquella frente helada,
pugnó por cerrar aquellos ojos rebeldes que seguían abiertos y horribles en su
inmovilidad, le puso el rostro vuelto a la pared, para que el carcelero al
traerle la cena creyese que estaba acostado como solía, volvió al subterráneo,
sacó de su escondite la aguja y el hilo, se quitó sus harapos para que se
sintiera por el tacto la carne desnuda, metióse en el saco embreado, se colocó
en la misma situación que el cadáver tenía, y sujetó por dentro la costura. Si
por desgracia hubiesen entrado en este momento, hubieran podido oír los latidos
de su corazón.
Habíale sido posible esperar que pasase la visita de la noche,
pero temía que el gobernador cambiase de idea, mandando sacar el cadáver. Con
esto perdería su última esperanza. Ahora lo que tenía que temer era muy poco.
He aquí su plan:
Si por el camino los enterradores conocían que llevaban un vivo
en lugar de un muerto, no les daba tiempo para nada, con una cuchillada
vigorosa abría de arriba abajo el saco, y se aprovechaba de su terror para
escaparse. Si querían apoderarse de él, ¿no llevaba un cuchillo? Si lo
conducían hasta el cementerio y le metían en una fosa, dejábase cubrir de
tierra, y apenas los enterradores volviesen la espalda, se abría paso a través
de la tierra removida, y como era de noche, escapaba. Pensaba que el peso no
sería tan grande que no lo pudiera resistir.
Si se equivocaba, si, por el contrario, la tierra le pesaba
mucho y le ahogaba, ¡tanto mejor para él!, todo concluiría entonces.
No había comido desde la víspera, pero ni aquella mañana había
pensado en el hambre, ni ahora pensaba tampoco. Era demasiado precaria su
situación para que pudiera ocuparse de otra cosa.
El primer peligro a que estaba expuesto era que el carcelero, al
llevarle su comida a las siete, echase de ver la sustitución verificada. Por
fortuna, veinte veces había recibido Dantés acostado al carcelero, ya fuese por
misantropía, ya por cansancio, y en este caso generalmente aquel hombre dejaba
sobre la mesa el pan y la sopa y se iba sin hablarle.
Pero esa vez el carcelero podía hablarle y como Dantés no le respondería,
acercarse a la cama y descubrirlo todo.
Hacia las siete de la noche fue cuando empezaron, a decir
verdad, las agonías de Dantés. Con una mano apoyada en el pecho trataba de
ahogar los latidos de su corazón mientras enjugaba con la otra el sudor de su
frente, que corría hasta por sus mejillas. De vez en cuando todo su cuerpo se
estremecía con un temblor convulsivo, oprimiéndosele el corazón como si
estuviese sometido a la presión de un torno. Transcurrían las horas sin que en
el castillo se notase ningún movimiento por lo que comprendió que se había
librado del primer peligro. Esto era de buen agüero. Por último, a la hora
señalada por el gobernador, se oyeron pasos en la escalera. Edmundo conoció que
el momento había llegado, y llamó en su ayuda todo su valor, conteniendo su
aliento. Feliz él si hubiera podido contener de igual modo los violentos
latidos de su corazón.
Los pasos, que iban en aumento, se detuvieron a la puerta.
Dantés supuso que eran dos los enterradores que iban a buscarle. Esta sospecha
se trocó en certidumbre cuando oyó el ruido que hacían al poner en el suelo
las parihuelas.
Abrióse la puerta y una luz confusa hirió los ojos de Edmundo. A
través del lienzo que le envolvía, vio acercarse dos sombras a su cama, en
tanto que otra, con un farol en la mano, se quedó a la puerta. Cada uno de los
que se acercaron a la cama cogió el saco por uno de sus extremos.
‑Para ser viejo y tan flaco, pesa bastante ‑dijo uno de ellos
levantando la cabeza de Dantés.
‑He oído decir que el peso de los huesos aumenta media libra todos
los años ‑contestó el otro asiéndole por los pies.
‑¿Has hecho el nudo? ‑preguntó el primero.
‑Buena tontería fuera añadir un peso inútil. Allá lo haré.
‑Tienes razón. Vamos.
« ¿Pare qué será ese nudo? », se preguntaba Dantés.
Desde la cama trasladaron a las angarillas al falso muerto.
Edmundo se puso todo lo rígido que pudo para desempeñar mejor su papel de
cadáver. Pusiéronle, pues, en las angarillas, y alumbrados por el del farol,
que iba delante, empezaron a subir la escalera.
De súbito, el aire fresco de la noche, en el que Dantés
reconoció al mistral, azotó su cuerpo. Esta súbita sensación fué a la vez
angustiosa y dulcísima.
A unos veinte pasos detuviéronse los que le llevaban, y pusieron
en el suelo las angarillas. Uno de ellos debió de alejarse un tanto, porque
Edmundo oyó sus pisadas en las losas.
« ¿Dónde estoy? », se preguntó.
‑¿Sabes que no pesa poco? ‑dijo el que había permanecido junto
a Dantés, sentándose al borde de las angarillas.
La primera idea de Dantés fué escaparse entonces, pero por
fortuna se contuvo.
‑Alúmbrame, animal ‑dijo el que se había separado‑, alúmbrame o
no podré encontrar lo que busco.
El hombre de la linterna obedeció a la demanda del enterrador,
aunque, como se ha visto, no tenía nada de cortés.
«¿Qué buscará? ‑dijo para sí Dantés‑,sin duda un azadón.»
Una exclamación dio a entender que el enterrador había encontrado
al fin lo que buscaba.
‑Menudo trabajo ha costado ‑dijo el otro.
‑Sí, pero nada se ha perdido por esperar ‑contestó el primero.
Y dicho esto se acercó a Edmundo, que oyó poner a su lado una
cosa pesada y sonora. Al mismo tiempo una cuerda atada a sus pies le causó viva
y dolorosa impresión.
‑¿Está ya hecho el nudo? ‑preguntó el enterrador que no se había
movido de allí.
‑Y bien hecho ‑respondió el otro.
‑Pues en marcha.
Y volviendo a coger las angarillas siguieron su camino.
A los cincuenta pasos sobre poco más o menos hicieron alto para
abrir una puerta, y volvieron a proseguir su camino.
El rumor de las olas, estrellándose en las peñas que sirven de
base al castillo, iba llegando más distintamente a Dantés a medida que iban
avanzando.
‑¡Mal tiempo hace! ‑dijo uno de los hombres‑. No está el mar
pare bromas esta noche.
‑El abate corre peligro de fondear.
Y ambos soltaron una carcajada.
Aunque Dantés no los comprendió, sus cabellos se erizaron.
‑Bien. Ya hemos llegado ‑dijo el primero.
‑Más allá, más allá ‑repuso el otro‑. ¿No te acuerdas que el
último muerto se quedó en el camino, destrozado entre las rocas, y que el
gobernador nos regañó al día siguiente?
Subiendo constantemente, dieron cuatro o cinco pesos más, luego
sintió Edmundo que le cogían por los pies y por la cabeza y que le balanceaban.
‑¡A la una! ‑dijeron los enterradores.
‑¡A las dos!
‑¡A las tres!
Dantés se sintió lanzado al mismo tiempo a un inmenso vacío, hendiendo
los aires como un pájaro herido de muerte, y bajando, bajando a una velocidad
que le helaba el corazón. Aunque le atraía hacia abajo una cosa pesadísima que
precipitaba su rápido vuelo, parecióle como si aquella caída durase un siglo,
hasta que, por último, con un ruido espantable, se hundió en un ague helada que
le hizo exhalar un grito, ahogado en el mismo instante de sumergirse. Edmundo
había sido arrojado al mar con una bala de treinta y seis atada a sus pies. El
cementerio del castillo de If era el mar.
Capítulo veintiuno
La isla de Tiboulen
Aunque
aturdido y sofocado, tuvo Dantés sin embargo suficiente Presencia de ánimo pare
contener su respiración, y como llevaba de antemano preparada a todo evento su
mano derecha, según dijimos, y empuñado el cuchillo, rasgó de un solo come el
saco, con lo coal Pudo sacar el brazo y la cabeza, pero a pesar de todos sus
esfuerzos pare levantar la bale, se sintió más y más agarrotado. Entonces se
agachó haste la cuerda que ataba sus piernas, y con un esfuerzo supremo Pudo
cortarla cuando ya le iba faltando la respiración. Hizo en seguida un hincapié
vigoroso, y subió desembarazado a la superficie del
mar, mientras la bala hundía en sus profundos abismos aquella
tela
grosera que, a poco más, se convierte en su mortaja.
No estuvo en la superficie más que el tiempo necesario, pues volvió
a zambullirse acto continuo, porque la primera precaución que debía de tomar
era que no le viesen.
Cuando apareció sobre el agua la segunda vez, hallábase lo menos
a cincuenta pasos del sitio en que cayera. Sobre su cabeza veía un cielo
tempestuoso y negro, en que el aire hacía rodar nubes ligeras, descubriendo tal
vez un pedazo azul en que brillaba una estrella. Ante sus ojos se extendía el
mar sombrío y rugiente, cuyas olas comenzaban a hervir como al principio de
una tempestad, y a su espalda, más negro que el cielo y que el mar, destacábase
como un fantasma amenazador el gigante de granito cuya lúgubre cúpula parecía
un brazo extendido para recobrar su presa. En la roca más alta se veía brillar
un farol alumbrando a dos sombras.
A Edmundo le pareció que estas dos sombras se inclinaban hacia
el mar, examinándolo con inquietud. En efecto, aquellos enterradores de nueva
especie debieron de oír el grito que exhaló al atravesar el espacio.
Zambullóse Dantés de nuevo, y nadando entre dos aguas anduvo bastante trecho.
Esta maniobra le había sido muy familiar en otro tiempo, y atraía a su
alrededor en la ensenada del Faro a muchos admiradores que le proclamaban el
más hábil nadador de Marsella. Cuando volvió a salir a flor de agua, la linterna
había desaparecido.
Lo que importaba entonces era orientarse. De todas las islas que
rodean el castillo de If, Pomegue y Ratonneau son las más cercanas, pero
Pomegue y Ratonneau están habitadas, así como la islilla de Daume. Las que
ofrecían más seguridades a Edmundo eran la isla de Tiboulen o la de Lemaire.
Ambas están a una legua del castillo de If.
Dantés resolvió dirigirse a una de las primeras islas, pero
¿cómo encontrarla en medio de la oscuridad que le rodeaba? En aquel momento vio
brillar como una estrella el faro de Planier. Dirigiéndose en derechura al
faro, dejaba un tanto a la izquierda la isla de Tiboulen, y torciendo aún más
hacia aquel lado, debía de hallar a Tiboulen en su camino.
Pero ya hemos advertido que desde el castillo de If a esta isla
hay una legua a lo menos. Faria solía repetir al joven en su prisión:
‑Dantés, no os entreguéis de ese modo a la molicie. Si no ejercitáis
las fuerzas, os ahogaréis el día que queráis escaparos.
Estas palabras zumbaron en los oídos de Dantés, cuando cortaba
por el fondo las saladas olas, y se dio prisa a salir a flor de agua para
convencerse de que no había perdido sus fuerzas. Efectivamente, lleno de júbilo
vio que su forzosa inacción nada le había quitado de vigor ni de agilidad, y
que era todavía señor del elemento con que había jugado siendo niño.
El miedo, por otra parte, ese rápido perseguidor, doblaba sus
bríos; agazapado en la cúspide de las olas, poníase a escuchar por si llegaba a
sus oídos algún rumor. Cada vez que en brazos de una ola se levantaba a los
cielos, con una mirada rápida abarcaba todo el horizonte visible, tratando de
penetrar en las densas tinieblas. Cada ola que fuese un poco más elevada que
las demás parecíale un barco que le perseguía, y redoblaba sus esfuerzos, que
aunque le alejasen sin duda del castillo iban a agotar muy pronto sus fuerzas.
Seguía, pues, nadando, y ya el terrible castillo se quedaba
confundido entre los vapores nocturnos. No lo distinguía ya, pero lo sentía.
De este modo transcurrió una hora, hora en que Dantés, exaltado
por el sentimiento de libertad que tan completa y vertiginosamente le
dominaba, siguió hendiendo las olas en la dirección que se trazara.
‑Vamos ‑se dijo‑, pronto hará una hora que estoy nadando, pero
como el viento me es contrario, he debido adelantar una cuarta parte menos. Sin
embargo, como no me equivoque en mis cálculos, no debo de estar ahora muy lejos
de Tiboulen. Pero ¡si me equivocase!
Un súbito temblor conmovió todo el cuerpo del nadador. Procuró
sostenerse de espaldas sobre el agua para descansar un poco, pero el mar cada
vez se iba poniendo más alborotado, y comprendió que le era imposible.
‑Sea, pues ‑dijo‑ Seguiré nadando hasta que mis brazos se
cansen, y los calambres me acometan, y entonces... me iré al fondo.
Y continuó nadando con la fuerza y el brío de la desesperación.
De repente parecióle que el firmamento, ya oscuro, se ennegrecía más y más y
que una nube espesa y compacta bajaba hasta él. Al mismo tiempo sintió en la
rodilla un dolor vivísimo. Con su rapidez incomparable hízole creer la
imaginación que aquello era la herida de una bala y que en seguida oiría la
explosión del tiro, pero la detonación no sonó. Dantés alargó la mano y halló
un cuerpo resistente, encogió la otra pierna y tocó el suelo, y reconoció
entonces qué cosa era lo que se había figurado una nube.
A veinte pasos se elevaba una mole de peñascos, de extraña
forma, que parecía un cráter inmenso petrificado en el momento de su mayor
combustión. Era la isla de Tiboulen. Levantóse Dantés, dio algunos pasos
adelante, y alabando a Dios, se tendió sobre aquellos guijarros, que entonces
le parecieron más blandos que los colchones del lecho más mullido.
Después, a pesar del viento y de la borrasca, y de la lluvia que
empezaba a caer, rendido como estaba de fatiga, se quedó dormido, con ese
delicioso sueño que embarga al hombre cuya materia se aletarga, pero cuya alma
permanece despierta con la idea de una felicidad inesperada.
Al cabo de una hora, le despertó el espantoso ruido de un
trueno. La tempestad se había desencadenado y batía el aire con furia. De vez
en cuando caía, como una serpiente de fuego, un rayo del cielo, iluminando las
olas y las nubes, que se perseguían las unas a las otras como en inmenso caos.
La vista perspicaz de marino no había engañado a Dantés, aquélla
era, en efecto, la primera de las dos islas, la de Tiboulen. Sabía que no
ofrecía el menor asilo, pero cuando la tempestad cesase pensaba volverse a
echar al mar en dirección a la isla de Lemaire, que aunque no menos árida, era
más grande, y por consiguiente más hospitalaria.
Una peña cóncava prestó a Dantés abrigo momentáneo; casi al mismo
tiempo estalló la tempestad. Edmundo sentía temblar bajo la peña en que se
había guarecido, las olas, que azotando la base de aquella pirámide gigantesca,
saltaban hasta él. Aunque estaba en paraje seguro, con aquel ruido atronador, s
y aquellas ráfagas sulfúreas, experimentó una especie de vértigo. Creyó que la
isla temblaba debajo de sus pies, y que de un momento a otro iba, como un navío
anclado, a perder sus cables y a sepultarse en aquel inmenso torbellino.
Entonces recordó que hacía veinticuatro horas que no probaba bocado, tenía
hambre y sed. Extendió las manos y la cabeza, y bebió el agua de la tempestad
recogida en el hueco de la roca.
Cuando se incorporaba, un relámpago que parecía rasgase el cielo
hasta el trono del Altísimo iluminó el espacio, mostrándole con su resplandor,
entre la isla de Lemaire y el cabo de Croisille, a un cuarto de legua de
distancia, como un espectro que resbala al abismo desde la cima de una ola, un
pequeño barco pescador arrebatado a la vez por el viento y por el mar. Un
minuto después volvió a aparecer el fantasma encima de otra ola, acercándose
con horrible rapidez. Quiso el joven gritarles, y aun buscó algún trapo que
tremolar para hacerles ver que estaban perdidos, pero bien lo conocían ellos. A
la luz de otro relámpago, Edmundo pudo vislumbrar a cuatro hombres agarrados a
los palos y a los estayes, mientras otro sujetaba el mástil del tronchado
timón. Sin duda, hubieron de verle también aquellos hombres, como él los veía,
porque llegaron a sus oídos gritos lastimeros en alas del vendaval que silbaba
furiosamente. En la punta del palo mayor hecho trizas azotaban el aire los
jirones de una vela, que de pronto se acabó de romper y desapareció en los
abismos tenebrosos del espacio, semejante a uno de esos enormes pájaros
blancos que se dibujaban sobre las nubes negras. Al mismo tiempo, sonó un ruido
espantoso, mezclado con gritos de angustia que llegaron hasta Dantés. Asido
como una esfinge de las rocas, abarcaba con sus ojos todo el abismo, y a la luz
de otro relámpago pudo ver al barco irse a pique, y flotar entre sus restos
cabezas de expresión desesperada y brazos levantados hacia el cielo.
Luego todo volvió a quedar sumergido en la oscuridad más completa.
Aquel terrible drama había durado lo que un relámpago. Corriendo el peligro de
caer al mar, lanzóse Dantés a la pendiente resbaladiza de las rocas a mirar y a
escuchar, pero nada vio y nada oyó. Ni gritos ni cosas humanas, solamente la
tempestad seguía azotando los vientos y las olas. Poco a poco fue calmándose
el viento y rodaron a Occidente las preñadas nubes rojas, que parecían
detenidas por la mano de la tempestad. Volvieron a centellear las estrellas en
el cielo con su luz vivísima. Luego por el Este una ráfaga azulada, algo
negruzca, coloreó el horizonte, y saltaron las ondas tranquilamente, trocando
su espumosa superficie en crines de oro. Era el alba.
Edmundo se quedó inmóvil ante aquel gran espectáculo, como si lo
viese por primera vez. Lo había olvidado en efecto, desde su entrada en el
calabozo. Volvióse hacia el castillo, escudriñando con una penetrante mirada la
tierra y el mar. El sombrío edificio se recostaba entre las olas con esa
imponente majestad de las cosas inmóviles, que parece que tengan ojos para vigilar
y acento para ordenar.
Serían ya las cinco de la mañana y el mar continuaba calmándose.
«Dentro de dos o tres horas ‑se dijo Edmundo‑, el carcelero irá
a mi cuarto, hallará el cadáver de mi desdichado amigo, le reconocerá, me
buscará en vano, y dará el grito de alarma. Descubrirán el subterráneo y la
galería, preguntarán a los que me arrojaron al mar, que han debido oír mi
grito, saldrán en seguida mil barcas llenas de soldados en persecución del
fugitivo, que saben que no puede estar muy lejos, el cañón anunciará a toda la
costa que nadie dé asilo a un hombre desnudo y hambriento que andará errante,
y saldrán de Marsella los alguaciles y los espías a perseguirme por tierra,
mientras el gobernador me persigue por mar. ¿Qué será entonces de mí? Tengo hambre,
tengo frío, a incluso he perdido el cuchillo salvador, que me estorbaba para
nadar. Estoy a merced del primero que quiera ganarse veinte francos
entregándome. Ya no me quedan ni fuerzas, ni resolución, ni ideas. ¡Oh Dios
mío! Mirad si he sufrido bastante, y si podéis hacer por mí más de lo que yo
puedo.»
Cuando Edmundo, en una especie de delirio, ocasionado por su abatimiento
y el vacío de su inteligencia, pronunciaba tan ardiente plegaria, vuelto con
ansiedad a Marsella, vio aparecer en la punta de la isla de Pomegue, dibujando
en el horizonte su vela latina, semejante a una gaviota que vuela rozando la
superficie de las aguas, un barquichuelo en el que sólo el ojo de un marino
podía reconocer una tartana genovesa, estando como estaba el mar todavía un
tanto nebuloso. Salía del puerto de Marsella, y entraba en alta mar cortando
las espumas con su aguda proa, que abría a sus costados redondos un camino más
fácil.
« ¡Oh! ‑exclamó Edmundo‑. ¡Pensar que si no temiese que me
reconocieran por fugitivo y me llevasen a Marsella, podría yo alcanzar aquel
barco dentro de media hora! ¿Qué he de hacer? ¿Qué he de decir? ¿Qué fábula
inventaré para engañarlos? Esas gentes, que son contrabandistas y casi piratas,
y que con pretexto del comercio de cabotaje merodean por las costas, preferirán
venderme a hacer una buena acción que no les produzca nada.
»Esperemos.
»Pero esperar es cosa imposible, me estoy muriendo de hambre,
dentro de pocas horas perderé las escasas fuerzas que me quedan, se acerca
además la hora de la visita del carcelero, todavía no han dado la señal de
alarma, acaso no sospecharán nada aún, puedo pasar por uno de los marineros de
esa barca pescadora que ha naufragado esta noche. Esto no es inverosímil,
ninguno de ellos vendrá a contradecirme, porque todos han muerto.
»Vamos.
Al decir estas palabras, Dantés volvió los ojos hacia el sitio
en que la barca se había hecho pedazos, y se estremeció. En la punta de una
roca se había quedado agarrado el gorro frigio de uno de los marineros, y
flotando cerca de allí los restos de la carena, tablas insignificantes que el
mar arrojaba contra el cimiento granítico de la isla.
Dantés se determinó al instante a volver a echarse al mar, nadó
hacia el gorro, se lo puso, y cogiendo una de las tablas, preparóse a salir al
paso a la tartana.
‑¡Ya me he salvado! ‑murmuró.
Y esta esperanza le infundió nuevas fuerzas.
El barco se dejó ver muy pronto, iba contra viento, entre el
castillo de If y la torre de Planier. Dantés llegó a sospechar y temer que en
vez de seguir costeando entrase de lleno en alta mar, como de seguro lo hubiese
hecho si navegara con rumbo a Córcega o Cerdeña, mas luego dedujo el nadador,
de sus maniobras, que iba a pasar entre las islas de Jaros y Calaseraigne, como
suelen todos los barcos que van a Italia.
Entretanto, nadador y buque se aproximaban uno a otro insensiblemente.
En una de sus bordadas, el barco llegó a estar un cuarto de legua de Dantés,
que sacó entonces el cuerpo fuera del agua, agitando su gorro en señal de
apuro, pero sin duda no lo vio ningún marinero, puesto que el buque viró de
bordo. Dantés pensó dar gritos, pero calculando la distancia, comprendió que su
voz no llegaría hasta el buque, perdida y ahogada por las brisas marinas y el
rumor de las olas.
Entonces comprendió lo útil que le había sido coger una de las
muchas tablas que arrojó el mar pertenecientes al barco que naufragó y se
felicitó a sí mismo por su precaución de extenderse sobre una de ellas. Débil
como estaba ya, acaso no hubiese podido sostenerse a flor de agua hasta que la
tartana pasase, y de seguro que si ésta pasaba sin verle, cosa muy posible, no
podría volver a la isla.
Aunque estuviese casi cierto del camino que seguía, los ojos de
Edmundo acompañaban a la tartana con cierta ansiedad, hasta que la vio amainar
y volverse hacia él. Entonces siguió avanzando hacia su encuentro, pero antes
de llegar empezó el barco a virar de bordo. En aquel momento, Dantés, por un
esfuerzo supremo, se puso casi de pie sobre el agua, tremolando su gorro y
lanzando uno de esos gritos lastimeros que solamente lanzan los marineros
cuando están en peligro, gritos que parecen el lamento de algún genio del mar.
Esta vez le vieron y le oyeron. Interrumpió la tartana su maniobra, torciendo
el rumbo hacia él, y hasta distinguió Edmundo al propio tiempo que se
preparaban a echar una lancha al agua.
Un instante después, la lancha con dos hombres se dirigió a su
encuentro, cortando con sus dos remos el agua. Abandonó entonces Dantés la
tabla, que ya no creía necesitar, y nadó con toda su fuerza por ahorrar al
barco la mitad del camino.
Sin embargo el nadador contaba con fuerzas ya casi nulas, y conoció
entonces cuán útil le era aquella tabla que flotaba ahora a cien Pasos de allí.
Empezaron a agarrotarse sus brazos, perdieron la flexibilidad sus piernas, sus
movimientos eran forzados y vanos, y dificultosa su respiración. A un segundo
alarido que lanzó, los remeros redoblaron sus esfuerzos y uno de ellos le
gritó:
‑¡Anímo!
Esta palabra llegó a su oído en el momento en que una oleada pasaba
par encima de su cabeza, cubriéndole de espuma.
Cuando volvió a salir a la superficie, Dantés azotaba el agua
con esos ademanes desesperados del hombre que se ahoga. Después exhaló otro
grito, y se sintió atraído hacia el fondo del mar coma si aún llevara a los
pies la bala mortal. A través del agua, que pasaba par encima de su cabeza,
veía un cielo lívido con manchas negruzcas. Otro esfuerzo violento volvió a
llevarle a la superficie.
Parecióle aquella vez que le agarraban por los cabellos, y luego
perdió la vista y el oído. Se había desmayado. Al abrir de nuevo los ojos,
hallóse Dantés en el puente de la tartana, que seguía su camino, y su primera
mirada fue para ver cuál seguía; iba alejándose del castillo de If.
Tan debilitado estaba Dantés, que la exclamación de júbilo que
hizo pareció un suspiro de dolor.
Como dejamos dicho, estaba acostado en el puente; un marinero le
frotaba los miembros con una manta; otro, en quien reconoció al que le había
gritado « ¡Ánimo! », le acercaba a los labios una cantimplora, y otro, en fin,
marinero viejo, que era a la par piloto y patrón, le miraba con ese
sentimiento de piedad egoísta que inspira generalmente a los hombres un
desastre del que se han librado la víspera, y que puede sobrevenirles al día
siguiente.
Algunas gotas de ron que contenía la cantimplora reanimaron el
desfallecido corazón del joven, al paso que las friegas que seguía dándole el
marinero, de rodillas, contribuían a que sus miembros recobrasen la
elasticidad.
‑¿Quién sois? ‑le preguntó en mal francés el patrón.
‑Soy ‑respondió Edmundo en mal italiano‑, un marinero maltés.
Veníamos de Siracusa con cargamento de vino, cuando la tormenta de esta noche
nos sorprendió en el cabo Morgión, estrellándonos en esas rocas que veis allá
abajo.
‑¿De dónde venís?
‑De aquellas rocas, donde tuve la fortuna de agarrarme, mientras
nuestro pobre capitán se hacía pedazos, los otros tres compañeros se ahogaron y
creo que soy el único que me salvé. Vislumbré vuestro barco, y temeroso de
tener que esperar mucho tiempo en esta isla desierta, me atreví a saliros al
encuentro en una tabla, resto del naufragio. Gracias, gracias ‑prosiguió Dantés‑,
me habéis salvado la vida. Si uno de estos camaradas no me coge par los
cabellos, era ya hombre muerto.
‑Yo fui ‑dijo un marinero de rostro franca y abierto, sombreado
por grandes patillas negras‑. Yo fui el que os saqué, y a tiempo, que ya os
ibais al fondo.
‑Sí, amigo mío, sí; os doy las gracias por segunda vez ‑dijo Edmundo
tendiéndole la mano.
‑A fe mía que anduve perplejo y dudoso ‑dijo el marino‑, porque
con vuestra barba de seis pulgadas de largo y vuestros cabellos de un pie, más
bien parecíais un bandido que no un hombre honrado.
Esto hizo recordar a Dantés que, en efecto, desde su entrada en
el castillo de If, ni se había cortado el pelo ni afeitado tampoco.
‑Esto ‑dijo‑, es un voto que hice en un momento de grave peligro,
a nuestra Señora del Pie de la Grotta, de estar diez años sin afeitarme ni
cortarme el pelo. Hoy justamente cumple el voto, y por cierto que a poco más me
ahogo en el aniversario.
‑¿Y qué hacemos con vas ahora? ‑le preguntó el patrón.
‑¡Ay! ‑respondió Dantés‑, haced lo que os parezca. El falucho
que yo tripulaba se ha perdido, el patrón ha muerto, y como veis, me he librado
de la misma desgracia absolutamente en cueros. Por fortuna soy un marino
bastante bueno, dejadme en el primer puesto en que abordéis, que no dejaré de
encontrar acomodo en algún barco mercante.
‑¿Conocéis el Mediterráneo?
‑Navego en él desde que era niño.
‑¿Y conocéis también los buenos fondeaderos?
‑Pocos puertos hay, aún entre los peores, en los que yo no pueda
entrar y salir con los ojos cerrados.
‑Pues bien, patrón ‑dijo el marinero que había gritado ¡ánimo! a
Dantés‑, si el camarada dice verdad, ¿por qué no había de quedarse con
nosotros?
‑Si dice verdad, sí ‑contestó el patrón con un cierto aire de
duda‑, pero en el estado en que se encuentra el pobre diablo, se promete mucho,
y luego...
‑Cumpliré más de lo que he prometido ‑repuso Dantés.
‑¡Oh, oh! ‑murmuró el patrón riéndose‑. Ya veremos.
‑‑Cuando queráis lo veréis ‑repuso Dantés levantándose‑. ¿Adónde
os dirigís?
‑A Liorna.
‑Entonces, en vez de contraventar, perdiendo un tiempo precioso,
¿por qué no cargáis velas simplemente?
‑Porque iríamos derechos a la isla de Rion.
‑Pasaréis a veinte brazas de ella.
‑Tomad, pues, el timón ‑dijo el patrón‑, y juzgaremos de vuestros
conocimientos.
El joven fue a sentarse al timón, y asegurándose con una ligera
maniobra de que el barco obedecía bien, aunque no fuese de primera calidad,
gritó:
‑¡A las vergas y a las bolinas!
Los cuatro marineros que componían la tripulación corrieron a
sus puestos. El patrón los observaba a todos.
‑¡Halad! ‑continuó gritando Dantés.
Los marineros obedecieron con bastante exactitud.
‑¡Amarrad ahora! ¡Está bien!
Ejecutada esta orden como las dos primeras, el barco, en vez de
seguir contraventando, empezó a dirigirse a la isla de Rion, cerca de la cual
pasó, como Dantés había dicho, dejándola a unas veinte brazas a estribor.
‑¡Bravo! ‑gritó el patrón.
‑¡Bravo! ‑repitieron los marineros.
Y todos contemplaban admirados a aquel hombre, cuya mirada había
recobrado una inteligencia y cuyo cuerpo había recobrado un vigor que estaban
muy lejos de sospechar en él.
‑Ya veis ‑dijo Dantés apartándose del timón‑, que podré serviros
de algo, a lo menos durante la travesía. Si no os convengo, me dejáis en
Liorna, que con el primer dinero que gane pagaré la comida que me deis hasta
allá, y las ropas que vais a prestarme.
‑Está bien, está bien, sí sois razonable nos arreglaremos.
‑Un hombre vale lo que otro hombre ‑contestó Dantés‑. Dadme el
sueldo que deis a mis camaradas, y negocio concluido.
‑Eso no es justo, porque vos sabéis más que nosotros ‑dijo el
marinero que le había salvado.
‑¿Quién te mete a ti en esto, Jacobo? ‑repuso el patrón‑. Cada
uno puede ajustarse por lo que le convenga.
‑Exacto ‑repuso Jacobo‑, pero esto no es más que una observación.
..
‑Mejor harías prestando a este bravo camarada, que está desnudo,
un pantalón y una chaqueta, si los tienes de repuesto.
‑No los tengo ‑contestó Jacobo‑, pero sí una camisa y un pantalón.
‑Es cuanto me hace falta ‑contestó Dantés‑. Gracias, amigo mío.
Jacobo bajó por la escotilla, y al poco rato volvió a subir con
las prendas ofrecidas, que se puso Dantés con alegría extraordinaria.
‑¿Necesitáis ahora algo más? ‑le preguntó el patrón.
‑Un pedazo de pan, y otro trago de ese ron tan excelente que ya
probé, porque hace mucho tiempo que no he tomado nada.
Trajeron a Dantés el pedazo de pan, y Jacobo le presentó la cantimplora.
‑¡El mástil a babor! ‑gritó el capitán volviéndose hacia el timonero.
Al llevarse la cantimplora a la boca, los ojos de Dantés se
volvieron hacia aquel lado, pero la cantimplora se quedó a la mitad del camino.
‑¡Toma! ‑preguntó el patrón‑, ¿qué es lo que pasa en el castillo
de If?
En efecto, hacia el baluarte meridional del castillo, coronando
las almenas, acababa de aparecer una nubecilla blanca, nube que ya había
llamado la atención de Edmundo. Un momento después, el eco de una explosión
lejana retumbó en el puente del navío.
Los marineros levantaron la cabeza mirándose unos a otros.
‑¿Qué quiere decir eso? ‑preguntó el patrón.
‑Se habrá escapado algún preso esta noche y dispararán el cañonazo
de alarma ‑repuso Dantés.
El patrón miró de reojo al joven, que cuando dijo esto se llevó
la calabaza a la boca, pero viole saborear el ron con tanta calma, que si
alguna sospecha tuvo se desvaneció al momento.
‑¡He aquí un ron bastante fuerte! ‑dijo Dantés limpiando con la
manga de la camisa su frente bañada en sudor.
‑Después de todo..., si él es, tanto mejor ‑murmuró el patrón
mirándole‑. He hecho una gran adquisición.
Con pretexto de que estaba fatigado, pidió Dantés sentarse en el
timón. El timonel, gozoso de verse relevado en su tarea, consultó con una
mirada al patrón, que le hizo con la cabeza una seña afirmativa.
Así sentado, Dantés pudo observar atentamente las cercanías de
Marsella.
‑¿A cuántos estamos del mes? ‑preguntóle a Jacobo, que vino a
sentarse junto a él cuando ya se perdía de vista el castillo de If.
‑A 28 de febrero ‑respondió éste.
‑¿De qué año? ‑volvió a preguntar el joven.
‑¡Cómo!, ¿de qué año? ¿Me preguntáis de qué año?
‑Sí ‑repuso el joven‑, os lo pregunto.
‑Pero ¿habéis olvidado el año en que vivimos?
‑¿Qué queréis? ‑repuso Dantés sonriendo‑‑, he tenido esta noche
tanto miedo, que a poco me vuelvo loco, y lo que es la memoria se me ha quedado
turbadísima. Pregunto, pues, que de qué año es hoy el 28 de febrero.
‑Del año de 1829 ‑contestó Jacobo.
Hacía catorce años, día por día, que Dantés había sido preso.
Entró en el castillo de If de diecinueve años, y salía de
treinta y tres.
Una dolorosa sonrisa asomó a sus labios.
« ¡Mercedes! ‑se preguntó a sí mismo‑. ¿Qué habrá sido de Mercedes
en tantos años teniéndome por muerto? »
Una ráfaga de odio acompañó luego su mirada, al pensar en aquellos
tres hombres que le ocasionaron tan duro y prolongado cautiverio.
Y renovó contra Danglars, Fernando y Villefort aquel juramento
de venganza implacable que había ya pronunciado en su calabozo.
Ahora este juramento no era una vana amenaza, porque el barco
más velero del Mediterráneo no hubiera podido alcanzar en aquel momento a la
tartana, que a toda vela hacía rumbo a Liorna.
Capítulo veintidós
Los contrabandistas
Dantés había pasado escasamente un día a bordo, y ya sabía
perfectamente a qué casta de pájaros pertenecía aquella gente. Aunque no
hubiese aprendido en la escuela del abate Faria, el digno patrón de La joven
Amelia (tal era el nombre de la tartana), sabía casi todas las lenguas que
se hablan en torno a ese gran lago llamado Mediterráneo, desde el árabe hasta
el provenzal. Con ello se ahorraba intérpretes, gentes fastidiosas de suyo y
tal vez indiscretas, y le era más fácil y directo entenderse, ya con los buques
que encontraba a su paso, ya con las barquillas con las que tropezaba en las
costas, ya en fin con esos seres sin nombre, sin patria y sin oficio aparente,
que nunca faltan en esos barrios bajos de los puertos de mar, y que se
alimentan de ese maná misterioso y oculto atribuido a la Providencia, de quien
efectivamente debe venir, pues el observador más perspicaz no descubriría en
ellos medio alguno visible de ganarse la vida.
Ya se adivinará fácilmente que Dantés se hallaba a bordo de un
barco contrabandista.
Por esto le recibió el patrón al principio con cierta
desconfianza. Como se hallaba en tan malas relaciones con los aduaneros de la
costa, y como entre él y ellos porfiaban a quién engañaba a quién, pensó al
principio que Dantés era simplemente un espía de la Hacienda que empleaba tan
ingenioso medio para penetrar los secretos del oficio, pero el modo brillante
con que Dantés se defendió cuando trató de sonsacarle, le dejó casi enteramente
convencido. Cuando vio flotar después aquella columna de humo sobre el baluarte
del castillo de If, y cuando oyó el estampido remoto del cañonazo, se imaginó
por un instante que acababa de recibir a bordo a uno de esos por quienes se
disparan cañonazos a la entrada y a la salida, como por los reyes. En honor de
la verdad, justo es decir que esto le importaba menos que si fuese un aduanero
el recién venido, pero también esta segunda suposición desvanecióse como la
primera, gracias a la impasible serenidad de Edmundo. Alcanzó, pues, éste la
ventaja de saber quién era su patrón, sin que su patrón supiera quién era él.
No le atacaba ni el patrón ni marinero alguno por lado que no defendiera
perfectamente, ya hablando de Nápoles, ya de Malta, que conocía tan bien como
Marsella, y todo con una exactitud que hacía mucho honor a su memoria.
Así, pues, el genovés fue quien se dejó engañar por Edmundo, al
cual favorecía su dulzura, su pericia náutica y en particular su refinado
disimulo.
¿Quién sabe, además, si el genovés era uno de esos hombres que
tienen bastante talento para no saber nunca más que lo que deben saber, ni
creer nunca más que aquello que les importa creer? En esta recíproca situación
les sorprendió la llegada a Liorna.
Allí debía intentar Edmundo otra prueba, que era saber si se
reconocería a sí mismo, al cabo de catorce años que no se veía. Conservaba una
idea muy exacta de lo que había sido cuando joven, a iba a ver lo que era
cuando hombre. En concepto de sus camaradas, ya estaba cumplido su voto, y
entró en la calle de San Fernando, en casa de un barbero a quien conocía de sus
anteriores viajes.
El barbero vio con asombro a aquel hombre de larga cabellera y
de espesa y negra barba, semejante a esas cabezas tan hermosas que pintó
Ticiano. En aquella época no se usaban la barba ni el cabello tan largos.
Cuando Edmundo sintió perfectamente afeitada su barba, cuando
sus cabellos quedaron como los llevaban todos comúnmente, pidió un espejo para
mirarse.
Corno ya dejamos dicho, tenía treinta y tres años, y los catorce
que pasó en el castillo de If habían cambiado su fisonomía.
Entró en el castillo con ese rostro risueño e infantil del joven
que es feliz, y que da sin trabajo ni pena sus primeros pasos en el sendero de
la vida, fiando en lo porvenir, como consecuencia natural de lo pasado. Todo
eso había desaparecido. Su cara ovalada era ahora angulosa; su boca risueña
formaba esos pliegues tirantes que indican firmeza y resolución, sus cejas se
juntaban debajo de una arruga, que aunque única, declaraba la actividad de su
pensamiento, sus ojos se habían como impregnado de profundísima tristeza, y a
veces emitían fulminantes destellos de odio y de misantropía; su tez, por tanto
tiempo privada de la luz del día y de los rayos del sol, había tomado ese color
mate que cuando va unido a cabellos negros constituye la belleza aristocrática
de los hombres del Norte. La profunda ciencia que había aprendido ceñía su
rostro como una aureola de inteligente superioridad.
Además, aunque de estatura bastante elevada, tenía el vigor de
un cuerpo que vive siempre concentrando sus fuerzas. La elegancia de sus
formas, nerviosas y enjutas, había adquirido muscular solidez; los sollozos,
las oraciones y las blasfemias habían cambiado tanto su voz, que unas veces era
de exquisita dulzura y otras tenía un acento agreste y casi bronco.
Como acostumbrados a la oscuridad y a la luz opaca, sus ojos habían
adquirido esa rara facultad que tienen los de la hiena y el lobo de distinguir
los objetos en medio de la oscuridad. Edmundo sonrió al contemplar su imagen en
el espejo. Era imposible que su mejor amigo, si le quedaba algún amigo
todavía, le reconociese, puesto que apenas se conocía a sí mismo.
El patrón de La joven Amelia, a quien importaba mucho
tener en su tripulación un hombre del temple de Dantés, le propuso algunos adelantos a cuenta de sus ganancias futuras,
y aceptó. Lo primero que hizo al salir de la barbería donde había sufrido su
primera metamorfosis, fue entrar en una tienda de ropas a comprarse un vestido
de marinero. Este vestido, como todo el mundo sabe, es muy sencillo y se
compone de un pantalón blanco, una camisa rayada y un gorro frigio.
Cuando volvió Dantés al barco, llevando a Jacobo la camisa y el
pantalón que le había prestado, viose en la precisión de repetir su historia,
pues el patrón no acertaba a reconocer en aquel elegante marinero al hombre de
espesa barba que desnudo y moribundo había recogido en La Joven Amelia,
con los cabellos llenos de algas y el cuerpo empapado en agua de mar.
Seducido por su buena planta, renovó a Dantés sus proposiciones
de enganche, pero como éste tenía otros proyectos, no las quiso aceptar sino
por tres meses. Pocas tripulaciones se habrán visto tan activas como la de La
Joven Amelia, ni pocos patrones como el suyo tan, amigos de aprovechar el
tiempo. A los ocho días escasos de su estancia en Liorna, estuvieron los
redondos costados de la tartana llenos de muselinas pintadas, algodones de
contrabando, pólvora inglesa, y tabaco que no quería pagar derechos a la
aduana. Tratábase de sacar Codas estas mercancías de Liorna, puerto franco, y
desembarcarlo en las costas de Córcega, desde donde se encargarían ciertos
especuladores de introducirlo en Francia.
Edmundo volvió a cruzar aquel mar azulado, primer horizonte de
su juventud, objeto de todos sus sueños en el calabozo, y dejando a la derecha
a la Gorgona, y a la Pianosa a la izquierda, se dirigió a la patria de Paoli y
de Napoleón.
Al día siguiente, al subir como acostumbraba todos los días muy
temprano, el patrón encontró a Dantés apoyado en la borda, mirando con extraña
atención una mole de rocas que el sol coloreaba con su rosada luz. Era la isla
de Montecristo. La Joven Amelia la dejó a tres cuartos de legua a
estribor, y siguió su ruta a Córcega.
Dantés pensaba, al mirar aquella isla de tan dulce nombre para
él, que con echarse al agua llegaría en media hors a la tierra prometida, pero
¿qué haría allí, sin herramientas para sacar su tesoro, y sin armas para
defenderlo? ¿Qué dirían, además, los marineros? ¿Qué pensaría el patrón? Era
preciso esperar.
Por fortuna sabía esperar. Había esperado catorce años la
libertad, de manera que ahora que era libre podía esperar mejor seis meses o un
año la riqueza. Si le hubieran brindado la libertad sin riqueza, ¿no la habría
aceptado? Además, ¿no era aquella riqueza enteramente fantástica? Nacida en la
imaginación enferma del pobre abate Faria, ¿no habría muerto con él? Aunque, en
realidad, la carta del cardenal Spada era una prueba concluyente. Y repetía la
carta en su memoria de cabo a rabo, sin olvidar una letra.
Por fin llegó la noche. Edmundo vio pasar a su isla por todas
las gradaciones de las tintas del crepúsculo, y perderse para todos en la
oscuridad, menos para él, que, acostumbrado a las tinieblas de su prisión,
continuó viéndola sin duda, puesto que fue el último que quedó sobre cubierta.
El día siguiente les amaneció a la altura de Aleria, y se pasó
todo en contraventear. Por la noche aparecieron unos hombres en la costa, lo
que indudablemente constituía la señal de que podía efectuarse el desembarco,
puesto que se puso un fanal en el asta‑bandera de la tartana, que llegó a tiro
de fusil de la orilla. Dantés había observado que al aproximarse a la orilla,
el patrón de La Joven Amelia se había pertrechado, sin duda para las
circunstancias solemnes, con dos culebrinas, que sin hacer mucho ruido por su
tamaño podían arrojar a mil pasos balas de a cuarterón. Pero aquella noche fue
inútil semejante precaución, porque todo salió a pedir de boca. Arrimáronse a
la sordina cuatro chalupas a la tartana, que sin duda, para hacerles los
honores botó al mar su propia chalupa, portándose tan bien las cinco, que a las
dos de la mañana estaba en tierra todo el cargamento de La Joven Amelia.
Tan hombre de orden era el patrón, que aquella misma noche se repartieron
las ganancias, tocándole a cada uno cien libras toscanas o lo que es lo mismo,
ochenta francos sobre poco más o menos en moneda francesa.
Pero aún no se había concluido la expedición, sino que hicieron
rumbo a Cerdeña, donde tenían que emplear el dinero que acababan de recoger.
Esta segunda operación fue tan afortunada como la primera. Estaba
de suerte la tartana.
Componíase el nuevo cargamento casi todo él de cigarros habanos,
vinos de Jerez y Málaga, con destino al ducado de Luca. Pero allí tuvieron que
sostener una refriega con los aduaneros, eternos enemigos del patrón de La
Joven Amelia. Aquellos tuvieron un muerto, y dos heridos la tripulación.
Dantés era uno de estos dos heridos; una bala le había atravesado la carne del
hombro derecho.
Aquella escaramuza y aquella herida dejaron a Dantés muy satisfecho
de sí mismo, pues le demostraron, aunque con la dureza acostumbrada, la
influencia que podrían tener los dolores sobre su corazón. Sonriendo había
arrostrado el peligro, y al recibir el balazo había dicho como aquel filósofo
de Grecia: “Dolor, no eres un mal”.
Además había contemplado al aduanero moribundo, y bien porque le
hiciese la lucha sanguinario, bien porque sus sentimientos humanitarios
estuviesen ya muy fríos, aquel espectáculo no le causó sino pasajera
impresión. Ya estaba Dantés templado como deseaba, ya el objeto de todos sus
afanes se realizaba..., ya el corazón se le iba petrificando en el pecho. En
desquite, Jacobo, que al verle caer en la acción le tuvo por muerto, se había
apresurado a levantarle del suelo, y a curarle como un excelente camarada.
Este mundo no era tan bueno como el doctor Pangloss suponía,
pero tampoco era tan malo como se lo figuraba Dantés, puesto que un hombre que
si algo podía esperar de su compañero era sólo la mezquina herencia de la suma
que había ganado, se afligía de tal modo con su desgracia.
Por fortuna, como ya hemos dicho, Dantés no estaba más que herido.
Gracias a ciertas hierbas cogidas en épocas determinadas, que venden a los
contrabandistas las viejas sardas, la herida se cerró muy pronto. Entonces
trató Edmundo de probar a Jacobo, ofreciéndole dinero en recompensa de sus
atenciones, pero Jacobo lo rehusó con indignación. La consecuencia de esta
simpatía que Jacobo demostró a Edmundo desde el primer momento, fue que Edmundo
experimentase también por Jacobo cierto afecto, pero el marinero no exigía más,
adivinando instintivamente que el discípulo del abate Faria era muy superior a
su posición y a aquellos hombres, superioridad que Edmundo sólo de él dejaba
traslucir. El pobre marino se contentaba, pues, con esto, aunque era bien poco.
En esos días, que tan largos resultan a bordo, cuando la tartana paseaba
tranquilamente por aquel mar azul, sin necesitar de otra ayuda que la del
timonel, gracias al viento favorable que henchía sus velas, Edmundo, con un
mapa en la mano, hacía con Jacobo el papel que con él había desempeñado el
pobre abate Faria. Le explicaba la situación de las costas, las alteraciones de
la brújula, y enseñándole, en fin, a leer en ese gran libro abierto sobre
nuestras cabezas, escrito por Dios con letras de diamantes, en páginas azules.
Y al preguntarle Jacobo:
‑¿Para qué ha de aprender todas esas cosas un pobre marino como
yo?
Edmundo le respondía:
‑¿Quién sabe? Acaso llegues un día a ser capitán de barco. ¿No
ha llegado a ser emperador tu compatriota Bonaparte?
Nos habíamos olvidado de decir que Jacobo era corso.
Dos meses y medio pasaron en estos viajes. Edmundo llegó a ser
tan excelente costeño, como en otro tiempo había sido hábil marino, trabando
amistad con todos los contrabandistas de la costa y aprendiendo los signos
masónicos que sirven a estos semipiratas para entenderse entre sí. Veinte
veces habían pasado a la ida o a la vuelta por delante de la isla de
Montecristo, pero ni una sola tuvo ocasión de desembarcar en ella.
Había tomado su resolución. Tan pronto como terminara su ajuste
con La Joven Amelia, alquilaría una barquilla (que bien lo podría
hacer, pues había ahorrado unas cien piastras en sus viajes), y con un pretexto
cualquiera se encaminaría a la isla de Montecristo. Allí haría libremente sus
pesquisas. Y, con todo, no con libertad entera, pues de seguro le espiarían los
que le hubiesen conducido; pero, a la larga, en este mundo es preciso arriesgar
algo. La prisión había hecho al joven tan prudente, que hubiera deseado no
arriesgar nada. Pero por más que ponía a prueba su resignación, que era tan
fecunda, no encontraba otro medio de arribar a la deseada isla.
Dantés luchaba con tales incertidumbres cuando el patrón, que tenía
en él mucha confianza, y deseaba retenerle a su servicio, le cogió una noche
del brazo y le condujo a una taberna de la calle del Oglio, donde acostumbraba
a reunirse la flor de los contrabandistas de Liorna.
Era allí donde generalmente se fraguaban todos los alijos de la
Costa. Ya en dos o tres ocasiones había entrado Edmundo en esa bolsa marítima,
y al ver reunidos a aquellos audaces marineros, que dominan como señores
absolutos en un litoral de dos mil leguas a la redonda, se había preguntado a
sí mismo cuán poderoso no sería el hombre que llegara a imponer su voluntad a
todas aquellas diferentes voluntades. Tratábase a la sazón de un gran negocio.
Se trataba de encontrar un terreno neutral, donde pudiera un barco cargado de
tapices turcos, telas de Levante y cachemiras, trasladar su cargamento a los
barcos contrabandistas, que se encargarían de despacharlo en Francia.
La ganancia era enorme si el negocio salía bien, cuando menos
tocarían cincuenta o sesenta piastras a cada marinero. El patrón de La Joven
Amelia propuso para este objeto la isla de Montecristo, que, desierta, sin
aduaneros ni soldados, parece colocada a propósito en medio del mar allá por
los tiempos olímpicos por el mismo Mercurio, dios de los comerciantes y de los
ladrones, oficios que nosotros hemos hecho diferentes, pero en la antigüedad,
según parece, eran hermanos gemelos.
El nombre de Montecristo hizo estremecer a Dantés. Para ocultar
su emoción, tuvo que ponerse de pie y dar una vuelta por la taberna, donde se
hablaban todos los idiomas del mundo conocido. Cuando volvió a reunirse con
sus compañeros, estaba ya resuelto el desembarco en Montecristo, y la partida
para la noche siguiente.
La opinión de Dantés, al que consultaron, fue que la isla
ofrecía todas las seguridades posibles, y que las grandes empresas, para salir
bien, se han de llevar a cabo sobre la marcha. En nada se alteró el programa. A
la noche siguiente se aparejaría, y como el viento era favorable, al amanecer
se hallarían en las aguas de la isla designada.
Capítulo veintitrés
La isla de Montecristo
Por uno de esos azares inesperados, que tal vez suceden a aquellos
que la fortuna se ha cansado de perseguir, iba Dantés al fin a realizar sus
ilusiones de una manera sencilla y natural, arribando a la isla sin inspirar
sospechas a nadie. Una noche le separa solamente del viaje tan esperado.
Esta fue una de las noches más agitadas que Dantés pasó en su
vida. Todas las probabilidades buenas y malas, todas las dudas y todas las
certidumbres, se disputaban el dominio de su fantasía. Si cerraba los ojos,
veía en la pared, escrita con letras de fuego, la carta del cardenal Spada; si
un instante se rendía al sueño, las más insensatas visiones trastornaban su
imaginación.
Ora se creía andando por grutas cuyo suelo eran esmeraldas, las
paredes rubíes y las estalactitas diamantes. Como se filtra por lo común el
agua subterránea, caían las perlas gota a gota. Absorto y maravillado, se
llenaba los bolsillos de piedras preciosas, que al salir fuera se convertían en
pedernales. Intentaba volver entonces a las maravillosas grutas, que apenas
había registrado, pero perdía el camino en un dédalo de espirales infinitas. La
entrada se había hecho invisible. En vano revolvía su fatigada memoria para
recordar aquella palabra mágica y misteriosa que abría al pescador árabe las
espléndidas cavernas de Alí Babá. Todo en vano. El tesoro desaparecía, el
tesoro había vuelto a ser propiedad de los seres de la tierra, a quienes tuvo
esperanzas de quitárselo.
El amanecer le sorprendió tan febril como había estado la noche
entera, pero le hizo pensar con lógica y arreglar su proyecto, que hasta
entonces vagaba en su cerebro.
Con la llegada de la noche comenzaron los preparativos del
viaje, proporcionando a Dantés un medio de ocultar su turbación.
Poco a poco había ido adquiriendo sobre sus compañeros el derecho
de mandar como jefe, y como sus órdenes eran siempre claras y facilísimas de
ejecutar, le obedecían, no sólo con prontitud, sino hasta con alegría.
El patrón le dejaba obrar a su antojo, porque también había reconocido
la superioridad de Dantés sobre los marineros, y aun sobre él mismo. Miraba a
aquel joven como a su natural sucesor, y sentía no tener una hija para casarla
con él.
Los preparativos terminaron a las siete de la noche; a las siete
y media doblaba la tartana el faro, en el momento en que se encendía.
El mar estaba tranquilo. Navegaban con un vientecillo fresco de
Sudeste, bajo un cielo azul, tachonado de estrellas. Dantés declaró que todos
los marineros podían acostarse, puesto que él se encargaba del timón. Semejante
declaración del Maltés (así le llamaban a Edmundo Dantés los marineros) era
suficiente para que todos se acostaran tranquilos.
Había ya sucedido esto algunas veces. Lanzado el joven desde la
soledad al mundo, sentía de cuando en cuando deseos de estar solo. Ahora bien,
¿qué soledad más inmensa y más poética que la de un buque que boga aislado en
alta mar, entre las tinieblas de la noche, en el silencio de lo infinito, bajo
la mano de Dios?
Y entonces la soledad se poblaba con sus pensamientos, las tinieblas
se desvanecían ante sus ilusiones, y el silencio se turbaba con sus votos y sus
proyectos.
Cuando despertó el patrón, el navío navegaba a toda vela,
parecía que tuviese alas; más de dos leguas y media avanzaba por hora. La isla
de Montecristo se dibujaba en el horizonte.
Dantés entregó al patrón el mando de su barco, y fue a su vez a
reclinarse en la hamaca, pero a pesar del insomnio de la noche anterior no
pudo cerrar los ojos ni un instante.
Dos horas después volvió a subir al puente. El barco iba a
doblar la isla de Elba, y hallábase a la altura de la Mareciana, por encima de
la verde y llana Pianosa. En el azul del cielo se recortaban los contornos del
pico brillante de Montecristo.
Con el objeto de dejar la Pianosa a la derecha, mandó Dantés al
timonero que pusiese el mástil a babor, porque calculaba que con esta maniobra
se abreviaría un tanto el camino.
A las cinco de la tarde se veía ya la isla clara y
distintamente. Hasta sus menores detalles saltaban a la vista, gracias a esa
limpidez atmosférica que produce la luz poco antes del crepúsculo de la noche.
Edmundo devoraba con sus miradas aquella mole de rocas áridas y
secas que iba tiñéndose con todos los colores crepusculares, desde el rosa más
vivo hasta el azul más oscuro. Tal vez un fuego incomprensible le subía en
llamaradas a su semblante y se enrojecía su frente, y una nube purpúrea pasaba
por sus ojos.
Nunca
jugador que arriesga a un golpe todo su caudal, ha sentido las angustias que
Edmundo experimentaba en aquel momento.
Llegó la noche. A las diez abordó a la isla la tartana, siendo
la primera en acudir a la cita. A pesar del dominio que tenía sobre sí mismo,
Dantés no pudo contenerse. Saltó el primero a tierra, y a no faltarle valor la
hubiera besado cual otro Bruto.
La noche estaba bastante oscura, pero hacia las once la luna
surgió de en medio del mar, plateando sus olas, y a medida que subía por el
cielo sus rayos caían en cascadas de luz sobre los informes peñascos de aquella
segunda Pelión.
La tripulación de La Joven
Amelia conocía muy bien la isla de Montecristo, que era una de sus
estaciones ordinarias, pero Dantés, aunque la había visto en cada uno de sus
viajes a Levante, nunca había desembarcado en ella.
Esto le decidió a sonsacar a Jacobo.
‑¿Dónde pasaremos la noche? ‑le preguntó.
‑¡Toma! , a bordo ‑respondió el marinero.
‑¿No estaríamos mejor en las grutas?
‑¿En qué grutas?
‑En las de la isla.
‑No sé yo que tenga gruta alguna ‑dijo Jacobo.
Un sudor frío inundó la frente de Dantés.
‑¿Pues no hay en Montecristo unas grutas? ‑le volvió a preguntar.
‑No
Dantés
quedó por un momento aturdido, mas después se le ocurrió la idea de que
cualquier accidente podía haberlas cegado, o el mismo cardenal Spada para mayor
precaución.
Todo cuanto tendría que hacer en este caso era encontrar la abertura
tapada, y pareciéndole vano el buscarla por la noche, lo dejó para el día
siguiente.
Además, una señal hecha como media legua mar adentro, señal a la
que La Joven Amelia respondió con
otra semejante, indicaba que había llegado el momento de poner manos a la obra.
El barco, que se había retardado, convencido
por la señal de que no había temor ni peligro alguno, se deslizó silencioso
como un fantasma, viniendo a echar el ancla a unas ciento veinte brazas de la
ribera.
En seguida empezó el transporte.
En medio de su trabajo, pensaba Dantés en el hurra de júbilo que
podría levantar entre aquellas gentes, sólo con manifestar en alta voz el
pensamiento que sin cesar bullía en su cabeza y resonaba en sus oídos. Pero en
lugar de revelar el grandioso secreto, temía haber dicho ya demasiado y haber
despertado sospechas con sus idas y venidas, sus numerosas preguntas y sus
observaciones minuciosas. Por fortuna (que en esta ocasión era fortuna), su
doloroso pasado reflejaba en su fisonomía una tristeza indeleble, y los
arranques de su alegría, envueltos en esta nube de tristeza, no eran en verdad
sino relámpagos.
Por consiguiente, nadie sospechó nada, y cuando a la mañana siguiente
Dantés, tomando su fusil, pólvora y balas, manifestó que quería matar una de
las numerosas cabras salvajes que se veían saltar de roca en roca, no se
atribuyó su deseo sino a afición a la caza o amor a la soledad. Sólo Jacobo se
empeñó en acompañarle, y Dantés no quiso oponerse, temiendo inspirar sospechas
con esta repugnancia en ir acompañado, pero apenas recorrieron como un cuarto
de legua, cuando disparó y mató una cabra, y ocurriósele enviarla con Jacobo a
sus compañeros, invitándoles a cocerla y rogándoles que cuando estuviese
cocida le avisaran con un tiro de fusil para ir a comerla. Algunas frutas
secas y una botella de vino de Monte‑Pulciano debían completar el festín.
Dantés prosiguió su camino, volviendo de vez en cuando la
cabeza. En el pico de una peña se paró a contemplar a mil pies debajo de él a
sus compañeros, ocupados en preparar el desayuno, aumentado, gracias a su
destreza, con la cabra que acababa de llevarles Jacobo. Edmundo los contempló
un instante con esa sonrisa dulce y melancólica del hombre superior.
‑Dentro de dos horas ‑dijo‑, esas gentes se volverán a hacer a
la vela, ricas con cincuenta piastras, para ir a ganar otras cincuenta exponiendo
su vida. Luego, con seiscientas libras por toda riqueza, irán a derrocharlas en
cualquier población, con el orgullo de los sultanes y la arrogancia de los
nababs. La esperanza me obliga hoy a despreciar su riqueza y a tenerla por
miseria, pero quizá mañana el desengaño me obligue a tener esa misma miseria
por la suprema felicidad. ¡Oh, no! ‑exclamó para sí‑. No puede ser. El sabio,
el infalible Faria, no se habrá engañado. No, sería preferible para mí la
muerte a esta vida miserable y humillada.
Así aquel hombre, que tres meses antes sólo aspiraba a la
libertad, no tenía ya bastante con la libertad, y ambicionaba las riquezas. La
culpa no era de Dantés, sino de la naturaleza, que haciendo tan limitado el
poder del hombre, le ha puesto deseos infinitos.
Entretanto se acercaba al sitio donde suponía que debían de
estar las grutas, siguiendo una vereda perdida entre rocas y cortada por un
torrente. Según todas las probabilidades, nunca planta humana había hollado
aquellos parajes. Siguiendo la orilla del mar, y examinando minuciosamente
todos los objetos, creyó advertir en algunas rocas señales hechas por la mano
del hombre.
El tiempo, que cubre con su pátina todas las cosas físicas, así
como las cosas morales con su manto de olvido, parecía que hubiese respetado
estas señales, trazadas con cierta regularidad y con el objeto evidente de
indicar una especie de camino. Sin embargo, desaparecían a intervalos bajo el
follaje de los mirtos, que extendían sobre las rocas sus ramas cargadas de
flores, o bajo parásitas matas de líquenes. A cada paso, Edmundo tenía que
apartar las ramas o levantar el musgo, para encontrar las señales indicadoras
que le guiaban en aquel nuevo laberinto. Pero estas señales le habían llenado
de esperanza. ¿Por qué no había de ser el cardenal Spada quien las hubiese
trazado, para que sirviesen de guía a su sobrino, en caso de una catástrofe que
no pudo prever tan completa? Aquel lugar solitario era sin duda el conveniente
a un hombre que iba a ocultar su tesoro. Sólo tenía una duda: ¿Aquellas señales
no habrían llamado la atención de otros ojos que de aquellos para quien se
grabaron? La isla maravillosa ¿habría guardado fielmente su magnífico secreto?
A sesenta pasos del puerto, más o menos, figurósele a Dantés,
siempre oculto a sus amigos por las vueltas y revueltas de las rocas, parecióle
que las señales terminaban sin que guiasen a gruta alguna. Un gran peñasco
redondo, asentado en una base sólida, era el único objeto a que al parecer
conducían. Con esto se imaginó que en vez de haber llegado al término, estaba
quizás al principio de sus pesquisas, lo que le obligó a volverse por el mismo
camino por el que había venido.
Y durante este intervalo, los marineros preparaban la merienda
llevando agua, pan y fruta del barco, y cocían la cabra. En el momento en que
la sacaban de su improvisado asador, vieron a Dantés saltando de roca en roca,
ligero como un gamo y dispararon un tiro para indicarle que viniera a comer.
En el mismo momento cambió el cazador de dirección, viniendo corriendo hacia
ellos, pero cuando todos contemplaban asombrados la especie de vuelo que
tendía sobre sus cabezas, tachándole de temerario, se le fue a Edmundo un pie,
viósele vacilar en la punta de una peña y desaparecer exhalando un grito de
espanto. Todos corrieron en su auxilio como un solo hombre, porque todos le
apreciaban. Jacobo fue, sin embargo, el primero que llegó.
Hallábase Edmundo tendido en el suelo, ensangrentado y casi sin
conocimiento; debió haber rodado una altura de doce a quince pies. Hiciéronle
tragar algunas gotas de ron, y este remedio, tan eficaz en él anteriormente,
ahora le produjo el mismo efecto.
Abrió
los ojos, quejándose de un dolor muy vivo en la rodilla, de pesadez muy grande
en la cabeza, y punzadas horribles en los riñones. Intentaron llevarlo a la
orilla, pero aunque fue Jacobo el director de la operación, declaró Edmundo con
dolorosos gemidos que no se sentía con fuerzas para soportar el traqueteo del
transporte.
Ya se comprenderá con esto que Dantés no pudo almorzar, pero
exigió que sus camaradas, que no estaban en el mismo caso, volviesen a su
puesto. En cuanto a él, dijo que sólo necesitaba reposo, y que a su vuelta le
encontrarían mejorado. No se hicieron mucho de rogar los marineros; tenían
hambre, y llegaba hasta allí el olor de la cabra; la gente de mar no suele
gastar cumplidos.
Una hora después volvieron. Todo lo que, había podido hacer Edmundo
era arrastrarse como cosa de diez pasos para buscar apoyo en una roca cubierta
de musgo.
Pero lejos de calmarse sus dolores, eran al parecer más
violentos. El viejo patrón, que tenía que salir aquella mañana a desembarcar su
contrabando en las fronteras del Piamonte y de Francia, entre Niza y Frejus,
insistió en que Dantés probara de levantarse, pero los esfuerzos del joven
para conseguirlo fueron infructuosos. A cada esfuerzo caía más pálido,
profiriendo gemidos.
‑¡Se ha roto el espinazo! ‑dijo el patrón en voz baja‑. No importa,
es un buen compañero, y no debemos abandonarle. Procuremos llevarle a la
tartana.
Pero Edmundo declaró que prefería exponerse a la muerte que a
los atroces dolores que le ocasionaría cualquier movimiento, por pequeño que
fuese.
‑Pues bien, suceda lo que suceda ‑repuso el patrón‑, no se dirá
que hemos dejado de socorrer a un compañero tan valeroso como tú. Hasta la
noche no partiremos.
Esta decisión sorprendió mucho a los marineros, aunque ninguno
la combatiese, sino todo lo contrario, pero el patrón era un hombre tan rígido,
que era aquélla la primera vez que se le veía renunciar a una empresa o
retardar su ejecución. Por lo mismo, Dantés se opuso a que por su causa se
faltara a la disciplina establecida a bordo.
‑No, no ‑le dijo al patrón‑. He sido torpe, y es justo que sufra
el resultado de mi torpeza. Dejadme provisión de galleta, un fusil, pólvora y
balas, para matar cabras o para defenderme en caso de apuro, y una azada para
construirme una choza, si tardáis mucho en volver por mí.
‑Pero vas a morirte de hambre ‑le dijo el patrón.
‑Lo prefiero al horrible dolor que me produce cualquier movimiento
‑respondió Edmundo.
El patrón a cada instante se volvía a contemplar su tartana ya
medio aparejada, que se mecía graciosamente en el puerto, pronta a lanzarse
al mar cuando su toilette estuviese concluida.
‑¿Qué quieres que hagamos, Maltés? ‑le dijo‑. No podemos
abandonarte así, y no podemos tampoco permanecer en la isla.
‑Que os vayáis ‑respondió Dantés.
‑Mira que vamos a tardar ocho días por lo menos, y que luego
tendremos que apartarnos de nuestro camino para venir a buscarte.
‑Escuchad ‑repuso Dantés‑, si dentro de dos o tres días os topáis
con algún barquichuelo pescador que se dirigiese hacia aquí, recomendadme a
él. Le daré veinticinco piastras para que me lleve a Liorna. Si no le
encontráis, volved vos mismo.
El patrón movió la cabeza.
‑Existe un medio que todo lo concilia, patrón Baldi ‑dijo Jacobo‑.
Marchaos, y yo me quedaré a cuidar el herido.
‑¿Renunciarás por mí a lo parte en las ganancias, Jacobo? ‑le
dijo Edmundo.
‑Sin duda alguna.
‑Eres un excelente muchacho, Jacobo, y Dios lo tendrá en cuenta,
pero gracias..:, gracias..., no necesito a nadie. Con un día o dos de reposo me
aliviaré, y espero además hallar entre estas rocas ciertas hierbas excelentes
para contusiones.
Una sonrisa extraña asomó a los labios de Dantés, mientras
apretaba con efusión la mano de Jacobo, pero seguía tenaz en su intento de
quedarse solo.
Dejáronle sus compañeros lo que les había pedido, y se separaron
de él, no sin volver la cara muchas veces, haciéndole signos de cordial
despedida, que contestaba Edmundo con la mano solamente como si no pudiera
mover el resto del cuerpo. Así que hubieron desaparecido, murmuró sonriéndose:
‑Es extraño que sólo se encuentre la amistad y el desinterés entre
hombres semejantes.
Arrastrándose con precaución hasta el pico de una peña que le
ocultaba el mar, vio a la tartana acabarse de disponer, levar anclas,
balancearse graciosamente como una gaviota que tiende su vuelo y partir.
A la hora ya había desaparecido completamente, o por lo menos
resultaba imposible verla desde el sitio en que yacía el herido.
Entonces se levantó más ágil que las cabras que moraban en aquellos
bosques agrestes, cogió con una mano su fusil, su azada con la otra, y corrió a
la peña en que remataban las señales o hendiduras que con tanta alegría había
advertido.
‑Ahora ‑exclamó, recordando la historia del pescador árabe que
Faria le había contado‑‑, ahora... ¡Sésamo, ábrete!
SEGUNDA PARTE
SIMBAD EL
MARINO
Capítulo primero
Fascinación
El sol había recorrido ya la tercera parte de su carrera y sus
ardientes rayos quebrábanse en las rocas, que parecían sentir su calor. Miles
de cigarras ocultas entre el ramaje producían su monótono chirrido; las hojas
de los mirtos y de los acebuches se mecían temblorosas, produciendo un sonido
casi metálico. Cada paso que daba Edmundo en la roca calcinada ahuyentaba una
turba de lagartos, verdes como la esmeralda; las cabras salvajes, que atraen
tal vez cazadores a Montecristo, se veían a lo lejos saltar por los
despeñaderos; la isla, en resumen, estaba habitada y viva, y Dantés sin embargo
se sentía solo bajo la mano de Dios.
Sentía una extraña emoción, muy parecida al miedo: era esa desconfianza
que inspira la luz del día, haciéndonos creer, aun en medio del desierto, que
nos miran atentamente unos ojos escrutadores.
Era tan fuerte esta emoción, que al ir a emprender Edmundo su
tarea, soltó la azada, cogió su fusil y subió por última vez a la roca más
elevada de la isla, para examinar con nuevo cuidado sus contornos.
Pero lo que más le llamó su atención no fue ni la poética
Córcega, ni esa Cerdeña, casi desconocida, que a continuación la sigue, ni la
isla de Elba, con sus grandes recuerdos, ni aquella línea imperceptible, en
fin, que se distribuía en el horizonte, y que al ojo experto de un marinero
hubiera revelado la soberbia Génova y la comercial Liorna. No, lo que llamó la
atención de Dantés fue el bergantín que había salido de Montecristo al
amanecer, y la tartana que acababa de hacerse a la mar:
El bergantín estaba a punto de perderse de vista en el estrecho
de Bonifacio; la tartana, con opuesto rumbo, costeaba la isa de Córcega, que se
disponía a doblar.
Edmundo se tranquilizó, volviéndose para contemplar los objetos
que más de cerca le rodeaban, vióse en el punto más elevado de la isla cónica,
estatua puntiaguda de aquel inmenso zócalo, ni un hombre, ni una barca en torno
suyo, nada más que el mar azulado que batía la base de la isla, adornándola con
un cinturón de plata.
Entonces bajó con paso rápido, aunque precavido. En tal ocasión
temía que le sucediera un accidente como el que con tanta habilidad había
fingido.
Como hemos dicho, Dantés había retrocedido en el camino indicado
por las señales hechas en las rocas, y había visto que este camino guiaba a
una especie de ancón oculto como el baño de una ninfa de la antigüedad. La
entrada era bastante ancha, y por el centro tenía bastante profundidad para
que pudiese anclar en él un pequeño buque de guerra y permanecer oculto. De
este modo, siguiendo el hilo de las inducciones, ese hilo, que en manos del
abate Faria era un guía tan seguro y tan ingenioso en el dédalo de las
probabilidades, se le ocurrió que el cardenal Spada, conviniéndole no ser
visto, había abordado a este ancón, y ocultando allí su barco había tomado
luego el camino que las señales indicaban, para esconder su tesoro en el
extremo de esa línea. Esta suposición era la que llevaba a Dantés junto a la
roca circular. Solamente una cosa le inquietaba, por ser opuesta a sus
conocimientos sobre dinámica. ¿Cómo habían podido, sin emplear fuerzas considerables,
levantar aquella enorme roca? De repente se le ocurrió una idea.
‑En vez de subirla‑dijo‑, la habrán hecho bajar.
Y acto seguido trepó por encima del peñasco, en busca del sitio
que antes ocupara.
En efecto, pronto reparó en una leve pendiente, hecha sin duda
alguna intencionadamente. La roca había caído de su base al sitio que ahora
ocupaba; otra piedra, del tamaño común a las que suelen emplearse en las
paredes, le había servido de cala, y pedruscos y pedernales aquí y allí
sembrados cuidadosamente ocultaban toda solución de continuidad, habiendo
sembrado en las inmediaciones hierbas y musgo, de manera que entrelazándose
con los mirtos y los lentiscos, parecía la nueva roca nacida en aquel mismo
lugar. Dantés arrancó con precaución algunos terrones y creyó descubrir, o
descubrió efectivamente, todo este magnífico artificio. Y se puso
inmediatamente a destruir con su azada esta pared intermediaria, endurecida
por el tiempo.
Al cabo de diez minutos de estar trabajando, la pared se desmoronó,
abriéndose un agujero en que cabía el brazo. Corrió en seguida Edmundo a cortar
el olivo más grueso de los alrededores, y despojándole de las ramas, lo
introdujo a guisa de palanca por el agujero. Pero la peña era bastante grande
y estaba lo suficientemente adherida a su cimiento artificial, para que la
pudiesen arrancar fuerzas humanas, ni aun las del mismo Hércules. Entonces
reflexionó Dantés que lo que había que hacer era destruir este cimiento, pero
¿cómo? Tendió los ojos en torno suyo, con aire perplejo, y reparó en el cuerno
de oveja griega que, lleno de pólvora, le había dejado su amigo Jacobo. Una
sonrisa vagó por sus labios. La invención infernal iba a producir su efecto.
Con ayuda de la azada abrió Dantés entre el peñasco y su base un
conducto, como suelen hacer los mineros cuando quieren ahorrarse un trabajo
demasiado grande, lo llenó de pólvora hasta arriba, y luego, deshilachando su
pañuelo y mojándolo en salitre, hizo una mecha de él. Luego lo encendió y en
seguida se apartó de allí. La explosión no se hizo esperar, la roca vaciló,
conmovida por aquel impulso incalculable, y la base voló hecha añicos. Por el
agujero que antes hizo Dantés salió atropellándose una multitud de amedrentados
insectos, y una serpiente enorme, guardián de aquel misterioso sendero se
deslizó entre el musgo y desapareció.
Acercóse Dantés; la roca, ya sin cimiento, se inclinaba sobre el
abismo. Dio la vuelta el intrépido joven, eligió el punto menos firme e
introduciendo su palanca de madera entre el suelo y la roca se apoyó con todas
sus fuerzas, semejante a Sísifo.
Vaciló la roca con el empuje, y redobló Dantés su impulso. Cualquiera
le habría tomado en aquellos momentos por uno de los Titanes que arrancaban
las montañas de cuajo para hacer la guerra a Júpiter. Al fin cedió la roca, y
ora rodando, ora rebotando, fue a sepultarse en el mar.
Dejaba descubierta una hondonada circular, en que brillaba una
argolla de hierro en medio de una baldosa cuadrada.
Edmundo profirió un grito de admiración y alegría. Ninguna primera
tentativa se vio jamás coronada de resultado tan grande a inmediato.
Quiso proseguir su obra, pero le temblaban las piernas de tal
modo, y le latía el corazón tan fuertemente, y pasó tal nube por sus ojos, que
se vio obligado a contenerse.
Esta vacilación duró, sin embargo, poquísimo. Pasó Edmundo su
palanca por la argolla y abrióse con poco trabajo la baldosa, descubriendo una
especie de escalera, que se perdía en una gruta, a cada escalón más oscura.
Otro que no fuera él, hubiese bajado en seguida, lanzando gritos
de alegría, pero Dantés se detuvo, palideció y dudó.
‑Ea, hay que ser hombre ‑dijo‑ Acostumbrado a la adversidad, no
nos dejemos abatir por un desengaño. Si no para eso, ¿para qué he sufrido
tanto? Si el corazón padece es porque, dilatado en demasía al fuego de la
esperanza, entra a ver cara a cara el hielo de la realidad. Faria soñó. Nada ha
guardado en esta gruta el cardenal Spada. Tal vez jamás vino a ella, o si vino,
César Borgia, el aventurero intrépido, el ladrón infatigable y sombrío, vino
también tras él, descubrió su huella y las mismas señales que he descubierto
yo, levantó la roca como yo la he levantado, y no dejó nada, absolutamente nada
al que venía detrás de él.
Inmóvil, pensativo, con la mirada fija en el lúgubre agujero,
permaneció un instante.
‑Ahora que ya no cuento con nada, ahora que ya me he dicho a mí
mismo que toda esperanza sería vana, el proseguir esta aventura excita
solamente mi curiosidad...
Y volvió a quedar inmóvil y meditabundo.
‑Sí, sí; es una aventura digna de figurar en la vida de aquel
regio ladrón, mezcla heterogénea de sombra y de luz en el caos de sucesos
extraños que componen el tejido de su existencia. Este suceso fabuloso ha
debido encadenarse insensiblemente a los demás. Sí, Borgia ha venido aquí una
noche, con una antorcha en una mano y la espada en la otra, mientras a veinte
pasos de él, quizá junto a esta roca, dos esbirros amenazadores espiaban la
tierra, el aire y el mar, mientras su dueño entraba, como voy a entrar yo,
ahuyentando las tinieblas con agitar la antorcha en su temible brazo.
‑Sí, pero ¿qué habría hecho César Borgia con los esbirros que
conociesen su secreto? ‑se preguntó Dantés a sí mismo.
‑Lo que hicieron con los enterradores de Alarico ‑se respondió‑,
que los enterraron con el enterrado.
‑Sin embargo ‑prosiguió Dantés‑, en caso de haber venido se
habría contentado con apoderarse del tesoro. Borgia, el hombre que comparaba la
Italia a una alcachofa que se iba comiendo hoja por hoja, sabía muy bien cuánto
vale el tiempo, para haber perdido el suyo volviendo a colocar la roca sobre
su base. Bajemos.
Y bajó con la sonrisa de la duda en los labios, murmurando estas
últimas palabras de la humana sabiduría:
‑¿Quién sabe?
Pero en vez de las tinieblas que creía encontrar, en vez de una
atmósfera opaca y enrarecida, halló Dantés una luz suave, azulada. Ella y el
aire penetraban no solamente por el agujero que él acababa de abrir, sino
también por hendiduras imperceptibles de las rocas, a través de las cuales se
veía el cielo y las ramas juguetonas de las verdes encinas.
A los pocos momentos de su permanencia en esta gruta, cuyo ambiente,
más bien templado que húmedo, antes aromático que nauseabundo, era a la
temperatura de la isla lo que el resplandor al sol A los pocos instantes,
Dantés, que estaba acostumbrado a la oscuridad, como ya hemos dicho, pudo
reconocer hasta los más ocultos rincones. La gruta era de granito, cuyas
facetas relucían como diamantes.
‑.¡Ay! ‑dijo sonriéndose al verlas‑. Estos son seguramente los
tesoros que ha dejado el cardenal; y el buen abate, que veía en sueños las
paredes resplandecientes, se alimentó de quimeras.
Mas no por esto dejaba de recordar el testamento, que sabía de
memoria: «En el ángulo más lejano de la segunda gruta», decía. Dantés sólo
había penetrado en la primera; era pues necesario buscar la entrada de la
segunda.
Empezó a orientarse. La segunda gruta debía internarse en la
isla. Examinando la capa de las piedras, púsose a dar golpes en una de las
paredes, donde le pareció que debía de estar la abertura, cubierta para mayor
precaución. La azada resonó un instante, y este sonido hizo que la frente de
Edmundo se bañara en sudor. Al fin parecióle que una parte de la granítica
pared producía un eco más sordo y más profundo. Aproximó sus ojos febriles y
con ese tacto del preso, pudo adivinar lo que nadie quizás hubiera conocido:
que allí debía de haber una abertura.
No obstante, para no trabajar en balde, Dantés, que como César
Borgia, conocía el valor del tiempo, golpeó con su azada las otras paredes, y
el suelo con la culata de su fusil, púsose a cavar en los sitios que le
infundían sospechas y viendo en fin que nada sacaba en limpio, volvió a la
pared que sonaba un tanto hueca. De nuevo, y más fuertemente, volvió a golpear.
Entonces vio una cosa extraña, y es que a los golpes de la azada se despegaba y
caía en menudos pedazos una especie de barniz, semejante al que se pone en las
paredes para pintar al fresco, dejando al descubierto las piedras
blanquecinas, que no eran de mayor tamaño que el común. La entrada, pues,
estaba tapiada con piedras de otra clase, que luego se habían cubierto con una
capa de este barniz, imitando el color de las demás paredes.
Con esto volvió Dantés a dar golpes, pero con el pico de la
azada, que se introdujo bastante en la pared. Allí estaba, indudablemente, la
entrada. Por un extraño misterio de la organización humana, cuando más pruebas
tenía Dantés de que Faria le había dicho la verdad, más y más su corazón
desfallecía, y más y más le dominaban el desaliento y la duda. Este éxito, que
debió de conferirle nuevas energías, le quitó las que le quedaban. Se escapó la
herramienta de sus manos, dejóla en el suelo, se limpió la frente y salió de la
gruta dándose a sí mismo el pretexto de ver si le espiaba alguien, pero en
realidad porque necesitaba aire, porque conocía que se iba a desmayar.
La isla estaba desierta. El sol, en su cenit, la abarcaba toda
con sus miradas de fuego. Las olas juguetonas parecían barquillas de zafiro
No había comido nada en todo el día, pero en aquel momento no
pensaba en comer. Tomó algunos tragos de ron y volvió a la gruta más tranquilo.
La azada, que le parecía tan pesada, antojósele entonces una
pluma y prosiguió su tarea.
A los primeros golpes advirtió que las piedras no estaban encaladas,
sino sobrepuestas, y luego enjalbegadas con el barniz consabido. Introdujo la
punta de la azada entre dos piedras, se apoyó en el mango y vio lleno de júbilo
rodar la piedra, como si tuviera goznes a sus pies. A partir de aquel momento
ya no tuvo que hacer otra cosa sino ir sacando con la azada piedra a piedra.
Por el espacio que dejó la primera hubiera podido Edmundo introducir su
cuerpo, pero dando tregua a la realidad por algunos instantes, conservaba la
esperanza. Finalmente, tras una momentánea perplejidad, atrevióse a pasar a la
segunda gruta. Era ésta más baja, más oscura y de peor aspecto que la primera.
No recibiendo aire sino por el agujero que acababa de practicar Edmundo,
estaba su atmósfera impregnada de los gases mefíticos que extrañó no hallar en
la primera. Para entrar en ella tuvo que dar tiempo a que el aire del exterior
renovase aquel ambiente malsano. A la derecha del portillo había un ángulo
oscurísimo y profundo.
Ya hemos dicho, empero, que para los ojos de Dantés no había
tinieblas. Al primer golpe de vista conoció que la segunda gruta estaba vacía
como la primera. El tesoro, si es que lo contenía, estaba enterrado en aquel
rincón oscuro. Había llegado la hora de zozobra; dos pies de tierra, algunos
golpes de azada, era lo que separaba a Dantés de su mayor alegría o de su mayor
desesperación. Acercóse al ángulo, y como si tomara una determinación
repentina, se puso a cavar desaforadamente. Al quinto o sexto golpe, el hierro
de la azada resonó como si diera contra un objeto también de hierro.
Nunca el toque de rebato, ni el lúgubre doblar de las campanas
causaron mayor impresión en el que los oye. Aunque Dantés hubiera encontrado
vacío el lugar de su tesoro, no habría palidecido más intensamente. Púsose a
cavar a un lado de su primera excavación, y halló la misma resistencia, aunque
no el mismo sonido.
‑Es un arca forrada de hierro ‑exclamó.
En este momento, una rápida sombra cruzó interceptando la luz
que entraba por la abertura. Tiró Edmundo su azada, cogió su fusil, y lanzóse
afuera. Una cabra salvaje había saltado por la primera entrada de las grutas y
triscaba a pocos pasos de allí.
Buena ocasión era aquélla de procurarse alimento, pero Edmundo
temió que el disparo llamase la atención de alguien. Reflexionó un momento, y
cortando la rama de un árbol resinoso, fue a encenderla en el fuego humeante
aún donde los contrabandistas habían guisado su almuerzo, y volvió con aquella
antorcha encendida. No quería dejar de ver ninguna cosa de las que le
esperaban.
Con acercar la luz al hoyo, pudo convencerse de que no se había
equivocado. Sus golpes dieron alternativamente en hierro y en madera. Ahondó
en seguida por los lados unos tres pies de ancho y dos de largo, y al fin logró
distinguir claramente un arca de madera de encina, guarnecida de hierro
cincelado. En medio de la tapa, en una lámina de plata que la tierra no había
podido oxidar, brillaban las armas de la familia Spada, es decir, una espada en
posición vertical en un escudo redondo como todos los de Italia, coronado por
un capelo.
Dantés lo reconoció muy fácilmente. ¡Tanta era la minuciosidad
con que se lo haba descrito el abate Faria! No cabía la menor duda, el tesoro
estaba allí seguramente. No se hubieran tomado tantas precauciones para nada.
En un momento arrancó la tierra de uno y otro lado, lo que le
permitió ver aparecer primero la cerradura de en medio, situada entre dos
candados y las asas de los lados, todo primorosamente cincelado. Cogió Dantés
el arcón por las asas, y trató de levantarlo, mas era imposible. Luego pensó
abrirlo, pero la cerradura y los candados estaban cerrados de tal manera que
no parecía sino que guardianes fidelísimos se negaran a entregar su tesoro.
Introdujo la punta de la azada en las rendijas de la tapa, y
apoyándose en el mango la hizo saltar con grande chirrido. Rompióse también
la madera de los lados, con lo que fueron inútiles las cerraduras, que también
saltaron a su vez, aunque no sin que los goznes se resistieran a desclavarse.
El arca se abrió. Estaba dividida en tres compartimientos.
En el primero brillaban escudos de dorados reflejos. En el segundo,
barras casi en bruto, colocadas simétricamente, que no tenían de oro sino el
peso y el valor. El tercer compartimiento, por último, sólo estaba medio lleno
de diamantes, perlas y rubíes, que al cogerlos Edmundo febrilmente a puñados,
caían como una cascada deslumbradora, y chocaban unos con otros con un ruido
como el de granizo al chocar en los cristales.
Harto de palpar y enterrar sus manos en el oro y en las joyas,
levantóse y echó a correr por las grutas, exaltado, como un hombre que está a
punto de volverse loco. Saltó una roca, desde donde podía distinguir el mar,
pero a nadie vio. Encontrábase solo, enteramente solo con aquellas riquezas
incalculables, inverosímiles, fabulosas, que ya le pertenecían. Solamente de
quien no estaba seguro era de sí mismo. ¿Era víctima de un sueño, o luchaba
cuerpo a cuerpo con la realidad? Necesitaba volver a deleitarse con su tesoro,
y, sin embargo, comprendía que le iban a faltar las fuerzas. Apretóse un
instante la cabeza con las manos, como para impedir a la razón que se le
escapara, y luego se puso a correr por toda la isla, sin seguir, no diré
camino, que no lo hay en Montecristo, sino línea recta, espantando a las cabras
salvajes y a las aves marinas, con sus gestos y sus exclamaciones. Al fin,
dando un rodeo, volvió al mismo sitio, y aunque todavía vacilante, se lanzó de
la primera a la segunda gruta, hallándose frente a frente con aquella mina de
oro y de diamantes.
Cayó de rodillas, apretando con sus manos convulsivas su
corazón, que saltaba, y murmurando una oración, inteligible sólo para el cielo.
Esto hizo que se sintiese más tranquilo y más feliz, porque empezó a creer en
su felicidad.
Acto seguido, se puso a contar su fortuna. Había mil barras de
oro, y su peso como de dos a tres libras cada una. Hizo luego un montón de
veinticinco mil escudos de oro, con el busto del Papa Alejandro VI y sus
predecesores; cada uno podía valer ochenta francos de la actual moneda
francesa. Y el departamento en que estaban no quedó, sin embargo, sino medio
vacío. Finalmente, contó diez puñados de sus dos manos juntas de pedrería y
diamantes, que montados por los mejores plateros de aquella época poseían un
valor artístico casi igual a su valor intrínseco.
Entretanto, el sol iba acercándose a su ocaso, por lo que
temiendo Dantés ser sorprendido en las grutas durante la noche, cogió su fusil
y salió al aire libre. Un pedazo de galleta y algunos tragos de vino fueron su
cena. Después colocó la baldosa en su sitio, se acostó encima de ella y durmió,
aunque pocas horas, cubriendo con su cuerpo la entrada de la gruta. Esta noche
fue deliciosa y terrible al mismo tiempo, como las que había pasado ya dos o
tres en su vida.
Capítulo segundo
El desconocido
Al fin amaneció. Hacía muchas horas que Dantés esperaba el día
con los ojos abiertos. A los primeros rayos de la aurora se incorporó, y
subiendo como el día anterior a la roca más elevada a espiar las cercanías,
pudo convencerse de que la isla estaba desierta.
Levantó entonces la baldosa que cubría su gruta, llenó sus bolsillos
de piedras preciosas, volvió a componer el arca lo mejor que pudo, cubriéndola
con tierra, que apisonó bien, le echó encima una capa de arena, para que lo
removido se igualase al resto del suelo, y salió de la gruta volviendo a
colocar la baldosa y cubriéndola de piedras de tamaños diferentes. Rellenó de
tierra las junturas, plantó en ellas malezas y mirtos y las regó para que
pareciesen nacidas allí, borró las huellas de sus pasos, impresas en todo
aquel circuito, y esperó con impaciencia la vuelta de sus compañeros.
Efectivamente; no era cosa de permanecer en Montecristo guardando
como un dragón de la mitología, sus inútiles tesoros. Tratábase de volver a la
vida y a la sociedad, recobrar entre los hombres el rango, la influencia y el
poder que da en este mundo el oro; el oro, la mayor y la más grande de las
fuerzas de que la criatura humana puede disponer.
Los contrabandistas volvieron al sexto día y, desde lejos
reconoció Dantés por su porte y por su marcha a La Joven Amelia.
Acercóse a la orilla arrastrándose, como Filoctetes herido, y cuando
desembarcaron sus compañeros les anunció con voz quejumbrosa que estaba algo mejor.
A su vez los marineros le dieron cuenta de su expedición. Habían
salido bien, es verdad, pero apenas desembarcado el cargamento, tuvieron aviso
de que un bric guardacostas de Tolón acababa de salir del puerto y se dirigía
hacia ellos. Entonces se pusieron en fuga a toda vela, echando muy de menos a
Dantés, que sabía hacer volar a la tartana. En efecto, bien pronto divisaron al
guardacostas que les daba caza, pero con ayuda de la noche, doblando el cabo de
Córcega, consiguieron eludir su persecución.
En suma, el viaje no había sido malo del todo y los camaradas,
en particular Jacobo, lamentaban que Dantés no hubiera ido, con lo cual tendría
su parte en las ganancias, que eran nada menos que cincuenta piastras.
Edmundo los escuchaba impasible. Ni una sonrisa le arrancó
siquiera la enumeración de las ventajas que le hubiera reportado el dejar a
Montecristo, y como La Joven Amelia sólo había venido a buscarle,
aquella misma tarde volvió a embarcar para Liorna.
Al llegar a Liorna fue en busca de un judío, y le vendió cuatro
de sus diamantes más pequeños, por cinco mil francos cada uno. El mercader
hubiera debido informarse de cómo un marinero podía poseer semejantes alhajas,
pero se guardó muy bien de hacerlo, puesto que ganaba mil francos en cada una.
Al día siguiente, compró una barca nueva, y diósela a Jacobo con
cien piastras, a fin de que pudiese tripularla, con encargo de ir a Marsella a
averiguar qué había sido de un anciano llamado Luis Dantés, que vivía en las
alamedas de Meillan, y de una joven llamada Mercedes, que vivía en los
Catalanes.
Jacobo creyó que soñaba, y entonces Edmundo le contó que se
había hecho marino por una calaverada y porque su familia le negaba hasta lo
necesario para su manutención, pero que a su llegada a Liorna se había enterado
de la muerte de un tío suyo, que le dejaba por único heredero. La cultura de
Dantés daba a este cuento tal verosimilitud, que Jacobo no tuvo duda alguna de
que decía la verdad su antiguo compañero.
Además, como había terminado ya el período de enrolamiento de
Edmundo con La Joven Amelia, despidióse del patrón, que hizo muchos
esfuerzos por retenerle, pero que habiendo sabido, como Jacobo, la historia de
la herencia, renunció desde luego a la esperanza de que su antiguo marinero
alterara su resolución.
A la mañana siguiente, Jacobo emprendió su viaje a Marsella para
encontrarse con Edmundo en la isla de Montecristo. El mismo día marchó Dantés,
sin decir adónde, habiéndose despedido de la tripulación de La Joven Amelia,
gratificándola espléndidamente, y del patrón, ofreciéndole que cualquier día
tendría noticias de él. Edmundo se fue a Génova.
Precisamente el día en que llegó estaba probándose en el puerto
un yate encargado por un inglés, que habiendo oído decir que los genoveses
eran los mejores armadores del Mediterráneo, quería tener el suyo construido en
Génova. Lo había ajustado en cuarenta mil francos. Dantés ofreció sesenta mil,
bajo la condición de tenerlo en propiedad aquel mismo día. Como el inglés
había ido a dar una vuelta por Suiza, para dar tiempo a que el barco se
concluyera, y no debía volver hasta dentro de tres o cuatro semanas, calculó
el armador que tendría tiempo de hacer otro.
Edmundo llevó al genovés a casa de un judío, que conduciéndole a
la trastienda le entregó sus sesenta mil francos. El armador ofreció al joven
sus servicios para organizar una buena tripulación, pero Dantés le dio las
gracias, diciéndole que tenía la costumbre de navegar solo, y que lo único que
deseaba era que en su camarote, a la cabecera de su cama, se hiciese un armario
oculto con tres departamentos o divisiones, secretas también.
Dos horas después salía Edmundo del puerto de Génova, admirado
por una muchedumbre curiosa, ávida de conocer al caballero español que
acostumbraba navegar solo.
Se lució Dantés a las mil maravillas. Con ayuda del timón, y sin
necesidad de abandonarlo, hizo ejecutar a su barco todas las evoluciones que
quiso. No parecía sino que fuese el yate un ser inteligente, siempre dispuesto
a obedecer al menor impulso, por lo que Dantés se convenció de que los
genoveses merecían la reputación que gozan de primeros constructores del mundo.
Los curiosos siguieron con los ojos la pequeña embarcación hasta
que se perdió de vista, y entonces empezaron a discutir adónde se dirigiría.
Unos opinaron que a Córcega, otros que a la isla de Elba, apostaron algunos que
al África, otros que a España, y ninguno se acordó de la isla de Montecristo.
No obstante, era a Montecristo adonde se dirigía Dantés.
Llegó en la tarde del segundo día. El barco, que era muy velero,
efectuó el viaje en treinta y cinco horas. Dantés había reconocido
minuciosamente la costa, y en vez de desembarcar en el puerto de costumbre,
desembarcó en el ancón que ya hemos descrito.
La isla estaba desierta. Nadie, al parecer, había abordado a
ella después de Edmundo, que encontró su tesoro tal como lo había dejado.
A la mañana siguiente toda su fortuna estaba ya a bordo,
guardada en las tres divisiones del armario secreto.
Permaneció Dantés ocho días, haciendo maniobrar a su barco en
tomo a la isla, y estudiándolo como un picador estudia un caballo. Todas sus
buenas cualidades y todos sus defectos le fueron ya conocidos, y determinó
aumentar las unas y remediar los otros.
Al octavo día vio Dantés acercarse a la isla a velas desplegadas
un barquillo que era el de Jacobo. Hizo una señal convenida, respondióle el
marinero y dos horas después el barco estaba junto al yate.
Cada una de las preguntas del joven obtuvo una respuesta bien
triste. El viejo Dantés había muerto. Mercedes había desaparecido. Dantés
escuchó ambas noticias con semblante tranquilo, pero en el acto saltó a tierra,
prohibiendo que le siguiesen. Regresó al cabo de dos horas, ordenando que dos
marineros de la tripulación de Jacobo pasasen a su yate para ayudarle, y les
ordenó que hiciesen rumbo a Marsella.
La muerte de su padre la esperaba ya, pero ¿qué le habría
sucedido a Mercedes?
No podía Edmundo, sin divulgar su secreto, comisionar a un agente
para hacer indagaciones, y aun algunas de las que estimaba necesarias,
solamente él podría hacerlas. El espejo le había demostrado en Liorna que no
era probable que nadie le reconociera, y esto sin contar que tenía a su
disposición todos los medios de disfrazarse. Una mañana, pues, el yate y la
barca anclaron en el puerto de Marsella, precisamente en el mismo sitio donde
aquella noche de fatal memoria embarcaron a Edmundo para el castillo de If.
No sin temor instintivo, Dantés vio acercarse a un gendarme en
el barco de la sanidad, pero con la perfecta calma que ya había adquirido, le
presentó un pasaporte inglés que había comprado en Liorna, y gracias a este
salvoconducto extranjero, más respetado en Francia que el mismo francés,
desembarcó sin ninguna dificultad.
Al llegar a la Cannebière, la primera persona que vio Dantés fue
a uno de los marineros del Faraón, que habiendo servido bajo sus órdenes
parecía que se encontrase allí para asegurarle del completo cambio que había
sufrido. Acercose a él resueltamente, haciéndole muchas preguntas, a las que
respondió sin hacer sospechar siquiera, ni por sus palabras ni por su
fisonomía, que recordase haber visto nunca aquel desconocido.
Dantés le dio una moneda en agradecimiento de sus buenos
oficios, y un instante después oyó que corría tras él el marinero. Dantés
volvió la cara.
‑Perdonad, caballero, pero sin duda os habréis equivocado, pues
creyendo darme una pieza de cuarenta sueldos, me habéis dado un napoleón doble.
‑En efecto, me equivoqué, amigo mío ‑‑contestó Edmundo‑‑, pero
como vuestra honradez merece recompensa, tomad otro napoleón, que os ruego
aceptéis para beber a mi salud con vuestros camaradas.
El marinero miró a Edmundo con tanto asombro, que incluso se
olvidó de darle las gracias, y murmuraba al verle alejarse:
‑Sin duda es algún nabab que viene de la India.
Dantés prosiguió su camino, oprimiéndosele el corazón a cada momento
con nuevas sensaciones. Todos los recuerdos de la infancia, recuerdos
indelebles en su memoria, renacían en cada calle, en cada plaza, en cada
barrio. Al final de la calle de Noailles, cuando pudo ver las Alamedas de
Meillán, sintió que sus piernas flaqueaban y poco le faltó para caer
desvanecido entre las ruedas de un coche. Al fin llegó a la casa de su padre.
Las capuchinas y las aristoloquias habían desaparecido de la ventana en donde la
mano del pobre viejo las había plantado y regado con tanto afán.
Permaneció algún tiempo meditabundo, apoyado en un árbol, contemplando
los últimos pisos de aquella humilde vivienda. Al fin se determinó a dirigirse
a la puerta, traspuso el umbral, preguntó si había algún cuarto desocupado, y
aunque sucedía lo contrario, insistió de tal modo en ver el del quinto piso,
que el portero subió a pedir a las personas que lo habitaban, de parte de un
extranjero, permiso para visitar la habitación. Los inquilinos eran un joven y
una joven que acababan de casarse hacía ocho días. Al verlos, exhaló Dantés un
profundo suspiro.
Nada le recordaba el cuarto de su padre. Ni era el mismo el
papel de las paredes, ni existían tampoco aquellos muebles antiguos, compañeros
de la niñez de Edmundo, presentes en su memoria con toda exactitud. Sólo eran
las mismas... las paredes.
Dantés se volvió hacia la cama, que estaba justamente en el
mismo sitio que antes ocupaba la de su padre. Sin querer sus ojos se arrasaron
de lágrimas. Allí había debido expirar el pobre anciano, nombrando a su hijo.
Los dos jóvenes contemplaban admirados a aquel hombre de frente
severa, en cuyas mejillas brillaban dos gruesas lágrimas, sin que su rostro se
alterase, pero como la religión del dolor es respetada por todo el mundo, no
sólo no hicieron pregunta alguna al desconocido, sino que se apartaron un tanto
de él para dejarle llorar libremente, y cuando se marchó le acompañaron,
diciéndole que podría volver cuando gustase, que siempre encontraría abierta su
pobre morada.
En el piso de abajo, Dantés se detuvo delante de una puerta a
preguntar si habitaba allí todavía el sastre Caderousse, pero el portero
respondió que habiendo venido muy a menos el hombre de que hablaba, tenía a la
sazón una posada en el camino de Bellegarde a Beaucaire.
Acabó de bajar Dantés, y enterándose de quién era el dueño de la
casa de las Alamedas de Meillán, pasó en el acto a verle, anunciándose con el
nombre de lord Wilmore (nombre y título que llevaba en el pasaporte), y le
compró la casa por veinticinco mil francos; sin duda valía diez mil francos
menos, pero Dantés, si le hubiera pedido por ella medio millón, lo hubiera
dado.
Aquel mismo día notificó el notario a los jóvenes del quinto
piso que el nuevo propietario les daba a elegir una habitación entre todas, sin
aumento alguno de precio, a condición de que le cedieran la que elloso cupaban.
Este singular acontecimiento dio mucho que hablar durante unos
días a todo el barrio de las Alamedas de Meillán, dando origen a mil conjeturas
a cual más inexacta.
Pero lo que sorprendió y admiró sobre todas las cosas fue ver a
la caída de la tarde al mismo hombre de las Alamedas de Meillán pasearse por
el barrio de los Catalanes, y penetrar en una casita de pescadores, donde
estuvo más de una hora preguntando por personas que habían muerto o
desaparecido quince o dieciséis años antes.
A la mañana siguiente, los pescadores en cuya casa había entrado
para hacer todas aquellas preguntas, recibieron en agradecimiento una barca
catalana, armada en regla, para la pesca.
Bien
hubieran querido aquellas pobres gentes dar las gracias al generoso
desconocido, pero al separarse de ellos le habían visto dar algunas órdenes a
un marinero, montar a caballo y salir por la puerta de Aix.
Capítulo tercero
La posada del puente del Gard
El que como yo haya recorrido a pie el Mediodía de Francia,
habrá visto seguramente entre Bellegarde y Beaucaire, a la mitad del camino
que separa las dos poblaciones, aunque un tanto más cercana a Beaucaire que a
Bellegarde, una sencilla posada que tiene como por rótulo sobre la puerta, en
una plancha de hierro tan delgada que el menor vientecillo la zarandea, una
grotesca vista del puente del Gard. Esta posada se encuentra al lado izquierdo
del camino, volviendo la espalda al río. Decórala eso que se llama huerto en el
Languedoc, pero que consiste en lo siguiente: La fachada posterior cae a un
cercado donde vegetan algunos olivos raquíticos y algunas higueras de hojas
blanquecinas, a causa del polvo que las cubre. Aquí y allá crecen pimientos,
tomates y ajos, y en uno de sus rincones, por último, como olvidado centinela,
un gran pino de los llamados quitasoles, eleva melancólicamente su tronco
flexible, mientras su copa, abierta como un abanico, se tuesta a un sol de
treinta grados.
Estos árboles, así los grandes como los pequeños, se inclinan
todos naturalmente en la dirección que lleva el mistral cuando sopla. El
mistral es una de las tres plagas de la Provenza; las otras dos, como sabe todo
el mundo, o como todo el mundo ignora, eran Duranzo y el parlamento.
Esparcidas en la cercana llanura, que parece un lago
inconmensurable de polvo, vegetan algunas matas de trigo, sembradas por los
horticultores del país, sin duda por curiosidad, pues sólo sirven de asilo a
las cigarras, que aturden con su canto agudo y monótono a los viajeros
extraviados en aquella Tebaida.
Hacía seis o siete años que este mesón pertenecía a un hombre y
una mujer que tenían por criada a una muchacha llamada Antoñita, y un mozo
llamado Picaud, pareja que por lo demás basta para cubrir el servicio que
pudiera necesitarse, desde que un canal abierto desde Beaucaire a Aiguesmortes
sustituyó victoriosamente las barcas por los carros, y las sillas de postas por
las diligencias.
Este canal, como para hacer más deplorable aún la suerte del
posadero, pasaba entre el Ródano, que le alimenta, y el camino, a cien pasos
de la posada de que acabamos de dar una breve pero exacta descripción. Tampoco
olvidaremos un perro, antiguo guardián de noche, y que ladraba ahora a todos
los transeúntes, tanto de día como durante las tinieblas, porque ya había
perdido la costumbre de ver viajeros.
El posadero era un hombre de cuarenta y dos años, alto, seco y
nervioso, verdadero tipo meridional, con sus ojos hundidos y brillantes, su
nariz en forma de pico de ave de rapiña, y sus dientes blancos como los de un
animal carnicero; sus cabellos, que parecían no querer encanecer a pesar de los
años, eran como su barba, espesos, crespos y sembrados apenas de algunos pelos
grises; su tez, naturalmente tostada, se había cubierto aún de una nueva capa
morena, debido a la costumbre que tenía el pobre diablo de mantenerse desde la
mañana hasta por la noche en el cancel de la puerta, para ver si pasaba alguno,
ya fuese a pie ya en coche, pero casi siempre esperaba en vano. Durante este
tiempo, y para sustraerse a los ardores del sol, no usaba de otro objeto
preservador que un pañuelo encarnado atado a la cabeza a la manera de los
carreteros españoles.
Este hombre es nuestro antiguo conocido Gaspar Caderousse. Su
mujer, que se llamaba Magdalena Radelle, era pálida, delgada y enfermiza.
Nacida en los alrededores de Arlés, conservando las señales primitivas de la
belleza tradicional de sus compatriotas, había visto destruirse lentamente su
rostro en el acceso casi continuo de una de esas fiebres sordas tan comunes en
las poblaciones vecinas a los estanques de Aiguesmortes y a los pantanos de la
Camargue. Siempre estaba sentada y tiritando en su cuarto, situado en el primer
piso, ya tendida en un sillón o apoyada contra su cama, mientras su marido se
ponía a la puerta a continuar su perpetua centinela, lo que prolongaba con
tanta mejor gana, cuanto que cada vez que se encontraba con su áspera mirada,
ésta le perseguía con sus quejas eternas contra la suerte, quejas a las cuales
su marido respondía, como de costumbre, con estas palabras filosóficas:
‑Cállate, Carconte. ¡Dios quiere que sea así!
Este sobrenombre provenía de que Magdalena Radelle había nacido
en el pueblo de la Carconte, situado entre Salon y Lambese.
Así, pues, siguiendo la costumbre del país que es la de llamar
siempre a la gente con un apodo en lugar de llamarla por su nombre, su marido
había sustituido con éste al de Magdalena, demasiado dulce tal vez para su rudo
lenguaje.
No obstante, a pesar de esta fingida resignación a los decretos
de la Providencia, no se crea que nuestro posadero dejara de sentir profundamente
el estado de pobreza a que le había reducido el miserable canal de Beaucaire, y
que fuese invulnerable a las incesantes quejas con que le acosaba su mujer
continuamente.
Era, como todos los habitantes del Mediodía, un hombre sobrio y
sin grandes necesidades, pero se pagaba mucho de las apariencias.
Así, pues, en sus tiempos prósperos, no dejaba pasar una feria
ni una procesión de la Tarasca, sin presentarse en ella con la Carconte, el uno
con ese traje pintoresco de los hombres del Mediodía, y que participa a la vez
del gusto catalán y del andaluz; la otra con ese vestido encantador de las
mujeres de Arlés que recuerda los de las de Grecia y de Arabia.
Pero poco a poco, cadenas de reloj, collares, cinturones de mil
colores, corpiños bordados, chaquetas de terciopelo, medias de seda, botines
bordados, zapatos con hebillas de plata, todo había desaparecido, y Gaspar
Caderousse, no pudiendo ya mostrarse a la altura de su pasado esplendor,
renunció por él y por su mujer a todas esas pompas mundanas, cuya alegre
algazara llegaba a desgarrarle el corazón, hasta en su pobre vivienda, que
conservaba aún, más bien como un asilo que como lugar de negocio.
Caderousse había permanecido, como tenía por costumbre, parte de
la mañana delante de la puerta, paseando su mirada melancólica desde una
lechuga que picoteaban algunas gallinas, hasta los dos extremos del camino
desierto, que por un lado miraba al Norte y por el otro al Mediodía, cuando de
repente la chillona voz de su mujer le obligó a abandonar su puesto. Entró
gruñendo y subió al primer piso, dejando la puerta abierta de par en par, como
para invitar a los viajeros a que no se olvidasen de entrar si su mala estrella
les hacía pasar por allí. En aquellos momentos, el camino de que ya hemos
hablado continuaba tan desierto y tan solitario como siempre, extendiéndose
entre dos filas de árboles secos, y fácil es comprender que ningún viajero,
dueño de escoger otra hora del día, iría a aventurarse en aquel horrible
Sáhara.
Sin embargo, a pesar de todas las probabilidades, si Caderousse
se hubiese quedado en su puesto, hubiera podido ver, por el lado de Bellegarde,
a un caballero y un caballo, marchando con ese continente sosegado y amistoso,
que indicaba las buenas relaciones que mediaban entre el hombre y el animal.
Este era, al parecer, muy manso; el caballero era un sacerdote vestido de
negro y con un sombrero de tres picos. A pesar del excesivo calor del sol,
marchaba el animal a trote bastante largo.
Al
llegar a la puerta, el grupo se detuvo, pero difícil hubiera sido decir si fue
el caballo el que detuvo al jinete, o el jinete el que detuvo al caballo. En
fin, el caballero se apeó, y tirando por la brida del animal, lo amarró a una
argolla que había al lado de la puerta. Adelantóse en seguida hacia ésta,
limpiándose el sudor que inundaba su frente con un pañuelo de algodón encarnado
y dio tres golpes en una de las hojas de la puerta con el puño de hierro del bastón
que llevaba en la mano.
El enorme perro negro se levantó al punto y dio algunos pasos
ladrando y enseñando sus dientes blancos y agudos, doble demostración hostil,
prueba de lo poco hecho que estaba a la sociedad. Entonces se oyeron unos pasos
recios, bajo los cuales se estremeció la escalera de madera; era el posadero
que bajaba dando traspiés, para darse más prisa a satisfacer la curiosidad de
saber quién sería el que llamaba.
‑¡Allá va! ‑decía Caderousse, asombrado‑. ¡Allá va! ¿Quieres
callarte, Margotín? No temáis nada, caballero; ladra, pero no muerde.
Sin duda querréis vino, porque hace un calor inaguantable. ¡Ah! Perdonad ‑interrumpió
Caderousse, al ver qué especie de viajero era el que recibía en su casa‑. ¿Qué
deseáis? ¿Qué queréis, señor abate? Estoy a vuestras órdenes.
El eclesiástico miró a aquel hombre dos o tres segundos con atención
extraña, y aun pareció procurar atraer la del posadero sobre sí; después,
viendo que las facciones de éste no expresaban ningún otro sentimiento que la
sorpresa de no recibir una respuesta, juzgó que ya era tiempo de que aquélla
cesase y dijo con un acento italiano muy pronunciado:
‑¿No sois vos el señor Caderousse?
‑Sí, caballero ‑dijo el posadero casi más asombrado de la pregunta
que lo había estado en el silencio‑. Yo soy, en efecto, Gaspar Caderousse, para
serviros.
‑¿Gaspar Caderousse? Sí, creo que ésos son el nombre y el apellido.
¿Vivíais en otro tiempo en la alameda de Meillán, en un cuarto piso?
‑Precisamente.
‑¿Y ejercíais el oficio de sastre?
‑Sí, pero no prosperaba, y además ‑añadió para justificarse‑,
como hace tanto calor en ese demonio de Marsella, creo que acabarán por no
vestirse. Pero, a propósito de calor, ¿no queréis refrescar, señor abate?
‑Sí. Dadme una botella de vuestro mejor vino y seguiremos hablando.
‑Como queráis, señor abate ‑dijo Caderousse.
Y para no perder la ocasión de despachar una de las últimas botellas
de vino de Cahors que le quedaban, Caderousse se apresuró a levantar una trampa
practicada en el pavimento de esta especie de cuarto bajo, que hacía las veces
de cocina y de sala. Cuando volvió a aparecer al cabo de cinco minutos,
encontró al abate sentado sobre un banquillo, con el codo apoyado sobre una
mesa larga, mientras que Margotín, que parecía haber hecho las pares con
él, al oír que contra la costumbre este viajero iba a tomar algo, apoyaba su
hocico sobre el muslo de aquél, y le dirigía una lánguida mirada.
‑¿Estáis loco? ‑preguntó el abate a su posadero, mientras éste
ponía delante de él la botella y un vaso.
‑¡Ah! Dios mío, sí, solo, o poco menos, señor abate, porque
tengo una mujer que no me puede ayudar en nada, a causa de hallarse siempre
enferma: ¡pobre Carconte!
‑¡Ah! ¡Estáis casado! ‑dijo el sacerdote con cierto interés y
echando a su alrededor una mirada que parecía expresar la lástima que le
inspiraba la pobreza de aquella habitación.
‑Adivináis que no soy rico, ¿no es verdad, señor abate? ‑dijo
Caderousse sonriendo‑. Pero ¿qué queréis? No basta ser hombre honrado, para
prosperar en este mundo.
El abate clavó en él una mirada penetrante:
‑Sí, señor: honrado, puedo vanagloriarme de ello, caballero ‑dijo
el posadero, arrostrando la mirada del abate, poniendo una mano sobre el
corazón y mirándole de pies a cabeza‑, y en estos tiempos, no todos pueden
decir otro tanto.
‑Tanto mejor, si de lo que os jactáis es cierto‑añadió el abate‑
porque tarde o temprano, yo estoy firmemente convencido de que el hombre de
bien será recompensado, y el malo, castigado.
‑Vos debéis decir eso, señor abate; vos debéis decir eso ‑replicó
Caderousse con una expresión amarga‑, pero uno es dueño de creer o no creer lo
que decís.
‑Hacéis mal en hablar así ‑repuso el abate‑, porque acaso muy en
breve voy a ser yo mismo una prueba de lo que pronostico.
‑¿Qué queréis decir? ‑preguntó Caderousse asombrado.
‑Quiero decir que es necesario que me asegure de si sois vos el
que yo busco. .
‑¿Qué prueba queréis que os dé?
‑¿Habéis conocido en 1814 o en 1815 a un marino que se llamaba
Dantés?
‑¡Que si lo he conocido! ¡Que si he conocido a ese pobre Edmundo!
Vaya, ya lo creo, como que era uno de mis mejores amigos ‑exclamó Caderousse,
cuyo rostro se cubrió de una tinta purpúrea, mientras que la mirada fija y
tranquila del abate parecía dilatarse para cubrir enteramente a aquel a quien
interrogaba.
‑Sí, me parece que, en efecto, ése era su nombre.
‑¡Que si se llamaba Edmundo! Bien lo creo, tan cierto como yo me
llamo Gaspar Caderousse. ¿Y qué ha sido de ese pobre Edmundo? ‑continuó el
posadero‑. ¿Lo habéis conocido? ¿Vive aún? ¿Está libre? ¿Es dichoso?
‑Ha muerto más desesperado y más miserable que los presidiarios
que arrastran su cadena en el presidio de Tolón ‑respondió el abate.
Una mortal palidez sucedió en el rostro de Caderousse, al vivo
encarnado que se había apoderado antes de él; volvióse, y el abate vio que
enjugaba una lágrima con su pañuelo.
‑¡Pobrecillo! ‑murmuró Caderousse‑. ¡Y bien! Ahí tenéis una
prueba de lo que yo os decía antes, señor abate, que Dios sólo es bueno para
los malos. ¡Ah! ‑continuó Caderousse con ese lenguaje particular a los
naturales del Mediodía‑, este mundo va de mal en peor. Llueva pólvora dos días
y fuego una hora, y acabemos de una vez.
‑A1 parecer amabais a ese muchacho de corazón, ¿no es verdad? ‑preguntó
el abate.
‑Sí, mucho ‑dijo Caderousse‑, aunque tenga que echarme en cara
el haberle envidiado por un momento su dicha. Pero, después, os lo juro a fe de
Caderousse, compadezco su deplorable suerte.
Hubo una pausa, durante la cual la mirada fija del abate no cesó
un instante de interrogar la fisonomía movible del posadero.
‑¿Y vos le habéis conocido? ‑continuó Caderousse.
‑He sido llamado a su lecho de muerte para procurarle los socorros
de la religión ‑respondió el abate.
‑¿Y de qué ha muerto? ‑preguntó Caderousse con una angustia
mortal.
‑¿De qué se muere en la prisión, cuando se muere a los treinta
años, sino de la prisión misma?
Caderousse se enjugó el sudor que corría por su frente.
‑Lo que más me sorprende en todo esto es que Dantés, en sus
últimos momentos, me juró por el Santo Cristo, cuyos pies besaba, que no sabía
la verdadera causa de su cautiverio.
‑Es verdad, es verdad ‑murmuró Caderousse‑, no podía saberla,
no, señor abate, el pobre muchacho no mentía.
‑Por consiguiente me encargó que descubriese la causa de su
desgracia, que él no pudo descubrir, y vindicara su buen nombre, por si acaso
había sido mancillado.
Y la mirada del abate, cada vez más fija y más penetrante,
devoró la expresión casi sombría que se había pintado en el rostro de Caderousse.
‑Un rico inglés ‑continuó el abate‑, compañero suyo de infortunio,
y que salió de la cárcel al verificarse la segunda restauración, poseía un
diamante de un valor inmenso, y habiéndole cuidado Dantés como un hermano, en
una enfermedad que tuvo, quiso darle una prueba de reconocimiento y le dejó el
diamante. En lugar de servirse de él para seducir a los carceleros que, por
otra parte, podían tomarlo y después hacerle traición, Edmundo lo conservó siempre
preciosamente para el caso de que saliese en libertad, porque si llegaba a
salir, su fortuna estaba asegurada con sólo la venta de aquel diamante.
‑¿Y, era como decía ‑preguntó Caderousse con los ojos inflamados
por la codicia‑, un diamante muy valioso?
‑Todo es relativo ‑replicó el abate‑. Lo era para Edmundo:
estaba tasado en cincuenta mil francos.
‑¡Cincuenta mil francos! ‑dijo Caderousse‑. ¡Entonces sería tan
grueso como una nuez!
‑No, pero poco le faltaba ‑dijo el abate‑. Pero vos mismo vais a
juzgarlo porque lo tengo conmigo.
Caderousse pareció buscar bajo los vestidos del abate el
depósito de que hablaba. Éste sacó de su bolsillo una cajita de tafilete negro,
la abrió a hizo brillar a los ojos atónitos de Caderousse la deslumbrante
maravilla, montada en una sortija de un trabajo admirable.
‑¿Y esto vale cincuenta mil francos? ‑preguntó Caderousse.
‑Sin el engaste, que vale otro tanto ‑dijo el abate.
Y cerró la cajita y volvió a colocar en su bolsillo el diamante
que, no obstante, continuaba brillando en el pensamiento de Caderousse.
‑Pero ¿cómo es que poseéis ese diamante, señor abate? ‑preguntó
Caderousse‑. ¿Os ha hecho Edmundo heredero suyo?
‑No, pero sí su ejecutor testamentario: Yo tenía tres buenos amigos
y una muchacha con quien estaba para casarme ‑me dijo‑, los cuatro, estoy
seguro, sintieron mi suerte amargamente; ttno de estos cuatro amigos se llama
Caderousse.
Este se estremeció.
‑El otro ‑continuó el abate, haciendo como que no advertía la
emoción de Caderousse‑, el otro se llamaba Danglars; el tercero ‑añadió‑,
porque mi rival me amaba también...
Una diabólica sonrisa brilló en el rostro de Caderousse, que
hizo un movimiento para interrumpir al abate.
‑Esperad ‑dijo éste‑. Dejadme acabar, y si tenéis alguna observaci6n
que hacerme, pronto os escucharé. El otro, porque mi rival me amaba también, se
llamaba Fernando; en cuanto a mi prometida, su nombre era...
‑Mercedes ‑dijo Caderousse.
‑¡Ah! Sí, eso es ‑replicó el abate con un suspiro ahogado‑.
Mercedes.
‑¿Y bien? ‑preguntó Caderousse.
‑Dadme un poco de agua ‑dijo el abate.
Caderousse se apresuró a obedecer. El abate llenó el vaso y
bebió algunos sorbos.
‑¿Dónde estábamos? ‑inquirió, colocando el vaso sobre la mesa‑.
La prometida se llamaba Mercedes, sí, eso es. Iréis a Marsella... Dantés es
quien habla, ¿comprendéis?
‑Perfectamente.
‑Venderéis ese diamante, haréis cinco partes y las repartiréis
entre esos buenos amigos, los únicos que me han amado en la tierra.
‑¿Cómo cinco partes? ‑dijo Caderousse‑. ¡No habéis nombrado más
que cuatro personas!
‑Porque, según me han dicho, la quinta ha muerto... La quinta
era el padre de Dantés.
‑¡Ay! Sí ‑dijo Caderousse, conmovido por las pasiones que combatían
en él‑. ¡Ay! Sí, ¡el pobre hombre ha muerto!
‑Me enteré de ello en Marsella ‑respondió el abate haciendo un
esfuerzo por parecer indiferente‑. Pero ha tanto tiempo que murió que no he
podido adquirir más detalles... ¿Sabríais vos algo del fin que tuvo ese
anciano?
‑¡Ah! ‑dijo Caderousse‑, ¿quién puede saberlo mejor que yo...?
Vivía al lado de él... ¡Ah, Dios mío! Sí, un año casi después de la
desaparición de su hijo murió el pobre anciano.
‑Pero ¿de qué murió?
‑Los médicos dijeron que de una gastroenteritis... Otros
aseguran que murió de dolor, y yo, que casi le he visto morir, digo que ha
muerto...
Caderousse se detuvo.
‑¿Muerto de qué? ‑preguntó el sacerdote con ansiedad.
‑De hambre...
‑¡De hambre! ‑exclamó el abate saltando sobre su banquillo‑, ¡de
hambre! ¡Los animales más viles no mueren de hambre, los perros que vagan por
las calles encuentran una mano compasiva que les arroja un pedazo de pan! ¡Y un
hombre, un cristiano, ha muerto de hambre en medio de otros hombres que como él
se creían cristianos! ¡Imposible! ¡Oh, eso es imposible!
‑Vuelvo a repetir lo que he dicho ‑dijo Caderousse.
‑Y haces muy mal ‑dijo una voz en la escalera‑. ¿Para qué lo
mezclas en cosas que nada lo importan?
Los dos hombres se volvieron y vieron a través de las barras de
la escalera, la cabeza de la Carconte, que había conseguido arrastrarse hasta
allí, y escuchaba la conversación sentada en el último escalón, con la cabeza
apoyada sobre sus rodillas.
‑¿Y tú por qué lo metes en esto, mujer? ‑dijo Caderousse‑. El
señor me pide informes, la cortesía exige que yo se los dé.
‑Sí, pero la prudencia exige que se los rehúses. ¿Quién lo ha
dicho con qué intención lo quieren hacer hablar, imbécil?
‑Muy excelente, señora, os respondo a ello ‑dijo el abate‑.
Vuestro marido nada tiene que temer con tal que hable francamente.
‑Nada que temer..., sí, siempre se empieza por muy buenas promesas,
después se añade que nada hay que temer, luego se deja por cumplir lo
prometido, y de la noche a la mañana le cae a uno encima una desgracia, sin
saber por dónde ni cómo vino.
‑Descuidad, buena mujer ‑respondió el abate‑, no os sucederá
ninguna desgracia por parte mía, os lo aseguro.
La Carconte murmuró algunas palabras que no se pudieron oír,
dejó caer la cabeza sobre sus rodillas, y continuó tiritando, dejando a su
marido libre de continuar su conversación. Pero colocada de manera que no
perdía una sola palabra. Durante este tiempo, el abate había bebido algunos
sorbos de agua, y se había repuesto algún tanto.
‑Pero ‑replicó‑, ¿ese infeliz anciano estaba tan abandonado de
todo el mundo, que haya muerto de semejante muerte?
‑¡Oh! , caballero ‑replicó Caderousse‑, no fue porque Mercedes,
la catalana, ni M. Morrel le hubiesen abandonado, pero el pobre anciano había
cobrado una gran antipatía hacia Fernando, ese mismo ‑continuó Caderousse con
una sonrisa irónica‑, que Dantés os ha dicho ser uno de sus amigos.
‑¿Es que no lo era? ‑dijo el abate.
‑¡Gaspar, Gaspar! ‑murmuró la mujer desde lo alto de la escalera‑.
¡Mira lo que dices!
Caderousse hizo un movimiento de impaciencia, y sin conceder
otra respuesta a la pregunta que le hacían más que:
‑¿Se puede ser amigo de aquel cuya mujer se desea? ‑respondió al
abate‑. Pero Dantés, que tenía un corazón de oro, llamaba a todos amigos
suyos... ¡Pobre Edmundo... ! En fin, mejor es que no haya sabido nada, porque
le hubiese costado algún trabajo perdonarlos al morir... Y digan lo que quieran
‑continuó Caderousse, en su lenguaje, que no carecía de cierta ruda poesía‑,
más miedo tengo aún a la maldición de los muertos que al odio de los vivos.
‑¡Imbécil! ‑murmuró la Carconte.
‑¿Sabéis lo que hizo Fernando contra Dantés?
‑¿Que si lo sé? ¡Ya lo creo que lo sé!
‑Hablad, pues.
‑Gaspar, haz lo que quieras, eres dueño ‑dijo su mujer‑, pero
deberías creerme y no decir una palabra.
‑Me parece que tienes razón, mujer ‑dijo Caderousse.
‑¿Conque no queréis decir nada? ‑replicó el abate.
‑¿Para qué? ‑dijo Caderousse‑. Si el chico estuviese vivo y
viniese a preguntarme, no digo que no, pero ya está debajo de tierra, según
decís, y de consiguiente no puede odiar, no puede vengarse, dejemos la
conversación.
‑¿Entonces queréis ‑dijo el abate‑ que yo dé a esas personas,
que vos consideráis enemigos, una recompensa destinada a la fidelidad?
‑Es cierto, tenéis razón ‑dijo Caderousse‑. Por otra parte, ¿de
qué les serviría lo que les deja Edmundo...? Lo mismo que una gota de agua que
cae en el mar.
‑Sin contar que esa gente puede aniquilarte con un solo ademán ‑dijo
la mujer.
‑Pues ¿cómo? ¿Han llegado a ser ricos y poderosos?
‑¿Entonces no sabéis su historia?
‑No; contádmela.
Caderousse pareció reflexionar un instante.
‑No, porque sería muy largo.
‑Haced lo que más os convenga, amigo mío ‑dijo el abate con el
acento de la más profunda indiferencia‑, yo respeto vuestros escrúpulos; por
otra parte, lo que hacéis es propio de un hombre verdaderamente bueno, no
hablemos más de ello. ¿De qué estaba yo encargado? De una simple formalidad.
Venderé este diamante ‑y lo sacó de su bolsillo, abrió la cajita y lo hizo
brillar por segunda vez a los deslumbrados ojos de Caderousse.
‑Ven a verlo, mujer ‑‑dijo éste con voz ronca.
‑¡Un diamante! ‑dijo la Carconte, levantándose y bajando con
paso bastante firme la escalera‑. ¿Qué diamante es ése?
‑¿No lo has oído, mujer? ‑dijo Caderousse‑. Es un diamante que
nos ha legado el pobre chico a su padre, a sus tres amigos Fernando, Danglars
y yo, y a Mercedes, su prometida. Este diamante vale cincuenta mil francos.
‑¡Oh, qué joya tan preciosa! ‑dijo ella.
‑¿Conque nos pertenece la quinta parte de esta suma? ‑dijo Caderousse.
‑Sí, caballero ‑respondió el abate‑. Además, la parte del padre,
que me creo autorizado a repartir entre vosotros cuatro.
‑¿Y por qué cuatro? ‑preguntó la Carconte.
‑Porque cuatro son los amigos de Edmundo.
‑No son amigos los que hacen traición ‑murmuró sordamente la
mujer.
‑Sí, sí ‑dijo Caderousse‑, y esto es lo que yo decía. Es casi
una profanación, casi un sacrilegio, recompensar la traición, el crimen tal
vez.
‑Vos lo habéis querido ‑replicó tranquilamente el abate, volviendo
a colocar el diamante en el bolsillo de su sotana‑. Ahora dadme las señas de
los amigos de Edmundo, a fin de que pueda ejecutar su última voluntad.
La frente de Caderousse estaba inundada de sudor; vio que el
abate se levantó, se dirigió hacia la puerta como para echar una ojeada a su
caballo, y volvió.
Marido y mujer se miraban con una expresión indescriptible.
‑¡Sería para nosotros el diamante entero! ‑dijo Caderousse.
‑¿Lo crees así? ‑respondió la mujer.
‑Un eclesiástico no querría engañarnos.
‑Haz lo que quieras ‑dijo la mujer‑. En cuanto a mí, no quiero
meterme en nada.
Y volvió a subir la escalera, tiritando y dando diente con
diente, a pesar del excesivo calor que hacía. En el último escalón se detuvo un
instante.
‑Reflexiónalo bien, Gaspar ‑dijo.
‑Ya estoy decidido ‑respondió Caderousse.
La Carconte entró en su cuarto arrojando un suspiro, oyóse el
ruido de sus pasos al pasar por el pavimento hasta que hubo llegado al sillón,
donde cayó sentada.
‑¿A qué estáis decidido? ‑preguntó el abate.
‑A decíroslo todo ‑respondió.
‑Me parece que eso es lo mejor que pudierais hacer ‑dijo el
sacerdote‑. No porque yo quiera saber lo que vos queréis ocultarme, pero, en
fin, si podéis ayudarme a distribuir las mandas según la voluntad del testador
será mejor.
‑Así lo espero ‑respondió Caderousse con las mejillas inflamadas
por la esperanza y la ambición.
‑Os escucho ‑dijo el abate.
‑Aguardad un momento; podrían interrumpirnos en lo más interesante
de mi relación, lo cual sería algo desagradable; por otra parte, es inútil que
nadie sepa que habéis venido aquí.
Se dirigió a la puerta de su posada, la cual cerró y a la que,
para mayor precaución, echó la barra, que sólo debía poner por la noche.
Durante este tiempo, el abate eligió un lugar para escuchar con toda la
comodidad. Se había sentado en un rincón, de manera que quedaba sumergido en
la penumbra, mientras que la luz daba de lleno en el rostro de su interlocutor,
disponiéndose con la cabeza inclinada, las manos cruzadas o más bien crispadas,
a escuchar con todos sus cinco sentidos.
Caderousse acercó un banquillo y colocóse delante de él.
‑Acuérdate de que yo no lo he inducido a que hables ‑dijo la
temblorosa voz de la Carconte, como si a través del pavimento de su cuarto
hubiese podido ver la escena que se preparaba.
‑Está
bien, está bien ‑dijo Caderousse‑. No hablemos más de ello, déjalo todo a mi
cargo.
Capítulo cuarto
Declaraciones
‑Ante todo ‑dijo Caderousse‑, debo rogaros, caballero, que me
prometáis una cosa.
‑¿Cuál? ‑preguntó el abate.
‑Que si llegáis a hacer use de los detalles que voy a daros,
nadie debe saber jamás que los habéis adquirido de mí, porque aquellos de
quienes voy a hablaros son ricos y poderosos, y conque me tocaran solamente con
la punta de un dedo, me harían pedazos como si fuera de cristal.
‑Tranquilizaos, amigo mío ‑dijo el abate‑ soy sacerdote y las
confesiones mueren en mi seno. Acordaos de que no tenemos otro fin más que
cumplir dignamente la última voluntad de nuestro amigo. Hablad, pues, sin
temor y sin odio; decid la pura verdad. Yo no conozco, y probablemente no
conoceré jamás, a las personas de que vais a hablarme; por otra parte, soy
italiano, y no francés, pertenezco a Dios, y no a los hombres, y pronto volveré
a entrar en mi convento, del que no he salido más que para cumplir con la
última voluntad de un moribundo. Esta promesa positiva pareció tranquilizar
algún tanto a Caderousse.
‑¡Pues bien! En ese caso ‑dijo Caderousse‑, quiero, o más bien
debo desengañaros acerca de esas amistades que el pobre Edmundo creía sinceras
y desinteresadas.
‑Empecemos hablando de su padre, si os parece ‑dijo el abate‑.
Edmundo me ha hablado mucho de ese anciano, a quien profesaba un amor
profundo.
‑La historia es triste, señor ‑dijo Caderousse inclinando la cabeza‑.
¿Probablemente sabréis el principio?
‑Sí ‑respondió el abate- Edmundo me lo contó todo, hasta el
momento en que fue preso en una taberna cerca de Marsella.
‑En la Reserva. ¡Oh, Dios mío! Sí, me acuerdo como si lo estuviera
viendo.
‑¿No fue en la comida de sus bodas?
‑Sí, y la comida que tan bien empezó, tuvo un fin bastante
triste. Un comisario de policía, seguido de cuatro soldados armados, entró, y
Dantés fue preso.
‑Hasta ese suceso es lo que yo sé ‑dijo el sacerdote‑. Dantés
mismo no sabía más que lo que le era absolutamente personal, porque no volvió
a ver ninguna de las personas que os he nombrado, ni oído hablar de ellas.
‑¡Pues bien! Cuando hubieron detenido a Dantés, el señor Morrel
corrió a tomar informes, que fueron bien tristes. El anciano volvió solo a su
casa, dobló su vestido de bodas llorando, pasó todo el día dando paseos por su
cuarto, y no se acostó; porque yo vivía debajo de él, y escuché sus pasos toda
la noche. Yo mismo he de confesar que tampoco dormí, el dolor de aquel pobre
padre me causaba mucho mal, y cada uno de sus pasos me estrujaba el corazón
como si hubiese puesto el pie sobre mi pecho. Al día siguiente, Mercedes fue a
Marsella para implorar la protección de M. Villefort, pero nada obtuvo; en
seguida fue a hacer una visita al anciano. Cuando le vio tan sombrío y tan
abatido, cuando supo que había pasado la noche sin acostarse, y que no había
comido desde el día anterior, quiso llevárselo a su casa para prodigarle los
cuidados de una hija a un padre, pero el anciano no quiso consentir en ello:
«No ‑decía‑, no saldré de esta casa, porque a mí es a quien más ama mi
desgraciado hijo, y si sale de la prisión a quien primero correrá a ver será a
mí. Y entonces, ¿qué diría si no me viese aquí esperándole? »
Yo escuchaba todo esto desde mi cuarto, y hubiera querido que
Mercedes determinase al anciano a seguirla, porque aquellos pasos día y noche
sobre mi cabeza no me dejaban descansar.
‑Pero ¿no subíais vos a consolar al anciano?
‑¡Ah!, caballero ‑respondió Caderousse‑, no se puede consolar
al que no quiere ser consolado, y él era de esta especie; además, no sé por
qué, pero me parecía que tenía repugnancia en verme. Pero una noche que oía sus
sollozos, no pude resistir por más tiempo, y subí; pero cuando llegué a la
puerta, ya no sollozaba, oraba.
La elocuencia y ternura de sus palabras, yo no sabré
describirla, caballero; aquello era más que piedad, era más que dolor; así,
pues, yo, que no soy muy santurrón y que no gusto mucho de los jesuitas, dije
para mí ese día: «Ahora me alegro de ser solo y de que Dios no me haya enviado
ningún hijo, porque si fuera padre y sintiese un dolor semejante al de ese
anciano, no pudiendo hallar en mi memoria ni en mi corazón todo cuanto él dice
al Señor, me precipitaría al mar por no sufrir tanto tiempo.»,
‑¡Pobre padre! ‑murmuró el sacerdote.
‑Cada vez vivía más solo y aislado. El señor Morrel y Mercedes
venían a verle a menudo, pero su puerta seguía cerrada y aunque yo tenía
completa seguridad de que estaba en su habitación, él no respondía. Un día
que, contra su costumbre recibió a Mercedes, y la pobre joven igualmente
desesperada, procuraba socorrerle: «Créeme, hija mía ‑le dijo‑, ha muerto... y,
en lugar de esperarle nosotros, él es quien nos espera... de este modo yo soy
muy feliz; porque soy el más viejo y, de consiguiente, le veré primero que
nadie... »
Por bueno que uno sea, pronto cesa de visitar a las personas que
le entristecen; el viejo Dantés acabó por quedarse completamente solo. Yo no
veía subir a su casa más que a personas desconocidas, que bajaban con algún
paquete mal encubierto; comprendí después lo que eran aquellos paquetes. Iba
vendiendo poco a poco, para vivir, lo que tenía. Finalmente se agotaron los
recursos del pobre anciano..., debía tres plazos, le amenazaron con echarle de
la casa; entonces pidió ocho días de término y le fueron concedidos. Supe estos
pormenores, porque el casero entró en mi casa después de haber salido de la
suya. Durante los tres primeros días oía sus pasos como de costumbre, pero al
cuarto ya no oía nada. Me atreví a subir, la puerta estaba cerrada y a través
del agujero de la llave, le vi tan pálido y tan demudado que, juzgándole muy
enfermo, hice avisar al señor Morrel y corrí a casa de Mercedes. Los dos se
apresuraron a ir a socorrerle. El señor Morrel llevaba consigo un médico, el
cual reconoció que aquella enfermedad era una gastroenteritis, y le mandó que
guardase dieta. Yo estaba allí, caballero, y nunca olvidaré la sonrisa del
anciano al oír aquella orden. Desde entonces abrió su puerta, ya tenía una
excusa para no comer, puesto que el médico le había mandado guardar rigurosa
dieta.
El abate lanzó un gemido.
‑Esta historia os interesa, ¿no es verdad, caballero? ‑dijo Caderousse.
‑Sí ‑respondió el abate‑, me enternece mucho.
‑Mercedes volvió y le halló tan demudado, que como la primera
vez quiso llevarle a su casa. Tal era la opinión del señor Morrel, pero el
anciano gritó y se desesperó tanto, que tuvieron que dejarle. Mercedes se
quedó a la cabecera de su cama. El señor Morrel se alejó, haciendo señal a la
catalana de que dejaba una bolsa sobre la chimenea. Pero, escudado en el
mandato del médico, el anciano no quiso tomar nada. En fin, después de nueve
días de desesperación y de abstinencia, expiró maldiciendo a los que habían
causado su desgracia, y diciendo a Mercedes:
‑Si volvéis a ver a Edmundo, decidle que muero bendiciéndole.
El abate se levantó, dio unos cuantos pasos por el cuarto,
llevándose ambas manos a la cabeza.
‑¿Y vos creéis que ha muerto...?
‑De hambre, caballero, de hambre ‑dijo Caderousse‑, os lo aseguro,
tan cierto como que los dos somos cristianos.
El abate cogió el vaso de agua medio lleno con una mano convulsiva,
lo bebió de un solo sorbo, y se volvió a sentar con los ojos inflamados y las
mejillas pálidas.
‑Confesad que es una desgracia ‑dijo con voz ronca.
‑Tanto mayor cuanto que Dios no se ha mezclado en nada; los
hombres únicamente tienen la culpa de todo.
‑Pasemos, pues, a hablar de esos hombres ‑dijo el abate‑ pero
pensad que os habéis comprometido a decírmelo todo; veamos, ¿qué hombres son
esos que han hecho morir al hijo de desesperación y al padre de hambre?
‑Dos hombres celosos de él, caballero. El uno por amor, el otro
por ambición: Fernando y Danglars.
‑Y, decidme, ¿cómo se manifestaron esos celos?
‑Denunciaron a Edmundo como agente bonapartista.
‑Pero ¿quién de los dos le denunció? ¿Quién de los dos fue el
verdadero culpable?
‑Ambos, caballero; el uno escribió la carta, el otro la echó al
correo.
‑¿Y dónde se escribió la carta?
‑En la misma Reserva, la víspera del casamiento.
‑Eso es, eso es ‑murmuró el abate‑. ¡Oh! ¡Faria! ¡Faria! ¡Qué
bien conocíais los hombres y las cosas!
‑¿Qué decís, caballero? ‑preguntó Caderousse.
‑Nada ‑replicó el sacerdote‑. Proseguid.
‑Danglars fue quien escribió la denuncia con la mano izquierda,
para que su letra no fuese conocida, y Fernando quien la envió.
‑Pero‑exclamó de repente el abate‑, vos estabais allí...
‑¿Yo? ‑dijo Caderousse asombrado‑. ¿Quién os ha dicho que yo
estaba?
El abate comprendió que se había adelantado demasiado.
‑Nadie ‑dijo‑, pero para estar tan al corriente de todos esos
detalles, es preciso que hayáis sido testigo de ellos.
‑Es verdad ‑dijo Caderousse con voz ahogada‑, allí estaba.
‑¿Y no os opusisteis a esa infamia? ‑dijo el abate‑. Entonces
sois su cómplice.
‑Caballero ‑dijo Caderousse‑, me habían hecho beber los dos
hasta el punto que perdí la razón. Todo lo veía como a través de una nube. Dije
cuanto puede decir un hombre en ese estado, pero me dijeron que sólo era una
chanza lo que habían intentado hacer y que esta chanza no tendría
consecuencias.
‑Al día siguiente... al día siguiente... ya visteis que tuvo
consecuencias; sin embargo, no dijisteis nada, y estabais allí cuando le
prendieron.
‑Sí; estaba allí, y quise hablar, quise decirlo todo, pero
Danglars me contuvo: «Y si es culpable, por casualidad, si verdaderamente ha
arribado a la isla de Elba, si está encargado de una carta para la Junta
bonapartista de París, si le encuentran esa carta, los que le hayan sostenido
pasarán por cómplices suyos.» Tuve miedo de la policía tan rigurosa que había
en aquel tiempo. Me callé, lo confieso; fue una cobardía, convengo en ello,
pero no fue un crimen.
‑Comprendo, dejasteis obrar.
‑Sí, caballero ‑respondió Caderousse‑ y eso me causa día y noche
espantosos remordimientos. Muchas veces pido perdón a Dios, os lo juro, tanto
más, cuanto que esta acción, la única que tengo que echarme en cara en mi vida,
es sin duda alguna la causa de mis adversidades. Estoy expiando un instante de
egoísmo; así, pues, eso es lo que yo digo siempre a la Carconte cuando me viene
con quejas: “Cállate, mujer, Dios lo quiere así.”
Y Caderousse bajó la cabeza, dando todas las muestras de un
verdadero arrepentimiento.
‑Bien, bien ‑dijo el abate‑. Habéis hablado con franqueza, acusarse
de ese modo es merecer el perdón.
‑Por desgracia ‑dijo Caderousse‑, Edmundo ha muerto y no me ha
perdonado.
‑Sin duda lo ignoraba ‑dijo el abate.
‑Pero ahora lo sabrá tal vez ‑replicó Caderousse‑, dicen que los
muertos todo lo saben.
Hubo una pausa. El abate se había levantado y se paseaba pensativo.
Después se dirigió al sitio que ocupaba antes y se volvió a sentar con
abatimiento.
‑Me habéis nombrado ya por dos o tres veces a un tal Morrel ‑le
dijo‑ ¿Quién es ese hombre?
‑Era armador del Faraón, y principal de Dantés.
‑¿Y qué especie de papel ha hecho ese hombre en todo este triste
suceso? ‑preguntó el abate.
‑¡Ah!, el papel de un hombre de bien, de un hombre honrado, caballero.
Veinte veces intercedió por Edmundo, y cuando el emperador volvió a ocupar el
trono, escribió, suplicó, amenazó, en fin, hizo tanto para salvar a aquel
desgraciado, que en la segunda restauración fue perseguido como bonapartista.
Veinte veces, como ya os he dicho, fue a casa del padre de Dantés para llevarle
a la suya, y la víspera o antevíspera de su muerte, como ya os he dicho,
también, dejó sobre la chimenea un bolsillo, con el cual pudieran pagarse las
deudas de aquel buen hombre y atender a los gastos de su entierro, de suerte
que aquel desgraciado anciano llegó a morir como había vivido, sin causar
ningún perjuicio a nadie; yo mismo conservo aún aquel bolsillo, un bolsillo de
seda encarnada.
‑¿Y vive aún ese señor Morrel... ? ‑preguntó el abate.
‑Sí, señor‑dijo Caderousse.
‑En ese caso ‑continuó el abate‑ a ese hombre le habrá bendecido
el cielo... y será rico... feliz...
Caderousse se sonrió con amargura.
‑Sí, feliz, tan feliz como yo‑dijo.
‑¡Pues qué! ¡El señor Morrel es tan desgraciado! ‑exclamó el
abate.
‑Se halla ya a las puertas de la miseria, caballero, y lo que es
peor aún, a las del deshonor.
‑¿Pues cómo es eso?
‑¿Qué queréis...? -continuó Caderousse‑ de esas cosas que suceden;
después de veinticinco años de un continuo trabajo, después de haber adquirido
un honroso lugar entre los comerciantes de Marsella, el desgraciado señor
Morrel se ha arruinado completamente. Ha perdido cinco buques en dos años, ha
sufrido tres quiebras espantosas, y todas sus esperanzas están cifradas ahora
en ese mismo Faraón que mandaba el pobre Dantés, que, según dicen, debe volver
de las Indias con un cargamento de cochinilla y de añil. Si El Faraón naufraga
también como los otros, el señor Morrel estará perdido.
‑¿Y tiene mujer..., tiene hijos ese desgraciado?
‑Sí, señor; tiene una mujer que ha sobrellevado las desgracias
de su esposo como una santa, tiene una hija que estaba para casarse con un
hombre a quien amaba, y cuya familia no quiso consentir en que se casase con la
hija de un comerciante en quiebra; y tiene, además, un hijo teniente de no sé
qué cuerpo, pero comprenderéis muy bien, todo esto aumenta el dolor en vez de
dulcificarlo, a ese infeliz y honrado señor Morrel. Si fuese solo, es decir, si
no tuviese familia, se levantaría la tapa de los sesos y asunto concluido.
‑Pero eso es espantoso ‑interrumpió el abate.
‑He aquí cómo recompensa Dios la virtud, caballero ‑dijo Caderousse‑.
Mirad, yo, que nunca he hecho ninguna mala acción, excepto la que ya os he
contado, me encuentro en la miseria más deplorable. Después de ver morir a mi
pobre mujer de una fiebre, sin poder hacer nada por ella, moriré de hambre,
como el padre de Dantés, mientras que Fernando y Danglars nadan en oro.
‑¿Cómo es eso?
‑Porque todo les sale bien, al paso que a mí, que soy un hombre
honrado, todo me sale mal.
‑¿Qué ha sido de Danglars, el más culpable; no es así?
‑¿Qué ha sido de él? Abandonó Marsella, entró por recomendación
de M. Morrel, que ignoraba su crimen, de primer dependiente en casa de un
banquero español. Durante la guerra de España se encargó de una parte de las
provisiones del ejército francés, a hizo fortuna con ese primer dinero, jugó
sobre los fondos públicos, y triplicó, cuadruplicó sus capitales, y viudo
después de la hija de su principal, se casó con otra viuda llamada madame
Nargonne, hija de M. Servieux, canciller del rey actual, y que goza de la mayor
influencia. Había llegado a ser millonario, le hicieron barón, de modo que
ahora es barón Danglars, y posee un magnífico palacio en la calle de Mont‑Blanc,
diez soberbios caballos, seis lacayos en la antesala, y no sé cuántos millones
en sus cajas.
‑¡Ah! ‑exclamó el abate con un acento singular‑, ¿y es feliz?
‑¡Ah!, feliz, ¿quién puede decir eso? La desgracia o la
felicidad es secreto de las paredes, las paredes oyen, pero no hablan, de
manera que si para ser feliz sólo se necesita tener una gran fortuna, Danglars
goza de la más completa felicidad.
‑¿Y Fernando?
‑Fernando es también un gran personaje, aunque por otro estilo.
‑Pero ¿cómo ha podido hacer fortuna un pobre pescador catalán,
sin educación y sin recursos? Estoy asombrado, lo confieso.
‑A todo el mundo le sucede lo mismo. Preciso es que en su vida
haya algún extraño misterio de todos ignorado.
‑Pero, en fin, decidme por qué escalones visibles ha subido a
esa fortuna o a esa alta posición social.
‑¡A ambas!, tiene fortuna y posición.
‑Se diría que me estáis contando un cuento.
‑Y lo parece, en verdad. Pero escuchadme y lo comprenderéis.
‑Pocos días antes de la vuelta del emperador, Fernando había
entrado en quintas. Los Borbones le dejaron tranquilo en los Catalanes, pero
Napoleón decretó a su vuelta una leva extraordinaria, y se vio obligado a
marchar. También yo marché, pero como tenía más edad que Fernando, y acababa de
casarme, me destinaron a las costas.
»Agregado Fernando al ejército expedicionario, pasó la frontera
con su regimiento y asistió a la batalla de Ligny.
»La noche que siguió a la batalla, hallábase Fernando de
centinela a la puerta de un general que mantenía con el enemigo relaciones
secretas, y debía de juntarse con los ingleses aquella misma noche. Propuso a
Fernando que le acompañase, y Fernando aceptó abandonando su puesto.
»Lo que hubiera hecho que se le formara consejo de guerra si
Bonaparte hubiera permanecido en el trono, fue para los Borbones recomendación,
de manera que entró en Francia con la charretera de subteniente, y como no
perdió la protección del general, que gozaba de mucha influencia, era ya
capitán cuando la guerra de España en 1823, es decir, cuando Danglars hacía sus
primeras especulaciones.
»Fernando era español; fue enviado a Madrid a explorar la
opinión pública; allí encontró a Danglars, renovaron las amistades, ofreció a
su general el apoyo de los realistas de la corte y de las provincias, le
comprometió, comprometiéndose a su vez, guió a su regimiento por sendas de él
sólo conocidas en las montañas atestadas de realistas, e hizo, en fin, tales
servicios en esta corta campaña, que después de la acción del Trocadero fue
ascendido a coronel, con la cruz de oficial de la Legión de Honor y el título
de conde.
‑¡Lo que es el destino! ‑murmuró el abate.
‑¡Sí!, pero escuchad, que no es esto todo. Concluida la guerra
de España, la carrera de Fernando se hallaba interrumpida por la larga paz que
prometía reinar en Europa. Solamente Grecia, sacudiendo el yugo de Turquía,
principiaba entonces la guerra de la independencia. Los ojos del mundo entero
se fijaban en Atenas. Estuvo de moda compadecer a los griegos y ayudarlos, y el
mismo gobierno francés, sin protegerlos abiertamente, como ya sabréis, toleraba
las emigraciones parciales. Fernando pidió y obtuvo el permiso de it a servir a
Grecia, sin dejar por eso de pertenecer al ejército francés.
»Algún tiempo después se supo que el conde de Morcef, que éste
era el título de Fernando, había entrado como general instructor al servicio de
Alí‑Bajá.
»Como ya sabréis, Alí‑Bajá fue asesinado, pero antes de morir recompensó
los servicios de Fernando con una suma considerable, con la cual volvió a
Francia, donde se le revalidó su empleo de teniente general.
‑¿De manera que hoy...? ‑preguntó el abate.
‑Hoy ‑respondió Caderousse‑ posee una casa magnífica en París,
calle de Helder, número 27.
El abate permaneció un instante pensativo y como vacilando, y
dijo, haciendo un esfuerzo:
‑¿Y Mercedes? Me han asegurado que desapareció.
‑Desapareció, sí ‑repuso Caderousse‑, como desaparece el sol
para volver a salir más esplendoroso al otro día.
‑¿También ella ha hecho fortuna? ‑preguntó el abate con una
sonrisa irónica.
‑Mercedes es en la actualidad una de las más aristocráticas
damas de París.
‑Seguid, que me parece un sueño todo lo que oigo ‑‑dijo el abate‑.
Pero he visto yo también cosas tan extraordinarias, que ya no me asombran tanto
las que me referís.
‑Mercedes se desesperó por la pérdida de Edmundo. Ya os he contado
sus instancias a Villefort, y su afecto al padre de Dantés. En esto vino a
herirla un nuevo dolor, la ausencia de Fernando, de Fernando, cuyo crimen
ignoraba, y a quien miraba como a su hermano.
»Con esta ausencia quedó Mercedes completamente sola.
‑Sí ‑respondió Caderousse‑, del niño Alberto.
‑Pero, ¿tenía ella educación para dársela a su hijo? ‑prosiguió
el abate‑. Creo que le oí decir a Edmundo que era hija de un simple pescador,
hermosa, pero ignorante.
‑¡Oh! ¡Tan mal conocía a su propia novia! ‑dijo Caderousse‑. Si
la corona hubiera de adornar sólo las cabezas más lindas a inteligentes,
Mercedes habría podido ser reina. A medida que su fortuna crecía, iba creciendo
ella moralmente. El dibujo, la música, todo lo aprendía. Creo además (aquí para
entre nosotros) que esto lo hacía por distraerse, para olvidar, y que solamente
llenaba su cabeza con tantas cosas por combatir el vacío de su corazón. Sin
embargo, ahora ‑continuó Caderousse‑, será sin duda otra mujer. La fortuna y
los honores la habrán consolado. Ahora es rica, es condesa, y sin embargo...
El posadero se contuvo.
‑Sin embargo, ¿qué? ‑le preguntó el abate.
‑Estoy seguro de que no es feliz ‑dijo Caderousse.
‑¿Y por qué lo creéis así?
‑Escuchad: cuando más hostigado me vi por la miseria, ocurrióseme
que no dejarían de ayudarme un tanto mis antiguos amigos, y me presenté a
Danglars, que no quiso recibirme, y a Fernando que me entregó cien francos por
mediación de su ayuda de cámara.
‑¿Luego no visteis ni a uno ni a otro?
‑No, pero la señora de Morrel sí que me vio.
‑¿Cómo?
‑Al salir de su casa cayó a mis pies una bolsa que contenía
veinticinco luises. Levanté en seguida la cabeza, y pude ver a Mercedes, que
cerraba la ventana.
‑¿Y el señor de Villefort? ‑inquirió el abate.
‑Ni había sido mi amigo, ni yo le conocía tan siquiera, por lo
cual nada tenía que pedirle.
‑Pero ¿no sabéis qué ha sido de él, ni sabéis la parte que tomó
en la desgracia de Edmundo?
‑No. Sólo sé que algún tiempo después de la prisión del pobre
chico se casó con la señorita de Saint‑Meran, y luego se marcharon de Marsella.
Sin duda, la fortuna les habrá sonreído como a los otros; sin duda Villefort es
rico como Danglars y considerado como Fernando. Yo sólo permanezco pobre y
olvidado de Dios, como veis.
‑Os equivocáis, amigo ‑dijo el abate‑. Dios tal vez mientras
prepara los rayos de su justicia, aparente olvidar, pero llega un día en que
recuerda y así os lo prueba.
Esto diciendo el abate sacó de su bolsillo la sortija.
‑Tomad, amigo mío ‑dijo a Caderousse. Tomad este diamante, que
es vuestro.
‑¡Cómo! ¡Mío! ¡Mío solo! ‑exclamó Caderousse‑. ¡Ah, señor!, ¿no
os burláis?
‑El precio de este diamante había de repartirse entre sus
amigos; de manera que teniendo Edmundo uno solo, es imposible la repartición.
Tomad este diamante y vendedlo. Os repito que vale cincuenta mil francos. Con
semejante cantidad saldréis de la miseria.
‑¡Oh, señor! ‑dijo Caderousse alargando la mano tímidamente y
enjugándose con la otra el sudor que le bañaba el rostro‑. ¡Oh, señor, no
toméis a chanza la felicidad o la desesperación de un hombre!
‑Bien sé lo que es felicidad y lo que es desesperación, para que
en esto nunca me chancee. Tomad, pues, el diamante, pero en cambio...
Caderousse retiró su mano, que tocaba ya la sortija.
El abate se sonrió.
‑En cambio ‑repuso‑, podéis darme ese bolsillo de seda encarnada
que dejó el señor Morrel sobre la chimenea del anciano Dantés, y que vos
poseéis, según me habéis dicho.
Cada vez más sorprendido Caderousse, se dirigió a un armario de
encina, lo abrió y entregó al abate un bolsillo largo de torzal encarnado, que
adornaban dos anillos de cobre, dorados en otro tiempo.
Cogiólo el abate, y en su lugar entregó al posadero el diamante.
‑¡Oh, señor! Sois un hombre bajado del cielo ‑exclamó Caderousse‑.
Nadie sabía que Edmundo os dio este diamante, y hubierais podido quedaros con
él.
‑¡Vaya! ‑dijo para sí el abate‑. Según eso tú lo hubieras hecho.
Y cogió su sombrero y sus guantes y se levantó.
‑¡Ah! ‑dijo de repente‑, ¿eso que me habéis contado es la pura
verdad? ¿Puedo creerlo al pie de la letra?
‑Esperad, señor abate ‑respondió Caderousse‑, en este rincón hay
un Santo Cristo de madera, bendito, y sobre aquel baúl el devocionario de mi
mujer. Abridlo y colocando una mano sobre él y la otra extendida hacia el
crucifijo, os juraré por la salvación de mi alma y por mi fe de cristiano, que
os he contado todo tal como pasó, y como el ángel de los hombres lo repetirá al
oído de Dios el día del juicio final.
‑Bien ‑repuso el abate, convencido por su acento de que decía
Caderousse verdad‑. Está bien. Adiós. Me voy lejos de los hombres, que tanto
mal se hacen unos a otros.
Y librándose a duras penas de los transportes de entusiasmo de
Caderousse, quitó el abate por sí mismo la tranca a la puerta, volvió a montar
a caballo, saludó por última vez al posadero, que le despedía con ruidosas
señales de agradecimiento, y partió en la misma dirección que había seguido a
la ida.
Cuando Caderousse se volvió vio detrás de él a la Carconte, más
pálida y más temblorosa que nunca.
‑¿Es cierto lo que he oído? ‑le dijo.
‑¿Qué? ¿Que nos daba el diamante para nosotros solos? ‑respondió
Caderousse loco de júbilo.
‑Sí.
‑Ciertísimo, y si no, míralo.
La mujer lo contempló un instante y luego dijo, con voz sorda:
‑¡Si fuera falso...!
Caderousse palideció y estuvo a punto de caerse.
‑¡Falso... ! ‑murmuró‑. ¡Falso! ¿Y por qué ese hombre me había
de dar un diamante falso?
‑Por hacerte hablar sin pagarte, imbécil.
Al peso de esta suposición, Caderousse se quedó como aturdido.
‑¡Oh! ‑dijo después de un instante, cogiendo su sombrero, que se
puso sobre el pañuelo encarnado que tenía a la cabeza‑, pronto lo sabremos.
‑¿Cómo?
‑Hoy es la feria de Beaucaire, habrá plateros de París, voy a
mostrárselo. Guarda tú la casa, mujer, que dentro de dos horas estoy de
vuelta.
Y salió Caderousse precipitadamente de la posada, tomando el camino
opuesto al que seguía el desconocido.
‑¡Cincuenta
mil francos! ‑murmuró la Carconte al verse sola‑, es dinero..., pero no es
ningún tesoro.
Capítulo quinto
Los registros de cárceles
Al día siguiente de aquel en que se desarrolló en la posada del
camino de Bellegarde a Beaucaire la escena que acabamos de narrar, un hombre
de treinta y dos años con frac azul, pantalón de Nankin, chaleco blanco y aire
y acento muy inglés, se presentó en casa del alcalde de Marsella.
‑Caballero ‑le dijo‑, yo soy el comisionista principal de la
casa Thomson y French, de Roma. Diez años ha que estamos en relaciones con la
de Morrel a hijos, de Marsella, y hasta le tenemos confiados unos cien mil
francos sobre poco más o menos. Lo que se dice de que amenaza ruina tal casa,
nos pone actualmente en suma inquietud, por lo cual vengo de Roma a pediros
noticias sobre este asunto.
‑Caballero ‑respondió el alcalde‑, sé efectivamente que de cuatro
o cinco años acá parece que persigue la desgracia al señor Morrel. Ha perdido
cuatro o cinco barcos, y ha sufrido tres o cuatro quiebras, pero no me
corresponde a mí, aunque soy su acreedor por unos diez mil francos, referiros
la situación de su casa. He aquí todo lo que puedo deciros, caballero. Si
queréis saber más, id al señor de Boville, inspector de cárceles, que vive en
la calle de Noailles, número 15. Según creo, tiene colocados doscientos mil
francos en la casa de Morrel, y si realmente hay ocasión de que temamos, como
su cantidad es mayor que la mía, serán también más exactas sus noticias
probablemente.
Al parecer apreció mucho el inglés esta delicadeza del alcalde y
saludándole se encaminó a la calle indicada, con ese paso peculiar de los
hijos de la Gran Bretaña.
E1 señor de Boville se encontraba en su despacho. Al verle, hizo
el inglés un movimiento de sorpresa, como si no fuera la primera vez que viese
a la persona que venía a visitarle. En cuanto al señor de Boville, estaba tan
desesperado, que evidentemente el pensamiento que ahora le absorbía todas sus
facultades no dejaba a su memoria ni a su imaginación ocasión para retroceder a
tiempos pasados.
Con la flema de los de su raza, abordó el inglés la cuestión
casi en los mismos términos en que acababa de hablar al alcalde.
‑¡Oh, caballero! ‑exclamó el señor de Boville‑, no pueden ser
más fundados vuestros temores, por desdicha. Aquí me tenéis sumido en la
desesperación. Yo tenía colocados doscientos mil francos en la casa de Morrel;
doscientos mil francos que eran la dote de mi hija, y pensaba casarla dentro de
quince días, puesto que de esa cantidad, cien mil francos eran reembolsados el
15 de este mes, y los otros cien el 15 del próximo. Ya tenía avisado al señor
Morrel que deseaba que fuera exacto en el reembolso, y he aquí que viene él
mismo a decirme hace una media hora, que si su barco, El Faraón, no ha
vuelto para el 15, no le será posible pagarme.
‑Pero eso parece tan sólo un aplazamiento ‑observó el inglés.
‑¡Decid mejor que parece una quiebra! ‑exclamó desesperado el
señor de Boville.
El inglés reflexionó un instante y luego dijo:
‑¿Tantos temores os inspira ese crédito?
‑Lo considero perdido.
‑Pues yo os lo compro.
‑¡Vos!
‑Sí, yo.
‑Pero ¿con un descuento enorme, sin duda?
‑No, a la par; por doscientos mil francos. Nuestra casa ‑añadió
el inglés sonriendo‑, no hace negocios de esa clase.
‑¿Y pagáis...?
‑Al contado.
Y sacó el inglés de su bolsillo un fajo de billetes de banco,
que podrían importar el doble de la suma que temía perder el señor de Boville.
Un destello de alegría iluminó el semblante de éste, pero haciendo un esfuerzo
añadió:
‑Es mi deber advertiros, caballero que es muy probable que no
recobréis ni el seis por ciento de esa suma.
‑Eso no es cuenta mía, sino de la casa de Thomson y French, en
cuyo nombre estoy actuando ‑respondió el inglés‑. Acaso tenga ella empeño en
apresurar la ruina de otra casa rival; lo que sé, caballero, es que estoy
pronto a pagaros el endoso que vais a hacerme, y que sólo os exigiré un mínimo
corretaje.
‑¡Cómo, caballero!, nada más justo ‑exclamó el señor de Bovine‑.
El derecho de comisión suele ser un uno y medio por ciento, ¿queréis el dos?
¿Queréis el tres? ¿Queréis el cinco? ¿Queréis más? Decidme si queréis más.
‑Caballero ‑repuso sonriendo el inglés‑, yo, como mis principales,
no hago negocios de esa clase; mi corretaje es de otra epsecie.
‑Hablad, pues.
‑¿Sois inspector de cárceles?
‑Hace más de catorce años.
‑¿Tenéis libros de entradas y salidas?
‑Sin duda alguna.
‑¿En esos libros deben constar las notas relativas a los presos?
‑Cada preso tiene las suyas.
‑Pues oíd, caballero: me eduqué en Roma por un abate, un pobre
diablo, que desapareció de la noche a la mañana. Después supe que estuvo preso
en el castillo de If, y quisiera enterarme de los detalles de su muerte.
‑¿Cómo se llamaba?
‑El abate Faria.
‑¡Ah! le recuerdo muy bien ‑exclamó el señor de Boville‑, Estaba
loco.
‑Eso decían.
‑¡Oh!, sí que lo estaba.
‑Es posible. ¿Y cuál era su manía?
‑Se imaginaba tener noticia de un tesoro inmenso, y ofrecía al
gobierno sumas incalculables si accedían a ponerle en libertad.
‑¡Pobre diablo! ¿De modo que ha muerto?
‑Hace cinco o seis meses; en febrero último.
‑Buena memoria tenéis, caballero, pues así recordáis las fechas.
‑Recuerdo ésta, porque la muerte del abate fue seguida de un
extraño suceso.
‑¿Se puede saber qué suceso fue ése? ‑preguntó el inglés con tal
expresión de curiosidad que hubiera sorprendido a un observador el hallarla en
su rostro flemático.
‑¡Oh!, sí, caballero. Figuraos que el calabozo del abate distaba
cuarenta y cinco o cincuenta pasos del de un antiguo agente bonapartista, uno
de aquellos que más habían contribuido a la vuelta del usurpador en 1815,
hombre muy audaz y muy peligroso. ..
‑¿De veras? ‑inquirió el inglés.
‑Sí ‑respondió el señor de Boville‑. Yo mismo tuve ocasión de
verle en 1816 ó 1817; por cierto que sólo con un piquete de soldados me atreví
a bajar a su calabozo. ¡Qué impresión tan profunda me causó aquel hombre! Jamás
olvidaré su rostro.
El inglés se sonrió imperceptiblemente. Luego preguntó:
‑¿Decíais, caballero, que los dos calabozos...?
‑Sólo distaban cincuenta pies uno del otro; pero, según parece,
el tal Edmundo Dantés...
‑¿De modo que aquel hombre peligroso se llamaba...?
‑Edmundo Dantés. Pues parece que el tal Edmundo Dantés se había
procurado herramientas, o las había construido él mismo, pues se descubrió una
galería subterránea, por donde los dos presos se comunicaban.
‑Ese subterráneo tendría un objeto, sin duda, ¿el de escaparse?
‑Justamente; pero, por desdicha de los presos, el abate Faria
fue acometido de una catalepsia y murió.
‑Comprendo. Eso debió frustrar los proyectos de fuga.
‑Para el muerto, sí, mas no para el vivo ‑repuso el señor de Boville‑.
En esta desgracia halló, por el contrario, Dantés un medio de apresurar su
fuga. Se imaginó, sin duda, que los presos que mueren en el castillo de If se
entierran en un cementerio como los comunes, y trasladó al difunto a su
calabozo, ocupó su lugar en el saco en que se le había metido, esperando la
hora del entierro.
‑Era un medio que indicaba valor ‑repuso el inglés.
‑¡Oh!, ya os dije, caballero, que era un hombre muy peligroso.
Por fortuna, él mismo libró al gobierno de los temores que le inspiraba.
‑¿Cómo?
‑¿No lo comprendéis?
‑No.
‑El castillo de If no tiene cementerio, sino que sencillamente
arrojan los muertos al mar, atándoles a los pies una bala de a treinta y seis.
‑¿Y qué..? ‑añadió el inglés, como si no acabara de entender.
‑Que le arrojaron al mar con una bala de a treinta y seis.
‑¿De veras? ‑exclamó el inglés.
‑Sí, caballero. Ya os podéis figurar cuánta debió de ser la
sorpresa del fugitivo al sentirse precipitado desde aquella altura. Cualquier
cosa daría por haber visto su cara en aquel momento.
‑No habría sido fácil.
‑No importa ‑contestó el señor de Boville, a quien la idea de
recobrar sus doscientos mil francos ponía de buen humor‑. No importa; me la
estoy imaginando.
Y se echó a reír.
‑Yo también ‑añadió el inglés.
Y también se echó a reír, pero como ríen los ingleses, de
dientes a fuera.
‑Según eso ‑añadió el inglés, que fue el primero en recobrar su
sangre fría‑, según eso, ¿el fugitivo se ahogó?
‑¡Toma!
‑De suerte que el gobernador del castillo de If se libró al
mismo tiempo del preso furioso y del preso loco.
‑Exacto.
‑¿Ese suceso debe constar por algún documento?
‑Sí, sí, por un acta de defunción. Ya comprenderéis que a la
familia de Dantés, caso de que la tenga, podría interesarle averiguar si
estaba muerto o vivo.
‑De modo que si le heredan, pueden gozarlo tranquilamente. Está
muerto y bien muerto.
‑¡Vaya! Hasta se les expedirá certificación el día que la
quieran.
‑Desde luego ‑respondió el inglés‑. Pero volvamos a los registros.
‑Es verdad. Esta historia nos ha hecho divagar un tanto. Dispensadme.
‑¿Por qué? ¿Por la historia? Al contrario, me ha parecido curiosísima.
‑Y lo es, en efecto. ¿De modo que deseáis, caballero, examinar
todo lo relativo a vuestro pobre abate, que era la dulzura personificada?
‑Tendré mucho gusto.
‑Pasemos a mi despacho y os complaceré.
Ambos pasaron al despacho del señor de Boville. En él todo respiraba
orden y arreglo. Cada libro tenía su número, cada nota ocupaba su lugar. El
inspector hizo que el inglés se sentase en su propio sillón, poniéndole delante
el libro y las notas referentes al castillo de If, y dejándole en completa
libertad de examinarlas, y él se sentó en un rincón a leer un periódico.
El inglés encontró en seguida lo que buscaba, pero sin duda le
habría interesado mucho la historia que le contó el señor de Boville, pues
habiendo recorrido muy por encima el registro de Faria, prosiguió hojeando
hasta dar con el de Edmundo Dantés. Allí también cada documento lo halló en su
sitio. La denuncia, el interrogatorio, la solicitud de Morrel y el informe de
Villefort. Dobló con cuidado la denuncia, la guardó en el bolsillo, llegó al
interrogatorio, y viendo que no se nombraba siquiera al señor Noirtier,
examinó la solicitud de 10 de abril de 1815, en que por consejos del sustituto,
Morrel exageraba, con la mejor intención, pues reinaba entonces Napoleón, los
servicios de Dantés a la causa imperial, corroborados por la certificación de
Villefort. Ahora lo comprendió todo claramente. Guardando Villefort la solicitud
de Morrel había hecho de ella un arma poderosa bajo la segunda Restauración.
Ya no tuvo, pues, ninguna sorpresa al hallar esta nota en el
registro, al margen de su nombre:
Edmundo Dantés: Bonapartista acérrimo. Ha tomado una parte muy
activa en la vuelta de Napoleón.
Téngasele muy vigilado y bajo la más rigurosa incomunicación.
Debajo de estas líneas había escrito, con diferente clase de
letra:
«Vista la nota anterior, nada se puede hacer por él.»
Sólo comparando la letra del margen con la de la recomendación puesta a la
solicitud de Morrel, pudo convencerse de que las dos eran iguales, es decir,
ambas de Villefort.
Respecto a la última nota, comprendió el inglés que habría sido
escrita por algún inspector, a quien Edmundo inspirara un interés pasajero,
interés que se desvaneció ante lo terminante y expresivo de la nota marginal.
Ya hemos dicho que, por discreción, el inspector se había puesto
a leer aparte La Bandera Blanca, por no molestar al discípulo del abate
Faria, y por esto no pudo verle doblar y guardarse la denuncia, escrita por
Danglars bajo el emparrado de la Reserva, con un sello del correo de Marsella
del 27 de febrero, a las seis de la tarde.
Sin embargo, hemos de añadir que aunque lo hubiera visto, daba
tan poca importancia a aquel papel, y tanta a sus doscientos mil francos, que
no se hubiera opuesto a que se lo llevara.
‑Gracias ‑dijo el inglés, cerrando el libro de repente‑. Ya he
terminado y ahora debo cumplir mi promesa. Hacedme un simple endoso de vuestro
crédito, declarando haber recibido el importe, y voy a contaros el dinero.
Y
cediendo su sillón al señor de Boville, que se apresuró a hacer el endoso y el
recibo, el inglés empezó a contar billetes de banco en el otro extremo de la
mesa.
Capítulo sexto
Morrel a hijos
El que hubiera abandonado Marsella algunos años antes,
conociendo a fondo la casa de Morrel, y hubiese vuelto en la época a que hemos
llegado con nuestros lectores, la habría encontrado muy cambiada.
En vez de ese aroma de vida, de felicidad y de holgura que
exhalan, por decirlo así, las casas en estado próspero, en lugar de aquellos
alegres rostros que se veían detrás de los visillos de los cristales, en vez
de aquellos corredores atareados que cruzaban por los pasillos con la pluma
detrás de la oreja, en vez de aquel patio lleno de fardos, retumbando a los
gritos y a las carcajadas de los mozos, hallara a primera vista un no. sé qué
de triste, un no sé qué de muerto.
En aquellas oficinas sólo quedaban dos de los numerosos empleados.
Uno era un joven de veintitrés o veinticuatro años, llamado Manuel Raymond,
que enamorado de la hija de Morrel, permanecía en el escritorio, a pesar de
todos los esfuerzos que hacía en contrario su familia. El otro era un viejo
empleado en la caja; llamábase por apodo Cocles, apodo que le habían dado los
jóvenes que en otro tiempo henchían aquella casa poco menos que desierta, y
apodo en fin, que había sustituido tan por completo a su propio nombre, que
según todas las probabilidades no habría vuelto ahora la cabeza si le llamaran
por aquél. .
Cocles permanecía al servicio del señor Morrel, habiéndose
verificado en la situación de aquel hombre un cambio muy singular. Había
ascendido a cajero y descendido a criado. No por esto dejaba de ser siempre el
mismo Cocles, bueno, leal, sufrido, pero inflexible en cuanto a la aritmética,
en lo cual se las tenía tiesas hasta con el mismo señor Morrel, aunque no
conociese otra teoría que su tabla de Pitágoras, que se sabía de memoria, ya
de corrido, ya salteado, y a pesar de cuantas artimañas se emplearan para
hacerle cometer un error.
Cocles era el único que se mostraba impertérrito en medio de la
general desgracia que pesaba sobre la casa de Morrel, pero no se juzgue mal de
esta impasibilidad, que no era falta de cariño, sino todo lo contrario, una
convicción invencible.
Así como las ratas, que según dicen, van abandonando poco a poco
el buque sentenciado de antemano por las borrascas a irse a pique, así como
estos animales egoístas cuando leva el ancla ya lo han abandonado del todo,
así la turba de agentes y corredores que vivía de la casa del armador, habían
ido poco a poco desertando del despacho y de los almacenes como ya se ha dicho,
pero Cocles los vio marcharse sin pensar siquiera en la causa. Todo en él, repetimos,
se reducía a cuestión de números, y como en los veinte años que llevaba en el
escritorio de Morrel había visto siempre efectuarse los pagos con tanta exactitud,
no comprendía que pudiera faltar aquella exactitud, ni suspenderse aquellos
pagos, como el molinero que posee un molino en un río muy caudaloso no
comprende que pueda secarse el río. Hasta la fecha, en efecto, nada había
podido destruir la creencia de Cocles. Los pagos del fin del mes anterior se
efectuaron con rigurosa puntualidad. Cocles había rectificado una equivocación
de ochenta sueldos cometida por el naviero contra su bolsillo, y el mismo día
se los había devuelto. Morrel, con una sonrisa melancólica, los tomó y los echó
en un cajón casi vacío, diciéndole:
‑Bien, Cocles: sois el non plus ultra de los cajeros.
Y Cocles se marchó reventando de orgullo, porque un elogio del
señor Morrel, el non plus ultra de los hombres honrados de Marsella, lo
apreciaba más que una gratificación de cincuenta escudos.
Pero desde ese fin de mes tan glorioso, había pasado el señor
Morrel
horas muy crueles. Para atender a aquellos pagos agotó todos sus
recursos, y hasta había hecho personalmente un viaje a la feria de Seaucaire a
vender algunas alhajas de su mujer y de su hija y una parte de su plata,
temeroso de que el recurrir en Marsella a tales extremos hiciera dar por segura
su ruina. Con tal sacrificio pudo salir del apuro la casa de Morrel, pero la
caja quedó completamente exhausta.
Con su habitual egoísmo, el crédito iba alejándose de ella por
los rumores que circulaban, y para hacer frente a los cien mil francos del
señor de Boville a mediados del mes actual, y a otros cien mil que iban a
vencer el 15 del mes siguientes, no contaba en verdad el señor Morrel sino con
la vuelta del Faraón, cuya salida había anunciado un buque que acababa
de llegar, y que había salido al propio tiempo que él.
Pero la llegada de este buque, procedente, como El Faraón,
de Calcuta, fue quince días atrás, mientras que del Faraón no se tenía
noticia alguna.
Este era el estado de la casa de Morrel a hijos, cuando en la
misma mañana en que hemos dicho ajustó con el señor de Boville su importantísimo
negocio el agente de Thomson y French, de Roma, se presentó en casa del señor
Morrel.
Manuel salió a recibirle, y como toda cara nueva le asustaba,
porque en cada cara nueva veía un nuevo acreedor que inquieto por la fortuna
de la casa venía a sondear al comerciante, Manuel, repetimos, quiso evitar
esta visita al señor Morrel, a hizo mil preguntas al recién venido, el cual le
manifestó que nada podía decir al señor Manuel, pues necesitaba entenderse con
el señor Morrel en persona.
Llamó el joven suspirando a Cocles, que apareció al punto, recibiendo
la orden de llevar al extranjero al gabinete del naviero. Cocles salió y el
extranjero le siguió.
En la escalera tropezaron con una joven muy linda, de dieciséis
a diecisiete años, que miró al extranjero con visible inquietud. Cocles no
reparó en esta mirada, pero sí, al parecer, el extranjero.
‑El señor Morrel está en su despacho, señorita Julia, ¿no es verdad?
‑le preguntó el cajero:
‑Sí..., creo que sí ‑respondió la joven vacilando‑. Cercioraos
antes, Cocles, y si está, anunciad a este caballero.
‑Será inútil anunciarme, señorita; el señor Morrel no conoce mi
nombre ‑respondió el inglés‑. Este caballero sólo tiene que decir que soy el
comisionista principal de la casa Thomson y French, de Roma, con la cual está
en relaciones la de vuestro padre.
La joven se puso pálida y siguió bajando, mientras Cocles y el
extranjero seguían subiendo. Ella entró en el despacho de Manuel, y Cocles,
con una llave que poseía para entrar a todas horas en el de su amo, abrió una
puerta situada en un rincón del rellano del piso segundo, condujo al extranjero
a una antesala, abrió otra puerta, que volvió a cerrar detrás de sí, y dejando
un instante a solas al comisionado de la casa de Thomson y French, regresó al
punto, haciéndole señas de que podía entrar.
Halló el inglés al señor Morrel sentado delante de una mesa,
palideciendo al contemplar las columnas de números de su pasivo.
Al ver al extranjero, cerró el señor Morrel el libro de caja y
se levantó para acercar una silla; luego que le vio sentado, se volvió él
también a sentar.
Catorce años habían cambiado al digno negociante a quien conocimos
de edad de treinta y seis al principio de esta historia. Ahora frisaba en los
cincuenta; sus cabellos habían encanecido, su frente, poblada de melancólicas
arrugas, y su mirada, en otro tiempo tan firme, era a la sazón irresoluta y
vaga, como si temiera a cada momento verse obligado a bajarla ante una idea o
ante un hombre.
El inglés lo contempló con un sentimiento de curiosidad mezclado
de interés.
‑Caballero ‑le dijo Morrel, a quien parecía molestar el examen
de que estaba siendo objeto‑. Caballero, ¿deseáis hablarme?
‑Sí, señor. Sabéis de parte de quién vengo, ¿no es verdad?
‑De parte de la casa Thomson y French, según me ha dicho mi
cajero.
‑Os ha dicho la verdad. En todo este mes y el próximo necesita
la casa de Thomson y French pagar en Francia unos cuatrocientos mil francos, y
conociendo vuestra probidad, ha reunido todo el papel que corría vuestro,
encargándome que lo hiciera efectivo a medida que venciera.
Morrel exhaló un profundo suspiro y se pasó la mano por la
frente, cubierta de sudor.
‑¿Entonces tenéis pagarés míos? ‑preguntóle al inglés.
‑Sí, caballero, pagarés que importan una suma considerable.
‑¿Cuánto? ‑preguntó Morrel con acento que en vano quería que
pareciese firme.
‑Ahí los tenéis ‑respondió el inglés sacando un legajo de su bolsillo‑.
Aquí tenéis un endoso de doscientos mil francos hecho a nuestra casa por el
señor de Boville, inspector de cárceles. ¿Reconocéis deber esta cantidad al
señor de Boville?
‑Sí, caballero. Son unos fondos que colocó en mi casa al cuatro
y medio por ciento hará pronto cinco años.
‑¿Y debéis reembolsársela...?
‑La mitad el 15 de este mes, y la otra mitad el 15 del próximo.
‑Muy bien. Ved ahora valores importantes: treinta y dos mil
quinientos francos, pagaderos a fin de este mes. Son pagarés vuestros que nos
han traspasado sus tenedores.
‑.Los reconozco ‑dijo Morrel, poniéndose colorado de vergüenza
al pensar que por primera vez en su vida no podría hacer honor a su firma‑. ¿Es
esto todo?
‑No, caballero, que tengo aún unos cincuenta y cinco mil
francos, traspasados a nuestra casa por las de Pascal y Wild y Turner de Marsella.
Importan estas sumas doscientos ochenta y siete mil quinientos francos.
Era indescriptible lo que estaba sufriendo en aquellos momentos
el pobre Morrel.
‑¡Doscientos ochenta y siete mil quinientos francos! ‑repitió
maquinalmente.
‑Sí, señor ‑repuso el comisionista‑. Ahora, pues ‑prosiguió
después de una breve pausa‑, no debo ocultaros, señor Morrel, que aun
reconociendo vuestra probidad sin tacha hasta el presente, dícese por Marsella
que no estáis en disposición de hacer frente a vuestros créditos.
A esta salida casi brutal, palideció Morrel.
‑Caballero ‑dijo‑, hasta el presente, y hace ya veinticuatro
años que recibí la casa de manos de mi padre, que a su vez la había regentado
treinta y cinco, hasta el presente ni una firma de Morrel a hijos se ha
desairado en mi caja.
‑Ya lo sé ‑respondió el inglés‑, pero habladme de hombre honrado
a hombre honrado: ¿pagaréis éstas con la misma exactitud?
Morrel se estremeció, mirando al que le hablaba así con una
firmeza que antes no había tenido.
‑A preguntas hechas con tal franqueza hay que responder necesariamente
de la misma manera. Caballero, pagaré si mi buque llega sano y salvo, como
espero, pues con su llegada recobraré el crédito que me han quitado las
desgracias de que he sido víctima, pero si me faltase El Faraón, si me
faltase mi último recurso...
Las lágrimas se agolparon a los ojos del desdichado armador.
‑¿De modo que si os faltase ese último recurso...? ‑le preguntó
su interlocutor.
‑Pues bien ‑repuso Morrel‑, mucho me cuesta decirlo..., pero
acostumbrado ya a la desgracia, necesito acostumbrarme también a la
vergüenza... Pues bien..., me parece que me vería en la precisión de suspender
los pagos...
‑¿No contáis con amigos que puedan ayudaros en esta ocasión?
Morrel se sonrió con tristeza.
‑Bien sabéis, caballero ‑contestó‑, que en el comercio no hay
amigos, sino socios.
‑Es cierto ‑murmuró el inglés‑. ¿Luego no tenéis más que una
esperanza?
‑Una sola.
‑¿Que es la última?
‑La última.
‑De suerte que si os sale defraudada...
‑¡Estoy perdido, caballero, completamente perdido!
‑Cuando yo me dirigía a vuestra casa, entraba un buque en el
puerto.
‑Ya lo sé. Un joven que me ha permanecido fiel, a pesar de mi
desgracia, pasa mucha parte del día en un mirador de esta casa, con la idea de
poder traerme alguna buena noticia. Por él me enteré de que había llegado ese
navío.
‑¿Y no es el vuestro?
‑No, es La Gironda, buque bordelés, que viene también de
la India, como el mío.
‑Tal vez haya visto al Faraón y os traiga noticias suyas.
‑¿Queréis que os diga una cosa, caballero? Casi tanto temo saber
noticias de mi bergantín, como estar en incertidumbre... la incertidumbre
encierra algo de esperanza.
Luego añadió el señor Morrel con voz sorda:
‑Esta tardanza no es natural. El Faraón salió de Calcuta
el 5 de febrero, hace más de un mes que debía haber llegado.
‑¿Qué es eso? ‑dijo el inglés aplicando el oído‑ ¿Qué es ese
barullo?
‑¡Oh, Dios mío, Dios mío! ¿Qué ocurrirá ahora? ‑exclamó Morrel,
palideciendo.
En efecto, en la escalera se oía un ruido extraordinario, gentes
que iban y venían y hasta lamentos y suspiros. Levantóse Morrel para abrir la
puerta, pero le faltaron las fuerzas, y volvió a caer sobre su sillón. Los dos
hombres estaban frente a frente. Morrel temblando de pies a cabeza, el
extranjero mirándole con profunda compasión. Aunque había cesado el ruido,
Morrel al parecer aguardaba alguna cosa. En efecto, el ruido debía tener su
causa y además un resultado. A1 extranjero le pareció oír que subían muy
quedito la escalera, y que los pasos, que eran como de muchas personas, se
paraban en el descansillo.
Alguien introdujo una llave en la cerradura de la primera
puerta, cuyos goznes se oyeron rechinar.
‑Sólo dos personas tienen la llave de esa puerta: Cocles y Julia
_murmuró el naviero.
Al mismo tiempo abrióse la segunda puerta, apareciendo la joven,
pálida y bañada en llanto. Morrel se levantó temblando de su asiento, teniendo
que apoyarse en el brazo de su sillón para no caer. Quería preguntar, pero le
faltaba la voz.
‑¡Oh, padre mío! ‑dijo la joven juntando las dos manos‑, perdonad
a vuestra hija el ser portadora de una triste nueva.
Morrel palideció intensamente y Julia se echó en sus brazos.
‑¡Oh, padre mío! ¡Padre mío! ‑murmuraba‑. ¡Valor!
‑¿De modo que El Faraón se ha perdido? ‑balbució Morrel.
La joven no respondió, pero con la cabeza, que reclinaba en el
seno de su padre, hizo una señal afirmativa.
‑¿Y la tripulación? ‑inquirió Morrel.
‑Se ha salvado ‑respondió la joven‑. La ha salvado el navío bordelés
que acaba de llegar.
El bueno del señor Morrel levantó las manos al cielo, con un
sublime ademán de gratitud y resignación.
‑¡Gracias, Dios mío! ‑exclamó‑. A1 menos sólo me herís a mí con
este golpe.
No obstante su impasibilidad, el inglés se sintió afectado por
la escena; una lágrima humedeció sus ojos.
‑Entrad ‑añadió Morrel‑, entrad, pues me presumo que estáis
todos a la puerta.
En efecto, pronunciadas apenas estas palabras, apareció
sollozando la señora Morrel, seguida de Manuel. En el fondo de la antecámara se
percibían las rudas facciones de siete a ocho marineros medio desnudos.
La vista de estos hombres hizo estremecerse al inglés. Dio un
paso como para salirles al encuentro, pero se detuvo, ocultándose, por el
contrario, en el rincón más oscuro del gabinete. La señora Morrel fue a
sentarse en el sillón, cogiendo una de las manos de su marido, mientras Julia
reclinaba la cabeza sobre el pecho de su padre. Manuel se había quedado en
medio de la estancia, como lazo que uniese a la familia de Morrel y a los
marineros de la puerta.
‑¿Cómo sucedió? ‑preguntó el naviero.
‑Acercaos, Penelón ‑‑dijo el joven‑, y contadnos cómo ocurrió la
desgracia.
Un marinero viejo, tostado por el sol del ecuador, adelantóse
dando vueltas entre sus manos a los restos de su sombrero.
‑Buenos días, señor Morrel ‑dijo, como si hubiera salido de
Marsella la víspera o si llegase de Aix o de Tolón.
‑Buenos días, amigo ‑contestó Morrel, no pudiendo menos de
sonreírse, a pesar de sus lágrimas‑. Pero ¿dónde está el capitán?
‑Por lo que al capitán se refiere, señor Morrel, se ha quedado
enfermo en Palma, pero si Dios quiere, aquello no será nada, y dentro de pocos
días le veréis volver tan bueno y sano como vos y como yo.
‑Está bien.. . Hablad ahora, Penelón.
Penelón mudó la mascada de tabaco del carrillo derecho al
carrillo izquierdo, púsose la mano sobre la boca, volvió la cabeza para arrojar
a la antesala una gran dosis de saliva negruzca, adelantó una pierna y
contoneándose dijo:
‑Poco antes del naufragio, señor Morrel, estábamos así como
quien dice entre el cabo Blanco y el cabo Bojador, con una buena brisa sudsudoeste
tras ocho días de calma y contraventeo, cuando el capitán Gaumard se me arrima,
porque yo estaba en el timón, y me dice: «Compadre Penelón, ¿qué me dices de
aquellas nubes que se van formando allá abajo?»
»Justamente yo las atisbaba en aquel momento.
‑¿Lo que yo os digo, capitán? Pues creo que suben más de prisa
que lo que deben y que son más negras que lo que conviene a nubes de buena
intención.
‑Yo también opino lo mismo ‑me respondió el capitán‑, y voy a
tomar mis precauciones. Tenemos muchas velas para el viento que correrá
pronto... ¡Atención! ¡Eh! ¡Cerrad las escotillas! ¡Halad los foques!
»Ya era tiempo. No bien se había ejecutado la orden, cuando el
aire se nos echó encima, poniendo al buque de costado.
‑Bueno ‑dijo el capitán‑, todavía tenemos mucha vela. ¡Carga la
grande!
‑Seis minutos más tarde estaba cargada la vela mayor, y navegábamos
con la mesana, las gavias y los juanetes.
‑¿Qué es eso, compadre Penelón? ‑me dijo el capitán‑. ¿Por qué
mueves la cabeza?
‑Porque en vuestro lugar, es un decir, yo no haría tan poca
cosa.
‑Me parece que tienes razón, perro viejo ‑me contestó‑; vamos a
tener una bocanada de aire.
‑¡Ah, capitán! ‑le respondí‑. El que cambiara una bocanada de
aire por aquello que pasa allá abajo, no saldría perdiendo, a buen seguro. Es
una tempestad en regla, o yo soy un topo.
»Es como si dijéramos que se veía venir el viento como se ve
venir el polvo en Montedrón. Afortunadamente se las había cara a cara con un
hombre bien templado.
‑¡Cada cual a su puesto! ‑gritó el capitán‑. ¡Coged dos rizos a
las gavias! ¡Largad las bolinas! ¡Brazas al aire! ¡Recoged las gavias! ¡Pasad
los palanquines por las vergas!
‑Poco era eso aún para aquellos sitios ‑dijo el inglés‑. En su
lugar yo habría cogido cuatro rizos, y me habría deshecho de la mesana.
Aquella voz firme, inesperada y sonora, estremeció a todo el mundo.
El marino miró al que con tanto aplomo criticaba las maniobras de su capitán.
‑Hicimos otra cosa, caballero ‑le contestó con algún respeto‑.
Cargamos la mesana y pusimos el timón al viento, para dejarnos llevar de la
borrasca. Diez minutos más tarde, cargadas también las gavias, navegábamos a
palo seco.
‑Muy viejo era el buque para atreverse a tanto ‑dijo el inglés.
‑Eso fue precisamente lo que nos perdió. Hacía ya doce horas que
andábamos de aquí para allá dados a los demonios, cuando el barco empezó a
hacer agua.
‑Penelón, viejo mío ‑me dijo el capitán‑, me parece que nos
vamos a fondo. Dame el timón, y baja a la sentina.
‑Dile el timón, bajé en efecto... ya había tres pies de agua...
Vuelvo a subir gritando: ¡A las bombas! ¡A las bombas! ‑aunque era ya un poco
tarde. Pusimos manos a la obra, pero cuanta más agua sacábamos más entraba.
»¡Ah! ‑dije al cabo de cuatro horas de trabajo‑, puesto que nos
vamos a fondo, dejémonos ir, que sólo una vez se muere.
‑¿De ese modo das el ejemplo, maese Penelón? ‑me dijo el capitán‑.
Espera, espera un poco.
‑Y se fue a su camarote a coger un par de pistolas y salió
diciendo:
‑Al primero que se aparte de la bomba le pego un tiro.
‑Bien hecho ‑dijo el inglés.
‑Nada hay que reanime tanto como las buenas razones ‑prosiguió
el marinero‑,sin contar que en este intervalo el tiempo se había ido aclarando
y calmándose el aire. Sin embargo, el agua no cesaba de subir, poco, es verdad,
unas dos pulgadas por hora, pero subía. Dos pulgadas por hora, ya veis, parece
cosa despreciable, pues a las doce horas suman veinticuatro pulgadas, y
veinticuatro pulgadas hacen dos pies. Dos pies, con tres que ya teníamos,
sumaban cinco..., ¿eh? ¿Si podrá pasar por hidrópico un buque que tiene en el
estómago cinco pies de agua?
‑Vamos ‑dijo el capitán‑, me parece que el señor Morrel no se
quejará. Hemos hecho por salvar el barco cuanto estaba en nuestro poder.
Pensemos ahora en salvar a los hombres. Muchachos, a la lancha,¡pronto!
‑Habéis de saber, mi amo ‑dijo Penelón‑, nosotros queríamos
mucho al Faraón, pero por mucho que el marinero quiera a su barco,
quiere más a su pellejo. Conque no nos lo dijo dos veces. Y reparad que también
el buque, lamentándose, parecía que nos dijese: «¡Idos pronto, pronto! » No se
engañaba el pobre Faraón. Materialmente lo sentíamos hundirse bajo
nuestros pies.
»En un instante echamos la chalupa al mar, y nosotros saltamos a
ella.
»El capitán fue el último, o por mejor decir no lo fue, pues que
no quería abandonar el navío. Yo, yo fui el que le cogí a brazo partido, y se
lo eché a mis camaradas, saltando detrás de él. Ya era tiempo. No bien había yo
saltado, cuando el puente se abrió con un ruido semejante al de las bordadas de
un navío de a cuarenta y ocho.
» Diez minutos después se hundió por delante, luego por detrás,
púsose a dar vueltas como un perro que quiere morderse la cola, y por
último..., ¡adiós, mundo...! ¡Prrrrrrum...! ¡Adiós, Faraón!
»En
cuanto a nosotros, estuvimos tres días sin comer ni beber..., como que ya
hablábamos de echar suertes a ver a quién le tocaba servir de alimento a los
otros, cuando vislumbramos a La Gironda. Le hicimos las señales
consabidas, nos vio, se dirigió a nosotros y nos echó su chalupa y nos recogió.
Este es el caso, señor Morrel, tal como ha pasado, a fe de marino, bajo la
palabra de honor. ¿No es verdad, muchachos?
Un murmullo general de aprobación manifestó que el orador reunía
todos los sufragios, así por lo verdadero del fondo, como por lo pintoresco de
la forma.
‑Bien, amigos míos ‑dijo el señor Morrel‑, fuisteis valientes y
muy bien me figuraba yo que no tendríais la culpa de esta desgracia, sino mi
destino. Es voluntad de Dios y no culpa de los hombres. Decidme ahora, ¿cuánto
se os debe de sueldo?
‑¡Bah!, no hablemos de eso, señor Morrel.
‑Al contrario, hablemos ‑repuso el naviero con una triste sonrisa.
‑Pues bien se nos deben tres meses ‑añadió Penelón.
‑Entregad doscientos francos a cada uno de esos valientes, Cocles.
En otros tiempos, amigos míos ‑prosiguió Morrel‑, hubiera yo añadido: Dad a
cada uno doscientos francos de gratificación, pero estos tiempos son muy malos,
amigos míos, y no me pertenece el poco dinero que me queda. Perdonad, y no por
eso me queráis menos.
Penelón hizo un gesto de enternecimiento y volviéndose a sus compañeros,
cambió con ellos algunas frases.
‑En cuanto a eso, señor Morrel ‑añadió luego, trasladando al
otro carrillo su mascada de tabaco, y arrojando a la antesala otro salivazo,
que fue a hacer compañía al primero‑, en cuanto a eso...
‑¿A qué?
‑Al dinero...
‑Y bien, ¿qué?
_‑Que dicen los camaradas, señor Morrel, que por lo de ahora les
bastan cincuenta francos a cada uno, que esperarán por lo demás.
‑¡Gracias, amigos míos, gracias! ‑exclamó el naviero, conmovido
hasta el fondo del alma‑. ¡Qué gran corazón tenéis todos! Pero tomad los
doscientos francos, tomadlos, y si encontráis un buen empleo, aceptadlo, porque
estáis sin ocupación.
Esta última frase causó una impresión singular a aquellos dignos
marineros, que se miraron unos a otros con aire de espanto. Falto de
respiración el viejo, por poco se traga el tabaco, pero por fortuna acudió a
tiempo con su mano a la garganta.
‑¿Cómo, señor Morrel, nos despedís? ‑murmuró con voz ahogada‑.
¿Estáis descontento de nosotros?
‑No, hijos míos ‑contestó Morrel‑, sino todo lo contrario. No os
despido..., pero... ¿qué queréis?, ya no tengo barcos, ya no necesito
marineros.
‑¿Que no tenéis barcos? ‑dijo Penelón‑. Pues construiréis
otros..., esperaremos. Gracias a Dios, ya sabemos lo que es esperar.
‑No tengo dinero para construir otros, Penelón ‑repuso Morrel
con su melancólica sonrisa‑; por lo tanto no puedo aceptar vuestra oferta,
aunque me sea muy satisfactoria.
‑Pues si no tenéis dinero, no debéis pagarnos. Haremos como el
pobre Faraón, navegar a palo seco.
‑Callad, callad, amigos míos ‑respondió Morrel con voz entrecortada
por la emoción‑. Os ruego que aceptéis ese dinero. Ya nos volveremos a ver en
mejores circunstancias. Manuel, acompañadlos ‑añadió‑, y haced que se cumplan
mis deseos.
‑¿Volveremos a vernos, señor Morrel? ‑dijo Penelón.
‑Sí, amigos míos, por lo menos así lo espero. Id.
E hizo una señal a Cocles, que salió delante, seguido de los
marineros y de Manuel.
‑Ahora ‑dijo el armador a su mujer y a su hija‑, dejadme solo un
instante, que tengo que hablar con este caballero.
Y con la mirada indicaba al comisionista de la casa de Thomson y
French, que durante la escena había permanecido inmóvil y de pie en un rincón,
sin tomar otra parte en ella que las palabras que ya hemos dicho.
Las dos mujeres miraron al extranjero, de quien ya se habían
olvidado completamente, y al retirarse la joven le dirigió una mirada de
súplica, mirada a la que él contestó con una sonrisa que parecía imposible en
aquel semblante de hielo.
Los dos hombres quedaron a solas.
‑Ea, caballero ‑dijo Morrel dejándose caer de nuevo en su sillón‑,
¡ya lo habéis visto! ¡Ya lo habéis oído! Nada tengo que añadir.
‑Ya he visto, caballero ‑respondió el inglés‑, que os viene otra
desgracia, tan inmerecida como las anteriores. Esto me afirma más y más en mi
propósito de seros útil.
‑¡Oh, caballero! ‑murmuró Morrel.
‑Veamos ‑prosiguió el comisionista‑. Yo soy uno de vuestros
principales acreedores, ¿no es cierto?
‑Sois al menos el que posee créditos a plazo más corto.
‑¿Deseáis una prórroga para pagarme?
‑Una prórroga me podría salvar el honor, y por lo tanto la vida ‑repuso
Morrel.
‑¿De cuánto tiempo la queréis?
Morrel, vacilante, dijo:
‑De dos meses.
‑Os concedo tres ‑respondió el extranjero.
‑¿Pero creéis que la casa de Thomson y French...?
‑Eso corre de mi cuenta. Hoy estamos a 5 de junio.
‑Sí.
‑Renovadme entonces todo ese papel para el 5 de septiembre a las
once de la mañana. A esa hora vendré a buscaros. (El reloj marcaba en aquel
momento las once de la mañana.)
‑Os esperaré, caballero ‑dijo Morrel‑, y, o vos quedaréis pagado...,
o muerto yo.
Renováronse los pagarés, rompiéronse los antiguos, y el
desgraciado naviero tuvo por lo menos tres meses de respiro para allegar sus
últimos recursos.
Acogió el inglés sus muestras de gratitud con la flema peculiar
a los de su nación, y despidióse de Morrel, que le acompañó hasta la puerta,
bendiciéndole.
En la escalera encontró a Julia, que hizo como si bajara, pero
que en realidad estaba esperándole.
‑¡Oh, caballero! ‑dijo juntando las manos.
‑Señorita ‑respondió el inglés‑, si en alguna ocasión recibís
una carta... firmada por... por Simbad el Marino..., efectuad al
pie de la letra lo que os encargue, aunque os parezca extraño mi consejo.
‑Lo haré, caballero ‑respondió Julia.
‑¿Me prometéis hacerlo?
‑Os lo juro.
‑Bien. Adiós, entonces, señorita. Proseguid como hasta ahora,
siendo tan buena hija, que confío que Dios os recompensará dándoos a Manuel por
marido.
Julia exhaló un grito imperceptible y púsose encarnada como una
cereza, apoyándose en la pared para no caer.
El inglés prosiguió su camino, haciéndole un ademán de
despedida.
En el patio halló a Penelón con un paquete de cien francos en
cada mano, como dudando si debía llevárselos o no.
‑Seguidme,
amigo mío, tengo que hablaros ‑le dijo.
Capítulo séptimo
El 5 de septiembre
El plazo concedido a Morrel por la casa de Thomson y French
cuando menos lo esperaba, se le antojó al pobre naviero uno de esos vislumbres
de felicidad que vienen a anunciarnos que el infortunio se ha cansado de
acosarnos. Contó el mismo día el suceso a su hija, a su esposa y a Manuel, con
lo que tornó al seno de la triste familia un tanto de esperanza, si no de
tranquilidad, mas, por desgracia, Morrel no tenía deudas sólo con la casa de
Thomson y French, tan fácil de contentar. Como él mismo había dicho, en el
comercio no hay amigos, sino socios.
Al pensar en aquella acción de los comerciantes de Roma, sólo podía
explicársela como un cálculo egoísta a inteligente a la par. Thomson y French
habrían dicho para sí: «Más nos conviene sostener a un hombre que nos debe
cerca de trescientos mil francos, más nos conviene cobrarlos dentro de tres
meses, que no apresurar su quiebra, cobrando solamente el siete o el ocho por
ciento del capital.»
Desgraciadamente no pensaron de la misma manera los otros corresponsales
de Morrel, sea por ceguedad, sea por envidia, y aun los hubo que obraron
completamente al contrario. Con nimia exactitud fue presentándose en la caja
todo el papel que tenía Morrel en circulación, y gracias al respiro concedido
por el inglés, pudo pagarlos el cajero. Con esto prosiguió Cocles en su
fatídica impasibilidad, pero no Morrel, que calculó con terror que, a pesar del
plazo, era hombre perdido cuando tuviese que abonar los pagarés del
comisionista.
La opinión de todo el comercio de Marsella era que el naviero no
podría resistir tantos desastres, por lo que causó grandísima admiración ver
que se habían cumplido fielmente las obligaciones de fin de mes. Con todo, no
por esto volvió la casa a recobrar su crédito, pues unánimemente el público
aplazó para fin del mes siguiente la quiebra.
Morrel pasó todo el mes haciendo esfuerzos increíbles para
allegar todos sus recursos. En otro tiempo sus pagarés, aunque fuesen a fecha
larga, eran tomados en la plaza y hasta pedidos. Procuró ahora negociar algunos
de aquellos a noventa días, y halló cerradas todas las cajas. Podía contar
afortunadamente con algunos ingresos suyos propios, que se verificaron
exactamente, lo que le puso en disposición de cumplir sus obligaciones de fin
de julio.
Al agente de la casa de Thomson y French no se le había vuelto a
ver en Marsella desde la mañana siguiente o la otra posterior a su visita al
señor Morrel, y como no había tenido en Marsella relaciones sino con el
alcalde, el señor Boville y el naviero, no dejó otros recuerdos que los de
estas tres personas. En cuanto a los marineros del Faraón, sin duda
habían encontrado acomodo, porque también desaparecieron.
Repuesto ya de la enfermedad que le detuvo en Palma, volvió a
Marsella el capitán Gaumard, temeroso de presentarse en casa de Morrel, pero
éste supo su llegada y fue en persona a buscarle. El digno naviero conocía de
antes, por la revelación de Penelón, la conducta valerosa del capitán en
aquella desgracia, y él fue quien precisando de consuelos, tuvo que consolar al
marino. Llevábale además su sueldo, que el capitán no se hubiera atrevido a ir
a cobrar.
Al bajar la escalera, encontró el señor Morrel a Penelón, que la
subía. A1 parecer había empleado bravamente sus doscientos francos, porque
estaba enteramente vestido de nuevo. La presencia del naviero embarazaba un
poco al digno timonel. Retiróse al rincón más apartado del descansillo, pasó
alternativamente su mascada de tabaco de un carrillo a otro con ojos
espantados, y no aceptó, sino muy tímidamente, el apretón de manos que le
ofrecía el señor Morrel con su acostumbrada cordialidad. A la elegancia de su
traje atribuyó Morrel la turbación del marinero. Sin duda que no habría
costeado él atavío tan lujoso. Tal vez estaba ya enrolado en otro buque, y se
avergonzaba de no haber llevado más largo tiempo el luto del Faraón, si
se nos permite la frase. Quizás habría también venido a anunciar su nuevo
empleo al capitán Gaumard, o a hacerle alguna proposición de su
nuevo amo.
‑¡Buenas gentes! ‑dijo Morrel alejándose‑. Ojalá vuestro nuevo
dueño os ame como yo os amaba y sea más feliz que yo.
Morrel pasó el mes de agosto haciendo mil tentativas para recobrar
su crédito antiguo, o ganarse otro nuevo. El 20 de agosto se supo en Marsella
que había tomado un asiento en el correo, y se dijo que decididamente se
declararía en quiebra a fin de mes, y partía anticipadamente para no asistir a
este acto cruel, encomendado sin duda a su oficial primero, Manuel, y a su
cajero, Cocles. Pero, contra todos los agüeros, el 31 de agosto se abrió la
oficina, como de costumbre, apareciendo detrás de la verja Cocles, tranquilo
como el justo de Horacio, examinando con su escrupulosidad característica el
papel que se le presentaba y pagándolo todo con la misma escrupulosidad. Hasta
giros se presentaron que pagó el cajero con la misma exactitud que si fueran
pagarés. Los murmuradores se hacían cruces, y con esa tenacidad común a los
profetas de desgracias, aplazaban la quiebra para fin de septiembre.
El día primero llegó Morrel. Esperábale toda su familia, presa
de la mayor ansiedad, porque aquel viaje a París era su último recurso. Morrel
se había acordado de Danglars, entonces millonario, y en otro tiempo su
protegido, puesto que por su recomendación entró en casa del banquero español,
donde había empezado a labrar su fortuna. Danglars tenía, al decir de la gente,
siete a ocho millones, y un crédito ilimitado, con que habría podido salvar a
Morrel sin gastar un escudo, sólo con garantizarle un empréstito.
Hacía mucho tiempo que Morrel pensaba en Danglars, pero existen
antipatías instintivas, imposibles de vencer, y mientras le alentaron otras
esperanzas, renunció a este supremo recurso. Tuvo razón Morrel, porque volvía
de París humillado con una negativa.
Sin embargo no exhaló una queja. Abrazó llorando a su mujer y a
su hija, tendió a Manuel una mano, y se encerró con Cocles en su gabinete del
piso segundo.
‑¡Ahora sí que nuestro mal no tiene remedio! ‑dijeron las dos
mujeres a Manuel.
Entonces trataron en un conciliábulo de que Julia escribiese a
su hermano pidiéndole que viniera al instante. Se hallaba en Nimes de
guarnición.
Las pobres mujeres comprendían instintivamente cuán necesarias
les eran todas sus fuerzas para resistir el golpe que les amenazaba.
Maximiliano, además, aunque apenas contaba veintidós años, ejercía
ya sobre su padre una gran influencia.
Maximiliano Morrel era un joven de carácter firme y recto. Cuando llegó
a la edad de elegir carrera, como su padre no había querido imponerle ninguna
para que siguiese su inclinación, eligió la militar, efectuando por lo tanto
muy notables estudios preparatorios, y entrando por oposición en la Escuela
Politécnica, de la cual salió siendo subteniente del regimiento 53 de Línea.
Hacía un año de esto, y ya le tenían prometido el ascenso a teniente a la
primera ocasión que se presentara. En el regimiento era tenido Maximiliano por
muy rígido, no sólo en cuanto a los deberes militares, sino también en cuanto a
los humanos, de suerte que le llamaban el estoico. No hay que decir que le
llamaban así de oídas, pues sus compañeros no sabían lo que significaba esta
palabra. Tal era el joven a quien llamaban su madre y su hermana en los trances
que estaban presintiendo. Y no se equivocaban, porque un instante después de
haber entrado el cajero en el gabinete del armador, vio Julia salir a aquél,
pálido, tembloroso y fuera de sí. Al pasar a su lado intentó preguntarle, pero
el buen hombre siguió bajando la escalera con extraordinaria celeridad,
contentándose con exclamar, levantando las manos al cielo:
‑¡Oh, señorita! ¡Señorita! ¡Qué desgracia tan horrible! ¿Quién
lo hubiera creído?
Poco después viole subir Julita con dos o tres libros muy
gruesos, una cartera y un saco de dinero.
Consultó Morrel los registros, abrió la cartera y contó el
dinero. Sus existencias en caja consistían en seis a ocho mil francos, que con
cuatro o cinco mil que esperaba de diversas entradas, componían, sumando muy
por lo largo, un activo de catorce mil francos, para pagar doscientos ochenta
y siete mil quinientos. Tampoco había medio de ofrecer ningún crédito a cuenta.
Cuando subió a comer parecía estar más tranquilo, aunque esta tranquilidad
asustó más a las dos mujeres que si le vieran muy abatido.
Morrel acostumbraba después de comer ir a tomar café y a leer el
periódico El Semáforo al círculo de los Focios, pero el día de que
hablamos volvió a subir a su despacho.
El pobre Cocles estaba completamente alelado. Casi toda la mañana
la pasó en el patio, sentado en una piedra, con la cabeza descubierta, aunque
hacía un sol de treinta grados.
Si bien Manuel se afanaba por tranquilizar a las mujeres, le
faltaban palabras y elocuencia. Estaba muy al corriente de los negocios de la
casa para no conocer que amenazaba a ésta una gran catástrofe.
Por la noche no se acostaron ni la madre ni la hija, con la
esperanza de que Morrel entrase en su cuarto al bajar al despacho, pero oyéronle
pasar por delante de la puerta acelerando el paso, sin duda temeroso de que le
llamaran. Aplicaron el oído y pudieron comprender que había entrado en su
cuarto, cerrando la puerta detrás de sí. La señora Morrel mandó a Julia que se
acostara, y media hora después, quitándose los zapatos, se deslizó por el
corredor para ver por la cerradura lo que hacía su marido. Una sombra salía del
corredor cuando ella entraba. Era Julia, que, sobresaltada también, había
precedido a su madre con el mismo objeto.
La joven se unió a su madre.
‑Está escribiendo ‑le dijo.
Las dos mujeres se habían comprendido sin hablar.
La señora Morrel se inclinó a mirar por la cerradura. Morrel
escribía, en efecto, pero lo que no había advertido la hija lo advirtió la madre,
y fue que el naviero escribía en papel sellado. Y esto hizo que le asaltase la
terrible idea de que hacía testamento, y aunque tembló de pies a cabeza, tuvo
suficiente valor para no despegar sus labios.
Al día siguiente, Morrel estaba al parecer muy tranquilo, pues
fue a su despacho, como acostumbraba, bajó a almorzar como solía también y
solamente después de comer fue cuando hizo a su hija sentarse a su lado, le
cogió la cabeza y la estrechó fuertemente contra su corazón. Aquella tarde
dijo Julia a su madre que, aunque tranquilo en apáriencia, había reparado que
el corazón de Morrel latía violentamente.
Los otros dos días pasaron del mismo modo. El 4 por la noche pidió
Morrel a Julia la llave de su gabinete. Esto hizo temblar a la joven, pues le
pareció de mal agüero. ¿Por qué le pedía su padre aquella llave, que ella había
tenido siempre, y que desde su niñez no le quitaba nunca sino para castigarla?
‑¿Qué he hecho yo, padre mío ‑le dijo, mirándole de hito en hito‑,
para que así me pidáis esa llave?
‑Nada, hija mía ‑respondió el desgraciado Morrel, saltándosele
las lágrimas‑, nada, pero la necesito.
Julia hizo como si buscara la llave.
‑La habré dejado en mi cuarto‑murmuró.
Y salió, pero no fue a su cuarto, sino a consultar a Manuel.
‑No le des la llave a lo padre ‑dijo éste‑, y si puedes, no le
abandones un solo instante mañana por la mañana.
En vano trató la joven de sonsacar a Manuel; o no sabía más o no
quiso decirle más.
Toda la noche, del 4 al 5 de septiembre, la pasó la señora
Morrel con el oído en la cerradura del despacho de su esposo. Hacia las tres de
la mañana oyó a éste pasear muy agitado por su habitación. A aquella hora fue
solamente cuando se reclinó sobre la cama.
Las dos mujeres pasaron la noche juntas; esperaban a Maximiliano
desde la tarde anterior. Entró a verlas Morrel a las ocho, sosegado en
apariencia, pero re. velando con su palidez y su abatimiento la agitación en
que había pasado la noche. Ninguna de las dos mujeres se atrevió a preguntarle
si había dormido bien. Nunca había estado Morrel tan bondadoso con su mujer, ni
tan paternal con su hija. No se hartaba de contemplar y abrazar a la pobre
niña. Recordando Julia el consejo de Manuel, quiso seguir a su padre cuando
salía de la estancia, pero él, deteniéndola con dulzura, le dijo:
‑Quédate con lo madre.
Julia insistió.
‑Vamos, lo ordeno‑añadió Morrel.
Era la primera vez que Morrel decía a su hija «lo ordeno», pero
lo decía con tal acento de paternal dulzura, que la joven no se atrevió a dar
un paso más.
Muda a inmóvil permaneció en el mismo sitio. Un instante después
volvióse a abrir la puerta y sintió que la abrazaban y besaban en la frente.
Alzó los ojos, y con una exclamación de júbilo dijo:
‑¡Maximiliano! ¡Hermano mío!
A estas voces acudió la señora Morrel a arrojarse en brazos de
su hijo.
‑Madre mía ‑dijo el joven mirando alternativamente a la madre y
a la hija‑, ¿qué sucede? Vuestra carta me asustó muchísimo.
‑Julia ‑repuso la señora Morrel haciendo una señal a la joven‑,
ve a avisar a lo padre la llegada de Maximiliano.
La joven salió corriendo de la habitación, pero al ir a bajar la
escalera la detuvo un hombre con una carta en la mano.
‑¿Sois la señorita Julia Morrel? ‑le dijo con un acento italiano
de los más pronunciados.
‑Sí, señor ‑respondió‑, pero ¿qué queréis? ¡Yo no os conozco!
‑Leed esta carta ‑dijo el hombre presentándosela.
Julia no se atrevía.
‑Va en ella la salvación de vuestro padre ‑añadió el mensajero.
Julia
arrancóle la carta de las manos, y la leyó rápidamente:
Id en
seguida a las Alamedas de Meillán, entrad en la casa número I5, pedid al
portero la llave del piso quinto, entrad, y sobre la chimenea encontraréis una
bolsa de torxal encarnado; traédsela a vuestro padre.
Conviene mucho que la tenga antes de las once.
Me habéis prometido obediencia absoluta, os recuerdo vuestra promesa.
Simbad El
Marino
La joven dio un grito de alegría, y al levantar los ojos al
hombre que le había traído la carta, vio que había desaparecido. Entonces quiso
leerla por segunda vez, y advirtió que tenía una posdata.
Es
importantísimo que vayáis vos misma, y Bola, pues a no ser vos quien se
presentase, o a ir acompañada, responderá el portero que no sabe de qué se
trata.
Esta posdata hizo suspender la alegría de la joven. ¿No tendría
nada que temer? ¿No sería un lazo aquella cita? Su inocencia la tenía ignorante
de los peligros que corre una joven de su edad, pero no es necesario conocer el
peligro para temerlo. Hasta hemos hecho una observación, y es que los peligros
ignorados son justamente los que infunden mayor terror. Julia resolvió pedir
consejo, pero por un sentimiento extraño no recurrió a su madre, ni a su
hermano, sino a Manuel.
Bajó a su despacho, y contóle cuanto le había sucedido el día
que el comisionista de la casa de Thomson y French se presentó en la suya, y la
escena de la escalera y la promesa que le había hecho, y le mostró la carta que
acababa de recibir.
‑Es necesario que vayáis, señorita ‑dijo Manuel.
‑¡Que vaya! ‑murmuró Julia.
‑Sí, yo os acompañaré.
‑Pero ¿no habéis visto que he de ir Bola?
‑Iréis Bola ‑respondió el joven‑. Os esperaré en la esquina de
la calle del Museo, y si tardaseis lo bastante a parecerme sospechoso, iré a
buscaros, y os aseguro que ¡ay de aquellos de quienes os quejéis a mí!
‑¿De modo que vuestra opinión, Manuel, es que acuda a la cita? ‑añadió
la joven, vacilante aún.
‑Sí; ¿no os ha dicho el portador que de ello depende la salvación
de vuestro padre?
‑Pero decidme siquiera qué peligro corre.
Manuel vacilaba, pero el deseo de decidir al punto a la joven,
pudo más que sus escrúpulos.
‑Escuchad ‑le dijo‑ Hoy estamos a 5 de septiembre, ¿no es
verdad?
‑Sí.
‑¿Hoy a las once tiene que pagar vuestro padre cerca de trescientos
mil francos?
‑Sí, ya lo sabemos.
Manuel dijo:
‑¡Pues bien! En caja apenas hay quince mil.
‑¿Y qué sucederá?
‑Sucederá que si antes de las once no ha encontrado vuestro
padre alguno que le ayude a salir del apuro, tendrá que declararse en quiebra
al mediodía.
‑¡Oh! ¡Venid! ¡Venid! ‑exclamó la joven arrastrando a Manuel
tras ella.
Mientras tanto la señora Morrel se lo había contado todo a su
hijo.
El joven sabía muy bien que de resultas de las desgracias
sucedidas a su padre, se habían modificado mucho los gastos de la casa, pero
ignoraba que se viesen próximos a tal extremo. La revelación le anonadó. De
pronto salió del aposento y bajó la escalera, creyendo que estaría su padre en
el despacho, pero en vano llamó a la puerta.
Después de haber llamado inútilmente, oyó abrir una puerta de la
planta baja. Era su padre, que en vez de volver directamente a su despacho,
había entrado antes en su habitación, y salía ahora. A1 ver a su hijo lanzó un
grito, pues ignoraba su llegada, quedándose como clavado en el mismo sitio,
ocultando con su brazo un bulto que llevaba debajo de su gabán. Maximiliano
bajó en seguida la escalera, arrojándose al cuello de su padre, pero de pronto
retrocedió, dejando, sin embargo, su mano derecha sobre el pecho de su padre.
‑¡Padre mío! ‑le dijo, palideciendo intensamente‑. ¿Por qué
lleváis debajo del abrigo un par de pistolas?
‑¡Esto es lo que yo temía! ‑exclamó Morrel.
‑¡Padre mío! ¡Padre mío! ¡Por Dios! ¿Qué significan esas armas?
‑Maximiliano ‑respondió Morrel, mirando fijamente a su hijo‑, tú
eres hombre, y hombre de honor. Ven, que voy a contártelo.
Y subió a su gabinete con paso firme. Maximiliano le seguía vacilando.
Morrel abrió la puerta, y cerróla detrás de su hijo, luego
atravesó la antesala y poniendo las pistolas sobre su bufete, señaló con el
dedo al joven un libro abierto.
En este libro constaba exactamente el estado de la caja.
Antes de que pasase una hora tenía que pagar doscientos ochenta
y siete mil quinientos francos.
‑Lee ‑dijo simplemente.
El joven lo leyó, quedándose como petrificado.
Morrel no decía una palabra. ¿Qué hubiera podido añadir a la
inexorable elocuencia de los números?
‑¿Y para evitar esta desgracia hicisteis todo lo posible, padre
mío? ‑inquirió Maximiliano después de un instante.
Morrel respondió:
‑Sí.
‑¿No contáis con ninguna entrada?
‑Con ninguna.
‑¿Agotasteis todos los recursos?
‑Todos.
‑¿Y dentro de media hora... ‑prosiguió Maximiliano con acento
lúgubre‑, dentro de media hora quedará deshonrado nuestro nombre?
‑La sangre lava la deshonra ‑dijo Morrel.
‑Tenéis razón, padre mío; os comprendo.
Y alargando la mano a las pistolas, añadió:
‑Una para vos, otra para mí. Gracias.
Morrel le contuvo.
‑¿Qué será de lo madre... y de lo hermana?
Un temblor involuntario se adueñó del joven.
‑¡Padre mío! ‑repuso‑, ¿pensáis lo que decís? ¿Me aconsejáis que
viva?
‑Sí; lo aconsejo, porque es lo deber. Tú tienes, Maximiliano,
una inteligencia vigorosa y fría, tú no eres un hombre vulgar, Maximiliano.
Nada lo mando, nada lo aconsejo, lo digo únicamente: estudia la situación como
si fueras extraño a ella, y júzgala por ti mismo.
Tras un instante de reflexión, animó los ojos del joven un fuego
sublime de resignación. Con ademán lento y triste se arrancó la charretera y
la capona, insignias de su grado.
‑Está bien, padre mío ‑dijo tendiendo a Morrel la mano‑, morid
en paz; yo viviré.
Morrel hizo un movimiento para arrojarse a los pies de su hijo,
que se lo impidió abrazándole, con lo que aquellos dos corazones nobles
confundieron sus latidos.
‑Bien sabes que no es mía la culpa ‑dijo Morrel.
Maximiliano se sonrió.
‑Sé que sois el hombre más honrado que yo haya conocido nunca,
padre mío.
‑Todo está dicho ya. Regresa ahora al lado de lo madre y de lo
hermana.
‑Padre mío ‑dijo el joven hincando una rodilla en tierra‑, bendecidme.
Cogió Morrel con ambas manos la cabeza de su hijo, y acercándola
a sus labios la besó repetidas veces.
‑Sí, sí ‑exclamaba a la par‑, yo lo bendigo en mi nombre y en el
de tres generaciones de hombres sin tacha. Escucha lo que con mi voz lo dicen:
El edificio que la desgracia destruye, la Providencia puede reedificarlo.
Viéndome morir de tan triste manera, los más inexorables lo compadecerán; quizá
lleguen a concederte a ti treguas que a mí me habrían negado. Trata entonces
que nadie pronuncie la palabra pillo. Trabaja, joven, trabaja, lucha con valor
y ardientemente. Procura vivir tú y que vivan lo madre y lo hermana con lo
estrictamente necesario, a fin de que día por día aumente la fortuna de mis
acreedores con tus ahorros. Piensa que no habría día más hermoso, ni más
grande, ni más solemne, que el día de la rehabilitación, aquel día que puedas
decir en este mismo despacho: «Mi padre murió porque no pudo hacer lo que yo
hago hoy; pero murió tranquilo y resignado, porque esperaba de mí esta
acción.»
‑¡Oh, padre mío, padre mío! ‑exclamó el joven‑. ¡Si pudierais
vivir a pesar de todo!
‑Si vivo todo se ha perdido. Viviendo yo, el interés se cambia
en duda, la piedad en encarnizamiento. Viviendo yo, no soy más que un hombre
que faltó a su palabra, que suspendió sus pagos; soy, en fin, un comerciante
quebrado. Si muero, piénsalo bien, Maximiliano, sí, por el contrario, muero,
seré un hombre desgraciado, pero honrado. Vivo, hasta mis mejores amigos huyen
de mi casa; muerto, Marsella entera acompañará mi cadáver al cementerio; vivo,
tienes que avergonzarte de mi apellido; muerto, levantas la cabeza y dices:
«Soy hijo de aquel que se mató porque tuvo una vez en su vida que faltar a su
palabra.»
El joven exhaló un gemido, aunque estaba al parecer resignado.
Era la segunda vez que el convencimiento se apoderaba, si no de su corazón, de
su espíritu.
‑Ahora ‑dijo Morrel‑, déjame solo, y procura alejar de aquí a
las mujeres.
‑¿No queréis ver por última vez a mi hermana? ‑le preguntó
Maximiliano.
El joven fundaba en esta entrevista una esperanza sombría y postrera.
Morrel movió la cabeza.
‑Ya la he visto esta mañana, y me he despedido de ella.
‑¿No tenéis que hacerme ningún encargo particular, padre mío? ‑le
preguntó Maximiliano con voz alterada.
‑Sí, hijo: un encargo sagrado.
‑Decid, padre mío.
‑La casa de Thomson y French es la única que por humanidad o
acaso por egoísmo, que no me es dado leer en el corazón humano, ha tenido
compasión de mí. Su representante, que se presentará dentro de diez minutos a
cobrar los doscientos ochenta y siete mil quinientos francos, no diré que me
concedió, sino que me ofreció tres meses de plazo. Hijo mío, lo encargo que sea
esta casa la primera que cobre, y que sea ese hombre sagrado para ti.
‑Sí, padre ‑respondió Maximiliano.
‑Y ahora, adiós otra vez ‑dijo Morrel‑. Vete, vete, que necesito
estar solo. Encontrarás mi testamento en el armario de mi alcoba.
El joven permaneció de pie a inmóvil.
‑Escucha, Maximiliano ‑dijo su padre‑. Suponte que soy soldado
como tú, que me han mandado tomar un reducto, y que sabes que han de matarme
ciertamente: ¿No me dirías como hace unos instantes: «Id, padre mío, id,
porque de otro modo os deshonráis, y más vale la muerte que la deshonra» ?
‑Sí, sí ‑dijo el joven- sí.
Y estrechando convulsivamente a su padre entre sus brazos, añadió:
‑Id, padre mío, id.
Y salió del gabinete precipitadamente.
Después de la marcha de su hijo permaneció el naviero en pie,
con los ojos fijos en la puerta. Entonces alargó la mano y tiró del cordón de
la campanilla.
Al cabo de unos momentos apareció Cocles. Ya no era el mismo
hombre. Aquellos tres días le habían transformado. El pensamiento de que la
casa Morrel iba a suspender sus pagos le inclinaba a la tierra más que otros
veinte años sobre los que tenía de edad.
‑Mi buen Cocles ‑le dijo Morrel con un acento imposible de describir‑.
Mi buen Cocles, vas a quedarte en la antecámara, y cuando venga aquel caballero
de hace tres meses, ya le conoces, el representante de la casa de Thomson y
French, cuando venga... me lo anuncias.
Cocles no respondió: hizo con la cabeza una señal de
asentimiento y fue a sentarse en la antesala. Morrel se dejó caer en una silla,
sus ojos se fijaron en la esfera del reloj. ¡Sólo le quedaban siete minutos! El
minutero andaba con una rapidez increíble. Imaginábase que la sentía.
Lo que en aquel supremo instante pensó aquel hombre, que joven
aún iba a abandonar el mundo, la vida y las dulzuras de la familia, fundado en
un razonamiento falso quizá, pero al menos especioso, lo que pensó, repetimos,
es imposible de describir. Estaba resignado, a pesar de que su frente estaba
bañada en sudor, aunque sus ojos se bañaran de lágrimas, estaba resignado.
El minutero seguía avanzando siempre, las pistolas estaban cargadas,
alargó la mano y tomó una, murmurando el nombre de su hija. Después dejó el
arma mortal, cogió la pluma y se puso a escribir algunas palabras. Le parecía
entonces que no se había despedido de su querida hija. Luego se volvió a mirar
el reloj. Ya no contaba los minutos, sino los segundos. Con la boca
entreabierta y los ojos fijos en el minutero, volvió a coger el arma,
estremeciéndose al ruido que él mismo al montarla hacía. El minutero iba a
señalar las once. Morrel no se movió, esperando únicamente que Cocles pronunciase
estas palabras: «El representante de la casa de Thomson y French.»
Y ya tocaba su boca con el arma.
De pronto sonó un grito..., era la voz de su hija... Al volverse
y ver a Julia, la pistola se escapó de sus manos.
‑¡Padre mío! ‑exclamó la joven jadeante y dando muestras de
alegría‑. ¡Salvado! ¡Os habéis salvado!
Y se arrojó en sus brazos, mostrándole una bolsa de seda
encarnada.
‑¡Salvado, hija mía! ‑murmuró Morrel‑. ¿Qué quieres decir?
‑Sí; mirad, mirad‑repuso la joven.
Morrel cogió la bolsa temblando, porque tuvo un vago recuerdo de
que le había pertenecido.
A un lado estaba el pagaré de doscientos ochenta y siete mil quinientos
francos, finiquitado.
Y del otro un diamante tan grueso como una avellana, con un pedazo
de pergamino en que se leía esta frase: «Dote de Julia.»
Morrel se pasó la mano por la frente, creía estar soñando. En
este momento daba el reloj las once. El son de la campana vibraba en su
interior como si la campana sonase en su propio corazón.
‑Veamos, hija mía ‑le dijo‑ cuéntame lo ocurrido. ¿Dónde has
hallado esta bolsa?
‑En una casa de las Alamedas de Meillán, número 15, sobre la
chimenea de un quinto piso muy pobre.
‑¡Pero esta bolsa no es tuya! ‑exclamó Morrel.
Julia alargó a su padre la misiva que tenía en la mano.
‑¿Y has ido sola a esta casa? ‑le preguntó Morrel después de
haberla leído.
‑Manuel me acompañaba, padre mío. Debía de esperarme en la
esquina de la calle del Museo, pero ¡cosa extraña!, ya no estaba cuando volví.
‑¡Señor Morrel! ‑gritó una voz en la escalera‑. ¡Señor Morrel!
‑Es su voz ‑murmuró Julia.
Al mismo tiempo entró Manuel fuera de sí por efecto del júbilo y
la emoción.
‑¡El Faraón! ‑exclamó‑. ¡El Faraón!
‑¿Qué es eso? ¿El Faraón? ¿Estáis loco, Manuel? Ya sabéis
que se ha perdido.
‑¡El Faraón, señor...!, lo señala el vigía del puerto...,
está entrando ahora mismo.
Morrel volvió a caer sobre su silla, le faltaron las fuerzas. Su
inteligencia se negaba a dar crédito a tantos sucesos increíbles, maravillosos.
Pero
entonces llegó también su hijo exclamando:
‑¡Padre mío! ¿Cómo decíais que El Faraón se ha perdido?
El vigía lo señala, y dicen que está entrando en el puerto.
‑¡Amigos míos! ‑exclamó el naviero‑, si eso fuera cierto, tendríamos
que atribuirlo a milagro palpable. ¡Imposible! ¡Imposible!
Pero lo que era verdadero y no menos maravilloso, era aquella
bolsa que tenía en la mano, aquel pagaré inutilizado, y aquel magnífico diamante.
‑¡Ah, señor! ‑dijo Cocles entrando a su vez. ¿Qué significa todo
esto? ¿El Faraón?
‑Vamos, hijos míos ‑dijo Morrel levantándose‑. Vamos a verlo, y
que Dios se apiade de nosotros si es mentira.
En medio de la escalera los estaba esperando la pobre señora Morrel,
que no se había atrevido a subir. Como por encanto llegaron a la Cannebière. En
el puerto había mucha gente congregada. Y la muchedumbre se abría para dejar
paso a Morrel.
‑¡El Faraón! ¡El Faraón! ‑exclamaban todas las voces.
En efecto, ¡cosa maravillosa!, ¡increíble!, un buque con estas
palabras escritas en la popa en letras blancas: El Faraón, de Morrel a
hijos, de Marsella, completamente igual al Faraón, y cargado
asimismo de cochinilla y añil, echaba el ancla y cargaba sus velas enfrente del
fuerte de San Juan. Desde el puente daba sus órdenes el capitán Gaumard, y
maese Penelón hacía señas al señor Morrel.
Ya no era posible dudarlo. El Faraón estaba allí, a la
vista, y diez mil personas confirmaban con sus voces tan inesperado suceso.
Cuando Morrel y su hijo se abrazaban, con aplauso de toda la ciudad,
presente a ese prodigio, un hombre de larguísima barba negra que se ocultaba
detrás de la garita de un centinela, contemplaba enternecido la escena
murmurando:
‑Que seas feliz, noble corazón; que Dios lo bendiga por el bien
que has hecho y que harás todavía, y quede mi gratitud tan ignorada como lo
beneficio.
Y con una sonrisa en que brillaba la alegría y la felicidad,
abandonó su escondite, sin que nadie reparase en él, tan preocupada estaba la
multitud con lo que ocurría, y bajando los escalones que sirven de
desembarcadero, gritó tres veces:
‑¡Jacobo! ¡Jacobo! ¡Jacobo!
Se aproximó una lancha, que le condujo a un yate ricamente aparejado,
a cuyo puente subió con la ligereza de un marinero. Desde allí se puso otra vez
a contemplar a Morrel, que llorando de alegría, repartía a todos apretones de
manos, mirando a la par al cielo, como si buscase, para darle gracias, a su
desconocido protector.
‑Ahora ‑murmuró el desconocido‑, adiós, bondad, humanidad y
gratitud..., adiós, todos los sentimientos que ennoblecen el alma. He querido
ocupar el puesto de la Providencia para recompensar a los buenos..., ahora
cédame el suyo el Dios de las venganzas para castigar a los malvados.
Y al
decir esto, hizo una señal, que parecía que el barco no esperase otra cosa para
hendir la superficie de las aguas.
Capítulo octavo
Italia. Simbad El Marino
A comienzos del año 1838 hallábanse en Florencia dos jóvenes de
la más alta sociedad de París; el vizconde Alberto de Morcef era el uno, y el
barón Franz d'Epinay el otro. Ambos habían convenido que irían a pasar aquel
año el carnaval en Roma, donde Franz, que hacía cuatro años que vivía en
Italia, serviría a Alberto de cicerone.
Pero como no es tan fácil pasar el carnaval en Roma, sobre todo
para el que no quería vivir en la Plaza del Popolo o en el Campo Vaccino,
escribieron a maese Pastrini, dueño del Hotel de Londres, en la Plaza de
España, que les guardase para entonces una habitación confortable.
Maese Pastrini les respondió que no tenía disponibles más que
dos salas y un gabinete del secondo piano, que les ofrecía por el módico
precio de un luis diario. Los jóvenes aceptaron y queriendo Alberto aprovechar
el tiempo que le quedaba, partió para Nápoles, y Franz quedóse en Florencia.
Cuando hubo gozado largo tiempo de la vida que se hace en la
corte de los Médicis, luego que se paseó a su sabor por ese edén que se llama
los Casinos; cuando, finalmente, gozó de las magníficas tertulias de
Florencia, diole el capricho de ir a ver la isla de Elba, ese gran puerto de
amparo de Napoleón, puesto que ya había visto Córcega, cuna de Bonaparte.
Una tarde, pues, mandó desatar una barchetta de la argolla que
la detenía en el puerto de Liorna, y acostándose en el fondo, embozado en su
capa, dijo sencillamente a los marineros:
‑¡A la isla de Elba!
La barca salió del puerto como abandonan su nido las aves
marinas, y a la mañana siguiente desembarcaba Franz en Porto‑Ferrajo.
Atravesó la isla imperial, después de haber seguido todas las
huellas que a11í dejó el Gigante, y fue a embarcarse en la Marciana.
Dos horas más tarde desembarcó en la Pianosa, donde le aseguraban
que podría divertirse matando perdices coloradas, que abundan mucho.
La caza fue mala. Con mucho trabajo mató algunas perdices muy
flacas y, como todo cazador que se ha fatigado en balde, tornó a su barca muy
malhumorado.
‑¡Ah!,
si vuestra excelencia quisiera, ¡qué gran cacería podría hacer! ‑le dijo el
patrón.
‑¿Dónde?
‑¿Ve esa isla? ‑dijo el patrón, señalando con el dedo al mediodía,
en cuya dirección se distinguía en medio del mar una masa cónica de hermoso
color añil.
‑¿Y qué isla es ésa? ‑preguntó Franz.
‑La isla de Montecristo ‑respondió el liornés.
‑Pero no tengo permiso para cazar en ella.
‑Vuestra excelencia no lo necesita. La isla está desierta.
‑¡Diantre! ‑exclamó el joven‑. ¡Qué cosa tan curiosa es una isla
desierta en medio del Mediterráneo!
‑Y cosa natural, excelencia. Esa isla es una masa de peñascos.
Tal vez en toda ella no hay una fanega de tierra cultivable.
‑Y ¿a qué país pertenece esa isla?
‑A Toscana.
‑Y ¿qué podré cazar?
‑Millares de cabras salvajes?
‑¿Se alimentan de lamer las piedras? ‑dijo Franz con sonrisa de
incredulidad.
‑No, sino paciendo musgo, y despuntando mirtos y lentiscos, que
crecen en las hendiduras.
‑Pero ¿dónde paso la noche?
‑En las grutas de la isla, o a bordo, envuelto en vuestra capa.
Además, si quiere vuestra excelencia, podremos volvernos así que termine la
cacería, pues muy bien sabe que navegamos tan bien de noche como de día, y que
a falta de velas tenemos remos.
Como todavía le quedaba a Franz tiempo suficiente para juntarse
con su compañero, y no tenía que ocuparse en buscar vivienda en Roma, aceptó la
proposición, que iba a desquitarle de su primera cacería. Al oír su respuesta
afirmativa, los marineros cambiaron entre sí algunas palabras en voz baja.
‑¿Qué ocurre ahora? ‑les preguntó‑. ¿Ha surgido alguna dificultad?
‑No, pero debemos advertir a vuestra excelencia que la isla está
en estado de sitio.
‑¿Qué queréis decir?
‑Que como la isla de Montecristo no está habitada, sirve de escala
muchas veces a los contrabandistas y a los piratas que vienen de Córcega, de
Cerdeña o de Africa. Si a nuestra llegada a Lisboa llegara a saberse que hemos
estado en Montecristo, nos veremos obligados a hacer una cuarentena de seis
días.
‑¡Diablo!, ya varía la cuestión. ¡Seis días! justamente el
tiempo que Dios necesitó para crear el mundo. El plazo es largo, hijos míos.
‑Pero ¿quién iría a decir que su excelencia ha estado en MonteCristo?
‑¡Oh! , no seré yo ‑exclamó Franz.
‑Ni menos nosotros ‑añadieron los marineros.
‑Pues a Montecristo.
El patrón empezó a maniobrar y poniendo proa a Montecristo,
comenzó el barco a bogar.
Dejó Franz que la operación acabara, y cuando se entró en el
nuevo camino, cuando henchidas las velas por la brisa volvieron los marineros
a sus respectivos puestos, tres adelante y uno en el timón, renovó su plática.
‑Mi querido Gaetano ‑dijo al patrón‑, acabáis de decirme, según
creo, que la isla de Monte‑Crísto es un nido de piratas, que me parece caza muy
distinta de la de cabras.
‑Es cierto, excelencia.
‑Yo no ignoraba que existen contrabandistas, pero creía que
desde la toma de Argel y la destrucción de la Regencia no existían los piratas
sino en las novelas de Cooper y del capitán Marryat.
‑Pues vuestra excelencia se engañaba. Existen piratas, como existen
bandidos, que aunque fueron exterminados por el Papa León XII, roban todos los
días a los viajeros a las mismas puertas de Roma. ¿No ha oído decir su
excelencia que apenas hace seis meses fue robado a quinientos pasos de
Velletri, el encargado de Negocios de Francia cerca de la Santa Sede?
‑Desde luego que sí.
‑Pues bien; si, como nosotros, viviese en Liorna vuestra excelencia,
de vez en cuando oiría contar que un barquichuelo cargado de mercancías o un
lindo yate inglés que se esperaba en Bastía, PortoFerrajo o Civita‑Vecchia, no
ha llegado, y que se ignora su paradero: debió de estrellarse contra alguna
roca. Pues esa roca es una barquilla estrecha y chata, tripulada por seis o
siete hombres, que lo sorprendieron y robaron en una noche oscura, en las
inmediaciones de algún islote desierto, como los ladrones detienen y roban una
silla de posta en la espesura de un bosque.
‑Pero ¿cómo las víctimas no se quejan? ‑repuso Franz, siempre
tendido en su barca‑. ¿Cómo no atraen sobre esos piratas la venganza del
gobierno francés, del sardo o del toscano?
‑¿Por qué? ‑repuso Gaetano sonriéndose.
‑Sí, ¿por qué?
‑Porque, en primer lugar, transportan del yate o del navío a su
barca cuanto hay que valga la pena, y luego atan a la tripulación de pies y
manos, y al cuello de cada uno una bala de cañón, y hacen un agujero en la
quilla del barco robado, y suben al puente, y cierran las escotillas y se pasan
a su barca. A los diez minutos empieza a quejarse la embarcación y a gemir, y
poco a poco se hunde uno de los costados primero, después el otro, luego vuelve
a salir a flor y a hundirse, y más y más cada vez. De pronto suena un ruido
semejante a un cañonazo: es el aire que rompe el puente. El barco se revuelve
entonces como un hombre que se ahoga. Pronto el agua, demasiado comprimida en
las cavidades, inunda todo el barco, saliendo por sus agujeros, como los
torrentes de humor que arroja por sus poros un gigantesco cetáceo.
»A fin lanza su último gemido, da sobre sí mismo la última
vuelta, y se hunde, formando en el abismo un círculo inmenso, que gira y gira
un instante, se calma poco a poco, y acaba por desvanecerse tan completamente
que a los cinco minutos se precisaría el ojo de Dios para buscar en el fondo de
las tranquilas aguas el buque agujereado.
‑¿Comprendéis ahora ‑añadió el patrón sonriendo‑, cómo el buque
no vuelve al puerto y por qué los robados no se quejan?
Si Gaetano hubiera contado esto antes de proponer la expedición,
es probable que Franz lo pensara con más madurez, pero ya que la habían
emprendido parecióle cobardía el renunciar. Franz era uno de esos hombres que
no corren al peligro, pero que sí se presenta la ocasión, se enfrentan a él
con imperturbable sangre fría. Era uno de esos hombres de voluntad inflexible,
que no miran el peligro sino como en un duelo al adversario, calculando hasta
sus movimientos, estudiando su fuerza, y que al primer golpe de vista se dan
cuenta de todas las ventajas y matan de un solo golpe.
‑¡Bah! ‑respondió‑, he atravesado la Sicilia y la Calabria, he
navegado por el Archipiélago dos meses, y ni la sombra he visto de un bandido o
de un pirata.
‑Es que yo no se lo he dicho a su excelencia para hacerle renunciar
a su proyecto ‑añadió Gaetano‑. Me preguntó y le respondí.
‑Sí, mi caro Gaetano, y vuestra conversación es de las más interesantes,
por lo que quiero gozar de ella el mayor tiempo posible. A Montecristo.
Entretanto se iban acercando al término del viaje, y con un vientecillo
fresco hacía el barco seis o siete millas por hora. La isla parecía que
brotase del centro del mar a medida que la distancia se acortaba, y a través
de la clara atmósfera del crepúsculo se distinguía, como las balas amontonadas
en un arsenal, aquella masa de rocas, en cuyos intersticios se veían las matas
y los árboles surgir. En cuanto a los marineros, aunque estaban al parecer completamente
tranquilos, era evidente que habían redoblado su vigilancia, y que sus miradas
escudriñaban aquel mar, terso como un espejo, poblado sólo de algunas barcas
pescadoras que con sus velas blancas se deslizaban como las gaviotas de ola en
ola.
Once millas distaban de Montecristo cuando el sol empezó a ocultarse
detrás de la de Córcega, cuyas montañas se vislumbraban a la derecha, dibujando
en el cielo sus picos sombríos. Delante de la barca, ocultándole el sol, que
ya sólo doraba sus últimas rocas, se elevaba amenazador aquel gigante de
piedra, parecido a Adamastor. Lentamente subieron las sombras desde el mar,
ahuyentando aquel rayo de luz que iba ya a apagarse. Al fin subió aquella
estela luminosa hasta la cima del cono, donde se detuvo un instante flameando
como el penacho de un volcán, hasta que la sombra invasora se apoderó gradualmente
de las alturas, reduciéndose la isla a una nube rojiza que iba por momentos
ennegreciéndose. Una hora después se hizo completamente de noche.
En medio de la oscuridad profunda que los envolvía, Franz no dejaba
de experimentar alguna inquietud, pero por fortuna los marineros conocían muy
bien hasta los puntos más ignotos del archipiélago toscano. La Córcega había
desaparecido enteramente, y casi la isla de Montecristo, pero los marineros
tenían, como los linces, la facultad de ver en las tinieblas, y el piloto que
iba al timón no señalaba ningún obstáculo.
Una hora habría transcurrido desde la puesta del sol, cuando
Franz creyó percibir a un cuarto de milla a la derecha una sombra confusa,
aunque era imposible el distinguirla bien, y temiendo que se le burlasen los
marinos si tomaba por tierra firme algunas nubes flotantes, no dijo ni una
palabra, pero de pronto apareció en la orilla un resplandor muy grande. La
tierra parecía una nube, pero el fuego no era un meteoro.
‑¿Qué luz es aquélla? ‑inquirió.
‑¡Chist! ‑dijo el patrón‑. Es una lumbre.
‑Pero ¿no decíais que la isla estaba deshabitada?
‑Dije que no tiene población fija, pero dije también que es un
nido de contrabandistas.
‑¿Y de piratas?
‑Y de piratas ‑añadió Gaetano repitiendo las palabras de Franz‑,
Por eso di orden de que pasáramos más allá de la isla, y ya lo veis, la lumbre
cae detrás de nosotros.
‑Pero ese fuego ‑prosiguió Franz‑ me parece más bien un motivo
de seguridad que de inquietud. No lo hubieran encendido gentes que temiesen ser
descubiertas.
‑¡Oh!, eso nada quiere decir ‑repuso Gaetano‑. Si pudieseis
reconocer en medio de la oscuridad la situación de la isla, veríais que es tal,
que el fuego no se descubre desde la costa ni desde la Pianosa, sino desde alta
mar solamente.
‑Conque, según eso, ¿teméis que sea de mal agüero?
‑Es preciso orientarse ‑repuso Gaetano fijando los ojos en aquella
estrella terrestre.
‑¿Y cómo?
‑Vais a verlo.
A estas palabras habló Gaetano en voz baja a sus compañeros, y
después de cinco minutos de discusión, ejecutaron en silencio una maniobra, con
la cual viró el barco de bordo como por ensalmo. Volvieron entonces a tomar el
camino que habían traído, y algunos segundos después desapareció el
resplandor, sin duda a causa de las alteraciones topográficas. El piloto dio
entonces nueva dirección al barquillo, que se acercó a la isla visiblemente, no
distando más de cincuenta pasos. Amainó Gaetano y quedó el barco inmóvil. Esto
se había ejecutado con el mayor silencio, y hasta sin pronunciar una palabra,
sobre todo desde el cambio de dirección.
Gaetano, que había propuesto la expedición, tomó a su cargo la
responsabilidad. Los cuatro marineros no le perdían de vista, puestos al remo y
en disposición de usarlos con todas sus fuerzas, lo que no era difícil, gracias
a la oscuridad. Con esa sangre fría que ya le conocemos, Franz aprestaba sus
armas (que eran dos escopetas de dos cañones y una carabina), las cargaba y les
ponía el seguro.
En este intervalo el patrón se había quitado su marsellés y su
camisa, y asegurándose los pantalones en las caderas, sin quitarse los zapatos
ni medias, que no los usaba, se puso un dedo sobre la boca, como dando a
entender que guardasen profundo silencio, se deslizó al mar, nadando hacia la
orilla con tanta precaución, que era imposible oír el menor ruido. Sólo con
ayuda de la fosfórica estela que dejaba en el agua, se podía observar su
camino. Esta estela pronto desapareció. Era evidente que el patrón había llegado
a la orilla. Todos los del barco permanecieron inmóviles por espacio de media
hora, al cabo de la cual vieron aparecer junto a la orilla la misma estela
luminosa en dirección a ellos. Un instante después Gaetano estaba en la barca.
‑¿Y bien? ‑le preguntaron Franz y cuatro marineros al mismo
tiempo.
‑Son ‑dijo‑ contrabandistas españoles, aunque hay también con
ellos dos bandidos corsos.
‑¿Y qué hacen esos dos bandidos corsos con los contrabandistas
españoles?
‑¡Toma, excelencia! ‑repuso Gaetano con aire de sublime caridad‑,
es preciso ayudarse los unos a los otros. Los bandidos se ven perseguidos con
bastante frecuencia en tierra por los gendarmes o los carabineros, y entonces
encuentran una barca tripulada por buenos camaradas como nosotros, a quienes
pedir hospitalidad, y de quienes recibirla en su mansión flotante. ¿Quién niega
protección a un pobre hombre que se ve perseguido? Le recibimos a bordo, y para
mayor seguridad nos metemos en alta mar. Esto no nos cuesta nada, y le salva la
vida, o la libertad por lo menos, a uno de nuestros semejantes, que el día de
mañana en pago del servicio que le hemos hecho, nos indica un buen sitio para
desembarcar sin que nos molesten los curiosos.
‑¡Ah! ¡Ya! ¿De modo que vos mismo tenéis también algo de contrabandista,
mi querido Gaetano? ‑le dijo Franz.
‑¿Qué queréis, excelencia? ‑contestó con una sonrisa imposible
de describir‑, bueno es saber algo de todo, porque lo primero es vivir.
‑Luego ¿conocéis a esa gente que ahora habita en Montecristo?
‑Así, así. Los marinos somos como los francmasones, que nos reconocemos
unos a otros por ciertas señales.
‑¿Y creéis que no ofrece peligro nuestro desembarco?
‑Ninguno. Los contrabandistas no son ladrones.
‑Pero esos bandidos corsos... ‑murmuró Franz calculando de
antemano todas las posibilidades.
‑¡Vaya por Dios! ‑dijo Gaetano‑. Ellos no tienen la culpa de ser
bandidos, sino la autoridad.
‑¿Qué decís?
‑Desde luego. Les persiguen por haber hecho una piel, y nada
más. ¡Como si el vengarse no fuera en Córcega lo más natural del mundo!
‑¿Qué entendéis por haber hecho una piel? ¿Haber
asesinado a un hombre? ‑‑‑dijo Franz prosiguiendo sus pesquisas.
‑Haber matado a un enemigo, que es muy diferente ‑respondió el
patrón.
‑Pues bien ‑añadió el joven‑. Vamos a pedir hospitalidad a esos
contrabandistas y a esos bandidos. ¿Creéis que nos la concederán?
‑De seguro.
‑¿Cuántos son?
‑Cuatro, excelencia, y con los dos bandidos, seis.
‑Justamente el mismo número nuestro; somos seis para seis, por
si esos señores se nos pusieran foscos y tuviéramos que traerlos a razones.
Por última vez, vamos a Montecristo.
‑Corriente, excelencia, pero nos permitiréis tomar algunas otras
precauciones.
‑Desde luego, amigo mío. Sed sabio como Néstor, y astuto como
Ulises. Hago más que permitíroslo, os lo aconsejo.
‑Pues entonces, ¡silencio! ‑murmuró Gaetano.
Todos se callaron.
Para un hombre observador como Franz, todas las cosas tienen su
verdadero punto de vista. Esta situación, sin ser peligrosa, no carecía de
cierta gravedad. Hallábase en las tinieblas más profundas, en medio del mar,
rodeado de marineros que no le conocían, que no tenían ningún motivo para
tenerle afecto, que sabían que llevaba en el cinto algunos miles de francos, y
que muchas veces habían examinado, si no con envidia, con curiosidad al menos
sus armas, que eran muy hermosas.
Por otra parte, iba a arribar, sin más ayuda que aquellos
hombres, a una isla que, a pesar de su nombre religioso, no le prometía al parecer
otra hospitalidad que la del Calvario a Cristo, gracias a los bandidos y a los
contrabandistas. Después, la historia de aquellas barcas agujereadas en el
fondo, que de día la creyó exagerada, parecióle verosímil de noche.
Fluctuando, pues, entre este doble peligro, quizás imaginario, no abandonaba su
mano el fusil, ni sus ojos se apartaban de aquellos hombres.
Entretanto, los marineros habían izado otra vez sus velas y
vuelto a emprender su marcha. En medio de las tinieblas, a las cuales estaba ya
un tanto acostumbrado, distinguía Franz el gigante de granito que la barca
costeaba, y pasando en fin el ángulo saliente de una peña, pudo ver la lumbre
más encendida que nunca, y sentadas a su alrededor cinco o seis personas.
El resplandor del fuego iluminaba una distancia de cien pasos
mar adentro, por lo menos. Costeó Gaetano la luz, procurando que su barco no
saliese un punto de la sombra, y cuando logró situarse enfrente de la lumbre,
lanzóse atrevidamente al círculo formado por el reflejo, entonando una canción
de pescadores, y haciéndole el coro sus compañeros. Al oír el primer verso de la canción habíanse
levantado los que se calentaban, aproximándose al desembarcadero con los ojos
fijos en la barca, cuya fuerza a intenciones se esforzaban indudablemente en
adivinar. Pronto demostraron que el examen les satisfacía, yendo a sentarse
junto a la lumbre, en que asaban un cabrito entero, a excepción de uno, que se
quedó de pie en la orilla. Cuando la barca hubo llegado a unos veinte pasos de
la orilla, el que estaba de pie hizo maquinalmente con su carabina el ademán de
un centinela ante la fuerza armada, y gritó en dialecto sardo:
‑¿Quién vive?
Franz preparó fríamente sus dos tiros.
Gaetano cruzó con aquel hombre algunas palabras, que el viajero
no pudo comprender, pero que sin duda se referían a él.
‑¿Quiere vuestra excelencia dar su nombre o guardar el incógnito?
‑le preguntó el patrón.
‑No quiero que mi nombre suene para nada ‑contestó Franz‑.
Decidle que soy un francés que viaja por gusto.
Así que Gaetano hubo transmitido esta respuesta, dio una orden
el centinela a uno de los hombres que estaban sentados a la lumbre, el cual se
levantó acto seguido y desapareció entre las rocas.
Hubo un
instante de silencio. Cada uno pensaba en sus propias cosas. Franz en su
desembarco, los marineros en sus velas, los contrabandistas en su cabra, pero
a pesar de este aparente descuido, se observaban unos a otros.
De repente, el hombre que se había separado de la lumbre apareció,
en opuesta dirección, haciendo con la cabeza una señal al centinela, que
volviéndose hacia el barco se contentó con pronunciar estas palabras:
‑S'accommodi.
El s'accommodi italiano es imposible de traducir, porque
significa al mismo tiempo: venid, entrad, sed bienvenido, estáis en vuestra
casa, todo es vuestro. Se parece a aquella frase turca de Molière que tanto
admiraba el paleto caballero (le bourgeois gentilhomme) por el sinnúmero
de cosas que significaba.
Los marineros no se lo hicieron repetir y a los cuatro golpes de
remo tocó la barca en la orilla. Saltó Gaetano el primero, volviendo a hablar
brevemente con el centinela en voz baja; saltaron los marineros unos tras
otros, hasta que le tocó a Franz hacer lo mismo.
Llevaba éste al hombro uno de los fusiles, Gaetano el otro, y un
marinero su carabina, pero como su traje era una mezcolanza del de los artistas
y del de los dandys, no inspiró ninguna sospecha.
Tras amarrar el barco a la orilla dieron algunos pasos en busca
de una especie de vivaque donde se colocaron, pero sin duda el punto adonde se
dirigían no era del gusto del que hizo el papel de centinela, porque gritó a
Gaetano:
‑Por ahí no.
Balbució una disculpa Gaetano, y sin insistir dirigióse a la
parte opuesta, mientras dos marineros iban a encender en la hoguera antorchas
para alumbrar el camino.
Anduvieron como unos treinta pasos y se detuvieron en una pequeña
explanada de rocas, en que habían labrado como unos asientos, que querían
parecer garitas, donde el centinela pudiera sentarse. En torno crecían en
algunos trozos de tierra vegetal encinas enanas y mirtos de ramaje espeso. Por
un montón de cenizas, que vio al bajar al suelo una antorcha, comprendió Franz
que no era el primero que reconociese la excelencia de aquel sitio, y que debía
de ser una de las guaridas habituales de los nómadas visitantes de la isla de
Montecristo.
Ya había dejado de estar en alarma y en acecho. Desde que puso
el pie en tierra, desde que se dio cuenta de las disposiciones, si no amistosas,
indiferentes de sus huéspedes, desapareció toda su desconfianza, cambiándose
en apetito con el olor de la cabra que asaban en la cercana lumbre.
Dijo algunas palabras acerca de este nuevo incidente a Gaetano,
que le respondió que nada era más sencillo que comer, para quien trajese como
ellos en su barco, pan, vino, seis perdices, y un buen fuego para asarlas.
‑Además ‑añadió‑, si tanto incita a vuestra excelencia el olor
de la cabra, puedo ofrecer a los vecinos dos de nuestras aves por un pedazo de
su asado.
‑Sí, sí, Gaetano ‑contestó el joven‑. Haced, que parecéis en
verdad nacido para tratar esta clase de negocios.
Entretanto los marineros habían arrancado un buen montón de
musgo, y con mirtos y encina verde encendieron una buena lumbre.
Franz, impaciente, esperaba a su negociador, olfateando la
cabra, cuando aquél apareció con aire pensativo.
‑Ea, ¿qué hay de nuevo? ‑le preguntó‑. ¿Rechazan nuestra oferta?
‑Al contrario ‑dijo Gaetano‑. Su jefe, a quien han dicho que
sois un joven francés, os invita a cenar.
‑¡Caramba! ‑exclamó Franz‑. ¡Qué hombre tan civilizado debe de
ser ese jefe! No tengo motivos para negarme, tanto más cuanto que le llevo mi
parte de bucólica.
‑¡Oh!, no es eso: Tiene para cenar y aun algo más. Es que pone a
vuestra entrada en su casa una condición muy singular.
‑¡En su casa! ¿Ha construido una casa aquí?
‑No; pero no deja por eso de tener, según se asegura, al menos,
un albergue bastante cómodo.
‑¿Conocéis, pues, a ese jefe?
‑Por haber oído hablar de él.
‑¿Bien o mal?
‑De las dos maneras.
‑¡Diablo! ¿Y cuál es su condición?
‑Que os dejéis vendar los ojos, y que no os quitéis la venda
hasta que él mismo os lo diga.
Franz sondeó cuanto le fue posible la mirada de Gaetano para conocer
lo que ocultaba esta proposición.
‑¡Ah! ‑respondió el marinero adivinando su idea‑. ¡Bien sé yo
que merece reflexionarse!
‑¿Qué haríais vos en mi lugar? ‑inquirió el joven.
‑Como nada tengo que perder, iría.
‑¿No rechazaríais el ofrecimiento?
‑No, aunque no fuera más que por curiosidad.
‑¿Hay algo curioso en casa de ese jefe?
‑Escuchad ‑dijo Gaetano bajando la voz‑. Yo no sé si es cierto
lo que dicen...
Y se detuvo, mirando a su alrededor, por si lo escuchaban.
‑¿Qué dicen?
‑Dicen que ese jefe vive en una gruta que deja muy atrás al palacio
Pitti.
‑¡Soñáis! ‑exclamó Franz volviendo a sentarse.
‑No es sueño ‑contestó el patrón‑, sino realidad. Cama, el piloto
del San Fernando, entró un día, y salió maravillado, diciendo que sólo
en los cuentos de las hadas hay tales tesoros.
Franz dijo:
‑¿Sabéis que con esas palabras me haríais descender a las
cavernas de Alí‑Babá?
‑Digo lo que me dicen, excelencia.
‑¿De modo que me aconsejáis que acepte?
‑No digo tanto. Vuestra excelencia hará lo que sea de su gusto.
Yo no quisiera aconsejarle en semejante ocasión.
Franz reflexionó un rato, y comprendiendo que si aquel hombre
era tan rico no querría robarle a él, que sólo llevaba algunos miles de
francos, y como, además, entre todo esto veía en perspectiva una cena
excelente, se decidió. Gaetano fue a llevar su respuesta.
Como ya lo hemos dicho, Franz era, sin embargo, prudente, y
quiso adquirir todas las noticias posibles de su extraño y maravilloso anfitrión.
Volvióse, pues, a un marinero que durante este diálogo se ocupaba en desplumar
las perdices con mucha gravedad, y le preguntó en qué habrían podido arribar a
la isla los contrabandistas, puesto que ni barca, ni tartana, ni canoa se veía.
‑No os inquietéis por eso ‑dijo el marinero‑, porque conozco la
embarcación que tripulan.
‑¿Es buena?
‑Una igual deseo a vuestra excelencia para dar la vuelta al
mundo.
‑¿Es muy grande?
‑De unas cien toneladas, sobre poco más o menos. Es un barco de
capricho, un yate, pero construido de manera que en todo tiempo anda por el
mar.
‑¿Dónde lo han construido?
‑Lo ignoro, aunque lo tengo por genovés.
‑¿Y cómo un jefe de contrabandistas ‑prosiguió Franz‑ se atreve
a construir en Génova un yate con destino a su comercio?
‑Yo no he dicho que él sea contrabandista ‑respondió el marinero.
‑No, pero me parece que Gaetano lo ha dicho.
‑Gaetano habrá visto de lejos la tripulación, pero no habló con
ninguno.
‑Si ese hombre no es un jefe de contrabandistas, ¿qué es entonces?
‑Un señor muy rico que viaja por placer.
«Vamos ‑pensaba Franz‑, con ser las relaciones diferentes, se
hace más y más misterioso el personaje.»
‑¿Cuál es su nombre?
‑Cuando se lo preguntan, responde que Simbad el Marino, pero yo
dudo que ése sea su nombre verdadero.
‑¿Simbad el Marino?
‑Sí.
‑¿Y dónde habita ese señor?
‑En el mar.
‑¿De qué pueblo es?
‑No lo sé.
‑¿Le habéis visto?
‑Algunas veces.
‑¿Qué clase de hombre es?
‑Vuestra excelencia juzgará por sí mismo.
‑¿Y dónde va a recibirme?
‑Sin duda en ese palacio subterráneo de que Gaetano os habló.
‑Y al desembarcar en esta isla, encontrándola desierta, ¿no habéis
tenido nunca la curiosidad de dar con ese palacio encantado?
‑Así es, excelencia ‑repuso el marino‑, y más de una vez, pero
siempre fueron inútiles nuestras tentativas. Hemos examinado la
gruta de arriba abajo, sin encontrar la menor comunicación. ¡Si dicen que la
puerta no se abre con llave, sino con una palabra mágica!
‑Vamos, esto es un cuento de las Mil y una noches ‑murmuró
Franz.
‑Su excelencia os aguarda ‑dijo detrás de él una voz, que reconoció
por la del centinela.
Al recién llegado le acompañaban dos hombres pertenecientes a la
tripulación del yate.
Por toda respuesta, sacó Franz su pañuelo, presentándoselo al
que le había dirigido la palabra. Vendáronle los ojos sin decir nada, pero rnn
una escrupulosidad que le daba a entender que no cometiese ninguna
indiscreción. Luego hiciéronle jurar que no trataría de destaparse. Franz
juró. Hecho esto le cogieron cada uno de ellos por un brazo, y echó a andar,
conducido así y guiado por el centinela.
Después de unos treinta pasos, sintió, por el calor de la
hoguera y el olor de la cabra, que pasaba por delante del vivaque. Hiciéronle
después dar como cincuenta pasos, evidentemente de la parte por donde
prohibieron a Gaetano que anduviera, prohibición que ahora se explicaba. Por el
cambio de la atmósfera comprendió pronto que entraba en un subterráneo, y a
los pocos segundos de marcha oyó un estallido y parecióle que cambiara otra vez
la atmósfera, poniéndose perfumada y tibia. Cuando sus pies, por último,
resbalaron sobre una muelle alfombra, sus guías le abandonaron. Hubo un
intervalo de silencio, hasta que dijo una voz en buen francés, aunque con
marcado acento extranjero:
‑Seáis, caballero, bien venido a esta casa. Ya podéis quitaros
el pañuelo.
Franz no se hizo repetir dos veces la invitación. Se quitó su
pañuelo y hallóse cara a cara con un hombre de unos treinta y ocho a cuarenta
años, en traje tunecino, o para que se comprenda mejor, con un casquete
Colorado con borla de seda azul, una chaquetilla de paño negro bordada de oro,
pantalones largos y anchos de color de sangre, calzas del mismo color, bordadas
asimismo de oro, Y pantuflas amarillas. Llevaba en la cintura un magnífico chal
de Cachemira, y sujeto en él un yatagán pequeño y corvo.
El rostro de este hombre era de notable hermosura aunque pálido
hasta degenerar en lívido. Sus ojos vivos y penetrantes, su nariz recta y casi
al nivel de la frente, como de tipo griego en toda su pureza; sus dientes,
blancos como perlas, resaltaban entre su negro bigote. Sólo aquella palidez era
extraña. Parecía un hombre encerrado mucho tiempo en un sepulcro, que no
hubiese podido recobrar después el color de los vivos. No era de alta
estatura, pero sí bien formado, y con las manos y los pies muy pequeños, como
los meridionales. Pero lo que admiró a Franz, que había tenido por sueño las
exageraciones de Gaetano, fue la suntuosidad de los muebles.
Las paredes estaban cubiertas de seda turca carmesí, salpicada
de flores de oro. A un lado se veía una especie de diván coronado por un trofeo
de armas arabescas con vainas de plata sobredorada incrustadas de pedrería.
Pendía del techo una lámpara de cristal de Venecia, preciosísima por su forma
y su color, y cubría el suelo un tapiz turco, tan blando, que hasta el tobillo
se hundían los pies. Colgaban grandes cortinajes delante de la puerta por donde
había entrado Franz, y de la otra que daba paso a una habitación magníficamente
iluminada al parecer.
El jefe dejó un instante a Franz entregado a su sorpresa,
examinándole con la misma atención con que él lo examinaba todo, y sin perderle
un punto de vista.
‑Caballero ‑le dijo al fin‑. Os pido mil veces que me dispenséis
las precauciones tomadas para introduciros aquí, pero como esta isla está casi
desierta, conocido el secreto de esta morada, cualquier día me la encontraría
sin duda como Dios fuere servido, lo que me agradaría en verdad muy poco, no
por la pérdida de lo que vale, sino porque me quitaría la seguridad que ahora
tengo de poder separarme del mundo cuando me da la gana. Procuraré haceros
olvidar ahora esa nimia molestia, ofreciéndoos lo que no esperaríais encontrar
aquí, esto es, una cena regular y una cama bastante buena.
‑A fe mía, querido anfitrión, que no necesitáis ofrecerme disculpas
‑repuso Franz‑. Siempre he visto que se vendaba los ojos a todos los que van a
entrar en palacios encantados. Eso sucede a Raúl en Los Hugonotes, y en
verdad que no debo de quejarme, pues lo que veo paréceme una continuación de
las maravillas de las Mil y una noches.
‑¡Ay! Tengo que deciros como Lúculo: «A esperar yo vuestra visita,
hubiera hecho algunos preparativos.» En fin, tal como es mi choza, tal como es
mi colación, las pongo a vuestra disposición. ¿Estamos ya servidos, A1í?
Casi en el mismo instante levantóse el cortinón de la puerta,
apareciendo un negro nubio, tan negro como el ébano, vestido con una sencilla
túnica blanca, el cual hizo a su amo una seña, que indicaba que podía pasar al
comedor.
‑Ahora ‑dijo el desconocido a Franz‑, no sé si seréis de mi
opinión, pero me parece que nada hay más desagradable que estar dos o tres
horas hablando sin saber los interlocutores sus nombres respectivos. Y cuenta
que yo respeto demasiado las leyes de la hospitalidad para que os pregunte
vuestro nombre ni vuestro título. Os ruego únicamente que me digáis uno
cualquiera, porque pueda dirigiros la palabra. Para proporcionaros a vos
iguales ventajas, os diré de mí que acostumbran a llamarme Simbad el Marino.
‑Por mi parte debo deciros que como ya no me falta para estar en
la misma situación de Aladino sino poseer la famosa lámpara maravillosa, no
encuentro dificultad alguna en que me llaméis Aladino interinamente. Me siento
tentado a creer que he sido transportado al Oriente por algún genio benéfico,
con lo que esta nueva ficción prolongará mis quimeras.
‑Pues bien, señor Aladino ‑dijo el anfitrión‑, habéis oído que
podíamos pasar a la mesa, ¿no es verdad? Entremos, pues, si os place. Vuestro
humilde servidor pasa delante para enseñaros el camino.
Y, en efecto, a estas palabras, levantando la cortina, pasó
Simbad delante del joven.
Estaba Franz cada vez más maravillado. El servicio de la mesa
era espléndido. Seguro ya de este punto tan importante, dirigió sus miradas a
otra parte. El comedor, menos suntuoso que el gabinete que acababa de
abandonar, era todo de mármol con bajorrelieves antiguos de gran mérito y
valor. A ambos extremos de esta habitación, que era oblonga, había dos
magníficas estatuas con cestones en la cabeza, que contenían frutas magníficas:
ananás de Sicilia, granadas de Málaga, naranjas de las islas Baleares, albérchigos
franceses y dátiles de Túnez.
En cuanto a su cena, se componía de un faisán asado con mirlos
de Escocia, un jamón de jabalí a la gelatina, un pedazo de cabra a la
tártara, un rodaballo magnífico y una langosta colosal. En los intermedios
circulaban entremeses delicados. La vajilla era de plata y los portavasos de
porcelana.
Franz se frotaba los ojos para cerciorarse de que no soñaba.
Solamente Alí era admitido a servir a su dueño, y como lo hacía
perfectamente, recibió Simbad por ello muchas alabanzas de su convidado.
‑Sí ‑contestó aquél haciendo con delicadeza los honores de la
cena‑, sí, es un pobre diablo que me quiere mucho y se afana por agradarme.
Recuerda que le he salvado la vida, y como la apreciaba mucho, al parecer, me
lo agradece bastante.
Se acercó A1í a su dueño, cogióle una mano y se la besó.
‑¿Pecaré de indiscreto, señor Simbad, preguntándoos cómo y
cuándo hicisteis esa bella acción? ‑le dijo Franz.
‑¡Oh, Dios mío! Es una acción muy vulgar ‑respondió Simbad el
Marino‑. Según parece, ese pillastre había rondado el serrallo del bey de Túnez
más de cerca de lo que convenía a un moro de su color, porque el bey le
sentenció a cortarle la lengua, la mano y la cabeza. La lengua el primer día,
la mano el segundo y la cabeza el tercero. Yo había deseado siempre tener un
mudo a mi servicio, por lo que esperé a que le hubiesen cortado la lengua para
ir a proponer al bey que me lo diese, a cambio de una magnífica escopeta de dos
cañones que me había parecido la víspera agradar a su alteza bastante. Aun con
esto vaciló, tanto deseo tenía de acabar con ese pobre diablo, pero yo le di
sobre la escopeta un cuchillo inglés de monte, con el cual había yo mellado el
yatagán de su alteza, y esto al fin le determinó a perdonarle la mano y la
cabeza, aunque a condición de que nunca volviera a Túnez. Tal exigencia era
inútil. Por muy de lejos que el infiel distinga cuando navegamos las costas de
África, se esconde en seguida en la cala, y no hay medio de hacerle salir de
allí hasta que no se haya perdido de vista la tercera parte del mundo.
Franz permaneció un momento sin hablar y preguntándose qué debería
pensar de la frialdad horrible con que su anfitrión acababa de contarle aquella
cruel historia.
Luego, cambiando de tema, dijo:
‑¿Y pasáis vuestra vida viajando como el honrado marino cuyo
nombre lleváis?
‑Sí, es un voto que hice en cierta ocasión, cuando menos pensaba
poderlo cumplir ‑dijo sonriendo el desconocido‑. Muchos tengo hechos como éste,
que espero en Dios que se cumplan.
Aunque Simbad pronunció estas palabras con la mayor sangre fría,
sus ojos despidieron un fulgor extraño de ferocidad.
‑¿Habéis sufrido mucho, caballero? ‑le dijo Franz.
Simbad se estremeció y le miró fijamente.
‑¿Por qué lo sospecháis? ‑le preguntó.
‑Por todo ‑contestó Franz. Por vuestra voz, por vuestras miradas,
por vuestra palidez, y hasta por esta clase de vida que lleváis.
‑¡Yo! ¡Yo llevo la vida más feliz que haya gozado un hombre!
¡Una vida de pachá! Soy el rey del mundo. Me agrada un sitio, permanezco en
él; me desagrada, lo abandono. Soy libre como los pájaros, y como ellos tengo
alas. A una señal me obedecen todos los que me rodean. En ocasiones me
entretengo en burlar a la policía de los hombres, quitándole un bandido que
busca o un criminal que persigue. Además, tengo también mi justicia baja y
alta, aunque sin papelotes
ni apelación, que absuelve o condena, y que nada tiene de común
con ella. ¡Oh! ¡Si hubieseis probado mi vida, no gustaríais de otra alguna, y
nunca volveríais al mundo, a no ser que tuvieseis que realizar algún proyecto
gigantesco!
‑Una venganza, por ejemplo ‑dijo Franz.
El desconocido clavó en el joven una de esas miradas que
penetran hasta lo más profundo del pensamiento y del corazón humano.
‑¿Y por qué ha de ser precisamente una venganza? ‑le preguntó.
‑Porque me parecéis un hombre de esos que, perseguidos por la
sociedad, tienen que arreglar cuentas con ella‑repuso Franz.
‑Pues bien ‑repuso Simbad, sonriendo de aquella manera extraña
que sólo dejaba entrever sus dientes blancos y afilados‑. Pues bien, no
acertáis. Tal como me veis, soy un filántropo, sui géneris, y acaso un día iré
a París a hacer sombra al señor Appert y al hombre de la capa azul.
‑¿Será la primera vez que hagáis ese viaje?
‑¡Oh, sí! Denota poca curiosidad en mí, ¿no es cierto? Pero os
aseguro que no he tenido la culpa de tardar tanto, y que al fin el día menos
pensado iré.
‑¿Y pensáis hacerlo pronto?
‑Todavía no lo sé. Depende de circunstancias y combinaciones muy
inciertas.
‑Quisiera estar allí cuando vos vayáis, para pagaros en la
manera que me fuese posible esta hospitalidad tan generosa que me dais en la
isla de Montecristo.
‑Con mucho gusto aceptaría vuestra invitación ‑repuso Simbad‑,
si no tuviera que guardar el incógnito en París.
La cena entretanto proseguía. Como si hubiera sido ex profeso
para Franz, que hacía razonablemente los honores a ella, el marino apenas
probaba los platos del espléndido festín. Al cabo Alí sirvió los postres, o
dicho mejor, las cestas que tenían en sus manos las estatuas.
Entre dos de éstas puso una copa pequeña de plata sobredorada
con tapa del mismo metal. El respeto con que Alí cogió esta copa chocó
muchísimo a Franz, que levantando la tapa, halló que contenía una especie de
pasta verde, parecida al dulce de angélica y que él no había visto jamás.
Cuando volvió a tapar la copa, se hallaba tan ignorante de su contenido como
al destaparla. Miró a su huésped y le vio sonreírse.
‑¿No podéis adivinar qué es lo que contiene ese vaso? ‑le preguntó
éste.
‑Os lo confieso.
‑Pues bien, esa especie de dulce verde no es ni más ni menos que
la ambrosia que Hebe servía a Júpiter.
‑Pero esa ambrosia, sin duda ‑repuso Franz‑, al pasar por la
mano de los hombres, habrá perdido su nombre divino para tomar otro humano.
¿Cómo se llama, pues, en lengua vulgar este ingrediente, que a decir verdad no
me inspira gran simpatía?
‑Ahí
tenéis precisamente lo que revela nuestro origen material ‑exclamó el marino‑.
¡Cuántas veces pasamos del mismo modo junto a la felicidad, sin verla, sin
mirarla, o sin reconocerla, si la vemos o la miramos! Si sois un hombre
positivista, si vuestro Dios es el oro, probad esto, y se os abrirán las minas
del Perú, de Guzarate y de Golconda. Si sois hombre inteligente, si sois
poeta, probad esto, y desaparecerán para vos los límites de lo posible, y se
os abrirán los campos de lo infinito, y en libertad absoluta de pensamiento y
de alma, volaréis a vuestro antojo por las inconmensurables esferas de la fantasía.
¿Tenéis ambiciones, suspiráis por las vanidades de la tierra?, probad esto, y
dentro de una hora seréis rey, no de un reino miserable, olvidado en un rincón
de Europa, como Francia, España a Inglaterra, sino rey del mundo, rey del
universo, rey de la creación. Asentaréis vuestro trono en la montaña adonde
llevó Satanás a Jesucristo, y sin que le rindáis tributo, sin que os humilléis
hasta besarle la pezuña, seréis el soberano de todos los soberanos de la Tierra.
¿No es lo que os ofrezco tentador?, confesadlo; tanto más tentador, cuanto que
no hay nada más fácil que hacer esto. Mirad.
Al acabar estas palabras descubrió a su vez la copa de plata que
contenía la sustancia tan alabada, llenó de ella un cucharilla de café, la
llevó a sus labios y la saboreó lentamente, con los ojos medio cerrados y la
cabeza echada hacia atrás.
Franz le dejó todo el tiempo necesario para tragarlo, y le dijo
al verle ya vuelto, por decirlo así, a la escena:
‑Pero ¿en qué consiste este manjar tan precioso?
‑¿Habéis oído hablar ‑le contestó el marino‑ del viejo de la
Montaña, de aquel que quiso asesinar a Felipe Augusto?
‑Sí.
‑Pues habéis de saber que reinaba en un valle fertilísimo, que
dominaba la montaña de donde había tomado su pintoresco nombre. Estaba aquel
valle lleno de jardines, plantados por Hassen‑ben‑Sabad, con pabellones
aislados, donde hacía entrar a sus elegidos para darles a masticar, según dice
Marco Polo, cierta hierba que los transportaba al paraíso, entre plantas
siempre en flor, frutas siempre maduras y mujeres siempre vírgenes.
»Pues bien, lo que aquellos jóvenes bienaventurados tomaban por
realidad era un sueño, pero un sueño tan dulce, tan embriagador, tan
voluptuoso, que se vendían en cuerpo y alma al que se lo proporcionaba, y
obedientes a sus órdenes como a las de Dios, iban a buscar hasta el fin del
mundo la víctima indicada para herirla, expirando en medio de sus torturas sin
proferir una queja, alentados por la esperanza de que su muerte no era sino
una trasmigración a aquella vida de delicias que les daba a probar esta hierba
santa, que acaban de servirme en vuestra presencia.
‑Entonces ‑exclamó Franz‑, es el hachís, sí, yo lo conozco, a lo
menos de nombre.
‑Justamente; habéis acertado el nombre, señor Aladino, es el
hachís, el hachís mejor y más puro que se hace en Alejandría, el hachís de
Abougor, el grande, el único, el hombre a quien se debería edificar un palacio
con esta inscripción:
«Al fabricante de la felicidad, el mundo agradecido.»
Tres meses pasaron, llenos para ella de aflicción. No recibía
noticias de Dantés ni tampoco de Fernando. Nada tenía presente a sus ojos sino
un anciano, que pronto iba a morir también de desesperación.
»A la caída de una tarde, que había pasado entera como de costumbre,
sentada en la unión de los dos caminos que van de Marsella a los Catalanes,
Mercedes volvió a su casa más abatida que nunca. Ni su prometido ni su amigo
regresaban por ninguno de los dos caminos, y ni de uno ni de otro sabía el
paradero.
»Parecióle oír de pronto unos pasos muy conocidos, volvió con ansiedad
la cabeza, y abriéndose la puerta vio aparecer a Fernando, con su uniforme de
subteniente. No recobraba todo, pero sí una parte de su vida pasada, de lo que
tanto sentía y lloraba perdido.
»Mercedes cogió las manos de Fernando con un impulso que éste
tuvo por amor, no siendo sino de alegría, por verse ya en el mundo menos sola y
con un amigo, tras tantas horas de solitaria tristeza. Además, preciso es
decirlo, nunca había odiado a Fernando, no le había amado, es verdad, porque
era otro el que ocupaba por entero su corazón. Este otro estaba ausente...
había desaparecido... quizá muerto... Esta idea hacía prorrumpir a Mercedes en
sollozos y retorcerse los brazos; pero esta idea, rechazada cuando otro se la
sugería, estaba de suyo siempre fija en su imaginación. Por su parte, el anciano
Dantés tampoco hacía otra cosa que decide: «Nuestro Edmundo ha muerto, porque
de lo contrario él volvería.»
»El anciano murió, como ya os he dicho. Sin esto quizá nunca se
casara Mercedes con otro, porque habría sido un acusador de su infidelidad.
Todo esto lo comprendió Fernando, que regresó a Marsella al saber la muerte del
padre de Dantés. Ya era teniente. Cuando su primer viaje, ni una palabra de
amor había dicho a Mercedes, pero esta vez le recordó ya cuánto la amaba.
»Mercedes le rogó que la dejase llorar todavía seis meses y
esperar a Edmundo.
‑El caso es ‑dijo el abate con sonrisa amarga‑, que en total
hacía dieciocho meses... ¿Qué más puede exigir el amante más querido?
Y luego murmuró estas palabras del poeta inglés: Fragilty,
thy name is woman (¡Fragilidad, tienes nombre de mujer! ).
‑Seis meses después ‑prosiguió el posadero‑ se efectuó la boda
en la iglesia de Accoules.
‑En la misma iglesia donde había de casarse con Edmundo ‑murmuró
el sacerdote.
‑Casose, pues, Mercedes ‑prosiguió Caderousse‑, pero aunque
tranquila en apariencia, al pasar por delante de la Reserva le faltó poco para
desmayarse. Dieciocho meses antes se había celebrado allí su comida de boda con
aquel a quien, si hubiera consultado a su propio corazón, habría conocido que
aún amaba.
»Más dichoso Fernando, pero no más tranquilo, que yo le vi en
aquella época, sobresaltado a todas horas, con pensar en la vuelta de Edmundo.
Determinó irse con su mujer a otro lugar, pues eran los Catalanes lugar de
muchos peligros y recuerdos. Y por esto se marcharon a los ocho días de la
boda.
‑¿Habéis vuelto a ver a Mercedes? ‑le preguntó el abate.
‑Sí, en Perpiñán, donde la había dejado Fernando para ir a la
guerra de España. A la sazón se ocupaba de la educación de su hijo.
El abate se estremeció.
‑¿De su hijo?
‑¿Sabéis ‑dijo Franz‑, que me dan ganas de juzgar por mí mismo
de la verdad o exageración de vuestras palabras?
‑Juzgad por vos mismo, mi querido huésped, juzgad; pero no por
la primera impresión que os produzca. Es conveniente acostumbrar los sentidos
a una nueva; como acontece en todas las impresiones, dulce o violenta, triste
o alegre, existe una lucha entre esta divina sustancia y la naturaleza, que no
está organizada para el placer, y que se aferra mucho al dolor. Es necesario
que la naturaleza vencida muera sobre el campo de batalla, es preciso que la
realidad suceda al sueño, y entonces es el sueño el que domina absolutamente, y
la vida se hace sueño y el sueño se hace vida. ¡Pero qué diferencia en tal
transformación! Es decir, que comparando los dolores de la existencia real con
los placeres de la existencia ficticia, no querréis vivir nunca, porque
querréis estar soñando siempre. Cuando abandonéis vuestro mundo por el mundo de
los demás, os parecerá que pasáis de una primavera de Nápoles a un invierno de
la Laponia, se os antojará que dejáis el paraíso por la tierra, y el cielo por
el infierno. Probad el hachís, mi querido huésped, probadlo.
Franz cogió por toda respuesta una cucharada de aquella pasta maravillosa,
igual a la que había tomado su anfitrión, y se la llevó a los labios.
‑¡Diablo! ‑exclamó cuando se la hubo tragado‑, no sé si la consecuencia
será tan agradable como decís, pero lo que es como manjar, no me parece tan
suculento como a vos.
‑Porque vuestro paladar no está acostumbrado a lo sublime de esa
sustancia. Decidme, ¿os gustaron en seguida las ostras, el té, las trufas, y
todo lo que después habéis apreciado en tal manera? ¿Comprendéis acaso a los
romanos, que sazonaban los faisanes con asafétida, y a los chinos, que comen
nidos de golondrinas? No por cierto, no. Pues bien, lo propio sucede con el
hachís. Tomadlo tan sólo por espacio de ocho días seguidos, y ningún manjar del
mundo os parecerá que reúne la delicadeza de éste, hoy soso y nauseabundo para
vos. Pasemos ahora a la habitación de al lado, es decir, a la vuestra, que va
A1í a servirnos el café y a darnos pipas.
Los dos se levantaron y mientras el que a sí mismo se había dado
el nombre de Simbad y que nosotros hemos mencionado de tiempo en tiempo, porque
se le pudiera llamar de cualquier modo; mientras Simbad, decimos, daba algunas
órdenes a su criado, Franz entró en la pieza inmediata.
Estaba amueblada con sencillez en comparación a la otra, aunque
no menos rica, y la forma de ella era redonda. Un diván prolongado se extendía
a su alrededor, pero diván, techo, paredes y suelo estaban cubiertos de
magníficas pieles, blandas como los más blandos tapices; eran de leones del
Atlas, con sus majestuosas crines; de tigres de Bengala, con rayas
deslumbradoras, de panteras del Cabo, tachonadas de oro, como la que se
aparecía al Dante, y pieles, finalmente, de osos de la Siberia, y zorras de
Noruega, arrojadas todas con profusión unas sobre otras, de manera que parecía
que se anduviese sobre la alfombra más espesa, o se reposase en el más blando
de los lechos.
Ambos se recostaron sobre el diván. Había a mano pipas con boquilla
de ámbar y tubos de jazmín, y preparadas para que no hubiese necesidad de fumar
dos veces en una misma. Tomaron una de ellas cada uno y Alí las encendió,
saliendo luego a buscar el café.
Guardaron silencio, unos instantes, que Simbad pasó entregado a
los pensamientos que al parecer le dominaban sin tregua, aun en medio de la
conversación, y Franz, abandonado a esa especie de fascinación vertiginosa que
acomete siempre al que fuma excelente tabaco. No parece sino que el humo del
tabaco bueno tenga la propiedad de quitarnos todas las penas, dándonos
ilusiones en cambio.
Alí sirvió el café.
‑¿Cómo lo tomáis? ‑preguntó a Franz el desconocido‑, ¿a la
francesa o a la turca? ¿Cargado o claro? ¿Con azúcar o sin él? ¿Pasado o
hirviendo? Podéis elegir, pues lo hay de todas las maneras.
‑Lo tomaré a la turca ‑respondió Franz.
‑Hacéis bien. Eso prueba que tenéis buenas disposiciones para la
vida oriental. ¡Ah!, convendréis conmigo en que los orientales son los únicos
hombres que saben vivir. Por lo que a mí respecta ‑añadió Simbad con una de
aquellas singulares sonrisas que no se escapaban a la observación del joven‑,
tan pronto como despache mis negocios de París iré a morir al Oriente, y si
entonces queréis encontrarme, os será preciso irme a buscar al Cairo, a Bagdad
o a Ispaham.
‑A fe mía que será la cosa más fácil ‑dijo Franz‑, pues paréceme
que tengo alas de águila, capaces de dar la vuelta al mundo en veinticuatro
horas.
‑¡Vaya, vaya! ¡Ya empieza a actuar el hachís; abrid pues, esas
alas, y volad a las regiones de la fantasía. Nada os arredre, que hay quien
vela por vos, y si vuestras alas se derriten al sol como las de Ícaro, aquí
estoy yo para recibiros.
Tras esto dijo a Alí algunas palabras árabes. El negro hizo un
gesto de obediencia y se retiró, aunque sin alejarse.
En cuanto a Franz, sufría una rara transformación. Todas sus
fatigas físicas, toda la exaltación originada en su cerebro por los sucesos de
aquel día, iban desapareciendo, como en esos primeros instantes del sueño en
que se vive todavía. A1 parecer, su cuerpo cobraba una ligereza inmaterial y su
razón se despejaba de una manera maravillosa y parecían duplicarse las
facultades de sus sentidos. Su horizonte íbase ensanchando más y más, pero no
ese horizonte sombrío y lleno de terrores en que se arrastraba antes de su
sueño, sino un horizonte azul, transparente y vasto, con todo lo que el mar
tiene de tintas mágicas, con todo lo que el sol tiene de luz, y todo lo que la
brisa tiene de perfumes. Después, entre los cantos de los marineros, cantos
puros y claros, que a poder escribirlos compusieran una armonía divina, veía
aparecer la isla de Montecristo, no como un escollo terrible entre las olas,
sino como un oasis perdido en medio del desierto, y a medida que la barca se
acercaba, hacíase el canto más numeroso, porque también la isla exhalaba a
Dios una armonía misteriosa, ni más ni menos que si alguna hada, como Lorely, o
algún encantador como Anfión, quisiera atraer hacia aquella parte un alma o
edificar una ciudad.
A1 fin la barca tocó a la orilla, aunque sin violencia, sin
sacudidas, como toca un labio a otro labio, y penetró en la gruta sin que
dejase de sonar aquella música encantadora. Descendió, o mejor dicho, parecióle
que descendía algunos escalones, respirando un aire embalsamado y fresco, como
el que debía de soplar en torno a la gruta de Circe, aire lleno de esos
perfumes que embriagan la fantasía, de ardores que encienden los sentidos, y
vio nuevamente todo cuanto había visto antes de su sueño, desde Simbad, el
fantástico marino, hasta Alí, el criado mudo. Luego todo parecía que se
confundiese y se borrase a su vista, como las últimas sombras de una linterna
mágica que se apaga, hallándose de nuevo en la habitación de las estatuas,
iluminada totalmente por una de esas lámparas antiguas de luz pálida, que en
medio de la. noche acompañan al sueño o a la voluptuosidad.
Eran, en efecto, ricas de formas, en lujuria y poesía, de ojos
magnéticos, sonrisa lasciva y larga cabellera. Friné, Cleopatra y Mesalina,
las tres cortesanas célebres. Entre aquellas sombras impúdicas aparecía
después como un ángel cristiano en medio del Olimpo, como un rayo de luz pura,
una visión dulce que se cubría la frente virginal ante aquellas impurezas de
mármol.
Entonces le pareció que las tres estatuas habían fundido sus amores
en uno para un hombre solo, y que este hombre era él, y que se acercaban a su
lecho envueltas en largas túnicas blancas, desnuda la garganta, destrenzados
los cabellos, con una de esas actitudes que seducían a los dioses, pero que
los santos resistían, con esas miradas inflexibles y ardientes como la de la
serpiente que atrae al pájaro, y que se entregaba por último a aquellas
caricias dolorosas como un abrazo, y voluptuosas como un beso.
Le pareció a Franz que cerraba los ojos, y que a través de la
última mirada veía a la estatua púdica cubrirse el rostro enteramente, y después
de cerrados los ojos a las cosas materiales, se abrieron sus sentidos a las
fantásticas, gozando de una felicidad sin límites, de un amor incesante, como
el que el profeta prometía a sus elegidos.
Entonces, todas aquellas bocas de piedra se animaron y
palpitaron aquellos pechos hasta tal punto que para Franz, que por la primera
vez conocía los efectos del hachís, este amor era casi dolor, esta
voluptuosidad casi tortura, sobre todo cuando sentía posarse en su boca
ardiente los labios de las estatuas, fríos y petrificados como los anillos de
una serpiente. Sin embargo, cuanto más se esforzaba en rechazar aquel amor
imaginario, más se engolfaban sus sentidos en el sueño misterioso, hasta que
después de una lucha en que tanto deseaba quedar victorioso como vencido, cedió
del todo, abrasado de fatiga, hastiado de voluptuosidad, con los besos de
aquellas mujeres de mármol y con los encantos de aquel sueño inconcebible.
Capítulo noveno
Al despertar
Cuando
Franz volvió en sí, los objetos exteriores le parecieron una segunda parte de
su sueño. Imaginóse en un sepulcro, donde apenas penetraba un rayo de sol como
una mirada compasiva. Extendió la mano y tocó la piedra, incorporóse y se halló
acostado en un lecho de hojas secas, aromáticas y suaves.
Habían desaparecido las visiones, y como si fueran las estatuas
sólo sombras salidas de sus sepulcros durante su ensueño, habían huido al
despertar. A toda la agitación del sueño sucedía la calma de la realidad. Se
encontró en una gruta, se adelantó hacia la abertura. A través de la puerta se
veía el azul del mar y del cielo. Aire y agua resplandecían a los primeros
rayos del sol de la mañana; a la orilla estaban sentados los marineros riendo y
cantando. A diez pasos mar adentro se mecía graciosamente la barquilla sobre
sus andotes. Entonces aspiró largo tiempo aquella brisa fresca que le azotaba
la frente, escuchó el débil rumor de las olas que se estrellaban en la orilla,
salpicando las rocas de blanca espuma, y entregóse instintivamente a este
divino éxtasis que la naturaleza produce, sobre todo, después de un sueño
fantástico.
La vida exterior, tan pura, tan grande, tan tranquila, recordóle
poco a poco lo inverosímil de su sueño, y su memoria empezó a llenarse de
recuerdos. Se acordó de su llegada a la isla, y de su presentación a un jefe de
contrabandistas, de un palacio espléndido, y de una cena excelente y una
cucharada de hachís.
Sólo que en medio de esta realidad palpable parecíale que todas
aquellas cosas habían ocurrido por lo menos hacía un mes, tan vivo era el
pensamiento de su sueño, y tanta importancia tenía en su imaginación. De vez
en cuando, parecíale distinguir entre los marineros, o junto a una roca, o
meciéndose sobre el barco, una de aquellas sombras que con besos y miradas
poblaron de estrellas el cielo de su noche. Por otra parte, sentía la cabeza
completamente despejada y el cuerpo tranquilo, sin peso en el cerebro, sino
todo lo contrario, un bienestar general, una predisposición más grande que
nunca a absorber el sol y el aire. Acercóse alegremente a sus marineros, que al
verle se levantaron todos, y el patrón se le aproximó diciéndole:
‑El señor Simbad nos ha encargado de cumplimentar a vuestra
excelencia en su nombre, y de expresarle cuánto siente no poder despedirse de
vuestra excelencia, mas confía que le dispenséis cuando sepáis que un negocio
importantísimo le obligó a marchar a Málaga.
‑¡Ah!, oye, mi querido Gaetano, ¿es todo esto verdad? ¿Existe un
hombre que me recibió en esta isla, que me dio una hospitalidad regia, y se ha
marchado mientras yo soñaba?
‑Tan cierto es, que por allí va alejándose su yate a velas
desplegadas; con vuestro anteojo de larga vista quizá podréis aún reconocer a
Simbad el Marino en medio de la tripulación sobre cubierta.
Y al decir estas palabras extendió Gaetano su brazo en dirección
a un barquillo, que se dirigía al extremo meridional de Córcega. Franz sacó su
anteojo, lo graduó a su vista y se puso a mirar al sitio indicado. No se
engañaba Gaetano. A la popa del barco aparecía el misterioso extranjero, de
pie, vuelto hacia Franz, y con un anteojo en la mano como él. Iba vestido con
el mismo traje con que se presentara a su huésped, y para despedirse agitaba un
pañuelo. Franz devolvióle el saludo de la misma forma. Un momento después se
divisó en la popa del barco una nubecilla de humo, elevándose al cielo graciosa
y lentamente. Una detonación llegó a oídos de Franz.
‑¿Oís? ‑le dijo Gaetano‑. Eso significa que se despide de vos.
El joven tomó su carabina y la descargó disparando al aire, pero
sin esperanza de que la detonación pudiese atravesar la distancia que separaba
el yate de la costa.
‑¿Qué ordena vuestra excelencia? ‑le preguntó Gaetano.
‑Que me deis una luz.
‑¡Ah!, ya entiendo ‑dijo el patrón‑; para buscar la entrada de
la mansión encantada. Buen provecho os haga, excelencia, puesto que tenéis
gusto de ello, voy a daros la antorcha que me pedís, pero sabed que yo también
tuve esa idea, que he tenido ese capricho tres o cuatro veces, y que siempre
acabé por renunciar a él. Giovanni ‑añadió‑, enciende una tea y tráela a su
excelencia.
Aquél obedeció, y tomando Franz la tea entró en el subterráneo
seguido de Gaetano.
Reconoció el sitio en que se había despertado, y su lecho de
hojas, hollado todavía, pero por más que examinó con ayuda de la tea toda la
superficie exterior de la gruta, nada vio, salvo algunos sitios que por lo
ahumados demostraban que otros habían hecho antes que él la misma
investigación.
Sin embargo, no dejó de examinar ni un solo pie de aquella
muralla granítica, impenetrable como el porvenir; no vio una sola grieta sin
introducir en ella su cuchillo de monte, no observó un solo ángulo saliente de
una piedra sin apoyarse en él, con la esperanza de que cedería; pero todo fue
en vano, y en este trabajo perdió dos horas sin resultado alguno.
Al cabo de este tiempo renunció a sus proyectos. Gaetano había
triunfado.
Cuando Franz volvió a la playa, el yate no aparecía ya sino como
un punto blanco en el horizonte. Recurrió a su anteojo, pero ni aun así le fue
posible distinguir nada.
Gaetano le recordó que había venido a cazar cabras, cosa de que
él se había olvidado enteramente. Tomó su escopeta y se puso a recorrer la isla
más bien como un hombre que cumple una obligación, que como aquel que procura
divertirse, y transcurrido un cuarto de hora había muerto una cabra y dos
cabritillos. Pero aquellas cabras, aunque salvajes y ligeras como gamuzas,
guardaban una gran semejanza con nuestras cabras domésticas, y Franz no las
consideraba como caza.
Otras ideas preocupaban, además, su imaginación. Desde la víspera
se había constituido en héroe de un cuento de Las mil y una noches, y un poder
invencible le arrastraba a la gruta.
Entonces, pese a la inutilidad de sus primeras pesquisas,
emprendió otras nuevas, mientras Gaetano, por orden suya, asaba una de las cabras.
Mucho tiempo debió de durar esta segunda visita, pues cuando
volvió estaba ya asada la cabra y dispuesto el almuerzo. Sentado Franz en el
mismo lugar en el que la víspera fueron a invitarle a cenar de parte del
misterioso desconocido, distinguió todavía, como una gaviota cerniéndose sobre
las aguas, al diminuto yate, que continuaba su camino a Córcega.
‑¿Pero no me dijisteis que el señor Simbad iba a Málaga? ‑exclamó
de repente encarándose con Gaetano‑. Paréceme que se dirige a Porto‑Vecchio.
‑¿No os acordáis ‑repuso el marinero‑, que os dije también que
entre su tripulación había casualmente dos bandidos corsos?
‑En efecto, irá a desembarcarlos a la costa ‑observó Franz.
‑Eso mismo. ¡Ah! Simbad el Marino es un buen sujeto, que no teme
al diablo y que por hacer un servicio a un pobre, dicen que andaría diez
leguas.
‑Pero ese género de servicios le pueden malquistar con las autoridades
del país donde los haga ‑repuso Franz.
‑¡Ah! ‑exclamó sonriéndose Gaetano‑. Bastante le importan a él
las autoridades. Se burla de ellas y cuando le persiguen no es su yate un buque
velero, sino un pájaro, sin contar con que para encontrar amigos, sólo tiene
que acercarse a la costa.
Lo único que resulta claro de todo esto es que el señor Simbad,
el agasajador de Franz, honrábase con estar relacionado con todos los
contrabandistas y bandoleros del Mediterráneo, posición asaz excéntrica.
Como nada retenía ya a Franz en la isla de Montecristo, y como
había perdido la esperanza de descubrir el encanto de la gruta, apresuróse a
almorzar, ordenando a los marineros que preparasen la barca para dentro de una
hora.
Media hora después estaba ya a bordo. Echó la última mirada al
yate, que estaba a punto de perderse de vista en el golfo de PortoVecchio.
Cuando, dada la señal de partir, se ponía su barco en movimiento, aquél
desapareció enteramente.
Con el yate se desvanecía la postrera realidad de la noche
anterior: la cena, Simbad, el hachís, las estatuas, todo, en fin, empezaba a
tomar para el joven el colorido de un sueño.
El día y la noche entera navegó la barca, y a la salida del sol
a la mañana siguiente, había perdido también de vista la isla de MonteCristo.
Tan pronto como puso Franz el pie en tierra firme, se olvidó,
aunque sólo por un momento, de los últimos acontecimientos, para terminar sus
quehaceres políticos y juveniles en Florencia, y no pensar en otra cosa que en
reunirse con su compañero, que le esperaba en Roma.
Partió, pues, en el correo, y el sábado por la noche llegó a la
plaza de la Aduana.
Como ya se ha dicho, la habitación la tenía de antemano
preparada, no precisando de otra cosa que dirigirse al hotel de maese Pastrini,
cosa que no era muy fácil, pues una inmensa muchedumbre henchía ya las calles,
y se miraba aturdida Roma por el rumor febril y sordo que precede a las grandes
solemnidades.
Las grandes solemnidades de Roma son cuatro: el Carnaval, la
Semana Santa, el Corpus y el día de San Pedro. Todo el resto del año vuelve a
caer la ciudad en esa triste apatía, punto medio entre la vida y la muerte,
entre este mundo y el otro, apatía sublime, característica y poética, que Franz
había estudiado ya cinco o seis veces, encontrándola cada vez más fantástica y
maravillosa.
Atravesando, pues, aquella turba que crecía por momentos y se
agitaba, llegó a la fonda.
A su primera pregunta, le respondieron con esa impertinencia propia
de los cocheros de alquiler que tienen ya viaje aparejado, y de los fondistas
que tienen ya sus cuartos llenos, que no había para él habitación en la fonda
de Londres. Y por esto se vio obligado a enviar una tarjeta a maese Pastrini y
a preguntar por Alberto de Morcef. Este recurso fue excelente, pues maese
Pastrini acudió personalmente con toil excusas por haber hecho esperar a su
excelencia, y tomando la bujía de mano de un cicerone que ya se había
apoderado del viajero, preparábasp a conducirle junto a su amigo, cuando éste
apareció.
La habitación indicada se componía de dos piezas pequeñas y de
un gabinete con ventanas que daban a la calle, cualidad que exageró mucho maese
Pastrini, añadiendo que era inapreciable su valor. El resto de aquel piso lo
tenía alquilado a un personaje muy rico, que pasaba por siciliano o maltés,
aunque el fondista no supo decir a ciencia cierta a cuál de las dos naciones
pertenecía.
‑Está bien, maese Pastrini ‑dijo Frank‑. Necesitamos ahora por
lo pronto una cena cualquiera para esta noche, y un carruaje para mañana y los
siguientes días.
‑En lo de la cena ‑respondió el fondista‑, seréis servidos en el
acto; pero concerniente al carruaje...
‑¿Cómo es eso, maese Pastrini? ¡Dudáis...! Ea, no os chanceéis,
que necesitamos un carruaje.
‑¡Oh, caballero!, todo lo imaginable se hará por
proporcionároslo, y es cuanto puedo decir.
‑¿Y cuándo sabremos la respuesta? ‑preguntó Franz.
‑Mañana por la mañana ‑respondió el fondista.
‑¡Qué diablo! ‑exclamó Alberto‑. Con pagarlo bien, es negocio
concluido. Ya sabemos a qué atenernos. Un carruaje de Drake o de Aarón cuesta
veinticinco francos los días de trabajo, y treinta o treinta y cinco los
domingos y días señalados, conque añadiendo cinco francos diarios de
corretaje, suman cuarenta. No se vuelva a hablar de esto.
‑Sospecho que aun cuando ofrezcan los señores el doble, no
logren proporcionárselo.
‑Que pongan entonces caballos al mío, aunque del viaje está algo
estropeado, pero no importa...
‑No se encontrarán caballos.
Alberto miró a Franz, como a un hombre a quien se le da una
respuesta incomprensible.
‑¿Oís Franz? ‑le dijo‑ ¡No hay caballos! Pero de posta, ¿no
podría haberlos?
‑Están alquilados todos quince días ha, y sólo quedan los indispensables
para el servicio.
‑¿Qué es lo que decís?
‑Digo que, cuando no comprendo una cosa, acostumbro a no detenerme
mucho en ella y paso a otra. ¿Está dispuesta la cena, maese Pastrini?
‑Sí, excelencia.
‑Pues ante todo, cenemos.
‑Pero ¿y el carruaje y los caballos? ‑dijo Franz.
‑No os preocupéis, amigo mío, que ellos vendrán por su propio
pie. El busilis está en el precio.
Y Morcef, con esa admirable filosofía del hombre que nada juzga
imposible mientras tiene llenos los bolsillos, cenó, se acostó y durmió a
pierna suelta, soñando que paseaba las calles de Roma en un carruaje tirado por
seis caballos.
Capítulo diez
Los bandoleros romanos
A1 día siguiente Franz se despertó antes que su compañero, y así
que estuvo vestido, tiró del cordón de la campanilla. Aún vibraba el sonido de
ésta, cuando maese Pastrini entró en el aposento.
‑¡Y bien! ‑dijo el fondista con aire de triunfo, sin esperar a
que Franz le interrogase‑, bien lo sospechaba ayer cuando no quería prometeros
nada. Habéis acudido demasiado tarde ya, y no hay en Roma un solo carruaje
desalquilado, para los tres últimos días, se entiende.
‑Justamente ‑exclamó Franz‑, para los días que más falta nos
hace.
‑¿Qué hay? ‑preguntó Alberto entrando‑. ¿No tenemos carruaje?
‑Así es, querido amigo ‑respondió Franz‑, lo habéis adivinado.
‑¡Vaya una ciudad! ¡Buena está la tal Roma!
‑Es decir ‑replicó maese Pastrini, que quería mantener dignamente
con los extranjeros el pabellón de la capital del mundo cristiano‑, es decir,
que no hay carruaje desde el domingo por la mañana, hasta el martes por la
noche, pero hasta entonces encontraréis cincuenta si queréis.
Alberto dijo:
‑¡Ah!, eso ya es algo. Hoy es jueves, ¿quién sabe de aquí al
domingo lo que puede suceder?
‑Que llegarán diez o doce mil viajeros ‑respondió Franz‑, los
cuales harán mayor aún la dificultad.
‑Amigo mío ‑dijo Morcef‑, aprovechemos el presente y olvidémonos
por ahora del futuro.
‑Pero a lo menos ‑preguntó Franz‑, ¿tendremos una ventana?
‑¿Dónde?
‑En la calle del Corso.
‑¡Oh! ¡Una ventana! ‑exclamó maese Pastrini‑, completamente
imposible. Una solamente quedaba en el quinto piso del palacio Doria, y ha sido
alquilada a un príncipe ruso por veinte cequíes al día.
Los dos jóvenes se miraron atónitos.
‑Pues mira, querido ‑dijo Franz a Alberto‑‑, lo mejor que podemos
hacer es irnos a pasar el carnaval en Venecia; al menos allí, si no encontramos
carruaje, encontraremos góndolas.
‑No, no ‑exclamó Alberto‑. Estoy decidido a ver el carnaval en
Roma, y lo veré aunque sea en zancos.
‑¡Caramba! ‑exclamó Franz‑. Es una gran idea, sobre todo para
apagar los moccoletti; nos disfrazaremos de polichinelas, de vampiros o
de habitantes de las Landas, y tendremos un éxito magnífico.
‑¿Desean aún sus excelencias tener un carruaje para el domingo?
‑¡Pues qué! ¿Creéis que vamos a recorrer las calles de Roma a
pie, como si fuéramos pasantes de escribano?
‑¡Bien!, voy a apresurarme a ejecutar las órdenes de sus excelencias
‑dijo maese Pastrini‑, pero les prevengo que el carruaje les costará seis
piastras al día.
‑Y yo, querido maese Pastrini ‑dijo Franz‑, yo que no soy
vuestro vecino el millonario, os advierto que como es la cuarta vez que vengo a
Roma, conozco el precio de los carruajes, tanto los domingos y días de fiesta
como los que no lo son, os daremos doce piastras por hoy, mañana y pasado, y
aún sacaréis muy buen producto.
‑Con todo, excelencia... ‑dijo maese Pastrini procurando rebelarse.
‑Andad, andad, mi querido huésped ‑‑dijo Franz‑, o voy yo mismo
a ajustar el carruaje con vuestro affettatore, que es también el mío. Es
un antiguo amigo que durante su vida me ha robado bastante dinero, y que con la
esperanza de robarme más, pasará por un precio menor que el que os ofrezco; de
este modo perderéis la diferencia y será vuestra la culpa.
‑¡Oh!, no os toméis esa molestia, excelencia ‑dijo maese Pastrini
con la sonrisa del especulador italiano que se confiesa vencido‑‑, cumpliré
vuestro encargo lo mejor que me sea posible y espero que quedaréis contento.
‑Estupendo, eso se llama hablar con juicio.
‑¿Cuándo queréis el carruaje?
‑Dentro de una hora.
‑Pues dentro de una hora estará a la puerta.
En efecto, una hora después el carruaje esperaba a los dos
jóvenes. Era un modesto simón que, atendida la solemnidad de la circunstancia,
habían elevado al rango de carruaje. Pero, a pesar de la mediana apariencia que
tuviese, los dos jóvenes se hubieran dado por muy dichosos con tener una
covacha semejante para los tres últimos días.
‑Excelencia ‑gritó el cicerone al ver a Franz asomarse a la ventana‑,
¿se acerca la carroza al palacio?
Por muy acostumbrado que estuviese Franz al énfasis italiano, su
primer movimiento fue mirar a su alrededor, pero a él era a quien se dirigían
en efecto aquellas palabras. Franz era la excelencia, la carroza era el
fiacre, y el palacio era la fonda de Londres. Todo el genio encomiástico de la
nación estaba encerrado en aquella frase.
Franz y Alberto bajaron. La carroza se acercó al palacio, sus
excelencias subieron, y el cicerone saltó a la trasera.
‑¿Adónde quieren sus excelencias que les conduzca?
‑Primero a San Pedro y en seguida al Coliseo‑dijo Alberto.
Pero éste ignoraba que para ver San Pedro se necesitaba un día,
y para estudiarlo, un mes.
Quise decir que se pasó el día en ver San Pedro.
Los dos amigos no echaron de ver que se hacía tarde hasta que el
día empezó a declinar. Franz sacó su reloj, eran las cuatro y media.
Emprendieron inmediatamente el camino de la fonda y al apearse dio Franz al
cochero la orden de estar allí a las ocho. Quería hacer contemplar a Alberto
el Coliseo a la luz de la luna, tal como le había hecho ver San Pedro a la luz
del sol.
Cuando se hace ver a un amigo una ciudad que uno ya conoce, se
usa de la misma coquetería que para enseñarle la mujer a quien se ama; de
consiguiente, Franz trazó al cochero su itinerario: debía salir por la puerta
del Popolo, costear la muralla exterior y entrar por la puerta de San Juan. Y
de esta manera el Coliseo se les aparecería de improviso y sin que el
Capitolio, el Foro, el Arco de Septimio Severo, el templo de Antonino Faustino
y la Via Sacra, hubiesen servido de escalones situados en medio del camino para
acortarlo.
Se sentaron a la mesa, y aunque maese Pastrini había prometido a
sus huéspedes un festín excelente, sin embargo, sólo les dio una comida
pasable, de la que a lo menos no tuvieron que quejarse.
Al fin de la comida entró el fondista. Franz creyó que era para
recibir las gracias, y se disponía a dárselas cuando le interrumpió a las
primeras palabras.
‑Excelencia ‑dijo‑, mucho me lisonjea vuestra aprobación, pero
no he subido para eso a vuestro cuarto.
‑¿Es acaso para decirnos que habéis encontrado carruaje? ‑preguntó
Alberto, encendiendo un cigarro.
‑Nada de eso. Lo mejor que podéis hacer es no pensar más en
ello, y tomar un partido. En Roma las cosas se pueden o no se pueden, y cuando
se os ha dicho que no se podía, punto concluido.
‑¡Oh! En París es mucho más cómodo; cuando una cosa no se puede
se paga el doble, y al instante se tiene lo pedido.
‑Sí, sí; ya he oído decir eso a todos los franceses ‑dijo maese
Pastrini algún tanto picado‑, y entonces no comprendo cómo viajan.
‑Es que los que viajan ‑dijo Alberto arrojando flemáticamente
una bocanada de humo hacia el techo, y balanceándose sobre las patas traseras
de su silla‑, son solamente los necios y los locos como yo, pues las personas
sensatas no abandonan su habitación en la calle de Helder, el paseo Gand y el
café de París.
Excusado es decir que Alberto vivía en dicha calle, daba todos
los días su paseo fashionable y comía cotidianamente en el único café en
que se come cuando se está en relaciones con los jóvenes solteros de París.
Maese Pastrini quedóse un instante silencioso. Era evidente que meditaba la
respuesta que le había dado Alberto, respuesta que sin duda alguna no le
parecía del todo clara.
‑Pero, en fin ‑dijo Franz a su vez interrumpiendo las
reflexiones geográficas de su huésped‑, vos habéis venido aquí para algo;
servíos, pues, indicarnos el objeto de vuestra visita.
‑¡Oh! Justamente. ¿Habéis mandado venir el carruaje a las ocho?
‑Sí.
‑¿Teníais intención de visitar el Colosseo?
‑Es decir, el Coliseo.
‑Es exactamente lo mismo.
‑Sea.
‑¿Habéis dicho a vuestro cochero que saliera por la puerta del
Popolo, que diese la vuelta por el lado exterior de las murallas y que entrase
por la puerta de San Juan?
‑Eso fue lo que dije, en efecto.
‑¡Pues bien! Ese itinerario es imposible, o por lo menos muy peligroso.
‑¿Y por qué es peligroso?
‑A causa del famoso Luigi Vampa.
‑Ante todo, mi querido huésped, ¿quién es el famoso Luigi Vampa?
‑preguntó Alberto‑. Puede ser muy famoso en Roma, pero os advierto que en París
es completamente desconocido.
‑¡Cómo! ¿No le conocéis?
‑No tengo ese honor.
‑¡Pues bien! Es un bandido junto al cual son niños de teta los
Decesaris y los Gasparone.
‑Atención, Franz ‑exclamó Alberto‑. ¡Al fin encontramos un
bandido! Os prevengo, querido huésped, que no voy a creer una palabra de lo
que digáis. Sabido esto, hablad cuanto queráis, estoy pronto a escucharos.
Había una vez... Vaya, ¡y qué! ¿No proseguís?
Maese Pastrini se volvió hacia Franz, que le parecía mucho más
juicioso que su compañero, y le dijo gravemente:
‑Excelencia, si creéis que miento, es inútil que os diga lo que
quería deciros; puedo, sin embargo, afirmaros que lo hacía por el interés de
vuestras excelencias.
‑Alberto no dice que mintáis, querido señor Pastrini ‑replicó
Franz‑. Dice que no os creerá enteramente, pero yo sí os creeré; tranquilizaos,
pues, y hablad.
‑Mas, sin embargo, excelencia, bien comprendéis que si ponéis en
duda mi veracidad...
‑Amigo mío ‑interrumpió Franz‑, sois más susceptible que
Casandra, la cual era una profetisa a quien nadie escuchaba; siendo así que
vos, a lo menos, estáis seguro de la mitad de vuestro auditorio. Vamos,
sentaos, y decidnos quién es ese señor Vampa.
‑Ya os lo he dicho, excelencia, es un bandido cual no se ha
visto otro después del famoso Mastrilla.
‑Pero, ¡vamos a ver! ¿Qué tiene que ver ese bandido con la orden
que he dado a mi cochero de salir por la puerta del Popolo, y de entrar por la
puerta de San Juan?
‑Tiene ‑repuso maese Pastrini‑ que por la una sin duda podréis
salir, pero dudo que por la otra podáis entrar.
‑¿Y eso por qué, señor Pastrini? ‑preguntó Franz.
‑Porque llegada la noche, ya no se está seguro a cincuenta pasos
de las puertas.
‑¿Palabra de honor? ‑exclamó Alberto.
‑Señor conde ‑dijo maese Pastrini, siempre picado por la duda
que tenía Alberto de su veracidad‑, no hablo con vos, sino con vuestro
compañero, que conoce a Roma, y que sabe que no se gastan chanzas sobre tal
punto.
‑Oye, querido ‑dijo Alberto dirigiéndose a Franz‑, puesto que se
nos presenta ocasión de emprender una aventura, oye lo que podemos hacer:
cargamos nuestro coche de pistolas, trabucos y escopetas de dos cañones. Luigi
Vampa viene a prendernos, y en lugar de prendernos él a nosotros, le cogemos
nosotros a él. Le llevamos inmediatamente a Su Santidad, que nos pregunta qué
puede hacer en reconocimiento a nuestro servicio, y entonces reclamamos lisa y
llanamente una carroza y dos caballos de sus caballerizas, sin contar con que
probablemente el pueblo romano, reconocido también, nos corone en el
Capitolio, y nos proclame, como a Curcio y a Horacio Coclés, salvadores de la
patria.
Entretanto Alberto deducía esta consecuencia, maese Pastrini gesticulaba
de una manera difícil de describir.
‑En primer lugar ‑preguntó Franz a Alberto‑, dime dónde encontrarás
esas pistolas, esos trabucos, esas escopetas de dos cañones, con que quieres
atestar el coche.
‑Lo que es en mi armería no será ‑dijo Alberto‑, pues que en la
Terracina me despojaron hasta de mi puñal, ¿y a ti?
‑A mí me sucedió lo mismo en Acuapendente.
‑¡Ah!, querido huésped ‑dijo Alberto encendiendo su segundo
cigarro en la punta del primero‑, sabéis que es muy cómoda para los ladrones
esa medida, y que me parece que ha sido tomada de acuerdo con ellos.
Sin duda maese Pastrini encontró aquella pregunta muy embarazosa,
pues no respondió sino a medias, dirigiendo aún la palabra a Franz como al
único ser razonable con el cual pudiera entenderse.
‑¿Sabe su excelencia que cuando uno es atacado por bandidos, no
es costumbre defenderse?
‑¡Cómo! ‑exclamó Alberto, cuyo valor se rebelaba a la sola idea
de dejarse robar sin decir una palabra‑. ¡Cómo! ¿Que no es costumbre
defenderse?
‑No, porque toda defensa sería inútil. ¿Qué queréis hacer contra
una docena de bandidos que salen de un foso, de una choza o de la misma tierra,
si así puede decirse, y que os apuntan a boca de jarro todos a un tiempo?
Alberto exclamó:
‑Pues quiero que me maten.
El posadero se volvió hacia Franz, con un aire que quería decir:
«Decididamente, vuestro camarada está loco.»
‑Querido Alberto ‑replicó Franz‑, vuestra respuesta es sublime,
y vale tanto como el qu'il mourut de Corneille, sólo que cuando Horacio
respondía esto, se trataba de la salvación de Roma, y la cosa valía por cierto
la pena. Pero, en cuanto a nosotros, daos cuenta de que se trata sólo de un
capricho que queremos satisfacer y que sería ridículo que por este capricho
arriesgásemos nuestra vida.
‑¡Ah! ¡Per Bacco! ‑exclamó maese Pastrini‑, eso se llama saber hablar.
Alberto se llenó un vaso de Lacryma‑Christi, el cual bebió a pe.
queños sorbos murmurando palabras ininteligibles.
‑Y bien, maese Pastrini ‑replicó Franz‑, ya que mi compañero
está tranquilo, y ya que habéis podido apreciar mis disposiciones pacíficas,
decidnos ahora, ¿quién es ese señor Vampa? ¿Es pastor o patricio? ¿Es joven o
viejo? ¿Alto o bajo? Describidnos su figura con objeto de que si le encontramos
por casualidad en el mundo, como Juan Sbogard o Lara, podamos a lo menos
reconocerle.
‑Pues para obtener detalles exactos, a nadie mejor que a mí pudierais
dirigiros, porque he conocido desde la niñez a Luigi Vampa, y un día que había
caído en sus manos al ir de Florencia a Alatri, se acordó, felizmente para mí,
de nuestro antiguo conocimiento. Me dejó ir entonces, no tan sólo sin hacerme
pagar nada, sino que quiso dárselas de generoso, me regaló un precioso reloj y
me contó su historia.
‑Mostradnos el reloj ‑dijo Alberto.
Maese Pastrini sacó de su bolsillo un magnífico Breguet
en que se veía grabado el nombre de su autor, el timbre de París y una corona
de conde.
‑Aquí está.
‑¡Diantre! ‑exclamó Alberto‑. Os doy la enhorabuena. Tengo uno
semejante ‑añadió sacando a su vez el reloj del bolsillo de su chaleco‑, que me
ha costado tres mil francos.
‑Ahora contadnos la historia ‑dijo Franz a su vez, haciendo
señas a maese Pastrini para que se sentara.
‑Si permiten sus excelencias...
‑¡Qué diablos! ‑dijo Alberto‑, no sois ningún predicador para
estar hablando de pie.
E1 posadero se sentó, después de haber hecho a cada uno de sus
oyentes una respetuosa y profunda cortesía, lo cual indicaba que estaba pronto
a dar los informes que le pedían acerca del famoso bandido Luigi Vampa.
‑A propósito ‑exclamó Franz deteniendo a maese Pastrini en el
momento en que iba a empezar a hablar‑, decís que habéis conocido a Luigi Vampa
desde su niñez; ¿es todavía joven?
‑¡Cómo!, pues no ha de ser joven, excelencia, si apenas tiene
veintidós años. ¡Oh!, todavía ha de meter mucho ruido.
‑¿Qué os parece, Alberto? Es muy raro el haberse adquirido ya a
los veintidós años una reputación ‑dijo Franz.
‑Sí,
ciertamente, y a su edad Alejandro, César y Napoleón, que después han figurado
tanto, no habían adelantado lo que él.
‑Así pues ‑replicó Franz dirigiéndose a su huésped‑, ¿el héroe
cuya historia vais a relatar, tiene veintidós años?
‑Tal vez aún no los ha cumplido, como he tenido el honor de
deciros.
‑¿Es alto o bajo?
‑De estatura mediana, así como vuestra excelencia ‑dijo el huésped,
señalando a Alberto.
‑Gracias por la comparación ‑dijo éste, inclinándose.
‑¡Vaya!, proseguid, maese Pastrini ‑replicó Franz, sonriéndose
de la susceptibilidad de su amigo‑. ¿Y a qué clase de la sociedad pertenecía?
‑Era un pobre pastor de la quinta de San Felice, situada entre
Palestrina y el lago de Cabri; había nacido en Pampinara, y entrado a la edad
de cinco años al servicio del conde. Su padre, pastor en Anagui, poseía un
pequeño rebaño, y vivía de la lana de sus carneros y de la leche de sus ovejas
que venía a vender a Roma. De niño, el pequeño Vampa tenía un carácter muy
raro. Un día, a la edad de siete años, fue a buscar al cura de Palestrina y le
rogó que le enseñase a leer, lo cual era difícil, pues el joven pastor no podía
abandonar un instante su ganado, pero el buen cura iba todos los días a decir
misa a una pobre aldea demasiado reducida para pagar un sacerdote, y que no
teniendo nombre, era conocida bajo el de Borgo. Le dijo a Luigi que le esperase
en el camino por donde él precisamente pasaba a su vuelta, y que de este modo
le daría su lección, previniéndole que ésta sería corta y que por consiguiente
tendría que aprovecharse de ella. El pobre muchacho aceptó lleno de júbilo.
»Diariamente, Luigi llevaba a apacentar su ganado hacia el
camino de Palestrina a Borgo, y todos los días, a las nueve de la mañana, el
cura y el muchacho se sentaban sobre la hierba y el pastorcillo daba su lección
en el breviario del sacerdote. A1 cabo de tres meses, sabía leer, pero no era
esto suficiente, necesitaba aprender a escribir. Encargó el sacerdote a un
profesor de escritura de Roma que le hiciera tres alfabetos: Uno con letra muy
gruesa, otro con letra mediana y el tercero con una letra muy pequeña. A1
recibirlós, el cura dijo a Luigi que copiando aquellas letras en una pizarra,
podía, con ayuda de una punta de hierro, aprender a escribir. Aquella misma
noche, así que hubo metido el ganado en la quinta, Vampa corrió a casa del
cerrajero de Palestrina, cogió un grueso clavo, lo forjó, lo machacó, lo redondeó,
consiguiendo hacer de él una especie de estilete antiguo. Al día siguiente,
había reunido una porción de pizarras y trabajaba en ellas. Al cabo de tres
meses ya sabía escribir.
»El cura quedó asombrado de aquella maravillosa inteligencia, e
interesándose vivamente por tan rara disposición, le regaló unos cuantos
cuadernos de papel, un mazo de plumas y un cortaplumas. Éste fue un nuevo
estudio, estudio que no era nada al lado del primero, así que ocho días después
manejaba la pluma lo mismo que el esthete. Contó el cura esta anécdota al conde
de San Felíce, que quiso ver al pastorcito, le hizo leer y escribir delante de
él, mandó a su mayordomo que le hiciese comer con sus criados, y le dio dos
piastras al mes. Con este dinero, Luigi compró libros y lápices.
»Había aplicado a todos los objetos aquella facultad de
imitación que tenía, y, como Giotto, dibujaba sobre las pizarras sus ovejas,
los árboles, las casas y con la punta de su cortaplumas empezó a tallar la
madera y a darle todas las formas que quería. Así fue como empezó Pinelli, el
escultor popular. Una niña de seis o siete años, es decir, un poco más joven
que Vampa, guardaba por su parte el rebaño de una quinta próxima a Palestrina;
era huérfana, había nacido en Valmontone y se llamaba Teresa. Los dos niños se
encontraban, sentábanse uno al lado del otro, dejaban que sus rebaños se
mezclasen y paciesen juntos, charlaban, reían y jugaban, y después por la
noche, apartaban los carneros del conde de San Felice, de los del barón de
Cervetri, y se separaban para volver a sus respectivas quintas, prometiendo
reunirse al día siguiente. Cada día volvían a darse y cumplir la cita, y de ese
modo fueron creciendo juntos. Vampa llegó a los doce años y Teresa a los once.
»Iban entretanto desarrollándose también sus caracteres
diferentes. A su noble afición a las artes, en que había sobresalido cuanto le
era posible en su aislamiento, unía Luigi crueles arrebatos de un carácter
imperioso, colérico, burlón. Ninguno de los jóvenes de Pampinara, de Palestrina
o de Valmontone había podido, no solamente tener influencia alguna sobre él,
sino que ni llegar a ser su compañero. Altanero era su temperamento, siempre
dispuesto a exigir, sin querer nunca conceder, apartaba de su lado todo
instinto amistoso, toda demostración simpática. Teresa era la única que
mandaba con una palabra, con una mirada, con un gesto, aquel carácter fiero que
se humillaba bajo la mano de una mujer, y que bajo la de un hombre cualquiera
hubiérase rebelado como una serpiente al sentirse pisoteada.
»El carácter de Teresa era entera y totalmente opuesto; viva,
alegre, pero coqueta hasta el extremo, las dos piastras que daba a Luigi el
mayordomo del conde de San Felice, y el precio de todos los juguetillos que
vendía en Roma, se gastaban en pendientes de perlas, en collares, en alfileres,
así es que gracias a la prodigalidad de su joven amigo, Teresa era la aldeana
más hermosa y elegante de los alrededores de Roma. Los dos jóvenes seguían
creciendo, pasando todo el día juntos, y entregándose sin obstáculos a los
instintos de su carácter; así, pues, en sus conversaciones, en sus deseos, en
sus sueños, Vampa
se veía siempre hecho un capitán de navío, general de ejército o
gobernador de una provincia, y Teresa se imaginaba rica, envidiada, vestida
con un hermoso traje, adornada con hermosos diamantes y seguida de lacayos con
librea. Además, cuando habían pasado el día juntos, adornando su porvenir con
aquellos locos y brillantes arabescos, se separaban para conducir los rebaños a
los establos y descender desde la elevación de su sueño hasta la real humildad
de su posición. Un día, el joven pastor dijo al mayordomo del conde que había
visto que un lobo salido de las montañas de la Sabina acechaba su ganado. El
mayordomo le entregó una escopeta; esto era lo que quería Vampa.
»El arma aquella tenía por casualidad un excelente cañón de Brescia,
que calzaba bala como una carabina inglesa, sólo que un día el conde,
persiguiendo a un zorro, rompió la culata, y ya habían arrinconado el arma
como inútil. Pero no era esto una dificultad para un escultor como Vampa.
Examinó la culata primitiva, calculó la figura que había de tener, y al cabo de
unos cuantos días hizo otra culata cargada de adornos tan maravillosos que, si
hubiera querido venderla sin el cañón, hubiera seguramente ganado quince o
veinte piastras; pero él no pensaba hacer tal use de ella, porque una escopeta
había sido durante su vida el pensamiento fijo del joven.
»En la totalidad de los países en que la independencia ha
sustituido a la libertad, la primera necesidad que experimenta todo corazón
fuerte, toda organización poderosa, es la de un arma que asegure al propio
tiempo el ataque y la defensa, y que haciendo terrible al que la lleva, le haga
también temido. Desde este momento Vampa dedicó todo el tiempo que le quedaba
libre al ejercicio del arma. Compró pólvora y balas a hizo servir de blanco
todos los objetos que se le ponían delante. Tan pronto ensayaba su puntería en
el tronco de un olivo, como en el zorro que salía de su cueva al anochecer para
dar comienzo a su caza nocturna. Tan pronto era su blanco la mata más
insignificante del borde de un camino, como el águila que orgullosamente se
cernía en el aire. Pronto llegó a ser tan diestro que Teresa dominó el temor
que en un principio experimentara al oír la detonación, y se divertía en ver a
su joven compañero poner la bala en el punto que de antemano advertía, con
tanta exactitud y limpieza como si la colocara allí con su propia mano.
»Salió, en efecto, una noche un lobo de un bosque cerca del cual
tenían por costumbre reunirse los dos jóvenes, pero apenas hubo dado el animal
diez pasos por el llano, cayó atravesado por una bala. Envanecido Luigi de tan
buen tiro, cargóse el lobo a cuestas y lo llevó a la quinta.
»Estos y parecidos detalles daban a Vampa cierta reputación en
todos aquellos alrededores, porque es verdad que el hombre superior, doquiera
que se halle y por ignorado que sea, se forma un círculo más o menos mayor de
admiradores. Por todos los alrededores se hablaba de aquel joven pastor como
del más fuerte y del más valiente contadino que había en el circuito de
diez leguas, y aunque Teresa por su parte pasase por una de las jóvenes más
hermosas de la Sabina, nadie osaba decirle una palabra, porque sabían que Vampa
la amaba.
»Y, sin embargo, no se habían confesado nunca tal amor. Habían
ido creciendo el uno y el otro como dos árboles que mezclan sus raíces bajo la
tierra, sus ramas en el aire, su perfume en el cielo, pero su deseo de vivir
juntos era el mismo. Unicamente que este deseo había llegado a ser una
necesidad y mejor hubieran preferido la muerte que la separación de un solo
día, por más que esta idea no les hubiese venido jamás a la imaginación. Teresa
tenía dieciséis años y Vampa diecisiete.
»Fue por entonces cuando se empezó a hablar mucho de una cuadrilla
de bandidos que se iba organizando en los montes Lepini.
»Los
salteadores no han sido nunca enteramente extinguidos en los alrededores de
Roma, y aunque algunas veces les faltan jefes, cuando se presenta uno jamás le
falta una partida. El famoso Cucumetto, perseguido en los Abruzzos, arrojado
del reino de Nápoles, donde había sostenido una verdadera guerra, atravesó el
Garigliano, como Manfredo, y fue a refugiarse entre Sonnino y Juperno, a
orillas del Almasina. Este era quien se ocupaba en reorganizar alguna tropa y
quien seguía las huellas de Decesaris y de Gasparone, a quienes pronto esperaba
sobrepujar. Muchos jóvenes de Palestrina, de Frascati y de Pampinara
desaparecieron, y aunque al principio sus amigos y allegados ignoraron su
paradero, pronto supieron que se habían ido a unirse a la banda de Cucumetto.
Al cabo de algún tiempo, Cucumetto llegó a ser el objeto de la atención
general, citándose a propósito de este jefe rasgos llenos de una audacia y de
una brutalidad extraordinarias y casi sin ejemplo.
»Un día raptó a una joven, era la hija del agrimensor de Frosinone.
Las leyes de los bandidos son en cuanto a esto terminantes: una joven pertenece
al que la ha raptado, después a cada uno por suerte, y la desgraciada sirve
para los placeres de toda la compañía hasta que la abandonan o muere. Cuando
los parientes son bastante ricos para rescatarla, envían un mensajero que trata
del rescate, y la cabeza del prisionero responde de la seguridad del emisario.
Pero si son rehusadas las condiciones del rescate, el prisionero es condenado
irrevocablemente.
»La joven de que hemos hablado tenía a su amante en la partida
de Cucumetto; se llamaba Carlini. Ál reconocer al joven, se creyó salvada y le
tendió los brazos, pero el pobre Carlini al verla sintió que se le partía el
corazón, porque aún ignoraba la suerte que estaría destinada a su amada.
»Sin embargo, como era el favorito de Cucumetto, como había compartido
con él sus peligros hacía más de tres años, como le había salvado la vida
matando de un pistoletazo a un carabinero que tenía ya el sable levantado sobre
su cabeza, esperó que Cucumetto se apiadaría de él. Llamó aparte, pues, a su
capitán, mientras que la joven se apoyaba contra el tronco de un gran pino que
se elevaba en medio de una plazuela del bosque; había hecho un velo con su
adorno, traje pintoresco de las paisanas romanas, y escondía su rostro a las
lujuriosas miradas de los bandidos. Allí se lo contó todo: sus amores con la
prisionera, sus juramentos de fidelidad, y cómo cada noche, desde que estaban
en aquellos alrededores, se daban cita en unas ruinas. Precisamente aquella
noche Cucumetto envió a Carlini a un pueblo vecino, y no pudo acudir a la cita.
Pero el capitán se había hallado allí por casualidad, según decía, y entonces
raptó a la joven.
»Carlini suplicó a su jefe que se le hiciese una excepción en su
favor y que respetase a Rita, diciéndole que su padre era rico y que pagaría
un buen rescate. Cucumetto pareció rendirse a las súplicas de su amigo y le
encargó que buscase un pastor a quien pudiese enviar a casa del padre de Rita,
a Frosinone. Carlini se acercó entonces muy gozoso a la joven, le dijo que
estaba salvada, y la invitó a que escribiese a su padre una carta en la cual
le contase todo lo que había pasado, y le anunciase que su rescate estaba
fijado en trescientas piastras. Concedían al padre por todo término doce
horas, es decir, hasta el día siguiente, a las nueve de la mañana.
»Una vez escrita la carta, Carlini cogióla al punto, corrió a la
llanura para buscar un mensajero, y encontró a un joven pastor que guardaba un
rebaño. Los mensajeros naturales de los bandidos son los pastores que viven
entre la ciudad y la montaña, entre la vida salvaje y la vida civilizada. El
joven pastor partió en seguida, prometiendo estar en Frosinone antes de una
hora, y Carlini volvió lleno de gozo a reunirse con su querida para anunciarle
aquella buena noticia.
»Toda la banda se encontraba en la plazuela, donde cenaba alegremente
las provisiones que los bandidos exigían de los paisanos como un tributo; tan
sólo en medio de aquellos alegres compañeros buscó en vano a Cucumetto y a
Rita. Preguntó por ellos y los bandidos le respondieron con una carcajada.
»Carlini sintió que un sudor frío empezaba a inundar su frente y
que una mortal zozobra empezaba a helar su corazón. Renovó su pregunta; uno de
los bandidos llenó un vaso de vino de Orvieto y se lo mostró, diciendo:
»‑¡A la salud del valiente Cucumetto y de la hermosa Rita!
»En aquel instante Carlini creyó oír un grito de mujer; todo lo
adivinó. Tomó el vaso y lo rompió contra el rostro del que se lo presentaba y
se lanzó en dirección de donde oyera el grito. A los cien pasos, a la vuelta
de un matorral, vio a Rita desmayada en los brazos de Cucumetto. Al ver a
Carlini, Cucumetto se levantó pistola en mano y ambos bandidos se miraron
durante un momento, el uno con la sonrisa de la injuria en los labios, el otro
con la palidez de la muerte en la frente. Hubiérase creído que iba a suceder
alguna escena terrible entre aquellos dos hombres, pero poco a poco las
facciones de Carlini se apaciguaron volviendo a su estado normal. Su mano, que
había llegado a una de las pistolas de su cinturón, permaneció inmóvil; Rita
estaba tendida entre los dos y la luna iluminaba esta escena.
»‑¡Y bien! ‑le dijo Cucumetto‑. ¿Has hecho la comisión que lo
había encargado?
»‑‑Sí, capitán ‑respondió Carlini‑, y el padre de Rita estará
aquí mañana a las nueve, con el dinero.
»‑Perfectamente. Mientras tanto vamos a pasar una noche deliciosa.
Esta joven es encantadora. Te aseguro que tienes buen gusto, Carlini; así,
pues, como no soy egoísta, vamos a volver al lado de los camaradas y sortear a
quién tocará ahora.
»‑Entonces, ¿estáis decidido a abandonarla a la ley común? ‑preguntó
Carlini.
» ¿Y por qué había de hacer una excepción en su favor?
»‑Creí que mis súplicas. ..
»‑‑¿Y por qué has de ser tú más que los demás?
»‑Es justo.
»‑Vamos, tranquilízate ‑prosiguió Cucumetto riendo‑, un poco
antes, un poco después, ya llegará lo turno.
»Los dientes de Carlini rechinaban de rabia.
»-Vamos ‑dijo Cucumetto, dando un paso hacia los bandidos‑,
¿vienes?
»‑Os sigo al momento.
»Cucumetto se alejó sin perder de vista a Carlini, porque temía
que le hiriese por detrás, pero nada anunciaba en el bandido una intención
hostil. En pie, con los brazos cruzados, estaba al lado de Rita, que continuaba
sin haber recobrado el conocimiento. Cucumetto creyó por un instante que el
joven iba a tomarla en sus brazos y huir con ella, pero poco le importaba,
había conseguido lo que deseaba,
y en cuanto al dinero, trescientas piastras repartidas entre los
compañeros hacían una suma tan pobre que le era indiferente el que se las
diesen o no. Continuó, pues, su camino hacia la plazuela, pero con gran asombro
suyo, Carlini llegó casi al propio tiempo que él.
»‑¡El sorteo! ¡El sorteo! ‑gritaron todos los bandidos al
divisar a su jefe.
»Y brillaron de alegría los ojos de aquellos hombres, mientras
que la llama de la hoguera esparcía sobre sus rostros un resplandor rojizo que
los hacía asemejarse a los demonios.
»Nada más justo que lo que pedían, y por lo tanto hizo el
capitán un signo con la cabeza indicando que accedía a su demanda. Pusiéronse
todos los nombres en un sombrero, así el de Carlini como los de los demás, y el
más joven de la compañía sacó una papeleta de aquella improvisada urna y leyó
en alta voz el nombre que en ella estaba escrito. Era el de Diavolaccio, el
mismo que había propuesto a Carlini un brindis a la salud del jefe y a quien
Carlini contestó haciendo pedazos el vaso contra su rostro. Una extensa herida
le cogía de la sien hasta la boca, de la que manaba sangre en abundancia.
Diavolaccio, al verse así favorecido por la fortuna, soltó una carcajada.
»‑Capitán ‑dijo‑, hace poco que Carlini no quiso beber a vuestra
salud; proponedle que beba a la mía. Tal vez tenga para con vos más
condescendencia que para conmigo.
»Todos esperaban una explosión de parte de Carlini, pero, con
gran asombro de los bandidos, tomó con la mano un vaso, con la otra una botella
y llenando el vaso dijo con perfecta mente tranquila:
»¡A lo salud, Diavolaccio! ‑y bebió el contenido del vaso sin
que el más mínimo temblor agitase su mano.
»Hecho esto, fue a sentarse junto a la hoguera.
»‑Dadme la parte de cena que me toca ‑dijo‑, pues el camino que
acabo de hacer me ha abierto el apetito.
»‑¡Viva Carlini! ‑exclamaron los bandidos.
»‑Enhorabuena, eso se llama tomar las cosas como buenos compañeros.
»Y todos formaron un círculo en torno a la hoguera, mientras que
Diavolaccio se alejaba.
»Carlini comía y bebía como si nada hubiese sucedido.
»Los bandidos le observaban asombrados, sin comprender aquella
impasibilidad, cuando oyeron resonar de pronto, junto a ellos, unos pasos
lentos y pausados.
»Se volvieron y divisaron a Diavolaccio que conducía a la joven
en sus brazos; tenía la cabeza inclinada hacia atrás, de modo que sus largos
cabellos rozaban la tierra. A medida que iban entrando en el círculo de la luz
proyectada por la hoguera, notaban la palidez de la joven y del bandido. Esta
aparición tenía un aspecto tan extraño y tan solemne, que todos se levantaron,
menos Carlini, que se quedó sentado y continuó comiendo y bebiendo, como si
nada pasase a su alrededor. Diavolaccio siguió avanzando en medio del más
profundo silencio y depositó a Rita a los pies del capitán.
»Entonces todos conocieron la causa de la gran palidez de la
joven y del bandido, porque Rita tenía un cuchillo clavado hasta la empuñadura
en el corazón.
»Todas las miradas se fijaron en Carlini; la vaina que colgaba
de su faja estaba vacía.
»‑¡Ya! ‑dijo el capitán‑, ¡ya!, ahora comprendo por qué se quedó
atrás Carlini.
»Por salvaje que sea todo carácter, se inclina ante una acción
sublime, y aunque es probable que ninguno de los bandidos hubiese hecho lo que
Carlini, todos apreciaron el valor de aquella acción.
»‑¿Y ahora ‑dijo Carlini levantándose a su vez con la mano apoyada
en el gatillo de una de sus pistolas‑, y ahora, se atreverá alguien a
disputarme esta mujer?
»‑No‑dijo el jefe‑ Es tuya.
»Entonces Carlini la tomó en sus brazos y la condujo fuera del
círculo de luz que proyectaba la llama de la hoguera.
»Distribuyó Cucumetto los centinelas como de costumbre, y los
bandidos se tendieron en sus capas alrededor de la hoguera.
»A medianoche el centinela dio la señal de alarma y en seguida
el capitán y sus compañeros estuvieron en pie. Era el padre de Rita que venía
en persona a traer el rescate de su hija.
»‑Toma ‑dijo a Cucumetto, presentándole un saco lleno de dinero‑,
aquí tienes trescientos doblones; devuélveme a mi hija.
»El jefe, sin pronunciar siquiera una palabra y sin tomar el
dinero, le hizo señas de que le siguiese.
»El anciano obedeció. Los dos se alejaron y perdieron entre los
árboles, a través de cuyas ramas penetraban los débiles rayos de la luna.
Cucumetto se detuvo finalmente, tendió la mano, y mostrando al anciano dos
personas agrupadas al pie de un árbol, le dijo:
»‑Mira, pide lo hija a Carlini, que él más que nadie puede darte
cuenta.
»Y sin decir una sola palabra más, volvió la espalda,
encaminándose al sitio donde se hallaban sus compañeros.
»El anciano permaneció inmóvil y con los ojos fijos. Sentía que
pesaba sobre su cabeza alguna desgracia desconocida, inmensa, pero tomando de
pronto una resolución, dio algunos pasos hacia el grupo.
Con el ruido que hizo, Carlini levantó la cabeza, y las formas
de dos personas comenzaron a aparecer más distintas a los ojos del anciano. Vio
a una mujer tendida en tierra, con la cabeza apoyada sobre las rodillas de un
hombre sentado a inclinado hacia ella. Al levantarse este hombre, fue cuando
pudo descubrir el rostro de la mujer que apretaba contra su corazón. El anciano
reconoció a su hija y Carlini reconoció al anciano.
»‑Te esperaba ‑dijo el bandido al padre de Rita.
»‑¡Miserable! ‑contestó éste‑. ¿Qué has hecho?
»Y miraba con terror a Rita, inmóvil, pálida, ensangrentada, con
un cuchillo hundido en el pecho. Un rayo de luna la iluminaba con su
blanquecina luz.
»‑Cucumetto había violado a lo hija ‑dijo el bandido‑, y como yo
la amaba más que a mí mismo, la he matado, porque después de él iba a servir de
juguete a toda la compañía.
»Los labios del anciano no se entreabrieron para murmurar la más
mínima palabra, pero su rostro volvióse tan pálido como el de un cadáver.
»‑Ahora ‑prosiguió Carlini‑, si he hecho mal, véngala.
»Y arrancó el cuchillo del seno de la joven, que presentó con
una mano al anciano, mientras que con la otra apartaba su camisa y le
presentaba su pecho desnudo.
»‑Has hecho bien ‑le dijo el anciano con voz sorda‑. ¡Abrázame,
hijo mío!
»Carlini se arrojó llorando en los brazos del padre de su amada.
Eran aquellas las primeras lágrimas que vertían los ojos de aquel hombre.
»Y ya que todo acabó ‑dijo con tristeza el anciano a Carlini‑,
ayúdame a enterrar a mi hija.
»Carlini fue a buscar dos azadones y el padre y el amante se pusieron
a cavar al pie de una encina cuyas espesas ramas debían cubrir la tumba de la
joven. Así‑que hubieron abierto una fosa suficiente, el padre fue el primero en
abrazar el cadáver, el amante después, y en seguida levantándolo el uno por los
pies y el otro por los brazos, lo colocaron en el hoyo. Luego se arrodillaron a
ambos lados y rezaron las oraciones de difuntos. Cuando concluyeron, cubrieron
el cadáver con la tierra que habían sacado hasta tanto que la fosa estuvo
llena. Entonces, presentándole la mano, dijo el anciano a Carlini:
»‑Ahora déjame solo. Gracias, hijo mío.
»‑Pero... ‑replicó éste.
»‑Déjame solo..., lo lo mando.
»Carlini obedeció. Fue a reunirse con sus compañeros, se
envolvió en su capa, y pronto pareció tan profundamente dormido como los demás.
Como el día anterior se había decidido que iban a cambiar de campamento, cosa
de una hora antes de amanecer, Cucumetto despertó a sus camaradas y se dio la
orden de partir, pero Carlini no quiso abandonar el bosque sin saber lo que
había sido del padre de Rita. Dirigióse hacia el lugar donde le había dejado y
encontró al anciano ahorcado de una de las ramas de la encina que daba sombra
a la tumba de su hija. Hizo entonces sobre el cadáver del uno y la tumba de la
otra, el juramento de vengarlos, mas este juramento no pudo realizarse, porque
dos días después, en un encuentro con los carabineros romanos, Carlini fue
muerto. Aunque lo que a todos llenó de asombro fue que haciendo frente al
enemigo hubiese recibido la bala por la espalda. Cesó, sin embargo, este
asombro cuando uno de los bandidos hizo notar a sus compañeros que Cucumetto
estaba colocado diez pasos detrás de Carlini cuando éste cayó.
» En la madrugada del día en que partieron del bosque de Frosinone,
había seguido a Carlini en la oscuridad y escuchado el juramento que hiciera,
por lo que a fuer de hombre cauto y previsor había tratado de evitar el
resultado, que para él podía ser muy desagradable.
»Aún se contaban sobre este terrible jefe de bandidos otras muchas
historias no menos curiosas que ésta, de manera que desde Fondi a Perusa todo
el mundo temblaba al solo nombre de Cucumetto.
» Estas historias habían sido con frecuencia el objeto de las
conversaciones de Luigi Vampa y de Teresa. Esta temblaba al oír tales
aventuras, pero Vampa la tranquilizaba con una sonrisa dirigiendo una mirada a
su soberbia escopeta que tan certero tiro tenía, y si esto no bastaba a
tranquilizarla, le mostraba a cien pasos un cuervo sobre alguna rama, le
apuntaba, la bala salía y el animal herido caía al pie del árbol. Sin embargo,
el tiempo corría, los dos jóvenes habían proyectado casarse cuando Vampa tuviese
veinte años y Teresa diecinueve y como los dos eran huérfanos y no tenían que
pedir permiso a nadie más que a sus amos, a éstos se lo habían pedido ya y les
había sido concedido.
» Hablando de sus futuros proyectos, un día oyeron dos o tres
tiros y de repente un hombre salió del bosque, cerca del cual acostumbraban
los dos jóvenes llevar a apacentar sus ganados, y corrió hacia ellos.
» Así que estuvo a distancia de poder ser oído, exclamó:
»‑Me persiguen, ¿podéis ocultarme?
» Los jóvenes diéronse cuenta inmediatamente de que aquel fugitivo
debía ser algún bandido, pero hay entre el aldeano y el bandido romano una
simpatía desconocida que hace que el primero esté siempre pronto a hacer un
servicio al segundo. Vampa, sin pronunciar una palabra, corrió a la piedra que
encubría la entrada de la gruta, descubrió dicha entrada apartándola, hizo una
señal al fugitivo para que se refugiase en aquel sitio desconocido de todos,
luego volvió a colocar en su lugar la piedra y se sentó tranquilamente junto a
su novia.
»Pocos instantes tardaron en salir de la espesura del bosque
cuatro carabineros a caballo; tres de ellos parecían buscar al fugitivo, el
cuarto conducía por el cuello a un bandido prisionero. Los tres primeros
exploraron el terreno con una ojeada, percibieron a los dos jóvenes, corrieron
a galope hacia ellos y les hicieron varias preguntas; nada sabían ni nada
habían visto.
»‑Lo lamento ‑dijo el cabo‑, porque el bandido a quien buscamos
es el capitán.
»‑¡Cucumetto! ‑exclamaron a la vez Luigi Vampa y Teresa.
>‑Sí ‑contestó el cabo‑, y como su cabeza está valorada en
mil escudos romanos, os darían quinientos a vosotros si nos hubieseis ayudado a
descubrirle.
»Los dos jóvenes se miraron y el cabo tuvo alguna esperanza.
»Quinientos escudos romanos son tres mil francos, y tres mil
francos son una inmensa fortuna para dos pobres huérfanos que van a casarse.
»‑Sí, también lo siento yo, pero no le hemos visto ‑dijo Vampa.
»Entonces los carabineros recorrieron el terreno en diferentes
direcciones, pero fueron inútiles todas las pesquisas. Al fin se retiraron.
»Vampa apartó entonces la piedra y Cucumetto salió del
escondrijo.
»Había visto, al través de las rendijas de la trampa de granito,
a los dos jóvenes hablar con los carabineros, dudó al pronto del resultado de
la conversación, pero leyó en el rostro de Luigi Vampa y de Teresa la firme
resolución de no entregarle. Sacó entonces de su bolsillo una bolsa llena de
oro y se la ofreció, mas Vampa levantó la cabeza con orgullo, y en cuanto a
Teresa, sus ojos brillaron al pensar en las ricas joyas y hermosos vestidos que
podría comprar con aquella gran cantidad de oro.
»Cucumetto era un demonio muy astuto, pero había tomado la forma
de un bandido en vez de tomar la de una serpiente. Sorprendió aquella mirada,
reconoció en Teresa una digna hija de Eva, y entró en el bosque volviendo
muchas veces la cabeza bajo el pretexto de saludar a sus libertadores.
Transcurrieron muchos días sin que se volviese a ver a Cucumetto, sin que se
oyese hablar de él.
Capítulo once
Vampa
»El tiempo del carnaval se acercaba y el conde de San Felice
anunció que iba a dar un baile de máscaras, al cual sería convidada toda la
elegancia de Roma, y como abrigaba Teresa vivos deseos de ver este baile, Luigi
Vampa pidió a su protector el mayordomo, permiso para asistir él y Teresa a la
función mezclados entre los sirvientes de la casa, permiso que le fue
concedido.
» Si el conde daba este baile, era sólo para complacer a su hija
Carmela, a quien adoraba. Carmela tenía la misma edad y la misma estatura de
Teresa, y Teresa era por lo menos tan hermosa como Carmela.
» La noche del baile, Teresa se puso su traje más bello, se
adornó con sus más brillantes alhajas. Llevaba el traje de las mujeres de Frascati.
Luigi Vampa vestía el de campesino romano en los días de fiesta y ambos se
mezclaron, como se les había permitido, entre los sirvientes y paisanos.
»La fiesta era magnífica. No solamente la quinta estaba profusamente
iluminada, sino que millares de linternas de varios colores estaban
suspendidas de los árboles del jardín.
»En cada salón había una orquesta y refrescos, las máscaras se
detenían, formábanse cuadrillas, y se bailaba donde mejor les parecía. Carmela
iba vestida de aldeana de Sonnino, llevaba su gorro bordado de perlas, las
agujas de sus cabellos eran de oro y de diamantes, su cinturón era de seda
turca con grandes flores, su sobretodo y su jubón de cachemir, su delantal de
muselina de las Indias, y por fin los botones de su jubón eran otras tantas
piedras preciosas. Otras dos de sus compañeras iban vestidas, la una de mujer
de Nettuno, la otra de mujer de la Riccia.
»Cuatro jóvenes de las más ricas familias y más notables de Roma
las acompañaban con esa libertad italiana que no tiene igual en ningún otro
país del mundo. Iban vestidos de aldeanos de Albano, de Velletri, de Civita‑Castellane
y de Sora. Además, tanto en los trajes de los aldeanos como en los de las
aldeanas, el oro y las piedras preciosas deslumbraban.
»Deseó formar Carmela una cuadrilla uniforme, pero faltaba una
mujer, y aunque la hija del conde no cesaba de mirar a su alrededor, ninguna de
las convidadas llevaba un traje análogo al suyo y a los de sus compañeros. El
conde de San Felice le señaló, en medio de las aldeanas, a Teresa, que se
apoyaba en el brazo de Luigi Vampa.
»‑¿Permitís acaso, padre mío?
»‑Sin duda ‑respondió el conde‑, ¿no estamos en carnaval?
»Se inclinó Carmela hacia un joven que la acompañaba y le dijo
algunas palabras en voz baja, mostrándole con el dedo a la joven. El caballero
siguió con los ojos la dirección de la linda mano que le servía de conductor,
hizo un ademán de obediencia y fue a invitar a Teresa para figurar en la
cuadrilla dirigida por la híja del conde.
»Teresa sintió que su frente ardía. Interrogó con la mirada a
Luigi Vampa, que no podía rehusar. Vampa dejó deslizar lentamente el brazo de
Teresa que se apoyaba en el suyo, y Teresa, alejándose conducida por su
elegante caballero, fue a ocupar, temblando, su puesto en la aristocrática
cuadrilla.
»A los ojos de un artista seguramente el exacto y severo traje
de Teresa hubiera tenido un carácter muy distinto del de Carmela y sus
compañeras, pero Teresa era una joven frívola y coqueta, y los bordados de
muselina, las perlas de los brazaletes y pendientes, el brillo de la cachemira,
el reflejo de los zafiros y de los diamantes la enloquecían.
»Por su parte, Luigi sentía nacer en su corazón un sentimiento
desconocido, una especie de dolor sordo desgarraba su alma y después circulaba
por sus venas y se apoderaba de todo su cuerpo. Seguía con la vista los
menores movimientos de Teresa y de su pareja, cuando sus manos se tocaban, sus
arterias latían con violencia, y hubiérase dicho que vibraba en sus oídos el
sonido de una campana. Cuando se hablaban, aunque Teresa escuchase tímida y con
los ojos bajos los discursos de su caballero, como Luigi Vampa leía en los ojos
ardientes del bello joven que aquellos discursos eran lisonjas, le parecía que
la tierra se abría bajo sus pies y que todas las voces del infierno murmuraban
sordamente a su oído palabras de muerte y de asesinato. Luego, temiendo dejarse
arrastrar por su locura, se cogía con una mano al sillón en el cual se apoyaba,
y con la otra oprimía con un movimiento convulsivo el puñal de mango cincelado
que pendía de su cinturón, y que, sin darse cuenta, sacaba algunas veces casi
enteramente de la vaina.
»Estaba celoso. Sentía que llevada de su naturaleza ligera y
orgullosa, Teresa podía olvidarle. Y sin embargo la bella aldeana, tímida y
casi espantada al principio, pronto se había repuesto. Ya hemos dicho que
Teresa era hermosa, pero aún no es esto todo: Teresa era coqueta con esa
coquetería salvaje mucho más poderosa y atractiva que nuestra coquetería
afectada. Unido esto a su gracia, a su candor, a su belleza, porque era bella y
muy bella, le atrajo todos los obsequios de los caballeros de la cuadrilla, y
si bien podemos asegurar que Teresa tenía envidia a la hija del conde, sin
embargo, no nos atrevemos a decir que Carmela no estuviese celosa de ella.
»Una vez estuvo terminada la danza, su elegante compañero, no
sin cesar los cumplidos y obsequios, la volvió a conducir al punto del que la
había sacado a bailar y donde la esperaba Luigi.
» Dos o tres veces durante la contradanza, la joven le había
dirigido una mirada, y cada vez le había visto pálido y con las facciones alteradas.
» Una vez la hoja de su puñal, medio sacada de su vaina, había
brillado a sus ojos con un resplandor siniestro, y he aquí por qué temblaba
como el azogue cuando volvió a apoyar su brazo en el de su amante.
»Había obtenido tan grande éxito la cuadrilla, que se trató de
re. petir la danza, y aunque Carmela se oponía, el conde de San Felice rogó con
tanta ternura a su hija, que al fin consintió.
»Al punto uno de los caballeros se dirigió a Teresa, sin la cual
era imposible que la contradanza se verificase, pero la joven había desaparecido.
»En efecto, Luigi no se sintió con ánimos para sufrir una
segunda prueba, y sea por persuasión o por fuerza, arrastró a Teresa hacia otro
punto del jardín. Teresa cedió bien a pesar suyo, pero había visto la alterada
fisonomía del joven, y comprendía por su silencio entrecortado, por sus
estremecimientos nerviosos que pasaba en él algo raro.
Ella sentía también una agitación interior, y sin haber hecho,
sin embargo, nada malo, comprendía que Luigi tenía derecho para quejarse. ¿De
qué...?, lo ignoraba, pero no por eso dejaba de conocer que sus quejas serían
merecidas. No obstante, con gran asombro de Teresa, Luigi permaneció mudo y ni
siquiera entreabrió sus labios para pronunciar una palabra durante el resto de
la noche. Mas cuando el frío hizo salir de los jardines a los convidados, y
cuando las puertas se hubieron cerrado para ellos, pues iba a comenzar una
fiesta íntima, se llevó a Teresa, y al entrar en su casa le dijo:
»‑Teresa, ¿en qué pensabas cuando estabas bailando frente a la
joven condesa de San Felice?
>r‑Pensaba ‑respondió la joven con toda la franqueza de su alma‑,
que daría la mitad de mi vida por tener un traje como el de ella.
»‑¿Y qué lo decía lo pareja?
»‑Que sólo me bastaba pronunciar una palabra para tenerlo.
»‑Y no le faltaba razón ‑contestó Luigi con voz sorda‑. ¿Deseas,
pues, ese traje tan ardientemente como dices?
»‑Sí.
»‑¡Pues bien!, lo tendrás.
»Levantó asombrada la joven la cabeza para preguntarle, pero su
rostro estaba tan sombrío y tan terrible que la voz se le heló en sus labios.
Por otra parte, al pronunciar estas palabras Luigi se había alejado. Teresa le
siguió con la mirada en la oscuridad mientras pudo, y así que hubo desaparecido
entró en su cuarto suspirando.
»Aquella misma noche tuvo lugar un desagradable acontecimiento:
tal vez por la poca precaución de algún criado al apagar las luces, el fuego se
había apoderado de la quinta de San Felice, justamente en los alrededores de la
habitación de la hermosa Carmela.
»En medio de la noche despertóse ésta por el resplandor de las
llamas, había saltado de su cama, se había envuelto en su bata, y había
intentado huir por la puerta, pero el corredor por el cual debía pasar estaba
ya invadido por las llamas. Luego entró en su cuarto pidiendo socorro, cuando
de repente se abrió el balcón, situado a veinte pies de altura, un joven
aldeano se arrojó en el aposento, cogió a la casi exánime joven entre sus
brazos, y con una fuerza y agilidad extraordinarias y sobrehumanas, la transportó
fuera de la quinta depositándola sobre la hierba del prado, donde quedó
desvanecida. Al recobrar el sentido, su padre se hallaba delante de ella, todos
los criados la rodeaban prodigándole socorros. Había sido devorada por el
incendio un ala entera del palacio, pero ¡qué importaba si Carmela se había
salvado! Buscaron por todas partes a su libertador, pero éste no apareció.
Preguntaron a todos, pero nadie le había visto. Carmela estaba tan turbada que
no le había reconocido. Además, como el conde era inmensamente rico, excepto el
peligro que había corrido su hija, y que le pareció por la milagrosa manera con
que se había salvado, más bien un nuevo favor de la Providencia que una
desgracia real, la pérdida ocasionada por las llamas fue insignificante para
él.
»Al día siguiente, a la hora de costumbre, encontráronse los dos
jóvenes pastores en su sitio, cerca del bosque. Luigi era quien había llegado
primero a la cita, y salió al encuentro de la joven con alborozo. Parecía
haber olvidado por completo la escena de la víspera. Teresa estaba
visiblemente pensativa, pero al ver a Luigi tan alegre, afectó por su parte un
gozo que no sentía, a pesar de ser propio de su carácter cuando alguna otra
pasión no venía a turbarla. Luigi tomó del brazo a Teresa y la condujo hasta la
entrada de la gruta. Allí se detuvo. Comprendió la joven que había algo de
extraordinario en la conducta del joven y en su consecuencia le miró fijamente
como queriendo interrogarle con los ojos.
»‑Teresa ‑dijo Luigi‑, ayer por la noche me dijiste que darías
la mitad de lo vida por tener un traje semejante al de la hija del conde.
»‑En efecto ‑dijo Teresa‑, pero estaba loca al desear tal cosa.
»‑Y yo lo respondí: "Está bien, lo tendrás."
»‑Sí ‑respondió la joven, cuyo asombro crecía a cada palabra de
Luigi‑, pero sin duda respondiste aquello para no disgustarme.
»‑Nunca lo he prometido nada que no lo haya dado. Teresa ‑dijo
Luigi con orgullo‑, entra en la gruta y vístete.
»Y diciendo estas palabras retiró la piedra y mostró a Teresa la
gruta iluminada por dos bujías que ardían a cada lado de un soberbio espejo.
Sobre la mesa rústica, hecha por Luigi, estaban colocados el collar de perlas y
las agujas de diamantes; sobre una silla estaba depositado el resto del
adorno.
» Teresa lanzó un grito de júbilo, y sin informarse siquiera de
dónde había salido aquel brillante traje, y sin dar tampoco las gracias a Luigi
colocó la piedra detrás de ella, porque acababa de apercibir sobre la cumbre de
una pequeña colina que impedía ver a Palestrina, un viajero a caballo, que se
detuvo un momento como incierto y vacilante, sin saber qué camino era el que
debía seguir.
»Viendo a Luigi, el viajero espoleó su caballo y se acercó a él.
Luigi no se había engañado; el viajero que se dirigía de Palestrina a Tívoli no
sabía a ciencia cierta cuál era el camino que debía tomar. El joven se lo
indicó, pero como a un cuarto de milla de allí el camino se dividía en tres
senderos, y llegado a ellos el viajero podía extraviarse de nuevo, rogó a
Luigi que le sirviera de guía.
»Luigi se quitó la capa y la colocó en tierra, se echó la
escopeta al hombro y marchó delante del viajero con ese paso rápido del montañés,
que a duras penas puede seguir el trote de un caballo.
»En diez minutos Luigi y el viajero llegaron al sitio designado
por el joven pastor y éste entonces, con el soberbio y majestuoso ademán de un
emperador, extendió el brazo señalando con el dedo la senda que debía seguir el
viajero.
»‑Este es vuestro camino ‑dijo‑, ya no es fácil ahora que su
excelencia se equivoque.
»‑He ahí lo recompensa ‑dijo el viajero ofreciendo al joven pastor
algunas monedas.
»‑Gracias ‑dijo Luigi retirando la mano‑, os doy un servicio,
pero no os lo vendo.
»‑Sin embargo, ‑dijo el viajero, que parecía acostumbrado a
aquella notable diferencia entre la servidumbre del hombre de
las ciudades y el orgullo del campesino‑, si rehúsas un salario no desdeñarás
un regalo.
»‑¡Ah!, eso ya es otra cosa.
»‑¡Pues bien! Toma estos dos zequíes venecianos y dáselos a lo
novia para unos zarcillos.
»‑Y vos tomad este puñal ‑dijo el joven pastor‑. No encontraréis
otro cuyo mango esté mejor tallado desde Albano a Civita de Castelane.
»‑Lo acepto ‑dijo el viajero‑, pero entonces yo soy el que lo
quedo agradecido, porque este puñal vale mucho más que los zequíes.
»‑En la ciudad tal vez, pero como lo he tallado yo mismo, apenas
vale una piastra.
»‑¿Cuál es lo nombre? ‑preguntó el viajero.
»‑Luigi Vampa ‑respondió el pastor con el mismo tono que si
hubiera contestado: Alejandro, rey de Macedonia‑. ¿Y vos?
»‑Yo... ‑dijo el viajero‑, me llamo Simbad el Marino.
Franz de Epinay lanzó un grito de sorpresa.
‑¡Simbad el Marino! ‑exclamó.
‑Sí ‑respondió el narrador‑, ése es el nombre que el viajero
dijo a Vampa.
‑¡Y bien! ¿Qué es lo que os admira en ese nombre? ‑interrumpió
Alberto‑, es un nombre muy bello, y las aventuras del patrón de este caballero,
debo confesarlo, me han divertido mucho en mi juventud.
Franz no quiso insistir más. Aquel nombre de Simbad el Marino,
como se comprenderá, despertó en él una multitud de recuerdos.
‑Continuad ‑dijo al posadero.
‑Vampa guardó desdeñosamente los dos zequíes en su bolsillo y
emprendió de nuevo el camino que trajera al venir. Así que hubo llegado a unos
doscientos pasos de la gruta parecióle oír un grito. Se detuvo, procurando
descubrir el lado de donde saliera aquél, y al cabo de un segundo oyó su nombre
pronunciado distintamente, viniendo el sonido de la voz del lado donde estaba
la gruta.
»Saltando como un gamo montó el gatillo de su escopeta a medida
que corría, y en menos de un minuto estuvo en lo alto de la colina opuesta a
aquella en que vio al viajero. Allí los gritos de socorro llegaron más
distintos a sus oídos. Dirigió una mirada por el espacio que dominaba. Un
hombre robaba a Teresa como el centauro Neso a Dejanira. Este hombre, que se
dirigía hacia el bosque, había ya andado las tres cuartas partes del camino
que mediaba entre aquél y la gruta. Vampa calculó la distancia; aquel hombre le
llevaba más de doscientos pasos de delantera; era, pues, imposible alcanzarle
antes de que hubiese llegado al bosque, y en el bosque lo perdería. El joven
pastor se detuvo como si le hubiesen clavado en aquel lugar. Apoyó en su hombro
derecho la culata de su escopeta, apuntó lentamente al raptor, le siguió un
segundo en su carrera y al fin hizo fuego.
»El raptor se detuvo, sus rodillas flaquearon y se desplomó
arrastrando a Teresa en su caída. Pero ésta se levantó al punto. En cuanto al
fugitivo permaneció tendido, luchando con las convulsiones de la agonía. Vampa
se lanzó hacia Teresa, porque a diez pasos del moribundo había caído de
rodillas y el joven temía que la bala que acababa de matar a su enemigo hubiese
herido a Teresa. Felizmente no sucedió así; era el terror únicamente que había
paralizado sus fuerzas. Cuando Luigi se hubo asegurado de que estaba sana y
salva, se volvió hacia el herido. Este acababa de expirar con los puños
crispados, la boca contraída por el dolor y los cabellos erizados por el sudor
de la agonía; sus ojos se habían quedado abiertos y amenazadores.
»Vampa se acercó al cadáver y reconoció a Cucumetto.
»El día en que el bandido había sido salvado por los dos jóvenes
se había enamorado de Teresa y había jurado que la joven le pertenecería. La
había espiado desde entonces, y aprovechándose del único momento en que su
amante la dejara sola para indicar el camino al viajero, la había robado y ya
la creía suya, cuando la bala de Vampa, guiada por la infalible puntería del
joven pastor, le había atravesado el corazón. Vampa le miró un momento sin que
la menor emoción se pintase en su semblante, mientras que Teresa, temblorosa
aún, no osaba acercarse al bandido muerto sino con lentos pasos, arrojando sólo
alguna que otra ojeada sobre el cadaver por encima del hombro de su amante. Al
cabo de un instante, Vampa se volvió hacia su amada.
»‑Bueno ‑dijo‑, tú lo has vestido ya; ahora me toca a mí.
»Teresa estaba, en efecto, vestida de pies a cabeza con el rico
y lujoso traje de la hija del conde de San Felice. Vampa tomó entre sus brazos
el cuerpo de Cucumetto y lo llevó a la gruta, mientras que, a su vez, Teresa
permanecía fuera.
»Si un segundo viajero hubiese pasado entonces, hubiera visto
una escena extraña: una pastora guardando sus ovejas con falda de cachemir, un
collar de perlas, collares y alfileres de diamantes y botones de zafiro, de
esmeraldas y rubíes. El viajero que hubiera visto tal cosa, no hay duda que se
habría creído transportado al tiempo de Florián, y hubiera asegurado a su
vuelta a París que había encontrado la pastora de los Alpes sentada al pie de
los montes Sabinos.
»Transcurrido un cuarto de hora, volvió a salir Vampa de la
gruta. Su traje no era en su género menos elegante que el de Teresa.
»Vestía una almilla de terciopelo grana, con botones de oro
cincelados; un chaleco de seda cuajado de bordados, una banda romana
atada al cuello, un portapliegos bordado de oro y de seda
encarnada y verde, calzones de terciopelo de color azul celeste atados por
encima de sus rodillas con dos hebillas de diamantes, unos botines de piel de
gamo bordados de mil arabescos, y un sombrero en que flotaban cintas de
colores; de su cinturón colgaban dos relojes y asimismo un magnífico puñal.
»Teresa lanzó un grito de admiración. Vampa con este traje se
asemejaba a una pintura de Leopoldo Robert o de Schenetz. Se había vestido el
traje completo de Cucumetto. El joven reparó en el efecto que producía en su
amada y una sonrisa de orgullo satisfecho asomó a sus labios.
»‑Ahora ‑‑‑dijo a Teresa‑,dime, ¿estás dispuesta a compartir mi
suerte, cualquiera que sea?
»‑¡Oh, sí! ‑exclamó la joven con entusiasmo‑. Sí.
»‑¿Te hallas pronta a seguirme donde yo vaya?
» ‑¡Aunque sea al fin del mundo!
>‑Entonces, cógete de mi brazo y partamos, porque no tenemos
tiempo que perder.
»La joven cogió el brazo de su amado sin preguntarle siquiera
dónde la conducía, porque en aquel momento le parecía hermoso, fiero y potente
como un dios. Entonces avanzaron los dos hacia el bosque atravesando la llanura
en menos de un minuto.
»Preciso es decir que ni un sendero había en la montaña que
fuese desconocido a Vampa. Avanzó, pues, en el bosque sin vacilar, aunque no
hubiese ningún camino, reconociendo solamente el que debía seguir por la
posición de los árboles y por la maleza. Un torrente seco que conducía a una
profunda garganta apareció ante sus ojos y Vampa siguió este extraño camino,
que, enterrado, por decirlo así, y oscurecido por la espesa sombra de los
elevados pinos, se asemejaba a aquel sendero del Averno de que nos habla
Virgilio.
»Temerosa del aspecto de aquel lugar salvaje y desierto, Teresa
se estrechaba contra su guía sin pronunciar una palabra, pero como le veía
caminar siempre con un paso igual y como la más profunda tranquilidad brillaba
en su semblante, encontró fuerzas bastantes en sí misma para disimular su
emoción.
»De pronto, a diez pasos de donde ellos estaban, un hombre
pareció destacarse de un árbol detrás del cual estaba oculto, y apuntando con
un trabuco a Vampa exclamó:
»‑‑‑¡Si das un paso más, eres hombre muerto!
»‑¡Vaya! ‑dijo Vampa levantando la mano con despreciativo ademán‑,
¿acaso se devoran los lobos a sí mismos?
»‑¿Quién eres? ‑preguntó el centinela.
»‑Soy Luigi Vampa, el pastor de la quinta de San Felice.
»‑¿Y qué es lo que quieres?
»‑Hablar a tus compañeros que están en el bosque de RoccaBianca.
>‑Entonces, sígueme ‑dijo el centinela‑, o mejor, puesto que
sabes el camino, marcha delante.
» Vampa se sonrió con aire de desprecio de aquella precaución
del bandido, pasó delante con Teresa, y continuó su camino con el mismo paso
tranquilo y firme que le había conducido hasta allí.
» Transcurridos cinco minutos, el bandido les hizo señas para
que se detuviesen, y ambos jóvenes obedecieron. El centinela entonces imitó por
tres veces el graznido del cuervo y un murmullo de voces respondió a esta
triple llamada.
»‑Bueno, ahora puedes continuar lo camino ‑dijo el bandido.
»Ambos jóvenes adelantáronse entonces, pero a medida que avanzaban,
Teresa, cada vez más trémula y sobrecogida, se iba arrimando a Luigi, porque a
través de los árboles veíanse aparecer hombres y relucir los cañones de sus
escopetas.
»El bosque de Rocca‑Bianca hallábase situado en la cumbre de un
montecillo que antiguamente había sido un volcán, volcán extinguido antes que
Rómulo y Remo hubiesen abandonado Alba para ir a fundar Roma.
»La pareja llegó a la cima y se encontraron cara a cara con
veinte bandidos.
»‑Aquí tenéis un joven que os busca ‑dijo el centinela.
»‑¿Y qué quieres de nosotros? ‑preguntó el que hacía las veces
de capitán en ausencia de éste.
»‑Quiero deciros que estoy fastidiado de ser pastor ‑replicó
Vampa.
» ¡Ah! ¡Ya! ‑dijo el teniente‑. ¿Y vienes a pedirnos que te alistemos
en nuestra partida?
»‑Bien venido seas ‑gritaron muchos bandidos de Ferrusino, de
Pampinara y de Anagui que habían reconocido a Luigi Vampa.
»‑Sí, pero vengo a pediros otra cosa más que ser vuestro compañero.
»‑¿Y qué es? ‑dijeron los bandidos con asombro.
»‑Vengo a pediros ser... vuestro capitán ‑dijo el joven con aire
resuelto.
»Una estrepitosa carcajada contestó a este rasgo de audacia.
»‑¿Y qué has hecho para aspirar a tal honor? ‑preguntó el teniente.
»‑He matado a vuestro jefe Cucumetto, cuyos despojos tenéis a
vuestra vista ‑dijo Luigi‑, y he incendiado la quinta de San
Felice para dar un traje de boda a mi novia.
»Una hora después Luigi Vampa era elegido capitán en reemplazo
de Cucumetto.
-¡Y bien!, mi querido Alberto ‑dijo Franz, volviéndose hacia su
amigo‑. ¿Qué pensáis ahora del ciudadano Luigi Vampa?
‑Digo que eso es mitológico y que jamás ha existido.
‑¿Qué significa mitológico? ‑preguntó maese Pastrini.
‑Sería largo de explicároslo, querido huésped ‑respondió Franz‑.
¿Decís, pues, que el tal Vampa ejerce en este momento su profesión en los
alrededores de Roma?
‑Y con tanta habilidad, que jamás ha demostrado otro bandido
antes que él.
‑¿Y la policía no ha intentado apresarlo?
‑Ya se ve que sí, pero está de acuerdo a un tiempo con los pastores
de la llanura, los pescadores del Tíber y los contrabandistas de la costa.
Quiere decir que lo buscan por la montaña y se está en el río; le persiguen por
el río y le tenéis en alta mar. De pronto, cuando se le cree refugiado en la
isla de El‑Giglio, de El‑Guanocetti o de Montecristo, se le ve aparecer en
Albano, en Tívoli o en la Riccia.
‑¿Y cuál es su proceder con respecto a los viajeros?
‑¡Oh!, muy sencillo. Según la distancia en que esté de la
ciudad, da de término ocho horas, doce, o un día para pagar su rescate. Transcurrido
este tiempo concede todavía una hora; pasada ésta, si no tiene el dinero, hace
saltar de un pistoletazo la tapa de los sesos del prisionero o le hunde un
puñal en el corazón, y asunto terminado.
‑¡Y bien, Alberto! ‑preguntó Franz a su compañero‑, ¿estáis aún
dispuesto a ir al Coliseo por los paseos exteriores?
‑Sin duda ‑dijo Alberto‑. ¿No habéis dicho que es el camino más
pintoresco?
En aquel mismo instante dieron las nueve, la puerta se abrió y
el cochero apareció en ella.
‑Excelencia ‑dijo‑, el coche os espera.
‑Bien ‑dijo Franz‑, en este caso, al Coliseo.
‑¿Por la puerta del Popolo, o por las calles, excelencia?
‑Por las calles, ¡qué diantre!, por las calles ‑exclamó Franz.
‑¡Ah, amigo mío ‑dijo Alberto, levantándose a su vez y encendiendo
el tercer cigarro‑, a decir verdad os creía más valiente...
Dicho esto, los dos jóvenes bajaron la escalera y subieron al
coche.
Capítulo doce
Apariciones
Franz encontró un término medio para que Alberto llegase al Coliseo
sin pasar por delante de ninguna ruina antigua, y por consiguiente sin que las
preparaciones graduales quitasen al Coliseo un solo ápice de sus gigantescas
proporciones. Este término medio consistía en seguir la Vía Sixtina, cortar el
ángulo derecho delante de Santa María la Mayor, y llegar por la Vía Urbana y
San Pietro‑in‑Vincoli hasta la Vía del Coliseo.
Ofrecía otra ventaja este itinerario: la de no distraer en nada
a Franz de la impresión producida en él por la historia que había contado
Pastrini, en la cual se hallaba mezclado su misterioso anfitrión de
Montecristo. Así, pues, había vuelto a aquellos mil interrogatorios
interminables que se había hecho a sí mismo, y de los cuales ni uno siquiera le
había dado una respuesta satisfactoria.
Por otra parte, había otra cosa aún que le había recordado a su
amigo Simbad el Marino: eran aquellas misteriosas relaciones entre los bandidos
y los marineros. Lo que dijera Pastrini del refugio que encontraba Vampa en las
barcas de los pescadores contrabandistas, recordaba a Franz aquellos dos
bandidos corsos que había hallado cenando con la tripulación del pequeño yate
que había virado de rumbo y había abordado en Porto‑Vecchio, con el único fin
de desembarcarlos. El nombre con que se hacía llamar su anfitrión de MonteCristo,
pronunciado por su huésped de la fonda de Londres, le probaba que representaba
el mismo papel filantrópico en las costas de Piombino, de Civita‑Vecchia, de
Ostia y de Gaeta, que en las de Córcega, Toscana, España y aun en las de Túnez
y Palermo, lo cual era una prueba de que abrazaba un círculo bastante extenso
de relaciones.
Sin embargo, por muy fijas que estuviesen en la imaginación del
joven todas aquellas reflexiones, por más preocupado que le tuviesen,
desvaneciéronse repentinamente cuando vio elevarse ante sí el sombrío y
gigantesco espectro del Coliseo, a través de cuyas puntas y aberturas la luna
proyectaba aquellos pálidos y prolongados rayos que arrojan los ojos de los
fantasmas.
Detúvose el carruaje a algunos pasos de la Meta Sudans. El cochero
fue a abrir la portezuela, los dos jóvenes bajaron del carruaje y se
encontraron enfrente de un cicerone que parecía haber salido de la
tierra. Como también les había seguido el de la fonda, resultó que tenían dos.
Es totalmente imposible evitar en Roma este lujo de guías;
además del cicerone general que se apodera de uno en el mismo instante
en que se ponen los pies en el dintel de la puerta de la fonda, y que no os
abandona hasta el día en que se ponen los pies fuera de la ciudad, hay aún un
cicerone especial en cada monumento. júzguese si no se debe ir acompañado de un
cicerone en el Coliseo, o sea, en el monumento por excelencia, que
obligó a decir a Marcial: «Cese Menfis de ponderarnos los estrepitosos milagros
de sus pirámides, que no se canten más las maravillas de Babilonia, todo debe
ceder ante el inmenso trabajo del anfiteatro de los Césares, y todas las voces
de la fama deben reunirse para ponderar este monumento.» Franz y Alberto no
trataron de sustraerse a la tiranía cicerónica, y a más esto sería tanto más
difícil cuanto que sólo los guías tienen derecho a recorrer el monumento con
antorchas. No hicieron, pues, ninguna resistencia, y se entregaron a los guías
para que los condujesen.
Franz conocía este paseo por haberlo hecho diez veces; pero como
su compañero, más novicio, ponía el pie por primera vez en el monumento de
Flavio Vespasiano, debo confesarlo en alabanza suya, a pesar de la ignara
charlatanería de sus guías, estaba fuertemente impresionado. En efecto, no se
puede formar una idea, cuando no se ha visto, de la majestad de semejante
ruina, cuyas proporciones están aumentadas más y más por la misteriosa claridad
de la luna meridional cuyos rayos se asemejan a un crepúsculo de Occidente.
Así pues, apenas, pensativo y cabizbajo, Franz hubo andado cien
pasos bajo los pórticos interiores, que abandonando a Alberto y a sus guías,
que no querían renunciar al imprescriptible derecho de hacerle ver
detalladamente la Fosa de los Leones, la mansión de los Gladiadores, el Podium
de los Césares, se dirigió hacia una escalera medio en ruinas, y haciéndoles
continuar en simétrico camino, fue a sentarse a la sombra de una columna
enfrente de una abertura que le permitía abrazar al gigante de granito en toda
su majestuosa extensión.
Estaba Franz allí hacía un cuarto de hora, perdido, como se ha
dicho, en la sombra de una columna, ocupado en mirar a Alberto que en compañía
de sus dos guías, con antorchas, acababa de salir de un vomitorium colocado al
extremo del Coliseo, y los cuales, semejantes a dos sombras que siguen un fuego
vago, descendían de grada en grada hasta los sitios reservados a las vestales,
cuando le pareció percibir el ruido de una piedra en las profundidades del
monumento, desgajada de la escalera situada enfrente de la que él acababa de
subir para colocarse en el lugar en que estaba sentado. Nada hay de extraño en
una piedra que se desprende bajo el pie del tiempo y cae rodando a un abismo,
pero a Franz le pareció que aquella piedra había cedido bajo el pie de un hombre,
y que un ruido de pasos llegaba hasta él, aunque el que lo ocasionaba hiciese
cuanto pudiese para apagarlo.
Efectivamente, a los pocos momentos apareció un hombre, saliendo
gradualmente de la sombra a medida que subía la escalera, conforme iban bajando
se confundían en las tinieblas.
Nada impedía suponer que fuese un viajero como él que se hubiese
retirado, prefiriendo una meditación solitaria a la insignificante charla de
sus guías, y por lo tanto su aparición no tenía nada que pudiese sorprenderle.
Pero en la indecisión con que subía los últimos escalones, en la manera con
que, llegado que hubo a la plataforma, se detuvo y pareció escuchar, era
probable que había venido con un fin particular y que esperaba a alguien. Por
un movimiento instintivo y maquinal, escondióse Franz todo lo que pudo detrás
de la columna. A diez pasos del pavimento donde ambos se encontraban, la bóveda
estaba algún tanto derribada, y una abertura redonda, semejante a la de un
pozo, permitía percibir el cielo sembrado enteramente de estrellas. Alrededor
de esta abertura que casi más de cien años hacía daba paso a los débiles y
pálidos rayos de la luna, habían nacido una multitud de hierbas silvestres,
cuyas ramas se destacaban erguidas sobre el azul mate del firmamento, mientras
que las enredaderas y la hiedra pendían de aquel terrado superior y se
balanceaban bajo la bóveda, parecidas a cuerdas flotantes.
El personaje cuya misteriosa llegada había llamado la atención
de Franz se hallaba situado en la penumbra, que aunque impedía examinar sus
facciones, no era sin embargo lo suficiente oscura para impedir que se
distinguiese su traje. Iba envuelto en una gran capa parda, cuyo embozo caído
sobre el hombro izquierdo, le ocultaba la parte inferior del rostro, mientras
que su sombrero de anchas alas cubría la parte superior. Solamente el extremo
de su vestimenta, que se hallaba iluminada por la luz oblicua que atravesaba
la abertura, permitía distinguir un pantalón negro, cuyo botín cuadraba
coquetamente una hota charolada. Este hombre pertenecía evidentemente, si no a
la aristocracia, a los menos a la alta sociedad.
Hacía algunos minutos que estaba allí y ya comenzaba a impacientarse,
cuando un ligero ruido se dejó oír en la parte superior. Al punto una sombra
interceptó la luz. Un hombre apareció en la abertura, arrojó una ojeada
penetrante por las tinieblas, y al fin distinguió al hombre de la capa.
Después, cogiéndose a un puñado de aquellas enredaderas y de aquellas hiedras
flotantes, se dejó deslizar, y cuando llegó a tres o cuatro pies del pavimento,
dejóse caer ligeramente. Es de advertir que el nuevo personaje vestía un traje
de transtevere.
‑Disculpadme, excelencia ‑dijo en dialecto romano‑, si os he hecho esperar; sin embargo, no me he retardado más que algunos
minutos, porque las diez acaban de dar en San Juan de Letrán.
‑Más bien soy yo quien se ha adelantado ‑respondió el extranjero
en el más puro toscano‑; así, pues, nada de cumplidos y luego, a,mque hubieseis
tardado más, ya me habría figurado que sería por una causa ajena a vuestra
voluntad.
‑Y os lo hubierais figurado con razón, excelencia. Vengo del
castillo de San Angelo, y me ha costado gran trabajo el hablar a Beppo.
‑¿Quién
es Beppo?
‑Beppo es un empleado de la cárcel al que le tengo destinada una
rentita para saber todo cuanto ocurre en el interior del Castillo de Su
Santidad.
‑¡Ah!
, ¡ah! , veo que sois un hombre cauto, querido.
‑¡Qué queréis, excelencia! Nadie sabe lo que cualquier día puede
acontecer. Tal vez a mí mismo me echarán un día el guante, como ha sucedido con
el pobre Pepino, y necesitaré entonces un ratón que me roa las puertas de la
cárcel.
‑En
fin, ¿qué habéis averiguado?
‑El martes habrá dos ejecuciones, a las dos, como es costumbre
en Roma; un condenado será mazzolato; éste
es un miserable que ha asesinado a un sacerdote que le educó, y que no merece
ningún interés; el otro será decapitado,
y éste es el pobre Pepino.
‑¡Ya veis, querido! Inspiráis tanto terror no solamente al
gobierno pontifical, sino a los reinos vecinos, que quieren hacer un ejemplar
castigo.
‑Pero Pepino no forma parte de nuestra banda, es un pobre pastor
que no ha cometido más crimen que el de proporcionamos víveres.
‑Pues eso basta y sobra para que se le considere como vuestro
cómplice; así pues, ya veis que le guardan algunas consideraciones. En vez de
martirizarlo como harían con vos, si os llegaran a echar la mano, se contentan
con guillotinarlo. Esto variará los planes del pueblo y habrá espectáculo para
toda clase de gustos.
‑Sin el que yo preparo y con el cual no
cuentan ‑prosiguió el transtevere.
‑Amigo mío, permitidme deciros ‑prosiguió el hombre de la capa‑,
que me parecéis dispuesto a hacer alguna simpleza.
‑Estoy dispuesto a todo para impedir la ejecución del pobre diablo
que morirá por causa mía; ¡por la madonna!, me consideraría muy cobarde si no
hiciese algo por ese valiente muchacho.
‑¿Y qué es
lo que pensáis hacer?, veamos...
‑Apostaré unos veinte hombres alrededor del cadalso, y en el
momento en que le conduzcan, a una señal mía, nos lanzaremos, daga en mano,
sobre la escolta, y le libertaremos.
‑Eso me parece muy peligroso, y decididamente creo que mi proyecto
vale mucho más que el vuestro.
‑¿Y cuál es vuestro proyecto, excelencia?
‑Daré dos mil piastras a una persona que yo sé y que obtendrá
que la ejecución de Pepino se dilate hasta dentro de un año; luego daré otras
mil piastras a otra persona que también conozco y le haré evadir de la prisión.
‑¿Estáis seguro de obtener buen éxito?
‑¡Diantre! ‑dijo en francés el hombre de la capa.
‑¿Qué decís? ‑preguntó el transtevere.
‑Digo, querido, que más he de hacer yo con mi oro que vos y toda
vuestra gente con sus puñales, sus pistolas, sus carabinas y sus trabucos.
Dejadme y veréis.
‑Perfectamente; pero, por si acaso, estaremos prestos.
‑Bueno, estad prestos si así lo deseáis, pero estad también
seguros de que he de obtener la dilación indicada.
‑No olvidéis que el martes es pasado mañana y que por consiguiente
no os queda más día que mañana.
‑¡Y bien! ¿Qué? Un día está compuesto de veinticuatro horas,
cada hora se compone de sesenta minutos, cada minuto de sesenta segundos, y en
ochenta y seis mil cuatrocientos segundos se pueden hacer muchas cosas.
‑¿Y cómo sabremos si habéis obtenido buen éxito?
‑De un modo sencillísimo: He alquilado los tres últimos balcones
del café Rospoli; si he obtenido la prórroga, los dos balcones de los lados
estarán colgados de damasco amarillo, y el del centro de damasco blanco, con
una cruz roja.
‑Magnífico. ¿Y por quién haréis entregar el perdón?
‑Enviadme uno de vuestros hombres disfrazado de penitente, y se
lo daré. Gracias a su traje llegará hasta el pie del cadalso, y entregará la
orden al jefe de la hermandad, que la pasará al verdugo. Mientras tanto, haced
saber esta noticia a Pepino, para que no se vaya a morir de miedo o a volverse
loco de desesperación, lo cual sería causa de que hubiésemos hecho un gasto
inútil.
‑Escuchad, excelencia ‑dijo el aldeano‑, os profeso un gran
afecto, bien lo sabéis, ¿no es así?
Así lo creo al menos.
‑¡Pues bien! Si salváis a Pepino, no será afecto lo que os profesaré,
será obediencia.
‑Mide lo que dices, amigo mío, porque acaso algún día lo recuerde,
y ese día será el que lo necesite.
‑Entonces, excelencia, me encontraréis en la hora de la
necesidad, como yo os he encontrado en esta misma hora y aun cuando os fueseis
al fin del mundo, no tendréis más que escribirme: “Haz esto” , y lo haré, a fe
de.. .
‑¡Callad! ‑dijo el desconocido‑, oigo ruido.
‑Son viajeros que visitan el Coliseo.
‑Es peligroso que nos encuentren juntos. Estos demonios de guías
podrían reconocernos, y por honrosa que sea vuestra amistad, amigo mío, si
llegaran a enterarse de que estábamos tan unidos como lo estamos, esta unión me
haría perder un poco de mi crédito.
‑¿Conque si conseguís la prórroga...?
‑El balcón del centro colgado de damasco blanco con una cruz
roja.
‑¿Y si no?
‑Tres colgaduras amarillas.
‑¿Y entonces...?
‑Entonces, querido amigo, manejad el puñal como gustéis, os lo
permito, y yo estaré allí para veros maniobrar.
‑Adiós, excelencia, cuento con vos; contad vos conmigo.
Y dichas estas palabras, el transtiberino desapareció por la
escalera, mientras que el desconocido, embozándose bien en su capa y
ocultándose enteramente el rostro, pasó a dos pasos de Franz, y descendió al
circo por las gradas exteriores. Un segundo después, Franz oyó resonar su
nombre en aquellas bóvedas. Era Alberto que le llamaba. Antes de responder,
esperó a que los dos hombres se hubiesen alejado, procurando no revelarles que
habían tenido un testigo que, si no había visto su rostro, no había al menos
perdido una sola palabra de su conversación. No habían transcurrido aún diez
minutos cuando Franz estaba ya en camino de la fonda de Londres, escuchando
con una distracción impertinente el erudito discurso que Alberto hacía, según
Plinio y Calparini, sobre las rejas guarnecidas de puntas de hierro que
impedían a los animales feroces lanzarse sobre los espectadores. Franz le
dejaba hablar sin contradecirle, pues deseaba hallarse solo para pensar sin
distracción alguna en lo que acababa de presenciar.
De los dos hombres, el uno seguramente era extranjero, y aquélla
era la primera vez que le veía y oía, pero no ocurría lo mismo con el otro, y
aunque Franz no hubiese distinguido su rostro constantemente envuelto en la
sombra a oculto en su capa, el acento de aquella voz le había llamado demasiado
la atención desde la primera vez que la oyera para que pudiese resonar alguna
vez en su presencia sin que~la reconociese. Sobre todo, en las entonaciones
irónicas, había algo de agudo y metálico que le había hecho estremecer en las
ruinas del Coliseo, lo mismo que en la gruta de Montecristo. Así, pues, estaba
perfectamente convencido de que aquel hombre no podía ser otro que Simbad el
Marino.
En cualquier otra circunstancia, la curiosidad que le había
inspirado aquel hombre le hubiera arrastrado a darse a conocer, pero en aquel
caso la conversación que acababa de oír era sobrado íntima para que no se
detuviese por el temor demasiado fundado de que su aparición les causaría una
sorpresa bien poco agradable. Le dejó, pues, que se alejara, como hemos visto,
pero prometiendo si le encontraba otra vez no dejar escapar la segunda ocasión
como lo había hecho con la primera. Impidióle la preocupación entregarse al
sueño, de modo que toda aquella noche la empleó en renovar en su imaginación
todas las circunstancias que parecían hacer de aquellos dos personajes el mismo
individuo; además, mientras más pensaba Franz, más se afirmaba en esta opinión.
Se durmió, cerca del amanecer, lo que hizo que no despertara sino muy tarde.
Alberto, a fuer de verdadero parisiense, había tomado ya sus precauciones para
la noche: había enviado por un palco al teatro Argentino y como Franz tenía que
escribir muchas cartas para Francia, cedió el carruaje a Alberto por todo el
día.
Entró Alberto a las cinco. Había entregado las cartas de recomendación,
tenía billetes para todas las tertulias y había visto Roma. Le había bastado un
día a Alberto para todo esto. Y todavía había tenido tiempo para informarse de
la pieza que se representaba y de los actores que la ejecutaban. El título de
la pieza era «Parisina» y los actores se llamaban Coselli, Moriani y la Spech.
Nuestros dos jóvenes no eran tan desgraciados como se ve, pues
que iban a asistir a la representación de una de las mejores óperas del autor
de Lucia di Lammermoor, ejecutada por tres artistas de los de más
nombradía en Italia. No había podido jamás acostumbrarse Alberto a los teatros
ultramontanos, cuya orquesta no se puede oír, y que no tienen ni balcones ni
palcos descubiertos; esto era bastante duro para un hombre que tenía su luneta
en los Bouffes y su parte de palco en la ópera. No impedía, sin embargo, que
Alberto se vistiese de gran etiqueta siempre que iba a la ópera con Franz.
Tiempo perdido, pues, preciso es confesarlo, para vergüenza de uno de los
representantes de nuestra elegancia: después de cuatro meses que paseaba
por Italia en todos sentidos, Alberto no había tenido ni lo que se llama una
sola aventura.
Y no era que no hiciese lo posible para que ésta se le
presentara, no, porque Alberto de Morcef era uno de los jóvenes que más fastidiados
debían estar por hallarse en tal descubierto. La cosa era tanto más penosa,
cuanto que según la modesta costumbre de nuestros queridos compatriotas,
Alberto había salido de París con la convicción de que iba a tener los mejores
lances, y que volvería a entretener a sus amigos del boulevard de Gand
contándoles sus aventuras; pero, desgraciadamente, nada de esto había sucedido.
Las encantadoras condesas genovesas, florentinas y napolitanas, habían temido,
no a sus maridos, sino a sus amantes, y Alberto había adquirido la cruel
convicción de que las italianas tienen a lo menos sobre las francesas la
ventaja de ser fieles a su infidelidad. Con todo, ello no quiere decir que en
Italia, como en todas partes, no haya regla sin excepción.
Y con todo, Alberto era no solamente un joven muy elegante, sino
un hombre de mucho talento. Era además vizconde, vizconde de moderna nobleza,
es muy cierto, pero en el día que no se hacen pruebas, ¿qué importa que sea uno
noble desde 1399 o desde 1815? Sobre todo esto, tenía cincuenta mil libras de
renta, y siendo más de lo necesario para vivir en París a la moda, era pues,
algo humillante el no haberse hecho notable en ninguna de las ciudades por
donde había pasado.
Sin
embargo, confiaba que no sería lo mismo en Roma, mucho más siendo el carnaval,
una de las épocas de más libertad y en que las más severas se dejan arrastrar a
algún acto de locura. Como el carnaval empezaba al siguiente día, era muy
importante que Alberto echara a volar su prospecto antes de aquella apertura.
Había alquilado, pues, con esa intención, uno de los palcos más
visibles del teatro, y se había vestido con mucha elegancia. Estaba en la
primera fila, que reemplaza la galería en nuestros teatros. Por otra parte, los
tres primeros pisos son tan aristocráticos los unos como los otros, y por esta
razón son llamados los palcos nobles. Aquí diremos, como de paso, que aquel
palco, donde podrían estar doce personas sin estrechez, había costado a los
dos amigos un poco más barato que un palco de cuatro personas en el ambigú
cómico.
Es preciso decir que Alberto tenía aún otra esperanza y era que
si llegaba a encontrar cabida en el corazón de una bella romana, esto le
conduciría naturalmente a conquistar un puesto en un carruaje, y por
consiguiente, a ver el carnaval en algún balcón de príncipe.
Todas estas circunstancias unidas hacían que Alberto fuese más
emprendedor de lo que nunca lo había sido. Volvía la espalda a los actores,
inclinándose fuera del palco, y mirando a todas las personas con unos
prismáticos de seis pulgadas de largo, lo cual no hacía que ninguna mujer
recompensase, con una sola mirada, ni aun de curiosidad, todos sus estudiados
ademanes y movimientos. Cada cual hablaba, en efecto, de sus asuntos, de sus
amores, de sus placeres, del carnaval que comenzaba al día siguiente, de la
próxima Semana Santa, sin fijar la atención ni un solo instante ni en los
actores, ni en la ópera, excepto en los momentos muy destacados en que todos se
volvían, sea para oír un trozo del recitado de Coselli, sea para aplaudir
algún rasgo brillante de Moriani, sea en fin para gritar ¡bravo! a la Spech.
Pasados estos instantes tan fugaces y momentáneos, las conversaciones
particulares recobraban su objeto primordial.
Hacia el fin del primer acto, la puerta de un palco que hasta entonces
había permanecido vacío se abrió y Franz vio entrar a una mujer a la cual
había tenido el honor de ser presentado en París, y que creía aún en Francia.
Alberto advirtió el movimiento que hizo su amigo al aparecer aquella dama, y
volviéndose hacia él dijo:
‑¿Conocéis acaso a esa dama?
‑Sí, ¿qué os parece?
‑Es una rubia encantadora, querido. ¡Oh!, qué cabellos tan adorables.
¿Es francesa?
No, veneciana.
‑¿Y se llama?
‑La condesa G...
‑¡Oh!, la conozco de nombre ‑exclamó Alberto‑. Aseguran que
además de ser hermosa tiene mucho talento. ¡Diantre! ¡Cuando pienso que hubiera
podido ser presentado a ella en el último baile dado por la señora de
Villefort, en el cual estaba, y que entonces no quise! ¿No es verdad que soy un
imbécil?
‑¿Queréis que repare esa falta? ‑preguntó Franz.
‑¡Cómo! ¿La conocéis tan íntimamente para conducirme a su palco?
‑He tenido el honor de hablar con ella tres o cuatro veces en mi
vida, pero, bien lo sabéis, es lo bastante para no cometer una indiscreción.
En aquel instante, la condesa reparó en Franz y le hizo con la
mano un ademán gracioso, al cual respondió él con una respetuosa inclinación de
cabeza.
‑¡Vaya! ¡Me parece que estáis en buena armonía! ‑dijo Alberto.
‑Pues os engañáis, y he aquí lo que nos hará cometer mil tonterías
a nosotros los franceses en el extranjero, por someterlo todo a nuestro punto
de vista parisiense. En España y en Italia, sobre todo, no juzguéis jamás de la
intimidad de las personas por lo expresivo
de los cumplimientos. Hemos simpatizado la condesa y yo, pero
eso es todo.
‑¿Simpatía de alma? ‑preguntó con una sonrisa Alberto.
‑No, de carácter ‑respondió gravemente Franz.
‑¿Y en dónde empezó, en dónde tuvo lugar la tat simpatía?
‑En un paseo que dimos por el Coliseo, parecido al que juntos
hemos dado.
‑¿A la luz de la tuna?
‑Sí.
‑¿Solos?
‑Casi.
‑Y hablasteis...
‑De los muertos.
‑¡Ah! ‑exclamó Alberto‑, pues entonces la conversación no
dejaría de ser agradable, y por lo mismo os prometo que si tengo la dicha de
servir de acompañante a la bella condesa en un paseo semejante al vuestro, no
le hablaré sino de los vivos.
‑Y tal vez haréis más.
‑Mientras tanto, vais a presentarme a ella como me lo habéis prometido.
‑Tan pronto como se baje el telón.
‑¡Cuán largo es este diablo de primer acto!
‑Escuchad el final, querido, porque a más de ser muy bello,
Coselli lo canta admirablemente.
‑Sí, ¡pero qué talle... !
‑La Spech está sumamente dramática.
‑Sí, no lo discuto, pero ya conocéis que cuando se ha oído a la
Lontag y la Malibrán...
‑¿No os parece excelente el método de Moriani?
‑No me gustan los morenos que cantan rubio.
‑Amigo mío ‑dijo Franz volviéndose, mientras que Alberto continuaba
mirando con los anteojos‑, a decir verdad estáis hoy muy insulso y distraído.
Al fin bajó el telón, con gran satisfacción del vizconde de
Morcef, que tomó su sombrero, se arregló sus cabellos, compuso su corbata y sus
puños, a hizo observar a Franz que le esperaba. Como por su parte la condesa, a
quien Franz interrogaba con la mirada, le dio a entender que sería bien
recibido, no tardó éste en satisfacer la impaciencia de Alberto y dirigiéndose
al palco seguido de su compañero, que se aprovechaba del paseo para componer
los falsos pliegues que los movimientos habían podido imprimir en el cuello de
la camisa y en las solapas de su frac, llamó al palco número 4, que era el que
ocupaba
la condesa. Esta se levantó al punto, cediendo su lugar al
recién llegado, según es costumbre en Italia y según se cede siempre cuando
llega una visita.
Presentó Franz a la condesa a Alberto como uno de los jóvenes
franceses más distinguidos por su posición social, por sus nada escasos
conocimientos y por las muchas otras cualidades que le adornaban, todo lo cual
no dejaba de ser cierto, porque tanto en París como en cualquier parte que
estuviese, se tenía a Alberto por un perfecto caballero.
Franz procuró añadir que, pesaroso su amigo de no haber sabido
aprovechar la estancia de la condesa en París para hacer que le presentasen a
ella, le había encargado que reparase su falta, misión que cumplía, rogando a
la condesa, a cuyo lado también él hubiera necesitado un introductor, que
excusase su indiscreción. La condesa respondió con un saludo encantador a
Alberto, y presentando lá mano a Franz. Invitado por ella, Alberto se sentó en
el lugar desocupado de la delantera, y Franz lo verificó en segunda fila,
detrás de la condesa.
Alberto había hallado un excelente tema de conversación, París,
y por consiguiente hablaba a la condesa de sus conocimientos comunes. Franz
comprendió que se hallaba en su terreno. Dejóle, pues, y pidiéndole sus
gigantescos anteojos, se puso a su vez a explorar el salón. Sentada en un
sillón delantero de un palco de tercera fila enfrente de ellos, estaba una
mujer de una hermosura admirable, vestida con un traje griego que llevaba con
tanta gracia y soltura que era evidentemente su traje habitual. Detrás de
ella, entre la sombra, se dibujaba la silueta de un hombre cuyo rostro era
imposible distinguir. Franz interrumpió la conversación de Alberto y de la
condesa paa preguntar a esta última si conocía a la hermosa albanesa, digna de
atraer no solamente la atención de los hombres, sino también de las mujeres.
‑No ‑dijo‑, todo cuanto sé es que está en Roma desde el principio
de la estación, porque desde que está abierto el teatro la he visto
cotidianamente en el mismo palco que hoy se encuentra, unas veces acompañada
del hombre que en este momento se encuentra con ella, y otras seguida tan sólo
de un criado negro.
‑¿Qué os parece, condesa?
‑Muy bonita; Medora debió asemejarse a esa mujer.
Franz y la condesa cambiaron una sonrisa, volviendo de nuevo
esta última a entablar su interrumpida conversación con Alberto y Franz a mirar
a su albanesa. Se levantó entonces el telón. Era uno de esos bailes italianos
puestos en escena por el famoso Henry, que se ha formado como coreógrafo una
reputación tan colosal en Italia, y que el desgraciado ha venido por fin a
perder en el teatro Náutico; uno de esos bailes que todo el mundo, desde el
primer bailarín al último comparsa, toman una parte tan activa en la acción,
que ciento cincuenta personas hacen a la vez el mismo ademán y levantan a un
tiempo el mismo brazo o la misma pierna. Es llamado este baile Dorliska.
A Franz le tenía demasiado preocupado su hermosa albanesa para
ocuparse del baile por muy interesante que fuese. En cuanto a la desconocida,
parecía experimentar un placer visible en aquel espectáculo, placer que
formaba un notable contraste con el profundo desdén del que la acompañaba, y
que mientras duró la escena coreográfica, no hizo un movimiento, pareciendo, a
pesar del ruido infernal producido por las trompetas, los timbales y los
chinescos de la orquesta, gustar de las celestiales dulzuras de un sueño
pacífico y embelesador.
Al fin terminó el baile, y el telón volvió a caer en medio de
los frenéticos aplausos de un público embriagado de entusiasmo. Gracias a esa
costumbre de interpolar un bailecito en las óperas, los entreactos son muy
cortos en Italia, teniendo tiempo para descansar y cambia de traje mientras que
los bailarines ejecutan sus piruetas y ensayan sus cabriolas. Unos instantes
después empezó el acto segundo.
A los primeros sonidos de la orquesta, Franz vio al soñoliento
desconocido, levantarse lentamente y acercarse a la griega, que se volvió para
dirigirle algunas palabras, y se apoyó de nuevo sobre el antepecho del palco.
La fisonomía de su interlocutor seguía oculta en la sombra, y Franz no podía
distinguir ninguna de sus facciones.
Empezado ya el acto, la atención de Franz fue atraída por los
actores, y sus ojos abandonaron un instante el palco de la hermosa griega para
fijarlos en el escenario.
El acto comienza, como es sabido, por el dúo del sueño.
Parisina, acostada, deja escapar delante de Azzo el secreto de su amor por
Hugo. El esposo engañado sufre todos los furores de los celos, hasta que,
convencido de que su esposa le es infiel, la despierta para darle a conocer su
próxima venganza. Este dúo es uno de los más hermosos, de los más expresivos y
de los más terribles que han salido de la fecunda pluma de Donizetti. Franz lo
oía por tercera vez, y sin embargo, produjo en él un efecto profundo. Iba,
pues, a unir sus aplausos a los del salón, cuando sus manos, prontas a chocar,
permanecieron separadas, y el ¡bravo! que iba a escapar de su boca expiró en
sus labios.
Se había levantado el hombre del palco y acercando su cabeza hasta
el punto en que le diera de lleno la luz, había permitido a Franz reconocer en
él al mismo habitante de Montecristo, a aquel cuya voz y talle había creído
descubrir en las ruinas del Coliseo. Ya no le cabía duda, el extraño viajero
vivía en Roma.
La expresión del rostro de Franz estaba sin duda en armonía con
la turbación que en él produjera semejante encuentro, porque la condesa le
miró, empezó a reír y le preguntó qué era lo que tenía.
‑Señora ‑respondió Franz‑, hace poco os he preguntado si
conocíais a esa mujer albanesa; ahora os pregunto si conocéis a su marido.
‑Menos todavía ‑respondió la condesa.
‑¿Nunca os ha llamado la atención?
‑¡He aquí una pregunta enteramente francesa! ¡Bien sabéis que
para nosotras, las italianas, no hay otro hombre en el mundo más que aquel a
quien amamos!
‑Es verdad ‑respondió Franz.
‑Sin embargo, os diré ‑dijo ella acercando los gemelos de Alberto
a sus ojos y dirigiéndolos hacia el palco‑ que debe ser algún recién
desenterrado, algún muerto salido de su tumba, con el correspondiente permiso
del sepulturero, se entiende, porque me parece horriblemente pálido.
‑Pues siempre está lo mismo ‑respondió Franz.
‑¿Entonces le conocéis? ‑preguntó la condesa‑. Así, yo soy la
que os preguntará quién es.
‑Estoy seguro de haberle visto antes de ahora, pero no atino ni
dónde ni cuándo.
‑En efecto ‑dijo ella haciendo un movimiento con sus hermosos
hombros como si un estremecimiento circulase por sus venas‑, comprendo que
cuando se ha visto una vez a un hombre semejante, jamás se le puede olvidar.
El efecto que Franz había experimentado no era, pues, una impresión
particular, puesto que otra persona lo sentía también.
‑Y decidme ‑preguntó Franz a la condesa después que le hubo
observado por segunda vez‑, ¿qué pensáis de ese hombre?
‑Que creo ver a Lord Ruthwen en persona.
Este nuevo recuerdo de Lord Byron admiró a Franz, porque, en
efecto, si alguien podía hacerle creer en los vampiros, no era otro que el
hombre que tenía ante sus ojos.
‑Es preciso que sepa quién es ‑dijo Franz levantándose.
‑¡Oh, no! ‑exclamó la condesa‑, no, no me dejéis sola. Cuento
con vos para que me acompañéis, y os quiero tener a mi lado.
‑¡Cómo! ‑le dijo Franz al oído‑, ¿tendríais miedo?
‑Escuchad ‑le dijo ella‑. Byron me ha jurado que creía en los
vampiros a incluso que los había visto. Me ha descrito su
rostro, que es absolutamente semejante al de ese hombre; esos cabellos negros,
esos ojos tan grandes, en que brilla una llama extraña, esa palidez mortal;
además, observad que no está con una mujer como las demás, está con una
extranjera..., una griega..., una cismática..., sin duda una hechicera como
él... Os ruego que no os vayáis. Mañana podréis dedicaros a buscarlos, si así
os parece, pero hoy os suplico que me acompañéis.
Franz insistió.
‑Pues bien ‑dijo la condesa levantándose‑, me voy. No puedo
quedarme hasta el fin de la función, porque tengo tertulia esta noche en mi
casa..., ¿seréis tan poco galante que me rehuséis vuestra compañía?
Franz no tenía otra alternativa que la de tomar el sombrero,
abrir la puerta y ofrecer su brazo a la condesa, y esto fue lo que hizo.
La condesa estaba efectivamente muy conmovida, y el mismo Franz
no dejaba tampoco de experimentar cierto terror supersticioso, tanto más
natural, cuanto que lo que era en la condesa el producto de una sensación
instintiva, era en él el resultado de un recuerdo. Al subir al carruaje sintió
que temblaba. La condujo hasta su casa; no había nadie, y no era esperada por
nadie. Franz la reconvino.
‑En verdad ‑‑‑dijo ella‑, no me siento bien, y tengo necesidad
de estar sola. La vista de ese hombre me ha conmovido.
Franz procuró reírse.
‑No os riáis ‑le dijo ella‑. Prometedme además una cosa.
‑¿Cuál?
‑Prometédmela.
‑Todo cuanto queráis, excepto renunciar a descubrir a ese hombre.
Tengo motivos, que me es imposible comunicaros, para desear saber quién es, de
dónde viene y adónde va.
‑Ignoro de dónde viene, pero dónde va puedo decíroslo; va al
infierno, no lo dudéis.
‑Volvamos a la promesa que queríais exigir de mí, condesa ‑dijo
Franz.
‑¡Ah!, es la siguiente: entrar directamente en vuestra casa y no
buscar esta noche a ese hombre. Hay cierta afinidad entre las personas que se
separan y las que se reúnen. No sirváis de intermediario entre ese hombre y yo.
Mañana corred tras él cuanto queráis, pero jamás me lo presentéis, si no
queréis hacerme morir de miedo. Así, pues, buenas noches, procurad dormir, yo
sé bien que no podré cerrar los ojos en toda la noche.
Con estas palabras la condesa se separó de Franz, dejándole
fluctuando en la indecisión de si se había divertido a su costa, o si verdaderamente
sintió el temor que había manifestado.
A1 entrar en la fonda, Franz encontró a Alberto con batín y pantalón
sin trabillas, voluptuosamente arrellanado en un sillón y fumando un buen
tabaco.
‑Ah, ¡sois vos! ‑le dijo‑. Verdaderamente no os esperaba hasta mañana.
‑Querido Alberto ‑respondió Franz‑, me felicito por tener una
ocasión de deciros una vez por todas que tenéis la idea más equivocada de las
mujeres italianas, y no obstante, me parece que vuestras desdichas amorosas ya
debían habérosla hecho perder.
‑¿Qué queréis? ¡Esas mujeres, el diablo que las comprenda! Os
dan la mano, os la estrechan, os hablan al oído, hacen que las acompañéis a su
casa; con la cuarta parte de ese modo de tratar a un hombre, una parisiense
perdería pronto su reputación.
‑Pues precisamente porque nada tienen que ocultar, porque viven
con tanta libertad, es por lo que las mujeres se cuidan tan poco del público en
el bello país donde resuena el sí, como decía Dante. Además, bien habéis visto
que la condesa tenía miedo.
‑Miedo ¿de qué?, ¿de aquel honrado caballero que estaba enfrente
de nosotros con aquella hermosa griega? Pues yo al salir me los encontré por el
pasillo y, ¡a fe que no sé de dónde diablos os han venido esas ideas del otro
mundo! Es un hombre buen mozo y muy elegante, no parece sino que se viste en
Francia en casa de Blin o de Humanes. Un poco pálido, es cierto, pero bien
sabéis que la palidez es un signo de distinción.
Franz se sonrió; Alberto tenía también pretensiones de estar pálido.
‑Sí, sí ‑le dijo Franz‑, estoy convencido de que las ideas de la
condesa acerca de ese hombre no tienen sentido común; pero, decidme, ¿ha
hablado a vuestro lado y habéis podido oír algo de lo que decía?
‑Ha hablado, pero en griego. He reconocido el idioma en algunas
voces griegas desfiguradas. ¡Oh! ¡Me acuerdo que en el colegio el griego me
hacía pasar muy malos ratos!
‑¿Conque hablaba griego?
‑Es probable.
‑No hay duda ‑murmuró Franz‑, es él.
‑¡Cómo! ¿Qué decís...?
‑Nada. ¿Qué estabais haciendo?
‑Os estaba preparando una sorpresa.
‑¿Qué sorpresa?
‑Bien sabéis que es imposible encontrar un coche.
‑¡Diantre!, por lo menos se ha hecho cuanto humanamente se podía
hacer.
‑¡Pues bien! Se me ha ocurrido una idea maravillosa.
Franz miró a Alberto como dudando del estado de su imaginación.
‑Querido ‑dijo Alberto‑, me honráis con una mirada que merecería
os pidiese reparación.
‑Dispuesto estoy a dárosla, querido amigo, si la idea es tan
maravillosa como decís.
‑Escuchad.
‑Escucho.
‑¿No hay posibilidad de encontrar carruaje?
‑No.
‑¿Ni caballos?
‑Tampoco.
‑¿Pero una carreta bien se podrá encontrar?
‑Quizás.
‑¿Y un par de bueyes?
‑También.
‑Pues bien; ésa es la nuestra. Mando adornar la carreta, nos vestimos
de segadores napolitanos, y representamos al natural el magnífico cuadro de
Leopoldo Robert. Y si la condesa quiere vestirse de campesina de Puzzole o de
Sorrento, esto completará la mascarada, y seguramente la condesa es demasiado
hermosa para que la tomen por el original de la mujer del niño.
‑¡Diantre! ‑exclamó Franz‑, tenéis razón por esta vez, Alberto,
y ésa es una idea feliz.
‑Y nacional. ¡Ah, señores romanos! ¿creéis que se correrá a pie
por vuestras calles como unos lazzaroni, porque no tenéis calesas ni caballos?
¡Pues bien!, ya se inventarán.
‑¿Y habéis comunicado a alguien esa estupenda idea?
‑Sólo a nuestro huésped. Al entrar le hice subir y le manifesté
mis deseos. Me ha asegurado que nada era más fácil. Yo quería dorar los cuernos
de los bueyes, pero él ha dicho que para eso se necesitarían tres días, por lo
que será preciso pasar sin ese detalle superfluo.
‑¿Y dónde está?
‑¿Quién?
‑Nuestro huésped.
‑Ha ido a buscar la carreta, porque mañana sería ya tarde.
‑¿De modo que esta misma noche tendremos la contestación?
‑Así lo espero.
En este momento la puerta se abrió y maese Pastrini asomó la cabeza.
‑¿Se puede entrar? ‑dijo.
‑¡Pues claro! ‑exclamó Franz.
‑¡Y bien! ‑dijo Alberto‑. ¿Habéis encontrado la carreta y los
bueyes?
‑He encontrado algo mejor que eso ‑respondió con aire ufano.
‑¡Ah!, mi querido huésped, andad con tiento en lo que decís.
‑Confíe vuestra excelencia en mí ‑dijo maese Pastrini.
‑Pero, en fin, ¿qué hay? ‑exclamó Franz a su vez.
‑¿Ya sabéis ‑dijo el posadero‑ que el conde de Montecristo vive
en este mismo piso...?
‑Ya lo creo ‑dijo Alberto‑, puesto que gracias a él no hemos
podido alojarnos sino como dos estudiantes en la calle de Saint Nicolas‑du‑Charnedot.
‑Y bien, está enterado del apuro en que os encontráis y os
ofrece dos asientos en su carruaje y dos sitios en sus ventanas del palacio
Rospoli.
Alberto y Franz se miraron.
‑Pero ‑preguntó Alberto‑, ¿debemos aceptar la oferta de ese
extranjero? ¿De un hombre a quien no conocemos?
‑¿Y qué clase de hombre es ese conde de Montecristo? ‑preguntó
Franz a su huésped.
‑Un gran señor siciliano o maltés, no lo sé a ciencia cierta,
pero noble como un borgliese y rico como una mina de oro.
‑Me parece ‑dijo Franz a Alberto ‑que si ese hombre fuese de tan
buenas prendas como dice nuestro huésped, hubiera debido hacernos su invitación
de otra manera, ya fuese escribiéndonos, ya...
En este momento llamaron a la puerta.
‑Adelante ‑dijo Franz.
Un criado con una elegante librea apareció en el marco de la
puerta.
‑De parte del conde de Montecristo, para el señor Franz d'Epinay
y para el señor vizconde Alberto de Morcef ‑dijo.
Y presentó al huésped dos tarjetas que éste entregó a los
jóvenes.
‑El señor conde de Montecristo ‑continuó el criado‑ me manda
pedir permiso a estos señores para presentarse mañana por la mañana en su
cuarto como vecino. Tendré el honor de informarme de estos señores a qué hora
estarán visibles.
‑A fe mía ‑dijo Alberto a Franz‑, que no podemos quejarnos.
‑Decid al conde ‑respondió Franz‑ que nosotros tendremos el
honor de anticiparnos a su visita.
El criado se retiró.
‑Eso es lo que se llama un asalto de elegancia ‑dijo Alberto‑,
vamos, decididamente vos teníais razón, maese Pastrini, y el conde de
Montecristo es un hombre perfecto.
‑¿Luego aceptáis su oferta? ‑dijo el huésped.
‑Con mucho gusto ‑respondió Alberto‑, sin embargo, os lo
confieso, siento que no se realice nuestro plan de la carreta y los segadores;
y si no hubiese lo del balcón del palacio Rospoli, para compensar lo que
perdemos, creo que volvería a mi primera idea, ¿qué os parece, Franz?
._‑Creo que también son los balcones los que me deciden ‑respondió
Franz a Alberto.
En efecto, esta oferta de dos sitios en un balcón del palacio
Rospoli, recordóle a Franz la conversación que había oído en las ruinas del
Coliseo entre su desconocido y el transtiberino, conversación en la cual el
hombre de la capa había prometido obtener la gracia del condenado. Ahora, pues,
si el hombre de la capa era, según todo se lo probaba a Franz, el mismo cuya
aparición en la sala de Argentina le había preocupado tanto, sin duda alguna le
reconocería y‑entonces nada le impediría satisfacer su curiosidad sobre este
punto.
Franz pasó una parte de la noche pensando en sus dos apariciones
y deseando que llegase el día siguiente. En efecto, el siguiente día debía
aclararlo todo, y esta vez, a menos que su huésped de MonteCristo poseyese el
anillo de Gyges y merced a este anillo su facultad de hacerse invisible, era
evidente que no se le escaparía. Así, pues, se despertó a las ocho, hora en que
Alberto, como no tenía los mismos motivos que Franz para madrugar tanto, dormía
aún apaciblemente. Franz mandó llamar a su huésped, que se presentó con sus
habituales saludos.
‑Maese Pastrini ‑le dijo‑, ¿no debe haber hoy una ejecución?
‑Sí, excelencia, pero si preguntáis eso para tener un balcón, os
acordáis de ello muy tarde.
‑No ‑prosiguió Franz‑; por otra parte, si lo hiciese únicamente
para ver ese espectáculo, encontraría sitio en el monte Pincio.
‑¡Oh!, yo creía que vuestra excelencia no querría mezclarse con
la canalla, cuyo anfiteatro es ése.
‑Probablemente no iré ‑dijo Franz‑, pero desearía obtener algunos
detalles.
‑¿Cuáles?
‑Quisiera saber el número de condenados, sus nombres y el género
de sus suplicios.
‑¡Oh!, no los podía pedir más oportunamente, excelencia. Ahora
justamente me acaban de traer las tavolette.
‑¿Qué es eso de las tavolette?
‑Las tavolette son unas tabletas de madera que se cuelgan
en lo. das las esquinas de las calles la víspera de las ejecuciones, y en las
cuales están escritos los nombres de los condenados, la causa de su condenación
y la clase de suplicio. Tienen por objeto invitar a los fieles a que rueguen a
Dios para que dé a los culpables un sincero arrepentimiento.
‑¿Y os traen esas tabletas para que unáis vuestras súplicas a
las de los fieles? ‑preguntó Franz irónicamente.
‑No, excelencia. Yo me entiendo con el repartidor y me trae esos
anuncios, como también me trae los anuncios de espectáculos de otros géneros, a
fin de que si alguno de los viajeros que tengo la honra de albergar en mi casa
desea asistir a la ejecución, lo sepa por anticipado.
‑¡Ah!, ya comprendo, maese Pastrini ‑exclamó Franz‑, ¡sois
hombre en extremo solícito y delicado, que se desvive por complacer a sus
huéspedes!
‑¡Oh! ‑‑dijo maese Pastrini sonriendo‑, puedo vanagloriarme de
hacer cuanto está en mi mano para satisfacer los deseos de los nobles
extranjeros que me honran con su confianza.
‑Eso es lo que veo, querido huésped, y lo repetiré a quien
quiera oírlo, no lo dudéis. Mientras tanto, desearía leer una de esas
tavolette.
‑Nada más fácil ‑dijo el huésped abriendo la puerta‑, he dado
órdenes de poner una en el corredor.
Salió, descolgó la tavoletta, y la presentó a Franz. He
aquí la traducción literal del cartel patibulario:
«Se hace saber a todos los que la presente
vieren y entendieren, que el martes, 22 de f ebrero, primer día de Carnaval, y
en virtud de sentencia dada por el tribunal de la Rota, serán ejecutados en la
plaza del Popolo los llamados Andrés Róndolo, culpable de asesinato en la
persona muy respetable y venerada de D. César Torloni, canónigo de la iglesia
de San Juan de Letrán, y el llamado Pepino, alias Rocca Priori, convicto de
complicidad con el detestable Luigi Vampa y los demás de su banda. EL primero será
mazzolato, y el segundo decapitado. Se ruega a las almas caritativas que pidan
al Ser Supremo un sincero arrepentimiento para estos dos infelices reos.»
Esto mismo era lo que Franz había oído la antevíspera en las
ruinas del Coliseo, y nada habían cambiado en el programa; los nombres de los
condenados, la causa de su suplicio y el género de su ejecución eran
exactamente los mismos. Por consiguiente, según toda probabilidad, el
transtiberino no era otro que el bandido Luigi Vampa, y el hombre de la caps,
Simbad el Marino, que en Roma como en PortoVecchio y en Túnez continuaba con
sus filantrópicas expediciones.
Entretanto, el tiempo corría; eran las nueve y Franz iba a
despertar a Alberto, cuando con gran asombro de su padre, le vio salir de su
cuarto vestido ya de pies a cabeza. El carnaval le había hecho despertar más
de mañana de lo que su amigo esperaba.
‑¡Vamos! ‑dijo Franz a su huésped‑, ahora que ya estamos listos,
¿creéis, señor Pastrini, que podremos presentarnos en la habitación del señor
conde de Montecristo?
‑¡Oh!, seguramente ‑respondió‑ El conde de Montecristo
acostumbra a madrugar, y estoy convencido de que hace dos horas que se ha
levantado.
‑¿Y creéis que no será indiscreción el irle a ver ahora mismo?
‑En modo alguno.
‑En tal caso, Alberto, si estáis dispuesto...
‑‑Sí, amigo mío, sí; estoy dispuesto a todo ‑‑dijo Alberto.
‑Vamos a dar gracias a nuestro vecino por su atención.
‑Vamos enhorabuena.
Franz y Alberto no tenían que atravesar más que el pasillo. El
posadero se adelantó y llamó; un criado salió a abrir.
‑I signori francesi ‑‑‑dijo Pastrini.
El criado se inclinó y les hizo señas de que entrasen.
Atravesaron dos piezas amuebladas con un lujo que no creían encontrar
en la fonda de maese Pastrini y finalmente llegaron a un salón sumamente
elegante. Cubría el pavimento una alfombra de Turquía, y magníficas sillas de
blandos almohadones y de anchos espaldares enervados hacia atrás, brindaban con
un descanso tan cómodo como agradable; riquísimos cuadros pintados al óleo,
retratos de diferentes personajes, trofeos de magníficas arenas, colgaban de
las paredes y anchas cortinas de hermosa tapicería flotaban delante de cada
puerta.
‑Si sus excelencias gustan sentarse ‑dijo el criado‑, pueden
hacerlo mientras entro aviso al señor conde.
Y salió por una de las puertas.
Al abrirse esta puerta, el sonido de una guzla llegó a los oídos
de los dos amigos, pero al punto se apagó. La puerta, cerrada casi al mismo
tiempo que abierta, no había podido, por decirlo así, dejar penetrar en el
salón más que un soplo de armonía. Franz y Alberto cambiaron una mirada y
volvieron los ojos hacia los muebles, los cuadros y las arenas. Todo esto les
pareció ahora más magnífico que al primer golpe de vista.
‑¿Qué os parece? ‑preguntó Franz a su amigo.
‑A fe mía, querido ‑dijo‑, que es preciso que nuestro vecino sea
algún agente de cambio que ha jugado a la baja sobre los fondos españoles, o
algún príncipe que viaja de incógnito.
‑¡Silencio! ‑le dijo Franz‑, eso es lo que vamos a saber, puesto
que ahí viene.
En efecto, el ruido de una puerta que giraba sobre sus goznes
acababa de llegar a los oídos de los amigos, y casi al mismo tiempo, levantándose
el cortinaje, dio paso al dueño de todas aquellas riquezas. Alberto se levantó
y le salió al encuentro, pero Franz, al verle, se quedó clavado en su sitio.
E1 que
acababa de entrar no era otro que el hombre de la capa del Coliseo, el
desconocido del palco, el misterioso huésped de la isla de Montecristo.
Capítulo trece
La mazzolata
‑Señores ‑dijo al entrar el conde de Montecristo‑, recibid mis
excusas por haber dado lugar a que os adelantaseis, pero al presentarme antes
en vuestro gabinete hubiera temido ser indiscreto. Por. otra parte, me habéis
dicho que vendríais y os he estado esperando.
‑Venimos a daros un millón de gracias, Franz y yo, señor conde ‑dijo
Alberto‑, puesto que verdaderamente nos sacáis de un gran apuro, tanto, que ya
estábamos a punto de inventar la estratagema más fantástica en el momento en
que nos participaron vuestra atenta invitación.
‑¡Eh! ¡Dios mío!, señores ‑dijo el conde haciendo seña a los
jóvenes de que se comodasen en un diván‑. Ese imbécil de Pastrini tiene la
culpa de que os haya dejado tanto tiempo en esa angustia. No me había dicho una
palabra de vuestro apuro, a mí que, solo y aislado como estoy aquí, no buscaba
más que una ocasión de conocer a mis vecinos. Así, pues, desde el momento en
que supe que podía seros útil en algo, ya habéis visto con qué prisa he
aprovechado la ocasión de ofreceros mis servicios. Pero tomad asiento, señores,
perdonad mi distracción.
Y el conde señaló a los dos jóvenes un precioso confidente que
había junto a ellos. Ambos amigos se inclinaron. Franz no había encontrado una
sola palabra que decir, aún no había tomado ninguna resolución, y como nada
indicaba en el conde su voluntad de reconocerle o su deseo de ser conocido por
él, no sabía si hacer, por una palabra cualquiera, alusión a lo pasado, o dejar
que el porvenir les diese nuevas pruebas. Por otra parte, aun cuando estaba
seguro de que la víspera era él quien estaba en el palco, no podía, sin
embargo, responder tan positivamente de que fuese él quien estaba la
antevíspera en el Coliseo. Resolvió, pues, dejar que las cosas siguieran su
curso sin hacer ninguna pregunta directa. Además, estaba en condiciones de
superioridad sobre él, era dueño de su secreto, mientras que el conde no podía
tener ninguna acción sobre Franz, que nada tenía que ocultar. Esto no obstante,
resolvió hacer girar la conversación sobre un punto que podía aclarar un poco
sus dudas.
‑Señor conde ‑le dijo‑, ya que nos habéis ofrecido dos asientos
en vuestro carruaje y dos sitios en vuestras ventanas del palacio Rospoli,
¿podríais indicarnos ahora de qué medios nos valdríamos para procurarnos un
posto cualquiera, como se dice en Italia, en la Plaza del Popolo?
‑¡Ah!, sí, es verdad ‑dijo el conde con aire distraído y mirando
fijamente a Morcef‑. ¿No hay en la Plaza del Popolo una... una ejecución?
‑Sí ‑respondió Franz, viendo que por sí mismo iba donde él
quería conducirle.
‑Esperad, esperad; creo haber dicho ayer a mi mayordomo que se
ocupase de eso. Quizá pueda prestaros aún otro pequeño servicio.
Y tendió la mano hacia un cordón de campanilla.
Al punto vio entrar Franz a un individuo de cuarenta y cinco a
cincuenta años, que se parecía, como una gota de agua se parece a otra, al
contrabandista que le había introducido en la gruta, pero que no pareció
reconocerle. Sin duda estaba prevenido.
‑Señor Bertuccio ‑dijo el conde‑, ¿os habéis ocupado, como os
dije ayer, de procurarme una ventana en la plaza del Popolo?
‑Sí, excelencia ‑dijo el mayordomo‑, pero ya era tarde.
‑¡Cómo! ‑dijo el conde frunciendo el entrecejo‑, ¿no os dije
resueltamente que quería tener una a mi disposición?
‑Y vuestra excelencia tiene una, la que estaba alquilada al príncipe
Labanieff, pero me he visto obligado a pagarle en ciento. ..
‑Basta, basta; dejémonos de cuentas, señor Bertuccio; tenemos
una ventana, esto es lo principal. Dad las señas de la casa al cochero, y estad
en la escalera para conducirnos. Esto basta, podéis retiraros.
El mayordomo saludó a hizo ademán de retirarse.
‑¡Ah! ‑prosiguió el conde‑. Tened la bondad de preguntar a
Pastrini si ha recibido la tavoletta y si quiere enviarme el programa de
la ejecución.
‑Es inútil ‑dijo Franz sacando su cartera del bolsillo‑. He
tenido en la mano ese programa y lo he copiado. Aquí lo tenéis.
‑Muy bien. Entonces, señor Bertuccio, podéis retiraros, ya no os
necesito. Decid que nos avisen cuando esté preparado el almuerzo. Estos señores
‑continuó, volviéndose hacia los dos amigos‑ me harán el honor de almorzar
conmigo, ¿no es cierto?
‑Señor conde ‑dijo Alberto‑, eso sería abusar.
‑Al contrario, me daréis en ello una particular satisfacción, a
más de que todo esto, uno a otro de vosotros, o tal vez los dos me lo pagaréis
en igual moneda cuando yo vaya a París. Señor Bertuccio, haréis poner tres
cubiertos.
El conde de Montecristo tomó la cartera de las manos de Franz y
el señor Bertuccio salió.
‑De modo que decíamos ‑continuó con el mismo tono que si hubiera
leído un anuncio de teatro‑, que... « hoy, 22 de febrero, serán ejecutados en
la plaza del Popolo los llamados Andrés Rondolo, culpable de asesinato en la
persona muy respetable y venerada de don César Torlini, canónigo de la iglesia
de San Juan de Letrán, y el llamado Pepino, alias Rocca Priori,
convicto de complicidad con el detestable bandido Luigi Vampa y los demás de
su banda.» ¡Hum! «El primero será mazzolatto, el segundo decapitato.»
En efecto ‑prosiguió el conde‑, así era como debía suceder al principio, pero
tengo entendido que de ayer acá han surgido algunos cambios en el orden y
marcha de la ceremonia.
‑¡Bah! ‑dijo Franz.
‑Sí, ayer en casa del cardenal Rospigliosi, donde estuve de
tertulia, se hablaba de una prórroga concedida a uno de los condenados.
‑¿Andrés Rondolo? ‑preguntó Franz.
‑No ‑replicó sencillamente el conde‑, al otro... ‑y volviendo
los ojos hacia la cartera como para acordarse del nombre añadió‑, a Pepino,
llamado Rocca Priori. Esto os priva de asistir a ver gillotinar, pero os
queda la mazzolatta, que es un suplicio muy curioso cuando se ve por
primera vez, y aun por segunda, mientras que el otro, que debéis ya conocer, es
muy sencillo y no ofrece nada de particular. El Mandaia no se engaña, no
tiembla, no da golpe en vano, no vuelve a herir treinta veces como el soldado que
cortaba la cabeza al conde de Chalais y al cual acaso Richelieu recomendara al
paciente. ¡Ah, callad! ‑continuó el conde con tono despectivo‑. No me habléis
de los europeos para los suplicios; no entienden nada de eso y puede decirse
que están en la infancia sobre este punto.
‑En verdad, señor conde ‑respondió Franz‑, se creería al oíros
que habéis hecho un gran estudio comparando los diferentes suplicios de todas
las partes del mundo.
‑Pocos habrá que no haya visto ‑respondió fríamente el conde.
‑¿Y hallasteis algún placer asistiendo a tan horribles espectáculos?
‑El primer sentimiento que experimenté fue el de la repugnancia,
el segundo la indiferencia y el tercero la curiosidad.
‑¡La curiosidad! ¿Habéis medido esta palabra? ¿Sabéis que es
terrible?
‑¿Por qué? En la vida sólo hay una preocupación: la de la muerte.
Y qué, ¿no os parece curioso estudiar de cuántas maneras puede el alma salir
del cuerpo, y cómo, según los caracteres, los temperamentos y aun las
costumbres del país, sufren los individuos ese supremo traspaso del ser a la
nada? En cuanto a mí, os respondo una cosa: que mientras más he visto morir,
más fácil me parece. La muerte será tal vez un suplicio, pero no una expiación.
‑No os comprendo bien ‑dijo Franz‑; explicaos, pues no sabéis
hasta qué punto me interesa lo que decís.
‑Oíd ‑dijo el conde, y su rostro adquirió una expresión de odio‑
Si un hombre hubiese hecho perecer por medio de un tormento atroz, un tormento
terrible, un tormento sin fin, a vuestro padre, a vuestra madre, a vuestra
amada, a uno de esos seres, en fin que, cuando se les separa del corazón dejan
en él un vacío eterno y una llaga incurable, ¿creeríais suficiente la
reparación que os concede la sociedad porque el hierro de la guillotina ha
pasado entre la base del occipital y los músculos trapecios del cuello, y
porque aquel que os ha hecho sentir años de sufrimientos morales ha
experimentado algunos segundos de dolores físicos...?
‑Sí, ya lo sé ‑replicó Franz‑, la justicia humana es tan insuficiente
como consoladora. Puede derramar la sangre a cambio de la sangre. Preciso es
preguntarle lo que puede y nada más.
‑Y aún os expongo un caso material ‑replicó el conde‑, aquel en
que la sociedad, atacada por la muerte de un individuo en la base sobre la cual
se asienta, venga la muerte con la muerte. Decidme, sin embargo, ¿no hay
millares de dolores con los que pueden ser desgarradas las entrañas de un
hombre, sin que la sociedad se ocupe de ello, sin que le ofrezca el medio
insuficiente de venganza de que hablamos hace poco? ¿No hay crímenes para los
cuales el palo de los turcos, las gamellas de los persas, los nervios
retorcidos de los iroqueses, serían suplicios demasiado dulces, y que, con
todo, la sociedad indiferente deja sin castigo...? Responded, ¿no hay tales
crímenes?
‑Sí ‑respondió Franz‑, y para castigarlos está tolerado el
duelo. ‑¡El duelo! ¡El duelo! ‑exclamó el conde‑. ¡Buen modo, a fe mía de
conseguir la venganza! Un hombre os ha robado a la mujer que amabais; un hombre
ha deshonrado a vuestra hija; de una existencia entera, que teníais derecho a
esperar de Dios la parte de felicidad que ha prometido a todo ser humano al
crearlo, ha hecho una vida de dolor, de miseria o de infamia, y os creéis
vengado, porque a ese hombre, que ha hecho nacer el delirio en vuestra mente y
la desesperación en vuestra alma, os creéis vengado, digo, porque le habéis
dado una estocada en el pecho o porque de un pistoletazo le habéis hecho saltar
la tapa de los sesos. ¡Oh!, y eso sin contar que es él quien con frecuencia
sale victorioso de la mancha a los ojos del mundo, y en cierto modo absuelto
por Dios. No, no ‑continuó el conde‑, si alguna vez tuviera que vengarme, no me
vengaría así.
‑¿Conque desaprobáis el duelo? ¿Conque no os batiríais en duelo?
‑preguntó a su vez Alberto, sorprendido ante tan extraña teoría.
‑Desde luego ‑dijo el conde‑. Entendámonos. Me batiría por una
fruslería, por un insulto, por una palabra, por una bofetada, y eso con tanto
más desprecio cuanto que, gracias a la habilidad que he adquirido en todos los
ejercicios de armas y en la costumbre que tengo del peligro, estaría casi
seguro de matar a mi contrario. ¡Oh!, sí, por todo esto me batiría en duelo;
pero por un dolor lento, profundo, infinito, eterno, devolvería, si era
posible, un dolor semejante al que me habrían hecho: ojo por ojo, diente por
diente, como dicen los orientales, nuestros maestros en todo, esos elegidos de
la creación que han sabido formarse una vida de sueños y un paraíso de
realidades.
‑Pero ‑dijo Franz. al conde‑, con esa teoría que os constituye
juez y verdugo en vuestra propia causa, es difícil que vos mismo escapéis del
poder de la ley. El odio y la cólera ofuscan la mente, y el que toma la
venganza por su mano se expone a beber un amargo brebaje.
‑Sí, si se es pobre y torpe; no, si es millonario y hábil. Por
otra parte, lo peor sería ese último suplicio de que hablábamos hace poco, el
que la filantrópica revolución francesa ha sustituido al descuartizamiento y a
la rueda. ¡Y bien! ¿Qué es el suplicio si se está vengado? En realidad casi
lamento que ese miserable Pepino no sea decapitado, como ellos dicen; veríais
el tiempo que dura y si merece la pena de hablarse de ello. Pero, en verdad,
señores, que tenemos una conversación un poco singular para un día de
carnaval. ¿Cómo hemos venido a parar a este tema? ¡Ah!, ya recuerdo. Me
habíais pedido un sitio
en mi balcón. Pues bien, lo tendréis. Pero primero sentémonos a
la mesa, pues justamente nos vienen a anunciar que ya está servido el almuerzo.
En efecto, un criado abrió una de las cuatro puertas del salón y
pronunció las palabras sacramentales de:
‑Al suo commodo!
Los dos jóvenes se levantaron y pasaron al comedor. Durante el
almuerzo, que era excelente, y servido con un esmero delicado, Franz buscó con
los ojos las miradas de Alberto, a fin de leer en ellas la impresión que no
dudaba habrían producido en él las palabras de su huésped, pero ya sea que en
medio de su desdén habitual no les hubiese prestado grande atención, ya sea que
lo que el conde de MonteCristo le había dicho con relación al duelo le hubiese
agradado, sea, en fin, que los antecedentes que hemos referido, conocidos sólo
de Franz, hubiesen aumentado para él el efecto de la teorías del conde, no se
dio cuenta de que su compañero estuviese tan preocupado. Hacía los honores a la
comida como hombre condenado desde cuatro a cinco años a la cocina italiana, es
decir, a una de las peores del mundo. Respecto al conde, poseído de una viva
preocupación que parecía inspirarle la persona de Alberto, apenas probó un
bocado de cada plato; hubiérase dicho que al sentarse a la mesa con sus
convidados cumplía un sencillo deber de política, y que esperaba su partida
para hacerse servir algún plato extraño o particular. Esto le recordaba a
Franz el terror que el conde había inspirado a la condesa G..., y la convicción
en que le había dejado de que el conde, el hombre que él le mostrara en el
palco de enfrente, era un vampiro.
Terminado el almuerzo, Franz sacó su reloj.
‑¡Y bien! ‑le dijo el conde‑, ¿qué hacéis?
‑Dispensadnos, señor conde ‑respondió Franz‑, pero tenemos mil
cosas que hacer.
‑¿De qué se trata?
‑Nos hallamos sin disfraces, y hoy éstos son de rigor.
‑No os preocupéis. Tenemos, según creo, en la plaza del Popolo,
un cuarto particular; haré llevar a él los trajes que me indiquéis, y nos
disfrazaremos en seguida.
‑¿Después de la ejecución? ‑exclamó Franz.
‑Sin duda; después, durante o antes, como gustéis.
‑¿Enfrente del patíbulo?
‑¿Y por qué no? El patíbulo forma parte de la fiesta.
‑Pues bien, señor conde; he reflexionado ‑dijo Franz‑‑, mucho
os agradezco vuestros ofrecimientos, pero me contentaré con aceptar un asiento
en vuestro carruaje y un sitio en el palacio Rospoli, dejándoos en libertad de
disponer del lugar del balcón de la piazza del Popolo.
‑Pues os advierto que perdéis un espectáculo curioso ‑respondió
el conde.
‑Ya me lo contaréis ‑replicó Franz‑, y en vuestra boca me impresionará
tanto como si lo viese. Por otra parte, más de una vez quise asistir a una
ejecución, y nunca me he podido decidir. ¿Y vos, Alberto?
‑Yo ‑respondió el vizconde‑, he visto ejecutar a Casteins, pero
creo que estaba un poquitín alegre aquel día, pues era el de mi salida del
colegio.
‑Sin embargo ‑repuso el conde‑, el que no hayáis hecho una cosa
en París no es razón para que dejéis de hacerla en el extranjero; cuando se
viaja es por instruirse, cuando se cambia de lugares es para ver. Pensad qué
papel haríais cuando os preguntasen cómo ejecutan en Roma y que respondieseis:
No lo sé. Dicen además que el condenado es un tunante, un pícaro que ha matado
a fuerza de golpes con un caballete de chimenea a un buen canónigo que le había
educado como si fuese su hijo. Si viajarais por España, iríais a ver las
corridas de toros, ¿verdad? ¡Pues bien!, suponed que vamos a ver un combate,
acordaos de los antiguos romanos en el circo, de las cazas en que se mataban
trescientos leones y un centenar de hombres. Recordad aquellos ochenta mil
espectadores que aplaudían, aquellas matronas que conducían allí a sus hijas, y
aquellas vestales de blancas manos que hacían con el dedo una encantadora señal
que quería decir: «¡Vamos, no haya pereza, acabad con ese hombre que ya está moribundo!
»
‑¿Iréis, Alberto? ‑preguntó Franz.
‑Desde luego que sí, querido. Vacilaba como vos, pero la elocuencia
del conde me decide.
‑Vamos, puesto que así lo queréis ‑dijo Franz‑, pero al dirigirme
a la plaza del Popolo, deseo pasar por la calle del Corso. ¿Es posible, señor
conde?
‑A pie, sí; en carruaje, no.
‑Entonces iré a pie.
‑¿Es indispensable que paséis por la calle del Corso?
‑Sí, tengo que ver cierta cosa.
‑¡Pues bien!, pasemos por esa calle; enviaremos el coche a que
nos espere en la plaza del Popolo por la entrada del Babuino; y además, ahora
que recuerdo, tampoco me vendrá mal pasar por la calle del Corso para ver si
han cumplido algunas órdenes que he dado.
‑Excelencia ‑dijo el criado abriendo la puerta‑, un hombre vestido
de penitente pregunta si puede hablar con vos unos instantes.
-¡Ah!, sí ‑dijo el conde‑, ya sé lo que es. Señores, si queréis
pasar al salón, allí encontraréis excelentes cigarros de la Habana, y os
suplico os sirváis disculparme por los breves instantes que tardaré en reunirme
con vosotros.
Los dos jóvenes se levantaron y salieron por una puerta,
mientras que el conde, después de haberles renovado sus excusas, salió por
otra.
Alberto, que desde que estaba en Italia, se veía privado de los
cigarros del Café de París, gran sacrificio para él, se aproximó a la mesa y
lanzó un grito de alegría al encontrar en ella verdaderos cigarros puros.
‑Querido ‑le preguntó Franz‑, ¿qué pensáis del conde de
Montecristo?
‑¿Qué pienso? ‑dijo Alberto visiblemente sorprendido de que su
compañero le hiciese tal pregunta‑. Pienso que es un hombre encantador, que
hace los honores de su casa a las mil maravillas, que ha visto mucho, que ha
estudiado mucho, reflexionado mucho, que es como Bruto de la escuela estoica, y
sobre todo ‑añadió lanzando una bocanada de humo que subió en forma de espiral
hacia el techo‑, que posee excelentes cigarros.
Esta era la opinión que Alberto tenía con respecto al conde, y
de consiguiente, como Franz sabía que Alberto pretendía no formar opinión de
los hombres y de las cosas sino después de muchas reflexiones, no intentó
cambiar en nada la suya.
‑Pero ‑dijo‑, ¿habéis notado una cosa singular?
‑¿Cuál?
‑La atención con que ponía en vos los ojos.
‑¿En mí?
‑Sí, en vos.
Alberto reflexionó un instante.
‑¡Ah! ‑dijo lanzando un suspiro‑, nada tiene eso de extraño.
Estoy ausente de París hace un año, y el conde, al reparar en mi traje, que no
está cortado según la última moda, me habrá supuesto un provinciano; sacadle,
pues, de tal error, amigo mío, y decidle, os ruego, en la primera ocasión que
se os presente, que no hay nada de esto.
Franz se sonrió. Poco después entró el conde.
‑Aquí estoy, señores, a vuestra disposición. Las órdenes están
dadas para que el carruaje vaya por su lado a la plaza del Popolo; mientras,
iremos nosotros, si queréis, por la calle del Corso. Tomad algunos cigarros de
éstos, señor Morcef ‑añadió apoyando su acento de una manera extraña sobre este
nombre que pronunciaba por vez primera.
‑Acepto encantado ‑dijo Alberto‑, porque los cigarros italianos
son peores aún que los de la tercena. Cuando vayáis a París os devolveré todo
esto.
‑No lo rehúso, pues tengo intención de ir allí algún día, y
puesto que lo permitís, iré a llamar a vuestra puerta. Vamos, señores, vamos,
no tenemos tiempo que perder, son las doce y media, partamos.
Los tres bajaron la escalera. E1 cochero recibió entonces las
órdenes de su amo y siguió la vía del Babuino mientras que los que iban a pie
subían por la plaza de España y por la vía Frattina, que les conducía en
derechura entre el palacio Tiano y el palacio Rospoli. Todas las miradas de
Franz se dirigieron a los balcones de este último palacio. No había olvidado la
señal convenida en el Coliseo entre el hombre de la capa y el transtiberino.
‑¿Cuáles son vuestros balcones? ‑preguntó al conde, dando a la
pregunta el tono más natural que pudo.
‑Los últimos ‑respondió éste sencillamente, pues no podía adivinar
en qué sentido se le hacía aquella pregunta.
La mirada de Franz se dirigió rápidamente hacia los tres
balcones. Los dos laterales estaban colgados de un damasco amarillo, y el de en
medio de damasco blanco con una cruz roja. El hombre de la capa había cumplido
su palabra al transtiberino, y ya no le cabía la menor duda de que el embozado
del Coliseo y el conde eran una misma persona. Los tres balcones se hallaban
aún vacíos. Además, por todas partes se hacían preparativos, se colocaban
sillas, se levantaban tablados, se cubrían de colgaduras los balcones y las
ventanas. Las máscaras no podían presentarse, y los carruajes no podían
circular hasta que sonara la campana, pero sentíase la presencia de las
máscaras detrás de todas las ventanas y la de los carruajes detrás de todas
las puertas.
Franz, Alberto y el conde continuaron bajando por la calle del
Corso. A medida que se acercaban a la plaza del Popolo, la turba era cada vez
más espesa, y por encima de las cabezas de aquella multitud veíanse elevarse
dos cosas: el obelisco rematado por una cruz que indica el centro de la plaza,
y delante del obelisco, justamente en el punto de correspondencia visual de las
tres calles del Babuino, del Corso y de Ripetta, los dos terribles potros del
patíbulo, entre los cuales brillaba el hierro de la Mandaia. Junto a la
esquina, encontraron al mayordomo del conde que esperaba a su señor. El
balcón, alquilado a un precio exorbitante sin duda, pertenecía al segundo piso
del gran palacio situado entre la calle del Babuino y el monte Pincio. Era una
especie de gabinete de tocador que comunicaba con una al‑
coba, de manera que los que estuviesen en el gabinete quedaban
perfectamente independientes. Sobre las sillas se habían colocado trajes de
payaso, de seda blanca y azul, de los más elegantes.
‑Como me dijisteis que eligiera los trajes ‑dijo el conde a los
dos amigos‑, os he hecho preparar éstos. En primer lugar, será lo que más se
lleve este año; en segundo, son los más adecuados y cómodos para recibir las
descargas de confetti...
Franz no oyó bien las palabras del conde, y no apreció tal vez
como debía aquel nuevo servicio, pues toda su atención se concentraba en el
espectáculo que presentaba la plaza del Popolo y en el instrumento terrible que
entonces resultaba su principal adorno.
Aquélla era la primera vez que Franz veía una guillotina, porque
la Mandaia romana tiene casi la misma forma que nuestro instrumento de
muerte. La cuchilla es un semicírculo que corta por la parte convexa, pero cae
de menos altura.
Mientras tanto, dos hombres sentados sobre la plancha donde tienden
al condenado, se hallaban almorzando y comían, según podía alcanzar la vista
de Franz, pan y salchicha; uno de ellos levantó la plancha, sacó un frasco de
vino, bebió un trago y pasó el frasco a su compañero. Estos dos hombres eran
los ayudantes del verdugo. Esta sola escena bastó para que Franz se sintiera
horrorizado.
Los condenados, que habían sido transportados el día antes por
la noche, desde las cárceles nuevas a la reducida iglesia de Santa María del
Popolo, habían pasado la noche asistidos cada uno de ellos por un sacerdote, en
una capilla cerrada por una reja, delante de la cual se paseaban los
centinelas, que de hora en hora se relevaban. Dos filas de carabineros
colocados a cada lado de la puerta, se extendían hasta el patíbulo, a cuyo
alrededor iban formando un círculo, dejando libre un camino de dos pies de ancho,
y en torno a la guillotina, un espacio de cien pasos de circunferencia.
El resto de la plaza estaba abarrotado de hombres y de mujeres.
Muchas de éstas sostenían a sus hijos sobre sus hombros, y estos niños que
dominaban la turba, estaban admirablemente colocados.
El monte Pincio parecía un vasto anfiteatro, cuyas gradas
estuviesen llenas de espectadores. Los balcones de las dos iglesias que formaban
la esquina de las calles de Babuino y de Ripetta, estaban ya llenos de curiosos
privilegiados. Los escalones de los peristilos semejaban una ola movible y de
varios colores, que empujaba hacia el pórtico una incesante marea. Cada ángulo
saliente de la pared capaz de sostener a un hombre tenía su estatua viviente.
Era verdad lo que decía el conde. Lo más curioso que hay en la vida es el
espectáculo de la muerte. Y sin embargo, en lugar del silencio que parecía
exigir la solemnidad del espectáculo, un gran ruido reinaba en aquella turba,
informe mezcolanza de risas, silbidos y gritos de gozo. Era evidente, como
había dicho el conde, que aquella ejecución no significaba para todo el pueblo
más que el principio del Carnaval.
De pronto este ruido cesó como por encanto, la puerta de la
iglesia acababa de abrirse. Apareció una cofradía de penitentes, cada miembro
de la cual vestía un saco gris con dos agujeros para los ojos únicamente y con
un cirio encendido en la mano. El jefe de la cofradía iba al frente de la
misma. Detrás de los penitentes iba un hombre de elevada estatura. Este hombre
estaba desnudo, excepto un calzón de lienzo que le cubría de medio cuerpo
abajo, y unas sandalias atadas a sus piernas por unas toscas cuerdas. De su
cintura colgaba un enorme cuchillo oculto en su correspondiente vaina, y su
hombro derecho sostenía una pesada maza de hierro; era el verdugo.
Detrás de éste, marchaban, en el orden que debían ser
ejecutados, primero Pepino, en seguida Andrés, acompañado cada uno de un
sacerdote. Ni uno ni otro iban con los ojos vendados. Pepino caminaba con paso
firme, porque sin duda había sido prevenido de lo que debía acontecer. Andrés
iba sostenido por un sacerdote, y ambos besaban de vez en cuando el crucifijo
que les presentaba su confesor.
Al ver esto, Franz sintió que le flaqueaban las piernas; miró a
Alberto. Estaba pálido como su camisa y con un movimiento maquinal arrojó
lejos de sí su cigarro, a pesar de no haberlo fumado más que hasta là mitad. El
conde era el único que parecía impasible, antes bien, un ligero tinte sonrosado
había cubierto sus mejillas de intensa palidez.
Su nariz se dilataba como la de un animal feroz que huele la sangre,
y sus labios, ligeramente abiertos, dejaban ver sus dientes blancos, pequeños
y agudos como los de un chacal. Y no obstante, a pesar de todo esto, su
fisonomía brillaba con una expresión de dulzura que Franz no había aún
advertido. Sus ojos negros tenían sobre todo una expresión de bondad
indescriptible.
Los dos condenados, entretanto, continuaban andando hacia el patíbulo,
y a medida que avanzaban, podíanse distinguir sus facciones. Pepino era un buen
mozo, de veinticuatro a veintiséis años, de tez tostada por el sol, de mirada
franca y orgullosa al mismo tiempo. Andaba con la cabeza erguida, y la agitaba
en diferentes direcciones, como para ver de qué lado vendría su libertador.
Andrés era grueso y rechoncho, su cara, de una vileza cruel, no indicaba la
edad. Sin embargo, podría tener unos treinta años. En la prisión había dejado
crecer su barba. Su cabeza caía sobre uno de sus hombros, y sus piernas
se doblegaban bajo su peso; todo su ser parecía obedecer a un
movimiento maquinal en el cual no entraba ya para nada su voluntad.
‑Si no recuerdo mal ‑dijo Franz al conde‑, creo que me anunciasteis
que no habría más que una ejecución.
‑Os he dicho la verdad ‑respondió el conde fríamente.
‑Sin embargo, dos son los condenados.
‑Sí, pero esos dos condenados, el uno pronto va a morir, y al
otro le quedan todavía largos años de vida y de perdón.
‑Pues me parece que si ha de venir, no tiene tiempo que perder.
‑Mirad, pues justamente ahí viene. Mirad ‑dijo el conde.
En efecto, en el momento en que Pepino llegaba al pie de la Mandaia,
un penitente que parecía haberse retardado, atravesó por entre las dos filas
sin que los soldados le opusiesen ningún obstáculo, y adelantándose hacia el
jefe de la cofradía, le entregó un papel plegado en cuatro dobleces. La
ardiente mirada de Pepino no había perdido ninguno de estos detalles. El jefe
de la cofradía desdobló el papel, lo leyó y levantó la mano.
‑El Señor sea bendecido y Su Santidad sea loada ‑dijo en alta e
inteligible voz‑;hay perdón de la vida para uno de los reos.
‑¡Perdón! ‑exclamó el pueblo a un solo grito‑. ¿Hay perdón?
Al oír la palabra de perdón, Andrés pareció saltar y levantar la
cabeza.
‑Perdón, ¿para quién? ‑gritó.
Pepino permaneció inmóvil, mudo y jadeante.
‑Hay perdón de pena de muerte para Pepino, llamado Rocca-Priori
‑dijo el jefe de la cofradía, y pasó el papel al capitán que mandaba los
carabineros, el cual, después de haberlo leído, se lo devolvió.
‑¡Perdón para Pepino! ‑exclamó Andrés, saliendo del sopor en que
parecía estar sumido‑. ¿Por qué perdón para él y no para mí? Debíamos morir
juntos, me habían prometido que moriría antes que yo, no tienen derecho a
hacerme morir solo, ¡no quiero morir solo, no quiero!
Y diciendo esto se agarró a los brazos de los dos sacerdotes,
retorciéndose, dando alaridos, rugiendo y haciendo esfuerzos insensatos para
romper las cuerdas que le ligaban las manos. El verdugo hizo señal a sus dos
ayudantes, que bajaron del cadalso y se apoderaron del reo.
‑¿Qué ha ocurrido? ‑preguntó Franz, pues como todo esto se decía
en lengua italiana, no había comprendido muy bien.
‑¿No lo adivináis? ‑dijo el conde‑. Ha ocurrido que esa criatura
humana que va a morir está furiosa porque su semejante no muere con ella, y que
si a dejasen le desgarraría con sus uñas y con sus dientes más bien que dejarle
gozar de la vida de que ella misma se va a ver privada. ¡Oh, los hombres!, raza
de cocodrilos, como dice Karl Moor ‑exclamó el conde extendiendo los puños
hacia toda la turba‑, ¡qué bien se os conoce en eso, y qué dignos sois en todo
tiempo de vosotros mismos!
Entretanto Andrés y los dos ayudantes del verdugo se revolcaban
por el suelo, mientras que el condenado seguía gritando: «Debe morir, quiero
que muera, no tienen derecho para matarme a mí solo. »
‑Observad ‑continuó el conde cogiendo a cada uno de los jóvenes
por la mano‑ Mirad, porque a fe mía es cosa curiosa. Allí tenéis un hombre que
estaba resignado a su suerte, que marchaba al patíbulo, que iba a morir como
un cobarde, es verdad, pero, después de todo, iba a morir sin blasfemar y sin
resistirse, ¿y sabéis lo que le daba alguna fuerza? ¿Sabéis lo que le
consolaba? ¿Sabéis lo que le hacía sufrir el suplicio con resignación...?, el
que otro participaba de su angustia, que otro iba a morir como él, que otro iba
a morir antes que él. Llevad dos carneros o dos bueyes al matadero, y haced
comprender a uno de ellos que su compañero no morirá. El carnero balará de gozo
y el buey mugirá de placer. Pero el hombre, el hombre que Dios ha creado a su
imagen, el hombre a quien Dios impuso por primera, por única, por suprema ley,
el amor al prójimo, el hombre a quien ha dado una voz para expresar su
pensamiento, ¿cuál será su primer grito al saber que su compañero se ha
salvado? Una blasfemia. ¡Oh!, ¡honor al hombre, a esa obra maestra de la
naturaleza, a ese rey de la creación!
Dicho esto, el conde empezó a reír, pero con una risa terrible,
feroz, que indicaba haber sufrido horriblemente para conseguir reír de aquella
manera.
Sin embargo, la lucha continuaba, y era algo espantoso. Los dos
ayudantes llevaban a Andrés al patíbulo; todo el pueblo había tomado partido
contra él y veinte mil voces gritaban a un tiempo: « ¡Muera!, ¡muera! » Franz
se retiró, pero el conde le cogió por el brazo y le retuvo delante de la
ventana.
‑¿Qué hacéis? ‑le dijo‑ ¿Os compadecéis de él? Si oyeseis ladrar
a un perro rabioso, tomaríais vuestra escopeta, saldríais a la calle, mataríais
sin misericordia a boca de jarro al pobre animal, que al fin y al cabo no sería
culpable más que de haber sido mordido por otro perro, y devolver lo que le
habían hecho, y ahora tenéis piedad de un hombre a quien ningún otro hombre ha
mordido y que, no obstante, después de haber asesinado vilmente a su
bienhechor, no pudiendo ya ahora matar a nadie porque tiene las manos atadas,
quiere a toda fuerza ver morir a su compañero de cautiverio, ¡a su camarada de
infortunio! ¡No, no, mirad, mirad!
Aquella recomendación era ya inútil. Franz estaba como fascinado
por el horrible espectáculo. Los dos ayudantes habían llevado el condenado al
patíbulo, y allí, a pesar de sus esfuerzos, de sus mordiscos, de sus gritos, le
habían obligado a ponerse de rodillas. Durante este tiempo, el verdugo se había
colocado a su lado con la maza levantada. Entonces, a una señal, los dos
ayudantes se separaron. El condenado quiso volverse a levantar, pero antes que
hubiese tenido tiempo para ello, desplomóse la maza sobre su sien izquierda,
oyóse un ruido sordo y seco, y el paciente cayó como un buey, con el rostro
contra el suelo, después se volvió de espaldas por el choque. Entonces el
verdugo dejó caer su maza, sacó el cuchillo de su cinturón, le abrió la
garganta de un solo tajo y subiendo en seguida sobre su vientre, se puso a
patearlo con sus pies.
A cada golpe, un chorro de sangre se escapaba del cuello del condenado.
Franz no pudo tenerse en pie, se retiró vacilando y fue a caer casi desmayado
sobre un sillón. Alberto, con los ojos cerrados, permaneció de pie, pero asido
a las cortinas del balcón, sin cuyo apoyo seguramente se habría desplomado. El
conde estaba en pie y triunfante como un ángel malo.
Capítulo catorce
El carnaval en Roma
Al recobrar Franz el conocimiento encontró a Alberto bebiendo un
vaso de agua, juzgando por su palidez lo conveniente de aquella acción, y al
conde vistiéndose ya de payaso. Arrojó maquinalmente una mirada a la plaza.
Todo había desaparecido, patíbulo, verdugos, víctimas, no quedaba más que el
pueblo azorado, alegre, bullicioso. La Campana de Montecitorio, que no se
tocaba más que para la muerte del Papa y la apertura de la mascarada, repicaba
velozmente.
‑Y bien ‑preguntó al conde‑, ¿qué ha pasado?
‑Nada, absolutamente nada ‑dijo‑, como veis, pero el Carnaval ha
comenzado, vistámonos pronto.
‑Es cierto ‑respondió Franz al conde‑; sólo restan de tan horrible
escena las huellas de un sueño.
‑Pues no es otra cosa que un sueño, lo que habéis tenido.
‑Sí, pero, ¿y el condenado?
‑También. Pero él ha quedado dormido, al paso que vos habéis
despertado, y ¿quién puede decir cuál de los dos será el privilegiado?
‑Pero, ¿qué ha sido de Pepino?
‑Pepino es un muchacho juicioso que no tiene ningún amor propio,
y que, contra la costumbre de los hombres, que se enfurecen cuando no se ocupan
de ellos, se ha alegrado de que la atención general se fijase en su compañero.
Por consiguiente, se ha aprovechado de esta distracción para deslizarse por
entre la turba y desaparecer sin dar siquiera las gracias a los dignos
sacerdotes que le habían acompañado. Verdaderamente el hombre es un animal muy
ingrato y egoísta... Pero vestíos, mirad cómo os da el ejemplo M... de Morcef.
En efecto, Alberto se ponía maquinalmente su pantalón de tafetán
encima de su pantalón negro y de sus botas charoladas.
‑Y bien, Alberto ‑preguntó Franz‑, ¿estáis dispuesto a cometer
algunas locuras? Veamos, responded francamente.
‑No ‑dijo‑, pero os aseguro que ahora me alegro de haber visto
este espectáculo, y comprendo lo que decía el señor conde, que cuando uno ha
podido acostumbrarse a él, es el único que aún puede causar algunas emociones.
‑Además de que en ese momento se pueden hacer estudios de los
caracteres ‑dijo el conde‑; en el primer escalón del patíbulo, la muerte
arranca la máscara que se ha llevado toda la vida y aparece el verdadero
rostro. Preciso es convenir que el de Andrés no estaba muy bonito... ¡Pícaro,
infame...! ¡Vistámonos, señores, vistámonos! Tengo necesidad de ver máscaras de
cartón para consolarme de las máscaras de carne.
Ridículo hubiera sido para Franz el aparentar aún conmoción y no
seguir el ejemplo que le daban sus dos compañeros. Púsose, pues, su traje y su
careta, que no era seguramente más pálida que su rostro. Después de
disfrazarse, bajaron la escalera. El carruaje esperaba a la puerta, lleno de
dulces y de ramilletes.
Difícil es formarse una idea de un cambio más completo que el
que acababa de operarse.
En vez de aquel espectáculo de muerte, sombrío y silencioso, la
plaza del Popolo presentaba el aspecto de una orgía loca y bulliciosa. Un
sinnúmero de máscaras salía por todas partes, escapándose de las puertas y
descendiendo por los balcones. Los carruajes desembocaban por todas las calles
cargados de pierrots, de figuras grotescas, de dominós, de marqueses, de
transtiberinos, de arlequines, de caballeros, de aldeanos; todos gritando,
gesticulando, lanzando huevos llenos de harina, confites, ramilletes, atacando
con palabras y proyectiles a los amigos y a los extraños, a los conocidos y
desconocidos, sin que nadie tuviese derecho para enfadarse, sin que nadie
hiciese otra cosa más que reír.
Franz y Alberto parecían esos hombres que, para distraerse de un
violento pesar, van a una orgía, y que a medida que beben y se embriagan,
sienten interponerse un denso velo entre el presente y lo pasado. Siempre
veían o más bien conservaban el reflejo de lo que habían visto. Pero poco a
poco los iba dominando la embriaguez general, parecióles que su razón
vacilante iba a abandonarlos, sentían una extraña necesidad de tomar parte en
aquel ruido, en aquel movimiento, en aquel vértigo.
Un puñado de confites dirigido a Morcef desde un carruaje
próximo y que cubrióle de polvo, así como a sus compañeros, el cuello y la
parte de rostro que no estaba cubierto por la máscara, como si le hubiesen
lanzado cien alfileres, acabó por impelerle a la lucha general, en la que
entraban todas las máscaras que encontraban. Púsose de pie a su vez en el
carruaje, agarró puñados de proyectiles de los sacos y con todo el vigor y la
habilidad de que era capaz, envió a su vez huevos y yemas de dulce a sus vecinos.
Desde entonces se trabó el combate.
Lo que habían visto media hora antes se borró enteramente de la
imaginación de los dos jóvenes; tanto había influido en ellos aquel espectáculo
movible, alegre y bullicioso que tenían a la vista. Por lo que al conde de
Montecristo se refiere, nunca había parecido impresionado un solo instante. En
efecto; figúrese el lector aquella grande y hermosa calle, limitada a un lado
y a otro de palacios de cuatro o cinco pisos, con todos sus balcones
guarnecidos de colgaduras. En estos balcones, trescientos mil espectadores
romanos, italianos, extranjeros venidos de las cuatro partes del mundo;
reunidas todas las aristocracias de nacimiento, de dinero, de talento; mujeres
encantadoras, que sufriendo la influencia de aquel espectáculo se inclinan
sobre los balcones y fuera de las ventanas, hacen llover sobre los carruajes
que pasan una granizada de confites, que se les devuelve con ramilletes; el
aire se vuelve enrarecido por los dulces que descienden y las flores que suben;
y sobre el pavimento de las calles una turba gozosa, incesante, loca, con
trajes variados, gigantescas coliflores que se pasean, cabezas de búfalo que
mugen sobre cuerpos de hombres, perros que parecen andar con las patas
delanteras, en medio de todo esto una máscara que se levanta; y en esa tentación
de San Antonio soñada por Cattot, algún Asfarteo que ve un rostro encantador a
quien quiere seguir, y del cual se ve separado por especies de demonios
semejantes a los que se ven en sueños, y tendrá una débil idea de lo que es el
Carnaval en Roma.
A la segunda vuelta el conde hizo detener el carruaje, y pidió a
sus compañeros permiso para separarse de ellos, dejándolo a su disposición.
Franz levantó los ojos; hallábase frente al palacio Rospoli, y en el balcón de
en medio, el que estaba colgado de damasco blanco con una cruz roja, había un
dominó azul, bajo el cual la imaginación de Franz se representó sin trabajo la
bella griega del teatro Argentino.
‑Señores ‑dijo apeándose el conde‑, cuando os canséis de ser
actores y queráis ser espectadores, ya sabéis que tenéis un sitio en mi balcón.
Entretanto, disponed de mi carruaje y de mis criados.
Olvidamos decir que el cochero del conde iba vestido gravemente
con una piel de oso, negra del todo, y semejante a la del Odry, en El oso y
el pachá, y que los dos lacayos iban en pie detrás del carruaje con dos
vestidos de mono verde, perfectamente ceñidos a sus cuerpos, y con caretas de
resorte con las que hacían gestos a los paseantes.
Franz dio gracias al conde por su delicada oferta. Alberto, por
su parte, estaba coqueteando con un carruaje lleno de aldeanas romanas
detenido, como el del conde, por uno de esos descansos tan comunes en las
filas y tirando ramilletes por todas partes. Desgraciadamente para él, la fila
prosiguió su movimiento, y mientras él descendía hacia la plaza del Popolo, el
carruaje que había llamado su atención subía hacia el palacio de Venecia.
‑¡Ah! ‑dijo Franz‑, ¿no habéis visto ese carruaje que va cargado
de aldeanas romanas?
‑No.
‑Pues estoy seguro de que son mujeres encantadoras.
‑¡Qué desgracia que vayáis disfrazado, querido Alberto! ‑dijo
Franz‑. Este era el momento de desquitaros de vuestras desdichas amorosas.
‑¡Oh! ‑respondió Alberto, medio risueño y medio convencido‑.
Espero que no pasará el Carnaval sin que me acontezca alguna aventura.
Sin embargo, todo el día pasó sin otra aventura que el encuentro
renovado dos o tres veces del carruaje de las aldeanas romanas. En uno de
estos encuentros, sea por casualidad, sea por cálculo de Alberto, se le cayó
la careta.
Entonces tomó el resto de ramilletes y lo arrojó al carruaje de
las mujeres que él juzgara encantadoras. Conmovidas por esta galantería, cuando
volvió a pasar el carruaje de los dos amigos, arrojaron un ramillete de
violetas. Alberto se precipitó sobre el ramillete. Como Franz no tenía ningún
motivo para creer que iba dirigido a su persona, dejó que Alberto recogiese el
ramillete. Este lo puso victoriosamente en sus ojales, y el carruaje continuó
su marcha triunfante.
‑¡Y bien! ‑le dijo Franz‑, éste es un principio de aventura.
‑Reíos cuanto queráis ‑respondió‑, pero creo que sí; así pues,
no me separo de este ramillete.
‑¡Diantre!, bien lo creo ‑respondió Franz riendo‑‑, es una señal
de reconocimiento.
La broma, por otra parte, tomó un carácter de realidad, porque
cuando, siempre conducidos por la fila, Franz y Alberto se cruzaron de nuevo
con el carruaje de las aldeanas, la que había lanzado el ramillete comenzó a
aplaudir al verlo en su ojal.
‑¡Bravo!, querido, ¡bravo! ‑le dijo Franz‑. El asunto marcha.
¿Queréis que os deje, si preferís estar solo?
‑No ‑dijo‑, no nos arriesguemos demasiado. No quiero dejarme
engañar como un tonto a la primera demostración; a una cita bajo el reloj, como
decimos en el baile de la Opera. Si la bella aldeana quiere ir más allá, ya la
encontraremos mañana, o ella nos encontrará; entonces me dará señales de
existencia, y yo veré lo que tengo que hacer.
‑Es verdad, mi querido Alberto ‑dijo Franz‑, sois sabio como
Néstor y prudente como Ulises, y si vuestra Circe llega a cambiarse en una
bestia cualquiera, preciso será que sea muy diestra o muy poderosa.
Alberto tenía razón; la bella desconocida había resuelto sin
duda no llevar la intriga más lejos aquel día, pues aunque los jóvenes dieron
aún muchas vueltas, no volvieron a ver el carruaje que buscaban con los ojos;
había desaparecido por una de las calles adyacentes.
Subieron entonces al palacio Rospoli, pero el conde también
había desaparecido con el dominó azul. Los dos balcones colgados de damasco
amarillo seguían, por otra parte, ocupados por personas a las que él sin duda
había convidado.
En este momento, la campana que había sonado para la apertura de
la mascarada, sonó para la retirada, la fila del Corso se rompió al punto, y,
en el instante, todos los carruajes desaparecieron por las calles
transversales.
Franz y Alberto se hallaban en aquel momento enfrente de la vía
delle Maratte. El cochero arreó los caballos, y llegando a la plaza de España,
se detuvo delante de la fonda.
Maese Pastrini salió a recibir a sus huéspedes al umbral de la
puerta.
El primer cuidado de Franz fue informarse acerca del conde y expresar
su pesar por no haberle ido a buscar a tiempo; pero Pastrini le tranquilizó,
diciéndole que el conde de Montecristo había mandado un segundo carruaje para
él y que este carruaje había ido a buscarle a las cuatro al palacio Rospoli.
Por otra parte, tenía encargo de ofrecer a los dos amigos la
nave de su palco en el teatro Argentino.
Franz interrogó a Alberto acerca de sus intenciones, pero éste
tenía que poner en ejecución grandes proyectos antes de pensar en ir al teatro.
Por lo tanto, en lugar de responder, se informó de si maese
Pastrini podía procurarle un sastre.
‑¿Un sastre? ‑preguntó el huésped‑, ¿y para qué?
‑Para hacerme de hoy a mañana dos vestidos de aldeano romano, lo
más elegante que sea posible ‑dijo Alberto.
Maese Pastrini movió la cabeza.
‑¡Haceros de aquí a mañana dos trajes! ‑exclamó‑. ¡Dos trajes,
cuando de aquí a ocho días no encontraréis seguramente ni un sastre que
consintiese coser seis botones a un chaleco, aunque le pagaseis a escudo el
botón!
‑¿Queréis
decir que es preciso renunciar a procurarnos los trajes que deseo?
‑No, porque tendremos esos dos trajes hechos. Dejad que me ocupe
de eso, y mañana encontraréis al despertaros una colección de sombreros, de
chaquetas y de calzones, de los cuales quedaréis satisfechos.
‑¡Ah!, querido ‑dijo Franz a Alberto‑‑, confiemos en nuestro
huésped; ya nos ha probado que era hombre de recursos. Comamos, pues,
tranquilamente, y después de la comida vamos a ver La italiana en Argel.
‑Sea por La italiana en Argel ‑dijo Alberto‑, pero
pensad, maese Pastrini, que este caballero y yo ‑continuó señalando a Franz‑,
tenemos mucho interés en tener esos trajes mañana mismo.
El posadero repitió a sus huéspedes que no se inquietasen por
nada, y que serían servidos, con lo cual Franz y Alberto subieron para quitarse
sus trajes de payaso.
Alberto, al despojarse del suyo, guardó con el mayor cuidado su
ramillete de violetas. Era su señal de reconocimiento para el día siguiente.
Los dos amigos se sentaron a la mesa, pero al comer, Alberto no
pudo menos de advertir la diferencia notable que existía entre el cocinero de
maese Pastrini y el del conde de Montecristo.
Franz tuvo que confesar, a pesar de las prevenciones que debía
tener contra el conde, que la ventaja no estaba de parte de maese Pastrini.
A los postres, el criado del conde, preguntó la hora a que
deseaban los jóvenes el carruaje. Alberto y Franz se miraron, temiendo ser
indiscretos. El criado les comprendió.
‑Su excelencia, el conde de Montecristo ‑les dijo‑, ha dado
órdenes terminantes para que el carruaje permaneciese todo el día a la
disposición de sus señorías. Sus señorías pueden, pues, disponer de él con toda
libertad.
Los dos jóvenes resolvieron aprovecharse de la amabilidad del
conde, y mandaron enganchar, mientras que ellos sustituían por trajes de
etiqueta sus trajes de calle, un tanto descompuestos por los numerosos
combates, a los cuales se habían entregado.
Luego se dirigieron al teatro Argentino y se instalaron en el
palco del conde.
Durante el primer acto entró en el suyo la condesa G...; su
primera mirada se dirigió hacia el lado en donde la víspera había visto al singular
desconocido, de suerte que vio a Franz y Alberto en el palco de aquél, acerca
del cual había formado una opinión tan extraña.
Sus anteojos estaban dirigidos a él con tanta insistencia que
Franz creyó que sería una crueldad tardar más tiempo en satisfacer su curiosidad.
Así, pues, usando del privilegio concedido a los espectadores de
los teatros italianos, que consiste en hacer de las salas de espectáculos un
salón de recibo, los dos amigos salieron de su palco para ir a presentar sus
respetos a la condesa. Así que hubieron entrado en su palco, hizo una seña a
Franz para que se sentase en el sitio de preferencia. Alberto se colocó detrás
de ella.
‑¡Y bien! ‑dijo a Franz, sin darle siquiera tiempo para sentarse‑.
No parece sino que no habéis tenido nada que os urgiera tanto como hacer
conocimiento con el nuevo lord Rutwen, y, según veo, ya sois los mejores amigos
del mundo.
‑Sin que hayamos progresado tanto como decís, en una intimidad
recíproca, no puedo negar, señora condesa ‑respondió Franz‑, que hayamos
abusado todo el día de su amabilidad.
‑¿Cómo, todo el día?
‑A fe mía, sí, señora. Esta mañana hemos aceptado su almuerzo,
durante toda la mascarada hemos recorrido el Corso en su carruaje, en fin, esta
noche venimos al teatro a su palco.
‑¿Le conocíais?
‑Sí... y no.
‑¿Cómo?
‑Es una larga historia.
‑Razón de más.
‑Esperad, al menos, a que esa historia tenga un desenlace.
‑Bien. Me gustan las historias completas. Mientras tanto, decidme:
¿cómo os habéis puesto en contacto con él? ¿Quién os ha presentado?
‑Nadie; él es quien se ha hecho presentar a nosotros ayer noche,
después de haberme separado de vos.
‑¿Por qué intermediario?
‑¡Oh! ¡Dios mío! Por el muy prosaico intermediario de nuestro
huésped.
‑¿Vive, pues, ese señor en la fonda de Londres, como vos?
‑No solamente vive en la misma fonda, sino en el mismo piso.
‑¿Cuál es su nombre? Porque sin duda lo conocéis.
‑Perfectamente; el conde de Montecristo.
‑¿Qué nombre es ése? No será un nombre de familia.
‑No; es el nombre de una isla que ha comprado.
‑¿Y el conde?
‑Conde toscano.
‑Sufriremos al fin a ése como a los demás ‑respondió la condesa,
que era de una de las más antiguas familias de los alrededores de Venecia‑.
¿Qué clase de hombre es?
‑Preguntad al vizconde de Morcef.
‑Ya le oís, caballero, me remiten a vos ‑dijo la condesa.
‑Haríamos muy mal si no le juzgásemos encantador, señora ‑respondió
Alberto‑. Un amigo de diez años no hubiera hecho por nosotros lo que él, y
esto con una gracia, con una delicadeza, una amabilidad, que revela
verdaderamente a un hombre de mundo.
‑Vamos ‑dijo la condesa riendo‑, veréis cómo mi vampiro será
sencillamente un millonario que quiere gastar sus millones. Y a ella, ¿la
habéis visto?
‑¿A quién? ‑preguntó Franz sonriendo.
‑A la graciosa griega de ayer.
‑No. Nos pareció, sí, haber oído el sonido de su guzla, mas ella
permaneció invisible.
‑Así, pues, cuando decís invisible, mi querido Franz ‑dijo
Alberto‑, es con el fin de hacerla más misteriosa. ¿Quién creéis que era aquel
dominó azul que estaba en el balcón colgado de damasco blanco, en el palacio
de Rospoli?
‑¡Pues qué! ¿El conde tenía tres balcones en el palacio Rospoli?
‑¡Sí! ¿Habéis pasado por la calle del Corso?
‑Desde luego. ¿Quién es el que hoy no ha pasado por la calle del
Corso?
‑¿No visteis entonces tres balcones, y uno de ellos colgado de
damasco blanco, con una cruz roja? Pues ésos eran los tres balcones del conde.
‑¿Es que ese hombre es algún nabab? ¿Sabéis lo que cuestan tres
balcones como ésos durante ocho días de Carnaval, y en el palacio Rospoli, es
decir, en el mejor sitio del Corso?
‑Doscientos o trescientos escudos romanos.
‑Decid más bien dos o tres mil.
‑¡Diantre!
‑¿Es acaso su isla la que produce tanto?
‑Su isla no produce ni un solo bejuco.
‑¿Por qué la ha comprado entonces?
‑Por capricho.
‑Es un hombre original.
‑Lo cierto es ‑dijo Alberto‑, que me ha parecido bastante excéntrico.
Si habitase en París, si frecuentase nuestros teatros, os diría que es un pobre
diablo a quien la literatura moderna ha trastornado la cabeza. En verdad, me ha
dado syer dos o tres golpes dignos de Didier o de Antoni.
En este momento entró una visita, y, según la costumbre, Alberto
cedió su lugar al recién llegado. Esta circunstancia, además de mudar de lugar,
hizo también que la conversación tomase otro giro. Una hora después, los dos
amigos volvieron a entrar en la fonda.
Maese Pastrini estaba ya ocupado en sus disfraces para el día siguiente,
y les prometió que quedarían satisfechos de su inteligente actividad.
En efecto, al día siguiente, a las nueve, entró en el cuarto de
Franz, acompañado de un sastre cargado con ocho o diez clases de vestidos de
aldeanos romanos.
Los dos amigos escogieron dos trajes parecidos que casi se
ajustaban a su cuerpo, encargaron a su huésped que les pusiese unas veinte
cintas en cada uno de sus sombreros y que les procurase dos de esas fajas de
seda, de listas transversales y colores vivos, con la cuales los hombres del
pueblo, en los días de fiesta, tienen la costumbre de ceñir su cintura.
Alberto se hallaba impaciente por ver cómo le estaría su
improvisado vestido, el cual se componía de una chaqueta y unos calzones de
terciopelo azul, medias con cuchillas bordadas, zapatos con hebillas y un
chaleco de seda.
El joven, pues, no podía menos de ganar con ese traje tan pintoresco,
y cuando su cinturón hubo oprimido su elegante talle, cuando su sombrero,
ligeramente ladeado, dejó caer sobre su hombro una infinidad de cintas, Franz
se vio obligado a confesar que el traje influye mucho para la superioridad
física en ciertas poblaciones. Los turcos, tan pintorescos antes con sus largos
trajes de vivos colores, ¿no están ahora horribles con sus levitas azules
abotonadas y los gorros griegos, que parecen botellas de vino con tapón
encarnado? Franz felicitó a Alberto, que, en pie delante del espejo, se sonreía
con aire de satisfacción, que nada tenía de equívoco. En este momento entró el
conde de Montecristo.
‑Señores ‑les dijo‑, como por agradable que sea la compañía en
las diversiones, la libertad lo es más aún, vengo a comunicaros que por hoy y
los días siguientes dejo a vuestra disposición el carruaje de que os habéis
servido ayer. Nuestro huésped ha debido deciros que tenía tres o cuatro en sus
cuadras. No os privéis, pues, de ir en carruaje; usad de él libremente para ir
a divertiros o a vuestros asuntos. Nuestra cita, si algo tenemos que decirnos,
será en el palacio Rospoli.
Los dos jóvenes quisieron hacer algunas observaciones, pero
verdaderamente no tenían motivos para rehusar una oferta que, por otra parte,
les era agradable. Concluyeron por aceptar.
El conde de Montecristo permaneció un cuarto de hora con ellos,
hablando de todo con una facilidad extremada. Estaba, como ya se habrá podido
notar, muy al corriente de la literatura de todos los países. Una ojeada que
arrojó sobre las paredes de su cuarto había probado a Franz y a Alberto que
era aficionado a los cuadros. Algunas palabras que pronunció al pasar, les
probó que no le eran extrañas las ciencias; sobre todo, parecía haberse ocupado
particularmente de la química.
Los dos amigos no tenían la pretensión de devolver al conde el
almuerzo que él les había ofrecido. Hubiera sido una necedad ofrecerle, en
cambio de su excelente mesa, la comida muy mediana de maese Pastrini. Se lo
dijeron francamente y él recibió sus excusas como hombre que apreciaba su
delicadeza.
Alberto estaba encantado de los modales del conde, al que, sin
su ciencia, hubiera tenido por un caballero. La libertad de disponer enteramente
del carruaje le llenaba, sobre todo, de alegría. Tenía ya sus
miras acerca de aquellas graciosas aldeanas y como se habían
presentado la víspera en un carruaje muy elegante, no le desagradaba aparecer
en este punto con igualdad.
A la una y media los dos jóvenes bajaron, el cochero y los
lacayos habían imaginado poner sus libreas sobre pieles de animales, lo cual
les formaba un cuerpo aún más, grotesco que el día anterior, y esto también les
valió el que Alberto y Franz les alabasen por aquella invención.
Alberto había colocado sentimentalmente su ramillete de violetas
ajadas en su ojal.
Al primer toque de la campana partieron y se precipitaron a la
calle del Corso por la vía Vittoria. A la segunda vuelta, un ramillete de
violetas que salió de un grupo de colombinas y que vino a caer sobre el
carruaje del conde, indicó a Alberto, que como él y su amigo, las aldeanas de
la víspera habían cambiado de traje y que, sea por casualidad, sea por un
sentimiento semejante al que le había hecho obrar, mientras que él había
vestido elegantemente su traje, ellas, por su parte, habían vestido el suyo.
Alberto se puso el ramillete fresco en el lugar del otro, pero
guardó el ajado en su mano, y cuando cruzó de nuevo el carruaje lo llevó amorosamente
a sus labios, acción que pareció divertir mucho, no solamente a la que se lo
había arrojado, sino a sus locas compañeras. El día fue no menos animado que el
anterior; es probable que un profundo observador hubiese reconocido cierto
aumento de bullicio y alegría.
Un instante vieron al conde en su balcón, pero cuando el
carruaje volvió a pasar, había ya desaparecido.
Inútil es decir que el flirteo entre Alberto y la colombina de
los ramilletes de violetas, duró todo el día.
Por la noche, al entrar Franz, encontró una carta de la
embajada; le anunciaba que tendría el honor de ser recibido al día siguiente
por Su Santidad.
En todos los viajes que antes había hecho a Roma había
solicitado y obtenido el mismo favor, y tanto por religión como por reconocimiento,
no había querido salir de la capital del mundo cristiano sin rendir su
respetuoso homenaje a los pies de uno de los sucesores de San Pedro, que ha
dado el raro ejemplo de todas las virtudes. Por consiguiente, este día no había
que pensar en el Carnaval, pues a pesar de la bondad con que rodea su
grandeza, siempre es con un respeto lleno de profunda emoción como se dispone
uno a inclinarse ante ese noble y santo anciano a quien llaman Gregorio XVI.
Al salir del Vaticano, Franz volvió directamente a la fonda,
evitando el pasar por la calle del Corso. Llevaba un tesoro de piadosos
sentimientos, para los cuales el contacto de los locos goces de la mascarada
hubiese sido una profanación.
A las cinco y diez minutos Alberto entró. Estaba radiante de
alegría; la colombina había vuelto a ponerse su traje de aldeana, y al cruzar
con el carruaje de Alberto había levantado su máscara; era encantadora.
Franz dio a Alberto la más sincera enhorabuena, y éste la
recibió como hombre que la merecía.
Había conocido ‑decía‑, por ciertos detalles inimitables de elegancia,
que su bella desconocida debía pertenecer a la más alta aristocracia.
Estaba decidido a escribirle al día siguiente. Al recibir estas
muestras de confianza, Franz notó que Alberto parecía tener que pedirle alguna
cosa, y que, sin embargo, vacilaba en dirigirle esta demanda.
Insistió, declarando de antemano que estaba pronto a hacer por
su dicha todos los sacrificios que estuviesen en su poder. Alberto se hizo
rogar todo el tiempo que exigía una política amistosa, pero, al fin, confesó a
Franz que le haría un gran servicio si le dejase para el día siguiente el
carruaje a él solo.
Alberto atribuía a la ausencia de su amigo la extremada bondad
que había tenido la bella aldeana de levantar su máscara. Fácil es de
comprender que Franz no era tan egoísta que detuviese a Alberto en medio de
una aventura que prometía a la vez ser tan agradable para su curiosidad y tan
lisonjera para su amor propio. Conocía bastante la perfecta indiscreción de su
amigo, para estar seguro de que le tendría al corriente de los menores detalles
de su aventura, y como después de dos largos años que corría Italia en todos
sentidos, jamás había tenido ocasión de meterse en una intriga semejante, por
su cuenta, Franz no estaba disgustado de saber cómo pasarían las cosas en
semejante caso.
Prometió, pues, a Alberto que se contentaría al día siguiente
con mirar el espectáculo desde los balcones del palacio Rospoli. Efectivamente,
al día siguiente vio pasar y volver a pasar a Alberto. Llevaba un enorme
ramillete al que sin duda había encargado fuese portador de su epístola
amorosa. Esta probabilidad se cambió en certidumbre, cuando Franz vio el mismo
ramillete, notable por un círculo de camelias blancas, entre las manos de una
encantadora colombina, vestida de satén color de rosa. Así, pues, aquella noche
no era alegría, era delirio.
Alberto no dudaba de que su bella desconocida le correspondiese
del mismo modo. Franz le ayudó en sus deseos, diciéndole que todo aquel ruido
le fatigaba, y que estaba decidido a emplear el día siguiente en revisar su
álbum y en tomar algunas notas. Por otra parte, Alberto no se había engañado en
sus previsiones; al día siguiente, por la noche, Franz le vio entrar dando
saltos en su cuarto y ostentando triunfalmente en una mano un pedazo de papel
que sostenía por una de sus esquinas.
‑¡Y bien! ‑dijo‑ ¿Me había engañado?
‑¡Ha respondido! ‑exclamó Franz.
‑Leed.
Esta palabra fue pronunciada con una entonación imposible de describir.
Franz tomó el billete y leyó:
El martes por la noche, a las siete, bajad de vuestro carruaje,
enfrente de la vía Pontefici, y seguid a la aldeana romana que os arranque
vuestro moccoletto.
Cuando lleguéis al primer escalón de la iglesia de San Giacomo,
procurad, para que pueda reconoceros, atar una cinta de color de rosa en el
hombro de vuestro traje de payaso. Hasta entonces no me volveréis a ver.
Constancia
y discreción.
‑¡Y bien! ‑dijo a Franz cuando éste hubo terminado la lectura‑,
¿qué pensáis de esto, mi querido amigo?
‑Pienso ‑respondió Franz‑ que la cosa toma el aspecto de una
aventura muy agradable.
‑Esa es también mi opinión ‑dijo Alberto‑, y tengo miedo de que
vayáis solo al baile del duque de Bracciano.
Franz y Alberto habían recibido por la mañana, cada uno, una invitación
del célebre banquero romano.
‑Cuidado, mi querido Alberto ‑dijo Franz‑, toda la aristocracia
irá a casa del duque, y si vuestra bella desconocida es verdaderamente
aristocrática, no podrá dejar de ir.
‑Que vaya o no, sostengo mi opinión acerca de ella ‑continuó
Alberto‑. Habéis leído el billete, ya sabéis la poca educación que reciben en
Italia las mujeres del Mexxo sito (así llaman a la clase media), pues bien,
volved a leer este billete, examinad la letra y buscadme una falta de idioma o
de ortografía.
En efecto, la letra era preciosa y la ortografía purísima.
‑Estáis predestinado ‑dijo Franz a Alberto, devolviéndole por
segunda vez el billete.
‑Reíd cuanto queráis, burlaos ‑respondió Alberto‑, estoy enamorado.
‑¡Oh! ¡Dios mío! Me espantáis ‑exclamó Franz‑, y veo que no
solamente iré solo al baile del duque de Bracciano, sino que podré volver solo
a Florencia.
‑El caso es que si mi desconocida es tan amable como bella, os
declaro que me quedo en Roma por seis semanas como mínimo. Adoro a Roma, y por
otra parte, siempre he tenido afición a la arqueología.
‑Vamos, un encuentro o dos como ése, y no desespero de veros
miembro de la Academia dè las Inscripciones y de las Bellas Letras.
Sin duda Alberto iba a discutir seriamente sus derechos al
sillón académico, pero vinieron a anunciar a los dos amigos que estaban servidos.
Ahora bien, el amor en Alberto no era contrario al apetito.
Se apresuró, pues, así como su amigo, a sentarse a la mesa,
prometiendo proseguir la discusión después de comer.
Pero luego anunciaron al conde de Montecristo.
Hacía dos días que los jóvenes no le habían visto. Un asunto, había
dicho Pastrini, le llamó a Civitavecchia.
Había partido la víspera por la noche y había regresado sólo
hacía una hora.
El conde estuvo amabilísimo, sea que se abstuviese, sea que la
ocasi6n no despertase en él las fibras acrimoniosas que ciertas circunstancias
habían hecho resonar dos o tres veces en sus amargas palabras, estuvo casi
como todo el mundo. Este hombre era para Franz un verdadero enigma.
El conde no podía ya dudar de que el joven viajero le hubiese
reconocido y, sin embargo, ni una sola palabra desde su nuevo encuentro
parecía indicar que se acordase de haberle visto en otro punto. Por su parte,
por mucho que Franz deseara hacer alusión a su primera entrevista, el temor de
ser desagradable a un hombre que le había colmado, tanto a él como a su amigo,
de bondades, le detenía.
El conde sabía que los dos amigos habían querido tomar un palco
en el teatro Argentino, y que les habían respondido que todo estaba ocupado; de
consiguiente, les llevaba la llave del suyo; a lo menos éste era el motivo
aparente de su visita. Franz y Alberto opusieron algunas dificultades, alegando
el temor de que él se privase de asistir. Pero el conde les respondió que como
iba aquella noche al teatro Vallé, su palco del teatro Argentino quedaría
desocupado si ellos no lo aprovechaban. Esta razón determinó a los dos amigos a
aceptar. Franz se había acostumbrado poco a poco a aquella palidez del conde,
que tanto le admirara la primera vez que le vio. No podía menos de hacer
justicia a la belleza de aquella cabeza severa, de la cual aquella palidez era
el único defecto o tal vez la principal cualidad.
Verdadero héroe de Byron, Franz no podía, no diremos verle, ni
aun pensar en él, sin que se'presentase aquel rostro sobre los hombros de
Manfredo, o bajo la toga de Lara. Tenía esa arruga en la frente que indica la
incesante presencia de algún amargo pensamiento; tenía esos ojos ardientes que
leen en lo más profundo de las almas; tenía ese labio altanero y burlón que da
a las palabras que salen por él un carácter singular que hacen se graben
profundamente en la memoria de los que las escuchan.
El conde no era joven. Tendría por lo menos cuarenta años y parecía
haber sido formado para ejercer siempre cierto dominio sobre los jóvenes con
quienes se reuniese.
La verdad es que, por semejanza con los héroes fantásticos del
poeta inglés, el conde parecía tener el don de la fascinación. Alberto no
cesaba de hablar de lo afortunados que habían sido él y Franz en encontrar a
semejante hombre. Franz era menos entusiasta; no obstante, sufría la influencia
que ejerce todo hombre superior sobre el espíritu de los que le rodean. Pensaba
en aquel proyecto, que había manifestado varias veces el conde, de ir a París,
y no dudaba que con su carácter excéntrico, su rostro caracterizado y su
fortuna colosal, el conde produjese gran efecto. Sin embargo, no tenía deseos
de hallarse en París cuando él fuese.
La noche pasó como pasan las noches, por lo regular, en el
teatro de Italia, no en escuchar a los cantantes, sino en hacer visitas o hablar.
La condesa G... quería hacer girar la conversación acerca del conde, pero Franz
le anunció que tenía que revelarle un acontecimiento muy notable, y a pesar de
las demostraciones de falsa modestia a que se entregó Alberto, contó a la
condesa el gran acontecimiento que hacía tres días formaba el objeto de la
preocupación de los dos amigos.
Dado que estas intrigas no son raras en Italia, a lo menos, si
se ha de creer a los viajeros, la condesa lo creyó y felicitó a Alberto por el
principio de una aventura que prometía terminar de modo tan satisfactorio.
Se separaron prometiéndose encontrarse en el baile del duque de
Bracciano, al cual Roma entera estaba invitada. Pero llegó el martes, el último
y el más ruidoso de los días de Carnaval.
El martes los teatros se abren a las diez de la mañana, porque
pasadas las ocho de la noche entra la Cuaresma. El martes todos los que por
falta de tiempo, de dinero o de entusiasmo no han tomado aún parte en las
fiestas precedentes, se mezclan en la bacanal, se dejan arrastrar por la orgía
y unen su parte de ruido y de movimiento al movimiento y al ruido general.
Desde las dos hasta las cinco, Franz y Alberto siguieron la
fila, cambiando puñados de dulces con los carruajes de la fila opuesta y los
que iban a pie, que circulaban entre los caballos y las carrozas, sin que
sucediese en medio de esta espantosa mezcla un solo accidente, una sola
disputa, un solo reto. Los italianos son el pueblo por excelencia, y en este
aspecto las fiestas son para ellos verdaderas fiestas. El autor de esta
historia, que ha vivido en Italia, por espacio de cinco o seis años, no recuerda
haber visto nunca una solemnidad turbada por uno solo de esos acontecimientos
que sirven siempre de corolario a los nuestros.
Alberto triunfaba con su traje de payaso. Tenía sobre el hombro
un lazo, de cinta de color de rosa, cuyas puntas le colgaban bastante, para que
no le confundieran con Franz. Este había conservado su traje de aldeano romano.
Mientras más avanzaba el día, mayor se hacía el tumulto. No
había en todas las calles, en todos los carruajes, en todos los balcones, una
sola boca que estuviese muda, un brazo que estuviera quieto, era verdaderamente
una tempestad humana compuesta de un trueno de gritos, y de una granizada de
grageas, de ramilletes, de huevos, de naranjas y de flores.
A las tres, el ruido de las cajas sonando a la vez en la plaza
del Popolo, y en el palacio de Venecia, atravesando aquel horrible tumulto,
anunció que iban a comenzar las carreras. Las carreras, cómo los moccoli, son
unos episodios particulares de los últimos días de Carnaval. Al ruido de
aquellas cajas, los carruajes rompieron al instante las filas y se refugiaron
en la calle transversal más cercana. Todas estas evoluciones se hacen, por otra
parte, con una habilidad inconcebible y una rapidez maravillosa, y esto sin
que la policía se ocupe de señalar a cada uno su puesto, o de trazar a cada uno
su camino.
Las gentes que iban a pie se refugiaron en los portales o se
arrimaron a las paredes, y al punto se oyó un gran ruido de caballos y de
sables.
Un escuadrón de carabineros a quince de frente, recorría al
galope y en todo su ancho la calle del Corso, la cual barría para dejar sitio a
los barberi. Cuando el escuadrón llegó al palacio de Venecia, el estrépito
de nuevos disparos de cohetes anunció que la calle había quedado expedita.
Casi al mismo tiempo, en medio de un clamor inmenso, universal,
inexplicable, pasaron como sombras siete a ocho caballos excitados por los
gritos de trescientas mil personas y por las bolas de hierro que les saltan
sobre la espalda. Unos instantes más tarde, el cañón del castillo de San Angelo
disparó tres cañonazos, para anunciar que el número tres había sido el
vencedor.
Inmediatamente, sin otra señal que ésta, los carruajes se
volvieron a poner en movimiento, llenando de nuevo el Corso, desembocando por
todas las bocacalles como torrentes contenidos do instante, y que se lanzan
juntos hacia el río que alimentan, y la ola inmensa de cabezas volvió a
proseguir más rápida que antes su carrera entre los dos ríos de granito. Pero
un nuevo elemento de ruido y de animación se había mezclado aún a esta
multitud, porque acababan de entrar en la escena los vendedores de moccoli.
Los moccoli o moccoletti son bujías que varían de
grueso, desde el cirio pascual hasta el cabo de la vela, y que recuerdan a los
actores de esta gran escena que pone fin al Carnaval romano, suscitando dos
preocupaciones opuestas, cuales son, primero la de conservar encendido su
moccoletto, y después la de apagar el moccoletto de los demás.
Con el moccoletto sucede lo que con la vida. Es verdad
que el hombre no ha encontrado hasta ahora más que un medio de transmitirla y
este medio se lo ha dado Dios, pero, en cambio ha descubierto mil medios para
quitarla, aunque también es verdad que para tal operación el diablo le ha
ayudado un poco.
El moccoletto se enciende acercándolo a una luz
cualquiera. Pero
¿quién será capaz de describir los mil medios que para apagarlo
se han inventado? ¿Quién podría describir los fuelles monstruos, los estornudos
de prueba, los apagadores gigantescos, los abanicos sobrehumanos que se ponen
en práctica? Cada cual se apresuró a comprar y encender moccoletto y lo
propio hicieron Franz y Alberto.
La noche se acercaba rápidamente, y ya al grito de ¡Moccoli!
repetido por las estridentes voces de un millar de industriales, dos o tres estrellas
empezaron a brillar encima de la turba. Esto fue lo suficiente para que antes
de que transcurrieran diez minutos, cincuenta mil luces brillasen descendiendo
del palacio de Venecia a la plaza del Popolo y volviendo a subir de la plaza
del Popolo al palacio de Venecia. Hubiérase dicho que aquella era una fiesta de
fuegos fatuos, y tan sólo viéndolo es como uno se puede formar una idea de
aquel maravilloso espectáculo.
Imaginemos que todas las estrellas se destacan del cielo y
vienen a mezclarse en la tierra a un baile insensato. Todo acompañado de gritos,
cual nunca oídos humanos han percibido sobre el resto de la superficie del
globo.
En este momento sobre todo, es cuando desaparecen las
diferencias sociales. El facchino se une al príncipe, el príncipe al transteverino,
el transteverino al hombre de la clase media, cada cual soplando, apagando,
encendiendo. Si el viejo Eolo apareciese en este momento sería proclamado rey
de los moccoli, y Aquilón, heredero presunto de la corona.
Esta escena loca y bulliciosa suele durar unas dos horas; la
calle del Corso estaba iluminada como si fuese de día; distinguíanse las
facciones de los espectadores hasta el tercero o cuarto piso. De cinco en cinco
minutos Alberto sacaba su reloj; al fin éste señaló las siete. Los dos amigos
se hallaban justamente a la altura de la Vía Pontifici; Alberto saltó del
carruaje con su moccoletto en la mano.
Dos o tres máscaras quisieron acercarse a él para arrancárselo o
apagárselo, pero, a fuer de hábil luchador, Alberto las envió a rodar una tras
otra a diez pasos de distancia y prosiguió su camino hacia la iglesia de San
Giacomo. Las gradas estaban atestadas de curiosos y de máscaras que luchaban
sobre quién se arrancaría de las manos la luz. Franz seguía con los ojos a
Alberto, y le vio poner el pie sobre el primer escalón. Casi al mismo tiempo,
una máscara con el traje bien conocido de la aldeana del ramillete,
extendiendo el brazo, y sin que esta vez hiciese él ninguna resistencia, le
arrancó el moccoletto.
Franz
se encontraba muy lejos para escuchar las palabras que cambiaron, pero sin
duda nada tuvieron de hostil, porque vio alejarse a Alberto y a la aldeana
cogidos amigablemente del brazo. Por espacio de algún tiempo los siguió con la
vista en medio de la multitud, pero en la Vía Macello los perdió de vista.
De pronto, el sonido de la campana que da la señal de la conclusión
del Carnaval sonó, y al mismo instante todos los moccoli se apagaron
como por encanto.
Habríase dicho que un solo a inmenso soplo de viento los había
aníquilado. Franz se encontró en la oscuridad más profunda.
Con el mismo toque de campana cesaron los gritos, como si el poderoso
soplo que había apagado las luces hubiese apagado también el bullicio, y ya
nada más se oyó que el ruido de las carrozas que conducían a las máscaras a su
casa, ya nada más se vio que las escasas luces que brillaban detrás de los
balcones. El Carnaval había terminado.
Capítulo quince
Las catacumbas de San Sebastián
Ningún otro momento de su vida había sido para Franz tan impresionable,
tan vivo, como el paso rápido que de la alegría a la tristeza sintió en aquel
instante. Hubiérase dicho que Roma, bajo el soplo mágico de algún demonio
nocturno, acababa de cambiarse en una vasta tumba. Por una casualidad que
aumentaba aún las tinieblas, la luna se encontraba en su cuarto menguante, no
debía salir hasta las doce de la noche. Las calles que el joven atravesaba
estaban sumergidas en la mayor oscuridad, pero como el trayecto era corto, al
cabo de diez minutos su carruaje, o más bien el del conde, se detuvo delante
de la fonda de Londres.
La comida estaba preparada, pero como Alberto había avisado que
no le esperasen, Franz se sentó solo a la mesa. Maese Pastrini, que
acostumbraba verlos comer juntos, se informó de la causa de su ausencia, pero
Franz limitóse a responder que Alberto había recibido una invitación, a la cual
había acudido.
La súbita extinción de los moccoletti, aquella oscuridad
que había reemplazado a la luz, aquel silencio que había sucedido al ruido,
habían dejado en el espíritu de Franz cierta tristeza que participaba también
de alguna inquietud. Comió, pues, sin decir una palabra, a pesar de la oficiosa
solicitud‑ de su posadero, que entró dos o tres veces para informarse de si
tenía necesidad de algo.
Franz estaba resuelto a esperar a Alberto hasta bastante tarde.
Pidió, pues, el carruaje para las once, rogando a maese Pastrini que le
avisase al instante mismo en que volviese Alberto, pero transcurrieron las
horas una tras otra, y al dar las once Alberto no había llegado aún. Franz se
vistió y partió, avisando a su posadero de que pasaría la noche en casa del
duque de Bracciano.
La casa del duque de Bracciano es una de las mejores de Roma; su
esposa, una de las últimas herederas de los Colonna, hace los honores de ella
de una manera perfecta, y de esto resulta que las fiestas que da tienen una
celebridad europea.
Franz y Alberto habían llegado a Roma con cartas de recomendación
para él; así, pues, su primera pregunta fue interrogar a Franz qué había sido
de su compañero de viaje. Franz le respondió que se había separado de él en el
momento de apagar los moccoletti, y le había perdido de vista en la Vía
Macello.
‑¿Entonces no habrá vuelto? ‑preguntó el duque.
‑Hasta ahora le he estado aguardando ‑respondió Franz.
‑¿Y sabéis dónde iba?
‑No, exactamente. Sin embargo, creo que se trataba de una cita.
‑¡Diablo! ‑dijo el duque‑. Mal día es éste o mala noche para
tardar de ese modo, ¿verdad, señora condesa?
Estas últimas palabras se dirigían a la condesa de G..., que
acababa de llegar y que se paseaba apoyada en el brazo del señor de Torlonia,
hermano del duque.
‑Creo, por el contrario, que es una noche encantadora ‑respondió
la condesa‑, y los que están aquí no se quejarán más que de una cosa; de que
pasará demasiado pronto.
‑Pero ‑replicó el duque, sonriendo‑, yo no hablo de las personas
que están aquí, porque de ellas no corren más peligro los hombres que el de
enamorarse de vos, y las mujeres que el de caer enfermas de celos al contemplar
vuestra hermosura. Hablo de los que recorren las calles de Roma.
‑¡Oh! ‑preguntó la condesa‑. ¿Y quién recorre las calles de Roma
a esta hora, como no sea para venir a este baile?
‑Nuestro amigo, el vizconde de Morcef, señora condesa, de quien
me separé dejándole con su desconocida hacia las siete de la noche ‑dijo Franz‑‑,
y a quien no he visto después.
‑¡Qué! ¿Y no sabéis dónde está?
‑Ni lo sospecho.
‑¿Y tiene armas?
‑¿Cómo iba a tenerlas, si estaba disfrazado?
‑No deberíais haberle dejado ir ‑‑dijo el duque a Franz‑, vos
que conocéis mejor a Roma.
‑Sí, sí, lo mismo hubiera adelantado que si hubiese intentado detener
al número tres de los barberi que ha ganado hoy el premio de la carrera ‑respondió
Franz‑; además, ¿qué queréis que le ocurra?
‑¡Quién sabe! La noche está sombría, y el Tíber está cerca de la
Via Marcello.
Franz estremecióse al ver que el duque y la condesa estaban tan
acordes en sus inquietudes personales.
‑También he dejado dicho en la fonda que tenía el honor de pa‑
sar la noche en vuestra casa, señor duque ‑dijo Franz‑, y deben
venir a anunciarme su vuelta.
‑Mirad ‑dijo el duque‑, creo que alli viene buscándoos uno de
mis criados.
El duque no se engañaba. Al ver a Franz, el criado se acercó a
él.
‑Excelencia ‑dijo‑, el dueño de la fonda de Londres os manda
avisar que un hombre os espera en su casa con una carta del vizconde de Morcef.
‑¡Con una carta del vizconde! ‑exclamó Franz.
‑Sí.
‑¿Y quién es ese hombre?
‑No lo sé.
‑¿Por qué no ha venido a traerla aquí?
‑El mensajero no ha dado ninguna explicación.
‑¿Y dónde está el mensajero?
‑En cuanto me vio entrar en el salón del baile para avisaros, se
marchó.
‑¡Oh, Dios mío! ‑dijo la condesa a Franz‑‑. Id pronto, ¡pobre
joven! Tal vez le habrá sucedido alguna desgracia.
‑Voy volando ‑dijo Franz.
‑¿Os volveremos a ver para saber de él? ‑preguntó la condesa.
‑Sí, si la cosa no es grave; si no, no respondo de lo que será
de mí mismo.
‑En todo caso, prudencia ‑dijo la condesa.
‑Descuidad.
Franz tomó el sombrero y partió inmediatamente. Había mandado
venir su carruaje a las dos, pero por fortuna el palacio Bracciano, que da por
un lado a la calle del Corso, y por otro a la plaza de los Santos Apóstoles,
está a diez minutos de la fonda de Londres. Al acercarse a ésta, Franz vio un
hombre en pie en medio de la calle, y no dudó un solo instante de que era el
mensajero de Alberto. Se dirigió a él, pero con gran asombro de Franz, el
desconocido fue quien primero le dirigió la palabra.
‑¿Qué me queréis, excelencia? ‑dijo, dando un paso atrás como un
hombre que desea estar siempre en guardia.
‑¿No sois vos ‑preguntó Franz‑‑ quien me trae una carta del
vizconde de Morcef?
‑¿Es vuestra excelencia quien vive en la fonda de Pastrini?
‑Sí.
‑¿Es vuestra excelencia el compañero de viaje del vizconde?
‑Sí.
‑¿Cómo se llama vuestra excelencia?
‑El barón Franz d'Epinay.
‑Muy bien; entonces es a vuestra excelencia a quien va dirigida
esta carta.
‑¿Exige respuesta? ‑preguntó Franz, tomándole la carta de las
manos.
‑Sí; al menos, vuestro amigo la espera.
‑Subid a mi habitación; a11í os la daré.
‑Prefiero esperar aquí ‑dijo riéndose el mensajero.
‑¿Por qué?
‑Vuestra excelencia lo comprenderá cuando haya leído la carta.
‑¿Entonces os encontraré aquí mismo?
‑Sin duda alguna.
Franz entró; en la escalera encontró a maese Pastrini.
‑¡Y bien! ‑le preguntó.
‑Y bien, ¿qué? ‑le respondió Franz.
‑¿Visteis al hombre que desea hablaros de parte de vuestro amigo?
‑le preguntó a Franz.
‑Sí; le vi ‑respondió éste‑, y me entregó esta carta. Haced que
traigan una luz a mi cuarto.
El posadero transmitió esta orden a un criado.
El joven había encontrado a maese Pastrini muy asustado, y esto
había aumentado naturalmente su deseo de leer la carta. Acercóse a la bujía,
así que estuvo encendida, y desdobló el papel. La misiva estaba escrita de
mano de Alberto, firmada por él mismo, y Franz la leyó dos o tres veces una
tras otra, tan lejos estaba de esperar su contenido.
He aquí
lo que decía:
Querido
amigo: En el mismo instante que recibáis la presente, tened la bondad de tomar
mi cartera, que hallaréis en el cajón cuadrado del escritorio; la letra de
crédito, unidla a la vuestra. Si ello no basta, corred a casa de Torlonia,
tomad inmediatamente cuatro mil piastras y entregadlas al portador. Es urgente
que esta suma me sea dirigida sin tardanxa. No quiero encareceros más la
puntualidad, porque cuento con vuestra eficacia, como en caso igual podríais
contar con la mía.
. P. D. I believe now lo be Italian
banditti.
Vuestro amigo,
Alberto de
Morcef
Debajo de estos renglones había escritas, con una letra extraña,
estas palabras italianas:
Se alle sei della mattina, le quattro mille piastre non sono nelle mie
mani, alle sette il conte Alberto avrà cessato di vivere.
Luigi Vampa
Esta segunda firma fue para Franz sumamente elocuente, y entonces
comprendió la repugnancia del mensajero en subir a su cuarto. La calle le
parecía más segura. Alberto había caído en manos del famoso jefe de bandidos
cuya existencia tan fabulosa le había parecido.
No había tiempo que perder. Corrió al escritorio, lo abrió,
halló en el cajón indicado la consabida cartera, y en ella la carta de crédito
que era de valor de seis mil piastras, pero a cuenta de la cual Alberto había
ya tornado y gastado la mitad, es decir, tres mil. Por lo que a Franz se
refiere, no tenía ninguna letra de crédito. Como vivía en Florencia y había
venido a Roma para pasar en ella siete a ocho días solamente, había tornado
unos cien luises, y de esos cien luises le quedaban cincuenta a lo sumo.
Necesitaba, de consiguiente, siete a ochocientas piastras para que entre los
dos pudiesen reunir la soma pedida. Es verdad que Franz podía montar en un
caso semejante con la bondad del señor Torlonia. Así, pues, se disponía a
volver al palacio Bracciano sin perder un instante, cuando de súbito una idea
cruzó por su imaginación.
Pensó en el conde de Montecristo.
Franz iba a dar la orden de que avisasen a maese Pastrini,
cuando éste en persona se presentó a la puerta.
‑Querido señor Pastrini ‑le dijo ansiosamente‑, ¿creéis que el
conde esté en su cuarto?
‑Sí, excelencia, acaba de entrar.
‑¿Habrá tenido tiempo de acostarse?
‑Lo dudo.
‑Llamad entonces a su puerta, y pedidle en mi nombre permiso
para presentarme en su habitación.
Maese Pastrini se apresuró a seguir las instrucciones que le
daban. Cinco minutos después estaba de vuelta.
‑El conde está esperando a vuestra excelencia ‑dijo.
Franz atravesó el corredor, y un criado le introdujo en la
habitación del conde. Hallábase en un pequeño gabinete que Franz no había visto
aún, y que estaba rodeado de divanes. El mismo conde le salió al encuentro.
‑¡Oh! ¿A qué debo el honor de esta visita? ‑le preguntó‑.
¿Vendríais a cenar conmigo? Si así fuera, me complacería en extremo vuestra
franqueza.
‑No; vengo a hablaros de un grave asunto.
‑¡De un asunto! ‑dijo el conde mirando a Franz con la fijeza y
atención que le eran habituales‑. ¿Y de qué asunto?
‑¿Estamos solos?
El conde se dirigió a la puerta y volvió.
‑Completamente ‑dijo.
Franz le mostró la carta de Alberto.
‑Leed ‑le dijo.
El conde leyó la carta.
‑¡Ya, ya! ‑exclamó cuando hubo terminado la lectura.
‑¿Habéis leído la posdata?
‑Sí, la he leído también.
Se alle sei della mattina le quattro mille piastre non sono nelle mie mani,
alle sette il conte Alberto avrà cessato di vivere.
Luigi Vampa
‑¿Qué decís a esto? ‑preguntó Franz.
‑¿Tenéis la suma que os pide?
‑Sí; menos ochocientas piastras.
El conde se dirigió a su gaveta, la abrió, y tiró de un cajón
lleno de oro que se abrió por medio de un resorte.
‑Espero ‑dijo a Franz‑, que no me haréis la injuria de dirigiros
a otro que a mí.
‑Bien veis ‑dijo éste‑ que a vos me he dirigido primero que a
otro.
‑Lo que os agradezco mucho. Tomad.
E hizo señas a Franz de que tomase del cajón cuanto necesitase.
‑¿Es necesario enviar esta suma a Luigi Vampa? ‑preguntó el
joven, mirando a su vez fijamente al conde.
‑¿Que si es preciso? Juzgadlo vos mismo por la postdata, que ni
puede ser más concisa ni más terminante.
‑Creo que vos podríais hallar algún medio que simplificase mucho
el negocio ‑dijo Franz.
‑¿Y cuál? ‑preguntó el conde, asombrado.
‑Por ejemplo, si fuésemos a ver a Luigi Vampa juntos, estoy persuadido
de que no os rehusaría la libertad de Alberto.
‑¿A mí? ¿Y qué influencia queréis que tenga yo sobre ese bandido?
‑¿No acabáis de hacerle uno de esos servicios que jamás pueden
olvidarse?
‑¿Cuál?
‑¿No acabáis de salvar la vida a Pepino?
‑¡Ah, ah! ‑dijo el conde‑. ¿Quién os ha dicho eso?
‑¿Qué importa, si lo sé?
El conde permaneció un instante silencioso y con las cejas fruncidas.
‑Y si yo fuese a ver a Vampa, ¿me acompañaríais?
‑Si no os fuese desagradable mi compañía, ¿por qué no?
‑Pues bien; vámonos al instante. El tiempo es hermoso, y un paseo
por el campo de Roma no puede menos de aprovecharnos.
‑¿Llevaremos armas?
‑¿Para qué?
‑¿Dinero?
‑Es en vano. ¿Dónde está el hombre que os ha traído este billete?
‑En la calle.
‑¿En la calle?
‑Sí.
‑Voy a llamarle, porque preciso será que averigüemos hacia dónde
hemos de dirigirnos.
‑Podéis ahorraros este trabajo, pues por más que se lo dije, no
ha querido subir.
‑Si yo le llamo, veréis como no opone dificultad.
El conde se asomó a la ventana del gabinete que caía a la calle,
y emitió cierto silbido peculiar. El hombre de la capa se separó de la pared y
se plantó en medio de la calle.
‑¡Salite! ‑dijo el conde con el mismo tono que si hubiera
dado una orden a su criado.
El mensajero obedeció sin vacilar, más bien con prisa, y
subiendo la escalera, entró en la fonda; cinco minutos después estaba a la puerta
del gabinete.
‑¡Ah! ¿Eres tú, Pepino? ‑dijo el conde.
Pero Pepino, en lugar de responder, se postró de hinojos, cogió
una mano del conde y la aplicó a sus labios repetidas veces.
‑¡Ah, ah! ‑dijo el conde‑, ¡aún no has olvidado que lo he salvado
la vida! Eso es extraño, porque hace ya ocho días.
‑No, excelencia, y no lo olvidaré en toda mi vida ‑respondió Pepino,
con el acento de un profundo reconocimiento.
‑¡Nunca! Eso es mucho decir, pero en fin, bueno es que así lo
creas. Levántate y responde.
Pepino dirigió a Franz una mirada inquieta.
‑¡Oh! , puedes hablar delante de su excelencia ‑dijo‑, es uno de
mis amigos. ¿Permitís que os dé este título? ‑dijo en francés el conde,
volviéndose hacia Franz‑, es necesario, para excitar la confianza de este
hombre.
‑Podéis hablar delante de mí ‑exclamó Franz, dirigiéndose al
mensajero‑,soy un amigo del conde.
‑Enhorabuena ‑dijo Pepino volviéndose a su vez hacia el conde‑;
interrógueme su excelencia, que yo responderé.
‑¿Cómo fue a parar el conde Alberto a manos de Luigi?
‑Excelencia, el carruaje del francés se ha encontrado muchas
veces con aquel en que iba Teresa.
‑¿La querida del jefe?
‑Sí, excelencia. El francés la empezó a mirar y a hacer señas;
Teresa se divertía en dar a entender que no le disgustaban, el francés le
arrojó unos ramilletes y ella hizo otro tanto, pero todo con el consentimiento
del jefe, que iba en el coche.
‑¡Cómo! ‑exclamó Franz‑. ¿Luigi Vampa iba en el mismo carruaje
de las aldeanas romanas?
‑Era el que le conducía disfrazado de cochero ‑respondió Pepino.
‑¿Y después? ‑preguntó el conde.
‑Luego el francés se quitó la máscara. Teresa, siempre con consentimiento
del jefe, hizo otro tanto, el francés pidió una cita, Teresa concedió la cita
pedida, pero en lugar de Teresa, fue Beppo quien estuvo en las gradas de San
Giacomo.
‑¡Cómo! ‑interrumpió Franz‑, ¿aquella aldeana que le arrancó el
moccoletto...?
‑Era un muchacho de quince años ‑respondió Pepino‑, pero no debe
de ningún modo avergonzarse el amigo de su excelencia de haber caído en el
lazo, porque no es el primero a quien Beppo ha echado el guante de esté modo.
‑¿Y qué hizo Beppo? ¿Le condujo fuera de la ciudad? ‑preguntó el
conde.
‑Exactamente. Un carruaje esperaba al extremo de la Vía Macello.
Beppo subió invitando al francés a que subiera también, el cual no aguardó a
que se lo repitiera. Beppo le anunció que iba a conducirle a una población que
estaba a una legua de Roma, y el francés dijo que estaba a punto de seguirle al
fin del mundo. El cochero dirigióse en seguida a la calle de Ripetta, llegó a
la puerta de San Pablo, y a unos doscientos pasos de la misma, estando ya en el
campo, como el francés redoblase sus instancias amorosas, siempre persuadido
de que iba junto a una mujer, Beppo se levantó y le puso en el pecho los
cañones de dos pistolas. Al punto el cochero detuvo los caballos, se volvió
sobre su asiento a hizo otro tanto. Al propio tiempo, cuatro de los nuestros
que estaban ocultos en las orillas del Almo se lanzaron a las portezuelas. El
francés tenía, por lo que se vio, bastantes deseos de defenderse, y aun
estranguló un poquillo a Beppo, según he oído decir, pero nada podía contra
cinco hombres completamente armados, y no tuvo por consiguiente más remedio
que rendirse. Le hicieron bajar del carruaje, siguieron la orilla del río y le
condujeron ante Teresa y Luigi, que le esperaban en las catacumbas de San
Sebastián.
‑¿Qué tal ‑dijo el conde dirigiéndose a Franz‑. ¿Qué os parece
de esta historia?
‑Que la encontraría muy chistosa ‑contestó‑, si no fuese el pobre
Alberto su protagonista.
‑El caso es ‑dijo el conde‑ que si no llegáis a encontrarme en
casa, hubiera sido una aventura que hubiese costado bastante cara a vuestro
amigo, pero tranquilizaos, tan sólo le costará el susto.
‑¿Conque vamos en su busca en seguida? ‑preguntó Franz.
‑Sí por cierto, y tanto más cuanto que se halla en un lugar no
muy pintoresco. ¿Habéis visitado alguna vez las catacumbas de San Sebastián?
‑No; jamás he descendido a ellas, pero me había propuesto
hacerlo algún día.
‑Pues he aquí que se os presenta una buena ocasión, ocasión la
más oportuna que desearse pueda.
‑¿Tenéis a punto vuestro coche?
‑No; pero poco importa, porque es mi costumbre el tener siempre
uno prevenido y enganchado noche y día.
‑¿Enganchado?
‑Sí; soy muy caprichoso, preciso es confesarlo; muchas veces al
levantarme, al acabar de comer, a medianoche, me ocurre marchar a un punto
cualquiera, y parto en seguida.
El conde tiró de la campanilla y se presentó su ayuda de cámara.
‑Que saquen el coche y sacad las pistolas de las bolsas. En cuanto
al cochero, es inútil que se le despierte, porque Alí lo conducirá.
Al cabo de un instante oyóse el ruido del carruaje, que se
detuvo delante de la puerta. El conde sacó su reloj.
‑Las doce y media ‑dijo‑; hubiéramos tenido tiempo hasta las
cinco de la mañana para marchar, aún habríamos llegado a tiempo, pero tal vez
esta demora hubiese hecho pasar una mala noche a vuestro compañero. Vale más
que vayamos en seguida a arrancarle del poder de los infieles. ¿Estáis aún
decidido a acompañarme?
‑Más que nunca.
‑Venid, pues.
Franz y el conde salieron, seguidos de Pepino. A la puerta encontraron
el carruaje. A1í estaba ya en el pescante y Franz reconoció en él al esclavo
mudo de la gruta de Montecristo. Franz y el conde montaron en el carruaje,
Pepino fue a sentarse al lado de Alí, y los caballos arrancaron a escape.
Seguramente había recibido instrucciones de antemano, puesto que se dirigió a
la calle del Corso, atravesó el campo Vacciano, subió por la Vía de San
Gregorio y llegó a la Puerta de San Sebastián. Al llegar a ella el conserje
quiso oponer dificultades, mas el conde de Montecristo le presentó un permiso
del gobernador de Roma para entrar y salir de la ciudad a cualquier hora, así
de día como de noche. Abrióse, pues, el rastrillo, recibió el conserje un luis
por este trabajo, y pasaron.
El camino que siguió el coche fue la antigua Vía Appia, que
ostenta una pared de tumbas a uno y otro lado. De trecho en trecho, a la luz de
la luna que comenzaba a salir, parecíale a Franz ver un centinela destacarse de
las ruinas, mas al punto, a una señal de Pepino, volvía a ocultarse en la
sombra y desaparecía. Un poco antes de llegar al circo de Caracalla, el
carruaje se paró. Pepino fue a abrir la portezuela, y el conde y Franz se
apearon.
‑Dentro de diez minutos ‑dijo el conde a su compañero‑ habremos
llegado al término de nuestro viaje.
Llamó a Pepino aparte, le dio una orden en voz baja, y Pepino se
marchó después de haberse provisto de una antorcha que sacó del cajón del
coche. Transcurrieron cinco minutos, durante los cuales Franz vio al pastor
entrar por un estrecho y tortuoso sendero practicado en el movedizo terreno que
forma el piso de la llanura de Roma, desapareciendo tras los gigantescos
arbustos rojizos, que parecen las erizadas melenas de algún enorme león.
‑Ahora ‑dijo el conde‑, sigámosle.
Franz y el conde avanzaron a su vez por el mismo sendero, el
que, a unos cien pasos, declinando notablemente el terreno, les condujo al
fondo de un pequeño valle, en el que divisaron dos hombres platicando a la
sombra de los arbustos.
‑¿Hemos de seguir avanzando ‑preguntó Franz al conde‑ o será
preciso esperar?
‑Avancemos, porque Pepino debe haber comunicado al centinela
nuestra llegada.
En efecto, uno de aquellos dos hombres era Pepino, el otro un
bandido que estaba de centinela. Franz y el conde se le acercaron, y el bandido
les saludó.
‑Excelencia ‑dijo Pepino dirigiéndose al conde‑, si queréis
seguirme, la entrada que conduce a las catacumbas está a dos pasos de aquí.
‑No tengo inconveniente ‑contestó el conde‑, marcha delante.
En efecto, detrás de un espeso matorral y en medio de unas rocas
veíase una abertura por la que apenas podía pasar un hombre.
Pepino se deslizó el primero por aquella hendidura, mas apenas
se internó algunos pasos, el subterráneo fue ensanchándose. Entonces se detuvo,
encendió su antorcha y volvió el rostro para ver si le seguían.
El conde fue el primero que se introdujo por aquella especie de
lumbrera y Franz siguió tras él. El terreno se inclinaba en una pendiente
suave, y a medida que se iba uno internando, mayores dimensiones presentaba
aquel conducto subterráneo, mas Franz y el conde se veían aún precisados a
caminar agachados y en manera alguna podían avanzar dos personas a la vez.
Anduvieron así trabajosamente como unos cincuenta pasos, cuando se vieron
detenidos por un ¡quién vive!, viendo al mismo instante brillar en medio de la
oscuridad sobre el cañón de una carabina el reflejo de su propia antorcha.
‑¡Amigos! ‑dijo Pepino.
Y adelantándose solo, dijo en voz baja algunas palabras a este
segundo centinela, quien, como el primero, saludó a los nocturnos visitantes,
dando a entender con un gesto que podían continuar su camino. El centinela
guardaba la entrada de una escalera, que contendría unas veinte gradas, por
las que bajaron el conde y Franz, hallándose en una especie de encrucijada de
edificios mortuorios. Cinco caminos diferentes salían divergentes de aquel
punto como los rayos de una estrella, y las paredes que los limitaban, llenas
de nichos sobrepuestos y que guardaban la forma del ataúd, indicaban que
habían por fin entrado en las catacumbas. En una de aquellas cavidades cuya
extensión era imposible apreciar, divísábase una luz, o por lo menos sus
reflejos. El conde golpeó amigablemente con una mano el hombro de Franz.
‑¿Queréis ver un campamento de bandidos? ‑le dijo.
‑Con muchísimo gusto ‑contestó Franz.
‑Pues bien, venid conmigo... ¡Pepino, apaga la antorcha!
Pepino obedeció y Franz y el conde se hallaron sumidos en la más
profunda oscuridad; tan sólo a unos cincuenta pasos de distancia continuaban
reflejándose en las paredes algunos destellos rojizos, que se habían hecho más
visibles cuando Pepino hubo apagado la antorcha. Avanzaron, pues,
silenciosamente, guiando el conde a Franz como si hubiese tenido la singular
facultad de distinguir los objetos a través de las tinieblas. Al fin, Franz
empezaba a distinguir con mayor claridad los lugares por los que pasaba, a
medida que se aproximaban a los reflejos que les servían de orientación.
Tres arcos, de los cuales el del centro servía de puerta de
entrada, les daban paso. Estos arcos daban por un lado al corredor en que estaba
Franz y el conde, y por el otro a un grande espacio cuadrado, enteramente
cuajadas sus paredes de nichos semejantes a los de que ya hemos hablado. En
medio de este aposento se elevaban cuatro piedras que probablemente en otro
tiempo sirvieron de altar, como lo indicaba la cruz en que terminaban. Una sola
lámpara colocada sobre el pedestal de una columna iluminaba con su pálida y
vacilante luz la extraña escena que se ofreció a la vista de los dos visitantes
ocultos en la sombra.
Un hombre estaba sentado, apoyando el codo en dicha columna, leyendo,
vuelto de espaldas a los arcos, por cuya abertura le observaban los recién
llegados. Este era el jefe de la banda, Luigi Vampa. A su alrededor, agrupados
a su capricho, envueltos en sus capas o tendidos sobre una especie de banco de
piedra que circuía todo aquel Columbarium, se distinguían una veintena
de bandidos, todos con las armas junto a sí. En el fondo, silencioso, apenas
visible, y semejante a una sombra, paseábase un centinela por delante de una
especie de agujero que apenas se distinguía, porque parecían ser en aquel punto
las tinieblas mucho más densas.
Cuando el conde creyó que Franz había contemplado bastante este
pintoresco cuadro, aplicó el dedo sobre sus labios para recomendarle silencio,
y subiendo los tres escalones que mediaban entre el corredor y el Columbarium,
entró en la sala por el arco del centro, dirigiéndose a Vampa, el cual estaba
tan embebido en su lectura que ni tan siquiera oyó el ruido de sus pasos.
‑¿Quién vive? ‑gritó el centinela, menos preocupado, y que distinguió
a la luz de la lámpara una especie de sombra que aumentaba de tamaño a medida
que se acercaba por detrás a su jefe.
A este grito, Vampa se levantó con prontitud, sacando al propio
tiempo una pistola que llevaba en su cinturón. En un abrir y cerrar de ojos
todos los bandidos estuvieron en pie, y veinte bocas de carabinas apuntaron al
conde.
‑¿Qué es eso? ‑dijo tranquilamente éste, con voz enteramente
segura y sin que se contrajese un solo músculo de su rostro‑. ¿Qué es eso, mi
querido Vampa? ¡Creo que movéis mucho estrépito para recibir a un amigo!
‑¡Abajo las armas! ‑gritó el jefe, haciendo con la mano un ademán
imperativo, mientras que con la otra se quitaba respetuosamente el sombrero, y
luego, dirigiéndose al singular personaje que dominaba
en esta escena‑: Perdonad, señor conde ‑le dijo‑, pero estaba
tan lejos de esperar el honor de vuestra visita que no os había reconocido.
‑Creo, Vampa, que sois falto de memoria en muchas cosas ‑dijo el
conde‑, y que no tan sólo olvidáis las facciones de ciertos sujetos, sino
también los pactos que median entre vos y ellos.
‑¿Y qué pactos he olvidado, señor conde? ‑preguntó el bandido
con un tono que demostraba estar dispuesto a reparar el error, caso de haberlo
cometido.
‑¿No habíamos convenido ‑dijo el conde‑, en que no tan sólo mi
persona, sino también las de mis amigos, os serían sagradas?
‑¿Y en qué he faltado a tales pactos, excelencia?
‑Habéis hecho prisionero esta noche y transportado aquí al vizconde
Alberto de Morcef ‑añadió el conde con un timbre tal de voz que hizo estremecer
a Franz‑, que es uno de mis amigos, vive en la misma fonda que yo, ha
paseado el Corso los ocho días de Carnaval en mi propio coche y, sin embargo,
os lo repito, le habéis hecho prisionero, le habéis transportado aquí y ‑añadió
el conde sacando una carta de su bolsillo‑ le habéis puesto el precio como si
fuese una persona cualquiera.
‑¿Por qué no me informasteis de todas estas circunstancias, vosotros?
‑dijo el jefe dirigiéndose hacia aquellos hombres, que retrocedían ante su
mirada‑. ¿Por qué me habéis expuesto de este modo a faltar a mi palabra con un
sujeto como el señor conde, que tiene nuestra vida en sus manos? ¡Por la sangre
de Cristo! Si llegase a sospechar que alguno de vosotros sabía que el joven
era amigo de su excelencia, yo mismo le levantaría la tapa de los sesos.
‑¿Lo veis? ‑dijo el conde dirigiéndose a Franz‑. ¿No os había
dicho yo que en esto había alguna equivocación?
‑¿Qué, no venís solo? ‑preguntó Vampa con inquietud.
‑He venido con la persona a quien iba dirigida esta carta, y a
quien he querido probar que Luigi Vampa es un hombre que sabe guardar su
palabra. Aproximaos, excelencia ‑dijo a Franz‑, aquí tenéis a Luigi Vampa, que
va a deciros lo contrariado que le tiene el error que ha cometido.
Franz se acercó, el jefe se adelantó unos pasos.
‑Sed bien venido entre nosotros, excelencia ‑le dijo‑; ya habéis
oído lo que acaba de decir el señor conde y lo que yo he respondido. Ahora os
añadiré que desearía, aunque me costara las cuatro mil piastras en que había
fijado el rescate de vuestro amigo, que no hubiese acontecido semejante suceso.
‑Pero ‑dijo Franz, mirando con inquietud a su alrededor‑, no veo
al prisionero... ¿Dónde está?
‑Supongo que no le habrá sobrevenido alguna desgracia ‑preguntó
el conde frunciendo las cejas casi imperceptiblemente.
‑El prisionero está allí ‑dijo Vampa señalando con la mano el
agujero ante cuya entrada se paseaba el bandido de centinela‑, y voy yo mismo a
anunciarle que está en libertad.
El jefe se adelantó seguido del conde y de Franz hacia el sitio
que había destinado como cárcel de Alberto.
‑¿Qué hace el prisionero? ‑preguntó Vampa al centinela.
‑Os juro, capitán, que no lo sé ‑contestó éste‑. Hace más de una
hora que ni siquiera le he oído moverse.
‑Venid, excelencias ‑dijo Vampa.
El conde y Franz subieron siete a ocho escalones, precedidos por
el jefe, que descorrió un cerrojo y empujó una puerta. Entonces, a la luz de
una lámpara, semejante a la que iluminaba el Columbarium, vieron a Alberto que,
envuelto en una capa que le prestara uno de los bandidos, estaba tendido en un
rincón gozando las dulzuras del sueño más profundo y pacífico.
‑Vaya ‑dijo el conde sonriendo del modo que le era peculiar‑, no
me parece mal para un hombre que había de ser fusilado a las siete de la
mañana.
Vampa miraba al dormido joven con cierta admiración, pudiéndose
deducir muy bien de su mirada que no era en verdad insensible a una prueba, si
no de valor, cuando menos de serenidad.
‑Tenéis razón, señor conde ‑dijo‑, este hombre debe ser uno de
vuestros amigos.
Luego acercóse a Alberto y le tocó en un hombro.
‑Excelencia ‑dijo‑, haced el favor de despertaros, si os place.
Alberto extendió los brazos, se frotó los párpados y abrió los
ojos.
‑¡Ah! ‑‑dijo‑ ¿Sois vos, capitán? Pardiez, que hubierais hecho
muy bien en dejarme dormir. Tenía un sueño muy agradable y creía que bailaba un
galop en casa de Torlonia con la condesa G...
Dicho esto, sacó el reloj y lo miró para saber el tiempo que
había transcurrido.
‑La una y media de la madrugada, ¿por qué diablos me despertáis
a esta hora?
‑Para deciros que estáis en libertad, excelencia.
‑Amigo mío ‑dijo Alberto con perfecta serenidad‑, en lo sucesivo
guardad bien en la memoria esta máxima del gran Napoleón: «No me despertéis
sino para las malas nuevas.» Si me hubieseis dejado dormir, hubiera acabado mi
galop y os hubiera estado reconocido toda mi vida... Pero, puesto que decís que
estoy libre, quiere decir que habrán pagado mi rescate, ¿no es esto?
‑No, excelencia.
‑¿Pues cómo me ponéis en libertad?
‑Un individuo al que nada puede negarse ha venido a reclamaros.
‑¿Hasta aquí?
‑Hasta aquí.
‑¡Oh! ¡Por Cristo, que es una tremenda galantería!
Alberto miró a su alrededor y descubrió a Franz.
‑¡Cómo! ‑le dijo‑, ¿sois vos, mi querido Franz? ¿Es posible que
vuestra amistad para conmigo haya llegado a tal extremo?
‑No ‑contestó éste‑; a quien se lo debéis es a nuestro vecino,
el conde de Montecristo.
‑Pardiez, señor conde ‑dijo con jovialidad Alberto, ajustándose
el corbatín y arreglándose el traje‑, que sois un hombre magnífico en todos
conceptos. Espero que me consideraréis ligado a vos con los vínculos de una
eterna gratitud, primero por la cesión de vuestro carruaje, luego, por este
suceso ‑y tendió al conde su mano, que éste vaciló un momento en estrechar,
pero se la estrechó al fin del modo más cordial.
El bandido contemplaba esta escena con aire estupefacto. Hallábase
acostumbrado a ver temblar en su presencia a los prisioneros, pero ahora había
encontrado a uno cuyo humor festivo no sufriera la menor alteración. Por lo que
hace a Franz, estaba altamente satisfecho y halagado al considerar que Alberto
había sabido sostener el honor nacional ante toda una reunión de bandidos.
‑Mi querido Alberto ‑le dijo‑, si queréis daros prisa, todavía
llegaremos a tiempo de poder acabar la noche en casa de Torlonia. Continuaréis
vuestro galop en el punto mismo en que lo suspendisteis, y de este modo no
guardaréis rencor alguno al señor Luigi, que realmente se ha portado en este
asunto con una extremada galantería.
‑Tenéis razón, en efecto, puesto que si nos apresuramos podemos
llegar casi antes de las dos. Señor Luigi ‑continuó Alberto‑, ¿hay que cumplir
alguna otra formalidad antes de marcharse?
‑Ninguna, caballero ‑contestó el bandido‑, sois tan libre como
el aire.
‑En este caso, que lo paséis bien. Vamos, señores, vamos.
Y Alberto, seguido de Franz y del conde, bajó la escalera y
atravesó la gran sala cuadrada. Todos los bandidos estaban de pie, sombrero en
mano.
‑Pepino ‑dijo el jefe‑, dadme la antorcha.
‑¿Qué vais a hacer? ‑inquirió Montecristo.
‑Conduciros hasta fuera ‑dijo el capitán‑, es la más pequeña
prueba que puedo dar de mi adhesión a vuestra excelencia.
Dichas estas palabras, tomando la antorcha encendida de las manos
del pastor, marchó delante de sus huéspedes, no como un criado que ejecuta un
acto de servidumbre, sino como un rey que precede a los embajadores. Al llegar
a la puerta se inclinó.
‑Ahora, señor conde ‑dijo‑, os renuevo mis protestas y espero
que no me guardéis ningún resentimiento por lo que acaba de suceder.
‑No, mi querido Vampa. Por otra parte, enmendáis vuestros errores
con tanta galantería, que casi uno se ve tentado a agradecer el que los hayáis
cometido.
‑Señores ‑repuso el jefe, dirigiéndose a los dos jóvenes‑, tal
vez la oferta os presentará poco atractivo, mas si algún día llegaseis a tener
deseos de hacerme una nueva visita, estad seguros de que seréis bien recibidos
dondequiera que me encuentre.
Franz y Alberto saludaron. El conde salió el primero, Alberto en
seguida, Franz quedó el último.
‑¿Vuestra excelencia tiene algo que mandarme? ‑dijo Vampa
sonriendo.
‑Sí ‑contestó Franz‑, deseo, quiero decir, tengo curiosidad por
saber qué obra era la que leíais con tanta atención cuando hemos llegado.
‑Los
Comentarios de César ‑dijo el bandido‑, es mi
libro predilecto.
‑¡Qué hacéis! ‑preguntó Alberto‑. ¿Nos seguís a os quedáis?
‑Al momento, heme aquí ‑contestó Franz.
Y salió a su vez del pasadizo. Habrían andado ya algunos pasos,
cuando Alberto les detuvo para volver atrás.
‑¿Me permitís, capitán?
Y encendió tranquilamente un cigarro en la antorcha de Luigi
Vampa.
‑Ahora, señor conde ‑dijo, así que hubo concluido‑, apresurémonos
cuanto sea posible, porque deseo con viva impaciencia terminar la noche en
casa del duque Bracciano.
Hallaron el coche en el punto en que lo dejaron. El conde dijo
una sola palabra en árabe a Alí y los caballos partieron a escape. Marcaba las
dos en punto el reloj de Alberto cuando los dos amigos entraban en el salón de
baile. Su regreso llamó altamente la atención, mas como entraron juntos, todas
las inquietudes que la ausencia de Alberto motivara, cesaron en seguida.
‑Señora ‑dijo Morcef dirigiéndose a la condesa‑, ayer tuvisteis
la bondad de prometerme un galop; cierto es que vengo algo tarde a reclamaros
tan satisfactoria promesa, pero aquí está mi amigo,
cuya
veracidad conocéis, que os dirá que la tardanza no ha sido por culpa mía.
Y
como en este instante la música preludiaba un galop, Alberto ciñó con su brazo
el talle de la condesa y desapareció con ella entre el torbellino de danzantes.
En
todo el resto de la noche, Franz no pudo apartar de su imaginación el singular
estremecimiento que recorrió todo el cuerpo del conde de Montecristo en el
instante en que se vio precisado a estrechar la mano que Alberto le tendiera.
Capítulo
dieciséis
La cita
Al
día siguiente, las primeras palabras que pronunció Alberto fueron para
proponer a Franz el ir a visitar al conde. Ya le había dado las gracias la
víspera, pero creía que por un servicio como aquél valía la pena repetírselas.
Franz, a quien una atracción mezclada de terror le atraía hacia el conde de
Montecristo, no quiso dejarle ir solo a casa de aquel hombre y decidió
acompañarle. Ambos fueron introducidos y cinco minutos después se presentó el
conde.
‑Señor
conde ‑le dijo Alberto‑, permitidme que os repita hoy lo que ayer os expresé
mal, y es que no olvidaré jamás en qué circunstancia me habéis socorrido, y que
siempre recordaré que os debo casi mi vida.
‑Querido
vecino ‑respondió el conde riendo‑, exageráis vuestro agradecimiento. Me
debéis una pequeña economía de unos veinte mil francos en vuestra cartera de
viaje, y nada más. Bien veis que no merece la pena volver a hablar de ello, y
por mi parte os felicito cordialmente, pues habéis estado admirable en valor y
en sangre fría.
‑¡Qué queréis, conde! ‑dijo Alberto‑, me
he figurado que había tenido una disputa, que a ella había seguido un duelo, y
he querido hacer comprender una cosa a esos bandidos, que aunque en todos los
países del mundo se baten, sólo los franceses se baten riendo. Sin embargo,
como mi agradecimiento para con vos no es menos grande, vengo a preguntaros si
yo, mis amigos o mis conocidos os podrían ser útiles en algo. Mi padre, el
conde de Morcef, que es de origen español, ocupa una elevada posición en
Francia y en España; vengo, pues, a ponerme yo y las personas que me aprecian,
a vuestra disposición.
‑Para que os deis cuenta de hasta qué punto llega mi franqueza ‑dijo
el conde‑, os confieso, señor de Morcef, que esperaba vuestra oferta y la
acepto de todo corazón. Ya había yo contado con vos para pediros un servicio.
‑¿Cuál?
‑Jamás he estado en París.
‑¡Cómo! ‑exclamó Alberto‑, ¿habéis podido vivir sin ver París?
Pareceincreíble.
‑Y, sin embargo, ya veis que no lo es. Pero reconozco como vos
que continuar por más tiempo en la ignorancia de la capital del mundo
inteligente es cosa imposible. Aún hay más; tal vez hubiera hecho ese
indispensable viaje hace tiempo, si hubiese conocido a alguno que pudiera
introducirme en ese mundo, en el que no tengo relación ninguna.
‑¡Oh! ¡Un hombre como vos! ‑exclamó Alberto.
‑Me halagáis demasiado, pero como yo no conozco en mí mismo otro
mérito que el de poder competir, en cuanto a millones, con vuestros más ricos
banqueros, y puesto que mi viaje a París no es para jugar a la bolsa, quiere
decir que esto es lo único que me ha detenido. Ahora me decide vuestra oferta.
Veamos: ¿os comprometéis, mi querido señor de Morcef ‑y el conde acompañó estas
palabras con una sonrisa singular‑, os comprometéis cuando vaya a Francia, a
abrirme las puertas de ese mundo, al que seré tan extraño como un hurón o
conchinchino?
‑¡Oh!, por lo que a eso se refiere, señor conde, con sumo gusto
me tendréis a vuestras órdenes ‑respondió Alberto‑, y tanto más, cuanto que por
una carta que esta misma mañana he recibido, se me llama a París, donde se
trata de una alianza con una de las familias de más prestigio y de mejores
relaciones en el mundo parisiense.
‑¿Alianza por casamiento? ‑dijo Franz, riendo.
‑¿Y por qué no? Así, pues, cuando vayáis a París, me hallaréis
convertido en un hombre de juicio, un padre de familia. ¿No se hallará esta
nueva posición social en armonía con mi natural gravedad? En todo caso, conde,
os lo repito, yo y los míos estamos a vuestra disposición.
‑Acepto ‑dijo Montecristo‑, porque os juro que sólo me faltaba
esta ocasión para realizar ciertos planes que proyecto hace mucho tiempo.
Franz no dudó que estos proyectos serían los mismos acerca de
los cuales el conde había dejado escapar una palabra en la gruta de Monte‑
Cristo, y miró al conde mientras decía estas palabras, tratando
de leer en sus facciones alguna revelación de aquellos planes que le conducían
a París, pero era muy difícil penetrar en el alma de aquel hombre, sobre todo
cuando encubría con una sonrisa sus sensaciones.
‑Pero seamos francos, conde ‑dijo Alberto, cuyo amor propio no
dejaba de sentirse halagado con la misión de introducir a MonteCristo en los
salones de París‑, seamos francos. ¿Es acaso lo que decís sólo uno de esos
proyectos que, edificados sobre arena, son destruidos por el primer soplo de
viento?
‑No, os lo aseguro ‑dijo el conde‑; deseo ir a París, y no sólo
lo deseo, sino que hasta es indispensable que vaya.
‑¿Y cuándo?
‑¿Cuándo estaréis allí vos?
‑¡Yo! Dentro de quince días o tres semanas a más tardar, sólo el
tiempo para llegar allá.
‑¡Pues bien! ‑dijo el conde‑. Os doy de término tres meses. Bien
veis que no ando indeciso en señalaros el plazo que debe mediar hasta nuestra
próxima entrevista.
‑Y dentro de tres meses ‑exclamó Alberto lleno de gozo‑, ¿iréis
a llamar a mi puerta?
‑¿Queréis mejor una cita de día y hora? ‑dijo el conde‑. Os
prevengo que soy muy exacto.
‑Perfectamente ‑respondió Alberto.
‑¡Pues bien, sea!
Y tendió la mano hacia un calendario colgado junto a un espejo.
‑Hoy estamos a 21 de febrero; son las diez y media de la mañana ‑dijo
sacando el reloj‑. ¿Queréis esperarme el 21 de mayo próximo a las diez y media
de la mañana?
‑Sí, sí ‑exclamó Alberto‑; el almuerzo estará preparado.
‑¿Dónde vivís?
‑Calle de Helder, número 27.
‑¿Vivís en vuestra casa... solo? ¿Tendré que incomodar a
alguien?
‑Vivo en el palacio de mi padre, pero en un pabellón en el fondo
del patio, enteramente separado del resto de la casa.
‑Bien.
Montecristo sacó su cartera y escribió: «Calle Helder, número 27
‑ 21 de mayo, a las diez y media de la mañana.»
‑Y ahora ‑dijo el conde, guardando su cartera en el bolsillo‑,
perded cuidado, porque os advierto que la aguja de vuestro reloj no será más
exacta que la del mío.
‑¿Os volveré a ver antes de mi partida? ‑preguntó Alberto.
‑Depende, ¿cuándo partís?
‑Mañana, a las cinco de la tarde.
‑En ese caso me despido de vos. Porque tengo que irme a Nápoles
y no estaré aquí de vuelta hasta el sábado por la noche o el domingo por la
mañana. Y vos ‑preguntó el conde a Franz‑, ¿partís también, señor barón?
‑Sí.
‑¿Para Francia?
‑No, por Venecia. Me quedo todavía un año o dos en Italia.
‑¿Entonces, no nos veremos en París?
‑Temo que no podré tener ese honor.
‑Vamos, señores, buen viaje ‑dijo el conde a los dos amigos,
presentándoles una mano a cada uno.
Era la primera vez que Franz tocaba la mano de aquel hombre, y
al hacerlo se estremeció, porque aquella mano estaba helada como la de un
muerto.
‑Por última vez ‑dijo Alberto‑, queda dicho bajo palabra de
honor, ¿no es verdad? Calle de Helder, número 27, el día 21 de mayo, a las diez
y media de la mañana.
‑El 21 de mayo, a las diez y media de la mañana, calle de Helder,
número 27 ‑respondió Montecristo.
Después de esto, los dos jóvenes saludaron al conde y salieron.
‑¿Qué os ocurre? ‑dijo Alberto a Franz al entrar en su cuarto‑,
parecéis disgustado.
‑Sí ‑dijo Franz‑, os lo confieso, el conde es un hombre singular
y me causa inquietud esa cita que os ha dado en París.
‑Esa cita... ¡con inquietud!, ¡ja!, ¡ja!, ¡ja!, estáis loco, mi
querido Franz ‑exclamó Alberto.
‑¡Qué queréis! ‑dijo Franz‑,loco o no, tal es mi idea.
‑Escuchad ‑dijo Alberto‑, y me alegro que se presente ocasión de
decíroslo, siempre os he encontrado muy frío, con relación al conde, quien por
su parte no puede haber estado más fino y expresivo para con nosotros. ¿Tenéis
algún motivo particular de resentimiento contra él?
‑Quizás.
‑¿Le habéis visto ya en alguna parte antes de encontrarle aquí?
‑Sí.
‑¿Dónde?
‑¿Me prometéis no decir una palabra a nadie de lo que voy a
contaros?
‑Prometido.
‑Está bien. Escuchad, pues.
Y entonces Franz contó a Alberto su excursión a la isla de
Montecristo, cómo había encontrado allí una tripulación de contrabandistas, y
entre ellos dos bandidos corsos. Contó la hospitalidad mágica que el conde le
dio en su gruta de las mil y una noches; habló de la cena, no pasó por
alto el hachís, las estatuas, la realidad y el sueño. Le dijo que al
despertar, por única prueba de tan extraños acontecimientos, ya no quedaba más
que aquel pequeño yate, en alta mar, muy lejos, envuelto entre la niebla que se
desprende del horizonte y encaminándose a toda vela a Porto‑Vecchio. Habló
luego de Roma, de la nothe del Coliseo, de la conversación que había oído
entre él y Vampa, conversación relativa a Pepino, y en la cual el conde había
prometido obtener el perdón del bandido, promesa que tan bien había cumplido,
como habrán podido juzgar nuestros lectores.
Al fin llegó a la aventura de la noche precedente, al apuro en
que se había encontrado al ver que le faltaban para completar la suma seis a
ochocientas piastras, en fin, a la idea que le ocurriera de dirigirse al
conde, idea que había tenido a la vez un resultado tan novelesco y tan
satisfactorio.
Alberto escuchó a Franz con la más profunda atención.
‑¡Y bien! ‑le dijo cuando hubo concluido‑. ¿Qué encontráis en
todo eso de particular? El conde es viajero, el conde tiene un buque suyo,
porque es rico. Id a Portsmouth y a Southampton, veréis los puertos atestados
de yates pertenecientes a ricos ingleses que tienen el mismo capricho. Para
saber dónde hospedarse en sus excursiones, para no probar nada de esa espantosa
cocina, a que estoy sujeto yo hace cuatro meses y vos cuatro años, para no
dormir en esas detestables camas donde no puede uno cerrar los ojos, hace
amueblar una habitación en Montecristo; cuando su habitación está amueblada
teme que el gobierno toscano le despida y sus gastos sean perdidos; entonces
compra la isla y toma el nombre de ella. Amigo mío, buscad en vuestra memoria,
y decidme, ¿cuántas personas conocidas de nosotros toman el nombre de una
propiedad que jamás fue suya?
‑¿Pero ‑dijo Franz a Alberto‑, esos bandidos corsos que se hallan
entre su tripulación...?
‑Vuelvo a preguntaros, ¿qué veis en todo eso de particular? Sabéis
mejor que nadie que los bandidos corsos no son ladrones, sino pura y
sencillamente fugitivos a quienes alguna vendetta ha proscrito de su
ciudad o de su aldea; bien puede uno verlos sin comprometerse. En cuanto a mí,
os aseguro que si alguna vez voy a Córcega, antes de hacerme presentar al
gobernador y al prefecto, me hago presentar a los bandidos de Colomba, por lo
que pueda suceder; simpatizo mucho con ellos.
‑Pero Vampa y su banda ‑dijo Franz‑ son bandidos que detienen
para robar, no lo negaréis, ya que tenemos muchas pruebas de ello; ¿qué diréis,
pues, de la influencia que ejerce el conde sobre semejantes hombres?
‑Diré, querido, que, como según toda probabilidad, debe la vida
a esa influencia no debo juzgarla con rigidez. Así, pues, en lugar de acusarle
como vos, de un crimen capital, deberé excusarle, si no por haberme salvado la
vida, lo cual es exagerar mucho las cosas, por haberme al menos ahorrado
cuatro mil piastras, que son veinticuatro mil de nuestra moneda, suma en la que
seguramente no me hubieran estimado en Francia, lo cual demuestra ‑añadió
Alberto‑ que nadie es profeta en su tierra.
‑A propósito, decidme, ¿de qué país es el conde? ¿Cuáles son sus
medios de existencia? ¿De dónde le ha venido esa inmensa fortuna? ¿Cuál ha sido
esa primera parte de su vida misteriosa y desconocida? ¿Quién ha esparcido en
la segunda esa tinta sombría y misantrópica? Eso es lo que quisiera saber.
‑Querido Franz ‑dijo Alberto‑, al recibir mi carta y ver que
teníamos necesidad de la influencia del conde, habéis ido a decirle: «Alberto
de Morcef, mi amigo, corre un gran peligro, ayudadme a sacarle de él», ¿no es
verdad?
‑Sí.
‑Entonces os preguntó: ¿Quién es ese Alberto de Morcef? ¿De
dónde le viene ese nombre, su fortuna? ¿Cuáles son sus medios de existencia?
¿Cuál es su país? ¿Dónde ha nacido? ¿Os ha preguntado todo eso? Decid.
‑No; es cierto.
‑Fue y me libró de las manos de Vampa, donde a pesar de mi apariencia
desenvuelta, como decís, hacía una triste figura, lo confieso. Pues bien,
querido, cuando a cambio de semejante servicio, me pide que hags por él lo que
se hace todos los días por el príncipe ruso o italiano que pass por París, es
decir, presentarlo en sociedad, ¿queréis que se lo rehúse? ¡Vamos, Franz,
estáis loco!
Preciso es decir que, contra su costumbre, la razón estaba
entonces de parte de Alberto.
‑En fin ‑repuso Franz dando un suspiro‑, haced lo que os plazca,
querido vizconde; todo cuanto me estáis diciendo es muy convincente, pero no
por eso dejo de creer que el conde de Montecristo es un hombre extraño.
‑El conde de Montecristo es un filántropo, ¿no os ha dicho qué
objeto le guiaba a París?, pues estoy convencido de que va para concurrir al
premio Montyon, y si sólo necesita mi voto para obtenerlo, se lo daré. De modo
que, mi querido Franz, no hablemos de esto,
sentémonos a la mesa, y vamos en seguida a hacer la última
visita a San Pedro.
Así lo hicieron, y al día siguiente, a las cinco de la tarde,
los dos jóvenes se separaban. Alberto de Morcef para volver a París, y Franz
d'Epinay para ir a pasar unos quince días en Venecia.
Sin
embargo, pocos momentos antes de subir al carruaje, Alberto entregó al mozo de
la fonda ‑tanto temía que su convidado faltase a la cita‑ una tarjeta para el
conde de Montecristo, en la cual, bajo estas palabras: «Vizconde Alberto de
Morcef », había escrito con lápiz: «21 de mayo, a las diez y media de la
mañana, número 27, calle de Helder. »
Capítulo diecisiete
Los invitados
En la casa de la calle de Helder, donde Alberto de Morcef había
citado en Roma al conde de Montecristo, todo se preparaba para hacer honor a la
palabra del joven.
Alberto de Morcef ocupaba un pabellón situado en el ángulo de un
gran patio y frente a otro edificio, dos ventanas daban a la calle, las otras
tres al patio y otras dos al jardín.
Entre el patio y el jardín se elevaba, construida con el mal
gusto de la arquitectura imperial, la habitación vasta y cómoda del conde y la
condesa de Morcef.
Toda la propiedad estaba rodeada por una gran pared con pilastras,
y en ellas jarrones de flores, interrumpida en su centro por una gran reja
dorada que servía para las entradas que requerían aparato; una puerta pequeña,
casi pegada al cuarto del portero, daba paso a los que entraban y salían a pie.
En esta elección del pabellón destinado a la habitación de
Alberto adivinábase la delicada prevención de una madre que, sin querer separarse
de su hijo, había comprendido al mismo tiempo que un joven de la edad del
vizconde necesitaba de toda su libertad. Conocíase también por otro lado,
preciso es decirlo, el inteligente egoísmo del joven, amante de la vida libre y
ociosa, de los hijos de familia.
Por las ventanas que daban a la calle podía hacer sus reconocimientos.
Las vistas al exterior son tan necesarias a los jóvenes, que quieren siempre
ver al mundo atravesar por su horizonte, aunque este horizonte no sea más que
la calle. Hecho un reconocimiento, si merecía examen más profundo para
entregarse 'a sus pesquisas, podía salir por una puertecita situada frente a la
que hemos mencionado, junto al cuarto del portero, y que merece una descripción
particular.
Era una puertecita, al parecer olvidada de todo el mundo desde
que se hizo la casa y que cualquiera supondría condenada para siempre, ¡tan
sucia y cubierta de polvo estaba!, pero cuya cerradura y goznes, cuidadosamente
untados en aceite, anunciaban una práctica misteriosa y continua. Esta
puertecita, como hemos dicho, hacía juego con otras dos y se burlaba del
portero, abriéndose como la famosa puerta de la caverna de las Mil y una
noches, como el Sésamo encantado de Alí-Babá, por medio de algunas
palabras cabalísticas o de algunos golpecitos convenidos, pronunciadas por una
dulce voz o dados por los dedos más lindos del mundo.
A1 extremo de un corredor largo y pacífico, con el cual comunicaba
esta puerta, y que hacía las veces de antesala, estaban a la derecha el
comedor, que daba al patio, y a la izquierda el saloncito que daba al jardín.
Plantas de enredaderas que crecían delante de la ventana, ocultaban al patio y
al jardín el interior de estas dos piezas, únicas en el piso bajo donde
pudiesen penetrar las miradas indiscretas.
En el principal, en vez de dos, las piezas eran tres: un salón,
una alcoba y un gabinete.
El gabinete del principal estaba al lado de la alcoba, y por una
puerta invisible comunicaba con la escalera. Como vemos, estaban bien tomadas
todas las medidas de precaución.
Encima de este piso principal había un vasto taller que
ampliaron echando abajo los tabiques, pandemonio en que el artista disputaba al
dandy. Allí se refugiaban y confundían todos los caprichos sucesivos de
Alberto; los cuernos de caza, las flautas, los violines, una orquesta completa,
pues Alberto había tenido por un instante, no la afición, sino el capricho de
la música; los caballetes, los pasteles, ya que al capricho de la música había
seguido el de la pintura; en fin, los floretes, los guantes del pugilato, las
espadas y los bastones de todas clases, porque siguiendo las tradiciones de los
jóvenes a la moda de la época a que hemos llegado, Alberto de Morcef cultivaba
con una perseverancia infinitamente superior a la que había tenido con la
pintura y la música, las tres artes que completan la educación leonina:
la esgrima, el pugilato y el palo, y recibía sucesivamente en esta pieza
destinada a todos los ejercicios corporales, a Grisier, Coolas y Carlos Lecour.
Los otros muebles de esta pieza privilegiada eran antiguos
cofres y mesas del tiempo de Francisco I, chineros llenos de porcelana, de
vasos del Japón, jarrones de Lucca de la Robbia y platos de
Bernard y de Palissy, antiguos sillones donde quizá se habrían sentado Enrique
IV, Luis XIII o Richelieu, porque dos de ellos con un escudo esculpido, donde
brillaban sobre el azul las tres flores de lis de Francia, encima de las
cuales había una corona real, forzosamente habían salido de los guardamuebles
del Louvre, o de algún palacio real. Sobre estos sillones, de fondos sombríos
y severos, estaban esparcidas en profusión ricas telas de vivos colores,
teñidas al sol de Persia, o hechas por las mujeres de Calcuta y de
Chandernagor. Se ignora lo que hacían allí estas telas; esperaban sin duda,
recreando la vista, un destino desconocido a su propietario, y mientras
la estancia con sus sedosos y dorados reflejos.
En lugar preferente se elevaba un piano, construido por Roller y
Blanchet, de madera de rosa, que contenía una orquesta en su estrecha y sonora
cavidad, y que gemía bajo las obras de Beethoven, de Weber, de Mozart, Haydn,
Gretry y Porpora.
Además, en la pared, en el techo, en las puertas, había
suspendidos puñales, espadas, lanzas, corazas, hachas, armaduras completas damasquinadas,
pájaros disecados abriendo para un vuelo inmóvil sus alas color de fuego y su
pico que jamás se cerraba.
Faltaba decir que esta pieza era la predilecta de Alberto de
Morcef.
Sin embargo, el día de la cita, el joven, vestido de media
toilette, había establecido su cuartel en el saloncito del piso bajo. Allí,
sobre una mesa, había todos los excelentes tabacos conocidos, desde el de
Petersburgo hasta el negro de Sinaí. Al lado de éstos, en cajas de maderas
odoríferas, estaban dispuestos por orden de tamaños y de calidad los puros, los
de regalía, los habanos, y los manileños. En fin, en un armario abierto, una
colección de pipas alemanas, con boquillas de ámbar, adornadas de coral, a
incrustadas de oro, con largos tubos de tafilete arrollados como serpientes,
aguardaban el capricho o la simpatía de los fumadores. Alberto había presidido
el arreglo o más bien el desorden simétrico que gustan tanto de contemplar
después del café los convidados de un almuerzo moderno, al través del vapor que
se escapa de su boca, y que sube hasta el techo en largas y caprichosas
volutas.
A las diez menos cuarto entró un criado.
Venía con un pequeño groom de quince años, que no hablaba
más que inglés, y que respondía al nombre de Juan.
El criado, que se llamaba Germán, y que gozaba de la entera confianza
de su joven amo, llevaba en la mano unos periódicos, que depositó sobre la
mesa, y un paquete de cartas que entregó a Alberto.
Alberto echó una mirada distraída sobre estos diferentes
objetos, tomó dos cartas de papel satinado y perfumado, las abrió y leyó con
cierta atención.
‑¿Como han venido estas cartas? ‑inquirió.
‑La una por el correo, la otra la ha traído el criado de madame
Danglars.
‑Decid a madame Danglars que acepto el lugar que me ofrece en su
palco... Esperad..., a eso de mediodía pasaréis a casa de Rosa, le diréis que
iré, como me ha invitado, a cenar con ella al salir de la ópera, y le llevaréis
seis botellas de vinos de Chipre, de Jerez, de Málaga, y un barril de ostras de
Ostende... compradlas en casa de Borrel, y sobre todo, decid que son para mí.
‑¿A qué hora queréis ser servido?
‑¿Qué hora es?
‑Las diez menos cuarto.
‑Entonces, servidnos para las diez y media en punto. Debray tendrá
que ir a su ministerio... Y por otra parte... ‑Alberto miró a su cartera‑. Sí,
ésa es la hora que indiqué al conde; el 21 de mayo, a las diez y media de la
mañana, y aunque no cuente con su promesa, quiero ser puntual. A propósito,
¿sabéis si se ha levantado la señora condesa?
‑Si quiere el señor vizconde, puedo informarme.
‑Sí, sí; le pediréis una de sus cajas de licores, la mía está
incompleta, y le diréis que tendré el honor de pasar a su cuarto a eso de las
tres, y que le pido permiso para presentarle una persona.
El criado salió. Alberto se echó en un diván, rasgó la faja de
dos o tres periódicos, miró los teatros, hizo un gesto al ver que representaban
una ópera y no un ballet, buscó en vano en los anuncios de perfumería cierta
agua para los dientes de que le habían hablado, y tiró uno tras otro, los
periódicos, murmurando en medio de un prolongado bostezo:
‑Realmente estos periódicos están cada vez más insípidos.
En este momento un carruaje ligero se detuvo delante de la
puerta, y un instante después el criado entró para anunciar al señor Luciano
Debray.
Un joven alto, rubio, de ojos grises y mirada penetrante, de
labios delgados y pálidos, con un frac azul con botones de oro, corbata blanca,
lente de concha, suspendido al cuello por una cinta de seda negra, y que por un
esfuerzo del músculo superciliar lanzaba miradas profundas y fijas, entró sin
sonreír, sin hablar, y con un aire medio oficial.
‑Buenos días, Luciano ‑dijo Alberto‑. ¡Ah!, me asombra vuestra
puntualidad! ¿Qué digo? ¡Puntualidad! ¡Yo que os esperaba el
último, y llegáis a las diez menos cinco minutos, cuando la cita
era a las diez y media! ¡Esto es milagroso! ¿Ha caído el ministerio?
‑No, querido ‑repuso el joven incrustándose en el diván‑, tranquilizaos.
Vacilamos siempre, pero nunca caemos, y empiezo a creer que pasamos buenamente
a la inamovilidad, sin contar con que los asuntos de la Península nos van a
consolidar completamente.
‑¡Ah!, sí, es verdad; arrojáis de España a don Carlos.
‑No, querido, no nos confundamos, le traemos del otro lado de la
frontera de Francia, y le ofrecemos una hospitalidad real en Bourges.
‑¿En Bourges?
‑Sí; no tendrá motivos de queja, ¡qué demonio! Bourges es la
capital de Carlos VII. ¿Cómo es que no sabíais esto? Todo el mundo lo sabe
desde ayer en París, y anteayer la cosa marchaba bien en la bolsa, porque el
señor Danglars, no sé cómo se entera ese hombre de las noticias al mismo tiempo
que nosotros, jugó a la alza y ha ganado un millón.
‑Y vos una nueva cinta, según parece.
‑¡Psch!, me han enviado la placa de Carlos III ‑respondió sencillamente
Debray.
‑Vamos, no os hagáis el indiferente y confesad que la noticia os
habrá complacido.
‑Sí; a fe mía, una placa siempre cae bien sobre un frac negro
abotonado, es elegante.
‑Y ‑dijo Morcef, sonriendo ‑se tiene el aire de un príncipe de
Gales o de un duque de Reichstadt.
‑Por eso me veis tan de mañana, querido.
‑¿Porque tenéis la placa de Carlos III y queríais anunciarme
esta buena noticia?
‑No; porque he pasado la noche redactando veinticinco despachos
diplomáticos. De vuelta a mi casa quise dormir, pero me dio un fuerte dolor de
cabeza y me levanté para montar una hora a caballo. En Boulogne me avisaron de
tal modo el hambre y el aburrimiento, que me acordé que hoy dabais un almuerzo,
y aquí me tenéis; tengo hambre, dadme de comer; me fastidio, distraedme.
‑Ese es mi deber de anfitrión, querido amigo ‑dijo Alberto llamando
al criado, mientras Luciano hacía saltar los periódicos con el extremo de su
bastón de puño de oro incrustado de turquesas‑. Germán, jerez y bizcochos.
Entretanto, querido Luciano, aquí tenéis cigarros de contrabando, os invito a
que los probéis, y también podréis decir a vuestro ministro que nos venda como
éstos en lugar de esa especie de hojas de nogal que condena a fumar a los
buenos ciudadanos.
‑¡Diablo! Yo me guardaría muy bien de hacerlo. Desde el momento
en que os viniesen del gobierno os parecerían detestables. Por lo demás, eso no
corresponde al Interior, sino a Hacienda; dirigíos a míster Human, corredor A.,
número 26.
‑En verdad ‑dijo Alberto‑, me asombráis con la profusión de
vuestros conocimientos. ¡Pero tomad un cigarro!
‑¡Ah, querido vizconde! ‑dijo Luciano encendiendo un habano en
una bujía de color de rosa que ardía en un candelero sobredorado y recostándose
en el diván‑. ¡Ah!, querido vizconde! ¡Qué feliz sois en no tener nada que
hacer! En verdad, no conocéis vuestra felicidad.
‑¿Y qué es lo que haríais, mi querido pacificador de reinos ‑repuso
Morcef con ligera ironía‑, si no hicieseis nada? ¡Cómo! Secretario particular
de un ministro, lanzado a la vez en el mundo europeo y en las intrigas de
París, teniendo reyes, y mucho mejor aún, reinas que proteger, partidos que
reunir, elecciones que dirigir, haciendo con vuestra pluma y vuestro telégrafo,
desde vuestro gabinete, más que Napoleón en sus campos de batalla con su espada
y sus victorias, poseyendo veinticinco mil libras de renta, un caballo por el
que ChateauRenaud os ha ofrecido cuatrocientos luises, un sastre que no os
falta en un pantalón, teniendo asiento en la Opera, Jockey Club y el teatro de
Variedades, ¿no halláis con todo eso con qué distraeros? Pues bien, yo os
distraeré.
‑¿Cómo?
‑Haciendo que conozcáis a una persona.
‑¿Hombre o mujer?
‑Hombre.
‑¡Ya conozco demasiados!
‑¡Pero no conocéis al hombre de que os hablo!
‑¿De dónde viene? ¿Del otro extremo del mundo?
‑De más lejos tal vez.
‑¡Diablo! Espero que no se lleve nuestro almuerzo.
‑No, nuestro almuerzo está seguro. ¿Pero tenéis hambre?
‑Sí; lo confieso, por humillante que sea el decirlo. Pero ayer
he comido en casa del señor de Villefort, y ¿lo habéis notado?, se come
bastante mal en casa de todos esos magistrados; cualquiera diría que tienen
remordimientos.
‑¡Ah, diantre!, despreciad las comidas de los demás; en cambio
se come bien en casa de vuestros ministros.
‑Sí; pero no convidamos a ciertas personas al menos, y si no nos
viésemos precisados a hacer los honores de nuestra mesa a algunos infelices que
piensan, y sobre todo que votan bien, nos guardaríamos como de la peste de
comer en nuestra casa, debéis creerlo.
‑Entonces, querido, tomad otro vaso de Jerez y otro bizcocho.
‑Con muchísimo gusto, pues vuestro vino de España es excelente,
bien veis que hemos hecho bien eñ pacificar ese país.
‑Sí, pero ¿y don Carlos?
‑Don Carlos beberá vino de Burdeos, y dentro de diez años casaremos
a su hijo con la reinecita.
‑Lo cual os valdrá el Toisón de Oro, si aún estáis en el
ministerio.
‑Creo, Alberto, que esta mañana habéis adoptado por sistema
alimentarme con humo.
‑Y eso es lo que divierte el estómago, convenid en ello; pero
justamente oigo la voz de Beauchamp en la antesala; discutiréis con él y esto
calmará vuestra impaciencia.
‑¿Sobre qué?
‑Sobre los periódicos.
‑¡Qué! ¿Acaso leo yo los periódicos? ‑dijo Luciano con un desprecio
soberano.
‑Razón de más. Discutiréis mejor.
‑¡Señor Beauchamp! ‑anunció el criado.
‑¡Entrad!, entrad, ¡pluma terrible! ‑dijo Alberto saliendo al
encuentro del joven‑, mirad, aquí tenéis a Debray, que os detesta sin leeros;
al menos, según él dice.
‑Es cierto ‑dijo Beauchamp‑, lo mismo que yo le critico sin
saber lo que hace. Buenos días, comendador.
‑¡Ah!, lo sabéis ya ‑dijo el secretario particular cambiando con
el periodista un apretón de mano y una sonrisa.
‑¡Diantre! ‑replicó Beauchamp.
‑¿Y qué se dice en el mundo?
‑¿A qué mundo os referís? Tenemos muchos mundos en el año de
gracia de 1838.
‑En el mundo crítico‑político de que formáis parte.
‑¡Oh!, se dice que es una cosa muy justa, y que sembráis
bastante rojo para que nazca un pozo de azul.
‑Vamos, vamos, no va mal ‑dijo Luciano‑. ¿Por qué no sois de los
nuestros, querido Beauchamp? Con el talento que tenéis, en tres o cuatro años
haríais fortuna.
‑Sólo espero una cosa para seguir vuestros consejos. Un ministerio
que esté asegurado por seis meses. Ahora, una sola palabra, mi querido Alberto,
porque es preciso que deje respirar a ese pobre Luciano. ¿Almorzamos o comemos?
Tengo mucho trabajo. No es todo rosas, como decís, en nuestro oficio.
‑Se almorzará, ya no esperamos más que a dos personas, y nos sentaremos
a la mesa en cuanto hayan llegado ‑dijo Alberto.
TERCERA PARTE
EXTRAÑAS
COINCIDENCIAS
Capítulo primero
El almuerzo
‑¿Qué clase de personas esperáis? ‑repuso Beauchamp.
‑Un hidalgo y un diplomático ‑repuso Alberto.
‑Pues entonces esperaremos dos horas cortas al hidalgo y dos
horas largas al diplomático. Volveré a los postres. Guardadme fresas, café y
cigarros, comeré una tortilla en la Cámara.
‑No hagáis eso, Beauchamp, pues aunque el hidalgo fuese un
Montmorency y el diplomático un Metternich, almorzaremos a las once en punto.
Mientras tanto, haced lo que Debray: probad mi Jerez y mis bizcochos.
‑Está bien, me quedo. En algo hemos de pasar la mañana.
‑Bien, lo mismo que Debray. Sin embargo, yo creo que cuando el
ministerio está triste, la oposición debe estar alegre.
‑¡Ah! No sabéis lo que me espera. Esta mañana oiré un discurso
del señor Danglars en la Cámara de los Diputados y esta noche, en casa de su
mujer, una tragedia de un par de Francia. Llévese el diablo al gobierno
constitucional y puesto que podíamos elegir, no sé cómo hemos elegido éste.
‑Me hago cargo, tenéis necesidad de hacer acopio de alegría.
‑No habléis mal de los discursos del señor Danglars ‑dijo Debray‑,
vota por vos y hace la oposición.
‑Ahí está el mal. Así, pues, espero que le enviéis a discurrir
al Luxemburgo para reírme de mejor gana.
‑Amigo mío ‑dijo Alberto a Beauchamp‑, bien se conoce que los
asuntos de España se han arreglado. Estáis hoy con un humor insufrible.
Acordaos de que la Crónica parisiense habla de un casamiento entre la señorita
Eugenia Danglars y yo. No puedo, pues, en conciencia, dejaros hablar mal de la
elocuencia de un hombre que deberá decirme un día: < Señor vizconde, ¿sabéis
que doy dos millones a mi hija? »
‑Creo ‑‑‑dijo Beauchamp‑ que ese casamiento no se efectuará. El
rey ha podido hacerle barón, podrá hacerle par, pero no lo hará caballero, el
conde de Morcef es un valiente demasiado aristocrático para consentir, mediante
dos pobres millones, en una baja alianza. El vizconde de Morcef no debe casarse
sino con una marquesa.
‑Dos millones... no dejan de ser una bonita suma ‑repuso Morcef.
‑Es el capital social de un teatro de boulevard o del
ferrocarril del Jardín Botánico en la Rapée.
‑Dejadle hablar, Morcef ‑repuso Debray‑ y casaos. Es lo mejor
que podéis hacer.
‑Sí, sí, creo que tenéis razón, Luciano ‑respondió tristemente
Alberto.
‑Y además, todo millonario es noble como un bastardo, es decir,
puede llegar a serlo.
‑¡Callad! No digáis eso, Debray ‑replicó Beauchamp riendo‑,
porque ahí tenéis a Chateau Renaud, que, para curaros de vuestra manía, os
introducirá por el cuerpo la espada de Renaud de Montauban,su antepasado.
‑Haría mal ‑respondió Luciano‑, porque yo soy villano, y muy
villano.
‑¡Bueno! ‑exclamó Beauchamp‑, aquí tenemos al ministerio
cantando el Beranger; ¿dónde vamos a parar, Dios mío?
‑¡El señor de Chateau Renaud! ¡El señor Maximiliano Morrel! ‑dijo
el criado, anunciando a dos nuevos invitados.
‑Ya estamos todos, mas si no me equivoco, ¿no esperaban más que
dos personas?
‑¡Morrel! ‑exclamó Alberto sorprendido‑, ¡Morrel! ¿Quién será
ese señor?
Pero antes de que hubiese terminado de hablar, el señor de
Chateau Renaud estrechaba la mano a Alberto.
‑Permitidme, amigo mío ‑le dijo‑, presentaros al señor capitán
de spahis, Maximiliano Morrel, mi amigo, y además mi salvador. Por otra
parte, él se presenta bien por sí mismo; saludad a mi héroe, vizconde.
Y se retiró a un lado para descubrir a aquel joven alto y de
noble continente, de frente ancha, mirada penetrante, negros bigotes, a quien
nuestros lectores recordarán haber visto en Marsella, en una circunstancia
demasiado dramática para haberla olvidado. En su rico uniforme medio francés,
medio oriental, hacía resaltar la cruz de la Legión de Honor.
El joven oficial se inclinó con elegancia; Morrel era elegante
en todos sus movimientos, porque era fuerte.
‑Caballero ‑dijo Alberto con una política afectuosa‑, el señor
barón de Chateau Renaud sabía de antemano el placer que me causaría al
presentaros..Sois uno de sus amigos, caballero, sedlo, pues, también nuestro.
‑Muy bien ‑dijo el barón de Chateau Renaud‑, y desead, mi
querido vizconde, que si llega el caso, haga por vos lo que ha hecho por mí.
‑¿Y qué ha hecho? ‑inquirió Alberto.
__¡Oh! ‑‑dijo Morrel‑, no vale la pena hablar de ello, y el
señor exagera las cosas.
‑¡Cómo! ¡Que no vale la pena! ¡Conque la vida no vale nada... !
Bueno, que digáis eso por vos, que exponéis vuestra vida todos los días, pero
por mí, que la expongo por casualidad...
‑Lo más claro que veo en esto es que el señor capitán Morrel os
ha salvado la vida...
‑Sí, señor; eso es ‑dijo Chateau Renaud.
‑¿Y en qué ocasión? ‑preguntó Beauchamp.
‑¡Beauchamp, amigo mío, habéis de saber que me muero de hambre!
‑‑dijo Debray‑, no empecéis con vuestras historias.
‑¡Pues bien!, yo no impido que vayamos a almorzar, yo... Chateau
Renaud nos lo contará en la mesa.
‑Señores ‑dijo Morcef‑, todavía no son más que las diez y
cuarto, aún tenemos que esperar a otro convidado.
‑¡Ah! , es verdad, un diplomático ‑replicó Debray.
‑Un diplomático, o yo no sé lo que es. Lo que sé es que por mi
cuenta le encargué de una embajada que ha terminado tan bien y tan a mi
satisfacción, que si fuese rey, le hubiese hecho al instante caballero de
todas mis órdenes, incluyendo las del Toisón de Oro y de la Jarretera.
‑Entonces, puesto que no nos sentamos a la mesa ‑dijo Debray‑,
servios una botella de Jerez como hemos hecho nosotros, y contadnos eso, barón.
‑Ya sabéis todos que tuve el capricho de ir a Africa.
‑Ese es un camino que os han trazado vuestros antecesores, mi
querido Chateau Renaud ‑respondió con galantería Morcef.
‑Sí; pero dudo que fuese, como ellos, para libertar el sepulcro
de Jesucristo.
‑Tenéis razón, Beauchamp ‑repuso el joven aristócrata‑; era sólo
para dar un golpe, como aficionado. El duelo me repugna, como sabéis, desde que
dos testigos, a quienes yo había elegido para arreglar cierto asunto, me
obligaron a romper un brazo a uno de mis mejores amigos... ¡Diantre...!, a ese
pobre Franz d'Epinay, a quien todos conocéis.
‑¡Ah!, sí, es verdad ‑dijo Debray‑, os habéis batido en tiempo
de... ¿de qué?
‑¡Que el diablo me lleve si me acuerdo! ‑dijo Chateau Renaud‑. De lo que me acuerdo bien es de que no queriendo dejar dormir mi
talento, quise probar en los árabes unas pistolas nuevas que me acababan de
regalar. De consiguiente, me embarqué para Orán, desde Orán fui a Constantina y
llegué justamente para ver levantar el sitio.
Me puse en retirada como los demás. Por espacio de cuarenta y
ocho horas sufrí con bastante valor la lluvia del día y la nieve de la noche,
en fin, a la tercera mañana mi caballo se murió de frío. ¡Pobre animal!
¡Acostumbrado a las mantas y a las estufas de la cuadra!, un caballo árabe que
murió sólo al encontrar diez grados de frío en Arabia.
‑Por eso me queríais comprar mi caballo inglés ‑‑dijo Debray‑,
suponéis que sufrirá mejor el frío que vuestro árabe.
‑Estáis en un error, porque he hecho voto de no volver más al
Africa.
‑¿Conque tanto miedo pasasteis? ‑preguntó Beauchamp.
‑¡Oh!, sí, lo confieso ‑respondió Chateau Renaud‑, y había de
qué tenerlo. Mi caballo había muerto, yo me retiraba a pie, seis árabes
vinieron a galope a cortarme la cabeza, maté a dos con los tiros de mi
escopeta, y otros dos con mis dos pitolas, pero aún quedaban dos y estaba
desarmado. El uno me agarró por los cabellos; por eso ahora los llevo cortos;
nadie sabe lo que puede suceder; el otro me rodeó el cuello con su yatagán. Y
ya sentía el frío agudo del hierro, cuando el señor que veis aquí cargó sobre
ellos, mató al que me cogía de los cabellos de un pistoletazo y partió la
cabeza al que se disponía a cortar la mía, de un sablazo. Este caballero se
había propuesto salvar a un hombre aquel día, y la casualidad quiso que fuese
yo. Cuando sea rico, mandaré hacer a Klayman o a Morocheti una estatua a la
Casualidad.
‑Sí ‑dijo sonriendo Morrel‑,era el 5 de septiembre, es decir, el
aniversario de un día en que mi padre fue milagrosamente salvado; así, pues,
siempre que esté en mi mano, celebro todos los años ese día con una acción...
‑Heroica, ¿no es verdad? ‑interrumpió Chateau Renaud‑. En fin, yo fui el elegido, pero aún no es eso todo. Después de
salvarme del hierro me salvó del frío, dándome, no la mitad de su capa, como
hizo San Martín, sino dándomela entera, y después aplacó mi hambre partiendo
conmigo, ¿no adivináis el qué...?
‑¿Un pastel de casa de Félix? ‑preguntó Beauchamp.
‑No; su caballo, del que cada cual comimos un pedazo con gran
apetito, aunque era un poco duro...
‑¿El caballo? ‑inquirió Morcef.
‑No; el sacrificio ‑respondió Chateau Renaud‑. Preguntad a
Debray si sacrificaría el suyo inglés por un extranjero.
‑Por un extranjero, seguro que no ‑dijo Debray‑; por un amigo,
tal vez.
‑Supuse que juzgaríais como yo ‑dijo Morrel‑, por otra parte, ya
he tenido el honor de decíroslo, heroísmo o no, sacrificio o no, yo
debía una ofrenda a la mala fortuna, en premio a los favores que
nos había dispensado otras veces la buena.
‑Esa historia a que se refiere el señor Morrel ‑continuó Chateau
Renaud‑ es una curiosa historia que algún día os relatará cuando hayáis trabado
más íntimo conocimiento. Por hoy pensemos en alimentar el estómago y. no la
memoria. ¿A qué hora almorzáis, Alberto?
‑Alas diez y media.
‑¿En punto? ‑preguntó Debray sacando su reloj.
‑¡Oh!, me concederéis los cinco minutos de gracia ‑dijo Morcef‑,
puesto que también yo estoy esperando a un salvador.
‑¿De quién?
‑De mí, ¡qué diantre! ‑respondió Morcef‑. ¿Creéis que a mí no me
puedan salvar como a cualquier otro y que sólo los árabes cortan la cabeza?
Nuestro almuerzo es un almuerzo filantrópico, y tendremos en nuestra mesa a
dos bienhechores de la humanidad.
‑¿Cómo lo haremos? ‑dijo Debray‑; solamente tenemos un premio
Montyon.
‑¡Pues bien!, se le dará al que nada haya hecho ‑dijo Beauchamp‑.
De este modo, en la Academia podrán salir del apuro.
‑¿Y de dónde viene? ‑preguntó Debray‑. Dispensad que insista,
ya habéis respondido a esta pregunta, pero muy vagamente.
‑En realidad ‑dijo Alberto‑, no lo sé. Cuando le invité hace
tres meses, estaba en Roma; pero después, ¿quién puede saber dónde ha ido a
parar?
‑¿Y le creéis capaz de ser puntual? ‑preguntó Debray.
‑Le creo capaz de todo ‑respondió Morcef.
‑Cuidado, que ya no faltan más que diez minutos, contando los
cinco de gracia.
‑Pues bien, los aprovecharé para deciros unas palabras acerca de
mi invitado.
‑Perdonad ‑‑dijo Beauchamp‑, ¿hay materia para un folletín en lo
que vais a contar?
‑Sí, seguramente ‑dijo Morcef‑, y de los más curiosos.
‑Entonces, ya podéis hablar.
‑Estaba yo en Roma en el último Carnaval...
‑Esto ya lo sabemos ‑dijo Beauchamp.
‑Sí, pero lo que no sabéis es que fui raptado por unos bandidos.
‑¡Pero si no hay bandidos! ‑dijo Debray.
‑Sí que los hay, y capaces de asustar a cualquiera.
‑Veamos, mi querido Alberto ‑dijo Debray‑, confesad que vuestro
cocinero se tarda mucho, que las ostras aún no han llegado de Marennes o de
Ostende, y que siguiendo el ejemplo de Maintenon, queréis sustituir el plato
por un cuento. Decidlo, querido, franqueza tenemos para perdonaros y paciencia
para escuchar vuestra historia, por fabulosa que parezca a primera vista.
‑Y yo os digo que, por fabulosa que sea, os la cuento por verdadera
desde el principio hasta el fin. Habiéndome raptado los bandidos, me
condujeron a un lugar muy triste, que se llama las Catacumbas de San
Sebastián.
‑Ya conozco el sitio ‑dijo Chateau
Renaud‑; me faltó poco para coger allí la fiebre.
‑Y yo ‑dijo Morcef‑ la tuve realmente.
Me anunciaron que estaba prisionero y me pedían por mi rescate una miseria,
cuatro mil escudos romanos, veintiséis mil libras francesas. desgraciadamente
no tenía más que mil quinientas; me hallaba al fin de mi viaje y mi crédito se
había concluido. Escribí a Franz. ¡Y por Dios!, aguardad, al mismo Franz podéis
preguntarle si miento. Escribí a Franz que si no llegaba a las seis de la
mañana con los cuatro mil escudos, a las seis y diez minutos me habría ido a
reunir con los bienaventurados santos y los gloriosos mártires, en compañía de
los cuales tendría el honor de encontrarme, y Luigi Vampa, éste era el nombre
del jefe de los bandidos, hubiera cumplido escrupulosamente su palabra.
‑¿Pero llegó Franz con los cuatro mil escudos? ‑dijo Chateau Renaud‑. ¡Qué diantre!, ni Franz d'Espinay ni Alberto de Morcef pueden
verse apurados por cuatro mil escudos.
‑No; llegó simplemente acompañado del convidado que os anuncio
y que espero presentaros.
‑¡Ah!, ya. ¿Pero era ese hombre un Hércules matando a Caco, o un
Perseo salvando a Andrómeda?
‑No; es un poco más o menos de mi estatura.
‑¿Armado hasta los dientes?
‑No llevaba arma alguna.
‑¿Pero trató de vuestro rescate?
‑Dijo dos palabras al oído del jefe y fui puesto en libertad.
‑Le daría excusas por haberos preso ‑dijo Beauchamp.
‑Exacto ‑respondió Morcef.
‑¡Pero era Ariosto ese hombre!
‑No; era el conde de Montecristo.
‑¿Se llama el conde de Montecristo? ‑inquirió Debray.
‑No creo ‑añadió Chateau Renaud, con la sangre fría de un hombre
que tiene en la punta de los dedos la nobleza europea‑, que haya en parte
alguna un conde de Montecristo.
‑Puede ser que venga de la Tierra Santa ‑dijo Beauchamp‑,
alguno de sus ascendientes habrá poseído el Calvario, como los
Montemar el Mar Muerto.
‑Perdonad ‑dijo Maximiliano‑, pero creo que voy a arrojar luz
sobre el asunto. Señores, Montecristo es una pequeña isla, de que he oído
hablar muchas veces a los marinos que empleaba mi padre, un grano de arena en
medio del Mediterráneo, en fin, un átomo en el infinito.
‑Exactamente ‑dijo Alberto‑. ¡Pues bien! De ese grano de arena,
de ese átomo, es señor y rey ése de quien os hablo; habrá comprado su título
de conde en alguna parte de Toscana.
‑¿Será muy rico vuestro conde?
‑¡Muchísimo!
‑Se notará en el aspecto, supongo.
‑Os engañáis, Debray.
‑No os comprendo.
‑¿Habéis leído las Mil y una noches?
‑¡Vaya pregunta!
‑Pues bien, ¿sabéis si las personas que allí se ven son ricas o
pobres? ¿Si sus granos de trigo no son de rubíes o de diamantes? Tienen el aire
de miserables pescadores, ¿no es esto? Los tratáis como a tales, y de pronto,
os abren alguna caverna misteriosa, en donde os encontráis un tesoro que basta
para comprar la India.
‑¿Y qué?
‑¿Y habéis visto esa caverna, Morcef? ‑preguntó Beauchamp.
‑Yo no, Franz... Pero silencio, es preciso no decir una palabra
de esto delante de él. Franz ha bajado allí con los ojos vendados, y ha sido
servido por mudos y por mujeres, al lado de las cuales, a lo que parece, no
hubiese sido nada Cleopatra. Por lo que se refiere a las mujeres, no está muy
seguro, puesto que no entraron hasta después que hubo tomado el hachís, de
suerte que podrá suceder que lo que ha creído mujeres fuesen estatuas.
Los jóvenes miraron a Morcef, como queriendo decir:
‑Querido, ¿os habéis vuelto loco, o queréis burlaros de nosotros?
‑En efecto ‑dijo Morrel pensativo‑, yo he oído contar a un viejo
llamado Fenelón, alguna cosa parecida a lo que ha dicho el señor de Morcef.
‑¡Áh! ‑dijo Alberto‑, me alegro de que el señor de Morrel venga
en mi ayuda. Esto os contraría, ¿verdad?, tanto mejor...
‑Dispensadme, mi querido amigo ‑dijo Debray‑, pero nos contáis
unas cosas tan inverosímiles...
‑¡Ah, es porque vuestros embajadores, vuestros cónsules no os
hablan! No tienen tiempo, es preciso que incomoden a sus compatriotas que
viajan.
‑¡Ah! He aquí por lo que nos incomodáis culpando a nuestras
pobres gentes. ¿Y con qué queréis que os protejan? La Cámara les rebaja todos
los días sus sueldos hasta que los deje sin nada. ¿Queréis ser embajador,
Alberto? Yo os haré nombrar en Constantinopla.
‑No, porque el Sultán, a la primera demostración que hiciera en
favor de Mohamed‑Alí, me envía el cordón, y mis secretarios me ahorcarían.
‑¿Lo veis? ‑dijo Debray.
‑Sí; pero todo ello no es obstáculo para que exista mi conde de
Montecristo.
‑¡Por Dios! Todo el mundo existe: ¿Qué tiene eso de particular?
‑Todo el mundo existe, sin duda, pero no en condiciones semejantes.
¡No todo el mundo tiene esclavos negros, armas a la Casauba, caballos de seis
mil francos, damas griegas!
‑¿Habéis tenido ocasión de ver a la dama griega?
‑Sí, la he visto y oído. La he visto en el teatro del Valle y la
he oído un día que almorzaba en casa del conde.
‑¿Come acaso ese hombre extraordinario?
‑Si come, es tan poco, que no vale la pena de hablar de ello.
‑Ya veréis como es un vampiro.
‑Podéis burlaros si queréis. Esta era la opinión de la condesa
de G..., que como sabéis ha conocido a lord Ruthwen.
‑¡Ah, muy bien! ‑‑dijo Beauchamp‑. Aquí tenemos para un hombre
que no es periodista, la cuestión de la famosa serpiente de mar del Constitutionnel;
¡un vampiro, eso es estupendo!
‑Ojo de color leonado, cuya pupila disminuye y se dilata según
su voluntad ‑‑‑dijo Debray‑, aire sombrío, frente magnífica, tez lívida, barba
negra, dientes largos y agudos y modales desenvueltos.
‑Y bien, eso es justamente ‑dijo Alberto‑, y las señas están
trazadas perfectamente. Sí, política aguda a incisiva. Este hombre me ha dado
miedo muchas veces, y un día entre otros que presenciábamos juntos una
ejecución, creí que iba a ponerme malo, más bien de verle y oírle hablar
fríamente sobre todos los suplicios de la tierra, que de ver al verdugo cumplir
su oficio y oír los gritos del condenado.
‑¿No os condujo a las ruinas del Coliseo para ver correr la
sangre, Morcef? ‑preguntó Beauchamp.
‑Y después de haber deliberado, ¿no os ha hecho firmar algún pergamino
de color de fuego, por el cual le cedáis vuestra alma como Esaú su derecho de
primogenitura? ‑dijo Debray.
‑¡Burlaos, burlaos lo que queráis, señores!
‑dijo Morcef un poco amoscado‑. Cuando os miro a vosotros,
bellos parisienses, habitantes del Boulevard de Gante, paseantes del bosque de
Boulogne, y me acuerdo de ese hombre, me parece que no somos de la misma
especie.
‑¡Yo me lisonjeo de ello! ‑dijo Beauchamp.
‑Siempre será ‑añadió Chateau Renaud‑ vuestro conde de
Montecristo un hombre galante en sus ratos de ocio, prescindiendo de esos
pequeños arreglos con los bandidos italianos.
‑¡Ya no hay bandidos italianos! ‑dijo Debray.
‑¡Ni vampiros! ‑añadió Beauchamp.
‑Ni conde de Montecristo ‑respondió Debray‑. Aguardad, querido
Alberto, que son las diez y media.
‑Confesad que habéis tenido una pesadilla, y vamos a almorzar ‑dijo
Beauchamp.
Pero aún no se había extinguido la vibración del reloj, cuando
se abrió la puerta y Germán anunció:
‑¡Su excelencia, el conde de Montecristo!
Todos los presentes, a pesar suyo, hicieron un gesto que
denotaba la preocupación que la relación de Morcef había dejado en sus almas.
Alberto mismo no pudo contener una emoción súbita. No se había oído ni carruaje
en la calle, ni pasos en la antesala. La puerta misma se había abierto sin
hacer ruido.
El conde apareció en el dintel, vestido con la mayor sencillez,
pero el elegante más exquisito no hubiese encontrado nada que reprender en su
traje. Todo era de un gusto delicado, todo salía de las manos de los más
elegantes proveedores; vestidos, sombrero y ropa blanca.
Apenas aparentaba treinta y cinco años de edad, y lo que admiró
a todos fue su extrema semejanza con el retrato que de él había trazado Debray.
El conde se adelantó sonriendo y se dirigió en derechura a
Alberto, quien saliéndole al encuentro, le ofreció la mano con prontitud.
‑La puntualidad ‑dijo el conde de Montecristo‑ es la política de
los reyes, según ha dicho, creo, uno de vuestros soberanos. Pero cualquiera que
sea su buena voluntad, no es siempre la de los viajeros. Sin embargo, espero,
mi querido vizconde, que me disculparéis en favor de mis buenos deseos, los
dos o tres segundos que he tardado a la cita. Quinientas leguas no se recorren
sin algún contratiempo, particularmente en Francia, donde está prohibido,
según parece, dar prisa a los postillones.
‑Señor conde ‑respondió Alberto‑, estaba anunciando vuestra
visita a algunos amigos míos, que he reunido hoy contando con la promesa que
tuvisteis a bien hacerme, y que tengo el honor de presentaros. Son los
señores, Conde de Chateau Renaud, cuya nobleza proviene de los Doce Pares, y
cuyos antepasados ocuparon un puesto en la Mesa Redonda; el señor Luciano
Debray, secretario particular del Ministro del Interior; Beauchamp, enérgico
periodista, terror del gobierno francés. No habréis jamás oído hablar de él en
Italia, donde no permiten la entrada de su periódico; en fin, el señor
Maximiliano Morrel, capitán de spahis.
Al oír este nombre, el conde, que hasta entonces había saludado
cortésmente, pero con una frialdad y una impasibilidad inglesa, dio, a pesar
suyo, un paso hacia adelante, y un leve tabor tiñó por breves instantes sus
pálidas mejillas.
‑¿El señor lleva el uniforme de los nuevos vencedores franceses?
‑dijo él‑; es un bonito uniforme.
No habría podido decirse cuál era el sentimiento que daba a la
voz del conde una vibración tan profunda, y que hacía brillar, a pesar suyo, su
mirada tan expresiva cuando no había motivo para ello.
‑¿No habéis visto jamás a nuestros africanos, caballero? ‑dijo
Alberto.
‑Nunca ‑replicó el conde, repuesto ya por completo de su sorpresa.
‑Pues bien, bajo ese uniforme late un corazón de los más
valientes y nobles del ejército.
‑¡Oh! , señor conde ‑interrumpió Morrel.
‑Dejadme hablar, capitán... Además ‑continuó Alberto‑, acabamos
de enterarnos de una acción tan heroica que, aunque lo haya visto hoy por la
primera vez, reclamo de él el favor de presentárosle como amigo mío.
Aún se hubiera podido notar en estas palabras en el conde de
Montecristo, esa mirada fija, ese tabor fugitivo, y el ligero temblor del
párpado que denotaba la emoción que sentía.
‑¡Ah!, el señor tiene un corazón noble ‑dijo el conde‑, ¡tanto
mejor!
Esta especie de exclamación, que respondía al pensamiento del
conde, más bien que a lo que acababa de decir Alberto, sorprendió a todo el
mundo, y sobre todo a Morrel, que miró a Montecristo con admiración. Pero al
mismo tiempo, el acento era tan suave, que por extraña que fuese esta
exclamación, no había medio de incomodarse por ella.
‑¿Por qué había de dudar? ‑dijo Beauchamp a Chateau Renaud.
‑En verdad ‑respondió éste, quien con su trato de mundo y su
mirada aristocrática había penetrado en Montecristo todo lo que se podía
penetrar en él‑, en verdad, que Alberto no nos ha engañado, y que es un
personaje singular el conde, ¿qué decís vos, Morrel?
‑Por mi vida ‑dijo éste‑, tiene la mirada franca y la voz simpática,
de manera que me agrada a pesar de la extraña reflexión que acaba de hacerme.
‑Señores ‑dijo Alberto‑, Germán me anuncia que estamos servidos.
Mi querido conde, permitidme indicaros el camino.
Pasaron silenciosamente al comedor. Cada uno ocupó su sitio.
‑Señores ‑dijo el conde sentándose‑, permitidme que os haga una
confesión, que será mi disculpa por todas las faltas que pueda cometer: soy
extranjero, pero hasta tal extremo, que es la vez prímera que vengo a París.
Las costumbres francesas me son particularmente desconocidas, y no he practicado
bastante hasta ahora, sino las costumbres orientales, las más contrarias a las
buenas tradiciones parisienses. Os suplico, pues, que me excuséis si
encontráis en mí algo de turco, de napolitano o de árabe. Dicho esto, señores,
almorcemos.
‑Por lo que ha dicho ‑murmuró Beauchamp‑; es, desde luego, un
gran señor.
‑Un gran señor extranjero ‑añadió Debray.
‑Un gran señor de todos los países, señor Debray ‑dijo Chateau
Renaud.
Como hemos dicho, el conde era un convidado bastante sobrio.
Alberto se lo hizo observar, atestiguando el temor que desde el principio tuvo
de que la vida parisiense no agradase al viajero en su parte más material, pero
al mismo tiempo más necesaria.
‑Querido conde ‑dijo‑, temo que la cocina de la calle de Helder
no os agrade tanto como la de la plaza de España. Hubiera debido preguntaros
vuestro gusto, y haceros preparar algunos platos que os agradasen.
‑Si me conocieseis mejor ‑respondió sonriéndose el conde‑, no os
preocuparíais por un cuidado casi humillante para un viajero como yo, que ha
pasado sucesivamente con los macarrones en Nápoles, la polenta en Milán, la
olla podrida en Valencia, el arroz cocido en Constantinopla, el karri en la
India y los nidos de golondrinas en China. No hay cocina para un cosmopolita
como yo. Como de todo y en todas partes, únicamente que como poco, y hoy que os
quejáis de mi sobriedad, estoy en uno de mis días de apetito, porque desde
ayer por la mañana no había comido.
‑¡Cómo! ¿Desde ayer por la mañana? ‑exclamaron los convidados‑,
¿no habéis comido desde hace veinticuatro horas?
‑No ‑respondió Montecristo‑, tuve que desviarme de mi ruta y
tomar algunos informes en las cercanías de Nimes, de manera que me retrasé un
poco y no he querido detenerme.
‑¿Y habéis comido en vuestro carruaje? ‑preguntó Morcef.
‑No, he dormido, como me ocurre cuando me aburro, sin valor para
distraerme, o cuando siento hambre sin tener ganas de comer.
‑¿Pero mandáis en vuestro sueño, señor? ‑preguntó Morrel.
‑Casi.
‑¿Tenéis receta para ello?
‑Una receta infalible.
‑He aquí lo que sería bueno para nosotros, los africanos, que no
siempre tenemos qué comer y rara vez qué beber ‑dijo Morrel.
‑Sí ‑dijo Montecristo‑, desgraciadamente mi receta, excelente
para un hombre como yo, que lleva una vida excepcional, sería muy peligrosa
aplicada a un ejército que no se despertaría cuando se tuviese necesidad de él.
‑¿Y se puede saber cuál es la receta? ‑preguntó Debray.
‑¡Oh! Dios mío, sí ‑‑‑dijo Montecristo‑, no hago secreto de
ello, es una mezcla de un excelente opio que he ido a buscar yo mismo a Cantón,
para estar seguro de obtenerlo puro, y del mejor hachís que se cosecha en
Oriente, es decir, entre el Tigris y el Eufrates. Se reúnen estos dos ingredientes
en proporciones iguales y se hace una especie de píldoras, que se tragan cuando
hay necesidad. Diez minutos más tarde producen el efecto. Preguntad al barón
Franz d'Epinay, pues creo que él lo ha probado un día.
‑Sí ‑respondió Morcef‑, me ha dicho algunas palabras sobre ello,
y ha guardado al mismo tiempo un recuerdo muy agradable.
‑Pero ‑dijo Beauchamp, quien en su calidad de periodista era muy
incrédulo‑, ¿lleváis esas drogas con vos?
‑Constantemente ‑respondió Montecristo.
‑¿Sería indiscreción el pediros ver esas preciosas píldoras? ‑exclamó
Beauchamp, creyendo poner al conde en un aprieto.
‑No, señor ‑respondió el conde, y sacó de su bolsillo una maravillosa
cajita incrustada en una sola esmeralda, y cerrada por una rosca de oro, que
desatornillándose, daba paso a una bolita de color verdoso y del tamaño de un
guisante. Esta bola tenía un color ocre y olor penetrante. Había cuatro o cinco
iguales en la esmeralda, y podía contener hasta una docena.
La cajita fue pasando de mano en mano por todos los invitados,
más para examinar esta admirable esmeralda que para ver o analizar las
píldoras.
‑¿Es vuestro cocinero quien os prepara este manjar? ‑inquirió
Beauchamp.
‑No, no, señor ‑dijo Montecristo‑, yo no entrego mis goces
reales como éste a merced de manos indignas. Soy bastante buen químico, y
preparo las píldoras yo mismo.
‑Es una esmeralda admirable, y la más gruesa que he visto jamás,
aunque mi madre tiene algunas joyas de familia bastante notables ‑dijo Chateau
Renaud.
‑Tenía tres iguales ‑respondió Montecristo‑, he dado una al Gran
Señor, que la ha hecho engarzar en su espada; otra a nuestro Santo Padre el
Papa, que la hizo incrustar en su mitra, frente a otra esmeralda casi parecida,
pero menos hermosa, sin embargo, que había sido regalada a su predecesor por el
emperador Napoleón. He guardado la tercera para mí, y la he hecho ahuecar, lo
que le ha quitado la mitad de su valor, pero es más cómoda para el use a que he
querido destinarla.
Todos contemplaban a Montecristo con admiración. Hablaba con
tanta sencillez, que era evidente que decía la verdad o que estaba loco; sin
embargo, la esmeralda que había quedado entre sus manos hacía que se inclinasen
hacia la primera suposición.
‑¿Y qué os dieron esos dos hombres a cambio de tan magnífico
regalo? ‑preguntó Debray.
‑El Gran Señor, la libertad de una mujer ‑respondió el conde‑;
nuestro Santo Padre el Papa, la vida de un hombre. De suerte que, una vez en mi
vida, he sido tan poderoso como si Dios me hubiese hecho nacer en las gradas de
un trono.
‑Y es a Pepino a quien habéis libertado, ¿no es verdad? ‑exclamó
Morcef‑. ¿Es en él en quien habéis hecho aplicación de vuestro derecho de
gracia?
‑Tal vez ‑dijo Montecristo sonriendo.
‑Señor conde, no podéis formaros una idea del placer que experimento
al oíros hablar así ‑dijo Morcef‑. Os había anunciado a mis amigos como un
hombre fabuloso, como un mago de las Mil y una noches, como un
nigromántico de la Edad Media; pero los parisienses son tan sutiles y
materiales, que toman por capricho de la imaginación las verdades más
indiscutibles, cuando estas verdades no entran en todas las condiciones de su
existencia cotidiana. Por ejemplo, aquí tenéis a Debray y Beauchamp, que leen,
todos los días, que han sorprendido y han robado en el boulevard a un miembro
del Jockey Club que se retiraba tarde, que han asesinado a cuatro personas en
la calle de Saint‑Denis, o en el arrabal de Saint‑Germain; que han apresado
diez, quince o veinte ladrones, sea en un café del boulevard del Temple, o en
San Julián; que disputan la existencia de los bandidos de Marennes del campo de
Roma, o de las lagunas Pontinas. Decidles, pues, vos mismo, os lo suplico,
señor conde, que he sido raptado por esos bandidos, y que sin vuestra generosa
intercesión esperaría hoy probablemente la resurrección eterna en las
catacumbas de San Sebastián, en lugar de darles una comida en mi casita de la
calle de Helder.
‑¡Bah! ‑dijo Montecristo‑, me habíais prometido no hablarme
nunca de ese asunto.
‑No soy yo, señor conde ‑exclamó Morcef‑, es algún otro a quien
habéis hecho el mismo servicio que a mí y al que confundiréis conmigo.
‑Os ruego que hablemos de otra cosa ‑dijo el conde de MonteCristo‑,
porque si continuáis hablando de esta circunstancia, puede ser que me digáis,
no solamente un poco de lo que sé, sino algo de lo que ignoro. Pero me parece ‑añadió
sonriendo‑, que habéis representado en todo este asunto un papel bastante
importante para saber tan bien como yo lo que ha pasado.
‑¿Queréis prometerme, si digo todo lo que sé ‑dijo Morcef‑,
decirme luego lo que vos sepáis?
El conde respondió:
‑De acuerdo.
‑Pues bien -replicó Morcef‑, aunque padezca mi amor propio, he
de decir que me creí durante tres días objeto de las atenciones de una máscara,
a quien yo juzgué alguna descendiente de las Julias o de las Popeas, entretanto
que era pura y sencillamente objeto de las coqueterías de una contadina, y
observad que digo contadina por no decir aldeana. Lo que sé es que, como un
inocente, más inocente aún que de quien yo hablaba ahora, tomé por esta aldeana
a un joven bandido de quince a dieciséis años, imberbe, de talle delicado,
quien en el momento en que quería propasarme hasta depositar un beso en sus
castos hombros, me puso una pistola en el pecho, y con la ayuda de siete a ocho
de sus compañeros, me condujeron, o mejor dicho, me arrastraron, al fondo de
las catacumbas de San Sebastián, donde encontré al jefe de los bandidos, por
cierto, tan instruido que leía los Comentarios del César, y que se dignó
interrumpir su lectura para decirme, que si al día siguiente a las seis de la
mañana no entregaba cuatro mil escudos, al día siguiente a las seis y cuarto
habría dejado de existir. La carta obra en poder de Franz, firmada por mí, con
una postdata de Luigi Vampa. Si dudáis de ello, escribo a Franz, el cual hará
legalizar las firmas. Hasta aquí, todo lo que sé. Lo que yo no sé ahora es cómo
fuisteis, señor conde, a infundir tanto respeto a los
bandidos de Roma, que respetan tan pocas cosas. Os confieso que
Franz y yo nos quedamos sorprendidos.
‑Es muy sencillo ‑respondió el conde‑, yo conocía al famoso
Vampa hacía más de diez años. Muy joven, cuando era pastor, un día que le di
una moneda de oro por haberme enseñado ml camino, me dio, para no deberme nada,
un puñal tallado por él y que habréis visto en mi colección de armas. Más
tarde, sea que hubiese olvidado este cambio de regalos o que no me hubiese
reconocido, intentó robarme, pero fui yo, al contrario, quien le apresé a él y
a una docena de los suyos. Podía entregarle a la justicia romana, que es
ejecutiva, y que lo hubiera sido aún más con ellos, pero no hice nada. Lo solté
con sus compañeros.
‑Pero con la condición de que no robarían ya más ‑dijo el periodista
riendo‑. Veo con placer que han cumplido escrupulosamente su palabra.
‑No, señor ‑respondió Montecristo‑, con la simple condición de
que me respetaría a mí y a los míos. Lo que voy a deciros se os antojará
extraño a vosotros, señores socialistas, progresistas, humanitaristas, y es
que yo no me ocupo nunca de mi prójimo, no procuro nunca proteger a la sociedad
que no me protege, y diré aún más, que no se ocupa generalmente de mí, sino
para perjudicarme, y retirándoles mi estimación y guardando la neutralidad
frente a ellos, es aún la sociedad y mi prójimo quienes me deben agradecimiento.
‑¡Sea en buena hora! ‑exclamó Chateau Renaud‑. He aquí el primer hombre
intrépido a quien he oído predicar leal y francamente el egoísmo, es hermoso
esto: ¡Bravo, señor conde!
‑Por lo menos es franco ‑dijo Morrel‑, pero estoy seguro que el
señor conde no se habrá arrepentido de haber faltado alguna vez a los
principios que, sin embargo, acaba de exponernos de una manera tan absoluta.
‑¿Cómo que he faltado a esos principios? ‑inquirió Montecristo,
que de vez en cuando no podía dejar de mirar a Maximiliano con tanta atención
que ya dos o tres veces el atrevido joven había bajado los ojos delante de la
mirada fija y penetrante del conde.
‑Me parece ‑respondió Morrel‑, que libertando al señor de
Morcef, a quien no conocíais, servíais a vuestro prójimo y a la sociedad.
‑De la cual constituye su ornato más preciado ‑dijo gravemente
Beauchamp, vaciando de un solo sorbo un vaso de champán.
‑Señor conde ‑exclamó Morcef‑, estáis cogido, a pesar de ser uno
de los más sólidos argumentadores que conozco, y se os va a demostrar que,
lejos de ser un egoísta, sois, al contrario, un filántropo.
¡Ah, señor conde! Vos os llamáis oriental, levantino, malayo,
indio, chino, salvaje, os llamáis Montecristo por vuestro nombre de familia,
Simbad el Marino por vuestro nombre de pila y al poner el pie en París, poseéis
por instinto el mayor mérito o el mayor defecto de nuestros excéntricos
parisienses, es decir, que usurpáis los vicios que no tenéis, y que ocultáis
las virtudes que os adornan.
‑Mi querido vizconde ‑repuso Montecristo‑, no veo en todo lo que
he dicho o hecho, una sola palabra que me valga por vuestra parte y la de estos
señores el pretendido elogio que acabo de recibir. Vos no sois un extraño para
mí, porque os conocía, os había cedido dos habitaciones, dado de almorzar,
prestado uno de mis carruajes, porque habíamos visto pasar las máscaras juntos
en la calle del Corso, y porque habíamos presenciado desde una ventana de la
plaza del Popolo aquella ejecución que os causó tan fuerte impresión. Ahora
bien, pregunto a estos señores, ¿podía yo dejar a mi huésped en manos de esos
infames bandidos, como vos los llamáis? Además, vos lo sabéis, el salvador
tenía una segunda intención, que era servirme de vos para introducirme en los
salones de París cuando viniese a visitar Francia. Algún tiempo habéis podido
considerar esta resolución como un proyecto vago y fugitivo, pero hoy, bien lo
veis, es una realidad, a la cual es menester someteros, so pena de faltar a
vuestra palabra.
‑Y he de cumplirla ‑dijo Morcef‑, pero temo que quedéis descontento,
mi querido conde. Vos que estáis acostumbrado a los grandes parajes, a los
acontecimientos pintorescos, a los horizontes fantásticos. Nosotros no
conocemos el menor episodio del género de aquellos a que os ha acostumbrado
vuestra vida aventurera. Nuestro Chimborazo es Montmartre, nuestro Himalaya es
el Mont‑Valerien, nuestro gran desierto es la llanura de Grenelle, en que hay
algún que otro pozo para que las caravanas encuentren agua. Entre nosotros hay
ladrones, pero de esos ladrones que temen más a un muchacho del pueblo que a un
gran señor; en fin, Francia es un país tan prosaico, y París una ciudad tan
civilizada, que no encontraréis en nuestros ochenta y cinco departamentos, digo
ochenta y cinco, porque exceptúo Córcega, no hallaréis en nuestros ochenta y
cinco departamentos la menor montaña en que no haya un telégrafo y la menor
gruta, por lóbrega que sea, en que un comisario de policía no haya hecho poner
el gas. Sólo un servicio puedo prestaros, mi querido conde, y es presentaros
por todas partes, o haceros presentar por mis amigos, pero vos no tenéis
necesidad de nadie para eso, con vuestro nombre, vuestra fortuna y vuestro
talento (Montecristo se inclinó con una sonrisa ligeramente irónica), os podéis
presentar sin necesidad de nadie, y seréis bien recibido de todo el mundo. En
realidad, únicamente puedo serviros en una cosa: si alguna de las costumbres de
la vida Parisiense, alguna experiencia, algún conocimiento de nuestros bazares
pueden recomendarme a vos, me pongo a vuestra disposición para buscaros una
casa de las mejores. No me atrevo a proponeros que compartáis conmigo mi
habitación, tal como hice yo en Roma con la vuestra, yo que no profeso el
egoísmo, pero que soy egoísta por excelencia, no podría tolerar en mí cuarto
ni una sombra, a no ser la de una mujer.
‑¡Ah!, ésa es una reserva conyugal. En efecto, en Roma me dijisteis
algo acerca de un casamiento..., debo felicitaros por vuestra próxima
felicidad.
‑La cosa sigue en proyecto, señor conde.
‑Y quien dice proyecto ‑dijo Debray‑, quiere decir inseguridad.
‑¡No! ¡No! ‑dijo Morcef‑, mi padre está empeñado, y yo espero
antes de poco presentaros, si no a mi mujer, por lo menos a mi futura esposa,
la señorita Eugenia Danglars.
‑¡Eugenia Danglars! ‑respondió el conde de Montecristo‑‑,
aguardad, ¿no es su padre el barón Danglars?
‑Sí ‑respondió Alberto‑, pero barón de nuevo cuño.
‑¡Oh, qué importa! ‑respondió Montecristo‑, si ha prestado al
Estado servicios que le hayan merecido esa distinción.
‑¡Oh! , enormes ‑dijo Beauchamps‑. Aunque liberal en el alma,
completó en 1829 un empréstito de seis millones para el rey Carlos X, que le ha
hecho barón y caballero de la Legión de Honor, de modo que lleva su cinta, no
en el bolsillo del chaleco, como pudiera creerse, sino en el ojal del frac.
‑¡Ah! ‑dijo Alberto riendo‑, Beauchamp, Beauchamp, guardad eso
para el Corsario y el Charivari, pero delante de mí, no habléis
así de mifuturo suegro.
Luego dijo, volviéndose hacia Montecristo.
‑¡Pero hace poco habéis pronunciado su nombre como si conocierais
al barón!
No le conocía ‑respondió el conde de Montecristo‑, pero no
tardaré en conocerle, puesto que tengo un crédito abierto sobre él por la casa
de Richard y Blount de Londres, Arstein y Estelus, de Viena,
y Thompson y French, de Roma.
Y al pronunciar estas palabras, Montecristo miró de reojo a Maximiliano.
Si el extranjero había esperado que sus palabras produjeran
algún efecto en Maximiliano Morrel, no se había engañado. Maximiliano se
estremeció como si hubiese recibido una conmoción eléctrica.
‑Thompson y French ‑dijo‑, ¿conocéis esa casa, caballero?
‑Son mis banqueros en la capital del mundo cristiano ‑respondió
el conde‑, ¿puedo serviros de algo respecto a esos señores?
‑¡Oh!, señor conde, podríais ayudarnos en unas pesquisas que
hasta ahora han sido infructuosas. Esa casa prestó hace tiempo un gran servicio
a la nuestra, y no sé por qué siempre negó que lo hubiera hecho.
‑Estoy a vuestras órdenes, caballero ‑respondió Montecristo
inclinándose.
‑Pero ‑dijo Alberto‑, nos hemos apartado de la conversación que
teníamos respecto a Danglars. Se trataba de buscar una buena habitación al
conde de Montecristo. Veamos, señores, pensemos, ¿dónde alojaremos a este nuevo
habitante de París?
‑En el barrio de Saint‑Germain ‑dijo Chateau Renaud‑, este
caballero encontrará allí una casa encantadora entre patio y jardín.
‑¡Bah! ‑dijo Debray‑, no conocéis más que vuestro triste barrio
de Saint‑Germain; no le escuchéis, señor conde; buscad casa en la Chaussée
d'Antin, éste es el verdadero centro de París.
‑En el Boulevard de la Opera ‑dijo Beauchamp‑, en el piso
principal, una casa con dos balcones. El señor conde hará llevar a ella
almohadones de terciopelo bordados de plata, y fumando en pipa o tragando sus
píldoras, verá desfilar ante sus ojos a toda la capital.
‑Y vos, Morrel, ¿no tenéis idea? ¿No proponéis nada? ‑dijo Chateau Renaud.
‑Claro que sí ‑dijo sonriendo el joven‑, al contrario, tengo
una, pero esperaba que el señor conde siguiese algunas de las brillantes
proposiciones que acaban de hacerle. Ahora, como no ha respondido, creo poder
ofrecerle una habitación en una casa encantadora, a la Pompadour, que mi
hermana alquiló hace un año en la calle de Meslay. ‑¿Tenéis una hermana? ‑preguntó
Montecristo.
‑Sí, señor; una excelente hermana, por cierto. ‑¿Casada? ‑Pronto
hará nueve años. ‑¿Dichosa? ‑preguntó de nuevo el conde.
‑Tan dichosa como puede serlo una criatura humana ‑respondió
Maximiliano‑. Se ha casado con el hombre que amaba, el cual nos ha sido fiel en
nuestra mala fortuna: Manuel Merbant.
Montecristo se sonrió de un modo imperceptible.
‑Vivo allí mientras estoy aquí ‑continuó Maximiliano‑, y estoy
con mi cuñado Manuel a la disposición del señor conde, para todo lo que
precise.
‑Un momento ‑exclamó Alberto antes que Montecristo hubiese
podido responder‑, cuidado con lo que hacéis, señor Morrel, vais a hacer entrar
a un viajero, a Simbad el Marino, en la vida de familia. Vais a convertir en
patriarca a un hombre que ha venido para ver París.
‑¡Oh!, no ‑respondió Morrel sonriendo‑, mi hermana tiene
veinticinco años, mi cuñado treinta, son jóvenes, alegres y dichosos; por otra
parte, el señor conde estará en su casa y no encontrará a sus huéspedes síno
cuando quiera bajar a verlos.
‑Gracias, señor, muchas gracias ‑dijo Montecristo‑. Me encantaría
que me presentaseis a vuestra hermana y cuñado, si gustáis hacerme este honor;
pero no he aceptado la oferta de ninguno de estos señores porque tengo ya mi
habitación preparada.
‑¡Cómo! ‑exclamó Morcef‑, vais a ir a una fonda, eso no sería
propio de vuestra categoría.
‑¿Tan mal estaba en Roma? ‑preguntó Montecristo.
‑Qué diantre, en Roma ‑dijo Morcef‑ gastasteis cincuenta mil
piastras para haceros amueblar una habitación, pero presumo que no estáis
dispuesto a repetir todos los días un gasto semejante.
‑No es eso lo que me ha detenido ‑respondió Montecristo‑, pero
estaba resuelto a tener una casa en París, una casa mía, se entiende. Envié de
antemano a mi criado, y ya ha debido habérmela mmprado y amueblado.
‑Pero ese criado no conoce París ‑exclamó Beauchamp.
‑Es la primera vez, como yo, que viene a Francia, caballero; es
negro y no habla ‑‑‑dijo Montecristo.
‑¿Entonces es A1í? ‑preguntó Alberto en medio de la sorpresa
general.
‑Sí, señor, es A1í, mi nubio, mi mudo, el que habéis visto en
Roma, según creo.
‑Sí, me acuerdo perfectamente ‑,dijo Morcef.
‑¿Pero cómo habéis encargado a un nubio que os comprara una casa
en París, y a un mudo hacerla amueblar? Harán las cosas al revés.
‑Desengañaos, estoy seguro de que todas las cosas las ha hecho a
gusto mío, porque bien sabéis que mi gusto no es el de todos los demás. Ha
llegado hace ocho días, habrá recorrido toda la ciudad con ese instinto que
podría tener un buen perro cazador. Conoce mis caprichos, mis necesidades,
todo lo habrá organizado a mi placer. Sabía que yo había de llegar hoy a las
diez, me esperaba desde las nueve en la barrera de Fontainebleau, me entregó
este papel. En él están escritas las señas de mi casa, mirad, Teed ‑y
Montecristo entregó un papel a Alberto.
‑Campos Elíseos, número 30 ‑leyó Morcef.
‑¡Ah! ¡Eso sí que es original! ‑no pudo menos de exclamar
Beauchamp.
‑¡Cómo! ¿Aún no sabéis dónde está vuestra casa? ‑preguntó
Debray.
‑No ‑dijo Montecristo‑, ya os he dicho que quería llegar puntual
a la cita. Me he vestido en mi carruaje y me he apeado a la puerta del
vizconde.
Los jóvenes se miraron. No sabían si era una comedia
representada por el conde de Montecristo, pero todo cuanto salía de su boca tenía
un carácter tan original, tan sencillo, que no se podía suponer que estuviera
mintiendo. ¿Y por qué había de mentir?
‑Preciso será contentarnos ‑dijo Beauchamp‑ con prestar a1 señor
conde todos los servicios que estén en nuestra mano; yo, como periodista, le
ofrezco la entrada en todos los teatros de París.
‑Muy agradecido, caballero ‑dijo sonriéndose Montecristo‑, pero
es el caso que mi mayordomo ha recibido ya la orden de abonarme a todos ellos.
‑¿Y vuestro mayordomo es también algún mudo? ‑preguntó Debray.
‑No, señor, es un compatriota vuestro, si es que un corso puede
ser compatriota de alguien, pero vos le conocéis, señor de Morcef.
‑¿Sería tal vez aquel valeroso Bertuccio, tan hábil para
alquilar balcones?
‑El mismo. Y le visteis el día en que tuve el honor de almorzar
en vuestra compañía. Es todo un hombre, tiene un poco de soldado, de
contrabandista, en fin, de todo cuanto se puede ser. Y no juraría que no haya
tenido algún altercado con la policía..., una fruslería, por no sé qué
cuchilladas de nada.
‑¿Y habéis escogido a ese honrado ciudadano para ser vuestro
mayordomo? ¿Cuánto os roba cada año?
‑Menos que cualquier otro, estoy seguro ‑contestó el conde‑;
pero hace mi negocio, para él no hay nada imposible, y por eso le tengo a mi
servicio.
‑Entonces ‑dijo Chateau Renaud‑, ya tenéis la casa puesta,
poseéis un palacio en los Campos Elíseos, criados, mayordomo, no os falta sino
una esposa.
Alberto se sonrió, pensaba en la hermosa griega que había visto
en el palco del conde en el teatro Valle y en el teatro Argentino.
‑Tengo algo mejor ‑‑‑dijo Montecristo‑, tengo una esclava. Vosotros
alabáis a vuestras señoras del teatro de la Opera, del Vaudeville, del de
Varietés, mas yo he comprado la mía en Constantinopla, me ha
costado bastante cara, pero ya no tengo necesidad de preocuparme
de nada.
‑Sin embargo, ¿olvidáis ‑dijo riendo Debray‑, que somos, como
dijo el rey Carlos, francos de nombre, francos de naturaleza, y que en poniendo
el pie en tierra de Francia, el esclavo es ya libre?
‑¿Y quién se lo ha de decir? ‑preguntó el conde.
‑El primero que llegue.
‑Sólo habla romaico.
‑¡Ah!, eso es otra cosa.
‑¿Pero la veremos al menos? ‑preguntó Beauchamp‑; teniendo un
mudo, tendréis también eunucos.
‑¡No, a fe mía! ‑dijo Montecristo‑, no llevo el orientalismo
hasta tal punto. Todos los que me rodean pueden dejarme, y no tienen necesidad
de mí ni de nadie. He ahí la razón, quizá, de por qué no me abandonan.
Al cabo de mucho rato, pasado en los postres y en fumar, Debray
dijo levantándose:
‑Son las dos y media, vuestro convite ha sido delicioso, mas no
hay compañía, por buena que sea, que no sea preciso dejar, y aún algunas veces,
por otra peor; es necesario que vuelva a mi ministerio. Hablaré del conde al
ministro, será menester que sepamos quién es.
‑Andad con cuidado ‑dijo Morcef‑, los más atrevidos han renunciado
a hacerlo.
‑¡Bah!, tenemos tres millones para nuestra policía. Es verdad
que casi siempre se gastan antes, pero no importa. Siempre quedan unos
cincuenta mil francos.
‑¿Y cuando sepáis quién es, me lo comunicaréis?
‑Os lo prometo. Adiós, Alberto. Señores, servidor vuestro.
Y al salir Debray exclamó muy alto en la antesala:
‑Daos prisa.
‑¡Bien! ‑dijo Beauchamp a Alberto‑, no iré a la Cámara, pero
tengo que ofrecer a mis lectores algo mejor que un discurso de Danglars.
‑Hacedme un favor, Beauchamp; ni una palabra, os lo suplico, no
me quitéis el mérito de presentarle y de explicarle. ¿No es cierto que es
curioso?
‑Es mucho mejor que eso ‑respondió Chateau Renaud‑, es realmente
uno de los hombres más extraordinarios que he visto en mi vida. ¿Venís, Morrel?
‑Aguardad, voy a dar una tarjeta al conde, que me ha prometido
hacerme una visita, calle Meslay, número 14.
‑Estad seguro de que no
faltaré ‑dijo el conde inclinándose.
Y Maximiliano Morrel salió con el barón de Chateau Renaud, dejando
solos a Montecristo y Morcef.
Capítulo
segundo
La presentación
Cuando Alberto se encontró a solas y frente a frente con MonteCristo,
le dijo:
‑Señor conde, permitidme que empiece mi nuevo oficio de cicerone haciéndoos una descripción de
una habitación del joven acostumbrado a los palacios de Italia; esto os
servirá para saber en cuántos pies cuadrados puede vivir un joven que no pasa
de ser de los más mal alojados. A medida que vayamos pasando de una pieza a
otra, iremos abriendo las ventanas para que podáis respirar.
Montecristo conocía ya el comedor y el salón del piso bajo. Alberto
le condujo a su estudio, éste era su cuarto predilecto.
Montecristo era digno apreciador de todas las cosas que Alberto
había acumulado en esta estancia; antiguos cofres, porcelanas del Japón,
alfombras de Oriente, juguetes de Venecia, armas de todos los países del mundo,
todo le era familiar, y a la primera ojeada conocía el siglo, el país y el
origen. Morcef había creído ser el que explicase, y él era el que estudiaba
bajo la dirección del conde un curso completo de arqueología, de mineralogía y
de historia natural. Alberto hizo entrar a su huésped en el salón. Las paredes
estaban cubiertas de cuadros de pintores modernos, paisajes de Drupé con sus
bellos arroyos, sus árboles desgajados, sus vacas paciendo y sus encantadores
cielos. Tenía también jinetes árabes de Delacroix con largos albornoces
blancos, cinturones brillantes y con armas damasquinas, y cuyos caballos
muerden el bocado con rabia, mientras que los hombres se desgarran con mazas de
hierro; las aguadas de Boulanger representando toda Nuestra Señora de París, con aquel vigor que hace del pintor el
émulo del poeta. Telas de Díaz que hace a las flores más hermosas de lo que son
en la realidad, el sol más brillante de lo que es. Dibujos de Decamo con un
colorido como el de Salvatore Rosa, pero más poético; pasteles de Giraud y de
Muller representando niños con cabezas de ángeles, mujeres de facciones
virginales, bocetos arrancados del álbum del viaje a Oriente de Dacorats, que
fueron trazados
en
algunos segundos sobre la silla de algún camello o sobre la cúpula de una
mezquita, en fin, todo lo que el arte moderno puede dar en cambio y en
indemnización del arte perdido con los siglos precedentes.
Alberto esperó mostrar por lo menos esta vez alguna cosa nueva
al extraño viajero, pero con gran admiración, éste, sin tener necesidad de
buscar las firmas, en que algunas, por otra parte, no estaban representadas
sino por iniciales, aplicó en seguida el nombre de cada autor a su obra, de
manera que era fácil ver que no solamente cada uno de estos nombres le era
conocido, sino que cada uno de estos talentos habían sido apreciados y
estudiados por él.
Del salón pasaron al dormitorio, que era a la vez un modelo de
elegancia y de gusto severo; un solo retrato, pero firmado por Leopoldo Rober,
resplandecía en su marco de oro mate.
Este retrato atrajo al principio las miradas del conde de
Montecristo, porque dio tres pasos rápidos en la habitación, y se paró de
repente delante de él.
Era el de una joven de veinticinco o veintiséis años, de tez
morena, de mirada de fuego, velada bajo unos hermosos párpados. Llevaba el
traje pintoresco de las pescadoras catalanas con su corpiño encarnado y negro,
y sus agujas de oro enlazadas en los cabellos. Miraba al mar, y su elegante
contorno se destacaba sobre el doble azul de las olas y del cielo.
La habitación estaba sumida en la penumbra, sin lo cual Alberto
hubiese podido ver la lívida palidez, que se extendía sobre las mejillas del
conde y sorprender el temblor nervioso que sacudió sus hombros y su pecho.
Hubo un instante de silencio, durante el cual Montecristo permaneció con la
mirada obstinadamente clavada en esta pintura.
‑Tenéis ahí una hermosa querida, vizconde ‑dijo Montecristo con
una voz perfectamente segura‑. Y ese traje de baile sin duda le sienta a las
mil maravillas.
‑¡Ah!, señor ‑dijo Alberto‑, he aquí un error que no me perdonaría
si al lado de este retrato hubieseis visto algún otro. Vos no conocéis a mi
madre, caballero. Es a ella a quien veis en ese lienzo; se hizo retratar así
hace seis a ocho años. Ese traje es de capricho, a lo que parece. La condesa
mandó hacer este retrato durante una ausencia del conde. Sin duda quería
prepararle para su vuelta una agradable sorpresa. Pero, cosa rara, ese retrato
desagradó a mi padre, y el valor de la pintura, que es como ya veis una de las
mejores de Leopoldo Rober, no pudo vencer su antipatía por el cuadro. La
verdad, aquí para nosotros, mi querido conde, es que el señor Morcef es uno de
los pares más asiduos del Luxemburgo, pero un amante del arte de los más
medianos; en cambio, mi madre pinta de un modo bastante notable, y estimando
demasiado una obra semejante para separarse de ella, me la ha dado, para que en
mi cuarto esté menos expuesta a desagradar al señor de Morcef que en el suyo,
donde veréis el retrato pintado por Gros. Perdonadme si os hablo de una manera
tan familiar, pero como voy a tener el honor de conduciros a la habitación del
conde, os digo esto para que no se os escape elogiar este retrato delante de
él. Fuera de esto, posee una funesta influencia, porque es muy raro que mi
madre venga a mi cuarto sin mirarle, y más raro aún que le mire sin llorar. La
nube que levantó la aparición de esta pintura en el palacio, es la única que
ha habido entre el conde y la condesa, quienes aunque casados hace más de veinte
años, están aún unidos como el primer día.
El conde lanzó una rápida mirada sobre Alberto, como para buscar
una intención oculta en estas palabras, pero era evidente que el joven lo había
dicho con toda la sencillez de su alma.
‑Ahora ‑dijo Alberto‑, que habéis visto todas mis riquezas,
señor conde, permitidme ofrecéroslas, por indignas que sean; consideraos aquí
como en vuestra casa, y para mayor franqueza aún, dignaos acompañarme al cuarto
del señor Morcef, a quien escribí desde Roma el servicio que me prestasteis y
a quien anuncié la visita que me habíais prometido, y puedo decirlo, el conde y
la condesa esperaban con impaciencia que les fuese permitido daros las
gracias. Estáis un poco cansado de estas cosas, lo sé, señor conde, y las
escenas de familia no tienen mucho atractivo para Simbad el Marino, ¡habréis
visto muchas escenas! Sin embargo, aceptad la que os propongo, como iniciativa
de la vida parisiense, vida de política, de visitas y de presentaciones.
Montecristo se inclinó sin responder, aceptaba la proposición
sin entusiasmo y sin pesar, como una de esas conveniencias de sociedad de que
todo hombre de educación se hace un deber. Alberto llamó a su criado y le mandó
que avisara a los señores de Morcef de la próxima llegada del conde de
Montecristo.
Alberto le siguió con el conde.
A1 llegar a la antesala, veíase encima de la puerta que daba
acceso al salón un escudo que por sus ricos adornos y su armonía indicaba la
importancia que el propietario daba a aquel aposento.
Montecristo se detuvo delante del blasón, que examinó detenidamente.
‑Campo azul y siete merletas de oro puestas en fila. ¿Sin duda
será éste el escudo de vuestra familia, caballero? ‑inquirió‑. Excepto el
conocimiento de las piezas que me permite descifrarlo, soy un ignorante en
cuanto a heráldica. Yo, conde de casualidad, fabricado por la Toscana, ayudado
por una encomienda de San Esteban, y que hubiera pasado siendo gran señor, si
no me hubiesen repetido que cuando se viaja mucho es totalmente imprescindible.
Porque, al fin, siempre es preciso, aunque no sea más que para cuando los aduaneros
os registran, tener algo en la portezuela de vuestro carruaje. Excusadme,
pues, si os hago tal pregunta.
‑De ningún modo es indiscreta ‑dijo Morcef con la sencillez de
la convicción‑, y lo habéis adivinado, son nuestras armas, es decir, las de la
familia de mi padre, pero como veis, están unidas a otro escudo con una torre
de oro, que es de la familia de mi madre. Por parte de las mujeres soy español,
pero la casa de Morcef es francesa, y según he oído decir, una de las más
antiguas del Mediodía de Francia.
‑Sí ‑repuso el conde de Montecristo‑, lo indican las aves. Casi
todos los peregrinos armados que intentaron o que hicieron la conquista de
Tierra Santa tomaron por armas cruces, señal de la misión que iban a cumplir;
o aves de paso, símbolo del largo viaje que iban a emprender, y que esperaban
acabar con las alas de la fe. Uno de vuestros abuelos paternos debió de tomar
parte en una de las cruzadas, y suponiendo que no sea más que la de San Luis,
ya esto os remonta al siglo XI, lo cual no deja de ser interesante.
‑Es muy posible ‑‑dijo Morcef‑, mi padre tiene en el gabinete un
árbol genealógico que nos explicará todo esto. Pero ahora no pensemos en ello
y sin embargo os diré, señor conde, y esto entra en mis obligaciones de cicerone,
que empiezan a ocuparse mucho de estas cosas en estos tiempos de gobierno
popular.
‑¡Pues bien!, vuestro gobierno debió elegir algo mejor que esos
dos carteles que he visto en vuestros monumentos, y que no tienen ningún
sentido heráldico. En cuanto a vos, vizconde, sois más feliz que vuestro
gobierno, porque vuestras armas son verdaderamente hermosas y hablan a la
fantasía. Sí, eso es, sois a un tiempo de Provenza y de España, lo cual está
explicado, si el retrato que me habéis mostrado es semejante por su hermoso
color moreno que tanto admiraba yo en el rostro de la noble catalana.
Preciso hubiera sido ser otro Edipo o la misma Esfinge para
adivinar la ironía que dio el conde a estas palabras, llenas en apariencia de
la mayor cortesía. Morcef le dio las gracias con una sonrisa y pasando delante
del conde para mostrarle el camino, abrió la puerta que estaba debajo de sus
armas, y que, como hemos dicho, comunicaba con el salón. En el lugar principal
de este salón veíase asimismo un retrato, era el de un hombre de treinta y ocho
años, vestido con uniforme de oficial general, con sus dos charreteras, señal
de los grados superiores, la cinta de la Legión de Honor alrededor del cuello,
lo cual indicaba que era comendador, y en el pecho, al lado derecho, la placa
de gran oficial de la Orden del Salvador, y a la izquierda la de la gran cruz
de Carlos III, lo cual indicaba que la persona representada por este retrato
hizo la guerra a Grecia y a España, o lo que viene a ser lo mismo, había
cumplido alguna misión diplomática en ambos países.
Montecristo se hallaba ocupado en examinar este retrato con no
menos atención que había examinado el otro, cuando se abrió una puerta lateral
y vio al conde de Morcef en persona.
Era un hombre de cuarenta a cuarenta y cinco años, pero que aparentaba
cincuenta por lo menos, cuyo bigote y cejas negras contrastaban con unos
cabellos casi blancos, enteramente cortados según la moda militar. Iba vestido
de paisano, y llevaba en su ojal una cinta, cuyos diferentes colores recordaban
las diversas órdenes de que estaba condecorado. Este hombre entró con paso
digno y presuroso. Montecristo le vio venir sin dar un paso, hubiérase dicho
que sus pies estaban clavados en el suelo, como sus ojos lo estaban en el
rostro del conde de Morcef.
‑Padre ‑dijo el joven‑, tengo el honor de presentaros al señor
conde de Montecristo, el generoso amigo que he tenido el honor de encontrar en
las difíciles circunstancias que ya conocéis.
‑Tengo un gran placer en ver a este caballero ‑dijo el conde de
Morcef sonriéndose‑. Salvando usted la vida al único heredero, ha prestado a
nuestra casa un servicio que avivará eternamente nuestro reconocimiento.
Y al pronunciar estas palabras el conde de Morcef señalaba un sillón
al de Montecristo, mientras él se sentaba frente a la ventana. En cuanto a
Montecristo, mientras tomaba el sillón señalado por el conde de Morcef, se
colocó de modo que permaneciese oculto en las sombras de las grandes colgaduras
de terciopelo y pudiera leer en las facciones del conde una historia de
secretos dolorosos, escritos en cada una de sus arrugas, esculpidas antes de
tiempo.
‑La señora condesa ‑dijo Morcef‑ se hallaba en el tocador cuando
el vizconde la mandó avisar la visita que iba a tener el honor de recibir, va a
bajar y dentro de diez minutos estará en el salón.
‑Mucho honor es para mí ‑dijo Montecristo‑ el entrar, recién
llegado a París, en relaciones con un hombre, cuyo nombre iguala a la
reputación, y con quien la fortuna nunca se ha mostrado adversa, pero ¿no
tienen todavía en las llanuras del Misisipí o en las montañas del Atlas, algún
bastón de mariscal que ofreceros?
‑¡Oh! ‑repuso sonrojándose Morcef‑, abandoné el servicio, caballero.
Nombrado par en tiempo de la Restauración, estaba en la primera campaña y
servía a las órdenes del mariscal Bourmont; podía, pues, aspirar a un mando
superior, y quién sabe lo que habría ocurrido si la rama mayor hubiese
permanecido en el trono. Pero la revolución de julio era, al parecer, demasiado
gloriosa para ser ingrata, y lo fue, sin embargo, para todo servicio que no
databa del periodo imperial, porque cuando como yo, se han ganado las
charreteras en los campos de batalla, no se sabe maniobrar sobre el resbaladizo
terreno de los salones. He abandonado la espada para entrar en la política, me
dedico a la industria, estudio las artes útiles. Durante los veinte años que
yo había permanecido en el servicio, lo había deseado mucho, pero me faltó
tiempo.
‑Tales ideas son las que conservan la superioridad de vuestra nación
sobre los otros países, caballero ‑respondió Montecristo‑; un noble
perteneciente a una gran casa, con una brillante fortuna, habéis consentido en
ganar los primeros grados como oscuro soldado, esto es algo rarísimo. Después
general, par de Francia, comendador de la Legión de Honor, consentís en volver
a empezar una segunda carrera, sin otra esperanza que la de ser algún día útil
a vuestros semejantes... ¡Ah caballero, es hermoso, diré más, sublime!
Alberto miraba y escuchaba a Montecristo con asombro. No estaba
acostumbrado a verle elevarse a tales grados de entusiasmo.
‑¡Ay! ‑continuó el extranjero, sin duda para desvanecer la imperceptible
nube que estas palabras acababan de producir en la frente de Morcef‑, nosotros
no hacemos lo mismo en Italia, obramos según nuestra cuna y clase, y siempre
que podamos obraremos así durante toda nuestra vida.
‑Pero, caballero ‑repuso el conde Morcef‑, para un hombre de
vuestro mérito, Italia no es una patria, y Francia os abre sus brazos, venid a
ella. Francia no será 'quizás ingrata para todo el mundo, trata mal a sus
hijos, pero generalmente recibe bien a los extranjeros.
‑¡Ah!, padre mío ‑dijo Alberto sonriéndose‑, bien se ve que no
conocéis al señor conde de Montecristo. No aspira a los hombres, y sólo se
preocupa de lo que le puede facilitar un pasaporte.
‑Esa es, en mi opinión, la expresión más exacta que jamás he
oído ‑respondió el extranjero.
‑Vos habéis sido dueño de vuestro porvenir ‑respondió el conde
de Morcef con un suspiro‑, y habéis elegido el camino de las flores.
‑Así es, caballero ‑respondió Montecristo con una de esas
sonrisas que jamás podrá copiar un pintor, y en vano tratará de analizar un
fisiólogo.
‑Si no hubiese temido fatigar al señor conde ‑repuso el general,
encantado de los modales de Montecristo‑, le habría conducido a la Cámara; hoy
hay una sesión curiosa para el que no conozca a nuestros senadores modernos.
‑Os quedaré muy agradecido, caballero, si queréis renovarme esa
oferta en otra ocasión, pero hoy me han lisonjeado con la esperanza de ser
presentado a la señora condesa, y esperaré.
‑¡Ah!, ahí está mi madre ‑‑exclamó el vizconde.
En efecto, Montecristo, volviéndose vivamente vio a la señora de
Morcef en la puerta del salón opuesta a la otra por donde había entrado su
marido. Pálida a inmóvil, dejó caer, cuando Montecristo se volvió hacia ella,
su brazo, que, no se sabe por qué, se había apoyado sobre el dorado quicio de
la puerta; estaba allí hacía algunos segundos, y había oído las últimas
palabras pronunciadas por el extranjero.
Este se levantó y saludó cortésmente a la condesa, que se
inclinó a su vez, muda y ceremoniosa.
‑¡Ah! ¡Dios mío!, señora ‑preguntó el conde‑. ¿Qué os sucede?
¿Os hace mal el calor de este salón?
‑¿Sufrís, madre mía? ‑exclamó el vizconde, lanzándose al encuentro
de Mercedes.
Ambos fueron recompensados con una sonrisa.
‑No ‑dijo‑, pero he experimentado alguna emoción al ver por vez
primera a la persona sin cuya intervención en este momento estaríamos
sumergidos en lágrimas y desesperación. Caballero ‑prosiguió la condesa
adelantándose con la majestad de una reina‑, os debo la vida de mi hijo, y por
este beneficio os bendigo. Ahora os agradezco el placer que me causáis
procurándome una ocasión de daros las gracias como os he bendecido, es decir,
con todo mi corazón.
El conde se inclinó de nuevo, pero más profundamente que la primera
vez; estaba aún más pálido que Mercedes.
‑Señora ‑dijo el conde‑, y vos me recompensáis con demasiada
generosidad por una acción muy sencilla, salvar a un hombre, ahorrar tormentos
a un padre y a una madre, esto no es siquiera una buena obra, es sólo un acto
de humanidad.
A tales palabras pronunciadas con una cortesía y una dulzura
delicadas, la señora de Morcef respondió con un acento profundo:
‑Mucha felicidad es para mi hijo, caballero, el teneros por
amigo, y doy gracias a Dios que lo ha dispuesto todo así.
Y Mercedes levantó al cielo sus bellos ojos con una gratitud tan
infinita que el conde creyó ver temblar en ellos algunas lágrimas.
El señor Morcef se acercó a su esposa.
‑Señora ‑dijo‑, ya he dado mis excusas al señor conde por verme
obligado a dejarle, y os suplico que vos se las renovéis. La sesión se abre a
las dos, son las tres, y debo hablar en ella.
‑Descuidad, yo procuraré hacer olvidar vuestra ausencia a nuestro
huésped ‑repuso la condesa‑; señor conde ‑‑continuó ella, volviéndose hacia
Montecristo‑, ¿nos haréis el honor de pasar el día con nosotros?
‑Gracias, señora, y agradezco infinito vuestro ofrecimiento,
pero me he apeado esta mañana a vuestra puerta desde el camino. Ignoro cómo
estoy instalado en París. Esta es una inquietud ligera, lo sé, pero sin
embargo, natural.
‑¿Al menos, tendremos otra vez este placer, nos lo prometéis? ‑preguntó
la condesa.
Montecristo se inclinó sin responder, aunque esta inclinación podía
pasar por un asentimiento.
‑Entonces no os detengo, caballero ‑dijo la condesa‑, porque no
quiero que mi reconocimiento sea indiscreción.
‑Querido conde ‑dijo Alberto‑, si queréis, voy a pagaros en París
vuestro amable favor de Roma, y poner mi coupé a vuestra disposición hasta que
tengáis tiempo de arreglar vuestros carruajes.
‑Un millón de gracias por vuestra bondad, vizconde ‑dijo
Montecristo‑, pero presumo que el señor Bertuccio habrá empleado las cuatro
horas y media que acabo de dejarle y que hallaré en la puerta un carruaje
preparado.
Alberto estaba acostumbrado a los modales del conde; sabía que
iba como Nerón en busca de lo imposible y no se asombraba de nada, pero quería
juzgar por sí mismo de qué modo habían sido ejecutadas las órdenes, y le
acompañó hasta la puerta de su casa.
Montecristo no se había equivocado. Apenas se presentó en la antesala,
un lacayo, el mismo que en Roma fue a llevar la carta de los dos jóvenes, y a
anunciarles su visita, se había lanzado fuera del peristilo, de suerte que al
llegar al pie de la escalera, el ilustre viajero halló efectivamente su
carruaje esperándole.
Era un coupé, acabado de salir de los talleres de Keller, y un
tiro por el que Drake había rehusado la víspera dieciocho mil reales.
‑Caballero ‑dijo el conde a Alberto‑, no os propongo que me
acompañéis a mi casa, pues no podría mostraros más que una casa improvisada.
Concededme un solo día, y entonces os invitaré a ella. Estaré más seguro de no
faltar a las leyes de la hospitalidad.
‑Si pedís un día, estoy tranquilo, no será entonces una casa la
que me mostréis, será un palacio. Desde luego, tenéis algún genio a vuestra
disposición.
‑Creedlo así ‑dijo Montecristo poniendo el pie en el estribo, forrado
de terciopelo, de su espléndido carruaje‑, esto me pondrá bien con las damas.
Y entró en su carruaje, que partió rápidamente, pero no tanto
que no viera el movimiento imperceptible que hizo temblar la colgadura del
salón donde había dejado a Mercedes. Cuando Alberto entró en el aposento de su
madre, vio a la condesa hundida en un gran sillón de terciopelo, sumido en la
penumbra todo el cuarto, apenas pudo distinguir Alberto las facciones de su
madre, pero parecióle que su voz estaba alterada. También distinguió entre los
perfumes de las rosas y de los heliotropos del florero, el olor acre de las
sales de vinagre sobre una de las copas cinceladas de la chimenea.
Efectivamente, el pomo de la condesa atrajo la inquieta atención del joven.
‑¿Sufrís, madre mía? –exclamó entrando‑. ¿Os habéis puesto mala
durante mi ausencia?
‑¿Yo?, no, Alberto. Pero ya comprenderéis que estas rosas y estas
flores exhalan durante estos primeros calores, a los cuales no estoy
acostumbrada, tan intenso perfume...
‑Entonces, madre mía ‑dijo Morcef, tirando del cordón de la
campanilla‑, es preciso llevarlas a vuestra antesala. Estáis indispuesta;
cuando entrasteis estabais ya muy pálida.
‑¿Que estaba pálida decís, Alberto?
‑Con una palidez que os sienta a las mil maravillas, madre mfa,
pero que no por eso nos ha asustado menos a tni padre y a mí.
‑¿Os ha hablado de ello vuestro padre? ‑preguntó vivamente
Mercedes.
‑No, señora; pero a vos, recordadlo, os hizo esta observación.
‑No lo recuerdo ‑dijo la condesa.
Un criado entró; acudía al ruido de la campanilla.
‑Llevad esas ílores a la antesala o al gabinete de tocador ‑dijo
el vizconde‑, hacen mal a la señora condesa.
El criado obedeció.
Hubo un momento de silencio, que duró todo el tiempo necesario
para dar cumplimiento a esta orden.
‑¿Qué nombre es ese de Montecristo? ‑preguntó la condesa, así
que el criado hubo llevado el último vaso de flores‑. ¿Es algún nombre de
familia, de tierra, un simple título?
‑Me parece, madre mía, que es un título y nada más. El conde ha
comprado una isla en el archipiélago toscano, y ha fundado un pequeño
reino, según él decía esta mañana. Ya sabéis que eso se suele hacer por San
Esteban de Florencia, por San Jorge Constantino de parma y aun por la Orden de
Malta. Aparte de ello, no tiene ninguna pretensión de nobleza, y se llama conde
de casualidad, aunque la opinión general en Roma es que el conde es un gran
señor.
‑Sus maneras son excelentes ‑repuso la condesa‑, por lo menos
según lo que he podido juzgar en los breves instantes que ha permanecido aquí.
‑¡Oh!, perfectas, madre mía. Tan perfectas, que sobrepujan en
mucho a todo lo más aristocrático que yo he conocido en las tres noblezas
principales, es decir, en la nobleza inglesa, la española y la alemana.
La condesa reflexionó un momento, después replicó:
‑¿Habéis visto, mi querido Alberto..., es una pregunta de madre
lo que os dirijo..., habéis visto al señor de Montecristo en su interior?
Tenéis perspicacia, tenéis mundo, más de lo que ordinariamente se tiene a
vuestra edad, ¿creéis que el conde sea lo que aparenta en realidad?
‑¿Y qué os parece?
‑Vos lo habéis dicho hace un instante, un gran señor.
‑Os he dicho, madre mía, que le tenía por tal.
‑Pero vos, ¿qué opináis, Alberto?
‑Yo no tengo opinión fija acerca de él, lo creo maltés.
‑No os pregunto sobre su origen, os pregunto sobre su persona.
‑¡Ah!, sobre su persona, eso es otra cosa. He visto tantas cosas
extrañas en él, que si queréis que os diga lo que pienso, os responderé que le
miraría como a uno de los personajes de Byron, a quienes la desgracia ha
marcado con un sello fatal. Algún Manfredo, algún Lara, algún Werner, como uno
de esos restos, en fin, de alguna familia antigua que, desheredados de su
fortuna paterna, han encontrado una por la fuerza de su genio aventurero, que
les ha hecho superiores a las leyes de la sociedad.
‑¿Qué estáis diciendo. .. ?
‑Digo que Montecristo es una isla en medio del Mediterráneo, sin
habitantes, sin guarnición, guarida de contrabandistas de todas las naciones,
de piratas de todos los países. ¿Quién sabe si estos dignos industriales
pagarán a su señor un derecho de asilo?
‑Es posible ‑dijo la condesa pensativa.
‑Pero no importa ‑replicó el joven‑, contrabandista o no, convendréis,
madre mía, puesto que le habéis visto, en que el señor conde de Montecristo es
un hombre notable, en que causará sensación en los salones de París y,
escuchad, esta mañana en mi cuarto inició su entrada en el mundo dejando
estupefactos a todos los que allí estaban, incluso a Chateau Renaud.
‑¿Y qué edad podrá tener el conde? ‑inquirió Mercedes, dando
visiblemente gran importancia a esta pregunta.
‑Tiene de treinta y cinco a treinta y seis años, madre mía.
‑Tan joven es imposible ‑dijo Mercedes, respondiendo al mismo
tiempo a lo que le decía Alberto, y a lo que le decía su pensamiento.
‑No obstante, es verdad, tres o cuatro veces me ha dicho, y
seguramente sin premeditación, en tal época yo tenía cinco años, en otra tenía
diez, en aquella doce. Yo, que por mi curiosidad estaba alerta siempre que
hablaba de estos detalles, reunía las fechas, y jamás le cogí en falta. La edad
de este hombre singular, que no tiene edad, es treinta y cinco años todo lo
más. Recordad, madre mía, cuán viva es su mirada, cuán negros sus cabellos, y
su frente, aunque pálida, no tiene una arruga. Es una naturaleza no solamente
vigorosa, sino joven.
La condesa bajó la cabeza, como agobiada por amargos pensamientos.
‑¿Y ese hombre es un amigo verdadero? mecimiento nervioso.
‑Yo así lo creo.
‑¿Y vos... le apreciáis también?
‑Me resulta simpático, diga lo que quiera Franz d'Epinay, que
quería hacerle pasar a mis ojos por un hombre venido del otro mundo.
La condesa hizo un movimiento de terror.
‑Alberto ‑dijo con voz alterada‑, siempre os he encargado que
tengáis mucho cuidado con las personas recién conocidas. Ahora sois hombre y me
podríais dar consejos; sin embargo, sed prudente, Alberto.
‑Pero sería necesario, querida madre, para poder aprovechar el
consejo, saber de qué tengo que desconfiar. El conde no juega nunca, no bebe
más que agua, dorada con una gota de vino de España; el conde se ha anunciado
rico y en efecto lo es, ¿qué queréis, pues, que tema del conde?
‑Tenéis razón ‑dijo la condesa‑, y mis temores son infundados
tratándose de un hombre que os ha salvado la vida. A propósito, ¿le ha recibido
bien vuestro padre? Es importante que estemos más que amables con el conde. El
señor de Morcef está ocupado a veces, sus negocios le disgustan y podría ser
que sin querer...
‑Mi padre ha estado perfecto, señora ‑interrumpió Alberto- diré
más: ha parecido infinitamente lisonjeado por dos o tres cumplidos que le ha
dirigido tan a propósito el conde, como si le hubiera conocido hace treinta
años. Cada una de estas flechas lisonjeras han debido agradar a mi padre ‑añadió
Morcef riendo‑, de suerte que se han separado siendo los mejores amigos del
mundo y el señor de Morcef quería llevarle a la Cámara para hacer que oyese su
discurso.
La condesa no respondió. Se hallaba absorta en una meditación
tan profunda que sus ojos se habían cerrado poco a poco. El joven, en pie
delante de ella, la miraba con ese amor filial más tierno y afectuoso en los
hijos cuyas madres son aún hermosas, y después de haber visto cerrarse sus
ojos, la escuchó respirar un instante en su dulce inmovilidad, y creyéndola
dormida se alejó de puntillas, abriendo sigilosamente la puerta del aposento.
‑Este diablo de hombre ‑murmuró moviendo la cabeza‑, yo ya había
predicho que haría sensación en el mundo; mido su efecto por un termómetro
infalible. Mi madre ha puesto mucho la atención en él, de consiguiente debe ser
notable.
Y descendió a las caballerizas, no sin cierto despecho secreto,
de que sin malicia alguna, el conde de Montecristo había logrado tener un tiro
de caballos mejor que el suyo, el cual desmerecería mucho en la opinión de los
entendidos.
‑Decididamente ‑dijo‑, los hombres no son iguales, es preciso
suplicar a mi padre que aclare este teorema en la Cámara Alta.
Capítulo tercero
El señor Bertuccio
Entretanto, el conde había llegado a su casa. Seis minutos había
tardado en ello, suficientes para que fuese visto de más de veinte jóvenes
que, conociendo el precio del tiro de caballos que ellos no habían podido
comprar, habían puesto sus cabalgaduras al galope para poder ver al opulento
señor que usaba caballos de diez mil francos cada uno.
La casa elegida por Alí, y que debía servir de residencia a
MonteCristo, estaba situada a la derecha subiendo por los Campos Elíseos,
colocada entre un patio y jardín; una plazoleta de árboles muy espesos que se
elevaban en medio del patio, cubrían una parte de la fachada, alrededor de
esta plazoleta se extendían como dos brazos, dos alamedas que conducían desde
la reja a los carruajes a una doble escalera, sosteniendo en cada escalón un
jarrón de porcelana lleno de flores. Esta casa aislada en mitad de un ancho
espacio tenía además de la entrada principal otra entrada que caía a las calles
de Pont‑Ruén.
Antes de que el cochero hubiese llamado al portero, la reja
maciza giró sobre sus goznes. Habían visto venir al conde, y en París como en
Roma, como en todas partes, se le servía con la rapidez del relámpago. El
cochero entró, pues, describió el semicírculo, y la reja estaba ya cerrada
cuando las ruedas rechinaban aún sobre la arena de la calle de árboles.
El carruaje se paró a la izquierda de la escalera. Dos hombres
se presentaron en la portezuela, uno era Alí, que se sonrió con alegría al ver
a su señor, y que fue pagado con una agradecida mirada de Montecristo.
El otro saludó humildemente y presentó su brazo al conde para
ayudarle a bajar del carruaje.
‑Gracias, señor Bertuccio ‑dijo el conde saltando ágilmente del
carruaje‑. ¿Y el notario?
‑Está en el saloncito, excelencia ‑respondió Bertuccio.
‑¿Y las tarjetas que os he mandado grabar en cuanto supieseis el
número de la casa?
‑Ya está hecho, señor conde; he estado en casa del mejor
grabador del Palacio Real, que grabó la plancha delante de mí. La primera que
tiraron fue llevada en seguida a casa del señor barón Danglars, diputado,
calle de la Chaussée‑d'Antin, número 7; las otras están sobre la chimenea de la
alcoba de su excelencia.
‑Bien, ¿qué hora es?
‑Las cuatro.
Montecristo entregó sus guantes, su sombrero y su bastón al mismo
lacayo francés que se había lanzado fuera de la antesala del conde de Morcef
para llamar al carruaje. Luego pasó al saloncito conducido por Bertuccio, que
le mostró el camino.
‑Vaya una pobreza de mármoles en esta antesala; espero que los
cambien inmediatamente.
Bertuccio se inclinó.
El notario esperaba en el salón, tal como había dicho el
mayordomo.
Era un hombre de fisonomía honrada y pacífica.
‑¿Sois el notario encargado de vender la casa de campo que yo
quiero comprar? ‑preguntó Montecristo.
‑Sí, señor conde ‑respondió el notario.
‑¿Está preparada el acta de venta?
‑Sí, señor conde.
‑¿La habéis traído?
‑Aquí la tenéis.
‑Muy bien. ¿Dónde está la casa que compro? ‑dijo el conde dirigiéndose
a Bertuccio y al notario.
El mayordomo hizo un gesto que significaba: No sé.
El notario miró a Montecristo sorprendido.
‑¡Cómo! ‑dijo‑. ¿No sabe el señor conde dónde está la casa que
compra?
‑No.
‑¿No tiene el señor conde la menor idea de su situación?
‑¿Y cómo había de saberlo? Acabo de llegar de Cádiz esta mañana,
jamás he estado en París, ésta es la primera vez que pongo el pie en Francia.
‑Entonces, la cosa cambia ‑respondió el notario‑. La casa que el
señor conde compra está situada en Auteuil.
A estas palabras, Bertuccio palideció visiblemente.
‑¿Y dónde está Auteuil? ‑preguntó Montecristo.
‑A dos pasos de aquí, señor conde ‑respondió el notario‑, un
poco después de Passy, en una situación magnífica en medio del bosque de
Bolonia.
‑¡Tan cerca! ‑dijo Montecristo‑. Pero eso no es cameo. ¿Como
diablos me habéis ido a escoger una casa a las puertas de París, señor
Bertuccio?
‑¡Yo! ‑exclamó el mayordomo turbado‑, no, seguramente no es a mí
a quien el señor conde encargó que le eligiese una casa. Procure recordar el
señor conde, busque en su memoria, reúna sus ideas.
‑¡Ah!, es verdad ‑dijo Montecristo‑, ahora recuerdo que he leído
este anuncio en un periódico, y me he dejado seducir por este título: Casa
de campo.
‑Aún es tiempo ‑dijo vivamente Bertuccio‑, y si vuestra excelencia
quiere que busque otra, la encontraré mucho mejor, en Enghien, en Fontenay‑aux‑Roces,
o en Belle‑Vue.
‑No, no ‑dijo Montecristo con tono despectivo‑, puesto que ya
tengo ésta, la conservaré.
‑Y hacéis bien ‑dijo vivamente el notario, temiendo perder sus
ganancias‑, es una propiedad muy hermosa: aguas cristalinas y abundantes,
bosques espesos, habitaciones cómodas, aunque descuidadas hace tiempo, sin
contar con los muebles que, aunque un poco antiguos, tienen valor, sobre todo
hoy día en que sólo se buscan las cosas antiguas. Perdonad, pero creo que el
señor conde tendrá el gusto de la época.
‑Hablad, hablad ‑dijo Montecristo‑, ¿es cosa conveniente?
‑¡Ah!, señor, mucho mejor: es magnífica.
‑Entonces no hay que desperdiciar esta ocasión ‑dijo MonteCristo‑;
el contrato, señor notario.
Y firmó rápidamente, después de haber echado una ojeada hacia el
sitio donde estaban indicados los nombres de los propietarios y la situación
de la casa.
‑Bertuccio ‑dijo‑, entregad cincuenta y seis mil francos a este
caballero.
El mayordomo salió con paso no muy seguro, y volvió con un fajo
de billetes de banco que el notario contó como un hombre poco acostumbrado a
recibir el dinero con tanta puntualidad.
‑Y ahora ‑preguntó el conde‑, ¿están cumplidas todas las formalidades?
‑Todas, señor conde.
‑¿Tenéis las llaves?
‑Las tiene el portero que guarda la casa, pero aquí tenéis la
orden que le he dado de instalaros en vuestra nueva propiedad.
‑Muy bien.
Y Montecristo hizo al notario un movimiento que quería decir:
«Ya no tengo necesidad de vos. Podéis retiraros.»
‑Pero ‑exclamó el honrado notario‑, el señor conde se ha engañado,
me parece. Comprendido todo, no son más que cincuenta y cinco mil francos.
‑¿Y vuestros honorarios?
‑Están incluidos en esta suma, señor conde.
‑¿Pero no habéis venido de Auteuil aquí?
‑¡Oh!, ¡claro está!
‑Pues bien, preciso es pagaros vuestra molestia ‑dijo el conde.
Y le despidió con una mirada.
El notario salió lentamente, haciendo una reverencia hasta el
suelo, a cada paso que daba. Era la primera vez, desde el día que empezó la
carrera, que encontraba semejante cliente.
‑Acompañad a este caballero ‑dijo el conde a Bertuccio.
Y el mayordomo salió detrás del notario.
Tan pronto como el conde estuvo solo, sacó de su bolsillo una
cartera con cerradura, que abrió con una llavecita que llevaba al cuello, y de
la que no se separaba nunca.
Tras de haber examinado un momento los papeles que contenía, su
vista se detuvo en una hoja en la que había varias notas. Comparó éstas con el
acta de venta que había puesto sobre la mesa y quedóse reflexionando un
momento.
‑Auteuil, calle de La Fontaine, número 30, esto es ‑dijo‑ Ahora,
¿deberé arrancar esa confesión por el terror religioso o por el terror físico?
Dentro de una hora lo sabré todo.
‑¡Bertuccio! ‑exclamó dando un golpe con una especie de martillo
sobre un timbre, que produjo un sonido agudo y sonoro‑. ¡Bertuccio!
El mayordomo acudió en seguida.
‑Señor Bertuccio ‑dijo el conde‑, ¿no me habíais dicho otras
veces que habíais viajado por Francia?
‑Por ciertas partes de Francia, sí, excelencia.
‑¿Sin duda conoceréis los alrededores de París?
‑No, excelencia, no ‑respondió el mayordomo con cierto temblor
nervioso, que Montecristo, experto en cuanto a emociones, atribuyó con razón a
viva inquietud.
‑Siento que no hayáis visitado los alrededores de París ‑le dijo‑,
porque quiero visitar esta tarde mi nueva propiedad, y viniendo conmigo
hubierais podido darme útiles informes.
‑¡A Auteuil! ‑exclamó Bertuccio, cuya tez tostada se volvió casi
lívida‑. ¡Yo ir a Auteuil!
‑¿Y qué tiene eso de particular? Cuando yo viva allí será
preciso que vengáis conmigo, puesto que formáis parte de la casa.
Bertuccio bajó la cabeza ante la imperiosa mirada de su señor, y
permaneció inmóvil sin responder.
‑¡Ah! ¿Qué os sucede? ¿Vais a hacerme llamar por segunda vez
para el carruaje? ‑dijo Montecristo con el tono en que Luis XIV pronunció
aquella frase: « ¡He tenido que esperar! »
Bertuccio se lanzó a la antesala, y gritó con voz ronca:
‑Los caballos de su excelencia.
Montecristo escribió dos o tres esquelas; cuando hubo cerrado la
última, volvió a presentarse el mayordomo.
‑El carruaje de su excelencia está a la puerta ‑dijo.
‑Pues bien, tomad vuestros guantes y vuestro sombrero ‑dijo
Montecristo.
‑¿Pues qué? ¿Debo ir con el señor conde? ‑exclamó Bertuccio
exasperado.
‑Sin duda, es preciso que deis vuestras órdenes, puesto que
quiero habitar aquella casa.
No era posible replicar; así, pues, el mayordomo, sin pronunciar
una palabra, siguió a su señor, que subió al carruaje haciéndole seña de que le
siguiese.
El mayordomo se sentó respetuosamente sobre la banqueta delantera.
Capítulo cuarto
La casa de Auteuil
Al bajar la escalera, Montecristo había observado que Bertuccio
se había persignado a la manera de los corsos, es decir, cortando el aire en
forma de cruz con el pulgar, y que al tomar asiento en el carruaje había
murmurado una breve oración. Cualquier otro que fuera un hombre curioso hubiese
tenido compasión de la singular repugnancia manifestada por el digno
intendente para el paseo premeditado extramuros por el conde, pero según
parece, éste era demasiado curioso para poder dispensar a Bertuccio de tal
viaje.
En veinte minutos estuvieron en Auteuil. La emoción del mayordomo
iba en aumento. Al entrar en el pueblo, Bertuccio, arrimado a un rincón del
coche, comenzó a examinar con una emoción febril todas las casas por delante de
las cuales pasaban.
‑Pararéis en la calle de La Fontaine, número 28 ‑dijo el conde,
fijando despiadadamente su mirada sobre el mayordomo, al cual daba esta orden.
La frente de Bertuccio estaba bañada en sudor, y sin embargo obedeció
a inclinándose fuera del carruaje, gritó al cochero:
‑Calle de La Fontaine, número 28.
Este número 28 estaba situado en un extremo del pueblo. Durante
el viaje había ido oscureciendo, como si se hiciera de noche, o más bien una
nube negra, cargada de electricidad, daba a estas tinieblas la apariencia y
solemnidad de un episodio dramático. El carruaje se detuvo, y el lacayo se
precipitó a la portezuela para abrirla.
‑Y bien ‑dijo el conde‑, ¿no os apeáis, señor Bertuccio? ¿Os
quedáis dentro? ¿En qué diablos pensáis hoy?
Bertuccio se precipitó por la portezuela, y presentó su hombro
al conde, quien se apoyó esta vez y bajó uno a uno los tres escalones del
estribo.
‑Id a llamar ‑dijo el conde‑, y anunciadme.
Bertuccio llamó, la puerta se abrió y apareció el portero.
‑¿Quién es? ‑preguntó.
‑Es vuestro nuevo amo ‑y presentó al portero el billete de reconocimiento,
entregado por el notario.
‑¿Luego se ha vendido la casa? ‑preguntó el portero‑, ¿y es este
caballero quien viene a habitarla?
‑Sí, amigo mío ‑dijo el conde‑, y procuraré hacer todo lo posible
por que quedéis contento de vuestro nuevo amo.
‑¡Oh!, caballero ‑dijo el portero‑; al otro propietario le veía‑
mos rara vez. Hace más de cinco años que no ha venido, y bien ha
hecho en vender una casa que no le servía de nada.
‑¿Y cómo se llamaba vuestro antiguo amo? ‑preguntó MonteCristo.
‑¡El señor marqués de Saint‑Meran! ‑respondió el portero.
‑¡El marqués de Saint‑Meran! ‑repitió Montecristo‑. Me parece que este nombre no me es
desconocido ‑dijo el conde‑. El marqués de Saint‑Meran...
Y pareció reunir sus ideas.
‑Un miembro de la antigua nobleza ‑continuó el conserje‑. Un
fiel servidor de los Borbones; tenía una hija única que casó con el señor de
Villefort, que ha sido procurador del rey en Nimes y después en Versalles.
Montecristo dirigió una mirada a Bertuccio, al que encontró más
lívido que la pared contra la cual se apoyaba para no caer.
‑¿Y ese señor no ha muerto? ‑preguntó Montecristo‑, me parece
haberlo oído decir.
‑Sí, señor, hace veintiún años, y desde este tiempo no hemos
vuelto a ver ni tres veces al pobre marqués.
‑Gracias, muchas gracias ‑‑dijo Montecristo, juzgando por la
postración del mayordomo que ya no podía tirar de aquella cuerda sin temor de
romperla‑. Dadme una luz.
‑¿Os he de acompañar?
‑No, es inútil. Bertuccio me alumbrará.
Y el conde acompañó estas palabras con el sonido de dos piezas
de oro que hicieron deshacerse al conserje en bendiciones y suspiros.
‑¡Ah, caballero! ‑dijo el conserje después de haber buscado
inútilmente sobre la chimenea‑, es que aquí no tengo bujías.
‑Tomad una de las linternas del carruaje, Bertuccio, y mostradme
las habitaciones ‑dijo el conde.
El mayordomo obedeció sin hacer ninguna observación, pero era
fácil ver en el temblor de la mano que sostenía la linterna cuánto le costaba
obedecer.
Recorrieron un piso bajo bastante grande, un piso principal compuesto
de un salón, un cuarto de baño y dos alcobas. Por una de estas alcobas se iba a
una escalera de caracol que conducía al jardín.
‑¡Aquí hay una escalera! ‑dijo el conde‑. Esto es bastante cómodo.
Alumbradme, señor Bertuccio, pasad adelante y veamos adónde nos lleva esta
escalera.
‑Señor ‑dijo Bertuccio‑,conduce al jardín.
‑¿Y cómo lo sabéis?
‑Es decir, esto es lo que yo creo...
‑Bien, vamos a cerciorarnos de ello.
Bertuccio lanzó un suspiro y pasó delante.
La escalera desembocaba efectivamente en el jardín.
En la puerta exterior se paró el mayordomo.
‑Vamos, señor Bertuccio ‑dijo el conde.
Pero éste estaba anonadado, casi sin conocimiento. Sus ojos
buscaban a su alrededor como las huellas de algo terrible, y con las manos
crispadas parecía apartar de su memoria recuerdos espantosos.
‑¿Qué es eso? ‑insistió el conde.
‑No, no ‑exclamó Bertuccio colocando la linterna en el ángulo de
la pared interior‑. No, señor, no iré más lejos, es imposible.
‑¿Qué decís? ‑articuló la irresistible voz de Montecristo.
‑¿Pero no véis, señor ‑exclamó el mayordomo‑, que no es cosa
normal que teniendo una casa que comprar en París, la compréis justamente en
Auteuil, y haya de ser el número 28 de la calle de La Fontaine? ¡Ah! ¿Por qué
no os lo he contado todo, señor? Tal vez no hubierais exigido que viniese. Yo
esperaba que sería otra la casa del señor conde. ¡Como si no hubiese otra casa
en Auteuil que la del asesinato!
‑¡Oh! ¡Oh! ‑~xclamó Montecristo parándose de repente‑. ¡Qué
palabra acabáis de pronunciar! ¡Diablo de hombre! ¡Corso maldecido! ¡Siempre
misterios o supersticiones! Vamos, tomad esa linterna y visitemos el jardín,
conmigo espero que no tengáis miedo.
Bertuccio recogió la linterna y obedeció. La puerta, al abrirse,
descubrió un cielo opaco, en el que la luna pugnaba en vano contra un mar de
nubes que la cubrían con sus olas sombrías que iluminaban un instante, y que
iban a perderse en seguida, más sombrías aún, en las profundidades del
firmamento.
El mayordomo Bertuccio quiso tomar un sendero de la izquierda.
‑No, no, por allí no ‑dijo Montecristo‑, ¿a qué seguir por las
calles de árboles? Aquí se distingue una plazoleta, sigamos de frente.
Bertuccio se enjugó el sudor que corría por su frente, pero
obedeció. Sin embargo, continuaba inclinándose a la izquierda. MonteCristo
seguía la derecha, y así que hubo llegado junto a unos cuantos árboles
corpulentos y añosos, se detuvo.
El mayordomo no pudo ya contenerse por más tiempo.
‑Alejaos, señor ‑exclamó‑, alejaos, os lo suplico. Estáis justamente
en el lugar.. .
‑¿En qué lugar?
‑En el lugar donde cayó.
‑Querido señor Bertuccio ‑dijo Montecristo riendo‑, volved en
vos, os lo ruego, aquí no estamos en Sarténe o en Corte. Esto no
es un bosque, sino un jardín inglés, y no sé por qué tenéis
tanta repugnancia en seguirlo.
‑¡Señor! ¡No os quedéis ahí... !
‑Creo que os volvéis loco, maese Bertuccio ‑dijo fríamente el
conde‑; si es así, avisadme, porque os haré encerrar en una jaula antes de que
suceda una desgracia.
‑¡Ay!, excelencia ‑dijo Bertuccio moviendo la cabeza y cruzando
las manos con una actitud que hiciera reír al conde si reflexiones de mayor
importancia no le ocupasen en este momento y no le hubiesen hecho prestar
atención a las menores palabras de su mayordomo‑. ¡Ay, excelencia, la
desgracia ha ocurrido...!
‑Señor Bertuccio ‑dijo el conde‑, me agrada el ver retorceros
los brazos y abrir unos ojos de condenado, y siempre he notado que sólo hacen
tantas contorsiones los que tienen algún secreto. Yo sabía que erais corso,
sabía que erais taciturno, y algunas veces hablabais entre dientes de alguna
historia de venganxa, y esto ocurre solamente en Italia, porque estas cosas
están de moda en aquel país, pero en Francia el asesinato es de muy mal gusto,
hay gendarmes que se ocupan de él, jueces que lo condenan y cadalsos que se
ocupan de vengarlo.
Bertuccio cruzó las manos, y como al ejecutar estas diferentes
evoluciones no había dejado su linterna, la luz iluminó su rostro desencajado.
Montecristo le examinó con la misma mirada con que había examinado
en Roma el suplicio de Andrés; luego, con un tono que hizo estremecer al pobre
mayordomo, dijo:
‑Luego mintió el abate Busoni, cuando después de su viaje a
Francia en 1829 os envió a mí con una carta en la que me recomendaba vuestras
buenas prendas. ¡Y bien!, voy a escribir al abate, le haré responsable de su
protegido y sin duda sabré toda la historia de su asesinato. Solamente os
advierto, señor Bertuccio, que cuando habito en un país estoy acostumbrado a
conformarme con sus leyes, y que no tengo ganas de andar con problemas y
enredos con la justicia de Francia.
‑¡Oh!, no hagáis eso, excelencia; os he servido fielmente, ¿no
es verdad? ‑exclamó Bertuccio desesperado‑, siempre he sido hombre honrado, y
he hecho todo el bien que he podido.
‑No digo lo contrario ‑replicó el conde‑, pero ¿por qué diablos
estáis tan agitado? Esa es mala señal; una conciencia pura no gone las mejillas
tan pálidas...
‑Pero, señor conde ‑dijo vacilando Bertuccio‑, ¿no me habéis
dicho vos mismo que el abate Busoni, que oyó mi confesión en las prisiones de
Nimes, os había advertido al enviarme a vuestra casa, que tenía una acción sola
que reprenderme?
‑Sí, pero como os dirigía a mí diciéndome que seríais un mayordomo
excelente, creí que vuestro único delito había sido el robo.
‑¡Oh!, señor conde ‑‑exclamó Bertuccio, con desprecio.
‑Porque como erais corso no pudisteis resistir a la tentación de
hacer una piel, como suele decirse en nuestro país, cuando al contrario,
se le deshace una.
‑¡Pues bien!, sí, excelencia; sí, mi buen señor, es cierto ‑exclamó
Bertuccio, arrojándose a los pies del conde‑; sí, es una venganza, lo juro,
sólo una venganza.
‑Comprendo, pero lo que no comprendo es que esta casa sea justamente
la que os galvanice hasta tal punto.
‑Pero, señor, es muy natural ‑replicó Bertuccio‑, puesto que la
venganza fue ejecutada en esta misma casa.
‑¡Cómo! ¿Esta casa?
‑¡Oh!, excelencia, aún no era vuestra...
‑¿Pero de quién era? El portero nos ha dicho que del marqués de
Saint‑Meran. ¿Pero por qué diablos teníais que vengaros del marqués de Saint‑Meran?
‑¡Oh!, no era de él, señor, era de otro.
‑Vaya un encuentro extraño ‑‑dijo Montecristo, pareciendo ceder
a sus reflexiones‑, que os halléis por casualidad, sin preparación alguna, en
una casa donde ha pasado lo que os causa tan espantosos remordimientos.
‑Señor ‑dijo el mayordomo‑, todo esto es debido a la fatalidad,
estoy seguro. Primeró compráis una casa justamente en Auteuil, esta casa es la
misma donde yo cometí el asesinato. Bajáis al jardín, justamente por una
escalera por donde él bajó. Os detenéis justamente en el lugar donde él
recibió el golpe. A dos pasos, debajo de ese plátano, estaba la fosa donde
acababa de enterrar al niño. Todo eso no es casualidad, esto es la Providencia.
‑Pues bien. Veamos, señor corso, supongamos que sea la Providencia,
yo supongo siempre lo que quiero, además, a los espíritus débiles es preciso
concederles todo lo que deseen. Vamos, reunid vuestras ideas y contadme eso.
‑Solamente lo he contado una vez, señor, y fue al abate Busoni.
Tales cosas ‑añadió Bertuccio moviendo la cabeza‑, no se dicen más que bajo el
sello de la confesión.
‑Entonces, mi querido Bertuccio ‑dijo el conde‑, os agradará que
os envíe a vuestro confesor. Con él os haréis cartujo o bernardo, y hablaréis
de vuestros secretos. Pero yo tengo miedo de un hombre
que se asusta de semejantes fantasmas, no me gusta que mis
servidores tengan miedo de pasearse por la noche en mi jardín; después, lo
confieso, me haría muy poca gracia la visita de algún comisario de policía,
porque, sabedlo, maese Bertuccio, en Italia no se paga la justicia si no se
calla, pero en Francia no se la paga, al contrario, sino cuando habla.
¡Diantre!, os creía un poco más corso, un gran contrabandista, un hábil
mayordomo, pero veo que tenéis otras cuerdas en vuestro arco. ¡Señor Bertuccio,
quedáis despedido!
‑¡Oh! ¡Señor, señor! ‑exclamó el mayordomo aterrado ante esta
amenaza‑. ¡Oh!, si no se necesita más que eso para quedar a vuestro servicio,
hablaré, lo diré todo, y si me separo de vos, será para ir al cadalso!
‑Eso es diferente ‑dijo Montecristo‑, pero si queréis mentir,
reflexionadlo, más vale que no me digáis nada.
‑¡No, señor!, os lo juro por la salvación de mi alma, os lo diré
todo, porque el abate Busoni no ha sabido más que una parte de mi secreto, pero
primero, os lo suplico, apartaos de ese plátano; mirad,1a luna va a salir, y
ahí colocado como estáis, envuelto en esa capa que me oculta vuestro cuerpo que
se asemeja al del señor Villefort...
‑¡Cómo! ‑exclamó Montecristo‑, es al señor de Villefort...
‑¿Le conocía acaso vuestra excelencia?
‑¿El antiguo procurador de Nimes?
‑Sí.
‑¿Que se casó con la hija del marqués de Saint‑Meran?
‑Eso es.
‑¡Y que tenía la reputación del magistrado más honrado, más severo,
más rígido...!
‑Pues bien, señor ‑exclamó Bertuccio‑, ese hombre de una
reputación tan sólida a intachable. ..
‑¡Continuad!
‑¡Era un infame!
‑¡Bah! ‑dijo Montecristo‑, eso es imposible.
‑Es la pura verdad.
‑¿Sí...? ‑dijo Montecristo‑, ¿y tenéis pruebas de ello?
‑Tenía una, por lo menos.
‑¿Y la habéis perdido? ¡Sois bien torpe!
‑Sí, pero buscándola bien, podremos encontrarla.
‑¡Bien! ¡Bien!, ahora contadme eso, señor Bertuccio, porque os
digo que realmente me va interesando todo este asunto.
Y el conde, tarareando un aria de Lucia, se fue a sentar
en un banco, mientras que Bertuccio le seguía, reuniendo sus ideas.
Bertuccio permaneció en pie delante del conde.
Capítulo quinto
La vendetta
‑¿Por dónde quiere el señor conde que empiece a contar los sucesos?
‑preguntó Bertuccio.
‑Por donde queráis ‑dijo Montecristo‑, pues no sé absolutamente
nada de todo ello.
‑Sin embargo, yo creía que el abate Busoni había contado a vuestra
excelencia
‑Sí, algunos detalles, sin duda, pero han pasado siete a ocho
añosy lo he olvidado todo.
‑Entonces puedo, sin temor de fastidiar a vuestra excelencia
‑Hablad, señor Bertuccio, hablad; de algún modo he de pasar la
noche.
‑Los sucesos se remontan a 1815.
‑¡Ah! ¡Ah! ‑dijo Montecristo‑, no es ayer mismo, que digamos.
‑No, señor, y sin embargo, los menores detalles los tengo tan
presentes como si hubiesen sucedido ayer. Yo tenía una hermana y un hermano
mayor, que estaba al servicio del emperador. Era teniente de un regimiento
compuesto enteramente de corsos. Este hermano era mi único amigo. Habíamos
quedado huérfanos, yo a los cinco años y él a los dieciocho. Me había criado
como a un hijo. En 1814, en tiempo de los borbones, se había casado. El
emperador salió de la islade Elba, y mi hermano continuó a su servicio y,
herido ligeramente en Waterloo, se retiró con el ejército detrás del Loira.
‑Pero esa historia de los Cien Días que me contáis, señor Bertuccio,
la he oído ya, si no me equivoco.
‑Perdonad, excelencia, pero estos primeros detalles son
necesarios, y me habéis prometido tener paciencia.
‑¡Proseguid!, ¡proseguid!, cumpliré mi palabra.
‑Un día recibimos una carta. Debo deciros que habitábamos en la
pequeña aldea de Rogliano, en la extremidad del cabo Corso. Esta carta era de
mi hermano. Nos decía que el ejército estaba licenciado, y que volvía por
Chateau‑Roux, Clermond‑Ferrand, Le Puy y Nimes. Si tenía algún dinero me
suplicaba que lo mandase a Nimes en casa de un fondista conocido nuestro, con
el cual tenía yo algunas relaciones.
‑De contrabando ‑respondió Montecristo.
‑¡Pero, por Dios, señor conde! ¡Uno ha de ganarse la vida!
‑Ciertamente; continuad, pues.
‑Yo amaba tiernamente a mi hermano, ya os lo he dicho, excelencia;
así, decidí no enviarle el dinero, sino llevárselo yo mismo. Poseía mil
francos, dejé quinientos a Assunta, que era mi cuñada, tomé los quinientos
restantes y me puse en camino para Nimes. Era cosa fácil, tenía mi barca un
cargamento que hacer en el mar, todo secundaba mi proyecto. Pero hecho el
cargamento, sopló viento contrario, de modo que estuvimos cuatro o cinco días
sin poder entrar en el Ródano. Por fin lo conseguimos, llegamos hasta Arlés,
dejé el barco entre Bellegarde y Beaucaire y me dirigí a Nimes.
‑Y llegasteis, ¿no es así?
‑Sí, señor, dispensadme, pero como ve vuestra excelencia, no
digo más que las cosas absolutamente necesarias. Fuera de esto, era el momemo
en que tenían lugar los famosos asesinatos del Mediodía. Había allí dos o tres
bandidos llamados Trestaillón, Truphemy y Graffan, que degollaban por las
calles a todos los presuntos bonapartistas. Sin duda, el señor conde habrá oído
hablar de estos asesinatos.
‑Vagamente, estaba muy lejos de Francia en esa época. Continuad.
‑Al entrar en Nimes, se caminaba pisando sangre. A cada Paso se
encontraban cadáveres, los asesinos organizados por bandas. Ante esta
carnicería me entró miedo, no por mí; yo, simple pescador corso, no tenía gran
cosa que temer, al contrario, aquel tiempo era bueno para nosotros, los
contrabandistas, pero por mi hermano, por mi hermano, que era soldado del
Imperio, que volvía del ejército del Loira con su uniforme y sus charreteras, y
que por consiguiente tenía que temerlo todo. Corrí a la casa de nuestro fondista;
mis presentimientos no me habían engañado. Mi hermano había llegado a Nimes y a
la puerta misma del que iba a pedir hospitalidad, había sido asesinado.
Pregunté a todo el mundo acerca de los asesinos, pero nadie se atrevía a
decirme sus nombres, tan temidos eran. Pensé entonces en la justicia francesa,
de que me habían hablado tanto, que no teme nada, y me presenté en casa del
procurador del rey.
‑Y ese procurador del rey ¿se llamaba Villefort? ‑preguntó el
conde de Montecristo.
‑Sí, excelencia. Venía de Marsella, en donde había sido sustituto.
Su celo le había valido el ascenso. Decían que fue uno de los primeros que
anunció al Gobierno el desembarco en la isla de Elba.
‑Pero ‑interrogó Montecristo‑, ¿vos os presentasteis en su casa?
‑Señor ‑le dije yo‑, mi hermano fue asesinado ayer en las calles
de Nimes, yo no sé por quién, pero es vuestra obligación saberlo.
Vos sois aquí el jefe de la justicia, y a la justicia toca
vengar a los que no ha sabido defender.
»‑¿Y qué era vuestro hermano? ‑preguntó el procurador del rey.
»‑Teniente del batallón corso.
»‑Entonces, un soldado del usurpador, ¿no es eso?
»‑Un soldado de los ejércitos franceses.
»‑¡Y bien! ‑replicó‑, se ha servido de la espada y ha perecido
por la espada.
»‑‑Os equivocáis; ha perecido por el puñal.
» ¿Qué queréis que haga? ‑respondió el magistrado.
»‑Ya os lo he dicho, quiero que le venguéis.
»‑¿Y de quién?
»‑De sus asesinos.
»‑¿Acaso los conozco yo?
»‑Mandad que los busquen.
»‑¿Para qué? Vuestro hermano habrá tenido alguna querella, y se
habrá batido en duelo. Todos esos antiguos soldados cometen excesos; nuestras
gentes del Mediodía no quieren ni a los soldados ni a los excesos.
»‑Señor ‑respondí yo‑, no os suplico por mí. Yo lloraría o me
vengaría, eso sería todo, pero mi pobre hermano tenía una mujer, si me
sucediese la misma desgracia a mí también, esta pobre criatura moriría de
hambre, porque se mantenía sólo con el trabajo de mi hermano. Obtened para
ella una pequeña pensión del gobierno.
»‑Todas las revoluciones tienen sus catástrofes ‑respondió el señor
de Villefort‑, vuestro hermano ha sido víctima de ésta. Es una desgracia, pero
el gobierno no debe nada a vuestra familia por esto. Si tuviésemos que juzgar
todas las venganzas que los partidarios del usurpador han ejercido contra los
partidarios del rey, cuando a su vez disponían del poder, puede ser que vuestro
hermano hubiese sido hoy condenado a muerte. Lo que ha ocurrido es cosa muy
natural, porque es la ley de las represalias.
» ¡Cómo, señor! ‑exclamé yo‑, ¡es posible que me habléis así
vos, un magistrado...!
»‑Todos estos corsos son unos locos ‑respondió el señor de Villefort‑,
y creen aún que su compatriota es emperador. Os engañáis, amigo mío, debisteis
decirme esto hace dos meses. Hoy es demasiado tarde. Idos, pues, y si no
queréis, yo os haré marchar.
»Yo le miré un instante para ver si una nueva súplica podría
alcanzar algo de aquel hombre, pero aquel hombre era de piedra. Me aproximé a
él.
»‑Y bien ‑le dije a media voz‑, puesto que vos conocéis tan
bien a los corsos, debéis saber cómo cumplen su palabra. Vos
creéis que han hecho bien en matar a mi hermano, que era bonapartista, porque
vos sois realista, ¡pues bien!, yo que también soy bonapartista, os declaro
una cosa, y es que os he de matar. A contar desde este momento, os declaro la vendetta;
así, pues, sabedlo, y guardaos mejor, porque la primera vez que nos
encontremos cara a cara habrá llegado vuestra última hora.
»Y antes de que hubiese vuelto de su sorpresa, abrí la puerta y
me marché.
‑¡Ah, ah! ‑dijo Montecristo‑,con vuestra humilde figura decir
esas cosas, señor Bertuccio, ¡y a un procurador del rey! ¿Y sabía él al menos
lo que quiere decir esa declaración?
‑Tan bien lo sabía, que desde aquel momento no salió ya solo y
se encerró en su casa, haciéndome buscar por todas partes. Por fortuna, estaba
tan oculto que no pudo encontrarme. Entonces se apoderó de él el temor, y tuvo
miedo de permanecer en Nimes. Solicitó un cambio de residencia y como era, en
efecto, un hombre influyente, fue nombrado para Versalles, pero vos lo sabéis,
no existen las distancias para un corso que ha jurado vengarse de su enemigo,
y su carruaje, por bien conducido que fuese, no me ha llevado nunca más de
media jornada de ventaja, a pesar de que le seguía a pie.
»Lo importante no era matarle, cien veces había encontrado ya
ocasión, pero era menester matarle, sin ser descubierto, y sobre todo sin ser
detenido. Por otra parte, yo no me pertenecía a mí mismo, tenía que proteger y
mantener a mi cuñada. Durante tres meses espié al señor de Villefort, durante
tres meses no dio un paso, un movimiento, un paseo, que mi mirada no le
siguiese donde iba. Al fin, descubrí que venía misteriosamente a Auteuil; le
seguí aún, y le vi penetrar en esta casa en que estamos ahora. Solamente que en
lugar de entrar como todo el mundo, por la puerta de la calle, venía, unas
veces a caballo, y otras en carruaje, dejaba el carruaje o el caballo en la posada,
y entraba por esta puertecilla que veis allí.
Montecristo hizo con la cabeza un gesto que probaba que en medio
de la oscuridad distinguía en efecto la entrada indicada por Bertuccio.
‑Yo, que no tenía nada que hacer en Versalles, fijé mi
residencia en Auteuil a hice mis indagaciones. Si quería, aquí es donde infaliblemente
debía encontrarle. La casa pertenecía, como ha dicho el portero a vuestra
excelencia, al señor de Saint‑Meran, suegro de Villefort. El señor de Meran
vivía en Marsella, por consiguiente esta casa no le servía de nada; así, pues,
decían que acababa de alquilarla a una joven viuda a quien conocían bajo el
nombre de la baronesa.
»En efecto, una noche, mientras yo estaba mirando por encima de
la tapia, vi una mujer joven y hermosa que se paseaba sola por el jardín y
miraba con frecuencia a la puertecita, y comprendí que esa noche esperaba a
Villefort. Cuando estuvo bastante cerca de mí para que, a pesar de la
oscuridad, pudiese distinguir sus facciones, vi a una mujer de dieciocho a
diecinueve años, alta y rubia. Como sólo llevaba un peinador y nada ceñía su
cintura, noté que estaba encinta y que su embarazo parecía muy avanzado.
Momentos después abrieron la puertecita. Un hombre entró, la
joven corrió precipitadamente a su encuentro, ambos se arrojaron en brazos uno
de otro, besáronse tiernamente y entraron juntos en la casa. Este hombre era el
señor de Villefort. Yo juzgué que al salir, sobre todo si salía de noche,
habría de atravesar el jardín.
‑Y ‑preguntó el conde‑ ¿habéis sabido después el nombre de esa
mujer?
‑No, excelencia.
‑Continuad.
‑Aquella noche ‑replicó Bertuccio‑ podía muy bien matarle si
hubiera conocido mejor el jardín. Temí no herirle bien, y no poder huir si
alguien acudía a sus gritos. Lo dejé para la próxima cita, y para que no se me
escapase alquilé un cuartito frente a la tapia del jardín.
»Tres días después, hacia las siete de la noche, vi salir de la
casa un criado a caballo que tomó a galope el camino que conducía al de Sevres
y presumí que iba a Versalles. No me engañaba. Tres horas después el hombre
volvió cubierto de polvo, su misión estaba terminada. Diez minutos después,
otro hombre a pie, envuelto en una capa, abría la puertecita del jardín, que se
volvió a cerrar detrás de él.
»Bajé apresuradamente. Aunque no hubiese visto el rostro de Villefort,
le reconocí por los latidos de mi corazón. Atravesé la calle, me arrimé a un
poste colocado junto a la tapia, y con ayuda del cual había mirado otra vez al
jardín.
»Ahora no me contenté con mirar. Saqué mi cuchillo del bolsillo,
me aseguré que la punta estaba bien afilada, y salté por encima de la tapia.
»Mi primer cuidado fue correr a la puerta, había dejado la llave
dentro, tomando la precaución de dar dos vueltas a la cerradura.
»Nada impediría la fuga por este lado. Me puse a estudiar el
lugar. El jardín formaba un cuadrilátero, un prado de fino musgo se extendía
en medio. En los ángulos de este prado había algunos árboles de follaje espeso
y cubierto de flores de otoño.
Para dirigirse de la casa a la puertecita, el señor de Villefort
tenía que pasar junto a uno de estos árboles.
»Era a fines de septiembre. El viento soplaba con fuerza, el resplandor
de la pálida Tuna, velada a cada instante por densas pubes, iluminaba la arena
de las calles de árboles que conducían a la casa, pero no podía atravesar la
oscuridad de esos árboles espesos, en los que un hombre podia permanecer oculto
sin terror de ser visto.
»Me oculté en uno de ellos, junto al cual debía pasar Villefort.
Apenas estaba allí, cuando en medio de las ráfagas de viento que encorvaban
los árboles sobre mi frente, creí percibir unos gemidos. Pero ya sabéis, o más
bien no sabéis, señor conde, que el que espera el momento de cometer un
asesinato cree siempre oír gritos en el aire. Dos horas pasaron, durante las
cuales, repetidas veces creí oír los mismos gemidos.
»Al fin dieron las dote de la noche.
»Al dar la última campanada, lúgubre y retumbante, percibí un
débil resplandor que iluminaba las ventanas de la escalera secreta, por la que
hemos descendido hace poco.
»La puerta se abrió y el hombre de la capa volvió a aparecer.
»Era el momento terrible, pero hacía demasiado tiempo que estaba
preparado, para que pudiese vacilar; así pues, saqué mi cuchillo y esperé.
»E1 hombre de la capa se dirigió hacia donde yo me hallaba, pero
a medida que avanzaba, creí notar que llevaba un arena en la mano derecha. Tuve
miedo, no de una lucha, sino de fracasar en mi intento. Así que estuvo a solo
unos pasos de mí, conocí que lo que yo había tornado por arena no era otra cosa
que un azadón.
No había tenido tiempo aún de adivinar qué objeto tenía en la
mano el señor de Villefort un azadón, cuando se detuvo al lado del árbol arrojó
en derredor una mirada y se puso a cavar un hoyo. Entonces noté que debajo de
la capa llevaba algo que colocó sobre el césped para tener mayor libertad de
movimientos.
»La curiosidad me detuvo y quise ver lo que iba a hacer
Villefort, y permanecí inmóvil, sin aliento, esperando el resultado.
»Luego se me ocurrió una idea, que se confirmó al ver al
procurador del rey sacar de debajo de su capa un cofrecito de dos pies de largo
y seis a ocho pulgadas de ancho.
»Le dejé colocar el cofre en el hoyo, sobre el cual echó tierra,
después apoyó sus pies sobre esta tierra fresca para hacer desaparecer las
huellas de la obra nocturna. Me lancé sobre él y le hundí mi cuchillo en el
pecho, diciéndole:
»‑¡Soy Juan Bertuccio!. Ya ves que mi venganza es más completa
de lo que yo esperaba.
»Ignoro si oyó estas palabras, no lo creo, pues cayó sin dar un
grito. Yo sentí su sangre saltar humeante y ardiente sobre mis manos y sobre
mi rostro, pero estaba ebrio, deliraba. En lugar de quemarme la sangre me
refrescaba. En un segundo desenterré el cofre con ayuda del azadón, y para que
no viesen que lo había desenterrado, volví a llenar el agujero, arrojé el
azadón por encima de la tapia y me lancé por la puerta, que cerré por fuera,
llevándome la llave.
‑Bueno ‑repuso el conde‑, fue un asesinato y un robo.
‑No, excelencia ‑respondió Bertuccio‑, fue una venganza seguida
de una restitución.
‑¿Y la suma estaría al menos en buena moneda?
‑No era dinero.
‑¡Ah, sí!, recuerdo que me hablasteis de un niño.
‑Exacto, excelencia. Corrí hacia el río, me senté en la ribera,
y ansiando saber lo que contenía el cofre, hice saltar la cerradura con un
cuchillo.
» Entre unos paños de finísima batista estaba envuelto un niño
recién nacido. Su rostro de color de púrpura y sus manos de color de violeta,
anunciaban que debió sucumbir por una asfixia producida por ligamentos
naturales arrollados alrededor del cuello. No obstante, como aún no estaba
frío, procuré bañarle en el agua que corría a mis pies. En efecto, poco después
creí sentir un ligero latido hacia la región del corazón. Desembaracé su cuello
del cordón que le rodeaba y como había sido enfermero en el hospital de
Bastia, hice lo que hubiera hecho un médico en mi lugar, es decir, le introduje
aire en los pulmones, y después de un cuarto de hora de inauditos esfuerzos,
le vi suspirar y oí escaparse un grito de su pecho.
»Yo también lancé un grito, pero fue un grito de alegría. Dios
no me maldice ‑dije‑, puesto que permite que devuelva la vida a una criatura
humana en cambio de la vida que he quitado a otra.
‑¿Y qué hicisteis del niño? ‑preguntó Montecristo‑, era una
carga demasiado embarazosa para un hombre que tenía que huir.
‑No tuve la menor idea de conservarle conmigo. Pero yo sabía que
había en París un hospicio donde se recibía a estas pobres criaturas. Al pasar
por la barrera declaré haber hallado aquel niño en el camino, y me informé. El
cofre estaba allí y podía dar testimonio; los pañales de batista indicaban que
el niño pertenecía a padres ricos, la sangre de que yo estaba cubierto podía
pertenecer lo mismo a la criatura que a cualquiera otra persona. No pusieron
ninguna dificultad, entonces me dieron las señas del hospicio, que estaba
situado en la calle del Infierno. Y después de haber tomado la precaución de
cortar el pañal en dos pedazos, de manera que una de las dos letras que lo
marcaban envolviese el cuerpo del niño, mientras yo conservaba la otra,
deposité mi carga en el torno, llamé, y empecé a correr sin descansar. Quince
días después estaba de vuelta en Rogliano y decía a Assunta:
.‑Consuélate, hermana mía, Israel ha muerto, pero le he vengado.
»Entonces me pidió la explicación de estas palabras, y le conté
todo lo que había pasado.
»‑Juan ‑me dijo Assunta‑, debiste traerte ese niño, le hubiésemos
hecho de padres, le hubiésemos llamado Benedetto, y en favor de esa buena
acción Dios nos bendeciría seguramente.
»Por toda respuesta, le di la mitad del pañal que había
conservado a fin de hacer reclamar el niño si algún día llegábamos a ser ricos.
‑¿Y con qué letras estaba marcado ese pañal? ‑preguntó MonteCristo?
‑Con una H y una N debajo de una diadema de barón.
‑Me parece, Dios me perdone, que os servís de términos de blasón.
¡Señor Bertuccio! ¿Dónde diablos habéis hecho vuestros estudios heráldicos?
‑A vuestro servicio, señor conde, donde todo se aprende.
‑Proseguid. Deseo saber dos cosas.
‑¿Cuáles, señor?
‑¿Qué fue del niño? ¿No me habéis dicho que era un niño, señor
Bertuccio?
‑No, excelencia, no recuerdo haberos dicho nada de eso.
‑¡Ah!, creí haber oído...; bien, tal vez esté equivocado.
‑No, no estáis equivocado, porque efectivamente era un niño,
pero vuestra excelencia desearía, según me dijo, saber dos cosas, ¿cuál es la
segunda?
‑La segunda es el crimen de que fuisteis acusado cuando pedisteis
el confesor, y el abate Busoni fue a veros a la prisión de Nimes.
‑Quizá durará mucho esta relación, excelencia.
‑¿Qué importa? Apenas son las diez, bien sabéis que yo no duermo,
y supongo que tampoco vos tenéis muchas ganas de hacerlo.
Bertuccio se inclinó y prosiguió su narración.
‑Tanto para desterrar de mi mente los recuerdos que me asaltaban
cuanto para ayudar a las necesidades de la pobre viuda, me dediqué con ardor
al oficio de contrabandista.
»Las costas del Mediodía estaban muy mal guardadas, debido a los
continuos movimientos que tenían lugar allí, ora en Avignon, ora en Nimes o en
Uzés. Nos aprovechamos de esta especie de tregua que nos era concedida por el
gobierno. Después del asesinato de mi hermano en las calles de Nimes, yo no
había querido entrar en esta ciudad. De aquí resultó que el posadero, con el
cual efectuábamos nuestros negocios, viendo que no queríamos buscarle, nos
buscó él a nosotros, y fundó una posada en el camino de Bellegarde a
Beaucaire, con el nombre de la Posada del Puente Gard. Así teníamos, ya
sea en Aigues Mortes, ya en Martignes, o en Bonc, una docena de casas donde
depositábamos nuestras mercancías, y donde, en caso de necesidad, hallábamos un
refugio contra los aduaneros y los gendarmes. Este oficio de contrabandista es
muy lucrativo, cuando se aplica a él cierta inteligencia secundada de algún
vigor; en cuanto a mí, yo vivía en las montañas, teniendo ahora que temer con
doble razón de los gendarmes y aduaneros, teniendo en cuenta que toda
presentación delante de jueces podía producir una pesquisa, y esta pesquisa es
siempre volver a lo pasado, y en mi pasado podía mostrar algo más grave que
algunos cigarros entrados de contrabando, o barriles de aguardiente circulando
sin pagar derechos. Así, pues, prefiriendo mil veces la muerte a un arresto,
realizaba hazañas asombrosas, y que más de una vez me demostraron que el tener
tanto cuidado con el cuerpo es el único obstáculo que se opone al buen éxito de
aquellos proyectos nuestros que necesitan decisión rápida y ejecución vigorosa
y determinada. En efecto, una vez hecho el sacrificio de la vida, ya no es uno
igual a los otros hombres, o mejor dicho, los otros hombres no son nuestros
iguales, y una vez tomada esta resolución, siente uno aumentarse sus fuerzas y
agrandarse su horizonte.
‑¡Filosofía también, señor Bertuccio! ‑interrumpió el conde‑,
pero vos de todo sabéis un poco.
‑¡Oh, excelencia... !
‑No, no; únicamente que la filosofía a las diez y media de la noche,
es un poco tarde. Pero no tengo otra observación que haceros, ya que la
encuentro exacta, lo que no se puede decir de todas las filosofías.
‑Cuanto más largas eran mis correrías, mayor era el rendimiento.
Assunta era el ama de casa, y nuestra pequeña fortuna se iba aumentando. Un
día que yo partía para una expedición, díjome ella: Anda, que a lo vuelta lo
preparo una sorpresa.
» La interrogué inútilmente. Nada quiso decirme y partí.
»La correría duró más de seis semanas. Habíamos estado en Luca
cargando aceite, y en Liorna tomando algodones ingleses; nuestro desembarque se
hizo sin ningún acontecimiento adverso; hicimos nuestro negocio y volvimos más
contentos que nunca.
» Al entrar en la casa, la primera cosa que vi en el sitio más
visible
del cuarto de Assunta, en una cuna suntuosa, en comparación con
el resto de la habitación, fue un niño de siete a ocho meses. Lancé un grito de
alegría.
»Los únicos momentos de tristeza que había experimentado después
del asesinato del procurador del rey, habían sido causados por el abandono de
este niño, porque lo que es remordimiento por el asesinato no tuve ninguno.
»La pobre Assunta todo lo había adivinado, se había aprovechado
de mi ausencia, y con la mitad del pañal, habiendo escrito, para no olvidarlo,
el día y la hora en que fue depositado el niño en el hospicio, partió a París,
y fue a reclamarle. No le pusieron ninguna dificultad, y el niño le fue
entregado. ¡Ah!, confieso, señor conde, que al ver aquella criatura durmiendo
en su cuna, se me partió el corazón, y algunas lágrimas brotaron de mis ojos.
»‑En verdad, Assunta ‑exclamé‑, eres una buena mujer y la
Providencia lo bendecirá.
‑¡Ay, excelencia! ‑dijo Bertuccio‑, no sospechaba yo que este
niño había de ser el encargado por Dios de mi castigo. Jamás se declaró tan
pronto una naturaleza más perversa, y no obstante, no se podía decir que
estuviese mal educado, porque mi hermana le trataba lo mismo que a un príncipe.
Era un muchacho de rostro encantador, con unos ojos de azul claro, únicamente
sus cabellos, de un rojo muy vivo, dando a este rostro un carácter extraño,
aumentaban la vivacidad de su mirada y la malicia de su sonrisa. También es
cierto que la dulzura de su madre animó sus primeras inclinaciones; el niño por
quien mi pobre hermana iba al mercado a cuatro o cinco leguas de allí, para
comprarle las primeras y mejores frutas y los bizcochos más delicados, y
prefería las naranjas de Palma a las conservas de Génova, las castañas robadas
a un extraño, mientras que a su disposición tenía las castañas y manzanas de
nuestro jardín.
»Un día, cuando Benedetto apenas contaba cinco o seis años de
edad, el vecino Basilio, que según las costumbres de nuestro país no encerraba
ni su dinero ni sus joyas, porque el señor conde lo sabe tan bien como nadie,
en Córcega no hay ladrones, el vecino Basilio vino a vernos y se quejó de que
le había desaparecido un luis de su bolsillo. Todos creyeron que había contado
mal, pero él dijo estar seguro de que le faltaba. Este día Benedetto había
faltado de casa desde la mañana y estábamos muy inquietos, cuando a la noche le
vimos venir con un mono que se había encontrado, según decía, encadenado al pie
de un árbol.
»Hacía un mes que ya no sabía qué pensar, no cesaba de pensar en
un mono. Un batelero que había pasado por Rogliano, y que tenía muchos de esos
animales, le inspiró sin duda este desgraciado capricho.
»‑En nuestro bosque no hay monos ‑le dije yo‑, y sobre todo
encadenados. Confiésame de dónde lo ha venido eso.
Benedetto confesó su mentira y la acompañó de detalles que hacían
más honor a su imaginación que a su veracidad. Me irrité, y se echó a reír. Le
amenacé y se retiró dos pasos.
‑Tú no puedes pegarme, no tienes derecho a ello, no eres mi
padre.
Siempre ignoramos quién le reveló ese fatal secreto, que con
tanto cuidado le habíamos ocultado. En fin, de todos modos, esta repuesta en la
cual el muchacho se rebelaba abiertamente, me espantó. Mi brazo casi levantado,
volvió a caer sin tocar al culpable. El muchacho salió victorioso y esta
victoria le dio tal audacia, que desde aquel momento todo el dinero de Assunta,
cuyo amor hacia él parecía aumentarse a medida que era menos digno de él, se
gastó en caprichos. Cuando yo estaba en Rogliano, las cosas iban bastante bien,
pero apenas hube partido, Benedetto quedó dueño de la casa, y todo empezó a ir
de mal en peor. De edad de once años escasos, todos sus camaradas los había
elegido entre jóvenes de dieciocho a veinte años, lo más calaveras de Bastia;
por algunos incidentes, la justicia nos había avisado repetidas veces.
Yo estaba asustado. Cualquier informe podía tener fatales consecuencias.
Precisamente pronto me iba a ver obligado a salir de Córcega para una
expedición importante. Reflexioné largo tiempo, y con el pensamiento de evitar
grandes desgracias, me decidí a llevar conmigo a Benedetto. Esperaba que la
vida activa y laboriosa del contrabandista, la disciplina severa del Norte,
cambiarían este carácter pronto a corromperse, si es que ya no lo estaba del
todo.
»Llamé, pues, aparte a Benedetto y le hice la proposición de seguirme,
rodeando esta proposición de todas las promesas que pueden seducir a un niño de
doce años.
Me dejó hablar hasta el fin, y cuando hube acabado, soltó una
carcajada diciendo:
»‑¿Estáis loco, tío? ‑pues así me llamaba cuando estaba de buen
humor‑. ¿Yo cambiar la vida que llevo con la que vos lleváis, mi excelente
holgazanería por el horrible trabajo que os tenéis impuesto? ¿Pasar la noche
al frío, el día al calor, ocultarse sin cesar, recibir tiros sin cesar y todo
esto por ganar un poco de dinero? Dinero tengo yo cuanto quiero; madre Assunta
me da todo lo que le pido, bien veis que sería un imbécil si aceptase lo que me
proponéis.
»Me quedé estupefacto ante esta audacia y este razonamiento;
Benedetto siguió jugando con sus camaradas, y lo vi a lo lejos señalándome a
ellos como si yo fuera un idiota.
‑¡Oh! ¡Niño encantador! ‑murmuró Montecristo.
.‑¡Ah!, si hubiese sido mío ‑respondió Bertuccio‑, si hubiese
sido mi hijo, o por lo menos nú sobrino, yo le hubiese corregido sus vicios,
pero la idea de que había matado al padre me hacía imposible toda corrección.
Di buenos consejos a mi hermana, que siempre salía en defensa del desgraciado,
y como me confesó que muchas veces le habían faltado sumas considerables, le
indiqué un lugar donde podría ocultar nuestro pequeño tesoro.
»En cuanto a mí, mi resolución estaba tomada. Benedetto sabía
leer, escribir y contar perfectamente, porque cuando por casualidad quería
dedicarse al trabajo, aprendía en un día lo que otros en una semana. Mi
resolución, como digo, estaba tomada. Yo pensaba emplearle de secretario en
algún buque, y sin avisarle, hacerle venir conmigo una mañana y llevarlo a
bordo; de este modo, recomendándole al capitán, todo su porvenir dependía de
él.
»Una vez dispuesto este plan, partí para Francia.
»Aquella vez debían efectuarse todas estas operaciones en el
golfo de Lyón, y eran cada vez más difíciles, porque estábamos en 1829. La
tranquilidad reinaba por doquier, y por consiguiente el servicio de las costas
era entonces más regular y más severo que nunca. Esta vigilancia estaba aún
aumentada momentáneamente por la feria de Beaucaire que acababa de empezar.
»Nuestra primera expedición se efectuó sin ningún tropiezo. Amarramos
nuestra barca, que tenía un doble fondo, en el que ocultábamos nuestras
mercancías de contrabando, en medio de una cantidad de bateles que bordeaban
ambas orillas del Ródano desde Beaucaire hasta Arlés. Llegados allí, empezamos
a descargar nuestras mercancías prohibidas, y a hacerlas pasar por medio de
las personas que estaban en relaciones con nosotros, o de posaderos, en casa
de los cuales las íbamos depositando. Ya fuese que el buen éxito nos hubiese
hecho imprudentes, ya que fuimos delatados, una tarde, a las cinco y media,
cuando volvíamos a reanudar nuestro trabajo, uno de nuestros espías llegó
azorado, diciendo que había visto un grupo de aduaneros dirigirse hacia este
lado. No era precisamente el grupo lo que nos daba miedo. A cada instante,
sobre todo a la sazón, compañías enteras rondaban por las orillas del Ródano,
pero eran las precauciones que según decía el muchacho tomaban para no ser
vistos. En seguida estuvimos alerta, pero era ya muy tarde. Nuestra barca era
evidentemente el objeto de las pesquisas; estaba rodeada. Entre los aduaneros
vi algunos gendarmes, y tan tímido a la vista de éstos, como valiente era de
ordinario a la vista de cualquier otro cuerpo militar, deslizándome por una
tonelera, me dejé caer en el río, después nadé entre dos aguas, no respirando
sino a largos intervalos, de suerte que sin ser visto llegué al canal que va de
Beaucaire a Aigues Mortes. Una vez aquí, me había salvado, porque podía seguir
este canal sin ser visto. No era por casualidad y sin premeditación por lo que
seguí este camino. Ya he hablado a vuestra excelencia de un posadero de Nimes
que había establecido una posada en el camino de Bellegarde a Beaucaire.
‑Sí ‑dijo Montecristo‑, lo recuerdo; ese hombre era también, si
no me engaño, vuestro asociado.
‑Eso es ‑respondió Bertuccio‑, pero después de siete a ocho años
había cedido su establecimiento a un antiguo sastre de Marsella, que, luego de
arruinarse en su oficio, quiso probar fortuna en otro. Además, las relaciones
que teníamos con el primero siguieron con el segundo. A este hombre fue a quien
yo iba pedir asilo.
‑¿Y cómo se llamaba? ‑inquirió el conde, que parecía volver a
tomar algún interés en la relación de Bertuccio.
‑Llamábase Gaspar Caderousse, casado con una de Carconte, y que
nosotros no conocemos bajo otro nombre que el de su pueblo. Era una pobre mujer
atacada de una penosa enfermedad que la iba llevando al sepulcro. En cuanto al
hombre, era un sujeto robusto, de cuarenta a cuarenta y cinco años de edad, que
más de una vez nos había dado pruebas, en circunstancias apuradas, de su
presencia de espíritu y de su valor.
‑¿Y decís ‑preguntó Montecristo‑, que esas cosas sucedían en el
año...?
‑Mil ochocientos veintinueve, señor conde.
‑¿En qué mes?
‑En el mes de junio.
‑¿Al principio o al fin?
‑El día tres, por la noche.
‑¡Ah! ‑dijo Montecristo‑, el tres de junio de 1829... Bien,
proseguid.
‑A Caderousse, pues, era a quien tenía que pedir asilo, pero
como por lo regular no entrábamos en su casa por la puerta que daba al camino,
decidí no alterar las costumbres, salté el vallado del jardín, me escurrí por
entre los olivos y las higueras, y entré temiendo que Caderousse tuviese algún
viajero en su posada, en una especie de caramanchón, en el que más de una vez
había pasado la noche tan bien como en la mejor cama. Este caramanchón no
estaba separado de la sala común del piso bajo más que por un tabique de tablas
un
poco entreabiertas a propósito, a fin de poder avisar que
estábamos allí.
Mi intención era, si Caderousse se hallaba solo, avisarle de mi
llegada, cenar con él y aprovecharme de la tempestad que se avecina . Iba,
para llegar a las orillas del Ródano y cerciorarme de lo que había sido de la
barca y de los que iban en ella. Me deslicé, pues, en el caramanchón y me
alegré de no haber dado la señal, pues en el mismo momento vi a Caderousse que
entraba en su casa con un desconocido.
Me agazapé allí y esperé, no con la intención de sorprender los
secretos de mi huésped, sino porque no podía hacer otra cosa; además, diez
veces había ya sucedido un caso semejante.
El hombre que iba con Caderousse era evidentemente extranjero en
el Mediodía de Francia; era uno de esos negociantes que vienen a vender joyas a
la feria de Beaucaire, y que, en un mes que dura la feria, donde se reúnen
mercaderes de todas partes de Europa, hacen algunas veces negocios de ciento
cincuenta mil francos.
Caderousse entró el primero.
Al ver la sala vacía como de costumbre, guardada sólo por el
perro, llamó a su mujer.
‑¡Eh... ! Carconte ‑dijo‑, el buen sacerdote no nos había engañado,
el diamante era bueno.
Una exclamación de alegría se oyó, y casi al mismo tiempo la escalera
crujió bajo un paso vacilante y pesado.
‑¿Qué dices? ‑preguntó más pálida que una muerta.
‑Digo que el diamañte era bueno. Aquí tienes al señor, uno de
los primeros joyeros de París, que está pronto a darnos cincuenta mil francos
por él. Solamente que para estar más seguro de que el diamante es nuestro, me
ha pedido que le cuentes, como ya lo he hecho yo, de qué manera vino a nuestras
manos. Mientras tanto, caballero, sentaos, si gustáis, y como el tiempo está
algo caluroso, os voy a traer algo con qué refrescar.
El joyero examinó detenidamente el interior de la posada y la
visible pobreza de los que iban a venderle un diamante digno de un príncipe.
‑Contad, señora ‑dijo, queriendo sin duda aprovecharse de la
ausencia de su marido para que ninguna señal de parte de éste influyese en la
mujer, y para ver si entre ambas relaciones encajaban la una con la otra.
‑¡Oh! ¡Dios mío! ‑dijo la mujer‑, es una bendición del cielo que
estábamos muy lejos de esperar. Imaginaos, caballero, que mi marido tuvo
relaciones en 1814 ó 1815 con un marino llamado Edmundo Dantés. Este pobre
muchacho, a quien Caderousse había olvidado completamente, no lo ha olvidado a
él, y al fallecer le ha dejado el diamante que acabáis de ver.
‑¿Pero cómo llegó a ser poseedor de ese diamante? ‑preguntó el
joyero‑. ¿Le tenía cuando entró en la prisión?
‑No, señor; pero en la prisión trabó conocimiento con un inglés
muy rico ‑respondió la mujer‑, y como cayó enfermo su compañero de prisión y
Dantés le cuidó como si hubiese sido su hermano, el inglés, al salir de la
cautividad, dejó al pobre Dantés (que menos feliz que él murió en la prisión),
este diamante que nos legó a su vez al morir, y que se encargó de entregarnos
el digno abate que vino esta mañana a cumplir con su encargo.
‑Bien. Las dos historias concuerdan ‑murmuró el joyero‑, y
después de todo, bien puede ser verdad, aunque parezca inverosímil a primera
vista. Sólo resta que nos pongamos de acuerdo sobre el precio.
‑¡Cómo! ‑dijo Caderousse‑, yo creía que habríais consentido en
el precio que yo pedía.
‑Es decir ‑replicó el joyero‑, que yo he ofrecido cuarenta mil
francos.
‑¡Cuarenta mil! ‑exclamó Carconte‑, por ese precio no se lo
damos. El abate nos ha dicho que valía cincuenta mil francos el diamante solo.
‑¿Y cómo se llamaba ese abate? ‑preguntó el infatigable joyero.
‑El abate Busoni.
‑¿Era un extranjero?
‑Creo que era un italiano de los alrededores de Mantua.
‑Mostradme ese diamante ‑repuso el joyero‑, que a veces juzgo
mal las piedras a primera vista.
Caderousse sacó de su bolsillo un estuchito negro, lo abrió y lo
pasó al joyero. Al ver el diamante, casi tan grueso como una nuez pequeñita,
recuerdo que los ojos de la Carconte brillaron de codicia.
‑Y vos, señor Bertuccio, ¿qué pensabais de todo eso? ‑preguntó
Montecristo‑, ¿creíais esa fábula?
‑Sí, excelencia; yo no creía que Caderousse fuese un mal hombre,
y le juzgaba incapaz de haber cometido un crimen o un robo.
‑Eso honra más a vuestro corazón que a vuestra experiencia, señor
Bertuccio. ¿Habíais conocido a ese Edmundo Dantés de quien habláis?
‑No, excelencia, nunca había oído hablar de él hasta entonces y
luego otra vez, al abate Busoni, cuando le vi en la cárcel de Nimes.
‑Bien, continuad.
‑El joyero tomó la sortija de manos de Caderousse, y sacó de su
bolsillo unas pinzas de acero y unas balanzas de cobre. Después, separando el
cerco de oro que sujetaba la piedra en la sortija, hizo salir el diamante de su
engaste y lo pesó minuciosamente en las balanzas.
‑Daré hasta cuarenta y cinco mil francos ‑dijo‑, pero nada más.
Por otra parte, como esto es lo que valía el diamante, no he tomado más que
esta suma.
‑¡Oh!, no importa ‑dijo Caderousse‑, volveré con vos a Beaucaire
por los otros cinco mil.
‑No ‑dijo el platero devolviendo el anillo y el diamante a Caderousse‑.
No, eso no vale más a incluso me arrepiento de haber ofrecido esa suma, pues
la piedra tiene un defecto que yo no había visto, pero no importa, no tengo más
que una palabra, he dicho cuarenta y cinco mil francos y no me desdigo.
‑Al menos volved a colocar el diamante en la sortija ‑dijo la
Carconte con acritud.
‑Justo es ‑dijo el platero. Y volvió a engastar la piedra.
‑Bueno, bueno, bueno ‑dijo Caderousse, metiendo el estuche en el
bolsillo‑, a otro se lo venderemos.
‑Sí ‑repuso el platero‑, pero no hará lo que yo. Otro no se
contentará con los informes que me habéis dado. No es natural que un hombre
como vos tenga diamantes de cuarenta y cinco mil francos. Avisará a los
magistrados, tendrán que buscar al abate Busoni y los abates que dan diamantes
de dos mil luises son raros. Lo primero que hará la justicia será mandaros a la
cárcel, y si sois reconocido inocente, si os sacan de la cárcel al cabo de tres
o cuatro meses, la sortija se habrá perdido, o bien os darán una piedra falsa
que sólo valdrá tres francos en lugar de un diamante que valía cincuenta mil.
Caderousse y su mujer se interrogaron con una mirada.
No ‑dijo Caderousse‑, no somos tan ricos que podamos perder
cinco mil francos.
‑Como gustéis, amigo mío ‑dijo el platero‑; sin embargo, como
véis, había traído buena moneda.
Y sacó de uno de sus bolsillos un puñado de oro que hizo brillar
a los deslumbrados ojos del posadero, y del otro un paquete de billetes de
banco. En el alma de Caderousse se estaba librando un rudo combate. Era
evidente que para él aquel estuchito que daba vueltas en su mano no
correspondía a la enorme suma que fascinaba sus ojos. Volvióse hacia su mujer,
y le dijo en voz baja:
‑¿Tú qué dices?
‑Dáselo, dáselo ‑dijo ella‑, si vuelve a Beaucaire sin el
diamante nos denunciará, y según él dice, quién sabe si podremos encontrar al
abate Busoni.
‑¡Pues bien!, sea ‑dijo Caderousse‑. Tomad el diamante por
cuarenta y cinco mil francos. Pero mi mujer quiere una cadena de oro y yo un
par de hebillas de plata.
El platero sacó de su bolsillo una cajita de plata larga y chata
que contenía muchos objetos de los que habían pedido.
‑Tomad ‑dijo‑, acabemos de una vez, elegid.
La mujer escogió una cadena de oro que podía valer cinco luises,
y el marido un par de hebillas de plata que valdrían quince francos.
‑Espero que no os quejaréis ‑dijo el platero.
‑Pero es que el abate había dicho que valía cincuenta mil francos
‑murmuró sordamente Caderousse.
‑¡Vamos, vamos! ¡Qué hombre éste! ‑replicó el joyero cogiéndole
el diamante de las manos‑, le doy cuarenta y cinco mil francos, dos mil
quinientas libras de renta, es decir, una fortuna que yo quisiera tener para
mí, ¡y aún no está contento!
‑¿Y dónde están los cuarenta y cinco mil francos?
‑Aquí ‑dijo el platero.
Y contó sobre la mesa quince mil francos en oro y treinta mil en
billetes de banco.
‑Aguardad a que encienda la lámpara ‑dijo la Carconte‑, ya no se
ve muy bien y nos podríamos equivocar.
En efecto, durante esta discusión había ido oscureciendo y con
la noche se acercaba rápidamente la tempestad. Oíase rugir sordamente el trueno
a lo lejos, pero ni el platero, ni Caderousse, ni la Carconte, parecían
ocuparse de ello, poseídos como estaban los tres de una avaricia diabólica.
Yo mismo experimentaba una extraña fascinación a la vista de
todo aquel oro y los billetes. Me parecía soñar, y como sucede en un sueño, me
sentía clavado en el sitio donde estaba.
Caderousse contó y volvió a contar el oro y los billetes, después
los entregó a su mujer, la cual los contó y volvió a contar otra vez.
Durante este tiempo el platero hacía brillar la joya a la luz de
la lámpara, y el diamante arrojaba resplandores que le hacían olvidar los que,
precursores de la tempestad, comenzaban a inflamar las ventanas.
‑¿Está bien la cuenta? ‑preguntó el joyero.
‑Sí ‑dijo Caderousse‑, dame la cartera y busca un talego, Carconte.
Esta se dirigió a un armario y volvió con una cartera vieja de
cuero
de la cual sacaron algunas cartas grasientas, en lugar de las
cuales pusieron los billetes, y un talego que contenía dos o tres escudos de
seis libras que, probablemente, componían toda la fortuna del miserable
matrimonio.
‑¡Ea! ‑dijo Caderousse‑, aunque nos hayáis dejado sin una docena
de miles de francos tal vez, ¿queréis cenar con nosotros? Lo digo con buena
voluntad.
‑Gracias ‑dijo el platero‑, debe ser tarde y es preciso que
vuelva a Beaucaire, pues mi mujer estaría inquieta ‑sacó su reloj y exclamó‑:
¡Diantre!, las nueve y tardaré tres horas en ir a Beaucaire. Adiós, amigos
míos, si vienen por ahí más abates Busoni, pensad en mí.
‑Dentro de ocho días ya no estaréis en Beaucaire ‑dijo Caderousse‑,
puesto que la feria concluye la semana que viene.
‑No, pero eso no importa. Escribidme a París al señor Joannés,
Palms‑Royal, galería de piedra, número 45. Haré expresamente un viaje si vale
la pena.
De repente brilló un relámpago tan intenso, que casi eclipsó la
claridad de la lámpara, seguido de un formidable trueno.
‑¡Oh! ‑dijo Caderousse‑. ¿Vais a partir con ese tiempo?
‑Yo no temo a los truenos ‑dijo el platero.
‑¿Y a los ladrones? ‑preguntó la Carconte‑. Ahora durante la
feria no está el camino muy seguro.
‑En cuanto a los ladrones ‑dijo Joannés‑, estoy preparado contra
ellos.
Y sacó de su bolsillo un par de pistolas cargadas.
‑Veo que tenéis ‑dijo‑ un par de cachorros que ladran y muerden
al mismo tiempo. ¿Los destináis a los dos primeros que tengan ganas de poseer
vuestro diamante?
Caderousse y su mujer cambiaron una mirada sombría. Parecía como
si al mismo tiempo hubieran tenido algún terrible pensamiento.
‑Entonces, ¡buen viaje! ‑dijo Caderousse.
‑Gracias ‑‑dijo el platero.
Cogió su bastón y salió.
En el instante en que abrió la puerta, una bocanada de viento
entró por ella violentamente, y poco faltó para que apagase la lámpara.
‑Quedaos ‑dijo Caderousse‑, aquí dormiréis.
‑¡Oh! ‑dijo‑, vaya un tiempo que va a hacer, y no será nada
agradable caminar ahora dos leguas en despoblado.
‑Sí, quedaos ‑dijo la Carconte con voz trémula‑, os cuidaremos
mucho.
‑No, es preciso que vaya a dormir a Beaucaire. Adiós.
Caderousse acercóse lentamente a la puerta.
‑No se ve el cielo ni la tierra ‑dijo el platero, ya fuera de la
casa‑, ¿sigo a la derecha o a la izquierda?
‑A la derecha ‑‑dijo Caderousse‑, no os podéis perder. El camino
está bordeado de árboles por ambos lados.
‑Bueno, ya lo he encontrado ‑dijo la voz cuyo eco se había
perdido casi a lo lejos.
‑¡Cierra la puerta! ‑dijo la Carconte‑, no me gusta la puerta
abierta cuando truena.
‑Y cuando hay dinero en la casa, ¿no es verdad? ‑respondió
Caderousse, dando dos vueltas a la llave.
Entró, se dirigió al armario, sacó el talego y la cartera, y
ambos volvieron a contar por tercera vez sus monedas de oro y sus billetes.
Nunca he visto expresión semejante a la de aquellos dos rostros
iluminados por la codicia. La mujer, sobre todo, estaba odiosa. El temblor
febril que generalmente la animaba, había aumentado, su rostro se había vuelto
lívido, sus ojos hundidos brillaban en el fondo de sus órbitas.
‑¿Por qué ‑preguntó ella con voz sorda‑ le ofreciste que se
quedase a dormir?
‑¡Eh! ‑respondió Caderousse estremeciéndose‑, para... que no
tuviese la molestia de volver a Beaucaire.
‑¡Ah! ‑dijo la mujer con expresión imposible de describir‑, yo
creía que era para otra cosa.
‑¡Mujer! ¡Mujer! ‑exclamó Caderousse‑, ¿por qué has de tener
tales ideas, y por qué al tenerlas no las callas?
‑Es igual ‑dijo la Carconte después de un momento de silencio‑
tú no eres hombre.
‑¡Cómo! ‑exclamó Caderousse.
‑Si tú fueras hombre, ése no habría salido de aquí.
‑¡Mujer!
‑O bien, no hubiese llegado a Beaucaire.
‑¿Qué estás diciendo?
‑El camino hace un recodo, tiene que serguirlo, mientras que junto
al canal hay otra senda mucho más corta.
‑Mujer, tú ofendes a Dios. Mira, escucha...
En efecto, un relámpago azulado iluminó toda la sala, y un rayo
descendió rápidamente y pareció alejarse con sentimiento de la casa maldita. En
seguida se oyó un espantoso trueno.
‑¡ Jesús! ‑dijo la Carconte, santiguándose.
En el mismo instante, y en medio del silencio de terror que
sigue a la tormenta, se oyó llamar precipitadamente a la puerta.
Caderousse y su mujer se estremecieron y se miraron espantados.
‑¡Quién es! ‑exclamó Caderousse levantándose y reuniendo en un
montón el oro y los billetes esparcidos sobre la mesa, cubriéndolos con ambas
manos.
‑¡Yo! ‑dijo una voz.
‑¿Quién sois vos?
‑‑¡Eh! ¡Qué diantre! ¡Joannés, el platero!
‑¿Qué lo parece? ¿No decías ‑replicó la Carconte con diabólica
sonrisa‑ que yo ofendía a Dios...? ¡Pues mira, Dios nos lo envía!
Caderousse cayó pálido y desfallecido sobre la silla. La
Carconte, al contrario, se levantó, dirigióse a la puerta con paso firme y la
abrió.
‑Entrad, querido señor Joannés ‑dijo.
‑¡A fe mía! ‑dijo el platero empapado de agua y sacudiéndose‑,
parece que el diablo no quiere que vuelva a Beaucaire esta noche. Nada, me
habéis ofrecido hospitalidad, la acepto y he vuelto para pasar la noche en
vuestra posada.
Caderousse
murmuró algunas palabras enjugándose el sudor que inundaba su frente. La
Carconte cerró cuidadosamente y con llave la puerta detrás del platero.
Capítulo sexto
La lluvia de sangre
Cuando el platero entró en la casa, echó una mirada
interrogadora a su alrededor, pero nada parecía inspirarle sospechas.
Caderousse tenía el oro y los billetes entre sus manos. La
Carconte se mostraba risueña con su huésped, lo más amable que podía.
‑¡Ah!, ¡ah! ‑dijo el platero‑, parece que temíais no haber
contado bien, ¿estabais repasando vuestro tesoro después de mi partida?
‑No ‑dijo Caderousse‑, pero el acontecimiento que nos ha hecho
poseedores de él es tan inesperado, que cuando no tenemos a la vista la prueba
material, creemos estar soñando.
El platero se sonrió.
‑¿Tenéis viajeros en vuestra posada? ‑preguntó.
‑No ‑respondió Caderousse‑, no duerme aquí nadie; estamos muy
cerca de la ciudad y nadie se detiene en la posada.
‑Entonces, voy a causaros una gran molestia.
‑¿Vos? ¡Oh!, no, de ningún modo.
‑Veamos, ¿dónde me pondréis?
‑En el cuarto de arriba.
‑¿Pero no es el vuestro?
‑¡Oh!, no importa. Tenemos otra cama en la pieza que está al
lado de ésa - y apagó la lámpara.
Caderousse miró asombrado a su mujer. El platero se acercó a un
poco de lumbre que había encendido la Carconte en la chimenea. Durante este
tiempo, colocaba sobre una esquina de la mesa donde había extendido una
servilleta, los restos de una cena, lo cual acompañó de dos o tres huevos
frescos. Caderousse guardó de nuevo los billetes en su cartera, el oro en un
talego y todo ello en el armario. Paseábase por la sala sombrío y pensativo, y
levantando de vez en cuando la mirada sobre el platero, que estaba fumando
delante del hogar, y que a medida que se secaba de un lado se volvía del otro.
‑¡Aquí! ‑dijo la Carconte, colocando una botella de vino sobre
la mesa‑, cuando queráis cenar, todo está a punto.
‑¿Y vos? ‑preguntó Joannés.
‑Yo no cenaré ‑respondió Caderousse.
‑Es que hemos comido tarde ‑apresuróse a decir la Carconte.
‑Luego, ¿voy a cenar solo? ‑dijo el platero.
‑Nosotros os serviremos ‑dijo la Carconte con una amabilidad que
no le era habitual ni aun con los huéspedes que pagaban. De vez en cuando,
Caderousse lanzaba a su mujer una mirada rápida como un relámpago. La tempestad
continuaba.
‑¿Oís, oís? ‑‑dijo la Carconte‑. Bien habéis hecho, a fe mía, en
volver.
‑Lo cual no impide ‑dijo el joyero‑ que si durante mi cena se
aplaca este temporal, me vuelva a poner en camino.
‑Este es el mistral ‑dijo Caderousse, dando un suspiro‑, y me
parece que lo tenemos hasta mañana.
‑¡Oh!, tanto peor para los que estén fuera ‑‑dijo el platero
sentándose a la mesa.
‑Sí ‑replicó la Carconte‑, mala noche les espera.
El platero empezó a cenar y la Carconte siguió prodigándole los
cuidados más atentos. Si el platero la hubiese conocido de antemano, tal cambio
le hubiera asombrado, inspirándole algunas sospechas.
En cuanto a Caderousse, no pronunciaba una palabra, seguía
paseando y parecía no atreverse a mirar a su huésped. Cuando hobo terminado la
cena, foe él mismo a abrir la puerta.
‑Creo que se calma la tempestad ‑dijo.
Pero en este momento, como para desmentirle, un trueno terrible
estremeció la casa y una bocanada de viento mezclada de lluvia entró y apagó la
lámpara. Volvió a cerrar. La Carconte encendió un cabo de vela en la lumbre,
que estaba extinguiéndose.
‑Mirad ‑dijo al platero‑, debéis estar fatigado. Ya he puesto
sábanas limpias en la cama, subid a acostaros y dormid bien.
Joannés se quedó aún un instante para asegurarse de que el
huracán no se calmaba, y cuando se cercioró de que los truenos y la lluvia iban
en aumento, dio a sus huéspedes las buenas noches y subió la escalera. Pasaba
por encima de mi cabeza, y yo sentía crujir cada escalón bajo sus pasos. La
Carconte le siguió con una mirada ávida, mientras que, al contrario,
Caderousse le volvió la espalda sin mirarle. Todos estos detalles que recordé
después de algún tiempo, no me sorprendieron en el momento en que los presenciaba,
nada era para mí más natural que lo que estaba pasando y excepto la historia
del diamante, que me parecía un porn inverosímil, todo lo encontraba fundado.
Así, pues, como me sentía extenuado de fatiga, resolví dormir algunas
horas y alejarme a la mitad de la noche.
En la pieta de encima, yo veía al platero tomar todas las
disposiciones para pasar la mejor noche posible. Pronto la cama crujió bajo su
cuerpo. Acababa de acostarse.
Sentía que mis ojos se cerraban a pesar mío. Como no había
concebido ninguna sospecha, no intenté luchar contra el sueño y eché una última
ojeada a la cocina. Caderousse se hallaba sentado al lado de una larga mesa,
sobre uno de esos bancos de madera que en las posadas de aldea reemplazan a la
sillas. Me volvía la espalda, de suerte que no podia ver su fisonomía. Además,
aun cuando hubiese estado en la posición contraria, me hubiera sido también
imposible, porque tenía su cabeza sepultada entre sus manos.
Su mujer le miró algún tiempo, se encogió de hombros y foe a
sentarse frente a él. En este momento la moribunda llama encendió un leño seco
que antes olvidara. Un resplandor más vivo iluminó aquel sombrío interior. La
Carconte tenía los ojos fijos en su marido, y como éste permanecía en la misma
posición, le vi extender un brazo hacia él y tocarle la frente con su
descarnada mano.
Caderousse se estremeció. Me pareció que la mujer movió los labios,
pero sea que hablase bajo, o que mis sentidos estuviesen embotados por el
sueño, sus palabras, si las pronunció, no llegaron a mis oídos. Todo lo veía al
través de una densa niebla, y con esa duda precursora del sueño, durante la
cual se cree comenzar a soñar. En fin, mis ojos se cerraron, y quedé
completamente dormido.
Hallábame en lo más profundo de mi sueño, cuando fui despertado
por un pistoletazo seguido de un terrible grito. Algunos pasos vacilantes
resonaron sobre el pavimento del cuarto, y una masa inerte fue a rodar a la
escalera, justamente encima de mi cabeza. Aún no era yo dueño de mí mismo. Oía
gemidos, muchos gritos ahogados como los que acompañan a una lucha. Un último
grito, más prolongado que los demás, y que se trocó en gemido, me sacó
completamente de mi letargo. Me incorporé, abrí los ojos, que no distinguieron
nada en las tinieblas, y me llevé las manos a la frente, por la cual me
parecía que caía de la escalera una lluvia tiba y abundante. A este espantoso
ruido había sucedido un profundo silencio. Oí los pasos de un hombre que andaba
sobre la pieza que estaba sobre mi cabeza. Sus pies hicieron crujir la
escalera, el hombre descendió a la sala inferior, se acercó a la chimenea y
encendió una luz.
Era Caderousse.
Tenía el rostro pálido y la camisa ensangrentada. Tan pronto
como hubo encendido el cabo de vela, subió Caderousse rápidamente la escalera,
y volví a oír sus pasos rápidos a inquietos. Al instante volvió a bajar.
Llevaba en la mano el estuche, se aseguró de que el diamante estaba dentro,
dudó en cuál de sus bolsillos lo guarría, y luego, no considerando el bolsillo
bastante seguro, lo 1ió en su pañuelo encarnado y se lo ató al cuello. Luego
corrió al armario, sacó de él sus billetes y su oro, metió los unos en el
bolsillo de su pantalón y el otro en los del chaquetón, tomó dos o tres
camisas, y lanzándose hacia la puerta, desapareció en la oscuridad. Entonces me
di cuenta de todo claramente. Me eché en cara lo que había pasado como si yo
hubiese sido el verdadero culpable. Me parecía oír gemidos, el desgraciado
joyero no podía haber muerto. Tal vez socorriéndole estaba en mi poder reparar
una parte del mal, no que había hecho, sino que había dejado hacer. Apoyé mi
espalda contra una de aquellas tablas tan mal unidas que me separaban de la
sala superior. Cedieron las tablas y me encontré ya en la casa.
Corrí a tomar la lámpara y me lancé a la escalera. Un cuerpo la
atravesaba a impedía el paso. Era el cadáver de la Carconte. El pistolezato que
yo oyera había sido disparado sobre ella; tenía la garganta atravesada de parte
a parte, y además de su doble herida que sangraba a borbotones, vomitaba sangre
por la boca. Estaba muerta.
Salté por encima de su cuerpo y entré en el cuarto. Este ofrecía
el más espantoso desorden. Dos o tres muebles tirados por el suelo. Las sábanas
a que se había agarrado el infeliz platero estaban fuera de la cama, éste
estaba tendido con la cabeza apoyada en la pared, nadando en un mar de sangre
que salía de tres anchas heridas recibidas en el pecho. En la cuarta había
quedado un largo cuchillo de cocina, del que no se veía más que el mango. Tomé
la segunda pistola, que no se había disparado, sin duda porque la pólvora
estaba mojada. Me acerqué al platero; efectivamente, no estaba muerto. Al ruido
que hice abrió los ojos, los fijó un momento en mí, movió los labios como si
quisiese hablar y expiró.
Este espantoso espectáculo me dejó aturdido. Al ver que no podía
socorrer a nadie, no experimenté más necesidad que la de huir, y me precipité a
la escalera, lanzando un grito de terror. En la sala interior había cinco o
seis aduaneros y dos o tres gendarmes. Apoderáronse de mí; yo no opuse ninguna
resistencia, no era dueño de mis sentidos. Procuré hablar y sólo pude lanzar
algunos quejidos inarticulados.
Vi que los aduaneros y los gendarmes me señalaban con el dedo.
Me miré también, y me vi cubierto de sangre. Aquella lluvia tibia y abundante
que había sentido caer sobre mí al través de los escalones era la sangre de la
Carconte. Yo entonces mostré con el dedo el lugar donde estaba oculto.
‑¿Qué quiere decir? ‑preguntó un gendarme.
Un aduanero fue a ver lo que era.
‑Quiere decir que ha pasado por aquí ‑respondió.
Y diciendo esto, señaló el agujero por donde efectivamente había
yo pasado. Entonces comprendí que me tomaban por el asesino. Recobré mí voz,
mis fuerzas. Me desembaracé de las manos de los dos hombres que me sujetaban,
exclamando:
‑¡No he sido yo! ¡No he sido yo!
Dos gendarmes me apuntaron con sus carabinas.
‑¡Si haces un movimiento ‑dijeron‑, eres muerto!
‑¡Os repito que yo no he sido! ‑exclamé.
‑Eso lo dirás a los jueces de Nimes ‑respondieron‑. Entretanto
síguenos, y si quieres hacer caso de nuestro consejo, no hagas resistencia
alguna.
No era ésta mi intención, estaba anonadado por la sorpresa y por
el terror. Me pusieron esposas, me ataron a la cola de un caballo y me
condujeron a Nimes.
Me había seguido un aduanero que me perdió de vista en los alrededores
de la casa. Sospechó que pasaría allí la noche, fue a avisar a sus compañeros,
y llegaron justamente en el momento en que sonó el pistoletazo para pillarme en
medio de tales pruebas de culpabilidad, de modo que al punto comprendí el
trabajo que me costaría hacer brillar mi inocencia.
Por lo tanto, lo primero que pedí al juez de instrucción fue que
buscase por todas partes a cierto abate Busoni, que la mañana de aquel triste
día se habría detenido en la posada del puente de Gard. Si Caderousse había
inventado una historia, si el abate no existía, yo estaría seguramente perdido,
a menos que Caderousse no fuese preso a su vez y todo lo confesase.
Transcurrieron dos meses, durante los cuales, debo decirlo en
alabanza de mi juez, se hicieron todas las pesquisas para hallar al abate que
yo deseaba ver. Ya había perdido toda esperanza. Caderousse no había sido
preso. Iba a ser juzgado en la primera sesión, cuando el ocho de septiembre, es
decir, tres meses y cinco días después del acontecimiento, el abate Busoni, a
quien yo ya no esperaba, se presentó en la cárcel diciendo que había sabido que
un preso deseaba hablarle. Se había enterado de ello en Marsella y se
apresuraba a complacerme.
Ya comprenderéis con qué ansiedad le recibí. Le conté todo lo
que había presenciado. Le conté también la historia del diamante. Contra lo que
yo esperaba, era verdadera. Contra lo que yo esperaba también, creyó todo lo
que le dije. Fue entonces cuando, seducido por su dulce caridad, habiendo yo
conocido que estaba muy enterado de las costumbres de mi país, pensando que el
perdón del único crimen que había cometido podía venir tal vez de sus labios
tan caritativos, le referí, bajo el secreto de la confesión, la aventura de
Auteuil con todos sus detalles. Lo que yo había hecho por un arrebato, obtuvo
el mismo resultado que si hubiese sido hecho por cálculo. La confesión de este
primer asesinato que yo no estaba obligado a confesarle, le demostró que no
había cometido el segundo, y se separó de mí encargándome que esperase, y
prometiéndome hacer todo lo que estuviera en su
poder para convencer a los jueces de mi inocencia. Comprendí que
efectivamente se había ocupado de mí cuando vi dulcificarse gradualmente mi
prisión y supe que se iba a reunir el tribunal para juzgarme.
Durante este intervalo, la Providencia permitió que Caderousse
fuese preso en el extranjero y conducido a Francia. Todo lo confesó, culpando a
su mujer de haber concebido el crimen, y de haberle instigado a él.
Fue condenado a cadena perpetua, y yo puesto en libertad.
‑Y entonces ‑dijo Montecristo‑, os presentasteis en mi casa con
una carta del abate Busoni.
‑Sí, excelencia. Tomó por mí un visible interés. «Vuestro oficio
de contrabandista os va a perder ‑me dijo‑; si salís de aquí, dejadlo.»
‑Pero, padre mío, ¿cómo queréis que viva y mantenga a mi pobre
hermana?
‑Uno de mis penitentes ‑me respondió‑ me estima sobremanera, y
me ha encargado que le busque un hombre de confianza. ¿Queréis ser ese hombre?
Os enviaré a él.
‑¡Oh!, padre mío ‑exclamé‑, ¡cuánta bondad!
‑Pero, ¿me juráis que no tendré nunca que arrepentirme?
Entonces extendí la mano, dispuesto a jurar.
‑Es inútil ‑dijo‑, conozco y aprecio a los corsos, tomad mi recomendación.
Y escribió algunos renglones que yo entregué, y por los cuales
vuestra excelencia tuvo la bondad de tomarme a su servicio. Ahora pregunto
con orgullo a vuestra excelencia: ¿ha tenido jamás alguna queja de mí...?
‑No ‑respondió el conde‑, y lo confieso con placer, sois un buen
servidor, Bertuccio, aunque sois poco amigo de confidencias.
‑¿Yo, señor conde?
‑Sí, vos. ¿Cómo es que tenéis una hermana y un hijo adoptivo, y
nunca me habéis hablado del uno ni del otro?
‑¡Ay!, excelencia, es que aún tengo que contaros la parte más
triste de mi vida. Marché a Córcega. Tenía muchos deseos de ver y consolar a mi
pobre hermana, pero cuando llegué a Rogliano hallé la casa vacía. Había
ocurrido una escena horrible, de la cual conservan aún memoria los vecinos. Mi
pobre hermana, según mis consejos, resistía las exigencias de Benedetto, que
quería que le diese a cada instante el dinero que había en la casa. Una mañana
la amenazó y desapareció todo el día. La pobre Assunta lloró, porque tenía
para el miserable un corazón de madre. Llegó la noche, y le esperó sin
acostarse. Cuando a las once entró el muchacho con dos de sus amigotes,
compañeros de todas sus locuras, entonces Assunta le tendió los brazos, pero se
apoderaron de ella, y uno de los tres, creo que fue ese infernal Benedetto,
dijo:
‑Señores, atormentémosla para ver si nos dice dónde tiene el dinero.
Precisamente el vecino Basilio estaba en Bastia, y su mujer sola
en la casa. Ninguno, excepto ella, podía ver ni oír lo que le ocurría a mi
hermana. Dos de los muchachos detuvieron a la pobre Assunta, que no pudiendo
creer en la posibilidad de tal crimen, se sonreía. El tercero fue a atrancar
puertas y ventanas, después volvió, y reunidos los tres, ahogando los gritos
que el terror le arrancaba ante estos preparativos más graves, acercaron los
pies de Assunta al brasero para ver si de este modo lograban saber dónde tenía
oculto nuestro pequeño tesoro. Pero en medio de la lucha prendió el brasero
fuego a sus vestidos. Entonces soltaron a la infeliz para no quemarse ellos.
Con sus vestidos inflamados corrió a la puerta, pero estaba cerrada. Lanzóse
hacia la ventana, y también estaba cerrada. Entonces la vecina oyó gritos
espantosos, era Assunta que pedía socorro. Pronto se ahogó su voz, los gritos
se trocaron en gemidos y al día siguiente, después de una noche de terror y de
angustias, cuando la mujer de Basilio se atrevió a salir de su casa, y el juez
mandó abrir la puerta de la nuestra, encontraron a Assunta medio quemada, pero
respirando aún. Los armarios abiertos y el dinero había desaparecido.
En cuanto a Benedetto, salió de Rogliano para no volver jamás.
Desde este día no le he vuelto a ver y tampoco he oído hablar de él.
Tras haberme enterado de estas noticias ‑prosiguió Bertucciofue
cuando me dirigí a vuestra excelencia. No tenía que hablaros de Benedetto
puesto que había desaparecido, ni de mi hermana, puesto que había muerto.
‑¿Y qué habéis pensado de ese suceso? ‑preguntó Montecristo.
‑Que era castigo del crimen que había cometido ‑respondió Bertuccio‑.
¡Ah, esos Villefort son una raza maldita!
‑Eso mismo creo ‑murmuró el conde con acento lúgubre.
‑Y ahora vuestra excelencia comprenderá que esta casa que no he
visto hace tanto tiempo, que este jardín donde me he encontrado de repente, que
este sitio donde maté a un hombre, han podido causarme estas sombrías
emociones, cuyo origen habéis querido saber, porque al fin, yo no estoy seguro
de que aquí, delante de mí, no esté enterrado el señor de Villefort en la fosa
que él mismo cavó para su hijo.
‑Desde luego, todo es posible ‑dijo Montecristo levantándose del
banco donde estaba sentado‑, aun cuando ‑añadió más bajo‑,
el procurador del rey no haya muerto. El abate Busoni ha hecho
bien en enviaros a mí y vos en contarme vuestra historia, porque ya no tendré
malos pensamientos respecto a este asunto. En cuanto a ese tan mal llamado
Benedetto, ¿no habéis procurado saber su paradero, ni lo que ha sido de él?
‑Jamás. Si yo hubiese sabido dónde estaba, en lugar de ir en su
busca, hubiera huido de él como de un monstruo. No; felizmente, jamás he oído
hablar de él, supongo que habrá muerto.
‑No lo creáis, Bertuccio ‑dijo el conde‑, los malos no mueren
así, porque Dios parece protegerlos para hacerlos instrumentos de sus
venganzas.
‑Es posible ‑‑dijo Bertuccio‑‑. Pero todo lo que pido al cielo,
es no volverle a ver jamás. Ahora ‑‑continuó el mayordomo bajando la cabeza‑,
ya lo sabéis todo, señor conde. Sois mi juez en la tierra como Dios lo será en
el cielo. ¿No me diréis alguna palabra de consuelo?
‑Tenéis razón, en efecto, y puedo deciros lo que .os diría el
abate Busoni. Ese a quien habéis dado muerte, ese Villefort, merecía un castigo
por lo que a vos os había hecho y tal vez por ,otra cosa. Benedetto, si vive,
servirá, como os he dicho, para alguna ‑venganza divina; después será
castigado a su vez.
En realidad, en cuanto a vos no tenéis que echaros .en cara más
que una cosa: Acusaos de que habiendo salvado la vida a ese niño, no le
devolvisteis a su madre. Ahí está .el crimen, Bertuccio.
‑Sí, señor; ahí está el crimen y el verdadero crimen, porque he
obrado muy mal en eso. Una vez devuelta la vida al niño, no tenía más que una
cosa que hacer, y era mandarlo a su madre.
Mas para eso tenía que hacer pesquisas, llamar la atención,
entregarme tal vez, y yo no quería morir. Deseaba la vida por mí hermana, por
mi amor propio de salir victorioso de una venganza. Y .después, tal vez deseaba
la vida por el mismo amor de la vida. ¡Oh! ¡Yo no soy tan valiente como mi
hermano!
Bertuccio ocultó el rostro entre sus manos, y Montecristo fijó
sobre él una larga a indefinible mirada, después de .un instante .de silencio,
que la hora y el lugar hacían todavía más solemnes.
‑Para terminar debidamente esta conversación, que será la última
sobre tales aventuras, señor Bertuccio ‑‑dijo el conde son ua ‑acento de
melancolía que no le era habitual‑, recordad bien mis palabras, varias veces
las lse üído pronunáiat al abate Busvni. Todo mal tiene dos remedios, e1 tiempo
y el silencio. Ahora, señor Bertntceio., dejadme pasear un instante .por este
jardín. Lo que tanto os afecta a vos, actor de esa terrible escena será para mí
una sensación casi dulce, y que doblará el precio a esta propiedad. Los
árboles, señor Bertuccio, no gustan sino porque hacen sombra, y la sombra no
gusta sino porque está llena de fantasmas y visiones. Por lo tanto, he comprado
un jardín creyendo comprar un simple huertecillo rodeado de cuatro tapias y
nada más. De repente este huertecillo se trueca en un jardín lleno de fantasmas
que no estaban en el contrato... Ahora bien, a mí me agradan los fantasmas,
nunca he oído decir que los muertos hayan hecho en seis mil años tanto daño
como los vivos en un solo día. Volved a la casa, señor Bertuccio, y dormid
tranquilo. Si vuestro confesor en la última hora es menos indulgente que lo fue
el abate Busoni, mandadme llamar, si aún existo en el mundo, y os diré palabras
que mecerán dulcemente vuestra alma en el momento en que esté pronta a ponerse
en camino para emprender ese penoso viaje que llaman de eternidad.
Bertuccio se inclinó respetuosamente ante el conde, y se alejó
dando un suspiro.
Montecristo se quedó solo, y dando cuatro pasos hacia adelante,
murmuró:
‑Aquí, junto a ese plátano, la fosa donde fue depositado el
niño; allí abajo, la puertecita por la cual se entraba al jardín; en aquel
ángulo la escalera secreta que conduce a la alcoba. No creo tener necesidad de
escribir esto en mi cartera, porque aquí tengo a mi vista, a mi alrededor, a
mis pies, todo el plano en relieve.
Cuando el conde hubo dado la última vuelta por el jardín, fue a
buscar su carruaje. Bertuccio, que le veía pensativo, subió al pescante, al
lado del cochero, sin decir una sola palabra. Tomó el camino de París.
Aquella misma noche, cuando llegó a la casa de los Campos Elíseos,
el conde de Montecristo examinó toda la morada como hubiera podido hacerlo un
hombre familiarizado con ella ya muchos años. Ni una sola vez abrió una puerta
por otra, y no siguió una escalera o un corredor que no le condujese donde
quería ir.
Alí le acompañaba en esta revista nocturna. El conde dio a
Bertuccio muchas órdenes concernientes al adorno o la nueva distribución de
las habitaciones, y sacando su reloj dijo al negro:
‑Son las once y media. Haydée no puede tardar en llegar. ¿Habéis
mandado avisar a las doncellas francesas?
Alí extendió la mano hacia la habitación destinada a la bella
griega, y que estaba de tal modo aislada, que ocultando la puerta detrás de
una colgadura, se podía visitar la casa sin sospechar que hubiese allí un salón
y dos cuartos habitados. Alí, repetimos, extendió la mano hacia la habitación,
señalando el número tres con los dedos de su
mano
izquierda, y sobre la palma de esta misma mano, apoyando su cabeza, cerró los
puños.
‑¡Ah! ‑dijo Montecristo, habituado a este lenguaje‑,son tres y
esperan en la alcoba, ¿no es verdad?
‑Sí ‑expresó
Alí bajando la escalera.
‑La señora estará fatigada esta noche ‑continuó Montecristo‑, y
sin duda querrá dormir. Que no la hagan hablar; las camareras francesas no
harán más que saludar a su nueva señora y retirarse. Velaréis por que la
doncella griega no se comunique con las camareras francesas.
Alí se
inclinó.
Pocos minutos después oyéronse voces como de anuncio a la reja y
ésta se abrió. Un carruaje rodó por la calle de árboles y se paró delante de
la escalera. El conde bajó de su cuarto para recibir a la persona que salía del
carruaje, y dio la mano a una joven envuelta en una especie de capuchón de
seda verde, bordado de oro, que le cubría la cabeza. La joven tomó la mano que
le presentaban, la besó con cierto amor, mezclado de respeto, y algunas
palabras fueron cambiadas con ternura de parte de la joven y con dulce gravedad
de parte del conde de Montecristo.
Entonces, precedida de Alí, que llevaba una antorcha de cera
color de rosa, la joven, que no era otra que la bella griega, compañera habitual
de Montecristo en Italia, fue conducida a su habitación, y poco después el
conde se retiró al pabellón que le estaba reservado.
A las doce y media de la noche todas las luces estaban apagadas
en la casa, y hubiérase podido creer que todo el mundo dormía.
Al día siguiente, a las dos de la tarde, una carretela tirada
por dos magníficos caballos ingleses, se paró delante de la puerta de
Montecristo. Un hombre vestido de frac azul, con botones de seda del mismo
color, chaleco blanco adornado por una enorme cadena de oro y pantalón color
de nuez, con cabellos tan negros y que descendían tanto sobre las cejas que se
hubiera podido dudar fuesen naturales, por lo poco en consonancia que estaban
con las arrugas inferiores que no podían ocultar, un hombre, en fin, de
cincuenta a cincuenta y cinco años, y que quería aparentar cuarenta, asomó su
cabeza por la ventanilla de su carretela, sobre la portezuela de la cual
veíase pintada una corona de barón, y mandó a su groom que preguntase al
portero si estaba en casa el señor conde de Montecristo.
Mientras tanto, este hombre examinaba con una atención tan minuciosa
que casi era impertinente, el exterior de la casa, lo que se podía distinguir
del jardín y la librea de algunos criados que iban y venían de un lado a otro.
La mirada de este hombre era viva, pero astuta.
Sus labios, tan delgados que más bien parecían entrar en su boca
que salir de ella, lo prominente de los pómulos, señal infalible de astucia, su
frente achatada, todo contribuía a dar un aire casi repugnante a la fisonomía
de este personaje, muy recomendable a los ojos del vulgo por sus magníficos
caballos, el enorme diamante que llevaba en su camisa, y la cinta encarnada que
se extendía de un ojal a otro de su frac.
El groom llamó a los cristales del cuarto del portero y
preguntó:
‑¿Es aquí donde vive el señor conde de Montecristo?
‑Aquí vive su excelencia ‑respondió el portero‑, pero... ‑y
consultó a Alí con una mirada.
Ali hizo una seña negativa.
‑¿Pero qué...? ‑preguntó el groom
‑Su excelencia no está visible ‑respondió el portero.
‑Entonces, tomad la tarjeta de mi amo, el señor barón Danglars.
La entregaréis al conde de Montecristo, y le diréis que al ir a la Cámara, mi
amo se ha vuelto para tener el honor de verle.
‑Yo no hablo a su excelencia ‑dijo el portero‑; su ayuda de
cámara le pasará el recado.
El groom se volvió al carruaje.
‑¿Qué hay? ‑preguntó Danglars.
El groom, bastante avergonzado de la lección que había
recibido, llevó a su amo la respuesta que le había dado el portero.
‑¡Oh!‑dijo Danglars‑. ¿Acaso ese caballero es algún príncipe
para que le llamen excelencia y para que sólo su ayuda de cámara pueda
hablarle? No importa, puesto que tiene un crédito contra mí, será menester que
yo lo vea cuando quiera dinero.
Y el banquero se recostó en el fondo de su carruaje gritando al
cochero de modo que pudieran oírle del otro lado del camino:
‑A la Cámara de los Diputados.
A través de una celosía de su pabellón, el conde de Montecristo,
avisado a tiempo, había visto al barón con la ayuda de unos excelentes
anteojos, con una atención no menor que la que el señor Danglars había puesto
en examinar la casa, el jardín y las libreas.
‑Decididamente ‑dijo con un gesto de disgusto, haciendo entrar
los tubos de sus anteojos en sus fundas de marfil‑, decididamente es una
criatura fea ese hombre, ¡cómo se reconoce en él a primera vista a la serpiente
de frente achatada y al buitre de cráneo redondo y prominente!
‑¡Alí! ‑gritó, y dio un golpe sobre el timbre.
Alí acudió inmediatamente.
‑Llamad a Bertuccio.
En este momento entró Bertuccio.
‑¿Preguntaba por mí vuestra excelencia? ‑dijo el mayordomo.
‑Sí ‑dijo el conde‑. ¿Habéis visto los caballos que acaban de
pasar por delante de mi puerta?
‑Sí, excelencia, son hermosos.
‑Entonces ‑dijo Montecristo frunciendo las cejas‑, ¿cómo se
explica que habiéndoos pedido los dos caballos más hermosos de París, resulta
que hay en el mismo París otros dos tan hermosos como los míos y no están en mi
cuadra?
Al fruncimiento de cejas y a la severa entonación de esta voz,
Alí bajó la cabeza y palideció.
‑No es culpa tuya, buen Ali ‑dijo en árabe el conde con una dulzura
que no se hubiera creído poder encontrar ni en su voz ni en su rostro‑‑. Tú no
entiendes mucho de caballos ingleses.
Las facciones de Alí recobraron la serenidad.
‑Señor conde ‑dijo Bertuccio‑, los caballos de que me habláis no
estaban en venta.
Montecristo se encogió de hombros.
‑Sabed, señor mayordomo ‑dijo‑, que todo está siempre en venta
para quien lo paga bien.
‑El señor Danglars pagó dieciséis mil francos por ellos, señor
conde.
‑Pues bien, se le ofrecen treinta y dos mil, es banquero, y un
banquero no desperdicia nunca una ocasión de duplicar su capital.
‑¿Habla en serio el señor conde? ‑preguntó Bertuccio.
Montecristo miró a su mayordomo como asombrado de que se atreviese
a hacerle esta pregunta.
‑Esta tarde ‑dijo‑, tengo que hacer una visita, quiero que esos
dos caballos tiren de mi carruaje con arneses nuevos.
Bertuccio se retiró saludando, y al llegar a la puerta, se
detuvo:
‑¿A qué hors ‑dijo‑ piensa hacer esa visita su excelencia?
‑Alas cinco ‑dijo Montecristo.
‑Deseo indicar a vuestra excelencia ‑dijo tímidamente el mayordomo‑
que son las dos.
‑Lo sé ‑limitóse a responder Montecristo, y volviéndose luego
hacia Alí, le dijo: '
‑Haced pasar todos los caballos por delante de la señora ‑añadió‑‑,
que ells escoja el tiro que más le convenga, y que mande decir si quiere comer
conmigo. En tal caso se servirá la comida en su habitación; andad, cuando
bajéis me enviaréis el ayuda de cámara.
Apenas había desaparecido Alí, entró el ayuda de cámara.
‑Señor Bautista ‑dijo el conde‑, hace un año que estáis a mi
servicio, es el tiempo de prueba que yo pongo a mis criados: Me convenís.
Bautista se inclinó.
‑Ahora hace falta saber si yo os convengo a vos.
‑¡Oh, señor conde! ‑se apresuró a decir Bautista.
‑Escuchadme bien ‑repuso el conde‑. Vos ganáis quinientos
francos al año. Es decir, el sueldo de un oficial que todos los días arriesga
su vida. Tenéis una mesa como desearían muchos jefes de oficina, infinitamente
mucho más atareados que vos. Criados que cuiden de vuestra ropa y de vuestros
efectos. Además de vuestros quinientos francos de sueldo, me robáis con las
compras de mi tocador y otras cosas..., casi otros quinientos francos al año.
‑¡Oh, excelencia!
‑No me quejo de ello, señor Bautista, es muy lógico; sin
embargo, deseo que eso se quede así; en ninguna parte encontraríais una colocación
semejante a la que os ha deparado la suerte. Nunca maltrato a mis criados, no
juro, no me encolerizo jamás. Perdono siempre un error, pero nunca un descuido
o un olvido. Mis órdenes son generalmente cortas, pero claras y terminantes.
Mejor quiero repetirlas dos veces y aun tres, que verlas mal interpretadas. Soy
lo suficientemente rico para saber todo lo que quiero saber, y soy muy
curioso, os lo prevengo. Si supiese que habéis hablado bien o mal de mí,
comentado mis acciones, procurado saber mi conducta, saldríais de mi casa al
instante. Jamás advierto las cosas más que una vez; ya estáis advertido,
adiós.
‑A propósito ‑añadió el conde‑, olvidaba deciros que cada año
aparto cierta suma para mis criados. Los que despido pierden este dinero, que
redunda en provecho de los que se quedan, que tendrán derecho a ella después de
mi muerte. Ya hace un año que estáis en mi casa, vuestra fortuna ha empezado,
continuadla.
Estas últimas palabras, pronunciadas delante de Alí, que permaneció
impasible, puesto que no comprendía una palabra de francés, produjeron en
Bautista un efecto fácil de comprender para todos los que han estudiado un poco
la sicología del criado francés.
‑Procuraré conformarme en todo con los deseos de vuestra excelencia
‑dijo‑; por otra parte, tomaré por modelo al señor Alí.
‑¡Oh, no, no ‑dijo el conde con frialdad marmórea‑. Alí tiene
muchos defectos mezclados con sus cualidades. No le toméis por modelo, porque
Alí es una excepción; no tiene sueldo; no es un criado, es mi esclavo, es... mi
perro. Si faltase a su deber, no le echaría de casa, le mataría.
Bautista abrió desmesuradamente los ojos.
‑¿Lo dudáis? ‑dijo Montecristo.
Y repitió en árabe a Alí las mismas palabras que acababa de
decir en francés a Bautista.
Alí las escuchó y se sonrió. Luego se acercó a su amo, hincó una
rodilla en tierra y le besó respetuosamente la mano. Esta pantomima, que
sirvió de lección a Bautista, le dejó sumamente estupefacto.
El conde hizo seña de que saliera y a Alí que le siguiese. Ambos
pasaron a su gabinete y allí hablaron durante un buen rato. A las cinco el
conde hizo sonar tres veces el timbre. Un golpe llamaba a Alí, dos a Bautista
y tres a Bertuccio. El mayordomo entró.
‑Mis caballos‑dijo Montecristo.
‑Ya están enganchados, excelencia ‑respondió Bertuccio‑.
¿Acompaño al señor conde?
‑No El cochero, Bautista y Alí, nada más.
El conde descendió y vio enganchados a su carruaje los caballos
que había admirado por la mañana en el de Danglars.
Al pasar junto a ellos, les dirigió una ojeada.
‑Son hermosos realmente ‑dijo‑, y habéis hecho bien en comprarlos,
pero ha sido un poco tarde.
‑Excelencia ‑dijo Bertuccio‑, mucho trabajo me ha costado
poseerlos, y me han costado muy caros.
‑¿Son por eso menos bellos? ‑preguntó el conde, encogiéndose de
hombros.
‑Si vuestra excelencia está satisfecho ‑dijo Bertuccio‑, no hay
más que decir. ¿Dónde va vuestra excelencia?
‑A la calle de la Chaussée d'Antin, a casa del barón de
Danglars.
Esta conversación tenía lugar en medio de la escalera. Bertuccio
dio un paso para bajar el primero.
‑Esperad ‑dijo Montecristo deteniéndole‑. Necesito un terreno
en la orilla del mar, en Normandía, por ejemplo, entre El Havre y Bolonia. Os
doy tiempo, como veis. Es preciso que esta propiedad tenga un pequeño puerto,
una bahía, donde pueda abrigarse mi corbeta. El buque estará siempre pronto a
hacerse a la mar a cualquier hora del día o de la noche que a mí me plazca dar
la señal. Os informaréis en casa de todos los notarios acerca de una propiedad
con las condiciones que os he dicho. Cuando sepáis algo iréis a visitarla, y si
os agrada la compraréis a vuestro nombre. La corbeta debe estar en dirección a
Fecamp, ¿no es así?
‑La misma noche que salimos de Marsella la vi darse a la vela.
‑¿Y el yate?
‑Tiene orden de permanecer en las Martigues.
‑¡Bien!, os corresponderéis de vez en cuando con los dos patrones
que la mandan, a fin de que no se duerman.
‑Yen cuanto al barco de vapor...
‑¿Que está en Chalons?
‑Sí.
‑Las mismas órdenes que para los otros dos buques.
‑¡Bien!
‑Tan pronto como hayáis comprado esa propiedad, tendré entonces
postas de diez en diez leguas, en el camino del norte y en el camino del
mediodía.
‑Vuestra excelencia puede contar conmigo.
El conde hizo un movimiento de satisfacción, descendió los
escalones, subió a su carruaje, que arrastrado al trote del magnífico tiro, no
se detuvo hasta la casa del banquero.
Danglars presidía una comisión nombrada para un ferrocarril,
cuando le anunciaron la visita del conde de Montecristo. Por otra parte, la
sesión estaba terminando.
Al oír el nombre del conde, se levantó.
‑Señores ‑dijo, dirigiéndose a sus colegas, de los cuales muchos
eran respetables miembros de una a otra Cámara‑, perdonadme si os dejo así,
pero imaginaos que la casa de Thomson y French de Roma me dirige un cierto
conde de Montecristo, abriéndole un crédito ilimitado en mi casa. Es la broma
más chistosa que han hecho conmigo mis corresponsales del extranjero. Ya
comprenderéis, esto me picó la curiosidad, me pasé esta mañana por la casa del
pretendido conde, pues si lo era en efecto, ya os figuraréis que no sería tan
rico. El señor conde no está visible, respondieron a mis criados. ¿Qué os
parece? ¿No son maneras de un príncipe o de una linda señorita las del conde de
Montecristo? Por otra parte, la casa situada en los Campos Elíseos me ha
causado muy buena impresión. Pero, ¡vaya!, un crédito ilimitado ‑añadió
Danglars riendo con su astuta sonrisa‑ hace exigente al banquero en cuya casa
está abierto el crédito. Tengo deseos de ver a nuestro hombre. No saben aún con
quién van a toparse.
Dichas estas palabras, con un énfasis que hinchó las narices del
barón, se separó de sus colegas y pasó a un salón forrado de raso y oro, y del
cual se hablaba mucho en la Chaussée d'Antin.
Aquí mandó introducir al conde a fin de deslumbrarlo al primer
golpe.
El conde estaba en pie, contemplando algunas copias de Albano y
del Fattore, que habían hecho pasar al banquero por originales, y que hacían
muy poco juego con los adornos dorados y diferentes colores del techo y de los
ángulos del salón.
Al oír los pasos de Danglars, el conde se volvió. Danglars
saludó ligeramente con la cabeza, a hizo señal al conde de que se sentase en un
sillón de madera dorado con forro de raso blanco bordado de oro.
El conde se acomodó en el sillón.
‑¿Es al señor de Montecristo a quien tengo el honor de hablar?
‑¿Y yo ‑replicó el conde‑, al señor barón Danglars, caballero de
la Legión de Honor, miembro de la Cámara de los Diputados?
Montecristo hacía la nomenclatura de todos los títulos que había
leído en la tarjeta del barón.
Danglars sonrió la pulla y se mordió los labios.
‑Disculpadme, caballero ‑dijo‑, si no os he dado el título con
que me habéis sido anunciado, pero, bien lo sabéis, vivo en tiempo de un
gobierno popular y soy un representante de los intereses del pueblo.
‑Es decir ‑respondió Montecristo‑, que conservando la costumbre
de haceros llamar barón, habéis perdido la de llamar conde a los otros.
‑¡Ah! , tampoco lo hago conmigo ‑respondió cándidamente Danglars‑,
me han nombrado barón y hecho caballero de la Legión de Honor por algunos
servicios, pero...
‑¿Pero habéis renunciado a vuestros títulos, como hicieron otras
veces los señores de Montmorency y de Lafayette? ¡Ah!, ése es un buen ejemplo,
caballero.
‑No tanto ‑replicó Danglars desconcertado‑, pero ya comprenderéis,
por los criados...
‑Sí, sí, os llamáis Monseñor para los criados, para los
periodistas caballero, y para los del pueblo, ciudadano. Son
matices muy aplicables al gobierno constitucional. Lo comprendo perfectamente.
Danglars se mordió los labios, vio que no podía luchar con
Montecristo en este terreno, y procuró hacer volver la cuestión al que le era
más familiar.
‑Señor conde ‑dijo el banquero inclinándose‑, he recibido una
carta de aviso de la casa de Thomson y French.
‑¡Oh!, señor barón, permitidme que os llame como lo hacen vuestros
criados, es una mala costumbre que he adquirido en países donde hay todavía
barones, precisamente porque ya no se conceden esos títulos. Me alegro mucho,
así no tendré necesidad de presentarme yo mismo, lo cual siempre es embarazoso.
¿Decíais que habíais recibido una carta de aviso?
‑Sí ‑respondió Danglars‑, pero os confieso que no he comprendido
bien el significado del mismo.
‑¡Bah!
‑Y aun había tenido el honor do algunas explicaciones.
‑Decid, señor barón, os escucho, y estoy pronto a contestaros.
‑Esta carta ‑repuso Danglars‑, la tengo aquí según creo ‑y
registró su bolsillo‑; sí, aquí está. Esta carta abre al señor conde de
Montecristo un crédito ilimitado contra mi casa.
‑¡Y
bien!, señor barón, ¿qué es lo que no entendéis?
‑Nada, caballero, pero la palabra ilimitado...
‑¿Qué tiene? ¿No es francesa...?, ya comprendéis que son anglosajones
los que la escriben.
‑¡Oh!, desde luego, caballero, y en cuanto a la sintaxis no hay
nada que decir, pero no sucede lo mismo en cuanto a contabilidad.
‑¿Acaso la casa de Thomson y French ‑preguntó Montecristo con el
aire más sencillo que pudo afectar‑ no es completamente sólida, en vuestro
concepto, señor barón? ¡Diablo! Esto me contraría sobremanera, porque tengo
algunos fondos colocados en ella.
‑¡Ah. .. ! Completamente sólida ‑respondió Danglars con una
sonrisa burlona‑, pero el sentido de la palabra ilimitado, en negocios
mercantiles, es tan vago...
‑Como ilimitado, ¿no es verdad? ‑dijo Montecristo.
‑Justamente, caballero, eso quería decir. Ahora bien, lo vago es
la duda, y según dice el sabio, en la duda, abstente.
‑Lo cual quiere decir ‑replicó Montecristo‑ que si la casa
Thomson y French está dispuesta a hacer locuras, la casa Danglars no lo está a
seguir su ejemplo.
‑¿Cómo, señor conde?
‑Sí, sin duda alguna. Los señores Thomson y French efectúan los
negocios sin cifras, pero el señor Danglars tiene un límite para los suyos, es
un hombre prudente, como decía hace poco.
‑Nadie ha contado aún mi caja, caballero ‑dijo orgullosamente el
banquero.
‑Entonces ‑dijo Montecristo con frialdad‑, parece que seré yo el
primero.
‑¿Quién os lo ha dicho?
‑Las explicaciones que me pedís, caballero, y que se parecen mucho
a indecisiones.
Danglars se mordió los labios; era la segunda vez que le vencía
aquel hombre y en un terreno que era el suyo. Su política irónica era afectada
y casi rayaba en impertinencia.
pasar a vuestra casa para pediros
Montecristo, al contrario, se sonreía con gracia, y observaba
silenciosamente el despecho del banquero.
‑En fin ‑dijo Danglars después de una pausa‑, voy a ver si me
hago comprender suplicándoos que vos mismo fijéis la suma que queréis que se
os entregue.
‑Pero, caballero ‑replicó Montecristo, decidido a no perder una
pulgada de terreno en la discusión‑, si he pedido un crédito ilimitado contra
vos es porque no sabía exactamente qué sumas necesitaba.
El banquero creyó que había llegado el momento de dar el golpe
final. Recostóse en su sillón y con una sonrisa orgullosa dijo:
‑¡Oh!, no temáis excederos en vuestros deseos. Pronto os convenceréis
de que el caudal de la casa de Danglars, por limitado que sea, puede satisfacer
las mayores exigencias, y aunque pidieseis un millón...
‑¿Cómo? ‑preguntó Montecristo.
‑Digo un millón ‑repitió Danglars con el aplomo que da la insensatez.
‑¡Bah! ¡Bah! ¿Y qué haría yo con un millón? ‑dijo el conde‑.
¡Diablo!, caballero, si no hubiese necesitado más, no me hubiera hecho abrir
en vuestra casa un crédito por semejante miseria. ¡Un millón! Yo siempre lo
llevo en mi cartera o en mi neceser de viaje.
Y Montecristo extrajo de un tarjetero dos billetes de quinientos
mil francos cada uno al portador sobre el Tesoro.
Preciso era atacar de este modo a un hombre como Danglars. El
golpe hizo su efecto, el banquero se levantó estupefacto. Abrió suS ojos, cuyas
pupilas se dilataron.
‑Vamos, confesadme ‑dijo Montecristo‑ que desconfiáis de la casa
Thomson y French. ¡Oh!, ¡nada más sencillo! He previsto el caso, y aunque poco
entendedor en esta clase de asuntos, tomé mis precauciones. Aquí tenéis otras
dos cartas parecidas a la que os está dirigida. La una es de la casa de
Arestein y Eskcles, de Viena, contra el señor barón de Rothschild; la otra es
de la casa de Baring, de Londres, contra el señor Lafitte. Decid una palabra,
caballero, y os sacaré del cuidado presentándome en una o en otra de esas dos
casas.
Ya no cabía la menor duda. Danglars estaba vencido. Abrió con un
temblor visible las cartas de Alemania y Londres, que le presentaba el conde
con el extremo de los dedos, y comparó las firmas con una minuciosidad
impertinente.
‑¡Oh!, caballero, aquí tenéis tres firmas que valen bastantes millones
‑dijo Danglars‑. ¡Tres créditos ilimitados contra nuestras tres casas!
Perdonadme, señor conde, pero aunque soy desconfiado, no puedo menos de
quedarme atónito.
‑¡Oh!, una casa como la vuestra no se asombra tan fácilmente ‑dijo
Montecristo con mucha diplomacia‑; así pues pido permiso para enseñaros mi
galería. Todos son antiguos, de los mejores maestros, no soy aficionado a la
escuela moderna.
viarme algún dinero, ¿no es verdad? ‑Es verdad, caballero,
porque todos adolecen de un gran defecto:
‑Hablad, señor conde, estoy a vuestras órdenes. les falta tiempo
para ser antiguos.
‑¡Pues bien! ‑replicó Montecristo‑, ahora que nos entendemos,
porque nos entendemos, ¿no es así?
Danglars hizo un movimiento de cabeza afirmativo.
‑¿Y ya no desconfiáis en absoluto? ‑insistió Montecristo.
‑¡Oh!, señor conde ‑exclamó el banquero‑, jamás he desconfiado.
‑Deseabais una prueba, nada más. ¡Pues bien! ‑repitió el conde‑,ahora
que nos entendemos, ahora que no abrigáis desconfianza, fijemos, si queréis,
una suma general para el primer año, por ejemplo, seis millones.
‑¡Seis millones! ‑exclamó Danglars sofocado.
‑Si necesito más ‑repuso Montecristo despectivamente‑, os pediré
más, pero no pienso permanecer más de un año en Francia, y en él no creo gastar
más de lo que os he dicho... ; en fin, allá veremos... Para empezar, hacedme
el favor de mandarme quinientos mil francos mañana; estaré en casa hasta
mediodía, y por otra parte, si no estuviese, dejaré un recibo a mi mayordomo.
‑El dinero estará en vuestra casa mañana a las diez de la
mañana, señor conde ‑respondió Danglars‑; ¿queréis oro, billetes de banco, o
plata?
‑Oro y billetes por mitad.
Dicho esto, el conde se levantó.
‑Debo confesaros una cosa, señor conde ‑dijo Danglars‑; creía
tener noticias de todas las mejores fortunas de Europa, y, sin embargo, la
vuestra, que me parece considerable, lo confieso, me era enteramente
desconocida, ¿es reciente?
‑Al contrario ‑respondió Montecristo‑, es muy antigua, era una
especie de tesoro de familia, al cual estaba prohibido tocar, y cuyos
intereses acumulados triplicaron el capital. La época fijada por el testador
concluyó hace algunos años solamente, y después de algunos años use de ella.
Respecto a este punto, es muy natural vuestra ignorancia. Por otra parte,
dentro de algún tiempo la conoceréis mejor.
Y el conde acompañó estas palabras de una de aquellas sonrisas
que tanto terror causaban a Franz d'Epinay.
‑Con vuestros gustos y vuestras intenciones, caballero ‑continuó
Danglars‑, vais a desplegar en la capital un lujo que nos va a eclipsar a
nosotros, pobres millonarios. No obstante, como me parecéis bastante
inteligente, porque cuando entré mirabais mis cuadros.
‑Podré mostraros algunas estatuas de Thorwaldsen, de Bartolini,
de Canova, todos artistas extranjeros. Como veis, yo no aprecio a los artistas
franceses.
‑Tenéis derecho para ser injusto con ellos, caballero, porque
son vuestros compatriotas.
‑Sin embargo, lo dejaremos todo eso para más tarde. Por hoy me
contentaré, si lo permitís, con presentaros a la señora baronesa de Danglars.
Dispensadme que me dé tanta prisa, señor conde, pero tal diente debe
considerarse mmo de la familia.
Montecristo se inclinó, dando a entender que aceptaba el honor
que le hacía el banquero.
Danglars tiró del cordón de la campanilla, y se presentó un
lacayo vestido con una bordada librea.
‑¿Está en su cuarto la señora baronesa? ‑preguntó Danglars.
‑Sí, señor barón ‑respondió el lacayo.
‑¿Sola?
‑No; está con una visita.
‑¿No será indiscreción presentaros delante de alguien, señor conde?
¿No guardáis incógnito?
‑No, señor barón ‑dijo sonriendo Montecristo‑, de ningún modo.
‑¿Y quién está con la señora...? El señor Debray, ¿eh? ‑preguntó
Danglars con un acento bondadoso que hizo sonreír al conde de Montecristo,
informado ya de los secretos de familia del banquero.
‑Sí, señor barón, el señor Debray ‑respondió el lacayo.
Danglars ordenó que saliera.
Volviéndose después hacia Montecristo, dijo:
‑El señor Luciano Debray es un antiguo amigo nuestro, secretario
íntimo del Ministro del Interior. En cuanto a mi mujer, es una señorita de
Servières, viuda del coronel marqués de Nargonne.
‑No tengo el honor de conocer a la señora baronesa de Danglars,
pero no me ocurre lo mismo con el señor Luciano Debray.
‑¡Bah! ‑dijo Danglars‑. ¿Dónde...?
‑En casa del señor de Morcef.
‑¡Ah! ¿Conocéis al vizcondesito? ‑dijo Danglars.
‑Estuvimos juntos en Roma durante el Carnaval.
‑¡Ah, sí! ‑dijo Danglars‑. He oído hablar de una aventura
singular con bandidos en unas ruinas. Salió de ellas milagrosamente. Creo que
lo contó a mi mujer y a mi hija cuando regresó de Italia.
‑La señora baronesa espera a estos señores ‑exclamó el lacayo
asomándose a la puerta.
‑Paso delante de vos para enseñároslo.
‑Y yo os sigo ‑dijo Montecristo.
El barón, seguido del conde, atravesó un sinfín de habitaciones,
notables por su pesada suntuosidad y por su fastuoso mal gusto; negó hasta una
perteneciente a la señora Danglars. Esta sala octógona, forrada de raso color
de rosa, con colgaduras de muselina de las Indias, los sillones de madera
antigua, dorados y forrados también de telas antiguas, en fin, dos lindos
pasteles en forma de medallón, en armonía con el resto de la habitación, hacían
que ésta fuese la única de la casa que tenía algún carácter. Es verdad que no
estaba incluida en el plano general trazado por el señor Danglars y su
arquitecto, una de las mejores y más eminentes celebridades del Imperio, y cuya
decoración habían dispuesto la baronesa y Luciano Debray.
Así, pues, el señor Danglars, gran admirador de lo antiguo,
según lo comprendía el Directorio, despreciaba mucho esta coqueta sala, donde,
por otra parte, no era admitido, a no excusar su presencia introduciendo algún
amigo.
La señora Danglars, cuya belleza podía aún ser citada a pesar de
sus treinta y siete años, se hallaba tocando el piano, mientras Luciano Debray,
sentado delante de un velador, hojeaba un álbum.
Luciano había tenido ya tiempo de contar a la baronesa cosas
relativas al conde. Ya sabe el lector cuán admirados quedaron todos durante
el almuerzo en casa de Alberto, y cuánta impresión dejó en el ánimo de los
convidados el conde de Montecristo, pues esta impresión aún no se había
borrado de la imaginación de Debray, y los informes que había dado a la
baronesa lo demostraban de un modo muy notorio. La curiosidad de la señora
Danglars, excitada por los antiguos detalles dados por Alberto de Morcef, y los
nuevos por Luciano, había llegado a su colmo. Así, pues, este arreglo de piano
y de álbum no era más que una de esas escenas de mundo, con las cuales se cubren
las más fuertes preocupaciones. La baronesa recibió al señor Danglars con una
sonrisa, cosa que no solía hacer. En cuanto al conde, recibió en respuesta a su
saludo una ceremoniosa, pero al mismo tiempo graciosa reverencia.
Luciano, por su parte, cambió con el conde un saludo de conocido
a medias, y con Danglars un ademán de intimidad.
‑Señora baronesa ‑dijo Danglars‑, permitid que os presente al
señor conde de Montecristo ‑dijo Danglars- dirigido a mí por uno de mis
corresponsales de Roma con las mayores recomendaciones. Sólo una palabra tengo
que decir: acaba de llegar a París con la intención de permanecer aquí un año,
y de gastarse seis millones. Esto promete una serie de bailes y de comidas, en
las cuales espero que el señor conde no nos olvidará, como tampoco nosotros le
olvidaremos en nuestras pequeñas fiestas.
Aunque la presentación fuese hecha con bastante grosería, es tan
raro que un hombre venga a gastarse a París en un año la fortuna de un
príncipe, que la señora Danglars lanzó al conde una ojeada que no dejaba de
expresar cierto interés.
‑¿Y habéis llegado, caballero ...? ‑preguntó la baronesa.
‑Ayer por la mañana, señora.
‑Y venís, según costumbre, del fin del mundo.
‑Solamente de Cádiz, señora.
‑¡Oh!, venís en una estación espantosa. París está detestable en
verano. No hay baffles, ni reuniones, ni fiestas. La ópera italiana está en
Londres, la ópera francesa en todas partes, excepto en París, y en cuanto al
teatro francés, en ninguna. No nos queda para distraemos más que algunas
desgraciadas carreras en el campo de Marte y en Satory. ¿Haréis comer, señor
conde?
‑Yo, señora ‑‑dijo el conde‑, haré todo lo que se haga en Paris,
si tengo la dicha de encontrar a alguien que me enseñe las costumbres
francesas.
‑¿Os gustan los caballos, señor conde?
‑He pasado una parte de mi vida en Oriente, señora, y los orientales,
bien lo sabéis, no aprecian más que dos cosas en el mundo: la nobleza de los
caballos y la hermosura de las mujeres.
‑¡Ah!, señor conde ‑dijo la baronesa sonriéndose‑, hubierais
debido anteponer las mujeres a los caballos.
‑Ya veis, señora, que tenía mucha razón cuando os dije hace un
momento que deseaba un preceptor, un amigo, que me pudiese instruir en las
costumbres francesas.
En aquel momento entró la camarera favorita de la señora Danglars,
y acercándose a su señora, le dijo algunas palabras al oído.
La señora Danglars palideció.
‑¡Imposible! ‑dijo.
‑Es la pura verdad, señora ‑respondió la camarera‑, podéis
creerme con toda seguridad.
La señora Danglars se volvió hacia su marido.
‑¿Es cierto, caballero? ‑le preguntó.
‑¿Qué, señora? ‑preguntó Danglars, visiblemente agitado.
‑Lo que me dice mi camarera...
‑¿Y qué os dice?
‑¿No lo sabéis?
‑Lo ignoro completamente.
‑¡Pues bien! Dice que cuando mi cochero fue a enganchar mis caballos
no los encontró en la cuadra. ¿Qué significa esto?
‑Señora ‑dijo Danglars‑, escuchadme.
‑¡Oh!, ya os escucho, caballero, porque tengo curiosidad por saber
lo que vais a decir. Estos señores serán testigos. Señores, el señor Danglars
tiene diez caballos en las cuadras, y entre éstos diez hay dos que son míos,
dos caballos preciosos, los más hermosos de París, ya los conocéis, señor
Debray. Mis caballos tordos. Pues bien, en el momento en que la señora de
Villefort me pide un carruaje, y yo se lo prometo para ir al bosque, no
aparecen los caballos. El señor Danglars habrá encontrado quien le haya dado
algunos miles de francos más de su precio, y los habrá vendido. ¡Ah!, infames
especuladores.
‑Los caballos eran demasiado vivos, señora ‑respondió Danglars‑,
apenas tenían cuatro años, siempre estaba temiendo por vos.
‑¡Eh!, caballero ‑dijo la baronesa‑, bien sabéis que hace un mes
que tengo a mi servicio el mejor cochero de París, a no ser que también lo
hayáis vendido con los caballos.
‑Amiga mía, ya encontraré yo otros iguales, más hermosos aún, si
los hay, pero caballos que sean mansos, tranquilos, que no me inspiren ninguna
clase de temor.
La baronesa se encogió de hombros con profundo desprecio.
Danglars no pareció percibir este gesto más que conyugal, y volviéndose hacia
Montecristo, dijo:
‑En verdad, lamento no haberos conocido antes, señor conde. ¿Estáis
montando vuestra casa?
‑Sí ‑dijo el conde.
‑Os los habría propuesto. Imaginaos que los he dado por nada;
pero como os he dicho, quería deshacerme de ellos, son caballos para un joven.
‑Os lo agradezco mucho ‑dijo el conde‑, pero esta mañana he
comprado unos bastante hermosos. Miradlos, señor Debray, vos que entendéis de
ello.
Mientras Debray se acercaba a la ventana, Danglars se acercó a
su mujer.
‑Figuraos, señora ‑le dijo en voz baja‑, que vinieron a ofrecerme
por los caballos un precio exorbitante. No sé quién es el loco que quiere
arruinarse y me ha enviado esta mañana un mayordomo. Pero el caso es que he
ganado dieciséis mil francos; no os pongáis de mal humor: os daré cuatro mil, y
dos mil a Eugenia.
La señora Danglars dirigió a su marido otra mirada despectiva.
‑¡Oh! ¡Dios mío! ‑exclamó Debray.
‑¿Qué? ‑preguntó la baronesa.
‑Si no me engaño, son vuestros caballos. Vuestros propios caballos
en el carruaje del conde.
‑¡Mis caballos tordos! ‑exclamó la señora Danglars.
Y se lanzó hacia la ventana.
‑Es verdad ‑dijo.
Danglars estaba estupefacto.
‑¿Es posible? ‑dijo Montecristo, fingiendo asombro.
‑¡Es increíble! ‑murmuró el banquero.
La baronesa dijo unas palabras al oído de Debray, que se acercó
a su vez a Montecristo.
‑La baronesa os pregunta en cuánto os ha vendido su marido ese
tiro de caballos.
‑No sé ‑dijo el conde‑, es una sorpresa que me ha dado mi mayordomo
y... y que me ha costado treinta mil francos, según creo.
Debray fue a llevar esta respuesta a la baronesa.
Danglars estaba tan pálido y desconcertado, que el conde fingió
tener piedad de él.
‑Ya veis ‑le dijo‑ cuán ingratas son las mujeres; este obsequio
de parte vuestra no ha conmovido a la baronesa. Ingrata, no es la palabra;
loca debiera decir. Pero qué queréis, siempre se desea lo que fastidia, así,
pues, lo mejor que podéis hacer, señor barón, es no volver a hablar una palabra
del asunto, éste es mi parecer, pero podéis hacer lo que os parezca.
Danglars no respondió; preveía en su próximo porvenir una escena
desastrosa. Ya se habían arrugado las cejas de la señora baronesa, y cual otro
Júpiter Olímpico, presagiaba una tempestad. Debray, que la oía ya empezar a
rugir, dio una excusa cualquiera y se despidió.
Montecristo, que no quería incomodar de ninguna manera al enojado
matrimonio, saludó a la señora Danglars y se retiró, entregando al barón a la
cólera de su mujer.
‑Bueno ‑dijo Montecristo retirándose‑, he conseguido lo que
quería. Tengo en mis manos la paz del matrimonio, y de un solo golpe voy a
adquirir el corazón del barón y el de la baronesa. ¡Qué dicha! Mas aún no he
sido presentado a la señorita Eugenia Danglars, a quien hubiera deseado conocer.
Pero ‑añadió con aquella sonrisa que le era peculiar‑, estoy en París y me
queda mucho tiempo..., otro día será...
Dicho esto, el conde montó en su carruaje y volvió a su casa.
Dos horas después escribió una carta encantadora a la señora Danglars,
en la que le decía que, no queriendo iniciar su entrada en el mundo parisiense
contrariando a tan hermosa dama, le suplicaba aceptase sus caballos. Tenían los
mismos arneses que ella había visto por la mañana, solo que en el centro de
cada roseta que llevaban sobre la oreja, el conde había hecho engastar un
diamante.
Danglars recibió también una carta del conde. Le pedía permiso
para ofrecer a la baronesa este pequeño capricho de millonario, rogándole que
excusase las maneras orientales con que iba acompañado el regalo de los
caballos.
Aquella tarde, Montecristo partió hacia Auteuil, acompañado de
Alí.
Al día siguiente, a las tres, Alí, llamado por un timbrazo,
entró en el gabinete del conde.
‑Alí ‑le dijo éste‑, varias veces me has hablado de lo habilidad
para lanzar el lazo.
Alí hizo una señal afirmativa y se irguió con orgullo.
‑Bien... Así, pues, ¿podrías detener un toro?
Alí hizo otra señal afirmativa.
‑¿Un tigre?
La misma respuesta por parte de Alí.
‑¿Un león?
Alí hizo el ademán de un hombre que lanza el lazo, a imitó un rugido.
‑¡Bien!, comprendo ‑dijo Montecristo‑, ¿has cazado leones?
Alí hizo un orgulloso movimiento de cabeza.
‑¿Pero detendrás en su carrera dos caballos desbocados?
Alí se sonrió.
‑¡Pues bien!, escucha ‑dijo el conde‑, dentro de poco pasará por
aquí un carruaje tirado por dos caballos tordos, los mismos que yo tenía ayer.
Es preciso que a todo trance le detengas delante de mi puerta.
Alí bajó a la calle y trazó delante de la puerta una raya sobre
la arena. Después volvió y mostró la raya al conde, que le había seguido con la
vista.
Este le dio dos golpecitos en el hombro, era su modo de dar las
gracias a Alí. Luego el negro fue a fumar en pipa a la esquina que formaba la
casa, mientras que Montecristo volvía a su gabinete.
A las cinco, es decir, a la hora en que el conde esperaba el
carruaje, su rostro presentaba señales casi imperceptibles de una ligera impaciencia.
Paseábase en una sala que daba a la calle, aplicando el oído por intervalos, y
acercándose de cuando en cuando a la ventana, por lo cual descubrió a Alí
arrojando bocanadas de humo con una regularidad que demostraba que el negro
estaba dedicado enteramente a esta importante ocupación.
De pronto se oyó un ruido lejano, pero que se acercaba con la rapidez
del rayo. Después apareció una carretela, cuyo cochero quería en vano detener
los caballos que avanzaban furiosos con las crines erizadas, más bien saltando
con impulsos insensatos que galopando.
En la carretera, una joven y un niño de siete a ocho años,
estaban abrazados. Tan aterrados estaban que habían perdido hasta las fuerzas
para gritar. Hubiera bastado una piedra debajo de la rueda o un árbol en medio
del camino para romper el carruaje que crujía.
Iba por medio de la calle, y oíanse en ésta los gritos de terror
de los que le veían acercarse.
De repente, Alí tira su pipa, saca de su bolsillo el lazo, lo
lanza, envuelve en una triple vuelta las manos del caballo de la izquierda, se
deja arrastrar tres o cuatro pasos por la violencia del impulso, pero al cabo
cae sobre la lanza, que rompe, y paraliza los esfuerzos que hace el caballo que
quedó en pie para continuar su carrera. El cochero aprovecha este momento para
saltar de su pescante, pero ya Alí había agarrado las narices del segundo
caballo con sus dedos de hierro, y el animal, relinchando de dolor, cae
convulsivamente junto a su compañero.
Esta escena transcurrió en menos tiempo del que hemos empleado
en describirla. Sin embargo, bastó para que de la casa de enfrente saliese un
hombre seguido de muchos criados. En el momento en que el cochero abría la
portezuela, arrebató de la carretela a la dama, que con una mano se agarraba a
los almohadones, mientras que con la otra estrechaba contra su pecho a su hijo
desmayado. Montecristo los llevó a un salón, y los colocó sobre un canapé.
‑No temáis nada, señora‑dijo‑, estáis a salvo.
La mujer volvió en sí, y por respuesta le presentó su hijo con
una mirada más elocuente que todas las súplicas. En efecto, el niño estaba
desmayado.
‑Sí, señora, comprendo ‑dijo el conde examinando al niño‑, pero
tranquilizaos, nada le ha sucedido, y sólo el miedo ha embargado sus sentidos.
‑¡Oh, caballero! ‑exclamó la madre‑, ¿no decís eso para tranquilizarme?
¡Mirad cuán pálido está! ¡Hijo mío, Eduardo! ¿No contestas a lo madre? ¡Ah,
caballero, enviad a buscar un médico! ¡Doy mi fortuna a quien me devuelva a mi
hijo!
Montecristo hizo con la mano un movimiento para tranquilizar a
la desolada madre, y abriendo un cofre sacó de él un frasco de cristal de
bohemia que contenía un licor rojo como la sangre, y del que dejó caer una sola
gota sobre los labios del niño. Este, aunque sin perder la lividez de su
semblante, abrió los ojos. Al ver esto, la alegría de la madre no tuvo límites.
‑¿Dónde estoy ‑exclamó‑, y a quién debo tanta felicidad después
de una prueba tan cruel?
‑Estáis, señora ‑respondió Montecristo‑, en casa del hombre más
dichoso por haber podido evitaros un pesar.
‑¡Oh, maldita curiosidad la mía! Todo París hablaba de esos magníficos
caballos de la señora de Danglars, y he tenido la locura de querer probarlos.
‑¡Cómo! ‑exclamó el conde con una sorpresa admirablemente
fingida‑. ¿Son esos caballos los de la baronesa?
‑Sí, señor. ¿La conocéis?
‑Tengo el honor de conocerla y mi alegría es doble por haberos
salvado del peligro que os han hecho correr, porque ese peligro es a mí a
quien podéis atribuir. Había comprado ayer estos caballos al barón, pero la
baronesa pareció sentirlo tanto, que se los envié ayer suplicándole que los
aceptase de mi mano.
‑¿Entonces sois vos el conde de Montecristo, de quien tanto me
ha hablado Herminia?
El mismo ‑dijo el conde.
‑Yo, caballero, soy Eloísa de Villefort.
El conde saludó como si se pronunciara delante de él un nombre
enteramente desconocido.
‑¡Oh, cuán reconocido os quedará el señor de Villefort! ‑repuso
Eloísa‑, porque en realidad, él os debe nuestras dos vidas; seguramente sin
vuestro generoso criado nuestro hijo y yo habríamos muerto.
‑¡Ay, señora!, aún me estremezco al pensar en el peligro que habéis
corrido.
‑¡Oh!, yo espero que me permitiréis recompensar debidamente la
acción de ese hombre.
‑Señora ‑dijo Montecristo‑, no me echéis a perder a Alí, os lo
ruego, ni con alabanzas ni con recompensas. Son vicios que no quiero yo que
adquiera. Alí es mi esclavo; salvándoos la vida me sirve, y su' deber es
servirme.
‑¡Pero ha arriesgado su vida! ‑exclamó la señora de Villefort, a
quien este tono de superioridad impresionó profundamente.
‑Yo he salvado la suya, señora ‑respondió Montecristo‑; por
consiguiente, me pertenece.
La señora de Villefort se calló. Tal vez reflexionaba, acerca de
aquel hombre que, a primera vista, causaba una impresión tan profunda en todas
las personas.
El conde contempló al niño, al que su madre cubría de besos. Era
flaco, blanco como los niños de pelo rojo, y, sin embargo, un bosque de
cabellos cubría su frente, y cayendo sobre sus hombros adornaban su rostro y
aumentaban la vivacidad de sus ojos, llenos de malicia y de juvenil maldad. Su
boca, apenas sonrosada, era ancha y de delgados labios; sus facciones
anunciaban doce años de edad, por lo menos. Su primer movimiento fue
desembarazarse de los brazos de su madre para ir a abrir el cofre del que el conde
había sacado el frasco de elixir. Después, sin pedir permiso a nadie, y como un
niño acostumbrado a hacer todos sus caprichos, se puso a destapar todos los
frascos.
‑No toques ahí, amiguito ‑dijo vivamente el conde de Montecristo‑,
algunos de esos licores son peligrosos, no solamente al beberlos, sino al
respirar su olor.
La señora de Villefort palideció y detuvo el brazo de su hijo,
al que atrajo hacia sí. Pero, calmado su temor, echó sobre el cofre una rápida
pero expresiva mirada, que al conde no pasó inadvertida.
En este momento entró Alí.
La señora de Villefort hizo un movimiento de alegría, y llamando
al niño, le dijo:
‑Eduardo, mira a este buen servidor, es un valiente, porque ha
expuesto su vida por detener los caballos que nos arrastraban y el carruaje
que iba a romperse. Dale las gracias, porque probablemente, a no ser por él,
los dos habríamos perdido la vida.
El niño entreabrió la boca y volvió desdeñosamente la cabeza.
‑Es muy feo ‑‑dijo.
El conde se sonrió, como si el niño acabase de realizar una de
sus esperanzas. En cuanto a la señora de Villefort, respondió a su hijo con una
moderación que no hubiera sido seguramente del gusto de Juan Santiago Rousseau
si el pequeño Eduardo se hubiese llamado Emilio.
‑Mira ‑dijo en árabe el conde a Alí‑, esta señora dice a su hijo
que lo dé las gracias por la vida que has salvado a los dos, y el niño responde
que eres muy feo.
Alí volvió su inteligente cabeza un instante, y miró al niño sin
expresión aparente. Pero un ligero estremecimiento de su mano demostró a
Montecristo que el árabe acababa de ser herido en el corazón.
‑Caballero ‑preguntó la señora de Villefort levantándose‑, ¿es
ésta vuestra morada habitual?
‑No, señora ‑respondió el conde‑. Es una especie de parador que
he comprado. Vivo en los Campos Elíseos, número 30. Pero veo que estáis
perfectamente repuesta y que deseáis retiraros. Acabo de mandar que enganchen
esos caballos a mi carruaje, y Alí, ese muchacho tan feo ‑dijo al niño,
sonriendo‑, va a tener el honor de conduciros a vuestra casa, mientras que
vuestro cochero quedará aquí cuidando de la reparación del carruaje, y una vez
terminada ésta, uno de mis tiros de caballos le volverá a conducir directamente
a casa de la señora Danglars.
‑Pero ‑dijo la señora de Villefort‑, no me atreveré a ir con
esos mismos caballos.
‑¡Oh!, vais a ver, señora ‑dijo Montecristo‑, en manos de Alí se
volverán tan mansos como dos corderos.
Alí se había acercado, en efecto, a los caballos, a los que
habían puesto de pie con mucho trabajo. Tenía en la mano una esponja empapada
en vinagre aromático. Frotó con ella las narices y las sienes de los caballos,
cubiertos de espuma y de sudor, y casi al punto empezaron a relinchar
estrepitosamente y estremecerse durante algunos segundos.
Luego, en medio de una gran muchedumbre, a la que los restos del
carruaje y el rumor que se había esparcido de aquel suceso, había atraído a la
casa, Alí enganchó los caballos al coupé del conde, reunió en su mano las
riendas, subió al pescante, y con gran asombro de los circunstantes, que habían
visto a estos caballos impelidos como por un torbellino, se vio obligado a usar
el látigo para hacerlos partir, y aun así no pudo obtener de los famosos
tordos, ahora petrificados, casi muertos, más que un trote tan poco seguro y
tan lánguido que tardaron dos horas en conducir a la señora de Villefort al
barrio de Saint‑Honoré, donde tenía su domicilio.
Apenas hubo llegado a ella, y aplacadas las primeras emociones,
escribió el siguiente billete a la señora Danglars:
Querida Herminia:
Acabo de ser milagrosamente salvada con mi hijo por ese mismo
conde de Montecristo de quien tanto hemos hablado ayer tarde, y que tan lejos
estaba yo de sospechar que había de ver hoy. Ayer me hablasteis de él con un
entusiasmo que no pude menos de burlarme, creyendo que exagerabais, pero hoy me
he convencido de que era fundado. Vuestros caballos se desbocaron en Renelagh,
y seguramente íbamos a ser despedaxados mi Eduardo y yo, cuando un árabe, un
nubio, un hombre negro, en fin, al servicio del conde, detuvo a una señal suya
el impulso de los caballos, exponiéndose a morir él mismo, y fue un milagro que
no hubiera sucedido. Entonces acudió el conde, nos llevó a Eduardo y a mí a su
casa, a hixo volver en sí a Eduardo. En su propio carruaje fui conducida a
casa, el vuestro os lo enviarán mañana. Encontraréis bastante débiles a los
caballos después de este incidente. Están como atontados, diríase que no
podían perdonarse a sí mismos haberse dejado domar por un hombre. El conde me
encarga os diga que dos días de reposo y por todo alimento cebada, los
repondrán del todo.
¡Ah, Dios
mío! No os doy las gracias por mi paseo, y cuando lo reflexiono, es una
ingratitud el guardaros rencor por los caprichos de vuestros caballos, porque a
uno de esos caprichos debo el haber visto al conde de Montecristo, y el ilustre
extranjero me parece un hombre muy curioso y tan interesante que quiero
estudiarle a toda costa, aunque tuviese que dar otro paseo al bosque con
vuestros mismos caballos.
Eduardo ha
sufrido el accidente con un valor maravilloso. Se desmayó, pero sin lanxar un
grito, y tampoco derramó después una lágrima. Aún me diréis que me ciega el
amor materno, pero en ese cuerpo tan débil y delicado hay un alma de hierro.
Nuestra querida Valentina me da mil
recuerdos para vuestra hija Eugenia, y yo os abraxo de todo corazón.
Eloísa de
Villefort.
P. D.:
Procurad que yo pueda ver en vuestra casa de cualquier modo que sea• a ese
conde de Montecristo. Quiero absolutamente volverle a ver. Por otra parte,
acabo de obtener del señor de Villefort que le haga una visita; espero que se
la devolverá.
Aquella noche, el suceso de Auteuil era el tema de todas las conversaciones.
Alberto se lo contada a su madre. Chateau‑Renaud, en el Jockey Club, Debray en
el salón del ministro, Beauchamp también hizo al conde la galantería de poner
en su periódico un párrafo que ensalzó al conde poniéndole a la altura de un
héroe. En fin, esta acción le valió a Montecristo la admiración y el interés
de todas las mujeres de la aristocracia.
Muchas personas fueron a inscribirse en casa de la señora de Villefort,
a fin de tener derecho a renovar su visita en tiempo útil y oír entonces de su
boca todos los detalles de esta pintoresca aventura.
En cambio al señor de Villefort, como
había dicho Eloísa a su amiga la señora Danglars, se puso un pantalón negro,
frac de igual color, chaleco y corbata blancos, guantes amarillos y subió a su
carretela, que le condujo aquella misma tarde a la puerta de la casa número 30
de los Campos Elíseos.
Capítulo séptimo
Ideología
Si el conde de Montecristo hubiese vivido más tiempo en el mundo
parisiense habría apreciado la visita que le hacía el señor de Villefort.
Considerado por todos como un hombre hábil, como suele considerarse
a las personas que no han sufrido ningún descalabro político; aborrecido de
muchos, pero protegido con ardor por algunos, sin ser por eso mejor querido de
nadie, el señor de Villefort se encontraba en una alta posición en la
magistratura y la mantenía como un Harley o como un Molé. A pesar de haberse
regenerado sus salones, por una mujer joven y por una hija de su primer
matrimonio, de edad apenas de dieciocho años, no dejaban de observarse en ellos
el culto de las tradiciones y la religión de la etiqueta. La cortesía fría, la
fidelidad absoluta a los principios del gobierno, un desprecio profundo de las
teorías y de los teóricos, el odio a los ideólogos, tales eran los elementos
de la vida interior y pública del señor de Villefort.
No era
únicamente un magistrado, era casi un diplomático. Sus relaciones con la
antigua corte, de la que siempre hablaba con dignidad y respeto, hacían que la
moderna le respetara, y sabía tantas cosas, que no solamente le admiraban todos
sus conocidos, sino que a veces le hacían consultas. Quizá no hubiera sucedido esto
si hubiesen podido desembarazarse de él, pero al igual que los señores
feudales rebeldes a su soberano, habitaba una fortaleza inexpugnable. Esta fortaleza
era su cargo de procurador del rey, cuyas ventajas explotaba maravillosamente y
que no hubiera abandonado sino para hacerse diputado y reemplazar así la
neutralidad por la oposición.
En general, hacía o devolvía muy pocas visitas. La mujer
visitaba por él, era cosa admitida en esa sociedad que siempre achacaba a sus
graves y numerosas ocupaciones, lo que no eran en realidad más que un cálculo
de orgullo, una quintaesencia de aristocracia, la aplicación, en fin, de este
axioma: Estímate a ti mismo, y serás estimado de los demás. Axioma más
útil cien veces en nuestra sociedad que el de los griegos: Conócete a ti
mismo, sustituido en nuestros días por el arte menos difícil y más
ventajoso de conocer a los demás.
El señor de Villefort era un poderoso protector para sus amigos;
para sus enemigos era un adversario sordo, pero encarnizado. Para los
indiferentes, la estatua de la ley convertida en hombre. Fisonomía impasible,
porte altanero, mirada apagada y brusca, o insolentemente penetrante y
escudriñadora, tal era el hombre a quien cuatro revoluciones seguidas habían
formado y después afirmado sobre su pedestal.
Se le tenía por el hombre menos curioso de Francia. Daba un
baile todos los años y no se presentaba en él más que un cuarto de hora, es
decir, cuarenta y cinco minutos menos que el rey en los suyos. Jamás se le veía
en los teatros, en los conciertos, ni en ningún lugar público. Algunas veces
jugaba una partida de whist y entonces procuraban elegirle jugadores dignos de
él: algún embajador, algún arzobispo, algún príncipe, algún presidente o, en
fin, alguna duquesa viuda.
Tal era el hombre cuyo carruaje acababa de parar delante de la
puerta del conde de Montecristo.
El ayuda de cámara anunció al señor de Villefort en el instante
en que el conde, inclinado sobre una gran mesa, seguía el itinerario de San
Petersburgo a China.
El
procurador del rey entró con el mismo paso grave y acompasado que en el
tribunal; era el mismo hombre, o más bien la continuación del mismo hombre a
quien hemos conocido de sustituto en Marsella. La naturaleza no había alterado
en nada el curso que debía seguir: de delgado que era, se había vuelto flaco;
de pálido, tornóse en amarillo; sus ojos hundidos se habían profundizado más
aún, y su lente de oro, al colocarla sobre la órbita, parecía formar parte del
rostro. Excepto su corbata blanca, el resto del traje era completamente negro,
y este fúnebre color no era interrumpido más que por su cinta encarnada, que
pasaba imperceptiblemente por un ojal y que parecía una línea de sangre trazada
con un pincel.
Por muy dueño de sí mismo que fuese Montecristo, examinó con
visible curiosidad, devolviéndole su saludo, al magistrado, que, desconfiado
de por sí y poco crédulo, particularmente en cuanto a las maravillas sociales,
estaba más dispuesto a ver en el noble extranjero (así era como llamaban ya al
conde de Montecristo), un caballero de industria que venía a explorar un nuevo
teatro de sus acciones, que un príncipe de la Santa Sede, o un sultán de las Mil
y una noches.
‑Caballero ‑dijo Villefort con ese tono afectado usado por los
magistrados en sus períodos oratorios, y del cual no quieren deshacerse en la
conversación‑, el señalado servicio que hicisteis ayer a mi mujer y a mi hijo
me creó el deber de datos las gracias. Vengo, pues, a cumplir con él y a
expresaros todo mi agradecimiento.
Y al decir estas palabras, la mirada severa del magistrado no
había perdido nada de su arrogancia habitual, las había articulado de pie y
erguido de cuello y hombros, lo cual le hacía parecerse, como ya hemos dicho, a
la estatua de la Ley.
‑Caballero ‑replicó el conde, a su vez con frialdad glacial‑,soy
muy feliz por haber podido conservar un hijo a su madre, porque suele decirse
que el sentimiento de la maternidad es el más poderoso y el más santo de todos,
y esta felicidad que tengo os dispensa de cumplir un deber, cuya ejecución me
honra, sin duda alguna, porque sé que el señor de Villefort no prodiga el favor
que me hace, pero por lisonjero que me sea, no equivale para mí a la
satisfacción interior de haber efectuado una buena obra.
Admirado Villefort de esta salida inesperada de su interlocutor,
se estremeció como un soldado que siente el golpe que le dan, a pesar de la
armadura de que está cubierto, y un gesto de su labio desdeñoso indicó que
desde el principio no tenía al conde de Montecristo por hombre de muy finos
modales.
Dirigió una mirada a su alrededor para hacer variar la conversación.
Vio el mapa que examinaba Montecristo cuando él entró, y replicó:
‑¿Os interesa la geografía, caballero? Es un estudio muy bueno,
para vos sobre todo, que, según aseguran, habéis visto tantos países como hay
en este mapa.
‑Sí, señor ‑repuso el conde‑; he querido hacer sobre la especie
humana lo que vos hacéis sobre excepciones, es decir, un estudio fisiológico.
He pensado que me sería más fácil descender de una vez del todo a la parte, que
subir de la parte al todo. Es axioma algebraico que se proceda de lo conocido a
lo desconocido... Mas, sentaos, caballero, os lo suplico.
Y Montecristo indicó con la mano al procurador del rey un sillón
que éste tuvo que tomarse la molestia de arrimar, mientras que el conde no
tuvo más que dejarse caer sobre el mismo en que estaba arrodillado cuando
entró Villefort. De este modo el conde se encontró enfrente de su interlocutor,
con la espalda vuelta a la ventana, y el codo apoyado sobre el mapa, que era
por entonces el objeto de la conversación, conversación que tomaba, cuando
habló a Morcef y a Danglars, un giro análogo, si no a la situación, al menos a
los personajes.
‑¡Ah, caballero! ‑replicó Villefort después de una pausa, durante
la cual, como un atleta que encuentra un rudo adversario, había
hecho acopio de fuerzas‑. De veras os digo que si como vos, yo
no tuviese nada que hacer, buscaría una ocupación menos aburrida.
‑Es verdad, caballero ‑replicó Montecristo‑, hay en el hombre
caprichos particulares, pero acabáis de decir que yo no tenía nada que hacer.
Veamos: ¿Se os figura a vos que tenéis algo que hacer? O para hablar más
claramente, ¿creéis vos que lo que hacéis vale la pena de que se le llame
trabajo?
El asombro de Villefort fue en aumento al recibir este segundo
golpe tan bruscamente asestado por su extraño adversario. Mucho tiempo hacía
que el magistrado no se veía así contradecido, o mejor dicho, ésta era la
primera vez que ello sucedía. El procurador del rey se preparó para responder.
‑Caballero ‑dijo‑, sois extranjero, y vos mismo decís que habéis
pasado gran parte de vuestra vida en países orientales. No sabéis, pues,
cuántos pasos prudentes y acompasados da entre nosotros la justicia humana tan
expedita en esos países bárbaros.
‑¡Oh, ya lo creo! Es el pede claudo antiguo, lo sé,
porque de la justicia de todos los países ha sido sobre todo de lo que me he
ocupado. He comparado el procedimiento criminal de todas las naciones con la
justicia natural, y debo deciros, caballero, la ley de los pueblos primitivos,
la del Talión, ha sido la que he hallado más conforme a las miras de Dios.
‑Si se adoptara esa ley ‑dijo el procurador del rey‑, simplificaría
mucho nuestros códigos, y entonces sí que, como decíais poco ha, no tendrían
que cansarse mucho los magistrados.
‑Probablemente con el tiempo se adoptará ‑dijo Montecristo‑.
Bien sabéis que las invenciones humanas marchan de lo compuesto a lo simple,
que es siempre la perfección.
‑Entretanto, caballero ‑‑dijo el magistrado‑, nuestros códigos
existen en sus artículos contradictorios, sacados de costumbres galas, de leyes
romanas, de usos francos; ahora, pues, convendréis en que el conocimiento de
todas esas leyes no se adquiere sin largos trabajos, sin largo estudio y una
gran memoria para no olvidarlo una vez adquirido.
‑Así lo creo, caballero. Pero todo lo que vos sabéis respecto al
código francés, lo sé yo, no solamente de ése, sino del de todas las naciones.
Las leyes inglesas, turcas, japonesas, indias, me son tan familiares como las
francesas, y hacía bien en decir que para lo que yo he hecho tenéis vos poco
que hacer, y para lo que yo he aprendido tenéis vos que aprender aún muchas
cosas.
‑¿Pero con qué objeto habéis aprendido todo eso? ‑replicó Villefort
asombrado.
Montecristo se sonrió.
‑Bien, caballero ‑dijo‑. Veo que a pesar de la reputación que
tenéis de hombre superior, miráis todas las cosas desde el punto de vista
mezquino y vulgar de la sociedad, empezando y acabando por el hombre, es decír,
desde el punto de vista más estrecho que le está permitido abrazar a la
inteligencia humana.
‑Explicaos, caballero ‑‑dijo Villefort cada vez más asombrado‑.
No os comprendo bien.
‑Digo, que con la mirada fija en la organización social de las
naciones, no veis más que los resortes de la máquina, y no el sublime obrero
que la hace andar; digo que no conocéis delante de vos ni a vuestro alrededor
más misiones que las anejas a nombramientos firmados por un ministro o por un
rey, y que se escapan a vuestra corta vista los hombres que Dios ha creado
superiores a los empleados de los ministros y de los monarcas, encargándoles
que cumplan una misión, en vez de desempeñar un empleo. Tobías tomaba al ángel
que debía devolverle la vista por un joven cualquiera. Las naciones tenían a
Atila, que debía aniquilarlas, por un conquistador como todos, y fue necesario
que ambos revelasen sus misiones celestiales para que se les reconociera; fue
preciso que el uno dijese: «Soy el ángel del Señor> , y el otro: «Soy el
azote de Dios», para que fuese revelada la esencia divina de entrambos.
‑Entonces ‑dijo Villefort cada vez más absorto y creyendo hablar
a un loco‑, ¿os consideráis como uno de esos seres extraordinarios que acabáis
de citar?
‑¿Por qué no? ‑dijo Montecristo.
‑Perdonad, caballero ‑replicó Villefort estupefacto‑, si al presentarme
en vuestra casa ignoraba fueseis un hombre cuyos conocimientos y talento
sobrepujan tanto a los conocimientos ordinarios y al talento habitual de los
hombres. No es costumbre en nosotros, desdichados corrompidos de la
civilización, que los nobles, poseedores como vos de una fortuna inmensa, al
menos según se asegura, no es costumbre, digo, que esos privilegiados de las
riquezas pierdan su tiempo en especulaciones sociales, en sueños filosóficos,
buenos a lo sumo para consolar a aquellos a quienes la suerte ha desheredado de
los bienes de la tierra.
‑¡Y qué, caballero! ¿Habéis llegado vos a la situación que ocupáis
sin ser admitido, y aun sin haber encontrado excepciones? ¿Y no se ejercita
nunca vuestra mirada, que tanta necesidad tendría, sin embargo, de penetración
y de seguridad, en adivinar a primera vista qué clase de hombre se halla bajo
la influencia de ella? ¿No debería ser un magistrado, no digo el mejor
aplicador de la ley, ni el intérprete más astuto, sino una sonda de acero para
llegar a los corazones, una piedra de toque para probar el oro de que está
hecha cada alma con mayor o menor aleación?
‑Caballero, me desconcertáis. Jamás había oído hablar a nadie
como vos.
‑Es porque habéis estado constantemente encerrado en el círculo
de las condiciones generales, sin remontaros a las esferas superiores que Dios
ha poblado de seres invisibles y excepcionales.
‑¿Y creéis que existen esas esferas, y que se encuentren entre
nosotros seres excepcionales a invisibles?
‑¿Por qué no? ¿Acaso el aire que respiráis, y sin el cual no podríais
vivir?
‑¿Conque no vemos a esos seres de que habláis?
‑Claro que sí los veis, cuando Dios permite que se materialicen.
Los tocáis, les habláis y os responden.
‑¡Ah! ‑dijo Villefort sonriéndose‑, confieso que querría que me
avisasen cuando uno de ellos se encuentre en contacto conmigo.
‑Pues vuestro deseo ha sido satisfecho, caballero, porque habéis
sido avisado hace poco, y ahora mismo os lo vuelvo a advertir.
‑De modo que vos...
‑Yo soy uno de esos seres excepcionales, sí señor, y creo que
hasta ahora ningún hombre se ha encontrado en una posición semejante a la mía.
Los reinos de los reyes están limitados, por montañas, por ríos, por cambios de
costumbres, o por diversidad de lenguaje. Mi reino es grande como el mundo,
porque no soy italiano, ni francés, ni indio, ni americano, ni español; soy
cosmopolita. Ningún país puede decir que me ha visto nacer. Dios sólo sabe qué
tierra me verá morir. Asimilo todas las costumbres, hablo todas las lenguas.
¿Me creéis francés porque hablo con la misma facilidad y la misma pureza que
vos? ¡Pues bien! Alí, mi negro, me cree árabe; Bertuccio, mi mayordomo, me cree
italiano; Haydée, mi esclava, me cree griego. Así, pues, comprendéis que no
siendo de ningún país, no pidiendo protección a ningún gobierno, no
reconociendo a ningún hombre por hermano mío, no me paralizan ni me detienen
los escrúpulos que detienen a los poderosos o los obstáculos que paralizan a
los débiles. Sólo tengo dos adversarios, y no vencedores, porque con la
constancia los sujeto, y son el tiempo y el espacio. El tercero, y el más
terrible, es mi condición de hombre mortal. Este es el único que puede
detenerme en mi camino, y antes de que haya conseguido el objeto que deseo,
todo lo demás lo tengo calculado. Lo que los hombres llaman reveses de la
fortuna, es decir, la ruina, el cambio, las eventualidades, los he previsto yo,
y si alguna puede ocurrirme, no por eso puede derribarme. A menos que muera,
continuaré siendo lo que soy. He aquí por qué os digo cosas que nunca habéis
oído, ni de boca de los reyes, porque los reyes os necesitan y los hombres os
temen. Quién es el que no dice para sí en una sociedad tan ridículamente
organizada como la nuestra: « ¡Tal vez un día tendré que acudir al procurador
del rey! »
‑¿Y podéis decir vos lo contrario? Desde el momento en que vivís
en Francia, naturalmente tenéis que someteros a las leyes francesas.
‑Ya lo sé, caballero ‑respondió Montecristo‑, pero cuando quiero
ir a un país, empiezo a estudiar, por medios que me son propios, a todos los
hombres de quienes puedo tener algo que esperar o que temer, y llego a
conocerles tanto o mejor tal vez, que ellos se conocen a sí mismos. De donde
resulta que cualquier procurador del rey que se las hubiera conmigo,
seguramente se vería más apurado que yo.
‑Lo cual quiere decir ‑replicó vacilando Villefort‑ que siendo
débil la naturaleza humana..., todo hombre, según vuestro parecer, ha cometido.
.. faltas.
‑Faltas..., o crímenes ‑respondió sencillamente el conde de
Montecristo.
‑¿Y que sólo vos, entre los hombres a quienes no reconocéis por
hermanos ‑repuso Villefort con voz alterada‑, y que vos sólo sois perfecto?
‑No, perfecto no ‑respondió el conde‑. Pero no hablemos más de
ello, caballero, si la conversación os desagrada. Que ni a mí me amenaza
vuestra justicia, ni a vos mi doble vista.
‑¡No!, ¡no!, caballero ‑dijo vivamente Villefort, que temía sin
duda parecer vencido‑. ¡No! Con vuestra brillante y casi sublime conversación,
me habéis elevado sobre el nivel ordinario; ya no hablamos familiarmente,
estamos disertando. Ya sabéis cuán crueles verdades se dicen a veces los
teólogos de la Sorbona, o los filósofos en sus disputas. Supongamos que
hablamos de teología social y de filosofía teológica, y os diré una de esas
rudas verdades, y es, que sacrificáis al orgullo, sois superior a los demás,
pero Dios es superior a vos.
‑Superior a todos, caballero ‑respondió Montecristo con un
acento tan profundo, que Villefort se estremeció involuntariamente‑. Yo tengo
mi orgullo para los hombres, serpientes siempre prontas a erguirse contra el
que las mira y no les aplasta la cabeza. Sin embargo, abandono este orgullo
delante de Dios, que me ha sacado de la nada para hacerme lo que soy.
‑Entonces, señor conde, os admiro ‑repuso Villefort, que por
primera vez en este extraño diálogo, acababa de emplear esta fórmula
aristocrática para con el extranjero, a quien hasta entonces no había llamado
más que caballero‑. Sí, os repito, si sois realmente fuerte, realmente
superior, realmente santo a impenetrable, lo cual viene a ser lo mismo, según
decís, sed soberbio, caballero; ésa es la ley de las dominaciones. Pero, sin
embargo, ¿tenéis alguna ambición?
‑Tuve una.
‑¿Cuál?
‑También yo, como le ocurre a todo hombre en la vida, fui conducido
por Satanás una vez a la montaña más alta de la Tierra. Llegado allí, me
mostró el mundo entero, y como había dicho otra vez a Cristo, me dijo a mí:
Veamos, hijo de los hombres, ¿qué quieres para adorarme? Entonces reflexioné,
porque desde hacía mucho tiempo, terrible ambición devoraba mi corazón,
después le respondí: «Escucha, siempre he oído hablar de la Providencia, y,
sin embargo, nunca la he visto, ni nada que se le parezca, lo cual me hace
creer que no existe. Quiero ser la Providencia, porque lo más bello y grande
que puede hacer un hombre es recompensar y castigar.» Pero Satanás bajó la
cabeza y lanzó un suspiro. «Te engañas ‑dijo‑, la Providencia existe, pero tú
no la ves, porque, hija de Dios, es invisible como su padre. No has visto nada
que se le parezca, porque procede por resortes ocultos, y marcha por caminos
oscuros; todo lo que yo puedo es hacerte uno de los agentes de esa
Providencia.» Se realizó el trato, tal vez en él perderé mi alma, pero no
importa ‑repuso Montecristo ‑, ahora mismo lo ratificaría.
Villefort le miraba con asombro.
‑Señor conde ‑dijo‑, ¿tenéis parientes?
‑No, caballero, estoy solo en el mundo.
‑¡Tanto peor!
‑¿Por qué? ‑preguntó Montecristo.
‑Porque hubierais podido ver un espectáculo que destruyese
vuestro orgullo. Decís que no teméis más que la muerte.
‑No es que la tema, sino que sólo ella puede detenerme.
‑¿Y la vejez?
‑Mi misión se habrá cumplido antes de que haya llegado a viejo. ‑¿Y
la locura?
‑Poco me ha faltado para dar en ella, pero ya conocéis el axioma
non bis in idem, es principio de jurisprudencia criminal, y por lo tanto
está en vuestra cuerda.
‑Caballero ‑repuso Villefort‑, otra cosa hay que temer más que
la muerte, la vejez o la locura. La apoplejía, por ejemplo, ese rayo que os
hiere sin destruiros, y después del cual, no obstante, todo se acabó. Vivís,
pero no sois el mismo. Vos que como Ariel rayabais en ángel, ya no sois más que
una masa inerte que como Calibán, raya en bestia. Esto se llama una apoplejía.
Venid, si queréis, a proseguir esta conversación a mi casa, conde, un día que
deseéis encontrar adversario capaz de comprenderos y ansioso de contestaros, y
hallaréis a mi padre, el señor Noirtier de Villefort, uno de los más fogosos
jacobinos de la revolución francesa, es decir, la audacia más brillante puesta
al servicio de la organización más poderosa, un hombre que no había visto como
vos todos los reinos de la tierra, pero ayudó a derribar uno de los más
poderosos. En fin, un hombre que, como vos, se creía enviado no de Dios, sino
del Ser Supremo; no de la Providencia, sino de la Fatalidad. Pues bien,
caballero, todo esto fue destruido no en un día, ni en una hora, sino en un
segundo. El día anterior el señor Noirtier, antiguo jacobino, antiguo senador,
antiguo carbonario, que se reía de la guillotina, del cañón y del puñal; el
señor Noirtier, jugando con las revoluciones; el señor Noirtier, para quien
Francia no era más que un vasto juego de ajedrez del cual peones, torres, caballos
y reinas debían desaparecer con tal que al rey se le diera mate; el señor
Noirtier, tan temido y tan terrible, era al día siguiente, ese pobre
Noirtier, anciano paralítico, a merced del ser más débil de la casa, es
decir, de su nieta Valentina; un cadáver mudo y helado, que no vive sin alegría
ni sufrimiento, sino para dar tiempo a la materia de llegar sin tropiezo a su
entera descomposición.
‑¡Ay!, caballero ‑dijo Montecristo‑, tal espectáculo no es extraño
a mis ojos ni a mi pensamiento. Entiendo un poco de medicina, y he buscado más
de una vez el alma en la materia viva o en la materia muerta, y, como la
Providencia, ha permanecido invisible a mis ojos, aunque presente en mi
corazón. Cien autores, desde Sócrates hasta Séneca, hasta san Agustín, hasta
Gall, hicieron, en prosa o en verso, la misma descripción que vos, pero sin
embargo, comprendo que los sufrimientos de un padre puedan operar grandes
cambios en el espíritu de su hijo. Iré, caballero, puesto que así lo queréis, a
contemplar ese terrible espectáculo que debe entristecer vuestra casa.
‑Sin duda sucedería esto si Dios no me hubiera dado una compensación
a esta desgracia. Al lado del anciano que desciende hacia esa tumba, tengo dos
hijos que entran en la vida: Valentina, hija de mi primer casamiento, y
Eduardo, ése a quien habéis salvado la vida.
‑¿Y de esa compensación qué resulta? ‑preguntó Montecristo.
‑Resulta que mi padre, extraviado por las pasiones, ha cometido
una de esas faltas que se libertan de la justicia humana, pero no de la
justicia de Dios, y que Dios, no queriendo castigar más que a una persona, le
ha castigado solamente a él.
Montecristo, con la sonrisa en los labios, arrojó en el fondo de
su corazón un rugido que habría hecho huir a Villefort si hubiese podido
oírlo.
‑Adiós, caballero ‑repuso el magistrado, que hacía algún tiempo
estaba levantado y hablaba en pie‑, os dejo, llevando de vos un recuerdo de
estimación que espero os será agradable cuando me conozcáis mejor. Por otra
parte, habéis hecho de la señora de Villefort una amiga eterna.
Montecristo saludó y se contentó con acompañar hasta la puerta
de su gabinete a Villefort, el cual subió a su carruaje precedido de dos
lacayos que, a una señal de su amo, se apresuraron a abrir la portezuela.
Luego, así que el procurador del rey hubo desaparecido, dijo
Montecristo , dando un profundo suspiro:
‑¡Vamos, basta de veneno, y ahora que mi corazón está lleno de
él, vamos a buscar el remedio!
Y haciendo sonar el timbre, dijo a Alí:
‑Subo a
ver a la señora; que esté preparado el carruaje dentro de media hora.
Capítulo octavo
Haydée
El lector recordará seguramente cuáles eran las nuevas, o más
bien, las antiguas amistades del conde de Montecristo, que vivían en la calle
Meslay: Maximiliano Morrel, Julia y Manuel.
La expectativa de esta visita, de los breves momentos felices
que iba a pasar, de este resplandor de paraíso que penetraba en el infierno en
que voluntariamente había entrado, había esparcido desde el momento en que
perdió de vista a Villefort, la serenidad más encantadora sobre el rostro del
conde, y Alí, que había acudido al sonido del timbre, al ver este rostro
iluminado por una alegría tan poco frecuente, se había retirado de puntillas,
suspendiendo la respiración para no alterar los buenos pensamientos que creía
leer en el rostro de su amo.
Eran las doce del día, el conde se había reservado una hora para
subir al cuarto de Haydée. Hubiérase dicho que la alegría no podía entrar de
pronto en aquella alma llagada por tanto tiempo, y que necesitaba prepararse
para las emociones dulces, como las otras almas ne. cesitan prepararse para las
emociones violentas.
La joven griega estaba, como hemos dicho, en una habitación completamente
separada de la del conde. Su mobiliario era oriental, es decir, los suelos
estaban cubiertos de espesas alfombras de Turquía, inmensas cortinas de
brocado cubrían las paredes, y en cada pieza había alrededor un ancho diván con
almohadones movibles de ricas telas de Persia.
Haydée tenía a su servicio tres camareras francesas y una
griega. Las francesas estaban en la primera pieza, prontas a correr al sonido
de una campanilla de oro y a obedecer a las órdenes de la esclava griega, la
cual sabía bastante francés para poder transmitir las voluntades de su señora
a sus camareras, a las que Montecristo había recomendado que tuviesen las
mismas consideraciones con Haydée que con una reina.
La joven se hallaba en la pieza más retirada de su habitación,
es decir, en una especie de saloncito redondo, iluminado por arriba, y en el
que no penetraba la luz sino a través de cristales de color de rosa. Recostada
sobre unos almohadones de raso azules, bordados de plata, rodeada su cabeza con
su brazo derecho, en tanto que con el izquierdo ponía en sus labios el tubo de
coral unido a otro flexible que no dejaba pasar el ligero vapor a su boca sino
perfumado por el agua de benjuí, a través de la cual le hacía pasar su dulce
aspiración. La postura, tan natural para una mujer de Oriente, para una francesa
habría resultado de una coquetería algún tanto afectada.
En cuanto a su traje, era el de las mujeres del Epiro, es decir,
unos calzones anchos de satén blanco, bordado de flores y que dejaban
descubiertos dos pies de niña, que hubiérase creído que eran de mármol de
Paros, si no se les hubiera visto mover entre dos pequeñas sandalias de punta
retorcida, bordadas de oro y de perlas, una chaqueta con largas rayas azules y
blancas, y anchas mangas abiertas con ojales de plata y botones de perlas. En
fin, una especie de corpiño entreabierto por delante que dejaba ver el cuello
y la mitad de los senos, y que se abrochaba por debajo con tres botones de
diamantes. En cuanto a la cintura, desaparecía debajo de uno de esos chales de
seda, con anchas franjas de vivos colores que tanto ambicionan nuestras
elegantes parisienses.
Tocábase con un casquete de oro bordado de perlas, torcido a un
lado, y debajo de él resaltaba una linda rosa natural sobre unos cabellos de
seda tan negros como el azabache. En cuanto a la belleza de este rostro, la
griega era una mujer perfecta en su tipo, con sus grandes y hermosos ojos
negros, su frente de mármol, su nariz recta, sus labios de coral y sus dientes
de perlas. Y sobre este conjunto encantador, la flor de la juventud había esparcido
todo su brillo y su perfume.
Podía tener Haydée diecinueve o veinte años.
Montecristo llamó a la doncella griega y le dijo que pidiera
permiso a Haydée para entrar a verla.
Por toda respuesta, hizo seña a la criada de que levantase la
colgadura que había delante de la puerta.
El conde entró en la estancia.
Se incorporó ella sobre un codo, y presentando su mano al conde
mientras le dirigía una sonrisa, dijo, en la sonora lengua de las hijas de
Atenas:
‑¿Por qué me pides permiso para entrar a verme? ¿No eres mi
dueño, no soy lo esclava?
Montecristo se sonrió.
‑Haydée‑dijo‑, bien sabéis...
‑¿Por qué no me llamáis de tú como de costumbre? ‑le interrumpió
la joven griega‑. ¿He cometido alguna falta? Si es así castígame, pero no me
hables de esa manera.
‑Haydée ‑replicó el conde‑, bien sabes que estamos en Francia,
y por consiguiente, que eres libre.
‑Libre ¿de qué? ‑preguntó la joven.
‑Libre de abandonarme.
‑¿Abandonarte...?, ¿y por qué habría de hacerlo?
‑¿Qué sé yo? Vamos a ver el mundo.
‑Yo no quiero ver a nadie.
‑Y si entre los jóvenes apuestos que encuentres hubiese alguno
que lo gustase, no sería yo tan injusto...
‑Jamás he visto hombre más apuesto que tú, y no he amado a nadie
más que a mi padre y a ti.
‑Pobre Haydée ‑dijo Montecristo‑, es que nunca has hablado más
que con lo padre y conmigo.
‑¡Pues bien! ¿Qué necesidad tengo yo de hablar con otros? Mi
padre me llamaba su alegría, tú me llamas tu amor, y ambos me llamáis
vuestra hija.
‑¿Te acuerdas de lo padre, Haydée?
La joven se sonrió.
‑Está aquí y aquí ‑dijo, mientras ponía la mano sobre sus ojos y
sobre su corazón.
‑Y yo, ¿dónde estoy? ‑preguntó sonriéndose Montecristo.
‑Tú‑‑dijo ella‑, tú estás en todas partes.
El conde tomó la mano de Haydée para besarla, pero la joven la
retiró y le presentó la frente.
‑Ahora, Haydée ‑le dijo‑, ya sabes que eres libre, que eres aquí
la dueña, que eres reina. Puedes conservar lo traje o dejarlo, según lo
capricho. Permanecerás aquí o saldrás cuando quieras, siempre estará mi
carruaje preparado para ti. Alí y Myrtho lo acompañarán a todas partes y
estarán a tus órdenes, pero lo suplico una cosa.
‑Dime.
‑Guarda secreto acerca de lo nacimiento, no digas una palabra de
lo pasado. No pronuncies en ninguna ocasión el nombre de lo ilustre padre ni el
de lo pobre madre.
‑Ya lo lo he dicho, señor, no veré a nadie.
‑Escucha, Haydée, quizás esta reclusión oriental no será posible
en París. Sigue aprendiendo la vida de nuestros países del norte, como has
hecho en Roma, en Florencia, en Milán y en Madrid. Esto lo servirá siempre, ya
sigas vivendo aquí o ya lo vuelvas a Oriente.
La joven dirigió al conde sus grandes ojos húmedos y repuso:
‑O nos volvamos a Oriente, quieres decir, ¿no es verdad, señor?
‑Sí, hija mía ‑dijo Montecristo‑. Bien sabes que nunca seré yo
quien lo deje. No es el árbol el que abandona a la flor, sino la flor la que
abandona al árbol.
‑Nunca lo abandonaré yo, señor ‑dijo Haydée‑, porque estoy
segura de que no podría vivir sin ti.
‑¡Pobre niña! Dentro de diez años yo seré viejo, y dentro de
diez años tú serás joven aún.
‑Mi padre tenía blanca la barba, esto no impedía que yo le amase.
Mi padre tenía sesenta años y me parecía más hermoso que todos los jóvenes que
miraba.
‑Pero dime: ¿crees tú que lo podrás acostumbrar a esta vida?
‑¿Te veré?
‑Todos los días.
‑Pues bien: ¿Qué es lo que pides, señor?
‑Temo que lo aburras.
‑No, señor. Por la mañana pensaré que vas a venir a verme, y por
la noche me acordaré de que has venido. Por otra parte, cuando estoy sola tengo
grandes recuerdos. Vuelvo a ver inmensos cuadros, grandes horizontes con el
Pindo y el Olimpo a lo lejos. Además tengo en el corazón tres sentimientos con
los cuales no se puede una aburrir: Tristeza, amor y agradecimiento.
‑Eres digna hija del Epiro, Haydée, graciosa y poética, y se
conoce que desciendes de esa familia de diosas que ha nacido en lo país.
Tranquilízate, hija mía, yo haré de manera que lo juventud no se pierda, porque
si me amas como a un padre, yo lo amo como a una hija.
‑Te equivocas, señor; yo no amaba a mi padre como lo amo a ti.
Mi amor hacia ti es otro amor. Mi padre ha muerto y yo no he muerto, y si tú
murieras yo moriría contigo.
El conde dio su mano a la joven con una sonrisa de profunda ternura.
Haydée imprimió en ella sus labios como de costumbre.
Y Montecristo, dispuesto así para la entrevista que iba a tener
con Morrel y su familia, partió murmurando estos versos de Píndaro:
«Es la joven una flor, cuyo fruto es el amor...»
Dichoso el que la obtenga después de haberla visto madurar lentamente.
Conforme a sus órdenes, el carruaje estaba pronto. Montó en él
y, como de costumbre, partió a galope.
En pocos minutos llegó a la calle Meslay, número 7.
La casa era blanca, risueña, y precedida de una patio, con dos
enormes macetas que contenían hermosísimas flores.
El conde reconoció a Coclés en el portero que le abrió la
puerta. Pero como éste, ya recordará el lector, no tenía más que un ojo, y después
de nueve años se había debilitado considerablemente, no reconoció al conde.
Para detenerse delante de la entrada, los carruajes debían dar
una vuelta, a fin de evitar un surtidor de agua cristalina que salía del centro
de una gran taza en forma de concha de mármol, la cual había excitado bastantes
envidias en el barrio, y era causa de que llamasen a esta casa el pequeño
Versalles.
En esa taza nadaban una multitud de peces encarnados y de diversos
colores.
La casa, elevada sobre un piso de cocinas y de cuevas, tenía
además del bajo otros dos. Los jóvenes la habían comprado con sus dependencias,
que consistían en un inmenso taller, un jardín y dos pabellones en éste.
Manuel había visto, desde la primera ojeada, en esta disposición, una pequeña
especulación. Se había reservado la casa, la mitad del jardín, y había trazado
una línea, es decir, había construido una tapia entre él y los talleres, que
alquiló con los pabellones y la otra mitad del jardín, de suerte que vivía en
una casa sumamente agradable por un precio bastante módico.
El comedor era de encina, el salón de caoba y de terciopelo
azul, la alcoba de nogal y de damasco verde. Además, había un gabinete de
trabajo para Manuel, que no trabajaba, y un salón de música para Julia, que no
estudiaba este bello arte.
El segundo piso estaba destinado a Maximiliano. Era una
repetición exacta de la habitación de su hermana, pero el comedor había sido
convertido en una sala de billar donde llevaba a sus amigos.
El mismo se hallaba limpiando su caballo, y fumando a la entrada
del jardín, cuando se detuvo a la puerta el carruaje del conde de Montecristo.
Coclés abrió la puerta, como hemos dicho, y bajándose Bautista
del pescante, preguntó si el señor y la señora Herbault y el señor Maxiniiliano
Morrel estaban visibles para el conde de Montecristo.
‑¡Para el conde de Montecristo! ‑exclamó Morrel arrojando su
cigarro y saliendo al encuentro del conde‑, ya lo creo, ya lo creo que estamos
visibles para él. ¡Ah!, gracias, mil gracias, señor conde, por no haber
olvidado vuestra promesa.
Y el joven oficial estrechó con tanta cordialidad y efusión la
mano del conde, que éste no pudo menos de conocer por la franqueza del hijo de
Morrel, que era esperado con impaciencia.
‑Venid, venid, quiero serviros de introductor ‑dijo Maximiliano‑;
un hombre como vos no debe ser anunciado por un criado. Mi hermana está en su
jardín, cortando las flores marchitas. Mi hermano lee sus dos periódicos, La
Presse y Les Débats a seis pasos de ella, porque dondequiera que se
ve a la señora Herbault, no hay más que mirar a cuatro varas de distancia y
veréis al señor Manuel, y recíprocamente, como decimos en la escuela
politécnica.
El rumor de los pasos hizo levantar la cabeza a una joven de
veinte a veinticuatro años, vestida con una bata de seda, y que estaba cortando
cuidadosamente las rosas marchitas de un soberbio rosal.
Esta mujer era nuestra antigua conocida Julia, que al poco
tiempo, según se lo había predicho el mandatario de la casa de Thomson y
French, convirtióse en señora de Herbault.
Dejó escapar un pequeño grito al ver al extranjero.
Maximiliano soltó una carcajada.
‑No lo incomodes, hermana ‑dijo‑, el señor conde no hace más que
dos o tres días que está en París. Pero sabe lo que es una apasionada a las
flores, y si no lo sabe, tú se lo enseñarás.
‑¡Ah, caballero ‑dijo Julia‑, traeros así es una traición de mi
hermano, que no usa de ninguna etiqueta... ¡Penelón...! ¡Penelón...!
Un anciano que regaba un plantío de rosales de Bengala, dejó su
regadera en el suelo y se acercó con su gorra en la mano. Algunos mechones
canos blanqueaban su cabellera aún espesa, mientras que su tez bronceada y su
mirar osado y vivo recordaban al viejo marino tostado al sol del Ecuador y
curtido con los vientos de las tempestades.
‑Creo que me habéis llamado, señorita Julia ‑dijo‑, aquí me
tenéis.
Penelón había conservado la costumbre de llamar señorita Julia a
la hija de su patrón, y jamás había podido acostumbrarse a lo de señora
Herbault.
‑Penelón ‑dijo Julia‑, id a avisar al señor Manuel la visita que
tenemos, mientras que Maximiliano conduce a este caballero al salón.
Volviéndose después hacia Montecristo, dijo:
‑¡Me permitiréis que me retire un instante!
Y sin esperar el consentimiento del conde, desapareció por una
calle de árboles que conducía a la casa.
‑¡Ah!, mi querido Morrel ‑dijo Montecristo‑, observo con dolor
que mi visita causa un trastorno en toda la casa.
‑Mirad, mirad ‑dijo Maximiliano riendo‑. ¿Veis allí al marido
que también va a mudarse el chaquetón y a ponerse una levita? ¡Oh!, es que os
conocen en la calle de Meslay, estabais anunciado.
‑Creo que es una familia dichosa, caballero ‑dijo el conde, respondiendo
a su propio pensamiento.
‑¡Oh!, sí, os lo aseguro, señor conde. ¡Qué queréis! ¡No les
falta nada para ser felices! Son jóvenes, alegres, se aman, y con sus veinticinco
mil libras de renta, a pesar de haber manejado tan inmensas fortunas, se
imaginan poseer las riquezas del Perú.
‑Sin embargo, veinticinco mil libras de renta es poco ‑dijo
Montecristo con una dulzura que conmovió a Maximiliano, como hubiera podido
hacerlo la voz de su padre‑, pero no pararán ahí nuestros jóvenes, ya llegarán
a su vez a ser millonarios. Vuestro cuñado es abogado..., o médico..., o...
‑Era comerciante, señor conde, y tomó a su cargo la casa de nuestro
pobre padre. El señor Morrel ha muerto dejando quinientos mil francos de
caudal. Yo tenía una mitad y mi hermana otra, porque no éramos más que dos. Su
esposo, que se había casado con ella sin tener otro patrimonio que su noble
probidad, su inteligencia de primer orden y su reputación intachable, quiso
poseer tanto como su mujer, trabajó hasta que hubo reunido doscientos
cincuenta mil francos. Seis años le bastaron. Era un tierno espectáculo el de
estos dos jóvenes tan laboriosos, tan unidos, destinados por su capacidad a la
fortuna más alta, y que, no queriendo cambiar nada de las costumbres de la casa
paterna, emplearon seis años en hacer lo que otros comerciantes hubieran hecho
en dos o tres. Así, pues, Marsella entera colmó de alabanzas tan laboriosa
abnegación. Finalmente, un día Manuel fue a buscar a su mujer, que acababa de
pagar las cuentas vencidas.
»‑Julia ‑le dijo‑, aquí está el último cartucho de cien francos
que Coclés acaba de entregarme y que completa los doscientos cincuenta mil
francos que hemos fijado como límite de nuestras ganancias. ¿Quedarás
satisfecha con este poco, con el cual será preciso contentarnos de aquí en
adelante? Escucha, la casa efectúa negocios por un millón al año, y puede
producir cuarenta mil francos de beneficios. Traspasaremos la clientela, si lo
parece, en trescientos mil francos en una hora, porque aquí tengo una carta del
señor Delaunay que nos los ofrece en cambio de nuestros fondos, que quiere
reunir al suyo. Conque, a ver, ¿qué lo parece que hagamos?
H‑Amigo mío ‑dijo mi hermana‑, la casa de Morrel no puede
sostenerse sino por un Morrel. Salvar para siempre de los vaivenes de la suerte
el nombre de nuestro padre, ¿no vale trescientos mil francos?
»‑Esta misma era mi opinión ‑respondió Manuel‑,sin embargo,
quería saber la tuya.
»‑Pues bien, querido, ahí la tienes. Todas nuestras entradas están
hechas. Nuestras letras pagadas, podemos trazar una raya al pie de la cuenta de
esta quincena y cerrar la casa. Tracémosla y cerremos el escritorio.
»Lo cual hicimos inmediatamente. Eran las tres, a las tres y
cuarto se presentó un cliente para hacer asegurar el pasaje de los dos buques;
era una ganancia líquida de quince mil francos al contado.
»‑Caballero ‑dijo Manuel‑, tened la bondad de dirigiros a
nuestro compañero el señor Delaunay. En cuanto a nosotros, ya hemos dejado el
negocio.
»‑¿Y desde cuándo? ‑preguntó el cliente asombrado.
»‑Desde hace un cuarto de hora.
‑Y aquí veis, caballero ‑continuó diciendo, sonriendo, Maximiliano‑,cómo
mi hermana y mi cuñado no tienen más que veinticinco mil francos de renta.
Apenas Maximiliano daba fin a su narración, durante la cual el
corazón del conde se había dilatado cada vez más, cuando apareció Manuel con
una levita abrochada. Saludó como un hombre que conoce la importancia del
personaje a quien hablaba, y después condujo al conde a la casa.
El salón estaba ya embalsamado por las perfumadas flores contenidas
con gran trabajo en un inmenso vaso japonés. Julia, bien vestida y peinada con
coquetería, se presentó para recibir al conde.
Oíase cantar a los pájaros del jardín, y de una pajarera próxima
al salón. Las ramas de jazmines y de acacias color de rosa bordaban con sus
hojas las colgaduras de terciopelo azul.
Todo en esta encantadora morada respiraba la mayor tranquilidad
y el más completo sosiego, desde los gorjeos de los pájaros hasta la sonrisa de
los dueños de la casa.
Desde que entró el conde se había impregnado ya de esta
felicidad. Así, pues, se quedó mudo y pensativo, olvidando que le miraban y que
le oían, para proseguir la conversación interrumpida después de los primeros
cumplidos.
Dándose cuenta de este silencio, que ya resultaba poco cortés y
saliendo con gran esfuerzo de su ensimismamiento, dijo:
‑Señores, perdonadme una emoción que debe asombraros, habituados
a la paz y a la felicidad que aquí encuentro, pero es para mí una cosa tan
nueva la satisfacción sobre un rostro humano, que no me canso de miraros a vos
y a vuestro marido.
‑Somos muy felices, en efecto, caballero ‑repuso Julia‑, pero
hemos sufrido mucho y pocas personas habrán comprado su felicidad tan cara
como nosotros.
La curiosidad se reflejó en las facciones del conde.
‑¡Oh!, es una historia de familia, como os decía el otro día
Chateau‑Renaud ‑replicó Maximiliano‑; para vos, señor conde, avezado a ver
grandes desgracias y grandes alegrías, tendría poco interés este cuadro de
familia. Muchos, muchísimos dolores hemos sufrido, como os decía Julia, aunque
estén encerrados en este pequeño cuadro.
‑¿Y Dios os ha dado consuelos para vuestros sufrimientos? ‑inquirió
Montecristo.
Julia respondió:
‑Sí, señor conde, podemos decirlo, porque hizo por nosotros lo
que no hace más que para los elegidos. Nos envió uno de sus ángeles.
Un intenso rubor cubrió las mejillas del conde, que tosió para
disimular y se llevó el pañuelo a la boca.
‑Los que han nacido en cuna de púrpura y nunca han deseado nada ‑dijo
Manuel‑, no saben lo que es la felicidad de vivir. Lo mismo que no pueden
conocer el precio de un cielo puro los que no han entregado nunca su vida a
merced de cuatro tablas arrojadas a un mar enfurecido.
Montecristo se levantó, y sin responder una sola palabra, porque
sólo en el temblor se hubiera conocido la emoción de que estaba agitado, se
puso a recorrer el salón a largos pasos.
‑Nuestra magnificencia os hace sonreír, señor conde ‑dijo Maximiliano,
que le observaba atentamente.
‑No, no ‑respondió Montecristo, muy pálido, y conteniendo con
una mano los latidos de su corazón, en tanto con la otra mostraba al joven un
fanal, bajo el que reposaba un bolsillo de seda sobre una almohadilla de
terciopelo negro‑. Estaba pensando qué significa este bolsillo, que en un lado
contiene un papel, me parece, y en el otro un hermoso diamante.
Maximiliano adoptó un aire grave y respondió:
‑Este bolsillo, señor conde, es el tesoro más preciado de
nuestra familia.
‑En efecto, este diamante es bastante hermoso ‑repuso el conde
de Montecristo.
‑¡Oh!, mi hermano no os habla del valor de la piedra, aunque
está valorada en cien mil francos, señor conde. Quiere solamente deciros que
los objetos que encierra ese bolsillo son las reliquias del ángel de quien
hablábamos hace poco.
‑No entiendo lo que decís, y sin embargo no debo preguntároslo,
señora ‑replicó el conde de Montecristo inclinándose‑; perdonadme, no he
querido ser indiscreto.
‑¿Indiscreto, decís? ¡Oh!, al contrario, nos hacéis felices con
ofrecernos una ocasión de hablar de este asunto. Si ocultásemos como un secreto
la acción más hermosa que recuerda ese bolsillo, no lo expondríamos de tal modo
a la vista de todos.
‑¡Oh!, quisiéramos poderla publicar en todo el universo para que
un estremecimiento de nuestro bienhechor desconocido nos revelase su
presencia.
‑¡Ah! Ahora voy comprendiendo ‑dijo Montecristo con voz ahogada.
‑Caballero ‑dijo Maximiliano levantando el fanal y besando
religiosamente el bolsillo de seda‑, esto ha tocado la mano de un hombre por el
cual fue salvado mi padre de la muerte, nosotros de la ruina y nuestro nombre
de la ignominia, de un hombre, gracias al cual, nosotros, pobres muchachos
entregados a la miseria o a las lágrimas, podemos oír hoy a la gente extasiarse
en nuestra felicidad. Esta carta ‑y sacando Maximiliano un billete del bolsillo
lo presentó al conde‑, esta carta fue escrita por él un día en que mi padre
había tomado una resolución desesperada, y este diamante fue regalado para su
dote a mi hermana por el generoso desconocido.
Montecristo abrió la carta y la leyó con una inefable expresión
de felicidad. Era el billete que nuestros lectores conocen, dirigido a Julia y
firmado «Simbad el Marino> .
‑¿Desconocido, decís? ¿Conque el hombre que os ha hecho ese
servicio ha permanecido ignorado?
‑Sí, señor. Nunca hemos tenido la dicha de estrechar su mano. No
será por no haber pedido a Dios este favor ‑añadió Maximiliano‑, pero ha
habido en toda esta aventura un misterio que aún no hemos podido penetrar, todo
ha sido conducido por una mano invisible, poderosa como la de un mago
prodigioso.
‑¡Oh! ‑dijo Julia‑, aún no he perdido toda esperanza de besar un
día aquélla, como beso el bolsillo que ha tocado. Hace cuatro años Penelón
estaba en Trieste. Penelón, señor conde, es ese valiente marino a quién habéis
visto con una regadera en la mano y que de contramaestre se ha hecho jardinero.
Estando, pues, Penelón en Trieste, vio en el muelle un inglés que iba a
embarcarse en un yate y reconoció al que fue a casa de mi padre el 5 de julio
de 1829 y que me escribió el billete el 5 de septiembre. Era el mismo, según él
aseguró, pero no se atrevió a dirigirle la palabra.
‑¡Un inglés! ‑exclamó Montecristo, cuya inquietud aumentaba a
cada mirada de Julia‑, ¿un inglés, decís?
‑Sí ‑replicó Maximiliano‑, un inglés que se presentó en nuestra
casa como comisionado de la casa Thomson y French, de Roma. He aquí por qué
cuando dijisteis el otro día en casa de Morcef que los señores Thomson y French
eran vuestros banqueros, me estremecí involuntariamente. Caballero, esto
sucedió como os hemos dicho, en 1829. ¿Habéis conocido a ese inglés?
‑Pero ¿no habéis dicho también que la casa Thomson y French
había negado siempre que os hubiese prestado ese servicio?
‑Sí.
‑Entonces, ese inglés, ¿no sería un hombre que, reconocido a
vuestro padre por alguna buena acción que él mismo habría olvidado, pudiera
haber tomado ese pretexto para recompensársela?
‑Todo es posible, caballero, en semejante circunstancia, hasta
un milagro.
Montecristo preguntó:
‑¿Cuál era su nombre?
‑Nunca ha dejado otro ‑respondió Julia, mirando al conde con
profunda atención‑ que el del billete: Simbad el Marino.
‑Que no sería su nombre verdadero.
‑Es probable ‑dijo Julia, sin dejar de mirarle.
El conde iba a proseguir, pero al ver que Julia le examinaba con
tanta atención, como queriendo reconocer el sonido de su voz, se detuvo para
reponerse algún tanto de su emoción, y continuó alterado.
‑Veamos, ¿no es un hombre de mi estatura casi, tal vez un poco
más delgado, enterrado en una inmensa corbata, con una levita abrochada hasta
el cuello y siempre con el lápiz en la mano?
‑¡Oh!, ¿pero le conocéis? ‑exclamó Julia con los ojos brillantes
de alegría.
‑No ‑dijo Montecristo‑, lo supongo solamente. He conocido sólo a
un tal... lord Wilmore, de una generosidad admirable.
‑¿Sin darse a conocer?
‑Era un hombre extraño, y no creía en el agradecimiento.
‑¡Oh! ¡Dios mío! ‑exclamó Julia con un acento sublime y cruzando
las manos‑, pues ¿en qué creía ese desgraciado?
‑Por lo menos, así le sucedía en la época en que yo le conocí ‑dijo
Montecristo, a quien esta voz que partía del fondo del alma le había
estremecido hasta la última fibra‑, pero después de este tiempo, tal vez habrá
tenido alguna prueba de que la gratitud existe.
‑¿Y vos conocéis a ese hombre, caballero? ‑preguntó Manuel.
‑¡Oh!, si le conocéis, caballero ‑exclamó Julia‑, decid, decid,
¿podéis llevarnos a su lado, mostrárnoslo, enseñarnos dónde está? ¡Oh!,
Maximiliano, ¡oh!, Manuel, si le encontrásemos le haríamos creer en el
agradecimiento.
Montecristo sintió asomarse dos lágrimas a sus ojos, y de nuevo
empezó a pasear por el salón.
‑¡En nombre del cielo, caballero ‑áijo Maximíliano‑, si sabéis
alguna cosa de ese hombre, decídnoslo!
‑¡Ay! ‑dijo el conde conteniendo la emoción de su voz‑, si
vuestro bienhechor es lord Wilmore, temo que no le encontremos nunca. Me
separé de él en Palermo, y partía para los países más fabulosos, conque mucho
dudo que vuelva.
‑¡Ah!, caballero, ¡sois cruel! ‑exclamó Julia con espanto.
Y a la joven se le saltaron las lágrimas.
‑Señora ‑dijo gravemente Montecristo devorando con los ojos las
dos perlas líquidas que rodaban por las mejillas de Julia‑, si lord Wilmore
hubiese visto lo que yo acabo de ver aquí, amaría aún la vida, porque las
lágrimas que derramáis le reconciliarían con la humanidad.
Y presentó la mano a Julia, que le dio la suya, dejándose
arrastrar de la mirada y del acento del conde.
‑Pero ese lord Wilmore ‑dijo‑ tenía país, familia, parientes, en
fin, era conocido, ¿no podríamos...?
‑¡Oh!, no insistáis ‑dijo el conde‑, no procuréis interpretar
esas palabras que se me han escapado. No, lord Wilmore no es probablemente el
hombre que buscáis, era mi amigo, yo sabía todos sus secretos, y me hubiera
contado ése.
‑¿Y no os ha dicho nada? ‑preguntó Julia.
‑Nada, en absoluto.
‑¿Ni una palabra que os hiciera suponer...?
‑Ni una
sola palabra.
‑Sin embargo, hace poco le nombrasteis.
‑¡Ah!, no era más que una suposición.
‑Hermana, hermana ‑dijo Maximiliano, saliendo en ayuda del conde‑,
el señor tiene razón. Acuérdate de lo que tantas veces nos ha dicho nuestro
padre, no es un inglés el que nos ha hecho tan felices.
‑Vuestro padre os decía..., ¿qué os decía, señor Morrel? ‑repuso
vivamente.
‑Mi padre, caballero, veía en esa acción un milagro. Mi padre
creía en un bienhechor que había salido de su tumba para favorecernos. ¡Oh!
¡Qué tierna superstición!, caballero, y aunque yo no la creía, estaba muy lejos
de querer destruir esta creencia en su noble corazón. Así pues, ¡cuantas veces
pensaba en ello, pronunciaba en voz baja un nombre que le era muy querido, un
nombre de un amigo perdido! Y cuando se vio próximo a morir, cuando la
inminencia de la eternidad hubo dado a su imaginación una cosa parecida a la
iluminación de la tumba, este pensamiento, que hasta entonces había sido una
duda, se trocó en convicción, y las últimas palabras que pronunció al morir
fueron éstas:
«‑¡Maximiliano: era Edmundo Dantés...! »
La palidez del conde, que hacía algunos segundos iba aumentando,
fue espantosa cuando oyó estas palabras. Toda su sangre se agolpó a su corazón,
no podía hablar, sacó su reloj como si hubiera olvidado la hora, tomó su
sombrero, hizo a la señora Herbault una cortesía brusca y embarazada, y
estrechando las manos de Manuel y Maximiliano, dijo:
‑Señora, concededme el honor y el placer de que venga algunas
veces a visitaros. Aprecio mucho vuestra casa, y os estoy sumamente reconocido
por vuestro recibimiento, porque es la primera vez que en muchos años me he
olvidado de mí mismo.
Y salió apresuradamente.
‑Este conde de Montecristo es un hombre singular ‑dijo Manuel.
‑Sí ‑respondió Maximiliano‑, pero yo creo que tiene un corazón
excelente, y estoy seguro de que nos ama.
‑Y a mí
‑dijo Julia‑ me ha llegado su voz al corazón, y dos o tres veces se me ha
figurado que no era la primera vez que le veía.
Capítulo noveno
Píramo y Tisbe
Cerca del barrio de Saint‑Honoré, detrás de una hermosa casa
notable entre las de este suntuoso barrio, se extiende un vasto jardín, cuyos
espesos castaños rebasan con mucho las grandes tapias, y dejan caer cuando
llega la primavera sus flores sobre dos enormes jarrones de mármol colocados
paralelamente sobre dos pilastras cuadrangulares, en que encaja una reja de
hierro de la época de Luis XIII.
Esta grandiosa entrada está condenada, a pesar de los magníficos
geranios que brotan en los dos jarrones, y que mecen al viento sus hojas
marmóreas y sus flores de púrpura, desde que los propietarios se contrajeron a
la posesión del palacio, del patio plantado de árboles que cae a la calle
principal, y del jardín que cierra esta valla que caía antes a una magnífica
huerta de una fanega de tierra, perteneciente a la propiedad. Pero habiendo
tirado una línea el demonio de la especulación, es decir, una calle en el
extremo de esta huerta, con nombre antes de existir, merced a una placa de
vidrio, pensaron poder vender esta huerta para edificar casas en la calle, y
facilitar el tránsito en ese magnífico barrio de Saint‑Honoré.
Pero en punto a especulación, el hombre propone y el dinero dispone.
La calle bautizada murió en la cuna. El que adquirió la huerta, después de
haberla pagado cabalmente, no pudo encontrar, al venderla, la suma que quería,
y esperando una subida de precio, que no podía dejar de indemnizarle un día a
otro, se contentó con alquilar la huerta a unos hortelanos por quinientos
francos anuales.
No obstante, ya hemos dicho que la reja del jardín que daba a la
huerta estaba condenada, y el orín roía sus goznes. Aún hay más: para que los
hortelanos no curioseen con sus miradas vulgares el interior del aristocrático
jardín, un tabique de tablas está unido a las barras hasta la altura de seis
pies. Es verdad que las tablas no están tan bien unidas que no se pueda dirigir
una mirada furtiva por entre las junturas, pero esta casa no es tan severa que
tema las indiscreciones.
En esta huerta, en lugar de coliflores, lechugas, escarolas,
rábanos, patatas y melones, crecen sólo grandes alfalfas, único cultivo que denota
que aún hay alguien que se acuerda de este lugar abandonado. Una puertecita
baja, abriéndose a la calle proyectada, da acceso a este terreno cercado de
tapias, que sus habitantes acaban de abandonar a causa de su esterilidad, y que
después de ocho días, en lugar de producir un cincuenta por ciento, como
antes, no produce absolutamente nada.
Por el lado de la casa, los castaños de que hemos hablado
coronan la tapia, lo cual no impide que otros árboles verdes y en flor deslicen
en los espacios que median entre unos y otros sus ramas ávidas de aire. En un
ángulo en que el follaje es tan espeso que apenas deja penetrar la luz, un
ancho banco de piedra y sillas de jardín indican un lugar de reunión o un
retiro favorito de algún gabinete de la casa, situada a cien pasos, y que
apenas se distingue a través del espeso ramaje que la envuelve. En fin, la
elección de este asilo misterioso, está justificada a la vez por la ausencia
del sol, por la perpetua frescura, aun durante los días más ardientes del
estío, por el gorjeo de los pájaros y por el alejamiento de la casa y de la
calle, es decir, de los negocios y del bullicio.
En una tarde del día más caluroso de primavera, había sobre este
banco de piedra un libro, una sombrilla, un canastillo de labor y un pañuelo de
batista empezado a bordar, y no lejos de este banco, junto a la reja, en pie,
delante de las tablas, con los ojos aplicados a una de las aberturas, hallábase
una joven, cuyas miradas penetraban en 4 terreno desierto que ya conocemos.
Casi al mismo tiempo, la puertecilla de este terreno se cerraba
sin ruido, y un joven alto, vigoroso, vestido con una blusa azul, una gorrilla
de terciopelo, pero cuyos bigotes, barba y cabellos negros cuidadosamente
peinados desentonaban de este traje popular, después de una rápida ojeada a su
alrededor, para asegurarse de que nadie le espiaba, pasando por esta puerta que
cerró tras sí, se dirigió con pasos precipitados hacia la reja.
Al ver al que esperaba, pero no probablemente con aquel traje,
la joven tuvo miedo y dio dos pasos hacia atrás. Y, sin embargo, ya al través
de las hendiduras de la puerta, el joven, con esa mirada que sólo pertenece a
los amantes, había visto flotar el vestido blanco y el largo cinturón azul.
Corrió hacia el tabique, y aplicando su boca a una abertura, dijo:
‑No temáis, Valentina, soy yo.
La joven se acercó.
‑¡Oh, caballero! ‑dijo‑. ¿Por qué habéis venido hoy tan tarde?
¿Sabéis que pronto vamos a comer y que me he tenido que valer de mil medios
para desembarazarme de mi madrastra, que me espía, de mi camarera que me
persigue, y de mi hermano que me atormenta, para venir a trabajar aquí en este
bordado que temo no se acabe en mucho tiempo...? Así que os excuséis de vuestra
tardanza, me diréis qué significa ese nuevo traje que habéis adoptado, y que
casi ha sido la causa de que no os reconociera de momento.
‑Querida Valentina ‑dijo el joven‑, demasiado conocéis mi amor
para que os hable de él, y sin embargo, siempre que os veo tengo necesidad de
deciros que os adoro, a fin de que el eco de mis propias palabras me acaricie
dulcemente el corazón cuando dejo de veros. Ahora os doy mil gracias por
vuestra dulce reconvención, la cual me prueba que pensabais en mí. ¿Queríais
saber la causa de mi tardanza y el motivo de mi disfraz? Pues bien, voy a
decírosla, y espero que me excusaréis. Me he establecido.
‑¿Establecido...? ¿Qué queréis decir, Maximiliano? ¿Y somos
bastante dichosos para que habléis de lo que nos concierne con ese tono de
broma?
‑¡Oh! Dios me libre ‑‑dijo el joven‑ de bromear con lo que decidirá
de mi suerte. Pero, fatigado de ser un corredor de campos, y un escalador de
paredes, espantado de la idea que me hicisteis abrigar la otra tarde de que
vuestro progenitor me haría juzgar un día como ladrón, lo cual comprometería el
honor del ejército francés, no menos espantado de la posibilidad de que se
asombren de ver eternamente rondar alrededor de este terreno, donde no hay la
menor ciudadela que sitiar o el más pequeño bloqueo que defender, a un capitán
de spahis, me he hecho hortelano, y adoptado el traje de mi profesión.
‑Bueno, ¡qué locura!
‑Al contrario, es la idea más feliz que he tenido en toda mi
vida, porque al menos nos deja en toda seguridad.
‑Veamos, explicaos.
‑Pues bien. Fui a buscar al propietario de esta huerta, el
alquiler con los antiguos inquilinos había concluido, y yo se la alquilé de nuevo.
Toda esta alfalfa me pertenece, Valentina. Nada me prohíbe que yo haga
construir una cabaña aquí cerca, y viva de aquí en adelante a veinte pasos de
vos. ¡Oh!, no puedo contener mi alegría y mi felicidad. ¿Comprendéis,
Valentina, que se puedan pagar estas cosas? Es imposible, ¿no es verdad? ¡Pues
bien!, toda esta felicidad, toda esta dicha, toda esta alegría, por las que yo
hubiera dado diez años de mi vida, me cuestan, ¿no adivináis cuánto...? Así,
pues, ya lo veis. De aquí en adelante no hay que temer. Estoy aquí en mi casa,
puedo poner una escala apoyada contra mí tapia, y mirar por encima, y sin temor
de que venga una patrulla a incomodarme, tengo derecho a deciros que os amo,
mientras no se resienta vuestro orgullo de oír salir esa palabra de la boca de
un pobre jornalero con una gorra y una blusa.
Valentina dejó escapar un ligero grito de sorpresa, y luego, de
repente, dijo con tristeza, y como si una nube hubiese velado el rayo de sol
que iluminaba su corazón:
‑¡Ay!, Maximiliano, ahora seremos demasiado libres. Nuestra
felicidad nos hará tentar a Dios. Abusaremos de nuestra seguridad, y nuestra
seguridad nos perderá.
‑¿Podéis decirme eso, amiga mía, a mí, que desde que os conozco
os doy pruebas de que he subordinado mis pensamientos y mi vida a vuestra vida
y vuestros pensamientos? ¿Quién os ha dado confianza en mí? Mi honor, ¿no es
así? Cuando me dijisteis que un vago instinto os aseguraba que corríais algún
peligro, todo mi anhelo fue serviros, sin pedir otro galardón más que la
felicidad de serviros. ¿Desde este tiempo os he dado ocasión con una palabra,
con una seña, de arrepentiros por haberme preferido a los que hubieran sido
felices en morir por vos? Me dijisteis, pobre niña, que estabais prometida al
señor Franz d'Epinay, que vuestro padre había decidido esta alianza, es decir,
que era segura, porque todo lo que quiere el señor de Villefort se realiza de
un modo infalible. Pues bien, he permanecido en la sombra, esperando, no de mi
voluntad ni de la vuestra, sino de los sucesos de la providencia de Dios, y sin
embargo, me amabais. Tuvisteis piedad de mí, Valentina, y vos misma me lo
habéis dicho. Gracias por esa dulce palabra, que no os pido sino que me la
repitáis de vez en cuando, y que hará que me olvide de todo lo demás.
‑Y eso es lo que os ha animado, Maximiliano, y eso mismo me
proporciona una vida dulce y desgraciada hasta tal punto que me pregunto a
veces qué es lo que vale más para mí, sí el pesar que me causaba antes el
rigor de mi madrastra y su ciega preferencia a su hijo, o la felicidad llena de
peligros que experimento al veros.
‑¡De peligros! ‑exclamó Maximiliano‑, ¿sois capaz de decir una
palabra tan dura y tan injusta? ¿Habéis visto nunca un esclavo más sumiso que
yo? Me habéis permitido algunas veces la palabra, Valentina, pero me habéis
prohibido seguiros. He obedecido. Desde que encontré un medio para penetrar en
esta huerta, para hablaros a través de esta puerta, de estar, en fin, tan
cerca de vos sin veros, ¿os he pedido alguna vez que me deis vuestra mano a
través de esta valla? ¿He intentado siquiera saltar esta tapia, ridículo
obstáculo para mi juventud y mi fuerza? Nunca me he quejado de vuestro rigor,
nunca os he manifestado en voz alta un deseo. He sido fiel a mi palabra, como
un caballero de los tiempos pasados. Confesad eso al menos para que no os crea
injusta.
‑Tenéis razón ‑dijo Valentina pasando por entre dos tablas el
extremo de los lindos dedos, sobre los cuales aplicó los labios Maximiliano‑.
Es verdad que sois un amigo honrado. Pero, en fin, vos no habéis obrado sino
por vuestro propio interés, mi querido Maximiliano. Bien sabíais que el día en
que el esclavo fuese exigente lo perdería todo. Me prometisteis la amistad de
un hermano, a mí, a quien mi padre olvida, a quien mi madrastra persigue, y que
no tengo por consuelo más que un anciano, inmóvil, mudo, helado, cuya mano no
puede estrechar la mía, cuya mirada sola puede hablarme, y cuyo corazón late
sin duda por mí con un resto de calor. Amarga ironía de la suerte que me hace
enemiga o víctima de todos los que son más fuertes que yo, y que me da un
cadáver por único sostén y amigo. ¡Oh! ¡Maximiliano, Maximiliano, soy muy
desgraciada, y hacéis bien en amarme por mí y no por vos!
‑Valentina ‑dijo el joven profundamente conmovido‑, no diré que
sois el único objeto de mi cariño en el mundo, porque también amo a mi hermana
y a mi cuñado, pero es con un amor dulce y tranquilo, que nada se parece al
sentimiento que me inspiráis. Cuando pienso en vos, hierve mi sangre, mi pecho
se levanta y no puedo reprimir los latidos de mi corazón. Pero esta fuerza,
este ardor, este poder sobrehumano los emplearé únicamente en amaros hasta el
día en que me digáis que los emplee en servicio vuestro. Dicen que el señor
Franz d'Epinay estará ausente un año todavía, y en un año, ¡cuántas vicisitudes
podrán secundar nuestros proyectos! ¡Sigamos, pues, esperando, nada más grato
ni más dulce que la esperanza! Pero, entretanto, vos, Valentina, vos que me echáis
en cara mi egoísmo, ¿qué habéis sido para mí? La bella y fría estatua de la
Venus púdica. En pago de mi cariño, de mi obediencia, de mi moderación, ¿qué me
habéis concedido?, casi nada. Me habláis del señor d'Epinay, vuestro futuro
esposo, y suspiráis con la idea de ser suya algún día. Veamos, Valentina, ¿es
eso todo lo que siente vuestra alma? ¿Es posible que cuando yo os dedico mi
vida entera, mi alma, el latido más imperceptible de mi corazón, cuando soy
todo vuestro, cuando siento que me moriría si os perdiera, vos permanezcáis
tranquila y no os asuste la sola idea de pertenecer a otro? ¡Oh! Valentina,
Valentina, si yo estuviera en vuestro lugar, si yo supiera que era amado con
la seguridad que vos tenéis de que os amo, ya hubiera pasado cien veces mi mano
por entre esas rendijas y hubiera estrechado la mano del pobre Maximiliano,
diciéndole: «Sí, vuestra, sólo vuestra, Maximiliano, en este mundo y en el
otro.»
Valentina no respondió, pero el joven la oyó suspirar y llorar.
La reacción de Maximiliano fue instantánea.
‑¡Valentina! ‑exclamó‑. ¡Valentina!, olvidad mis palabras si en
ellas ha habido algo que pueda ofenderos.
‑No ‑contestó ella‑, tenéis razón, pero ¿no os dais cuenta de
que soy una infeliz criatura, abandonada en una casa extraña, porque mi padre
es casi un extraño para mí, criatura cuya voluntad ha ido quebrantando día por
día, hora por hora, minuto por minuto, en el espacio de diez años, la voluntad
de hierro de otros superiores a quienes estoy sujeta? Nadie ve lo que yo sufro,
y a nadie, sino a vos lo he confiado. En apariencia y a los ojos de todo el
mundo, nada se opone a mis deseos, todos son afectuosos para mí. En realidad,
todo me es hostil. El mundo dice: «El señor de Villefort es demasiado grave y
severo para ser muy cariñoso con su hija. Pero ésta a lo menos ha tenido la
felicidad de volver a encontrar en la señora Villefort una segunda madre.»
¡Pues bien!, el mundo se equivoca, mi padre me abandona con indiferencia, y mi
madrastra me odia con un encarnizamiento tanto más terrible cuanto más lo
disimula con su eterna sonrisa.
‑¿Odiaros? ¿A vos, Valentina?, y ¿cómo habría alguien que pudiera
odiaros?
‑Por desgracia, amigo mío ‑dijo Valentina‑, me veo obligada a
confesar que ese odio contra mí proviene de un sentimiento casi natural. Ella
adora a su hijo, a mi hermano Eduardo.
‑¿Y qué?
‑Parece extraño mezclar un asunto de dinero con lo que íbamos
diciendo, pero, amigo mío, creo que éste es el origen de su odio. Como ella no
tiene bienes por su parte, y yo soy ya rica por los bienes de mi madre, los
cuales se acrecentarán con los de los señores de Saint‑Merán, que heredaré
algún día, creo, ¡Dios me perdone por pensar así, que está envidiosa. Y Dios
sabe si yo le daría con gusto la mitad de esta fortuna, con tal de hallarme en
casa del señor de Villefort como una hija en casa de su padre; no vacilaría ni
un instante.
‑¡Pobre Valentina!
‑Sí, me siento prisionera y al mismo tiempo tan débil, que me parece
que estos lazos me sostienen y tengo miedo de romperlos. Por otra parte, mi
padre no es un hombre cuyas órdenes pueda yo desobedecer impunemente. Es muy
poderoso contra mí. Lo sería contra vos y contra el mismo rey, protegido como
está por un pasado sin tacha y una posición casi inatacable. ¡Oh, Maximiliano!,
os lo juro, no me decido a luchar porque temo que, tanto vos como yo, sucumbiríamos
en la lucha.
‑Pero, Valentina ‑repuso Maximiliano‑, ¿por qué desesperar así y
ver siempre el porvenir sombrío?
‑Porque lo juzgo por lo pasado, amigo mío.
‑Sin embargo, veamos. Si yo no soy para vos un buen partido,
desde el punto de vista aristocrático, no obstante tengo una posición honrosa
en la sociedad. El tiempo en que había dos Francias ya no existe. Las familias
más altas de la monarquía se han fundido en las familias del Imperio, la
aristocracia de la lanza se ha unido con la del cañón. Ahora bien, yo
pertenezco a esta última. Yo tengo un hermoso porvenir en el ejército, gozo de
una fortuna limitada, pero independiente; la memoria de mi padre es venerada
en nuestro país como la de uno de los comerciantes más honrados que han
existido. Digo nuestro país, Valentina, porque se puede decir que vos también
sois de Marsella.
‑No me habléis de Marsella, Maximiliano. Ese solo nombre me recuerda
a mi buena madre, aquel ángel llorado por todo el mundo, y que después de haber
velado sobre su hija, mientras su corta permanencia en la tierra, vela
todavía, así lo espero al menos, y velará por siempre en el cielo. ¡Oh!, si
viviera mi pobre madre, Maximiliano, no tendría yo nada que temer, le diría que
os amo, y ella nos protegería.
‑No obstante, Valentina ‑repuso Maximiliano‑, si viviese, yo no
os habría conocido, porque, como habéis dicho, seríais feliz si ella viviera, y
Valentina feliz me hubiera contemplado con desdén desde lo alto de su grandeza.
‑¡Ah!, amigo mío ‑‑exclamó Valentina‑, ¡ahora sois vos el injusto!
Pero decidme...
‑¿Qué queréis que os diga? ‑repuso Maximiliano, viendo que
Valentina vacilaba.
‑Decidme ‑continuó la joven‑, ¿ha habido en otros tiempos algún
motivo de disgusto entre vuestro padre y el mío en Marsella?
‑Que yo sepa, ninguno ‑respondió Maximiliano‑, a no ser que
vuestro padre era el más celoso partidario de los Borbones y el mío un hombre
adicto al emperador. Esto, según presumo, es la única diferencia que había
entre ambos. Pero ¿por qué me hacéis esa pregunta, Valentina?
‑Voy a decíroslo ‑repuso ésta‑, porque debéis saberlo todo. El
día que publicaron los periódicos vuestro nombramiento de oficial de la Legión
de Honor, estábamos todos en la casa de mi abuelo, señor Noirtier, donde
también se encontraba el señor Danglars, ya sabéis, ese banquero cuyos caballos
estuvieron anteayer a punto de matar a mi madrastra y a mi hermano. Yo leía el
periódico en voz alta a mi abuelo mientras los demás hablaban del casamiento
probable del señor de Morcef con la señorita Danglars. Al llegar al párrafo que
trataba de vos, y que ya había yo leído, porque desde la mañana anterior me
habíais anunciado esta buena noticia, al llegar, pues, a dicho párrafo, me
sentía muy feliz..., pero temerosa al mismo tiempo de verme obligada a
pronunciar en voz alta vuestro nombre, y es seguro que lo hubiera omitido a no
ser por el temor de que diesen una mala interpretación a mi silencio. Por lo
tanto, reuní todas mis fuerzas y 1eí el párrafo.
‑¡Querida Valentina!
‑Escuchadme. En el momento de oír vuestro nombre, mi padre
volvió la cabeza. Estaba yo tan convencida, ved si soy loca, de que este nombre
había de hacer el efecto de un rayo, que creí notar un estremecimiento en mi
padre, y aun en el señor Danglars, aunque con respecto a éste estoy segura de
que fue una ilusión de mi parte. «Morrel ‑dijo mi padre‑, ¡espera un poco! »
Frunció las cejas y continuó: « ¿Será éste acaso uno de esos Morrel de
Marsella? ¿De esos furiosos bonapartistas que tantos males nos causaron en
1815?
‑Sí ‑respondió Danglars‑, y aun creo que es el hijo del antiguo
naviero.
‑Así es, en efecto ‑dijo Maximiliano‑. ¿Y qué respondió vuestro
padre?, decid, Valentina.
‑¡Oh!, algo terrible, que no me atrevo a repetir.
‑No importa ‑dijo Maximiliano sonriendo‑, decidlo todo.
‑Su emperador ‑continuó, frunciendo las cejas‑, sabía darles el
lugar que merecían a todos esos fanáticos. Les llamaba carne para el cañón, y
era el único nombre que merecían. Veo con placer que el nuevo gobierno vuelve a
poner en vigor ese saludable principio, y si para ese solo objeto reservase la
conquista de Argel, le felicitaría doblemente, aunque por otra parte nos
costase un poco caro.
‑En efecto, es una política un tanto brutal ‑dijo Maximiliano‑,
pero no sintáis, querida mía, lo que ha dicho el señor de Villefort. Mi
valiente padre no cedía en nada al vuestro sobre ese punto, y repetía sin
cesar: « ¿Por qué el emperador, que tantas cosas buenas hace, no forma un
regimiento de jueces y abogados y los lleva a primera línea de fuego?» Ya veis,
amiga mía, ambas opiniones se equilibran por lo pintoresco de la expresión y la
dulzura del pensamiento. ¿Pero qué dijo el señor Danglars, al escuchar la
salida del procurador del rey?
‑¡Oh!, empezó a reírse con esa sonrisa siniestra que le es
peculiar y que a mí me parece feroz. Pocos momentos después, se levantaron
ambos y se marcharon. Entonces únicamente conocí que mi abuelo estaba muy
conmovido. Preciso es deciros, Maximiliano, que yo sola soy la que adivina las
agitaciones de ese pobre paralítico, y creí entonces que la conversación
promovida delante de él, porque nadie hace caso del pobre abuelo, le había
impresionado fuertemente, en atención a que se había hablado mal de su emperador,
ya que, según parece, ha sido un fanático de su causa.
‑En efecto ‑dijo Maximiliano‑, es uno de los nombres conocidos
del Imperio, ha sido senador, y como sabéis, o quizá no lo sepáis, Valentina,
estuvo complicado en todas las conspiraciones bonapartistas que se hicieron en
tiempo de la Restauración.
‑Sí, a veces oigo hablar en voz baja de esas cosas, que a mí se
me antojan muy extrañas. El abuelo bonapartista, el hijo realista..., en fin,
¿qué queréis...? Entonces me volví hacia él, y me indicó el periódico con la
mirada.
‑¿Qué os ocurre, querido papá? ‑le dije, ¿estáis contento?
Hízome una señal afirmativa con la cabeza.
‑¿De lo que acaba de decir mi papá? ‑le pregunté.
Díjome por señas que no.
‑¿De lo que ha dicho el señor Danglars?
Otra seña negativa.
‑¿Será tal vez porque al señor Morrel ‑no me atreví a decir Maximiliano‑
lo han nombrado oficial de la Legión de Honor?
Entonces me hizo seña de que así era, en efecto.
‑¿Lo creeréis, Maximiliano? Estaba contento de que os hubiesen
nombrado oficial de la Legión de Honor, sin conoceros. Puede ser que fuese una
locura de su parte, puesto que dicen que vuelve algunas veces a la infancia, y
es por una de las cosas que le quiero mucho.
‑Es muy particular ‑dijo Maximiliano, reflexionando‑‑, odiarme
vuestro padre, al contrario que vuestro abuelo... ¡Qué cosas tan raras producen
esos afectos y esos odios de partidos!
‑¡Silencio! ‑exclamó de repente Valentina‑. ¡Escondeos, huid,
viene gente!
Maximiliano cogió al instante una azada y se puso a remover la
tierra.
‑Señorita, señorita ‑gritó una voz detrás de los árboles‑, la señora
os busca por todas partes. ¡Hay una visita en la sala!
‑¡Una visita! ‑exclamó Valentina agitada‑, ¿y quién ha venido a
visitarnos?
‑Un gran señor, un príncipe, según dicen, el conde de
Montecristo .
‑Ya voy ‑dijo en voz alta Valentina.
Este nombre hizo estremecer de la otra parte de la valla al que
el ya voy de Valentina servía de despedida al fin de cada entrevista.
‑¡Qué es esto! ‑dijo Maximiliano apoyándose en actitud de meditación
sobre la azada‑, ¿cómo conoce el conde de Montecristo al señor de Villefort?
En efecto, el conde de Montecristo era quien acababa de entrar
en casa del señor de Villefort, con el objeto de devolver al procurador del rey
la visita que éste le había hecho, y como es de suponer, toda la casa se puso
en movimiento al escuchar su nombre.
La señora de Villefort, que estaba sola en el salón cuando
anunciaron al conde, hizo venir al instante a su hijo, para que el niño
reiterase sus gracias al conde, y Eduardo, que no había dejado de oír hablar
del gran personaje durante dos días, se apresuró a presentarse,
no por obedecer a su madre ni por dar las gracias a Montecristo, sino por
curiosidad y para hacer alguna observación a la cual pudiera acompañar uno de
los gestos que hacía decir a su madre: « ¡Oh! ¡Qué muchacho tan malo; pero
bien merece que le perdonen, porque tiene tanto talento... ! »
Tras de los primeros saludos de rigor, preguntó el conde por el
señor de Villefort.
‑Mi esposo come hoy en casa del señor canciller ‑respondió la
joven‑, acaba de salir en este momento y estoy segura de que sentirá infinito
no haber tenido el honor de veros.
Otros dos personajes que habían precedido al conde en el salón y
que lo devoraban con los ojos, se retiraron después del tiempo razonable
exigido a la vez por la cortesía y la curiosidad.
‑A propósito, ¿qué hace lo hermana Valentina? ‑dijo la señora de
Villefort a Eduardo‑; que la avisen de que quiero tener el honor de presentarla
al señor conde.
‑¿Tenéis una hija, señora? ‑inquirió el conde‑, será todavía una
niña.
‑Es la hija del señor de Villefort ‑replicó la señora‑, hija del
primer matrimonio, esbelta y hermosa figura.
‑Pero melancólica ‑interrumpió el joven Eduardo arrancando, para
adornar su sombrero, las plumas de la cola de un precioso guacamayo, que gritó
de dolor en el travesaño dorado de su jaula.
La señora de Villefort se contentó con decir:
‑Silencio, Eduardo.
Luego añadió:
‑Este locuelo casi tiene razón, y repite lo que me ha oído decir
muchas veces con amargura, porque la señorita de Villefort, a pesar de cuanto
hacemos por distraerla, tiene un carácter triste y un humor taciturno que
perjudica muchas veces el efecto de su belleza. Pero veo que no viene, Eduardo;
ve a ver la causa de ello.
‑Es que la buscan donde no está.
‑¿Dónde la buscan?
‑En el cuarto del abuelo Noirtier.
‑¿Y tú opinas que no está allí?
‑No, no, no, no, no está allí ‑respondió Eduardo tarareando.
‑¿Y dónde está?, si lo sabes, dilo.
‑Está debajo del castaño grande ‑‑continuó el travieso niño presentando,
a pesar de los gritos de su madre, una porción de moscas vivas al guacamayo,
que parecía muy ansioso de esta clase de caza.
La señora de Villefort alargó la mano hacia el cordón de la campanilla
para indicar a su doncella el sitio donde podría encontrar a Valentina, cuando
ésta se presentó.
La joven parecía estar triste, y observándola detenidamente se
hubiera podido descubrir en sus ojos las huellas de sus lágrimas.
Valentina, a quien, llevados por la rapidez de la narración,
hemos presentado a nuestros lectores sin darla a conocer, era una alta y esbelta
joven de diecinueve años, con pelo castaño claro, ojos de un azul inteso,
continente lánguido, y en el cual resaltaba aquella exquisita elegancia que
caracterizaba a su madre. Sus manos blancas y afiladas, su cuello nacarado, sus
mejillas teñidas de un color imperceptible, le daban a primera vista el aire de
esas hermosas inglesas a quienes se ha comparado bastante poéticamente, en sus
movimientos, con los cisnes.
Entró, pues, y al ver al lado de su madre al personaje de quien
tanto había oído hablar, saludó sin ninguna timidez propia de su edad, y sin
bajar los ojos, con una gracia tal, que redobló la atención del conde.
Este se levantó.
‑La señorita de Villefort, mi hijastra ‑dijo la señora de
Villefort a Montecristo, que se inclinó hacia adelante, presentando la mano a
Valentina.
‑Y el señor conde de Montecristo, rey de la China y emperador de
la Cochinchina ‑‑‑dijo el pilluelo, dirigiendo a su hermana una mirada
socarrona.
Esta vez la señora de Villefort se puso lívida y estuvo a punto
de irritarse contra aquella plaga doméstica que respondía al nombre de Eduardo,
pero el conde se sonrió y miró al muchacho con complacencia, lo cual elevó a
su madre al colmo del entusiasmo.
‑Pero, señora ‑‑dijo el conde reanudando la conversación y mirando
alternativamente a la madre y a la hija‑, yo he tenido el honor de veros en
alguna otra parte con esta señorita. Desde que entré, pensé en ello, y cuando
se presentó esta señorita, su vista ha sido una nueva luz que ha venido a
iluminar un porvenir confuso, dispensadme por la expresión.
‑No es probable, caballero, la señorita de Villefort es poco
aficionada a la sociedad, y nosotros salimos muy rara vez ‑dijo la joven
esposa.
‑Sin embargo, no es en sociedad donde he visto a esta señorita y
a vos, señora, y también a este gracioso picaruelo. La sociedad parisiense,
por otra parte, me es absolutamente desconocida, porque creo haber tenido el
honor de deciros que hace muy pocos días estoy en París. No, permitidme que
recuerde..., esperad... ‑Y el conde llevó su mano a la frente como para
coordinar las ideas.
‑No, es en otra parte..., es en... yo no sé..‑‑‑ pero me parece
que este recuerdo es inseparable de un sol brillante y de una especie de
solemnidad religiosa... La señorita tenía flores en la mano, el niño corría
detrás de un hermoso pavo real en un jardín, y vos, señora, estabais debajo de
un emparrado... Ayudadme, señora, ¿no os recuerda nada todo lo que os digo?
‑De veras que no ‑respondió la señora de Villefort‑, y sin embargo,
me parece que si os hubiese visto en alguna parte, vuestro recuerdo estaría
presente en mi memoria.
‑El señor conde nos habrá visto quizás en Italia ‑dijo tímidamente
Valentina.
‑En efecto, en Italia..., es muy posible ‑dijo Montecristo‑.
¿Habéis viajado por Italia, señorita?
‑La señora y yo estuvimos allí hace dos meses. Los médicos temían
que enfermase del pecho, y me recomendaron los aires de Nápoles. Pasamos por
Bolonia, Perusa y Roma.
‑¡Ah!, es verdad, señorita ‑exclamó Montecristo, como si aquella
simple indicación hubiese bastado para fijar todos sus recuerdos‑‑‑. Fue en
Perusa, el día del Corpus, en el jardín de la fonda del Correo donde la
casualidad nos reunió a vos, a esta señorita, vuestro hijo y a mí, donde
recuerdo haber tenido el honor de veros.
‑Yo recuerdo perfectamente a Perusa, caballero, la fonda y la
fiesta de que habláis ‑dijo la señora de Villefort‑, pero por más que me
esfuerzo, me avergüenzo de mi poca memoria, no recuerdo haber tenido el honor
de veros.
‑Es muy extraño, ni yo tampoco ‑dijo Valentina levantando sus
hermosos ojos y mirando a Montecristo.
Eduardo dijo:
‑Yo sí me acuerdo.
‑Voy a ayudaros ‑dijo el conde‑. El día había sido muy caluroso,
os hallabais esperando y los caballos no venían a causa de la solemnidad. La
señorita se internó en lo más espeso del jardín, y el niño desapareció
corriendo detrás del pájaro.
‑Y le cogí, mamá, ¿no lo acuerdas? ‑dijo Eduardo‑, ¡vaya!, como
que le arranqué tres plumas de la cola.
‑Vos, señora, os quedasteis debajo de una parra. ¿No recordáis
mientras estabais sentada en un banco de piedra y mientras que, como os digo,
la señorita de Villefort y vuestro hijo estaban ausentes, de haber hablado
mucho tiempo con alguien?
‑Desde luego ‑dijo la señora de Villefort poniéndose colorada‑,
con un hombre envuelto en una gran capa..., con un médico, según
creo.
‑Justamente, señora, aquel hombre era yo. En los quince días que
hacía que me alojaba en la fonda, curé a mi ayuda de cámara de calentura y al
fondista de ictericia, de suerte que me tenían en el concepto de un médico
famoso. Hablamos mucho tiempo de diferentes cosas, del Perugino, de Rafael, de
costumbres, de modas, de aquella famosa agua tofana, cuyo secreto, según
creo, os habían dicho varias personas que se conservaba todavía en Perusa.
‑¡Ah, es verdad! ‑dijo vivamente la señora de Villefort con cierta
inquietud‑, ahora recuerdo.
‑Yo no sé ya lo que vos me dijisteis detalladamente, señora ‑replicó
el conde con una tranquilidad perfecta‑, pero participando del error general,
me consultasteis sobre la salud de la señorita de Villefort.
‑Como vos erais médico ‑dijo la señora de Villefort‑ puesto que
habíais curado varios enfermos...
‑Molière o Beaumarchais, señora, os habrían respondido que justamente
porque no lo era, no he curado a mis enfermos, sino que mis enfermos se han
curado. Yo me contentaré con deciros que he estudiado bastante a fondo la
química y las ciencias naturales, pero sólo como aficionado..., ya
comprenderéis.
En este momento dieron las seis.
‑Son las seis ‑dijo la señora de Villefort, con visibles
muestras de agitación‑, ¿no vais a ver si come ya vuestro abuelo, Valentina?
La joven se puso en pie y saludando al conde salió de la sala
sin pronunciar una palabra.
‑¡Oh! Dios mío, señora, ¿sería por mi causa por lo que despedís
a la señorita de Villefort? ‑dijo el conde, así que Valentina hubo salido.
‑No lo creáis ‑repuso vivamente la joven‑, pero ésta es la hora
en que hacemos que den al señor Noirtier la comida que sostiene su triste
existencia. Ya sabéis, caballero, en qué lamentable estado se encuentra mi
suegro.
‑Sí, señora, el señor de Villefort me ha hablado de ello, una
parálisis, según creo.
‑¡Ay!, el pobre anciano está sin movimiento, sólo el alma vela
en esa máquina humana, pálida y temblorosa como una lámpara pronta a
extinguirse. Mas perdonad que os hable de nuestros infortunios domésticos, os
he interrumpido en el momento en que me decíais que erais un hábil químico.
‑No he dicho yo eso, señora ‑respondió Montecristo sonriéndose‑.
He estudiado la química, porque, decidido a vivir en Oriente, he querido seguir
el ejemplo del rey Mitrídates.
‑Mithridates, rex Ponticus ‑dijo
el niño, cortando de un magnífico álbum unos dibujos de paisaje que iba
doblando y guardando en el bolsillo.
‑¡Eduardo, no seas malo! ‑exclamó la señora de Villefort arrebatando
el mutilado libro de las manos de su hijo‑. Eres insoportable, nos aturdes,
déjanos, ve con Valentina al cuarto del abuelito Noirtier.
‑¡El álbum...! ‑dijo Eduardo.
‑¿Qué quieres decir, el álbum?
‑Sí, sí, quiero el álbum...
‑¿Por qué has cortado los dibujos?
‑Porque me da la gana.
‑Vete, ¡vete!
‑No, no, no me iré hasta que me des el álbum ‑‑dijo el niño acomodándose
en un sillón, fiel siempre a su costumbre de no ceder nunca.
‑Toma, y déjanos en paz ‑dijo la señora de Villefort; y dio el
álbum a Eduardo, que salió acompañado de su madre.
El conde siguió con la vista a la señora de Villefort.
‑Veamos si cierra la puerta ‑murmuró.
Hízolo la señora de Villefort con mucho cuidado, al volver a entrar.
El conde no pareció darse cuenta de ello.
Después dirigió una mirada a su alrededor, y volvió a sentarse
en su butaca.
‑Permitidme que os haga observar, señora ‑dijo el conde con
aquella bondad que ya nos es conocida‑, que sois muy severa con ese niño
encantador.
‑Es necesario, caballero ‑replicó la señora de Villefort, con un
verdadero aplomo de madre.
‑Le habéis interrumpido precisamente cuando pronunciaba una
frase que prueba que su preceptor no ha perdido el tiempo con él, y que vuestro
hijo está muy adelantado para su edad.
‑¡Oh!, sí. Tiene mucha facilidad y aprende todo lo que quiere.
No tiene más defectos que ser muy voluntarioso, pero, a propósito de lo que
decía, ¿creéis vos, por ejemplo, señor conde, que Mitrídates emplease aquellas
precauciones y que pudieran ser eficaces?
‑Con tanta más razón, señora, cuanto que yo las he empleado para
no ser envenenado en Palermo, Nápoles y Esmirna, es decir, en tres ocasiones
donde, a no ser por esa precaución, hubiera perecido.
‑¿Y os salió bien?
‑Completamente.
‑Sí, es verdad. Me acuerdo de que en Perusa me contasteis una
cosa parecida.
‑¡De veras! ‑exclamó el conde con una sorpresa admirablemente
fingida‑, pues yo no lo recuerdo.
‑Os pregunté si los venenos obraban lo mismo y con la misma
energía sobre los hombres del Norte que sobre los del Mediodía, y me
respondisteis que los temperamentos fríos y linfáticos de los septentrionales
no presentan la misma disposición que la enérgica naturaleza de los
meridionales.
‑Es cierto ‑dijo Montecristo‑, yo he visto a rusos devorar sustancias
vegetales que hubiesen matado infaliblemente a un napolitano o a un árabe.
‑¿Conque vos creéis que el resultado sería aún más seguro en nosotros
que en los orientales y en medio de nuestras nieblas y lluvias, un hombre se
acostumbraría más fácilmente que bajo un clima caliente a esa absorción
progresiva del veneno?
‑Seguramente. Por más que uno ha de estar preparado contra el
veneno a que se haya acostumbrado.
‑Sí, comprendo. ¿Y cómo os acostumbraríais vos, por ejemplo, o
más bien, cómo os habéis acostumbrado?
‑Nada más fácil. Suponed que vos sabéis de antemano qué veneno
deben usar contra vos..., suponed que este veneno sea..., la brucina, por
ejemplo...
‑Sí, que se extrae de la falsa angustura, según creo ‑dijo la señora
de Villefort.
‑Exacto, señora ‑respondió Montecristo‑, pero veo que me queda
muy poco que enseñaros; recibid mi enhorabuena, semejantes conocimientos son
muy raros en las mujeres.
‑¡Oh!, lo confieso ‑dijo la señora de Villefort‑, soy muy aficionada
a las ciencias ocultas, que hablan a la imaginación como una poesía y se
resuelven en cifras como una ecuación algebraica; pero continuad, os suplico,
lo que me decís me interesa sobremanera.
‑¡Pues bien! ‑repuso Montecristo‑, suponed que este veneno sea
la brucina, por ejemplo, y que tomáis un miligramo el primer día. Dos
miligramos el segundo; pues bien, al cabo de diez días tendréis un centigramo.
Al cabo de veinte días, aumentando otro miligramo el segundo, tendréis tres
centigramos, es decir, una dosis que toleraréis sin inconvenientes, y que
sería muy peligrosa para otra persona que no hubiese tomado las mismas
precauciones que vos. En fin, al cabo de un mes, bebiendo agua en la misma jarra,
mataréis a la persona que haya bebido de aquella agua, al mismo tiempo que
vos, notaréis sólo un poco de malestar, producido por una sustancia venenosa
mezclada en aquella agua.
‑¿No conocéis otro contraveneno?
‑No conozco ningún otro.
‑Yo había leído varias veces esa historia de Mitrídates ‑dijo la
señora de Villefort pensativa‑, y la había tomado por una fábula.
‑No, señora, como una excepción en la historia, es verdad. Pero
lo que me decís, señora, lo que me preguntáis, no es el resultado de una
pregunta caprichosa, puesto que hace dos años me habéis hecho preguntas
idénticas y me habéis dicho que esa historia de Mitrídates os tenía hacía
tiempo preocupada.
‑Es verdad, caballero, los dos estudios favoritos de mi juventud
han sido la botánica y la mineralogía, y cuando he sabido más tarde que el use
de los simples explicaba a menudo toda la historia y toda la vida de las gentes
de Oriente, como las flores explican todo su pensamiento amoroso, sentí no ser
hombre para llegar a ser un Flamel, un Fontana o un Cabanis.
‑Tanto más, señora ‑respondió Montecristo‑ cuanto que los
orientales no se limitan como Mitrídates, a hacer de los venenos una coraza.
Hacen también de él un puñal. En sus manos la ciencia no es sólo una arma
defensiva, sino a veces ofensiva. La una les sirve contra sus sufrimientos, la
otra contra sus enemigos. Con el opio, la belladona, el hachís, procuran en
sueños la felicidad que Dios les ha negado en realidad; con la falsa angustura,
el leño colubrino y el laurel, adormecen a los que quieren. No hay una sola de
esas mujeres, egipcia, turca o griega, que dicen la buenaventura, que no sepa
asuntos de química con que dejar estupefacto a un médico, y en materia de
psicología, con que espantar a un confesor.
‑¿De veras? ‑exclamó la señora de Villefort, cuyos ojos
brillaban durante este coloquio con el conde.
‑¡Oh!, sí, señora ‑continuó Montecristo‑. Los dramas secretos
de Oriente se desenvuelven de este modo, desde la planta que hace morir, desde
el brebaje que abre el cielo hasta el que sumerge a un hombre en el infierno.
Tienen tantas rarezas de este género como caprichos hay en la naturaleza
humana, física y moral, y diré más, el arte de estos químicos sabe aplicar
admirablemente el remedio y el mal a sus necesidades de amor o a sus deseos de
venganza.
‑Pero, caballero ‑repuso la joven‑, esas sociedades orientales,
en medio de las cuales habéis pasado una parte de vuestra vida, son fantásticas
como los cuentos que hemos oído de su hermoso país. Allí se puede suprimir a un
hombre impunemente, ¿conque es verdadero el Bagdad o el Bassora del señor
Galland? Los sultanes y visires que gobiernan esas sociedades, y que
constituyen lo que se llama en Francia el gobierno, son otros Harum‑al‑Ratschild
y Giaffar, que no sólo perdonan al envenenador, sino que lo hacen primer
ministro, si el crimen ha sido ingenioso, y en este caso hacen grabar la
historia en letras de oro para divertirse en sus horas de tedio.
‑No, señora, lo fantástico no existe ni en Oriente; allí hay también
personas disfrazadas bajo otro nombre y ocultas bajo otros trajes, comisarios
de policía, jueces de instrucción y procuradores del rey. Allí se ahorca, se
decapita, y se empala a los criminales. Aquí un necio poseído del demonio del
odio, que tiene un enemigo que destruir o un pariente que aniquilar, se dirige
a una droguería, y bajo otro nombre que el suyo propio, compra bajo el pretexto
de que las ratas le impiden dormirse, cinco o seis dracmas de arsénico. Si es
hombre diestro, va a cinco o seis droguerías, y en cada una compra la misma
cantidad. Tan pronto como tiene en sus manos el específico, administra a su
enemigo, o a su pariente, una dosis que haría reventar a un elefante, y que
hace dar tres o cuatro aullidos a la víctima, y todo el barrio se alarma.
Entonces viene una nube de agentes de policía y de gendarmes, buscan un médico,
que abre al muerto y extrae del estómago o de las vísceras el arsénico. Al día
siguiente, cien periódicos cuentan el hecho con el nombre de la víctima o del
asesino. Aquella misma noche los drogueros prestan su declaración y afirman:
«Yo fui quien vendí a este caballero el arsénico», y en lugar de reconocer a
uno solo, tienen que reconocer a veinte por habérselo vendido. Entonces el
criminal es preso, interrogado, confundido, condenado y guillotinado. O si es
una mujer, la encierran por toda su vida. Así es como vuestros septentrionales
entienden la química, señora. No obstante, Desrues sabía más que todo esto,
debo confesarlo.
‑¿Qué queréis, caballero? ‑dijo riendo la joven‑, cada cual hace
lo que puede. No todos poseen el secreto de los Médicis o de los Borgias.
‑Ahora bien ‑dijo el conde encogiéndose de hombros‑, ¿queréis
que os diga la causa de todas esas torpezas...? Que en vuestros teatros, según
he podido juzgar yo mismo leyendo las obras que en ellos se representan, se ve
siempre beber un pomo de veneno o chupar el guardapelo de una sortija, y caer
al punto muertos. Cinco minutos después se baja el telón, los espectadores se
dispersan. Siempre se ignoran las consecuencias del asesinato. Nunca se ve al
comisario de policía con su banda, ni a un cabo con cuatro soldados, y esto
autoriza a muchas pobres personas .a creer que las cosas ocurren de esta
manera. Pero salid de Francia, id, por ejemplo, a Alepo, o a El Cairo, en fin,
a Nápoles o a Roma y veréis pasar por las calles personas firmes, llenas de
salud y vida, y si estuviese por allí algún genio fantástico, podría deciros
al oído: «Ese caballero está envenenado hace tres semanas, y dentro de un mes
habrá muerto completamente.»
‑Entonces ‑dijo la señora de Villefort‑, ¿habrán encontrado la
famosa agua‑tofana, que suponían perdida en Perusa?
‑¡Oh!, señora, ¿puede perderse acaso algo entre los hombres? Las
artes se siguen unas a otras, y dan la vuelta al mundo, las cosas mudan de
nombre, y el vulgo es engañado, pero siempre el mismo resultado, es decir, el
veneno. Cada veneno obra particularmente sobre tal o cual órgano. Uno sobre el
estómago, otro sobre el cerebro, otro sobre los intestinos. ¡Pues bien!, el
veneno ocasiona una tos, esta tos una fluxión de pecho a otra enfermedad, inscrita
en el libro de la ciencia, lo cual no le impide ser mortal, y aunque no lo
fuese, lo sería gracias a los remedios que le administran los sencillos
médicos, muy malos químicos en general, y ahí tenéis a un hombre muerto en toda
la regla, con el cual nada tiene que ver la justicia, como decía un horrible
químico amigo mío, el excelente abate Adelmonte de Taormina, en Sicilia, ei
cual había estudiado toda clase de fenómenos.
‑Eso es espantoso, pero admirable ‑repuso la joven‑. Yo creía,
lo confieso, que todas estas historias eran invenciones medievales.
‑Sí, sin duda alguna, pero que se han perfeccionado en nuestros
días. ¿Para qué queréis que sirva el tiempo, las medallas, las cruces, los
premios de Monthyon, si no es para hacer llegar a la sociedad a su más alto
grado de perfección? Ahora, pues, el hombre no será perfecto hasta que sepa
crear y destruir como Dios. Ya sabe destruir, luego tiene andado la mitad del
camino.
‑De suerte que ‑replicó la señora de Villefort haciendo que la
conversación recayera al objeto que ella deseaba‑, los venenos de los Borgias,
de los Médicis, de los René, de los Ruggieri, y probablemente más tarde del
barón Trenck, de que tanto han abusado el drama moderno y las novelas...
‑Eran objetos de arte, señora, nada más que eso ‑repuso el conde‑.
¿Creéis que el verdadero sabio se dirige únicamente al mismo individuo? No. La
ciencia gusta de aventuras, de caprichos, si así puede decirse. Ese excelente
abate Adelmonte, de quien os hablaba hace poco, había hecho sobre este punto
asombrosos experimentos.
‑¿De veras?
‑Sí, os citaré uno solo... Poseía un hermoso huerto lleno de legumbres,
de flores y de frutos; entre ellos elegía uno cualquiera, por ejemplo, una
lechuga. Por espacio de tres días la regaba con una solución de arsénico, al
tercero la lechuga se ponía ya amarillenta, es decir, había llegado el momento
de cortarla. Para todos parecía madura y conservaba una apariencia apetitosa.
Solamente para el abate Adelmonte estaba emponzoñada. Entonces la llevaba a su
casa, cogía un conejo, habéis de saber que el abate tenía una colección de
conejos, liebres y gatos, que no desmerecía de su colección de legumbres,
flores y frutas. Cogía, pues, un conejo y le hacía comer una hoja de aquella
lechuga. El conejo, por supuesto, se moría. ¿Qué jueces de Instrucción, ni qué
procurador del rey va ahora a averiguar la causa de la muerte de un conejo?
Nadie. Conque ya tenemos al conejo muerto. Después de esto, lo hace desollar
por su cocinera, y arroja los intestinos sobre un montón de estiércol. Sobre
este estiércol hay una gallina, come estos intestinos, cae enferma a su vez y
muere al día siguiente. En el momento en que lucha con las convulsiones de la
agonía pasa por allí un buitre, que en el país de Adelmonte hay muchos, se
arroja sobre el cadáver, lo conduce entre sus garras a una roca y se lo come.
Al cabo de tres días, el pobre buitre, que después de esta comida se encontró
algo indispuesto, siente una especie de aturdimiento, justamente cuando se
hallaba entre una nube, muere allí mismo y cae' en vuestro estanque. Los
sollos, las anguilas y las lampreas le comen ávidamente, ya sabéis que todos
estos pescados son muy aficionados a las carnes. Ahora bien, suponed que al día
siguiente os sirven en la mesa uña de esas anguilas, uno de esos sollos o de
esas lampreas, envenenados hasta la cuarta generación; entonces vuestro
convidado será envenenado a la quinta, y morirá al cabo de ocho días de dolores
de entrañas, de males de corazón. Muere en uno de sus accesos. Le hacen la
autopsia al cadáver, y los médicos dirán:
‑El pobre señor ha fallecido a causa de un tumor en el hígado, o
de una fiebre tifoidea.
‑Pero ‑dijo la señora de Villefort‑ todas esas circunstancias,
encadenadas unas a otras, pueden ser destruidas por el menor accidente. Puede
muy bien ocurrir que el buitre no pase a tiempo o caiga a cien pasos del
estanque.
‑¡Ah!, justamente, en eso es en lo que consiste el arte. Para
ser un gran químico en Oriente es preciso saber dirigir la casualidad, así es
como se obtienen los más difíciles resultados.
La señora de Villefort permanecía pensativa y escuchaba con gran
atención.
‑Pero ‑dijo‑ el arsénico es indeleble. De cualquier manera que
se le tome, siempre se encuentra en el cuerpo del hombre, si es que se toma una
cantidad suficiente para que pueda causar la muerte.
‑¡Bien! ‑exclamó Montecristo‑, eso fue lo que yo dije al abate
Adelmonte. Reflexionó un instante y me respondió con un proverbio siciliano
que, según creo, es también proverbio francés: «Hijo mío, el
mundo no se hizo en un día, sino en siete. Volved, pues, el
domingo.»
» Volví al domingo siguiente. En lugar de regar su lechuga con
arsénico, la regó con una solución de sales, cuya base era de estricnina, Strichnina
colubrina, como dicen los eruditos. Esta vez la lechuga estaba
perfectamente sana a la vista. Así, pues, el conejo no sospechó nada, y a los
cinco minutos estaba muerto. La gallina comió el conejo, y al día siguiente
dejó de existir. Entonces nosotros hicimos las veces de buitres, cogimos la
gallina y la abrimos. Ya habían desaparecido todos los síntomas particulares y
no quedaban más que los síntomas generales. Ninguna indicación particular en
ningún órgano, irritación del sistema nervioso y nada más. La gallina no había
sido envenenada, había muerto de apoplejía. Es un caso raro en las gallinas, lo
sé, pero muy común en los hombres.
La señora de Villefort parecía cada vez más pensativa.
‑Es una dicha ‑dijo‑, que tales sustancias no puedan ser preparadas
más que por químicos, si no la mitad del mundo envenenaría a la otra mitad.
‑Por químicos o personas que se ocupan de la química ‑repuso
cándidamente Montecristo.
‑Y después de todo ‑dijo la señora de Villefort‑, por bien
preparado que esté, el crimen siempre es crimen. Y si se libra de la
investigación humana, no le sucede otro tanto con la mirada de Dios. Los
orientales son más sabios que nosotros en punto a conciencia, y han suprimido
prudentemente el infierno.
‑¡Oh!, señora, ese es un escrúpulo que debe brotar naturalmente
en un alma honrada como la vuestra, pero que desaparecería pronto con el
raciocinio. El lado peor del pensamiento humano estará siempre resumido en
esta paradoja de Juan Jacobo Rousseau, el mandarín a quien se mata a cinco mil
leguas levantando el extremo del dedo. La vida del hombre transcurre haciendo
estas cosas, y su inteligencia se agota en pensarlas.
Pocas personas conoceréis que vayan a clavar brutalmente un cuchillo
en el corazón de su semejante, o que le administren para hacerle desaparecer
de la superficie del globo, la cantidad de arsénico que decíamos hace poco.
Para llegar a este punto es menester que la sangre se caliente a treinta y seis
grados, que el pulso descienda a noventa pulsaciones, y que el alma salga de
sus límites ordinarios. Pero si pasando de palabra al sinónimo, hacéis una
sencilla eliminación, en lugar de cometer asesinato innoble, si apartáis pura
y sencillamente de vuestro camino al que os incomode, y esto sin choque, sin
violencia, sin el aparato de esos padecimientos que hacen de la víctima un
mártir y del que obra un carnicero, en toda la extensión de la palabra, si no
hay sangre, ni aullidos, ni contorsiones, ni sobre todo esa horrible
instantaneidad del asesinato, entonces os libertáis de la ley humana que os
dice: « ¡No turbes la sociedad. .. ! » Este es el modo como proceden los
orientales, personajes graves y flemáticos, que se inquietan muy poco de las
cuestiones de tiempo en los casos de cierta importancia.
‑Pero queda la conciencia ‑dijo la señora de Villefort con voz
conmovida y un suspiro ahogado.
‑Sí ‑‑dijo Montecristo‑, sí, por fortuna queda la conciencia,
sin la cual sería uno muy desgraciado. Después de toda acción un poco vigorosa,
la conciencia es la que nos salva, porque nos provee de mil disculpas de que
sólo nosotros somos jueces, disculpas que, por excelentes que sean para
conservar el sueño, serían mediocres ante un tribunal para conservaros la vida.
Así, pues, Ricardo III, por ejemplo, tuvo que agradecer mucho a su conciencia
después de la muerte de los dos hijos de Eduardo IV. En efecto, podía decir
para sí: Estos dos hijos de un rey cruel, perseguidos y que habían heredado los
vicios de su padre, que yo sólo he sabido reconocer en sus inclinaciones
juveniles, estos dos niños me molestaban para hacer la felicidad del pueblo
inglés, cuya desgracia habrían causado infaliblemente.
Igualmente debía estar agradecida a su conciencia lady Macbeth,
que quería dar un trono, no a su marido, sino a su hijo. ¡Ah!, el amor maternal
es una virtud tan grande, un móvil tan poderoso que hace perdonar muchas cosas.
Así, pues, muerto Duncan, lady Macbeth hubiera sido desgraciada a no ser por su
conciencia.
La señora de Villefort absorbía con avidez estas espantosas palabras
pronunciadas por el conde con aquella ironía sencilla que le era peculiar.
Después de una pausa, dijo:
‑¿Sabéis, señor conde, que sois un terrible argumentista y que
veis el mundo bajo un aspecto algún tanto lívido? Teníais razón, sois un gran
químico, y aquel elixir que hicisteis tomar a mi hijo, y que tan rápidamente le
devolvió la vida.. .
‑¡Oh!, no os fiéis de eso, señora ‑dijo Montecristo‑; una gota
de aquel elixir bastó para devolver la vida a aquel niño que se moría, pero
tres gotas habrían hecho que la sangre se agolpara a sus pulmones y le
hubieran causado un desmayo muchísimo más grave que aquel en que se hallaba;
diez, en fin, le hubieran muerto en el acto. Bien visteis, señora, cuán
rápidamente le aparté de aquellos frascos que tuvo la imprudencia de tocar.
‑¿Acaso es algún terrible veneno?
‑¡Oh, no! En primer lugar es menester que sepáis que la palabra
veneno no existe, puesto que en medicina se sirven de los
venenos más violentos, que llegan a ser remedios saludables por la manera con
que son administrados.
‑¿Y entonces de qué se trataba?
‑Una magnífica preparación de mi amigo, el abate Adelmonte, de
la cual me enseñó a usar.
‑¡Oh! ‑dijo la señora de Villefort‑, debe ser un excelente antiespasmódico.
‑Magnífico, señora, ya lo visteis ‑respondió el conde‑, y yo
hago de él un use bastante frecuente, con toda la prudencia posible, se
entiende ‑añadió riendo.
‑Lo creo ‑replicó la señora de Villefort en el mismo tono‑ En
cuanto a mí, tan nerviosa y tan propensa a desmayarme, necesitaría de un doctor
Adelmonte para que me inventase los medios de respirar libremente y me
tranquilizase sobre el temor que experimento de morir un día ahogada.
Entretanto, como la cosa es difícil de encontrar en Francia, y vuestro abate no
estará dispuesto a hacer por mí un viaje a París, me atengo a los
antiespasmódicos del señor Blanche, y las gotas de Hoffman desempeñan un gran
papel en mi organismo. Mirad, aquí tenéis unas pastillas que preparan para mí
expresamente, tienen doble dosis.
Montecristo abrió la caja de concha que le presentaba la joven,
y aspiró el olor de las pastillas como experto digno de apreciar aquella
preparación.
‑Son exquisitas ‑dijo‑, pero es preciso tragarlas, cosa imposible
en las personas desmayadas. Prefiero mi específico.
‑¡Oh!, yo también lo preferiría, después de los efectos que he
visto. Pero sin duda será un secreto, y yo no soy tan indiscreta que os lo vaya
a pedir.
‑Pero yo, señora ‑dijo Montecristo levantándose de su asiento‑,
soy lo suficientemente galante para ofrecéroslo.
‑¡Oh!, caballero.
‑Acordaos de una cosa, y es que, en pequeñas dosis, es un remedio;
en grandes dosis, un veneno. Una gota devuelve la vida, como habéis visto;
cinco o seis matarían infaliblemente de una manera tanto más terrible que
derramadas en un vaso de vino no cambiarían nada el gusto. Pero me detengo,
señora, diríase que os quiero aconsejar.
Acababan de dar las diez y media y anunciaron una amiga de la señora
de Villefort que venía a comer con ella.
‑Si yo tuviera el honor de veros por tercera o cuarta vez, señor
conde, en vez de ser la segunda ‑dijo la señora de Villefort‑, si tuviese el
honor de ser vuestra amiga, en lugar de ser sólo vuestra deudora, insistiría
en que os quedaseis a comer, y no me dejaría abatir por la primera negativa.
‑Mil gracias, señora ‑respondió Montecristo‑‑, tengo un compromiso
al cual no puedo faltar. Prometí llevar al teatro a una princesa griega que
aún no ha visto la ópera, y que cuenta conmigo para ir esta noche.
‑Os dejo ir, caballero, pero no olvidéis mi receta.
‑¿Cómo es posible, señora? Para ello tendría que olvidar la hora
de conversación que acabo de tener a vuestro lado, lo cual es enteramente
imposible.
Montecristo saludó y salió.
La señora de Villefort se quedó reflexionando.
‑¡Qué hombre tan extraño! ‑dijo‑, debiera llamarse también
Adelmonte.
Para Montecristo, el resultado fue mejor de lo que él esperaba.
‑Veamos ‑‑dijo, al tiempo de marcharse‑, éste es buen terreno.
Estoy convencidísimo de que cualquier clase de grano que en él se siembre,
produce inmediatamente su fruto.
Y al
otro día, fiel a su promesa, envió a la señora de Villefort la receta que le
había prometido.
Capítulo diez
Roberto el diablo
El pretexto de ir a la ópera fue tanto más oportuno cuanto que
aquella noche había gran función en la Academia Real de Música. Levasseur,
después de una larga indisposición, se presentó en el papel de Beltrán, y como
de costumbre la obra del maestro a la moda atrajo al teatro la sociedad más
brillante de París. Morcef, como la mayor parte de los jóvenes ricos, tenía su
palco de orquesta; además el de diez personas conocidas, sin contar con aquel a
que tenía derecho, es decir, al de los calaveras de buen tono.
Chateau‑Renaud ocupaba el palco próximo al suyo.
Beauchamp, como periodista, era rey del salón, y tenía sitio en
todas partes.
Aquella noche Luciano Debray tenía a su disposición el palco del
ministro, y lo había ofrecido al conde de Morcef, el cual, no habiendo querido
ir Mercedes, lo había enviado a Danglars, mandándole decir que tal vez él iría
a hacer aquella noche una visita a la baronesa y a su hija si querían aceptar
el palco que les ofrecía. La señora Danglars y su hija aceptaron.
Por lo que a Danglars se refiere, había declarado que sus
principios políticos y su calidad de diputado de la oposición no le permitían
ir al palco del ministro. La baronesa escribió a Luciano suplicándole que fuese
a buscarla, puesto que no podía ir a la ópera sola con Eugenia.
En efecto, si las dos mujeres hubiesen ido solas, habrían creído
esto de mal tono, al paso que yendo la señorita Danglars con su madre y el
amante de su madre, nada había ya que objetar.
Levantóse el telón, como de costumbre, ante un salón casi vacío.
También es una de las costumbres del mundo parisiense, llegar al
teatro cuando la función ha empezado. De aquí resulta que el primer acto
transcurre de parte de los espectadores que van llegando, no en mirar o
escuchar la pieza, sino en mirar entrar a los espectadores que llegan, y no oír
más que el ruido de las puertas y el de las conversaciones.
‑¡Cómo! ‑dijo Alberto de repente, al ver abrirse un palco principal‑.
¡Cómo! ¡La condesa G...!
‑¿Quién es esa condesa G...? ‑preguntó Chateau‑Renaud.
‑¡Oh!, barón, ésa es una pregunta que no os perdono. ¿Me preguntáis
quién es la condesa G...?
‑¡Ah!, es verdad ‑dijo Chateau‑Renaud‑, ¿no es esa encantadora
veneciana?
‑Justamente.
En aquel momento la condesa G... reparó en Alberto, y cambió con
él un saludo acompañado de una sonrisa.
‑¿La conocéis? ‑dijo Chateau‑Renaud.
‑Sí ‑exclamó Alberto‑, le fui presentado en Roma por Franz.
‑¿Queréis hacerme en París el mismo favor que Franz os hizo en
Roma?
‑Con muchísimo gusto.
‑¡Silencio! ‑gritó el público.
Los dos jóvenes continuaron su conversación, sin hacer caso del
deseo de la concurrencia de oír la música.
‑Estaba en las carreras del Campo de Marte ‑dijo Chateau‑Renaud.
‑¿Hoy?
‑Sí.
‑En efecto, había carreras. ¿Estabais comprometido en ellas?
‑¡Oh!, por una miseria, por cincuenta luises.
‑¿Y quién ganó?
‑Nautilus, yo apostaba por él.
‑¿Pero había tres carreras?
‑Sí. El premio del Jockey Club era una copa de oro. Por cierto
que ocurrió algo bastante extraño.
‑¿Qué?
‑¡Chist... ! ‑gritó el público, impacientándose.
‑¿Qué. .. ? ‑replicó Alberto.
‑Un caballo y un jockey completamente desconocidos han ganado
esta carrera.
‑¿Cómo?
‑¡Oh!, sí, nadie había fijado la atención en un caballo señalado
con el nombre de Vampa, y un jockey con el nombre de Job, cuando de repente
vieron avanzar un magnífico alazán y un jockey como el puño. Viéronse obligados
a introducirle veinte libras de plomo en los bolsillos, lo cual no impidió que
se adelantase diez varas a Ariel y Bárbaro, que corrían con él.
‑¿Y no se ha sabido a quién pertenecía el caballo y el jockey?
‑No.
‑Decís que el caballo llevaba el nombre de...
‑Vampa.
‑Entonces ‑dijo Alberto‑ yo estoy más adelantado que vos, y sé a
quién pertenece.
‑¡Silencio...! ‑gritó por tercera vez el público.
Las voces fueron creciendo ahora hasta tal punto, que al fin los
jóvenes notaron que el público se dirigía a ellos. Volviéronse un momento
buscando en aquella multitud un hombre que tomase a su cargo la responsabilidad
de lo que miraban como una impertinencia, pero nadie reiteró la invitación, y
se volvieron hacia el escenario.
En aquellos instantes se abrió el palco del ministro, y la
señora Danglars, su hija y Luciano Debray tomaron sus asientos.
‑¡Ahí!, ¡ahí! ‑dijo Chateau‑Renaud‑, ahí tenéis a varias personas
conocidas vuestras, vizconde. ¿Qué diablos miráis a la derecha? Os están
buscando.
Alberto se volvió y sus ojos se encontraron en efecto con los de
la baronesa Danglars, que le hizo un saludo con su abanico. En cuanto a la
señorita Eugenia, apenas se dignaron inclinarse hacia la orquesta sus grándes y
hermosos ojos negros.
‑En verdad, amigo mío ‑dijo Chateau‑Renaud‑, no comprendo qué es
lo que podéis tener contra la señorita Danglars, es una joven lindísima.
‑No lo niego ‑dijo Alberto‑, pero os confieso que en cuanto a
belleza preferiría una cosa más dulce, más suave, en fin, más femenina.
‑¡Qué jóvenes estos! ‑dijo Chateau‑Renaud, que como hombre de
treinta años tomaba con Morcef cierto aire paternal‑, nunca están satisfechos.
¡Cómo! ¡Encontráis una novia, o más bien otra Diana cazadora y no estáis
contento!
‑Pues bien, entonces mejor hubiera yo querido otra Venus de Milo
o de Capua. Esta Diana cazadora siempre en medio de sus ninfas, me espanta un
poco. Temo que me trate como a otro Acteón.
En efecto, una ojeada que se hubiera dirigido sobre la joven
podía explicar casi el sentimiento que acababa de confesar el joven Morcef.
Eugenia Danglars era hermosa, como había dicho Alberto, pero era
una belleza un poco varonil. Sus cabellos de un negro hermoso, pero un tanto
rebeldes a la mano que quería arreglarlos; sus ojos negros como sus cabellos,
adornados de magníficas cejas, y que no tenían más que un defecto, el de
fruncirse con demasiada frecuencia, eran notables por una expresión de firmeza
que todos se maravillaban de encontrar en la mirada de una mujer. Su nariz
tenía las proporciones exactas que un escultor habría dado a una diosa Juno.
Sin embargo, su boca era demasiado grande, aunque adornada de unos dientes hermosos
que hacían resaltar unos labios cuyo carmín demasiado vivo se distinguía sobre
la palidez de su tez; en fin, dos hoyitos más pronunciados que de costumbre en
los extremos de su boca, acababan de dar a su fisonomía ese carácter decidido
que tanto espantaba a Morcef.
Por lo demás, el resto del cuerpo de Eugenia estaba en armonía
con la cabeza.que acabamos de describir. Como había dicho ChateauRenaud, era
Diana la cazadora, si bien con un aire más duro y más muscular en su belleza.
Respecto a la educación que había recibido, si había algo que reprocharle,
era que, lo mismo que en su fisonomía, parecía pertenecer un poco al otro sexo.
En efecto, hablaba dos o tres lenguas, dibujaba fácilmente, hacía versos y
componía música. De este último arte era sobre todo muy apasionada. Estudiábalo
con una de sus amigas de colegio, joven sin fortuna, pero con todas las
disposiciones posibles para llegar a ser una excelente cantatriz. Según decían,
un gran compositor profesaba a ésta un interés casi paternal y la hacía
trabajar con la esperanza de que algún día encontrase una fortuna en su voz.
La posibilidad de que la señorita Luisa de Armilly (éste era su
nombre) entrase un día en el teatro, hacía que la señorita Danglars, aunque la
recibiese en su casa, no se mostrara en público con ella.
Sin embargo, sin tener en la casa del banquero la posición
independiente de una amiga, disfrutaba de mucha franqueza y confianza. Unos
segundos después de la entrada de la señora Danglars en el palco, había bajado
el telón, y gracias a la facultad de pasear o hacer visitas en los entreactos a
causa de ser éstos demasiado largos, la orquesta se había dispersado al poco
rato.
Morcef y Chateau‑Renaud habían sido de los primeros en salir; la
señora Danglars creyó por un momento que aquella prisa de Alberto por salir
tenía por objeto el irle a ofrecer sus respetos, y se inclinó al oído de su
hija para anunciarle esta visita, pero ésta se contentó con mover la cabeza
sonriendo, y al mismo tiempo, como para probar cuán fundada era la incredulidad
de Eugenia respecto a este punto, apareció Morcef en un palco principal. Este
palco era el de la condesa G...
‑¡Hola! Al fin se os ve por alguna parte, señor viajero ‑dijo
ésta presentándole la mano con toda la cordialidad de una antigua amiga‑, sois
muy amable, primero por haberme reconocido, y después por haberme dado la
preferencia de vuestra primera visita.
‑Creed, señora ‑dijo Alberto‑, que si yo hubiese sabido vuestra
llegada a París y las señas de vuestra casa, no hubiera esperado tanto tiempo.
Mas permitid os presente al barón Chateau‑Renaud, amigo mío, uno de los pocos
hidalgos que aún hay en Francia, y por el cual acabo de saber que estabais en
las carreras del Campo de Marte.
Chateau‑Renaud se inclinó.
‑¡Ah! ¿Os hallabais en las carreras, caballero? ‑dijo vivamente
la condesa.
‑Sí, señora.
‑¡Y bien! ‑repuso la señora G...‑. ¿Podéis decirme de quién era
el caballo que ganó el premio del jockey Club?
‑No, señora ‑dijo Chateau‑Renaud‑, y ahora mismo hacía la propia
pregunta a Alberto.
‑¿Deseáis saberlo..., señora condesa? ‑preguntó Alberto.
‑Con toda mi alma. Figuraos que... ¿pero lo sospecháis acaso,
vizconde?
‑Señora, ibais a contarme una historia, habéis dicho:
Imaginaos...
‑¡Pues bien! Figuraos que aquel encantador caballo y aquel
diminuto jockey de casaca color de rosa me inspiraron a primera vista una
simpatía tan viva que yo en mi interior deseaba que ganasen, lo mismo que si
hubiese apostado por ellos la mitad de mi fortuna. Así, pues, apenas los vi
llegar al punto, dejando bastante retirados a los otros caballos, fue tal mi
alegría que empecé a palmotear como una loca. ¡Imaginad mi asombro cuando al
entrar en mi casa encuentro en mi. escalera al jockey de casaca color de rosa!
Creí que el vencedor de la carrera vivía casualmente en la misma casa que yo,
cuando lo primero que vi al abrir la puerta de mi salón fue la copa de oro, es
decir, el premio ganado por el caballo y el jockey desconocido. En la copa
había un papelito que decía:
«A la condesa G..., lord Ruthwen.»
‑Eso es, justamente ‑dijo Morcef.
‑¡Cómo! ¿Qué queréis decir?
‑Quiero decir que es lord Ruthwen en persona.
‑¿Quién es lord Ruthwen?
‑El nuestro, el vampiro, el del teatro Argentino.
‑¿De veras? ‑exclamó la condesa‑. ¿Está aquí?
‑Sí, señora.
‑¿Y vos le habéis visto? ¿Le recibís? ¿Frecuentáis su casa?
‑Es mi íntimo amigo, y el señor Chateau‑Renaud también tiene el
honor de conocerle.
‑¿Y cómo sabéis que es él quien ha ganado?
‑Por su caballo, que lleva el nombre de Vampa.
‑¿Y qué?
‑¡Cómo! ¿Es posible que no recordéis el nombre del famoso bandido
que me hizo su prisionero?
‑¡Ah, es cierto!
‑¿Y de las manos del cual me sacó milagrosamente el conde?
‑Sí, sí.
‑Llamábase Vampa. Bien veis que era él.
‑¿Pero por qué me ha enviado esa copa?
‑Primeramente, señora condesa, porque yo le había hablado mucho
de vos. Después, porque se habrá alegrado de encontrar una compatriota y de
ver el interés que se tomaba por él.
‑¿Espero que no le habréis contado las locuras que hemos hablado
de él?
‑¡Oh!, de ningún modo. Pero me extraña la manera de ofreceros
esa copa bajo el nombre de lord Ruthwen...
‑¡Pero eso es espantoso, me compromete de una manera terrible!
‑¿Es por ventura ese proceder el de un enemigo?
No; lo confieso.
‑Entonces...
‑¿Conque está en París?
‑Sí.
‑¿Y qué sensación ha producido?
‑¡Oh! ‑dijo Alberto‑, se habló de él ocho días, pero después
acaeció la coronación de la reina de Inglaterra y el robo de los diamantes de
la señorita Mars, y no se ha hablado más que de eso.
‑Amigo mío ‑dijo Chateau‑Renaud‑, bien se ve que el conde es
vuestro amigo y que le tratáis como tal. No creáis lo que dice Alberto, señora
condesa. Al contrario, no se habla más que del conde de Montecristo en París.
Primeramente empezó por regalar a la señora Danglars dos caballos por valor de
treinta mil francos. Después salvó la vida a la señora de Villefort. Ha ganado
la carrera del jockey Club, según parece. Pues yo sostengo, diga Morcef lo que
quiera, que no se ocupa la gente en este momento más que del conde de
Montecristo, y que no se ocuparán sino de él por espacio de un mes, si continúa
con sus excentricidades, lo cual, por otra parte, parece que es su modo
habitual de vivir.
‑Es posible ‑dijo Morcef‑, ¿pero quién ha tomado el palco del
embajador de Rusia?
‑¿Cuál? ‑preguntó la condesa.
‑El intercolumnio principal, me parece completamente renovado.
‑En efecto ‑dijo Chateau‑Renaud‑, ¿había en él alguien durante
el primer acto?
‑¿Dónde?
‑En ese palco.
‑No ‑repuso la condesa‑, no he visto a nadie. De modo que ‑continuó,
volviendo a la primera conversación‑, ¿creéis que es vuestro conde de
Montecristo quien ha ganado el premio?
‑Estoy seguro.
‑¿Y quien me ha enviado la copa?
‑Sin duda alguna.
‑Pero yo no le conozco ‑dijo la condesa‑, y tengo ganas de devolvérsela.
‑¡Oh!, no lo hagáis, porque entonces os enviará otra tallada en
algún zafiro o en algún rubí. Son sus maneras de obrar, qué queréis, es preciso
conformarse con sus manías.
En aquel instante se oyó la campanilla, que anunciaba que el segundo
acto iba a empezar, y Alberto se levantó para volver a su asiento.
‑¿Os volveré a ver? ‑preguntó la condesa.
‑En los entreactos, si lo permitís. Vendré a informarme de si
puedo seros útil en algo aquí en París.
‑Señores ‑‑‑dijo la condesa‑, todos los sábados por la noche,
calle de Rivoli, 22, estoy en mi casa para los amigos.
Los jóvenes saludaron y salieron del palco de la condesa.
Cuando entraron en el salón vieron a todos los espectadores de
la
platea en pie, con los ojos fijos en un solo punto. Sus miradas
siguieron la dirección general, y se detuvieron en el antiguo palco del embajador
de Rusia. Un hombre vestido de negro, de treinta y cinco a cuarenta años,
acababa de entrar en él con una mujer vestida a la usanza oriental. La mujer
era admirablemente hermosa y el traje de tal riqueza, que, como hemos dicho,
todos los ojos se habían vuelto hacia ella.
‑¡Cómo! ‑dijo Alberto‑. Montecristo y su griega.
En efecto, eran el conde y Haydée.
Al cabo de un instante, la joven era el objeto de la atención,
no solamente del público de la platea, sino de todo el teatro. Las mujeres se
inclinaban fuera de los palcos para ver brillar bajo los luminosos rayos de la
lucerna, aquella cascada de diamantes.
El segundo acto desarrollóse en medio del sordo rumor que indica
en las grandes reuniones de personas un suceso notable. Nadie pensó en gritar
que callaran. Aquella mujer tan joven, tan bella, tan deslumbrante, era el
espectáculo más curioso que se hubiera podido ver.
Esta vez, una señal de la señora Danglars indicó claramente a Alberto
que la baronesa deseaba que la visitase en el entreacto siguiente. Morcef era
demasiado amable para hacerse esperar cuando le indicaban claramente que le
estaban esperando. Concluido el acto, se apresuró a subir al palco. Saludó a
las dos señoras, y presentó la mano a Debray. La baronesa le acogió con una
encantadora sonrisa y Eugenia con su frialdad habitual.
‑A fe mía, querido ‑dijo Debray‑, aquí tenéis a un hombre sumamente
apurado, y que os llama para que le saquéis del compromiso. La señora baronesa
me anonada a fuerza de preguntas respecto del conde, y quiere que yo sepa de
dónde es, de dónde viene, adónde va. ¡A fe mía!, yo no soy Cagliostro, y para
librarme de sus preguntas, dije: Averiguad todo eso por medio de Morcef, conoce
a Montecristo bastante a fondo, y entonces fue cuando os llamaron.
‑¿No es increíble? ‑dijo la baronesa‑ que teniendo medio millón
de fondos secretos a su disposición, no esté mucho mejor instruido?
‑Señora ‑dijo Luciano‑, creed que si yo tuviese medio millón a
mi disposición, lo emplearía en otra cosa que no en tomar informes sobre el
señor de Montecristo, que a mis ojos no tiene otro mérito que el ser dos veces
más rico que un nabab. Pero he cedido la palabra a mi amigo Morcef, arreglaos
con él.
‑Seguramente un nabab no me habría enviado dos caballos de
treinta mil francos v cuatro diamantes de cinco mil francos cada uno.
‑¡Oh!, los diamantes ‑dijo Morcef riendo‑, ésa es su manía. Yo
creo que, cual otro Potemkin, lleva siempre los bolsillos llenos, y los va
derramando por el camino.
‑Debe haber encontrado alguna mina ‑dijo la señora Danglars‑.
¿Sabéis que tiene un crédito ilimitado sobre la casa del barón?
‑No, no lo sabía ‑respondió Alberto‑, pero se comprende muy
bien.
‑¿Y que ha anunciado al señor Danglars que pensaba permanecer un
año en París y gastar seis millones?
‑Es el sha de Persia que viaja de incógnito.
‑Y esa mujer, señor Luciano ‑dijo Eugenia‑, ¿habéis reparado qué
hermosa es?
‑En verdad, señorita, jamás conocí a otra que supiera hacer
justicia como vos.
Luciano acercó su lente a su ojo derecho.
‑Encantadora ‑dijo.
‑¿Y sabe el señor de Morcef quién es esa mujer?
‑Señorita ‑dijo Alberto‑, casi lo sé. Quiero decir, como sé todo
lo que concierne al misterioso personaje de que nos ocupamos. Esa mujer es una
griega.
‑Eso se conoce fácilmente por su traje, y no me habéis dicho
sino lo que todo el salón sabe tan bien como nosotros.
‑Siento ‑dijo Morcef‑ ser un cicerone tan ignorante, pero confieso
que ahí acaban todos mis conocimientos. Sé, además, que es música, porque un
día que almorcé en casa del conde, oí los sonidos de una guzla que sin duda
estaba tocando ella.
‑¿Recibe vuestro conde? ‑preguntó la señora Danglars.
‑Y de una manera espléndida, os lo aseguro.
‑Es preciso que me empeñe con el señor Danglars para que le
ofrezca alguna comida, algún baile, a fin de que nos lo devuelva.
‑¡Cómo! ¿Iríais a su casa? ‑dijo Debray riendo.
‑¿Por qué no? ¡Con mi marido!
‑Pero si es soltero el misterioso conde.
‑Ya veis que no lo es ‑dijo riendo la baronesa señalando a la
bella griega.
‑Esa mujer es una esclava, según él mismo me ha dicho.
‑Convenid, mi querido Luciano ‑dijo la baronesa‑, que más bien
tiene aire de una princesa.
‑De las Mil y una noches.
‑De las Mil y una noches, no digo, ¿pero qué es lo que hace de
ella una princesa? Los diamantes, y en ésa no se ve otra cosa.
‑Lleva demasiados ‑dijo Eugenia‑; estaría más hermosa sin ellos,
porque quedarían al descubierto su cuello y sus brazos, que son de encantadoras
formas.
‑¡Oh!, la artista ‑dijo la señora Danglars‑, ¡cómo se entusiasma!
‑¡Me apasiona todo lo hermoso! ‑dijo Eugenia.
‑Pero ¿qué decís entonces del conde? ‑dijo Debray‑. Me parece
también muy buen mozo.
‑¿El conde? ‑dijo Eugenia, como si aún no le hubiese mirado‑, el
conde está demasiado pálido.
‑Precisamente en esa palidez ‑dijo Morcef‑ está el secreto que
buscamos. La condesa G... dice que es un vampiro.
‑¿Está de vuelta la condesa G... ? ‑preguntó la baronesa.
‑En ese palco de al lado ‑dijo Eugenia‑, casi enfrente de nosotros,
madre mía. Esa mujer de unos cabellos rubios admirables, ella es.
‑¡Ah! , sí ‑repuso la señora Danglars‑, ¿no sabéis lo que debierais
hacer, Morcef?
‑Mandad, señora.
‑Ir a hacer una visita a vuestro conde de Montecristo y traérnoslo.
‑¿Para qué? ‑dijo Eugenia.
‑¡Oh!, para hablarle. ¿No tienes tú curiosidad por verle?
‑Absolutamente ninguna.
‑¡Qué rara eres! ‑murmuró la baronesa.
‑¡Oh! ‑dijo Morcef‑, vendrá probablemente él mismo. Ya os ha
visto, señora, y os saluda.
La baronesa devolvió al conde su saludo acompañado de la más encantadora
sonrisa.
‑Vamos ‑dijo Morcef‑, me sacrifico. Os dejo, y voy a ver si hay
medio de hablarle.
‑Id a su palco, es lo más sencillo.
‑Pero aún no he sido presentado...
‑¿A quién?
‑A la bella griega.
‑Es una esclava, según decís.
‑Sí, pero vos decís que es una princesa... No. Espero que me vea
salir, y él también saldrá.
‑Es posible, id.
‑Ahora mismo.
Morcef saludó y se fue.
Efectivamente, en el momento en que pasaba delante del palco del
conde, se abrió la puerta, el conde dijo algunas palabras en árabe a Alí, que
estaba en el corredor, y se cogió del brazo de Morcef.
Alí cerró la puerta de nuevo y se quedó en pie a su lado. Había
en el corredor un círculo de gente que rodeaba al nubio.
‑En verdad ‑dijo Montecristo‑, vuestro París es una ciudad
extraña, y vuestros parisienses un pueblo singular. Diríase que es la primera
vez que ven a un nubio. Miradlos estrecharse alrededor de ese pobre Alí, que no
sabe qué significa eso.. Sólo os digo una cosa, y es que un parisiense puede ir
a Túnez, a Constantinopla, a Bagdad o al Cairo, y la gente no le rodeará como
hacen aquí.
‑Es que vuestros orientales son personas sensatas, y no miran lo
que no vale la pena de mirar, pero, creedme, Alí no goza de esa popularidad
sino porque os pertenece, y a estas horas vos sois el hombre de moda.
‑¡De veras! ¿Y qué es lo que me vale ese favor?
‑¡Diantre!, vos mismo. Regaláis caballos que valen mil luises.
Salváis la vida a la mujer del procurador del rey. Hacéis correr bajo el nombre
del mayor Black caballos de raza y jockeys como un puño. En fin, ganáis copas
de oro y las enviáis a una mujer bellísima por cierto.
‑¿Y quién diablo os ha contado todas esas tonterías?
‑Primero, la señora Danglars, que se muere de deseos por veros
en su palco, o más bien porque os vean en él. Después, el periódico de
Beauchamp, y últimamente mi imaginación. ¿Por qué llamabais a vuestro caballo, Vampa,
si queréis guardar el incógnito?
‑¡Ah! ¡Es verdad! ‑dijo el conde‑, es una imprudencia. Pero,
decidme, ¿el conde de Morcef viene algunas veces a la ópera? Le he buscado por
todas partes y no lo he visto.
‑Vendrá esta noche.
‑¿Dónde?
‑Creo que al palco de la baronesa.
‑¿Esa encantadora joven que está con ella es su hija?
‑Sí.
‑Os doy mis parabienes.
Morcef se sonrió.
‑Ya hablaremos de esto más tarde y detalladamente ‑dijo¿Qué
decís de la música?
‑¿De qué música?
‑¿De qué ha de ser...?, de la que acabamos de oír.
‑Digo que es una música muy hermosa, para ser compuesta por un
compositor humano, y cantada por pájaros sin plumas, como decía Diógenes.
‑¡Ah!, querido conde, ¡parece que pudierais oír cantar los siete
coros del Paraíso!
‑Así es, en efecto. Cuando quiero oír música admirable,
vizconde, como ningún mortal la ha oído, duermo.
‑Pues bien, querido conde, dormid. La ópera no se ha inventado
para otra cosa.
‑No, de veras. Vuestra orquesta hace demasiado ruido. Para dormir
yo con el sueño de que os hablo, necesito tranquilidad y silencio, y además
cierta preparación...
‑¡Ah! ¿El famoso hachís?
‑Exacto, vizconde, cuando queráis oír música, venid a cenar conmigo.
‑Pero ya la oí cuando fui a almorzar a vuestra casa ‑dijo
Morcef.
‑¿En Roma?
‑Sí.
‑¡Ah! , era la guzla de Haydée. Sí, la pobre desterrada se
entretiene a veces en tocar algunos aires de su país.
Morcef no insistió más. Por su parte, el conde se calló también.
En este momento oyóse la campanilla.
‑Disculpadme ‑dijo el conde dirigiéndose hacia su palco.
‑¡Cómo!
‑Mil recuerdos de parte mía a la condesa G..., de parte de su
vampiro.
‑¿Y a la baronesa?
‑Decidle que, si lo permite, iré a ofrecerle mis respetos
después de que termine el acto.
El tercer acto empezó.
Durante el mismo, entró el conde de Morcef en el palco de la
señora Danglars, según lo había prometido.
El conde no era uno de esos hombres que causaban impresión con
su presencia. Así, pues, nadie reparó en su llegada más que las personas en
cuyo palco entraba.
Montecristo le vio, sin embargo, y sonrió ligeramente.
En cuanto a Haydée, no veía nada mientras el telón estaba
levantado; como todas las naturalezas primitivas, adoraba todo lo que habla al
oído y a la vista.
El tercer acto transcurrió como de costumbre. La señorita
Noblet, Julia y Leroux, cantaron sus respectivos papeles. El príncipe de Granada
fue desafiado por Roberto‑Mario. En fin, este majestuoso rey dio su vuelta por
el tablado para lucir su manto de terciopelo llevando a su hija de la mano.
Bajó después el telón y toda la concurrencia se dispersó.
El conde salió de su palco, y poco después apareció en el de la
baronesa Danglars.
Esta no pudo contener un ligero grito, mezcla de sorpresa y
alegría.
‑¡Ah!, venid, señor conde ‑exclamó‑, porque, a la verdad, deseaba
añadir mis gracias verbales a las que ya os he dado por escrito.
‑¡Oh!, señora‑dijo el conde‑, ¿aún os acordáis de esa bagatela?
Yo ya la había olvidado.
‑Sí, pero jamás se olvida que al día siguiente salvasteis a mi
amiga, la señora de Villefort, del peligro que le hicieron correr los mismos
caballos.
‑Tampoco esta vez, señora, merezco vuestras gracias. Fue Alí, mi
nubio, quien tuvo el honor de prestar a la señora de Villefort este eminente
servicio.
‑¿Y fue también Alí ‑dijo el conde de Morcef‑ quien sacó a mi
hijo de las manos de los bandidos romanos?
‑No, señor conde ‑‑‑dijo Montecristo, estrechando la mano que le
presentaba el general‑. No; ahora a quien toca dar las gracias es a mí. Vos ya
me las habéis dado, yo las he recibido, y me avergüenzo de que me deis tanto
las gracias. Señora baronesa, hacedme el honor, os lo suplico, de presentarme a
vuestra encantadora hija.
‑¡Oh!, por lo menos de nombre ya estáis presentado, porque hace
dos o tres días que no hablamos más que de vos. Eugenia ‑continuó la baronesa,
volviéndose hacia su hija‑, el señor conde de Montecristo .
El conde se inclinó, la señorita Danglars hizo un leve
movimiento de cabeza.
‑Estáis en vuestro palco con una mujer admirable, señor conde ‑dijo
Eugenia‑, ¿es vuestra hija?
‑No, señorita ‑dijo Montecristo, asombrado de aquella ingenuidad
extremada o de aquel asombroso aplomo‑, es una pobre griega de la que soy
tutor.
‑¿Y se llama... ?
‑Haydée ‑respondió Montecristo.
‑¡Una griega! ‑murmuró el conde de Morcef.
‑Sí, conde ‑dijo la señora Danglars‑, y decidme si habéis visto
nunca, en la corte de Alí‑Tebelin, donde habéis servido tan gloriosamente, un
vestido tan precioso como el que tenemos delante.
‑¡Ah! ‑dijo Montecristo‑, ¿habéis servido en Janina, señor
conde?
‑He sido general instructor de las tropas del bajá ‑respondió
Morcef‑, y mi poca fortuna proviene de las liberalidades del ilustre jefe
albanés, no tengo reparo en decirlo.
‑¡Pues vedla ahí! ‑insistió la señora Danglars.
‑¡Dónde! ‑balbució Morcef.
‑Allí ‑dijo Montecristo.
Y apoyando el brazo sobre el hombro del conde, se inclinó con él
fuera del palco.
En este momento, Haydée, que buscaba al conde con la vista, descubrió
su cabeza pálida al lado de la de Morcef, a quien tenía abrazado.
Esta vista produjo en la joven el efecto de la cabeza de Medusa.
Hizo un movimiento hacia adelante, como para devorar a los dos con sus miradas,
y al mismo tiempo se retiró al fondo del palco lanzando un débil grito, que fue
oído, sin embargo, de las personas que estaban próximas a ella, y de Alí, que
al punto abrió la puerta.
‑¿Cómo? ‑dijo Eugenia‑. ¿Qué acaba de sucederle a vuestra
pupila, señor conde?, parece que se ha sentido indispuesta.
‑Así es ‑dijo el conde‑, pero no os asustéis, señorita. Haydée
es muy nerviosa, y por consiguiente muy sensible a los olores. Un perfume que
le sea antipático, basta para causarle un desmayo. Pero ‑añadió el conde,
sacando un pomo del bolsillo‑, tengo aquí el remedio.
Y tras haber saludado a la baronesa y a su hija, cambió un
apretón de mano con el conde y con Debray, y salió del palco de la señora
Danglars.
Cuando entró en el suyo, Haydée estaba aún muy pálida. Apenas le
vio, le cogió una mano. Montecristo notó que las manos de la joven estaban
húmedas y heladas.
‑¿Con quién hablabais, señor? ‑preguntó la griega.
‑Con el conde de Morcef, que estuvo al servicio de lo ilustre padre,
y que confiesa deberle su fortuna ‑respondió el conde.
‑¡Ah, miserable! ‑exclamó Haydée‑, él fue quien lo vendió a los
turcos y esa fortuna es el pago de su traición. ¿No sabíais eso?
‑Había oído algo de esa historia en Epiro ‑dijo Montecristo‑,
pero ignoraba los detalles. Ven, hija mía, ven y me lo contarás. Debe ser algo
curioso.
‑¡Oh!, sí, vamos, vamos. Me parece que me moriría, si permaneciese
más tiempo viendo a ese hombre.
Y levantándose vivamente, Haydée se envolvió en su albornoz de
cachemira blanco, bordado de perlas y de coral, y salió en el momento en que se
levantaba el telón.
‑¡En nada se parece ese hombre a los demás! ‑dijo la condesa
G... a Alberto, que había vuelto a su lado‑. Escucha religiosamente el tercer
acto de Roberto y se marcha cuando va a empezar el cuarto.
CUARTA PARTE
EL MAYOR
CAVALCANTI
Capítulo primero
El alza y la baja
Transcurridos unos días, después del encuentro referido en el
capítulo anterior, Alberto de Morcef fue a hacer una visita al conde de
Montecristo, a su casa de los Campos Elíseos, que había adquirido ya el aspecto
de palacio que acostumbraba a dar el conde de Montecristo aun a sus moradas más
provisionales. Iba a reiterarle las gracias de la señora de Danglars.
Alberto iba acompañado de Luciano Debray, el cual unió a las
palabras de su amigo algunas frases corteses, que no le eran habituales, y
cuyo fin no pudo penetrar el conde.
Parecióle que Luciano venía a verle impulsado por un sentimiento
de curiosidad, y que la mitad de este sentimiento emanaba de la calle de la
Chaussée d'Antin. En efecto, era de suponer, sin temor de engañarse, que al no
poder la señora Danglars conocer por sus propios ojos el interior de un hombre
que regalaba caballos de treinta mil francos, y que iba a la ópera con una
esclava griega que llevaba un millón en diamantes, había suplicado a la
persona más íntima que le diese algunos informes acerca de tal interior. Mas
el conde aparentó no sospechar que pudiera haber la menor relación entre la
visita de Luciano y la curiosidad de la baronesa.
‑¿Mantenéis las relaciones casi continuas con el barón Danglars?
‑preguntó a Alberto de Morcef.
‑¡Oh!, sí, señor conde; bien sabéis lo que os he dicho.
‑¿Todavía continúa eso?
‑Más que nunca‑dijo Luciano‑, es un negocio corriente.
Y juzgando sin duda Luciano que esta palabra mezclada en la conversación
le daba derecho a permanecer extraño a ella, colocó su lente en su ojo, y
mordiendo el puño de oro de su bastón, comenzó a pasear lentamente alrededor de
la sala, examinando las armas y los cuadros.
‑¡Ah! ‑dijo Montecristo‑. Al oíros hablar de eso no creía, en
verdad, que se hubiese tomado ya una resolución.
‑¿Qué queréis? Las cosas marchan sin que nadie lo sospeche;
mientras que vos no pensáis en ellas, ellas piensan en vos, y cuando volvéis os
quedáis asombrado del gran trecho que han recorrido. Mi padre y el señor
Danglars han servido juntos en España, mi padre en el ejército, el señor
Danglars en las provisiones. Allí fue donde mi padre, arruinado por la
revolución, y el señor Danglars, que no tenía patrimonio, empezaron a hacerse
ricos.
‑Sí, efectivamente ‑dijo Montecristo‑, creo que durante la
visita que le he hecho, el señor Danglars me ha hablado de eso ‑y dirigió una
mirada a Luciano, que en aquel momento estaba hojeando un álbum‑. La señorita
Eugenia es una joven bellísima, creo que se llama Eugenia, ¿verdad?
‑Bellísima ‑respondió Alberto‑, pero de una belleza que yo no
aprecio; soy indigno de ella.
‑¡Habláis de vuestra novia como si ya fueseis su marido!
‑¡Oh! ‑exclamó Alberto, mirando lo que hacía Luciano.
‑¿Sabéis? ‑dijo Montecristo, bajando la voz‑, que no me parecéis
muy entusiasmado con esa boda?
‑La señorita Danglars es demasiado rica para mí ‑dijo Morcef‑,
eso me asusta.
‑¡Bah! ‑dijo Montecristo‑, razón de más, ¿no sois vos también
rico?
‑Mi padre tiene algo..., como unas cincuenta mil libras de
renta, y me dará diez o doce mil cuando me case.
‑Algo modesto es eso, sobre todo en París; pero no todo consiste
en el dinero, algo valen un nombre esclarecido y una elevada posición social.
Vuestro nombre es célebre, vuestra posición magnífica; y además, el conde de
Morcef es un soldado, y gusta ver que se enlazan la integridad de Bayardo con
la pobreza de Duguesclin; el desinterés es el rayo de sol más hermoso a que
puede relucir una noble espada. Yo encuentro esta unión muy conveniente; ¡la
señorita Danglars os enriquecerá y vos la ennobleceréis!
Alberto movió la cabeza y quedóse pensativo.
‑Aún hay más ‑dijo.
‑Confieso ‑repuso Montecristo‑ que me cuesta trabajo el comprender
esa repugnancia hacia una joven hermosa y rica.
‑¡Oh! ¡Dios mío! ‑dijo Morcef‑, esa repugnancia no es tan sólo
de mi parte.
‑¿De quién más?, porque vos mismo me habéis dicho que vuestro
padre deseaba ese enlace.
‑De parte de mi madre; y la ojeada de mi madre es prudente y segura.
¡Pues bien!, no se sonríe al hablarle yo de esta unión, tiene yo no sé qué
prevención contra los Danglars.
‑¡Oh! ‑dijo el conde con un tono algo afectado‑, eso se concibe
fácilmente. La condesa de Morcef, que es la distinción, la aristocracia, la
delicadeza personificada, vacila en tocar una mano basta, grosera y brutal;
nada más sencillo.
‑Yo no sé si es eso ‑dijo Alberto‑; pero lo que sé es que este
casamiento la hará desgraciada. Ya debían haberse reunido para hablar del
asunto hace seis semanas; pero tuve tales dolores de cabeza...
‑¿Verdaderos...? ‑dijo el conde sonriendo.
‑¡Oh!, sí, sin duda el miedo..., en fin, aplazaron la cita hasta
pasados dos meses. No corría prisa, como comprenderéis; yo no tengo todavía
más que veintiún años, y Eugenia diecisiete; pero los dos meses expiran la
semana que viene. Se consumará el sacrificio; no podéis comprender, conde, qué
apurado me encuentro... ¡Ah!, ¡qué dichoso sois al ser libre!
‑¡Pues bien!, sed libre también, ¿quién os lo impide?, decid.
‑¡Oh!, sería un desengaño muy grande para mi padre si no me
casara con la señorita Danglars.
‑Pues casaos, entonces ‑dijo el conde, encogiéndose de hombros.
‑Sí ‑dijo Morcef‑; mas para mi madre no sería eso desengaño,
sino una pesadumbre mortal.
‑Entonces no os caséis ‑exclamó el conde.
‑Yo veré, lo reflexionaré, vos me daréis consejos, ¿no es
verdad?; y si es posible, me libraréis del compromiso. ¡Oh!, por no dar un disgusto
a mi pobre madre, sería yo capaz de quedar reñido hasta con el conde, mi padre.
Montecristo se volvió; parecía sumamente conmovido.
‑¡Vaya! ‑dijo a Debray, que estaba sentado en un sillón, en un
extremo del salón, con un lápiz en la mano derecha y en la izquierda una
cartera‑, ¿hacéis álgún croquis de uno de estos cuadros?
‑¿Yo? ‑dijo tranquilamente‑. ¡Oh!, sí, un croquis; amo demasiado
la pintura para eso. No; estoy haciendo números.
‑¿Números?
‑Sí, calculo; esto os atañe indirectamente, vizconde; calculo lo
que la casa Danglars ha debido ganar en la última alza de Haití; de 206
subieron los fondos en tres días a 409, y el prudente banquero había comprado
mucho a 206. Ha debido ganar, por lo menos, 300 000 libras.
‑No es ésa su mejor jugada ‑dijo Morcef‑, no ha ganado este año
un millón. ..
‑Escuchad,
querido ‑dijo Luciano‑, escuchad a Montecristo, que os dirá, como los
italianos:
Denaro a santità
Metá della metá.
Y es mucho todavía. Así, pues, cuando me hablan de eso me encojo
de hombros.
‑¿Pero no hablabais de Haití? ‑dijo Montecristo. ‑¡Oh!, Haití;
eso es otra cosa; ese écarté del agiotaje francés. Se puede amar el
whist, el boston, y sin embargo, cansarse de todo esto; el señor Danglars
vendió ayer a 409 y se embolsó 300 000 francos; si hubiese esperado a hoy, los
fondos bajaban a 205, y en vez de ganar 300 000, perdía 20 ó 25 000.
‑¿Y por qué han bajado los fondos de 409 a 205? ‑preguntó
Montecristo‑. Perdonad, soy muy ignorante en todas estas intrigas de bolsa.
‑Porque ‑respondió Alberto‑ las noticias se siguen unas a otras
y no se asemejan.
‑¡Ah, diablo! ‑dijo el conde‑. ¿El señor Danglars juega a ganar
o perder 300 000 francos en un día? ¡Será inmensamente rico!
‑¡No es él quien juega! ‑exclamó vivamente Luciano‑, es la
señora Danglars; es una mujer verdaderamente intrépida.
‑Pero vos que sois razonable, Luciano, y que conocéis la poca seguridad
de las noticas, pues que estáis en la fuente, debierais impedirlo‑, dijo
Morcef sonriendo.
‑¿Cómo es eso posible, si a su marido no le hace ningún caso? ‑respondió
Luciano‑. Vos conocéis el carácter de la baronesa; nadie tiene influencia sobre
ella, y no hace absolutamente sino lo que quiere.
‑¡Oh, si yo estuviera en vuestro lugar... ! ‑dijo Alberto.
‑¿Y bien?
‑Yo la curaría; le haría un favor a su futuro yerno.
‑¿Pues cómo?
‑Nada más sencillo. Le daría una lección.
‑¡Una lección!
‑Sí; vuestra posición de secretario del ministro hace que dé mucha
fe a vuestras noticias; apenas abrís la boca y al momento son taquigrafiadas
vuestras palabras. Hacedle perder unos cuantos miles de francos, y esto la
volverá más prudente.
‑No os entiendo ‑murmuró Luciano.
‑Pues bien claro me explico ‑respondió el joven, con una sencillez
que nada tenía de afectada‑; anunciadle el mejor día una noticia telegráfica
que sólo vos hayáis podido saber; por ejemplo, que a Enrique IV le vieron ayer
en casa de Gabriela; esto hará subir los fondos; ella obrará inmediatamente,
según la noticia que le hayáis dado, y seguramente perderá cuando Beauchamp
escriba al día siguiente en su periódico:
«Personas mal informadas han dicho que el rey Enrique IV fue
visto anteayer en casa de Gabriela; esta noticia es completamente falsa; el rey
Enrique IV no ha salido de Pont‑Neuf.»
Luciano se sonrió.
El conde, aunque indiferente en la apariencia, no había perdido
una palabra de esta conversación, y su penetrante mirada creyó
leer un secreto en la turbación del secretario del ministro.
De esta turbación de Luciano, que no fue advertida por Alberto,
resultó que Debray abreviase su visita; se sentía evidentemente disgustado. El
conde, al acompañarle hacia la puerta, le dijo algunas palabras en voz baja, a
las cuales respondió:
‑Con mucho gusto, señor conde, acepto.
Montecristo se volvió hacia Morcef.
‑¿No pensáis ‑le dijo‑ que habéis hecho mal en hablar de vuestra
suegra delante de Debray?
‑Escuchad, conde ‑dijo Morcef‑, no digáis en adelante una
palabra acerca de esto.
‑Decid la verdad, ¿la condesa se opone a ese matrimonio?
‑Rara vez viene a casa la baronesa, y mi madre creo que no ha
estado dos veces en su vida en la de la señora Danglars.
‑Entonces ‑dijo el conde‑ eso me alienta a hablaros con franqueza:
el señor Danglars es mi banquero; el señor de Villefort me ha colmado de
atenciones en agradecimiento al servicio que una dichosa casualidad me
proporcionó hacerle. Bajo todo esto yo descubro una infinidad de comidas y
diversiones, y además, para tener siquiera el mérito de adelantarme, si
queréis, he proyectado reunir en mi casa de campo de Auteuil al señor y señora
Danglars, y al señor y señora Villefort. Yo os invito a esa comida, así como al
señor conde y a la señora condesa de Morcef; esto, sin que nadie sospeche que
ha de ser una entrevista matrimonial; por lo menos, la señora condesa de Morcef
no considerará la cosa así, sobre todo si el barón Danglars me hace el honor de
no traer a su hija. De lo contrario, vuestra madre me cobraría antipatía; de
ningún modo quiero yo que suceda esto, y haré todo lo posible por que nó llegue
a odiarme.
‑A fe mía, conde ‑‑dijo Morcef‑, os doy mil gracias por esa
franqueza que usáis conmigo, y acepto la proposición que me hacéis. Decís que
no queréis que mi madre os cobre antipatía, y sucede todo lo contrario.
‑¿Lo creéis así? ‑exclamó el conde con interés.
‑¡Oh!, estoy seguro. Cuando os separasteis el otro día dè nosotros
estuvimos hablando una hora de vos; pero vuelvo a lo que decíamos antes. ¡Pues
bien!, si mi madre pudiese saber esa atención de vuestra parte, estoy seguro
de que os quedaría sumamente reconocida; es verdad que mi padre se pondría
furioso.
Montecristo soltó una carcajada.
‑¡Y bien! ‑dijo a Morcef‑, ya estáis prevenido. Pero ahora que
me acuerdo, no sólo vuestro padre se pondrá furioso; el señor y la señora
Danglars me considerarán como a un hombre de malas maneras. Saben que nos
tratamos con cierta intimidad, que sois mi amigo parisiense más antiguo, y si
no os encuentran en mi casa, me preguntarán por qué no os he invitado. Al
menos, buscad un compromiso anterior que tenga alguna apariencia de
probabilidad, y del cual me daréis parte por medio de cuatro letras. Ya sabéis,
con los banqueros, sólo los escritos son válidos.
‑Yo haré otra cosa mejor, señor conde ‑dijo Alberto‑; mi padre
quiere ir a respirar el sire del mar. ¿Qué día tenéis señalado para vuestra
comida?
‑El sábado.
‑Hoy es martes, bien; mañana por la tarde partimos, y pasado
estaremos en Tréport. ¿Sabéis, señor conde, que sois un hombre muy complaciente
en proporcionar así a todas las personas su comodidad?
‑¡Yo!, en verdad que me tenéis en más de lo que valgo, deseo
seros útil y nada más.
‑¿Qué día empezaréis a hacer las invitaciones?
‑Hoy mismo.
‑¡Pues bien!, corro a casa del señor Danglars, y le anuncio que
mañana mi madre y yo saldremos de París. Yo no os he visto; por consiguiente,
no sé nada de vuestra comida.
‑¡Qué loco sois! ¡Y el señor Debray, que acababa de veros en mi
casa!
‑¡Ah!, es cierto.
‑Al contrario, os he visto y os he convidado aquí sin ceremonia,
y me habéis respondido ingenuamente que no podíais aceptar porque partíais
para Tréport.
‑¡Pues bien!, ya está todo arreglado; pero vos vendréis a ver a
mi madre entre hoy y mañana.
‑Entre hoy y mañana es difícil; porque estaréis ocupados en
vuestros preparativos de viaje.
‑¡Pues bien!, haced otra cosa; antes no erais más que un hombre
encantador; seréis un hombre adorable.
‑¿Qué he de hacer para llegar a esa sublimidad?
‑¿Qué habéis de hacer?
‑Sí, eso es lo que os pregunto.
‑Sois libre como el sire; venid a comer conmigo; seremos pocos:
vos, mi madre y yo solamente. Aún no habéis casi conocido a mi madre, pero la
veréis de cerca. Es una mujer muy notable, y no siento más que una cosa, y es
no encontrar una mujer como ella con
veinte años menos; pronto habría, os lo juro, una condesa y una
vizcondesa de Morcef. En cuanto a mi padre, no le encontraréis en casa; está
de comisión, y come en la del gran canciller. Venid, hablaremos de viajes; vos
que habéis visto el mundo entero, nos hablaréis de vuestras aventuras; nos
contaréis la historia de aquella bella griega que estaba la otra noche con vos
en la ópera, a la que llamáis vuestra esclava, y a quien tratáis como a una
princesa. Hablaremos italiano y español, ¿aceptáis?, mi madre os dará las
gracias.
‑También yo os las doy ‑dijo el conde‑; el convite es de los más
halagüeños, y siento vivamente no poder aceptarlo. Yo no soy libre, como
pensáis; y tengo, por el contrario, una cita de las más importantes.
‑¡Ah!, acordaos, conde, que me acabáis de enseñar cómo se zafa
uno de las cosas desagradables. Necesito una prueba. Afortunadamente, yo no
soy banquero como el señor Danglars, pero os prevengo que soy tan incrédulo
como él.
‑Por lo mismo, voy a dárosla ‑dijo el conde.
Y llamó.
‑¡Hum! ‑dijo Morcef‑; ya son dos veces seguidas que rehusáis
comer con mi madre. ¿Habéis tomado ese partido, conde?
Montecristo se estremeció.
‑¡Oh!, no lo creáis ‑dijo‑; además, pronto os demostraré lo
contrario.
Bautista entró y se quedó a la puerta en pie y esperando.
‑Yo no estaba prevenido de vuestra visita, ¿no es verdad?
‑Sois tan extraordinario, que no aseguraría que no lo
estuvieseis.
‑Por lo menos, ¿no podía adivinar que me invitaríais a comer?
‑¡Oh!, en cuanto a eso, es probable.
‑Escuchad, Bautista: ¿qué os dije yo esta mañana, cuando os
llamé a mi gabinete de estudio?
‑Que no dejase entrar a nadie a ver al señor conde después de
las cinco ‑respondió el criado.
‑¿Y qué más?
‑¡Oh!, señor conde... ‑dijo Alberto.
‑No, no, quiero absolutamente librarme de esa reputación misteriosa
que me habéis adjudicado, mi querido vizconde: es muy difícil representar
eternamente el Manfredo. ¿Qué más.. . ?, continuad, Bautista.
‑En seguida no recibir más que al señor mayor Bartolomé Cavalcanti
y a su hijo.
‑Ya lo oís, al señor mayor Bartolomé Cavalcanti, de la más antigua
nobleza de Italia; además, su hijo, un apuesto joven de vuestra edad, o poco
más, vizconde, que lleva el mismo título que vos, y que hace su entrada en el
mundo con los millones de su padre. El mayor me trae esta tarde a su hijo
Andrés, el contessino, como decimos en Italia. Me lo confía y yo lo protegeré
si tiene algún mérito. Me ayudaréis, ¿no es así?
‑¡Desde luego! ¿Es algún antiguo amigo vuestro ese mayor Cavalcanti?
‑preguntó Alberto.
‑No, por cierto, es un digno señor, muy modesto, discreto, como
muchos de los que hay en Italia, descendiente de una de las más antiguas
familias. Lo he encontrado muchas veces en Florencia, en Bolonia, en Luca, y me
ha avisado de su llegada. Los conocimientos de viaje son exigentes, reclaman de
vos en todas partes la amistad que se les ha manifestado una vez por
casualidad. Este mayor Cavalcanti va a volver a París, que no ha visto más que
de paso en tiempos del Imperio, y va a helarse a Moscú. Yo le daré una buena
comida y me dejará su hijo; le prometeré vigilarle, le dejaré hacer todas las
locuras que quiera y estamos en paz.
‑¡Estupendo! ‑dijo Alberto‑; veo que sois un excelente mentor.
Adiós, pues, estaremos de vuelta el domingo. A propósito, he recibido noticias
de Franz.
‑¡Ah!, ¿de veras? ‑dijo Montecristo‑; ¿sigue divirtiéndose en
Italia?
‑Creo que sí; no obstante, os echa mucho de menos. Dice que sois
el sol de Roma, y que sin vos está eclipsado. Yo no sé si aun llega a decir que
llueve. Aún persiste en errores fantásticos, y he aquí por lo que os echa de
menos.
‑Es un muchacho muy simpático ‑dijo Montecristo‑‑, y por el cual
he sentido una viva simpatía la primera tarde que le vi buscando una cena
cualquiera, y que tuvo a bien aceptar la mía. Creo que es hijo del general
d'Epinay.
‑Justamente.
‑El mismo que fue tan vilmente asesinado en 1815.
‑¿Por los bonapartistas?
‑¡Cierto! ¿No tiene él proyectos de matrimonio?
‑Sí, debe casarse con la señorita de Villefort.
‑¿Es eso cierto?
‑Tan cierto como que yo debo casarme con la señorita Danglars ‑respondió
Alberto riendo.
‑¿Os reís?
‑Sí.
‑¿Y por qué?
‑Porque creo que Franz tiene tanta simpatía por su matrimonio
como la hay entre la señorita Danglars y yo. Pero, en verdad,
conde, que hablamos de las mujeres como las mujeres hablan de los hombres;
esto es imperdonable.
Alberto se levantó.
‑¿Os vais?
‑Me gusta la pregunta: hace dos horas que os estoy molestando y
tenéis la bondad de preguntarme si me voy.
‑¡Oh!, de ningún modo.
‑¡En verdad, conde, sois el hombre más diplomático de la tierra!
Y vuestros criados, ¡qué bien educados están! ¡Especialmente, el señor
Bautista! Jamás he podido tener uno como ése. Los míos parece que toman el
ejemplo de los del teatro francés, que, precisamente porque no tienen que decir
más que una palabra, siempre la dicen mal. Conque si despedís alguna vez a
Bautista, os lo pido para mí antes que nadie.
‑Convenido ‑respondió Montecristo.
‑No es esto todo; saludad de mi parte a vuestro discreto mayor,
al señor de Cavalcanti, y si por casualidad desease establecer a su hijo,
buscadle una mujer muy rica, noble, baronesa cuando menos, yo os ayudaré por mi
parte.
‑¡Vaya! ¿Hasta eso llegaríais?
‑Sí, sí.
‑¡Oh!, no se puede decir de esta agua no beberé.
‑¡Ah, conde! ‑exclamó Morcef‑, qué gran favor me haríais y cómo
os apreciaría cien veces más si lograseis dejarme soltero siquiera por diez
años.
‑Todo es posible ‑respondió gravemente Montecristo, y despidiéndose
de Alberto entró en su habitación y llamó tres veces con el timbre.
Bertuccio compareció.
‑Señor Bertuccio ‑le dijo‑, ya sabéis que el sábado recibo en mi
casa de Auteuil.
Bertuccio se estremeció levemente.
‑Bien, señor‑dijo.
‑Os necesito ‑continuó el conde‑, para que todo se prepare como
sabéis. Aquella casa es muy hermosa, o al menos puede llegar a serlo.
‑Para eso sería preciso cambiarlo todo, señor conde; las paredes
han envejecido.
‑Cambiadlo todo, excepto una sola habitación; la de la alcoba de
damasco encarnado; la dejaréis tal como está actualmente.
Bertuccio se inclinó.
‑Tampoco tocaréis el jardín; pero del patio haréis lo que mejor
os parezca; me alegraría de que nadie pudiese reconocerlo.
‑Haré todo lo que pueda para que el señor conde quede satisfecho;
sin embargo, quedaría más tranquilo si quisiera vuestra excelencia darme sus
instrucciones para la comida.
‑En verdad, mi querido señor Bertuccio ‑dijo el conde‑, desde
que estáis en París, os encuentro desconocido; ¿no os acordáis ya de mis
gustos, de mis ideas?
‑Pero, en fin, ¿podría decirme vuestra excelencia quién
asistirá? ‑Aún no lo sé, y tampoco vos tenéis necesidad de saberlo.
Bertuccio se inclinó y salió.
Acababan de dar las siete, y el mayordomo partió acto seguido
para Auteuil, según la orden que acababa de recibir. En el mismo momento, un
coche de alquiler se detuvo a la puerta del palacio, y pareció huir avergonzado
apenas hubo dejado junto a la reja a un hombre como de cincuenta y dos años,
vestido con una de esas largas levitas verdes, cuyo color es indefinible, un
ancho pantalón azul, unas botas muy limpias, aunque con un barniz bastante
agrietado; guantes de ante, un sombrero con la forma del de un gendarme, y una
corbata negra. Tal era el pintoresco traje bajo el cual se presentó el
personaje que llamó a la reja, preguntando si era allí donde vivía el conde
Montecristo, y que apenas hubo oído la respuesta afirmativa del portero, se
dirigió hacia la escalera.
La cabeza pequeña y angulosa de este hombre, sus cabellos canos,
su bigote espeso y gris, fueron reconocidos por Bautista, que ya tenía
conocimiento del aspecto del personaje que le esperaba en el vestíbulo. Así,
pues, apenas pronunció su nombre, fue introducido en uno de los salones más
sencillos.
El conde le esperaba allí y salió a su encuentro con aire
risueño. ‑¡Oh!, caballero, bien venido seáis. Os esperaba.
‑¡De veras! ‑dijo el mayor Cavalcanti‑, ¿me esperaba vuestra
excelencia?
‑Sí, me avisaron de vuestra visita para hoy a las siete.
‑¿De mi visita? ¿Conque estabais avisado?
‑Completamente.
‑¡Ah!, tanto mejor; temía, lo confieso; yo creía que habrían olvidado
esta precaución.
‑¿Cuál?
‑La de avisaros.
‑¡Oh!, ¡no!
‑¿Pero estáis seguro de no equivocaros?
‑Segurísimo.
‑¿Era a
mí a quien esperaba vuestra excelencia?
‑A vos, sí. Por otra parte, pronto estaremos seguros de ello.
‑¡Oh!, si me esperabais ‑dijo el mayor‑, ¡no merece la penal
‑¡Al contrario! ‑‑dijo Montecristo.
El mayor pareció ligeramente inquieto.
‑Veamos ‑dijo Montecristo‑, sois el marqués Bartolomé Cavalcantí,
¿verdad?
‑Bartolomé Cavalcanti ‑repitió el mayor‑, eso es.
‑¿Ex mayor al servicio de Austria?
‑¡Ah!, ¿era mayor...? ‑preguntó tímidamente el veterano.
‑Sí ‑dijo Montecristo‑, mayor. Este nombre se da en Francia al
grado que teníais en Italia.
‑Bueno ‑dijo el mayor‑, no pregunto más, ya comprendéis...
‑Por otro lado, ¿no venís aquí por vuestro propio interés? ‑repuso
Montecristo.
‑¡Oh!, seguramente.
‑¿Venís dirigido a mí por alguna persona?
‑Sí.
‑¿Por el excelente abate Busoni?
‑Eso es ‑exclamó el mayor con alegría.
‑¿Y tenéis una carta?
‑Aquí está.
‑Dádmela, entonces.
Y Montecristo tomó la carta que abrió y leyó.
El mayor miraba al conde con ojos asombrados, que dirigía con
curiosidad a cada objeto del salón, pero que se volvían inmediatamente hacia
el dueño de la casa.
‑Esto es... ¡Oh!, ¡querido abate!, < el mayor Cavalcanti; un
digno patricio de Luca», descendiente de los Cavalcanti de Florencia ‑continuó
Montecristo leyendo‑, que tiene medio millón de renta...
Èl conde levantó los ojos por encima del papel y saludó.
‑Medio millón ‑dijo‑; ¡diantre!, querido señor Cavalcanti.
‑¿Dice medio millón? ‑preguntó el mayor.
‑Con todas sus letras, y así debe ser; el abate Busoni es el hombre
que mejor conoce todos los caudales de Europa.
‑¡De acuerdo con que sea medio millón! ‑dijo el mayor‑; pero es
doy mi palabra de honor de que no sabía que ascendiese a tanto.
‑Porque tendréis un mayordomo que os robará; ¿qué queréis, señor
Cavalcanti?, ¡es preciso pasar por todo!
‑Acabáis de darme una idea ‑dijo gravemente el mayor‑; pondré
al muy bribón en la calle.
Montecristo continuó:
‑«Y al cual no le faltaba más que una cosa para ser dichoso.»
‑¡Oh! ¡Dios mío, sí! una sola ‑‑dijo el mayor suspirando.
‑Encontrar un hijo adorado.»
‑¿Un hijo adorado?
‑Robado en su niñez, o por un enemigo de su noble familia, o por
unas gitanas.
‑¡A la edad de cinco años, caballero! ‑dijo el mayor con un
profundo suspiro y levantando los ojos al cielo.
‑¡Pobre padre! ‑dijo Montecristo.
El conde prosiguió:
‑«Le devuelvo la esperanza, la vida, señor conde, anunciándole
que vos le podéis hacer encontrar este hijo, a quien busca en vano hace quince
años.»
El mayor miró a Montecristo con una inefable expresión de inquietud.
‑Yo puedo hacerlo ‑respondió Montecristo.
El mayor se incorporó.
‑¡Ah, ah! ‑dijo‑ ¿La carta era verdadera?
‑¿Lo dudabais, querido señor Bartolomé?
‑¡No, jamás! ¡Como, un hombre grave, un hombre investido de un
carácter religioso como el abate Busoni, no había de mentir! ¡Pero vos no lo
habéis leído todo, excelencia!
‑¡Ah!, es verdad‑dijo Montecristo‑,hay una posdata.
‑Sí ‑replicó el mayor‑, sí..., hay... una... posdata.
‑«Para no causar al mayor Cavalcanti la molestia de sacar fondos
de casa de su banquero, le envío una letra de dos mil francos para sus gastos
de viaje, y el crédito contra vos de la suma de cuarenta y ocho mil francos.»
El mayor seguía con la mirada esta posdata con visible ansiedad.
‑¡Bueno! ‑dijo Montecristo.
‑Ha dicho bueno ‑murmuró el mayor‑, conque... ‑repuso el mismo.
‑¿Conque?... ‑inquirió el conde.
‑Conque, la posdata...
‑¡Y bien!, la posdata...
‑¿Es acogida por vos de un modo tan favorable como el resto de
la carta?
‑Claro. Ya nos entenderemos el abate Busoni y yo. Vos, según
veo, ¿dabais mucha importancia a esa posdata, señor Cavalcantí?
‑Os confesaré ‑respondió el mayor‑, que confiado en la carta del
abate Busoni, no me había provisto de fondos; de modo que
si me hubiese fallado este recurso, me habría encontrado muy mal
en París.
‑¿Es que un hombre como vos se puede encontrar apurado en alguna
parte? ‑dijo Montecristo.
‑¡Diablo!, no conociendo a nadie... ‑¡Oh!, pero a vos os
conocen... ‑Sí, me conocen; conque...
‑Acabad, querido señor Cavalcanti.
‑¿Conque me entregaréis esos cuarenta y ocho mil francos?
‑Al momento.
El mayor no podía disimular su estupor.
‑Pero sentaos ‑dijo Montecristo‑, en verdad, no sé en qué estoy
pensando..., hace un cuarto de hora que os tengo ahí de pie...
‑No importa, señor conde. ..
El mayor tomó un sillón y se sentó.
‑Ahora ‑dijo el conde‑, ¿queréis tomar alguna cosa? ¿Un vaso de
Jerez, de Oporto, de Alicante?
‑De Alicante, puesto que tanto insistís, es mi vino predilecto.
‑Lo tengo excelente; con un bizcochito, ¿verdad?
‑Con un bizcochito, ya que me obligáis a ello.
Montecristo llamó; se presentó Bautista, y el conde se adelantó
hacia él.
‑¿Qué traéis? ‑preguntó en voz baja.
‑EL joven está ahí ‑respondió en el mismo tono el criado.
‑Bien, ¿dónde le habéis hecho entrar?
‑En el salón azul, como había mandado su excelencia.
‑Perfectamente. Traed vino de Alicante y bizcochos.
Bautista salió de la estancia.
‑En verdad ‑dijo el mayor‑, os molesto de una manera...
‑¡Bah!, ¡no lo creáis! ‑dijo Montecristo.
Bautista entró con los vasos, el vino y los bizcochos.
El conde llenó un vaso y vertió en el segundo algunas gotas del
rubí líquido que contenía la botella cubierta de telas de araña y de todas las
señales que indican lo añejo del vino. El mayor tomó el vaso lleno y un
bizcocho.
El conde mandó a Bautista que colocase la botella junto a su
huésped, que comenzó por gustar el Alicante con el extremo de sus labios, hizo
un gesto de aprobación, a introdujo delicadamente el bizcocho en el vaso.
‑De modo, caballero ‑dijo Montecristo‑, ¿vos vivíais en Luca,
erais rico, noble, gozabais de la consideración general, teníais todo cuanto
puede hacer feliz a un hombre?
‑Todo, excelencia ‑dijo el mayor, comiendo el bizcocho‑, absolutamente
todo.
‑¿Y no faltaba más que una cosa a vuestra felicidad?
‑¡Ay!, una sola‑repuso el mayor.
‑¿Encontrar a vuestro hijo?
‑¡Ah! ‑‑exclamó el mayor tomando un segundo bizcocho‑ eso
únicamente me faltaba.
El digno mayor levantó los ojos al cielo a hizo un esfuerzo para
suspirar.
‑Veamos ahora, señor Cavalcanti ‑dijo Montecristo‑, ¿de dónde os
vino ese' hijo tan adorado? Porque a mí me habían dicho que vos habíais
permanecido en el celibato.
‑Así creía, caballero ‑dijo el mayor‑, y yo mismo...
‑Sí ‑repuso Montecristo‑, y vos mismo habíais acreditado ese
rumor. Un pecado de juventud que vos queríais ocultar a los ojos de todos.
El mayor asumió el aire más tranquilo y más digno que pudo,
mientras bajaba modestamente los ojos, para asegurar su aplomo, o ayudar a su
imaginación, mirando de reojo al conde, cuya sonrisa anunciaba siempre la más
benévola curiosidad.
‑Sí, señor ‑dijo‑; falta que yo quería ocultar a los ojos de
todos.
‑No por vos ‑dijo Montecristo‑, porque un hombre no se inquieta
por esas cosas.
‑¡Oh!, no por mí, ciertamente ‑dijo el mayor sonriendo maliciosamente.
‑Sino por su madre ‑‑dijo el conde.
‑¡Eso es! ‑exclamó el mayor tomando un tercer bizcocho‑, ¡por su
pobre madre!
‑Bebed, querido Cavalcanti ‑dijo Montecristo llenando un tercer
vaso‑; la emoción os embarga.
‑¡Por su pobre madre! ‑murmuró el mayor haciendo los mayores
esfuerzos por humedecer sus párpados con una falsa lágrima.
‑¿Que según tengo entendido, pertenecía a las primeras familias
de Italia?, según creo.
‑¡Patricia de Fiesole, señor conde, patricia de Fiesole!
‑¿Y se llamaba. .. ?
‑¿Deseáis saber su nombre?
‑Es inútil que me lo digáis ‑dijo el conde‑; lo sé yo.
‑El señor conde lo sabe todo ‑dijo el mayor inclinándose.
‑Olivia Corsinari, ¿no es verdad?
‑¡Olivia Corsinari!
‑¿Marquesa...?
‑¡Marquesa!
‑Y finalmente os casasteis con ella, a pesar de la oposición de
la familia...
‑Señor conde, al fin y al cabo me casé. –
¿Y traéis en regla los papeles? ‑repuso Montecristo.
‑¿Qué papeles? ‑preguntó el mayor.
‑Vuestra acta de casamiento con Olivia Corsinari y la fe de bautismo
del niño. ¿No se llamaba Andrés?
‑Creo que sí ‑dijo el mayor.
‑¡Cómo!, ¿no estáis seguro?
‑¡Diantre! , hace mucho tiempo que le he perdido.
‑Es justo ‑dijo Montecristo‑. En fin, ¿traéis todos esos papeles?
‑Señor conde, con gran sentimiento de mi parte, os anuncio que
no sabiendo lo necesarios que eran, se me olvidó traerlos.
‑¡Diablo! ‑exclamó el conde.
‑¿Tanto urgían?
‑Como que son indispensables.
El mayor se rascó la frente.
‑¡Ah! , per Baccho ‑dijo‑, ¡indispensables!
‑Claro está; ¿y si surgiesen aquí algunas dudas acerca de vuestro
casamiento, de la legitimidad de vuestro hijo?
‑Es verdad ‑dijo el mayor‑; podría muy bien suceder.
‑Eso sería muy triste para ese joven.
‑Sería fatal.
‑Pudiera hacerle perder algún magnífico casamiento.
‑O peccato!
‑En Francia, ya comprenderéis, hay en este asunto mucha severidad;
no basta, como en Italia, ir a buscar un sacerdote y decide: nos amamos,
echadnos la bendición. Hay casamiento civil, y para casarse civilmente se
necesitan papeles que hagan Constar la identidad de las personas.
‑Pues ahí está la desgracia; me faltan esos documentos.
‑Por fortuna los tengo yo ‑dijo Montecristo.
‑¿Vos?
‑Sí.
‑¿Que vos los tenéis?
‑Sí.
‑¡Ah! ‑dijo el mayor‑, he aquí una felicidad que yo no esperaba.
‑¡Diantre!, ya lo creo; no se puede pensar en todo a la vez.
‑Otro, felizmente el abate Busoni, ha pensado en ello en lugar
‑¡Oh! , el abate, ¡qué hombre tan amable!
‑¡Es un hombre precavido!
‑Es un hombre admirable ‑dijo el mayor‑; ¿y os los ha enviado?
‑Aquí están.
El mayor juntó las manos en señal de admiración.
‑Os habéis casado con Olivia Corsinari en la iglesia de San
Pablo de Monte Cattini; aquí tenéis el certificado del sacerdote.
‑Sí, a fe mía, éste es ‑dijo el mayor, mirándolo estupefacto.
‑Y ésta es la partida de bautismo de Andrés Cavalcanti, dada por
el cura de Saravezza.
‑Todo está en regla ‑dijo el mayor.
‑Tomad, entonces, estos papeles, que a mí no me hacen ninguna
falta; los entregaréis a vuestro hijo, que los guardará cuidadosamente.
‑¡Ya lo creo... ! ¡Si los perdiese!
‑Si los perdiese, ¿qué? ‑preguntó Montecristo.
‑Sería muy difícil procurarse otros ‑repuso el mayor.
‑Muy difícil, en efecto‑dijo Montecristo.
‑Casi imposible ‑respondió el mayor.
‑Me alegro que comprendáis el valor de esos documentos.
‑Los miro como impagables.
‑Ahora ‑dijo Montecristo‑, en cuanto a la madre del joven...
‑En cuanto a la madre del joven... ‑repitió el mayor lleno de
inquietud.
‑En cuanto a la marquesa Corsinari...
‑¡Dios mío! ‑dijo el mayor, quien a cada palabra se enredaba en
una nueva dificultad‑; ¿tendrían acaso necesidad de ella?
‑No, señor‑repuso Montecristo‑, por otra parte ha...
‑¡Ah, sí! ‑dijo el mayor‑, ha... ‑Pagado su tributo a la
naturaleza.. .
‑¡Ah, sí! ‑dijo vivamente el mayor.
‑Ya lo sé ‑repuso Montecristo‑, murió hace diez años.
‑Y todavía lloro yo su muerte, señor ‑dijo el mayor, sacando de
su bolsillo un pañuelo a cuadros y enjugándose alternativamente primero el ojo
izquierdo, después el derecho.
‑¿Qué queréis? ‑dijo Montecristo‑, todos somos mortales. Ahora,
ya comprenderéis, señor Cavalcanti, que es inútil que en Francia se sepa que
estáis separado desde hace quince años de vuestro hijo. Todas estas historias
de gitanos que roban niños no están en
toga entre nosotros. Vos le habéis enviado a instruirse a un
colegio de provincia, y queréis que acabe su educación en el mundo parisiense.
He aquí por qué habéis salido de Vía Regio, donde vivíais desde la muerte de
vuestra mujer. Esto bastará.
‑¿Lo creéis así?
.‑Así lo creo.
‑Pues entonces, muy bien.
‑Si supiesen algo de esta separación...
‑¡Ah!, sí, ¿qué decía?
‑Que un preceptor infiel, vendido a los enemigos de vuestra familia...
‑¿A los Corsinari?
‑En efecto..., había robado a ere niño para que se extinguiese
vuestro nombre.
‑Exacto, puesto que es hijo único...
‑¡Pues bien!, ahora que todo lo sabéis, ¿sin duda habéis adivinado
que os preparaba una sorpresa?
‑¿Agradable? ‑preguntó el mayor.
‑¡Ah! ‑dijo Montecristo‑, observo que nada se escapa a los ojos
ni al mrazón de un padre.
‑¡Hum! ‑‑exclamó el mayor.
‑¿Os han hecho alguna revelación indiscreta, o habéis adivinado
que estaba aquí?
‑¿Quién?
‑Vuestro hijo, vuestro Andrés.
‑Lo he adivinado ‑respondió el mayor con la mayor flema del
mundo‑‑, ¿de modo que está aquí?
‑Aquí mismo ‑dijo Montecristo‑; al entrar hace poco el criado,
me anunció su llegada.
‑¡Ah!, ¡perfectamente, perfectamente! ‑dijo el mayor cruzando
las manos y arrimándoselas al pecho a cada exclamación.
‑Señor mío, comprendo vuestra emoción ‑dijo Montecristo‑; es
preciso daos tiempo para que os repongáis; quiero también preparar al joven
para esta entrevista tan deseada. Porque yo presumo que no estará menos
impaciente que vos.
Cavalcanti dijo:
‑¡Ya lo creo!
‑¡Pues bien!, dentro de un cuarto de hora estaré con vos.
‑¿Me lo vais a traer? ¿Llevaréis vuestra amabilidad hasta el extremo
de presentármelo?
‑No; yo no quiero colocarme entre un padre y un hijo; estaréis
solos, señor mayor; pero tranquilizaos, en el caso en que no le reconocierais,
os daré algunas señas: es un joven rubio, demasiado rubio, de modales
desenvueltos, esto os bastará.
‑A propósito ‑dijo el mayor‑; sabéis que no traje conmigo más
que los dos mil francos que tuvo la bondad de darme el bueno del abate
Busoni... Con esto he hecho el viaje y...
‑Y necesitáis dinero..., es muy natural, querido señor
Cavalcanti; tomad, aquí tenéis ocho billetes de mil francos para empezar.
Los ojos del mayor brillaron de codicia.
‑Os quedo a deber cuarenta mil francos ‑dijo el conde.
‑¿Quiere vuestra excelencia un recibo? ‑dijo el mayor introduciendo
los billetes en uno de los bolsillos de su chaleco, de una hechura
antiquísima.
‑¿Para qué?
‑Para arreglar vuestras cuentas con el abate Busoni.
‑Ya me daréis un recibo global cuando tengáis en vuestro poder
los cuarenta mil francos que aún no os he dado. Entre hombres honrados, siempre
están de más semejantes precauciones.
‑¡Ah, sí, es verdad ‑dijo el mayor‑, entre hombres honrados!
‑Escuchad ahora una palabrita, marqués.
‑Decid.
‑¿Me permitís una ligera observación?
‑¡Oh, señor conde, os la suplico!
‑Haríais bien en quitaros ese chaleco, que más bien parece una
chupa.
‑¿De veras? ‑dijo el mayor sonriéndose.
‑Sí, eso aún se lleva en Vía Regio; pero en París hace mucho
tiempo que ha pasado esa moda, por elegante que sea.
‑¡Caramba! ‑dijo el mayor‑. Lo haré así.
‑Si queréis, ahora os podéis mudar.
‑¿Pero qué queréis que me ponga?
‑Lo que encontréis en vuestras maletas.
‑¿Cómo en mis maletas?, si no he traído ninguna.
‑Tratándose de vos, no lo dudo. ¿Para qué os habíais de incomodar?
Por otra parte, un antiguo soldado gusta siempre de llevar poco equipaje.
‑Esa es la verdad...
‑Pero vos sois hombre precavido y habéis enviado antes vuestras
maletas. Ayer llegaron a la fonda de los Príncipes, calle de Richelieu. Allí
creo que es donde habéis fijado vuestra morada.
‑Luego, entonces, en esas maletas...
‑Supongo que vuestro mayordomo habrá tenido la precaución de
hacer encerrar en ellas todo lo que necesitéis: trajes de calle,
uniformes. En ciertas circunstancias os vestiréis de uniforme,
es una costumbre establecida aquí. No olvidéis vuestras cruces. De esto se
burlan bastante en Francia, pero todos los que las tienen las llevan.
‑¡Bravo, bravo, bravísimo! ‑exclamó el mayor cada vez más
sorprendido.
‑Y ahora ‑dijo Montecristo‑, ahora que vuestro corazón está
preparado para recibir una fuerte emoción, disponeos, señor Cavalcanti, a
volver a ver a vuestro hijo Andrés.
Y haciendo una gentil inclinación al mayor, desapareció
Montecristo por una puertecita oculta hasta entonces por un tapiz.
Entró en el salón próximo, que Bautista había designado con el
nombre de salón azul, y donde acababa de precederle un joven de maneras
desenvueltas, vestido con elegancia, y a quien un cabriolé de alquiler había
dejado media hora antes a la puerta del palacio.
Bautista no tardó en reconocerle; aquél era el joven de elevada
estatura, de cabellos cortos y rubios, de barba casi roja, ojos negros y una
tez blanquísima que su amo le había descrito.
Al entrar el conde en el salón, el joven estaba muellemente
reclinado en un sofá, dando golpecitos por distración sobre su bota con un
junquito con puño de oro.
Al ver a Montecristo, se levantó vivamente.
‑¿Sois el conde de Montecristo? ‑dijo.
‑El mismo ‑respondió éste‑; ¿y yo tengo el honor de hablar,
según creo, al señor conde de Cavalcanti?
‑El conde Andrés de Cavalcanti ‑repitió el joven acompañando
estas palabras de un saludo lleno de petulancia.
‑Debéis traer una carta de recomendación, supongo ‑dijo
Montecristo.
‑No os he hablado ya de ella a causa de la firma, que me ha
parecido bastante extraña.
‑Simbad el Marino, ¿no es verdad?
‑Exacto, pero como yo no he conocido nunca otro Simbad el Marino
que el de Las mil y una noches...
‑¡Pues bien!, éste es uno de sus descendientes, uno de mis amigos,
muy rico, un inglés más que original, cuyo nombre verdadero es lord Wilmore.
‑¡Ah!, eso ya va aclarando mis dudas ‑‑‑dijo Andrés‑. Entonces
ése es el mismo inglés que yo he conocido... en... sí, ¡muy bien... !
‑Si es verdad lo que me estáis diciendo ‑repuso sonriendo el
conde‑, espero que tengáis la bondad de darme algunos detalles acerca de
vuestra familia..., y de vos.
‑Con mucho gusto, señor conde ‑repuso el joven con una volubilidad
que probaba la solidez de su memoria‑. Yo soy, como habéis dicho, el conde
Andrés Cavalcanti, hijo del mayor Bartolomé Cavalcanti, descendiente de los
Cavalcanti, inscritos en el libro de oro de Florencia. Nuestra familia, aunque
muy rica, puesto que mi padre posee medio millón de renta, ha sufrido bastantes
desgracias, y yo fui raptado a la edad de cinco a seis años, por un ayo infiel,
de suerte que hace quince que no veo al autor de mis días. Desde que entré en
la edad de la razón, desde que soy libre y dueño de mi voluntad, le busco,
pero inútilmente. En fin..., esta carta de vuestro amigo Simbad el Marino me
anuncia que está en París, y me autoriza para dirigirme a vos a recibir
noticias suyas.
‑Desde luego, caballero, todo lo que me contáis es muy interesante
‑dijo el conde, que miraba con sombría satisfacción aquel rostro atrevido, de
una belleza semejante a la del ángel malo‑, y habéis hecho muy bien en
conformaros en todo con la invitación de mi amigo Simbad, porque vuestro padre
está aquí en efecto y os busca.
Desde que entró en el salón, el conde no había cesado de
observar al joven, habiendo admirado la firmeza de su mirada y la seguridad de
su voz; pero a estas palabras tan naturales: vuestro padre está aquí en efecto
y os busca, el joven Andrés se estremeció y exclamó:
‑¡Mi padre! ¿Mi padre, aquí?
‑Sin duda ‑respondió Montecristo‑, vuestro padre, el mayor
Bartolomé Cavalcanti.
La expresión de terror que se pintó en las facciones del joven
se borró inmediatamente.
‑¡Ah!, sí, es verdad ‑dijo‑, el mayor Bartolomé Cavalcanti. ¿Y
decís, señor conde, que está aquí mi querido padre?
‑Sí, señor, aún podría añadir que acabo de separarme de él; que
la historia que me ha contado de su hijo perdido me ha conmovido mucho
realmente; sus dolores, sus temores, sus esperanzas sobre este punto
compondrían un poema sumamente tierno. En fin, un día recibió ciertas noticias
que le anunciaban que los raptores de su hijo le ofrecían devolvérselo mediante
una suma bastante crecida. Pero nada detuvo a este buen padre; la noticia fue
enviada a la frontera del Piamonte, con 'un pasaporte para Italia. ¿Vos
estabais en el Mediodía de Francia, según creo?
‑Sí, señor ‑respondió Andrés con aire confuso‑: sí, yo estaba en
el mediodía de Francia.
‑¿Os esperaba en Niza un carruaje?
‑Eso es, caballero, me llevó de Niza a Génova, de Génova a
Turín, de Turín a Chambery, de Chambery a
Pont de Beauvoisin, y de Pont de Beauvoisin a París.
‑Exacto; esperaba hallaros en el camino, porque era el mismo que
él seguía; por lo mismo fue trazado vuestro itinerario de esta manera.
‑Pero ‑dijo Andrés‑, en el caso de que me hubiese encontrado m¡
querido padre, dudo que me hubiera reconocido: desde que le vi por última vez
he cambiado bastante.
‑¡Oh!, la voz de la sangre ‑‑dijo Montecristo.
‑¡Oh!, sí, es verdad ‑repuso el joven‑, no me acordaba de la voz
de la sangre.
‑Ahora ‑dijo Montecristo‑, una sola cosa inquieta al marqués de
Cavalcanti, y es que vos os habéis alejado de él: cómo habéis sido tratado por
vuestros perseguidores; si han guardado todas las consideraciones debidas a
vuestra cuna; en fin, si no seguís sufriendo a causa de tantos pesares ese
sufrimiento moral, cien veces peor que el sufrimiento físico, alguna debilidad
de las facultades de que os ha dotado la naturaleza, y si vos mismo creéis
poder sostener en el mundo el rango que os corresponde.
‑Caballero ‑balbuceó el joven con turbación‑, espero que ninguna
calumnia...
‑¡Yo...! oí hablar de vos por primera vez a mi amigo Wilmore, el
filantrópico. Supe que os había conocido en una situación bastante triste,
ignoro cuál, y nada le pregunté acerca de esto; no soy curioso. Vuestras
desgracias le han interesado vivamente. Me ha dicho que quería devolveros en el
mundo la posición que habéis perdido, que buscaría a vuestro padre, que le
hallaría; le ha buscado, le ha encontrado, en efecto, según parece, puesto que
está ahí; en fin, ayer me previno vuestra llegada, dándome algunas noticias
relativas a vuestra fortuna. Yo sé que es persona original mi amigo Wilmore,
pero al mismo tiempo como es una mina de oro, y por consiguiente, puede
permitirse tales originalidades sin que le arruinen, he prometido seguir sus
instrucciones. Ahora, caballero, no os ofendáis de una pregunta que voy a
haceros; como habré de patrocinaros, desearía saber si las desgracias que os
han acaecido independientes de vuestra voluntad, y que de ningún modo
disminuyen la consideración que yo os guardo, no os han hecho algo extraño a
este mundo en que vuestra fortuna y vuestro nombre os llaman a figurar tanto.
‑Tranquilizaos, caballero ‑respondió el joven, recobrando su
aplomo a medida que el conde hablaba‑; los raptores que me alejaron de mi
padre, y que sin duda se proponían venderme más tarde, como en efecto hicieron,
calcularon que para sacar más partido de mí, era necesario dejarme todo mi
valor personal y aumentarlo, si era posible; he recibido, pues, una buena
educación, y he sido tratado por los ladrones de niños como lo eran en Asia
los esclavos, a los cuales sus amos les hacían seguir las carreras de médicos,
filósofos, etc., para venderlos después a un precio exorbitante.
Montecristo se sonrió, satisfecho: no había esperado tanto del
señor Andrés Cavalcanti.
‑Por otra parte ‑repuso el joven‑, si hallasen en mí algún
defecto de educación o poco trato social, yo creo que tendrían un poco de
indulgencia, en consideración a las desgracias que han acompañado a mi
nacimiento y a mi juventud.
‑Mirad, conde ‑dijo Montecristo con sencillez‑‑‑, vos haréis lo
que queráis, porque sois muy dueño de hacerlo, pero yo no diría una palabra de
todas esas aventuras; vuestra historia es una novela, y el mundo, que adora las
novelas entre dos cubiertas de papel amarillo, se escama de las encuadernadas
en vitela viva, aunque estén doradas, como podéis estarlo vos. Esta es la
dificultad que yo me adelanto a deciros, señor conde; apenas hayáis contado a
alguien vuestra tierna historia, correrá por el mundo completamente
desnaturalizada. Entonces pasaréis por un expósito. Os veréis obligado a imitar
a Antony, y el tiempo ese de los Antony ha pasado ya. Tal vez así daréis el
golpe por curiosidad, pero no todos gustan de ser blanco de las habladurías y
de los comentarios. Tal vez esto os fatigará.
‑Me parece que tenéis razón, señor conde ‑dijo el joven, palideciendo
a su pesar, bajo las miradas inflexibles de Montecristo‑, ése es un grave
inconveniente.
‑¡Oh!, tampoco hay que exagerar ‑dijo Montecristo‑, porque para
evitar una falta puede que rayarais en la locura. No, es un simple plan de
conducta que se debe tener; para un hombre inteligente como vos, este plan es
tanto más fácil de adoptar cuanto que está conforme a vuestros intereses: será
preciso combatir con honrosas amistades todo lo oscuro que haya podido haber
en vuestro pasado.
Andrés perdió visiblemente su sangre fría.
‑Yo puedo responder de vos ‑dijo Montecristo‑;sin embargo, debo
advertiros que soy un poco desconfiado con mis amigos; así representaría aquí
un papel fuera de mi carácter, como dicen los trágicos, y me expondría a ser
silbado, lo cual no es conveniente.
‑Sin embargo, señor conde ‑dijo Andrés‑, en consideración a lord
Wilmore, que me ha recomendado a vos...
‑Sí, seguramente ‑repuso Montecristo‑; pero lord Wilmore no me
ha ocultado que habíais tenido una juventud algún tanto borrascosa. ¡Oh! ‑dijo
el conde al ver el movimiento que hizo Andrés‑, yo no os pido una confesión;
además, para que no tengáis necesidad de nada, han hecho venir de Luca al señor
marqués de Cavalcanti, vuestro padre. Vais a verlo, es un poco serio, más bien
brusco; pero tan pronto como se sepa que desde la edad de dieciocho años está
al servicio de Austria, todo se le excusará. En fin, es un buen padre, os lo
aseguro.
‑¡Ah!, me tranquilizáis, caballero; estamos separados hace tanto
tiempo, que ningún recuerdo tengo de él.
‑Y, sobre todo, sabéis muy bien que una buena fortuna lo cubre
todo.
‑¿Mi padre es realmente rico, caballero?
‑Millonario...; quinientas mil libras de renta.
‑Entonces ‑preguntó el joven con ansiedad‑, ¿me encontraré en
una posición... agradable?
‑De las más agradables, caballero; os pasa cincuenta mil libras
de renta al año todo el tiempo que permanezcáis en París.
Entonces, permaneceré en París toda mi vida.
‑¡Psch!, ¿quién puede responder de las circunstancias,
caballero? El hombre propone y Dios dispone.
Andrés lanzó un suspiro.
‑Pero, en fin ‑dijo‑, todo el tiempo que yo permanezca en
París..., ¿tendré ese dinero sin falta?
‑¡Oh!, no tengáis el menor recelo...
‑¿Y será mi padre quien me lo proporcione? ‑preguntó Andrés con
inquietud.
‑Sí, pero protegido por lord Wilmore, que os ha abierto un
crédito de cien mil francos al mes en casa del señor Danglars, uno de los
banqueros más fuertes de París.
‑¿Y piensa estar mi padre en París mucho tiempo? ‑volvió a
preguntar Andrés con inquietud.
‑Solamente algunos días ‑respondió Montecristo‑. Su servicio no
le permite ausentarse más que por dos o tres semanas.
‑¡Oh! ¡Querido padre! ‑dijo Andrés, visiblemente encantado de
esta pronta partida.
‑Conque ‑dijo Montecristo, aparentando dejarse engañar en cuanto
al significado de estas palabras‑; conque no quiero retardar el momento de
vuestro encuentro. ¿Estáis preparado a abrazar a ese digno señor Cavalcanti?
‑Supongo que no tendréis la menor duda...
‑¡Pues bien!, entrad en ese salón, mi querido amigo; en él encontraréis
a vuestro padre, que está impaciente por veros.
Andrés hizo un profundo saludo al conde y entró en el salón. El
conde le siguió con la vista, y así que le vio desaparecer, empujó un resorte
que había detrás de un cuadro, el cual, separándose, descubría un agujero
perfectamente dispuesto en la pared, por el cual se veía cuanto ocurría en el
salón.
Andrés cerró la puerta y se adelantó hacia el mayor, que se levantó
apenas oyó el ruido de los pasos del joven conde.
‑¡Padre mío! ‑dijo Andrés en voz bastante alta de modo que lo
pudiese oír el conde a través de la puerta cerrada‑; ¿sois vos?
‑Buenos días, mi querido hijo ‑dijo el mayor con voz grave.
‑Después de tantos años de separación ‑dijo Andrés mirando hacia
la puerta‑, ¡qué dicha la de volvernos a ver... !
‑En efecto, la separación ha sido larga.
‑¿No nos abrazamos, señor?‑repuso Andrés.
‑Como queráis, hijo mío‑dijo el mayor.
Y los dos se abrazaron como suele hacerse en el teatro, es
decir, reposando la cabeza sobre el hombro y enlazando los brazos.
‑¡Al fin, reunidos! ‑dijo Andrés.
‑Así parece ‑dijo el mayor.
‑¿Para no separarnos jamás...?
‑Desde luego; yo creo, mi querido hijo, que vos miráis ahora a
Francia como una segunda patria.
‑Seguramente sentiría mucho tener que abandonar París.
‑Y yo, bien lo comprenderéis, no podría vivir fuera de Luca.
Volveré a Italia en cuanto pueda.
‑Pero, antes de partir, querido padre, me daréis los papeles,
con ayuda de los cuales pueda yo fácilmente hacer constar mi nacimiento.
‑Naturalmente, hijo mío; porque vengo expresamente para eso, y
me ha costado demasiado trabajo el encontraros, a fin de entregároslos. Si
tuviera que buscaros de nuevo, esto bastaría para apresurar el fin de mi
existencia.
‑¿Y esos papeles?
‑Aquí están.
Andrés se apoderó rápidamente del acta de casamiento de su
padre, su certificado de bautismo, y después de haberlo abierto todo con una
avidez muy natural en un buen hijo, recorrió los documentos con una ansiedad
que denotaba el más vivo interés.
No bien hubo concluido, una inefable expresión de alegría brilló
en sus ojos, y mirando al mayor y acompañando sus palabras de una extraña
sonrisa:
‑¡Ah! ‑dijo en excelente toscano‑, ¡se conoce que no hay presidios
en Italia!
El mayor le miró a su vez con estupor.
‑¿Y por qué? ‑dijo.
‑Pues permiten allí fabricar impunemente tales documentos. Sólo
por la mitad de lo que hacéis, querido padre, os enviarían en Francia al
presidio de Tolón.
‑¿Cómo? ‑dijo el mayor, procurando adoptar un aire majestuoso.
‑Querido señor Cavalcanti ‑dijo Andrés agarrando al mayor por un
brazo‑, ¿cuánto os dan porque seáis mi padre?
El mayor quiso hablar, pero Andrés le dijo, bajando la voz:
‑¡Silencio!, voy a daros ejemplo de confianza; a mí me dan cincuenta
mil francos al año por ser vuestro hijo; por consiguiente, ya comprenderéis que
no seré yo quien niegue que sois mi padre.
El mayor miró con inquietud a su alrededor.
‑¡Oh!, tranquilizaos, estamos solos ‑dijo Andrés‑; además
hablamos el italiano.
‑¡Pues bien !, a mí me dan cincuenta mil francos, perfectamente
pagados.
‑Señor Cavalcanti ‑dijo Andrés‑, ¿vos creéis en los cuentos de
hadas?
‑Antes, no; pero ahora fuerza es que crea en ellos.
‑¿Habéis tenido pruebas?
El mayor sacó de su bolsillo un puñado de monedas.
‑Palpables, como veis.
‑¿Os parece que pueda yo contar con las promesas que me han
hecho?
‑Así lo creo.
‑¿Y que las cumplirá ese buen conde?
‑Al pie de la letra; pero ya comprenderéis que para lograr ese
objeto era preciso continuar representando nuestro papel actual.
‑¡Cómo. . . !
‑Yo, de tierno padre...
‑Y yo, de hijo respetuoso.
‑Ya que quieren haceros descender de mí.
‑¿Quién lo quiere. .. ?
‑Diantre, yo no sé nada: los que os han escrito; ¿no habéis
recibido una carta?
‑Sí.
‑¿De quién?
‑De un tal abate Busoni.
‑¿A
quien no conocéis?
‑A quien no he visto en toda mi vida.
‑¿Qué os decía esa carta?
‑¿No me engañáis?
‑Dios me libre de hacerlo; vuestros intereses son los míos.
‑Entonces, leed.
Y el mayor entregó una carta al joven.
»Sois pobre, os espera una vejez desdichada. ¿Queréis haceros,
si no rico, al menos independiente?
»Marchad a París inmediatamente: id a reclamar al señor conde de
Montecristo, Campos Elíseos, número 30, el hijo que habéis tenido de la
marquesa Corsinari, y que os fue robado a la edad de cinco años.
»Este hijo se llama Andrés Cavalcanti.
»Para que no dudéis de la intención que tiene el abajo firmante
de haceros un favor, encontraréis en esta carta:
» 1.° Un billete de 2.400 libras toscanas, pagaderas en casa del
señor Gozzi, en Florencia.
2.° Una carta de recomendación para el señor conde de
Montecristo , en la cual le pido para vos la cantidad de 48.000 francos.
»El 26 de mayo, a las siete de la noche, estaréis sin falta en
casa del conde.
»Firmado,
«Abate
Busoni.»
‑Eso es.
‑¿Cómo eso es? ¿Qué queréis decir? ‑preguntó el mayor.
‑Quiero decir que yo he recibido una carta parecida.
‑¡Vos!
‑Sí, yo.
‑¿Del abate Busoni?
‑No.
‑¿De quién, entonces?
‑De un tal lord Wilmore, que ha tornado el apodo de Simbad el
Marino.
‑¿Y a quien tampoco conocéis?
‑Sí, estoy en este punto más adelantado que vos.
‑¿Le habéis visto?
‑Sí, una vez.
‑¿Dónde?
‑Eso es lo que no podré deciros, porque no lo sé.
‑¿Y qué os decía esa carta?
‑Leed.
«Sois pobre y no debéis esperar más que un porvenir miserable;
¿queréis tener un nombre, ser libre, ser rico?
»Tomad la silla de posta que encontraréis preparada y saldréis
de Niza por la puerta de Génova. Pasad por Turín, Chambery y Pont de
Beauvoisin. Presentaos en casa del señor conde de Montecristo, Campos Elíseos,
número 30, el 23 de mayo, a las siete en punto de la tarde, y preguntadle por
vuestro padre.
» Sois hijo del marqués Bartolomé Cavalcanti y de la marquesa
Leonor Corsinari, como lo declaran los papeles que os serán entregados por el
marqués, y que os permitirán presentaros bajo este nombre en el mundo
parisiense.
»En cuanto a vuestro rango, una renta de 50.000 francos al año
hará que lo sostengáis con decoro.
»Adjunto un billete de 5.000 libras, pagadero en casa del señor
Ferrer, banquero de Niza, y una carta de recomendación para el señor conde de
Montecristo, encargado por mí de proveer a vuestras necesidades.»
«Simbad el
Marino».
¡Hum! ‑exclamó el mayor‑; no puede estar mejor arreglado el
asunto.
‑¿Verdad que sí?
‑¿Habéis visto al conde?
‑Acabo de separarme de él.
‑¿Y lo ha aprobado...?
‑Todo.
‑¿Entendéis algo de esto?
‑Os juro que no.
‑Aquí hay alguien al que quieren jugar una mala pasada.
‑Caso que así fuera, yo no soy, y vos creo que tampoco.
‑Creo que no.
‑¡Y bien!, ¿entonces...?
‑Poco nos importa lo demás.
‑Exacto, eso mismo iba a decir; dejemos rodar la rueda de la
fortuna.
‑Encontraréis en mí un hijo digno de su padre.
‑No esperaba yo menos de vos.
‑Es un gran honor para mí.
Montecristo eligió este momento para entrar en el salón.
Al oír el ruido de sus pasos, padre a hijo se arrojaron en los
brazos uno de otro;.así el conde les encontró tiernamente abrazados.
‑¡Vaya!, señor marqués ‑dijo Montecristo‑, parece que habéis
encontrado un hijo a la medida de vuestros deseos.
‑¡Ah!, ¡señor conde!, la alegría me sofoca.
‑¿Y vos, joven?
‑¡Ah!, ¡señor conde!, ¡es demasiada felicidad!
‑¡Feliz padre!, ¡feliz hijo! ‑dijo el conde.
‑Una sola cosa me entristece ‑‑dijo el mayor‑; y es tener que
marcharme tan pronto de París.
‑¡Oh!, querido señor Cavalcanti ‑dijo Montecristo‑, no partiréis
sin haberos presentado antes a algunos amigos.
‑Estoy a las órdenes del señor conde ‑dijo el mayor.
‑Ahora, veamos, joven, confesaos...
‑¿A quién?
‑A vuestro padre; decidle algo acerca del estado de vuestro bolsillo.
‑¡Ah!, ¡diablo!, tocáis la cuerda sensible.
‑¿Oís, mayor? ‑dijo Montecristo.
‑Desde luego, señor.
‑Sí; ¿pero comprendéis?
‑A las mil maravillas.
‑Vuestro querido hijo dice que necesita dinero.
‑¿Qué queréis que yo le haga?
‑Pues, sencillamente, que se lo deis.
‑¿Yo?
‑Vos.
Montecristo se colocó entre sus dos interlocutores. ‑Tomad ‑dijo
a Andrés deslizándole en la mano un paquete de billetes de Banco.
‑¿Qué es esto?
‑La respuesta de vuestro padre.
‑¿De mi padre?
‑Sí. ¿No decíais que necesitabais dinero?
‑Sí. ¿Y bien?
‑¡Y bien!, me encarga os entregue esto.
‑¿A cuenta de mi renta?
‑No; para vuestros gastos de instalación.
‑¡Oh, querido padre!
‑Silencio ‑dijo Montecristo‑, ya lo veis, no quiere que diga que
esto viene de su mano.
‑Estimo infinitamente esa delicadeza ‑dijo Andrés, metiendo sus
billetes de Banco en el bolsillo del pantalón.
‑Está bien ‑dijo Montecristo‑, ahora podéis retiraros.
‑‑¿Y cuándo tendremos el honor de volver a ver al señor conde? ‑preguntó
Cavalcanti.
‑¡Ah, sí! ‑inquirió Andrés‑, ¿cuándo tendremos ese honor?
‑Si queréis..., el sábado, sí..., eso es..., el sábado. Doy una
comida en mi casa de Auteuil, calle de la Fontaine, número 25, a muchas
personas, y entre otras al señor Danglars, vuestro banquero; os presentaré a
él, es necesario que os conozca a los dos para entregaros después el dinero...
‑¿De gran etiqueta... ? ‑preguntó a media voz el mayor.
‑¡Psch... ! Sí. Uniforme, cruces, calzón corto.
‑¿Y yo? ‑preguntó Andrés.
‑¡Oh!, vos, vestido con sencillez, pantalón negro, botas de charol,
chaleco blanco, frac negro o azul, corbata larga; dirigios a Blin o a Veronique
para vestiros. Si no sabéis las señas de su casa, Bautista os las dará.
Cuantas menos pretensiones afectéis en vuestro traje, siendo rico como sois,
mejor efecto causará. Si compráis caballos, tomadlos en casa de Dereux; si
compráis tílburi, id a casa de Bautista.
‑¿A qué hora podremos presentarnos? ‑preguntó el joven.
‑A eso de las seis y media.
‑Está bien, no dejaremos de ir ‑dijo el mayor tomando su sombrero.
Los dos Cavalcanti saludaron al conde y salieron.
El conde se acercó a la ventana y los vio atravesar el patio
cogidos del brazo.
‑En verdad ‑dijo‑, los dos Cavalcanti... son de los mayores
miserables que he conocido... ¡Lástima que no sean padre a hijo...!
Y tras un instante de sombría reflexión, exclamó:
‑Vamos
a casa de Morrel. ¡Oh!, la repugnancia y el asco me afectan doblemente que el
odio.
Capítulo segundo
La Pradera cercada
Permítanos el lector que le conduzcamos a la pradera próxima a
la casa del señor de Villefort, y detrás de la valla rodeada de castaños,
encontraremos algunas personas conocidas.
Maximiliano había llegado esta vez el primero. También esta vez
fue él quien se asomaba a las rendijas de las tablas, quien acechaba en lo
profundo del jardín una sombra entre los árboles y el crujir de un borceguí
sobre la arena.
Por fin oyó el tan deseado crujido, y en lugar de una sombra,
fueron dos las que se acercaron. La tardanza de Valentina había sido
ocasionada por la señora Danglars y Eugenia, visita que se había prolongado
más de la hora en que era esperada Valentina. Entonces, para no faltar a su
cita, la joven propuso a la señorita Danglars un paseo por el jardín, con la
intención de mostrar a Maximiliano que su tardanza no había sido culpa suya.
El joven lo comprendió todo al punto, con esa rapidez de penetración
particular a los amantes, y su corazón fue aliviado de un gran peso. Por otra
parte, sin acercarse mucho, Valentina dirigió su paseo de modo que Maximiliano
pudiese verla pasar, una y otra vez; y cada vez que lo hacía, una mirada hacia
la valla, que pasó inadvertida a su compañera, pero captada por el joven, le
decía:
‑Tened un poco más de paciencia, amigo, bien veis que no es
culpa mía.
Y Maximiliano, en efecto, tenía paciencia, admirando el
contraste que había entre las dos jóvenes, entre aquella rubia de ojos
lánguidos y de cuerpo esbelto como un hermoso sauce, y aquella morena de mirada
altanera y cuerpo erguido como un álamo: además, en esta comparación entre dos
naturalezas tan opuestas, toda la ventaja, en el corazón del joven por lo
menos, estaba por Valentina.
Por fin, al cabo de media hora larga de paseo, las dos jóvenes
se alejaron. Maximiliano comprendió que la visita de la señorita Danglars iba a
terminarse.
En efecto, pocos momentos después se presentó sola Valentina,
que, temiendo que la espiase alguna mirada indiscreta, andaba lentamente, y en
lugar de dirigirse a la valla, fue a sentarse en un banco, después de haber
mirado con naturalidad cada calle de árboles.
Tomadas estas precauciones, corrió a la valla.
‑Buenos días, Valentina ‑dijo una voz.
‑Buenos días, Maximiliano; os he hecho esperar, ¿pero habéis
visto la causa?
‑Sí, he reconocido a la señorita Danglars; ignoraba que estuvierais
tan relacionada con esa joven.
‑¿Quién os ha dicho que fuésemos muy amigas, Maximiliano?
‑Nadie; pero me lo ha parecido así, por el modo con que le dabais
el brazo y con que hablabais; parecíais dos compañeras de colegio confesándose
mutuamente sus secretos.
‑Es cierto, nos confesábamos nuestros secretos ‑dijo Valentina‑;
ella me decía su repugnancia por su casamiento con el señor de Morcef, y yo que
miraba como una desgracia el casarme con el señor Franz d'Epinay.
‑¡Querida Valentina!
‑Por esto, amigo mío ‑continuó la joven‑, habéis visto esa especie
de intimidad entre Eugenia y yo; porque al hablarle yo del hombre que no puedo
amar, pensaba en el que amo.
‑Cuán buena sois en todo, y poseéis lo que la señorita Danglars
no tendrá jamás; ese encanto indefinible que es en la mujer lo que el perfume
en la flor, lo que el sabor en la fruta; porque no todo en una flor es el ser
bonita, ni en una fruta el ser hermosa.
‑El amor que me profesáis es el que os hace ver las cosas de ese
modo, Maximiliano.
‑No, Valentina; os lo juro. Mirad, os estaba mirando a las dos
hace poco, y os juro por mi honor, que haciendo justicia también a la belleza
de la señorita Danglars, no concebía cómo un hombre pudiera enamorarse de ella.
‑Es que como vos decíais, Maximiliano, yo estaba allí y mi presencia
os hacía ser injusto.
‑No; pero, decidme..., respondedme a una pregunta que proviene
de ciertas ideas que yo tenía respecto a la señora Danglars.
‑¡Oh!, injustas, desde luego, lo digo sin saberlo. Cuando nos
juzgáis a nosotras, pobres mujeres, no debemos esperar ninguna indulgencia.
‑¡Como si las mujeres fueseis muy justas las unas con las otras!
‑Porque casi siempre hay pasión en nuestros juicios. Pero volvamos
a vuestra pregunta.
‑¿La señorita Danglars ama a otro, y por eso teme su casamiento
con el señor de Morcef?
‑Maximiliano, ya os he dicho que yo no era amiga de Eugenia.
‑¡Oh!, pero sin ser amigas, las jóvenes se confían sus secretos,
convenid en que le habéis hecho algunas preguntas sobre ello! ¡Ah!, os veo
sonreír.
‑Si es así, Maximiliano, no vale la pena de tener entre nosotros
esta separación...
‑Veamos, ¿qué os ha dicho?
‑Me ha dicho que no amaba a nadie ‑dijo Valentina‑; que tenía
horror al matrimonio; que su mayor alegría hubiera sido llevar una vida libre a
independiente, y que casi deseaba que su padre perdiese su fortuna para
hacerse artista como su amiga la señorita Luisa de Armilly.
‑¡Ah... !, ya comprendo.
‑¡Y bien... !, ¿qué prueba esto? ‑inquirió Valentina.
‑Nada ‑dijo Maximiliano sonriendo.
‑Entonces ‑preguntó Valentina‑, ¿por qué sois ahora vos quien se
sonríe?
‑¡Ah! ‑dijo Maximiliano‑, tampoco a vos se os escapa detalle,
Valentina.
‑¿Queréis que me aleje?
‑¡Oh!, no, no; pero volvamos a vos.
‑¡Ah!, sí, es verdad, porque apenas tenemos diez minutos para
pasar juntos.
‑¡Dios mío! ‑exclamó Maximiliano consternado.
‑‑‑Sí, Maximiliano, tenéis razón ‑‑‑dijo con melancolía
Valentina‑; y en mí tenéis una pobre amiga. ¡Qué vida os hago llevar, pobre Maximiliano,
a vos, tan digno de ser feliz! Bien me lo echo en cara, creedme.
‑Y bien, ¿qué os importa, Valentina, si yo me considero feliz
así? Si este esperar eterno me parece pagado con cinco minutos de poder veros,
con dos palabras de vuestra boca, y con esa convicción profunda, eterna, de
que Dios no ha creado dos corazones tan en armonía como los nuestros, y que no
los ha reunido milagrosamente, sobre todo, para separarlos.
‑Bien, gracias, esperad por los dos, Maximiliano, siempre es
esto una felicidad.
‑¿Por qué me dejáis hoy tan pronto, Valentina?
‑No sé; la señora de Villefort me ha suplicado que vaya a su
habitación para decirme algo, de lo cual depende mi suerte. ¡Oh! ¡Dios mío!,
que se apoderen de mis bienes, yo soy bastante rica, y después que me dejen
tranquila y libre: vos me amaréis también aunque sea pobre, ¿no es cierto,
Morrel?
‑Yo os amaré siempre, sí: ¿qué me importa la riqueza o la pobreza,
si mi Valentina no se ha de apartar de mi lado? ¿Pero no teméis que vayan a
comunicaros algo concerniente a vuestro casamiento?
‑No lo creo.
‑Sin embargo, escuchadme, Valentina, y no os asustéis, porque
mientras viva no seré jamás de otra mujer.
‑¿Creéis tranquilizarme diciéndome eso, Maximiliano?
‑Perdonad, tenéis razón. ¡Pues bien!, quería decir que el otro
día encontré al señor de Morcef.
‑¿Y qué?
‑El señor Franz es su amigo, como vos sabéis.
‑Sí, bien, ¿qué queréis decir con ello?
‑Pues..., que ha recibido una carta de Franz en la que le
anuncia su próximo regreso.
Valentina palideció, y tuvo que apoyarse en la valla.
‑¡Ah! ¡Dios mío! ‑dijo‑, ¡si así fuese!, pero no, porque entonces
no sería la señorita de Villefort la que me habría avisado.
‑¿Por qué?
‑Porque... no sé..., pero me parece que a la señora de
Villefort, sin oponerse a él francamente, no le agrada este casamiento.
‑¡Oh!, voy a adorar a la señora de Villefort en lo sucesivo.
‑¡Oh!, esperad, Maximiliano ‑dijo Valentina con triste sonrisa.
‑En fin, si ve con malos ojos esa boda, aunque no fuera más que
por desbaratarlo, admitiría tal vez alguna otra proposición.
‑No lo creáis, Maximiliano; no son los maridos lo que rechaza la
señora de Villefort, es el casamiento.
‑¡Cómo!, ¡el casamiento! Si tanto detesta el casamiento, ¿por
qué se ha casado?
‑No me entendéis, Maximiliano; cuando hace un año hablé de retirarme
a un convento, a pesar de las observaciones que me hizo antes, ella había
adoptado mi proposición con gozo, mi padre también lo hubiera consentido, estoy
segura: sólo mi abuelo fue el que me detuvo. No podéis figuraros, Maximiliano,
qué expresión hay en los ojos de ese pobre anciano, que a nadie ama en el mundo
sino a mí; y que Dios me perdone, si es una blasfemia, tampoco es amado de
nadie más que de mí. ¡Si vierais cómo me miró cuando supo mi resolución,
cuántas quejas había en aquella mirada, y cuánta desesperación en aquellas
lágrimas que rodaban por sus inmóviles mejillas! ¡Ah!, Maximiliano, entonces
experimenté una especie de remordimiento, me arrojé a sus pies gritando:
¡perdón, perdón, padre mío!, harán de mí lo que quieran, pero no me separaré de
vos. Levantó entonces los ojos al cielo; Maximiliano, mucho puedo sufrir, pero
aquella mirada de mi abuelo me ha pagado con creces por todos mis sufrimientos.
‑¡Querida Valentina!, sois un ángel, y en verdad, no sé cómo he
merecido la confianza que me dispensáis. Pero, en fin, veamos; ¿qué interés
tiene la señora de Villefort en que no os caséis?
‑¿No habéis oído hace poco que os dije que yo era rica, muy
rica? Tengo por mi madre 50 000 libras de renta; mi abuelo y mi abuela, el
marqués y la marquesa de Saint‑Merán, deben dejarme otro tanto. El señor
Noirtier tiene al menos intenciones visibles de hacerme su única heredera. De
esto resulta que, comparado conmigo, mi hermano Eduardo, que no espera ninguna
fortuna de parte de su madre, es pobre. Ahora bien, la señora de Villefort ama
a este niño con locura, y si yo me hubiese hecho religiosa, toda mi fortuna
recaía en su hijo.
‑¡Oh!, ¡qué extraña es esa codicia en una mujer joven y hermosa!
‑Habéis de daros cuenta que no es por ella, Maximiliano, sino por su hijo, y
que lo que le censuráis como un defecto, es casi una virtud, mirado bajo el
punto de vista del amor maternal.
‑Pero, veamos ‑dijo Morrel‑, ¿y si vos dejaseis gran parte de
vuestra fortuna a vuestro hermano?
‑¿Pero cómo se hace tal proposición, y sobre todo a una mujer
que tiene sin cesar en los labios la palabra desinterés?
‑Valentina, mi amor ha permanecido sagrado siempre, y como todo
lo sagrado, yo lo he cubierto con el velo de mi respeto, lo he encerrado en mi
corazón; nadie en el mundo lo sospecha, ni siquiera mi hermana. ¿Me permitís
confíe a un amigo este amor que no he confiado a nadie en el mundo?
Valentina se estremeció.
‑¿A un amigo? ‑dijo‑ Oh, ¡Dios mío! ¡Maximiliano, me estremezco
sólo al oíros hablar así! ¡A un amigo! ¿Y quién es ese amigo?
‑¿No habéis experimentado alguna vez por alguna persona una de
esas simpatías irresistibles, que hacen que aunque la veis por primera vez,
creáis conocerla después de mucho tiempo, y os preguntéis a vos misma dónde y
cuándo la habéis visto, tanto que, no pudiendo acordaros del lugar ni del
tiempo, lleguéis a creer que fue en un mundo anterior al nuestro, y que esta
simpatía no es más que un recuerdo que se despierta?
‑Sí, ¡oh!, sí.
‑¡Pues bien!, eso fue lo que yo experimenté la primera vez que
vi a ese hombre extraordinario.
‑¿Un hombre extraordinario?
‑Sí.
‑¿Le conocéis desde hace mucho tiempo?
‑Apenas hará unos ocho días.
‑¿Y llamáis amigo vuestro a una relación de sólo ocho días?
¡Oh!, Maximiliano, os creía más avaro de ese hermoso nombre de amigo.
‑Tenéis razón, Valentina; pero, decid lo que queráis, nada me
hará cambiar este sentimiento instintivo. Yo creo que este hombre ha de
intervenir en todo lo bueno que envuelva mi porvenir, que parece leer su mirada
profunda y su poderosa mano dirigir.
‑¿Es adivino, por ventura? ‑dijo sonriendo Valentina.
‑A fe mía ‑dijo Maximiliano‑, casi estoy tentado por creer que
adivina... sobre el bien.
‑¡Oh! ‑dijo Valentina sonriendo tristemente‑, mostradme a ese
hombre, Maximiliano, sepa yo de él si seré bastante amada para
cuanto he sufrido.
‑¡Pobre amiga!, vos sabéis quién es...
‑¿Yo?
‑Sí.
‑¿Cómo se llama?
‑Es el mismo que ha salvado la vida a vuestra madrastra y a su
hijo.
‑¡El conde de Montecristo!
‑El mismo.
‑¡Oh! ‑exclamó Valentina‑, nunca será mi amigo, lo es demasiado
de mi madrastra.
‑¡El conde, amigo de vuestra madrastra, Valentina! Mi instinto
no puede fallar hasta este punto: estoy seguro de que os engañáis.
‑¡Oh!, si supieseis, Maximilíano..., pero no es Eduardo quien
reina en la casa, es el conde, estimado por la señora Villefort, que le considera
como el compendio de los conocimientos humanos; admirado de mi padre, que,
según dice, no ha oído nunca formular con más elocuencia ideas más elevadas;
idolatrado de Eduardo, que, a pesar de su miedo a los grandes ojos negros del
conde, corre a su encuentro apenas le ve venir, y le abre la mano, donde
siempre halla algún admirable juguete: El señor de Montecristo no está aquí en
casa de mi padre; el señor de Montecristo no está aquí en casa de la señora de
Villefort; el señor de Montecristo está en su casa.
‑Pues bien, querida Valentina, si las cosas son como decís, ya
debéis sentir o sentiréis los efectos de su presencia. Si encuentra a Alberto
de Morcef en Italia, es para librarle de las manos de los bandidos; ve a la
señora Danglars, y es para hacerle un regio regalo; vuestra madrastra y
vuestro hermano pasan por delante de la puerta de su casa, y es para que su
esclavo nubio les salve la vida. Este hombre ha recibido evidentemente el poder
de influir sobre los acontecimientos, sobre los hombres y sobre las cosas;
jamás he visto gustos más sencillos unidos a una magnificencia tan soberana.
Su sonrisa es tan dulce cuando me sonríe a mí, que olvido cuán amarga la
encuentran otros. ¡Oh!, decidme, Valentina, ¿os ha sonreído a vos? ¡Oh!, si lo
ha hecho así, seréis feliz.
‑Yo ‑dijo la joven‑, ¡oh, Dios mío!, ni siquiera me mira, Maximiliano,
o más bien, si paso por casualidad por su lado, vuelve los ojos a otra parte.
¡Oh!, no es generoso, o no posee esa mirada profunda que lee en los corazones
y que vos le suponéis; porque si la tuviese, habría visto que yo soy muy
desdichada; porque si hubiera sido generoso, al verme sola y triste en medio de
esta casa, me habría protegido con esa influencia que ejerce; y puesto que él
representa, según vos decís, el papel del sol, habría calentado mi corazón con
uno de sus rayos. Decís que os ama, Maximiliano, ¡oh, Dios mío!, ¿qué sabéis
vos? Los hombres siempre ponen rostro risueño a un oficial de cinco pies y ocho
pulgadas como vos, que tiene un buen bigote y un gran sable, pero no hacen caso
de una pobre mujer que no sabe más que llorar.
‑¡Oh, Valentina!, os engañáis, os lo juro.
‑De no ser así, Maximiliano; si me tratase diplomáticamente, es
decir, como un hombre que de un modo a otro quiere aclimatarse en la casa, una
vez, aunque no fuese más, me hubiera honrado con esa sonrisa que tanto me
ponderáis, pero no; me ha visto desdichada, comprende que no puedo serle útil
en nada, y no fija la atención en mí. ¿Quién sabe si para hacer la corte a mi
padre, a la señora de Villefort o a mi hermano, no me perseguirá siempre que
pueda? Veamos, francamente, Maximiliano, yo no soy una mujer que se deba despreciar
así, sin razón, vos me lo habéis dicho. ¡Ah, perdón! ‑continuó la joven al ver
la impresión que causaban en Maximiliano estas palabras‑. Hago mal, muy mal en
deciros acerca de ese hombre cosas que ni siquiera sospechaba tener en el
corazón. Mirad, no niego que exista esa influencia de que me habláis, y que
hasta la ejerce sobre mí; pero, si la ejerce, es de un modo pernicioso y que
corrompe, como veis, los buenos pensamientos.
‑Está bien, Valentina ‑dijo Morrel dando un suspiro‑; no hablemos
más de esto; no le diré nada.
‑¡Ay!, amigo mío ‑dijo Valentina‑; os aflijo mucho, ya lo veo.
¡Oh!, ¡y no poder estrechar vuestra mano para pediros perdón!, pero convencedme
al menos, sólo os pido eso; decidme: ¿qué ha hecho por vos ese conde de
Montecristo?
‑Confieso que me ponéis en un aprieto preguntándome qué es lo
que el conde ha hecho por mí; nada, bien lo sé, como que mi afecto hacia él es
instintivo y nada tiene de fundado. ¿Ha hecho acaso algo por mí el sol que me
alumbra? No; me calienta y os estoy viendo a su luz.
-¿Ha hecho algo por mí este o el otro perfume? No; su olor
recrea agradablemente uno de mis sentidos; nada más tengo que decir cuando me
preguntan por qué pondero este perfume; mi amistad hacía él es extraña, como la
suya hacia mí. Una voz secreta me advierte que hay más que casualidad en esta
amistad recíproca a imprevista. Casi encuentro una relación en sus pequeñas
acciones, en sus más secretos pensamientos, con mis acciones y mis
pensamientos. Os vais a reír de mí, Valentina; pero desde que conozco a ese
hombre, se me ha ocurrido la idea absurda de que todo el bien que me suceda no
puede proceder de nadie más que de él. Sin embargo, he vivido treinta años sin
este protector, ¿no es verdad?, no importa; mirad un ejemplo: él me ha
convidado a comer para el sábado, ¿no es verdad?, nada más natural en el punto
de amistad en que nos hallamos. Pues bien; ¿qué he sabido después? Vuestro
padre está invitado a esta comida, vuestra madre también irá. Yo me encontraré
con ellos, ¿y quién sabe lo que resultará de esta entrevista? Estas son
circunstancias muy sencillas en apariencia; sin embargo, yo veo en esto una
cosa que me asombra; tengo en ello una confianza extremada. Yo pienso que el
conde, ese hombre singular que todo lo adivina, ha querido buscar una ocasión
para presentarme a los señores de Villefort; y algunas veces, os lo juro,
procuro leer en sus ojos si ha adivinado nuestro amor.
‑Amigo mío ‑dijo Valentina‑, os tomaría por visionario, y temería
realmente por vuestra razón, si no escuchase tan buenos razonamientos. ¡Cómo!
, ¿creéis que no es casualidad ese encuentro? En verdad, reflexionadlo bien. Mi
padre, que no sale nunca, ha estado a punto de rehusar esa invitación más de
diez veces; pero la señora de Villefoi t, que está ansiosa por ver en su casa a
ese hombre extraordinario, obtuvo con mucho trabajo que la acompañase. No, no,
creedme, excepto a vos, Maximiliano, no tengo a nadie a quien pedir que me
socorra en este mundo, más que a mi abuelo, un cadáver.
‑Veo que tenéis razón, Valentina, y que la lógica está en favor
vuestro ‑dijo Maximiliano‑; pero vuestra dulce voz tan poderosa siempre para
mí, hoy no me convence.
‑Ni la vuestra a mí tampoco ‑repuso Valentina‑, y confieso que
como no tengáis más ejemplos que citarme...
‑Uno tengo ‑dijo Maximiliano vacilando un poco‑; pero, en
verdad, Valentina, me veo obligado a confesarlo, es más absurdo que el primero.
‑Tanto peor‑dijo Valentina sonriendo.
‑Y con todo ‑prosiguió Morrel‑, no es menos concluyente para mí,
hombre de inspiración y sentimiento que en diez años que hace que sirvo en el
ejército, he debido la vida varias veces a uno de esos instintos que os dicen
que hagáis un movimiento hacia atrás o hacia adelante para que la bala que
debía mataros pase más alta o más ladeada.
‑Querido Maximiliano, ¿por qué no atribuir a mis oraciones ese
alejamiento de las balas? Cuando estáis fuera, no es por mí por quien ruego a
Dios y a mi madre, sino por vos.
‑Sí, desde que os conozco ‑dijo Morrel sonriendo‑; pero ¿para
quién rezabais antes de que os conociese, Valentina?
‑Veamos, puesto que nada queréis deberme, ingrato, volvamos a
ese ejemplo que vos mismo confesáis que es absurdo.
‑¡Pues bien!, mirad por las rendijas de las tablas aquel caballo
nuevo en que he venido hoy.
‑¡Oh, qué hermoso animal! ‑exclamó Valentina‑. ¿Por qué no lo
habéis traído junto a la valla para contemplarlo mejor?
‑En efecto, como veis, es un animal de gran valor ‑dijo Maximiliano‑.
¡Bueno! Vos sabéis que mi fortuna es limitada. ¡Pues bien!, yo había visto en
casa de un tratante de caballos ese magnífico Medeah. Pregunté cuánto valía, me
respondieron que cuatro mil quinientos francos; como comprenderéis, yo me
abstuve de comprarlo por algún tiempo, y me fui, lo confieso, bastante
entristecido, porque el caballo me miró con ternura, y me había acariciado con
su cabeza. Aquella misma tarde se reunieron en mi casa algunos amigos, el señor
de Chateau‑Renaud, el señor Debray, y otros cinco o seis malas cabezas, que
vos tenéis la dicha de no conocer ni aun de nombre. Propusieron que se jugase
un poco, yo no juego nunca, porque no soy rico para poder perder. Pero, en fin,
estaba en mi casa, y no tuve más remedio que ceder. Cuando íbamos a empezar,
llegó el conde de Montecristo , ocupó su lugar, jugaron y yo gané; apenas me
atrevo a confesarlo. Valentiná, gané cinco mil francos. Nos separamos a
medianoche. No pude contenerme, tomé un cabriolé, a hice que me condujeran a
casa de mi tratante en caballos. Palpitábame el corazón de alegría. Llamé, me
abrieron; apenas vi la puerta abierta, me lancé a la cuadra, miré al pesebre.
¡Oh, qué suerte! Medeah estaba allí, salté sobre una silla que yo mismo le
puse, le pasé la brida, prestándose a todo Medeah con la mejor voluntad del
mundo. Entregando después los 4500 francos al dueño del caballo, salgo y paso
la noche dando vueltas por los Campos Elíseos. He visto luz en una ventana de
la casa del conde, más aún, me pareció ver su sombra detrás de las cortinas...
Ahora, Valentina, juraría que el conde ha sabido que yo deseaba poseer aquel
caballo y que ha perdido expresamente para que yo pudiese comprarlo.
‑Querido Maximiliano ‑dijo Valentina‑, sois demasiado fantástico...
¡Oh!, no me amaréis mucho tiempo..., un hombre así se cansaría pronto de una
pasión monótona como la nuestra... ¡Pero, gran Dios!, ¿no oís que me llaman?
‑¡Oh! ¡Valentina! ‑dijo Maximiliano‑, no, la rendija de las
tablas..., dadme un dedo vuestro siquiera para que lo bese.
‑Maximiliano, hemos dicho que seríamos el uno para el otro; dos
voces, dos sombras.
‑¡Ah...!, como gustéis, querida Valentina.
‑¿Quedaréis contento si hago lo que me pedís?
‑¡Oh!, ¡sí!, ¡sí!, ¡sí...!
Valentina subió sobre un banco, y pasó, no un dedo, sino toda su
mano por encima de las tablas.
El joven lanzó un grito de alegría, y subiéndose a su vez sobre
las tablas, se apoderó de aquella mano adorada, y estampó en ella sus labios
ardientes; pero al punto la delicada mano se escabulló de entre las suyas, y el
joven oyó correr a Valentina, asustada tal vez de la sensación que acababa de
experimentar.
Ahora veremos lo que había pasado en casa del procurador del rey
después de la partida de la señora Danglars y de su hija, y durante la
conversación que acabamos de referir.
El procurador del rey había entrado en la habitación ocupada por
su padre, seguido de su esposa; en cuanto a Valentina ya sabemos dónde estaba.
Después de haber saludado al anciano los dos esposos, y
despedido a Barrois, antiguo criado que hacía más de veinte años que servía en
la casa, tomaron asiento a su lado.
El anciano paralítico, sentado en su gran sillón con ruedas,
donde le colocaron por la mañana y de donde le sacaban por la noche delante de
un espejo que reflejaba toda la habitación y le permitía ver, sin hacer un
movimiento imposible en él, quién entraba en su cuarto y quién salía: el señor
Noirtier, inmóvil como un cadáver, contemplaba con ojos inteligentes y vivos a
sus hijos, cuya ceremoniosa reverencia le anunciaba que iban a dar algún paso
oficial inesperado.
La vista y el oído eran los dos únicos sentidos que animaban
aún, como dos llamas, aquella masa humana, que casi pertenecía a la rumba; mas
de estos dos sentidos uno solo podía revelar la‑ vida interior que animaba a la
estatua, y la vista, que revelaba esta vida interior se asemejaba a una de esas
luces lejanas que durante la noche muestran al viajero perdido en un desierto
que aún hay un ser viviente que vela en aquel silencio y aquella oscuridad.
Así, pues, en aquellos ojos negros del anciano Noirtier, cuyas
cejas negras contrastaban con la blancura de su larga cabellera, se habían
concentrado toda la actividad, toda la vida, toda la fuerza, toda la
inteligencia, que antes poseía aquel cuerpo; pero aquellos ojos suplían a todo;
él mandaba con los ojos, daba gracias con los ojos también, era un cadáver con
los ojos animados, y nada era más espantoso a veces que aquel rostro de
mármol, cuyos ojos expresaban unas veces la cólera, otras la alegría; tres
personas únicamente sabían comprender el lenguaje del pobre paralítico:
Villefort, Valentina y el antiguo criado de que hemos hablado.
Sin embargo, como Villefort no le veía sino muy rara vez, y por
decirlo así, cuando no tenía otro remedio, como cuando le veía no procuraba
complacerle comprendiéndole, toda la felicidad del anciano reposaba en su
nieta, y Valentina había logrado, a fuerza de cariño y constancia, comprender
por la mirada todos los pensamientos del anciano; a este lenguaje mudo que otro
cualquiera no habría podido entender, respondía con toda su voz, toda su fisonomía,
toda su alma, de suerte que se entablaban diálogos animados entre aquella joven
y aquel cadáver, que era, sin embargo, un hombre de inmenso talento, de una
penetración inaudita, y de una voluntad tan poderosa como puede serlo el alma
encerrada en una materia por la cual ha perdido el poder de hacerse obedecer.
Valentina había resuelto el extraño problema .de comprender el
pensamiento del anciáno y hacerle que entendiera el suyo; y gracias a este
estudio, ni siquiera una palabra dejaban de comprender tanto el uno como el
otro.
Por lo que al criado se refiere, después de veinticinco años, según
hemos dicho, servía a su amo, por lo cual conocía tan bien todas sus
costumbres, que rara vez tenía que pedirle algo Noirtier.
De consiguiente, no necesitaba Villefort de los socorros ni de
uno ni de otro para entablar con su padre la extraña conversación que venía a
provocar. También él conocía el vocabulario del anciano, y si no se servía de
él con más frecuencia, era por pereza o por indiferencia. Decidió, pues, que
Valentina bajara al jardín, alejó a Barrois, y después de haber tomado asiento
a la derecha de su padre, mientras que la señora de Villefort se sentaba a la
izquierda, dijo:
‑Señor, no os admiréis de que Valentina no haya subido con nosotros,
y que yo haya mandado alejar a Barrois, porque la conversación que vamos a
tener juntos es de esas que no pueden tenerse delante de una joven o de un
criado; la señora de Villefort y yo tenemos que comunicaros algo importante.
El rostro de Noirtier permaneció impasible durante este preámbulo;
en vano procuró Villefort penetrar los pensamientos profundos del anciano en
aquel momento.
‑Y estamos seguros ‑continuó el procurador del rey, con aquel
tono que parecía no sufrir ninguna contradicción‑ de que os agradará.
El anciano sejuía impasible, si bien no perdía una sola palabra.
‑Caballero ‑repuso Villefort‑, casamos a Valentina.
Una figura de cera no permanecería más fría que el rostro del anciano
al oír esta noticia.
‑La boda se efectuará dentro de tres semanas ‑repuso Villefort.
Los ojos del anciano siguieron tan inanimados como antes.
La señora de Villefort tomó a su vez la palabra, y se apresuró a
añadir:
‑Creímos que esta noticia sería de algún interés para vos,
señor; por otra parte, Valentina ha parecido merecer siempre vuestro afecto;
solamente nos resta deciros el nombre del joven que le ha sido destinado. Es
uno de los mejores partidos a que puede aspirar: una buena fortuna y perfectas
garantías de felicidad en la conducta y los gustos del que le destinamos, y
cuyo nombre no puede seros desconocido. Se trata del señor Franz de Quesnel,
barón d'Epinay.
Durante estas palabras de su mujer, Villefort fijaba sobre el
anciano una mirada más atenta que nunca. Cuando la señora de Villefort
pronunció el nombre de Franz, los ojos de Noirtier se estremecieron, y
dilatándose los párpados como hubieran podido hacerlo los labios para dejar
salir una palabra, dejaron salir una chispa.
El procurador del rey que conocía las antiguas enemistades
políticas que habían existido entre su padre y el padre de Franz, comprendió
este fuego y esta agitación; pero, sin embargo, disimuló, y volviendo a tomar
la palabra donde la había dejado su mujer:
‑Señor ‑dijo‑, es muy importante que, próxima como se encuentra
Valentina a cumplir los diecinueve años, se piense en establecerla. No
obstante, no os hemos olvidado en nuestras deliberaciones, y nos hemos
asegurado de antemano de que el marido de Valentina aceptaría vivir, si no a
nuestro lado, porque tal vez incomodaríamos a unos jóvenes esposos, al menos
con vos, a quien tanto cariño profesa Valentina, cariño al que parecéis
corresponder: es decir, que vos viviréis a su lado, de suerte que no perderéis
ninguna de vuestras costumbres, con la diferencia de que tendréis a dos hijos
en vez de uno, para que os cuiden.
Los ojos de Noirtier se inyectaron en sangre.
Algo espantoso debía pasar en el alma de aquel anciano, seguramente
el grito del dolor y la cólera subía a su garganta, y no pudiendo estallar, le
ahogaba, porque su rostro enrojecía y sus labios se amorataron.
Villefort abrió tranquilamente una ventana, diciendo:
‑Mucho calor hace aquí, y este calor puede hacer daño al señor
de Noirtier.
Después volvió, pero ya no se sentó.
‑Este casamiento ‑añadió la señora de Villefort‑ es del agrado
del señor d'Epinay y de su familia, que se compone solamente de un tío y de una
tía. Su madre murió en el momento de darle a luz, y su padre fue asesinado en
1815, es decir, cuando el niño contaba dos años de edad; de consiguiente, esta
boda depende de su voluntad.
‑Asesinato misterioso ‑dijo Villefort‑, y cuyos autores han
permanecido desconocidos, aunque las sospechas han parecido recaer sobre muchas
personas.
Noirtier hizo tal esfuerzo, que sus labios se contrajeron como
para esbozar una sonrisa.
‑Ahora, pues ‑continuó Villefort‑, los verdaderos culpables, los
que saben que han cometido el crimen, aquellos sobre los cuales puede recaer
durante su vida la justicia de los hombres y la justicia de Dios después de su
muerte, serían felices en hallarse en nuestro lugar y tener una hija que
ofrecer al señor Franz d'Epinay para apagar hasta la apariencia de la
sospecha.
Noirtier se había calmado con una rapidez que no era de esperar
de aquella organización tan febril.
‑Sí, comprendo ‑respondió con la mirada a Villefort, y aquella
mirada expresaba el desdén profundo y la cólera inteligente.
Villefort, por su parte, respondió a esta mirada encogiéndose
ligeramente de hombros.
Luego hizo señas a la señora de Villefort de que se levantase.
‑Ahora, caballero ‑dijo la señora de Villefort‑, recibid todos
mis respetos. ¿Queréis que venga a presentaros los suyos Eduardo?
Se había convenido que el anciano expresase su aprobación cerrando
los ojos, su negativa cerrándolos precipitadamente y repetidas veces, y cuando
miraba al cielo era que tenía algún deseo que expresar.
Cuando quería llamar a Valentina cerraba solamente el ojo
derecho.
Si quería llamar a Barrois, el ojo izquierdo.
A la proposición de la señora de Villefort, guiñó los ojos
repetidas veces.
La señora de Villefort se mordió los labios.
‑¿Queréis que os envíe a Valentina? ‑‑‑dijo.
‑Sí ‑expresó el anciano al cerrar los ojos.
Los señores de Villefort saludaron y salieron, dando en seguida
la orden de que llamasen a Valentina.
Transcurridos unos breves instantes, ésta entró en la habitación
del señor Noirtier, con las mejillas aún coloradas por la emoción. No necesitó
más que una mirada para comprender cuánto sufría su abuelo, cuántas cosas tenía
que decirle.
‑¡Oh!, buen papá ‑exclamó‑, ¿qué lo ha pasado?, ¿te han hecho
enfadar?, estás enojado, ¿verdad?
‑Sí ‑dijo cerrando los ojos.
‑¿Contra quién?, ¿contra mi padre?, no; ¿contra la señora de Villefort?,
¿contra mí?
‑¡Contra mí! ‑exclamó Valentina asombrada.
El anciano hizo señas de que sí.
‑¿Y qué lo he hecho yo, querido y buen papá? ‑exdamó Valentina.
El anciano renovó las señas.
Ninguna respuesta; entonces continuó la joven.
‑Yo no lo he visto hoy aún..., ¿te han contado algo de mí?
‑Sí ‑dijo la mirada del anciano con viveza.
‑Veamos. ¡Dios mío!, lo juro..., abuelito... ¡Ah!, los señores
de Villefort acaban de salir, ¿no es verdad?
‑Sí.
‑¿Y son ellos los que han dicho esas cosas que tanto lo han
enojado...? ¿Qué es...? ¿Quieres que se lo vaya a preguntar?
‑No, no ‑dijo la mirada.
‑¡Oh!, me asustas. ¡Qué han podido decirte, Dios mío! ‑y comenzó
a reflexionar.
‑¡Ah!, ya caigo ‑dijo bajando la voz y acercándose al anciano‑.
¿Han hablado tal vez de mi casamiento?
‑Sí ‑replicó la mirada enojada.
‑Comprendo; me reprochas mi silencio. ¡Oh!, mira, es porque me
habían recomendado que no lo dijese nada; tampoco a mí me habían hablado de
ello, y en cierto modo yo he sorprendido este secreto por indiscreción: he aquí
por qué he sido tan reservada contigo. ¡Perdóname, mi buen papá Noirtier!
No obstante, la mirada parecía decir:
‑No es tan sólo lo casamiento lo que me aflige.
‑¿Pues qué es? ‑preguntó la joven‑, ¿tú crees tal vez que yo lo
abandonaría, buen papá, y que mi casamiento me haría olvidadiza?
‑No ‑dijo el anciano.
‑¿Te han dicho entonces que el señor d'Epinay consentía en que
permaneciésemos juntos?
‑Sí.
‑¿Por qué estás enojado, entonces?
Los ojos del anciano tomaron una expresión de dulzura infinita.
‑Sí, comprendo ‑dijo Valentina‑, porque me amas.
El anciano hizo señas de que sí.
‑¡Y temes que sea desgraciada!
‑Sí.
‑¿Tú no quieres al señor Franz?
Los ojos repitieron tres o cuatro veces:
‑No, no, no.
‑¡Entonces debes de sufrir mucho, buen papá!
‑Sí.
‑¡Pues bien!, escucha ‑dijo Valentina, arrodillándose delante de
Noirtier, y pasándole sus brazos alrededor de su cuello‑, yo también tengo un
gran pesar, porque tampoco amo al señor Franz d'Epinay.
Una expresión de alegría se reflejó en los ojos del anciano.
‑Cuando quise retirarme al convento, recuerda que lo enfadaste
mucho conmigo, ¿verdad?
Los ojos del anciano se humedecieron.
‑¡Pues bien! ‑continuó Valentina‑, sólo era para librarme de
este casamiento, que causa mi desesperación.
Noirtier estaba cada vez más conmovido.
‑¿También a ti lo disgusta esta boda, abuelito? ¡Oh, Dios mío!
Si tú pudieses ayudarme, abuelito, si los dos pudiésemos romper ere proyecto.
Pero no puedes hacer nada contra ellos; ¡tú, que tienes un espíritu tan vivo y
una voluntad tan fume!, pero cuando se trata de luchar eres tan débil y aún más
débil que yo. ¡Ay!, tú hubieras sido para mí un protector muy poderoso en los
días de lo fuerza y de lo salud; pero hoy no puedes hacer más que comprenderme
y regocijarte o afligirte conmigo; ésta es la última felicidad que Dios se ha
olvidado de arrebatarme junto con las otras.
Al oír estas palabras, hubo tal expresión de malicia y sagacidad
en los ojos de Noirtier, que la joven creyó leer en ellos estas otras:
‑Te engañas, aún puedo hacer mucho por ti.
‑¿Puedes hacer algo por mí, abuelito? ‑dijo Valentina.
‑Sí.
Noirtier levantó los ojos al cielo. Esta era la señal convenida
entre él y Valentina cuando deseaba algo.
‑¿Qué quieres, querido papá? ¡Veamos!
Valentina reflexionó un instante, y luego expresó en voz alta
sus pensamientos a medida que iban acudiendo a su imaginación, y viendo que a
todo respondía su abuelo ¡no!
‑Pues, señor ‑dijo‑, recurramos al gran medio, soy una torpe.
Entonces recitó una tras otra todas las letras del alfabeto,
desde la A hasta la N, mientras que sus ojos interrogaban la expresión de los
del paralítico: al pronunciar la N, Noirtier hizo señas afirmativas.
‑¡Ah! ‑dijo Valentina‑, lo que deseáis empieza por la letra N,
bien. Veamos qué letra ha de seguir a la N: na, ne, ni, no...
‑Sí, sí, sí ‑expresó el anciano.
‑¡Ah!, ¿conque es no?
‑Sí.
La joven fue a buscar un gran diccionario, que colocó sobre un
atril delante de Noirtier; abriólo, y cuando hubo visto fijar en las hojas la
mirada del anciano, su dedo recorrió rápidamente las columnas de arriba abajo.
Después de seis años que Noirtier había caído en el lastimoso estado en que se
hallaba, la práctica continua le había hecho tan fácil este manejo, que
adivinaba tan pronto el pensamiento del anciano como si él mismo hubiese
podido buscar en el diccionario.
A la palabra notario, Noirtier le hizo señas de que se parase.
‑Notario ‑dijo‑, ¿quieres un notario, abuelito?
‑Sí ‑exclamó el paralítico.
‑¿Debe saberlo mi padre?
‑Sí.
‑¿Tienes prisa porque vayan en busca del notario?
‑Sí.
‑Pues entonces le enviaremos a llamar inmediatamente. ¿Es eso
todo lo que quieres?
‑Sí.
La joven corrió a la campanilla y llamó a un criado para
suplicarle que hiciese venir inmediatamente a los señores de Villefort al cuarto
de su padre.
‑¿Estás contento? ‑dijo Valentina‑. Sí..., lo creo, bien..., ¡no
era muy fácil de adivinar eso!
Y Valentina sonrió mirando a su abuelo como lo hubiera hecho con
un niño.
El señor de Villefort entró, precedido de Barrois.
‑¿Qué queréis, caballero? ‑preguntó al paralítico.
‑Señor, mi abuelo desea que se mande llamar a un notario.
Ante este deseo extraño a inesperado, el señor de Villefort
cambió una mirada con el paralítico.
‑Sí ‑dijo este último con una firmeza que indicaba que con ayuda
de Valentina y de su antiguo servidor, que sabía lo que deseaba, estaba pronto
a sostener la lucha.
‑¿Pedís un notario? ‑repitió Villefort‑. ¿Para qué?
Noirtier no respondió.
‑¿Y para qué necesitáis un notario? ‑preguntó de nuevo Villefort.
La mirada del paralítico permaneció inmóvil, y por consiguiente
muda, lo cual quería decir: Persísto en mi voluntad.
‑¿Para jugarnos alguna mala pasada? ‑dijo Villefort‑; no podía
saber...
‑Pero, en fin ‑dijo Barroís, pronto a insistir con la perseverancia
propia de los criados antiguos‑, sí el señor desea que venga un notario, será
porque tiene necesidad de él. Así, pues, voy a buscarle.
Barrois no reconocía otro amo más que Noirtier, y no permitía
nunca que su voluntad fuese contrariada.
‑Sí, quiero un notario ‑‑dijo el anciano, cerrando los ojos con
una especie de desconfianza, y como si hubiese dicho:
‑Veamos si se me niega lo que pido.
‑Vendrá un notario, puesto que os empeñáis, pero yo me disculparé
con él, y también tendré que disculparos a vos, porque la escena va a ser muy
ridícula.
‑No importa ‑dijo Barrois‑, yo voy a buscarle; ‑y el antiguo
criado salió triunfante.
En el instante en que salió Barrois, Noirtier miró a Valentina
con aquel interés malicioso que anunciaba tantas cosas. La joven comprendió
esta mirada y Villefort también, porque su frente se oscureció y sus cejas se
fruncieron.
Tomó una silla y se instaló en .el cuarto del paralítico. El
anciano lo miraba con una perfecta indiferencia, pero había mandado a Valentina
de reojo que no se inquietase y que se quedara también.
Tres cuartos de hora después entró el criado con el notario.
‑Caballero ‑dijo Villefort, después de los primeros saludos‑, os
ha llamado el señor Noirtier de Villefort, a quien tenéis presente; una
parálisis completa le ha quitado el use de todos los miembros y de la voz, y
nosotros solos, con gran trabajo, logramos entender algunas palabras de lo que
dice.
Noirtier dirigió a su nieta una mirada tan grave a imperativa,
que la joven respondió al momento:
‑Caballero, yo comprendo todo cuanto dice mi abuelo.
‑Es cierto ‑añadió Barrois‑, todo, absolutamente todo, como os
decía cuando veníamos.
‑Permitid, caballero, y vos también, señorita ‑dijo el notario
dirigiéndose a Villefort y Valentina‑; es éste uno de esos casos en que el
oficial público no puede proceder sin contraer una responsabilidad peligrosa.
Lo primero que hace falta es que el notario quede convencido de que ha
interpretado fielmente la voluntad del que le dicta. Ahora, pues, yo no puedo
estar seguro de la aprobación de un cliente que no habla; y como no puede serme
probado claramente el objeto de sus deseos o de sus repugnancias, mi ministerio
es inútil y sería ejercido con ilegalidad.
El notario dio un paso para retirarse; una sonrisa imperceptible
de triunfo se dibujó en los labios del procurador del rey.
Por su parte; Noirtier miró a su nieta con una expresión tal de
dolor, que la joven detuvo al notario.
‑Caballero ‑dijo‑, la lengua que yo hablo con mi abuelo se pue‑
de aprender fácilmente, y lo mismo que la comprendo yo, puedo enseñárosla
en pocos minutos. Veamos, caballero, ¿qué necesitáis para quedar perfectamente
convencido de la voluntad de mi abuelo?
‑‑Lo que el instrumento público requiere para ser válido ‑respondió
el notario‑; es decir, la certeza del consentimiento. Se puede estar enfermo
de cuerpo, pero sano de espíritu.
‑Pues bien, señor, con dos señales, tendréis la seguridad de que
mi abuelo no ha gozado nunca mejor que ahora de su completa inteligencia. El
señor Noirtier, privado de la voz, del movimiento, cierra los ojos cuando
quiere decir que sí, y los abre muchas veces cuando quiere decir que no. Ahora
ya lo sabéis lo suficiente para entenderos con el señor Noirtier, probad.
La mirada que lanzó el anciano a Valentina era tan tierna y expresaba
tal reconocimiento, que fue comprendida aun por el notario.
‑¿Habéis entendido bien lo que acaba de decir vuestra nieta? ‑preguntó
aquél.
Noirtier cerró poco a poco los ojos y los volvió a abrir después
de un momento.
‑¿Y aprobáis lo que se ha dicho?, es decir, ¿que las señales
indicadas por ella son las que os sirven para expresar vuestro pensamiento?
‑Sí ‑dijo de nuevo el paralítico.
‑¿Sois vos quien me ha mandado llamar?
‑Sí.
‑¿Para hacer vuestro testamento?
‑Sí.
‑¿Y no queréis que yo me retire sin haberlo hecho?
El anciano cerró vivamente y repetidas veces los ojos.
‑¡Pues bien!, caballero, ¿comprendéis ahora? ‑preguntó la joven‑,
¿y descansará vuestra conciencia?
Pero antes de que el notario pudiese responder, Villefort le
llamó aparte.
‑Caballero ‑dijo‑‑, ¿creéis que un hombre haya podido experimentar
impunemente un choque físico tan terrible como el que experimentó el señor
Noirtier de Villefort, sin que la parte moral haya recibido también una grave
lesión?
‑No es eso precisamente lo que me inquieta, caballero ‑respondió
el notario‑; pero ¿cómo conseguiremos adivinar sus pensamientos, a fin de
provocar las respuestas?
‑Ya veis que ello es imposible ‑dijo Villefort.
Valentina y el anciano oían esta conversación. Noirtier fijó una
mirada tan firme sobre Valentina, que esta mirada exigía evidentemente una
respuesta.
‑Caballero ‑dijo la joven‑, no os preocupéis por eso; por
difícil que sea o que os parezca descubrir el pensamiento de mi abuelo, yo os
lo revelaré de modo que desvanezca todas vuestras dudas. Ya hace seis años que
estoy con el señor Noirtier, pues que os diga si durante ese tiempo ha tenido
que guardar en su corazón alguno de sus deseos por no poder hacérmelo
comprender.
‑No ‑respondió el anciano.
‑Probemos, pues ‑dijo el notario‑‑, ¿aceptáis a esta señorita
por intérprete?
El paralítico respondió que sí.
‑Bien, veamos, caballero, ¿qué es lo que queréis de mí? ¿Qué clase
de acto queréis hacer?
Valentina fue diciendo todas las letras del alfabeto hasta
llegar a la t.
En esta letra la detuvo la elocuente mirada de Noirtier.
‑La letra t es la que pide el señor ‑dijo el notario‑, está
claro...
‑Esperad ‑dijo Valentina, y volviéndose hacia su abuelo‑,
también ta, te...
El anciano la detuvo en seguida de estas sílabas.
Valentina tomó entonces el diccionario y hojeó las páginas a los
ojos del notario, que atento lo observaba todo.
‑Testamento ‑señaló su dedo, detenido por la ojeada de Noirtier.
‑Testamento ‑exclamó el notario‑, es evidente que el señor
quiere testar.
Sí ‑respondió el anciano.
‑Esto es maravilloso, caballero ‑dijo el notario a Villefort.
‑En efecto ‑replicó‑, y lo sería asimismo ese testamento, porque
yo no creo que los artículos se puedan redactar palabra por palabra, a no ser
por mi hija. Ahora, pues, Valentina estará tal vez interesada en este
testamento, para ser intérprete de las oscuras voluntades del señor Noirtier
de Villefort.
‑¡No, no, no! ‑protestó con los ojos el señor Noirtier.
‑¡Cómo! ‑repuso el señor de Villefort‑. ¿No está Valentina interesada
en vuestro testamento?
‑No.
‑Caballero ‑dijo el notario, que maravillado de esta prueba se
proponía contar a las gentes los detalles de este episodio pintoresco‑‑;
caballero, nada me parece más fácil ahora que lo que hace un momento
consideraba imposible, y ese testamento será un testamen‑
lo místico; es decir, previsto y autorizado por la ley, con tal
que sea leído delante de siete testigos, aprobado por el testador delante de
ellos y cerrado por el notario, siempre delante de ellos. Por lo que al tiempo
se refiere, apenas durará más que un testamento ordinario; primero están las
fórmulas, que siempre son las mismas; y en cuanto a los detalles, la mayor
parte serán adivinados por el estado de los asuntos del testador y por vos, que
habiéndolos administrado, los conoceréis. Sin embargo, por otra parte, para
que esta acta permanezca inatacable, vamos a hacerlo con la formalidad más
completa; uno de mis colegas me ayudará, y, contra toda costumbre, asistirá al
acto. ¿Estáis satisfecho, caballero? ‑continuó el notario dirigiéndose al anciano.
‑Sí ‑respondió Noirtier, contento, al parecer, por haber sido
comprendido.
«¿Qué va a hacer? » pensó Villefort, a quien su elevada posición
imponía mucha reserva, y que no podía adivinar las intenciones de su padre.
Volvíóse para mandar llamar al segundo notario, pedido por el
primero; pero Barrois, que todo lo había oído, y adivinado el deseo de su amo,
había salido ya en su busca.
El procurador del rey envió entonces a decir a su mujer que
subiese.
Al cabo de un cuarto de hora todo el mundo estaba reunido en el
cuarto del paralítico, y el segundo notario había llegado.
Con pocas palabras estuvieron los dos de acuerdo. Leyeron a Noirtier
una fórmula de testamento; y para empezar, por decirlo así, el examen de su
inteligencia, el primer notario, volviéndose hacia él, le dijo:
‑Cuando se otorga testamento es en favor o en perjuicio de alguna
persona.
‑Sí ‑respondió Noirtier.
‑¿Tenéis alguna idea de la cantidad a que asciende vuestro caudal?
‑Sí.
‑Iré diciéndoos algunas cantidades en orden ascendente; ¿me detendréis
cuando creáis que es la vuestra?
‑Sí.
Había en este interrogatorio una especie de solemnidad; por otra
parte, jamás fue tan visible la lucha de la inteligencia contra la materia;
era un espectáculo curioso.
Todos formaron un círculo alrededor de Noirtier; el segundo notario
estaba sentado a una mesa, dispuesto a escribir; el primero, en pie, a su lado,
interrogaba al anciano.
‑Vuestra fortuna pasa de trescientos mil francos, ¿no es verdad?
‑preguntó.
Noirtier permaneció inmóvil.
‑¿Quinientos mil?
La misma inmovilidad.
‑¿Seiscientos mil...?, ¿setecientos mil...?, ochocientos
mil...?, ¿novecientos mil...?
Noirtier hizo señas afirmativas.
‑¿Posee novecientos mil francos?
‑Sí.
‑¿Inmuebles?
‑No.
‑¿En escrituras de renta?
Noirtier hizo señas afirmativas.
‑¿Están en vuestro poder estas inscripciones?
Una mirada dirigida a Barrois hizo salir al antiguo criado, que
volvió un instante después con una cajita.
‑¿Permitís que se abra esta caja? ‑preguntó el notario.
Noirtier dijo que sí.
Abrieron la caja y encontraron novecientos mil francos en
escrituras.
El primer notario pasó una tras otra cada escritura a su colega;
la cuenta estaba cabalmente como había dicho Noirtier.
‑Esto es ‑dijo‑; no se puede tener la cabeza más firme y despejada.
‑Y volviéndose luego hacia el paralítico:‑ ¿Conque ‑le dijo‑ poseéis
novecientos mil francos de capital, que, del modo que están invertidos, deberán
produciros cuarenta mil francos de renta?
‑Sí.
‑¿A quién deseáis dejar esa fortuna?
‑¡Oh! ‑dijo la señora de Villefort‑, no cabe la menor duda; el
señor Noirtier aura únicamente a su nieta, la señorita Valentina de Villefort;
ella es quien le cuida hace seis años; ha sabido cautivar con sus cuidados
asiduos el afecto de su abuelo, y casi diré su reconocimiento; justo es, pues,
que recoja el precio de su cariño.
Los ojos de Noirtier lanzaron miradas irritadas a la señora de
ViIlefort por las intenciones que le suponía.
‑¿Dejáis, pues, a la señorita Valentina de Villefort los
novecientos mil francos? ‑inquirió el notario persuadido de que ya no faltaba
más que el asentimiento del paralítico para cerrar el acto.
Valentina se había retirado a un rincón y lloraba, el anciano la
miró un instante con la expresión de la mayor ternura; volviéndose des‑
pués hacia el notario, cerró los ojos mochas veces de la manera
más significativa.
‑¡Ah!, ¿no? ‑dijo el notario‑; ¿conque no es a la señorita de
Villefort a quien hacéis heredera universal?
Noirtier hizo seña negativa.
‑¿No os engañáis? ‑exclamó el notario asombrado‑; ¿decís que no?
‑No‑repitió Noirtier‑, no...
Valentina levantó la cabeza; estaba asombrada, no por haber sido
desheredada, sino por haber provocado el sentimiento que dicta ordinariamente
semejantes actos.
Pero Noirtier la miró con una expresión tal de ternura, que la
joven exclamó:
‑¡Oh!, ¡mi buen padre!, bien lo veo, sólo me quitáis vuestra
fortune, pero reserváis pare mí vuestro corazón.
‑¡Oh!, sí, seguramente ‑dijeron los ojos del paralítico cerrándose
con una expresión ante la cual Valentina no podia engañarse.
‑¡Gracias!, ¡gracias! ‑murmuró la joven.
Sin embargo, esta negativa había hecho nacer en el corazón de la
señora de Villefort una esperanza inesperada, y se acercó al anciano.
‑¿Entonces, será a vuestro nietecito Eduardo Villefort a quien
dejáis vuestra fortuna, querido señor Noirtier? ‑inquirió la madre.
El movimiento negativo de los ojos fue terrible, casi expresaba
odio.
‑No ‑exclamó el notario‑; ¿es a vuestro señor hijo, que está
presente?
‑¡No! ‑repuso el anciano.
Los dos notarios se miraron asombrados; Villefort y su mujer se
sonrojaron, el uno de vergüenza, la otra de despecho.
‑Pero ¿qué os hemos hecho, padre? ‑dijo Valentina‑, ¿no nos
amáis ya?
La mirada del anciano pasó rápidamente sobre su hijo y su nuera,
y se fijó en Valentina con una expresión de ternura.
‑¡Entonces! ‑dijo ésta‑; si me auras, veamos, padre mío, procure
unir este amor a lo que haces en este momento. Tú me conoces, sabes que nunca
he pensado en la fortuna. Además, aseguran que soy rico por parte de mi madre,
demasiado rice tal vez; explícate, pues.
Noirtier fijó su mirada ardiente sobre la mano de Valentina.
‑¿Mi mano? ‑dijo ella.
‑Sí ‑dijo.
‑¿Su mano? ‑repitieron todos los concurrentes, asombrados.
‑¡Ah!, señores, bien veis que todo es inútil, y que mi pobre
padre está loco ‑dijo Villefort.
‑¡Oh! ‑exclamó de repente Valentina‑, ¡ya comprendo!, mi casamiento,
¿no es verdad, buen padre mío?
‑Sí, sí, sí ‑repitió tres veces el anciano.
‑¿No lo agrada mi casamiento?, ¿es verdad?
‑Sí.
‑¡Pero eso es un absurdo! ‑dijo Villefort.
‑Disculpadme, caballero ‑dijo el notario‑, todo esto que está
ocurriendo es muy natural, y todos quedaremos perfectamente convencidos de la
verdad.
‑¿No queréis que me case con el señor Franz d'Epinay?
‑No, no quiero ‑expresaron los ojos del anciano.
‑¿Y desheredaríais a vuestra nieta ‑exclamó el notario‑, por
efectuar una boda contra vuestro gusto?
‑Sí ‑respondió Noirtier.
‑¿De suerte que, a no ser por este casamiento sería vuestra heredera?
‑Sí.
Hubo entonces un silencio profundo alrededor del anciano.
Los dos notarios se consultaban; Valentina, con las manos
juntas, miraba a su abuelo con singular dulzura; Villefort se mordía los labios;
su mujer no podía reprimir un sentimiento de alegría que, a pesar suyo, se
retrataba en su semblante.
‑Pero ‑dijo al fin Villefort rompiendo el silencio‑ creo que yo
sólo soy dueño de la mano de mi hija, y quiero que se case con el señor Franz
d'Epinay, y se casará.
Valentina cayó llorando sobre un sillón.
‑Caballero ‑dijo el notario dirigiéndose al anciano‑, ¿qué pensáis
hacer de vuestro caudal, en caso de que la señorita Valentina contraiga
matrimonio con el señor Franz?
El anciano permaneció inmóvil.
‑No obstante, ¿dispondréis de él?
‑Sí ‑respondió Noirtier.
‑¿En favor de alguno de vuestra familia?
‑No.
‑¿En favor de los necesitados?
‑Sí.
‑Pero bien sabéis ‑dijo el notario‑ que la ley se opone a que
despojéis enteramente a vuestros hijos.
‑Sí.
‑¿No dispondréis de la parte que os autoriza la ley?
Noirtier permaneció inmóvil.
‑¿Continuáis con la idea de querer disponer de todo?
‑Sí.
‑Pero después de vuestra muerte impugnarán vuestro testamento.
‑No.
‑‑Mi padre me conoce, caballero ‑dijo el señor de Villefort‑,
sabe que su voluntad será sagrada para mí; por otra parte, se da cuenta de que
en mi posición no puedo pleitear con los pobres.
Los ojos de Noirtier expresaron triunfo.
‑¿Qué decís, caballero? ‑preguntó el notario a Villefort.
‑Nada, caballero; mi padre ha tomado esta resolución, y yo sé
que no cambia nunca. Por consiguiente, debo resignarme. Estos novecientos mil
francos saldrán de la familia para enriquecer los hospitales; pero jamás
cederé ante un capricho de anciano, y obraré según mi voluntad.
Aquel
mismo día quedó cerrado el testamento; buscáronse testigos, fue aprobado por el
anciano, firmado después en su presencia y archivado más tarde en casa del
señor Deschamps, notario de la familia.
Capítulo tercero
El telégrafo y el jardín
Al volver a su casa el señor y la señora de Villefort supieron
que el señor conde de Montecristo había ido a hacerles una visita, y les
aguardaba en el salón. La señora de Villefort, demasiado conmovida para entrar
de repente, pasó a su tocador, mientras que el procurador del rey, más seguro
de sí mismo, se dirigió inmediatamente al salón.
Por dueño que fuese de sus sensaciones, por bien que supiera componer
su rostro, el señor de Villefort no pudo apartar del todo la nube que oscurecía
su semblante, y el conde de Montecristo no pudo menos de reparar en su aire
sombrío y pensativo.
‑¡Oh, Dios mío! ‑dijo Montecristo después de los primeros saludos‑;
¿qué os ocurre, señor de Villefort?, ¿he llegado tal vez en el momento en que
extendíais alguna sentencia de muerte?
Villefort trató de sonreírse.
‑No, señor conde ‑dijo‑, aquí no hay más víctima que yo; esta
vez he perdido el pleito, y todo por una casualidad, una locura, una manía.
‑¿Qué queréis decir? ‑preguntó Montecristo con interés perfectamente
fingido‑. ¿Os ha sucedido en realidad alguna desgracia grave?
‑¡Oh, señor conde! ‑dijo Villefort con una tranquilidad llena de
amargura‑, no vale la pena hablar de ello; ¡oh!, no ha sido nada, una simple
pérdida de dinero.
‑En efecto ‑respondió Montecristo‑, una pérdida de dinero es
poca cosa para una fortuna como la que poseéis, y para un talento filosófico y
elevado como el vuestro.
‑Por consiguiente ‑respondió Villefort‑, no es la pérdida de
dinero lo que me preocupa, aunque después de todo, novecientos mil francos bien
merecen ser llorados, o por lo menos causar un poco de despecho a la persona
que los pierde. Pero, sobre todo, lo que más me enoja es la casualidad, la fatalidad;
no sé cómo llamar al poder que dirige el golpe que me hiere y destruye mis
esperanzas de fortuna tal vez, y el porvenir de mi hija por un capricho de
anciano...
‑¡Cómo...!, ¿qué decís? ‑exclamó el conde‑: ¿Novecientos mil
francos habéis dicho? ¡Oh!, esa suma merece ser llorada incluso por un
filósofo. ¿Y quién os causa ese pesar?
‑Mi padre, de quien ya os he hablado.
‑¡El señor Noirtier! Pero vos me habíais dicho, si mal no recuerdo,
que tanto él como todas sus facultades estaban completamente paralizadas.. .
‑Sí, sus facultades físicas, porque no puede moverse; no puede
hablar, y sin embargo, piensa, desea, obra, como veis. Hace cinco minutos me
he separado de él, y ahora mismo está ocupado en dictar su testamento a dos
notarios.
‑¿Pero ha hablado?
‑No, pero se hace comprender.
‑¿Pues cómo?
‑Por medio de la mirada; sus ojos han seguido viviendo, y bien
lo veis, son capaces de matar.
‑Amigo mío ‑dijo la señora de Villefort, que acababa de entrar‑,
tal vez exageráis la situación.
‑Señora... ‑dijo el conde inclinándose.
La señora de Villefort saludó al conde con la más amable de sus
sonrisas.
‑¿Pero qué es lo que dice el señor de Villefort ‑preguntó
Montecristo‑, y qué desgracia incomprensible...?
‑¡Incomprensible, ésa es la palabra! ‑repuso el procurador del
rey encogiéndose de hombros‑; un capricho de anciano.
‑¿No hay medio de hacerle revocar esa decisión?
‑Desde luego ‑dijo la señora de Villefort‑; y aún diré que depende
de mi marido el que ese testamento, en lugar de ser hecho en favor de los
pobres, lo hubiera sido en favor de Valentina.
El conde adoptó un aire distraído y miró con la más profunda
atención y con la aprobación más marcada a Eduardo, que derramaba tinta en el
bebedero de los pájaros.
‑Querida ‑dijo Villefort respondiendo a su mujer‑, bien sabéis
que a mi no me gusta dármelas de patriarca, y que jamás he creído que la
suerte del universo dependiese de un movimiento de mi cabeza. Sin embargo,
importa que mis decisiones sean respetadas en mi familia, y que la locura de un
anciano y el capricho de una niña no destruyan un proyecto que llevo en la
mente desde hace muchos años. El barón d'Epinay era mi amigo, y una alianza con
su hijo sería muy conveniente.
‑¿No creéis ‑dijo la señora de Villefort‑ que Valentina está de
acuerdo con él...?; en efecto..., siempre ha sido opuesta a ese casamiento, y
no me admiraría que todo lo que acabamos de presenciar fuese un plan concertado
entre ellos.
‑Señora ‑dijo Villefort‑, creedme, no se renuncia tan fácilmente
a una fortuna de novecientos mil francos.
‑Renunciaba al mundo, caballero, puesto que hace un año quería
entrar en un convento.
‑No importa ‑repuso Villefort‑, os repito que esa boda se efectuará,
señora.
‑¿A pesar de la voluntad de vuestro padre? ‑‑‑dijo la señora de
Villefort, atacando otra cuerda‑, ¡eso es muy grave!
Montecristo hacfa como que no escuchaba, y sin embargo, no perdía
palabra de lo que se decía.
‑Señora ‑repuso Villefort, puedo decir que siempre he respetado
a mi padre, porque al sentimiento natural de la descendencia iba unido en mi el
convencimiento de la superioridad moral, porque, después de todo, un padre es
sagrado bajo dos aspectos: sagrado como nuestro creador, sagrado como nuestro
dueño; pero hoy debo renunciar a reconocer inteligencia en el anciano que, por
un simple recuerdo de odio contra el padre, persigue así al hijo; sería, pues,
ridículo para mí conformar mi conducta a sus caprichos. Continuaré respetando
al señor Noirtier. Sufriré sin quejarme el castigo pecuniario que me impone;
pero permaneceré firme en mi voluntad, y el mundo apreciará de parte de quién
estaba la razón. En fin, yo casaré a mi hija con el barón Franz d'Epinay,
porque es, a mi juicio, bueno, y sobre todo porque ésta es mi voluntad.
‑¿Conque ‑dijo el conde, cuya aprobación había solicitado con
una mirada el procurador del rey‑; conque el señor Noirtier deshereda a la
señorita Valentina porque se va a casar con el señor barón Franz d'Epinay?
‑¡Oh!, sí, sí, señor; ésa es la razón ‑dijo Villefort
encogiéndose de hombros.
‑La razón aparente, al menos ‑añadió la señora de Villefort.
‑La razón real, señora. Creedme, yo conozco a mi padre.
‑¿Cómo se concibe eso? ‑respondió la señora‑; ¿en qué puede
desagradar el señor d'Epinay al señor Noirtier?
‑En efecto ‑dijo el conde‑, he conocido al señor Franz d'Epinay:
el hijo del general Quesnel, ¿no es verdad que fue hecho barón d'Epinay por el
rey Carlos X?
‑¡Exacto! ‑repuso Villefort.
‑¡Pues bien...!, ¡creo que es un joven muy simpático!
‑¡Oh!, estoy segura de que eso no es más que un pretexto ‑‑dijo
la señora de Villefort‑; los ancianos son muy tercos, ¡y el señor Noirtier no
quiere que su nieta se case!
‑Pero ‑dijo Montecristo‑, ¿no sabéis la causa de ese odio? .
‑¡Oh!, ¿quién puede saber...?
‑¿Alguna antipatía política tal vez...?
‑En efecto, mi padre y el señor d'Epinay han vivido en tiempos
revueltos, de que yo no he visto más que los últimos días ‑dijo Villefort.
‑¿No era bonapartista vuestro padre? ‑preguntó Montecristo‑.
Creo recordar que vos me dijisteis algo por el estilo.
‑Mi padre ha sido jacobino ante todo ‑repuso Villefort‑, y la
túnica de senador que le puso sobre los hombros Napoleón, no hacía más que
disfrazar al antiguo revolucionario, aunque sin cambiarle. Cuando mi padre
conspiraba, no era por el emperador, era contra los Borbones.
‑¡Pues bien! ‑dijo el conde‑; eso es, el señor Noirtier y el señor
d'Epinay se habrán encontrado en esas trifulcas políticas. El general
d'Epinay, aunque sirvió a Napoleón, tenía en el fondo del corazón sentimientos
realistas, y fue asesinado una noche al salir de un club de partidarios de
Napoleón, adonde le habían atraído con la esperanza de encontrar en él un
hermano.
Villefort miró al conde con terror.
‑¿Estoy, acaso, equivocado? ‑dijo Montecristo.
‑No, caballero ‑dijo la señora de Villefort‑, y ésa, al
contrario, es la causa por la que el señor de Villefort ha querido que se
amasen dos hijos cuyos padres se habían aborrecido.
‑¡Sublime idea...! ‑dijo Montecristo‑,idea llena de caridad y
que debía ser aplaudida por el mundo. En efecto, sería hermoso
ver llamar a la señorita Noirtier de Villefort, señora Franz d'Epinay.
Villefort se estremeció y miró al conde como si hubiese querido
leer en el fondo de su corazón la intención que había dictado las palabras que
acababa de pronunciar.
Pero el conde conservó su bondadosa sonrisa en los labios, y tampoco
esta vez, a pesar de la profundidad de sus miradas, pudo el procurador del rey
traspasar su epidermis.
‑Así, pues ‑repuso Villefort‑, aunque sea una gran desgracia
para Valentina el perder los bienes de su abuelo, no pienso que por eso se
desbarate esa boda; no lo creo, dado el carácter del señor d'Epinay: tal vez
conozca el sacrificio que yo he hecho por cumplir su palabra, calculará que
Valentina es rica por su madre y por el señor y la señora de Saint‑Merán, sus
abuelos maternos, que la aman tiernamente, amor al que mi hija, a su vez,
corresponde.
‑Y bien merecen ser amados ‑dijo la señora de Villefort‑; además,
van a venir a París dentro de un mes a lo sumo, y Valentina, después de tal
afrenta, tendrá que refugiarse, como lo ha hecho hasta aquí, al lado del señor
Noirtier.
El conde escuchaba complacido la voz contraria de estos amores
propios heridos, y de estos intereses destruidos.
‑Pero yo opino ‑dijo Montecristo tras una pausa‑, y os pido
perdón de antemano por lo que voy a deciros; yo opino que si el señor Noirtier
deshereda a la señorita de Villefort por querer ésta casarse con un joven a
cuyo padre él ha detestado, no tiene que echar en cara lo mismo al pobre
Eduardito.
‑Tenéis razón, caballero ‑exclamó la señora de Villefort con una
entonación imposible de describir‑; eso es injusto, odiosamente injusto; ese
pobre Eduardo tan nieto es del señor Noirtier como Valentina, y con todo, si
Valentina no se casase con el señor d'Epinay, el señor Noirtier le dejaría toda
su fortuna; además, Eduardo lleva también el nombre de la familia, lo cual no
impide que de todos modos Valentina sea tres veces más rica que él. El conde
seguía escuchando muy atento.
‑Mirad ‑dijo Villefort‑, mirad, señor conde, dejemos esas pequeñeces
de familia; sí, es verdad, mi caudal aumentará la renta de los pobres, que son
ahora los verdaderos ricos. Mi padre me habrá frustrado una legítima esperanza,
sin razón; pero yo habré obrado como un hombre de gran corazón. El señor
d'Epinay, a quien yo había prometido esta suma, la recibirá, aunque para ello
tuviera que imponerme las mayores privaciones.
‑No obstante ‑repuso la señora de Villefort volviendo a la única
idea que bullía en su corazón‑, tal vez sería mejor confiar este suceso al
señor d'Epinay, y que volviese de su palabra.
‑¡Oh!, ¡sería una gran desgracia! ‑exclamó Villefort.
‑¡Una gran desgracia! ‑repitió Montecristo.
‑Sin duda ‑repuso Villefort‑; un casamiento desbaratado, y por
razones pecuniarias, favorece muy poco a una joven; luego volverían a nacer
antiguos rumores que yo quería apagar. Pero no, no sucederá tal cosa; el señor
d'Epinay, si es honrado, se verá más comprometido que antes con motivo de la
desherencia; si no, obraría como un avaro: no, ¡es imposible!
‑Yo soy del mismo parecer que el señor de Villefort ‑dijo el señor
de Montecristo fijando su mirada en la señora de Villefort‑; y si fuese
bastante amigo vuestro para daros un consejo, os invitaría, puesto que el señor
d'Epinay va a volver pronto, a anudar ese asunto de modo que fuese imposible
desatarlo; le comprometería de tal manera, que no tuviese más remedio que
acceder a los deseos del señor de Villefort.
Este último se levantó, transportado de una visible alegría,
mientras que su mujer palidecía ligeramente.
‑Bien ‑dijo‑; eso es todo lo que yo pedía, y me alegraría infinito
ser tan buen consejero como vos ‑dijo, presentando la mano a Montecristo‑. Así,
pues, que todos consideren lo que ha sucedido hoy, como si nada hubiera pasado:
nada se ha modificado en nuestros proyectos.
‑Caballero ‑dijo el conde‑, el mundo, por injusto que sea, sabrá
apreciar como es debido vuestra resolución, os respondo de ello; vuestros
amigos se enorgullecerán, y el señor d'Epinay, aunque tuviese que tomar sin
dote a la señorita de Villefort, tendrá un gran placer de entrar en una familia
que sabe elevarse a la altura de tales sacrificios para cumplir su palabra y
su deber.
Y al acabar de pronunciar estas palabras se había levantado y se
disponía a partir.
‑¿Nos dejáis ya, señor conde? ‑preguntó la señora de Villefort.
‑Es necesario, señora; venía sólo a recordaros vuestra promesa:
hasta el sábado.
‑¿Temíais que la hubiese olvidado?
‑Sois demasiado buena, pero el señor de Villefort tiene a veces
tan graves y tan urgentes ocupaciones...
‑Mi marido ha dado su palabra, caballero ‑dijo la señora de Villefort‑;
bien veis que la cumple aun cuando sea en perjuicio suyo; ¿cómo no la cumpliría
cuando con ello sale ganando?
‑¿Y será la reunión Campos Elíseos?
‑No ‑dijo Montecristo‑, y por eso tendrá más mérito vuestra
asistencia. Será en el campo.
‑¿En el campo?
‑Sí.
‑¿Y dónde?, cerca de París, supongo.
‑A media milla de la barrera, en Auteuil.
‑¡En Auteuil! ‑exclamó Villefort‑. ¡Ah!, ¡es verdad!, mi mujer me ha dicho que vivíais allí
algunas veces, puesto que teníais una preciosa casa. ¿Y en qué sitio?
‑En la calle de La Fontaine.
‑¿Calle de La Fontaine? ‑repuso el procurador del rey con voz ahogada‑; ¿y en qué
número?
‑En el 28.
‑¡Oh...! ‑exclamó Villefort‑. ¿Entonces es a vos a quien han
vendido la casa del señor de Saint‑Merán?
‑¿Del señor de. Saint‑Merán? ‑inquirió Montecristo‑. ¿Pertenecía
esa casa al señor de Saint‑Merán?
‑Sí ‑repuso la señora de Villefort‑; ¿y creeréis una cosa, señor
conde?
‑¿Qué?
‑Encontráis linda esa casa, ¿no es verdad?
‑Encantadora.
‑Pues bien, mi marido no ha querido habitarla nunca.
‑¡Oh! ‑repuso Montecristo‑; en verdad, caballero, es una prevención
cuya causa no puedo adivinar.
‑No me gusta vivir en Auteuil ‑respondió el procurador del rey
haciendo un grande esfuerzo por dominarse.
‑Pero no seré tan desgraciado ‑‑dijo con inquietud Montecristo‑
que esa antipatía me prive de la dicha de recibiros.
‑No, señor conde..., así lo espero..., creed que haré todo
cuanto pueda ‑murmuró Villefort.
‑¡Oh! ‑repuso Montecristo‑, no admito excusas. El sábado a las
seis os espero; y si no vais, creeré..., ¿qùé sé yo...? Que hay acerca de esa
casa inhabitada después de veinte años..., alguna lúgubre tradición, alguna
sangrienta leyenda.
Villefort dijo vivamente:
‑Iré, señor conde, iré.
‑Gracias ‑dijo Montecristo‑. Ahora es preciso que me permitáis
despedirme de vos.
‑En efecto, habéis dicho que era necesario que nos dejaseis ‑dijo
‑preguntó Villefort‑ en vuestra casa de los la señora de
Villefort‑. Y creo que ibais a decirnos la causa de vuestra marcha repentina.
‑En verdad, señora ‑dijo Montecristo‑, no sé si me atreveré a
deciros dónde voy.
‑¡Bah! No temáis.
‑Pues voy a visitar una cosa que me ha hecho pensar horas enteras.
‑¿El qué?
‑Un telégrafo óptico.
‑¡Un telégrafo! ‑repitió entre curiosa y asombrada la señora de
Villefort.
‑Sí, sí, un telégrafo. Varias veces he visto en un camino sobre
un montón de tierra, levantarse esos brazos negros semejantes a las patas de un
inmenso insecto, y nunca sin emoción, os lo juro, porque pensaba que aquellas
señales extrañas hendiendo el aire con tanta precisión, y que llevaban a
trescientas leguas la voluntad desconocida de un hombre sentado delante de una
mesa, a otro hombre sentado en el extremo de la línea delante de otra mesa, se
dibujaban sobre el gris de las nubes o el azul cielo, sólo por la fuerza del
capricho de aquel omnipotente jefe; entonces creía en los genios, en las
sílfides, en fin, en los poderes ocultos, y me reía. Ahora bien, nunca me
habían dado ganas de ver de cerca a aquellos inmensos insectos de vientres
blancos, y de patas negras y delgadas, porque temía encontrar debajo de sus
alas de piedra al pequeño genio humano pedante, atestado de ciencia y de magia.
Pero una mañana me enteré de que el motor de cada telégrafo era un pobre
diablo de empleado con mil doscientos francos al año, ocupado todo el día en
mirar, no al cielo, como un astrónomo, ni al agua, como un pescador, ni al
paisaje, como un cerebro vacío, sino a su correspondiente insecto, blanco
también de patas negras y delgadas, colocado a cuatro o cinco leguas de
distancia. Entonces sentí mucha curiosidad por ver de cerca aquel insecto y
asistir a la operación que usaba para comunicar las noticias al otro.
‑¿De modo que vais allá ahora?
‑Sí.
‑¿A qué telégrafo? ¿Al del ministerio del Interior o al del
Observatorio?
‑¡Oh!, no; encontraría en ellos personas que me querrían obligar
a comprender cosas que yo quiero ignorar, y me explicarían a mí pesar un
misterio que ellos mismos ignoran. ¡Diablo!, quiero conservar las ilusiones que
tengo aún sobre los insectos; bastante es el haber perdido las que tenía sobre
los hombres. No iré, pues, al telégrafo del ministerio del Interior, ni al del
Observatorio. Lo que deseo ver es el
telégrafo del campo, para encontrar en él a un hombre honrado
petrificado en su torre.
‑Sois un personaje realmente singular ‑dijo Villefort.
‑¿Qué línea me aconsejáis que estudie?
‑Aquella de la que más se ocupan todos hasta ahora.
‑¡Bueno!, de la de España, ¿eh?
‑Exacto.
‑¿Queréis una carta del ministro para que os expliquen. .. ?
‑No ‑dijo Montecristo‑, porque os repito que no quiero comprender
nada. Tan pronto como comprenda algo, ya no habrá telégrafo, no habrá más que
una señal del señor Duchatel o del señor Montivalet transmitida al prefecto de
Bayona en dos palabras griegas: telé‑graphos. El insecto de la palabra
espantosa es lo que yo quiero conservar en toda su pureza y en toda mi
veneración.
‑Marchaos, entonces, porque dentro de dos horas, será de noche y
no veréis nada.
‑¡Diablo!, ¡me asustáis!, ¿cuál es el más próximo?
‑El del camino de Bayona.
‑¡Bien, sea el del camino de Bayona!
‑El de Chatillón.
‑¿Y después del de Chatillón?
‑El de la torre de Monthery, me parece.
‑¡Gracias!, hasta la vista; el sábado os contaré mis
impresiones.
A la puerta encontróse el conde con los dos notarios que
acababan de desheredar a Valentina, y que se retiraban, encantados de haber
extendido un acta de tal especie que no podía menos de hacerles mucho honor.
El conde de Montecristo no fue, como había dicho aquella tarde,
a visitar el telégrafo; pero la mañana siguiente salió por la barrera del
Infierno, tomó el camino de Orleáns, pasó el pueblo de Linas sin detenerse en
el telégrafo, que precisamente en el momento en que pasaba el conde hacía mover
sus largos y descarnados brazos, y llegó a la torre de Monthery, situada, como
es sabido, en el punto más elevado de la llanura de este nombre.
Al pie de la colina, el conde echó pie a tierra, y por un
pequeño sendero de dieciocho pulgadas de ancho, empezó a subir la montaña; así
que hubo llegado a la cima, se encontró detenido por un vallado sobre el cual
los frutos verdes habían sucedido a las flores sonrosadas y blancas.
Montecristo buscó la puerta del pequeño jardín, y no tardó en
hallarla. Consistía ésta en una especie de enrejado de madera, que rodaba
sobre goznes de mimbre, y cerrada por medio de un clavo y de un bramante
bastante grueso. En un instante quedó el conde enterado del mecanismo, y la
puerta se abrió.
Encontróse entonces en un jardincito de veinte pies de largo por
doce de ancho, limitado a un lado por la parte de cerca en la cual estaba
colocada la ingeniosa máquina que hemos descrito bajo el nombre de puerta; y el
otro por la antigua torre cubierta de musgo, de hiedra y de alhelíes
silvestres.
Nadie hubiera creído al verla tan florecida que podría contar
tantos dramas terribles, si uniese una voz a los oídos amenazadores que un
antiguo proverbio atribuye a las paredes.
Recorríase este jardín siguiendo una calle de árboles cubierta
de arena roja. Esta calle tenía la forma de un 8, y daba vueltas enlazándose
de modo que en un jardín de veinte pies formaba un paseo de sesenta. jamás fue
honrada Flora, la risueña y fresca diosa de los jardineros latinos, con un
culto tan minucioso y tan puro como lo era el que le rendían en este
jardincito.
Efectivamente, de veinte rosales que brotaban en el jardín, de
cuyas hojas no había una que no llevase señal de las picaduras de los moscones,
ni siquiera una planta que no estuviese dañada por los pulgones o insectos que
asolan y roen las plantas que nacen sobre un terreno húmedo, no era, sin
embargo, humedad lo que faltaba a este jardín; la tierra negra, el opaco
follaje de los árboles lo denotaban bien; por otra parte la humedad ficticia
hubiera suplido pronto a la humedad natural, gracias a un pequeño estanque
redondo lleno de agua encenagada que había en uno de los ángulos del jardín, y
en el cual permanecían constantemente sobre una capa de verdín, una rana y un
sapo, que, sin duda por la contrariedad de humor, se volvían continuamente la
espalda en los dos puntos opuestos del círculo del estanque.
Por otra parte, no se veía una hierba en la calle de árboles, ni
un mal retoño parásito; y sin embargo, sería imposible cuidar aquel jardín con
más esmero del que lo hacía su dueño, hasta entonces invisible.
Montecristo se detuvo, después de haber sujetado la puerta con
el clavo y la cuerda, y abarcó de una mirada toda la propiedad.
De repente tropezó con un bulto oculto detrás de una especie de
matorral; este bulto se levantó dejando escapar una exclamación que denotaba
asombro, y Montecristo se encontró frente a un buen hombre que representaba
unos cincuenta años y que recogía fresas, las cuales iba colocando sobre hojas
de parra.
Tenía doce hojas de parra y casi el mismo número de fresas.
El buen hombre, al levantarse, estuvo a pique de dejar caer las
fresas, las hojas y un plato que también llevaba consigo.
‑¡Hola!, estáis recogiendo fresas, ¿eh? ‑dijo Montecristo sonriendo.
‑Perdonad, caballero ‑respondió el buen hombre quitándose su
gorra‑, no estoy allá arriba, es verdad; pero ahora mismo acabo de bajar.
‑Que no os incomode yo en nada, amigo mío ‑dijo el conde‑, coged
vuestras fresas, si aún os queda alguna por coger.
‑Todavía quedan diez ‑dijo el hombre‑, porque aquí hay once, y
yo conté ayer veintiuna, cinco más que el año pasado. Pero no es extraño; la
primavera ha sido este año muy calurosa, y ya sabéis, que lo que las fresas
necesitan es el calor. Ahí tenéis por qué en lugar de dieciséis que cogí el año
pasado tengo este año, mirad, once cogidas, trece..., catorce..., quince...,
dieciséis..., diecisiete..., dieciocho... ¡Oh! ¡Dios mío!, me faltan tres, pues
ayer estaban, caballero, ayer estaban, no me cabe duda, las conté muy bien.
Nadie sino el hijo de la tía Simona puede habérmelas quitado; ¡esta mañana me
pareció haberlo visto andar por aquí! ¡Robar en un jardín, no sabe él bien a
lo que esto puede conducirle. .. !
‑En efecto ‑dijo Montecristo‑, eso es muy grave, pero vos os
vengaréis del niño ese, no ofreciéndole ninguna fresa ni a él ni a su madre.
‑Desde luego ‑dijo el jardinero‑; sin embargo, no es por eso
menos desagradable... Pero os pido perdón, de nuevo, caballero: ¿es tal vez a
algún jefe a quien hago esperar?
E interrogaba con una mirada respetuosa y tímida al conde y a su
frac azul.
‑Tranquilizaos, amigo mío ‑dijo el conde con aquella sonrisa que
tan terrible y tan bondadosa podía ser, según su voluntad, y que esta vez no
expresaba más que bondad‑, no soy un jefe que vengo a inspeccionar vuestras
acciones, sino un simple viajero conducido por la curiosidad, y que empieza a
echarse en cara su visita al ver que os hace perder vuestro tiempo.
‑¡Oh!, tengo tiempo de sobra ‑repuso el buen hombre con una
sonrisa melancólica‑. Sin embargo, es el tiempo del gobierno, y yo no debiera
perderlo; pero había recibido la señal que me anunciaba que podía descansar una
hora ‑y miró hacia un cuadrante solar, porque de todo había en la torre de
Monthery‑, y ya veis, aún tenía diez minutos de qué disponer; además, mis
fresas estaban maduras y un día más... Por otra parte, ¿creeríais, caballero,
que los lirones me las comen?
‑¡Toma.. . ! , pues no lo hubiera creído ‑respondió gravemente
Montecristo‑, es una vecindad muy mala la de los lirones, particularmente para
nosotros que no los comemos empapados en miel como hacían los romanos.
‑¡Ah!, ¿los romanos los comían...? ‑preguntó asombrado el jardinero‑,
¿se comían los lirones?
‑Yo lo he leído en Petronio ‑dijo el conde.
‑¿De veras...?, pues no deben estar buenos, aunque se diga: gordo
como un lirón. Y no es extraño, caballero, que los lirones estén gordos, puesto
que no hacen más que dormir todo el santo día, y no se despiertan sino para
roer y hacer daño durante la noche. Mirad, el año pasado tenía yo cuatro
albaricoques, me comieron uno. Yo tenía también un abridero, uno solo, es
verdad que ésta es fruta rara; pues me lo devoraron..., es decir, la mitad; un
abridero soberbio y que estaba excelente. ¡Nunca he comido otro igual!
‑¿Pues cómo lo comisteis...? ‑preguntó Montecristo.
‑Es decir, la mitad que quedaba, ya comprenderéis. Estaba exquisito,
caballero. ¡Ah!, ¡diantre!, esos señores no escogen los peores bocados. Lo
mismo que el hijo de la tía Simona, no ha escogido las peores fresas. Pero este
año ‑continuó el jardinero‑ no sucederá eso, aunque tenga que pasar la noche de
centinela cuando yo vea que estén prontas a madurar.
El conde había visto ya bastante para poder juzgar. Cada hombre
tiene su pasión, lo mismo que cada fruta su gusano; la del hombre del telégrafo
era, como se ha visto, una extremada afición al cultivo de las flores y de las
frutas.
Entonces Montecristo empezó a quitar las hojas que ocultaban a
las uvas los rayos del sol, conquistando así la voluntad del jardinero, que
dijo:
‑¿El señor habrá venido tal vez para ver el telégrafo?
‑Sí, señor, si no está prohibido por los reglamentos.
‑¡Oh!, no, señor ‑dijo el jardinero‑, puesto que no hay nada de
peligroso, ya que nadie sabe ni puede saber lo que decimos.
‑Me han dicho, en efecto ‑repuso el conde‑, que repetís señales
que vos mismo no comprendéis.
‑Así es, caballero, y yo estoy así más tranquilo ‑dijo riendo el
hombre del telégrafo.
‑¿Por qué?
‑Porque de este modo no tengo responsabilidad. Yo soy una máquina,
y con tal que funcione, no me piden más.
‑¡Diablo! ‑se dijo Montecristo‑, ¿pero habré dado por casualidad
con un hombre que no tuviese ambición...?, sería jugar con desgracia.
‑Caballero ‑dijo el jardinero echando una ojeada hacia su
cuadrante solar‑, los diez minutos van a expirar, yo vuelvo a mi puesto.
¿Queréis subir conmigo?
‑Ya os sigo.
Montecristo entró en la torre, que estaba dividida en tres
pisos: el bajo contenía algunos instrumentos de labranza, como azadones, picos,
regaderas, apoyados contra la pared; esto era todo.
El segundo piso era la habitación ordinaria, o más bien nocturna
del empleado; contenía algunos utensilios sencillos, como una cama, una mesa,
dos sillas, una fuente de barro, además algunas hierbas secas colgadas del
techo, y que el conde identificó como manzanas de olor y albaricoques de
España, cuyas semillas conservaba el buen hombre; todo esto lo tenía tan bien
guardado como hubiera podido hacerlo un maestro botánico del jardín de plantas.
‑¿Hace falta mucho tiempo para aprender la telegrafía, amigo
mío...? ‑preguntó Montecristo.
‑No es tan largo el estudio como el de los supernumerarios.
‑¿Y qué sueldo tenéis...?
‑Mil francos, caballero.
‑No es mucho.
‑No; dan la vivienda gratis, como veis.
Montecristo miró el cuarto.
Pasaron después al tercer piso; éste era la pieza destinada al
telégrafo. Montecristo miró a su vez las dos máquinas de hierro, con ayuda de
las cuales hacía mover la máquina el empleado.
‑Esto es muy interesante ‑dijo‑, pero es una existencia que deberá
pareceros un poco insípida.
‑Sí, al principio duelen un poco los ojos a fuerza de tanto
mirar, pero al cabo de uno o dos años se acostumbra uno a ello; luego, también
tenemos nuestras horas de recreo y nuestros días de vacaciones.
‑¿Días de vacaciones?
‑Sí, señor.
‑¿Cuáles?
‑Los nublados.
‑¡Ah!, es natural.
‑Esos son mis días de fiesta; bajo al jardín estos días, planto,
cavo, siembro..., y en fin..., se pasa el rato...
‑¿Cuánto tiempo hace que estáis aquí?
‑Diez años, y cinco de supernumerario..., son quince... ‑Vos
tenéis... ‑Cincuenta y cinco años...
‑¿Cuánto tiempo de servicio os hace falta para obtener la pensión...
?
‑¡Oh!, caballero, veinticinco años.
‑¿Y a cuánto asciende esa pensión...?
‑A cien escudos.
‑¡Pobre humanidad! ‑murmuró Montecristo.
‑¿Qué decís...? ‑inquirió el empleado.
‑Que eso es muy interesante...
‑¿El qué... ?
‑Todo lo que decís..., ¿y vos no comprendéis nada de vuestras señales?
‑Nada absolutamente.
‑¿Ni lo habéis intentado?
‑Jamás: ¿de qué me serviría?
‑Sin embargo, hay señales que se dirigen a vos.
‑Sin duda.
‑Y ésas sí las comprendéis.
‑Siempre son las mismas.
‑¿Y dicen?
‑Nada de nuevo..., tenéis una hora..., o hasta mañana...
‑Eso es muy inocente ‑dijo el conde‑; pero, mirad, ¿no veis a
vuestro telégrafo opuesto que empieza a moverse?
‑Ah, es verdad; gracias, caballero.
‑¿Y qué os dice?, ¿comprendéis algo?
‑Sí, me pregunta si estoy preparado.
‑¿Y le respondéis?
‑Por la misma señal, que revela a mi correspondiente de la derecha
que le atiendo, mientras que invita al de la izquierda que se prepare a su
vez.
‑Eso es muy ingenioso ‑dijo Montecristo.
‑Vais a ver ‑repuso con orgullo el buen hombre‑, dentro de cinco
minutos va a hablar.
‑Todavía dispongo de cinco minutos ‑dijo el conde‑, esto es más
de lo que necesito‑. Amigo mío, permitid que os haga una pregunta.
‑¿Sois aficionado a los jardines?
‑En extremo.
‑¿Y seríais feliz si en lugar de tener un jardincillo de veinte
pies, tuvieseis una huerta y jardín de dos fanegas de tierra?
‑Señor, eso sería un paraíso.
‑¿Vivís mal con vuestros mil francos?
‑Bastante mal; pero vivo, después de todo.
‑Sí, pero no tenéis más que un miserable jardín.
‑¡Ah!, es verdad, el jardín no es grande...
‑Y..., pequeño como es, devorado por los lirones.
‑Eso es una plaga...
‑Decidme, ¿y si tuvierais la desgracia de volver la cabeza
cuando vuestro correspondiente hablase...?
‑No lo vería.
‑Entonces, ¿qué ocurriría?
‑Que no podría repetir sus señales...
‑¿Y qué?
‑Y no repitiéndolas, por descuido o por lo que fuese..., me
exigirían el pago de la multa.
‑¿A cuánto asciende esa multa? ‑A cien francos.
‑La décima parte de vuestro sueldo; ¡qué bonito!
‑¡Ah! ‑exclamó el empleado.
‑¿Os ha ocurrido eso alguna vez? ‑dijo Montecristo.
‑Una vez, caballero, una vez que estaba regando un rosal.
‑Bien. ¿Y si ahora cambiaseis alguna señal o transmitieseis
otra?
‑Entonces, eso es diferente, sería despedido y perdería mi pensión.
‑¿Trescientos francos?
‑Cien escudos, sí señor; de modo que ya podéis suponer que nunca
haré tal cosa.
‑¿Ni por quince años de vuestro sueldo? Mirad que vale la pena
que lo penséis.
‑¿Por quince mil francos?
‑Sí.
‑Caballero, me asustáis.
‑¡Bah!
‑Caballero, vos queréis tentarme.
‑¡Justamente! Quince mil francos.
‑Caballero, dejadme mirar a mi correspondiente de la derecha.
‑Al contrario, no le miréis y mirad esto, en cambio.
‑¿Qué es eso?
‑¡Cómo! ¿No conocéis estos papelitos?
‑¿Billetes de banco?
‑Exacto; quince hay.,
‑¿Y a quién pertenecen?
‑A vos, si queréis.
‑¡A mí! ‑exclamó el empleado, sofocado.
‑¡Oh, Dios mío!, a vos, sí, a vos.
‑Caballero, ya empieza a moverse mi correspondiente de la derecha.
‑Dejadle que se mueva...
‑Caballero, me habéis distraído y me van a exigir la multa.
‑Eso os costará cien francos; bien veis que tenéis interés en
tomar mis quince billetes de banco.
‑Caballero, mi correspondiente de la derecha se impacienta, redobla
sus señales.
‑Dejadle hacer; y vos tomad.
El conde puso el fajo de billetes en las manos del empleado.
‑Ahora ‑‑‑dijo‑, esto no basta; con vuestros quince mil francos
no podréis vivir.
‑Conservaré mi puesto.
‑No; ¡lo perderéis!, porque vais a hacer otra señal que la de
vuestro correspondiente.
‑¡Oh!, caballero, ¿qué es lo que me proponéis?
‑Una travesura sin importancia.
‑Caballero, a menos de obligarme.. . ‑Pienso obligaros,
efectivamente...
Y Montecristo sacó de su bolsillo otro paquete.
‑Tomad, otros diez mil francos ‑‑‑dijo‑, con los quince que están
en vuestro bolsillo, son veinticinco mil. Con cinco mil francos compraréis una
bonita casa y dos fanegas de tierra; con los veinte mil podréis procuraros mil
francos de renta.
‑¿Un jardín de dos fanegas?
‑Y mil francos de renta.
‑¡Santo cielo!
‑¡Tomad, pues... !
Y Montecristo puso a la fuerza en la mano del empleado el otro
paquete de diez mil francos.
‑¿Qué debo hacer...?
‑Nada que os cueste trabajo, algo muy sencillo.
‑Bien, ¿pero qué...?
‑Repetir las señales que os voy a dar.
Montecristo sacó de su bolsillo un papel en el que había
trazadas tres señales y otras tantas cifras indicaban el orden con que debían
ejecutarse.
‑No será muy largo, como veis.
‑Sí, pero... ‑¡Por este poco trabajo tendréis albaricoques
buenos... !
El empleado empezó a maniobrar; con el rostro colorado y sudando
a mares, el buen hombre ejecutó una tras otra las tres señales que le dio el
conde, y a pesar de las espantosas dislocaciones del correspondiente de la
derecha, que no comprendiendo nada de este cambio, comenzaba a pensar que el
hombre de los albaricoques se había vuelto loco.
En cuanto al correspondiente de la izquierda, repitió
concienzudamente las mismas señales, que fueron aceptadas en el ministerio del
Interior.
‑Ahora sois ya rico ‑dijo Montecristo.
‑Sí ‑respondió el empleado‑, ¿pero a qué precio?
‑Escuchad, amigo mío ‑dijo Montecristo‑, no quiero que tengáis
remordimientos; creedme, porque, os lo juro, no habéis causado ningún
perjuicio a nadie, y en cambio habéis hecho una buena acci6n.
El empleado veía los billetes de banco, los palpaba, los
contaba, se ponía pálido, se ponía sofocado; al fin corrió hacia su cuarto para
beber un vaso de agua; pero no tuvo tiempo para llegar hasta la fuente, y se
desmayó en medio de sus albaricoques secos. ..
Cinco minutos después de haber llegado al ministerio la noticia
telegráfica, Debray hizo enganchar los caballos a su cupé, y corrió a casa de
Danglars.
‑¿Tiene vuestro marido papel del empréstito español? ‑dijo a la
baronesa.
‑¡Ya lo creo!, por lo menos, seis millones.
‑Que los venda a cualquier precio.
‑¿Por qué?
‑Porque don Carlos ha huido de Bourges y ha entrado en España.
‑¿Cómo lo sabéis?
‑¡Diantre! ¡Como sé yo todas las noticias!
La baronesa no se lo hizo repetir, corrió a ver a su marido, el
cual corrió a su vez a la casa de su agente de cambio, y le mandó que lo vendiese
todo a cualquier precio.
Cuando
todos vieron que Danglars vendía los fondos españoles, bajaron inmediatamente.
Danglars perdió quinientos mil francos, pero se deshizo de todo el papel de
interés...
Aquella noche se leía en El Messager:
Despacho telegráfico:
El rey don Carlos ha huido de Bourges, y ha entrado en España
por la frontera de Cataluña. Barcelona se ha sublevado en favor suyo.
Toda la noche no se habló más que de la previsión de Danglars
que había vendido sus créditos, y de la suerte que tuvo al no perder más que
quinientos mil francos en semejante jugada.
Los que habían conservado sus vales, o los que habían comprado
los de Danglars, se consideraron arruinados, y pasaron una mala noche.
Al día siguiente se leía en El Moniteur:
Carecía de todo fundamento la noticia del Messager de anoche que anunciaba la f uga de don Carlos y la
sublevación de Barcelona.
El rey don Carlos no ha salido de Bourges, y la Península goza
de la más completa tranquilidad.
Una señal telegráfica, mal interpretada a causa de la niebla, ha
dado lugar a este error.
Los fondos subieron al doble de lo que habían bajado.
Esto ocasionó a Danglars la pérdida de un millón.
‑¡Bueno! ‑dijo Montecristo a Morrel, que estaba en su casa en el
momento en que le anunciaba la extraña jugada de que había sido víctima
Danglars‑; acabo de efectuar por veinte mil francos un descubrimiento por el
que hubiera dado cien mil.
‑¿Qué habéis descubierto? ‑preguntó Maximiliano.
‑Acabo
de descubrir el medio de librar a un jardinero de los lirones que le comían
sus albaricoques...
Capítulo cuarto
Los fantasmas
Examinada por fuera y a simple vista la casa de Auteuil, nada
tenía de espléndida, nada de lo que se debía esperar de una morada destinada
al conde de Montecristo; pero esta sencillez dependía de la voluntad de su
dueño, que había mandado no variasen el exterior; mas apenas se abría la
puerta, presentaba qn espectáculo diferente.
El señor Bertuccio estuvo muy acertado en la elección y gusto de
los muebles y adornos y en la rapidez de la ejecución; así como en otro tiempo
el duque de Antin había hecho que derribasen en una noche una alameda que
incomodaba a Luis XIV, el señor Bertuccio había hecho construir en tres días un
patio completamente descubierto, y hermosos álamos y sicómoros daban sombra a
la fachada principal de la casa, delante de la cual, en lugar de un enlosado
medio oculto entre la hierba, se extendía una alfombra de musgo, que había sido
plantado aquella misma mañana, y sobre el cual brillaban aún las gotas de agua
con que había sido regado. Por otra parte, las órdenes habían partido del
conde, que entregó a Bertuccio un plano indicando el número y lugar en que los
árboles debían ser plantados, la forma y el espacio de musgo que debía suceder
al enlosado.
En fin, la casa estaba desconocida. El mayordomo hubiera deseado
que se hicieran algunas transformaciones en el jardín, pero el conde se opuso a
ello, y prohibió que se tocase siquiera una hoja. Mas Bertuccio se desquitó,
llenando de flores y adornos las antesalas, las escaleras y chimeneas.
Todo anunciaba la extraordinaria habilidad del mayordomo, la
profunda ciencia de su amo, el uno para servir, el otro para hacerse servir:
esta casa desierta después de veinte años, tan sombría y tan triste aun dos
días antes, impregnada de ese olor desagradable que se puede llamar olor de
tiempo, habíase transformado en un solo día. Al entrar en ella el conde, tenía
al alcance de su mano sus libros y sus armas; a su vista, sus cuadros
preferidos; en las antesalas, los perros, cuyas caricias le eran agradables,
los pájaros que le divertían con sus cantos; toda esta casa, en fin, despertada
de un largo sueño, vivía, cantaba, parecida a esas casas que hemos amado por
mucho tiempo, y en las que dejamos una parte de nuestra alma si por desgracia
las abandonamos.
Los criados iban y venían por el patio, todos contentos y
alegres; los unos encargados de las cocinas y caminando por aquellas escaleras
y corredores como si hiciese algún tiempo que los habitaban: otros se dirigían
a las caballerizas, donde los caballos relinchaban respondiendo a los
palafreneros, que les hablaban con más respeto del que tienen muchos criados
para con sus amos.
La biblioteca estaba dispuesta en dos cuerpos, en los dos lados
de la pared, y contenía dos mil volúmenes; una sección estaba destinada a las
novelas modernas, y la que había acabado de publicarse el día anterior, la
tenía ya en su estante encuadernada en tafilete encarnado y oro.
En otro lugar estaba el invernadero, lleno de plantas raras y
flores que se abrigaban en grandes macetas del Japón, y en medio del invernadero,
maravilla a la vez agradable a la vista y al olfato, un billar que parecía
haber sido abandonado dos horas antes por los jugadores.
Una sola habitación había sido respetada por el signor
Bertuccio. Delante de este cuarto, situado en el ángulo izquierdo del piso principal,
al cual podía subirse por la escalera principal y salir por una escalerilla
falsa, los criados pasaban con curiosidad, y Bertuccio con terror.
El conde llegó a las cinco en punto, seguido de Alí, delante de
la casa de Auteuil. Bertuccio esperaba esta llegada con una impaciencia
mezclada de inquietud. Ansiaba alguna alabanza y temía un fruncimiento de
cejas. Montecristo descendió al patio, recorrió toda la casa y dio la vuelta al
jardín, silencioso y sin dar la menor señal de aprobación o de disgusto.
Pero al entrar en su alcoba, situada en el lado opuesto a la
pieza cerrada, extendió la mano hacia el cajón de una preciosa mesita de madera
de rosa.
‑Esto no puede servir más que para guardar guantes ‑dijo.
‑En efecto, excelencia ‑respondió Bertuccio encantado‑, abridlo
y los hallaréis.
En los otros muebles el conde halló lo que deseaba; frascos de
todos los tamaños y con toda clase de aguas de olor, cigarros y joyas...
‑¡Bien, bien... ! ‑dijo.
Y el señor Bertuccio se retiró contentísimo de que su amo lo hubiese
quedado de los muebles y de la casa.
A las seis en punto se oyeron las pisadas de un caballo delante
de la puerta principal: era nuestro capitán de spahis conducido por Medeah.
Montecristo lo esperaba en la escalera con la sonrisa en los
labios.
‑Estoy seguro de que soy el primero ‑le gritó Morrel‑; lo he
hecho a propósito para poder estar un momento a solas con vos antes de que
llegue nadie. Julia y Manuel me han dado mil recuerdos. ¡Ah!, ¿sabéis que esto
es estupendo? Decidme, ¿me cuidarán bien el caballo vuestros criados?
‑Tranquilizaos, mi querido Maximiliano; entienden de eso.
‑Precisa de mucho cuidado. ¡Si supieseis qué paso ha traído!,
¡ni un huracán...!
‑¡Diablo!, ya lo creo, ¡un caballo de cinco mil francos! ‑dijo
Montecristo con el mismo tono con que un padre podría hablar a su hijo.
‑¿Lo sentís? ‑dijo Morrel con su franca sonrisa.
‑¡Dios me libre...! ‑respondió el conde‑. No; sentiría que el
caballo no fuese bueno.
‑Es tan estupendo, mi querido conde, que el señor de ChateauRenaud,
el hombre más inteligente de Francia, y el señor Debray, que monta los mejores
caballos, vienen corriendo en pos de mí en este
momento, y han quedado un poco atrás, como veis; van acompañando
a la baronesa, cuyos caballos van a un trote con el que podrían andar seis
leguas en una hora...
‑Entonces pronto deberán llegar ‑repuso Montecristo.
‑Mirad, ahí los tenéis.
En efecto, en el mismo instante, un cupé arrastrado por dos soberbios
caballos de tiro, llegó delante de la reja de la casa, que se abrió al punto.
El cupé describió un círculo, y paróse delante de la escalera, seguido de dos
jinetes.
Debray echó pie a tierra en un segundo, y se plantó al lado de
la portezuela. Ofreció su mano a la baronesa, que le hizo al bajar un gesto
imperceptible para todos, excepto para Montecristo.
Pero el conde no perdía ningún detalle, y al mismo tiempo que el
gesto, vio relucir un billetito blanco tan imperceptible como el gesto, y que
pasó con un disimulo que indicaba la costumbre de esta maniobra, de las manos
de la señora Danglars a las del secretario del ministro.
Detrás de su mujer bajó el banquero, pálido como si hubiese salido
del sepulcro en lugar de salir de su carruaje.
La señora Danglars lanzó en derredor de sí una mirada rápida e
investigadora que sólo Montecristo pudo comprender y con la que abarcó el
patio, el peristilo, la fachada de la casa; pero, conteniendo una emoción que
se pintó ligeramente en su semblante, subió la escalera diciendo a Morrel:
‑Caballero, si fueseis del número de mis amigos, os preguntaría
si vendéis vuestro caballo.
Morrel se sonrió, mirando al conde, como suplicándole que le
sacase del apuro en que se hallaba.
Montecristo le comprendió.
‑¡Ah!, señora ‑respondió‑, ¿por qué no se dirige a mí esa
pregunta?
‑Con vos, caballero, no se puede desear nada, porque está una
segura de obtenerlo todo; por eso era al señor Morrel...
‑Por desgracia ‑repuso el conde‑, yo soy testigo de que el señor
Morrel no puede ceder su caballo, pues está comprometido su honor en
conservarlo.
‑¿Pues cómo?
‑Ha apostado que domaría a Medeah en el espacio de seis
meses. Ahora, baronesa, podréis comprender que si se deshiciese de él antes del
término fijado por la apuesta, no solamente la perdería, sino que se diría que
tiene miedo; y un capitán de spahis, aun por complacer al capricho de una
hermosa mujer, lo que en mi concepto es una de las cosas más sagradas de este
mundo, no puede dejar que cunda semejante rumor.
‑Ya lo veis, señora... ‑dijo Morrel dirigiendo a Montecristo una
sonrisa de agradecimiento.
‑Creo ‑dijo Danglars con un tono de zumba mal disimulado por su
grosera sonrisa‑ que tenéis bastantes caballos como ése.
La señora Danglars no solía dejar pasar semejantes ataques sin
responder a ellos, y, sin embargo, con gran asombro de los jóvenes hizo como
que no había oído, y no respondió.
Montecristo se sonrió al ver este silencio que denunciaba una
humildad inusitada, mostrando a la baronesa dos inmensos jarrones de porcelana
de China, sobre los cuales serpenteaban vegetaciones marinas de un cuerpo y de
un trabajo tales, que sólo la naturaleza puede poseer estas riquezas.
La baronesa estaba asombrada.
‑¡Oh!, qué hermoso es eso ‑dijo‑; ¿y cómo se han podido
conseguir tales maravillas?
‑¡Ah, señora! ‑dijo Montecristo‑, no me preguntéis eso; es un
trabajo de otros tiempos, es una especie de obra de los genios de la tierra y
del mar.
‑¿Cómo? ¿Y de qué época data eso?
‑Lo ignoro: he oído decir solamente que un emperador de la China
había mandado construir expresamente un horno, donde hizo cocer doce jarros
semejantes a éste; dos se rompieron, los otros diez los bajaron al fondo del
mar. El mar, que sabía lo que querían de él, arrojó sobre ellos sus plantas,
torció sus corales a incrustó sus conchas; todo quedó olvidado por espacio de
doscientos años, porque una revolución acabó con el emperador que quiso hacer
esta prueba, y no dejó más que el proceso verbal que hacía constar la fabricación
de los jarrones y el descenso al fondo del mar. Al cabo de doscientos años
encontraron este proceso verbal y se pensó en sacar los jarrones. Unos buzos,
con máquinas a propósito, fueron destinados al efecto y les indicaron el sitio
donde habían sido arrojados. Pero de diez que eran no se hallaron más que tres,
pues los demás fueron dispersados y destruidos por las olas. Yo aprecio
infinitamente estos jarrones, en el fondo de los cuales me figuro a veces que
monstruos deformes, horribles, misteriosos y semejantes a los que ven los
buzos, han fijado con asombro su mirada apagada y fría, y en los que han
dormido los pequeños peces que se refugiaron en ellos para huir del furor de
sus enemigos.
Todo este tiempo Danglars, poco amante de curiosidades, arrancaba
maquinalmente, y una tras otra, las flores de un magnífico naranjo; así que
hubo acabado con él se dirigió a un cactus; pero entonces el cactus, de un
carácter menos dócil que el naranjo, le picó encarnizadamente.
Entonces se estremeció y se frotó los ojos como si saliese de un
sueño.
‑Caballero ‑le dijo Montecristo sonriendo‑‑, a vos que sois
amante de cuadros y que tenéis obras tan valiosas, no os recomiendo los míos.
Sin embargo, aquí tenéis dos Hobbema, un Paul Potter, un Mengs, dos Gerardo
Dou, un Rafael, un Van‑Dyk, un Zurbarán y dos o tres Murillos dignos de seros
presentados.
‑¡Oh! ‑dijo Debray‑, aquí hay un Hobbema que yo conozco.
‑¡Ah! ¿De veras?
‑Sí, fueron a proponerlo al Museo para que lo adquiriese.
‑No tiene ninguno, según creo‑dijo Montecristo.
‑No, y sin embargo no quiso comprar éste.
‑¿Por qué? ‑preguntó Chateau‑Renaud.
‑¿Por qué había de ser...? Porque el gobierno no es bastante
rico para efectuar gastos de ese género.. .
‑¡Ah!, perdonad ‑dijo Chateau‑Renaud‑, siempre estoy oyendo
decir eso..., y jamás he podido acostumbrarme...
‑Ya os acostumbraréis ‑dijo Debray.
‑No lo creo ‑repuso Chateau‑Renaud.
‑El mayor Bartolomé Cavalcanti... El señor conde Andrés Cavalcanti
‑anunció Bautista.
Con una corbata de raso negro acabada de salir de manos del
fabricante, unos bigotes canos, una mirada tranquila, un traje de mayor
adornado con tres placas y con cinco cruces, en fin, con el atuendo completo de
un antiguo soldado, se presentó Bartolomé Cavalcanti, el tierno padre a quien
ya conocemos.
A su lado, luciendo un traje nuevo, se hallaba, con la sonrisa
en los labios, el conde Andrés Cavalcanti, el respetuoso hijo que ya conocen
también nuestros lectores.
Los tres jóvenes hablaban juntos; sus miradas se dirigieron del
padre al hijo, y se detuvieron naturalmente más tiempo sobre este último, a
quien examinaron detenidamente.
‑¡Cavalcanti! ‑exclamó Debray.
‑Bonito nombre ‑dijo Morrel.
‑Sí ‑dijo Chateau‑Renaud‑, es verdad; estos italianos tienen
unos nombres bellos; pero visten tan mal.
‑¡Oh!, sois muy severo, Chateau‑Renaud ‑repuso Debray‑; esos
trajes están hechos por uno de los mejores sastres, y están perfectamente
nuevos.
‑Eso es precisamente lo que me desagrada. Este caballero parece
que se viste por primera vez.
‑¿Quiénes son esos señores? ‑preguntó Danglars al conde de
Montecristo.
‑Ya lo habéis oído; los Cavalcanti.
‑Eso no me revela más que su nombre.
‑¡Ah!, es verdad, vos no estáis al corriente de nuestras noblezas
de Italia; quien dice Cavalcanti, dice raza de príncipes.
‑¿Buena fortuna? ‑inquirió el banquero.
‑Fabulosa.
‑¿Qué hacen?
‑Procuran comérsela sin poder acabar con ella. Por otra parte,
tienen créditos sobre vos, según me han dicho, cuando vinieron a verme
anteayer. Yo mismo los invité a que fuesen a veros. Os los presentaré.
‑Creo que hablan el francés con bastante pureza ‑dijo Danglars.
‑El hijo ha sido educado en un colegio del Mediodía, en Marsella
o en sus alrededores, según creo. Le encontraréis entusiasmado...
‑¿Con qué? ‑inquirió la baronesa.
‑Con las francesas, señora. Quiere absolutamente casarse en
París.
‑¡Me gusta la idea! ‑dijo Danglars encogiéndose de hombros.
La señora Danglars miró a su marido con una expresión que, en
cualquier otro momento, hubiera presagiado una tempestad; pero se calló por
segunda vez.
‑El barón parece hoy muy taciturno ‑dijo Montecristo a la señora
Danglars‑; ¿quieren hacerlo ministro tal vez?
‑No, que yo sepa. Creo más bien que habrá jugado a la bolsa, que
habrá perdido, y no sabe con quién desfogar su malhumor.
‑¡Los señores de Villefort! ‑gritó Bautista.
Las dos personas anunciadas entraron; el señor de Villefort, a
pesar de su dominio sobre sí mismo, estaba visiblemente conmovido. Al tocar su
mano Montecristo notó que temblaba.
‑Decididamente sólo las mujeres saben disimular ‑dijo
Montecristo mirando a la señora Danglars
que dirigía una sonrisa al procurador del rey.
Tras los primeros saludos, el conde vio a Bertuccio, ocupado en
arreglar los muebles de un saloncito contiguo a aquel en que se encontraban, y
se dirigió a él.
‑Su excelencia no me ha indicado el número de convidados.
‑¡Ah!, es cierto.
‑¿Cuántos cubiertos?
‑Contadlos vos mismo.
‑¿Han venido todos, excelencia?
-Sí.
Bertuccio miró a través de la puerta entreabierta.
Montecristo le observaba atentamente.
‑¡Ah! ¡Dios mío! ‑exclamó Bertuccio.
‑¿Qué ocurre? ‑preguntó el conde.
‑¡Esa mujer...!, ¡esa mujer...!
‑¿Cuál?
‑¡La que lleva un vestido blanco y tantos diamantes...!, ¡la rubia...
!
‑¿La señora Danglars?
‑Ignoro cómo se llama. ¡Pero es ella... ! ¡Señor, es ella... ! ‑¿Quién
es ella...?
‑¡La mujer del jardín...!, ¡la que estaba encinta...l, la que se
paseaba esperando... esperando...
Bertuccio quedóse boquiabierto, pálido y con los cabellos erizados.
‑Esperando, ¿a quién?
Bertuccio, sin responder, mostró a Villefort con el dedo, casi
con el mismo ademán con que Macbeth mostró a Banco.
‑¡Oh...!, ¡oh...! ‑murmuró al fin‑; ¿no veis...? ‑¿El qué...? ¿A
quién...? ‑¡A él... !
‑¡A él...!, ¿al señor procurador del rey, Villefort...? Sin duda
alguna le veo.
‑Pero no le maté... ¡Dios mío!
‑¡Diantre... ! , yo creo que os vais a volver loco, señor Bertuccio
‑dijo el conde.
‑¡Pero no murió... !
‑No murió puesto que se encuentra delante de vos; en lugar de
herirle entre la sexta y la séptima costilla izquierda, como suelen hacer
vuestros compatriotas, errasteis el golpe y heriríais un poco más arriba o más
abajo; o no será verdad nada de lo que me habéis contado; habrá sido un sueño
de vuestra imaginación; os habríais quedado dormido y delirabais en aquel
momento. ¡Ea!, recobrad vuestra calma y contad: el señor y la señora de
Villefort, dos; el señor y la señora Danglars, cuatro; el señor de Chateau‑Renaud,
el señor Debray y el señor Morrel, siete; el señor mayor Bartolomé Cavalcanti,
ocho.
‑¡Ocho. .. ! ‑repitió Bertuccio con voz sorda.
‑¡Esperad...!, ¡esperad...!, ¡qué prisa tenéis por
marcharos...l, ¡qué diablo...!, olvidáis a uno de mis convidados. Mirad hacia
la izquierda..., allí..., el señor Andrés Cavalcanti, aquel joven vestido de
negro que mira la Virgen de Murillo, que se vuelve.
Pero esta vez, Bertuccio no pudo contenerse y empezó a articular
un grito que la mirada de Montecristo apagó en sus labios.
‑¡Benedetto... ! ‑murmuró con voz sorda‑; ¡fatalidad!
‑Las seis y media están dando en este momento, señor Bertuccio ‑dijo
severamente el conde‑; ésta es la hora en que os di la orden de sentaros a la
mesa, y sabéis que no me gusta esperar.
Y el conde entró en el salón donde le esperaban sus convidados,
mientras que Bertuccio se dirigía hacia el comedor apoyándose en las paredes.
Cinco minutos más tarde, las dos puertas del salón se abrieron.
Bertuccio se presentó en ella, y haciendo como Vatel en Chantilly el último y
heroico esfuerzo:
‑El señor conde está servido ‑dijo.
Montecristo ofreció el brazo a la señora de Villefort.
‑Señor de Villefort ‑dijo‑, conducid a la señora Danglars al
salón, os lo ruego.
Así lo hizo Villefort, y todos pasaron al salón.
Era evidente que al entrar, un mismo sentimiento animaba a todos
los convidados, que se preguntaban qué extraña influencia los había conducido a
aquella casa; sin embargo, a pesar de lo asombrados que estaban la mayor parte
de ellos, hubieran sentido muy de veras no haber asistido a aquel banquete.
Y a pesar de que lo reciente de las relaciones, la posición
excéntrica y aislada del conde, la fortuna desconocida y casi fabulosa obligaban
a los caballeros a estar circunspectos, y a las damas a no entrar en aquella
casa donde no había señoras para recibirlas: hombres y mujeres habían vencido
los unos la circunspección, las otras las leyes de la etiqueta, y la curiosidad
los impelía a todos hacia un mismo punto.
Asimismo Cavalcanti, padre a hijo, estaban preocupados, el uno
con toda su gravedad, y el otro con toda su desenvoltura.
La señora Danglars había hecho un movimiento al ver acercarse a
ella al señor de Villefort, ofreciéndole el brazo; sintió turbarse su mirada
bajo sus lentes de oro al apoyarse en él la baronesa.
Ninguno de estos movimientos pasó inadvertido al conde, y este
simple contacto, entre los invitados, ofrecía un gran interés para el
observador de esta escena.
El señor Villefort tenía a su derecha a la señora Danglars, y a
Morrel a su izquierda.
El conde se hallaba sentado entre la señora de Villefort y Danglars.
Los otros espacios estaban ocupados por Debray sentado entre los
Cavalcanti, y por Chateau‑Renaud, entre la señora de Villefort y Morrel.
La comida fue magnífica; Montecristo había procurado completamente
destruir la simetría parisiense y satisfacer más la curiosidad que el apetito
de sus convidados.
Todas las frutas que las cuatro partes del mundo pueden derramar
intactas y sabrosas en el cuerno de la abundancia de Europa estaban amontonadas
en pirámides en jarros de la China y en copas del Japón.
Las aves exóticas con la parte más brillante de su plumaje, los
pescados monstruosos tendidos sobre fuentes de plata; todos los vinos del
Archipiélago y del Asia Menor, encerrados en botellas de formas raras, y cuya
vista parecía aumentar su sabor, desfilaron, como una de aquellas revistas que
Apicio pasaba con sus invitados, por delante de aquellos parisienses que
comprendían que se pudiesen gastar mil luises en una comida de diez personas,
si a ejemplo de Cleopatra bebían perlas disueltas, o como Lorenzo de Médicis,
oro derretido.
Montecristo vio el asombro general, y empezó a reír y a burlarse
en voz alta.
Dijo:
‑Señores, todos vosotros convendréis, sin duda, en que habiendo
llegado a cierto grado de fortuna, nada es más necesario que lo superfluo, así
como convendrán estas damas en que llegando a cierto grado de exaltación, ya
nada hay más positivo que lo ideal. Ahora bien, prosiguiendo este raciocinio,
¿qué es la maravilla?: lo que no comprendemos. ¿Qué es un bien verdaderamente
deseado...?, el que no podemos tener. Pues ver cosas que no puedo comprender,
procurarme cosas imposibles de tener, tal es el estudio de toda mi vida. Voy
llegando a él por dos medios: el dinero y la voluntad. Yo me empeño en mi
capricho, por ejemplo, con la misma perseverancia que vos ponéis, señor
Danglars, en crear una línea de ferrocarril; vos, señor de Villefort, en hacer
condenar a un hombre a muerte; vos, señor de Debray, en apaciguar un reino;
vos, señor de Chateau‑Renaud, en agradar a una mujer, y vos, Morrel, en domar
un potro que nadie puede montar; así, pues, por ejemplo, mirad estos dos
pescados nacidos el uno a cincuenta leguas de San Petersburgo, y el otro a
cinco leguas de Nápoles, ¿no resulta en extremo agradable el verlos reunidos
aquí?
‑¿Qué clase de pescados son? ‑preguntó Danglars.
‑Aquí tenéis a Chateau‑Renaud, que ha vivido en Rusia; él os
dirá el nombre de uno ‑respondió Montecristo‑; y el mayor Cavalcanti, que es
italiano, os dirá el del otro.
‑Este ‑dijo Chateau‑Renaud‑ creo que es un esturión.
‑Perfectamente.
‑Y éste ‑dijo Cavalcanti‑ es, si no me engaño, una lamprea.
‑Exacto. Ahora, señor Danglars, preguntad a esos dos señores
dónde se pescan uno y otro.
‑¡Oh! ‑dijo Chateau‑Renaud‑, los esturiones se pescan solamente
en el Volga.
‑¡Oh! ‑dijo Cavalcanti‑, sólo en el lago Fusaro es donde se
pescan lampreas de ese tamaño.
‑¡Imposible! ‑exclamaron a un mismo tiempo todos los invitados.
‑¡Pues bien!, eso precisamente es lo que me divierte ‑dijo
Montecristo‑. Yo soy como Nerón, cupitor impossibilium; y por eso mismo,
esta carne, que tal vez no valga la mitad que la del salmón, os parecerá ahora
deliciosa, porque no podíais procurárosla en vuestra imaginación, y sin embargo
la tenéis aquí.
‑¿Pero cómo han podido transportar esos dos pescados a París?
‑¡Oh! ¡Dios mío...!, nada más sencillo; los han traído cada uno
en un gran tonel, rodeado uno de matorrales y algas de río, y el otro de
plantas de lago; se les puso por tapadera una rejilla, y han vivido así, el
esturión doce días y la lamprea ocho, y todos vivían perfectamente cuando mi
cocinero se apoderó de ellos para aderezarlos como lo veis. ¿No lo creéis,
señor Danglars?
‑Mucho lo dudo al menos ‑respondió sonriéndose.
‑Bautista ‑dijo Montecristo‑, haced que traigan el otro esturión
y la otra lamprea, ya sabéis, los que vinieron en otros toneles y que viven
aún.
Danglars se quedó admirado; todos los demás aplaudieron con
frenesí.
Cuatro criados presentaron dos toneles rodeados de plantas marinas,
en los cuales coleaban dos pescados parecidos a los que se habían servido en la
mesa.
‑¿Y por qué habéis traído dos de cada especie...? ‑preguntó
Danglars.
‑Porque uno podía morirse ‑respondió sencillamente Montecristo .
‑Sois un hombre maravilloso ‑dijo Danglars‑. Bien dicen los
filósofos, no hay nada como tener una buena fortuna.
‑Y sobre todo tener ideas ‑dijo la señora Danglars.
‑¡Oh!, no me hagáis ese honor, señora; los romanos hacían esto
con mucha frecuencia, y Plinio cuenta que enviaban de Ostia a Roma, con
esclavos que los llevaban sobre sus cabezas, pescados de la especie que ellos
llaman mulas, y que según la pintura que hacen de él es probablemente la
dorada. También constituía un lujo tenerlos vivos, y un espectáculo muy
divertido el verlos morir, porque en la agonía cambiaban tres o cuatro veces de
color, y como un arco iris que se evapora, pasaban por todos los colores del
prisma, después de lo cual los enviaban a las cocinas. Su agonía tenía también
su mérito. Si no los veían vivos, les despreciaban muertos.
‑Sí ‑dijo Debray‑; pero de Ostia a Roma no hay más de seis a
siete leguas.
‑¡Ah!, ¡es cierto! ‑dijo Montecristo‑; pero ¿en qué consistiría
el mérito si mil ochocientos años después de Lúculo no se hubiera adelantado
nada...?
Los dos Cavalcanti estaban estupefactos; pero no pronunciaban
una sola palabra.
‑Todo es admirable ‑dijo Chateau‑Renaud‑; sin embargo, lo que
más me admira es la prontitud con que sois servido. ¿Es verdad, señor conde,
que esta casa la habéis comprado hace cinco días?
‑A fe mía, todo lo más ‑respondió Montecristo.
‑¡Pues bien...!, estoy seguro de que en ocho ha experimentado
una transformación completa; porque, si no me engaño, tenía otra entrada, y el
patio estaba empedrado y vacío, al paso que hoy está convertido en un magnífico
jardín, con árboles que parecen tener cien años a lo menos.
‑¿Qué queréis...?, me gusta el follaje y la sombra ‑dijo
Montecristo .
‑En efecto ‑dijo la señora de Villefort‑, antes se entraba por
una puerta que daba al camino, y el día en que me libertasteis tan
milagrosamente, me hicisteis entrar por ella a la casa.
‑Sí, señora ‑‑dijo Montecristo‑; pero después he preferido una
entrada que me permitiese ver el bosque de Bolonia a través de mi reja.
‑En cuatro días ‑dijo Morrel‑, ¡qué prodigio... !
‑En efecto ‑dijo Chateau‑Renaud‑, de una casa vieja hacer una
nueva, es milagroso; porque la casa estaba muy vieja y era muy triste. Recuerdo
que mi madre me encargó que la viese cuando el señor de Saint‑Merán la puso en
venta hará dos o tres años.
‑El señor de Saint‑Merán ‑dijo la señora de Villefort‑; ¿pero
esta casa pertenecía al señor de Saint‑Merán antes de haberla com. prado vos?
‑Así parece ‑respondió Montecristo.
‑¡Cómo que así parece...! ¿No sabéis a quién habéis comprado
esta casa?
‑No, a fe mía: mi mayordomo es quien se ocupa de todos estos
pormenores.
‑Al menos hace diez años que no se habitaba ‑dijo Chateau-Renaud‑,
y era una lástima verla con sus persianas, sus puertas cerradas, y todo el
patio lleno de hierba. En verdad que si no hubiese pertenecido al suegro del
procurador del rey, la hubieran podido tomar por una de esas malditas casas
donde ha sido cometido algún nefasto crimen.
Villefort, que hasta entonces no había tocado los tres o cuatro
vasos llenos de vinos extraordinarios, colocados delante de él, tomó uno
maquinalmente y lo apuró de una vez.
Montecristo dejó pasar un instante; después, en medio del silencio
que había seguido a las palabras de Chateau‑Renaud:
‑Es extraño ‑dijo‑, señor barón; pero la misma idea me asaltó en
cuanto entré en está casa, y me pareció tan lúgubre, que jamás la hubiera
comprado si mi mayordomo no lo hubiese hecho por mí. Probablemente el pícaro
habría recibido algún regalillo.
‑Es probable ‑murmuró Villefort esforzándose en sonreír‑; pero
creed que yo no pienso del mismo modo que vos. El señor de Saint‑Merán ha
querido que se vendiese esta casa, que formaba parte del dote de mi hija,
porque si seguía tres o cuatro años más se hubiera arruinado...
Esta vez fue Morrel quien palideció.
‑Había una alcoba sobre todo ‑prosiguió Montecristo‑, ¡ah, Dios
mío...!, muy sencilla en la apariencia, una alcoba como todas las demás,
forrada de damasco encarnado, que me ha parecido, no sé por qué, dramática en
extremo.
‑¿Por qué? ‑preguntó Debray‑, ¿por qué decís que era dramática?
‑¿Puede uno acaso darse cuenta de las cosas instintivas? ‑‑dijo
Montecristo‑; ¿no hay sitios donde parece que se respira tristeza? ¡Por qué!,
yo no sé: por una cadena de recuerdos; por un capricho del pensamiento que os
transporta a otros tiempos, a otros sitios que aquellos en que nos hallamos; en
fin, esta alcoba me recordaba la de la marquesa de Gange o la de Desdémona.
Pues bien, mirad; puesto que hemos acabado de comer, es preciso que os la
enseñe
a todos: después bajaremos a tomar café al jardín; después del
café, al teatro.
Montecristo hizo una señal para interrogar a sus invitados. La
señora de Villefort se levantó; Montecristo hizo otro tanto; todos siguieron su
ejemplo.
Villefort y la señora Danglars permanecieron un instante como
clavados en su asiento; se interrogaban con los ojos y se quedaron fríos, mudos
y helados...
‑¿Habéis oído? ‑dijo al fin la señora Danglars.
‑Es preciso ir, no hay medio de evadirnos ‑respondió Villefort,
levantándose y ofreciéndole el brazo.
Todos salieron apresuradamente, porque calculaban que la visita
no se limitaría a aquella alcoba, y que al mismo tiempo recorrerían el resto de
aquella pobre casa, de que Montecristo había hecho un palacio.~Cada cual se
lanzó por diferentes habitaciones hasta que se fueron a encontrar en un
saloncito, donde Montecristo les aguardaba. Cuando todos estuvieron reunidos,
el conde cerró la marcha con una sonrisa que, si hubiesen podido comprenderla,
habría espantado a los convidados más que la alcoba que iban a visitar.
Empezaron, en efecto, a recorrer las habitaciones amuebladas a
la oriental con divanes y almohadones, camas, pipas y armas, y los salones
alfombrados, los cuadros más hermosos, cuadros de los antiguos pintores; las
piezas forradas de telas de la China, de caprichosos colores, de fantásticos
dibujos, de maravillosos tejidos; al fin llegaron a la famosa alcoba.
Nada tenía de particular, a no ser que, aunque declinase el día,
no estaba iluminada, y había permanecido intacta, cuando todas las demás
habitaciones habían sido adornadas de nuevo.
Estas dos causas eran suficientes para darle un aspecto lúgubre.
‑¡Oh! ‑exclamó la señora Villefort‑, en efecto, esto es espantoso.
La señora Danglars procuró articular algunas palabras que nadie
oyó.
Hiciéronse muchas observaciones, cuyo resultado fue que, en efecto,
la alcoba forrada de damasco encarnado tenía un aspecto siniestro.
‑¡Oh!, mirad ‑‑dijo Montecristo‑, mirad qué bien colocada está
esta cama, envuelta en un tono sombrío; y esos dos retratos al pastel, cuyos
colores ha apagado la humedad, ¿no parecen decir con sus labios descoloridos
que vieron algo horrible?
Villefort palideció; la señora Danglars cayó sobre una silla que
estaba colocada junto a la chimenea.
‑¡Oh! ‑dijo la señora de Villefort sonriendo‑, ¿tenéis valor
para sentaros sobre esa silla donde tal vez ha sido cometido el crimen?
La señora Danglars se levantó vivamente.
‑Pues no es esto todo ‑dijo Montecristo.
‑¿Hay más aún? ‑preguntó Debray, a quien la emoción de la señora
Danglars no pasó inadvertida.
‑¡Ah!, sí, ¿qué hay? ‑preguntó Danglars‑; porque hasta ahora no
veo nada de particular. ¿Y vos, qué pensáis de esto, señor Cavalcanti?
‑¡Ah! ‑dijo éste‑, nosotros tenemos en Pisa la torre de Ugolino,
en Ferrara la prisión de Tasso, y en Rímini la alcoba de Francesca y de Paolo.
‑Pero no tenéis esa pequeña escalera ‑dijo Montecristo abriendo
una puerta perfectamente disimulada en la pared‑: miradla, y decidme, ¿qué os
parece?
‑¡Siniestra, en verdad! ‑dijo Chateau‑Renaud riendo.
‑El caso es ‑dijo Debray‑, que yo no sé si el vino de Quios
produce la melancolía, pero todo lo veo triste en esta casa.
En cuanto a Morrel, desde que se habló de la dote de Valentina,
se quedó triste, pensativo, y no pronunció una palabra más.
‑¿No os imagináis ‑dijo Montecristo‑ a un Otelo o a un abate de
Ganges cualquiera, descendiendo a pasos lentos, en una noche sombría y
tempestuosa, esta escalera con alguna lúgubre carga que trata de sustraer a las
miradas de los hombres, ya que no lo pudo hacer a las de Dios?
La señora Danglars casi se desmayó en los brazos de Villefort,
que también se vio obligado a apoyarse en la pared.
‑¡Ah! ¡Dios mío!, señora ‑exclamó Debray‑, ¿qué os ocurre? ¡Cuán
pálida estáis!
‑Nada más sencillo ‑respondió la señora de Villefort‑; porque el
conde nos cuenta historias espantosas con la única intención de hacernos morir
de miedo.
‑Sí..., sí ‑dijo Villefort‑; en efecto, conde, asustáis a estas
señoras.
‑¿Qué os ocurre? ‑dijo en voz baja Debray a la señora Danglars.
‑Nada, nada ‑respondió ésta haciendo un esfuerzo‑‑, tengo necesidad
de aire y nada más.
‑¿Queréis bajar al jardín? ‑preguntó Debray ofreciendo su brazo
a la señora Danglars y adelantándose hacia la escalera falsa.
‑No ‑dijo‑, no; prefiero estar aquí.
‑En verdad, señora ‑dijo Montecristo‑, ¿es verdadero ese terror?
‑No, señor ‑dijo la señora Danglars‑; pero es que tenéis una
.manera de contar las cosas, que da a la ilusión un aspecto de realidad.
‑¡Oh! ¡Dios mío!, sí ‑dijo Montecristo‑‑, y todo eso depende de
la imaginación; y si no, ¿por qué no nos habíamos de representar esta
habitación como la alcoba de una honrada madre de familia? Esta cama con sus
matices de púrpura, como una casa visitada por la diosa Lucina, y esta escalera
misteriosa, el camino por donde, despacio, y para no turbar el sueño reparador
de la paciente, pasa el médico o la nodriza, o el mismo padre, llevando en sus
brazos al niño que duerme...
Esta vez la señora Danglars, en lugar de tranquilizarse al oír
esta dulce descripción, lanzó un gemido y se desmayó completamente.
‑La señora Danglars está enferma... ‑murmuró Villefort‑, tal vez
será preciso transportarla a su carruaje.
‑¡Oh! ¡Dios mío! ‑dijo Montecristo‑, ¡y yo que he olvidado mi
pomo!
‑Yo tengo aquí el mío ‑dijo la señora de Villefort.
Y dio a Montecristo un pomo de un licor rojo, parecido a aquel
cuya bienhechora influencia ejerció sobre Eduardo, administrado por el conde.
‑¡Ah! ‑dijo Montecristo, recibiéndolo de las manos de la señora
de Villefort.
‑Sí ‑murmuró ésta‑, lo he probado siguiendo vuestras instrucciones.
‑Perfectamente.
Transportaron a la señora Danglars a la alcoba contigua.
Montecristo dejó caer sobre sus labios
una gota de licor rojo, que la hizo volver en sí.
‑¡Oh! ‑dijo‑‑, ¡qué sueño tan horrible!
Villefort le apretó con fuerza el brazo, para hacerle comprender
que no había soñado.
Buscaron al señor Danglars, que, poco sensible a las impresiones
poéticas, había bajado al jardín, y hablaba con el señor Cavalcanti padre, de
un proyecto de ferrocarril de Liorna a Florencia.
Montecristo parecía desesperado; dio el brazo a la señora Danglars
y la llevó al jardín, donde encontraron al señor Danglars totnando el café
entre los dos Cavalcanti.
‑En verdad, señora ‑dijo‑, ¿tanto os he asustado?
‑No, señor; pero sabéis que las cosas nos hacen más o menos
impresión, según la disposición de ánimo en que nos encontramos.
Villefort hizo un esfuerzo para sonreírse.
‑Y entonces, ya comprendéis ‑dijo‑; basta una suposición, una...
‑Sí, sí ‑dijo Montecristo‑, creedme, si queréis, estoy persuadido
de que se ha cometido un crimen en esta casa.
‑Cuidado ‑dijo la señora de Villefort‑, mirad que tenemos aquí
al procurador del rey.
‑¡Oh! ‑dijo Montecristo‑, tanto mejor, y me aprovecho de esta
circunstancia para hacer mi declaración.
‑¿Vuestra declaración...? ‑dijo.
‑Sí, y en presencia de testigos.
‑Todo eso es muy interesante ‑dijo Debray‑, y si hay crimen,
vamos a hacer admirablemente la digestión.
‑Hay crimen ‑dijo Montecristo‑. Venid por aquí, señores; venid,
señor de Villefort; venid y os haré la declaración.
Montecristo se cogió del brazo de Villefort, y al mismo tiempo
que estrechaba con el suyo el de la señora Danglars, condujo al procurador del
rey debajo del plátano, donde la sombra era más densa.
Todos los demás convidados les siguieron.
‑Mirad ‑dijo Montecristo‑, aquí, en este mismo sitio ‑y daba con
el pie contra la tierra‑, aquí, para rejuvenecer estos árboles muy viejos ya,
mandé que levantasen la tierra para que echasen estiércol; mis trabajadores,
mientras estaban cavando, desenterraron un cofre, o más bien los pedazos de un
cofre, que contenía un niño recién nacido; yo creo que esto no es ilusión.
Montecristo sintió crisparse sobre el suyo el brazo de la señora
Danglars y estremecerse el de Villefort.
‑Un niño recién nacido ‑repitió Debray‑, ¡diablos!, eso es más
serio de lo que yo creía.
‑Ya veis ‑dijo Chateau‑Renaud‑ que no me equivocaba cuando
decía hace poco que las casas tenían un alma y un rostro como los hombres, y
que llevan en su fisonomía un reflejo de sus entrañas. La casa estaba triste
porque tenía remordimientos y tenía remordimientos porque ocultaba un crimen.
‑¡Oh! ¿Quién puede asegurar que se trate de un crimen? ‑repuso
Villefort haciendo el último esfuerzo.
‑¡Cómo! ¿Un niño enterrado vivo en un jardín, no es un crimen? ‑exclamó
Montecristo‑. ¿Cómo llamáis a esa acción, señor procurador del rey?
‑Pero ¿quién dice que haya sido enterrado vivo?
‑Si estaba muerto, ¿para qué lo habían de enterrar aquí? Este
jardín no ha sido nunca cementerio.
‑¿Qué castigo tienen en este país los infanticidas? ‑preguntó el
mayor Cavalcanti.
‑¡Oh!, se les corta la cabeza ‑respondió Danglars.
_‑¡Ah! , se les corta la cabeza ‑repitió Cavalcanti.
‑Ya lo creo..., ¿no es verdad, señor de Villefort? ‑dijo
Montecristo.
‑Sí, señor conde ‑respondió éste con un acento que nada tenía de
humano.
Comprendiendo Montecristo que ya habían sufrido bastante las dos
personas para quienes había preparado esta escena, y no queriendo llevarla más
lejos:
‑¡Señores ‑dijo‑, nos hemos olvidado de tomar el café!
Y condujo a sus invitados a una mesa colocada en medio de una
alameda.
‑En verdad, señor conde ‑dijo la señora Danglars‑, me avergüenzo
de confesar mi debilidad; pero todas estas espantosas historias me han
transtornado mucho; dejadme sentar y descansar un momento, os lo ruego.
Y cayó sobre un asiento.
Montecristo la saludó y se aproximó a la señora de Villefort.
‑Creo que la señora Danglars tiene necesidad otra vez de vuestro
pomo ‑dijo.
Pero antes de que la señora de Villefort se hubiese acercado a
su amiga, el procurador del rey había dicho ya , al oído de la señora Danglars.
‑Es necesario que os hable.
‑¿Cuándo?
‑Mañana.
‑¿Dónde?
‑En el tribunal, si queréis, que es el sitio más seguro.
‑No faltaré.
En aquel instante se acercó la señora de Villefort.
‑Gracias, querida amiga ‑dijo la señora Danglars procurando
sonreírse‑, no es nada, y me siento mucho mejor.
Iba oscureciendo; la señora de Villefort había manifestado
deseos de volver a París, lo cual no se atrevió a hacer la señora Danglars, a
pesar del malestar que sufría.
Al oír el deseo de su mujer, el senior de Villefort se apresuró
a dar la orden de partida; ofreció un lugar en su carretela a la señora
Danglars, a fin de que la cuidase su mujer. En cuanto al señor Danglars,
absorto en una conversación industrial de las más interesantes con el señor
Cavalcanti, no prestaba ninguna atención a lo que pasaba.
Montecristo, al pedir el pomo a la señora de Villefort, notó que
el señor de Villefort se había aproximado a la señora Danglars, y guiado por la
situación, adivinó lo que había dicho, aunque Villefort habló tan bajo que
apenas la señora Danglars pudo oírlo. Dejó partir a Morrel, a Debray y a
Chateau‑Renaud a caballo, y subir a las dos señoras a la carretela de
Villefort; por su parte Danglars, cada vez más encantado con Cavalcanti padre,
le invitó a que subiese con él en su cupé.
En cuanto al hijo Cavalcanti se acercó a su tílburi que le
aguardaba delante de la puerta, y cuyo caballo tenía del bocado un groom levantado
sobre las puntas de sus pies y que afectaba las maneras inglesas.
Durante lá comida, Andrés no había hablado mucho, porque era un
joven inteligente, y había experimentado naturalmente el temor de decir alguna
tontería en medio de aquellos invitados ricos y poderosos, entre los cuales
sus ojos no veían con gusto a un procurador del rey.
Había simpatizado con Danglars, que después de haber lanzado una
mirada escudriñadora al padre y al hijo, pensó que el padre sería algún nabab
que había venido a París para perfeccionar la educación de su hijo. Había
contemplado con indecible complacencia el enorme diamante que brillaba en el
dedo pequeño del mayor, porque éste, a fuer de hombre prudente y experimentado,
temiendo que sucediese algún accidente a sus billetes de banco,los había
convertido en seguida en un objeto de valor.
Después de la comida, bajo pretexto de industria y de viaje, preguntó
al padre y al hijo acerca de su modo de vivir, y el padre y el hijo, prevenidos
de que era en casa de Danglars donde debía serles abierto, al uno su crédito de
cuarenta y ocho mil francos, y al otro su crédito anual de cincuenta mil
libras, estuvieron muy amables y simpáticos con Danglars.
Había algo que de un modo especial aumentó la consideración,
casi diremos la veneración de Danglars, hacia Cavalcanti. Este, fiel al
principio de Horacio, nihil admirari, se había contentado, como se ha
visto, con dar una prueba de su ciencia, diciendo en qué lago se pescaban las
famosas lampreas. Había comido además su parte sin decir una sola palabra.
Danglars dedujo de esto que esta especie de suntuosidades eran familiares al
ilustre descendiente de los Cavalcanti, el cual se alimentaría en Luca de truchas
que mandaría traer de Suiza y de langostas que le enviarían de Bretaña por
medio de procedimientos semejantes a aquellos de que se había servido el conde
para hacer traer lampreas del lago Fusaro, y esturiones del Volga.
Así, pues, fueron acogidas con gran satisfacción las palabras de
Cavalcanti:
‑Mañana, caballero, tendré el honor de haceros uña visita y
hablaremos de negocios.
‑Y yo, caballero ‑respondió Danglars‑, os agradeceré sumamente
esa visita.
Después de esto, propuso a Cavalcanti, si esto no le privaba del
placer de estar al lado de su hijo, volverle a conducir al Hotel des
Princes.
A lo cual Cavalcanti respondió que de algún tiempo a aquella
parte su hijo llevaba la vida de joven soltero; que, por consiguiente, tenía
sus caballos y su carruaje, y que no habiendo venido juntos, no veía ninguna
dificultad en que se fuesen separados. El mayor subió, pues, al carruaje de
Danglars, y el banquero se sentó a su lado, cada vez más encantado de las ideas
de orden y de economía de aquel hombre, que destinaba sin embargo a su hijo
cincuenta mil francos al año. Por lo que a Andrés se refiere, empezó a darse
tono, riñendo a su groom, porque en lugar de venirle a buscar al pie de la
escalera, le esperaba a la puerta de entrada, lo cual le había causado la
molestia de andar treinta pasos más para buscar su tílbury. El groom
recibió el sermón con humildad, cogió, para contener el caballo que pateaba de
impaciencia, el bocado con la mano izquierda, entregó con la mano derecha las
riendas a Andrés, que las tomó y apoyó ligeramente su bota charolada sobre el
estribo.
En aquel momento sintió que una mano se apoyaba sobre su hombro.
El joven se volvió, creyendo que Danglars y Montecristo se
habían olvidado de decirle alguna cosa, y venían a decírselo en el momento de
partir.
Sin embargo, en lugar del uno o del otro, vio un rostro extraño,
tostado por el sol, rodeado de una barba espesa, ojos brillantes, y una sonrisa
burlona, que movía unos labios gruesos que dejaban ver dos filas de dientes
blancos, unidos y salientes como los de un lobo o un chacal.
Un pañuelo de cuadros encarnados cubría aquella cabeza de cabellos
canos y crespos, un chaquetón grasiento y desgarrado cubría aquel cuerpo
delgado y huesoso; en fin, la mano que se apoyó sobre el hombro de Andrés, y
que fue lo primero que vio el joven, le pareció de una dimensión gigantesca.
Si reconoció el joven esta fisonomía a la luz de las farolas de
su tílbury, o se admiró solamente del terrible aspecto de este interlocutor,
no podemos decirlo; el caso es que se estremeció y retrocedió vivamente.
‑¿Qué queréis? ‑dijo.
‑Disculpad, caballero ‑respondió el hombre llevando la mano a su
pañuelo encarnado‑; os incomodo tal vez, pero tengo que hablaros.
‑No se pide limosna por la noche ‑dijo el groom haciendo un
movimiento para desembarazar a su amo de este importuno.
‑Yo no pido limosna, señorito ‑dijo el hombre desconocido al
lacayo, fijándole una mirada tan irónica y una sonrrisa tan espantosa que éste
se apartó‑; deseo tan sólo decir dos palabras a vuestro amo, que me encargó de
una comisión hace quince días.
‑Veamos ‑dijo Andrés a su vez levantando la voz para que el
lacayo no notase su turbación‑; ¿qué queréis? Despachad pronto.
‑Quisiera... quisiera... ‑dijo en voz baja el hombre del pañuelo
encarnado‑, que me ahorraseis el trabajo de tener que volver a pie a Paris.
Estoy cansado y como no he comido tan bien como tú, apenas puedo tenerme en
pie.
El joven se estremeció ante semejante familiaridad.
‑Pero, en fin ‑dijo‑, veamos, ¿qué queréis de mí?
‑¡Y bien!, quiero que me dejes subir en tu lindo carruaje y que
me conduzcas a París.
Andrés palideció, pero no respondió.
‑¡Oh!, sí, sí ‑dijo el hombre del pañuelo encarnado metiendo
sus manos en los bolsillos y mirando al joven con ojos provocadores‑; se me ha
ocurrido esta idea, ¿lo has oído, querido Benedetto?
Al oír este nombre el joven reflexionó sin duda, porque se
acercó al groom y le dijo:
‑Este hombre ha sido, en efecto, encargado por mí de una comisión
cuyo resultado me tiene que contar. Id a pie hasta la barrera; allí tomaréis un
cabriolé, de este modo no iréis a pie hasta casa.
El lacayo se alejó sorprendido.
‑Dejadme al menos acercarme a la sombra ‑dijo Andrés.
‑¡Oh!, en cuanto a eso, yo voy a conducirte a un sitio bueno ‑repuso
el hombre del pañuelo encarnado.
Y cogió por el bocado al caballo, conduciendo el tílbury a un
sitio donde, en efecto, nadie podía presenciar el honor que le hacía Andrés.
‑¡Oh!, no vayas a creer que esto lo hago por tener la gloria de
ir en un lindo carruaje, no, lo hago solamente porque estoy
agobiado de fatiga, y luego, porque tengo que decirte dos palabras.
‑Veamos; subid ‑dijo el joven.
Lástima que no fuera de día, porque hubiera sido un espectáculo
curioso el ver a este pordiosero sentado sobre los almohadones del tílbury
junto al joven y elegante conductor del carruaje.
Andrés llevó su caballo al trote largo hasta la última casa del
pueblo sin hablar con su compañero, quien, por su parte, se sonreía y guardaba
silencio, como encantado de pasearse en un carruaje tan cómodo y elegante.
Una vez fuera de Auteuil, Andrés miró en derredor para asegurarse
sin duda de que no podían verlos ni oírlos, y entonces, deteniendo su caballo
y cruzando los brazos delante del hombre del pañuelo encarnado:
‑Veamos ‑le dijo‑, ¿por qué venís a turbarme en mi tranquilidad?
‑Y tú, muchacho, ¿por qué desconfías de mí?
‑¿Y por qué decís que yo desconfío de vos?
‑¿Por qué...?, ¡diablo!, nos separamos en el puerto de Var, me
dices que vas a viajar por el Piamonte y por Toscana, y en vez de hacerlo así,
lo vienes a París.
‑¿Y qué tenéis que ver con eso?
‑¿Yo?, nada...; al contrario, confío en que me servirá de mucho.
‑¡Ah!, ¡ah! ‑dijo Andrés‑, ¿es decir, que especuláis o pensáis
especular conmigo?
‑¡Bueno! ¡Así me gusta, al grano, al grano!
‑Pues no lo creáis, señor Caderousse, os lo advierto.
‑¡Oh!, no lo enfades, chiquillo, tú bien debes saber lo que es
la desgracia; la desgracia hace a los hombres celosos. Yo lo creía recorriendo
el Piamonte y la Toscana, obligado a servir de facchino o de cicerone
para poder comer; lo compadezco en el fondo de mi corazón, es decir, ¡te
compadecía como lo hubiera hecho con mi hijo! Bien sabes, Benedetto, que yo lo
he llamado siempre mi hijo y que lo he tratado como tal, y que...
‑¡Adelante, adelante... !
‑Paciencia, amiguito, que nadie nos persigue.
‑Paciencia tengo; veamos..., acabad.
‑Pues, señor, lo veo, cuando menos lo pensaba, atravesar la barrera
de Bonshommes con un groom, con un tílbury, ¡con un traje precioso. .. !
Dime, chico, has descubierto alguna mina o. ..
‑En fin, como decíais, confesáis que estáis celoso...
‑No, estoy satisfecho, tan satisfecho que he querido darte mi
enhorabuena, chiquillo; pero, como no estaba tan bien vestido como tú, no he
querido comprometerte...
‑¡Vaya manera de tomar precauciones! ‑dijo Andrés‑, ¡os acercáis
a mí delante de mi criado!
‑¿Y qué quieres, hijo mío? Me acerco a ti cuando puedo echarte
la mano, tienes un caballo muy vivo, un tílbury muy ligero, tú eres
naturalmente escurridizo como una anguila; si lo me llegas a escapar esta
noche, tal vez no lo hubiera encontrado nunca.
‑Ya veis que no trato de ocultarme...
‑¡Dichoso tú! Yo quisiera decir otro tanto; yo sí, me oculto,
sin contar con que temía que no me conocieses; pero, felizmente, me has
reconocido ‑añadió Caderousse con una sonrisa maligna‑, ¡eres un buen muchacho!
‑Veamos ‑dijo Andrés‑, ¿qué es lo que necesitáis?
‑¿No me tuteas ya? ¡Haces mal, Benedetto, a un antiguo camarada...!,
ten cuidado, o harás que me vuelva exigente.
Esta amenaza apaciguó la cólera del joven, que, habiéndose levantado
un aire violento, puso su caballo al trote.
‑Haces mal, Caderousse ‑dijo‑, en tratar así a un antiguo
compañero, como decías hace poco; tú eres marsellés, yo soy...
‑¿Sabes tú lo que eres...?
‑No, pero he sido educado en Córcega; tú eres viejo y terco, yo
soy joven y testarudo. Entre personas como nosotros, la amenaza es cosa mala, y
no se debe abusar; ¿tengo yo la culpa si la fortuna que sigue siéndote adversa,
me favorece a mí ahora?
‑De modo que es buena lo fortuna, ¿eh? ¿Y ése no es tílbury prestado,
ni tus vestidos son tampoco prestados? Bueno, ¡tanto mejor! ‑dijo Caderousse
cuyos ojos brillaron de codicia.
‑¡Oh!, bien lo ves y bien lo sabes, cuando lo acercaste a mí ‑dijo
Andrés animándose cada vez más‑. Si yo llevase un pañuelo como el tuyo en mi
cabeza, un chaquetón grasiento sobre mis hombros, tampoco tú me reconocerías a
mí.
‑Es decir, que me desprecias, y haces mal; ahora que lo he encontrado,
nada me impide ir bien vestido, puesto que conozco lo buen corazón; si tienes
dos vestidos me darás uno; yo lo daba antes mi ración de sopa y de albaricoques
cuando tenías mucha hambre.
‑Es cierto =dijo Andrés.
‑¡Qué apetito tenías! ¿Sigues teniéndolo tan bueno?
‑Sí, siempre ‑dijo Andrés riendo.
‑¡Qué bien habrás comido en casa de este príncipe de donde
sales!
‑No es un príncipe, es sólo conde.
‑¡Un
conde!, pero rico, ¿no?
‑Sí, ¡pero es un hombre muy raro!
‑Nada tengo yo que ver con lo conde, contigo solamente es con
quien yo tengo mis proyectos, y después lo dejaré en paz. Pero ‑añadió
Caderousse con aquella sonrisa maligna que ya había brillado en sus labios‑,
pero es menester que me des algo para eso, ya comprendes.
‑Veamos: ¿cuánto lo hace falta?
‑Yo creo que con cien francos al mes...
‑¡Y bien!
‑Viviría.
‑¿Con cien francos?
‑Pero mal, ya me entiendes, pero con...
‑¿Con. . . ?
‑Ciento cincuenta francos, sería muy feliz.
‑Aquí tienes doscientos ‑dijo Andrés.
Y entregó a Caderousse diez luises de oro.
‑Está bien ‑dijo Caderousse.
‑Preséntate en casa del portero todos los días primeros de mes y
lo entregarán otro tanto.
‑Bueno: ¡eso es humillarme!
‑¿Cómo?
‑Ya me obligas a tener que andar metido con lo gente; nada,
nada, yo no quiero tratar con nadie más que contigo.
‑¡Pues bien!, sea así, pídemelo a mí todos los días primeros del
mes; mientras tenga yo mi renta, tú tendrás la tuya:
‑¡Vamos! ¡Vamos!, ya veo que no me había equivocado, eres un
buen muchacho, y es una felicidad que la fortuna se muestre propicia con la
gente de lo ralea, vaya, cuéntame tus aventuras.
‑¿Para qué quieres saber eso? ‑preguntó Cavalcanti.
‑¡Bueno! ¡Ya vuelves a desconfiar!
‑No; ¡he encontrado a mi padre...!
‑¡Un verdadero padre!
‑¡Diantre!, mientras pague...
‑Tú creerás y honrarás, es justo. ¿Cómo llamas a lo padre?
‑El mayor Cavalcanti.
‑¿Y está contento de ti?
‑Hasta ahora, así parece.
‑¿Y quién lo ha hecho encontrar a ese padre? >
‑El conde de Montecristo.
‑¿Es el conde en cuya casa has estado? ,
‑Sí.
‑Vamos, chico, procura colocarme en su casa, diciéndole que soy
un pariente tuyo.
‑Bien, le hablaré de ti; mientras tanto, ¿qué vas a hacer?
‑¡Yo!
‑Sí, tú.
‑¡Qué bueno eres, que lo preocupas por mí!
‑Me parece que, puesto que tú lo interesas por mí ‑repuso Andrés‑,
yo debo también tomar algunos informes.
‑Es justo... Voy a alquilar un cuarto en una casa honrada, cubrirme
con un traje decente, afeitarme todos los días, y después iré a leer los
periódicos al café. Por la noche entraré en algún teatro y pareceré un panadero
retirado, éste es mi sueño.
‑Vamos, no está mal. Si quieres poner en práctica ese proyecto,
y obrar con prudencia, todo lo saldrá bien.
‑Y tú qué vas a ser..., ¿par de Francia?
‑¡Oh! ‑dijo Andrés‑, ¿quién sabe?
‑El mayor Cavalcanti lo es tal vez... pero...
‑Déjate de política, Caderousse... Y ahora que tienes lo que
quieres y que estamos a punto de llegar, apéate y esfúmate.
‑¡No, no, amigo!
‑¿Cómo que no?
‑Pero reflexiona, muchacho: con un pañuelo encarnado en la
cabeza, casi sin zapatos, sin pasaporte y con doscientos francos en el
bolsillo, me detendrían sin duda en la barrera. Entonces me vería obligado,
para justificarme, a decir que tú me habías dado estos diez napoleones de oro;
de aquí resultarían los informes, las pesquisas; averiguarían que me había
escapado de Tolón y me llevarían de brigada en brigada a las orillas del
Mediterráneo. Volvería a ser el número 106, y ¡adiós mi sueño de querer pasar por
un panadero retirado! No, hijo mío, prefiero quedarme y vivir honradamente en
la capital.
Andrés frunció el entrecejo; una idea sombría pasó por su mente.
Se detuvo un instante, arrojó una mirada a su alrededor, y cuando su mirada
acababa de describir el círculo investigador, su mano descendió inocentemente
hacia su bolsillo, donde empezó a acariciar la culata de una pistola.
Pero mientras tanto Caderousse, que no perdía de vista a su compañero,
llevaba sus manos detrás de su espalda y sacaba poco a poco un cuchillo que
llevaba siempre consigo por lo que pudiera suceder.
Los dos amigos, como se ha visto, eran dignos de comprenderse, y
se comprendieron; la mano de Andrés salió inofensiva de su bolsillo y se
dirigió a su bigote, que acarició durante cierto rato.
‑¡El bueno de Caderousse! ‑tlijo‑; ¿de modo que ahora vas a ser
feliz?
‑Haré todo lo posible ‑respondió el posadero del puente de Gard,
introduciendo el cuchillo en su manga.
‑Vamos, vamos, entremos en París. ¿Pero cómo vas a arreglártelas
para pasar la barrera sin despertar sospechas? Yo creo que más lo expones yendo
en carruaje que a pie.
‑Espera ‑dijo Caderousse‑, ahora verás.
Cogió el capote que el groom había dejado en su asiento, lo echó
sobre sus hombros, se apoderó después del sombrero de Cavalcanti y se lo puso.
Entonces afectó la postura de un lacayo cuyo amo va conduciendo el carruaje.
‑Y yo ‑dijo Andrés‑ me voy a quedar con la cabeza descubierta.
‑¡Psch! ‑dijo Caderousse‑; hace tanto aire, que muy bien puede
haberte llevado el sombrero.
‑Vamos ‑dijo Andrés‑, y acabemos de una vez.
‑¿Qué es lo que lo detiene? No soy yo, según creo.
‑¡Silencio! ‑dijo Cavalcanti.
Atravesaron la barrera sin incidente alguno.
En la primera travesía, Andrés detuvo su caballo, y Caderousse
se bajó del tílbury.
‑¡Y bien! ‑dijo Andrés‑, ¿y el capote de mi lacayo, y mi
sombrero?
‑¡Ah! ‑respondió Caderousse‑, tú no querrás que vaya a resfriarme,
¿verdad?
‑¿Pero y yo?
‑Tú eres joven, al paso que yo empiezo ya a envejecer; hasta la
vista, Benedetto.
Dicho esto, dirigióse a una callejuela, por donde desapareció.
‑¡Ay! ‑dijo Andrés arrojando un suspiro‑, ¡no puede uno ser
completamente feliz en este mundo!
En la plaza de Luis XV, los tres jóvenes se habían separado, es
decir, que Morrel tomó por los bulevares; Chateau‑Renaud, por el puente de la
Revolución, y Debray siguió a lo largo del muelle.
Morrel y Chateau‑Renaud, según toda probabilidad, se dirigieron
cada cual a su casa: pero Debray no imitó su ejemplo.
Así que hubo llegado a la plaza del Louvre, echó hacia la
izquierda, atravesó el Carrousel al trote largo, se metió por la calle de San
Roque, desembocó en la de Michodière, y llegó a la puerta de la casa del señor
Danglars, justamente en el momento en que la carretela del señor Villefort,
después de haberlos dejado a él y a su mujer en el barrio de Saint‑Honoré, se
detenía para dejar a la baronesa en su casa.
Debray, conocido ya de la casa, entró primeramente en el patio,
entregó la brida a un criado, y volvió a la portezuela para recibir a la señora
Danglars, a la cual ofreció el brazo para volver a sus habitaciones. Una vez
cerrada la puerta, y la baronesa y Debray en el patio:
‑¿Qué tenéis, Herminia‑, dijo Debray‑, y por qué os indispusisteis
tanto al oír aquella historia o más bien aquella fábula que contó el conde?
‑Porque esta tarde ya me encontraba muy mal, amigo mío ‑dijo la
baronesa.
‑No, no, Herminia ‑dijo Debray‑, no me haréis creer eso.
Estabais perfectamente cuando fuisteis a la casa del conde. El señor Danglars
era el único que estaba un poco cabizbajo, es verdad, pero yo sé el caso que
vos hacéis de su malhumor; ¿os han hecho algo? Contádmelo; bien sabéis que no
sufriré nunca que os causen algún pesar.
‑Os engañáis, Luciano, os lo aseguro ‑repuso la señora Danglars‑,
y no ha habido más que lo que os he dicho; estaba de mal humor, sin saber yo
siquiera la causa.
Era evidente que la señora Danglars se hallaba bajo la
influencia de una de esas irritaciones nerviosas de las que apenas pueden darse
cuenta a sí mismas las mujeres, o que, como había adivinado Debray, había
experimentado alguna conmoción oculta que no quería confesar a nadie; a fuer de
hombre acostumbrado a conocer el talante de las mujeres, no insistió más,
esperando el momento oportuno, ya sea para una nueva interrogación o para una
confesión motu proprio.
La baronesa encontró en la puerta de su cuarto a Cornelia.
Cornelia era la camarera de confianza de la baronesa.
‑¿Qué hace mi hija? ‑preguntó la señora Danglars.
‑Ha estado estudiando toda la tarde ‑respondió Cornelia‑, y
luego se ha acostado.
‑Creo que oigo su piano.
‑Es la señorita Luisa de Armilly que está tocando, mientras que
la señorita está en la cama.
‑Bien ‑dijo la señora Danglars‑; venid a desnudarme.
Entraron en la alcoba. Debray se recostó sobre un sofá, y la
señora Danglars pasó a su gabinete de tocador con Cornelia.
‑Querido Luciano ‑dijo la señora Danglars a través de la puerta
del gabinete‑, ¿os seguís quejando aún de que Eugenia no os dispensa
el honor de dirigiros la palabra?
‑Señora ‑dijo Luciano jugando con el perrito americano de la
baronesa, el cual, reconociéndole por amigo de la casa, le hacía mil caricias‑;
no soy yo el único que os da esas quejas, y creo haber oído a Morcef quejarse a
vos el otro día de que no podía sacar una palabra siquiera a su futura esposa.
‑Es cierto ‑dijo la señora Danglars‑, pero yo creo que una de
estas mañanas cambiará todo eso, y veréis entrar en vuestro gabinete a
Eugenia.
‑¿En mi gabinete?
‑Es decir, en el del ministro.
‑¿Para qué?
‑Para pediros que la contratéis en la ópera; ¡oh!, nunca he
visto tal pasión por la música, ¡es ridícula esa afición en una persona de
mundo!
Debray se sonrió.
‑Pues bien ‑dijo‑; que vaya con el consentimiento del barón y
con el vuestro, y la contrataré, aunque somos muy pobres para pagar un talento
tan notable como el suyo.
‑Podéis marcharos, Cornelia, ya no os necesito ‑dijo la señora
Danglars.
Cornelia desapareció y un instante después la señora Danglars
salió de su gabinete con un negligé encantador y fue a sentarse al lado de
Luciano.
Quedóse un momento pensativa, acariciando a su perrito.
Luciano la miró un instante en silencio.
‑Veamos, Herminia ‑dijo al cabo de un rato‑, responded francamente,
tenéis un pesar, ¿no es así?
‑No, ninguno ‑respondió la baronesa.
Y sin embargo parecía sofocada; levantóse, procuró respirar y
fue a mirarse a un espejo.
‑Esta noche estoy terrible‑dijo.
Debray se levantó sonriendo, para desengañar a la baronesa, cuando
de repente se abrió la puerta. Danglars entró en la habitación y Debray se
volvió a sentar. Al ruido que la puerta produjo al abrirse, se volvió la señora
Danglars, y miró a su marido con un asombro que no trató de disimular.
‑Buenas noches, señora ‑dijo el banquero‑; buenas noches, señor
Debray.
Sin duda creyó la baronesa que esta visita imprevista
significaba una especie de deseo de reparar las palabras amargas que se le escaparon
al barón durante aquella tarde.
Adoptó un aire de dignidad, y volviéndose hacia Luciano, sin
responder a su marido:
‑Leedme algo, señor Debray ‑le dijo.
Debray, a quien esta visita inquietara algún tanto de momento,
recobró su calma al observar la de la baronesa, y extendió la mano hada un
libro abierto.
‑Perdonad ‑le dijo el banquero‑, pero os vais a fatigar, baronesa,
velando hasta tan tarde; son las once, y el señor Debray vive bastante lejos.
Debray se quedó estupefacto, no porque el tono con que el banquero
dijera estas palabras dejase de ser sumamente cortés y tranquilo, sino porque a
través de esta cortesía y de esta tranquilidad, percibía un vivo deseo de parte
del banquero por contrariar aquella noche la voluntad de su mujer...
La baronesa se quedó tan asombrada, y manifestó su asombro por
una mirada tal, que sin duda hubiera dado que pensar a su marido si éste no
hubiera tenido los ojos fijos en un periódico.
Así, pues, esta mirada tan terrible fue lanzada al vacío, y
quedó completamente sin efecto.
‑Señor Luciano ‑dijo la baronesa‑, debo deciros que me siento
sin ganas de dormir esta noche, tengo mil cosas que contaros, y vais a pasarla
escuchándome, aunque para ello tuvieseis que dormir en pie.
‑Estoy a vuestras órdenes, señora ‑respondió Luciano con flema.
‑Querido señor Debray ‑dijo el banquero a su vez‑, no os
incomodéis en escuchar ahora las locuras de la señora Danglars, porque
tendréis tiempo de escucharlas mañana; pero esta noche la consagraré yo, si
así me lo permitís, a hablar con mi mujer de graves asuntos.
El golpe iba tan bien dirigido esta vez, y caía tan a plomo, que
dejó aturdidos a Debray y a la señora Danglars; ambos se interrogaron con la
mirada como para buscar un recurso contra aquella agresión; pero el
irresistible poder del dueño de la casa triunfó, y e1 marido ganó la partida.
‑No vayáis a creer que os despido, querido señor Debray ‑prosiguió
Danglars‑; no, no; una circunstancia imprevista me obliga a desear tener esta
noche una conversación con la baronesa; esto me sucede muy pocas veces, para
que se me guarde rencor.
Debray balbució algunas palabras, saludó y salió.
‑¡Es increíble ‑dijo así que hubo cerrado tras sí la puerta‑,
cuán fácilmente saben dominarnos estos maridos a quienes tan ridículos
creemos. .. !
No bien hubo partido Luciano, cuando Danglars se acomodó en el
sofá, cerró el libro abierto, y tomando una postura altamente aristocrática a
su modo de ver, siguió jugando con el perrito. Pero como éste no simpatizaba lo
mismo con él que con Debray, intentó morderle; entonces le cogió por el
pescuezo y lo arrojó sobre un sillón al otro lado del cuarto.
El animal lanzó un grito al atravesar el espacio; pero apenas
llegó al término de su camino aéreo se ocultó detrás de un cojín, y estupefacto
de aquel trato a que no estaba acostumbrado, se mantuvo silendoso y sin
moverse.
‑¿Sabéis, caballero ‑dijo la baronesa, sin pestañear‑, que
hacéis progresos? Generalmente, no sois más que grosero, pero esta noche estáis
brutal.
‑Es porque estoy de peor humor que otros días ‑respondió
Danglars.
Herminia miró al banquero con desdén. Estas ojeadas exasperaban
antes al orgulloso Danglars; pero ahora no pareció darse cuenta de ellas.
‑¿Y qué tengo yo que ver con vuestro malhumor? ‑respondió la
baronesa, irritada por la impasibilidad de su marido‑; ¿me importa algo? Buen
provecho os hagan vuestros malos humores, y puesto que tenéis escribientes y
empleados a vuestra disposición, desahogaos con ellos.
‑No ‑respondió Danglars‑; desvariáis en vuestros consejos, señora;
así, pues, no los seguiré. Mis escribientes son mi Pactolo, como dice, según
creo, el señor Demoustier, y yo no quiero alterar su curso ni su calma. Mis
empleados son personas honradas, que me labran mi fortuna, y a quienes pago
menos de lo que se merecen; no, no, me guardaré bien de encolerizarme con
ellos; con los que me encolerizaré es contra las personas que se comen mi
dinero, que usan de mis caballos, abusando ya, y que están arruinando mi caja.
‑¿Y quienes son las personas que arruinan vuestra caja?
Explicaos con más claridad, caballero.
‑¡Oh!, tranquilizaos, si hablo por enigmas, no tardaré en daros
la solución ‑repuso Danglars‑. Las personas que arruinan mi caja son las
personas que sacan de ella la suma de setecientos mil francos.
‑No os comprendo, caballero ‑dijo la baronesa tratando de disimular
a la vez la emoción de su voz y el carmín que iba cubriendo sus mejillas.
‑Al contrario, comprendéis perfectamente ‑dijo Danglars‑; pero
si vuestra mala voluntad continúa así, os diré que acabo de perder setecientos
mil francos.
‑¡Ah!, ¡ah! ‑dijo la baronesa‑, ¿acaso tengo yo la culpa de esa
pérdida?
‑¿Por qué no?
‑¿Conque es culpa mía que vos hayáis perdido setecientos mil
francos?
‑Pues mía tampoco es.
‑Acabemos de una vez, caballero ‑repuso agriamente la baronesa‑,
os he dicho que no me habléis de caja; es una lengua que no he aprendido ni en
casa de mis padres, ni en casa de mi primer marido.
‑Yo lo creo, sí, ¡diablo! ‑dijo Danglars‑, porque ni los unos ni
los otros tenían un centavo.
‑Razón de más para que no haya aprendido esa jerigonza del
banco, que me desgarra los oídos desde la mañana hasta la noche; ese dinero que
cuentan y vuelven a contar me es odioso, y el sonido de vuestra voz me es aún
más desagradable.
‑¡Qué raro es lo que decís! ‑dijo Danglars‑, ¡qué extraño es
eso! ¡Y yo que había creído que os tomabais el más vivo interés en mis
operaciones!
‑¡Yo! ¿Y quién os ha podido decir semejante tontería?
‑¡Vos misma!
‑¡Yo!
‑Sin duda.
‑Quisiera saber cuándo os he dicho tal cosa.
‑¡Oh!, es muy fácil. En el mes de febrero último vos fuisteis la
primera que me hablasteis de los fondos de Haití; soñasteis que un buque
entraba en el puerto de Havfe, y traía la noticia de que iba a efectuarse un
pago que se creía remitido a las calendas griegas; hice comprar inmediatamente
todos los vales que pude encontrar de la deuda de Haití, y gané cuatrocientos
mil francos, de los cuales os fueron religiosamente entregados cien mil. Habéis
hecho con ellos lo que os dio la gana, eso no me interesa.
»En el mes de marzo, tratábase de una concesión de caminos de
hierro. Tres sociedades se presentaban ofreciendo garantías iguales. Me
dijisteis que vuestro instinto, y aunque os presumíais enteramente extraña a
las especulaciones, yo lo creo por el contrario muy desarrollado en esta
materia; me dijisteis que vuestro instinto os anunciaba que se daría el
privilegio a la Sociedad llamada del Mediodía. En seguida adquirí las dos
terceras partes de las acciones de esta Sociedad. Se le concedió,
efectivamente, el privilegio, como habíais previsto:
las acciones triplicaron de valor, y gané un millón, del cual os
fueron entregados doscientos cincuenta mil francos. ¿En qué habéis empleado
esta suma? Esto no me interesa.
‑¿Pero adónde queréis ir a parar? ‑exclamó la baronesa estremeciéndose
de despecho y de impaciencia.
‑Paciencia, señora, tened paciencia.
‑Acabad de una vez.
‑En el mes de abril fuisteis a comer a casa del ministro:
hablaron de España, y oísteis una conversación secreta: tratábase de la expulsión
de don Carlos; compré fondos españoles, la expulsión tuvo lugar, y gané
seiscientos mil francos el día en que Carlos V pasó el Bidasoa. De estos
seiscientos mil francos os fueron entregados cincuenta mil escudos, habéis
dispuesto de ellos a vuestro capricho, y yo no os pido cuentas de ello, pero no
por eso es menos cierto que habéis recibido quinientas mil libras este año.
‑¿Y qué?
‑¿Y qué? ¡Pues bien!, hete aquí que de pronto perdéis vuestro
tino y todo se lo lleva el demonio.
‑En verdad..., tenéis un modo de explicaros...
‑El modo que necesito para que me entiendan, nada más. Luego
hará unos tres días hablasteis de política con el señor Debray, y creísteis oír
en sus palabras que don Carlos había entrado en España; entonces vendo mi
renta, se esparce la noticia, hay sospechas, no vendo, doy; al día siguiente se
sabe que la noticia era falsa y esta falsa noticia me ha hecho perder
setecientos mil francos.
‑¿Y bien?
‑¡Y bien!, puesto que yo os doy la cuarta parte cuando gano, vos
tenéis que dármela cuando pierdo. La cuarta parte de setecientos mil francos
son ciento setenta y cinco mil.
‑Pero esto que me decís es una extravagancia, a ignoro en realidad
por qué mezcláis el nombre de Debray en todo esto.
‑Porque si no tenéis por casualidad esos cientos setenta y cinco
mil francos que reclamo, los habréis prestado a vuestros amigos, y el señor
Debray es uno de ellos.
‑¡Cómo! ‑exclamó la baronesa.
‑¡Oh!, nada de aspavientos ni de gritos, ni de escenas
dramáticas, señora, si no me obligaréis a deciros que el señor Debray se estará
regocijando de haber recibido cerca de quinientas mil libras este año, y dirá
que al fin ha encontrado lo que no han podido descubrir nunca los más hábiles
jugadores, es decir, un modo de jugar en el que no se expone ningún dinero y en
el que no se pierde cuando se pierde.
La baronesa no podía contener su indignación.
‑¡Miserable! ‑dijo‑, ¿os atreveríais a decir que no sabíais lo
que os atrevéis a echarme en cara hoy?
‑Yo no os digo si lo sabía, o si no lo sabía; sólo os digo:
observad mi conducta después de cuatro años que hace que no sois mi mujer y que
yo no soy vuestro marido, veréis si ha sido consecuente consigo misma. Algún
tiempo después de nuestra ruptura deseasteis estudiar la música con ese famoso
barítono que se estrenó con tan feliz éxito en el teatro italiano; yo quise
estudiar el baile con aquella bailarina que había adquirido tan buena
reputación en Londres. Esto nos ha costado lo mismo, cien mil francos. Yo nada
dije, porque en los matrimonios debe reinar una completa tranquilidad; cien mil
francos porque el hombre y la mujer conozcan bien a fondo la música y el baile
no es muy caro. Pronto os disgustasteis del canto, y os da la manía por
estudiar la diplomacia con un secretario del ministro; os dejo estudiar. Ya
comprenderéis; ¿qué me importaba mientras que vos pagaseis las lecciones de
vuestro bolsillo? Pero hoy me he dado cuenta de que lo sacáis del mío, y que
vuestro aprendizaje puede costarme setecientos mil francos al mes. Alto ahí,
señora; esto no puede seguir así, o el diplomático dará sus lecciones...
gratis, y entonces lo toleraré, o no volverá a poner los pies en mi casa;
¿habéis oído bien, señora?
‑¡Oh!, eso es ya el colmo, caballero ‑exclamó Herminia sofocada‑,
¡y es un modo muy innoble de portarse con una señora!
‑Pero ‑dijo Danglars‑ veo con placer que no habéis seguido
adelante, y que habéis obedecido a aquel axioma del Código: La mujer debe
seguir al marido.
‑¡ Injurias. .. !
‑Tenéis razón: no pasemos más allá, y razonemos fríamente. Yo
nunca me mezclo en vuestros asuntos sino por vuestro bien; haced vos lo mismo.
¿Mi caja no os interesa, decís? Bien; operad con la vuestra, pero ni llenéis ni
vaciéis la mía. Por otra parte, ¿quién sabe si todo eso no será un ardid
político? ¿Si el ministro, furioso de verme en la oposición y celoso de las
simpatías populares que despierto, no está de acuerdo con el señor Debray para
arruinarme?
‑¡Como es muy probable!
‑Sin duda: ¡quién ha visto nunca... una noticia telegráfica, es
decir, una cosa imposible, o lo que es lo mismo, señales enteramente diferentes
dadas por los últimos telégrafos!, es decir, expresamente en perjuicio mío.
‑Caballero ‑dijo con acento de mayor humildad la baronesa‑‑y no
ignoráis, me parece, que ese empleado ha sido destituido de su
empleo, que se ha hablado de formarle proceso, que se dio orden
de prenderle, y que esta orden hubiera sido ejecutada si no se hubiera
sustraído a las primeras pesquisas por medio de una huida que demuestra su
locura o su culpabilidad... Es un error.
‑Sí, que hace reír a los necios, que hace pasar una mala noche
al ministro, que hace emborronar unos cuantos pliegos de papel a los señores
secretarios de Estado, pero que a mí me cuesta setecientos mil francos.
‑Pero, caballero ‑‑‑dijo de pronto Herminia‑, puesto que todo
eso proviene del señor Debray, ¿por qué en lugar de ir a decírselo directamente
a él venís a darme a mí las quejas? ¿Por qué acusáis al hombre y reprendéis a
la mujer?
‑¿Conozco yo por ventura al señor Debray? ‑dijo Danglars‑;
¿quiero acaso conocerle? ¿Quiero saber si da o no consejos? ¿Quiero seguirlos?
¿Soy yo el que juego? No; ¡vos sois la que lo hacéis todo, y no yo!
‑Me parece que puesto que os aprovecháis...
Danglars se encogió de hombros.
‑¡Son, en verdad, criaturas locas las mujeres que se creen
genios, porque han conducido una o dos intrigas!, pero suponed que hubieseis
ocultado vuestros desórdenes a vuestro mismo marido, lo cual es et ABC del
oficio, porque la mayor parte del tiempo los maridos no quieren ver; ¡no
seríais sino una débil copia de lo que hacen la mitad de vuestras amigas las
mujeres de mundo! Pero no sucede lo mismo conmigo; todo lo he visto: en
dieciséis años me habréis ocultado tal vez un pensamiento, pero no un paso, una
acción, una falta. Mientras vos os felicitabais por vuestro ingenio y habilidad
y creíais firmemente engañarme, ¿qué ha resultado? Que gracias a mi pretendida
ignorancia, desde el señor de Villefort hasta el señor Debray, no ha habido uno
solo de vuestros amigos que no haya temblado delante de mí. Ni uno que no me
haya tratado como amo de la casa, mi único deseo respecto a vos; ni uno que se
haya atrevido a deciros de mí lo que yo mismo os digo hoy; os permito que me
tengáis por odioso, pero os impediré tenerme por ridículo, y sobre todo, os
prohi'bo que me arruinéis.
Hasta el momento en que pronunció el nombre de Villefort, la baronesa
había manifestado algún valor contra todas aquellas quejas; pero al oír este
nombre, levantóse como movida por un resorte, extendió los brazos como para
conjurar una aparición, y dio tres pasos hacia su marido como para arrancarle
el secreto que éste no conocía, o que tal vez algún cálculo odioso, como lo
eran todos los de Danglars, no quería dejar escapar enteramente.
‑¡El señor de Villefort! ¿Qué significa eso? ¿Qué queréis decir?
‑Quiere decir, señora, que el señor de Nargone, vuestro primer marido, como no
era filósofo ni banquero, o siendo tal vez lo uno y lo otro, y viendo que no
podía sacar ningún partido del procurador del rey, murió de pesar o de cólera
al encontraros embarazada de seis meses después de una ausencia de nueve. Soy
brutal, no solamente lo sé, sino que me jacto de ello; me he valido para ello
de uno de mis medios en mis operaciones comerciales. ¿Por qué en lugar de
matar se hizo matar él mismo? ¡Porque no tenía caja que salvar, pero yo, yo
tengo que salvar mi caja! El señor Debray, mi asociado, me hace perder
setecientos mil francos; que sufra su parte de la pérdida, y proseguiremos
adelante con nuestros asuntos; si no, que me haga bancarroto de esas ciento
cincuenta mil libras, y que unido a los que quiebran, que desaparezca. ¡Oh!
¡Dios mío!, es un buen muchacho, lo sé, cuando sus noticias son exactas; pero
cuando no lo son, hay cincuenta en el mundo que valen más que él.
La señora Danglars estaba aterrada; sin embargo, hizo un
esfuerzo sobre sí misma para responder a aquel ataque. Dejóse caer sobre un
sillón, pensando en Villefort, en la escena de la comida, en aquella serie de
desgracias que abrumaban una tras otra su casa, y cambiaban en escandalosas
disputas la tranquilidad de aquel matrimonio.
Danglars no la miró, aunque ella hizo todo lo posible por
desmayarse. Abrió de una patada la puerta de la alcoba, la volvió a cerrar sin
añadir una sola palabra, y entró en su cuarto.
De suerte que al volver en sí, la señora Danglars creyó que
había sido presa de una pesadilla atroz.
Al día siguiente, a la hora que Debray solía elegir para hacer
una visita a la señora Danglars, su cupé no se presentó en el patio.
A esta hora, es decir, hacia las doce y media, la señora
Danglars pidió su carruaje y salió.
Danglars, detrás de una cortina, vio esta salida que esperaba.
Dio la orden de que le avisasen en cuanto volviese la señora, pero a las dos
aún no había vuelto.
A las dos pidió a su vez su carruaje y se dirigió a la Cámara.
Desde las doce, hasta las dos, Danglars había permanecido en su
gabinete, abriendo su correspondencia, trabajando en las operaciones, y
recibiendo entre otras visitas la del mayor Cavalcanti, que, siempre tan
risueño y tan puntual, se presentó a la hora anunciada para terminar su
negocio con el banquero.
Al salir de la Cámara, Danglars, que dio algunas muestras de
agitación durante la sesión, y había hablado más que ningún otro en contra del
ministerio, volvió a montar en su carruaje, y dio al cochero la
orden de conducirle al número 30 de la calle de los Campos
Elíseos.
Le dijeron que el señor de Montecristo estaba en casa, pero que
tenía una visita, y suplicaba al señor Danglars que esperase un instante en el
salón.
Mientras el banquero esperaba, la puerta se abrió, y vio entrar
a un hombre vestido de abate que, en lugar de esperar como él, más familiar en
su casa, le saludó, entró en las habitaciones interiores y desapareció.
Un instante después, la puerta por donde había entrado el abate
se volvió a abrir y Montecristo apareció en el salón.
‑Perdonad, querido barón ‑‑dijo el conde‑, pero uno de mis mejores
amigos , el abate Busoni, a quien habréis visto pasar, acaba de llegar a París;
hacía mucho tiempo que estábamos separados, y no he tenido valor para dejarle
tan pronto; espero que me dispensaréis haberos hecho esperar.
‑¡Cómo! ‑dijo Danglars‑; yo soy el indiscreto por haber elegido
un momento tan malo, y voy a retirarme.
‑Al contrario, sentaos; ¡pero Dios mío!, ¿qué tenéis?, parecéis
disgustado, me asustáis; un capitalista apesadumbrado es lo mismo que los
cometas, presagia siempre una desgracia más en el mundo.
‑No parece sino que la rueda de la fortuna ha cesado estos días
de rodar para mí ‑dijo Danglars‑; pues he recibido una siniestra noticia.
‑¡Ah! ¡Dios mío! ‑dijo Montecristo‑, ¿habéis perdido a la bolsa?
‑No, ya me repondré; sólo se trata de una bancarrota en Trieste.
‑¿De veras? ¿Sería tal vez la víctima Jacobo Manfredi?
‑¡Exacto! Figuraos, un hombre que ganaba para mí desde hace
mucho tiempo unos ocho o novecientos mil francos al año. Ni siquiera dejaba
nunca de pagarlo, ni siquiera un retraso; me aventuré a darle un millón..., ¡y
hete aquí que al señor Manfredi se le ocurre suspender sus pagos!
‑¿De veras?
‑Es una fatalidad. Le mando seiscientas mil libras que no me son
pagadas; además, soy portador de cuatrocientos mil francos en letras de cambio
firmadas por él, y pagaderas al fin del corriente en casa de su corresponsal de
París. E§tamos a treinta, ¡envío a cobrar!, ¡ya!, ¡ya!, el corresponsal había
desaparecido. Con un negocio de España me he fastidiado este mes totalmente.
‑¿Pero habéis perdido en vuestro negocio de España?
‑Ciertamente;
¿no lo sabíais? Setecientos mil francos de mi caja, ¡un verdadero desastre!
‑¿Y cómo diablos os habéis dejado engañar, vos que sois ya perro
viejo?
‑¡No es culpa mía! Mi mujer es la culpable, soñó que don Carlos
había entrado en España; ella cree mucho en los sueños. Cuando ha soñado una
cosa, según dice ella, sucede infaliblemente. Convencido yo también, la permito
jugar, ella tiene su bolsillo y su agente de cambio, juega y pierde. Es verdad
que no es mi dinero, sino el suyo el que ella juega. Con todo, no importa, ya
comprenderéis que cuando salen del bolsillo de la mujer setecientos mil
francos, el marido se resiente un poco de ello. ¡Cómo! ¿No sabéis nada? ¡Pues
sí ha causado mucho ruido tal negocio...!
‑Sí, había oído hablar de ello; pero ignoraba los detalles.
Además, soy un ignorante respecto a todos los negocios de bolsa.
‑¿No jugáis?
‑¡Yo! ¿Y cómo queréis que juegue? Yo, que tanto trabajo me
cuesta arreglar mis rentas. Me vería en la precisión de tomar un agente, y un
cajero además de mi mayordomo; nada, nada, no pienso en eso. Pero, a propósito
de España, me parece que la baronesa no había soñado enteramente la entrada de
don Carlos. Los periódicos han hablado de ello también.
‑¿Vos creéis en los periódicos?
‑Yo no, señor; pero creía que el Messager estaba exceptuado de
la regla, y que siempre las noticias telegráficas eran ciertas.
‑¡Y bien!, lo que es inexplicable ‑repuso Danglars‑ es que esa
entrada de don Carlos era en efecto una noticia telegráfica.
‑¿De suerte ‑dijo Montecristo‑‑ que este mes habéis perdido
cerca de un millón setecientos mil francos?
‑¡No cerca, ésa es exactamente mi pérdida!
‑¡Diablo!, para un caudal de tercer orden ‑dijo Montecristo con
compasión‑, es un golpe bastante rudo.
‑¡De tercer orden! ‑dijo Danglars algo amostazado‑, ¿qué diablo
entendéis por eso?
‑Sin duda ‑prosiguió Montecristo‑ yo divido los caudales en tres
categorías: fortuna de primer orden a los que se componen de tesoros que se
palpan con la mano, las tierras, las viñas, las rentas sobre el Estado, como
Francia, Austria a Inglaterra, con tal que estos tesoros, estas minas y estas
rentas formen un total de unos cien millones; considero capital de segundo
orden a las explotaciones de manufacturas, las empresas por asociación, los
virreinatos y principados que no pasan de un millón quinientos mil francos de
renta, formando todo una suma de cuarenta millones; llamo, en fin, capital de
tercer orden a los que están expuestos al azar, destruidos por una noticia
telegráfica, las bandas, las especulaciones eventuales, las
operaciones sometidas, en fin, a esa fatalidad que podría llamarse fuerza
menor, comparándola con la fuerza mayor, que es la fuerza natural, formando
todo reunido un caudal ficticio o real de unos quince millones. ¿No es ésta,
aproximadamente, vuestra posición?
‑Sí, sí ‑respondió Danglars.
‑De aquí resulta que con seis meses como éste ‑continuó
Montecristo con el mismo tono
imperturbable‑, un capital de tercer orden se encontrará en su hora postrera,
es decir, agonizando.
‑¡Oh! ‑dijo Danglars con sonrisa forzada‑, ¡bien seguro!
‑¡Pues bien!, supongamos siete meses ‑repuso Montecristo en el
mismo tono‑. Decidme, ¿pensasteis alguna vez que siete veces un millón y
setecientos mil francos hacen cerca de doce millones...? ¿No...?, tenéis razón;
con tales reflexiones nadie comprometería sus capitales; nosotros tenemos
nuestros hábitos más o menos suntuosos, éste es nuestro crédito; pero cuando el
hombre muere, no le queda más que su piel, porque las fortunas de tercer orden
no representan más que la tercera o cuarta parte de su apariencia, así como la
locomotora de un tren no es, en medio del humo que la envuelve, sino una
máquina más o menos fuerte. ¡Pues bien!, de esos cinco o seis millones que
forman su capital real, acabáis de perder dos; no disminuyen, por lo tanto,
vuestra fortuna ficticia o vuestro crédito; es decir, mi querido Danglars, que
vuestra piel acaba de ser abierta por una sangría, que reiterada cuatro veces
arrastraría tras sí la muerte. Vamos, señor Danglars; ¿necesitáis dinero...?
¿Cuánto queréis que os preste...?
‑Qué mal calculador sois ‑‑exclamó Danglars llamando en su ayuda
toda la filosofía y todo el disimulo de la apariencia‑; a estas horas, el
dinero ha entrado en mi caja por otras especulaciones que han salido bien. La
sangre que salió por la sangría ha vuelto a entrar por medio de la nutrición.
He perdido una batalla en España, he sido batido en Trieste; pero mi armada
naval de la India habrá conquistado algunos países, mis peones de México habrán
descubierto alguna mina.
‑¡Muy bien!, ¡muy bien! Pero queda la cicatriz, y a la primera
pérdida volverá a abrirse.
‑No, porque camino sobre seguro ‑prosiguió el banquero con el
tono y los ademanes de un charlatán que, sabiéndose vencido, quiere probar lo
contrario‑‑; para eso, sería menester que sucumbiesen tres gobiernos.
‑¡Diantre!, ya se ha visto eso.
‑O bien, que la tierra no diese sus frutos.
‑Acordaos de las siete vacas gordas y las siete flacas.
‑O que se separen las aguas del mar como en tiempo de Faraón;
aún quedan muchos mares, y mis buques tendrían por donde navegar.
‑Tanto mejor, tanto mejor, señor Danglars ‑dijo Montecristo
conozco que me había engañado y que podéis entrar en los capitales de segundo
orden.
‑Creo poder aspirar a ese honor ‑dijo Danglars con una de aquellas
sonrisas gruesas, por decirlo así, que le eran peculiares‑; pero ya que hemos
empezado a hablar de negocios ‑añadió, satisfecho de haber hallado un motivo
para variar de conversación‑, decidme, ¿qué es lo que puedo yo hacer por el
señor Cavalcanti?
‑Entregarle dinero, si tiene un crédito sobre vos, y si este
crédito os parece bueno.
‑¡Magnífico!, esta mañana se presentó con un vale de cuarenta
mil francos, pagadero a la vista contra vos, firmado por el abate Busoni, y
endosado a mí por vos; ya comprenderéis que al momento le entregué sus
cuarenta billetes.
Montecristo hizo un movimiento de cabeza que indicaba su aprobación.
‑Sin embargo, no es esto todo ‑continuó Danglars‑; ha abierto a
su hijo un crédito en mi casa.
‑Sin indiscreción, ¿cuánto tiene señalado al joven?
‑Unos cinco mil francos al mes.
‑Sesenta mil al año. Ya me figuraba yo que esos Cavalcanti no
habían de ser muy desprendidos. ¿Qué queréis que haga un joven con cinco mil
francos al mes?
‑Ya comprenderéis que si precisa de algunos miles de francos...
‑No hagáis nada de eso, el padre os lo dejará por vuestra
cuenta; no conocéis a todos los millonarios ultramontanos; ¿y quién le ha
abierto ese crédito?
‑¡Oh!, la casa French, una de las mejores de Florencia.
‑No quiero decir que vayáis a perder; pero, sin embargo, no ejecutéis
punto por punto más que lo que os diga la letra.
‑¿No tenéis confianza en ese Cavalcanti?
‑Por su firma sola le daría yo diez millones. Esto corresponde a
las fortunas de segundo orden, de que os hablaba hace poco, señor Danglars.
‑Y yo le hubiera tomado por un simple mayor.
‑Y le hubierais hecho mucho honor, porque razón tenéis, no satisface
a primera vista su aspecto. Al verle por primera vez, me pare ció algún viejo
teniente; pero todos los italianos son por ese estilo, parecen viejos judíos
cuando no deslumbran como magos de Oriente.
‑El joven es mejor ‑dijo Danglars.
‑Sí, un poco tímido, quizá; pero, en fin, me ha parecido bien.
Yo estaba inquieto.
‑¿Por qué?
‑Porque le visteis por primera vez en mi casa, se puede decir
acabado de entrar en el mundo, según me han dicho. Ha viajado con un preceptor
muy severo, y no había venido nunca a París.
‑Todos esos italianos acostumbran a casarse entre sí, ¿no es verdad?
‑preguntó Danglars‑; les gusta asociar sus fortunas.
‑Esto es lo que suelen hacer; pero Cavalcanti es muy original, y
no quiere imitar a nadie. Nadie me quitará de la cabeza que ha traído a su hijo
a París para buscarle una mujer.
‑¿Vos lo creéis así?
‑Estoy seguro de ello.
‑¿Y habéis oído hablar de sus bienes?
‑No se trata de otra cosa; pero unos pretenden que tiene millones,
y otros que no tiene un cuarto.
‑Y vamos a ver..., ¿cuál es vuestro parecer...?
‑¡Oh!, no os fundéis en lo que yo diga..., porque...
‑Pero en fin...
‑Mi opinión es que todos esos antiguos podestás, todos esos antiguos
condottieri, porque esos Cavalcanti han mandado armadas, han gobernado
provincias; mi opinión, repito, es que han escondido los millones en esos
rincones que conocen sus antepasados, y que van revelando a sus hijos de
generación en generación, y la prueba es que son amarillos y secos como sus
florines de la época republicana, de los que conservan un reflejo a fuerza de
mirarlos.
‑Perfectamente ‑dijo Danglars‑, y eso es tanto más cierto,
cuanto que ninguno posee ni siquiera un pedazo de tierra.
‑Nada; yo sé de seguro que en Luca no tienen más que un palacio.
‑¡Ah!, tienen un palacio ‑dijo Danglars riendo‑, ya es algo.
‑Sí, y se lo alquilan al ministro de Hacienda, y él vive en una
casucha cualquiera. ¡Oh! , ya os lo he dicho, lo creo muy tacaño.
‑Vaya, vaya, no le lisonjeáis, por lo visto.
‑Escuchad, apenas le conozco; creo haberle visto tres veces en
mi vida; lo que sé, me lo ha dicho el abate Busoni; esta mañana me hablaba de
sus proyectos acerca de su hijo, y me hacía ver que, cansado de ver dormir
fondos considerables en Italia, que es un país muerto, quisiera encontrar un
medio, ya sea en Francia o en Inglaterra, de emplearlos, pero habéis de notar
que, aunque yo tengo mucha confianza en el abate Busoni, no respondo de nada.
‑No importa, no importa, yo saco mis propias deducciones con
todos esos informes; decidme, sin que esta pregunta tenga ningún interés,
¿cuando esas personas casan a sus hijos, suelen darles dote?
‑¡Psch!, eso según. Yo he conocido a un príncipe italiano, rico
como un Creso, uno de los personajes principales de Toscana, que cuando sus
hijos se casaban a gusto suyo, les daba millones, y cuando lo hacían a su
pesar, se contentaba con darles, por ejemplo, una renta de treinta escudos al
mes. Si era con la hija de un banquero, por ejemplo, probablemente tomaba
algún interés en la casa del suegro de su hijo; después da media vuelta a sus
cofres, y hete aquí dueño al señor Andrés de unos pocos millones.
‑Luego ese muchacho encontrará una mayorazga, querrá una corona
cerrada, un El Dorado atravesado por el Potosí.
‑No, todos esos grandes señores se casan generalmente con
simples mortales; son como Júpiter, cruzan las razas. Pero cuando me hacéis
tantas preguntas, tal vez llevaréis alguna mira... ¿Queréis casar por ventura a
Andrés, señor Danglars?
‑Me parece ‑dijo Danglars‑, no sería ésa mala especulación, y yo
soy especulador.
‑¿No será con la señorita Danglars, supongo? ¿Porque no querréis
que luego se ahorque Alberto de desesperación?
‑Alberto ‑dijo el banquero encogiéndose de hombros‑, ah, sí, no
le importará mucho.
‑¡Pero está prometido a vuestra hija, según creo!
‑Es decir, el señor de Morcef y yo hemos hablado dos o tres
veces de ese casamiento, pero la señora de Morcef y Alberto...
‑No vayáis a decirme que no es buen partido...
‑Bueno, creo que la señorita Danglars merece al señor de Morcef.
‑El dote de la señorita Danglars será muy bonito, en efecto, y
yo no lo dudo, sobre todo si el telégrafo no vuelve a cometer más locuras.
‑¡Oh!, no es sólo el dote, porque después de todo... Pero decidme...
‑¿Qué?
‑¿Por qué no convidasteis a Morcef y a su familia a vuestra comida?
‑Ya lo había hecho, pero tuvo que hacer un viaje a Dieppe con la
señora de Morcef, a quien recomendaron los aires del mar.
‑Sí, sí ‑dijo Danglars riendo‑, deben de
resultarle saludables.
‑¿Por qué?
‑Porque son los que ha respirado en su juventud.
Montecristo dejó pasar el chiste sin dar a entender que hubiera
fijado la atención en él.
‑Pero, en fin ‑dijo el conde‑, si Alberto no es tan rico como la
señorita Danglars, no podéis negar que lleva un hermoso apellido.
‑Me río yo de su apellido, que es tan bueno como el mío ‑dijo
Danglars.
‑Ciertamente, vuestro nombre es popular, y ha adornado el título
con lo que le ha parecido; pero sois un hombre harto inteligente para no haber
comprendido que, según ciertas preocupaciones muy arraigadas para que se
puedan extinguir, una nobleza de cinco siglos vale más que una nobleza de
veinte años.
‑He aquí por qué ‑dijo Danglars con una sonrisa que procuraba
hacer sardónica‑, he aquí por qué preferiría yo al señor Andrés Cavalcanti a
Alberto de Morcef.
‑No obstante ‑dijo Montecristo‑, yo supongo que los Morcef no le
ceden en nada a los Cavalcanti.
‑¡Los Morcef... ! Mirad, querido conde, ¿creeréis lo que voy a
deciros...?
‑Seguramente.
‑¿Sois entendido en blasones?
‑Un poco.
‑¡Pues bien!, mirad el color del mío; más sólido es que el del
conde de Morcef.
‑¿Por qué?
‑Porque yo, si no soy barón de nacimiento, me llamo al menos
Danglars.
‑¿Y qué más?
‑Que él no se llama Morcef.
‑¡Cómo! ¿Que no se llama Morcef?
‑No, señor, no se llama así.
‑No puedo creerlo.
‑A mí me han hecho barón; así, pues, lo soy; él se ha apropiado
del título de conde; así, pues, no lo es. '
‑Imposible.
‑Escuchad, mi querido conde ‑prosiguió Danglars‑, el señor de
Morcef es mi amigo, o más bien mi conocido, después de treinta años: yo soy
franco, y no hago caso del qué dirán; no he olvidado cuál es mi primitivo
origen.
‑Hacéis bien, y yo apruebo vuestra manera de pensar ‑dijo
Montecristo‑; pero me decíais...
‑¡Pues bien! ¡Cuando yo era escribiente de una oficina, Morcef
era un simple pescador!
‑Y entonces, ¿cómo se llamaba?
‑Fernando.
‑¿Fernando, y nada más?
‑Fernando Mondego.
‑¿Estáis seguro?
‑¡Diablo! ¡Me ha vendido bastante pescado para que no le conozca..
. !
‑Entonces, ¿por qué le dais vuestra hija a su hijo?
‑Porque Fernando y Danglars eran dos pobretones, ennoblecidos a
un mismo tiempo, y enriquecidos también; en realidad, tanto vale uno como otro,
salvo ciertas cosas que han dicho de él, y no de mí.
‑¿El qué?
‑Nada.
‑¡Ah!, sí, comprendo; lo que me decís me hace recordar el nombre
de Fernando Mondego. Yo lo he oído pronunciar en Grecia, si mal no recuerdo.
‑¿Respecto a Alí‑Bajá?
‑Exacto.
‑Ahí está el misterio ‑repuso Danglars‑, y confieso que hubiera
dado cualquier cosa por descubrirlo.
‑No era difícil, si lo hubieseis deseado.
‑¿Pues cómo?
‑¿Tenéis acaso algún corresponsal en Grecia?
‑¡Oh!
‑¿En Janina?
‑¡En todas partes!
‑¡Pues bien!, escribid a vuestro corresponsal de Janina, y
preguntad qué papel desempeñó en el desastre de Alí‑Tebelín un francés llamado
Fernando.
‑¡Tenéis razón! ‑exclamó el banquero, levantándose vivamente‑;
¡hoy mismo escribiré!
‑Hoy, sí.
‑Voy a hacerlo en seguida.
‑Y si recibís alguna noticia escandalosa...
‑¡Os la comunicaré!
‑Me haréis con ello un gran placer.
Danglars se lanzó fuera del salón, y apenas llegó a la puerta,
montó de un salto en su carruaje.
Capítulo quinto
El gabinete del procurador del rey
Dejemos al banquero que se dirija apresuradamente a su casa, y
sigamos a la señora Danglars en su paseo matutino.
Ya hemos dicho que a las doce y media la señora Danglars pidió
sus caballos y salió en su carruaje.
Dirigióse al barrio de Saint‑Germain, tomó por la calle Mazarino
e hizo parar junto al Puente Nuevo.
Bajó y atravesó el puente: Iba vestida con suma sencillez, como
conviene a una mujer de gusto que sale por la mañana.
En la calle de Guenegand subió a un coche de alquiler, diciendo
al cochero que parase en la calle de Harlay.
No bien estuvo dentro, sacó de su bolsillo un velo muy espeso
que colocó sobre su sombrero de paja; se lo puso después, y vio con placer, al
mirarse en un espejito de bolsillo, que no se distinguían en absoluto sus
facciones.
El coche entró por la plaza Dampline en el patio de Harlay; fue
pagado el cochero al abrir la portezuela, y la señora Danglars, lanzándose
hacia la escalera, que subió ligeramente, llegó sin tardanza a la sala de los
Pasos Perdidos.
Debido a que por la mañana hay siempre muchos asuntos y ocupaciones
en el palacio, los empleados y porteros apenas repararon en aquella mujer; la
señora Danglars atravesó la sala de los Pasos Perdidos sin ser observada más
que de otras diez o doce mujeres que esperaban a su abogado.
Apenas llegó a la antesala del gabinete del señor de Villefort
no tuvo necesidad la señora Danglars de decir su nombre; tan pronto como la
vieron, se presentó un ujier, se levantó, dirigióse a ella, le preguntó si era
la persona que esperaba el señor procurador del rey, y ante su respuesta
afirmativa, la condujo por un pasadizo reservado al gabinete del señor de
Villefort.
El magistrado escribía sentado en un sillón, vuelto de espaldas
a la puerta; oyó abrir la puerta, oyó también al ujier pronunciar estas palabras:
H ¡Entrad, señora! », y oyó volverse a cerrar la puerta, sin hacer un solo
movimiento; pero tan pronto como sintió perderse los pasos del ujier que se
alejaba, se volvió vivamente, corrió los cerrojos y las cortinillas, a
inspeccionó cada rincón del gabinete.
Cuando se hubo cerciorado de que no podía ser visto ni oído, quedó
al parecer tranquilo, y dijo:
‑Gracias, señora, gracias, por vuestra puntualidad.
Y le ofreció un sillón, que la señora Danglars aceptó, porque se
sentía tan turbada que temía caerse.
‑Mucho tiempo hace, señora, que no tengo la dicha de hablar a
solas con vos, y con gran sentimiento mío nos volvemos a encontrar para tratar
de un asunto muy penoso.
‑No obstante, caballero, bien veis que he acudido al punto a la
cita, a pesar de que seguramente esta conversación es más penosa para mí que
para vos.
Villefort se sonrió amargamente.
‑Verdad es, señora ‑dijo respondiendo más bien a su propio pensamiento
que a las palabras de su interlocutora‑; ¡verdad es que todas nuestras
acciones dejan huellas, las unas sombrías, las otras luminosas, en nuestro
pasado! ¡Verdad es también que nuestros pasos en esta vida se asemejan a la
marcha del reptil sobre la arena y dejan un surco! ¡Ay!, para muchos este surco
es el de sus lágrimas.
‑Caballero, vos comprendéis mi emoción, ¿no es verdad? ‑dijo la
señora Danglars‑, ¡pues bien!, este despacho por donde han pasado tantos
culpables temblorosos y avergonzados, ese sillón donde yo me siento a mi vez
temblorosa y turbada... ¡Oh!, necesito de toda mi razón para no ver en mí una
mujer muy culpable y en vos un juez amenazador.
Villefort dejó caer la cabeza sobre el sillón y exhaló un
suspiro.
‑Y yo ‑repuso‑, yo digo que mi lugar no es el sillón del
juez..., sino el del acusado.
‑¿Vos? ‑dijo la señora Danglars asombrada.
‑Sí, yo.
‑Me parece que exageráis la situación, caballero ‑dijo la señora
Danglars, cuyos ojos se iluminaron por un fugitivo resplandor‑. Esos surcos de
que hablabais hace un instante han sido trazados por todas las juventudes
ardientes. En el fondo de las pasiones, más allá del placer, hay siempre un
poco de remordimiento; por esto el Evangelio, ese recurso eterno de los
desgraciados, nos ha dado por sostén a nosotras, pobres mujeres, la hermosa
parábola de la pecadora y de la mujer adúltera. Así, pues, os lo confieso,
recordando esos delirios de m¡ juventud, pienso algunas veces que Dios me los
perdonará, porque, si no la excusa, al menos se ha encontrado la compensación
en mis sufrimientos; pero vos, ¿qué tenéis que temer en todo esto, vosotros
los hombres a quienes el mundo disculpa todo, y a quienes el escándalo
ennoblece?
‑Señora ‑repuso Villefort‑, vos me conocéis; yo no soy hipócrita,
o por lo menos no lo soy sin razón. Si mi frente es severa, es porque muchas
desgracias la han oscurecido; si mi corazón se ha petrificado, es a fin de
poder sobrellevar las fuertes emociones que ha recibido. No era yo así en mi
juventud, no era yo así aquella noche de bodas en que todos estábamos sentados
alrededor de una mesa en la calle del Cours de Marsella... Pero después todo ha
cambiado en mí y a mi alrededor; mi vida ha transcurrido en perseguir cosas
difíciles y en destruir en las dificultades a los que voluntaria o involuntariamente,
por su libre albedrío o debido al azar, se cruzaban en mi camino. Es raro que
lo que uno desea ardientemente no les esté prohibido a las personas de quienes
quiere uno obtenerlo, o a quienes piensa arrancárselo. Así, pues, la mayor
parte de las malas acciones de los hombres les salen al encuentro disfrazadas
bajo la forma que el caso requiere; una vez cometida la mala acción en un
momento de exaltación, de temor o delirio, se comprende que uno habría podido
evitarla. El medio que se debiera emplear en aquel momento se presenta
entonces a vuestros ojos fácil y sencillo, decís: ¿cómo no he hecho esto en
lugar de hacer aquello? Vosotras, al contrario, rara vez sois atormentadas por
los remordimientos, porque rara vez sois las que decidís; vuestras desgracias
os son impuestas casi siempre; vuestras faltas son casi siempre la culpa de
otros.
‑Pero, al menos, caballero, convenid en que, si yo he cometido
una falta personal, ayer recibí un severo castigo.
‑¡Pobre mujer! ‑dijo Villefort estrechándole la mano‑, muy severo
para vuestras fuerzas, porque dos veces estuvisteis a punto de sucumbir, y sin
embargo...
‑¿Qué?
‑Debo deciros..., haced acopio de ánimo y valor, señora, ¡porque
aún no lo sabéis todo... !
‑¡Dios mío! ‑exclamó la señora Danglars aterrada‑, ¿qué más hay?
‑Vos no miráis más que lo pasado, y seguramente es sombrío.
¡Pues bien!, figuraos un porvenir más sombrío aún..., espantoso..., ¡sangriento
tal vez!
La baronesa conocía la serenidad de Villefort, y se asombró
tanto de su exaltación, que abrió la boca para gritar, pero el grito murió en
su garganta y preguntó:
‑¿Cómo ha resucitado ese pasado terrible?
‑¿Cómo? ‑exclamó Villefort‑. ¡Del fondo de la tumba y del fondo
de nuestros corazones, donde dormía, ha salido como un fantasma, para hacer
palidecer nuestras mejillas y enrojecer nuestras frentes!
Herminia dijo:
‑¡Ayl, ¡sin duda por casualidad!
‑¡Por casualidad! ‑repuso Villefort‑; ¡no, no, señora, no existe
la casualidad!
‑¿Pero no es una casualidad la que ha conducido esto? ¿No ha
sido una casualidad que el conde de Montecristo comprase aquella casa? ¿No hizo
cavar la tierra en aquel mismo sitio por casualidad? ¿No ha sido casualidad que
aquel desgraciado niño fuese enterrado debajo de los árboles? ¡Pobre inocente
criatura, a quien jamás he podído dar un beso y a quien tantas lágrimas he
dedicado! ¡Ah!, mi corazón palpitó fuertemente cuando oí hablar al conde de
aquella infeliz criatura cuyos despojos encontró debajo de las flores.
‑¡Pues bien!, ahí está el error, señora.
‑¡Cómo!
‑Sí ‑respondió Villefort con voz sorda‑, esto es la terrible noticia
que tenía que comunicaros; no, no ha habido tales despojos debajo de las
flores; no, no se le debe llorar; no, no se debe gemir, sino temblar.
‑¿Qué queréis decir...? ‑exclamó la señora Danglars estremeciéndose
convulsivamente‑, ¡explicaos, por Dios!, aclarad el misterio que encierran
vuestras palabras.
‑Me refiero a que el conde de Montecristo, al cavar al pie de
aquellos árboles, no ha podido encontrar ni esqueleto de niño, ni cofre...,
porque debajo de aquellos árboles no había una cosa ni otra.
‑¡Que no había una cosa ni otra! ‑repitió la señora Danglars
fijando en el señor de Villefort sus ojos, cuyas pupilas dilatándose espantosamente
indicaban un extraño terror‑, ¡no había una cosa ni otra! ‑volvió a decir con
el tono de una persona que procura fijar con el sonido de sus palabras y de su
voz, sus ideas prontas a huir de su mente.
‑¡No! ‑dijo Villefort dejando caer su frente sobre sus manos‑;
no, ¡cien veces no!
‑¿Pero no fue allí donde dejasteis a la pobre criatura,
caballero? ¿Por qué me habéis engañado? ¿Con qué objeto, decid?
‑Allí fue, pero escuchadme, escuchadme, señora, y me compadeceréis;
¡preparaos a recibir un golpe fatal!
‑¡Dios mío! ¡Me asustáis!, pero no importa, hablad, ya os escucho.
‑Ya sabéis lo que ocurrió aquella dolorosa noche en que estabais
en vuestra cama casi expirando, en aquel cuarto forrado de damasco rojo,
mientras que yo casi sufriendo tanto como vos esperaba vuestra libertad. Recibí
al niño en mis brazos sin movimiento, sin voz; le creímos muerto.
La señora Danglars hizo un movimiento rápido, como si quisiera
lanzarse fuera del sillón. Pero Villefort la detuvo cruzando las manos como
para implorar su atención.
‑Le creímos muerto ‑repitió‑, le puse en un cofre que había de
hacer las veces de ataúd, bajé al jardín, cavé una fosa y le enterré
apresuradamente. Apenas acababa de cubrirle de tierra, se extendió hacia mí el
brazo del corso. Vi elevarse una sombra, vi relucir un relámpago. Sentí un
dolor agudo, quise gritar, un estremecimiento helado me recorrió todo el cuerpo
y se me ahogó la voz en la garganta..., caí moribundo y me creí muerto. Jamás
olvidaré vuestro sublime valor; cuando una vez vuelto en mí me arrastré
expirante hasta el pie de la escalera, donde expirante vos también me salisteis
a recibir. Era preciso guardar silencio acerca de la horrible desgracia; vos tuvisteis
valor para volver a vuestra casa, sostenida por vuestra nodriza; un duelo fue
el pretexto de mi herida. Contra lo que vos y yo esperábamos, el secreto
permaneció oculto, me transportaron a Versalles; durante tres meses luché
contra la muerte; al fin, cuando ya parecía volver a la vida, me recomendaron
el sol y los aires del Mediodía.
Cuatro hombres me llevaron de París a Chalons, andando seis leguas
al día. La señora de Villefort seguía la camilla en su carruaje; en Chalons, me
pusieron en el Saona, después pasé al Ródano; con la fuerza de la corriente
llegamos hasta Arlés; desde Arlés tomé mi litera y proseguí mi viaje hasta
Marsella. Mi convalecencia duró diez meses; no oí pronunciar vuestro nombre, no
me atreví a informarme de lo que había sido de vos. Cuando volví a París supe
que, viuda del señor Nargonne, habíais contraído nuevas nupcias con el señor
Danglars.
»¿En qué había yo pensado desde que recobré el conocimiento?
Siempre en la misma cosa, siempre en aquel cadáver del niño que en mis sueños
se elevaba del seno de la tierra y se me aparecía amenazándome con su gesto y
su mirada; así, pues, apenas estuve de vuelta en París me informé, la casa no
había sido habitada desde que salimos de ella, pero acababa de ser alquilada
por nueve años. Fui a ver al inquilino, fingí tener un gran deseo de no ver
pasar a manos extrañas aquella casa que pertenecía al padre y a la madre de mi
mujer; ofrecí una indemnización por que rescindiesen la escritura de arrendamiento;
me pidieron seis mil francos, yo hubiera dado diez mil, veinte mil. Los tenía
en mi mano; hice firmar en seguida y delante de mí el permiso, y apenas me lo
entregaron, partí a galope con dirección a Auteuil. Nadie había entrado en la
casa desde que yo había salido de ella.
»Eran las cinco de la tarde, subí a la alcoba de damasco
encarnado, y esperé a que se hiciera de noche.
en mitad de la plazoleta para encenderla y en seguida continué
mi camino.
»Allí se presentó a mi imaginación todo lo que me había ocurrido
»El mes de noviembre tocaba a su fin; todo el verdor del jardín
había desaparecido.
»Los árboles se asemejaban a esqueletos con brazos descarnados,
y oíase el crujir de las hojas secas a cada Paso mío...
»Era tal mi espanto, que al acercarme al árbol, saqué mi pistola
y la monté.
»Siempre creía ver aparecer a través de las camas la figura
amenazadora del torso...
»Dirigí la luz de mi linterna al árbol: no había nadie...
»Miré en derredor; me hallaba completamente solo...
»Ningún ruido turbaba el silencio de la noche, salvo el lúgubre
canto de la lechuza que parecía evocar los fantasmas de la noche.
»Coloqué mi linterna en el suelo, en el mismo sitio donde la
colocara un año antes para cavar la fosa.
»La hierba había brotado más espesa hacia aquel punto en el otoño,
y nadie se había cuidado de arrancarla. Sin embargo había un sitio en que no
había casi nada: era evidente que allí fue donde le enterré. Así pues, puse
manos a la obra.
»¡Al fin había llegado aquella hors tan esperada ha cía un año!
Seguía trabajando, creyendo sentir una resistencia cada vez que
dejaba caer el azadón, ¡pero nada!, y no obstante hice un hoyo dos veces mayor
que el primero. Creí haberme equivocado de sitio; miré los árboles, procuré
reconocer los detalles que se habían quedado grabados en mi imaginación; una
brisa fría y aguda silbaba a través de las camas despojadas de sus hojas, y,
sin embargo, mi frente estaba bañada en sudor. ¡Recordé haber recibido la
puñalada en el momento de estar apisonando la tierra para volver a cubrir la
fosa! Haciendo esta operación, me apoyé contra un sauce; detrás de mí había una
roca artificial destinada a servir de banco a los paseantes, porque al dejar
caer la mano, sentí el frío de aquella piedra; a mi derecha estaba el sauce,
detrás de mí, la roca. Caí aniquilado sobre la piedra, me volví a levantar, y
me puse a ensanchar el agujero; nada, siempre nada; el cofre no estaba allí.»
‑¡No estaba el cofre! ‑murmuró la señora Danglars sofocada por
el espanto.
‑No creáis que me limité a esta sola tentativa ‑continuó Villefort‑;
no: registré perfectamente todo aquel lugar; yo pensaba que el asesino,
habiendo desenterrado el cofre y creyendo que era un tesoro, querría
apoderarse de él y se lo llevá; dándose cuenta después de su error, haría a su
vez otro hoyo donde lo depositase, pero nada.
hacta un ano, pero bajo un aspecto mas amenazador.
»Aquel torso que había jurado vengarse, que me había seguido de
Nimes a París, aquel torso, que estaba escondido en el jardín, que me había
herido, me había visto cavar la fosa, me había visto enterrar al niño, podía
conoceros, tal vez os conocía... ¿No podía hacer pagar algún día el secreto de
aquella terrible escena? ¿No sería una venganza más dulce para él, cuando se
enterase de que yo no había muerto de su puñalada? ¡Era, pues, urgente que antes
de nada hiciese yo desaparecer las huellas de aquel pasado, destruyese todo
vestigio material; demasiada realidad había en mi imaginación y en mis
recuerdos!
»Por esto había anulado la escritura de arrendamiento, por esto
había ido al jardín, por esto esperaba.
»Llegó la noche, dejé que transcurrieran varias horas; yo estaba
sin luz en aquel cuarto, donde las ráfagas de viento hacían temblar las
vidrieras y las puertas, detrás de las cuales creía yo ver siempre emboscado
algún espía; de vez en cuando, me estremecía, me parecía oír detrás de mí
vuestros lastimeros quejidos, y no me atrevía a volverme.
»Mi corazón latía en silencio, y yo lo sentía latir tan
violentamente que temía volviese a abrirse mi herida; al fin fueron
extinguiéndose, uno tras otro, todos esos diversos ruidos del cameo.
»Conocí que no tenía nada que temer, que no podía sec visto ni
oído, y me decidí a bajar.
»Escuchad, Herminia ‑prosiguió Villefort‑, me considero tan
valiente como el que más, pero cuando saqué de mi pecho aquella llavecita de
la escalera, aquella llave a la que tanto cariño profesábamos, cuando abrí la
puerta, cuando a través de las ventanas vi el pálido reflejo de la luna caer
sobre los escalones en espiral como una ráfaga blanca parecida a un espectro,
me apoyé en la pared y estuve a punto de gritar.
»¡Creí volverme loco!
»Al fin supe dominar mis nervios.
»Bajé la escalera, escalón por escalón: lo único que no pude
contener fue un extraño temblor en las rodillas. Me agarré al pasamanos,
puesto que si le suelto un instante habría rodado por la escalera.
»Llegué a la puerta que está al pie de la escalera; un azadón
estaba apoyado contra la misma. Lo cogí y me adelanté hacia la alameda que está
enfrente de la puerta. Yo llevaba una linterna sorda; me detuve
Después me ocurrió la idea de que tal vez no habría tomado
tantas precauciones y lo habría arrojado a algún rincón. Así, pues, para cerciorarme
de ello, tenía que esperar a que llegase el día: volví a la alcoba y esperé.
‑¡Oh! ¡Dios mío!
‑Cuando amaneció, bajé de nuevo. Mi primera visita fue al árbol;
esperaba encontrar en él algunas señales que me hubieran pasado inadvertidas
durante la oscuridad. Yo había levantado la tierra sobre una superficie de más
de veinte pies cuadrados y sobre una profundidad de más de dos pies. Apenas
hubiera sido suficiente un día a un jornalero para lo que yo había hecho en una
hora. Nada, no vi absolutamente nada.
»Entonces me puse a buscar el cofre por donde yo había supuesto
que tal vez estaría. Por lo tanto, me dirigí al camino que conducía a la puerta
de salida; pero esta nueva investigación fue tan inútil como la primera, y me
volví al árbol con el corazón oprimido.»
‑¡Oh! ‑exclamó angustiada la señora Danglars‑, ¡era para volverse
loco...!
‑Es lo que por un momento pensé que iba a ocurrirme; pero no
tuve esa dicha; sin embargo, reuniendo mis fuerzas y por consiguiente mis
ideas:
< ¿Para qué se habrá llevado ese hombre el cadáver? », me
pregunté a mí mismo.
‑Vos mismo lo habéis dicho ‑repuso la señora Danglars‑; para
tener una prueba.
‑No, señora, no podía ser así; no se guarda un cadáver un año;
se le muestra a un magistrado y se le hace una declaración. Ahora, pues, nada
de esto había sucedido.
‑¿Entonces...? ‑inquirió Herminia, anhelante.
‑Entonces hay una cosa más terrible, más fatal, más espantosa
para nosotros: que el niño estaba vivo tal vez y que el asesino le salvó la
vida.
La señora Danglars lanzó un grito terrible, y agarrando las dos
manos de Villefort:
‑¡Mi hijo estaba vivo! ‑exclamó‑; ¡enterrasteis vivo a mi hijo,
caballero! ¡No teníais seguridad de que estaba muerto, y le habéis enterrado.
.. ! ¡Ah. .. !
La señora Danglars se había levantado y estaba en pie delante
del procurador del rey, cuyas manos estrechaba entre las suyas con ademán
amenazador.
‑¿Qué sé yo? Os digo esto como podría deciros otra cosa ‑respondió
Villefort con una mirada que indicaba que aquel hombre tan
poderoso estaba rozando... los límites de la desesperación y de
la locura.
‑¡Ah! ¡Hijo mío! ¡Pobre hijo mío! ‑exclamó la baronesa, cayendo
sobre su silla y ahogando en su pañuelo los sollozos.
Villefort volvió en sí, y comprendió que, para aplacar la
tempestad maternal que le amenazaba, era preciso comunicar a la señora Danglars
el terror que él mismo experimentaba.
‑Ya podéis figuraros que si es así ‑dijo levantándose y acercándose
a la señora Danglars para hablarle en voz más baja‑, estamos perdidos. Ese niño
vive, alguien lo sabe, y alguien sabe nuestro secreto, y teniendo en cuenta
que Montecristo habla delante de nosotros de un niño desenterrado, siendo así
que este niño no estaba, él es quien posee el secreto.
‑¡Dios! ¡Dios justo! ¡Dios vengador! ‑murmuró la baronesa.
Villefort no respondió más que con una especie de rugido.
‑¿Pero ese niño, ese niño, caballero? ‑repuso aquélla con obstinación.
‑¡Oh! ¡Cuánto le he buscado! ‑prosiguió Villefort retorciéndose
los brazos‑. ¡Cuántas veces le he llamado en mis largas noches de insomnio!
¡Cuántas veces he deseado una riqueza real para comprar un millón de secretos a
un millón de hombres, y para encontrar mi secreto entre los suyos! En fin, un
día que por centésima vez tomaba mi azadón, me pregunté por la centésima vez,
¿qué podía haber hecho el corso con el niño? Un recién nacido estorba mucho a
un fugitivo; ¡tal vez, al reparar que estaba vivo, lo habría arrojado al río!
‑¡Oh, imposible! ‑exclamó la señora Danglars‑; se asesina a un
hombre por venganza; ¡pero no se ahoga a un niño a sangre fría!
‑Tal vez ‑continuó Villefort‑, ¿lo habría puesto en el torno de
la inclusa?
‑¡Oh!, sí, sí ‑exclamó la baronesa‑, ¡mi hijo está allí,
caballero!
‑Corrí al. hospicio, y me enteré de que aquella noche misma, la
del 20 de septiembre, había sido depositado un niño en el torno; estaba
envuelto en la mitad de una toalla de tela fina, cortada con intención. Esta
mitad de toalla llevaba la parte de una corona de barón y la letra H.
‑¡Eso es!, ¡eso es! ‑exclamó la señora Danglars‑, toda mi ropa
estaba marcada así; el señor de Nargonne era barón y yo me llamo Herminia.
¡Gracias, Dios mío! ¡Mi hijo no había muerto!
‑No, no había muerto.
‑¡Y me lo decís así! ¿Sin temor de matarme de alegría, caballero?
¿Dónde está, dónde está mi hijo?
Villefort se encogió de hombros.
‑¿Lo sé yo acaso? ‑dijo‑; ¿y creéis que si lo supiera os haría
sufrir todas estas pruebas? ¡No!, ¡ay!, no lo sé. Me informaron de que una
mujer fue a reclamarlo hacía seis meses con la otra mitad de la toalla, y
habiendo presentado todas las garantías que exige la ley, se lo entregaron.
‑Pero vos debíais haberos informado de aquella mujer, debíais
haberla descubierto.
‑¿Y qué es lo que creéis que hice, señora? Fingí una instrucción
criminal, y empleé todos los medios de la policía para descubrirla. Siguieron
sus huellas hasta Chalons, en donde las perdieron.
‑¿Las perdieron?
‑Sí, las perdieron para siempre.
La señora Danglars había escuchado esta relación sin proferir un
grito, sin derramar una lágrima, pero al llegar a este punto no pudo contenerse
y rompió en amargo llanto.
‑¿Y no habéis hecho más? ‑dijo‑ ¿Os habéis limitado únicamente
a eso... ?
‑¡Oh!, no ‑dijo Villefort‑, jamás he cesado de averiguar, de
buscar, de informarme. Sin embargo, hacía unos cuantos años que habían cesado
mis pesquisas. Pero hoy voy a volver a empezar con más perseverancia y
encarnizamiento que nunca, y triunfaré, porque no es sólo la conciencia la que
me remuerde y la que me impele, es el miedo.
‑Pero el conde de Montecristo ‑replicó la señora Danglarsno
sabe nada; si así no fuera, no obraría como lo hace, es decir, que haría su
declaración.
‑¡Oh!, ¡la maldad de los hombres es muy profunda! ‑dijo Villefort‑,
puesto que es más profunda que la bondad de Dios. ¿Habéis notado las miradas de
aquel hombre mientras nos hablaba?
‑No.
‑¿Pero le habéis examinado detenidamente?
‑Sin duda es extraño, pero nada más; una cosa me ha admirado
notablemente, y es que de toda aquella exquisita comida que nos ofreció, él no
probó ningún plato.
‑Sí, sí ‑dijo Villefort‑, también yo lo he notado. Si yo hubiera
sabido lo que sé ahora, no hubiera probado tampoco ningún plato; hubiera creído
que nos había querido envenenar.
‑Y os hubierais engañado, como veis.
‑Sí, sin duda; pero, creedme, ese hombre lleva otras
intenciones; por esto he querido veros, por esto os he pedido una conferencia,
por esto he querido preveniros contra todo el mundo, pero contra él sobre todo.
Decidme ‑continuó Villefort, fijando más profunda‑
mente sus ojos en la baronesa‑; ¿no habéis hablado a nadie de
nuestras relaciones?
‑jamás, a nadie.
‑Me comprendéis ‑replicó afectuosamente Villefort‑, cuando digo
a nadie, perdonadme esta insistencia, a nadie en el mundo, ¿no es verdad?
‑¡Oh!, sí, sí, comprendo muy bien ‑dijo la baronesa sonrojándose‑;
nunca, os lo juro.
‑¿No acostumbráis escribir por la noche lo que hacéis durante el
día? ¿No escribís vuestro diario?
‑¡No!, mi vida es arrastrada por la frivolidad; yo misma me
olvido luego de lo que hago.
‑¿No soñáis en voz alta, al menos, que sepáis?
‑Tengo un sueño de niño..., ¿no os acordáis?
Sonrojóse la baronesa, y el rostro de Villefort se cubrió de una
viva palidez.
‑Es verdad ‑dijo en voz tan baja que apenas se oyó.
La baronesa inquirió:
‑¿Y bien?
‑¡Y bien!, comprendo lo que tengo que hacer ‑respondió el
procurador del rey‑; antes de ocho días sabré quién es el conde de Montecristo,
de dónde viene, adónde va, y por qué habla delante de nosotros de niños
desenterrados en su jardín.
Villefort dijo estas palabras con un acento que hubiera hecho estremecer
al conde si hubiera podido oírlas.
Estrechó después la mano, que la baronesa vacilaba en darle, y
la condujo con respeto hasta la puerta.
La señora Danglars tomó otro coche de alquiler que la condujo al
Puente Nuevo, cerca del cual encontró su carruaje y su cochero, que la esperaba
durmiendo apaciblemente sobre el pescante.
El mismo día, a la hora en que la señora Danglars acudía a la
cita que hemos referido en el despacho del señor de Villefort, un coche de
viaje, entrando por la calle Helder, atravesaba la puerta de la casa número 27,
y se detenía en el patio.
Un instante después se abrió la portezuela y la señora de Morcef
bajó apoyada en el brazo de su hijo.
Apenas hubo conducido Alberto a su madre a su habitación, mandando
que diesen un baño a sus caballos, y después de cambiar de vestido, se hizo
conducir a los Campos Elíseos, a casa del conde de Montecristo.
Recibióle éste con su sonrisa habitual. Era una cosa extraña;
nunca se podía adelantar un paso en el corazón o en el espíritu de aquel
hombre. Los que intentaban, por decirlo así, atravesar la barrera de su
intimidad, tropezaban con un muro.
Morcef, que corría a su encuentro con los brazos abiertos, los
dejó caer al verle, a pesar de su sonrisa amistosa, y se atrevió todo lo más a
darle la mano.
Montecristo, por su parte, tocó como siempre aquella mano pero
sin estrecharla.
‑¡Y bien!, aquí me tenéis, querido conde‑dijo.
‑Muy bien venido seáis.
‑He llegado hace cosa de una hora.
‑¿De Dieppe?
‑De Treport.
‑¡Ah!. ¡es verdad!
‑Y mi primera visita es para vos.
‑Sois muy amable ‑‑dijo Montecristo con indiferencia.
‑Y bien, veamos, ¿qué noticias hay?
‑¡Noticias! ¿Me las pedís a mí, a un extranjero?
‑Yo me entiendo; cuando os pregunto si hay noticias, pregunto si
habéis hecho algo por mí.
‑¿Pues qué? ¿Me habíais encargado alguna comisión? ‑dijo
Montecristo fingiendo sorpresa.
‑¡Vamos, vamos ‑‑dijo Alberto‑, no os hagáis el indiferente!
Dicen que hay avisos simpáticos que atraviesan la distancia: pues bien, en
Treport he recibido una sacudida eléctrica; vos habéis, si no trabajado, al
menos pensado en mí.
‑Es muy posible ‑dijo Montecristo‑. En efecto he pensado en vos;
pero la corriente magnética de que yo era conductor reconozco que obraba
independientemente de mi voluntad.
‑¡De veras! ¡Contadme eso, os lo suplico...!
‑Nada más fácil; el señor Danglars ha comido en mi casa.
‑¡Eso ya lo sé, puesto que mi madre y yo nos marchamos huyendo
de su presencia!
‑Pero ha comido con el señor Andrés Cavalcanti.
‑¿Vuestro príncipe italiano?
‑No exageremos. El señor Andrés se da sólo el título de conde. ‑¿Se
da, decís?
‑Se da, es lo que digo.
‑¿Acaso no lo es?
‑¡Eh!, qué sé yo, él se da el título de conde; yo se lo doy,
todos se lo dan; ¿no es lo mismo que si lo tuviera?
‑Qué hombre tan extraño sois, ¿y bien?
‑¡Y bien... ! , ¿qué queréis decir?
‑¿Ha comido aquí el señor Danglars?
‑Sí.
‑¿Con vuestro conde Andrés Cavalcanti?
‑Con el conde Andrés, con el marqués su padre, con el señor
Danglars, los señores de Villefort, el señor Debray, Maximiliano Morrel, ¿y
quién más...?, esperad... ¡Ah!, ¡ya...!, el señor de ChateauRenaud.
‑¿Hablaron de mí?
‑Ni una palabra siquiera.
‑Tanto peor.
‑¿Por qué? Yo creo que si os han olvidado no han hecho sino lo
que vos deseabais.
‑Si no hablaban de mí es porque pensaban mucho, querido conde, y
por eso estoy desesperado.
‑¿Qué os importa, puesto que la señora Danglars no era del
número de los que pensaban así? ¡Ah!, verdad es que podia pensar en su casa.
‑¡Oh!, en cuanto a eso no, estoy seguro, o si pensaba, seguramente
era del mismo modo que yo.
‑¡Oh!, ¡tierna simpatía...! ‑dijo el conde‑. ¿De modo que tanto
os detestáis?
‑Escuchad ‑dijo Morcef‑, si la señorita Danglars se apiadase del
martirio que yo no sufro por ella, y me recompensase sin casarse conmigo, me
vendría a las mil maravillas; para abreviar, yo creo que la señorita Danglars
sería como amante, encantadora; ¡pero mmo mujer...!, ¡diablo!
‑¡Vaya! ‑dijo Montecristo‑, ¿es ese vuestro modo de pensar
respecto a vuestra futura?
‑¡Oh!, sí, esto es una barbaridad, pero es exacto. Mas como no
se puede hacer de este sueño una realidad, como para alcanzar cierto objeto...
es preciso que la señorita Danglars sea mi mujer, es decir, que viva conmigo,
que piense a mi lado, que haga versos y mmponga música también a mi lado, y
durante toda mi vida, esto me espanta; a una querida se la puede dejar cuando
uno quiere; ¡pero a una esposa, demonio!, eso es otra cosa: preciso es quedarse
con ella eternamente, teniéndola cerca o lejos, y sería horrible tener que
quedarse con la señorita Danglars siempre, aunque fuese de lejos.
‑Sois muy descontentadizo, vizconde.
‑Sí, porque no dejo de pensar en una cosa irrealizable.
‑¿Cuál?
‑El encontrar una mujer como mi padre ha encontrado para él.
Montecristo palideció y miró a Alberto, mientras jugaba con unas
pistolas magníficas, cuyos gatillos montaba y desmontaba rápida. mente.
‑¿De modo que vuestro padre ha sido muy
feliz? ‑dijo.
‑Ya sabéis mi opinión acerca de mi madre, señor conde; un ángel
del cielo; ahí la tenéis hermosa aún, siempre espiritual, más buena que nunca.
Acabo de llegar de Treport; para otro hijo cualquiera acompañar a su madre
habría sido una condescendencia o una gabela; pues bien, yo he pasado cuatro
días en conversación con ella, más satisfecho, más contento, más poético que si
hubiera llevado conmigo a Treport a la reina Mak o a Tirania.
‑¡Esa es una perfección y una cualidad bellísima! Y hacéis
entrar a los que os escuchan en deseos de permanecer en el celibato.
‑Exacto ‑dijo Morcef‑; porque sé que existe en el mundo una
mujer perfecta, no tengo ganas de casarme con la señorita Danglars. ¿No habéis
notado algunas veces cómo siembra nuestro egoísmo de colores brillantes todo lo
que nos pertenece? El diamante que poseían Marlé o Fossin es mucho más hermoso
desde que es nuestro; pero si la evidencia os enseña que existe un brillo más
puro, y vos os veis obligado a llevar eternamente el inferior al otro, ¿comprendéis
lo que se debe sufrir?
‑¡Mundano! ‑murmuró
el conde.
‑Por eso mismo saltaré de alegría el día en que la señorita Eugenia
se dé cuenta de que yo no soy tan rico como ella, y de que apenas tengo tantos
cientos de miles de francos como ella millones.
Montecristo
se sonrió.
‑Yo había pensado en una cosa ‑continuó Alberto‑; Franz ama todo
lo excéntrico; yo he querido hacer que se enamorase de la señorita Danglars,
pero a pesar de cuatro cartas que he escrito en el estilo más entusiasta y
ponderativo, Franz me ha respondido imperturbablemente:
«Es verdad que soy excéntrico, pero mi excentricidad no se extiende
hasta retirar mi palabra cuando ya la he dado.»
‑Eso es lo que se llama un sacrificio de amistad; endosar a otro
la mujer que uno no desea sino para querida.
Alberto se
sonrió.
‑A propósito ‑prosiguió‑, dentro de pocos días llega ese querido
Franz, pero a vos os importa poco, no le queréis, según creo.
‑¡Yo! ‑dijo Montecristo‑, querido vizconde, ¿quién os ha contado
que yo no le quiero? Yo quiero a todo el mundo.
‑Y a mí me
englobáis en todo el mundo... Gracias.
‑¡Oh!, no nos confundamos ‑dijo Montecristo‑; yo amo a todo el
mundo como Dios manda que amemos al prójimo, cristianamente, pero no aborrezco
más que a ciertas personas. Volvamos al señor Franz d'Epinay. Decís que va a
llegar.
_.Sí, mandado llamar por el señor de Villefort, que tiene tanta
impaciencia por casar a la señorita Valentina, como el señor Danglars pór casar
a la señorita Eugenia. Decididamente, no parece sino que es un oficio muy
fatigoso el de padre de hijas casaderas. Creen que no pueden vivir hasta verlas
casadas, y que su pulso late noventa veces por minuto hasta verse libres de tal
carga.
‑Pero el señor Franz no se parece a vos; yo creo que lleva su
mal con paciencia.
‑Mejor todavía, él lo toma por lo grave; se pone corbata blanca
y habla ya de su familia. Además, tiene en grande estima a todos los Villefort.
‑Estima
merecida, ¿no es cierto?
‑Ya lo creo; el señor de Villefort ha pasado siempre por un
hombre severo, pero justo.
‑Enhorabuena ‑dijo Montecristo‑, al fin encontré a uno al que no
tratáis como a ese pobre señor Danglars.
‑Eso consistirá quizás en que no tengo que casarme con su hija ‑respondió
Alberto riendo.
‑Es cierto,
amigo mío ‑dijo Montecristo‑, sois un inocente.
‑¡Yo!
‑Sí, vos.
Tomad un cigarro.
‑Con mucho
gusto. ¿Y por qué decís que soy un inocente?
‑Porque no hacéis más que defenderos y hacer por evitar el
casamiento con la señorita Danglars. ¡Oh! ¡Dios mío!, dejad marchar las cosas,
y probablemente no seréis vos quien retire primero su palabra.
‑¡Bah! ‑exclamó
Alberto estremeciéndose de gozo.
‑Sin duda, querido vizconde, no os harán casar a la fuerza, ¡qué
diablo!, pero hablando en serio, ¿tenéis ganas de una ruptura?
‑Daría por
ello cien mil francos.
‑¡Pues bien!, alegraos: el señor Danglars está pronto a dar el
doble por el mismo deseo.
‑¿Será verdad? ‑dijo Alberto, que no pudo, sin embargo, al decir
esto, impedir que pasase por su frente una nube imperceptible‑. Pero mi
querido conde, ¿tiene el señor Danglars razones para ello?
‑¡Ah! ¡Ya lo encontré, naturaleza orgullosa y egoísta! Enhorabuena,
tengo delante al hombre que quiere agujerear el amor propio de otro a fuerza de
hachazos, y que gime y grita cuando intentan hacer lo mismo al suyo con una
aguja.
‑No, no, pero me parece que el señor Danglars...
‑¿Debía estar encantado de vos, no es verdad? Pues bien, el
señor Danglars es un hombre de mal gusto, está más encantado de otro...
‑¿De quién?
‑Lo ignoro; estudiad, mirad, coged al paso las alusiones, y aprovechaos
de ellas.
‑Bueno, comprendo; escuchad, mi madre..., no; mi madre no, me
engaño; a mi padre le ha ocurrido la idea de dar un baile.
‑¡Un baile en este tiempo!
‑Los bailes en verano están de moda.
‑Aunque así no fuera, si la condesa quisiera, se pondrían de
moda.
‑Gracias; son bailes puramente parisienses; los que se quedan en
París en el mes de julio son verdaderos parisienses. ¿Queréis encargaros de
invitar a los señores Cavalcanti?
‑¿Cuándo será el baile?
‑El sábado.
‑Quizá se haya marchado el señor Cavalcanti padre.
‑Pero se queda aquí su hijo. ¿Queréis encargaros de llevar al
señor Andrés Cavalcanti?
‑Escuchad, vizconde, yo no le conozco.
‑¿Decís que no le conocéis?
‑No; le he visto por primera vez hará tres o cuatro días, y no
respondo de nada.
‑¿Pero le recibís?
‑Eso es otra cosa; me fue recomendado por un buen abate que
también pudo haberse engañado. Invitarle indirectamente, bien; pero no me
digáis que le presente; si fuese luego a casarse con la señorita Danglars, me
acusaríais de entrometido, y querríais romperos la cabeza conmigo; por otra
parte yo tampoco sé si iré.
‑¿Adónde?
‑A vuestro baile.
‑¿Por qué no?
‑En primer lugar, porque aún no me habéis invitado.
‑Pues precisamente he venido a invitaros.
‑¡Oh!, sois muy amable; pero puedo estar ocupado.
‑Cuando os haya dicho una cosa, creo que seréis tan amable que
asistáis.
‑Decid.
‑Mi madre os lo suplica.
‑¿La señora condesa de Morcef? ‑repuso Montecristo estremeciéndose.
.‑¡Ah, conde! ‑dijo Alberto‑, os advierto que la señora de
Morcef habla libremente conmigo; y si vos no habéis sentido latir en vuestro
cuerpo las fibras simpáticas de que os hablaba yo hace poco, es porque no
tenéis esas fibras, porque hace cuatro días que no hablamos más que de vos.
‑¡De mí! , en verdad que me hacéis demasiado honor...
‑Nada de eso, escuchad: ése es el privilegio de vuestro empleo,
¡como sois un problema viviente... !
‑¡Ah! ¿También soy problema para vuestra madre? ¡Oh!, yo no la
creía tan falta de juicio que fuese a creer tamaños desvaríos.
‑Problema, mi querido conde, problema para todos, lo mismo para
mi madre que para los demás, problema aceptado, pero no adivinado; seguís
siendo un enigma, y mi madre no hace más que preguntar cómo sois tan joven. Yo
creo que en el fondo, mientras que la condesa G... os toma por lord Ruthwen, mi
madre os toma por Cagliostro o el conde San Germán. La primera vez que vayáis a
ver a la señora de Morcef, confirmadla en esta opinión; no os será difícil,
poseéis la fisonomía del uno y el talento del otro.
‑Gracias por habérmelo advertido ‑dijo el conde sonriendo‑,
procuraré hacer lo posible para confirmarlo, como decís, en su opinión.
‑¿De modo que iréis el sábado?
‑Puesto que la señora de Morcef me lo suplica...
‑Sois muy galante.
‑¿Y el señor Danglars?
‑¡Oh!, ya habrá recibido su invitación; mi padre se encargó de
ello. Procuraremos también que vaya el señor de Villefort, pero no le
esperamos.
‑No hay que desesperar de nada, dice el proverbio.
‑¿Bailáis, querido conde?
‑¿Yo?
‑Sí, vos. ¿Qué tiene eso de extraño?
‑¡Ah!, en efecto, cuando todavía no se ha llegado a los cuarenta...
No, no bailo, pero me gusta ver bailar. ¿Y la señora de Morcef, baila?
‑Nunca; hablaréis, tanto mejor; ¡tiene tantos deseos de hablar
con vos!
‑¿De veras?
‑Palabra de honor. Y os declaro que sois el primer hombre por
quien haya manifestado curiosidad mi madre.
Alberto tomó su sombrero y se levantó; el conde lo condujo hasta
la puerta.
‑Una cosa me estoy reprochando ‑dijo, deteniéndole en medio de
la escalera.
‑¿Cuál?
‑He sido indiscreto; no debía hablaros del señor Danglars.
‑Al contrario, habladme, habladme de él siempre; pero del mismo
modo que lo habéis hecho.
‑Bien; me tranquilizáis. A propósito, ¿cuándo llega el señor
d'Epinay?
‑¡Psch!, dentro de cinco o seis días a más tardar.
‑¿Y cuándo se casa?
‑En cuanto lleguen el señor y la señora de Saint‑Merán.
‑Traédmele en cuanto esté en París. Aunque digáis que no le
quiero, tendré sumo gusto en verle.
‑Vuestras órdenes serán cumplidas.
‑Hasta la vista.
‑Si no os veo antes, hasta el sábado, ¿no es cierto?
‑¡Oh!, sí, sí; he dado mi palabra.
El conde siguió con la vista a Alberto, saludándole con la mano.
Así que subió en su tílbury, se volvió y vio detrás de él a Bertuccio.
‑¿Y bien? ‑inquirió.
‑Ha ido al palacio ‑respondió el mayordomo.
‑¿Ha permanecido allí mucho tiempo?
‑Hora y media.
‑¿Y ha vuelto a su casa?
‑Directamente.
‑Pues bien, mi querido Bertuccio ‑dijo el conde‑, si queréis
seguir mi consejo, creo que debierais ir a Normandía, a ver si encontráis
aquel terreno de que ya os he hablado.
Bertuccio saludó, y como sus deseos estaban en perfecta armonía
con la orden que había recibido, partió aquella misma noche.
El señor de Villefort cumplió la palabra dada a Danglars, procurando
averiguar de qué modo había podido saber Montecristo la historia de la casa de
Auteuil.
Aquel mismo día escribió a un tal señor Boville, que, después de
haber sido inspector de prisiones, adquirió un grado superior en la Policía de
Seguridad, para tener los informes que deseaba, y éste pidió dos días de plazo
para saber de seguro los informes que pudiera obtener.
Expirado el plazo, el señor de Villefort recibió la nota
siguiente:
«La persona llamada el conde de Montecristo es conocido muy
particularmente de Lord Wilmore, rico extranjero que viene a París algunas
veces, y que está en él hace algunos meses; es también conocido del abate
Busoni, sacerdote siciliano de gran reputación en Oriente, y he aquí los
informes que recibió:
El abate, que no se encontraba en París más que por un mes,
vivía detrás de San Sulpicio, en una casita compuesta de un solo piso y unos
bajos; cuatro piezas, dos arriba y dos abajo, formaban toda la morada, de la
que él era el único inquilino.
Las dos piezas bajas constaban de un comedor con mesas, sillas y
un bufete de nogal, y un salón blanqueado, sin adornos, sin tapices y sin
reloj. Se conocía que el abate no se servía sino de los objetos que le eran más
necesarios.
Verdad es que el abate habitaba con preferencia el salón del
piso principal. Este salón, en el que abundaban los libros de teología y los
pergaminos, en medio de los cuales se le veía enterrarse, según decía su
criado, meses enteros, era en realidad, más una biblioteca que un salón.
Este criado miraba a través de un ventanillo a las personas que
iban a visitar a su señor, y cuando su fisonomía le era desconocida, o no le
agradaba, respondía que el señor abate no estaba en París, con lo cual muchos
quedaban satisfechos, pues sabían que viajaba a menudo y permanecía largo
tiempo de viaje.
Además, ora estuviese en su casa o no estuviese, ora se hallase
en París o en El Cairo, el abate daba siempre, por el ventanillo que servía de
torno, limosnas que el criado repartía en nombre de su amo.
El otro aposento, situado junto a la biblioteca, era una alcoba.
Una cama sin cortinas, cuatro sillones y un sofá de terciopelo de Utrecht
amarillo eran, junto con un reclinatorio, todos los muebles de la pieza.
En cuanto a lord Wilmore, vivía en la calle de Fontaine‑SaintGeorges.
Era uno de esos ingleses ambulantes que gastan toda su fortuna en viajes.
Tenía alquilada la habitación a la cual iba a pasar dos o tres
horas al día, y donde rara vez dormía.
Una de sus manías era la de no querer absolutamente hablar la
lengua francesa, que, sin embargo, escribía con extraordinaria perfección.
>
Al día siguiente en que fueron entregados estos informes al procurador
del rey, un hombre que se apeaba de un coche de alquiler en la esquina de la
calle de Feron, detrás de San Sulpicio, fue a llamar a una puerta pintada de
verde, y preguntó por el abate Busoni.
‑Ya os he dicho que no está ‑repitió el criado.
‑Entonces, cuando vuelva, dadle esta carta y este papel. ¿Estará
el señor abate esta tarde a las ocho?
‑¡Oh!, sin falta, caballero, a no ser que esté trabajando, y entonces
es lo mismo que si hubiese salido.
‑Volveré esta noche a la hora convenida ‑repuso el desconocido.
Y se retiró.
En efecto, a la hora indicada, el mismo hombre volvió en otro
coche, que en vez de pararse esta vez en la esquina de la calle de Feron, se
detuvo delante de la puerta verde.
Llamó, le abrieron y entró.
En las señales de respeto que prodigó el criado al desconocido
conoció éste que su carta había hecho el efecto deseado.
‑¿Está en casa el señor abate? ‑inquirió.
‑Sí; trabaja en su biblioteca, pero os espera ‑respondió el
criado.
El desconocido subió una escalera bastante angosta, y delante de
una mesa cuya superficie estaba iluminada por la luz que despedía una gran
lámpara, mientras que el resto de la habitación se hallaba sumergida en la
sombra, vio al abate con traje eclesiástico y cubierta la cabeza con un
sombrero negro de anchas alas.
‑¿Es al señor Busoni a quien tengo el honor de hablar? ‑preguntó
el desconocido.
‑Sí, señor ‑respondió el abate‑; ¿y vos sois la persona que el
señor de Boville me envía de parte del señor prefecto de policía?
‑Exacto, caballero.
‑¡Uno de los agentes de Seguridad de París!
‑Sí, señor ‑respondió el desconocido con cierta indecisión y
sonrojándose.
E1 abate se puso sus anteojos, que no sólo cubrían los ojos,
sino las sienes, y volviéndose a sentar, hizo señas de que se sentase el
agente.
‑Os escucho, caballero ‑dijo el abate con un pronunciado acento
italiano.
‑El encargo que me han hecho, señor abate, se reduce a saber de
parte del señor prefecto de policía, como magistrado que es, una cosa que
interesa a la seguridad pública, en nombre de la cual vengo a informarme.
Confiamos, pues, que no habrá lazos de amistad, ni consideración humana, que
puedan induciros a ocultar la verdad a la justicia.
‑Con tal que las cosas que queréis saber no perjudiquen a los
escrúpulos de la conciencia. Soy sacerdote, y los secretos de la
confesión deben permanecer callados, como fácilmente concebiréis.
‑¡Oh!, tranquilizaos, señor abate ‑dijo el desconocido‑; en todo
caso, pondremos a cubierto vuestra conciencia.
A estas palabras el abate acercó hacia sí la pantalla, la
levantó del lado opuesto, de suerte que, iluminando de lleno el rostro del
desconocido, el suyo permanecía siempre en la sombra.
‑Disculpadme, señor abate ‑dijo el enviado del prefecto‑; pero
esta luz me fatiga horriblemente la vista.
El abate bajó la pantalla verde.
‑Ahora, caballero, os escucho, hablad.
‑¿Conocéis al señor conde de Montecristo?
‑¿Supongo que queréis hablar del señor de Zaccone?
‑¡Zaccone... ! ¿No se llama Montecristo?
‑Montecristo es un nombre de tierra, o más bien un nombre de
roca, y no un nombre de familia.
‑Pues bien, sea; no discutamos más, y puesto que el señor de
Montecristo y el señor Zaccone son el mismo hombre...
‑El mismo, absolutamente.
‑Hablemos del señor de Zaccone.
‑Bien.
‑Os preguntaba si le conocíais.
‑Mucho.
‑¿Qué es?
‑Es hijo de un rico naviero de Malta.
‑Sí, ya lo sé; eso se dice, pero ya comprenderéis que la policía
no se puede contentar con un «se dice».
‑No obstante ‑repuso el abate con una sonrisa afable‑, cuando
ese se dice es la verdad, es preciso que todo el mundo se contente, y que la
policía haga lo mismo que todo el mundo.
‑¿Pero estáis seguro de lo que decís?
‑¡Cómo que si estoy seguro!
‑Caballero, os repito, que yo no sospecho de vuestra buena fe y
os digo: ¿estáis seguro?
‑Escuchad, yo he conocido al señor Zaccone padre.
‑¡Ah!, ¡ah...!
‑Sí, cuando era niño he jugado muchas veces con su hijo.
‑No obstante, ¿ese título de conde...?
‑Ya sabéis que se compra...
‑¿En Italia...?
‑En todas partes.
‑Pero según todo el mundo asegura, esas riquezas sin inmensas.
‑Inmensas, sí, ésa es la palabra.
‑¿Cuánto creéis que poseerá, vos que le conocéis?
‑¡Oh! Tendrá de ciento cincuenta a doscientas mil libras de
renta.
‑¡Ah!, eso es algo ‑dijo el agente‑; ¡pero decían que de tres a
cuatro millones... !
‑Doscientas mil libras de renta, caballero, son cuatro millones
justos de capital.
‑Pero aseguraban que de tres a cuatro millones de renta.
‑¡Oh!, eso no es creíble.
‑¿Y conocéis su isla de Montecristo?
‑Seguramente; todo el que haya venido de Palermo, de Nápoles o
de Roma a Francia por mar, la conoce, puesto que tiene que pasar junto a ella.
‑¿Es una morada encantadora, según se dice?
‑Es una roca.
‑¿Y por qué ha comprado el conde una roca?
‑Precisamente para poder ser conde. En Italia, para ser conde,
se necesita un condado.
‑¿Sin duda habéis oído hablar de las aventuras del señor Zaccone?
‑¿El padre?
‑No, el hijo.
‑¡Ah!, aquí empiezan mis incertidumbres, porque aquí he perdido
de vista a mi joven camarada.
‑¿Ha sido militar?
‑Creo que sí.
‑¿En qué cuerpo?
‑En el de marina.
‑Veamos: ¿no sois su confesor?
‑No señor: me parece que es luterano.
‑¿Cómo, luterano?
‑Digo que creo; no lo afirmo. Por otra parte, yo creía restablecida
en Francia la libertad de cultos.
‑Sin duda; pero no nos ocupamos de sus creencias, sino de sus
acciones; en nombre del señor prefecto de policía, decidme todo lo que sepáis.
. ‑Dícese que es un hombre muy caritativo. Nuestro Santo Padre
el Papa le ha hecho Caballero de Cristo, favor que no concede más que a los
príncipes, por los servicios eminentes que ha hecho a los cristianos de
Oriente; tiene cinco o seis cordones conquistados por los servicios hechos a
los príncipes o a los Estados.
‑¿Y los lleva?
‑No, pero se siente muy orgulloso de ellos; dice que quiere
mejor las recompensas concedidas a los bienhechores de la humanidad que las que
se conceden a los destructores de los hombres.
‑¿Ese hombre es algún cuáquero?
‑Una cosa por el estilo.
‑¿Sabéis si tiene algunos amigos?
‑Para él todos los que conoce son amigos suyos.
‑Pero, en fin, ¿tiene algún enemigo?
‑Uno solo.
‑¿Cuál es su nombre?
‑Lord Wilmore.
‑¿Dónde está?
‑En París en este momento.
‑¿Y puede darme informes...?
‑Preciosos. Estaba en la India al mismo tiempo que el señor Zaccone.
‑¿Conocéis sus señas?
‑En la Chaussée d'Antin; pero ignoro la calle y el número.
‑¿No os lleváis bien con ese inglés?
‑Le aprecio y le detesto: nos tratamos con mucha frialdad.
‑Señor abate, ¿creéis que haya venido otra vez a Francia
Montecristo antes de ahora?
‑¡Ah!, en cuanto a eso puedo responderos positivamente. No,
señor, no ha venido nunca, puesto que se dirigió a mí hace seis meses para
adquirir las noticias que deseaba. Pero como yo ignoraba en qué época estaría
yo en París a punto fijo, le dirigí al señor Cavalcanti.
‑¿Andrés?
‑No, Bartolomé, el padre.
‑Muy bien, señor abate; no me resta ahora preguntaros más que
una cosa, y os suplico en nombre del honor de la humanidad y de la religión,
que me respondáis pronto.
‑Hablad, caballero.
‑¿Sabéis con qué objeto ha comprado el señor de Montecristo una
casa en Auteuil?
‑Cierto que sí, pues me ha hablado de ello.
‑¿Con qué objeto?
‑Con el de hacer un hospital de locos semejante al que ha fundado
el barón de Pisani en Palermo. ¿Conocéis ese hospital?
‑He oído hablar de él, señor abate.
‑Es una institución magnífica.
Y dichas estas palabras, el abate saludó al desconocido como con
deseo de que le dejase proseguir su interrumpido trabajo. El agente, ya sea que
hubiera comprendido los deseos del abate, ya que hubiese acabado su
interrogatorio, se levantó. El abate le condujo hasta la puerta.
‑Dais limosnas a menudo, y limosnas bastante crecidas ‑dijo el
agente‑, y aunque seáis rico, me atreveré a ofreceros algo para vuestros
pobres; ¿tendréis a bien aceptar mi oferta?
‑No, gracias, caballero, pues deseo que todo el bien que haga
pro. venga de mí.
‑Sin embargo...
‑Nada, es una resolución invariable. Además, caballero, buscad;
¡ay!, ¡habrá tantos por el camino que tengan necesidad de vuestro socorro!
El abate saludó por última vez abriendo la puerta; el
desconocido respondió a su saludo y salió.
El carruaje le condujo a casa del señor de Villefort.
Una hora después, el carruaje salió de nuevo, y esta vez se
dirigió a la calle de Fontaine‑Saint‑Georges. Detúvose en el número 5.
Aquí vivía lord Wilmore.
El desconocido había escrito a lord Wilmore para pedirle una
cita, que éste fijó a las diez. Así, pues, como el enviado del prefecto de
policía llegó a las diez menos diez minutos, le respondieron que lord Wilmore,
que era sumamente puntual no había vuelto todavía, pero que volvería a las diez
en punto.
El desconocido aguardó en el salón.
Este salón nada tenía de notable, y era como todos los salones
de las fondas.
Una chimenea con dos jarrones de Sèvres modernos, un reloj con
un cupido extendiendo su arco, un espejo roto en dos pedazos; a cada lado de
este espejo dos grabados representando el uno a Homero con su guía, el otro a
Belisario pidiendo limosna; un papel gris; sillería de paño en encarnado
labrado de negro; tal era el salón de lord Wilmore.
Estaba iluminado por globos de cristal deslustrado que esparcían
un débil reflejo muy a propósito para la fatigada vista del enviado del
prefecto de policía.
Después de esperar diez minutos, el reloj dio las diez: a la
quinta campanada se abrió la puerta y apareció lord Wilmore.
Era éste un hombre más alto que bajo, con unas patillas pequeñas
y rojas, la tez blanca, y los cabellos también rojos. Vestía con toda la
excentricidad inglesa; es decir, que llevaba un frac azul con botones de oro y
un cuello sumamente alto, un chaleco de casimir blanco y un pantalón de nankin,
cuatro pulgadas más corto de lo regular, pero al que unas trabillas de la misma
tela impedían que
llegase a la rodilla.
Las primeras palabras que pronunció al entrar fueron éstas:
‑Ya sabéis, caballero, que yo no hablo francés.
‑Sé al menos que no os gusta nuestro idioma ‑respondió el
enviado del prefecto de policía.
‑Pero vos podéis expresaros en esa lengua ‑repuso lord Wilmore‑,
porque si yo no la hablo, la comprendo.
‑Y yo ‑respondió el enviado del prefecto cambiando de idioma‑
hablo el inglés con bastante soltura para sostener la conversación en esta
lengua. No os incomodéis, pues, caballero.
‑¡Hallo! ‑exclamó lord Wilmore
con esa entonación que no pertenece más que a los naturales de la Gran
Bretaña.
El desconocido presentó a lord Wilmore su carta de introducción.
Este la leyó con esa flema particular de los ingleses, y así que hubo terminado
su lectura:
‑Comprendo ‑dijo el inglés‑, comprendo perfectamente.
Entonces empezaron las interrogaciones.
Fueron poco más o menos las mismas que las que había dirigido al
abate Busoni. Pero como lord Wilmore, en su calidad de enemigo del conde de
Montecristo, no tenía tanta reserva, fueron más extensas; contó la juventud de
Montecristo, que había entrado a la edad de diez años al servicio de uno de
esos pequeños soberanos de la India que hacen la guerra a los ingleses; allí se
encontraron y combatieron uno contra otro; en aquella guerra Zaccone fue hecho
prisionero, enviado a Inglaterra y arrojado a presidio, de donde se escapó a
nado. Luego empezaron sus viajes, sus duelos, sus pasiones; entonces aconteció
la insurrección de Grecia, y sirvió en las filas de los griegos. Mientras
estaba a su servicio, descubrió una mina de plata en las montañas de Tesalia,
pero se guardó muy bien de hablar a nadie de tal descubrimiento.
Después de Navarino, y así que hubo consolidado el gobierno griego,
pidió al rey Otón un privilegio para explotar aquella mina, el cual se lo
concedió. De aquí provenía aquella inmensa fortuna, que según lord Wilmore,
podría ascender a uno o dos millones de renta, fortuna que podía agotarse de
repente, si la mina dejaba de producir.
‑Pero ‑preguntó el desconocido‑ ¿para qué ha venido a Francia?
‑Ha venido a especular en los caminos de hierro ‑dijo lord Wilmore‑;
y después, como es hábil químico y físico no menos distinguido, ha descubierto
un nuevo telégrafo cuya aplicación prosigue.
‑¿Cuánto gastará al año? ‑preguntó el enviado.
‑¡Oh!, quinientos o seiscientos mil francos a lo sumo ‑dijo lord
Wilmore‑; es avaro.
Era evidente que el odio hacía hablar al inglés, y no teniendo
nada que achacar al conde, le acusaba de avaro.
‑¿Sabéis algo de su casa de Auteuil?
‑Sí, señor.
‑¡Y bien! ¿Qué sabéis? ¿Querréis decirme con qué objeto la ha
comprado?
‑El conde es un especulador que seguramente se va a arruinar en
pruebas y descubrimientos; ha creído que hay en Auteuil, en los alrededores de
la casa que acaba de adquirir, una corriente de agua mineral que puede
rivalizar con las de Bagnéres, de Luchón y de Cauterest. Quiere hacer de su
adquisición un bad‑haus, como dicen los alemanes. Varias veces ha mandado ya
remover la tierra de su jardín para encontrar la famosa corriente de agua, y
como no la ha descubierto, no tardará en comprar las casas de los alrededores.
Ahora, pues, como yo le detesto y ando buscando una ocasión de burlarme de él,
le observo para ver si se acaba de arruinar un día a otro con ese
descubrimiento y otras especulaciones, lo cual tiene que suceder de todos
modos.
‑¿Y por qué le detestáis? ‑preguntó el desconocido.
‑Porque... porque al pasar por Inglaterra sedujo a la mujer de
uno de mis amigos.
‑¿Y por qué no os vengáis...?
‑Ya me he batido tres veces con él ‑dijo el inglés‑: la primera
vez a pistola, la segunda a espada y la tercera a sable.
‑Y el resultado de esos duelos ha sido...
‑Que la primera vez me rompió un brazo, la segunda estuvo a
punto de atravesarme el pulmón, y la tercera me hizo esta herida.
El inglés bajó el cuello de su camisa, que le llegaba a las
orejas, y mostró una cicatriz, cuyo color rojo indicaba que no había sido hecha
hacía mucho tiempo.
‑De suerte que le detesto hasta más no poder ‑repitió el inglés‑,
y seguramente morirá a mis manos.
‑Pues según veo no lleváis el mejor camino ‑dijo el enviado del
prefecto.
‑¡Hallo! ‑dijo el inglés‑, cada día voy al tiro, y cada
dos días viene a mi casa Grisier.
Esto era cuanto quería saber el desconocido, o más bien lo que
parecía saber el inglés. E1 agente se levantó, y se retiró después de haber
saludado a lord Wilmore, que por su parte le respondió con la gravedad y
cortesía que son peculiares de los habitantes de su país.
Lord Wilmore, después de haber oído cerrar la puerta de la calle
habiendo dado paso al agente, entró en su gabinete donde en menos de dos
minutos desaparecieron sus cabellos rubios, sus patillas rajas y su cicatriz,
para dar lugar a los cabellos negros, a la blanca tez y los dientes de perla
del conde de Montecristo. Verdad es que tampoco fue el enviado del prefecto de
policía quien entró en casa de Villefort, sino el señor de Villefort en
persona. El procurador del rey quedó algo tranquilizado con esta doble visita
que nada le había revelado de seguro, pero que, sin embargo, le hizo dormir con
algún sosiego después de la comida de Auteuil.
Capítulo sexto
El baile
El verano había llegado a su punto más caluroso cuando llegó el
sábado designado para el baile del señor de Morcef.
Eran las diez de la noche: los corpulentos árboles del jardín de
la casa del conde se destacaban vivamente sobre un cielo en que se deslizaban,
mostrando un inmenso manto azul sembrado de estrellas doradas de oro, los
últimos vapores de una tempestad que había rugido amenazadora durante todo el
día.
En los salones del piso bajo se oía una música estrepitosa; sucedíanse
los valses a los galopes, mientras numerosas y deslumbradoras ráfagas de luz
penetraban en el jardín a través de las persianas.
En este momento, el jardín estaba a merced de una docena de
criados, a los que la dueña de la casa, tranquilizada en cuanto al tiempo, cada
vez más sereno, había dado orden de disponer la mesa para la cena.
Hasta entonces se vacilaba entre cenar en el comedor o debajo de
una larga tienda de cutí que se había erigido en una verdadera alameda. Aquel
hermoso cielo sembrado de estrellas acababa de decidir el pleito en favor de la
tienda y de la alameda.
Las calles del jardín se habían iluminado con faroles de
colores, como se acostumbra en Italia, y estaban cargando de bujías y de flores
la mesa, como se hace en todos los países donde se comprende un poco este lujo
de mesa, el más raro de todos cuando se le quiere completo.
Cuando la condesa de Morcef entró en los salones, después de dar
sus últimas órdenes, empezaban éstos a llenarse de convidados atraídos más por
la encantadora hospitalidad de la condesa de Morcef, que por la posición
distinguida del conde; porque todos estaban seguros de antemano de que aquella
fiesta ofrecería algunos detalles dignos de ser contados.
La señora Danglars, a quien los sucesos de que hemos hablado
habían inspirado profundas inquietudes, vacilaba en ir a casa de la señora de
Morcef, cuando se encontró por la mañana su carruaje con el del señor de
Villefort. Villefort le hizo una seña, los dos carruajes se habían acercado, y
a través de las portezuelas entablaron el siguiente diálogo:
‑Vais a casa de la señora de Morcef, ¿no es verdad? ‑preguntó el
procurador del rey.
‑No ‑respondió la señora Danglars‑, me encuentro aún muy
afectada.
‑Hacéis mal ‑repuso Villefort con una mirada significativa‑,
sería importante que os viesen en ella.
‑¡Ah! ¿Lo creéis así? ‑preguntó la baronesa.
‑Sí.
‑En tal caso, iré.
‑¿Qué queréis decir?
‑Quiero decir que esto marcha muy bien ‑repuso el vizconde
riendo‑, y que ya me han preguntado diecisiete veces por él; ¡diablo con el
conde... !, ya le daré mi parabién.
‑¿Y a todo
el mundo respondéis lo mismo que a mí?
‑¡Ah!, tenéis razón, aún no os he respondido, tranquilizaos, señora;
tendremos aquí esta noche al hombre de moda, somos de sus privilegiados.
‑¿Estabais ayer en la ópera?
‑No.
‑Pues él estaba.
‑Sí..., el excéntrico conde hizo alguna
de sus originalidades.
‑¿Puede acaso prescindir de ellas? Essler bailaba en «El Diablo
enamorado»; la princesa griega estaba deslumbrante. Después de la Cachucha, ató
una magnífica sortija a un ramillete, y lo arrojó a la encantadora bailarina,
que en el tercer acto se presentó para darle las gracias con su sortija en un
dedo. ¿Y vendrá también su princesa griega?
‑No, no vendrá; su posición en casa del conde no se conoce aún a
punto fijo.
‑Mirad, dejadme; id a saludar a la señora de Villefort ‑dijo la
baronesa‑; veo que está deseando hablaros.
Alberto saludó a la señora de Danglars, se dirigió a la de
Villefort, que abrió la boca a medida que se acercaba.
‑Apostaría ‑dijo Alberto interrumpiéndola‑ a que sé lo que me
vais a preguntar.
‑Me parece que no ‑dijo la señora de Villefort.
‑¿Me lo confesaréis si lo adivino?
‑Sí.
‑¿Palabra de honor?
‑Palabra de honor.
‑Ibais a preguntarme si había entrado el conde de Montecristo, o
si vendría.
‑No era eso. No me ocupo de él en este momento. Os iba a preguntar
si habíais recibido noticias del señor Franz.
‑Sí, ayer.
‑¿Qué os decía?
‑Que salía para París al mismo tiempo que su carta.
‑Decidme, pues, ahora, ¿y el conde?
‑El conde vendrá, tranquilizaos.
‑¿Sabéis que tiene otro
nombre, además de Montecristo?
‑Lo ignoraba.
‑Montecristo es un nombre de isla, y él tiene un nombre de familia.
‑No lo he oído pronunciar.
‑¡Pues bien! Yo estoy más enterada que vos; se llama Zaccone.
‑Es posible.
‑Es maltés.
‑Muy posible también.
‑Hijo de un armador.
‑¡Oh!, os aseguro que debíais referir esas cosas en voz alta,
tendríais el éxito más feliz.
‑Ha servido en la India, explota en la Tesalia una mina de
plata, y viene a París para abrir en Auteuil un establecimiento de aguas
minerales.
‑¡Bien!, enhorabuena ‑dijo Morcef‑, buenas noticias; ¿me permitís
que las repita por ahí?
‑Sí, pero poco a poco, una a una, sin decir que yo os las he contado.
‑¿Por qué?
‑Porque es un secreto.
‑¿De quién?
‑De la policía.
‑Entonces esas noticias corrían...
‑Ayer noche, en casa del prefecto. Todo París se había conmovido,
como sabéis, a la vista de ese lujo inusitado, y la policía obtuvo informes...
‑¡Bien...!, sólo les falta prender al conde como un vagabundo,
so pretexto de que es demasiado rico.
‑A fe mía, os aseguro que eso le habría podido suceder, si los
informes no hubieran sido tan favorables.
‑¡Pobre conde! ¿Y sospecha el peligro que ha corrido?
‑Creo que no.
‑Entonces es una obra de caridad advertírselo. En cuanto llegue,
no dejaré de hacerlo.
En este momento, un gallardo joven de ojos negros y vivos, de
cabellos negros, de negro y lustroso bigote, fue a saludar respetuosamente a
la señora de Villefort. Alberto le estrechó una mano.
‑Señora ‑dijo Alberto‑, tengo el honor de presentaros al señor
Maximiliano Morrel, capitán de spahis, uno de nuestros mejores y más
distinguidos oficiales.
‑Ya he tenido el gusto de encontrar a este caballero en Auteuil
en casa del conde de Montecristo ‑respondió la señora de Villefort, volviéndose
con marcada frialdad.
Esta respuesta, y sobre todo, el tono con que fue pronunciada,
dejaron helado a Morrel; pero le estaba preparada una compensaáón; al volverse
vio en el quicio de la puerta un hermoso y blanco rostro, cuyos ojos azules,
dilatados y sin expresión aparente, se fijaban en él mientras el ramillete de
jazmines subía lentamente a sus labios.
Fue tan bien comprendido este saludo, que Morrel, con la misma
expresión de mirada, acercó a su vez su pañuelo a la boca, y las dos estatuas
vivas, cuyo corazón latía con tanta violencia bajo el mármol de su rostro,
separadas por toda la longitud de la sala, se olvidaron un instante o más bien
olvidaron el mundo en aquella muda contemplación.
Habrían podido permanecer más tiempo de este modo, perdidas una
en otra, sin que nadie notase su olvido de cuanto los rodeaba, pues... el conde
de Montecristo acababa de entrar.
Como hemos dicho anteriormente, el conde, fuese prestigio ficticio,
fuese prestigio natural, llamaba la atención en todas partes donde se hallaba;
no era su frac negro, sencillo y sin condecoraciones; no era su chaleco blanco
sin ningún bordado; no era su pantalón, de cuyo botín salía un pie de la forma
más delicada, los que llamaban la atención; eran, sí, su blanca tez, sus
cabellos negros y rizados ligeramente, su rostro sereno y puro, sus ojos
profundos y melancólicos, en fin, su boca dibujada con una delicadeza
maravillosa, y que sabía tomar tan fácilmente la expresión del mayor desdén, lo
que hacía fijar en él todas las miradas.
Podía haber hombres más apuestos; pero seguramente no los habría
más significativos (permítasenos esta expresión); todo en el conde quería decir
algo y tenía su valor; porque la costumbre del pensamiento útil había dado a
sus facciones, a la expresión de su rostro, y a sus gestos insignificantes, una
flexibilidad y una firmeza incomparables.
Y además, el mundo parisiense es tan raro, que no hubiera dado a
esto ninguna importancia, si no hubiese habido debajo de todo ello una historia
dorada por una inmensa fortuna.
Finalmente, el conde se adelantó bajo el peso de las miradas y a
través de los saludos, hasta la señora de Morcef, que estaba en pie delante de
una chimenea; le había visto en un espejo que estaba frente de la puerta y se
preparó a recibirle.
Volvióse hacia él con una sonrisa encantadora, y en el momento
en que se inclinaba delante de ella.
Sin duda creyó que el conde le iba a hablar; sin duda el conde
por su parte creyó que iba a dirigirle la palabra; pero ambos permanecieron
mudos, y después de saludarse mutuamente, el conde de Montecristo se dirigió
hacia Alberto, que corría hacia él con la mano abierta.
‑¿Habéis visto a mi madre? ‑preguntó Alberto.
‑Acabo de tener el honor de saludarla ‑dijo el conde‑, pero no
he visto a vuestro padre.
‑Vedle, allí está hablando, en aquel grupo de grandes celebridades.
‑¡Ah! ‑dijo Montecristo‑, ¿aquellos señores que hay allí son
celebridades? No sabía nada. ¿Y de qué género? Hay celebridades de toda
especie, como sabéis.
‑Allí tenéis primeramente un gran sabio, aquel señor alto y
flaco; ha descubierto en la campiña de Roma una especie de lagarto que tiene
una vértebra más que los otros, y ha venido a participar este descubrimiento al
Instituto. Al principio hubo sus disputas. La vértebra causó mucha sensación
en el mundo erudito; el señor alto y flaco no era más que caballero de la
Legión de Honor y le nombraron oficial.
‑¡Enhorabuena! ‑dijo Montecristo‑, esa es una cruz perfectamente
merecida; entonces, si encuentra una segunda vértebra ¿le harán comendador?
‑Es probable ‑dijo Morcef.
‑¿Y aquel otro que ha tenido la feliz ocurrencia de ponerse un
frac azul bordado de verde, quién podrá ser?
‑La ocurrencia no fue de él, sino de la República, la cual, como
sabéis, era tan poco artista que, queriendo dar un uniforme a los académicos,
suplicó a David que les dibujase un traje.
‑¡Ah, ya! ‑dijo Montecristo‑. ¿Conque ese caballero es un
académico?
‑Hace ocho días que forma parte de la docta corporación.
‑¿Y cuál es su mérito, su especialidad?
‑¿Su especialidad? Yo creo que introduce alfileres en la cabeza
de los conejos, que hace comer rubia a las gallinas y yo no sé cuántos otros
méritos.
‑¿Y por eso ha de pertenecer a la Academia de Ciencias?
‑No, a la Academia Francesa.. .
‑Pero ¿qué tiene que ver con eso la Academia Francesa?
‑Voy a deciros, parece...
‑Que sus experimentos han fomentado sin duda el progreso de la
ciencia.
‑No, pero escribe en muy buen estilo.
‑¡Oh! ‑dijo Montecristo‑, eso debe lisonjear soberanamente
el amor propio de los conejos en cuyas cabezas introduce
alfileres, a las gallinas cuyos huevos tiñe de encarnado, y, etc...
Alberto soltó una carcajada.
‑¿Y aquel otro? ‑inquirió el conde.
‑¿Aquel otro?
‑Sí, el tercero.
‑¡Ah!, el del frac azul.
‑Eso es.
‑Ese es un colega del conde, el que tan encarnizadamente se
opuso a que la cámara de los Pares tenga uniforme; ha tenido un gran éxito de
tribuna respecto a este punto: se dice que le van a nombrar embajador.
‑¿Y cuáles son sus méritos?
‑Ha escrito dos o tres óperas bufas; ha adquirido cuatro o cinco
acciones en el Siècle, y ha votado cinco o seis veces con el ministerio.
‑¡Bravo!, vizconde ‑dijo Montecristo riendo‑, sois un cicerone
encantador: ahora me haréis un favor, ¿no es cierto?
‑¿Cuál?
‑No me presentaréis a esos señores, y si os lo piden, me avisaréis.
En este momento el vizconde sintió que alguien apoyaba la mano
en su brazo, se volvió y vio a Danglars.
‑¡Ah! ¡Sois vos, barón! ‑dijo.
‑¿Por qué me llamáis barón? ‑dijo Danglars‑; bien sabéis que no
use mi título. No soy como vos, vizconde, vos lo usáis, ¿no es verdad?
‑Desde luego ‑respondió Alberto‑, porque si no fuese vizconde
no sería nada, mientras que vos, aunque sacrifiquéis vuestro título de barón,
siempre quedaréis millonario.
‑Ese título me parece el más hermoso, en estos tiempos por lo
menos ‑dijo Danglars.
‑Por desgracia ‑dijo Montecristo‑ no dura tanto ese título como
el de barón, el de par de Francia o el de académico; díganlo si no los
millonarios de Franck y Polmaun, de Francfort, que acaban de quebrar.
‑¿Cómo? ‑dijo Danglars palideciendo.
‑Esta tarde he recibido la noticia; yo tendría aproximadamente
un millón en su casa; pero, habiendo sido avisado a tiempo, exigí el reembolso
hará un mes.
‑¡Ah! ¡Dios mío! ‑dijo Danglars‑, por lo menos me hacen perder
doscientos mil francos.
‑Pero ya estáis avisado, su firma vale un cinco por ciento.
‑Sí, pero avisado demasiado tarde ‑dijo Danglars‑, he hecho
honor a su firma.
‑¡Bueno! ‑dijo Montecristo‑, juntando esos doscientos mi]
francos con...
‑¡Chist!, ¡silencio! ‑dijo Danglars‑, no habléis de esas cosas ‑y
acercándose a Montecristo...‑, sobre todo delante de Cavalcanti hijo ‑añadió
el banquero, que al pronunciar estas palabras se volvió sonriendo hacia el
joven.
Morcef se separó del conde para ir a hablar con su madre.
Danglars le dejó también para ir a saludar a Cavalcanti hijo.
Montecristo se quedó solo un instante.
El calor era excesivo. Los criados circulaban por los salones
con bandejas cargadas de dulces, frutas y helados.
Montecristo se enjugó con su pañuelo el rostro bañado en sudor;
pero se retiró cuando el criado le presentó una bandeja y no tomó nada para
refrescarse.
La señora de Morcef no perdía de vista a Montecristo. Vio pasar
la bandeja sin que tomase nada de ella; también observó el movimiento que hizo
cuando el criado le presentó la bandeja.
‑Alberto ‑dijo‑, ¿no habéis reparado en una cosa?
‑¿Qué es ello, madre mía?
‑Que el conde no acepta la comida en casa del señor de Morcef.
‑Sí, pero aceptó el almuerzo en mi casa, puesto que por ese almuerzo
hizo su entrada en el mundo.
‑Vuestra casa no es la del conde ‑murmuró Mercedes‑, y desde que
está aquí, no le pierdo de vista.
‑¿Y qué?
‑Que no ha tomado nada.
‑El conde es muy sobrio.
Mercedes se sonrió tristemente.
‑Acercaos a él, y a la primera bandeja que pase, insistid.
‑¿Por qué motivo, madre mía?
‑Hacedme ese favor, Alberto ‑dijo Mercedes.
Alberto besó la mano de su madre y fue a colocarse junto al
conde.
Pasó otra bandeja cargada como las precedentes: Alberto insistió
aún, tomó un helado y se lo presentó, pero rehusó obstinadamente.
Alberto volvió al lado de su madre; la condesa estaba muy
pálida.
‑¡Y bien! ‑dijo‑, ya veis como no ha querido tomar nada.
‑Sí, ¿pero por qué os preocupa esto tanto?
‑Bien lo sabéis, Alberto; las mujeres somos muy singulares. Hubiera
visto con placer tomar al conde algo en mi casa, aunque no fuese más que un
grano de granada. Quizá no esté al corriente de
las costumbres francesas, tal vez tiene preferencia por alguna
cosa.
‑¡Oh!, no, no, yo le he visto en Italia comer de todo; sin duda
está indispuesto esta noche.
‑¡Oh!, tal vez ‑dijo la condesa‑, como ha habitado siempre
climas ardientes, es menos sensible que cualquier otro al calor.
‑No lo creo así, porque se quejaba de que se ahogaba de calor, y
preguntaba por qué no han abierto las celosías, puesto que han abierto las
ventanas.
‑En efecto ‑dijo Mercedes‑, ése es un medio de asegurarme si esa
abstinencia es algo premeditado o no.
Y salió del salón.
Un instante después, las persianas se abrieron y a través de los
jazmines que rodeaban las ventanas, pudo verse todo el jardín iluminado con
linternas, y la cena servida debajo de una tienda.
Los bailadores y los jugadores lanzaron un grito de alegría;
todos aquellos pulmones medio sofocados aspiraban con delicia el aire que
entraba en abundancia.
Al momento volvió a entrar Mercedes más pálida que había salido,
pero con la seriedad que era de notar en ella en ciertas circunstancias. Se
dirigió al grupo en medio del cual se hallaba su marido.
‑No encadenéis a estos señores, señor conde ‑dijo‑; preferirán
tal vez respirar el aire del jardín a ahogarse aquí.
‑¡Ah!, señora ‑dijo un viejo general muy galante‑, no creo que
iremos solos al jardín.
‑Bien‑dijo Mercedes‑, yo voy a daros el ejemplo.
Y dirigiéndose a Montecristo:
‑Señor conde ‑‑dijo‑, hacedme el honor de ofrecerme vuestro
brazo.
El conde vaciló al oír estas sencillas palabras; después miró a
Mercedes un momento, rápido como el relámpago, y sin embargo, este momento fue
un siglo para la condesa, tantos pensamientos reflejaba aquella mirada.
Ofreció su brazo a la condesa; ella apoyó ligeramente en él su
pequeña mano, y los dos bajaron una de las escaleras limitada a un lado y a
otro por heliotropos y camelias.
Detrás de ellos y por otra escalera, se lanzaron al jardín, con
estrepitosas exclamaciones de alegría, unos veinte convidados.
La señora de Morcef entró con su compañero debajo de una bóveda
de follaje; era un paseo de tilos en dirección a un invernadero.
‑Hacía mucho calor en el salón, ¿no es verdad, señor conde? ‑dijo.
‑Sí, señora, y vuestra idea de abrir las puertas y las ventanas
ha sido excelente.
Al decir estas palabras, el conde notó que la mano de Mercedes
temblaba.
‑Pero vos ‑dijo‑, con ere vestido tan ligero y con el cuello al
aire, tendréis frío, sin duda.
‑¿Sabéis adónde os llevo? ‑dijo la condesa, sin responder a la
pregunta de Montecristo.
‑No, señora ‑dijo éste‑, pero ya veis que no hago ninguna
resistencia.
‑Al invernadero, que está al final del paseo que seguimos.
El conde miró a Mercedes como para interrogarla; pero ella
siguió su camino sin decir nada, y Montecristo permaneció callado. Llegaron al
lugar indicado, lleno de flores y frutas magníficas, que desde el principio de
julio, llegaban a su madurez bajo aquella temperatura calculada siempre para
reemplazar el calor del sol. La condesa soltó el brazo de Montecristo y fue a
coger de una parra un racimo de uva moscatel.
‑Tomad, señor conde ‑dijo con una triste sonrisa, tan triste que
casi asomaron dos lágrimas a sus párpados‑; tomad, ya sé que nuestros racimos
de Francia no son comparables a los de Sicilia o a los de Chipre, más espero
que seréis indulgente con nuestro pobre sol del Norte.
El conde se inclinó y dio un paso atrás.
‑¿Me despreciáis? ‑dijo Mercedes con voz temblorosa.
‑Señora ‑dijo Montecristo‑, os suplico que me disculpéis, pero
no como nunca moscatel.
Mercedes dejó caer el racimo, suspirando. Un precioso
albaricoque colgaba de un árbol próximo, calentado lo mismo que la parra, por
aquel calor artificial del invernadero. Mercedes se acercó a la fruta y la
cogió.
‑Tomad entonces ere albaricoque ‑dijo.
Pero el conde hizo el mismo ademán negativo.
‑¡Oh!, ¡tampoco! ‑dijo con un acento tan doloroso que
evidentemente ahogaba un gemido‑; en verdad tengo desgracia.
Un largo silencio siguió a esta escena; el albaricoque, lo mismo
que el racimo de uvas, rodó por la arena.
‑Señor conde ‑repuso Mercedes mirando a Montecristo con ojos
suplicantes‑, hay una tierna costumbre árabe que hace eternamente amigos a los
que han comido el pan y la sal juntos bajo el mismo techo.
‑Lo sé, señora ‑respondió el conde‑; pero estamos en Francia y
no en Arabia, y en Francis ni se parten el pan y la sal, ni hay amistades
eternas.
‑Pero, en fin ‑dijo la condesa, palpitante, y con los ojos fijos
en el conde de Montecristo, cuyo brazo estrechó convulsivamente Pntre sus manor‑;
somos amigos, ¿no es verdad?
Toda la sangre se agolpó al corazón del conde, que se quedó
pálido como la muerte, subiendo después del corazón a la garganta, invadió sus
mejillas y sus ojos se abrieron desorbitadamente durante algunos
‑Claro que somos amigos, señora ‑replicó‑; ¿por qué no habíamos
de serlo?
Este tono estaba tan lejos de ser el que deseaba la señora de
Morcef que se volvió para dejar escapar un suspiro que más bien parecía un
gemido.
‑Gracias ‑dijo.
Y empezó a andar.
Dieron una vuelta al jardín sin pronunciar una palabra.
‑Caballero ‑exclamó de repente la condesa después de diez minutos
de paseo silencioso‑, ¿es verdad que habéis visto y viajado tanto, que tanto
habéis sufrido?
‑Es verdad, señora, he sufrido mucho ‑respondió Montecristo.
‑¿Sois feliz ahora?
‑Sin duda ‑respondió el conde‑, puesto que nadie me oye
quejarme.
‑¿Y os dulcifica el alma vuestra felicidad presente?
‑Mi felicidad presente iguala a mi miseria pasada ‑dijo el
conde.
‑¿No estáis casado? ‑inquirió la condesa.
‑¡Yo casado! ‑respondió Montecristo estremeciéndose‑, ¿quién ha
podido deciros tal cola?
No me lo han dicho, pero muchas veces os han visto conducir a la
ópera a una hermosísima joven.
‑Es una esclava que he comprado en Constantinopla, señora; una
hija de príncipe a quien miro mmo hija mía, porque no me liga al mundo ningún
otro vínculo.
‑¿De modo que vivís solo?
‑Solo.
‑¿No tenéis hermana..., hijo..., padre?
‑No tengo a nadie en el mundo.
‑¿Cómo podéis vivir así, sin nada que os haga apreciar la vida?
‑No es culpa mía, señora. En Malta amé a una joven; estaba a
punto de casarme cuando vino la guerra, y me arrastró lejos de ella como un
torbellino. Yo había creído que me amaría bastante para esperarme, para serme
fiel aun después de la muerte. Cuando volví, estaba casada. Esta es la historia
de todo hombre que ha pasado por la edad de veinte años. Quizá tenía yo el
corazón más débil que otro cualquiera, y he sufrido más que otros en mi lugar.
La condesa se detuvo un momento, como si hubiese tenido necesidad
de ello para respirar.
‑Sí ‑dijo‑, y os ha quedado en el corazón ese amor..., no se ama
verdaderamente más que una vez..., ¿y habéis vuelto a ver a esa mujer?
‑Nunca.
‑¡Nunca!
‑No he vuelto al país donde ella vivía.
‑¿A Malta?
‑Sí, a Malta.
‑¿De modo que está en Malta?
‑Creo que sí.
‑¿Y le habéis perdonado lo que os ha hecho sufrir?
‑A ella sí.
‑Pero a ella solamente; ¿seguís odiando a los que os alejaron de
su lado?
‑Yo no: ¿por qué había de odiarlos?
La condesa se colocó frente a Montecristo y volvió a ofrecerle
otro racimo de uvas.
‑Tomad ‑dijo.
‑No como nunca moscatel, señora ‑respondió Montecristo, como si
fuera la primera vez que la condesa le hacía aquel ofrecimiento.
La condesa arrojó las uvas contra la arena con un ademán lleno
de desesperación.
‑¡Sois inflexible! ‑murmuró.
Montecristo permaneció tan impasible como si aquella queja no
hubiera sido dirigida a él.
En este momento Alberto corría hacia ellos.
‑¡Oh!, ¡madre mía! ‑dijo‑, una gran desgracia.
‑¿Qué ha sucedido? ‑preguntó la condesa como si después de un
sueño se despertase y conociese la realidad‑; ¡una desgracia!, en efecto,
¡muchas desgracias deben suceder!
‑Está aquí el señor de Villefort.
‑¿Y bien?
‑Viene a buscar a su mujer y a su hija.
‑¿Por qué?
‑Porque la señora marquesa de Saint‑Merán ha llegado a París,
ha traído la noticia de que el señor de Saint‑Merán ha muerto al
salir de Marsella, en la primera parada. La señora de Villefort, que estaba muy
alegre, no quería comprender ni dar crédito a aquella desgracia, aunque su
padre tomó algunas precauciones, todo lo adivinó; este golpe la aterró como si
la hubiese herido un rayo, y cayó desmayada.
‑Y el señor de Saint‑Merán, ¿qué es de la señorita de Villefort?
‑preguntó el conde.
‑Su abuelo materno. Venía para acelerar el casamiento de Franz y
de su nieta.
‑¡Ah!, ya...
‑He aquí aplazada la boda. ¡Qué lástima que el señor de SaintMerán
no fuese también abuelo de la señorita Danglars!
‑¡Alberto! ¡Alberto! ‑dijo la señora de Morcef con un tono de
dulce reproche‑, ¿qué decís? ¡Ah!, señor conde, vos, a quien él tiene tanta
consideración, decidle que eso está mal.
Y dio unos pasos hacia adelante.
Montecristo la miró de un modo tan extraño y con una expresión
tan pensativa y llena de una admiración tan afectuosa, que Mercedes se volvió.
Cogióle entonces una mano mientras estrechaba la de su hijo, y
mirándole exclamó:
‑Somos amigos, ¿no es verdad?
‑¡Oh!, vuestro amigo, señora; no aspiro a tanto; pero, en todo
caso, soy vuestro más respetuoso servidor.
La condesa se separó de ellos con el corazón tan lastimado y tan
conmovido, que antes de haber andado diez pasos, el conde la vio acercarse su
pañuelo a los ojos.
‑¿Cómo? ¿Os habéis disgustado con mi madre? ‑preguntó Alberto
asombrado.
El conde respondió:
‑Al contrario, puesto que acaba de decirme delante de vos que
éramos amigos.
Y volvieron al salón, del cual acababan de salir Valentina y el
señor y la señora de Villefort.
Excusado es decir que Morrel salió detrás de ellos.
En efecto, tal como había dicho Alberto, acababa de
desarrollarse en la casa de Villefort una lúgubre escena.
Después de la partida de las dos mujeres para el baile, adonde
por más que insistió la señora de Villefort, no pudo hacer que su marido la
acompañase, el procurador del rey se había encerrado, como acostumbraba, en su
despacho, adornado de estantes de libros que hubieran espantado a cualquier
otro, pero que en sus tiempos apenas bastaban a satisfacer su apetito de hombre
estudioso.
Pero esta vez los libros eran inútiles, pues Villefort no se
encerraba para estudiar, sino para reflexionar; y una vez cerrada la puerta y
dada la orden de que no le incomodasen sino para asuntos de importancia, se
sentó en un sillón y empezó a repasar otra vez en su memoria todo lo que,
después de siete a ocho días, hacía derramarse la copa de sus sombríos pesares
y de sus amargos recuerdos.
Entonces, en vez de atacar a los libros amontonados en derredor
suyo, abrió un cajón de su bufete, tocó un resorte y sacó una infinidad de
cuadernos con sus notas personales, manuscritos preciosos, entre los cuales
había clasificado y anotado con cifras, conocidas de él solo, los nombres de
todos los que en su carrera política, en sus asuntos de intereses, en sus
persecuciones o en sus misteriosos amores se habían hecho enemigos suyos.
El número era formidable, y, sin embargo, todos aquellos
hombres, por poderosos y terribles que fuesen, le habían hecho sonreírse más de
una vez, como se sonríe el viajero que desde la elevada cumbre de la montaña
mira a sus pies los agudos picachos, los caminos impracticables y los bordes
de los precipicios, junto a los cuales ha tenido que caminar largo tiempo para
llegar a ella.
Cuando hubo repasado en su memorial todos estos nombres, cuando
los hubo leído y vuelto a leer, estudiado y comentado, movió la cabeza a un
lado y a otro.
‑No ‑murmuró‑, ninguno de estos enemigos hubiera esperado con
paciencia hasta este día para aniquilarme con su secreto. Algunas veces, como
dice Hamlet, el ruido de las cosas más fuertemente escondidas sale de la
tierra, y, como los fuegos fosforescentes, corren por el aire; pero son llamas
que iluminan un instante. La historia habrá sido contada por el corso a algún
sacerdote, que la habrá propalado a su vez. El señor de Montecristo la habrá sabido,
y para enterarse...
‑¿Y para qué quería enterarse? ‑prosiguió el procurador del rey
después de un instante de reflexión‑; ¿qué interés puede tener el señor de
Montecristo, señor Zaccone, hijo de un naviero de Malta, explotador de una mina
de plata en Tesalia, que viene a Francia por primera vez, en saber un hecho
sombrío, misterioso a inútil para él? De los informes incoherentes que me han
proporcionado el abate Busoni y lord Wilmore, aquél amigo y éste enemigo, una
sola cosa resulta a mis ojos clara, precisa, patente, y es que en ningún
tiempo, en ningún caso, en ninguna circunstancia, ha podido haber el menor
punto de contacto entre él y yo.
Sin embargo, Villefort decía estas palabras sin creer él mismo
lo que decía. Lo más terrible para él no era la revelación, porque podía negar
o responder; le inquietaba poco aquel Mané, Thecel, Pharés, que aparecía de
repente en letras de sangre en la pared; lo que le inquietaba era conocer el
cuerpo a que pertenecía la mano que los había trazado.
En el momento en que trataba de calmarse, y en que en lugar de
aquel porvenir político que había visto algunas veces en sus sueños de
ambición, se proponía un porvenir limitado al hogar doméstico, el ruido de un
carruaje resonó en el patio; después oyó en la escalera los pasos de una
persona de edad, y después gemidos y ayes que tan bien saben fingir los criados
cuando quieren aparentar que participan del dolor de sus amos.
Apresuróse a descorrer el cerrojo de su despacho, y al poco
rato, sin anunciarse, una señora anciana entró en el mismo con su chal en el
brazo y su sombrero en la mano. Sus cabellos canos descubrían una frente mate
como el amarillento marfil, y sus ojos, cuyos ángulos había surcado de arrugas
la edad, desaparecían casi bajo las lágrimas.
‑¡Oh, caballero! ‑dijo‑; ¡ah, qué desgracia!, yo también me
moriré; ¡oh, sí, estoy segura de que voy a morirme!
Y cayendo sobre el sillón más próximo a la puerta rompió de
nuevo a llorar.
Los criados, en pie en el cancel, y no atreviéndose a ir más
lejos, miraban al antiguo criado de Noirtier, que, habiendo oído ruido en la
habitación de su señor, se mantenía detrás de los demás.
Villefort se levantó y corrió hacia su suegra, pues era ella.
‑¡Oh, Dios mío!, señora ‑preguntó‑, ¿qué ha ocurrido? ¿Por qué
estáis tan desazonada? ¿Y por qué no os acompaña el señor de Saint‑Merán?
‑El señor de Saint‑Merán ha muerto ‑dijo la anciana marquesa sin
preámbulos, y con una especie de estupor.
Villefort dio un paso atrás, y dando una palmada:
‑¡Muerto! ‑murmuró‑, ¡muerto..., así..., súbitamente!
‑Hace ocho días ‑continuó la señora de Saint‑Merán‑, subimos
juntos al carruaje después de comer. El señor Saint‑Merán padecía muchísimo
desde hacía algunos días; sin embargo, la idea de ver a mi querida Valentina le
animaba, y a pesar de sus dolores quiso partir, cuando a seis leguas de
Marsella se apoderó de él, después de haber tomado sus pastillas habituales, un
sueño tan profundo que no me parecía natural; sin embargo, yo no quería
despertarle, cuando me pareció que su rostro se amorataba, que las venas de sus
sienes latían con más violencia que de costumbre. Como había anochecido, yo no
veía casi nada y le dejé dormir; al poco rato lanzó un grito sordo y
desgarrador, como el de un hombre que sufre en sueños, y dejó caer bruscamente
su cabeza hacia atrás. Llamé al camarero, hice parar al postillón, llamé al
señor de Saint‑Merán, le hice respirar mi frasco de esencias; todo había
acabado, estaba muerto, y al lado de su cadáver llegué a Aix.
Villefort quedó estupefacto.
‑¿Y llamasteis a un médico, seguramente?
‑En seguida; pero como os he dicho, era demasiado tarde.
‑Sin duda; pero, al menos, podía conocer de qué enfermedad había
muerto.
‑¡Oh!, sí, señor, me lo dijo; según parece fue una apoplejía fulminante.
‑¿Y entonces, qué hicisteis?
‑El señor de Saint‑Merán había dicho siempre que si moría lejos
de París, deseaba que su cuerpo fuese conducido al panteón de la familia. Yo
hice colocarle en un ataúd de plomo y le precedo sólo algunos días.
‑¡Oh! Dios mío, ¡pobre madre! ‑dijo Villefort‑; ¡semejantes
preocupaciones después de tal golpe..., y a vuestra edad!
‑Dios me dio fuerzas hasta el fin; por otra parte él hubiera
hecho por mí lo que yo hago por él. Es verdad que desde que le dejé, creo que
estoy loca. No puedo llorar, ¿dónde está Valentina, caballero? Por ella es por
quien veníamos. Quiero verla.
Villefort pensó que sería espantoso responder que la joven se encontraba
en un baile; dijo solamente a la marquesa que su nieta había salido con su
madrastra, y que la avisarían en seguida.
‑Al instante, caballero, al instante, os lo suplico ‑dijo la
anciana.
Villefort tomó del brazo a la señora de Saint‑Merán y la condujo
a su habitación.
‑Descansad ‑dijo‑, madre mía.
La marquesa levantó la cabeza al oír esta palabra, y al ver a
aquel hombre que le recordaba a su tan llorada hija, rompió a llorar de nuevo y
cayó de rodillas en un sillón, donde sepultó su venerable cabeza.
Villefort la recomendó a los cuidados de las doncellas, mientras
el viejo Barrois subía asustado al cuarto de su amo, porque nada intimida tanto
a los ancianos como la muerte, que se aparta un instante de su lado para herir
a otro anciano.
Mientras la señora de Saint‑Merán, todavía arrodillada, oraba en
el fondo de su corazón, Villefort envió a buscar un coche de alquiler,
y fue él mismo a casa de la señora de Morcef a recoger a su
mujer y a su hija para traerlas a casa.
Tan pálido estaba cuando se presentó en la puerta del salón, que
Valentina corrió hacia él, exclamando:
‑¡Oh!, padre mío, ¿ha sucedido alguna desgracia?
‑Acaba de llegar vuestra abuela, Valentina ‑‑dijo el señor de
Villefort.
‑¿Y mi abuelo? ‑preguntó la joven temblando.
El señor de Villefort no respondió sino ofreciendo el brazo a su
hija.
Lo hizo a tiempo, pues Valentina, sobrecogida de vértigo, vaciló
y estuvo a punto de caerse; la señora de Villefort se apresuró a sostenerla, y
ayudó a su marido a conducirla a su carruaje, diciendo:
‑¡Qué extraño es eso! ¿Quién lo hubiera sospechado? ¡Oh!, sí,
sí; es muy extraño.
Y toda esta desolada familia desapareció así, comunicando la
tristeza como un velo negro al resto de los convidados.
Al pie de la escalera, Valentina encontró a Barrois esperándola.
‑El señor Noirtier desea veros esta noche ‑dijo en voz baja.
‑Decidle que iré en cuanto salga del cuarto de mi abuelita ‑dijo
Valentina.
Con la delicadeza de su alma, la joven había comprendido que
quien tenía necesidad de ella entonces era la señora de Saint‑Merán.
Halló acostada a su abuela; mudas caricias, gemidos, suspiros
ahogados, lágrimas ardientes, tales fueron los detalles que se pueden contar de
esta entrevista a la que asistía del brazo de su marido la señora de Villefort,
llena de respeto, en la apariencia, hacia la pobre viuda.
Al cabo de un instante, se inclinó hacia su marido y le dijo al
oído:
‑Con vuestro permiso, es mejor que yo me retire, porque mi
presencia parece afligir aún más a vuestra suegra.
La señora de Saint‑Merán la oyó.
‑Sí, sí ‑dijo a Valentina también al oído‑ que se vaya, pero
quédate tú; sí, quédate.
Salió la señora de Villefort y Valentina se quedó sola junto a
la cama de su abuela, porque el procurador del rey, consternado con aquella
muerte imprevista, siguió a su mujer.
Entretanto, Barrois había subido por primera vez al cuarto de
Noirtier; éste había oído todo el ruido que había en la casa, y envió a su
criado a que se informase.
A su vez, aquellos ojos tan vivos y sobre todo tan inteligentes,
interrogaron al mensajero.
‑¡Ay!, señor ‑dijo Barrois‑, acaba de ocurrir una tremenda
desgracia. La señora de Saint‑Merán ha llegado y su marido ha muerto.
El señor de Saint‑Merán y Noirtier no habían estado nunca unidos
por los lazos de una gran amistad; no obstante, ya se sabe el efecto que
produce siempre en un anciano el anuncio de la muerte de otro.
Noirtier dejó caer la cabeza sobre el pecho como un hombre abatido
o pensativo, y después cerró un ojo solo.
‑¿La señorita Valentina? ‑dijo Barrois.
Noirtier hizo señas afirmativas.
‑Está en el baile, el señor lo sabe bien, puesto que vino a despedirse
de vos con su precioso vestido.
Noirtier cerró de nuevo el ojo izquierdo.
‑Sí, ¿queréis verla?
El anciano hizo ver que esto era lo que deseaba.
‑Entonces, voy a buscarla, estará sin duda en casa del señor de
Morcef; la esperaré hasta que salga, le diré que queréis hablarle, ¿no es esto?
‑Sí ‑respondió el paralítico.
Barrois esperó que volviese Valentina, y como hemos visto, le
comunicó el deseo de su abuelo.
Valentina subió, pues, al cuarto de Noirtier cuando salió de las
habitaciones de la señora de Saint‑Merán, que aún muy agitada, sucumbió a la
fatiga y quedóse dormida con un sueño febril.
Habían acercado al alcance de su brazo una mesita, sobre la que
había un gran jarro de naranjada y un vaso.
Como hemos dicho, la joven subió al cuarto del señor Noirtier
tan pronto como abandonó la estancia de la marquesa.
Valentina abrazó al anciano, que la miró con tanta ternura, que
la joven sintió de nuevo anegarse sus ojos en lágrimas.
El anciano insistía con su mirada.
‑Sí, sí ‑dijo Valentina‑, tú quieres decir que todavía me queda
un abuelo, ¿no es verdad?
El anciano respondió que esto era justamente lo que quería
decir.
‑¡Ay! ‑repuso Valentina‑, a no ser así, ¿qué sería de mí ?
Era la una de la madrugada. Barrois, que deseaba acostarse, hizo
observar que después de una noche tan dolorosa, todo el mundo tenía necesidad
de reposo. El anciano no quiso decir que el reposo suyo era ver a su nieta.
Despidió a Valentina a quien efectivamente el dolor y la fatiga daban un aire
de sufrimiento.
Al día siguiente, al entrar a ver a su abuela, encontró a ésta
en la
cama; la fiebre no se había calmado; al contrario, un fuego
sombrío brillaba en los ojos de la anciana marquesa, y parecía poseída de una
violenta irritación nerviosa.
‑¡Oh, Dios mío!, mamá, ¿sufrís mucho? ‑exclamó Valentina
percibiendo todos estos síntomas de agitación.
‑No, hija mía, no ‑dijo la señora de Saint‑Merán‑; pero esperaba
con impaciencia que hubieseis llegado para mandar llamar a lo padre.
‑¿A mi padre? ‑preguntó Valentina con inquietud.
‑Sí, quiero hablarle.
Valentina no se atrevió a oponerse al deseo de su abuela, cuya
causa ignoraba, y un instante después entró Villefort.
‑Caballero ‑‑‑dijo la señora de Saint‑Merán, sin más preámbulos,
y como si temiese que le había de faltar tiempo‑, ¿se trata, me habéis dicho,
de casar a mi nieta?
‑Sí, señora ‑respondió Villefort‑, es más que un proyecto, es ya
una cosa formal.
‑¿Vuestro yerno es el señor Franz d'Epinay?
‑Sí, señora.
‑¿Es hijo del general Epinay, que era de los nuestros, y que fue
asesinado algunos días antes de que el usurpador volviese de la isla de Elba?
‑Ese mismo.
‑¿No le repugna esa alianza con la nieta de un jacobino?
‑Nuestras discrepancias civiles se han desvanecido felizmente,
madre ‑dijo Villefort‑; el señor d'Epinay era muy niño cuando murió su padre,
conoce muy poco al señor Noirtier, y le verá, si no con placer, con
indiferencia al menos.
‑¿Es un buen partido?
‑Bajo todos los conceptos.
‑¿El joven...?
‑Goza de general consideración.
‑¿Es decoroso?
‑Es uno de los hombres más distinguidos que conozco.
Durante esta conversación Valentina había permanecido
silenciosa.
‑¡Y bien!, caballero ‑dijo tras unos minutos de reflexión la
señora de Saint‑Merán‑, es preciso que os deis prisa, porque me quedan pocos
momentos de vida.
‑¡A vos!, ¡señora!; ¡a vos!, ¡mamá! ‑exclamaron a un tiempo
Villefort y Valentina.
‑Yo sé lo que me digo ‑repuso la marquesa‑; es preciso que os
deis prisa, a fin de que, no teniendo madre, tenga al menos a su abuela para
bendecir su unión. Yo soy la única que le queda por parte de mi pobre Renata, a
quien tan pronto habéis olvidado.
‑¡Ah!, señora ‑dijo Villefort‑, ¿no conocéis que era preciso dar
una madre a esta pobre niña, que había perdido a la suya?
‑Una madrastra no es una madre, caballero. Pero no se trata
ahora de esto, se trata de Valentina; dejemos en paz a los muertos.
Todo esto había sido dicho con tal acento, que había algo que se
asemejaba a los síntomas de un delirio.
‑Se hará como deseáis, señora ‑dijo Villefort‑, y tanto más,
cuanto que vuestro deseo está de acuerdo con el mío; y en cuanto llegue el
señor d'Epinay a París...
‑Mamá ‑‑‑dijo Valentina‑, las murmuraciones, el luto reciente...,
¿queréis, en fin, celebrar una boda bajo tan tristes auspicios?
‑Hija mía ‑interrumpió vivamente la abuela‑, no me des esas
razones que impiden a los espíritus débiles tener un porvenir feliz. Yo también
he sido casada en el lecho de la muerte de mi madre, y no he sido desgraciada
por eso.
‑¡Siempre esa idea de muerte!, señora‑replicó Villefort.
‑¡Siempre...! Os digo que voy a morir, ¿me escucháis? ¡Pues
bien! ¡Antes de morir quiero haber visto a mi yerno; quiero mandarle que haga
feliz a mi nieta; quiero ver en sus ojos si piensa obedecerme; quiero
conocerle, en fin, sí! ‑prosiguió la anciana con una expresión espantosa‑, para
venir a buscarle desde el fondo de mi tumba si no hace lo que debe.
‑Señora ‑dijo Villefort‑, es preciso que alejéis esas ideas exaltadas
que casi rayan en locura. Los muertos, una vez colocados en su tumba, duermen
sin despertarse jamás.
‑¡Oh, sí, sí, mamá, cálmate! ‑dijo Valentina.
‑Y yo, caballero, os digo que no es como vos creéis. Esta noche
he dormido y he tenido un sueño terrible, porque dormía como si mi alma hubiese
salido ya del cuerpo: mis ojos, que me esforzaba por abrir, se cerraban a mi
pesar, y no obstante yo sé bien que esto os parecerá imposible, a vos sobre
todo; pues bien, con mis ojos cerrados he visto en el mismo sitio en que estáis
y viniendo del ángulo donde hay una puerta que comunica con el gabinete tocador
de la señora de Villefort, he visto entrar sin ruido una forma blanca.
Valentina lanzó un grito.
‑Era la fiebre que os agitaba ‑dijo Villefort.
‑Dudad cuanto queráis, pero yo estoy segura de lo que digo; he
visto una forma blanca; y como si Dios hubiese temido que no la percibiese
bien, he oído mover mi vaso, mirad, ese mismo que está aquí sobre la mesa.
‑¡Oh, abuelita, era un sueño!
‑No era un sueño, no; porque extendí la mano hacia la campanilla,
y al ver este movimiento, la sombra desapareció. La camarera entró con una luz.
‑¿Pero no visteis a nadie?
‑Los fantasmas no se muestran sino a los que deben: era el alma
de mi marido. Pues bien, si el alma de mi marido vuelve a llamarme, ¿por qué mi
alma no había de venir para defender a mi nieta?
‑¡Oh, señora! ‑dijo Villefort aterrado‑, no deis crédito a esas
lúgubres ideas; viviréis con nosotros, viviréis mucho tiempo feliz, querida,
honrada, y os haremos olvidar...
‑¡Jamás, jamás, jamás! ‑dijo la marquesa‑. ¿Cuándo vuelve el
señor d'Epinay?
‑Le estamos esperando de un momento a otro.
‑Está bien, en cuanto llegue, avisadme. Apresurémonos, apresurémonos.
Además, quisiera que viniese un notario para asegurarme de que todos nuestros
bienes irán a parar a Valentina.
‑¡Oh, madre mía! ‑murmuró Valentina, apoyando sus labios sobre
la abrasada frente de su abuela‑; ¿queréis que muera? ¡Dios mío!, tenéis
fiebre. ¡No es un notario el que se debe llamar, es un médico!
‑¡Un médico! ‑dijo la abuela encogiéndose de hombros‑, no sufro;
tengo sed.
‑¿Qué bebéis, abuelita?
‑Como siempre, ya sabéis, mi naranjada. Mi vaso está ahí sobre
la mesa; dádmelo, Valentina.
Esta llenó de naranjada de la jarra un vaso, y lo tomó con
cierto espanto porque era el mismo que suponía ella que había tocado la sombra.
La marquesa se bebió la naranjada.
En seguida se volvió sobre su almohada, exclamando:
‑¡Un notario! ¡Un notario!
El señor de Villefort salió; Valentina se sentó al lado de la
cama. La desgraciada joven parecía tener necesidad de aquel médico que había
recomendado a su abuela. Un vivo carmín semejante a una llama abrasaba sus
mejillas, su respiración era entrecortada y fatigosa, y el pulso le latía como
si tuviese fiebre.
La joven pensaba en la desesperación de Maximiliano cuando supiese
que la señora de Saint‑Merán, en lugar de ser una aliada, obraba sin saberlo,
como si hubiese sido una enemiga.
Más de una vez Valentina había pensado decírselo todo a su abuela,
y no hubiera vacilado un instante si Morrel se hubiera llamado Alberto de
Morcef, o Raúl de Chateau‑Renaud; pero Morrel era de origen plebeyo, y
Valentina sabía cuán grande era el desprecio de la señora de Saint‑Merán para
con todos los que no pertenecían a su nobleza. Cada vez que iba a revelar su
secreto, se detenía, porque poseía la triste certeza de que iba a descubrirse
inútilmente, y entonces todo se habría perdido.
Así transcurrieron dos horas. La señora de Saint‑Merán dormía
con un sueño agitado y febril.
En este momento anunciaron al notario.
Aunque este anuncio hubiese sido hecho en voz muy baja, la
señora de Saint‑Merán se incorporó en la cama.
‑¡El notario! ‑dijo‑, ¡que venga! ¡Venga!
El notario se hallaba junto a la puerta y penetró en la
estancia.
‑Vete, Valentina ‑dijo la señora de Saint‑Merán‑, y déjame con
el señor.
‑Pero, madre mía...
‑Anda, anda.
La joven besó a su abuela en la frente y salió con el pañuelo
sobre los ojos.
En la puerta se encontró con el criado, que le dijo que el
médico esperaba en el salón.
Valentina bajó rápidamente. El médico era un amigo de la
familia, y al mismo tiempo uno de los hombres más hábiles de la época; amaba
mucho a Valentina, a quien casi había visto nacer. Tenía una hija de la edad de
la señorita de Villefort, pero su madre padecía del pecho y se temía
continuamente por la vida de su hija.
‑¡Oh! ‑dijo Valentina‑, querido señor de Avrigny, os esperábamos
con impaciencia. Pero, antes de todo, ¿cómo siguen Magdalena y Luisa?
Magdalena era la hija del señor de Avrigny; Luisa, su sobrina.
El señor de Avrigny se sonrió tristemente.
‑Luisa, muy bien ‑dijo‑; Magdalena, la pobre, bastante bien.
Pero me habéis mandado llamar, según creo ‑dijo‑ No será vuestro padre ni la
señora de Villefort, supongo. En cuanto a vos, no podemos quitaros el mal de
los nervios; pero os recomiendo muy particularmente que no entreguéis con
demasía vuestra imaginación a los placeres del campo.
Valentina se puso colorada como la grana, el señor de Avrigny
llevaba la ciencia de adivinar casi hasta hacer milagros, porque era uno de
esos médicos que tratan lo físico por lo moral.
‑No ‑dijo‑, es para mi abuela. Sabréis seguramente la desgracia
que ha sucedido.
‑No sé nada ‑respondió el señor Avrigny.
‑¡Ay! ‑dijo Valentina esforzándose por contener las lágrimas‑,
¡mi abuelo ha muerto!
‑¿El señor de Saint‑Merán?
‑Sí.
‑¿De repente?
‑De un ataque de apoplejía fulminante.
‑¿De una apoplejía? ‑repitió el médico.
‑Sí; de suerte que mi pobre abuela está tan desconsolada que no
piensa más que en ir a reunirse con él. ¡Oh!, señor de Avrigny, os recomiendo a
mi pobre abuelita.
‑¿Dónde está?
‑En su cuarto, con el notario.
‑¿Y el señor Noirtier?
‑Como siempre, con una perfecta lucidez mental, pero la misma
inmovilidad, el mismo silencio.
‑Y el mismo amor hacia vos, ¿no es cierto, hija mía?
‑Sí ‑dijo Valentina suspirando‑, él me ama mucho.
‑¿Quién no os amaría?
Valentina se sonrió tristemente.
‑¿Y qué le ocurre a vuestra abuela?
‑Una singular excitación nerviosa, un sueño agitado y extraño;
esta mañana decía que durante su sueño había visto entrar un fantasma en su
cuarto, y haber oído el ruido que hizo al tocar su vaso.
‑Es singular ‑‑dijo el doctor‑, yo no sabía que la señora de
Saint‑Merán estuviera sujeta a esas alucinaciones.
‑Es la primera vez que la he visto así ‑dijo Valentina‑, y esta
mañana me dio un gran susto, la creí loca, y mi padre también parecía
fuertemente afectado.
‑Vamos a ver ‑dijo el señor de Avrigny‑, me parece muy extraño
todo lo que me estáis diciendo.
El notario bajaba, y avisaron a Valentina de que su abuela
estaba sola.
‑Subid ‑‑dijo al doctor.
‑¿Y vos?
‑¡Oh!, yo no me atrevo, me había prohibido que os mandase llamar,
y como decís, yo misma estoy fatigada, febril, indispuesta, voy a dar una
vuelta por el jardín.
El doctor estrechó la mano de Valentina, y mientras él subía al
cuarto de la anciana, la joven bajó la escalera que conducía al jardín.
No tenemos necesidad de decir qué parte del jardín era el paseo
favorito de Valentina. Después de haber dado dos o tres vueltas por el parterre
que rodeaba la casa, cogió una rosa para ponerla en su cintura o en sus
cabellos y se dirigió a la umbrosa alameda que conducía al banco, y del banco
a la reja.
Valentina dio esta vez, según su costumbre, dos o tres vueltas
en medio de sus flores, pero sin coger ninguna; su corazón dolorido, que aún no
había tenido tiempo de desahogarse con nadie, repelía este sencillo adorno;
después se encaminó hacia la alameda. A medida que avanzaba, le parecía oír una
voz que pronunciaba su nombre y se detuvo asombrada.
Entonces
esta voz llegó más caramente a sus oídos, y reconoció la voz de Maximiliano.
Capítulo séptimo
La promesa
Era Morrel, en efecto, que, desde la víspera, no vivía ya; con
ese instinto particular de los amantes y de las madres, había adivinado que, a
consecuencia de la vuelta de la señora de Saint‑Merán y de la muerte del
marqués, iba a ocurrir algo en casa de Villefort que afectaría a su amor.
Como se verá, sus presentimientos se habían realizado, y ya no
era una simple inquietud lo que le llevó tan preocupado y tembloroso a la
valla.
Pero Valentina no estaba prevenida de la visita de Morrel; no
era aquella la hora en que solía venir, y fue una pura casualidad, o si se
quiere mejor, una feliz simpatía la que le condujo al jardín.
En cuanto se presentó en él, Morrel la llamó; ella corrió a la
valla.
‑¿Vos a esta hora? ‑dijo.
‑Sí, pobre amiga mía ‑respondió Morrel‑; vengo a traer y a buscar
malas noticias.
‑¡Esta es la casa de la desgracia! ‑dijo Valentina‑; hablad, Maximiliano;
pero os aseguro que la cantidad de dolores es bastante crecida.
‑Escuchadme, querida Valentina ‑dijo Morrel procurando contener
su emoción para poderse explicar‑, os lo suplico, porque todo lo que voy a
decir es solemne: ¿cuándo piensan casaros?
‑Escuchad ‑dijo a su vez Valentina‑, no quiero ocultaros nada,
Maximiliano. Esta mañana se ha hablado de mi boda, y mi abuela,
con la que contaba yo como un poderoso aliado, no solamente se
ha declarado a su favor, sino que la desea hasta tal punto, que en cuanto
llegue el señor d'Epinay será firmado el contrato.
Un suspiro ahogado exhalóse del pecho del joven, y la miró
tristemente.
‑¡Ay! ‑dijo en voz baja‑,terrible es oír decir tranquilamente a
la mujer que se ama: el momento de vuestro suplicio está fijado, será dentro de
algunas horas. Pero no importa, es menester que sea así, y por mi parte no
pondré la menor resistencia. ¡Pues bien!, puesto que, según decís, no se espera
más que al señor d'Epinay para firmar el contrato, puesto que vais a ser suya
al otro día de su llegada, mañana lo seréis, porque ha llegado a París esta
mañana.
Valentina lanzó un grito.
‑Me hallaba yo en casa de Montecristo hace una hora ‑dijo Morrel‑;
hablábamos, él del dolor de vuestra casa, y yo del vuestro, cuando de repente
paró un carruaje en el patio. Escuchad: hasta entonces no creía yo en los
presentimientos, Valentina; mas ahora conviene que crea en ellos; al ruido del
carruaje me estremecí; pronto se oyeron pasos en la escalera; los retumbantes
pasos de la estatua del comendador no asustaron tanto a don Juan como me
aterraron a mí éstos. Al fin se abrió la puerta, y Alberto de Morcef entró primero,
y ya iba yo a dudar de mí mismo, iba a creer que me había equivocado, cuando
entró detrás de él un joven, a quien el conde saludó, exclamando:
‑¡Ah, señor Franz d'Epinay!
Reuní todas mis fuerzas y todo mi valor para contenerme. Me puse
pálido, encarnado; pero seguramente me quedé con la sonrisa en los labios;
cinco minutos después salí sin haber oído una palabra de lo que había pasado;
¡estaba loco!
Valentina murmuró:
‑¡Pobre Maximiliano!
‑Veamos, Valentina. Ahora, respondedme como a un hombre al que
van a sentenciar a vida o a muerte: ¿qué pensáis hacer?
Valentina bajó la cabeza, estaba anonadada.
‑Escuchad ‑dijo Morrel‑, no es la primera vez que pensáis en la
situación a que hemos llegado; es grave, es perentoria, es suprema, no creo que
sea el momento de abandonarse a un dolor estéril; esto es bueno para los que se
avienen a sufrir fácilmente y a beber sus lágrimas en silencio. Hay personas
así, y sin duda Dios les recompensará en el cielo su resignación en la tierra;
pero el que se siente con voluntad de luchar, no pierde un tiempo precioso, y
devuelve inmediatamente a la suerte el golpe que ella le ha dado. ¿Estáis
resuelta a luchar contra la suerte, Valentina? Decid, porque eso es lo que
vengo a preguntaros.
Valentina se estremeció, y miró a Morrel con asombro.
La idea de luchar contra su padre, contra su abuela, contra toda
la familia, no se había presentado a su imaginación.
‑¿Qué me decís, Maximiliano? ‑preguntó Valentina‑, ¿y a qué
llamáis una lucha? ¡Oh!, decid más bien sacrilegio. ¡Cómo! ¿Habría de luchar
yo contra la orden de mi padre, contra los deseos de mi abuela moribunda? ¡Es
imposible!
Morrel hizo un movimiento. Valentina añadió:
‑Tenéis un corazón demasiado noble para que no me comprendáis,
y me comprendéis tan bien, querido Maximiliano, que por eso os veo tan callado.
¡Luchar yo! ¡Dios me libre! No, no; guardo toda mi fuerza para luchar contra mí
misma, y para beber mis lágrimas, como vos decís. En cuanto a afligir a mi
padre, en cuanto a turbar los últimos momentos de mi pobrecita abuela, ¡jamás!
‑Tenéis razón ‑dijo Morrel con una calma irónica.
‑¡Qué modo tenéis de decirme eso, Dios mío! ‑exclamó Valentina
ofendida.
‑Os lo digo como un hombre que os admira, señorita ‑repuso Maximiliano.
‑¡Señorita! ‑exclamó Valentina‑; ¡señorita! ¡Oh!, ¡qué egoísta!
, me ve desesperada y finge que no me entiende.
‑Os equivocáis, y al contrario, os entiendo perfectamente. No
queréis contrariar al señor de Villefort, no queréis desobedecer a la marquesa
y mañana firmaréis el contrato que debe enlazaros con el señor d'Epinay.
‑¡Pero, Dios mío! ¿Puedo yo hacer otra cosa?
‑No me preguntéis, señorita, porque yo soy muy mal juez en esta
causa y zni egoísmo me cegaría ‑respondió Morrel, cuya voz sorda y puños
apretados anunciaban una creciente exasperación.
‑¿Qué me hubierais propuesto, Morrel, si me hallaseis dispuesta
a hacer lo que quisierais? Vamos, responded. No se trata de decir: hacéis mal;
es preciso que me deis un consejo.
‑¿Me habláis en serio, Valentina, y debo daros ese consejo?
‑Seguramente, querido Maximiliano, porque si es bueno, lo seguiré
sin vacilar.
‑Valentina ‑dijo Morrel rompiendo una tabla ya desunida‑, dadme
vuestra mano en prueba de que me perdonáis la cólera; ¡oh!, tengo la cabeza
trastornada, y hace una hora que pasan por mi imaginación las ideas más
insensatas. ¡Oh!, en el caso en que rehuséis mi consejo...
‑Vamos, decidme cuál es.
‑Escuchad, Valentina.
La joven alzó los ojos y arrojó un suspiro.
‑Soy libre ‑repuso Maximiliano‑, soy bastante rico para los dos;
os juro ante Dios que seréis mi mujer antes de que mis labios hayan tocado
vuestra frente.
Valentina dijo:
‑¡Me hacéis temblar!
‑Seguidme ‑continuó Morrel‑; os conduzco a casa de mi hermana,
que es digna de serlo vuestra: nos embarcaremos para Argel, para Inglaterra o
para América, o si preferís nos retiraremos juntos a alguna provincia, o
esperaremos a que nuestros amigos hayan vencido la resistencia de vuestra
familia para volver a París.
Valentina movió melancólicamente la cabeza.
‑Ya lo esperaba, Maximiliano ‑dijo‑; es un consejo de insensato;
y yo lo sería más que vos, si no os detuviese con estas palabras: ¡Imposible,
Morrel, imposible!
‑¿De modo que seguiréis vuestra suerte, sin tratar de modificarla?
‑dijo Morrel.
‑¡Sí, aunque luego hubiera de morirme!
‑¡Bien, Valentina! ‑repuso Maximiliano‑‑, os repetiré que tenéis
razón. En efecto, yo soy un loco, y vos me probáis que la pasión ciega los
entendimientos más claros: os lo agradezco a vos, que obráis sin pasión. ¡Bien,
es cosa decidida! Mañana seréis irrevocablemente la esposa del señor Franz
d'Epinay, no por esa formalidad de teatro inventada para el desenlace de las
comedias, sino por vuestra propia voluntad.
‑¡Por Dios!, no me desesperéis, Maximiliano ‑dijo Valentina‑,
¿qué haríais, decid, si vuestra hermana escuchase un consejo como el que me
dais?
‑Señorita ‑repuso Morrel con una amarga sonrisa‑, yo soy un
egoísta, vos lo habéis dicho, y como tal no me ocupo de lo que harían otros en
mi lugar, sino de lo que he de hacer yo. Pienso que os conozco hace un año,
que desde que os conocí, todas mis esperanzas de felicidad las cifré en vuestro
amor; llegó un día en que me dijisteis que me amabais; desde entonces no deseé
más que poseeros; era mi anhelo, mi vida; ahora ya no tengo deseo alguno; solamente
digo que la desgracia me persigue, que había creído ganar el cielo y lo he
perdido. Eso está sucediendo todos los días; un jugador pierde, no tan sólo lo
que tiene, sino lo que no tiene.
Morrel pronunció estas palabras con una calma perfecta; Valentina
le miró un instante con sus ojos grandes y escudriñadores, procurando no dejar
entrever la turbación que iba sintiendo en el fondo de su pecho.
‑Pero, en fin, ¿qué vais a hacer? ‑preguntó.
‑Voy a tener el honor de despedirme de vos, señorita, poniendo a
Dios, que oye mis palabras, por testigo, que os deseo una vida tan sosegada y
feliz, que no dé cabida en vuestro pecho a un recuerdo mío.
‑¡Oh! ‑murmuró Valentina.
‑¡Adiós, Valentina, adiós! ‑dijo Morrel inclinándose.
‑¿Dónde vais? ‑gritó la joven sacando la mano por la hendidura y
agarrando el brazo de Morrel, pues sospechaba que aquella calma de su amado no
podía ser real‑, ¿dónde vais?
‑Voy a tratar de no causar un nuevo trastorno a vuestra familia,
y a dar un ejemplo que podrán seguir todos los hombres honrados que se
encuentren en mi situación.
‑Antes de separaros de mí, decidme lo que vais a hacer, Maximiliano.
El joven se sonrió tristemente.
‑¡Oh!, ¡hablad! ‑dijo Valentina‑, ¡por favor!
‑¿Habéis cambiado de resolución, Valentina?
‑¡No puedo cambiar! ¡Desdichado! ¡Bien lo sabéis! ‑exclamó la
joven.
‑¡Entonces adiós, Valentina!
Valentina golpeó la valla con una fuerza de que nadie la hubiera
creído capaz, y cuando Morrel se alejaba, pasó sus dos manos a través de la
misma y cruzándolas, exclamó:
‑¿Qué vais a hacer? Yo quiero saberlo; ¿adónde vais?
‑¡Oh!, tranquilizaos ‑dijo Maximiliano deteniéndose a tres pasos
de la puerta‑; no tengo la intención de hacer a nadie responsable de los
rigores a que la suerte me destina. Otro os amenazaría con ir a buscar al señor
Franz, provocarle, batirse con él; esto sería una locura. ¿Qué tiene que ver
el señor Franz con todo esto? Me ha visto esta mañana por primera vez; ni
siquiera sabía que yo existía cuando vuestra familia y la suya decidieron que
seríais el uno para el otro. ¡No tengo por qué buscar al señor Franz, y os lo
juro, no le buscaré!
‑Pero con quién vais a desfogar vuestra cólera? ¿Conmigo?
‑¡Con vos, Valentina! ¡Dios me libre! La mujer es sagrada y la
que se ama es santa.
‑¡Será entonces con vos, Maximiliano, con vos mismo!
‑¿No soy yo el culpable, decid? ‑dijo Morrel.
‑Maximiliano ‑dijo Valentina‑, Maximiliano, ¡venid aquí, lo
exijo!
Maximiliano se acercó con su dulce sonrisa en los labios; y a no
ser por su palidez hubiera podido creerse que estaba en su estado normal.
‑Escuchadme, adorada Valentina ‑dijo con su voz melodiosa y
grave‑: las personas como nosotros, que jamás han debido reprocharse una mala
acción ni un mal pensamiento; las personas como nosotros pueden leer uno en el
corazón del otro con la mayor claridad. No, nunca me he considerado un
romántico, no soy un héroe melancólico, no soy un Manfredo ni un Antony; pero
sin palabras, sin protestas, sin juramentos, he puesto en vos mi vida, vos me
faltáis, y obráis con mucha razón, os lo he dicho y os lo repito, pero en fin,
me faltáis y mi vida se pierde. Desde el instante en que os alejéis de mí,
Valentina, quedo solo en el mundo. Mi hermana es feliz con su marido; su marido
es sólo mi cuñado, es decir, un hombre emparentado conmigo por las leyes
sociales; nadie tiene necesidad de mi existencia. He aquí lo que voy a hacer:
esperaré hasta el último segundo a que estéis casada, porque no quiero perder
la sombra de una de esas casualidades imprevistas que pueden suceder; el señor
Franz puede morir de aquí a entonces; puede caer un rayo en el altar en el
momento en que os acerquéis, todo parece creíble al condenado a muerte, y para
él no son imposibles los milagros si se trata de la salvación de su vida.
Aguardaré, pues, hasta el último instante, y cuando sea cierta mi desgracia,
sin remedio, sin esperanza, escribiré una carta confidencial a mi cuñado, otra
al prefecto de policía para darles parte de mi designio; y en lo más escondido
de un bosque, a la orilla de algún foso me saltaré la tapa de los sesos, tan cierto
como que soy hijo del hombre más honrado que ha vivido en Francia.
Un temblor convulsivo agitó los miembros de Valentina; sus brazos
cayeron a ambos lados de su cuerpo, y dos gruesas lágrimas rodaron por sus
mejillas.
El joven permaneció delante de ella, sombrío y resuelto.
‑¡Oh!, por piedad, por piedad ‑dijo‑, viviréis, ¿no es verdad?
‑No, por mi honor ‑dijo Maximiliano‑; ¿pero qué os importa? Vos
haréis vuestro deber y no os remorderá la conciencia.
Valentina cayó de rodillas oprimiéndose el corazón, que parecía
querer salírsele del pecho.
‑Maximiliano ‑dijo‑, Maximiliano, mi amigo, mi hermano sobre la
tierra, mi verdadero esposo en el cielo, lo suplico, imítame, vive con el
sufrimiento, tal vez llegará un día en que nos veamos reunidos.
‑Adiós, Valentina ‑repitió Morrel.
‑Dios mío ‑dijo Valentina levantando sus dos manos al cielo con
expresión sublime‑; ya veis que he hecho cuanto he podido por permanecer
siempre hija sumisa; no ha escuchado mis súplicas, mis ruegos, mis lágrimas.
¡Pues bien! ‑continuó enjugándose las lágrimas y recobrando su firmeza‑, ¡pues
bien!, no quiero morir de remordimiento, quiero morir de vergüenza! Viviréis,
Maximiliano, y no seré de nadie sino de vos. ¿A qué hora? ¿Cuándo? ¿En este momento?
Hablad, mandad, estoy pronta.
Morrel, que había dado de nuevo algunos pasos para alejarse, volvió,
y pálido de alegría, el corazón palpitante de gozo, extendiendo al través de la
valla sus dos manos hacia la joven:
‑Valentina ‑‑dijo‑, querida amiga, no me habéis de hablar así, o
si no dejadme morir. ¿Por qué os he de deber a la violencia, si me amáis como
yo os amo? Me obligáis a vivir por humanidad, eso es todo lo que hacéis; en tal
caso prefiero morir.
‑Después de todo ‑murmuró Valentina‑, ¿quién me ama en el mundo?
¿Quién me ha consolado de todos mis dolores? ¿En quién reposan mis esperanzas?
¿En quién se fija mi extraviada vista? ¿Con quién se desahoga mi afligido
corazón? En él, él, él, siempre él. Tienes razón, Maximiliano, lo seguiré;
huiré de la casa paterna. ¡Oh, qué ingrata soy! ‑exclamó Valentina sollozando‑.
¡Me olvidaba de mi abuelo Noirtier!
‑No ‑dijo Maximiliano‑, no le abandonarás; el señor de Noirtier
ha parecido experimentar alguna simpatía hacia mí; y antes de huir se lo dirás
todo; su consentimiento lo servirá de escudo, y una vez casados vendrá a vivir
con nosotros: en lugar de un hijo tendrá dos. Tú me has dicho el modo con que
os habláis, pues yo aprenderé pronto el tierno lenguaje de los signos, sí,
Valentina. ¡Oh!, lo lo juro, en lugar de la desesperación que nos aguarda, lo
prometo la felicidad. .
‑¡Oh!, mira, Maximiliano, mira si es grande el poder que ejerces
sobre mí, que me haces casi creer en lo que dices, a pesar de que es insensato,
porque mi padre me maldecirá; le conozco bien, y sé que es inflexible, nunca
perdonará. Así, pues, escúchame, Maximiliano: si por artificio, por súplicas,
por un accidente, ¿qué sé yo?, en fin, si por un medio cualquiera puedo
retrasar el casamiento, esperarás, ¿no es verdad?
‑Sí, lo juro, como jures tú también que ese espantoso casamiento
no se efectuará, y aunque lo arrastren delante del magistrado, delante del
sacerdote, dirás que no.
‑Te lo juro, Maximiliano; por lo más sagrado que hay para mí,
por mi madre.
‑Esperemos, pues ‑dijo Morrel.
‑Sí, esperemos ‑dijo Valentina, que al oír esta palabra dio un
suspiro de alivio‑‑; ¡hay tantas cosas que pueden salvar a unos
desgraciados como nosotros!
‑En ti confío, Valentina ‑dijo Morrel‑; todo lo que hagas estará
bien; pero si son desgraciadas tus súplicas, si lo padre, si la señora de
Saint‑Merán exigen que el señor d'Epinay sea llamado mañana para firmar el
contrato...
‑Tienes mi palabra, Morrel.
‑En lugar de firmar...
‑Vendré a buscarte y huiremos; pero desde ahora hasta entonces
no tentemos a Dios, Morrel; no nos veamos, ha sido un milagro que hasta ahora
no nos hayan visto; si nos sorprendiesen, si supieran cómo nos vemos, no
tendríamos ningún recurso.
‑Es verdad, Valentina, ¿pero cómo sabré...?
‑Por el notario señor Deschamps.
‑Le conozco.
‑Y por mí misma. Yo lo escribiré, créeme. ¡Dios mío! Bien sabes
cuán odiosa me es a mí también esa boda.
‑¡Bien!, ¡bien!, ¡gracias, mi adorada Valentina! ‑replicó Morrel‑.
Entonces ya está todo dicho; vengo aquí, subes a la valla y yo lo ayudo a
saltar, un carruaje nos esperará a la puerta del cercado, subimos a él, lo
conduzco a la casa de mi hermana; allí, desconocidos de todos o como quieras,
tendremos valor, resistiremos, y no nos dejaremos degollar como el cordero que
no se defiende sino con sus gemidos.
‑Bien ‑dijo Valentina‑; yo también lo diré, Maximiliano, que
cuanto hagas está bien hecho.
‑¡Oh!
‑Pues bien, ¿estás contento de lo mujer? ‑dijo tristemente la
joven.
‑¡Mi querida Valentina, es tan poco decir que sí!
‑Pues dilo siempre.
Valentina se había acercado, o más bien había acercado sus
labios a la valla, y sus palabras y su perfumado aliento llegaban hasta los labios
de Morrel, que iba acercando su boca al frío a inflexible cercado.
‑Hasta la vista ‑dijo Valentina‑, hasta la vista.
‑Me escribirás, ¿no es verdad?
‑Sí.
‑¡Gracias, gracias, hasta la vista!
Oyóse el ruido de un inocente beso y Valentina desapareció bajo
los tilos.
Morrel escuchó un instante el crujido de su vestido y el rumor
de sus pies en la arena; levantó los ojos al cielo con una expresión inefable
de felicidad, como para dar gracias al divino Creador, que permitía fuese
amado de aquella manera, y desapareció a su vez.
Entró en su case y esperó toda la tarde y todo el día siguiente
sin recibir nada. A las dos, y cuando se dirigía a casa del señor Deschamps,
notario, recibió por fin por la estafeta un billete que sin duda era de
Valentina, aunque nunca había visto su letra.
Estaba concebido en estos términos:
Lágrimas, súplicas, ruegos, todo inútil. Ayer, por espacio de
dos horas estuve en la iglesia de San Felipe de Roule, y por espacio de dos
horas recé con toda mi alma; Dios es insensible como los hombres, y el contrato
se f irma esta noche a las nueve.
No tengo más que una palabra, como no tengo más que un corazón,
Morrel; os he dado esa palabra y el coraxón es vuestro.
Esta noche, a las nueve menos cuarto, en la valla.
Vuestra mujer,
Valentina de
Villefort.
P. D.: Mi pobre abuela se encuentra cede vex peor; ayer tuvo un
fuerte delirio; hoy no ha sido delirio, sino locura.
Me amaréis mucho, ¿no es verdad, Morrel? Mucho..., pare hacerme
olvidar que la he abandonado en este estado.
Creo que ocultan a papá Noirtier que el contrato se firma esta
noche a las nueve.
Morrel no
se limitó a los informes que le diera Valentina, fue a case del notario, que le
aseguró la noticia de que el contrato se firmaba aquella noche a las nueve.
Luego pasó a ver a Montecristo; allí supo más detalles: Franz
había ido a anunciarle aquella solemnidad; la señora de Víllefort había escrito
al conde pare suplicarle que la disculpase si no le invitaba; pero la muerte
del señor de Saint‑Merán, y el estado en que se hallaba su viuda esparcía sobre
aquella reunión un velo de tristeza con el que no quería oscurecer la frente
del conde, al cual deseaba toda especie de felicidad.
Franz habfa sido presentado el día anterior a la señora de Saint
Merán, que se levantó pare esta presentación, volviendo a acostarse en seguida.
Morrel se hallaba presa de una agitación que no podía escapar a
una mirada tan penetrante como la del conde; así, pues, Montecristo
se mostró con él más afectuoso que nunca; tanto que dos o tres
veces estuvo Maximiliano a punto de decírselo todo. Pero se acordó de la
promesa formal dada a Valentina, y su secreto no salió de su corazón.
El joven volvió a leer veinte veces la misiva. Era la primera
vez que le escribía, ¡y en qué ocasión! Cada vez que la leía, juraba veinte
veces hacer feliz a Valentina. En efecto, ¡qué autoridad tiene la joven que
tome una resolución tan peligrosa! ¡Qué abnegación no merece de parte de aquel
a quien todo se ha sacrificado! ¡Cuán digna es del culto de su amante! ¡Es la
reina y la mujer, y no se tiene bastante con un alma pare darle gracias y
adorarla... !
Morrel pensaba con una inexplicable agitación en aquel momento
en que Valentina llegara diciendo:
‑Aquí estoy, Maximiliano, ayudadme a subir a la tapia.
Todo estaba preparado pare la fuga; dos escalas habían sido guardadas
en la choza de la huerta; un cabriolé, que debía conducir a Maximiliano,
esperaba; ni criados, ni luz; al doblar la primera esquina, se encenderían las
linternas, porque podían muy bien caer en manos de la policía.
De vez en cuando se estremecía; pensaba en el momento en que, al
lado de aquella cerca, protegería la bajada de Valentina, y sentiría,
temblorosa y abandonada en sus brazos, a aquella de quien aún no había
estrechado más que una mano.
Pero al llegar la tarde, cuando vio acercarse la hora, sintió
una Bran necesidad de estar solo; su sangre le hervía en las venas, las simples
preguntas, la sola voz de un amigo le habrían irritado; se encerró en su cuarto
procurando leer, pero su mirada se deslizaba sobre las páginas sin comprender
nada, y acabó por tirar el libro contra el suelo, pare dibujar por segunda vez
su piano, sus escalas y su huerta. Al fin se acercó la hora. Morrel pensó
entonces que ya era tiempo de partir, pues eran las siete y media, y aunque el
contrato se firmaba a las nueve, era probable que Valentina no esperaría; de
consiguiente, después de haber salido a las siete y media en su reloj, de la
calle de Meslay, entraba en la huerta cuando daban las ocho en San Felipe de
Roule.
El caballo y el cabriolé fueron ocultados detrás de una cabaña
arruinada en la que Morrel solía esconderse. Poco a poco el día fue
declinando, y los árboles desapareciendo entre las sombras.
Entonces salió de su escondite, y con el corazón palpitante fue
a mirar por la tapia: aún no había nadie.
Las ocho y media dieron.
Estuvo esperando una media hora; se paseaba de un lado a otro, y
de vez en cuando iba a mirar por la rendija de las tablas.
El jardín se iba oscureciendo más y más, y en vano buscaba en la
oscuridad el vestido blanco, en vano procuraba oír en medio del silencio el
ruido de los pasos.
La casa que se vislumbraba a través de los árboles permanecía
oscura, y no presentaba ninguno de los aspectos que acompañan a un acontecimiento
tan importante como el de firmar un contrato de matrimonio.
Consultó su reloj, que señalaba las diez menos cuarto; pero
pronto conoció su error, cuando el reloj de la iglesia dio las nueve y media.
Ya era media hora más del término fijado: Valentina le había
dicho que a las nueve menos cuarto.
Este fue el momento más terrible para el corazón del joven, para
el cual cada segundo que transcurría era un nuevo tormento.
El más débil ruido de las hojas, el menor silbido del viento, le
hacían sudar y estremecerse; entonces, con mano convulsiva agarraba la escala,
y para no perder tiempo, ponía el pie en el primer escalón.
En medio de estos temblores, en medio de estas crueles
alternativas de temor y de esperanza..., dieron las diez en el reloj de San
Felipe de Roule.
‑¡Oh! ‑murmuró Maximíliano con terror‑; es imposible que dure
tanto firmar el contrato, a menos que haya habido algún suceso imprevisto; ya
he calculado el tiempo que duran todas las formalidades, algo ha ocurrido.
Y unas veces se paseaba con agitación por delante de la cerca,
otras iba a apoyar su ardorosa frente sobre el hierro helado. ¿Se habría
desmayado Valentina durante o después del contrato? ¿O habría sido detenida en
su fuga? Estas eran las dos hipótesis que bullían sin cesar en el cerebro del
joven.
La idea que al fin llegó a obsesionarle fue la de que a la
joven, en medio de su fuga, le habían faltado las fuerzas y había caído desmayada
en una de las alamedas del jardín.
‑¡Oh!, si así fuera ‑exclamó lanzándose sobre la escala‑, ¡la
perdería y sería por mi culpa!
El demonio que le había soplado al oído este pensamiento no le
abandonó, y siguió atormentándole con esa tenacidad que hace que ciertas dudas,
al cabo de un instante y a fuerza de pensar en ellas, se conviertan en certeza.
Sus ojos, que procuraban penetrar la oscuridad creciente, creían ver bajo los
sombríos árboles una forma humana.
Morrel se atrevió a llamar, a imaginóse oír un quejido
inarticulado.
Dieron las diez y media. Era imposible esperar más tiempo; las
sienes de Maximiliano latían violentamente; espesas nubes pasaban por sus ojos;
al fin trepó por la escalera, subió a la cerca y de un salto estuvo en el
jardín.
Estaba en casa de Villefort, acababa de entrar en ella por
escalamiento; pensó un instante en las consecuencias que podría tener una
acción semejante, pero no había tiempo para retroceder.
Anduvo unos diez pasos hasta internarse en una alameda.
En un minuto se plantó al extremo de ella. Desde allí se
descubría la casa.
Aseguróse entonces de una cosa que había ya sospechado, y es que
en lugar de las luces que creía ver brillar en cada ventana, como es natural en
los días de ceremonía, no vio más que la masa gzís y velada aún por una gran
cortina sombría que proyectaba una nube inmensa que se había interpuesto
delante de la luna.
Una luz pasaba de vez en cuando como perdida, y lo hacía por delante
de tres ventanas del piso principal, que eran de las habitaciones de la señora
de Saint‑Merán.
Otra luz permanecía inmovíl detrás de unas cortinas encarnadas
que eran de la alcoba de la señora de Villefort.
Morrel adivinó todo esto. Mil veces, para seguir a Valentina en
su pensamiento a cualquier hora del día, mil veces, repetimos, había hecho que
esta última le describiera minuciosamente la casa; de modo que sin haberla
visto casi podría asegurarse que la conocía como su dueño.
El joven se asustó todavía más de aquella oscuridad y del
silencio, que de la ausencia de Valentina.
Despavorido, loco de dolor, decidido a arrostrarlo todo por
volver a ver a Valentina y asegurarse de la desgracia que presagiaba, cualquiera
que fuese, llegó a una plazoleta, la que conducía a la alameda, y se disponía a
atravesar con toda rapidez posible el parterre, completamente descubierto,
cuando un rumor de voces bastante lejano aún, pero aproximado por el viento,
llegó a sus oídos.
Al oírlo dio un paso atrás; había salido fuera de las ramas y do
los árboles; pero volvióse a internar en ellos, y permaneció oculto en la
oscuridad, inmóvil y mudo.
Había abrazado una resolución: si era Valentína sola, la
avisaría con una palabra; si venía acompañada, la vería al menos y se aseguraría
de que no le haba sucedido desgracia alguna; escucharía algunas palabras de su
conversación, y al fin podría comprender aquel misterio incomprensible hasta
entonces.
Al fin la luna se desembarazó de la nube que la cubría, y vio
aparecer en la puerta de la escalinata a Villefort seguido de un hombre vestido de negro.
Bajaron los escalones y se adelantaron hacia la plazoleta. Aún no había andado
cuatro pasos y ya Morrel había reconocido al doctor de Avrigny en el hombre
vestido de negro.
Al verlos dirigirse hacia donde él estaba, el joven retrocedió
maquinalmente hasta que encontró el tronco de un sicómoro, detrás del cual se
ocultó.
A los pocos momentos cesó el rumor que en la arena producían los
pasos del procurador del rey y del doctor de Avrigny.
‑¡Ah!, querido doctor ‑dijo Villefort‑, el cielo se declara contra
nuestra casa. ¡Qué muerte tan horrible! No tratéis de consolarme; ¡ay!, no hay
consuelo para semejante desgracia; la llaga es demasiado viva y demasiado
profunda, ¡muerta!, ¡muerta está!
Un sudor frío heló la frente del joven, cuyos dientes chocaron
unos con otros. ¿Quién había muerto en aquella casa que el mismo Villefort
maldecía?
‑Querido señor de Villefort ‑respondió el facultativo con un
acento que aumentó el terror del joven‑, yo no os he conducido aquí para
consolaros, al contrario.
‑¿Qué queréis decir? ‑preguntó el procurador del rey asombrado.
‑Quiero decir que además de la desgracia que os acaba de
suceder, hay otra aún más terrible quizá.
‑¡Oh! ¡Dios mío! ‑murmuró Villefort cruzando las manos‑; ¿qué es
lo que vais a decirme?
‑¿Estamos solos, amigo mío?
‑¡Oh!, sí, solos. Pero ¿qué significan todas esas precauciones?
‑Significan que tengo que haceros una confidencia ‑dijo el doctor‑;
sentémonos.
Villefort cayó sobre el banco. El doctor permaneció en pie
frente a él con una mano apoyada sobre un hombro.
Horrorizado, Morrel sostenía su frente con una mano, y con la
otra contenía su corazón cuyos latidos temía que fuesen oídos.
« ¡Muerta! ¡Muerta! », repetía su pensamiento.
Y él mismo se sentía morir.
‑Decid, doctor; ya escucho ‑dijo Villefort‑, herid; a todo estoy
preparado.
‑La señora de Saint‑Merán era sin duda de bastante edad, pero
gozaba de una salud excelente.
Morrel respiró por primera vez después de diez minutos de
agonía.
‑La pena la ha matado ‑dijo Villefort‑; ¡sí, el pesar, doctor!
Aquella costumbre que tenía de vivir al lado del marqués hacía más de cuarenta
años...
‑No, no es la pena, mi querido Villefort ‑dijo el doctor‑. El
pesar puede matar, aunque son muy raros estos casos; pero no mata en un día, no
mata en una hors, no mata en diez minutos.
Villefort no respondió nada, pero levantó la cabeza que hasta entonces
había tenido inclinada y miró al doctor con asombro.
‑¿Estuvisteis junto a ella durante su agonía? ‑preguntó el señor
de Avrigny.
‑Sin duda ‑respondió el procurador del rey‑; vos me dijisteis
que no me alejase.
‑¿Habéis notado los síntomas del mal a
que ha sucumbido la señora de Saint‑Merán?
‑Desde luego, ha tenido tres accesos consecutivos, y cada vez
más graves... Cuando vos llegasteis, hacía algunos minutos que apenas podía
respirar; entonces tuvo una crisis que yo tomé por un simple ataque de
nervios; pero no empecé a espantarme sino cuando la vi incorporarse sobre el
lecho, con los miembros y el cuello crispados. Entonces os miré, y en vuestro
rostro conocí que la cosa era más grave de lo que yo pensaba. Pasada la crisis
busqué vuestros ojos, ¡pero no los encontré!, le tomabais el pulso, contabais
sus latidos, y empezó la segunda crisis, que fue más nerviosa, y sus labios se
amorataron y se contrajo su boca. A la tercera expiró. Desde que vi el fin de
la primera reconocí que era el tétanos: vos me confirmasteis en esta opinión.
‑Sí, delante de todo el mundo ‑repuso el doctor‑; pero ahora
estamos solos.
‑¿Qué vais a decirme, Dios mío?
‑Que los síntomas del tétanos y del envenenamiento por sustancias
vegetales son absolutamente los mismos.
El señor de Villefort se levantó, y después de un instante de
inmovilidad y de silencio, volvió a caer sobre el banco.
‑¡Oh, Dios mío!, señor doctor ‑dijo‑‑, ¿os dais cuenta de lo que
me estáis diciendo?
Morrel no sabía si soñaba o estaba despierto.
‑Escuchad ‑dijo el doctor‑, conozco la importancia de mi dedaración
y el carácter del hombre a quien se la hago.
‑¿Estáis hablando al amigo... o al magistrado? ‑preguntó Villefort.
‑Al amigo, al amigo en este momento; la relación que existe
entre los síntomas del tétanos y los síntomas del envenenamiento por las
sustancias vegetales es tan parecida, que si fuera preciso firmarlo no
vacilaría. Os repito, pues, no es al magistrado, sino al amigo, a quien
advierto que tres cuartos de hora he estudiado la agonía, las convulsiones, la
muerte de la señora de Saint‑Merán, y no solamente me atrevo a decir que ha
muerto envenenada, sino que aseguraría qué veneno la ha matado.
‑¡Doctor, doctor!
‑Como habéis visto, todo ha sido una serie de soñolencias interrumpidas
por crisis nerviosas, excitaciones cerebrales... La señora de Saint‑Merán ha
sucumbido a causa de una dosis violenta de brucina o de estricnina que le han
administrado por casualidad o por error sin duda.
Villefort cogió una mano del doctor.
‑¡Oh, es imposible! ‑dijo‑, ¡yo sueño, Dios mío! ¿Estoy soñando!
¡Es muy cruel oír decir semejantes cosas a un hombre como vos! En nombre del
cielo, os lo suplico, querido doctor, decidme que podéis equivocaros.
‑Sin duda, puede ser así..., pero...
‑¿Pero?
‑Yo no lo creo.
‑Doctor, apiadaos de mí; desde hace algunos días me están sucediendo
cosas tan inauditas, que creo que voy a volverme loco.
‑¿Ha visto alguien más que nosotros a la señora de Saint‑Merán?
‑No, nadie más.
‑¿Han ido a buscar a la botica alguna medicina que no fuese
recetada por mí?
‑Ninguna.
‑¿Tenía enemigos la señora de Saint‑Merán?
‑Que yo sepa, no.
‑¿Tenía alguien interés en su muerte?
‑¡No, Dios mío, no! Mi hija es su única heredera... Valentina...
¡Oh!, si llegase a concebir tal pensamiento me daría de puñaladas para castigar
a mi corazón por haber podido abrigarlo.
‑¡Oh! ‑exclamó a su vez el señor de Avrigny‑, querido amigo, no
quiera Dios que yo pueda acusar a nadie: no hablo más que de un accidente,
¿comprendéis? ¡De un error! Pero accidente o error, el caso es que mi
conciencia me remordía y necesitaba comunicaros lo que pasaba. Ahora es a vos a
quien corresponde informaros.
‑¿A quién? ¿Cómo? ¿De qué?
‑Veamos. ¿No ha podido engañarse Barrois y haberle dado alguna
poción preparada para su amo?
‑¿Para mi padre?
‑Sí.
‑Pero ¿cómo podía envenenar a la señora de Saint‑Merán una poción
preparada para mi padre? Le habría envenenado a él también.
‑No, señor, nada más sencillo; bien sabéis que en ciertas
enfermedades los venenos son un remedio; la parálisis es una de éstas. Hará
unos tres meses que, después de haber hecho todo cuanto podía para devolver el
movimiento y la palabra al señor Noirtier, me decidí a intentar el último
medio; hará unos tres meses, repito, le trato por la brucina; así, pues, en la
última bebida que le mandé entraban seis centigramos, que no tienen acción
sobre los órganos paralizados del señor Noirtier, y a los cuales se ha acostumbrado
además por medio de dosis consecutivas; pero que son suficientes para matar a
cualquier otro que no sea él.
‑Mi querido doctor, no hay ninguna comunicación entre el cuarto
del señor Noirtier y el de la señora de Saint‑Merán, y Barrois nunca entraba en
el de mi suegra. En fin, doctor, os diré que aunque sepa que sois el hombre más
concienzudo, el más hábil, aunque siempre vuestras palabras sean para mí una
antorcha que me guíe por la oscuridad, a pesar de todo, tengo necesidad de
apoyarme en este axioma: errare humanum est.
‑Escuchad, Villefort ‑dijo el galeno‑; ¿hay alguno de mis colegas
en quien tengáis tanta confianza como en mí?
‑¿Por qué me decís eso? ¿Adónde vais a parar?
‑Llamadle, le diré todo lo que he visto, lo que he notado, y
haremos la autopsia.
‑¿Y encontraréis señales del veneno?
‑¡Veneno!, yo no he dicho eso; pero estudiaremos la exasperación
del sistema, reconoceremos la asfixia patente, incontestable, y os diremos:
querido Villefort, si ha sido por descuido, vigilad a vuestros criados; si ha
sido por odio, vigilad a vuestros enemigos.
‑¡Oh! ¡Dios mío! ¿Qué es lo que me proponéis, señor de Avrigny?
‑respondió Villefort abatido‑; desde el momento en que otro que vos posea el
secreto, será necesario un proceso, ¡y un proceso en el que yo esté interesado
es imposible! Sin embargo, si queréis, si lo exigís, haré lo que decís. En
efecto, tal vez deba yo seguir este asunto; mi carácter me lo ordena. Pero,
doctor, desde ahora me veis aterrado; ¡introducir en mi casa tal escándalo
después de tantas desgracias! ¡Oh!, ¡mi mujer y mi hija morirían! Y yo, yo,
doctor, bien lo sabéis, no llega un hombre a ser lo que yo soy, no llega un
hombre a ser procurador del rey veinticinco años sin haberse acarreado
enemigos; los míos son numerosos... Esté acontecimiento los hará saltar de alegría,
y a mí me cubrirá de oprobio; doctor, perdonadme estas ideas mundanas. Si
fueseis sacerdote, no me atrevería a decíroslo; pero sois hombre, conocéis a
los demás; doctor, doctor, no me habéis dicho nada, ¿no es verdad?
‑Querido señor de Villefort ‑respondió el doctor conmovido‑, mi
primer deber es la humanidad. Yo habría salvado la vida a la señora de Saint‑Merán
si la ciencia hubiera podido hacerlo; pero una vez muerta, me consagro a los
vivos. Sepultemos en lo más profundo de nuestros corazones este terrible
secreto. Si los ojos de algunos llegan a sospechar, permitiré que la muerte se
achaque a mi ignorancia; pero guardaré fielmente el secreto. Sin embargo,
caballero, no dejéis de indagar, porque probablemente esto no quedará así... Y
cuando hayáis descubierto al culpable, si llegáis a descubrirlo, yo seré el
primero que os diga: « Sois magistrado, obrad como mejor os parezca.»
‑¡Oh!, gracias, ¡gracias, doctor! ‑dijo Villefort con
indescriptible alegría‑, jamás había tenido mejor amigo que vos.
Y como si hubiese temido que el doctor Avrigny se retractase de
su determinación, se levantó y le condujo hacia su casa.
Los dos hombres se alejaron, y Morrel, que necesitaba respirar,
sacó la cabeza del enramado, y la luna iluminó aquel rostro tan pálido, que más
bien parecía el de un fantasma.
«Dios me proteja ‑dijo‑ ¡Pero Valentina! ¡Valentina!, ¡pobre
amiga! ¿Resistirá tantos dolores?
Al decir estas palabras, miraba alternativamente a la ventana de
cortinas encarnadas y a las tres de cortinas blancas.
La luz había desaparecido completamente de la ventana de cortinas
encarnadas. La señora de Villefort acababa sin duda de apagar la lámpara, y
sólo la lamparilla era la que esparcía un reflejo débil, casi imperceptible.
Al extremo del edificio vio abrirse una de las ventanas de
cortinas blancas. Una bujía, colocada sobre la chimenea, arrojó fuera del balc6n
algunos rayos de su pálida luz, y una sombra se apoyó en la balaustrada.
Morrel se estremeció; parecíale haber oído un gemido.
No era extraño que aquella alma tan intrépida y fuerte, turbada
ahora y exaltada por las dos pasiones humanas más fuertes, el amor y el miedo,
se hubiese debilitado hasta el punto de sufrir exaltaciones supersticiosas.
Por más que resultaba imposible que la mirada de Valentina le
distinguiese, oculto como estaba, creyó oírse llamar por la sombra de la
ventana, su espíritu turbado se lo decía, repitiéndoselo su corazón abrasado.
Este doble error era para él una certidumbre, y por uno de esos incomprensibles
impulsos juveniles salió de su escondite, y en dos saltos, a riesgo de ser
visto, de asustar a Valentina, de alarmar a todos los de la casa con algún
grito involuntario que pudiera proferir la joven, atravesó aquel parterre que
la luna iluminaba en aquel instante de lleno, y habiendo llegado a la calle de
naranjos que se extendía delante de la casa, divisó la escalinata, que subió
rápidamente, y empujó la puerta, que se abrió sin resistencia.
Valentina no le había visto; sus ojos, levantados hasta el
cielo, seguían una nube de plata que se deslizaba sobre el azul, y cuya forma
se asemejaba a la de una sombra que sube al cielo; su imaginación poética y
exaltada le decía que era el alma de su madre.
Morrel había atravesado la antesala y llegó al pie de la
escalera. Alfombras extendidas sobre los escalones apagaron sus pasos. Por otra
parte, Morrel había llegado a un punto tal de exaltación, que la presencia de
Villefort no le habría extrañado si éste hubiese aparecido ante sus ojos. Su
resolución estaba tomada. Se acercaba a él y se lo confesaba todo, rogándole
que le escuchase, y aprobase aquel amor que le unía a su hija... Morrel estaba
loco.
Afortunadamente no vio a nadie.
Entonces fue cuando le sirvieron de mucho las descripciones que
del interior de la casa le había hecho Valentina. Llegó sin accidente alguno al
final de la escalera y cuando iba a buscar la habitación, un gemido, cuya
expresión reconoció, le indicó el camino que debía seguir. Se volvió. Una
puerta entreabierta dejaba salir el reflejo de una luz y el sonido de la voz
que antes había exhalado aquel gemido.
Abrió esta puerta y entró en la estancia.
Al fondo de una alcoba, bajo el sudario blanco que cubría su
cabeza y dibujaba su forma, yacía la muerta, más espantosa a los ojos de Morrel
desde la revelación de aquel secreto del que la casualidad le había hecho
poseedor.
Al lado de la cama, de rodillas, con la cabeza sepultada entre
unos almohadones, Valentina, estremeciéndose a cada instante, a cada gemido,
extendía sobre su cabeza, cuyo rostro no se distinguía, sus dos manos cruzadas
y crispadas.
Se había separado del balcón, que había quedado abierto, y
rezaba en voz alta con un acento que hubiera conmovido al corazón más insensible.
Las palabras se escapaban de sus labios rápidas, incoherentes,
ininteligibles.
La claridad de la luna, que penetraba por el balcón, hacía
palidecer el resplandor de la bujía, y azulaba con sus fúnebres tintas este
cuadro desolador.
Morrel no pudo resistir esta escena. No era hombre, en verdad,
de una piedad ejemplar, no era fácil de conmover, pero ver llorar a Valentina y
retorcerse los brazos, era más de lo que podía sufrir en silencio. Arrojó un
suspiro, murmuró un nombre, y una cabeza anegada en lágrimas, una cabeza de
Magdalena de Correggio se levantó volviéndose hacia él.
Valentina lo vio y no manifestó el menor asombro. No existen emociones
intermedias en un corazón ulcerado por una desesperación suprema.
Morrel extendió la mano a su amiga. Valentina, por toda excusa
de no haber acudido a la cita, le mostró el cadáver cubierto por el fúnebre
sudario, y volvió a sollozar.
Ni uno ni otro se atrevían a hablar en aquel cuarto. Los dos
vacilaban en romper aquel silencio que parecía ordenado por la muerte, que se
hallaba en algún rincón, con el dedo índice puesto sobre los labios..
Al fin Valentina se atrevió a hablar.
- Si esta emoción hubiera debido recibir al momento su castigo‑,
es que esa pobre abuela, al morir, dejó dispuesto que terminasen mi boda lo más
pronto posible; ¡también ella, Dios mío! ¡Creyendo protegerme, obraba contra
mí!
‑¡Escuchad! ‑dijo Morrel.
Los dos jóvenes guardaron silencio.
Oyóse abrir una puerta y unos pesos resonaron en el corredor
dirigiéndose a la escalera.
‑Es mi padre, que sale de su despacho ‑díjo Valentina.
‑Y que acompaña al doctor ‑añadió Morrel.
‑¿Cómo sabéis que es el doctor? ‑preguntó Valentina asombrada. ‑Lo
supongo ‑dijo Morrel.
Valentina miró al joven.
Oyóse cerrar la puerta de la calle.
El señor de Villefort cerró con llave la del jardín y en seguida
volvió a subir la escalera.
Cuando hubo llegado a la antesala, se detuvo un instante como si
vacilase en entrar en el cuarto de la señora de Saint‑Merán. Morrel se escondió
detrás de un biombo. Valentina no hizo el menor movimiento. Hubiérase dicho
que un dolor supremo la hacía superior.
‑Amigo ‑dijo‑, ¿cómo es que estáis aquí? ¡Ay!, yo os diría de
buena gene bien venido seáis, si no fuera la muerte la que os ha abiertoo la
puerta de esta casa.
‑Valentina ‑dijo Morrel con voz trémula y las manos cruzadas‑,
yo esperaba desde las ocho y media. No os veía venir, me ínquieté, salté la
cerca, penetré en el jardín, entonces unas votes que hablaban del fatal
accidente
‑¿Qué voces? ‑preguntó Valentina.
Morrel se estremeció, porque toda la conversación del doctor y
del El señor de Villefort siguió hacia su habitación. El señor de Villefort se
representó en su imaginación, y creía ver a través del paño mortuorio aquellos
brazos crispados, aquel cuerpo rígido, aquellos labios amoratados.
‑Las voces de vuestros criados me lo han revelado todo.
‑Pero venir hasta aquí era perdernos, amigo mío ‑dijo Valentina,
sin espanto ni enojo.
‑Perdonadme ‑respondió Morrel con el mismo tono‑, voy a retirarme.
‑No ‑dijo Valentina‑, seríais visto, quedaos.
‑Pero si viniesen
La joven movió la cabeza con melancolía.
‑Nadie vendrá ‑dijo‑. Tranquilizaos, ésta es nuestra salvación.
Y le señaló el cadáver cubierto con el paño.
‑¿Pero qué ha sido del señor d'Epinay? Decidme, os lo suplico‑
replicó Morrel.
‑El señor Franz vino pare firmar el contrato en el momento en
que mi abuela exhalaba el último suspiro.
‑¡Ah! ‑dijo Morrel con alegría egoísta, porque pensaba que
aquella muerte retardaba indudablemente el matrimonio de Valentina.
‑Ahora ‑dijo Valentina‑, no hay más que una salida permitida y
segura, y es la habitación de mi abuelo.
Y se levantó.
‑Venid ‑dijo.
‑¿Dónde? ‑preguntó Maximiliano.
‑A la habitación de mi abuelo.
‑¡Yo al cuarto del señor Noirtíer!
‑Sí.
‑¡Qué decís, Valentina!
‑Bien sé lo que digo, y hace tiempo que lo he pensado. No tengo
más amigo que éste en el mundo y los dos necesitamos de él... Venid.
‑Cuidado, Valentina ‑dijo Morrel vacilando‑, cuidado, la venda
ha caído de mis ojos. Al venir estaba demente. ¿Conserváis íntegra vuestra
razón, querida amiga?
‑Sí ‑dijo Valentina‑, y no siento más que un escrúpulo, y es el
dejar solos los restos de mi pobre abuela, que yo me encargué de velar.
‑Valentina ‑dijo Morrel‑, la muerte es sagrada.
‑Sí ‑respondió la joven‑. Pronto acabaremos, venid.
Valentina atravesó la estancia y bajó por una escalerilla que
conducía a la habitación de Noirtier. Morrel la seguía de puntillas. Cuando
llegaron a la meseta en que estaba la puerta, encontraron al antiguo criado.
‑Barrois ‑dijo Valentina‑, cerrad la puerta y no dejéis entrar a
nadie.
Valentina pasó primero.
Noirtier, sentado aún en su sillón, atento al menor ruido,
informado por su criado de todo lo que sucedía, clavaba ansiosas miradas en la
puerta del cuarto. Vio a Valentina y sus ojos brillaron.
Había en el andar y en la actitud de la joven cierta gravedad
solemne que admiró al anciano. Así, pues, sus brillantes ojos interrogaron
vivamente a la joven.
‑Escúchame bien, abuelito ‑le dijo‑, ya sabes que mi buena mamá
Saint‑Merán ha muerto hace una hora, y que ya, excepto a ti, no tengo a nadie
que me ame en el mundo.
Una expresión de infinita ternura brilló en los ojos del señor
Noirtier.
‑¡A ti sólo, pues, debo confesar mis pesares o mis esperanzas!
El paralítico respondió que sí.
Valentina fue a buscar a Maximiliano y le tomó una mano.
‑Entonces ‑dijo Valentina‑, mirad a este caballero.
El anciano fijó en Morrel sus ojos escudriñadores y ligeramente
asombrados.
‑Es el señor Maximiliano Morrel ‑dijo ella‑, hijo de ese honrado
comerciante de Marsella, de quien sin duda habréis oído hablar.
‑Sí ‑respondió el anciano.
‑Es un nombre que Maximiliano hará sin duda glorioso, pues a los
veintiocho años es capitán de spahis y oficial de la Legión de Honor.
El
anciano hizo señas de que se acordaba.
‑¡Y bien!, abuelito ‑dijo Valentina hincándose de rodillas delante
del anciano, y mostrándole a Maximiliano con una mano‑, le amo, y no seré de
nadie sino de él. Si me obligan a casarme con otro, me moriré o me mataré.
Sus ojos de paralítico expresaban un sinfín de pensamientos
tumultuosos.
‑Tú aprecias al señor Maximiliano Morrel, ¿no es verdad, abuelo?
‑preguntó la joven.
‑Sí ‑respondió el anciano.
‑¿Y quieres protegernos a nosotros, que también somos tus hijos,
contra la voluntad de mi padre?
Noirtier fijó su inteligente mirada en Morrel, como diciéndole: ‑Depende.
Maximiliano comprendió.
‑Señorita ‑dijo‑, vos tenéis que cumplir con un deber sagrado en
el cuarto de vuestra abuela; ¿queréis permitirme que tenga el honor de hablar
un momento con el señor Noirtier?
‑Sí, sí, eso es ‑expresó el anciano, y después miró a Valentina
con inquietud.
‑¿Cómo hará para comprenderte, quieres decir, abuelo?
‑Sí.
‑¡Oh!, tranquilízate. Hemos hablado tan a menudo de ti, que conoce
bien la forma en que nos entendemos.
Y volviéndose a Maximiliano con una adorable sonrisa, aunque velada
por una tristeza profunda, dijo:
‑Sabe todo lo que yo sé.
Valentina se levantó, acercó una silla para Morrel, recomendó a
Barrois que no dejase entrar a nadie, y después de haber abrazado tiernamente a
su abuelo, y haberse despedido con tristeza de Morrel, salió.
Entonces éste, para probar a Noirtier que poseía la confianza de
Valentina, y sabía todos sus secretos, tomó el diccionario, la pluma y el
papel, y todo lo colocó sobre una mesa donde había una lámpara.
‑En primer lugar ‑dijo Morrel‑, permitidme que os cuente quién
soy yo, cómo amo a Valentina, y cuáles son mis intenciones respecto a esto
último.
‑Escucho ‑dijo Noirtier.
Era un espectáculo imponente el ver a este anciano, inútil en
apariencia, y que era el único protector, el único apoyo, el único juez de los
dos amantes jóvenes, hermosos, fuertes y que empezaban a conocer el mundo.
Su fisonomía, que expresaba una nobleza y una austeridad notables,
impresionaba en extremo a Morrel, que empezó a contar su historia temblando.
Entonces refirió cómo había conocido y amado a Valentina, y cómo
ésta, en su aislamiento y en su desgracia, había acogido su cariño.
Le habló de su nacimiento, de su posición, de su fortuna y más
de una vez, al interrogar la mirada del paralítico, vio que ésta le respondía:
‑Está bien, continuad.
‑Ahora ‑dijo Morrel así que hubo acabado la primera parte de su
historia‑, ahora que os he contado también mi amor y mis esperanzas, ¿debo
contaros mis proyectos?
‑Sí.
‑¡Pues bien! Escuchad lo que habíamos decidido.
Y entonces manifestó a Noirtier que un cabriolé esperaba en la
huerta, que pensaba raptar a Valentina, llevarla a la casa de su hermana,
casarse, y esperar respetuosamente el perdón del señor de Villefort.
‑No ‑dijo Noirtier.
‑¿No? ‑repuso Morrel‑, ¿no debemos obrar así?
‑No.
‑¿De modo que este proyecto no tiene vuestro consentimiento?
‑No.
‑¡Pues bien!, hay otro medio‑ dijo Morrel.
La mirada interrogadora del anciano preguntó: “¿Cuál?”
‑Buscaré ‑continuó Maximiliano‑ al señor Franz d'Epinay, me
alegro de poderos decir esto en ausencia de la señorita de Villefort, y me
conduciré de modo que no tenga más remedio que acceder a mis proposiciones.
La mirada de Noirtier siguió interrogándole.
‑¿Queréis que os diga lo que pienso hacer?
‑Sí.
‑Escuchad. Le buscaré, como os decía, le diré los lazos que me
unen a la señorita de Villefort. Si es un hombre delicado, probará su
delicadeza renunciando a la mano de su prometida, y desde entonces puede contar
hasta la muerte con mi amistad y mi cariño. Si rehúsa, ya porque le obligue su
interés personal, o porque un ridículo orgullo le haga persistir, después de
probarle que Valentina me ama y no puede amar a ningún otro más que a mí, me
batiré con él, dándole las ventajas que quiera, y le mataré o él me matará. Si
yo le mato, no se casará con Valentina. Si él me mata, estoy seguro de que
Valentina no se casará con él.
Noirtier contemplaba con un placer inefable aquella noble y
sincera fisonomía en que estaban retratados todos los sentimientos que expresaban
sus labios.
Cuando Morrel terminó de hablar, Noirtier cerró los ojos
repetidas veces, lo cual quería decir que no.
‑¿No? ‑dijo Morrel‑. ¿Conque desaprobáis este segundo proyecto
lo mismo que el primero?
‑Sí ‑indicó el anciano.
‑¿Qué hemos de hacer, caballero? ‑preguntó Morrel‑. Las últimas
palabras de la señora de Saint‑Merán han sido que el casamiento de su nieta se
hiciese al punto. ¿Debo dejar marchar las cosas?
Noirtier permaneció inmóvil.
‑Sí, comprendo ‑dijo Morrel‑, debo esperar.
‑Sí.
‑Pero, señor, una dilación nos perdería ‑repuso el joven‑. Hallándose
sola Valentina y sin fuerzas, la obligarán como a un chiquillo. He entrado
aquí milagrosamente para saber lo que pasaba. Os he sido presentado
milagrosamente y no debo esperar que se renueven tales milagros. Creedme, no
hay más que uno de los dos partidos que os he propuesto. Disculpadle a mi
juventud esta vanidad, decidme cuál es el mejor, ¿autorizáis a la señorita
Valentina a confiarse a mi honor?
‑No.
‑¿Preferís que yo vaya a buscar al señor Franz d'Epinay?
‑No.
‑¡Dios mío! ¿De quién nos vendrá el socorro que esperamos del
cielo?
El anciano se sonrió con los ojos, como solía cuando le hablaban
del cielo. Siempre habían quedado algunos residuos de ateísmo en las ideas del
antiguo jacobino.
‑¿De la casualidad? ‑repuso Morrel.
‑No.
‑¿De vos?
‑Sí.
‑¿De vos?
‑Sí ‑repitió el anciano.
‑Comprendéis lo que os pregunto, caballero, disculpad mi terquedad,
porque mi vida depende de vuestra respuesta: ¿Nos vendrá de vos nuestra
salvación?
‑Sí.
‑¿Estáis seguro de ello?
‑Sí.
‑¿Nos dais vuestra palabra?
‑Sí.
Y había en la mirada que daba esta respuesta una firmeza tal,
que no había medio de dudar de la voluntad, sino del poder.
‑¡Oh!, gracias, caballero, ¡un millón de gracias! Pero, a menos
que un milagro del Señor os devuelva la palabra y el movimiento, encadenado en
este sillón, mudo a inmóvil, ¿cómo podréis oponeros a ese casamiento?
Una sonrisa iluminó el rostro del anciano, sonrisa extraña, como
es la de los ojos de un rostro inmóvil.
‑¿De modo que debo esperar? ‑preguntó el joven.
‑Sí.
‑¿Pero el contrato?
La
misma sonrisa de antes brilló en el rostro de Noirtier.
‑¿Queréis decirme que no será firmado?
‑Sí ‑dijo Noirtier.
‑¿De modo que el contrato no será firmado? ‑exclamó Morrel‑.
¡Oh!, ¡perdonad, caballero! Cuando se recibe una gran noticia, es lícito dudar
un poco. ¿El contrato no será firmado?
‑No‑ dijo el paralítico.
A pesar de esta seguridad, Morrel vacilaba en creerlo.
Era tan extraña esta promesa de un anciano impotente, que en
lugar de provenir de una fuerza de voluntad, podía provenir de una debilidad de
los órganos. Nada más natural que el insensato que ignora su locura pretenda
realizar cosas superiores a su poder. El débil habla de los grandes pesos que
levanta; el tímido, de los gigantes que ha vencido; el pobre, de los tesoros
que maneja; el más humilde campesino se llama Júpiter.
Sea que Noirtier hubiese comprendido la indecisión del joven,
sea que no diese fe a la docilidad que había mostrado, le miró fijamente.
‑¿Qué queréis, caballero? ‑preguntó Morrel‑. ¿Que os reitere mi
promesa de no hacer nada?
La mirada de Noirtier permaneció fija y firme como para indicar
que no bastaba una promesa. Después pasó del rostro a la mano.
‑¿Queréis que lo jure? ‑preguntó Maximiliano.
‑Sí ‑dio a entender el paralítico con la misma solemnidad‑, lo
quiero así.
Morrel comprendió que el anciano daba una gran importancia a
este juramento.
Y extendió la mano.
‑Os juro por mi honor ‑dijo‑ esperar que hayáis decidido lo que
tengo que hacer.
‑Bien ‑expresaron los ojos del anciano.
‑Ahora, caballero ‑preguntó Morrel‑, ¿queréis que me retire?
‑Sí.
‑¿Sin volver a ver a Valentina?
‑Sí.
Morrel dijo que estaba dispuesto a salir.
‑¿Y permitís ‑continuó‑ que vuestro hijo os abrace como lo acaba
de hacer vuestra hija?
No había la menor duda en cuanto a lo que querían expresar los
ojos de Noirtier.
El joven aplicó sus labios sobre la frente del anciano en el
mismo sitio en que la joven había puesto los suyos, y saludando al señor Noirtier
por segunda vez, salió.
En la pieza contigua encontró al antiguo criado prevenido por Valentina.
Este esperaba a Morrel, y lo guió por las revueltas de un corredor sombrío que
conducía a una puerta que daba al jardín.
Una vez allí, se dirigió al cercado en un instante, subió al
tejadillo de la tapia y por medio de su escala bajó a la huerta, encaminándose
a la choza, al lado de la cual le esperaba su cabriolé.
Subió en él, y agobiado por tantas emociones, pero con el
corazón más libre, entró a medianoche en la calle de Meslay, se arrojó sobre su
cama y durmió como si hubiera estado sumergido en una profunda embriaguez.
A los dos días de ocurridas estas escenas, una multitud
considerable se hallaba reunida, a las diez de la mañana, a la puerta de la
casa del señor de Villefort, y ya se había visto pasar una larga hilera de carruajes
de luto y particulares por todo el barrio de Saint‑Honoré y de la calle de la
Pepinière.
Entre ellos había uno de forma singular, y que parecía haber
sido hecho para un largo viaje. Era una especie de carro pintado de negro, y
que había acudido uno de los primeros a la cita.
Entonces se informaron y supieron que, por una extraña coincidencia,
este carruaje encerraba el cuerpo del marqués de Saint‑Merán, y que los que
habían venido para un solo entierro acompañarían dos cadáveres.
El número de las personas era grande. El marqués de Saint‑Merán,
uno de los dignatarios más celosos y fieles del rey Luis XVII y del rey Carlos
X, había conservado gran número de amigos que, unidos a las personas
relacionadas con el señor de Villefort, formaban un considerable cortejo.
Mandaron avisar a las autoridades, y obtuvieron el permiso para
que aquellos dos entierros se hicieran al mismo tiempo. Un segundo carruaje,
adornado con la misma pompa mortuoria, fue conducido delante de la puerta del
señor de Villefort, y el ataúd fue también transportado del carro a la carroza
fúnebre.
Los dos cadáveres debían ser sepultados en el cementerio del Padre
Lachaise, donde hacía ya mucho tiempo el señor de Villefort había hecho
edificar el panteón destinado para toda su familia. En él había sido enterrada
ya la pobre Renata, con quien su padre y su madre iban a reunirse después de
diez años de separación.
París, siempre curioso, siempre conmovido ante las pompas fúnebres,
vio pasar con un silencio religioso el espléndido cortejo que acompañaba a su
última mansión a dos de los nombres de aquella aristocracia, los más célebres
por el espíritu tradicional y por la fidelidad a sus principios.
En el mismo carruaje de luto, Beauchamp y Chateau‑Renaud hablaban
de aquellas muertes casi repentinas.
‑Vi a la señora de Saint‑Merán el año pasado en Marsella ‑decía
Chateau‑Renaud‑, yo volvía de Argel. Parecía destinada a vivir cien años,
gracias a su perfecta salud, a su mente tan clara y despierta y a su prodigiosa
actividad. ¿Qué edad tenía?
‑Setenta años ‑respondió Alberto‑. Al menos así me han asegurado.
Pero no es la edad la que le ha causado su muerte. Al parecer, la pena causada
por la del marqués la había trastornado completamente, no estaba en sus
cabales.
‑Pero, en fin, ¿de qué ha muerto? ‑preguntó Debray.
‑De una congestión cerebral, según se dice, o de una apoplejía
fulminante. ¿No viene a ser lo mismo?
‑¡Psch. .. ! , poco más o menos...
‑De apoplejía ‑dijo Beauchamp‑ es difícil de creer. La señora de
Saint‑Merán, a quien he visto una o dos veces en mi vida, era alta, delgada y
de una constitución más bien nerviosa que sanguínea. Son muy raras las
apoplejías producidas por la pena en una constitución física como la de la
señora de Saint‑Merán.
‑En todo caso ‑dijo Alberto‑, sea cual fuere la enfermedad que
la ha llevado al sepulcro, he aquí que el señor de Villefort, o más bien
Valentina, o nuestro amigo Franz, entran en posesión de una pingüe herencia,
ochenta mil libras de renta, según creo.
‑Herencia que será duplicada a la muerte de ese viejo jacobino
de Noirtier.
‑Vaya un abuelo tenaz ‑dijo Beauchamp‑: Tenacem praepositi
virum. Ha apostado con la Muerte, según creo, a que enterraría a todos sus
herederos. A fe mía, que se saldrá con la suya. Lo mismo que aquel viejo
soldado del 93, que decía a Napoleón en 1814: “Decaéis porque vuestro Imperio
es lo mismo que una espiga joven fatigada de crecer tanto. Tomad por tutora a
la República, volvamos con una buena Constitución a los campos de batalla y yo
os prometo quinientos mil soldados, otro Marengo y un segundo Austerlítz. Las
ideas no mueren, señor, se adormecen de vez en cuando, pero despiertan más
fuertes que antes”.
‑Parece ‑dijo Alberto‑ que para él los hombres son como las
ideas, pero una sola cosa me inquieta, y es saber cómo se las arreglará Franz
d'Epinay con un abuelo que no puede pasar sin su nieta; ¿pero dónde está Franz?
‑Va en el primer carruaje con el señor de Villefort, que le
considera ya como de la familia.
La conversación de todos los que seguían a las carrozas fúnebres
era poco más o menos la misma. Admirábanse de aquellas dos muertes seguidas la
una a la otra con tanta rapidez, pero nadie sospechaba el terrible secreto que
la noche anterior había revelado el señor de Avrigny al señor de Villefort en
el jardín.
Después de una hora de marcha, llegaron a la puerta del cementerio.
El tiempo estaba tranquilo, pero sombrío, y por consiguiente bastante en
armonía con la fúnebre ceremonia que tenía lugar. Entre los grupos que se
dirigieron al panteón de la familia, Chateau‑Renaud reconoció a Morrel, que
solo y en cabriolé, iba también muy pálido por la calle de los cipreses.
‑¿Vos aquí? ‑dijo Chateau‑Renaud cogiendo del brazo al joven
capitán‑. ¿Conocéis al señor de Villefort? ¿Cómo es que nunca os he visto en su
casa?
‑No es al señor de Villefort a quien conozco ‑respondió Morrel‑,
a quien conocía es a la señora de Saint‑Merán.
En este momento Alberto se acercó a ellos acompañado de Franz.
‑El momento no es muy adecuado para una presentación ‑dijo
Alberto‑, pero no importa, no somos supersticiosos. Señor Morrel, permitid que
os presente al señor Franz d'Epinay, mi querido compañero de viaje por Italia.
Mi querido Franz, el señor Maximiliano Morrel, un excelente amigo que he
adquirido en lo ausencia, y cuyo nombre oirás en mis labios, siempre que tenga
que hablar acerca de los buenos sentimientos, del talento y de la amabilidad.
Morrel quedóse un instante indeciso. Dijo para sí que era una
infame hipocresía aquel saludo casi amistoso dirigido al hombre que detestaba
interiormente, pero recordó su juramento y la gravedad de las circunstancias,
se esforzó por que su rostro no expresase ningún sentimiento de odio, y saludó
a Franz disimulando lo que sentía.
‑La señorita de Villefort estará muy triste, ¿no es verdad? ‑dijo
Debray a Franz.
‑¡Oh!, caballero ‑respondió Franz‑, sumamente triste. Esta
mañana estaba tan pálida y tan demudada que apenas la conocí.
Estas palabras, en apariencia tan sencillas, desgarraron el
corazón de Morrel. Aquel hombre había visto ya a Valentina, había hablado con
ella.
Entonces fue cuando el joven oficial necesitó de toda su fuerza
para resistir al vehemente deseo de violar su juramento.
Cogió el brazo de Chateau‑Renaud y le arrastró consigo rápidamente
hacia el panteón, delante del cual los empleados de las pompas fúnebres
acababan de depositar dos ataúdes.
‑Magnífica habitación ‑dijo Beauchamp dirigiendo una mirada al
mausoleo‑, palacio de verano y de invierno. Vos lo habitaréis también algún
día, mi querido Epinay, porque pronto seréis de la familia. Yo, en mi calidad
de filósofo, quiero una casita de campo, una fosa debajo de árboles sombríos, y
nada de piedras sobre mi cuerpo. Al morir, diré a los que me rodean lo que
Voltaire escribía a Pirón: Eo rus y punto concluido... ¡Vamos, qué diantre!
¡Valor, vuestra mujer hereda, después de todo! '
‑En verdad, Beauchamp ‑dijo Franz‑, sois insufrible. Los asuntos
políticos os han acostumbrado a reíros de todo y a no creer en nada. Pero, en
fin, Beauchamp, cuando tengáis el honor de presentaros delante de hombres
ordinarios, y la felicidad de dejar por un momento la política, tratad de no
dejaros olvidado el corazón en la Cámara de los diputados o en la de los
pares.
‑¡Oh! ¡Dios mío! ‑dijo Beauchamp‑, ¿qué es la vida? Una espera
en la antesala de la muerte.
‑Dejad a Beauchamp con sus ideas ‑dijo Alberto.
Y se retiró con Franz, abandonando a Beauchamp a sus discusiones
filosóficas con Debray.
El panteón de la familia de Villefort formaba un cuadro de
piedras blancas de una altura de veinte pies. Una separación interior dividía
en dos departamentos a la familia de Saint‑Merán y a la de Villefort, y cada
una tenía su puerta. No se veía, como en las otras tumbas, esos innobles
cajones superpuestos en los que una económica distribución encierra a los
muertos con una inscripción que parece un rótulo. Todo lo que se veía por la
puerta de bronce era una antesala sombría y severa, separada de la verdadera
tumba por una pared.
En medio de esta pared estaban las dos puertas de que hablábamos
hace poco, y que comunicaban con las sepulturas de Villefort y SaintMerán.
Allí podían exhalarse en libertad los gemidos y los ayes
doloridos, sin que los transeúntes, que hacen de una visita al Padre Lachaise,
una partida de campo o una cita de amor, pudiesen turbar con su canto, con sus
gritos o con sus carreras la muda contemplación o las oraciones bañadas de
lágrimas del que visitaba la tumba.
Ambos ataúdes fueron colocados en el panteón de la derecha. Este
era el de la familia de Saint‑Merán, sobre unos pequeños sepulcros preparados
ya, y que esperaban su depósito mortal. Solamente Villefort, Franz y algunos
parientes cercanos penetraron en el santuario.
Como las ceremonias religiosas habían sido efectuadas a la
puerta, y no había ya que pronunciar ningún discurso, los amigos se separaron
al punto. Chateau‑Renaud, Alberto y Morrel se retiraron, y Debray y Beauchamp
hicieron lo mismo.
Franz permaneció con el señor de Villefort a la puerta del
cementerio. Morrel se detuvo bajo un pretexto cualquiera. Vio salir a Franz y
al señor de Villefort en un carruaje de luto, y concibió un mal presagio de
esta unión. Volvió a París, y aunque iba en el mismo carruaje que Chateau‑Renaud
y Alberto, no oyó una palabra de lo que dijeron los dos jóvenes.
En efecto. Cuando Franz iba a separarse del señor de Villefort,
dijo:
‑Señor barón, ¿cuándo volveré a veros?
‑Cuando gustéis, caballero ‑respondió Franz.
‑Lo más pronto posible.
‑Estoy a vuestras órdenes, caballero. ¿Queréis que volvamos juntos?
‑¡Si esto no os causa molestia...!
‑En absoluto.
Dicho esto, el futuro suegro y el futuro yerno subieron al mismo
carruaje, y Morrel al verlos pasar concibió con razón graves inquietudes.
Villefort y Franz volvieron al arrabal Saint‑Honoré.
El procurador del rey, sin entrar en el cuarto de nadie, sin
hablar a su mujer ni a su hija, hizo pasar al joven a su despacho, a indicándole
una silla, le dijo:
‑Señor d'Epinay, como la obediencia a los muertos es la primera
ofrenda que se debe depositar sobre su ataúd, debo recordaros el deseo que
expresó anteayer la señora de Saint‑Merán en su lecho de agonía, a saber: que
el casamiento de Valentina se efectuara sin tardanza. Vos sabéis que los
asuntos de la difunta estaban muy en regla, que su testamento asegura a
Valentina toda la fortuna de los SaintMerán. El notario me mostró ayer las
actas que permiten que se firme definitivamente el contrato de matrimonio.
Podéis verle de mi parte y hacer que os las comuniquen. El notario es el señor
Deschamps, plaza de Beauveau, barrio de Saint‑Honoré.
‑Caballero ‑respondió Franz‑, no es éste el momento más oportuno
para la señorita Valentina, abismada como está en su dolor, para pensar en la
boda. En verdad, yo temería...
‑Valentina ‑interrumpió el señor de Villefort‑ no tendrá otro
deseo más vivo que el de cumplir la última voluntad de su abuela; así, pues,
los obstáculos no están de su parte, os respondo de ello.
‑En ese caso, caballero ‑dijo Franz‑, como tampoco lo están de
la mía, podéis obrar como y cuando mejor os parezca. Está empeñada mi palabra,
y la cumpliré, no sólo con placer, sino con felicidad.
‑Entonces ‑dijo Villefort‑, nada nos detiene. El contrato debía
ser firmado dentro de tres días; todo lo encontraremos preparado, podemos
firmarlo hoy mismo.
‑Pero ¿y el luto? ‑dijo Franz vacilando.
‑Tranquilizaos, caballero, no es en mi casa donde se hará caso
de tales cosas. La señorita de Villefort podrá retirarse durante los tres meses
primeros a su posesión de Saint‑Merán. Digo su posesión, potque desde hoy suya
es esa propiedad. Allí, dentro de ocho días, si queréis, sin ruido, sin
esplendor, sin fausto, se celebrará el casamiento civil. Era un deseo de la
señora de Saint‑Merán que su nieta se casase en esa finca. Después, vos
podréis volver a París, mientras que vuestra mujer pasará el tiempo del luto
con su madrastra.
‑Como gustéis, caballero ‑dijo Franz.
‑Entonces ‑repuso el señor de Villefort‑, tomaos el trabajo de
aguardar media hora. Valentina va a bajar al salón.
‑Yo mandaré llamar al señor Deschamps, leeremos y firmaremos el
contrato inmediatamente y esta misma noche la señora de Villefort conducirá a
Valentina a su propiedad, donde iremos nosotros dentro de ocho días.
‑Caballero ‑dijo Franz‑, tengo que pediros un favor.
‑¿Cuál?
‑Deseo que Alberto de Morcef y Raúl de Chateau‑Renaud estén
presentes al acto de firmar el contrato. Bien sabéis que son mis testigos.
‑Media hora es suficiente para avisarles. ¿Queréis irlos a
buscar vos mismo? ¿Queréis que se les mande llamar?
‑Prefiero ir yo mismo, caballero.
‑Os esperaré dentro de media hora, barón, y dentro de media hora
Valentina estará dispuesta.
Franz saludó al señor de Villefort y salió.
Apenas se hubo cerrado la puerta de la calle detrás del joven,
Villefort ordenó que avisasen a Valentina que bajase al salón dentro de media
hora, porque se esperaba al notario y a los testigos del señor d'Epinay.
Esta noticia inesperada produjo una gran impresión en la casa.
La señora de Villefort no quería creerlo y Valentina se quedó más aterrada que
si hubiese sido fulminada por un rayo.
Miró a su alrededor como para buscar a quien pedir socorro.
Quiso subir a ver a su abuelo, pero en la escalera encontró al
señor de Villefort, que la cogió del brazo y la condujo al salón.
Valentina encontró en la antesala a Barrois y dirigió al antiguo
criado una mirada desesperada.
Un instante después de Valentina, la señora de Villefort entró
en
el salón con Eduardo. Era evidente que la mujer había tenido su
parte en los pesares de la familia. Estaba pálida y parecía horriblemente
cansada.
Sentóse, colocó a Eduardo sobre sus rodillas y de vez en cuando
estrechaba con movimientos casi convulsivos contra su pecho a aquel niño en el
cual parecía concentrarse toda su vida.
Al poco rato se oyó el ruido de dos carruajes que entraban en el
patio. Uno era el del notario; el otro, de Franz y sus amigos. Todos estuvieron
reunidos en seguida en el salón.
Valentina estaba tan pálida que veían dibujarse las azuladas
venas de sus sienes alrededor de sus ojos y de sus mejillas. Franz
experimentaba también una viva emoción.
Chateau‑Renaud y Alberto se miraron con asombro. La ceremonia
que se había concluido poco antes les parecía menos triste que la que iba a
empezar.
La señora de Villefort se había colocado en la sombra, detrás de
una cortina de terciopelo, y como estaba siempre inclinada hacia su hijo, era
difícil leer en su rostro lo que sentía en su corazón.
El señor de Villefort estaba, como siempre, impasible.
El notario, después de colocar los papeles sobre la mesa, tomó
asiento en el sillón, púsose los anteojos y volvióse hacia Franz.
‑¿Vos sois ‑‑dijo‑ el señor Franz de Quesnel, barón d'Epinay? ‑preguntó,
aunque lo sabía perfectamente.
‑Sí, señor ‑respondió Franz.
El notario se inclinó.
‑Debo preveniros, caballero ‑dijo‑, y esto de parte del señor de
Villefort, que vuestro casamiento proyectado con la señorita de Villefort ha
cambiado las disposiciones del señor Noirtier respecto a su nieta y que la
desposee de la fortuna que antes pensaba dejarle, pero es de advertir ‑continuó
el notario‑ que no teniendo el testador derecho a separar más que una parte de
su fortuna, y habiéndolo separado todo, el testamento no resistirá el ataque,
pues será declarado nulo, y como si no hubiese sido hecho.
‑Sí ‑dijo Villefort‑, pero prevengo de antemano al señor d'Epinay
que mientras yo viva no será impugnado el testamento de mi padre; pues mi
posición no me permite que se arme semejante escándalo.
‑Caballero ‑dijo Franz‑, me disgusta en extremo que se haya
promovido semejante cuestión delante de la señorita Valentina. Yo nunca me he
informado de su caudal, que, por reducido que sea, será más considerable que el
mío. Le que mi familia ha buscado en la alianza de la señorita de Villefort
conmigo es la consideración social; lo que yo busco es la felicidad.
Valentina hizo un gesto imperceptible de agradecimiento,
mientras que dos lágrimas silenciosas rodaban por sus mejillas.
‑Por otra parte, caballero ‑dijo Villefort dirigiéndose a su
futuro yerno‑, además de la frustración de una gran parte de vuestras
esperanzas, este testamento inesperado no tiene nada que deba heriros
personalmente. Todo se explica con la debilidad de espíritu del señor Noirtier.
Lo que desagrada a mi padre no es que la señorita de Villefort se case con vos,
sino que la señorita de Villefort se case. Una unión con otro cualquiera le
hubiera causado la misma impresión. La vejez es muy egoísta, y la señorita de
Villefort le servía de compañera fiel, lo cual no podrá hacer siendo ya
baronesa d'Epinay. El lamentable estado en que se encuentra mi padre hace que
se le hable muy pocas veces de asuntos graves que la debilidad de su cerebro
no podría seguir, y yo estoy perfectamente convencido de que ahora, conservando
el recuerdo de que su hija se casa, el señor Noirtier ha olvidado hasta el
nombre del que va a casarse con su nieta.
No bien acababa Villefort de pronunciar estas palabras, a las
que Franz respondía por medio de una cortesía, cuando se abrió la puerta del
salón y Barrois entró en él.
‑Señores ‑dijo con una voz muy firme para un criado que habla a
sus amos en una circunstancia tan solemne‑, señores, el señor Noirtier de
Villefort desea hablar inmediatamente al señor Franz de Quesnel, barón
d'Epinay.
También el criado, al igual que el notario, daba todos sus
títulos al prometido, a fin de que no pudiese haber un error de personas.
Villefort se estremeció y la señora de Villefort soltó a su
hijo, a quien tenía sobre sus rodillas, y Valentina se levantó pálida y muda
como una estatua.
Alberto y Chateau‑Renaud cambiaron una segunda mirada más sorprendidos
que antes.
El notario miró a Villefort.
‑Es imposible ‑dijo el procurador del rey‑. Por otra parte, el
señor d'Epinay no puede salir del salón en este momento.
‑Precisamente ahora es cuando el señor Noirtier, mi amo, desea
hablar al señor Franz d'Epinay de asuntos muy importantes ‑repuso el criado con
la misma firmeza.
‑¡Pues qué! ¿Habla ya papá Noírtier? ‑preguntó Eduardo con su
impertinencia habitual.
Pero esta salida no hizo sonreír ni siquiera a la señora de
Villefort, tan preocupados estaban los ánimos y tan grave era la situación.
‑Decid al señor Noirtier ‑repuso Villefort‑ que no se puede
acceder a lo que pide.
‑En ese caso, el señor Noirtier me encarga que prevenga a estos
señores que va a hacerse conducir aquí.
El asombro llegó a su colmo.
En el rostro de la señorita de Villefort dibujóse una especie de
sonrisa. Valentina, como a pesar suyo, levantó los ojos hacia el cielo como
para darle gracias.
‑Valentina ‑dijo el señor de Villefort‑, os suplico que vayáis a
saber qué significa ese nuevo capricho de vuestro abuelo.
Valentina dio algunos pasos para salir, pero luego el mismo
señor de Villefort la detuvo.
‑Esperad ‑dijo‑, ¡yo os acompañaré!
‑Perdonad, caballero‑dijo Franz a su vez‑, me parece que, puesto
que por mí es por quien pregunta el señor Noirtier, yo soy quien debo acudir a
su habitación; por otra parte, me aprovecharé de esta ocasión para presentarle
mis respetos, no habiendo tenido ocasión de solicitar este honor.
‑¡Oh! ¡Dios mío! ‑dijo Villefort con visible inquietud‑. No os
incomodéis.
‑Dispensadme, caballero ‑dijo Franz con el tono de un hombre que
ha tomado una resolución‑. Deseo no desperdiciar esta ocasión de probar al
señor Noirtier que no ha tenido razón en concebir contra mí una aversión que
estoy decidido a vencer con mi cariño.
Y sin dejarse detener más por Villefort, Franz se levantó a su
vez y siguió a Valentina, que bajaba ya la escalera con la alegría de un
náufrago que logra al fin asirse a una roca.
El señor de Villefort los siguió.
Chateau‑Renaud y Alberto de Morcef
cambiaron una tercera mirada, más llena de asombro aún que las dos primeras.
Capítulo octavo
Las actas del club
El señor Noirtier esperaba vestido de negro, instalado en un
sillón.
Cuando hubieron entrado las tres personas a las que deseaba ver,
miró a la puerta, que al punto cerró su criado.
‑Cuidado ‑dijo Villefort en voz baja a Valentina, que no podía
disimular su alegría‑, cuidado, pues si el señor Noirtier quiere comunicaros
algo que impida vuestro casamiento, debéis hacer como si no le comprendierais.
Valentina se sonrojó, pero no respondió.
Villefort se acercó a Noirtier.
‑Aquí tenéis al señor Franz d'Epinay ‑le dijo‑. Le habéis llamado,
y al punto acude a vuestra llamada. Sin duda todos nosotros deseábamos esta
entrevista hace mucho tiempo, y me alegraré de que os demuestre cuán poco
fundada era vuestra oposición al casamiento de Valentina.
Noirtier no respondió sino por una mirada que hizo estremecer a
Villefort.
Y con sus ojos hizo seña a Valentina de que se acercase.
En un momento, gracias a los medios de que se solía servir en
las conversaciones con su abuelo, encontró la palabra llave.
Consultó entonces la mirada del paralítico, que estaba fija en
el cajón de una cómoda colocada entre los dos balcones. Abrió el cajón y
efectivamente encontró una llave.
Así que el anciano le hizo seña de que era lo que él pedía, los
ojos del paralítico se dirigieron hacia un viejo buró, olvidado hacía muchos
años, y que según todos creían no encerraba más que papeles inútiles.
‑¿Queréis que abra el buró? ‑preguntó Valentina.
‑Sí ‑‑‑dijo el anciano.
‑Bien. Ahora, ¿abro los cajones?
‑Sí.
‑¿Los de ambos lados?
‑No.
‑¿El de en medio?
‑Sí.
Valentina lo abrió y sacó un legajo de papeles.
‑¿Es esto, abuelo, lo que queréis? ‑‑dijo.
‑No.
Sacó nuevamente todos los demás papeles, hasta que no quedó uno
solo en el cajón.
‑¡Pero el cajón está vacío ya! ‑dijo la joven.
Los ojos de Noirtier se fijaron en el diccionario.
‑Sí, abuelo, os comprendo ‑dijo la joven.
Y fue repitiendo una tras otra todas las letras del alfabeto
hasta llegar a la S. En esta letra la detuvo Noirtier.
Abrió el diccionario y buscó hasta la palabra secreto.
‑¡Ah! ¿Conque tiene un secreto? ‑dijo Valentina.
‑Sí.
‑¿Y quién lo conoce?
Noirtier miró a la puerta por donde había salido el criado.
‑¿Barrois? ‑dijo Valentina.
‑Sí ‑respondió Noirtier.
‑¿Queréis que le llame?
‑Sí.
La joven se dirigió a la puerta y llamó a Barrois.
Durante todo este tiempo, el sudor de la impaciencia bañaba la
frente de Villefort, y Franz estaba estupefacto.
El antiguo criado entró en el aposento.
‑Barrois ‑dijo Valentina‑, mi abuelo me ha mandado que tome la
llave que estaba en esta cómoda, que abriese con ella este secreter, y luego
sacase este cajón. Ahora, pues, este cajón tiene un secreto, dice que vos lo
conocéis; abridlo.
Barrois miró al anciano.
‑Obedeced ‑dijo la inteligente mirada del anciano.
Barrois obedeció. Abrió un doble cajón que dejó al descubierto
un paquete de papeles atado con una cinta negra.
‑¿Es esto lo que deseáis, señor? ‑preguntó Barrois.
‑Sí ‑respondió Noirtier.
‑¿A quién he de entregar estos papeles? ¿Al señor de Villefort? ‑No.
‑¿A la señorita Valentina?
‑No.
‑¿Al señor Franz d'Epinay?
‑Sí.
Franz, asombrado, se adelantó un paso.
‑¿A mí, caballero? ‑dijo.
‑Sí.
Franz recibió los papeles de manos de Barrois, y echando una mirada
sobre la cubierta, leyó:
Para que se
deposite después de mi muerte en casa de mi amigo el general Durand; quiero al
morir legar estos papeles a su hijo, recomendándole que los conserve, pues son
de la mayor importancia.
‑¡Y bien! ‑dijo Franz‑. ¿Qué queréis que haga yo con estos
papeles, caballero?
‑¡Que los conservéis cerrados como están! ‑respondió el procurador
del rey.
‑No, no ‑respondió vivamente Noirtier.
‑¿Tal vez deseáis que el señor los lea? ‑preguntó Valentina.
‑Sí ‑respondió el anciano.
‑Ya lo oís, señor barón; mi abuelo os ruega que los leáis ‑repuso
Valentina.
‑Entonces, sentémonos ‑dijo Villefort con impaciencia‑, por. que
esto durará cierto tiempo.
‑Sentaos ‑dijo el anciano.
Hízolo así Villefort, pero Valentina permaneció en pie al lado
de su abuelo, apoyada en su sillón, y Franz en pie delante de él.
Tenía en la mano el misterioso papel.
‑Leed ‑dijeron los ojos del anciano.
Franz quitó la cinta y rompió el sobre. Un profundo silencio
reinaba en la estancia. En medio de este silencio, leyó:
Extracto de
las actas de una reunión del club bonapartista de la calle de Saint‑Jacques,
efectuada el 5 de febrero de 1815.
Franz se detuvo.
‑¡El 5 de febrero de 1815 ‑dijo‑ fue el día que asesinaron a mi
padre!
Valentina y Villefort permanecieron silenciosos, mas los ojos
del anciano dijeron claramente:
‑Continuad.
‑¡Al salir de ese club fue asesinado mi padre...!
La mirada de Noirtier continuaba diciendo: Leed.
Y Franz prosiguió en estos términos:
«Los abajo firmantes, Luis Santiago Beaurepaire, teniente
coronel de artillería; Esteban Duchampy, general de brigada, y Claudio Lecharpal,
director de las aguas y de los bosques:
» Declaran que el 4 de febrero de 1815 llegó una carta de la
isla de Elba recomendando a la bondad y a la confianza de los miembros del club
bonapartista, al general Flavio de Quesnel, el cual, habiendo servido al
emperador desde 1804 hasta 1814, debía ser adicto a la dinastía Bonapartista,
a pesar del título de barón que Luis XVIII acababa de agregar a sus tierras de
Epinay.
»De consiguiente, se dirigió un billete al general de Quesnel,
en que se rogaba que asistiese a la reunión del 5.
»El billete no indicaba la calle ni el número de la casa donde
se debía celebrar la reunión. No llevaba firma alguna, pero anunciaba al
general que si quería, le irían a buscar a las nueve de la noche.
»Las reuniones tenían lugar de nueve a doce de la noche.
»A las nueve, el presidente del club se presentó en casa del
general, que estaba pronto. El presidente le dijo que una de las condiciones
de su entrada era que ignoraría el lugar de la reunión, y que se dejaría
vendar los ojos, jurando que no procuraría quitarse la venda.
»El general Quesnel aceptó la condición, y prometió por su parte
que no trataría de ver adónde le conducían.
»El general había hecho preparar su carruaje, pero el presidente
le dijo que era imposible ir en él, ya que no servía de nada que le vendasen
los ojos al amo, si el cochero permanecía con los ojos abiertos y reconocía las
calles por donde iban a pasar...
»‑¿Cómo haremos entonces? ‑inquirió el general.
»‑Yo tengo mi carruaje ‑contestó el presidente.
»‑¿Estáis seguro de vuestro cochero... para confiarle un secreto
que juzgáis imprudente decir al amigo?
»‑Nuestro cochero es un miembro del club ‑dijo el presidente‑,
seremos conducidos por un consejero de Estado.
»‑Entonces, ¿corremos peligro de volcar? ‑dijo el general
riendo.
»Consignamos esta broma para probar que el general no fue obligado
a asistir a la reunión, sino que fue por su voluntad.
»Así que hubieron subido al carruaje, el presidente recordó al
general la promesa que había hecho de dejarse vendar los ojos. El general no
opuso ninguna resistencia. Un pañuelo negro y espeso, preparado ya en el
carruaje, sirvió para ello.
»En el camino, el presidente creyó notar que el general
procuraba mirar por debajo de su venda. Recordóle su juramento y el general respondió:
»‑¡Ah, es cierto!
»El carruaje se detuvo delante de la calle de Saint‑Jacques. El
general bajó, apoyándose en el brazo del presidente, cuya dignidad ignoraba y
a quien tomaba por un miembro del club. Atravesaron la calle, subieron un
escalón y entraron en la sala de las deliberaciones.
» La sesión había empezado. Los miembros del club, prevenidos de
la especie de presentación que debía tener lugar aquella noche se habían
reunido todos. Así que llegó en medio de la sala, dijeron al general que podía
quitarse la venda. Accedió a esta invitación, y pareció muy asombrado de
encontrar un número tan crecido de fisonomías conocidas en una sociedad cuya
existencia ignoraba hasta entonces.
»Le preguntaron acerca de sus sentimientos, pero limitóse a responder
que las cartas de la isla de Elba los habrían enterado ya de...
Franz se interrumpió en la lectura.
‑Mi padre era realista ‑dijo‑ No tenían necesidad de preguntarle
sobre sus sentimientos, harto conocidos eran.
‑Y de allí ‑dijo Villefort‑ provenía mi estrecha alianza con
vuestro padre, mi querido Franz. Fácilmente se forman íntimas amistades,
cuando se profesan las mismas ideas.
‑Leed ‑dijo el anciano con la mirada.
Franz continuó:
»El presidente tomó entonces la palabra para decirle al general
que se explicase con más claridad, pero el señor de Quesnel respondió que, ante
todo, deseaba saber qué era lo que querían de él.
»Entonces le hablaron de aquella misma carta de la isla de Elba
que le recomendaba al club como hombre con quien podían contar. Un párrafo
entero explicaba la vuelta probable de la isla de Elba, y prometía una nueva
carta y detalles más amplios a la llegada del Faraón, buque perteneciente al
naviero Morrel de Marsella, y cuyo capitán pertenecía en cuerpo y alma al
emperador.
»Mientras duró esta lectura, el general, con quien habían creído
contar como un hermano, dio señales visibles de disgusto y repugnancia.
»Terminada la lectura, se quedó silencioso y frunció las cejas.
»‑!Y bien! ‑preguntó el presidente‑, ¿qué decís de esta carta,
señor general?
»‑Digo que hace muy poco tiempo que se ha prestado juramento al
rey Luis XVIII para violarlo ya en beneficio del ex emperador.
»Esta vez era demasiado clara la respuesta para poder dudar de
sus sentimientos.
»‑General ‑dijo el presidente‑, para nosotros no hay rey Luis
XVIII ni ex emperador. No hay más que la Majestad.
»El emperador y rey, alejado después de seis meses de Francia
por la violencia y la traición.
»‑Perdonad, señores ‑dijo el general‑, puede ser muy bien que
para vosotros no haya rey Luis XVIII, mas para mí lo hay, puesto que me ha
hecho barón y mariscal de campo, y que nunca olvidaré que esos títulos los debo
a su regreso a Francia.
»‑¡Caballero! ‑dijo el presidente con tono grave y poniéndose en
pie‑, mirad lo que decís; vuestras palabras nos demuestran que se equivocan
respecto a vos en la isla de Elba, y que nos han engañado. La comunicación que
él os ha hecho se basa en la confianza que se tenía de vos, y por consiguiente
sobre un sentimiento que os honra. Ahora veo que padecemos un error: un título
y un grado os hacen que seáis adicto al nuevo gobierno que todos queremos
derribar. No os obligaremos a que nos prestéis vuestra ayuda. No obligamos a
nadie contra su voluntad, pero os obligaremos a obrar como caballero, aunque a
ello no estéis dispuesto.
»‑¡Vos llamáis ser caballero a conocer vuestra conspiración y no
revelarla!, pues yo llamo a eso ser vuestro cómplice. Ya veis que soy mucho más
franco que vosotros...
‑¡Ah!, ¡padre mío! ‑dijo Franz interrumpiéndose‑, ahora comprendo
por qué lo asesinaron.
Valentina no pudo menos de arrojar una mirada a Franz. El joven
estaba realmente hermoso y arrogante en su entusiasmo filial.
Villefort se paseaba de un lado a otro detrás de él.
Noirtier seguía con los ojos la expresión de cada uno de los hombres
y conservaba su actitud digna y severa.
Franz volvió al manuscrito y continuó:
»‑Caballero ‑dijo el presidente‑, se os dijo que fuerais al seno
de la asamblea, no se os obligó por la fuerza, se os propuso que os vendaríais
los ojos, vos aceptasteis. Cuando accedisteis a esta doble demanda, sabíais
perfectamente que no nos ocupábamos de asegurar el trono de Luis XVIII, pues a
ser así no habríamos tomado tantas precauciones para ocultarnos a los ojos de
la policía. Ahora ya comprendéís que nada es más fácil que cubrirse de una
máscara, con ayuda de la cual se sorprenden los secretos de las personas, y
quitársela después para perder a los que se han fiado de vos. No, no; vais a
contestar francamente si estáis por el rey que actualmente reina o por Su
Majestad el emperador.
»‑Yo soy realísta ‑respondió el general‑, he prestado juramento
a Luis XVIII y lo cumpliré.
»A estas palabras siguió un murmullo general, y en las miradas
de la mayor parte de los miembros del club era fácil conocer que todos tenían
vivos deseos de hacer que el señor d'Epinay se arrepintiera de sus imprudentes
palabras.
»El presidente se levantó de nuevo a impuso silencio.
»‑Caballero ‑le dijo‑, sois hombre demasiado grave y sensato
para no comprender las consecuencias de la situación en que nos hallamos los
unos respecto a los otros y vuestra misma franqueza nos dicta las condiciones
que hemos de imponer. Vais a jurar por vuestro honor no revelar nada de lo que
habéis oído.
»El general llevó la mano a la espalda y exclamó:
»‑Si habláis de honor, empezad por conocer sus leyes y no impongáis
nada por la violencia.
»‑Y vos, caballero ‑continuó el presidente con una calma más
terrible que la cólera del general‑, no llevéis la mano a vuestra espada. Es un
consejo que quiero daros.
»El general dirigió a su alrededor unas miradas que demostraban
cierta inquietud.
»Sin embargo, no dio su brazo a torcer, al contrario, reuniendo
toda su fuerza, dijo:
»‑No juraré.
»‑Entonces moriréis, caballero ‑respondió tranquilamente el
presidente.
»El señor d'Epinay palideció. Miró por segunda vez a su alrededor.
La mayor parte de los miembros cuchicheaban y buscaban armas bajo sus capas.
»‑General ‑dijo el presidente‑, sosegaos, estáis entre personas
de honor, que procurarán por todos los medios convenceros antes de recurrir al
último extremo, pero también vos lo habéis dicho, estáis entre conspiradores,
sabéis nuestro secreto y es preciso que nos lo devolváis.
»Un silencio significativo siguió a estas palabras, y en vista
de que el general no respondía, dijo el presidente a los porteros:
»‑Cerrad esas puertas.
»El mismo silencio de muerte sucedió a estas palabras.
»Entonces el general se adelantó y haciendo un violento esfuerzo
sobre sí mismo, dijo:
»‑Tengo un hijo, y no puedo menos de pensar en él al hallarme
entre asesinos.
»‑General ‑dijo con nobleza el jefe de la asamblea‑, un hombre
solo tiene siempre derecho a insultar a cincuenta, tal es el privilegio de la
debilidad. Pero hacéis mal en usar de ese derecho. Creedme, general, jurad y no
nos insultéis.
»El general, dominado por aquella superioridad del jefe de la
asamblea, vaciló un instante, pero al fin, adelantándose hacia la mesa del
presidente, preguntó:
»‑¿Cuál es la fórmula?
»‑Esta es:
»Juro por mi honor no revelar jamás a nadie en el mundo, lo que
he visto y oído el cinco de febrero de mil ochocientos quince, entre nueve y
diez de la noche, y declaro merecer la muerte si violo mi juramento.
» El general pareció sufrir una convulsión nerviosa que le
impidió responder durante algunos segundos. Al fin, con repugnancia manifiesta,
pronunció el juramento exigido, pero con una voz tan baja que apenas se oyó,
así que muchos miembros exigieron que lo repitiese en voz más alta y más
clara. El lo hizo así.
»‑Ahora deseo retirarme ‑dijo el general‑. ¿Estoy ya libre?
»El presidente se levantó y designó a tres miembros de la asamblea
para que le acompañasen, y subió al carruaje con el general, después de haberle
vendado los ojos.
»En el número de estos tres miembros figuraba el cochero que los
había conducido.
»Los otros miembros del club se separaron en silencio.
»_¿Dónde queréis que os conduzcamos? ‑preguntó el presidente.
»‑A cualquier parte, con tal que me vea libre de vuestra presencia
‑fue la respuesta de d'Epinay.
»‑Caballero ‑repuso entonces el presidente‑, os advierto que
ahora no estamos en la asamblea, y que estáis frente a hombres solos. No los
insultéis si no queréis tenerles que dar una satisfacción delinsulto.
»Pero en lugar de comprender este lenguaje, el señor d'Epinay
respondió:
»‑‑Sois tan valientes en vuestro carruaje como en el club, por
la sencilla razón de que cuatro hombres son más fuertes que uno solo.
»El presidente mandó que se detuviese el carruaje.
»En aquel momento, estaban junto al muelle de Ormes, frente a la
escalera que conduce al río.
»‑¿Por qué mandáis detener aquí? ‑preguntó el general d'Epinay.
»‑Porque habéis insultado a un hombre ‑dijo el presidente‑, y
este hombre no quiere dar un paso sin pediros lealmente una reparación.
»‑¡Otro modo de asesinar! ‑dijo el general encogiéndose de
hombros.
»‑Nada de miedo, caballero ‑contestó el presidente‑, si no
queréis que os mire como a uno de esos hombres que designabais hace poco, es
decir, como a un cobarde que toma por escudo su debilidad. Estáis solo, un
hombre solo os responderá. Tenéis una espada al lado, y yo tengo una en este
bastón. Nó tenéis testigo, uno de estos señores lo será de vos. Ahora, si
queréis, podéis quitaros la venda.
El general arrancó en seguida el pañuelo que le cubría los ojos.
»‑Al fin‑dijo‑, voy a conocer a mi antagonista.
»Abrieron la portezuela. Los cuatro hombres bajaron...
Franz se interrumpió de nuevo. Enjugóse un sudor frío que corría
por su frente. Era, en efecto, espantoso ver a aquel hijo tembloroso y pálido,
leer en alta voz los detalles ignorados hasta entonces de la muerte de su
padre. Valentina cruzó las manos como si orase interiormente. Noirtier miraba a
Villefort con una expresión casi sublime de desprecio y de orgullo.
Franz prosiguió:
»Era, como hemos dicho, el cinco de febrero. Hacía tres días que
había helado a cinco o seis grados. La escalera estaba enteramente cubierta de
hielo. El general era grueso y alto, el presidente le ofreció el lado del
pasamanos para bajar.
»Los dos testigos los seguían.
»Hacía una noche muy oscura, el terreno de la escalera estaba
húmedo y resbaladizo por el hielo. Detuviéronse en la mitad de la escalera, en
una grande superficie cubierta enteramente de nieve no derretida.
»Uno de los testigos fue a buscar una linterna a una barca de
carbón, y al resplandor de esta linterna examinaron las armas.
»La espada del presidente era cinco pulgadas más corta que la de
su adversario y no tenía guarnición.
»E1 general d'Epinay propuso que echaran suertes sobre las dos
espadas, pero el presidente respondió que él era quien había provocado, y que
al provocarles dijo que cada cual se sirviera de sus armas.
»Los testigos insistieron. El presidente les impuso silencio.
»Pusieron en el suelo la linterna. Los dos adversarios se
colocaron uno a cada lado. .. y el combate empezó.
»La luz hacía brillar siniestramente las dos espadas; en cuanto
a los hombres, apenas se les veía, tan densa era la oscuridad.
» El general d'Epinay pasaba por uno de los mejores espadachines
del Ejército. Pero se vio tan vivamente atacado a los primeros golpes, que
retrocedió y al hacerlo cayó.
»Los testigos le creyeron muerto, pero su adversario, que sabía
que no le había tocado, le ofreció la mano para ayudarle a levantarse. Esta
circunstancia, en lugar de calmarle, irritó al general, que atacó a su
adversario con una furia terrible.
»Pero su adversario no retrocedió siquiera un paso. Recibióle
con un quite que hizo retroceder al general, pues se vio comprometido. Dos
veces volvió a la carga y a la tercera cayó de nuevo.
»Los testigos creyeron que había resbalado como la primera vez;
sin embargo, como no se levantaba, se acercaron a él y procuraron ponerle en
pie, pero el que le había cogido por la cintura para levantarle sintió bajo su
mano un calor húmedo. Era sangre.
»El general, que estaba medio desvanecido, recobró sus sentidos.
»-¡Ah! ‑dijo‑, me han enviado algún espadachín, algún profesor
de regimiento.
»El presidente, sin responder, se acercó al testigo que sostenía
la linterna, y levantando su manga mostró su brazo atravesado por dos heridas,
y desabrochando su levita y su chaleco, mostró el pecho cubierto de sangre por
una tercera herida.
»Y sin embargo, no había arrojado ni tan siquiera un ligero suspiro.
»El general d'Epinay, tras una agonía que duró un cuarto de
hora, expiró...»
Franz leyó estas últimas palabras con una voz tan ahogada, que
,apenas pudieron oírlas, y después de haberlas leído, se detuvo, pasando una
mano por sus ojos, como para disimular una nube.
Pero, después de una pausa, prosiguió:
»-El presidente subió la escalera, después de haber introducido
su espada en su bastón. Un reguero de sangre iba señalando su camino sobre la
nieve. Aún no había subido toda la escalera, cuando oyó un ruido sordo en el
agua. Era el cuerpo del general que los testigos acababan de precipitar al río,
tras haberse cerciorado de que estaba muerto.
»El general ha sucumbido, pues, en un duelo leal, y no en una
emboscada, como después habría de sospecharse.
»En fe de lo cual hemos firmado el presente documento para
establecer la verdad de los hechos, temiendo que llegue un momento en que
alguno de los actores de esta escena terrible sea acusado de asesinato con
premeditación, o de haberse salido de las leyes del honor.
»Firmado,
BEAUREPAIRE,
DUCH AMPY, LECHARPAL. »
Cuando Franz hubo terminado esta lectura tan terrible para un
hijo, y Valentina, pálida de emoción, se enjugó una lágrima; cuando Villefort,
temblando en un rincón, hubo tratado de conjurar la tempestad por medio de
miradas suplicantes dirigidas al implacable anciano, dijo Franz a Noirtier:
‑Caballero, puesto que vos sabéis esa terrible historia con
todos sus detalles, puesto que la habéis hecho atestiguar por firmas honrosas,
puesto que, en fin, parecéis interesaros por mí, no me rehuséis una gracia:
decidme el nombre del presidente del club, conozca yo al que mató a mi pobre
padre.
Villefort buscó maquinalmente el pestillo de la puerta. Valentina,
que había comprendido antes que nadie la respuesta del anciano, y que varias
veces había visto en su brazo dos cicatrices, retrocedió horrorizada.
‑¡En nombre del cielo, señorita ‑dijo Franz dirigiéndose a su
prometida‑, unid vuestros ruegos a los míos, para que yo sepa el nombre del que
me dejó huérfano a los dos años de edad!
Valentina permaneció inmóvil y silenciosa.
‑Mirad, caballero ‑dijo Villefort‑, creedme, no prolonguéis esta
terrible escena. Los nombres han sido ocultados a propósito. Mi padre no conoce
tampoco a ese presidente, y si lo conoce, no lo podría decir, pues los nombres
propios no están en ese diccionario.
‑¡Oh, desgraciado! ‑exclamó Franz‑, la única esperanza que me ha
sostenido durante toda esta lectura, y que me ha dado fuerzas para llegar hasta
el fin, era saber el nombre del que mató a mi padre. ¡Señor, señor! ‑exclamó
volviéndose hacia Noirtier‑, ¡en nombre del cielo!, haced lo que podáis...,
intentad indicarme el nombre de...
‑Sí ‑dijo Noirtier.
‑¡Oh, señorita, señorita! ‑exclamó Franz‑, vuestro abuelo ha
hecho señas de que podía indicarme... ese nombre... Ayudadme... Vos lo
comprendéis..., prestadme vuestro auxilio...
Noirtier miró al diccionario.
Franz pronunció temblando las letras del alfabeto.
Noirtier le detuvo con una mirada significativa en la Y griega.
‑¿La Y griega? ‑preguntó Franz.
Aproximó el diccionario, y el dedo del joven iba apuntando todas
las palabras que empezaban con Y griega.
Valentina ocultaba la cabeza entre sus manos.
Aquí Franz llegó a la palabra... Yo...
‑¡Sí, eso es! ‑afirmó el anciano con una mirada llena de nobleza.
‑¿Vos, vos...? ‑exclamó Franz, cuyos cabellos se erizaron de
horror‑. ¿Vos, señor Noirtier, vos sois quien mató a mi padre..., vos...?
‑Sí ‑repuso Noírtier, fijando en el joven una segunda y majestuosa
mirada.
Franz cayó anonadado sobre un sillón.
Villefort abrió la puerta y salió por ella rápidamente, porque
no deseaba arrancar aquel resto de existencia que quedaba aún en el corazón del
terrible anciano.
Capítulo noveno
Los progresos del señor Cavalcanti hijo
Entretanto, el señor Cavalcanti padre, había partido para volver
a su servicio, mas no al ejército de su majestad el emperador de Austria, sino
a su pueblo de Luca, de donde era uno de los más asiduos cortesanos.
No olvidemos decir que había llevado consigo hasta el último
franco de la suma que le fue entregada para su viaje, y en recompensa al modo
majestuoso y solemne con que supo representar su papel de padre.
Andrés había heredado en esta partida todos los papeles que atestiguaban
que tenía el honor de ser hijo del señor Bartolomé Cavalcanti y de la marquesa
Leonor Corsinari.
Ya había sido introducido en una sociedad parisiense, tan fácil
en recibir a los extranjeros, y en tratarlos, no como lo que son, sino como lo
que quieren ser.
Por otra parte, ¿qué es lo que exigen en París a un joven? Que
hable su lengua, que vaya vestido con elegancia, que sea buen jugador y que
pague en oro.
Añadamos que tratan con más indulgencia a un extranjero que a un
parisiense nativo.
Andrés había, pues, adquirido en quince días una buena posición.
Llamábanle señor conde, decíase que tenía cincuenta mil libras de renta, y ya
se hablaba de tesoros inmensos de su señor padre, enterrados en Saravezza.
Un sabio, delante del cual hablaron de estos tesoros, dijo que
cuando hizo su viaje a Italia pasó por Saravezza, lo cual bastó para que todo
el mundo creyese en la existencia de los tesoros.
Un día fue Montecristo a hacer una visita al señor Danglars.
Este había salido, pero propusieron al conde si quería entrar a ver a la
baronesa, que estaba visible. Montecristo aceptó.
Después de la comida de Auteuil, la señora Danglars se estremecía
cada vez que oía pronunciar el nombre de Montecristo. Si la presencia del conde
no seguía a su nombre, la sensación dolorosa era más intensa. Si, por el
contrario, se presentaba, su fisonomía franca, sus ojos brillantes, su
galantería para con ella, disipaba al momento de su mente el menor recelo.
Parecía imposible a la baronesa que un hombre tan encantador pudiese abrigar
malos designios contra ellos.
Por otra parte, los corazones más corrompidos no pueden creer en
el daño sino apoyándolo en un interés cualquiera. El mal inútil y sin causa
repugna como una anomalía. Cuando Montecristo entró en el gabinete donde ya
hemos introducido a nuestros lectores, y donde la baronesa seguía con miradas
inquietas unos dibujos que le presentaba su hija, después de haberlos mirado el
señor Cavalcanti hijo, su presencia produjo un efecto ordinario, y después de
haberse trastornado un poco al oír su nombre, trató de sonreír y saludó al
conde. Este, por su parte, abarcó toda la escena de una ojeada.
Al lado de la baronesa estaba Eugenia sentada sobre una butaca,
delicadas. y Cavalcanti, en pie, a su lado. Andrés, vestido de negro como un
héroe de Goethe, con zapatos bajos de charol y medias de seda blanca, pasaba
una mano bastante blanca y cuidada por sus rubios cabellos, en medio de los
cuales brillaba un diamante, que a pesar de los consejos del conde de MonteCristo,
el vanidoso joven no había podido resistir al deseo de poner en su dedo
meñique. Este movimiento iba acompañado de miradas asesinas lanzadas a la
señorita Danglars, y suspiros enviados en la misma dirección que las miradas.
La señorita Danglars continuaba siendo la misma, es decir, hermosa,
fría a irónica. Ni siquiera una de las miradas, uno de los suspiros del joven
Andrés pasaron inadvertidos para ella, pero hubiérase dicho que resbalaban
sobre la coraza de Minerva, coraza con que algunos filósofos cubren el pecho de
Safo.
Eugenia saludó al conde con frialdad, y se aprovechó de las primeras
preocupaciones de la conversación para retirarse a su gabinete de estudio,
donde pronto se oyeron dos votes alegres y ruidosas, mezcladas a los primeros
acordes de un piano. Montecristo comprendió que la señorita Danglars prefería a
la suya y a la del señor Cavalcanti, la compañía de la señorita Luisa de
Armilly, su maestra de canto.
Entonces fue cuando, mientras hablaba con la señora Danglars,
notó el conde la solicitud del señor Andrés Cavalcanti, cómo iba a escuchar la
música a la puerta, que no se atrevía a abrir, y su manera de expresar su
éxtasis y admiración.
Al cabo de un rato entró el banquero; su primera mirada fue para
Montecristo, más la segunda para Andrés. En cuanto a su mujer, saludó ésta a su
marido, como solía hacerlo, con una frialdad y una ceremonia poco adecuada a un
matrimonio de veinte años.
‑¡Cómo! ¿No os han invitado eras señoritas a cantar con ellas? ‑preguntó
Danglars a Andrés.
_¡Ah!, no señor‑respondió éste, lanzando otro suspiro.
Danglars se adelantó hacía la puerta y la abrió.
Entonces se pudo ver a las dos jóvenes sentadas en el mismo
sillón delante del mismo piano. Cada una acompañaba con una mano, ejercicio al
cual se habían acostumbrado por capricho, y en el que habían adquirido una
facilidad admirable.
La señorita de Armilly, que entonces pudo verse, gracias a la
puerta, formando con Eugenia un cuadro encantador, era también de una belleza
notable o más bien de una dulzura y una gratis
Era delgada y rubia como un hada, con unos rizos largos que
caían sobre su esbelto cuello, como suele pintar Perugino para sus vírgenes, y
unos ojos grandes, rasgados y velados por la fatiga. Decían que tenía la voz un
poco débil, y que, como Antonia, del Violín de Cremona, moriría un día
cantando.
El conde de Montecristo dirigió a aquel grupo una mirada rápida
y curiosa; era la primera vez que veía a la señorita de Armilly, de quien tanto
había oído hablar en la cara.
‑¡Y bien! ‑preguntó el banquero a su hija‑, nos habéis excluido,
¿verdad?
Condujo entonces al joven al saloncito, y fuese por casualidad o
por astucia, detrás de Andrés se entornó la puerta, de modo que desde el sitio
en que estaban Montecristo y la baronesa, no pudiesen ver nada. Pero como el
banquero siguió a Andrés, la señora Danglars no pareció notar esta
circunstancia.
Unos momentos más tarde, el conde oyó la voz de Andrés unida a
los acordes del piano, acompañando una canción corsa.
Mientras el conde escuchaba sonriendo esta canción que le hacía
olvidar a Andrés, para atraerle a la memoria Benedetto, la señora Danglars
alababa a Montecristo la serenidad de su marido, que había perdido aquella
misma mañana tres o cuatrocientos mil francos.
Y en verdad, el elogio era merecido, porque si el conde no lo
hubiera sabido por la baronesa, o tal vez por uno de los medios que tenía de
saberlo todo, la fisonomía del banquero no le habría revelado nada.
‑¡Bueno! ‑dijo para sí Montecristo‑, ya oculta lo que pierde;
hace un mes se vanagloriaba de ello.
Luego dijo en voz alta:
‑¡Oh! , señora, el señor Danglars conoce tan bien la Bolsa que
siempre recobrará el doble de lo que ha perdido.
‑Veo que participáis del error común ‑dijo la baronesa Danglars.
‑¿Y qué error es ése? ‑dijo Montecristo.
‑Que el señor Danglars no juega nunca.
‑¡Ah!, sí, es verdad, señora; me acuerdo de que el señor Debray
me dijo... a propósito, ¿qué ha sido de él...?, hace tres o cuatro días que no
le veo.
‑Yo tampoco ‑dijo la señora Danglars con un aplomo milagroso‑.
Pero comenzasteis una frase que no habéis acabado.
‑¿Cuál?
‑Que el señor Debray os había dicho...
‑¡Ah!, es verdad. Me ha dicho que sacrificabais al demonio del
juego.
‑He tenido afición durante algún tiempo, lo confieso ‑dijo la
señora de Danglars‑, pero ya no juego nunca.
‑Y hacéis mal, señora. ¡Oh!, las casualidades, hijas de la fortuna,
son precarias, y si yo fuese mujer, y mujer de un banquero, por mucha confianza
que tuviese‑én la buena suerte de mi marido, porque en cuanto a especulación
todo es gracia y desgracia, pues bien, por mucha confianza que tuviese en la
buena suerte de mi marido, comenzaría por asegurarme una fortuna independiente,
aunque tuviese que adquirirla poniendo mis intereses en manos que le fuesen
desconocidas.
La señora Danglars se sonrojó.
‑Mirad ‑dijo Montecristo, como si nada hubiese visto‑, se habla
mucho de una jugada muy buena sobre los intereses de Nápoles.
‑Bien, bien, no quiero pensar en ello ‑dijo vivamente la baronesa‑.
Pero verdaderamente, señor conde, ya hablamos demasiado de Bolsa. Parecemos dos
agentes de cambio. Hablemos un poco de esos pobres Villefort, tan atormentados
en este momento por la fatalidad.
‑¡Oh!, ya lo sabéis. Después de haber perdido al señor de Saint-Merán
tres o cuatro días después de su partida, acaban de perder a la marquesa, tres
o cuatro días después de su llegada.
‑¡Ah!, es verdad ‑dijo Montecristo‑, ya me he enterado, pero
como dice Claudio en Hamlet, es una ley de la naturaleza. Sus padres habían
muerto antes que ellos, y los habrán llorado. Ellos morirán antes que sus hijos
y sus hijos los llorarán.
‑Pero aún no es eso todo.
‑¿Qué queréis decir?
‑Vos sabéis que iban a casar a su hija...
‑Con el señor Franz d'Epinay... ¿Se ha desbaratado tal vez el
casamiento?
‑Ayer por la mañana, según parece, Franz les ha devuelto su
palabra.
.‑¡Ah, de veras... ! ¿Y se conocen las causas de esa ruptura?
‑No.
‑¿Qué me decís, señora...? Y el señor de Villefort, ¿cómo acepta
esa desgracia?
‑Como siempre, con filosofía.
En este momento entró Danglars solo.
‑¡Y bien! ‑dijo la baronesa‑. ¿Dejáis al señor Cavalcanti solo
con vuestra hija?
‑Y la señorita de Armilly ‑dijo el banquero‑, ¿es que no es
nadie?
Volvióse en seguida a Montecristo, diciendo:
‑Qué joven tan encantador, el príncipe Cavalcanti, ¿no es verdad...?;
pero, decidme, ¿sabéis que es príncipe?
‑No respondo de ello ‑dijo Montecristo‑. Me presentaron a su
padre como marqués. Sería conde, pero yo creo que él no hace mucho caso de ese
título.
‑¿Por qué? ‑dijo el banquero‑, si es príncipe, hace mal en no
vanagloriarse de ello. Cada cual en su derecho. No me gusta que reniegue de su
origen.
‑¡Oh!, sois un auténtico demócrata ‑dijo Montecristo sonriendo.
‑Pero mirad a lo que os exponéis ‑dijo la baronesa‑. Si el señor
de Morcef viniese por casualidad, encontraría al señor Cavalcanti en un
cuarto, donde el prometido de Eugenia no ha podido nunca entrar.
‑Hacéis bien en decir por casualidad ‑repuso el banquero‑,
porque diríase que era la casualidad la que le traía, puesto que se le ve en
tan contadas ocasiones.
‑En fin, si viniese y encontrase aquí a este joven al lado de
vuestra hija, podría disgustarse.
‑¡El! ¡Oh, Dios mío! Os equivocáis. El señor Alberto no nos hace
el honor de estar celoso de su prometida, no la ama tanto para eso. Por otra
parte, ¿qué me importa que se disguste o no?
‑No obstante, en el estado en que nos hallamos...
‑Sí, el estado en que nos hallamos, ¿queréis saberlo? Que en el
baile de su madre no ha bailado más que una vez con mi hija, que el señor
Cavalcanti ha bailado tres veces con ella, y ni siquiera se ha enterado.
Un criado anunció:
‑¡El señor vizconde de Morcef!
La baronesa se levantó vivamente. Iba a pasar al salón de
estudio para prevenir a su hija, cuando Danglars la detuvo.
‑Dejadle ‑dijo.
Ella le miró asombrada.
Monte‑Eristo fingió no haber observado esta escena.
Alberto entró. Estaba alegre y satisfecho. Saludó a la baronesa
con gracia, a Danglars con familiaridad, a Montecristo con afecto, y
volviéndose hacia la baronesa, dijo:
‑Señora, ¿me permitís que os pregunte por la señorita Danglars?
‑Muy bien, caballero ‑respondió vivamente el banquero‑. En este
momento está cantando en su salón de estudio con el señor Cavalcanti.
Alberto conservó su sire tranquilo a indiferente. Tal vez sufría
algún despecho interior, pero observó la mirada de Montecristo clavada en la
suya.
‑El señor Cavalcanti tiene una hermosa voz de tenor ‑dijo‑, y la
señorita Eugenia es una magnífica soprano, sin contar con que toca el piano
cual otro Thalberg. Debe ser un concierto encantador.
‑El caso es ‑dijo Danglars‑ que concuerdan perfectamente.
Alberto pareció no haber notado este equívoco tan grosero, que
hizo sonrojar a la señora Danglars.
‑Yo también canto ‑continuó el joven‑. Canto, según dicen mis
maestros al menos; pues bien, ¡cosa extraña!, nunca he podido arreglar mi voz a
ninguna otra, ni a las de soprano. ¡Es particular!
Danglars se sonrió de un modo significativo y exclamó:
‑Enfadaos, enhorabuena. En cambio, mi hija y el príncipe ‑prosiguió,
esperando sin duda conseguir el objeto deseado‑ han excitado la admiración
general. ¿No os encontrabais allí, señor de Morcef?
‑¿Qué príncipe? ‑preguntó Alberto.
‑El príncipe Cavalcanti ‑repuso Danglars, que siempre se obstinaba
en dar este título al joven.
‑¡Ah! , ¡perdonad! ‑dijo Alberto‑. Yo ignoraba que lo fuese.
¡Ah!, ¡el príncipe Cavalcanti cantó ayer con la señorita Eugenia! Estaría
encantador, y siento vivamente no haberme hallado presente. Pero no pude
asistir, porque tuve que acompañar a la señora de Morcef a casa de la baronesa de
Chateau‑Renaud, donde cantaban los alemanes.
Tras un momento de silencio, y como si nada hubiera ocurrido,
repitió Morcef:
‑¿Me será permitido saludar a la señorita Danglars?
‑¡Oh!, aguardad, aguardad ‑dijo el banquero deteniendo al
joven‑. ¿Oís esa deliciosa cavatina...? Ta, ta, ra, ra, ti, ta,
ti, ta... eso es magnífico, ahora va a concluir..., dentro de un segundo. ¡Perfectamente!
¡Bravo, bravísimo, bravo!
Y el banquero empezó a aplaudir frenéticamente.
‑En efecto ‑‑‑dijo Alberto‑, eso es magnífico, y es imposible
comprender mejor la música de su país que como lo hace Cavalcanti. Habéis dicho
que es príncipe, ¿no es verdad?, ¡pues bien!, si no lo es, lo harán, en Italia
eso es muy fácil. Mas volviendo a nuestros adorables cantantes, deberíais
hacernos un favor, señor Danglars; sin decir que hay un extraño, deberíais
suplicar a la señorita Danglars y al señor Cavalcanti que cantasen un poco. ¡Es
tan hermoso gozar de la música a cierta distancia y sin ver a los músicos, a
fin de que ellos puedan entregarse a todo el entusiasmo de su corazón!
Esta vez Danglars se desconcertó al ver la irónica calma del
joven. Llamando a Montecristo aparte le dijo:
‑¡Y bien! ¿Qué os parece nuestro amante?
‑¡Diantre! ¡Me parece frío, indudablemente, pero qué queréis,
estáis comprometido!
‑Sin duda, estoy comprometido. Pero a dar a mi hija a un hombre
que la ame, y no a uno que no la ame. Ahí tenéis a ese amante frío como un
mármol, orgulloso, como su padre. Si fuese rico, si poseyese la fortuna de los
Cavalcanti, podría perdonársele. Todavía no he consultado a mi hija, pero si
tuviese buen gusto...
‑¡Oh! ‑dijo Montecristo‑, no sé si me cegará mi amistad hacia
él, pero os aseguro que el señor de Morcef es un joven muy simpático que hará
feliz a vuestra hija, y que tarde o temprano llegará a ser algo, porque, en
fin, la posición de su padre es excelente.
‑¡Hum!, ¡hum! ‑‑exclamó Danglars.
‑¿Por qué dudáis?
‑Siempre queda el pasado..., ese pasado oscuro...
‑Pero el pasado del padre nada tiene que ver con el hijo.
‑¡No digáis eso!
‑Veamos, no os acaloréis. Hace un mes encontrabais ese casamiento
bajo todos conceptos execelente..., ya comprenderéis, yo estoy desesperado, en
mi casa es donde habéis visto a ese joven Cavalcanti, a quien yo no conozco, os
lo repito.
‑Pues yo sí le conozco ‑dijo Danglars‑, y esto me basta.
‑¿Vos le conocéis? ¿Habéis pedido informes? ‑preguntó
Montecristo .
‑¿Hay acaso necesidad de ello? ¿No se conocen a primera vista
todas las ventajas de una persona? En primer lugar, es rico.
‑Yo no lo aseguro.
‑Sin embargo, ¿respondéis de él?
‑De cincuenta mil libras, una miseria.
‑Tiene una educación esmerada.
‑¡Hum! ‑exclamó Montecristo a su vez.
‑Es músico.
‑Como todos los italianos.
‑Vamos, conde. Sois injusto con ese joven.
‑¡Pues bien!, sí, lo confieso, veo con disgusto que, conociendo
vuestros compromisos con los Morcef, venga a interponerse y a dar al traste con
el casamiento.
Danglars soltó una carcajada.
‑¡Oh, sois un puritano! ‑dijo‑, pero eso sucede todos los días en el mundo.
‑Sin embargo, no podéis romper así como así, querido señor
Danglars. Los Morcef cuentan con la boda.
‑¿De veras?
‑Desde luego.
‑Entonces que se expliquen ellos. Vos deberíais decir dos palabritas
al padre respecto a este asunto, conde, vos que lo tratáis tan íntimamente.
‑¡Yo! ¿De dónde habéis sacado eso?
‑En un bade. ¡Cómo!, la condesa, la orgullosa Mercedes, la desdeñosa
catalana, que apenas se digna abrir la boca para saludar a sus antiguos
conocidos, os cogió del brazo, salió con vos al jardín, se fue por una de las
alamedas y no volvió sino media hora después.
‑¡Ah!, barón, barón ‑dijo Alberto‑, nos impedís que oigamos,
¡eso es una tiranía!
‑Está bien, está bien, señor burlón ‑dijo Danglars. Y volviéndose
hacia Montecristo añadió: ‑¿Os encargáis de decir esto al conde?
‑Con mucho gusto, si así lo deseáis.
‑Mas, por esta vez, que lo haga de manera más explícita y definitiva.
Sobre todo, que me pida a mi hija, que fije una época, que declare sus
condiciones pecuniarias, a fin de que todos nos entendamos; pero no más
dilaciones.
‑¡Pues bien!, daremos ese paso.
‑No os diré que le espero con placer, pero en fin, le espero. Un
banquero debe ser esclavo de su palabra.
Y Danglars arrojó uno de esos suspiros que momentos antes arrojaba
Cavalcanti.
dúo.
‑¡Bravo, bravo! ‑exclamó Morcef, aplaudiendo el final de un
Danglars empezaba a mirar a Alberto de reojo, cuando vinieron a
decirle unas palabras al oído.
‑Vuelvo al momento ‑dijo el banquero a Montecristo‑, esperadme,
tal vez tenga algo que deciros.
Y salió. La baronesa se aprovechó de la ausencia de su marido
para abrir la puerta del salón de estudio de su hija, y Andrés se puso en pie
rápidamente, pues estaba sentado delante del piano, al lado de Eugenia.
Alberto saludó sonriendo a la señorita Danglar, que sin
manifestar la menor turbación, le devolvió un saludo con su frialdad habitual.
Cavalcanti pareció evidentemente turbado. Saludó a Morcef, que
le devolvió el saludo con la mayor impertinencia del mundo.
Entonces Alberto empezó a hacer mil elogios sobre la voz de la
señorita Danglars, y sobre el sentimiento que experimentaba, por no haber
asistido el día anterior a la soirée.
Cavalcanti empezó a hablar con Montecristo.
‑Basta de música y de cumplidos. ‑dijo la señora Danglars‑, venid a tomar el té.
‑Ven, Luisa ‑dijo la señorita Danglars a su amiga.
Pasaron al salón próximo, donde en efecto, estaba preparado el
té. En el momento en que empezaba a dejar, a la inglesa, las cucharillas en
las tazas, abrióse la puerta y Danglars se presentó, visiblemente agitado.
Montecristo observó al punto esta agitación a interrogó al banquero
con una mirada.
‑.¡y bien! ‑dijo Danglars‑, acabo de recibir un correo de
Grecia.
‑¡Ah, ah! ‑exclamó el conde‑, ¿para eso os llamaron?
‑Sí.
‑¿Cómo está el rey Otón? ‑preguntó Alberto con tono jovial.
Danglars le miró de reojo sin responderle, y Montecristo se
volvió para ocultar la expresión de lástima que apareció en su rostro, pero que
se borró instantáneamente.
‑Nos marcharemos juntos, ¿verdad?
‑Como queráis ‑dijo Alberto al conde.
Alberto no podía comprender aquella mirada del banquero. Así,
pues, volviéndose hacia Montecristo, que le había comprendido muy bien, dijo:
‑¿Habéis visto cómo me ha mirado?
‑Sí ‑respondió el conde‑, pero ¿halláis algo de particular en su
mirada?
‑Sí, pero ¿qué quiere decir con sus noticias de Grecia?
‑¿Cómo queréis que yo lo sepa...?
‑Porque supongo que vos tenéis relaciones en ese país.
Montecristo se sonrió como persona que trata de eludir una
respuesta.
‑Mirad ‑dijo Alberto‑, ahora se acerca a vos, y yo voy a hablar
un poco a la señorita Danglars. Mientras tanto el padre tendrá tiempo de
deciros algo.
‑Si le habláis, habladle de su voz, por lo menos ‑dijo
Montecristo .
‑No; eso lo haría todo el mundo.
‑Mi querido vizconde ‑dijo Montecristo‑ a veces sois un hombre
muy raro.
Alberto se dirigió a Eugenia con la sonrisa en los labios.
Durante este tiempo Danglars se inclinó al oído del conde.
‑Me habéis dado un excelente consejo ‑dijo‑, estas dos palabras
encierran toda una historia: Fernando y Janina.
‑¡Ah, ah! ‑exclamó Montecristo.
‑Sí. Ya os lo contaré. Pero llevaos al joven. Sólo de verle me
turbo, a pesar mío.
‑Eso es lo que hago. Va a acompañarme. Ahora, decidme, ¿persistís
en que os envíe el padre?
‑Más que nunca.
‑Bien.
El conde hizo una seña a Alberto.
Los dos saludaron a las señoras y salieron. Alberto, con un aire
indiferente a los desdenes de la señorita Danglars. Montecristo, repitiendo a
la señora Danglars los consejos acerca de la prudencia que debe tener la mujer
de un banquero en asegurarse su porvenir.
El señor Cavalcanti quedó dueño del campo de batalla.
Apenas los caballos del conde doblaron la esquina del bulevar,
cuando Alberto se volvió hacia el conde, soltando una carcajada demasiado
fuerte para no ser un poco forzada.
‑¡Y bien ‑le dijo‑ Yo os preguntaré lo que el rey Carlos IX
preguntaba a Catalina de Médicis después de la noche de San Bartolomé: ¿Qué
tal he desempeñado mi papel?
‑¿Cuándo y sobre qué? ‑preguntó Montecristo.
‑Sobre la instalación de mi rival en casa del señor Danglars...
‑¿Qué rival?
‑¿Quién ha de ser? Vuestro protegido, el señor Andrés Cavalcanti.
‑¡Oh!, dejémonos de bromas, vizconde. Yo no protejo al señor
Cavalcanti, al menos en casa del señor Danglars...
‑Y yo no me quejaría si lo hicieseis. Pero, felizmente, puede
pasar sin vuestra protección.
‑¡Cómo! ¿Creéis que hace la corte... ?
‑Os lo aseguro. ¿No os habéis dado cuenta de sus miradas, sus
suspiros, las modulaciones de sus sonidos armoniosos...? ¡Nada!, aspira a la
mano de la orgullosa Eugenia. Palabra de honor, lo repito, aspira a la mano de
la orgullosa Eugenia.
‑¿Y eso qué importa, si no piensa más que en vos?
‑No digáis eso, mi querido conde, ¿no veis la amabilidad con que
me han tratado?
‑¡Cómo! ¿Quién...?
‑Sin duda, la señorita Eugenia apenas me ha respondido, y la
señorita de Armilly, su confidente, no me ha contestado en absoluto.
‑Sí, pero el padre os adora ‑dijo Montecristo.
‑¿El padre? Al contrario, me ha hundido mil puñales en el corazón.
Puñales que sólo se introducen en la ropa, es verdad; puñales de tragedia, pero
no era esa su intención.
‑Los celos indican que hay cariño.
‑Sí, pero yo no estoy celoso.
‑¡El sí lo está!
‑¿De quién? ¿De Debray?
‑No, de vos.
‑¿De mí? Apuesto a que antes de ocho días me da con la puerta en
las narices.
‑Os equivocáis, mi querido vizconde.
‑¿Una prueba?
‑¿La queréis?
‑Sí.
‑Estoy encargado de indicar al señor conde de Morcef que dé un
paso definitivo sobre el casamiento.
‑¿Quién os lo ha encargado?
‑El propio barón.
‑¡Oh! ‑dijo Alberto con tono suplicante‑. No haréis eso, ¿verdad,
señor conde?
‑Os equivocáis, Alberto, lo haré, pues lo tengo prometido.
‑Vamos ‑dijo Alberto‑, ¡qué empeño tenéis también vos en
casarme!
‑Quiero estar bien con todo el mundo. Pero, a propósito de
Debray, ya no le veo en casa de la baronesa.
‑Está reñido.
‑¿Con ella?
‑No, con él.
‑¿Se ha dado cuenta de algo?
‑Vaya con lo que ahora salís.
‑Pues qué, ¿sospechaba antes...? ‑dijo Montecristo con una
sencillez encantadora.
‑¡Ah! ¡Diantre! ¿De dónde venís, mi querido conde?
‑Del Congo, si queréis.
‑Pues no está muy lejos.
‑¿Conozco por ventura a vuestros maridos parisienses...?
‑¡Ah!, mi querido conde, los maridos son iguales en todas
partes. Desde el momento en que estudiéis al individuo en un país cualquiera,
conocéis la raza.
‑Entonces, ¿qué causa ha podido indisponer a Danglars con
Debray? Parecían tan amigos... ‑añadió Montecristo con mayor sencillez aún.
‑¡Ah!, atañe ya a los misterios de familia. Cuando el señor Cavalcanti
se case, se lo podéis preguntar.
El carruaje se detuvo.
‑Ya hemos llegado ‑‑‑dijo Montecristo‑. No son más que las diez
y media, subid.
‑Con mucho gusto.
‑Mi carruaje os llevará.
‑No, gracias; mi cabriolé ha debido seguirnos.
‑Ahí viene, en efecto ‑dijo Montecristo, bajando de su carruaje.
Entraron en la casa y luego en el salón, que estaba iluminado.
‑Decid que nos hagan té, Bautista ‑‑‑dijo Montecristo.
Bautista salió sin hablar una palabra. Dos segundos después
volvió con una bandeja con el servicio del té, como si hubiera surgido de
debajo de la tierra.
‑En verdad ‑dijo Morcef‑, lo que admiro en vos, mi querido
conde, no es vuestra riqueza, otros habrá más ricos que vos. No es vuestro
talento, Beaumarchais no tendría más, pero sí tanto como vos. Es vuestro modo
de ser servido, sin que nadie os responda una palabra, al minuto, al segundo,
como si adivinasen en la manera con que llamáis lo que deseáis, y como si todo
lo que deseáis estuviese preparado.
‑Lo que decís no deja de tener fundamento. Ya conocen mis
costumbres. Por ejemplo, ahora veréis. ¿No deseáis hacer algo después de beber
el té?
‑¡Diantre!, deseo fumar.
Montecristo se acercó al timbre y llamó una vez.
Al instante se abrió una puerta particular y Alí se presentó con
dos pipas llenas de excelente latakié.
‑Eso es maravilloso‑dijo Morcef.
‑No ‑repuso Montecristo‑, es muy sencillo. Alí sabe que cuando
se toma café o té, se fuma generalmente. Sabe que he pedido té, sabe que he
entrado con vos, oye que le llamo, sospecha la causa y como es de un país donde
se ejerce la hospitalidad, con la pipa sobre todo, en lugar de una, trae dos.
‑Seguramente esa es una explicación como otra cualquiera, pero
no es menos cierto que sólo vos..., ¿pero qué es lo que oigo...?
Y Morcef se inclinó hacia la puerta, por la que, en efecto,
entraban sonidos parecidos a los de un arpa.
‑A fe mía, mi querido vizconde, esta noche la música os persigue.
Acabáis de oír el piano de la señorita Danglars, para oír luego la guzla de
Haydée.
‑Haydée, ¡oh, qué nombre tan adorable! ¿Puede haber mujeres que
se llamen Haydée, además de las que así se llaman en los poemas de Byron?
‑Desde luego. Haydée es un nombre muy raro en Francia, pero muy
común en Albania y en Epiro. Es lo mismo que si dijeseis castidad, pudor,
inocencia.
‑¡Oh! ¡Eso es encantador! ‑dijo Alberto‑. ¡Cómo me gustaría el
que se llamasen nuestras francesas señorita Bondad, señorita Silencio,
señorita Caridad cristiana! Decidme, si la señorita Danglars, en lugar de
llamarse Clara‑María‑Eugenia, como la llaman, se llamase señorita Castidad‑Pudor‑Inocencia
Danglars, ¡diablo! ¿No sería mucho más hermoso?
‑¡Loco! ‑dijo el conde‑. No habléis tan alto, podría oíros
Haydée.
‑¿Y se enojaría, tal vez?
‑No ‑‑‑dijo el conde con aire altanero.
‑¿Es amable? ‑preguntó Alberto.
‑No es bondad, es deber; una esclava no se enfada nunca contra
su amo.
‑¡Vamos!, no os burléis. ¿Hay todavía esclavos?
‑Sin duda, puesto que Haydée lo es mía.
‑En efecto, vos no hacéis ni tenéis nada semejante a los demás.
Esclava del señor conde de Montecristo es una posición en Francia. A juzgar por
el modo con que empleáis vuestro dinero, ¿es un destino que le valdrá cien mil
escudos al año?
‑¡Cien mil escudos! La pobre ha poseído mucho más. Ha venido al
mundo sobre tesoros, al lado de los cuales no son nada los de las Mil y una
noches.
‑¿Es una princesa?
‑Vos lo habéis dicho, y una de las principales de su país.
‑Ya lo ‑sospechaba. ¿Pero cómo siendo princesa ha podido llegar
a ser esclava?
‑¿Y cómo llegó a ser Dionisio el Tirano, maestro de escuela? El
azar de la guerra, mi querido vizconde, el capricho de la fortuna.
‑¿Y su nombre es un secreto?
‑Para todo el mundo, sí. No para vos, mi querido vizconde, que
sois uno de mis amigos, y que lo guardaréis, ¿no es verdad que guardaréis el
secreto?
‑¡Oh, palabra de honor!
‑¿Sabéis la historia del bajá de Janina?
‑¿De Alí‑Tebelín?; sin duda, puesto que a su servicio fue donde
adquirió mi padre su fortuna.
‑Es verdad, lo había olvidado.
‑¡Y bien! ¿Qué tiene que ver Alí‑Tebelín con Haydée?
‑Es su hija.
‑¡Cómo! ¿Hija de Alí‑pachá?
‑Y de la hermosa Basiliki.
‑¿Y es esclava vuestra?
‑¡Oh, Dios mío, sí!
‑¿Pues cómo?
‑¡Diantre!, un día que pasaba yo por el mercado de Constantinopla,
la compré.
‑¡Eso es magnífico!, con vos, señor conde, no se vive, se sueña.
Ahora, escuchad, voy a pediros una cosa, seré discreto.
‑Hablad.
‑Pero puesto que salís con ella, puesto que la lleváis a la
ópera...
‑¿Y qué más?
‑Bien puedo pediros esto.
‑Podéis pedir lo que queráis.
‑Entonces, mi querido conde, os pido que me presentéis a vuestra
princesa.
‑Con mucho gusto, pero bajo dos condiciones.
‑Las acepto antes de conocerlas.
‑La primera, que no confiaréis a nadie esta presentación.
‑¡Muy bien, lo juro! ‑dijo Morcef extendiendo la mano.
‑La segunda, que no le diréis que vuestro padre ha servido al
suyo.
‑Lo juro también.
‑Muy bien, vizconde, tendréis presentes estos dos juramentos,
¿no es verdad?
‑¡Oh! ‑exclamó Morcef.
‑Perfectamente. Sé que cumpliréis vuestra palabra.
El conde volvió a llamar con el timbre.
Alí se presentó.
‑Es preciso que avises a Haydée ‑le dijo‑, de que voy a tomar
café con ella, y hazle comprender que le pido permiso para presentarle uno de
mis amigos.
Alí se inclinó y salió.
‑De modo que es cosa convenida. Cuidado con las preguntas
directas, querido vizconde. Si deseáis saber algo, preguntádmelo a mí y yo se
lo preguntaré a ella.
‑Convenido.
Alí compareció por tercera vez, y tuvo levantado el tapiz para
indicar a su amo y a Alberto que podían pasar.
Montecristo dijo:
‑Entremos.
Alberto pasó una mano por sus cabellos y se retorció el bigote.
El conde tomó su sombrero, se puso los guantes y precedió a Alberto a la
estancia guardada por Alí en la antesala, y defendida por las tres camareras
mandadas por Myrtho.
Haydée esperaba en la primera pieza, que era el salón, con sus
ojos un tanto dilatados por la sorpresa, porque era la primera vez que otro,
además de Montecristo, penetraba hasta sus aposentos. Estaba sentada sobre un
sofá, en un ángulo, con las piernas cruzadas a lo oriental, y había hecho, por
decirlo así, un nido en las ricas telas de seda rayadas y bordadas, las más
hermosas de Oriente. Junto a ella estaba el instrumento cuyos sonidos la habían
descubierto. Estaba encantadora.
Al ver a Montecristo se levantó con aquella su peculiar sonrisa,
que expresaba a la par los sentimientos de hija y de enamorada. Montecristo se
dirigió hacia donde ella estaba, y le presentó su mano, sobre la cual, como
siempre, imprimió sus labios.
Alberto se había quedado junto a la puerta, subyugado por
aquella belleza extraña que veía por primera vez, y de la que nadie podía
formarse una idea en Francia.
‑¿A quién me traes? ‑preguntó en griego la joven a Montecristo ‑.
¿A un hermano, a un amigo, a un simple conocido o a un enemigo?
‑A un amigo ‑dijo Montecristo en la misma lengua.
‑¿Su nombre?
‑El conde Alberto, es el mismo a quien yo libré de las manos de
los bandidos en Roma.
‑¿En qué lengua quieres que le hable?
Montecristo se volvió a Alberto y le preguntó:
‑¿Sabéis el griego moderno?
‑¡Ah! ‑‑‑dijo Alberto‑, ni el moderno, ni el antiguo, mi querido
conde. Ni Homero ni Platón han tenido nunca un discípulo más pobre y, casi me
atrevo a decir, más desdeñoso.
‑Entonces ‑‑dijo Haydée, probando por la pregunta que hacía, que
había entendido la de Montecristo, y la respuesta de Alberto‑, hablaré en
francés o italiano, si mi señor lo permite.
Montecristo reflexionó un instante.
‑Hablarás en italiano ‑‑dijo.
Y volviéndose a Alberto:
‑Lástima que no sepáis el griego moderno o el griego antiguo,
pues Haydée los habla admirablemente. La pobre tendrá que hablaros en
italiano, lo cual os dará una idea falsa de ella.
E hizo una seña a Haydée.
‑Bien venido seas, amigo, que vienes con mi señor y amo ‑dijo la
joven en excelente toscano y con su dulce acento romano que hace la lengua de
Dante tan sonora como la de Homero‑. Alí, café y pipas.
Y Haydée manifestó a Alberto que se aproximase mientras que Alí
se retiraba para ejecutar las órdenes de su señora. Montecristo mostró a
Alberto dos almohadones, y cada cual fue a buscar el suyo para acercarse a un
magnífico velador cargado de flores naturales, dibujos y libros de música.
Entró Alí, trayendo el café y las pipas. En cuanto a Bautista,
la entrada a aquella parte de la casa le estaba prohibida. Alberto rehusó la
pipa que le presentaba el nubio.
‑¡Oh!, tomad, tomad ‑dijo Montecristo‑. Haydée está casi tan
civilizada como una parisiense. Le desagrada el habano porque no le gustan los
malos olores, pero el tabaco de Oriente es un perfume, bien lo sabéis.
Alí salió.
Las tazas estaban preparadas, pero habían añadido un azucarero
para Alberto. Montecristo y Haydée tomaban el licor árabe a la usanza de los
árabes, es decir, sin azúcar.
La joven extendió la mano y tomó con el extremo de sus afilados
dedos la taza de porcelana del Japón, que llevó a sus labios con el sencillo
placer de un niño que bebe o come una cosa que ama con pasión.
Al mismo tiempo entraron dos mujeres con dos bandejas cargadas
de helados y sorbetes que colocaron sobre dos mesitas destinadas a tal efecto.
‑Mi querido huésped, y vos, signora ‑dijo Alberto, en
italiano‑, disculpad mi estupor. Estoy aturdido, y es natural. Me encuentro
en Oriente, en el verdadero Oriente, no como yo lo he visto, sino como lo he
soñado. En el seno de París, hace poco oía rodar los ómnibus y sonar las
campanillas de los vendedores de limonada. ¡Oh!, signora, ¡que no sepa
yo hablar griego!, entonces vuestra conversación, unida a este conjunto
mágico, me haría recordar esta noche, como la noche más deliciosa de toda mi
vida.
‑Hablo bastante bien el italiano para dialogar con vos,
caballero ‑‑dijo tranquilamente Haydée‑, y haré todo lo posible, si os gusta el
Oriente, para que lo encontréis aquí.
‑¿De qué le he de hablar? ‑preguntó en voz baja Alberto a
Montecristo.
‑De lo que queráis. De su juventud, de sus recuerdos, y si queréis,
de Roma, de Nápoles o de Florencia.
‑¡Oh! ‑dijo Alberto‑, no vale la pena teniendo una griega
delante, hablarle de todo lo que debía de hablarse a una francesa. Dejadme que
le hable de Oriente.
‑Como gustéis, querido Alberto. Por otra parte, es la conversación
que más le agrada.
Alberto se volvió hacia Haydée.
‑¿A qué edad salisteis de Grecia? ‑preguntó.
‑A los cinco años ‑respondió Haydée.
‑¿Y os acordáis de vuestra patria? ‑preguntó Alberto.
‑Cuando cierro los ojos, veo todo lo que he visto. Hay dos miradas:
La mirada del cuerpo puede olvidar a veces, pero la del alma recuerda siempre.
‑¿Y cuál es la época más remota de que tenéis memoria?
‑Apenas andaba. Mi madre, a quien llaman Basiliki, Basiliki
quiere decir real ‑añadió la joven levantando la cabeza‑ mi madre me cogía de
la mano y cubiertas las dos con un velo, después de haber puesto en el fondo de
la bolsa todo el oro que poseíamos, íbamos a pedir limosna para los
prisioneros, diciendo:
‑El que da a los pobres presta al Eterno. Luego, cuando estaba
llena la bolsa, volvíamos al palacio, y sin decir nada a mi padre, enviábamos
este dinero que nos habían dado, tomándonos por unas mendigas, a un convento
que lo repartía entre los prisioneros.
‑Yen esa época, ¿qué edad teníais?
‑Tres años ‑dijo Haydée.
‑Entonces o; tiempo.
‑De todo.
‑Conde ‑dijo en voz baja Morcef a Montecristo‑, debierais
permitir a la signora que nos contase algo de su historia. Me habéis
prohibido que le hable de mi padre, pero tal vez ella me hablará de él, y no
sabéis cuánto gusto tendré en oír pronunciar mi nombre por una boca tan
hermosa.
Montecristo se volvió hacia Haydée, y con una seña que indicaba
prestase la mayor atención a la recomendación que iba a hacerle, le dijo en
griego:
‑Patros men
aten, ma de onoma prodotu kai prodosiam, eipe emin.
Haydée lanzó un suspiro y una nube sombría pasó por su frente
tan pura.
‑¿Qué le decís? ‑preguntó en voz baja Morcef.
‑Le repito que sois mi amigo y que no tiene por qué ocultarse
delante de vos.
‑Así, pues ‑dijo Alberto‑, aquella piadosa cuestación para los
prisioneros es vuestro primer recuerdo, ¿cuál es el otro?
‑¿El otro...? Me veo bajo la sombra de los sicómoros, junto a un
lago cuyas aguas temblorosas percibo a través de las hojas de los árboles.
Contra el más viejo y el más frondoso estaba mi padre sentado sobre
almohadones, y yo, débil niña, mientras mi madre estaba recostada a sus pies,
jugaba con su larga barba blanca, que le llegaba hasta el pecho, y con el
alfanje de puño de diamantes que de su cintura pendía. Luego, veo cuando se le
acerca un albanés que le decía algunas palabras a las cuales daba muy poca
importancia y respondía con el mismo tono de voz: Matadle o ¡perdonadle!
‑Es extraño ‑dijo Alberto‑ oír tales cosas de boca de una joven,
fuera del teatro y pudiendo decir: Esto no es ficción, no es mentira. ¡Ah! ‑añadió‑.
¿Cómo halláis Francia después de haber visto aquel Oriente tan poético,
aquellos paisajes tan maravillosos?
‑Creo que es un hermoso país ‑dijo Haydée‑, pero yo miro a
Francia tal cual es, porque la miro con ojos de mujer. Mientras que, al
contrario, mi país que sólo he visto con mis ojos infantiles, está siempre
envuelto en la niebla luminosa o sombría, según mis recuerdos hacen de ella
una hermosa patria o un lugar de amargos sufrimientos.
acordáis de todo lo que os ha ocurrido desde aquel
‑Tan joven, signora ‑dijo Alberto, cediendo a pesar suyo
a un sentimiento de compasión‑, ¿cómo habéis podido sufrir?
Haydée se volvió hacia Monte‑Cirsto, que murmuró haciéndola una
seña imperceptible.
‑¡Eipe!
‑Nada hay que forme el fondo del alina como los primeros recuerdos,
y excepto los dos que acabo de citaros, todos los demás de mi juventud son
tristes.
‑Hablad, hablad, signora ‑dijo Alberto‑, sabed que os escucho
con un gozo inexplicable.
Haydée se sonrió con tristeza.
‑¿Queréis que pase a mis otros recuerdos?
‑Os lo suplico ‑exclamó Alberto.
‑¡Pues bien!, tenía yo cuatro años, cuando un día fui despertada
por mi madre. Estábamos en el palacio de Janina, me tomó en sus brazos, y al
abrir los ojos vi los suyos llenos de lágrimas.
Sin pronunciar una palabra me llevó consigo violentamente. Al
ver que lloraba, yo también iba a llorar.
‑¡Silencio, niña! ‑me dijo.
Generalmente, a pesar de los consuelos o de las amenazas maternas,
caprichosa como todos los niños, seguía yo llorando, pero esta vez había en la
voz de mi madre una entonación tai de terror, que al punto me callé.
Seguía caminando rápidamente.
Entonces vi que descendíamos por una escalera muy ancha. Delante
de nosotros todas las servidores de mi madre llevando cofres, cajas, objetos
preciosos, adornos, joyas, bolsas llenas de oro, descendían la misma escalera,
o más bien se precipitaban por ella.
Detrás de las mujeres venía una guardia de veinte hombres armados
con largos fusiles y pistolas, y vestidos con ese traje que conocéis en Francia
desde que Grecia llegó a ser nación.
Algo de siniestro había, creedme ‑añadió Hydée moviendo la
cabeza y palideciendo sólo al recordar este incidente‑, en aquella larga fila
de esclavos y de mujeres, adormecidas aún, o al menos así lo creía, porque lo
estaba yo.
En la escalera veía sombras gigantescas que las antorchas hacían
temblar en las bóvedas.
‑¡Pronto, pronto! ¡No hay que perder un instante! ‑dijo una voz
en el Tondo de la galería.
Esta voz hizo inclinarse a todo el mundo, a la manera que el
viento inclina con una de sus bocanadas un campo sembrado de
espigas.
A mí también me hizo estremecer. Era la de mi padre. Iba el
último, cubierto con un magnífico traje, y llevaba en la mano su carabina, que
le había regalado vuestro emperador, y apoyado sobre su favorito Selim, nos
conducía delante de sí, como conduce un pastor su rebaño de ovejas.
‑Mi padre ‑dijo Haydée‑ era un hombre ilustre, conocido en toda
Europa bajo el nombre de Alí‑Tebelín, bajá de Janina y delante del cual ha
temblado Turquía.
Alberto, sin saber por qué, se estremeció al oír estas,
palabras, pronunciadas con un acento indefectible de altanería y dignidad.
Parecióle ver brillar algo de sombrío y espantoso en los ojos de la joven,
cuando, semejante a una pitonisa que evoca un espectro, despertó el recuerdo de
aquella sangrienta figura, a quien su muerte hizo aparecer gigantesca a los
ojos de Europa.
‑Pronto ‑prosiguió Haydée‑ se detuvo la comitiva al pie de la
escalera y a orillas de un lago. Mi madre me estrechaba contra su palpitante
pecho y a dos pasos de donde yo estaba vi a mi padre que dirigía miradas
inquietas a todos lados.
Delante de nosotros se extendían cuatro escalones de mármol, y
junto al último se mecía blandamente una barca.
Todos bajamos a ella. Todavía recuerdo que los remos no hacían
ningún ruido al tocar el agua. Me incliné para mirarlos y vi que estaban
envueltos en ceñidores de nuestros soldados griegos, o palicarios.
Después de los barqueros, no había en la barca más que mujeres,
mi padre, mi madre, Selim y yo.
Los palicarios se habían quedado a orillas del lago, prontos a
sostener la retirada, arrodillados en el último escalón, y dispuestos a hacer
con sus cuerpos un muro en el caso de que hubiesen sido perseguidos.
Nuestra barca se deslizaba sobre las aguas, veloz como el
viento.
‑¿Por qué va tan de prisa la barca? ‑pregunté a mi madre.
‑¡Calla, hija mía! ‑dijo‑, es porque huimos.
No comprendí por qué huía mi padre, mi padre, tan poderoso, delante
del cual huían siempre los demás, y que había tomado por divisa:
¡Me odian,
luego me temen!
En efecto, aquello era una fuga. Después me dijeron que la guarnición
del castillo de Janina, fatigada de un largo servicio...
Aquí Haydée fijó su mirada en Montecristo, cuyos ojos no se
apartaban de los suyos.
La joven continuó, pues, lentamente, como si suprimiera o inventara.
‑Signora, decíais ‑dijo Alberto, que prestaba la mayor atención
a este relato‑ que la guarnición de Janina, fatigada por un largo servicio...
‑Había tratado con el seraskier Kourdhid, enviado por el sultán
para apoderarse de mi padre, que tomó éntonces la resolución de retirarse,
después de haber enviado al sultán un oficial francés, en el cual tenía mucha
confianza, al asilo que él mismo se había preparado mucho tiempo antes, y que
llamaba Kasaphygion, es decir, refugio.
‑¿Y os acordáis del nombre de ese oficial, señora? ‑preguntó
Alberto.
Montecristo cambió con la joven una mirada rápida como un
relámpago, que pasó inadvertida de Morcef.
‑No ‑dijo ella‑; no me acuerdo, pero tal vez más tarde lo
recuerde, y lo diré.
Alberto iba a pronunciar el nombre de su padre, cuando
Montecristo levantó suavemente el dedo
en señal de silencio. El joven recordó su juramento y se calló.
‑Bogábamos hacia un quiosco.
Un piso bajo, adornado de arabescos que bajaban hasta el agua, y
un piso principal, cuyos balçones caían al lago, he aquí lo único visible que
este palacio ofrecía a la vista. Sin embargo, debajo del quiosco, internándose
en la isla, había un subterráneo, vasta caverna donde nos condujeron a mi
madre, a mí y a nuestras mujeres, y donde habían depositado, formando dos
montones, sesenta mil bolsas y doscientos toneles. En estas bolsas había
veinticinco millones de oro, y en los barriles mil libras de pólvora. Junto a
estos barriles estaba Selim, el favorito de mi padre, del cual os he hablado
ya. Velaba día y noche con una lama, en el extremo de la cual ardía una mecha
encendida constantemente. Tenía orden de hacerlo volar todo, quiosco,
guardias, bajá, mujeres y oro, a la primera señal de mi padre.
Recuerdo que nuestras esclavas, sabiendo los proyectiles que las
rodeaban, pasaban día y noche orando, llorando y gimiendo.
En cuanto a mí, siempre veo al joven soldado de pálida tez y
brillantes ojos, y cuando el ángel de la muerte descienda hasta mí, estoy
segura de que reconoceré a Selim.
No sabría decir cuántos días estuvimos así. Aún ignoraba yo lo
que era el tiempo en aquella época. Algunas veces mi padre nos mandaba llamar a
mi madre y a mí a la azotea del palacio. Estas eran mis horas de fiesta, pues
en el subterráneo no veía nunca más que sombras gimientes y doloridas, y la
encendida mecha de Selim. Mi padre, sentado delante de una gran abertura,
fijaba una mirada sombría en las profundidades dcl horizonte, interrogando
cada punto negro que aparecía en el lago. Mientras mi madre, medio recostada a
su lado, apoyaba su cabeza sobre su hombro, jugaba yo a sus pies, admirando con
ese asombro de la infancia que hace que los objetos sean mayores de lo que son,
las escarpadas montañas que se elevan en el horizonte, los castillos de Janina,
que surgían blancos y angulosos del fondo de las aguas del lago, los inmensos
árboles que nacen en la montaña y que de lejos parecen otras tantas manchas
negras.
Una mañana nos mandó llamar mi padre. Mi madre había llorado
toda la noche. Le encontramos bastante tranquilo, pero más pálido que de
costumbre.
‑Ten paciencia, Basiliki ‑dijo‑. Hoy se acabará todo. Hoy llega
el permiso del señor y mi suerte quedará decidida. Si la gracia es entera,
volveremos triunfantes a Janina. Si la nueva es mala, huiremos esta noche.
‑Pero ¿y si no nos dejan huir? ‑dijo mi madre.
‑¡Oh!, tranquilízate ‑respondió Alí sonriendo‑. Selim y su mecha
me responden de ellos. Quisieran verme muerto, mas no bajo la condición de
morir junto conmigo.
Mi madre no respondía sino con suspiros a estos consuelos que no
salían en verdad del corazón de mi padre.
Preparóle agua helada, que bebía a cada instante, porque después
de su retirada al quiosco se hallaba consumido por una fiebre ardiente.
Perfumó su blanca barba y encendió su pipa, en la que a veces durante horas
enteras seguía distraído con los ojos el humo que se dispersaba en el aire.
De repente hizo un movimiento tan brusco que yo me sobrecogí de
miedo. Y sin apartar la vista del punto que reclamaba su atención, pidió su
anteojo.
Mi madre se lo entregó, más blanca que el estuco contra el que
se apoyaba. Yo vi temblar a mi madre.
‑¡Una barca...!, ¡dos...!, tres... ‑murmuró mi padre‑, ¡cuatro!
Y se levantó cogiendo sus armas, llenando de pólvora, me acuerdo,
la cazoleta de sus pistolas.
‑Basiliki ‑dijo a mi madre con un visible estremecimiento‑, éste
es el instante que va a decidir de nosotros. Dentro de media hora sabremos la
respuesta del sublime emperador. Retírate al sutr terráneo con Haydée.
‑No quiero separarme de vos ‑dijo Basiliki‑, si morís, señor,
con vos quiero morir también.
‑¡Idos al lado de Selim! ‑gritó mi padre.
‑¡Adiós, señor! ‑murmuró mi madre, obediente a las órdenes de mi
padre.
‑¡Acompañad a Basiliki! ‑gritó mi padre a sus palicarios.
Pero a mí me habían olvidado. Me precipité hacia él y extendí
mis manos. Me vio, a inclinándose hacia mí, puso sus abrasados labios sobre mi
frente. ¡Oh!, ¡este beso! Este beso fue el último y aún lo siento sobre mi
frente.
Al bajar distinguíamos a través de las ventanas las barcas, cuyo
tamaño aumentaba sobre la superficie de las ondas, y que, semejantes a puntos
negros, parecían ahora aves marinas deslizándose sobre el agua.
Durante este tiempo, veinte palicarios sentados a los pies de mi
padre, y ocultos por los pedestales, esperaban con ojos inyectados en sangre la
llegada de las barcas, y tenían preparados sus largos fusiles incrustados de
nácar y de plata. Cartuchos en gran número estaban esparcidos sobre el
pavimento. Mi padre miraba su reloj y se paseaba con angustia.
Fue lo que más me sorprendió cuando me separé de mi padre
después de recibir de él su último beso.
Mi madre y yo atravesamos el subterráneo. Selim continuaba en su
puesto. Al vernos se sonrió tristemente. Fuimos a buscar unos almohadones a la
parte opuesta de la caverna, y nos sentamos al lado de Selim; en los grandes
peligros se siente una impresión inexplicable y aunque yo era muy niña,
conocía que pesaba sobre nuestras cabezas un grave desastre.
Alberto había oído contar, no a su padre, que jamás hablaba de
ello, sino a sus conocidos, los últimos momentos del visir de Janina; había
leído varios párrafos que los periódicos dedicaron a describir su muerte. Pero
aquella historia, contada por la hija del bajá, y aquel tierno acento, le
infundían a la vez un encanto y un horror inexplicables.
En cuanto a Haydée, entregada a aquellos terribles recuerdos,
había hecho una pausa. Su frente, como una flor que se dobla en un día de
tempestad, descansaba sobre su mano, y sus ojos, perdidos vagamente, parecían
ver en el horizonte las montañas y las aguas azules del lago de Janina, espejo
mágico que reflejaba el sombrío cuadro que describía.
Montecristo la miraba con una inefable expresión de interés y de
piedad.
‑Continúa, hija mía ‑le dijo en griego.
Haydée levantó su frente, como si las sonoras palabras que aca.
baba de pronunciar Montecristo la hubiesen sacado de un sueño, y replicó:
‑Eran las cuatro de la tarde. Pero, aunque el día estaba diáfano
y brillante, nos hallábamos sumergidos en la sombra del subterráneo.
Un solo resplandor brillaba en la caverna, semejante a una
estrella en el fondo de un cielo negro. Era la mecha de Selim.
Mi madre era cristiana, y rezaba.
Selim repetía de cuando en cuando estas alb ‑¡Dios es grande!
Sin embargo, mi madre tenía alguna desconfianza.
Al bajar había creído reconocer al francés que había sido
enviado a Constantinopla, y en el cual mi padre tenía toda su confianza, porque
sabía que los soldados del suelo francés son por lo general nobles y generosos.
Avanzó hacia la escalera y se puso a escuchar.
‑Se acercan ‑dijo‑, ¡con tal que traigan la paz y la vida!
‑¿Qué temes, Basiliki? ‑respondió Selim con su voz suave y fiera
a la vez‑. Si no traen la vida, les daremos la muerte.
Y atizaba la llama de su lanza con un ademán que le hacía asemejarse
al Dionysos de la antigua Creta.
Pero yo, que no era más que una pobre niña, tenía miedo de aquel
valor, que me parecía feroz a insensato, y me asustaba aquella muerte
espantosa en el aire y en las llamas.
Mi madre sufría las mismas impresiones, porque la veía estremecerse.
‑¡Dios mío! ¡Dios mío!, mamá ‑exclamé‑. ¿Vamos a morir?
Y al oír esto, el llanto y los lamentos de las esclavas subieron
de punto.
‑Hija mía ‑dijo Basiliki‑. ¡Dios lo preserve de llegar a desear
esta muerte que tanto temes hoy!
Y después dijo en voz baja:
‑Selim, ¿cuál es la orden de lo señor?
‑Si me manda su puñal, es que el Sultán se niega a perdonarle, y
prendo fuego. Si me manda su anillo, es que el Sultán le perdona, y apago la
mecha.
‑Amigo ‑díjole mi madre‑, cuando llegue la orden de lo amo, si
lo envía el puñal, en lugar de matarnos a las dos con esa muerte que nos
espanta, lo presentaremos el cuello y nos matarás antes con el mismo puñal.
‑Está bien, Basiliki ‑respondió tranquilamente Selim.
De repente oímos unos fuertes gritos. Escuchamos. Eran gritos de
alegría. El nombre del francés que había sido enviado a Constantinopla
resonaba repetido por nuestros palicarios: Era evidente que traía la respuesta
del sublime emperador y que esta respuesta era favorable.
‑¿Y no os acordáis de ese nombre? ‑dijo Morcef pronto a ayudar
a la narradora.
Montecristo le hizo una seña.
‑No, no me acuerdo ‑respondió Haydée‑. El ruido aumentaba. y
oyéronse pasos más cerca de nosotros. Bajaban la escalera del subterráneo.
Selim preparó su lama. Pronto apareció una sombra en el crepúsculo azulado que
formaban los rayos de luz al penetrar hasta la puerta de la cueva.
‑¿Quién eres? ‑gritó Selim‑. Pero quienquiera que seas, no des
un paso más.
‑¡Gloria al Sultán! ‑dijo la sombra‑. Se le ha concedido el
perdón al visir Alí, y no sólo puede vivir, sino que hay que devolverle su
fortuna y sus bienes.
Mi madre profirió un grito de alegría y me estrechó contra su
rnrazón.
‑¡Detente! ‑le dijo Selim al ver que se lanzaba ya para salir‑.
¡Sabes que necesito el anillo!
‑Es verdad ‑dijo mi madre, y cayó de rodillas, levantándome
hacia el cielo, como si al mismo tiempo que rogaba a Dios por mí, quisiera
levantarme hacia El.
Haydée se detuvo por segunda vez, vencida por una emoción tal,
que su frente pálida estaba bañada por el sudor, y su fatigada voz parecía
incapaz de salir de su garganta.
El conde de Montecristo llenó un vaso de agua helada y se lo
presentó, diciendo con una dulzura que dejaba traslucir una gran ternura:
‑Valor, hija mía.
Haydée enjugó sus ojos y su frente, y prosiguió:
‑Durante este tiempo nuestros ojos, acostumbrados a la oscuridad,
habían reconocido al enviado del bajá. Era un amigo.
Selim le había reconocido, pero el valeroso joven no sabía más
que una cosa: ¡Obedecer!
‑¿En nombre de quién vienes? ‑dijo.
‑Vengo en nombre de vuestro señor Alí‑Tebelín.
‑¿Sabes lo que debes entregarme, si vienes en nombre de Alí?
‑Sí ‑dijo el enviado‑, lo traigo su anillo.
Al mismo tiempo levantó su mano sobre su cabeza, pero estábamos
demasiado lejos para conocer qué era lo que en ella tenía.
‑No veo lo que tienes ahí ‑dijo Selim.
‑Acércate ‑dijo el mensajero‑, o me acercaré yo.
‑Ni uno ni otro ‑respondió el joven soldado‑, deja en el sitio
donde estás el objeto que me muestras y retírate hasta que lo haya visto.
‑De acuerdo ‑dijo el mensajero.
Y después de haber colocado la señal de reconocimiento en el
sitio indicado, se retiró.
Nuestro corazón palpitaba fuertemente, porque, en efecto, el objeto
parecía ser un anillo. Pero... ¿sería el de mi padre?
Selim, siempre con su lanza en la mano y la mecha encendida, se
dirigió a la abertura, se inclinó radiante hacia el rayo de luz y recogi6 la
señal.
‑¡El anillo del visir! ‑dijo besándolo‑. ¡Dios es grande!
Y agarró la mecha, la tiró contra el suelo y allí la apagó con
el pie.
El mensajero lanzó un grito de alegría y dio tres palmadas. Al
oír esta señal, cuatro soldados del seraskier Kourchid aparecieron en la puerta
y Selim cayó atravesado de cinco puñaladas. Cada cual había dado la suya.
Y, en seguida, ebrios de codicia, aunque pálidos de miedo, se
precipitaron en el subterráneo, buscando por todos los rincones y recogiendo
sacos de oro.
Entretanto, mi madre me cogió en sus brazos, y con toda la agilidad
de que era capaz, se precipitó hacia unas sinuosidades, llegó a una escalerilla
falsa, en la cual reinaba un tumulto espantoso.
Las salas bajas estaban pobladas enteramente por los tehodoars
de Kourchid, es decir, por nuestros enemigos.
Cuando mi madre iba a empujar la puertecita, oímos la terrible y
amenazadora voz de mi padre.
Mi madre se asomó a las hendiduras de las planchas. Una abertura
había también delante de mis ojos y miré.
‑¿Qué queréis? ‑decía mi padre a unos hombres que tenían en la
mano un papel con caracteres dorados.
‑Queremos ‑respondió uno de ellos‑ comunicarte las órdenes de Su
Alteza ¿Ves esta firma?
‑La veo ‑dijo mi padre.
‑Pues bien, lee. Pide lo cabeza.
Mi padre arrojó una carcajada más espantosa que una amenaza, y
aún no había cesado, cuando disparó dos pistoletazos matando a dos hombres.
Los palicaros que se hallaban escondidos alrededor de mi padre
se levantaron a hicieron fuego. La sala se llenó de ruido, llamas y humo.
Al momento empezó el fuego en la parte opuesta y las balas agujerearon
los tabiques alrededor de nosotras.
¡Oh! ¡Cuán bello y majestuoso estaba el visir Alí‑Tebelín, mi padre,
en medio de las balas, con la cimitarra empuñada, y el rostro ennegrecido por
la pólvora! ¡Cómo huían sus enemigos!
‑¡Selim! ¡Selim!, guardián del fuego, ¡cumple con lo deber!
‑¡Selim ha muerto! ‑respondió una voz sorda que parecía salir
delas profundidades del quiosco‑, y tú, Alí, estás perdido.
Al mismo tiempo se oyó una detonación sorda, y un tabique voló
en mil pedazos alrededor de mi padre.
Sin embargo, no estaba herido.
Los tehodoars tiraban por las aberturas de los tabiques. Tres o
cuatro palicarios cayeron mortalmente heridos.
Mi padre rugía como un león. Introdujo sus dedos por los
agujeros de las balas y arrancó una tabla entera, dejando un hueco bastante
grande para podet huir, como pensaba.
Sin embargo, al mismo tiempo, estallaron veinte tiros por esta
abertura, y las llamas, que salían como de un volcán, llegaron hasta los
arabescos del techo.
En medio de todo este espantoso tumulto, en medio de estos
gritos terribles, dos de ellos más fuertes que los demás, dos de ellos más
desgarradores que todos, me helaron de espanto.
Aquella última explosión hirió mortalmente a mi padre y él fue
quien lanzó los dos gritos.
No obstante, había permanecido en pie y habíase agarrado a una
ventana. Mi madre sacudía la puerta para ir a morir con él, pero la puerta
estaba cerrada por dentro.
A su alrededor los palicarios luchaban
con las convulsiones de la agonía. Dos o tres que no estaban heridos se
lanzaron por las ventanas.
Al mismo tiempo, el pavimento se estremeció, mi padre cayó sobre
una rodilla. Al punto se extendieron hacia él veinte brazos, armados de sables,
pistolas y puñales, a hirieron a la vez a un solo hombre, y mi padre
desapareció en un torbellino de fuego, atizado por aquellos demonios rugientes,
como si el infierno se hubiera abierto a sus pies.
Yo caí al suelo. Mi madre también se había desmayado.
Haydée dejó caer sus brazos, lanzando un gemido y mirando al
conde como para preguntarle si estaba satisfecho de su obediencia.
El conde se levantó, se dirigió a ella, le cogió una mano y le
dijo en griego:
‑Descansa, hija mía, y recobra un poco de valor pensando que hay
un Dios que castiga a los traidores.
‑Es una historia espantosa, conde ‑repuso Alberto asustado de la
palidez de Haydée‑, y ahora me echo en cara el haber sido tan cruelmente
indiscreto.
‑Eso no es nada ‑respondió Montecristo, y poniendo su mano sobre
la cabeza de la joven, continuó‑, Haydée es una valerosa mujer; algunas veces
ha encontrado alivio a sus males hablando de sus dolores.
‑Porque mis dolores me recuerdan tus beneficios, señor ‑dijo
vivamente la joven.
Alberto le dirigió una mirada de curiosidad, porque aún no le
había contado lo que deseaba saber, es decir, cómo había llegado a ser esclava
del conde.
Haydée vio expresado el mismo deseo en las miradas del conde y
en las de Alberto y continuó:
‑Al recobrar mi madre los sentidos, nos hallábamos delante del
seraskier.
‑Matadme ‑dijo‑, pero respetad el honor de la viuda de AlíTebelín.
‑No es a mí a quien tienes que dirigirte ‑dijo Kourchid.
‑¿A quién, pues?
‑A lo nuevo amo.
‑¿Quién es?
‑Mírale ahí.
Y Kourchid nos mostró uno de los que habían contribuido más ka
la muerte de mi padre ‑continuó la joven con cólera sombría.
‑Luego ‑preguntó Alberto‑, ¿fuisteis esclavas de aquel hombre?
‑No ‑respondió Haydée‑, no se atrevió a quedarse con nosotras,
nos vendió a unos mercaderes de esclavos que iban a Constantinopla.
Atravesamos Grecia y llegamos moribundas a la Puerta Imperial, atestada de
curiosos que se hacían a un lado para dejarnos pasar, cuando de repente mi
madre siguió con la vista la dirección de sus miradas, lanzó un grito y cayó,
mostrándome una cabeza que había encima de la Puerta. Debajo de esta cabeza
estaban escritas estas palabras:
«Esta es la cabeza de Alí‑Tebelín, bajá de Janina.»
Yo me eché a llorar, procuré levantar a mi madre, pero estaba
muerta.
Me condujeron al bazar. Un armenio rico me compró, me instruyó,
me dio maestros, y cuando tuve trece años me vendió al sultán Mahmud.
.‑Al cual ‑dijo Montecristo‑ yo la compré, como os he dicho,
Alberto, por la esmeralda compañera de la que me sirve para guardar mis
pastillas de hachís.
‑¡Oh! ¡Tú eres bueno! ¡Tú eres grande!, señor ‑dijo Haydée
besando la mano de Montecristo‑, y yo soy feliz al pertenecerte.
Alberto estaba absorto. Apenas podía dar crédito a lo que
acababa de oír.
‑Acabad vuestra taza de té ‑le dijo el conde‑, pues la historia
ha concluido.
Retrocedamos un poco.
Franz había salido del cuarto de Noirtier tan aterrado, que la
misma Valentina tuvo piedad de él.
Villefort, que sólo había articulado algunas palabras
incoherentes y que había salido de su despacho, recibió dos horas después la siguiente
carta.
«Después de las revelaciones de esta mañana, no podrá suponer el
señor Noirtier de Villefort que sea posible una alianza entre su familia y la
del señor Franz d'Epinay, que se horroriza al pensar que el señor de Villefort,
que parecía conocer los acontecimientos contados esta mañana, no le haya
avisado antes.»
El que hubiese visto en este momento al procurador, abatido por
el golpe, no hubiese pensado lo que preveía. En efecto, nunca hubiera creído
que su padre llevaría la franqueza, más bien la rudeza, hasta contar semejante
historia. Es cierto que el señor Noirtier nunca se había ocupado de aclarar
este hecho a los ojos de su hijo, y éste había creído siempre que el general
Quesnel, o el barón d'Epinay, había muerto asesinado y no en un duelo leal como
se le había demostrado.
Esta carta tan dura de un joven hasta entonces tan respetuoso
era mortal para el orgullo de un hombre como Villefort.
Apenas acababa de entrar en su despacho cuando entró en él
también su mujer.
La salida de Franz, llamado por el señor Noirtier, había
asombrado de tal modo a todo el mundo, que la posición de la señora de
Villefort, que se quedó sola con el notario y los testigos, era cada vez más
embarazosa. Entonces la señora de Villefort tomó un partido y salió anunciando
que iba a ver lo que ocurría.
El señor de Villefort se contentó con decirle que, a
consecuencia de una discusión entre él, el señor Noirtier y el señor d'Epinay,
el casamiento de Valentina con Franz se había desbaratado.
Difícil era comunicar esto a los que esperaban. Así, pues, la
señora de Villefort, al entrar, se contentó con decir que el señor Noirtier
tuvo al comienzo de la conversación un ataque apopléjico, y que por esta razón
el contrato se dilataba, naturalmente, para después de algunos días.
Esta noticia, aunque era falsa, causó tal extrañeza después de
las dos desgracias del mismo género, que los testigos se miraron asombrados y
se retiraron sin decir una palabra.
Entretanto, Valentina, feliz y espantada a la vez, después de
haber abrazado y dado gracias al débil anciano que acababa de romper de un solo
golpe una cadena que ella miraba como indisoluble, pidió que la dejasen
retirarse a su cuarto, y Noirtier le concedió permiso para ello.
Pero, en lugar de subir a su cuarto, Valentina entró en el
corredor, y saliendo por la puertecita, se lanzó hacia el jardín. En medio de
todos los acontecimientos que acababan de sucederse unos a otros, un terror
sordo había oprimido constantemente su corazón. Esperaba de un momento a otro
ver aparecer a Morrel pálido y amenazador como el aire de Ravenswod en el
contrato de Lucía de Lammermoor.
En efecto, era tiempo de que llegase a la reja Maximiliano, que
había sospechado lo que iba a ocurrir al ver a Franz salir del cementerio con
el señor de Villefort. Le había seguido, después de haberle visto salir y
entrar de nuevo con Alberto y Chateau‑Renaud. Para él ya no había duda. Se
dirigió a su huerta preparado a cualquier evento, y seguro de que en su primer
momento de libertad, Valentina correría en su busca.
No se había engañado Morrel. Con los ojos arrimados a las tablas
de la valla, vio aparecer, en efecto, a la joven que, sin tomar ninguna de las
acostumbradas precauciones, corría hacia donde él se encontraba.
A la primera ojeada que le dirigió Maximiliano se tranquilizó. A
la primera palabra que pronunció ella, saltó de alegría.
‑¡Salvados! ‑dijo Valentina.
‑¡Salvados! ‑repitió Morrel, no pudiendo creer en semejante
felicidad‑. ¿Salvados, por quién?
‑Por mi abuelo. ¡Oh! ¡Amadle mucho, Morrel!
Morrel juró amar al anciano con toda su alma, y este juramento
lo pronunciaba con un placer tanto mayor, cuanto que desde aquel instante no
sólo le amaba como a su amigo, sino que le adoraba como a un dios.
‑Pero ¿cómo es posible? ‑preguntó Morrel‑. ¿De qué medios se ha
valido?
Valentina iba a abrir la boca para contárselo todo, pero se
acordó de que había en el fondo de todo aquello un terrible secreto que no
pertenecía sólo a su abuelo.
‑Más tarde ‑dijo‑ os lo contaré todo.
‑¿Pero cuándo?
‑Cuando sea vuestra mujer.
Esto era poner la conversación en un estado en que Morrel
accedía gustoso a todo cuanto le pedía Valentina. Dijo para sí que bastante era
para un día lo que acababa de saber, pero no consintió en retirarse sino
después de haber exigido la promesa de que vería a Valentina al día siguiente
por la noche.
Esta prometió hacer lo que él quisiera.
Todo había cambiado a sus ojos, y seguramente le era menos
difícil creer ahora que se casaría con Maximiliano, que convencerse una hora
antes que no se casaría con Franz...
Durante este tiempo, la señora de Villefort había subido al
cuarto del señor Noirtier, que la miró con aquellos ojos sombríos y severos con
que acostumbraba hacerlo.
‑Caballero ‑le dijo ella‑, no necesito comunicaros que el casamiento
de Valentina se ha desbaratado, puesto que aquí es donde ha tenido lugar este
acto.
Noirtier permaneció inmóvil.
‑Pero ‑continuó la señora de Villefort‑ lo que vos no sabéis es
que yo siempre me había opuesto a tal enlace y que éste se iba a celebrar a
pesar mío.
Noirtier miró a su nuera como pidiéndole una explicación.
‑Ahora que se ha deshecho ese matrimonio, por el cual yo sabía
la repugnancia que sentíais, voy a dar un paso que no podrían dar el señor de
Villefort ni su hija.
Los ojos de Noirtier preguntaron qué pasó era éste.
‑Vengo a suplicaros ‑continuó la señora de Villefort‑, como la
única que tiene derecho a hacerlo, porque no reportaré utilidad alguna de
ello. Vengo a suplicaros que devolváis la herencia a vuestra nieta.
Los ojos de Noirtier permanecieron un instante inciertos. Evidentemente
buscaba los motivos de este paso y no podía hallarlos.
‑¿Puedo esperar, caballero, que vuestras intenciones estén en armonía
con la súplica que vengo a haceros?
‑Sí ‑indicó Noirtier.
‑Entonces me retiro feliz y llena de reconocimiento hacia vos.
Y saludando al señor Noirtier se retiró.
En efecto, al día siguiente mandó Noirtier llamar a un notario.
Se rompió el primer testamento y redactóse otro nuevo, en el que dejó todos sus
bienes a Valentina, bajo las condiciones de que no la separarían de él.
Algunas personas calcularon entonces que la señorita de
Villefort, heredera del marqués y de la marquesa de Saint‑Merán, y amada de su
abuelo, tendría algún día trescientas mil libras de renta.
Mientras en casa de los Villefort se rompía este casamiento, el
conde de Morcef recibió la visita del de Montecristo, y para mostrar sus
deseos de complacer a Danglars, se vistió su uniforme de gala de teniente
coronel con todas sus cruces, y pidió sus mejores caballos.
Luego se dirigió a la calle de Chaussée d'Antin y se hizo
anunciar a Danglars, que en aquel momento estaba efectuando sus pagos de fin de
mes. No era éste el momento más a propósito para encontrar a Danglars en su
mejor humor.
Así, pues, al ver a su antiguo amigo, Danglars tomó su aire
majestuoso y se repantigó en su sillón.
Morcef, tan grave por lo general, había afectado al contrario un
aire risueño y afable. De consiguiente, seguro como estaba de que su primera
frase produciría una buena acogida, no hizo más cumplidos, y fue derecho al
asunto.
‑Barón ‑dijo‑, aquí me tenéis. Mucho tiempo ha que no hemos
hablado acerca de la palabra que mutuamente nos dimos...
Morcef esperaba que se alegrase la fisonomía del banquero al oír
estas palabras, pero, al contrario, volvióse casi más impasible y frío que
antes.
Por esto Morcef se detuvo en medio de su frase.
‑¿Qué palabra, señor conde? ‑preguntó el banquero, como si
buscase en su imaginación la explicación de lo que el general quería decir.
‑¡Oh! ‑dijo el conde‑, vos sois formalista, señor mío, y me recordáis
que el ceremonial debe hacerse en toda regla. Disculpadme, ¡qué diantre!
Perdonadme, como no tengo más que un hijo, y es la primera vez que pienso
casarle, estoy aún en el aprendizaje. Vaya..., veamos ahora.
Y Morcef, con una sonrisa forzada, se levantó, hizo una profunda
reverencia a Danglars, y le dijo:
‑Tengo el honor, señor barón, de pediros la mano de la señorita
Danglars, vuestra hija, para mi hijo, el vizconde Alberto de Morcef.
Pero Danglars, en vez de acoger estas palabras como un favor que
Morcef podía esperar de él, frunció las cejas y sin invitar al conde a volverse
a sentar, repuso:
‑Señor conde, antes de responderos, tengo necesidad de reflexionar.
.‑¡De reflexionar! ‑repuso Morcef cada vez más asombrado‑. ¿No
habéis tenido tiempo todavía de reflexionar después de ocho años que hablamos
de ese casamiento por vez primera?
‑Señor conde, todos los días están sucediendo cosas que hacen
que se renueven las reflexiones.
‑¿Pues cómo? ‑preguntó Morcef‑, no os comprendo, barón.
‑Me refiero, caballero, a que hace quince días, nuevas circunstancias...
‑Permitid ‑dijo Morcef‑, ¿es eso una comedia o no lo es?, quisiera
saberlo.
‑¿Cómo, una comedia?
‑Sí, pongamos las cartas boca arriba.
‑No os pido otra cosa.
‑¿Habéis visto a Montecristo?
‑Le veo muy a menudo ‑dijo Danglars con petulancia‑. Es uno de
mis amigos.
‑¡Pues bien! Una de las últimas veces que le habéis visto, le
dijisteis que yo era un olvidadizo, y que no acababa de tomar una resolución
respecto a la boda.
‑Es cierto.
‑¡Pues bien! Yo no soy olvidadizo ni me falta resolución, bien
lo veis, puesto que vengo a recordaros vuestra promesa.
Danglars no respondió.
‑¿Habéis mudado tan pronto de parecer? ‑añadió Morcef‑. ¿O no
habéis provocado esta demanda sino por el placer de humillarme?
Danglars comprendió que si continuaba la conversación en el tono
en que la había emprendido, la cosa no sería muy provechosa para él.
‑Señor conde ‑dijo‑, debéis estar sorprendido de mi reserva. Lo
comprendo, yo soy el primero en lamentarlo, pero creed que no puedo menos de
obrar así, porque circunstancias imperiosas me lo ordenan.
‑Esas son disculpas, mi querido amigo ‑dijo el conde‑,con las
que se podría contentar un cualquiera, pero el conde de Morcef no es un
cualquiera. Y cuando un hombre como él viene a buscar a otro hombre, le
recuerda la palabra dada, y cuando este hombre falta a su palabra, tiene
derecho a exigir que le den otra razón más convincente.
Dariglars era cobarde, pero no quería aparentarlo. Afectó
picarse del tono que tomaba Morcef y dijo:
‑No me faltan razones de peso.
‑¿Qué vais a decirme?
‑Que tengo una razón que os convencería, pero es difícil decirla.
‑Sin embargo, vos conocéis ‑dijo Morcef‑ que yo no puedo
contentarme con vuestras razones y lo único que veo más claro en todo esto es
que rechazáis mi alianza.
‑No, señor ‑dijo Danglars‑; suspendo mi resolución, que es
diferente.
‑¡Pero no creo que supondréis que yo me he de someter a vuestros
caprichos, hasta el punto de esperar tranquila y humildemente que os dé la gana
resolveros!
‑Entonces, señor conde, si no podéis esperar, consideremos nuestros
proyectos como nulos.
El conde se mordió los labios hasta saltársele la sangre, y
sufría en no poder dar rienda suelta a su furor. No obstante, comprendiendo que
en tales circunstancias el ridículo estaría de su parte, ya había empezado a
acercarse a la puerta del salón, cuando reflexionando, volvió sobre sus pasos.
Por su frente acababa de cruzar una nube, dejando en lugar del
orgullo ofendido, las huellas de una vaga inquietud.
‑Veamos ‑dijo‑, mi querido Danglars, nosotros nos conocemos
desde hace muchos años y por consiguiente debemos tener algunas consideraciones
uno con otro. Vos me debéis una explicación, y quiero saber al menos la causa
de esta ruptura entre nosotros. ¿Sería mi hijo el que...?
‑No se trata de una cuestión personal del vizconde, esto es
cuanto puedo deciros, caballero ‑respondió Danglars con más ironía cada vez.
‑¿Y de quién es personal entonces? ‑preguntó con voz alterada
Morcef, cuya frente se cubría de palidez.
Danglars, que espiaba todos sus movimientos, no dejó de notar
estos síntomas y clavó en él una mirada más tranquila y penetrante que las
demás.
‑Dadme gracia porque no soy más explícito ‑dijo.
Un temblor nervioso, que sin duda provenía de una cólera contenida,
agitaba a Morcef.
‑Tengo derecho ‑respondió, haciendo un esfuerzo sobre sí mismo‑
a exigir que os expliquéis. ¿Tenéis algo contra la señora de Morcef? ¿Es acaso
porque mi fortuna no es tan considerable como la vuestra? ¿Es porque mis
opiniones son contrarias a las vuestras...?
‑Nada de eso, caballero ‑dijo Danglars‑, ello sería imperdonable,
porque yo me comprometí sabiendo todo eso. No; no tratéis de indagar, me
avergüenzo yo mismo de lo que está ocurriendo. Nada, tomemos el término medio
de la dilación, que no es ni un rompimiento ni un compromiso. No hay tanta
prisa, ¡qué demonio! Mi hija tiene diecisiete años, y vuestro hijo veintiuno.
Durante el plazo, el tiempo mismo os dirá las razones que me impulsan a obrar
así. Las cosas que un día le parecen a uno oscuras, al siguiente están claras
como el agua. Hay veces en que las calumnias...
‑¿Calumnias habéis dicho, caballero? ‑exclamó Morcef poniéndose
lívido‑. ¿Me han calumniado a mí?
‑Señor conde, no entremos en explicaciones, os lo suplico.
‑De modo, caballero, que debo aguantar tranquilamente esa negativa...
‑Penosa para mí sobre todo, caballero, sí, más penosa que para
vos, porque yo contaba con el honor de vuestra alianza, y un casamiento
desbaratado causa siempre más perjuicio a ella que a él.
‑Está bien, caballero, no hablemos más ‑dijo Morcef.
Y arrojando sus guantes con rabia salió de la habitación.
Danglars recordó que aquélla era la primera vez que retiraba su
palabra, sobre todo, habiéndosela dado a Morcef.
Aquella noche hubo una larga conferencia con muchos amigos, y el
señor Cavalcanti, que había estado constantemente en el saloncito de las
señoras, salió el último de casa del banquero.
Al despertarse al día siguiente, Danglars pidió los periódicos.
Al punto se los trajeron. Separó tres o cuatro y tomó El Imparcial.
Este era el periódico del que Beauchamp era el redactor
principal.
Rompió rápidamente la cubierta, lo abrió con una precipitación
nerviosa, pasó desdeñosamente la vista por el artículo de fondo, y habiendo
llegado a las noticias varias, se detuvo con una sonrisa diabólica en un
párrafo que comenzaba de esta suerte:
«Nos escriben de Janina... »
‑Bien, bien ‑dijo después de haberlo leído‑, aquí tengo un
parrafito acerca del coronel Fernando, que según toda probabilidad me ahorrará
el tener que dar explicaciones al señor conde de Morcef.
Casi al mismo tiempo que ocurría esta escena, es decir, hacia
las diez de la mañana, Alberto de Morcef, vestido de negro, con su frac
abrochado hasta el cuello, el paso agitado y grave el semblante, se presentaba
en la casa de los Campos Elíseos.
‑El señor conde acaba de salir hace media hora ‑dijo el portero.
‑¿Le ha acompañado Bautista? ‑preguntó Morcef.
‑No, señor vizconde.
‑Llamadle, pues quiero hablarle.
El portero fue a buscar al ayuda de cámara y al instante volvió
con él.
‑Amigo mío, os pido perdón por mi indiscreción ‑dijo Alberto‑,
pero he querido preguntaros a vos mismo si era cierto que vuestro amo había
salido.
‑Sí, señor ‑respondió Bautista.
‑¿Para mí también?
‑Yo sé cuánto gusta mi amo de recibiros, y me guardaría muy bien
de incluiros en una medida general, pero ha salido.
‑Tienes razón, porque tenía que hablarle de un asunto grave.
¿Crees tú que tardará mucho en volver?
‑No, porque ha dicho que tenga preparado su almuerzo para las
diez.
‑Bien, voy a dar una vuelta por los Campos Elíseos y a las diez
estaré aquí. Si el señor conde vuelve antes, suplícale que me espere.
‑Podéis estar seguro, descuidad.
Alberto dejó a la puerta del conde el cabriolé de alquiler en
que había venido.
Al pasar por delante del Paseo de las Viudas creyó reconocer los
caballos del conde esperando a la puerta de tiro de Gosset. Acercóse y después
de haber reconocido los caballos, reconoció al cochero.
‑¡Hola! ¿Está en el tiro el señor conde? ‑preguntó Morcef a
aquél.
‑Sí, señor ‑respondió el cochero.
En efecto, ya había oído Alberto muchos tiros regulares desde
que se iba aproximando a aquel sitio.
Entró. En el jardín se encontraba el mozo.
‑Perdonad ‑dijo‑, pero el señor vizconde tendrá la bondad de
esperar un instante.
‑¿Por qué, Felipe? ‑preguntó Alberto, que, a fuerza de parroquiano
de aquel tiro, se admiraba de que no le dejasen entrar.
‑Porque la persona que se ejercita en este momento toma el tiro
para él solo y nunca tira delante de nadie.
‑¿Ni siquiera delante de vos, Felipe?
‑Bien veis, caballero, que estoy a la puerta de mi morada.
‑¿Y quién le carga las pistolas?
‑Su criado.
‑¿Un nubio?
‑Un negro.
‑Eso es.
‑¿Conocéis a ese señor?
‑Vengo a buscarle; es amigo mío.
‑¡Oh! , entonces eso es otra cosa, voy a pasarle recado.
Y Felipe, llevado también de su curiosidad, entró en el tiro.
Un segundo después apareció Montecristo junto a la puerta por
donde salió Felipe.
‑Perdonad que os haya perseguido hasta aquí, mi querido conde ‑dijo
Alberto‑, pero empiezo por deciros que nadie más que yo tiene la culpa. Me
presenté en vuestra casa, me dijeron que habíais salido, pero que volveríais a
las diez para almorzar. Yo me paseé a mi vez esperando que fuesen las diez, y
mientras estaba paseando vi vuestros caballos y vuestro carruaje.
‑Eso me hace creer que almorzaremos juntos.
‑Muchas gracias, no se trata de almorzar ahora. Tal vez almorzaremos
más tarde, pero en mala compañía, ¡voto a... !
‑¿Qué diablos me estáis contando?
‑Querido, me bato hoy mismo.
‑¡Vos! ¿Qué me decís?
‑¡Que voy a batirme en duelo!
‑Sí, lo entiendo. ¿Pero por qué? Uno se bate por mil cosas, ya
comprenderéis.
‑Por el honor.
‑¡Ah!, eso es más grave de lo que imaginaba.
‑Tan grave que vengo a pediros un favor.
‑¿Cuál?
‑El de que seáis mi padrino.
‑Entonces, eso es todavía más grave. No hablemos más de esto y
volvamos a casa. Dame agua, Alí.
El conde se subió las mangas de su camisa, y pasó al vestíbulo
que precede a los tiros y donde los tiradores solían lavarse las manos.
‑Entrad, señor vizconde ‑dijo Felipe en voz baja‑. Veréis algo
bueno.
Morcef entró. En lugar de hitos, la tabla estaba llena de
cartas.
De lejos, Morcef creyó que era un juego completo. Había desde el
as hasta el diez.
‑¡Ah!, ¡ah! ‑dijo Alberto‑. ¿A qué jugáis?
‑¡Psch! ‑dijo el conde‑, estaba terminando una jugada.
‑¿Cómo?
‑Sí, como veis no había más que ases y doses, pero mis balas han
hechos treses, cincos, sietes, ochos, nueves y dieces.
Alberto se acercó.
En efecto, las balas, con líneas perfectamente exactas y
distancias iguales, habían reemplazado los signos ausentes, agujereando el cart6n
en el sitio en que debiera estar pintado.
Al dirigirse a la plancha, Morcef recogió también dos o tres
golondrinas que habían tenido la imprudencia de pasar por delante del conde y
que éste mató implacablemente.
‑¡Diablo! ‑exclamó Morcef.
‑¿Qué queréis?, mi querido vizconde ‑dijo Montecristo enjugándose
las manos en una finísima toalla que le trajo Alí‑, en algo he de consumir mis
ratos de ocio. Pero vámonos, os espero.
Ambos subieron al carruaje de Montecristo, que los condujo en
pocos instantes a la casa número 30.
Montecristo condujo a Morcef a su gabinete, y le mostró un
sillón. Ambos se sentaron.
‑Ahora hablemos con toda calma y sosiego ‑dijo el conde.
‑Bien veis que estoy perfectamente tranquilo.
‑¿Con quién vais a batiros?
‑Con Beauchamp.
‑¿Uno de vuestros amigos?
‑Con los amigos es con los que se bate uno siempre.
‑Dadme al menos una razón.
‑Tengo una.
‑¿Qué os ha hecho?
‑En su periódico de ayer hay.. . pero no, leed vos.
Alberto mostró a Montecristo un periódico en que se leían estas
palabras:
Nos escriben de Janina:
Hemos
llegado a conocer un hecho importante ignorado hasta ahora, o al menos
inédito. Los castillos que defendían la ciudad fueron entregados a los turcos
por un oficial francés, en quien el visir AlíTebelín había depositado toda su
confianxa. Este oficial se llamaba Fernando.
‑Y bien ‑preguntó Montecristo‑, ¿qué es lo que os sorprende en
ese párrafo?
‑¿Qué es lo que me sorprende?
‑Sí. ¿Qué os importa que los castillos de Janina hayan sido
entregados por un oficial llamado Fernando?
‑Me importa, puesto que mi padre, el conde de Morcef, se llama
Fernando.
‑¿Y vuestro padre servía a Alí‑Bajá?
‑Es decir, combatía por la independencia de los griegos. Esa es
precisamente la calumnia.
‑¡Ah, vizconde, hablemos razonablemente!
‑No es otro mi deseo.
‑Decidme: ¿Quién diablos sabe en Francia que el oficial Fernando
es el mismo conde de Morcef, y quién se ocupa ahora de Janina, que fue tomada
en 1822 o en 1823, según creo?
‑Ahí está precisamente la perfidia. Han dejado pasar tiempo para
salir ahora con un escándalo que pudiera empañar una elevada posición. Pues
bien, yo, heredero del nombre de mi padre, no quiero que sobre él haya ni aun
la sombra de una duda. Voy a mandar a Beauchamp, cuyo periódico ha publicado
esta nota, dos testigos, y la retractará.
‑Beauchamp no la retractará.
‑Entonces nos batiremos.
‑No, no os batiréis, porque os responderá que tal vez había en
el ejército griego cincuenta oficiales que se llamasen Fernando.
‑A pesar de esa respuesta, nos batiremos. ¡Oh, quiero que esto
desaparezca! Mi padre, un soldado tan noble..., una carrera tan ilustre...
‑O bien pondrá: «estamos seguros de que este Fernando nada tiene
que ver con el conde de Morcef, cuyo nombre de pila es también Fernando».
‑Quiero que se retracte de una manera más completa. No me contentaré
con eso.
‑¿Y vais a enviarle vuestros padrinos?
‑Sí.
‑Haréis mal.
‑Lo cual quiere decir que me negáis el favor que venía a
pediros.
‑¡Ah!, ya sabéis mi teoría respecto al duelo; creo habéroslo
dicho en Roma, ¿no os acordáis?
‑Esta mañana, hace un momento, os encontré en una ocupación que
está poco en consonancia con esa teoría.
‑Porque, amigo mío, vos comprenderéis que algunas veces es
menester salir de sus casillas. Cuando se vive con locos, es preciso también
aprender a ser insensato. De un momento a otro, algún calavera, aunque no
tenga más motivo para buscar camorra que el que tenéis vos para buscársela a
Beauchamp, puede venirme con cualquier necedad, enviarme sus testigos o
insultarme en público. Pues bien, tengo que matar a ese calavera.
‑¡Ah! Luego, ¿también vos os batiríais?
‑Naturalmente.
‑¡Pues bien! Entonces, ¿por qué queréis que yo no me bata?
‑No digo que no os batáis, sino que un duelo es cosa muy grave y
de reflexionar.
‑¿Y él ha reflexionado para insultar a mi padre?
‑Si no ha reflexionado, y os lo confiesa, no debéis atentar contra
él.
‑¡Oh!, mi querido conde, sois demasiado indulgente.
‑Y vos, demasiado riguroso. Veamos, yo supongo..., escuchad con
atención. Yo supongo..., ¡no os vayáis a enojar por lo que voy a deciros!
‑Escucho.
‑Supongo que el hecho sea cierto...
‑Un hijo no debe nunca admitir semejantes suposiciones sobre el
honor de su padre.
‑¡Oh, Dios mío! ¡Estamos en una época en que se admiten tantas
cosas!
‑Ese es precisamente el defecto de la época.
‑¿Y pretendéis reformarla?
‑Sí; por lo que a mí respecta.
‑¡Oh! ¡Dios mío!, buen reformista haríais, amigo mío.
‑No lo puedo remediar.
‑Sois inaccesible a los consejos que os dan de buena fe.
‑No cuando proceden de un amigo.
‑¿Creéis que yo lo sea vuestro?
‑Sí.
‑¡Pues bien!, antes de enviar a Beauchamp vuestros padrinos, informaos.
‑¿De quién?
‑¡Oh.. . ! De Haydée, por ejemplo.
‑Mezclar en todo esto a una mujer, ¿y qué podrá hacer?
‑Decir que vuestro padre no tiene nada que ver con la derrota o
con la muerte del suyo, o deciros la verdad, si por casualidad vuestro padre
hubiese tenido la desgracia...
‑Ya os he dicho, mi querido conde, que no podía admitir esa suposición.
‑Entonces, ¿rehusáis ese medio?
‑Lo rehúso.
‑¿Absolutamente?
‑Absolutamente.
‑Oíd, entonces, mi último consejo.
‑Bien, pero que sea el último.
‑¿No queréis oírlo?
‑Al contrario, os lo pido.
‑No enviéis a Beauchamp vuestros padrinos. ‑¿Cómo?
‑Id vos mismo a buscarle.
‑Eso va contra la
costumbre.
‑Ese duelo nada tiene que ver con los comunes, veamos.
‑¿Y por qué debo ir yo mismo?
‑Porque de ese modo el asunto quedará entre vosotros dos.
‑Explicaos.
‑Si Beauchamp está dispuesto a retractarse, preciso es dejarle
el mérito de la buena voluntad; no por eso dejará de hacer lo que le parezca.
Si por el contrario, entonces será tiempo de revelar el secreto a los dos
extraños.
‑No serán dos extraños, serán dos amigos. ‑Los amigos de hoy son
enemigos mañana.
‑¡Oh! ¡Cómo... !
‑Dígalo Beauchamp.
‑Así, pues...
‑Así, pues, os recomiendo prudencia.
‑¿Y me aconsejáis que vaya yo mismo a buscar a Beauchamp?
‑Sí.
‑¿Solo?
‑Solo. Cuando se quiere obtener algo del amor propio de un
hombre, es preciso salvar a ese amor propio hasta la apariencia del sufrimiento.
‑Me parece que tenéis razón. ‑¡Gracias a Dios!
‑Iré solo.
‑Escuchad. Creo que mejor haríais en no ir ni solo ni
acompañado.
‑Pero eso es imposible.
‑Haced lo que os digo, os tendrá más cuenta.
‑Pero en este caso, veamos: si a pesar de todas mis preocupaciones,
llega a efectuarse el desafío, ¿me serviréis de testigo?
‑Mi querido vizconde ‑dijo Montecristo con una gravedad extremada‑,
ya conoceréis que en todo estoy pronto a serviros. Pero lo que me pedís sale ya
del círculo de lo que puedo hacer por vos.
‑¿Por qué?
‑Quizás un día lo sabréis. ‑Pero mientras tanto...
‑Dispensadme, es un secreto.
‑Está bien. Elegiré a Franz y Chateau‑Renaud.
‑Perfectamente. ¡Franz y Chateau‑Renaud son muy a propósito para
el caso!
‑Pero, en fin, si me bato, ¿me daréis una leccioncita de espada
o de pistola?
‑No; eso también es imposible.
‑¡Oh! ¡Qué singular sois! ¿Conque en nada queréis mezclaros?
‑En nada absolutamente.
‑No hablemos entonces más de ello. Adiós, conde.
‑Adiós, vizconde.
Morcef tomó su sombrero y salió.
A la puerta encontró su cabriolé, y conteniendo cuanto pudo su
cólera, se hizo conducir a casa de Beauchamp, que estaba en la redacción.
Entonces Alberto se hizo conducir allí.
Beauchamp estaba en un salón sombrío y oscuro como suelen ser
las redacciones de periódicos.
Anunciáronle a Alberto de Morcef. Dos veces se hizo repetir el
anuncio, y mal convencido aún, gritó:
‑Entrad.
Alberto entró. Beauchamp lanzó una exclamación de sorpresa al
ver a su amigo atravesar por entre los papeles y pisotear con la torpeza hija
de la poca costumbre que tenía, los periódicos de todos tamaños que cubrían,
no el pavimento, sino la mesa en que estaba escribiendo.
‑¡Por aquí, por aquí, mi querido Alberto! ‑dijo, presentando al
joven‑. ¿Qué es lo que os trae por acá? ¿Venís a almorzar conmigo? Veamos,
buscad una silla. Mirad, allí hay una junto a aquel geranio, que es lo único
que recuerda que haya hojas en el mundo además de las de papel.
‑Beauchamp ‑dijo Alberto‑, vengo a hablaros de vuestro periódico.
‑¡Vos, Morcef! ¿Qué deseáis?
‑Deseo una rectificación.
‑¡Una rectificación! ¿Respecto a qué, Alberto? Pero sentaos.
‑Gracias ‑respondió Alberto por segunda vez y con un ligero
movimiento de cabeza.
‑Vamos, explicaos.
‑Una rectificación sobre un hecho que ataca el honor de mi familia.
‑¡Vamos! ‑dijo Beauchamp sorprendido‑. ¿Qué hecho? Me parece
que no se podrá...
‑Lo que os han escrito de Janina.
‑¿De Janina?
‑Sí, de Janina. No os hagáis el ignorante.
‑¡Palabra de honor que nada sé... ! ¡Bautista, un número de
ayer! ‑gritó Beauchamp.
‑Es inútil. Traigo el mío en el bolsillo.
Beauchamp leyó:
«Nos escriben de Janina..., etc.»
‑Ya podéis ver que el hecho es grave ‑dijo Morcef, así que
Beauchamp hubo leído.
‑¿Ese oficial es pariente vuestro? ‑preguntó el periodista.
‑Sí ‑dijo Alberto sonrojándose.
‑Pues bien, ¿qué queréis que haga por serviros? ‑dijo Beauchamp
con dulzura.
‑Quisiera que retractaseis este hecho, mi querido Beauchamp.
Beauchamp miró a Alberto con una atención que anunciaba seguramente
mucha bondad.
‑Veamos ‑dijo‑, es cosa de tomarlo despacio, porque una retractación
es siempre asunto de gravedad. Sentaos. Voy a leer otra vez estas tres o cuatro
líneas.
Alberto se sentó y Beauchamp volvió a leer las líneas
acriminadas por su amigo, con más cuidado que antes.
‑Ya lo veis ‑dijo Alberto con firmeza y hasta con sequedad‑, en
vuestro periódico se ha insultado a un miembro de mi familia, y exijo una
retractación.
‑Exigís...
‑Sí, exijo una retractación.
‑Permitidme que os diga, mi querido vizconde, que vuestro lenguaje
no es parlamentario.
‑No trato de que lo sea ‑replicó el joven levantándose‑, quiero
la retractación de un hecho que habéis anunciado ayer, y la obtendré. Sois
bastante amigo ‑prosiguió Alberto, apretando los dientes, viendo que Beauchamp
empezaba a levantar la cabeza con aire desdeñoso‑, sois bastante amigo, y por
lo mismo supongo que me conocéis suficientemente para comprender mi tenacidad
en semejante caso.
‑Con palabras como las que acabáis de decir, Morcef,
conseguiréis hacerme olvidar que soy amigo vuestro, como decís. Pero, veamos,
no nos enfademos o dejémoslo para más adelante... ¡Sepamos quién es ese
pariente que se llama Fernando!
‑Es mi padre, nada menos ‑dijo Alberto‑, el señor Fernando
Mondego, conde de Morcef, un veterano que ha visto veinte campos de batalla y
cuyas cicatrices se trata de cubrir con fango impuro.
‑¡De vuestro padre! ‑replicó Beauchamp‑, la cosa ya cambia.
Ahora comprendo vuestra incomodidad, querido Alberto. Volvamos
a leer.
Y leyó otra vez la nota, deteniéndose a cada palabra.
‑Pero ¿en dónde veis ‑preguntó Beauchamp‑ que el Fernando del
periódico sea vuestro padre?
‑En ninguna parte. Pero lo verán otros, y por eso quiero que se
desmienta el hecho.
Al oír la palabra quiero, Beauchamp levantó la vista para
mirar a Morcef, pero bajándola al instante se quedó un momento pensativo.
‑Desmentiréis este hecho, ¿no es verdad? ‑repitió Morcef con una
cólera que iba en aumento y que procuraba reprimir.
‑Sí ‑respondió Beauchamp.
‑¡Está bien! ‑dijo Alberto.
‑Pero después que me haya cerciorado de que es falso.
‑¡Cómo!
‑Sí; la cosa merece la pena de que se aclare, y yo la aclararé.
‑Y qué tenéis que aclarar ‑dijo Alberto fuera de sí‑. Si creéis
que no es mi padre, decidlo sin rodeos, y si, por el contrario, creéis que es
de él de quien se trata, explicadme los motivos que para ello tenéis.
Beauchamp miró a Alberto con esa sonrisa que le era peculiar y
que sabía adaptarse a todas las pasiones.
‑Caballero ‑repuso‑, puesto que ya debemos tratarnos así, si
habéis venido a exigirme una satisfacción, debíais haberlo hecho desde el
principio, y no haberme hablado de amistad y de otras cosas ociosas como las
que tengo la paciencia de oír hace media hora. Sepamos, ¿es por este terreno
por el que debemos marchar en lo sucesivo?
‑Sí; en el caso de que no retractéis la infame calumnia.
‑Entendámonos y dejemos a un lado las amenazas, señor Alberto
Mondego, vizconde de Morcef. No acostumbro sufrirlas de mis enemigos, y con
mucho más motivo de mis amigos. Es decir, que tenéis formal empeño en que
desmienta el hecho acerca del general Fernando, hecho en que, bajo mi palabra
de honor, aseguro no haber tenido parte.
‑¡Sí, lo quiero! ‑dijo Alberto, cuya mente empezaba a extraviarse.
‑¿Sin lo cual nos batiremos? ‑continuó Beauchamp con la misma
calma.
‑Sí ‑replicó Alberto levantando la voz.
‑Pues bien ‑dijo Beauchamp‑. Ahí va mi contestación. Yo no
he insertado ese hecho ni lo conozco, pero con vuestra conducta
me habéis llamado la atención acerca de él. Subsistirá, pues, hasta que sea
desmentido o confirmado por quien corresponda.
‑¡Caballero! ‑dijo Alberto levantándose‑. Tendré el honor de
enviar mis padrinos. Discutiréis con ellos el sitio y las armas.
‑Está bien.
‑Y esta tarde, si os parece, o mañana, a más tardar, nos
veremos.
‑¡No, no! Estaré en el campo cuando deba estar, y me parece
estoy en mi derecho, toda vez que soy el provocado, y me parece, digo, que
todavía no ha llegado la hora. Sé que sois buen espadachín, mientras que yo
manejo medianamente la espada; de seis blancos, soléis quitar tres, poco más o
menos me sucede a mí. Sé que un desafío entre nosotros sería un desafío formal,
porque vos sois valiente, y yo... lo soy también. No quiero, pues, exponerme a
mataros o a que me matéis sin fundado motivo. Ahora voy a preguntaros a vos
categóricamente: ¿Insistís en conseguir esa retractación hasta el extremo de
matarme si no la hago, a pesar de haberos dicho, a pesar de repetiros y
aseguraros bajo mi palabra de honor que no conocía el hecho, y a pesar, en fin,
de declararos que nadie que no sea un visionario como vos, puede reconocer al
señor conde de Morcef bajo ese nombre de Fernando?
‑Este es mi empeño.
‑Pues bien, señor mío, consiento en darme de estocadas con vos.
Pero quiero tres semanas. Dentro de tres semanas me encontraréis para deciros:
«Sí, el hecho es falso, y lo retracto, o bien: «Sí, el hecho es cierto», y
desenvaino la espada, o saco las pistolas de la caja. Lo que vos elijáis.
‑Tres semanas ‑exclamó Alberto‑, pero tres semanas son tres
siglos, durante los cuales estaré deshonrado.
‑Si hubieseis seguido siendo mi amigo, os habría dicho: Paciencia,
amigo mío; pero os habéis hecho mi enemigo, y os digo: ¿Qué me importa?
‑¡Está bien! ¡Dentro de tres semanas! ‑dijo Morcef‑. Pero,
expirado ese plazo, no habrá dilación ni subterfugio que pueda dispensaros...
‑Caballero Alberto de Morcef ‑repuso Beauchamp levantando-, no
puedo arrojaros por la ventana hasta tres semanas, es decir, en veinticuatro
días, y hasta esta época no tenéis derecho para insultarme. Estamos a 29 de
agosto, hasta el 21 de septiembre. Hasta entonces, creedme, y es un consejo de
caballero el que voy a daros, excusemos los ladridos de dos perros encadenados
a larga distancia uno de otro.
Y saludando con gravedad al joven, Beauchamp le volvió la
espalda y entró en la imprenta.
Alberto se vengó en un montón de periódicos que dispersó a latigazos,
después de lo cual se marchó, no sin haberse encaminado antes dos o tres veces
hacia la puerta de la imprenta.
Mientras Alberto fustigaba el caballo de su cabriolé, vio al
atravesar el bulevar a Morrel, que con la cabeza erguida pasaba por delante de
los baños chinescos, viniendo por la puerta de San Martín y encaminándose
hacia la Magdalena.
‑¡Ah! ‑dijo suspirando‑. ¡He ahí un hombre feliz!
Casualmente Alberto no se equivocaba.
Efectivamente Morrel era feliz.
El señor Noirtier le había mandado llamar y tenía tanta ansiedad
por saber la razón de ello, que no tomó un carruaje, fiándose más de sus dos
piernas que de las cuatro de un caballo de alquiler. Partió, pues, ligero como
un rayo, y se dirigió por la calle Meslay al arrabal de Saint‑Honoré.
Caminaba con paso gimnástico, y el pobre Barrois apenas podía
seguirle. En algo había de verse que Morrel tenía treinta y un años y Barrois
sesenta. El primero estaba ebrio de amor, y el segundo sofocado por el gran
calor. Estos dos hombres de intereses y de edad tan diversos, semejaban las dos
líneas que forman el triángulo, que separadas de su base se reúnen en el
vértice.
El vértice era el señor Noirtier, que envió a buscar a Morrel,
recomendándole la prontitud, recomendación que, con gran disgusto de Barrois,
seguía al pie de la letra.
Al llegar, Morrel no estaba cansado. El amor confiere alas; pero
Barrois, que hacía mucho tiempo que no amaba, apenas podía moverse.
El viejo servidor hizo entrar a Morrel por la puerta secreta,
cerró la del despacho y no tardó mucho en oírse el rumor de un vestido cuyos
bordes rozaban el suelo y anunciaba la visita de Valentina. Estaba encantadora
con el traje de luto.
Noirtier acogió benévolamente al joven, y recibió con agrado las
muestras de gratitud que éste le daba, por la maravillosa intervención que
había salvado a Valentina y a él de la desesperación. Su mirada se dirigió en
seguida a la joven, que sentada a cierta distancia, esperaba que se la
invitase a hablar, y aquella mirada era toda una pregunta.
Noirtier la miró también a su vez.
‑¿Digo lo que me habéis encargado? ‑preguntó ella.
‑Sí ‑respondió Noirtier.
‑Señor Morrel ‑añadió entonces Valentina al joven que la miraba
absorto‑‑, mi abuelo tenía mil cosas que deciros; hace tres días que me las ha
confiado, y os ha enviado a buscar hoy para que yo os las repita. Lo haré, ya
que me ha escogido como su intérprete, sin cambiar una sílaba ni separarme en
lo más mínimo de sus intenciones.
‑¡Ah!, os escucho, espero con impaciencia. Hablad, hablad.
Valentina bajó los ojos, lo que pareció de buen agüero a Morrel,
porque ella era débil en los momentos en que se sentía dichosa.
‑Mi padre quiere dejar esta casa ‑dijo‑ Barrois se ha encargado
de buscar una que nos convenga.
‑Pero, señorita, vos a quien el señor Noirtier quiere y
necesita... ‑dijo Morrel.
‑Yo ‑dijo la joven‑ no dejaré a mi abuelo. Estamos ya de acuerdo
en esto. Mi habitación será contigua a la suya. O el señor de Villefort me
dará su consentimiento para vivir junto a mi abuelo, o me lo rehusará. En el
primer caso, parto ahora mismo; en el segundo, esperaré a ser mayor, lo que
sólo tardará diez meses, y entonces, libre, independiente, con una buena
fortuna, y...
‑¿Y...? ‑preguntó Morrel.
‑Y con la autorización de mi abuelo, os cumpliré la promesa que
os he hecho.
Pronunció Valentina estas palabras con una voz tan débil que Morrel
no las hubiera comprendido sin el grande interés que en ello tenía.
‑¿He expresado bien vuestras intenciones, mi querido abuelo? ‑añadió
Valentina dirigiéndose al señor Noirtier.
‑Sí ‑respondió el anciano.
‑Establecida en casa de mi abuelo, el señor Morrel podrá venir a
verme en casa de este bueno y digno protector, y si el lazo que nuestros
corazones ignorantes o caprichosos han empezado a formar, parece suave, y
presenta garantías de una dicha futura, ¡ay!, según dicen, los corazones
inflamados por los obstáculos se enfrían fácilmente al cesar éstos, entonces el
señor Morrel me pedirá a mí misma y yo le atenderé.
‑¡Oh! ‑dijo Morrel, queriendo arrodillarse ante el anciano, como
ante un dios, y ante Valentina como ante un ángel‑. ¡Oh! ¡Qué he hecho yo en
toda mi vida para merecer tanta ventura!
‑Hasta entonces ‑continuó la joven con su voz pura y severa‑, es
necesario respetar las conveniencias, la voluntad de nuestros padres, con tal
que no signifique separarnos para siempre. En una palabra, y la repito porque
ella lo dice todo: Esperaremos.
‑Y los
sacrificios que esta palabra impone ‑dijo Morrel-, os juro que sabré
cumplirlos con resignación y con honor.
‑Así, pues ‑continuó Valentina dirigiendo una dulce mirada, que
penetró hasta el corazón de Maximiliano‑, no más imprudencias, amigo mío, no
comprometáis a la que de hoy en adelante se considera destinada a llevar pura
y dignamente vuestro nombre.
Morrel puso la mano sobre su corazón.
Noirtier los contemplaba con la mayor ternura. Barrois, que
había permanecido en el fondo del gabinete, como persona para quien nada hay
oculto, sonreía, enjugando las gotas de sudor que se desprendían de su calva
frente.
‑¡Ay, Dios mío!, qué calor tiene este buen Barrois ‑dijo Valentina.
‑¡Ah!, es que he corrido mucho, señorita, pero debo hacer justicia
al señor Morrel, corría más que yo.
Noirtier indicó con los ojos una salvilla en que había una
botella de limonada y un vaso. La limonada que faltaba la había tomado poco
antes el señor Noirtier.
‑Toma, buen Barrois, toma, porque veo que diriges una mirada
codiciosa a la limonada:
‑Es cierto ‑dijo Barrois‑ que me muero de sed, y que bebería de
buena gana un vaso de limonada a vuestra salud.
‑Bebe, pues ‑le dijo Valentina‑, y vuelve en seguida.
Barrois se llevó la salvilla, y apenas había llegado al
corredor, cuando por entre la puerta que dejó medio abierta le vieron echar
atrás la cabeza para apurar el vaso que había llenado Valentina.
Despidióse ésta de Morrel en presencia de su abuelo, cuando se
oyó resonar en la escalera la campanilla del señor de Villefort. Ello era señal
de que llegaba alguna visita, y Valentina miró al reloj.
‑Son las doce ‑dijo‑, hoy es sábado, querido abuelo, es sin duda
el médico.
Noirtier hizo una señal afirmativa.
‑Va a venir aquí, es necesario que el señor Morrel se retire.
¿No es verdad, abuelo?
‑Sí ‑respondió éste.
‑Barrois ‑gritó Valentina‑. Barrois, ven.
Oyóse la voz del criado que respondía.
‑Voy, señorita.
‑Barrois va a acompañaros hasta la puerta, y ahora acordaos de
una cosa, y es que mi abuelo os encarga no deis ningún paso que Pudiera
comprometer nuestra dicha.
En este momento entró Barrois.
_.¿Quién ha llamado? ‑preguntó Valentina.
‑El doctor d'Avrigny ‑dijo Barrois, que no podía tenerse en
pie.
‑¿Qué os ocurre, Barrois? ‑le preguntó Valentina.
El anciano no respondió, miraba a su amo con ojos desencajados,
y con las manos agarrotadas buscaba apoyo para poder sostenerse.
‑Pero va a caer ‑gritó Morrel.
En efecto, el temblor que se había apoderado de Barrois aumentaba
gradualmente, y sus facciones, alteradas por los movimientos convulsivos de
los músculos de la cara, anunciaban un ataque nervioso de los más intensos.
Las miradas de Noirtier, al ver así a Barrois, dejaban traslucir
todas las emociones capaces de agitar el corazón de un hombre.
Barrois dio algunos pasos para acercarse
a su amo.
‑¡Ah! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Señor! ‑dijo‑, pero qué tengo yo
para... padezco mucho..., no veo... Mil puntas aceradas me atraviesan el
cráneo. ¡Oh! ¡No me toquéis, no me toquéis!
Tenía los ojos completamente fuera de las órbitas, la cabeza
caída hacia atrás y el cuerpo frío y rígido.
Valentina, espantada, lanzó un grito. Morrel la tomó en sus brazos,
como queriéndola defender de un peligro desconocido.
‑¡Señor d'Avrigny, señor d'Avrigny! ‑gritó Valentina con voz
apagada‑. ¡Venid, socorrednos!
Barrois dio una vuelta sobre sí mismo, retrocedió cuatro o cinco
pasos atrás, tropezó y fue a caer a los pies del señor Noirtier, sobre cuya
rodilla apoyó una mano gritando:
‑¡Amo mío, mi buen amo!
En aquel instante el señor Villefort, atraído por los gritos, se
presentó a la puerta del cuarto.
Morrel abandonó a Valentina, medio desmayada, y se retiró, escondiéndose
en un ángulo de la sala, detrás de una cortina.
Pálido, cual si una venenosa serpiente hubiera aparecido a sus
ojos, dejó caer una mirada helada sobre el desgraciado que agonizaba.
Noirtier estaba impaciente y aterrorizado. Su alma volaba al
socorro del pobre anciano, su amigo, más que su criado. Se veía en su frente el
terrible combate entre la vida y la muerte, sus venas estaban hinchadas y sus
músculos contraídos.
Barrois, con la faz fatigada, los ojos sanguinolentos y el
cuello caído, yacía en tierra, dando golpes en el suelo con las manos, mientras
que sus piernas, tiesas y endurecidas, no podían doblarse. Una ligera espuma
cubría sus labios y apenas respiraba.
Villefort permaneció un instante espantado, fijos los ojos en
este cuadro que se le ofreció a sus ojos al entrar en el cuarto, y sin haber
visto a Morrel.
‑¡Doctor, doctor! ‑gritó, dirigiéndose a la puerta‑, ¡venid, venid
pronto!
‑¡Señora, señora! ‑gritaba Valentina llamando a su madrastra, y
sosteniéndose en la pared de la escalera‑, venid, venid pronto, y traed vuestro
frasco de sales.
‑¿Qué ocurre? ‑preguntó con voz metálica la señora de Villefort.
‑¡Oh, venid, venid!
‑¿Pero dónde está el médico? ‑gritaba Villefort.
La señora de Villefort bajó lentamente, se oían resonar sus
pisadas. En una mano traía un pañuelo con el que enjugaba su frente. En la
otra, un frasco de sales inglesas. Su primera mirada al llegar a la puerta fue
para el señor Noirtier, cuya cara, aparte de la emoción, anunciaba una salud
perfecta. La segunda fue al moribundo; palideció y sus ojos se apartaron del
criado para fijarse en el amo.
‑Pero, en nombre del cielo, señora, ¿dónde está el médico? Entró
en vuestro cuarto. Esto es una apoplegía fulminante, y con una sangría se le
salvará.
‑¿Hace mucho rato que ha comido? ‑preguntó la señora de Villefort,
eludiendo la cuestión.
‑Señora ‑dijo Valentina‑, aún no se ha desayunado, pero esta
mañana ha andado mucho para cumplir ciertas diligencias que le encargó mi
abuelo, y a su vuelta ha tornado solamente un vaso de limonada.
‑¡Ah! ‑dijo la señora de Villefort‑, ¿por qué no lo tomó de
vino? La limonada es muy mala.
‑La limonada estaba ahí, en la botella de mi abuelo, el pobre Barrois
tenía sed, y ha bebido lo que encontró.
La señora de Villefort se estremeció. Noirtier le dirigió una
profunda mirada.
‑Señora ‑dijo Villefort‑, os he preguntado dónde está el señor
d'Avrigny, responded, en nombre del cielo.
‑Está en el cuarto de Eduardo, que se halla algo indispuesto ‑contestó,
no pudiendo eludir por más tiempo su respuesta.
Villefort se encaminó hacia la escalera para ir a buscarle en
persona.
‑Esperad ‑dijo su mujer, dando su frasco a Valentina‑, van a
sangrarlo sin duda. Me vuelvo a mi cuarto, porque no puedo soportar la vista de
la sangre‑y siguió a su marido.
Morrel salió del ángulo sombrío en que se había ocultado; nadie
había reparado en él, tanta era la confusión que reinaba en la casa.
‑Marchaos en seguida, Maximiliano ‑le dijo Valentina‑, y esperad
a que os avise antes de volver. Partid.
Morrel consultó con un gesto al señor Noirtier, que había conservado
su sangre fría y que le respondió afirmativamente con otro. Apretó contra su
corazón la mano de Valentina y salió por el pasadizo secreto, al mismo tiempo
que el señor de Villefort y el doctor entraban por la puerta del lado opuesto.
Barrois empezaba a volver en sí, la crisis había pasado, y el
infeliz quería hincarse de rodillas. El señor d'Avrigny y Villefort le llevaron
a un sillón.
‑¿Qué ordenáis, doctor? ‑preguntó Villefort.
‑Que me traigan agua y éter. ¿Tenéis en casa?
‑Sí.
‑Que vayan inmediatamente a buscar aceite de terebinto y un
emético.
‑Id‑dijo el señor de Villefort.
‑Y ahora, que todos se retiren.
‑¿Yo también? ‑preguntó tímidamente Valentina.
‑Sí, señorita ‑dijo el doctor‑, vos antes que todos.
Valentina miró con asombro al señor d'Avrigny, abrazó al señor
Noirtier y salió. En seguida, el doctor cerró la puerta con un aire sombrío.
‑Mirad, mirad, doctor, vuelve en sí, era un ligero ataque.
El señor d'Avrígny sonrió con tristeza.
‑¿Cómo os sentís, Barrois? ‑preguntó al enfermo.
‑Algo mejor, señor.
‑¿Podréis beber este vaso de agua con éter?
‑Lo intentaré, pero no me toquéis.
‑¿Por qué?
‑Porque me parece que si me tocáis, aun cuando sea con la punta
de un dedo, me volverá a dar el accidente.
‑Bebed.
Barrois tomó el vaso, lo llevó a sus labios amoratados y bebió
casi la mitad.
‑¿Qué es lo que os duele? ‑preguntó el facultativo.
‑Todo el cuerpo, siento calambres espantosos.
‑¿Tenéis mareos?
‑Sí.
‑¿Os zumban los oídos?
‑Muchísimo.
‑¿Cuándo os ha atacado el mal?
‑Hace un momento.
‑¿Así, de repente?
‑Como el rayo.
‑¿No habéis sentido nada ayer ni anteayer?
‑Nada.
‑¿Ni sueño, ni pesadez?
‑No.
‑¿Qué habéis comido hoy?
‑Nada, únicamente he bebido un vaso de la limonada del amo.
Y Barrois hizo un movimiento con la cabeza para indicar al señor
Noirtier, que inmóvil en su sillón no perdía un solo movimiento, una sola
palabra, contemplando horrorizado esta terrible escena.
‑¿Dónde está esta limonada? ‑preguntó repentinamente el doctor.
‑Abajo, en una botella.
‑¿Pero dónde abajo?
‑En la cocina.
‑¿Queréis que vaya por ella, doctor? ‑preguntó Villefort.
‑No; permaneced aquí, y procurad que el enfermo beba el resto de
este vaso de agua.
‑Pero esa limonada. ..
‑Yo mismo iré a buscarla.
El señor d'Avrigny se levantó, abrió la puerta, bajó precipitadamente
la escalerá interior, y por poco echa a rodar a la señora de Villefort, que
bajaba también a la cocina. Esta dio un grito, d'Avrigny no hizo caso, y
dominado fuertemente por una idea, saltaba los escalones de cuatro en cuatro.
Entró precipitadamente en la cocina y vio la botella vacía al menos en tres
cuartas partes. Se lanzó sobre ella como un águila sobre su presa, volvió a
subir y entró en la sala.
La señora de Villefort tomó lentamente el camino de su cuarto.
‑¿Es ésta la botella que estaba aquí? ‑preguntó d'Avrigny.
‑Sí, señor doctor.
‑¿Esta limonada es la que habéis bebido?
‑Así lo creo.
‑¿Qué sabor le habéis encontrado?
‑Un sabor amargo.
El doctor vertió unas cuantas gotas de limonada en la palma de
la mano, las aspiró con los labios, y después de enjuagarse con ellas la boca,
como se hace cuando se quiere tomar el gusto al vino, arrojó el líquido a la
chimenea.
‑Es la misma ‑dijo‑ ¿Y vos también habéis bebido de ella, señor
Noirtier?
‑Sí ‑dijo el anciano.
‑¿Y le habéis encontrado el sabor amargo?
‑Sí.
‑¡Ah, doctor! ‑gritó Barrois‑, ¡otra vez el ataque! ¡Dios mío!
¡Señor, tened piedad de mí!
El facultativo se acercó al enfermo.
‑El emético, señor; ved si lo han traído.
Nadie respondía. En la casa reinaba el terror más profundo.
‑Si hubiese un medio para introducirle el aire en los pulmones ‑dijo
d'Avrigny, mirando por todas partes‑, quizá podría contener la asfixia. ¡Pero
no! ¡Nada, nada!
‑¡Ay, señor!, ¡me dejáis morir sin prestarme auxilio! ‑gritaba
Barrois‑. ¡Ay, Dios mío! ¡Me muero! ¡Me muero!
‑Una pluma, una pluma ‑decía el facultativo, y vio una sobre una
mesa. Procuró introducirla en la boca del enfermo, que atacado de violentas
convulsiones, hacía esfuerzos inútiles para vomitar, pero tenía tan apretados
los dientes, que fue imposible hacer pasar la pluma. Había caído del sillón al
suelo, y se revolcaba en él. El facultauvo le dejó, no pudiendo aliviarle, y se
dirigió al señor Noirtier.
‑¿Cómo os sentís? ‑le dijo rápidamente y en voz baja‑, ¿bien?
‑Sí.
‑¿Con el estómago ligero o pesado?
‑Ligero.
‑¿Como cuando tomáis la píldora que os doy los domingos?
‑Sí.
‑¿Ha sido Barrois quien ha probado vuestra limonada?
‑Sí.
‑¿Sois vos el que le ha hecho beber?
‑No.
‑¿Fue el señor de Villefort?
‑No.
‑¿Su esposa?
‑Tampoco.
‑¿Valentina?
‑Sí.
Un suspiro de Barrois llamó la atención de d'Avrigny, el cual
dejó a Noirtier y se acercó al enfermo.
‑Barrois, ¿podéis hablar?
Este balbució algunas palabras ininteligibles.
‑Haced un esfuerzo, amigo mío.
Barrois abrió sus ojos, inyectados en sangre.
‑¿Quién preparó la limonada?
‑Yo.
‑¿La habéis traído en seguida a vuestro amo?
‑No.
‑¿Dónde la dejasteis?
‑En la repostería, porque me llamaban.
‑¿Quién la trajo?
‑La señorita Valentina.
D'Avrigny se dio una palmada en la frente.
‑¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ‑dijo a media voz.
‑Doctor, doctor ‑gritó Barrois, que presentía el tercer acceso.
‑Pero ¿no llega el vomitivo? ‑gritó el facultativo.
‑Aquí está ‑dijo Villefort, presentando un vaso.
‑¿Quién lo ha traído?
‑El dependiente del boticario que ha venido conmigo.
‑Bebed.
‑No puedo, doctor, ya es tarde, la garganta se me aprieta, me
ahogo. ¡Oh! ¡Mi corazón...!, mi corazón... ¡Qué infierno...! ¿Sufriré de este
modo mucho tiempo?
‑No, no, amigo mío. Dentro de poco ya no sufriréis.
‑¡Ah!, os comprendo ‑gritó el desgraciado‑. ¡Dios mío!, ¡tened
piedad de mí! ‑y profiriendo un agudo grito, cayó de espaldas, como herido por
un rayo. D'Avrigny le puso una mano sobre el corazón y acercó un espejo a sus
labios.
‑¿Y bien? ‑preguntó Villefort.
‑Bajad a la cocina y decid que me traigan al instante el jarabe
de violetas.
Villefortfue en seguida.
‑No os asustéis, señor Noirtier ‑dijo d'Avrigny‑, me llevo al
enfermo a otro cuarto para sangrarlo. Ciertamente estos ataques son espantosos ‑y
tomando a Barrois por debajo de los brazos, le llevó casi arrastrando a la
habitación próxima, volviendo inmediatamente por la botella de limonada.
Noirtier cerraba el ojo derecho.
‑¿Queréis que venga Valentina, es verdad? Voy a decírselo al
momento.
Villefort subía, y d'Avrigny le encontró en el corredor.
‑¿Y bien? ‑le dijo.
‑Venid ‑respondió el facultativo, y le condujo al cuarto.
‑¿No ha vuelto en sí? ‑preguntó el procurador del rey.
‑Está muerto.
Villefort dio tres pasos atrás, púsose las manos en la cabeza, y
exclamó con un acento de conmiseración inequívoca, mirando el cadáver:
‑¡Muerto! ¡Y tan pronto... !
‑¡Oh!, sí, muy pronto ‑dijo d'Avrigny‑, pero eso no debe admiraros.
El señor y la señora de Saint‑Merán murieron también de repente. ¡Ah! ¡Y se
tarda poco en morir en vuestra casa, señor de Villefort!
‑¿Qué? ‑gritó el procurador del rey con un acento de horror y
desesperación‑. ¿Volvéis a esa terrible idea?
‑Sí, siempre, siempre la he tenido, y para que os convenzáis de
que esta vez no me engaño, escuchad, señor de Villefort.
Este temblaba convulsivamente.
‑Hay un veneno que mata sin dejar rastro ni señal. Lo conozco, y
he estudiado sus accidentes, todos los fenómenos que produce, lo he reconocido
en el pobre Barrois, como lo reconocí en el señor y la señora de Saint‑Merán.
Es fácil de observar. Este veneno da un color azul al papel tornasolado,
enrojecido por un ácido, y tiñe de verde el jarabe de violetas. No tenemos
papel tornasolado, pero he aquí que me traen el jarabe de violetas que había
pedido.
Efectivamente se oíàn pasos en el corredor. El doctor entreabrió
la puerta, tomó de manos de la criada un vaso en el que había dos o tres
cucharadas de jarabe, y volvió a cerrar.
‑Mirad ‑dijo al procurador del rey‑, ved aquí el jarabe y en esa
botella el resto de la limonada que han bebido el señor Noirtier y Barrois. Si
la limonada está pura, el jarabe no cambiará su color. Si, por el contrario,
está envenenada, el jarabe se pondrá verde. Mirad.
El doctor vertió algunas gotas de limonada en el vaso, y al
instante una especie de nube se formó en el fondo, tomó al principio un color
azulado, después el de zafiro opaco, y últimamente, verde esmeralda. Al llegar
a este color se fijó, por decirlo así, en él para no variar. El experimento no
dejaba duda alguna.
‑El desdichado Barrois ha sido envenenado con la nuez de San
Ignacio ‑dijo d'Avrigny‑, y lo afirmaré así ante Dios y ante los hombres.
Villefort no respondió, levantó los brazos al cielo, abrió sus
espantados ojos y cayó sobre un sillón, como si le hubiese herido un rayo.
QUINTA PARTE
LA MANO
DE DIOS
Capítulo primero
La acusación
El señor d'Avrigny hizo que el magistrado, que parecía cadáver,
recobrara en seguida el conocimiento.
‑¡Ah! ¡La muerte se ha apoderado de mi casa! ‑dijo el señor de
Villefort.
‑Decid más bien el crimen ‑respondió el doctor.
‑¡Señor d'Avrigny! ‑gritó Villefort‑, no puedo expresar lo que
pasa por mí en este instante, no sé si es miedo, pesar o locura.
‑Sí, lo creo ‑respondió d'Avrigny con calma‑, pero me parece que
es tiempo de obrar, es tiempo de que opongamos un dique a ese torrente de
mortalidad. En cuanto a mí, me siento incapaz de guardar por más tiempo este
secreto, si no es con la esperanza de vengar muy pronto a la sociedad y a las
víctimas.
Villefort lanzó en derredor suyo una mirada sombría y murmuró:
‑En mi casa ‑murmuró‑, en mi casa.
‑Vamos, magistrado ‑dijo d'Avrigny‑, sed hombre. Intérprete de
la ley, honraos a vos mismo por medio de una inmolación completa.
‑¡Me hacéis estremecer, doctor! ¿Una inmolación?
‑Ya lo he dicho.
‑¿Sospecháis, pues, que alguien...?
‑No sospecho de nadie. La muerte llama a vuestra puerta y va, no
ciega, sino inteligente, de cuarto en cuarto, escogiendo sus víctimas. Y bien,
sigo sus pasos, adopto la prudencia de los antiguos. Busco por todas partes,
porque mi cariño para vos y el respeto a vuestra familia es una doble venda
que cubre mis ojos...
‑¡Oh!, hablad, hablad, doctor, tendré valor...
‑Pues bien, señor, tenéis en vuestra casa, tal vez en el seno de
vuestra familia, uno de esos fenómenos espantosos que aparecen una vez cada
siglo. Locusta y Agripina, viviendo al mismo tiempo, son una excepción, que
prueba el furor con que la Providencia quiso perder de una vez al Imperio
romano, manchado con tantos crímenes. Brunequilda y Fredegunda son los
resultados del trabajo de una civilización complicada, en la que el hombre
aprende a dominar al espíritu por medio del enviado de las tinieblas. Todas
estas mujeres habían sido o eran aún hermosas. En su frente había florecido o
ílorecía aún aquella inocencia que se percibe también en la culpable que tenéis
en vuestra casa.
Villefort lanzó un agudo grito, juntó sus manos y miró al doctor
con ademán suplicante. Este prosiguió:
‑Indaga a quién aprovecha el crimen, dice un axioma de jurisprudencia.
‑¡Doctor! ¡Desdichado doctor! ‑exclamó Villefort‑. ¡Cuántas
veces la justicia de los hombres se ha equivocado debido a esas funestas
palabras! Lo ignoro, pero creo que este crimen...
‑¡Ah! ¿Confesáis que el crimen existe?
‑Sí. Lo reconozco, es preciso. Pero dejadme continuar. Me parece
que este crimen recae sobre mí y no sobre las víctimas. Sospecho algún desastre
para mí en medio de todo esto.
‑¡Oh, hombre! ‑murmuró d'Avrigny‑, el más egoísta de todos los
animales, la más personal de todas las criaturas, que crees siempre que la
tierra se mueve, que el sol brilla y que la muerte siega solamente para ti.
Hormiga maldiciendo a Dios desde el tallo de una hierbecilla. Y los que han
perdido la vida, ¿nada perdieron? El señor y la señora de Saint‑Merán, el señor
Noirtier...
‑¿Cómo el señor Noirtier?
‑Sí. ¿Creéis por ventura que fue al desgraciado criado al que
quisieron envenenar? No, no; como el Polonio de Shakespeare, ha muerto por
otro. El señor Noirtier debía beber la limonada y la bebió según el orden
lógico de las cosas. El otro sólo la tomó por casualidad y aunque Barrois es el
muerto, el señor Noirtier era el que debía morir.
‑Pero ¿cómo no ha sucumbido mi padre?
‑Ya os lo dije una tarde en el jardín después de la muerte de la
señora de Saint‑Merán: porque su cuerpo está acostumbrado a ese veneno. Porque
la dosis insignificante para él, es mortal para cualquier otro. En fin, porque
nadie sabe, ni aun el asesino, que desde hace un año estoy combatiendo con la
nuez de San Ignacio la parálisis del señor Noirtier, mientras que el asesino no
ignora que es un veneno sumamente activo.
‑¡Dios mío! ¡Dios mío! ‑exclamó Villefort.
‑Seguid los pasos del criminal. Este mata al señor de Saint‑Merán.
‑¡Oh! ¡Doctor!
‑Lo juraría. Lo que se me ha dicho sobre los síntomas está de
acuerdo con lo que yo he visto.
Villefort dejó de contradecir y lanzó un gemido sordo.
‑Mata al señor de Saínt‑Merán ‑repitió el doctor‑, asesina
también a la señora de Saint‑Merán. El fruto debe ser una herencia doble.
Villefort enjuga el copioso sudor de su frente.
‑Escuchad atentamente.
‑¡Desdichado de mí! No pierdo una sola palabra.
‑El señor Noirtier ‑siguió con su tono despiadado‑ había intentado,
antes de ahora, perjudicaros tanto a vos como a vuestra familia, dejando sus
bienes a los pobres. Nada se espera de él, y esto le salva. Pero no bien ha
destruido su principal testamento, no bien ha hecho el segundo, cuando de miedo
que haga un tercero, se le Mere. Su testamento es de anteayer, creo; veis que
no han perdido el tiempo.
‑¡Oh, piedad, señor d'Avrigny!
‑Nada de piedad, señor. El médico tiene una misión sagrada sobre
la tierra, y para cumplirla debidamente es preciso que se remonte hasta el
principio de la vida y baje hasta las tenebrosas regiones de la muerte. Cuando
se ha cometido un crimen, y Dios espantado sin duda aparta su vista del
criminal, el médico debe decir: ¡Vedle ahí!
‑¡Gracia para mi hija! ‑dijo el señor de Villefort.
‑¡Veis bien que vos, su padre mismo, la nombráis!
‑¡Gracia por Valentina! Escuchad, es imposible. Mejor querría
acusarme a mí mismo. Valentina, un corazón tan puro, una azucena en la
inocencia...
‑No hay gracia, señor procurador del rey. El delito es evidente
y manifiesto, la señorita de Villefort ha empaquetado las medicinas que se
enviaron al señor de Saint‑Merán, y él ha muerto. La señorita de Villefort
preparó las tisanas que se administraron a la señora de Saint‑Merán, y ella
murió. Recibió de las manos de Barrois la botella de limonada que su abuelo
toma todas las mañanas, y este anciano ha escapado milagrosamente. Es culpable.
Es una envenenadora. Señor procurador del rey, cumplid con vuestro deber, yo os
denuncio a la señorita de Villefort.
‑Doctor, no os resisto más; no me defiendo, pero por piedad, compadeceos
de mi vida, de mi honor.
‑Hay circunstancias, señor de Villefort ‑respondió el médico‑,
en que yo traspaso los límites de la imbécil circunspección humana. Si vuestra
hija hubiese cometido el primer crimen, y la viese prepararse para cometer el
segundo, os diría: advertidla, castigadla y que pase el resto de sus días en un
convento, entre la oración y las lágrimas. Si fuera su segundo crimen, os
diría: señor de Villefort, he aquí un veneno que no conoce la envenenadora. Un
veneno para el que no hay antídoto, pronto como el pensamiento, rápido como el
relámpago, mortal como el rayo. Dádselo, encomendad su alma a Dios. Salvad de
este modo vuestro honor y vuestra vida, porque se atenta contra ella y me
parece verla ya acercarse a vuestra cabecera con su hipócrita sonrisa y dulces
exhortaciones. ¡Desgraciado si no herís el primero! He aquí lo que os diría, si
solamente hubiese asesinado a dos personas.
Pero ha presenciado tres agonías, ha contemplado tres
moribundos, se ha arrodillado junto a tres cadáveres. Al verdugo la
envenenadora, al verdugo. Me habláis de vuestro honor, y yo os digo que la
inmortalidad os espera.
Villefort cayó de rodillas.
‑Escuchad ‑dijo‑, no tengo esa fuerza de ánimo que manifestáis
y que quizá no tendríais si se tratara de vuestra bija Magdalena.
El médico palideció.
‑Doctor, todo hombre nacido de mujer ha venido al mundo para
sufrir y morir. Sufriré y esperaré la muerte.
‑Cuidado ‑dijo d'Avrigny‑, quizá sería lenta esa muerte..., la
veríais acercarse poco a poco, después de haberse llevado a vuestro padre, a
vuestra mujer, a vuestro hijo.
Villefort, casi sin conocimiento, apretó el brazo del doctor.
‑Escuchadme ‑le dijo‑, compadecedme y socorredme... Presentaos
ante un tribunal... No, mi bija no es culpable, os diría siempre... No es
culpable, no hay crimen en mi familia... No quiero..., ¿lo oís...?, no quiero
que haya un crimen en ella, porque el crimen es como la muerte, jamás viene
solo. ¿Qué os importa que muera asesinado? ¿Sois mi amigo? ¿Sois hombre?
¿Tenéis valor...? ¡No; vos sois médico... ! Pues bien, os aseguro que no seré
yo el que entregue a mi hija a manos del verdugo. ¡Ah!, ¡ved una idea que me
devora, que cual un insensato me impele a desgarrar con mis uñas mi pecho...!
¡Y si os engañaseis, doctor, si otro que mi hija...! Si un día me presentase
pálido como un espectro a deciros... ¡Asesino! ¡Tú has muerto a mi hija...! Si
esto sucediese, soy cristiano, señor d'Avrigny, y sin embargo, os mataría.
‑Bien ‑‑‑dijo el doctor, tras un silencio‑‑, esperaré.
Villefort le miró como si dudase aún de sus palabras.
‑Sólo que ‑continuó d'Avrigny, con voz lenta y solemne‑, si
cualquiera de vuestra familia cae malo, si os sentís vos mismo atacado, no me
llaméis, porque no vendré. Quiero compartir con vos este secreto terrible, pero
no quiero la vergüenza y el remordimiento que destrozarían mi conciencia,
porque estoy seguro de que el crimen y la desgracia fructificarán en vuestra
casa.
‑¡Es decir, que me abandonáis, doctor!
‑Sí, porque no puedo seguiros más lejos y me detengo al pie del
cadalso. Llegará el momento en que alguna otra revelación terrible ponga fin a
ese espantoso secreto. Adiós.
‑Doctor, os ruego...
‑Los horrores que manchan vuestra casa la hacen odiosa y fatal.
Adiós.
‑Una palabra, una sola palabra aún, doctor, me dejáis en una situación
espantosa que habéis aumentado con vuestras revelaciones. ¿Qué se dirá de la
muerte de este antiguo criado?
‑Es verdad ‑dijo el doctor‑, acompañadme.
Salió el primero y le siguió el señor de Villefort. Los demás
criados, impacientes, se hallaban en los corredores y escalera por donde debía
pasar el doctor.
‑Señor ‑dijo d'Avrigny a Villefort, hablando recio, para que todos
lo oyesen‑, el pobre Barrois llevaba una vida sedentaria hace algunos años,
después de estar acostumbrado a correr a caballo o en coche con su amo por las
cuatro partes de Europa, y el servicio monótono, junto a un sillón, ha
concluido con su existencia. La sangre ha aumentado, había plétora, le atacó un
apoplejía fulminante y me avisaron muy tarde. ¡Ah! ‑añadió‑, tened cuidado de
echar al sumidero el vaso de violetas.
Y sin dar la mano a Villefort, sin hablar más, salió acompañado
de las lágrimas y lamentos de todas las personas de la casa.
Aquella misma noche todos los criados de Villefort se reunieron
en la cocina, hablaron detenidamente, resolvieron presentarse a la señora de
Villefort y pedirle permiso para abandonar su servicio. Nada les detuvo, ni
aumento de salario, ni nada, nada; a todo respondían:
‑Queremos irnos, porque la muerte está rondando esta casa.
Se marcharon, pues, a pesar de los ruegos que les hicieron, no
sin dar a conocer con todo el sentimiento el dolor que les causaba dejar a tan
buenos amos, y sobre todo a la señorita Valentina, tan buena, tan bienhechora y
tan dulce.
A estas palabras Villefort miró fijamente a Valentina. Lloraba
ésta, y, ¡cosa extraña!, en medio de la emoción que le causaron estas lágrimas,
al mirar a la señora de Villefort, vio agitarse en sus labios una sonrisa fría
y siniestra, que pasó por sus delgados labios, como uno de esos meteoros
siniestros que corren entre dos nubes en una atmósfera tempestuosa.
La misma tarde del día en que el conde de Morcef salió de casa
de Danglars con la vergüenza y la cólera que dejan adivinar la negativa del
banquero, el signor Andrés Cavalcanti, con el cabello rizado y lustroso,
bigotes retorcidos y guantes blancos, entró casi de pie en su faetón, en el
zaguán del banquero, calle de Chaussée d'Antin.
A los diez minutos de su llegada al salón, halló el medio de
retirarse con Danglars al hueco de una ventana, y allí, después de un preámbulo
sumamente diestro, le expuso los tormentos que sufría desde el viaje que
emprendió su noble padre. Desde aquel momento, decía, había hallado en la
familia del banquero, que le recibiera como a un hijo, toda la dicha que un
hombre debe buscar antes que la efímera satisfacción de un capricho, y en
cuanto a la pasión, había tenido la felicidad de leerla en los ojos de la
señorita de Danglars. Escuchábale éste con la mayor atención. Hacía dos o tres
días que esperaba esta declaración, y al oírla se dilataron sus órbitas, que
habían estado cubiertas y sombrías mientras escuchaba a Morcef. Sin embargo,
no dejó de hacer algunas concienzudas observaciones al joven antes de acoger su
proposición.
‑Señor Cavalcanti ‑le dijo‑, sois muy joven para pensar en casaros.
‑¡Bah!, no, señor; al menos, a mí no me lo parece. En Italia los
grandes señores se casan generalmente muy jóvenes. Es una costumbre lógica. La
vida es tan incierta, que la felicidad debe aprovecharse en el momento en que
se presenta.
‑Y bien, señor ‑replicó Danglars‑, admitiendo que vuestras
proposiciones, que me honran ciertamente, gustasen del mismo modo a mi mujer y
a mi hija, ¿con quién trataríamos la cuestión de intereses? Me parece es una
cuestión importante, y que tan sólo los padres saben tratar de un modo
conveniente para la dicha de sus hijos.
‑Señor ‑respondió‑, mi padre es un hombre de talento, lleno de
prudencia y moderación. Ha previsto el caso probable de que desease
establecerme en Francia, y me ha dejado al marchar, con los papeles que
aseguran mi identidad, una carta en la que me asegura, en el caso de que escoja
una mujer que no tenga motivo para que le disguste, ciento cincuenta mil libras
de renta desde el día de mi matrimonio. Lo que vendrá a ser, según cálculo, la
cuarta parte de las suyas.
‑Yo ‑dijo Danglars‑ he tenido siempre intención de dar a mi hija
quinientos mil francos de dote. Además, es mi única heredera.
‑Ya veis, pues ‑dijo Cavalcanti‑, que todo está arreglado. Suponiendo
que mi petición no sea desechada por la señora baronesa de Danglars, ni por la
señorita Eugenia, henos, pues, con ciento sesenta y cinco mil libras de renta.
Supongamos una cosa: que obtengo del marqués que en lugar de pagarme la renta
me dé el capital; esto no será fácil, desde luego, pero puede suceder; vos
haréis producir estos dos o tres millones, y dos o tres millones en manos
hábiles pueden dar el diez por ciento.
‑Nunca tomo capitales más que al cuatro ‑dijo el banquero‑, y
algunas veces al tres y medio, pero a mi yerno lo haré al cinco y partiremos
los beneficios.
‑Perfectamente, querido suegro ‑dijo Cavalcanti, sin poder Ocultar
las maneras algo vulgares que de vez en cuando se manifestaban,
a pesar de sus esfuerzos, y del barniz aristocrático con que
procuraba encubrirlas. Pero volviendo de pronto sobre sí, dijo‑: Perdonad, señor;
veis que solamente la esperanza me vuelve loco. ¿Qué será la realidad?
‑Pero ‑dijo Danglars, que por su parte no advirtió que esta conversación,
tan distinta en su principio, había tomado ya el cariz de un asunto de
intereses‑, vuestro padre no puede rehusaros una parte de vuestra fortuna.
‑¿Cuál? ‑preguntó el joven.
‑La que procede de vuestra madre.
‑Es verdad, la que procede de mi madre, Leonor Corsinari.
‑¿Y a cuánto podrá ascender?
‑Por vida mía ‑dijo Andrés‑, os aseguro que nunca me he ocupado
en averiguarlo, pero creo que serán dos millones por lo menos.
Danglars experimentó aquella especie de sofocación causada por
el placer y que sienten el avaro, que encuentra un tesoro perdido, o el hombre
que está para ahogarse y halla bajo sus pies la tierra firme en lugar de la
profundidad en que creía iba a sumergirse.
‑Y bien, señor ‑‑dijo Andrés, saludando afectuosamente al banquero‑,
puedo esperar...
‑Señor Andrés ‑respondió éste‑, esperad, y creed que si no hay
algún obstáculo por parte vuestra que retarde la ejecución, es ya un negocio
concluido.
‑¡Ah! ¡Me llenáis de alegría! ‑dijo Andrés.
‑¡Pero...! ¿Cómo es que el conde de Montecristo, vuestro padrino
en este mundo parisiense, no ha venido con vos al dar este paso?
Cavalcanti se sonrojó imperceptiblemente.
‑Vengo de su casa ‑respondió‑, es un hombre muy simpático, pero
de una originalidad inconcebible. Ha aprobado mi resolución, me ha dicho que no
dudaba un instante que mi padre me daría el capital en vez de la renta, pero me
ha dicho formalmente que no daría un paso en persona, y que no echaría sobre sí
la responsabilidad de hacer una petición matrimonial, añadiéndome que si alguna
vez había sentido tener esta repugnancia, era ahora que se trataba de mí y cuando
creía este matrimonio conveniente en todos conceptos. Por lo demás, no quiere
hacer nada oficialmente y se reserva responderos cuando le habléis.
‑¡Ah!, ¡ah!, está bien.
‑Ahora ‑repuso Andrés con una sonrisa encantadora‑ he concluido
de hablar al suegro y me dirijo al banquero.
‑¿Qué queréis de él? Veamos ‑dijo a su vez sonriendo Danglars.
‑Pasado mañana he de cobrar unos cuatro mil francos en vuestra
caja, pero el conde ha conocido que el mes que va a empezar me traerá quizá
gastos para los que no es bastante mi presupuesto de soltero, y he aquí un
pagaré de veinte mil francos, no diré que me ha dado, pero que me ha ofrecido.
Está, como veis, firmado por él. ¿Os conviene tomarlo?
‑Traedme valor de un millón como éste y todos os los tomaré ‑dijo
Danglars metiendo en su bolsillo el pagaré‑; decidme a qué hora queréis que
vaya mañana mi criado a vuestra casa con veinticuatro mil francos.
‑Alas diez, si queréis, lo más temprano, porque pienso ir al
campo.
‑Sea en buena hora. A las diez, fonda del Príncipe, ¿no es eso?
‑Sí.
Al día siguiente, a las diez, los veinticuatro mil francos
estaban en poder del joven, puntualidad que hace honor al banquero. Andrés salió
en seguida, dejando doscientos francos para Caderousse. Su salida tenía por
objeto el evitar encontrarse con su peligroso amigo. Así que por la noche
volvió muy tarde, pero no bien puso el pie en la fonda cuando se le presentó el
portero, que le esperaba con la gorra en la mano.
‑Señor ‑le dijo‑, aquel hombre ha venido.
‑¿Qué hombre? ‑preguntó con indiferencia Andrés, como si hubiese
olvidado a aquel a quien tenía demasiado presente.
‑Aquel hombre a quien vuestra excelencia da esa pequeña renta.
‑¡Ah!, sí, el antiguo criado de mi padre. Y bien, ¿le habéis
entregado los doscientos francos que dejé para él?
‑Sí, excelencia ‑respondió, pues Andrés se hacía dar este tratamiento‑.
Pero ‑continuó el portero‑ no ha querido tomarlos.
Cavalcanti palideció. Gracias a la oscuridad de la noche nadie
se dio cuenta de ello.
‑¿Cómo? ‑dijo‑, ¿no ha querido recibirlos?
Su voz estaba alterada.
‑No. Quería hablar con su excelencia. Le dije que habíais
salido, insistió, pero finalmente se convenció y me entregó esta carta, que
traía preparada.
‑Veamos
‑dijo Andrés, y leyó a la luz de la linterna de su faetón:
Sabes dónde vivo. Te espero en mi casa mañana a las nueve.
Andrés examinó el sello por si había sido abierta, y algún
indiscreto había visto el contenido de la carta. Pero la había cerrado de tal
modo, y con tales pliegues y dobleces, que para leerla hubiera sido necesario
romper el sello y éste estaba intacto.
‑Muy bien ‑dijo‑, pobrecito. Es un buen hombre.
Dejando al portero edificado con estas palabras, y sin saber a
quién admirar más, si al joven amo o al viejo criado.
‑Desengancha y sube ‑dijo Andrés a su jockey.
El joven subió en dos saltos a su cuarto, quemó la carta de Caderousse
y echó al aire las cenizas. Al acabar esta operación entró el criado.
‑Tienes mi estatura, ¿verdad, Pedro?
‑Tengo esa honra.
Debes tener una librea nueva que lo trajeron ayer.
‑Sí, señor.
‑Tengo que ver a una muchacha, a una griseta, a quien no quiero
dar a conocer ni título ni clase. Tráeme lo librea y dame tus papeles, por si
es necesario dormir en alguna posada.
Pedro obedeció.
Cinco minutos después Andrés, completamente disfrazado, salió de
su casa sin que nadie le conociera, tomó su cabriolé y se dirigió a la posada
del Caballo Rojo, en Picpus. Al día siguiente salió de ésta, del mismo modo que
había salido de la fonda del Príncipe, esto es, sin que nadie le conociera.
Bajó por el arrabal de San Antonio, tomó el arrabal hasta la calle de
Menilmontant, detúvose a la puerta de la tercera casa de la izquierda buscando
a quien preguntar en ausencia del portero.
‑¿A quién buscáis, undo joven? ‑le preguntó la frutera de enfrente.
‑Al señor Pailletin, señora ‑respondió Andrés.
‑¿Un antiguo panadero? ‑preguntó la frutera.
‑Eso es.
‑Al final del patio, al tercer piso a la izquierda.
Andrés tomó el camino que le indicaban, llegó al tercer piso y
con una mezcla de impaciencia y malhumor, agitó la campanilla. Al momento la
figura de Caderousse apareció en el ventanillo de la puerta.
‑¡Ah! , eres puntual ‑dijo, y descorrió el cerrojo.
‑¡Vive Dios! -dijo Andrés al entrar.
Arrojó al suelo la gorra, que rodó por el mismo.
‑Vaya, vaya -dijo Caderousse‑, no lo enfades, chico. He pensado
en ti, lo he preparado un buen desayuno, todo aquello que más lo gusta.
Andrés percibió, en efecto, un olor a cocina, cuyos groseros
aromas no dejaban de tener atractivo para un estómago hambriento. Componíase
de una mezcla de grasa fresca y ajo, que indicaba los guisados favoritos del
populacho provenzal. Además, el de pescado frito, y sobre todo sobresalía la
nuez moscada y el clavo. Veíase en la habitaci6n inmediata una mesa con dos
cubiertos, dos botellas de vino lacradas y porción de aguardiente en otra
botella y una macedonia de fru_ tas colocada con maestría en un plato de
porcelana.
‑¿Qué lo parece, chico? ‑dijo Caderousse‑. ¡Eh! ¡Qué bien huele!
¡Por vida de Baco! Era yo muy buen cocinero allá abajo, ¿te acuerdas? Se lamían
los dedos tras mis guisotes, y tú, tú, que has probado mis salsas, no las
despreciarás.
Dicho esto, Caderousse se puso a mondar una cebolla.
‑Bien, bien ‑dijo Andrés con muy malhumor‑. Si me has incomodado
solamente para que almuerce contigo, llévete mil veces el diablo.
‑Pero, muchacho ‑dijo con gravedad Caderousse‑, comiendo se
habla y además, ingrato, ¿no lo gusta pasar un rato con lo amigo? ¡Ah! Yo estoy
llorando de alegría.
Caderousse lloraba en efecto, sólo que hubiera sido difícil
averiguar si era de alegría o porque el jugo de la cebolla había llegado hasta
sus ojos.
‑¡Calla, hipócrita! ‑le dijo Andrés‑. ¿Tú me amas?
‑Sí, lo amo. Lléveme el diablo, es una debilidad ‑dijo Caderousse‑,lo
sé, pero no puedo remediarlo.
‑Pero ese cariño no lo ha impedido el hacerme venir aquí para
alguna bribonada de las tuyas.
‑Vamos, vamos ‑dijo Caderousse limpiando el cuchillo de cocina
en su delantal‑, si no lo amase, ¿soportaría esta miserable existencia? Mira,
tú traes puesto el vestido de lo criado, cosa que yo no tengo, y me veo
obligado a servirme a mí mismo. Haces ascos a mis guisos, porque comes en la
mesa redonda de la fonda del Príncipe o en el café de París. Pues bien, yo
también podría tener un criado, comer donde se me antojase y me privo de todo,
¿por qué? Por no dar un disgusto a mi Benedetto. Vaya, confiesa que podría
hacerlo, ¿verdad? ‑y una significativa mirada terminó la frase.
‑Anda, quiero creer que me amas, pero si es así, ¿por qué me
obligas a venir a almorzar contigo?
‑Para verte, muchacho.
‑Para verme. ¿Y qué necesidad tenías de ello? ¿No tenemos ya
arregladas las condiciones de nuestro trato?
‑¡Eh!, querido amigo ‑dijo Caderousse‑, hay testamentos que
tienen codicilos, pero has venido para almorzar, siéntate y empecemos por
hacer los honores a estas sardinas y la manteca fresca. ¡Ah!, miras mi cuarto,
mis cuatro sillas de paja y mis grabados a tres francos el cuadro, qué
quieres, ésta no es la fonda del Príncipe.
‑Vamos, ahora estás disgustado, ya no eres feliz, cuando hace un
momento que lo contentabas con parecer un panadero que ha dejado el oficio.
Caderousse dio un suspiro.
‑Vamos, amigo mío, ¿qué tienes que decir? Has visto realizado lo
sueño.
‑Lo que tengo que decir, que es un sueño. Un panadero que deja
el oficio, mi buen Benedetto, suele ser rico y tener rentas.
‑Rentas tienes tú, voto a tal.
‑¿Yo?
‑Sí. ¿Acaso no lo traigo tus doscientos francos?
Caderousse se encogió de hombros.
‑Es humillante ‑‑dijo‑, tener que recibir un dinero que se da de
mala gana, un dinero efímero que puede faltarme de hoy a mañana. Bien conoces
que tengo que hacer economías para el caso en que lo prosperidad viniese a
menos. ¡Ay, amigo mío!, la fortuna es muy veleidosa, como decía el capellán
del... regimiento. Yo no ignoro que la tuya es inmensa, buena pieza, puesto que
vas a casarte con la hija de Danglars.
‑¿Qué es eso de Danglars?
‑Lo que oyes, ¡de Danglars! Me parece que no es cosa de que yo
diga del barón Danglars. Sería lo mismo que si dijera del conde Benedetto.
Danglars era un amigo, y si no tuviera tan mala memoria, debería convidarme a
lo boda, porque asistió a la mía... ¡Sí, sí, sí, a la mía! ¡Diablo! Entonces no
gastaba tantos humos, era dependiente de la casa del señor Morrel. He comido
muchos días con él y con el conde de Morcef... Ya ves que tengo buenas relaciones,
y que si quisiera cultivarlas nos encontraríamos en los mismos salones.
‑Vaya, vaya, los celos lo hacen ver visiones, Caderousse.
‑Lo que tú quieras, Benedetto mío, pero yo bien sé lo que me
digo. Tal vez vendrá día en que yo me ponga también los trapitos de cristianar
y llame a la puerta de la casa de algún amigo. Mientras tanto, siéntate y
comamos.
Caderousse dio el ejemplo y se puso a almorzar con buen apetito,
y haciendo el elogio de todos los platos que servía a su huésped. Este se
resignó al parecer. Destapó con mucho desenfado las botellas y dio un avance a
un guisado de pescado y al bacalao asado con alioli.
‑Compadre ‑dijo Caderousse‑, creo que haces buenas migas con lo
antiguo cocinero.
‑Ya lo creo ‑dijo Andrés, en quien, como joven y vigoroso, podía
más que nada el apetito.
‑¿Y lo gusta eso, buena pieza?
‑Me gusta tanto que no puedo alcanzar cómo un hombre que guisa y
come tan buenas cosas puede quejarse de la vida.
‑Ello es debido ‑dijo Caderousse‑ a que una sola idea amarga
todos mis goces.
‑¿Y qué idea es ésa?
‑La de que estoy viviendo a expensas de un amigo, cuando siempre
me he ganado la vida por mí mismo.
‑¡Bah, no lo preocupes! ‑dijo Andrés‑, tengo bastante para dos,
no lo apures.
‑No. Puede que no me creas, pero al fin de cada mes tengo remordimientos.
‑¡Buen Caderousse!
‑Y esto es tan cierto como que ayer no quise tomar los doscientos
francos.
‑Sí, ya sé que querías hablarme. Pero, seamos francos, ¿eran
efectivamente los remordimientos?
‑No lo dudes. Además, se me había ocurrido una idea.
Andrés se estremeció. Siempre le hacían estremecer las ideas de
Caderousse.
‑Mira, es tan mezquino ‑‑continuó‑ tener que estar siempre esperando
los fines de mes.
‑¡Bah! ‑dijo filosóficamente Andrés, decidido a ver venir a su
compañero‑. ¿No se pasa la vida esperando? Yo, por ejemplo, ¿qué hago más que
esperar? Tengo paciencia, y Cristo con todos.
‑Sí, porque en vez de esperar doscientos francos miserables, esperas
cinco o seis mil, tal vez diez, y quién sabe si hasta doce mil, porque eres un
carcelero. Cuando íbamos juntos no lo faltaba lo hucha, que tratabas de
ocultar al pobre amigo Caderousse. Afortunadamente tenía buen olfato el amigo
Caderousse, ya sabes.
‑Ya vuelves a divagar ‑dijo Andrés‑, siempre estás hablando del
pasado. ¿A qué viene eso?
‑¡Ah!, tú tienes veintiún años, y puedes olvidar el pasado, yo
cuento cincuenta y tengo necesidad de recordarlo. Pero no importa, volvamos a
los negocios.
‑Sí.
‑Quería decir que si yo estuviera en lo lugar...
‑¿Qué harías?
‑Realizaría...
‑¡Cómo!, realizarías...
‑Sí; pediría un semestre adelantado, pretextando que quería comprar
una hacienda, y después pondría los pies en polvorosa, llevándome el dinero
del semestre.
‑¡Vaya! ¡Vaya! ‑dijo Andrés‑. ¡Tal vez no está tan mal pensado!
‑‑Querido amigo ‑dijo Caderousse‑,come de mi cocina y sigue mis
consejos, y no lo irá mal física ni moralmente.
‑¡Está bien! Pero dime, ¿por qué no sigues tú el consejo que me
das? ¿Por qué no me pides un semestre, o un año, y lo retiras a Bruselas? En
vez de parecer un panadero retirado, parecerías un comerciante arruinado en el
ejercicio de sus funciones.
‑¿Pero cómo quieres que me retire con mil doscientos francos?
‑¡Ah! ¡Te vuelves muy exigente! Ya no lo acuerdas de que hace
dos meses estabas muriéndote de hambre.
‑El apetito viene comiendo ‑dijo Caderousse enseñándole los
dientes como un mono que ríe, o como un tigre que ruge. Y partiendo con
aquellos mismos dientes tan blancos y tan agudos a pesar de la edad, un enorme
pedazo de pan, añadió‑: Tengo un plan.
Los planes de Caderousse asustaban a Andrés mucho más todavía
que sus ideas. Las ideas no eran más que el germen. El plan era la realización.
‑Veamos ese plan ‑dijo‑. ¡Debe ser magnífico!
‑¿Y por qué no? El plan por medio del cual dejamos el establecimiento
del señor Chose, ¿a quién se debe, eh? ¡Me parece que a mí... ! Y no sería tan
malo, cuando nos encontramos en este sitio.
‑No lo niego ‑contestó Andrés‑. Algunas veces aciertas, pero en
fin, sepamos lo plan.
‑Veamos ‑prosiguió Caderousse‑, ¿eres capaz, sin desembolsar un
cuarto, de hacerme obtener quince mil francos...? No, quince mil francos no son
bastante, necesito treinta mil para ser hombre honrado.
‑No ‑respondió secamente Andrés‑, no puedo.
‑Creo _que no me has comprendido ‑respondió Caderousse fríamente‑.
Te he dicho que sin desembolsar tú un cuarto.
‑¿Quieres ahora que yo robe, para que nos perdamos y vuelvan a
llevarnos allá abajo...?
‑¡Oh!, a mí me importa poco ‑dijo Caderousse‑; tengo una
condición sumamente original. jamás me fastidian mis antiguos camaradas. No
soy como tú, que no tienes corazón y no deseas volver a verlos.
Esta vez Andrés palideció.
‑Vaya, Caderousse, no digas tonterías.
‑¡Qué! No; vive tranquilo, mi buen Benedetto, pero indícame un
medio para ganar estos treinta mil francos, sin mezclarte tú en nada. Déjame
obrar a mí, ¡he aquí todo!
‑Pues bien, lo intentaré ‑‑dijo Andrés.
‑Pero, entretanto elevarás mi renta a quinientos francos, ¿no es
verdad, chico? Tengo una manía, quiero tomar una criada.
‑Bien. Tendrás quinientos francos, pero la carga es mucha, Caderousse,
y tú abusas...
‑¡Bah! ‑dijo éste‑, puesto que los sacas de unos cofres que no
tienen fondo.
Habríase dicho que Andrés esperaba en aquel punto a su compañero.
Sus ojos brillaron de pronto, pero volviendo a su calma habitual, dijo:
‑Sí, es verdad, mi protector es excelente para mí.
‑¡Querido protector! ‑repuso Caderousse‑. Ello es que lo da
todos los meses...
‑Cinco mil francos ‑respondió Andrés.
‑Tantos miles, como tú me das cientos. En verdad que no hay
nadie tan dichoso como un bastardo. Cinco mil francos todos los meses. ¿Qué
haces con tanto dinero?
‑En seguida se gasta. Siempre estoy sin dinero, y por eso desearía,
como tú, tener un capital.
‑Un capital..., sí..., comprendo..., todo el mundo tendría ganas
de poseer un capital.
‑Pues yo tendré uno.
‑Y quién lo dará, ¿tu príncipe?
‑Sí, mi príncipe; pero por desgracia tengo que esperar.
‑¿Esperar qué? ‑preguntó Caderousse.
‑Su muerte.
‑¿La muerte de lo príncipe?
‑Sí.
‑¿Cómo es eso?
‑Porque soy heredero testamentario.
‑¿De veras?
‑Palabra de honor.
‑¿Y cuánto lo deja?
‑Quinientos mil francos.
‑Solamente eso. Gracias por la friolera.
‑Es como lo digo.
‑Eso es imposible.
‑Caderousse, ¿eres mi amigo?
‑Ya lo sabes, hasta la muerte.
‑Pues bien. Voy a confiarte un secreto.
‑Di.
‑Pero escucha.
‑Mudo como una estatua.
‑Pues bien, creo... ‑y Andrés se detuvo para echar una mirada en
derredor.
‑¿Crees...? No tengas miedo. Estamos solos.
‑Creo que he encontrado a mi padre.
‑¿A lo verdadero padre?
‑¿No a Cavalcanti?
‑No, puesto que éste se ha marchado.
‑¿Y lo padre es...?
‑Creo, Caderousse, que es el conde de Montecristo.
‑¡Bah!
‑Sí. Te lo explicaré y lo comprenderás. Esto lo explica todo. El
no puede reconocerme públicamente, pero hace que me reconozca el señor
Cavalcanti y por esto le da cincuenta mil francos.
‑¿Cincuenta mil francos por confesar que era lo padre? Yo lo hubiera
hecho por la mitad del precio, por veinte mil, por quince mí1. ¿Cómo no
pensaste en mí, ingrato?
‑¿Y sabía yo nada de esto? Todo se hizo mientras estábamos allá
abajo.
‑¡Ah!, es verdad. Y dices que en su testamento...
‑Me deja quinientos mil francos.
‑¿Estás seguro de ello? ¿Hay un codicilo, como decía yo hace
poco?
‑Quizá.
‑Yen ese codicilo...
‑Me reconoce.
‑¡Ah! ¡Qué buen padre! ¡Qué honrado padre! ¡Qué hombre de bien! ‑dijo
Caderousse haciendo el molinete con el plato que tenía en la mano.
‑He aquí todo. Ve aún diciendo que tengo secretos para ti.
‑No, y lo confianza lo honra a mis ojos. ¿Y el príncipe, lo
padre, es rico, riquísimo?
‑Creo que él mismo no Babe lo que tiene.
‑¿Es posible?
‑Así lo creo. Y tengo motivos para ello. A todas horas entro en
su casa, y he visto el otro día a un mozo del banco que le traía cincuenta mil
francos en billetes en una cartera que abultaba tanto como lo servilleta. Ayer
mismo vi que su banquero le llevaba cinco mil francos en oro.
Caderousse estaba absorto. Le parecía que las palabras del joven
tenían el sonido del metal y que oía rodar los montones de luises.
‑¿Y tú vas a esa casa? ‑‑dijo con sencillez.
‑Cuando quiero.
Caderousse quedóse reflexionando un buen rato. Era fácil ver que
le ocupaba algún pensamiento profundo.
‑Desearía ver todo eso ‑dijo‑. ¡Cuán hermoso debe ser!
‑Desde luego ‑respondió Cavalcanti‑. Es magnífico.
‑¿Y no vive a la entrada de los Campos Elíseos?
‑Número 30.
‑¡Ah! ‑dijo Caderousse‑, ¿número 30?
‑Sí; una hermosa casa, con jardín a la entrada, tú la conoces.
‑Es posible, pero no me ocupo del exterior, sino del interior.
¡Qué hermosos muebles debe haber en ella! ¿Eh?
‑¿Has visto las Tullerías?
‑No.
‑Pues aún son más hermosos.
‑Dime, Andrés, debe ser algo estupendo bajarse para recoger la
bolsa de ese Montecristo, cuando la deje caer.
‑¡Qué! No es necesario esperar ese momento ‑dijo Andrés‑. El
dinero rueda en aquella casa como las frutas en un jardín.
‑Escucha. Deberías llevarme un día contigo.
‑¡Es imposible! ¿Y con qué pretexto?
‑Es verdad, pero has excitado mi curiosidad, y es absolutamente
necesario que yo vea todo eso.
‑No hagas una barbaridad, Caderousse.
‑Me presentaré como un criado para encerar las habitaciones.
‑Están todas alfombradas.
‑¡Qué lástima! Será menester que me conforme con verlo sólo en
mi imaginación.
‑Es lo mejor que puedes hacer, créeme.
‑Procura al menos darme una idea de cómo está aquello.
‑¿Y cómo?
‑Es facilísimo. ¿Es grande?
‑Ni grande ni pequeño.
‑Pero ¿cómo está distribuido?
‑Necesitaría tintero y papel para trazar el plano.
‑Ahí lo tienes ‑dijo prontamente Caderousse, sacando de un
armario antiguo papel blanco, tinta y pluma‑. Toma, trázame el plano.
Andrés tomó la pluma con una imperceptible sonrisa y empezó a
explicarle:
‑La casa, como lo he dicho, tiene la entrada por el jardín ‑y la
dibujó.
‑.¿Paredes altas?
‑No, ocho o diez pies a lo más.
‑No es prudente ‑dijo Caderousse.
‑A la entrada, varios naranjos y flores.
‑¿Y no hay trampas para los lobos?
‑No.
‑¿Las cuadras?
‑A los dos lados de la verja que ahí ves ‑y Andrés continuó dibujando
su plano.
‑Veamos el piso bajo ‑dijo Caderousse.
‑Un comedor, dos salones, un billar, la escalera en el vestíbulo
y una escalera secreta.
‑¿Y ventanas?
‑Ventanas magníficas, y tan anchas que un hombre como tú podría
pasar a través del espacio correspondiente a un vidrio.
‑¿Y para qué sirven las escaleras con semejantes ventanas?
‑Qué quieres, el lujo. Tienen puertas, pero para nada sirven. El
conde de Montecristo es un original que le gusta ver el cielo de noche.
‑¿Y los criados duermen cerca?
‑Tienen habitaciones aparte. Imagínate una pequeña casa al entrar.
La parte baja sirve para guardar varias cosas, y encima los cuartos de los
criados mn campanillas que corresponden al principal.
‑¡Ah! ¿Con campanillas?
‑¿Qué decías?
‑Nada. Digo que cuesta muy caro poner esas campanillas, y que no
sirven para nada.
‑Antes había un perro, que soltaban por la noche, pero le has
llevado a Auteuil, a la casa que tú conoces.
‑¿Sí?
‑Es una imprudencia, le decía yo, señor conde, porque cuando
vais a Auteuil y os lleváis todos vuestros criados, la casa queda abandonada.
‑Y bien, me preguntó, ¿y qué?
‑Pues que el mejor día os roban.
‑¿Y qué lo contestó?
‑¿Qué me contestó?
‑Sí.
‑Bien, ¿qué me importa que me robes?
‑Andrés, ¿sabes si tiene algún secreter con máquina?
‑¿Cómo?
‑Sí, de estas que sujetan al ladrón, y suena en seguida una
pieza de música. Me han dicho que había una últimamente en la exposición.
‑Tiene un secreter corriente, de caoba, y siempre está la nave
puesta.
‑¿Y no le roban?
‑No, todos sus criados son fieles.
‑Mucho dinero debe tener en ese secreter.
‑Tendrá quizá... Es imposible saber lo que tiene.
‑¿Y dónde está?
‑En el primer piso.
‑Dibuja el plano, como has hecho con la planta baja.
‑Es fácil ‑y Andrés tomó de nuevo la pluma.
‑Aquí, una antecámara y salón. A la derecha del salón,
biblioteca y gabinete de trabajo; a la izquierda, otro salón, el cuarto en que
duerme y el gabinete en que se viste. En éste tiene el secreter.
‑¿Y tiene ventana ese gabinete?
‑Dos, aquí y aquí ‑y Andrés trazó las dos ventanas, que figuraban
en el plano formando ángulo y como una prolongación del dormitorio.
Caderousse estaba pensativo.
‑¿Va con frecuencia a Auteuil? ‑preguntó.
‑Dos o tres veces por semana. Mañana debe ir y dormirá allí.
‑¿Estás seguro?
‑Me ha invitado a comer.
‑¡Qué vida! ‑dijo Caderousse‑. Cama en París y casa en el campo.
‑Son las ventajas de ser rico.
‑¿Irás a comer?
‑Probablemente.
‑¿Cuando vas, pasas allá la noche?
‑Si quiero. En casa del conde estoy como en mi propia casa.
Caderousse miró atentamente al joven, queriendo leer en sus ojos
la verdad de sus palabras, pero Andrés sacó la petaca, cogió un habano, lo
encendió tranquilamente y se puso a fumar sin afectación.
‑¿Cuándo quieres tus quinientos francos? ‑preguntó a Caderousse.
‑Si los tienes, ahora mismo.
Andrés sacó veinticinco luises.
‑Amarillo ‑dijo Caderousse‑, no, no, gracias.
‑¡Y bien! ¿Los desprecias?
‑Te lo agradezco, pero no lo quiero.
‑Ganarás en el cambio, imbécil; el oro vale cinco sueldos más.
‑Ya. Y luego el que me los cambie hará que sigan al amigo Caderousse,
y me echarán el guante, y luego será preciso que diga quiénes son los
arrendadores que le pagan en oro las rentas. Nada de tonterías, niño. Venga el
dinero en monedas sencillas con el busto de cualquier rey. Una moneda de cinco
francos puede tenerla cualquiera.
‑Pero ya sabes que yo no puedo tener aquí quinientos francos en
esa moneda, porque habría tenido que traer conmigo uno que los llevase.
‑Pues bien. Déjaselos a lo portero, que es un buen hombre, y yo
los recogeré.
‑¿Hoy mismo?
‑No, mañana; hoy no tendré tiempo.
‑Está bien, mañana lo los dejaré, antes de salir para Auteuil.
‑¿Puedo contar con ellos?
‑Con toda seguridad.
‑Es que voy a tomar en seguida una criada.
‑Bien. Pero no volverás a molestarme, ¿estamos?
‑No temas.
Caderousse se había puesto tan sombrío, que Andrés temió verse
obligado a manifestar que notaba esta mudanza. Así fue que redobló su frívola
algazara.
‑¡Qué alegre estás y qué bullicioso!, no parece sino que has
atrapado la herencia.
‑Todavía no, por desgracia, pero el día que la atrape...
‑¡Qué!
‑¿Qué? Que nos acordaremos de los amigos, no digo más.
‑Ya se ve, como tienes tan buena memoria. ..
‑¿Qué quieres? Creí que lo que querías era despojarme de todo.
‑¿Quién, yo? Ah, ¡qué idea! Por el contrario. Voy a darte un
consejo de amigo.
‑¿Cuál?
‑Que lo dejes aquí ese diamante que traes en el dedo. ¿Quieres
que nos prendan? ¿Quieres perdernos con semejante descuido?
‑¿Por qué dices eso?
‑¿Por qué? ¿Pues no lo pones una librea, lo disfrazas de lacayo
y lo dejas en el dedo un diamante que valdrá cuatro o cinco mil francos?
‑Caramba..., acertaste el precio..., ¿por qué no lo dedicas a joyero?
‑Es que yo entiendo de diamantes. He tenido uno.
‑Y puedes vanagloriarte de ello ‑dijo Andrés, que sin incomodarse,
como temía Caderousse, le entregó el diamante sin disgusto.
Caderousse se puso a examinarlo tan de cerca que Andrés conoció
que examinaba si los rayos de la piedra brillaban bastante.
‑Este diamante es falso ‑dijo Caderousse.
‑¿Te burlas? ‑respondió Andrés.
‑No lo incomodes, ahora lo veremos.
Caderousse se dirigió a la ventana, y aplicando y pasando el diamante
por los vidrios, éstos crujieron al momento.
‑¡Laus Deo, es verdad ‑dijo Caderousse, colocándose el
anillo en el dedo meñique‑, me equivoqué, pero esos ladrones de diamantistas
imitan de tal manera las piedras preciosas, que ya es inútil el ir a robar nada
de sus almacenes. Esta industria se ha perdido.
‑Conque ‑‑‑dijo Andrés‑. ¿Hemos acabado? ¿Tienes alguna otra
cosa que pedirme, quieres mi vestido? ¿Quieres mi gorra? Vamos, no tengas
reparo en pedir.
‑No; en el fondo eres un buen camarada. Anda ya con Dios. Haré
lo posible por curarme de mi ambición.
‑Pero ten cuidado que al vender el diamante no lo suceda lo que
temías que lo sucediera por las monedas de oro.
‑No lo venderé. No temas.
‑Hoy o mañana, a más tardar ‑dijo el joven para sí.
‑Tunantuelo afortunado ‑añadió Caderousse‑, ¿ahora vas a buscar
tus lacayos, tus caballos, lo carruaje y lo novia?
‑Sí ‑dijo Andrés.
‑Mira, espero que el día que lo cases con la hija de mi amigo
Danglars me harás un buen regalo.
‑Ya lo he dicho que se lo ha puesto esa tontería en la cabeza...
‑¿Qué dote tiene?
‑Ya lo digo...
‑¿Un millón?
Andrés se encogió de hombros.
‑Vamos, sea un millón. Nunca tendrás tanto como yo lo deseo.
‑Gracias.
‑Lo digo de corazón ‑añadió Caderousse riendo fuertemente‑.
Espera, lo acompañaré.
‑No lo molestes.
‑Es preciso.
‑¿Por qué?
‑¡Oh!, porque la puerta tiene un pequeño secreto. Una medida de
precaución, que me ha parecido conveniente adoptar. Una cerradura de Huret y
Fichet, revisada y añadida por Gaspar Caderousse. Cuando seas
capitalista, lo haré otra igual.
‑Gracias ‑dijo Andrés‑. Te lo avisaré con ocho días de anticipación.
Y se separaron. Caderousse permaneció en la escalera, hasta que
vio a Andrés bajar todos los pisos y atravesar el patio. Entonces entró
precipitadamente, cerró la puerta, y se puso a estudiar como un concienzudo
arquitecto el plano que había trazado Andrés.
‑Me parece ‑dijo‑ que mi querido Benedetto desea cobrar cuanto
antes su herencia y que no será mal amigo suyo el que le anticipe el día de
entrar en posesión de sus quinientos mil francos...
Capítulo segundo
La fractura
Al día siguiente, el conde de Montecristo marchó efectivamente a
Auteuil con Alí, con muchos criados y con los caballos que quería probar. La
llegada de Bertuccio, que volvía de Normandía, con noticias de la casa y de la
corbeta, determinó este viaje, en el que el conde no pensaba la víspera.
La casa estaba dispuesta y la corbeta hacía ocho días que se hallaba
al ancla en una rada pequeña después de haber cumplido con las formalidades
exigidas, y pronta a darse de nuevo a la vela. El conde alabó el celo de
Bertuccio. Le dijo que se preparase a partir pronto, pues su permanencia en
Francia podría durar un mes.
‑Ahora ‑le dijo‑ puede que me sea necesario ir en una noche
desde París a Treport; quiero ocho relevos de caballos en el camino, para poder
recorrer las cincuenta millas en diez horas.
‑Vuestra excelencia me había manifestado ya este deseo ‑respondió
Bertuccio‑, y los caballos están prontos, los he comprado yo mismo, y los he
colocado en los sitios más cómodos, es decir, en pueblecitos retirados, donde
generalmente no pasa nadie.
‑Está bien ‑dijo Montecristo‑, quédate aquí un día o dos.
Cuando Bertuccio iba a salir para dar las órdenes
correspondientes a consecuencia de la conversación que había tenido con su amo,
Bautista abrió la puerta y se presentó con una carta en la mano.
‑¿Qué traéis? ‑le preguntó el conde, al verle llegar cubierto de
polvo‑. No os he llamado, según creo.
Bautista, sin responder, se acercó al conde y le entregó la
carta. ‑Importante y urgente ‑dijo.
El conde la abrió y leyó lo siguiente:
«Señor de Montecristo: Debe saber que esta misma noche se introducirá
furtivamente un hombre en su casa de los Campos Elíseos para sustraer varios
documentos que cree están encerrados en el secreter que se halla en el
gabinete de vestir. Se sabe que el señor de Montecristo tiene bastante corazón
para no recurrir a la intervención de la policía, lo que podría comprometer
grandemente a la persona que le da este aviso. El señor conde puede tomar sus
precauciones, esconderse en el gabinete y hacerse justicia por su propia mano.
Precauciones ostensibles o un aumento de criados, alejarían ciertamente al
malhechor, y harían perder al señor de Montecristo la ocasión de conocer un
enemigo que la casualidad ha hecho descubrir a la persona que le da este aviso,
el cual ya no tendría ocasión de renovar, en el caso de que, saliendo con éxito
el malhechor de esta primera tentativa, intentase otra.»
El primer impulso del conde fue creer que se trataba de un burdo
lazo tendido por los ladrones, que señalaban un mediano peligro para exponerle
a otro mucho mayor. Lo primero que pensó fue enviar la carta a un comisario de
policía, a pesar de la recomendación, y quizás a causa de ella misma, cuando de
repente se le presentó la idea de que podría ser un enemigo particular a quien
sólo él conociese, y en este caso nadie más que él podía sacar partido de
esto, como había hecho Fieschi con el moro que quiso asesinarle.
Ya conocen al conde nuestros lectores y es inútil decirles que
las dificultades no lo abatían y la vida que había vivido y su resolución de no
retroceder ante el peligro le habían dado ocasión de saborear los goces
desconocidos a los demás hombres, goces que encontraba en la lucha que muchas
veces sostenía contra la naturaleza, que es Dios, y contra el mundo, que puede
muy bien llamarse el diablo.
‑No quieren robarme mis papeles ‑pensó Montecristo‑, quieren
matarme. No son ladrones, son asesinos. No quiero que el prefecto de policía
se mezcle en mis asuntos particulares. Soy bastante rico para poder excusarme
de ser gravoso en esto a su presupuesto.
El conde llamó a Bautista, que había salido después de
entregarle la carta.
‑Ahora mismo vais a París, y haréis venir a todos mis criados,
les necesito en Auteuil.
‑¿Y no queda ninguno en la casa, señor conde? ‑preguntó Bautista.
‑Sí, el portero.
‑Reflexionad, señor conde, que hay mucha distancia desde la
portería a la casa.
‑¡Y bien!
‑Que podrían robarlo todo sin que el portero oyese el menor
ruido.
‑¿Y quién?
‑¿Quién? Los ladrones.
‑Sois un tonto, señor Bautista. Si me robasen cuanto hay en casa
me importaría menos que si me faltase lo más mínimo en mi servicio tal cual lo
quiero.
Bautista hizo un profundo saludo.
‑¿Me habéis comprendido? Que todos vuestros compañeros vengan
con vos. Lo dejaréis todo como de costumbre y únicamente tendréis cuidado de
cerrar las ventanas del piso bajo.
‑¿Y las del primero?
‑Sabéis que nunca se cierran; ahora podéis marchar.
El conde advirtió que comería solo, y que no quería le sirviera
la comida otro criado más que Alí.
Comió con la tranquilidad acostumbrada y cuando terminó, hizo
seña a Alí de que le siguiese. Salió por una puerta pequeña que daba al bosque
de Bolonia y como si fuese a dar un paseo, tomó sencillamente el camino de
París. Al anochecer se hallaba frente a su casa de los Campos Elíseos.
Todo se hallaba sumido en la oscuridad, salvo el cuarto del portero,
donde se veía el débil reflejo de una vela.
Montecristo se arrimó a un árbol, y con aquella mirada
penetrante que todo lo descubría, examinó los árboles, las entradas y aun las
calles próximas, hasta que se convenció de que no había nadie emboscado.
Se dirigió en seguida a la puerta secreta, entró apresuradamente
con Alí, subió por la escalera excusada, cuya llave tenía, entró en su
dormitorio sin descorrer ni una cortina, y sin que el portero pudiera pensar
que había alguien en la casa que él creía vacía en aquel momento.
Llegados al dormitorio, el conde hizo señas a Alí de que se detuviese.
Pasó en seguida al gabinete, que examinó con cuidado, todo estaba como de
costumbre. El secreter en su sitio y la llave puesta. Dio dos vueltas a ésta.
Volvió al dormitorio, quitó las anillas dobles del cerrojo, y entró de nuevo.
Entretanto, Alí ponía sobre la mesa las armas que el conde le
había pedido, una carabina corta y un par de pistolas de dos cañones, seguras
como pistolas de tiro. Armado de este modo, el conde tenía en sus manos la vida
de cinco hombres.
Serían las nueve poco más o menos, cuando el conde y Alí tomaron
un poco de pan y un vaso de vino generoso. Aquél levantó una puerta secreta,
que le permitía ver lo que pasaba en ambas habitaciones; había traido sus
armas, y Alí, en pie junto a él, tenía en la mano un hacha de abordaje,
arábiga, como las que usaban los turcos en tiempos de las Cruzadas. Por la
ventana de enfrente, que estaba en el dormitorio, el conde podía ver lo que
sucedía en la calle.
Así transcurrieron dos horas. La oscuridad era completa, y con
todo, Alí, graciüs a su naturaleza casi salvaje, y el conde a una cualidad
adquirida, distinguían en medio de aquella oscuridad tan profunda las menores
oscilaciones de los árboles del jardín. Hacía ya mucho tiempo que no se
percibía luz en el cuarto del portero.
Era de presumir que si se efectuaba el ataque proyectado sería
por la escalera, y no por una de las ventanas. Según las ideas de Montecristo ,
los malhechores querían su vida y no su dinero. Pensaba, pues, que se
dirigirían al dormitorio, por la escalera o por la ventana del despacho.
Las once y tres cuartos sonaron en un reloj de los Inválidos. Un
viento húmedo del Oeste trajo el sonido de los tres golpes. Al concluir el
tercero, el conde creyó oír un ruido casi imperceptible hacia el despacho. A
este ligero rumor siguieron otros dos. Otro después, y ya el conde estaba
seguro de lo que era, cuando una mano firme y ejercitada se había ocupado en
cortar los cuatro lados de uno de los cristales con un diamante.
Montecristo sintió latir con más violencia su corazón. Por acostumbrados
que estén los hombres al peligro, y por prevenidos que se hallen, conocen, sin
embargo, en el momento supremo la diferencia que existe entre el sueño y la
realidad, entre el proyecto y la ejecución.
El conde hizo una seña a Alí. Este comprendió que el peligro
estaba por la parte del despacho, y dio un paso para acercarse a su amo. Este
deseaba con impaciencia saber cuántos eran sus enemigos.
La ventana en que éstos trabajaban se hallaba situada frente al
sitio desde donde el conde observaba el despacho. Sus ojos se fijaron, pues en
ella. Vio dibujarse una sombra en la oscuridad. En seguida, uno de los
cristales se oscureció, como si sobre él hubiesen puesto un papel. Crujió, pero
sin caer al suelo. Un brazo pasó por la abertura buscando el pestillo y un
minuto después se abrió la ventana, entrando por ella un hombre. Estaba solo.
‑He aquí un pillo muy atrevido ‑pensó Montecristo.
Entonces sintió que Alí le tocaba suavemente en el hombro. Se
volvió, y éste le indicó la ventana de enfrente, que daba a la calle.
Montecristo dio tres pasos hacia la ventana, conocía la fina sensibilidad
de su servidor, y efectivamente, vio otro hombre que se separaba de una puerta,
subía sobre un poste y procuraba ver lo que sucedía en el interior de la casa.
‑Bien ‑dijo‑, son dos. El uno trabaja y el otro le guarda las
espaldas.
Hizo una señal a Alí para que no perdiese de vista al hombre de
la calle, mientras él volvía al del despacho. El ladrón había entrado y
procuraba reconocer el terreno, extendiendo hacia adelante sus brazos.
Finalmente, después de orientarse, corrió los cerrojos de las dos puertas que
había en el despacho. Al acercarse a la del dormitorio, Montecristo creyó que
iba a entrar, y preparó una de sus pistolas, pero pronto se convenció de lo
contrario por el ruido de los cerrojos. Era una medida de precaución únicamente.
El visitante nocturno, que ignoraba que el conde había quitado los aros, podía
creerse en toda seguridad y obrar tranquilamente.
El hombre sacó de su bolsillo un objeto que el conde no pudo
distinguir. Lo puso sobre la mesa y se dirigió en seguida al secreter. Palpó el
lugar de la cerradura y se convenció de que estaba cerrada. Pero venía
prevenido. Pronto oyó el conde el ruido que produce un hierro contra otro, y
que provenía de un manojo de ganzúas con las que los cerrajeros suelen abrir
las puertas, y a las que los ladrones han dado el nombre de ruiseñores, sin
duda por el placer que les causa el chirrido producido por ellas.
‑¡Ah, ah! ‑díjose a sí mismo Montecristo‑, no es más que un
ladrón.
Pero el hombre, que en la oscuridad no podía encontrar el instrumento
que necesitaba, recurrió al objeto que había puesto sobre la mesa. Tocó un
resorte y en seguida una luz pálida, pero bastante viva, iluminó la habitación.
‑¡Cómo...! ‑dijo Montecristo retrocediendo con un movimiento de
sorpresa‑. Es...
Alí levantó el hacha.
‑No lo muevas ‑le dijo Montecristo muy bajo‑, deja el hacha, no
tenemos necesidad de armas.
Añadió algunas otras palabras, bajando más la voz, porque, aun
cuando imperceptible, bastó la exclamación que le arrancara su sorpresa para
hacer que el hombre se quedara inmóvil como una estatua.
El conde debió dar alguna orden a Alí, porque éste se retiró de
puntillas, descolgó de la pared de la alcoba un vestido negro y un sombrero
triangular. Entretanto, Montecristo se quitó la levita, la corbata y dobló el
cuello de su camisa. En seguida se le vio con una sotana, y sus cabellos
ocultos por una peluca tonsurada, el sombrero triangular le acabó de disfrazar
completamente, cambiándole en un abate.
El hombre, que no había vuelto a oír nada, se había levantado, y
mientras el conde concluía su metamorfosis, se había acercado al secreter,
haciendo esfuerzos por abrirlo con la ganzúa.
‑Trabaja, que para rato tienes ‑dijo el conde para sí, pues la
cerradura no era de las comunes, y el ladrón no conocía el secreto. Dirigióse a
la ventana.
El hombre que había visto subido en el poste había vuelto a
bajar y se paseaba inquieto por la calle. Cosa extraña, en lugar de observar si
venía alguien bien por la entrada de los Campos Elíseos, bien por el arrabal de
Saint‑Honoré, parecía que solamente se ocupaba de lo que pasaba en casa del
conde. Montecristo llevó la mano a la frente y una sonrisa se escapó de sus
labios entreabiertos, y acercándose a Alí le dijo:
‑Quédate aquí, oculto en la oscuridad, y oigas lo que oigas no
salgas, si no lo llamo por lo nombre.
Alí hizo con la cabeza señal de que había comprendido y que obedecería.
Montecristo sacó entonces de un armario una vela encendida, y en
el momento en que el ladrón estaba más atareado con la cerradura, abrió la
puerta sin hacer ruido, cuidando de que la luz que tenía en la mano diese toda
de lleno en la cara del ladrón. La puerta se había abierto tan sigilosamente,
que éste no se dio cuenta, y con admiración suya vio iluminarse de pronto el
cuarto. Volvióse de repente.
‑Buenas noches, querido señor Caderousse ‑dijo Montecristo‑,
¿qué venís a buscar aquí a esta hora?
‑¡El abate Busoni... ! ‑gritó Caderousse.
Y no sabiendo cómo aquella extraña aparición se había efectuado,
pues él había cerrado las puertas, dejó caer de la mano las ganzúas y
permaneció inmóvil, como herido por un rayo.
El conde se colocó entre Caderousse y la ventana, cortando de
este modo al ladrón aterrado su única retirada.
‑¡El abate Busoni! ‑exclamó de nuevo Caderousse clavando en el
conde sus espantados ojos.
‑¡Y bien! Sin duda: el abate Busoni ‑respondió Montecristo‑, el
mismo en persona, y tengo un placer en que me hayáis reconocido,
mi querido señor Caderousse; eso prueba que tenéis buena
memoria, porque si no me equivoco, hace diez años que no nos vemos.
Aquella calma, aquel poder, aquella fuerza hirieron el ánimo de
Caderousse de un terror espantoso.
‑¡El abate! ¡El abate! ‑murmuró, con los dedos crispados y dando
diente con diente.
‑¿Queremos, pues, robar al conde de Montecristo? ‑continuó el
fingido abate.
‑Señor abate ‑decía Caderousse, procurando acercarse a la ventana
que le interceptaba el conde‑, os ruego que creáis..., os juro...
‑Un cristal cortado ‑dijo el conde‑, una linterna sorda, un manojo
de llaves falsas, secreter medio forzado, claro está...
Caderousse se ahogaba, buscaba un sitio donde ocultarse, un agujero
por donde escapar.
‑Vaya, veo que sois siempre el mismo, señor asesino.
‑Señor abate, puesto que lo sabéis todo, no ignoráis que no fui
yo, sino Carconte, así se reconoció por los jueces, y por eso me condenaron
solamente a galeras.
‑Habéis concluido vuestra condena y os hallo en camino para
volver a ellas.
‑No, señor abate, hubo uno que me libertó.
‑Ese tal hizo un buen servicio a la sociedad.
‑¡Ah!, yo había prometido...
‑¿Sois un evadido de presidio? ‑interrumpió Montecristo.
‑¡Desdichado de mí! Sí, señor‑‑dijo Caderousse inquieto.
‑Mala broma... Esta os conducirá, si no me engaño, a la plaza de
Grève. Tanto peor, tanto peor, diabolo, como dicen en mi país.
‑Señor abate, he cedido a un mal pensamiento.
‑Todos los criminales dicen lo mismo.
‑La necesidad...
‑Dejadme ‑‑dijo desdeñosamente Busoni‑. La necesidad puede
conduciros a pedir limosna, a robar un pan a un panadero. Pero no a venir a
forzar un secreter en una casa que se cree deshabitada y cuando el joyero
Joannés acababa de contaros cuarenta y cinco mil francos por el diamante que os
di y le asesinasteis para quedaros con el diamante y el dinero. ¿Era también la
necesidad?
‑Perdón, señor abate ‑‑dijo Caderousse‑, ya me habéis salvado la
vida una vez; salvádmela otra.
‑Esto me anima.
‑¿Estáis solo, señor abate ‑preguntó Caderousse‑, o tenéis cerca
a los gendarmes para prenderme?
‑Estoy solo ‑dijo el abate‑, y todavía me compadecería de vos y
os dejaría ir, a pesar de las nuevas desgracias que puede producir mi
debilidad, si me dijeseis la verdad.
‑¡Ah, señor abate! ‑exclamó Caderousse, juntando las manos y
dando un paso hacia el conde‑, puedo llamaros mi salvador.
‑¿Decís que os libertaron de presidio?
‑Sí, a fe de Caderousse, señor abate.
‑¿Y quién fue?
‑Un inglés.
‑¿Cuál era su nombre?
‑Lord Wilmore.
‑Lo conozco y sabré si decís la verdad.
‑Señor abate, la he dicho.
‑¿Este inglés es, pues, vuestro protector?
No, pero lo es de un joven corso, mi compañero en la cadena.
‑¿Cómo se llama ese corso?
‑Benedetto.
‑¿Ese será su nombre de pila?
‑No tenía otro, era un expósito.
‑¿Y ese joven se fugó con vos? ¿Y cómo?
‑Trabajamos en San Mandrier, cerca de Tolón. ¿Conocíais San
Mandrier?
‑Sí.
‑Pues bien, mientras estaban durmiendo de las doce a la una...
‑¡Forzados que duermen la siesta, compadecedlos! ‑dijo el abate.
‑¡Cómo! ‑dijo Caderousse‑, no se puede trabajar, no somos
perros.
‑Más valen los perros ‑dijo Montecristo.
‑Mientras los otros dormían la siesta nos alejamos un poco, limamos
nuestras cadenas con una lima que nos dio el inglés, y escapamos nadando.
‑¿Y qué ha sido de Benedetto?
‑No lo sé.
‑Debes saberlo.
‑No, en verdad, no lo sé. Nos separamos en Hyéres.
Y como para dar mayor peso a su afirmación, Caderousse dio un
paso hacia el abate, que permaneció inmóvil, siempre tranquilo e interrogador.
‑Mientes ‑dijo Busoni con terrible acento.
‑Señor abate...
‑¡Mientes! Ese hombre es aún lo amigo, y quizá lo sirvas de e'1
como de un cómplice.
‑¡Oh, señor abate... !
_.¿Cómo has vivido desde que saliste de Tolón? Responde.
‑Como he podido.
‑¡Mientes! ‑dijo por tercera vez el abate con acento aún más
imperativo.
Caderousse miró al conde aterrado.
‑Has vivido ‑prosiguió éste‑ con el dinero que aquel hombre lo
ha dado.
‑Y bien, es verdad. Benedetto ha sido reconocido como el hijo de
un gran señor.
‑¿Cómo puede ser hijo de un gran señor?
‑Hijo natural.
‑¿Y quién es ese gran señor?
‑El conde de Montecristo, en cuya casa estamos.
‑¿Benedetto, hijo del conde? ‑respondió Montecristo sorprendido
a su vez.
‑Es necesario creerlo, puesto que el conde le ha hallado un
padre ficticio. Le da cuatro mil francos todos los meses y le deja quinientos
mil en su testamento.
‑¡Ah!, ¡ah! ‑dijo el falso abate, que empezaba a comprender‑. ¿Y
cómo se llama ahora ese joven?
‑Se llama Cavalcanti.
‑¡Ah! ¿Es el joven que mi amigo el conde de Montecristo recibe a
menudo en su casa y va a unirse en matrimonio con la señorita Danglars?
‑Exacto.
‑¿Y podéis consentir eso, miserable, vos que le conocéis?
‑¿Y por qué queréis que impida a un camarada el hacer fortuna? ‑‑dijo
Caderousse.
‑Es justo; a mí me toca advertírselo.
‑No hagáis eso, señor abate.
‑¿Por qué?
‑Porque nos haríais perder nuestra suerte.
‑¿Y creéis que para conservársela a unos miserables como vosotros
me haría cómplice de sus engaños y sus crímenes?
‑Señor abate... ‑dijo Caderousse, aproximándose todavía más.
‑Lo diré todo.
‑¿A quién?
‑Al señor Danglars.
‑¡Trueno de Dios! ‑exclamó Caderousse sacando de debajo del
chaleco un cuchillo y dando en medio del pecho del conde‑. ¡Nada dirás, abate!
Con gran admiración de Caderousse, el puñal retrocedió con la
punta rota en lugar de penetrar en el pecho del conde; ignoraba que éste
llevaba puesta una cota de malla.
Al mismo tiempo el fingido abate agarró con la mano izquierda la
del asesino por la muñeca y le torció el brazo con una fuerza tal que sus dedos
se abrieron y el puñal cayó al suelo. Caderousse profirió un agudo grito
arrancado por el dolor, pero el conde, sin hacer caso, continuó torciendo el
brazo del bandido, hasta que se lo dislocó. Cayó primero de rodillas, y después
con la cara contra el suelo. El conde puso el pie sobre la cabeza y dijo:
‑No sé lo que me detiene, y por qué no lo salto los sesos.
‑¡Ay! , perdón, perdón ‑gritó Caderousse.
El conde retiró el pie y dijo:
‑¡Levántate!
Caderousse se levantó.
‑¡Vive Dios, y qué puños tenéis, señor abate! ‑dijo Caderousse
tocando su lastimado brazo‑, ¡qué puños!
‑¡Silencio! Dios me ha dado la fuerza necesaria para domar a una
fiera. He obrado en nombre de Dios. ¡Acuérdate de esto, miserable, y perdonarte
en este momento es servir aún los designios de Dios!
‑¡Uf! ‑hizo Caderousse, con el brazo dolorido.
‑Toma esa pluma y papel, y escribe lo que voy a dictarte.
‑No sé escribir, señor abate.
‑Mientes. Toma esa pluma y escribe.
Caderousse,
dominado por aquel poder superior, se sentó y escribió:
«Señor: El hombre que recibís en vuestra casa y a quien
destináis por marido de vuestra hija, es un antiguo forxado que se escapó del
baño de Tolón. Tenía el número 59 y yo el 58.
Se llama Benedetto, pero ignora él mismo su verdadero nombre,
porque nunca ha conocido a sus padres.»
‑Ahora firma ‑continuó el conde.
‑¿Pero es que queréis perderme?
‑¡Majadero! Si quisiera perderte lo llevaría al primer cuerpo de
guardia y además es probable que cuando se entregue el billete ya nada tengas
que temer. Firma, pues.
Caderousse firmó.
‑El sobre. Al señor barón Danglars, banquero, calle de la
Chaussée d'Antin.
Caderousse escribió el sobre, y el abate tomó la carta.
‑Está bien ‑dijo‑ Ahora vete.
‑Por dónde.
‑Por donde has venido.
‑¿Queréis que salte por la ventana?
‑Por ella entraste.
‑¿Meditáis alguna cosa contra mí, señor abate?
‑Imbécil, ¿qué quieres que medite?
‑¿Por qué no me abrís la puerta?
‑¿Y para qué despertar al portero?
‑Decidme que no queréis matarme.
‑Quiero lo que Dios quiere.
‑Pero juradme que no me heriréis mientras bajo.
‑Eres infame y cobarde.
‑¿Qué queréis hacer de mí?
‑Eso mismo es lo que yo lo pregunto: Quise hacer de ti un hombre
honrado y dichoso, y sólo he hecho un asesino.
‑Señor abate ‑dijo Caderousse‑, haced la última prueba.
‑Sea‑dijo el conde‑, sabes que soy hombre de palabra.
‑Sí ‑dijo Caderousse.
‑Si vuelves a lo casa sano y salvo...
‑¿A quién tengo yo que temer, si no es a vos?
‑Si vuelves a lo casa sano y salvo, márchate de París, márchate
de Francia, y en cualquier parte adonde fueses, si lo conduces con honradez, lo
haré pasar una pensión para que puedas vivir, porque si llegas a lo casa sano y
salvo...
‑¡Y bien! ‑preguntó Caderousse estremeciéndose.
‑Creeré que Dios lo ha perdonado y lo perdonaré también.
‑Como soy cristiano ‑balbuceó Caderousse retrocediendo‑, que me
hacéis morir de miedo.
‑Anda, vete ‑dijo el conde señalándole la ventana.
Caderousse, no muy tranquilo, a pesar de las promesas del conde,
subió a la ventana, y puso el pie en la escala. Detúvose temblando.
‑Ahora baja‑dijo el abate cruzándose de brazos.
Caderousse comprendió que nada había que temer, y bajó. El conde
acercó la luz de modo que podía distinguirse desde los Campos Elíseos al hombre
que bajaba por la ventana y al que le alumbraba.
‑¡Qué hacéis, señor abate! ¿Y si pasase una patrulla?
‑Apago la vela.
Caderousse continuó bajando, pero hasta que sintió la tierra
bajo sus pies no se creyó completamente seguro.
Montecristo volvió a su dormitorio, y echando una rápida mirada
al jardín y a la calle, vio primero a Caderousse, que después de haber bajado
daba la vuelta por el jardín y plantaba su escala a la extremidad del muro
para salir por distinta parte de la que entró. Entonces observó la presencia de
un hombre que parecía esperar a alguien y corrió paralelamente la calle,
viniendo a colocarse en el ángulo mismo por el que Caderousse iba a bajar.
Este subió lentamente la escala, y llegado a los últimos tramos
asomó la cabeza por encima del muro para cerciorarse de que la calle estaba
desierta. No se veía a nadie, ni se percibía el menor ruido.
La una en el reloj de los Inválidos. Caderousse colocóse a
horcajadas sobre el muro, pasó la escala al otro lado y se preparó para bajar,
o mejor diremos, para dejarse resbalar por las cuerdas laterales de la escala,
maniobra que ejecutó con una destreza que demostraba su costumbre en tales
ejercicios. Pero una vez lanzado, le era imposible detenerse. En vano vio
acercarse a un hombre, cuando estaba a la mitad de la bajada; en vano vio
levantar su brazo en el momento en que sus pies tocaban el suelo. Antes de que
hubiese podido defenderse, aquel brazo le descargó tan fuerte puñalada en la
espalda, que abandonó la escala gritando:
‑¡Socorro!
Diole una segunda puñalada en el costado y cayó al suelo
gritando:
‑¡Al asesino!
Revolcábase en tierra, y cogiéndole su asesino por los cabellos
le asestó un tercer golpe en el pecho. Quiso gritar y su esfuerzo produjo
solamente un gemido sordo, saliendo por sus tres heridas un torrente de sangre.
Viendo el asesino que no gritaba, cogióle de nuevo por los
cabellos, levantóle la cabeza, tenía los ojos cerrados y la boca torcida.
Creyóle muerto, dejó caer la cabeza y desapareció.
Caderousse le sintió alejarse, levantóse inmediatamente, se
apoyó sobre el codo y con voz moribunda y haciendo el último esfuerzo, gritó:
‑¡Al asesino! ¡Me muero! ¡Socorredme! ¡Señor abate, socorredme!
La lúgubre voz atravesó las sombras de la noche, llegando hasta
el conde. Abrióse la puerta de la escalera secreta, en seguida la pequeña del
jardín, y Alí y su amo corrieron trayendo luces al sitio donde se hallaba el
herido.
Caderousse continuaba gritando con triste voz:
‑Señor abate, ¡socorredme!, ¡socorredme!
‑¿Qué ocurre? ‑preguntó Montecristo.
‑Socorredme repetía Caderousse‑, me han asesinado.
‑Aquí estamos, ¡valor!
‑¡Ah! ¡No hay remedio! Habéis llegado muy tarde, solamente para
verme morir. ¡Qué heridas! ¡Qué de sangre!
Y se desmayó.
Alí y su amo cogieron en brazos al herido, y lo trasladaron a
una
habitación. Montecristo hizo seña a Ali de que le desnudase y
reconoció las tres terribles heridas que le habían infligido.
‑¡Dios mío! ‑dijo‑ Vuestra venganza se retrasa algunas veces,
pero entonces parece que baja del cielo más completa.
Alí miró a su amo como preguntándole lo que debía hacer.
‑Ve a buscar al procurador del rey, señor de Villefort, que vive
en el arrabal de Saint‑Honoré, y ruégale de mi parte venga al instante. De
paso despertarás al portero y le dirás que vaya inmediatamente a buscar un
facultativo.
Alí obedeció y dejó al abate a solas con Caderousse, que
continuaba desmayado. Cuando abrió los ojos, el conde, sentado a corta
distancia, le miraba con una tierna expresión de piedad, y según el movimiento
de sus labios, parecía rezar algunas oraciones.
‑Un cirujano, señor abate, un cirujano ‑dijo Caderousse.
‑Ya han ido a buscar uno.
‑Bien sé que es inútil, las heridas son mortales, pero podrá
prolongar mi existencia y darme tiempo para declarar.
‑¿Sobre qué?
‑Sobre mi asesino.
‑Entonces,
¿lo conocéis?
‑¡Sí que le conozco!, sí. Es Benedetto.
‑¿El joven corso?
‑El mismo.
‑¿Vuestro compañero?
‑Sí; después de haberme dado el plano de la casa del conde,
creyendo sin duda que yo le mataría, y así sería más pronto su heredero, o que
el conde me mataría, y así se libraría más pronto de mí, me ha esperado en la
calle y me ha asesinado.
‑He enviado también a buscar al procurador del rey.
‑Llegarán demasiado tarde. Siento que toda mi sangre se pierde.
‑Esperad ‑dijo Montecristo.
Salió y entró a los cinco minutos con un frasco.
Los ojos del moribundo permanecían fijos en aquella puerta por
la que adivinaba que debía llegarle algún socorro.
‑Pronto, señor abate, ¡pronto!, voy a desmayarme de nuevo.
Montecristo se acercó. Vertió tres o cuatro gotas del licor
entre los labios amoratados del herido. Este dio un suspiro.
‑¡Ah! ‑dijo‑ Me habéis dado la vida, aún... aún...
‑Dos gotas más de este licor os matarían ‑respondió el abate.
‑¡Oh!, que venga, pues, cualquiera a quien yo pueda denunciar a
ese miserable.
‑¿Queréis que escriba vuestra declaración y vos la firmaréis?
‑Sí, sí ‑dijo Caderousse, cuyos ojos brillaron con la esperanza
de una venganza póstuma. Y Montecristo escribió:
«Muero asesinado por el corso Benedetto, mi compañero de cadena
en Tolón con el número 59.»
‑Daos prisa ‑dijo Caderousse‑; si no, no podré firmar.
Montecristo presentó una pluma a Caderousse, el cual firmó, y se
dejó caer de nuevo sobre la cama, diciendo:
‑Contaréis lo demás, señor abate; diréis que se hace llamar Cavalcanti,
que vive en la fonda del Príncipe, y que... ¡Ay! ¡Dios mío! ¡Me muero... !
Caderousse volvió a desmayarse. El abate le hizo aspirar el
espíritu del licor contenido en el frasco, y el herido abrió los ojos.
Sus deseos de venganza no le habían abandonado durante su desmayo.
‑¡Ah! Lo diréis todo. ¿Verdad, señor abate?
‑Todo, sí, y otras muchas cosas.
‑¿Qué diréis?
‑Diré que seguramente os dio el plano de esta casa con la esperanza
de que el conde os mataría. Que previno al conde por medio de una carta, que
hallándose ausente la recibí yo, y que he velado esperándoos.
‑Y le guillotinarán, ¿no es verdad? ‑dijo Caderousse‑, le guillotinarán,
¿me lo prometéis? Muero con esa esperanza, y ella me ayuda a morir.
‑Diré ‑continuó el conde‑ que llegó detrás de vos, que os
esperó, y que cuando os vio salir corrió a la esquina del muro, desde el sitio
en que se había ocultado.
‑¿Habéis visto todo eso?
‑Recordad mis palabras: «Si entras en lo casa sano y salvo,
creeré que Dios lo ha perdonado, y lo perdonaré.»
‑¡Y no me habéis advertido! ‑exclamó Caderousse procurando
incorporarse sobre el codo‑. ¿Sabíais que iban a asesinarme al salir de aquí y
no me habéis advertido?
‑No; porque en la mano de Benedetto veía el brazo de Dios, y
hubiera creído cometer un sacrilegio oponiéndome a las intenciones de la
Providencia.
‑La justicia de Dios..., no me habléis de ella, señor abate. Si
existiese la justicia de Dios, muchos hay que merecen ser castigados, y no lo
son.
‑¡Paciencia! ‑dijo el abate con un tono que hizo estremecer al
herido‑, ¡paciencia!
Caderousse le miró espantado.
‑Además, Dios es misericordioso para con todos ‑dijo el abate‑,
como lo ha sido contigo. Es padre antes de ser juez.
‑¡Ah! ‑dijo Caderousse‑. ¿Creéis en Dios?
‑Si hubiese tenido la desgracia de no creer en El hasta el presente
‑dijo Montecristo‑, creería ahora, al verte a ti.
Caderousse levantó los puños cerrados, amenazando al Cielo.
‑Escucha ‑dijo el abate, extendiendo la mano sobre el herido
como para comunicarle su fe‑. He aquí lo que ha hecho por ti ese Dios que
rehúsas reconocer en tus últimos momentos. Te había dado salud, fuerzas y
ocupación, amigos, y en fin, la vida se lo presentaba tal cual puede desearla
el hombre cuya conciencia está tranquila. En lugar de aprovechar estos dones
que el Señor rara vez concede con toda su plenitud, he aquí lo que has hecho.
Te has entregado a la pereza, a la borrachera y has vendido a uno de tus
mejores amigos.
‑¡Auxilio! ‑gritó Caderousse‑. No necesito un sacerdote, sino un
cirujano. Puede que no esté herido de muerte, que no vaya a morir aún, y pueda
salvarme.
‑Tus heridas son mortales y de tal naturaleza, que sin las tres
gotas de licor que lo he dado hace un momento ya habrías expirado. Escucha,
pues.
‑¡Ah! ‑murmuró Caderousse‑, pues sois buen sacerdote; desesperáis
a los moribundos en vez de consolarlos.
‑Óyeme bien ‑continuó el abate‑. Cuando vendiste a lo amigo,
empezó Dios, no por castigarte, sino por advertirte. Caíste en la miseria y
tuviste hambre, pasaste la mitad de lo vida codiciando lo que hubieras podido
adquirir, y ya pensabas en el crimen, dándote a ti mismo la disculpa de la
necesidad, cuando Dios obró un milagro, cuando Dios lo envió por mi mano,
cuando más miserable estabas, una fortuna inmensa para ti, que nada habías
poseído. Pero esta fortuna inesperada a inaudita lo parece insuficiente desde
el momento en que empiezas a poseerla. Quieres doblarla. ¿Y por qué medio? Por
el del asesinato. La doblas, pero Dios lo la arranca, conduciéndote ante la
justicia humana.
‑No soy yo ‑dijo Caderousse‑ quien quiso asesinar al judío, fue
la Carconte.
‑Sí ‑dijo Montecristo‑; Dios, siempre misericordioso, permitió
que los jueces se apiadasen de ti y no lo quitasen la vida.
‑Para enviarme a presidio por toda la vida. ¡Vaya una gracia...!
‑¡Por tal la tuviste, miserable! Tu corazón cobarde, que temblaba
ante la muerte, saltó de alegría cuando supiste que estabas condenado a
perpetua afrenta, porque dijiste, como todos los presidiarios: El presidio
tiene puertas, pero la tumba no. Y tenías razón, porque las puertas del
presidio se abrieron para ti de un modo inesperado. Un inglés llega a Tolón,
había hecho voto de librar a dos hombres de la ignominia. Tú y lo compañero
fuisteis los elegidos. Otra fortuna cae como llovida del cielo para ti. Encuentras
dinero y tranquilidad al mismo tiempo. Puedes empezar a vivir otra vez como los
demás hombres, cuando estabas condenado a arrastrar la penosa existencia de los
presidiarios. Pero por tercera vez, miserable, lo pones a tentar a Dios. No
tengo bastante ‑dijiste‑, cuando nunca habías poseído tanto, y cometes otro
crimen sin motivo, y que no tiene disculpa. Dios se ha cansado. Dios lo ha
castigado.
Caderousse se iba debilitando por momentos.
‑¡Quiero beber! ‑dijo‑, tengo sed..., me abraso.
Montecristo le dio un vaso de agua.
‑¡Infame Benedetto! ‑dijo Caderousse devolviendo el vaso‑. ¿Y él
escapará?
‑Nadie escapará, Caderousse. Yo lo lo prometo. También Benedetto
será castigado.
‑Entonces ‑dijo Caderousse‑ también vos seréis castigado. Porque
no habéis cumplido con los deberes que vuestro ministerio os impone...,
debíais haber impedido que Benedetto me asesinase.
‑¡Yo! ‑dijo el conde con una sonrisa que heló de espanto al moribundo‑.
¿Cómo querías que impidiese que Benedetto lo matara, cuando acababas de romper
lo puñal contra la cota de malla que resguardaba mi pecho? Quizá lo hubiera
evitado si lo hubiese encontrado humilde y arrepentido. Pero lo encontré
orgulloso y sanguinario, y dejé que se cumpliese la voluntad de Dios.
‑¡No creo en Dios! ‑aulló Caderousse‑, y tú tampoco crees en
El... ¡Mientes, mientes!
‑Calla ‑dijo el abate‑, porque obligas a salir de lo cuerpo las
últimas gotas de sangre que lo quedan. ¡Ah!, no crees en Dios, y mueres herido
por Dios. ¡Ah!, no crees en Dios, y Dios, que sólo exige una súplica, una
palabra, una lágrima para perdonar... Dios, que podía dirigir el puñal del
asesino de modo que expirases en el acto..., lo concedió un cuarto de hora para
arrepentirte... ¡Vuelve en ti, desventurado, y arrepiéntete!
‑No ‑dijo Caderousse‑, no me arrepiento; no hay Dios, no hay
Providencia, no hay más que casualidad.
‑Hay una Providencia, hay un Dios ‑dijo Montecristo‑, y la
prueba la tienes en que estás tú ahí, tirado, desesperado y renegando de Dios,
cuando me ves a mí rico, feliz, sano y salvo, y rogando a ese mismo Dios en
quien tú tratas de no creer, y en quien, no obstante, crees en el fondo de lo
corazón.
‑Pues entonces, ¿quién sois vos? ‑preguntó Caderousse clavando
sus moribundos ojos en el conde.
‑¡Mírame bien! ‑dijo Montecristo cogiendo la bujía y acercándosela
a la cara.
‑El abate..., el abate Busoni...
Montecristo se quitó la peluca que le desfiguraba y dejó caer
los hermosos cabellos que enmarcaban su pálido rostro.
‑¡Oh! ‑exclamó Caderousse aterrado‑, si no fuese por esos cabellos
negros, diría que sois el inglés, diría que sois lord Wilmore.
‑No soy ni el abate Busoni, ni lord Wilmore ‑dijo Montecristo‑.
Mírame con mayor atención, mira más lejos, mira en tus primeros recuerdos.
Tenían estas palabras del conde tal majestuosa entonación, que
por última vez reanimaron los apagados sentidos de Caderoussè.
‑¡Oh!, en efecto ‑dijo‑, me parece que os he visto, que os he
conocido en otro tiempo.
‑Sí, Caderousse, sí; me has visto. Sí; me has conocido.
‑Entonces, ¿quién sois?, y si me habéis visto, si me habéis conocido,
¿por qué me dejáis morir?
‑Porque nada puede salvarte, Caderousse. Porque tus heridas son
mortales. Si hubiera sido posible salvarte, yo habría visto en ello otra
misericordia del Señor, y por la tumba de mi padre lo juro que hubiera tratado
de volverte a la vida y al arrepentimiento.
‑¡Por la tumba de lo padre! ‑dijo Caderousse reanimado sobrenaturalmente
a incorporándose para ver más de cerca al que acababa de proferir ese
juramento sagrado para todos los hombres‑. ¡Ah! ¿Y quién eres? ¿Quién eres?
‑Soy... ‑le dijo al oído‑,soy...
Y sus labios, apenas entreabiertos, emitieron una palabra pronunciada
tan quedo, que parecía que el mismo conde temía oírla.
Caderousse, que se había incorporado, extendió los brazos, hizo
un esfuerzo para retroceder, y luego juntando las manos y levantándose,
haciendo un esfuerzo supremo, dijo:
‑¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!, perdonadme si existís, y sois el
padre de los hombres en el cielo y su juez en la tierra. ¡Dios mío, Señor, por
largo tiempo os he conocido! ¡Perdonadme, Señor! ¡Recibid mi alma!
Y cerrando los ojos, Caderousse cayó de espaldas, exhalando el
último suspiro.
La sangre se heló en la abertura de sus heridas. Había muerto.
‑¡Uno! ‑dijo misteriosamente el conde, con los ojos
clavados en el cadáver, ya desfigurado por una muerte tan horrible.
Diez minutos después llegaron el médico y el procurador del rey,
conducidos, uno por el conserje y el otro por Alí. Fueron recibidos por el
abate Busoni, que estaba orando al lado del muerto.
Durante quince días, el tema predilecto de las conversaciones de
París, fue la tentativa de robo tan audaz hecha en casa del conde; el moribundo
había firmado una declaración en la que señalaba a Benedetto como su asesino.
La policía se encargó de la persecución del matador y lanzó contra él todos sus
agentes.
El cuchillo de Caderousse, la linterna sorda, el manojo de
ganzúas y los vestidos, menos el chaleco, que no pudo hallarse, fueron depositados
en la comisaría. El cadáver se transportó a la Morgue.
El conde decía a todos que esta aventura había sucedido mientras
él estaba en su casa de campo de Auteuil, y que solamente sabía lo que le había
contado el abate Busoni, que aquella noche, por una feliz coyuntura, le había
pedido permiso para pasarla en su biblioteca, buscando varios libros raros que
tenía en ella. Bertuccio palidecía cada vez que se nombraba en su presencia a
Benedetto, pero nadie tenía motivo para sospechar de su palidez.
Villefort, llamado para verificar la existencia del crimen,
habíase encargado del asunto y proseguía la instrucción con la celeridad y el
empeño que tenía en todas las causas criminales. Más de tres semanas habían
transcurrido sin que las diligencias más activas produjesen resultados y
empezaba ya a olvidarse la tentativa de robo y el asesinato del ladrón por su
cómplice, para ocuparse del próximo enlace de la señorita Danglars con el conde
Cavalcanti. El joven era ya recibido en casa del banquero como su futuro
yerno.
Se había escrito al señor Cavalcanti padre, que contestó
aprobando este matrimonio, y diciendo sentía infinito que su servicio le impidiese
ausentarse de Parma, por lo que se vería precisado a privarse del placer de
asistir al acto de su celebración. Al mismo tiempo declaraba estar pronto a
entregar el capital de los ciento cincuenta mil francos de renta.
Se había convenido ya en que los tres millones se colocasen en
casa del señor Danglars, el cual los haría producir. Varias personas procuraron
infundir sospechas en el joven, sobre la sólida posición de su futuro suegro
que había sufrido en la bolsa pérdidas de consideración, pero con un desinterés
y confianza sublimes, desdeñó los avisos, teniendo la delicadeza de no decir
una palabra sobre ellos al señor Danglars. Así es que el barón adoraba al
conde Cavalcanti.
No le sucedía lo mismo a la señorita Eugenia Danglars. Su aborrecimiento
instintivo al matrimonio le hizo acoger a Andrés como un medio para alejar a
Morcef, y ahora que Andrés se formalizaba, sen‑
tía hacia él una visible repugnancia. Quizás el barón se dio
cuenta de ello, pero no pudiendo atribuirlo más que a un capricho, hizo como si
no lo conociese.
Con todo, el retraso pedido por Beauchamp, había tocado casi a
su término. Morcef, por su parte, podía apreciar lo que valían los consejos de
Montecristo. Cuando éste le dijo que dejase que las cosas marcharan por sí
mismas, nadie había sospechado todavía del general, nadie había reconocido en
el oficial que entregó el castillo de Janina, al noble conde que se sentaba en
la Cámara de los Pares.
Alberto no por esto se creía menos insultado, porque la
intención de la ofensa existía ciertamente en las pocas líneas que le habían
herido. Además, el modo con que Beauchamp había puesto fin a su entrevista,
había dejado un recuerdo muy amargo en su corazón. Acariciaba, pues, con toda
su voluntad, la idea de un duelo, del que pensaba, si Beauchamp consentía,
ocultar la causa aun a sus testigos.
No se había vuelto a ver a Beauchamp desde el día de la visita
que le hizo Alberto, y a cuantos preguntaban por él se les respondía que estaba
ausente por unos días. ¿Dónde había ido? Nadie lo sabía.
Una mañana, Alberto vio entrar a su ayuda de cámara, que le
anunció a Beauchamp. Estaba aún medio dormido, se frotó los ojos, dio orden
para que introdujesen a Beauchamp en el salón del piso bajo, rogándole esperase
un momento. Vistióse de prisa y bajó.
Le halló paseando de un lado a otro del salón, pero al ver a
Alberto se detuvo.
‑El paso que dais presentándoos en mi casa, sin esperar a que hubiese
ido a la vuestra, como me proponía hacerlo hoy, me parece de buen agüero ‑dijo
Alberto‑. Veamos, decidme pronto, ¿debo alargaros la mano diciéndoos:
Beauchamp, confesad vuestra falta y seamos amigos? ¿O debo preguntaros cuáles
son las armas que habéis escogido?
‑Alberto ‑respondió éste con una tristeza que llenó de asombro
al joven‑, sentémonos y hablemos.
‑Creo, caballero, que antes de sentaros debéis responderme.
‑Alberto ‑dijo el periodista‑, hay circunstancias en que la dificultad
consiste cabalmente en la respuesta.
‑Yo os haré que sea fácil, repitiéndoos la pregunta: ¿Queréis retractaros?
Sí o no.
‑Morcef, no puede uno contentarse con responder sí o no a las
preguntas que interesan al honor, la posición social y la vida de un hombre
como el señor teniente general conde de Morcef, par de Francia.
‑¿Qué es entonces lo que se dice?
‑Lo que yo voy a decir, Alberto, se dice: el dinero, el tiempo y
la fatiga son nada, cuando se trata de la reputación a intereses de una
familia. Se dice: es necesario más que probabilidades, es menester certezas,
para aceptar un duelo a muerte con un amigo. Se dice: si cruzo la espada, o
disparo una pistola sobre un hombre a quien durante tres años he apretado la
mano como a un amigo, es necesario al menos que sepa por qué lo hago, para
poder llegar sobre el terreno con el corazón en reposo, y la tranquilidad de
conciencia de que el hombre necesita cuando su brazo debe salvar su vida.
‑¡Y bien! ¡Y bien! ¿A qué viene todo eso?
‑Eso quiere decir que acabo de llegar de Janina.
‑¿De Janina, vos?
‑Sí, yo.
‑Imposible.
‑Mi querido Alberto, aquí tenéis mi pasaporte, ved los refrendos,
Génova, Milán, Venecia, Trieste, Delvino, Janina: ¿Creeréis a la policía de una
república, un reino y un imperio?
Alberto bajó los ojos sobre el pasaporte y los levantó
sorprendido sobre Beauchamp.
‑¿Habéis estado en Janina? ‑dijo.
‑Alberto, si hubieseis sido un extranjero, un desconocido, un
simple lord como aquel inglés que vino a exigirme una satisfacción hace tres o
cuatro meses, y a quien maté para desembarazarme de él, no me hubiese tomado,
como conocéis, tanto trabajo, pero he creído que os debía esta consideración.
He empleado ocho días en ir, ocho en volver, cuatro de cuarentena y cuarenta y
ocho horas que he permanecido en Janina. Llegué anoche y aquí me tenéis ahora.
‑¡Dios mío! ¡Dios mío!, cuántos circunloquios, Beauchamp, y
cuánto tardáis en decirme lo que espero de vos.
‑Es que, en verdad, Alberto...
‑Diría que titubeáis.
‑Sí, tengo miedo.
‑¿Teméis confesar que vuestro corresponsal os engañó? ¡Oh!, dejad
el amor propio, Beauchamp, confesadlo, nadie puede dudar de vuestro valor.
‑¡Oh!, no es eso‑dijo el periodista‑, al contrario...
Alberto palideció horriblemente, procuró hablar, pero la palabra
expiró en sus labios.
‑Amigo mío ‑dijo Beauchamp con el tono más afectuoso‑, creed que
me consideraría dichoso al presentaros mis excusas, y que lo haría de todo
corazón, pero desgraciadamente...
‑¿Pero qué?
‑La nota tenía razón, amigo mío.
‑¡Cómo! ¿Ese oficial francés...?
‑Sí.
‑Ese Fernando...
‑Sí.
‑El traidor que entregó las fortalezas del hombre a quien servía...
‑Perdonadme sí os digo lo mismo que vos decís: ¡Ese hombre... es
vuestro padre!
Furioso, hizo Alberto un movimiento para lanzarse contra Beauchamp,
pero éste le contuvo, más con su dulce sonrisa, que con el brazo que extendió
hacia él.
‑Tomad, amigo mío ‑dijo‑, ved ahí la prueba.
Y le entregó un papel que había sacado de su bolsillo.
Alberto lo abrió. Era una declaración de cuatro habitantes de
los más notables de Janina, asegurando que el coronel Fernando Mondego,
coronel instructor al servicio del visir Alí‑Tebelín, había entregado el
castillo de Janina por la cantidad de dos mil bolsas. Las firmas estaban
legalizadas por el cónsul.
Alberto cayó aterrado sobre un sillón. Esta vez no le cabía la
menor duda, su apellido se hallaba escrito con todas sus letras. Así es que
después de un momento de doloroso silencio, su corazón se oprimió, las venas de
su cuello se hincharon extraordinariamente, y un torrente de lágrimas brotó de
sus ojos.
Beauchamp, que había mirado con profunda compasión al joven, se
acercó a él y cediendo al dolor, le dijo:
‑Alberto, me comprendéis ahora, ¿no es verdad? He querido verlo
todo y juzgar por mí mismo, esperando que la explicación sería favorable a
vuestro padre, y que yo podría hacerle justicia. Pero, por el contrario, todos
los que me han informado aseguran que ese oficial instructor, ese Fernando
Mondego, elevado por Alí‑Bajá al título de general gobernador, es el mismo que
hoy se llama el conde Fernando de Morcef. Entonces he corrido a vos, recordando
que hace tres años me dispensasteis el honor de llamarme vuestro amigo.
Alberto, hundido en un sillón, ocultaba sus ojos con las manos,
como si quisiese impedir que penetrase hasta ellos la claridad del día.
‑He corrido a vos ‑continuó Beauchamp‑ para deciros: Alberto,
las faltas de nuestros padres en estos tiempos de acción y de reacción, no
pueden llegar hasta sus hijos; pocos han atravesado la revolución, en medio de
la cual hemos nacido, sin que su uniforme de soldado o su toga de juez hayan
sido manchados de lodo o sangre. Alberto, ahora que tengo todas las pruebas,
ahora que soy dueño de vuestro secreto, nadie en el mundo puede obligarme a un
combate que estoy seguro que vuestra conciencia os echaría en cara coma un
crimen, pero lo que podéis exigir de mí, vengo a ofrecéroslo. ¿Queréis que
desaparezcan estas pruebas, estas revelaciones, estas declaraciones que yo
sólo poseo? ¿Este espantoso secreto, queréis que permanezca oculto entre los
dos? Confiad en mi palabra de honor. Nunca saldrá de mis labios. Decid,
Alberto, ¿lo queréis? Decid, ¿lo queréis, amigo mío?
‑¡Ah! ¡Noble corazón! ‑exclamó Alberto, dando un abrazo a
Beauchamp.
‑Tomad ‑dijo Beauchamp presentando los papeles a Alberto
‑Vamos ‑dijo Beauchamp, cogiéndole ambas manos‑. Anima, amigo
mío.
‑¿Pero de dónde salió era primera nota inserta en vuestro periódico?
‑dijo Alberto‑. Hay en todo esto un odio secreto, un enemigo invisible.
‑Y bien ‑dijo Beauchamp‑, razón de más. Alberto, que
desaparezcan de vuestro rostro todas las señales de conmoción. Llevad este
dolor dentro de vos, como la nube lleva en su seno la desolación y la muerte.
Secreto fatal que sólo se conoce cuando se desencadena la tempestad. Reservad
vuestras fuerzas, amigo mío, para aquel momento, si llegase.
‑¿Pero creéis que no hemos concluido aún? ‑dijo Alberto.
‑Yo nada creo, amigo mío, pero al fin todo es posible. Este los
recibió con mano convulsiva, los apretó, los iba a romper, pero temiendo que el
viento se llevase la más pequeña partícula, y ésta viniese un día a darle en la
frente, se fue a la bujía que ardía y quemó hasta el último fragmento.
‑¿Qué? ‑preguntó Alberto, viendo que Beauchamp titubeaba.
‑¡Querido amigo! ¡Excelente amigo! ‑exclamaba Alberto, ‑¿Pensáis
todavía casaros con la señorita de Danglars?
‑¿Por qué me hacéis esta pregunta en este momento, Beauchamp?
‑Porque creo que la consumación de este matrimonio tiene relación
con el objeto que nos ocupa en este instante.
No ‑dijo Alberto‑, mi matrimonio se ha deshecho.
‑Y bien ‑dijo Beauchamp‑, ¿qué más hay aún?
‑Hay ‑respondió Alberto‑ una cosa que ha destrozado mí corazón.
Escuchadme, Beauchamp, no se separa uno así, en un momento, de aquella
confianza, de aquel orgullo que inspira a un hijo el nombre sin mancha de su
padre. ¡Ay, Beauchamp,
Beauchamp! ¿Cómo me acercaré yo ahora al mío?
¿Retiraré mi frente cuando acerque a ella sus labios, mi mano cuando la suya
vaya a tocarla? Creedme, soy el más desgraciado de los hombres. ¡Ah, mi madre,
mi pobre madre! ‑dijo Alberto fijando sus ojos llenos de lágrimas en el retrato
de su madre.
‑Alberto ‑le dijo‑, si queréis seguir mi consejo, vamos a salir.
Un paseo al bosque de Bolonia en faetón o a caballo os distraerá, almorzaremos
juntos en cualquier parte, y os marcharéis después a vuestros asuntos y yo a
los míos.
‑Con mucho gusto ‑dijo Alberto‑, pero salgamos a pie, me parece
que el cansancio me hará bien.
‑Sea ‑dijo Beauchamp. Y los dos amigos salieron a pie siguiendo
el boulevard hasta llegar a la Magdalena.
‑Ya que estamos en camino ‑dijo Beauchamp‑, vamos a visitar a
Montecristo. El os distraerá, es un hombre admirable para serenar los
espíritus. Jamás pregunta, y según mi modo de pensar, las personas que jamás
preguntan son las que con más habilidad consuelan.
‑De acuerdo ‑respondió Alberto‑, vamos a su casa. Ya sabéis que
le aprecio.
Capítulo tercero
El viaje
El conde de Montecristo lanzó un grito de alegría al ver llegar
juntos a los jóvenes.
‑¡Ah!, ¡ah! ‑dijo‑, muy bien, espero que todo ha podido al fin
arreglarse.
‑Sí ‑dijo Beauchamp‑‑, noticias absurdas que han caído en descrédito
por sí mismas, y que si se renovasen me tendrían hoy por su primer antagonista:
así, pues, no hablemos más del asunto.
‑Alberto os dirá el consejo que le había dado. Me encontráis,
amigos, acabando de pasar la mañana peor de mi vida.
‑¿Qué hacéis? ‑dijo Alberto‑, me parece que arregláis vuestros
papeles.
‑Mis papeles, a Dios gracias, no; hay siempre en ellos un orden
maravilloso, ya que jamás conservo ninguno; pero pongo en orden los del señor
Cavalcanti.
‑¿Del señor Cavalcanti? ‑preguntó Beauchamp.
‑¡Oh, sí! ¿No sabéis que es un joven a quien el conde ha lanzado
al gran mundo? ‑dijo Morcef.
‑No, no ‑respondió Montecristo‑; entendámonos, yo no lanzo a
nadie, y menos al señor Cavalcanti que a otro cualquiera.
‑Y que contrae matrimonio con la señorita de Danglars ‑continuó
Alberto procurando sonreírse‑, y lo podéis conocer, mi querido Beauchamp, pues
que esto me afecta cruelmente.
‑¡Cómo! ¿Cavalcanti se casa con la señorita de Danglars? ‑preguntó
Beauchamp.
‑¿Pero es que llegáis del fin del mundo? ‑dijo Montecristo‑;
vos, periodista, el favorito de la Fama: todo París habla de eso.
‑¿Y sois vos, conde, el que ha arreglado ese matrimonio?
‑¡Yo! Silencio, señor noticiero, no digáis semejante cosa: ¡yo!
¡Dios me libre de arreglar matrimonios! No; vos no me conocéis; por el
contrario, me he opuesto cuanto he podido, y he rehusado pedir a su padre la
mano de la joven.
‑¡Ah! lo comprendo ‑dijo Beauchamp‑; ¿por causa de nuestro
amigo Alberto?
‑¿Por mi causa? ‑dijo el joven‑, ¡oh!, no: el conde me hará
justicia en atestiguar que le he rogado que desbaratase mi proyectado
matrimonio y que afortunadamente lo ha conseguido: el conde dice que no ha sido
él, y que no debo darle las gracias; sea, edificaré como los antiguos un altar Deo
ignoto.
‑Escuchad ‑dijo Montecristo‑, no soy yo, puesto que mi amistad
con el futuro suegro se ha enfriado mucho, lo mismo que con el joven; solamente
Eugenia me ha conservado su afecto, porque no teniendo ella gran vocación al
matrimonio, ha visto cuán poco dispuesto estaba yo a contribuir a que ella
perdiera su libertad.
‑¿Y decís que ese matrimonio está casi hecho?
‑¡Oh! ¡Dios mío! Sí, a pesar de cuanto yo he dicho; conozco muy
poco al joven, pretenden que es rico y de buena familia; pero para mí esto no
pasa de dicen que dicen: bastantes veces se lo he dicho a Danglars, pero está
encaprichado con su Luques. He llegado incluso a hacerle sabedor de una
circunstancia sumamente grave: el joven lo cambiaron mientras estaba criándole
el ama, robado por unos gitanos, o perdido por su preceptor, en lo que no estoy
muy cierto; pero sí sé que su padre le ha perdido de vista por más de diez
años, y sólo Dios sabe lo que habrá estado haciendo durante estos diez años de
vida errante; pues bien, nada de esto ha sido bastante, me han encargado que
escribiese al mayor pidiendo sus papeles; helos aquí, voy a enviárselos, pero,
como Pilatos, me lavo las manos.
‑Y la señorita de Armilly, ¿qué cara os pone al ver que le quitáis
su educanda?
‑¡Diantre!, no sé, pero parece que se marcha a Italia; la señora
de Danglars me ha hablado de ella, y me ha pedido cartas de recomendación para
los empresarios y le he dado una para el director de teatros Valle, que me debe
algunos favores. Pero ¿qué os pasa, Alberto? Estáis triste. ¿A que sin saberlo
estáis enamorado de la señorita de Danglars?
‑No ‑dijo Alberto sonriendo tristemente. Beauchamp se puso a
mirar los cuadros.
‑Pero, en fin ‑continuó Montecristo‑, no estáis en vuestro estado
normal. ¿Qué os ocurre? Decídmelo.
‑Tengo jaqueca ‑dijo Alberto.
‑Pues bien, mi querido vizconde ‑dijo Montecristo‑, tengo entonces
un remedio infalible que proponeros, y que me ha salido bien siempre que he
sufrido algún contratiempo.
‑¿Cuál? ‑preguntó el joven.
‑Un viaje.
‑¿De veras? ‑dijo Alberto.
‑Sí, y en este momento, que estoy sumamente contrariado, me
marcho. ¿Queréis venir conmigo?
‑¿Vos contrariado, conde? ‑dijo Beauchamp‑, ¿y por qué?
‑Vive Dios, quisiera veros con la instrucción de un proceso criminal
en casa.
‑¡Una instrucción...! ¿Qué instrucción?
‑¡Eh!, la que el señor Villefort dirige contra mi amable
asesino, una especie de bandolero escapado del presidio de Tolón, según parece.
‑¡Ah!, es verdad ‑dijo Beauchamp‑, he leído el hecho en los
periódicos. ¿Y quién era ese Caderousse?
‑Parece que es un provenzal: el señor de Villefort ha oído
hablar de él cuando estaba en Marsella, y el señor Danglars se acuerda de
haberlo visto; el resultado es que el señor procurador del rey se ha encargado
con mucho interés del asunto, según parece, y ha interesado hasta el más alto
grado al prefecto de policía; gracias a este interés, al que les estoy
sumamente reconocido, hace quince días que me envían a cuantos ladrones pueden
coger en París y sus cercanías, bajo el pretexto de que son los asesinos del
señor Caderousse, y el resultado será, si esto continúa, que dentro de tres
meses no habrá en el bello reino de Francia un ladrón o asesino que no tenga en
la uña el plano de mi casa; tomo, pues, el partido de abandonársela toda, y me
voy tan lejos como me alcance la tierra. Venid conmigo, vizconde, os llevo de
buena gana.
‑Con mucho gusto.
‑¿Entonces es cosa hecha?
‑Sí; pero ¿adónde vamos?
‑Ya os lo he dicho, donde el aire es puro, donde el ruido adormece,
donde por orgulloso que el hombre sea, se siente humillado y pequeño; amo
estas impresiones, yo, a quien llaman el dueño del mundo como a Augusto.
‑Pero ¿adónde vais?
‑Al mar, vizconde, al mar. Soy un marino; siendo niño me he mecido
en los brazos del viejo Océano, y me he reposado en el seno de la bella
Anfitrite; he jugado con la verde capa del uno y con el azulado vestido de la
otra. Amo al mar como se ama a una mujer, y no puedo estar separado mucho
tiempo de él.
‑Vamos, conde, vamos.
‑¿Al mar?
‑Sí.
‑¿Aceptáis?
‑Desde luego, acepto.
‑Pues bien, vizconde, esta tarde estará en mi patio un buen
briska de viaje, en el que puede uno recostarse como en su cama. Este briska
será conducido por cuatro caballos de posta. Señor Beauchamp, caben cuatro
cómodamente. ¿Queréis venir con nosotros?, os llevo también.
‑‑Gracias, vengo del mar.
‑¡Cómo! ¿Que venís del mar?
‑Sí, he hecho una pequeña excursión a las islas Borromeas.
‑¡Qué importa!, venid ‑dijo Alberto.
‑No, mi querido Morcef, debéis conocer que cuando rehúso es
porque me es imposible. Además ‑añadió bajando la voz‑, conviene que
permanezca en París, aunque no sea más que para cuidar de las comunicaciones
que puedan hacerse al periódico.
‑¡Ah!, sois un excelente amigo ‑dijo Alberto‑; vigilad, mi querido
Beauchamp, y procurad descubrir al enemigo a quien debemos esta fatal
revelación.
Alberto y Beauchamp se separaron y estrechándose la mano, se
dijeron cuanto delante de un extraño no podían pronunciar sus labios.
‑Excelente joven es este Beauchamp ‑dijo Montecristo después
que se marchó el periodista‑. ¿Verdad, Alberto?
‑¡Ah!, sí; un hombre singular, os lo aseguro, le quiero con toda
mi alina; pero ya que estamos solos, aunque me es indiferente, os preguntaré
¿adónde vamos?
‑A Normandía, si os parece.
‑¿Estaremos completamente en el cameo, sin sociedad, sin vecinos?
‑Sí; no tendremos más que caballos para correr, perros para
cazar y una barca para pescar; he aquí todo.
‑Es cuanto necesito; voy a prevenir a mi madre, y estoy a vuestras
órdenes.
‑Pero ‑dijo Montecristo‑, ¿os permitirán venir?
‑¿Cómo?
‑Venir a Normandía.
‑¡A mí! Soy completamente fibre.
‑Para ir donde os parezca, solo, sí, lo sé, pues os he
encontrado en Italia.
‑¡Y bien!
‑¡Pero viajar con el hombre misterioso, a quien llaman el conde
de Montecristo... !
‑Poca memoria tenéis, conde.
‑¿Por qué?
‑Porque habéis olvidado el gran afecto y simpatía que os he
dicho que mi madre os profesa.
‑Muchas veces la mujer varía, ha dicho Francisco I: la mujer es
como la onda, dijo Shakespeare; el uno era un gran rey, el otro un gran poeta,
y ambos debían conocer bien a la mujer.
‑Sí, la mujer; pero mi madre no es la mujer, es una mujer...
‑Permitid a un extranjero ignorar la fuerza de las expresiones
de vuestro idioma.
‑Quiero decir que mi madre es poco pródiga en sus afectos, pero
una vez que los concede, son para siempre.
‑¡Ah! ‑dijo suspirando Montecristo‑, ¿y creéis que me haga el
honor de dispensarme algún afecto particular y no la más pura indiferencia?
‑Oídme bien ‑respondió Morcef‑, os lo he dicho y os lo repito:
es preciso que seáis un hombre muy superior.
‑¡Oh!
‑Sí; porque mi madre ha sido subyugada por vos, le inspiráis un
gran interés, y cuando estamos solos no hace sino hablarme de vos.
‑¿Os dice que desconfiéis de Manfredo?
‑Al contrario, me dice: Morcef, creo al conde noble y generoso,
procura que lo quiera.
Montecristo volvió la vista y lanzó un suspiro.
‑¡Ah! , verdaderamente ‑dijo.
‑De suerte que ‑continuó Alberto‑, conoceréis que lejos de
oponerse a mi viaje, lo aprobará, puesto que entra en las recomendaciones que
me hace diariamente.
‑Id, pues ‑dijo Montecristo‑, y hasta la tarde: estad aquí a las
cinco, llegaremos allá a las doce o a la una, a más tardar.
‑¡Cómo! ¿A Treport?
‑A Treport o a sus cercanías.
‑¿No necesitáis más que ocho horas para andar cuarenta y ocho
leguas?
‑Y aún es mucho ‑dijo Montecristo.
‑Desde luego. Sois el hombre de los prodigios, y conseguiréis no
sólo ir más veloz que los vagones de los trenes, lo que en Francía no es muy
difícil, sino que sobrepujaréis en velocidad al telégrafo.
‑Con todo, vizconde, como necesitamos siete a ocho horas para
llegar allá, sed puntual.
‑Descuidad, no tengo hasta esa hora ninguna otra cosa más que
hacer que preparar mi viaje.
‑Hasta las cinco, pues.
‑Hasta las cinco.
Alberto salió. Montecristo, después de saludarle sonriendo, permaneció
un instante pensativo y como absorto en una profunda meditación; finalmente,
pasando la mano por su frente, como para apartar una molesta idea, se levantó,
se acercó a un timbre y llamó dos veces.
Entró Bertuccio.
‑Señor Bertuccio ‑le dijo‑, no es ya mañana o pasado mañana,
como había pensado antes, sino esta tarde mismo, cuando quiero salir para
Normandía; desde ahora hasta las cinco tenéis tiempo sobrado; haced que estén
prevenidos los palafreneros del primer relevo; el señor de Morcef me acompaña,
id pues.
Bertuccio obedeció; un postillón salió a escape a Poutoise para
decir que a las seis en punto pasaría la silla de posta; desde Poutoise
transmitió el aviso al relevo siguiente, y así continuó de relevo en relevo,
de suerte que seis horas después todos estaban advertidos y prontos.
Antes de salir, el conde subió a ver a Haydée, le anunció su
viaje y puso toda la casa a su disposición. Alberto fue puntual; el viaje,
triste al principio, se modificó poco a poco: Morcef no tenía idea de un modo
de viajar tan acelerado y al mismo tiempo cómodo; manifestólo así al conde, y
éste le dijo:
‑Es cierto, no podéis tener idea de este
modo de viajar con vuestras postas, que corren solamente dos leguas por hora,
y mucho menos con la estúpida ley que prohíbe que ningún viajero pase antes
que otro, de modo que un enfermo o majadero detiene y encadena, por decirlo
así, tras él a los demás, aunque éstos, sanos y alegres, quieran correr doble;
para evitar estos inconvenientes viajo siempre con postillones y caballos
míos. ¿No es así, Alí?
Y el conde, asomando la cabeza por la portezuela, dio una
especie de chillido para excitar a los caballos; parecía como si les hubieran
nacido alas.
El coche corría veloz como el rayo, y todos volvían la cabeza al
verlo pasar. Alí se sonreía mostrando sus blancos dientes; repetía este
chillido, y llevando apretadas las riendas, excitaba a los caballos, cuyas
bellas crines flotaban con el viento: Alí, el hijo del desierto, se encontraba
en su elemento, y con su cara negra, sus ardientes ojos y su turbante blanco
parecía, en medio del torbellino de polvo que levantaban los caballos, el
genio del simún o el dios del huracán.
‑He aquí un placer que no conocía ‑dijo Morcef, y desaparecieron
de su frente las últimas señales de tristeza‑. ¿Pero dónde habéis encontrado
semejantes caballos? ‑preguntó al conde‑, ¿los habéis criado ex profeso?
‑Adivinasteis. Hace seis años que hallé en Hungría un caballo semental,
famoso por la ligereza: lo compré, no me acuerdo en cuánto. Bertuccio lo pagó.
En aquel año tuvo treinta y dos hijos; vamos a pasar revista a toda esa prole.
Son todos iguales, negros, sin una mancha, excepto una estrella blanca en la
frente, porque tuve cuidado de que se le escogiesen yeguas excelentes, como el
sultán escoge favoritas.
‑¡Es admirable... ! Pero decidme, conde, ¿qué habéis hecho con
todos esos caballos?
‑Ya lo veis, viajo con ellos. Cuando no los necesite, Bertuccio
los venderá. Dice que ganará treinta o cuarenta mil francos en ellos.
‑Pero no habrá rey en Europa bastante rico para comprarlos
todos.
‑Los venderá a algún visir del Oriente, que dejará vacío su tesoro
para pagarlos y que lo volverá a llenar administrando a sus súbditos la
bastonada en la planta de los pies.
‑¿Queréis, conde, que os participe una idea que acaba de ocurrírseme?
‑Decid.
‑Que, después de vos, Bertuccio debe ser el simple particular
más rico de Europa.
‑Pues bien, os engañáis, vizconde, estoy seguro de que no tiene
dos reales.
‑¿Es posible? ‑preguntó el joven‑. Ese Bertuccio es un fenómeno;
mi querido conde, me contáis cosas maravillosas, casi increíbles.
‑Nada hay de maravilloso, Alberto: los números y la razón os lo
probarán; escuchad pues: cuando un mayordomo roba, ¿por qué lo hace?
‑Porque tal es la condición de todos ellos, según creo ‑dijo Alberto.
‑Os equivocáis. Roba porque tiene mujer, hijos y deseos ambiciosos
para él y su familia; roba principalmente porque no tiene la certeza de
permanecer siempre con su amo, y quiere asegurar su porvenir. Ahora bien,
Bertuccio es solo, no tiene pariente alguno, toma de mi dinero lo que necesita
sin tener que darme cuenta, y está seguro de que no se separará nunca de mí.
‑¿Por qué?
‑Porque no encontraré otro tan bueno.
‑No salís de un círculo vicioso, cual es el de las
probabilidades.
‑¡Oh!, no; estoy en lo cierto: el buen criado para mí es aquel
sobre quien tengo derecho de vida y muerte.
‑¿Y lo tenéis sobre Bertuccio?
‑Sí ‑respondió con frialdad el conde.
Hay palabras que ponen fin para siempre a una conversación; el
sí del conde era una de ellas. El viaje continuó con la misma velocidad; los
treinta y dos caballos, divididos en ocho relevos corrieron las cuarenta y
ocho leguas en ocho horas.
Llegaron a medianoche a la puerta de un hermoso parque; el
conserje tenía la reja abierta, y de pie junto a ella parecía esperar a su amo;
le había advertido de su llegada el postillón del último relevo.
A las dos y media de la mañana llevaron a Morcef a su cuarto,
halló un baño y la cena preparada; el criado que venía durante el camino
sentado detrás estaba a sus órdenes. Bautista, que había venido en la
delantera, servía al conde.
Alberto tomó un baño, cenó y se acostó; adormecióle el ruido de
las alas, melancólico y triste; al levantarse se fue derecho a la ventana, la
abrió y se encontró en una azotea, desde la que veía perfectamente el mar, es
decir, la inmensidad, y por la espalda, el hermoso parque y un bosque.
En una rada inmediata mecíase una ligera corbeta, estrecha en la
carena, elegante en su armadura, y que llevaba en el árbol mayor un pabellón
con las armas de Montecristo, que era un monte de oro, con una cruz sobre un
mar azul, lo que podía muy bien ser una alusión a su título, recordando el
Calvario, que la pasión de Nuestro Señor convirtió en una montaña más preciosa
que el oro, y la cruz, infame antes, que su pasión divina hizo santa, o
también alguna alusión personal al sufrimiento y regeneración que se ocultaba
en los antecedentes, ignorados de todos, de aquel hombre misterioso.
En torno a la goleta había un grupo de barcas de pescadores de
los lugarcillos inmediatos, que parecían súbditos esperando la orden de su
reina. Allí, como en cualquier otra parte en que Montecristo se detenía, se
encontraban todas las comodidades de la vida tan perfectamente metodizadas,
que con facilidad se acostumbraba cualquiera a ellas.
Alberto encontró en su antecámara dos escopetas y todos los
utensilios necesarios a un cazador; una pieza situada en el piso bajo estaba
destinada a guardar todas las ingeniosas máquinas que los ingleses, grandes
pescadores, porque son muy cachazudos y ociosos, no han podido aún hacer
adoptar a los rutinarios franceses.
Pasóse el día en estos ejercicios, en los que Montecristo era
sobresaliente; mataron una docena de faisanes en el parque, pescaron infinidad
de truchas, y tomaron el té en la biblioteca.
Al tercer día por la tarde Alberto, fatigado de una vida tan
activa, y que parecía un juego para Montecristo, dormía en un sillón inmediato
a la ventana, y el conde trazaba con su arquitecto el plan de un invernadero
que quería construir en su jardín, cuando el galope de un caballo despertó al
joven; miró por la ventana, y con desagradable sorpresa vio a su camarero, a
quien no había querido traer consigo, por no causar tantas molestias a
Montecristo.
‑¡Florentín, aquí! ‑gritó levantándose apresurado‑. ¿Está mala
mi madre?
Y salió con precipitación. Montecristo le siguió con la vista,
le vio, acercóse al criado, y éste, sin poder respirar aún, sacó del bolsillo
un paquete cerrado y sellado, y se lo entregó: contenía una carta y un
periódico.
‑¿De quién es esa carta? ‑inquirió Alberto.
‑Del señor Beauchamp ‑respondió Florentín.
‑¿Es Beauchamp el que os ha enviado?
‑Sí, señor; me llamó a su casa, me dio el dinero necesario para
el viaje, hizo que me entregasen un caballo de posta, y que le prometiera no
pararme hasta llegar a veros; he corrido quince horas seguidas.
Alberto abrió la carta conmovido; apenas leyó los primeros
renglones, lanzó un grito y cogió el periódico con manos trémulas. De repente
oscurecióse su vista, flaquearon sus piernas, y viendo que iba a caerse se
apoyó en el brazo que Florentín le presentaba.
‑Pobre joven ‑dijo Montecristo, pero tan bajo que nadie pudo oír
aquellas palabras de compasión‑. Está escrito que las faltas de los padres
recaerán sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación.
Alberto había ido entretanto recobrando sus fuerzas; continuó leyendo,
separando con la mano los cabellos que cayeron sobre su frente bañada de
sudor, y arrugó entre sus manos la carta y el periódico.
‑Florentín ‑dijo‑, ¿vuestro caballo está en disposición de tomar
el camino de París?
‑Es un mal jaco de posta y está desherrado.
‑¡Oh! ¡Dios mío! ¿Y cómo estaban en casa cuando salisteis?
‑Bastante tranquilos; pero cuando volví de casa del señor Beauchamp
encontré a la señora llorando, me llamó para que la informase de cuándo
volveríais; le dije que iba a buscaros de parte del señor Beauchamp, hizo un
movimiento como para detenerme, mas luego reflexionó un instante y me dijo:
‑Id, Florentín, y que vuelva pronto.
‑Sí, madre mía, sí ‑dijo Alberto‑, volveré; ¡ah!, tranquilizaos,
¡y ay del infame... ! Pero lo primero es pensar en volver ‑y dirigióse al
cuarto en que había dejado a Montecristo.
No era ya el mismo hombre; cinco minutos habían sido suficientes
para producir una triste metamorfosis en Alberto; había salido del cuarto en
estado normal; volvió a entrar con la voz alterada, la cara enrojecida, los
ojos centelleantes y el modo de andar incierto de un hombre ebrio.
‑Conde ‑dijo‑, os doy las gracias por vuestra generosa
hospitalidad, hubiera deseado disfrutar de ella más tiempo, pero me es preciso
volver a París.
‑¿Pues qué ha ocurrido?
‑Una gran desgracia; mas permitidme que me vaya: se trata de una
cosa que es mil veces más preciosa que la vida; no me preguntéis, conde, os lo
suplico; mandad, eso sí, que me den un caballo.
‑Todos los míos están a vuestra disposición, vizconde, pero vais
a destrozaros corriendo la posta a caballo; tomad mi silla, o si no un
cabriolé.
‑No; tardaría más, y además, ese mismo cansancio me hará bien,
no temáis.
Dio una vuelta en derredor, como un hombre herido por una bala,
y fue a caer en un sillón junto a la puerta. Montecristo no vio este segundo
momento de debilidad porque estaba asomado a la ventana, gritando:
‑Alí, un caballo para el señor de Morcef; pronto, que lleva
prisa.
Estas palabras volvieron la vida a Alberto, lanzóse fuera del
cuarto y el conde le siguió.
‑Gracias ‑‑dijo el joven montando a caballo‑, venid tras de mí,
lo más pronto que podáis, Florentín. ¿Qué debo decir para que continúen
dándome caballos?
‑Nada, basta que vean el que montáis para que os ensillen inmediatamente
otro.
Alberto iba a partir, pero se detuvo.
‑Pensaréis que mi viaje es extraño ‑dijo el joven‑, no comprenderéis
cómo algunas líneas escritas en un periódico han podido reducir a un hombre a
la desesperación. Pues bien ‑añadió dándole el periódico‑, leed eso, pero
solamente cuando yo me haya marchado, a fin de que no veáis mi confusión.
Y
mientras el conde recibía el periódico, hincó las espuelas al caballo, que
admirado de que hubiese jinete que pudiese creer que las necesitaba, partió a
escape, veloz como una flecha.
Siguióle el conde con la vista, y su mirada expresaba un
sentimiento de compasión indefinible, y cuando desapareció leyó lo siguiente
en el periódico:
El oficial francés al servicio de Alí‑Bajá,
de Janina, de que hablaba hace tres semanas El Imparcial, y que no solamente vendió el castillo de
Janina, sino que entregó a los turcos a su bienhechor, se llamaba,
efectivamente, Fernando en aquella época, como dijo nuestro honorable colega,
pero después agregó a su nombre un título de nobleza y el de una de sus
tierras.
Actualmente se llama el conde de Morcef, y
es miembro de la Cámara de los Pares.
Por consiguiente, aquel terrible secreto que Beauchamp había
ocultado tan generosamente aparecía como un fantasma armado; y otro periódico
cruelmente informado había publicado al día siguiente de la salida de Alberto
para Normandía, aquellos pocos renglones que casi volvieron loco al joven.
Capítulo cuarto
El juicio
Serían las ocho de la mañana cuando cayó Alberto como un rayo en
casa de Bqauchamp. El ayuda de cámara estaba avisado, a introdujo a Morcef en
el cuarto de su amo, que acababa de entrar en el baño.
‑¡Y bien! ‑le dijo Alberto. ,
‑Os estaba esperando, amigo mío ‑contestó Beauchamp.
‑Aquí me tenéis. No os diré, Beauchamp, que os creo demasiado
honrado y demasiado noble para sospechar que habéis hablado a nadie de nuestro
asunto; no, amigo mío. Además, el mensaje que me habéis enviado es una garantía
del aprecio que os merezco. Por consiguiente, no perdamos tiempo en
preámbulos, ¿tenéis alguna idea de quién puede venir el golpe?
‑Os diré lo que sé.
‑Sí; pero antes, amigo mío, debéis referirme la historia de esta
abominable traición con todos sus pormenores.
Y Beauchamp refirió al joven, abrumado de vergüenza y dolor, los
hechos que vamos a referir con toda su sencillez.
La mañana de la antevíspera, el artículo había aparecido en EL
Imparcial y en otro periódico, y lo que es más todavía, en un periódico muy
conocido por pertenecer al gobierno. Beauchamp se hallaba almorzando cuando
leyó el artículo: envió inmediatamente a buscar un cabriolé, y sin acabar de
almorzar marchó a la redacción del diario ministerial.
Aunque de ideas políticas enteramente opuestas a las del
director del periódico acusador, Beauchamp, como sucede algunas veces, y aun
diremos siempre, era íntimo amigo suyo.
Halló al director, que tenía en la mano su propio periódico, y
parecía que estaba leyendo con la mayor complacencia su articulito sobre el
azúcar de remolacha, que probablemente sería de su cosecha.
‑¡Ah! ‑dijo Beauchamp‑, puesto que tenéis en la mano vuestro
periódico, querido ***, excuso deciros a qué vengo.
‑¿Sois acaso partidario de la caña de azúcar? ‑preguntó el director
del periódico ministerial.
‑No ‑contestó Beauchamp‑, y hasta hoy soy extraño a la cuestión;
vengo por otro asunto.
‑¿Cuál?
‑Por el artículo acerca de Morcef.
‑¡Ah! , ya: ¿no es verdad que es bastante curioso?
‑Tan curioso que creo que os exponéis a veros complicado en una
causa de dudoso resultado.
‑No, por cierto: hemos recibido con la nota todos los documentos
justificativos, y estamos perfectamente convencidos de que el señor de Morcef
no dará ningún paso; por otra parte, es hacer un bien al país al denunciarle a
los miserables, indignos del honor que se les hace.
Beauchamp quedó desconcertado.
‑¿Pero quién os ha dado tan completos pormenores? ‑preguntó‑,
porque mi periódico, que fue el primero que habló del particular, tuvo que
abstenerse por falta de pruebas, y sin embargo, estamos más interesados que vos
en arrancar la máscara al señor Morcef, puesto que es par de Francia, y
nosotros representamos la oposición.
‑¡Oh!, nada más sencillo; no hemos corrido detrás del escándalo,
ha venido él a buscarnos. Un hombre que acaba de llegar de Janina nos trajo
ayer todos esos documentos, y como manifestásemos algún reparo en insertar la
acusación, nos dijo que si nos negábamos se publicaría el artículo en otro
periódico. Nadie sabe mejor que vos cuánto vale una noticia interesante; no
quisimos desperdiciarla. El golpe está bien dado; es terrible y resonará en
toda Europa.
Beauchamp conoció que no había más remedio que bajar la cabeza,
y salió a la desesperada para enviar un correo a Morcef.
Pero lo que no había podido escribir a Alberto, porque lo que vamos
a referir fue posterior a la salida del correo, es que el mismo día, en la
Cámara de los Pares, se había notado una extraordinaria agitación. Los pares
iban llegando antes de la hora y hablaban del siniestro acontecimiento que iba
a ocupar la atención pública y a fijarla en uno de los miembros más conocidos
del ilustre Cuerpo.
Leíase el artículo en voz baja, hacíanse comentarios, y los
recuerdos que se suscitaban iban precisando cada vez más los hechos. El conde
de Morcef no era querido de sus colegas. Como todos los que han salido de la
nada, para conservarse a la altura de la clase, tenia que observar un exceso de
altivez. Los grandes aristócratas se reían de él; los talentos le repudiaban y
las glorias puras le despreciaban instintivamente. A este fatal extremo de la
víctima expiatoria había llegado el conde. Una vez designada por el dedo del
Señor para el fatal sacrificio, todos se preparaban para gritar: ¡Justicia!
El conde de Morcef era el único que lo ignoraba todo. No recibía
el periódico que publicaba la noticia, y había pasado la mañana en escribir
camas y probar su caballo.
Llegó, pues a la hora de costumbre, con la cabeza erguida,
mirada orgullosa y andar insolente; se apeó del coche, atravesó los pasillos y
entró en la sala, sin notar las vacilaciones de los ujieres, ni la frialdad de
sus colegas al saludarle.
Cuando Morcef entró hacía ya media hora que había empezado la
sesión.
A pesar de que el conde, ignorante, como hemos dicho, de cuanto
había ocurrido, no había alterado en lo más mínimo su aire, ni sus ademanes, su
presencia en esta ocasión pareció de tal suerte agresiva a esta asamblea celosa
de su honor, que todos vieron en ello una inconveniencia, muchos una bravata y
algunos un insulto. Era evidente que la Cámara entera deseaba entablar el
debate.
Se veía el periódico acusador en manos de todos los pares; pero,
como siempre, nadie quería cargar con la responsabilidad del ataque.
Finalmente, uno de los honorables pares, enemigo declarado del conde de
Morcef, subió a la tribuna con una solemnidad que anunció que había llegado el
momento esperado.
Guardóse un silencio sepulcral. Sólo Morcef ignoraba la causa de
la atención profunda que se prestaba a un orador a quien no se acostumbra a
oír con tanta complacencia.
El conde dejó pasar tranquilamente el preámbulo, en que el
orador establecía que iba a hablar de una cosa tan grave, tan sagrada y tan
vital para la Cámara, que reclamaba toda la atención de sus colegas.
A las primeras palabras de Janina y del coronel Fernando, el
conde de Morcef se puso intensamente pálido, lo que causó un estremecimiento
general en la asamblea, y codas las miradas se fijaron en él.
Las heridas mortales tienen de particular que se ocultan, pero
no se cierran: siempre dolorosas, permanecen vivas y abiertas en el corazón.
Terminó la lectura del artículo en medio del mismo silencio, turbado
entonces por un rumor que cesó tan pronto como el orador volvió a tomar la
palabra. El orador expuso sus escrúpulos, y manifestó cuán difícil era su
posición: era el honor del señor de Morcef, el honor de toda la Cámara lo que
pretendía defender, provocando un debate en que se iba a entrar en esas
cuestiones personales que siempre resultan odiosas. Concluyó pidiendo que se
procediese a una investigación bastante rápida para confundir, antes de que
tomase cuerpo, la calumnia, y para restablecer al señor de Morcef en la
posición en que la opinión pública le había colocado.
Morcef se hallaba tan abatido, que apenas pudo pronunciar
algunas palabras ante sus colegas para justificarse: aquella conmoción, que
podía atribuirse lo mismo al asombro del inocente que a la vergüenza del
culpable, le atrajo algunas simpatías. Los hombres generosos son siempre
compasivos, cuando la desgracia de su adversario es mayor que su odio.
El presidente puso a votación la sumaria, y ésta dio por
resultado que había méritos para formarla.
Preguntaron al conde cuánto tiempo necesitaba para preparar su
justificación. Morcef se había reanimado, sintiendo aún algún vigor después de
aquel terrible‑suceso, y respondió:
‑Señores, no es con tomarse tiempo con lo que se rechaza un
ataque, como el que contra mí dirigen enemigos solapados, y que sin duda
permanecerán escondidos en las sombras del incógnito; en el momento, y como un
rayo, es preciso que yo responda a las inculpaciones que contra mí se han
hecho. ¡Ah!, ¡ojalá, en lugar de semejante justificación, me fuese permitido
derramar toda mi sangre, para probar a mis nobles compañeros que soy digno de
sentarme a su lado!
Tales palabras produjeron en el auditorio una impresión favorable
para el acusado.
‑Pido ‑dijo‑ que la sumaria información se forme lo más pronto
posible, y yo exhibiré ante la Cámara los documentos necesarios.
‑¿Qué día señaláis para eso? ‑preguntó el presidente.
‑Desde este momento estoy a la disposición de la Cámara.
El presidente tocó la campanilla.
‑¿La Cámara ‑prosiguió‑ quiere que esta sumaria información se
efectúe hoy mismo?
‑Sí ‑fue la
unánime respuesta de la asamblea.
Nombróse una comisión integrada por doce miembros para examinar
los documentos que debía presentar Morcef; se señaló la hora en que debía
celebrarse la primera sesión, y se fijó la de las ocho de la noche, en la sala
de comisiones de la Cámara, y se determinó que si fuesen necesarias más
sesiones, se celebrasen a la misma hora.
Tomada esta resolución, Morcef pidió permiso para retirarse;
debía coordinar los documentos que, para hacer frente a esta tempestad, había
guardado durante tanto tiempo; pues su genio cauteloso y previsor la esperaba
siempre.
Beauchamp contó al joven cuanto acabamos de referir; sólo que su
relato tuvo de ventaja sobre el nuestro la animación producida en él por la
amistad.
Alberto le escuchó temblando, tan pronto de esperanza como de
cólera, y algunas veces de vergüenza; pero Beauchamp sabía que su padre era
culpable, y se preguntaba cómo siéndolo podría llegar a probar su inocencia.
‑¿Y después? ‑preguntó Alberto.
‑¿Después? ‑dijo Beauchamp.
‑Sí.
‑Amigo mío, eso sí me pone en un terrible compromiso. ¿Queréis
saber lo que sucedió?
‑Es preciso; prefiero que seáis vos el que me lo cuente, a
saberlo por cualquier otro conducto.
‑Bien ‑dijo Beauchamp‑, preparaos, Alberto; jamás habéis tenido
tanta necesidad como ahora de demostrar vuestro valor.
Alberto pasó la mano por su frente, para asegurarse de su propia
fuerza, como el hombre que se prepara a defender su vida, prueba su corazón y
la hoja de su espada. Sintióse fuerte, porque tomaba por energía lo que no era
más que un estado febril.
‑Continuad ‑dijo.
‑Llegó la noche ‑siguió diciendo Beauchamp‑, todo París esperaba
el resultado.
» Muchos había que decían que vuestro padre no necesitaba más
que presentarse para echar por tierra la acusación; otros decían que el conde
no se presentaría, y otros aseguraban por último haberle visto partir para
Bruselas; algunos hubo que fueron a la policía a preguntar si era verdad que el
conde había sacado su pasaporte.
» Debo confesaros que hice cuanto pude para obtener de uno de
los miembros de la Cámara, joven par, amigo mío, que me permitiesen entrar en
una tribuna reservada; a las siete vino a buscarme, y antes que nadie llegase,
me recomendó a un ujier, el cual me encerró en una especie de palco: ocultábame
una columna, y estaba como perdido en la oscuridad; esperaba así ver y oír
hasta el fin la terrible escena que iba a presentarse a mis ojos.
» A las ocho
en punto todo el mundo había llegado.
» El señor de Morcef entró al sonar la última campanada, traía
en la mano algunos papeles y su aspecto era tranquilo; contra su costumbre, su
aire era sencillo y su traje austero: llevaba un frac abotonado como suelen
usar los militares antiguos. Su presencia produjo el mejor efecto, la comisión
le era favorable en general, y muchos de sus miembros se acercaron al conde y
le dieron la mano.
El corazón de Alberto se desgarraba al oír estos detalles; pero
en medio de su dolor, dejó entrever un sentimiento de gratitud; hubiera querido
poder abrazar a los que dieron a su padre aquella señal de amistad en medio del
horrible compromiso en que se hallaba su honor.
» En aquel instante se presentó un ujier y entregó una carta al
presidente.
» ‑Señor de
Morcef, tenéis la palabra ‑dijo éste, abriendo la carta.
» El conde empezó su apología, y os aseguro, Alberto, que estuvo
hábil y elocuente: presentó los documentos que probaban que el visir de Janina
le había honrado hasta el último momento con toda su confianza, puesto que le
había encargado una negociación de vida o muerte para con el emperador mismo.
Mostró el anillo, signo de amistad, y con el cual Alí‑Bajá sellaba
ordinariamente sus cartas, y que le había entregado, para que pudiese, a su
vuelta, penetrar hasta su habitación, a cualquier hora del día o de la noche, y
aunque estuviese en su harén. Desgraciadamente ‑dijo‑, la negociación salió
mal, y cuando volvió para defender a su bienhechor, éste había fallecido ya;
pero ‑añadió el conde‑ al morir Alí‑Bajá, era tal su confianza, que me mandó
entregar su favorita y su hija.
Alberto tembló, porque a medida que Beauchamp hablaba, acudían a
su imaginación las palabras de Haydée, y recordaba que la hermosa griega le
había contado algo de aquella negociación, de aquel anillo, y del modo en que
fue vendida como esclava.
‑¿Y qué efecto produjo el discurso del conde? ‑preguntó con
ansiedad Alberto.
‑Confieso que me conmovió, y lo mismo a toda la comisión ‑dijo
Beauchamp.
» Mientras tanto, el presidente pasó ligeramente los ojos por
una carta que acababan de traerle; mas a las primeras líneas despertóse su
atención, y después de leerla y releerla, fijó los ojos en Morcef, y dijo:
» ‑Señor conde, ¿habéis dicho que el visir de Janina os había
confiado su mujer y su hija?
» ‑Sí, señor ‑respondió Morcef‑, pero la desgracia me ha perseguido
en esto como en todo. A mi vuelta, Basiliki y su hija Haydée habían
desaparecido.
» ‑¿Las conocíais vos?
» ‑Pude verlas más de veinte veces, debido a mi intimidad con el
bajá, y la gran confianza que en mi lealtad tenía.
» ‑¿Y tenéis alguna idea de la suerte que les ha cabido después?
» ‑Sí. He oído decir que habían sucumbido a su dolor, y tal vez
a su miseria. Yo no era rico; mi vida corría grandes peligros y, con gran pesar
mío, no pude consagrarme a buscarlas.
» El presidente frunció imperceptiblemente el ceño.
» ‑Señores ‑dijo entonces‑. Habéis oído las explicaciones del
conde de Morcef. Señor conde, para apoyar vuestra declaración, ¿podéis
presentar algún testigo?
» ‑¡Ay!, no ‑respondió el conde‑, todos cuantos rodeaban al
visir, y que me conocieron en su come, han muerto, o desaparecido; únicamente
yo, según creo, únicamente yo, al menos entre mis compatriotas, he sobrevivido
a guerra tan cruel; no conservo más que las cartas de Alí‑Tebelín, y las he
presentado; no me queda más que el anillo que me dio en prenda de su voluntad;
helo aquí; pero tengo la prueba más convincente que se puede suministrar contra
un ataque anónimo, es decir, la ausencia de toda clase de testimonio contra mi
palabra de hombre honrado, y la pureza de toda mi vida militar.
» Un murmullo de aprobación circuló por la asamblea; en este momento,
Alberto, si no hubiera sobrevenido ningún accidente, la causa de vuestro padre
habría vencido.
» Ya no faltaba más que proceder a la votación, cuando el
presidente tomó la palabra.
» ‑Señores ‑dijo‑, y vos, señor conde, presumo no llevaréis a
mal oír un testigo muy importante, según asegura, y que viene a ofrecerse de
motu propio; este testigo, según lo que acaba de decirnos el señor conde, no
dudo que es llamado a probar la total inocencia de nuestro colega. Esta es la
carta que acabo de recibir acerca del particular: ¿deseáis que se lea, o
decidís que se haga caso omiso de este incidente?
» El señor de Morcef se puso pálido, y estrujó los papeles que
tenía en las manos.
» La comisión acordó que se leyera: en cuanto al conde, estaba
pensativo, y nada dijo.
» El presidente leyó la siguiente misiva:
« Señor presidente:
» Puedo dar datos positivos a la comisión encargada de examinar
la conducta que el teniente general, conde de Morcef, observó en Epiro y
Macedonia.»
» El presidente hizo una breve pausa.
» El conde de Morcef palideció; el presidente interrogó con la
vista al auditorio.
‑Continuad ‑dijeron todos a una voz.
«Asistí a
los últimos momentos de Alí‑Bajá; sé cuál fue la suerte de Basiliki y Haydée;
estoy a las órdenes de la comisión, y reclamo el honor de que se me oiga.
Estaré en el vestíbulo de la Cámara en el momento en que os entreguen esta
carta.»
» ‑¿Y quién es ese testigo, o por mejor decir, ese enemigo? ‑inquirió
el conde con voz profundamente alterada.
» ‑Vamos a saberlo ‑contestó el presidente‑. ¿Quiere oír la comisión
a ese testigo?
» ‑¡Sí, sí! ‑contestaron todos a una.
» El presidente llamó al ujier y le preguntó si había alguna
persona esperando en el vestíbulo.
» ‑Sí, señor presidente.
» ‑¿Quién es esa persona?
» ‑Una señora con un criado.
» Y todos le miraron.
» Cinco minutos después volvió a entrar el ujier; todas las
miradas se dirigían a la puerta, y yo mismo ‑dijo Beauchamp‑ participaba de la
ansiedad general.
» Detrás del ujier entró una mujer cubierta con un gran velo
negro. Fácilmente se adivinaba, por las formas y por los perfumes que exhalaba,
que era una mujer joven y elegante.
» ‑¡Ah! ‑dijo Morcef‑, era ella.
» ‑¿Cómo, ella?
» ‑Sí: Haydée.
» ‑¿Quién os lo ha dicho?
» ‑¡Ah!, lo adivino. Pero continuad, Beauchamp, continuad. Ya
veis que estoy tranquilo y resignado, y sin embargo, nos vamos acercando al
desenlace.
» ‑El señor de Mórcef ‑continuó Beauchamp‑ contemplaba a aquella
mujer con sorpresa y espanto. Para él era la vida o la muerte lo que de aquella
encantadora boca iba a salir; para los demás era una aventura tan extraña y tan
llena de curiosidad, que la salvación o la pérdida del señor de Morcef no
entraba ya en tan extraordinario suceso más que como un elemento secundario.
» El presidente indicó a la joven con la mano que tomase
asiento, y ella contestó con la cabeza que permanecería de pie.
» El conde estaba sentado en el sillón, y es bien seguro que no
hubieran podido sostenerle las piernas.
» ‑Señora ‑dijo el presidente‑, habéis escrito a la comisión
para darle datos acerca del asunto de Janina, diciendo que habíais sido testigo
ocular de los acontecimientos.
» ‑Y lo fui efectivamente ‑contestó la desconocida con una voz
llena de encantadora tristeza, y con aquel eco sonoro, peculiar de las voces
orientales.
» ‑Con todo ‑replicó el presidente‑, permitidme os diga que entonces
erais muy joven.
» ‑Tenía cuatro años; pero como aquellos hechos eran para mí de
la mayor importancia, están grabados en mi corazón todos sus pormenores.
» ‑¿Pero qué importancia tenían para vos esos acontecimientos, y
quién sois vos para que esa gran desgracia os haya causado tan profunda
impresión?
» ‑Se trataba de la vida o de la muerte de mi padre ‑contestó la
joven‑, y me llamo Haydée, hija de Alí‑Tebelín, bajá de Janina, y de Basiliki,
su muy amada esposa.
» »El carmín de modestia, y al mismo tiempo de orgullo, que
coloreó las mejillas de la joven, el fuego de su mirada y la majestad de su
presencia, produjeron en la asamblea un efecto imposible de describir.
» En cuanto al conde, no hubiera quedado más aterrado si un rayo
hubiera abierto un abismo a sus pies.
» ‑Señora ‑dijo el presidente, después de saludarla respetuosamente‑,
permitidme una simple pregunta, que no es una duda, y esta pregunta será la
última: ¿podéis justificar la autenticidad de lo que decís?
» ‑Puedo justificarla ‑contestó Haydée, sacando de debajo del
velo una bolsa de raso‑, porque aquí está la partida de mi nacimiento,
redactada por mi padre y firmada por sus oficiales superiores; aquí está la de
mi bautismo, pues mi padre consintió que fuese educada en la religión de mi
madre, acta que el primado de Macedonia y Epiro autorizó con su sello; y
finalmente aquí está, y éste es sin duda el documento más importante, el acta
de venta que se verificó de mi persona y de la de mi madre al mercader armenio
El Kobbir por el oficial franco que en el infame convenio con la Puerta, se
había reservado por su parte de botín a la hija y a la mujer de su bienhechor,
a quienes vendió por la cantidad de mil bolsas, es decir, por unos
cuatrocientos mil francos.
» Una intensa palidez cubrió las mejillas del conde, y sus ojos
se inyectaron de sangre al oír esas terribles imputaciones que fueron acogidas
por la asamblea con lúgubre silencio.
» Haydée, sin perder su aparente calma, alargó el acta de venta,
redactada en lengua árabe.
» Como se había creído que algunos de los documentos aducidos
estarían redactados en árabe o turco, se había avisado al intérprete, de la
Cámara; se le llamó.
» Uno de los nobles pares, a quien era familiar la lengua árabe,
que había tenido oportunidad de aprender durante la campaña de Egipto, iba
siguiendo con la vista en el acta la lectura que el traductor dio en alta voz.
«Yo, El‑Kobbir, mercader de esclavas y abastecedor del harén de
su alteza, reconozco haber recibido para entregarla al sublime emperador, del
señor Conde de Montecristo, una esmeralda, valuada en dos mil bolsas, a cambio
de una esclava cristiana, de once años de edad, llamada Haydée, a hija del
difunto señor Alí‑Tebelín, bajá de Janina, y de Basiliki, su favorita; la cual
me había sido vendida hace siete años junto con su madre, que murió al llegar a
Constantinopla, por un coronel, al servicio del visir Alí‑Tebelín, llamado
Fernando Mondego.
»La susodicha venta se me hizo por cuenta de su altexa, mediante
la cantidad de dos mil bolsas.
» Firmado
en Constantinopla, con autorización de su alteza, el año de mil doscientos
cuarenta y siete de la Hégira.
Firmado: El
Kobbir.»
«Para que esta acta tenga la necesaria fe, crédito y
autenticidad será revestida con el sello imperial, de lo cual se encarga el vendedor.»
» Al lado de la firma del vendedor se veía efectivamente el
sello de la Sublime Puerta.
» Un profundo silencio siguió a esta lectura. El conde no hacía
más que mirar a Haydée, y sus miradas parecían de fuego.
» ‑Señora ‑dijo el presidente‑, ¿no se puede interrogar al conde
de Montecristo, que, según tengo entendido, se halla en París a vuestro lado?
» ‑El conde de Montecristo, mi segundo padre ‑contestó Haydée‑,
hace tres días se marchó a Normandía.
» ‑Pues entonces ‑dijo el presidente‑, ¿quién os ha aconsejado
el paso que acabáis de dar, paso que la comisión agradece, y que además es muy
natural si se tiene en cuenta vuestro nacimiento y vuestras desgracias?
» ‑Este paso ‑contestó Haydée‑ me lo han aconsejado mi respeto
y mi dolor. A pesar de ser cristiana, ¡Dios me perdone!, siempre he pensado en
vengar a mi ilustre padre. Cuando puse el pie en Francia, y supe que el traidor
vivía en París, mis ojos y mis oídos estuvieron constantemente abiertos. Vivo
retirada en la casa de mi noble protector; pero vivo así porque me gusta la
soledad y el silencio que me permiten entregarme enteramente a mis
pensamientos. Pero el señor conde de Montecristo me rodea de atenciones paternales,
y no desconozco nada de cuanto constituye la vida de la sociedad. Leo, pues,
todos los periódicos, de la misma manera que me envían todos los álbumes, del
mismo modo que recibo todas las melodías; y siguiendo la vida de los demás, sin
acostumbrarme a ella, es como he sabido lo que había sucedido esta mañana en la
Cámara de los pares, y lo que debía ocurrir esta noche... Entonces he escrito
la carta que os han entregado.
» Según eso ‑dijo el presidente‑, ¿el conde de Montecristo no
tiene la menor parte en el paso que acabáis de dar?
» ‑Lo ignora totalmente, y temo que lo desapruebe cuando lo
sepa; sin embargo, es para mí un hermoso día éste en que encuentro ocasión de
vengar a mi padre ‑dijo la joven levantando al cielo una ardiente mirada.
» Durante este tiempo el conde no había pronunciado una sola palabra;
sus colegas le miraban, y sin duda se compadecían de esa fortuna destruida
bajo el perfumado aliento de una mujer; su desgracia se escribía con caracteres
siniestros en su rostro.
» ‑Conde de Morcef ‑‑dijo el presidente‑, ¿reconocéis a la
señora por la hija de Alí‑Tebelín, bajá de Janina?
» ‑No ‑dijo Morcef, haciendo un esfuerzo para levantarse‑, es
una trama urdida por mis enemigos.
» Haydée, que estaba mirando a la puerta, como si esperase a
alguna persona, se volvió bruscamente, y viendo al conde en pie profirió un
terrible grito.
» ‑No me reconoces ‑‑dijo‑; ¡pues yo sí lo reconozco afortunadamente!
Tú eres Fernando Mondego, el oficial que instruía las tropas de mi noble padre.
¡Tú eres quien entregó los castillos de Janina! Tú eres quien, enviado por él a
Constantinopla para tratar directamente con el emperador de la vida o muerte de
tu bienhechor, trajiste un firmán falso que concedía perdón! ¡Tú eres quien con
este truhán llegaste a obtener el anillo del bajá que debía hacerte obedecer
por Selim, el guarda del fuego! ¡Tú asesinaste a Selim! ¡Tú, quien nos vendiste
a mi madre y a mí al mercader El Kobbir! ¡Asesino! ¡Asesino! ¡Asesino!,
todavía tienes en la frente sangre de lo amo, miradlo.
» Tal fuerza había en aquellas palabras, y fueron pronunciadas
con un acento de verdad tal, que los ojos de todos se fijaron en la frente del
conde, y él mismo llevó la mano a ella, como si hubiese sentido caliente aún la
sangre de Alí.
» ‑¿Identificáis, pues, positivamente al señor de Morcef como el
mismo oficial Fernando Mondego?
» ‑¡Sí; es el mismo! ‑dijo Haydée‑. ¡Oh, madre mía! Tú me
dijiste: eras libre, tenías un padre a quien amabas, estabas destinada a ser
casi una reina; mira bien ese hombre: él es quien lo ha hecho esclava, quien
clavó en una pica la cabeza de lo padre; quien nos vendió y nos entregó traidoramente;
mira bien su mano derecha, en ella tiene una gran cicatriz; si olvidas sus
facciones, le reconocerás por esa señal; por esa mano, en la que cayeron una a
una las monedas de oro del mercader El‑Kobbir! ¡Sí, le conozco! ¡Oh! ¡Que diga
él mismo si me conoce!
» Cada palabra hacía perder al señor Morcef parte de su energía;
a las últimas palabras ocultó vivamente y sin reflexionar la mano mutilada por
una herida, metiéndola en el pecho por entre los botones del frac que tenía
abiertos; cayó en su sillón, abrumado bajo el peso de la desesperación.
» Esta escena había conmovido a la asamblea, oíase un murmullo
igual al de las hojas de los árboles, movidas por el viento.
» ‑Señor conde de Morcef ‑dijo el presidente‑, no os dejéis abatir;
responded: la justicia de la corte es suprema a igual para todos, como la de
Dios; ella no permitirá que os confundan vuestros enemigos, sin daros todos
los medios para combatirlos. ¿Queréis una nueva información? ¿Queréis que mande
que vayan a Janina dos miembros de la Cámara? Hablad.
» Morcef no respondió.
» Los miembros de la comisión se miraron unos a otros,
aterrados. Conocían el carácter enérgico y violento del conde, y era necesario
fuese mucha su postración para aniquilar las fuerzas de aquel hombre; era
necesario que aquel silencio, que parecía un sueño, fuese al despertar una cosa
que semejase al rayo.
» ‑Y bien, ¿qué decís? ‑preguntóle el presidente.
» ‑Nada ‑‑dijo el conde con voz ronca.
» ‑¿La hija de Alí‑Tebelín ‑dijo el presidente‑ ha declarado
realnente la verdad? ¿Es el testigo terrible al cual jamás se atreve a
responder el culpable? ¿No? ¿Habéis hecho las cosas de que os acusa?
» El conde echó en torno una mirada cuya expresión desesperada
hubiera conmovido a los tigres; pero no podía desarmar a los jueces, levantó en
seguida los ojos a la bóveda, pero los bajó temiendo que aquélla se abriese y
dejase ver aquel otro tribunal que se llama el cielo, y a aquel otro juez que
se llama Dios.
» Desabrochóse bruscamente el frac que le ahogaba y salió de la
sala como un demente; durante un momento se oyeron sus pasos bajo la bóveda
sonora, y en seguida el ruido del coche que se alejaba a galope del palacio
Florentino.
»‑Señores ‑dijo el presidente cuando se restableció el silencio‑,
¿el conde de Morcef está acusado de felonía, traición a indignidad?
» ‑Sí ‑respondieron a una todos los miembros de la comisión.
» Haydée había asistido hasta el fin de la sesión; oyó
pronunciar la sentencia del conde sin que sus facciones expresasen alegría ni
piedad; echándose entonces su velo, saludó majestuosamente a la asamblea, y
salió con aquel paso con que Virgilio veía marchar a las diosas.
‑Entonces ‑continuó diciendo Beauchamp‑, me aproveché del
silencio y de la oscuridad de la sala para salir sin ser visto; el ujier que me
había introducido me esperaba a la puerta; me llevó a través de los corredores
hasta una salida secreta que da a la calle de Vaugirard; salí con el alma
entristecida y gozosa a la vez; entristecida por vos, mi querido Alberto,
gozosa al ver la nobleza de aquella joven persiguiendo, hasta lograr vengarse,
al enemigo de su padre. Os juro, Alberto, que venga de donde se quiera esta
revelación, no puede ser sino de un enemigo; pero éste no es más que un agente
de la Providencia.
Alberto tenía la cara oculta entre sus manos; levantó la cabeza
mostrando su rostro sonrojado y bañado de lágrimas, y cogiendo del brazo a
Beauchamp le dijo:
‑Amigo, mi vida ha concluido, únicamente me falta no decir como
vos que la Providencia me ha herido, sino buscar al hombre que me persigue con
su enemistad; cuando le encuentre le mataré o me matará; confío en vuestra
amistad, Beauchamp, si ya no es que el desprecio la haya sustituido en vuestro
corazón.
‑El desprecio no, amigo mío, ¿qué parte tenéis vos en esta desgracia?
Afortunadamente vivimos en un tiempo en que se tienen conocimientos superiores
a los antiguos, y en que no se hace a los hijos responsables de las faltas de
los padres. Examinad toda vuestra vida, Alberto; data de ayer, es cierto, pero
jamás aurora de más hermoso día fue más pura. No, Alberto: creedme, sois joven
y rico, salid de Francia; todo se olvida pronto en esta gran Babilonia, donde
la vida es tan agitada y los gustos cambian con tanta facilidad; dentro de tres
o cuatro años regresaréis casado con alguna princesa rusa, y nadie pensará en
lo que pasó ayer, y con mucha menos razón en lo que sucedió hace dieciséis
años.
‑Gracias, mi querido Beauchamp, gracias por la excelente intención
que dictan vuestras palabras; pero eso no puede ser; os he hecho conocer mi
deseo, mi voluntad. Bien conocéis que siendo interesado en este asunto no
puedo verlo como vos; lo que os parece que trae su origen del cielo, lo creo yo
de un origen menos puro; no pienso que la Providencia tenga nada que ver en
todo esto, afortunadamente para mí, porque en lugar del mensajero invisible a
incorpóreo, encontré un ente palpable y visible, del que me vengaré; ¡oh!, sí;
me vengaré de cuanto sufro de un mes a esta parte, ahora os lo repito: si sois
mi amigo, como vos decís, ayudadme a buscar la mano de donde ha partido este
golpe.
‑Sea ‑dijo Beauchamp‑, si queréis que baje a la tierra de nuevo,
bajaré; si queréis buscar a un enemigo, lo buscaré con vos, y lo hallaré,
porque tengo tanto interés en ello como vos, porque mi honor exige también que
lo hallemos.
‑Pues bien, Beauchamp, ya veis que no debemos perder tiempo:
empecemos nuestras indagaciones; el delator no ha sido aún castigado, y
esperará probablemente quedar impune, y por mi honor, si así lo cree, se
engaña.
‑Entonces, escuchadme, Morcef.
‑¡Ah!, Beauchamp, veo que sabéis algo, y ello me da la vida.
‑No os diré que sea la realidad, pero al menos es una luz en medio
de tantas tinieblas, y siguiéndola llegaremos hasta el fin.
‑Hablad, ya veis mi impaciencia.
‑Voy a contaros lo que os oculté a mi vuelta de Janina.
‑Hablad, entonces.
‑He aquí lo que pasó, Alberto; fui naturalmente a casa del primer
banquero de la ciudad para tomar informes; apenas pronuncié las primeras
palabras, y aun antes de nombrar a vuestro padre:
‑¡Ah!, me dijo, adivino lo que os ha traído aquí.
‑¿Cómo y por qué?
‑Porque hace apenas quince días que he sido interrogado sobre el
mismo punto.
‑¿Por quién?
‑Por un banquero de París, mi corresponsal.
‑¿Y se llama?
‑Señor Danglars.
‑¡El! ‑exclamó Alberto‑, en efecto, él es quien hace mucho
tiempo persigue con su odio a mi pobre padre; él, el hombre que pretende ser popular y que no perdona al
conde de Morcef el haber llegado a ser par de Francia; y... sí, el haber dado
al traste con la boda sin decir por qué, sí, sí, él es.
‑Informaos, Alberto, pero no os dejéis
arrebatar por la cólera antes de tiempo; informaos, digo, y si es cierto...
‑¡Oh!, sí, es cierto; me pagará cuanto he sufrido.
‑Tened presente, Morcef, que es un anciano.
‑Respetaré su edad como él ha
respetado el honor de mi familia; si a quien quería perder era a mi padre,
¿por qué no le buscó? ¡Oh!, no, él ha tenido miedo de verse cara a cara con un
hombre.
‑No os diré que no, Alberto; lo que
exijo es que os contengáis y obréis con prudencia.
‑Descuidad, además me acompañaréis,
Beauchamp; las cosas interesantes y solemnes deben tratarse ante testigos;
antes que pase el día si el señor Danglars es culpable, habrá dejado de existir
o yo habré muerto. Por vida de Dios, Beauchamp, quiero hacer magníficos
funerales a mi honor.
‑Alberto, cuando se toman semejantes
resoluciones es preciso ponerlas en práctica en seguida; ¿queréis ir a casa del
señor Danglars...? Pues salgamos.
Enviaron a buscar un coche de
alquiler, y al entrar en casa del banquero vieron allí el faetón y el criado
del señor Cavalcanti a la puerta.
‑¡Ah, ah! ‑dijo con voz sombría
Alberto‑, esto va bien; si el señor Danglars no quiere batirse, mataré a su
yerno: ¡éste sí se batirá. .. ! un Cavalcanti.
Anunciaron el joven al banquero, que
al nombre de Alberto, y sabiendo lo que había ocurrido el día antes, prohibió
que le dejasen entrar; pero era ya tarde. Alberto había seguido al lacayo, oyó
la orden, forzó la puerta, y penetró, seguido de Beauchamp, en el despacho del
banquero.
‑Pero, caballero ‑le dijo éste‑, ¿no
es uno dueño ya de recibir o no en su casa a las personas que quiere? Me parece
que os conducís de un modo muy extraño.
‑No, señor ‑dijo fríamente Alberto‑,
hay circunstancias, y os halláis en una de ellas, en que, salvo ser un cobarde,
os ofrezco ese refugio, es preciso estar visible, al menos para ciertas
personas.
‑¿Qué queréis de mí?
‑Quiero ‑dijo Morcef, acercándose sin
hacer caso, al parecer, de Cavalcanti, que estaba junto a la chimenea‑
proponeros una cita en un lugar retirado y donde nadie nos interrumpa durante
diez minutos; de los dos solamente volverá uno.
Danglars palideció; Cavalcanti hizo un
movimiento y Alberto se volvió súbitamente.
‑¡Oh, Dios mío! ‑dijo‑, acercaos;
venid si gustáis, señor conde; tenéis derecho para ser de la partida, yo doy
esta clase de citas a cuantos quieren aceptarlas.
Cavalcanti miró estupefacto a
Danglars, el cual, haciendo un esfuerzo se levantó y vino a colocarse entre
los dos jóvenes; el ataque de Alberto a Andrés le hizo creer que su visita
tenía otra causa distinta de la que creyó en un principio.
‑¡Ah!, si venís a buscar querellas con
el señor, porque le he preferido a vos, os prevengo que haré un asunto grave
de este insulto, y daré parte al procurador del rey.
‑‑0s engañáis ‑dijo Morcef con sombría
sonrisa‑, no hablo con relación al matrimonio, y si me he dirigido al señor
Cavalcanti, ha sido porque he creído ver en él la intención de intervenir en
nuestra discusión, y tenéis razón, hoy estoy con ganas de buscar disputa, pero
tranquilizaos, señor Danglars, la preferencia es vuestra.
‑Caballero ‑respondió Danglars, pálido
de cólera y de miedo‑, os advierto que cuando tengo la desgracia de encontrarme
con un dogo rabioso, le mato, y lejos de creerme culpable, pienso que he hecho
un servicio a la sociedad; así, os prevengo que si estáis rabioso, os mataré
sin piedad. ¿Tengo yo la culpa de que vuestro padre esté deshonrado?
‑Sí, miserable, la culpa es tuya ‑gritó Morcef.
Danglars dio un paso atrás.
‑¡La culpa mía! ‑dijo‑, ¿estáis loco?
¿Sé yo la historia griega? ¿He viajado por aquel país? ¿He aconsejado a vuestro
padre que vendiese el castillo de Janina y que hiciese traición...?
‑¡Silencio! ‑dijo Alberto‑, no sois
vos el que directamente ha causado este escándalo; pero lo habéis provocado
hipócritamente.
‑Sí. ¿Y de dónde procede la revelación?
‑Me parece que el periódico ha dicho de Janina.
‑¿Quién ha escrito a Janina?
‑¿A Janina?
‑Sí, ¿quién ha escrito pidiendo informes sobre mi padre?
‑Me parece que todo el mundo puede escribir a Janina.
‑Una sola persona ha sido quien lo ha hecho.
‑¿Una sola?
‑Sí, y ésa sois vos.
‑He escrito sin duda; me parece que
cuando un padre va a casar a una hija, tiené derecho a tomar informes sobre la
familia del joven a quien va a unirla, y esto no sólo es un derecho, sino un
deber.
‑Habéis escrito ‑dijo Alberto‑ sabiendo muy bien la respuesta
que os darían.
‑¡Yo!, ¡ah!, os juro ‑dijo Danglars con una confianza y una
seguridad hijas, menos quizá de su miedo, que de la compasión que sentía por el
desgraciado joven‑, os juro que jamás habría pensado en escribir a Janína.
¿Conocía por ventura la catástrofe de Alí. Bajá?
‑Entonces alguien os incitó para ello.
‑Desde luego.
‑¿Os han incitado?
‑Sí.
‑¿Y quién...? acabad...
‑Es muy sencillo: hablaba de los antecedentes de vuestro padre;
decía que el origen de su fortuna había permanecido siempre ignorado, la
persona me preguntó dónde había adquirido vuestro padre su fortuna y respondí
que en Grecia; ¡pues bien! ‑me dijo‑, escribid a Janina.
‑¿Y quién os dio ese consejo?
‑El conde de Montecristo, vuestro amigo.
‑¿El conde de Montecristo os dijo que escribieseis a Janina?
‑Sí, y así lo hice. Si queréis ver mi correspondencia, os la enseñaré.
Alberto y Beauchamp cambiaron una mirada.
‑Caballero ‑dijo Beauchamp, que hasta entonces no había tomado
la palabra‑, parece que acusáis al conde, que se halla ausente de París, y que
en este momento no puede justificarse.
‑No acuso a nadie; digo la verdad, y repetiré delante del conde
de Montecristo cuanto acabo de deciros ahora.
‑¿Y el conde conoce la respuesta que recibisteis?
‑Se la enseñé.
‑¿Sabía que el nombre de pila de mi padre era Fernando y su
apellido Mondego?
‑Sí, se lo había dicho yo hace tiempo; por lo demás, no he hecho
más que lo que haría cualquier otro en mi lugar, y aun quizá menos. Cuando al
día siguiente de recibida esta respuesta, vuestro padre, incitado por
Montecristo, vino a pedirme mi hija como se acostumbra, se la negué, es
verdad, y se la negué sin darle motivos, sin explicaciones, sin ruido; ¿y qué
necesidad tenía yo de un escándalo? ¿Qué me importaba a mí el honor o el
deshonor del señor de Morcef? Esto no haría alzar ni bajar la renta.
Alberto sintió que el rubor encendía sus mejillas; no había
duda, Danglars se defendía con bajeza, pero con la seguridad de un hombre que
dice si no toda la verdad, gran parte de ella, no por conciencia, sino por
miedo; y además, ¿qué era lo que buscaba Morcef? No la mayor o menor
culpabilidad de Danglars o Montecristo, sino un hombre que le respondiese de la
ofensa, que se batiese, y claro era ya que Danglars no se batiría.
Ahora se acordaba de cosas que había olvidado o que habían
pasado inadvertidas. Montecristo lo sabía todo, puesto que había comprado la
hija de Alí‑Bajá, y había, no obstante, aconsejado a Danglars que escribiese a
Janina; conociendo la respuesta, había accedido al deseo manifestado por
Alberto de ser presentado a Haydée; una vez ante ella, hizo recaer la
conversación sobre la muerte de Alí; pero habiendo dicho algunas palabras en
griego a la joven, que no permitieron que éste conociese por la relación de la
muerte de Alí, a su padre. ¿No había rogado a Morcef que no pronunciase el
nombre de su padre delante de Haydée? En fin, se llevó a Alberto a Normandía
en el momento en que el gran escándalo iba a producirse. Ya no podía dudar,
todo había sido calculado, y sin duda Montecristo estaba de acuerdo con los
enemigos de su padre.
Alberto llamó aparte a Beauchamp y le comunicó todas estas reflexiones.
‑Es verdad ‑le dijo‑, el señor Danglars no tiene en esto más que
una parte material, a Montecristo es a quien debéis pedir una explicación.
Alberto se
volvió.
‑Caballero ‑dijo a Danglars‑, comprendéis que no me despido aún
definitivamente de vos; me queda todavía por averiguar si vuestras
inculpaciones son justas: voy a asegurarme de ello en casa del conde de
Montecristo.
Y saludando
al banquero salió sin hacer caso de Cavalcanti. Danglars le acompañó hasta la
puerta y allí aseguró de nuevo a Alberto que ningún motivo de enemistad
personal tenía con el conde de Morcef.
Capítulo quinto
El insulto
Beauchamp
detuvo a Morcef a la puerta de la casa del banquero.
‑Escuchad
-le dijo‑, hace poco que habéis oído en casa de Danglars que al conde de
Montecristo debéis pedirle una explicación.
‑Sí; ahora mismo vamos a su casa.
‑Un momento, Morcef; antes de presentarnos en ella, reflexionad.
‑¿Qué queréis que reflexione?
‑La gravedad del paso que vas a dar.
‑¿Es más que haber venido a ver a Danglars?
‑Sí. Danglars es un hombre de dinero, y éstos saben demasiado
bien el capital que arriesgan batiéndose; el otro, por el contrario, es un
noble, al menos en la apariencia, ¿y no teméis encontrar bajo el noble al
hombre intrépido y valeroso?
‑Lo único que temo encontrar es un hombre que no quiera batirse.
‑¡Oh!, podéis estar tranquilo, éste se batirá; lo único que temo
es que lo haga demasiado bien, tened cuidado.
‑Amigo ‑dijo Morcef sonriéndose‑, es cuanto puedo apetecer, nada
puede sucederme que sea para mí más dichoso que morir por mi padre: esto nos
salvará a todos.
‑Vuestra madre se moriría.
‑¡Pobre madre! ‑dijo Alberto, pasando la mano por sus ojos‑,
bien lo sé; pero es preferible que muera de esto que de vergüenza.
‑¿Estáis bien decidido, Alberto?
‑Vamos.
‑Creo, sin embargo, que no le encontraremos.
‑Debía salir para París pocas horas ya habrá llegado.
Subieron al carruaje, que les condujo a la entrada de los Campos
Elíseos, número 30. Beauchamp quería bajar solo; pero Alberto le hizo observar
que, saliendo este asunto de las reglas ordinarias, le era permitido separarse
de las reglas de etiqueta del duelo.
Era tan sagrada la causa que hacía obrar al joven, que Beauchamp
no sabía oponerse a sus deseos; cedió, y se contentó con seguirle.
De un salto plantóse Alberto del cuarto del portero a la
escalera; abrióle Bautista. El conde acababa de llegar, estaba en el baño, y
había dicho que no recibiese a nadie. ‑¿Y después del baño? ‑preguntó Morcef. ‑El
señor conde comerá. ‑¿Y después de comer? ‑Dormirá por espacio de una hora. ‑¿Y
a continuación? ‑Irá a la ópera.
‑¿Estáis seguro?
‑Sí, señor; ha mandado que el carruaje esté listo a las ocho en
punto.
‑Muy bien ‑dijo Alberto‑, es cuanto deseaba saber.
Y volviéndose en seguida a Beauchamp:
‑Si tenéis algo que hacer, querido mío, despachad vuestras diligencias
en seguida; si tenéis alguna cita para esta noche, aplazadla hasta mañana.
Cuento con que me acompañaréis esta noche a la ópera, y que si podéis haréis
que venga con vos Chateau‑Renaud.
Beauchamp aprovechó el permiso, y se despidió de Alberto, ofreciéndole
que iría a buscarle a las ocho menos cuarto.
Alberto volvió a su casa, y avisó a Franz y a Debray que deseaba
verles por la noche en la ópera.
Fue en seguida a ver a su madre, que desde el acontecimiento del
día anterior no salía de su cuarto ni permitía entrar a nadie:, hallóla en
cama, abismada por el dolor de aquella pública humillación.
La vista de Alberto produjo en Mercedes el efecto que debía
esperarse; apretó la mano de su hijo, y prorrumpió en copioso llanto. Las
lágrimas la aliviaron.
Alberto permaneció un momento en pie y sin proferir una palabra
junto a la cama de su madre. Veíase en su pálida cara y sus fruncidas cejas que
el deseo de venganza se arraigaba cada vez más en su corazón.
‑Madre mía‑dijo Alberto‑, ¿conocéis algún enemigo del señor
Morcef?
Mercedes se estremeció al notar que el joven no había dicho «mi
padre».
‑Hijo mío ‑le dijo‑, las personas de la posición del conde tienen
muchos enemigos a quienes no conocen, y éstos, como sabéis, son los más
temibles.
‑Lo sé, y por eso recurro a vuestra perspicacia; sois, madre
mía,
una mujer tan superior, que nada se os oculta.
‑¿Por qué me decís eso?
‑Supongo que observasteis que la noche del baile, el señor de
Montecristo no se permitió tomar nada en casa.
Mercedes, incorporándose sobre el brazo, y con ardiente fiebre,
le dijo:
‑¡El señor de Montecristo! ¿Y qué tiene que ver eso con la
pregunta que me hacéis?
‑Sabéis, madre mía, que Montecristo es casi un oriental, y los
orientales, para conservar toda su libertad en su venganza, no comen ni beben
jamás en casa de sus enemigos.
‑¿El señor de Montecristo nuestro enemigo, decís, Alberto? ‑respondió
Mercedes poniéndose pálida como una muerta‑. ¿Quién os lo ha dicho? ¿Y por qué?
¿Estáis loco, Alberto? Montecristo nos ha manifestado siempre la mayor amistad,
os ha salvado la vida, y vos mismo nos lo presentasteis; ¡oh, hijo mío!, si
tenéis semejante idea, desechadla; y si puedo recomendaros, o mejor diré
rogaros, una cosa, es que estéis bien con él.
‑Madre mía, ¿tenéis sin duda algún motivo personal para
recomendarme tanto a ese hombre?
‑¡Yo! ‑replicó Mercedes poniéndose colorada con la misma rapidez
con que antes había palidecido, y volviendo de nuevo a su palidez.
‑Sí, sin duda, y esa razón no es ‑dijo Alberto‑ la de que ese
hombre no puede hacernos mal.
‑Me habláis de un modo extraño, Alberto, y me hacéis singulares
prevenciones. ¿Qué os ha hecho el conde? Hace tres días que estabais con él en
Normandía, y le mirabais como a vuestro mejor amigo.
Una sonrisa irónica se asomó a los labios de Alberto; Mercedes
la vio, y con el instinto de mujer y de madre lo adivinó todo; pero prudente y
valerosa, ocultó su turbación y su miedo.
Alberto permaneció silencioso, y la condesa al poco rato reanudó
la conversación.
‑¿Veníais a preguntarme cómo estaba? Os responderé francamente,
hijo mío, que no me siento bien; debéis quedaros aquí, Alberto; me
acompañaréis, necesito no estar sola.
‑Con mucho gusto, madre mía. Sabéis que es mi mayor dicha, pero
un asunto urgente a importante me impide haceros compañía esta noche.
‑¡Ah!, muy bien, Alberto; no quiero que seáis esclavo de vuestra
piedad filial.
Alberto hizo como que no oía, saludó a su madre y salió.
Apenas hubo cerrado la puerta, cuando Mercedes mandó llamar a un
criado de confianza, le ordenó que siguiese a Alberto a todas partes y viniese
a darle cuenta de todo.
En seguida, entró su doncella, y aunque muy débil, se vistió
para estar pronta a lo que pudiera presentarse.
La comisión dada al lacayo no era difícil de ejecutar. Alberto
entró en su cuarto y se vistió con suma elegancia; a las ocho menos diez
minutos llegó Beauchamp; había visto a Chateau‑Renaud, el que le había ofrecido
encontrarse en la orquesta al levantarse el telón.
Ambos subieron en el coche de Alberto, que no teniendo motivo
para ocultar adónde iba, dijo:
‑A la Opera.
Tal era su impaciencia que llegó mucho antes de que se alzara el
telón.
Chateau‑Renaud se hallaba sentado en su butaca, prevenido de
todo por Beauchamp, y así Alberto no tuvo necesidad de decirle nada; la
conducta de este hijo, que procuraba vengar a su padre, era tan natural, que
Chateau‑Renaud no pensó en disuadirle, y se contentó con renovarle la promesa
de que estaba a su disposición.
Debray no había llegado aún; pero Alberto sabía que rara vez
faltaba a la Opera; se paseó de un lado a otro hasta que se levantó el telón.
Esperaba encontrar a Montecristo en los corredores o en la escalera. Empezó la
ópera, y fue a ocupar su asiento entre Chateau-Renaud y Beauchamp.
Pero su vista no se apartaba de aquel palco entre columnas, que
durante todo el primer acto permaneció cerrado.
Finalmente, al mirar Alberto su reloj por centésima vez, al principio
del segundo acto, la puerta se abrió, y Montecristo, vestido de negro, entró y
se apoyó sobre la baranda para mirar a la sala; Morrel le seguía, buscando con
la vista a su hermana y a su cuñado; divisóles en un palco segundo, y les
saludó.
Al mirar el conde a la sala, vio sin duda un rostro pálido y dos
ojos centelleantes que ávidamente le buscaban: reconoció a Alberto; pero la
expresión que notó en aquella fisonomía tan trastornada, le aconsejó sin duda
que fingiese no fijarse, cual si no le hubiese distinguido; sin dar, pues,
lugar a que pudiese conocerse su pensamiento, se acomodó en su asiento, sacó
su lente, y se puso a mirar con la mayor indiferencia a uno y otro lado.
Pero aunque aparentaba no hacer caso de Alberto, no le perdía de
vista, y al caer el telón, concluido el segundo acto, su mirada infalible
siguió al joven, que salía acompañado de sus dos amigos; al poco tiempo vio
aparecer aquella misma cabeza por entre los cristales de un palco frente al
suyo; comprendió que la tempestad se avecinaba, y aun cuando hablaba a Morrel
con un semblante el más risueño, se había preparado a todo antes que oyese a
la llave dar vuelta en la cerradura de su palm; abrióse éste, y Montecristo se
volvió y se encontró con Alberto, lívido y temblando; tras él entraron
Beauchamp y Chateau‑Renaud.
‑¡Hola! ‑exclamó con aquella exquisita finura que le distinguía‑,
he aquí un caballero que ha llegado al fin. Buenas noches, señor de Morcef.
Y el rostro de aquel hombre tan admirablemente dueño de sí mismo
manifestaba la más perfecta cordialidad.
Morrel se acordó entonces de la carta que había recibido del vizconde,
y en la que sin más explicación le rogaba asistiese a la ópera, y conoció que
iba a suceder una terrible escena.
‑No venimos aquí para cambiar frases hipócritas o falsas muestras
de amistad ‑dijo el joven‑, venimos a pediros una explicación, señor conde.
Su voz era lúgubre, y apenas se dejaba oír por entre sus
dientes, fuertemente apretados.
‑¿Una explicación en la Opera? ‑dijo el conde, con aquel tono
tranquilo y aquella mirada penetrante en que se distinguía al hombre
enteramente dueño de sí mismo‑. Por poco versado que esté en las costumbres de
París, no me parece, caballero, que sea éste el lugar adecuado para pedir
explicaciones.
‑Cuando las personas se ocultan, cuando es imposible llegar
hasta ellas, porque se excusan con que están en el baño, en la mesa o en la
cama, es preciso dirigirse a ellas donde se las encuentra.
‑No es difícil hallarme ‑dijo Montecristo‑, porque, si mal no
recuerdo, ayer mismo estabais en mi casa.
‑Ayer ‑dijo el joven, que se iba acalorando‑ estaba en vuestra
casa porque ignoraba quién erais.
Y al decir estas palabras, Alberto levantó la voz de modo que pudiesen
oírlas las personas de los palcos inmediatos y las que pasaban por los
corredores. Las unas volvieron la vista hacia el conde y las otras se
detuvieron a la puerta detrás de Beauchamp y Chateau-Renaud, al ruido de aquel
altercado.
‑¿De dónde venís? ‑preguntó Montecristo‑, me parece que habéis
perdido la cabeza. ‑Y su semblante no dejó traslucir la menor emoción.
‑Con tal que comprenda vuestras perfidias y llegue a vengarme de
ellas, tendré toda mi razón ‑dijo Alberto, furioso.
‑No os comprendo ‑replicó Montecristo‑, y aun cuando os
comprendiera, no hablaríais más alto: estoy aquí en mi casa, y solamente yo
tengo el derecho de levantar la voz sobre los demás. Salid, caballero.
Y mostró la puerta a Alberto con un admirable ademán imperativo.
‑¡Ah!, yo soy el que haré que salgáis vos de aquí ‑respondió
Alberto, apretando entre sus manos convulsivas su guante, que el conde no
perdía de vista.
‑¡Bien! ¡Bien! ‑dijo flemáticamente Montecristo‑, buscáis
una querella, caballero, lo veo; pero un consejo, vizconde, y
conservadlo bien en la memoria: es muy mala costumbre meter ruido al provocar.
No a todos conviene el ruido, señor de Morcef.
Al oír aquel nombre, un murmullo sordo se dejó oír entre los
asistentes extraños a esta escena. Todos hablaban de Morcef desde la víspera.
Alberto, mejor que todos, y el primero, comprendió la alusión e
hizo la demostración como de ir a tirar el guante al rostro del conde, pero
Morrel le sujetó por la muñeca, mientras Beauchamp y Chateau-Renaud le detenían
por detrás, temiendo que la escena rebasara los límites de una provocación.
Montecristo, sin levantarse, inclinando su silla solamente,
alargó la mano, y cogiendo el guante húmedo y arrugado que el joven tenía en
las suyas, le dijo con terrible acento:
‑Caballero, tengo por arrojado vuestro guante, y os lo enviaré
envuelto con una bala; ahora ya, salid de aquí o llamo a mis criados y os hago
poner en la puerta.
Ebrio, trastornado a inyectándosele los ojos en sangre, Alberto
dio dos pasos atrás. Morrel aprovechó el momento para cerrar la puerta.
Montecristo volvió a tomar su lente, y se puso a mirar de un
lado a otro, como si nada de particular hubiese sucedido.
‑¿Qué le habéis hecho? ‑dijo Morrel.
‑Yo, nada, personalmente al menos.
‑Sin embargo, esta extraña escena debe tener una causa.
‑La aventura del conde de Morcef exaspera al desgraciado joven.
‑¿Tenéis alguna parte en ella?
‑Haydée es la que ha instruido a la Cámara de los Pares de la
traición de su padre.
‑Me habían dicho, efectivamente, aunque no quise creerlo, que la
esclava griega que he visto con vos en este mismo palco es la hija de Alí‑Bajá;
pero repito que no quise creerlo.
‑Pues es verdad.
‑¡Ay, Dios mío!, ahora lo comprendo todo, y esta escena ha sido
premeditada.
‑¿Cómo es eso?
‑Alberto me escribió que no dejase de venir esta noche a la Opera,
y fue sin duda para que presenciase el insulto de que quería haceros objeto.
‑Probablemente ‑dijo Montecristo con su imperturbable tranquilidad.
‑¿Y qué haréis con él?
‑¿Con quién?
‑Con Alberto.
‑¿Con Alberto? ¿Qué es lo que yo haré, Maximiliano? ‑respondió
el conde en el mismo tono‑, tan cierto como estáis aquí y aprieto vuestra mano,
le mataré mañana antes de las diez; he aquí lo que haré.
Morrel estrechó la mano de Montecristo entre las suyas, y tembló
al sentir aquella mano frfa y aquella pulsación tranquila: admirado, soltó la
mano de Montecristo.
‑¡Conde! ¡Conde! ‑dijo.
‑Querido Maximiliano ‑interrumpióle Montecristo‑, escuchad qué
bien canta Duprez esta frase:
«¡Oh!
Matilde, ídolo de mi alma.»
»Podéis creerme. Yo he sido el primero que adivinó el gran
mérito de Duprez, en Nápoles, y el primero que le aplaudió.
Morrel conoció que era inútil hablar más y aguardó.
Concluyó el acto, cayó el telón, y al poco rato llamaron a la
puerta.
‑Entrad ‑respondió Montecristo, sin que su voz mostrase alteraci6n.
Presentóse Beauchamp.
‑Buenas noches, señor Beauchamp ‑dijo Montecristo como si viese
al periodista por primers vez en aquella noche‑, sentaos.
Beauchamp saludó y se sentó.
‑Caballero ‑dijo a Montecristo‑, acompañaba un momento ha, como
pudisteis ver, al señor de Morcef.
‑Lo cual significa que vendríais de comer juntos ‑respondió
Montecristo riéndose‑, me alegro de ver que habéis sido más sobrio que él.
‑Convengo en que Alberto no ha tenido razón para arrebatarse de
aquel modo, y yo por mi parte vengo a presentaros mis excusas: ahora que están
hechas las mías, oíd, señor conde, os diré que os supongo demasiado galante
para rehusar el dar alguna explicación de vuestras relaciones con la gente de
Janina; y después añadiré dos palabras sobre esa joven griega.
Montecristo le hizo seña de que bastaba.
‑Vamos ‑dijo riéndose‑, he aquí todas mis esperanzas destruidas.
‑¿Por qué? ‑preguntó Beauchamp.
‑‑Claro, me habéis creado una reputación de excentricidad; soy,
según vos, un Lara, un Manfredo, un lord Ruthwen; y después de
pasar por excéntrico, echáis a perder vuestro tipo, y queréis hacerme un hombre
cualquiera, común, vulgar: me pedís explicaciones, en fin. Vamos, señor
Beauchamp, queréis reíros.
‑Sin embargo, hay ocasiones ‑respondió Beauchamp con altanería‑,
en que el honor manda...
‑Señor de Beauchamp ‑le interrumpió aquel hombre extraño‑, quien
manda al conde de Montecristo es el conde de Montecristo; así, pues, no
hablemos más de eso, si gustáis; hago lo que quiero, y creedme, siempre está
bien hecho.
‑Caballero, no se paga a hombres de honor con esa moneda, y éste
exige garantías.
‑Yo soy una garantía viva ‑respondió Montecristo, impasible;
pero sus ojos centelleaban amenazadores‑‑. Los dos tenemos en nuestras venas
sangre que deseamos derramar; he aquí nuestra mutua garantía; llevad esta
respuesta al vizconde, y decidle que mañana antes de las diez habré visto
correr la suya.
‑Sólo me resta, pues ‑dijo Beauchamp‑, fijar las condiciones del
combate.
‑Me son del todo indiferentes ‑dijo el conde‑, y era inútil
venir a distraerme durante el espectáculo por tan poca cosa. En Francia se
baten con espada o pistola, en las colonias con carabina y en Arabia con puñal.
Decid a vuestro ahijado que aunque insultado, para ser excéntrico hasta el fin,
le dejo el derecho de escoger las armas, y que aceptaré cualquiera sin
distinción, cualquiera, entendéis bien, todo, todo; hasta el combate por
suerte, que es lo más estúpido; pero yo estoy seguro de una cosa, y es que
ganaré.
‑Está seguro de ganar ‑dijo Beauchamp, mirando espantado al
conde.
‑¡Eh!, ciertamente ‑dijo Montecristo, alzando ligeramente los
hombros‑,sin eso no me batiría con el señor de Morcef. Le mataré, es preciso, y
sucederá. Os suplico tan sólo que me enviéis esta noche dos líneas, indicándome
las armas y la hora, pues no me gusta que me esperen.
‑La pistola; a las ocho de la mañana en el bosque de Bolonia ‑dijo
Beauchamp sin saber si tenía que habérselas con un fanfarrón charlatán o con un
ser sobrenatural.
‑Bien ‑dijo Montecristo‑, ahora que todo está arreglado, dejadme
oír la ópera, y decid a vuestro amigo Alberto que no vuelva por aquí esta noche
con sus brutalidades de mal género, que se retire a su casa y se acueste.
Beauchamp se retiró admirado.
‑Ahora cuento con vos, ¿no es cierto? ‑dijo Montecristo volviéndose
hacia Morrel.
‑Ciertamente, y podéis disponer de mí, conde; sin embargo,..
‑¿Qué?
‑Sería importante conocer la verdadera causa...
‑¿Luego, rehusáis?
‑No.
‑¿La verdadera causa, Morrel? ‑dijo el conde‑, ese joven marcha
a ciegas y no la conoce él mismo: la verdadera causa la sabemos Dios y yo; pero
os doy mi palabra de honor que Dios que la conoce estará por nosotros.
‑Eso me basta, conde ‑respondió Morrel.
‑¿Quién es vuestro segundo testigo?
‑No conozco a nadie en París, a quien yo quiera hacer este honor
más que a vos y a vuestro cuñado Manuel. ¿Creéis que rehusará este servicio?
‑Os respondo de él como de mí.
‑Bien; es cuanto necesito; por la mañana, a las siete y media,
en mi casa. ¿No es eso?
‑Estaremos allí.
‑¡Chist!, he aquí que se levanta el telón: escuchemos; tengo por
costumbre no perder una nota en esta ópera; ¡es tan hermosa la música del Guillermo
Tell!
Montecristo esperó, según su costumbre, a que Duprez hubiese
cantado su famosa Sígueme, y entonces se levantó y salió.
A la
puerta se separó de él Morrel, renovándole la promesa de ir a su casa con
Manuel al día siguiente a las siete de la mañana en punto. Subió en seguida a
su coche tranquilo y risueño; a los cinco minutos estaba en su casa; solamente
el que no conociese al conde podría dejarse engañar al ver el modo con que al
entrar dijo a Alí:
‑Alí, mis pistolas con culata de marfil.
Trájole la caja, la abrió, y el conde se puso a examinarlas con
aquella atención propia del hombre que va a confiar su vida a un porn de hierro
y plomo.
Eran pistolas no comunes, que Montecristo había mandado hacer
para tirar al blanco dentro de su habitación; una cápsula sola bastaba para
hacer salir la bala; el ruido era casi imperceptible, tanto que en la
habitación inmediata ninguno hubiera podido dudar de que el conde, como se dice
en términos de tiro, se ocupaba en ejercitar su pulso.
Apenas había cogido la pistola, y se preparaba a buscar el
blanco
en una plancha de plomo que le servía para tal efecto, cuando se
abrió la puerta del despacho y entró Bautista.
Pero antes de que éste hablase, el conde vio en la pieza
inmediata a una mujer rubierta con un velo, que había seguido al criado; ella,
que vio también al conde con la pistola en la mano y dos floretes de combate
sobre la mesa, entró inmediatamente en la habitación.
‑¿Quién sois, señora? ‑preguntó el conde a la mujer cubierta aún
con el velo.
La desconocida miró en derredor para asegurarse de que estaban
solos, a inclinándose después como si hubiese querido arrodillarse, juntando
las manos y con el acento de la desesperación:
‑¡Edmundo ‑dijo‑, no matéis a mi hijo!
El conde retrocedió; un grito se escapó de sus labios, y dejó
caer el arma que tenía en la mano.
‑¿Qué nombre acabáis de pronunciar, señora de Morcef? ‑dijo.
‑El vuestro ‑respondió levantando su velo‑, el vuestro, que
solamente yo no he olvidado. Edmundo, no es la señora de Morcef la que viene a
veros; es Mercedes.
‑Mercedes murió, señora, y no conozco ya a ninguna de ese
nombre.
‑Mercedes vive, y Mercedes se acuerda de vos; no sólo os conoció
al veros, sino aun antes, al sonido de vuestra voz; desde entonces os sigue
Paso a paso, vela sobre vos y os teme; ella no ha tenido necesidad de adivinar
de dónde salió el golpe que ha herido al señor de Morcef.
‑Fernando, queréis decir, señora ‑prosiguió Montecristo con
amarga ironía‑, puesto que recordamos nuestros nombres propios, recordémoslos
todos.
Y Montecristo pronunció aquel Fernando con tal expresión de
odio, que Mercedes sintió un frío temblor que se apoderaba de todo su cuerpo.
‑Bien veis, Edmundo, que no me había engañado y que con razón os
decía: ¡no matéis a mi hijo!
‑¿Y quién os ha dicho, señora, que yo quiero hacer algún daño a
vuestro hijo?
‑¡Nadie, Dios mío!, pero una madre está dotada de doble vista:
todo lo he adivinado, le he seguido esta noche a la Opera, y oculta en un
palmera, lo he visto todo.
‑Así, pues, ya que lo habéis visto todo, ¿habréis visto también
que el hijo de Fernando me ha insultado públicamente? ‑dijo Montecristo con una
calma terrible.
‑¡Oh! ¡Por piedad!'
‑Ya habéis visto que me habría arrojado el guante a la cara si
uno de mis amigos, el señor Morrel, no le hubiese detenido el brazo.
‑Escuchadme: mi hijo todo lo ha adivinado, y os atribuye las
desgracias de su padre.
‑Señora ‑dijo Montecristo‑‑, os engañáis, no son desgracias, es
un castigo; no he sido yo, ha sido la Providencia la que ha castigado al señor
de Morcef.
‑¿Y por qué sustituís vos a la Providencia? ‑exclamó Mercedes‑.
¿Por qué os acordáis, cuando ella olvida? ¿Qué os importan a vos, Edmundo,
Janina y su visir? ¿Qué mal os hizo Fernando Mondego al hacer traición a Alí‑Tebelín?
‑Pero eso, señora, es un asunto que concierne al capitán franco
y a la hija de Basiliki. Nada tengo que ver con eso; decís muy bien, y por eso
si he jurado vengarme, no es ni del capitán franco, ni del conde de Morcef,
sino del pescador Fernando, marido de la catalana Mercedes.
‑¡Ah! ‑dijo la condesa‑, ¡qué terrible venganza, por una falta
que la fatalidad me hizo cometer!, porque la culpable soy yo, Edmundo, y si
queríais vengaros debió ser de mí, que no tuve fuerza para resistir vuestra
ausencia y mi soledad.
‑Pero ¿por qué estaba yo ausente y vos sola?
‑Porque estabais detenido, Edmundo, porque estabais preso.
‑¿Y por qué estaba yo preso?
‑No lo sé ‑dijo Mercedes.
‑No lo sabéis, señora, así lo creo; pero voy a decíroslo; me
prendieron, porque la víspera misma del día en que iba a casarme con vos, en
una glorieta de la Reserva, un hombre llamado Danglars escribió esta carta que
el pescador Fernando se encargó de poner en el correo.
Y dirigiéndose hacia un escritorio, abrió Montecristo un cajón y
sacó un papel, cuya tinta se había ya enrojecido, poniendo a la vista de
Mercedes la carta de Danglars al procurador del rey, que el día en que había
pagado los doscientos mil francos al señor Boville, el conde, nombrándose
agente de la casa de Thompson y French, había sustraído del proceso de Edmundo
Dantés.
Mercedes leyó temblando lo siguiente:
«Se advierte al señor procurador del rey, por un amigo del trono
y de la religión, que el llamado Edmundo Dantés, segundo del navío El Faraón,
llegado esta mañana de Esmirna, después de haber tocado en Nápoles y Porto‑Ferrajo,
ha sido encargado por Murat de una carta para el usurpador, y por éste de otra
para el comité bonapartista de París.
»La prueba de este crimen se adquirirá prendiéndole, pues se le
encontrará la carta encima, o en casa de su padre, o en su camarote a bordo.»
‑Ay, ¡Dios mío! ‑dijo Mercedes pasando la mano por su frente,.
inundada en sudor‑, y esta carta...
‑Doscientos mil francos me ha costado el poseerla, señora, pero
es barata aún, puesto que me permite hoy disculparme a vuestros ojos.
‑¿Y el resultado de esta carta?
‑Ya lo sabéis, señora, fue mi prisión; pero ignoráis el tiempo
que duró, ignoráis que permanecí catorce años a un cuarto de legua de vos en un
calabozo en el castillo de If: lo que no sabéis es que cada día durante estos
catorce años he renovado el juramento de venganza que había hecho el primero de
ellos, y sin embargo ignoraba que os hubieseis casado con Fernando, mi
delator, y que mi padre había muerto... ¡de hambre!
‑¡Santo cielo! ‑exclamó Mercedes.
‑Pero lo supe al salir de mi prisión; y por Mercedes viva y por
mi padre muerto, juré vengarme de Fernando, y me vengo.
‑¿Y estáis seguro de que el desgraciado Fernando hizo eso?
‑Por mi alma, señora, lo ha hecho como os lo digo; y además ¿no
es mucho más odioso el haberse pasado a los ingleses siendo francés por
adopción; siendo español de nacimiento haber hecho la guerra a los españoles;
estipendiario de Alí, venderle traidoramente y asesinarle? Ante tales hechos,
¿qué es la carta? Una mixtificación galante que debe perdonar, lo reconozco y
lo confieso, la mujer que se ha casado con ese hombre, pero que no perdona el
amante que debió casarse con ella. Ahora bien, los franceses no se han vengado
nunca del traidor: los españoles no le han fusilado. Alí desde su tumba ve sin
castigo al asesino; pero yo, engañado, asesinado, enterrado vivo en una tumba,
he salido de ella, gracias a Dios, y a Dios debo la venganza; me envía para eso
y aquí estoy.
La pobre mujer inclinó la cabeza, dobláronse sus piernas y cayó
de rodillas.
‑Perdonad, Edmundo, perdonad por Mercedes que os ama aún.
La dignidad de la esposa detuvo el ímpetu de la amante y de la
madre.
Su frente se inclinó casi hasta tocar la alfombra.
El conde se acercó a ella y la levantó.
Sentada en un sillón, pudo en medio de sus lágrimas ver el
rostro varonil de Montecristo en el que el dolor y el odio se pintaban de un
modo amenazador.
‑¡Que no haya yo de extirpar esa raza maldita... ! ¡Que
desobedezca a Dios que me ha sostenido para su castigo... ! Imposible, señora,
imposible...
‑Edmundo ‑dijo la pobre madre tocando todos los resortes‑,
Edmundo cuando os llamo por vuestro nombre, ¿por qué no me respondéis
Mercedes?
‑¡Mercedes! ‑repitió el conde‑, ¡Mercedes! Sí, tenéis razón, aún
es grato para mí ese nombre, y he aquí la primera vez hace mucho tiempo que
resuena tan claro en mis oídos al salir de mis labios. ¡Oh, Mercedes!, he
pronunciado vuestro nombre con los suspiros de la melancolía, con los quejidos
del dolor, con el furor de la desesperación; lo he pronunciado helado por el
frío, hundido entre la paja de mi calabozo, devorado por el calor,
revolcándome en las losas de mi mazmorra. Mercedes, es preciso que me vengue,
porque durante catorce años he padecido, he llorado, maldecido; ahora, os lo
repito, Mercedes, es preciso que me vengue.
Y temiendo ceder a los ruegos de la que tanto había amado, Edmundo
llamaba en su socorro a todos los recuerdos de su odio.
‑Vengaos, Edmundo ‑gritó la pobre madre‑, vengaos sobre los
culpables, sobre él, sobre mí, pero no sobre mi hijo.
‑Está escrito en libro santo ‑respondió Montecristo‑. «Las
faltas de los padres caerán sobre sus hijos, hasta la tercera y cuarta generación.»
Puesto que Dios ha dictado estas palabras a su profeta, ¿por qué seré yo mejor
que Dios?
‑Porque Dios es dueño del tiempo y de la eternidad, y estas dos
cosas escapan a los hombres.
Montecristo dio un suspiro que parecía un rugido, y se mesó los
cabellos con desesperación.
‑Edmundo ‑continuó Mercedes‑. Edmundo, desde que os conozco he
adorado vuestro nombre, he respetado vuestra memoria. Amigo mío, no
endurezcáis la imagen noble y pura que guardo en mi corazón. ¡Si supieseis los
fervientes ruegos que he dirigido a Dios mientras os creí vivo y después
muerto! Sí, muerto; me parecía ver vuestro cadáver sepultado en lo más hondo de
una sombría torre, creía ver vuestro cuerpo precipitado en uno de aquellos
abismos en que los carceleros arrojan a los prisioneros muertos, ¡y lloraba...!
¿Qué otra cosa podía yo hacer, Edmundo, sino llorar y orar? Escuchadme: durante
diez años he tenido todas las noches el mismo sueño: dijeron que habíais
querido evadiros, que tomasteis el puesto de uno de los presos que murió, y
que arrojaron al vivo desde lo alto de la fortaleza de If; y que el grito que
disteis al haceros pedazos contra las rocas lo descubrió todo. Pues bien, os
juro, Edmundo, por la vida del hijo por quien os imploro, que durante diez años
esa escena se ha presentado
a mi imaginación todas las noches, y he oído ese grito terrible
que me hacía despertar temblando, despavorida; ¡y yo también, Edmundo, creedme,
yo también, por criminal que sea, yo también he sufrido mucho... !
‑¿Habéis perdido vuestro padre estando ausente? ‑preguntó
Montecristo‑, ¿habéis visto a la mujer que amabais dar su mano a vuestro rival
mientras os hallabais en un lóbrego calabozo?
‑No ‑interrumpió Mercedes‑, no; pero he visto al hombre que
amaba, dispuesto a ser el matador de mi hijo.
Mercedes pronunció estas palabras con un dolor tan intenso y un
acento tan desesperado, que un suspiro desgarrador brotó de la garganta del
conde.
El león estaba amansado; el vengador, vencido.
‑¿Qué me pedís, que vuestro hijo viva? Pues bien, vivirá.
Mercedes profirió un grito que hizo saltar dos lágrimas de los
párpados del conde, pero aquellas dos lágrimas desaparecieron muy pronto,
porque sin duda Dios había enviado un ángel para recogerlas, siendo mucho más
preciosas a los ojos del Señor que las más hermosas perlas de Guzarate y de
Ofir.
‑¡Ah! ‑dijo Mercedes tomando la mano de Montecristo y llevándola
a sus labios‑, ¡ah!, gracias, gracias, Edmundo, lo veo cual siempre lo he
visto, cual siempre lo he amado: sí, ahora puedo decírtelo.
‑Sobre todo, porque el pobre Edmundo no tendrá ya mucho tiempo
que hacerse amar de vos.
‑¿Qué decís, Edmundo?
‑Digo que, puesto que lo ordenáis, es preciso morir.
‑¡Morir! ¿Y quién dice eso? ¿Quién habla de morir? ¿De dónde
vienen esas ideas de muerte?
No supondréis que ultrajado públicamente, en presencia de una
sala entera, en presencia de vuestros amigos y de los de vuestro hijo,
provocado por un niño, que se enorgullecerá de un perdón como de
una victoria; no supondréis, digo, que me queda un solo instante
el deseo de vivir. Después de vos, Mercedes, lo que más he amado es a mí mismo,
quiero decir, mi dignidad; esta fuerza que me hace superior a los demás
hombres, esta fuerza es mi vida. En una palabra, vos la destruís; yo muero.
‑Pero este duelo no se efectuará, Edmundo, puesto que me perdonáis.
‑Se efectuará, señora ‑dijo solemnemente Montecristo‑; sólo que
en lugar de la sangre de vuestro hijo que debía beber la tierra, será la mía la
que correrá.
Mercedes dio un gran grito, acercóse a Montecristo, pero de repente
se detuvo.
‑Edmundo ‑dijo‑, hay un Dios sobre nosotros; puesto que vivís y
que os he vuelto a ver, a él me confío de todo corazón; esperando su apoyo,
descanso en vuestra palabra; habéis dicho que mi hijo vivirá. Y vivirá, ¿es
verdad?
‑Vivirá, sí, señora ‑dijo Montecristo, sorprendido de que sin
otra exclamación, sin otra sorpresa, Mercedes hubiese aceptado el sacrificio
que le hacía.
Mercedes dio su mano al conde.
‑Edmundo ‑le dijo con los ojos arrasados de lágrimas‑, ¡cuán
hermosa, cuán grande es la acción que acabáis de hacer! Es sublime haber tenido
piedad de una pobre mujer que se presentaba a vos con todas las probabilidades
contrarias a sus esperanzas. ¡Desdichada!, he envejecido más a causa de los
disgustos que por la edad, y ni siquiera puedo recordar a mi Edmundo con una
sonrisa, con una mirada; aquella Mercedes que otras veces ha pasado tantas
horas contemplándole. Creedme, os he declarado que yo también había sufrido
mucho, y os lo repito, es muy triste pasar la vida sin un solo goce, sin
conservar una sola esperanza; pero eso prueba que todo no ha concluido aún
sobre la tierra. No, todo no ha terminado, y me lo demuestra lo que me queda
aún en el corazón; os lo repito, Edmundo, es hermoso, grande, sublime, perdonar
como lo habéis hecho ahora.
‑Decís eso, Mercedes, ¿y qué diríais si conocieseis la extensión
del sacrificio que os hago? Imaginad que el Hacedor Supremo, después de haber
creado el mundo y fertilizado el caos, se hubiese detenido en la tercera parte
de la creación, para ahorrar a un ángel las lágrimas que nuestros crímenes
debían hacer correr un día de sus ojos inmortales; suponed que después de
prepararlo y fecundizarlo todo, en el instante de admirar su obra, Dios hubiese
apagado el sol, y rechazado con el pie el mundo en la noche eterna; entonces
podréis tener una idea o mejor, no, no, ni aun así podéis tenerla, de lo que yo
pierdo, perdiendo la vida en este momento.
Mercedes miró al conde con un aire que revelaba su admiración y
su gratitud. El conde apoyó su frente sobre sus manos, como si no pudiese
soportar el peso de sus ideas.
‑Edmundo ‑dijo Mercedes‑, sólo me resta una palabra que deciros.
Montecristo se sonrió con tristeza.
‑Edmundo ‑continuó ella‑, veréis que si mi frente ha palidecido,
si el brillo de mis ojos se ha apagado, si mi hermosura se ha marchitado, que
si Mercedes, en fin, no se parece a ella, más que en los
rasgos de su fisonomía, veréis que su corazón es siempre el
mismo... Adiós, pues, Edmundo; nada tengo ya que pedir al cielo... Os he vuelto
a ver, y os hallo tan noble y grande como otras veces. ¡Adiós, Edmundo, adiós y
gracias!
Montecristo no respondió.
Mercedes abrió la puerta del despacho y había desaparecido antes
que él volviese del profundo letargo en que su malograda venganza le había
sumido.
Daba la
una en el reloj de los Inválidos, cuando el ruido del coche que se llevaba a la
señora de Morcef hizo levantar la cabeza al conde de Montecristo.
‑Fui un insensato ‑dijo‑ en no haberme arrancado el corazón el
día que juré vengarme.
Capítulo sexto
El desafío
Cuando Mercedes hubo salido, todo quedó en silencio en casa de
Montecristo; su espíritu enérgico se adormeció, como el cuerpo después de una
gran fatiga.
‑¡Qué! ‑dijo entre sí, mientras la lámpara y las bujías se
consumían, y sus criados esperaban impacientes en la antecámara‑, ¡qué!, ¡el
edificio preparado con tanto trabajo, edificado con tanto cuidado, ha venido a
tierra de un solo golpe, con una sola mirada, con una palabra! ¡Y qué! Era yo
quien me creía algo, quien estaba tan confiado en mí mismo, quien viéndome tan
poca cosa en la prisión de If, y quien habiendo sabido llegar a ser tan grande,
¡habré trabajado para ser mañana un poco de polvo! No siendo la muerte del
cuerpo, esta destrucción del principio vital ¿no es el reposo al cual todos los
desgraciados aspiran? Esa tranquilidad de la materia tras la que he suspirado
tanto tiempo y a la que me encaminaba por medio del hambre, cuando Faria se
presentó en mi calabozo. ¿Qué es la muerte para mí? Uno o dos grados más en el
silencio. No, no es la existencia la que lamento perder, es la ruina de mis
proyectos combinados con tanto trabajo, llevados a cabo con tanta constancia.
La Providencia que yo creía que les favorecía, les es contraria; Dios no quiere
que se cumplan.
»El peso inmenso que sobre mí echara, inmenso como el mundo y
que creí poder llevar hasta el fin era según mi voluntad y no según mis
fuerzas, y me será preciso abandonarlo a la mitad de mi carrera. ¡Ahl, ¡me
convertiré en fatalista cuando catorce años de desesperación y diez de
confianza me habían hecho providencial!
»Y todo esto, Dios mío, porque mi corazón, que yo creía muerto,
estaba solamente amortiguado, porque se ha despertado y ha latido, porque ha
cedido al dolor y la impresión que ha causado en mi pecho la voz de una mujer.
»No obstante ‑continuó el conde, abismándose cada vez más en la
idea del terrible día siguiente que había aceptado Mercedes‑, es imposible que
esa mujer cuyo corazón es tan noble, haya obrado así por egoísmo, y consentido
en que me deje matar yo, lleno de vida y fuerza; es imposible que lleve hasta
este punto el amor o delirio maternal; hay virtudes cuya exageración sería un
crimen. No, habrá ideado alguna escena patética, vendrá a ponerse entre las
dos espadas, y eso será ridículo sobre el terreno, como ha sido sublime aquí.»
El tinte de orgullo se dejó ver en la frente del conde.
‑¡Ridículo!, y recaería sobre mí... ¡Yo...!, ridículo. Vamos,
prefiero morir.
Y a fuerza de exagerarse así la acción del día siguiente, llegó
a decidir:
‑¡Qué tontería! ¡Dárselas de generoso colocándose como un poste
a la boca de la pistola que tendrá en la mano aquel joven! Jamás creerá que mi
muerte ha sido un suicidio, y con todo, importa por el honor de mi memoria...
no es vanidad, Dios mío, sino un justo orgullo; importa que el mundo sepa que
he consentido yo, por mi voluntad, por mi libre albedrío en detener mi brazo.
Es preciso, y lo haré.
Y tomando una pluma, sacó un papel de uno de los cajones del secreter,
y trazó al final de este papel, que era su testamento, hecho desde su llegada
a París una especie de codicilo, en el que hacía comprender su muerte aun a
los menos avisados.
‑Hago esto, Dios mío ‑dijo con los ojos levantados al cielo‑,
tanto por honor vuestro como por el mío: me he considerado durante diez años
como el enviado por vuestra venganza, y es preciso que ese miserable Morcef, y
un Danglars y un Villefort no se figuren que la casualidad les ha libertado de
su enemigo. Sepan que la Providencia, que había ya decretado su castigo, ha
variado, pero que les espera en el otro mundo, y solamente han cambiado el
tiempo por la eternidad.
Mientras se hallaba vacilante entre estas terribles
incertidumbres, verdaderos sueños del hombre despierto por el dolor, el día que
entraba por los cristales vino a iluminar sus manos pálidas, ahogadas
aún en el azulado papel en que acababa de trazar aquella sublime
justificación de la Providencia.
Eran las cinco de la mañana.
De pronto llegó a su oído un pequeño ruido, creyó haber oído un
suspiro; volvió la cabeza, miró alrededor y no vio a nadie; el ruido sí, se
repitió bastante claro para que la certidumbre sucediese a la duds.
Levantóse de su asiento, abrió con cuidado la puerta del salón,
y vio sentada en un sillón, con los brazos caídos y su hermosa cabeza indinada
atrás, a la bella Haydée, que se había sentado frente a la puerta, a fin de que
no pudiese salir sin verla; pero que el desvelo y el cansancio la habían
rendido; el ruido que hizo el conde al abrir la puerta no la despertó.
El conde fijó en ella una mirada llena de dulzura.
‑Ella se ha acordado ‑dijo‑ de que tenía un hijo, y yo he olvidado
que tenía una hija ‑y moviendo la cabeza añadió:‑ Ha querido verme, ¡pobre
Haydée!, ha querido hablarme; teme o adivina lo que ha sucedido... No, yo no
puedo irme sin decide adiós, no puedo morir sin confiarla a alguien.
Volvió a entrar en la estancia, y sentándose de nuevo agregó
estas líneas:
Lego a
Maximiliano Morrel, capitán de spahis, a hijo de mi antiguo patrón Pedro
Morrel, armador de Marsella, veinte millones, de los gue dará una parte a su
hermana y a su cuñado Manuel, en el caso que no crea que un aumento de fortuna
puede perturbar su felicidad; estos veinte millones están enterrados en mi
gruta de Montecristo. Bertuccio conoce el secreto.
Si su coraxón está libre, y quiere casarse con Haydée, hija de
Alí, bajá de Janina, a la que he educado con el amor de un padre, y que me ha
profesado la ternura de una hija, llenará, no diré mi última voluntad, pero sí
mi última esperanza.
El presente testamento ha hecho ya a Haydée heredera del resto
de mí fortuna, consistente en tierras, rentas en Inglaterra, Austria y Holanda,
muebles de mis diferentes palacios y casas, y que fuera de los legados hechos,
asciende aún a más de sesenta millones.
Apenas había terminado de escribir esta última línea, cuando un
grito que resonó a su espalda hizo que se le cayese la pluma de la mano.
‑Haydée ‑dijo‑, ¿habéis leído?
En efecto, la joven, a quien hizo despertar la luz del día que
hería sus párpados, se había levantado, y acercándose al conde sin que se
percibiesen sus ligeros pasos sobre la alfombra:
‑¡Oh, mi señor! ‑dijo juntando las manos‑, ¿por qué escribís a
estas horas? ¿Por qué me legáis toda vuestra fortuna? ¿Os vais a separar de mí?
‑Tengo que hacer un viaje ‑dijo Montecristo con una expresión de
inefable ternura‑, y si me sucediese una desgracia...
El conde se detuvo.
‑¿Y bien? ‑preguntó la joven con un tono de autoridad que el
conde no le conocía aún.
‑¡Y bien!, si me sucede una desgracia, quiero que mi hija sea dichosa.
Haydée sonrió con tristeza.
‑Pues bien, si morís ‑dijo‑, legad vuestra fortuna a otros, porque
si morís no tengo necesidad de nada.
Y tomando el papel lo hizo pedazos y lo arrojó en medio del
salón; pero aquel esfuerzo la debilitó totalmente y cayó desmayada.
Montecristo la levantó en los brazos, y viendo sus bellos ojos
cerrados y su hermoso semblante inanimado, le ocurrió por primera vez la idea
de que quizá le amaba de otro modo distinto del de una hija.
‑¡Ay! ‑murmuró‑, aún hubiera podido ser dichoso.
Llevó a Haydée hasta su cuarto, y desmayada aún la entregó a sus
criadas; volvió a su gabinete, y cerrando la puerta volvió a escribir el
testamento.
Al terminar, oyó el ruido de un coche que entraba; acercóse a la
ventana y vio bajar a Maximiliano y Manuel.
‑¡Bueno! ‑dijo‑, ya era tiempo ‑y cerró su testamento, poniéndole
tres sellos. Un momento después se oyó ruido en el salón, y fue él mismo a
abrir la puerta; presentóse Morrel, que se había adelantado veinte minutos a
la hora de la cita.
‑Quizá vengo muy temprano, señor conde ‑dijo‑‑, pero os confesaré
francamente que no he podido dormir un minuto, y lo mismo ha sucedido a todos
los de casa. Tenía necesidad de veros tranquilo y animado tan valiente como
siempre, para volver conmigo.
Montecristo no pudo resistir a esta prueba de afecto, y no fue
la mano la que alargó al joven, sino los brazos los que abrió.
‑Morrel ‑le dijo emocionado‑, es un hermoso día para mí, pues
que me veo amado de este modo por un hombre como vos. Buenos días, Manuel.
¿Conque venís conmigo, Maximiliano?
‑¡Vive Dios! ‑dijo el capitán‑. ¿Lo habíais dudado?
‑Pero si yo no tuviese razón...
‑Escuchad: ayer os estuve observando durante toda la escena de
la provocación; he pensado toda la noche en vuestra serenidad, y he
concluido o que la justicia está de vuestra parte, o que mentirá
siempre el exterior de los hombres.
‑Sin embargo, Morrel, Alberto es vuestro amigo.
‑Un simple conocido, conde.
‑Le visteis por primera vez el mismo día que a mí.
‑Sí, es verdad, pero ¿qué queréis? Es preciso que me lo recordéis
para que lo tenga presente.
‑Gracias, Morrel.
Dio en seguida un golpe en el timbre.
‑Toma ‑dijo a Alí, que se presentó inmediatamente‑, lleva eso a
casa de mi notario. Es mi testamento. Morrel, si muero, iréis a enteraros de
él.
‑¡Cómo! ‑exclamó Morrel‑, ¿morir vos?
‑¿Y qué, no es necesario preverlo todo? ¿Pero qué hicisteis ayer
después que nos separamos, amigo querido?
‑Fui a casa de Tortoni, adonde encontré a Beauchamp y
Chateau-Renaud, y os confieso que les buscaba.
‑¿Para qué, puesto que estábamos de acuerdo en todo?
‑Escuchad, conde; el asunto es grave, inevitable.
‑¿Lo dudabais?
‑No. La ofensa fue pública, y todo el mundo habla de ella.
‑Y bien, ¿qué?
‑Esperaba hacer cambiar las armas, empleando la espada en vez de
la pistola; la pistola es ciega.
‑¿Lo habéis conseguido? ‑preguntó vivamente Montecristo, que
entreveía alguna esperanza.
‑No, porque saben lo bien que tiráis el florete.
‑¡Bah! ¿Y quién lo ha descubierto?
‑Los maestros de armas con quienes os habéis batido.
‑¿Y no habéis logrado al fin nada?
‑Han rehusado decididamente.
‑Morrel ‑dijo el conde‑, ¿me habéis visto tirar a la pistola?
‑No.
‑Pues bien, tenemos tiempo; mirad.
El conde tomó las pistolas que tenía cuando Mercedes entró, y pegando
una estrella de papel, más pequeña que un franco contra la placa, de cuatro
tiros le quitó seguidos cuatro picos.
A cada tiro, Morrel palidecía. Examinó las balas con que
Montecristo ejecutaba aquel admirable
juego, y vio que eran balines.
‑Es espantoso; ved, Manuel ‑y volviéndose en seguida a
Montecristo :
‑No matéis a Alberto, conde ‑le dijo‑, tiene una madre.
‑Es justo ‑dijo Montecristo‑, y yo no tengo...
Pronunció estas palabras con un tono que hizo estremecer a Morrel.
‑Vos sois el ofendido, conde.
‑Sin duda, ¿y qué queréis decir con eso?
‑Quiero decir que vos tiráis el primero.
‑¿Yo tiro el primero?
‑¡Oh!, eso es lo que yo le he exigido, pues demasiadas
concesiones les hemos hecho ya para poder exigir esto.
‑¿Y a cuántos pasos?
‑A veinte.
Una espantosa sonrisa se asomó a los labios del conde.
‑Morrel ‑le dijo‑, no olvidéis lo que acabáis de ver.
‑Por eso sólo cuento con vuestros sentimientos para salvar a Alberto.
‑¿Mis sentimientos?‑dijo Monte‑Crísto.
‑O vuestra generosidad, amigo mío; seguro, como estáis, de vuestro
golpe, os diría una cosa que sería ridícula si la dijese a otro.
‑¿Cuál?
‑Rompedle un brazo, heridle, pero no le matéis.
‑Morrel, escuchad aún ‑dijo el conde‑: no tengo necesidad de que
intercedan por el señor de Morcef; el señor de Morcef, os lo prevengo, volverá
tranquilo con sus dos amigos, mientras que yo...
‑¿Y bien, vos?
‑A mí me traerán.
‑¡Vamos, pues! ‑gritó Maximiliano exasperado.
‑Como os lo digo, mi querido Morrel, el señor de Morcef me matará.
Morrel miró al conde como un hombre a quien no se comprende.
‑¿Qué os ha sucedido de ayer tarde acá, conde?
‑Lo que a Bruto la víspera de la batalla de Filipos: he visto un
fantasma.
‑¿Y ese fantasma?
‑Ese fantasma, Morrel, me ha dicho que ya he vivido bastante.
Maximiliano y Manuel se miraron; Montecristo sacó el reloj.
‑Vámonos ‑dijo‑, son las siete y cinco minutos, y la cita es a
las ocho en punto.
Le esperaba un coche. Montecristo subió a él con sus dos
testigos. Al atravesar el corredor, el conde se detuvo a escuchar junto a una
puerta, y Maximiliano y Manuel, que, por discreción, siguieron andando,
creyeron oírle suspirar.
A las ocho en punto llegaron al lugar de la cita.
‑Henos aquí ‑dijo Morrel, asomándose por la ventanilla del coche‑,
y somos los primeros.
‑El señor me perdonará ‑dijo Bautista, que había seguido a su
amo con un terror indecible‑, pero me parece que hay alli un coche entre los
árboles.
Montecristo saltó al suelo con ligereza y dio la mano a Manuel y
Maximiliano para ayudarlos a bajar. Maximiliano retuvo entre las suyas la mano
del conde.
‑He aquí ‑dijo‑, una mano como me gusta ver en un hombre que
confía en la bondad de su causa.
‑En efecto ‑dijo Manuel‑, creo que allí hay dos jóvenes que esperan.
Montecristo, sin llamar aparte a Morrel, se separó dos o tres
pasos de su cuñado.
‑Maximiliano ‑le preguntó‑, ¿tenéis el corazón libre?
Morrel miró a Montecristo con admiración.
‑No exijo de vos una confesión, mi querido amigo, os hago solamente
una sencilla pregunta.
‑Amo a una joven, conde.
‑¿Mucho?
‑Más que a mi propia vida.
‑Vamos ‑dijo Montecristo‑, he aquí una esperanza perdida ‑y
añadió suspirando:‑ ¡Pobre Haydée...!
‑En verdad, conde, que si no supiese lo valiente que sois, dudaría.
‑¡Porque pienso en alguien que voy a dejar y porque suspiro! Morrel,
un soldado debe tener más conocimientos en cuanto a valor. ¿Creéis que siento
perder la vida? ¿Qué me importa morir o vivir cuando he pasado veinte años
entre la vida y la muerte? Además, estad tranquilo, Morrel; esta debilidad, si
lo es, es sólo para vos. Sé que el mundo es un gran salón del que es necesario
salir con cortesía, saludando y pagando sus deudas de juego.
‑Sea enhorabuena, eso se llama hablar razonablemente ‑le dijo
Morrel‑; a propósito, ¿habéis traído vuestras armas?
‑¡Yo! ¿Para qué? Espero que esos señores traerán las suyas.
‑Voy a informarme ‑dijo Morrel.
‑Sí; pero nada de negociaciones, ¿entendéis?
‑Sí; descuidad.
Morrel se dirigió hacia Beauchamp y Chateau‑Renaud; éstos, al
ver el movimiento de Maximiliano, se adelantaron a su encuentro; saludáronse
los tres jóvenes, si no con afabilidad, al menos con cortesía.
‑Perdón, señores ‑dijo Morrel‑, pero no veo al señor Morcef.
‑Esta mañana
nos ha avisado que vendría a reunirse con nosotros sobre el terreno.
‑¡Ah! ‑dijo Morrel.
‑Son las ocho y cinco minutos; todavía no hay tiempo perdido,
señor de Morrel ‑dijo Beauchamp.
‑¡Oh! ‑dijo Maximiliano‑, no lo he dicho con esa intención.
‑Además ‑añadió Chateau‑Renaud‑, he allí un carruaje.
Efectivamente, venía un carruaje al gran trote hacia el sitio en
que ellos estaban.
‑Señores ‑dijo Morrel‑,sin duda habréis traído vuestras pistolas.
El señor de Montecristo dice que renuncia al derecho que tiene de servirse de
las suyas.
‑Habíamos previsto que el conde tendría esta delicadeza, señor
de Morrel ‑dijo Beauchamp‑; he traído armas que compré hace ocho días, creyendo
las necesitaría para un asunto como éste. Son nuevas, y no han servido aún.
¿Queréis examinarlas?
‑¡Oh!, señor Beauchamp ‑dijo Morrel‑, me aseguráis que el señor
de Morcef no conoce esas armas y podéis creer que vuestra palabra me basta.
‑Señores ‑dijo Chateau‑Renaud‑, no era Morcef el que llegaba en
aquel coche: son Franz y Debray.
En efecto, se acercaban los dos hombres acabados de nombrar.
‑Vosotros aquí, caballeros ‑les dijo Chateau‑Renaud‑, ¿y por qué
casualidad?
‑Porque Alberto nos ha rogado que esta mañana nos encontrásemos
aquí.
Beauchamp y Chateau‑Renaud se miraron asombrados.
‑Señores ‑dijo Morrel‑, me parece que lo comprendo.
‑Veamos.
‑Ayer a mediodía recibí una carta del señor de Morcef, en la que
me rogaba no faltase al teatro.
‑Y yo también ‑dijo Debray.
‑Y yo ‑exclamó Franz.
‑Y también nosotros ‑dijeron Beauchamp y Chateau‑Reanud.
‑Sí, eso es ‑dijeron los jóvenes‑; Maximiliano, según todas las
probabilidades, habéis acertado.
‑Sin embargo, Alberto no llega, y ya se retrasa de diez minutos ‑dijo
Chateau‑Renaud.
‑Allí viene ‑dijo Beauchamp‑, y a caballo; miradlo, corre a escape,
y le sigue su criado.
‑¡Qué imprudencia, venir a caballo para batirse a pistola, y yo
que le he enseñado lo que debía hacer!
‑Y además ‑añadió Beauchamp‑,con el cuello por encima de la
corbata, frac abierto y chaleco blanco; ¿por qué no se ha hecho pintar un
blanco en el estómago, y hubiera sido mucho más rápido concluir con él?
Mientras hacían estos comentarios, Alberto había llegado a diez
pasos del grupo que formaban los cinco jóvenes, paró el caballo, se apeó, y
alargó la brida a su criado.
Acercóse, estaba pálido, sus ojos enrojecidos a hinchados; se
conocía que no había dormido un minuto en toda la noche.
‑Gracias, señores ‑les dijo‑, porque habéis tenido la bondad de
hallaros aquí como os había rogado: os estoy infinitamente reconocido por esta
prueba de amistad.
Al acercarse Morcef, Morrel se había retirado diez o doce pasos,
y permanecía aparte.
‑Y a vos también os debo gracias, Morrel ‑dijo Alberto‑, acercaos,
pues no estáis de más.
‑¿Ignoráis quizá ‑dijo Maximiliano‑, que soy testigo de
Montecristo ?
‑No estaba seguro, pero lo sospechaba; tanto mejor: mientras más
hombres de honor haya aquí, más satisfecho estaré.
‑Señor Morrel ‑dijo Chateau‑Renaud‑, podéis anunciar al conde
de Montecristo que el señor de Morcef ha llegado, y estamos a su disposición.
Morrel hizo un movimiento como para ir a cumplir su encargo. Al
mismo tiempo Beauchamp fue a sacar del coche la caja de las pistolas.
‑Esperad, señores ‑dijo Alberto‑, tengo que decir dos palabras
al conde de Montecristo.
‑¿En particular? ‑preguntó Morrel.
‑No; delante de todos.
Los testigos de Alberto se miraron sorprendidos, Franz y Debray
se dijeron algunas palabras en voz baja; Morrel, contento con este incidente
inesperado, fue a buscar al conde, que se paseaba por una cercana alameda,
hablando con Manuel.
‑¿Qué quiere de mí? ‑preguntó Montecristo.
‑Lo ignoro, pero quiere hablaros.
‑¡Oh! ‑dijo Montecristo‑, que no tiente a Dios con un nuevo
ultraje.
‑No creo que sea esa su intención ‑dijo Morrel.
El conde avanzó acompañado de Maximiliano y de Manuel: su rostro
tranquilo y sereno formaba un extraño contraste con la cara descompuesta de
Alberto, quien por su parte se acercaba también, seguido de sus cuatro jóvenes
amigos; a tres pasos el uno del otro, ambos se detuvieron.
‑Señores ‑dijo Alberto‑, aproximaos: deseo no perdáis una
palabra de las que tendré el honor de decir al señor conde de Montecristo ,
porque deberéis repetirlas a todo el mundo, por extrañas que os parezcan.
‑Espero, caballero... ‑dijo el conde.
‑Caballero ‑dijo Alberto, cuya voz conmovida al principio se serenó
poco a poco‑. Os provoqué porque divulgasteis la conducta del señor de Morcef
en Epiro; porque por culpable que fuese el conde de Morcef, no creía que
fueseis vos quien tuviese el derecho de castigarle; pero hoy sé que ese
derecho os pertenece. No es la traición de Fernando Mondego con Alí‑Bajá lo
que me hace excusaros; es, sí, la traición del pescador Fernando con vos y las
desgracias nunca oídas que produjo; por esto lo digo y lo proclamo. Tenéis
razón para vengaros de mi padre, y yo su hijo os doy gracias porque no habéis
hecho más.
El rayo que hubiese caído en medio de los que presenciaban
aquella inesperada escena los hubiera admirado menos que la declaración de
Alberto.
El conde de Montecristo había levantado lentamente los ojos al
cielo con una expresión indecible de reconocimiento; no sabía admirar bastante
esta acción conociendo el carácter fogoso y el valor de Alberto a quien había
visto inerme en medio de los bandidos italianos. No se cansaba de pensar cómo
se había humillado hasta aquel extremo. Reconoció la influencia de Mercedes y
comprendió por qué aquel noble corazón no se había opuesto a un sacrificio que
sabía era inútil.
‑Si creéis ahora, caballero ‑dijo Alberto‑, que las excusas que
acabo de haceros son suficientes, dadme vuestra mano, os lo ruego. Después del
mérito de la infalibilidad, que parece ser el vuestro, el mayor es saber
reconocer una sinrazón, pero esta confesión me corresponde a mí únicamente. Yo
obraba bien según los hombres, pero vos obrabais bien según Dios. Un ángel sólo
podía salvar a uno de los dos de la muerte, y el ángel ha bajado del cielo, si
no para hacer de nosotros dos amigos, porque la fatalidad lo hace imposible,
al menos dos hombres que se estiman.
El conde de Montecristo, con los ojos humedecidos, el pecho
palpitante y la boca entreabierta, alargó a Alberto una mano, que éste tomó y
apretó con un sentimiento de religioso respeto.
‑Caballeros ‑dijo‑, el conde de Montecristo acepta mis excusas;
obré con precipitación con respecto a él; ya está reparada mi falta, espero que
el mundo no me tendrá por un cobarde por haber hecho lo
que me mandaba la conciencia, pero en todo caso, si se engañasen
‑añadió el joven levantando su cabeza con fiereza, y como si dirigiese un
mentís a amigos y enemigos‑, procuraré rectificar su opinión.
‑¿Qué sucedió anoche? ‑preguntó Beauchamp a Chateau‑Renaud‑, me
parece, en todo caso, que hacemos aquí un papel bien triste.
‑En efecto, lo que Alberto acaba de hacer es muy bajo o muy sublime
‑dijo el barón.
‑¡Ah!, veamos ‑preguntó Debray a Franz‑. ¿Qué significa eso?
¡CÓmo! ¡El conde de Montecristo deshonra al señor de Morcef, y tiene razón a
los ojos de su hijo! Aunque tuviese yo diez Janinas en mi familia, no me
creería obligado más que a una cosa, a batirme diez veces.
Con la
cabeza inclinada, los brazos caídos, aterrado con el peso de veinticuatro años
de recuerdos, Montecristo no pensaba ni en Alberto, ni en Beauchamp, ni en
Chateau‑Renaud, ni en ninguna de las personas que le rodeaban: pensaba sólo en
aquella mujer que había ido a pedirle la vida de su hijo, a la que había
ofrecido la suya, y que acababa de libertarla por la confesión de un secreto de
familia, capaz de extinguir para siempre en el corazón de aquel joven el
sentimiento de piedad filial.
‑Siempre la Providencia ‑murmuró‑, ¡ah!, ¡desde hoy sí que estoy
persuadido de que soy el enviado de Dios!
Capítulo séptimo
La madre y el hijo
Montecristo saludó a los cinco jóvenes con una sonrisa llena de
melancolía y dignidad, y montó en su coche con Maximiliano y Manuel.
Alberto, Beauchamp y Chateau‑Renaud quedaron solos en el cameo.
El joven dirigió a sus dos testigos una tímida mirada, que
parecía pedirles su parecer sobre lo que acababa de ocurrir.
‑Por vida mía, mi querido amigo ‑dijo Beauchamp el primero, sea
que tuviese más sensibilidad o menos disimulo‑, permitidme que os felicite; he
aquí un magnífico fin para una desagradable aventura.
Alberto permaneció silencioso, y como concentrado en su pensamiento.
Chateau‑Renaud se contentó con dar en su bota con su flexible bastón.
‑¿No nos vamos? ‑dijo después de un instante de silencio.
‑Cuando gustéis ‑dijo Beauchamp‑, dejadme solamente el tiempo
necesario para cumplimentar al señor de Morcef, que ha dado pruebas hoy de una
generosidad tan rara.
‑¡Oh!, sí ‑dijo Chateau‑Renaud.
‑Es magnífico ‑continuó Beauchamp‑ poder conservar sobre sí
mismo tanto dominio.
‑Seguramente; en cuanto a mí, habría sido incapaz de ello –dijo
Chateau‑Renaud con una frialdad de las más significativas.
‑Señores ‑interrumpió Alberto‑, creo que no habéis comprendido
que entre el conde de Montecristo y yo ha ocurrido algo muy grave
‑Sí, sí ‑dijo al instante Beauchamp‑; pero hay muchos majaderos
que no están en el caso de comprender vuestro heroísmo, y tarde o temprano os
veréis forzado a explicárselo de un modo no muy conveniente a la salud de
vuestro cuerpo y a la duración de vuestra vida.
¿Queréis que os dé un consejo de amigo? Partid para Nápoles, La
Haya o San Petersburgo, países tranquilos, y donde son más inteligentes en
cuanto al honor que nuestros anticuados parisienses. Una vez allí, entreteneos
en tirar mucho a la pistola y al florete, y haceos olvidar para volver a
Francia dentro de algunos años, tranquilo o bastante ejercitado en las armas
para haceros respetar y conquistar vuestra tranquilidad. ¿Es verdad que tengo
razón, Chateau‑Renaud?
‑Soy de vuestro mismo parecer; nada llama tanto los duelos serios
como uno sin resultado.
‑Gracias, señores; seguiré vuestro consejo ‑dijo Alberto con una
fría sonrisa‑, no porque me lo dais, sino porque mi intención era salir de
Francia; os las doy asimismo por el servicio que me habéis prestado sirviéndome
de testigos; está profundamente grabado en mi
‑¿Por qué? corazón, puesto que después de las palabras que acabo
de oír sólo me acuerdo de él.
Chateau‑Renaud y Beauchamp se miraron: la impresión era igual en
ambos; el acento con que Morcef había pronunciado aquellas palabras era de una
resolución tal, que la posición de todos habría sido muy embarazosa si la
conversación se hubiera prolongado.
‑Adiós, Alberto ‑dijo de repente Beauchamp, alargando negligentemente
la mano al joven, sin que éste saliese por ello de su letargo, y en efecto, no
respondió al ofrecimiento de la mano.
‑Adiós ‑dijo Chateau‑Renaud, saludándole con la mano derecha.
Los labios de Alberto apenas murmuraron adiós; su mirada era más
explícita, encerrábase en ella todo un poema de ira concentrada, fiero desdén y
generosa indignación.
Cuando sus dos testigos hubieron montado en el carruaje, permaneció
inmóvil por algún tiempo; pidió en seguida su caballo; saltó ligero sobre la
silla y tomó a galope el camino de París, y al cuarto de hora entraba en el
palacio de la calle de Helder.
Al apearse, le pareció ver tras las cortinas del dormitorio del
conde el pálido rostro de su padre. Alberto volvió la cabeza a otra parte; al
llegar dio una última mirada á todas aquellas riquezas que le habían hecho tan
agradable la vida; fijó los ojos por última vez en aquellas cuyas imágenes
parecían sonreírse y cuyos paisajes parecían animarse.
En seguida abrió el medallón que contenía el retrato de su
madre, sacó éste dejando vacío el cerco de oro y la cadena de oro también con
que lo suspendía; puso en orden sus armas turcas, sus escopetas inglesas, sus
porcelanas del Japón y sus juguetes de bronce hechos por los mejores artistas;
examinó los armarios y colocó las llaves en los cajones, echó en uno, que dejó
abierto, todo el dinero que tenía, y además todas sus joyas, hizo un inventario
exacto de todo, y lo puso en el sitio más visible, sobre su mesa, de la que
quitó los muchos libros y papeles que la ocupaban. Al empezar a ejecutar estas
operaciones entró su criado, a pesar de la orden formal que para lo contrario
le había dado.
‑¿Qué queréis? ¿No recordáis mis órdenes? ‑le preguntó Alberto,
más triste que enojado.
‑Dispensadme, señor; es cierto que me ordenasteis que no entrara,
pero el señor conde de Morcef me ha llamado.
‑¿Y bien? ‑preguntó Alberto.
‑Y si me pregunta qué ha ocurrido allá abajo, ¿qué debo responder?
‑La verdad.
‑Entonces diré que el duelo no se ha efectuado.
‑Diréis que he dado una satisfacción al conde de Montecristo.
Al concluir de arreglar sus cosas, llamó la atención de Alberto
el ruido de los caballos en el peristilo; asomóse y vio a su padre que subía en
el carruaje, y salió.
Tan pronto como se cerró la puerta del palacio, Alberto se
dirigió a la habitación de su madre, y como no había criado alguno que le
anunciase, llegó hasta su dormitorio y con el corazón oprimido por lo que veía
y por lo que adivinaba, se detuvo a la puerta.
Todo estaba en orden; los encajes, los adornos, las joyas, el
dinero se encontraban colocados en sus respectivos cajones, cuyas llaves juntó
con cuidado la condesa.
Alberto vio todos estos preparativos, comprendió lo que
significaban y entró exclamando:
‑¡Madre mía! ‑arrojándose en los brazos de Mercedes.
El pintor capaz de plasmar la expresión de aquellas dos caras,
hubiese pintado un magnífico cuadro.
En efecto, aquella resolución enérgica que no había atemorizado
a Alberto por sí, le espantaba por su madre.
‑¿Qué hacéis, pues? ‑inquirió.
‑¿Qué hacíais vos? ‑respondió ella.
‑¡Oh, madre mía! ‑dijo Alberto, tan conmovido que apenas podía
hablar‑; hay gran diferencia de vos a mí; no podéis haber resuelto lo que yo
he determinado, porque vengo a deciros que voy a dar el último adiós a esta
casa..., y a vos.
‑Yo también, Alberto ‑respondió Mercedes‑, yo también parto;
había contado con que mi hijo me acompañaría. ¿Me he equivocado?
‑Madre mía‑ respondió Alberto con firmeza‑ no puedo haceros
participar del destino a que yo mismo me he condenado; es preciso que viva
desde ahora sin nombre y sin fortuna; es necesario que para empezar esta
penosa existencia pida a un amigo el pan que comeré de aquí a que lo gane. Así,
pues, mi buena madre, voy ahora mismo a casa de Franz a rogarle me preste la
cantidad que he calculado.
‑¡Tú, sufrir hambre! ¡Tú, padecer miseria! ¡Oh, no digas eso, mi
pobre hijo! Cambiarías todas mis resoluciones.
‑Pero no las mías ‑respondió Alberto‑. Soy joven, soy robusto,
creo que soy valiente, y desde ayer creo que he aprendido lo que vale una firme
voluntad. ¡Madre mía! ¡Son tantos los que han sufrido, y no solamente no han
muerto, sino que han amasado una nueva fortuna sobre las ruinas de sus anteriores
esperanzas! Yo lo sé, madre mía; he visto esos hombres que desde el fondo del
abismo donde les había sepultado su enemigo, se han levantado con tanto vigor y
gloria, que han dominado a su antiguo vencedor, precipitándole a su vez. No,
madre mía, no; he renunciado a contar desde hoy con lo pasado, y no acepto
nada, ni siquiera mi nombre, porque vos comprendéis, madre mía, que vuestro
hijo no puede llevar un nombre del que deba abochornarse ante otro hombre.
‑Hijo mío, Alberto ‑dijo Mercedes‑, si hubiese tenido un corazón
más fuerte, ése sería el consejo que lo hubiera dado; lo conciencia ha hablado
al callar mi voz; escúchala, hijo mío; tenías amigos, Alberto; rompe de momento
con ellos, pero no desesperes, no; lo madre lo ruega. La vida es aún hermosa a
lo edad, mi querido Alberto, porque apenas tienes veintidós años, y como a un
corazón tan puro como el tuyo le es preciso un nombre sin tacha, toma el de mi
padre; se llamaba Herrera. Te conozco, Alberto mío; sea cualquiera la carrera
que sigas, pronto, pronto darás lustre a este nombre. Preséntate entonces en
el mundo, más brillante aún con el lustre de tus desgracias pasadas, y si así
no debiese ser a pesar de mis previsiones, déjame al menos esta esperanza,
déjamela a mí, que no tendré más que esta sola idea, este solo porvenir, y para
quien el sepulcro empieza a la puerta de esta casa.
‑Haré como deseáis, madre ‑respondió el joven‑; sí, mis esperanzas
son iguales a las vuestras; la cólera del cielo no perseguirá a vos tan pura, a
mí tan inocente; mas ya que estamos resueltos, obremos rápidamente. El señor de
Morcef ha salido hace media hora, poco más o menos; la ocasión, como veis, es
favorable para evitar el ruido y una explicación.
‑Os espero, hijo mío ‑dijo Mercedes.
Alberto corrió en seguida al paraje más inmediato y tomó un carruaje
de alquiler que debía conducirlos fuera del palacio: acordábanse de una casa
amueblada en la calle de Santos Padres, donde su madre hallaría un alojamiento
modesto, pero decente, y volvió a buscar a la condesa.
Al parar el carruaje ante la casa, en el momento en que Alberto
se apeaba, un hombre se acercó y le entregó una carta.
Alberto reconoció al intendente.
‑Del conde ‑dijo Bertuccio.
Alberto tomó la carta, la abrió y leyó; concluida, buscó con los
ojos a Bertuccio, pero mientras leía, el hombre había desaparecido.
Con los ojos llenos de lágrimas entró en la habitación de
Mercedes, y sin pronunciar una palabra le presentó la carta.
Mercedes leyó:
Alberto:
Al haceros ver que he penetrado vuestro proyecto, creo revelaros
que comprendo vuestra delicadeza. Sois libre, vais a abandonar la casa del
conde y retiraros con vuestra madre libre como vos; pero reflexionad, Alberto,
que le debéis más de lo que podéis pagarle con vuestro noble y pobre corazón.
Guardad para vos la lucha, reclamad para vos los padecimientos, pero evitadle
la primera miseria que acompa‑
ñará sin duda a vuestros primeros esfuerxos; porque no merece ni
aun la sombra de la desgracia que hoy la persigue, y la Providencia no quiere
que pague el inocente por el culpable.
Sé que vais a dejar los dos la casa de la calle de Helder sin
llevaros nada: el cómo, no tratéis de averiguarlo; lo sé y basta.
Escuchad, Alberto.
Veinticuatro años atrás volvía yo contento y alegre a mi patria;
tenia una prometida, Alberto, una joven santa a la que adoraba, y le traía
ciento cincuenta luises que había juntado penosamente con un trabajo sin
descanso: este dinero era para ella, se lo había destinado y conociendo cuán
pérfido es el mar, enterré nuestro tesoro en el jardín de la casa que mi padre
habitaba en Marsella, en la alameda de Meillán.
Vuestra madre, Alberto, conoce bien aquella humilde y querida
casa. Ultimamente, al venir de París, he pasado por Marsella, he ido a ver
aquella casa de tan dolorosos recuerdos, y por la noche, con un axadón en la
mano, he cavado en el rincón en que había escondido mi tesoro. La caja de
hierro se encontraba todavía en el mismo sitio; nadie había tocado en el ángulo
que cubre con su sombra una hermosa higuera plantada por mi padre el día de mi
nacimiento.
Pues bien, Alberto, ese dinero que en otra ocasión debió servir
para ayudar a la vida y tranquilidad de aquella mujer a quien yo adoraba, hoy
por un axar desgraciado encuentra igual empleo. ¡Oh!, comprended bien mi idea:
y que podía ofrecer millones a esa mujer, y sólo le devuelvo el pedaxo de pan
negro, olvidado bajo mi pobre techo, desde el día en que me separé de ella para
siempre.
Sois un
hombre generoso, Alberto; pero es posible que os ciegue el orgullo o el
resentimiento; si rehusáis, si pedís a otro lo que yo tengo derecho a
ofreceros diré que es poco generoso rehusar la vida de vuestra madre, ofrecida
por un hombre a quien vuestro padre hixo morir al suyo entre los horrores del
hambre y de la desesperación.
Terminada esta lectura, Alberto permaneció pálido a inmóvil,
esperando la decisión de su madre.
Mercedes levantó los ojos al cielo con una expresión inefable.
‑Acepto ‑dijo‑, tiene el derecho de pagar el dote que llevaré a
un convento.
Y poniendo la carta sobre el corazón, tomó el brazo de su hijo,
y con un paso más firme de lo que creía se dirigió a la escalera.
Montecristo también había vuelto a la ciudad con Manuel y
Maximiliano.
El regreso fue alegre. Manuel no disimulaba su contento al ver
suceder la paz a la guerra, y confesaba altamente sus gustos filantrópicos.
Morrel en un rincón del carruaje dejaba que la alegría de su cuñado se
manifestase en sus brillantes palabras, y conservaba para sí una alegría más
pura, pero que sólo se traslucía en sus miradas.
En la barrera del Troue se encontró a Bertuccio, que le estaba
aguardando allí, inmóvil como un centinela en su puesto.
Montecristo sacó la cabeza por la portezuela, le dijo algunas
palabras en voz baja, y el intendente desapareció.
Señor conde ‑dijo Manuel al llegar a la plaza Real‑, os agradezco
que me dejéis a la puerta de casa, para que mi mujer no tenga un momento de
inquietud, ni por vos ni por mí.
‑Si no fuese ridículo vanagloriarse de su triunfo, rogaría al
conde que entrase en casa; pero él también tendrá corazones a quienes
tranquilizar. Hemos llegado, Manuel. Saludemos a nuestro amigo, y bajemos.
‑Un momento ‑dijo Montecristo‑, me priváis de una vez de mis dos
compañeros; entrad a ver a vuestra encantadora mujer, a la que os ruego
presentéis mis respetos, y luego acompañadme vos hasta los Campos Elíseos.
‑Con mucho gusto ‑dijo Maximiliano‑, tanto más cuanto que tengo
que hacer en vuestro barrio, conde.
‑¿Esperamos para almorzar? ‑preguntó Manuel.
‑No‑dijo el joven.
La puerta del coche se cerró, y éste continuó su camino.
‑Veis como os he traído la dicha ‑dijo Morrel cuando se quedó
solo con el conde‑, ¿no habéis pensado en ello?
‑Sí ‑respondió el conde‑, y por eso quisiera teneros siempre
cerca de mí.
‑¡Es milagroso! ‑continuó Maximiliano Morrel, respondiéndose a
sí mismo.
‑¿El qué? ‑dijo Montecristo.
‑Lo que acaba de suceder.
‑Sí ‑respondió el conde sonriéndose‑, decís bien, Morrel, es milagroso.
‑Porque, después de todo ‑respondió éste‑, Alberto es valiente.
‑Muy valiente ‑respondió el conde‑, le he visto dormir tranquilo
con el puñal suspendido sobre su cabeza.
‑Y yo sé que se ha batido dos veces muy bien; comparad eso con
lo de esta mañana.
‑Siempre vuestra influencia ‑repitió sonriéndose Montecristo. ‑Es
una dicha para Alberto no ser militar. ‑¿Por qué?
‑¡Excusas sobre el terreno! ¡Bah! ‑dijo el joven capitán moviendo
la cabeza.
‑Vamos, no incurráis en los prejuicios de los hombres vulgares,
Morrel; convendréis en que, puesto que Alberto es valiente, no puede ser
cobarde, que debe haber habido alguna razón que le haya movido a obrar como lo
ha hecho esta mañana, y por lo tanto su conducta es más heroica que otra cosa.
‑Sin duda, sin duda ‑repuso Morrel‑, pero diría como el español:
Ha sido hoy menos valiente que ayer.
‑¿Almorzáis conmigo? ‑dijo el conde para cortar la conversaci6n.
‑No; os dejo a las diez.
‑¿Vuestra cita era, pues, para almorzar?
Morrel se sonrió y movió la cabeza.
‑Pero, después de todo, preciso es que almorcéis en alguna
parte.
‑¿Y si no tengo hambre? ‑dijo el joven.
‑Sólo conozco dos sentimientos que quiten el apetito: el dolor,
y dichosamente os veo muy alegre, y el amor; ahora bien: según lo que me
dijisteis de vuestro corazón, me es permitido creer...
‑No digo que no, conde.
‑¿Y no me contáis eso, Maximiliano? ‑replicó el conde con un
tono tan vivo que revelaba todo el interés que tenía en conocer aquel secreto.
‑Ya os he hecho ver esta mañana que tengo un corazón. ¿No es
verdad, conde?
Por respuesta, Montecristo alargó la mano al joven.
‑Entonces, ya que este corazón no está con vos en el bosque de
Vicennes, está en otra parte, y voy a buscarlo.
‑Id ‑dijo el conde‑, id, amigo querido; pero si encontráis algún
obstáculo, acordaos que puedo algo en este mundo, y que sería dichoso si
pudiese ser útil a las personas que amo como a vos, Morrel.
‑De acuerdo, me acordaré como los niños egoístas se acuerdan de
sus padres cuando los necesitan; cuando os necesite, me acordaré de vos, conde.
‑Bien, acepto vuestra palabra.
‑Hasta la vista, conde.
Habían llegado a la puerta de la casa de los Campos Elíseos;
Montecristo y Morrel se apearon.
Bertuccio los esperaba a la puerta.
Morrel desapareció por el lado de Marigny, y Montecristo dirigióse
hacia Bertuccio.
‑¿Y bien? ‑le preguntó.
‑Ella va a abandonar la casa.
‑¿Y su hijo?
‑Florentín, su criado, piensa que va a hacer otro tanto.
‑Venid.
Montecristo llevó a Bertuccio a su despacho, escribió la carta
que ya conocemos, y la entregó a su intendente.
‑Id, y despachad pronto; a propósito; haced que avisen a Haydée
de mi regreso.
‑Heme aquí ‑‑dijo la joven, que había bajado al oír el ruido del
coche, y cuya cara rebosaba alegría al ver al conde sano y salvo.
Bertuccio salió.
Todos los transportes de una hija que vuelve a ver a su padre
querido, los delirios de una amante que vuelve a ver a su amado, Haydée los
sintió en los primeros momentos de aquella vuelta que esperaba con tanta
ansiedad.
La alegría de Montecristo no era tan expansiva, pero no por eso
no era ciertamente menos grande; el gozo para los corazones que han sufrido
mucho tiempo es lo que el rocío para las tierras abrasadas por los ardores del
sol; corazones y tierra absorben aquella lluvia bienhechora que cae sobre
ellos y no se pierde una gota.
Hacía algunos días que Montecristo conocía lo que no se atrevía
a creer hacía mucho tiempo, es decir, que había aún dos Mercedes en el mundo, y
que podía aún ser dichoso.
Sus ojos, en los que se traslucía la dicha, buscaban ávidamente
las miradas humedecidas de Haydée, cuando de pronto se abrió la
puerta.
El conde se incomodó.
‑El señor de Morcef ‑dijo Bautista, como si aquella sola palabra
envolviese su disculpa.
En efecto, la cara del conde se serenó.
‑¿Cuál? ‑preguntó‑, ¿el conde o el vizconde?
‑El conde.
‑¡Dios mío! ‑dijo Haydée‑, ¿no ha terminado aún?
‑No sé si ha terminado, querida hija ‑dijo Montecristo tomando
las manos de la joven‑, pero sé que nada tienes que temer.
‑¡Sin embargo, es el miserable...!
‑Ese hombre no tiene poder sobre mí, Haydée; cuando tenía que
habérmelas con su hijo, era otra cosa.
‑Y tampoco sabrás tú jamás lo que he sufrido, mi señor.
Montecristo se sonrió.
‑¡Por la tumba de mi padre! ‑dijo Montecristo poniendo las manos
sobre la cabeza de la joven‑, lo juro, Haydée, que si sucediese una desgracia
no será a mí.
‑Te creo como si fuera Dios quien me estuviese hablando ‑dijo la
joven presentando su frente al conde.
Montecristo imprimió en aquella frente pura y hermosa un beso
que hizo latir dos corazones a la vez; el uno con violencia, y el otro
sordamente.
‑¡Oh, Dios mío! ‑murmuró el conde‑, ¡permitiríais aún que yo
pudiese amar! Haced entrar al señor conde de Morcef en el salón ‑dijo a
Bautista, acompañando a la hermosa griega hacia una escalera secreta.
Permítasenos unas palabras para explicar esta visita que
Montecristo esperaba quizá, pero
inesperada para nuestros lectores.
Mientras Mercedes, como hemos dicho, hacía la misma especie de
inventario que había hecho Alberto, colocaba sus alhajas, cerraba sus cajones,
y reunía las llaves para dejarlo todo en un orden perfecto, no reparó en que un
rostro pálido y siniestro había aparecido a la vidriera de su cuarto, desde la
que se podía ver y oír. El que así miraba, sin ser visto, vio y oyó cuanto
ocurría y se hablaba en el cuarto de Mercedes.
Desde aquella puerta, el hombre pálido se dirigió al dormitorio
del conde de Morcef, levantó las cortinas y vio lo que sucedía en el patio de
entrada, permaneció allí diez minutos inmóvil, mudo, y escuchando los latidos
de su corazón: entonces fue cuando Alberto, que volvía de su cita, vio a su
padre tras los cortinajes y volvió la cabeza a otro lado.
Las pupilas del conde se dilataron: sabía que el insulto de
Alberto a Montecristo había sido terrible, y que en todos los países del mundo
era consiguiente un duelo a muerte. Alberto volvió sano y salvo; el conde,
pues, estaba vengado.
Un rayo de indecible alegría iluminó aquella lúgubre cara, como
el último rayo del sol al acostarse en las nubes que más parecen su tumba que
su lecho.
Pero ya hemos dicho que en vano estuvo esperando que su hijo se
presentase a darle cuenta de su triunfo: que éste antes del combate no hubiese
querido ver al padre cuyo honor iba a vengar, se comprende; pero vengado el
honor del padre, ¿por qué el hijo no iba a arrojarse en sus brazos?
Entonces el conde, no pudiendo ver a Alberto, mandó llamar a su
criado, y ya saben nuestros lectores que éste le autorizó para contar la
verdad.
Diez minutos después, el conde de Morcef estaba en el peristilo,
vestido con una levita negra, corbatín militar, pantalón y guantes negros.
Según parece, había dado sus órdenes con anterioridad, porque
apenas bajaba el último escalón cuando llegó el coche para recibirle; su
criado puso en el coche un gabán militar, en el que iban envueltas dos espadas,
cerró la puerta y fue a sentarse al lado del cochero.
Este se inclinó para recibir la orden.
‑A los Campos Elíseos ‑dijo el general‑, a casa del conde de
Montecristo. ¡Pronto!
Los caballos salieron a escape, y cinco minutos después se
detuvieron a la puerta del palacio del conde.
El señor de Morcef abrió él mismo la portezuela, saltó al suelo
con la agilidad de un joven, llamó y entró seguido de un criado.
Un segundo después Bautista anunciaba al señor de Montecristo al
conde de Morcef, y éste, acompañando a Haydée a la escalera, daba orden para
que se le hiciera pasar al salón.
El general daba la tercera vuelta por la sala, cuando vio a
Montecristo en pie a la puerta.
‑¡Ah, es el señor de Morcef... ! Creí haber entendido mal.
‑Sí, yo soy ‑dijo el conde con una espantosa contracción en los
labios que le impedía articular claramente.
‑Lo único que me falta saber es lo que me proporciona ver al señor
de Morcef tan temprano.
‑¿Habéis tenido esta mañana un lance con mi hijo, caballero? ‑dijo
el general.
‑¿Os habéis enterado? ‑respondió el conde.
‑Y sé que mi hijo tenía excelentes razones para desear batirse
con vos, y hacer cuanto pudiera para mataros.
‑En efecto, las tenía ‑dijo el conde‑, pero veis que a pesar de
ellas no sólo no me ha matado, sino que ni aun se ha batido.
‑Y, con todo, os creía la causa de la deshonra de su padre, y de
las desgracias que en este momento abruman su casa.
‑Es verdad ‑dijo Montecristo con su inalterable tranquilidad‑,
causa secundaria y no principal.
‑Seguramente le habéis dado alguna excusa o explicación.
‑No le he dado ninguna explicación, y él es el que me ha
presentado sus excusas.
‑¿Pero a qué atribuir esta conducta?
‑A la convicción de que había en esto un hombre más culpable que
yo.
‑¿Y quién es ese hombre?
‑Su propio padre.
‑Sea ‑dijo el conde palideciendo‑, pero sabéis que aun el más
culpable no gusta de verse convencido de culpabilidad.
‑Lo sé, y por eso esperaba lo que sucede en este momento.
‑¡Esperabais que mi hijo fuera un cobarde... ! ‑gritó el conde.
‑Alberto de Morcef no es ningún cobarde ‑dijo Montecristo.
‑Un hombre que tiene una espada en la mano y a su punta ve a un
enemigo y no se bate, es un cobarde. ¡Ah! ¿Por qué no está aquí para poder
decírselo?
‑Caballero ‑dijo Montecristo‑, no pienso que hayáis venido a
contarme vuestros asuntos de familia; id a decir esto a Alberto, él sabrá
responderos.
‑¡Oh!, no, no ‑replicó el general con una sonrisa que en seguida
se desvaneció‑, tenéis razón, no he venido para eso, y sí para deciros que yo
también os miro como a mi enemigo, que os odio por instinto, que me parece que
os he conocido siempre y siempre os he aborrecido, y que en fin, puesto que los
jóvenes de este siglo no se baten, debemos batirnos nosotros... ¿Sois de mi
opinión?
‑Completamente; por eso cuando os dije que había previsto lo que
sucedería, quería hablar del honor de vuestra visita.
‑Mejor. ¿Entonces tendréis hechos vuestros preparativos?
‑Lo están siempre.
‑¿Sabéis que nos batiremos a muerte? ‑preguntó el general apretando
los dientes de rabia.
‑Hasta que muera uno de los dos ‑dijo Montecristo mirando de
pies a cabeza al señor de Morcef.
‑Partamos, no necesitamos testigos.
‑En efecto es inútil; nos conocemos muy bien.
‑Al contrario ‑dijo Morcef‑ no os conozco.
‑¡Bah! ‑dijo Montecristo con aquella flema desesperadora‑. ¿No
sois vos el soldado Fernando que desertó la víspera de la batalla de Waterloo?
¿El teniente Fernando que sirvió de guía y espía al ejército francés en
España? ¿No sois el capitán Fernando que traicionó y asesinó a su bienhechor
Alí? ¿Y todos esos Fernandos reunidos no son el teniente general conde de
Morcef, par de Francia?
‑¡Oh! ‑dijo el general herido por estas palabras como por un
hierro candente‑, ¡oh!, miserable, que me echas en cara mis faltas en el
instante en que quizá vas a matarme; no, no he dicho que lo era desconocido;
has penetrado en la noche de lo pasado, y tú has leído a la luz de una lámpara
que ignoro, cada página de mi vida; pero tal vez hay más honor en mí, en medio
de mi oprobio, que en ti bajo ese aspecto pomposo; tú me conoces, lo sé, pero
yo no lo conozco, aventurero lleno de oro y pedrerías. Tú que lo haces llamar
en París el conde de Montecristo, en Italia Simbad el Marino, y en Malta qué sé
yo, ya lo he olvidado. Tu nombre es lo que lo pido, lo verdadero
nombre, quiero saber, en medio de tus cien nombres, con objeto
de pronunciarlo sobre el terreno del combate en el momento en que mi espada
parta en dos lo corazón.
Montecristo palideció terriblemente; sus ojos parecían de fuego;
de un salto entró en el despacho inmediato al salón, y en menos de un segundo,
quitándose la corbata, levita y chaleco, se vistió una chaqueta y se puso un
sombrero de marino, bajo el cual se dejaban ver sus negros cabellos.
Salió así, implacable y avanzando con los brazos cruzados ante
el general, que le esperaba y que retrocedió espantado hasta encontrar una
mesa, en la que se apoyó.
‑Fernando ‑le dijo‑, de mis cien nombres basta uno solo para
herirte como un rayo, pero éste lo adivinas o por lo menos lo acuerdas de él,
porque a pesar de mis penas, de mis martirios, puedo hoy mostrarte un rostro
que la dicha de la venganza rejuvenece, que muchas veces debes haber visto en
sueños después de lo matrimonio... con Mercedes, que era mi novia.
El general, con la cabeza caída hacia atrás, las manos
extendidas y la vista fija, devoraba en silencio este terrible espectáculo;
buscando en seguida la pared para apoyarse en ella, se dejó ir hasta la
puerta, por la que salió andando de espaldas, pronunciando con acento lúgubre:
‑¡Edmundo Dantés!
Luego, con unos suspiros que nada tenían de humanos, bajó hasta
el peristilo de la casa, llegó a la entrada y cayó en brazos de su criado,
pronunciando con voz muy débil:
‑A casa, a casa.
Por el camino, el aire fresco y la vergüenza de que sus criados
vieran el estado en que se hallaba, le permitieron coordinar sus ideas; pero el
camino era corto, y al llegar a su casa, todos sus dolores se renovaron.
Antes de llegar hizo parar el carruaje y bajó.
La puerta estaba abierta; un coche de alquiler, que el conde
miró con espanto, estaba esperando. No quiso preguntar a nadie y se dirigió a
su habitación.
En aquel instante, Mercedes, apoyada en el brazo de su hijo,
salía de su casa.
Pasaron a un palmo del desgraciado, que detrás de una mampara de
damasco sintió el roce del vestido de seda de Mercedes, y oyó estas palabras
pronunciadas por su hijo:
‑¡Valor, madre mía! Venid, venid, no estamos ya en nuestra casa.
El general, sosteniéndose en la puerta, ahogó el más triste
suspiro que jamás haya salido del pecho de un padre abandonado a la vez por su
mujer a hijo.
Al poco rato, oyó la voz del cochero y el ruido del pesado
carruaje; entró en su cuarto para mirar por última vez cuanto más había amado
en el mundo, pero el coche salió sin que la cabeza de Mercedes o la de Alberto
se asomasen a la portezuela para dar la última mirada al padre, al esposo
abandonado, para otorgarle el perdón.
En el momento en que pasaron las ruedas por la puerta, y el
ruido del coche resonó en la calle, se oyó un tiro: una espesa humareda salió
por uno de los cristales del dormitorio del conde, que se rompió por efecto de
la explosión.
Capítulo
octavo
Valentina
El lector
habrá adivinado seguramente dónde tenía Morrel quehacer y en dónde le
esperaban; así es que al dejar a Montecristo se encaminó lentamente a casa de
Villefort.
Cuando decimos lentamente es porque Morrel tenía media hora aún
para andar quinientos pasos, y sin embargo, se había separado de Montecristo
para poder pensar con libertad.
Bien sabía a la hora que podía hallar a Valentina, que era
cuando ésta hacía compañía al señor Noirtier, mientras éste estaba desayunando.
El anciano y la joven le habían permitido viniese dos veces a la semana.
Llegó; Valentina le esperaba inquieta; casi fuera de sí, le
cogió por la mano y le llevó delante de su abuelo.
Aquella inquietud extremada provenía del ruido que la aventura
de Morcef había hecho en el mundo elegante; nadie dudaba que un duelo se
produciría, y Valentina, con el instinto de la mujer, había adivinado que
Morrel sería el testigo del conde de Montecristo; conociendo además el valor
del joven y su gran amistad con el conde, temía que no se contentase con la
parte pasiva que le correspondía. Cuando le vio fueron infinitas las preguntas,
innumerables los detalles dados, y Morrel pudo leer una indecible alegría en
los ojos de su amada, cuando supo que el lance había terminado de un modo no
menos dichoso que inesperado.
‑Ahora ‑dijo Valentina, haciendo señas a Morrel para que se
sentase al lado del anciano, y colocándose ella en el taburete en que éste
apoyaba sus pies‑ hablemos algo de nuestros asuntos. ¿Sabéis, Morrel, que mi
abuelo quiso dejar esta casa para que fuésemos a vivir separados del señor
Villefort?
‑Sí, ciertamente, me acuerdo de aquel proyecto, y lo celebré
grandemente.
‑Pues bien ‑dijo Valentina‑, celebradlo de nuevo, Maximiliano,
porque hemos vuelto a pensar en ello.
‑¡Bravo! ‑exclamó
Maximiliano.
‑¿Y sabéis
la razón que da para salir de casa?
Noirtier miró a su hija para imponerle silencio, pero ésta no lo
advirtió, porque sus ojos, sus miradas, sonrisas, todo, todo era para Morrel.
‑¡Oh!, cualquiera que sea la razón que dé el señor Noirtier ‑dijo
Morrel‑, creo que ha de ser muy buena.
‑Excelente: pretende que el aire del arrabal San Honoré no es
bueno para mí.
‑Y tiene razón, Valentina ‑dijo Morrel‑, hace quince días que
vuestra salud se ha alterado.
‑Sí, un poco, es verdad ‑respondió Valentina‑; por eso mi abuelo
se ha constituido en mi médico, y como sabe de todo, tengo gran confianza en
él.
‑Pero, en fin, ¿es verdad que sufrís, Valentina? ‑preguntó vivamente
Morrel. .
‑¡Oh, Dios mío!, no puede llamarse sufrir; experimento un malestar
general, eso es todo; he perdido el apetito y me parece que mi estómago
sostiene una lucha como para acostumbrarse a alguna cosa.
Noirtier no
perdía una palabra de cuanto decía Valentina.
‑¿Y qué
método seguís para esa enfermedad desconocida?
‑Es muy sencillo ‑dijo Valentina‑, todas las mañanas tomo una
cucharada de la poción que traen para mi abuelo; cuando digo una cucharada
quiero decir que he empezado por una; ahora ya tomo hasta cuatro.
Valentina se sonrió, pero había algo de tristeza y sufrimiento
en aquella sonrisa.
Ebrio de amor, Maximiliano la miraba en silencio; era muy hermosa,
pero su palidez había aumentado, sus ojos brillaban con un fuego más ardiente
que de costumbre, y sus manos, blancas como el nácar, parecían de cera que una
tinta pajiza se apodera de ella con el tiempo.
El joven apartó sus ojos de Valentina y los fijó en el señor
Noirtier. Este, con su extraña y profunda inteligencia, contemplaba a la joven
absorta en su amor; pero al igual que Morrel, seguía la huella de un
sufrimiento secreto y tan poco visible que sólo se revelaba a los ojos del
padre y del amante.
‑Pero ‑dijo Morrel‑, esa poción de la que habéis llegado a lo.
mar cuatro cucharadas, la creo preparada para el señor Noirtier.
‑Sé que es muy amarga; tanto, que cuanto bebo después me parece
que tiene el mismo gusto.
Noirtier
miró a su nieta con ojos interrogadores.
‑Sí, abuelo ‑dijo Valentina‑, así es; hace un instante,
antes de bajar a vuestro cuarto, bebí un vaso de agua con azúcar; pues bien
tuve que dejar la mitad, tan amarga me pareció.
Noirtier
palideció, a hizo señas de que quería hablar.
Valentina se levantó para ir a buscar el diccionario: Noirtier
la seguía con la vista con una angustia indecible.
En efecto, la sangre subía a la cabeza de la joven. Sus mejillas
se enrojecieron.
‑Es singular ‑dijo‑, me mareo, parece que el sol ha herido mis
ojos.
Y se apoyó
en la ventana.
‑No hay sol ‑dijo Morrel, más inquieto aún por la expresiva cara
de Noirtier que por la indisposición de Valentina, y corrió hacia ella.
Valentina se
sonrió.
‑¡Tranquilízate, abuelo mío! ‑dijo a Noirtier‑. No os inquietéis,
Maximiliano, no es nada, ya pasó; pero escuchad..., ¿no oís el ruido de un
carruaje en el patio de entrada?
Abrió la puerta del cuarto de Noirtier, se asomó a la ventana
del corredor y regresó precipitadamente.
‑Sí ‑dijo‑, la señora Danglars y su hija que vienen a
visitarnos; adiós, me marcho, porque vendrían a buscarme aquí, o mejor dicho,
hasta la vuelta; permaneced aquí, Maximiliano, os prometo no tardar.
Maximiliano la siguió con la vista, la observó mientras cerraba
la puerta, y la oyó subir por la escalera que conducía al mismo tiempo al
cuarto de la señora de Villefort y al suyo.
Cuando la joven hubo salido, Noirtier hizo señas a Morrel de que
tomase el diccionario.
Morrel obedeció; guiado por Valentina se había acostumbrado a
comprender las señas del anciano, mas como era preciso recorrer las letras del
alfabeto y buscar palabra por palabra en el diccionario, sólo al cabo de diez
minutos pudo traducir el pensamiento de Noirtier.
‑Buscad el vaso de agua y la botella que están en el cuarto de
Valentina.
Morrel tiró de la campanilla y se presentó el criado que había
sustituido a Barrois, al que dio esta orden en nombre de Noirtier.
El criado volvió al
instante; la botella y el vaso estaban vacíos. Noirtier hizo señal de
que quería hablar.
‑¿Por qué el vaso y la botella están vacíos? ‑preguntó‑. Valentina
dijo que no había bebido más que la mitad del vaso.
‑No sé ‑respondió el criado‑, pero la camarera está en el cuarto
de la señorita Valentina, y ella quizá los habrá vaciado.
‑Preguntadle ‑dijo Morrel, adivinando esta vez el pensamiento
del señor Noirtier por su mirada.
El criado
salió y volvió en seguida.
‑La señorita Valentina ha pasado por su cuarto para ir al de la
señora de Villefort ‑dijo‑, y teniendo sed bebió lo que quedaba del vaso; la
botella la vació el señorito Eduardo para hacer un estanque para sus pájaros.
Noirtier levantó los ojos al cielo, como hace el jugador que
aventura a un solo golpe toda su fortuna.
A partir de aquel momento, los ojos del anciano se fijaron en la
puerta y no se apartaron de aquella dirección.
Eran la señora Danglars y su hija las que vio Valentina; las
hicieron pasar a la habitación de la señora de Villefort, que dijo recibiría
en ella y he aquí por qué Valentina había pasado por su cuarto que comunicaba
con el de Eduardo y el de la señora de Villefort.
Las dos mujeres penetraron en el salón con aquella seria
frialdad que anunciaba una comunicación oficial.
Entre las personas del gran mundo, pronto se conoce y se adopta
un sistema: la señora de Villefort tomó una actitud igual a la de sus visitas;
Valentina se presentó en aquel momento y empezaron de nuevos los cumplidos.
‑Querida amiga ‑dijo la baronesa, mientras las jóvenes se daban
las manos‑, vengo con Eugenia a anunciaros su próximo enlace con el príncipe
Cavalcanti.
Danglars daba siempre a éste el título de príncipe; al banquero
le parecía que sonaba mejor que el de conde.
‑Permitidme, pues, que os dé mis sinceros parabienes ‑respondió
la señora de Villefort‑. El príncipe Cavalcanti parece un joven dotado de
excelentes cualidades.
‑Si hablamos como dos amigas ‑dijo sonriéndose la baronesa‑,
debo deciros que el príncipe no es aún lo que será: hay todavía en él algunas
de aquellas rarezas que hacen que los franceses reconozcamos a primera vista al
gentilhombre italiano o alemán. Parece, con todo, que tiene muy buen corazón,
bastante talento, y en cuanto a lo demás, dice Danglars, que su fortuna es
majestuosa: estas son sus palabras.
‑Y además ‑añadió
Eugenia, pasando las hojas del álbum de la señora de Villefort‑, añadid,
señora, que tenéis una inclinación particular a ese joven.
‑Y ‑dijo la señora de Villefort‑ considero inútil preguntaros si
participáis de esa inclinación.
‑¡Yo! ‑respondió Eugenia con serenidad imperturbable‑, ¡oh!,
nada de eso, señora, mi vocación no es la de encadenarme, sujetándome a los
cuidados de una casa y a los caprichos de un hombre, sea el que quiera: mi
vocación es la de artista, y tengo siempre libre el corazón, mi persona y mi
pensamiento.
Eugenia dijo estas palabras con un tono tan enérgico y resuelto
que Valentina se sonrojó; la tímida joven no podía comprender aquella
naturaleza vigorosa que parecía no participar en nada de la timidez de la
mujer.
‑Por lo demás ‑continuó‑, puesto que estoy destinada al matrimonio,
debo dar gracias a la Providencia, que me ha procurado los desdenes del señor
Alberto de Morcef, porque sin eso me vería hoy convertida en la esposa de un
hombre perdido.
‑Es cierto ‑dijo la baronesa, con aquella extraña sencillez que
se encuentra a veces en las señoras, y que el trato con personas de otra esfera
no les hace perder‑ A no ser por las dudas de Morcef, mi hija se casaba con
Alberto; el general tenía mucho empeño en ello, y había venido expresamente a
ver a Danglars para que consintiese: de buena nos hemos librado.
‑Pero ‑‑observó Valentina‑, ¿la deshonra del padre recae sobre
el hijo? Alberto me parece muy inocente de la traición del general.
‑Escuchadme, mi buena amiga ‑dijo la implacable Eugenia‑.
Alberto recibirá y merece su parte; después de haber provocado ayer en la Opera
al conde de Montecristo, hoy le ha presentado sus excusas sobre el terreno.
‑¡Eso es imposible! ‑dijo la señora de Villefort.
‑¡Ay!, amiga mía ‑‑dijo la señora Danglars, con aquella sencillez
que ya hemos visto en ella‑, es cierto, lo sé por Debray que se halló presente.
Valentina también sabía la verdad, pero guardó silencio. Aquella
conversación llevó su pensamiento a la habitación de Noirtier, adonde la
esperaba Morrel.
Absorta en estas ideas hacía ya un momento que no tomaba parte
en la conversación, y aun le hubiera sido imposible el decir de lo que hablaban
hacía rato, cuando de pronto la mano de la señora de Danglars, que se apoyaba
en su brazo, la sacó de su ensimismamiento.
‑¿Qué hay, señora? ‑dijo Valentina, como si hubiese recibido una
descarga eléctrica.
‑Hay, mi querida Valentina ‑dijo la baronesa‑, que sufrís sin
duda alguna.
‑¿Yo? ‑dijo la joven pasando la mano sobre su frente, que ardía.
‑Sí; miraos en ese espejo. Os habéis puesto encarnada y pálida
dos veces en menos de un minuto.
‑Realmente, estáis muy pálida ‑dijo Eugenia.
Por poco que lo estuviese, aprovechó la ocasión para retirarse;
además, la señora de Villefort vino en su ayuda.
‑Retiraos, Valentina ‑dijo‑, sufrís realmente, y estas señoras
tendrán la bondad de excusaros; tomad un vaso de agua pura, que os hará bien.
Valentina abrazó a Eugenia, saludó a la señora de Danglars, que
estaba ya en pie para retirarse, y salió.
‑Esta pobre niña me tiene con cuidado y no me admiraría que le
sucediese algún accidente ‑dijo la señora de Villefort.
Entretanto Valentina, con una especie de exaltación desconocida
para ella, sin responder a unas palabras que le dijo el niño, salió a la
escalera. Bajó todos los escalones, menos los tres últimos; oyó la voz de
Morrel, cuando de repente perdió la vista, su pie perdió el escalón, sus manos
no tuvieron fuerza para sujetarse al pasamano y rodó por la escalera.
Morrel abrió la puerta, dio un salto y halló a Valentina en el
suelo; ésta abrió los ojos.
‑¡Oh! ¡Qué torpe soy! ‑‑‑dijo‑, ya no sé andar, ¡había olvidado
que aún me faltaban tres escalones!
‑¿Os habéis lastimado, Valentina? ‑‑exclamó Maximiliano‑‑, ¡Dios
mío! ¡Dios mío!
‑No, no; os digo que todo ha pasado, no ha sido nada; ahora dejadme
que os diga una cosa: dentro de tres días hay un banquete, una comida de boda;
todos estamos invitados, mi padre, la señora de Villefort y yo, según he oído.
‑¿Cuándo nos ocuparemos nosotros de esos preparativos? ¡Oh!
¡Valentina! Vos que tanto ascendiente tenéis sobre vuestro abuelo, procurad que
diga: muy pronto.
‑Entonces, ¿contáis conmigo para estimular la lentitud y avivar
la memoria de mi abuelo?
‑Sí, pero haced que sea pronto; hasta que no seáis mía,
Valentina, tengo miedo de perderos.
‑¡Oh! ‑respondió Valentina con un movimiento convulsivo‑. ¡Oh!,
de veras, Maximiliano, resultáis muy miedoso para ser oficial; vos de quien se
dice que jamás conocisteis el miedo. ¡Ah!, ¡ah!, ¡ah!
Y prorrumpió en una risa dolorosa, sus brazos se enderezaron
retorciéndose, su cabeza cayó sobre el sillón y quedó sin movió. El grito de
terror que Dios había quitado de los labios del anciano salió de su mirada.
Morrel comprendió que se trataba de llamar para que la socorriesen.
El joven tiró fuertemente del cordón de la campanilla. La
camarera que estaba en el cuarto de Valentina y el criado que reemplazó a Barrois
acudieron al mismo tiempo.
Valentina estaba tan pálida, fría a inmóvil, que sin escuchar lo
que les decían, salieron por el corredor, pidiendo socorro; tal era el miedo
que reinaba en aquella casa maldita.
La señora de Danglars y Eugenia, que salían, pudieron enterarse
de la causa de aquel rumor.
‑Ya os lo había dicho ‑dijo la señora de Villefort‑, ¡pobre criatura!
En el mismo instante, oyóse la voz del señor de Villefort, que
gritaba desde su despacho:
‑¿Qué ocurre?
Morrel consultó con una mirada a Noirtier, que había recobrado
su serenidad, y con la vista le indicó el despacho en el que otra vez, en
circunstancia semejante, se había refugiado. Apenas tuvo tiempo para coger el
sombrero y entrar en el despacho, ya se oían los pasos del procurador del rey
en el pasillo.
Villefort entró precipitadamente en la estancia, corrió hacia
Valentina y la tomó en sus brazos.
‑¡Un médico! ¡Un médico!, el señor d'Avrigny... Pero será mejor
que vaya yo mismo ‑y salió del cuarto. Por la otra puerta se escapó Morrel.
Su corazón acababa de ser herido por un recuerdo terrible.
Aquella conversación que oyó entre el doctor y Villefort, la noche en que falleció
la señora de Saint‑Merán, acudió a su imaginación. Aquellos síntomas, aunque
en un grado más espantoso, eran también los que precedieron a la muerte de
Barrois.
Al mismo tiempo, parecióle que resonaba en su oído la voz de
Montecristo que le había dicho no hacía aún dos horas:
‑Cualquier cosa que necesitéis, Morrel, acudid a mí, puesto que
yo puedo mucho.
Más veloz que el pensamiento, corrió desde el arrabal San Honoré
a la calle de Matignón, y desde allí a la entrada de los Campos Elíseos.
Al mismo tiempo, el señor de Villefort llegaba en un carruaje de
alquiler a la puerta de la casa del doctor d'Avrigny. Llamó con tanta energía
que el portero salió asustado; subió la escalera sin fuerzas
para hablar; el portero, que le conocía, le dejó pasar
gritándole solamente:
‑En su despacho, señor procurador del rey, en su despacho.
Villefort empujaba ya, o más bien forzaba la puerta.
‑¡Ah! ‑dijo el doctor‑. ¿Sois vos?
‑Sí ‑dijo Villefort, cerrando la puerta‑; sí, doctor, soy yo,
que vengo a preguntaros a mi vez si estamos solos. Doctor, mi casa es una casa
maldita.
‑¿Qué ocurre? ‑dijo éste fríamente en apariencia, pero con grande
conmoción interior‑. ¿Tenéis algún enfermo?
‑Sí, doctor ‑gritó Villefort mesándose los cabellos con mano convulsiva‑;
sí, doctor.
La mirada de d'Avrigny significaba:
‑Os lo había predicho.
En seguida sus labios pronunciaron lentamente estas palabras:
‑¿Quién va a morir? ¿Qué nueva víctima va a acusaros ante Dios
de vuestra debilidad?
Un suspiro doloroso salió del corazón de Villefort. Se acercó al
médico y le agarró por un brazo.
‑¡Valentina! ‑dijo‑. ¡Ha tocado el turno a Valentina!
‑¡Vuestra hija! ‑exclamó d'Avrigny lleno de dolor y de sorpresa.
‑¿Veis como estabais equivocado? ‑dijo el magistrado‑, venid a
verla, y junto a su lecho de dolor pedidle perdón por haber sospechado de
ella.
‑Cada vez que me habéis avisado ha sido ya tarde ‑dijo el doctor‑;
no importa, voy, pero démonos prisa, no puede perderse tiempo con los enemigos
que atacan vuestra casa.
‑¡Oh!, esta vez no me echaréis en cara mi debilidad. Esta vez conoceré
al asesino y le castigaré.
‑Tratemos de salvar la vida a la víctima antes de pensar en
vengar su muerte. Vamos.
Y el carruaje en que había ido Villefort le condujo de nuevo
rápidamente acompañado de d'Avrigny, al mismo tiempo en que por su parte
Morrel llamaba a la puerta de Montecristo.
El conde se hallaba en su despacho, y pensativo leía dos
renglones que Bertuccio acababa de escribirle.
Al oír anunciar a Morrel, del que no hacía dos horas que se
había separado, el conde levantó la cabeza.
Para él como para el conde, habían ocurrido muchas cosas durante
aquellas dos horas, porque el joven que le dejó con la risa en los labios, se
presentaba con la fisonomía alterada. El conde se levantó y salió al encuentro
de Morrel.
‑¿Qué ocurre, Maximiliano? Estáis pálido y con la frente bañada
en sudor.
Morrel cayó en un sillón.
‑Sí ‑dijo‑; he venido corriendo, tenía necesidad de hablaros.
‑¿Todos están bien en vuestra casa? ‑preguntó el conde con un
tono tan afectuoso que nadie podía dudar de su sinceridad.
‑Gracias, conde, gracias ‑dijo el joven visiblemente perplejo sobre
el modo de iniciar la conversación‑. Sí, mi familia está bien.
‑Tanto mejor. ¿Y sin embargo, tenéis algo que decirme? ‑le dijo
el conde cada vez más inquieto.
‑Sí ‑dijo Morrel‑, acabo de salir de una casa en que la muerte
ha entrado, para correr a vos.
‑¿Venis de casa de Morcef? ‑dijo Montecristo.
‑No ‑dijo Morrel‑; ¿es que ha muerto alguien en casa de Morcef?
‑El general se ha saltado la tapa de los sesos ‑respondió
fríamente Montecristo.
‑¡Pobre condesa! ‑dijo Maximiliano‑, es a ellos a quien compadezco.
‑Compadeced también a Alberto, Maximiliano; porque, creedme, es
un hijo digno de la condesa. Sin embargo, volvamos a vos: ¿veníais para decirme
algo? ¿Tendría la dicha de que necesitaseis de mí?
‑Sí; necesito de vos. Es decir, he creído como un insensato que
podríais socorrerme en unas circunstancias en que sólo Dios puede hacerlo.
‑Hablad ‑respondió Montecristo.
‑¡Oh! ‑dijo Morrel‑, no sé si me será permitido revelar semejante
secreto a oídos humanos, pero la fatalidad me conduce y la necesidad me obliga
a ello, conde...
Morrel se detuvo vacilante.
‑¿Creéis que os quiero? ‑le preguntó Montecristo, cogiéndole
cariñosamente la mano.
‑Vos me animáis, y además hay algo aquí ‑y puso la mano sobre el
corazón‑ que me dice que no debo tener secretos para vos...
‑Tenéis razón, Morrel; Dios habla por vuestro corazón, seguid
sus impulsos.
‑Conde, ¿me permitís que mande a Bautista a preguntar de parte
vuestra por una persona a quien conocéis?
‑Me he puesto completamente a vuestra disposición, y con mucha
mayor razón mis criados.
‑¡Ahl, es que no puedo vivir hasta que no sepa que está mejor. ‑¿Queréis
que llame a Bautista?
‑No; voy a hablarle yo mismo.
Morrel salió, llamó a Bautista, le dijo en secreto algunas
palabras, y el criado salió corriendo.
‑Y bien, ¿le habéis enviado ya? ‑preguntó Montecristo, viendo
entrar a Morrel.
‑Sí; y voy a estar algo más tranquilo.
‑Sabéis que estoy esperando ‑dijo Montecristo sonriéndose.
‑Sí, y yo hablo: escuchad. Una tarde que estaba en un jardín
oculto entre las flores, y que nadie podia pensar que yo me hallaba allí,
pasaron dos personas tan cerca, permitid que calle por ahora sus nombres, que
pude oír toda su conversación, sin perder una palabra, aunque hablaban en voz
baja.
‑Me vais a contar algo terrible, a juzgar por vuestra palidez y
vuestro temblor.
‑¡Oh!, sí, muy terrible, amigo mío; acababa de morir uno en la
casa del amo del jardín en que yo me hallaba: una de las dos personas cuya
conversación oía era el amo del jardín, la otra el médico: el primero confiaba
al segundo sus temores y sus penas, porque era la segunda vez en un mes que la
muerte, rápida a inesperada, se presentaba en aquella casa que se creería
designada por algún ángel exterminador, a la cólera del Señor.
‑¡Ah!, ¡ah! ‑dijo Montecristo mirando fijamente al joven y volviéndose
en su sillón, de modo que su cara quedó en la sombra, mientras la de Morrel
quedaba de lleno inundada por la luz.
‑Sí ‑continuó éste‑, la muerte había entrado dos veces en esta
casa en un mes.
‑¿Y qué respondía el doctor? ‑inquirió Montecristo.
‑Respondía... que aquella muerte no era natural, y debía atribuirse...
‑¿A qué?
‑Al veneno.
‑¿De veras? ‑dijo Montecristo, con aquella tos ligera que en los
momentos de gran emoción le servía para disimular, ya sea lo sonrosado o
pálido de su rostro, ya la atención misma con que escuchaba‑, ¿de veras,
Maximiliano, habéis oído todas esas cosas?
‑Sí, querido conde, las he oído, y el doctor añadió que si un
suceso como éste se repetía, se creería obligado a dar parte a la justicia.
Montecristo escuchaba o parecía escuchar con la mayor calma y serenidad.
‑Y bien, la muerte se ha presentado por tercera vez ‑dijo Maximiliano‑,
y ni el amo de la casa, ni el doctor han hecho nada. La muerte va a asestar su
cuarto golpe, conde, ¿a qué creéis que me obliga el conocimiento de este
secreto?
‑Querido amigo ‑le respondió Montecristo‑, me parece que contáis
una aventura que todos conocemos. La casa en que habéis oído eso yo la conozco,
o al menos una igual, en que hay jardín, padre de familia, doctor y tres
muertes extrañas a inesperadas; pues bien, yo que no he interceptado secretos,
pero lo sabía como vos, ¿tengo escrúpulos de conciencia? No, nada tengo que ver
en todo ello. Decís que un ángel exterminador parece que ha señalado esa casa a
la cólera del Señor; ¿y quién os dice que vuestra suposición no es una realidad?
No veáis las cosas que no ven los que tienen un interés en ello. Si es la
justicia y no la cólera de Dios, la que está en esa casa, Maximiliano, volved
la cabeza y dejad paso a la justicia de Dios.
Morrel tembló: había un no sé qué de terrible, lúgubre y solemne
en las palabras de conde.
‑Además ‑continuó con un cambio de voz tan marcado que habríase
dicho que aquellas palabras no salían de la boca del mismo hombre‑, ¿quién os
ha dicho que volverá a empezar?
‑Empieza de nuevo, conde, y he aquí por qué he venido a buscaros.
‑Y bien, ¿qué queréis que haga, Morrel? ¿Quisierais, por casualidad
que avisara al procurador del rey?
Montecristo articuló estas últimas palabras con tanta claridad y
una acentuación tan marcada, que Morrel se levantó gritando:
‑¡Conde!, ¡conde! sabéis de quién quiero hablar, ¿no es verdad?
‑Desde luego, mi buen amigo, y voy a probároslo indicándoos las
personas; os paseasteis una tarde, en el jardín del señor de Villefort, y según
lo que me habéis dicho, presumo que fue la tarde de la muerte de la señora de
Saint‑Merán; habéis oído a Villefort hablar con d'Avrigny, de la muerte del
señor de Saint‑Merán y de la no menos espantosa de la baronesa. El doctor decía
que creía ver en aquello un envenenamiento, y he aquí vos, hombre de bien por
excelencia, hace dos meses ocupado en sondear vuestro corazón para saber si
debéis revelar este secreto o callarlo. No nos encontramos en la Edad Media,
amigo querido, y no hay Santa Vehma, ni jueces francos: ¿qué diablos queréis
con esa gente? Conciencia, ¿qué me quieres?, como dice Sterne. ¡Eh!, querido
mío, dejadles dormir, si duermen; dejadles palidecer en sus insomnios, si
tienen insomnios, y por el amor de Dios, dormid vos, que no tenéis
remordimientos que os impidan el hacerlo.
Un dolor espantoso reflejóse en el rostro de Morrel; cogió la
mano de Montecristo.
‑¡Pero empieza de nuevo, os he dicho!
‑¡Y bien! ‑dijo el conde, admirado de aquella tenacidad
que no comprendía, y mirando con atención a Maximiliano‑‑, dejad que empiece:
es una familia de Atridas. Dios les ha condenado, y sufrirán su sentencia.
Todos desaparecerán, como frailes que los niños hacen con las cartas, y que
caen con un soplo aunque sean doscientos. Hace tres meses fue el señor de Saint‑Merán;
poco después, su mujer. Hace pocos días, Barrois; hoy será el viejo Noirtier o
la joven Valentina.
‑¡Vos lo sabíais! ‑exclamó Morrel con un terror tal, que el propio
Montecristo, que si hubiese visto hundirse el cielo hubiera permanecido
impávido, tuvo que estremecerse y temblar‑. ¿Lo sabíais, y nada me habéis
dicho?
‑¿Y qué importa? ‑respondió Montecristo‑, ¿conozco yo acaso a
esa gente? ¿Y es preciso que pierda a uno por salvar a otro? Por vida mía que
entre el culpable y la víctima no sé a quién dar la preferencia.
‑¡Pero yo! ¡Yo! ‑gritó Morrel fuera de sí‑. ¡Yo la amo!
‑¿Vos amáis? ¿A quién? ‑dijo Montecristo, cogiendo las
dos manos que Morrel elevaba hacia el cielo.
‑Amo como un insensato, locamente, como un hombre que daría toda
su sangre por evitar que derramase una lágrima; amo a Valentina de Villefort, a
quien asesinan en este instante. ¿Lo oís?, la amo, y pido a Dios y a vos que me
ayuden a salvarla.
Montecristo dio un grito parecido al rugido del salvaje, y exclamó:
‑¡Desdichado! ¡Amas a Valentina! ¡A esa hija de una raza maldita!
Jamás había visto Morrel semejante expresión. Jamás mirada tan
terrible se había presentado ante sus ojos; ni el genio del terror, que tantas
veces apareciera en los campos de batalla y en las noches homicidas de
Argelia, se le había presentado con fulgor más siniestro. Quedóse aterrado.
Montecristo, después de pronunciar aquellas palabras, cerró un
momento los ojos, como alucinado por una revelación interior; durante un
instante permaneció recogido en sí, con tal poder que poco a poco viose
sosegarse su alterado pecho; aquel silencio, aquella lucha duraron unos veinte
segundos.
En seguida, el conde, levantando su pálida frente, dijo:
‑Ya veis, querido amigo, cómo Dios sabe castigar a los hombres
más fanfarrones, a los más indiferentes con los terribles espectáculos que
presenta a su vida; yo, que miraba, espectador impasible y curioso, el
desenlace de esa lúgubre tragedia; yo, que parecido al ángel malo, reía del mal
que hacen los hombres al abrigo del secreto, y el secreto es fácil para los
ricos y poderosos, he aquí que a mi vez me siento mordido por la serpiente,
cuya tortuosa marcha observaba, y mordido en el mismo corazón.
Morrel dio un suspiro.
‑Vamos, vamos ‑continuó el conde‑, basta de quejas. Sed hombre,
sed fuerte y esperad, porque estoy yo aquí y velo por vos.
Morrel meneó tristemente la cabeza.
‑Os digo que esperéis, ¿me comprendéis? Habéis de saber que
jamás miento y nunca me engaño. Son las doce, querido amigo; dad gracias al
cielo que habéis venido a esta hora, en lugar de esta tarde o de mañana por la
mañana. Prestad atención a lo que voy a deciros, Morrel: si Valentina no ha
muerto a la hora presente, no morirá.
‑¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ‑exclamó Morrel‑, ¡yo que la dejé
expirando!
El conde puso una mano sobre su frente. ¿Qué ocurriría dentro de
aquella cabeza llena de tan espantosos secretos? ¿Qué dijo a aquel espíritu
implacable y humano a la vez el ángel de la luz o el de las tinieblas? Dios
sólo lo sabe. Montecristo levantó la cabeza, y su fisonomía estaba tranquila
como el niño que se despierta.
‑Maximiliano ‑dijo‑. Regresad tranquilamente a vuestra casa; os
recomiendo que no deis un paso, que nada intentéis, que no dejéis ver en
vuestro semblante la más pequeña sombra de precaución; yo os daré noticias, id.
‑¡Dios mío! ‑dijo Morrel‑, me asustáis, conde, con vuestra
sangre fría. ¿Podéis algo contra la muerte? ¿Sois algo más que un hombre? ¿Sois
un ángel o‑un dios?
Y el joven, a quien ningún peligro había hecho dar un paso
atrás, retrocedió ante el conde, lleno de terror indecible.
‑Puedo bastante, amigo mío ‑respondió el conde‑; id, tengo
necesidad de estar solo.
El pobre joven, fascinado por el ascendiente que el conde
ejercía sobre cuantos le rodeaban, no procuró sustraerse a él. Estrechóle la
mano y salió.
Detúvose a la puerta, esperando a Bautista, al que vio venir corriendo
por la calle de Matignón.
Entretanto Villefort y d'Avrigny, que habían llegado,
encontraron a Valentina desmayada aún; el médico examinó a la enferma con el
cuidado que reclamaban las circunstancias y con la profundidad que le daba el
conocimiento del secreto. Villefort, pendiente de sus miradas y de sus labios,
esperaba el resultado de aquel examen; Noirtier, más pálido que la joven y más
ansioso de una solución que el
mismo Villefort, esperaba también, y todo era en él impaciencia
y ansiedad.
Al fin, d'Avrigny dijo lentamente estas palabras.
‑Aún vive.
‑¡Aún! ‑dijo Villefort‑, ¡oh!, doctor, ¡qué palabras tan dulces
acabáis de pronunciar!
‑Sí ‑dijo el médico‑; repito mi frase; aún vive, y me sorprende
mucho.
‑¿Pero se salvará? ‑preguntó el padre.
‑Sí, puesto que vive aún.
En aquel momento, la mirada de d'Avrigny se encontró con la de
Noirtier; sus ojos brillaban con una alegría extraordinaria; leíase en su vista
un pensamiento tan profundo que llamó la atención del facultativo.
Dejó caer de nuevo en el sillón a la joven, cuyos blanquecinos
labios apenas se distinguían de su rostro, y permaneció inmóvil, mirando a
Noirtier, por el que todos los movimientos del médico eran comentados y
comprendidos.
‑Caballero ‑dijo d'Avrigny a Villefort‑, llamad a la doncella de
Valentina, os lo ruego.
Villefort dejó la cabeza de su hija que sostenía en sus manos, y
fue él mismo a llamar a la doncella. En el momento se cerró la puerta;
d'Avrigny se acercó a Noirtier.
‑¿Queréis decirme algo? ‑le preguntó.
El anciano cerró y abrió prontamente los ojos; era la única
señal afirmativa que podía hacer.
‑¿A mí solo?
‑Sí ‑dijo Noirtier.
‑Bien, entonces me quedaré con vos.
Villefort entró seguido de la doncella, y tras ésta, la señora
de Villefort.
‑¿Pero qué le ocurre a esta niña querida? ‑dijo‑, salió de mi
cuarto, se quejaba, decía que estaba indispuesta, pero nunca creí que fuese
cosa tan seria.
Y con los ojos llenos de lágrimas y con todas las señales de
amor de una verdadera madre, se acercó a la joven, cuyas manos cogió.
El médico continuaba mirando a Noirtier. Vio los ojos del
anciano dilatarse, abrirse redondos, sus mejillas ponerse cárdenas y temblar, y
el sudor inundar su frente.
‑¡Ah! ‑exclamó involuntariamente, siguiendo la dirección de la
mirada de Noirtier, es decir, fijando sus ojos en la señora de Villefort, que
repetía:
‑¡Pobre niña! Mejor estará en su cama; venid, Fanny, la acostaremos.
D'Avrigny, que vio en aquella proposición un medio de quedarse a
solas con Noirtier, hizo señal con la cabeza de que efectivamente era lo mejor
que podía hacerse, pero prohibió expresamente que tomase nada sin que él lo
mandase.
Lleváronse a Valentina, que había vuelto en sí, pero que no
podía moverse ni casi hablar, tal era el estado en que la había dejado aquel
ataque.
Saludó con la vista a su abuelo, al que parecía que le
arrancaban el alma al verla salir.
D'Avrigny siguió a la enferma, terminó sus recetas, mandó a
Villefort que tomase un coche, y fuese en persona a la botica a hiciese preparar
a su vista los medicamentos recetados, que los trajese él mismo, y le esperase
en el cuarto de su hija. Y renovando la prohibición de darle nada, bajó al
cuarto de Noirtier, cerró la puerta, y después de asegurarse de que no podía
ser oído por nadie de fuera, le dijo:
‑Veamos, ¿sabéis algo de la enfermedad de vuestra nieta?
‑Sí ‑hizo el anciano.
‑Escuchad, no podemos perder tiempo; voy a preguntaros, vos me
responderéis.
Noirtier hizo señal de que estaba pronto a responder.
‑¿Habíais previsto el accidente que ha sucedido hoy a Valentina?
‑Sí.
El doctor reflexionó un instante, y luego se acercó a Noirtier.
‑Perdonad lo que voy a deciros, pero en las terribles circunstancias
en que estamos, no debe descuidarse el menor indicio. ¿Visteis morir al pobre
Barrois?
Noirtier levantó los ojos al cielo.
‑¿Sabéis de qué murió? ‑preguntó d'Avrigny, apoyando una mano
sobre el hombro de Noirtier.
‑Sí ‑respondió el anciano.
‑¿Pensáis que su muerte fue natural?
Algo parecido a una sonrisa quiso asomarse a los inertes labios
de Noirtier.
‑¿Entonces habéis creído que Barrois fue envenenado?
‑Sí.
‑¿Creéis que el veneno de que fue víctima se había preparado
para él?
‑No.
‑¿Creéis que sea la misma mano que envenenó a Barrois, queriendo
hacerlo con otro, la que ha envenenado a Valentina?
‑Sí.
‑¿Entonces va a sucumbir? ‑preguntó d'Avrigny, fijando en
Noirtier una profunda mirada y esperando el efecto que producirían en él estas
palabras.
‑¡No! ‑respondió con un aire de triunfo que hubiese bastado a
desbaratar las conjeturas del más hábil adivino.
‑¿Esperáis? ‑dijo sorprendido d'Avrigny.
‑Sí.
‑¿Qué es lo que esperáis?
El anciano dio a entender con los ojos que no podía responder.
‑¡Ah!, sí; es verdad ‑dijo d'Avrigny, y volviéndose a Noirtier,
dijo‑; ¿Esperáis que el asesino se cansará?
‑No.
‑¿Esperáis que el veneno resulte ineficaz para Valentina?
‑Sí.
‑No creo enseñaros nada de nuevo, si os digo que han tratado de
envenenarla, ¿verdad? ‑añadió d'Avrigny.
El anciano le hizo seña de que no le quedaba duda de ello.
‑¿Cómo esperáis entonces que Valentina se libre de la muerte?
Noirtier mantuvo los ojos obstinadamente fijos en el mismo
sitio. D'Avrigny siguió la dirección de los ojos del anciano, y vio que se
dirigían a una botella que contenía la poción que tomaba todas las mañanas.
‑¡Ah!, ¡ah! ‑dijo d'Avrigny iluminado por aquella señal‑,
¿habéis tenido la idea... ?
Noirtier no le permitió acabar la frase.
‑Sí ‑expresó con la mirada.
‑De precaverla contra el veneno.
‑Sí.
‑¿Acostumbrándola paulatinamente?
‑Sí, sí, sí ‑hizo Noirtier con los ojos, encantado de que le comprendiesen.
‑En efecto, ¿me habéis oído decir que entraba en la composición
de las pociones que os daba?
‑Sí.
‑Y acostumbrándola a ese veneno, ¿habéis querido neutralizar los
efectos de otro semejante?
La misma alegría del triunfo se dejó ver en el semblante de Noirtier.
‑Y lo habéis conseguido ‑dijo el doctor‑; sin esa precaución,
Valentina moriría hoy, sin remedio. El ataque ha sido terrible, pero al menos
de este golpe Valentina no morirá.
Una alegría sobrenatural brillaba en los ojos del anciano, levantados
al cielo con una indecible expresión de reconocimiento.
En aquel momento entró Villefort.
D'Avrigny tomó la botella, vertió algunas gotas del contenido en
su mano, y las bebió.
‑Bien, subamos al cuarto de Valentina ‑dijo‑; daré mis instrucciones
a todo el mundo, y cuidad vos mismo, señor de Villefort, de que nadie se aparte
de ellas.
En el instante en que d'Avrigny entraba en el cuarto de
Valentina acompañado de Villefort, un sacerdote italiano, con su aire severo,
palabras dulces y tranquilas, alquilaba para habitarla la casa inmedita a la
de Villefort.
Ignorábase en virtud de qué transacción se mudaron a las dos
horas los tres inquilinos que la ocupaban, pero se dijo en el barrio que la
casa no estaba segura y amenazaba ruina, lo cual no fue obstáculo para que el
nuevo arrendatario se estableciese en ella la misma noche con sus modestos
muebles.
El arrendamiento fue por tres, seis o nueve años, que según la
costumbre establecida por los propietarios, pagó seis meses adelantados el
nuevo arrendatario, que se llamaba Giaccomo Busoni.
En seguida llamaron a unos obreros, y en la misma noche los que
se acostaron tarde vieron a los carpinteros empezando las reparaciones
necesarias.
Capítulo nueve
El padre y la hija
Ya vimos en capítulos anteriores que la señora de Danglars fue a
anunciar oficialmente a la de Villefort el próximo enlace matrimonial de
Eugenia con Cavalcanti.
Este anuncio, que indicaba o parecía indicar que se trataba de
una decisión tomada por todos los interesados, había sido precedido de una
escena de la que vamos a dar cuenta a nuestros lectores.
Y retrocediendo un poco, volvamos a la mañana misma de aquel día
de grandes desastres, al hermoso salón dorado que ya conocemos y que era el
orgullo de su propietario, el barón Danglars.
En aquel salón, hacia las diez de la mañana, se paseaba el banquero,
pensativo y visiblemente inquieto, mirando a todas las puertas
y deteniéndose al menor ruido; apurada ya la paciencia, llamó a
un criado.
‑Esteban ‑le dijo‑, ved por qué la señorita Eugenia me ha rogado
la espere en el salón y cuál es la causa de su tardanza.
Con esto se mitigó un poco su malhumor y recobró en parte su
tranquilidad.
Al despertarse, la señorita Danglars había hecho pedir a su
padre una entrevista, para lo cual había señalado el salón dorado. La singularidad
de aquel paso y su carácter oficial sobre todo habían sorprendido al banquero,
que desde luego accedió a los deseos de su hija, y llegó el primero al salón.
Esteban volvió de cumplir su encargo.
‑La doncella de la señorita ‑dijo‑ me ha encargado diga al señor
que la señorita está en el tocador y no tardará en venir.
Danglars hizo una señal con la cabeza, que indicaba que estaba
satisfecho. Para con el mundo y aun con sus criados, Danglars afectaba ser el
buen hombre y el padre débil; era un papel que representaba en la comedia de
su popularidad, una fisonomía que había adoptado por conveniencia.
Preciso es decir que en la intimidad de la familia, el hombre
débil desaparecía, para dar lugar al marido brutal y al padre absoluto.
‑¿Por qué diantre esa loca que quiere hablarme, según dice ‑murmuraba
Danglars‑, no viene a mi despacho, y sobre todo, por qué quiere hablarme?
Por la vigésima vez se presentaba a su imaginación aquella idea,
cuando se abrió la puerta y apareció Eugenia, con un traje de raso negro, sin
adornos en la cabeza y con los guantes puestos, como si se tratase de ir a
sentarse en una butaca del teatro Italiano.
‑Y bien, Eugenia, ¿qué hay? ‑dijo el padre‑, ¿y por qué esta
entrevista en el salón cuando podríamos hablar en mi despacho?
‑Tenéis razón, señor ‑respondió Eugenia haciendo señal a su
padre de que podía sentarse‑, y acabáis de hacerme dos preguntas, que resumen
toda la conversación que vamos a tener; voy a contestar a las dos, y contra la
costumbre, antes a la segunda como a la menos compleja. He elegido este salón a
fin de evitar las impresiones desagradables y las influencias del despacho de
un banquero: aquellos libros de caja, por dorados que sean; aquellos cajones
cerrados, como puertas de fortalezas; aquellos billetes de banco que vienen,
ignoro de dónde, la multitud de cartas de Inglaterra, Holanda, España, las
Indias, la China y el Perú, ejercen un extraordinario influjo en el ánimo de un
padre y le hacen olvidar que hay en el mundo un interés mayor y más sagrado que
la posición social y la opinión de sus comitentes; he elegido este salón que
veis tan alegre, con sus magníficos cuadros, vuestro retrato, el mío, el de mi
madre y toda clase de paisajes. Tengo mucha confianza en el poder de las
impresiones externas; tal vez me equivoque con respecto a vos, pero ¿qué
queréis?, no sería artista si no tuviese ilusiones.
‑Muy bien ‑respondió Danglars, que había escuchado aquella
relación con una imperturbable sangre fría, pero sin comprender una palabra,
absorto en sí mismo, como todo hombre lleno de pensamientos serios, y buscando
el hilo de su propia idea en la de su interlocutor.
‑Ahí tenéis explicado el segundo punto ‑dijo Eugenia sin turbarse
y con aquella serenidad masculina que la caracterizaba‑, me parece que estáis
satisfecho con esta explicación. Ahora volvamos al primer punto: me preguntáis
por qué os he pedido esta audiencia: os lo diré en dos palabras. No quiero
casarme con el conde Cavalcanti.
Danglars dio un respingo en el sillón y levantó los ojos y los
brazos al cielo.
‑¡Oh! ¡Dios mío! Sí, señor ‑continuó Eugenia con la misma calma‑,
os admiráis, bien lo veo, porque desde que se planeó este asunto no he
manifestado la más pequeña oposición, porque estaba determinada, al llegar la
hora, a oponer francamente a las personas que no me han consultado y a las
cosas que me desagradan una voluntad firme y absoluta. Esta vez la
tranquilidad, la posibilidad, como dicen los filósofos, tenía otro origen; hija
sumisa y obediente... ‑y una ligera sonrisa asomó a los sonrosados labios de la
joven‑, quería acostumbrarme a la obediencia.
‑¿Y bien? ‑preguntó Danglars.
‑Lo he intentado con todas mis fuerzas ‑respondió Eugenia‑, y
ahora que ha llegado el momento, a pesar de los esfuerzos que he hecho sobre mí
misma, me siento incapaz de obedecer.
‑Pero, en fin ‑dijo Danglars, que con un talento mediocre parecía
abrumado bajo el peso de aquella implacable lógica, cuya calma reflejaba tanta
premeditación y firmeza de voluntad‑, ¿la razón de vuestra negativa, Eugenia?
‑La razón ‑replicó la joven‑ no es que ese hombre sea más feo,
tonto o desagradable que otro cualquiera, no. El señor conde Cavalcanti puede
pasar entre los que miran a los hombres por la cara y el talle por un buen
modelo. No es porque mi corazón esté menos interesado por ése que por otro. Ese
sería motivo digno de una chiquilla, que considero como indigno de mí. No amo a
nadie, lo sabéis, ¿no es cierto? No veo por qué sin una necesidad absoluta
iré a obstaculizar mi vida con un compañero eterno. ¿No dice el
sabio: nada de más, y en otra parte: Llevadlo todo con vos mismo? Me enseñaron
estos dos aforismos en latín y en griego, el uno creo es de Fedro y el otro de
Bias. Pues bien, mi querido padre, en el naufragio de la vida, porque no es
otra cosa el naufragio eterno de nuestras esperanzas, arrojo al mar el bajel
inútil, me quedo con mi voluntad, dispuesta a vivir perfectamente sola, y por
lo tanto, completamente libre.
‑¡Desgraciada! ‑dijo Danglars palideciendo, porque conocía por
experiencia la fuerza del obstáculo que encontraba.
‑¿Desgraciada decís, señor? ‑repitió Eugenia‑, al contrario, y
la exclamación me parece teatral y afectada. Más bien dichosa, porque os
pregunto, ¿qué me falta? El mundo me encuentra bella, y esto basta para que me
acoja favorablemente; me gusta que me reciban bien, eso hace tomar cierta
expansión a las fisonomías, y los que me rodean me parecen entonces menos feos.
Tengo algo de talento y cierta sensibilidad relativa, que me permite aproveche
lo que considero bueno de la existencia general, para hacerlo entrar en la mía
como el mono cuando rompe una nuez para sacar lo que contiene. Soy rica, porque
poseéis una de las mayores fortunas de Francia, y soy vuestra única hija, y no
sois tenaz hasta el punto en que lo son los padres de la Puerta de San Martín y
de la Gaité, que desheredan a sus hijas porque no quieren darles nietos.
Además, la previsora ley os ha quitado el derecho de desheredarme, al menos del
todo, como os ha arrebatado la facultad de obligarme a casarme con éste o con
el otro. Así, pues, bella, espiritual, dotada de algún talento, como dicen en
las óperas cómicas, y rica, siendo esto la dicha, ¿por que me llamáis
desgraciada, señor?
Viendo Danglars a su hija risueña y altanera hasta la
insolencia, no pudo contener un movimiento de brutalidad, que se manifestó con
un grito, pero fue el único. Bajo el poder de la inquisitiva mirada de su
hija, y ante sus hermosas cejas negras un poco fruncidas, se volvió con
prudencia y se calmó, domado por la mano de hierro de la circunspección.
‑En efecto, hija mía, sois todo lo que acabáis de decir excepto
una cosa; no quiero deciros bruscamente cuál, prefiero que la adivinéis.
Eugenia miró a su padre, sorprendida de que quisiese quitarle
una flor de las de la corona de orgullo que acababa de poner sobre su cabeza.
‑Hija mía ‑continuó el banquero‑‑, me habéis explicado muy bien
cuáles son los sentimientos que presiden a las descripciones de una joven como
vos, cuando ha decidido que no se casará. Ahora voy a deciros los motivos que
tiene un padre como yo para decidir que su hija se case.
Eugenia se inclinó, no como hija sumisa, sino como adversario
dispuesto a discutir y que se mantiene a la expectativa.
‑Hija mía ‑continuó Danglars‑, cuando un padre pide a su hija
que se case, siempre tiene alguna razón para desear su matrimonio. Los unos
tienen la manía que decíais ha un momento, verse renacer en sus nietos.
Empezaré por deciros que no tengo esa debilidad, los goces de familia me son
casi indiferentes. Puedo confesarlo así a una hija bastante filósofa para
comprender esta indiferencia, sin reprocharme por ello como si se tratara de un
crimen.
‑Sea en buena hora ‑dijo Eugenia‑, hablemos francamente, así me
gusta.
‑¡Oh!, veis que sin participar en tesis general de vuestra
simpatía por la franqueza, me someto a ella como creo que las circunstancias lo
requieren. Proseguiré, entonces. Os he propuesto un marido, no por vos, porque
en verdad era lo que menos ‑pensaba en aquel momento. Amáis la franqueza, pues
ya veis. Os lo propuse, porque tengo necesidad de que toméis ese esposo, lo más
pronto posible, para ciertas combinaciones comerciales que pienso efectuar en
estos momentos.
Eugenia hizo un movimiento.
‑Como os lo digo, hija mía, y no debéis tomarlo a mal, porque
vos misma me obligáis a ello. Es bien a pesar mío que entro en estas
explicaciones aritméticas con una artista como vos, que teme penetrar en el
despacho de un banquero, por no recibir impresiones desagradables o
antipoéticas; pero en aquel despacho de banquero donde entrasteis anteayer para
pedirme los mil francos que os entrego mensualmente para vuestros caprichos,
sabed, mi querida, que se aprenden mochas cosas útiles, hasta las jóvenes que
no quieren casarse. Se aprende, por ejemplo, y os lo diré en este salón por
miedo de vuestros nervios, se aprende que el crédito de un banquero es su vida
moral y física; que ese crédito sostiene al hombre como el alma anima al
cuerpo, y el señor de Montecristo me hizo ayer un discurso que no olvidaré
jamás. Se aprende que, a medida que el crédito se retira, el cuerpo llega a ser
un cadáver, y eso le sucederá dentro de poco al banquero que se precia de ser
padre de una hija de tan buena lógica.
Eugenia alzó la cabeza con orgullo.
‑¡Arruinado! ‑dijo.
‑Vos decís la expresión exacta ‑dijo Danglars metiendo la mano
por entre el chaleco, conservando, sin embargo, en su ruda fisonomía
la sonrisa de un hombre sin corazón, pero que no carecía de talento‑.
Arruinado; sí, eso es.
‑¡Ah! ‑dijo Eugenia.
‑Sí, arruinado; y bien: he aquí conocido ese secreto lleno de horror,
como dice el poeta trágico. Ahora escuchad cómo esta desgracia puede no ser tan
grande, no diré para mí, sino para vos.
‑¡Oh! ‑repuso Eugenia‑, sois muy mal fisonomista, si os figuráis
que siento por mí el desastre que acabáis de contarme. Arruinada yo, ¿y qué me
importa? ¿No me queda mí talento? ¿No puedo, como la Pasta, la Malibrán y la
Grisi, adquirir lo que vos jamás podríais darme, fuese cual fuese vuestra
fortuna? Ciento o ciento cincuenta mil libras de renta, que deberé únicamente a
mis propios esfuerzos, y que en lugar de llegar a mis manos como esos
miserables dote mil francos que me dais, reprochándome mi prodigalidad, llegarán
acompañados de aclamaciones, aplausos y flores. Y aun cuando no tuviese ese
talento, del que dudáis, según vuestra sonrisa, ¿no me quedará aún ese furioso
amor de independencia, que vale para mí más que todas las riquezas, y que
domina en mí hasta el instinto de conservación? No, no lo siento por mí; sabré
siempre salir del paso; mis libros, mis pinceles y mi piano, cosas que no
cuestan caras, y que podré comprar siempre, me bastan. Pensaréis quizá que me
aflijo por la señora Danglars: desengañaos; o estoy muy equivocada, o mi madre
ha tornado sus precauciones contra el desastre que os amenaza y que pasará sin
alcanzarle; se ha puesto al abrigo, y sus cuidados no le han impedido el pensar
seriamente en su fortuna; a mí me ha dejado toda mi independencia, bajo el
pretexto de mi amor a la libertad; mochas cosas he visto desde que era niña, y
todas las he comprendido; la desgracia no hará en mí más impresión que la que
merece; desde que nací no he conocido que me amase nadie, y así a nadie amo; he
aquí mi profesión de fe.
‑‑Conque, entonces, señorita, ¿os empeñáis en querer consumar mi
ruina? ‑dijo Danglars, pálido de una cólera, que no provenía de la autoridad
paterna ofendida.
‑¿Consumar vuestra ruina? ¿Yo...? ‑dijo Eugenia‑, no lo entiendo.
‑Tanto mejor; eso me da alguna esperanza. Escuchad.
‑Os escucho ‑dijo Eugenia, mirando tan fijamente a su padre, que
fue necesario que éste hiciese un esfuerzo para no bajar los ojos ante la
poderosa mirada de la joven.
‑El señor de Cavalcanti se casa con vos, y al casarse os trae
tres millones que coloca en mi banco.
‑¡Ah!, muy bien ‑dijo Eugenia con olímpico desdén, jugando con
sus dedos, y alisando uno contra otro sus guantes.
‑¿Pensáis que os haré un mal si tomo esos tres millones? No;
están destinados a producir más de diez; he obtenido con otro banquero, un
compañero y amigo, la concesión de un ferrocarril, única industria cuyos
resultados son fabulosos hoy día; dentro de ocho días debo depositar cuatro
millones, y, os lo repito, me producirán diez o doce.
‑Pero durante la visita que os hice anteayer, y de la que tenéis
la bondad de acordaros ‑dijo Eugenia‑, os vi poner en caja cinco millones y
medio en dos bonos del Tesoro; y por cierto, os admirabais de que no me llamase
la atención un papel que tanto valía.
‑Sí, pero esos cinco millones y medio no son míos únicamente, y
sí una prueba de confianza que se tiene en mí; mi título de banquero popular me
ha valido la de los hospitales, y a ellos pertenecen los cinco millones y
medio; en otro tiempo no hubiera titubeado en emplearlos, pero hoy se saben
las grandes pérdidas que he sufrido; y, como os he dicho, el crédito empieza a
alejarse de mí. De un momento a otro puede la administración reclamar este
depósito, y si lo he empleado, me veo en el caso de hacer una bancarrota
vergonzosa. Yo desprecio las bancarrotas, creedlo; pero no las que enriquecen,
sino las que arruinan. Si os casáis con Cavalcanti y tomo los tres millones de
dote, o si al menos se cree que voy a tomarlos, mi crédito se restablecerá, y
mi fortuna, que desde hace uno o dos meses se hunde en un abismo abierto bajo
mis pies, por una fatalidad inconcebible, vuelve a consolidarse. ¿Me entendéis?
‑Perfectamente: ¿me empeñáis por tres millones?
‑Cuanto mayor sea la suma, más lisonjero debe ser ello para vos,
pues da una idea de vuestro valor.
‑Gracias. Una palabra aún: ¿me prometéis serviros de la dote que
debe llevar Cavalcanti, pero sin tocar a la cantidad? No lo hago por egoísmo,
sino por delicadeza. Os ayudaré a reedificar vuestra fortuna, pero no quiero
ser cómplice en la ruina de otros.
‑Pero si os digo que esos tres millones...
‑Creéis salir adelante sólo con el crédito, y sin tocar a esos
tres millones?
‑Así lo espero, pero con la condición de que el matrimonio habrá
de consolidar mi crédito.
‑¿Podéis pagar a Cavalcanti los quinientos mil francos que me
dais por mi dote?
‑Al volver de la municipalidad los tomará.
‑Bien.
‑¿Qué queréis decir con ese «bien»?
‑Que al pedirme mi firma me dejáis dueña absoluta de mi persona.
¿No es eso?
‑Exacto.
‑Entonces, bien, como os decía, estoy pronta a casarme
con Cavalcanti.
‑¿Pero cuáles son vuestros proyectos?
‑¡Ah!, es mi secreto: ¿cómo podría mantenerme en superioridad
sobre vos si conociendo el vuestro os revelase el mío?
Danglars se mordió los labios.
‑Así, pues ‑dijo‑, haced las visitas oficiales que son absolutamente
indispensables: ¿Estáis dispuesta?
‑Sí.
‑Ahora me toca deciros: ¡Bien!
Y Danglars tomó la mano de su hija, que apretó entre las suyas;
pero ni el padre osó decir «gracias, hija mía», ni la hija tuvo una sonrisa
para su padre.
‑¿La entrevista ha terminado? ‑preguntó Eugenia levantándose.
Danglars indicó con la cabeza que no tenía más que decir.
Cinco minutos después el piano sonaba bajo los dedos de la señorita
de Armilly, y Eugenia entonaba « La maldición de Brabancio a Desdémona».
Al
final entró Esteban, y anunció que los caballos estaban enganchados y la
baronesa esperaba.
Hemos visto a las dos ir a casa de Villefort, de donde salieron
a proseguir sus visitas.
Tres días después de la escena que acabamos de referir, es
decir, hacia las cinco de la tarde del día fijado para firmar el contrato de la
señorita Eugenia Danglars y el conde Cavalcanti, que el banquero se empeñaba en
llamar príncipe, una fresca brisa hacía mover las hojas de los árboles del
jardín que daba acceso a la casa del conde de Montecristo, y cuando éste se
disponía a salir, y sus caballos le esperaban piafando, refrenados por el
cochero, sentado hacía ya un cuarto de hora en su sitio, el elegante faetón,
que ya conocen nuestros lectores, arrojó, más bien que dejó bajar, al conde de
Cavalcanti, tan dorado y pagado de sí mismo como si fuese a casarse con una
princesa.
Preguntó por la salud del conde con aquella franqueza que le era
habitual, y subiendo en seguida al primer piso, se encontró con él al fin de la
escalera.
Al ver al joven, se detuvo Montecristo, pero Cavalcanti estaba
llamando, y ya nada le detenía.
‑¡Eh!, buenos días, mi querido señor de Montecristo‑ dijo al
conde.
‑¡Ah! ‑exclamó éste con su voz medio burlona‑, señor mío, ¿cómo
estáis?
‑Perfectamente, ya lo veis: vengo a hablaros de mil cosas; pero,
ante todo, ¿salíais o entrabais?
‑Salía.
‑Entonces, para no deteneros subiré en vuestro carruaje, y Tom
nos seguirá conduciendo el mío.
‑No ‑dijo con una leve sonrisa de desprecio el conde, a quien no
gustaba sin duda que el joven le acompañara‑, no; prefiero daros audiencia
aquí: se habla mejor en un cuarto, y no hay cochero que sorprenda vuestras
palabras.
El conde entró en uno de los salones del primer piso, se sentó
y, cruzando sus piernas, hizo señas a Cavalcanti para que acercase un sillón.
El joven asumió un aire risueño.
‑¿Sabéis, querido conde ‑dijo‑, que la ceremonia se celebra esta
noche? A las nueve se firma el contrato en casa del futuro suegro.
‑¡Ah! ¿De veras? ‑dijo Montecristo.
‑¡Cómo! ¿No lo sabíais, no os ha prevenido el señor Danglars?
‑Sí; recibí ayer una carta, pero me parece que no indica la
hora.
‑Es posible que se le haya olvidado.
‑Y bien ‑dijo el conde‑, ya sois dichoso, señor Cavalcanti; es
una de las mejores alianzas, y además, la señorita de Danglars es bonita.
‑Sí ‑respondió Cavalcanti con modestia.
‑Y, sobre todo, es muy rica; al menos, según creo.
‑¡Muy rica! ¿Vos lo creéis? ‑repitió el joven.
‑Sin duda; se dice que el señor Danglars oculta por lo menos la
mitad de su fortuna.
‑Y confiesa que posee de quince a veinte millones ‑dijo Cavalcanti,
en cuyos ojos brillaba la alegría.
‑Sin contar ‑añadió Montecristo‑ que está en vísperas de entrar
en una negociación, ya muy usada en los Estados Unidos y en Inglaterra, pero
que en Francia es completamente nueva.
‑Sí, sí; sé de lo que queréis hablar, del camino de hierro, cuya
adjudicación acaba de obtener, ¿no es eso?
‑Exacto. Ganará en ella por lo menos diez millones.
‑¡Diez millones!, es magnífico ‑decía Cavalcanti, a quien embriagaban
las doradas palabras del conde.
‑Aparte de que toda esa fortuna será vuestra un día, y que es
justo, pues la señorita de Danglars es hija única: vuestra
fortuna, al menos vuestro padre me lo ha dicho, es casi igual a la de vuestra
futura; pero dejemos por un momento las cuestiones de dinero; ¿sabéis, señor
Cavalcanti, que habéis conducido admirablemente este asunto?
‑Sí, no muy mal ‑respondió el joven‑; yo había nacido para ser
diplomático.
‑Pues bien, entraréis en la diplomacia. Ya sabéis que no es cosa
que se aprenda, es instintiva... ¿Tenéis interesado el corazón?
‑En verdad, lo temo ‑respondió el joven con tono teatral.
‑¿Y os ama?
‑Preciso es que me ame un poco cuando se casa; sin embargo, no
olvidemos una cosa esencial.
‑¿Cuál?
‑Que me han ayudado eficazmente en ese asunto.
‑¡Bah!
‑De veras lo digo.
‑¿Las circunstancias?
‑No; vos mismo.
‑¡Yo! Dejadme en paz, príncipe ‑dijo Montecristo recalcando
singularmente el título‑. ¿Qué he hecho yo por vos? ¿Vuestro nombre y vuestra
posición social no bastan?
‑No ‑dijo el joven‑; no, y por más que digáis, señor conde, yo
sostendré que la posición de un hombre como vos ha hecho más que mi nombre, mi
posición social y mi mérito.
‑Os equivocáis ‑dijo con frialdad Montecristo, que conocía la
perfidia del joven, y adónde iban a parar sus palabras‑ mi protección la
habéis adquirido merced al nombre de la influencia y fortuna de vuestro padre;
jamás os había visto, ni a vos ni a él, y mis dos buenos amigos, lord Wilmore y
el abate Busoni, fueron los que me procuraron vuestro conocimiento, que me ha
animado, no a serviros de garantía, pero sí a patrocinaros, y el nombre de
vuestro padre, tan conocido y respetado en Italia; por lo demás, yo personalmente
no os conozco.
Aquella calma, aquella libertad tan completa, hicieron
comprender a Cavalcanti que estaba cogido por una mano fuerte y no era fácil
quebrar el lazo.
‑¿Pero mi padre es dueño en realidad de esa gran fortuna, señor
conde?
‑Así parece ‑respondió Montecristo.
‑¿Sabéis si ha llegado la dote que me ha prometido?
‑He recibido carta de aviso.
‑¿Pero los tres millones?
‑Los tres millones están en camino, con toda probabilidad.
‑¿Pero los recibiré efectivamente?
‑Me parece que hasta el presente el dinero no os ha faltado.
Cavalcanti se sorprendió tanto que permaneció un momento pensativo;
luego dijo:
‑Me falta solamente pediros una cosa, y ésa la comprenderéis aun
cuando deba no seros agradable.
‑Hablad ‑dijo Montecristo.
‑Gracias a mi posición, estoy en relaciones con muchas personas
de distinción, y en la actualidad tengo una porción de amigos; pero al casarme,
como lo hago ante toda la sociedad parisiense, debo ser sostenido por un hombre
ilustre, y a falta de mi padre, una mano poderosa debe conducirme al altar; mi
padre no vendrá a París, ¿verdad?
‑Es viejo, está cubierto de llagas, y sufre una agonía en un
viaje.
‑Lo comprendo; y ¡bien!, vengo a pediros una cosa.
‑¿A mí?
‑Sí, a vos.
‑¿Y cuál? ¡Dios mío!
‑Que le sustituyáis.
‑¡Ah!, mi querido joven; ¿después de las muchas conversaciones
que he tenido la dicha de tener con vos, me conocéis tan mal que me pedís
semejante cosa? Decidme que os preste medio millón, y aunque sea un préstamo
raro, os lo daré. Sabed, y me parece que ya os lo he dicho, que el conde de
Montecristo no ha dejado de tener jamás escrúpulos; mejor, las supersticiones
de un hombre de Oriente en todas las cosas de este mundo; ahora bien, yo que
tengo un serrallo en El Cairo, otro en Constantinopla y otro en Esmirna, ¿que
presida un matrimonio?; eso no, jamás.
‑¿De modo que rehusáis?
‑Claro, y aunque fueseis mi hijo, aunque fueseis mi hermano,
rehusaría lo mismo.
‑¡Ah! ¡Dios mío! ‑dijo Cavalcanti desorientado‑, ¿cómo haré
entonces?
‑Tenéis cien amigos, vos mismo lo habéis dicho.
‑Sí; pero el que me presentó en casa de Danglars, fuisteis vos.
Nada de eso; rectifiquemos los hechos: os hice comer en mi casa
un día en que él comió también en Auteuil, y después os Presentasteis solo; es
muy diferente.
‑Sí; pero habéis contribuido a mi bolo.
‑¡Yo!, en nada, creedlo, y acordaos de lo que os respondí cuando
vinisteis a rogarme que pidiese a la joven para vos; jamás
contribuyo a ningún matrimonio; es un principio del que nunca me aparto.
Cavalcanti se mordió los labios.
‑Pero, al fin ‑‑dijo‑, ¿estaréis presente al menos?
‑¿Todo París estará?
‑Desde luego.
‑Pues estaré como todo París ‑dijo el conde.
‑¿Firmaréis el contrato?
‑No veo ningún inconveniente; no llegan a tanto mis escrúpulos.
‑En fin, puesto que no queréis condecerme más, preciso me será
contentarme; pero una palabra aún, conde.
‑¿Qué más?
‑Un consejo.
‑Cuidado, un consejo es más que un favor.
‑¡Oh!, éste podéis dármelo sin comprometeros.
‑Decid.
‑¿El dote de mi mujer es de quinientos mil francos?
‑Eso es lo que me dijo el propio Danglars.
‑¿Debo recibirlo o dejarlo en las manos del notario?
‑Os diré lo que sucede generalmente cuando esas cosas se hacen
con delicadeza. Los dos notarios quedan citados el día del contrato para el
siguiente; en él cambian los dotes y se entregan mutuamente recibo; después de
celebrado el matrimonio los ponen a vuestra disposición, como jefe de la
comunidad.
‑Es que yo ‑dijo el joven con cierta inquietud mal disimulada
he oído decir a mi suegro que tenía intención de colocar nuestros fondos en ese
famoso negocio del camino de hierro de que me hablabais hace poco.
‑Y bien ‑repuso el conde‑, según asegura todo el mundo, es un
medio de que vuestros capitales se tripliquen en un año. El barón Danglars es
buen padre y sabe contar.
‑Vamos, pues, todo va bien, excepto vuestra negativa, que me
parte el corazón.
‑Atribuidla solamente a mis escrúpulos, muy naturales en estas
circunstancias.
‑Vaya ‑dijo Cavalcanti‑, de todos modos, sea como queréis: hasta
esta noche a las nueve.
‑Hasta luego.
Y a pesar de una ligera resistencia de Montecristo, cuyos labios
palidecieron, pero que conservó su sonrisa, el joven cogió una de sus manos, la
apretó, montó en su faetón y desapareció.
Las cuatro o cinco horas que faltaban hasta las nueve, las
dedicó Cavalcanti a visitar a sus numerosos amigos, invitándolos a que se
hallasen presentes a la ceremonia, y tratando de deslumbrarles con la promesa
de acciones, que volvieron locos después a tantos, y cuya iniciativa pertenecía
a Danglars.
En efecto, a las ocho y media de la noche, el gran salón de Danglars,
las galerías y tres salones más estaban llenos de una multitud perfumada, a la
que no atraía la simpatía, sino la irresistible necesidad de la novedad.
No hace falta decir que los salones resplandecían con la
claridad de mil bujías y dejaban ver aquel lujo de mal gusto que sólo tenía en
su favor la riqueza.
Eugenia Danglars estaba vestida con la sencillez más elegante:
un vestido de seda blanco, una rosa blanca medio perdida entre sus cabellos más
negros que el ébano, componían todo su adorno, sin que la más pequeña joya
hubiese tenido entrada en él. En sus ojos un mentís dado a cuanto podía tener
de virginal y sencillo aquel cándido vestido.
La señora de Danglars, a treinta pasos de su hija, hablaba con
Debray, Beauchamp y Chateau‑Renaud. Debray había vuelto a entrar en la casa
para aquella solemnidad, pero como otro cualquiera y sin ningún privilegio
especial.
Cavalcanti, del brazo de uno de los más elegantes dandys de la
Opera, le explicaba impertinentemente, en atención a que era necesario ser
bien atrevido para hacerlo, sus futuros proyectos y el progreso de lujo que
pensaba hacer con sus ciento setenta y cinco mil libras de renta.
La multitud se movía en aquellos salones como un flujo y reflujo
de turquesas, rubíes y esmeraldas; como sucede siempre, las más viejas eran las
más adornadas, y las más feas las que se exhibían con más obstinación. Si había
algún blanco lirio o alguna rosa suave y perfumada, era preciso buscarlas en un
rincón apartado, custodiadas por una vigilante madre o tía.
A cada instante, en medio de un tumulto y risas se oía la voz de
un servidor, que anunciaba un nombre conocido en la Hacienda, respetado en el
Ejército o ilustre en las Letras: veíase entonces un ligero movimiento en los
grupos; pero para uno que fijase la atención, cuántos pasaban inadvertidos o
burlados.
En el momento en que la aguja del macizo reloj de bronce, que
representaba a Endimión dormido, señalaba las nueve, y la campana daba aquella
hora, el nombre del conde de Montecristo resonó también, y como impelida por
un rayo eléctrico, toda la concurrencia se volvió hacia la puerta.
El conde venía vestido de negro, con su sencillez habitual; su
chaleco blanco destacaba perfectamente las formas de su hermoso y noble pecho,
su corbata negra hacía resaltar la palidez de su rostro; llevaba sobre el
chaleco una cadena de oro sumamente fina.
Formóse inmediatamente un círculo alrededor de la puerta. De una
ojeada divisó el conde a la señora de Danglars en un lado del salón, a Danglars
en el opuesto, y delante de él a Eugenia.
Acercóse a la baronesa, que hablaba con la señora de Villefort,
que había venido sola, porque Valentina aún no se hallaba restablecida; y sin
variar de camino, porque todos le abrían paso, se dirigió de la baronesa a
Eugenia, a quien cumplimentó en términos tan rápidos y reservados, que llamaron
la atención de la orgullosa artista. Encontrábase a su lado Luisa de Armilly,
que dio gracias al conde por las cartas de recomendación que había tenido la
bondad de darle para Italia, y de las que pensaba muy pronto hacer uso. Al
separarse de aquellas señoras, se encontró con Danglars, que se había acercado
para darle la mano.
Cumplidos aquellos tres deberes de sociedad, se detuvo
Montecristo , paseando a su alrededor aquella mirada propia de la gente del
gran mundo y que parece decir a los demás: he hecho lo que debía; ahora, que
los demás hagan lo que deben.
Cavalcanti, que se hallaba en un salón contiguo, oyó el murmullo
que la presencia de Montecristo había suscitado, y vino a saludar al conde.
Hallóle rodeado por la muchedumbre, que se disputaba sus palabras, como sucede
siempre con aquellos que hablan poco y jamás dicen una palabra en vano.
En aquel momento entraron los notarios, y fueron a situarse
junto a la dorada mesa cubierta de terciopelo, preparada para firmar el
contrato. Sentóse uno de ellos y permaneció el otro a su lado en pie.
Iban a leer el contrato que la mitad de París presente a aquella
solemnidad debía firmar: colocáronse todos; las señoras formaron círculo
alrededor de la mesa, mientras los hombres, más indiferentes al estilo
enérgico, como dice Boileau, hacían sus comentarios sobre la agitación
febril de Cavalcanti, la atención de Danglars, la impasibilidad de Eugenia, y
la manera frívola y alegre con que la baronesa trataba aquel importante asunto.
Leyóse el contrato en medio del silencio más profundo, pero concluida
la lectura empezó de nuevo el murmullo, doble de lo que antes era: aquellas
inmensas sumas, aquellos millones, que venían a completar los regalos de la
esposa y las joyas exhibidas en una sala destinada a aquel objeto, habían
doblado la hermosura de Eugenia a los ojos de los jóvenes, y el sol se
oscurecía entonces ante ella.
Las mujeres, codiciando aquellos millones, consideraban, con
todo, que no tenían necesidad de ellos para ser bellas.
Cavalcanti, rodeado de sus amigos, agasajado, adulado, empezaba
a creer en la realidad del sueño que se había forjado: poco le faltaba para
perder el juicio.
El notario tomó solemnemente la pluma, se levantó y dijo:
‑Señores, va a firmarse el contrato.
El barón debía firmar el primero, en seguida el apoderado del
señor Cavalcanti padre, la baronesa, los futuros esposos, como se dice en ese
lenguaje que es corriente en el papel sellado.
El barón tomó la pluma y firmó. En seguida lo hizo el apoderado
de Cavalcanti padre.
La baronesa se asió del brazo de la señora de Villefort.
‑Amigo mío ‑dijo tomando la pluma‑, ¿no es algo muy triste que
un incidente imprevisto ocurrido en la causa de asesinato y robo de que faltó
poco fuese víctima el señor de Montecristo, nos prive del placer de ver al
señor de Villefort?
‑¡Oh! ¡Dios mío! ‑dijo Danglars, de un modo que equivalía a
decir: «me es absolutamente indiferente».
‑Tengo motivos ‑dijo Montecristo acercándose ‑para temer que soy
la causa involuntaria de esta ausencia.
‑¡Cómo! ¿Vos, conde? ‑dijo la señora Danglars firmando‑‑,
cuidado, que si es así no os perdonaré.
Cavalcanti tenía el oído listo y atento.
‑No será mía la culpa ‑dijo el conde‑, y por esto quiero manifestarla.
Escuchaban ávidamente a Montecristo, cuyos labios raras veces se
desplegaban.
‑¿Recordáis ‑dijo el conde en medio del más profundo silencio‑
que el desgraciado que había venido a robarme y murió en mi casa fue asesinado
al salir de ella por su cómplice, según creo?
‑Sí ‑dijo Danglars.
‑Pues bien, al querer auxiliarle, le desnudaron y arrojaron sus
vestidos no sé dónde; la justicia los recogió; pero al tomar la chaqueta y el
pantalón, olvidó el chaleco.
Cavalcanti palideció visiblemente; veía formarse una nube en el
horizonte, le parecía que la tempestad que en ella se escondía iba a descargar
sobre él.
‑Pues bien, aquel chaleco se ha encontrado hoy, todo lleno de
sangre y agujereado en el lado del corazón.
Las señoras dieron un grito; dos o tres se dispusieron a desmayarse.
‑Me lo trajeron, nadie podía adivinar de dónde provenía aquel
harapo; solamente yo pensé que sería probablemente el chaleco de la víctima. Dé
repente, registrando mi camarero con repugnancia y precaución aquella fúnebre
reliquia, encontró un papel en el bolsillo y lo sacó; era una carta dirigida a
vos, barón.
‑¿A mí? ‑dijo Danglars.
‑¡Oh!, a vos; llegué a leer vuestro nombre, a pesar de las manchas
de sangre que tenía el papel ‑respondió Montecristo, en medio de la general
sorpresa.
‑Pero ‑preguntó la señora Danglars mirando a su marido‑‑, cómo
impide eso al señor de Villefort...
‑Es muy sencillo, señora ‑respondió Montecristo‑; el chaleco y
la carta constituyen lo que se llama piezas de convicción, y los he enviado al
procurador del rey. Bien conocéis, mi querido barón, que en materias
criminales, las vías legales son las seguras. Quizá sería alguna trama urdida
contra vos.
Cavalcanti miró fijamente a Montecristo y pasó al segundo salón.
‑Es posible ‑dijo Danglars‑; ¿el hombre asesinado, no era un
antiguo presidiario?
‑Sí ‑respondió el conde‑, un antiguo presidiario llamado Caderousse.
Danglars palideció levemente. Cavalcanti salió del segundo
salón, y fue a la antecámara.
‑Pero firmad, firmad ‑dijo Montecristo‑‑. Veo que mis palabras
han conmovido a todo el mundo; os pido perdón, señora baronesa, y a vos,
señorita Danglars.
La baronesa, que acababa de estampar su firma, entregó la pluma
al notario.
‑El señor príncipe de Cavalcanti ‑dijo el Tabelión‑. Señor
príncipe de Cavalcanti, ¿dónde estáis?
‑¡Cavalcanti! ¡Cavalcanti! ‑repitieron los jóvenes, que habían
llegado a tal intimidad con el italiano, que le llamaban por el apellido sin
nombrarle por su título.
‑Llamad, pues, al príncipe, advertidle que le toca firmar ‑dijo
Danglars a un criado.
Pero, en aquel momento, la multitud de amigos retrocedió espantada
hacia el salón principal, como si un espantoso monstruo hubiese invadido la
habitación. Había motivo para huir, espantarse y gritar.
Un oficial de gendarmería colocaba a la puerta dos gendarmes, y
se dirigía a Danglars precedido de un comisario de policía con su faja puesta.
La señora Danglars lanzó un grito y se desmayó.
Danglars, que se creía amenazado, porque ciertas conciencias
jamás están tranquilas, ofreció a la vista de sus convidados un rostro descompuesto
por el terror.
‑¿Qué ocurre, caballero? ‑preguntó Montecristo dirigiéndose al
comisario.
‑¿Cuál de ustedes, señores ‑preguntó el magistrado sin responder
al conde‑, se llama Andrés Cavalcanti.
Un grito de estupor se dejó oír por doquier.
Buscaron, preguntaron.
‑¿Pero quién es ese Cavalcanti? ‑inquirió Danglars casi fuera de
sí.
‑Un presidiario escapado de Tolón.
‑¿Y qué crimen ha cometido?
‑Se le acusa ‑‑dijo el comisario con su voz impasible‑ de haber
asesinado al llamado Caderousse, su antiguo compañero de cadena, en el instante
en que salía de robar en casa del señor conde de Montecristo.
El conde dio una rápida ojeada alrededor.
Cavalcanti había desaparecido.
Unos instantes después de la escena de confusión producida en
los salones del señor Danglars por la inesperada aparición del oficial de
gendarmería y por la revelación que había seguido, el inmenso palacio se había
ido quedando vacío con la misma rapidez que habría ocasionado el anuncio de un
caso de peste o de cólera morbo que se hubiera producido entre los invitados.
En algunos minutos, por todas las puertas, por todas las escaleras, por todas
las salidas, se apresuraron todos a retirarse o, mejor dicho, a huir; porque
ésa era una de aquellas circunstancias en que incluso están de más aquellas
palabras de consuelo que tan importunos hacen hasta a los mejores amigos en las
grandes desgracias.
En la casa del banquero no había quedado más que el propio Danglars,
encerrado en su despacho y prestando su declaración entre las manos del oficial
de gendarmería. La señora de Danglars, aterrada en el tocador que ya conocemos,
y Eugenia, que con la mirada altanera se había retirado a su cuarto, con su
inseparable compañera, la señorita Luisa de Armilly.
En cuanto a los numerosos criados, todavía más numerosos en esta
noche que de costumbre, porque se les había agregado con motivo de la fiesta
los encargados de los helados, los cocineros y los reposteros del café de
París, formaban corros en las cocinas y en sus cuartos, acusando a sus amos de
lo que ellos llamaban su afrenta, cuidándose muy
poco del servicio, que por otra parte se encontraba naturalmente
interrumpido.
En medio de todas las personas a quienes hacían estremecer distintos
intereses, únicamente dos merecen que nos ocupemos de ellas: Eugenio Danglars y
Luisa de Armilly.
Como hemos dicho, Eugenia retiróse con aire altanero, y con el
paso de una reina ultrajada, seguida de su compañera, más pálida y más
conmovida que ella. Al llegar a su cuarto, cerró la puerta por dentro, mientras
Luisa cayó en su silla.
‑¡Oh! ¡Dios mío! ¡Qué horror! ‑‑dijo la joven filarmónica‑.
¿Quién lo habría imaginado? El señor Cavalcanti..., un asesino.... un desertor
de presidio..., un presidiario...
Una sonrisa irónica contrajo los labios de Eugenia.
‑Estaba predestinada ‑dijo‑ ¡Me escapo de un Morcef para caer en
manos de un Cavalcantí!
‑¡Oh!, no confundas a uno con el otro, Eugenia.
‑Calla, todos los hombres son unos niños, y me alegro de tener
motivo para hacer algo más que aborrecerlos, ahora los desprecio.
‑¿Qué vamos a hacer? ‑preguntó Luisa.
‑¿Qué vamos a hacer?
‑Sí.
‑Lo que habíamos de hacer dentro de tres días..., marchar.
‑¡Cómo!, a pesar de que no lo cases, ¿quieres...?
‑Escucha, Luisa: detesto esta vida ordenada, acompasada y sujeta
a reglas como nuestro papel de música. Lo que siempre he deseado, querido y
ambicionado, es la vida de artista, la vida libre, independiente, en que una no
depende más que de sí misma, y en que a nadie debe dar cuenta de sus actos.
¿Para qué me he de quedar? ¿Para qué tratar de nuevo de aquí a un mes de
casarme? ¿Y con quién? ¿Con el señor Debray, quizá, como ya se pensó en ello?
No, Luisa, no; la aventura de esta noche me servirá de pretexto.
‑Qué fuerte y animosa eres ‑dijo la rubia y delicada joven a su
morena compañera.
‑¿No me conocías aún? Vamos. Veamos, Luisa, hablemos de todos
nuestros asuntos. La silla de posta.
‑Por suerte, hace tres días que se ha comprado.
‑¿La has hecho llevar al sitio donde debemos tomarla?
‑Sí.
‑¿Nuestro pasaporte?
‑Helo aquí.
Y Eugenia, con su natural aplomo, desdobló un papel impreso y
leyó:
aEl señor León de Armilly, edad veinte años; profesión artista,
pelo negro, ojos negros, viaja con su hermana.»
‑¡Magnífico! ¿Quién lo ha facilitado ese pasaporte?
‑Cuando fui a pedir al conde de Montecristo cartas para los
directores de los teatros de Roma y Nápoles, le manifesté mis temores de
viajar en calidad de mujer. El conde los comprendió perfectamente, y se puso a
mi disposición, para facilitarme un pasaporte de hombre, y dos días más tarde
recibí éste, en el que he añadido de mi letra: viaja con su hermana.
‑¡Bravo! ‑dijo Eugenia alegremente‑, ya sólo se trata de hacer
nuestras maletas.
‑Piénsalo bien, Eugenia.
‑¡Oh!, todo está reflexionado. Estoy cansada de oír hablar de
fines de mes, de alza, de baja, de fondos españoles, de cuentas, etcétera. En
lugar de todo eso, Luisa, el aire, la libertad, el canto de los pájaros, las
llanuras de Lombardía, los canales de Venecia, los palacios de Roma y la playa
de Nápoles. ¿Cuánto tenemos?
Luisa sacó de su bolsillo una cartera, que abrió, y que contenía
veintitrés billetes de banco.
‑¿Veintitrés mil francos? ‑dijo.
‑Y por lo menos otro tanto en perlas, diamantes y alhajas ‑añadió
Eugenia‑. Somos ricas. Con cuarenta y cinco mil francos tenemos para vivir por
espacio de dos años como princesas, o discretamente por espacio de cuatro.
Pero antes de medio año habremos doblado nuestro capital, tú con lo música y yo
con mi voz. Vamos, encárgate del dinero, yo me encargo de las alhajas. De modo
que si una de las dos tuviese la desgracia de perder su tesoro, la otra conservaría
el suyo. Ahora las maletas, sin pérdida de tiempo.
‑Aguarda ‑dijo Luisa, yendo a escuchar a la puerta de la señora
de Danglars.
‑¿Qué es lo que temes?
‑Que nos sorprendan.
‑La puerta está cerrada.
‑Que nos manden abrirla.
‑Que lo manden. No obedeceremos.
‑Eres una verdadera amazona, Eugenia.
Y las dos jóvenes se pusieron con una prodigiosa actividad a colocar
en una maleta todos los objetos que creían necesitar.
‑Cierra tú la maleta mientras yo me cambio de vestido ‑dijo
Eugenia.
Luisa apoyó sus pequeñas y hermosas manos sobre la tapa de la
maleta.
‑No puedo ‑dijo‑, no tengo bastante fuerza; ciérrala tú.
‑¡Ah!, verdad ‑dijo riendo Eugenia‑, olvidaba que yo soy
Hércules y que tú eres la pálida Onfala.
Y la joven Eugenia, apoyando la rodilla sobre la maleta, engarrotó
sus blancos y musculosos brazos hasta que juntó las dos divisiones de la
maleta y la señorita de Armilly echó el candado a la cadena.
Concluida esta operación, Eugenia abrió una cómoda, cuya llave
llevaba siempre consigo, sacó una mantilla de viaje de seda color violeta y
dijo:
‑Toma, con esto no tendrás frío. Ya ves que he pensado en todo.
‑Pero ¿y tú?
‑¡Yo! jamás tengo frío, bien lo sabes, y luego con mis vestidos
de hombre...
‑¿Vas a vestirte aquí?
‑Desde luego.
‑¿Tendrás tiempo?
‑No temas, cobarde. Todos están ocupados del ruidoso suceso.
Además, ¿es extraño que permanezca encerrada, cuando deben suponerme en un
estado fatal?
‑Tienes razón, con ello me tranquilizas.
‑Ven, ayúdame.
Y del mismo cajón de donde sacó la mantilla que acababa de dar a
la señorita de Armilly, y que ésta tenía ya puesta, sacó un vestido completo de
hombre, desde las botas hasta la levita, con provisión de ropa blanca, y si
bien no se veía nada superfluo, tampoco se echaba de menos lo necesario.
Con una rapidez que indicaba que no era la primera vez que por
broma se había puesto los vestidos del sexo contrario, Eugenia se calzó las
botas, se puso un pantalón, anudó la corbata, abrochó hasta arriba su chaleco y
se puso una levita que dejaba ver su fino talle.
‑Estás muy bien, de veras, muy bien ‑dijo Luisa contemplándola
con admiración‑, pero y esos hermosos cabellos negros, y esas trenzas
magníficas que hacen respirar de envidia a todas las mujeres, ¿se disimularán
en un sombrero de hombre como el que veo allí?
‑Voy a comprobarlo ‑respondió Eugenia.
Y cogiendo con la mano izquierda la espesa trenza que no cabía
entre sus dedos, tomó con la derecha unas largas tijeras. Pronto rechinó el
acero entre aquella hermosa cabellera, que cayó a los pies de la joven.
Cortada la trenza superior, pasó a las de las sienes, que cortó
sucesivamente sin la menor señal de pesar. Sus ojos, por el contrario,
brillaron con más alegría que de costumbre, bajo sus negras pestañas.
‑¡Oh! ¡Qué lástima de cabellos tan hermosos! ‑dijo Luisa.
‑¿Y qué, no estoy cien veces mejor así? ‑dijo Eugenia alisando
sus bucles‑, ¿no me encuentras más bonita?
‑Siempre lo eres ‑respondió Luisa‑. ¿Ahora, adónde vamos?
‑A Bruselas, si lo parece. Es la frontera más próxima. De allí
iremos a Lieja, a Aquisgrán, subiremos al Rin hasta Estrasburgo, y atravesando
Suiza bajaremos a Italia por San Gotardo. ¿Te parece bien así?
‑Sí.
‑¿Qué miras?
‑Te miro; estás adorable así. Diríase que me estás raptando.
‑Y, por Dios, tienes razón.
‑¡Oh! Creo que has jurado, Eugenia.
Y las dos jóvenes, a las que creían anegadas en llanto, la una
por sí misma y la otra por amor a su amiga, prorrumpieron en una risa
estrepitosa, al mismo tiempo que hacían desaparecer las señales más visibles
del desorden que naturalmente había acompañado a sus preparativos de fuga.
Después apagaron las luces, y con el ojo alerta y el oído
atento, las dos fugitivas abrieron la puerta del tocador, que daba a una
escalera interior y conducía hasta el patio de entrada. Eugenia iba delante,
sosteniendo con una mano la maleta que por el asa opuesta Luisa apenas podía
sostener con las dos.
Estaban dando las doce, y el gran patio estaba solitario. El portero
velaba aún, o por lo menos estaba levantado.
Eugenia se acercó poco a poco y vio al suizo que dormía en su
cuarto, tendido en un sillón. Volvióse a Luisa, tomó el pequeño baúl que habían
dejado un instante en el suelo, y las dos siguieron la sombra del muro y se
dirigieron al arco de entrada.
Eugenia hizo ocultar a Luisa en el ángulo de la puerta, de modo
que el conserje, si se despertaba no viese más que una persona. Luego,
colocándose ella en el sitio que daba de lleno el farol que alumbraba la
entrada:
‑La puerta ‑dijo con su bella voz de contralto, tocando al
vidrio.
El conserje se levantó y dio algunos pasos para reconocer al que
salía, como Eugenia había previsto, y viendo un joven que golpeaba impaciente
su pantalón con el bastón, abrió al momento.
Luisa se escabulló como una culebra por la puerta entreabierta y
saltó fuera. Luego salió Eugenia, tranquila en apariencia, aunque es
probable que su corazón latiese con más violencia que de
costumbre.
Pasaba un mandadero y le cargaron con el baúl, le indicaron el
sitio adonde debía dirigirse, calle de la Victoria, número 3, y marcharon tras
aquel hombre cuya compañía daba ánimo a Luisa. Eugenia era tan fuerte como
Judit o Dalila.
Llegaron al número indicado y Eugenia dio orden al mandadero de
que dejase el baúl en el suelo. Pagóle, retiróse aquél, y entonces llamó a una
ventanilla. Vivía en el cuarto una costurera que estaba avisada de antemano y
no se había acostado todavía.
‑Señorita ‑dijo Eugenia‑, haced sacar por el portero mi silla de
posta y enviadle a buscar caballos. Dadle esos cinco francos por su trabajo.
‑De veras lo admiro respeto.
La costurera miraba asombrada, pero como le dieron veinte luises
no hizo observación alguna.
Al cuarto de hora volvió el conserje con el postillón y los caballos,
que éste enganchó, mientras aquél colocaba el baúl en la parte trasera.
‑He aquí el pasaporte ‑dijo el postillón‑, ¿qué camino tomamos,
mi joven señor?
‑El de Fontaineblau ‑respondió Eugenia con una voz casi masculina.
‑¿Qué dices? ‑preguntó Luisa.
‑Le doy unas señas falsas ‑respondió Eugenia‑. Esa mujer a quien
damos veinte luises puede vendernos por cuarenta. Al llegar al Boulevard,
tomaremos otra dirección.
Y la joven subió al carruaje casi sin tocar el estribo.
‑Siempre tienes razón ‑dijo la maestra de canto, colocándose
junto a su amiga.
Al cuarto de hora el postillón, puesto ya en el camino que
debían seguir, pasaba la barrera de San Martín, haciendo resbalar su látigo.
‑¡Ah! ‑dijo Luisa respirando‑, ya estamos fuera de París.
‑Sí, querida mía, el rapto es bello y bien consumado ‑respondió
Eugenia.
‑Sí, pero sin violencia.
‑Lo haré valer como circunstancia atenuante.
Estás palabras se perdieron en medio del estrépito de las ruedas
sobre el camino de La Villete.
El
barón Danglars ya no tenía hija.
‑Dijo Luisa‑, y casi diría que me inspiras
Capítulo diez
La fonda de la Campana y la Botella
Dejemos de momento a la señorita de Danglars y su amiga, camino
de Bruselas, y volvamos al pobre Cavalcanti, tan desgraciadamente detenido al
empezar su fortuna.
A pesar de sus pocos años, era un joven listo a inteligente, y
así es que a los primeros rumores que penetraron en el salón, le vimos ir
ganando gradualmente la puerta. Olvidamos una circunstancia que no debe
omitirse, y es que en uno de los salones que atravesó Cavalcanti estaban los
regalos de la novia: diamantes, chales de Cachemira, encajes de Valenciennes,
velos ingleses, y en fin, todos aquellos objetos que sólo el nombrarlos basta
para hacer saltar de alegría a una joven.
Ahora bien, al pasar por aquel cuarto, y esto prueba que Cavalcanti
era no solamente un joven diestro a inteligente, sino también previsor, se
apoderó del mejor aderezo. Reconfortado con aquel viático, se sintió la mitad
más ligero para saltar por una ventana y escaparse de entre las manos, de los
gendarmes.
Alto, bien formado como un gladiador antiguo, y musculoso como
un espartano, Cavalcanti corrió un cuarto de hora sin saber adónde iba, y con
el solo fin de alejarse del sitio en que faltó muy poco para que le prendiesen.
Salió de la calle de Mont‑Blanc, y por el instinto que los ladrones tienen a
las barreras, como la liebre a su madriguera, se halló sin saber cómo al
extremo de la calle de Lafayette.
Allí se detuvo jadeante. Estaba completamente solo, tenía a su
izquierda el campanario de San Lázaro y a su derecha París en toda su
profundidad.
‑¿Estoy perdido? ‑se preguntó a sí mismo‑. No, si mi actividad
es superior a la de mis enemigos.
Vio que subía por el arrabal Poissonnière un cabriolé de
alquiler, cuyo cochero, fumando su pipa, parecía querer ganar la extremidad del
arrabal San Dionisio, donde debía sin duda parar ordinariamente.
‑¡Eh! ¡Amigo! ‑le gritó Benedetto.
‑¿Qué hay, señor? ‑preguntó el cochero.
‑¿Vuestro caballo está muy cansado?
‑¿Cansado? ¡Bah! Si no ha hecho nada en todo el santo día.
Cuatro miserables viajes, y un franco para beber, siete francos en total, y
debo llevar diez al patrón.
‑¿Queréis agregar a esos siete francos otros veinte que veis
aquí?
‑Con mucho gusto. Veinte francos no son de despreciar; ¿qué he
de hacer para ello? Veamos.
‑Una cosa muy fácil, si vuestro caballo no está cansado.
‑Os aseguro que irá como el viento; basta que me digáis por
dónde debo marchar.
‑Por el camino de Louvres.
‑¡Ah! ¡Ah! ¡PaU de ratafía!
‑Exacto. Se trata solamente de alcanzar a uno de mis amigos, con
el que debo cazar mañana en la Chapelle‑en‑Serva; debía esperarme aquí a las
once y media con su cabriolé. Son las doce, se habrá marchado solo, cansado de
esperar.
‑Es probable.
‑Y bien, ¿queréis ver si lo alcanzamos?
‑¿Cómo no?
‑Pero si no lo alcanzamos hasta Bourget, os daré veinte francos;
si tenéis que ir a Louvres, treinta.
‑¿Y si lo alcanzamos?
‑‑Cuarenta ‑dijo Cavalcanti, que había reflexionado un instante
y comprendió que con prometer no arriesgaba nada.
‑Está bien ‑dijo el cochero‑, subid y adelante. Porrrrruuuu...
Cavalcanti montó en el cabriolé, atravesaron a la carrera el
arrabal San Dionisio, costearon el de San Martín, pasaron la barrera y tomaron
el camino de la interminable Villete.
No se preocupaba de alcanzar al quimérico amigo, pero, con todo,
Cavalcanti se informaba al paso ya de los viajeros, ya de las ventas que
estaban aún abiertas; preguntaba por un cabriolé verde tirado por un caballo
castaño oscuro, y como en el camino de los Países Bajos circulaban siempre
millares de cabriolés y las nueve décimas partes son verdes, llovían señales a
cada paso. Acababan de verlo pasar, sólo llevaría de ventaja quinientos pasos,
doscientos, ciento solamente. Finalmente, lo alcanzaban, pasaban delante, y
veían que no era él.
Una vez le tocó también que pasaran delante de él, pero fue una
magnífica silla de posta tirada por cuatro caballos a galope.
‑¡Ah! ‑dijo entre sí Cavalcanti‑, ¡si yo tuviera esa silla, sus
buenos caballos, y sobre todo, el pasaporte que ha sido preciso sacar para
viajar de ese modo! ‑y lanzó un profundo suspiro.
En ella iban las señoritas Danglars y Armilly.
‑Vamos, vamos ‑dijo Cavalcanti‑, no podemos tardar en alcanzarle.
Y el pobre caballo volvió a emprender el trote veloz que había
traído desde la barrera y llegó a Louvres lleno de espuma.
‑Está visto ‑dijo Cavalcanti‑ que no alcanzaré a mi amigo y
mataré vuestro caballo. Así, es mejor que me detenga aquí. Ahí tenéis vuestros
treinta francos, yo me voy a acostar a la fonda del Caballo Rojo, y en la
primera diligencia en que halle un asiento lo tomaré. Buenas noches, amigo mío.
Y poniendo seis piezas de cinco francos en la mano del cochero
saltó con presteza del carruaje.
El auriga metió su dinero en el bolsillo y tomó alegremente, al
paso, el camino de París.
Cavalcanti hizo como que iba a la fonda del Caballo Rojo. Paróse
un instante a la puerta, y cuando ya el ruido del carruaje no se oía emprendió
el camino, y con paso bastante acelerado anduvo aún dos leguas. Paróse al fin y
calculó que debía estar ya muy cerca de la Chapelle‑en‑Serval, adonde había
dicho que iba...
No se detuvo por cansancio, sino porque convenía tomar una resolución,
adoptar un plan. Subir en diligencia era imposible; tomar la posta, todavía
más. Para viajar, de uno a otro modo, es preciso un pasaporte. Tampoco era
posible quedarse en el departamento del Oise, es decir, en uno de los más
descubiertos y vigilados de Francia, sobre todo a un hombre como Cavalcanti,
tan experimentado en materia criminal.
Sentóse al borde de una cuneta, dejó caer la cabeza entre sus
manos y reflexionó; a los diez minutos se levantó: había tomado ya su resolución.
Llenó de polvo un lado de su paletó, que tuvo tiempo de descolgar
de la antecámara, y abotonárselo por encima de su traje de baile, y entrando en
la Chapelle‑en‑Serval, fue a llamar resueltamente a la puerta de la única
posada que hay en la región. Abrióle el posadero.
‑Amigo ‑dijo Cavalcanti‑, iba de Morfontaine a Sculis, y mi
caballo, que es asombradizo, emprendió la fuga, arrojándome a diez pasos; me
precisa llegar esta noche a Compiègne, so pena de causar sumo cuidado a mi
familia; ¿tenéis un caballo que alquilarme?
Bueno o malo, un posadero dispone siempre de un caballo. El de
la Chapelle‑en‑Serval llamó al mozo de cuadra, y le dijo que ensillara el Blanco;
despertó a su hijo, chico de siete años, que debía montar en grupa y volver a
traer el cuadrúpedo.
Cavalcanti dio veinte francos al posadero, y al sacarlos del bolsillo
dejó caer una tarjeta; era la de uno de sus amigos del café de París, de suerte
que el posadero, cuando Cavalcanti se marchó y recogió la tarjeta que vio en
el suelo, se convenció de que había al‑
quilado su caballo al señor conde de Mauleón, calle de Santo Domingo,
25. Era el nombre que había visto en la tarjeta.
El Blanco no iba ligero, pero llevaba un paso igual y
constante. En tres horas y media anduvo Cavalcanti las nueve leguas que le
separaban de Compiègne. Daban las cuatro en el reloj del Ayuntamiento cuando
llegó a la plaza adonde paran las diligencias.
Hay en Compiègne una fonda excelente que no olvidan los que en
ella se han alojado una vez. Cavalcanti, que había hecho alto allí en una de
sus correrías por los alrededores de París, se acordó de la fonda de la Campana
y la Botella. Orientóse y vio a la luz de un reverbero la muestra indicadora,
y habiendo despedido al chico, al que dio cuanta moneda menuda tenía, llamó a
la puerta, pensando con razón que aún disponía de tres o cuatro horas, y que lo
mejor que podía hacer era prepararse con un buen sueño y una buena cena para
las fatigas del viaje.
Abrióle un camarero.
‑Amigo ‑le dijo Cavalcanti‑, vengo de
Saint‑Jean‑du‑Bois, donde he comido. Creía tomar la diligencia que pasa a
medianoche, me he desorientado como un imbécil, y hace cuatro horas que me
paseo a la ventura. Dadme uno de esos lindos cuartos que dan al patio y subidme
un pollo frito y una botella de Burdeos.
El camarero no sospechó nada. Cavalcanti hablaba con la mayor
tranquilidad. Tenía el cigarro en la boca y las manos en los bolsillos del
paletó. Su vestido era elegante y calzaba botas de charol. Parecía un vecino
que llegaba un poco tarde.
Mientras el mozo preparaba el cuarto, se levantó el ama. El
joven la recibió con su más lisonjera sonrisa, y le preguntó si no podría darle
el número tres, que había ocupado ya otra vez en su último viaje a Compiègne.
Desgraciadamente el número tres lo ocupaba un joven que viajaba con su hermana.
Cavalcanti pareció desesperado, pero se consoló cuando el ama le
dijo que el número siete, que le preparaban, tenía absolutamente las mismas
condiciones que el número tres, y calentándose los pies y hablando de las
últimas carreras de caballos de Chantilly, esperó a que le avisasen que el
cuarto estaba preparado.
No sin razón había hablado Cavalcanti de los lindos cuartos que
daban al patio de entrada. Este, con su triple orden de galerías, que le hacen
parecer un teatro, con sus jazmines y sus clemátides, que suben enredadas en
las delgadas columnas como una decoración natural, es una de las entradas de
fonda más encantadoras que existen en el mundo.
El pollo estaba tierno, el vino era añejo, y en la chimenea
ardía un buen fuego. Cavalcanti se quedó sorprendido al ver que cenaba con tan
buen apetito, como si nada le hubiese sucedido. Acostóse inmediatamente, y se
durmió con aquel sueño que el hombre tiene siempre a los veinte años, aun
cuando tenga remordimientos.
Nos vemos precisados a confesar que Cavalcanti podía haber
tenido remordimientos, pero no los tenía. He aquí el plan que le había dado la
mayor parte de su seguridad.
Levantarse tan pronto como amaneciese. Salir de la fonda después
de haber pagado rigurosamente su cuenta, internarse en el bosque; comprar, bajo
el pretexto de hacer estudios de pintura, la hospitalidad de un campesino,
procurarse un traje de leñador y un hacha, despojarse del traje del elegante
para vestir el del obrero; luego, con las manos llenas de tierra, oscurecidos
los cabellos con un peine de plomo, y ennegrecido el rostro con una receta que
le habían dado sus compañeros, ir de bosque en bosque hasta la frontera más
cercana, caminando de noche y durmiendo de día, sin acercarse a lugares habitados
más que de vez en cuando para comprar un pan.
Cuando hubiere pasado la frontera, reduciría a dinero sus diamantes,
y juntando su importe a unos diez billetes de banco que llevaba siempre consigo
para caso de apuro, se hallaba aún con cincuenta mil libras, lo que según su
filosofía, no era malo del todo.
Contaba además con el interés que Danglars tenía en echar tierra
a aquel asunto. Por estas razones y por el cansancio, Cavalcanti se durmió en
un momento.
Para despertarse temprano, dejó abierta la ventana, pasó el
cerrojo de la puerta y dejó abierto sobre la mesa de noche un cuchillo de aguda
punta y excelente temple que llevaba siempre consigo.
Serían las siete cuando un brillante rayo de sol hirió su
rostro, despertándose al mismo tiempo.
En todo cerebro bien organizado, la idea dominante, y siempre
hay una, es la primera que se presenta al despertarse, como es también la
última que se tiene al dormirse. Cavalcanti no había aún abierto bien los ojos
cuando ya conoció que había dormido más tiempo del que debía. Saltó de la cama
y se dirigió a la ventana.
Un gendarme cruzaba por el patio.
El gendarme es el objeto que más llama la atención hasta del hombre
que no tiene que temer, pero para una conciencia intranquila, y con motivo para
estarlo, el pajizo, azul y blanco de que se compone su uniforme, toman unas
tintas espantosas.
‑¿Por qué un gendarme? ‑se preguntó Cavalcanti.
En seguida se respondió a sí mismo con aquella lógica que el
lector ha debido ya observar en él:
=Un gendarme nada tiene que deba espantar en una fonda. No nos
espantemos, pues, pero vistámonos.
Y el joven se vistió con una rapidez que no había perdido con la
costumbre de servirse del ayuda de cámara, durante el tiempo que como un gran
señor vivía en París.
‑Bueno ‑dijo Cavalcanti vistiéndose‑, esperaré, y cuando se
marche me iré.
Diciendo estas palabras, acababa de vestirse, se acercó a la
ventana y levantó la cortina de muselina.
No sólo no se había marchado el primer gendarme, sino que el joven
vio un segundo uniforme azul, pajizo y blanco, al pie de la escalera, única
por donde él podía bajar, mientras que otro tercero, a caballo y con la
carabina en la mano, estaba de centinela en la puerta de entrada, única por la
que podía salir.
Este tercer gendarme era muy significativo, pues delante de él
había formado un semicírculo por una turba de curiosos que sitiaban la puerta
de la fonda.
«Me buscan a mí ‑pensó Cavalcanti‑, ¡diablo! »
La palidez se apoderó de su frente, miró en derredor con
ansiedad. Su cuarto, como todos los de aquel piso, no tenía más salida que la
galería exterior, que estaba precisamente a la vista de todos.
«Estoy perdido», fue su segundo pensamiento.
Efectivamente, para un hombre en la situación de Cavalcanti, la
prisión significa el jurado, el juicio, la muerte; pero la muerte sin misericordia
y sin dilación.
Durante un momento oprimió su cabeza entre sus manos, y poco le
faltó para enloquecer de miedo; pero en seguida, en medio de aquella multitud
de ideas contrarias, se dejó ver una, llena de esperanza.
Dejóse ver una triste sonrisa sobre sus cárdenos labios. Miró
nuevamente a su alrededor, y vio sobre una mesa los objetos que necesitaba,
pluma, tinta y papel.
Con
mano bastante segura trazó las siguientes líneas:
No tengo
dinero para pagar, peso joy hombre de bien, y dejo empeñado mi alfiler, que
vale diez veces más que el gasto que he hecho: He salido al ser de día, porque
me daba vergüenza hacer esta declaración personalmente al ama.
Quitóse el alfiler de la corbata y lo puso sobre el papel.
Luego, en lugar de dejar corridos los cerrojos, los abrió, y aun dejó la puerta
entornada como si hubiese salido del cuarto olvidándose de cerrar. Encaramóse
a la chimenea como hombre acostumbrado a esta suerte de acrobacias, borró las
pisadas con anticipación y se preparó a escalar el cañón que le ofrecía el
único medio de salvación en que esperaba.
Tuvo el tiempo preciso para esconderse, pues el primer gendarme
subía la escalera, acompañado del comisario de policía, sostenido por el
segundo, que estaba al pie de ella, al que a su vez sostenía el colocado en
tercera línea a la puerta de la fonda.
Veamos ahora a qué circunstancia debía Cavalcanti aquella visita
que con tanto trabajo trataba de evitar.
Al despuntar el día el telégrafo había empezado a funcionar en
todas direcciones, y cada localidad, prevenida instantáneamente, había
despertado a las autoridades y lanzado la fuerza pública en busca del asesino
de Caderousse.
Compiègne, residencia real, pueblo de caza, ciudad de
guarnición, está ampliamente provista de autoridades y gendarmes. Las visitas
habían empezado tan pronto como llegó la orden telegráfica, y siendo la fonda
de la Campana y la Botella la primera de la ciudad, naturalmente fue la
primera que visitaron.
Además, según el parte dado por el centinela que había estado de
guardia en la casa del Ayuntamiento, que está junto a la fonda, constaba que
muchos viajeros habían llegado durante la noche.
El centinela que había sido relevado a las seis de la mañana
recordaba que en el momento en que acababan de dejarle en su puesto, es decir
a las cuatro y algunos minutos, había visto un hombre montado en un caballo
blanco, con un chico a la grupa, que se apeó en la plaza, despachó al chico y
llamó a la fonda de la Campana, en la que se quedó. Sospechaban, pues, de
aquel joven que llegó tan tarde, y éste era precisamente Cavalcanti.
Con tales antecedentes, el comisario de policía y el gendarme,
que era un sargento, se dirigieron al cuarto de Cavalcanti. La puerta estaba
entreabierta.
‑¡Vaya! ‑dijo el sargento, perro viejo y acostumbrado a todos
los ardides del oficio‑, mal indicio da una puerta abierta. Hubiera preferido
verla con tres cerrojos.
En efecto, el alfiler y la carta, dejados por Cavalcanti encima
de la mesa, confirmaron, o mejor dicho, apoyaron esta triste verdad. El sujeto
había huido.
Merced a las precauciones que tomó, no se conocían sus pisadas
en las cenizas, pero como era una salida, en aquellas circunstancias debía ser
objeto de una seria investigación.
El sargento hizo traer un manojo de sarmientos y paja, llenó la
chimenea y la encendió. El fuego hizo crujir los ladrillos, una espesa columna
de humo se levantó hacia el cielo, igual a la que sale de un vol‑
cán, pero no vio caer al que buscaba, contrariamente a lo que
había pensado.
Es que Cavalcanti, que desde su infancia había estado en lucha
con la sociedad, valía tanto como un gendarme, aunque éste hubiese llegado al
respetable grado de sargento. Y previendo lo que había de suceder, había salido
al tejado y se escondió junto al cañón.
Durante un instante conservó la esperanza de escapar, porque oyó
al sargento llamar a los gendarmes y gritarles: «No está.» Pero estirando un
poco el cuello vio que los gendarmes en lugar de retirarse como era natural a
semejante anuncio, vio, decimos, que por el contrario redoblaban su atención.
Miró a su alrededor, vio a su derecha la casa del Ayuntamiento,
edificio colosal, desde cuyas claraboyas se distinguía perfectamente el tejado,
como desde una elevada montaña se divisa el valle.
Comprendió que muy pronto iba a ver asomarse por alguna de las
claraboyas la cabeza del sargento. Si le descubrían, estaba perdido; una caza
sobre el tejado no le ofrecía favorables perspectivas. Resolvió, pues, bajar,
no por el mismo camino por el que había venido, sino por otro parecido.
Buscó una chimenea que no humease, dirigióse a ella andando a
gatas, y se deslizó por ella sin haber sido visto por nadie.
En el mismo instante, una ventanilla de la casa del Ayuntamiento
se abría, y por ella asomaba la cabeza del sargento de gendarmería. Permaneció
inmóvil un momento como uno de los relieves de piedra que adornan el edificio,
y dando en seguida un gran suspiro, desapareció.
‑¿Y bien? ‑le preguntaron los dos gendarmes.
‑Hijos míos ‑respondió el sargento‑, preciso es que el tunante
se haya marchado esta mañana muy temprano. Vamos a enviar al camino de Villers‑Coterete
y de Nogon para registrar el bosque, y le hallaremos indudablemente.
Apenas había pronunciado aquellas palabras el honrado funcionario,
cuando un grito, acompañado del agudo sonido de una campanilla tirada con
fuerza, dejóse oír en el patio de la fonda.
‑¡Oh! , ¡oh! ¿Qué es eso? ‑preguntó el sargento.
‑He ahí un viajero que lleva mucha prisa ‑añadió el amo‑ ¿En qué
número llaman?
‑En el tres.
‑Corre, muchacho, pronto.
En aquel momento, los gritos y los campanillazos redoblaron, y
el mozo echó a correr.
‑No ‑dijo el sargento deteniendo al criado‑, el que llama
necesita sin duda algo más que un criado. Vamos a mandarle un gendarme. ¿Quién
se aloja en el número tres?
‑Un joven que llegó anoche con su hermana en una silla de posta
y pidió un cuarto con dos camas.
La campanilla resonó por tercera vez, como si la agitase una
persona llena de angustia.
‑Venid conmigo, señor comisario ‑gritó el sargento‑, seguidme, y
acelerad el paso.
‑Un momento ‑dijo el amo‑, en el cuarto número tres hay dos
escaleras, una interior y otra exterior.
‑Bueno ‑dijo el sargento‑, yo tomaré la interior, es mi departamento.
¿Están cargadas las carabinas?
‑Sí, sargento.
‑Pues bien, vigilad vosotros la exterior, y si quiere huir,
haced fuego. Es un gran criminal, según dice el telégrafo.
El sargento, seguido del comisario, desapareció por la escalera
interior, acompañado del rumor que sus revelaciones sobre Cavalcanti habían
hecho nacer en la multitud de ociosos que presenciaban aquella escena.
He aquí lo que había sucedido:
Cavalcanti había bajado diestramente hasta dos tercios de la
chimenea; pero al llegar allí le falló un pie, y a pesar del apoyo de sus manos,
bajó más rápido, y sobre todo con más ruido del que hubiera querido; nada
hubiese importado esto si el cuarto no estuviera ocupado como estaba.
Dos mujeres dormían en una cama, y el ruido las despertó. Sus miradas
se fijaron en el sitio en que habían oído el ruido, y por el hueco de la
chimenea vieron aparecer un hombre.
Una de las dos, la rubia fue la que dio aquel terrible grito que
se oyó en toda la casa; mientras que la otra, que era pelinegra, corrió al
cordón de la campanilla, y dio la alarma tirando de ella con toda su fuerza.
Cavalcanti jugaba la partida con desgracia.
‑¡Por piedad! ‑decía pálido, fuera de sí, sin ver a las personas
a las que estaba hablando‑, ¡por piedad! ¡No llaméis! ¡Salvadme!, no quiero
haceros daño.
‑¡Cavalcanti, el asesino! ‑gritó una de las dos mujeres.
‑¡Eugenia, señorita Danglars! ‑dijo Cavalcanti, pasando del miedo
al estupor.
‑¡Socorro! ¡Socorro! ‑gritaba la señorita de Armilly, cogiendo
el cordón de la campanilla de manos de Eugenia, y tirando con más fuerza que
antes.
‑¡Salvadme, me persiguen! ¡Por piedad! ¡No me entreguéis!
‑Es tarde, ya suben ‑respondió Eugenia.
‑Pues bien, ocultadme en cualquier parte. Diréis que tuvisteis
miedo sin motivo. Haréis desaparecer las sospechas, y me salvaréis la vida.
Las dos jóvenes, arrimadas la una a la otra y tapándose completamente
con las colchas, permanecieron mudas ante aquella voz que les suplicaba. Mil
ideas contrarias y la mayor repugnancia se leía en sus ojos.
‑Pues bien, sea ‑dijo Eugenia‑, tomad el camino por el cual
habéis venido, y nada diremos. ¡Marchaos, desgraciado!
‑¡Aquí está! ¡Aquí está! ‑gritó una voz casi ya junto a la puerta‑,
¡aquí está!, ya le veo.
En efecto, mirando el sargento por el ojo de la cerradura, había
visto a Cavalcanti en pie y suplicando.
Un fuerte culatazo hizo saltar la cerradura; otros dos los
cerrojos, y cayó la puerta al suelo.
Cavalcanti corrió a la otra puerta que daba a la galería, y la
abrió para precipitarse por ella. Los dos gendarmes que estaban allí se prepararon
para hacer fuego.
Cavalcanti se detuvo, en pie, pálido, con el cuerpo un poco
echado hacia atrás, y con su inútil cuchillo en la mano.
‑Huid ‑le dijo la señorita de Armilly, en cuyo corazón empezaba
a entrar la piedad a medida que se retiraba el miedo‑. Huid, pues, si podéis.
‑¡Oh!, mataos ‑dijo Eugenia con un tono semejante al que usaban
las vestales al mandar en el circo al gladiador que concluyese con su enemigo
vencido.
Cavalcanti tembló, miró a la joven con una sonrisa de desprecio,
que demostraba que su corrupción le impedía conocer la sublime ferocidad del
honor.
‑¿Matarme? ‑dijo, arrojando su cuchillo‑, ¿y por qué?
‑¿Pues no habéis dicho ‑replicóle Eugenia‑ que os condenarán a
muerte y que os ejecutarán inmediatamente como al último de los criminales?
‑¡Bah! ‑respondió Cavalcanti cruzando los brazos‑, de algo
servirán los amigos.
El sargento se dirigió a él sable en mano.
‑Vamos, vamos ‑dijo Cavalcanti‑, guardad ese sable, buen hombre,
no hay necesidad de tanto ruido; me rindo.
Y alargó las manos a las esposas.
Las jóvenes miraban con terror aquella espantosa metamorfosis
que se efectuaba ante su vista. El hombre de mundo, despojándose de su traje y
volviendo a ser el hombre de presidio.
Cavalcanti se volvió hacia ellas y con la sonrisa de la
imprudencia les dijo:
‑¿Queréis algo para vuestro padre, señorita Eugenia? Porque según
todas las probabilidades vuelvo a París.
Eugenia ocultó su rostro entre sus manos.
‑¡Oh! ¡Oh!, no hay por qué avergonzarse. No tiene nada de particular
que hayáis tomado la posta para correr tras de mí. ¿No era yo casi vuestro
marido?
Después de su burla, Cavalcanti salió, dejando a las dos
fugitivas entregadas a la vergüenza y a los chismes de la gente.
Una hora después, vestidas ambas con su traje de señora, subían
a la silla de posta.
Habían cerrado la puerta de la fonda para librarlas de las
primeras miradas, pero con todo fue necesario pasar por medio de dos hileras de
curiosos que murmuraban.
‑¡Oh! ¿Por qué el mundo no es un desierto? ‑dijo Eugenia bajando
las persianas de la silla para que no la viesen.
Al día siguiente se apeaban en la fonda de Flandes, en Bruselas.
Desde el día anterior, Cavalcanti se hallaba en la cárcel de la
Conserjería.
Hemos visto la tranquilidad con que las señoritas de Danglars y
de Armilly habían hecho su transformación y emprendido su fuga. Debieron esta
tranquilidad a que cada cual estaba bastante ocupado en sus asuntos para no
mezclarse en los de los demás.
Dejaremos al banquero, con la frente bañada de sudor, alinear, a
la vista de la bancarrota, las inmensas columnas de su pasivo, y seguiremos a
la baronesa, que después de haber permanecido un instante aterrada con la
violencia del golpe que la hiriera, había ido en busca de su consejero
ordinario, Luciano Debray.
Contaba la baronesa con que aquel matrimonio la libraría de una
tutela que con una muchacha del carácter de Eugenia no dejaba de ser incómoda,
porque en la especie de contrato tácito que sostiene los lazos de la jerarquía
social, la madre no es verdaderamente dueña de su hija, sino con la condición
de ser continuamente para ella un ejemplo de moralidad y un tipo de
perfección.
Ahora bien, la señora Danglars temía la perspicacia de Eugenia y
los consejos de Luisa de Armilly. Había observado ciertas miradas desdeñosas
lanzadas por su hija a Debray, las que parecían significar que su hija conocía
todo el misterio de sus relaciones amorosas y Pecuniarias con el secretario
íntimo, mientras que una interpretación más sagaz y más profunda hubiese, por
el contrario, demostrado a la baronesa que Eugenia la detestaba, no porque era
la piedra de escándalo de la casa paterna, sino porque la colocaba en la
categoría de los bípedos que Platón no llama hombres, y Diógenes designa con la
denominación de animales de dos pies y sin plumas.
La señora Danglars, a su modo de ver, y desgraciadamente todos
en el mundo tenemos nuestro modo de ver que nos impide conocer el de los demás,
la señora Danglars, decimos, lamentaba infinitamente que el matrimonio de
Eugenia se hubiese desbaratado; no porque fuese o dejase de ser conveniente,
sino porque la privaba de su entera libertad.
Corrió, pues, como hemos dicho, a casa de Debray, que después de
haber asistido como todo París a la firma del contrarto y al escándalo que hubo
en ella, se retiró a su club, donde con algunos amigos hablaba del suceso que
era tema de todas las conversaciones en las tres cuartas partes de la ciudad
eminentemente chismosa, llamada la capital del mundo.
Cuando la señora Danglars, vestida de negro y cubierta con un
velo, subía la escalera que conducía a la habitación de Debray, a pesar de
haberle dicho el conserje que no estaba, se ocupaba él en rechazar las
insinuaciones de un amigo que procuraba demostrarle que después del suceso
escandaloso que se había producido, era su deber, como amigo íntimo de la casa,
casarse con Eugenia y sus dos millones.
Debray se defendía como hombre que quiere ser vencido, porque
aquella idea se había presentado muchas veces a su imaginación. Mas como
conocía a Eugenia, y sabía su carácter independiente y altanero, tomaba de vez
en cuando una actitud defensiva diciendo que aquella unión era imposible,
dejándose con todo dominar interiormente por aquella mala idea que, según todos
los moralistas, preocupa incesantemente al hombre más puro y honrado, velando
en el fondo de su alma cual tras la cruz el diablo.
El té, el juego y la conversación, interesante como se ve, pues
se discutían graves intereses, duraron hasta la una de la madrugada.
Entretanto, la señora Danglars, introducida por el criado de
Luciano en su habitación, esperaba con el velo echado sobre el rostro y con el
corazón palpitante, en el pequeño salón verde, entre dos grandes floreros que
ella misma le envió por la mañana, y que Debray había arreglado tan
cuidadosamente que hizo que la pobre mujer le perdonara su ausencia.
A las once y cuarenta minutos la señora Danglars, cansada de
esperar inútilmente, montó en un carruaje y se hizo conducir a su casa. Las
mujeres de cierto rango tienen de común con las grisetas, que no vuelven jamás
después de medianoche, cuando van a alguna aventura. La baronesa entró en su
casa con la misma precaución con que Eugenia había salido de ella. Subió pronto
y con el corazón oprimido la escalera de su cuarto, contiguo, como se sabe, al
de Eugenia. Temía dar lugar a comentarios, y creía firmemente la pobre mujer,
respetable al menos en este punto, en la inocencia de su hija y en su
fidelidad al hogar paterno.
Cuando llegó a su cuarto, escuchó a la puerta de Eugenia, y no
oyendo ruido, quiso entrar, pero estaba corrido el pestillo. Creyó que
Eugenia, fatigada de las terribles emociones de la tarde, se había acostado y
dormía. Llamó a la camarera y le preguntó:
‑La señorita ‑respondió ésta‑ ha entrado en su cuarto con la
señorita Luisa, han tomado el té juntas, y me han despedido en seguida,
diciéndome que no me necesitaban.
La camarera había estado desde entonces en la repostería, y
creía a las dos jóvenes acostadas.
La señora Danglars se retiró sin la menor sospecha, pero
tranquila en cuanto a las personas, su espíritu se fijó en el hecho mismo. A medida
que sus ideas eran más claras, las proporciones de la escena del contrato se
engrandecían. Era ya algo más que un escándalo, era no una vergüenza, y sí una
ignominia.
A pesar suyo, la baronesa recordó que no había tenido piedad de
la pobre Mercedes, que tanto sufrió con lo ocurrido a su marido y a su hijo.
‑Eugenia ‑dijo‑ está perdida y nosotros también. El suceso, tal
cual va a contarse, nos cubre de oprobio, porque en una sociedad como la
nuestra ciertos ridículos son llagas vivas, sangrantes a incurables. ¡Qué
dicha que Dios haya dado a Eugenia ese carácter extravagante que tantas veces
me ha hecho temblar!
Y elevó al cielo una mirada de gratitud hacia aquella
Providencia misteriosa que lo dispone todo, según los sucesos que deben tener
lugar, y hace que un defecto o un vicio sirvan a veces para nuestra dicha.
Luego, su imaginación tomó un rápido vuelo, y se detuvo en Cavalcanti.
Ese era un miserable, un ladrón, un asesino, y con todo, sus
maneras indicaban una mediana educación, si no completa. Cavalcanti había
hecho su aparición en el mundo con las apariencias de una gran fortuna y el
apoyo de hombres ilustres.
¿Cómo orientarse en aquel inmenso dédalo? ¿A quién dirigirse
para salir de aquella situación?
Debray, a quien había ido a buscar en el primer impulso de la
mujer que ama y quiere ser socorrida y ayudada por el hombre a quien dio su
corazón y muchas veces le pierde, Debray no podía darle más que un consejo;
debía, pues, dirigirse a persona más poderosa.
Pensó en Villefort. Este era quien había hecho prender a
Cavalcanti y quien sin piedad había venido a turbar la paz en el seno de su
familia como si hubiera sido una familia extraña.
Mas, pensándolo bien, no era un hombre sin piedad el procurador
del rey; era un magistrado esclavo de sus deberes, un amigo leal y firme, que
brutalmente, pero con mano segura, había dado el golpe de escalpelo en la parte
enferma; no era un verdugo, era un cirujano que había visto perder ante el
mundo el honor de los Danglars por la ignominia del joven que había presentado
al mundo como su yerno.
Puesto que Villefort, amigo de la familia Danglars, obraba así,
era de suponer que el banquero nada sabía de antemano, y era inocente, no
teniendo participación alguna en los manejos de Cavalcanti. Reflexionándolo
bien, la conducta del procurador del rey se explicaba ventajosamente.
Pero hasta allí debía llegar su inflexibilidad. Se propuso ir a
verle al día siguiente y obtener de él, si no que faltase a sus deberes de magistrado,
al menos que tuviera la mayor indulgencia posible.
La baronesa invocaría el tiempo pasado, rejuvenecería sus recuerdos;
suplicaría en nombre de un tiempo culpable, pero dichoso. El señor de Villefort
atajaría el asunto, o por lo menos, y para eso le bastaba volver los ojos a
otra parte, dejaría escapar a Cavalcanti, y no perseguiría al criminal sino en
contumacia. Entonces durmióse más tranquilizada.
El día siguiente a las nueve se levantó, y sin llamar a su
camarera, y sin dar señal de que existía en el mundo, se vistió con la misma
sencillez que el día anterior, bajó la escalera, salió de casa, marchó hasta
la calle de Provenza, tomó allí un carruaje de alquiler y se dirigió a casa de
Villefort.
Desde hacía un mes, aquella casa maldita presentaba el aspecto
lúgubre de un lazareto, en el que se hubiese declarado la peste. Una parte de
las habitaciones estaban cerradas por dentro y por fuera, las ventanas
encajadas de continuo, sólo se abrían para dejar entrar un poco el aire. Veíase
entonces asomarse a ellas la figura de un lacayo, y en seguida se cerraban como
la losa que cae sobre el sepulcro. Los vecinos se preguntaban: ¿Veremos salir
hoy otro cadáver de la casa del procurador del rey?
Un temblor se apoderó de la señora Danglars al contemplar
aquella casa desolada. Bajó del coche, acercóse a la puerta, que estaba
cerrada, y llamó.
Cuando con lúgubre sonido resonó la campanilla por tres veces,
apareció el conserje, entreabriendo la puerta lo suficiente sólo para ver quién
llamaba.
Vio una señora elegantemente vestida, perteneciente, por lo
visto, a la alta sociedad, y sin embargo, la puerta permaneció cerrada.
‑Abrid ‑dijo la baronesa.
‑Ante todo, señora, ¿quién sois? ‑inquirió el conserje.
‑¿Quién soy? Bien me conocéis.
‑No conocemos ya a nadie, señora.
‑Pero ¿estáis loco? ‑dijo la baronesa.
‑¿De parte de quién venís?
‑¡Oh!, eso ya es demasiado.
‑Señora, es orden expresa, excusadme. ¿Vuestro nombre?
‑La baronesa de Danglars, a quien habéis visto veinte veces.
‑¡Es posible, señora! Ahora, ¿qué queréis?
‑¡Oh! ¡Qué cosa tan rara!, me quejaré al señor de Villefort de
la impertinencia de sus criados.
‑Señora, no es impertinencia, es precaución. Nadie entrará aquí
sin una orden del doctor d'Avrigny, o sin haber hablado al señor de Villefort.
‑Pues bien, precisamente quiero ver para un asunto al procurador
del rey.
‑¿Es urgente?
‑Bien debéis conocerlo, cuando no he vuelto a tomar el coche,
pero concluyamos; he aquí una tarjeta, llevadla a vuestro amo.
‑La señora aguardará mi vuelta.
‑Sí, id.
El portero cerró, dejando a la señora Danglars en la calle.
Verdad es que no esperó mucho tiempo; un momento después se
abrió la puerta lo suficiente solamente para que entrase la baronesa,
cerrándose inmediatamente.
Una vez hubieron llegado al patio, el conserje, sin perder de
vista la puerta un momento, sacó del bolsillo un pito y lo tocó.
Presentóse a la entrada el ayuda de cámara del señor Villefort.
‑La señora excusará a ese buen hombre ‑dijo presentándose a la
baronesa‑, pero sus órdenes con categóricas, y el señor de Villefort me
encarga decir a la señora que le ha sido imposible obrar de otro modo.
Había en el patio un proveedor introducido del mismo modo, y cuyas
mercancías examinaban.
La baronesa subió. Sentíase profundamente impresionada al ver
aquella tristeza, y conducida por el ayuda de cámara llegó al despacho del
magistrado sin que su guía la perdiese de vista un solo instante.
Por mucho que preocupase a la señora Danglars el motivo que la
conducía, empezó por quejarse de la recepción que le hacían los criados, pero
Villefort levantó su cabeza inclinada por el dolor, con tan triste sonrisa, que
las quejas expiraron en los labios de la baronesa.
‑Excusad a mis criados de un terror que no puede constituir delito;
de sospechosos, se han vuelto suspicaces.
La señora Danglars había oído hablar varias veces del terror que
causaba el magistrado; pero si no lo hubiese visto, jamás hubiera podido creer
que llegase hasta aquel extremo.
‑¿Vos también ‑le dijo‑ sois desgraciado?
‑Sí ‑respondió el magistrado.
‑¿Me compadeceréis, entonces?
‑Sí, señora, sinceramente.
‑¿Y comprendéis el motivo de mi visita?
‑¿Vais a hablarme de lo que os ha sucedido?
‑Sí; una gran desgracia.
‑Es decir, un desengaño.
‑¡Un desengaño! ‑exclamó la baronesa.
‑Desgraciadamente, señora, he llegado a no llamar desgracias más
que a las irreparables.
‑¿Y creéis que se olvidará?
‑Todo se olvida ‑respondió Villefort‑; mañana se casará vuestra
hija; dentro de ocho días, si no mañana. Y en cuanto al futuro que ha perdido
Eugenia, no creo que lo echéis mucho de menos.
Admirada de aquella calma casi burlona, la señora Danglars miró
a Villefort.
‑¿He venido a ver a un amigo? ‑le preguntó con un tono lleno de
dolorosa dignidad.
‑Sabéis que sí ‑respondió Villefort, cuyas pálidas mejillas se
cubrieron de un vivo rubor al dar aquella seguridad que hacía alusión a otros
sucesos muy distintos de los que los ocupaban en el momento.
‑Pues bien, entonces sed más afectuoso, mi querido Villefort, y
al verme tan desdichada, no me digáis que debo estar contenta.
Villefort se inclinó.
‑Cuando oigo hablar de desgracias, señora, hace tres meses que
he adquirido el vicio, si queréis, de hacer una comparación egoísta con las
mías, y al lado de ellas la vuestra no es nada. Ahí tenéis por qué vuestra
posición me parece envidiable. ¿Decíais, señora?
‑Venía a saber de vos, amigo mío, ¿en qué estado se halla el
asunto de ese impostor?
‑¡Impostor! ‑repitió Villefort‑, estáis resuelta a disminuir
ciertas cosas y exagerar otras. ¡Impostor el señor Cavalcanti, o mejor
Benedetto! Os engañáis, señora, el señor Benedetto es un hermoso ejemplar de
asesino.
‑No niego la rectitud de vuestra enmienda, pero mientras más
severo seáis con ese desgraciado, más haréis contra nosotros. Olvidadle un
momento, y en lugar de seguirle, dejadle huir.
‑Llegáis tarde, señora, ya están dadas las órdenes.
‑Y si lo prenden... ¿Creéis que lo prenderán?
‑Así lo espero.
‑Si lo prenden, considerar esto, entonces: siempre he oído decir
que las prisiones no se desocupan; pues bien, dejadle en ella.
El procurador del rey hizo un signo negativo.
‑Por lo menos, hasta que esté casada mi hija ‑añadió la baronesa.
‑Imposible, señora, la justicia tiene sus trámites.
‑¿Los tiene también para mí? ‑dijo la baronesa medio seria,
medio risueña.
‑Para todos ‑respondió Villefort‑, y para mí como para los
demás.
‑¡Ah! ‑exclamó la baronesa, sin añadir con palabras el pensamiento
que encerraba esta exclamación.
Villefort se puso a contemplarla con aquella mirada con que
solía sondear el pensamiento de sus interlocutores.
‑Ya; comprendo lo que queréis decir ‑le dijo‑, aludís a esos
terribles rumores esparcidos por ahí, de que todas esas muertes que hace tres
meses me visten de negro, que esa muerte de que Valentina ha escapado como por
milagro, no son naturales, ¿no es eso lo que queréis decir?
‑No pensaba en eso ‑dijo vivamente la señora Danglars.
‑¡Sí!, pensabais, señora, y con razón, porque no podía ser de
otra manera, y decíais para vos misma: «Tú, que persigues el crimen, responde:
¿por qué hay a lo alrededor crímenes que permanecen impunes?» Eso es lo que os
decíais, ¿no es así, señora?
‑Verdad es, lo confieso.
‑Ahora voy a contestaros.
Villefort acercó su sillón a la silla de la señora Danglars, y
luego, apoyando ambas manos en su pupitre, y tomando una entonación más sorda
que de costumbre, añadió:
‑Hay crímenes que quedan impunes, porque se desconoce a los
criminales, y porque se teme herir en una cabeza inocente, en vez de herir en
una cabeza culpable; pero cuando sean conocidos esos criminales ‑Villefort
extendió la mano hacia un crucifijo de gran tamaño colocado delante del pupitre‑,
cuando esos criminales sean conocidos ‑repitió‑, por Dios vivo, señora,
morirán, sean quienes fueren. Ahora, pues, después del juramento que acabo de
hacer, y que cumpliré, ¡atreveos, señora, a pedirme gracia para ese miserable!
‑¿Y estáis seguro de que sea tan culpable como se dice? ‑preguntó
la señora Danglars.
‑Escuchad, escuchad su registro. Benedetto, condenado primero a
cinco años de presidio por falsificador a la edad de dieciséis años: el mozo
prometía, según veis. Luego prófugo, después asesino.
‑Pero ¿quién es ese desgraciado?
‑¿Quién lo sabe? Un vagabundo, un corso.
‑¿Y nadie se ha presentado a reclamar por él?
‑Nadie, no se conoce a sus padres.
‑Pero ¿ese hombre que había venido de Luques?
‑Otro tal; su cómplice quizá.
La baronesa cruzó las manos.
‑¡Villefort! ‑exclamó con el tono más dulce y cariñoso.
‑¡Por Dios, señora! ‑respondió el procurador del rey con una
firmeza que no carecía de sequedad‑, ¡por Dios! jamás me pidáis gracia para un
criminal. ¿Qué soy yo?: la ley. ¿Y tiene ojos la ley para ver vuestra tristeza?
¿Tiene oídos la ley para oír vuestra dulce voz? ¿Tiene memoria la ley para
comprender con delicadeza vuestro pensamiento? No, señora, la ley manda, y
cuando manda la ley, hiere en seguida. Me diréis que yo soy un ser viviente, y
no un código, un hombre, y no un libro; pero miradme, mirad, señora, a mi
alrededor: ¿me han tratado a mí los hombres como hermano? ¿Me han tenido
consideración? ¿Me han perdonado? ¿Ha pedido nadie gracia para Villefort, ni se
le ha concedido a nadie esa gracia?
» No, no; lastimado, siempre lastimado. Todavía insistís vos,
que sois ahora una sirena más bien que una mujer, en mirarme con esa mirada
encantadora y expresiva que me recuerda que debo avergonzarme. Entonces, sea;
sí, ¡avergonzarme de lo que vos sabéis, y tal vez de otra cosa más! Pero al
fin, después de que yo he sido culpable, y acaso más culpable que otros, desde
que yo he sacudido los vestidos del prójimo para buscar detrás de ellos la
llaga, y siempre he encontrado, siempre con gozo, con alegría, ese sello de la
debilidad o de la perversidad humana. ¡Cada hombre culpable que hallaba y cada
criminal que yo castigaba, me parecía una demostración viva, una nueva prueba
de que no era yo una repugnante excepción! ¡Ay!, ¡ay!, ¡ay!, ¡todo el mundo es
malo, señora; demostrémoslo, y castiguemos al malo!
Villefort dijo estas últimas palabras con una rabia nerviosa que
confería a su lenguaje una feroz elocuencia.
‑¿Pero decís ‑continuó la señora Danglars intentando el último
esfuerzo‑, decís que ese joven es vagabundo, huérfano y desamparado?
‑Sí, y tanto peor, o mejor dicho, tanto mejor; la Providencia lo
ha permitido así para que nadie llore por él.
‑Es encarnizarse contra el débil, señor procurador del rey.
‑El débil que asesina.,
‑Su deshonor repercute sobre mi casa.
‑¿No tengo yo la muerte en la mía?
‑¡Oh! ‑dijo la baronesa‑, no tenéis piedad para los demás; pues
bien, no la tendrán de vos.
‑¡Así sea! ‑dijo Villefort levantando al cielo su rostro amenazador.
‑Dejad la causa de ese desgraciado para los jurados venideros;
eso nos dará seis meses para que lo olviden.
‑No ‑dijo Villefort‑; todavía me quedan cinco días; la instrucción
está terminada; me sobra tiempo. Además, conocéis, señora, que yo también
necesito olvidar; pues bien, cuando trabajo noche y día, hay momentos en que
nada recuerdo, y soy dichoso como los muertos, pero aún vale más esto que
sufrir.
‑Si se ha fugado, dejadle huir; la inercia es una clemencia
fácil.
‑Os he dicho que era demasiado tarde, que al ser de día funcionó
el telégrafo, y...
‑Señor ‑dijo el ayuda de cámara entrando‑, un soldado trae este
despacho del ministro del Interior.
Villefort tomó la carta y la abrió.
‑Preso, le han apresado en Compiègne. Esto ha terminado.
‑Adiós ‑dijo la señora Danglars levantándose.
‑Adiós, señora ‑respondió el procurador del rey, acompañándola
hasta la puerta.
Luego, volviendo a su despacho, añadió:
‑Vamos; tenía un delito de falsificación, tres robos, dos
incendios; me faltaba un asesinato, y hele aquí; la sesión será interesante.
Como había dicho el procurador del rey a la señora Danglars, Valentina
no estaba aún restablecida; quebrantada por la fatiga, se hallaba en cama, y
en ella, y por la señora de Villefort, supo los sucesos que acabamos de contar,
es decir, la huida de Eugenia y la prisión de Cavalcanti o Benedetto y la
acusación de asesinato intentada contra él. Pero Valentina se hallaba en un
estado tan débil, que no le causó aquélla noticia el efecto que hubiera
producido en ella en su estado
habitual. En efecto, algunas ideas vagas, algunos fantasmas
fugitivos se presentaron al cerebro de la enferma, o pasaron ante su vista,
pero bien pronto se borraron, dejando tomar toda su fuerza a las sensaciones
personales.
Durante el día, Valentina se mantenía en la realidad por la
presencia del señor Noirtier que se hacía conducir al cuarto de su nieta, y
permanecía en él protegiendo a Valentina con su paternal mirada. Después,
cuando regresaba del tribunal, era Villefort quien pasaba una hora entre su
padre y su hija. A las seis se retiraba el señor de Villefort a su despacho, a
las ocho llegaba el señor d'Avrigny, quien preparaba por sí mismo la poción
nocturna para la joven. En seguida se llevaban a Noirtier. Una enfermera
escogida por el médico reemplazaba a los demás, y no se retiraba hasta las diez
o las once, hora en que Valentina quedaba ya dormida. Al bajar, daba las llaves
del cuarto al señor Villefort, de suerte que no podía nadie entrar en la
habitación de la enferma sin atravesar por la habitación de la señora de
Villefort y por el cuarto del pequeño Eduardo.
Todas las mañanas iba Morrel a la habitación de Noirtier para saber
de Valentina, y, ¡cosa extraordinaria!, cada día parecía menos inquieto.
Primeramente, porque Valentina, aunque en medio de una grande exaltación,
estaba cada día mejor; y después, ¿no le había dicho Montecristo cuando fue a
verle que si dentro de dos horas Valentina no había muerto, se salvaría?
Valentina vivía, y ya habían transcurrido cuatro días.
La exaltación nerviosa a que hemos hecho alusión perseguía a Valentina
hasta durante el sueño, o más bien en el estado de somnolencia que sucedía a la
vigilia. Entonces, en medio del silencio de la noche, y a la débil luz de la
lámpara de alabastro puesta sobre la chimenea, veía pasar esas sombras que
pueblan el cuarto de los enfermos y que sacude con sus alas la fiebre. Tan
pronto se le aparecía su madrastra que la amenazaba, como Morrel que le tendía
sus brazos. Veía otras veces extraños a su vida habitual, como el conde de
Montecristo. Hasta los muebles parecían animados y errantes; duraba aquel
estado hasta las dos o las tres de la madrugada, y entonces un sueño de plomo
se apoderaba de la joven y duraba hasta que era de día.
La noche del día en que supo Valentina la fuga de Eugenia y la
prisi6n de Benedetto, y en que después de mezclarse a las sensaciones de su
existencia, empezaban a borrarse de su imaginación aquellos sucesos, retirados
ya Villefort, Noirtier y d'Avrigny, dando las once en San Felipe de Roul, y que
habiendo colocado la enfermera cerca de la cama la poción preparada por el
doctor y cerrado la puerta, se retiró a la antecámara, a juzgar por los
lúgubres comentarios que en ella se oían desde hacía tres meses, una escena
inesperada tenía lugar en aquella habitación tan cuidadosamente cerrada.
Hacía diez minutos poco más o menos que se había retirado la enfermera.
Valentina, atacada de aquella fiebre que se presentaba todas las noches, dejaba
que su imaginación, que no podía dominar, continuase aquel trabajo monótono,
ímprobo a implacable de un cerebro que reproduce incesantemente los mismos
pensamientos o crea las mismas imágenes. Mil y mil rayos de luz, todos llenos
de significaciones extrañas, se escapaban de la lámpara, cuando de repente a
su reflejo incierto, creyó ver Valentina que su bliblioteca, colocada al lado
de la chimenea en un rincón de la pared, se abría poco a poco sin que los
goznes hiciesen el menor ruido.
En cualquier otra ocasión Valentina hubiese tirado de la campanilla,
pidiendo ayuda, pero de nada se admiraba en su actual situación. Sabía que
todas aquellas visiones que la rodeaban eran hijas de su delirio, y esta
convicción se afianzó en ella, porque por la mañana no se veía traza alguna de
aquellos fantasmas de la noche que desaparecían con la aurora.
Detrás de la puerta apareció una figura humana.
Valentina, merced a su fiebre, estaba demasiado familiarizada
con aquellos fantasmas para espantarse de ellos; abrió solamente los ojos
esperando ver a Morrel.
La figura continuó avanzando hacia su cama, detúvose, y pareció
escuchar con una atención profunda.
Un rayo de luz dio entonces de lleno en el rostro de la nocturna
visita.
‑No es él‑dijo Valentina
Esperaba, convencida de que soñaba, que aquel hombre, como sucede
en los sueños, desapareciese o se cambiase en otro.
Solamente tocó su pulso, y sintiéndolo latir con violencia,
recordó que el mejor medio para hacer desaparecer aquellas visiones importunas
era beber: la frescura de la bebida, compuesta con el fin de calmar las
agitaciones de Valentina, que se había quejado de ellas al doctor, haciendo
disminuir la calentura, renovaba las sensaciones del cerebro, y después de
haber bebido se sentía durante un rato más sosegada.
Extendió el brazo con el fin de coger el vaso que estaba junto a
la cama, y en aquel instante y con bastante viveza la aparición dio dos pasos
hacia la cama, y llegó tan cerca de la joven, que le pareció oír su
respiración, y creyó sentir la presión de su mano.
Esta vez la ilusión, o mejor dicho la realidad, sobrepujaba a
cuanto Valentina había experimentado hasta entonces. Sintió que estaba
despierta y viva, vio que gozaba de toda su razón y se echó a temblar.
La presión que Valentina había sentido tenía por objeto
detenerle el brazo, y ella lo retiró lentamente.
Entonces aquella figura, de la que no podía apartar su vista, y
que más bien parecía protegerla que amenazarla, tomó el vaso, se acercó a la
lámpara y examinó el contenido, como si hubiese querido juzgar su colorido y
transparencia.
Pero aquella primera prueba no fue suficiente. Aquel hombre o
fantasma, porque caminaba de un modo que sus pasos no resonaban en la alfombra,
tomó una cucharada de la poción y la tragó.
Valentina contemplaba lo que ocurría ante sus ojos con una sensación
indefinible. Creía que todo aquello iba a desaparecer para dar lugar a otra
escena, pero el hombre, en lugar de desvanecerse como una sombra, se acercó a
ella y alargándole la mano con el vaso le dijo con una voz en la que vibraba la
emoción:
‑Ahora, bebed.
Valentina tembló. Era la primera vez que una de sus visiones le
hablaba de aquel modo. Abrió la boca para dar un grito. El hombre puso un dedo
sobre sus labios.
‑¡El conde de Montecristo! ‑murmuró Valentina.
Al miedo que se pintó en los ojos de la joven, al temblor de sus
manos y al movimiento que hizo para ocultarse entre las sábanas, se reconocía
la última lucha de la duda contra la convicción. Con todo, la presencia de
Montecristo en su cuarto a semejante hora, su entrada misteriosa,
fantasmagórica a inexplicable, a través de un muro, parecía imposible a la
quebrantada razón de Valentina.
‑No llaméis a nadie, ni os espantéis ‑le dijo el conde‑, no tengáis
el menor recelo ni la más pequeña inquietud en el fondo de vuestro corazón. El
hombre que veis delante de vos, porque esta vez tenéis razón, Valentina, y no
es una ilusión, es el padre más tierno y el más respetuoso amigo que podáis
desear.
Valentina no respondió. Tenía un miedo tan grande a aquella voz
que le revelaba la presencia real del que hablaba, que temió asociar a ella la
suya, pero su mirada espantada quería decir: «Si vuestras intenciones son
puras, ¿por qué estáis aquí?»
El conde, con su maravillosa sagacidad, comprendió cuanto
sucedía en el corazón de la joven.
‑Escuchadme ‑le dijo‑, o mejor, miradme: ¿veis mis ojos enrojecidos
y mi cara más pálida aún que de costumbre? Es porque desde hace cuatro noches
no he podido dormir un instante. Hace cuatro noches que velo sobre vos, que os
protejo y os conservo a nuestro amigo Maximiliano.
La sangre coloreó rápidamente las mejillas de la enferma, porque
el nombre que acababa de pronunciar el conde desvanecía el resto de
desconfianza que le había inspirado.
‑¡Maximiliano...
! ‑repitió Valentina; tan dulce le era pronunciar aquel nombre‑. ¡Maximiliano!
¿Os lo ha contado todo?
‑Todo: me ha dicho que vuestra vida era la suya, y le he prometido
que viviríais.
‑¿Le habéis prometido que viviría?
‑Sí.
‑En efecto, señor, acabáis de hablar de vigilancia y protección.
¿Sois médico, acaso?
‑Sí, y el mejor que el cielo pudiera enviaros en este momento,
creedme.
‑¿Decís que habéis velado? ‑preguntó Valentina, inquieta‑.
¿Adónde? Yo no os he visto.
Montecristo señaló la biblioteca.
‑He estado escondido tras esa puerta que da a la casa inmediata
que he alquilado.
Valentina, por un movimiento de púdico orgullo, apartó sus ojos
con terror.
‑Caballero ‑dijo‑, lo que habéis hecho es de una demencia sin
ejemplo, y la protección que me concedéis se asemeja mucho a un insulto.
‑Valentina ‑dijo‑‑‑, durante esta larga vigilia, esto es lo
único que he visto: qué personas venían a vuestro cuarto, qué alimentos os
preparaban, qué bebidas os he dado, y cuando éstas me parecían peligrosas,
entraba, como acabo de entrar, vaciaba vuestro vaso, y sustituía el veneno por
una poción bienhechora, que en lugar de la muerte que os habían preparado,
hacía circular la vida en vuestras venas.
‑¡El veneno! ¡La muerte! ‑dijo Valentina, creyéndose de
nuevo bajo el poder de alguna fiebre alucinadora‑. ¿Qué estáis diciendo,
caballero?
‑Silencio, hija mía ‑dijo Montecristo, volviendo a poner un dedo
sobre sus labios‑; he dicho el veneno, sí, he dicho la muerte, y repito, la
muerte; pero ante todo, debed esto ‑y el conde sacó de su bolsillo un fresco de
cristal que contenía un licor rojo, del que vertió algunas gotas en el vaso‑, y
cuando hayáis bebido esto no toméis nada más en toda la noche.
La joven alargó la mano; pero apenas tocó el vaso, cuando volvió
a retirar la mano llena de miedo.
Montecristo tomó el vaso, bebió un poco y lo presentó a
Valentina, que tragó sonriendo el licor que contenía.
‑¡Oh!, sí ‑dijo‑; reconozco el gusto de mis bebidas nocturnas,
de aquella agua que refrescaba un poco mi pecho y calmaba mi
cerebro. Gracias, señor, gracias.
‑Considerad cómo habéis vivido hace cuatro noches, Valentina ‑dijo
el conde.
»Yo, en cambio, ¿cómo vivía? ¡Ah!, ¡qué horas tan crueles me habéis
hecho pasar! ¡Qué tormentos no he sufrido al ver verter en vuestro vaso el
mortífero veneno, temblando siempre de que tuvieseis tiempo para beberlo antes
que yo pudiese derramarlo en la chimenea!
‑Decís, señor ‑respondió Valentina en el colmo del terror‑, ¿que
habéis sufrido mil martirios viendo derramar en mi vaso un mortífero veneno?
Pero si lo habéis visto, ¿también debisteis ver quién lo derramaba?
‑Sí.
Valentina se incorporó en la cama, y echando sobre su pálido
pecho la batista bordada, mojada aún con el sudor del delirio, al que se mezclaba
ahora el del terror, repitió:
‑¿Lo habéis visto?
‑Sí ‑repitió el conde.
‑Lo que me decís, señor, es horroroso; queréis hacerme creer en
algo infernal. ¡Cómo! ¡En la casa de mi padre! ¡En mi cuarto! ¡En el lecho del
dolor continúan asesinándome! ¡Oh!, retiraos, tentáis mi conciencia; blasfemáis
de la bondad divina. Es imposible, no puede ser.
‑¿Sois la primera a quien ha herido esa mano, Valentina? ¿No
habéis visto caer junto a vos al señor y la señora de Saint‑Merán y a Barrois?
¿No hubiera sucedido lo mismo al señor Noirtier sin el método que sigue hace
tres años? En él la costumbre del veneno le ha protegido contra el veneno.
‑¡Ay! ¡Dios mío! ‑dijo Valentina‑, ahora comprendo por qué mi
abuelo exigía de mí hace un mes que tomase de todas sus bebidas.
‑Y tenían un sabor amargo como el de la cáscara de naranja medio
seca, ¿es verdad?
‑Sí, Dios mío, sí.
‑¡Oh!, todo lo explica eso ‑dijo Montecristo‑, él sabe que aquí
envenenan y quizá quién: ha querido preservaros a vos, su hija amada, contra la
mortal sustancia, y ésta ha venido a estrellarse contra ese principio de
costumbre. Ved por lo que vivís aún, cosa que me admiraba habiéndoos envenenado
hace cuatro días con un veneno que por lo general no tiene remedio.
‑Pero ¿quién es el asesino?
‑Dejadme que os pregunte: ¿No habéis visto entrar a nadie de
noche en vuestro cuarto?
‑Sí; muchas veces he creído ver pasar como unas sombras, acercarse,
retirarse, y finalmente desaparecer; pero creía que eran visiones de mi
calentura, y hace un instante, cuando entrasteis, creía estar soñando o
delirando.
‑Así, ¿no conocéis a la persona que atenta contra vuestra vida?
‑No. ¿Por qué desea mi muerte?
‑Vais a conocerla entonces ‑dijo Montecristo aplicando el oído.
‑¿Cómo? ‑preguntó Valentina, mirando con terror a su alrededor.
‑Porque esta noche no tenéis fiebre ni delirio, estáis bien
despierta, son las doce, y es la hora de los asesinos.
‑¡Dios mío! ¡Dios mío! ‑dijo Valentina enjugando el sudor que
inundaba su frente.
En efecto, las doce daban lenta y tristemente. Podía decirse que
cada golpe del martinete sobre el bronce daba en el corazón de la joven.
‑Valentina ‑continuó el conde‑, llamad todas vuestras fuerzas en
vuestro socorro, comprimid vuestro corazón en vuestro pecho, detened vuestra
voz en vuestra garganta, fingid que dormís, y veréis.
Valentina tomó la mano del conde.
‑Me parece que oigo ruido ‑le dijo‑, retiraos.
‑Adiós. Hasta más ver ‑le dijo el conde.
Luego, con una sonrisa tan triste y paternal que llenó de
gratitud el corazón de la joven, se dirigió el conde a la puerta de la
biblioteca; pero volviéndose antes de cerrarla, dijo:
‑No hagáis un gesto, no digáis una palabra, que os crea dormida;
si no, os mataría antes que tuviese tiempo para socorreros.
El conde desapareció en seguida, cerrando la puerta tras de sí.
Valentina se quedó sola. Otros dos relojes más atrasados que el
de San Felipe de Roul dieron aún las doce a repetidos intervalos, y aparte el
lejano ruido de tal o cual carruaje, todo quedó de nuevo sumido en silencio.
Toda la atención de Valentina se fijó en el reloj de su cuarto,
cuya aguja marcaba hasta los segundos. Empezó a contarlos, y notó que eran
dobles, doblemente más lentos que los latidos de su corazón.
Y con todo, dudaba aún. La inocente no podía figurarse que nadie
desease su muerte. ¿Por qué? ¿Con qué fin? ¿Qué mal había hecho que pudiese
suscitarle un enemigo?
No había que temer que se durmiese. Una sola idea, una idea
terrible la tenía despierta. Existía una persona en el mundo que había
intentado asesinarla y lo intentaría aún. Si esta vez aquella persona, cansada
de ver la ineficacia del veneno, recurría, como lo había insinuado Montecristo,
al hierro: ¡si habría llegado su último momento!, ¡si no debía ver más a
Morrel!
Ante aquella idea, que la cubrió a la vez de una palidez lívida
y de un sudor helado, le faltó poco para coger el cordón de la campanilla y
pedir socorro. Pero le pareció que por entre la cerradura de la biblioteca
veía el ojo del conde, que velaba sobre su porvenir, y que cuando pensaba en
ello le causaba tal vergüenza, que se preguntaba a sí misma si su gratitud
llegaría a borrar el penoso efecto que producía la indiscreta amistad del
conde.
Veinte minutos, veinte eternidades pasaron de este modo, y otros
diez en seguida; finalmente, el reloj dio las doce y media. En aquel momento,
un ruido casi imperceptible de la uña que rascaba la puerta de la biblioteca,
le dio a entender que el conde velaba, y le recomendaba que velase.
En efecto, por la parte opuesta, es decir, hacia el cuarto de
Eduardo, le pareció que oía pisadas; prestó oído atento reteniendo su respiración.
Levantóse el pestillo y se abrió la puerta.
Valentina, que se había incorporado sobre el corazón, apenas
tuvo tiempo para volverse a acostar y ocultar sus brazos.
Temblando, agitada y con el corazón oprimido, esperó.
Acercóse una persona a la cama y entreabrió las cortinas.
Valentina hizo un esfuerzo, y dejó oír el murmullo acompasado de
la respiración que anuncia un sueño tranquilo.
‑Valentina ‑dijo muy bajo una voz.
La joven tembló hasta el fondo de su corazón, pero no respondió.
‑Valentina ‑repitió la misma voz.
El mismo silencio. Valentina había prometido no despertarse.
Todo volvió a quedar inmóvil. Solamente Valentina oyó el ruido
casi imperceptible de un licor que caía en el vaso que acababan de vaciar.
Atrevióse entonces a entreabrir sus párpados, poniendo sobre
ellos su brazo. Vio a una mujer con un peinador blanco que vaciaba en su vaso
un licor preparado de antemano que tenía en un frasco.
Durante aquel breve instante, Valentina detuvo su respiración e
hizo algún pequeño movimiento, porque la mujer se detuvo inquieta, y se puso de
bruces sobre su lecho para ver si dormía. Era la esposa del procurador del rey.
Valentina, al reconocer a su madrastra, tembló de tal modo que
debió comunicar algún movimiento a su cama. La señora de Villefort desapareció
en seguida a lo largo de la pared, y allí, escondida en la colgadura de la
cama, muda y atenta, espiaba el menor movimiento de Valentina.
Esta se acordó de las terribles palabras de Montecristo.
Parecióle que en una mano tenía el frasco y en la otra un largo y afilado cuchillo.
Haciendo entonces un extraordinario esfuerzo, Valentina procuró
cerrar los ojos, pero aquella operación tan sencilla del más temeroso de
nuestros sentidos, aquella operación tan común, era en aquel mo. mento
imposible. Tales eran los esfuerzos de la ávida curiosidad para rechazar
aquellos párpados y observar lo que ocurría en realidad.
Sin embargo, asegurada por el ruido acompasado de la respiración
de Valentina, de que ésta dormía, la señora de Villefort extendió de nuevo el
brazo, y medio oculta por las cortinas, acabó de vaciar el contenido del frasco
en el vaso de la enferma.
Retiróse en seguida, sin que el menor ruido advirtiese a ésta de
que se había marchado. Vio desaparecer el brazo, nada más, aquel brazo fresco y
torneado de una mujer de veinticinco años, joven y bella, y que derramaba la
muerte.
Es imposible describir lo que Valentina sufrió durante el minuto
y medio que permaneció en su cuarto la señora de Villefort.
El ruido de la uña que rascaba a la puerta sacó a la joven de
aquel estado de abatimiento. Levantó con trabajo la cabeza; la puerta siempre
silenciosa se abrió de nuevo, y apareció por segunda vez el conde de
Montecristo.
‑¿Y bien? ‑preguntó el conde‑, ¿todavía dudáis?
‑¡Oh! ¡Dios mío! ‑murmuró la joven.
‑¿La habéis visto?
‑¡Desdichada!
‑¿La habéis conocido?
Valentina lanzó un gemido.
‑Sí ‑dijo‑, pero no puedo creerlo.
‑¿Entonces, preferís morir y hacer que muera también Maximiliano...
?
‑¡Dios mío! ¡Dios mío! ‑repitió la joven fuera de sí‑, ¿pero no
podría yo salir de casa? ¿Salvarme?
‑Valentina, la mano que os persigue os alcanzará en todas
partes, a fuerza de oro seducirán a vuestros criados, y la muerte se os aparecerá
disfrazada bajo todos aspectos. En el agua que bebiereis, en la fuente y en la
fruta que cogiereis del árbol.
‑Sin embargo, ¿no me habéis dicho que la precaución de mi abuelo
me preservó del veneno?
‑Contra un veneno, y no empleado en fuerte dosis. Cambiarán de
veneno o aumentarán la dosis.
Tomó el vaso y lo acercó a sus labios.
‑Mirad ‑dijo‑, ya lo han hecho: ya no es la brucina: es con un
simple narcótico con lo que os envenenan. Reconozco el sabor del alcohol en
que lo han disuelto. Si hubieseis bebido lo que la señora de Villefort ha
echado en vuestro vaso, Valentina, ¡estabais perdida!
‑¡Pero Dios mío! ‑dijo la joven‑, ¿por qué me persigue así?
‑¡Cómo! ¿Sois tan ingenua, tan dulce, tan buena, creéis tan poco
en el mal, que no lo habéis comprendido, Valentina?
‑No ‑dijo la joven‑, jamás he hecho mal a nadie.
‑Pero sois rica, Valentina, tenéis doscientas mil libras de
renta, y se las quitáis al hijo de esa mujer.
‑¿Y cómo es eso? Mi fortuna no es la suya, proviene de mis abuelos
maternos.
‑Sin duda, y he ahí por qué el señor y la señora de Saint‑Merán
han muerto; para que los heredaseis vos; he ahí por qué el día que el señor de
Noirtier os constituyó su heredera, fue condenado a muerte: ved por qué vos
debéis morir, Valentina, para que vuestro padre herede de vos, y vuestro
hermano, siendo hijo único, herede a vuestro padre.
‑¡Eduardo!, pobre niño. ¿Y por él se cometen tantos crímenes?
‑¡Ah!, veo que comprendéis al fin.
‑¡Ay! ¡Dios mío!, con tal que todo esto no caiga sobre él.
‑Sois un ángel, Valentina.
‑¿Pero han renunciado a matar a mi abuelo?
‑Han pensado que muerta vos, si no invalidan el testamento, la
fortuna era de vuestro hermano; y han reflexionado que el crimen al fin era
inútil y doblemente peligroso al cometerlo.
‑¡Y de la cabeza de una mujer ha salido semejante combinación!
¡Dios mío! ¡Dios mío!
‑¿Os acordáis de Perusa, de la fonda de postas, del hombre con
capa oscura a quien vuestra madrastra preguntaba sobre el agua tofana? Pues
desde entonces meditaba este infernal proyecto.
‑¡Oh!, señor ‑dijo la joven‑, veo bien que si es así, estoy condenada
a morir.
‑No, Valentina, no, porque he previsto todos los complots;
porque nuestra enemiga está vencida, puesto que se la conoce. No, Valentina,
viviréis para amar y ser amada; viviréis para ser feliz y para hacer feliz a un
noble corazón, pero para vivir, Valentina, es preciso que tengáis en mí
ilimitada confianza.
‑Mandad, señor, ¿qué debo hacer?
‑Es necesario que toméis ciegamente lo que yo os dé.
‑¡Oh!, Dios es testigo ‑dijo Valentina‑, de que si estuviese
sola preferiría dejarme morir.
‑No os confiaréis a nadie, ni aun a vuestro padre. No, y sin embargo,
vuestro padre, hombre acostumbrado a las acusaciones criminales, debe
sospechar que todas estas muertes no son naturales. El era el que debía velar
sobre vos y encontrarse en el sitio que yo estoy ocupando. E1 debía haber
vaciado ya ese vaso y levantándose contra el asesino. Espectro contra espectro ‑añadió
muy bajo.
‑Señor ‑dijo Valentina‑, haré cuanto sea preciso para vivir,
porque hay dos seres en el mundo que me aman más que la vida, y morirían si yo
muriese: ¡mi abuelo, y Maximiliano!
‑Velaré sobre ellos como sobre vos.
‑Pues bien, señor, disponed de mí ‑dijo Valentina, y añadió muy
bajo:‑ ¡Dios mío! ¿Qué va a sucederme?
‑Suceda lo que suceda, Valentina, no tengáis miedo. Si sufrís,
si perdéis la vista, el oído, el tacto, no temáis. Si os despertáis sin saber
donde estáis, no tengáis miedo, aunque os halléis en un sepulcro o encerrada
en una caja mortuoria. Recordad en seguida y decid: En este instante, un amigo,
un padre, un hombre que quiere mi felicidad y la de Maximiliano, vela sobre mí.
‑¡Desdichada! ¡A qué terrible extremo es preciso llegar!
‑¡Valentina! ¿Preferís denunciar a vuestra madrastra?
‑Preferiría morir cien veces, ¡oh!, sí, morir.
‑No; no moriréis, y sea lo que quiera lo que os suceda, no os
quejaréis, esperaréis: ¿me lo prometéis, Valentina?
‑Pensaré en Maximiliano.
‑Sois mi hija querida, Valentina; solamente yo puedo salvaros, y
os salvaré.
En el colmo del terror, Valentina juntó las manos, porque
conoció que había llegado el momento de pedir a Dios valor. Incorporóse para
orar, pronunciando palabras inconexas, y olvidándose de que sus largas
espaldas no tenían más velo que sus largos cabellos y que se veía latir su
corazón bajo el delicado encaje de su bata de noche.
El conde apoyó ligeramente su mano en el brazo de la joven,
estiró hasta taparle el cuello la colcha de terciopelo, y con una sonrisa paternal
le dijo:
‑Hija mía, creed en mis promesas y en mi afecto, como creéis en
Dios, en su bondad y en el amor de Maximiliano.
Valentina fijó en él una mirada de gratitud, y se prestó a todo,
dócil como una niña.
El conde sacó del bolsillo del chaleco una cajita de esmeralda,
levantó la tapa de oro, y puso en la mano de Valentina una pastilla del tamaño
de un garbanzo.
La joven la ,tomó con la otra mano, y miró atentamente al conde.
Había en la fisonomía de aquel intrépido protector un reflejo de
la majestad y el poder divino. Era evidente que Valentina le estaba interrogando
con su mirada.
‑Sí ‑dijo él.
Valentina llevó la pastilla a sus labios y la tragó.
‑Y ahora, hasta que nos veamos, hija mía. Voy a descansar, porque
ya os he salvado.
‑Id ‑dijo Valentina‑, ocurra lo que ocurra, os prometo no tener
miedo.
Montecristo tuvo sus ojos fijos en la joven, que se dormía poco
a poco, vencida por el poder del narcótico que el conde acababa de darle.
Tomó entonces el vaso, vació las tres cuartas partes en la
chimenea, para que creyesen que la enferma había bebido lo que faltaba, volvió
a ponerlo sobre la mesa de noche, y se dirigió a la puerta de la biblioteca,
no sin antes dar una mirada a Valentina, que se dormía con la confianza y el
candor de un ángel acostado a los pies del Señor.
La lámpara continuaba ardiendo sobre la chimenea del cuarto, apurando
las últimas gotas de aceite que flotaban aún sobre el agua; ya un círculo rojo
coloreaba el alabastro del globo y ya la llama más viva dejaba escapar aquellos
últimos reflejos que en los seres inanimados son las últimas convulsiones de
la agonía, que tantas veces se han comparado a las de las pobres criaturas
humanas; una claridad siniestra teñía con un triste reflejo opaco la colgadura
blanca y las sábanas de la cama de la joven.
El ruido de la calle había cesado, y el silencio interior de la
casa era completo.
Abrióse la puerta del cuarto de Eduardo y apareció una cabeza
que ya conocemos y que se reflejó en el espejo de enfrente. Era la señora de
Villefort que volvía para ver el efecto de la bebida.
Detúvose a la entrada, y escuchó el chisporroteo de la lámpara
que se apagaba, ruido sólo perceptible en aquella estancia que se hubiera
creído desierta; avanzó después poco a poco hasta la mesa de noche para ver si
el vaso de Valentina estaba vacío; estaba aún con la cuarta parte de la bebida,
como hemos dicho.
Lo tomó y fue a vaciarlo en las cenizas, que procuró remover
bien para facilitar la absorción del licor; limpió en seguida cuidadosamente
el cristal y lo enjugó con su mismo pañuelo, colocándolo sobre la mesa de
noche.
Cualquiera que hubiese podido observar el interior de la cámara,
habría visto las dudas que tenía la señora de Villefort para fijar su vista en
la enferma y acercarse a la cama.
La enferma no respiraba ya; sus dientes entreabiertos no dejaban
escapar el pequeño átomo que revela la vida. Todo movimiento había cesado en
sus blanquecinos labios. Sus ojos, anegados en un vapor violeta que parecía
haber penetrado bajo la piel, presentaban como un punto blanco en el sitio en
que el glóbulo hacía resaltar el párpado, y sus largas cejas negras parecían
puestas sobre una figura de cera.
La señora de Villefort contempló aquel rostro tan elocuente en
su inmovilidad. Más animada entonces, levantó la colcha y puso la mano sobre
el corazón de la joven. No latía, y el movimiento que sentía bajo su mano era
la circulación de la propia sangre; retiró la mano con un ligero temblor.
El brazo de Valentina pendía fuera de su lecho. De una
perfección completa, aquel brazo se veía un poco crispado, como igualmente los
dedos que se apoyaban sobre la caoba; las uñas estaban azuladas hacia su
nacimiento.
La envenenadora, que nada tenía ya que hacer en aquella habitación,
se retiró con tanta precaución que veíase claramente que temía que el ruido de
sus pasos se dejara sentir sobre la alfombra; pero retirándose tenía aún la
colgadura levantada en aquel espectáculo de la muerte, que tiene una
irresistible atracción mientras la muerte es la inmovilidad y no la corrupción.
Los minutos pasaban, y la señora de Villefort no podía, al
parecer, dejar aquella colgadura que tenía suspendida como una mortaja. Sobre
la cabeza de Valentina pagaba su tributo a la meditación; la meditación del
crimen debe ser el remordimiento.
En aquel instante aumentaron los chisporroteos de la lámpara.
La señora de Villefort al oír aquel ruido tembló y dejó caer la
colgadura. Apagóse la lámpara y quedó la habitación en la oscuridad más
profunda. En medio de ella dio el reloj las cuatro y media.
La envenenadora, espantada, buscó a tientas la puerta y entró en
su cuarto con el sudor y la angustia en la frente.
La oscuridad continuó aún durante dos horas.
Poco a poco fue penetrando la claridad en la habitación, pero
sin que pudiera permitir aún reconocer los objetos; aumentó y dióles entonces
forma sensible.
En la escalera resonó la tos de la enfermera, que entró en el
cuarto de Valentina con una taza en la mano.
La primera mirada de un padre o de un amante hubiera sido decisiva.
Valentina había muerto. Para aquella mercenaria, Valentina dormía.
‑Bueno ‑dijo acercándose a la mesa de noche‑, ha bebido una
parte de la poción, el vaso está vacío en sus dos terceras partes.
Fue a la chimenea, encendió fuego, se instaló en un sillón, y
aunque salía del lecho, aprovechóse del sueño de Valentina para dormir otras
dos horas.
El reloj, que daba las ocho, la despertó.
Extrañada del obstinado sueño en que permanecía la joven, espantada
de aquel brazo que colgaba fuera de la cama y que permanecía siempre en la
misma postura, se acercó a la cama, y entonces notó que sus labios estaban
fríos y helado su pecho.
Trató de levantar el brazo y ponerlo junto al cuerpo, pero el
brazo no obedeció; tan tieso estaba ya que no le quedó duda a la enfermera. Dio
un espantoso grito y corrió a la puerta.
‑¡Auxilio! ‑gritaba‑. ¡Auxilio!
‑¡Cómo! ¿Auxilio? ‑respondió desde abajo la voz de d'Avrigny.
Era la hora en que el doctor tenía costumbre de venir.
‑¡Cómo! ¿Auxilio? ‑gritaba Villefort saliendo precipitadamente
de su despacho‑. Doctor, ¿habéis oído gritos de socorro?
‑Sí, sí, subamos ‑respondió d'Avrigny‑; es en el cuarto de Valentina.
Pero antes de que el padre y el doctor Regasen, los criados que
estaban en el mismo piso, en los corredores o aposentos inmediatos, entraron
todos, y viendo a Valentina pálida a inmóvil sobre su lecho, levantaron sus
manos al cielo y temblaron como azogados.
‑Llamad a la señora de Villefort, despertadla ‑gritaba el procurador
del rey desde la puerta, sin atreverse a entrar.
Pero los criados, en lugar de responder, miraban al doctor, que
había entrado y corrido hacia Valentina, a la que sostenía en sus brazos.
‑¡Aun ésta! ‑murmuró, dejándola caer‑. ¡Dios mío! ¡Dios mío. ..
! ¿Cuándo os daréis por satisfecho?
Villefort entró en el cuarto.
‑¡Qué decís! ¡Dios mío! ‑dijo, levantando las manos al cielo‑.
¡Doctor!, ¡doctor!
‑Digo que vuestra hija ha muerto ‑repuso el médico con voz solemne
y terrible en su solemnidad.
El procurador del rey cayó cual si le hubiesen quebrado las
piernas y su cabeza se posó sobre el lecho de Valentina.
A las palabras del doctor, al grito del padre, los criados
huyeron despavoridos, profiriendo sordas imprecaciones. Oyéronse en las escaleras
y corredores sus precipitados pasos. En seguida un gran movimiento en el patio
extinguióse al poco tiempo. Todos habían abandonado la casa maldita.
En aquel instante, la señora de Villefort, con un peinador a
medio ningún sonido. Vaciló y se sostuvo contra la puerta. Señaló en seguida a
la puerta.
‑Sí, sí ‑continuó el anciano.
Maximiliano se lanzó a la escalera, cuyos escalones subió de dos
en dos, mientras le parecía que el anciano le decía con los ojos:
‑Más de prisa, más de prisa.
Un minuto le bastó para atravesar varias habitaciones solitarias
como el resto de la casa, y llegar hasta la de Valentina.
No tuvo necesidad de abrir la puerta, pues estaba abierta de par
en par.
Un suspiro fue lo primero que oyó. Vio una figura arrodillada y
medio oculta entre la blanca colgadura. El temor y el espanto le clavaron
junto a la puerta.
Entonces fue cuando oyó una voz que decía: ¡Valentina ha
muerto!, y otra que repetía como un eco:
‑¡Muerta! ¡Muerta!
El señor de Villefort levantóse casi avergonzado de haber sido
sorprendido en aquel exceso de dolor. La terrible posición que ocupaba hacía
veinticinco años había llegado a hacer de él más o menos un hombre. Su mirada,
un instante incierta, se fijó en Morrel.
‑¿Quién sois ‑le dijo‑, que olvidáis que no se entra así en una
casa en que habita la muerte? ¡Salid, caballero, salid!
Pero Morrel permaneció inmóvil, incapaz de apartar los ojos del
espantoso espectáculo que presentaba aquella cama en desorden y de la pálida
mujer que estaba acostada en ella.
‑¡Salid! ¿No oís? ‑gritaba Villefort, mientras d'Avrigny se adelantaba
por su parte para hacer que Morrel se marchase.
Este miraba con aire espantado aquel cadáver, aquellos dos hombres
y toda la habitación. Pareció titubear un instante, abrió la boca, y
finalmente, no hallando qué responder, a pesar de la multitud de ideas que se
agolpaban en su cerebro, volvió atrás cogiéndose los cabellos de tal suerte
que Villefort y d'Avrigny, distraídos un momento de su preocupación, le
siguieron con la vista y se miraron el uno al otro como diciendo:
‑¡Está loco!
Pero no habían transcurrido aún cinco minutos cuando oyeron ruido
en la escalera, y vieron a Morrel, que con fuerza sobrenatural traía en brazos
el sillón de Noirtier avanzando hacia la cama de Valentina. El rostro de aquel
anciano, en el que la inteligencia desplegaba todos sus recursos, cuyos ojos
reunían todo el poder del alma para suplir a las demás facultades; la aparición
de aquel pálido semblante y de aquella ardiente mirada fue aterradora para
Villefort.
‑¡Ved lo que han hecho! ‑gritó Morrel teniendo aún una mano
apoyada en el respaldo del sillón que acababa de aproximar al lecho, y la otra
extendida hacia la cama de Valentina‑. ¡Ved, padre mío, ved!
Villefort retrocedió espantado y miró a aquel joven que le era
casi desconocido y que llamaba padre a Noirtier.
En aquel momento, el alma del anciano pasó toda a sus ojos, que
inmediatamente se llenaron del rojo de la sangre. Después se le hincharon las
venas del cuello, una tinta azulada como la que invade la piel del epiléptico
cubrió sus mejillas y sus sienes.
A aquella violenta explosión interior de todo su ser sólo le
faltaba un grito.
Este salió, por decirlo así, de todos los poros, horrible en su
mutismo, desgarrador en su silencio.
D'Avrigny se precipitó hacia el anciano y le hizo aspirar un
violento revulsivo.
‑¡Señor! ‑dijo entonces Morrel tomando la mano inerte del paralítico‑‑,
me preguntan quién soy y con qué derecho estoy aquí. ¡Oh!, decidlo, vos, que lo
sabéis ‑y los sollozos ahogaron la voz del joven.
La respiración intensa y jadeante del anciano levantaba su
pecho. Al verle parecía sufrir una de aquellas convulsiones que preceden a la
agonía.
Al fin, sus ojos se llenaron de lágrimas, más feliz en esto que
el joven, que sollozaba sin poder llorar. No pudiendo inclinar la cabeza,
cerró los ojos.
‑Decid ‑continuó Morrel con voz ahogada‑, ¡decid que yo era su
prometido! ¡Decid que ella era mi noble amiga! ¡Mi único amor sobre la tierra!
¡Decid, decid, decid... que ese cadáver me pertenece!
Y el joven, dando el terrible espectáculo de una gran energía
que de pronto se desploma, cayó pesadamente de rodillas ante aquel lecho que
sus crispados dedos apretaron con fuerza.
Aquel dolor era tan agudo que d'Avrigny se volvió para ocultar
su emoción, y Villefort, sin pedir ninguna explicación, atraído por el
magnetismo que nos impele hacia aquellos que aman a los que lloramos, alargó
la mano al joven.
Pero Morrel nada veía. Había cogido la helada mano de Valentina,
y no pudiendo llorar mordía la colcha dando rugidos.
Durante algún tiempo no se oyeron en aquella habitación más que
suspiros, lágrimas, imprecaciones y oraciones.
Y sin embargo, un ruido dominaba a los demás. El de la tarda y
ronca respiración de Noirtier, en quien cada aspiración parecía que iba a
romper dentro de su pecho los resortes de la vida.
En fin, Villefort, más dueño de sí que los demás, después de
haber cedido durante algún tiempo su lugar a Maximiliano, tomó la palabra.
‑Caballero ‑le dijo‑, ¿amabais a Valentina, decís? ¿Erais su
prometido? Ignoraba este amor, no tenía noticia de semejante compromiso, y con
todo, yo, su padre, os lo perdono, porque veo que vuestro dolor es grande, real
y verdadero. Además, el mío es muy grande para que quede en mi corazón lugar
para otro sentimiento. Sin embargo, como veis, el ángel que esperabais ha
abandonado la tierra, y nada tiene que hacer ya de las adoraciones de los
hombres, la que a esta hora adora ella misma al Señor. Decid, pues, adiós a
esos tristes restos. Tomad por última vez esa mano que esperabais, y separaos
de ella para siempre. Valentina sólo necesita ya al sacerdote que la ha de
bendecir.
‑Os equivocáis, señor ‑dijo Morrel, quedándose con una rodilla
en tierra, y atravesado el corazón con un dolor más agudo que cuantos había
sentido‑, os equivocáis. Valentina, muerta como ha muerto, necesita no sólo el
sacerdote que la bendiga, sino también un vengador. Enviad a buscar el
sacerdote, el vengador seré yo.
‑¿Qué queréis decir, caballero? ‑murmuró Villefort, temblando
ante esta nueva inspiración del delirio de Morrel.
‑Quiero decir ‑prosiguió Maximiliano‑ que hay dos hombres en
vos, señor. El padre ha llorado bastante; que el procurador del rey empiece a
cumplir su deber.
Los ojos de Noirtier se animaron y d'Avrigny se acercó.
‑Señor ‑prosiguió el joven, recorriendo de una mirada los sentimientos
que se retrataban en los semblantes de todos‑, sé lo que digo, y sabéis tan
bien como yo lo que quiero decir. ¡Valentina ha muerto asesinada!
Villefort bajó la cabeza. D'Avrigny avanzó un paso. Noirtier
hizo sí con los ojos.
‑Ahora bien ‑dijo Morrel‑, en nuestros días, una criatura aunque
no fuese joven, bella, adorable, como era Valentina, no desaparece
violentamente del mundo sin que se pida cuenta de su desaparición. ¡Vamos!,
señor procurador del rey ‑añadió Morrel con una vehemencia que cada vez iba en
aumento‑, ¡no haya piedad! Os denuncio el crimen. Buscad al asesino.
Y sus ojos implacables interrogaban a Villefort, quien a su vez
solicitaba con sus miradas tan pronto a d'Avrigny como a Noirtier, pero en
lugar de hallar socorro en las miradas de su padre o del doctor, Villefort
encontró en ellos la misma inflexibilidad que en Maximiliano.
‑Sí ‑expresó el anciano con los ojos.
‑Cierto‑dijo el doctor.
‑Caballero ‑repuso Villefort, procurando luchar aún contra aquella
triple voluntad y hasta contra su propia emoción‑, os engañáis. No se cometen
crímenes en mi casa. La fatalidad me persigue. Dios me prueba, ¡es horroroso
pensarlo! , pero no se asesina a nadie.
Los ojos de Noirtier relampaguearon. D'Avrigny abrió la boca
para hablar, pero Morrel, extendiendo el brazo, hizo señal de que callasen
todos.
‑Y yo afirmo que aquí se asesina ‑gritó Morrel, cuya voz bajó
sin perder nada de su vibración acostumbrada‑. Os digo: ¡ved aquí la cuarta
víctima en cuatro meses! Afirmo que intentaron hace cuatro días envenenar a
Valentina, y que no lo consiguieron, gracias a las precauciones que tomó el
señor Noirtier.
»Afirmo que esta vez han doblado la dosis o cambiado el veneno,
y han conseguido su objeto. Añadiré en fin, que sabéis esto tan bien como yo,
pues el señor os ha prevenido como médico y como amigo.
‑¡Oh!, deliráis, caballero ‑dijo Villefort, procurando evadirse
del círculo en que se encontraba encerrado.
‑¡Que estoy delirando! ‑gritó Morrel‑. Apelo al señor d'Avrigny.
Preguntadle si se acuerda de las palabras que pronunció en vuestro jardín la
noche de la muerte de la señora de Saint‑Merán, cuando los dos, creyéndoos
solos, os ocupabais de ella, y en la que esa fatalidad de quien habláis, y
Dios, a quien acusáis injustamente, no tuvieron más parte que haber criado al
asesino de Valentina.
Villeford y d'Avrigny se miraron.
‑Sí, sí ‑dijo Morrel‑. Recordadlo, porque aquellas palabras que
creíais pronunciadas en el silencio de la soledad, cayeron en mis oídos.
Ciertamente, al ver aquella noche la culpable condescendencia del señor de
Villefort para con los suyos, debía haberlo puesto todo en conocimiento de la
autoridad, y no sería cómplice como lo soy en este momento de lo muerte,
Valentina, ¡mi Valentina querida! Pero el cómplice será el vengador, porque
esta cuarta muerte es in fraganti, visible a los ojos de todos, y si lo padre
lo abandona, ¡oh, mi Valentina!, lo juro, yo perseguiré a lo asesino.
Y esta vez, como si la naturaleza se apiadase de aquel vigoroso
organismo próximo a destrozarse por su excesiva fuerza, las últimas palabras
de Morrel expiraron en sus labios, mil suspiros lanzó su pecho, y sus lágrimas,
tanto tiempo rebeldes, corrieron en abundancia. Cayó de nuevo, llorando
amargamente cerca del lecho de Valentina.
Entonces tomó la palabra d'Avrigny.
‑Y yo también ‑dijo con voz fuerte‑, yo también me uno al señor
Morrel para pedir justicia contra el crimen, porque mi corazón se levanta
contra mí, a la sola idea de que mi cobarde complacencia ha alentado al
asesino.
‑¡Dios mío! ¡Dios mío! ‑murmuró Villefort aterrado.
Morrel levantó la cabeza, leyendo en los ojos del anciano que
lanzaban chispas.
‑Mirad, mirad ‑dijo‑, el señor Noirtier quiere decirnos algo. ‑Sí
‑hizo Noirtier con una expresión tanto más terrible, cuanto que todas las
facultades de aquel pobre anciano impotente se concentraban en su mirada.
‑¿Conocéis al asesino? ‑dijo Morrel.
‑Sí.
‑¿Y vais a guiarnos? ‑dijo‑; escuchemos, señor d'Avrigny,
escuchemos.
Noirtier miró a Morrel con una melancólica sonrisa, una de aquellas
que tantas veces habían hecho feliz a Valentina, y fijó con esto sus ojos.
Después, mirando fijamente a su interlocutor, señaló hacia la
puerta.
‑¿Queréis que salga? ‑dijo dolorosamente Morrel.
‑Sí ‑hizo Noirtier.
‑No me mandéis eso, ¡tened piedad de mí!
Los ojos del anciano permanecieron fijos en la puerta.
‑¿Podré volver, al menos? ‑preguntó Morrel.
‑Sí.
‑¿Debo irme solo?
‑No.
‑¿Quién ha de venir conmigo, el procurador del rey?
‑No.
‑¿El doctor?
‑Sí.
‑¿Queréis quedaros a solas con el señor de Villefort?
‑Sí.
‑¿Podrá entenderos?
‑Sí.
‑¡Oh! ‑dijo Villefort casi contento, porque la conversación iba
a tener lugar solamente entre los dos‑, estad tranquilo, comprendo muy bien a
mi padre.
Y al hablar con esta expresión de alegría, sus dientes daban
unos contra otros.
D'Avrigny tomó del brazo a Morrel y salieron juntos.
Un silencio más profundo que el de la muerte reinaba entonces en
aquella casa. Al cabo de un cuarto de hora se oyeron pasos, y Villefort
apareció a la puerta del salón donde se encontraban Maximiliano y d'Avrigny,
absorto éste, sofocado aquél.
‑Venid ‑les dijo.
Y les llevó junto al sillón de Noirtier.
Morrel miró atentamente a Villefort.
La cara del procurador del rey estaba lívida. Varias manchas
azules se veían en su frente. Tenía en la mano una pluma, que torcida en mil
sentidos diferentes, chillaba al hacerse pedazos.
‑Señores ‑dijo con voz ahogada al médico y a Morrel‑, señores,
¿me dais vuestra palabra de honor de que este secreto permanecerá sepultado
entre nosotros?
Los dos hicieron un movimiento.
‑Os lo suplico... ‑continuó Villefort.
‑Pero... ‑dijo Morrel‑, el culpable..., el matador..., el asesino...
=Tranquilizaos, caballero, se hará justicia ‑dijo Villefort‑, mi
padre me ha revelado el nombre del culpable, mi padre tiene sed de venganza
como vos, y sin embargo, mi padre os conjura también a que guardéis el secreto
del crimen. ¿No es cierto, padre?
‑Sí ‑hizo Noirtier.
Morrel dejó escapar un movimiento de horror y de incredulidad.
‑¡Oh! ‑dijo Villefort, deteniendo a Maximiliano por el brazo‑,
si mi padre, hombre inflexible como conocéis, os lo pide, es porque sabe que
Valentina será terriblemente vengada. ¿Es verdad, padre?
‑Sí ‑dijo Noirtier.
Villefort prosiguió:
‑El me conoce, y le he dado mi palabra. ¡Tranquilizaos, señores,
sólo tres días! ¡Os pido tres días!, es menos de lo que pediría la justicia, y
la venganza que tome de la muerte de mi hija hará temblar hasta lo íntimo del
corazón al más indiferente de los hombres. ¿No es verdad, padre mío?
Al decir estas palabras rechinaba los dientes, y sacudió con
fuerza la muerta mano del anciano.
‑¿Cumplirá todas sus promesas el señor de Villefort? ‑preguntó
Morrel, mientras d'Avrigny le interrogaba con su mirada.
‑Sí ‑dijo Noirtier con una mirada de siniestra alegría.
‑¿Juráis, pues, caballeros ‑dijo Villefort juntando las manos de
d'Avrígny y de Morrel‑, juráis apiadaros del honor de mi casa, y que me
dejaréis el cuidado de vengarlo?
D'Avrigny se volvió, y pronunció un sí muy débil; pero Morrél
arrancó sus manos de las del magistrado, se precipitó hacia la cama, imprimió
un beso en los helados labios de Valentina y huyó con el profundo gemido de un
alma consumida por la desesperación.
Hemos dicho que todos los criados habían desaparecido. El señor
de Villefort se vio obligado a rogar a d'Avrigny que se encargase de las
numerosas y delicadas comisiones que acarrea la muerte en nuestras grandes
poblaciones, sobre todo cuando acompañan a la muerte circunstancias tan
sospechosas.
Era terrible ver aquel dolor sin movimiento de Noirtier, aquella
desesperación sin gestos y aquellas lágrimas sin voz.
Villefort entró en su despacho. D'Avrigny fue a buscar al médico
de la ciudad, que desempeñaba las funciones de inspector de muertos, y a quien
con bastante razón llaman el médico de los muertos.
Noirtier no quiso apartarse de su nieta.
A la media hora, d'Avrigny volvió con su compañero. Habían cerrado
la puerta de la calle, y como el portero había desaparecido con los demás
criados, Villefort fue a abrir, pero se detuvo después en la escalera. Le
faltaba valor para entrar en el cuarto mortuorio.
Los dos doctores llegaron solos hasta Valentina.
Noirtier permanecía junto a la cama, inmóvil como la muerte, pálido
y mudo como ella.
El médico de los muertos se acercó con la indiferencia del
hombre que pasa la mitad de su vida con los cadáveres, levantó la sábana que
cubría a la joven y le entreabrió los labios.
‑¡Oh! ‑dijo d'Avrigny suspirando‑, ¡pobre joven!, está bien
muerta.
‑Sí ‑dijo lacónicamente el médico, dejando caer las sábanas.
Noirtier respiró intensamente, se volvió d'Avrigny y vio que los
ojos del anciano estaban encendidos y fijos en la cama. El buen doctor
comprendió que Noirtier quería ver a su nieta. Acercóle a la cama, y mientras
el otro médico mojaba en agua clorurada los dedos que habían tocado los labios
de la joven muerta, descubrió aquel tranquilo y pálido rostro que parecía el
de un ángel dormido.
Una lágrima que se asomó a los ojos del anciano fueron las
gracias que recibió el doctor.
El médico extendió el acta en la misma habitación de Valentina,
y cumplida aquella formalidad se retiró acompañado de d'Avrigny.
Villefort los oyó bajar, asomóse a la puerta de su despacho, dio
las gracias al médico en pocas palabras, y dirigiéndose a d'Avrigny le dijo:
‑¿Y ahora, el sacerdote?
‑¿Conocéis a algún eclesiástico a quien queráis encargar con preferencia
que vele cerca de Valentina? ‑preguntó el doctor.
‑No ‑dijo Villefort‑, id al más próximo.
‑El más próximo ‑dijo el doctor‑ es un buen abate italiano que
ha venido a vivir a la casa inmediata a la vuestra. ¿Queréis que le avise al
pasar?
‑D'Avrigny ‑dijo Villefort‑, os ruego que acompañéis a este caballero.
Aquí tenéis la llave para que podáis entrar y salir. Traeréis al sacerdote, y
os encargaréis de instalarlo en el cuarto de mi pobre hija.
‑¿Deseáis hablarle, amigo mío?
‑Deseo estar solo. Me disculparéis, ¿verdad? Un sacerdote debe
comprender todos los dolores, hasta el de un padre.
Y Villefort dio una llave a d'Avrigny, saludó al otro médico y
entró en su despacho, poniéndose en seguida a trabajar.
Para ciertos organismos, el trabajo es el remedio de todos los
males. Al bajar a la calle vieron un hombre con sotana que estaba a la puerta
de la casa inmediata.
‑Ved al eclesiástico de que os he hablado ‑dijo el médico de los
muertos a d'Avrigny.
Este se acercó al sacerdote.
‑Caballero ‑le dijo‑, ¿estáis dispuesto a hacer un gran favor a
un desgraciado padre que acaba de perder a su hija, al señor procurador del
rey, Villefort?
‑¡Ah! ‑respondió el eclesiástico con un acento italiano sumamente
marcado‑, sí; lo sé, la muerte está en esa casa.
‑Entonces no tengo necesidad de deciros qué clase de favor se
espera de vos.
‑Iba a ofrecerme, caballero; nuestra misión es ir al encuentro
de nuestros deberes.
‑Es una joven.
‑Sí, lo sé; lo he oído decir a los criados que huían de la casa.
Llamábase Valentina, y ya he rogado a Dios por ella.
‑Gracias, gracias ‑respondió d'Avrigny‑, y puesto que habéis
empezado a ejercer vuestro santo ministerio, dignaos continuarlo. Venid a
sentaros junto a la difunta, y toda una familia sumida en el dolor os estará
agradecida.
‑Voy en seguida, caballero, y me atrevo a decir que jamás votos
más fervientes subieron al trono del Altísimo.
D'Avrigny tomó por la mano al abate, y
sin encontrar a Villefort, que permanecía encerrado en su despacho, le condujo
hasta el cuarto de Valentina, de la que los sepultureros no debían encargarse
hasta la noche siguiente. Al penetrar en el despacho, la mirada de Noirtier se
encontró con la del abate, y sin duda creyó leer algo de particular en ella,
porque no se separó de él. D'Avrigny le recomendó no solamente la muerta, sino
también el vivo. El sacerdote ofreció rogar por la una y cuidar al otro. Se comprometió
solemnemente a hacerlo, y sin duda para que no le estorbasen en el momento en
que d'Avrigny salió, corrió el cerrojo de la puerta por la que se marchó el
doctor, y el de la que daba a la habitación de la señora de Villefort.
Capítulo once
La firma de Danglars
La mañana siguiente presentóse triste y nebulosa. Durante la nothe
los sepultureros habían cumplido su fúnebre oficio. Habían cosido el cuerpo de
la joven en el sudario que envuelve a los que dejaron de existir, dándoles lo
que se llama la igualdad ante la muerte. Aquel sudario no era otra cosa más que
una pieza de batista que la joven había comprado quince días antes.
Al comenzar la noche, hombres llamados al efecto, llevaron a
Noirtier del cuarto de Valentina al suyo, y contra lo que era de esperar, el
anciano no opuso resistencia al alejarlo del cadáver de su nieta querida.
El abate Busoni, que había velado hasta el amanecer, se retiró
sin llamar a nadie. A las ocho de la mañana regresó el médico, y encontró a
Villefort que pasaba al cuarto de Noirtier, y le acompañó para saber cómo había
pasado la noche el anciano. Halláronle en el gran sillón que le servía de cama,
durmiendo con un sueño tranquilo y casi sonriendo. Detuviéronse los dos admirados.
‑Mirad ‑dijo d'Avrigny a Villefort, que observaba a su padre
dormido‑, mirad cómo la naturaleza sabe calmar los más agudos dolores, y
ciertamente nadie podía afirmar que el señor Noirtier no amaba a su nieta, y
sin embargo duerme.
‑Tenéis razón ‑respondió Villefort con sorpresa‑, duerme, y es
muy extraño, porque la menor contrariedad le hace pasar en vela noches
enteras.
‑El dolor le ha rendido ‑replicó d'Avrigny. Y ambos volvieron
pensativos al despacho del magistrado.
‑Ved, doctor, yo no he dormido ‑dijo Villefort mostrando a
d'Avrigny su lecho intacto‑. El dolor no me rinde a mí. Hace dos noches que no
me he acostado, pero en cambio mirad mi mesa. He escrito, ¡Dios mío!, durante
dos días y dos noches..., ¡he anotado esa causa, he preparado el acta de
acusación del asesino Benedetto... ! ¡Oh!, trabajo, trabajo, mi pasión, mi
alegría, mi furor, tú sí, ¡me haces sobrellevar todas las penas!
Y apretó la mano del doctor convulsivamente.
‑¿Tenéis necesidad de mí? ‑le preguntó éste.
‑No; solamente os ruego que volváis a las once, a mediodía es
cuando... se la llevarán... ¡Dios mío! ¡Mi pobre hija! ¡Mi pobre hija!
Y el procurador del rey, volviendo por un instante a ser humano,
levantó los ojos al cielo y dio un suspiro.
‑¿Estaréis en el salón de recepción?
‑No; tengo un primo que se encarga de ese triste honor; yo trabajaré,
doctor; cuando trabajo, todo desaparece.
En efecto, antes que el doctor llegase a la puerta, el
procurador del rey se había puesto a trabajar.
Al salir, d'Avrigny encontró a aquel pariente del que le había
hablado Villefort, personaje tan insignificante en esta historia como en su
familia. Uno de aquellos seres destinados desde su nacimiento a representar el
papel de útiles en el mundo.
Había sido puntual. Iba vestido de negro, y llevaba un lazo de
crespón en el brazo. Pasó a la casa de su primo, habiendo estudiado primero la
fisonomía que debía tener mientras fuese necesario, bien resuelto a dejarla en
seguida.
A las once se oyó en el patio de entrada el ruido del coche
fúnebre. La calle del arrabal Saint‑Honoré se llenó de gente, ávida de las alegrías
y de los duelos de los ricos, de aquella gente que corre con igual prisa a un
entierro suntuoso que al matrimonio de una duquesa.
Poco a poco fue llenándose la casa mortuoria, y llegaron al principio
parte de nuestros antiguos conocidos, es decir, Debray, Chateau‑Renaud,
Beauchamp. Después todas las notabilidades de la curia, de la literatura y del
ejército, porque el señor de Villefort ocupaba, menos aún por su posición
social que por su mérito personal, uno de los primeros puestos en el mundo
parisiense.
El primo habíase apostado a la puerta del salón, y hacía entrar
a todo el mundo, y era un gran alivio para los invitados ver allí una figura
indiferente que no exigía de ellos una fisonomía engañosa o falsas lágrimas,
como hubiese sucedido siendo un padre, un hermano o un esposo.
Los que se conocían se llamaban con la vista y formaban en
grupos. Uno de éstos se componía de Debray, Chateau‑Renaud y Beauchamp.
‑¡Pobre joven! ‑dijo Debray, pagando como cada cual su tributo
a aquel doloroso suceso‑, ¡pobre joven!, ¡tan bella y tan rica! ¿Habríais
pensado en esto, Chateau‑Renaud, cuando nos vimos...? ¿Cuánto hará? ¿Tres
semanas o un mes a lo sumo, para firmar el contrato, que no se firmó?
‑Yo no ‑dijo Chateau‑Renaud.
‑¿La conocíais?
‑Había hablado una o dos veces con ella en el baile de la señora
de Morcef. Me pareció encantadora, aunque de carácter un poco melancólico. ¿Y
su madrastra, dónde está? ¿Lo sabéis?
‑Ha ido a pasar el día con la mujer de ese digno caballero que
nos atiende.
‑¿Quién es ése?
‑¿Quién?
‑El caballero que nos recibe, ¿es un diputado?
‑No ‑dijo Beauchamp‑; estoy condenado a ver a nuestros honorables
todos los días, y esta facha me es enteramente desconocida.
‑¿Habéis comentado esta muerte en vuestro periódico?
‑El artículo no es mío, pero se ha hablado, y dudo mucho que sea
agradable al señor de Villefort. Se dice, según creo, que si hubiesen ocurrido
cuatro muertes sucesivas en cualquiera otra parte que en casa del procurador
del rey, ciertamente hubiera llamado algo la atención de este magistrado.
‑Además ‑dijo Chateau‑Renaud‑, el doctor d'Avrigny, que es el
médico de mi madre, dice que su dolor es inmenso. ¿Pero a quién buscáis,
Debray?
‑Busco a Montecristo ‑respondió el joven.
‑Le he encontrado en el boulevard, viniendo yo hacia aquí. Creo
que estará de viaje, porque iba a casa de su banquero ‑dijo Beauchamp.
‑¿A casa de su banquero? ¿Su banquero no es Danglars? ‑preguntó
Chateau‑Renaud a Debray.
‑Creo que sí ‑respondió el secretario íntimo con alguna turbación‑.
Pero el conde de Montecristo no es sólo el que falta aquí. Tampoco veo a
Morrel.
‑¡Morrel! ¿Acaso la conocía? ‑preguntó Chateau‑Renaud.
‑Había sido presentado a la señora de Villefort solamente.
‑No importa, hubiera debido venir ‑dijo Debray‑. ¿De qué hablaré
esta noche? Este entierro es la noticia del día. ¡Pero chitón!, dejadnos, he
ahí el ministro de justicia y de Cultos, va a creerse obligado a hacer su
discurso al lagrimoso y triste primo.
Y los tres jóvenes aproximáronse a la puerta para oír el
discurso del ministro de justicia y de Cultos.
Beauchamp había dicho la verdad. Al venir él al entierro había
encontrado a Montecristo que se dirigía a casa de Danglars, calle de la
Chaussée d'Antin.
Desde su ventana el banquero vio el carruaje del conde que entraba
en el patio, y le salió al encuentro con una fisonomía triste, pero afable.
‑Y bien, conde ‑le dijo alargándole la mano‑, ¿venís a condoleros
conmigo? En verdad que la desgracia está en mi casa a tal punto, que cuando
entrasteis me preguntaba a mí mismo si no habría yo deseado mal a esos pobres
Morcef, lo que hubiera justificado el proverbio: Al que desea mal a otro, a
ése le sucede. Era un poco orgulloso para un hombre salido de la nada como
yo, pero jamás le deseé mal alguno, y después de todo, todo lo debía a su
trabajo, lo mismo que yo, pero todos tenemos nuestros defectos. ¡Ah!, conde,
las personas de nuestra generación... Pero no, vos no sois de la nuestra; sois
joven aún... Las personas de mi tiempo no son felices este año; testigo de
ello es nuestro puritano procurador del rey, el señor de Villefort, que acaba
de perder a su hija. Recapitulemos: Villefort perdiendo toda su familia de un
modo extraño. Morcef, deshonrado y muerto; yo, cubierto de ridículo por la
iniquidad de Benedetto, y después...
‑¿Después,
qué? ‑preguntó el conde.
‑¡Cómo! ¿No lo sabéis todavía?
‑¿Alguna nueva desgracia?
‑Mi hija...
‑¿La señorita Danglars?
‑Eugenia nos abandona.
‑¡Oh!, Dios mío, ¿qué decís?
‑La verdad, mi querido conde. ¡Cuán dichoso sois vos, que no
tenéis mujer ni hijos!
‑¿Lo creéis?
‑¡Ah! ¡Dios mío!
‑Y decíais que la señorita Danglars...
‑No ha podido soportar la afrenta que nos ha hecho ese misera.
ble, y me ha pedido permiso para viajar.
‑¿Y se marchó?
‑La otra noche.
‑¿Con la señora Danglars?
‑No, con una parienta... Pero no por eso dejamos de perder a mi
querida Eugenia, porque yo que conozco su carácter, dudo que quiera regresar a
Francia.
‑¡Qué queréis, mi querido barón! Disgustos de familia que serían
fatales para otro cualquier pobre diablo, cuya fortuna fuese solamente su hija,
pero soportables para un millonario. Por más que sobre esto digan los
filósofos, los hombres prácticos les demostrarán en cuanto a eso que no tienen
razón. El dinero consuela de muchas cosas, y vos debéis consolaros más pronto
que otro cualquiera si admitís la virtud de este bálsamo soberano, vos, el rey
de la hacienda, el punto de intersección de todos los poderes.
Danglars lanzó una mirada oblicua al conde para ver si se
burlaba o hablaba en serio.
‑Sí ‑dijo‑, es cierto que si la fortuna consuela, debo consolarme,
porque soy rico.
‑Tan rico, mi querido barón, que vuestra fortuna es semejante a
las Pirámides. Quisieran demolerlas, pero no se atreven; si se atreviesen, no
podrían.
Danglars se sonrió de aquella confiada honradez del conde.
‑Eso me hace recordar que cuando entrasteis estaba haciendo cinco
bonos, tenía ya firmados dos, ¿me permitís que concluya los otros tres?
‑Concluid, mi querido barón, concluid.
Hubo un instante de silencio, durante el cual sólo se oyó la
pluma del banquero, y mientras tanto Montecristo miraba las doradas molduras
del techo.
‑¿Son bonos de España, de Haití o de Nápoles? ‑dijo el conde.
‑No ‑respondió Danglars sonriendo‑; son bonos al portador sobre
el Banco de Francia. Mirad, señor conde, vos que sois el emperador de la
hacienda, como yo soy el rey, ¿habéis visto pedazos de papel de este tamaño y
que valga cada uno un millón?
Montecristo tomó en la mano, como para sopesarlos, los cinco pedazos
de papel que le presentaba orgullosamente el banquero, y leyó:
El señor regente del Banco de Francia hará pagar a mi orden y sobre
los fondos por mí depositados, la cantidad de un millón de francos, valor en
cuenta.
Barón
Danglars.
‑Uno, dos, tres, cuatro, cinco ‑dijo Montecristo‑, ¡cinco millones!
¡Demonio! ¡Y cómo vais, señor Creso!
‑Ved de qué modo hago yo mis negocios ‑dijo Danglars.
‑Es maravilloso, y sobre todo si, como no dudo, esa suma se gaga
al contado.
‑Se pagará ‑dijo Danglars.
‑Es algo magnífico tener semejante crédito. En verdad, sólo en
Francia sé ven estas cosas, cinrn miserables pedazos de papel valer cinco
millones, es preciso verlo para creerlo.
‑¿Dudáis?
‑No.
‑Es que decís eso con un acento... Haced una cosa, daos el
placer de acompañar a mi dependiente al Banco, y le veréis salir con bonos
sobre el tesoro por igual cantidad.
‑No ‑dijo Montecristo doblando los cinco billetes‑, el asunto
es demasiado curioso, y quiero hacer yo mismo la experiencia. Mi crédito en
vuestra casa era de seis millones. He tornado novecientos mil francos. Tomo
vuestros cinco billetes, que creo pagables solamente con la vista de vuestra
firma, y he aquí un recibo general de seis millones que regulariza vuestra
cuenta. Lo había preparado de antemano, porque es preciso deciros que tengo
hoy gran necesidad de dinero.
Y con una mano metió los billetes en su bolsillo y con la otra
alargó su recibo al banquero.
Un rayo que hubiese caído a los pies de Danglars no le hubiera
causado mayor espanto.
‑¡Qué! ‑balbució‑, señor conde, ¿tomáis ese dinero? Pero dispensad,
es dinero que debo a los hospicios, y he ofrecido pagarlo hoy por la mañana.
‑¡Ah! ‑dijo Montecristo‑, no importa. No tengo empeño precisamente
en que me paguéis con esos billetes, dadme otros valores. Solamente por
curiosidad tomé éstos, para poder decir en el mundo que sin aviso alguno, sin
pedirme cinco minutos de tiempo, la casa Danglars me había pagado cinco
millones al contado. ¡Habría algo notable! Pero tomad vuestros valores, dadme
otros.
Y presentó los cinco billetes a Danglars, que, lívido, alargó el
brazo para recogerlos, como el buitre alarga la garra por entre los hierros de
la jaula para detener la carne que le quitan. De repente mudó de modo de
pensar, hizo un esfuerzo violento y se contuvo.
En seguida la sonrisa dibujóse poco a poco en sus labios.
‑Después de todo ‑dijo‑, vuestro recibo es dinero.
‑¡Oh!, Dios mío. ¡Sí!, y si estuvieseis en Roma, la casa de
Thomson y French no os pondría la menor dificultad en pagaros con un recibo
mío.
‑Perdonad, señor conde, perdonad.
‑¿Puedo, pues, guardar este dinero?
‑Sí, guardadlo ‑dijo Danglars enjugando el sudor de su frente.
‑Bien; pero reflexionad. Si os arrepentís, todavía estáis a
tiempo.
‑No ‑dijo Danglars‑; guardad mis firmas, pero, como sabéis,
nadie es tan amigo de formalidades como el hombre de negocios. Destinaba esa
suma a los hospicios, y hubiera creído robarles no dándoles precisamente ésa.
¡Como si un escudo no valiese tanto como otro! ¡Dispensadme!
Y empezó a reír estrepitosamente.
‑Ya estáis dispensado ‑respondió amablemente el conde de
Montecristo.
Y colocó los billetes en su cartera.
‑Pero ‑dijo Danglars‑, tenemos aún una cantidad de cien mil
francos.
‑¡Oh!, bagatelas ‑dijo Montecristo‑. El corretaje debe ascender
poco más o menos a esa suma. Guardadla y estamos en paz.
‑Conde‑dijo Danglars‑, ¿habláis en serio?
‑Jamás me chanceo con los banqueros ‑dijo el conde con una
seriedad que rayaba en impertinencia.
Y se dirigió a la puerta en el momento en que el ayuda de cámara
anunciaba:
‑El señor de Boville, receptor general de hospitales.
‑¡Por vida mía! ‑dijo Montecristo‑, parece que llegué a tiempo
para gozar de vuestras firmas. Se las disputan.
Danglars palideció otra vez y dióse prisa a separarse de
Montecristo .
El conde saludó muy cortésmente al señor de Boville, que aguardaba
en el salón y fue introducido inmediatamente en el despacho del banquero.
El rostro grave del conde se iluminó con una rápida sonrisa al
ver la cartera que tenía en la mano el receptor de hospitales.
Encontró en la puerta su carruaje y se hizo conducir inmediatamente
al banco.
Danglars, entretanto, reprimiendo su emoción, salió al encuentro
del receptor general.
No es necesario decir que le recibió con la sonrisa en los
labios y un semblante el más halagüeño.
‑Buenos días ‑dijo‑, mi querido acreedor, porque creo que tal es
el que ahora se presenta.
‑Habéis adivinado, señor barón ‑dijo el señor de Boville‑, los
hospitales acuden a veros en mi persona. Las viudas y los huérfanos vienen por
mis manos a pediros una limosna de cinco millones.
‑¡Y dicen que los huérfanos son dignos de lástima! ‑respondió
Danglars, prolongando la broma‑, ¡pobres niños!
‑Pues heme aquí en su nombre ‑dijo Boville‑. ¿Recibisteis mi
carta de ayer?
‑Sí.
‑Pues aquí tenéis mi recibo.
‑Mi querido Boville ‑dijo el banquero‑, vuestras viudas y vuestros
huérfanos tendrán, si queréis, la bondad de aguardar veinticuatro horas,
porque el señor de Montecristo, que habéis visto salir de aquí ahora..., ¿le
habéis visto?
‑Sí, ¿y qué?
‑El señor de Montecristo se lleva sus cinco millones.
‑¿Cómo es eso?
‑Es que el conde tenía un crédito ilimitado sobre mí. Crédito
abierto por la casa de Thomson y French, de Roma. Ha venido a pedirme cinco
millones de un golpe, y le he dado un bono sobre el banco, donde tengo
depositados mis fondos, y comprenderéis que temo, retirando de las manos del
regente diez millones en el mismo día, que le pareciese una cosa
extraordinaria. En dos días ‑añadió Danglars sonriéndose‑ no digo lo contrario.
‑Vamos, pues ‑exclamó el señor de Boville con el tono de la más
perfecta incredulidad‑, ¡cinco millones a aquel caballero que acaba de salir
ahora y que me saludó sin conocerme!
‑Tal vez os conoce sin que vos le conozcáis. El conde de
Montecristo conoce a todo el mundo.
‑¡Cinco millones!
‑Ved aquí su recibo. Haced como santo Tomás: ved y tocad.
El señor de Boville tomó el papel que le presentaba Danglars, y
leyó:
Recibidos del señor barón Danglars cinco millones cien mil francos,
de que se reembolsará a su voluntad sobre la casa de Thomson y French de Roma.
‑¡Luego es cierto! ‑exclamó.
‑¿Conocéis la casa Thomson y French de Roma?
‑Sí ‑dijo el señor de Boville‑, hice una vez un negocio de doscientos
mil francos en ella, pero no la había vuelto a oír nombrar.
‑Es una de las mejores casas de Europa ‑dijo Danglars, poniendo
sobre su mesa el recibo que acababa de tomar de manos del señor Boville.
‑¿Y tenía nada menos que un crédito de cinco millones sobre vos?
¿Pues sabéis que es un nabab el tal conde de Montecristo?
‑No sé lo que es, pero tiene tres créditos ilimitados, uno sobre
mí, otro sobre Rothschild y otro sobre Laffitte, y como veis me ha dado la
preferencia, dejándome cien mil francos por el corretaje.
El señor de Boville dio todas las muestras de una gran
admiración.
‑Será preciso que vaya a visitarle y que obtenga alguna piadosa
fundación para nosotros.
‑¡Oh!, es como si la tuvieseis. Solamente sus limosnas ascienden
a más de veinte mil francos todos los meses.
‑Es magnífico. Además le citaré el ejemplo de la señora de Morcef
y su hijo.
‑¿Qué ejemplo?
‑Han dado toda su fortuna a los hospicios.
‑¿Qué fortuna?
‑La suya, la del difunto general Morcef.
‑¿Y con qué razón?
‑Porque dicen que no quieren bienes adquiridos tan miserablemente.
‑¿Y de qué van a vivir?
‑La madre se ha retirado a una provincia, y el hijo ha entrado
en el servicio.
‑¡Toma!, ¡toma! ‑dijo Danglars‑, eso sí que son escrúpulos.
‑Ayer hice registrar el acta de donación.
‑¿Y cuánto poseían?
‑No mucho, un millón doscientos o trescientos mil francos. Pero
volvamos a nuestros millones.
‑Con mucho gusto ‑dijo el banquero con la mayor naturalidad‑.
¿Ese dinero os urge mucho?
‑Sí, el arqueo se efectúa mañana.
‑Mañana, ¿y por qué no me lo dijisteis antes? ¿Y a qué hora es
ese arquco?
‑Alas dos.
‑Enviad a las doce ‑dijo Danglars con amable sonrisa.
El señor de Boville apenas respondía. Decía que sí con la cabeza
y daba vueltas a la cartera.
‑Pero, ahora que recuerdo, haced más.
‑¿Qué queréis que haga?
‑El recibo del señor de Montecristo es dinero contante. Pasadle
a Rothschild o Laffitte y os lo tomarán al instante.
‑¡Cómo! ¿Pagadero en Roma?
‑Desde luego, os costará sólo un descuento de cinco o seis mil
francos a lo sumo.
El receptor dio un salto atrás.
‑¡Porvida mía! Prefiero esperar a mañana. ¿Cómo vais a...?
‑He creído por un momento, perdonadme ‑dijo el banquero con una
imprudencia sin igual‑, he creído que tendríais algún pequeño déficit que
llenar.
‑¡Ah! ‑dijo Boville.
‑Escuchad. No sería la primera vez que tal cosa ocurriera, y en
ese caso se hace un sacrificio.
‑Gracias a Dios, no.
‑Entonces, hasta mañana, ¿no es verdad, mi querido receptor?
‑Sí; hasta mañana, pero sin falta.
‑¡Qué! ¿Os burláis? Enviad a mediodía, y el banco estará ya avisado.
‑Vendré yo mismo.
‑Mejor aún, porque eso me proporcionará el placer de volver a
veros.
Y se estrecharon la mano.
‑A propósito. ¿No habéis ido al entierro de esa pobre señorita
de Villefort, que en este momento tiene lugar?
‑No ‑‑‑dijo el banquero‑, pesa sobre mí el ridículo del suceso
de Benedetto, y no salgo.
‑¡Bah!, no tenéis razón. ¿Qué culpa tenéis de ello?
‑Amigo mío, cuando se lleva un nombre sin tacha como el mío, se
es muy susceptible.
‑Todo el mundo os compadece, creedlo, y más aún, a la señorita,
vuestra hija.
‑¡Pobre Eugenia! ‑dijo el banquero, dando un profundo suspiro‑.
¿Sabéis que ingresa en un convento?
‑No.
‑Pues desgraciadamente es así. Al día siguiente se decidió a partir
con una amiga suya, religiosa ya, y va a buscar un convento severo en Italia o
España.
‑¡Oh! Es terrible.
Y el séñor de Boville se retiró al hacer esta exclamación,
cumplimentando al barón.
Mas apenas hubo salido, cuando Danglars, con un gesto enérgico,
que comprenderán solamente los que hayan visto a Frederik representar el
Robert Hacaire, exclamó:
‑
¡Imbécil!
Y guardando el recibo del conde en su cartera, añadió:
‑Ven a mediodía, que yo estaré ya lejos.
Encerróse, vació todos los cajones de su caja, reunió unos
cincuenta mil francos en billetes de banco, quemó diferentes papeles, puso
otros a la vista, y escribió una carta que cerró y cuyo sobre dirigió:
A la señora
baronesa de Danglars.
‑Esta noche ‑murmuró‑ yo mismo la colocaré en su tocador.
Sacando en seguida un pasaporte de otro cajón, dijo:
‑Bueno,
aún puede servir dos meses.
Capítulo doce
El cementerio del Padre Lachaise
E1 señor de Boville había encontrado en efecto el fúnebre
cortejo que conducía a Valentina a la mansión de los muertos.
El tiempo estaba sombrío y nebuloso, un viento cálido aún, pero
mortal para las hojas ya secas, las arrancaba, arrojándolas sobre la
muchedumbre que ocupaba el boulevard, dejando desnudas las ramas.
El señor de Villefort, parisiense genuino, consideraba el
cementerio del Padre Lachaise como el único digno de recibir los restos
mortales de una familia de París. Los demás le parecían cementerios rurales,
indignos de recibir los restos mortales de una familia parisiense.
Había comprado cierta porción de terreno, en el que erigió un
magnífico monumento que se llenó en poco tiempo con los miembros de la primera
familia. Leíase en el frontispicio del mausoleo: “Familias Saint‑Merán y
Villefort”. Porque tal fue el último voto de la pobre Renata, madre de
Valentina.
Hacia el cementerio del Padre Lachaise, pues, se encaminaba el
pomposo entierro que salió del arrabal Saint‑Honoré, atravesó todo París por el
arrabal del Temple, pasó en seguida al boulevard exterior, y de allí al
cementerio. Más de cincuenta coches de particulares seguían a otros veinte de
duelo, y más de quinientas personas componían el acompañamiento.
Eran todos jóvenes, para quienes la muerte de Valentina representaba
una gran desgracia, y que a pesar dei vapor glacial del siglo y el prosaísmo de
la época, sentían vivamente la pérdida de aquella hermosa, casta y adorable
joven, muerta en la primavera de su vida.
Al salir de París vieron llegar un carruaje tirado por cuatro
fogosos caballos que pasó a la cola. Era el coche de Montecristo, que se apeó y
fue a mezclarse con los demás que seguían el coche fúnebre.
Chateau‑Renaud y Beauchamp que le vieron llegar se acercaron a
él inmediatamente.
El conde miraba con atención a todas partes. Buscaba con mucho
interés a alguien. Finalmente, no pudo aguantar más.
‑¿Dónde está Morrel? ‑preguntó‑. ¿Alguien lo sabe?
‑Ya nos hemos hecho esa pregunta en la casa mortuoria ‑contestó
Chateau‑Renaud‑, porque nadie le ha visto.
El conde calló, pero continuó observando a su alrededor.
Llegaron por fin al cementerio; la penetrante mirada de Montecristo registró de
un golpe el bosque de sauces llorones y pinos que rodean las rumbas, y perdió
toda inquietud. Una sombra atravesó los árboles, y el conde reconoció al que
buscaba.
Todos saben a lo que se reduce un entierro en aquel magnífico
palacio de la muerte. Un silencio profundo, el ruido de tal cual rama que se
desgaja de los árboles, el triste canto de los sacerdotes y algún suspiro que
se escapa de entre un bosquecillo de flores que cubren una rumba, junto a la
cual se ve una mujer arrodillada y con las manos juntas. La sombra que había
visto Montecristo cruzó rápidamente por detrás del sepulcro de Abelardo y
Eloísa, y fue a colocarse junto a los caballos del coche fúnebre, llegando así
hasta el sitio destinado para la sepultura. Montecristo no perdía de vista
aquella sombra en la que los demás apenas habían reparado. Dos veces se separó
Montecristo del acompañamiento para observar si las manos de aquel hombre
buscaban algún arma oculta bajo su ropa.
Cuando el acompañamiento se detuvo, viose que aquella sombra era
Morrel, que con su levita abotonada hasta arriba, la frente lívida, los pómulos
salientes y el sombrero estropeado por sus manos convulsas, se había arrimado
a un árbol colocado en un alto desde donde dominaba el mausoleo, de modo que no
le estorbaban ver hasta la más pequeña ceremonia del fúnebre suceso que iba a
consumarse.
Todo sucedió como de costumbre. Algunos hombres, y como siempre
los menos impresionados, pronunciaron discursos. Los unos compadeciendo
aquella muerte prematura, los otros extendiéndose sobre el dolor de su padre, y
los hubo tan ingeniosos que incluso averiguaron que aquella infortunada joven
había solicitado del señor de Villefort en varias ocasiones un poco de
misericordia para los culpables, sobre cuya cabeza estaba suspendida la espada
de la justicia. Apuraron las metáforas y períodos sentimentales, comentando de
mil maneras a Malherbe y Dupérier.
El conde nada escuchaba, nada veía, o por mejor decir, solamente
veía a Morrel, cuya tranquilidad a inmovilidad formaban un espectáculo
espantoso para el que podía leer lo que sucedía en el fondo del corazón del
joven.
‑Mirad ‑dijo Beauchamp a Debray‑, mirad a Morrel. ¿Por qué se
habrá metido allí?
Y se lo hicieron observar a Chateau‑Renaud.
‑¡Qué pálido está! ‑dijo aquél, estremeciéndose.
‑Tendrá frío ‑replicó Debray.
‑No; yo creo que está conmovido. Es un joven muy impresionable.
‑¡Bah!, apenas conocía a Valentina, según vos mismo habéis dicho.
‑Es cierto. No obstante, recuerdo que en el baile de la señora
de Morcef bailó tres o cuatro veces con ella. Vos lo sabéis, conde. Aquel baile
en el que tanto efecto causasteis.
‑No lo sé ‑respondió Montecristo, sin saber a lo que respondía,
pues sólo le ocupaba Morrel, a quien observaba atentamente y cuyas mejillas se
colorearon como les sucede a los que comprimen y retienen la respiración.
‑Los discursos han terminado. Adiós, señores ‑dijo bruscamente
el conde.
Y dio la señal de marcha, desapareciendo sin que se supiese por
dónde había ido. Terminado todo, los asistentes tomaron el camino de París.
Sólo Chateau‑Renaud buscó un instante a Morrel, pero mientras
había seguido al conde con la vista, Maximiliano había dejado su sitio, y no
encontrándolo, se unió a Beauchamp y Debray. El conde habíase ocultado detrás
de un mausoleo y espiaba hasta el menor movimiento de Morrel, que poco a poco
se había acercado a la tumba, abandonada primero por los curiosos, después por
los operarios.
Morrel miró alrededor lenta y vagamente, y aprovechando el momento
en que su vista se dirigía a la parte opuesta, el conde se acercó a unos diez
pasos sin que lo notara.
El joven se arrodilló.
El conde, alargando el cuello, con la vista fija y dilatada, y
dispuesto a lanzarse a la primera señal, continuaba acercándose a Morrel.
Este inclinó su frente hasta tocar la fría losa, y cogiéndola
con ambas manos, exclamó:
‑¡Oh! ¡Valentina!
Aquellas dos palabras destrozaron el corazón del conde, dio un
paso más y tocando a Morrel en el hombro, le dijo:
‑Os buscaba, mi querido amigo.
El conde esperaba un escándalo, reconvenciones, quejas, en fin,
cuanto debía presumirse, y se engañó.
Morrel se volvió hacia él, y tranquilo en apariencia, le dijo:
‑Ya veis que estaba rezando.
La mirada penetrante del conde examinó al joven de pies a
cabeza, y concluida aquella observación quedó más tranquilo.
‑¿Queréis que os conduzca a París en el carruaje?
‑No, gracias.
‑¿Deseáis alguna cosa?
‑Dejadme rezar.
El conde se alejó sin hacer ninguna observación, pero fue para
colocarse en otro sitio, desde donde veía hasta el menor movimiento de Morrel.
Levantóse éste al poco rato, limpió las rodillas de su pantalón y tomó el
camino de París sin volver atrás la cabeza.
Descendió lentamente por la calle de la Roquette.
El conde mandó retirar su carruaje y le siguió a unos cien pasos
de distancia.
Maximiliano atravesó el canal y entró en la calle de Meslay por
el boulevard.
Cinco minutos después de haberse cerrado la puerta para Morrel,
se abrió para Montecristo.
Julia estaba sentada a la entrada del jardín, adonde miraba
trabajar a Penelón, que tomando en serio su profesión de jardinero se entretenía
arreglando unos rosales de Bengala.
‑¡Ah!, señor conde de Montecristo ‑exclamó con aquella alegría
que solía manifestar cuando el conde hacía una visita a la calle de Meslay.
‑Maximiliano acaba de entrar, ¿es verdad, señora? ‑preguntó el
conde.
‑Creo que le he visto pasar, sí ‑respondió la joven‑, pero llamad
a Manuel, por favor.
‑Perdonad, señora, es preciso que suba al cuarto de Maximiliano
al instante, tengo que decirle una cosa de la mayor importancia.
‑Id, pues ‑le dijo, acompañándole con una dulce sonrisa hasta
dejarle en la escalera.
Montecristo subió rápidamente al segundo piso, llegó al cuarto
de Maximiliano, escuchó, pero no se percibía ningún ruido.
Como la mayor parte de las casas habitadas por una sola familia,
el cuarto tenía solamente una puerta de cristales, y ésa carecía de llave.
Maximiliano estaba encerrado por dentro, y las cortinas de seda encarnada no
dejaban ver lo que hacía. La ansiedad del conde se dejaba ver en el color
sonrosado de sus mejillas, síntoma de emoción poco común en aquel hombre impasible.
‑¿Qué haré? ‑dijo, y reflexionó un instante.
«¿Llamar? ¡Oh!, ¡no!, muchas veces el ruido de una campanilla,
es decir, el anuncio de una visita, acelera la resolución de los que se encuentran
en el caso de Maximiliano; y entonces al ruido de la campanilla responde otro
ruido.»
El conde tembló de pies a cabeza, y como sus decisiones tenían
la rapidez del relámpago, dio con el codo a uno de los cristales, que se hizo
pedazos, y levantando la cortina vio a Morrel que, sentado ante la mesa y
escribiendo, acababa de dar una media vuelta al ruido del cristal roto.
‑No es nada ‑dijo Montecristo‑, mi querido amigo; resbalé y di
con el codo en la puerta, y puesto que está roto, voy a aprovecharme para
abrir sin que tengáis necesidad de incomodaros. ‑Y pasando el brazo, el conde
abrió la puerta.
Morrel se levantó visiblemente contrariado, y fue al encuentro
del conde, menos para recibirle que para impedir que pasara más adelante.
‑La culpa es de vuestros criados ‑dijo el conde‑, tienen el
suelo tan lustroso como un espejo.
‑¿Os habéis lastimado, señor? ‑preguntó fríamente Morrel.
‑No sé. ¿Pero qué hacíais? ¿Estabais escribiendo?
‑¿Yo?
‑Sí. Tenéis los dedos manchados de tinta.
‑Es verdad. Me ocurre algunas veces al escribir mucho; es cosa
que me gusta, a pesar de que soy militar.
Montecristo dio algunos pasos por el cuarto, y Maximiliano se
vio obligado a dejarlo pasar, pero lo siguió.
‑¿Escribíais? ‑repitió Montecristo mirándole fijamente.
‑Creo que ya he tenido el honor de deciros que sí.
El conde miró en derredor.
‑¿Vuestras pistolas al lado de la escribanía? ‑dijo, señalando a
Morrel‑. ¿Las armas puestas sobre la mesa?
‑Voy de viaje‑respondió con despecho Maximiliano.
‑¡Amigo mío! ‑le dijo el conde de Montecristo con una dulzura
infinita.
‑¿Señor?
‑Amigo mío, mi querido Maximiliano, nada de decisiones extremadas,
os lo ruego.
‑¡Yo! ‑respondió Morrel encogiéndose de hombros‑, pues qué, ¿mi
viaje es una resolución extremada?
‑Maximiliano, dejemos a un lado la máscara que llevamos, no me
engañáis con vuestra fingida calma, como tampoco os engaño yo con mi frívola
solicitud. Bien conocéis que para haber roto los cristales y violado el secreto
de vuestro cuarto, conocéis, digo, que es necesario tenga una inquietud
verdadera o mejor una convicción terrible. Morrel, ¿vos queréis suicidaros?
‑¡Bueno! ‑dijo Morrel‑. ¿Qué idea es la vuestra?
‑Os digo que queréis mataros ‑continuó el conde con la misma voz‑,
y he aquí la prueba ‑y acercándose a la mesa levantó un pliego blanco que el
joven había puesto sobre lo que escribía, y tomó la carta empezada.
Morrel se abalanzó hacia él para arrancársela de las manos, pero
Montecristo, adivinando el movimiento, cogió el brazo de Maximiliano y le
detuvo con mano de hierro.
‑Bien veis que queríais mataros, Morrel, ¡está escrito!
‑¡Y bien! ‑dijo Morrel pasando de repente de la apariencia de la
tranquilidad a la expresión de violencia‑, ¡y bien!, aun cuando así fuera, aun
cuando volviese contra mí el cañón de una pistola, ¿quién me lo impediría?
¿Quién tendría valor para impedírmelo? Cuando diga: todas mis esperanzas se han
concluido, mi corazón está muerto, aborrezco la vida, no hay más que duelos y
disgustos alrededor de mí, la tierra se ha convertido en cenizas, una voz
humana es cosa que desgarra mi alma. Al decir: es piedad dejarme morir, porque
si no perderé la razón, me volveré loco; decidme, cuando diga esto y vean que
lo digo con las angustias y lágrimas del corazón, me responderán: no tenéis
razón, ¿o me impedirán el dejar de ser desgraciado? Decidme, ¿tendríais valor
para ello?
‑Sí, Morrel ‑dijo Montecristo, cuya voz sosegada formaba un
singular contraste con la exaltación del joven.
‑Vos ‑dijo Morrel con una expresión infinita de cólera‑, vos que
habéis alimentado en mí una esperanza absurda, que me habéis alentado con
vuestras vanas promesas, cuando por algún golpe o una resolución violenta yo
hubiera podido salvarla, o al menos verla morir en mis brazos. Vos que
afectáis poseer todos los recursos de la inteligencia, todo el poder de la
materia, que pretendéis desempeñar en la tierra el papel de la Providencia, y
que no habéis podido dar un contraveneno a la infeliz... ¡Ah!, en verdad que me
dais lástima, ¡me causáis horror! Morrel...
‑Sí; me dijisteis que me quitase la máscara, pues bien, me la
quito: cuando me seguisteis al cementerio y me hablasteis os respondí, porque
mi corazón es bueno; cuando entrasteis os dejé llegar hasta aquí. Sin embargo,
puesto que abusáis, que venís a desafiarme hasta en este cuarto adonde me había
retirado como en la tumba, puesto que me dais un nuevo tormento cuando creí
haberlos apurado todos, ¡conde de Montecristo, mi pretendido bienhechor, el
salvador universal, estad satisfecho, vais a ver morir a vuestro amigo...!
Y con la risa del delirio, Morrel se lanzó por segunda vez sobre
las pistolas. Montecristo, pálido como un espectro, con los ojos despidiendo
relámpagos y alargando las manos a las pistolas, dijo:
‑Y yo os repito que nos os mataréis.
‑Impedídmelo, pues ‑replicó Morrel, haciendo el último esfuerzo,
que vino a estrellarse contra el brazo de acero del conde.
‑Os lo impediré.
‑¿Pero quién sois, en fin, para arrogaros ese derecho tiránico
sobre criaturas libres a independientes?
‑¿Quién soy? ‑repitió Montecristo‑, soy el único en el mundo
que tiene derecho para decirte: Morrel, no quiero que el hijo de lo padre muera
hoy.
Montecristo, transfigurado, sublime y cruzando los brazos, se
adelantó hacia el joven, que palpitante y vencido a su pesar por la majestuosa
divinidad de aquel hombre, dio un paso atrás.
‑¿Por qué me habláis de mi padre? ‑balbució‑. ¿Por qué mezcláis
su recuerdo a lo que hoy me sucede?
‑Porque yo soy el que salvé la vida a lo padre un día que quería
matarse como tú lo quieres hoy, porque soy el hombre que envió la bolsa a lo
joven hermana y el Faraón al anciano Morrel. ¡Porque soy, en fin, Edmundo
Dantés, que cuando niño lo hacía jugar sobre sus rodillas!
Morrel dio un paso atrás, vacilante, sofocado, aterrado. Sus
fuerzas le abandonaron y cayó prosternado a los pies de Montecristo.
En seguida hubo un movimiento de regeneración en su hermosa naturaleza;
se levantó, dio un salto, y se precipitó a la escalera gritando fuertemente:
‑¡Julia! ¡Julia! ¡Manuel! ¡Manuel!
Montecristo quiso salir, pero hubiera sido más fácil matar a Maximiliano
que hacerle abandonar la puerta que tenía entreabierta para no dejar salir al
conde.
Julia, Manuel, Penelón y algunos criados acudieron asustados al
oír los gritos de Maximiliano.
‑¡De rodillas! ‑gritó con una voz ahogada por los sollozos‑, ¡de
rodillas!, es el bienhechor, el salvador de nuestro padre; es...
Iba a decir Edmundo Dantés, pero el conde le detuvo agarrándole
por un brazo.
Julia se arrojó sobre la mano del conde. Manuel le abrazaba como
a un dios tutelar; Morrel cayó por segunda vez en tierra, arrodillado ante el
conde.
Aquel hombre de bronce sintió que el corazón se dilataba en su
pecho. Una llama abrasadora subió a su garganta y a sus ojos, inclinó la cabeza
y lloró.
Apenas se hubo recobrado Julia de la fuerte emoción que acababa
de sufrir, cuando salió precipitadamente del cuarto, bajó al primer piso,
corrió al salón con una alegría infantil, y alzó el globo de cristal que
protegía la bolsa dada por el desconocido de las alamedas de Meillán.
Entretanto, Manuel decía al conde con una voz sofocada por los
sollozos:
‑¡Oh!, señor conde, cómo oyéndonos hablar tantas veces del
bienhechor desconocido, cómo viéndonos acatar su memoria con tanto
reconocimiento y adoración, ¿cómo habéis esperado hasta hoy para daros a
conocer?
‑Escuchadme, amigo ‑dijo el conde‑, y puedo llamaros así, porque
sin que lo supieseis, sois mi amigo hace ya once años. El descubrimiento de
este secreto lo ha producido un gran suceso que debéis ignorar. Dios me es
testigo de que deseaba sepultarlo en lo más recóndito de mi alma durante toda
mi vida. Vuestro hermano Maximiliano me lo ha arrancado con violencias, de las
que estoy seguro se arrepiente.
En seguida, viendo que Maximiliano, permaneciendo aún de rodillas,
se había recostado sobre un sillón:
‑Velad sobre él ‑añadió, apretando la mano de Manuel de un modo
significativo.
‑¿Por qué? ‑preguntó admirado el joven.
‑No puedo decíroslo. Mas vigilad, cuidad de él.
Manuel miró por todas partes, y vio las pistolas de Morrel sobre
la mesa. Sus ojos se fijaron espantados en aquellas armas que señaló a
Montecristo levantando el dedo hasta la altura de la mesa.
Montecristo bajó la cabeza.
Manuel hizo un movimiento hacia las pistolas.
‑Dejad‑dijo el conde.
En seguida, acercándose a Morrel, le tomó la mano. Los
movimientos tumultuosos que agitaron el corazón del joven habían cedido el
lugar al desaliento.
Julia subió trayendo en la mano la bolsa de seda, y dos lágrimas
brillantes y alegres caían por sus mejillas como dos gotas de rocío matinal.
‑He aquí la reliquia ‑dijo‑, no penséis que me es menos querida
después que he conocido al salvador.
‑Hija mía ‑dijo el conde sonrojándose‑, permitidme que vuelva a
recoger esa bolsa, pues que ya me conocéis, no quiero estar presente a vuestro
recuerdo más que por el cariño que os suplico me concedáis.
‑¡Oh! ‑dijo Julia poniendo la bolsa sobre su corazón‑, no, no,
os lo ruego, porque un día podréis dejarnos, un día desgraciadamente os
separaréis de nosotros, ¿no es verdad?
‑Habéis adivinado ‑dijo Montecristo sonriéndose‑, dentro de ocho
días abandonaré este país, en el que tantas personas que merecían la venganza
del cielo vivían contentas y dichosas, mientras mi padre expiraba de hambre y
de dolor.
En el instante de anunciar su próximo viaje, Montecristo fijó
sus ojos en Morrel, y notó que las palabras ya habré dejado este país,
no le habían sacado de su letargo. Conoció que necesitaba aún la última lucha
con el dolor de su amigo, y tomando por la mano a Julia y a Manuel, les dijo
con la autoridad de un padre.
‑Mis buenos amigos, os ruego que me dejéis a solas con Maximiliano.
Era el momento favorable para que se llevase Julia la reliquia,
como ella la llamaba, y de la que se había olvidado el conde.
‑Dejémosle ‑dijo, y salió precipitadamente con su marido.
Montecristo se quedó con Morre estatua.
‑Vamos ‑dijo el conde, tocándole en un hombro con su dedo de
fuego‑, ¿vuelves a ser hombre, Maximiliano?
‑Sí, porque empiezo a sufrir otra vez.
La frente del conde se contrajo. Parecía entregado a una
profunda meditación.
‑¡Maximiliano, Maximiliano! ‑le dijo‑, ¡las ideas que lo embargan
son indignas de un cristiano!
‑¡Oh!, tranquilizaos, amigo ‑dijo Morrel levantando la cabeza, y
mostrando al conde una sonrisa de inefable tristeza‑, ya no seré yo el que
busque la muerte.
‑Así ‑dijo Montecristo‑, nada de armas, nada de desesperación.
‑No, porque tengo algo que vale más que el cañón de una pistola
o la puma de un puñal.
‑¡Pobre loco! ¿Qué es, pues, lo que tenéis? ‑preguntó el conde
con profunda tristeza.
‑El dolor, que concluirá con mi existencia.
‑Amigo ‑dijo Montecristo, con una melancolía igual a la suya‑,
escuchadme. Un día, y en un momento de desesperación igual al tuyo, puesto que
me conducía a una idéntica resolución, yo quise matarme. Un día lo padre,
desesperado, lo quiso también. Si hubiesen dicho a lo padre en el momento en
que apoyaba contra su frente el cañón de una pistola, si me hubiesen dicho a mí
cuando separaba de mi cama el pan del prisionero, al que no había tocado en
tres días, si a los dos nos hubieran dicho en aquel momento supremo: ¡vivid!,
vendrá un día en que seáis dichosos y bendigáis la vida, fuera quien fuera el
que nos lo hubiera dicho, su dicho lo hubiéramos recibido con la sonrisa de la
duda o la angustia de la incredulidad, y sin embargo, ¡cuántas veces lo padre,
abrazándote, bendijo la vida! ¡Cuántas veces he hecho yo lo mismo!
‑¡Ah! ‑dijo Morrel, interrumpiendo al conde‑, vos habíais
perdido solamente la libertad, y mi padre su fortuna, ¡pero yo he perdido a
Valentina!
‑Mírame, Morrel ‑dijo el conde con aquella solemnidad que en
ciertas ocasiones le hacía tan grande y tan persuasivo‑, mírame. Yo no tengo
lágrimas en los ojos, ni fiebre en las venal, ni palpitaciones fúnebres en el
corazón. No obstante, lo veo sufrir, Maximiliano, a ti, ¡a quien amo como
amaría a mi hijo! Pues bien, ¿esto no lo dice, Morrel, que el dolor es como la
vida, que hay algo después de ella? Ahora bien, si yo lo ruego, si lo mando que
vivas, es porque tengo la convicción de que un día me darás las gracias por
haberte conservado la vida.
‑¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué me decís, conde? Pensadlo, quizá
nunca habéis amado.
‑Niño ‑repuso Montecristo.
‑De amor ‑replicó Morrel‑, yo me entiendo. Soy soldado desde que
fui hombre, y he llegado a veintinueve años sin amar porque ninguna de las
pasiones que he sentido antes merece este hombre. Pues bien, a los veintinueve
años vi a Valentina, y hace dos años que la amo, que he podido leer en su
corazón las virtudes de la joven y de la mujer escritas por la mano del Señor,
en aquel corazón abierto para mí como un libro. Conde, mi felicidad con
Valentina era infinita, inmensa, desconocida. Demasiado completa, demasiado
grande, demasiado divina para este mundo, puesto que este mundo no me la ha
dado. Esto es deciros, conde, que sin Valentina no hay para mí en la tierra más
que tristeza y desesperación.
‑Os he dicho que esperéis, Morrel ‑dijo el conde.
‑Cuidado, repetiré yo ‑dijo Morrel‑, porque si queréis persuadirme,
si lo conseguís creeré que puedo volver a ver a Valentina.
Montecristo se sonrió.
‑Amigo mío, padre mío ‑exclamó Morrel exaltado‑, cuidado. Os
repetiré por tercera vez: el ascendiente que tomáis sobre mí me espanta.
Cuidado con el sentido de vuestras palabras, porque ved que mis ojos se
reaniman, mi corazón renace a la esperanza, y en él late la vida, porque me
haríais creer en cosas sobrenaturales. Obedeceré si me mandáis que levante la
losa que cubre a la hija de Jairo. Caminaré sobre las ondas como el apóstol, si
me hacéis señal con la mano de caminar sobre ellas, obedeceré en todo. ..
‑Espera, amigo ‑dijo el conde.
‑¡Ah! ‑dijo Morrel, pasando del extremo de la exaltación al
abismo de la tristeza‑, ¡ah!, me engañáis. Hacéis como aquellas madres que
calman con palabras dulces a los chicos, cuyos gritos les incomodan. No, amigo
mío. Enterraré mi dolor en lo más hondo de mi pecho, le ocultaré tanto que no
me veréis sufrir. Adiós, amigo mío, adiós.
‑Al contrario ‑dijo el conde‑, desde ahora, Maximiliano, vivirás
conmigo, no lo apartarás de mí un solo instante, y dentro de ocho días
saldremos de Francia.
‑¿Y me decís aún que espere?
‑Te lo digo, porque conozco un medio para curarte.
‑Conde, me entristecéis más, veis solamente en mi dolor un dolor
vulgar, y queréis curarme con un remedio igual, el de hacerme viajar.
Y Morrel movió la cabeza con desdeñosa incertidumbre.
‑¿Qué quieres que lo diga? Tengo confianza en mis promesas,
déjame hacer el experimento.
‑Conde, prolongáis mi agonía, y he aquí todo.
‑Así ‑dijo el conde‑, lo débil corazón no quiere conceder unos
días a un amigo para la prueba que intenta hacer. ¿Sabes tú de lo que el conde
de Montecristo es capaz? ¿Sabes que da órdenes a muchos poderosos de la tierra?
¿Sabes que tiene bastante confianza en Dios para obtener un milagro de aquel
que ha dicho que con la fe puede el hombre mover una montaña? Pues bien, ese
milagro, yo lo espero, o si no...
‑Si no ‑repitió Morrel.
‑Cuidado, Morrel, lo llamaría ingrato.
‑Tened piedad de mí, conde.
‑Escúchame, Maximiliano. Tengo tanta, que si no lo curo dentro
de un mes, día por día, hora por hora, yo mismo lo colocaré delante de dos
pistolas cargadas y de una copa del más sutil veneno de Italia, de un veneno,
créeme, más pronto y más seguro que el que ha muerto a Valentina.
‑¿Me lo prometéis?
‑Sí, porque soy hombre, porque he sufrido, y porque, como lo he
dicho también, he querido morir, y muchas veces, después que el infortunio se
ha alejado de mí, he soñado con las delicias del sueño eterno.
‑¡Oh!, ¿me prometéis esto ciertamente, conde?
‑Te lo prometo y lo juro ‑dijo Montecristo alargando el brazo.
‑Dentro de un mes, si no me he consolado, ¿me dejáis en libertad
para disponer de mi vida, y haga lo que hiciere, no me llamaréis ingrato?
‑En un mes, día por día, hora por hora, y la fecha es sagrada,
Maximiliano, no sé si has pensado en ello, pero estamos en 5 de septiembre, y
hace diez años que salvé a lo padre, que también quería
morir.
Morrel cogió las manos del conde y las besó. Este le dejó hacer
como si comprendiese que aquella muestra de adoración se le debía.
‑Dentro de un mes tendrás en una mesa, a la que estaremos
sentados los dos, buenas armas y una muerte dulce, pero hasta entonces
prométeme esperar y vivir.
‑¡Oh! ‑dijo Morrel‑, os lo juro.
Montecristo atrajo al joven sobre su pecho y le estrechó contra
su corazón.
‑Desde ahora ‑le dijo‑ vienes a vivir conmigo, ocuparás la habitación
de Haydée, mi hijo reemplazará a mi hija.
‑Haydée ‑dijo Morrel‑, ¿pues qué es de ella?
‑Ha partido esta noche.
‑¿Para separarse de vos?
‑Para esperarme... Prepárate a venir a la casa de los Campos
Elíseos, y haz que yo salga de aquí sin que me vean.
Maximiliano bajó la cabeza y obedeció
como un niño o como un apóstol.
Capítulo trece
La partición
En la casa de la calle de San Germán de los Prados, que había
escogido para su madre y para sí Alberto de Morcef, el primer piso estaba
alquilado a un personaje misterioso.
Era un hombre a quien el conserje no había podido nunca ver la
cara, entrase o saliese, porque en el invierno la cubría con una bufanda
encarnada, como los cocheros de casas grandes que esperan a sus amos a la
salida del espectáculo, y en verano se sonaba siempre en el momento de pasar
por delante de la portería.
Preciso es decir que contra las costumbres establecidas, nadie
espiaba a aquel vecino, y que la noticia de que era un gran personaje poderoso
a influyente había hecho respetar su incógnito y sus misteriosas apariciones.
Sus visitas eran ordinariamente fijas, aunque algunas veces se
adelantaban o retrasaban, pero casi siempre, lo mismo en invierno que en
verano, a las cuatro de la tarde, tomaba posesión de su cuarto y jamás pasaba
en él la noche.
La discreta criada, a la que estaba confiado el cuidado de la habitación,
encendía la chimenea en el invierno a las tres y media, y a la misma hora en
verano subía helados y refrescos.
Como hemos dicho, a las cuatro llegaba el misterioso personaje.
Veinte minutos más tarde un coche se detenía a la puerta de la
casa, y una mujer vestida de negro o de azul muy oscuro, pero cubierta siempre
con un espeso velo, se apeaba, pasaba como un relámpago por delante de la
portería y subía sin que se sintiesen en la escalera sus ligeras pisadas.
jamás le preguntaron adónde iba.
Sus facciones, como las del caballero, eran completamente desconocidas
a los guardianes de la puerta, conserjes modelos, solos quizás en la inmensa
cofradía de porteros de la capital, capaces de semejante discreción,
Inútil es decir que jamás pasaba del primer piso, llamaba a la
puerta de un modo particular, abríase ésta, se cerraba en seguida
herméticamente, y he aquí todo.
Para salir tomaban las mismas precauciones que para entrar.
Primero salía la desconocida, cubierta siempre con el velo, y tomaba
el coche, que desaparecía tan pronto por un lado de la calle como por el otro.
A los veinte minutos bajaba el desconocido cubierto con su bufanda o tapándose
con el pañuelo.
Al día siguiente a aquel en que el conde de Montecristo hizo la
visita a Danglars y tuvo lugar el entierro de Valentina, el misterioso
inquilino entró hacia las diez de la mañana en lugar de las cuatro de la tarde.
Casi inmediatamente y sin aguardar el intervalo ordinario, llegó
un coche de alquiler, y la señora cubierta con el velo subió rápidamente la
escalera.
La puerta se abrió y se cerró, pero antes que estuviese del todo
cerrada, la señora había exclamado:
‑¡Oh! ¡Luciano! ¡Oh!, ¡amigo mío!
De modo que el conserje, que sin quererlo había oído aquella exclamación,
supo por primera vez que su inquilino se llamaba Luciano; pero como era un
portero modelo, se propuso no decirlo ni aun a su mujer.
‑Y bien, ¿qué hay, amiga querida? ‑respondió éste, pues la
turbación y prisa de la señora le habían hecho conocer quién era‑, hablad,
decid.
‑¿Puedo contar con vos?
‑Desde luego, ya lo sabéis. Pero ¿qué ocurre? Vuestro billete de
esta mañana me ha producido una terrible preocupación. La precipitación, el
desorden de vuestra carta, vamos, tranquilizaos, o acabad de espantarme de una
vez. ¿Qué hay?
‑¡Luciano, un gran acontecimiento! ‑dijo la señora, fijando en
él una mirada investigadora‑, el señor Danglars se ha fugado la pasada noche.
‑¡Danglars! ¿Y dónde ha ido?
‑Lo ignoro.
‑¡Cómo! ¿Lo ignoráis? ¿De modo que es para no volver más?
‑¡Sin duda! A las diez su carruaje le condujo a la barrera de
Charentón. Allí encontró una silla de posta, subió con su ayuda de cámara,
diciendo a su cochero que iba a Fontainebleau.
‑Entonces, ¿qué decís?
‑Esperad, amigo mío. Me había dejado una carta.
‑¿Una carta?
‑Sí; leed.
Y la baronesa sacó del bolsillo una carta abierta que presentó a
Debray.
Se detuvo un momento antes de leerla, como si hubiese querido
adivinar el contenido, o más bien, como si hubiera ya tomado un partido
decisivo, cualquiera que fuese el contenido. Firme en su resolución sin duda,
empezó a leer al cabo de algunos segundos. He aquí lo que contenía la carta que
tal turbación produjera en el ánimo de la señora Danglars.
«Señora y muy cara esposa.»
Sin pensar en lo que hacía, Debray miró fijamente a la baronesa,
y ésta se puso encendida.
‑Leed‑le dijo.
Debray prosiguió:
«Cuando recibáis esta carta, ya no tendréis marido. ¡Oh!, no os
alarméis, no tendréis marido, como no tenéis hija; es decir, que estaré en uno
de los treinta o cuarenta caminos que conducen a la frontera de Francia.
»Os debo algunas explicaciones, y como sois mujer que las comprendéis
perfectamente, voy a dároslas.
»Escuchad, pues:
»Esta mañana tuve que rembolsar cinco millones y los he pagado;
casi inmediatamente he debido pagar igual suma. La he aplazado para mañana, y
me marcho hoy para evitar ese mañana, que me sería, creédmelo, muy
desagradable.
»Comprendéis perfectamente, ¿no es cierto, señora y muy querida
esposa?
»Digo que comprendéis, porque conocéis tan bien como yo el estado
de mis negocios, y aun mejor que yo, puesto que si debiese decir dónde ha ido a
parar una gran parte de mi fortuna, antes tan bella, no sería capaz de hacerlo,
mientras que vos, por el contrario, lo sabéis perfectamente.
»Porque las mujeres tienen un instinto infalible, y explican por
un álgebra de su invención hasta lo maravilloso. Yo, que no conozco más que mis
números, nada sé desde el día en que ellos me engañaron.
»¿Habéis admirado alguna vez la prontitud de mi caída, señora?
¿No os ha llamado la atención la pronta fusión de mis barras? Yo solamente he
visto el fuego, preciso será que hayáis encontrado algún oro entre las
cenizas.
»Me alejo de vos, señora y prudente esposa, con esta consoladora
esperanza, sin tener el menor remordimiento de conciencia al abandonaros. Os
quedan amigos, las cenizas en cuestión, y para colmo de dicha, la libertad que
me apresuro a devolveros.
»Con todo, señora, ha llegado el momento de colocar en este párrafo
una palabra de explicación íntima. Mientras creí que trabajabais por el
bienestar de nuestra casa y la felicidad de nuestra hija, he cerrado
filosóficamente los ojos, pero como habéis hecho de la casa
una vasta
ruina, no quiero servir de fundamento a la fortuna de otro. Os he tomado por
mujer rica, mas no por mujer honrada. Disculpadme si os hablo con esa
franqueza, pero como creo no hablar más que para los dos, no veo que nada me
obligue a disimular mis palabras. He aumentado nuestra fortuna, que durante
quince años ha ido siempre creciendo hasta el momento en que catástrofes desconocidas
a ininteligibles hasta para mí han venido a destrozarla, sin culpa de mi parte.
»Vos, señora, habéis trabajado para aumentar la vuestra, y estoy
moralmente convencido de que lo habéis conseguido. Os dejo, pues, como os tomé,
rica, pero con poca honra.
» Adiós, me marcho, y desde hoy trabajaré por mi cuenta. Creed
en mi eterno agradecimiento por el ejemplo que me habéis dado y que voy a
seguir.
»Vuestro afectísimo marido,
Barón
Danglars.»
La baronesa seguía con la vista a Debray durante aquella larga y
penosa lectura, y vio que el joven, a pesar de su conocido dominio sobre sí,
mudó de color dos o tres veces.
Cuando concluyó, cerró lentamente la carta y volvió a su estado
pensativo.
‑¿Y bien? ‑le preguntó la señora Danglars con una ansiedad fácil
de comprender.
‑¡Y bien!, señora‑repitió maquinalmente Debray.
‑¿Qué idea os inspira esa carta?
Una idea muy sencilla, señora. Me inspira la idea de que el
señor Danglars ha partido con sospechas.
‑Sin duda, ¿pero es eso cuanto tenéis que decirme?
‑No comprendo ‑dijo Debray con una frialdad glacial.
‑¡Se ha marchado!, sí, para no volver más.
‑¡Oh! ‑dijo Debray‑, no creáis nada de eso, baronesa.
‑Os digo que no volverá, es un hombre de resoluciones invariables
y que sólo mira su interés. Si me hubiese juzgado útil para alguna cosa me
hubiera llevado consigo. Me deja en París porque nuestra separación puede
servir para sus proyectos. Es, pues, irrevocable y está perfectamente libre
para siempre ‑añadió la señora Danglars con el mismo acento de súplica.
Pero en lugar de responder, Debray la dejó en aquella penosa
ansiedad producida por una interrogación entre la mirada y el pensamiento.
‑¡Qué! ‑dijo al fin‑, ¿no me respondéis, caballero?
‑Sólo tengo una cosa que preguntaros. ¿Qué pensáis hacer?
‑Eso mismo iba a preguntaros ‑respondió la baronesa, cuyo
corazón palpitaba aceleradamente.
‑¡Ah! ‑dijo Debray‑, ¿me pedís un consejo?
‑Sí, os lo pido ‑dijo la baronesa con el corazón oprimido.
‑Pues entonces ‑respondió el joven con frialdad‑, os aconsejo
que viajéis.
‑¿Que viaje? ‑murmuró la señora Danglars.
‑Eso es. Es cierto, como ha dicho Danglars, que sois rica y perfectamente
libre, una ausencia de París os es necesaria, según creo, después del doble
escándalo del frustrado matrimonio de Eugenia y la fuga de Danglars. Lo que
importa es que todo el mundo sepa que os han abandonado y os crea pobre, porque
difícilmente se perdonaría a la mujer del bancarrotero la opulencia y el gran
tren de vida. Para lo primero basta que permanezcáis quince días en París,
repitiendo a todos que os han abandonado, contando el cómo a vuestras mejores
amigas, que lo repetirán en todas partes. En seguida dejaréis vuestra casa,
abandonaréis alhajas, dinero, muebles, cuanto haya en ella, y todos alabarán
vuestro desinterés y generosidad. Todos os creerán entonces abandonada y pobre,
menos yo, que conozco vuestra posición, y que estoy pronto a presentaros mis
cuentas como un socio leal.
La baronesa, pálida y aterrada, había escuchado aquel discurso
con tanto espanto y desesperación, como con calma a indiferencia lo había
pronunciado Debray.
‑¡Abandonada...! ¡Oh!, sí, tenéis razón, Luciano, y bien abandonada.
Tales fueron las únicas palabras que aquella mujer altiva y tan
perdidamente enamorada pudo responder a Debray.
‑Pero rica y muy rica ‑prosiguió él sacando una cartera y extendiendo
sobre la mesa los papeles que contenía.
La señora Danglars le dejó hacer, sin ocuparse más que de ahogar
sus suspiros y retener sus lágrimas, que a pesar suyo se asomaban a sus ojos.
Sin embargo, al fin pudo más en ella el sentimiento de su dignidad,
y si no logró sofocar su corazón, logró al menos contener sus lágrimas.
‑Señora ‑dijo Debray‑, hará seis meses o poco más que nos
asociamos. Habéis puesto un capital de treinta mil francos.
»En el mes de abril de este año empezó precisamente nuestra
asociación.
»En mayo hicimos las primeras operaciones.
»En el mismo mes ganamos cuatrocientos mil francos.
»En junio el beneficio subió a novecientos mil.
»En julio agregamos un millón setecientos mil francos. Vos lo
sabéis, el mes de los bonos en España.
» En el mes de agosto perdimos al principio del mes trescientos
mil francos, pero al quince los habíamos vuelto a ganar. Ayer ajusté nuestras
cuentas desde el día de nuestra asociación, y me dan un activo de dos millones
cuatrocientos mil francos, es decir un millón doscientos mil francos para cada
uno.
‑¿Pero qué quieren decir esos intereses, si jamás habéis hecho
valer ese dinero?
‑Estáis en un error ‑dijo fríamente Debray‑, tenía vuestros
poderes y he usado de ellos. Tenemos, pues, cuarenta mil francos de intereses
por vuestra parte, más cien mil francos de la primera remesa de fondos, es
decir, vuestra parte asciende a un millón trescientos mil francos.
Ahora bien, anteayer tuve la precaución de movilizar vuestro dinero.
No hace mucho tiempo, como veis, y se diría que adivinaba lo que iba a suceder.
Vuestro dinero está aquí: la mitad en billetes de banco, la otra mitad en bonos
al portador. Cuando digo aquí es porque es verdad, pues no creyendo mi casa
bastante segura, y rehuyendo la indiscreción de los notarios, lo he guardado
en un cofre sellado, oculto en aquel armario.
‑Ahora ‑dijo Debray, abriendo el armario y sacando un cofrecito
pequeño‑, he aquí ochocientos billetes de banco de mil francos, un cupón de
rentas de veinticinco mil francos y un bono a la vista de ciento diez mil
francos, sobre mi banquero, y como éste no es el señor Danglars, podéis estar
segura de que se pagará a su presentación.
La señora Danglars tomó maquinalmente el bono, el cupón de ventas
y los billetes de banco. Aquella enorme fortuna parecía bien poca cosa puesta
sobre la mesa. La señora Danglars, con los ojos secos, pero con el pecho
oprimido por mil suspiros, encerró en su bolso los billetes de banco, puso en
su cartera el bono y el cupón de rentas, y en pie, pálida a inmóvil, esperó una
palabra de amor que la consolase de ser tan rica.
Pero la esperó en vano.
‑Ahora tenéis una existencia magnífica ‑dijo Debray‑, sesenta
mil libras de renta, suma enorme para una mujer que no podrá tener casa abierta
hasta dentro de un año por lo menos. Estáis en el caso de poder contentar todos
vuestros caprichos, sin contar con que si vuestra parte os parece insuficiente,
podéis tomar de la mía cuanto queráis, pues estoy pronto a ofreceros, a título
de préstamo, se entiende, todo lo que poseo, es decir, un millón sesenta mil
francos.
‑Gracias, caballero, me dais mucho más de lo que necesita una
mujer que está resuelta a no presentarse en el mundo, al menos en muchos años.
Debray se admiró por un momento, mas volviendo en sí rápidamente,
hizo un gesto que podría traducirse por...
‑Como gustéis.
La señora Danglars había esperado hasta entonces, pero al ver la
acción de Debray, la mirada oblicua que la acompañó, la reverencia profunda y
el silencio significativo que se siguió, levantó la cabeza, abrió la puerta, y
sin cólera, sin odio, pero con decisión, encaminóse a la escalera sin dignarse
saludar por última vez al que así la dejaba marchar.
‑¡Bah! ‑dijo Debray‑, proyectos y nada más. Permanecerá en su
casa, leerá novelas y jugará al whist, ya que no puede jugar a la bolsa.
Tomó su cartera, y señaló con cuidado las cantidades que acababa
de pagar.
‑Me quedan un millón sesenta mil francos ‑dijo‑, ¡lástima que la
señorita de Villefort haya muerto! Esa mujer en todos sentidos me convenía y me
hubiera casado con ella.
Y flemáticamente, según su costumbre, esperó que transcurrieran
veinte minutos después de la salida de la señora Danglars para marcharse.
Los empleó en hacer números con el reloj sobre la mesa.
Aquel personaje diabólico que cualquier imaginación aventurera
hubiera creado si Lesage no se hubiera adelantado a ello, Asmodeo, que levanta
los tejados de las casas para ver lo que pasa en el interior, gozaría siquiera
de un singular espectáculo, si levantase en el momento a que nos referimos, y
en el cual Debray hacía sus cuentas, el techo de la casa de la calle de San
Germán de los Prados.
Encima del cuarto en que Debray acababa de partir con la señora
Danglars dos millones y medio, había otra habitación ocupada por personas que
ya conocemos, las cuales han representado un papel demasiado importante en los
sucesos que hemos contado, para que no las veamos de nuevo con interés.
En aquella habitación estaban Mercedes y Alberto.
Mercedes había cambiado mucho en pocos días, no porque en los
tiempos de su mayor auge hubiese ostentado el fausto orgulloso que separa todas
las condiciones y hace que no se reconozca la misma mujer cuando se presenta
más sencillamente vestida, ni tampoco por‑
que hubiese llegado a aquel estado en el que es preciso volver a
vestir la librea de la miseria, no; Mercedes había cambiado, porque el brillo
de sus ojos se había amortiguado, y se había desvanecido su sonrisa, porque, en
fin, una perpetua cortedad de ánimo retenía en sus labios aquella palabra
rápida que lanzaba otras veces una imaginación siempre pronta y activa.
La pobreza no había marchitado la imaginación de Mercedes, tampoco
la falta de valor le hacía insoportable su pobreza; habiendo bajado de la
altura en que vivía, y perdida en la nueva esfera que había escogido, su vida
era cual el estado de aquellas personas que salen de un salón brillantemente
iluminado para pasar a una habitación completamente oscura; parecía una reina
que salía de su palacio para entrar en una cabaña, y que reducida a lo
estrictamente necesario, no se la reconocía ni en la vajilla ordinaria que ella
misma colocaba sobre su mesa, ni en el catre que sustituyera a su magnífico
lecho.
En efecto, la bella catalana, o la noble condesa, no tenía ni su
mirada altiva ni su encantadora sonrisa, porque al fijar sus ojos sobre cuanto
la rodeaba, sólo veía objetos de tristeza: un cuarto tapizado con papel sobre
fondo gris, que los propietarios económicos buscan con preferencia como más
duradero; el suelo sin alfombra y los muebles todos llamaban la atención y
obligaban a fijarse en la pobreza de un falso lujo, cosas todas que rompían la
armonía tan necesaria a las personas acostumbradas a un conjunto elegante.
La señora de Morcef vivía allí desde que había abandonado su
palacio. Trastornábale la cabeza aquel silencio monótono, cual a un viajero al
llegar al borde de un horrendo precipicio, y viendo que Alberto la miraba
disimuladamente a cada momento para sondear el estado de su corazón, se
esforzaba en sonreír con los labios, ya que le faltaba el dulce fuego de la
sonrisa en los ojos, sonrisa que causa el mismo efecto que la reverberación de
la luz, es decir, la claridad sin calor.
Alberto, por su parte, estaba preocupado, hallábase impedido por
un resto de lujo que no le permitía presentarse según su condición actual.
Quería salir sin guantes, y hallaba sus manos demasiado blancas para caminar a
pie por toda la ciudad, y sus botas eran de charol y demasiado lujosas.
Con todo, aquellas dos criaturas, tan nobles a inteligentes,
reunidas indisolublemente con los lazos del amor maternal y filial, habían
llegado a comprenderse sin hablar y a ahorrarse todos los preámbulos que se
deben entre amigos para establecer la verdad material de que depende la vida.
Alberto, en fin, había podido decir a su madre sin hacerla palidecer:
‑Madre mía, no tenemos dinero.
Jamás Mercedes había conocido la miseria, muchas veces en su
juventud había hablado ella misma de pobreza, pero no es lo mismo necesidad y
pobreza; son dos sinónimos, entre los cuales media todo un mundo. Entre los
catalanes, Mercedes tenía necesidad de mil cosas, pero nunca le faltaban otras
mil, mientras las redes cogían bastante pescado y éste se vendía. Y después,
sin amigas, con sólo un amor que no tenía relación alguna con los detalles
materiales de la situación, no pensaba más que en sí, y Mercedes, con lo poco
que poseía, era aún generosa cuanto podía. Hoy debía pensar en dos y sin poseer
nada.
Acercábase el invierno. En aquel cuarto ya frío, Mercedes no
tenía fuego, cuando un calorífero del que salían mil ramales calentaba otras
veces su casa desde la antecámara al tocador; no tenía ni aun una flor, cuando
su habitación estaba antes llena de ellas a peso de oro. ¡Pero tenía a su hijo!
La exaltación de un deber quizás exagerado les había sostenido
hasta entonces en las esferas superiores. La exaltación se aproxima mucho al
entusiasmo y el entusiasmo nos hace insensibles a las cosas de la tierra. Era
preciso al fin hablar de lo positivo después de haber apurado todo lo ideal.
‑Madre mía ‑decía Alberto en el momento en que la señora
Danglars bajaba la escalera‑, contemos un poco nuestras riquezas. Tengo
necesidad de un total para trazar bien mis planes.
‑Total, nada ‑dijo Mercedes con dolorosa sonrisa.
‑Sí, madre mía; total, primero tres mil francos. Pretendo que
con esos tres mil francos pasemos los dos una vida envidiable.
‑¡Niño! ‑respondió Mercedes suspirando.
‑Sí, mi buena madre; os he gastado, por desgracia, mucho dinero,
y conozco ya su valor: es enorme. Con esos tres mil francos he edificado un
porvenir milagroso y de eterna seguridad.
Mercedes dijo ruborizándose:
‑¿Pensáis eso, hijo mío? ¿Pero ante todo aceptaremos esos tres
mil francos?
‑Es cosa convenida, me parece ‑dijo Alberto con un tono fume‑,
los aceptaremos, tanto más, cuanto no los tenemos, pues se encuentran, como
sabéis, enterrados en el jardín de la pequeña casa
de la alameda de Meillán en Marsella. Con doscientos francos,
iremos ambos a Marsella.
‑¡Con doscientos francos! ‑dijo Mercedes‑. ¿Pensáis lo que
decís, Alberto?
‑¡Oh!, en cuanto a eso estoy perfectamente informado por las
diligencias y los vapores, y mis cálculos están ya hechos. Tomáis vuestro
asiento para Chalons, treinta y cinco francos.
Alberto tomó la pluma y escribió:
Berlina, treinta y cinco francos 35
francos
De Chalons a Lyon vais por el vapor, seis francos 6 »
De Lyon a Avignon, lo mismo, dieciséis francos 16 »
De Avignon a Marsella, ídem, siete francos . 7 »
Gastos durante el viaje, cincuenta francos 50
»
_______
Total 114 »
‑Pongamos ciento veinte. Veis que soy generoso, ¿verdad, madre
mía? ‑añadió sonriéndose.
‑¿Pero y tú, mi pobre hijo?
‑¡Yo!, no os preocupéis. Me reservo ochenta francos. Un joven,
madre mía, no tiene necesidad de tantas comodidades, y además sé lo que es
viajar.
‑Sí, con lo silla de posta y lo ayuda de cámara.
‑No importa, madre mía.
‑Pues bien, sea ‑dijo Mercedes‑, ¿pero y esos doscientos
francos?
‑Helos aquí, y otros doscientos más. He vendido mi reloj y mis
sellos en cuatrocientos francos. Somos ricos, pues en lugar de ciento catorce
francos que necesitáis para vuestro viaje, tenéis doscientos cincuenta.
‑¿Pero debemos algo en esta casa?
‑Treinta francos, que voy a pagar de mis ciento cincuenta, y
puesto que sólo necesito ochenta para el camino, veis que estoy nadando en la
abundancia.
Y Alberto sacó una pequeña cartera con broches de oro, restos de
su anterior opulencia, o quizá tierno recuerdo de una de aquellas mujeres
misteriosas, que cubiertas con un velo llamaban a la puerta escondida. La abrió
y mostró un billete de mil francos.
‑¿Qué es eso? ‑inquirió Mercedes.
‑Mil francos, madre mía. ¡Oh!, es muy bueno.
‑Pero ¿de dónde tienes tú mil francos?
‑Escuchad y no os conmováis.
Alberto se levantó, besó a su madre en ambas mejillas, y se puso
a mirarla fijamente.
‑No tenéis idea, madre mía, de cuán hermosa os encuentro ‑dijo
el joven con un profundo sentimiento de amor filial‑, sois la más bella, como
la más noble de cuantas mujeres he conocido.
‑¡Hijo querido! ‑dijo Mercedes, procurando retener una lágrima
que asomaba a sus ojos.
‑En verdad, sólo os faltaba ser desgraciada para cambiar mi amor
en adoración.
‑No soy desgraciada, puesto que tengo a mi hijo ‑dijo Mercedes‑,
y no lo seré mientras siga teniéndolo.
‑¡Ah!, precisamente, ved donde empieza la prueba, ¡madre mía!,
sabéis que es cosa convenida.
‑¿Hemos convenido algo? ‑preguntó Mercedes.
‑Sí; en que viviréis en Marsella, y yo iré a África, donde en
lugar del nombre que he dejado, me crearé uno, honrando, el que he escogido.
Mercedes exhaló un suspiro.
‑Pues bien, querida madre, desde ayer que estoy enganchado en
los spahis ‑añadió el joven bajando los ojos con cierta vergüenza,
porque ignoraba cuán sublime era rebajándose‑, o más bien he creído que mi
cuerpo era mío y que podía venderlo. Desde ayer reemplazo a uno. Me he vendido,
como dicen, más caro de lo que yo creía valer ‑añadió procurando sonreírse‑, es
decir, por dos mil francos.
‑¿Así esos mil francos...? ‑dijo temblando Mercedes.
‑Constituyen la mitad de la suma; la otra la entregarán dentro
de un año.
Mercedes levantó los ojos al cielo con una expresión que nadie
sería capaz de pintar, y las dos lágrimas que hacía rato estaban detenidas en
sus párpados, corrieron por sus mejillas.
‑¡El precio de su sangre! ‑murmuró.
‑Sí, si me matan ‑dijo sonriéndose Morcef‑; pero os aseguro, mi
buena madre, que por el contrario, tengo intención de defender encarnizadamente
mi existencia. Jamás he tenido tantas ganas de vivir como ahora.
‑¡Dios mío! ¡Dios mío! ‑dijo Mercedes.
‑Además, ¿por qué creéis que he de morir? ¿La Moricière, ese Rey
del Mediodía, ha muerto? Changarnier, Bèdau, Morrel, a quienes conocemos, ¿no
viven? Pensad, madre mía, ¡cuál será vuestra alegría cuando me veáis volver con
mi uniforme bordado! Os confieso que
creo estar muy bien, y he escogido ese regimiento por
coquetería.
Mercedes suspiró. procurando sonreírse. Aquella santa madre comprendió
que no debía permitir que su hijo sufriese solo todo el peso del sacrificio.
‑Pues bien ‑replicó Alberto‑, ¡me comprendéis, madre mía!,
tenéis ya cuatro mil francos; con ellos viviréis bien dos años.
‑¿Lo crees? ‑dijo Mercedes.
A la condesa se le escaparon estas dos palabras con un dolor tan
verdadero que no se le ocultó a Alberto: oprimiósele el corazón, y tomando la
mano de su madre la apretó entre las suyas.
‑Sí, viviréis ‑‑dijo.
‑Viviré, sí, pero tú no partirás, ¿verdad, hijo mío?
‑Madre mía, partiré ‑dijo Alberto con voz tranquila y firme‑, me
amáis demasiado para dejar que permanezca ocioso a inútil, y además he firmado.
‑Obrarás según lo voluntad, hijo mío, pero yo obraré según la de
Dios.
‑No según mi voluntad, madre mía, sino según la razón y la
necesidad. Somos dos criaturas sin nada, ¿es verdad? ¿Qué es la vida para vos
hoy?, nada. ¿Qué es para mí?, poca cosa sin vos, madre mía. Creedme, bien poca
cosa, porque sin vos hubiera cesado desde el día en que dudé de mi padre y
rechacé su nombre. En fin, viviré si me prometéis esperar aún, si me confiáis
el cuidado de vuestra dicha futura, duplicáis mis fuerzas. Luego iré a ver al
gobernador de Argelia, cuyo corazón es leal y enteramente de soldado; le
contaré mi lúgubre historia y le rogaré vuelva de vez en cuando la vista hacia
mí, y si me cumple su palabra, y si observa mis acciones, antes de seis meses
seré oficial o habré muerto. Si soy oficial, tendréis vuestra suerte asegurada,
madre mía, porque tendré dinero para vos y para mí, y además un nuevo nombre
que ambos llevaremos con orgullo porque será el vuestro. ¡Si muero...!, bien,
entonces morid si queréis, y vuestras desgracias tendrán un término en su
exceso mismo.
‑Bien ‑respondió Mercedes con noble y elocuente mirada‑, tienes
razón, hijo mío, probemos a ciertas personas que nos observan y esperan
nuestros actos para juzgarnos. Probémosles que somos dignos de compasión.
‑Pero nada de ideas tristes, querida madre ‑dijo el joven‑, os
juro que somos dichosos en lo que cabe. Sois una persona de talento y
resignación. Yo he simplificado mis gustos y no tengo necesidades; una vez en
el servicio, ya soy rico. Cuando hayáis llegado a casa del señor Dantés,
estáréis tranquila. ¡Probemos! ¡Os lo ruego, madre mía! ¡Probemos!
‑Sí, hijo mío, porque tú debes vivir para ser aún dichoso ‑respondió
Mercedes.
‑Así, he aquí nuestras particiones hechas ‑dijo el joven afectando
gran serenidad‑. Podemos partir hoy mismo. Retengo, como he dicho, vuestro
asiento.
‑Pero ¿y el tuyo, hijo mío?
‑Debo permanecer dos o tres días aquí, madre mía. Esto será un
principio de separación, y debemos acostumbrarnos a ella. Preciso de algunas
recomendaciones y adquirir ciertas noticias sobre África. Nos veremos en
Marsella.
‑Pues bien, sea ‑dijo Mercedes poniéndose un chal, único que
había traído y que por casualidad era un cachemira negro de gran precio‑,
partamos.
Alberto recogió sus papeles, llamó para pagar los treinta
francos que debía al amo de la casa, y ofreciendo el brazo a su madre bajó la
escalera.
Alguien bajaba delante de ellos, y esa persona, al oír el
crujido de un vestido de seda, volvió la cabeza.
‑¡Debray! ‑murmuró Alberto.
‑Vos, Alberto ‑respondió el secretario del ministro deteniéndose
en el escalón en que estaba.
Pudo más en él la curiosidad que el deseo de guardar el
incógnito, a más de que ya le habían conocido.
Parecía curioso, en efecto, encontrar en aquella casa ignorada
al joven cuya aventura había hecho tanto ruido en París.
‑Morcef ‑repitió Debray.
Y viendo en la oscuridad el talle, joven aún, y el velo negro de
la señora de Morcef:
‑¡Oh!, disculpadme‑añadió‑, os dejo, Alberto.
Este conoció la idea.
‑¡Madre mía! ‑dijo volviéndose a Mercedes‑, es el señor Debray,
secretario del ministro del Interior y mi ex amigo.
‑¡Cómo! ‑balbució Debray‑, ¿qué queréis decir con eso?
‑Digo esto porque hoy ya no tengo amigos y no debo tenerlos; os
doy gracias por haber tenido la bondad de reconocerme, caballero.
Debray subió dos escalones y fue a dar afectuosamente la mano a
su interlocutor.
‑Creedme, mi querido Alberto ‑dijo con toda la emoción de que
era capaz‑, creedme, he sentido mucho vuestras desgracias, y en todo y por todo
estoy a vuestra disposición.
‑Gracias ‑dijo Alberto sonriéndose‑, pero en medio de todas
nuestras desgracias somos aún bastante ricos para no tener necesidad
de incomodar a nadie. Salimos de París, tenemos nuestro viaje pagado, y aún nos
quedan cinco mil francos.
Debray, que llevaba un millón en el bolsillo, se sonrojó, y por
poco práctico que fuese no pudo menos de reflexionar que la misma casa contenía
hacía poco dos mujeres: una, justamente deshonrada, se iba pobre con un millón
y quinientos mil francos bajo su capa, y la otra, injustamente perseguida, pero
sublime en su desgracia, salía rica con poco dinero.
Tales comparaciones echaron por tierra sus combinaciones políticas.
La filosofía del ejemplo le aterró, balbució algunas palabras de urbanidad
general y bajó rápidamente.
Aquel día, los empleados del ministerio, sus subordinados, tuvieron
que sufrir su malhumor.
Por la tarde compró una hermosa casa en el boulevard de la Magdalena,
que le producía de renta cincuenta mil libras.
Al día siguiente y a la hora en que Debray firmaba el contrato,
es decir, sobre las cinco de la tarde, la señora Morcef, después de haber
abrazado tiernamente a su hijo y recibido los abrazos de éste, montaba en una
berlina de la diligencia.
En las mensajerías Laffitte, un hombre estaba oculto tras una
ventana del entresuelo que hay encima del despacho. Vio subir a Mercedes,
salir la diligencia y alejarse a Alberto.
Pasó la mano por su frente y murmuró:
‑¡Cómo
haré para devolver a dos inocentes la dicha de que les he privado! Dios me
ayudará.
Capítulo catorce
El foso de los leones
Una de las divisiones de la cárcel de la Fuerza, en donde se custodian
los presos más peligrosos, lleva el nombre de patio de San Bernardo.
En su lenguaje enérgico, los presos le han dado el sobrenombre
de Foso de los Leones, probablemente porque los cautivos muerden frecuentemente
los hierros y muchas veces a los guardianes.
Es una prisión dentro de otra. Los muros tienen doble espesor
que los demás de la cárcel. Todos los días un guardián registra cuidadosamente
las rejas, y es fácil conocer, al observar su estatura hercúlea y sus miradas
frías a inquisidoras, que los alcaides han sido escogidos para reinar sobre su
pueblo por el terror y la actividad de la inteligencia.
El patio de aquella división está rodeado de muros enormes sobre
los que resbala oblicuamente el sol cuando se decide a penetrar en aquel abismo
de fealdades morales y físicas. En aquel patio, desde la hora de levantarse,
vagan pensativos, espantados y pálidos como espectros, aquellos hombres que la
justicia tiene bajo el peso de su aguda cuchilla.
Se les ve arrimarse, formar grupos a lo largo de la pared que
recibe y conserva mayor parte de calor. Permanecen allí hablando dos a dos, las
más veces solos, con la vista fija en la puerta, que se abre para llamar a
alguno de los habitantes de aquella lúgubre mansión, para vomitar en aquel
golfo una acerba escoria expulsada del seno de la sociedad.
El patio de San Bernardo posee su locutorio particular, un cuadrílongo
dividido en dos partes por dos rejas de hierro colocadas a distancia de tres
pies la una de la otra, de suerte que el que visita aquel local no puede dar la
mano al preso. Aquel locutorio es sombrío, húmedo y horroroso, sobre todo
cuando se tienen en cuenta las espantosas confidencias de que han sido testigos
aquellas enmohecidas rejas.
Sin embargo, por espantoso que sea aquel sitio, es el paraíso
donde vienen a gozar de una sociedad esperada con impaciencia aquellos hombres
cuyos días están contados, pues rara vez sale uno del Foso de los Leones que no
vaya a la barrera de Santiago o a presidio perpetuamente.
En el patio que acabamos de describir, y que estaba sumamente
húmedo, se paseaba con las manos en los bolsillos del frac un joven a quien
examinaban con curiosidad los habitantes de la Fuerza.
Habría podido pasar por hombre elegante, gracias a sus ropas, si
éstas no hubiesen estado hechas pedazos. Con todo, no eran viejas. El paño fino
y sedoso en los sitios intactos, recobraba fácilmente su brillo al pasarle la
mano el joven, que procuraba rehacer su frac.
Con el mismo cuidado, dedicábase a abrocharse una camisa de
batista, que había cambiado considerablemente de color desde su entrada en la
cárcel, y pasaba sobre sus botas barnizadas un pañuelo de holanda, en cuyos
picos estaban bordadas unas iniciales y encima una corona heráldica.
Algunos de los pupilos del Foso de los Leones contemplaban con
un interés particular los manejos del preso.
‑¡Toma!, mira, mira cómo se compone el príncipe ‑dijo uno de los
ladrones.
‑Tiene un aire muy distinguido ‑respondió otro‑, y seguro que si
tuviese un peine y pomada, eclipsaría a todos los elegantes de guante blanco.
‑Su frac no es aún viejo, y sus botas relucen lindamente. Es muy
lisonjero para nosotros tener compañeros de buen tono, y esos tunos de
gendarmes son bien villanos. ¡Los envidiosos! ¡Pues no han destrozado tan
hermoso traje!
‑Parece que es un sujeto famoso ‑dijo otro‑, ha hecho de todo...
y en gran estilo..., ¡viene de allá abajo tan joven! ¡Oh! ¡Eso es magnífico...
!
Y el que era objeto de aquella vergonzosa admiración parecía saborear
los elogios o los vapores de los elogios, porque no oía las palabras.
Cuando hubo dado fin a su aseo, se acercó a la reja de la
cantina, contra la que estaba recostado el guardián.
‑Veamos ‑le dijo‑, prestadme sólo veinte francos, que pronto os
los devolveré. Conmigo no arriesgáis nada. Pensad que tengo parientes que
poseen más millones que cuantos tenéis vos. Pronto, prestadme esos veinte
francos, necesito comprar algunas cosas, padezco horriblemente de verme todo
el día con frac y botas... ¡Qué frac para un príncipe Cavalcanti!
E1 guardián le volvió la espalda y se encogió de hombros. No se
rió de aquellas palabras, que habrían hecho gracia a otro cualquiera porque
aquel hombre había oído muchas semejantes, o mejor dicho, siempre oía las
mismas cosas.
‑Idos de aquí ‑dijo Cavalcanti‑, sois hombre de cruel corazón y
os haré perder vuestro destino.
Aquellas palabras hicieron volver la cara al guardián, que soltó
una carcajada.
Los presos se acercaron y formaron un corro.
‑Os aseguro que con esa pequeña cantidad podría comprar una bata
y obtener un cuarto particular para recibir dignamente la ilustre visita que
espero de un día a otro.
‑¡Tiene razón! ¡Tiene razón! ‑exclamaron los demás presos‑, bien
se ve que es hombre de importancia.
‑Prestadle, entonces, los veinte francos ‑dijo el guardián apoyándose
contra la reja‑. ¿Por ventura no debéis hacer ese favor a un camarada?
‑Yo no soy camarada de esas gentes ‑dijo con altivez el joven‑,
no me insultéis, porque no tenéis ese derecho.
‑¿Lo oís? ‑dijo el guardián con una maligna sonrisa‑, os trata
bien, prestadle los veinte francos..., ¿eh?
Los presos se miraron con un murmullo ‑ sordo, y una tempestad
levantada por la provocación del guardián más aún que por las palabras de
Cavalcanti empezó a formarse contra el preso aristócrata.
El guardián, seguro de poder hacer el Quos ego, cuando
las olas fuesen demasiado fuertes, las dejó crecer poco a poco, representando
el papel del pretendiente importuno para divertirse luego un buen rato.
Los ladrones se acercaban ya a Cavalcanti, y los unos decían:
‑¡El zapato!, ¡el zapato!
Cruel operación, que consiste en azotar, no con una chinela,
sino con un zapato lleno de clavos, al que cae en desgracia.
Otros eran de opinión que sufriese la anguila, género de
diversión que consiste en llenar de arena, de chinas y monedas, cuando las
tienen, un pañuelo, torcerlo, y descargar golpes en la cabeza y en las espaldas
de la víctima.
‑Azotemos al hermoso caballero ‑dijeron otros‑, ¡al hombre de
bien!
Pero Cavalcanti se volvió hacia ellos, guiñó los ojos, infló la
mejilla con la lengua, a hizo oír un sonido con los labios, que equivale a mil
signos de inteligencia entre los bandidos y les obliga a callarse.
Aquel signo masónico lo aprendió de Caderousse.
Reconocieron en seguida a uno de los suyos.
En seguida estuvieron todos a favor del preso. Se oyeron algunas
voces que decían: ¡tiene razón!, ¡puede ser hombre de bien a su modo!, y los
presos querían dar el ejemplo de la libertad de conciencia.
La tempestad se apaciguó. El guardián, atónito, tomó las manos
de Cavalcanti, las sujetó y empezó a registrarle, atribuyendo aquel repentino
cambio de los habitantes del Foso de los Leones a alguna otra señal mucho más
significativa.
Cavalcanti le dejó hacer, aunque protestando.
De pronto se oyó una voz en la reja.
‑¡Benedetto! ‑gritaba un inspector.
El guardián le dejó.
‑¡Al locutorio! ‑dijo la voz.
‑Ya lo veis, vienen a visitarme... ¡Ah!, pronto veréis si se
puede tratar a Cavalcanti como a un hombre cualquiera.
Y Cavalcanti salió del patio como una sombra negra, se precipitó
por la reja entreabierta, dejando admirados a sus compañeros y hasta al
guardián.
Llamábanle al locutorio, y no debemos admirarnos menos que él,
porque el tuno, desde su entrada en la cárcel, en vez de escribir para hacerse
reclamar como otros, había guardado el más obstinado silencio.
«Estoy protegido por algún poderoso ‑pensaba‑; todo me lo
prueba. Mi improvisada fortuna, la facilidad con que he allanado todos los
obstáculos, una familia improvisada, un nombre ilustre, magníficas alianzas
prometidas a mi ambición, todo, todo está en mi favor. Una mala hora en mi
suerte, la ausencia de mi protector quizá, me ha perdido, pero no del todo y
para siempre. La mano se ha retirado por un momento, pero pronto llegará de
nuevo hasta mí, y me salvará cuando ya me crea yo hundido en el abismo.
»¿Por qué arriesgaré un paso imprudente? Tal vez perdería con
ello la confianza de mi protector. Hay dos medios para salir adelante: la
evasión misteriosa comprada a peso de oro, o comprometer a los jueces en
términos que obtenga la absolución. Esperemos para hablar y para obrar a estar
seguro de que me han abandonado, y entonces...»
Cavalcanti había edificado un plan que podría calificarse de
hábil. El miserable era fuerte en el ataque y obstinado en la defensa.
Había soportado las privaciones y escasez de la prisión común, y
sin embargo, la costumbre le hacían insoportable el verse mal vestido, sucio y
hambriento. El tiempo le parecía eterno.
En aquellos instantes insoportables fue cuando la voz del
inspector le llamó al locutorio.
El corazón de Cavalcanti saltó de alegría. No podía ser la
visita del juez de Instrucción, ni tampoco podían llamarle el director de
Prisiones o el médico. Por consiguiente, sólo podía ser la esperada visita.
A través de la reja del locutorio en que fue introducido,
distinguió Cavalcanti la cara sombría a inteligente de Bertuccio, que le miraba
con dolorosa admiración, observando cuidadosamente las rejas, las puertas y el
triste sitio en que le encontraba.
‑¡Ah! ‑dijo Cavalcanti con el corazón oprimido.
‑Buenos días, Benedetto ‑dijo Bertuccio con voz profunda y
sonora.
‑¡Vos!, ¡vos! ‑continuó el joven mirando espantado alrededor.
‑¿Me conoces? ‑dijo Bertuccio‑, ¡joven desgraciado!
‑¡Silencio!, ¡silencio! ‑respondió Cavalcanti, que sabía cuán
fino era el oído de aquellas paredes‑. ¡Dios mío! ¡Dios mío!, ¡no habléis tan
alto!
‑Tú desearías hablar conmigo a solas, ¿no es cierto? ‑dijo Bertuccio.
‑Sí, sí ‑respondió Cavalcanti.
‑Está bien.
Y Bertuccio metiendo la mano en el bolsillo, hizo señas al guardián,
que se veía a través de la reja.
‑Leed ‑le dijo.
‑¿Qué es eso? ‑preguntó Cavalcanti.
‑La orden de ponerte en un cuarto solo y dejarte comunicar conmigo.
‑¡Oh! ‑dijo Cavalcanti rebosando alegría, y volviendo sobre sí,
pensó: «El protector misterioso no me olvida, el secreto es lo que ante todo se
han propuesto obtener, puesto que quieren hable en un cuarto solo..., mi
protector es el que ha enviado a Bertuccio.»
El guardián habló un momento con el superior, abrió las dos
rejas, y condujo al preso a un cuarto del primer piso, que daba al patio. La
alegría de Cavalcanti era indescriptible.
La habitación estaba blanqueada según es costumbre en las
cárceles. Su aspecto pareció muy alegre al preso; una estufa, una cama, una
silla y una mesa; estaba amueblada con lujo.
Bertuccio se sentó en la silla, Cavalcanti se echó sobre la cama
y el guardián se retiró.
‑Veamos ‑dijo el intendente del conde‑ lo que tienes que decirme.
‑¿Y vos? ‑respondió Cavalcanti.
‑Pero habla tú primero.
‑¡Oh, no; a vos corresponde, puesto que venís a visitarme.
‑Pues bien, sea. Has continuado el curso de tus crímenes. Has robado
y asesinado.
‑Bueno; si me habéis mandado poner en un cuarto aparte únicamente
para decirme esto, tanto valía que no os hubieseis molestado. Esas cosas ya me
las sé; hay otras que ignoro. Hablemos de ellas, si gustáis. ¿Quién os ha
enviado?.
‑¡Oh! ¡Oh! Muy ligero andáis, Benedetto.
‑No es verdad; solamente voy derecho al fin. Pero excusémonos
palabras inútiles. ¿Quién os envía?
‑Nadie.
‑¿Cómo supisteis que estaba preso?
‑Hace mucho que lo he reconocido en el elegante insolente que
paseaba a caballo por los Campos Elíseos.
‑¡Los Campos Elíseos...!, los Campos Elíseos... No nos apartemos
de lo principal. Hablemos de mi padre, ¿queréis?
‑¡Qué soy yo, a fin de cuentas!
‑Vos, buen hombre, vos sois mi padre adoptivo, pero no pienso
que seáis vós quien ha dispuesto en mi favor de cien mil francos, que
he devorado en cuatro o cinco meses. No sois vos el que me ha
forjado un padre italiano y noble, ni el que me ha presentado en el mundo y
convidado a cierta comida en Auteuil, en la que se hallaba reunida la mejor
sociedad de Paris y cierto procurador del Rey, cuya amistad he hecho mal en no
cultivar, pues me sería muy útil en este momento. No sois vos, finalmente, el
que respondió de dos millones cuando me ocurrió el accidente fatal de la
descubierta. Vamos, hablad, estimable corso, hablad...
‑¿Qué quieres que diga?
‑Yo os ayudaré.
‑Hablabais de los Campos Elíseos hace un instante, mi digno padre
postizo.
‑¡Y bien!
‑En los Campos Elíseos hay un caballero muy rico, muy rico.
‑En cuya casa has robado y asesinado, ¿verdad?
‑Me parece que sí.
‑El señor conde de Montecristo.
‑Vos le habéis nombrado, como dice Racine... Pues bien, debo
arrojarme en sus brazos, estrecharle contra mi corazón, y exclamar: ¡padre
mío!, como dice el señor Pixérécourt.
‑Dejemos a un lado las chanzas ‑respondió gravemente Bertuccio‑,
y que semejante nombre no se pronuncie jamás como os habéis atrevido a hacerlo.
‑¡Bah! ‑dijo Cavalcanti, algo desconcertado por la solemnidad de
Bertuccio‑, ¿por qué no?
‑Porque el que lleva ese nombre es demasiado favorecido del cielo
para ser padre de un miserable como vos.
‑¡Bah!, ¡monsergas!
‑Os aconsejo que andéis con cuidado.
‑¡Amenazas...!, no las temo, diré...
‑¿Creéis que tratáis con pigmeos de vuestra especie? ‑dijo Bertuccio
con un tono tan tranquilo y firme que removió hasta las entrañas del joven‑.
¿Creéis que tratáis con vuestros malvados compañeros de presidio o con
vuestros imbéciles del gran mundo? Benedetto, estáis bajo un poder terrible.
Una mano protectora tiene a bien llegar hasta vos, aprovechaos de la ayuda que
os ofrece. No juguéis con el rayo, que deja por un instante, pero que volverá a
tronar si hacéis la menor demostración para detener su noble curso.
‑Mi padre..., yo quiero saber quién es mi padre..., pereceré si
es necesario, pero lo sabré. ¿Qué me importa a mí el escándalo? Bienes...,
«reclamaciones», como dice el señor de Beauchamp, el periodista. Pero
vosotros, los del gran mundo, siempre tenéis algo que perder con el escándalo,
a pesar de vuestros millones y vuestros escudos de armas... ¿Quién es mi padre?
‑He venido para decírtelo.
‑¡Ah! ‑dijo Benedetto rebosando alegría.
En aquel instante, abrióse la puerta, presentóse el carcelero, y
dirigiéndose a Bertuccio, le dijo:
‑Escuchadme, caballero. El juez de Instrucción espera al reo.
‑Es el final de mi interrogatorio ‑dijo Benedetto‑. Llévese el
diablo al importuno.
‑Volveré mañana ‑le dijo Bertuccio.
‑¡Bien! ‑repuso el joven‑. Señores gendarmes, estoy a vuestra
disposición. ¡Ah!, mi estimable señor, dejad algún dinero en la escribanía
para que me den lo que me haga falta.
‑Lo haré ‑dijo Bextuccio.
Benedetto le alargó la mano, Bertuccio metió la suya en el
bolsillo e hizo sonar dinero.
‑Eso es lo que quería decir ‑dijo el reo tratando de esbozar una
sonrisa; pero subyugado por la extraña impasibilidad de Bertuccio: ‑¿Me habré
engañado? ‑se dijo al subir en el carruaje que debía conducirle al gabinete del
juez‑. Hasta mañana, pues ‑añadió volviéndose a Bertuccio.
‑Hasta
mañana‑respondió éste.
Capítulo quince
El juez
Seguramente recordará el lector que el abate Busoni había quedado
solo con Noirtier en el cuarto mortuorio, y que el anciano y el sacerdote se
encargaron de velar el cuerpo de Valentina.
Acaso las exhortaciones cristianas del abate, su dulce caridad,
su palabra persuasiva, devolvieron el valor al anciano, porque desde el momento
en que pudo entrar en relación con el sacerdote, en vez de la desesperación que
se había apoderado de él, todo en Noirtier anunciaba una gran resignación, una
calma bien sorprendente para todos los que recordaban la afección profunda que
profesaba a Valentina.
El señor de Villefort no había vuelto a ver al anciano desde la
mañana en que murió su hija. Toda la casa se había renovado. Tomóse otro
criado para él, otro para Noirtier. Entraron dos mujeres al ser‑
vicio de la señora de Villefort. Todos, hasta el mayordomo, el
cochero, ofrecían un aspecto distinto entre los diferentes señores de esta casa
maldita, interponiéndose entre las frías relaciones que entre ellos existían.
Por otra parte, el jurado se abría dentro de dos o tres días, y Villefort,
encerrado en su gabinete, trabajaba febrilmente en los procedimientos contra el
asesino de Caderousse. Este asunto, como aquellos en que el conde de
Montecristo se hallaba envuelto, había promovido gran ruido en el mundo
parisiense. Las pruebas no eran convincentes, puesto que se basaban en algunas
palabras escritas por un presidiario moribundo, antiguo compañero de reclusión
de un hombre a quien podía acusar por odio o por venganza. El convencimiento
sólo existía en la conciencia del magistrado. El señor de Villefort había
acabado por adquirir la terrible convicción de que Benedetto era culpable, y
debía sacar de esta difícil victoria una de las satisfacciones de amor propio,
únicas que conmovían un poco las fibras de su helado corazón.
Instruíase, pues, el proceso, gracias al trabajo incesante de
Villefort, que quería inaugurar el próximo jurado. Veíase precisado a ocultarse
para evitar el responder al prodigioso número de demandas de billetes de
audiencia que se le hacían.
Hacía poco tiempo que la pobre Valentina había sido depositada
en el sepulcro, estaba aún tan reciente el dolor de la casa, que nadie se
admiraba de ver al padre tan sumamente absorbido por sus deberes, es decir, en
la única distracción que podía hallar a sus pesares.
Una sola vez, la víspera del día en que Benedetto recibió la
segunda visita de Bertuccio, en que éste debía haber dado el nombre de su padre,
la víspera de este día, que era domingo, una sola vez, decimos, Villefort había
visto a su padre. Era un momento en que el magistrado, rendido de fatiga,
había bajado al jardín de su casa, y sombrío, encorvado bajo el peso de un
tenaz pensamiento, parecido a Tarquino dando con su vara en las cabezas de las
adormideras más altas, el señor de Villefort daba con su bastón en los largos y
macilentos tallos de las enredaderas que se enlazaban por los pilares como los
espectros de estas flores tan brillantes en la estación que conducía. Más de
una vez había llegado al fondo del jardín, es decir, a la famosa valla que
daba al huerto abandonado, volviendo siempre por el mismo punto, y emprendiendo
su paseo del propio modo y con igual semblante, cuando sus ojos se dirigieron
maquinalmente hacia la casa, en la cual oía jugar alegremente a su hijo, que
había vuelto del colegio para pasar el domingo y el lunes cerca de su madre.
A este movimiento, vio en una de las ventanas abiertas al señor
Noirtier, que se había hecho arrastrar en su silla de mano hasta ella, para
gozar de los últimos rayos del sol, aún tibio, que venían a saludar las flores
mustias de las enredaderas y las hojas de las parras que tapizaban el
edificio. Los ojos del paralítico estaban clavados, por decirlo así, sobre un
punto que Villefort distinguía imperfectamente. Esa mirada de Noirtier era tan
repugnante, tan salvaje, tan ardiente de impaciencia, que el procurador del
rey, hábil en aprovechar todas las impresiones de un rostro que tan bien
conocía, dirigió a otro punto la vista por si distinguía la casa o persona a
que aquélla se dirigía.
Entonces vio bajo un bosque de tilos, cuyas ramas estaban ya
casi sin hojas, a la señora de Villefort, que sentada y con un libro en la mano
interrumpía de vez en cuando su lectura para sonreír a su hijo y devolverle una
pelota de goma que lanzaba obstinadamente desde el salón al jardín.
Villefort palideció, porque comprendió lo que quería decir el anciano
con su mirada. Noirtier tenía los ojos fijos en el mismo objeto, pero de pronto
separó la vista de la mujer para fijarla en el marido, y Villefort tuvo que
sufrir el ataque de aquellos ojos aterradores, que al cambiar de objeto habían
también cambiado de lenguaje, sin perder nada de su expresión amenazadora.
La señora de Villefort, ignorante de la tempestad que se formaba
sobre su cabeza, retenía en aquel momento la pelota del niño y le hizo señas de
que viniese a buscarla con un beso, pero Eduardo se hizo rogar por mucho
tiempo. La caricia maternal no le parecía suficiente recompensa para
el.trabajo que iba a tomarse. Finalmente se decidió, saltó por la ventana y
corrió hacia su madre con la frente cubierta de sudor. Enjugósela ésta, puso en
ella sus labios y le dejó ir con la pelota en una mano y en la otra un puñado
de caramelos.
Villefort, atraído como el pájaro por la serpiente, se acercó a
la casa, y a medida que se acercaba a ella, la mirada del anciano descendía, siguiéndole
de tal modo que le penetraba hasta lo más recóndito del corazón. Aquella mirada
era un sangriento vituperio al mismo tiempo que una terrible amenaza. Los ojos
de Noirtier se levantaron al cielo como recordando a su hijo el olvido de su
juramento.
‑Está bien, señor, está bien. Tened paciencia siquiera un día;
lo dicho, dicho.
Pareció como si aquellas palabras hubieran tranquilizado a Noirtier,
cuya mirada se volvió con indiferencia a otra parte.
La noche fue como de costumbre, todos se acostaron y durmieron.
Sólo Villefort no lo hizo, y trabajó hasta las cinco de la mañana, revisando
los interrogatorios hechos la víspera por los magistrados instructores y
compulsando las declaraciones de los testigos que debían esclarecer una de las
actas de acusación más difíciles y bien combinadas que hubiese hecho jamás.
Al día siguiente, lunes, debía celebrarse la primera sesión de
los jurados. Villefort vio amanecer aquel día nublado y siniestro. Su azulada
luz se reflejó sobre el papel y las líneas que en él trazara con tinta roja.
El magistrado se había dormido por un instante, y le despertó el ruido que
hacía su lámpara chisporroteando al apagarse. Sus dedos llenos de tinta
encarnada parecían mojados en sangre.
Abrió del todo la ventana, una faja anaranjada dividía el
horizonte. Un ruiseñor dejaba oír su canto matinal. El aire húmedo de la mañana
refrescó la cabeza del magistrado.
‑En el día de hoy ‑dijo con esfuerzo‑, el hombre que tiene la
espada de la justicia la hará caer en todas partes sobre los culpables.
Sus ojos buscaron ávidamente la ventana en que viera a Noirtier
el día antes.
La cortina estaba corrida.
Y sin embargo, tenía tan presente la imagen de su padre, que sus
ojos se dirigieron a aquella ventana cerrada como si estuviera abierta, y viese
en ella la imagen amenazadora del anciano.
‑Sí ‑murmuró‑; sí, vive tranquilo.
Dejó caer la cabeza sobre el pecho y dio unas cuantas vueltas
por el despacho. Finalmente, se arrojó vestido sobre un sofá, menos para dormir
que para que descansasen sus fatigados miembros.
Poco a poco se despertaron todos. Villefort oyó desde su
despacho los diferentes ruidos que constituyen, por decirlo así, la vida de una
casa, las puertas, puestas en movimiento, y el sonido de la campanilla de la
señora de Villefort, que llamaba a su doncella, y los primeros gritos del niño,
que se levantaba alegre, como sucede siempre a su edad.
Villefort tiró de su campanilla. Su nuevo ayuda de cámara entró
y le trajo los periódicos.
Al mismo tiempo, le presentó también una taza de chocolate.
‑¿Qué me traes ahí? ‑preguntó Villefort.
‑Una taza de chocolate.
‑No la he pedido. ¿Quién se ha ocupado de mí?
‑Ha dicho la señora que el señor debería hablar mucho hoy ante
el jurado, y que necesitaba tomar fuerzas.
Y puso sobre una mesa que había junto al sofá, llena de papeles
como todas las demás, la taza de plata.
Villefort contempló un momento la taza con aire sombrío, tomóla
en seguida con un movimiento nervioso, y bebió de una sola vez su contenido.
Hubiérase dicho que esperaba contuviese el mortal veneno, que llamando a la
muerte, le libertara de cumplir con un deber más penoso aún que morir.
Levantóse en seguida, y empezó a pasear por el despacho con una sonrisa que
hubiera espantado al que lo hubiera estado contemplando.
El chocolate era inofensivo, y el señor Villefort nada sintió.
Llegó la hora del almuerzo, y el señor Villefort no se presentó
a la mesa.
El ayuda de cámara entró en el despacho.
‑La señora dice que son las once, y la audiencia empieza a mediodía.
‑Y bien ‑dijo Villefort‑, ¿y luego?
‑La señora está vestida, y pregunta si acompañará al señor.
‑¿Adónde?
‑Al Palacio de Justicia.
‑¿Para qué?
‑Dice la señora que desea asistir a esta sesión.
‑¡Ah! ‑dijo Villefort con un acento espantoso‑, ¿lo desea?
El criado dio un paso atrás y dijo:
‑Si el señor quiere salir solo, iré a decirlo a la señora.
Villefort permaneció un instante silencioso; con sus uñas
rascaba su pálida mejilla y retorcía su barba de ébano.
‑Decid a la señora que deseo hablarle, y que le ruego me espere
en su cuarto.
‑Sí, señor.
‑Después volveréis para afeitarme y vestirme.
‑Al instante.
El ayuda de cámara fue a cumplir su encargo, y volvió al
momento, afeitó a Villefort, y le vistió completamente de negro.
Cuando concluyó le dijo:
‑La señora ha dicho que esperaba.
‑Voy.
Villefort, con los extractos bajo el brazo y el sombrero en la
mano, se dirigió a la habitación de su mujer.
La señora de Villefort se hallaba sentada en una otomana, hojeando
con impaciencia los periódicos y folletos que Eduardo se entretenía en hacer
pedazos antes de que su madre hubiese acabado su lectura.
Estaba completamente vestida para salir. Tenía el sombrero sobre
una silla y puestos los guantes.
‑¡Ah!, ¿estáis aquí? ‑‑dijo con una voz natural y tranquila‑.
¡Dios mío!, ¡estáis muy pálido! ¿Habéis trabajado toda la noche?
¿Por qué no habéis venido a almorzar con nosotros? ¡Y bien!,
¿voy con vos, o sola con Eduardo?
La señora de Villefort había multiplicado las preguntas para
obtener una respuesta, pero el señor de Villefort estaba mudo y frío como una
estatua.
‑Eduardo ‑dijo Villefort fijando en el niño una mirada imperiosa‑,
id a jugar al salón, amigo mío, es preciso que hable a vuestra madre.
La señora de Villefort, viendo aquella frialdad y tono resuelto,
tembló sin saber la causa de aquellos preámbulos.
Eduardo levantó la cabeza, miró a su madre, y viendo que no confirmaba
la orden de Villefort, volvió a jugar con sus soldados de plomo.
‑Eduardo ‑dijo el señor de Villefort tan ásperamente que el chico
saltó sobre la silla‑, ¿me oís?, id.
El niño, que no estaba acostumbrado a que le tratasen con tanta
severidad, se levantó pálido, no sabríamos decir si de cólera o de miedo.
Su padre se acercó a él, le tomó por un brazo y le dio un beso
en la frente.
‑Vete, hijo mío‑dijo‑, vete.
Eduardo salió de la estancia.
El señor de Villefort se dirigió a la puerta y pasó el cerrojo.
‑¡Oh, Dios mío! ‑dijo la joven mirando a su marido, y procurando
esbozar una sonrisa que heló sobre sus labios la impasibilidad de Villefort‑.
¿Qué ocurre?
‑Señora, ¿dónde guardáis el veneno de que os servís comúnmente?
‑dijo claramente y sin preámbulos el magistrado, colocándose entre su mujer y
la puerta.
La señora de Villefort sintió lo que una tórtola a la que un
milano hinca las garras en la cabeza.
De su pecho brotó un sonido ronco, que no era tú grito ni
suspiro, y palideció hasta ponerse lívida.
‑Señor‑dijo‑, yo... no os comprendo.
Y como herida por un accidente mortal, se dejó caer sobre el
sofá.
‑Os pregunto ‑repitió Villefort con una voz completamente
tranquila‑, en qué sitio ocultáis el veneno con el que habéis matado a mi
suegro, el señor de Saint‑Merán, a mi suegra, a Barrois y a mi hija Valentina.
‑¡Ah!, señor ‑dijo la señora de Villefort‑, ¿qué decís?
‑No os corresponde preguntar, sino responder.
‑¿Al juez o al marido? ‑balbució la señora de Villefort.
‑¡Al juez!, señora, ¡al juez!
Espantosa era la palidez de aquella mujer, la angustia de su
mirada y el temblor de todo su cuerpo.
‑iAh!, ¡señor! ‑dijo‑, ¡señor! ‑y no pudo continuar.
‑¿No respondéis? ‑prosiguió el terrible inquisidor, y añadió en
seguida con una risa más espantosa aún que su cólera:‑ ¿es verdad que no
negáis?
Ella hizo un movimiento.
‑Y no podríais negar ‑añadió Villefort extendiendo el brazo como
para cogerla en nombre de la justicia‑, consumasteis estos crímenes con
impúdica desvergüenza, pero no han podido engañar más que a las personas cuyo
afecto hacia vos las cegaba. Desde la muerte de la señora de Saint‑Merán, he
sabido que existía en mi casa un envenenador; después de la de Barrois, Dios
me perdone, mis sospechas recayeron sobre un ángel. Mis sospechas, que aun sin
necesidad de crimen están siempre despiertas en el fondo de mi alma; pero
después de la muerte de Valentina ya no hay duda para mí, señora, y no solamente
para mí, sino ni aun para otros. Así, vuestro crimen, conocido de dos personas
y sospechado por muchas, va a hacerse público, y como os dije hace un momento,
no habláis, señora, al marido, sino al juez.
La mujer escondió el rostro entre las manos.
‑¡Oh!, señor‑dijo‑, os suplico..., no creáis en apariencias.
‑¡Seríais tan cobarde! ‑gritó Villefort con tono de desprecio‑.
En efecto, he notado siempre que los envenenadores son cobardes. ¿Seréis
cobarde vos, que habéis tenido valor para ver expirar a dos ancianos y una
joven asesinados por vos?
‑¡Señor! ¡Señor!
‑¿Seréis tan cobarde, vos que habéis contado uno a uno los minutos
de cuatro agonías? ‑continuó Villefort con una exaltación que aumentaba a cada
instante‑. ¿Vos, que habéis combinado vuestros planes infernales y preparado
vuestras bebidas con una precisión y habilidad milagrosas? Vos, que todo lo
habéis calculado tan bien, habéis olvidado una cosa, es decir, adónde podía
conduciros el descubrimiento de vuestros crímenes. ¡Oh!, esto es imposible,
sin duda habéis reservado algun veneno más duke, más sutil y más mortífero que
los demás para escapar al castigo que merecéis... Lo habéis hecho, al menos yo
así lo espero.
La señora de Villefort retorcióse las manos y cayó de rodillas.
‑¡Lo sél ¡Lo sé! ‑dijo el magistrado‑, confesáis; pero la confesión
hecha a los jueces, la confesión en el último trance, cuando ya es imposible
negar, no disminuye el castigo.
‑¡El castigo!, ¡el castigo!, ¡señorl, ¡es la segunda vez que
pronunciáis esa palabra!
‑Sin duda. ¿Creíais escapar porque habéis sido cuatro veces culpable?
¿O porque sois la esposa del que pide la aplicación de la pena, pensasteis
sustraeros a ella? No, señora, no. Sea cual fuere la envenenadora, el cadalso
la espera, si, como os lo decía hace un momento, no ha tenido cuidado de
conservar para ella algunas gotas de su veneno, el más activo.
La señora de Villefort lanzó un grito horrible, un terror
espantoso se dejó ver en sus desencajadas facciones.
‑¡Oh!, no temáis el cadalso. No quiero deshonraros, porque sería
deshonrarme. Al contrario, si me habéis entendido, debéis comprender que no
estáis destinada a morir en el patíbulo.
‑No os comprendo, ¿qué queréis decir? ‑balbució la desgraciada
mujer, completamente aterrada.
‑Quiero decir que la mujer del primer magistrado de la capital
no cubrirá de oprobio un nombre sin mancilla, y no deshonrará a la vez a su
marido y a su hijo.
‑¡No!, ¡oh!, ¡no!
‑Pues bien, haréis una buena acción, y os doy por ello las
gracias.
‑Me dais las gracias, ¿de qué?
‑De lo que habéis dicho.
‑¿Y qué he dicho? Yo me vuelvo loca. No comprendo nada. ¡Dios
mío! ¡Dios mío!
Y se levantó con el cabello suelto y los labios llenos de
espuma.
‑¿Habéis respondido, señora, a la pregunta que os hice al entrar
aquí, dónde está el veneno de que os servís corrientemente?
La señora de Villefort levantó los brazos al cielo y juntó
convulsivamente las manos.
‑No ‑vociferó‑, no queréis eso...
‑Lo que no quiero, señora, es que acabéis en el cadalso, ¿me
oís?
‑¡OhL, señor, piedad.
‑Lo que quiero es que se haga justicia. Estoy en el mundo para
castigar, señora ‑añadió con una mirada encendida‑. A cualquier otra mujer,
aunque fuese una reina, la enviaría al verdugo. Pero con vos quiero ser
misericordioso, y os digo, señora, habéis guardado algunas gotas del veneno
más seguro?
‑¡Oh!, perdonadme, dejadme vivir.
‑¡Cobarde! ‑dijo Villefort.
‑Pensad que soy vuestra esposa.
‑¡Sois una envenenadora!
‑En nombre del cielo!
‑¡No!
‑¡Por el amor que me habéis profesado siempre!
‑¡No!, ¡no!
‑iPor mi hijo, por nuestro hijo, dejadme vivir!
‑No, no, no, os digo; si os dejase vivir le envenenaríais algún
día como a los demás.
‑¡Yo! ¡Matar a mi hijo! ‑gritó aquella madre salvaje arrojándose
sobre Villefort‑, ¡matar a mi Eduardo! ¡Ah!, ¡ah!, ¡ah!
Una sonrisa infernal, de demonio, de demente, terminó la frase y
se perdió en un ronco suspiro.
La señora de Villefort cayó a los pies de su marido.
Escuchaba temblando, aterrada. Sólo había vida en sus ojos, y
éstos ocultaban un fuego terrible.
‑Pensad en ello, os digo. Si a mi vuelta no lo habéis hecho, os
denuncio con mis propios labios, os prendo con mis propias manos.
Villefort se acercó aún más a ella.
‑¿Me entendéis? ‑le dijo‑, voy allá abajo a pedir la pena de
muerte contra un asesino... Si os encuentro viva a la vuelta, dormiréis esta
noche en la Conserjería.
La señora de Villefort lanzó un suspiro. Sus nervios se
crisparon y cayó sobre la alfombra.
El procurador del rey sintió un instante de piedad, la miró
menos severamente, a inclinándose un poco ante ella:
‑Adiós, señora ‑dijo lentamente‑, ¡adiós!
Aquel adiós cayó sobre ella como la mortífera cuchilla.
Cayó al suelo sin sentido.
El señor de Villefort salió y cerró la puerta dando doble vuelta
a la llave.
El caso Benedetto, como se decía entonces en el Palacio de
justicia y en la sociedad, había producido una enorme sensación. Parroquiano
del café de París, del boulevard de Gante y del bosque de Bolonia, el falso
Cavalcanti había hecho una porción de amistades y relaciones durante los tres
meses de esplendor que había vivido en París. Los diarios habían contado las
diversas vicisitudes del acusado, tanto durante su vida elegante, como la de
presidiario. Aquello suscitó una curiosidad muy viva. Sobre todo entre los que
habían conocido al príncipe Cavalcanti personalmente, y éstos estaban decididos
a no perdonar medio para ir a ver en el banquillo de los acusados a Benedetto,
asesino de su compañero de cadena.
A los ojos de muchas personas, Benedetto no era una víctima,
sino una equivocación de la justicia. Habían visto al señor Cavalcanti padre,
en París, y esperaban verle aparecer de nuevo para reclamar a su
ilustre descendiente. Los que no habían oído hablar jamás de la
famosa polaca, con la que llegó a casa de Montecristo, se hallaban prevenidos
a su favor por el aire de dignidad, nobleza y conocimiento del mundo del
anciano patricio, el que, preciso es decirlo, parecía completamente un gran
señor cuando no hablaba o se ocupaba de aritmética.
En cuanto al acusado, muchos recordaban haberle visto tan
amable, apuesto y liberal, que preferían creer que se había urdido contra él
alguna trama por parte de alguno de aquellos enemigos que encuentran en el
mundo las personas extraordinariamente ricas, y que poseen los medios de hacer
el bien o el mal de un modo maravilloso.
Todo el mundo se apresuró a asistir a la sesión del tribunal del
Jurado, unos para divertirse con el espectáculo, otros para comentarlo. Desde
las siete de la mañana acudió gente a la reja, y la sala de las sesiones estaba
ya llena de privilegiados.
En los días de los procesos famosos, antes de que se constituya
el tribunal, y muchas veces aun después, la sala de Audiencia se parece a un
salón particular, en el que muchas personas se reconocen, se juntan unas con
otras cuando están cerca y se hablan por señas, temiendo perder su sitio,
cuando están separadas por el pueblo, los abogados y los gendarmes.
Hacía uno de aquellos magníficos días de otoño que varias veces
vienen a consolarnos de la ausencia del estío. Las nubes que el señor de
Villefort viera al despuntar la aurora, se disiparon como por arte de magia al
rayar el sol, y dejaron lucir con toda su brillantez uno de los días más
hermosos de septiembre.
Beauchamp, uno de los magnates de la prensa diaria, tenía su
sitio seguro en el tribunal, como en todas partes, lo había ocupado y miraba
con sus gemelos a derecha a izquierda. Vio a Chateau‑Renaud y a Debray, que
habían merecido las consideraciones de un guardia municipal, el cual les cedió
su sitio, colocándose detrás para no impedirles la vista. El digno agente
había conocido al millonario y secretario del ministro, y se mostró muy cortés
con sus nobles vecinos, permitiéndoles se acercasen a Beauchamp, y
prometiéndoles guardarles sus sitios.
‑Y bien ‑dijo Beauchamp‑, ¿venimos a ver a nuestro amigo?
‑Sí, ¡Dios mío!, sí, ¡al digno príncipe! Llévese el diablo a
todos los príncipes italianos, ¡bah... !
‑Un hombre que tenía a Dante por genealogista, y cuyo origen se
remontaba hasta la Divina Comedia.
‑Nobleza de cuerda ‑dijo con sorna Chateau‑Renaud.
‑Será condenado, ¿no es cierto? ‑preguntó Debray a Beauchamp
‑¡Eh!, querido mío, no sois vos el que debéis preguntarnos eso.
¿Ayer visteis al presidente a la salida del baffle del ministro?
‑Sí.
‑¿Y qué os dijo?
‑Una cosa que os dejará maravillado.
‑¡Ah!, entonces hablad pronto, mi querido amigo. Hace mucho
tiempo que no me sucede tal cosa.
‑Pues bien, me ha dicho que Benedetto, al que suele considerarse
como un fénix de sutileza y astucia, es un pillo de orden muy subalterno, a
indigno de los experimentos frenológicos que se harán con su cabeza después de
guillotinado.
‑¡Bah! ‑dijo Beauchamp‑, no representaba del todo mal el papel
de príncipe.
‑Para
vos, Beauclíamp, que detestáis a los príncipes, y que estáis encantado cuando
les halláis maneras poco finas, pero para mí, que a la legua descubro el noble,
y deduzco el origen de una familia aristocrática, en seguida le conocí.
‑¿Así, jamás creísteis en su principado?
‑Creí en que era principal, sí; príncipe, no.
‑No está mal ‑dijo Debray‑, pero para cualquier otro podría
pasar por tal, yo le he visto en casa de los ministros.
‑¡Ah!, sí ‑dijo Chateau‑Renaud‑, ¡como si vuestros ministros
conociesen a los verdaderos nobles!
‑Hay mucho de verdad en lo que acabáis de decir, Chateau‑Renaud
‑respondió Beauchamp echándose a reír‑; la frase es corta, pero agradable. Os
pido permiso para usar de ella cuando dé cuenta a mis lectores de lo que ha
sucedido.
‑Como gustéis, Beauchamp ‑dijo Chateau‑Renaud‑, os doy mi frase
por lo que vale.
‑Pero ‑dijo Debray a Beauchamp‑, si yo he hablado al presidente,
vos debéis haber hablado al procurador del rey.
‑Imposible. Hace ocho días que el señor de Villefort se oculta,
y es muy natural. Tantas desgracias domésticas, coronadas por la extraña
muerte de su hija...
‑¡La extraña muerte! ¿Qué decís?
‑¡Ah!, sí; haceos el ignorante bajo el pretexto de que eso
sucede en casa de la nobleza de toga ‑dijo Beauchamp llevando su lente a los
ojos.
‑Permitidme, amigo mío, que os diga que para los gemelos no valéis
tanto como Debray. Y vos, Debray, dad una lección al señor Beauchamp.
‑Toma ‑dijo Beauchamp‑, no me equivoco.
‑¿Qué es, pues?
‑Es ella.
‑¿Quién?
‑Decían que se había marchado.
‑¿La señorita Eugenia? ‑preguntó Chateau‑Renaud‑, ¿habrá
regresado ya?
‑No, pero su madre...
‑¿La señora Danglars?
‑¡Cómo! ‑dijo Chateau‑Renaud‑, ¡es terrible, diez días después
de haberse fugado su hija, y tres después de la quiebra de su marido!
Debray se sonrojó un poco y miró hacia el sitio que señalaba su
amigo Beauchamp.
‑Vaya, pues. Es una mujer cubierta con un velo, una desconocida,
quizá la madre del príncipe Cavalcanti. ¿Pero decíais o ibais a decir cosas muy
interesantes, Beauchamp?
‑¿Yo?
‑Sí; hablabais de la extraña muerte de Valentina.
‑¡Ah!, sí; es verdad. Pero ¿por qué la señora de Villefort no
está presente?
‑¡Pobre mujer! ‑dijo Debray‑, estará ocupada en destilar agua de
melisa para los hospitales, o en preparar cosméticos para ella y sus amigas.
¿Sabéis que gásta en esa diversión dos o tres mil escudos al año? Y en efecto,
tenéis razón. ¿Por qué no está aquí la señora del procurador del rey? La habría
visto con gran placer. Me gusta mucho esa mujer.
‑Y yo la detesto ‑dijo Chateau‑Renaud.
‑¿Por qué?
‑No lo sé. ¿Por qué amamos? ¿Por qué aborrecemos? La detesto por
antipatía.
‑O, al menos, por instinto.
‑No lo creo. .. pero volvamos a lo que decíais, Beauchamp.
‑¡Y bien! ‑respondió éste‑, ¿tenéis curiosidad por saber cómo
hay con frecuencia tantos muertos en casa de Villefort?
‑Con frecuencia, ésta es la expresión exacta ‑dijo Chateau‑Renaud.
‑Querido, es la que usa San Simón.
‑Y la muerte en casa del señor de Villefort es donde se la
encuentra. Volvamos, pues, a ella.
‑¡Por vida mía!, confieso que hace tres meses tengo fija mi atención
en esa casa, y precisamente anteayer la señora me hablaba de ella con motivo de
la muerte de Valentina.
‑¿Y quién es la señora? ‑preguntó Chateau‑Renaud.
‑La mujer del ministro.
‑¡Ah!, disculpad mi ignorancia, yo no frecuento las casas de los
ministros. Eso queda para los príncipes.
‑Erais magnífico y os volvéis divino, barón. Tened piedad de nosotros.
Vuestras palabras van a abrasarnos como los rayos de Júpiter.
‑No volveré a decir nada. ¡Pero que el diablo tenga piedad de
mí! ¡No me deis lugar para replicar!
‑Vamos, ¿podremos llegar al fin de nuestro diálogo, Beauchamp?
Os decía que la señora me preguntaba anteayer sobre las muertes de Villefort;
informadme, y podré satisfacerla.
‑Pues bien, señores, en casa de Villefort hay un asesino.
Ambos jóvenes temblaron, porque más de una vez se les había ocurrido
la misma idea.
‑¿Y quién es el asesino? ‑preguntaron a una.
‑El pequeño Eduardo.
Una risotada de los jóvenes no fue bastante para turbar al
orador, que prosiguió:
‑Sí, señores; un niño que es un fenómeno, y que mata ya como
padre y madre.
‑¿Es una broma?
‑No. Ayer recibí un criado que sale de casa de Villefort, y
ahora escuchad con atención.
‑Escuchemos.
‑Mañana voy a despedirlo, porque come enormemente para reponerse
de los ayunos que se había impuesto voluntariamente en aquella casa. Pues bien.
Parece que el niño se sirve de vez en cuando de un frasco de drogas contra los
que le desagradan. Primero la tomó con el señor y la señora de Saint‑Merán, y
les dio tres gotas de su elixir. Después a Barrois, el criado de Noirtier, que
le regañó en varias ocasiones, le suministró otras tres gotas, y últimamente, a
Valentina, a la que tenía envidia, le suministró también la dosis, y la suerte
de ella fue la misma de los demás.
‑¿Pero qué diablos nos contáis? ‑‑dijo Chateau‑Renaud.
‑¡Bah!, os cuento una cosa del otro mundo, ¿verdad?
‑Eso es absurdo ‑dijo Debray.
‑¡Ah! ‑dijo Beauchamp‑, buscáis medios dílatorios. Preguntad a
mi criado qué era lo que se decía en la casa.
‑¿Pero ese elixir dónde está? ¿Qué cosa es?
‑El chico lo oculta.
‑¿De dónde lo ha tomado?
‑Del laboratorio de su madre.
‑Su madre, pues, ¿tiene venenos en su laboratorio?
‑¡Qué sé yo!, me estáis interrogando como si fueseis procuradores
del rey. Os repito lo que me han dicho, y he aquí todo. Os cito al autor, no
puedo hacer más. Lo cierto es que el pobre diablo no comía de miedo.
‑¡Parece increíble!
‑Pero no, querido, nada tiene de increíble. Ya visteis el año
pasado a un niño de la calle de Richelieu que se entretenía en matar a sus
hermanos, introduciéndoles mientras dormían un alfiler en los oídos. ¡Querido,
la generación que va a reemplazarnos es muy precoz!
‑¡Apuesto a que no creéis una palabra de cuanto decís, pero no
veo al conde de Montecristo. ¿Cómo es que no ha venido?
‑Tendrá vergüenza de presentarse ante el público, habiendo sido
el juguete de los Cavalcanti, que se le presentaron, según parece, con cartas
de recomendación que eran falsas, y que hoy tienen unos cien mil francos
hipotecados sobre el principado.
‑A propósito, Chateau‑Renaud, ¿cómo se encuentra Morrel? ‑preguntó
Beauchamp.
‑Tres veces he estado en su casa y no he podido verle. Su hermana
me ha dicho, sin embargo, que estaba bien.
‑¡Ah!, ahora que recuerdo. ¡Montecristo no puede presentarse en
la sala! ‑dijo Beauchamp.
‑¿Por qué?
‑Porque es actor en el drama.
‑¡Cómo! ¿Ha asesinado a alguien? ‑dijo Debray.
‑No, al contrario, querían asesinarle. Sabéis que al salir de su
casa fue cuando Benedetto asesinó a su amigo Caderousse; en ella se encontró
el famoso chaleco que vino a turbar el contrato, y que está allí sobre la mesa,
como una pieza de convicción.
‑¡Ah!, ¡es verdad!
‑Silencio, señores, he aquí la sala. A vuestro sitio.
En efecto, oíase gran ruido en el pretorio. El agente llamó a
sus protegidos y un ujier gritó desde la puerta con aquella entonación que
tenían ya en tiempo de Beaumarchais:
‑¡Señores, la sala!
Los jueces entraron en sesión en medio del más profundo
silencio. Los jurados ocuparon sus asientos. El señor de Villefort, objeto de
la atención general, y aun mejor diremos de la admiración, ocupó su sillón,
manteniéndose cubierto, y dejó correr una mirada tranquila a su alrededor.
Todos contemplaban con admiración aquella cara grave y severa, sobre cuya
impasibilidad no tenían dominio los disgustos personales. Consideraban con una
especie de terror a aquel hombre tan insensible a las conmociones de la humanidad.
‑Gendarmes, introducid al acusado ‑dijo el presidente.
Al oír aquellas palabras creció la atención del público, y todos
los ojos se fijaron en la puerta por donde debía entrar Benedetto. Abrióse ésta
poco después y apareció el acusado. La impresión fue igual en todos los
asistentes, y ninguno se engañó en la expresión de su fisonomía.
Su fisonomía no presentaba las señales de emoción profunda que
detiene la circulación de la sangre y hace palidecer. Llevaba el sombrero en
una mano y metida la otra graciosamente en el chaleco, que era de piqué blanco.
Sus ojos estaban serenos y hasta brillantes. Tan pronto como entró en la sala,
paseó la vista por todas las filas de los jueces y de los asistentes, y se
detuvo en el presidente, y muy particularmente en el procurador del rey.
Al lado de Benedetto se colocó el abogado, nombrado de oficio,
porque él no había querido ocuparse de aquellos detalles a los cuales parecía
no dar importancia. Aquél era joven, rubio, y su fisonomía parecía estar mucho
más conmovida que la del acusado.
El presidente ordenó la lectura del acta de acusación, redactada
como se sabe, por la pluma hábil a implacable del señor Villefort. Durante la
lectura, que fue larga y para cualquier otro hubiera sido aterradora, la
atención pública permaneció fija en Benedetto, quien sostuvo aquella prueba con
la serenidad de un espartano.
Jamás había estado Villefort tan elocuente. Presentaba el crimen
con los colores más vivos. Los antecedentes del acusado, su transfiguración,
la reseña de sus acciones desde su primera edad, se pintaban con el talento que
la práctica de la vida y el conocimiento del corazón humano daban a un hombre
de tan buena imaginación como el procurador del rey.
Con sólo aquel preámbulo, Benedetto estaba perdido para siempre
en la opinión pública, en tanto que se acercaba el castigo más material aún que
la ley.
Cavalcanti no prestó la menor atención a los cargos sucesivos
que contra él se elevaban. El señor de Villefort, que le examinaba cuidadosamente,
y que sin duda proseguía en él los estudios psicológicos que había empezado a
la vista de otros acusados, no pudo hacerle bajar los ojos una sola vez, por
más que fijase en él su profunda mirada.
Terminóse la lectura.
‑Acusado ‑dijo el presidente‑, ¿vuestro nombre y apellido?
Cavalcanti se puso en pie.
‑Dispensadme, señor presidente ‑dijo el reo, cuyo timbre de voz
vibraba perfectamente puro‑, pero veo que vais a empezar el interrogatorio
de un modo que no puedo seguiros. Tengo la pretensión, que justificaré a su
tiempo, de que no soy un acusado ordinario. Tened la bondad, os ruego, de
permitirme responder siguiendo un orden distinto, sin que por esto deje de
contestar a todo.
El presidente, sorprendido, miró a los jurados, y éstos al
procurador del rey.
Un gran asombro se manifestó en toda la asamblea, pero
Cavalcanti no se conmovió.
‑¿Vuestra edad? ‑dijo el presidente‑, ¿responderéis a esta pregunta?
‑A ésa, como a las demás, responderé, señor presidente, pero
cuando llegue el caso.
‑¿Vuestra edad? ‑repitió el magistrado.
‑Tengo veintiún años, o más bien los cumpliré dentro de algunos
días, pues nací en la noche del 27 al 28 de septiembre de 1817.
El señor de Villefort, que estaba escribiendo una nota, levantó
la cabeza al oír aquella fecha.
‑¿Dónde nacisteis? ‑continuó el presidente.
‑En Auteuil, cerca de París.
El señor de Villefort levantó por segunda vez la cabeza, miró a
Benedetto como si hubiese mirado la cabeza de Medusa y se puso lívido.
Benedetto pasó por sus labios la punta de un fino pañuelo de
batista bordado.
‑¿Vuestra profesión? ‑preguntó el presidente.
‑Primero he sido falsario ‑dijo Cavalcanti con la mayor tranquilidad
del mundo‑‑, después ascendí a ladrón, y recientemente he sido asesino.
Un murmullo, o por mejor decir, una tempestad de indignación y
de sorpresa estalló en la sala. Los jueces se miraron asombrados, los jurados
expresaron el disgusto que les causaba un cinismo que no esperaban en un
hombre elegante.
El señor de Villefort apoyó una mano sobre su frente, pálida al
principio, encarnada y abrasadora en seguida. Levantóse de pronto, y miró
alrededor como un hombre espantado. Parecía que le faltaba el aliento.
‑¿Buscáis algo, señor procurador del rey? ‑preguntó Benedetto
con graciosa sonrisa.
El señor de Villefort no respondió, se sentó, o por mejor decir,
se dejó caer sobre su sillón.
‑¿Consentís ahora, acusado, en decir vuestro nombre? –preguntó
el presidente‑. La afectación brutal que habéis puesto en enumerar vuestros
crímenes, que calificáis de profesión, la especie de importancia que dais a
esas acciones, que en nombre de la moral y de la humanidad el tribunal debe
reprenderos severamente, he ahí la causa quizá que ha hecho retardéis el
nombraros. Queréis enaltecer vuestro hombre con los títulos que le preceden.
‑Señor presidente ‑dijo Benedetto con el tono de voz más gracioso
y con las maneras más distinguidas‑, pares increíble el modo con que habéis
leído en el fondo de mi corazón. En efecto, por eso os he rogado que
invirtieseis el orden de las preguntas.
El estupor había llegado a su colmo. No había en las palabras
del acusado ni altanería, ni cinismo, y se presentía algún terrible rayo en el
fondo de aquella oscura nube.
‑¡Y bien! ‑‑dijo el presidente‑, ¿vuestro nombre?
‑No puedo deciros mi hombre, porque no lo sé. En cambio conozco
el de mi padre, pero no puedo decirlo.
Una alucinación dolorosa cegó a Villefort. Viéronse caer de sus
mejillas varias gotas de sudor que borraban sus papeles, que revolvió con mano
convulsa.
‑Decidnos el hombre de vuestro padre ‑dijo entonces el presidente.
Ni una respiración fuerte, ni el menor aliento turbaba el
silencio de aquella asamblea. Todos esperaban.
‑Mi padre es procurador del rey ‑respondió con calma
imperturbable Cavalcanti.
‑¡Procurador del rey! ‑.dijo estupefacto el presidente sin notar
el trastorno que aquellas palabras causaron al señor de Villefort‑, ¡procurador
del rey!
‑Sí, y ya que me preguntáis su hombre, os lo diré: se llama de
Villefort.
La explosión, tanto tiempo contenida por respeto a la justicia,
estalló como un trueno del pecho de todos los asistentes. El tribunal mismo no
pensó en reprimir aquel simultáneo movimiento. Las exclamaciones, las injurias
dirigidas a Benedetto, que permanecía impasible, los gestos enérgicos, el
movimiento de los gendarmes, las rechiflas de la parte del pueblo bajo que hay
en toda reunión pública, y que sale a la luz en los momentos de tumulto y
escándalo, duraron cinco minutos, antes que los magistrados y los ujieres
lograsen restablecer el orden y el silencio.
En medio de aquella confusión se oía la voz del presidente que
gritaba:
‑¿Queréis jugar con la justicia, acusado? ¿Os atrevéis a dar a
vuestros conciudadanos el espectáculo de una corrupción que no
tiene igual ni siquiera en una época tan relajada como la presente?
Diez personas se apresuraron a acercarse al procurador del rey,
que medio aterrado permanecía en su asiento; ofreciéndole consuelos, procuraron
animarle, y le hicieron protestas de celo y símpatía.
Decían que una mujer se había desmayado, hiciéronla respirar varias
sales, y se repuso.
Durante el tumulto, Benedetto había vuelto la cara sonriéndose
hacia la asamblea, y apoyando en seguida una mano en el respaldo de su banco y
en la postura más graciosa:
‑Señores ‑dijo‑, no permita Dios que procure insultar al tribunal,
y dar un escándalo inútil en presencia de tan honorable reunión. Me han
preguntado qué edad tengo, he respondido. No puedo decir de dónde soy ni ruál
es mi apellido, porque mis padres me abandonaron. Sin embargo, puedo muy bien,
sin deter mi hombre, puesto que no lo tengo, decir el de mi padre, y lo repito,
mi padre se llama el señor de Villefort, y estoy pronto a probarlo.
Tanta verdad, tanta convicción y energía había en el acento del
joven que redujo el tumulto al silencio. Las miradas se dirigieron todas en el
momento al procurador del rey, que conservaba en su asiento la inmovilidad de
un hombre que el rayo acaba de convertir en cadáver.
‑Señores ‑‑continuó Benedetto exigiendo el silencio con el gesto
y con la voz‑, os debo la prueba y la explicación de mis palabras.
‑¡Pero... ‑dijo el presidente, irritado‑, en la instrucción
dijisteis que os llamaban Benedetto, habéis dicho que erais huérfano y natural
de Córcega!
‑En la instrucción dije lo que me convenía decir, porque no quería
que se debilitase o detuviese, lo que no podia menos de suceder, el eco solemne
que quería dar a mis palabras.
»Os repito ahora que nací en Auteuil, en la noche del 27 al 28
de septiembre de 1817, y que soy hijo de Villefort, procurador del rey.
¿Queréis saber más detalles? Os los contaré.
»Vine al mundo en el primer peso de la casa número 28, de la
calle de la Fontaine, en una habitación tapizada de damasco encarnado. Mi padre
me tomó en los brazos diciendo a mi madre que estaba muerto. Me envolvió en un
paño, marcado H. N., y me llevó al jardín, donde me enterró vivo.»
Los presentes temblaron cuando vieron crecer la seguridad del
acusado con el espanto del señor de Villefort.
‑¿Pero cómo conocéis esos detalles? ‑preguntó el presidente.
‑Voy a decíroslo, señor presidente. En el jardín en que mi padre
acababa de sepultarme se había introducido aquella noche un hombre que le
odiaba mortalmente, y quería vengarse del modo que lo hace un corso. El hombre
que estaba oculto vio a mi padre enterrar algo, y le asestó una puñalada por la
espalda cuando estaba a la mitad de su operación; creyendo en seguida que lo
que había ocultado era un tesoro, abrió la fosa y me halló vivo aún. Ese hombre
me llevó al hospicio de los expósitos, donde me inscribieron con el número
treinta y siete. Tres meses más tarde, su mujer hizo el viaje de Rogliano a París
para venir a buscarme. Me reclamó como hijo suyo, y me llevó consigo.
»He aquí por qué, aunque nacido en Auteuil, me crié en Córcega.»
Hubo un instante de silencio, pero tan profundo, que se hubiera
creído que la sala estaba desierta.
‑Continuad ‑dijo la voz del presidente.
‑En verdad ‑‑continuó Benedetto‑, hubiera podido ser dichoso en
casa de aquellas buenas gentes que me adoraban, pero mi natural perverso pudo
más que todas las virtudes que procuraba infundir en mi corazón mi madre
adoptiva. Fui creciendo en el mal, y he llegado hasta el crimen. Finalmente, un
día que maldecía a Dios por haberme hecho tan malo y dado tan odioso destino,
mi padre adoptivo se acercó a mí y me dijo:
»" ¡No blasfemes, desgraciado!, porque Dios lo ha dado la
vida sin cólera. El crimen es de lo padre, y no tuyo; de lo padre, que lo entregaba
al infierno si hubieses muerto, a la miseria, si un milagro lo volvía a la
vida."
» A partir de aquel instante, cesé de blasfemar a Dios, pero he
maldecido a mi padre, y he aquí por qué he pronunciado las palabras que me
habéis reprochado, señor presidente. He aquí por qué he causado el escándalo
que aún hace temblar a todos. Si es un crimen más, castigadme, pero si os he
convencido de que desde el día de mi nacimiento mi destino era fatal,
doloroso, amargo, lamentable, tened entonces compasión de mí.»
‑¿Pero vuestra madre? ‑preguntó el presidente.
‑Mi madre me creía muerto, y no era culpable; no he querido saber
el nombre de mi madre, no la conozco.
En aquel momento un grito agudo que terminó en un suspiro salió
del grupo que, como hemos dicho, rodeaba a una mujer.
Desplomóse con un violento ataque de nervios, y tuvieron que sacarla
del pretorio; separóse el velo que ocultaba su rostro: era la señora Danglars.
A pesar de su postración, del rumor que había en sus oídos y la
especie de locura que trastornaba su cerebro, Villefort la reconoció y se
levantó.
‑¡Las pruebas! ¡Las pruebas! ‑dijo el presidente‑, recordad,
acusado, que ese tejido de horrores necesita apoyarse en las pruebas más
evidentes.
‑¿Las pruebas? ¿Las pruebas queréis? ‑dijo Benedetto riéndose‑,
vais a verlas.
‑Sí.
‑Pues bien, mirad al señor de Villefort, y pedidme aún las
pruebas.
Todos volvieron los ojos hacia el procurador del rey, que bajo
el peso de aquellas mil miradas avanzó hacia el medio del tribunal, vacilante,
con los cabellos desordenados y la cara sanguinolenta por la presión de sus
uñas. Oyóse un murmullo de admiración.
‑Me piden las pruebas, padre mío ‑dijo Benedetto‑, ¿queréis que
las dé?
No, no ‑balbució el procurador del rey con voz ahogada‑, no; es
inútil.
‑¡Cómo! ¿Inútil? ‑inquirió el presidente‑. ¿Pero qué queréis
decir?
‑Quiero decir que en vano intentaría sustraerme al golpe mortal
que me aterra, señores. Conozco que estoy entre las manos de un
Dios vengador. Nada de pruebas, no hay necesidad; todo lo que ese joven ha
dicho es verdad.
Un silencio análogo al que precede a las grandes catástrofes de
la naturaleza se apoderó de los asistentes, sus cabellos se erizaron.
‑¿Y qué?, señor de Villefort ‑dijo el presidente‑, ¿no cedéis a
una alucinación? ¡Cómo! ¿Gozáis de la plenitud de vuestras facultades
intelectuales? ¿Se concebiría que una acusación tan extraordinaria, tan
imprevista y terrible os hubiese turbado la razón? ¡Vamos, serenaos!
El procurador del rey movió la cabeza, sus dientes daban uno contra
otro como los de un hombre devorado por la fiebre, y su palidez era mortal.
‑Estoy en pleno use de todas mis facultades ‑dijo‑‑; solamente
mi cuerpo es el que sufre, y esto se concibe. Me reconozco culpable de todo lo
que ese joven acaba de decir contra mí, y me pongo desde ahora a la disposición
del señor procurador del rey, mi sucesor.
Dichas estas palabras con una voz ronca y casi sofocada, el
señor
de Villefort se dirigió vacilante a la puerta, que le abrió
maquinalmente el ujier de servicio.
La asamblea entera permaneció silenciosa y consternada con
aquella revelación que tan terrible desenlace daba a las peripecias que durante
quince días habían ocupado a la alta sociedad de París.
‑¡Y bien! ‑dijo Beauchamp‑. ¡Que vengan luego a decirnos que el
drama no existe en la naturaleza!
‑¡Por mi vida! ‑dijo Chateau‑Renaud‑, mejor quisiera concluir
como el señor de Morcef; un tiro es dulce en comparación de semejante
catástrofe.
‑Y luego mata ‑dijo Beauchamp.
‑Y yo que había pensado en casarme con su hija ‑dijo Debray‑,
¡bien ha hecho en morirse! ¡Dios mío! ¡Pobre muchacha!
‑Se levanta la sesión, señores ‑dijo el presidente‑; la causa
queda para la sesión próxima, pues debe empezarse de nuevo la instrucción y
confiarla a otro magistrado.
Cavalcanti, siempre sereno y mucho más interesante, salió de la
sala escoltado por los gendarmes, que voluntariamente le manifestaban cierta
consideración.
‑¡Y bien! ¿Qué pensáis de esto, buen hombre? ‑preguntó Debray
al guardia municipal poniéndole un luis en la mano.
‑Que habrá circunstancias atenuantes ‑respondió éste.
El señor de Villefort vio abrirse ante él las filas de la
multitud, aunque muy compactas. Los grandes dolores son de tal modo venerables
que no hay ejemplo ni aun en los tiempos más desgraciados, de que el primer
movimiento de la multitud reunida no haya sido un movimiento de simpatía hacia
una gran desgracia. Muchas gentes odiadas han sido asesinadas en un tumulto.
Raras veces un desgraciado, aunque fuese criminal, ha sido insultado por los
que asisten a su proceso de muerte.
Villefort atravesó, pues, las filas de los espectadores, de los
guardias, de los agentes de policía, y se alejó, confesado culpable por sí
mismo, pero protegido por su valor.
Existen en la vida situaciones que los hombres comprenden por
instinto, pero que no pueden desentrañar con la reflexión. El mayor poeta en
este caso es el que sabe expresar la queja más vehemente y más natural. La
multitud toma este grito por una relación entera, y hace bien en contentarse
con él, y mejor aún, en encontrarlo sublime si es verdadero.
Por lo demás, sería difícil decir el estado de estupor en que
Villefort se hallaba al salir del palacio, pintar la fiebre que estremecía sus
arterias, que helaba sus fibras, que hinchaba hasta reventar sus venas y
aniquilaba cada punto de su cuerpo mortal con millares de sufrimientos.
Villefort se dirigía a lo largo de los pasillos, guiado
solamente por
la costumbre. Quitóse la toga magistral, no por conveniencia,
sino porque era para él una carga insoportable, una túnica de Nesso, fecunda
en torturas.
Llegó vacilante al patio Dauphine, vio su carruaje, despertó al
cochero abriendo él mismo, y se dejó caer sobre los cojines señalando con el
dedo la dirección del barrio de San Honorato.
El cochero partió.
Todo el peso de su fortuna fracasada acababa de desplomarse
sobre su cabeza; este peso le abrumaba, no sabía sus consecuencias, no las
había calculado y las sentía; no razonaba su código como el frío asesino que
comenta un artículo conocido. Tenía a Dios en el fondo del corazón.
‑¡Dios! ‑murmuraba sin saber lo que decía‑. ¡Dios! ¡Dios!
No veía más que a Dios en medio del trastorno que por él pasaba.
El carruaje corrió precipitado. Villefort, agitándose sobre los
cojines, sentía algo que le molestaba.
Llevó la mano al objeto. Era un abanico olvidado por la señora
de Villefort entre el cojín y el respaldo del carruaje. Este abanico despertó
un recuerdo, y este recuerdo fue como un rayo en las tinieblas de la noche.
Villefort pensó en su esposa.
‑¡Oh! ‑exclamó, como si un hierro ardiendo le perforase el corazón.
En efecto, hacía una hora que no tenía a la vista más que un
lado de su miseria, y he aquí que de repente se ofrecía otro a su espíritu, y
otro no menos terrible.
< ¡Esa mujer! » Acababa de portarse con ella como un juez
severo e inexorable, la había condenado a muerte, y ella, ella, aterrorizada,
llena de remordimientos, abismada con el oprobio que acababa de causarle con
la elocuencia de su intachable virtud, pobre mujer débil e indefensa contra un
poder absoluto y supremo, se preparaba acaso a morir en aquellos instantes.
Había transcurrido una hora desde su condenación. Tal vez entonces
repasaba en su memoria todos sus crímenes, pedía perdón a Dios, escribía una
carta para implorar de rodillas el perdón de su virtuoso esposo, perdón que
compraba con la muerte.
Villefort lanzó otro quejido de dolor y de rabia.
‑¡Ah! ‑exclamó agitándose sobre el raso del carruaje‑, ¡esa mujer
no es criminal más que por haberme tocado! ¡Yo soy el crimen, yo! ¡Y ha
adquirido el crimen como se adquiere el tifus, como se adquiere el cólera, como
se adquiere la peste, y yo la castigo! ¡Oh!,
¡no!, ¡no!, vivirá..., me seguirá... Huiremos, abandonaremos
Francia, correremos por la tierra mientras nos sostenga. ¡Le hablaba de
cadalso... ! ¡Gran Dios! ¡Cómo osé pronunciar esta palabra! ¡Y a mí también me
espera el cadalso... ! Huiremos. .. Sí, me confesaré a ella, sí; todos los días
le diré humillándome que yo también he cometido un crimen... ¡Oh! ¡Alianza del
tigre y de la serpiente! ¡Oh! ¡Digna esposa de un marido como yo...! ¡Es
preciso que viva, es necesario que mi infamia haga palidecer la suya!
Y Villefort hundió, más que bajó, el vidrio del coche.
‑¡Más aprisa! ‑exclamó con una voz que hizo estremecer al cochero
en su asiento.
Los caballos, avivados por el miedo, volaron hasta llegar a la
casa.
‑¡Sí!, ¡sí! ‑repetía Villefort a medida que se acercaba‑, sí; es
preciso que esta mujer viva, es preciso que se arrepienta y que eduque a mi
hijo, mi pobre hijo, único que con el indestructible anciano sobrevive a la
ruina de la familia. Le amaba, por él lo ha hecho todo. No hay que desesperar
jamás del corazón de una madre que ama a su hijo. Se arrepentirá. Nadie sabrá
que ha sido culpable; los crímenes cometidos en mi casa y de que el mundo se
entera ya, serán olvidados con el tiempo, y si algunos enemigos se acuerdan,
les anotaré en la lista de mis crímenes. Uno, dos o tres más, ¡qué importa! Mi
mujer se salvará llevando el oro, y sobre todo llevando su hijo, lejos del
abismo en donde me parece ver caer el mundo conmigo. Vivirá, aún será dichosa,
puesto que todo su amor está en su hijo, y su hijo no la abandonará. Habré
hecho una buena acción.
Y el señor de Villefort respiró más libremente de lo que lo
había hecho en mucho tiempo.
El carruaje se detuvo en el patio de la casa.
El procurador del rey se lanzó del estribo y halló a los criados
sorprendidos de verle volver tan pronto. No leyó otra cosa en su fisonomía.
Nadie le dirigió la palabra. Paráronse ante él como de costumbre, para dejarle
paso. Esto fue todo.
Pasó por la cámara de Noirtier, y por la puerta entreabierta
percibió como dos sombras, pero no se preocupó de la persona que estaba con su
padre. Su inquietud le trastornaba.
‑Vamos ‑dijo subiendo la escalerilla que conducía al
descansillo, donde estaba la habitación de su mujer y la cámara vacía de
Valentina‑,vamos, nada ha cambiado aquí.
Antes de todo, cerró la puerta del descansillo.
‑Es conveniente que nadie nos interrumpa ‑dijo Villefort‑,
conviene que pueda hablarle libremente, acusarme a ella, decírselo todo.
Acercóse a la puerta, puso la mano en el botón de cristal, y
cedió.
‑¡Paso libre! ¡Oh!, ¡bien, muy bien! ‑murmuró.
Y entró en el pequeño salón en donde todas las noches se ponía
el lecho de Eduardo, porque aunque en pensión, Eduardo venía todas las noches.
Su madre no había querido nunca separarse de él.
Recorrió con una mirada todo el salón.
‑Nadie ‑dijo‑, está en su alcoba, sin duda.
Y se dirigió a la puerta.
El cerrojo estaba corrido.
Se detuvo estremecido.
‑¡Eloísa! ‑exclamó.
Parecióle oír mover un mueble.
‑Eloísa ‑repitió.
‑¿Quién es? ‑preguntó la voz de la que llamaba.
Parecióle que esta voz era más débil que otras veces.
‑¡Abrid! ¡Abrid! ‑exclamó Villefort‑, ¡soy yo!
Sin embargo, a pesar de esta orden, a pesar del tono angustiado
con que era proferida, no abrieron.
Villefort abrió la puerta de una patada.
A la entrada de su dormitorio, la señora de Villefort estaba en
pie, pálida, con las facciones contraídas, mirándole con ojos de una inmovilidad
espantosa.
‑¡Eloísa! ¡Eloísa! ‑‑dijo‑, ¿qué os ocurre? ¡Hablad!
La joven extendió hacía él su mano crispada y lívida.
‑Esto se ha acabado, señor ‑dijo con un quejido que parecía desgarrar
su garganta‑, ¿qué más queréis?
Y cayó sobre la alfombra. Villefort corrió a ella y la cogió de
la mano. Esta mano oprimía convulsivamente un frasco de cristal con tapón de
oro. La señora de Villefort estaba muerta. El procurador del rey, sobrecogido
de horror, retrocedió hasta la puerta, mirando el cadáver.
‑¡Hijo mío! ‑exclamó de repente‑, ¿dónde está mi hijo? ¡Eduardo!
¡Eduardo!
Y se precipitó fuera de la habitación, gritando:
‑¡Eduardo! ¡Eduardo!
Con tal acento de angustia era pronunciado este nombre, que acudieron
los criados.
‑¡Hijo mío! ¿Dónde está mi hijo? ‑preguntó Villefort‑. Que le
saquen de casa, que no la vea. ‑El señorito Eduardo no está abajo ‑respondió un
criado. ‑Jugará sin duda en el jardín. Mirad si está allí. ¡Buscadle! ‑No,
señor. La señora llamó a su hijo hará media hora aproximadamente. El señorito
Eduardo entró con la señora, y no ha vuelto a bajar.
Un sudor helado inundó la frente de Villefort, sus pies
vacilaron sobre las baldosas, sus ideas comenzaron a trastornar su cabeza como
las ruedas desordenadas de un reloj que se rompe.
‑¡Con la señora! ‑murmuró‑, ¡con la señora! ‑Y volvió lentamente
sobre sus pasos, enjugándose la frente con una mano y apoyándose con la otra
en las paredes.
Al volver a entrar en la estancia, era preciso ver de nuevo a
aquella desgraciada.
Para llamar a Eduardo, era preciso despertar el eco del aposento
convertido en féretro mortuorio. Hablar, era violar el silencio de la tumba.
Villefort sintió su lengua paralizada en la garganta.
‑¡Eduardo! ¡Eduardo! ‑balbució.
El niño no contestó. ¿Dónde estaba el niño que, al decir de los
criados, había entrado con su madre, sin volver a salir?
Villefort dio un paso adelante.
El cuerpo exánime de la señora de Villefort estaba tendido a través
de la puerta del salón en donde se hallaba necesariamente Eduardo. Este cadáver
parecía velar sobre el umbral con ojos fijos y abiertos, con una espantosa y
misteriosa sonrisa irónica en los labios.
En derredor del cadáver, la mampara dejaba ver una parte del salón,
un piano y el extremo de un diván de raso azul.
Villefort avanzó tres o cuatro pasos y vio a su hijo acostado en
el sofá.
El niño dormía, sin duda.
El infeliz tuvo un rapto de alegría, un rayo de luz pura bajó al
infierno en el cual estaba luchando.
Tratábase de pasar por encima del cadáver, de entrar en el
salón, de tomar el niño en los brazos y de huir con él lejos, ¡muy lejos!
Villefort no era el hombre cuya refinada corrupción le hacía el
tipo de hombre civilizado; era un tigre herido de muerte que deja los dientes
rotos en su última herida.
No temía las preocupaciones, sino los fantasmas. Tomó aliento y
saltó por encima del cadáver como si se hubiera tratado de saltar por un
brasero encendido. Tomó al niño en sus brazos, estrechándole, sacudiéndole,
llamándole. El niño no le respondió. Unió sus ávidos labios a sus mejillas, a
sus mejillas lívidas y heladas, palpó sus miembros ateridos, apoyó la mano en
su corazón; su corazón no palpitaba. El niño estaba muerto. Un papel doblado en
cuatro pliegues cayó del pecho de Eduardo. Como herido de un rayo, Villefort se
dejó caer sobre las rodillas. El niño se escapó de sus brazos inertes y rodó al
lado de su madre. Villefort cogió el papel, conoció la letra de su mujer y lo
leyó ávidamente. He aquí su contenido:
¡Vos sabéis si yo era buena madre, puesto que por mi hijo me
hice criminal!
¡Una buena madre no parte sin su hijo!
Villefort no podía dar crédito a sus ojos. No podía creer a su
razón. Arrastróse hacia el cuerpo de Eduardo, que examinó una vez todavía con
la atención minuciosa de la leona que mira a su cachorro muerto. Después brotó
un grito desgarrador de su pecho.
‑¡Dios! ‑murmuró‑. ¡Siempre Dios!
Estas dos víctimas le espantaban, sentía en sí el horror de
aquella soledad solamente ocupada por dos cadáveres.
De pronto se veía sostenido por la rabia, por la inmensa
facultad de los hombres fuertes, por la desesperación, por la virtud suprema de
la agonía que impulsó a los Titanes a escalar el cielo, a Ayax a amenazar a los
dioses.
Villefort dobló la cabeza bajo el peso de los dolores, levantóse
sobre las rodillas, sacudió los cabellos húmedos de sudor, erizados de espanto,
y el que jamás había tenido piedad de. nadie, se fue a encontrar a su anciano
padre para tener en su debilidad alguien a quien contar su desgracia, alguien
con quien llorar.
Bajó la escalera que ya conocemos, y entró en la habitación de
Noirtier.
Este parecía escucharle atentamente, tan afectuosamente como lo
permitía su inmovilidad. El abate Busoni estaba allí con la calma y frialdad de
costumbre.
Al ver al abate, Villefort llevó la mano a la frente. El pasado
vino a él como una de esas olas, en las cuales se levanta doble espuma que en
las demás.
Recordó la visita que le hiciera el abate dos días antes de la
comida de Auteuil, y de la visita que le había hecho el mismo abate el día de
la muerte de Valentina.
‑¡Vos aquí, señor! ‑‑‑dijo‑, ¿pero vos no me aparecéis jamás que
no sea para escoltar la muerte?
Busoni se levantó. Viendo la alteración del rostro del
magistrado, el brillo feroz de sus ojos, comprendió o debió comprender que la
escena de los jurados había concluido. Ignoraba el resto.
‑Vine para orar sobre el cuerpo de vuestra hija ‑respondió Busoni.
‑Y hoy, ¿qué venís a hacer?
‑Vengo a deciros que me habéis pagado suficientemente vuestra
deuda, y que desde este momento voy a rogar a Dios que se contente como yo.
‑¡Dios mío! ‑dijo Villefort retrocediendo asustado‑, ¡esta voz
no es la del abate Busoni!
‑No.
E1 abate arrancó su falsa tonsura, sacudió la cabeza, y sus
largos cabellos negros, sueltos ya, cayeron sobre sus espaldas rodeando su
varonil semblante.
‑Es el rostro del conde de Montecristo ‑exclamó Villefort con
los ojos inciertos.
‑No es esto todo, señor procurador del rey, mirad mejor y más
lejos.
‑¡Esta voz!, ¡esta voz! ¿Dónde la oí por primera vez?
‑La oísteis por primera vez en Marsella, hace veintitrés años,
el día de vuestro matrimonio con la señorita de Saint‑Merán. Buscad en vuestros
papeles.
‑¿No sois Busoni? ¿No sois Montecristo? ¡Dios mío, sois el enemigo
oculto, implacable, mortal! ¿Rice algo contra vos en Marsella? ¡Oh, desgraciado
de mí!
‑Sí, tienes razón, es bien cierto ‑dijo el conde cruzando los
brazos sobre el pecho‑, ¡busca!, ¡busca!
‑Mas, ¿qué lo he hecho? ‑exclamó Villefort, cuyo espíritu luchaba
ya en el límite donde se confunden la razón y la demencia en aquellos momentos
en que no puede decirse que dormimos ni que estamos despiertos‑. ¿Qué lo he
hecho? ¡Di, habla!
‑Me condenasteis a una muerte lenta y horrorosa, matasteis a mi
padre, me robasteis el amor con la libertad, y la fortuna con el amor.
‑¿Quién sois? ¿Quién sois? ¡Dios mío!
‑Soy el espectro de un desgraciado al que sepultasteis en las
mazmorras del castillo de If; a este espectro, salido entonces de la tumba,
Dios ha puesto la máscara del conde de Montecristo, y le ha cubierto de
diamantes y oro para que no le reconozcáis hoy.
‑¡Ah, le reconozco, le reconozco! ‑dijo el procurador del rey‑,
tú eres...
‑¡Soy Edmundo Dantés!
‑¡Tú, Edmundo Dantés! ‑exclamó el señor de Villefort, asiendo al
conde por el puño‑, ¡entonces ven!
Y le llevó por la escalera, en donde Montecristo le seguía
asombrado, ignorando a qué parte le conducía el procurador del rey, y presintiendo
algún desastre.
‑¡Espera!, Edmundo Dantés ‑dijo mostrando al conde los cadáveres
de su esposa y de su hijo‑, ¡atiende, mira! ¿Está bien vengado?
Montecristo palideció ante tan espantoso espectáculo. Comprendió
que acababa de traspasar los derechos de la venganza, que no podía decir más
que:
‑Dios está por mí y conmigo.
Arrojóse con angustia inexplicable sobre el cuerpo del niño,
abrió sus ojos, tocó su pulso, y pasó con él al cuarto de Valentina, que cerró
con doble llave.
‑¡Hijo mío! ‑exclamó Villefort‑, ¡se lleva el cadáver de mi
hijo! ¡Oh!, ¡maldición!, ¡desgracia!, ¡muerte para mí!
Y quiso lanzarse en pos de Montecristo, pero como por un sueño,
sintió clavarse sus pies, dilatarse sus ojos hasta salir de las órbitas,
encorvarse sus dedos contra la carne del pecho, y hundirse en él gradualmente,
hasta que la sangre enrojeció sus uñas. Sintió las venas de las sienes llenarse
de espíritus ardientes que pasando hasta la estrecha bóveda del cráneo
inundaron su cerebro de un diluvio de fuego.
Tal situación duró algunos minutos, hasta que se completó un
trastorno espantoso en su razón.
Entonces profirió un grito seguido de una prolongada carcajada,
y se precipitó por las escaleras.
Un cuarto de hora después se abrió la habitación de Valentina y
volvió a presentarse el conde de Montecristo.
Pálido, los ojos apagados, el pecho oprimido, todos los rasgos
de esta figura extraordinariamente reposada y noble, estaban trastornados por
el dolor. Tenía en sus brazos el niño, al cual ningún socorro había bastado para
devolverle la vida. Puso una rodilla en tierra y le depositó religiosamente
cerca de su madre, con la cabeza colocada sobre su pecho. Luego, levantándose,
salió, y se halló con un criado en la escalera.
‑¿Dónde está el señor de Villefort? ‑inquirió.
El criado, sin responder, extendió la mano hacia el jardín.
Montecristo bajó la escalera, se dirigió al sitio designado y
vio en medio de sus criados que formaban corro en su derredor, a Villefort, con
una azada en la mano, cavando la tierra con una especie de furor.
‑¡No está aquí! ‑decía‑, ¡no está aquí!
Y volvía a cavar en otra parte.
Montecristo se acercó a él, y muy bajo, y con un tono casi
humilde le dijo:
‑Habéis perdido un hijo, pero...
Villefort le interrumpió: ni le había escuchado, ni comprendido.
‑¡Oh!, le encontraré ‑dijo‑, ¿estáis seguros de que no está
aquí? Le encontraré, aunque hubiera de buscarle hasta el día del juicio.
Montecristo se retiró horrorizado.
‑¡Oh! ‑dijo‑, está loco.
Y como si hubiera creído que las paredes de la casa maldita se
desplomaran sobré él, se lanzó a la calle, dudando por primera vez del derecho
que pudiera tener para hacer lo que había hecho.
‑¡Oh!, basta, basta con esto ‑dijo‑, salvemos lo que queda.
Y entrando en su casa, Montecristo encontró a Morrel, que andaba
por la fonda de los Campos Elíseos silencioso como una sombra que espera el
momento señalado por Dios para entrar en la tumba.
‑Preparaos, Maximiliano ‑le dijo sonriendo‑, mañana saldremos
de París.
‑¿No tenéis nada que hacer? ‑preguntó Morrel.
‑No ‑respondió Montecristo‑, y Dios quiera que no haya hecho
demasiado.
Al día siguiente, en efecto, partieron,
acompañados de Bautista por toda comitiva. Haydée había llevado a Alí, y
Bertuccio quedó con Noirtier.
Capítulo dieciséis
La partida
Los sucesos que acababan de ocurrir preocupaban a todo París.
Manuel y su esposa hablaban de ellos con una sorpresa bien natural en el salón
de la calle de Meslay. Enlazaban entre sí las tres catástrofes, tan repentinas
como inesperadas, de Morcef, de Danglars y de Villefort.
Maximiliano, que había venido a visitarles, les escuchaba, o más
bien asistía a su conversación, sumido en su acostumbrada insensibilidad.
‑En verdad ‑decía Julia‑ que podría creerse, Manuel, que todas
esas gentes tan ricas, tan dichosas ayer, habían olvidado en el cálculo sobre
el que establecieron su fortuna, su ventura y su consideración, la parte del
genio malo, y que éste, como las hadas malditas de los cuentos de Perrault, a
quienes se deja de convidar a alguna boda o algún bautizo, se ha aparecido de
repente para vengarse de un fatal olvido.
‑¡Cuántos desastres! ‑decía Manuel, pensando en Morcef y en
Danglars.
‑¡Cuántos sufrimientos! ‑decía Julia, recordando a Valentina, a
quien por un instinto de su sexo, no quería mentar delante de su hermano.
‑Si es Dios quien les ha castigado ‑decía Manuel‑, es porque
Dios, bondad suprema, no ha hallado nada en el pasado de estas gentes que
merezca la atenuación de la pena, es porque esas gentes estaban malditas.
‑¿No eres muy temerario en tus juicios, Manuel? ‑dijo Julia‑.
Cuando mi padre, con la pistola en la mano, estaba dispuesto a saltar‑
se la tapa de los sesos, si alguien hubiese dicho como tú ahora:
“Este hombre ha merecido su pena” , ¿no se habría equivocado?
‑Sí; pero Dios no ha permitido que nuestro padre sucumbiera,
como no permitió que Abraham sacrificase a su hijo. Al Patriarca, como a
nosotros, envió un ángel que cortase en la mitad del camino las alas de la
muerte.
No bien acababa de pronunciar estas palabras cuando se oyó el
sonido de la campana. Era la señal dada por el conserje de que llegaba una
visita. Casi al mismo tiempo se abrió la puerta del salón, y el conde de
Montecristo apareció en el umbral. Dos gritos de alegría salieron al mismo
tiempo de los dos jóvenes. Maximiliano levantó la cabeza y la dejó caer abatida
sobre el pecho.
‑Maximiliano ‑dijo el conde, sin parecer notar las diferentes impresiones
que su presencia causaba en los huéspedes‑, vengo a buscaros.
‑¿A buscarme? ‑dijo Morrel, como saliendo de un sueño.
‑Sí ‑dijo Montecristo‑; ¿no habíamos convenido en que os
llevaría, y no os previne ayer que estuvieseis preparado?
‑Heme aquí ‑dijo Maximiliano‑, había venido a decirles adiós
‑Y ¿dónde vais, señor conde? ‑dijo Julia.
‑A Marsella, primero, señora.
‑¿A Marsella? ‑repitieron a la vez ambos jóvenes.
‑Sí, y me llevo a vuestro hermano.
‑¡Ay!, señor conde ‑dijo Julia‑, devolvédnoslo ya restablecido.
Morrel se volvió para ocultar una viva turbación.
‑¿Estabais advertida de que se hallaba malo? ‑dijo el conde.
‑Sí ‑respondió la joven‑, y temo se enoje con nosotros.
‑Le distraeré ‑siguió el conde.
‑Estoy dispuesto ‑dijo Maximiliano‑‑. ¡Adiós, mis buenos amigos;
adiós, Manuel, adiós, Julia!
‑¿Cómo, adiós? ‑exclamó Julia‑, ¿partís así, de repente, sin
preparativos, sin pasaporte?
‑Esas son las dilaciones que aumentan el pesar de las separaciones
‑dijo el conde‑, y Maximiliano estoy seguro de que ha debido prevenirse de
todo, ya se lo había encargado.
‑Tengo mi pasaporte y están hechas las maletas ‑dijo Morrel con
su monótona calma.
‑Muy bien ‑dijo Montecristo sonriéndose‑; con esto ha de
conocerse la exactitud de un buen soldado.
‑¿Y nos dejáis ahora? ‑dijo Julia‑, ¿al instante?, ¿sin darnos
un día?, ¿una hora siquiera?
‑Mi carruaje está a la puerta, señora. Es necesario que me halle
en Roma dentro de cinco días.
‑¡Pero Maximiliano no va a Roma! ‑dijo Manuel.
‑Voy donde quiera el conde llevarme ‑dijo Morrel con triste sonrisa‑,
le pertenezco todavía un mes.
‑¡Oh, Dios mío!, ¿qué significa eso, señor conde?
‑Maximiliano me acompaña ‑dijo el conde con su persuasiva
afabilidad‑, tranquilizaos sobre vuestro hermano.
‑¡Adiós, hermana! ‑dijo Morrel‑, ¡adiós, Manuel!
‑Siento una angustia... ‑dijo Julia‑; ¡oh, Maximiliano, Maximiliano!,
¡tú nos ocultas algo!
‑¿Vamos? ‑dijo Montecristo‑; le veréis volver alegre, risueño,
gozoso.
Maximiliano lanzó a Montecristo una mirada casi desdeñosa, casi
irritada.
‑¡Partamos! ‑dijo el conde.
‑Antes de que partáis, señor conde ‑dijo Julia‑, permitidnos
deciros todo lo que el otro día...
‑Señora ‑replicó el conde, tomándole ambas manos‑, todo lo que
me diríais no equivaldría nunca a lo que leo en vuestros ojos, lo que vuestro
corazón ha pensado, lo que el mío ha comprendido. Como los bienhechores de
novela, debería haber partido sin volver a veros, pero esta virtud superaba
todas mis fuerzas, porque soy hombre débil y vanidoso, porque la mirada húmeda,
alegre y tierna de mis semejantes me produce un bien. Ahora parto, y llevo mi
egoísmo hasta deciros: No me olvidéis, amigos míos, porque no me volveréis a
ver.
‑¿No volveros a ver? ‑exclamó Manuel, mientras rodaban dos
gruesas lágrimas por las mejillas de Julia‑. ¡No volver a veros! ¡Pero no es un
hombre, es un dios quien nos deja, y este dios va a subir al cielo después de
haberse presentado en la tierra para hacer el bien!
‑No digáis eso ‑repuso con vehemencia Montecristo‑, no digáis
eso, amigos míos. Los dioses no hacen jamás el mal. Los dioses se detienen
donde quieren detenerse, la casualidad no es más fuerte que ellos, y ellos son
por el contrario los que sujetan la suerte. No, yo soy un hombre, Manuel, y
vuestra admiración es tan injusta como vuestras palabras son sacrílegas.
Apretando contra sus labios la mano de Julia, que se precipitó
en sus brazos, tendió la otra mano a Manuel. Después, arrancándose de esta
casa, dulce nido cuyo huésped era la felicidad, llevó tras sí, con una señal, a
Maximiliano, pasivo, insensible y consternado, como lo estaba desde la muerte
de Valentina.
‑¡Devolved la alegría a mi hermano! ‑dijo Julia al oído de
Montecristo .
Montecristo le estrechó la mano como lo había hecho once años antes
en la escalera que conducía al despacho de Morrel.
‑¿Confiáis siempre en Simbad el Marino? ‑preguntó sonriéndose.
‑¡Sí!, ¡sí!
‑Pues bien, descansad en la paz y confianza del Señor.
Como hemos dicho, esperaba la silla de posta. Cuatro caballos
vigorosos erizaban las crines y golpeaban con impaciencia el pavimento.
Alí estaba esperando abajo con el rostro reluciente de sudor.
Parecía llegar de una larga carrera.
‑¡Y bien! ‑le preguntó el conde en árabe‑, ¿estuviste en casa
del anciano?
Alí hizo señal afirmativa.
‑¿Y desplegaste la carta a sus ojos tal como lo dije?
‑Sí ‑dijo respetuosamente el esclavo.
‑¿Y qué ha dicho, o por mejor decir, qué ha hecho?
Alí se puso a la luz de modo que su señor pudiera verle, a
imitando con su delicada inteligencia la fisonomía del anciano, cerró los ojos
como hacía Noirtier cuando quería decir: ¡sí!
‑¡Bien!, es que acepta‑‑dijo Montecristo‑, ¡partamos!
Apenas había pronunciado esta palabra, cuando ya el carruaje
corría y los caballos hacían estremecer el empedrado despidiendo multitud de
chispas.
Maximiliano se acomodó en su rincón sin decir una palabra.
Transcurrió media hora. Detúvose el carruaje repentinamente. El
conde acababa de tirar del cordón de seda que estaba sujeto a un dedo de Alí.
El nubio bajó y abrió la portezuela.
La noche estaba hermoseada por millares de estrellas. Estaban en
lo alto del monte de Villejuif, sobre el plano donde París, como una mar
sombría, agita los millares de luces que parecen olas fosforescentes, olas en
efecto, olas más bulliciosas, más apasionadas, más movibles, más furiosas, más
áridas que las del Océano irritado, olas que no conocen la calma como las del
vasto mar, olas que chocan siempre, que espumean siempre, que sepultan
siempre...
El conde quedó solo y a una señal de su amo, el carruaje avanzó
un trecho.
Entonces estuvo un rato con los brazos cruzados, contemplando la
fragua en donde se funden, retuercen y modelan todas las ideas que se lanzan
como desde un centro hirviente para correr a agitar el mundo. Después de posar
su mirada sobre aquella Babilonia de poetas religiosos y de fríos
materialistas:
‑¡Gran ciudad! ‑exclamó inclinando la cabeza y juntando las
manos como para orar‑, no hace seis meses que crucé tus umbrales. Creo que el
espíritu de Dios me había traído, y que me vuelve triunfante. El secreto de mi
presencia en tus muros se lo he confiado al Dios que solamente puede leer en mi
corazón. El solo conoce que me alejo de aquí sin odio ni orgullo, pero no sin
recuerdos. Sólo El sabe que no he hecho use ni por mí ni por vanas causas del
poder que me había confiado. ¡Oh, gran ciudad!, ¡en lo seno palpitante he
hallado lo que buscaba; minero incansable, he removido tus entrañas para
extraer de ellas el mal; al presente mi obra está cumplida, mi misión
terminada; al presente no puedes ofrecerme alegrías ni dolores! ¡Adiós, París,
adiós!
Sus ojos se extendieron aún por la vasta llanura como la mirada
de un genio nocturno. Después, pasando la mano por la frente, subió al
carruaje, que se cerró tras él, y que desapareció bien pronto por el otro lado
de la pendiente entre un torbellino de polvo y ruido.
Anduvieron diez leguas sin pronunciar una sola palabra. Morrel
dormía, Montecristo le miraba dormir.
‑Morrel ‑le dijo el conde‑, ¿os arrepentís de haberme seguido?
‑No, señor conde, pero dejar París... En París es donde
Valentina reposa, y perder París es perderla por segunda vez.
‑Los amigos que perdemos no reposan en la tierra, Maximiliano
‑dijo el conde‑, están sepultados en nuestro corazón, y es Dios
quien lo ha querido así para que siempre nos acompañen. Yo tengo dos amigos que
me acompañan siempre también. El uno es el que me ha dado la vida, el otro es
el que me ha dado la inteligencia. El espíritu de los dos vive en mí. Les
consulto en mis dudas, y si hago algún bien, a sus consejos lo debo. Consultad
la voz de vuestro corazón, Morrel, a inquirid de ella si debéis continuar
poniendo tan mal semblante.
‑La voz de mi corazón es bien triste, amigo mío ‑dijo Maximiliano‑,
y no me anuncia más que desgracias.
‑Es propio de los espíritus débiles el ver todas las cosas a
través de un velo. El alma se forma a sí misma sus horizontes. Vuestra alma es
sombría, y os presenta un cielo borrascoso.
‑Quizás esto sea cierto ‑dijo Maximiliano.
Y cayó de nuevo en su estupor.
El viaje se hizo con aquella maravillosa rapidez, que era una de
las propensiones del conde. Las ciudades se presentaban como sombras en su
camino. Los árboles, sacudidos por los primeros vientos de otoño, parecían ir
delante de ellos como gigantes desgreñados, y huían rápidamente cuando eran
alcanzados. A la mañana siguiente llegaron a Chalons, donde les esperaba el
vapor del conde. Sin perder un instante, el carruaje fue transportado a bordo.
Los dos viajeros quedaron embarcados.
El buque estaba cortado de tal modo que parecía una piragua India.
Sus dos ruedas parecían dos alas, con las cuales cortaba el agua como un ave
viajera. Morrel mismo sentía una especie de desvanecimiento con la celeridad,
y a veces el viento, que hacía flotar sus cabe‑
llos, parecía disipar por un momento las nubes de su frente.
En cuanto al conde, a medida que se alejaba de París, parecía rodearse
como de una aureola con una serenidad casi sobrehumana. Hubiérasele tenido por
un desterrado que regresaba a su patria.
Bien pronto Marsella, blanca, erguida, airosa. Marsella, la
hermana menor de Tiro y de Cartago, y que las sucedió en el imperio del Mediterráneo.
Marsella, más joven cuanto más envejece, presentóse ante sus ojos. Eran para
ambos aspectos fecundos en recuerdos, la torre redonda, el fuerte de San
Nicolás, la fonda de la ciudad de Puget, el puerto del muelle de ladrillo en
donde los dos habían jugado en la niñez.
Así, de común acuerdo, se detuvieron ambos sobre la Cannebière.
Un navío partía para Argel. Los fardos, los pasajeros agolpados
sobre el puente, la multitud de parientes, de amigos que se
decían adiós, que gritaban y lloraban, espectáculo siempre conmovedor, aun para
los que asisten diariamente a él. Este movimiento no pudo distraer a
Maximiliano de una idea que se había apoderado de él, desde el instante en que
puso el pie sobre el muelle.
‑Mirad ‑dijo, tomando por el brazo a Montecristo‑, he aquí el
punto donde se detuvo mi padre cuando el Faraón entró en el puerto. Aquí el
bravo, a quien salvasteis de la muerte y del deshonor, se arrojó a mis brazos;
siento aún la impresión de sus lágrimas sobre mi rostro, y no lloraba solo,
mucha gente lloraba al vernos.
Montecristo se sonrió.
‑Allí estaba yo ‑dijo, mostrando a Morrel el ángulo de una
calle.
Al decir esto, y en la dirección que indicaba el conde, se oyó
un gemido doloroso, y se vio a una mujer que hacía una señal a un pasajero del
navío que partía. Esta mujer estaba cubierta con un velo. Montecristo la siguió
con los ojos con tal emoción que Morrel habría visto fácilmente si no hubiese
tenido los ojos fijos sobre el navío, en dirección opuesta a aquella en que
miraba el conde.
‑¡Oh!, ¡Dios mío! ‑exclamó Morrel‑; no me engaño, ese joven que
saluda con el sombrero, ese joven de uniforme, con una charretera de
subteniente, ¡es Alberto de Morcef!
‑Sí ‑dijo Montecristo‑; lo había conocido.
‑¿Cómo?, ¡si miráis al lado opuesto!
El conde se sonrió, como hacía cuando no quería responder. Y sus
ojos se dirigieron a la mujer embozada, que desapareció a la vuelta de la
calle. Entonces se volvió.
‑Caro amigo ‑dijo Montecristo‑, ¿no tenéis nada que hacer en
este lugar?
‑Tengo que llorar sobre la tumba.
‑Está bien. Id y esperadme allá abajo, me reuniré con vos.
‑¿Me dejáis?
‑Sí..., tengo también una piadosa visita que hacer.
Morrel dejó caer la mano sobre la que le tendía el conde.
Después, con un movimiento de cabeza, cuya melancolía sería imposible describir,
le dejó y se dirigió al Este de la ciudad.
El conde dejó alejarse a Maximiliano, permaneciendo en el mismo
sitio hasta que desapareció. Dirigióse luego hacia las alamedas de Meillán, a
fin de hallar la casita que al principio de esta historia ha debido hacerse
familiar a nuestros lectores.
Levántase aún a la sombra de la gran alameda de tilos, que sirve
de paseo a los marselleses ociosos, tapizada de extensos vástagos de parra que
crecen sobre la piedra amarilla por el ardiente sol del mediodía, con sus
brazos ennegrecidos y descarnados por la edad. Dos filas de piedras gastadas
por el rote de los pies conducían a la puerta de entrada, puerta formada de
tres planchas, que nunca, a pesar de su separación anual, habían reconocido
pintura alguna, y esperaban pacientemente que la humedad las reuniese.
Esta casa, encantadora a pesar de su vejez, risueña, a pesar de
su mísera apariencia, era la misma que habitaba en otro tiempo el padre de
Dantés. El anciano habitaba sólo el piso superior, y el conde había puesto toda
la casa a disposición de Mercedes.
Allí entró la mujer de largo velo que Montecristo había visto
alejarse del navío que zarpaba, cerrando la puerta en el momento mismo en que
él doblaba la esquina, de suerte que la vio desaparecer en el momento de
encontrarla. Para él todos los pasos eran desde antiguo conocidos. Sabía mejor
que nadie abrir aquella puerta, cuyo pestillo interior se levantaba con un
clavo largo. Así entró, sin llamar, sin el menor aviso, como un amigo, como un
huésped. Al fin de un sendero enladrillado veíase, rico de luz y de rnlores, un
pequeño jardín, el mismo donde, en el plazo designado, Mercedes había hallado
la suma, cuyo depósito el conde con su delicadeza había hecho subir a
veinticuatro años. Desde el umbral de la puerta de la calle se distinguían los
primeros árboles del jardín.
Al entrar el conde de Montecristo percibió un suspiro parecido a
una queja. Este suspiro atrajo su mirada, y sobre una tuna de jazmín de
Virginia de follaje espeso y de largas flores purpúreas, vino a Mercedes
inclinada y llorando.
Había levantado su velo, y la faz del cielo, el rostro oculto
entre las manos, dando curso a sus suspiros y sollozos, por tanto tiempo
contenidos en presencia de su hijo. El conde avanzó unos pasos, y pudieron
oírse sus pisadas. Mercedes levantó la cabeza y lanzó un grito de esparto al
ver a un hombre ante sí.
‑Señora ‑dijo Montecristo‑, no está en mí poder traeros la
ventura, pero os ofrezco un consuelo. ¿Os dignaréis aceptarlo como de un amigo?
‑Soy, en efecto, muy desventurada ‑respondió Mercedes‑, sofá en
el mundo..., no tenía más que un hijo y me ha dejado.
‑Ha hecho bien, señora ‑replicó el conde‑, y tiene un noble
corazón. Ha comprendido que todo hombre debe un tributo a la patria. Unos su
talento, otros su industria, éstos sus vigilias, aquellos su sangre.
Permaneciendo a vuestro lado, habría consumido una vida inútil. No habría
podido acostumbrarse a vuestros dolores. Se hubiera hecho ocioso por
indolencia. Se hará grande y fuerte luchando contra su adversidad, que cambiará
en fortuna. Dejadle reconstituir vuestro porvenir para los dos, señora. Me
atrevo a asegurar que está en manos seguras.
‑¡Oh! ‑dijo la mujer, moviendo tristemente la cabeza‑, esta
fortuna de que me habláis, y que ruego a Dios le conceda desde el fondo de mi
alma, no la gozaré yo. Han fracasado tantas cosas en mí y a mi alrededor, que
me siento cerca de la tumba. Habéis hecho bien, señor conde, en traerme al
punto donde era dichosa; donde una ha sido dichosa debe morir.
‑¡Ay! ‑dijo el conde‑, todas vuestras palabras, señora, caen
amargas y abrasadoras sobre mi corazón, tanto más amargas y abrasadoras cuanto
que vos tenéis razón para odiarme. He causado todos vuestros males, no me
lloréis en vez de acusarme. Me haríais aún más desdichado.
‑¿Odiaros, acusaros a vos, Edmundo? ¿Odiar, acusar al hombre que
salvó la vida de mi hijo, porque era vuestra intención fatal y sangrienta, no
es verdad? ¿Matar al señor de Morcef, el hijo de que estaba tan orgullosa?
¡Oh!, miradme, y veréis si hay en mí la apariencia de una reconvención.
El conde levantó la mirada y la posó en Mercedes, que medio en
pie, extendía sus dos manos hacia él.
‑¡Oh!, miradme ‑continuó, con un sentimiento de profunda
melancolía‑, puede resistirse hoy el brillo de mis ojos; no es éste el tiempo
en que yo venía a sonreír a Edmundo Dantés, que me esperaba allá arriba, en la
ventana del tejado, bajo la cual habitaba su anciano padre... Desde entonces,
cuántos días dolorosos han pasado abriendo un abismo de pesares entre él y yo.
¡Acusaros, Edmundo, odiaros, amigo mío, no! A mí es a quien acuso y odio. ¡Oh!,
¡miserable de mí! ‑exclamó juntando las manos y levantando los ojos al cielo‑.
He sido castigada... Tenía religión, inocencia, amor, estas tres venturas de
los ángeles, y, miserable de mí, dudo de Dios.
Montecristo dio un paso hacia ella, y le tendió la mano en silencio.
‑No ‑‑dijo ella, retirando suavemente la suya‑, no, amigo mío,
no me toquéis. Me habéis perdonado, y sin embargo, de todos aquellos a quienes
habéis herido, yo era la más culpable. Todos los demás han obrado por odio, por
codicia, por egoísmo; yo, por maldad. Ellos deseaban, yo he tenido miedo. No,
no estrechéis mi mano, Edmundo; meditáis alguna palabra afectuosa, lo siento,
no la digáis, guardadla para otra, ¡yo no soy digna, yo.. . ! Mirad ‑descubrió
de repente su rostro‑, ved, la desgracia ha puesto mis cabellos grises. Mis
ojos han vertido tantas lágrimas que están rodeados de venas violáceas, mi
frente se arruga. Vos, por el contrario, Edmundo, vos sois siempre joven,
siempre hermoso, siempre altivo. Es que habéis tenido fe, es que habéis tenido
fuerza, es que habéis descansado en Dios, y Dios os ha sostenido. Yo he sido
malvada; he renegado, Dios me ha abandonado y aquí veis el resultado.
Mercedes rompió en lágrimas. El corazón de la mujer se despedazaba
al choque de los recuerdos. Montecristo asió su mano, y la besó
respetuosamente, pero Mercedes notó que este beso carecía de ardor, como el
que el conde pudiera haber estampado en la mano de mármol de la estatua de una
santa.
‑Hay ‑continuó‑ existencias
predestinadas, cuya primera falta destroza todo su porvenir. Os creía muerto,
¡y debería haber muerto yo también!, porque ¿para qué ha servido que yo llevase
eternamente vuestro duelo en mi corazón?, para convertir a una mujer de treinta
y nueve años en una mujer de cincuenta. He aquí todo. ¿De. qué sirve que sola
entre todos, habiéndoos reconocido, haya salvado únicamente a mi hijo? ¿No
debía también salvar al hombre, por culpable que fuese, a quien había aceptado
por esposo? No obstante, le he dejado morir, ¿qué digo? ¡Dios mío! ¡He
contribuido a su muerte con mi torpe insensibilidad, con mi desprecio, no
recordando, no queriendo recordar que por mí se hizo traidor y perjuro! ¿De qué
sirve en fin que haya acompañado a mi hijo hasta aquí, cuando aquí le abandono,
cuando aquí le dejo partir solo, cuando le entrego a la devoradora tierra de
África? ¡Oh!, he sido malvada, ¡os lo aseguro!, he renegado de mi amor, y como
los renegados, comunico la desgracia a cuanto me rodea.
‑No, Mercedes ‑dijo Montecristo‑, no; tened mejor opinión de vos
misma. No, vos sois una noble y santa mujer, y me habíais desarmado con vuestro
dolor; pero tras de mí, invisible, desconocido, irritado, estaba Dios, de quien
yo no era más que mandatario, y que no ha querido contener el rayo que yo mismo
había arrojado. ¡Oh!, juro ante el Dios a cuyos pies hace diez años me
prosterno diariamente, juro a Dios que os había hecho el sacrificio de mi
vida, y con mi vida, de los proyectos a ella encadenados. Pero lo digo con
orgullo, Mercedes, Dios tenía necesidad de mí, y he vivido. Examinad el pasado
y el presente, tratad de adivinar el porvenir, y ved que soy el instrumento.
del Señor. Las más terribles desventuras, los más crueles sufrimientos, el
abandono de todos los que me amaban, la persecución de los que no me conocen,
he aquí la primera parte de mi vida. Luego, inmediatamente después, el
cautiverio, la soledad, la miseria. Después el aire, la libertad, una fortuna
tan brillante, tan fastuosa, tan desmesurada, que a no ser ciego he debido
pensar que Dios me la enviaba en sus grandes designios. Tal fortuna me pareció
un sacerdocio, y no hubo un pensamiento en mí para esta vida, de que vos, pobre
mujer, vos habéis acaso saboreado la dulzura; ni una hora de calma, ni una
sola, me sentía lanzado como la nube de fuego, pasando desde el cielo a abrasar
las ciudades malditas. Como los aventureros capitanes que se embarcan para un
viaje peligroso, para una osada expedición, preparé víveres, cargué las armas,
reuní los medios de ataque y defensa, habituando mi cuerpo a los ejercicios más
violentos, mi alma a las cosas más rudas, ejercitando mi brazo en dar muerte,
mis ojos en ver sufrir, mis labios a la sonrisa ante los aspectos más
terribles. De bueno, confiado y olvidadizo que era, me hice vengativo,
disimulado, perverso, o más bien impasible como la sorda y ciega fatalidad.
Entonces me arrojé por el sendero que me estaba abierto, franqueé el espacio,
llegué al término. ¡Horror para los que he hallado en mi camino!
‑¡Basta! ‑dijo Mercedes‑, ¡basta, Edmundo! Creed que la única
que ha podido reconoceros, sólo ella ha podido también comprenderos. ¡Oh,
Edmundo!, ¡la que ha sabido reconoceros, la que ha podido comprenderos, ésta,
aunque la hubieseis encontrado en vuestro camino y la hubieseis estrellado
como un vaso, ésta ha debido admiraros, Edmundo! Como hay un abismo entre mí y
el pasado, hay un abismo entre vos y los demás hombres; y mi más dolorosa
tortura, os lo digo, es la de comparar, porque no hay nada en el mundo que
equivalga a vos, que a vos se asemeje. Ahora decidme adiós, y separémonos,
Edmundo.
‑Antes de que os deje, ¿qué es lo que deseáis, Mercedes? ‑inquirió
Montecristo.
‑No deseo más que una cosa, Edmundo: que mi hijo sea dichoso.
‑Rogad al Señor, que tiene la existencia de los hombres entre
sus manos, que aleje de él la muerte, yo me encargo dé lo demás.
‑Gracias, Edmundo.
‑¿Pero vos, Mercedes?
‑¡Yo! No tengo necesidad de nada, vivo entre dos tumbas: una de
Edmundo Dantés, muerto hace bastante tiempo; ¡le amaba! Esta palabra no sienta
bien a mi labio helado, pero mi corazón recuerda constantemente, y por nada del
mundo querría borrar de él este recuerdo. La otra es la de un hombre muerto por
Edmundo Dantés. Aplaudo al matador, pero debo rogar por el muerto.
‑Vuestro hijo será dichoso, señora‑repitió el conde.
‑Entonces seré tan dichosa como puedo llegar a ser ‑aseguró
Mercedes.
‑Pero..., en fin..., ¿qué haréis?
Mercedes sonrió tristemente.
‑Deciros que viviré en este país como la Mercedes de otro tiempo,
es decir, trabajando, no lo creeréis. No sé más que orar, pero no necesito
trabajar. El pequeño tesoro por vos escondido ha sido hallado en el lugar que
designasteis. Se indagará quién soy, se preguntará qué hago, se indagará cómo
vivo. ¿Qué importa?? Es un asunto guardado entre Dios, vos y yo.
‑Mercedes ‑dijo el conde‑, no os hago una reconvención, pero
habéis exagerado el sacrificio abandonando la fortuna acumulada por el señor
Morcef, y cuya mitad correspondía de derecho a vuestra economía y desvelos.
‑Comprendo lo que vais a proponerme, pero no puedo aceptar,
Edmundo; mi hijo me lo prohibiría.
‑Así me guardaré bien de hacer nada por vos que no merezca la
aprobación del señor Alberto de Morcef. Sabré sus intenciones y me someteré a
ellas. Pero si acepta lo que deseo hacer, ¿le imitaréis sin repugnancia?
‑Ya sabéis, Edmundo, que no soy una criatura pensadora. Resoluci6n
no la hay en mí más que para no determinarme nunca. Dios me ha atormentado
tanto en sus borrascas, que he perdido la voluntad. Me hallo entre sus manos
como una avecilla en las garras del águila. No quiere que muera, puesto que
vivo. Si me envía auxilio, es porque querrá, y yo lo recibiré.
‑¡Pensad, señora ‑dijo Montecristo‑, que no es así como se adora
a Dios! Dios quiere que se le comprenda y que se le discuta su poder. Por esto
nos ha dado el libre albedrío.
‑¡Desventurado! ‑exclamó Mercedes‑, no me habléis así. Si yo
creyese que Dios me ha dado el libre albedrío, ¿qué me quedaba para librarme de
la desesperación?
El conde palideció ligeramente, y bajó la cabeza, agobiado por
la vehemencia de este dolor.
‑¿No queréis decirme hasta la vuelta? ‑exclamó, tendiéndole la
mano.
‑Sí, Edmundo, os digo hasta la vuelta ‑replicó Mercedes señalando
hacia el cielo con ademán solemne‑; esto es probaros que espero todavía.
Y después de tocar la mano del conde con la suya temblorosa,
Mercedes descendió apresuradamente la escalera, y desapareció a los ojos de
Edmundo.
Montecristo salió entonces lentamente de la casa y tomó el camino
del puerto. Pero Mercedes no le vio alejarse, aunque se hallaba ante la ventana
de la habitación del padre de Dantés. Sus ojos buscaban a lo lejos el buque que
llevaba a su hijo por los vastos mares. Verdad es, sin embargo, que su voz, a
pesar suyo, murmuró muy quedo:
‑¡Edmundo! ¡Edmundo! ¡Edmundo!
Capítulo diecisiete
Lo pasado
Edmundo salió con el alma acongojada de aquella casa, en la que
dejaba a Mercedes para no volverla a ver jamás, según todas las probabilidades.
Desde la muerte del pequeño Eduardo, habíase operado una gran
transformación en el conde de Montecristo. Llegado a la cima de su venganza por
la pendiente lenta y tortuosa que había seguido, se encontraba al otro lado de
la montaña con el abismo de la duda.
Había más. La conversación que acababa de tener con Mercedes
había despertado tantos recuerdos en su corazón, que en sí mismos necesitaban
ser combatidos.
Un hombre del temple del conde de Montecristo no podía estar
mucho tiempo sumergido en la melancolía que suele reinar en las almas vulgares,
dándoles una originalidad aparente, pero que aniquila las almas superiores. El
conde se decía que para que llegase a vituperarse él mismo era bastante el que
se introdujese un error en sus cálculos.
‑Miro mal lo pasado ‑dijo‑, y no puedo haberme engañado así.
¡Cómo! ‑continuó‑, ¡el objeto que me había propuesto sería un objeto insensato!
¡Cómo!, ¡habría andado un camino equivocado por espacio de diez años! ¡Cómo!,
¡una hora bastaría para probar al arquitecto que la obra de todas sus
esperanzas era, si no imposible, al menos sacrílega!
» No quiero habituarme a esta idea, me volvería loco. Lo que
falta a mis razonamientos de hoy es la apreciación exacta de lo pasado, porque
veo este pasado del otro lado del horizonte. En efecto, a medida que se avanza,
lo pasado, parecido al paisaje a cuyo través se marcha, se borra a medida que
nos alejamos. Me ocurre lo que a los que se hieren durmiendo, ven y sienten la
herida, y no recuerdan haberla recibido.
»¡Ea, pues, hombre degenerado! ¡Ea, rico extravagante! ¡Ea, vos
que dormís despierto! ¡Ea, visionario omnipotente! ¡Ea, millonario invencible!,
recuerda por un instante la funesta perspectiva de lo vida miserable y
hambrienta. Repasa los caminos por donde la fatalidad lo ha lanzado, o la
desgracia lo ha conducido, o la desesperación lo ha recibido. Bastantes
diamantes, oro y ventura brillan hoy en los cristales del espejo en donde
Montecristo mira a Dantés. Oculta esos diamantes, pisa ese oro, borra esos rayos.
Rico, vuelve a hallar al pobre; libre, vuelve a encontrar al preso; resucitado,
vuelve a reconocer al cadáver.»
Y diciéndose a sí mismo todas estas cosas, Montecristo seguía
por la calle de la Caissierie. Era la misma por donde hacía veinticuatro años
había sido llevado por una guardia silenciosa y nocturna; sus casas, de un
aspecto risueño, estaban aquella noche sombrías, silenciosas y cerradas.
‑No obstante, son las mismas ‑murmuró Montecristo‑, sólo que
entonces era de noche; hoy es de día, el sol lo alumbra todo y llena de
alegría.
Descendió al muelle por la calle de Saint‑Laurent, y avanzó
hacia la Consigna, punto del puerto en donde había embarcado. Distinguió un
barco de paseo, y Montecristo llamó al patrón, quien se dirigió al punto hacia
él.
El tiempo estaba magnífico, el viaje fue una fiesta. El sol
descendía hacia el horizonte, rojo y resplandeciente, y se dibujaba entre las
olas. La mar, tersa como un espejo, se rizaba a veces con el movimiento de los
peces, que perseguidos por algún enemigo oculto, salían fuera del agua en busca
de otro elemento. En fin, por el horizonte veíanse pasar blancas y graciosas,
como mudas viajeras, las barcas de los pescadores que van a las Martigues, o
los buques mercantes cargados para Córcega o para España.
A pesar de tan hermoso cielo, de las barcas de graciosos contornos,
de los dorados rayos que inundaban el paisaje, el conde, envuelto en su capa,
recordaba uno por uno todos los pormenores del terrible viaje. La luz única y
aisl'ada que alumbraba a los Catalanes, la vista del castillo de If, que le
reveló dónde se le llevaba; la lucha con los gendarmes cuando quiso arrojarse
al mar, su desesperación cuando se sintió vencido, y la fría sensación de la
boca del cañón de la carabina, apoyada sobre su sien como un anillo de hierro.
Y poco a poco, como las fuentes secadas por el estío, cuando se amontonan las
nubes del otoño, que se humedecen paulatinamente y comienzan a caer gota a
gota, el conde de Montecristo sintió igualmente caer sobre su pecho la antigua
hiel extravasada que había otras veces inundado el corazón de Edmundo Dantés.
Para él no hubo desde entonces nada de bello cielo, de barcas
graciosas, de luz ardiente. El cielo se cubrió de un fúnebre crespón, y la
aparición de la negra y gigantesca mole del castillo de If le hizo
estremecerse, como si se le hubiese aparecido de repente el fantasma de un
enemigo mortal.
Llegaron. Instintivamente el conde retrocedió hasta la
extremidad de la barca. El patrón creyó deber decirle con la voz más cariñosa:
‑Hemos llegado, señor.
Montecristo recordó que en aquel mismo punto, sobre la misma
roca, había sido violentamente arrastrado por sus guardias, y que se le había
obligado a subir aquella pendiente con la punta de una bayoneta.
El camino le había parecido en otro tiempo muy largo a Dantés.
Montecristo le encontraba muy corto. Cada golpe de remo le había hecho brotar,
con la húmeda espuma del mar, un millar de pensamientos y recuerdos. Desde la
revolución de julio no había prisioneros en el castillo de If. Un puesto
destinado a impedir el contrabando ocupaba sólo sus cuerpos de guardia. A la
puerta del castillo se hallaba un conserje aguardando a los curiosos para mostrarles
aquel monumento de terror, convertido en un monumento de curiosidad. Y no
obstante, aunque enterado de todos esos pormenores, cuando entró bajo su
bóveda, cuando bajó la negra escalera, cuando fue conducido a los calabozos que
deseaba ver, una palidez mortal cubrió su frente, y un sudor helado refluyó
hasta su corazón.
El conde preguntó si quedaba algún antiguo carcelero del tiempo
de la Restauración. Todos habían sido despedidos, o pasado a ocupar otros
puestos.
El conserje que le guiaba estaba sólo desde 1830. Fue conducido
a su propio calabozo.
Vio la luz opaca del día entrar por el estrecho ventanuco. El
sitio donde estaba su lecho, sacado después, y detrás, aunque cerrada, visible
aún por su piedra más nueva, la abertura hecha por el abate Faria.
Montecristo sintió debilitarse sus piernas. Tomó un asiento de
madera y se sentó.
‑¿Se refieren algunas historias de este castillo, a más de la
prisión de Mirabeau? ‑preguntó el conde‑, ¿hay alguna tradición en esta
mansión lúgubre que haga creer que los hombres han encerrado en ella algún
viviente?
‑Sí, señor ‑dijo el conserje‑, y de este mismo calabozo me ha
transmitido una el carcelero Antonio.
El conde se estremeció. Ese carcelero Antonio era el suyo. Había
casi olvidado su nombre y su fisonomía. Pero al oírle nombrar, le recordó tal
cual era, con su poblada barba, su ropa parda y su manojo de llaves, de las que
le parecía oír aún el ruido.
Montecristo se volvió y creyó verle en la sombra del corredor,
muy oscuro a pesar de la luz de la antorcha que ardía en las manos del
conserje.
‑¿Queréis que os la cuente? ‑preguntó el conserje.
‑Sí ‑contestó el conde‑, empezad.
Y puso la mano sobre su corazón, para comprimir un violento latido
y conmovido al oír contar su propia historia.
‑Decid ‑repitió.
‑Este calabozo ‑repuso el conserje‑ estaba ocupado hace mucho
tiempo por un prisionero, hombre muy peligroso, a lo que parece, y tanto más
cuanto que era industrioso a inteligente. Otro ocupaba este castillo al mismo
tiempo que él. Este no era malvado, era un pobre sacerdote loco.
‑¡Ah!, sí, loco‑repitió el conde‑, ¿y cuál fue su locura?
‑Ofrecía millones a cambio de la libertad.
Montecristo levantó los ojos al cielo, pero no lo veía. Existía
una barrera impenetrable entre él y el firmamento. Pensó en que había mediado
otra no menos espesa entre los ojos de aquellos a quienes había ofrecido el
abate Faria sus tesoros, y entre estos mismos tesoros ofrecidos.
‑¿Podían verse unos a otros? ‑preguntó Montecristo.
‑¡Oh!, no, señor; estaba rigurosamente prohibido. Pero burlaron
esta prohibición abriendo una galería de un calabozo a otro.
‑¿Y quién de los dos abrió esa galería?
‑¡Oh!, fue ciertamente el joven ‑dijo el conserje‑, el joven era
diestro y fuerte, mientras el abate era viejo y débil, y su inteligencia era
además demasiado vacilante para seguir una idea.
‑¡Ciegos! ‑murmuró Montecristo.
‑El joven abrió, pues, la galería. ¿Con qué?, se ignora, pero la
abrió, y la prueba es que pueden observarse aún las señales. Mirad, ¿lo veis?
Y acercó la antorcha a la muralla.
‑¡Ah!, sí, ciertamente ‑dijo el conde con una voz fuertemente
conmovida.
‑Resulta que los presos se comunicaron. ¿Cuánto duró esta comunicación?
No se sabe. Un día, el preso viejo cayó enfermo y murió. Adivinad lo que hizo
el joven ‑dijo el conserje interrumpiéndose.
‑Decid.
‑Cogió el cadáver, y lo puso encima de su propio lecho, la nariz
hacia la muralla. Después volvió al calabozo vacío, abrió el agujero, y se
metió en el saco mortuorio. ¿Habéis visto nunca una idea semejante?
Montecristo cerró los ojos, y se sintió agitado por todas las impresiones
que había experimentado, cuando la tela grosera del frío cadáver le tocó y le
rozó con su semblante.
El carcelero prosiguió:
‑Ved, ved aquí su proyecto. Creía que se enterraban los cadáveres
en el castillo de If, y como dudaba mucho de que se hicieran gastos de funeral
para los presos, contó con levantar la tierra con sus espaldas, pero había por
desgracia una costumbre que frustró su intento. No se enterraba a los muertos,
se les ataba una piedra a los pies y se les arrojaba al mar, y esto es lo que
se hizo. Nuestro hombre fue lanzado al agua desde lo alto de la galería. Al día
siguiente se halló el verdadero cadáver en su lecho, y se descubrió todo,
porque los sepultureros dijeron entonces lo que antes no habían osado decir.
Que en el momento de lanzar el cuerpo oyeron un grito terrible, ahogado en el
instante mismo por el agua en la cual fue a desaparecer.
Montecristo respiraba fatigosamente. El sudor cubría su rostro.
La angustia oprimía su corazón.
‑¡No! ‑murmuró‑, ¡no!, la duda que he experimentado era un
principio de olvido, pero el corazón se abre de nuevo, y vuelve a estar
sediento de venganza.
‑¿Y el preso? ‑preguntó ansioso‑. ¿Se ha vuelto a oír hablar de
él?
‑Jamás. Se cree una de dos cosas, o que murió en el acto, o que
se ahogó en el mar.
‑Decís que se le ató una bala a los pies. Caería derecho.
‑Caería tal vez así ‑repuso el conserje‑, y el peso de la bala
le llevaría al fondo, en donde debió de quedar el pobre hombre.
‑¿Le lloráis?
‑Por vida mía que sí, aunque estuviese así en su elemento.
‑¿Qué queréis decir?
‑Que por aquel entonces se decía que aquel desgraciado había
sido en su tiempo oficial de marina detenido por bonapartista.
‑¡Cierto! ‑murmuró Montecristo‑. Dios lo ha hecho para sobrenadar
en las aguas y en las llamas.
Así el pobre marino vio en sus recuerdos algunos contornos de la
historia que se refería sin duda en el hogar doméstico, estremeciéndose tal
vez con la consideración de que había hendido el espacio para sepultarse en lo
profundo de los mares.
‑¿No se supo nunca su nombre? ‑preguntó el conde en voz alta.
‑¡Oh!, no ‑dijo el conserje‑. No era conocido más que por el
número treinta y cuatro.
‑¡Villefort! ¡Villefort! ‑murmuró Montecristo‑, he aquí lo que
hartas veces has debido decirte cuando mi espectro causaba tus insomnios.
‑¿Queréis continuar la visita? ‑preguntó el conserje.
‑Sí; sobre todo, si tenéis la bondad de mostrarme la morada del
pobre abate.
‑¡Ah! El número veintisiete.
‑Sí, veintisiete ‑repitió Montecristo.
Y le parecía oír aún la voz del abate Faria, cuando le pedía su
nombre, diciéndole aquel número a través de la muralla.
‑Venid.
‑Esperad ‑dijo Montecristo‑ que eche la mirada sobre todas las
fases de este calabozo.
‑Bueno ‑dijo el guía‑, ahora resulta que he olvidado la llave
del otro.
‑Idla a buscar.
‑Os dejo la antorcha.
‑No; lleváosla.
‑Pero os vais a quedar a oscuras.
‑Es que puedo ver en medio de la oscuridad.
‑¡Lo mismo que él!
‑¿Que quién?
‑E1 número treinta y cuatro. Se dice que estaba tan habituado a
la oscuridad, que hubiera distinguido una espina en lo más oscuro del calabozo.
‑Necesitó diez años para llegar a tal estado ‑murmuró el conde.
El guía se alejó, llevándose la antorcha.
El conde había dicho la verdad. Apenas estuvo algunos segundos
en la oscuridad, cuando ya lo distinguía todo como en medio del día. Entonces
miró a su alrededor y reconoció palpablemente su calabozo.
‑Sí ‑dijo‑‑, ¡he aquí la piedra donde me sentaba, he aquí
señaladas mis espaldas en el muro! ¡He aquí el rastro de la sangre que corrió
de mi frente el día que quise romperla contra la pared! ¡Oh!, estos
caracteres..., los recuerdo..., los escribí un día que calculaba la edad de mi
padre para ver si lo volvería a encontrar vivo, y la edad de Mercedes para ver
si la encontraría libre... Tuve un momento de esperanza después de efectuar el
cálculo... ¡No tenía en cuenta el hambre y la infidelidad!
Y una amarga sonrisa se escapó de la boca del conde. Acababa de
ver, como en un sueño, a su padre llevado a la tumba... ¡A Mercedes caminando
hacia el altar!
En la otra pared atrajo su mirada una inscripción. Veíase aún,
en el verdoso muro.
‑DIOS MIO ‑leyó Montecristo‑, ¡CONSERVADME LA MEMORIA!
»¡Oh!, sí ‑exclamó‑; he ahí la última plegaria de mis últimos
tiempos. No pedía la libertad, pedía la memoria, temiendo volverme loco y
olvidar. Dios mío, me habéis conservado la memoria, y todo lo recuerdo ahora,
¡gracias, gracias, Dios mío! »
En este momento la luz de la antorcha reflejó en el muro. Era el
guía que bajaba.
El conde le salió al encuentro.
‑Seguidme ‑dijo, y sin necesidad de la luz del día, le hizo
seguir un corredor subterráneo que conducía a otra entrada.
Aún allí fue asaltado Montecristo por un torbellino de pensamientos.
Lo primero que vio fue el meridiano trazado en la muralla, con
cuyo auxilio sabía las horas el abate Faria. Luego, los restos del lecho en que
murió el pobre preso.
Al verlo, en vez de la angustia que el conde había experimentado
en el calabozo, abrió su corazón a un sentimiento dulce y tierno, un
sentimiento de gratitud, y las lágrimas saltaron de sus ojos.
‑Aquí es ‑dijo el guía‑ donde estaba el abate loco, por allí
venía a encontrarle el joven ‑y señaló a Montecristo la abertura de la galería
aún no cerrada‑. Por el color de la piedra ‑prosiguió‑ ha reconocido un sabio
que deba de hacer diez años poco más o menos que los dos presos se comunicaban
en estos sitios. ¡Pobres gentes, cuánto debieron de aburrirse en diez años!
Dantés sacó algunos luises de su bolsillo y tendió la mano hacia
el hombre que por segunda vez le compadecía sin conocerle.
El conserje los recibió, creyendo eran algunas monedas de poco
valor, pero a la luz de la antorcha, diose cuenta de la suma que se le
entregaba.
‑Señor ‑le dijo‑, os habéis equivocado.
‑¿En qué?
‑Es oro
lo que me dais.
‑Ya lo sé.
‑¡Cómo! ¿Lo sabéis?
‑Sí.
‑¿Teníais la intención de darme este oro?
‑Sí.
‑¿Y puedo guardármelo sin recelo alguno?
El conserje contempló lleno de admiración a Montecristo.
‑¡Y honrosamente! ‑dijo el conde, como Hamlet.
‑Señor ‑repuso el conserje, no atreviéndose a creer en su suerte‑,
señor, no comprendo vuestra generosidad.
‑Es fácil de comprender sin embargo ‑dijo el conde‑. He sido
marino, y vuestra historia me ha conmovido extraordinariamente.
‑Entonces, señor ‑dijo el guía‑, puesto que sois tan generoso,
merecéis que os ofrezca yo alguna cosa.
‑¿Qué tenéis que ofrecerme, amigo mío? ¿Conchas, obras de paja?,
gracias.
‑No, señor, no. Alguna cosa que se refiere a la historia
presente. ‑¿De veras? ‑exclamó el conde‑, ¿y qué es ello?
‑Escuchad ‑dijo el conserje‑, he aquí lo que pasó. Dije para mí,
siempre se descubre algo en una morada ocupada diez años por un preso, y me
puse a registrarlo todo; observé que sonaba a hueco debajo del lecho y en el
hogar de la chimenea.
‑Sí ‑dijo el conde‑, sí.
‑Levanté las piedras, y hallé...
‑Una escala de cuerda, herramientas ‑exclamó el conde
Montecristo .
‑¿Cómo sabéis eso? ‑preguntó el conserje, sorprendido.
‑No lo sé, lo adivino ‑dijo el conde‑,son cosas que se hallan
ordinariamente en los escondrijos de los presos.
‑Sí, señor, sí ‑dijo el guía‑, una escala de cuerda y herramientas.
‑¿Y las tenéis aún? ‑exclamó Montecristo.
‑No, señor; vendí estos diferentes objetos, que eran muy curiosos
a los visitantes, pero me queda otra cosa.
‑¿Qué? ‑preguntó el conde con impaciencia.
‑Me queda una especie de libro escrito sobre tiras de tela.
‑¡Oh! ‑exclamó el conde‑, ¿conserváis ese libro?
‑No sé si es un libro ‑‑dijo el conserje‑, pero me queda lo que
os digo.
‑Ve a buscármelo, amigo mío, ve ‑dijo Montecristo‑, y si es lo
que presumo, estate tranquilo.
‑Voy, señor.
Y el guía salió.
Edmundo fue a arrodillarse piadosamente ante los restos del
lecho que la muerte había convertido para él en altar.
‑¡Oh!, mi segundo padre ‑dijo‑, tú que me diste libertad,
ciencia, riqueza; tú, que parecido a las criaturas de una especie superior a
la nuestra, tenías la ciencia del bien y del mal, si en el fondo de la tumba
queda de nosotros alguna cosa que se levante a la voz de los que moran sobre la
tierra, si en la transformación que sufre el cadáver alguna cosa animada flota
en los lugares en donde hemos amado o sufrido mucho, noble corazón, espíritu
supremo, alma profunda, con una palabra, con un signo, con una revelación
cualquiera, líbrame, lo ruego, en nombre del amor paternal que me dispensabas,
y del respeto filial que lo profesé, del resto de duda, que vendrá a ser un
remordimiento si no se cambia en mí en convicción.
Montecristo bajó la cabeza y juntó las manos.
‑Ved, señor ‑le dijo una voz a sus espaldas.
El conde tembló y se volvió.
El conserje le entregó las tiras de tela en donde el abate Faria
había depositado todos los tesoros de su ciencia. Este manuscrito era la gran
obra del abate Faria sobre el reino de Italia.
El conde se apoderó de él con presteza, y sus ojos, mirando el
epígrafe, leyeron:
«Arrancarás los dientes al dragón, y pisotearás los leones, ha
dicho el Señor. »
‑¡Ah! ‑exclamó‑, ¡he aquí la respuesta! ¡Gracias, padre mío,
gracias!
Y sacando del bolsillo una cartera que contenía diez billetes de
banco de mil francos cada uno:
‑Tómala ‑dijo al conserje.
‑¿Me la dais?
‑Sí, pero a condición de que no la mirarás hasta que yo haya
partido.
Y guardando en el pecho la reliquia que acababa de encontrar, y
que para él equivalía al más preciado tesoro, salió del subterráneo y subió a
la barca.
‑¡A Marsella! ‑dijo.
Luego, alejándose, con los ojos fijos en la sombría prisión:
‑¡Horror! ‑dijo‑, ¡para los que me encerraron en ella, y para
los que han olvidado que en ella estuve!
Al pasar otra vez por los Catalanes, el conde se volvió, y envolviendo
la cabeza en la capa, murmuró el nombre de una mujer.
La victoria era completa. Montecristo había vencido la duda por
dos veces.
Ese nombre, que pronunció con una expresión de ternura que era
casi amor, era el nombre de Haydée.
Al poner el pie en tierra, el conde se dirigió al cementerio,
seguro de encontrar a Morrel.
También él, diez años antes, había buscado piadosamente una
tumba en el cementerio, y la había buscado inútilmente. Volviendo a Francia con
millones, no había podido encontrar la tumba de su padre, muerto de hambre.
Morrel mandó poner en ella una cruz, pero esta cruz se cayó y el enterrador la
quemó, como hacen todos ellos, encendiendo lumbre en el cementerio. El honrado
naviero había sido más afortunado. Muerto en brazos de sus hijos, fue llevado
por ellos a enterrar cerca de su mujer, dos años antes entrada en la eternidad.
Dos largas losas de mármol, con sus nombres inscritos en ellas, estaban
extendidas, una al lado de otra, en un pequeño recinto, rodeado por una
balaustrada de hierro, y sombreado por cuatro cipreses.
Maximiliano se apoyaba en uno de estos árboles, y tenía clavados
sus ojos inciertos sobre las dos tumbas.
Su dolor era profundo, casi le trastornaba.
‑Maximiliano ‑le dijo el conde‑, no es ahí donde se debe mirar,
sino allí.
Y le señaló el cielo.
‑Los muertos se encuentran en todas partes ‑dijo Morrel‑‑, ¿no
me lo dijisteis al hacerme abandonar París?
‑Maximiliano ‑dijo el conde‑, me pedisteis durante el viaje
deteneros algunos días en Marsella. ¿Es éste aún vuestro deseo?
‑No tengo deseos, conde. Aunque creo que esperaré menos penosamente
en Marsella que otras veces.
‑Tanto mejor, Maximiliano, porque os dejo, llevándome vuestra
palabra, ¿no es verdad?
‑¡Ah!, lo olvidaré, conde‑dijo Morrel‑, lo olvidaré.
‑No, no lo olvidaréis, porque sois hombre de honor antes que
todo, Morrel, porque lo habéis jurado, porque vais a jurarlo de nuevo.
‑¡Oh!, conde, ¡tened piedad de mí!, conde, ¡soy tan desgraciado!
‑Conocí a un hombre más desgraciado que vos, Morrel.
‑Es imposible.
‑¡Ah! ‑dijo Montecristo‑, es uno de los orgullos de nuestra
pobre humanidad el creerse cada hombre más desgraciado que cualquier otro que
gime y llora a su lado.
‑¿Qué mayor desgracia que la del que pierde el único bien que
amaba y deseaba en el mundo?
‑Escuchad, Morrel ‑dijo el conde‑, y fijad un momento vuestro
espíritu en lo que voy a deciros. He conocido un hombre que, como vos, había
depositado todas sus esperanzas de ventura en una mujer. Ese hombre era joven,
tenía un padre anciano al que amaba, una mujer que pronto iba a ser su esposa,
y a la cual idolatraba. Iba a casarse, cuando de repente, uno de esos caprichos
de la suerte que haría dudar de la bondad de Dios, si Dios no se revelase al
cabo, mostrando que todo es para El un medio de guiar a su unidad infinita,
cuando de repente un capricho de la suerte le robó la libertad, la novia, el
porvenir que entreveía y que creía cierto, porque, ciego como estaba, no podía
leer más que en lo presente, para sumergirle en la lobreguez de un calabozo.
‑¡Ah! ‑dijo Morrel‑, ¡se sale de un calabozo al cabo de ocho
días, de un mes, de un año!
‑Estuvo en él catorce años, Morrel ‑dijo el conde poniendo la
mano en el hombro del joven.
Maximiliano se estremeció.
‑¡Catorce años! ‑murmuró.
‑¡Catorce años! ‑repitió el conde‑, y también durante ellos tuvo
hartos momentos de desesperación. También, como vos, Morrel, creyéndose el más
desdichado de los hombres, pensó en suicidarse.
‑¿Y bien? ‑preguntó Morrel.
‑¡Y bien!, en el momento supremo, Dios se reveló a él por un
medio humano, porque Dios hace milagros. Acaso en el primer momento, es
preciso tiempo para que los ojos anegados en lágrimas vean claro, no comprendió
la misericordia infinita del Señor, pero al fin, tuvo paciencia y esperó. Un
día salió milagrosamente de la tumba, transformado, rico, poderoso, casi un
dios; su primer grito fue para su padre; su padre había muerto.
‑Y también el mío ‑dijo Morrel.
‑Sí, pero vuestro padre murió en vuestros brazos, dichoso, honrado,
rico, lleno de ilusiones. El otro murió pobre, desesperado, dudando de Dios, y
cuando, diez años después, el hijo buscaba su tumba, ésta había desaparecido, y
nadie ha podido decirle: «Aquí descansa en Dios el corazón que tanto lo ha
amado.»
‑¡Oh! ‑dijo Morrel.
‑Era, pues, más desventurado que vos, porque no sabía dónde
hallar la tumba de su padre.
‑Pero ‑dijo Morrel‑ restábale al menos la mujer amada.
‑Os engañáis, Morrel; esa mujer...
‑¿Había muerto? ‑exclamó Maximiliano.
‑Peor aún. Era infiel, se había casado con uno de los perseguidores
de su amante. Bien veis, Morrel, que era más desgraciado amante que vos.
‑¿Y ha enviado Dios ‑preguntó Morrel‑ consuelos a ese hombre?
‑Le ha dado la calma, al menos.
‑¿Y ese hombre podrá ser dichoso algún día?
‑Lo espera, Maximiliano.
El joven dejó caer la cabeza sobre el pecho.
‑Ya tenéis mi promesa ‑dijo, tras un momento de silencio, y
tendiendo la mano a Montecristo‑, recordad únicamente. ..
‑El 5 de octubre, Morrel, os espero en la isla de Montecristo.
El 4 hallaréis una embarcación en el puerto de Bastia, llamada el Eurus.
Daréis el nombre al patrón, que os conducirá cerca de mí. ¿De acuerdo,
Maximiliano?
‑De acuerdo, conde; así lo haré. Pero recordad que el 5 de octubre...
‑Sois un niño que no sabe aún lo que vale la promesa de un
hombre... Os he dicho veinte veces que ese día, si aún queréis morir, os
ayudaré a ello, Morrel. Adiós.
‑¿Me dejáis?
‑Sí; tengo que hacer en Italia. Os dejo solo, solo en lucha con
la desgracia, solo con el águila de poderosas alas que el Señor envía a sus
elegidos para transportarlos a sus plantas. La historia de Ganimedes no es una
fábula, es una alegoría, Maximiliano.
‑¿Cuándo partís?
‑En seguida, el vapor me espera, dentro de una hora estaré lejos
de vos, ¿me acompañaréis al puerto, Morrel?
‑Soy todo vuestro, conde.
‑Dadme un abrazo.
Morrel
acompañó al conde hasta el puerto. Ya el humo salía como un inmenso penacho del
negro tubo que lo lanzaba hasta el cielo. Pronto partió el buque, y una hora
después, como había dicho Montecristo , esta misma cola de humo blanquecino
cortaba apenas visible el horizonte oriental, sombreado por las primeras brumas
de la noche.
Capítulo dieciocho
Pepino
En el preciso instante en que el vapor del conde desaparecía
detrás del cabo Morgion, un hombre que viajaba en posta por el camino de
Florencia a Roma, se presentaba en la villa de Aquapendente. Seguía
precipitadamente su camino para ganar tiempo sin hacerse sospechoso.
Vestido con una levita o más bien un sobretodo, sumamente deteriorado
por el viaje, pero que dejaba ver brillante y nueva aún una cinta de la Legión
de Honor cosida al pecho. Este hombre, no solamente por su aspecto, sino
también por el acento con que hablaba a su postillón, debía ser tenido por
francés. Una prueba más de que había nacido en el país de la lengua universal,
es que no sabía otras palabras italianas que las músicas, que pueden, como el
goddan de Fígaro, reemplazar todos los modismos de una lengua particular.
‑Allegro! ‑decía a los
postillones a cada subida.
‑Moderato! ‑a cada bajada.
¡Y Dios sabe si hay subidas y bajadas yendo de Florencia a Roma
por el camino de Aquapendente!
Estas dos palabras, por otra parte, provocaban grandes risas en
las gentes a quienes se dirigían.
A la vista de la Ciudad Eterna, es decir, al llegar a la Storta,
punto desde donde se divisa Roma, el viajero no experimentó el sentimiento de
curiosidad entusiasta que lleva a cada extranjero a elevarse desde el fondo del
asiento para tratar de distinguir la famosa cúpula de San Pedro, que se remonta
sobre todos los demás objetos que la rodean.
No. Sacó una cartera del bolsillo, y de ella un papel plegado en
cuatro dobleces, que desdobló y dobló con una atención parecida a respeto,
contentándose con decir:
‑¡Bueno!, no me abandones.
El carruaje atravesó la puerta del Popolo, giró a la izquierda y
se detuvo ante la fonda de España.
Nuestro antiguo conocido, el señor Pastrini, recibió al viajero
en la puerta y con el sombrero en la mano.
El viajero bajó, encargó una buena comida, y tomó las señas de
la casa Thomson y French, que le fue indicada en el instante mismo, y era una
de las más conocidas de Roma, situada en la calle del Banchi, cerca de San
Pedro.
En Roma, como en todas partes, la llegada de una sills de posta
constituye un acontecimiento. Diez jóvenes, descendientes de
Mario y de los Gracos, con los pies desnudos, los codos rotos, un puño sobre la
cadera, y el otro brazo pintorescamente encorvado alrededor de la cabeza,
miraban al viajero, la silla de posta y los caballos. A estos bodoques ,de la
ciudad por excelencia, se habían juntado unos cincuenta papamoscas de los
Estados del Papa, de los que forman corrillos escupiendo en el Tíber desde el
puente de Santángelo, cuando el Tíber lleva agua.
Además, como los bodoques y los papamoscas de Roma, más dichosos
que los de París, entienden todas las lenguas, y sobre todo la lengua francesa,
oyeron al viajero pedir una habitación y comida, y las señas de la casa de
Thomson y French.
Resultó de esto que cuando el nuevo viajero salió de la fonda
con el cicerone de rigor, un hombre se separó del grupo de los curiosos,
y sin parecer ser notado por el guía, marchó a poca distancia del extranjero,
siguiéndole con tanta cautela como hubiera podido emplear un agente de la
policía parisiense.
El francés estaba tan impaciente por efectuar su visita a la
casa Thomson y French, que no había tenido tiempo de esperar fuesen enganchados
los caballos. El carruaje debía encontrarle en el camino, o esperarle a la
puerta del banquero. Llegó sin que el carruaje le alcanzase.
El francés entró, dejando en la antecámara su guía, que inmediatamente
trabó conversación con dos o tres de esos industriales sin industria, o más
bien de cien industrias, que ocupan en Roma las puertas de los banqueros, de
las iglesias, de las ruinas, de los museos y de los teatros. Al propio tiempo
que el francés, entró el hombre que se había separado del grupo de curiosos. El
francés abrió la puerta y entró en la primera pieza. Su sombra hizo lo mismo.
‑¿Los señores Thomson y French? ‑preguntó el extranjero.
Una especie de lacayo se levantó a la señal de un encargado de
confianza, guarda solemne de la primera mesa.
‑¿A quién anunciaré? ‑preguntó el lacayo preparándose a preceder
al extranjero.
El viajero respondió:
‑Al barón Danglars.
‑Pasad‑dijo el lacayo.
Abrióse una puerta. El lacayo y el barón entráron por ells.
El hombre que había seguido a Danglars se sentó a esperar en un
banco.
El que le había recibido primero continuó escribiendo por
espacio de cinco minutos aproximadamente, durante los cuales el hombre sentado
guardó profundo silencio y la más completa inmovilidad.
Luego, la pluma del primero dejó de chillar sobre el papel. Levantó
la cabeza, miró atentamente en derredor suyo, y bien asegurado:
‑¡Ah!, ¡ah! ‑dijo‑, ¡tú aquí, Pepino!
‑¡Sí! ‑respondió lacónicamente.
‑¿Tú has olfateado algo de bueno en la cara de ese hombre gordo?
‑No hay gran mérito en esto. Estamos prevenidos.
‑¿Sabes lo que viene a hacer aquí, curioso?
‑Pardiez, viene a tocar, aunque falta saber qué suma.
‑En seguida lo sabrás, amigo.
‑Muy bien, pero no vayas, como el otro día, a darme noticias
falsas.
‑¿Qué quieres decir? ¿Te refieres a aquel inglés que sacó de
aquí tres mil escudos el otro día?
‑No; ése tenía en efecto los tres mil escudos y nosotros los hemos
hallado. Hablo del príncipe ruso.
‑¿Y bien?
‑¡Y bien! Nos habías dicho treinta mil libras, y no hemos hallado
más que veintidós.
‑Las habréis buscado mal.
‑Luigi Vampa es el que hizo el registro en persona.
‑En tal caso, tendría deudas y las pagaría.
‑¿Un ruso?
‑O gastaría su dinero.
‑Después de todo, es posible.
‑Es seguro, pero déjame ir a mi observatorio, el francés puede
efectuar su negocio sin que yo sepa la cantidad exacta.
Pepino hizo una señal afirmativa, y sacando un rosario del bolsillo
se puso a rezar algunas oraciones, mientras el empleado desapareció por la
misma puerta que había dado paso al otro empleado y al bárón. Al cabo de unos
diez minutos, el empleado apareció gozoso.
‑¿Y bien? ‑preguntó Pepino a su amigo.
‑¡Alerta! ¡Alerta! ‑respondió‑, la suma es respetable.
‑Cinco o seis millones, ¿no es verdad?
‑Sí; ¿cómo lo sabes?
‑Por un recibo de su excelencia el conde de Montecristo.
‑¿Conoces al conde?
‑Se le acredita sobre Roma, Venecia y Viena.
‑¿Es posible? ‑exclamó‑, ¿cómo lo has informado tan bien? ‑Te he
dicho que se nos había avisado de antemano.
‑Entonces, ¿por qué lo diriges a mí?
‑Para estar seguro de que es el hombre a quien buscábamos.
‑El es..., cinco millones. Una hermosa suma. ¿Eh, Pepino?
‑Sí.
‑No volveremos a ver otra parecida.
‑Al menos ‑respondió filosóficamente Pepino‑, recogeremos alguna
tajada.
‑¡Silencio! Ahí viene nuestro hombre.
El empleado tomó la pluma, y Pepino el rosario. El uno escribía,
el otro oraba cuando volvió a abrirse la puerta.
Danglars apareció radiante de satisfacción, acompañado del banquero,
que le guió hasta la puerta.
Detrás de Danglars salió Pepino.
Según lo convenido, el carruaje que debía ir a buscar a Danglars
esperaba delante de la casa Thomson y French. El cicerone tenîa la
portezuela abierta. El cicerone es un ser muy complaciente y que puede
destinarse a cualquier cosa.
Danglars montó en el carruaje, ligero como un joven de veinte
años.
El cicerone cerró la portezuela y subió con el cochero.
Pepino se acomodó detrás.
‑¿Quiere su excelencia ver San Pedro? ‑preguntó el cicerone. ‑¿Para
qué? ‑repuso el barón.
‑Pues... para ver.
‑No he venido a Roma para ver ‑dijo en voz alta Danglars;
después añadió en voz baja con una sonrisa codiciosa:‑ he venido para tocar.
Y tocó en efecto su camera, en la cual acababa de guardar una
letra.
‑Entonces, ¿su excelencia va...?
‑A la fonda.
‑A casa de Pastrini ‑dijo al cochero el cicerone.
Y el carruaje partió rápido, como carruaje de gran señor.
Diez minutos más tarde, el barón había entrado en su aposento, y
Pepino se instalaba en un banco situado delante de la fonda, después de
pronunciar unas palabras al oído de uno de aquellos descendientes de Mario y
de los Gracos que hemos designado al principio de este capítulo, mozo que tomó
a todo correr el camino del Capitolio.
Danglars estaba cansado, satisfecho, y tenía sueño. Se acostó,
colocó su cartera bajo la ahnohada y se quedó dormido.
Pepino tenía tiempo de más. jugó a la morra con los
faquines, perdió tres escudos, y para consolarse bebióse una botella de vino de
Orvieto.
Al día siguiente, el banquero se levantó tarde, aunque se había
acostado temprano. Hacía cinco o seis noches que dormía muy mal, cuando dormía.
Almorzó mucho, y poco deseoso, como había dicho, de ver las bellezas de la
Ciudad Eterna, pidió los caballos de posta para el mediodía.
Pero Danglars no había contado con las formalidades de la
policía y con la pereza del maestro de postas. Los caballos tardaron dos horas
en estar enganchados, y el cicerone no trajo el pasaporte visado hasta después
de las tres. Todos estos preparativos atrajeron a la puerta del señor Pastrini
a buen número de curiosos. Tampoco faltaron los descendientes de los Gracos y
de Mario.
El barón atravesó triunfalmente estos grupos, que le llamaban
excelencia para obtener un bayoco.
Como Danglars, hombre muy popular, como sabemos, se había
contentado con el dictado de barón hasta entonces, sin ser tratado de
excelencia, este título le lisonjeó, y distribuyó una docena de monedas a toda
aquella canalla, dispuesta por otras doce a tratarle de alteza.
‑¿Adónde? ‑inquirió el postillón en italiano.
‑Camino de Ancona ‑respondió el barón. El señor Pastrini tradujo
la pregunta y la respuesta, y el carruaje partió al galope.
Danglars quería, en efecto, trasladarse a Venecia a recoger una
parte de su.fortuna, y después a Viena a realizar el resto.
Su intención era fijarse en esta última ciudad, que se le había
asegurado ser el vergel de los placeres.
Apenas anduvo tres leguas por las campiñas de Roma, cuando empezó
a anochecer. Danglars no creía haber salido tan tarde; de otro modo se habría
quedado. Así preguntó al postillón cuánto faltaba para llegar a la población
cercana.
‑Non capisco ‑respondió el postillón.
Danglars hizo un movimiento de cabeza que quería decir ¡muy
bien!
El carruaje prosiguió la marcha.
‑En la primera parada ‑dijo para sí Danglars‑ me detendré.
Danglars experimentó aún un resto de bienestar que había gozado
la víspera, y que le proporcionó tan buena noche. Estaba muellemente extendido
en una buena calesa inglesa de dos resortes, y se sentía llevado al galope por
dos buenos caballos. La parada era de siete leguas, lo sabía. ¿Qué hacer cuando
se es banquero, y se ha hecho con fortuna bancarrota?
Dedicó diez minutos a pensar en su mujer, que quedaba en París,
otros diez en su hija, que recorría el mundo en compañía de la señorita de
Armilly. Otros diez minutos en sus acreedores y en la manera como emplearía el
dinero. Después, no teniendo en qué pensar, cerró los ojos y se quedó dormido.
Sin embargo, sacudido por un movimiento fuerte del carruaje, Danglars
abrió un momento los ojos. Entonces se sintió llevado con la misma celeridad a
través de la misma campiña de Roma, toda sembrada de acueductos rotos, que
parecían gigantes de granito petrificados. Pero en una noche fría, sombría,
lluviosa, era mejor para un hombre medio dormido permanecer en el fondo de la
silla con los ojos cerrados, que asomar la cabeza a la ventanilla para
preguntar dónde estaba a un postillón que no sábía responder otra cosa que:
non capisco!
Danglars continuó durmiendo, pensando que ya tendría tiempo de
levantarse al llegar a la parada.
El carruaje se detuvo. Danglars pensó que llegaba por fin al término
deseado. Abrió los ojos, miró a través del vidrio, creyendo hallarse en medio
de alguna ciudad, o por lo menos aldea, pero no vio más que una casucha aislada
y tres o cuatro hombres yendo y viniendo como sombras.
El banquero esperó un momento a que el postillón, que había
acabado su parada, viniese a reclamarle el coste de la posta. Creía poder
aprovechar esta ocasión para pedir algunas noticias a su nuevo conductor, pero
se cambiaron los tiros sin que nadie pidiese nada al viajero. Danglars quedó
asombrado, abrió la portezuela, pero le rechazó bien pronto una mano vigorosa y
la silla empezó a rodar.
El barón se levantó estupefacto.
‑¡Eh! ‑dijo al postillón‑. ¡eh!, mio caro!
Palabras italianas de una romanza que Danglars había retenido
cuando su hija cantaba dúos con el príncipe Cavalcanti.
Pero mio caro no respondió.
Danglars se contentó entonces con bajar el cristal.
‑¡Eh!, amigo ¿dónde vamos? ‑dijo sacando la cabeza.
‑Dentro la testa! ‑exclamó
una voz grave a imperiosa, acompa.ñada de un grito de amenaza.
Danglars comprendió que dentro la testa quería decir:
meted la cabeza. Hacía, como puede verse, rápidos progresos en el italiano.
Obedeció, no sin inquietud, y como esta inquietud subía de punto
a cada minuto que transcurría, al cabo de algunos instantes su espíritu, en
lugar del vacío que dijimos cuando se puso en camino, y que le produjo el
sueño, tenía pensamientos más propios unos y otros para despertar el interés
del viajero, y sobre todo de un viajero en la situación de Danglars. Sus ojos
adquirieron en las tinieblas el brillo que les confieren en el primer momento
las emociones fuertes, y que se apaga al fin por haberse excitado demasiado.
Antes de tener miedo se ve claro. Mientras se tiene, se ve doble, después de
haberle tenido se ve turbio.
Danglars vio un hombre envuelto en una capa que galopaba junto a
la portezuela de la derecha.
‑Algún gendarme ‑dijo‑. ¿Habré sido denunciado por los telégrafos
franceses a las autoridades pontificias?
Resolvió salir de esta ansiedad.
‑¿Adónde me lleváis? ‑dijo.
‑Dentro la testa! ‑repitió la
misma voz con el propio acento de amenaza.
Danglars se volvió a la portezuela de la izquierda. Otro hombre
a caballo galopaba al mismo lado.
‑Evidentemente ‑se dijo Danglars con el sudor en el rostro‑, he
caído en una trampa.
Y se arrojó al fondo de la calesa, esta vez no para dormir, sino
para soñar.
Poco después apareció la luna en el cielo.
Desde el fondo de la calesa echó una ojeada a la campiña. Volvió
a ver entonces los grandes acueductos, fantasmas de piedra que había notado al
pasar, solamente que en vez de verlos a la derecha, los tenía ahora a la
izquierda. Creyó que habían dado media vuelta al carruaje, y que se le llevaba
a Roma.
‑¡Oh, desdichado de mí! ‑exclamó‑, se habrá conseguido mi
extradición.
El carruaje continuó corriendo con admirable velocidad. Pasó una
hora terrible, porque a cada nuevo indicio que se le ofrecía al paso, el
fugitivo reconocía, a no dudarlo, que se le volvía atrás. En fin, no volvió a
ver la masa sombría contra la cual le pareció que el carruaje iba a
estrellarse. Pero el carruaje se ladeó, bordeando la masa sombría, que no era
otra cosa que la cintura de muralla que envuelve a Roma.
‑¡Oh!, ¡oh! ‑murmuró Danglars‑, no entramos en la ciudad. Luego
no es la justicia la que me detiene. ¡Gxan Dios!, otra idea, será posible...
Sus cabellos se erizaron. Acordóse entonces de las interesantes
historias de los bandidos romanos, tan poco creídas en París, y que Alberto de
Morcef contaba a la señora Danglars y a Eugenia, cuando se trataba de que el
joven vizconde fuera yerno de una y marido de otra.
‑¡Ladrones tal vez! ‑murmuró.
De repente, el carruaje rodó sobre alguna cosa más dura que el
suelo de un camino enarenado. Danglars aventuró una mirada a los dos lados del
camino. Distinguió unos monumentos de una forma extraña, y su pensamiento
preocupado con la relación de Morcef, que al presente se le representaba en
todos sus pormenores, este pensamiento le dijo que debía estar sobre la vía
Apia.
A la izquierda del carruaje, en un espacio del valle,
distinguíanse unas ruinas de forma circular. Eran las termas de Caracalla.
A una palabra del hombre que galopaba a la derecha del carruaje,
éste se detuvo. Al mismo tiempo se abrió la portezuela de la izquierda.
‑¡Scendi! ‑dijo una voz.
Danglars se apeó inmediatamente. No hablaba todavía el italiano,
pero lo entendía ya. Más muerto que vivo, el barón miró en torno suyo. Cuatro
hombres le rodeaban, sin contar el postillón.
‑Di quá ‑‑‑dijo uno de ellos
bajando por un pequeño sendero que conducía de la vía Apia al medio de las
anfractuosidades de la campiña de Roma.
Danglars siguió a su guía, sin oponer resistencia, y no tuvo necesidad
de volverse para saber que era seguido por otros tres hombres. Sin embargo,
parecióle que éstos se quedaban como de centinela a distancias iguales.
Después de diez minutos de marcha aproximadamente, durante los
cuales Danglars no cambió una sola palabra con su guía, se halló entre un cerro
y un matorral. Tres hombres en pie y mudos formaban un triángulo de que él era
el centro.
Quiso hablar. Su lengua se le trabó.
‑Avanti ‑dijo la misma voz con
acento breve a imperativo.
Esta vez el banquero comprendió de dos modos, por la palabra y
por el gesto, porque el hombre que marchaba detrás le empujó tan rudamente
hacia adelante que casi tropezó con su guía.
Este guía era nuestro amigo Pepino, que se deslizó por los matorrales
en medio de una sinuosidad que sólo los lagartos podían tener por un camino
expedito.
Pepino se detuvo ante una roca coronada de una espesa mata. Esta
roca, entreabierta, abrió paso al joven, que desapareció como desaparece el
diablo en algunos de nuestros sortilegios. La voz y el gesto del que siguió a
Danglars obligaron al banquero a hacer otro tanto. No cabía la menor duda. El
quebrado banquero francés tenía que habérselas con bandidos romanos.
Danglars obró como un hombre colocado entre dos males terribles
y cuyo valor es excitado por el mismo miedo. A pesar de su vientre, que le
dificultaba el atravesar las anfractuosidades de la campiña de Roma, se colocó
tras de Pepino, y dejándose resbalar con los ojos cerrados, cayó a sus pies. Al
tocar la tierra volvió a abrir los ojos. El camino era largo, pero oscuro.
Pepino, poco cuidadoso de ocultarse, estando ahora en su casa, hizo lumbre y
encendió una luz. Otros dos hombres bajaron tras de Danglars, formando la retaguardia,
y empujando al banquero cuando éste se detenía casualmente, le hicieron tomar
una pendiente suave por medio de una encrucijada de siniestra apariencia.
En efecto, las paredes de murallas, formando nichos sobrepuestos
unos a otros, parecían en medio de piedras blancas, abrir los ojos negros y
profundos que se observan en las calaveras. Un centinela hizo sonar con su mano
los arreos de su carabina.
‑¿Quién vive? ‑dijo.
‑¡Amigos! ¡Amigos! ‑contestó Pepino‑. ¿Dónde está el capitán?
‑Allí ‑dijo el centinela, señalando por detrás de su espalda una
gran cavidad abierta en la roca y cuya luz se reflejaba en la entrada por sus
ovaladas aberturas.
‑Buena presa, capitán, buena presa‑dijo Pepino en italiano.
Y cogiendo a Danglars por el cuello de la levita le condujo
hacia una entrada, semejante a una puerta, y por la cual se penetraba al punto
donde el capitán parecía haber hecho su alojamiento.
‑¿Es éste el hombre? ‑inquirió el capitán mientras leía con la
mayor atención la Vída de Alejandro, por Plutarco.
‑El mismo, capitán, el mismo.
‑Muy bien, mostrádmelo.
A esta orden imperativa, Pepino acercó tan bruscamente la luz al
rostro de Danglars, que éste retrocedió vivamente para no quemarse las cejas.
Su rostro trastornado ofrecía todos los síntomas de un terror indescriptible.
‑Este hombre está cansado ‑dijo el capitán‑, llévesele a la
cama.
‑¡Oh! ‑murmuró el banquero‑, esa cama es probablemente uno de
los nichos de la muralla, ese sueño es la muerte que va a darme uno de los
puñales que veo resplandecer.
En efecto, en las profundidades lóbregas de aquella cavidad
inmensa veíanse agitarse sobre hierbas secas y pieles de lobo, los compañeros
del hombre a quien Alberto de Morcef había hallado leyendo los Comentarios
de César, y a quien Danglars encontraba leyendo la Vida de Alejandro.
El banquero lanzó un sordo gemido y siguió a su guía. No profirió
súplica ni queja alguna. No tenía fuerza, ni voluntad, ni poder, ni
sentimiento; dejábase llevar.
Emprendió la marcha, y comprendiendo que tenía una escalera ante
sí, levantó maquinalmente los pies cuatro o cinco veces. Entonces se abrió
ante él una puerta baja. Inclinóse instintivamente para no romperse la frente,
y se halló en una cavidad abierta en la roca viva.
Era regularmente formada, aunque sin muebles. Seca, aunque situada
bajo la tierra, a una profundidad inconmensurable.
Una cama de hierba seca, cubierta de pieles de cabra, estaba no
hecha, sino tendida en un rincón del cuarto.
Danglars, al verla, creyó hallar un símbolo inequívoco de su salvación.
‑¡Oh! Dios sea loado ‑murmuró‑, es una cama verdadera.
Por segunda vez en el término de una hora invocaba el nombre de
Dios. No le había sucedido otro tanto en diez años.
‑Ecco ‑dijo el guía.
Y metiendo a Danglars en el cuarto, cerró la puerta tras de sí.
Sonó un cerrojo; el banquero se hallaba prisionero. Además, aunque no hubiera
habido cerrojo, sólo san Pedro y teniendo por guía un ángel del cielo, pudiera
pasar por medio de la guarnición que ocupaba las catacumbas de San Sebastián, y
que acampaba con un jefe en quien nuestros lectores habrán desde luego reconocido
al famoso Luigi Vampa.
Danglars había también reconocido al bandido cuya existencia no
quiso creer cuando Morcef trató de naturalizarlo en Francia. No sólo le había
reconocido a él, sino también la celda en donde Morcef estuvo encerrado, y que
según todas las probabilidades era el alojamiento de los extranjeros.
Estos recuerdos, campo de cierto deleite en medio de todo para
Danglars, le devolvieron la tranquilidad. No habiéndole dado muerte en el
primer momento los bandidos, no deberían tener intención de matarle.
Habíasele detenido para robarle, y como no tenía más que unos
luises, se le pediría rescate.
Acordóse de que Morcef había tenido que aprontar unos cuatro mil
escudos, y como él mismo se creía de una apariencia de mayor importancia que
Morcef, calculó que se le exigiría doble suma.
Ocho mil escudos equivalían a cuarenta y ocho mil libras. Le quedarían
aún unos cinco millones cincuenta mil francos. Con esto se salía del paso en
cualquier parte.
Así, pues, quedó casi seguro de salir del paso, teniendo en
cuenta que no había ejemplo de que se hubiese tasado nunca un hombre en cinco
millones cincuenta mil libras. Danglars se echó en la cama, en donde después de
dar algunas vueltas a un lado y a otro, se durmió con la tranquilidad del héroe
cuya historia Luigi Vampa estaba leyendo. De todo sueño, si no es del que
temía Danglars, se despierta. Danglars se despertó. Para un parisiense
habituado a cortinajes de seda, a paredes adamascadas, al perfume que sale de
las maderas delicadas de la chimenea y se extiende y baja de los techos de
raso, despertar en una gruta de piedra debe de ser un momento poco apacible. Al
tocar las cortinas de piel de cabra, Danglars debía creer que se hallaba entre
lapones o cosa parecida. En tales circunstancias, un segundo basta para convertir
la mayor de las dudas en palpable certeza.
‑Sí ‑murmuró‑; estoy en poder de los bandidos de que habló
Alberto de Morcef.
Su primer movimiento fue respirar para asegurarse de que no estaba
herido. Era un medio que había aprendido en Don Quijote, único libro no que
había leído, sino que conservaba alguna cosa en la memoria.
‑No ‑dijo‑, no me han matado ni herido, pero ¿me habrán robado
acaso?
Y metió la mano en los bolsillos. Estaban intactos. Los cien
luises que se había reservado para hacer el viaje de Roma a Venecia se hallaban
en el bolsillo de su pantalón, y la cartera con la letra de cinco millones
cincuenta mil francos estaba en el bolsillo de la levita.
‑¡Qué bandidos tan raros ‑se dijo‑, que me han dejado mi bolsa
y mi cartera! Como pensé ayer al acostarme, van a ponerme a rescate. ¡Veamos!,
¡conservo también el reloj! Veamos la hora que es.
El reloj de Danglars, obra de Breguet, al que había cuidado de
dar cuerda la víspera de su viaje, señalaba las cinco y media de la mañana. Sin
él, Danglars hubiera ignorado completamente la hora que era, penetrando ya la
luz del día en el aposento.
¿Sería preciso exigir una explicación de los bandidos?
¿Convendría esperar pacientemente a que se la diesen? En tal alternativa, lo
último era más prudente. Danglars esperó. Esperó hasta el mediodía. Durante
todo este tiempo un centinela había velado a su puerta. A las ocho de la mañana
fue relevado.
Apoderóse de Danglars el deseo de ver quién le custodiaba.
Había notado que los rayos, no del día, sino de una lámpara, se
filtraban por las hendiduras mal unidas de la puerta. Acercóse a una de ellas
en el momento mismo en que el bandido echaba algunos tragos de aguardiente, los
cuales, debido al pellejo que lo contenía, esparcían un olor repugnante para
Danglars.
‑¡Puf! ‑exclamó retrocediendo hasta el fondo de la habitación.
A mediodía, el hombre del aguardiente fue reemplazado por otro
funcionario. Danglars tuvo la curiosidad de ver a su nuevo guardián, y se
acercó otra vez a la hendidura. Era un bandido de complexión atlética, un
Goliat de grandes ojos, labios gruesos, nariz aplastada. Su cabellera roja
pendía por las espaldas en mechas retorcidas, como culebras.
‑¡Oh!, ¡oh! ‑dijo Danglars‑, éste parece más bien un ogro que
una criatura humana. En todo caso soy perro viejo, soy duro de mascar.
Como se ve, Danglars no había perdido todavía el buen humor. En
el mismo instante, como para probarle que no era un ogro, su guardián se sentó
frente a la puerta del cuarto, y sacó de su zurrón pan negro, cebolla y queso,
y se puso in continenti a devorarlos.
‑¡Que me lleve el diablo! ‑dijo Danglars, echando a través de
las hendiduras de la puerta una mirada a 1a comida del bandido‑, el diablo me
lleve si comprendo cómo pueden comerse semejantes porquerías.
Y fue a sentarse sobre las pieles, recordando en ellas el olor
de aguardiente del primer centinela. Sin embargo, la situación de Danglars era
crítica, y los secretos de la naturaleza son incomprensibles. Hay en ellos
harta elocuencia en ciertas invitaciones materiales que dirigen las más
groseras sustancias a los estómagos vacíos.
Danglars sintió de pronto que el suyo lo estaba en este momento,
y así vio al hombre menos feo, al pan menos duro, al queso más fresco. En fin,
las cebollas crudas, sucia alimentación del salvaje, le recordaron ciertas
salsas Robert, y cierta ropa vieja que su cocinero preparaba de una manera
superior cuando Danglars le decía: «Señor Deniseau, hágame para hoy un buen
platito de canalla.»
Se levantó y fue a llamar a la puerta. El bandido levantó la
cabeza. Al ver Danglars que le había oído, volvió a llamar.
‑Che cosa? ‑preguntó el bandido.
‑¡Hola, amigo! ‑dijo Danglars, dando con los dedos contra la
puerta‑, ¡me parece que será tiempo que se piense en darme de comer también a
mí!
Pero sea que no comprendiese, sea que no tuviese órdenes
relativas a la comida de Danglars, el gigante continuó comiendo. Danglars
sintió humillado su orgullo, y no queriendo meterse con semejante bruto, se
echó sobre las pieles sin decir nada más.
Transcurrieron cuatro horas. El gigante fue reemplazado por otro
bandido. Danglars, que sentía fuertes movimientos de estómago, se levantó
despacio, aplicó en seguida el ojo a las hendiduras de la puerta y reconoció
la figura inteligente de su guía. Era, efectivamente, Pepino, que se preparaba
a entrar de guardia del mejor modo posible, sentándose frente a la puerta, y
colocando entre ambas piernas una cazuela que contenía, calientes y olorosos,
guisantes fritos con tocino. Cerca de estos guisantes, Pepino colocó un
canastillo de racimos de Velletri, y una botella de vino de Orvieto.
Seguramente Pepino era inteligente. Viendo estos preparativos gastronómicos, el
hambre atormentaba a Danglars.
‑¡Ah!, ¡ah! ‑dijo‑, veamos si éste es más tratable que el otro. ‑Y
tocó pausadamente la puerta.
‑Allá van ‑dijo en mal francés el bandido, que, frecuentando la
casa del señor Pastrini, había acabado por aprender aquella lengua hasta en sus
modismos.
Y abrió en efecto.
Danglars le reconoció por el que le había gritado de una manera
harto furiosa: “Meted la cabeza”. Pero no era aquella hora para recriminaciones,
y adoptó, por el contrario, el ademán más agradable, y con graciosa sonrisa:
‑Perdonad ‑le dijo‑, pero ¿no se me dará de comer a mí también?
‑¡Cómo, pues! ‑exclamó Pepino‑. ¿Vuestra excelencia tendrá
hambre acaso?
‑¡Acaso! ¡Es magnífico! ‑murmuró Danglars‑, hace veinticuatro
horas justas que no como. Sí, señor ‑añadió, levantando la voz‑, tengo hambre,
sobrada hambre.
‑¿Y vuestra excelencia quiere comer?
‑Al instante, si es posible.
‑Nada más fácil ‑dijo Pepino‑, aquí se proporciona todo, pagando,
por supuesto, como se hace entre buenos cristianos.
‑¡Ni que decir tiene! ‑exclamó Danglars‑, aunque en realidad,
las gentes que detienen y aprisionan deberían al menos alimentar a los
prisioneros.
‑¡Ah!, excelencia‑repuso Pepino‑, eso ya no se estila.
‑No es mala la razón ‑siguió Danglars, contando ganar a su
guardián con su amabilidad‑, yo me satisfago con ella. Veamos qué es lo que se
me sirve de comer.
‑En seguida, excelencia, ¿qué deseáis?
Y Pepino puso su escudilla en el suelo, de tal manera que el
vapor subía directamente a las narices del banquero.
‑Mandadme ‑dijo.
‑¿Hay cocina aquí? ‑preguntó Danglars.
‑¿Que si hay cocina? ¡Cocina perfecta!
‑¿Y cocineros?
‑¡Excelentes!
‑¡Y bien!, un pollo, un pescado, un ave, cualquier cosa, con tal
que yo coma.
‑Como desee vuestra excelencia. Pediremos un pollo, ¿no es verdad?
‑Sí, un pollo.
Pepino, levantándose y asomándose a la puerta, gritó con toda la
fuerza de sus pulmones:
‑¡Un pollo para su excelencia!
La voz de Pepino resonaba aún por las bóvedas, cuando se presentó
un joven, hermoso, esbelto, y medio desnudo como los antiguos pescadores,
llevando en un plato de plata un pollo delicadamente colocado.
‑Se creería uno en el Café de Paiís ‑murmuró Danglars.
‑¡Helo aquí, excelencia! ‑dijo Pepino, cogiendo el pollo de manos
del joven bandido, y colocándolo en una mesa carcomida, que con un asiento y la
cama de pieles, formaba todo el ajuar de la celda.
Danglars pidió un cuchillo y un tenedor.
‑¡Helo aquí, excelencia! ‑dijo Pepino, ofreciéndole un cuchillo
pequeño de punta roma y un tenedor de madera. Danglars tomó el cuchillo en una
mano y el tenedor en la otra, y se puso a trinchar el ave.
‑Dispensad, excelencia ‑dijo Pepino, pasando una mano por la
espalda del banquero‑, aquí se paga antes de comer, para el caso de quedar
luego descontentos.
‑¡Ah!, ¡ah! ‑dijo para sí Danglars‑, esto no es como en París.
Me van a desollar probablemente, pero hagamos las cosas en grande, veamos, he
oído hablar del buen trato de la vida de Italia; un pollo debe de valer doce
sueldos en Roma. Tened ‑dijo en voz alta, y dio un luís a Pepino.
‑Un momento, vuestra excelencia ‑dijo Pepino levantándose‑, un
momento, vuestra excelencia me queda a deber aún alguna cosa.
‑¡Cuando yo decía que habrían de desollarme! ‑murmuró Danglars.
Luego, resuelto a sacar partido de todo:‑ Veamos lo que se os debe por esa ave
hética ‑prosiguió.
‑Vuestra excelencia ha dado un luís a cuenta.
‑¿Un luís a cuenta de un pollo?
‑Claro está, a cuenta.
‑Bien..., ¡veamos!, ¡veamos!
‑No son más que cuatro mil novecientos noventa y nueve luises lo
que me debe vuestra excelencia.
Danglars abrió espantado los ojos al oír tan pesada broma.
‑¡Ah, bribón! ‑murmuró‑, ¡bribón, por vida mía!
Y quiso ponerse a trinchar el pollo, pero Pepino le detuvo la
mano derecha con la izquierda, y extendió además la otra mano, diciendo:
‑¡Vamos!
‑¿Qué? ¿No os reís? ‑dijo Danglars.
‑Aquí no reímos nunca, excelencia ‑contestó Pepino, serio como
un cuáquero.
‑¿Cien mil francos este pollo?
‑Excelencia, es increíble el trabajo que cuesta criar aves en
estas malditas grutas.
‑¡Vamos!, ¡vamos! ‑dijo Danglars‑, encuentro esto muy chistoso,
muy divertido en verdad. Pero como tengo hambre, dejadme comer. Tomad, he aquí
otro luís para vos, amigo mío.
‑Entonces no faltan más que cuatro mil novecientos noventa y
ocho luises ‑dijo Pepino conservando la misma sangre fría‑, con paciencia todo
se consigue.
‑¡Oh!, lo que es eso ‑dijo Danglars, indignado de tan perseverante
burla‑, lo que es eso, jamás. Idos al diablo, vos no sabéis quién soy yo.
Pepino hizo una señal, el criado echó las dos manos y llevóse en
seguida el pollo. Danglars se tendió en la cama de piel de lobo, Pepino cerró
la puerta y se puso a comer los guisantes con tocino.
Danglars no podía ver lo que hacía Pepino, pero el ruido de sus
dientes no debía dejarle duda acerca de lo que estaba haciendo. Era evidente
que comía, y que comía toscamente como un hombre mal criado.
‑¡Avestruz! ‑dijo Danglars.
Pepino hizo que no oía nada, y sin volver la cabeza continuó comiendo
con admirable calma. El estómago de Danglars encontrábase en tal estado que no
creía él mismo poder llegar a llenarlo nunca. Sin embargo, tuvo paciencia por
espacio de hora y media, que en realidad se le antojó un siglo. Levantóse y fue
de nuevo a la puerta.
‑Vamos ‑siguió‑, no me hagáis desfallecer más tiempo, y decidme
al fin qué es lo que se quiere de mí.
‑Decid más bien, excelencia, lo que queréis de nosotros... Dad
vuestras órdenes y las ejecutaremos.
‑Abridme primero.
Pepino abrió.
‑¡Yo quiero‑dijo Danglars‑, por Dios! ¡Quiero comer!
‑¿Tenéis hambre?
‑De sobra lo sabéis.
‑¿Qué quiere comer vuestra excelencia?
‑Un pedazo de pan seco, puesto que los pollos están a tal precio
en estas malditas cuevas.
‑¡Pan!, sea‑dijo Pepino‑. ¡Eh!, pan‑gritó.
El criado trajo un pedazo de pan.
‑¡Helo aquí! ‑dijo Pepino.
‑¿Qué vale? ‑preguntó Danglars.
‑Cuatro mil novecientos noventa y ocho luises, estando ya otros
dos pagados por anticipado.
‑¡Cómo! ¡Un pan cien mil francos!
‑Cien mil francos ‑dijo Pepino.
‑¡Y no me pedíais más que cien mil francos por un pollo!
‑No servimos por lista, sino a precio fijo. Cómase poco o mucho,
pídanse diez platos o uno solo, el coste es absolutamente igual.
‑¡Una nueva burla! Querido amigo, os declaro que esto es absurdo,
que esto es estúpido. Decid más bien que al fin queréis que me muera de hambre,
y es más sencillo.
‑No, excelencia, vos sois quien queréis suicidaros. Pagad y
comed, creedme.
‑¿Conque he de pagar tres veces, bruto? ‑dijo Danglars exasperado‑.
¿Crees que se llevan así cien mil francos?
‑Tenéis cinco millones cincuenta mil francos en vuestro
bolsillo, excelencia ‑dijo Pepino‑, que equivalen a cincuenta pollos y medio.
Danglars se estremeció. Cayóle la venda de los ojos. Continuaba
la misma broma, pero por fin acababa de comprenderla. Es fácil conocer que no
la encontraba tan sencilla como antes.
‑Veamos ‑dijo‑, veamos. ¿Dando esos cien mil francos, quedaréis
satisfecho al menos, y podré comer a mi placer?
‑Sin duda ‑dijo Pepino.
‑Pero ¿cómo darlos? ‑dijo el banquero respirando más libremente.
‑Nada más fácil. Tenéis un crédito abierto en casa de Thonmson y
French, calle de Banchi, en Roma. Dadme un bono de cuatro mil novecientos
noventa y ocho luises contra estos señores. Nuestro banquero los recogerá.
Danglars quiso al menos asumir el aire de generoso. Tomó la
pluma y el papel que le presentaba Pepino, escribió la letra y firmó.
‑Tened ‑dijo‑, vuestro bono al portador.
‑Y vos, el pollo.
Danglars trinchó el ave suspirando. Parecíale flaca para una
suma tan crecida.
En cuanto a Pepino, leyó atentamente el papel, lo metió en el
bolsillo y prosiguió comiendo sus guisantes con tocino.
Al día siguiente Danglars volvió a tener hambre. El aire de
aquella caverna despertaba a más no poder el apetito. El prisionero creyó que
en todo aquel día no tendría que hacer nuevos gastos. Como hombre económico
había ocultado la mitad del pollo y un pedazo de pan en un rincón del cuarto.
Pero después de comer tuvo sed. No había contado con ello. Luchó contra la sed
hasta el momento en que sintió la lengua reseca pegársele al paladar. Entonces
llamó, no pudiendo resistir más tiempo el fuego que le consumía. El centinela
abrió la puerta; era una cara distinta. Pensó que mejor le sería entenderse con
su antiguo conocido y llamó a Pepino.
‑Aquí me tenéis, excelencia ‑dijo el bandido presentándose con
tal presteza que le pareció de buen agüero a Danglars‑, ¿qué queréis?
‑Beber ‑contestó el prisionero.
‑Excelencia ‑dijo Pepino‑, ya sabéis que el vino no tiene precio
en las cercanías de Roma.
‑Dadme agua entonces ‑dijo Danglars, pensando salir del paso.
‑¡Oh!, excelencia, el agua escasea aún más que el vino. ¡Hay tanta
sequía!
‑Vamos ‑dijo Danglars‑, ¡volvéis a empezar, a lo que parece!
Y sonriéndose como en aire de broma, el desgraciado sentía humedecidas
las sienes con el sudor.
‑Vamos, vamos, amigo ‑dijo Danglars viendo que Pepino permanecía
impasible‑, os pido un vaso de vino, ¿me lo negaréis?
‑Os he dicho, excelencia ‑respondió gravemente Pepino‑, que no
vendemos al por menor.
‑¡Y bien! , entonces dadme una botella.
‑¿De cuál?
‑Del menos caro.
‑Todos
son del mismo precio.
‑¿Y cuál es?
‑Veinticinco mil francos la botella.
‑Decid ‑exclamó Danglars, con indescriptible amargura‑, decid
que queréis robarme y es más sencillo que hacerlo así paso a paso.
‑Es posible ‑dijo Pepino‑ que tal sea la intención del señor.
‑¿Qué señor?
‑Aquel a quien se os presentó anteayer.
‑¿Dónde está?
‑Aquí.
‑Haced que lo vea.
‑Es fácil.
Poco después, Luigi Vampa se hallaba ante Danglars.
‑¿Me llamáis? ‑preguntó al prisionero.
‑¿Sois el jefe de los que me han traído aquí?
‑Sí, excelencia, ¿y qué?
‑¿Qué queréis de mí por rescate? Decid.
‑Nada más que los cinco millones que lleváis encima.
El banquero sintió oprimido el corazón con un pasmo terrible.
‑No tengo más que eso en el mundo, resto de una inmensa fortuna.
Si me lo quitáis, quitadme la vida.
‑Tenemos prohibido derramar vuestra sangre, excelencia.
‑¿Y quién os lo ha prohibido?
‑El que manda en nosotros.
‑¿Obedecéis a alguien?
‑Sí, a un jefe.
‑Creía que el jefe erais vos.
‑Soy jefe de estos hombres, pero otro lo es mío.
‑¿Y ese jefe obedece a alguien?
‑Sí.
‑¿A quién?
‑A Dios.
Danglars permaneció un momento pensativo.
‑No os comprendo ‑dijo.
‑Es posible.
‑¿Y es ese jefe el que os ha dicho que me tratéis de tal modo?
‑Sí.
‑¿Con qué objeto?
‑Lo ignoro.
‑Pero ¿desaparecerá mi bolsa?
‑Es probable.
‑Vamos ‑dijo Danglars‑, ¿queréis un millón?
‑No.
‑¿Dos millones?
‑No.
‑¿Tres millones...?, ¿cuatro...?, veamos, ¿cuatro? Os lo doy a
condición de que me pongáis en libertad.
‑¿Por qué nos ofrecéis cuatro millones por lo que vale cinco? ‑dijo
Vampa‑, eso es una usura, señor banquero, o no entiendo una palabra.
‑¡Tomadlo todo! ¡Tomadlo todo!, os digo ‑exclamó Danglars‑, o
matadme.
‑Vamos, vamos, calmaos, excelencia, os vais a alterar la sangre,
y eso os dará apetito para comer un millón por día, ¡sed más económico,
demonio!
‑¿Y cuando no tenga más dinero que daros? ‑exclamó Danglars
exasperado.
‑Entonces tendréis hambre.
‑¿Tendré hambre? ‑dijo Danglars palideciendo.
‑Probablemente ‑respondió Vampa con sorna.
‑¿Decís que no queréis matarme?
‑No.
‑¿Y queréis dejarme morir de hambre?
‑Sí, que no es lo mismo.
‑¡Y bien, miserables! ‑exclamó Danglars‑, haré fracasar vuestros
infames planes. Morir por morir prefiero acabar de una vez. Hacedme sufrir,
torturadme, matadme, pero no conseguiréis mi firma.
‑Como queráis, excelencia ‑dijo Vampa. Y salió.
Danglars se arrojó rabiando sobre las pieles de lobo.
¿Quiénes eran esos hombres? ¿Quién era ese jefe visible? ¿Quién
era el jefe invisible? ¿Qué proyectos les animaban contra él?, y cuando todo el
mundo podía rescatarse, ¿por qué no podía él hacerlo?
¡Oh! , seguramente que la muerte, una muerte pronta y violenta,
era un buen medio de burlar a los enemigos encarnizados que parecían perseguir
contra él una incomprensible venganza.
‑¡Sí, pero morir!
Acaso por primera vez en su larga carrera, Danglars pensaba en
la muerte con el deseo y el temor a la vez de morir, pero había llegado el
momento para él de detener la vista en el espectro implacable que va en pos de
toda criatura, y a cada pulsación del corazón le dice: ¡Morirás!
Danglars parecía una bestia feroz, acosada por la montería,
desesperada después, y que a fuerza de su desesperación, consigue finalmente
evadirse. Pensó en la fuga, pero los muros eran la roca viva, y a la única
salida de la cueva se hallaba un hombre leyendo, por detrás del cual veíanse
pasar y repasar sombras armadas de fusiles.
Duróle dos días la resolución de no firmar, después de los
cuales pidió de comer y ofreció un millón. Tomáronselo y le sirvieron una
suculenta comida.
Desde entonces la vida del desgraciado prisionero fue una
tortura perpetua. Había sufrido tanto que no quería exponerse a sufrir más, y
cedía a todas las exigencias. Al cabo de cuatro días, una tarde que había
comido como en los tiempos de su mejor fortuna, echó sus cuentas y notó que
era tanto lo gastado que no le restaban más que cincuenta mil francos.
Entonces sufrió una reacción extraña. Acabando de perder cinco
millones, trató de salvar los cincuenta mil francos que le quedaban; antes que
entregarlos, se propuso una vida de privaciones y llegó a entrever momentos de
esperanza que rayaban en locura. Teniendo olvidado a Dios después de mucho
tiempo, comenzó a creer que había obrado milagros, que la caverna podía
hundirse, que los carabineros pontificios podían descubrir aquel odioso
encierro y salvarle. Pensó en los cincuenta mil francos que le restaban, que
eran una suma suficiente para preservarle del hambre, y rogó a Dios se los
conservara, y orando lloró.
Tres días transcurrieron de este modo, durante los cuales el
nombre de Dios estuvo constantemente, si no en su corazón, en sus labios. A
intervalos tenía instantes de delirio, durante los cuales creía ver desde las
ventanas en una pobre choza un anciano agonizando en el lecho. Este viejo
también moría de hambre.
El cuarto día no era un hombre, era casi un cadáver. Había recogido
hasta las últimas migajas de sus comidas, y comenzaba a devorar la estera que
cubría el piso de la cueva.
Suplicó entonces a Pepino, como a un ángel guardián, le diese algún
alimento, y le ofreció mil francos por un pedazo de pan. Pepino no contestó.
El quinto día se arrastró hasta la entrada de la celda.
‑¿No sois cristiano? ‑dijo incorporándose sobre las rodillas‑,
¿queréis asesinar a un hombre que es hermano vuestro ante Dios? ¡Oh!, ¡mis
amigos de otro tiempo, mis amigos de otro tiempo! ‑murmuraba. Y cayó con la
frente en el suelo.
Luego, levantándose, gritó con una especie de desesperación:
‑¡El jefe!, ¡el jefe!
‑Heme aquí ‑dijo Vampa, apareciendo de repente‑, ¿qué queréis
otra vez?
‑Tomad el oro que me queda ‑balbució Danglars entregándole la
cartera‑, y dejadme vivir aquí, en esta caverna. No pido la libertad, sólo
pido la vida.
‑¿Entonces, sufrís mucho? ‑preguntó Vampa.
‑¡Oh!, sí; sufro, sufro cruelmente.
‑Hay, sin embargo, hombres que han sufrido más que vos.
‑No lo creo.
‑Sí; ¡por mi vida!, murieron de hambre.
El banquero acordóse entonces del anciano que, durante sus horas
de alucinamiento, veía a través de las ventanas de la pobre cabaña llorar en el
lecho. Golpeóse la frente contra el suelo, dando un gemido.
‑Sí ‑dijo‑, es verdad. Hay quienes han sufrido más que yo, pero
al menos eran mártires.
‑¿Es que al fin os arrepentís? ‑dijo una voz sombría y solemne,
que hizo erizarse los cabellos en la cabeza de Danglars.
Su mirada débil trató de distinguir los objetos, y vio detrás
del bandido un hombre envuelto en una capa, y oculto tras una pilastra de
piedra.
‑¿De qué tengo que arrepentirme? ‑balbució Danglars.
‑Del mal que me habéis hecho ‑dijo la misma voz.
‑¡Oh, sí; me arrepiento, me arrepiento! ‑exclamó el banquero. Y
se golpeó el pecho con el puño desfallecido.
‑Entonces os perdono ‑dijo el hombre soltando la capa y dando
algunos pasos para colocarse ante la luz.
‑¡El conde de Montecristo! ‑dijo Danglars, más pálido de terror,
que lo que estaba un momento antes de hambre y de miseria.
‑Os engañáis, no soy el conde de Montecristo.
‑¿Quién sois, entonces?
‑Soy el que habéis vendido, entregado, deshonrado, cuya mujer
amada habéis prostituído, al que habéis pisoteado para poder encumbraros y
alzaros con una gran fortuna, cuyo padre habéis hecho morir de hambre, a quien
condenasteis a morir del mismo modo, y que, sin embargo, os perdona, porque
tiene asimismo necesidad de ser perdonado: soy ¡Edmundo Dantés!
Danglars lanzó un grito y cayó de rodillas.
‑¡Levantaos! ‑dijo el conde‑, tenéis salvada la vida. No han
tenido igual suerte vuestros dos cómplices. Uno está loco, otro muerto.
Quedaos con los cincuenta mil francos que os restan, os los doy. En cuanto a
los cinco millones robados a los hospicios, les han sido ya restituidos por una
mano desconocida. Ahora comed y bebed. Esta noche os doy hospedaje.
Después, el conde se volvió y dijo:
‑Vampa, cuando ese hombre esté satisfecho, que se vaya libremente.
Danglars permaneció prosternado mientras el conde se alejaba;
cuando levantó la cabeza, solamente vio una especie de sombra que desapareció
por el corredor y ante la cual se inclinaban los bandidos.
Según había dispuesto el conde, Danglars se vio servido por Vampa,
quien mandó traerle el mejor vino y los más exquisitos manjares de Italia, y
después, haciéndole montar en su silla de posta, le dejó en el camino, arrimado
a un árbol. Así permaneció sin saber dónde se hallaba. Entonces vio que estaba
cerca de un arroyo, y como tenía sed, se arrastró hasta él. Al bajarse para
beber, vio en el espejo de las aguas que sus cabellos se habían vuelto blancos.
Capítulo diecinueve
El 5 de octubre
Serían las seis de la tarde. Un horizonte de color de ópalo,
matizado con los dorados rayos de un hermoso sol de otoño, se destacaba sobre
la mar azulada.
El calor del día había ido atenuándose poco a poco, y empezaba a
sentirse la ligera brisa que parece la respiración de la naturaleza exhalándose
después de la abrasadora siesta del mediodía; soplo delicioso que refresca las
costas del Mediterráneo y lleva de ribera en ribera el perfume de los árboles,
mezclado con el acre olor del mar.
Sobre la superficie del lago que se extiende desde Gibraltar a
los Dardanelos, y de Túnez a Venecia, una embarcación ligera, de forma
elegante, se deslizaba a través de los primeros vapores de la noche. Su
movimiento era el del cisne que abre sus alas al viento surcando las aguas.
Avanzaba rápido y gracioso a la vez, dejando en pos de sí un surco
fosforescente.
Lentamente, el sol, cuyos últimos rayos hemos saludado, desapareció
por el horizonte occidental, pero como para secundar los sueños brillantes de
la mitología, sus fuegos indecisos, reapareciendo en la cima de cada ola,
parecían revelar que el dios de la luz acababa de ocultarse en el seno de
Anfítrite, quien procuraba en vano guardar a su amante entre los pliegues de su
azulado manto.
El barco avanzaba velozmente, aunque al parecer, apenas hacía
viento para sacudir los rizados bucles de una joven. En pie sobre la proa, un
hombre alto, de tez bronceada, ojos dilatados, veía acercarse hacia él la
tierra bajo la forma de una masa sombría en forma de cono, y saliendo del
medio de las olas como un ancho sombrero catalán.
‑¿Está ahí la isla de Montecristo? ‑preguntó con una voz grave,
impregnada de profunda tristeza, el viajero a cuyas órdenes parecía estar en
aquel momento la embarcación.
‑Sí, excelencia ‑respondió el patrón‑; ya llegamos.
‑¡Llegamos! ‑murmuró el viajero con un acento indefinible de
melancolía.
Luego añadió en voz baja:
‑Sí; éste será el puerto.
Y se sumergió en sus meditaciones, que se revelaban con una sonrisa
más triste aún que lo hubiesen sido las mismas lágrimas.
Unos minutos más tarde se distinguió en tierra una llama, que se
apagó al instante, y el estampido de un arma de fuego llegó hasta el barco.
‑Excelencia ‑dijo el patrón‑, he ahí la señal, ¿queréis
responder vos mismo?
‑¿Qué señal? ‑preguntó.
El patrón extendió la mano hacia la isla, desde cuyas orillas
ascendía una larga y blanquecina columna de humo, que se iba extendiendo
sensiblemente en la atmósfera.
‑¡Ah!, sí ‑dijo, como saliendo de un sueño‑, dadme...
El patrón le entregó una carabina cargada. El viajero la tomó,
apuntó hacia arriba y la disparó al aire.
Diez minutos después se amainaba la vela, y se echaba el ancla a
quinientos pasos del puerto.
El bote estaba ya en el mar con cuatro remeros y el photo. El
viajero bajó, y en vez de sentarse en la popa guarnecida para él de un tapiz
azul, se mantuvo en pie con los brazos cruzados.
Los remeros esperaban con los remos medio levantados, como aves
que ponen a secar las alas.
‑¡Avante! ‑dijo el viajero.
Los ocho remos cayeron al mar de un solo golpe, y sin hacer
saltar una chispa de agua. Después la barca, cediendo al impulso, se deslizó
rápidamente.
En seguida entró en una pequeña ensenada, formada por una abertura
natural. La barca tocó en un fondo de arena fina.
‑Excelencia ‑dijo el piloto‑, subid a espaldas de dos de nuestros
hombres, que os llevarán a tierra.
El joven respondió a esta invitación con un gesto de completa
indiferencia. Sacó las piernas de la barca y se dejó deslizar en el agua, que
le llegó hasta la cintura.
‑¡Ah, excelencia! ‑murmuró el piloto‑, habéis hecho mal, y el
señor os censurará por ello.
El joven continuó marchando hacia la ribera, detrás de dos marineros
que habían encontrado el mejor fondo.
A los treinta pasos llegaron a tierra. El joven sacudió los pies
y comenzó a buscar el camino que se le indicaba en medio de las tinieblas de
la noche. En el momento en que volvía la cabeza, sintió una mano sobre el
hombro y una voz que le hizo estremecer.
‑Buenas noches, Maximiliano ‑le dijo la voz‑, veo que sois puntual,
gracias.
‑¡Vos, conde! ‑exclamó el joven con un movimiento, expresión más
que de otra cosa de alegría, y estrechando entre sus dos manos la de
Montecristo.
‑Sí, ya lo veis, tan puntual como vos, pero estáis no sé cómo,
caro amigo. Es preciso transformaros, como diría Calipso a Telémaco. Venid,
pues. Hay por aquí una habitación preparada para vos, y en la cual olvidaréis
las fatigas y el frío.
Montecristo vio que Morrel se volvía, y esperó.
El joven, en efecto, veía con sorpresa que ni una sola palabra
le habían dicho sus conductores, a los cuales no había pagado, y sin embargo,
partían. Oíanse ya los movimientos de los remos del bote que volvía hacia la
embarcación.
‑¡Ah, sí! ‑dijo el conde‑, ¿buscáis a vuestros marineros?
‑Sin duda, nada les he dado y no obstante han partido.
‑No penséis en eso, Maximiliano ‑dijo sonriéndose Montecristo‑,
tengo un contrato con la marina para que el acceso de mi isla quede libre de
todo gasto de viaje. Soy su abonado, como se dice en los países civilizados.
Morrel miró al conde con admiración.
‑Conde ‑le dijo‑, no sois el mismo aquí que en París.
‑¿Cómo es eso?
‑Sí; aquí os reís.
La frente de Montecristo se ensombreció.
‑Tenéis razón en recordármelo, Maximiliano ‑dijo‑, volveros a
ver es una ventura para mí, y olvidaba que toda ventura es pasajera.
‑¡Oh!, no, no, conde ‑exclamó Morrel volviendo a asir las manos
de su amigo‑, reíd, por el contrario; sed dichoso y probadme con vuestra
indiferencia que la vida no es mala sino para los que sufren.
¡Oh!, sois benéfico, bueno, grande, amigo mío, y para darme
valor afectáis esa alegría.
‑Os equivocáis, Morrel ‑dijo el conde‑, es que en efecto soy
feliz.
‑Vamos, os olvidáis de mí, ¡tanto mejor!
‑¿Cómo?
‑Sí, porque ya lo sabéis amigo. Como el gladiador cuando entraba
en el circo decía al emperador, os digo: «El que va a morir lo saluda. »
‑¿No estáis consolado? ‑preguntó Montecristo, con una expresión
particular.
‑¡Oh! ‑dijo Morrel, con una mirada llena de amargura‑, ¿suponéis
acaso que puedo estarlo?
‑Escuchad ‑prosiguió el conde‑, comprendéis bien el sentido de
mis palabras, ¿no es verdad, Maximiliano? No me tenéis por un hombre vulgar,
por una urraca que pronuncia frases vagas y vacías de sentido. Al preguntaros
si estáis consolado, os hablo como hombre para quien el corazón humano no
tiene secretos. Y bien, Morrel, bajemos juntos al fondo de vuestro corazón y
sondeémosle. ¿Siente aún la fogosa impaciencia del dolor que hace estremecer el
cuerpo, como se estremece el león picado por el mosquito? ¿O sufre esa sed
devoradora que no se acaba hasta el sepulcro? ¿O la idealidad del recuerdo ya
irrealizable que lanza al vivo en pos de la muerte? ¿O tan sólo la postración
del valor agotado, el tedio que apaga los rayos de esperanza que quisieran
lucir de nuevo? ¿O la pérdida de la memoria junto con la impotencia para el
llanto? ¡Oh!, querido amigo, si esto es así, si no podéis llorar, si creéis
muerto vuestro corazón embotado, si no encontráis fuerza más que en Dios,
miradas más que para el cielo, amigo, dejemos a un lado las palabras harto
mezquinas para la comprensión de nuestra alma. Maximiliano, estáis consolado,
dejad, pues de lamentaros.
‑Conde ‑dijo Morrel con una voz dulce y firme al mismo tiempo‑,
conde, escuchadme, como se escucha al hombre que habla con el dedo extendido
hacia la tierra, con los ojos levantados al cielo. He venido cerca de vos para
expirar en brazos de un amigo. Hay, es cierto, personas a quienes amo. Amo a
mi hermana Julia, a su esposo Manuel, mss necesito que se abran unos brazos
fuertes y se me estreche en ellos en mis últimos instantes. Mi hermana se
desharía en lágrimas y se acongojaría. La vería sufrir, y ¡he sufrido yo
tanto! Manuel me arrancaría el armx de las manos y atronaría la casa con sus
destemplados gritos. Vos, conde, cuya palabra me esclaviza, que sois más que
hombre, a quien llamaría dios si no fueseis mortal. Vos, vos meconduciréis
dulcemente y con ternura, ¿no es verdad?, hasta las puertas de la muerte.
‑Amigo ‑repuso el conde‑, me queda aún una duda: ¿tendréis tan
poca fuerza que empeñéis vuestro orgullo en exhalar vuestro dolor?
‑No; mirad, soy sincero ‑dijo Morrel tendiendo la mano al conde‑,
y mi pulso no late más ni menos débil que de costumbre. No; me siento al
término del camino. No, no procederé más allá. Me habéis hablado de aguardar,
de esperar, ¿sabéis lo que habéis hecho, desventurado sabio? ¡He esperado un
mes, es decir, que he sufrido un mes! He esperado, ¡el hombre es pobre y
miserable criatura! He esperado, ¿y qué? No lo sé, ¡algo desconocido, absurdo,
insensato!, un milagro..., ¿cuál? Dios sólo puede decirlo, que ha envuelto nuestra
razón con la locura que se llama esperanza. Sí; he estado esperando. Sí; he
esperado, conde, y en un cuarto de hora que hace que hablamos esta vez, me
habéis, sin saber, partido, torturado el corazón cien veces, porque cada una de
vuestras palabras me prueban que no hay esperanza para mí. ¡Oh, conde, cuán
dulce y voluptuoso sería el descanso de la muerte!
Estas últimas palabras fueron pronunciadas por Morrel con una explosión
de alegría que hizo estremecer al conde.
‑Amigo mío ‑continuó Morrel, viendo que el conde callaba‑, me
designasteis el 5 de octubre como término del plazo definitivamente
convenido... ; amigo mío, hoy es el 5 de octubre. ..
Y sacó el reloj.
‑Son las nueve; todavía me quedan tres horas de vida.
‑Sea ‑respondió el conde‑, venid.
Morrel siguió maquinalmente al conde, y estaban ya en la gruta,
sin que Maximiliano se hubiese dado cuenta de ello. Vio alfombras bajo sus
pies, y abierta una puerta de donde se exhalaban delicados perfumes. Una luz
resplandeciente hirió sus ojos. Morrel se detuvo dudoso sin seguir adelante.
Desconfiaba de las delicias mágicas que le rodeaban. Montecristo le atrajo
dulcemente.
‑¿Será preciso ‑dijo‑, que empleemos las tres horas que nos restan,
como los antiguos romanos, que, condenados por Nerón, su emperador y heredero,
se sentaban a la mesa coronados de flores y aspiraban la muerte con el perfume
de los heliotropos y de las rosas?
‑Como gustéis ‑respondió Morrel‑, la muerte es siempre la
muerte, es decir, el reposo, es decir, la ausencia de la vida, y por
consiguiente del dolor.
Sentóse, y Montecristo enfrente de él.
Estaban en el maravilloso comedor que hemos descrito, y en donde
estatuas de mármol sostenían en la cabeza canastillos siempre llenos de flores
y de frutas. Morrel lo había mirado todo vagamente, probablemente sin ver nada.
‑Hablemos ‑dijo, mirando finalmente al conde.
‑¡Hablad! ‑le respondió éste.
‑Conde ‑repuso Morrel‑, sois el compendio de todos los conocimientos
humanos, y me parecéis bajado de un mundo más adelantado y sabio que el
nuestro.
‑Hay algo de cierto en eso ‑dijo el conde, con la sonrisa melancólica
que confería a su rostro destellos de inefable bondad‑, he bajado de un
planeta que llaman el dolor.
‑Creo todo lo que me decís, sin tratar de investigar su sentido,
conde; y la causa de ello es porque me habéis dicho que viva y he vivido,
porque me habéis dicho que espere y he esperado. Osaré preguntaros como si
hubieseis muerto alguna vez: ¿Conde, es eso un mal?
Montecristo miraba a Morrel con una inefable expresión de ternura.
‑Sí ‑dijo‑, sí, sin duda; eso es un mal si rompéis brutalmente
la capa mortal que os reclama obstinadamente la vida. Si desgarráis vuestra
carne con la imperceptible punta de un puñal, si abrís con una bala siempre
insegura vuestra cabeza, sensible al más leve dolor, ciertamente que
sufriréis, y dejaréis odiosamente la vida, hallándola en medio de una agonía
desesperada, mejor que un reposo a tanta costa comprado.
‑Sí, lo comprendo ‑dijo Morrel‑; la muerte, como la vida, tiene
secretos de dolor y de voluptuosidad. Todo estriba en conocerlos.
‑Exacto, Maximiliano. Acabáis de decir una gran verdad. La muerte
es según el cuidado que tomamos de ponernos bien o mal con ella: o una amiga
que nos mece dulcemente como una nodriza, o una enemiga que nos arranca con
violencia el alma del cuerpo. Un día, cuando el mundo haya vivido un millar de
años más, y se haya hecho dueño de todas las fuerzas destructoras de la
naturaleza para aprovecharlas en el bienestar general de la humanidad, cuando
el hombre conozca, como decíais no ha mucho, los secretos de la muerte, será
ésta tan dulce y voluptuosa como el sueño en los brazos de la mujer querida.
‑Y si quisierais morir, conde, ¿sabríais hacerlo de ese modo?
‑Sí.
Morrel le tendió la mano.
‑Comprendo ahora ‑dijo‑ por qué me habéis citado aquí, en esta
isla perdida en medio del Océano, en este palacio subterráneo,
sepulcro que envidiaría Faraón. Es porque me queréis, ¿no es
así, conde?, ¿es que me queréis lo suficiente, para procurarme una de esas
muertes de que me habláis, una muerte sin agonía, una muerte que me permita
desahogarme pronunciando el nombre de Valentina, y estrechándoos la mano?
‑Sí; habéis adivinado, Morrel ‑dijo el conde con sencillez‑, y
así es como lo comprendo.
‑Gracias, la idea de que mañana no sufriré más resulta consoladora
para mi angustiado corazón.
‑¿No dejáis a nadie? ‑preguntó Montecristo.
‑¡No! ‑respondió Morrel.
‑¿Ni siquiera a mí? ‑repuso el conde con emoción profunda.
Morrel quedó suspenso. Sus claros ojos se nublaron de pronto, y
brillaron luego con vívida llama, brotando de ellos una lágrima que rodó
abriendo un surco plateado en su mejilla.
‑¡Cómo! ‑dijo el conde‑, ¡os queda un recuerdo en la tierra y
morís...!
‑¡Oh!, por favor ‑exclamó Morrel con voz apagada‑, ¡ni una
palabra más, conde, no prolonguéis mi suplicio!
Montecristo creyó que Morrel iba a entrar en delirio.
Esta creencia de un instante resucitó en él la horrible duda
sepultada ya una vez en el castillo de If.
Pensó devolver este hombre a la ventura, mirando tal restitución
como un peso echado en la balanza para compensación del mal que pudiera haber
derramado.
«Ahora ‑pensó el conde‑, si yo me equivocase, si este hombre no
fuera tan desgraciado que mereciese la ventura, ¡ay!, ¡qué sería de mí que no
puedo olvidar el mal sino representándome el bien! »
‑Escuchad, Morrel ‑dijo‑, vuestro dolor es inmenso, me doy
cuenta, pero, sin embargo, creéis en Dios, y no querréis arriesgar la salvación
del alma.
Morrel se sonrió con tristeza.
‑Conde ‑dijo‑, sabéis que no entro fríamente en los espacios de
la poesía; pero, os lo juro, mi alma no es mía.
‑Escuchad, Morrel ‑dijo el conde‑, no tengo pariente alguno en
el mundo, ya lo sabéis. Me he acostumbrado a miraros como hijo, ¡y bien!, por
salvar a mi hijo, sacrificaría mi vida, cuanto más mi fortuna.
‑¿Qué queréis decir?
‑Quiero decir, Morrel, que atentáis a vuestra vida porque no conocéis
todos los goces que ofrece una gran fortuna. Morrel, poseo cerca de cien
millones, os los doy. Con tal fortuna podéis esperar todo lo que os propongáis.
¿Sois ambicioso?, todas las carreras os serán abiertas. Revolved el mundo,
cambiad su faz, entregaos a prácticas insensatas, sed criminal si es preciso,
pero vivid.
‑Conde, cuento con vuestra palabra ‑respondió fríamente Morrel,
y añadió, sacando el reloj‑,son las nueve y media.
‑¡Morrel! ¿Insistís?, ¿a mi vista?, ¿en mi casa?
‑Dejadme marchar, entonces ‑‑dijo Maximiliano, profundamente
sombrío‑, o creeré que no me amáis sino por vos.
Y se puso en pie.
‑Está bien ‑dijo el conde, cuyo rostro pareció iluminarse‑, lo
queréis, Morrel, y sois inflexible. ¡Sí!, sois profundamente desgraciado, y lo
habéis dicho, sólo puede remediaros un milagro. Sentaos y esperad, Morrel.
Morrel obedeció. Montecristo se levantó a su vez y fue a buscar
a un armario cuidadosamente cerrado, y cuya llave llevaba suspendida de una
cadena de oro, un cofrecito de plata primorosamente cincelado, cuyos ángulos
representaban cuatro figuras combadas, parecidas a esas cariátides de formas
ideales, figuras de mujer, símbolos de ángeles que aspiran al cielo. Colocó el
cofre encima de la mesa. Luego, abriéndolo, sacó una cajita de oro, cuya tapa
se levantaba apretando un resorte secreto.
Esta caja contenía una sustancia untuosa medio sólida, cuyo
color era indefinible, a causa del reflejo del oro bruñido, de los zafiros, rubíes
y esmeraldas que la guarnecían, mezcla de azul, de púrpura y oro. El conde tomó
entonces una pequeña cantidad de esta sustancia con una cuchara de plata
sobredorada, y la ofreció a Morrel, mirándole fijamente largo tiempo. Pudo
verse entonces que esta sustancia era de un color verdoso.
‑He aquí lo que me habéis pedido ‑dijo‑. He aquí lo que os he
prometido.
‑Viviendo aún ‑dijo el joven, al tomar la cuchara de manos del
conde‑, os doy las gracias desde el fondo de mi corazón.
El conde cogió otra cuchara y la metió también en la caja de
oro.
‑¿Qué vais a hacer, amigo? ‑inquirió Morrel, deteniéndole la
mano.
‑A fe mía, Morrel ‑le dijo sonriéndose‑, creo, y Dios me lo perdone,
que estoy tan cansado de la vida como vos, y puesto que la ocasión se
presenta...
‑¡Alto! ‑exclamó el joven‑. ¡Vos que amáis, que sois amado, que
tenéis fe y esperanza! ¡Oh, no hagáis lo que yo voy a hacer! ¡En vos sería un
crimen! ¡Adiós, mi noble y generoso amigo, adiós! Voy a decir a Valentina todo
lo que habéis hecho por mí.
Y lentamente, sin otro movimiento que el de una contracción de
la mano izquierda que tendía a Montecristo, Morrel tomó o más bien saboreó la
misteriosa sustancia que le había ofrecido el conde.
En este momento quedaron ambos silenciosos. Alí, también callado
y atento, les dio tabaco, sirvió el café y desapareció.
Poco a poco, las lámparas palidecieron en las manos de las
estatuas de mármol que las sostenían, y el perfume de los pebeteros pareció
menos penetrante a Morrel. Sentado frente a él, el conde le miraba desde el
fondo de la sombra, y Morrel no veía brillar más que los ojos de Montecristo.
Apoderóse del joven un dolor inmenso. Sentía caerse el servicio
de café de las manos. Los objetos iban perdiendo insensiblemente su forma y
sus colores. Sus ojos turbados veían abrirse como puertas y cortinas en las
paredes.
‑Amigo ‑dijo‑, conozco que me muero. Gracias.
Realizó un esfuerzo por tenderle por segunda vez la mano, pero
sin fuerza se dejó caer sobre él.
Entonces le pareció que Montecristo se sonreía, no con la risa
extraña a impresionante que le había dejado entrever muchas veces los
misterios de su alma profunda, sino con la compasiva bondad que tienen los
padres para con sus hijos extraviados. Al mismo tiempo el conde crecía a sus
ojos. Su estatura, casi doble, se dibujaba sobre las pinturas rojas; había
echado hacia atrás sus negros cabellos y se presentaba alto a imponente como
uno de esos ángeles que amenazarán a los pecadores el día del juicio eterno.
Morrel, abatido, desconcertado, se tendió en un sofá. Advertíase
entorpecimiento en la circulación de la sangre, ya algo azulada. Su cabeza
experimentaba un trastorno en las ideas.
Tendido, enervado, anhelante, Morrel no sentía en sí nada de
vivo más que un sueño. Parecía entrar decididamente en el vago delirio que
precede al estado desconocido que llamamos muerte. Trató de tender nuevamente
al conde la mano, pero carecía ya de movimiento. Quería decirle ya un adiós
supremo, y su lengua se agitó sordamente en su garganta, como la losa al
cerrar el sepulcro.
Sus ojos, llenos de languidez, se cerraron a pesar suyo; sin
embargo, en derredor de sus párpados se agitaba una imagen que reconoció a
pesar de la oscuridad en que se creía envuelto. Era el conde que acababa de
abrir una puerta. De pronto, una claridad inmensa resplandeció en la cámara
contigua, o más bien en un palacio encantado, inundando la sala donde Morrel se
abandonaba a una dulce agonía.
Entonces vio aparecer a la puerta de la cámara, en el límite de
ambas estancias, una mujer de maravillosa belleza. Pálida y sonriéndose
dulcemente, parecía un ángel de misericordia, conjurando al ángel de las
venganzas.
«¿Será el cielo que se abre para mí? ‑pensó el moribundo‑; este
ángel se parece al que he perdido.»
Montecristo señaló con el dedo a la joven el sofá donde estaba
Morrel. La joven dirigióse hacia él con las manos juntas y la sonrisa en los
labios.
‑¡Valentina! ¡Valentina! ‑exclamó Morrel desde el tondo de su
alma.
Pero su boca no articuló sonido alguno, y como si todas sus
fuerzas se concentrasen en esta emoción interior, dio un suspiro y cerró los
ojos. Valentina se precipitó sobre él. Los labios de Morrel hicieron todavía
un movimiento.
‑Os llama ‑dijo el conde‑ desde el fondo de su sueño aquel a
quien habíais confiado vuestro destino y la muerte ha querido separaros. Pero
esto ha sido por vuestro bien. Yo he vencido la muerte. Valentina, en lo
sucesivo no debéis separaros más sobre la tierra, puesto que para encontraros
se precipitaba en .el sepulcro. Sin mí moriríais los dos. Os devuelvo el uno
al otro. ¡Así Dios me tenga en cuenta las dos existencias que ahora salvo!
Valentina asió la mano de Montecristo y en un irresistible impulso
de alegría la llevó a sus labios.
‑¡Oh, perdonadme! ‑dijo el conde‑. ¡Oh, repetidme, sin cansaros
de repetírmelo! ¡Repetidme que os he hecho dichosa! No sabéis cuánta necesidad
tengo de la seguridad de vuestras palabras.
‑¡Oh, sí, sí, os lo agradezco con toda mi alma! ‑dijo Valentina‑,
y si dudáis de mis palabras, ¡ay!, preguntádselo a Haydée, a mi querida
hermana Haydée, que después de nuestra partida de Francia me ha hecho esperar
resignada, hablándome de vos, el venturoso día que hoy luce para mí.
‑¿Conque amáis a Haydée? ‑preguntó Montecristo con una emoción
que en vano se esforzaba en disimular.
‑¡Oh!, con toda mi alma.
‑Escuchad entonces, Valentina ‑dijo el conde‑; tengo una gracia
que pediros.
‑¡A mí, gran Dios! ¿Seré tan dichosa?
‑Sí; habéis llamado a Haydée vuestra hermana; séalo en efecto.
Valentina, dadle todo lo que creáis deberme a mí. Protegedla, Morrel y vos,
porque ‑la voz del conde pareció ahogarse en su garganta‑ en adelante quedará
sola en el mundo...
‑¡Sola en el mundo! ‑repitió una voz detrás del conde‑, ¿y por
qué?
Montecristo se volvió.
Haydée estaba en pie, pálida y helada, mirando al conde con
expresión de profundo estupor.
‑Porque mañana, hija mía, estarás libre ‑respondió el conde‑,
porque recobrarás en el mundo el puesto que lo es debido, porque no quiero que
mi destino oscurezca el tuyo. ¡Hija de príncipe, lo devuelvo las riquezas y el
nombre de lo padre!
Haydée palideció, abrió las manos diáfanas como hace la virgen
que se encomienda a Dios y con una voz trémula por las lágrimas:
‑¿Veo, señor, que me abandonas? ‑dijo.
‑¡Haydée! Haydée! Eres joven, eres bella, olvídate hasta de mi
nombre y sé dichosa.
‑Perfectamente ‑dijo Haydée‑; tus órdenes serán cumplidas.
Olvidaré hasta lo nombre y seré dichosa.
Y dio un paso atrás para retirarse.
‑¡Oh, Dios mío! ‑exclamó Valentina, sosteniendo con su espalda
la cabeza inmóvil de Morrel‑, ¿no veis su palidez, no comprendéis lo que
sufre?
Haydée le dijo con una expresión desgarradora:
‑¿Por qué quieres, hermana mía, que me comprenda? Es mi señor,
soy su esclava; tiene derecho a no ver, a no comprender nada.
El conde tembló a los acentos de esta voz que hizo vibrar hasta
las fibras más secretes de su corazón. Sus ojos se encontraron con los de la
joven y no pudieron resistir su resplandor.
‑¡Dios mío! ¡Dios mío! ‑dijo‑, ¿será verdad lo que me habíais
dejado sospechar? Haydée, ¿serías dichosa en no abandonarme?
‑Soy joven ‑respondió con dulzura‑; amo la vida que me ha hecho
siempre tan venturosa, y sentiría morir.
‑Lo cual quiere decir que si yo lo dejo, Haydée...
‑¡Moriré, señor, sí!
‑¿Conque me amas?
‑¡Oh, Valentina, pregunta si le amo! ¡Valentina, dile tú si amas
a Maximiliano!
Montecristo sintió desahogado el pecho y dilatado el corazón.
Abrió los brazos: gaydée se lanzó en ellos dando un grito.
‑¡Oh, sí, lo amo! ‑dijo‑, lo amo como se ama a un padre, a un
hermano, a un esposo! ¡Te amo como se ama a Dios, porque eres para mí el más
bello, el mejor y el más grande de los seres creados!
‑¡Sea como tú quieres, ángel querido! ‑dijo el conde‑, Dios, que
me levantó contra enemigos y me dio la victoria; Dios, lo veo bien, no quiere
que sea el arrepentimiento el término de mis triunfos. Yo quería castigarme;
Dios quiere perdonarme. Ama, pues, ¡Haydée! ¿Quién sabe? Tu amor acaso logre
hacerme olvidar lo que es necesario que olvide.
‑¿Y qué dices tú, señor? ‑preguntó la joven.
‑Digo que una palabra tuya, Haydée, me ha enseñado más que
veinte años de lenta experiencia. ¡No tengo más que a ti en el mundo, Haydée;
por ti vuelvo a la vida; por ti puedo sufrir, por ti puedo ser dichoso!
‑¿Lo oyes, Valentina? ‑exclamó Haydée‑; dice que por mí puede
sufrir, ¡por mí, que por él daría la vida!
El conde quedó un instante pensativo.
‑¿Habré entrevisto la verdad? ‑dijo‑. ¡Oh! ¡Dios mío! No importa:
recompensa o castigo, acepto este destino. Ven, Haydée, ven...
Y estrechando con su brazo el talle de la joven, apretó la mano
a Valentina, y desapareció.
Transcurrió aproximadamente una hora, durante la cual, muda, anhelante,
con los ojos fijos, permaneció Valentina al lado de Morrel. Al cabo sintió que
palpitaba su corazón; que un soplo imperceptible abrió sus labios y advirtió el
estremecimiento que anunciaba la vuelta a la vida en todo el cuerpo del joven.
Al fin, abriéronse sus ojos, pero fijos primero, recobró luego la vista clara,
real y, con la vista, la sensibilidad; con la sensibilidad el dolor.
‑¡Oh! ‑exclamó con el acento de la desesperación‑, vivo aún; ¡el
conde me ha engañado!
Y su mano se tendió sobre la mesa y cogió un cuchillo.
‑Amigo ‑dijo Valentina con su adorable sonrisa‑, despierta ya y
mira hacia mí.
Morrel dio un gran grito, y delirante, lleno de dudas,
desvanecido como por una visión celeste, cayó sobre las rodillas.
Al siguiente día, al despuntar la aurora, Morrel y Valentina se
paseaban por la costa cogidos del brazo. La joven le contaba cómo Montecristo
se había presentado en su cámara, revelándoselo todo, cómo le había hecho
comprender el crimen y, finalmente, la salvó milagrosamente del sepulcro, al
propio tiempo que la hacía creer que estaba muerta.
Hallando abierta la puerta de la gruta, salieron a dar un paseo.
Lucían aún en el cielo las últimas estrellas de la noche. Morrel percibió
entre las sombras de un grupo de rocas un hombre que esperaba una señal para
acercarse a ellos y se lo mostró a Valentina.
‑¡Es Jacobo ‑dijo‑, el capitán!
Y le llamó con una seña.
‑¿Tenéis algo que decirnos? ‑le preguntó Morrel.
‑Tengo que entregaros esta carta de parte del conde.
‑¡Del conde! ‑murmuraron a la vez los dos jóvenes.
‑Sí, leed.
Morrel la abrió y leyó:
Mi querido Maximiliano: Hay una falúa anclada para vos. Jacobo
os llevará a Uorna, donde el señor Noirtier espera a su hija para bendecirla
antes de que os acompañe al altar. Todo cuanto hay en esta gruta, amigo mío, mi
casa de los Campos Elíseos y mi castillo de Treport, son el regalo de boda que
hace Edmundo Dantés al hijo de su patrón Morrel. La señorita de Villefort
aceptará la mitad, pues le suplico dé a los pobres de París toda la fortuna
que adquiera de su padre, loco, y de su hermanó, fallecido en septiembre
último con su madrastra.
Decid al
ángel que va a velar por vuestra vida, Morrel, que ruegue alguna vez por un
hombre que, semejante a Satanás, se creyó un instante igual a Dios, y ha
reconocido con toda la humildad de un cristiano, que sólo en manos de la
Providencia está el poder supremo y la sabiduría infinita. Sus oraciones
endulzarán quizás el remordimiento que lleva en el fondo de su corazón.
En cuanto a vos, Morrel, he aquí el secreto de mi conducta. No
hay ventura ni desgracia en el mundo, sino la comparación de un estado con
otro, he ahí todo.
Sólo el que ha experimentado el colmo del infortunio puede
sentir la felicidad suprema. Es preciso haber querido morir, amigo mío, para
saber cuán buena y hermosa es la vida.
Vivid, pues, y sed dichosos, hijos queridos de mi corazón, y no
olvidéis nunca que hasta el día en que Dios se digne descifrar el porvenir al
hombre, toda la sabiduría humana estará resumida en dos palabras: ¡Confiar y esperar!
Vuestro amigo,
Edmundo
Dantés, Conde de Montecristo.
Durante la lectura de esta carta, que le revelaba la locura de
su padre y la muerte de su hermano, Valentina palideció; un suspiro doloroso
se exhaló de su pecho y lágrimas que no eran menos amargas por ser silenciosas,
rodaron de sus mejillas. La ventura le costaba bien cara.
Morrel miró a su alrededor con inquietud.
‑Pero ‑dijo‑ el conde exagera ciertamente su generosidad.
Valentina se contentará con mi modesta fortuna. ¿Dónde está el conde, amigo?
Conducidme a él.
Jacobo extendió la mano y señaló en dirección al horizonte.
‑¡Cómo! ¿Qué queréis decir? ‑preguntó Valentina‑. ¿Dónde está el
conde? ¿Dónde está Haydée?
‑Mirad ‑dijo Jacobo.
Los ojos de los dos jóvenes se fijaron en la línea indicada por
el marino, y sobre ella, en el horizonte que separa el cielo del mar, distinguieron
una vela blanca, grande como el ala de la gaviota.
‑¡Partió! ‑exclamó Morrel‑, ¡partió! ¡Adiós, amigo mío! ¡Adiós,
padre mío!
‑¡Partió! ‑murmuró Valentina‑. ¡Adiós, amiga mía! ¡Adiós,
hermana mía!
‑¡Quién sabe si algún día le volveremos a ver! ‑dijo Morrel,
enjugándose una lágrima.
‑Cariño
‑repuso Valentina‑, ¿no acaba de decirnos que la sabiduría humana se encierra
toda ella en estas dos palabras?:
¡Confiar y esperar!


Publicar un comentario