© Libro No. 439. Las
Encrucijadas Del Tiempo . Norton,
André. Colección Emancipación Obrera. Junio 29 de 2013.
Título original: © The Crossroads of
Time. Andre Norton
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Las Encrucijadas
Del
Tiempo
Andre Norton
Título original:
The Crossroads of Time
Las
Encrucijadas
Del Tiempo Andre Norton
Prólogo
El
despacho estaba desnudo de muebles excepto un asiento extensible que salía de
la pared suavemente iluminada. El informe brillaba con letras agresivas sobre
el pupitre situado frente al inspector. O quizá aquellas letras parecían
agresivas sólo a causa de la posible conflagración que se enmascaraba bajo el
idioma oficial de aquella sección especialísima del Servicio de Seguridad.
Hacía ya mucho tiempo que el inspector había dejado de creer que cualquier
operación pudiera deslizarse plácidamente. En su experiencia, las perspectivas
más plácidas degeneraban en los más sombríos callejones sin salida.
Se recostó
en el asiento, que cambió de forma para acomodarse, en nuevo ángulo, a su
volumen de hombre de edad madura. Aunque su expresión no había cambiado, pasó
nerviosamente la punta de un dedo a izquierda y derecha del filo de la placa de
lectura sobre la que permanecía aún el mensaje. Había perdido ya mucho tiempo
en aquello, pero tenía que insistir.
INFORME
RESERVADO: División num. 1. Información Especial.
Proyecto:
4678
Tipo de
ataque: Intento de influir sobre otros niveles históricos.
Jefe de
sección: Com Varlt MW 60321.
Equipo:
Horman Tilis MW 69345, Fal Korf AW 70958, Pague Lo Sig AW 70889.
INFORMACIÓN
HASTA LA FECHA:
Seguido
sujeto Kmoat Vo Pranj, hasta Niveles 415-326 inclusive. Probablemente
establecida base de operaciones en mundo afín (E641, caracterizado, según
investigación de Kol 30, 51446 E.C. como «culturalmente retardado, de situación
crítica, prohibido excepto para investigadores sociológicos, categoría 1-2»).
Pero el sujeto puede estar en otro mundo de esta agrupación o realizando
viajes.
APARIENCIA:
Asumidas
credenciales y pasado de miembro de organizaciones legales propias del país, de
objetivos nacionales (F.B.I.: Federal Bureau of Investigaron).
TIPO DE
CULTURA:
Alborear
atómico —los habitantes de este nivel parece que no poseen poderes psi,
civilización altamente inestable— precisamente el tipo para atraer a Pranj.
OBSERVACIONES:
(Aquello
era la medula del asunto, lo que se registraba bajo «observaciones». Los ojos
del inspector se alzaron hasta la tranquila e ininterrumpida brillantez de la
pared que tenía enfrente. Estaba habiendo demasiadas «observaciones» de este
tipo en el Cuartel General en los últimos tiempos. La verdad es que cuando él
había estado en la Fuerza Actuante... Sacudió la cabeza y tuvo luego fuerzas
para sonreírse de su propia pomposidad incipiente. El punto importante era que
el hombre que actuaba sabía. Leyó la frase final sobre la que tenía que
basar su decisión).
OBSERVACIONES:
Hay que
calificar la operación de «solución dudosa» —supercrítica— requiriendo
capacidades extremas bajo clasificación 002.
Com Varlt,
M. W. a cargo.
Com Varlt.
El inspector apretó un botón con la punta de uno de sus nerviosos dedos. El
informe desapareció y, en su lugar, surgieron filas de símbolos de claves.
¡Hum!, aquel agente tenía una hoja de servicios mas bien impresionante en todos
sentidos. La vacilación, del inspector desapareció. Apretó un segundo botón y
sonrió casi con una mueca. Varlt lo había pedido, y ahora tendría respuesta a
su deseo. Sólo que lo de «solución dudosa» tendría que cambiarse mejor en
«solución satisfactoria». Un nuevo informe se plantó con un chasquido ante la
placa de lectura, y el inspector pasó a considerar otro caso.
I
La ventana
era un cuadradito de luz gris al final angosto de una pequeña habitación de
hotel. Blake Walker consideró aquella prueba de otro día con una extraña
indiferencia. Se movió para aplastar un cigarrillo sobre el cenicero colocado
junto a la cama. Recogió luego su reloj de la mesilla. Las seis y un minuto, lo
que llevaba aguardando durante la hora última debía de estar ahora muy cerca...
Lanzó
fuera de la cama su metro ochenta de esbeltos músculos y finos huesos, y pasó
al cuarto de baño a someterse al filo de la navaja de afeitar. Desde el espejo,
sus propios ojos, cansados y oscuros, le devolvían la mirada, sin curiosidad ni
interés. A la luz artificial, su espeso casco de cabellos aparecía tan negro
como sus cejas y pestañas, pero a la luz del sol sería rojo, de un rojo tan
oscuro, que justamente podría calificarse de color de caoba. Sólo su piel no
era rubia, sino trigueña y casi morena, cómo si antes de nacer hubiese
adquirido un bronceado permanente.
El
afeitado era una faena descorazonadora, llevado a cabo casi siempre por la
fuerza de la costumbre, puesto que su área barbuda era pequeña y crecía
lentamente. Sus negras cejas se juntaban ahora en un frunce conocido mientras
se preguntaba, tal vez por milésima vez, si tenía sangre asiática. Sólo que,
¿Quién ha oído nunca hablar de un chino o de un hindú pelirrojo? No es que él
pudiera rastrear su ascendencia. El sargento detective Dan Walker había agotado
los recursos de toda una fuerza policíaca ciudadana para resolver aquel
problema, veinte años antes, después de haber tropezado con «la criatura de la
alameda». El guardia Harvey Blake y el sargento Dan Walker lo habían encontrado
y poco después Dan lo había reclamado como hijo. Pero él siempre estaría
haciéndose preguntas sobre los dos años de su vida anteriores a aquello.
La bien
cortada boca de Blake se convirtió en una línea bajo la presión de los
recuerdos. El sargento, entonces inspector Dan, entrando en el Banco Nacional
para comprar cheques de viajero con los que realizar el viaje tanto tiempo
esperado, tropezando con un atraco en marcha. Dan Walker acribillado a tiros
sin que el dolor terrible del corazón de Molly disminuyese al saber que se
había llevado por delante a su asesino. Después, se habían quedado los dos:
Molly Walker y Blake. Y Molly se fue a la cama una noche y no se despertó por
la mañana.
Así es que
ahora estaba de nuevo, amputado de la única seguridad que había conocido. Blake
soltó la navaja cuidadosamente, como si aquel movimiento formara parte de
alguna acción intrincada y necesaria. Estaban sus ojos todavía sobre el espejo,
pero no veían reflejo alguno allí, no veían desde luego las líneas de tensión
que súbitamente envejecían su faz. Aquello ya llegaba; estaba ahora muy
próximo.
La última
vez, aquella sensación lo había arrastrado a la alcoba de Molly y al penoso
descubrimiento que hizo allí. Lo empujaba ahora urgentemente hacia el
vestíbulo. Escuchó, sabiendo de antiguo que realmente no había nada que oír,
que aquello sólo podía sentirlo. Luego, con quedos pasos de gato, se dirigió al
vestíbulo sin encender la luz.
Con
cautela infinita, le dio vuelta a la llave y dejó la puerta abierta. No tenía
idea de lo que aguardaba al otro lado; sabía sólo que una acción se exigía de
él forzosamente, de forma que no podía desobedecerla aunque lo deseara.
Miró
fijamente por un momento. Había dos hombres en pie, vueltas las espaldas hacia
él, uno detrás de otro. Un hombre alto que llevaba un chaquetón suelto,
reluciente todavía su cabello oscuro por la capa de la nevisca, estaba
introduciendo una llave en la puerta de la pared opuesta del corredor. Su
compañero le tenía encañonada una pistola contra la espalda.
Blake, sin
que sus pies descalzos hicieran ruido alguno sobre la alfombra, se movió. Se
cerraron sus dedos sobre la garganta del pistolero y echó la cabeza del
individuo hacia atrás. Instantáneamente, el otro giró. Casi, pensó Blake, casi
como si hubiera sabido lo que iba a suceder. Su puño se balanceó hacia arriba y
tocó en el punto exacto de la mandíbula del cautivo; luego, Blake se vio
soportando todo el peso de un hombre inconsciente. Pero el otro le echó una
mano, haciéndole señas a Blake para que volviera a su habitación, siguiéndolo
luego él, sin soltar su presa. Una vez dentro, dejó caer la carga al suelo sin
ceremonias, y echó la llave a la puerta.
Con alguna
que otra duda, Blake se sentó en el filo de la cama. ¿Por qué tan poca
agitación por parte del recién liberado prisionero?
¿Y por qué
entrar aquí con el cautivo?
—¿Policía?
Su mano
fue al teléfono colocado sobre la mesilla de noche. Se volvió el hombre alto.
Sacó una cartera y la exhibió abierta para que Blake leyese la tarjeta que
había dentro. Entonces, el joven asintió.
—¿Nada de
policía?
El otro
meneó la cabeza.
—Todavía
no. Siento molestarle así señor... señor...
—Walker.
—Señor
Walker. Me ha ayudado usted a salir de un buen aprieto. Pero tengo que pedirle que
me deje llevar esto a mi manera. No le molestaremos mucho tiempo.
—Acabaré
de vestirme —dijo Blake, poniéndose en pie.
El agente
Federal estaba en cuclillas junto al pistolero sin sentido. Y Blake se estaba
haciendo el nudo de la corbata cuando una escena, reflejada en el espejo, le
hizo volver al dormitorio. Kittson, que se había presentado a si mismo, estaba
registrando a su inconsciente prisionero, y lo extraño de aquel registro
intrigaba a Blake.
Lentamente,
el funcionario federal pasaba sus dedos por la cabellera aceitada del otro, al
parecer en busca de algo bajo el cráneo. Luego, con una linterna no mayor que
un lápiz, examinó ambas orejas y las ventanillas de la nariz. Exploró por
último la boca entreabierta del pistolero, retirando una placa dental. No
profirió sonido alguno, pero Blake percibió su triunfo cuando le vio sacar de
la parte inferior de la dentadura de plástico un pequeño disco que envolvió en
su pañuelo que se guardó en un bolsillo interior.
—¿Quiere
lavarse ahora? —preguntó Blake como quien no quiere la cosa.
Kittson se
puso rígido. Alzó la mirada, clavándola derechamente en los ojos de Blake. Y
sus ojos eran unos ojos extraños, casi amarillos, sin parpadeos, como los de
algún felino cazador. Continuaron perforando en los ojos de Blake, o tratando
de hacerlo, pero chocaron mirada con mirada. El agente se puso el pie.
—Me
gustaría mucho hacerlo, en realidad.
Su voz
suave expresaba, creyó Blake, algo así como una decepción. Estaba seguro de que
en cierto modo había sorprendido al agente, había dejado de reaccionar como el
otro esperaba que hiciera.
Mientras
Kittson se secaba las manos, llamaron a la puerta.
—Mis
hombres —dijo el agente con la misma seguridad que si pudiera ver a través de
las paredes.
Blake giró
la llave y abrió la puerta.
Dos
hombres estaban afuera. En cualquier otra circunstancia, Blake no les habría
concedido una segunda mirada, pero ahora los examinó con redoblada intensidad.
Uno de
ellos era casi tan alto como Kittson, y su ancha cara huesuda y pecosa estaba
coronada por mechones de rojo cabello ocultos sólo en parte por el sombrero. El
otro, contrastando, no sólo era bajo, sino pequeño, de delicada osamenta, casi
frágil. Le concedieron a Blake relampagueantes miradas al pasar a su lado, y él
sintió como si hubiera sido medido, catalogado y etiquetado para siempre jamás.
—¿Sin
novedad, jefe? —preguntó el pelirrojo.
Kittson se
echó a un lado para dejar al descubierto al hombre tendido sobre el suelo.
—Ahí lo
tenéis, muchachos.
Entre los
dos, consiguieron que el pistolero medio recobrara el sentido y lo sacaron
fuera. Pero Kittson se quedó, y, cuando los demás se hubieron ido, cerró la
puerta con llave por segunda vez.
Blake
contempló este movimiento con las cejas fruncidas.
—Le
aseguro —dijo, conservando su tono ligero— que no tengo relación alguna con el
que se acaban de llevar.
—Estoy
seguro de que no la tiene. Sin embargo...
—Este es
un asunto del que no debería haberme enterado, ¿no es así?
Por
primera vez, los delgados labios de Kittson se decidieron a formar una tenue
sonrisa.
—Exactamente.
Preferiríamos que nadie estuviese al corriente de este pequeño episodio.
—Mi
padrastro perteneció a la Policía. No hablaré más de la cuenta.
—¿Es usted
forastero?
—Soy de
Ohio, sí. Mis padres adoptivos murieron. Vine aquí para ingresar en Havers
—contestó Blake, diciendo la verdad exacta.
—Havers...
Entonces, ¿es usted estudiante de Arte?
—Espero
serlo —replicó Blake, negándose a dejarse arrastrar—. Pero cinco minutos de
comprobación por parte de ustedes les podrá confirmar todas mis declaraciones.
La tenue
sonrisa de Kittson se ensanchó.
—No pongo
en duda nada de eso, joven. Pero, dígame solamente una cosa: ¿por qué abría
usted justamente la puerta en el momento crítico? Puedo jurarle que no nos
podía haber oído andar por el corredor, y que, aunque hubiésemos formado algún
estrépito, el sonido no habría podido atravesar estas paredes y...
Ahora
estaba frunciendo el ceño, escrutando a Blake con aquella misma intensidad de
un gato al acecho, como si el joven presentara un problema que tenía que ser
resuelto.
Blake
perdió un poco de su seguridad: ¿Cómo le iba a ser posible explicar aquellos
extraños relámpagos de presentimiento que había tenido en ciertas ocasiones de
su vida y que le advertían de un peligro inminente? ¿Cómo podría explicarle a
aquel hombre que había estado sentado en la oscuridad durante una hora por lo
menos, convencido de que el peligro era inminente y que se necesitaba una
acción por su parte?
Luego,
impulsado quizá por aquella mirada inquisitiva y que no parpadeaba, se decidió:
—Tuve la
sensación de que algo iba mal, que debía abrir la puerta.
Y aquellos
ojos oscuros se aferraban a los suyos como si quisieran taladrarle el cerebro y
desnudar cada uno de sus pensamientos. De pronto, sintió aquella tentativa de
invasión y vio que le era muy fácil apartarse de aquella extraña violencia, de
aquella compulsión.
Pero, con
gran sorpresa suya, Kittson estaba asintiendo con la cabeza.
—Me lo
explicó muy bien, Walker. Creo en las corazonadas. Bueno, fue una suerte para
mí qué usted...
Hizo una
pausa, se quedó clavado en una absoluta inmovilidad excepto un pequeño ademán
que hizo con la mano ordenándole a Blake que se mantuviese también quieto.
Kittson podía estar escuchando, pero, por más que Blake aguzaba el oído, no
llegaba a distinguir nada en absoluto.
Un segundo
después, se oyó un golpecito discreto a la puerta. Blake se levantó. Kittson
seguía todavía como un cazador que aguarda que la presa se ponga a distancia de
tiro, Pero su cabeza se volvió hacia Blake y formó las palabras con tan
exagerados movimientos labiales, que el joven pudo leerlas.
—Pregunte
quién es.
Blake se
acercó a la puerta, su mano cayó sobre el picaporte pero no se apartó de allí
mientras preguntaba.
—¿Quién
está ahí?
—El
oficial detective del hotel.
La réplica
fue rápida, ahogada sólo ligeramente por el obstáculo. Una mano se apoyó en su
hombro enarbolando una tira de papel. Letras de imprenta decían: «Diga que va a
comprobar en conserjería.»
—Espere
que compruebe en conserjería —dijo Blake.
Se aplastó
contra la puerta. Por la parte de fuera, no hubo ninguna objeción, ninguna
réplica. Pero, al cabo de un momento, Blake oyó las suaves pisadas de alguien
que se alejaba. Regresó a su asiento al filo de la cama.
Kittson se
había apoderado de la única silla confortable, y estaba mirando fijamente como
si encontrara de un interés fascinante la pared de la habitación.
—Supongo
que no era el detective del hotel.
—No, no lo
era. Lo que nos coloca a todos en un buen apuro. —Kittson sacó una pitillera,
ofreció un cigarrillo a Blake y encendió luego una cerilla para los dos—. Ha
sido un intento para descubrir lo que ha pasado aquí. Desgraciadamente, eso
quiere decir que ahora está usted ligado a nosotros. Y eso significa
complicaciones de toda índole. Hay motivos serios y suficientes para que no
deseemos que nuestros actos sean conocidos por el público. Hemos de pedirle a
usted que coopere con nosotros.
Blake se
agitó.
—No soy
más que un ciudadano pacífico. No he venido aquí a jugar a policías y ladrones.
Ni siquiera pregunto en qué me he metido, lo que creo que
muestra alguna reserva por mi parte. —Otra vez Kittson sonrió débilmente, y
Blake continuó—: Lo único que me interesa es seguir mi plan de vida...
Kittson
arrojó su sombrero sobre la mesa y echó hacia atrás su oscura cabeza para
exhalar un perfecto anillo de humo.
—Y nada
nos gustaría más a nosotros que verle a usted seguir su vida corriente. Pero me
temo que es ya demasiado tarde para dejar las cosas así. Se le echarían encima
antes de que terminase de abrir la puerta. Hay otros que se interesan por
usted, y eso puede resultar, en el mejor de los casos, molesto. En el peor...
—Sus ojos relucieron como piedras preciosas a través del humo, y Blake sintió
un extraño escalofrío, casi una sombra de aquel mismo malestar que lo había
arrastrado a esta aventura.
Kittson
estaba dando a entender cosas, y la fuerza de sus alusiones estaba reforzada
por la vaguedad misma de sus palabras.
—Veo que
empieza usted a darse cuenta de que esto es serio. ¿Cuándo tiene que dirigirse
a Havers para las clases?
—El nuevo
curso empieza el próximo lunes.
—Falta una
semana. Voy a pedirle a usted que colabore con nosotros durante ese período. Si
tenemos un poco de suerte, este caso quedará arreglado en ese tiempo, o, por lo
menos, la participación de usted. De otra forma...
—De otra
forma, se me podría quitar de en medio por mi propio bien y por el de ustedes,
¿No es así? —preguntó Blake.
Pero había
conocido la voz de la autoridad. Este hombres estaba acostumbrado a dar órdenes
que eran obedecidas sin objeción. Si decía: «Cojan a Walker Blake y métanlo en
la nevera», Walker Blake sería apartado con la misma rapidez y eficacia con que
había sido extraído antes de esta habitación el pistolero. Nunca se ganó nada
dando topetazos contra una pared de piedra. Mejor seguir las órdenes por lo
menos hasta que pudiera saber un poco más lo que era aquello.
—Está
bien. ¿Qué tengo que hacer?
—Desaparecer.
Desaparecer de aquí ahora ¿Cuánto equipaje tiene?
Kittson
estaba ya en pie y cruzaba la habitación para abrir el ropero antes de que
Blake hubiese tenido tiempo de hablar.
—Una
maleta.
Algo,
quizá el poder de la personalidad del otro, empujó a Blake a actuar de una
forma que no le habría parecido posible una hora antes. Abrió la maleta y saco
una cartera para contar algunos billetes encuna de la mesa.
—Supongo
que no nos despediremos en la forma corriente.
Era más
una declaración que una pregunta, y no le sorprendió ver que Kittson asentía
con rapidez.
La luz
gris que había fuera de la ventana había empezado a brillar muy poco. Eran las
siete y cinco, pero la oscuridad que reinaba en la habitación cuando el agente
apagó la luz seguía siendo la misma de la noche. Blake se puso el abrigo y
cogió su sombrero y su maleta, dispuesto a seguir al otro por el vestíbulo.
No tomaron
por el recodo que llevaba al ascensor, sino que se dirigieron a una puerta de
urgencia para casos de incendio. Escaleras, cinco tramos, silenciosas y
desiertas, como lo había estado el vestíbulo; luego Kittson se detuvo un
momento ante otra puerta, dando la impresión de que estaba oyendo algo.
Bajaron, otro tramo de escaleras, más estrecha, no tan bien alumbrada,
atravesaron una especie de sótano o almacén y subieron unos escalones.
Emergieron a la calle, y el frío gotear de la neblisca les dio en la cara.
Blake estaba convencido de que su guía no sólo conocía exactamente dónde se
hallaba, sino que sabía también que nadie los había observado durante aquella
fuga. Su fe en la eficacia de la organización del agente fue remachada cuando
un taxi se aproximó al bordillo en el mismo momento en que ellos cruzaron la
acera. Kittson abrió la portezuela y Blake obedeció la orden tácita. Pero, con
gran sorpresa por su parte, el agente no lo siguió. En lugar de eso, la
portezuela se cerró de golpe y el coche se puso en movimiento.
Hasta
ahora Blake se había contentado con seguir órdenes y ver dónde terminaban por
dejarlo después de todas aquellas maniobras. Pero, cuando tuvo más tiempo para
pensar, y se vio fuera del alcance de la personalidad magnética de Kittson, se
sorprendió ante la facilidad con que había accedido a cada una de las
sugerencias hechas por el agente. Si esto no era una pesadilla extraña, se le
parecía mucho. Indudablemente, lo mejor que podía hacer era detener este taxi y
desaparecer por su cuenta. Sólo que tenía muy fuertes sospechas de que Kittson,
más tarde o más temprano, terminaría por volverle a echar la mano encima y que
entonces sus relaciones no tendrían nada de cordiales.
El taxi
serpenteó por los estrechos caminos del Parque Central siguiendo un recorrido
que trastornó completamente el escaso conocimiento que Blake tenía de la
ciudad. Luego, salieron nuevamente a las calles principales. El tráfico matinal
estaba en marcha, y el coche iba contorneando autobuses y esquivando a camiones
y turismos. Aflojó la marcha para meterse por una estrecha avenida que corría
entre desmidas paredes de edificios que muy bien podían ser almacenes. Más allá
de la mitad de la avenida, el conductor se paró.
—Ya hemos
llegado.
Blake se
echó mano a la cartera. Pero el taxista dijo sin volverse:
—Ya está
pagado, amigo. Entre usted por aquella puerta que se ve allí. Hay un ascensor.
Apriete el botón de más arriba. Dése prisa, joven; este no es sitio para
aparcar.
Blake
entró donde le habían dicho y se vio frente al cristal tallado de un ascensor
automático. Pulsó el botón superior y trató de contar los pisos mientras
ascendía a buena velocidad, pero no estaba seguro de haber pasado nueve o diez
cuando llegó la parada.
Más allá,
había una especie de vestíbulo, poco más que una habitación de espera ante una
sola puerta desnuda. Blake llamó, y la puerta se abrió tan rápidamente, que él
pensó que tenían que haberle estado esperando.
—Entre,
Walker.
Blake
esperaba que hubiese sido Kittson. Pero el hombre que lo saludaba era unos diez
años más viejo que el agente. Más bajo de estatura y, en el cabello, unos
hilillos grises que relucían sobre el color castaño oscuro. Pero por
insignificante que hubiese podido parecer en medio de una multitud, lo cierto
es que en su aspecto había una tranquila distinción. A su modo, tenía tanta
personalidad como el más agresivo Kittson.
—Me llamo
Jason Saxton —dijo presentándose—. Mark Kittson lo está esperando. Deje usted
sus cosas aquí.
Diestramente
despojado de abrigo, sombrero y maleta. Blake fue introducido en un despacho
donde no sólo encontró a Kittson, sino al hombre pelirrojo que había ayudado a
retirar el pistolero de la habitación del hotel.
Aquel
cuarto estaba desnudo excepto una estantería llena de cartapacios, una mesa y
tres o cuatro sillas. No había ni siquiera una ventana que rompiese las grises
paredes cuyo color hacía juego con la alfombra que estaba en el suelo. Y la luz
venía de algún sitio oculto cerca del techo.
—Este es
Hoyt —dijo Kittson, indicando rápidamente al pelirrojo—. Veo que ha hecho usted
el viaje sin incidentes.
Blake
quiso preguntar qué clase de «incidente» esperaba Kittson que le hubiese
sucedido, pero decidió que por ahora era más prudente dejar que el otro llevase
la conversación. Hoyt estaba repantigado en su silla, extendidas las largas
piernas, su bronco cabello rojo coronándole la frente dilatada.
—Joey sabe
lo que se trae entre manos —comentó lánguidamente—. Stan informará, si alguien
muestra más interés de la cuenta.
—Creo que
me dijo usted que su padre había sido policía. ¿Dónde? ¿En Ohio? —preguntó
Kittson sin prestar ninguna atención al comentario de su colega.
—En
Columbus, sí. Pero dije mi padre adoptivo —corrigió Blake.
Se
mantenía en guardia, dándose cuenta de que cada palabra que hablaba estaba
siendo anotada y sopesada por los tres que tenía frente a él.
—¿Y sus
padres verdaderos?
Blake
contó su historia con las menos palabras posibles. Hoyt podía haber estado
durmiendo durante aquel relato; tenía los ojos cerrados. Saxton le concedió la
cortés atención que un jefe de personal presta al aspirante al puesto. Y
Kittson continuaba estudiándolo con aquellos ojos suyos, duros y ambarinos.
—Y eso es
todo —concluyó Blake.
Hoyt se
puso en pie con un movimiento flexible, de una extraña gracia. Sus ojos,
abiertos ahora del todo, notó Blake, eran verdes, tan vividos de color y tan
dominantes cuando los volvía hacia alguien, como los de Kittson.
—Supongo
que Walker se quedará con nosotros, ¿no? —preguntó a toda la habitación.
Instintivamente,
Blake miró a Kittson; estaba seguro de que la decisión final era cosa del
agente. Y sobre la mesa vio una cosa que no había visto antes. En el centro del
secante verde había una pequeña bola de cristal. Algún movimiento del agente la
habría sacado de su inmovilidad, pues empezó a rodar hacia Blake. Casi había
llegado al filo de la mesa, cuando él adelantó la mano y la cogió.
II
El peso de
la bola daba a entender que se trataba de cristal corriente. Pero, cuando trató
de volver a colocarla sobre la mesa, se produjo un cambio en el objeto. El
había cogido una bola clara, pero lo que tenía ahora en las manos era un globo
en cuyo interior remolineaba una guedeja de vapor azul verdoso. Mientras
continuaba agarrándola, aquel vapor se iba haciendo más denso, espesándose,
hasta que el color adquirió solidez y fijeza.
Aquel
cambio era de lo más misterioso. Y Blake soltó la bola como si lo estuviera
quemando. Ahora, el verde azulado empezaba a desvanecerse otra vez. Pero Saxton
estaba ya en pie, a la vera de Hoyt, presenciando la transformación, la mano de
Kittson había cubierto la esfera. El color verde azulado había desaparecido.
Pero, ¿no había empezado a producirse otro cambio? El agente dejó caer el globo
dentro de un cajón. No antes de que Blake se convenciera de que, durante los
cortos segundos que los dedos del otro habían estado en contacto con el
cristal, una neblina de un rojo anaranjado había empezado a condensarse dentro.
Antes de que pudiera hacer ninguna pregunta, un zumbido de llamada en un
aparato colocado en la pared sirvió de interrupción.
Se oyó
luego el bordoneo del ascensor, y Hoyt fue a responder a la llamada que se oyó
en la puerta, y dejó pasar a su camarada bajito de primeras horas de la mañana.
—¿Ha
salido todo bien? —preguntó Kittson.
—Sí
—contestó el otro con voz ligera y musical.
Podría
haber sido un muchacho que todavía no hubiera llegado a los veinte años. Pero
se cambiaba de idea nada más mirarlo a los ojos, y ver las debilísimas líneas
que tenía en torno a su boca demasiado bien formada.
—Había un
rastro: aquella buscona regordeta del Pájaro de Cristal. Uno hubiera creído que
no usaría con tanta frecuencia a las mismas personas.
—Las
existencias de material adecuado pueden estar estrictamente limitadas —sugirió
Saxton.
—Por lo
que deberíamos dar gracias —dijo Kittson, quitándole la palabra—. Si
estuviésemos seguros de que con una sola incursión atrapábamos a todos los
primos que hay aquí, podríamos dejar tranquilo a este muchacho.
—Mandarlo
a tomar viento... —La lenta voz de Saxton tenía algo de clara advertencia—.
Mejor mantenerlo en este nivel.
Sus ojos
rozaron a Blake y de pronto guardó silencio.
El
muchacho que acababa de entrar se quitó el abrigo y lo tiró sobre una silla.
—Roscoe no
es demasiado listo. Lo he dejado husmeando una pista falsa. Durante una hora,
pocos más o menos, no tenemos otra preocuparnos de él. Por ahora, Walker está a
salvo.
Kittson se
echó atrás en su silla.
—Es
posible. Pero volverán a rastrearlo cuando vean que les ha dado esquinazo. —Se
volvió hacia Blake—. ¿Le dijo usted a alguien del hotel que iba a asistir a las
clases de Havers?
—Al
portero. Le pregunté cuál era el mejor autobús para llegar allí. Pero él estaba
acostumbrado a que le hagan preguntas sobre cómo trasladarse a tal o cual
sitio; deben de hacérselas centenares de veces al día, no se acordará de una en
particular.
Por la
expresión de los otros, se veía que no estaban de acuerdo con aquella
esperanza.
—La gente
tiene la particularidad de recordar cuando uno querría que olvidaran, sobre
todo si se le hacer ver que recordar es importante —comentó Kittson—. Lo
retendremos a usted aquí un par de días, mientras que conseguimos comprobar
hasta qué punto su desaparición ha excitado los ánimos; esa es la única manera
de averiguar el interés que sientan por usted. Lo lamento, Walker. No necesita
usted recordarme que esta acción es una interferencia incorrecta en su vida
privada. Lo sé tan bien como usted. Pero algunas veces las situaciones se
complican cuando inocentes testigos tienen que sufrir por el bien general.
Podemos darle un alojamiento confortable y su estancia aquí servirá tanto para
protegerle como para no poner en peligro nuestra investigación.
—Opino
—dijo Saxton levantándose— que nuestro primer rasgo de hospitalidad debería ser
ofrecer un desayuno.
Y Blake,
después de ponerse en pie, atraído fácilmente por aquel cebo, lo siguió tras la
segunda puerta del despacho por una serie asombrosa de habitaciones. El
mobiliario era
moderno, con monótonos matices de gris, verde y extrañas y borrosas
tonalidades de azul. No había ningún cuadro, y en cada habitación la luz
procedía del techo. Un aparato de televisión de gran tamaño estaba contra una
pared, y muchísimos libros, periódicos y revistas corrientes estaban distribuidos
en pilas sobre mesas o en montones sobre el suelo, al alcance de cada butaca.
—Nuestro
alojamiento está un poco en desorden —le informó su anfitrión—. Me temo que
tendrá usted que compartir mi dormitorio. Es aquí. —Abrió una puerta en un
pequeño vestíbulo y mostró una habitación amplia con dos camas gemelas—. Y aquí
nos espera el desayuno.
No había
ventanas. Blake se intrigó por aquello mientras se acomodaba ante la mesa, y
Saxton se dirigía a la pared, apartaba un entrepaño y sacaba una bandeja que
colocó ante su huésped, trayendo luego una segunda para él mismo.
Era una
comida saludable, excelentemente preparada, y Blake la saboreó satisfecho.
Saxton sonrió.
—Hoy ha
sido una buena mañana del cocinero.
Echó a un
lado una pila de libros.
Eran todas
obras de historia, algunas inglesas y otras americanas y estaban llenas de
marcas hechas con tiritas de papel como si estuviera en curso en programa de
investigación intensiva. Saxton señaló a los libros.
—Están
relacionados con una manía que tengo, Walker. Por así decirlo, también tienen
que ver algo con mi empleo. ¿Es usted quizá un estudiante de Historia?
Blake se
tomó tiempo para pensar mientras tragaba un trozo de jamón. O él estaba muy
equivocado, o Saxton tenía algún propósito al iniciar aquel tema de
conversación.
—Mi padre
adoptivo reunía libros sobre la historia del crimen, procesos célebres, cosas
por el estilo. Yo los leía, y diarios y cartas y declaraciones de testigos.
Saxton
mantuvo en vilo su taza de café estudiándola como si se le hubiera convertido
de pronto en una pieza preciosa de antigua porcelana china.
—Declaraciones
de testigos presenciales... Precisamente eso. Dígame, ¿ha oído hablar alguna
vez de la teoría histórica de los «mundos posibles»?
—En alguna
ocasión he leído alguna novela de fantasía científica fundada en esa idea. Se
refiere usted al concepto de que dos mundos completos surgen con cada época
histórica trascendental, ¿no es así? Uno en el que, digamos, Napoleón gana la
batalla de Waterloo, y el nuestro propio en el que la pierde.
—Sí.
Habría millones de millones de mundos, todos los influidos por decisiones
distintas. No sólo por las trascendentales de batallas y cambios políticos,
sino también por la aparición y por el uso de ciertos inventos. Una suposición
fascinante.
Blake
asintió. Desde luego, la idea era interesante, y evidentemente constituía la
manía favorita de Saxton. Pero, por el momento, le interesaba más lo que le
pasaba a él mismo, Walker Blake y a sus propios mundos posibles.
—Hay
puntos de partida incluso en los pocos años pasados —continuaba el hombre al
otro lado de la mesa—. Figúrese un mundo en el que Hitler hubiera ganado la
batalla de Gran Bretaña y vencido a Inglaterra, en 1941. Suponga un gran
caudillo que haya nacido demasiado pronto o demasiado tarde.
El interés
de Blake se despertó.
—Leí una
vez un cuentecito sobre eso —admitió—. Cómo un diplomático británico conoció en
1790 a un comandante de artillería retirado y que estaba agonizando en una
pequeña ciudad francesa: Napoleón, nacido demasiado pronto.
—Pero
suponga —dijo Saxton, que había soltado ya su taza y que ahora se inclinaba
hacia adelante burlándole los ojos—. Suponga que a un hombre así, nacido fuera
de su tiempo en su propio mundo, se le diera la oportunidad de trasladarse de
una línea de posibilidad a otra, ¿no sería ese hombre doblemente peligroso?
Suponga que usted hubiese nacido en una era en la que la sociedad ahogase su
talento y no le diera, como usted no podría menos de pensar, ninguna salida
decente.
—Pues
entonces, procuraría trasladarme adonde pudiera hacer uso de mi talento.
Aquello
era elemental. Pero Saxton lo estaba mirando con una mirada resplandeciente,
como si fuera un alumno brillante que aprobaba unos exámenes con matrícula de
honor. Decididamente, había algo detrás de todo aquello. ¿Qué? Su sentido
premonitorio no había recibido alarma alguna, pero Blake tenía la sensación de
que estaba siendo llevado por un camino que Saxton había elegido para él y que
aquello se estaba haciendo en virtud de determinadas órdenes.
—Podría
ser una buena idea —añadió.
Pero esta
vez, la respuesta no era la correcta.
—Una buena
idea para usted —lo contradijo Saxton—. Pero quizá no para el mundo
adonde usted se trasladara. Esto presenta otra cara del problema, ¿no le
parece? ¡Hola, Erskine! Entra y quédate con nosotros.
—¿Sobra
algún café? —Era el hombre esbelto y rubio—. ¿No? Bueno, aprieta el timbre,
Jas. Necesito reponerme después de una mañana de perros.
Cuando se
dejó caer en la butaca junto a su viejo colega, le sonrió a Blake, una sonrisa
que borró de su rostro la expresión de aburrimiento y le dio a sus facciones
bien formadas calor y vida.
—Vamos a
tener que anclar aquí —anunció—. ¿Qué hiciste con el periódico, Jas? Quiero ver
cuál es el programa de la T.V. Si hemos de estar parados aquí, tenemos que
pasarlo lo mejor posible.
Retiró un
jarro de café recién hecho desde detrás del entrepaño y cargó su primera taza
con dos colmadas cucharadas de azúcar. Cuando el programa terminó, se le escapó
un suspiro.
—Y pensar
que esta chapucería primitiva puede atraer...
Blake
escuchó aquel murmullo. Pero el programa no había sido ninguna película rancia.
Era una producción en directo y muy bien hecha. ¿Por qué el epíteto de
«primitiva»? Había delgados hilos que no encajaban. Una sospecha levantada por
la conversación sostenida ante la mesa de Saxton cruzó por la mente de Blake
sólo para ser barrida por la sana razón.
Permanecieron
sin que nada los molestara, todo el resto del día y de la tarde, como no había
ahí ventanas, era difícil decir cuándo era de día y cuándo era de noche.
Erskine y Saxton se entretuvieron con un juego de cartas que Blake estaba
seguro no haber visto en su vida. Comieron opíparamente los manjares que
llegaban, desde detrás del entrepaño, y Blake no sabía dónde elegir entre la
abundancia y la lectura. Era predominantemente de tema histórico o biográfico.
Y los bordes de las tiras de referencias estaban en todos los libros.
¿Proyectaba Saxton escribir un artículo sobre su manía? Blake continuaba
pensando en el problema que el otro le había planteado aquella mañana.
Un hombre
nacido fuera de su tiempo en su propio mundo, pero capaz de visitar un mundo
nuevo en el que su particular talento pudiera proporcionarle el poder que
ambicionaba... Se sorprendió hilando diversas fantasías basadas en aquello.
¿Quiénes
eran sus compañeros o habría que preguntar mejor qué eran? Todavía estaba
pensando perezosamente en lo mismo, cuando se quedó dormido varias horas
después.
Se
despertó en la oscuridad. No le llegaba sonido alguno desde la otra cama. Blake
apartó los cobertores e investigó. La otra cama estaba deshecha, pero vacía. Se
dirigió a la puerta y la abrió con un crujido.
Kittson,
con un brazo echado sobre los hombros de Saxton, estaba siendo transportado por
el vestíbulo. En su camisa, había una mancha oscura, y los pies se le enredaban
al andar. Un momento después, ambos hombres desaparecieron tras la puerta que
había en el extremo más alejado y se cerró después. Pero sobre la alfombra
quedó un lunar brillante como una moneda. Blake se agachó para tocarlo y su
dedo se retiró mojado y rojo. ¡Sangre!
Todavía
estaba aguardando que Saxton volviese, cuando el sueño se apoderó de él. Al
despertar de nuevo, las luces estaban encendidas y la otra cama hecha
pulcramente. Blake se vistió a toda prisa. Habían herido a Kittson, pero, ¿por
qué tanto secreto?
Cuando
salió al vestíbulo, buscó la mancha. Había desaparecido como si no hubiese
existido nunca. Pero al pasar sus dedos sobre el tejido, notó humedad. Alguien
había hecho una limpieza a fondo y no hacía mucho tiempo. Consultó entonces su
reloj y vio que eran las ocho y media de la mañana del martes. Y tenía algunas
preguntas que hacer.
Jason
Saxton estaba solo en el saloncito, una pila de volúmenes descansaba sobre la
pequeña mesa que tenía frente a él, un libro de notas medio lleno de menuda
escritura yacía sobre sus rodillas. Lo acogió con una sonrisa tan franca, que
Blake reprimió su impaciencia.
—Espero no
haberle molestado esta mañana, Walker. Andamos algo escasos de personal y he de
hacerme cargo del despacho. Así es que hoy va a verse poco más o menos
abandonado.
Blake
murmuró su conformidad y se dirigió al comedor. Erskine había llegado antes que
él. Su cara lisa estaba tirante y cansada y había oscuros círculos en torno a
sus ojos de pesados párpados. Gruñó algo que podía haber sido un saludo y
dirigió una mano hacia el entrepaño. Blake retiró una bandeja y se sentó a
comer, dejando que fuera el otro el que iniciase la conversación. Pero, por lo
visto, Erskine no era de esas almas que se sienten brillantes por las mañanas.
Después de beber su café, se levantó.
—¡Que se
divierta! —le deseó Blake casi irónicamente.
—Así lo
haré —aseguró el otro.
Y luego se
preguntó si no habría revelado sus planes por la inflexión de su voz. Estaba
casi seguro de que Erskine le había lanzado una mirada suspicaz antes de salir
de la habitación.
Blake
perdió mucho tiempo en la comida, ya que necesitaba tener el apartamento para
él solo al objeto de poner en marcha su plan. Se aseguró de que la puerta del
despacho estaba cerrada tras los dos hombres cuando se dispuso a actuar.
Se quedó
parado en el centro de la sala de estar, escuchando. La cruzó luego y aplicó el
oído al entrepaño de la puerta exterior. Podía oír, muy débilmente, el murmullo
de voces, seguido por el abrir y cerrar de los cajones que contenían los
legajos. Un zumbido; seguro que aquello era el ascensor. Con cautela, probó en
la puerta y no le sorprendió lo más mínimo ver que estaba cerrada con llave.
Blake
volvió al vestíbulo al que se abrían los dormitorios y se arrodilló. Había más
de una mancha de humedad en la alfombra. Y conducían a la puerta a través de la
cual Kittson había sido casi llevado en vilo la noche antes. También aquella
puerta estaba cerrada con llave y no pudo oír ningún sonido en el exterior.
Pero la habitación siguiente estaba abierta para su examen y era muy similar a
la que compartía con Saxton. Ambas camas estaban pulcramente hechas; no había
ninguna señal de equipaje. Abrió cajones de cómodas sólo para desplegar limpias
e inocentes pilas de camisas inmaculadas y de ropa interior, calcetines y
corbatas.
Había un
número insólito de trajes en el ropero y se alineaban desde bien cortados
ternos de paño ultraconservadores atuendos de hombres de negocios, pasando por
monos y semi-uniformes como los que usan los recaderos. Al parecer, los
habitantes del apartamento estaban equipados para cualquier ocasión que se
pudiera presentar. Bueno, una cosa así era natural en agentes del F.B.I.
Todavía no había descubierto nada que pudiese sugerir que no eran exactamente
lo que Kittson decía que eran.
Pero Blake
no estaba satisfecho. Encontró una pequeña pistola en el cajón de una mesilla
de noche. Pero aquello no podía ser la prueba de lo que él buscaba. Los escasos
artículos de tocador eran de marcas bien conocidas y que podían adquirirse en
cualquier droguería. Observó la presencia de tintes para el cabello, cosa que
también tenía una explicación fácil.
En el
espacio de diez minutos, había registrado todos los sitios fácilmente
accesibles. ¿Se atrevería realmente a revolver las cosas con la esperanza de
que los otros no notasen sus investigaciones? Estaba seguro, después de ver la
impecable pulcritud con que estaban hechas las camas, de que no lo conseguiría.
Pero vació todos los cajones y los volcó boca abajo para ver si había algo
adherido al fondo o a los costados. Lo peor de todo aquello era que no tenía la
menor idea de lo que estaba buscando, excepto que necesitaba una respuesta
concreta a ciertas sospechas fantásticas.
Registró
en su propia habitación y con idéntico encarnizamiento, todas las pertenencias
de Saxton, sin encontrar nada. Después de aquello, no trató de rebuscar en la
sala de estar, pero aplicó el oído a la puerta de despacho; éste seguía cerrado
y muy silencioso, como si también Saxton hubiese salido.
Nadie vino
a reunírsele para el almuerzo, y el aburrimiento lo empujó hacia los libros. No
conseguía desprenderse de figuraciones acerca del supuesto viajero del tiempo
de Saxton, imaginándose unos cuantos mundos posibles que pudieran atraer a
semejante hombre. ¿Qué se sentiría al pasar de un nivel a otro? De pronto,
sintió frío, tiritones y temor. Lo que había parecido ser un ejercicio de la
imaginación, empezaba a tomar características siniestras.
Era
bastante fácil aceptar la idea de una civilización trastornada por un solo
hombre con una abrumadora fe en su propio destino y una terrible fuerza de
carácter; el mundo de él ya había tenido su colección de nativos tempestuosos y
agitadores. La fuerza impulsora de aquellos hombres había sido un voraz apetito
de poder.
Y esa era
una impulsión humana bastante común. Únase a ella el supremo tipo de egoísmo
que no admite ninguna oposición, y se obtendrá un Bonaparte, un Alejandro, un
César, uno de los Khanes, que casi aplastaron tanto a Europa como a Asia.
¡Imaginemos
a uno de estos hombres, frustrados en su propio mundo, pero capaz de
trasladarse a otro maduro para su encumbramiento! Supongamos que eso hubiera
sucedido en el pasado. Blake frenó su imaginación y se esforzó en soltar una
carcajada que resonó demasiado huecamente en la habitación silenciosa. Pero
ahora no le extrañaba lo preocupado que estaba Saxton con aquella teoría.
Dejó a un
lado el libro y se tendió en el amplio diván. Estaba cayendo la tarde. ¿Lo
dejarían marcharse el viernes? Una vaga sensación de susurro, de espionaje.
Mente y
cuerpo se le pusieron en tensión. Clavó sin ver los ojos en el techo. Algo
estaba en marcha. Toda la premonición que le había estado empujando ayer en el
hotel lo inundaba ahora de nuevo cien veces mas fuerte. El vago malestar se
transformaba rápidamente en la sensación de estar siendo acorralado, de un
peligro que se acercaba por momentos.
Blake se
sentó, pero no se detuvo a ponerse los zapatos. Este era un ataque mucho más
fuerte y más intenso que cualquiera de los que había conocido antes.
Atravesó
el vestíbulo y se acercó a la puerta por la que Kittson había desaparecido. La
última vez que había experimentado aquello, era una cosa que había estado
relacionada con el agente. La puerta seguía cerrada. Movió el picaporte, llamó,
mientras su malestar seguía creciendo. No hubo respuesta alguna.
Blake
volvió a la sala de estar y la amenaza se intensificó. Como una veleta influida
por un viento invisible, giró hacia la puerta del despacho, apretándose contra
ella, convencidísimo de que lo que quiera que fuese tenía su origen en aquella
dirección.
No sólo
oyó el zumbido del ascensor, sino que sintió la vibración de su subida. El
pasajero debía de estar ahora en el pequeño vestíbulo situado ante el despacho.
¿Estaba Saxton preparado para recibir al intruso?
En aquel
momento, sin saber precisamente por qué, Blake se alineó en el bando de los
cuatro hombres cuyo alojamiento compartía ahora. Le habían dicho muy poco;
había muchas cosas que necesitaban explicación. Sin embargo, ahora él era uno
de ellos, y este recién llegado sólo podía ser definido como el enemigo.
No hubo
ningún chasquido en la puerta, ningún movimiento dentro del despacho. Luego,
captó un debilísimo sonido de arañazo, como sí alguien estuviera maniobrando en
la cerradura. Sólo duró un momento. El desconocido podía estar escuchando con
tanta atención como el mismo Blake.
Pero éste
carecía absolutamente de preparación para lo que sucedió entonces. Se daba
cuenta de pronto de una presencia intangible, una personalidad sin cuerpo ni
sustancia. Era como si aquel otro oyente al acecho hubiese proyectado una
emanación de sí mismo a través de aquella barrera que no podía traspasar. En
aquel profundo silencio, la intrusión provocaba pánico.
Blake se
apartó de la puerta porque en lo más profundo de su ser había algo que se
rebelaba a entablar contacto con aquello, con La Cosa. Pero un segundo después
regresó a su puesto, convencido de que, si el otro penetraba en el despacho
físicamente, él debía enterarse.
Durante un
rato, aquella misteriosa sensación de la presencia de otro persistió. Pero
estaba convencido de aquel otro, a su vez, no sabía nada de que él estuviese en
la habitación. Estaba acomodándose a aquello, dispuesto a relajarse un segundo,
cuando, con un zarpazo de gato, aquello lo atacó directamente.
Blake se
llevó una mano a la cabeza. El contacto había surgido tan certeramente como un
golpe, un golpe que nublaba el pensamiento coherente. Con la mano, se aferró al
picaporte de la puerta, con la extraña sensación de que aquel solo objeto
vulgar y ordinario entre sus dedos lo mantendría a salvo contra el asalto
enloquecedor.
Pues, una
vez establecido el contacto, la cosa, el poder, la personalidad, comoquiera que
hubiese que llamarlo, atacaba cruelmente. Era como la punta de una lanza entre
los ojos de Blake, esforzándose en abrirse camino a través de su cerebro.
Mientras
permanecía aferrado al picaporte en un crispado apretón, grises velos de dolor
nublaban la habitación, y el cuerpo se le estremecía con largas sacudidas
nerviosas. Pensaba que ninguna tortura física podía ser igual a eso. Estaba
sosteniendo un encuentro con un ser tan fuera de su tiempo y de su mundo como
pudiese serlo el diablo personal de la Edad Media.
La presión
mortífera empezó a desvanecerse, pero Blake no se atrevió a creer que aquella
retirada fuese verdadera. Y su negativa a creer en un escape estaba
justificada, porque el otro no había abandonado la batalla. El ataque comenzó
por segunda vez.
III
Blake
soportaba aquello mientras el suelo rodaba bajo sus pies en ondas de mareo. No
había medida alguna de tiempo. Sólo podía seguir creyendo en su razón y en su
cordura gracias al contacto del picaporte pegajoso por el sudor.
Se sintió
oscuramente sorprendido al ver que su oído todavía podía captar el rumor que
puso un brusco fin a aquel asalto maligno: el zumbido del timbre de advertencia
dentro del despacho. Hubo una retirada instantánea por parte del enemigo. Blake
oía el sonido del ascensor.
¿Eran
Erskine o Saxton que regresaban? Y si así era, ¿iban a precipitarse sin estar
preparados, sobre el peligro que los acechaba aquí? Él no podía hacer nada, no
podía avisarles.
El
ascensor se detuvo, hizo una pequeña pausa y comenzó luego un vertiginoso
descenso. Y, con ese descenso, se llevaba la presencia que había obsesionado la
habitación. El zumbido se adelgazó hasta ser seguido por un profundo silencio: lo
otro se había marchado.
Blake
estaba de rodillas, la frente descansando contra la puerta, el estómago
retorciéndosele. Empezó a gatear. Con la ayuda de la silla más próxima,
consiguió ponerse en pie, avanzó tambaleándose, y llegó al cuarto de baño con
el tiempo justo. Debilitado por las arcadas, se apoyó en la pared. Pues lo peor
de aquel ataque había sido la sensación de haber quedado sucio de pies a
cabeza.
Cuando
pudo mantenerse en pie, se desnudó y se metió bajo la ducha. Sólo cuando el
agua le hubo alternativamente cocido y helado la carne durante largos ratos,
empezó a sentirse limpio una vez más. Vestirse fue toda una tarea. Estaba tan
cansado como si por primera vez se estuviera moviendo después de una enfermedad
larga y grave.
Blake
avanzó bamboleándose hacia la sala de estar y se derrumbó en el diván. Hasta
ahora, sólo se había concentrado en lo positivo, en que estaba miserablemente
mareado, en bañarse y en vestirse. Su mente se negaba a ser llevada más allá de
aquellas acciones inmediatas. Pero ahora, al tener que pensar en eso, volvía a
sentirse enfermo. Empezó a repetir versos elegidos al azar, estribillos
publicitarios, cualquier cosa con ritmo. Pero, entre una palabra y otra,
filtrándose constantemente entre los versos que formaban sus labios, recordaba
penosamente aquel extraño ataque. Estaba solo ahora; lo juraría. Y sin embargo,
el invisible cieno dejado por aquel visitante persistía espeso en el aire que
entraba en sus pulmones. Podía casi percibir el hedor.
Aquel
sonido... Blake trató de ponerse en pie al comprender que era de nuevo el
ascensor. Quiso, por lo menos, sentarse. Las paredes remolineaban. Clavó las
uñas salvajemente en la tela del diván. Luego, perdió el conocimiento.
Se
despertó en su cama, muerto de hambre y extrañamente alerta desde el segundo
mismo en que recobró el conocimiento. De alguna parte, le llegaba el murmullo
de unas voces. Se levantó. En el vestíbulo, estaban abiertas las puertas, y se
puso a escuchar sin avergonzarse.
—...recorrido
toda la ciudad, de arriba abajo y de izquierda a derecha. Lo que cuenta es
verdad. Hijo adoptivo de los Walkers. Encontrado en una alameda por dos
policías... una historia fantástica. Está en buena posición, pero no parece
tener amigos íntimos.
No cabía
duda de que era la voz de Hoyt.
—Encontrado
en una alameda —decía Saxton en tono pensativo—. Estoy preguntándome, me
pregunto...
—¿Hay
alguna señal de sustitución y raspado o de aplicación de falsos recuerdos?
—preguntó Kittson en forma tajante.
—No las
mostraban ninguno de aquellos con quienes estuve hablando. No veo cómo podría
ser un instalado...
—No, no me
refiero a eso —volvió a hablar Saxton—. Quizá otra cosa. No lo sabemos todo.
Ningún amigo íntimo. Y si lo que sospechamos es verdad, inevitablemente tenía
que ser así. Y la prueba del selector fue lo bastante convincente. No podemos
todavía permitirnos el lujo de adoptar la postura de «aquel a quien no conozco
está contra mí». Y acudió a defender a Mark en el Shelborne.
—¿Cómo lo
clasificas, Jas? —preguntó Erskine.
—Psi latente,
desde luego. Lo que lo desconcierta, como es natural. Inteligente, con alguna
otra cosa a la que no puedo denominar todavía. ¿Qué vas a hacer con él, Mark?
—Lo que me
gustaría saber —intervino de nuevo Erskine— es lo que sucedió aquí esta tarde.
Estaba desmayado, perfectamente rígido cuando lo encontramos. Necesitamos
emplearnos dos de nosotros para llevarlo a la cama.
—¿Qué
sucedería si un Psi con la especie de barrera que ese muchacho posee
naturalmente tropezara con un supermental? —preguntó Kittson con helada
sequedad.
—¡Pero eso
significaría...! —contestó Saxton casi con estridencia.
—Desde
luego. Y sería mejor que empezáramos a pensar en que Pranj es capaz de hacer
eso. Quiero preguntarle al muchacho algunas cosas tan pronto como despierte.
¿Le disteis una descarga restaurante?
—Casi de
tercera potencia —asintió Saxton—. Después de todo, no estoy seguro de las
reacciones de su raza. Ni siquiera estoy seguro de cuál será su raza.
Esta
última frase podría hacer sido muy bien un pensamiento expresado en voz alta.
Blake
penetró en la habitación. Los cuatro se le quedaron mirando sin sorpresa
alguna.
—¿Qué
quería usted preguntarme? —interpeló a Kittson.
—¿Qué pasó
aquí esta tarde?
Escogiendo
sus palabras cuidadosamente, tratando de despojarlas de toda emoción, Blake
detalló su aventura. No hubo ningún signo de incredulidad en el corro. Algo de
su beligerancia amainó. ¿Estaban acostumbrados a tales ataques? Sí así era,
¿qué diablo o a qué diablo estaba persiguiendo aquel cuartero de cazadores?
—Supermental
—sentenció Kittson—. ¿Está usted seguro de que no penetró físicamente en el
despacho?
—Tan
seguro como puedo estar sin haberlo visto.
—¿Qué me
dices a esto, Stan?
La
atención de Kittson se había vuelto hacia el juvenil Erskine, que estaba hecho
un ovillo sobre el diván.
El esbelto
hombre rubio asintió.
—Ya os
dije que Pranj era un adepto. Hizo muchas experiencias de las que los Cien no
llegaron a enterarse nunca. Por eso es tan mortífero. Si Walker no hubiese sido
Psi, y Psi barrera por añadidura, lo habría dejado seco en un segundo.
Castañeteó
los dedos.
—¿Qué es
Psi? —interrumpió Blake, dispuesto a recibir unas cuantas respuestas que
pudieran dar sentido a lo que le pasaba.
—Psi, o
facultades superpsíquicas, es la percepción extrasensorial en diversos campos,
capacidades que la Humanidad en conjunto no ha aprendido a explotar. —Una vez
más, Saxton se había convertido en maestro de escuela—. La telepatía,
comunicación entre una mente y otra sin necesidad de lenguaje hablado o de
cualquier otro medio material de comunicación; la telekinesis, transporte de
objetos materiales mediante el poder de la voluntad; la clarividencia,
presenciar acontecimientos que ocurren a distancia; previsión, predecir los
acontecimientos futuros; levitación, la facultad de elevar el cuerpo por el
aire... Todos estos son fenómenos que han sido registrados parcialmente. Y
tales atributos pueden estar latentes en un individuo; pero a menos que se vea
empujado por las circunstancias para hacer uso de ellos, puede no saber que
posee tales capacidades Psi.
—¿Por qué
—dijo Kittson. interrumpiendo la conferencia— abrió usted su puerta el lunes
por la mañana, Walker, exactamente en el momento justo en que yo lo necesitaba?
Blake
contestó diciendo la verdad:
—Porque
creí que tenía que hacerlo.
—¿Le llegó
esa compulsión de pronto? —quiso saber Saxton.
Blake
meneó la cabeza.
—No. Hacía
ya aproximadamente una hora que me encontraba inquieto. Siempre funciona de la
misma manera.
—Entonces,
es que lo ha tenido usted otras veces. ¿Predice siempre peligro?
—Sí. Pero
no peligro para mí. O, al menos, no siempre.
—Por otra
parte —dijo Kittson, dirigiéndose ahora a Saxton—, no pude apoderarme de él a
causa de su escudo natural.
—No veo
por qué tenemos que sorprendernos —comentó Hoyt, interviniendo por primera
vez—. Parece razonable que, puesto que en le comienzo tenemos el mismo tronco,
hemos de descubrir latentes aquí y allá: Tenemos la suerte de no haber tenido
que perseguir hasta ahora a hombres dotados de verdaderas facultades...
—¿Quiere
usted decir —preguntó Blake, eligiendo sus palabras cuidadosamente— que todos
ustedes tienen semejantes poderes y pueden utilizarlos a voluntad?
Durante un
momento que se hizo muy largo, permanecieron en silencio, los otros tres
mirando a Kittson, como aguardando que éste decidiera. Se encogió de hombros.
—Ya sabe
demasiado; tendremos que hacer con él todo el camino. Si los hombres de Pranj
lo pescan ahora... Y no podemos mantenerlo siempre entre algodones, aunque esto
empieza a parecer una tarea a largo plazo.
Alargó la
palma de la mano, y el paquete de cigarrillos que estaba cerca de la rodilla de
Erskine flotó ligeramente durante unos momentos, recorriendo aproximadamente un
metro hasta aterrizar sobre aquella mano.
—Sí,
podemos gobernar algunos poderes psíquicos. El grado varía según la persona y
su entrenamiento. Algunos son mejores telépatas que telekinesistas. Tenemos
unos cuantos teleportadores, gente capaz de trasladarse por si misma de un
punto a otro. La precognición es común hasta cierto punto...
—¡Y
ustedes no son agentes del F.B.I.! —añadió Blake.
—No, no
somos agentes del F.B.I. Somos miembros de otro cuerpo ejecutivo legal, quizá
más importante para el bienestar de este mundo. Somos Guardianes. Jas le ha
hablado a usted de los mundos posibles, pero eso no es una manía suya ni una
simple teoría, sino un hecho real. Hay bandas, niveles, estratos, como usted
quiera llamarlos, de mundos. Este mundo ha sido reproducido innumerables veces
por acontecimientos históricos. Mi raza no es más vieja que la de usted, pero
por determinadas circunstancias, nosotros desarrollamos una civilización
extremadamente mecánica hace varios miles de años.
«Desgraciadamente,
poseíamos el común rasgo humano de combatividad y el resultado fue una
aterradora guerra atómica. Nunca sabremos por qué no terminamos borrados de la
existencia como a otros niveles les pasó y les sigue pasando. Pero el caso es
que, en lugar de una destrucción total, el resultado, para grupos desperdigados
de supervivientes, fue un nuevo tipo de vida. Probablemente, la segunda
generación después de la guerra era ya mutante en su mayor parte, pero
aprendimos a utilizar las facultades Psi.
»La guerra
fue declarada fuera de la ley. Concentramos nuestra energía en la conquista del
espacio, sólo para descubrir que los planetas de nuestro sistema eran en su
mayor parte hostiles al hombre. Se lanzaron expediciones a las estrellas,
ninguna de las cuales ha vuelto todavía. Entonces, uno de nuestros científicos
historiadores descubrió los niveles de «mundos sucesorios» como los
denominamos. El viaje, no hacia atrás o hacia adelante en el tiempo, sino a
través de él, se convirtió en una cosa ordinaria. Y, porque somos humanos, los
disturbios empezaron al mismo tiempo. Era necesario fiscalizar a los viajeros
irresponsables, impedirles a los criminales que saltaran a otras líneas de
tiempo donde sus poderes les darían grandes ventajas. De esta forma, llegó a
existir la organización que representamos.
»Mantenemos
el orden entre los viajeros, pero de ninguna forma intervenimos o actuamos en
otro nivel. Antes de ocuparnos de un caso se nos da un informe completo sobre
el lenguaje, la historia y las costumbres del nivel donde tenemos que operar.
Algunos niveles están prohibidos a todo el mundo excepto a observadores
oficiales. En otros, nadie se atreve a penetrar, pues la civilización o la
falta de ella ha tomado allí un giro que hace todo inseguro.
»Hay
mundos muertos, radiactivos, mundos aquejados con plagas creadas por el hombre,
mundos subyugados por gobiernos tan crueles, que sus habitantes no son ya
estrictamente humanos. Hay, además, otros mundos en los que la civilización se
mantiene en un equilibrio inestable y donde la mera presencia de un intruso
podría arruinar el status quo.
»Lo que
nos lleva a tratar del caso que tenemos ahora entre manos. Seguimos la pista de
un... bueno, de uno que, según las normas de nuestra cultura, es un criminal.
Kmoat Vo Pranj es uno de esos super egos que anhela el poder como un vicioso
anhela su droga. Dentro de nuestro mundo ya no tenemos divisiones por
nacionalidad, pero tenemos diferencias de raza debidas a las barreras causadas
por la guerra atómica del pasado. Saxton y yo representamos un grupo que
desciende de miembros de una unidad militar que se vio aislada durante varios
cientos de años en el extremo norte de este continente. Los antepasados de Hoyt
llevaron una vida subterránea en aquella isla que usted conoce con el nombre de
Gran Bretaña, donde desarrollaron una cultura separada y especial. Mientras que
Erskine, como el hombre al que perseguimos, es miembro de una tercera
agrupación, limitada a menos del millón de personas, procedentes todas ellas de
un puñado de técnicos que permanecieron en una comunidad compacta en las
montañas de Sudamérica trabajando en el estudio a fondo de las facultades Psi.
»Además de
esto, de vez en cuando, producimos variaciones del linaje que tienen la
desagradable manera de ser de nuestros remotos antepasados belicosos. Pranj
necesita conquistar un mundo. No pudiendo realizar esa ambición en nuestro
nivel, puesto que ahora que se le ha reconocido ya como lo que es, y habrá que
someterlo a tratamiento correctivo, busca en cualquier otra parte una válvula
de salida para su energía. Desempeñó el papel de una persona normal tan bien,
que pudo ingresar en nuestro Servicio y completar el entrenamiento hasta el
punto de poder realizar viajes de nivel sin someterse a supervisión.
»Ahora
está buscando un nivel donde la civilización esté madura para permitirle
realizar su ambición. Habiendo encontrado tal mundo, formará una organización y
se erigirá en soberano del planeta. Parte de su falta de equilibrio es un
exceso de confianza en sí mismo. Carece de todo elemento de duda,
arrepentimiento o cualquier otra virtud suave. Nuestro propósito es no sólo
someterlo a custodio, sino reparar cualquier daño que pueda haber hecho ya.»
—¿Y creen
ustedes que se encuentra precisamente aquí?
Blake
había superado ya la etapa de aceptar o no aceptar la fantástica historia;
estaba meramente escuchando.
—Usted
puede haber tropezado con él esta tarde, aunque no cara a cara —fue la
respuesta sobria y aparentemente cuerda de Erskine.
Kittson
sacó un cubito de una sustancia clara. Durante un momento, el hexaedro descansó
en la palma de su mano, luego se levantó y vino a posarse en la mano que Blake
extendió más bien con timidez. A través de la clara envoltura, vio a una
diminuta figura, brillante de color, resplandeciente de matices de vida, como
si el cubo contuviera un maniquí viviente. Hombrecito tenía las mismas mejillas
limpiamente esculpidas de Erskine, sus mismos labios cortados con igual
delicadeza y el mismo cabello rubio. Pero había, además, una sutil diferencia y
cuanto más estudiaba Blake la figura, más resaltaba aquella diferencia. Erskine
se mantenía distante, su aire de altivez debía de ser una cosa innata, pero no
comprendía que en esa actitud suya no había ninguna malicia, ninguna presunción
de superioridad. Esta estatuita, en cambio, era la de un hombre implacable.
Había una sombra en torno a los ojos. Era un rostro cruel, un rostro arrogante
y muy poderoso.
—Este es
Pranj, o más bien Pranj antes de que desapareciera —explicó Kittson—. No
sabemos todavía qué disfraz o envoltura haya asumido ahora. A pesar de eso,
tenemos que localizarlo.
—¿Está
trabajando solo?
Hoyt meneó
la cabeza.
—Vio usted
a uno de sus secuaces en el hotel. Tiene reclutas, ninguno de los cuales,
creemos, sabe toda la verdad. A ellos les encomienda misiones que tienden a
dificultar nuestra tarea.
—Cualquiera
de nosotros —dijo Kittson continuando la explicación— puede dominar mentalmente
a los tipos que Pranj tiene a su servicio, si no lleva escudo. Aquel granuja
del hotel llevaba un escudo que protegía su mente contra la mía.
—¿Aquel
disco que le encontró usted en la boca?
—Eso es.
Afortunadamente, ese es un adminículo esencial que sólo puede conseguirse en
nuestro propio nivel. Y Pranj no puede tener tantos como para irlos sembrando a
voleo.
—Volvamos
a esta tarde —interrumpió Erskine—, creo que podemos estar seguros de que Pranj
nos hizo una visita. Alguien usó un berbiquí mental contra Walker, y nosotros
no fuimos. Fue Pranj, ¿no os parece?
Saxton
suspiró.
—Tendremos
que trasladarnos. Es una lástima.
—Pero, en
cierto modo, hemos tenido mucha suerte —continuó Erskine, que todavía no había
terminado—. Porque, ¿qué habría pasado si él hubiera venido cuando todos nos
hubiéramos marchado ya? No habríamos sabido hasta muy tarde que él ha estado en
este sitio. Así es que en eso le llevamos la delantera. ¿Qué dices, Mark, nos
trasladamos?
—Sí. Estoy
seguro de que este nivel es su objetivo principal. Si busca seguridad, tendrá
que volver para combatir. Y no tendrá el camino libre mientras no nos quite de
en medio, un trabajo que le vamos a dificultar todo lo posible. Ahora bien —y
se volvió hacia Blake—, la cosa tiene que ver con usted. Francamente, ya sabe
usted demasiado para que podamos sentirnos tranquilos. Tendrá que trabajar con
nosotros.
Blake se
quedó mirando la alfombra. Era muy generoso por parte de ellos ofrecerle una
elección, pensó sarcásticamente. No dudaba de que el trato a que lo someterían
sería de lo más eficaz si se le ocurría decir «no». Pero desde esta misma tarde
hallaba que no tenía la menor idea de replicar con una negativa.
—Estoy de
acuerdo.
Aceptaron
aquello sin gracias ni comentarios. Lo mismo podía haber dicho que hacía una
noche agradable. Y luego lo olvidaron mientras Kittson impartía órdenes.
—Nos
trasladaremos mañana después de que Jas haga un intento para descubrir al
número dos. Hoyt, tú patrullaras por los locales de El Pájaro de Cristal. No
hay muchas esperanzas de localizarlo allí, pero trata de descubrir cuántos de
los servidores llevan escudo. Erskine...
El hombre
rubio sacudió la cabeza.
—Yo ya
tengo tarea. Creo que hoy he visto un collar Ming-Hawn en una de esas joyerías
antiguas de la Avenida del Parque. La tienda estaba cerrada, así es que lo
primero que tengo que hacer por la mañana es confirmar eso.
—¡Ming-Hawn!
La voz de
Saxton se arrastró con un ahogado silbido, Kittson se quedó contemplando un
anillo de humo y habló luego:
—Podría
ser. Si Pranj necesita urgentemente dinero en metálico, unas cuantas cosas de
ese tipo vendidas en los establecimientos adecuados sería una buena manera de
proporcionarse fondos.
—¡Pero
cualquier experto que vea esas piezas se pondrá a hacer preguntas! ¡Y a él le
conviene el escándalo todavía menos que a nosotros! —protestó Saxton.
—No veo
por qué iba a haber escándalo. No todas las piezas Ming-Hawn son tan raras que
tengan que ser reconocidas como arte que no es de este mundo. Ni siquiera tú
mismo estabas absolutamente seguro, ¿no es así, Stan?
—Casi
seguro. Pero necesito tocarla. Vale la pena investigar. ¿Y si me llevara
conmigo a Walker?
Blake
aguardó un momento ansiosamente la respuesta de Kittson, temiendo que éste
negase el permiso. Pero, a regañadientes o no, el jefe dio su aquiescencia. Y
cuando Blake se despertó por la mañana, después de una noche llena de
pesadillas, se sintió poseído por una honda excitación que no tenía nada de
advertencia de peligro.
Bajó con
Erskine al sótano del edificio y se encaminaron a una tiendecilla que
atravesaron sin que el propietario llegase siquiera a levantar la mirada.
Alcanzaron la esquina con el tiempo justo para meterse en un autobús. Antes de
que dejaran atrás cinco manzanas, estaban ya en otra parte de la ciudad con
calles más anchas y tiendas más elegantes. Después de atravesar unos cruces,
Erskine hizo una señal para salir del autobús.
—La
segunda de la esquina.
El
establecimiento que indicaba Erskine era aristocráticamente sombrío, a base de
pintura negra y dorada. Había una reja de hierro forjado que cubría la parte
inferior del escaparate para proteger, pero no ocultar el despliegue que había
dentro. Erskine señaló a un objeto colocado muy cerca del cristal.
Era un
colgante de metal plateado con discos negros, sobre la superficie de cada uno
de los cuales había intrincados dibujos en esmalte. La cosa tenía un sabor
vagamente oriental, pero Blake no lograba situarla como nada perteneciente a
ninguno de los estilos orientales que él había estudiado.
—Desde
luego, Ming-Hawn. Vamos a averiguar ahora cómo ha llegado eso hasta aquí.
Erskine
entró en la tienda y se dirigió al hombre, que se había levantado de detrás de
una mesa para saludarles.
—¿Es usted
el señor Arthur Beneirs?
—Sí. ¿En
qué puedo servirles, caballeros?
—Me han
dicho que usted no sólo vende, sino que compra antigüedades, señor Beneirs.
El hombre
sacudió la cabeza.
—No con el
público en general, caballero. Algunas veces se me consulta para hacer una
oferta sobre objetos que hay que vender para resolver una herencia. Pero de
otra forma, no.
—Pero
usted sabría valorar un objeto de arte, ¿no? —insistió Erskine.
—Tal
vez...
—Éste, por
ejemplo.
Erskine
sacó la bola de cristal que Blake había tenido en sus manos dos días antes.
—Cristal
de roca —dijo Beneirs dándole vueltas.
Pero, para
asombro de Blake, esta vez no hubo ningún cambio en el color de la esfera.
Permaneció clara y sin nubes.
Luego, sin
pronunciar una palabra, la soltó, fue derecho al escaparate y sacó la joya.
Cuando se la alargó a Erskine habló rápidamente como uno que recita una lección
de memoria.
—Me fue
traída hace dos días, juntamente con otras piezas de joyería antigua, por un
abogado, Geoffrey Lake. A menudo he tenido tratos con él, pero creo que se la
dieron para venderla privadamente. Lake es un hombre de buena reputación; tiene
el despacho en el Edificio Parker, apartamento 140. El precio que pagué fue
doscientos cincuenta dólares.
Erskine
sacó la cartera y contó algunos billetes. Con movimiento casi mecánico, Beneirs
recogió el dinero mientras Erskine guardaba la joya en su cartera de mano.
Luego, se echó el cristal al bolsillo. Beneirs, como si ellos fuesen ahora
invisibles, se volvió a su asiento detrás de la mesa, y dejó de prestarles
atención.
IV
—Debe
existir una explicación muy simple a la notable ayuda del señor Beneirs
—comentó Blake en cuanto salieron.
Erskine se
echó a reír.
—Simple es
la palabra más adecuada. La esfera no sólo demostró que él no tenía facultades
Psi, sino que me permitió apoderarme de él, y no tuvo más remedio que
responderme todo lo que sabía. Beneirs ni siquiera se acordará ya nunca de
nosotros. Tendrá un vago recuerdo de haber vendido la joya Ming-Hawn, pero si
tiene la obligación de informar a ese abogado Lake, no recordará ningún detalle
del trato. Así es que ahora tenemos un movimiento de ventaja en el juego, al
disponer de este informe que nos lleva hacia el señor Lake.
—Pero,
¿qué es eso de Ming-Hawn?
—Más bien,
quién es. Ming-Hawn fue un artista en la confección de camafeos, una forma
artística peculiar a su mundo sucesorio. Lo mejor de su trabajo lo hizo a
finales del siglo XVIII. Vivió en un mundo que existe como resultado de una
triunfal conquista mongola de todo Europa que acaeció en el siglo XIII.
Fugitivos de aquella invasión, normandos, bretones, norsianos y sajones huyeron
por barco hacia el Oeste a las colonias vikingas que había en Vinlandia. Sus
descendientes se casaron con indias de los crecientes imperios nativos del
Suroeste y formaron la nación de Ixanilia que todavía existe en ese nivel. La
civilización actual no es muy atractiva, pero ofrece posibilidades que podrían
seducir a Pranj. Vamos a ocuparnos ahora de ese abogado Lake.
Erskine
entró en una cafetería y se dirigió a las cabinas telefónicas. Cogió una guía y
le alargó la otra a Blake.
—Mire a
ver si tiene teléfono en su domicilio.
Blake
estaba todavía buscando, cuando Erskine hizo una llamada. Salió de la cabina
frunciendo el ceño.
—Lake está
enfermo en el hospital. Vive en Las Armas de Nelson.
—En esta
otra guía no tiene número —contestó Blake.
—¡Hum!
Erskine
sacó una segunda moneda y esta vez Blake pudo distinguir su voz que salía
débilmente de la cabina.
—Geoffrey
Lake, abogado, Las Armas de Nelson. Necesitamos el informe de costumbre tan
rápidamente como puedan obtenerlo. Sí. —Colgó, y salió—. Volvamos ahora a
nuestra madriguera. Hoy va a ser un día movido.
—¿Va a
encargarse alguien de vigilar a Lake?
—Pagamos a
una agencia de investigación para estos trabajos rutinarios. Si Lake no tiene
nada que ver con el asunto, podremos hacer que coopere en cierto modo; si está
complicado, es muy posible que sea un ayudante importante de Pranj. Entonces,
habremos de adoptar más precauciones.
No
volvieron por la tiendecilla del principio, sino que dieron la vuelta a toda la
manzana. Erskine miró a Blake sonriendo.
—Es una
madriguera con más de una puerta. Tiene usted que ir aprendiendo.
—Tienen
ustedes un refugio muy complicado. ¿No fue difícil conseguirlo?
—No mucho.
En los mundos que visitamos constantemente por motivos comerciales o de estudio
tenemos bases fijas habitadas por gente nuestra que se disimula bajo un disfraz
adecuado. Este es un grupo estable, pero coincide en amplitud con una de
nuestras bases cambiantes y, como era un almacén, fue fácil vaciarlo y hacer
los cambios interiores que nos convenían.
Erskine
indicaba el camino por el vestíbulo raquítico de un pequeño despacho en la
planta baja del edificio. El hombre de cabello blanco que estaba sentado en un
taburete frente a la puerta del ascensor retiró su asiento y le sonrió a
Erskine.
—Buenos
días, señor Waters, ¿ha tenido un buen viaje?
—¿Estupendo,
Pop. Al jefe le va a gustar el informe de ventas. ¿Cómo anda la cosa?
—Como
siempre. ¿Arriba del todo?
—Arriba
del todo. El jefe debe de tener sangre de plomo cuando le gusta vivir tan alto.
Le dirigió
al ascensorista una mueca cariñosa cuando se detuvieron con un crujido en el
piso superior.
—Como de
costumbre, estará usted libre de servicio a las cuatro, ¿verdad, Pop?
El viejo
asintió.
—Si no ha
terminado usted entonces, tendrá que bajar a pie —advirtió—. Pero usted nunca
termina pronto, ¿verdad señor Waters?
—No
mientras el jefe está al acecho. Pero es más fácil bajar que subir. Que le vaya
bien, Pop.
Había dos
puertas en el vestíbulo, y una de ellas mostraba grandes letras sobre su
superficie de cristal. Pero cuando el ascensor descendió y se perdió de vista,
Erskine abrió con llave la puerta de metal que dejaba paso al tejado. Subieron
medio tramo de escaleras al aire libre. Ante ellos se extendía el cañón de la
Avenida. Erskine cogió un tablón cuya punta pegó al pretil, y lo balanceó hasta
que la otra punta quedó en el tejado del almacén.
—Si le
marea a usted la altura —le dijo a Blake—, no mire abajo.
Una vez
que cruzaron, bajaron por una escalera a un polvoriento corredor. Allí Erskine
se detuvo, extendió las palmas de las manos contra la pared y, bajo su presión,
se movió un entrepaño que los dejó pasar a uno de los dormitorios del
disimulado apartamiento.
—¿Lo
conseguiste? —preguntó Hoyt desde la puerta.
—Lo
conseguí, y una pista además. Beneirs, el propietario, se lo compró a Geoffrey
Lake, abogado en ejercicio. Lo traté con la bola.
—¿Qué es
eso de un abogado? —preguntó Kittson a sus espaldas.
Erskine
rindió su informe.
—¿Supones
que está realmente enfermo? ¿O podía ser eso una trampa? —preguntó Hoyt.
—Pranj
sabe que estamos aquí. Pero me inclino a creer que vendió esa pieza Ming-Hawn
antes de descubrir que estábamos. Debe de necesitar dinero en metálico y con
urgencia. Por eso quiero saber mucho más acerca de este Lake, especialmente los
contactos que tenga y los visitantes que hayan ido a verlo desde que ingresó en
el hospital. Puesto que está enfermo, es un momento muy adecuado para que sus
amigos se preocupen de él.
Hoyt se
enderezó.
—¿Frutas,
flores, o el paquetito de costumbre?
—Las
flores parecen ocurrencia femenina. No sabemos lo bastante para aventurarnos
aún. La fruta está a mitad de camino. Puedes poner la tarjeta del señor
Beneirs.
—¿Qué hay
de marcharnos? ¿Nos vamos ahora? —preguntó Erskine una vez que Hoyt hubo
salido.
—Vamos a
esperar hasta que Jas haya inspeccionado el otro sitio. No tiene objeto
trasladarse allí para descubrir que hay vigilantes. Tenemos varias ventajas,
incluyendo la de fondos ilimitados. Y el tipo de servidores que Pranj puede
reclutar exige puntualidad en el pago. Si se ha visto obligado a vender en otro
nivel, eso demuestra que los Cien han podido bloquearle los recursos en casa.
Sonó el
teléfono. Kittson se puso al habla.
—Basta con
eso. Le enviaremos por correo los honorarios usuales —colgó—. Informe sobre
Lake. Hombre de mediana edad; de una familia que lleva el mismo bufete desde
hace cuatro generaciones; la mayor parte de su trabajo consiste en administrar
sociedades y fincas; soltero, su pariente más próximo es una hermana que tiene
en Miami: lo han operado hace dos semanas; ningún contacto directo con los
hombres de Pranj.
—Kmoat
puede mostrarse muy convincente —comentó Erskine.
—Esperaremos
hasta ver qué averigua Hoyt en el hospital. Necesito saber si Lake dispone de
escudo. Y me da la sensación de que de ahora en adelante vamos a tener que
movernos muy aprisa.
Fue
interrumpido por el zumbador y luego entró Saxton. Se despojó de un conservador
bombín y de un bien cortado abrigo de paño antes de sentarse.
—Todo está
dispuesto para el traslado. Pero la Avenida está vigilada. He tenido que
utilizar el camino del tejado.
—¿Quién
está en la Avenida? —preguntó Erskine.
—Un tipo
musculoso al que vimos últimamente en El Pájaro de Cristal. Ya sabéis —continuó
Saxton sacando una pitillera del bolsillo y efectuando una selección cuidadosa—
que la jugada más inteligente de Pranj sería envolvernos en algún jaleo
desagradable que concentrara sobre nuestras actividades la atención de la
Policía local. Con eso, él ganaría tiempo y nos obligaría a apartarnos por
ahora de este nivel.
Para
sorpresa de Blake, descubrió que los tres lo estaban mirando fijamente. Kittson
fue el primero en hablar.
—¿Qué
acusación elegiría usted para ponernos a mal con su Policía?
—Considerando
el refugio semisecreto que tienen ustedes aquí —contestó lentamente—, podría
pensarse en juego o en drogas. Por cualquiera de las dos cosas harían un
registro. Y también una alusión hecha a cualquier banda en el sentido de que
están ustedes operando en un territorio acotado atraería la atención de mucha
gente.
Saxton se
mordió los labios.
—En otras
palabras, puede meternos en un jaleo ahora que nos ha traído a la Tierra. Creo
que tenemos que movernos a toda prisa.
Kittson
asintió.
—Está
bien. —Sacó de un cajón un pequeño mapa—. El Pájaro de Cristal está situado en
los bajos de aquella casa de piedra parda. Encima, hay algunos apartamientos,
¿no es así?
—Tres, dos
ocupados por miembros de la directiva del club —precisó Erskine.
—¿Hay
antenas de televisión en el tejado?
—Por lo
menos, una.
—Entonces,
nosotros nos encargaremos de hacer la reparación.
—¿Cuándo?
—preguntó Saxton.
—Ahora.
Envía un mensajero para que evacúe este lugar.
—¿No
podríamos comer primero?
La voz de
Saxton sonaba quejumbrosa, y Kittson accedió después de una corta vacilación.
Estaban reunidos en torno a la mesa, cuando regresó Hoyt.
—Un tipo
en la Avenida y otro vigilando el camino de los tejados —anunció—. Aunque, por
lo que veo, éstas son ya noticias viejas.
—¿Qué hay
de Lake?
—Bueno,
por lo pronto no tiene escudo. Pero no conseguí verlo. Se espera a su hermana
de Miami en el avión de las cuatro.
Kittson
miró a Erskine.
—Un
agradable encuentro entre una dama y otra en el aeropuerto podría conducir a
cosas mayores —comentó en voz suave.
El hombre
esbelto sorbió su café lentamente.
—¡Las
cosas que tengo que hacer por el Servicio! Por este trabajo deberían concederme
la Orden de la Cruz y la Estrella.
La sonrisa
de Kittson era irónica.
—«Es
necesario en todo momento» —era evidente que estaba declamando una cita—
«elegir al agente que encaje con la tarea y no a la tarea que encaje con el
agente.»
—Una
bonita manera de echarle siempre a uno el muerto encima —replicó Erskine—. La
meditación me proporcionará una réplica adecuada. De todas formas, son los
hechos y no las palabras los que están a la orden del día. Mi única esperanza
es que me entere por esa voladora mujer de cosas que compensen el tenerme que
poner una falda.
Se retiró
de la mesa.
Una hora
después, una mujer elegantemente vestida con un traje sastre y una esclavina de
piel, salía del apartamiento acompañada por Saxton. Y veinte minutos después de
aquella partida, Blake era un miembro del segundo éxodo. Ni Kittson, ni los
demás habían preparado ninguna clase de maleta y parecía que de él mismo se
esperaba que abandonase sus pertenencias, frívola despreocupación hacia las
cuestiones económicas que no dejó de molestarle.
Embutidos
en sus monos de obreros, los tres tomaron el ascensor en la planta baja. El
espeso cabello de Hoyt era ahora castaño y había una extraña alteración en la
línea de su mandíbula, haciéndosela más cuadrada, mientras dos dientes
frontales sobresalían un poco en agresiva desnudez bajo su labio superior.
Por los
mismos medios misteriosos, los rasgos de Kittson se habían alterado. El vuelo
de halcón de su nariz había engruesado y desplegaba una brillantez rojiza. El
mismo arte hizo que sus ojos parecieran demasiado juntos, y caminaba con una
graciosa cojera.
No
atravesaron la tiendecita, sino que caminaron en dirección opuesta,
serpenteando por un pasillo hasta llegar a una segunda puerta y de allí a un
espacio para aparcamiento. Había un camión cuyo cartel decía: «Hermanos
Randell, Reparaciones de Televisión y Radio.»
—¿Sabe
usted conducir? —le preguntó Kittson a Blake.
—Sí.
—Coja el
volante; Hoyt le indicará el camino.
Con
sinuosidad de anguila, el hombre alto se acurrucó en el limitado espacio que
había atrás.
—Coja
recto toda la calle y tuerza a la derecha.
Blake
condujo con cautela por el estrecho pasaje.
—Esta es
una escapatoria en la que no habían pensado —comentó Hoyt cuando el camión se
sumergió en el tráfico.
Pero le
contestaron desde atrás:
—Hay una
mente con escudo a no más de media manzana de distancia.
Hoyt trató
de volver la vista atrás.
—En caso
de necesidad, cogeremos por el camino más largo. ¿Nos están siguiendo, Mark?
—Sí. No
consigo localizar qué coche es; hay demasiados en la calle.
Blake se
extrañaba de no sentir inquietud ninguna. O bien la facultad precognitoria que
los otros afirmaban que él tenía no estaba funcionando como era debido, o bien
no había nada que temer.
—Un gran
camión de transporte, pero está doblando una manzana atrás —dijo Kittson,
completando su informe.
La
atención de Hoyt se volvió hacia Blake.
—¿Cómo
están las corazonadas? ¿Vamos hacia algún jaleo?
—No siento
nada.
—Ese
camión puede estar descargando a otro grupo de servidores encargados de vigilar
a una ratonera que se ha quedado vacía —bromeó Hoyt—. Para sentirnos más
seguros, vamos a trazar una pista falsa. Tuerza a la izquierda en la próxima
esquina, Walker, avance luego cinco manzanas hasta llegar al ferrocarril.
—Son cerca
de las tres —avisó Kittson.
—El
ferrocarril tarda cerca de cinco minutos en cruzar. Pasaremos en el momento que
más nos convenga. Luego, volveremos por el puente Franklin. Tardaremos así
cuarenta minutos, pero si eso no hace borrosa una pista, nada podrá hacerlo.
—Está bien
—aprobó Kittson, resignado.
Cuando
pasaron al ferrocarril, cambiaron de chofer y, con la maestría que tenía de su
vehículo y con el conocimiento del camino, Hoyt los volvió a entrar en la
ciudad por una dirección completamente distinta y empleando cinco minutos menos
de los anunciados.
De la
abarrotada sección de los negocios, pasaron a un distrito que había sido
elegantemente residencial medio siglo antes. Altas mansiones de piedra parduzca
estaban construidas al fondo de enrejados parques. Pero ahora muchas de las
casas habían caído en la indignidad de pequeños carteles grisáceos de «Se
arriendan habitaciones» en las ventanas inferiores, y algunas hasta se habían
convertido en tiendas. Hoyt paró al final de una manzana. La empinada rampa que
llevaba al sótano estaba adornada con unos guardacantones indicadores de curva,
y un anuncio de neón indicaba al mundo con su flamear rojizo que aquello era el
Pájaro de Cristal.
Estaba
congregándose la pesada oscuridad invernal, y había una sugerencia de peor
tiempo oscuro en la firme caída de anchos copos de nieve. Hasta donde Blake
podía extender la mirada, la calle, excepto el camión de ellos, estaba vacía
tanto de coches como de peatones. Pero después que el motor se detuvo, Hoyt no
salió; permanecía donde estaba como si se hallara a la escucha. Cuándo habló,
lo hizo con poco más de un susurro.
—Dos
escudos en el Club. Pero creo que la casa está limpia.
—Sí
—asintió el invisible Kittson.
Luego,
arañó a la espalda mientras Hoyt le daba a Blake sus órdenes.
—Esté
listo parra arrancar en cualquier momento si tenemos que salir corriendo.
Kittson se
le acercó y le entregó una revista cómica.
—Póngase
en carácter, pero no se interese demasiado por la literatura.
Blake se
repantigó en el asiento, y sobre el filo de la revista vio cómo los otros
subían a la puerta principal y eran admitidos por una mujer grisácea.
Más luces
empezaron a hacer guiños a través de la oscuridad: turbias en las casas de
«habitaciones», más brillantes en las tiendas. Ahora había más gente por la
calle. Un hombre, con la cabeza destocada, a pesar de la nieve y del viento que
se había levantado, bajaba los escalones que conducían a la entrada del Club
con una velocidad que sugería la idea de que iba a llegar tarde a una cita.
Blake se preguntó qué pasaría si él pudiese alcanzar y leer los pensamientos de
los transeúntes.
Entonces
llegó algo que comprendió muy bien: ¡Peligro! Una bola que se le iba hinchando
en el estómago. Podía sentirle el gusto, palparla. Blake no se había sentido
tan conmocionado en toda su vida, excepto en el choque con aquella presencia
extraña. Sus dedos se crisparon sobre el volante y se esforzó en tender la
mirada a un lado y a otro para tratar de descubrir el origen de la advertencia.
No pudo
ver nada nuevo en la casa donde estaba situado el Pájaro de Cristal. El anuncio
de neón centelleaba, una o dos luces eran visibles en las ventanas inferiores.
A partir de aquel punto, su mirada resbaló lentamente por la manzana,
escrutando cada casa, sin ver a nadie ni a ningún coche. Pero, ¡cuidado!
Al otro
lado de la plaza, se había detenido un camión de carga delante de unas tiendas,
un camión verde.
Hoyt le
había ordenado que se quedase en su puesto. Si salía, si daba uno o dos
pasos...
Únicamente
la tensión que lo dominaba lo mantuvo pegado al volante. Instintivamente puso
en marcha el motor. Volvió la mirada hacia el club. Una alta sombra se pegaba
al lado de la casa y se dirigía hacia él, seguida por una segunda sombra. La
que iba en retaguardia se detuvo junto a un cubo de basura, alzó la tapa y miró
en el interior mientras la primera sombra entraba en la cabina y se sentaba
junto a Blake. El que estaba cerca del cubo de la basura se guardó algo en un
bolsillo de la chaqueta y se les unió en un par de zancadas. En cuanto que Hoyt
tomó asiento, Blake dio la señal:
—Camión
verde, allí a la derecha.
Hoyt soltó
una exclamación:
—Pranj
disfrazado con tres metros de seda y un cinturón de ante. Quizá...
Pero la
atención de Blake estaba dividida entre el manejo del volante y la abrumadora
sensación de amenaza.
—Tuerza a
la derecha —le indicó Hoyt.
Otra calle
de casas viejas. Las luces del alumbrado formaban enmarañados torbellinos
blancos cuando la nieve cruzaba sus rayos.
—A la
izquierda, aquí...
Conducía
automáticamente, siguiendo las indicaciones de Hoyt. De la parte trasera, donde
se había ocultado Kittson, no llegaba ninguna señal. Una serie de vueltas a
izquierda y derecha les llevó a una avenida que bordeaba el inmenso parque que
casi rompía la ciudad en dos mitades exactas.
—Entre en
el parque y déjeme el volante.
Blake se
abrió camino entre el creciente raudal del tráfico y consiguió meter al camión
en la oscuridad de árboles y arbustos que formaban una pantalla contra las
luces ciudadanas; luego cambió de sitio con Hoyt.
Continuaron,
pasando de alamedas anchas a caminos estrechos, hasta que llegaron a un pequeño
claro situado junto a un blanco teatro-restaurante cerrado en aquella época.
—Todos
abajo.
Blake
apagó los faros con el tiempo justo para ver que Kittson salía por la parte de
atrás.
—Venga,
siga usted.
El agente
se alejaba.
—¿Adonde?
—Saldremos
del parque a la calle 114. Cruce usted allí la avenida y espere en la esquina
al autobús 58. Lo toma y se baja en Mont Union, a unos cuarenta minutos de
recorrido. Baje por Mont Union hasta llegar a la primera calle, Patron Place.
Entre por la puerta de servicio de la tercera casa, la que tiene un muro
rodeando el patio. Llame dos veces. ¿Se ha enterado?
—Sí.
Mientras
andaban para salir del parque, no cambiaron una sola palabra. Y una vez fuera,
los otros dos dejaron a Blake sin decirle adiós, y rápidamente se perdieron
entre la multitud que cubría la acera.
El cruzó
la calle y se juntó al grupo en la parada de autobús. Descubrió que los 58 no
venían demasiado llenos, y pudo meterse en uno traqueteante. Los edificios más
acotados de la parte baja de la ciudad se cambiaban por casitas provistas de
patios.
Había un
bar en la esquina de Mont Union. Era un establecimiento muy iluminado, pero el
resto de la manzana estaba casi a oscuras. Llegó a Patron Place y contó las
casas.
El número
3 tenía una fila de ventanas iluminadas. La puerta del garaje estaba abierta, y
marcas recientes de neumáticos se veían sobre la nieve. El sonido quedaba allí
apagado.
Blake dio
la vuelta a la casa para llamar por la puerta trasera. Golpeó como le habían
dicho. Se abrió la puerta y Erskine lo dejó pasar al calor y a la luz.
V
Abrigado,
embutido una vez más en sus propias ropas que habían aparecido misteriosamente
en uno de los dormitorios del piso de arriba, Blake entró en una habitacioncita
equipada con el pesado mobiliario de un siglo antes. Hoyt estaba repantigado en
uno de los macizos sillones.
Contemplaba
con cariñoso cuidado a un gatito negro que comía carne cruda, y cuando observó
la presencia de Blake señaló al felino:
—Aquí
tiene usted nuestro gato. ¿No le parece muy elegante?
La punta
de la cola del gatito tembló como agradeciendo la presentación, pero el animal
continuó devorando los alimentos con devoción intensísima.
—¿Fue eso
lo que sacó usted del cubo de la basura?
La sonrisa
de Hoyt desapareció.
—Lo habían
metido en un saco y lo habían dejado allí para que se helara.
El gato,
hinchada ya la barriga como una bola, se sentó y empezó a lavarse. Se
interrumpía de vez en cuando para mirar a Hoyt con sus circulares ojos azules
de niño. Luego, de un salto, aterrizó sobre sus rodillas, haciéndose una rosca
en el regazo con un ronroneo de satisfacción.
—Va a
sernos de gran ayuda. —Hoyt pasó un dedo por la peluda cabeza, rascando en los
puntos más apropiados tras las orejas y en el ángulo de la mandíbula—. Este
nivel no sabe las posibilidades de sus recursos naturales. Los gatos y los
perros y algunos pájaros pueden entrar en contacto mental con el hombre, si
éste lo prueba. Sí, este gatito va a ser una ayuda. Sobre todo, teniendo en
cuenta que Pranj —y su sonrisa se endureció— odia a toda clase de bichos. No me
sorprendería que hubiese sido orden suya lo de condenar al animalito.
El gato se
echó a dormir, y una sensación de bienestar reinó en toda la habitación.
Cuando
Blake despertó a la mañana siguiente, oyó el suave siseo de la nieve contra los
cristales de la ventana. Jueves. Contó los días que habían pasado desde que
comenzó aquella absurda aventura. Parecía más tiempo.
El garaje
estaba abierto. Vio pasar por un senderillo a dos figuras bajitas, que le
parecieron Erskine y Saxton, quienes entraron en el coche y se marcharon.
Blake no
se daba prisa. Mientras bajaba las escaleras, pensaba quiénes podrían ser los
dueños de esta casa. Había una cocinera y una criada. ¿Quiénes habían recibido
a los agentes aquí y por qué?
Kittson
estaba solo en el pequeño comedor viendo caer la nieve tras los cristales. Y el
gato estaba sentado en el pretil lanzando zarpazos al cristal, tan absorto como
su compañero humano. La radio estaba encendida y el locutor leía el boletín
meteorológico anunciando que la altura de la nieve subía y que la ciudad se
esforzaba en mantener las calles despejadas. Seguían algunas comparaciones de
mal augurio sobre la enorme helada de cinco años antes y la interrupción de
servicios que había habido aquella vez.
—La cosa
se está poniendo fea —se atrevió a decir Blake.
Kittson se
limitó a gruñir, y el otro se dio cuenta entonces de que el agente se hallaba
en uno de sus trances de concentración. ¿Es que cada uno de aquellos
desconocidos tenía en la cabeza un receptor que recibía mensajes que flotaban
en el aire en longitudes de onda que sólo ellos podían captar?
Entró
Hoyt, con los hombros todavía empolvados por la nieve.
—Es como
gelatina —dijo al mismo tiempo que acariciaba al gatito—. Ya han renunciado a
limpiar las calles.
—Si
estamos paralizados por el mal tiempo, también le pasa lo mismo a Pranj —dijo
Kittson moviéndose con aire inquieto de la ventana a la butaca y viceversa.
Hoyt se
encogió de hombros y se sentó, dirigiendo su atención al gato. Si no hubiera
presenciado lo que sucedió a continuación, Blake no lo habría creído. Siempre
había oído decir que a los gatos es imposible domesticarlos, que su
independencia innata les impide obedecer otra voluntad que no sea la suya
propia. Pero, de alguna manera, el hombre corpulento estableció contacto con el
diminuto revoltijo de piel negra. Los redondos ojos del gato se fijaron en los
de Hoyt, y el animalito empezó a saltar y a correr, a coger una pelotita de
papel y pasearla por toda la habitación y traerla a las manos del hombre. Pero
los gatos se cansan, y a los pocos momentos Hoyt dejó en paz a su alumno.
Era ya
media tarde, cuando Blake decidió salir. Sus dos compañeros estaban en su
peculiar trance, en contacto tal vez con acciones que tenían lugar en otra
parte. No sólo se sentía inquieto, sino, en cierto modo, ofendido, como si
deliberadamente lo hubiesen dejado a la puerta. La cocinera estaba junto a la
puerta trasera.
—¿Cree
usted que podría llegar a la farmacia? —le preguntó ella bruscamente—. Agnes
tiene uno de sus dolores de cabeza y no servirá para nada en todo el día si no
toma sus gotas. La muy tonta no se ha preocupado de renovar la receta.
Tenía un
papel en la mano.
—Yo se lo
traeré —dijo él, y se metió en uno de los torbellinos de nieve.
En el
interior del establecimiento, mezcla de droguería, bar y farmacia, había un
ambiente como de vacaciones. Obreros de la limpieza estaban reunidos bebiendo
café, cambiando buenas y malas noticias con los parroquianos que habían podido
llegar hasta la tienda. Blake escuchaba mientras aguardaba que preparasen la
medicina recetada. Esto era la realidad, lo que de verdad era la vida. El mundo
fantástico donde él había estado viviendo los tres últimos días no era más que
un sueño.
¿Cómo
podía uno creer en otros mundos de diferentes niveles, en criminales que se
escapan de uno a otro, en hombres Psi que podían ir contra todas las leyes de
la física y de la naturaleza? Si él tuviese un poco de sentido común debería
marcharse ahora, escaparse de la casa de Patroon Place, lejos del alcance de
Kittson. Podría hacerlo si no estuviese dominado por el convencimiento de que
ello no sería ningún bien, que escapar de aquellas fuerzas era imposible. Fuese
verdadero mundo o fuese sueño, lo cierto es que estaba atrapado.
Pero
todavía anhelaba rebelarse, como lo había estado anhelando desde que despertó
aquella mañana. Sospechaba que era tan herramienta de los otros como lo era el
gatito al que Hoyt estaba ahora aleccionando: Lo utilizarían o lo dejarían
abandonado según les conviniera. Se trataba de una relación de adultos con un
niño, y eso despertaba antagonismo, ¿Estaba siendo reconocido y alimentado
aquel presentimiento por algo que estaba fuera de él? ¿Había sido preparado
deliberadamente durante aquellas horas para lo que iba a suceder? Más adelante,
Blake creyó algunas veces que lo habían condicionado así para matar.
En la
calle, la grisura de la tarde se había convertido en noche precoz. Blake iba
pisando la nieve crujiente. Entonces vio frente a él a la otra figura. No había
error posible: se trataba de la esbelta silueta y del paso rápido de Erskine.
Un coche
avanzaba lentamente por la parte limpia de la calle. Y con el coche llegó para
Blake un retortijón de terror. Peligro, peligro para Erskine de una u otra
manera. Blake gritaba, quería correr. Pero el otro, agachado contra el empuje
del viento, ni veía ni oía.
El coche
llegó a su lado, dos formas oscuras bajaron rápidamente y se lanzaron contra
Erskine. Los pies de Blake resbalaron en un pedazo de hielo. Luchó por mantener
el equilibrio, pero en aquel momento una descarga de dolor mental lo sumió en
las más profunda inconsciencia.
En la
cabeza, le latía un dolor punzante. Blake trató de recordar lo que había
sucedido. Estaba amarrado y amordazado, en la oscuridad. Trató de echarse a
rodar y descubrió que estaba dentro de un recipiente, las rodillas pegadas
contra el pecho.
¡Erskine!
¿También el otro habría sido hecho prisionero? A pesar de todas sus facultades,
también los hombres Psi tenían limitaciones. Kittson no había podido escapar
del pistolero con escudo en el hotel Shelbourne. Blake deseaba tener los
poderes de aquellos. ¡Si pudiera por lo menos comunicar con Erskine! Percibía
todavía la advertencia de peligro, pero la había sentido últimamente con tanta
frecuencia, que ya estaba familiarizado con aquel malestar.
El que no
lo hubieran matado indicaba qué los secuestradores pensaban utilizarlo para
algo. ¿Cómo habían conseguido seguirle la pista tan rápidamente? ¿O era a
Erskine a quién habían perseguido, cogiéndolo también a él como presa
adicional? ¿Cuánto tiempo tardarían Kittson y Hoyt en descubrir su desaparición
y venir a rescatarlo? A Blake no se le ocurrió pensar nunca que no fueran a
hacer algo por él. ¿Podrían estar informados del desastre por el misterioso
sistema de escucha que poseían? No tenía objeto hacerse preguntas a las que no
podía responder. Era más provechoso concentrarse en lo que él podía hacer, lo
que por el momento no era nada.
Blake no
tenía ningún dato para calcular lo que duraba aquel viaje, pero percibió el
topetazo de la parada. Hubo voces bajas. La caja que lo contenía fue empujada
hacia delante y cayó, zarandeándolo dolorosamente.
Ahora,
calor y más voces. Alguna otra cosa. Captó un rastro de perfume. Por último, la
caja fue depositada con un golpe en el suelo, y se retiraron unas pisadas.
Calor. Perfume. Blake se esforzaba en juntar las piezas de aquel rompecabeza.
El camión verde, la tienda de tejidos frente al Pájaro de Cristal...
Tenía los
miembros dormidos, no podía mover más que la cabeza de un lado a otro. Había
una rendija de luz y de vez en cuando podía escuchar una conversación ahogada.
Cuando lo
soltaran, estaría encogido como un pato, demasiado lleno de calambres para
ofrecer ninguna resistencia. Y Pranj era Psi. Y cualquiera que se moviese en un
ambiente donde las facultades consciente e inconscientemente, considerando
seres inferiores a los que no las tenían.
Blake
había percibido un rastro de aquella misma actitud en los agentes, aunque ellos
hubiesen estado condicionados para vivir como ciudadanos ordinarios de mundos
no psíquicos. En el proceso de entrenamiento habían perdido su superioridad
consciente. Pero Pranj no tendría motivo alguno para disimular sus facultades.
¿No lo cegaría precisamente esa capacidad y lo impulsaría a subestimar a todo
antagonista que no fuese de su propio mundo?
A pesar de
lo que le dolía la cabeza, Blake se esforzó en estudiar la situación con toda
la calma que pudo reunir. Lo que él tenía era un poder psíquico latente de
presencia del peligro, y un fuerte escudo mental. Ventajas muy pequeñas para
luchar contra el arsenal de armas invisibles de Pranj. Pero ya el escudo lo
había utilizado durante su primer encuentro con el forajido. ¿Y si volviesen a
dirigirle otro ataque así? ¿Podría él construir sobre aquella barrera un falso
equipo de recuerdos que pudieran ser leídos por el enemigo?
Su cuerpo
podía estar inmóvil, pero su mente galopaba, explorando aquella posibilidad.
¡Si supiese un poco más! ¿Conseguiría hacerle creer a Pranj que él no era más
que un inocente testigo involuntario? Con unas pocas alteraciones, podría
decirle la verdad y todo encajaría.
¿Qué
pasaría si él creyese aún que los agentes eran miembros de la F.B.I. que
perseguían a un criminal normal de este mundo? La historia se acomodaba a sus
actos y podría satisfacer a Pranj y hacerle creer que era relativamente
inofensivo.
Con algo
más de una vaga idea de lo que estaba tratando de conseguir, Blake puso manos a
la obra. Recordó los detalles de su vida familiar, y que había venido para
asistir a las clases de Havers. Aquello era verdad, podía comprobarse. En su
habitación del hotel, lo había sobresaltado un ruido, se esforzó en decirse
recordaba aquel ruido. Ayudó a Kittson a librarse del pistolero. Kittson le
había mostrado sus credenciales de hombre de la F.B.I. Lo habían obligado a
unirse con ellos. Implacablemente, trataba de poner recuerdos falsos sobre los
verdaderos. La visita a Beneirs, la intrusión del martes, lo que le habían
contado los agentes; todo aquello tenía que olvidarlo. Y a medida que reñía en
su propia mente aquella extraña batalla, Blake se sorprendía. Era como si sus
esfuerzos, por rudos que fueran, despertasen nuevas habilidades, penetraciones
nuevas y más profundas.
Flameó la
luz afuera. Por un momento, la preocupación de Blake se vio interrumpida por
una oleada de verdadero pánico. ¿Iban a dejarlo donde estaba? Era difícil
semejante confinamiento durante horas.
Aquel roce
de histerismo resultó aterrador hasta que la nueva parte de su mente, aquella
sección que observaba y evaluaba, vio cómo podía utilizarse aquello. Estar
asustado era la reacción correcta. Y el espanto era lo más telepático, lo que
mejor podía ser captado por el enemigo, el susto vendría a añadirse a su
cubierta protectora.
Blake
había recorrido un largo camino desde que habían sido hechos prisionero, un
camino por una senda que ni siquiera sabía que existiese antes. La conmoción
tenía mucho de estimuladora y ya él no era el mismo Blake Walker a quien
detuvieron en una calle cubierta de nieve. Nunca volvería a serlo.
La luz se
encendió de nuevo; se oyeron unas fuertes pisadas. Se levantó una tapadera y
parpadeó ante aquella brillantez antes de que lo arrojaran indefenso sobre el
suelo. Un puntapié lo hizo volverse y se quedó mirando fijamente a dos hombres.
Ninguno de ellos, ni siquiera disfrazado, podía ser Pranj. Rápidamente, Blake
fingió confusión y miedo.
—Sí, éste
es uno de ellos. Y está despierto.
—Ya te
dije lo que era. —El más bajo masticaba una pastilla de chicle—. ¿Qué le has
hecho?
—Lo metí
en la caja. Le até las piernas. No íbamos a entretenernos.
El bajito
sacó una navaja de muelles y cortó la cuerda que sujetaba los tobillos de
Blake. Cuando vio que el cautivo lo estaba mirando, enseñó dos dientes en una
mueca y cortó con un ademán amenazador. Blake se encogió, y los dos hombres se
echaron a reír.
—Pórtate
bien, muchacho, o Kratz cortará algo más que las cuerdas.
—Desde
luego —confirmó el otro—. Sé manejar muy bien el cuchillo. Puedo trincharte con
carne o con grasa. Vete haciendo la idea.
Blake
consiguió ponerse en pie y agarrarse a la pared manteniéndose en una posición
forzada. El embotamiento de las piernas cesaba ahora para dejar paso a la
tortura de la circulación que volvía. Mientras sufría aquello, entró un tercer
hombre con un curioso retorcimiento en su labio superior en una faz oscura y
cruel que mostraba las puntas de los blancos colmillos.
—Llevadlo
abajo —dijo lanzando una ojeada a Blake.
—Desde
luego, Scappa.
Entre sus
secuestradores, Blake fue empujado en seguimiento de Scappa a través de un
oscuro vestíbulo y un tramo de escalera. En el suelo, se abría un pozo y Scappa
bajó por allí seguido por Kratz. Blake recibió un empujón y cayó de cualquier
forma. Casi perdió el conocimiento por la violencia del aterrizaje, pero no se
le permitió quedarse tendido en paz. El hombre alto se agachó y lo obligó a
ponerse en pie.
A través
de una abertura que había en la pared, pasaron a un segundo sótano. Blake fue
colocado en un sillón de forma que los brazos, que seguía teniendo atados a la
espalda, le dolieron por el peso de su cuerpo. El hombre alto cogió un cabo de
cuerda y lo ató firmemente al sillón.
Scappa
hizo una señal a sus sicarios.
—Marchaos.
A Blake le
pareció que los dos hombres se alegraban realmente de poder subir la
escalerilla de madera y desaparecer por la trampilla. Scappa, una vez que los
otros dos se hubieron ido, sentó a su vez, encendiendo luego un cigarrillo.
Tenía el aspecto de quien espera que se levante el telón para una función de
teatro aguardaba con avidez.
Cuando
llegó el asalto, no fue la puñalada perforadora que Blake había experimentado
antes, sino una presión lenta e inexorable, una presión que le daba a entender
que esta vez el enemigo tenía el propósito de resultar vencedor.
Blake
mantenía sus pensamientos ligados a los recuerdos seleccionados que había
preparado con anticipación. Era fácil permitirse también una gran lástima por
sí mismo, el porqué tenía que ser él precisamente quien se viera metido en todo
esto. Lentamente, bajo el palpar del otro, fue revelando el encuentro con
Kittson y lo que había sucedido después.
Ya no veía
el sótano ni a Scappa sentado allí. De una manera extraña, su visión estaba
vuelta hacia dentro. Incluso su miedo tenía que ser nutrido cuidadosamente,
pero sin alcanzar profundidades que pusieran en peligro el muro de sus
recuerdos pergeñados. El invasor no debía observar que existía tal muro.
Blake no
disponía de ningún medio para saber si estaba triunfando o fracasando en la
prueba. Los tanteos eran cada vez más secos, más profundos, como si la mente
que los hiciera estuviese impacientándose. Lúgubremente, Blake se atenía a su
historia, y la siniestra interrogación continuaba en profundo silencio.
Luego, el
roce de la otra mente se apartó. Blake sintió un escalofrío. Una vez más le
quedaba el sentimiento de suciedad, de violación. Pero tenía también una chispa
de esperanza. La barrera no había sido asaltada con la fuerza que él temía.
¿Significaba aquello que Pranj lo había tomado por el inocente instrumento de
los agentes en un mundo normal? Fue sacado de sus pensamientos por una palmada
que resonó en su cabeza como una explosión. Los rasgos de Scappa componían una
máscara sádica velada por un resplandor rojizo.
—Entrad y
llevaos a esta basura.
El hombre
alto bajó ruidosamente los escalones. Lo seguía Kratz.
—¿Qué
hacemos con él? —preguntó el hombre de la navaja.
—Por lo
pronto, lleváoslo. Ya decidiremos.
—Está
bien. —El hombre alto maniobró con la cuerda—. El gran patrón siempre consigue
lo que quiere.
La mueca
de Scappa se endureció.
—Las
grandes bocas hablan demasiado. Lleváoslo de aquí.
—Desde
luego, desde luego —dijo en tono apaciguador el hombre alto.
Empujó a
Blake por la abertura que había en el muro. A mitad de camino a lo largo del
túnel, se detuvo y Kratz enfocó una linterna contra una puerta metálica. Abrió
unos cerrojos y giró una puerta lo bastante ancha para dejar paso a Blake a
quien empujaron al interior.
—Y ahora
pídele a la momia que te desate.
Blake se
tambaleó y cayó al suelo, siendo un milagro que no se rompiera algo en la
caída. Cuando pudo volver la cabeza, la puerta ya se había cerrado.
La
oscuridad y el silencio se combinaban en una opresión abrumadora. Quizá pudiera
avanzar pulgada a pulgada hacia la pared y empujarla con la espalda. Pero ahora
estaba demasiado cansado para probar. La frialdad del suelo le llegaba hasta la
piel bañada en sudor.
«Que te
desate la momia» Por lo visto le habían depositado en una tumba particular. No
le habían atado otra vez los tobillos, pero los brazos eran un peso muerto.
Levantarse, moverse. Pero estaba tan cansado, que pensar en el menor movimiento
le producía dolor.
Se quedó
helado: algo había sonado en la oscuridad. Algo que procedía del otro extremo
de la cámara invisible. La momia. Blake rechazó aquel pensamiento. Algo
se estaba moviendo ahora.
—¿Quién...,
quién está ahí?
Blake
mascó la mordaza que le impedía contestar a aquella voz hueca.
—¿Por
qué... por qué no me contesta nadie? —insistía la misma voz con miedo—.
Contésteme, contésteme.
Nuevo
movimiento, esta vez hacia él. ¿Erskine? Instantáneamente, Blake rechazó la
idea. Por dura que hubiese sido la prueba, la voz de Erskine no podía haber
cambiado hasta tal punto. Oyó pisadas interrumpidas por pausas. Luego, un pie
le rozó una rodilla. Dando un grito, el otro tropezó con Blake y cayó encuna de
él. Hubo una llamita seguida por una exclamación. Unos dedos le palparon la
cara y encontraron la mordaza.
Con una
crueldad que podía proceder de su mismo terror, el otro desató aquello. La tela
fue retirada de su boca, y Blake pudo mover la lengua. Necesitaba agua más que
ninguna cosa que hubiese deseado nunca en su vida.
—¿Quién es
usted? —preguntó su compañero quejumbrosamente—. ¿Por qué lo han metido aquí?
—Para
desembarazarse de mí —susurró Blake roncamente—. ¿Puede usted desatarme los
brazos?
Sin
ceremonias, fue vuelto boca abajo. Cuando los brazos le rodaron como pesos
muertos a los costados, le tocó a él a su vez de hacer una pregunta.
—¿Cuánto
tiempo lleva usted aquí?
—No lo sé
—contestó el otro con tono del mayor histerismo—. Me golpearon, perdí el
conocimiento y me desperté aquí. Pero... —Unos dedos se clavaron en el hombro
de Blake, tirando de él—. Pero puede haber otro camino para salir. Dijeron
algo...
Con la
ayuda del otro, Blake consiguió ponerse en pie. La voz continuaba.
—Debemos
andar a lo largo de la pared. Sólo quedan cinco cerillas. Y en el centro hay un
gran agujero.
El apretón
en el hombro de Blake lo azuzaba en aquel extraño viaje.
—¿Dice
usted que hay otra manera de salir? —preguntó.
—Lo decían
ellos, antes de arrojarme aquí. Era algo que quería ser un chiste, porque ellos
se reían como si la cosa tuviera mucha gracia. Pero cualquier cosa sería mejor
que esto.
Blake no
podría haber dicho cuánto tiempo llevaban ya en aquel avance pulgada a pulgada.
Pero estaba seguro de que la cámara era amplia. Entonces, el otro habló con una
nota de excitación.
—Esto es
lo que encontré justamente antes de que lo tiraran a usted aquí. Tenga cuidado.
Blake se
agachó y empezó a palpar el suelo, un suelo pegajoso, liso y casi grasiento.
¿Metal? Empuñó aquello.
—Encontré
que hay algo pegado en el extremo; parece como una barra. Si pudiéramos
sacarla, podríamos practicar un agujero en el muro al otro lado. Algunas de las
piedras están allí sueltas. Pero tendría usted que ayudarme primero a sacar
esta palanca.
Blake
estaba en tensión. Por todos los nervios y los músculos le chillaba la
advertencia de peligro.
—¡No
haga...!
Sólo pudo
lanzar aquellas dos palabras antes de caer de bruces cuando la superficie que
tenía debajo de él se bamboleó. Se concentró una débil luz verdosa y vio que
compartía una pequeña plataforma con otra figura sombría, cuyas manos empuñaban
una palanca que sobresalía de la superficie que tenían bajo ellos.
VI
El
centelleo estaba acompañado de una sensación retorcida, enmarañada,
vertiginosa, que lo mismo podía hallarse dentro de Blake que estar flotando
realmente sobre la balsa encima de la cual iban agazapados. Le parecía que
aquel pequeño cuadrado era el único refugio seguro en un mundo que de pronto se
había vuelto loco.
Ahora que
sus ojos se habían ajustado a la luz, por débil que ésta fuese, Blake podía ver
murallas, si es que eran murallas, ondulando ante sus ojos como humo. El
resplandor verdoso estaba en torno a ellos por los cuatro lados, y más allá
sólo existía un caos profundo.
Otras
luces parpadeaban, resplandecían y eran borradas por manchas de oscuridad,
mucho más negras por el contraste. En cierta ocasión un cono de frío color
azul, una cosa mortífera, pasó por encima de ellos durante breves segundos.
Blake captaba vislumbres de otros objetos, y no se atrevía a creerlos cosas
reales. Extraños vehículos centelleaban y varias veces la plataforma estuvo en
campo abierto, una vez en una campiña donde una batalla estaba en progreso, a
juzgar por las llamaradas rojas, las explosiones y los estallidos que rodeaban
a la balsa y ensordecían a los dos que se aferraban a ella.
El otro
temblaba de miedo, agachando la cabeza, pero sus manos no soltaban la palanca.
Blake se le acercó tambaleándose. Aquella palanca debía gobernar aquel viaje
imposible. Si tenían que pararse alguna vez, era preciso que su compañero
dejase de actuar. Blake sentía que la balsa vibraba con una vida propia
mientras afuera de la verde burbuja seguían desarrollándose e interrumpiéndose
escenas fantasmagóricas. Blake se arrastró hacia el otro y le tiró del brazo.
Pero el apretón con que el hombre asustado tenía cogido el sencillo mando
estaba tan crispado, que Blake no pudo aflojarlo. Tuvo que ir soltando los
dedos del otro uno a uno.
A medida
que las manos caían, la palanca se enderezaba. Hubo un chirrido, un balanceo
que mareaba. Blake se agachó, escondiendo la cabeza, mientras las fugitivas
sombras fuera de la burbuja verdosa empezaban a solidificarse.
—¡Despierte,
despierte!
Unos dedos
palpaban dolorosamente la piel de su cara.
—¿Qué...?
Ahora
había una luz verdadera, un resplandor constante, más suave que el de la
electricidad que él conocía. Y pudo ver al hombre que se inclinaba sobre él. Un
hombre bajito, delgado hasta la demacración, con desordenados rizos de cabellos
de un castaño oscuro que le bajaban hasta los ojos amplios y salvajes. Las
manos palpaban a Blake, tratando de levantarlo.
—¡Despiértese,
maldito sea! —Había diminutos copos de espuma en las comisuras de los labios
del otro—. ¿Dónde estamos? Dígame dónde estamos.
La voz se
le hacía estridente y casi llegaba al grito.
Blake se
incorporó y miró en torno. Estaban todavía sobre la plataforma de metal, pero
era evidente que no se hallaban ya en la prisión subterránea donde Scappa los
había confinado. Esta era una habitación grande, y el suelo estaba formado por
bloques de un rojo herrumbroso del mismo matiz que las paredes. No había ningún
dispositivo que pudiera producir aquella luz, pareciendo que el resplandor
venía difuso desde el techo. Había largas mesas con bancos en tres de las
paredes, mesas cubiertas con una multitud de objetos que Blake asoció en su
pensamiento con un laboratorio.
Excepto
los dos ocupantes de la balsa, la habitación estaba vacía, pero un tramo de
escalera llevaba a regiones desconocidas. Blake se dirigió hacia el borde de la
plataforma, eludiendo la opresión del otro.
—¡No se
vaya!
—Mire
—dijo Blake volviéndose hacia él—, mientras no haga usted tonterías con esa
palanca, permaneceremos aquí. Pero quiero saber dónde estamos.
El viaje
por distintos niveles era la única explicación lógica, la única explicación
cuerda de lo que les había sucedido. Y cuando el otro miró a la barra de mando
como si fuera un lanzallamas que lo estuviera apuntando, Blake pensó que podía
tener la tranquilidad de que no tocaría la palanca de nuevo.
Blake puso
un pie en el suelo de aquel extraño laboratorio. Medio esperaba que aquel acto
rompiese la ilusión, que desapareciera todo en cuanto que él tratase de
demostrar su realidad. Se quedó en pie y dio un paso completo. No sucedió nada.
Bajo sus pies, el suelo estaba tan sólido como las calles de la ciudad por las
que había caminado antes. El débil chasquido que había estado escuchando en los
últimos segundos resultó ser el gotear del agua de un grifo sobre la cubeta.
¡Agua!
Blake se acercó ansioso, apoyándose en la mesa para recuperar el equilibrio, y
colocó la mano bajo aquel gotear. El líquido le corrió por la palma sucia y le
cayó entre los dedos. Había una fila de botones en la pared, por encima del
grifo. La sed lo había imprudente, y empujó el botón que estaba más a la
derecha. El goteo se convirtió en un arroyo cálido.
En el
borde de la cubeta, había una pequeña taza, limpia y seca. Blake la llenó hasta
rebosar y se bebió de un trago aquel agua tibia. Satisfecha su sed, lavó la
mugre de sus manos hincadas y entumecidas, permitiendo que el agua corriese
sobre las marcas purpúreas que tenía en las muñecas. Se lavó luego la arañada
cara.
—¿Dónde
estamos?
Blake
volvió la mirada. El hombre se había trasladado hasta el borde de la plataforma
y estaba mirando en torno, la curiosidad luchando con su miedo. Era más joven
de lo que Blake había juzgado en un principio. Posiblemente, tenía una edad
parecida a la suya, y la vestimenta consistía en un pullover hecho jirones y en
unos pantalones de cuero. Su cabello castaño necesitaba un buen repaso en la
barbería, y sus delgadas manos no estaban nunca quietas, ya tirándose de la
ropa o peinándose aquel rizo que le caía en la frente o frotándose la barbilla.
—Sé lo
mismo que pueda saber usted —replicó Blake.
El
individuo no tenía una apariencia muy formidable ni era muy de desear el
adquirir un conocimiento más íntimo. Pero como habían hecho juntos aquel
extraño viaje, estaban ahora unidos con un lazo invisible aunque incómodo.
—Me llamo
Lefty Coimera —dijo el otro presentándose bruscamente—. Soy empleado de John
Conforta.
—Me llamo
Blake Walker. Me secuestró un tal Scappa.
Lefty dejó
ver un escalofrío.
—También a
mí. Decía que yo estaba trabajando en terreno suyo. Aquel tipo alto que tiene
de guardaespaldas me noqueó y luego me desperté en aquella cueva. ¿Para quién
trabaja usted?
—Para
nadie. Yo estaba con algunos agentes de la F.B.I. y creo que Scappa quería
averiguar lo que sabía de ellos.
—¡La poli!
¡Lo que usted pudiera saber! —El interés de Lefty estaba un poco coloreado por
el miedo—. Así es que Scappa tiene ya a la poli pisándole los talones. John
Conforta se va a alegrar de lo lindo cuando se entere. Pero —miró en torno y
recordó—, pero primero tendremos que salir de aquí. Sólo que, ¿dónde es «aquí»?
—Llegamos
porque usted manejó esa palanca —dijo Blake señalando a la especie de balsa.
—¡Imposible!
—protestó Lefty vehementemente—. Le digo a usted que recorrí paso a paso el
sitio donde nos encerraron. Y no había nada que se pareciese a esto, nada en
absoluto.
—¿Cómo lo
explica usted entonces? —replicó Blake, reduciendo al otro al silencio con
aquella pregunta.
No tenía
la menor intención de ofrecer por su parte la explicación que a sus ojos era la
única lógica. Había caído en manos de los sicarios de Pranj, y sin duda éste
era el procedimiento de que se valía Pranj para viajar a otros niveles de
tiempo. Parecía como si alguien los hubiese encarcelado en el punto de
«contacto» con su mundo, y el movimiento alocado de Lefty los había llevado por
toda una serie de niveles sucesorios que explicaban las cosas extrañas que se
habían visto.
Pero,
¿hasta qué punto era prudente hablarle de esto a su nuevo compañero de
desgracias? Si por algún milagro podían volver a su propio mundo, todo lo que
le dijese ahora a Lefty pondría de manifiesto la falsedad de su fingida
ignorancia. Decidió mantener la boca cerrada por lo menos por ahora.
—¿Qué me
dice usted de aquel agujero que me contó que había en el suelo?
Lefty,
visiblemente sorprendido, alzó la mirada al techo.
—¿Quiere
usted decir que hay aquí una especie de ascensor y que hemos bajado?
Por floja
que fuera aquella explicación, Blake decidió aceptarla.
—Su
conjetura puede ser tan buena como la mía. Lo cierto es que estamos ya fuera de
aquella cueva.
Lefty se
animó.
—Desde
luego. Y además por aquí no hay ninguno de esos tipos. ¿Qué me diría usted si
nos asomáramos a esa escalera? ¡Córcholis!, si consigo salir de aquí, John
Conforta va a pagarme un buen precio por oír esto. ¡Que aspecto más raro tiene
este sitio! ¿Qué cree usted que harán aquí?
Su
nerviosismo se iba desvaneciendo a medida que crecía su interés por el nuevo
ambiente.
—Yo diría
que esto es un laboratorio.
—¿Como
esos donde hacen las bombas atómicas? ¡Córcholis!, entonces por eso es por lo
que la poli va detrás de Scappa. Quizá haríamos mejor alejándonos de aquí
cuanto antes.
También
Blake quería explorar y estaba con forme en eso con Lefty. Pero, ¿debían
alejarse de la balsa, su única esperanza de unión con el mundo nativo? Vacilaba
mientras Lefty, creciendo su confianza a cada paso, empezaba a caminar hacia la
escalera.
—Vamos,
muévase —le susurró impacientemente y Blake lo siguió todavía a disgusto.
Subieron a
un pequeño vestíbulo en el que otra escalera llevaba a un segundo piso, y una
puerta medio abierta ofrecía una invitación, Lefty estaba medio agachado junto
al último puesto de observación.
—Es una
especie de almacén.
Pero no
parecía hallarse demasiado seguro de su identificación.
A lo largo
de las paredes, se alineaban estantes llenos de cajitas y frascos. La luz
estaba velada y no se extendía con claridad hacia el fondo de la habitación.
Blake se aventuró y siguió adelante.
Más
estanterías, excepto en el sitio donde la puerta rompía la simetría. No había
mostradores, pero una serie de mesitas con taburetes ocupaba la parte principal
del espacio libre. Podía ser un restaurante o un café.
Blake
avanzó de puntillas hacia el fondo. Había otra puerta más amplia, que daba
quizá a la calle. Su mano, al descansar sobre la superficie de la puerta,
sintió un ligero movimiento, y entonces corrió un entrepaño. Sí, afuera había
una calle.
La nieve
yacía en manchas sucias e irregulares teñidas de azul por los rayos de extrañas
lámparas fijadas irregularmente a las paredes de edificios vecinos. No podía
ver construcciones altas, y la calle era estrecha. Evidentemente, ésta no era
la ciudad que él conocía.
—¡Quítese
de ahí! —La mano de Lefty se le clavó en el hombro—. ¿Quiere que nos vea la
policía? Nos tomarían por ladrones que hemos entrado aquí de mala manera.
Blake
cerró el entrepaño. Lefty tenía razón; tampoco a él le interesaba señalarse lo
más mínimo. Pero era preciso enterarse de dónde estaban. Era un juego que había
que llevar con lentitud y habilidad, sin que Lefty se diera cuenta.
Si pudiera
encontrar algún periódico o su equivalente, alguna pista... Blake se dirigió al
estante más próximo y eligió una de las cajas, buscando una etiqueta. La caja
contenía un jarro de arcilla, hermosamente modelado, con una tapadera que
terminaba en una especie de botón. Y el botón era una cabecita. Blake la llevó
a la luz.
Una
cabeza, desde luego, pero la cabeza de una cosa que él no podía imaginar que
viviese en ningún mundo, una cabeza horrenda y muequeante de diablo. Algo así
como una gárgola a la que se le hubiera añadido una máscara vudú. La soltó y
siguió explorando.
No había
etiquetas en los jarros, que estaban herméticamente sellados, pero había
variaciones en las cabezas de las tapaderas, variaciones que tal vez servirían
para que los compradores identificasen su contenido. La cabeza cornuda se
alineaba con otras diez idénticas. Pero junto a aquella serie había otra de
cosas lupinas y salvajes, y más allá una docena de tapaderas que reconoció
aliviado como lechuzas, representadas realísticamente. Un rápido inventario
mostraba demonios de varias clases, y unos cuantos animales y pájaros.
—¿Qué hay
en esas cosas?
Lefty no
se atrevía a tocar los jarros, pero pasaba junto a las estanterías mirándolos.
—No tengo
la menor idea.
¿Cómo era
que Lefty no se hacía más preguntas al verse en aquel ambiente? ¿Tan estúpido
era, que no se daba cuenta de lo extraordinario que resultaba todo aquello?
—Oiga
—dijo Lefty, parándose de pronto—. ¿Sabe lo que pienso? Creo que esto debe de
ser uno de esos Institutos de Belleza que reciben los productos directamente de
París.
—Podría
ser.
Pero Blake
dudaba de que a alguna mujer pudiera interesarle tener un frasco de cosméticos
realzado por uno de aquellos tapones de gárgola tan extraños.
—Bueno
—dijo Lefty al llegar a la puerta—, por aquí no vamos a ningún lado. Estoy
seguro de que si ponemos un dedo en la puerta principal empezará a funcionar
alguna alarma y en seguida tendremos encima a los vigilantes. Vamos a ver por
otra parte.
Volvió a
vestíbulo y empezó a subir el segundo tramo de escalera. Blake habría preferido
volver junto a la balsa. Aquella plataforma los había traído aquí, y si
conseguían volver alguna vez, sería mediante aquel extraño vehículo. ¿No era
hora ya de decirle a Lefty la verdad? Pero en su fuero interno había algo que
le aconsejaba cautela.
La
escalera daba a un segundo vestíbulo, mayor que el de abajo. Blake supuso que
la tienda ocupaba sólo una porción limitada del edificio. Espaciadas a lo largo
de la pared, había cinco puertas, pero ninguna estaba abierta y no tenían ni
picaportes, ni llaves. La débil luz procedente de una raya azulada que corría
en los cruces del techo con las paredes ponía aquello en evidencia. Lefty
inspeccionó la primera puerta con franca sorpresa.
—¿Dónde
está el picaporte? —preguntó.
—Probablemente,
se trata de puertas de correderas.
Pero Blake
no sentía la menor prisa por confirmar su propia sugerencia. Lo último que
habría podido desear era irrumpir en las habitaciones particulares de un nativo
de otro nivel, y tratar de explicar tan sólo quien era, sino lo que estaba
haciendo aquí en mitad de la noche. Con un ligero escalofrío, se imaginó lo que
sucedería en su propio mundo en una situación a la inversa: un viajero del
tiempo, náufrago, obligado a explicarse ante una asamblea de indignados
inquilinos y de policías.
Pero Lefty
no se preocupaba de tales contingencias. Empujó la puerta siguiente y, como
ésta resistiera sus esfuerzos, probó con la otra y con la otra.
—¡Qué
diab...!
Cuando
llegó a la última puerta, ésta ni siquiera aguardó su roce, sino que se deslizó
suavemente dentro de la pared.
¿Una
trampa? Casi lo parecía. Lefty no hizo ningún movimiento para penetrar en el
oscuro espacio que se extendía más allá. ¿Los estaban esperando? Blake habría
preferido volver junto a la incierta seguridad del vehículo transportador. Pero
Lefty seguía aún en la puerta. La curiosidad estaba venciendo a su prudencia.
Cruzó el
umbral y lanzó un grito de miedo. La luz lo había dejado deslumbrado. ¿Un
sistema de célula fotoeléctrica? Blake sólo estaba, enterado vagamente de
aquellas cosas, pero pensó que bien podría ser. Por encima del hombro de Lefty,
miró a lo que sin duda era una sala de estar. Había butacas, alfombras, una
mesa y adornos en las paredes. Y el hecho de que en cada uno de aquellos
objetos existiese una diferencia sutil, no le importaba ahora en gran modo; La
cuestión principal era que la habitación se encontraba vacía y que su mismo
orden perfecto sugería que hacía tiempo que no se usaba. Animado por aquel
pensamiento, Blake empujó a su compañero helado por el miedo.
La
alfombra era tan suave y tan flexible, que Blake pensó que se parecía más a una
piel que a fibras. Las sillas tenían forma de barril y estaban hechas con una
madera ligeramente gris, tapizadas con una almohadilla de piel sedosa. No había
lámparas, la luz procedía de un delgado tubo que corría por los cuatro lados de
la habitación en la juntura de paredes y techo. Cuadrados de una sustancia
opaca disimulaban probablemente ventanas. Entre éstas había una serie de
mascaras colgadas como si fuesen cuadros. Eran de una vivacidad sorprendente,
aunque Blake no creía que estuviesen pensadas como retratos. Los ojos estaban
exagerados, dotados de centelleantes piedras y clavados en una mirada fija,
casi amenazadora. Después de dirigirles una ojeada, Blake prefirió no hacer un
estudio más a fondo. Había curvas crueles junto a las bocas, promesas de
conocimiento extraño y malvado en los ojos penetrantes.
A lo largo
de toda la extensión de una de las paredes, había un estante que contenía
libros, estante éste hecho de la misma madera gris que el resto del mobiliario.
A la izquierda de Blake, había otras dos puertas, ambas abiertas.
Lefty, al
ver que no pasaba nada malo, se adelantó a Blake. Miraba en torno como si lo
extraño del lugar empezara a causarle alguna impresión.
—¡Córcholis!
—fue todo lo que supo decir—. Este, debe de ser un tío loco. —Pesó un dedo por
el tapizado de la silla más próxima—. ¡Y esto es piel! ¿Y por qué todas esas
caras colgadas en las paredes? Este tío se dedica a cazar cabezas.
—Empezó a reír ante su propia ocurrencia, pero la risa se le apagó en cuanto
que echó una segunda mirada a las máscaras—. Debe de estar loco como una cabra.
No comprendo nada.
De las
otras habitaciones no llegaba ningún sonido. Seguramente, si el apartamiento
estuviese habitado, alguien habría acudido ya. La sensación de que la vivienda
esta desierta persistía y su propio sistema particular de advertencia de
peligro no le señalaba nada.
Blake
entró en la habitación próxima. Una vez más centellearon las luces en cuanto
que cruzó el umbral, y vio que estaba en un dormitorio. La cama era baja y
ancha, construida en una esquina, a la manera de un gran diván. Una de las
blandas alfombras, esta vez totalmente blanca, cubría el suelo. Y la cama
estaba cubierta con una colcha bordada que resplandecía de colores y chispeaba
con infinidad de luces diamantinas.. Una cómoda de madera de ébano, con
incrustaciones de hojas rojas y doradas, se alzaba contra una de las paredes, y
sobre ella colgaba un espejo plateado.
Al verse
sucio y miserable en aquel espejo Blake se alegró más que nunca de no haber
tropezado con ningún nativo. La habitación estaba vacía y una vez tuvo la
sensación indefinible de que llevaba días así.
—¡Córcholis!
—dijo Lefty, soltando su exclamación favorita—. Esto sí que es lujo. Ni
siquiera mi jefe tiene nada como esto.
El artista
que había en Blake anhelaba examinar los bordados de la colcha y todo el resto
de los demás tesoros, pero no había tiempo; retrasarse era una locura. Tenían
que volver al laboratorio y probar con el transportador, aunque eso significara
un regreso a la cueva donde Scappa los había encarcelado. Había algo en el
ambiente que sugería que Scappa, por malvado que pudiese ser, no era el mayor
peligro con que podía uno tropezar en el viaje por los mundos niveles. Las
máscaras habían impresionado a Blake más de lo que él mismo quería confesarse.
—Sería
mejor que volviéramos... —empezó a decir.
—¿Volver a
dónde? —preguntó Lefty—. Claro, ya sé que tenemos que salir de aquí.
Blake no
habría de saber nunca si era o oyó una campanada apagada, el primer sonido no
factible su propósito de volver junto al transportador, porque en aquel momento
se oyó una campanada apagada, el primer sonido que habían escuchado.
En la
pared junto a la puerta del vestíbulo, había un resalte redondo parecido a una
claraboya en el camarote de un barco. Pero ya no tenía un color gris intenso.
Salían de él tres destellos que atrajeron la atención de los visitantes. Lefty,
con una exclamación que más parecía un grito, se limitó a dar media vuelta y
correr ciegamente hacia el vestíbulo cuando en el disco empezó a formarse un
dibujo.
Blake se
quedó donde estaba. Eran líneas de escritura totalmente exótica. Y sin embargo,
tenía la sensación de que aquello estaba relacionado con algo que había visto
una vez, que en alguna parte había mirado caracteres serpenteantes parecidos a
aquellos. Reaccionó a este examen con el tiempo justo para ver cómo se cerraba
la puerta del vestíbulo dejándolo a él dentro y a Lefty fuera. Dio un salto
para salir, pero ya había sonado un seco chasquido y la puerta siguió cerrada a
pesar de todos sus empujones.
Atrevidamente,
martilleó su superficie, gritándole a Lefty que procurara abrir desde fuera.
Pero, si el otro estaba todavía en el vestíbulo, no hizo ningún movimiento, y
la puerta continuó resistiendo los esfuerzos de Blake.
Cuando se
resignó a admitir el hecho de que ahora estaba otra vez prisionero, el disco
con el mensaje se había apagado ya. Y estaba segurísimo de que no podía confiar
en que Lefty lo libertara. Se había equivocado al no decirle nada al otro del
verdadero sentido del viaje que habían hecho. Lo que Lefty quería era salir del
edificio. Suponiendo que lo consiguiera, se haría sospechoso al primer nativo
de aquel nivel con que se encontrara. Y cuanto más se alejara Lefty del
laboratorio, más probable era su captura.
VII
Blake
pensó que debía ser ya de madrugada. Sólo disponía de un corto tiempo antes de
que apareciera alguien para abrir la tienda que había abajo, antes de que los
trabajadores llegasen al laboratorio. Tenía que darse prisa.
Descubrió
una segunda puerta en el dormitorio, pero resistió sus esfuerzos. La tercera
resultó ser una cocina. La vista de los condimentos que allí había, por
extraños que fuesen, le despertaron el apetito. Por unos momentos estuvo
pensando en buscar comida, pero el sentido común le advirtió contra aquello.
Sólo había
una salida posible: una ventana. Rompiéndose las uñas, consiguió separar el
panel que la cerraba. Todavía entre él y la libertad había una superficie
clara. ¿Cristal? No, aquello se hundía al tacto. Trabajó para forzar aquella
segunda barrera y luego respiró el aire que traía los olores usuales de una
ciudad y otros olores exóticos y nuevos.
La suerte
de Blake persistía. A un metro y medio, corría una cornisa de piedra del primer
piso. Si pudiera deslizarse desde la ventana...
Se
suspendió trabajosamente y se rompió la chaqueta antes de lograr su propósito.
Luego, se quedó tiritando en la cornisa antes de saltar a otro resalte cerca ya
del suelo. Las azuladas lámparas de la calle estaban lejos, pero él podía ver
un poco. No había allí altos rascacielos como los que existían en su propia
ciudad. Pocos de los edificios tenían más de cuatro o cinco pisos.
Lanzó la
mirada a un pozo de oscuridad que parecía ser un patio. Una vez que estuviese
allí, podría salir del edificio y hallarse más lejos aún del transportador.
Mientras
vacilaba, Blake vio dos globos de un rojo anaranjado moverse majestuosamente
por el cielo nocturno, balanceándose en círculos por encima de la ciudad.
¿Aparatos aéreos de un tipo especial? Se volvió para seguir su vuelo con la
mirada y vio centellear otra luz en el edificio que acababa de abandonar.
En el
extremo más lejano, una ventana era un cuadrado brillante en la oscuridad. Tan
brillante, que Blake creyó que debía estar abierta. Si él lograse entrar...
Trepó
nuevamente a la cornisa y avanzó hacia aquel resplandor. ¿Habría conseguido
Lefty entrar en otra habitación? Entonces, podría ayudarle desde dentro, y esta
vez él le diría la verdad para que pudieran retirarse juntos al transportador.
Por una
cautela innata, realizó su aproximación a aquella luz de una manera furtiva. Y
después de lanzar una ojeada al interior, Blake se quedó rígido.
Lefty
estaba allí efectivamente. Pero un Lefty cambiado, un Lefty que se mostraba a.
sus anchas en aquel ambiente, un Lefty que sólo tenía una semejanza muy
superficial con el asustado granuja que había compartido la huida de Blake
desde la celda subterránea.
El
nerviosismo, la fijeza de la mirada, el torcimiento de los labios no alteraban
ya el delgado rostro que se mostraba ahora en líneas de calmosa fuerza. El
sucio cabello estaba limpiamente alisado, encima de una alta frente, y había
una extraña sonrisa que daba una expresión de firmeza a los labios. Estaba
arrellanado en una de las butacas con forma de tonel, y entre sus dedos giraba
un cigarrillo castaño. ¿Qué esperaba Lefty? ¿Cómo se sentía aquí en su casa?
Precisamente aquí.
La
respuesta justa conmocionó a Blake. Aquel no era Lefty, no era la asustada
criatura a la que él se había sentido tan superior en las pasadas horas. Le
habían asegurado que sólo Pranj conocía la existencia de los mundos niveles. Lo
que significaba que, aunque el hombrecillo que estaba allí sentado tenía muy
poca semejanza con la imagen que a él le mostraron, era sin embargo Pranj. Un
Pranj tan capaz de equiparse con un nuevo carácter, que ninguna sospecha de
disfraz había podido cruzar por la mente de Blake.
Entonces...
entonces no había desembarcado en este mundo por casualidad. Este era un nivel
que Pranj ya conocía, un mundo en el que tenía contactos y una base de
operaciones, un mundo en el que podía disponer a capricho de Blake, después de
sacarle todo lo que quisiera. Y ahora el forajido estaría creyendo que su
víctima estaba aguardando la decisión.
Las manos
de Blake se crisparon. Cierto que no podía enfrentarse con el criminal dotado
de poderes psíquicos. Pero le era preciso llegar al transportador antes de que
el otro se diese cuenta de que no estaba encerrado ya en aquellas habitaciones.
Un sonido
procedente de la calle hizo que Blake se apartara uno o dos pasos sobre la
cornisa para investigar. Un vehículo en forma de huevo se paraba en aquellos
momentos. Por una abertura en la parte superior, tres hombres bajaban al
pavimento y entraban por una puerta. Blake volvió junto a la ventana.
En la
pared situada ante Pranj, uno de los discos de visión ardió con un mensaje. El
ocupante de la habitación puso un botón en el marco que había bajo el disco. Y
un minuto después, los tres hombres entraron.
Blake los
estudió. Todos eran altos, y su vestimenta acentuaba el fino desarrollo
muscular de sus cuerpos: pantalones ceñidos con botas blandas que les subían
hasta las rodillas, casacas entalladas que se abotonaban desde la cintura a la
garganta. Dos de ellos resplandecían de bordados de plata y oro, y su cintos
tenían incrustaciones de piedras preciosas como las vainas y las empuñaduras de
los puñales que llevaban. El tercer hombre, que tenía una pequeña esclavina de
un brillante color de escarlata, permanecía junto a la puerta en la actitud de
un sirviente.
Todos
tenían la piel oscura y llevaban el cabello afeitado de forma que sólo formaba
dos estrechas bandas desde la frente a la nuca, dejando amplios espacios
rasurados por encima de las orejas. Había una serena arrogancia en la forma que
tuvieron de sentarse los dos sin recibir ninguna invitación, la seguridad de
aquellos cuya voluntad no ha sido nunca disputada desde que nacieron. Si eran
miembros de alguna nobleza nativa, se trataba de una casta viril y dominante.
Puesto que
se habían acomodado como para sostener una conferencia, ello podía tomarse como
indicación de que Pranj no se ocuparía de Blake durante cierto tiempo. Había
llegado el momento de moverse.
Pero no
ganaría nada regresando a las habitaciones cerradas; de allí, podría ir todo lo
más a la puerta de la calle por donde habían entrado los visitantes. Blake
saltó al resalte, y desde allí oteó la calle desierta; era su única
oportunidad.
Cayó
haciendo un poco de ruido. Su esperanza era que los tres que habían entrado en
la casa fueran los únicos pasajeros del coche ovoidal. Nadie le dio el alto
cuando se acercó a la puerta.
Estaba
cerrada, pero a su empuje, empezó a deslizarse dentro de la pared. Atreviéndose
apenas a creer en su suerte, entró, pero no lo hizo con la suficiente rapidez,
ya que la puerta le atrapó un pico de la chaqueta. Tiró salvajemente de la tela
sin ningún resultado; estaba bien cogida. Tuvo que cortarla y dejar el pedazo
que serviría para revelar que había pasado por allí.
Ese rastro
acortaría su tiempo de gracia. Y Blake se precipitó a! pie de la escalera
ascendente y escuchó. De arriba no llegaba ningún sonido. Animado, bajó a toda
prisa la otra escalera. El laboratorio estaba tal como lo había dejado, con el
transportador en el centro. Blake recordó que iba desarmado. Si conseguía
volver a su propio tiempo y a la vecindad de Scappa, necesitaba un arma.
Rápidamente,
inspeccionó las mesas. Algo que se pudiera encorvar como una maza, si no
lograba encontrar nada mejor. Se disponía ya a coger un martillito, cuando vio
otro objeto: una daga similar a aquellas que llevaban los nobles nativos. La
hoja de diez pulgadas cortaba como una navaja de afeitar, la aguzada punta era
una amenaza. Se la colgó al cinto, pero antes de alejarse eligió un botecito
que era como una pequeña edición de uno de los jarros con tapadera de demonios.
Se lo guardó en el bolsillo de la camisa de franela, con la vaga idea de
utilizarlo para identificar esta base de operaciones de Pranj si volvía a
establecer contacto con los agentes.
Blake
subió al transportador y empuñó la barra de mando. A la luz remante, podía ver
y palpar una serie de pequeñas muescas a lo largo de la barra. Usando su pulgar
como medida, podía calcular la posición para el desembarco. Debía de existir
una para aquel mundo del que Pranj había huido en un principio, el mundo de los
agentes. Llegar allí sería una buena idea. Los habitantes de aquel nivel no
exigirían explicaciones y le prestarían toda clase de ayudas. Sólo necesitaría
informar a los agentes de allí. Contó de nuevo las muescas: cinco, seis...
¿Sería la muesca superior, puesto que era la última?
Un gran
griterío se alzó por el edificio, envolviéndolo. Tiró de la palanca; sería la
primera muesca. Pero el mando no obedeció a su tirón. Probó de nuevo, y
entonces se oyeron sonidos de pisadas por la escalera. Un segundo grito con una
nota de triunfo en él. Debían de haber encontrado su pedazo de chaqueta.
Blake
trabajaba febrilmente en la barra y se agachó para examinar el eje que la
proyectaba. Había allí un obstáculo que resistía tercamente.
Estrépito
de pasos en la escalera. Blake empujó el obstáculo con la punta de la daga y en
algún sitio cedió un muelle. El obstáculo desapareció, y, con ambas manos en el
mando, él levantó la mirada.
Desembocaban
ya por la escalera: el hombre de la capa roja a la cabeza y Pranj en
retaguardia como si fuera un general conduciendo su ejército. El más furioso de
todos era «Lefty». El hombre de la esclavina roja alzó un tubo, enfilándolo
como si estuviera apuntando con un fusil. Blake no tuvo tiempo para vacilar o
elegir. Simplemente apretó el mando hacia adelante en el momento en que un
golpe entumecedor le daba en el hombro y le hacía caer el brazo izquierdo al
costado, completamente inútil.
Una vez
más el zumbido, la ascensión del verde globo de luz encajando a la balsa.
Estaban allí Pranj y los otros, los tres nativos con la boca abierta de par en
par por el asombro, Pranj desplegando la rabia fría y mortífera de uno que ha
subestimado a un adversario y ha perdido así un movimiento importante. ¿Estaba
dejando desterrado a Pranj en este mundo? Blake especulaba con aquella idea con
una consoladora sensación de triunfo.
Luego, el
laboratorio desapareció y el viaje que contraía el estómago y los nervios
empezó a través de la luz y de la oscuridad. Blake se había tenido boca abajo,
con la cabeza apoyada en su brazo sano, el izquierdo inútil pegado al cuerpo,
contentándose con descansar y con dejar que funcionara como quisiera aquella
máquina que él no entendía.
Luces.
Oscuridad, luces. Neblina azul. Luces. Oscuridad. El transportador ya no
vibraba bajo él. Su viaje había terminado y estaba sumido en las tinieblas.
Pero el cansancio era más fuerte que nada y Blake se quedó dormido.
Se
despertó rígido y muerto de frío. Se abrieron sus ojos y no comprendió nada.
Había una luz pálida, un manchón de débil luz solar rezándole la mano. ¡Sol!
Rígidamente,
protestándole todos los músculos, Blake se enderezó sobre el codo derecho. Si
movía el hombro izquierdo, un dolor ardentísimo le corría por la espalda y el
pecho, arrancándole un grito de los labios secos. Cuando se le aclaró, miró en
torno horrorizado. ¡Se había creído libre!
Pero, ¿no
era ésta la habitación subterránea de la que había salido la noche anterior?
¿Era posible que eso hubiese sido sólo ayer? El tiempo no tenía ya mucho
significado. Se sentó, colocándose el brazo izquierdo sobre las rodillas,
mirando sombríamente lo que le rodeaba.
Muros de
piedra, rocas desnudas en bloques informes, pero ajustados con una precisión
tal de ingeniería, que no había rendijas que treparan hacia lo alto. El
transportador en el fondo de un pozo seco fue lo primero que atrajo su
pensamiento enmarañado.
Pero a
unos dos metros más arriba había una abertura en el muro, abertura a través de
la cual brillaba el sol, prometiendo un camino al exterior. Blake, con la
cabeza más despejada, se puso en pie. El transportador no se mantenía firme
bajo sus pasos, sino que se balanceaba un poco cuando él se movía. Se había
quedado pegado sobre una masa de materia negruzca de la que emergía el
carbonizado extremo de una viga. Y entonces notó que los muros que tenía en
torno mostraban huellas de un antiguo incendio, incendio que debió de consumir
el corazón mismo del edificio, tal ves en un pasado muy distante, porque cuando
se aventuró a darle un puntapié a la viga, ésta se desmoronó en polvo.
Desde
luego, éste no era el sótano de Scappa, ni tampoco podía estar en el mundo del
que Pranj había huido. A menos que el forajido hubiese preferido operar en unas
ruinas alejadas de los centros principales de su raza.
Impulsado
por una ligera esperanza, Blake recorrió la circunferencia del pozo. Los pies
se le hundían casi hasta los tobillos en los restos carbonizados, pero, por lo
que podía ver, no había ninguna entrada a aquella altura. Cualquier entrada
había de practicarse desde lo alto. Lanzó una ojeada a la grieta; desde luego
era lo bastante ancha para proporcionar una salida. Era otra cuestión la de si
podría abrirse paso teniendo sólo una mano útil.
Se sentó
una vez más en el transportador. El hambre le roía ahora el estómago, y la
lengua se le pegaba al paladar. Necesitaba comida y agua. ¿Debería confiarse de
nuevo al ciego azar del transportador, esperando desembarcar en su propio nivel
o en el de los agentes, o debería seguir haciendo exploraciones aquí?
Si Pranj
había montado bases a lo largo de la línea que el transportador tenía que
recorrer, el peligro podía estar aguardando en cualquiera de las paradas. Y
recordó las advertencias de los agentes relativas a mundos niveles donde ni
siquiera los investigadores experimentados se atrevían a penetrar, los mundos
radioactivos y aquellos otros donde la humanidad había seguido caminos más y
más desesperados en busca de la supervivencia.
Aquí había
tranquilidad, y las ruinas sugerían que esto podría ser un punto de descanso,
desierto y relativamente pacífico. Podría descansar, extraer conclusiones y
hacer planes. Pero antes que nada necesitaba calor. Y se estremeció cuando un
soplo de brisa se filtró por la grieta de la pared.
Blake se
acercó al muro. Mal que bien, consiguió trepar y abrirse camino hasta arriba.
Muy cansado, temblando por la debilidad, se vio, al fin, en terreno despejado y
miró sorprendido en torno.
Bajo sus
pies, se notaba una pavimentación, al descubierto en los sitios donde el viento
había barrido la nieve que, en otros lugares, se amontonaba alrededor de las
bases de torres y de los troncos de desmochados y desnudos árboles sin una sola
hoja. Pero aquel pavimento no era el de una calle civilizada. Consistía más
bien en una serie de losas entre cuyas junturas crecían hierbajos que el
invierno había secado. Era evidente que hacía mucho tiempo que nadie andaba por
aquel camino.
Blake se
arrodilló, cogió un puñado de nieve y la fue dejando gotear en su boca entre
los dedos entumecidos. Pero sus ojos volaban de una torre a otra, de los
árboles al muro de maleza. Ni huellas de hombre, ni huellas de animal manchaban
la nieve. Excepto el silbido del viento jugando huecamente entre las torres
rotas, no había sonido alguno.
Penosamente,
se dedicó a arrancar mechones de hierba marchita, y luego juntó ramas caídas y
cortezas secas. Tenía que hacer un fuego, necesitaba calor. Llevaba en el
bolsillo una caja de cerillas, y arrimó una llamita al montón de hierbajos.
Pensó con una difícil mueca que no estaba del todo desamparado en su nueva vida
de Robinson.
La llama
prendió, el fuego empezó a calentar su cuerpo medio helado y sus manos lívidas.
Blake se daba cuenta de que un poco de sensación iba volviendo a su brazo
izquierdo a medida que el calor aumentaba. Pero, cada vez que trataba de
moverlo, el dolor surgía en el nacimiento del hombro. No se veía ninguna
sangre, ningún rastro de bala.
Torpemente,
se desabrochó la camisa y la camiseta tratando de descubrir la herida. A la
altura de la tetilla izquierda tenía en el brazo una mancha roja que parecía
una quemadura. Bueno, por ahora no podía hacer nada para curarse.
Volvió a
abotonarse y dedicó un estudio más intenso a cuanto lo rodeaba. Las arruinadas
torres, de las que pudo contar por lo menos diez en el campo de su visión, no
parecían estar dispuestas en un modelo consistente de calles o ciudad que él
pudiera reconocer. Y no se veían otros edificios excepto aquellas torres.
Torres a las que sólo se podía entrar por arriba, que no poseían ni siquiera
ventanas o aspilleras. Aquello daba que pensar en una necesidad de defensa, una
defensa forzosa de la índole más grave. Y, sin embargo, aquella otra torre de
la que había conseguido salir había sido saqueada y quemada.
Un pueblo
tan duramente presionado por algún enemigo, que había tenido que vivir en un
constante estado de asedio, un pueblo que al final debía de haber caído víctima
de aquel mismo enemigo hacía muchísimo tiempo.
Pero, ¿qué
enemigo? ¿Es que los invasores o sitiadores, después de haber obtenido la
victoria, se habían retirado satisfechos con la destrucción completa de los
vencidos? No podía ver nada que sugiriera que había habido algún intento de
reconstrucción de las torres arrumbadas.
Blake
sorbió más nieve de su mano. Necesitaba algo que comer. El lugar se había hecho
salvaje. Por todas partes había pájaros y conejos. Él nunca había sido cazador,
y no sé atrevía a calcular lo eficiente que podría ser con sólo una mano útil.
Pero tenía fuego y un cuchillo. Y si el hombre había desaparecido hacía mucho
tiempo de aquellos parajes, no sólo habría pequeños animales entre las ruinas,
sino que serían animales que no tendrían miedo al hombre, y a los que sería
fácil atrapar. Partió la capa helada y eligió algunas piedras propias para ser
usadas como proyectiles. Si un hombre sabe lanzar una pelota en el béisbol,
puede acertarle a un conejo.
Alimentó
el fuego con unas cuantas ramas grandes que durarían probablemente bastante
tiempo, y empezó a andar por un senderillo que conducía hacia una torre más
distante cuya parte superior estaba rota en dos porciones que semejaban dos
colmillos que arañasen el cielo. Proponiéndose aquella torre como meta y
lanzando miradas a uno y otro lado en busca de caza, Blake se puso en marcha.
El
siniestro suspiro del viento resultaba desconcertante. Algunas veces se alzaba
en un grito al abrirse paso entre las gargantas vacías de las torres y los
agujeros dejados en los muros por las piedras caídas. Dos veces, Blake dio un
brinco buscando refugio, seguro de que el sonido que acababa de oír procedía de
una garganta humana. Pero no vio nada.
Se sintió
animado por las huellas evidentes dejadas en la nieve por una paloma, y luego,
al pie de otra torre, por las huellas de las garras de algún pequeño animal que
él no podía identificar. Pero en aquellos momentos cualquier animal significaba
comida, y siguió el rastro. Lo condujo a otra torre donde se había derrumbado
una gran parte del muro. Percibió un olor a carroña que le repugnó. Pero
aquello no le interesó tanto como otra cosa.
Dentro
había habido otro y más reciente desplome de la obra de albañilería. Y eso
había dejado abierto un antiguo lugar de almacenamiento. Blake quedó
ensordecido por los aletazos de las palomas y de otros pájaros que emprendieron
el vuelo al oírle llegar. De las arcas de piedra, se habían derramado inmensos
montones de granos, ofreciendo un cebo que no podía pensarse mejor. Estaba
seguro de que los pájaros volverían. Por su parte, cogió un puñado de grano y
se puso a mascarlos mientras aguardaba al acecho, tendido al resguardo del
resto del muro.
Tenía
razón; las palomas fueron las primeras en volver, ávidas ante el tesoro. Blake
anudó pequeñas piedras en los picos opuestos de su pañuelo. Había un gordo
pájaro blanco que iba siguiendo una línea de granos esparcidos... Una hora más
tarde, Blake se hacía un rudo lavoteo en la nieve. La carne sin sal, aunque
tostada lo suficiente para quitarle su rudeza, no era el plato más apetitoso
del mundo. Y el gusto pegajoso y polvoriento del trigo que había mascado lo
tenía adherido todavía al paladar. Pero ya no tenía hambre. No sólo no tenía
hambre, sino que en su fuero interno sentía una nueva satisfacción. Había sido
arrastrado por los agentes a aquella partida contra Pranj. Y luego había sido
engañado por el forajido.
Pero había
conseguido escapar de Pranj. Y aquí, sin herramientas ni conocimientos
apropiados, se las había arreglado para conseguir comida y calor. No por la
ayuda de nadie, sino por sí mismo. Le volvía así una cierta confianza en sí
mismo.
¿Qué era
lo que había acabado con esta ciudad? La guerra, desde luego. Pero, ¿qué clase
de guerra? ¿Quién había luchado contra quién? ¿Había sido la gente de las
torres gente como él mismo, y se habían visto arrolladas en sus refugios por
salvajes que no tenían el menor deseo de imitarlos? ¿Había sido éste el último
baluarte de la civilización en este mundo?
La
curiosidad lo hostigaba. Quería explorar, aprender. Maquinalmente, se puso a
buscar más madera y luego se detuvo. ¿Para qué avivar el fuego? Debía volver al
transportador y probar de nuevo...
Se quedó
rígido, tan sorprendido que ni siquiera se acordó de la daga que llevaba al
cinto. Por encima de su cabeza, el viento se había desatado con furia
creciente. Pero Blake no oía nada, no veía nada, sino aquella cosa que había
salido de la maleza y cuyos ojos reflejaban la luz de las llamas.
VIII
El dragón
de las leyendas teutónicas, la personificación misma de las pesadillas, se
agazapaba allí. Tenía unos dos metros de longitud y, además, una cabeza
bulbosa, de poco más de medio metro, se extendía sobre su cuerpo de muchas
patas. Y el fuego se reflejaba en unos ojos vítreos que eran el único rasgo
lógico en aquella cara sin nariz y sin boca, si es que aquello podía llamarse
cara.
Blake se
retiró paso a paso mientras la cosa seguía avanzando con igual cautela. Él no
podía decir todavía si aquello venía atraído solamente por el fuego o si era él
el cebo. El animal, por lento que fuera su paso, se movía con una fluidez que
sugería que su ataque sería muy difícil de resistir.
Al apretar
los hombros contra la piedra del muro del torreón, un relámpago de dolor le
pasó por la espalda y el brazo dañado. Y aquel sufrimiento rompió el encanto.
Sacó la daga, cuando la criatura medio se acurrucó ante el fuego mirando las
llamas con la misma absorta, fijeza.
Blake
lanzó un largo suspiro. Cada segmento de aquella longitud de un gris plateado
llevaba un blindaje como el caparazón de un escarabajo, y la cosa ondulaba y se
retorcía con la facilidad de un gusano. Hasta ahora, no había dado señal alguna
de que él le interesara, ni podía decirse que estuviera en peligro. Si aquello
se quedaba donde estaba, embelesado por el fuego, él podría correr hasta el
transportador y ponerse a salvo.
La redonda
cabeza de la criatura se volvió; daba la impresión de estar escuchando
intensamente. Pero Blake no oía sonido alguno, excepto el constante silbar del
viento. Y luego, la sensación de aviso empezó a funcionar. No le había
advertido la aproximación de gusano, pero ahora...
Era
demasiado tarde para, con el brazo paralítico, trepar sobre el muro; el gusano
lo alcanzaría. Y la criatura estaba moviéndose en torno al borde del fuego.
Bajo algunas de sus patas, rodaban las piedras que él iba echando a un lado. Un
retintín como el de metal contra la piedra sonaba cuando aquella cosa empujaba
un bloque más grande. ¡Metal!
El gusano
dio la vuelta alrededor del bloque como si aquel pequeño percance lo hubiera
enfurecido, y ahora se puso a levantar la cola delante de él, la cabeza alzada,
los rojos ojos redondos mirándolo sin expresión ni vida. Eran como bulbos de
cristal...
Cristal...
Blake
había estado tan atento al gusano, que hasta ahora no se dio cuenta de la
aparición de la figura que se había acercado sin hacer ruido por la misma
dirección. No se dio cuenta hasta que el hedor que la envolvía como una
vestimenta, le hizo levantar la cabeza. ¡Un dragón con cuerpo de gusano, y
ahora... un ogro! Una vez más volvió a los cuentos de su infancia para
encontrar una descripción adecuada.
Mechones
de asqueroso cabello cubrían una piel que en tiempos remotos pudo haber sido
más blanca que la de él mismo, pero que ahora tenía una costra tan espesa de
antigua suciedad, que era de un gris plomizo. La costra no era totalmente
animal, aunque él deseó poderla clasificar así. No completamente animal. Pues
por la cultura llevaba una especie de delantal de pieles sin curtir, cayendo en
jirones de la liana que le servía de cinto. La criatura se acercaba con lo que
probablemente era un encorvamiento perpetuo, cuerdas de cabellos medio
enmascarándole el vacío horror de su rostro.
Pero lo
peor de todo era que, con toda evidencia, se trataba de una mujer.
El gusano
no hizo ningún movimiento, ni se volvió para darse por enterado de la llegada
de la otra criatura. Seguía en posición como si hubiera de vigilar a Blake de
acuerdo con alguna orden.
Pero la
ogresa se había contentado con acurrucarse junto al fuego. Hasta que de pronto
levantó la arrugada frente y miró por encima de las llamas a Blake. Sus ojos no
tenían el vacío de su gusano-perro, sino que eran unos ojos feroces, los ojos
de un animal de presa. Los gruesos labios retrocedieron dejando al descubierto
unos dientes que no habrían estado en ninguna mandíbula estrictamente humana,
colmillos que habrían servido mejor a un lobo o a un jaguar.
Fuertes
músculos se movieron bajo la piel sucia y costrosa cuando, casi indolentemente,
la ogresa levantó las manos que acababan en las duras y puntiagudas garras de
una bestia.
—¡No!
Blake no
se dio cuenta de que había formulado aquella protesta hasta que el eco de la
palabra le fue devuelto por las huecas torres.
Y como si
su grito hubiese quebrado un último freno, la ogresa abrió la boca babeante y
lanzó un aullido. Por primera vez, se irguió en toda su altura y su esbeltez
nudosa daba tal impresión de fuerza amenazadora y de hambre ávida, que Blake se
puso en tensión, dispuesto a afrontar el asalto que la lanzaría a su cuello.
Pero el gusano se movió primero.
Con un
flexible balanceo de los segmentos de su cuerpo, se lanzó hacia adelante. Desde
debajo del vientre, se le alzaron tentáculos que cayeron sobre Blake con una
fuerza abrumadora, pegándolo a la ruda superficie del muro. Y el acto de
aquellos miembros quemaba. Aquella cosa era metal. No cabía posibilidad alguna
de error, lo mismo que los ojos, que estaban ahora a la altura de los suyos, no
eran órganos de visión en absoluto.
Se sentía
tan indefenso como cuando estuvo amordazado y maniatado en manos de los
sicarios de Scappa. Aquella cosa entre gusano y máquina no hacía ningún
movimiento para estrujarlo. Lo retenía solamente, esperando una orden de la
ogresa.
Una vez
más, la otra criatura lanzó un aullido impaciente, ¿o era una llamada a otras
de su especie? Blake se estremeció y luchó en vano contra aquellos tentáculos,
pero el único resultado fue un dolor insoportable en el hombro. Todo su ser se
encogía pensando en cualquier clase de contacto físico con la ogresa, pero ya
ella estaba caminando al borde de la hoguera, en dirección hacia él.
Hubo otro
sonido, un crujir seco. Podía haber sido una rama que se quebraba bajo un pie
incauto. Pero no lo era.
De las
matas de pelos que salían de los pechos de la ogresa, sobresalía una flecha
azul. Tambaleándose, profirió una serie de gritos estridentes hasta que la
sangre le salió de los labios, y se derrumbó luego con las manos y los pies
crispándose en las últimas convulsiones.
El gusano
no aflojó su abrazo; ni siquiera volvió la cabeza para contemplar los
estertores de su dueña, si era esa la relación que había entre ellos.
Simplemente permanecía clavado al suelo, encerrando a Blake contra la piedra,
trasmitiéndole el frío de su helado cuerpo metálico.
Del mismo
manchón de maleza de donde había salido el gusano, llegada otra criatura que
caminaba con el paso seguro de quien es dueño de su ambiente y no tiene nada
que temer del mundo que lo rodea.
¿Un
esquimal? El primer pensamiento confuso de Blake fue ese, al fijarse en la
vestimenta. Pero, ¿dónde se vio nunca a un esquimal que tuviese los rasgos de
un indígena de las islas de los mares del Sur? Sus rasgos aparecían
embellecidos con tatuajes de un azul intenso, dibujos que, con graciosas
espirales y puntos, fingían la barba que la naturaleza le había negado.
El
polinesio vestido de pieles se detuvo a uno o dos pasos de la ogresa. Miraba a
Blake con franca curiosidad, sin prestar la menor atención al gusano. Se agachó
luego, eligió un pedazo de piedra y dio la vuelta al fuego. El gusano no se
movió, no mostró interés alguno por el recién llegado; parecía ahora que
formaba parte de la torre.
Sin
preocuparse lo más mínimo, el cazador vestido de pieles empuñó una piedra y
rompió con ella uno de los globos rojos qué sobresalían de la cabeza del
gusano. Luego, con una velocidad que mareó un poco a Blake, golpeó en el
segundo ojo. Hubo el chasquido de un cristal que se rompe, pero el gusano
seguía sin moverse, sin intentar defensa alguna contra aquel ataque.
El cazador
cogió con las manos uno de los tentáculos que seguían aprisionando a Blake. Al
principio, aquello resistió, cedió luego y la criatura se derrumbó al suelo,
evidentemente sin servir ya para nada. El cazador se echó a reír y le dio una
patada con sus mocasines de piel antes de agacharse para recoger su arma: una
especie de ballesta. Luego, se volvió a mirar a Blake. Mostró su desnuda mano
derecha en el signo universal de paz: vacía y con la palma hacia afuera.
Nerviosamente,
Blake se apresuró a copiar aquel ademán. El desconocido hizo una pregunta en un
trinar casi de pájaro. Con aire de pesar, Blake meneó la cabeza.
—No
comprendo —contestó lentamente.
El otro
escuchó con atención, sus movibles rasgos registrando sorpresa, como si un
Ienguaje diferente fuese la última cosa que esperara oír. Pero no parecía estar
alarmado. En lugar de eso, hizo un ademán interrogativo señalando al fuego y
fingiendo un tiritón exagerado. Blake se apartó del muro y trató de mostrar la
mayor cordialidad en su aceptación de la oferta.
Se
acercaron los dos a la hoguera. Blake, todavía conmocionado, se sentó en un
bloque de piedra. Este esquimal o hawaiano o lo que fuese, parecía dispuesto a
mostrarse amigo. Pero, ¿en qué se convertiría aquella amistad si Blake trataba
de acercarse al transportador? Mientras bajase por la muralla, presentaría un
blanco perfecto para las flechas del otro.
El hombre
al otro lado del fuego estaba poniendo a punto su arma, frotando la cuerda del
arco entre el pulgar y el índice. Le sonrió a, Blake y volvió a hablar como si
el otro lo pudiese entender. Se puso luego en pie en un movimiento lleno de
gracia.
Antes de
que Blake pudiera protestar, el desconocido empezó a esparcir el fuego y a
apagar las llamas con nieve. Cuando Blake meneó la cabeza quejándose, el
cazador se echó a reír y señaló al gusano y luego a la hoguera que estaba
destruyendo, como dando a entender que el fuego atraería a más criaturas de
aquella índole.
El gusano
era una máquina. Blake estaba ahora seguro de eso. Pero una civilización capaz
de producir un robot tan intrincado coma aquel y que al mismo tiempo tenía
caníbales como la ogresa... No lograba encajar cuerdamente las dos cosas. Ni el
gusano encajaba con la civilización que había construido las torres, ni tampoco
con aquel cazador primitivo. Profundamente turbado, Blake anhelaba volver junto
al transportador.
Cuando la
última espiral de humo hubo desaparecido, el cazador se dirigió a la ogresa y
empezó a realizar un acto tan salvaje, que Blake, con un escalofrío, se retiró
una vez más junto al muro, tratando de encontrar algún procedimiento que le
permitiese una rápida retirada mientras el otro estaba entregado a su
carnicería. Pues el cazador estaba deliberadamente destrozando las mandíbulas
de la arpía, machacando los despojos sangrientos hasta sacar una pareja de los
colmillos animalescos. Los limpió en la nieve con movimientos prácticos y
duchos, y luego se guardó los trofeos en una bolsa que colgaba del ancho cinto
de piel que sostenía su vestimenta.
Con una
mueca en la que Blake no podía ver ya una amistad verdadera, se volvió y le
indicó que lo siguiera. Blake movió la cabeza decididamente, negándose. No le
cabía duda de que la daga no le serviría de protección contra la ballesta. Pero
no tenía el menor deseo de ser apartado lejos del transportador a un mundo en
al que ciertamente no faltaban los peligros.
La sonrisa
desapareció de aquella cara tatuada. Se estrecharon los ojos. El carácter
amistoso había desaparecido de la ruda máscara de un hombre luchador que era y
había sido siempre el dueño indiscutible en aquella parte de mondo. La ballesta
se puso en posición, y la flecha apuntó al pecho de Blake.
Y Blake no
se olvidaba de la matanza que había realizado el otro con la mayor naturalidad.
Comprendió que sería una locura resistir. Empezó a andar, llevando al cazador a
su espalda.
Caminaron
por un sendero que se abría entre la maleza. Blake trataba de fijarse en el
camino, de observar la posición de las torres y de localizar cualquier detalle
que pudiera servirle para volver al transportador una vez que consiguiese
eludir al indígena. No tenía el menor deseo de hacer exploraciones. La huida,
incluso para caer de nuevo en manos de Scappa, era preferible a un mundo como
éste.
Siguiendo
las indicaciones del cazador, Blake caminó hacia el norte. Pasaron junto a una
torre al pie de la cual había una negra cueva de la que salía un hedor
dulzarrón.
El hombre
de las pieles lanzó una suave exclamación, y Blake vio cómo escupía luego a
aquella abertura, pintado el asco en su rostro. Se había parado y, con una
mano, rebuscaba ahora en el cinto, del que sacó una cajita. Se la entregó a
Blake al mismo tiempo que una orden incomprensible. Como era algo que tenía que
estar relacionado con la cajita, levantó la tapadera.
Había allí
una puntita de carbón encendido, y el indígena gesticulaba, señalando a la
hierba marchita. Por lo visto, era necesario que Blake encendiese
inmediatamente un fuego. Debía de ser muy importante.
En un
espacio abierto, no lejos de la cueva, encendió una pequeña hoguera. El cazador
no se acercó esta vez. En lugar de eso, estaba alerta, concentrada su atención
en la boca de la abertura. Era evidente que el fuego tenía que hacer de cebo,
¿cebo de qué? ¿Para otro gusano, para otra arpía inhumana?
Cesó el
viento y se vieron metidos en una extraña bolsa de quietud. En aquel silencio,
Blake oyó un rechinar, el tintineo del metal contra la roca. ¡Un gusano! Tendió
la vista en torno buscando alguna piedra. Ahora que el cazador le había
enseñado cómo tratar aquellas cosas, quería estar prevenido debidamente.
Pero no
fueron monstruos de dos metros los que se acercaron arrastrando hasta el cebo
del fuego. Una cosita brillante avanzó desde las sombras de la cueva y luego
otra y otra.
Blake,
preparado a vérselas con un dragón, tenía que hacer frente a un puñado de
ciempiés de menos de cinco centímetros. ¡Crías! Pero aquella criatura de metal
que él había visto era una cosa fabricada. Un robot; estaba seguro de eso. Era
imposible que hubiese reproducido cosas de su especie.
El cazador
avanzó y se puso a aplastar con los tacones aquellas cosas relucientes,
haciéndoles señales a Blake para que lo imitase en aquel acto de destrucción.
Blake golpeó con una piedra y luego puso patas arribas el cuerpecillo
aplastado. Su golpe lo había roto y su sospecha quedó confirmada: dentro no
había más que una intrincada maquinaria, demasiado delicada y compleja para
estudiarla sin disponer de mucho tiempo; era realmente un robot. Un misterio
más que había que añadir a los otros que ofrecía este nivel.
El hombre
de las pieles seguía buscando gusanillos. Pero, excepto los cuerpos allí
aplastados, no se veían más por los contornos. Entonces, se dedicó a apagar el
fuego.
Con la
satisfacción del que ha cumplido con su deber, le hizo señal a Blake para que
continuara andando. Las torres fueron quedándose atrás. Llegaron a una playa en
la que el mar dejaba un borde de hielo. Blake caminaba penosamente porque el
descenso no tenía nada de fácil.
En la
playa, era donde el cazador tenía su tienda. Le ofreció comida y bebida a Blake
y le indicó luego un montón de pieles donde no tardó en quedarse dormido.
IX
En la
playa, el sitio del bote estaba señalado por un montoncillo de nieve, junto a
la entrada de la cueva-cabina hasta donde lo había arrastrado la marea. Blake
se echó por encima, hasta taparse las orejas con la pelliza de piel con que el
indígena lo había arropado en su sueño. Se preguntó si no sería este el momento
de escaparse y volver junto al transportador antes de que regresase su
guardián. El cazador se había marchado algunos minutos antes; Blake lo había
visto salir mientras él mantenía los párpados entornados, fingiendo un sueño
profundo.
Pero le
daba miedo afrontar la tormenta que rugía afuera. Se decía una y otra vez que
en medio de aquel blanco remolino perdería todo sentido de orientación, que se
extraviaría y no llegaría a encontrar la torre donde se hallaba el
transportador.
Durante
las pasadas horas, había tratado de descubrir si Pranj había visitado aquel
nivel. Aunque no pensaba resolver los misterios de aquel mundo, cosa que
probablemente nunca conseguiría, había establecido por lo menos una
comunicación limitada con el cazador. Este último se llamaba Pakahini; su
verdadero hogar estaba a poniente, al otro lado del brazo de mar que ceñía a
esta isla; había venido aquí para conseguir pieles de una clase de animales que
abundaba en estos parajes y que en su comunidad tenían un alto precio. Con
orgullo, había desplegado su caza: blancas pieles de un color cremoso y que
Blake no consiguió identificar. Ya casi había terminado el viaje y estaba
recogiendo sus trampas y empaquetando sus trofeos, dispuesto a regresar a su
pueblo.
Pero a
todas las preguntas de Blake respecto a las mujeres-fieras y a los
gusanos-dragones, replicaba con encogimientos de hombros de los que no era
posible deducir si es que no entendía las preguntas de Blake o si se negaba a
hablar de aquel tema. Blake sospechaba esto último.
Vio con
sorpresa que el cazador se explicaba a manera la aparición de Blake,
explicación a la que tuvo que dar su asentimiento. A juicio del otro, había
sido víctima de un naufragio. Y Blake pensó con una mueca irónica que, en
cierto modo, su llegada en el transportador había sido eso, un naufragio.
Pakahini opinaba que aquel idioma y aquel lenguaje desconocidos daban a
entender que Blake procedía de ultramar, y Blake no lo contradecía.
Pero no
aceptaba someter a los planes de Pakahini. Según éste, habían de volver a su
pueblo, en el bote, aquella misma mañana. La vestimenta de Blake y las otras
cosas que llevaba las había examinado el cazador con menuda atención. Quería
lucirse ante su tribu.
La cultura
de su pueblo estaba en crecimiento. Era gente sedienta de novedades y de todo
lo que pudiera contribuir a su progreso. No pertenecían a la raza que había
construido las torres eran ya viejas ruinas cuando su pueblo llegó a esta parte
del mundo. Su gente no sabía trabajar la piedra.
A Blake,
aquello no le resolvía nada. Si permanecía en el campamento. Pakahini no
tardaría en volver. Lo metería en el bote y lo luciría en su pueblo como un
trofeo. Una vez fuera de la isla, Blake no conseguiría volver nunca. Era
preciso escaparse ahora mismo.
Levantó el
brazo izquierdo todo lo que pudo y logró mover los dedos a pesar de la molestia
dolorosa que eso significaba. La rigidez iba desapareciendo, pero eso no
significaba que el brazo le fuese de mucha utilidad. Para volver junto a las
torres, había que subir una cuesta abrupta o bien caminar por la costa con la
esperanza de descubrir una pendiente menos pronunciada.
Se decidió
por esto último al pensar que, una vez llegado a la torre, tendría que
descender hasta la oquedad donde se encontraba el transportador. Y entonces
necesitaría disponer de todas sus fuerzas.
Una voz
fuera, se echó la capucha de piel sobre la cabeza porque la nieve seguía
cayendo incansable. Eso tenía la ventaja de que sus huellas serían borradas
rápidamente.
Al poco
rato, el campamento del cazador quedaba oculto no sólo por la tormenta sino por
un recodo en la muralla del acantilado. Blake se alegraba de que el viento le
soplara por la espalda. No tenía procedimiento alguno para calcular tiempo ni
distancia, pero, por fin, halló lo que buscaba: una abertura en el acantilado,
una escalera rocosa que empezaba en una plataforma de piedra cuya base estaba
bañada por el mar. Supuso que se trataba de restos de construcciones del pueblo
de las torres.
Los
desgastados escalones se disimulaban bajo la nieve y hacían difícil el ascenso.
Resolvió la dificultad sentándose en uno y luego en el siguiente, avanzando
así, a culadas, como en su niñez había subido por escaleras más familiares. Era
una manera extraña de trepar, pero la más segura que conocía y que, además, no
le molestaba en el hombro.
Cuando
llegó arriba del todo, pensó que si él fuese un hombre de campo o no hubiese
tanta neblina, podría localizar ya su torre. Pero en aquellas condiciones era
imposible. Tendría que ir tanteando hasta tropezar con el senderillo que había
recorrido con el cazador.
Ahora
tenía que afrontar toda la fuerza del viento, tan salvaje, que le cortaba la
respiración.
Se lanzó
un poco a la ventura y fue el viento quien lo hizo tropezar con una torre. No
era la que buscaba, pero ya aquello le dio esperanzas y continuó su marcha. De
pronto, escuchó un aullido que no podía achacarse a la obra del viento. Lo
había escuchado demasiado claramente el día anterior: ¡era el grito de guerra
de la ogresa!
Miró
atrás. En estos parajes, los sonidos quedaban distorsionados por el eco.
¿Procedía aquel grito de alguien que fuera husmeando la pista por él seguida?
¿O era una ogresa que había atrapado a otra víctima? ¿A Pakahini?
El cazador
había mostrado tan poco miedo ante la arpía y su gusano cuando se dispuso a
rescatar a Blake, que este último apenas podía creer que el otro se hubiera
dejado atacar. Pero sí un hombre se caía por estos lugares, le sería fácil
romperse una pierna, torcerse un tobillo, quedarse indefenso. Y entonces caería
en las garras del gusano y de su dueña.
Cambió de
camino, procurando apartarse del peligro y entonces fue cuando, repentinamente,
reconoció la torre que buscaba. El azar había sabido guiarlo al sitio exacto.
Pero no hizo más que reconocerlo cuando el espantoso aullido sonó más cerca, al
mismo tiempo que en su fuero interno se encendía la advertencia de peligro.
Un nuevo
aullido se unió a los ecos del primero, y Blake comprendió que no provenía de
la misma garganta.
Avanzó
prudentemente protegiéndose detrás de cada pedazo de roca. Llegó así a un
espacio cerca de la maleza situada junto a la cueva donde estaba el
transportador. Y allí se detuvo horrorizado.
Una figura
vestida con pieles estaba tendida en el suelo junto al cuerpo reluciente de un
gusano. Y a la vera, atacándose con garras y dientes, dos arpías luchaban por
la presa. Con un reflejo casi automático, el brazo derecho de Blake retrocedió,
y la afilada piedra que encontró su mano rasgó el aire y rompió el cráneo de la
arpía más próxima con un horrible sonido hueco. La ogresa a la que había
alcanzado se apiadó hacia en las garras de su enemiga, quien se aprovechó de la
oportunidad hundiendo sus dientes en la garganta moribunda.
Blake
saltó al claro. Había una ligera esperanza de que la víctima, el hombre de las
pieles, no estuviera muerto aún. Por primera vez en su vida, usó un cuchillo
para matar, experimentando una extraña impresión cuando la hoja entró en la
carne y se clavó en un cuerpo macizo. La arpía alzó una boca goteante y se
quedó mirándolo con ojos salvajes al mismo tiempo que jadeaba. El dio un salto
de costado en el momento en que el gusano se movía buscándole las piernas.
Luego, la mujer fiera pareció encogerse y se derrumbó. Y el gusano se quedó
como estaba, tratando de alcanzar a Blake, pero sin intentarlo del todo, como
si la voluntad que le daba fuerzas hubiera muerto.
Metódicamente,
como Pakahini había hecho en su primer encuentro, Blake golpeó los ojos y vio
cómo la criatura metálica caía estrepitosamente sobre las rocas. Luego, se
volvió hacia el cazador tendido en tierra. Le bastó una simple mirada.
Únicamente por la desgarrada y manchada pelliza de piel podía identificarse
ahora a Pakahini. Su captura y su muerte serían siempre un misterio, ya que
Blake no podía decidirse a tocar aquel cuerpo horriblemente aplastado. ¿Había
venido aquí para atrapar a Blake y había sido atrapado él? Era probable, pero
lo único que Blake quería era salir de este mundo.
Se dirigió
al muro de la torre y bajó a la oscura oquedad. La nieve había llegado a
deslizarse hasta una de las esquinas del transportador. La barrió maquinalmente
y luego se sentó con las piernas cruzadas ante la barra de mando provista de su
hilera de muescas. No tenía la menor idea de cuál de aquellas muescas podría
llevarlo a un tiempo y a un lugar en el que pedir ayuda o donde arreglárselas
para sobrevivir. Sólo podía conjeturar.
Puso la
mano en el mando. La segunda muesca, una elección a ciegas, pero si esta vez
había escogido mal, no se separaría del transportador. Empuñó la palanca y
tiró.
Las luces,
los sonidos, las manchas de oscuridad. Cerró los ojos para defenderse de aquel
torbellino vertiginoso. Luego, las vibraciones cesaron y Blake se quedó quieto
largo rato mientras su mano se separaba de la barra. Sintió después que también
él se estaba deslizando a lo largo de la plataforma. Abrió los ojos.
Estaba
fuera de la torre, eso desde luego. Pero el transportador se hallaba tumbado,
porque en torno a él se seguían paredes de ruinosos ladrillos desde las que
proyectaban torcidas vigas de herrumbroso metal. Por encima de su cabeza, había
un tejado lleno de agujeros a través de los cuales brillaba un sol, un sol sin
calor.
Montones
de nieve se alzaban entre los escombros. Crujió un montoncillo de grava
arenosa, y Blake se sobresaltó y sacó la daga. Al otro lado de una barricada de
despojos, una rata, reluciente, obscena, demasiado mansa y confiada, lo
estaba mirando.
Ruina y
desolación. Blake se puso en pie tambaleándose y se apoyó en un bloque de
piedra ennegrecida. Necesitaba comer, beber. Le parecía que había transcurrido
un tiempo infinito desde que comió por última vez con el cazador. ¿Sería mejor
volver al transportador y caer en una trampa de Pranj?
La
plataforma lo había traído a lo que parecía ser el extremo más ruinoso de un
sótano, y cuando Blake se fue abriendo camino entre los escombros que se
amontonaban por todas partes, olió humo, humo de leña. Había allí un fuego.
Había
ardido hasta no ser más que unas brasas humeantes: unas cuantas maderas
ennegrecidas y cercadas por un círculo de ladrillos, Blake agitó las brasas
infundiéndoles nueva vida y alimentó el fuego con un montón de madera en el que
descubrió pedazos de muebles y trozos de cajas de embalaje mezclados
indiscriminadamente. La graciosa pata de una silla Luis XV lo desconcertó y se
quedó mirándola sombríamente, dándole vueltas en la mano. Las había visto así
en la tienda de un decorador en su propio mundo. El hallazgo hacía presentir un
desastre de importancia. Pero él tenía frío, estaba cansado y débil, y sufría
aún por la impresión que le había dejado la última escena en el mundo de
Pakahini.
Unos
cuantos bloques de cemento habían sido colocados allí como para que sirviesen
de sillas. Y en un rincón había una pila de mantas en jirones y tiras de tela
que podían ser una cama. Pero Blake no veía por ningún lado signos de comida,
ni podía figurarse quién o qué acampaba allí.
—...seguro
—chilló la voz afuera—, es este mismo, Manny. Le vimos entrar aquí cuando Limey
lo descubrió. Entonces Ras disparó contra Limey. Es el que nos ha estado
robando...
Blake,
presa de pánico, se ocultó tras unos ladrillos. De todo modos, era un alivio
que aquella gente hablase un inglés comprensible.
Hubo un
ruido de pisadas sobre la piedra y una pequeña figura empujó la madera que
servía de puerta. Blake parpadeó mientras el otro avanzaba bañado por el sol.
X
Era un
niño. Podía tener unos doce años y estaba vestido con unos andrajos de diversos
colores. Empuñaba un fusil listo para disparar y cuya boca se balanceaba
amenazadoramente mientras el pequeño examinaba el interior de aquel lugar.
—Vacío
—dijo—. Como nosotros pensábamos, Manny. El tipo estaba solo. Eso es lo que
nosotros decíamos.
Había un
tono de acusación en su voz.
—¿Ah, sí?
—La respuesta que llegaba desde fuera parecía dubitativa—. Pues no es eso lo
que dice el sargento. Será mejor que te quedes aquí de guardia mientras
nosotros vamos a ver si podemos pescar otro pájaro.
Entró una
segunda figura. No era un niño, sino un hombre bajito y muy delgado con el
cabello blanco y ojos suspicaces y alertas. También él empuñaba un rifle y del
cinto le colgaban dos machetes.
—¿Cuánto
tiempo hace que vieron al fugitivo? —preguntó mientras sus ojos examinaban los
menores detalles del lugar.
Sin
esperar la respuesta, continuó:
—Además,
¿cómo está este fuego ardiendo también? —preguntó Manny.
El niño
dio media vuelta y se quedó mirando fijamente a las llamas.
—¿Cómo voy
a saberlo? Estuvimos buscando por aquí durante dos días y no había nadie más
que ese tipo. No había ninguna señal de otra persona. No me importa lo que Long
le haya dicho al sargento; aquí sólo ha habido un individuo desde que estamos
de guardia. Puede usted preguntárselo a Ras si no me cree.
Manny se
rascó la cabellera.
—Bueno, tú
y Ras vais a seguir buscando. Yo me quedaré de centinela en la puerta hasta que
hayáis terminado.
Salió para
ser relevado pocos minutos después por un segundo muchacho no mucho más viejo
que el primero. Y también estaba armado. Se paró en seco junto a la puerta en
cuanto que vio el fuego.
—¿Cómo es
posible...? —empezó, pero el otro se revolvió en seguida.
—No vayas
a empezar tú también como Manny. El cree que el tipo ese debe de tener un
compañero.
—¡Pero
nosotros no vimos a nadie más! —protestó Ras.
Su cabello
y su piel eran oscuros; evidentemente, era de distinta nacionalidad, incluso de
otra raza que su pecoso compañero cuyo enmarañado cabello era de un rubio
castaño.
—Desde
luego. Pero lo que pasa es que un fuego no puede echarse más madera él solo.
Vamos a registrar todo esto y a salir de dudas.
Emprendieron
la búsqueda de una manera ten concienzuda y sistemática, que Blake comprendió
que no era la primera vez que realizaban tarea semejante.
Descubrieron
un montón de latas y llamaron. El hombre del pelo blanco para darle cuenta del
hallazgo.
—Este ha
sido un buen servicio. Está aquí te mayor parte de lo que nos robaron —fue su
comentario.
—No
podemos llevarlo todo ahora a su sitio —protestó el de menos edad—. Ni siquiera
podremos apilarlo si no nos ayudan.
—Está
bien, hombre, está bien. No hace falta que te excites, Bill. Nadie va a
convertirte en una bestia de carga. Tú y Ras traeréis lo que podáis. Yo me
quedaré aquí de centinela. Si este tipo tenía un compañero, no vamos a dejarle
que venga a meter la pata. Carga lo que puedas, Bill.
Bill sacó
una talega que llevaba doblada en el cinto, y metió allí unas cuantas latas.
Luego salió y entró Ras para hacer su carga. Cuando Ras se hubo marchado, Manny
se puso a caminar impacientemente por el espacio despejado, parándose de vez en
cuando para escuchar. Le dio un puntapié al montón de latas y envió una de
ellas rodando cerca del sitio donde estaba escondido Blake.
—Cebo
—pensaba en voz alta—. Esto podría ser un cebo para hacerle volver, si es que
hay otro tipo.
Se puso en
su lugar descanso junto a la puerta.
Pero las
latas habían atraído la atención de Blake. ¿Comida? Si hubiese tenido la suerte
de encontrarlas él primero... Manny estaba solo, pero armado con un rifle y dos
machetes, y su actitud daba a entender que sabía muy bien cómo hacer uso de
aquellas armas.
Blake se
humedeció los labios y parpadeó. La comida estaba a pocos centímetros de él.
Anheló tener la facultad de Kittson de atraer las cosas por el aire. No podía
lograrlo, por más que esforzara su voluntad, ni podía manejar a Manny como
Erskine había manejado a Beneirs. ¿O podría tal vez?
Al alcance
de sus manos, estaba determinada munición, los ladrillos. Si consiguiera ahora
que Manny cambiase de postura y se moviese uno o dos pasos, podría dejarlo sin
sentido fácilmente. Se concentró en aquel pensamiento.
Fijó la
vista y la mente en el hombre de guardia, deseando que se apartase de la
puerta, que se moviera un poco hacia la izquierda, un paso o dos. ¡Tenía que
hacerlo!
Bien
porque los combates de Blake con Pranj hubiesen aumentado su ligero poder
psíquico o bien por simple casualidad, el caso es que Manny parecía inquieto.
El hombre miraba el fuego que otra vez se estaba convirtiendo en brasas, y
movía los pies como si tuviese hormiguillas.
—Cebo...
—Sus labios formaban la palabra con la suficiente claridad para que Blake
llegara a enterarse—. Cebo...
Pero no se
volvía de espaldas a la puerta. En lugar de eso, se echó a la izquierda y en
aquel momento, Blake lanzó el ladrillo. Le dió al otro en la sien. Lanzó un
gruñido de extrañeza, se cayó de espaldas contra la pared y resbaló hasta el
suelo.
Blake
salió al espacio despejado. No podía retirar al caído, pero sí podía
desarmarlo. Y eso es lo que hizo. Luego, cogió una de las latas, la abrió y fue
a sentarse al otro lado de fuego, que avivó de nuevo.
Su
conquista había sido una ración de urgencia del Ejército. Y se daba prisa en
trasladar el contenido a la boca. Masticaba vigorosamente, cuando notó que los
ojos de Manny estaban abiertos y lo miraban con fijeza. Por la razón que fuera,
el otro no parecía sorprendido.
—¿Es usted
un tec?
No
sabiendo si le convenía aceptar o rechazar aquella clasificación, Blake se puso
a beber de la cantimplora de Manny, y aguardó otra indicación. No tardó en
llegarle.
—Tiene
usted que serlo. Se le nota en esa chaqueta de piel. Aquí no tenemos esas
cosas. Y usted no es tampoco un fugitivo; está demasiado grueso. Seguro que
esta es su primera correría.
Blake
lanzó una mirada a la piel que se había traído del mundo de Pakahini. Tenía
sorprendentes colores blanco y negro, y, en el borde del largo chaquetón, había
una banda de brillante tela escarlata con hilos que formaban los puntos y los
círculos distintivos del pueblo del cazador. No era una vestimenta con la que
se pudiese pasar inadvertido. El atuendo de Manny, por el contrario, era de un
color borroso que se fundía con el ambiente. Incluso su cabello contribuía a
aumentar aquel enmascaramiento protector.
—¡Un
técnico vivo! Pero, ¿cómo ha llegado usted hasta aquí? Tendríamos que haberlo
visto. A menos que tengan nuevamente aviones. Alguien habló de que había visto
uno, pero supusimos que era una fantasía.
Blake
pensó que aquella explicación era tan buena como otra cualquiera para aclarar
su llegada.
—Sí,
llegué en un helicóptero. Pero se estrelló. ¿Qué sitio es éste?
Manny se
arrastró hacia adelante.
—Usted no
es un Sucio —comentó convencido—. Yo nunca creí en esas historias de que habían
puesto el pie en algún sitio del norte. Los últimos mensajes por radio decían
que nadie podría venir a ayudarlos. Seguramente, han reventado todos ya. Esta
es —y dijo el nombre de la ciudad.
Blake dejó
de comer. Desde luego, en su fuero interno, había sabido todo el tiempo que
aquello era verdad, desde el mismo momento en que oyó hablar a Manny y, a los
críos. La misma ciudad pero, evidentemente, a un nivel distinto aunque no muy
alejado del suyo propio. Esta ciudad estaba en ruinas, ¿qué había sucedido
allí?
—¿De dónde
llega usted? Oí decir una vez que había montones de técnicos ocultos, en el
fondo de las montañas y en sitios así. El sargento ha estado procurando entrar
en contacto con ellos y ha hablado de hacerlo en cuanto que nos hemos librado
de los fugitivos y podemos vivir pacíficamente sin ser tiroteados cada vez que
salimos de nuestras cuevas. Usted debe de ser un explorador de los técnicos que
ha venido para ver qué ha pasado.
Blake
decidió que lo mejor sería asentir con una inclinación de cabeza.
—¿Qué
sucedió aquí? —se atrevió a preguntar por fin, tratando de calcular hasta qué
punto este mundo nivel podía estar alejado del suyo propio.
La
decisión que había dado nacimiento a este mundo no podía estar demasiado lejos
en el pasado. El idioma que Manny usaba era el mismo que el de su tiempo; el
fusil era conocido. No se trataba de un mundo tan extraño como aquel al que lo
había llevado Pranj, ni tampoco el mundo de Pakahini lleno de ogresas y de
gusanos metálicos.
—¡Oh, nos
plancharon en los grandes bombardeos! Cohetes dirigidos y todas las demás
barbaridades. Y luego, se paró todo. Es de suponer que nuestros muchachos los
plancharon también de lo lindo. —Manny se echó a reír secamente—. Yo formaba
parte de la guardia de la ciudad. Ahora resulta gracioso recordarlo, algo así
como la pesadilla de un loco. Algunas de las calles ya ni existen siquiera.
Está por aquí la Gran Cueva donde estallaron los ferrocarriles subterráneos
cuyos túneles se llenaron luego de agua.
»Yo estaba
con la guardia cívica cuando llegaron los paracaidistas Sucios. Con nosotros
estaban unos cuantos británicos libres. Ellos sabían cómo tratar a los Sucios.
Combatimos casa por casa. Ya ni siquiera me acuerdo cómo pudimos resistir
tanto. El tiempo no existe cuando se espera morir de un momento a otro. Luego,
me vi formando parte de la gente del sargento. Él sabe muy bien lo que se trae
entre manos. No hay más que seguirlo y se tiene comida y bebida. Procede del
ejército regular; acababa de salir de un hospital cuando empezó la lucha y él
organizó una compañía. Estamos todos mezclados: británicos libres y ejército
regular, guardias cívicos, algunos muchachos de la Marina que se salvaron a
tiempo del bombardeo de la flota, y unas cuantas mujeres que saben manejar el
fusil tan bien como un hombre. Nos fortificamos alrededor del parque y aquí
estamos ahora. Nos costó algún tiempo desembarazarnos de los Sucios.
»Luego,
tuvimos que perseguir a los fugitivos, los tipos que operan por su cuenta y que
degüellan a todos los que se acercan a su territorio. Una vez que nos veamos
libres de ellos, podremos extendernos y reunir las cosas que necesitamos para
empezar de nuevo. El verano pasado incluso llegamos a cosechar trigo y verduras
en el parque. Pero, por lo general, vivimos de las cosas que vamos encontrando.
—Señaló con un ademán a las latas—. Y su gente, ¿cómo se las arregla?
—Algo
mejor que aquí —dijo Blake, esperando que esa fuera la respuesta apropiada.
Se
preguntaba si se atrevería a abrir otra lata.
—¡Qué
demo...!
La
asombrada mirada de Manny pasaba sobre los hombros de Blake, quien se volvió al
escuchar la exclamación.
El hombre
estaba mirando con fijeza al montón de escombros tras el que se hallaba el
transportador. Blake se puso en pie con un grito de incredulidad. Olvidándose
del otro, se lanzó hacia adelante, trepando sobre los ladrillos con el tiempo
justo para presenciar el desastre completo.
El
transportador era todavía visible, pero en torno a él se espesaba un muro de
neblina verdosa. No podía ser cierto, no había nadie en el mando, pero iba a
desaparecer delante de sus ojos.
Y la
palanca se movió. No la empuñaba ninguna mano, pero iba bajando hasta la
ranura. La niebla verde se convertía casi en una parecía. Blake, con el corazón
oprimido, veía cómo aquello se esfumaba y terminaba por desaparecer. El suelo
del sótano estaba ahora vacío, y el transportador había desaparecido.
—Conque
ese es el helicóptero que se estrelló, ¿eh? Ahora va a dar usted media vuelta
despacito y con cuidado, amigo. Y tenga las manos arriba mientras lo hace.
Esas
palabras le llegaron a Blake a través de su desconcierto y su desazón. El
transportador había desaparecido; ahora estaba abandonado. Lentamente, con
estupor, obedeció la orden. Se volvió para mirar a Manny, un Manny transformado
con el fusil nuevamente en las manos, un Manny que lo vigilaba con ojos
estrechos y amenazadores.
—Ustedes,
los técnicos, no son buena gente aunque sepan hacer máquinas de esas como la
que acaba de darse el bote. Tire al suelo ese cuchillo que lleva al cinto. Y no
trate de hacer ninguna bromita como la del ladrillo porque le meto un balazo
entre los ojos antes de que lo piense.
Blake
arrojó al suelo la daga manchada a la que Manny le puso un pie encima, pero sin
agacharse a recogerla. Blake seguía más consternado por el hecho de la
desaparición del transportador que porque Manny fuese ahora el que mandara.
—Puede
usted sentarse —le indicó Manny—. Pero precisamente en aquel bloque que hay ahí
y con las manos que yo las vea bien. ¿Qué le pasa en el brazo izquierdo?
—Tengo una
herida —le contestó Blake sombríamente.
—¿Una
herida? Seguramente lo alcanzó algún fugitivo o tuvo un jaleo en el sitio de
donde viene. Me parece como si se hubiera escapado por los pelos de alguna
parte con ese cacharro volador.
Blake no
contestó. No tenía objeto tratar de explicar todos los acontecimientos
desatinados de los últimos días. Y tenía la convicción de que Manny no creería
una sola palabra, aunque él dijese toda la verdad. El ex guardia cívico se
había colocado de nuevo junto a la puerta desde donde podía vigilar a su
prisionero al mismo tiempo que echar una ojeada al exterior.
—Lo que
quiero saber es de dónde viene usted —dijo Manny con tono locuaz—. Por las
ropas que lleva, se ve que no es un fugitivo. A menos que haya encontrado un
nuevo almacén que saquear. Pero tenía que ser un loco para robar con esa
chaqueta puesta. Por tanto, tiene que ser un técnico. De todas formas, el
sargento le sacará todo lo que necesite. La gente no cierra la boca cuando él
dice «habla»; hablan y hablan aprisa. ¿Cuánto tiempo lleva usted aquí?
Blake
miraba fijamente el fuego sin sentir otra cosa que un sombrío descontento. En
todas sus aventuras, incluso en el mundo de pesadilla de Pakahini, había estado
sostenido siempre por el sentimiento de que en cierto modo, dominaba la
situación, que el escape por medio del transportador se hallaba a su alcance.
Pero ahora su destierro podía ser permanente. Estaba seguro de que Pranj había
conseguido de algún modo localizar el aparato viajador de niveles y hacerlo
volver junto a él.
—Le estoy
diciendo que cuánto tiempo lleva usted aquí —volvió a sonar la voz de Manny
como un latigazo.
—¿Cómo?
Oh, poco tiempo; no lo sé exactamente —replicó Blake con aire ausente.
—¿Y qué
cosa era que caminaba ella sola?
—Un nuevo
tipo de transporte.
—Sólo que
no se suponía que fuera a marcharse sin estar usted dentro —comentó Manny
astutamente—. ¿Qué me dice de eso? ¿Es que tenía conectado algún aparato de
relojería para volver por su cuenta si usted no regresaba a tiempo? Ahora se ha
quedado usted anclado aquí. Bueno, el sargento se alegrará seguramente de que
lo hayamos cogido. Nosotros sabríamos utilizar una de esas máquinas, seguro que
sabríamos.
Fue
interrumpido por un silbido estridente que se repitió tres veces. El contestó
con un solo silbido. Un momento después, cuatro de sus subordinados se
apelotonaban a la puerta. Los dos muchachillos de antes y otros dos, de los
cuales un alto hombre rubio, demasiado delgado para su estatura, y un chino.
—¡Vaya,
tenía usted razón! —estalló Bill—. Había otro más.
Manny
meneó la cabeza.
—Este debe
de ser uno de los técnicos. Estaba probando una máquina voladora. Sólo que se
le escapó y lo dejó aquí con las ratas de las ruinas.
Los cuatro
se quedaron mirando a Blake como si de pronto hubiera echado cuernos y se le
hubiera puesto la piel de color verde.
—¡Un
técnico! —jadeó Ras—. ¿De dónde viene? Por aquí cerca no hay técnicos de
ninguna clase.
—¿Es que
tú has recorrido toda la ciudad? —preguntó Manny—. No disponemos más que de
seis kilómetros cuadrados, y desconocemos lo que hay más allá. Bueno, vosotros,
Sam y Alf, coged un cargamento de latas y ayudadnos a llevar este tipo al
sargento. Estoy seguro de que se alegrará de que hayamos pescado a un técnico
vivito y coleando.
El chino y
el hombre alto metieron latas en las talegas y luego se colocaron junto a
Blake.
—Parece
que tiene estropeado el brazo izquierdo —les dijo Manny—. Le he quitado el
cuchillo que tenía. Oiga, póngase en pie y deje que Alf lo registre a ver si
tiene alguna cosa rara debajo de esas pieles.
Con aire
de cansancio, Blake se puso en pie y se sometió pasivamente al registro. Todo
lo que descubrió el otro fue el frasquito sellado que había sacado del
laboratorio. Al ver la cabeza de demonio en el tapón, Manny ordenó que aquello
se le presentara al sargento.
—Bueno,
amigo —dijo el rubio Alf, hablando por primera vez—, ahora va a portarse como
un buen muchacho.
Tenía un
acento que Blake no pudo localizar, pero el rubio sospechó que la lentitud del
otro era sólo aparente.
—No vaya a
ocurrírsele lo de lanzar otra piedrecita —le advirtió Manny—. Sam es un tirador
rápido, y en cuanto a Alf, lo he visto romperle el cuello a más de uno
utilizando sólo las manos, con la misma facilidad con que se rompe un palito.
Uno de los
muchachos se puso al frente con el fusil dispuesto. Detrás de él iba Manny;
luego, Alf le hizo una señal a Blake para que se pusiera en marcha.
La puerta
se abría bajo la superficie, pero una serie de escalones abiertos en la tierra
los llevó a la luz del día, un frío día de invierno. Había alguna nieve, que se
derretía donde el sol golpeaba, pero ni aquella capa blanca podía ocultar la
espantosa desolación que Blake veía ahora. Antes de que le hubiera llegado el
final, aquella ciudad debió de ser gemela a la que él había conocido en sus
tiempos. Eso era otro indicio de que el suceso que había dividido los niveles
de la corriente del tiempo era de origen reciente.
Si no
hubiese estado tan agotado y tan lleno de desaliento, podría haber hecho
preguntas. Pero ahora se limitaba a obedecer las órdenes de caminar por el
estrecho sendero entre las ruinas.
XI
Se iban
abriendo paso como la patrulla de un ejército lo hace en un territorio
peligroso, los chiquillos en vanguardia. Algunas veces se detenían mientras uno
o dos se adelantaban explorando, cubriéndose, y no reanudaban la marcha
mientras no se silbaba una señal. Blake coligió que la «gente» del sargento no
dominaba aquel sector de la ciudad y no tenía que moverse por allí con toda
clase de precauciones.
Manzanas
enteras de edificios habían quedado arrasadas al nivel de la calle. Y en otros
sitios había cuevas vacías, pozos profundos señalados por una vegetación
herbácea, algunos con charcos helados en el centro. Era evidente que aquellas
condiciones imperaban desde hacía años.
Blake
dedujo que estaban caminando hacia la parte alta de la ciudad, pero era difícil
calcular las distancias teniendo que hacer tantos rodeos. Algunas veces cogían
por senderillos abiertos entre los escombros por el uso constante; otras,
trepaban precariamente sobre barreras de arena y de piedra.
—Un gran
rancho.
Sam le
tendió a su prisionero una mano de ayuda al cruzar uno de aquellos pasos. Blake
consiguió esbozar una mueca cansada.
—Me lo
imagino.
—¿No hay
un rancho en el sitio de donde usted viene?
—No —fue
toda la réplica que Blake pudo jadear.
—Aquí
tendremos días mejores. Por lo pronto, ocupamos un buen sitio. El sargento ha
sabido elegir.
Llegaron a
un espacio abierto entre dos montañas de piedra carcomida y deshecha. Ante
ellos se extendía la tracería de desnudas ramas de árboles contra un cielo muy
claro y muy azul. Blake hizo un descubrimiento desconcertante: él conocía aquel
sitio en condiciones muy diferentes. ¡Era el Parque! Y estaban a punto de
penetrar allí por un sitio no lejos del camino que había seguido con el camión
de reparaciones de la T.V.
No se
había equivocado, él conocía esta ciudad. Pero no podía estar a su mismo nivel.
Uno no adelanta o retrocede en el tiempo por la ruta de los mundos sucesorios;
sólo la cruza. Los agentes se lo habían asegurado. Sin embargo, meramente por
el hecho de reconocer aquel mundo, Blake sintió una nueva chispa de esperanza.
¡Si pudiera descubrir qué decisión histórica era la que había producido esto!
La
patrulla pasaba ahora una barrera formidable que se alzaba en lo que había sido
una de las entradas principales del Parque. Centinelas cambiaron novedades con
la patrulla que había salido de exploración. Pero Blake estaba más atento a su
trabajo de descubrir puntos de referencia, ¡o si hubiese conocido mejor la
ciudad antes de ser secuestrado por los hombrea de Scappa!
¿Estarían
los agentes siguiéndole la pista ahora a Pranj por las bandas de mundos?
¿Tenían ellos alguna información en cuanto a los planes del forajido o
visitaban solamente los mundos probables? ¿Aparecerían más tarde o más temprano
a investigar en este mundo?
Saxton
había dicho que ciertos mundos posibles eran los que atraía a Pranj, los
niveles revueltos donde las condiciones caóticas exigían dictaduras. Bueno,
este nivel, a juzgar por la visión limitada que había obtenido Blake, estaba
desde luego revuelto en gran manera. ¿Lo bastante para atraer a Pranj y por lo
tanto a los agentes? Es posible que no se hallara perdida tan sin esperanzas
como temió en un principio.
Blake fue
empujado por un carretera mal conservada hacia el centro del Parque. No sintió
la más mínima sorpresa al descubrir que se acercaban al mismo
teatro-restaurante veraniego que había visto en su propio tiempo. Lanzó una
mirada al material allí aparcado. Dos jeeps abollados permanecían herrumbrosos
en una esquina, y varios grandes camiones estaban hundidos hasta los bujes en
las cenizas. Pero no había ninguna furgoneta de reparación de la T.V.
Al otro
lado del edificio, había un círculo de cabañas de gruesa traza, refugios de un
piso combinando en sus paredes troncos de árboles y pilas de ladrillos y
piedras. De las chimeneas salía un humo azul de leña. El hedor de aquel humo se
juntaba en el aire con el efluvio de seres humanos no demasiado limpios y
viviendo en un reducido espacio. Pero las cabañas estaban alineadas
perfectamente, con igual cantidad de tierra alrededor de cada una, y el
campamento tenía un aire de permanencia, casi de eficacia, que contrastaba
grandemente con el caos de la ciudad.
Una
bandera pendía lánguidamente de un mástil que sobresalía del edificio
principal: roja blanca y azul. No estaba mal. Sin embargo, había algo extraño
en la forma como aquellos colores estaban combinados. Blake no estaba seguro de
que fuesen las estrellas y las franjas que él había conocido siempre. Debajo,
había otra, un pequeño banderín cuadrado que Sam indicó con el pulgar mientras
pasaban por debajo.
—Eso
pertenece al Décimo de Caballería. El sargento estaba en el Décimo de
Caballería cuando sirvió en el ejército.
Subieron
los escalones y entraron en lo que había sido el vestíbulo del teatro. Mesas
astilladas, y dispuestas en una alineación militar, ocupaban la mayor parte del
espacio. Pero sólo dos estaban ahora siendo utilizadas. Ante una de ellas, se
sentaba un hombre cuyo escaso cabello era blanco, pero cuyos hombros estaban
cuadrados por largos años de servicio militar. Y en la otra mesa había una
joven que levantó la mirada de un desgarrado plano para contemplar a Blake con
ojos atónitos.
—Dile al
sargento —le ordenó Manny al primero de su patrulla— que hemos atrapado a un
técnico.
Ahora el
hombre prestaba atención y su asombro fue evidente al fijarse en la vestimenta
de Blake. La muchacha abandonó su mesa y desapareció dentro de la sala de
espectáculos, para volver al poco tiempo.
—Que lo
lleven adentro.
Solo Manny
y Alf acompañaron a Blake a la sala principal. La mayor parte de los asientos
había sido retirada, sólo cuatro filas de butacas permanecían intactas junto al
escenario. El tener que cruzar aquel espacio, sabiendo que constituía el centro
de la atención, despertó en Blake un sentimiento de seguridad. En el escenario
había tres mesas, la del medio ligeramente avanzada. Detrás de ella, se sentaba
el hombre que debía de ser el gobernante de la colonia, el famoso sargento.
Tan
impresionante era, que empequeñecía a los otros dos hombres que compartían la
plataforma. Blake había conocido y visto ya a hombres de una seguridad tal en
sí mismos desde que había empezado su desatinada aventura: Kittson y sus
compañeros de equipo, los nobles que habían visitado a Pranj en el mundo
extraño, el mismo Pranj, Pakahini. Pero ninguno de ellos había sido del mundo o
de la clase de Blake. Existía siempre una diferencia de la que él se había dado
cuenta.
El
sargento no era ningún noble arrogante, ningún hombre psíquico un poco
abrumador con su confianza en sí mismo, ningún cazador de una tribu que era la
dominante en su mundo. Siendo siempre el superior que sólo trata con inferiores
cuando llega el momento de la acción, el sargento era un caudillo nato de
hombres ordinarios, hombres como Blake, un caudillo humanamente comprensible y
al que la oportunidad y el tiempo justo habían colocado en lo suyo.
Su
seguridad no tenía ningún asomo de arrogancia; su confianza en sí mismo no
tenía ningún asomo de superioridad. Estaba dispuesto a afrontar cualquier
prueba que pudiera presentarle el destino. Cuando bajó la mirada hacia Blake,
hubo algo casi suave en al sonrisa que dejó al descubierto fuertes dientes
blancos, contrastando con la piel castaña, color de café.
—Parece —y
su voz era lisa y cálida— como si hubiera tenido que hacer usted un largo
camino, amigo.
Blake se
relajó. Manny y sus hombres le habían inspirado poco confianza. Pero con el
sargento era diferente. Podía haber sido Kittson.
—Bastante
—replicó.
Aquellos
ojos oscuros estaban estudiando su vestimenta, sin perder ningún detalle de la
pelliza de piel, de los pantalones bombachos y de las botas. Manny avanzó para
colocar ante su jefe la daga incrustada de piedras preciosas y el frasquito
sellado. Pero el sargento sólo concedió una mirada pasajera a los dos objetos.
—¿Es que
los técnicos se dedican ahora a robar museos? —preguntó con una risita—. ¿De
dónde procede usted, amigo, del Canadá? Creo haber visto pieles como las que
usted lleva, en aquel país. ¿Ha venido a dar una vuelta para ver cómo se las
arreglan las ratas de las ruinas?
—Tenía una
especie de máquina. Una máquina que desapareció y lo dejó abandonado —informó
Manny dándose importancia.
El
sargento seguía muy quieto, sólo sus ojos se movían desde el guardia cívico a
Blake y viceversa.
—¿Un
helicóptero?
Manny
sacudió la cabeza.
—Era una
cosa nueva. Una plataforma lisa, no se veía ningún motor. Fue en la cueva donde
encontramos al saqueador. Este técnico se escondía allí. Me dejó sin
conocimiento antes de que yo pudiera verlo. Se puso a comer raciones como si
estuviera muerto de hambre. Luego, vi una luz verde en una esquina. Él miró,
dio un grito y se echó a correr. En medio de aquella luz, estaba la máquina. La
luz desapareció, y la máquina con ella, se apagó como una vela.
—Y
entonces, tú te hiciste cargo de la situación, ¿no es así, Manny?
—Así es,
sargento. Fue un imbécil. Dejó el fusil a mis pies, delante de mí.
—Y ahora
va usted a decirnos cómo entró su máquina en aquel sótano —dijo el sargento,
con voz aterciopelada.
Pero
debajo de aquel terciopelo líquido se notaba la dureza del acero.
—A
nosotros podría convenirnos también una máquina de esas —añadió.
Blake no
vio otra respuesta posible que confesar sinceramente:
—Yo no sé
cómo funciona.
El
sargento todavía sonreía.
—Mala
cosa, amigo. Parece como si ustedes, los técnicos, y los señorones que se
quitaron de en medio antes del jaleo no quisieran contar con nosotros en sus
planes para el futuro. Pero es el caso que estamos vivos y que todavía tenemos
algo que decir. Por lo pronto, usted va a quedarse con nosotros algún tiempo
hasta que decidamos lo que convenga hacerle. Manny, enciérralo.
—Tiene una
herida en el brazo, sargento. ¿No debería ver primero al médico?
—¿Cómo?
Quizá los técnicos se dedican ahora a pelear unos con otros? —El sargento se
echó a reír como si aquello le pareciera muy divertido—. Llévalo al doctor y
enciérralo luego.
Sus ojos
se movieron a continuación para fijarse sobre el montón de papeles que tenía
delante; era como si todo lo demás se le hubiese hecho ahora invisible.
—Por aquí,
técnico.
No
volvieron por el vestíbulo, sino que, por una puerta lateral, entraron en lo
que antes había sido un restaurante. Se habían practicado allí particiones que
dividían la gran sala en una serie de cuartitos, la mayor parte alumbrados con
velas y lamparillas de aceite, pero las paredes no llegaban hasta el techo.
—¿Está el
doctor por aquí? —le preguntó Manny a una muchacha que encontraron al cruzar la
puerta.
—En su
despacho.
Un
estrecho pasillo, terminaba en una puerta que era sólo una cortina de saco que
se corría sobre una varilla. Manny se detuvo.
—¿Se puede
pasar, doctor?
—Adelante.
El ex
guardia echó o un lado la tela y le indicó a Blake que entrara.
—¿Qué pasa
ahora? —El hombre de cabellos grises, sentado tras una mesa, no levantó de
momento la mirada que tenía pegada al microscopio—. ¿Lo han alcanzado a usted o
a alguno de sus hombres uno de los fugitivos, Manny?
—No. Hemos
cogido a un prisionero que necesita un remiendo.
—¡Un
prisionero! ¿Desde cuándo se entretiene el sargento en hacer prisioneros?
—Entonces volvió la vista hacia ellos y cuando sus ojos se posaron en Blake,
mostraron genuina sorpresa—. ¡Un técnico! —casi susurró—. ¡Dios me valga!
¡Entonces, es que por fin han entrado en contacto con nosotros!
—Tal vez
sí, tal vez no —dijo Manny, vertiendo agua fría sobre su entusiasmo—.
Encontramos solamente a éste y por lo visto está huido de su grupo; todas las
señales indican eso. El sargento dice que hay que remendarlo y meterlo luego en
el calabozo.
Con la
ayuda del médico, Blake se denudó hasta la cintura, exponiendo la señal roja
que llevaba en el brazo.
—¡Esto no
fue hecho por una bala! —comentó Manny, observando con interés los manejos.
—Quemadura
—fue el diagnóstico del doctor—. Algo así como una forma de radiación.
Blake se
estremeció. En su propio tiempo aquella palabra tenía un significado ominoso
que se aliaba con el peor de los desastres.
—¿Cómo se
lo hicieron? —preguntó el doctor.
—Una nueva
clase de arma —replicó Blake—. Pero no me dio de lleno.
El doctor
estaba buscando entre un motón de frascos.
—Mejor es
que no lo hiciera. Creo que le habría abierto todo un agujero. Desde luego, es
una quemadura y vamos a tratarla como tal —siguió hablando con una nota de
amargura en su voz—. No tenemos el surtido de medicamentos que ustedes los
técnicos se llevaron antes de la catástrofe, pero haremos todo lo que podamos.
Mire usted, Manny, no me gusta el aspecto de esto. Creo que será mejor que lo
deje usted con nosotros. Hará que se acueste en una de las habitaciones
interiores. De allí no podrá escaparse. Y necesito tenerlo a la vista para ver
cómo reacciona la herida.
El otro
vacilaba. El doctor añadió impacientemente:
—Ponga
usted un guardia en la puerta si eso les hará sentirse más tranquilos a usted y
al sargento. No hay más que una salida y no podrá pasar sin que lo vean. Y, si
soy quién para juzgar, me atrevo a decir que no podrá realizar una carrera en
ninguna forma.
Manny se
encogió de hombros.
—Está
bien, doctor. Lo dejo en sus manos. Se lo diré al sargento. Hasta la vista.
Blake lo
vio marcharse. Ahora se daba más cuenta del dolor constante y agudo que tenía
en el hombro. El doctor le causaba una nueva preocupación.
—¿Hasta
qué punto es grave realmente, doctor?
—Lo
bastante grave para retener a un técnico aquí y que yo pueda hacerla unas
cuantas preguntas adecuadas —replicó el otro—. Por el aspecto de usted, se ve
que las ha pasado bastante mal. ¿Qué diría de un baño caliente, una buena
comida y un poco de conversación? Mejor eso que estar encerrado en una celda
¿no le parece?
Blake
resplandeció.
—¡Ni qué
decir tiene!
El baño
había que tomarlo en un barreño de hojalata alimentado por cubos, pero el agua
estaba lo bastante caliente para sacarle a uno el frío de los huesos. Y
obsequiado con vestidos limpios aunque raídos y remendados, se sentó a comer
con el doctor, recién vendado el brazo, sintiéndose verdaderamente cómodo por
primera vez en varios días.
—¿Dónde
está el cuartel general de su grupo de técnicos? Yo supondría que en alguna
parte del Norte, a juzgar por esa espectacular chaquetilla de piel que usted
traía.
Blake se
sintió muy tentado a decir toda la verdad. Pero la prudencia prevaleció y
contestó con la mejor evasiva que se le pudo ocurrir.
—Francamente,
no lo sé. Me retiré de allí a toda prisa y aterricé aquí. No puedo decirle cómo
ni por qué.
Los ojos
astutos del doctor se encontraron con los suyos.
—Casi
suena eso a verdad. Dice usted que se marchó a toda prisa. ¿Tiene Manny razón?
¿Está usted fuera de la ley? Tiene una quemadura hecha por un arma desconocida.
¿Están ahora los técnicos luchando entre sí o es que los Sucios han cobrado un
nuevo respiro de vida y han hecho un asalto.
—Ni una
cosa ni otra, que yo sepa. Yo estaba ocupándome de, bueno podría llamársele un
renegado, estaba ocupándome de seguirlo —empezó Blake a decir lentamente,
tratando de encajar los hechos en un marco que le otro pudiera creerse—. Es un
individuo que quiere alzarse como dictador.
—Un Hitler
de bolsillo, ¿no? —preguntó el doctor sin parecer sorprendido—. Hemos tenido
montones de ellos desde que el verdadero dejó de radiar desde Londres. Vienen y
se van; en su mayor parte, son seres molestos simplemente.
—¡De
Londres! —Blake se apoderó de aquella noticia que le resultaba asombrosa—.
¡Hitler en Londres! ¿Cuándo?
—¿Es que
no captaron ustedes el último discurso antes de que se lanzara el ataque «sin
retorno»? —preguntó el doctor.
Al ver que
Blake sacudía la cabeza denegando, continuó su explicación:
—Sí, ahora
recuerdo que las cosas estaban por aquel entonces bastante desorganizadas y las
cuevas de los técnicos quedaron aisladas de nosotros. Yo estaba entonces de
servicio en el distrito IV en el área de defensa. Lo oímos aullar todas sus
tonterías. Fue interrumpido precisamente a la mitad del discurso y supusimos
que nuestros muchachos habían planchado Londres. Nunca se ha vuelto a captar de
allí el menor sonido. Algún día, tal vez dentro de cinco o diez años, si el
sargento y los que son como él consiguen ponernos de nuevo en pie, lograremos
poner un avión en el aire o enviar un barco al otro lado del Atlántico para
descubrir lo que le sucedió realmente a Adolfo y a sus amigos.
Un
acontecimiento histórico; Blake se concentró en aquello. Era algo que tenía que
ver con la Segunda Guerra Mundial; se colegía fácilmente. Pero, ¿qué
acontecimiento fue? Rápidamente, trataba de recordar hechos trascendentales en
un conflicto que para él hacía ya más de diez años que habían terminado. Y
entonces creyó comprender.
—Eso
quiere decir que Hitler ganó la batalla de Gran Bretaña —medio susurró,
olvidándose del doctor.
Agosto y
septiembre de 1940. Este mundo de aquí había tomado uno de los caminos de la
bifurcación; su mundo había tomado el otro.
Más tarde,
cuando pudo pensar a solas, Blake se echó a sus anchas sobre el camastro y se
quedó mirando fijamente el techo agujereado y con arrugas que tenía sobre su
cabeza. Los sonidos del hospital anexo estaban apagados, tenía el cuerpo
caliente y bien alimentado, podría haber estado durmiendo desde última hora de
la tarde a no ser por aquellos pensamientos. Alusiones y nombres encajaban
ahora en su sitio, ajustándose como un rompecabezas gigante. Los Sucios
(Nastys) eran los desaparecidos nazis de su propio mundo. Los británicos libres
eran los que habían venido huyendo de la Inglaterra invadida, del discurso de
Hitler en Londres. Todo se explicaba. El conocía la historia de aquella ciudad
arrumada. Pero tenía la sospecha de que su extraña ignorancia podía disculparse
en parte.
—Naturalmente
que Hitler ganó la batalla de Gran Bretaña. Hasta los hombres de un sector de
la estación experimental debían saber eso —había sido la réplica del doctor a
la impulsiva exclamación de Blake—. Está usted bien alimentado, su vestimenta
es buena, excepto algunos rasgones y cortes, mejor que la que hayamos visto
nosotros en muchos años. Aparece usted aquí de pronto e ignora los más
elementales acontecimientos históricos. Ofrece usted un problema intrigante,
joven.
Blake se
defendió.
—No puedo
explicarlo.
—Su no
puedo es más probable que sea un no quiero —sentenció el médico—. Pero no voy a
presionarlo. Y aceptaré su historia acerca de un técnico renegado que está
causando jaleo. Principalmente porque eso coincide con un rumor que ha estado
circulando últimamente. Pero me atrevería a arriesgar mi reputación diciendo
que usted mismo no es un técnico. Por lo menos, no lo es de la clase que yo he
conocido en otros tiempos. Y añadiría que está usted ahora separado de su
propio mundo.
Probablemente,
aquello no era más que una figura retórica. Pero Blake temía que el médico se
hubiese dado cuenta del sobresalto con que oyó aquello. ¿Hasta qué punto aquel
hombre de ojos penetrantes sabía o sospechaba?
—Quisiera...
—empezó. Pero el doctor continuaba:
—Supongamos
que procede usted de un proyecto secreto, un proyecto tan bien guardado, que ha
permanecido aislado del exterior durante algún tiempo. Puedo imaginarme que
alguien que emerja de un capullo así encuentre muchas cosas que lo dejen
asombrado. ¿Qué quiere usted preguntar primero?
Blake
había aceptado aquello o había caído en la trampa, ahora no estaba seguro ni de
una cosa, ni de otra. El otro podía no creer que era un técnico, pero por
razones suyas particulares, el médico estaba dispuesto a facilitarle la
orientación que él necesitaba para moverse en este mundo. Tal vez tuviera que
permanecer aquí durante el resto de su vida y cuanto más pudiera aprender,
mejor.
—Supongamos
que no sé nada de historia desde —eligió un punto que debía de ser común para
sus dos mundos— desde Dunkerque.
—Dunkerque,
finales de mayo, principios de junio de 1940, los últimos estertores de Gran
Bretaña —comentó el médico—. Bueno, a primeros de agosto, la presión aumentó,
los ataques aéreos sobre las Islas Británicas se recrudecían por momentos. Los
Nastys habían destruido la mayor parte de los aeródromos a fines de septiembre.
Los ingleses usaron su flota para intentar una retirada al Canadá. Por aquel
entonces, nosotros no habíamos entrado todavía en la guerra —rió amargamente—.
Nada como retrasarse demasiado en lo que más importa. Los ingleses consiguieron
salvar parte de sus combatientes y de su población civil. En octubre enviamos
barcos a ayudar. Pero el día diez, la batalla del Canal empezó y con ella la
invasión aérea de las islas. Y el día quince, los japoneses nos golpearon en el
oeste.
—¡Pearl
Harbour! —indicó Blake, pero el doctor meneó la cabeza con impaciencia.
—Las islas
Hawai no tuvieron nada que ver con el asunto. Los japoneses enviaron oleadas de
aviones a lo largo de nuestra costa occidental. Hubo luego un gran jaleo para
conseguir que nuestra flota volviera de la moribunda Inglaterra. Pero San
Francisco, los Angeles y Seattle pagaron bien el pato. Los aviones japoneses
venían de todos los puntos del Pacífico. No sé lo que sucedió en Australia;
estaban riñendo una batalla desesperada a lo largo de los desiertos salados
según oímos por última vez. Pero fuerzas de invasión desembarcaron en Alaska y
en el sur de California. Los rechazamos al mar únicamente con el tiempo justo
para revolvernos contra los atacantes alemanes. Mezcle usted todo eso con el
sabotaje en gran escala y con otros cuantos trucos.
Blake,
recordando cada palabra de aquello, se movía incómodamente en su camastro.
Aquel aluvión de noticias todas malas y tan cercanas a lo que podría haber sido
verdad, lo dejaban deprimido. Era toda la pesadilla de su propio mundo hecha un
sueño despierto. Y esto no era ningún sueño, este mundo era real.
XII
—...la
guerra alemana —había continuado el doctor—. Aunque ahora no podemos estar ya
seguros. En el segundo año, hubo una infección de virus. Sólo se salvaba uno de
cada cinco. Pudo haber sido una cosa premeditada y estalló por primera vez en
la época en que los Nastys plancharon Washington e hicieron dos desembarcos
aéreos: uno aquí y otro en el Sur. Nosotros nos defendíamos entonces como gatos
panza arriba, y el virus terminó por dejarnos en cuadro.
»Luego,
sucedió algo. El que no llegaremos a saberlo hasta que podamos explorar algún
día. Enviamos una expedición «sin retorno» de bombardeo, formada por
bombarderos pesados, aviones comerciales y todos aquellos aparatos que tenían
la más pequeña esperanza de poder nacer un solo viaje a Londres donde oímos que
Hitler y sus altos jefes se habían reunido para la ceremonia de la conquista.
Tal vez los alcanzamos de lleno y rompimos su cadena de mando. O tal vez
empezaron a luchar entre sí. Siempre nos habíamos preguntado hasta cuándo iba a
durar su alianza con los rusos.
»No
sabemos lo que sucedió. Lo cierto es que los Nastys dejaron de venir. Sus
barcos desaparecieron de nuestras costas y sus tropas se quedaron aquí
abandonadas. Pero aquello no sucedió antes de que aquí se fuera todo al diablo.
»Esto
pasó, veamos, hace cinco, seis años. Uno empieza a perder la noción del tiempo
al vivir de esta manera. Resultamos ser una nuez más dura de roer de lo que
ellos habían creído, a pesar del virus y de todo lo que nos echaron encima.
Pero no es posible mantener las fábricas funcionando cuando han sido
bombardeadas una y otra vez, sobre todo en el complejo mecánico que éramos
entonces. Tome usted una ciudad de este tamaño, suprímale el gas, la luz, el
agua, el servicio de abastecimientos, añada una epidemia y tendrá conseguido el
caos en menos de una semana, sin necesidad de ningún ataque aéreo.
»Una
fábrica depende de materias primas traídas desde cierta distancia y de
complicadas herramientas transportadas desde puntos lejanos por ferrocarril.
Destroce esos ferrocarriles o bien la fuente de suministro, y tendrá una
fábrica incapaz de funcionar. Es fácil tumbar el carro de las manzanas en una
civilización altamente mecanizada.
»La
transmisión de noticias continuó durante algún tiempo. Cesaron las radios
cuando no fue posible ya producir o reemplazar determinadas partes y cuando no
hubo técnicos bastante para manejarlas. Aquí tenemos un operador de primera. Se
pasa diez horas al día escuchando, y en los pasados dos años no ha podido
captar la menor señal de ninguna parte.
»Mientras
tanto, en esta ciudad, que es la sección de la que yo puedo hablar con
conocimiento de causa, tuvimos dos ataques del virus. Puedo mostrarle a usted
sitios negros por el fuego. Allí es donde quemábamos los cuerpos, no a
centenares, sino a miles. Aquellos días fueron pesadillas propias del infierno.
Y a todo esto teníamos que luchar contra la invasión de paracaidistas. Y
habíamos de movernos más rápidamente que los otros para seguir con vida.
—¿Qué
otros? —había preguntado Blake.
—Desertores,
Nastys que habían escapado de sus unidades, criminales que se dedicaban
abiertamente a hacer fechorías cuando el imperio de la ley se derrumbó. Se
mantienen ocultos y nos atacan para quitarnos nuestras provisiones. Los hemos
expulsado de este sector occidental de la ciudad, aunque todavía acuden de vez
en cuando a saquear nuestros almacenes. El sargento espera organizar una amplia
expedición que nos libre de ellos. Ya se ha puesto en contacto con otro grupo
de británicos libres, justamente la semana pasada. Ejercen el gobierno en la
isla y tienen dos chalupas en buen uso. Están dispuestos a darnos apoyo naval
cuando nos haga falta. Podemos sentirnos muy satisfechos de tener al sargento.
—¿Quién es
él?
—Un
antiguo militar, un militar del viejo ejército y de la escuela tradicional.
¿Oyó usted alguna vez hablar del Décimo de Caballería?
Blake no
había oído nunca ese nombre.
—Era un
regimiento lleno de tradiciones y que compartió los honores con el famoso
Séptimo de Custer. Nunca fue aplastado porque su comandante en jefe no era
hombre ávido de gloria. Formaron parte del viejo ejército combatiente indio con
una lista de batallas gloriosas que hace que se le ponga a uno la carne de
gallina. Los indios los llamaban «Soldados Búfalos», y no los atacaban más que
cuando no tenían más remedio. Fue una de las primeras tropas negras de
Caballería.
»El abuelo
del sargento empezó a servir poco después de la Guerra Civil, y el padre se
incorporó en cuanto que tuvo edad. Él nunca pensó en otra carrera para sí
mismo, ya que había nacido en el regimiento como nacían los legionarios
romanos. El Décimo ha desaparecido, pero el sargento está todavía con nosotros,
de lo contrario no estaríamos aquí.
Bajo el
gobierno del sargento, la pequeña colonia del Parque había logrado una cierta
seguridad. Los habitantes reunían los contenidos de tiendas y almacenes de
alimentos y ropas. Se aferraban a la sombra de civilización que podían recordar
y había ya una segunda generación para la cual el pueblo del Parque era el
único medio de vida. Y Blake se enteró por el doctor de que, a pesar de carecer
de lo que les habría parecido, años antes, indispensable para seguir viviendo,
no sólo no se sentían miserables, sino que acariciaban planes detallados de
expansión futura. Era una comunidad que estaba nuevamente en marcha, inspirada
por la fuerza impulsora de la voluntad y el genio de un hombre.
Previendo
la inutilidad de fusiles para los que no tenían ya municiones, habían hecho
arcos. En el terreno del Parque, habían plantado trigo, aprovechando las
simientes encontradas en las ruinas de unos almacenes del Gobierno. Estaban
criando gamos librados del Parque Zoológico, y caballos procedentes de una
academia de equitación.
Blake
entusiasmado por la historia del doctor, podía comprender las ventajas de ser
miembro de aquella comunidad, de convertirse en uno de las «gentes» del
sargento. Si estuviera seguro de que no habría ninguna esperanza de volver a su
propio nivel, se daría por dichoso permaneciendo aquí.
Mientras
tanto, parecía como si todo el mundo se hubiese olvidado de él, menos el
doctor. Dormía y comía y luego se echaba otra vez a dormir. Pero, a mediados de
la mañana siguiente, se sintió inquieto. Del brazo le habían desaparecido ya
casi todos sus dolores y podía utilizarlo, así como la mano izquierda, casi
normalmente. Se vistió con la ropa usada que le habían facilitado, se sentó en
el filo de su camastro, y en aquel momento Manny apareció en la puerta.
—Oiga —le
dijo en un saludo carente de toda ceremonia—, el sargento quiere verlo.
Blake lo
acompañó con gusto. Esta vez el grande hombre estaba trabajando con un plano
sobre el que había unos cuantos puntos rojos. Estaba comprobando la posición de
aquellos puntos valiéndose de algunas notas escritas en una tira de papel y de
otros papeles más o menos manchados por el uso. Pero los echó todos a un lado
cuando Blake y su guardián subieron.
—¿Qué es
eso que le ha estado usted contando al doctor acerca de un técnico renegado?
—preguntó.
—Él es el
único responsable de que yo esté aquí —replicó Blake—. Me secuestró, escapé y
aterricé en esta ciudad.
—¿Y esa
máquina? ¿No sabe usted cómo funciona? ¿Es que pertenece quizás a ese técnico?
—Sí, así
es. No, no sabría decirle cómo funciona. Pude ponerla en marcha, pero eso es
todo.
—¿Cómo se
llama ese técnico? —y la pregunta fue hecha como un disparo.
—Que yo
sepa, tiene varios nombres: Lefty Conners y Pranj.
El
sargento no dio señal de reconocer ni a uno ni a otro.
—¿Ha oído
alguna vez hablar de un tipo llamado «Ares»?
Recuerdos
de párrafos de un libro escolar fueron removidos por aquel nombre.
—Entre los
griegos, era el dios de la guerra...
—Eso no
nos sirve de nada —dijo el sargento con una sonrisa sarcástica—, pero
seguramente está metido en alguna clase de guerra. Hace ya unos cuatro meses —y
se echó atrás en el sillón, enlazando sus dedos detrás de la cabeza—, estamos
juntando una serie de historias acerca de este «Ares». Está en tratos con los
fugitivos, procurando organizarlos. Y se nos ha dicho, las noticias son
correctas, que les ha prometido armas de un tipo nuevo. Ahora llega usted con
ese cuento de un técnico que se ha pasado a los malos y que está causando
molestias. Parece como si nuestro Ares y ese técnico renegado tuvieran algo en
común, ¿no cree? Dice usted que ese individuo ha inventado una nueva forma de
transporte y una nueva clase de fusil con la que lo alcanzó a usted. Sí, todo
esto parece que va encajando. ¿Y dónde puede estar ahora ese Pranj o Conners?
—Eso e lo
que yo quisiera saber. Probablemente, no se encuentra ya en esta ciudad.
El
sargento frunció el ceño.
—Pero es
probable que venga aquí, ¿no?
A Blake le
habría gustado poder responder a aquello. No sabía casi nada sobre el viaje
entre niveles. Si el transportador sólo podía tener su base en un lugar único,
entonces Pranj muy bien podría volver al sótano donde esta gente lo había
capturado. Y Blake tenía una fuerte convicción de que la plataforma había sido
fijada, por decirlo así, en un engranaje con los otros mundos que se formaban y
desaparecían durante aquellos viajes increíbles, tendría que hacerlo en aquel
sótano. Pero, ¿llegaría a venir Pranj? ¿Era él Ares? ¿Vendría a pesar de saber
que Blake había quedado abandonado allí? ¿Podría constituir la presencia de
Blake una especie de cebo adicional? Eran tantas las suposiciones y resultaba
tan difícil calcular las reacciones del otro por las suyas propias, además, un
Psi que se había colocado fuera de la ley.
Había otra
esperanza para él en la captura de Pranj. La visión del plano sobre la mesa del
sargento le había recordado aquello, la cuestión de los agentes. Blake no tenía
la menor idea de dónde podría localizarse el transportador que ellos
utilizaban, si es que era ese el medio que para dirigirse a los mundos donde
sospechaban que Pranj pensaba dar el golpe. Pero el descubrimiento hecho por el
forajido del almacén que les servía de cuartel general los había empujado a
Patroon Place, suponiendo que aquel traslado estuviese motivado por el deseo de
ellos de llegar a su punto de contacto con otros niveles. Por otra parte...
Sí... Y... Quizá, por lo menos, eso le daba ya a Blake un objetivo.
—Puede que
él regrese al sitio donde ustedes me encontraron —dijo.
—¿Precisamente
porque usted aterrizó allí? —preguntó el otro, que captó rápidamente el sentido
de la sugerencia—. ¿Es que esa cosa en la que usted llegó tiene una trayectoria
invariable?
—Le digo a
usted que no lo sé.
—Pero, por
lo menos, puede conjeturarlo, ¿no es eso? ¿Es ese el único sitio que se le
ocurre?
La voz del
sargento parecía cansada, pero los profundos ojos castaños que se clavaban en
Blake estaban muy despiertos y eran casi tan dominantes como lo habían sido los
de Kittson.
—Bueno, la
verdad es que Pranj está huido. Hay otros que lo persiguen.
—¡Ah!,
¿sí? —Los párpados del sargento se entornaron, velando a medias sus ojos—. Y a
usted le gustaría encontrarse con esos tipos que lo persiguen, ¿no? Amigos
suyos, ¿verdad? Y, ¿dónde podríamos ir a buscarlos?
—Tendría
que ver un plano —replicó Blake—. Y no estoy nada seguro de que puedan estar
allí.
—Querría
usted probar, ¿no es eso? —El sargento echó atrás su sillón, apartándose de la
mesa e invitó—: Dé la vuelta y eche una ojeada. Este es el mejor plano que
hemos conseguido.
El
grasiento papel estaba desgarrado y lleno de remiendos y había manchas que
desfiguraban su superficie. Pero Blake localizó la ruta que había seguido con
el autobús hacia la parte alta de la ciudad. El letrero de «Mount Union» estaba
casi borrado por una mancha negra, pero lo encontró y luego localizó Patroon
Place. Si hubiera podido decir la verdad, la búsqueda tal vez se habría hecho
mucho más fácil. Pero nadie iba a creer su historia. Tendrían que aceptarlo
fiándose de él. Ya cuando pudiera abandonar, si podía alguna vez, este
asentamiento, se dirigiría por sus propios medios a aquel punto.
El
sargento echó una mirada al plano.
—¿Ahí es
donde se reúnen sus amigos?
—Ahí es
donde espero que lo hagan —corrigió Blake—. Pero puede que no estén allí. Es
una esperanza contra un millar.
—Ya veo
—El sargento dejó descansar su cuadrada mandíbula sobre un puño fuerte como una
maza—. No es usted persona que se vaya de la lengua. Pero, en los últimos
tiempos, nos hemos arriesgado por esperanzas aún más débiles. Es posible que le
echemos una mirada a esa plaza. Es un territorio que conocemos, aquel donde
usted aterrizó. En cuanto a este otro —y puso dedo sobre Patroon Place—, es
nuevo para nosotros; y después de todo, no fue allí donde usted apareció.
—Un dato
es el de que cuando la máquina funciona hay un resplandor verdoso.
—Es verdad
—dijo Manny, interviniendo por primera vez—. Son unas luces que se ven desde
todas partes, sargento. Yo lo vi.
—E incluso
de día, ¿eh? ¿También sus amigos tienen la misma característica?
Blake se
sentía inclinado a creer que todos los transportadores eran iguales.
—Sí.
—Entonces,
podemos vigilar dos puntos. —El sargento empezó a animarse—. Uno abajo, otro
arriba. Usted —le hablaba a Blake— irá con el piquete de arriba. Usted conoce a
sus amigos. Nosotros nos encargaremos de Ares, si vuelve. Nos ahorrará usted
tiempo y preocupaciones a todos.
—Le
advierto que, si Ares es Pranj... —empezó a decir Blake.
—Ya lo sé:
si es su técnico renegado —sonrió el sargento—, no hace falta que usted nos lo
diga. Hemos tenido que enfrentarnos con gente muy dura en los últimos tiempos.
Pero no
tan dura como el forajido de otro mundo, quiso decir Blake. No se habían
enfrentado con un hombre que podía entrar en el cerebro de un enemigo y
convertirlo en un robot. Su única esperanza era encontrar a los agentes antes
de que los hombres del sargento tropezaran con Pranj.
De esta
forma, sin lograr hacer su advertencia más grave, Blake se encontró formando
parte de una patrulla encargada de explorar la parte alta de la ciudad. Pero no
le ofrecieron armas, ni siquiera la daga con incrustaciones que le había
arrebatado Manny.
Fueron
abriéndoe camino por la salvaje espesura del Parque. Cuando pasaron junto a las
jaulas vacías del zoo, Blake preguntó qué les había sucedido a los animales que
había además de los gamos. Le dijeron que los pájaros habían sido puestos en
libertad y rondaban en torno al campamento, los que habían conseguido
sobrevivir a los inviernos. Los osos y los felinos habían sido muertos a tiros.
—Pero no
matamos a los lobos —comentó unos de los hombres—. Algunos se escaparon y se
juntaron con los perros para dedicarse a cazar. En el invierno, son peores que
tigres si ven a un hombre solo.
Grandes
porciones del Parque, que en su origen había sido una larga banda de verdor que
corría por dos tercios de la longitud de la ciudad, habían vuelto a la fiereza
selvática de una arboleda ex-domesticada. Las bien cuidadas carreteras de otros
tiempos se habían reducido a trochas difíciles entre muros de impenetrable
maleza.
Dieron la
vuelta al extremo de un lago bordeado de hielo del que escaparon aves acuáticas
croando histéricamente en el aire. Cambiaron rudas bromas con los grupos que
cogían agua en cubos. Incluso para tales tareas caseras, los habitantes del
Parque iban armados con arcos o con rifles. Blake se enteró de que los rifles
se les daba a aquellos que se hacían merecedores de ese honor por sus hazañas,
mientras que los combatientes menos hábiles, una categoría en la que quedaban
incluidos todos los varones desde la edad de los doce años y algunas mujeres
tenían que contentarse con arcos, aunque los muchachos habían mostrado tanta
aptitud con aquellas armas antiguas, que preferían los rifles sólo por cuestión
de prestigio. Cuando se hubiese disparado la última bala, la transición al arco
no encontraría a las nuevas generaciones desentrenadas ni desarmadas.
El
propósito de la expedición actual no era solamente el de comprobar la teoría de
Blake respecto a sus amigos, sino hacerse con todas las provisiones que
pudieran. Manny explicaba cómo, utilizando viejos anuarios de la ciudad y los
planos del sargento, la colonia había podido localizar tiendas y almacenes que
los proveían de vituallas. Con mucha frecuencia, una incursión prometedora los
llevaba a distritos completamente carbonizados o reducidos a escombros
inútiles. Sin embargo, aquella búsqueda sistemática había compensado durante
los magros años del pasado inmediato. Cada expedición tenía la brillantez de
una búsqueda de tesoros.
—Medicinas
para el doctor, telas, ropas si no están demasiado apolilladas, recipientes de
cualquier clase, todo lo que pueda servir de algo. Si pudiéramos movernos mejor
por las calles y poner algunos camiones en marcha, conseguiríamos mejores
resultados —comentó Manny—. Pero teniendo que parar a cada momento para apartar
árboles o piedras y tropezar luego con otro montón de escombros, hace que no
valga la pena probar.
—En la
esquina de Mount Union había una droguería-bar —indicó Blake.
Tres, o
cuatro días antes, había él estado en aquel establecimiento, disfrutando de su
calor y de su luz, de la protección que le ofrecía contra la tormenta de nieve
que se desataba afuera. Pero, ¿cuántos años habían transcurrido en este otro
mundo desde que aquel edificio había podido ofrecer refugio?
—¿Sí?
Vaya, es posible que este viaje nos salga provechoso. Jack —dijo, llamando a un
muchacho larguirucho que estaba discutiendo con su compañero, un negrito
adolescente—, ¿llevas ahí la lista de cosas que nos dijo el médico que
buscáramos?
El
muchacho se llevó la mano a la pechera de su andrajosa chaqueta.
—Sí,
señor. La llevo aquí pinchada. ¿Por qué, Manny?
—Adonde
vamos ahora, era antes una droguería. Si ha quedado algo, tú y Bob recoged todo
lo posible que podáis. No os preocupéis de otra cosa que de lo que ha pedido el
doctor. Eso es lo más importante.
—Sí, señor
—asintió el muchacho, y volvió a su amistosa disputa que trataba de la
posibilidad de seguir el rastro de una jauría que había sido vista hacia
poniente.
Las pieles
de lobos y de perros se estimaban mercancías valiosas en el campamento.
—Este Jack
es un chiquillo muy listo. Podrá aprender la carrera del doctor cuando sea
mayor —dijo Manny—. El sargento se preocupa mucho de los muchachos. Todos
tienen que aprender a leer y a escribir y cuentas. El mes pasado nos hizo
reunir libros para la biblioteca. Trajimos dos caballos bien cargados. Él dice
que puede que los muchachos tengan que estar luchando toda la vida, pero que no
por eso tienen que ser unos ignorantes. Cuando un chiquillo muestra talento
para algo, el sargento lo pone a estudiar el máximo. Algún día, cuando esto
esté limpio de fugitivos y podamos vivir sin tener que estar luchando todo el
tiempo, entonces nos extenderemos más. Saldremos de esta ratonera y veremos qué
ha pasado en el resto del país. Una vez estuvimos a la cabeza y volveremos a
estarlo, ya lo verá usted.
En el
fuero interno de Blake, algo respondía cálidamente a aquellas palabras. En
cuanto tuviese las manos libres y un futuro razonablemente estable, esta gente
volvería de nuevo a construir, a construir algo que quizá sería mejor que lo
que había quedado aplastado. Pero, ¿cómo iba a ser estable el futuro si Pranj
irrumpía aquí? ¿Qué iba a pasar si el rumor que el sargento había oído era
cierto, y el forajido Psi estaba importando nuevas armas, por ejemplo, las
pistolas caloríficas del mundo del laboratorio, para equipar con ellas a los
luchadores rabiosos de estos parajes? Aquellos fugitivos que se resistían al
retorno de la civilización, podrían, una vez así armados, barrer fácilmente a
este núcleo de un mundo nuevo para edificar otro a su medida en el que Pranj
sería el dueño absoluto.
En aquel
momento, la lucha de Blake contra Pranj era algo que rebasaba los límites de lo
personal. No era ya una pelea entre los dos, una pelea en la que él se sentía
el inferior, sino una guerra contra todo lo que representaba aquel hombre Psi
fuera de la ley. Había que dejar que el pueblo del sargento trabajara sin
obstáculos en labrarse su propio destino, había que salvarlo de un ser que tan
fácilmente podría arruinar esas esperanzas. Ahora llegaba a comprender la
verdadera misión de los agentes y la red de protección que trataban de extender
entre los distintos mundos niveles, la razón de su búsqueda tan encarnizada de
Pranj. A cada minuto había que dejarlo que se defendiera por sí mismo, que se
alzase o cayese por las acciones de sus propios habitantes y no que fueran
esclavizados por un intruso.
Si no
podía volver a su propio mundo, Blake pensó que le diría al sargento la verdad,
le diría la naturaleza del peligro que los amenazaba. Pero si era posible
ponerse en contacto con los agentes, había que hacerlo con toda rapidez, antes
de que Pranj tuviese la oportunidad de golpear aquí.
Abandonaron
el Parque y doblaron por una calle donde las filas de casas aparecían intactas.
Incluso unas cuantas ventanas tenían todavía los cristales en sus polvorientos
marcos, cristales que reflejaban el frío sol invernal.
—¿Sabe
usted dónde está? —preguntó Manny.
Blake se
detuvo. Allí sólo había estado de noche, pero estaba seguro de hallarse cerca
de la meta.
—Oiga,
Manny, aquí hay desde luego una droguería —gritó Jack, que iba en cabeza.
—¿No está
el nombre de la calle? —preguntó Blake.
—Sí, aquí
dice «Union». ¿Significa eso algo?
Blake dio
un profundo suspiro.
—Aquí es
—se dijo más a sí mismo que a Manny.
XIII
Entrar en
aquella Patroon Place era una lúgubre experiencia. El mundo del laboratorio, el
mundo de las torres, habían estado ambos tan remotos de las cosas que él
conocía, que Blake podía aceptarlos. Pero aquí, donde él había estado antes (o,
por lo menos, así lo parecía), resultaba completamente distinto. La misma casa,
la misma calle, pero reinaba la desolación, la desolación de lo que lleva mucho
tiempo abandonado, de las ruinas. Batientes rotos de ventanas, puertas
desencajadas, eso por todas partes.
—Aquí hubo
saqueo —observó Manny—. Las casas ricas como éstas atraían a los saqueadores en
los primeros días. ¿Qué casa busca usted?
Blake se
situó en la calzada y alzó la mirada hacia la casa exacta, la réplica de
aquella en la que, cuando se hallaba en su propio nivel, había estado con los
agentes. En apariencia, salvo las señales causadas por la violencia y el
tiempo, era la misma. Sentía como si estuviera caminando lentamente a través de
una pesadilla. La idea alucinante de que aquella era la misma casa, de que,
comoquiera que fuese, había viajado hacia adelante o hacia atrás en el tiempo,
en lugar de a lo largo del mismo, persistía. Iba tiritando mientras avanzaba.
La puerta
principal había desaparecido, y se veían raspones alrededor.
—Balazos
—dijo Manny con la mayor naturalidad—. La gente que aquí dentro debió de
pasarlo mal.
Una vez en
el interior, tropezaron con una barricada de muebles rotos. Manny sacó de un
bolsillo una linterna de pila, y su círculo de luz alumbró un montón de huesos
blancos en el rincón mes apartado. Durante un momento horroroso, Blake se
preguntó de quién podría ser aquello... Pero este no era el mismo mundo, era
preciso que lo recordase constantemente.
—¿Qué es
lo que estamos buscando? —preguntó por fin Manny.
—Debe de
estar en el sótano —dijo Blake, dando una respuesta a medias.
Puesto que
la situación del transportador tenía que estar escondida, lo más probable era
que se ocultase allí, como lo había estado el transportador de Pranj.
Manny fue
de habitación en habitación, abriendo las pocas puertas que quedaban. Había
otros huesos, muchos signos de una batalla reñida de habitación en habitación
años antes. Una vez el ex-guardia cívico dirigió el haz de rayos sobre el
suelo, Blake vio la huella de un animal impresa claramente en el polvo.
—Un lobo,
o un perro. Rondan por toda la ciudad.
—¿De qué
viven?
—De
nosotros, cuando pueden atraparnos —replicó Manny con sencillez—. También
persiguen a los gamos y a los caballos. Por eso es por lo que nunca salimos
solos en invierno y por lo que nos recogemos a la caída de la noche, a menos
que haya que hacer algo urgente. Solemos encontrar los restos de fugitivos que
no tuvieron suerte o que no fueron listos. Cal utilizó el cuerpo de un caballo
muerto como cebo, y lo colocó en el extremo occidental del Parque, hace cinco o
seis semanas. Mató cinco perros y un lobo antes de la puesta del sol. También
los perros se han hecho mezquinos, crueles y listos, demasiado listos, diría.
Aquí está el sótano.
La última
puerta que abrió daba a un tramo de escaleras, y bajaron a una pesada
oscuridad. Había una parte de bodega con todas sus existencias rotas y
saqueadas por los primeros enemigos. A continuación había un espacio con
estantes donde jarros polvorientos y vacíos se alineaban en filas. Atravesaron
una lavandería y un horno, y llegaron a la última puerta. Manny había estado
contando los pasos en voz baja, y dijo ahora:
—Este
sótano es mayor que la casa. Yo diría que esta parte por donde vamos rebasa el
patio delantero y quizá corre bajo la calle.
El ánimo
de Blake se elevó. Aquella necesidad de un espacio extra era prometedora.
¿Espacio para qué? ¿Una base para un transportador?
Manny tiró
de la puerta, pero ésta no cedió como habían hecho las otras.
—¡Está
cerrada con llave!
Blake unió
sus esfuerzos para violentarla. Pero estaba cerrada con llave y la pesada
madera no cedía. Blake pasó un dedo por uno de los goznes y lo retiró manchado
de aceite. Sólo podía haber un motivo para engrasar una puerta en una casa
abandonada hacía mucho tiempo. Sus conjeturas eran acertadas: éste era un punto
de transbordo para los agentes. Sólo había que montar guardia aquí y, más tarde
o más temprano, podría establecer contacto con ellos y regresar a su propio
mundo. Pero eso significaría tener que acampar aquí, como un gato delante de
una ratonera. ¿Y se lo iban a permitir el sargento y sus hombres?
—¿Le han
echado aceite? ¿Han podido ser sus amigos, técnico?
—Eso es lo
que espero. Pero no sé cuándo volverán a venir.
—Montaremos
aquí un puesto —declaró Manny—. Si vienen, nos enteraremos. Pero, ¿por qué en
el sótano?
Añadió
aquella última pregunta como si estuviera pensando en voz alta, y Blake no se
atrevió a contestar.
El
estridente silbido que era la señal de llamada de las fuerzas del sargento sonó
cuando los dos hombres empezaron a subir por la escalera del sótano. Los demás
estaban en el patio. Jack y su joven compañero, con talegas bien cargadas a las
espaldas, y el taciturno Gorham lanzaban miradas al garaje.
—Oiga,
Manny —dijo Jack a guisa de saludo—, esta tienda apenas si la han tocado.
Tenemos todo un cargamento para el doctor y hay también abundancia de conservas
en latas. Valdría la pena mandar un caballo.
Manny
lanzó una mirada al cielo. Por la posición del pálido sol, había pasado ya con
creces el mediodía.
—Ahora
vamos a comer —decidió—, luego, Bob y Gorham volverán al campamento y le
preguntarán al sargento si le parece que vale la pena mandar un caballo. Vamos
a montar un puesto aquí; podéis decírselo al sargento. Tú, Jack, elige la
comida que haya en la tienda. Hay que dejar a gente que se encargue de montar
la guardia. Tenemos que vigilar una parte determinada. Tú, Gorham, ¿hay señales
de fugitivos?
Gorham
sacudió su lanuda cabeza.
—Desde
luego, estos sitios fueron saqueados, pero hace ya mucho tiempo. Hay muchas
cosas destrozadas, pero no robadas. Yo diría que desde entonces no ha vuelto
nadie.
—Tenemos
suerte —dijo Manny, sentándose en un escalón—. Comamos.
Masticaron
las raciones que habían traído consigo y bebieron el agua purificada del lago,
que traían todos en sus cantimploras. Algunos copos de nieve planearon
perezosamente en el aire tranquilo. Gorham lanzó una mirada a las nubes que se
iban amontonando.
—Tendremos
nevada por la noche —advirtió—. Mirad toda aquella oscuridad por el Este.
Había
mechones de un gris oscuro concentrándose allí, apilándose en una muralla
amenazadora. Y Blake pensó que aquello era promesa de una auténtica tormenta.
Si el grupo se veía sorprendido por una tempestad, no habría manera de mantener
aquí un puesto. Quizá Manny tuvo el mismo pensamiento, porque se movió
inquietamente y acabó su comida con un par de tragos rápidos.
—Gorham,
tú y Bob será mejor que os pongáis en camino —ordenó—. Si podéis conseguir un
caballo, volved aquí cuanto antes y vaciad la tienda. No quiero que nos coja
aquí una tormenta. Jack, tú baja al almacén y reúne cosas que se puedan llevar
fácilmente. Yo voy a dar un vistazo por aquí. Bueno —por primera vez se
acordaba de Blake—, usted vaya con Jack.
Aquello
tenía el sonido de una orden. Blake habría preferido quedarse justamente donde
estaba: en cualquier momento, podían aparecer los agentes. Pero estaba
desarmado, y su condición, por libre y cómodo que lo hubiesen dejado estar toda
la mañana Manny y los demás, seguía siendo la de un prisionero. Se demoró todo
lo que pudo, viendo como Gorham y Bob se marchaban y Manny se metía en el patio
trasero de la casa contigua. Jack se movía impaciente y tenía un rifle.
—¡Vámonos!
Blake
sintió que se mareaba. La sensación de peligro inmediato lo golpeó como un
balazo. Por un momento se quedó mirando fijamente la casa silenciosa, el patio.
Algo iba mal, horriblemente mal. El peligro estaba acumulándose hasta un punto
explosivo detrás de él.
Con un
grito inarticulado, se lanzó sobre Jack, cogiendo al muchacho por el hombro y
empujándolo fuera de la casa. Jack se revolvió dispuesto a la pelea. Pero
Blake, perdiendo el equilibrio, avanzó en una carrera que los llevó a los dos
dentro del garaje y que les salvó la vida.
Hubo un
rugido ensordecedor, una súbita llamarada, y el mundo pareció volar lejos de
ellos. Blake oyó un grito mitad de miedo, mitad de dolor, y luego, entontecido,
medio inconsciente, se quedó tendido donde estaba y aguardó el final.
El polvo
le llenó los ojos y la boca, ahogándolo y cegándolo. Se sentó y se pasó las
manos por la cara, enjugándose las lágrimas que le brotaban de los ojos
escocidos. En su cabeza había un oscuro bordoneo a través del cual percibió
unos gemidos.
Jack yacía
boca abajo, atrapada la parte inferior de sus piernas bajo un madero y con una
mancha roja extendiéndosele por un muslo. Lentamente, Blake volvió la cabeza.
Donde se había alzado la casa no quedaba ahora sino un devastado agujero en la
tierra.
Se
arrastró hasta donde estaba el muchacho y empezó a trabajar febrilmente. El
madero pudo ser apartado, pero debajo había una herida irregular en el sitio
donde el metal había penetrado en la carne. Blake se esforzó en detener la
hemorragia. Estaba casi seguro de que el hueso se hallaba intacto y que el daño
quedaba confinado a aquel desgarrón.
—¿Qué...
qué ha pasado? —La voz de Jack sonaba delgada, y sus manos se movían entre el
polvo y los escombros—. Mi rifle. ¿Dónde está mi rifle?
El arma no
se veía por parte alguna, Y Blake no estaba de humor para ponerse a buscarla en
aquellos momentos. Pero su punto de vista, cambió un minuto después, cuando el
chasquido de un disparo rompió el silencio que había seguido a la explosión.
—Dos, tres
—contó en voz alta a medida que el seco retumbo de los disparos de rifle
sonaban a través de la cortina de nieve.
O Manny, o
Gorham y su compañero estaban metidos en palea.
—El rifle
—gimió Jack, incorporándose sobre los codos—, fugitivos...
Blake se
puso a buscar febrilmente entre los escombros, tan ávido ahora como el otro por
encontrar el arma, pero al mismo tiempo ordenó:
—¡Tú,
quédate tendido! ¡Si la sangre sale de nuevo, estamos listos!
Los
conocimientos que Jack tenía de la carrera del doctor fueron una ayuda, porque
obedeció inmediatamente, volviendo la cabeza sólo para ver cómo Blake realizaba
la búsqueda. El rifle apareció por fin, sin daño alguno, por lo que Blake pudo
ver. Con él en sus manos, se sentía más seguro, dispuesto a afrontar lo que
quiera que pudiese estar preparándose contra ellos en el creciente rugido de la
tormenta de nieve. Juntamente con la explosión, su sensación de advertencia
había desaparecido, y pensó que, por el momento, estaban a salvo.
—¿Qué ha
sucedido? —preguntó Jack de nuevo, con una voz más firme.
—Yo diría
que ha sido el estallido de una bomba.
Jack
aceptó aquella explicación con calma.
—Si era
uno de esos cacharros de efecto retardado, podemos decir que hemos tenido
suerte. —Una vez más levantó la cabeza para lanzar una ojeada—. Vaya, la casa
ha desaparecido.
—Sí.
Pero Blake
estaba ahora más preocupado por el presente que por el pasado inmediato. No
podía dejar ahora a Jack y la nieve iba aumentando de espesor. Aunque el garaje
los había protegido contra la explosión, no era un refugio adecuado para una
tormenta. Aquellos disparos podían significar que el resto del grupo había
muerto; que los fugitivos estaban dispuestos al asalto. Miró hacia la calle.
Las casas
adyacentes habían sufrido los efectos de la explosión. Y si ellos estaban
aislados de la colonia del Parque, necesitarían algo más que refugio;
necesitarían comida, calor y medicamentos. Sólo había un sitio donde encontrar
aquellas cosas. Blake era otra vez dueño de sí mismo, en un mundo extranjero y
además sintiéndose responsable de Jack.
—Mira —y
se volvió hacia el muchacho.
Jack vivía
en este mundo, conocía toda clase de peligros, podía afrontar bravamente un
oscuro porvenir. Si había sido lo bastante fuerte para sobrevivir hasta ahora,
tendría que serlo también para afrontar las dificultades actuales.
—¿Tú crees
que ayudándote yo podrías llegar hasta la droguería?
Vio que la
lengua del muchacho se movían entre los labios, pero que Jack no contestaba
inmediatamente. Cuando lo hizo fue con una contrapregunta.
—¿Cree
usted que Manny está allí?
—¿Cómo
vamos a saberlo? Pero la tormenta está creciendo y no podemos pasar la noche
aquí.
La nevada
estaba cubriendo las rotas aceras y empezaba a formar montones en las esquinas.
—Muy bien.
La tienda está abrigada —admitió Jack—. Claro que podré ir hasta allí. Un
hombre puede hacer todo lo que tenga qua hacer.
Repitió
esto último como si fuera un axioma que se hubiese convertido en ley entre los
suyos.
Pero si
Blake hubiese sabido lo que iba a significar aquel traslado, nunca lo habría
intentado. El de ellos fue un avance de caracol, interrumpido por frecuentes
altos para inspeccionar los vendajes improvisados en el muslo de Jack, para
asegurarse de que la hemorragia no se había reproducido. Llevando a cuestas la
mayor parte del peso del muchacho, Blake jadeaba de fatiga cuando, por fin,
llegaron a la tienda. Pero consiguió meter a Jack en una habitación trasera y
luego él se sentó, dándole vueltas la cabeza, sintiendo en el costado largas
punzadas dolorosas.
Afuera, la
nevada había asumido proporciones de tempestad, formando cortinas ante las
rotas ventanas, apilándose en el suelo de la gran habitación de la fachada.
Pero ellos estaban bien abrigados, en una habitación que disponía de techo y
muros intactos e incluso de dos ventanitas que se hallaban en buenas
condiciones.
—Aunque no
los hayan tiroteado —dijo Jack de pronto—, los muchachos van a pasarlas mal
teniendo que volver con este tiempo.
Blake se
dio cuenta de que su compañero tenía todavía esperanzas de que vinieran a
rescatarlos. Pero él tenía otra pregunta que hacer.
—¿No podrá
atraer este refugio a otros fugitivos?
—Es muy
posible —replicó Jack—. Es muy fácil perderse por los cráteres de las bombas o
por esos sitios por donde estallaron las tuberías de gas y del agua. Cuando hay
una tormenta, solemos ponernos a cubierto.
Blake iba
recuperando el aliento. Y entones se dedicó al saqueo, bendiciendo la costumbre
que hacía que una droguería vendiese artículos tan variados. Una caja le
proporcionó un brazado de mantas azules y rosas para recién nacidos, y con
ellas improvisó un jergón en el suelo y, después de vendar de nuevo la pierna
de Jack con medios más adecuados, acomodó a su paciente de forma relativamente
confortable.
Cuando
habló de la necesidad de encender un fuego, Jack presentó objeciones. La luz
atraería aquella atención que ellos estaban tratando de evitar. Pero Blake puso
de relieve que la longitud del almacén que separaba su refugio de la calle y lo
espeso de la nevada ocultaría las llamas, y era preciso que tuviesen calor.
La parte
superior de la fuente de soda había sido hecha trizas por los primeros
saqueadores de años antes. Pudo reunir una parte e improvisar así una especie
de chimenea en la habitacioncita. La madera de las cajas le proporcionó
combustible que fue apilando al alcance de la mano.
Mientras
tanto, Jack se sentó y se dedicó a clasificar los artículos que había reunido
antes, apartando aquellos que necesitarían utilizar inmediatamente. En un
impulso súbito, Blake eligió un encendedor de todo aquel muestrario, y trató de
prender fuego al arrugado cartón que quería utilizar como virutas. Para
sorpresa suya, el diminuto surtidor de llamas respondió y prendió fuego. Cuando
estuvo seguro de que aquello funcionaba bien, salió y volvió con recipientes
llenos de nieve, utilizando a este efecto altos vasos de soda, cartones,
cualquier cosa que pudiera contener aquella promesa de agua.
En una
sartén del mostrador de las comidas, llena ahora de agua de nieve, derritió
cacao, aspirando el olor resultante con una sensación de bienestar. Jack yacía
tendido bajo la incongruente cobertura de mantas con dibujos de ositos, y había
la sombra de una sonrisa en su cara estragada.
—Hemos
tenido mucha suerte al haber escapado tan bien —comentó—. La verdad es que ni
siquiera en el campamento podríamos estar pasándolo mejor.
Se movió,
y una crispación de dolor le recorrió el rostro.
—¿Otra vez
le duele la pierna?
—Cuando me
olvido y quiero estirarme. Procuraré no hacerlo más. ¡Caramba, si Manny y Bob
estuviesen aquí, sería estupendo, toda una comilona! ¿Qué hay en esa lata?
Blake leyó
la etiqueta de la lata que había escogido.
—Sopa de
legumbres. Esto es bueno. Espera a que se caliente.
Vació el
contenido en otra cacerola, añadió una pequeña porción de agua y la puso al
fuego. Luego, vertió la mitad del cacao en un cazo y se lo dio a Jack. El calor
del fuego y la bebida caliente lo reanimaron. Pero su bienestar desapareció a
los pocos instantes.
Un
aullido, bajo y cavernoso, atravesando incluso la espesa cortina de la tormenta
de nieve, perforó la lóbrega noche. El líquido que estaba en el cazo de Jack se
le derramó por los dedos cuando aquel aullido fue contestado por otro más
cercano. Su mano se dirigió hacia el rifle que conservaba junto al jergón.
—¡Los
lobos!
A Blake
sólo le sirvió de advertencia la preocupación del otro, aunque aquel aullido le
había hecho correr un escalofrío por la columna vertebral, la reacción del
hombre de las viejas edades ante el grito de una fiera de la que ha sido
víctima con demasiada frecuencia. El muchacho debía de saber cuáles eran las
perspectivas.
—¿Se
atreverán a atacarnos?
—La verdad
es que el fuego no les gusta —admitió Jack—. Y para llegar a nosotros, tendrían
que pasar por encima. Pero —y sus dientes se cerraron sobre el labio inferior
antes de añadir—: sólo me han dejado diez cartuchos.
Blake se
puso en pie. Si el fuego iba a ser la defensa principal, su obligación era
tenerlo bien alimentado. Salió y empezó a reunir todo el material combustible
que pudo encontrar en el almacén, colocando parte al alcance de Jack para que
éste pudiera alimentar las llamas desde donde estaba tendido. Durante su
búsqueda, Blake descubrió otro almacén que contenía sobre todo cajas de comida,
y las desventró rápidamente, arrojando su contenido al suelo y añadiendo la
madera a su botín. Había allí una puerta, pero estaba cerrada con una barra. No
se detuvo a explorar, pero estaba seguro de que aquello se abría a una alameda
en la parte trasera que en tiempos debió de servir para la descarga de los
camiones. Uno de sus mejores hallazgos fue un martillo de los que se usan para
abrir cajas, ya que la parte en forma de pie de cabra la tenía insólitamente
larga y pesada. Blake se lo encajó en el cinto. En la lucha cuerpo a cuerpo
aquélla podía ser un arma peligrosa.
Estaba
cruzando la habitación principal llevando toda la madera que podía, cuando le
pareció vislumbrar un movimiento junto a la puerta de la calle. Hizo a la
carrera los últimos pasos, descargó el brazado en la habitacioncita y se volvió
luego a investigar. Una forma oscura se arrastraba por la nieve. ¿Era un perro
o...?
Afuera, el
viento silbaba empujando la nieve. Blake vigilaba la puerta esforzándose en ver
lo que pasaba en la calle. Olía la sopa que estaba hirviendo; ¿era aquel olor
lo que atraía a aquella sombra? Pero ellos tenían que comer, y Jack necesitaba
la comida caliente.
En algún
lado, no lejos, hubo un estrépito de derrumbamiento. Blake volvió junto al
fuego.
—Es el
viento —explicó Jack, siempre con su misma bravura— que derriba trozos de las
ruinas. Es lo que pasa siempre en una tormenta.
Los ojos
de Blake se elevaron hasta el techo, pero no vio allí ninguna grieta. Y,
además, sabía que la tienda estaba alejada de todo edificio alto. Por lo menos,
estaban libres del peligro de quedar enterrados vivos aunque la noche y la
tormenta pudieran guardarles sorpresas peores.
Estaba
inquieto, incapaz de sentarse excepto ratos brevísimos. Después de reunir el
combustible, se dedicó a acumular latas y frascos de comida, preparándose para
resistir un asedio. Jack se agitaba en un sueño intranquilo, y Blake cogió el
rifle. Estaba seguro de que las sombras que rondaban la puerta de la calle eran
verdaderas, que únicamente el fuego las mantenía a raya. Luchaba por esto con
el sueño y mantenía altas las llamas, soliviantado ahora por una débil oleada
de la antigua inquietud. No era que lo traspasase con la lanzada aguda de un
inmediato peligro, pero estaba persuadido de que fermentaba un gran riesgo, un
riesgo mucho más grave que el que ofrecía la jauría que rondaba en la calle.
La pared
que formaba la parte trasera de la tienda estaba interrumpida sólo por dos
ventanucos cerca del techo; Blake amontonó cajas bajo la más próxima y
construyó así una especie de escalera. Trepó y pegó la nariz al helado cristal,
arqueando las manos en torno a los ojos para resguardarse de la luz interior.
Pero al otro lado del vidrio sólo había oscuridad y la nieve que susurraba al
caer. Trató de acordarse de si la tienda estaba situada de forma que él pudiera
ver el Patroon Place desde aquella ventana trasera, y se inclinó a creer que
efectivamente era así.
Ahora el
viento estaba extinguiéndose y con él disminuía algo la furia de la nevada.
Jack se despertó con un grito, como si no supiese dónde estaba, y Blake volvió
a su lado.
—¡Lobos!
—gritaba el muchacho, y sus ojos, demasiado brillantes, demasiado grandes a la
luz de la hoguera, no llegaban a enfocarse con precisión en el rostro de Blake.
—No están
aquí —le dijo el otro para tranquilizarlo.
El rostro
de Jack estaba arrebolado y los dedos de Blake comprobaron al posarse en la
frente del muchacho, que éste tenía fiebre. Se acercó al montón de
medicamentos. Lo mejor sería darle algún antibiótico. Pero, ¿es que este nivel
conocía las drogas milagrosas? No había etiquetas conocidas en los frascos que
llevó a la luz.
Estaba
todavía examinando aquel improvisado botiquín cuando se sobresaltó.
Había
habido una vibración en el aire que sólo podría percibirla aquel que la hubiese
conocido antes. ¡Aquella extraña ráfaga de debilidad, aquel sentimiento de
desorientación, de vértigo...! Blake se puso en pie y corrió hacia la escalera
de cajas. Trepó y trató de ver algo a través de la oscuridad. ¿Era, lo que él
captaba en aquellos momentos el zumbido distante de un transportador viajando
de un mundo a otro?
XIV
Si Blake
hubiese estado solo, se habría lanzado al corazón de la noche, habría vuelto a
Patroon Place. Bajó de la pila de cajas con un impulso que echó a rodar
algunas, pero cuando sus ojos tropezaron con Jack, se detuvo.
No le
debía fidelidad ninguna a Jack, a este mundo. Pero no podía marcharse de aquí,
ni siquiera estando seguro de que ese movimiento iba a devolverlo a su propio
lugar y a su tiempo propio.
Los ojos
de Jack estaban abiertos y esta vez el muchacho se hallaba semiconsciente.
—Ya se va
la jauría. Ya llega Manny.
¿Era
aquello verdad, o era sólo un sueño que se había filtrado en el despertar del
herido? Antes de que Blake pudiese contenerlo, los labios del muchacho formaron
aquel silbido que era la señal para los hombres del sargento. Hubo un débil
ruido en la habitación contigua.
¿Un animal
de la jauría? ¿O algún hombre? Blake empuñó el rifle y pasó junto al jergón de
Jack para explorar la oscuridad que había mas allá. ¿Podrían ser los agentes?
Aferrándose a aquella débil esperanza, Blake se internó por la sala principal
de la tienda.
Una forma
oscura cerca de la entrada de la calle se retiró, y otra se deslizó en pos.
Obedeciendo a un repentino impulso, Blake cogió una lata y la arrojó tras de
los que se retiraban. Hubo un aullido sobresaltado, y un tercer invasor salió a
la noche enviando chorros de nieve desde un montón que había en la puerta. La
jauría se retiraba. ¿Por qué? ¿Por los movimientos que él había hecho o porque
no deseaban afrontar una nueva amenaza?
Blake
estaba desazonado, pero su sensación particular de peligro no le decía nada.
Aunque permaneció en la sala exterior durante un rato, no volvió ninguna animal
de la jauría, y entonces se retiró junto al fuego. Nadie había contestado al
silbido de Jack. Pero aquello no probaba que algún fugitivo no los hubiese
localizado y estuviera en aquellos mismos momentos arrastrándose hacia ellos en
la oscuridad, con la práctica proporcionada por años de merodeo.
La noche
iba espesándose como plomo. Blake alimentaba el fuego y hacía de centinela,
levantándose para caminar hasta el extremo de la otra habitación siempre que el
sueño lo rondaba. Hacia el amanecer, el sueño inquieto y febril de Jack se
trocó en verdadero descanso, y la piel del muchacho ya no estaba tan caliente.
Blake sintió un cansado alivio cuando el alba despuntó en el cielo y trajo un
poco de pálida luz a la desordenada habitación.
Derritió
nieve en las cacerolas y preparó una comida caliente a base de sopa y de carne
estofada, la comida más apetitosa que pudo encontrar entre las latas. Calculó
que, con las existencias que tenían, podrían resistir los dos una semana o más.
Y en aquel tiempo el sargento podría enviar una patrulla de rescate, hubiesen
llegado o no Bob y Gorham al campamento.
Después de
comer, dio unas cabezadas, trajo más madera y salió a explorar un poco,
dejándole el rifle a Jack. El muchacho insistía en que saliera. Estaba seguro
de que Manny se encontraba en un apuro y que Blake podría encontrarlo y
ayudarlo.
En cuanto
salió de la tienda, Blake se puso a examinar atentamente la calle y las casas.
Era preciso caminar con cautela y ocultándose.
Había
huellas de animales, pero no de personas. El cielo estaba limpio y el día era
frío.
Ya cerca
de la casa, o mejor dicho, del hueca que había dejado la explosión, Blake
inició un ansioso trotecillo.
Luego, al
ver lo que estaba escrito sobre la nieve, se quedó inmovilizado. Aquellas no
eran huellas de animales, sino pasos de hombres, pasos que salían del agujero
del sótano, salían del agujero y volvían a él. Se quedó mirando sombríamente
aquella prueba, procurando no creerse que aquello significaba que había llegado
demasiado tarde.
Las
pisadas eran anónimas. No podía estar seguro de que alguna de ellas hubiera
sido hecha por Saxton, o Kittson, Hoyt o Erskine. Pero lo llevaban derechamente
al borde del sótano y se quedó parado allí viendo el amontonamiento de
escombros. La nieve estaba removida por el paso de pies y cuerpos. Pero sobre
una superficie plana se hallaba la respuesta final. Más huellas, diminutas,
clarísimas, hechas por un gatito y que acababan bruscamente en el sitio donde
alguien habría cogido en brazos al autor.
Una negra
depresión se apoderó de Blake, ¡Habían estado allí la noche pasada! Y él había
estado tan cerca, tan cerca, y ahora... Le dio un puntapié a un ladrillo y lo
envió por los aires al agujero. No se habían quedado, se habían ido, lo que
podía significar que no habían visto motivo alguno para hacer exploraciones
aquí y que, por tanto, no volverían. ¡Había perdido su única esperanza!
Su fracaso
flameó en una llamarada de cólera. Pero aquello desapareció cuando oyó el
estampido de un disparo de rifle. Los disparos parecían provenir del almacén.
Blake
emprendió una veloz carrera, hundiéndose en la nieve hasta los tobillos y
empuñando el martillo en la mano, dispuesto a atacar. Oyó otro disparo y
comprendió que el final no había llegado aún. Dio la vuelta por aquella alameda
a la que se abría la puerta trasera. No había nadie por allí. La puerta estaba
tal como él la había dejado. La abrió con el martillo, apartó la pila de madera
y se dirigió hacia la sala principal.
—No hay
más que un crío, y está herido.
La voz
resonaba huecamente en el ruinoso almacén.
—Remátalo.
En el
suelo, justamente en la puerta de la calle, un hombre yacía boca abajo y de su
cuerpo se escapaba un arroyo oscuro. Pero dos hombres más estaban en pie,
acolchados a las paredes, fuera de la línea de tiro de Jack. Uno tenía una
pistola automática; el otro, un puñal. Y los ojos de Blake se estrecharon. El
hombre del puñal, afortunadamente, estaba al otro lado de la habitación. Pero
el pistolero se había arrastrado hasta situarse cerca de donde él se hallaba
ahora. Era una posibilidad bastante remota, pero quizá la única que les
quedaba. Encogiendo las piernas como un gato, Blake saltó, alzado el martillo,
para asestar el único golpe que podría dar si tenía suerte.
Algo hizo
que su adversario medio se volviera, y el golpe no fue asestado en la forma.
conveniente, sino un poco de lado, desgarrando el pico del arma improvisada un
trozo de carne sobre la oreja del hombre.
Este
retrocedió con un grito, llevándose una mano a la cabeza. Pero no soltó la
pistola y un disparo pasó ardiendo junto a la mandíbula de Blake. Hubo un
alarido en la otra parte de la habitación cuando Blake se levantó para golpear
por segunda vez.
El hombre
cayó al suelo con silenciosa rigidez, quedándose descuajeringado como una
muñeca de la que se hubiese extraído el serrín. Blake se volvió, pero no para
atacar. El hombre del cuchillo había recordado a tiempo que si quería ir en
defensa de su compañero tenía, que cruzar la línea de fuego de Jack, y mostraba
un saludable respeto hacia la maestría del muchacho.
Por el
momento, la partida estaba en tablas. Luego, Blake se fijó en la pistola que su
víctima había dejado caer. Con ella en sus manos, sería dueño del campo. Pero
el hombre que estaba al otro lado de la habitación sabía eso también. Sus
barbudos labios chascaban; sus ojos se movían de un lado a otro. Cuando Blake
avanzó, también él hizo lo mismo, volcándose detrás de un mostrador.
—¡Cuidado!
—advirtió Jack—. Ellos son más.
Blake se
echó a tierra detrás de unos obstáculos y miró inquieto a la puerta de la
calle.
—¿Cuántos
más? —preguntó, al mismo tiempo que pensaba en la posibilidad de arrastrarse
desde un sitio protegido a otro, para reunirse así con Jack.
¿O sería
mejor quedarse donde estaba para aguardar al enemigo que llegase?
—...no lo
sé —fue la descorazonadora respuesta de Jack.
Si había
más atacantes, ¿por qué no habían llegado ya? ¿Es que el resto de la partida se
había marchado o estaban ocupados en otro sitio? Si se habían alejado fuera del
alcance de la voz del hombre del puñal, éste no podría escaparse con su cuento.
La línea
de arrastre de Blake tomó una nueva dirección cuando el hombre del cuchillo
empezó a saltar de un mostrador a otro. Blake hizo un disparo que sacó una
esquirla del suelo; demasiado tarde.
La línea
del mostrador acababa a cierta distancia de la puerta. Si el hombre estaba
planeando hacer una carrera hasta allí, tendría que cruzar unos dos metros a
pecho limpio. Esta iba a ser una prueba de paciencia. A menos que los otros a
los que se había referido Jack se acercasen a investigar, Blake estaba
dispuesto a seguir esperando.
Hubo un
chasquido de cristal roto en la parte del mostrador que escondía al hombre del
puñal. ¿Es que iba a dirigirse hacia la puerta? Pero no. El individuo había
elegido la dirección contraria y se lanzaba por sorpresa contra Blake
haciéndole caer la pistola al suelo.
Fue una
lucha a muerte en la que el asaltante llevó la peor parte. Blake se acercó a
Jack respirando afanosamente.
—Han
cogido a Manny —le explicó Jack con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Cómo lo
sabes?
—Pasó por
la calle conducido; yo lo ví.
—¿Estás
seguro de que era Manny a quien llevaban?
—¿Quién
iba a ser si no?
—Pero, ¿le
viste la cara, sí o no?
—No. Me
quedé sorprendido, la nieve ahogaba, sus pasos. Casi habían pasado ya cuando
los vi.
—¿Y no
estás seguro de cuántos formaban parte de la pandilla?
—Creo que
tres o cuatro.
—Bueno, ya
nos arreglaremos.
Se dedicó
a registrar a los cuerpos de los tres muertos. Cuando llegó al del cuchillo,
comprobó que el arma era una daga gemela de aquella que él había encontrado en
el mundo del laboratorio. Tal vez estos tipos eran servidores de Pranj en este
otro mundo.
Jack no
podía darle más explicaciones. Insistía en que había que encontrar a Manny.
—No estaba
herido, puesto que podía andar. Hemos de arrebatárselo. Usted no sabe lo que
nos hacen cuando nos cogen vivos. Tiene usted que ir a buscarlo.
—No sé
cómo... —empezó Blake a disculparse, y entonces fue interrumpido por algo que
le hizo preguntarse si no estaría soñando.
Era el
maullido de un gato que debía encontrarse en la habitación exterior, un
maullido débil, tembloroso e insistente. Blake se puso en pie y se dirigió
hacia la puerta. Era verdad: sus ojos confirmaban lo que le habían probado los
oídos.
Abriéndose
camino melindrosamente entre los escombros, avanzando derechamente hacia él, se
acercaba un gatito negro bien alimentado.
Blake
alargó la mano, y el gatito se aproximó a rozarse contra sus dedos. Pero sólo
cuando tocó la piel suave y lanuda creyó Blake en lo que veían sus ojos. Se
volvió ávidamente hacia Jack.
XV
—¿Estás
seguro de que era Manny el hombre que ellos tenían? ¿Cuál era el color de su
cabello?
Jack,
mirando fijamente al gato como si se tratase de una bomba en cuatro patas,
contestó con aire ausente:
—Claro que
era Manny. Ya le dije a usted que pasaron muy aprisa; no me fijé en su cabello.
—¿Ni en su
estatura? —insistía Blake—. ¿Era bajo o alto?
—Ya sabe
usted que Manny es bajo —contestó Jack con malhumor.
Pero Blake
tenía ahora una nueva esperanza. Jack no podía estar seguro; admitía no haber
mirado suficientemente al preso. Y Blake se inclinaba más bien a creer que el
cautivo fuera uno de los agentes. Si así era, probablemente debía de tratarse
de uno que voluntariamente se había dejado capturar. Blake no se olvidaba de la
facilidad con que Erskine había hipnotizado a Beneirs. Ahora quienquiera que
fuese podría hacer lo mismo. A menos que todos los fugitivos cómplices de Pranj
estuviesen dotados de escudo protector.
Antes de
salir dejó el rifle al alcance de Jack, volvió a alimentar el fuego y levantó
una barricada junto a la puerta. Con la pistola y los dos puñales como armas,
estaba listo para la aventura. Pero cuando trató de dejar al gato con Jack, el
animalito se puso a maullar y se le agarró tan insistentemente, que tuvo que
llevárselo.
Una vez
fuera, buscó en la nieve la huella que necesitaba, el rastro que había dejado
el gatito al venir. Fue siguiéndolo al mismo tiempo que acariciaba al animal
que llevaba metido en el chaquetón. No había más huellas que las del gato y las
de la jauría de perros. Los fugitivos no habían venido por aquella dirección.
No se atrevía a alejarse mucho por causa de Jack. No iría más lejos que al
final de la calle, desde donde podría oír si se producía un nuevo ataque en el
almacén.
El rastro
del gato llevaba hasta la puerta de un surtidor de gasolina. Una alta figura
avanzó para saludarle con la misma naturalidad como si se hubieran separado
cinco minutos antes.
—Hola,
Walker.
¡Hoyt!, y
detrás de él, Kittson.
—Parece
que has estado en la guerra —dijo uno.
—Entra,
muchacho, y cuéntanos lo sucedido —ordenó Kittson.
Pero Blake
ya se había recuperado de su sorpresa.
—He dejado
un muchacho atrás; está malherido. No puedo apartarme de él.
Las
oscuras cejas de Kittson se fruncieron en un ceño repentino.
—¿Un
nativo? ¿Puede andar?
—No.
—Bueno, ya
veremos lo que se puede hacer.
Hoyt salió
de la estación de servicio con un par de rifles en las manos, y los dos hombres
se encaminaron con Blake hacia la tienda.
Trató de
contarles algo de lo sucedido en los últimos días, pero Kittson lo interrumpió:
—Ya habrá
tiempo para eso. Primero hemos de ver al nativo.
Tenían en
los rostros aquella ausente concentración que les era peculiar, y Blake guardó
silencio. ¿Estaban hipnotizando a Jack a distancia como Erskine había
hipnotizado a Beneirs cara a cara?
No
prestaron la menor atención a los cadáveres que había en la primera sala, sino
que se dirigieron derechamente adonde Jack reposaba sobre el jergón. Tenía los
ojos abiertos, pero no parecía ver a los agentes, ni mostró hallarse consciente
cuando Kittson se arrodilló junto a él. Con manos rápidas y hábiles, el agente
descubrió y examinó la herida.
—¿Qué hay?
—preguntó Hoyt, después de que Kittson volvió a colocar el vendaje.
—Necesita
ser tratado inmediatamente. Lo llevaremos a la base para que lo curen y lo
volveremos con falsos recuerdos. No habrá dificultad alguna por su clase de
receptividad.
Hoyt tomó
en brazos al muchacho como si se tratara de un niño de pecho. Kittson explicó:
—Va a
llevarlo a nuestro propio nivel. Aquí la medicina ha hecho progresos
inigualados en otros mundos. Curarán al muchacho y volverá aquí con falsos
recuerdos que cubran su pasado inmediato. Nunca sabrá que salió de su propio
mundo. Y a ti, ¿qué te sucedió?
Blake
explicó toda su historia y entregó la daga que estaba seguro que procedía del
mundo del laboratorio.
—Ming-Hawn
—fue el comentario del agente—. Así es que Ixanilia es una de sus bases. Pero
por lo que se refiere a ese mundo de las torres, no tenemos la menor idea de su
existencia. Habrá que investigar eso más adelante. Lo que me preocupa es esa
importación de armas que dices que comentan aquí los nativos.
—Ese es el
rumor que corre.
—Bueno, ya
veremos. Erskine se ha dejado capturar por un grupo de fugitivos que creemos
son gente de Pranj. Si es posible, no entraremos en contacto con el sargento.
Tú has hecho muy bien al no decirles la verdad. ¿Crees que podrías guiarnos al
sótano donde te dejó el transportador?
—Lo único
que conozco es la dirección aproximada, Pero, ¿es que esos fugitivos que
prendieron a Erskine no llevan escudos?
Kittson
sonrió mordazmente.
—No. Las
provisiones deben de habérseles acabado.
Mientras
despachaban una comida que improvisó Blake con las latas existentes en la
tienda, Kittson le explicó que la explosión estaba destinada a los agentes,
habiéndola preparado los hombres de Pranj, pero que Blake y los suyos
intervinieron sin darse cuenta.
—Me
gustaría que pudiera usted ayudar algo al sargento —propuso Blake—. Al doctor
le vendrían muy bien los antibióticos; aquí todavía no los han descubierto. Y
si se pudiera limpiar y reconstruir esta ciudad...
Pero
Kittson se negó en redondo.
—La regla
básica de nuestro servicio es no interferir. Si perseguimos a Pranj es
precisamente porque es eso lo que él está haciendo.
—Pero él
lo hace para mandar —protestó Blake—. Ustedes sólo ayudarían a una gente que lo
necesita.
—Nosotros
no debemos intervenir nunca para bien ni para mal. La más mínima acción puede
tener consecuencias insospechadas. Podemos salvar una sola vida y tal vez con
eso motivar una catástrofe que dure mil años. Al contrario, podemos impedir una
guerra que habría conducido por fin a la paz definitiva de todo un mundo. No
somos quién para juzgar o actuar. Al entrar en el Servicio, ese es el primer
juramento que hacemos. Sólo somos observadores, y nuestra instrucción está
encaminada a eso. Es verdad que podríamos entregarle al sargento mejores armas,
medicinas y víveres. Pero, al hacer eso, destrozaríamos su sueño más querido.
Porque lo que él está reedificando con sus esfuerzos y los de sus seguidores
durará más que lo que podría conseguir con nuestra ayuda. No prestamos muletas
para producir cojos. Si tú puedes aceptar ese punto de vista...
Kittson se
interrumpió como si temiera haber dicho demasiado. Se tragó la última cucharada
de sopa.
—Mejor es
que apagues el fuego. Va a volver Hoyt.
Segundos
después, Hoyt entraba y anunciaba que Jack estaba al cuidado de los médicos que
lo mantenían en un sueño constante hasta que pudiera volver ya curado.
Se
pusieron en camino hacia el campamento. Blake se preguntaba cuánto podrían
avanzar antes de que la noche se les echara encima e hiciera el viaje
peligroso. Se sorprendió al ver una forma blanca que se apartaba de un montón
de nieve y venía a reunírseles.
Reconoció
el rostro de Saxton, tan imperturbable como siempre, aunque el resto de su
aspecto tuviera poca semejanza con el convencional hombre de negocios del nivel
de Blake.
—¿Alguna
novedad? —preguntó Kittson.
—La
partida que lleva preso a Erskine se ha reunido con otra que lleva otro preso,
y se dirigen hacia aquel grupo de ruinas que hay a poniente. Pero no somos
nosotros los únicos en seguirles la pista. He contado por lo menos otras tres
patrullas exploradoras.
—¡Debo de
ser el sargento! —intervino Blake—. Oí decir que iba a realizar una operación
en gran escala contra los fugitivos.
—Hemos de
llegar nosotros antes —dijo Kittson.
El
crepúsculo invernal se iba cerrando cuando hicieron una pausa en un sótano que
en tiempos había sido el escaparate de unos grandes almacenes, Blake husmeó un
olor sucio que no llegaba a identificar. Sus tres compañeros se habían quedado
inmóviles en aquella extraña actitud de escucha, pendientes del tanteo
telepático por la vecindad.
—Es en la
iglesia —dijo Saxton—. Han puesto centinelas.
Se
pusieron en camino, arrastrándose al borde mellado de un edificio,
guareciéndose lo más posible en las sombras. Kittson y Blake se habían quedado
solos. El agente se detuvo ante un redondo montecillo de escombros, moldeado
por años de tormentas hasta convertirse en un pináculo de respetable altura.
Había que subirlo a la manera de los gusanos, pegando los cuerpos de un apoyo
en otro hasta llegar así a la cumbre y lograr una visión del territorio
circundante.
Por algún
extraño capricho, un único edificio era el que se alzaba en el centro de una
extensión derruida y aplastada. Los contornos góticos eran innegables: aquello
había sido una iglesia con tamaño de catedral. Y ahora sus oscuros costados
resplandecían con gemas de luz que brotaban de las vidrieras heridas por las
luces del interior.
Cuando los
dos hombres se disponían a montar una fría vigilancia en lo alto del montículo,
vieron a un grupo de individuos aparecer entre las ruinas que había al lado
opuesto y cañamar con la confianza de quienes se sienten en territorio seguro,
hacia la puerta de la iglesia.
Blake hizo
una pregunta:
—¿Es este
el cuartel general de Pranj? Pues aquí no es donde aterrizó el transportador.
—Es un
cuartel general de una clase u otra —dijo Kittson, que, a continuación, sacó
unos anteojos y los enfoco sobre la puerta de la iglesia.
XVI
Las
tormentas de nieve de los pasados días habían dejado una amplia alfombra de
blancor alrededor de la iglesia, alfombra en la que destacaban con agudo
relieve todos los individuos que la iban cruzando. Sería difícil, si no
imposible, hacer un ataque por sorpresa por aquella parte.
Kittson
tenía clavados los anteojos en la puerta con obstinada concentración, pero
Blake tiritaba en aquel frío y deseaba que hubieran escogido un lugar menos
expuesto desde donde espiar. Se sobresaltó al ver cómo una figura blanca se
alzaba del suelo y avanzaba encorvada hacia ellos. Era Saxton. Pero Kittson ni
siquiera volvió la cabeza.
—Hemos de
movernos rápidamente —dijo el recién llegado—. El grupo procedente del Parque
está infiltrándose por todas partes. Podemos hacernos con una o dos escuadras,
pero paralizarlas a todas requeriría un parasicologista.
Kittson
contestó con una exclamación impaciente en un lenguaje que Blake no entendió.
—¿Qué
tiene lugar ahí?
—Una
especie de cónclave; todavía no han empezado.
—Tal vez
hayamos llegado en el momento justo —sugirió Saxton—. Puede que se estén
reuniendo para la distribución de armas.
—Eso es lo
que yo conjeturo también. Por lo que he colegido hasta ahora, ninguno de los
concurrentes sabe para qué ha sido llamado. Corre el rumor de que se trata de
algo muy importante —dijo Kittson volviendo a meter los anteojos en su estuche.
—Si
pudiéramos acercarnos y coger al artista principal antes de que apareciera...
—dijo Saxton, y luego su voz quedó ahogada.
Lo que
Blake oyó al principio no tenía ningún significado, y el que tuvo después era
tan horripilante, que su mente se negó a aceptar la explicación. El aullido de
las arpías de las torres había sido terrorífico por su extraña bestialidad; el
grito que llegaba ahora de la iglesia era mucho peor, porque sólo podía haberlo
exhalado una garganta humana en el ápice más extremo del sufrimiento.
—¡Erskine!
Estaba de
rodillas, con la pistola en las manos embotadas por el frío. Un puño de acero
lo agarró y lo hizo agacharse.
Al
escuchar un segundo grito, Blake trató de zafarse. Era imposible que se
quedaran allí, escuchando aquello, sabiendo que su propio amigo estaba...
—No es
Erskine —fueron las palabras que atravesaron la roja neblina que tenía en la
cabeza—. Es algún nativo con el que se están divirtiendo. Nosotros no podemos
hacer nada. Nos matarían antes de que diéramos dos pasos. Los centinelas de la
puerta tienen escudos.
Era ya
plena noche y Blake escuchó otros ruidos. El rechinar de unos pasos incautos,
una tos ahogada.
—¿Qué...?
—susurró.
Esta vez
fue Saxton y no Kittson quien se entretuvo en explicarle:
—Son los
hombres del Parque que están avanzando para atacar. Nosotros dormimos a los
centinelas para lograr el propósito que vamos buscando, y ellos han podido
pasar por el hueco sin que nadie les dé el alto. Traen un cañón y lo están
colocando de forma de poder batir a la iglesia. Esto se está transformando en
una batalla. Han acorralado al enemigo y tratarán de aniquilarlo en una sola
operación.
—¿Lo han
hecho ustedes? —preguntó Blake.
Saxton
soltó una risita:
—En cierto
modo. Realmente no nos atrevemos a interferir, como tú sabes; pero imbuimos
unas cuantas ideas en sus cabezas, de forma que crean que la ocurrencia ha sido
de ellos. Si podemos conseguir mantener apartado a Pranj, podremos expulsarlo
de este nivel y dejar que los nativos se labren su propio destino.
—Es hora
de marcharnos —anunció Kittson—. Tú ponte entre nosotros, Walker. Engánchate al
cinturón de Saxton y deja que él te guíe.
Los
agentes usaban todos sus poderes para mantenerse invisibles.
Llevaban
unos minutos andando cuando de pronto surgió un obstáculo invisible.
—¡Una
barrera sónica! —exclamó Kittson.
—Hace diez
minutos que empezó a funcionar —informó Hoyt, que apareció en aquellos
momentos—. Pranj está ya dentro. Según el informe de Erskine, ha hecho ya tres
viajes con cargamento.
—¿Dónde
está la barrera? —preguntó Kittson.
—Al final
de esta calle.
Kittson le
habló a Blake.
—Corre a
ver si puedes llegar hasta el final de la calle y cruzar por allí. Si puedes,
informa inmediatamente.
Sin
comprender, Blake obedeció las órdenes. Por lo que podía ver, no existía ante
él barrera de ninguna clase. Los montones de escombros no eran más altos ni más
prohibitivos que muchos de los que habían cruzado ya aquella noche.
Se adentró
en el rajado pavimento de la calle que cruzaba a la otra. Por un instante hubo
en su cabeza un estridente chillido, un ruido que era también dolor. Pero, al
paso siguiente, aquello había ya desaparecido y caminó sin vacilación hacia el
otro lado, se detuvo allí un momento y luego volvió junto a los tres agentes
que lo aguardaban, a pocos pasos de donde el estridor lo había golpeado.
—Pranj ha
establecido una barrera sónica que no puede cruzar ningún telépata. ¿No
sentiste ninguna molestia? —le preguntó Kittson.
—Nada más
que un ruido dentro de la cabeza.
—Bueno,
ahora vas a volver allá. Tendrás que hacer uso nuevamente de tu escudo, o sea,
pensar que eres un hombre asustado perdido en un mundo extraño. Pranj sabe que
estás abandonado aquí; él puede estar esperando que vuelvas.
—¿Que
vuelva con la esperanza de localizar el transportador?
—Eso es.
—Tienes
que apagar esa barrera sónica. La produce una caja negra de metal de unos
treinta centímetros. Tiene una pequeña bombilla de cristal que asoma bajo la
tapa. Tu primer movimiento debe ser aplastar esa bombilla. En el mismo momento
en que lo hagas, podremos seguirte.
Hoyt se
desbrochó la chaqueta y sacó de allí el gatito.
—Pranj
tiene un verdadero horror a los gatos, una auténtica manía. El animalito hará
lo que se le ha enseñado. No puedes llevar armas, pero el gato te ayudará.
Blake
soltó la pistola y los puñales y se metió el gato dentro del chaquetón.
Sintiéndose completamente indefenso, empezó a caminar por el sitio que le
indicó Hoyt. Cruzó una vez más la barrera y vio al frente un débil resplandor
verdoso y un distante zumbido que le indicaron que el transportador estaba en
funcionamiento.
Apartó de
su mente aquella idea y se concentró con toda su fuerza en la figuración de que
era un pobre ser abandonado, perdido y asustado.
Dio la
vuelta a un montón de escombros, descubrió la cueva por la que había hecho su
entrada en aquel mundo, se asomó y, presa de un repentino desvanecimiento,
perdió el equilibrio y cayó al fondo.
Cuando
volvió en sí, a los pocos segundos, vio a los ixanilianos del mundo del
laboratorio y vio a Erskine atado a una columna.
Había
también dos criados de capa roja, uno de los cuales lo ató con presteza. Pero
Blake tuvo tiempo para ensayar un truco que le había enseñado su padre adoptivo
y que consistió en poner las muñecas muy rígidas mientras el otro se las ataba.
Estaba casi seguro de que, con un pequeño esfuerzo, podría librarse de aquellas
ligaduras.
Blake alzó
la mirada hacia Erskine. Aquellos ojos pálidos le enviaron un mensaje
irresistible. Blake se dejó caer al suelo como derrumbado. Uno de los criados
le dio una patada en las costillas y él reaccionó con un aullido de dolor. Pero
aquello le había valido descubrir dónde estaba el aparato que le habían
descrito como productor de la barrera sónica.
El
problema era cómo llegar hasta allí sin que los demás se dieran cuenta. El
gatito se le movía contra el pecho, clavándole en la piel las agujas de sus
uñas. Blake probó la fuerza de las cuerdas en sus muñecas, comprobando que
cedían como su padre adoptivo le había asegurado.
Empezó a
sentirse más tranquilo, pero en aquel momento la oleada de la advertencia de
peligro le traspasó el cerebro como con un cuchillo. ¡Pranj debía de estar al
llegar!
En efecto,
el transportador apareció con su típica burbuja verde y Pranj se hizo visible
tal como en realidad era. Casi ni le prestó atención. Sonrió desdeñosamente
mientras recibía la respuesta mental de hambre, frío, soledad, miedo, miedo,
soledad...
Mientras
Pranj se apartaba, Blake hizo un esfuerzo supremo y ahogó una diminuta
llamarada de triunfo. Tenía las manos libres. Ahora se le presentaba una débil
oportunidad de poder actuar. Era necesario que sucediese algo que distrajese la
atención de los allí reunidos. Y aquello sucedió. Sonó un retumbo distante,
sombrío, ominoso. La gente de la bodega se quedó en silencio. Las mano de Blake
volaron al pecho y abrieron el chaquetón mientras guardias y nobles se
apelotonaban junto a la puerta mirando a la noche. Los hombres del sargento
habían empezado a cañonear la iglesia.
Un segundo
cañonazo rugió entre las ruinas, y su eco pareció como si hubieran sido diez
descargas. Blake, mientras sujetaba con una mano al gato, que se revolvía,
encogía las piernas dispuesto a dar el salto hacia el aparato generador de la
barrera sónica.
Pranj dio
media vuelta. Y en aquel mismo instante, Blake estalló. Soltó el gato ante el
forajido y se lanzó hacia la izquierda.
Hubo un
grito, pero Blake sólo tenía ojos para el aparato. Aunque tropezó, pudo alargar
un brazo y sus dedos rozaron el borde de la caja. El golpe, aunque pequeño,
lanzó la máquina contra el montón de cajones de armas y una de ellas cayó
encima del aparato. Blake trató de acercarse más, pero una lanzada de dolor
torturante le corrió por la espalda y le hizo perder el conocimiento.
Oleadas de
sonidos pasaban por su cabeza en sucesión vertiginosa. Ahora se daba cuenta ya
de gritos y vociferaciones. Una verdadera batalla estaba desarrollándose en el
sótano. Hoyt saltaba sobre el cuerpo de un ixaniliano.
Así es que
había tenido éxito. El arma caída sobre la cajita sónica había roto el cristal.
El retumbo
oscuro del cañón fue substituido por el crepitar de los rifles. Y entonces vio
a Pranj. Tenía una mano rígidamente extendida ante él, y en su palma descansaba
un objeto ovoide de un azul brillante. Tenía contorsionados los labios en una
mueca de alocada rabia. Aquel rostro desfigurado no era ya el de un hombre
cuerdo. El forajido era ahora doblemente peligroso.
Con la
otra mano, sostenía aquella que llevaba el objeto ovoide, como si se tratara de
algo tan precioso o tan peligroso, que no debía ser sacudido siquiera. Un
profundo silencio se había hecho en el sótano. Podía ser que los que todavía
estaban vivos se sintieran tan preocupados por la seguridad de aquella pelotita
azul como el que la llevaba.
Pranj
retrocedía hacia el transportador. Con la misma lentitud, avanzaba hacia él
Hoyt, seguido por Kittson. Tenían pistolas en las manos, pero los cañones
apuntaban al suelo.
El
forajido reía locamente. Luego, lanzó el objeto ovoide al aire y dio un salto
hacia el transportador. Hoyt se lanzó tras él con el grito de una fiera que se
dispone a matar. Pero Kittson permaneció donde estaba, clavados los ojos en la
bolita azul. Esta caía hacia él pero luego se detuvo suspendida en mitad del
aire como si la detuviera una red invisible. Había un arroyo de sudor corriendo
por aquella mejilla cuando la miró Blake, pero el agente continuó mirando con
fijeza la bola azul. Era visible que la mantenía suspendida únicamente por el
poder de su voluntad.
El
resplandor verdoso y el zumbido del transportador no medicaron aquella
situación. Erskine apareció andando de espaldas hacia la puerta. Cogió al gato.
Y luego, Saxton se encargó de recoger a Blake y de llevarlo hasta la puerta
donde Erskine ayudó a sacarlo. Los ixanilanos yacían inmóviles. Kittson
continuaba sosteniendo el objeto ovoide.
—Yo me
encargaré de la cosa —dijo Saxton—. Retírate tú.
Kittson
retrocedió y en aquel momento la bolita marcó un ligero tambaleo, descendió
como una pulgada y luego volvió a quedarse quieta de nuevo. Kittson recogió a
Blake como si el muchacho no pesara mucho más que Jack, y salió al exterior en
dos grandes zancadas. Erskine los estaba aguardando allí, y a continuación vino
Saxton, andando de espaldas hacia la puerta, clavada todavía su mirada en un
punto del sótano.
Después de
soltar a Blake en el suelo, Kittson se tendió detrás de un muro próximo donde
también se les juntó Erskine. Cuando Saxton cayó de un salto en medio de los
otros tres, el mundo se desgajó con un terrible estallido de sonido y de luz.
XVII
El retumbo
distante del cañón de infantería sonaba de una manera regular, interrumpido de
vez en cuando por el crepitar de armas de fusilería. Blake yacía boca abajo
sobre un soporte inestable que oscilaba y se tambaleaba bajo su peso. No
trataba de comprender lo que oía, ni trataba de fijarse en lo que lo rodeaba,
contentándose con aguardar lo que sucedería a continuación.
—Suena
como si fuera una guerra de verdad —fueron las palabras que se pronunciaron por
encima de él.
—Eso les
mantendrá fija la atención ahí, por lo menos durante un rato —fue el comentario
de respuesta.
—La bomba
D debe de haberle cortado la entrada.
—Esperémoslo.
—Había una nota de desconfianza en aquella frase—. Cuanto antes podamos llegar
a Ixanilia, mejor.
Blake iba
hundido en la semiinconsciencia. De vez en cuando, se incorporaba lo bastante
para captar la vislumbre de una luz que iba al frente, guiando a los que lo
llevaban sobre la improvisada camilla. Avanzaban a un ritmo que él no hubiese
creído posible entre aquellas ruinas. Pero la luz gris del alba los alcanzó
antes de llegar a su destino, Cuando la camilla fue depositada en el suelo y se
retiraron sus portadores, Blake luchó por incorporarse.
—¿Ya has
recobrado el conocimiento? —le preguntó Erskine.
—¿Dónde
estamos? ¿Qué sucedió?
—Pranj
voló su propia estación de tránsito. Ahora vamos a alcanzarlo.
Blake
contuvo el aliento para resistir la punzada de dolor que le recorría los
hombros. Veía ante él un cubo de metal oscuro tan grande como una
habitacioncita. Salió de allí Kittson. Había un expresión de impaciencia en el
agente principal.
—¿Algún
mensaje de Hoyt? —preguntó Erskine.
—Está en
Ixanilia. No tenemos más remedio que seguirlo.
Se acercó
a Blake dispuesto a recogerlo como si se tratara de una maleta, pero el
muchacho había conseguido ponerse ya en pie. Erskine entró por la puertecita
del cubo, y Blake lo siguió apoyado en Kittson. Una vez dentro de aquella
estructura, descubrió que tenía poco parecido con el transportador de Pranj.
Aquí había un cuadro de mandos más completo, asientos almohadillados,
departamentos para los víveres.
Blake se
acomodó en el asiento más próximo, y Kittson se hizo cargo del mando. Saxton se
mantenía alerta sosteniendo sobre las rodillas un arma parecida a la pistola
lumínica de los ixanilianos.
Aunque
Blake no podía ver a través de los muros del cubo, experimentaba una vez más
aquella misteriosa sensación de no estar en un tiempo ni en un espacio
estables. Sabía que estaban viajando entre niveles. Kittson apretó un botón y
la sensación desapareció. Una vez más estaban fijos en el tiempo.
Kittson
ayudó a Blake a salir del asiento donde estaba y a trasladarse a un lugar junto
a los mandos. Después de colocar allí al muchacho, el agente sacó del bolsillo
un tubito y eligió una píldora.
—Métete
esto debajo de la lengua —ordenó—, deja que se disuelva lentamente.
Blake se
metió la píldora en la boca. Pero Kittson no había terminado aún. Cogió la mano
derecha de Blake y la hizo descansar sobre el panel del mando justamente debajo
de un botón que relucía con una llamarada de fuego.
—Si
recibes la orden —le dijo el agente recalcando las palabras—, aprieta este
botón. ¿Comprendes?
Blake tuvo
fuerzas para asentir con una inclinación. Se marcharon los tres y se quedó
solo.
A medida
que pasaba el tiempo, se sentía la cabeza más clara y le disminuían los dolores
en el cuerpo. Poco a poco, llegó a sentirse cansado de estar allí, mirando el
botón, esperando. Lo que más necesitaba era dormir.
El cubo se
tambaleó. Aquello tenía que haber sido un terremoto. ¿O era que por un error
terrible había apretado el botón y había iniciado el viaje?
Un
estrépito le hizo volver la cabeza. A distancia de segundos, entraron los tres
agentes y Kittson le dio la orden.
—¡Venga,
en marcha!
Una vez
más el zumbido, el vértigo y la débil náusea. ¿Adonde caminaban ahora? ¿Al
propio nivel de él?
No notó
que habían llegado a su destino hasta que Kittson se puso en pie; luego, pudo
andar sin que lo ayudaran, en pos de los otros, por un sótano muy normal. El
agente principal estaba consultando su reloj.
—Las ocho
y veinte. El Pájaro de Cristal está cerrado. Pero hay esa otra tienda al otro
lado de la plaza. —Se volvió hacia Blake—. ¿Recuerdas si cuando te atraparon te
llevaron a un establecimiento de tejidos que hay al otro lado de la plaza?
Blake
parpadeó. Aquella aventura le parecía estar muy lejos.
—Creo que
sí. Pero me metieron allí dentro de una caja. No podría asegurar nada.
Salieron
del sótano al piso superior de la casa de Patroon Place. La cocina estaba vacía
y no había señales de cocinera ni de doncella.
Desayunaron.
Blake notó que era una comida rara; sospechó que consistía en raciones del
mundo de ellos, aunque el café era del mundo de él.
Comieron
rápidamente y se encaminaron luego al garaje, entraron en el coche y Kittson lo
llevó hasta el Parque. Durante un momento de confusión, Blake se preguntó si no
irían a tropezar con las fuerzas del sargento. Era difícil ir por aquel camino
y recordar que no estaba en el otro mundo, que éste era el suyo, que siempre lo
había sido.
La plaza
donde se hallaban tanto El Pájaro de Cristal como la tienda de tejidos, estaba
muy tranquila a aquellas horas de la mañana. Uno o dos transeúntes esperaban en
la parada de autobús, pero no había signos de vida ni en el club nocturno ni en
la tienda. Kittson paró ante esta última.
Los tres
penetraron en el establecimiento y descendieron al sótano. Estaban ya cerca de
la meta cuando Blake recibió en su fuero interno la advertencia de peligro.
Cogió a Erskine por el brazo.
—Pranj
debe de estar cerca.
Ni le
contestaron, ni aflojaron el paso. Pero cuando doblaron un recodo del pasillo,
se vio una luz al frente y Blake reconoció la abertura del sitio donde Pranj
aparcaba su transportador.
Avanzaron
y vieron en efecto al transportador de niveles. Agazapado en él, estaba Pranj
con una chispa rojiza en los ojos. Sobre sus rodillas balanceaba una pistola
calorífica apuntada contra Hoyt. El rostro del agente estaba consumido y
estragado. Tenía el aspecto de un hombre que ha llegado al fin de sus fuerzas.
Pero su mirada no se apartaba del forajido.
Blake
empezó a entender. La fuerza psíquica del uno mantenía quieto al otro con
invisibles lazos. Mientras cada uno se mantuviera firme, su oponente no podría
moverse. Y ninguna de aquellas figuras silenciosas e inmóviles prestó la menor
atención a los recién llegados.
Lo que
sucedió a continuación fue una batalla, el más salvaje y fantástico encuentro
que se pudiera concebir. Ninguna pesadilla había preparado a Blake para aquel
acontecimiento. Pranj de una manera física; ni siquiera avanzaron hasta el
transportador. Pero Blake se daba cuenta de que se estaban desatando fuerzas
inmensas.
Una vez,
la pistola fue sorbida de las manos de Saxton, revoloteó por el aire hasta
quedar situada frente a su propietario, sólo para caer al suelo un segundo
después. Pero Saxton no hizo el menor movimiento para recogerla. Una pelota de
cruz rojiza anaranjada se materializó en el centro de la habitación, pasó
rozando junto a la cabeza de Kittson, sólo para estallar en una fuente de
chispas que se apagaron. La luz que había en la habitación se enturbió, se
extinguió casi, pero luego brilló de nuevo.
Entonces,
una criatura empezó a arrastrarse desde debajo del transportador, una mezcla
absurda de lagarto y serpiente, con talones en los pies y una lengua bífida
saliéndole de mandíbulas llenas de dientes. A medida que avanzaba, se hacía más
sólida, más amenazadora. Por último, aquella lengua chispeante se pegó a la
bota de Hoyt. Pero él no le hizo el menor caso. Saltó sobre él con un chillido
silbante, ¡y desapareció! Blake retrocedió hasta la pared. Estaba seguro de que
aquello no eran más que ilusiones, armas misteriosas. Pero, ¿qué objeto tenían?
Como no fuese distraer a los combatientes...
Pranj
continuaba sobre la balsa, con su mueca de rata atrapada. No estaba derrotado;
todavía podía mantener a raya a los agentes. El ataque final se produjo por el
pasillo. Un disparo, y luego otro, y un grito. El forajido vociferó:
—¡Aquí,
Scappa, aquí!
Pero
tropezó con una invisible barrera con la que chocó con tanta fuerza, que cayó
derribado al suelo. Los agentes, saliendo de su inmovilidad, empezaron a
trabajar con la mayor rapidez. Hoyt colocó las manos de Pranj a espaldas de
éste y las aprisionó con unas horquillas de metal que Kittson tenía dispuestas.
Luego, el agente colocó sobre la cabeza del prisionero una capucha plateada.
Colocaron
luego al forajido sobre el transportador y Hoyt y Saxton se fueron con el
prisionero en la máquina de éste.
Se
quedaron Erskine, Kittson y Blake. Salieron a la plaza y entraron en el camión.
—Desde
luego, una «solución satisfactoria» —fue el comentario de Erskine.
—No del
todo —le corrigió su comandante.
Blake iba
inclinado hacia adelante, los codos sobre las rodillas, la barbilla en las
manos. Tenía sueño, los párpados le pesaban como el plomo. Desde el momento en
que la lucha con Pranj había acabado, aquel cansancio se apoderaba no sólo de
su cuerpo sino de su mente.
Lo único
que le interesaba ahora era descansar.
Pero
cuando regresaron a Patroon Place se vio arrancado de su soñarrera y por
primera vez se preguntó qué iba a pasarle ahora. Contó con los dedos los días
de la semana. Sólo el lunes pasado había comenzado aquella aventura; ¿cuánto no
había viajado desde entonces? Y ahora estaba en cierto modo seguro de que nunca
volvería a aquella vida que había tenido antes de abrir la puerta de al
habitación de aquel hotel.
Una vez de
nuevo dentro de la casa, Kittson se dirigió directamente al sótano, siguiéndolo
sus compañeros. El agente principal no habló hasta que llegaron al cubo
transportador. Miró a Blake y le dijo:
—No
podemos dejarlo a usted aquí.
El no
trató de contestar nada. El otro siguió hablando:
—Podemos
manipular en una mente abierta, como la de Jack. El volverá a su propio mundo
con el falso recuerdo de que usted murió en la explosión de la casa. Pero esta
barrera que usted tiene nos impide hacer lo mismo con usted. —Blake escuchaba
gravemente, impresionado por el tono paternal y por el «usted» ceremonioso—. Y,
con la información que usted posee ya sobre nosotros, no podemos dejarlo aquí.
Así, pues —vaciló, y por vez primera desde que Blake lo conocía, pareció estar
algo apurado—, así pues, tenemos que quebrantar la primera regla del Servicio y
llevarle con nosotros.
El agente
aguardó como si esperase una encendida protesta. Pero, entre la fatiga y la
extraña convicción de que no había mas salida que aquella, Blake se sintió sin
fuerzas para decir nada. Entraron en el cubo; la puerta se cerró sobre el mundo
que Blake conocía. Pero ni siquiera volvió la cabeza para dirigirle una última
mirada.
Epílogo
El
inspector dedicó toda su atención a los informes colocados en la pantalla. El
resumen estaba ya terminado. Sólo la mera curiosidad le había hecho demorarse
aquella mañana. Tenía la debilidad de querer ser el primero en conocer los
finales de las distintas historias.
Cuando
supo que el caso 4678 había tenido un final de «solución satisfactoria», deseó
enterarse del resto. Y al contemplar el documento que estaba ahora leyendo,
soltó un silbido inaudible. Después de todo, era un caso único. Habían de
vigilar para que aquello no sentase un precedente lamentable.
...Como el
Consejo ha sido advertido, no nos quedó otra alternativa que traer a Vroom a
este individuo del mundo E641. El informe del para-sicologista Avan Tor Kimar
(anexo) manifiesta que el sujeto posee juntamente con la facultad de
presciencia, una barrera mental natural de fuerza 10a, fuerza que
hasta ahora nunca se había descubierto. Hay también motivos para sospechar que
el sujeto pueda pertenecer al nivel inexplorado EX508 que fue destruido en una
explosión por reacción encadena hace unos veinte años. Las circunstancias de la
introducción del sujeto en E641 son sospechas, y EX508 estaba a punto de
descubrir el viaje de niveles por su propia cuenta cuando estalló la última
guerra desastrosa. Avan Tor Rimar está investigando ahora eso.
Pero, no
pudiendo dejarlo en E641 con falsos recuerdos, lo transportamos a Vroom. El
sujeto, aunque joven, es discreto y conserva nuestro secreto tan bien como
cualquier recluta. Es responsable del descubrimiento del nivel Neo 14, todavía
inexplorado. Además, tiene capacidad para adaptarse y otras cualidades útiles.
La opinión
de este grupo es que se trata de material agente aunque no de nuestro tiempo o
raza. Coincidimos en recomendarlo para posterior instrucción e ingreso.
Toda una
novedad. El inspector tomó nota mental: Blake Walker. Podría ser interesante
vigilar aquel hombre en los rollos, de ahora en adelante.
Apretó un
botón y la pantalla quedó limpia. «Solución satisfactoria» era lo que
necesitaba del Servicio. Cuanto más expedientes pudieran presentarse así al
Consejo, tanto mejor. Bostezó y se preparó a cerrar la oficina. Blake Walker...
Había que preguntar por aquel nombre, pongamos al cabo de tres o cuatro años...


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