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© Libro No. 439. Las Encrucijadas Del Tiempo    .                                               Norton, André. Colección Emancipación Obrera. Junio 29 de 2013.

 

Título original: © The Crossroads of Time. Andre Norton

 

Versión Original: ©  The Crossroads of Time. Andre Norton

 

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las Encrucijadas

Del

Tiempo

 

Andre Norton

 

 

 

Título original: The Crossroads of Time

 

 

 

 

Las                                                            Encrucijadas                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             Del Tiempo                                                                                                                         Andre Norton

 

 

 

Prólogo

 

El despacho estaba desnudo de muebles excepto un asiento extensible que salía de la pared suavemente iluminada. El informe brillaba con letras agresivas sobre el pupitre situado frente al inspector. O quizá aquellas letras parecían agresivas sólo a causa de la posible conflagración que se enmascaraba bajo el idioma oficial de aquella sección especialísima del Servicio de Seguridad. Hacía ya mucho tiempo que el inspector había dejado de creer que cualquier operación pudiera deslizarse plácidamente. En su experiencia, las perspectivas más plácidas degeneraban en los más sombríos callejones sin salida.

Se recostó en el asiento, que cambió de forma para acomodarse, en nuevo ángulo, a su volumen de hombre de edad madura. Aunque su expresión no había cambiado, pasó nerviosamente la punta de un dedo a izquierda y derecha del filo de la placa de lectura sobre la que permanecía aún el mensaje. Había perdido ya mucho tiempo en aquello, pero tenía que insistir.

 

INFORME RESERVADO: División num. 1. Información Especial.

Proyecto: 4678

Tipo de ataque: Intento de influir sobre otros niveles históricos.

Jefe de sección: Com Varlt MW 60321.

Equipo: Horman Tilis MW 69345, Fal Korf AW 70958, Pague Lo Sig AW 70889.

 

INFORMACIÓN HASTA LA FECHA:

Seguido sujeto Kmoat Vo Pranj, hasta Niveles 415-326 inclusive. Probablemente establecida base de operaciones en mundo afín (E641, caracterizado, según investigación de Kol 30, 51446 E.C. como «culturalmente retardado, de situación crítica, prohibido excepto para investigadores sociológicos, categoría 1-2»). Pero el sujeto puede estar en otro mundo de esta agrupación o realizando viajes.

 

APARIENCIA:

Asumidas credenciales y pasado de miembro de organizaciones legales propias del país, de objetivos nacionales (F.B.I.: Federal Bureau of Investigaron).

 

TIPO DE CULTURA:

Alborear atómico —los habitantes de este nivel parece que no poseen poderes psi, civilización altamente inestable— precisamente el tipo para atraer a Pranj.

 

OBSERVACIONES:

(Aquello era la medula del asunto, lo que se registraba bajo «observaciones». Los ojos del inspector se alzaron hasta la tranquila e ininterrumpida brillantez de la pared que tenía enfrente. Estaba habiendo demasiadas «observaciones» de este tipo en el Cuartel General en los últimos tiempos. La verdad es que cuando él había estado en la Fuerza Actuante... Sacudió la cabeza y tuvo luego fuerzas para sonreírse de su propia pomposidad incipiente. El punto importante era que el hombre que actuaba sabía. Leyó la frase final sobre la que tenía que basar su decisión).

 

OBSERVACIONES:

Hay que calificar la operación de «solución dudosa» —supercrítica— requiriendo capacidades extremas bajo clasificación 002.

Com Varlt, M. W. a cargo.

 

Com Varlt. El inspector apretó un botón con la punta de uno de sus nerviosos dedos. El informe desapareció y, en su lugar, surgieron filas de símbolos de claves. ¡Hum!, aquel agente tenía una hoja de servicios mas bien impresionante en todos sentidos. La vacilación, del inspector desapareció. Apretó un segundo botón y sonrió casi con una mueca. Varlt lo había pedido, y ahora tendría respuesta a su deseo. Sólo que lo de «solución dudosa» tendría que cambiarse mejor en «solución satisfactoria». Un nuevo informe se plantó con un chasquido ante la placa de lectura, y el inspector pasó a considerar otro caso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I

 

La ventana era un cuadradito de luz gris al final angosto de una pequeña habitación de hotel. Blake Walker consideró aquella prueba de otro día con una extraña indiferencia. Se movió para aplastar un cigarrillo sobre el cenicero colocado junto a la cama. Recogió luego su reloj de la mesilla. Las seis y un minuto, lo que llevaba aguardando durante la hora última debía de estar ahora muy cerca...

Lanzó fuera de la cama su metro ochenta de esbeltos músculos y finos huesos, y pasó al cuarto de baño a someterse al filo de la navaja de afeitar. Desde el espejo, sus propios ojos, cansados y oscuros, le devolvían la mirada, sin curiosidad ni interés. A la luz artificial, su espeso casco de cabellos aparecía tan negro como sus cejas y pestañas, pero a la luz del sol sería rojo, de un rojo tan oscuro, que justamente podría calificarse de color de caoba. Sólo su piel no era rubia, sino trigueña y casi morena, cómo si antes de nacer hubiese adquirido un bronceado permanente.

El afeitado era una faena descorazonadora, llevado a cabo casi siempre por la fuerza de la costumbre, puesto que su área barbuda era pequeña y crecía lentamente. Sus negras cejas se juntaban ahora en un frunce conocido mientras se preguntaba, tal vez por milésima vez, si tenía sangre asiática. Sólo que, ¿Quién ha oído nunca hablar de un chino o de un hindú pelirrojo? No es que él pudiera rastrear su ascendencia. El sargento detective Dan Walker había agotado los recursos de toda una fuerza policíaca ciudadana para resolver aquel problema, veinte años antes, después de haber tropezado con «la criatura de la alameda». El guardia Harvey Blake y el sargento Dan Walker lo habían encontrado y poco después Dan lo había reclamado como hijo. Pero él siempre estaría haciéndose preguntas sobre los dos años de su vida anteriores a aquello.

La bien cortada boca de Blake se convirtió en una línea bajo la presión de los recuerdos. El sargento, entonces inspector Dan, entrando en el Banco Nacional para comprar cheques de viajero con los que realizar el viaje tanto tiempo esperado, tropezando con un atraco en marcha. Dan Walker acribillado a tiros sin que el dolor terrible del corazón de Molly disminuyese al saber que se había llevado por delante a su asesino. Después, se habían quedado los dos: Molly Walker y Blake. Y Molly se fue a la cama una noche y no se despertó por la mañana.

Así es que ahora estaba de nuevo, amputado de la única seguridad que había conocido. Blake soltó la navaja cuidadosamente, como si aquel movimiento formara parte de alguna acción intrincada y necesaria. Estaban sus ojos todavía sobre el espejo, pero no veían reflejo alguno allí, no veían desde luego las líneas de tensión que súbitamente envejecían su faz. Aquello ya llegaba; estaba ahora muy próximo.

La última vez, aquella sensación lo había arrastrado a la alcoba de Molly y al penoso descubrimiento que hizo allí. Lo empujaba ahora urgentemente hacia el vestíbulo. Escuchó, sabiendo de antiguo que realmente no había nada que oír, que aquello sólo podía sentirlo. Luego, con quedos pasos de gato, se dirigió al vestíbulo sin encender la luz.

Con cautela infinita, le dio vuelta a la llave y dejó la puerta abierta. No tenía idea de lo que aguardaba al otro lado; sabía sólo que una acción se exigía de él forzosamente, de forma que no podía desobedecerla aunque lo deseara.

Miró fijamente por un momento. Había dos hombres en pie, vueltas las espaldas hacia él, uno detrás de otro. Un hombre alto que llevaba un chaquetón suelto, reluciente todavía su cabello oscuro por la capa de la nevisca, estaba introduciendo una llave en la puerta de la pared opuesta del corredor. Su compañero le tenía encañonada una pistola contra la espalda.

Blake, sin que sus pies descalzos hicieran ruido alguno sobre la alfombra, se movió. Se cerraron sus dedos sobre la garganta del pistolero y echó la cabeza del individuo hacia atrás. Instantáneamente, el otro giró. Casi, pensó Blake, casi como si hubiera sabido lo que iba a suceder. Su puño se balanceó hacia arriba y tocó en el punto exacto de la mandíbula del cautivo; luego, Blake se vio soportando todo el peso de un hombre inconsciente. Pero el otro le echó una mano, haciéndole señas a Blake para que volviera a su habitación, siguiéndolo luego él, sin soltar su presa. Una vez dentro, dejó caer la carga al suelo sin ceremonias, y echó la llave a la puerta.

Con alguna que otra duda, Blake se sentó en el filo de la cama. ¿Por qué tan poca agitación por parte del recién liberado prisionero?

¿Y por qué entrar aquí con el cautivo?

—¿Policía?

Su mano fue al teléfono colocado sobre la mesilla de noche. Se volvió el hombre alto. Sacó una cartera y la exhibió abierta para que Blake leyese la tarjeta que había dentro. Entonces, el joven asintió.

—¿Nada de policía?

El otro meneó la cabeza.

—Todavía no. Siento molestarle así señor... señor...

—Walker.

—Señor Walker. Me ha ayudado usted a salir de un buen aprieto. Pero tengo que pedirle que me deje llevar esto a mi manera. No le molestaremos mucho tiempo.

—Acabaré de vestirme —dijo Blake, poniéndose en pie.

El agente Federal estaba en cuclillas junto al pistolero sin sentido. Y Blake se estaba haciendo el nudo de la corbata cuando una escena, reflejada en el espejo, le hizo volver al dormitorio. Kittson, que se había presentado a si mismo, estaba registrando a su inconsciente prisionero, y lo extraño de aquel registro intrigaba a Blake.

Lentamente, el funcionario federal pasaba sus dedos por la cabellera aceitada del otro, al parecer en busca de algo bajo el cráneo. Luego, con una linterna no mayor que un lápiz, examinó ambas orejas y las ventanillas de la nariz. Exploró por último la boca entreabierta del pistolero, retirando una placa dental. No profirió sonido alguno, pero Blake percibió su triunfo cuando le vio sacar de la parte inferior de la dentadura de plástico un pequeño disco que envolvió en su pañuelo que se guardó en un bolsillo interior.

—¿Quiere lavarse ahora? —preguntó Blake como quien no quiere la cosa.

Kittson se puso rígido. Alzó la mirada, clavándola derechamente en los ojos de Blake. Y sus ojos eran unos ojos extraños, casi amarillos, sin parpadeos, como los de algún felino cazador. Continuaron perforando en los ojos de Blake, o tratando de hacerlo, pero chocaron mirada con mirada. El agente se puso el pie.

—Me gustaría mucho hacerlo, en realidad.

Su voz suave expresaba, creyó Blake, algo así como una decepción. Estaba seguro de que en cierto modo había sorprendido al agente, había dejado de reaccionar como el otro esperaba que hiciera.

Mientras Kittson se secaba las manos, llamaron a la puerta.

—Mis hombres —dijo el agente con la misma seguridad que si pudiera ver a través de las paredes.

Blake giró la llave y abrió la puerta.

Dos hombres estaban afuera. En cualquier otra circunstancia, Blake no les habría concedido una segunda mirada, pero ahora los examinó con redoblada intensidad.

Uno de ellos era casi tan alto como Kittson, y su ancha cara huesuda y pecosa estaba coronada por mechones de rojo cabello ocultos sólo en parte por el sombrero. El otro, contrastando, no sólo era bajo, sino pequeño, de delicada osamenta, casi frágil. Le concedieron a Blake relampagueantes miradas al pasar a su lado, y él sintió como si hubiera sido medido, catalogado y etiquetado para siempre jamás.

—¿Sin novedad, jefe? —preguntó el pelirrojo.

Kittson se echó a un lado para dejar al descubierto al hombre tendido sobre el suelo.

—Ahí lo tenéis, muchachos.

Entre los dos, consiguieron que el pistolero medio recobrara el sentido y lo sacaron fuera. Pero Kittson se quedó, y, cuando los demás se hubieron ido, cerró la puerta con llave por segunda vez.

Blake contempló este movimiento con las cejas fruncidas.

—Le aseguro —dijo, conservando su tono ligero— que no tengo relación alguna con el que se acaban de llevar.

—Estoy seguro de que no la tiene. Sin embargo...

—Este es un asunto del que no debería haberme enterado, ¿no es así?

Por primera vez, los delgados labios de Kittson se decidieron a formar una tenue sonrisa.

—Exactamente. Preferiríamos que nadie estuviese al corriente de este pequeño episodio.

—Mi padrastro perteneció a la Policía. No hablaré más de la cuenta.

—¿Es usted forastero?

—Soy de Ohio, sí. Mis padres adoptivos murieron. Vine aquí para ingresar en Havers —contestó Blake, diciendo la verdad exacta.

—Havers... Entonces, ¿es usted estudiante de Arte?

—Espero serlo —replicó Blake, negándose a dejarse arrastrar—. Pero cinco minutos de comprobación por parte de ustedes les podrá confirmar todas mis declaraciones.

La tenue sonrisa de Kittson se ensanchó.

—No pongo en duda nada de eso, joven. Pero, dígame solamente una cosa: ¿por qué abría usted justamente la puerta en el momento crítico? Puedo jurarle que no nos podía haber oído andar por el corredor, y que, aunque hubiésemos formado algún estrépito, el sonido no habría podido atravesar estas paredes y...

Ahora estaba frunciendo el ceño, escrutando a Blake con aquella misma intensidad de un gato al acecho, como si el joven presentara un problema que tenía que ser resuelto.

Blake perdió un poco de su seguridad: ¿Cómo le iba a ser posible explicar aquellos extraños relámpagos de presentimiento que había tenido en ciertas ocasiones de su vida y que le advertían de un peligro inminente? ¿Cómo podría explicarle a aquel hombre que había estado sentado en la oscuridad durante una hora por lo menos, convencido de que el peligro era inminente y que se necesitaba una acción por su parte?

Luego, impulsado quizá por aquella mirada inquisitiva y que no parpadeaba, se decidió:

—Tuve la sensación de que algo iba mal, que debía abrir la puerta.

Y aquellos ojos oscuros se aferraban a los suyos como si quisieran taladrarle el cerebro y desnudar cada uno de sus pensamientos. De pronto, sintió aquella tentativa de invasión y vio que le era muy fácil apartarse de aquella extraña violencia, de aquella compulsión.

Pero, con gran sorpresa suya, Kittson estaba asintiendo con la cabeza.

—Me lo explicó muy bien, Walker. Creo en las corazonadas. Bueno, fue una suerte para mí qué usted...

Hizo una pausa, se quedó clavado en una absoluta inmovilidad excepto un pequeño ademán que hizo con la mano ordenándole a Blake que se mantuviese también quieto. Kittson podía estar escuchando, pero, por más que Blake aguzaba el oído, no llegaba a distinguir nada en absoluto.

Un segundo después, se oyó un golpecito discreto a la puerta. Blake se levantó. Kittson seguía todavía como un cazador que aguarda que la presa se ponga a distancia de tiro, Pero su cabeza se volvió hacia Blake y formó las palabras con tan exagerados movimientos labiales, que el joven pudo leerlas.

—Pregunte quién es.

Blake se acercó a la puerta, su mano cayó sobre el picaporte pero no se apartó de allí mientras preguntaba.

—¿Quién está ahí?

—El oficial detective del hotel.

La réplica fue rápida, ahogada sólo ligeramente por el obstáculo. Una mano se apoyó en su hombro enarbolando una tira de papel. Letras de imprenta decían: «Diga que va a comprobar en conserjería.»

—Espere que compruebe en conserjería —dijo Blake.

Se aplastó contra la puerta. Por la parte de fuera, no hubo ninguna objeción, ninguna réplica. Pero, al cabo de un momento, Blake oyó las suaves pisadas de alguien que se alejaba. Regresó a su asiento al filo de la cama.

Kittson se había apoderado de la única silla confortable, y estaba mirando fijamente como si encontrara de un interés fascinante la pared de la habitación.

—Supongo que no era el detective del hotel.

—No, no lo era. Lo que nos coloca a todos en un buen apuro. —Kittson sacó una pitillera, ofreció un cigarrillo a Blake y encendió luego una cerilla para los dos—. Ha sido un intento para descubrir lo que ha pasado aquí. Desgraciadamente, eso quiere decir que ahora está usted ligado a nosotros. Y eso significa complicaciones de toda índole. Hay motivos serios y suficientes para que no deseemos que nuestros actos sean conocidos por el público. Hemos de pedirle a usted que coopere con nosotros.

Blake se agitó.

—No soy más que un ciudadano pacífico. No he venido aquí a jugar a policías y ladrones. Ni siquiera pregunto en qué me he metido, lo que creo que muestra alguna reserva por mi parte. —Otra vez Kittson sonrió débilmente, y Blake continuó—: Lo único que me interesa es seguir mi plan de vida...

Kittson arrojó su sombrero sobre la mesa y echó hacia atrás su oscura cabeza para exhalar un perfecto anillo de humo.

—Y nada nos gustaría más a nosotros que verle a usted seguir su vida corriente. Pero me temo que es ya demasiado tarde para dejar las cosas así. Se le echarían encima antes de que terminase de abrir la puerta. Hay otros que se interesan por usted, y eso puede resultar, en el mejor de los casos, molesto. En el peor... —Sus ojos relucieron como piedras preciosas a través del humo, y Blake sintió un extraño escalofrío, casi una sombra de aquel mismo malestar que lo había arrastrado a esta aventura.

Kittson estaba dando a entender cosas, y la fuerza de sus alusiones estaba reforzada por la vaguedad misma de sus palabras.

—Veo que empieza usted a darse cuenta de que esto es serio. ¿Cuándo tiene que dirigirse a Havers para las clases?

—El nuevo curso empieza el próximo lunes.

—Falta una semana. Voy a pedirle a usted que colabore con nosotros durante ese período. Si tenemos un poco de suerte, este caso quedará arreglado en ese tiempo, o, por lo menos, la participación de usted. De otra forma...

—De otra forma, se me podría quitar de en medio por mi propio bien y por el de ustedes, ¿No es así? —preguntó Blake.

Pero había conocido la voz de la autoridad. Este hombres estaba acostumbrado a dar órdenes que eran obedecidas sin objeción. Si decía: «Cojan a Walker Blake y métanlo en la nevera», Walker Blake sería apartado con la misma rapidez y eficacia con que había sido extraído antes de esta habitación el pistolero. Nunca se ganó nada dando topetazos contra una pared de piedra. Mejor seguir las órdenes por lo menos hasta que pudiera saber un poco más lo que era aquello.

—Está bien. ¿Qué tengo que hacer?

—Desaparecer. Desaparecer de aquí ahora ¿Cuánto equipaje tiene?

Kittson estaba ya en pie y cruzaba la habitación para abrir el ropero antes de que Blake hubiese tenido tiempo de hablar.

—Una maleta.

Algo, quizá el poder de la personalidad del otro, empujó a Blake a actuar de una forma que no le habría parecido posible una hora antes. Abrió la maleta y saco una cartera para contar algunos billetes encuna de la mesa.

—Supongo que no nos despediremos en la forma corriente.

Era más una declaración que una pregunta, y no le sorprendió ver que Kittson asentía con rapidez.

La luz gris que había fuera de la ventana había empezado a brillar muy poco. Eran las siete y cinco, pero la oscuridad que reinaba en la habitación cuando el agente apagó la luz seguía siendo la misma de la noche. Blake se puso el abrigo y cogió su sombrero y su maleta, dispuesto a seguir al otro por el vestíbulo.

No tomaron por el recodo que llevaba al ascensor, sino que se dirigieron a una puerta de urgencia para casos de incendio. Escaleras, cinco tramos, silenciosas y desiertas, como lo había estado el vestíbulo; luego Kittson se detuvo un momento ante otra puerta, dando la impresión de que estaba oyendo algo. Bajaron, otro tramo de escaleras, más estrecha, no tan bien alumbrada, atravesaron una especie de sótano o almacén y subieron unos escalones. Emergieron a la calle, y el frío gotear de la neblisca les dio en la cara. Blake estaba convencido de que su guía no sólo conocía exactamente dónde se hallaba, sino que sabía también que nadie los había observado durante aquella fuga. Su fe en la eficacia de la organización del agente fue remachada cuando un taxi se aproximó al bordillo en el mismo momento en que ellos cruzaron la acera. Kittson abrió la portezuela y Blake obedeció la orden tácita. Pero, con gran sorpresa por su parte, el agente no lo siguió. En lugar de eso, la portezuela se cerró de golpe y el coche se puso en movimiento.

Hasta ahora Blake se había contentado con seguir órdenes y ver dónde terminaban por dejarlo después de todas aquellas maniobras. Pero, cuando tuvo más tiempo para pensar, y se vio fuera del alcance de la personalidad magnética de Kittson, se sorprendió ante la facilidad con que había accedido a cada una de las sugerencias hechas por el agente. Si esto no era una pesadilla extraña, se le parecía mucho. Indudablemente, lo mejor que podía hacer era detener este taxi y desaparecer por su cuenta. Sólo que tenía muy fuertes sospechas de que Kittson, más tarde o más temprano, terminaría por volverle a echar la mano encima y que entonces sus relaciones no tendrían nada de cordiales.

El taxi serpenteó por los estrechos caminos del Parque Central siguiendo un recorrido que trastornó completamente el escaso conocimiento que Blake tenía de la ciudad. Luego, salieron nuevamente a las calles principales. El tráfico matinal estaba en marcha, y el coche iba contorneando autobuses y esquivando a camiones y turismos. Aflojó la marcha para meterse por una estrecha avenida que corría entre desmidas paredes de edificios que muy bien podían ser almacenes. Más allá de la mitad de la avenida, el conductor se paró.

—Ya hemos llegado.

Blake se echó mano a la cartera. Pero el taxista dijo sin volverse:

—Ya está pagado, amigo. Entre usted por aquella puerta que se ve allí. Hay un ascensor. Apriete el botón de más arriba. Dése prisa, joven; este no es sitio para aparcar.

Blake entró donde le habían dicho y se vio frente al cristal tallado de un ascensor automático. Pulsó el botón superior y trató de contar los pisos mientras ascendía a buena velocidad, pero no estaba seguro de haber pasado nueve o diez cuando llegó la parada.

Más allá, había una especie de vestíbulo, poco más que una habitación de espera ante una sola puerta desnuda. Blake llamó, y la puerta se abrió tan rápidamente, que él pensó que tenían que haberle estado esperando.

—Entre, Walker.

Blake esperaba que hubiese sido Kittson. Pero el hombre que lo saludaba era unos diez años más viejo que el agente. Más bajo de estatura y, en el cabello, unos hilillos grises que relucían sobre el color castaño oscuro. Pero por insignificante que hubiese podido parecer en medio de una multitud, lo cierto es que en su aspecto había una tranquila distinción. A su modo, tenía tanta personalidad como el más agresivo Kittson.

—Me llamo Jason Saxton —dijo presentándose—. Mark Kittson lo está esperando. Deje usted sus cosas aquí.

Diestramente despojado de abrigo, sombrero y maleta. Blake fue introducido en un despacho donde no sólo encontró a Kittson, sino al hombre pelirrojo que había ayudado a retirar el pistolero de la habitación del hotel.

Aquel cuarto estaba desnudo excepto una estantería llena de cartapacios, una mesa y tres o cuatro sillas. No había ni siquiera una ventana que rompiese las grises paredes cuyo color hacía juego con la alfombra que estaba en el suelo. Y la luz venía de algún sitio oculto cerca del techo.

—Este es Hoyt —dijo Kittson, indicando rápidamente al pelirrojo—. Veo que ha hecho usted el viaje sin incidentes.

Blake quiso preguntar qué clase de «incidente» esperaba Kittson que le hubiese sucedido, pero decidió que por ahora era más prudente dejar que el otro llevase la conversación. Hoyt estaba repantigado en su silla, extendidas las largas piernas, su bronco cabello rojo coronándole la frente dilatada.

—Joey sabe lo que se trae entre manos —comentó lánguidamente—. Stan informará, si alguien muestra más interés de la cuenta.

—Creo que me dijo usted que su padre había sido policía. ¿Dónde? ¿En Ohio? —preguntó Kittson sin prestar ninguna atención al comentario de su colega.

—En Columbus, sí. Pero dije mi padre adoptivo —corrigió Blake.

Se mantenía en guardia, dándose cuenta de que cada palabra que hablaba estaba siendo anotada y sopesada por los tres que tenía frente a él.

—¿Y sus padres verdaderos?

Blake contó su historia con las menos palabras posibles. Hoyt podía haber estado durmiendo durante aquel relato; tenía los ojos cerrados. Saxton le concedió la cortés atención que un jefe de personal presta al aspirante al puesto. Y Kittson continuaba estudiándolo con aquellos ojos suyos, duros y ambarinos.

—Y eso es todo —concluyó Blake.

Hoyt se puso en pie con un movimiento flexible, de una extraña gracia. Sus ojos, abiertos ahora del todo, notó Blake, eran verdes, tan vividos de color y tan dominantes cuando los volvía hacia alguien, como los de Kittson.

—Supongo que Walker se quedará con nosotros, ¿no? —preguntó a toda la habitación.

Instintivamente, Blake miró a Kittson; estaba seguro de que la decisión final era cosa del agente. Y sobre la mesa vio una cosa que no había visto antes. En el centro del secante verde había una pequeña bola de cristal. Algún movimiento del agente la habría sacado de su inmovilidad, pues empezó a rodar hacia Blake. Casi había llegado al filo de la mesa, cuando él adelantó la mano y la cogió.

 

II

 

El peso de la bola daba a entender que se trataba de cristal corriente. Pero, cuando trató de volver a colocarla sobre la mesa, se produjo un cambio en el objeto. El había cogido una bola clara, pero lo que tenía ahora en las manos era un globo en cuyo interior remolineaba una guedeja de vapor azul verdoso. Mientras continuaba agarrándola, aquel vapor se iba haciendo más denso, espesándose, hasta que el color adquirió solidez y fijeza.

Aquel cambio era de lo más misterioso. Y Blake soltó la bola como si lo estuviera quemando. Ahora, el verde azulado empezaba a desvanecerse otra vez. Pero Saxton estaba ya en pie, a la vera de Hoyt, presenciando la transformación, la mano de Kittson había cubierto la esfera. El color verde azulado había desaparecido. Pero, ¿no había empezado a producirse otro cambio? El agente dejó caer el globo dentro de un cajón. No antes de que Blake se convenciera de que, durante los cortos segundos que los dedos del otro habían estado en contacto con el cristal, una neblina de un rojo anaranjado había empezado a condensarse dentro. Antes de que pudiera hacer ninguna pregunta, un zumbido de llamada en un aparato colocado en la pared sirvió de interrupción.

Se oyó luego el bordoneo del ascensor, y Hoyt fue a responder a la llamada que se oyó en la puerta, y dejó pasar a su camarada bajito de primeras horas de la mañana.

—¿Ha salido todo bien? —preguntó Kittson.

—Sí —contestó el otro con voz ligera y musical.

Podría haber sido un muchacho que todavía no hubiera llegado a los veinte años. Pero se cambiaba de idea nada más mirarlo a los ojos, y ver las debilísimas líneas que tenía en torno a su boca demasiado bien formada.

—Había un rastro: aquella buscona regordeta del Pájaro de Cristal. Uno hubiera creído que no usaría con tanta frecuencia a las mismas personas.

—Las existencias de material adecuado pueden estar estrictamente limitadas —sugirió Saxton.

—Por lo que deberíamos dar gracias —dijo Kittson, quitándole la palabra—. Si estuviésemos seguros de que con una sola incursión atrapábamos a todos los primos que hay aquí, podríamos dejar tranquilo a este muchacho.

—Mandarlo a tomar viento... —La lenta voz de Saxton tenía algo de clara advertencia—. Mejor mantenerlo en este nivel.

Sus ojos rozaron a Blake y de pronto guardó silencio.

El muchacho que acababa de entrar se quitó el abrigo y lo tiró sobre una silla.

—Roscoe no es demasiado listo. Lo he dejado husmeando una pista falsa. Durante una hora, pocos más o menos, no tenemos otra preocuparnos de él. Por ahora, Walker está a salvo.

Kittson se echó atrás en su silla.

—Es posible. Pero volverán a rastrearlo cuando vean que les ha dado esquinazo. —Se volvió hacia Blake—. ¿Le dijo usted a alguien del hotel que iba a asistir a las clases de Havers?

—Al portero. Le pregunté cuál era el mejor autobús para llegar allí. Pero él estaba acostumbrado a que le hagan preguntas sobre cómo trasladarse a tal o cual sitio; deben de hacérselas centenares de veces al día, no se acordará de una en particular.

Por la expresión de los otros, se veía que no estaban de acuerdo con aquella esperanza.

—La gente tiene la particularidad de recordar cuando uno querría que olvidaran, sobre todo si se le hacer ver que recordar es importante —comentó Kittson—. Lo retendremos a usted aquí un par de días, mientras que conseguimos comprobar hasta qué punto su desaparición ha excitado los ánimos; esa es la única manera de averiguar el interés que sientan por usted. Lo lamento, Walker. No necesita usted recordarme que esta acción es una interferencia incorrecta en su vida privada. Lo sé tan bien como usted. Pero algunas veces las situaciones se complican cuando inocentes testigos tienen que sufrir por el bien general. Podemos darle un alojamiento confortable y su estancia aquí servirá tanto para protegerle como para no poner en peligro nuestra investigación.

—Opino —dijo Saxton levantándose— que nuestro primer rasgo de hospitalidad debería ser ofrecer un desayuno.

Y Blake, después de ponerse en pie, atraído fácilmente por aquel cebo, lo siguió tras la segunda puerta del despacho por una serie asombrosa de habitaciones. El mobiliario era                                              moderno, con monótonos matices de gris, verde y extrañas y borrosas tonalidades de azul. No había ningún cuadro, y en cada habitación la luz procedía del techo. Un aparato de televisión de gran tamaño estaba contra una pared, y muchísimos libros, periódicos y revistas corrientes estaban distribuidos en pilas sobre mesas o en montones sobre el suelo, al alcance de cada butaca.

—Nuestro alojamiento está un poco en desorden —le informó su anfitrión—. Me temo que tendrá usted que compartir mi dormitorio. Es aquí. —Abrió una puerta en un pequeño vestíbulo y mostró una habitación amplia con dos camas gemelas—. Y aquí nos espera el desayuno.

No había ventanas. Blake se intrigó por aquello mientras se acomodaba ante la mesa, y Saxton se dirigía a la pared, apartaba un entrepaño y sacaba una bandeja que colocó ante su huésped, trayendo luego una segunda para él mismo.

Era una comida saludable, excelentemente preparada, y Blake la saboreó satisfecho. Saxton sonrió.

—Hoy ha sido una buena mañana del cocinero.

Echó a un lado una pila de libros.

Eran todas obras de historia, algunas inglesas y otras americanas y estaban llenas de marcas hechas con tiritas de papel como si estuviera en curso en programa de investigación intensiva. Saxton señaló a los libros.

—Están relacionados con una manía que tengo, Walker. Por así decirlo, también tienen que ver algo con mi empleo. ¿Es usted quizá un estudiante de Historia?

Blake se tomó tiempo para pensar mientras tragaba un trozo de jamón. O él estaba muy equivocado, o Saxton tenía algún propósito al iniciar aquel tema de conversación.

—Mi padre adoptivo reunía libros sobre la historia del crimen, procesos célebres, cosas por el estilo. Yo los leía, y diarios y cartas y declaraciones de testigos.

Saxton mantuvo en vilo su taza de café estudiándola como si se le hubiera convertido de pronto en una pieza preciosa de antigua porcelana china.

—Declaraciones de testigos presenciales... Precisamente eso. Dígame, ¿ha oído hablar alguna vez de la teoría histórica de los «mundos posibles»?

—En alguna ocasión he leído alguna novela de fantasía científica fundada en esa idea. Se refiere usted al concepto de que dos mundos completos surgen con cada época histórica trascendental, ¿no es así? Uno en el que, digamos, Napoleón gana la batalla de Waterloo, y el nuestro propio en el que la pierde.

—Sí. Habría millones de millones de mundos, todos los influidos por decisiones distintas. No sólo por las trascendentales de batallas y cambios políticos, sino también por la aparición y por el uso de ciertos inventos. Una suposición fascinante.

Blake asintió. Desde luego, la idea era interesante, y evidentemente constituía la manía favorita de Saxton. Pero, por el momento, le interesaba más lo que le pasaba a él mismo, Walker Blake y a sus propios mundos posibles.

—Hay puntos de partida incluso en los pocos años pasados —continuaba el hombre al otro lado de la mesa—. Figúrese un mundo en el que Hitler hubiera ganado la batalla de Gran Bretaña y vencido a Inglaterra, en 1941. Suponga un gran caudillo que haya nacido demasiado pronto o demasiado tarde.

El interés de Blake se despertó.

—Leí una vez un cuentecito sobre eso —admitió—. Cómo un diplomático británico conoció en 1790 a un comandante de artillería retirado y que estaba agonizando en una pequeña ciudad francesa: Napoleón, nacido demasiado pronto.

—Pero suponga —dijo Saxton, que había soltado ya su taza y que ahora se inclinaba hacia adelante burlándole los ojos—. Suponga que a un hombre así, nacido fuera de su tiempo en su propio mundo, se le diera la oportunidad de trasladarse de una línea de posibilidad a otra, ¿no sería ese hombre doblemente peligroso? Suponga que usted hubiese nacido en una era en la que la sociedad ahogase su talento y no le diera, como usted no podría menos de pensar, ninguna salida decente.

—Pues entonces, procuraría trasladarme adonde pudiera hacer uso de mi talento.

Aquello era elemental. Pero Saxton lo estaba mirando con una mirada resplandeciente, como si fuera un alumno brillante que aprobaba unos exámenes con matrícula de honor. Decididamente, había algo detrás de todo aquello. ¿Qué? Su sentido premonitorio no había recibido alarma alguna, pero Blake tenía la sensación de que estaba siendo llevado por un camino que Saxton había elegido para él y que aquello se estaba haciendo en virtud de determinadas órdenes.

—Podría ser una buena idea —añadió.

Pero esta vez, la respuesta no era la correcta.

—Una buena idea para usted —lo contradijo Saxton—. Pero quizá no para el mundo adonde usted se trasladara. Esto presenta otra cara del problema, ¿no le parece? ¡Hola, Erskine! Entra y quédate con nosotros.

—¿Sobra algún café? —Era el hombre esbelto y rubio—. ¿No? Bueno, aprieta el timbre, Jas. Necesito reponerme después de una mañana de perros.

Cuando se dejó caer en la butaca junto a su viejo colega, le sonrió a Blake, una sonrisa que borró de su rostro la expresión de aburrimiento y le dio a sus facciones bien formadas calor y vida.

—Vamos a tener que anclar aquí —anunció—. ¿Qué hiciste con el periódico, Jas? Quiero ver cuál es el programa de la T.V. Si hemos de estar parados aquí, tenemos que pasarlo lo mejor posible.

Retiró un jarro de café recién hecho desde detrás del entrepaño y cargó su primera taza con dos colmadas cucharadas de azúcar. Cuando el programa terminó, se le escapó un suspiro.

—Y pensar que esta chapucería primitiva puede atraer...

Blake escuchó aquel murmullo. Pero el programa no había sido ninguna película rancia. Era una producción en directo y muy bien hecha. ¿Por qué el epíteto de «primitiva»? Había delgados hilos que no encajaban. Una sospecha levantada por la conversación sostenida ante la mesa de Saxton cruzó por la mente de Blake sólo para ser barrida por la sana razón.

Permanecieron sin que nada los molestara, todo el resto del día y de la tarde, como no había ahí ventanas, era difícil decir cuándo era de día y cuándo era de noche. Erskine y Saxton se entretuvieron con un juego de cartas que Blake estaba seguro no haber visto en su vida. Comieron opíparamente los manjares que llegaban, desde detrás del entrepaño, y Blake no sabía dónde elegir entre la abundancia y la lectura. Era predominantemente de tema histórico o biográfico. Y los bordes de las tiras de referencias estaban en todos los libros. ¿Proyectaba Saxton escribir un artículo sobre su manía? Blake continuaba pensando en el problema que el otro le había planteado aquella mañana.

Un hombre nacido fuera de su tiempo en su propio mundo, pero capaz de visitar un mundo nuevo en el que su particular talento pudiera proporcionarle el poder que ambicionaba... Se sorprendió hilando diversas fantasías basadas en aquello.

¿Quiénes eran sus compañeros o habría que preguntar mejor qué eran? Todavía estaba pensando perezosamente en lo mismo, cuando se quedó dormido varias horas después.

Se despertó en la oscuridad. No le llegaba sonido alguno desde la otra cama. Blake apartó los cobertores e investigó. La otra cama estaba deshecha, pero vacía. Se dirigió a la puerta y la abrió con un crujido.

Kittson, con un brazo echado sobre los hombros de Saxton, estaba siendo transportado por el vestíbulo. En su camisa, había una mancha oscura, y los pies se le enredaban al andar. Un momento después, ambos hombres desaparecieron tras la puerta que había en el extremo más alejado y se cerró después. Pero sobre la alfombra quedó un lunar brillante como una moneda. Blake se agachó para tocarlo y su dedo se retiró mojado y rojo. ¡Sangre!

Todavía estaba aguardando que Saxton volviese, cuando el sueño se apoderó de él. Al despertar de nuevo, las luces estaban encendidas y la otra cama hecha pulcramente. Blake se vistió a toda prisa. Habían herido a Kittson, pero, ¿por qué tanto secreto?

Cuando salió al vestíbulo, buscó la mancha. Había desaparecido como si no hubiese existido nunca. Pero al pasar sus dedos sobre el tejido, notó humedad. Alguien había hecho una limpieza a fondo y no hacía mucho tiempo. Consultó entonces su reloj y vio que eran las ocho y media de la mañana del martes. Y tenía algunas preguntas que hacer.

Jason Saxton estaba solo en el saloncito, una pila de volúmenes descansaba sobre la pequeña mesa que tenía frente a él, un libro de notas medio lleno de menuda escritura yacía sobre sus rodillas. Lo acogió con una sonrisa tan franca, que Blake reprimió su impaciencia.

—Espero no haberle molestado esta mañana, Walker. Andamos algo escasos de personal y he de hacerme cargo del despacho. Así es que hoy va a verse poco más o menos abandonado.

Blake murmuró su conformidad y se dirigió al comedor. Erskine había llegado antes que él. Su cara lisa estaba tirante y cansada y había oscuros círculos en torno a sus ojos de pesados párpados. Gruñó algo que podía haber sido un saludo y dirigió una mano hacia el entrepaño. Blake retiró una bandeja y se sentó a comer, dejando que fuera el otro el que iniciase la conversación. Pero, por lo visto, Erskine no era de esas almas que se sienten brillantes por las mañanas. Después de beber su café, se levantó.

—¡Que se divierta! —le deseó Blake casi irónicamente.

—Así lo haré —aseguró el otro.

Y luego se preguntó si no habría revelado sus planes por la inflexión de su voz. Estaba casi seguro de que Erskine le había lanzado una mirada suspicaz antes de salir de la habitación.

Blake perdió mucho tiempo en la comida, ya que necesitaba tener el apartamento para él solo al objeto de poner en marcha su plan. Se aseguró de que la puerta del despacho estaba cerrada tras los dos hombres cuando se dispuso a actuar.

Se quedó parado en el centro de la sala de estar, escuchando. La cruzó luego y aplicó el oído al entrepaño de la puerta exterior. Podía oír, muy débilmente, el murmullo de voces, seguido por el abrir y cerrar de los cajones que contenían los legajos. Un zumbido; seguro que aquello era el ascensor. Con cautela, probó en la puerta y no le sorprendió lo más mínimo ver que estaba cerrada con llave.

Blake volvió al vestíbulo al que se abrían los dormitorios y se arrodilló. Había más de una mancha de humedad en la alfombra. Y conducían a la puerta a través de la cual Kittson había sido casi llevado en vilo la noche antes. También aquella puerta estaba cerrada con llave y no pudo oír ningún sonido en el exterior. Pero la habitación siguiente estaba abierta para su examen y era muy similar a la que compartía con Saxton. Ambas camas estaban pulcramente hechas; no había ninguna señal de equipaje. Abrió cajones de cómodas sólo para desplegar limpias e inocentes pilas de camisas inmaculadas y de ropa interior, calcetines y corbatas.

Había un número insólito de trajes en el ropero y se alineaban desde bien cortados ternos de paño ultraconservadores atuendos de hombres de negocios, pasando por monos y semi-uniformes como los que usan los recaderos. Al parecer, los habitantes del apartamento estaban equipados para cualquier ocasión que se pudiera presentar. Bueno, una cosa así era natural en agentes del F.B.I. Todavía no había descubierto nada que pudiese sugerir que no eran exactamente lo que Kittson decía que eran.

Pero Blake no estaba satisfecho. Encontró una pequeña pistola en el cajón de una mesilla de noche. Pero aquello no podía ser la prueba de lo que él buscaba. Los escasos artículos de tocador eran de marcas bien conocidas y que podían adquirirse en cualquier droguería. Observó la presencia de tintes para el cabello, cosa que también tenía una explicación fácil.

En el espacio de diez minutos, había registrado todos los sitios fácilmente accesibles. ¿Se atrevería realmente a revolver las cosas con la esperanza de que los otros no notasen sus investigaciones? Estaba seguro, después de ver la impecable pulcritud con que estaban hechas las camas, de que no lo conseguiría. Pero vació todos los cajones y los volcó boca abajo para ver si había algo adherido al fondo o a los costados. Lo peor de todo aquello era que no tenía la menor idea de lo que estaba buscando, excepto que necesitaba una respuesta concreta a ciertas sospechas fantásticas.

Registró en su propia habitación y con idéntico encarnizamiento, todas las pertenencias de Saxton, sin encontrar nada. Después de aquello, no trató de rebuscar en la sala de estar, pero aplicó el oído a la puerta de despacho; éste seguía cerrado y muy silencioso, como si también Saxton hubiese salido.

Nadie vino a reunírsele para el almuerzo, y el aburrimiento lo empujó hacia los libros. No conseguía desprenderse de figuraciones acerca del supuesto viajero del tiempo de Saxton, imaginándose unos cuantos mundos posibles que pudieran atraer a semejante hombre. ¿Qué se sentiría al pasar de un nivel a otro? De pronto, sintió frío, tiritones y temor. Lo que había parecido ser un ejercicio de la imaginación, empezaba a tomar características siniestras.

Era bastante fácil aceptar la idea de una civilización trastornada por un solo hombre con una abrumadora fe en su propio destino y una terrible fuerza de carácter; el mundo de él ya había tenido su colección de nativos tempestuosos y agitadores. La fuerza impulsora de aquellos hombres había sido un voraz apetito de poder.

Y esa era una impulsión humana bastante común. Únase a ella el supremo tipo de egoísmo que no admite ninguna oposición, y se obtendrá un Bonaparte, un Alejandro, un César, uno de los Khanes, que casi aplastaron tanto a Europa como a Asia.

¡Imaginemos a uno de estos hombres, frustrados en su propio mundo, pero capaz de trasladarse a otro maduro para su encumbramiento! Supongamos que eso hubiera sucedido en el pasado. Blake frenó su imaginación y se esforzó en soltar una carcajada que resonó demasiado huecamente en la habitación silenciosa. Pero ahora no le extrañaba lo preocupado que estaba Saxton con aquella teoría.

Dejó a un lado el libro y se tendió en el amplio diván. Estaba cayendo la tarde. ¿Lo dejarían marcharse el viernes? Una vaga sensación de susurro, de espionaje.

Mente y cuerpo se le pusieron en tensión. Clavó sin ver los ojos en el techo. Algo estaba en marcha. Toda la premonición que le había estado empujando ayer en el hotel lo inundaba ahora de nuevo cien veces mas fuerte. El vago malestar se transformaba rápidamente en la sensación de estar siendo acorralado, de un peligro que se acercaba por momentos.

Blake se sentó, pero no se detuvo a ponerse los zapatos. Este era un ataque mucho más fuerte y más intenso que cualquiera de los que había conocido antes.

Atravesó el vestíbulo y se acercó a la puerta por la que Kittson había desaparecido. La última vez que había experimentado aquello, era una cosa que había estado relacionada con el agente. La puerta seguía cerrada. Movió el picaporte, llamó, mientras su malestar seguía creciendo. No hubo respuesta alguna.

Blake volvió a la sala de estar y la amenaza se intensificó. Como una veleta influida por un viento invisible, giró hacia la puerta del despacho, apretándose contra ella, convencidísimo de que lo que quiera que fuese tenía su origen en aquella dirección.

No sólo oyó el zumbido del ascensor, sino que sintió la vibración de su subida. El pasajero debía de estar ahora en el pequeño vestíbulo situado ante el despacho. ¿Estaba Saxton preparado para recibir al intruso?

En aquel momento, sin saber precisamente por qué, Blake se alineó en el bando de los cuatro hombres cuyo alojamiento compartía ahora. Le habían dicho muy poco; había muchas cosas que necesitaban explicación. Sin embargo, ahora él era uno de ellos, y este recién llegado sólo podía ser definido como el enemigo.

No hubo ningún chasquido en la puerta, ningún movimiento dentro del despacho. Luego, captó un debilísimo sonido de arañazo, como sí alguien estuviera maniobrando en la cerradura. Sólo duró un momento. El desconocido podía estar escuchando con tanta atención como el mismo Blake.

Pero éste carecía absolutamente de preparación para lo que sucedió entonces. Se daba cuenta de pronto de una presencia intangible, una personalidad sin cuerpo ni sustancia. Era como si aquel otro oyente al acecho hubiese proyectado una emanación de sí mismo a través de aquella barrera que no podía traspasar. En aquel profundo silencio, la intrusión provocaba pánico.

Blake se apartó de la puerta porque en lo más profundo de su ser había algo que se rebelaba a entablar contacto con aquello, con La Cosa. Pero un segundo después regresó a su puesto, convencido de que, si el otro penetraba en el despacho físicamente, él debía enterarse.

Durante un rato, aquella misteriosa sensación de la presencia de otro persistió. Pero estaba convencido de aquel otro, a su vez, no sabía nada de que él estuviese en la habitación. Estaba acomodándose a aquello, dispuesto a relajarse un segundo, cuando, con un zarpazo de gato, aquello lo atacó directamente.

Blake se llevó una mano a la cabeza. El contacto había surgido tan certeramente como un golpe, un golpe que nublaba el pensamiento coherente. Con la mano, se aferró al picaporte de la puerta, con la extraña sensación de que aquel solo objeto vulgar y ordinario entre sus dedos lo mantendría a salvo contra el asalto enloquecedor.

Pues, una vez establecido el contacto, la cosa, el poder, la personalidad, comoquiera que hubiese que llamarlo, atacaba cruelmente. Era como la punta de una lanza entre los ojos de Blake, esforzándose en abrirse camino a través de su cerebro.

Mientras permanecía aferrado al picaporte en un crispado apretón, grises velos de dolor nublaban la habitación, y el cuerpo se le estremecía con largas sacudidas nerviosas. Pensaba que ninguna tortura física podía ser igual a eso. Estaba sosteniendo un encuentro con un ser tan fuera de su tiempo y de su mundo como pudiese serlo el diablo personal de la Edad Media.

La presión mortífera empezó a desvanecerse, pero Blake no se atrevió a creer que aquella retirada fuese verdadera. Y su negativa a creer en un escape estaba justificada, porque el otro no había abandonado la batalla. El ataque comenzó por segunda vez.

 

III

 

Blake soportaba aquello mientras el suelo rodaba bajo sus pies en ondas de mareo. No había medida alguna de tiempo. Sólo podía seguir creyendo en su razón y en su cordura gracias al contacto del picaporte pegajoso por el sudor.

Se sintió oscuramente sorprendido al ver que su oído todavía podía captar el rumor que puso un brusco fin a aquel asalto maligno: el zumbido del timbre de advertencia dentro del despacho. Hubo una retirada instantánea por parte del enemigo. Blake oía el sonido del ascensor.

¿Eran Erskine o Saxton que regresaban? Y si así era, ¿iban a precipitarse sin estar preparados, sobre el peligro que los acechaba aquí? Él no podía hacer nada, no podía avisarles.

El ascensor se detuvo, hizo una pequeña pausa y comenzó luego un vertiginoso descenso. Y, con ese descenso, se llevaba la presencia que había obsesionado la habitación. El zumbido se adelgazó hasta ser seguido por un profundo silencio: lo otro se había marchado.

Blake estaba de rodillas, la frente descansando contra la puerta, el estómago retorciéndosele. Empezó a gatear. Con la ayuda de la silla más próxima, consiguió ponerse en pie, avanzó tambaleándose, y llegó al cuarto de baño con el tiempo justo. Debilitado por las arcadas, se apoyó en la pared. Pues lo peor de aquel ataque había sido la sensación de haber quedado sucio de pies a cabeza.

Cuando pudo mantenerse en pie, se desnudó y se metió bajo la ducha. Sólo cuando el agua le hubo alternativamente cocido y helado la carne durante largos ratos, empezó a sentirse limpio una vez más. Vestirse fue toda una tarea. Estaba tan cansado como si por primera vez se estuviera moviendo después de una enfermedad larga y grave.

Blake avanzó bamboleándose hacia la sala de estar y se derrumbó en el diván. Hasta ahora, sólo se había concentrado en lo positivo, en que estaba miserablemente mareado, en bañarse y en vestirse. Su mente se negaba a ser llevada más allá de aquellas acciones inmediatas. Pero ahora, al tener que pensar en eso, volvía a sentirse enfermo. Empezó a repetir versos elegidos al azar, estribillos publicitarios, cualquier cosa con ritmo. Pero, entre una palabra y otra, filtrándose constantemente entre los versos que formaban sus labios, recordaba penosamente aquel extraño ataque. Estaba solo ahora; lo juraría. Y sin embargo, el invisible cieno dejado por aquel visitante persistía espeso en el aire que entraba en sus pulmones. Podía casi percibir el hedor.

Aquel sonido... Blake trató de ponerse en pie al comprender que era de nuevo el ascensor. Quiso, por lo menos, sentarse. Las paredes remolineaban. Clavó las uñas salvajemente en la tela del diván. Luego, perdió el conocimiento.

 

Se despertó en su cama, muerto de hambre y extrañamente alerta desde el segundo mismo en que recobró el conocimiento. De alguna parte, le llegaba el murmullo de unas voces. Se levantó. En el vestíbulo, estaban abiertas las puertas, y se puso a escuchar sin avergonzarse.

—...recorrido toda la ciudad, de arriba abajo y de izquierda a derecha. Lo que cuenta es verdad. Hijo adoptivo de los Walkers. Encontrado en una alameda por dos policías... una historia fantástica. Está en buena posición, pero no parece tener amigos íntimos.

No cabía duda de que era la voz de Hoyt.

—Encontrado en una alameda —decía Saxton en tono pensativo—. Estoy preguntándome, me pregunto...

—¿Hay alguna señal de sustitución y raspado o de aplicación de falsos recuerdos? —preguntó Kittson en forma tajante.

—No las mostraban ninguno de aquellos con quienes estuve hablando. No veo cómo podría ser un instalado...

—No, no me refiero a eso —volvió a hablar Saxton—. Quizá otra cosa. No lo sabemos todo. Ningún amigo íntimo. Y si lo que sospechamos es verdad, inevitablemente tenía que ser así. Y la prueba del selector fue lo bastante convincente. No podemos todavía permitirnos el lujo de adoptar la postura de «aquel a quien no conozco está contra mí». Y acudió a defender a Mark en el Shelborne.

—¿Cómo lo clasificas, Jas? —preguntó Erskine.

Psi latente, desde luego. Lo que lo desconcierta, como es natural. Inteligente, con alguna otra cosa a la que no puedo denominar todavía. ¿Qué vas a hacer con él, Mark?

—Lo que me gustaría saber —intervino de nuevo Erskine— es lo que sucedió aquí esta tarde. Estaba desmayado, perfectamente rígido cuando lo encontramos. Necesitamos emplearnos dos de nosotros para llevarlo a la cama.

—¿Qué sucedería si un Psi con la especie de barrera que ese muchacho posee naturalmente tropezara con un supermental? —preguntó Kittson con helada sequedad.

—¡Pero eso significaría...! —contestó Saxton casi con estridencia.

—Desde luego. Y sería mejor que empezáramos a pensar en que Pranj es capaz de hacer eso. Quiero preguntarle al muchacho algunas cosas tan pronto como despierte. ¿Le disteis una descarga restaurante?

—Casi de tercera potencia —asintió Saxton—. Después de todo, no estoy seguro de las reacciones de su raza. Ni siquiera estoy seguro de cuál será su raza.

Esta última frase podría hacer sido muy bien un pensamiento expresado en voz alta.

Blake penetró en la habitación. Los cuatro se le quedaron mirando sin sorpresa alguna.

—¿Qué quería usted preguntarme? —interpeló a Kittson.

—¿Qué pasó aquí esta tarde?

Escogiendo sus palabras cuidadosamente, tratando de despojarlas de toda emoción, Blake detalló su aventura. No hubo ningún signo de incredulidad en el corro. Algo de su beligerancia amainó. ¿Estaban acostumbrados a tales ataques? Sí así era, ¿qué diablo o a qué diablo estaba persiguiendo aquel cuartero de cazadores?

—Supermental —sentenció Kittson—. ¿Está usted seguro de que no penetró físicamente en el despacho?

—Tan seguro como puedo estar sin haberlo visto.

—¿Qué me dices a esto, Stan?

La atención de Kittson se había vuelto hacia el juvenil Erskine, que estaba hecho un ovillo sobre el diván.

El esbelto hombre rubio asintió.

—Ya os dije que Pranj era un adepto. Hizo muchas experiencias de las que los Cien no llegaron a enterarse nunca. Por eso es tan mortífero. Si Walker no hubiese sido Psi, y Psi barrera por añadidura, lo habría dejado seco en un segundo.

Castañeteó los dedos.

—¿Qué es Psi? —interrumpió Blake, dispuesto a recibir unas cuantas respuestas que pudieran dar sentido a lo que le pasaba.

—Psi, o facultades superpsíquicas, es la percepción extrasensorial en diversos campos, capacidades que la Humanidad en conjunto no ha aprendido a explotar. —Una vez más, Saxton se había convertido en maestro de escuela—. La telepatía, comunicación entre una mente y otra sin necesidad de lenguaje hablado o de cualquier otro medio material de comunicación; la telekinesis, transporte de objetos materiales mediante el poder de la voluntad; la clarividencia, presenciar acontecimientos que ocurren a distancia; previsión, predecir los acontecimientos futuros; levitación, la facultad de elevar el cuerpo por el aire... Todos estos son fenómenos que han sido registrados parcialmente. Y tales atributos pueden estar latentes en un individuo; pero a menos que se vea empujado por las circunstancias para hacer uso de ellos, puede no saber que posee tales capacidades Psi.

—¿Por qué —dijo Kittson. interrumpiendo la conferencia— abrió usted su puerta el lunes por la mañana, Walker, exactamente en el momento justo en que yo lo necesitaba?

Blake contestó diciendo la verdad:

—Porque creí que tenía que hacerlo.

—¿Le llegó esa compulsión de pronto? —quiso saber Saxton.

Blake meneó la cabeza.

—No. Hacía ya aproximadamente una hora que me encontraba inquieto. Siempre funciona de la misma manera.

—Entonces, es que lo ha tenido usted otras veces. ¿Predice siempre peligro?

—Sí. Pero no peligro para mí. O, al menos, no siempre.

—Por otra parte —dijo Kittson, dirigiéndose ahora a Saxton—, no pude apoderarme de él a causa de su escudo natural.

—No veo por qué tenemos que sorprendernos —comentó Hoyt, interviniendo por primera vez—. Parece razonable que, puesto que en le comienzo tenemos el mismo tronco, hemos de descubrir latentes aquí y allá: Tenemos la suerte de no haber tenido que perseguir hasta ahora a hombres dotados de verdaderas facultades...

—¿Quiere usted decir —preguntó Blake, eligiendo sus palabras cuidadosamente— que todos ustedes tienen semejantes poderes y pueden utilizarlos a voluntad?

Durante un momento que se hizo muy largo, permanecieron en silencio, los otros tres mirando a Kittson, como aguardando que éste decidiera. Se encogió de hombros.

—Ya sabe demasiado; tendremos que hacer con él todo el camino. Si los hombres de Pranj lo pescan ahora... Y no podemos mantenerlo siempre entre algodones, aunque esto empieza a parecer una tarea a largo plazo.

Alargó la palma de la mano, y el paquete de cigarrillos que estaba cerca de la rodilla de Erskine flotó ligeramente durante unos momentos, recorriendo aproximadamente un metro hasta aterrizar sobre aquella mano.

—Sí, podemos gobernar algunos poderes psíquicos. El grado varía según la persona y su entrenamiento. Algunos son mejores telépatas que telekinesistas. Tenemos unos cuantos teleportadores, gente capaz de trasladarse por si misma de un punto a otro. La precognición es común hasta cierto punto...

—¡Y ustedes no son agentes del F.B.I.! —añadió Blake.

—No, no somos agentes del F.B.I. Somos miembros de otro cuerpo ejecutivo legal, quizá más importante para el bienestar de este mundo. Somos Guardianes. Jas le ha hablado a usted de los mundos posibles, pero eso no es una manía suya ni una simple teoría, sino un hecho real. Hay bandas, niveles, estratos, como usted quiera llamarlos, de mundos. Este mundo ha sido reproducido innumerables veces por acontecimientos históricos. Mi raza no es más vieja que la de usted, pero por determinadas circunstancias, nosotros desarrollamos una civilización extremadamente mecánica hace varios miles de años.

«Desgraciadamente, poseíamos el común rasgo humano de combatividad y el resultado fue una aterradora guerra atómica. Nunca sabremos por qué no terminamos borrados de la existencia como a otros niveles les pasó y les sigue pasando. Pero el caso es que, en lugar de una destrucción total, el resultado, para grupos desperdigados de supervivientes, fue un nuevo tipo de vida. Probablemente, la segunda generación después de la guerra era ya mutante en su mayor parte, pero aprendimos a utilizar las facultades Psi.

»La guerra fue declarada fuera de la ley. Concentramos nuestra energía en la conquista del espacio, sólo para descubrir que los planetas de nuestro sistema eran en su mayor parte hostiles al hombre. Se lanzaron expediciones a las estrellas, ninguna de las cuales ha vuelto todavía. Entonces, uno de nuestros científicos historiadores descubrió los niveles de «mundos sucesorios» como los denominamos. El viaje, no hacia atrás o hacia adelante en el tiempo, sino a través de él, se convirtió en una cosa ordinaria. Y, porque somos humanos, los disturbios empezaron al mismo tiempo. Era necesario fiscalizar a los viajeros irresponsables, impedirles a los criminales que saltaran a otras líneas de tiempo donde sus poderes les darían grandes ventajas. De esta forma, llegó a existir la organización que representamos.

»Mantenemos el orden entre los viajeros, pero de ninguna forma intervenimos o actuamos en otro nivel. Antes de ocuparnos de un caso se nos da un informe completo sobre el lenguaje, la historia y las costumbres del nivel donde tenemos que operar. Algunos niveles están prohibidos a todo el mundo excepto a observadores oficiales. En otros, nadie se atreve a penetrar, pues la civilización o la falta de ella ha tomado allí un giro que hace todo inseguro.

»Hay mundos muertos, radiactivos, mundos aquejados con plagas creadas por el hombre, mundos subyugados por gobiernos tan crueles, que sus habitantes no son ya estrictamente humanos. Hay, además, otros mundos en los que la civilización se mantiene en un equilibrio inestable y donde la mera presencia de un intruso podría arruinar el status quo.

»Lo que nos lleva a tratar del caso que tenemos ahora entre manos. Seguimos la pista de un... bueno, de uno que, según las normas de nuestra cultura, es un criminal. Kmoat Vo Pranj es uno de esos super egos que anhela el poder como un vicioso anhela su droga. Dentro de nuestro mundo ya no tenemos divisiones por nacionalidad, pero tenemos diferencias de raza debidas a las barreras causadas por la guerra atómica del pasado. Saxton y yo representamos un grupo que desciende de miembros de una unidad militar que se vio aislada durante varios cientos de años en el extremo norte de este continente. Los antepasados de Hoyt llevaron una vida subterránea en aquella isla que usted conoce con el nombre de Gran Bretaña, donde desarrollaron una cultura separada y especial. Mientras que Erskine, como el hombre al que perseguimos, es miembro de una tercera agrupación, limitada a menos del millón de personas, procedentes todas ellas de un puñado de técnicos que permanecieron en una comunidad compacta en las montañas de Sudamérica trabajando en el estudio a fondo de las facultades Psi.

»Además de esto, de vez en cuando, producimos variaciones del linaje que tienen la desagradable manera de ser de nuestros remotos antepasados belicosos. Pranj necesita conquistar un mundo. No pudiendo realizar esa ambición en nuestro nivel, puesto que ahora que se le ha reconocido ya como lo que es, y habrá que someterlo a tratamiento correctivo, busca en cualquier otra parte una válvula de salida para su energía. Desempeñó el papel de una persona normal tan bien, que pudo ingresar en nuestro Servicio y completar el entrenamiento hasta el punto de poder realizar viajes de nivel sin someterse a supervisión.

»Ahora está buscando un nivel donde la civilización esté madura para permitirle realizar su ambición. Habiendo encontrado tal mundo, formará una organización y se erigirá en soberano del planeta. Parte de su falta de equilibrio es un exceso de confianza en sí mismo. Carece de todo elemento de duda, arrepentimiento o cualquier otra virtud suave. Nuestro propósito es no sólo someterlo a custodio, sino reparar cualquier daño que pueda haber hecho ya.»

—¿Y creen ustedes que se encuentra precisamente aquí?

Blake había superado ya la etapa de aceptar o no aceptar la fantástica historia; estaba meramente escuchando.

—Usted puede haber tropezado con él esta tarde, aunque no cara a cara —fue la respuesta sobria y aparentemente cuerda de Erskine.

Kittson sacó un cubito de una sustancia clara. Durante un momento, el hexaedro descansó en la palma de su mano, luego se levantó y vino a posarse en la mano que Blake extendió más bien con timidez. A través de la clara envoltura, vio a una diminuta figura, brillante de color, resplandeciente de matices de vida, como si el cubo contuviera un maniquí viviente. Hombrecito tenía las mismas mejillas limpiamente esculpidas de Erskine, sus mismos labios cortados con igual delicadeza y el mismo cabello rubio. Pero había, además, una sutil diferencia y cuanto más estudiaba Blake la figura, más resaltaba aquella diferencia. Erskine se mantenía distante, su aire de altivez debía de ser una cosa innata, pero no comprendía que en esa actitud suya no había ninguna malicia, ninguna presunción de superioridad. Esta estatuita, en cambio, era la de un hombre implacable. Había una sombra en torno a los ojos. Era un rostro cruel, un rostro arrogante y muy poderoso.

—Este es Pranj, o más bien Pranj antes de que desapareciera —explicó Kittson—. No sabemos todavía qué disfraz o envoltura haya asumido ahora. A pesar de eso, tenemos que localizarlo.

—¿Está trabajando solo?

Hoyt meneó la cabeza.

—Vio usted a uno de sus secuaces en el hotel. Tiene reclutas, ninguno de los cuales, creemos, sabe toda la verdad. A ellos les encomienda misiones que tienden a dificultar nuestra tarea.

—Cualquiera de nosotros —dijo Kittson continuando la explicación— puede dominar mentalmente a los tipos que Pranj tiene a su servicio, si no lleva escudo. Aquel granuja del hotel llevaba un escudo que protegía su mente contra la mía.

—¿Aquel disco que le encontró usted en la boca?

—Eso es. Afortunadamente, ese es un adminículo esencial que sólo puede conseguirse en nuestro propio nivel. Y Pranj no puede tener tantos como para irlos sembrando a voleo.

—Volvamos a esta tarde —interrumpió Erskine—, creo que podemos estar seguros de que Pranj nos hizo una visita. Alguien usó un berbiquí mental contra Walker, y nosotros no fuimos. Fue Pranj, ¿no os parece?

Saxton suspiró.

—Tendremos que trasladarnos. Es una lástima.

—Pero, en cierto modo, hemos tenido mucha suerte —continuó Erskine, que todavía no había terminado—. Porque, ¿qué habría pasado si él hubiera venido cuando todos nos hubiéramos marchado ya? No habríamos sabido hasta muy tarde que él ha estado en este sitio. Así es que en eso le llevamos la delantera. ¿Qué dices, Mark, nos trasladamos?

—Sí. Estoy seguro de que este nivel es su objetivo principal. Si busca seguridad, tendrá que volver para combatir. Y no tendrá el camino libre mientras no nos quite de en medio, un trabajo que le vamos a dificultar todo lo posible. Ahora bien —y se volvió hacia Blake—, la cosa tiene que ver con usted. Francamente, ya sabe usted demasiado para que podamos sentirnos tranquilos. Tendrá que trabajar con nosotros.

Blake se quedó mirando la alfombra. Era muy generoso por parte de ellos ofrecerle una elección, pensó sarcásticamente. No dudaba de que el trato a que lo someterían sería de lo más eficaz si se le ocurría decir «no». Pero desde esta misma tarde hallaba que no tenía la menor idea de replicar con una negativa.

—Estoy de acuerdo.

Aceptaron aquello sin gracias ni comentarios. Lo mismo podía haber dicho que hacía una noche agradable. Y luego lo olvidaron mientras Kittson impartía órdenes.

—Nos trasladaremos mañana después de que Jas haga un intento para descubrir al número dos. Hoyt, tú patrullaras por los locales de El Pájaro de Cristal. No hay muchas esperanzas de localizarlo allí, pero trata de descubrir cuántos de los servidores llevan escudo. Erskine...

El hombre rubio sacudió la cabeza.

—Yo ya tengo tarea. Creo que hoy he visto un collar Ming-Hawn en una de esas joyerías antiguas de la Avenida del Parque. La tienda estaba cerrada, así es que lo primero que tengo que hacer por la mañana es confirmar eso.

—¡Ming-Hawn!

La voz de Saxton se arrastró con un ahogado silbido, Kittson se quedó contemplando un anillo de humo y habló luego:

—Podría ser. Si Pranj necesita urgentemente dinero en metálico, unas cuantas cosas de ese tipo vendidas en los establecimientos adecuados sería una buena manera de proporcionarse fondos.

—¡Pero cualquier experto que vea esas piezas se pondrá a hacer preguntas! ¡Y a él le conviene el escándalo todavía menos que a nosotros! —protestó Saxton.

—No veo por qué iba a haber escándalo. No todas las piezas Ming-Hawn son tan raras que tengan que ser reconocidas como arte que no es de este mundo. Ni siquiera tú mismo estabas absolutamente seguro, ¿no es así, Stan?

—Casi seguro. Pero necesito tocarla. Vale la pena investigar. ¿Y si me llevara conmigo a Walker?

Blake aguardó un momento ansiosamente la respuesta de Kittson, temiendo que éste negase el permiso. Pero, a regañadientes o no, el jefe dio su aquiescencia. Y cuando Blake se despertó por la mañana, después de una noche llena de pesadillas, se sintió poseído por una honda excitación que no tenía nada de advertencia de peligro.

Bajó con Erskine al sótano del edificio y se encaminaron a una tiendecilla que atravesaron sin que el propietario llegase siquiera a levantar la mirada. Alcanzaron la esquina con el tiempo justo para meterse en un autobús. Antes de que dejaran atrás cinco manzanas, estaban ya en otra parte de la ciudad con calles más anchas y tiendas más elegantes. Después de atravesar unos cruces, Erskine hizo una señal para salir del autobús.

—La segunda de la esquina.

El establecimiento que indicaba Erskine era aristocráticamente sombrío, a base de pintura negra y dorada. Había una reja de hierro forjado que cubría la parte inferior del escaparate para proteger, pero no ocultar el despliegue que había dentro. Erskine señaló a un objeto colocado muy cerca del cristal.

Era un colgante de metal plateado con discos negros, sobre la superficie de cada uno de los cuales había intrincados dibujos en esmalte. La cosa tenía un sabor vagamente oriental, pero Blake no lograba situarla como nada perteneciente a ninguno de los estilos orientales que él había estudiado.

—Desde luego, Ming-Hawn. Vamos a averiguar ahora cómo ha llegado eso hasta aquí.

Erskine entró en la tienda y se dirigió al hombre, que se había levantado de detrás de una mesa para saludarles.

—¿Es usted el señor Arthur Beneirs?

—Sí. ¿En qué puedo servirles, caballeros?

—Me han dicho que usted no sólo vende, sino que compra antigüedades, señor Beneirs.

El hombre sacudió la cabeza.

—No con el público en general, caballero. Algunas veces se me consulta para hacer una oferta sobre objetos que hay que vender para resolver una herencia. Pero de otra forma, no.

—Pero usted sabría valorar un objeto de arte, ¿no? —insistió Erskine.

—Tal vez...

—Éste, por ejemplo.

Erskine sacó la bola de cristal que Blake había tenido en sus manos dos días antes.

—Cristal de roca —dijo Beneirs dándole vueltas.

Pero, para asombro de Blake, esta vez no hubo ningún cambio en el color de la esfera. Permaneció clara y sin nubes.

Luego, sin pronunciar una palabra, la soltó, fue derecho al escaparate y sacó la joya. Cuando se la alargó a Erskine habló rápidamente como uno que recita una lección de memoria.

—Me fue traída hace dos días, juntamente con otras piezas de joyería antigua, por un abogado, Geoffrey Lake. A menudo he tenido tratos con él, pero creo que se la dieron para venderla privadamente. Lake es un hombre de buena reputación; tiene el despacho en el Edificio Parker, apartamento 140. El precio que pagué fue doscientos cincuenta dólares.

Erskine sacó la cartera y contó algunos billetes. Con movimiento casi mecánico, Beneirs recogió el dinero mientras Erskine guardaba la joya en su cartera de mano. Luego, se echó el cristal al bolsillo. Beneirs, como si ellos fuesen ahora invisibles, se volvió a su asiento detrás de la mesa, y dejó de prestarles atención.

 

IV

 

—Debe existir una explicación muy simple a la notable ayuda del señor Beneirs —comentó Blake en cuanto salieron.

Erskine se echó a reír.

—Simple es la palabra más adecuada. La esfera no sólo demostró que él no tenía facultades Psi, sino que me permitió apoderarme de él, y no tuvo más remedio que responderme todo lo que sabía. Beneirs ni siquiera se acordará ya nunca de nosotros. Tendrá un vago recuerdo de haber vendido la joya Ming-Hawn, pero si tiene la obligación de informar a ese abogado Lake, no recordará ningún detalle del trato. Así es que ahora tenemos un movimiento de ventaja en el juego, al disponer de este informe que nos lleva hacia el señor Lake.

—Pero, ¿qué es eso de Ming-Hawn?

—Más bien, quién es. Ming-Hawn fue un artista en la confección de camafeos, una forma artística peculiar a su mundo sucesorio. Lo mejor de su trabajo lo hizo a finales del siglo XVIII. Vivió en un mundo que existe como resultado de una triunfal conquista mongola de todo Europa que acaeció en el siglo XIII. Fugitivos de aquella invasión, normandos, bretones, norsianos y sajones huyeron por barco hacia el Oeste a las colonias vikingas que había en Vinlandia. Sus descendientes se casaron con indias de los crecientes imperios nativos del Suroeste y formaron la nación de Ixanilia que todavía existe en ese nivel. La civilización actual no es muy atractiva, pero ofrece posibilidades que podrían seducir a Pranj. Vamos a ocuparnos ahora de ese abogado Lake.

Erskine entró en una cafetería y se dirigió a las cabinas telefónicas. Cogió una guía y le alargó la otra a Blake.

—Mire a ver si tiene teléfono en su domicilio.

Blake estaba todavía buscando, cuando Erskine hizo una llamada. Salió de la cabina frunciendo el ceño.

—Lake está enfermo en el hospital. Vive en Las Armas de Nelson.

—En esta otra guía no tiene número —contestó Blake.

—¡Hum!

Erskine sacó una segunda moneda y esta vez Blake pudo distinguir su voz que salía débilmente de la cabina.

—Geoffrey Lake, abogado, Las Armas de Nelson. Necesitamos el informe de costumbre tan rápidamente como puedan obtenerlo. Sí. —Colgó, y salió—. Volvamos ahora a nuestra madriguera. Hoy va a ser un día movido.

—¿Va a encargarse alguien de vigilar a Lake?

—Pagamos a una agencia de investigación para estos trabajos rutinarios. Si Lake no tiene nada que ver con el asunto, podremos hacer que coopere en cierto modo; si está complicado, es muy posible que sea un ayudante importante de Pranj. Entonces, habremos de adoptar más precauciones.

No volvieron por la tiendecilla del principio, sino que dieron la vuelta a toda la manzana. Erskine miró a Blake sonriendo.

—Es una madriguera con más de una puerta. Tiene usted que ir aprendiendo.

—Tienen ustedes un refugio muy complicado. ¿No fue difícil conseguirlo?

—No mucho. En los mundos que visitamos constantemente por motivos comerciales o de estudio tenemos bases fijas habitadas por gente nuestra que se disimula bajo un disfraz adecuado. Este es un grupo estable, pero coincide en amplitud con una de nuestras bases cambiantes y, como era un almacén, fue fácil vaciarlo y hacer los cambios interiores que nos convenían.

Erskine indicaba el camino por el vestíbulo raquítico de un pequeño despacho en la planta baja del edificio. El hombre de cabello blanco que estaba sentado en un taburete frente a la puerta del ascensor retiró su asiento y le sonrió a Erskine.

—Buenos días, señor Waters, ¿ha tenido un buen viaje?

—¿Estupendo, Pop. Al jefe le va a gustar el informe de ventas. ¿Cómo anda la cosa?

—Como siempre. ¿Arriba del todo?

—Arriba del todo. El jefe debe de tener sangre de plomo cuando le gusta vivir tan alto.

Le dirigió al ascensorista una mueca cariñosa cuando se detuvieron con un crujido en el piso superior.

—Como de costumbre, estará usted libre de servicio a las cuatro, ¿verdad, Pop?

El viejo asintió.

—Si no ha terminado usted entonces, tendrá que bajar a pie —advirtió—. Pero usted nunca termina pronto, ¿verdad señor Waters?

—No mientras el jefe está al acecho. Pero es más fácil bajar que subir. Que le vaya bien, Pop.

Había dos puertas en el vestíbulo, y una de ellas mostraba grandes letras sobre su superficie de cristal. Pero cuando el ascensor descendió y se perdió de vista, Erskine abrió con llave la puerta de metal que dejaba paso al tejado. Subieron medio tramo de escaleras al aire libre. Ante ellos se extendía el cañón de la Avenida. Erskine cogió un tablón cuya punta pegó al pretil, y lo balanceó hasta que la otra punta quedó en el tejado del almacén.

—Si le marea a usted la altura —le dijo a Blake—, no mire abajo.

Una vez que cruzaron, bajaron por una escalera a un polvoriento corredor. Allí Erskine se detuvo, extendió las palmas de las manos contra la pared y, bajo su presión, se movió un entrepaño que los dejó pasar a uno de los dormitorios del disimulado apartamiento.

—¿Lo conseguiste? —preguntó Hoyt desde la puerta.

—Lo conseguí, y una pista además. Beneirs, el propietario, se lo compró a Geoffrey Lake, abogado en ejercicio. Lo traté con la bola.

—¿Qué es eso de un abogado? —preguntó Kittson a sus espaldas.

Erskine rindió su informe.

—¿Supones que está realmente enfermo? ¿O podía ser eso una trampa? —preguntó Hoyt.

—Pranj sabe que estamos aquí. Pero me inclino a creer que vendió esa pieza Ming-Hawn antes de descubrir que estábamos. Debe de necesitar dinero en metálico y con urgencia. Por eso quiero saber mucho más acerca de este Lake, especialmente los contactos que tenga y los visitantes que hayan ido a verlo desde que ingresó en el hospital. Puesto que está enfermo, es un momento muy adecuado para que sus amigos se preocupen de él.

Hoyt se enderezó.

—¿Frutas, flores, o el paquetito de costumbre?

—Las flores parecen ocurrencia femenina. No sabemos lo bastante para aventurarnos aún. La fruta está a mitad de camino. Puedes poner la tarjeta del señor Beneirs.

—¿Qué hay de marcharnos? ¿Nos vamos ahora? —preguntó Erskine una vez que Hoyt hubo salido.

—Vamos a esperar hasta que Jas haya inspeccionado el otro sitio. No tiene objeto trasladarse allí para descubrir que hay vigilantes. Tenemos varias ventajas, incluyendo la de fondos ilimitados. Y el tipo de servidores que Pranj puede reclutar exige puntualidad en el pago. Si se ha visto obligado a vender en otro nivel, eso demuestra que los Cien han podido bloquearle los recursos en casa.

Sonó el teléfono. Kittson se puso al habla.

—Basta con eso. Le enviaremos por correo los honorarios usuales —colgó—. Informe sobre Lake. Hombre de mediana edad; de una familia que lleva el mismo bufete desde hace cuatro generaciones; la mayor parte de su trabajo consiste en administrar sociedades y fincas; soltero, su pariente más próximo es una hermana que tiene en Miami: lo han operado hace dos semanas; ningún contacto directo con los hombres de Pranj.

—Kmoat puede mostrarse muy convincente —comentó Erskine.

—Esperaremos hasta ver qué averigua Hoyt en el hospital. Necesito saber si Lake dispone de escudo. Y me da la sensación de que de ahora en adelante vamos a tener que movernos muy aprisa.

Fue interrumpido por el zumbador y luego entró Saxton. Se despojó de un conservador bombín y de un bien cortado abrigo de paño antes de sentarse.

—Todo está dispuesto para el traslado. Pero la Avenida está vigilada. He tenido que utilizar el camino del tejado.

—¿Quién está en la Avenida? —preguntó Erskine.

—Un tipo musculoso al que vimos últimamente en El Pájaro de Cristal. Ya sabéis —continuó Saxton sacando una pitillera del bolsillo y efectuando una selección cuidadosa— que la jugada más inteligente de Pranj sería envolvernos en algún jaleo desagradable que concentrara sobre nuestras actividades la atención de la Policía local. Con eso, él ganaría tiempo y nos obligaría a apartarnos por ahora de este nivel.

Para sorpresa de Blake, descubrió que los tres lo estaban mirando fijamente. Kittson fue el primero en hablar.

—¿Qué acusación elegiría usted para ponernos a mal con su Policía?

—Considerando el refugio semisecreto que tienen ustedes aquí —contestó lentamente—, podría pensarse en juego o en drogas. Por cualquiera de las dos cosas harían un registro. Y también una alusión hecha a cualquier banda en el sentido de que están ustedes operando en un territorio acotado atraería la atención de mucha gente.

Saxton se mordió los labios.

—En otras palabras, puede meternos en un jaleo ahora que nos ha traído a la Tierra. Creo que tenemos que movernos a toda prisa.

Kittson asintió.

—Está bien. —Sacó de un cajón un pequeño mapa—. El Pájaro de Cristal está situado en los bajos de aquella casa de piedra parda. Encima, hay algunos apartamientos, ¿no es así?

—Tres, dos ocupados por miembros de la directiva del club —precisó Erskine.

—¿Hay antenas de televisión en el tejado?

—Por lo menos, una.

—Entonces, nosotros nos encargaremos de hacer la reparación.

—¿Cuándo? —preguntó Saxton.

—Ahora. Envía un mensajero para que evacúe este lugar.

—¿No podríamos comer primero?

La voz de Saxton sonaba quejumbrosa, y Kittson accedió después de una corta vacilación. Estaban reunidos en torno a la mesa, cuando regresó Hoyt.

—Un tipo en la Avenida y otro vigilando el camino de los tejados —anunció—. Aunque, por lo que veo, éstas son ya noticias viejas.

—¿Qué hay de Lake?

—Bueno, por lo pronto no tiene escudo. Pero no conseguí verlo. Se espera a su hermana de Miami en el avión de las cuatro.

Kittson miró a Erskine.

—Un agradable encuentro entre una dama y otra en el aeropuerto podría conducir a cosas mayores —comentó en voz suave.

El hombre esbelto sorbió su café lentamente.

—¡Las cosas que tengo que hacer por el Servicio! Por este trabajo deberían concederme la Orden de la Cruz y la Estrella.

La sonrisa de Kittson era irónica.

—«Es necesario en todo momento» —era evidente que estaba declamando una cita— «elegir al agente que encaje con la tarea y no a la tarea que encaje con el agente.»

—Una bonita manera de echarle siempre a uno el muerto encima —replicó Erskine—. La meditación me proporcionará una réplica adecuada. De todas formas, son los hechos y no las palabras los que están a la orden del día. Mi única esperanza es que me entere por esa voladora mujer de cosas que compensen el tenerme que poner una falda.

Se retiró de la mesa.

Una hora después, una mujer elegantemente vestida con un traje sastre y una esclavina de piel, salía del apartamiento acompañada por Saxton. Y veinte minutos después de aquella partida, Blake era un miembro del segundo éxodo. Ni Kittson, ni los demás habían preparado ninguna clase de maleta y parecía que de él mismo se esperaba que abandonase sus pertenencias, frívola despreocupación hacia las cuestiones económicas que no dejó de molestarle.

Embutidos en sus monos de obreros, los tres tomaron el ascensor en la planta baja. El espeso cabello de Hoyt era ahora castaño y había una extraña alteración en la línea de su mandíbula, haciéndosela más cuadrada, mientras dos dientes frontales sobresalían un poco en agresiva desnudez bajo su labio superior.

Por los mismos medios misteriosos, los rasgos de Kittson se habían alterado. El vuelo de halcón de su nariz había engruesado y desplegaba una brillantez rojiza. El mismo arte hizo que sus ojos parecieran demasiado juntos, y caminaba con una graciosa cojera.

No atravesaron la tiendecita, sino que caminaron en dirección opuesta, serpenteando por un pasillo hasta llegar a una segunda puerta y de allí a un espacio para aparcamiento. Había un camión cuyo cartel decía: «Hermanos Randell, Reparaciones de Televisión y Radio.»

—¿Sabe usted conducir? —le preguntó Kittson a Blake.

—Sí.

—Coja el volante; Hoyt le indicará el camino.

Con sinuosidad de anguila, el hombre alto se acurrucó en el limitado espacio que había atrás.

—Coja recto toda la calle y tuerza a la derecha.

Blake condujo con cautela por el estrecho pasaje.

—Esta es una escapatoria en la que no habían pensado —comentó Hoyt cuando el camión se sumergió en el tráfico.

Pero le contestaron desde atrás:

—Hay una mente con escudo a no más de media manzana de distancia.

Hoyt trató de volver la vista atrás.

—En caso de necesidad, cogeremos por el camino más largo. ¿Nos están siguiendo, Mark?

—Sí. No consigo localizar qué coche es; hay demasiados en la calle.

Blake se extrañaba de no sentir inquietud ninguna. O bien la facultad precognitoria que los otros afirmaban que él tenía no estaba funcionando como era debido, o bien no había nada que temer.

—Un gran camión de transporte, pero está doblando una manzana atrás —dijo Kittson, completando su informe.

La atención de Hoyt se volvió hacia Blake.

—¿Cómo están las corazonadas? ¿Vamos hacia algún jaleo?

—No siento nada.

—Ese camión puede estar descargando a otro grupo de servidores encargados de vigilar a una ratonera que se ha quedado vacía —bromeó Hoyt—. Para sentirnos más seguros, vamos a trazar una pista falsa. Tuerza a la izquierda en la próxima esquina, Walker, avance luego cinco manzanas hasta llegar al ferrocarril.

—Son cerca de las tres —avisó Kittson.

—El ferrocarril tarda cerca de cinco minutos en cruzar. Pasaremos en el momento que más nos convenga. Luego, volveremos por el puente Franklin. Tardaremos así cuarenta minutos, pero si eso no hace borrosa una pista, nada podrá hacerlo.

—Está bien —aprobó Kittson, resignado.

Cuando pasaron al ferrocarril, cambiaron de chofer y, con la maestría que tenía de su vehículo y con el conocimiento del camino, Hoyt los volvió a entrar en la ciudad por una dirección completamente distinta y empleando cinco minutos menos de los anunciados.

De la abarrotada sección de los negocios, pasaron a un distrito que había sido elegantemente residencial medio siglo antes. Altas mansiones de piedra parduzca estaban construidas al fondo de enrejados parques. Pero ahora muchas de las casas habían caído en la indignidad de pequeños carteles grisáceos de «Se arriendan habitaciones» en las ventanas inferiores, y algunas hasta se habían convertido en tiendas. Hoyt paró al final de una manzana. La empinada rampa que llevaba al sótano estaba adornada con unos guardacantones indicadores de curva, y un anuncio de neón indicaba al mundo con su flamear rojizo que aquello era el Pájaro de Cristal.

Estaba congregándose la pesada oscuridad invernal, y había una sugerencia de peor tiempo oscuro en la firme caída de anchos copos de nieve. Hasta donde Blake podía extender la mirada, la calle, excepto el camión de ellos, estaba vacía tanto de coches como de peatones. Pero después que el motor se detuvo, Hoyt no salió; permanecía donde estaba como si se hallara a la escucha. Cuándo habló, lo hizo con poco más de un susurro.

—Dos escudos en el Club. Pero creo que la casa está limpia.

—Sí —asintió el invisible Kittson.

Luego, arañó a la espalda mientras Hoyt le daba a Blake sus órdenes.

—Esté listo parra arrancar en cualquier momento si tenemos que salir corriendo.

Kittson se le acercó y le entregó una revista cómica.

—Póngase en carácter, pero no se interese demasiado por la literatura.

Blake se repantigó en el asiento, y sobre el filo de la revista vio cómo los otros subían a la puerta principal y eran admitidos por una mujer grisácea.

Más luces empezaron a hacer guiños a través de la oscuridad: turbias en las casas de «habitaciones», más brillantes en las tiendas. Ahora había más gente por la calle. Un hombre, con la cabeza destocada, a pesar de la nieve y del viento que se había levantado, bajaba los escalones que conducían a la entrada del Club con una velocidad que sugería la idea de que iba a llegar tarde a una cita. Blake se preguntó qué pasaría si él pudiese alcanzar y leer los pensamientos de los transeúntes.

Entonces llegó algo que comprendió muy bien: ¡Peligro! Una bola que se le iba hinchando en el estómago. Podía sentirle el gusto, palparla. Blake no se había sentido tan conmocionado en toda su vida, excepto en el choque con aquella presencia extraña. Sus dedos se crisparon sobre el volante y se esforzó en tender la mirada a un lado y a otro para tratar de descubrir el origen de la advertencia.

No pudo ver nada nuevo en la casa donde estaba situado el Pájaro de Cristal. El anuncio de neón centelleaba, una o dos luces eran visibles en las ventanas inferiores. A partir de aquel punto, su mirada resbaló lentamente por la manzana, escrutando cada casa, sin ver a nadie ni a ningún coche. Pero, ¡cuidado!

Al otro lado de la plaza, se había detenido un camión de carga delante de unas tiendas, un camión verde.

Hoyt le había ordenado que se quedase en su puesto. Si salía, si daba uno o dos pasos...

Únicamente la tensión que lo dominaba lo mantuvo pegado al volante. Instintivamente puso en marcha el motor. Volvió la mirada hacia el club. Una alta sombra se pegaba al lado de la casa y se dirigía hacia él, seguida por una segunda sombra. La que iba en retaguardia se detuvo junto a un cubo de basura, alzó la tapa y miró en el interior mientras la primera sombra entraba en la cabina y se sentaba junto a Blake. El que estaba cerca del cubo de la basura se guardó algo en un bolsillo de la chaqueta y se les unió en un par de zancadas. En cuanto que Hoyt tomó asiento, Blake dio la señal:

—Camión verde, allí a la derecha.

Hoyt soltó una exclamación:

—Pranj disfrazado con tres metros de seda y un cinturón de ante. Quizá...

Pero la atención de Blake estaba dividida entre el manejo del volante y la abrumadora sensación de amenaza.

—Tuerza a la derecha —le indicó Hoyt.

Otra calle de casas viejas. Las luces del alumbrado formaban enmarañados torbellinos blancos cuando la nieve cruzaba sus rayos.

—A la izquierda, aquí...

Conducía automáticamente, siguiendo las indicaciones de Hoyt. De la parte trasera, donde se había ocultado Kittson, no llegaba ninguna señal. Una serie de vueltas a izquierda y derecha les llevó a una avenida que bordeaba el inmenso parque que casi rompía la ciudad en dos mitades exactas.

—Entre en el parque y déjeme el volante.

Blake se abrió camino entre el creciente raudal del tráfico y consiguió meter al camión en la oscuridad de árboles y arbustos que formaban una pantalla contra las luces ciudadanas; luego cambió de sitio con Hoyt.

Continuaron, pasando de alamedas anchas a caminos estrechos, hasta que llegaron a un pequeño claro situado junto a un blanco teatro-restaurante cerrado en aquella época.

—Todos abajo.

Blake apagó los faros con el tiempo justo para ver que Kittson salía por la parte de atrás.

—Venga, siga usted.

El agente se alejaba.

—¿Adonde?

—Saldremos del parque a la calle 114. Cruce usted allí la avenida y espere en la esquina al autobús 58. Lo toma y se baja en Mont Union, a unos cuarenta minutos de recorrido. Baje por Mont Union hasta llegar a la primera calle, Patron Place. Entre por la puerta de servicio de la tercera casa, la que tiene un muro rodeando el patio. Llame dos veces. ¿Se ha enterado?

—Sí.

Mientras andaban para salir del parque, no cambiaron una sola palabra. Y una vez fuera, los otros dos dejaron a Blake sin decirle adiós, y rápidamente se perdieron entre la multitud que cubría la acera.

El cruzó la calle y se juntó al grupo en la parada de autobús. Descubrió que los 58 no venían demasiado llenos, y pudo meterse en uno traqueteante. Los edificios más acotados de la parte baja de la ciudad se cambiaban por casitas provistas de patios.

Había un bar en la esquina de Mont Union. Era un establecimiento muy iluminado, pero el resto de la manzana estaba casi a oscuras. Llegó a Patron Place y contó las casas.

El número 3 tenía una fila de ventanas iluminadas. La puerta del garaje estaba abierta, y marcas recientes de neumáticos se veían sobre la nieve. El sonido quedaba allí apagado.

Blake dio la vuelta a la casa para llamar por la puerta trasera. Golpeó como le habían dicho. Se abrió la puerta y Erskine lo dejó pasar al calor y a la luz.

 

V

 

Abrigado, embutido una vez más en sus propias ropas que habían aparecido misteriosamente en uno de los dormitorios del piso de arriba, Blake entró en una habitacioncita equipada con el pesado mobiliario de un siglo antes. Hoyt estaba repantigado en uno de los macizos sillones.

Contemplaba con cariñoso cuidado a un gatito negro que comía carne cruda, y cuando observó la presencia de Blake señaló al felino:

—Aquí tiene usted nuestro gato. ¿No le parece muy elegante?

La punta de la cola del gatito tembló como agradeciendo la presentación, pero el animal continuó devorando los alimentos con devoción intensísima.

—¿Fue eso lo que sacó usted del cubo de la basura?

La sonrisa de Hoyt desapareció.

—Lo habían metido en un saco y lo habían dejado allí para que se helara.

El gato, hinchada ya la barriga como una bola, se sentó y empezó a lavarse. Se interrumpía de vez en cuando para mirar a Hoyt con sus circulares ojos azules de niño. Luego, de un salto, aterrizó sobre sus rodillas, haciéndose una rosca en el regazo con un ronroneo de satisfacción.

—Va a sernos de gran ayuda. —Hoyt pasó un dedo por la peluda cabeza, rascando en los puntos más apropiados tras las orejas y en el ángulo de la mandíbula—. Este nivel no sabe las posibilidades de sus recursos naturales. Los gatos y los perros y algunos pájaros pueden entrar en contacto mental con el hombre, si éste lo prueba. Sí, este gatito va a ser una ayuda. Sobre todo, teniendo en cuenta que Pranj —y su sonrisa se endureció— odia a toda clase de bichos. No me sorprendería que hubiese sido orden suya lo de condenar al animalito.

El gato se echó a dormir, y una sensación de bienestar reinó en toda la habitación.

 

Cuando Blake despertó a la mañana siguiente, oyó el suave siseo de la nieve contra los cristales de la ventana. Jueves. Contó los días que habían pasado desde que comenzó aquella absurda aventura. Parecía más tiempo.

El garaje estaba abierto. Vio pasar por un senderillo a dos figuras bajitas, que le parecieron Erskine y Saxton, quienes entraron en el coche y se marcharon.

Blake no se daba prisa. Mientras bajaba las escaleras, pensaba quiénes podrían ser los dueños de esta casa. Había una cocinera y una criada. ¿Quiénes habían recibido a los agentes aquí y por qué?

Kittson estaba solo en el pequeño comedor viendo caer la nieve tras los cristales. Y el gato estaba sentado en el pretil lanzando zarpazos al cristal, tan absorto como su compañero humano. La radio estaba encendida y el locutor leía el boletín meteorológico anunciando que la altura de la nieve subía y que la ciudad se esforzaba en mantener las calles despejadas. Seguían algunas comparaciones de mal augurio sobre la enorme helada de cinco años antes y la interrupción de servicios que había habido aquella vez.

—La cosa se está poniendo fea —se atrevió a decir Blake.

Kittson se limitó a gruñir, y el otro se dio cuenta entonces de que el agente se hallaba en uno de sus trances de concentración. ¿Es que cada uno de aquellos desconocidos tenía en la cabeza un receptor que recibía mensajes que flotaban en el aire en longitudes de onda que sólo ellos podían captar?

Entró Hoyt, con los hombros todavía empolvados por la nieve.

—Es como gelatina —dijo al mismo tiempo que acariciaba al gatito—. Ya han renunciado a limpiar las calles.

—Si estamos paralizados por el mal tiempo, también le pasa lo mismo a Pranj —dijo Kittson moviéndose con aire inquieto de la ventana a la butaca y viceversa.

Hoyt se encogió de hombros y se sentó, dirigiendo su atención al gato. Si no hubiera presenciado lo que sucedió a continuación, Blake no lo habría creído. Siempre había oído decir que a los gatos es imposible domesticarlos, que su independencia innata les impide obedecer otra voluntad que no sea la suya propia. Pero, de alguna manera, el hombre corpulento estableció contacto con el diminuto revoltijo de piel negra. Los redondos ojos del gato se fijaron en los de Hoyt, y el animalito empezó a saltar y a correr, a coger una pelotita de papel y pasearla por toda la habitación y traerla a las manos del hombre. Pero los gatos se cansan, y a los pocos momentos Hoyt dejó en paz a su alumno.

Era ya media tarde, cuando Blake decidió salir. Sus dos compañeros estaban en su peculiar trance, en contacto tal vez con acciones que tenían lugar en otra parte. No sólo se sentía inquieto, sino, en cierto modo, ofendido, como si deliberadamente lo hubiesen dejado a la puerta. La cocinera estaba junto a la puerta trasera.

—¿Cree usted que podría llegar a la farmacia? —le preguntó ella bruscamente—. Agnes tiene uno de sus dolores de cabeza y no servirá para nada en todo el día si no toma sus gotas. La muy tonta no se ha preocupado de renovar la receta.

Tenía un papel en la mano.

—Yo se lo traeré —dijo él, y se metió en uno de los torbellinos de nieve.

En el interior del establecimiento, mezcla de droguería, bar y farmacia, había un ambiente como de vacaciones. Obreros de la limpieza estaban reunidos bebiendo café, cambiando buenas y malas noticias con los parroquianos que habían podido llegar hasta la tienda. Blake escuchaba mientras aguardaba que preparasen la medicina recetada. Esto era la realidad, lo que de verdad era la vida. El mundo fantástico donde él había estado viviendo los tres últimos días no era más que un sueño.

¿Cómo podía uno creer en otros mundos de diferentes niveles, en criminales que se escapan de uno a otro, en hombres Psi que podían ir contra todas las leyes de la física y de la naturaleza? Si él tuviese un poco de sentido común debería marcharse ahora, escaparse de la casa de Patroon Place, lejos del alcance de Kittson. Podría hacerlo si no estuviese dominado por el convencimiento de que ello no sería ningún bien, que escapar de aquellas fuerzas era imposible. Fuese verdadero mundo o fuese sueño, lo cierto es que estaba atrapado.

Pero todavía anhelaba rebelarse, como lo había estado anhelando desde que despertó aquella mañana. Sospechaba que era tan herramienta de los otros como lo era el gatito al que Hoyt estaba ahora aleccionando: Lo utilizarían o lo dejarían abandonado según les conviniera. Se trataba de una relación de adultos con un niño, y eso despertaba antagonismo, ¿Estaba siendo reconocido y alimentado aquel presentimiento por algo que estaba fuera de él? ¿Había sido preparado deliberadamente durante aquellas horas para lo que iba a suceder? Más adelante, Blake creyó algunas veces que lo habían condicionado así para matar.

En la calle, la grisura de la tarde se había convertido en noche precoz. Blake iba pisando la nieve crujiente. Entonces vio frente a él a la otra figura. No había error posible: se trataba de la esbelta silueta y del paso rápido de Erskine.

Un coche avanzaba lentamente por la parte limpia de la calle. Y con el coche llegó para Blake un retortijón de terror. Peligro, peligro para Erskine de una u otra manera. Blake gritaba, quería correr. Pero el otro, agachado contra el empuje del viento, ni veía ni oía.

El coche llegó a su lado, dos formas oscuras bajaron rápidamente y se lanzaron contra Erskine. Los pies de Blake resbalaron en un pedazo de hielo. Luchó por mantener el equilibrio, pero en aquel momento una descarga de dolor mental lo sumió en las más profunda inconsciencia.

En la cabeza, le latía un dolor punzante. Blake trató de recordar lo que había sucedido. Estaba amarrado y amordazado, en la oscuridad. Trató de echarse a rodar y descubrió que estaba dentro de un recipiente, las rodillas pegadas contra el pecho.

¡Erskine! ¿También el otro habría sido hecho prisionero? A pesar de todas sus facultades, también los hombres Psi tenían limitaciones. Kittson no había podido escapar del pistolero con escudo en el hotel Shelbourne. Blake deseaba tener los poderes de aquellos. ¡Si pudiera por lo menos comunicar con Erskine! Percibía todavía la advertencia de peligro, pero la había sentido últimamente con tanta frecuencia, que ya estaba familiarizado con aquel malestar.

El que no lo hubieran matado indicaba qué los secuestradores pensaban utilizarlo para algo. ¿Cómo habían conseguido seguirle la pista tan rápidamente? ¿O era a Erskine a quién habían perseguido, cogiéndolo también a él como presa adicional? ¿Cuánto tiempo tardarían Kittson y Hoyt en descubrir su desaparición y venir a rescatarlo? A Blake no se le ocurrió pensar nunca que no fueran a hacer algo por él. ¿Podrían estar informados del desastre por el misterioso sistema de escucha que poseían? No tenía objeto hacerse preguntas a las que no podía responder. Era más provechoso concentrarse en lo que él podía hacer, lo que por el momento no era nada.

Blake no tenía ningún dato para calcular lo que duraba aquel viaje, pero percibió el topetazo de la parada. Hubo voces bajas. La caja que lo contenía fue empujada hacia delante y cayó, zarandeándolo dolorosamente.

Ahora, calor y más voces. Alguna otra cosa. Captó un rastro de perfume. Por último, la caja fue depositada con un golpe en el suelo, y se retiraron unas pisadas. Calor. Perfume. Blake se esforzaba en juntar las piezas de aquel rompecabeza. El camión verde, la tienda de tejidos frente al Pájaro de Cristal...

Tenía los miembros dormidos, no podía mover más que la cabeza de un lado a otro. Había una rendija de luz y de vez en cuando podía escuchar una conversación ahogada.

Cuando lo soltaran, estaría encogido como un pato, demasiado lleno de calambres para ofrecer ninguna resistencia. Y Pranj era Psi. Y cualquiera que se moviese en un ambiente donde las facultades consciente e inconscientemente, considerando seres inferiores a los que no las tenían.

Blake había percibido un rastro de aquella misma actitud en los agentes, aunque ellos hubiesen estado condicionados para vivir como ciudadanos ordinarios de mundos no psíquicos. En el proceso de entrenamiento habían perdido su superioridad consciente. Pero Pranj no tendría motivo alguno para disimular sus facultades. ¿No lo cegaría precisamente esa capacidad y lo impulsaría a subestimar a todo antagonista que no fuese de su propio mundo?

A pesar de lo que le dolía la cabeza, Blake se esforzó en estudiar la situación con toda la calma que pudo reunir. Lo que él tenía era un poder psíquico latente de presencia del peligro, y un fuerte escudo mental. Ventajas muy pequeñas para luchar contra el arsenal de armas invisibles de Pranj. Pero ya el escudo lo había utilizado durante su primer encuentro con el forajido. ¿Y si volviesen a dirigirle otro ataque así? ¿Podría él construir sobre aquella barrera un falso equipo de recuerdos que pudieran ser leídos por el enemigo?

Su cuerpo podía estar inmóvil, pero su mente galopaba, explorando aquella posibilidad. ¡Si supiese un poco más! ¿Conseguiría hacerle creer a Pranj que él no era más que un inocente testigo involuntario? Con unas pocas alteraciones, podría decirle la verdad y todo encajaría.

¿Qué pasaría si él creyese aún que los agentes eran miembros de la F.B.I. que perseguían a un criminal normal de este mundo? La historia se acomodaba a sus actos y podría satisfacer a Pranj y hacerle creer que era relativamente inofensivo.

Con algo más de una vaga idea de lo que estaba tratando de conseguir, Blake puso manos a la obra. Recordó los detalles de su vida familiar, y que había venido para asistir a las clases de Havers. Aquello era verdad, podía comprobarse. En su habitación del hotel, lo había sobresaltado un ruido, se esforzó en decirse recordaba aquel ruido. Ayudó a Kittson a librarse del pistolero. Kittson le había mostrado sus credenciales de hombre de la F.B.I. Lo habían obligado a unirse con ellos. Implacablemente, trataba de poner recuerdos falsos sobre los verdaderos. La visita a Beneirs, la intrusión del martes, lo que le habían contado los agentes; todo aquello tenía que olvidarlo. Y a medida que reñía en su propia mente aquella extraña batalla, Blake se sorprendía. Era como si sus esfuerzos, por rudos que fueran, despertasen nuevas habilidades, penetraciones nuevas y más profundas.

Flameó la luz afuera. Por un momento, la preocupación de Blake se vio interrumpida por una oleada de verdadero pánico. ¿Iban a dejarlo donde estaba? Era difícil semejante confinamiento durante horas.

Aquel roce de histerismo resultó aterrador hasta que la nueva parte de su mente, aquella sección que observaba y evaluaba, vio cómo podía utilizarse aquello. Estar asustado era la reacción correcta. Y el espanto era lo más telepático, lo que mejor podía ser captado por el enemigo, el susto vendría a añadirse a su cubierta protectora.

Blake había recorrido un largo camino desde que habían sido hechos prisionero, un camino por una senda que ni siquiera sabía que existiese antes. La conmoción tenía mucho de estimuladora y ya él no era el mismo Blake Walker a quien detuvieron en una calle cubierta de nieve. Nunca volvería a serlo.

La luz se encendió de nuevo; se oyeron unas fuertes pisadas. Se levantó una tapadera y parpadeó ante aquella brillantez antes de que lo arrojaran indefenso sobre el suelo. Un puntapié lo hizo volverse y se quedó mirando fijamente a dos hombres. Ninguno de ellos, ni siquiera disfrazado, podía ser Pranj. Rápidamente, Blake fingió confusión y miedo.

—Sí, éste es uno de ellos. Y está despierto.

—Ya te dije lo que era. —El más bajo masticaba una pastilla de chicle—. ¿Qué le has hecho?

—Lo metí en la caja. Le até las piernas. No íbamos a entretenernos.

El bajito sacó una navaja de muelles y cortó la cuerda que sujetaba los tobillos de Blake. Cuando vio que el cautivo lo estaba mirando, enseñó dos dientes en una mueca y cortó con un ademán amenazador. Blake se encogió, y los dos hombres se echaron a reír.

—Pórtate bien, muchacho, o Kratz cortará algo más que las cuerdas.

—Desde luego —confirmó el otro—. Sé manejar muy bien el cuchillo. Puedo trincharte con carne o con grasa. Vete haciendo la idea.

Blake consiguió ponerse en pie y agarrarse a la pared manteniéndose en una posición forzada. El embotamiento de las piernas cesaba ahora para dejar paso a la tortura de la circulación que volvía. Mientras sufría aquello, entró un tercer hombre con un curioso retorcimiento en su labio superior en una faz oscura y cruel que mostraba las puntas de los blancos colmillos.

—Llevadlo abajo —dijo lanzando una ojeada a Blake.

—Desde luego, Scappa.

Entre sus secuestradores, Blake fue empujado en seguimiento de Scappa a través de un oscuro vestíbulo y un tramo de escalera. En el suelo, se abría un pozo y Scappa bajó por allí seguido por Kratz. Blake recibió un empujón y cayó de cualquier forma. Casi perdió el conocimiento por la violencia del aterrizaje, pero no se le permitió quedarse tendido en paz. El hombre alto se agachó y lo obligó a ponerse en pie.

A través de una abertura que había en la pared, pasaron a un segundo sótano. Blake fue colocado en un sillón de forma que los brazos, que seguía teniendo atados a la espalda, le dolieron por el peso de su cuerpo. El hombre alto cogió un cabo de cuerda y lo ató firmemente al sillón.

Scappa hizo una señal a sus sicarios.

—Marchaos.

A Blake le pareció que los dos hombres se alegraban realmente de poder subir la escalerilla de madera y desaparecer por la trampilla. Scappa, una vez que los otros dos se hubieron ido, sentó a su vez, encendiendo luego un cigarrillo. Tenía el aspecto de quien espera que se levante el telón para una función de teatro aguardaba con avidez.

Cuando llegó el asalto, no fue la puñalada perforadora que Blake había experimentado antes, sino una presión lenta e inexorable, una presión que le daba a entender que esta vez el enemigo tenía el propósito de resultar vencedor.

Blake mantenía sus pensamientos ligados a los recuerdos seleccionados que había preparado con anticipación. Era fácil permitirse también una gran lástima por sí mismo, el porqué tenía que ser él precisamente quien se viera metido en todo esto. Lentamente, bajo el palpar del otro, fue revelando el encuentro con Kittson y lo que había sucedido después.

Ya no veía el sótano ni a Scappa sentado allí. De una manera extraña, su visión estaba vuelta hacia dentro. Incluso su miedo tenía que ser nutrido cuidadosamente, pero sin alcanzar profundidades que pusieran en peligro el muro de sus recuerdos pergeñados. El invasor no debía observar que existía tal muro.

Blake no disponía de ningún medio para saber si estaba triunfando o fracasando en la prueba. Los tanteos eran cada vez más secos, más profundos, como si la mente que los hiciera estuviese impacientándose. Lúgubremente, Blake se atenía a su historia, y la siniestra interrogación continuaba en profundo silencio.

Luego, el roce de la otra mente se apartó. Blake sintió un escalofrío. Una vez más le quedaba el sentimiento de suciedad, de violación. Pero tenía también una chispa de esperanza. La barrera no había sido asaltada con la fuerza que él temía. ¿Significaba aquello que Pranj lo había tomado por el inocente instrumento de los agentes en un mundo normal? Fue sacado de sus pensamientos por una palmada que resonó en su cabeza como una explosión. Los rasgos de Scappa componían una máscara sádica velada por un resplandor rojizo.

—Entrad y llevaos a esta basura.

El hombre alto bajó ruidosamente los escalones. Lo seguía Kratz.

—¿Qué hacemos con él? —preguntó el hombre de la navaja.

—Por lo pronto, lleváoslo. Ya decidiremos.

—Está bien. —El hombre alto maniobró con la cuerda—. El gran patrón siempre consigue lo que quiere.

La mueca de Scappa se endureció.

—Las grandes bocas hablan demasiado. Lleváoslo de aquí.

—Desde luego, desde luego —dijo en tono apaciguador el hombre alto.

Empujó a Blake por la abertura que había en el muro. A mitad de camino a lo largo del túnel, se detuvo y Kratz enfocó una linterna contra una puerta metálica. Abrió unos cerrojos y giró una puerta lo bastante ancha para dejar paso a Blake a quien empujaron al interior.

—Y ahora pídele a la momia que te desate.

Blake se tambaleó y cayó al suelo, siendo un milagro que no se rompiera algo en la caída. Cuando pudo volver la cabeza, la puerta ya se había cerrado.

La oscuridad y el silencio se combinaban en una opresión abrumadora. Quizá pudiera avanzar pulgada a pulgada hacia la pared y empujarla con la espalda. Pero ahora estaba demasiado cansado para probar. La frialdad del suelo le llegaba hasta la piel bañada en sudor.

«Que te desate la momia» Por lo visto le habían depositado en una tumba particular. No le habían atado otra vez los tobillos, pero los brazos eran un peso muerto. Levantarse, moverse. Pero estaba tan cansado, que pensar en el menor movimiento le producía dolor.

Se quedó helado: algo había sonado en la oscuridad. Algo que procedía del otro extremo de la cámara invisible. La momia. Blake rechazó aquel pensamiento. Algo se estaba moviendo ahora.

—¿Quién..., quién está ahí?

Blake mascó la mordaza que le impedía contestar a aquella voz hueca.

—¿Por qué... por qué no me contesta nadie? —insistía la misma voz con miedo—. Contésteme, contésteme.

Nuevo movimiento, esta vez hacia él. ¿Erskine? Instantáneamente, Blake rechazó la idea. Por dura que hubiese sido la prueba, la voz de Erskine no podía haber cambiado hasta tal punto. Oyó pisadas interrumpidas por pausas. Luego, un pie le rozó una rodilla. Dando un grito, el otro tropezó con Blake y cayó encuna de él. Hubo una llamita seguida por una exclamación. Unos dedos le palparon la cara y encontraron la mordaza.

Con una crueldad que podía proceder de su mismo terror, el otro desató aquello. La tela fue retirada de su boca, y Blake pudo mover la lengua. Necesitaba agua más que ninguna cosa que hubiese deseado nunca en su vida.

—¿Quién es usted? —preguntó su compañero quejumbrosamente—. ¿Por qué lo han metido aquí?

—Para desembarazarse de mí —susurró Blake roncamente—. ¿Puede usted desatarme los brazos?

Sin ceremonias, fue vuelto boca abajo. Cuando los brazos le rodaron como pesos muertos a los costados, le tocó a él a su vez de hacer una pregunta.

—¿Cuánto tiempo lleva usted aquí?

—No lo sé —contestó el otro con tono del mayor histerismo—. Me golpearon, perdí el conocimiento y me desperté aquí. Pero... —Unos dedos se clavaron en el hombro de Blake, tirando de él—. Pero puede haber otro camino para salir. Dijeron algo...

Con la ayuda del otro, Blake consiguió ponerse en pie. La voz continuaba.

—Debemos andar a lo largo de la pared. Sólo quedan cinco cerillas. Y en el centro hay un gran agujero.

El apretón en el hombro de Blake lo azuzaba en aquel extraño viaje.

—¿Dice usted que hay otra manera de salir? —preguntó.

—Lo decían ellos, antes de arrojarme aquí. Era algo que quería ser un chiste, porque ellos se reían como si la cosa tuviera mucha gracia. Pero cualquier cosa sería mejor que esto.

Blake no podría haber dicho cuánto tiempo llevaban ya en aquel avance pulgada a pulgada. Pero estaba seguro de que la cámara era amplia. Entonces, el otro habló con una nota de excitación.

—Esto es lo que encontré justamente antes de que lo tiraran a usted aquí. Tenga cuidado.

Blake se agachó y empezó a palpar el suelo, un suelo pegajoso, liso y casi grasiento. ¿Metal? Empuñó aquello.

—Encontré que hay algo pegado en el extremo; parece como una barra. Si pudiéramos sacarla, podríamos practicar un agujero en el muro al otro lado. Algunas de las piedras están allí sueltas. Pero tendría usted que ayudarme primero a sacar esta palanca.

Blake estaba en tensión. Por todos los nervios y los músculos le chillaba la advertencia de peligro.

—¡No haga...!

Sólo pudo lanzar aquellas dos palabras antes de caer de bruces cuando la superficie que tenía debajo de él se bamboleó. Se concentró una débil luz verdosa y vio que compartía una pequeña plataforma con otra figura sombría, cuyas manos empuñaban una palanca que sobresalía de la superficie que tenían bajo ellos.

 

VI

 

El centelleo estaba acompañado de una sensación retorcida, enmarañada, vertiginosa, que lo mismo podía hallarse dentro de Blake que estar flotando realmente sobre la balsa encima de la cual iban agazapados. Le parecía que aquel pequeño cuadrado era el único refugio seguro en un mundo que de pronto se había vuelto loco.

Ahora que sus ojos se habían ajustado a la luz, por débil que ésta fuese, Blake podía ver murallas, si es que eran murallas, ondulando ante sus ojos como humo. El resplandor verdoso estaba en torno a ellos por los cuatro lados, y más allá sólo existía un caos profundo.

Otras luces parpadeaban, resplandecían y eran borradas por manchas de oscuridad, mucho más negras por el contraste. En cierta ocasión un cono de frío color azul, una cosa mortífera, pasó por encima de ellos durante breves segundos. Blake captaba vislumbres de otros objetos, y no se atrevía a creerlos cosas reales. Extraños vehículos centelleaban y varias veces la plataforma estuvo en campo abierto, una vez en una campiña donde una batalla estaba en progreso, a juzgar por las llamaradas rojas, las explosiones y los estallidos que rodeaban a la balsa y ensordecían a los dos que se aferraban a ella.

El otro temblaba de miedo, agachando la cabeza, pero sus manos no soltaban la palanca. Blake se le acercó tambaleándose. Aquella palanca debía gobernar aquel viaje imposible. Si tenían que pararse alguna vez, era preciso que su compañero dejase de actuar. Blake sentía que la balsa vibraba con una vida propia mientras afuera de la verde burbuja seguían desarrollándose e interrumpiéndose escenas fantasmagóricas. Blake se arrastró hacia el otro y le tiró del brazo. Pero el apretón con que el hombre asustado tenía cogido el sencillo mando estaba tan crispado, que Blake no pudo aflojarlo. Tuvo que ir soltando los dedos del otro uno a uno.

A medida que las manos caían, la palanca se enderezaba. Hubo un chirrido, un balanceo que mareaba. Blake se agachó, escondiendo la cabeza, mientras las fugitivas sombras fuera de la burbuja verdosa empezaban a solidificarse.

—¡Despierte, despierte!

Unos dedos palpaban dolorosamente la piel de su cara.

—¿Qué...?

Ahora había una luz verdadera, un resplandor constante, más suave que el de la electricidad que él conocía. Y pudo ver al hombre que se inclinaba sobre él. Un hombre bajito, delgado hasta la demacración, con desordenados rizos de cabellos de un castaño oscuro que le bajaban hasta los ojos amplios y salvajes. Las manos palpaban a Blake, tratando de levantarlo.

¡Despiértese, maldito sea! —Había diminutos copos de espuma en las comisuras de los labios del otro—. ¿Dónde estamos? Dígame dónde estamos.

La voz se le hacía estridente y casi llegaba al grito.

Blake se incorporó y miró en torno. Estaban todavía sobre la plataforma de metal, pero era evidente que no se hallaban ya en la prisión subterránea donde Scappa los había confinado. Esta era una habitación grande, y el suelo estaba formado por bloques de un rojo herrumbroso del mismo matiz que las paredes. No había ningún dispositivo que pudiera producir aquella luz, pareciendo que el resplandor venía difuso desde el techo. Había largas mesas con bancos en tres de las paredes, mesas cubiertas con una multitud de objetos que Blake asoció en su pensamiento con un laboratorio.

Excepto los dos ocupantes de la balsa, la habitación estaba vacía, pero un tramo de escalera llevaba a regiones desconocidas. Blake se dirigió hacia el borde de la plataforma, eludiendo la opresión del otro.

—¡No se vaya!

—Mire —dijo Blake volviéndose hacia él—, mientras no haga usted tonterías con esa palanca, permaneceremos aquí. Pero quiero saber dónde estamos.

El viaje por distintos niveles era la única explicación lógica, la única explicación cuerda de lo que les había sucedido. Y cuando el otro miró a la barra de mando como si fuera un lanzallamas que lo estuviera apuntando, Blake pensó que podía tener la tranquilidad de que no tocaría la palanca de nuevo.

Blake puso un pie en el suelo de aquel extraño laboratorio. Medio esperaba que aquel acto rompiese la ilusión, que desapareciera todo en cuanto que él tratase de demostrar su realidad. Se quedó en pie y dio un paso completo. No sucedió nada. Bajo sus pies, el suelo estaba tan sólido como las calles de la ciudad por las que había caminado antes. El débil chasquido que había estado escuchando en los últimos segundos resultó ser el gotear del agua de un grifo sobre la cubeta.

¡Agua! Blake se acercó ansioso, apoyándose en la mesa para recuperar el equilibrio, y colocó la mano bajo aquel gotear. El líquido le corrió por la palma sucia y le cayó entre los dedos. Había una fila de botones en la pared, por encima del grifo. La sed lo había imprudente, y empujó el botón que estaba más a la derecha. El goteo se convirtió en un arroyo cálido.

En el borde de la cubeta, había una pequeña taza, limpia y seca. Blake la llenó hasta rebosar y se bebió de un trago aquel agua tibia. Satisfecha su sed, lavó la mugre de sus manos hincadas y entumecidas, permitiendo que el agua corriese sobre las marcas purpúreas que tenía en las muñecas. Se lavó luego la arañada cara.

—¿Dónde estamos?

Blake volvió la mirada. El hombre se había trasladado hasta el borde de la plataforma y estaba mirando en torno, la curiosidad luchando con su miedo. Era más joven de lo que Blake había juzgado en un principio. Posiblemente, tenía una edad parecida a la suya, y la vestimenta consistía en un pullover hecho jirones y en unos pantalones de cuero. Su cabello castaño necesitaba un buen repaso en la barbería, y sus delgadas manos no estaban nunca quietas, ya tirándose de la ropa o peinándose aquel rizo que le caía en la frente o frotándose la barbilla.

—Sé lo mismo que pueda saber usted —replicó Blake.

El individuo no tenía una apariencia muy formidable ni era muy de desear el adquirir un conocimiento más íntimo. Pero como habían hecho juntos aquel extraño viaje, estaban ahora unidos con un lazo invisible aunque incómodo.

—Me llamo Lefty Coimera —dijo el otro presentándose bruscamente—. Soy empleado de John Conforta.

—Me llamo Blake Walker. Me secuestró un tal Scappa.

Lefty dejó ver un escalofrío.

—También a mí. Decía que yo estaba trabajando en terreno suyo. Aquel tipo alto que tiene de guardaespaldas me noqueó y luego me desperté en aquella cueva. ¿Para quién trabaja usted?

—Para nadie. Yo estaba con algunos agentes de la F.B.I. y creo que Scappa quería averiguar lo que sabía de ellos.

—¡La poli! ¡Lo que usted pudiera saber! —El interés de Lefty estaba un poco coloreado por el miedo—. Así es que Scappa tiene ya a la poli pisándole los talones. John Conforta se va a alegrar de lo lindo cuando se entere. Pero —miró en torno y recordó—, pero primero tendremos que salir de aquí. Sólo que, ¿dónde es «aquí»?

—Llegamos porque usted manejó esa palanca —dijo Blake señalando a la especie de balsa.

—¡Imposible! —protestó Lefty vehementemente—. Le digo a usted que recorrí paso a paso el sitio donde nos encerraron. Y no había nada que se pareciese a esto, nada en absoluto.

—¿Cómo lo explica usted entonces? —replicó Blake, reduciendo al otro al silencio con aquella pregunta.

No tenía la menor intención de ofrecer por su parte la explicación que a sus ojos era la única lógica. Había caído en manos de los sicarios de Pranj, y sin duda éste era el procedimiento de que se valía Pranj para viajar a otros niveles de tiempo. Parecía como si alguien los hubiese encarcelado en el punto de «contacto» con su mundo, y el movimiento alocado de Lefty los había llevado por toda una serie de niveles sucesorios que explicaban las cosas extrañas que se habían visto.

Pero, ¿hasta qué punto era prudente hablarle de esto a su nuevo compañero de desgracias? Si por algún milagro podían volver a su propio mundo, todo lo que le dijese ahora a Lefty pondría de manifiesto la falsedad de su fingida ignorancia. Decidió mantener la boca cerrada por lo menos por ahora.

—¿Qué me dice usted de aquel agujero que me contó que había en el suelo?

Lefty, visiblemente sorprendido, alzó la mirada al techo.

—¿Quiere usted decir que hay aquí una especie de ascensor y que hemos bajado?

Por floja que fuera aquella explicación, Blake decidió aceptarla.

—Su conjetura puede ser tan buena como la mía. Lo cierto es que estamos ya fuera de aquella cueva.

Lefty se animó.

—Desde luego. Y además por aquí no hay ninguno de esos tipos. ¿Qué me diría usted si nos asomáramos a esa escalera? ¡Córcholis!, si consigo salir de aquí, John Conforta va a pagarme un buen precio por oír esto. ¡Que aspecto más raro tiene este sitio! ¿Qué cree usted que harán aquí?

Su nerviosismo se iba desvaneciendo a medida que crecía su interés por el nuevo ambiente.

—Yo diría que esto es un laboratorio.

—¿Como esos donde hacen las bombas atómicas? ¡Córcholis!, entonces por eso es por lo que la poli va detrás de Scappa. Quizá haríamos mejor alejándonos de aquí cuanto antes.

También Blake quería explorar y estaba con forme en eso con Lefty. Pero, ¿debían alejarse de la balsa, su única esperanza de unión con el mundo nativo? Vacilaba mientras Lefty, creciendo su confianza a cada paso, empezaba a caminar hacia la escalera.

—Vamos, muévase —le susurró impacientemente y Blake lo siguió todavía a disgusto.

Subieron a un pequeño vestíbulo en el que otra escalera llevaba a un segundo piso, y una puerta medio abierta ofrecía una invitación, Lefty estaba medio agachado junto al último puesto de observación.

—Es una especie de almacén.

Pero no parecía hallarse demasiado seguro de su identificación.

A lo largo de las paredes, se alineaban estantes llenos de cajitas y frascos. La luz estaba velada y no se extendía con claridad hacia el fondo de la habitación. Blake se aventuró y siguió adelante.

Más estanterías, excepto en el sitio donde la puerta rompía la simetría. No había mostradores, pero una serie de mesitas con taburetes ocupaba la parte principal del espacio libre. Podía ser un restaurante o un café.

Blake avanzó de puntillas hacia el fondo. Había otra puerta más amplia, que daba quizá a la calle. Su mano, al descansar sobre la superficie de la puerta, sintió un ligero movimiento, y entonces corrió un entrepaño. Sí, afuera había una calle.

La nieve yacía en manchas sucias e irregulares teñidas de azul por los rayos de extrañas lámparas fijadas irregularmente a las paredes de edificios vecinos. No podía ver construcciones altas, y la calle era estrecha. Evidentemente, ésta no era la ciudad que él conocía.

—¡Quítese de ahí! —La mano de Lefty se le clavó en el hombro—. ¿Quiere que nos vea la policía? Nos tomarían por ladrones que hemos entrado aquí de mala manera.

Blake cerró el entrepaño. Lefty tenía razón; tampoco a él le interesaba señalarse lo más mínimo. Pero era preciso enterarse de dónde estaban. Era un juego que había que llevar con lentitud y habilidad, sin que Lefty se diera cuenta.

Si pudiera encontrar algún periódico o su equivalente, alguna pista... Blake se dirigió al estante más próximo y eligió una de las cajas, buscando una etiqueta. La caja contenía un jarro de arcilla, hermosamente modelado, con una tapadera que terminaba en una especie de botón. Y el botón era una cabecita. Blake la llevó a la luz.

Una cabeza, desde luego, pero la cabeza de una cosa que él no podía imaginar que viviese en ningún mundo, una cabeza horrenda y muequeante de diablo. Algo así como una gárgola a la que se le hubiera añadido una máscara vudú. La soltó y siguió explorando.

No había etiquetas en los jarros, que estaban herméticamente sellados, pero había variaciones en las cabezas de las tapaderas, variaciones que tal vez servirían para que los compradores identificasen su contenido. La cabeza cornuda se alineaba con otras diez idénticas. Pero junto a aquella serie había otra de cosas lupinas y salvajes, y más allá una docena de tapaderas que reconoció aliviado como lechuzas, representadas realísticamente. Un rápido inventario mostraba demonios de varias clases, y unos cuantos animales y pájaros.

—¿Qué hay en esas cosas?

Lefty no se atrevía a tocar los jarros, pero pasaba junto a las estanterías mirándolos.

—No tengo la menor idea.

¿Cómo era que Lefty no se hacía más preguntas al verse en aquel ambiente? ¿Tan estúpido era, que no se daba cuenta de lo extraordinario que resultaba todo aquello?

—Oiga —dijo Lefty, parándose de pronto—. ¿Sabe lo que pienso? Creo que esto debe de ser uno de esos Institutos de Belleza que reciben los productos directamente de París.

—Podría ser.

Pero Blake dudaba de que a alguna mujer pudiera interesarle tener un frasco de cosméticos realzado por uno de aquellos tapones de gárgola tan extraños.

—Bueno —dijo Lefty al llegar a la puerta—, por aquí no vamos a ningún lado. Estoy seguro de que si ponemos un dedo en la puerta principal empezará a funcionar alguna alarma y en seguida tendremos encima a los vigilantes. Vamos a ver por otra parte.

Volvió a vestíbulo y empezó a subir el segundo tramo de escalera. Blake habría preferido volver junto a la balsa. Aquella plataforma los había traído aquí, y si conseguían volver alguna vez, sería mediante aquel extraño vehículo. ¿No era hora ya de decirle a Lefty la verdad? Pero en su fuero interno había algo que le aconsejaba cautela.

La escalera daba a un segundo vestíbulo, mayor que el de abajo. Blake supuso que la tienda ocupaba sólo una porción limitada del edificio. Espaciadas a lo largo de la pared, había cinco puertas, pero ninguna estaba abierta y no tenían ni picaportes, ni llaves. La débil luz procedente de una raya azulada que corría en los cruces del techo con las paredes ponía aquello en evidencia. Lefty inspeccionó la primera puerta con franca sorpresa.

—¿Dónde está el picaporte? —preguntó.

—Probablemente, se trata de puertas de correderas.

Pero Blake no sentía la menor prisa por confirmar su propia sugerencia. Lo último que habría podido desear era irrumpir en las habitaciones particulares de un nativo de otro nivel, y tratar de explicar tan sólo quien era, sino lo que estaba haciendo aquí en mitad de la noche. Con un ligero escalofrío, se imaginó lo que sucedería en su propio mundo en una situación a la inversa: un viajero del tiempo, náufrago, obligado a explicarse ante una asamblea de indignados inquilinos y de policías.

Pero Lefty no se preocupaba de tales contingencias. Empujó la puerta siguiente y, como ésta resistiera sus esfuerzos, probó con la otra y con la otra.

—¡Qué diab...!

Cuando llegó a la última puerta, ésta ni siquiera aguardó su roce, sino que se deslizó suavemente dentro de la pared.

¿Una trampa? Casi lo parecía. Lefty no hizo ningún movimiento para penetrar en el oscuro espacio que se extendía más allá. ¿Los estaban esperando? Blake habría preferido volver junto a la incierta seguridad del vehículo transportador. Pero Lefty seguía aún en la puerta. La curiosidad estaba venciendo a su prudencia.

Cruzó el umbral y lanzó un grito de miedo. La luz lo había dejado deslumbrado. ¿Un sistema de célula fotoeléctrica? Blake sólo estaba, enterado vagamente de aquellas cosas, pero pensó que bien podría ser. Por encima del hombro de Lefty, miró a lo que sin duda era una sala de estar. Había butacas, alfombras, una mesa y adornos en las paredes. Y el hecho de que en cada uno de aquellos objetos existiese una diferencia sutil, no le importaba ahora en gran modo; La cuestión principal era que la habitación se encontraba vacía y que su mismo orden perfecto sugería que hacía tiempo que no se usaba. Animado por aquel pensamiento, Blake empujó a su compañero helado por el miedo.

La alfombra era tan suave y tan flexible, que Blake pensó que se parecía más a una piel que a fibras. Las sillas tenían forma de barril y estaban hechas con una madera ligeramente gris, tapizadas con una almohadilla de piel sedosa. No había lámparas, la luz procedía de un delgado tubo que corría por los cuatro lados de la habitación en la juntura de paredes y techo. Cuadrados de una sustancia opaca disimulaban probablemente ventanas. Entre éstas había una serie de mascaras colgadas como si fuesen cuadros. Eran de una vivacidad sorprendente, aunque Blake no creía que estuviesen pensadas como retratos. Los ojos estaban exagerados, dotados de centelleantes piedras y clavados en una mirada fija, casi amenazadora. Después de dirigirles una ojeada, Blake prefirió no hacer un estudio más a fondo. Había curvas crueles junto a las bocas, promesas de conocimiento extraño y malvado en los ojos penetrantes.

A lo largo de toda la extensión de una de las paredes, había un estante que contenía libros, estante éste hecho de la misma madera gris que el resto del mobiliario. A la izquierda de Blake, había otras dos puertas, ambas abiertas.

Lefty, al ver que no pasaba nada malo, se adelantó a Blake. Miraba en torno como si lo extraño del lugar empezara a causarle alguna impresión.

¡Córcholis! —fue todo lo que supo decir—. Este, debe de ser un tío loco. —Pesó un dedo por el tapizado de la silla más próxima—. ¡Y esto es piel! ¿Y por qué todas esas caras colgadas en las paredes? Este tío se dedica a cazar cabezas. —Empezó a reír ante su propia ocurrencia, pero la risa se le apagó en cuanto que echó una segunda mirada a las máscaras—. Debe de estar loco como una cabra. No comprendo nada.

De las otras habitaciones no llegaba ningún sonido. Seguramente, si el apartamiento estuviese habitado, alguien habría acudido ya. La sensación de que la vivienda esta desierta persistía y su propio sistema particular de advertencia de peligro no le señalaba nada.

Blake entró en la habitación próxima. Una vez más centellearon las luces en cuanto que cruzó el umbral, y vio que estaba en un dormitorio. La cama era baja y ancha, construida en una esquina, a la manera de un gran diván. Una de las blandas alfombras, esta vez totalmente blanca, cubría el suelo. Y la cama estaba cubierta con una colcha bordada que resplandecía de colores y chispeaba con infinidad de luces diamantinas.. Una cómoda de madera de ébano, con incrustaciones de hojas rojas y doradas, se alzaba contra una de las paredes, y sobre ella colgaba un espejo plateado.

Al verse sucio y miserable en aquel espejo Blake se alegró más que nunca de no haber tropezado con ningún nativo. La habitación estaba vacía y una vez tuvo la sensación indefinible de que llevaba días así.

¡Córcholis! —dijo Lefty, soltando su exclamación favorita—. Esto sí que es lujo. Ni siquiera mi jefe tiene nada como esto.

El artista que había en Blake anhelaba examinar los bordados de la colcha y todo el resto de los demás tesoros, pero no había tiempo; retrasarse era una locura. Tenían que volver al laboratorio y probar con el transportador, aunque eso significara un regreso a la cueva donde Scappa los había encarcelado. Había algo en el ambiente que sugería que Scappa, por malvado que pudiese ser, no era el mayor peligro con que podía uno tropezar en el viaje por los mundos niveles. Las máscaras habían impresionado a Blake más de lo que él mismo quería confesarse.

—Sería mejor que volviéramos... —empezó a decir.

—¿Volver a dónde? —preguntó Lefty—. Claro, ya sé que tenemos que salir de aquí.

Blake no habría de saber nunca si era o oyó una campanada apagada, el primer sonido no factible su propósito de volver junto al transportador, porque en aquel momento se oyó una campanada apagada, el primer sonido que habían escuchado.

En la pared junto a la puerta del vestíbulo, había un resalte redondo parecido a una claraboya en el camarote de un barco. Pero ya no tenía un color gris intenso. Salían de él tres destellos que atrajeron la atención de los visitantes. Lefty, con una exclamación que más parecía un grito, se limitó a dar media vuelta y correr ciegamente hacia el vestíbulo cuando en el disco empezó a formarse un dibujo.

Blake se quedó donde estaba. Eran líneas de escritura totalmente exótica. Y sin embargo, tenía la sensación de que aquello estaba relacionado con algo que había visto una vez, que en alguna parte había mirado caracteres serpenteantes parecidos a aquellos. Reaccionó a este examen con el tiempo justo para ver cómo se cerraba la puerta del vestíbulo dejándolo a él dentro y a Lefty fuera. Dio un salto para salir, pero ya había sonado un seco chasquido y la puerta siguió cerrada a pesar de todos sus empujones.

Atrevidamente, martilleó su superficie, gritándole a Lefty que procurara abrir desde fuera. Pero, si el otro estaba todavía en el vestíbulo, no hizo ningún movimiento, y la puerta continuó resistiendo los esfuerzos de Blake.

Cuando se resignó a admitir el hecho de que ahora estaba otra vez prisionero, el disco con el mensaje se había apagado ya. Y estaba segurísimo de que no podía confiar en que Lefty lo libertara. Se había equivocado al no decirle nada al otro del verdadero sentido del viaje que habían hecho. Lo que Lefty quería era salir del edificio. Suponiendo que lo consiguiera, se haría sospechoso al primer nativo de aquel nivel con que se encontrara. Y cuanto más se alejara Lefty del laboratorio, más probable era su captura.

 

VII

 

Blake pensó que debía ser ya de madrugada. Sólo disponía de un corto tiempo antes de que apareciera alguien para abrir la tienda que había abajo, antes de que los trabajadores llegasen al laboratorio. Tenía que darse prisa.

Descubrió una segunda puerta en el dormitorio, pero resistió sus esfuerzos. La tercera resultó ser una cocina. La vista de los condimentos que allí había, por extraños que fuesen, le despertaron el apetito. Por unos momentos estuvo pensando en buscar comida, pero el sentido común le advirtió contra aquello.

Sólo había una salida posible: una ventana. Rompiéndose las uñas, consiguió separar el panel que la cerraba. Todavía entre él y la libertad había una superficie clara. ¿Cristal? No, aquello se hundía al tacto. Trabajó para forzar aquella segunda barrera y luego respiró el aire que traía los olores usuales de una ciudad y otros olores exóticos y nuevos.

La suerte de Blake persistía. A un metro y medio, corría una cornisa de piedra del primer piso. Si pudiera deslizarse desde la ventana...

Se suspendió trabajosamente y se rompió la chaqueta antes de lograr su propósito. Luego, se quedó tiritando en la cornisa antes de saltar a otro resalte cerca ya del suelo. Las azuladas lámparas de la calle estaban lejos, pero él podía ver un poco. No había allí altos rascacielos como los que existían en su propia ciudad. Pocos de los edificios tenían más de cuatro o cinco pisos.

Lanzó la mirada a un pozo de oscuridad que parecía ser un patio. Una vez que estuviese allí, podría salir del edificio y hallarse más lejos aún del transportador.

Mientras vacilaba, Blake vio dos globos de un rojo anaranjado moverse majestuosamente por el cielo nocturno, balanceándose en círculos por encima de la ciudad. ¿Aparatos aéreos de un tipo especial? Se volvió para seguir su vuelo con la mirada y vio centellear otra luz en el edificio que acababa de abandonar.

En el extremo más lejano, una ventana era un cuadrado brillante en la oscuridad. Tan brillante, que Blake creyó que debía estar abierta. Si él lograse entrar...

Trepó nuevamente a la cornisa y avanzó hacia aquel resplandor. ¿Habría conseguido Lefty entrar en otra habitación? Entonces, podría ayudarle desde dentro, y esta vez él le diría la verdad para que pudieran retirarse juntos al transportador.

Por una cautela innata, realizó su aproximación a aquella luz de una manera furtiva. Y después de lanzar una ojeada al interior, Blake se quedó rígido.

Lefty estaba allí efectivamente. Pero un Lefty cambiado, un Lefty que se mostraba a. sus anchas en aquel ambiente, un Lefty que sólo tenía una semejanza muy superficial con el asustado granuja que había compartido la huida de Blake desde la celda subterránea.

El nerviosismo, la fijeza de la mirada, el torcimiento de los labios no alteraban ya el delgado rostro que se mostraba ahora en líneas de calmosa fuerza. El sucio cabello estaba limpiamente alisado, encima de una alta frente, y había una extraña sonrisa que daba una expresión de firmeza a los labios. Estaba arrellanado en una de las butacas con forma de tonel, y entre sus dedos giraba un cigarrillo castaño. ¿Qué esperaba Lefty? ¿Cómo se sentía aquí en su casa? Precisamente aquí.

La respuesta justa conmocionó a Blake. Aquel no era Lefty, no era la asustada criatura a la que él se había sentido tan superior en las pasadas horas. Le habían asegurado que sólo Pranj conocía la existencia de los mundos niveles. Lo que significaba que, aunque el hombrecillo que estaba allí sentado tenía muy poca semejanza con la imagen que a él le mostraron, era sin embargo Pranj. Un Pranj tan capaz de equiparse con un nuevo carácter, que ninguna sospecha de disfraz había podido cruzar por la mente de Blake.

Entonces... entonces no había desembarcado en este mundo por casualidad. Este era un nivel que Pranj ya conocía, un mundo en el que tenía contactos y una base de operaciones, un mundo en el que podía disponer a capricho de Blake, después de sacarle todo lo que quisiera. Y ahora el forajido estaría creyendo que su víctima estaba aguardando la decisión.

Las manos de Blake se crisparon. Cierto que no podía enfrentarse con el criminal dotado de poderes psíquicos. Pero le era preciso llegar al transportador antes de que el otro se diese cuenta de que no estaba encerrado ya en aquellas habitaciones.

Un sonido procedente de la calle hizo que Blake se apartara uno o dos pasos sobre la cornisa para investigar. Un vehículo en forma de huevo se paraba en aquellos momentos. Por una abertura en la parte superior, tres hombres bajaban al pavimento y entraban por una puerta. Blake volvió junto a la ventana.

En la pared situada ante Pranj, uno de los discos de visión ardió con un mensaje. El ocupante de la habitación puso un botón en el marco que había bajo el disco. Y un minuto después, los tres hombres entraron.

Blake los estudió. Todos eran altos, y su vestimenta acentuaba el fino desarrollo muscular de sus cuerpos: pantalones ceñidos con botas blandas que les subían hasta las rodillas, casacas entalladas que se abotonaban desde la cintura a la garganta. Dos de ellos resplandecían de bordados de plata y oro, y su cintos tenían incrustaciones de piedras preciosas como las vainas y las empuñaduras de los puñales que llevaban. El tercer hombre, que tenía una pequeña esclavina de un brillante color de escarlata, permanecía junto a la puerta en la actitud de un sirviente.

Todos tenían la piel oscura y llevaban el cabello afeitado de forma que sólo formaba dos estrechas bandas desde la frente a la nuca, dejando amplios espacios rasurados por encima de las orejas. Había una serena arrogancia en la forma que tuvieron de sentarse los dos sin recibir ninguna invitación, la seguridad de aquellos cuya voluntad no ha sido nunca disputada desde que nacieron. Si eran miembros de alguna nobleza nativa, se trataba de una casta viril y dominante.

Puesto que se habían acomodado como para sostener una conferencia, ello podía tomarse como indicación de que Pranj no se ocuparía de Blake durante cierto tiempo. Había llegado el momento de moverse.

Pero no ganaría nada regresando a las habitaciones cerradas; de allí, podría ir todo lo más a la puerta de la calle por donde habían entrado los visitantes. Blake saltó al resalte, y desde allí oteó la calle desierta; era su única oportunidad.

Cayó haciendo un poco de ruido. Su esperanza era que los tres que habían entrado en la casa fueran los únicos pasajeros del coche ovoidal. Nadie le dio el alto cuando se acercó a la puerta.

Estaba cerrada, pero a su empuje, empezó a deslizarse dentro de la pared. Atreviéndose apenas a creer en su suerte, entró, pero no lo hizo con la suficiente rapidez, ya que la puerta le atrapó un pico de la chaqueta. Tiró salvajemente de la tela sin ningún resultado; estaba bien cogida. Tuvo que cortarla y dejar el pedazo que serviría para revelar que había pasado por allí.

Ese rastro acortaría su tiempo de gracia. Y Blake se precipitó a! pie de la escalera ascendente y escuchó. De arriba no llegaba ningún sonido. Animado, bajó a toda prisa la otra escalera. El laboratorio estaba tal como lo había dejado, con el transportador en el centro. Blake recordó que iba desarmado. Si conseguía volver a su propio tiempo y a la vecindad de Scappa, necesitaba un arma.

Rápidamente, inspeccionó las mesas. Algo que se pudiera encorvar como una maza, si no lograba encontrar nada mejor. Se disponía ya a coger un martillito, cuando vio otro objeto: una daga similar a aquellas que llevaban los nobles nativos. La hoja de diez pulgadas cortaba como una navaja de afeitar, la aguzada punta era una amenaza. Se la colgó al cinto, pero antes de alejarse eligió un botecito que era como una pequeña edición de uno de los jarros con tapadera de demonios. Se lo guardó en el bolsillo de la camisa de franela, con la vaga idea de utilizarlo para identificar esta base de operaciones de Pranj si volvía a establecer contacto con los agentes.

Blake subió al transportador y empuñó la barra de mando. A la luz remante, podía ver y palpar una serie de pequeñas muescas a lo largo de la barra. Usando su pulgar como medida, podía calcular la posición para el desembarco. Debía de existir una para aquel mundo del que Pranj había huido en un principio, el mundo de los agentes. Llegar allí sería una buena idea. Los habitantes de aquel nivel no exigirían explicaciones y le prestarían toda clase de ayudas. Sólo necesitaría informar a los agentes de allí. Contó de nuevo las muescas: cinco, seis... ¿Sería la muesca superior, puesto que era la última?

Un gran griterío se alzó por el edificio, envolviéndolo. Tiró de la palanca; sería la primera muesca. Pero el mando no obedeció a su tirón. Probó de nuevo, y entonces se oyeron sonidos de pisadas por la escalera. Un segundo grito con una nota de triunfo en él. Debían de haber encontrado su pedazo de chaqueta.

Blake trabajaba febrilmente en la barra y se agachó para examinar el eje que la proyectaba. Había allí un obstáculo que resistía tercamente.

Estrépito de pasos en la escalera. Blake empujó el obstáculo con la punta de la daga y en algún sitio cedió un muelle. El obstáculo desapareció, y, con ambas manos en el mando, él levantó la mirada.

Desembocaban ya por la escalera: el hombre de la capa roja a la cabeza y Pranj en retaguardia como si fuera un general conduciendo su ejército. El más furioso de todos era «Lefty». El hombre de la esclavina roja alzó un tubo, enfilándolo como si estuviera apuntando con un fusil. Blake no tuvo tiempo para vacilar o elegir. Simplemente apretó el mando hacia adelante en el momento en que un golpe entumecedor le daba en el hombro y le hacía caer el brazo izquierdo al costado, completamente inútil.

Una vez más el zumbido, la ascensión del verde globo de luz encajando a la balsa. Estaban allí Pranj y los otros, los tres nativos con la boca abierta de par en par por el asombro, Pranj desplegando la rabia fría y mortífera de uno que ha subestimado a un adversario y ha perdido así un movimiento importante. ¿Estaba dejando desterrado a Pranj en este mundo? Blake especulaba con aquella idea con una consoladora sensación de triunfo.

Luego, el laboratorio desapareció y el viaje que contraía el estómago y los nervios empezó a través de la luz y de la oscuridad. Blake se había tenido boca abajo, con la cabeza apoyada en su brazo sano, el izquierdo inútil pegado al cuerpo, contentándose con descansar y con dejar que funcionara como quisiera aquella máquina que él no entendía.

Luces. Oscuridad, luces. Neblina azul. Luces. Oscuridad. El transportador ya no vibraba bajo él. Su viaje había terminado y estaba sumido en las tinieblas. Pero el cansancio era más fuerte que nada y Blake se quedó dormido.

Se despertó rígido y muerto de frío. Se abrieron sus ojos y no comprendió nada. Había una luz pálida, un manchón de débil luz solar rezándole la mano. ¡Sol!

Rígidamente, protestándole todos los músculos, Blake se enderezó sobre el codo derecho. Si movía el hombro izquierdo, un dolor ardentísimo le corría por la espalda y el pecho, arrancándole un grito de los labios secos. Cuando se le aclaró, miró en torno horrorizado. ¡Se había creído libre!

Pero, ¿no era ésta la habitación subterránea de la que había salido la noche anterior? ¿Era posible que eso hubiese sido sólo ayer? El tiempo no tenía ya mucho significado. Se sentó, colocándose el brazo izquierdo sobre las rodillas, mirando sombríamente lo que le rodeaba.

Muros de piedra, rocas desnudas en bloques informes, pero ajustados con una precisión tal de ingeniería, que no había rendijas que treparan hacia lo alto. El transportador en el fondo de un pozo seco fue lo primero que atrajo su pensamiento enmarañado.

Pero a unos dos metros más arriba había una abertura en el muro, abertura a través de la cual brillaba el sol, prometiendo un camino al exterior. Blake, con la cabeza más despejada, se puso en pie. El transportador no se mantenía firme bajo sus pasos, sino que se balanceaba un poco cuando él se movía. Se había quedado pegado sobre una masa de materia negruzca de la que emergía el carbonizado extremo de una viga. Y entonces notó que los muros que tenía en torno mostraban huellas de un antiguo incendio, incendio que debió de consumir el corazón mismo del edificio, tal ves en un pasado muy distante, porque cuando se aventuró a darle un puntapié a la viga, ésta se desmoronó en polvo.

Desde luego, éste no era el sótano de Scappa, ni tampoco podía estar en el mundo del que Pranj había huido. A menos que el forajido hubiese preferido operar en unas ruinas alejadas de los centros principales de su raza.

Impulsado por una ligera esperanza, Blake recorrió la circunferencia del pozo. Los pies se le hundían casi hasta los tobillos en los restos carbonizados, pero, por lo que podía ver, no había ninguna entrada a aquella altura. Cualquier entrada había de practicarse desde lo alto. Lanzó una ojeada a la grieta; desde luego era lo bastante ancha para proporcionar una salida. Era otra cuestión la de si podría abrirse paso teniendo sólo una mano útil.

Se sentó una vez más en el transportador. El hambre le roía ahora el estómago, y la lengua se le pegaba al paladar. Necesitaba comida y agua. ¿Debería confiarse de nuevo al ciego azar del transportador, esperando desembarcar en su propio nivel o en el de los agentes, o debería seguir haciendo exploraciones aquí?

Si Pranj había montado bases a lo largo de la línea que el transportador tenía que recorrer, el peligro podía estar aguardando en cualquiera de las paradas. Y recordó las advertencias de los agentes relativas a mundos niveles donde ni siquiera los investigadores experimentados se atrevían a penetrar, los mundos radioactivos y aquellos otros donde la humanidad había seguido caminos más y más desesperados en busca de la supervivencia.

Aquí había tranquilidad, y las ruinas sugerían que esto podría ser un punto de descanso, desierto y relativamente pacífico. Podría descansar, extraer conclusiones y hacer planes. Pero antes que nada necesitaba calor. Y se estremeció cuando un soplo de brisa se filtró por la grieta de la pared.

Blake se acercó al muro. Mal que bien, consiguió trepar y abrirse camino hasta arriba. Muy cansado, temblando por la debilidad, se vio, al fin, en terreno despejado y miró sorprendido en torno.

Bajo sus pies, se notaba una pavimentación, al descubierto en los sitios donde el viento había barrido la nieve que, en otros lugares, se amontonaba alrededor de las bases de torres y de los troncos de desmochados y desnudos árboles sin una sola hoja. Pero aquel pavimento no era el de una calle civilizada. Consistía más bien en una serie de losas entre cuyas junturas crecían hierbajos que el invierno había secado. Era evidente que hacía mucho tiempo que nadie andaba por aquel camino.

Blake se arrodilló, cogió un puñado de nieve y la fue dejando gotear en su boca entre los dedos entumecidos. Pero sus ojos volaban de una torre a otra, de los árboles al muro de maleza. Ni huellas de hombre, ni huellas de animal manchaban la nieve. Excepto el silbido del viento jugando huecamente entre las torres rotas, no había sonido alguno.

Penosamente, se dedicó a arrancar mechones de hierba marchita, y luego juntó ramas caídas y cortezas secas. Tenía que hacer un fuego, necesitaba calor. Llevaba en el bolsillo una caja de cerillas, y arrimó una llamita al montón de hierbajos. Pensó con una difícil mueca que no estaba del todo desamparado en su nueva vida de Robinson.

La llama prendió, el fuego empezó a calentar su cuerpo medio helado y sus manos lívidas. Blake se daba cuenta de que un poco de sensación iba volviendo a su brazo izquierdo a medida que el calor aumentaba. Pero, cada vez que trataba de moverlo, el dolor surgía en el nacimiento del hombro. No se veía ninguna sangre, ningún rastro de bala.

Torpemente, se desabrochó la camisa y la camiseta tratando de descubrir la herida. A la altura de la tetilla izquierda tenía en el brazo una mancha roja que parecía una quemadura. Bueno, por ahora no podía hacer nada para curarse.

Volvió a abotonarse y dedicó un estudio más intenso a cuanto lo rodeaba. Las arruinadas torres, de las que pudo contar por lo menos diez en el campo de su visión, no parecían estar dispuestas en un modelo consistente de calles o ciudad que él pudiera reconocer. Y no se veían otros edificios excepto aquellas torres. Torres a las que sólo se podía entrar por arriba, que no poseían ni siquiera ventanas o aspilleras. Aquello daba que pensar en una necesidad de defensa, una defensa forzosa de la índole más grave. Y, sin embargo, aquella otra torre de la que había conseguido salir había sido saqueada y quemada.

Un pueblo tan duramente presionado por algún enemigo, que había tenido que vivir en un constante estado de asedio, un pueblo que al final debía de haber caído víctima de aquel mismo enemigo hacía muchísimo tiempo.

Pero, ¿qué enemigo? ¿Es que los invasores o sitiadores, después de haber obtenido la victoria, se habían retirado satisfechos con la destrucción completa de los vencidos? No podía ver nada que sugiriera que había habido algún intento de reconstrucción de las torres arrumbadas.

Blake sorbió más nieve de su mano. Necesitaba algo que comer. El lugar se había hecho salvaje. Por todas partes había pájaros y conejos. Él nunca había sido cazador, y no sé atrevía a calcular lo eficiente que podría ser con sólo una mano útil. Pero tenía fuego y un cuchillo. Y si el hombre había desaparecido hacía mucho tiempo de aquellos parajes, no sólo habría pequeños animales entre las ruinas, sino que serían animales que no tendrían miedo al hombre, y a los que sería fácil atrapar. Partió la capa helada y eligió algunas piedras propias para ser usadas como proyectiles. Si un hombre sabe lanzar una pelota en el béisbol, puede acertarle a un conejo.

Alimentó el fuego con unas cuantas ramas grandes que durarían probablemente bastante tiempo, y empezó a andar por un senderillo que conducía hacia una torre más distante cuya parte superior estaba rota en dos porciones que semejaban dos colmillos que arañasen el cielo. Proponiéndose aquella torre como meta y lanzando miradas a uno y otro lado en busca de caza, Blake se puso en marcha.

El siniestro suspiro del viento resultaba desconcertante. Algunas veces se alzaba en un grito al abrirse paso entre las gargantas vacías de las torres y los agujeros dejados en los muros por las piedras caídas. Dos veces, Blake dio un brinco buscando refugio, seguro de que el sonido que acababa de oír procedía de una garganta humana. Pero no vio nada.

Se sintió animado por las huellas evidentes dejadas en la nieve por una paloma, y luego, al pie de otra torre, por las huellas de las garras de algún pequeño animal que él no podía identificar. Pero en aquellos momentos cualquier animal significaba comida, y siguió el rastro. Lo condujo a otra torre donde se había derrumbado una gran parte del muro. Percibió un olor a carroña que le repugnó. Pero aquello no le interesó tanto como otra cosa.

Dentro había habido otro y más reciente desplome de la obra de albañilería. Y eso había dejado abierto un antiguo lugar de almacenamiento. Blake quedó ensordecido por los aletazos de las palomas y de otros pájaros que emprendieron el vuelo al oírle llegar. De las arcas de piedra, se habían derramado inmensos montones de granos, ofreciendo un cebo que no podía pensarse mejor. Estaba seguro de que los pájaros volverían. Por su parte, cogió un puñado de grano y se puso a mascarlos mientras aguardaba al acecho, tendido al resguardo del resto del muro.

Tenía razón; las palomas fueron las primeras en volver, ávidas ante el tesoro. Blake anudó pequeñas piedras en los picos opuestos de su pañuelo. Había un gordo pájaro blanco que iba siguiendo una línea de granos esparcidos... Una hora más tarde, Blake se hacía un rudo lavoteo en la nieve. La carne sin sal, aunque tostada lo suficiente para quitarle su rudeza, no era el plato más apetitoso del mundo. Y el gusto pegajoso y polvoriento del trigo que había mascado lo tenía adherido todavía al paladar. Pero ya no tenía hambre. No sólo no tenía hambre, sino que en su fuero interno sentía una nueva satisfacción. Había sido arrastrado por los agentes a aquella partida contra Pranj. Y luego había sido engañado por el forajido.

Pero había conseguido escapar de Pranj. Y aquí, sin herramientas ni conocimientos apropiados, se las había arreglado para conseguir comida y calor. No por la ayuda de nadie, sino por sí mismo. Le volvía así una cierta confianza en sí mismo.

¿Qué era lo que había acabado con esta ciudad? La guerra, desde luego. Pero, ¿qué clase de guerra? ¿Quién había luchado contra quién? ¿Había sido la gente de las torres gente como él mismo, y se habían visto arrolladas en sus refugios por salvajes que no tenían el menor deseo de imitarlos? ¿Había sido éste el último baluarte de la civilización en este mundo?

La curiosidad lo hostigaba. Quería explorar, aprender. Maquinalmente, se puso a buscar más madera y luego se detuvo. ¿Para qué avivar el fuego? Debía volver al transportador y probar de nuevo...

Se quedó rígido, tan sorprendido que ni siquiera se acordó de la daga que llevaba al cinto. Por encima de su cabeza, el viento se había desatado con furia creciente. Pero Blake no oía nada, no veía nada, sino aquella cosa que había salido de la maleza y cuyos ojos reflejaban la luz de las llamas.

 

VIII

 

El dragón de las leyendas teutónicas, la personificación misma de las pesadillas, se agazapaba allí. Tenía unos dos metros de longitud y, además, una cabeza bulbosa, de poco más de medio metro, se extendía sobre su cuerpo de muchas patas. Y el fuego se reflejaba en unos ojos vítreos que eran el único rasgo lógico en aquella cara sin nariz y sin boca, si es que aquello podía llamarse cara.

Blake se retiró paso a paso mientras la cosa seguía avanzando con igual cautela. Él no podía decir todavía si aquello venía atraído solamente por el fuego o si era él el cebo. El animal, por lento que fuera su paso, se movía con una fluidez que sugería que su ataque sería muy difícil de resistir.

Al apretar los hombros contra la piedra del muro del torreón, un relámpago de dolor le pasó por la espalda y el brazo dañado. Y aquel sufrimiento rompió el encanto. Sacó la daga, cuando la criatura medio se acurrucó ante el fuego mirando las llamas con la misma absorta, fijeza.

Blake lanzó un largo suspiro. Cada segmento de aquella longitud de un gris plateado llevaba un blindaje como el caparazón de un escarabajo, y la cosa ondulaba y se retorcía con la facilidad de un gusano. Hasta ahora, no había dado señal alguna de que él le interesara, ni podía decirse que estuviera en peligro. Si aquello se quedaba donde estaba, embelesado por el fuego, él podría correr hasta el transportador y ponerse a salvo.

La redonda cabeza de la criatura se volvió; daba la impresión de estar escuchando intensamente. Pero Blake no oía sonido alguno, excepto el constante silbar del viento. Y luego, la sensación de aviso empezó a funcionar. No le había advertido la aproximación de gusano, pero ahora...

Era demasiado tarde para, con el brazo paralítico, trepar sobre el muro; el gusano lo alcanzaría. Y la criatura estaba moviéndose en torno al borde del fuego. Bajo algunas de sus patas, rodaban las piedras que él iba echando a un lado. Un retintín como el de metal contra la piedra sonaba cuando aquella cosa empujaba un bloque más grande. ¡Metal!

El gusano dio la vuelta alrededor del bloque como si aquel pequeño percance lo hubiera enfurecido, y ahora se puso a levantar la cola delante de él, la cabeza alzada, los rojos ojos redondos mirándolo sin expresión ni vida. Eran como bulbos de cristal...

Cristal...

Blake había estado tan atento al gusano, que hasta ahora no se dio cuenta de la aparición de la figura que se había acercado sin hacer ruido por la misma dirección. No se dio cuenta hasta que el hedor que la envolvía como una vestimenta, le hizo levantar la cabeza. ¡Un dragón con cuerpo de gusano, y ahora... un ogro! Una vez más volvió a los cuentos de su infancia para encontrar una descripción adecuada.

Mechones de asqueroso cabello cubrían una piel que en tiempos remotos pudo haber sido más blanca que la de él mismo, pero que ahora tenía una costra tan espesa de antigua suciedad, que era de un gris plomizo. La costra no era totalmente animal, aunque él deseó poderla clasificar así. No completamente animal. Pues por la cultura llevaba una especie de delantal de pieles sin curtir, cayendo en jirones de la liana que le servía de cinto. La criatura se acercaba con lo que probablemente era un encorvamiento perpetuo, cuerdas de cabellos medio enmascarándole el vacío horror de su rostro.

Pero lo peor de todo era que, con toda evidencia, se trataba de una mujer.

El gusano no hizo ningún movimiento, ni se volvió para darse por enterado de la llegada de la otra criatura. Seguía en posición como si hubiera de vigilar a Blake de acuerdo con alguna orden.

Pero la ogresa se había contentado con acurrucarse junto al fuego. Hasta que de pronto levantó la arrugada frente y miró por encima de las llamas a Blake. Sus ojos no tenían el vacío de su gusano-perro, sino que eran unos ojos feroces, los ojos de un animal de presa. Los gruesos labios retrocedieron dejando al descubierto unos dientes que no habrían estado en ninguna mandíbula estrictamente humana, colmillos que habrían servido mejor a un lobo o a un jaguar.

Fuertes músculos se movieron bajo la piel sucia y costrosa cuando, casi indolentemente, la ogresa levantó las manos que acababan en las duras y puntiagudas garras de una bestia.

—¡No!

Blake no se dio cuenta de que había formulado aquella protesta hasta que el eco de la palabra le fue devuelto por las huecas torres.

Y como si su grito hubiese quebrado un último freno, la ogresa abrió la boca babeante y lanzó un aullido. Por primera vez, se irguió en toda su altura y su esbeltez nudosa daba tal impresión de fuerza amenazadora y de hambre ávida, que Blake se puso en tensión, dispuesto a afrontar el asalto que la lanzaría a su cuello. Pero el gusano se movió primero.

Con un flexible balanceo de los segmentos de su cuerpo, se lanzó hacia adelante. Desde debajo del vientre, se le alzaron tentáculos que cayeron sobre Blake con una fuerza abrumadora, pegándolo a la ruda superficie del muro. Y el acto de aquellos miembros quemaba. Aquella cosa era metal. No cabía posibilidad alguna de error, lo mismo que los ojos, que estaban ahora a la altura de los suyos, no eran órganos de visión en absoluto.

Se sentía tan indefenso como cuando estuvo amordazado y maniatado en manos de los sicarios de Scappa. Aquella cosa entre gusano y máquina no hacía ningún movimiento para estrujarlo. Lo retenía solamente, esperando una orden de la ogresa.

Una vez más, la otra criatura lanzó un aullido impaciente, ¿o era una llamada a otras de su especie? Blake se estremeció y luchó en vano contra aquellos tentáculos, pero el único resultado fue un dolor insoportable en el hombro. Todo su ser se encogía pensando en cualquier clase de contacto físico con la ogresa, pero ya ella estaba caminando al borde de la hoguera, en dirección hacia él.

Hubo otro sonido, un crujir seco. Podía haber sido una rama que se quebraba bajo un pie incauto. Pero no lo era.

De las matas de pelos que salían de los pechos de la ogresa, sobresalía una flecha azul. Tambaleándose, profirió una serie de gritos estridentes hasta que la sangre le salió de los labios, y se derrumbó luego con las manos y los pies crispándose en las últimas convulsiones.

El gusano no aflojó su abrazo; ni siquiera volvió la cabeza para contemplar los estertores de su dueña, si era esa la relación que había entre ellos. Simplemente permanecía clavado al suelo, encerrando a Blake contra la piedra, trasmitiéndole el frío de su helado cuerpo metálico.

Del mismo manchón de maleza de donde había salido el gusano, llegada otra criatura que caminaba con el paso seguro de quien es dueño de su ambiente y no tiene nada que temer del mundo que lo rodea.

¿Un esquimal? El primer pensamiento confuso de Blake fue ese, al fijarse en la vestimenta. Pero, ¿dónde se vio nunca a un esquimal que tuviese los rasgos de un indígena de las islas de los mares del Sur? Sus rasgos aparecían embellecidos con tatuajes de un azul intenso, dibujos que, con graciosas espirales y puntos, fingían la barba que la naturaleza le había negado.

El polinesio vestido de pieles se detuvo a uno o dos pasos de la ogresa. Miraba a Blake con franca curiosidad, sin prestar la menor atención al gusano. Se agachó luego, eligió un pedazo de piedra y dio la vuelta al fuego. El gusano no se movió, no mostró interés alguno por el recién llegado; parecía ahora que formaba parte de la torre.

Sin preocuparse lo más mínimo, el cazador vestido de pieles empuñó una piedra y rompió con ella uno de los globos rojos qué sobresalían de la cabeza del gusano. Luego, con una velocidad que mareó un poco a Blake, golpeó en el segundo ojo. Hubo el chasquido de un cristal que se rompe, pero el gusano seguía sin moverse, sin intentar defensa alguna contra aquel ataque.

El cazador cogió con las manos uno de los tentáculos que seguían aprisionando a Blake. Al principio, aquello resistió, cedió luego y la criatura se derrumbó al suelo, evidentemente sin servir ya para nada. El cazador se echó a reír y le dio una patada con sus mocasines de piel antes de agacharse para recoger su arma: una especie de ballesta. Luego, se volvió a mirar a Blake. Mostró su desnuda mano derecha en el signo universal de paz: vacía y con la palma hacia afuera.

Nerviosamente, Blake se apresuró a copiar aquel ademán. El desconocido hizo una pregunta en un trinar casi de pájaro. Con aire de pesar, Blake meneó la cabeza.

—No comprendo —contestó lentamente.

El otro escuchó con atención, sus movibles rasgos registrando sorpresa, como si un Ienguaje diferente fuese la última cosa que esperara oír. Pero no parecía estar alarmado. En lugar de eso, hizo un ademán interrogativo señalando al fuego y fingiendo un tiritón exagerado. Blake se apartó del muro y trató de mostrar la mayor cordialidad en su aceptación de la oferta.

Se acercaron los dos a la hoguera. Blake, todavía conmocionado, se sentó en un bloque de piedra. Este esquimal o hawaiano o lo que fuese, parecía dispuesto a mostrarse amigo. Pero, ¿en qué se convertiría aquella amistad si Blake trataba de acercarse al transportador? Mientras bajase por la muralla, presentaría un blanco perfecto para las flechas del otro.

El hombre al otro lado del fuego estaba poniendo a punto su arma, frotando la cuerda del arco entre el pulgar y el índice. Le sonrió a, Blake y volvió a hablar como si el otro lo pudiese entender. Se puso luego en pie en un movimiento lleno de gracia.

Antes de que Blake pudiera protestar, el desconocido empezó a esparcir el fuego y a apagar las llamas con nieve. Cuando Blake meneó la cabeza quejándose, el cazador se echó a reír y señaló al gusano y luego a la hoguera que estaba destruyendo, como dando a entender que el fuego atraería a más criaturas de aquella índole.

El gusano era una máquina. Blake estaba ahora seguro de eso. Pero una civilización capaz de producir un robot tan intrincado coma aquel y que al mismo tiempo tenía caníbales como la ogresa... No lograba encajar cuerdamente las dos cosas. Ni el gusano encajaba con la civilización que había construido las torres, ni tampoco con aquel cazador primitivo. Profundamente turbado, Blake anhelaba volver junto al transportador.

Cuando la última espiral de humo hubo desaparecido, el cazador se dirigió a la ogresa y empezó a realizar un acto tan salvaje, que Blake, con un escalofrío, se retiró una vez más junto al muro, tratando de encontrar algún procedimiento que le permitiese una rápida retirada mientras el otro estaba entregado a su carnicería. Pues el cazador estaba deliberadamente destrozando las mandíbulas de la arpía, machacando los despojos sangrientos hasta sacar una pareja de los colmillos animalescos. Los limpió en la nieve con movimientos prácticos y duchos, y luego se guardó los trofeos en una bolsa que colgaba del ancho cinto de piel que sostenía su vestimenta.

Con una mueca en la que Blake no podía ver ya una amistad verdadera, se volvió y le indicó que lo siguiera. Blake movió la cabeza decididamente, negándose. No le cabía duda de que la daga no le serviría de protección contra la ballesta. Pero no tenía el menor deseo de ser apartado lejos del transportador a un mundo en al que ciertamente no faltaban los peligros.

La sonrisa desapareció de aquella cara tatuada. Se estrecharon los ojos. El carácter amistoso había desaparecido de la ruda máscara de un hombre luchador que era y había sido siempre el dueño indiscutible en aquella parte de mondo. La ballesta se puso en posición, y la flecha apuntó al pecho de Blake.

Y Blake no se olvidaba de la matanza que había realizado el otro con la mayor naturalidad. Comprendió que sería una locura resistir. Empezó a andar, llevando al cazador a su espalda.

Caminaron por un sendero que se abría entre la maleza. Blake trataba de fijarse en el camino, de observar la posición de las torres y de localizar cualquier detalle que pudiera servirle para volver al transportador una vez que consiguiese eludir al indígena. No tenía el menor deseo de hacer exploraciones. La huida, incluso para caer de nuevo en manos de Scappa, era preferible a un mundo como éste.

Siguiendo las indicaciones del cazador, Blake caminó hacia el norte. Pasaron junto a una torre al pie de la cual había una negra cueva de la que salía un hedor dulzarrón.

El hombre de las pieles lanzó una suave exclamación, y Blake vio cómo escupía luego a aquella abertura, pintado el asco en su rostro. Se había parado y, con una mano, rebuscaba ahora en el cinto, del que sacó una cajita. Se la entregó a Blake al mismo tiempo que una orden incomprensible. Como era algo que tenía que estar relacionado con la cajita, levantó la tapadera.

Había allí una puntita de carbón encendido, y el indígena gesticulaba, señalando a la hierba marchita. Por lo visto, era necesario que Blake encendiese inmediatamente un fuego. Debía de ser muy importante.

En un espacio abierto, no lejos de la cueva, encendió una pequeña hoguera. El cazador no se acercó esta vez. En lugar de eso, estaba alerta, concentrada su atención en la boca de la abertura. Era evidente que el fuego tenía que hacer de cebo, ¿cebo de qué? ¿Para otro gusano, para otra arpía inhumana?

Cesó el viento y se vieron metidos en una extraña bolsa de quietud. En aquel silencio, Blake oyó un rechinar, el tintineo del metal contra la roca. ¡Un gusano! Tendió la vista en torno buscando alguna piedra. Ahora que el cazador le había enseñado cómo tratar aquellas cosas, quería estar prevenido debidamente.

Pero no fueron monstruos de dos metros los que se acercaron arrastrando hasta el cebo del fuego. Una cosita brillante avanzó desde las sombras de la cueva y luego otra y otra.

Blake, preparado a vérselas con un dragón, tenía que hacer frente a un puñado de ciempiés de menos de cinco centímetros. ¡Crías! Pero aquella criatura de metal que él había visto era una cosa fabricada. Un robot; estaba seguro de eso. Era imposible que hubiese reproducido cosas de su especie.

El cazador avanzó y se puso a aplastar con los tacones aquellas cosas relucientes, haciéndoles señales a Blake para que lo imitase en aquel acto de destrucción. Blake golpeó con una piedra y luego puso patas arribas el cuerpecillo aplastado. Su golpe lo había roto y su sospecha quedó confirmada: dentro no había más que una intrincada maquinaria, demasiado delicada y compleja para estudiarla sin disponer de mucho tiempo; era realmente un robot. Un misterio más que había que añadir a los otros que ofrecía este nivel.

El hombre de las pieles seguía buscando gusanillos. Pero, excepto los cuerpos allí aplastados, no se veían más por los contornos. Entonces, se dedicó a apagar el fuego.

Con la satisfacción del que ha cumplido con su deber, le hizo señal a Blake para que continuara andando. Las torres fueron quedándose atrás. Llegaron a una playa en la que el mar dejaba un borde de hielo. Blake caminaba penosamente porque el descenso no tenía nada de fácil.

En la playa, era donde el cazador tenía su tienda. Le ofreció comida y bebida a Blake y le indicó luego un montón de pieles donde no tardó en quedarse dormido.

 

IX

 

En la playa, el sitio del bote estaba señalado por un montoncillo de nieve, junto a la entrada de la cueva-cabina hasta donde lo había arrastrado la marea. Blake se echó por encima, hasta taparse las orejas con la pelliza de piel con que el indígena lo había arropado en su sueño. Se preguntó si no sería este el momento de escaparse y volver junto al transportador antes de que regresase su guardián. El cazador se había marchado algunos minutos antes; Blake lo había visto salir mientras él mantenía los párpados entornados, fingiendo un sueño profundo.

Pero le daba miedo afrontar la tormenta que rugía afuera. Se decía una y otra vez que en medio de aquel blanco remolino perdería todo sentido de orientación, que se extraviaría y no llegaría a encontrar la torre donde se hallaba el transportador.

Durante las pasadas horas, había tratado de descubrir si Pranj había visitado aquel nivel. Aunque no pensaba resolver los misterios de aquel mundo, cosa que probablemente nunca conseguiría, había establecido por lo menos una comunicación limitada con el cazador. Este último se llamaba Pakahini; su verdadero hogar estaba a poniente, al otro lado del brazo de mar que ceñía a esta isla; había venido aquí para conseguir pieles de una clase de animales que abundaba en estos parajes y que en su comunidad tenían un alto precio. Con orgullo, había desplegado su caza: blancas pieles de un color cremoso y que Blake no consiguió identificar. Ya casi había terminado el viaje y estaba recogiendo sus trampas y empaquetando sus trofeos, dispuesto a regresar a su pueblo.

Pero a todas las preguntas de Blake respecto a las mujeres-fieras y a los gusanos-dragones, replicaba con encogimientos de hombros de los que no era posible deducir si es que no entendía las preguntas de Blake o si se negaba a hablar de aquel tema. Blake sospechaba esto último.

Vio con sorpresa que el cazador se explicaba a manera la aparición de Blake, explicación a la que tuvo que dar su asentimiento. A juicio del otro, había sido víctima de un naufragio. Y Blake pensó con una mueca irónica que, en cierto modo, su llegada en el transportador había sido eso, un naufragio. Pakahini opinaba que aquel idioma y aquel lenguaje desconocidos daban a entender que Blake procedía de ultramar, y Blake no lo contradecía.

Pero no aceptaba someter a los planes de Pakahini. Según éste, habían de volver a su pueblo, en el bote, aquella misma mañana. La vestimenta de Blake y las otras cosas que llevaba las había examinado el cazador con menuda atención. Quería lucirse ante su tribu.

La cultura de su pueblo estaba en crecimiento. Era gente sedienta de novedades y de todo lo que pudiera contribuir a su progreso. No pertenecían a la raza que había construido las torres eran ya viejas ruinas cuando su pueblo llegó a esta parte del mundo. Su gente no sabía trabajar la piedra.

A Blake, aquello no le resolvía nada. Si permanecía en el campamento. Pakahini no tardaría en volver. Lo metería en el bote y lo luciría en su pueblo como un trofeo. Una vez fuera de la isla, Blake no conseguiría volver nunca. Era preciso escaparse ahora mismo.

Levantó el brazo izquierdo todo lo que pudo y logró mover los dedos a pesar de la molestia dolorosa que eso significaba. La rigidez iba desapareciendo, pero eso no significaba que el brazo le fuese de mucha utilidad. Para volver junto a las torres, había que subir una cuesta abrupta o bien caminar por la costa con la esperanza de descubrir una pendiente menos pronunciada.

Se decidió por esto último al pensar que, una vez llegado a la torre, tendría que descender hasta la oquedad donde se encontraba el transportador. Y entonces necesitaría disponer de todas sus fuerzas.

Una voz fuera, se echó la capucha de piel sobre la cabeza porque la nieve seguía cayendo incansable. Eso tenía la ventaja de que sus huellas serían borradas rápidamente.

Al poco rato, el campamento del cazador quedaba oculto no sólo por la tormenta sino por un recodo en la muralla del acantilado. Blake se alegraba de que el viento le soplara por la espalda. No tenía procedimiento alguno para calcular tiempo ni distancia, pero, por fin, halló lo que buscaba: una abertura en el acantilado, una escalera rocosa que empezaba en una plataforma de piedra cuya base estaba bañada por el mar. Supuso que se trataba de restos de construcciones del pueblo de las torres.

Los desgastados escalones se disimulaban bajo la nieve y hacían difícil el ascenso. Resolvió la dificultad sentándose en uno y luego en el siguiente, avanzando así, a culadas, como en su niñez había subido por escaleras más familiares. Era una manera extraña de trepar, pero la más segura que conocía y que, además, no le molestaba en el hombro.

Cuando llegó arriba del todo, pensó que si él fuese un hombre de campo o no hubiese tanta neblina, podría localizar ya su torre. Pero en aquellas condiciones era imposible. Tendría que ir tanteando hasta tropezar con el senderillo que había recorrido con el cazador.

Ahora tenía que afrontar toda la fuerza del viento, tan salvaje, que le cortaba la respiración.

Se lanzó un poco a la ventura y fue el viento quien lo hizo tropezar con una torre. No era la que buscaba, pero ya aquello le dio esperanzas y continuó su marcha. De pronto, escuchó un aullido que no podía achacarse a la obra del viento. Lo había escuchado demasiado claramente el día anterior: ¡era el grito de guerra de la ogresa!

Miró atrás. En estos parajes, los sonidos quedaban distorsionados por el eco. ¿Procedía aquel grito de alguien que fuera husmeando la pista por él seguida? ¿O era una ogresa que había atrapado a otra víctima? ¿A Pakahini?

El cazador había mostrado tan poco miedo ante la arpía y su gusano cuando se dispuso a rescatar a Blake, que este último apenas podía creer que el otro se hubiera dejado atacar. Pero sí un hombre se caía por estos lugares, le sería fácil romperse una pierna, torcerse un tobillo, quedarse indefenso. Y entonces caería en las garras del gusano y de su dueña.

Cambió de camino, procurando apartarse del peligro y entonces fue cuando, repentinamente, reconoció la torre que buscaba. El azar había sabido guiarlo al sitio exacto. Pero no hizo más que reconocerlo cuando el espantoso aullido sonó más cerca, al mismo tiempo que en su fuero interno se encendía la advertencia de peligro.

Un nuevo aullido se unió a los ecos del primero, y Blake comprendió que no provenía de la misma garganta.

Avanzó prudentemente protegiéndose detrás de cada pedazo de roca. Llegó así a un espacio cerca de la maleza situada junto a la cueva donde estaba el transportador. Y allí se detuvo horrorizado.

Una figura vestida con pieles estaba tendida en el suelo junto al cuerpo reluciente de un gusano. Y a la vera, atacándose con garras y dientes, dos arpías luchaban por la presa. Con un reflejo casi automático, el brazo derecho de Blake retrocedió, y la afilada piedra que encontró su mano rasgó el aire y rompió el cráneo de la arpía más próxima con un horrible sonido hueco. La ogresa a la que había alcanzado se apiadó hacia en las garras de su enemiga, quien se aprovechó de la oportunidad hundiendo sus dientes en la garganta moribunda.

Blake saltó al claro. Había una ligera esperanza de que la víctima, el hombre de las pieles, no estuviera muerto aún. Por primera vez en su vida, usó un cuchillo para matar, experimentando una extraña impresión cuando la hoja entró en la carne y se clavó en un cuerpo macizo. La arpía alzó una boca goteante y se quedó mirándolo con ojos salvajes al mismo tiempo que jadeaba. El dio un salto de costado en el momento en que el gusano se movía buscándole las piernas. Luego, la mujer fiera pareció encogerse y se derrumbó. Y el gusano se quedó como estaba, tratando de alcanzar a Blake, pero sin intentarlo del todo, como si la voluntad que le daba fuerzas hubiera muerto.

Metódicamente, como Pakahini había hecho en su primer encuentro, Blake golpeó los ojos y vio cómo la criatura metálica caía estrepitosamente sobre las rocas. Luego, se volvió hacia el cazador tendido en tierra. Le bastó una simple mirada. Únicamente por la desgarrada y manchada pelliza de piel podía identificarse ahora a Pakahini. Su captura y su muerte serían siempre un misterio, ya que Blake no podía decidirse a tocar aquel cuerpo horriblemente aplastado. ¿Había venido aquí para atrapar a Blake y había sido atrapado él? Era probable, pero lo único que Blake quería era salir de este mundo.

Se dirigió al muro de la torre y bajó a la oscura oquedad. La nieve había llegado a deslizarse hasta una de las esquinas del transportador. La barrió maquinalmente y luego se sentó con las piernas cruzadas ante la barra de mando provista de su hilera de muescas. No tenía la menor idea de cuál de aquellas muescas podría llevarlo a un tiempo y a un lugar en el que pedir ayuda o donde arreglárselas para sobrevivir. Sólo podía conjeturar.

Puso la mano en el mando. La segunda muesca, una elección a ciegas, pero si esta vez había escogido mal, no se separaría del transportador. Empuñó la palanca y tiró.

Las luces, los sonidos, las manchas de oscuridad. Cerró los ojos para defenderse de aquel torbellino vertiginoso. Luego, las vibraciones cesaron y Blake se quedó quieto largo rato mientras su mano se separaba de la barra. Sintió después que también él se estaba deslizando a lo largo de la plataforma. Abrió los ojos.

Estaba fuera de la torre, eso desde luego. Pero el transportador se hallaba tumbado, porque en torno a él se seguían paredes de ruinosos ladrillos desde las que proyectaban torcidas vigas de herrumbroso metal. Por encima de su cabeza, había un tejado lleno de agujeros a través de los cuales brillaba un sol, un sol sin calor.

Montones de nieve se alzaban entre los escombros. Crujió un montoncillo de grava arenosa, y Blake se sobresaltó y sacó la daga. Al otro lado de una barricada de despojos, una rata, reluciente, obscena, demasiado mansa y confiada, lo estaba mirando.

Ruina y desolación. Blake se puso en pie tambaleándose y se apoyó en un bloque de piedra ennegrecida. Necesitaba comer, beber. Le parecía que había transcurrido un tiempo infinito desde que comió por última vez con el cazador. ¿Sería mejor volver al transportador y caer en una trampa de Pranj?

La plataforma lo había traído a lo que parecía ser el extremo más ruinoso de un sótano, y cuando Blake se fue abriendo camino entre los escombros que se amontonaban por todas partes, olió humo, humo de leña. Había allí un fuego.

Había ardido hasta no ser más que unas brasas humeantes: unas cuantas maderas ennegrecidas y cercadas por un círculo de ladrillos, Blake agitó las brasas infundiéndoles nueva vida y alimentó el fuego con un montón de madera en el que descubrió pedazos de muebles y trozos de cajas de embalaje mezclados indiscriminadamente. La graciosa pata de una silla Luis XV lo desconcertó y se quedó mirándola sombríamente, dándole vueltas en la mano. Las había visto así en la tienda de un decorador en su propio mundo. El hallazgo hacía presentir un desastre de importancia. Pero él tenía frío, estaba cansado y débil, y sufría aún por la impresión que le había dejado la última escena en el mundo de Pakahini.

Unos cuantos bloques de cemento habían sido colocados allí como para que sirviesen de sillas. Y en un rincón había una pila de mantas en jirones y tiras de tela que podían ser una cama. Pero Blake no veía por ningún lado signos de comida, ni podía figurarse quién o qué acampaba allí.

—...seguro —chilló la voz afuera—, es este mismo, Manny. Le vimos entrar aquí cuando Limey lo descubrió. Entonces Ras disparó contra Limey. Es el que nos ha estado robando...

Blake, presa de pánico, se ocultó tras unos ladrillos. De todo modos, era un alivio que aquella gente hablase un inglés comprensible.

Hubo un ruido de pisadas sobre la piedra y una pequeña figura empujó la madera que servía de puerta. Blake parpadeó mientras el otro avanzaba bañado por el sol.

 

X

 

Era un niño. Podía tener unos doce años y estaba vestido con unos andrajos de diversos colores. Empuñaba un fusil listo para disparar y cuya boca se balanceaba amenazadoramente mientras el pequeño examinaba el interior de aquel lugar.

—Vacío —dijo—. Como nosotros pensábamos, Manny. El tipo estaba solo. Eso es lo que nosotros decíamos.

Había un tono de acusación en su voz.

—¿Ah, sí? —La respuesta que llegaba desde fuera parecía dubitativa—. Pues no es eso lo que dice el sargento. Será mejor que te quedes aquí de guardia mientras nosotros vamos a ver si podemos pescar otro pájaro.

Entró una segunda figura. No era un niño, sino un hombre bajito y muy delgado con el cabello blanco y ojos suspicaces y alertas. También él empuñaba un rifle y del cinto le colgaban dos machetes.

—¿Cuánto tiempo hace que vieron al fugitivo? —preguntó mientras sus ojos examinaban los menores detalles del lugar.

Sin esperar la respuesta, continuó:

—Además, ¿cómo está este fuego ardiendo también? —preguntó Manny.

El niño dio media vuelta y se quedó mirando fijamente a las llamas.

—¿Cómo voy a saberlo? Estuvimos buscando por aquí durante dos días y no había nadie más que ese tipo. No había ninguna señal de otra persona. No me importa lo que Long le haya dicho al sargento; aquí sólo ha habido un individuo desde que estamos de guardia. Puede usted preguntárselo a Ras si no me cree.

Manny se rascó la cabellera.

—Bueno, tú y Ras vais a seguir buscando. Yo me quedaré de centinela en la puerta hasta que hayáis terminado.

Salió para ser relevado pocos minutos después por un segundo muchacho no mucho más viejo que el primero. Y también estaba armado. Se paró en seco junto a la puerta en cuanto que vio el fuego.

—¿Cómo es posible...? —empezó, pero el otro se revolvió en seguida.

—No vayas a empezar tú también como Manny. El cree que el tipo ese debe de tener un compañero.

—¡Pero nosotros no vimos a nadie más! —protestó Ras.

Su cabello y su piel eran oscuros; evidentemente, era de distinta nacionalidad, incluso de otra raza que su pecoso compañero cuyo enmarañado cabello era de un rubio castaño.

—Desde luego. Pero lo que pasa es que un fuego no puede echarse más madera él solo. Vamos a registrar todo esto y a salir de dudas.

Emprendieron la búsqueda de una manera ten concienzuda y sistemática, que Blake comprendió que no era la primera vez que realizaban tarea semejante.

Descubrieron un montón de latas y llamaron. El hombre del pelo blanco para darle cuenta del hallazgo.

—Este ha sido un buen servicio. Está aquí te mayor parte de lo que nos robaron —fue su comentario.

—No podemos llevarlo todo ahora a su sitio —protestó el de menos edad—. Ni siquiera podremos apilarlo si no nos ayudan.

—Está bien, hombre, está bien. No hace falta que te excites, Bill. Nadie va a convertirte en una bestia de carga. Tú y Ras traeréis lo que podáis. Yo me quedaré aquí de centinela. Si este tipo tenía un compañero, no vamos a dejarle que venga a meter la pata. Carga lo que puedas, Bill.

Bill sacó una talega que llevaba doblada en el cinto, y metió allí unas cuantas latas. Luego salió y entró Ras para hacer su carga. Cuando Ras se hubo marchado, Manny se puso a caminar impacientemente por el espacio despejado, parándose de vez en cuando para escuchar. Le dio un puntapié al montón de latas y envió una de ellas rodando cerca del sitio donde estaba escondido Blake.

—Cebo —pensaba en voz alta—. Esto podría ser un cebo para hacerle volver, si es que hay otro tipo.

Se puso en su lugar descanso junto a la puerta.

Pero las latas habían atraído la atención de Blake. ¿Comida? Si hubiese tenido la suerte de encontrarlas él primero... Manny estaba solo, pero armado con un rifle y dos machetes, y su actitud daba a entender que sabía muy bien cómo hacer uso de aquellas armas.

Blake se humedeció los labios y parpadeó. La comida estaba a pocos centímetros de él. Anheló tener la facultad de Kittson de atraer las cosas por el aire. No podía lograrlo, por más que esforzara su voluntad, ni podía manejar a Manny como Erskine había manejado a Beneirs. ¿O podría tal vez?

Al alcance de sus manos, estaba determinada munición, los ladrillos. Si consiguiera ahora que Manny cambiase de postura y se moviese uno o dos pasos, podría dejarlo sin sentido fácilmente. Se concentró en aquel pensamiento.

Fijó la vista y la mente en el hombre de guardia, deseando que se apartase de la puerta, que se moviera un poco hacia la izquierda, un paso o dos. ¡Tenía que hacerlo!

Bien porque los combates de Blake con Pranj hubiesen aumentado su ligero poder psíquico o bien por simple casualidad, el caso es que Manny parecía inquieto. El hombre miraba el fuego que otra vez se estaba convirtiendo en brasas, y movía los pies como si tuviese hormiguillas.

—Cebo... —Sus labios formaban la palabra con la suficiente claridad para que Blake llegara a enterarse—. Cebo...

Pero no se volvía de espaldas a la puerta. En lugar de eso, se echó a la izquierda y en aquel momento, Blake lanzó el ladrillo. Le dió al otro en la sien. Lanzó un gruñido de extrañeza, se cayó de espaldas contra la pared y resbaló hasta el suelo.

Blake salió al espacio despejado. No podía retirar al caído, pero sí podía desarmarlo. Y eso es lo que hizo. Luego, cogió una de las latas, la abrió y fue a sentarse al otro lado de fuego, que avivó de nuevo.

Su conquista había sido una ración de urgencia del Ejército. Y se daba prisa en trasladar el contenido a la boca. Masticaba vigorosamente, cuando notó que los ojos de Manny estaban abiertos y lo miraban con fijeza. Por la razón que fuera, el otro no parecía sorprendido.

—¿Es usted un tec?

No sabiendo si le convenía aceptar o rechazar aquella clasificación, Blake se puso a beber de la cantimplora de Manny, y aguardó otra indicación. No tardó en llegarle.

—Tiene usted que serlo. Se le nota en esa chaqueta de piel. Aquí no tenemos esas cosas. Y usted no es tampoco un fugitivo; está demasiado grueso. Seguro que esta es su primera correría.

Blake lanzó una mirada a la piel que se había traído del mundo de Pakahini. Tenía sorprendentes colores blanco y negro, y, en el borde del largo chaquetón, había una banda de brillante tela escarlata con hilos que formaban los puntos y los círculos distintivos del pueblo del cazador. No era una vestimenta con la que se pudiese pasar inadvertido. El atuendo de Manny, por el contrario, era de un color borroso que se fundía con el ambiente. Incluso su cabello contribuía a aumentar aquel enmascaramiento protector.

—¡Un técnico vivo! Pero, ¿cómo ha llegado usted hasta aquí? Tendríamos que haberlo visto. A menos que tengan nuevamente aviones. Alguien habló de que había visto uno, pero supusimos que era una fantasía.

Blake pensó que aquella explicación era tan buena como otra cualquiera para aclarar su llegada.

—Sí, llegué en un helicóptero. Pero se estrelló. ¿Qué sitio es éste?

Manny se arrastró hacia adelante.

—Usted no es un Sucio —comentó convencido—. Yo nunca creí en esas historias de que habían puesto el pie en algún sitio del norte. Los últimos mensajes por radio decían que nadie podría venir a ayudarlos. Seguramente, han reventado todos ya. Esta es —y dijo el nombre de la ciudad.

Blake dejó de comer. Desde luego, en su fuero interno, había sabido todo el tiempo que aquello era verdad, desde el mismo momento en que oyó hablar a Manny y, a los críos. La misma ciudad pero, evidentemente, a un nivel distinto aunque no muy alejado del suyo propio. Esta ciudad estaba en ruinas, ¿qué había sucedido allí?

—¿De dónde llega usted? Oí decir una vez que había montones de técnicos ocultos, en el fondo de las montañas y en sitios así. El sargento ha estado procurando entrar en contacto con ellos y ha hablado de hacerlo en cuanto que nos hemos librado de los fugitivos y podemos vivir pacíficamente sin ser tiroteados cada vez que salimos de nuestras cuevas. Usted debe de ser un explorador de los técnicos que ha venido para ver qué ha pasado.

Blake decidió que lo mejor sería asentir con una inclinación de cabeza.

—¿Qué sucedió aquí? —se atrevió a preguntar por fin, tratando de calcular hasta qué punto este mundo nivel podía estar alejado del suyo propio.

La decisión que había dado nacimiento a este mundo no podía estar demasiado lejos en el pasado. El idioma que Manny usaba era el mismo que el de su tiempo; el fusil era conocido. No se trataba de un mundo tan extraño como aquel al que lo había llevado Pranj, ni tampoco el mundo de Pakahini lleno de ogresas y de gusanos metálicos.

—¡Oh, nos plancharon en los grandes bombardeos! Cohetes dirigidos y todas las demás barbaridades. Y luego, se paró todo. Es de suponer que nuestros muchachos los plancharon también de lo lindo. —Manny se echó a reír secamente—. Yo formaba parte de la guardia de la ciudad. Ahora resulta gracioso recordarlo, algo así como la pesadilla de un loco. Algunas de las calles ya ni existen siquiera. Está por aquí la Gran Cueva donde estallaron los ferrocarriles subterráneos cuyos túneles se llenaron luego de agua.

»Yo estaba con la guardia cívica cuando llegaron los paracaidistas Sucios. Con nosotros estaban unos cuantos británicos libres. Ellos sabían cómo tratar a los Sucios. Combatimos casa por casa. Ya ni siquiera me acuerdo cómo pudimos resistir tanto. El tiempo no existe cuando se espera morir de un momento a otro. Luego, me vi formando parte de la gente del sargento. Él sabe muy bien lo que se trae entre manos. No hay más que seguirlo y se tiene comida y bebida. Procede del ejército regular; acababa de salir de un hospital cuando empezó la lucha y él organizó una compañía. Estamos todos mezclados: británicos libres y ejército regular, guardias cívicos, algunos muchachos de la Marina que se salvaron a tiempo del bombardeo de la flota, y unas cuantas mujeres que saben manejar el fusil tan bien como un hombre. Nos fortificamos alrededor del parque y aquí estamos ahora. Nos costó algún tiempo desembarazarnos de los Sucios.

»Luego, tuvimos que perseguir a los fugitivos, los tipos que operan por su cuenta y que degüellan a todos los que se acercan a su territorio. Una vez que nos veamos libres de ellos, podremos extendernos y reunir las cosas que necesitamos para empezar de nuevo. El verano pasado incluso llegamos a cosechar trigo y verduras en el parque. Pero, por lo general, vivimos de las cosas que vamos encontrando. —Señaló con un ademán a las latas—. Y su gente, ¿cómo se las arregla?

—Algo mejor que aquí —dijo Blake, esperando que esa fuera la respuesta apropiada.

Se preguntaba si se atrevería a abrir otra lata.

—¡Qué demo...!

La asombrada mirada de Manny pasaba sobre los hombros de Blake, quien se volvió al escuchar la exclamación.

El hombre estaba mirando con fijeza al montón de escombros tras el que se hallaba el transportador. Blake se puso en pie con un grito de incredulidad. Olvidándose del otro, se lanzó hacia adelante, trepando sobre los ladrillos con el tiempo justo para presenciar el desastre completo.

El transportador era todavía visible, pero en torno a él se espesaba un muro de neblina verdosa. No podía ser cierto, no había nadie en el mando, pero iba a desaparecer delante de sus ojos.

Y la palanca se movió. No la empuñaba ninguna mano, pero iba bajando hasta la ranura. La niebla verde se convertía casi en una parecía. Blake, con el corazón oprimido, veía cómo aquello se esfumaba y terminaba por desaparecer. El suelo del sótano estaba ahora vacío, y el transportador había desaparecido.

—Conque ese es el helicóptero que se estrelló, ¿eh? Ahora va a dar usted media vuelta despacito y con cuidado, amigo. Y tenga las manos arriba mientras lo hace.

Esas palabras le llegaron a Blake a través de su desconcierto y su desazón. El transportador había desaparecido; ahora estaba abandonado. Lentamente, con estupor, obedeció la orden. Se volvió para mirar a Manny, un Manny transformado con el fusil nuevamente en las manos, un Manny que lo vigilaba con ojos estrechos y amenazadores.

—Ustedes, los técnicos, no son buena gente aunque sepan hacer máquinas de esas como la que acaba de darse el bote. Tire al suelo ese cuchillo que lleva al cinto. Y no trate de hacer ninguna bromita como la del ladrillo porque le meto un balazo entre los ojos antes de que lo piense.

Blake arrojó al suelo la daga manchada a la que Manny le puso un pie encima, pero sin agacharse a recogerla. Blake seguía más consternado por el hecho de la desaparición del transportador que porque Manny fuese ahora el que mandara.

—Puede usted sentarse —le indicó Manny—. Pero precisamente en aquel bloque que hay ahí y con las manos que yo las vea bien. ¿Qué le pasa en el brazo izquierdo?

—Tengo una herida —le contestó Blake sombríamente.

—¿Una herida? Seguramente lo alcanzó algún fugitivo o tuvo un jaleo en el sitio de donde viene. Me parece como si se hubiera escapado por los pelos de alguna parte con ese cacharro volador.

Blake no contestó. No tenía objeto tratar de explicar todos los acontecimientos desatinados de los últimos días. Y tenía la convicción de que Manny no creería una sola palabra, aunque él dijese toda la verdad. El ex guardia cívico se había colocado de nuevo junto a la puerta desde donde podía vigilar a su prisionero al mismo tiempo que echar una ojeada al exterior.

—Lo que quiero saber es de dónde viene usted —dijo Manny con tono locuaz—. Por las ropas que lleva, se ve que no es un fugitivo. A menos que haya encontrado un nuevo almacén que saquear. Pero tenía que ser un loco para robar con esa chaqueta puesta. Por tanto, tiene que ser un técnico. De todas formas, el sargento le sacará todo lo que necesite. La gente no cierra la boca cuando él dice «habla»; hablan y hablan aprisa. ¿Cuánto tiempo lleva usted aquí?

Blake miraba fijamente el fuego sin sentir otra cosa que un sombrío descontento. En todas sus aventuras, incluso en el mundo de pesadilla de Pakahini, había estado sostenido siempre por el sentimiento de que en cierto modo, dominaba la situación, que el escape por medio del transportador se hallaba a su alcance. Pero ahora su destierro podía ser permanente. Estaba seguro de que Pranj había conseguido de algún modo localizar el aparato viajador de niveles y hacerlo volver junto a él.

—Le estoy diciendo que cuánto tiempo lleva usted aquí —volvió a sonar la voz de Manny como un latigazo.

—¿Cómo? Oh, poco tiempo; no lo sé exactamente —replicó Blake con aire ausente.

—¿Y qué cosa era que caminaba ella sola?

—Un nuevo tipo de transporte.

—Sólo que no se suponía que fuera a marcharse sin estar usted dentro —comentó Manny astutamente—. ¿Qué me dice de eso? ¿Es que tenía conectado algún aparato de relojería para volver por su cuenta si usted no regresaba a tiempo? Ahora se ha quedado usted anclado aquí. Bueno, el sargento se alegrará seguramente de que lo hayamos cogido. Nosotros sabríamos utilizar una de esas máquinas, seguro que sabríamos.

Fue interrumpido por un silbido estridente que se repitió tres veces. El contestó con un solo silbido. Un momento después, cuatro de sus subordinados se apelotonaban a la puerta. Los dos muchachillos de antes y otros dos, de los cuales un alto hombre rubio, demasiado delgado para su estatura, y un chino.

—¡Vaya, tenía usted razón! —estalló Bill—. Había otro más.

Manny meneó la cabeza.

—Este debe de ser uno de los técnicos. Estaba probando una máquina voladora. Sólo que se le escapó y lo dejó aquí con las ratas de las ruinas.

Los cuatro se quedaron mirando a Blake como si de pronto hubiera echado cuernos y se le hubiera puesto la piel de color verde.

—¡Un técnico! —jadeó Ras—. ¿De dónde viene? Por aquí cerca no hay técnicos de ninguna clase.

—¿Es que tú has recorrido toda la ciudad? —preguntó Manny—. No disponemos más que de seis kilómetros cuadrados, y desconocemos lo que hay más allá. Bueno, vosotros, Sam y Alf, coged un cargamento de latas y ayudadnos a llevar este tipo al sargento. Estoy seguro de que se alegrará de que hayamos pescado a un técnico vivito y coleando.

El chino y el hombre alto metieron latas en las talegas y luego se colocaron junto a Blake.

—Parece que tiene estropeado el brazo izquierdo —les dijo Manny—. Le he quitado el cuchillo que tenía. Oiga, póngase en pie y deje que Alf lo registre a ver si tiene alguna cosa rara debajo de esas pieles.

Con aire de cansancio, Blake se puso en pie y se sometió pasivamente al registro. Todo lo que descubrió el otro fue el frasquito sellado que había sacado del laboratorio. Al ver la cabeza de demonio en el tapón, Manny ordenó que aquello se le presentara al sargento.

—Bueno, amigo —dijo el rubio Alf, hablando por primera vez—, ahora va a portarse como un buen muchacho.

Tenía un acento que Blake no pudo localizar, pero el rubio sospechó que la lentitud del otro era sólo aparente.

—No vaya a ocurrírsele lo de lanzar otra piedrecita —le advirtió Manny—. Sam es un tirador rápido, y en cuanto a Alf, lo he visto romperle el cuello a más de uno utilizando sólo las manos, con la misma facilidad con que se rompe un palito.

Uno de los muchachos se puso al frente con el fusil dispuesto. Detrás de él iba Manny; luego, Alf le hizo una señal a Blake para que se pusiera en marcha.

La puerta se abría bajo la superficie, pero una serie de escalones abiertos en la tierra los llevó a la luz del día, un frío día de invierno. Había alguna nieve, que se derretía donde el sol golpeaba, pero ni aquella capa blanca podía ocultar la espantosa desolación que Blake veía ahora. Antes de que le hubiera llegado el final, aquella ciudad debió de ser gemela a la que él había conocido en sus tiempos. Eso era otro indicio de que el suceso que había dividido los niveles de la corriente del tiempo era de origen reciente.

Si no hubiese estado tan agotado y tan lleno de desaliento, podría haber hecho preguntas. Pero ahora se limitaba a obedecer las órdenes de caminar por el estrecho sendero entre las ruinas.

 

XI

 

Se iban abriendo paso como la patrulla de un ejército lo hace en un territorio peligroso, los chiquillos en vanguardia. Algunas veces se detenían mientras uno o dos se adelantaban explorando, cubriéndose, y no reanudaban la marcha mientras no se silbaba una señal. Blake coligió que la «gente» del sargento no dominaba aquel sector de la ciudad y no tenía que moverse por allí con toda clase de precauciones.

Manzanas enteras de edificios habían quedado arrasadas al nivel de la calle. Y en otros sitios había cuevas vacías, pozos profundos señalados por una vegetación herbácea, algunos con charcos helados en el centro. Era evidente que aquellas condiciones imperaban desde hacía años.

Blake dedujo que estaban caminando hacia la parte alta de la ciudad, pero era difícil calcular las distancias teniendo que hacer tantos rodeos. Algunas veces cogían por senderillos abiertos entre los escombros por el uso constante; otras, trepaban precariamente sobre barreras de arena y de piedra.

—Un gran rancho.

Sam le tendió a su prisionero una mano de ayuda al cruzar uno de aquellos pasos. Blake consiguió esbozar una mueca cansada.

—Me lo imagino.

—¿No hay un rancho en el sitio de donde usted viene?

—No —fue toda la réplica que Blake pudo jadear.

—Aquí tendremos días mejores. Por lo pronto, ocupamos un buen sitio. El sargento ha sabido elegir.

Llegaron a un espacio abierto entre dos montañas de piedra carcomida y deshecha. Ante ellos se extendía la tracería de desnudas ramas de árboles contra un cielo muy claro y muy azul. Blake hizo un descubrimiento desconcertante: él conocía aquel sitio en condiciones muy diferentes. ¡Era el Parque! Y estaban a punto de penetrar allí por un sitio no lejos del camino que había seguido con el camión de reparaciones de la T.V.

No se había equivocado, él conocía esta ciudad. Pero no podía estar a su mismo nivel. Uno no adelanta o retrocede en el tiempo por la ruta de los mundos sucesorios; sólo la cruza. Los agentes se lo habían asegurado. Sin embargo, meramente por el hecho de reconocer aquel mundo, Blake sintió una nueva chispa de esperanza. ¡Si pudiera descubrir qué decisión histórica era la que había producido esto!

La patrulla pasaba ahora una barrera formidable que se alzaba en lo que había sido una de las entradas principales del Parque. Centinelas cambiaron novedades con la patrulla que había salido de exploración. Pero Blake estaba más atento a su trabajo de descubrir puntos de referencia, ¡o si hubiese conocido mejor la ciudad antes de ser secuestrado por los hombrea de Scappa!

¿Estarían los agentes siguiéndole la pista ahora a Pranj por las bandas de mundos? ¿Tenían ellos alguna información en cuanto a los planes del forajido o visitaban solamente los mundos probables? ¿Aparecerían más tarde o más temprano a investigar en este mundo?

Saxton había dicho que ciertos mundos posibles eran los que atraía a Pranj, los niveles revueltos donde las condiciones caóticas exigían dictaduras. Bueno, este nivel, a juzgar por la visión limitada que había obtenido Blake, estaba desde luego revuelto en gran manera. ¿Lo bastante para atraer a Pranj y por lo tanto a los agentes? Es posible que no se hallara perdida tan sin esperanzas como temió en un principio.

Blake fue empujado por un carretera mal conservada hacia el centro del Parque. No sintió la más mínima sorpresa al descubrir que se acercaban al mismo teatro-restaurante veraniego que había visto en su propio tiempo. Lanzó una mirada al material allí aparcado. Dos jeeps abollados permanecían herrumbrosos en una esquina, y varios grandes camiones estaban hundidos hasta los bujes en las cenizas. Pero no había ninguna furgoneta de reparación de la T.V.

Al otro lado del edificio, había un círculo de cabañas de gruesa traza, refugios de un piso combinando en sus paredes troncos de árboles y pilas de ladrillos y piedras. De las chimeneas salía un humo azul de leña. El hedor de aquel humo se juntaba en el aire con el efluvio de seres humanos no demasiado limpios y viviendo en un reducido espacio. Pero las cabañas estaban alineadas perfectamente, con igual cantidad de tierra alrededor de cada una, y el campamento tenía un aire de permanencia, casi de eficacia, que contrastaba grandemente con el caos de la ciudad.

Una bandera pendía lánguidamente de un mástil que sobresalía del edificio principal: roja blanca y azul. No estaba mal. Sin embargo, había algo extraño en la forma como aquellos colores estaban combinados. Blake no estaba seguro de que fuesen las estrellas y las franjas que él había conocido siempre. Debajo, había otra, un pequeño banderín cuadrado que Sam indicó con el pulgar mientras pasaban por debajo.

—Eso pertenece al Décimo de Caballería. El sargento estaba en el Décimo de Caballería cuando sirvió en el ejército.

Subieron los escalones y entraron en lo que había sido el vestíbulo del teatro. Mesas astilladas, y dispuestas en una alineación militar, ocupaban la mayor parte del espacio. Pero sólo dos estaban ahora siendo utilizadas. Ante una de ellas, se sentaba un hombre cuyo escaso cabello era blanco, pero cuyos hombros estaban cuadrados por largos años de servicio militar. Y en la otra mesa había una joven que levantó la mirada de un desgarrado plano para contemplar a Blake con ojos atónitos.

—Dile al sargento —le ordenó Manny al primero de su patrulla— que hemos atrapado a un técnico.

Ahora el hombre prestaba atención y su asombro fue evidente al fijarse en la vestimenta de Blake. La muchacha abandonó su mesa y desapareció dentro de la sala de espectáculos, para volver al poco tiempo.

—Que lo lleven adentro.

Solo Manny y Alf acompañaron a Blake a la sala principal. La mayor parte de los asientos había sido retirada, sólo cuatro filas de butacas permanecían intactas junto al escenario. El tener que cruzar aquel espacio, sabiendo que constituía el centro de la atención, despertó en Blake un sentimiento de seguridad. En el escenario había tres mesas, la del medio ligeramente avanzada. Detrás de ella, se sentaba el hombre que debía de ser el gobernante de la colonia, el famoso sargento.

Tan impresionante era, que empequeñecía a los otros dos hombres que compartían la plataforma. Blake había conocido y visto ya a hombres de una seguridad tal en sí mismos desde que había empezado su desatinada aventura: Kittson y sus compañeros de equipo, los nobles que habían visitado a Pranj en el mundo extraño, el mismo Pranj, Pakahini. Pero ninguno de ellos había sido del mundo o de la clase de Blake. Existía siempre una diferencia de la que él se había dado cuenta.

El sargento no era ningún noble arrogante, ningún hombre psíquico un poco abrumador con su confianza en sí mismo, ningún cazador de una tribu que era la dominante en su mundo. Siendo siempre el superior que sólo trata con inferiores cuando llega el momento de la acción, el sargento era un caudillo nato de hombres ordinarios, hombres como Blake, un caudillo humanamente comprensible y al que la oportunidad y el tiempo justo habían colocado en lo suyo.

Su seguridad no tenía ningún asomo de arrogancia; su confianza en sí mismo no tenía ningún asomo de superioridad. Estaba dispuesto a afrontar cualquier prueba que pudiera presentarle el destino. Cuando bajó la mirada hacia Blake, hubo algo casi suave en al sonrisa que dejó al descubierto fuertes dientes blancos, contrastando con la piel castaña, color de café.

—Parece —y su voz era lisa y cálida— como si hubiera tenido que hacer usted un largo camino, amigo.

Blake se relajó. Manny y sus hombres le habían inspirado poco confianza. Pero con el sargento era diferente. Podía haber sido Kittson.

—Bastante —replicó.

Aquellos ojos oscuros estaban estudiando su vestimenta, sin perder ningún detalle de la pelliza de piel, de los pantalones bombachos y de las botas. Manny avanzó para colocar ante su jefe la daga incrustada de piedras preciosas y el frasquito sellado. Pero el sargento sólo concedió una mirada pasajera a los dos objetos.

—¿Es que los técnicos se dedican ahora a robar museos? —preguntó con una risita—. ¿De dónde procede usted, amigo, del Canadá? Creo haber visto pieles como las que usted lleva, en aquel país. ¿Ha venido a dar una vuelta para ver cómo se las arreglan las ratas de las ruinas?

—Tenía una especie de máquina. Una máquina que desapareció y lo dejó abandonado —informó Manny dándose importancia.

El sargento seguía muy quieto, sólo sus ojos se movían desde el guardia cívico a Blake y viceversa.

—¿Un helicóptero?

Manny sacudió la cabeza.

—Era una cosa nueva. Una plataforma lisa, no se veía ningún motor. Fue en la cueva donde encontramos al saqueador. Este técnico se escondía allí. Me dejó sin conocimiento antes de que yo pudiera verlo. Se puso a comer raciones como si estuviera muerto de hambre. Luego, vi una luz verde en una esquina. Él miró, dio un grito y se echó a correr. En medio de aquella luz, estaba la máquina. La luz desapareció, y la máquina con ella, se apagó como una vela.

—Y entonces, tú te hiciste cargo de la situación, ¿no es así, Manny?

—Así es, sargento. Fue un imbécil. Dejó el fusil a mis pies, delante de mí.

—Y ahora va usted a decirnos cómo entró su máquina en aquel sótano —dijo el sargento, con voz aterciopelada.

Pero debajo de aquel terciopelo líquido se notaba la dureza del acero.

—A nosotros podría convenirnos también una máquina de esas —añadió.

Blake no vio otra respuesta posible que confesar sinceramente:

—Yo no sé cómo funciona.

El sargento todavía sonreía.

—Mala cosa, amigo. Parece como si ustedes, los técnicos, y los señorones que se quitaron de en medio antes del jaleo no quisieran contar con nosotros en sus planes para el futuro. Pero es el caso que estamos vivos y que todavía tenemos algo que decir. Por lo pronto, usted va a quedarse con nosotros algún tiempo hasta que decidamos lo que convenga hacerle. Manny, enciérralo.

—Tiene una herida en el brazo, sargento. ¿No debería ver primero al médico?

—¿Cómo? Quizá los técnicos se dedican ahora a pelear unos con otros? —El sargento se echó a reír como si aquello le pareciera muy divertido—. Llévalo al doctor y enciérralo luego.

Sus ojos se movieron a continuación para fijarse sobre el montón de papeles que tenía delante; era como si todo lo demás se le hubiese hecho ahora invisible.

—Por aquí, técnico.

No volvieron por el vestíbulo, sino que, por una puerta lateral, entraron en lo que antes había sido un restaurante. Se habían practicado allí particiones que dividían la gran sala en una serie de cuartitos, la mayor parte alumbrados con velas y lamparillas de aceite, pero las paredes no llegaban hasta el techo.

—¿Está el doctor por aquí? —le preguntó Manny a una muchacha que encontraron al cruzar la puerta.

—En su despacho.

Un estrecho pasillo, terminaba en una puerta que era sólo una cortina de saco que se corría sobre una varilla. Manny se detuvo.

—¿Se puede pasar, doctor?

—Adelante.

El ex guardia echó o un lado la tela y le indicó a Blake que entrara.

—¿Qué pasa ahora? —El hombre de cabellos grises, sentado tras una mesa, no levantó de momento la mirada que tenía pegada al microscopio—. ¿Lo han alcanzado a usted o a alguno de sus hombres uno de los fugitivos, Manny?

—No. Hemos cogido a un prisionero que necesita un remiendo.

—¡Un prisionero! ¿Desde cuándo se entretiene el sargento en hacer prisioneros? —Entonces volvió la vista hacia ellos y cuando sus ojos se posaron en Blake, mostraron genuina sorpresa—. ¡Un técnico! —casi susurró—. ¡Dios me valga! ¡Entonces, es que por fin han entrado en contacto con nosotros!

—Tal vez sí, tal vez no —dijo Manny, vertiendo agua fría sobre su entusiasmo—. Encontramos solamente a éste y por lo visto está huido de su grupo; todas las señales indican eso. El sargento dice que hay que remendarlo y meterlo luego en el calabozo.

Con la ayuda del médico, Blake se denudó hasta la cintura, exponiendo la señal roja que llevaba en el brazo.

—¡Esto no fue hecho por una bala! —comentó Manny, observando con interés los manejos.

—Quemadura —fue el diagnóstico del doctor—. Algo así como una forma de radiación.

Blake se estremeció. En su propio tiempo aquella palabra tenía un significado ominoso que se aliaba con el peor de los desastres.

—¿Cómo se lo hicieron? —preguntó el doctor.

—Una nueva clase de arma —replicó Blake—. Pero no me dio de lleno.

El doctor estaba buscando entre un motón de frascos.

—Mejor es que no lo hiciera. Creo que le habría abierto todo un agujero. Desde luego, es una quemadura y vamos a tratarla como tal —siguió hablando con una nota de amargura en su voz—. No tenemos el surtido de medicamentos que ustedes los técnicos se llevaron antes de la catástrofe, pero haremos todo lo que podamos. Mire usted, Manny, no me gusta el aspecto de esto. Creo que será mejor que lo deje usted con nosotros. Hará que se acueste en una de las habitaciones interiores. De allí no podrá escaparse. Y necesito tenerlo a la vista para ver cómo reacciona la herida.

El otro vacilaba. El doctor añadió impacientemente:

—Ponga usted un guardia en la puerta si eso les hará sentirse más tranquilos a usted y al sargento. No hay más que una salida y no podrá pasar sin que lo vean. Y, si soy quién para juzgar, me atrevo a decir que no podrá realizar una carrera en ninguna forma.

Manny se encogió de hombros.

—Está bien, doctor. Lo dejo en sus manos. Se lo diré al sargento. Hasta la vista.

Blake lo vio marcharse. Ahora se daba más cuenta del dolor constante y agudo que tenía en el hombro. El doctor le causaba una nueva preocupación.

—¿Hasta qué punto es grave realmente, doctor?

—Lo bastante grave para retener a un técnico aquí y que yo pueda hacerla unas cuantas preguntas adecuadas —replicó el otro—. Por el aspecto de usted, se ve que las ha pasado bastante mal. ¿Qué diría de un baño caliente, una buena comida y un poco de conversación? Mejor eso que estar encerrado en una celda ¿no le parece?

Blake resplandeció.

—¡Ni qué decir tiene!

El baño había que tomarlo en un barreño de hojalata alimentado por cubos, pero el agua estaba lo bastante caliente para sacarle a uno el frío de los huesos. Y obsequiado con vestidos limpios aunque raídos y remendados, se sentó a comer con el doctor, recién vendado el brazo, sintiéndose verdaderamente cómodo por primera vez en varios días.

—¿Dónde está el cuartel general de su grupo de técnicos? Yo supondría que en alguna parte del Norte, a juzgar por esa espectacular chaquetilla de piel que usted traía.

Blake se sintió muy tentado a decir toda la verdad. Pero la prudencia prevaleció y contestó con la mejor evasiva que se le pudo ocurrir.

—Francamente, no lo sé. Me retiré de allí a toda prisa y aterricé aquí. No puedo decirle cómo ni por qué.

Los ojos astutos del doctor se encontraron con los suyos.

—Casi suena eso a verdad. Dice usted que se marchó a toda prisa. ¿Tiene Manny razón? ¿Está usted fuera de la ley? Tiene una quemadura hecha por un arma desconocida. ¿Están ahora los técnicos luchando entre sí o es que los Sucios han cobrado un nuevo respiro de vida y han hecho un asalto.

—Ni una cosa ni otra, que yo sepa. Yo estaba ocupándome de, bueno podría llamársele un renegado, estaba ocupándome de seguirlo —empezó Blake a decir lentamente, tratando de encajar los hechos en un marco que le otro pudiera creerse—. Es un individuo que quiere alzarse como dictador.

—Un Hitler de bolsillo, ¿no? —preguntó el doctor sin parecer sorprendido—. Hemos tenido montones de ellos desde que el verdadero dejó de radiar desde Londres. Vienen y se van; en su mayor parte, son seres molestos simplemente.

¡De Londres! —Blake se apoderó de aquella noticia que le resultaba asombrosa—. ¡Hitler en Londres! ¿Cuándo?

—¿Es que no captaron ustedes el último discurso antes de que se lanzara el ataque «sin retorno»? —preguntó el doctor.

Al ver que Blake sacudía la cabeza denegando, continuó su explicación:

—Sí, ahora recuerdo que las cosas estaban por aquel entonces bastante desorganizadas y las cuevas de los técnicos quedaron aisladas de nosotros. Yo estaba entonces de servicio en el distrito IV en el área de defensa. Lo oímos aullar todas sus tonterías. Fue interrumpido precisamente a la mitad del discurso y supusimos que nuestros muchachos habían planchado Londres. Nunca se ha vuelto a captar de allí el menor sonido. Algún día, tal vez dentro de cinco o diez años, si el sargento y los que son como él consiguen ponernos de nuevo en pie, lograremos poner un avión en el aire o enviar un barco al otro lado del Atlántico para descubrir lo que le sucedió realmente a Adolfo y a sus amigos.

Un acontecimiento histórico; Blake se concentró en aquello. Era algo que tenía que ver con la Segunda Guerra Mundial; se colegía fácilmente. Pero, ¿qué acontecimiento fue? Rápidamente, trataba de recordar hechos trascendentales en un conflicto que para él hacía ya más de diez años que habían terminado. Y entonces creyó comprender.

—Eso quiere decir que Hitler ganó la batalla de Gran Bretaña —medio susurró, olvidándose del doctor.

Agosto y septiembre de 1940. Este mundo de aquí había tomado uno de los caminos de la bifurcación; su mundo había tomado el otro.

Más tarde, cuando pudo pensar a solas, Blake se echó a sus anchas sobre el camastro y se quedó mirando fijamente el techo agujereado y con arrugas que tenía sobre su cabeza. Los sonidos del hospital anexo estaban apagados, tenía el cuerpo caliente y bien alimentado, podría haber estado durmiendo desde última hora de la tarde a no ser por aquellos pensamientos. Alusiones y nombres encajaban ahora en su sitio, ajustándose como un rompecabezas gigante. Los Sucios (Nastys) eran los desaparecidos nazis de su propio mundo. Los británicos libres eran los que habían venido huyendo de la Inglaterra invadida, del discurso de Hitler en Londres. Todo se explicaba. El conocía la historia de aquella ciudad arrumada. Pero tenía la sospecha de que su extraña ignorancia podía disculparse en parte.

—Naturalmente que Hitler ganó la batalla de Gran Bretaña. Hasta los hombres de un sector de la estación experimental debían saber eso —había sido la réplica del doctor a la impulsiva exclamación de Blake—. Está usted bien alimentado, su vestimenta es buena, excepto algunos rasgones y cortes, mejor que la que hayamos visto nosotros en muchos años. Aparece usted aquí de pronto e ignora los más elementales acontecimientos históricos. Ofrece usted un problema intrigante, joven.

Blake se defendió.

—No puedo explicarlo.

—Su no puedo es más probable que sea un no quiero —sentenció el médico—. Pero no voy a presionarlo. Y aceptaré su historia acerca de un técnico renegado que está causando jaleo. Principalmente porque eso coincide con un rumor que ha estado circulando últimamente. Pero me atrevería a arriesgar mi reputación diciendo que usted mismo no es un técnico. Por lo menos, no lo es de la clase que yo he conocido en otros tiempos. Y añadiría que está usted ahora separado de su propio mundo.

Probablemente, aquello no era más que una figura retórica. Pero Blake temía que el médico se hubiese dado cuenta del sobresalto con que oyó aquello. ¿Hasta qué punto aquel hombre de ojos penetrantes sabía o sospechaba?

—Quisiera... —empezó. Pero el doctor continuaba:

—Supongamos que procede usted de un proyecto secreto, un proyecto tan bien guardado, que ha permanecido aislado del exterior durante algún tiempo. Puedo imaginarme que alguien que emerja de un capullo así encuentre muchas cosas que lo dejen asombrado. ¿Qué quiere usted preguntar primero?

Blake había aceptado aquello o había caído en la trampa, ahora no estaba seguro ni de una cosa, ni de otra. El otro podía no creer que era un técnico, pero por razones suyas particulares, el médico estaba dispuesto a facilitarle la orientación que él necesitaba para moverse en este mundo. Tal vez tuviera que permanecer aquí durante el resto de su vida y cuanto más pudiera aprender, mejor.

—Supongamos que no sé nada de historia desde —eligió un punto que debía de ser común para sus dos mundos— desde Dunkerque.

—Dunkerque, finales de mayo, principios de junio de 1940, los últimos estertores de Gran Bretaña —comentó el médico—. Bueno, a primeros de agosto, la presión aumentó, los ataques aéreos sobre las Islas Británicas se recrudecían por momentos. Los Nastys habían destruido la mayor parte de los aeródromos a fines de septiembre. Los ingleses usaron su flota para intentar una retirada al Canadá. Por aquel entonces, nosotros no habíamos entrado todavía en la guerra —rió amargamente—. Nada como retrasarse demasiado en lo que más importa. Los ingleses consiguieron salvar parte de sus combatientes y de su población civil. En octubre enviamos barcos a ayudar. Pero el día diez, la batalla del Canal empezó y con ella la invasión aérea de las islas. Y el día quince, los japoneses nos golpearon en el oeste.

—¡Pearl Harbour! —indicó Blake, pero el doctor meneó la cabeza con impaciencia.

—Las islas Hawai no tuvieron nada que ver con el asunto. Los japoneses enviaron oleadas de aviones a lo largo de nuestra costa occidental. Hubo luego un gran jaleo para conseguir que nuestra flota volviera de la moribunda Inglaterra. Pero San Francisco, los Angeles y Seattle pagaron bien el pato. Los aviones japoneses venían de todos los puntos del Pacífico. No sé lo que sucedió en Australia; estaban riñendo una batalla desesperada a lo largo de los desiertos salados según oímos por última vez. Pero fuerzas de invasión desembarcaron en Alaska y en el sur de California. Los rechazamos al mar únicamente con el tiempo justo para revolvernos contra los atacantes alemanes. Mezcle usted todo eso con el sabotaje en gran escala y con otros cuantos trucos.

Blake, recordando cada palabra de aquello, se movía incómodamente en su camastro. Aquel aluvión de noticias todas malas y tan cercanas a lo que podría haber sido verdad, lo dejaban deprimido. Era toda la pesadilla de su propio mundo hecha un sueño despierto. Y esto no era ningún sueño, este mundo era real.

 

XII

 

—...la guerra alemana —había continuado el doctor—. Aunque ahora no podemos estar ya seguros. En el segundo año, hubo una infección de virus. Sólo se salvaba uno de cada cinco. Pudo haber sido una cosa premeditada y estalló por primera vez en la época en que los Nastys plancharon Washington e hicieron dos desembarcos aéreos: uno aquí y otro en el Sur. Nosotros nos defendíamos entonces como gatos panza arriba, y el virus terminó por dejarnos en cuadro.

»Luego, sucedió algo. El que no llegaremos a saberlo hasta que podamos explorar algún día. Enviamos una expedición «sin retorno» de bombardeo, formada por bombarderos pesados, aviones comerciales y todos aquellos aparatos que tenían la más pequeña esperanza de poder nacer un solo viaje a Londres donde oímos que Hitler y sus altos jefes se habían reunido para la ceremonia de la conquista. Tal vez los alcanzamos de lleno y rompimos su cadena de mando. O tal vez empezaron a luchar entre sí. Siempre nos habíamos preguntado hasta cuándo iba a durar su alianza con los rusos.

»No sabemos lo que sucedió. Lo cierto es que los Nastys dejaron de venir. Sus barcos desaparecieron de nuestras costas y sus tropas se quedaron aquí abandonadas. Pero aquello no sucedió antes de que aquí se fuera todo al diablo.

»Esto pasó, veamos, hace cinco, seis años. Uno empieza a perder la noción del tiempo al vivir de esta manera. Resultamos ser una nuez más dura de roer de lo que ellos habían creído, a pesar del virus y de todo lo que nos echaron encima. Pero no es posible mantener las fábricas funcionando cuando han sido bombardeadas una y otra vez, sobre todo en el complejo mecánico que éramos entonces. Tome usted una ciudad de este tamaño, suprímale el gas, la luz, el agua, el servicio de abastecimientos, añada una epidemia y tendrá conseguido el caos en menos de una semana, sin necesidad de ningún ataque aéreo.

»Una fábrica depende de materias primas traídas desde cierta distancia y de complicadas herramientas transportadas desde puntos lejanos por ferrocarril. Destroce esos ferrocarriles o bien la fuente de suministro, y tendrá una fábrica incapaz de funcionar. Es fácil tumbar el carro de las manzanas en una civilización altamente mecanizada.

»La transmisión de noticias continuó durante algún tiempo. Cesaron las radios cuando no fue posible ya producir o reemplazar determinadas partes y cuando no hubo técnicos bastante para manejarlas. Aquí tenemos un operador de primera. Se pasa diez horas al día escuchando, y en los pasados dos años no ha podido captar la menor señal de ninguna parte.

»Mientras tanto, en esta ciudad, que es la sección de la que yo puedo hablar con conocimiento de causa, tuvimos dos ataques del virus. Puedo mostrarle a usted sitios negros por el fuego. Allí es donde quemábamos los cuerpos, no a centenares, sino a miles. Aquellos días fueron pesadillas propias del infierno. Y a todo esto teníamos que luchar contra la invasión de paracaidistas. Y habíamos de movernos más rápidamente que los otros para seguir con vida.

—¿Qué otros? —había preguntado Blake.

—Desertores, Nastys que habían escapado de sus unidades, criminales que se dedicaban abiertamente a hacer fechorías cuando el imperio de la ley se derrumbó. Se mantienen ocultos y nos atacan para quitarnos nuestras provisiones. Los hemos expulsado de este sector occidental de la ciudad, aunque todavía acuden de vez en cuando a saquear nuestros almacenes. El sargento espera organizar una amplia expedición que nos libre de ellos. Ya se ha puesto en contacto con otro grupo de británicos libres, justamente la semana pasada. Ejercen el gobierno en la isla y tienen dos chalupas en buen uso. Están dispuestos a darnos apoyo naval cuando nos haga falta. Podemos sentirnos muy satisfechos de tener al sargento.

—¿Quién es él?

—Un antiguo militar, un militar del viejo ejército y de la escuela tradicional. ¿Oyó usted alguna vez hablar del Décimo de Caballería?

Blake no había oído nunca ese nombre.

—Era un regimiento lleno de tradiciones y que compartió los honores con el famoso Séptimo de Custer. Nunca fue aplastado porque su comandante en jefe no era hombre ávido de gloria. Formaron parte del viejo ejército combatiente indio con una lista de batallas gloriosas que hace que se le ponga a uno la carne de gallina. Los indios los llamaban «Soldados Búfalos», y no los atacaban más que cuando no tenían más remedio. Fue una de las primeras tropas negras de Caballería.

»El abuelo del sargento empezó a servir poco después de la Guerra Civil, y el padre se incorporó en cuanto que tuvo edad. Él nunca pensó en otra carrera para sí mismo, ya que había nacido en el regimiento como nacían los legionarios romanos. El Décimo ha desaparecido, pero el sargento está todavía con nosotros, de lo contrario no estaríamos aquí.

Bajo el gobierno del sargento, la pequeña colonia del Parque había logrado una cierta seguridad. Los habitantes reunían los contenidos de tiendas y almacenes de alimentos y ropas. Se aferraban a la sombra de civilización que podían recordar y había ya una segunda generación para la cual el pueblo del Parque era el único medio de vida. Y Blake se enteró por el doctor de que, a pesar de carecer de lo que les habría parecido, años antes, indispensable para seguir viviendo, no sólo no se sentían miserables, sino que acariciaban planes detallados de expansión futura. Era una comunidad que estaba nuevamente en marcha, inspirada por la fuerza impulsora de la voluntad y el genio de un hombre.

Previendo la inutilidad de fusiles para los que no tenían ya municiones, habían hecho arcos. En el terreno del Parque, habían plantado trigo, aprovechando las simientes encontradas en las ruinas de unos almacenes del Gobierno. Estaban criando gamos librados del Parque Zoológico, y caballos procedentes de una academia de equitación.

Blake entusiasmado por la historia del doctor, podía comprender las ventajas de ser miembro de aquella comunidad, de convertirse en uno de las «gentes» del sargento. Si estuviera seguro de que no habría ninguna esperanza de volver a su propio nivel, se daría por dichoso permaneciendo aquí.

Mientras tanto, parecía como si todo el mundo se hubiese olvidado de él, menos el doctor. Dormía y comía y luego se echaba otra vez a dormir. Pero, a mediados de la mañana siguiente, se sintió inquieto. Del brazo le habían desaparecido ya casi todos sus dolores y podía utilizarlo, así como la mano izquierda, casi normalmente. Se vistió con la ropa usada que le habían facilitado, se sentó en el filo de su camastro, y en aquel momento Manny apareció en la puerta.

—Oiga —le dijo en un saludo carente de toda ceremonia—, el sargento quiere verlo.

Blake lo acompañó con gusto. Esta vez el grande hombre estaba trabajando con un plano sobre el que había unos cuantos puntos rojos. Estaba comprobando la posición de aquellos puntos valiéndose de algunas notas escritas en una tira de papel y de otros papeles más o menos manchados por el uso. Pero los echó todos a un lado cuando Blake y su guardián subieron.

—¿Qué es eso que le ha estado usted contando al doctor acerca de un técnico renegado? —preguntó.

—Él es el único responsable de que yo esté aquí —replicó Blake—. Me secuestró, escapé y aterricé en esta ciudad.

—¿Y esa máquina? ¿No sabe usted cómo funciona? ¿Es que pertenece quizás a ese técnico?

—Sí, así es. No, no sabría decirle cómo funciona. Pude ponerla en marcha, pero eso es todo.

—¿Cómo se llama ese técnico? —y la pregunta fue hecha como un disparo.

—Que yo sepa, tiene varios nombres: Lefty Conners y Pranj.

El sargento no dio señal de reconocer ni a uno ni a otro.

—¿Ha oído alguna vez hablar de un tipo llamado «Ares»?

Recuerdos de párrafos de un libro escolar fueron removidos por aquel nombre.

—Entre los griegos, era el dios de la guerra...

—Eso no nos sirve de nada —dijo el sargento con una sonrisa sarcástica—, pero seguramente está metido en alguna clase de guerra. Hace ya unos cuatro meses —y se echó atrás en el sillón, enlazando sus dedos detrás de la cabeza—, estamos juntando una serie de historias acerca de este «Ares». Está en tratos con los fugitivos, procurando organizarlos. Y se nos ha dicho, las noticias son correctas, que les ha prometido armas de un tipo nuevo. Ahora llega usted con ese cuento de un técnico que se ha pasado a los malos y que está causando molestias. Parece como si nuestro Ares y ese técnico renegado tuvieran algo en común, ¿no cree? Dice usted que ese individuo ha inventado una nueva forma de transporte y una nueva clase de fusil con la que lo alcanzó a usted. Sí, todo esto parece que va encajando. ¿Y dónde puede estar ahora ese Pranj o Conners?

—Eso e lo que yo quisiera saber. Probablemente, no se encuentra ya en esta ciudad.

El sargento frunció el ceño.

—Pero es probable que venga aquí, ¿no?

A Blake le habría gustado poder responder a aquello. No sabía casi nada sobre el viaje entre niveles. Si el transportador sólo podía tener su base en un lugar único, entonces Pranj muy bien podría volver al sótano donde esta gente lo había capturado. Y Blake tenía una fuerte convicción de que la plataforma había sido fijada, por decirlo así, en un engranaje con los otros mundos que se formaban y desaparecían durante aquellos viajes increíbles, tendría que hacerlo en aquel sótano. Pero, ¿llegaría a venir Pranj? ¿Era él Ares? ¿Vendría a pesar de saber que Blake había quedado abandonado allí? ¿Podría constituir la presencia de Blake una especie de cebo adicional? Eran tantas las suposiciones y resultaba tan difícil calcular las reacciones del otro por las suyas propias, además, un Psi que se había colocado fuera de la ley.

Había otra esperanza para él en la captura de Pranj. La visión del plano sobre la mesa del sargento le había recordado aquello, la cuestión de los agentes. Blake no tenía la menor idea de dónde podría localizarse el transportador que ellos utilizaban, si es que era ese el medio que para dirigirse a los mundos donde sospechaban que Pranj pensaba dar el golpe. Pero el descubrimiento hecho por el forajido del almacén que les servía de cuartel general los había empujado a Patroon Place, suponiendo que aquel traslado estuviese motivado por el deseo de ellos de llegar a su punto de contacto con otros niveles. Por otra parte... Sí... Y... Quizá, por lo menos, eso le daba ya a Blake un objetivo.

—Puede que él regrese al sitio donde ustedes me encontraron —dijo.

—¿Precisamente porque usted aterrizó allí? —preguntó el otro, que captó rápidamente el sentido de la sugerencia—. ¿Es que esa cosa en la que usted llegó tiene una trayectoria invariable?

—Le digo a usted que no lo sé.

—Pero, por lo menos, puede conjeturarlo, ¿no es eso? ¿Es ese el único sitio que se le ocurre?

La voz del sargento parecía cansada, pero los profundos ojos castaños que se clavaban en Blake estaban muy despiertos y eran casi tan dominantes como lo habían sido los de Kittson.

—Bueno, la verdad es que Pranj está huido. Hay otros que lo persiguen.

—¡Ah!, ¿sí? —Los párpados del sargento se entornaron, velando a medias sus ojos—. Y a usted le gustaría encontrarse con esos tipos que lo persiguen, ¿no? Amigos suyos, ¿verdad? Y, ¿dónde podríamos ir a buscarlos?

—Tendría que ver un plano —replicó Blake—. Y no estoy nada seguro de que puedan estar allí.

—Querría usted probar, ¿no es eso? —El sargento echó atrás su sillón, apartándose de la mesa e invitó—: Dé la vuelta y eche una ojeada. Este es el mejor plano que hemos conseguido.

El grasiento papel estaba desgarrado y lleno de remiendos y había manchas que desfiguraban su superficie. Pero Blake localizó la ruta que había seguido con el autobús hacia la parte alta de la ciudad. El letrero de «Mount Union» estaba casi borrado por una mancha negra, pero lo encontró y luego localizó Patroon Place. Si hubiera podido decir la verdad, la búsqueda tal vez se habría hecho mucho más fácil. Pero nadie iba a creer su historia. Tendrían que aceptarlo fiándose de él. Ya cuando pudiera abandonar, si podía alguna vez, este asentamiento, se dirigiría por sus propios medios a aquel punto.

El sargento echó una mirada al plano.

—¿Ahí es donde se reúnen sus amigos?

—Ahí es donde espero que lo hagan —corrigió Blake—. Pero puede que no estén allí. Es una esperanza contra un millar.

—Ya veo —El sargento dejó descansar su cuadrada mandíbula sobre un puño fuerte como una maza—. No es usted persona que se vaya de la lengua. Pero, en los últimos tiempos, nos hemos arriesgado por esperanzas aún más débiles. Es posible que le echemos una mirada a esa plaza. Es un territorio que conocemos, aquel donde usted aterrizó. En cuanto a este otro —y puso dedo sobre Patroon Place—, es nuevo para nosotros; y después de todo, no fue allí donde usted apareció.

—Un dato es el de que cuando la máquina funciona hay un resplandor verdoso.

—Es verdad —dijo Manny, interviniendo por primera vez—. Son unas luces que se ven desde todas partes, sargento. Yo lo vi.

—E incluso de día, ¿eh? ¿También sus amigos tienen la misma característica?

Blake se sentía inclinado a creer que todos los transportadores eran iguales.

—Sí.

—Entonces, podemos vigilar dos puntos. —El sargento empezó a animarse—. Uno abajo, otro arriba. Usted —le hablaba a Blake— irá con el piquete de arriba. Usted conoce a sus amigos. Nosotros nos encargaremos de Ares, si vuelve. Nos ahorrará usted tiempo y preocupaciones a todos.

—Le advierto que, si Ares es Pranj... —empezó a decir Blake.

—Ya lo sé: si es su técnico renegado —sonrió el sargento—, no hace falta que usted nos lo diga. Hemos tenido que enfrentarnos con gente muy dura en los últimos tiempos.

Pero no tan dura como el forajido de otro mundo, quiso decir Blake. No se habían enfrentado con un hombre que podía entrar en el cerebro de un enemigo y convertirlo en un robot. Su única esperanza era encontrar a los agentes antes de que los hombres del sargento tropezaran con Pranj.

De esta forma, sin lograr hacer su advertencia más grave, Blake se encontró formando parte de una patrulla encargada de explorar la parte alta de la ciudad. Pero no le ofrecieron armas, ni siquiera la daga con incrustaciones que le había arrebatado Manny.

Fueron abriéndoe camino por la salvaje espesura del Parque. Cuando pasaron junto a las jaulas vacías del zoo, Blake preguntó qué les había sucedido a los animales que había además de los gamos. Le dijeron que los pájaros habían sido puestos en libertad y rondaban en torno al campamento, los que habían conseguido sobrevivir a los inviernos. Los osos y los felinos habían sido muertos a tiros.

—Pero no matamos a los lobos —comentó unos de los hombres—. Algunos se escaparon y se juntaron con los perros para dedicarse a cazar. En el invierno, son peores que tigres si ven a un hombre solo.

Grandes porciones del Parque, que en su origen había sido una larga banda de verdor que corría por dos tercios de la longitud de la ciudad, habían vuelto a la fiereza selvática de una arboleda ex-domesticada. Las bien cuidadas carreteras de otros tiempos se habían reducido a trochas difíciles entre muros de impenetrable maleza.

Dieron la vuelta al extremo de un lago bordeado de hielo del que escaparon aves acuáticas croando histéricamente en el aire. Cambiaron rudas bromas con los grupos que cogían agua en cubos. Incluso para tales tareas caseras, los habitantes del Parque iban armados con arcos o con rifles. Blake se enteró de que los rifles se les daba a aquellos que se hacían merecedores de ese honor por sus hazañas, mientras que los combatientes menos hábiles, una categoría en la que quedaban incluidos todos los varones desde la edad de los doce años y algunas mujeres tenían que contentarse con arcos, aunque los muchachos habían mostrado tanta aptitud con aquellas armas antiguas, que preferían los rifles sólo por cuestión de prestigio. Cuando se hubiese disparado la última bala, la transición al arco no encontraría a las nuevas generaciones desentrenadas ni desarmadas.

El propósito de la expedición actual no era solamente el de comprobar la teoría de Blake respecto a sus amigos, sino hacerse con todas las provisiones que pudieran. Manny explicaba cómo, utilizando viejos anuarios de la ciudad y los planos del sargento, la colonia había podido localizar tiendas y almacenes que los proveían de vituallas. Con mucha frecuencia, una incursión prometedora los llevaba a distritos completamente carbonizados o reducidos a escombros inútiles. Sin embargo, aquella búsqueda sistemática había compensado durante los magros años del pasado inmediato. Cada expedición tenía la brillantez de una búsqueda de tesoros.

—Medicinas para el doctor, telas, ropas si no están demasiado apolilladas, recipientes de cualquier clase, todo lo que pueda servir de algo. Si pudiéramos movernos mejor por las calles y poner algunos camiones en marcha, conseguiríamos mejores resultados —comentó Manny—. Pero teniendo que parar a cada momento para apartar árboles o piedras y tropezar luego con otro montón de escombros, hace que no valga la pena probar.

—En la esquina de Mount Union había una droguería-bar —indicó Blake.

Tres, o cuatro días antes, había él estado en aquel establecimiento, disfrutando de su calor y de su luz, de la protección que le ofrecía contra la tormenta de nieve que se desataba afuera. Pero, ¿cuántos años habían transcurrido en este otro mundo desde que aquel edificio había podido ofrecer refugio?

—¿Sí? Vaya, es posible que este viaje nos salga provechoso. Jack —dijo, llamando a un muchacho larguirucho que estaba discutiendo con su compañero, un negrito adolescente—, ¿llevas ahí la lista de cosas que nos dijo el médico que buscáramos?

El muchacho se llevó la mano a la pechera de su andrajosa chaqueta.

—Sí, señor. La llevo aquí pinchada. ¿Por qué, Manny?

—Adonde vamos ahora, era antes una droguería. Si ha quedado algo, tú y Bob recoged todo lo posible que podáis. No os preocupéis de otra cosa que de lo que ha pedido el doctor. Eso es lo más importante.

—Sí, señor —asintió el muchacho, y volvió a su amistosa disputa que trataba de la posibilidad de seguir el rastro de una jauría que había sido vista hacia poniente.

Las pieles de lobos y de perros se estimaban mercancías valiosas en el campamento.

—Este Jack es un chiquillo muy listo. Podrá aprender la carrera del doctor cuando sea mayor —dijo Manny—. El sargento se preocupa mucho de los muchachos. Todos tienen que aprender a leer y a escribir y cuentas. El mes pasado nos hizo reunir libros para la biblioteca. Trajimos dos caballos bien cargados. Él dice que puede que los muchachos tengan que estar luchando toda la vida, pero que no por eso tienen que ser unos ignorantes. Cuando un chiquillo muestra talento para algo, el sargento lo pone a estudiar el máximo. Algún día, cuando esto esté limpio de fugitivos y podamos vivir sin tener que estar luchando todo el tiempo, entonces nos extenderemos más. Saldremos de esta ratonera y veremos qué ha pasado en el resto del país. Una vez estuvimos a la cabeza y volveremos a estarlo, ya lo verá usted.

En el fuero interno de Blake, algo respondía cálidamente a aquellas palabras. En cuanto tuviese las manos libres y un futuro razonablemente estable, esta gente volvería de nuevo a construir, a construir algo que quizá sería mejor que lo que había quedado aplastado. Pero, ¿cómo iba a ser estable el futuro si Pranj irrumpía aquí? ¿Qué iba a pasar si el rumor que el sargento había oído era cierto, y el forajido Psi estaba importando nuevas armas, por ejemplo, las pistolas caloríficas del mundo del laboratorio, para equipar con ellas a los luchadores rabiosos de estos parajes? Aquellos fugitivos que se resistían al retorno de la civilización, podrían, una vez así armados, barrer fácilmente a este núcleo de un mundo nuevo para edificar otro a su medida en el que Pranj sería el dueño absoluto.

En aquel momento, la lucha de Blake contra Pranj era algo que rebasaba los límites de lo personal. No era ya una pelea entre los dos, una pelea en la que él se sentía el inferior, sino una guerra contra todo lo que representaba aquel hombre Psi fuera de la ley. Había que dejar que el pueblo del sargento trabajara sin obstáculos en labrarse su propio destino, había que salvarlo de un ser que tan fácilmente podría arruinar esas esperanzas. Ahora llegaba a comprender la verdadera misión de los agentes y la red de protección que trataban de extender entre los distintos mundos niveles, la razón de su búsqueda tan encarnizada de Pranj. A cada minuto había que dejarlo que se defendiera por sí mismo, que se alzase o cayese por las acciones de sus propios habitantes y no que fueran esclavizados por un intruso.

Si no podía volver a su propio mundo, Blake pensó que le diría al sargento la verdad, le diría la naturaleza del peligro que los amenazaba. Pero si era posible ponerse en contacto con los agentes, había que hacerlo con toda rapidez, antes de que Pranj tuviese la oportunidad de golpear aquí.

Abandonaron el Parque y doblaron por una calle donde las filas de casas aparecían intactas. Incluso unas cuantas ventanas tenían todavía los cristales en sus polvorientos marcos, cristales que reflejaban el frío sol invernal.

—¿Sabe usted dónde está? —preguntó Manny.

Blake se detuvo. Allí sólo había estado de noche, pero estaba seguro de hallarse cerca de la meta.

—Oiga, Manny, aquí hay desde luego una droguería —gritó Jack, que iba en cabeza.

—¿No está el nombre de la calle? —preguntó Blake.

—Sí, aquí dice «Union». ¿Significa eso algo?

Blake dio un profundo suspiro.

—Aquí es —se dijo más a sí mismo que a Manny.

 

XIII

 

Entrar en aquella Patroon Place era una lúgubre experiencia. El mundo del laboratorio, el mundo de las torres, habían estado ambos tan remotos de las cosas que él conocía, que Blake podía aceptarlos. Pero aquí, donde él había estado antes (o, por lo menos, así lo parecía), resultaba completamente distinto. La misma casa, la misma calle, pero reinaba la desolación, la desolación de lo que lleva mucho tiempo abandonado, de las ruinas. Batientes rotos de ventanas, puertas desencajadas, eso por todas partes.

—Aquí hubo saqueo —observó Manny—. Las casas ricas como éstas atraían a los saqueadores en los primeros días. ¿Qué casa busca usted?

Blake se situó en la calzada y alzó la mirada hacia la casa exacta, la réplica de aquella en la que, cuando se hallaba en su propio nivel, había estado con los agentes. En apariencia, salvo las señales causadas por la violencia y el tiempo, era la misma. Sentía como si estuviera caminando lentamente a través de una pesadilla. La idea alucinante de que aquella era la misma casa, de que, comoquiera que fuese, había viajado hacia adelante o hacia atrás en el tiempo, en lugar de a lo largo del mismo, persistía. Iba tiritando mientras avanzaba.

La puerta principal había desaparecido, y se veían raspones alrededor.

—Balazos —dijo Manny con la mayor naturalidad—. La gente que aquí dentro debió de pasarlo mal.

Una vez en el interior, tropezaron con una barricada de muebles rotos. Manny sacó de un bolsillo una linterna de pila, y su círculo de luz alumbró un montón de huesos blancos en el rincón mes apartado. Durante un momento horroroso, Blake se preguntó de quién podría ser aquello... Pero este no era el mismo mundo, era preciso que lo recordase constantemente.

—¿Qué es lo que estamos buscando? —preguntó por fin Manny.

—Debe de estar en el sótano —dijo Blake, dando una respuesta a medias.

Puesto que la situación del transportador tenía que estar escondida, lo más probable era que se ocultase allí, como lo había estado el transportador de Pranj.

Manny fue de habitación en habitación, abriendo las pocas puertas que quedaban. Había otros huesos, muchos signos de una batalla reñida de habitación en habitación años antes. Una vez el ex-guardia cívico dirigió el haz de rayos sobre el suelo, Blake vio la huella de un animal impresa claramente en el polvo.

—Un lobo, o un perro. Rondan por toda la ciudad.

—¿De qué viven?

—De nosotros, cuando pueden atraparnos —replicó Manny con sencillez—. También persiguen a los gamos y a los caballos. Por eso es por lo que nunca salimos solos en invierno y por lo que nos recogemos a la caída de la noche, a menos que haya que hacer algo urgente. Solemos encontrar los restos de fugitivos que no tuvieron suerte o que no fueron listos. Cal utilizó el cuerpo de un caballo muerto como cebo, y lo colocó en el extremo occidental del Parque, hace cinco o seis semanas. Mató cinco perros y un lobo antes de la puesta del sol. También los perros se han hecho mezquinos, crueles y listos, demasiado listos, diría. Aquí está el sótano.

La última puerta que abrió daba a un tramo de escaleras, y bajaron a una pesada oscuridad. Había una parte de bodega con todas sus existencias rotas y saqueadas por los primeros enemigos. A continuación había un espacio con estantes donde jarros polvorientos y vacíos se alineaban en filas. Atravesaron una lavandería y un horno, y llegaron a la última puerta. Manny había estado contando los pasos en voz baja, y dijo ahora:

—Este sótano es mayor que la casa. Yo diría que esta parte por donde vamos rebasa el patio delantero y quizá corre bajo la calle.

El ánimo de Blake se elevó. Aquella necesidad de un espacio extra era prometedora. ¿Espacio para qué? ¿Una base para un transportador?

Manny tiró de la puerta, pero ésta no cedió como habían hecho las otras.

—¡Está cerrada con llave!

Blake unió sus esfuerzos para violentarla. Pero estaba cerrada con llave y la pesada madera no cedía. Blake pasó un dedo por uno de los goznes y lo retiró manchado de aceite. Sólo podía haber un motivo para engrasar una puerta en una casa abandonada hacía mucho tiempo. Sus conjeturas eran acertadas: éste era un punto de transbordo para los agentes. Sólo había que montar guardia aquí y, más tarde o más temprano, podría establecer contacto con ellos y regresar a su propio mundo. Pero eso significaría tener que acampar aquí, como un gato delante de una ratonera. ¿Y se lo iban a permitir el sargento y sus hombres?

—¿Le han echado aceite? ¿Han podido ser sus amigos, técnico?

—Eso es lo que espero. Pero no sé cuándo volverán a venir.

—Montaremos aquí un puesto —declaró Manny—. Si vienen, nos enteraremos. Pero, ¿por qué en el sótano?

Añadió aquella última pregunta como si estuviera pensando en voz alta, y Blake no se atrevió a contestar.

El estridente silbido que era la señal de llamada de las fuerzas del sargento sonó cuando los dos hombres empezaron a subir por la escalera del sótano. Los demás estaban en el patio. Jack y su joven compañero, con talegas bien cargadas a las espaldas, y el taciturno Gorham lanzaban miradas al garaje.

—Oiga, Manny —dijo Jack a guisa de saludo—, esta tienda apenas si la han tocado. Tenemos todo un cargamento para el doctor y hay también abundancia de conservas en latas. Valdría la pena mandar un caballo.

Manny lanzó una mirada al cielo. Por la posición del pálido sol, había pasado ya con creces el mediodía.

—Ahora vamos a comer —decidió—, luego, Bob y Gorham volverán al campamento y le preguntarán al sargento si le parece que vale la pena mandar un caballo. Vamos a montar un puesto aquí; podéis decírselo al sargento. Tú, Jack, elige la comida que haya en la tienda. Hay que dejar a gente que se encargue de montar la guardia. Tenemos que vigilar una parte determinada. Tú, Gorham, ¿hay señales de fugitivos?

Gorham sacudió su lanuda cabeza.

—Desde luego, estos sitios fueron saqueados, pero hace ya mucho tiempo. Hay muchas cosas destrozadas, pero no robadas. Yo diría que desde entonces no ha vuelto nadie.

—Tenemos suerte —dijo Manny, sentándose en un escalón—. Comamos.

Masticaron las raciones que habían traído consigo y bebieron el agua purificada del lago, que traían todos en sus cantimploras. Algunos copos de nieve planearon perezosamente en el aire tranquilo. Gorham lanzó una mirada a las nubes que se iban amontonando.

—Tendremos nevada por la noche —advirtió—. Mirad toda aquella oscuridad por el Este.

Había mechones de un gris oscuro concentrándose allí, apilándose en una muralla amenazadora. Y Blake pensó que aquello era promesa de una auténtica tormenta. Si el grupo se veía sorprendido por una tempestad, no habría manera de mantener aquí un puesto. Quizá Manny tuvo el mismo pensamiento, porque se movió inquietamente y acabó su comida con un par de tragos rápidos.

—Gorham, tú y Bob será mejor que os pongáis en camino —ordenó—. Si podéis conseguir un caballo, volved aquí cuanto antes y vaciad la tienda. No quiero que nos coja aquí una tormenta. Jack, tú baja al almacén y reúne cosas que se puedan llevar fácilmente. Yo voy a dar un vistazo por aquí. Bueno —por primera vez se acordaba de Blake—, usted vaya con Jack.

Aquello tenía el sonido de una orden. Blake habría preferido quedarse justamente donde estaba: en cualquier momento, podían aparecer los agentes. Pero estaba desarmado, y su condición, por libre y cómodo que lo hubiesen dejado estar toda la mañana Manny y los demás, seguía siendo la de un prisionero. Se demoró todo lo que pudo, viendo como Gorham y Bob se marchaban y Manny se metía en el patio trasero de la casa contigua. Jack se movía impaciente y tenía un rifle.

—¡Vámonos!

Blake sintió que se mareaba. La sensación de peligro inmediato lo golpeó como un balazo. Por un momento se quedó mirando fijamente la casa silenciosa, el patio. Algo iba mal, horriblemente mal. El peligro estaba acumulándose hasta un punto explosivo detrás de él.

Con un grito inarticulado, se lanzó sobre Jack, cogiendo al muchacho por el hombro y empujándolo fuera de la casa. Jack se revolvió dispuesto a la pelea. Pero Blake, perdiendo el equilibrio, avanzó en una carrera que los llevó a los dos dentro del garaje y que les salvó la vida.

Hubo un rugido ensordecedor, una súbita llamarada, y el mundo pareció volar lejos de ellos. Blake oyó un grito mitad de miedo, mitad de dolor, y luego, entontecido, medio inconsciente, se quedó tendido donde estaba y aguardó el final.

El polvo le llenó los ojos y la boca, ahogándolo y cegándolo. Se sentó y se pasó las manos por la cara, enjugándose las lágrimas que le brotaban de los ojos escocidos. En su cabeza había un oscuro bordoneo a través del cual percibió unos gemidos.

Jack yacía boca abajo, atrapada la parte inferior de sus piernas bajo un madero y con una mancha roja extendiéndosele por un muslo. Lentamente, Blake volvió la cabeza. Donde se había alzado la casa no quedaba ahora sino un devastado agujero en la tierra.

Se arrastró hasta donde estaba el muchacho y empezó a trabajar febrilmente. El madero pudo ser apartado, pero debajo había una herida irregular en el sitio donde el metal había penetrado en la carne. Blake se esforzó en detener la hemorragia. Estaba casi seguro de que el hueso se hallaba intacto y que el daño quedaba confinado a aquel desgarrón.

—¿Qué... qué ha pasado? —La voz de Jack sonaba delgada, y sus manos se movían entre el polvo y los escombros—. Mi rifle. ¿Dónde está mi rifle?

El arma no se veía por parte alguna, Y Blake no estaba de humor para ponerse a buscarla en aquellos momentos. Pero su punto de vista, cambió un minuto después, cuando el chasquido de un disparo rompió el silencio que había seguido a la explosión.

—Dos, tres —contó en voz alta a medida que el seco retumbo de los disparos de rifle sonaban a través de la cortina de nieve.

O Manny, o Gorham y su compañero estaban metidos en palea.

—El rifle —gimió Jack, incorporándose sobre los codos—, fugitivos...

Blake se puso a buscar febrilmente entre los escombros, tan ávido ahora como el otro por encontrar el arma, pero al mismo tiempo ordenó:

—¡Tú, quédate tendido! ¡Si la sangre sale de nuevo, estamos listos!

Los conocimientos que Jack tenía de la carrera del doctor fueron una ayuda, porque obedeció inmediatamente, volviendo la cabeza sólo para ver cómo Blake realizaba la búsqueda. El rifle apareció por fin, sin daño alguno, por lo que Blake pudo ver. Con él en sus manos, se sentía más seguro, dispuesto a afrontar lo que quiera que pudiese estar preparándose contra ellos en el creciente rugido de la tormenta de nieve. Juntamente con la explosión, su sensación de advertencia había desaparecido, y pensó que, por el momento, estaban a salvo.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó Jack de nuevo, con una voz más firme.

—Yo diría que ha sido el estallido de una bomba.

Jack aceptó aquella explicación con calma.

—Si era uno de esos cacharros de efecto retardado, podemos decir que hemos tenido suerte. —Una vez más levantó la cabeza para lanzar una ojeada—. Vaya, la casa ha desaparecido.

—Sí.

Pero Blake estaba ahora más preocupado por el presente que por el pasado inmediato. No podía dejar ahora a Jack y la nieve iba aumentando de espesor. Aunque el garaje los había protegido contra la explosión, no era un refugio adecuado para una tormenta. Aquellos disparos podían significar que el resto del grupo había muerto; que los fugitivos estaban dispuestos al asalto. Miró hacia la calle.

Las casas adyacentes habían sufrido los efectos de la explosión. Y si ellos estaban aislados de la colonia del Parque, necesitarían algo más que refugio; necesitarían comida, calor y medicamentos. Sólo había un sitio donde encontrar aquellas cosas. Blake era otra vez dueño de sí mismo, en un mundo extranjero y además sintiéndose responsable de Jack.

—Mira —y se volvió hacia el muchacho.

Jack vivía en este mundo, conocía toda clase de peligros, podía afrontar bravamente un oscuro porvenir. Si había sido lo bastante fuerte para sobrevivir hasta ahora, tendría que serlo también para afrontar las dificultades actuales.

—¿Tú crees que ayudándote yo podrías llegar hasta la droguería?

Vio que la lengua del muchacho se movían entre los labios, pero que Jack no contestaba inmediatamente. Cuando lo hizo fue con una contrapregunta.

—¿Cree usted que Manny está allí?

—¿Cómo vamos a saberlo? Pero la tormenta está creciendo y no podemos pasar la noche aquí.

La nevada estaba cubriendo las rotas aceras y empezaba a formar montones en las esquinas.

—Muy bien. La tienda está abrigada —admitió Jack—. Claro que podré ir hasta allí. Un hombre puede hacer todo lo que tenga qua hacer.

Repitió esto último como si fuera un axioma que se hubiese convertido en ley entre los suyos.

Pero si Blake hubiese sabido lo que iba a significar aquel traslado, nunca lo habría intentado. El de ellos fue un avance de caracol, interrumpido por frecuentes altos para inspeccionar los vendajes improvisados en el muslo de Jack, para asegurarse de que la hemorragia no se había reproducido. Llevando a cuestas la mayor parte del peso del muchacho, Blake jadeaba de fatiga cuando, por fin, llegaron a la tienda. Pero consiguió meter a Jack en una habitación trasera y luego él se sentó, dándole vueltas la cabeza, sintiendo en el costado largas punzadas dolorosas.

Afuera, la nevada había asumido proporciones de tempestad, formando cortinas ante las rotas ventanas, apilándose en el suelo de la gran habitación de la fachada. Pero ellos estaban bien abrigados, en una habitación que disponía de techo y muros intactos e incluso de dos ventanitas que se hallaban en buenas condiciones.

—Aunque no los hayan tiroteado —dijo Jack de pronto—, los muchachos van a pasarlas mal teniendo que volver con este tiempo.

Blake se dio cuenta de que su compañero tenía todavía esperanzas de que vinieran a rescatarlos. Pero él tenía otra pregunta que hacer.

—¿No podrá atraer este refugio a otros fugitivos?

—Es muy posible —replicó Jack—. Es muy fácil perderse por los cráteres de las bombas o por esos sitios por donde estallaron las tuberías de gas y del agua. Cuando hay una tormenta, solemos ponernos a cubierto.

Blake iba recuperando el aliento. Y entones se dedicó al saqueo, bendiciendo la costumbre que hacía que una droguería vendiese artículos tan variados. Una caja le proporcionó un brazado de mantas azules y rosas para recién nacidos, y con ellas improvisó un jergón en el suelo y, después de vendar de nuevo la pierna de Jack con medios más adecuados, acomodó a su paciente de forma relativamente confortable.

Cuando habló de la necesidad de encender un fuego, Jack presentó objeciones. La luz atraería aquella atención que ellos estaban tratando de evitar. Pero Blake puso de relieve que la longitud del almacén que separaba su refugio de la calle y lo espeso de la nevada ocultaría las llamas, y era preciso que tuviesen calor.

La parte superior de la fuente de soda había sido hecha trizas por los primeros saqueadores de años antes. Pudo reunir una parte e improvisar así una especie de chimenea en la habitacioncita. La madera de las cajas le proporcionó combustible que fue apilando al alcance de la mano.

Mientras tanto, Jack se sentó y se dedicó a clasificar los artículos que había reunido antes, apartando aquellos que necesitarían utilizar inmediatamente. En un impulso súbito, Blake eligió un encendedor de todo aquel muestrario, y trató de prender fuego al arrugado cartón que quería utilizar como virutas. Para sorpresa suya, el diminuto surtidor de llamas respondió y prendió fuego. Cuando estuvo seguro de que aquello funcionaba bien, salió y volvió con recipientes llenos de nieve, utilizando a este efecto altos vasos de soda, cartones, cualquier cosa que pudiera contener aquella promesa de agua.

En una sartén del mostrador de las comidas, llena ahora de agua de nieve, derritió cacao, aspirando el olor resultante con una sensación de bienestar. Jack yacía tendido bajo la incongruente cobertura de mantas con dibujos de ositos, y había la sombra de una sonrisa en su cara estragada.

—Hemos tenido mucha suerte al haber escapado tan bien —comentó—. La verdad es que ni siquiera en el campamento podríamos estar pasándolo mejor.

Se movió, y una crispación de dolor le recorrió el rostro.

—¿Otra vez le duele la pierna?

—Cuando me olvido y quiero estirarme. Procuraré no hacerlo más. ¡Caramba, si Manny y Bob estuviesen aquí, sería estupendo, toda una comilona! ¿Qué hay en esa lata?

Blake leyó la etiqueta de la lata que había escogido.

—Sopa de legumbres. Esto es bueno. Espera a que se caliente.

Vació el contenido en otra cacerola, añadió una pequeña porción de agua y la puso al fuego. Luego, vertió la mitad del cacao en un cazo y se lo dio a Jack. El calor del fuego y la bebida caliente lo reanimaron. Pero su bienestar desapareció a los pocos instantes.

Un aullido, bajo y cavernoso, atravesando incluso la espesa cortina de la tormenta de nieve, perforó la lóbrega noche. El líquido que estaba en el cazo de Jack se le derramó por los dedos cuando aquel aullido fue contestado por otro más cercano. Su mano se dirigió hacia el rifle que conservaba junto al jergón.

¡Los lobos!

A Blake sólo le sirvió de advertencia la preocupación del otro, aunque aquel aullido le había hecho correr un escalofrío por la columna vertebral, la reacción del hombre de las viejas edades ante el grito de una fiera de la que ha sido víctima con demasiada frecuencia. El muchacho debía de saber cuáles eran las perspectivas.

—¿Se atreverán a atacarnos?

—La verdad es que el fuego no les gusta —admitió Jack—. Y para llegar a nosotros, tendrían que pasar por encima. Pero —y sus dientes se cerraron sobre el labio inferior antes de añadir—: sólo me han dejado diez cartuchos.

Blake se puso en pie. Si el fuego iba a ser la defensa principal, su obligación era tenerlo bien alimentado. Salió y empezó a reunir todo el material combustible que pudo encontrar en el almacén, colocando parte al alcance de Jack para que éste pudiera alimentar las llamas desde donde estaba tendido. Durante su búsqueda, Blake descubrió otro almacén que contenía sobre todo cajas de comida, y las desventró rápidamente, arrojando su contenido al suelo y añadiendo la madera a su botín. Había allí una puerta, pero estaba cerrada con una barra. No se detuvo a explorar, pero estaba seguro de que aquello se abría a una alameda en la parte trasera que en tiempos debió de servir para la descarga de los camiones. Uno de sus mejores hallazgos fue un martillo de los que se usan para abrir cajas, ya que la parte en forma de pie de cabra la tenía insólitamente larga y pesada. Blake se lo encajó en el cinto. En la lucha cuerpo a cuerpo aquélla podía ser un arma peligrosa.

Estaba cruzando la habitación principal llevando toda la madera que podía, cuando le pareció vislumbrar un movimiento junto a la puerta de la calle. Hizo a la carrera los últimos pasos, descargó el brazado en la habitacioncita y se volvió luego a investigar. Una forma oscura se arrastraba por la nieve. ¿Era un perro o...?

Afuera, el viento silbaba empujando la nieve. Blake vigilaba la puerta esforzándose en ver lo que pasaba en la calle. Olía la sopa que estaba hirviendo; ¿era aquel olor lo que atraía a aquella sombra? Pero ellos tenían que comer, y Jack necesitaba la comida caliente.

En algún lado, no lejos, hubo un estrépito de derrumbamiento. Blake volvió junto al fuego.

—Es el viento —explicó Jack, siempre con su misma bravura— que derriba trozos de las ruinas. Es lo que pasa siempre en una tormenta.

Los ojos de Blake se elevaron hasta el techo, pero no vio allí ninguna grieta. Y, además, sabía que la tienda estaba alejada de todo edificio alto. Por lo menos, estaban libres del peligro de quedar enterrados vivos aunque la noche y la tormenta pudieran guardarles sorpresas peores.

Estaba inquieto, incapaz de sentarse excepto ratos brevísimos. Después de reunir el combustible, se dedicó a acumular latas y frascos de comida, preparándose para resistir un asedio. Jack se agitaba en un sueño intranquilo, y Blake cogió el rifle. Estaba seguro de que las sombras que rondaban la puerta de la calle eran verdaderas, que únicamente el fuego las mantenía a raya. Luchaba por esto con el sueño y mantenía altas las llamas, soliviantado ahora por una débil oleada de la antigua inquietud. No era que lo traspasase con la lanzada aguda de un inmediato peligro, pero estaba persuadido de que fermentaba un gran riesgo, un riesgo mucho más grave que el que ofrecía la jauría que rondaba en la calle.

La pared que formaba la parte trasera de la tienda estaba interrumpida sólo por dos ventanucos cerca del techo; Blake amontonó cajas bajo la más próxima y construyó así una especie de escalera. Trepó y pegó la nariz al helado cristal, arqueando las manos en torno a los ojos para resguardarse de la luz interior. Pero al otro lado del vidrio sólo había oscuridad y la nieve que susurraba al caer. Trató de acordarse de si la tienda estaba situada de forma que él pudiera ver el Patroon Place desde aquella ventana trasera, y se inclinó a creer que efectivamente era así.

Ahora el viento estaba extinguiéndose y con él disminuía algo la furia de la nevada. Jack se despertó con un grito, como si no supiese dónde estaba, y Blake volvió a su lado.

—¡Lobos! —gritaba el muchacho, y sus ojos, demasiado brillantes, demasiado grandes a la luz de la hoguera, no llegaban a enfocarse con precisión en el rostro de Blake.

—No están aquí —le dijo el otro para tranquilizarlo.

El rostro de Jack estaba arrebolado y los dedos de Blake comprobaron al posarse en la frente del muchacho, que éste tenía fiebre. Se acercó al montón de medicamentos. Lo mejor sería darle algún antibiótico. Pero, ¿es que este nivel conocía las drogas milagrosas? No había etiquetas conocidas en los frascos que llevó a la luz.

Estaba todavía examinando aquel improvisado botiquín cuando se sobresaltó.

Había habido una vibración en el aire que sólo podría percibirla aquel que la hubiese conocido antes. ¡Aquella extraña ráfaga de debilidad, aquel sentimiento de desorientación, de vértigo...! Blake se puso en pie y corrió hacia la escalera de cajas. Trepó y trató de ver algo a través de la oscuridad. ¿Era, lo que él captaba en aquellos momentos el zumbido distante de un transportador viajando de un mundo a otro?

 

XIV

 

Si Blake hubiese estado solo, se habría lanzado al corazón de la noche, habría vuelto a Patroon Place. Bajó de la pila de cajas con un impulso que echó a rodar algunas, pero cuando sus ojos tropezaron con Jack, se detuvo.

No le debía fidelidad ninguna a Jack, a este mundo. Pero no podía marcharse de aquí, ni siquiera estando seguro de que ese movimiento iba a devolverlo a su propio lugar y a su tiempo propio.

Los ojos de Jack estaban abiertos y esta vez el muchacho se hallaba semiconsciente.

—Ya se va la jauría. Ya llega Manny.

¿Era aquello verdad, o era sólo un sueño que se había filtrado en el despertar del herido? Antes de que Blake pudiese contenerlo, los labios del muchacho formaron aquel silbido que era la señal para los hombres del sargento. Hubo un débil ruido en la habitación contigua.

¿Un animal de la jauría? ¿O algún hombre? Blake empuñó el rifle y pasó junto al jergón de Jack para explorar la oscuridad que había mas allá. ¿Podrían ser los agentes? Aferrándose a aquella débil esperanza, Blake se internó por la sala principal de la tienda.

Una forma oscura cerca de la entrada de la calle se retiró, y otra se deslizó en pos. Obedeciendo a un repentino impulso, Blake cogió una lata y la arrojó tras de los que se retiraban. Hubo un aullido sobresaltado, y un tercer invasor salió a la noche enviando chorros de nieve desde un montón que había en la puerta. La jauría se retiraba. ¿Por qué? ¿Por los movimientos que él había hecho o porque no deseaban afrontar una nueva amenaza?

Blake estaba desazonado, pero su sensación particular de peligro no le decía nada. Aunque permaneció en la sala exterior durante un rato, no volvió ninguna animal de la jauría, y entonces se retiró junto al fuego. Nadie había contestado al silbido de Jack. Pero aquello no probaba que algún fugitivo no los hubiese localizado y estuviera en aquellos mismos momentos arrastrándose hacia ellos en la oscuridad, con la práctica proporcionada por años de merodeo.

La noche iba espesándose como plomo. Blake alimentaba el fuego y hacía de centinela, levantándose para caminar hasta el extremo de la otra habitación siempre que el sueño lo rondaba. Hacia el amanecer, el sueño inquieto y febril de Jack se trocó en verdadero descanso, y la piel del muchacho ya no estaba tan caliente. Blake sintió un cansado alivio cuando el alba despuntó en el cielo y trajo un poco de pálida luz a la desordenada habitación.

Derritió nieve en las cacerolas y preparó una comida caliente a base de sopa y de carne estofada, la comida más apetitosa que pudo encontrar entre las latas. Calculó que, con las existencias que tenían, podrían resistir los dos una semana o más. Y en aquel tiempo el sargento podría enviar una patrulla de rescate, hubiesen llegado o no Bob y Gorham al campamento.

Después de comer, dio unas cabezadas, trajo más madera y salió a explorar un poco, dejándole el rifle a Jack. El muchacho insistía en que saliera. Estaba seguro de que Manny se encontraba en un apuro y que Blake podría encontrarlo y ayudarlo.

En cuanto salió de la tienda, Blake se puso a examinar atentamente la calle y las casas. Era preciso caminar con cautela y ocultándose.

Había huellas de animales, pero no de personas. El cielo estaba limpio y el día era frío.

Ya cerca de la casa, o mejor dicho, del hueca que había dejado la explosión, Blake inició un ansioso trotecillo.

Luego, al ver lo que estaba escrito sobre la nieve, se quedó inmovilizado. Aquellas no eran huellas de animales, sino pasos de hombres, pasos que salían del agujero del sótano, salían del agujero y volvían a él. Se quedó mirando sombríamente aquella prueba, procurando no creerse que aquello significaba que había llegado demasiado tarde.

Las pisadas eran anónimas. No podía estar seguro de que alguna de ellas hubiera sido hecha por Saxton, o Kittson, Hoyt o Erskine. Pero lo llevaban derechamente al borde del sótano y se quedó parado allí viendo el amontonamiento de escombros. La nieve estaba removida por el paso de pies y cuerpos. Pero sobre una superficie plana se hallaba la respuesta final. Más huellas, diminutas, clarísimas, hechas por un gatito y que acababan bruscamente en el sitio donde alguien habría cogido en brazos al autor.

Una negra depresión se apoderó de Blake, ¡Habían estado allí la noche pasada! Y él había estado tan cerca, tan cerca, y ahora... Le dio un puntapié a un ladrillo y lo envió por los aires al agujero. No se habían quedado, se habían ido, lo que podía significar que no habían visto motivo alguno para hacer exploraciones aquí y que, por tanto, no volverían. ¡Había perdido su única esperanza!

Su fracaso flameó en una llamarada de cólera. Pero aquello desapareció cuando oyó el estampido de un disparo de rifle. Los disparos parecían provenir del almacén.

Blake emprendió una veloz carrera, hundiéndose en la nieve hasta los tobillos y empuñando el martillo en la mano, dispuesto a atacar. Oyó otro disparo y comprendió que el final no había llegado aún. Dio la vuelta por aquella alameda a la que se abría la puerta trasera. No había nadie por allí. La puerta estaba tal como él la había dejado. La abrió con el martillo, apartó la pila de madera y se dirigió hacia la sala principal.

—No hay más que un crío, y está herido.

La voz resonaba huecamente en el ruinoso almacén.

—Remátalo.

En el suelo, justamente en la puerta de la calle, un hombre yacía boca abajo y de su cuerpo se escapaba un arroyo oscuro. Pero dos hombres más estaban en pie, acolchados a las paredes, fuera de la línea de tiro de Jack. Uno tenía una pistola automática; el otro, un puñal. Y los ojos de Blake se estrecharon. El hombre del puñal, afortunadamente, estaba al otro lado de la habitación. Pero el pistolero se había arrastrado hasta situarse cerca de donde él se hallaba ahora. Era una posibilidad bastante remota, pero quizá la única que les quedaba. Encogiendo las piernas como un gato, Blake saltó, alzado el martillo, para asestar el único golpe que podría dar si tenía suerte.

Algo hizo que su adversario medio se volviera, y el golpe no fue asestado en la forma. conveniente, sino un poco de lado, desgarrando el pico del arma improvisada un trozo de carne sobre la oreja del hombre.

Este retrocedió con un grito, llevándose una mano a la cabeza. Pero no soltó la pistola y un disparo pasó ardiendo junto a la mandíbula de Blake. Hubo un alarido en la otra parte de la habitación cuando Blake se levantó para golpear por segunda vez.

El hombre cayó al suelo con silenciosa rigidez, quedándose descuajeringado como una muñeca de la que se hubiese extraído el serrín. Blake se volvió, pero no para atacar. El hombre del cuchillo había recordado a tiempo que si quería ir en defensa de su compañero tenía, que cruzar la línea de fuego de Jack, y mostraba un saludable respeto hacia la maestría del muchacho.

Por el momento, la partida estaba en tablas. Luego, Blake se fijó en la pistola que su víctima había dejado caer. Con ella en sus manos, sería dueño del campo. Pero el hombre que estaba al otro lado de la habitación sabía eso también. Sus barbudos labios chascaban; sus ojos se movían de un lado a otro. Cuando Blake avanzó, también él hizo lo mismo, volcándose detrás de un mostrador.

—¡Cuidado! —advirtió Jack—. Ellos son más.

Blake se echó a tierra detrás de unos obstáculos y miró inquieto a la puerta de la calle.

—¿Cuántos más? —preguntó, al mismo tiempo que pensaba en la posibilidad de arrastrarse desde un sitio protegido a otro, para reunirse así con Jack.

¿O sería mejor quedarse donde estaba para aguardar al enemigo que llegase?

—...no lo sé —fue la descorazonadora respuesta de Jack.

Si había más atacantes, ¿por qué no habían llegado ya? ¿Es que el resto de la partida se había marchado o estaban ocupados en otro sitio? Si se habían alejado fuera del alcance de la voz del hombre del puñal, éste no podría escaparse con su cuento.

La línea de arrastre de Blake tomó una nueva dirección cuando el hombre del cuchillo empezó a saltar de un mostrador a otro. Blake hizo un disparo que sacó una esquirla del suelo; demasiado tarde.

La línea del mostrador acababa a cierta distancia de la puerta. Si el hombre estaba planeando hacer una carrera hasta allí, tendría que cruzar unos dos metros a pecho limpio. Esta iba a ser una prueba de paciencia. A menos que los otros a los que se había referido Jack se acercasen a investigar, Blake estaba dispuesto a seguir esperando.

Hubo un chasquido de cristal roto en la parte del mostrador que escondía al hombre del puñal. ¿Es que iba a dirigirse hacia la puerta? Pero no. El individuo había elegido la dirección contraria y se lanzaba por sorpresa contra Blake haciéndole caer la pistola al suelo.

Fue una lucha a muerte en la que el asaltante llevó la peor parte. Blake se acercó a Jack respirando afanosamente.

—Han cogido a Manny —le explicó Jack con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Cómo lo sabes?

—Pasó por la calle conducido; yo lo ví.

—¿Estás seguro de que era Manny a quien llevaban?

—¿Quién iba a ser si no?

—Pero, ¿le viste la cara, sí o no?

—No. Me quedé sorprendido, la nieve ahogaba, sus pasos. Casi habían pasado ya cuando los vi.

—¿Y no estás seguro de cuántos formaban parte de la pandilla?

—Creo que tres o cuatro.

—Bueno, ya nos arreglaremos.

Se dedicó a registrar a los cuerpos de los tres muertos. Cuando llegó al del cuchillo, comprobó que el arma era una daga gemela de aquella que él había encontrado en el mundo del laboratorio. Tal vez estos tipos eran servidores de Pranj en este otro mundo.

Jack no podía darle más explicaciones. Insistía en que había que encontrar a Manny.

—No estaba herido, puesto que podía andar. Hemos de arrebatárselo. Usted no sabe lo que nos hacen cuando nos cogen vivos. Tiene usted que ir a buscarlo.

—No sé cómo... —empezó Blake a disculparse, y entonces fue interrumpido por algo que le hizo preguntarse si no estaría soñando.

Era el maullido de un gato que debía encontrarse en la habitación exterior, un maullido débil, tembloroso e insistente. Blake se puso en pie y se dirigió hacia la puerta. Era verdad: sus ojos confirmaban lo que le habían probado los oídos.

Abriéndose camino melindrosamente entre los escombros, avanzando derechamente hacia él, se acercaba un gatito negro bien alimentado.

Blake alargó la mano, y el gatito se aproximó a rozarse contra sus dedos. Pero sólo cuando tocó la piel suave y lanuda creyó Blake en lo que veían sus ojos. Se volvió ávidamente hacia Jack.

 

XV

 

—¿Estás seguro de que era Manny el hombre que ellos tenían? ¿Cuál era el color de su cabello?

Jack, mirando fijamente al gato como si se tratase de una bomba en cuatro patas, contestó con aire ausente:

—Claro que era Manny. Ya le dije a usted que pasaron muy aprisa; no me fijé en su cabello.

—¿Ni en su estatura? —insistía Blake—. ¿Era bajo o alto?

—Ya sabe usted que Manny es bajo —contestó Jack con malhumor.

Pero Blake tenía ahora una nueva esperanza. Jack no podía estar seguro; admitía no haber mirado suficientemente al preso. Y Blake se inclinaba más bien a creer que el cautivo fuera uno de los agentes. Si así era, probablemente debía de tratarse de uno que voluntariamente se había dejado capturar. Blake no se olvidaba de la facilidad con que Erskine había hipnotizado a Beneirs. Ahora quienquiera que fuese podría hacer lo mismo. A menos que todos los fugitivos cómplices de Pranj estuviesen dotados de escudo protector.

Antes de salir dejó el rifle al alcance de Jack, volvió a alimentar el fuego y levantó una barricada junto a la puerta. Con la pistola y los dos puñales como armas, estaba listo para la aventura. Pero cuando trató de dejar al gato con Jack, el animalito se puso a maullar y se le agarró tan insistentemente, que tuvo que llevárselo.

Una vez fuera, buscó en la nieve la huella que necesitaba, el rastro que había dejado el gatito al venir. Fue siguiéndolo al mismo tiempo que acariciaba al animal que llevaba metido en el chaquetón. No había más huellas que las del gato y las de la jauría de perros. Los fugitivos no habían venido por aquella dirección. No se atrevía a alejarse mucho por causa de Jack. No iría más lejos que al final de la calle, desde donde podría oír si se producía un nuevo ataque en el almacén.

El rastro del gato llevaba hasta la puerta de un surtidor de gasolina. Una alta figura avanzó para saludarle con la misma naturalidad como si se hubieran separado cinco minutos antes.

—Hola, Walker.

¡Hoyt!, y detrás de él, Kittson.

—Parece que has estado en la guerra —dijo uno.

—Entra, muchacho, y cuéntanos lo sucedido —ordenó Kittson.

Pero Blake ya se había recuperado de su sorpresa.

—He dejado un muchacho atrás; está malherido. No puedo apartarme de él.

Las oscuras cejas de Kittson se fruncieron en un ceño repentino.

—¿Un nativo? ¿Puede andar?

—No.

—Bueno, ya veremos lo que se puede hacer.

Hoyt salió de la estación de servicio con un par de rifles en las manos, y los dos hombres se encaminaron con Blake hacia la tienda.

Trató de contarles algo de lo sucedido en los últimos días, pero Kittson lo interrumpió:

—Ya habrá tiempo para eso. Primero hemos de ver al nativo.

Tenían en los rostros aquella ausente concentración que les era peculiar, y Blake guardó silencio. ¿Estaban hipnotizando a Jack a distancia como Erskine había hipnotizado a Beneirs cara a cara?

No prestaron la menor atención a los cadáveres que había en la primera sala, sino que se dirigieron derechamente adonde Jack reposaba sobre el jergón. Tenía los ojos abiertos, pero no parecía ver a los agentes, ni mostró hallarse consciente cuando Kittson se arrodilló junto a él. Con manos rápidas y hábiles, el agente descubrió y examinó la herida.

—¿Qué hay? —preguntó Hoyt, después de que Kittson volvió a colocar el vendaje.

—Necesita ser tratado inmediatamente. Lo llevaremos a la base para que lo curen y lo volveremos con falsos recuerdos. No habrá dificultad alguna por su clase de receptividad.

Hoyt tomó en brazos al muchacho como si se tratara de un niño de pecho. Kittson explicó:

—Va a llevarlo a nuestro propio nivel. Aquí la medicina ha hecho progresos inigualados en otros mundos. Curarán al muchacho y volverá aquí con falsos recuerdos que cubran su pasado inmediato. Nunca sabrá que salió de su propio mundo. Y a ti, ¿qué te sucedió?

Blake explicó toda su historia y entregó la daga que estaba seguro que procedía del mundo del laboratorio.

—Ming-Hawn —fue el comentario del agente—. Así es que Ixanilia es una de sus bases. Pero por lo que se refiere a ese mundo de las torres, no tenemos la menor idea de su existencia. Habrá que investigar eso más adelante. Lo que me preocupa es esa importación de armas que dices que comentan aquí los nativos.

—Ese es el rumor que corre.

—Bueno, ya veremos. Erskine se ha dejado capturar por un grupo de fugitivos que creemos son gente de Pranj. Si es posible, no entraremos en contacto con el sargento. Tú has hecho muy bien al no decirles la verdad. ¿Crees que podrías guiarnos al sótano donde te dejó el transportador?

—Lo único que conozco es la dirección aproximada, Pero, ¿es que esos fugitivos que prendieron a Erskine no llevan escudos?

Kittson sonrió mordazmente.

—No. Las provisiones deben de habérseles acabado.

Mientras despachaban una comida que improvisó Blake con las latas existentes en la tienda, Kittson le explicó que la explosión estaba destinada a los agentes, habiéndola preparado los hombres de Pranj, pero que Blake y los suyos intervinieron sin darse cuenta.

—Me gustaría que pudiera usted ayudar algo al sargento —propuso Blake—. Al doctor le vendrían muy bien los antibióticos; aquí todavía no los han descubierto. Y si se pudiera limpiar y reconstruir esta ciudad...

Pero Kittson se negó en redondo.

—La regla básica de nuestro servicio es no interferir. Si perseguimos a Pranj es precisamente porque es eso lo que él está haciendo.

—Pero él lo hace para mandar —protestó Blake—. Ustedes sólo ayudarían a una gente que lo necesita.

—Nosotros no debemos intervenir nunca para bien ni para mal. La más mínima acción puede tener consecuencias insospechadas. Podemos salvar una sola vida y tal vez con eso motivar una catástrofe que dure mil años. Al contrario, podemos impedir una guerra que habría conducido por fin a la paz definitiva de todo un mundo. No somos quién para juzgar o actuar. Al entrar en el Servicio, ese es el primer juramento que hacemos. Sólo somos observadores, y nuestra instrucción está encaminada a eso. Es verdad que podríamos entregarle al sargento mejores armas, medicinas y víveres. Pero, al hacer eso, destrozaríamos su sueño más querido. Porque lo que él está reedificando con sus esfuerzos y los de sus seguidores durará más que lo que podría conseguir con nuestra ayuda. No prestamos muletas para producir cojos. Si tú puedes aceptar ese punto de vista...

Kittson se interrumpió como si temiera haber dicho demasiado. Se tragó la última cucharada de sopa.

—Mejor es que apagues el fuego. Va a volver Hoyt.

Segundos después, Hoyt entraba y anunciaba que Jack estaba al cuidado de los médicos que lo mantenían en un sueño constante hasta que pudiera volver ya curado.

Se pusieron en camino hacia el campamento. Blake se preguntaba cuánto podrían avanzar antes de que la noche se les echara encima e hiciera el viaje peligroso. Se sorprendió al ver una forma blanca que se apartaba de un montón de nieve y venía a reunírseles.

Reconoció el rostro de Saxton, tan imperturbable como siempre, aunque el resto de su aspecto tuviera poca semejanza con el convencional hombre de negocios del nivel de Blake.

—¿Alguna novedad? —preguntó Kittson.

—La partida que lleva preso a Erskine se ha reunido con otra que lleva otro preso, y se dirigen hacia aquel grupo de ruinas que hay a poniente. Pero no somos nosotros los únicos en seguirles la pista. He contado por lo menos otras tres patrullas exploradoras.

—¡Debo de ser el sargento! —intervino Blake—. Oí decir que iba a realizar una operación en gran escala contra los fugitivos.

—Hemos de llegar nosotros antes —dijo Kittson.

El crepúsculo invernal se iba cerrando cuando hicieron una pausa en un sótano que en tiempos había sido el escaparate de unos grandes almacenes, Blake husmeó un olor sucio que no llegaba a identificar. Sus tres compañeros se habían quedado inmóviles en aquella extraña actitud de escucha, pendientes del tanteo telepático por la vecindad.

—Es en la iglesia —dijo Saxton—. Han puesto centinelas.

Se pusieron en camino, arrastrándose al borde mellado de un edificio, guareciéndose lo más posible en las sombras. Kittson y Blake se habían quedado solos. El agente se detuvo ante un redondo montecillo de escombros, moldeado por años de tormentas hasta convertirse en un pináculo de respetable altura. Había que subirlo a la manera de los gusanos, pegando los cuerpos de un apoyo en otro hasta llegar así a la cumbre y lograr una visión del territorio circundante.

Por algún extraño capricho, un único edificio era el que se alzaba en el centro de una extensión derruida y aplastada. Los contornos góticos eran innegables: aquello había sido una iglesia con tamaño de catedral. Y ahora sus oscuros costados resplandecían con gemas de luz que brotaban de las vidrieras heridas por las luces del interior.

Cuando los dos hombres se disponían a montar una fría vigilancia en lo alto del montículo, vieron a un grupo de individuos aparecer entre las ruinas que había al lado opuesto y cañamar con la confianza de quienes se sienten en territorio seguro, hacia la puerta de la iglesia.

Blake hizo una pregunta:

—¿Es este el cuartel general de Pranj? Pues aquí no es donde aterrizó el transportador.

—Es un cuartel general de una clase u otra —dijo Kittson, que, a continuación, sacó unos anteojos y los enfoco sobre la puerta de la iglesia.

 

XVI

 

Las tormentas de nieve de los pasados días habían dejado una amplia alfombra de blancor alrededor de la iglesia, alfombra en la que destacaban con agudo relieve todos los individuos que la iban cruzando. Sería difícil, si no imposible, hacer un ataque por sorpresa por aquella parte.

Kittson tenía clavados los anteojos en la puerta con obstinada concentración, pero Blake tiritaba en aquel frío y deseaba que hubieran escogido un lugar menos expuesto desde donde espiar. Se sobresaltó al ver cómo una figura blanca se alzaba del suelo y avanzaba encorvada hacia ellos. Era Saxton. Pero Kittson ni siquiera volvió la cabeza.

—Hemos de movernos rápidamente —dijo el recién llegado—. El grupo procedente del Parque está infiltrándose por todas partes. Podemos hacernos con una o dos escuadras, pero paralizarlas a todas requeriría un parasicologista.

Kittson contestó con una exclamación impaciente en un lenguaje que Blake no entendió.

—¿Qué tiene lugar ahí?

—Una especie de cónclave; todavía no han empezado.

—Tal vez hayamos llegado en el momento justo —sugirió Saxton—. Puede que se estén reuniendo para la distribución de armas.

—Eso es lo que yo conjeturo también. Por lo que he colegido hasta ahora, ninguno de los concurrentes sabe para qué ha sido llamado. Corre el rumor de que se trata de algo muy importante —dijo Kittson volviendo a meter los anteojos en su estuche.

—Si pudiéramos acercarnos y coger al artista principal antes de que apareciera... —dijo Saxton, y luego su voz quedó ahogada.

Lo que Blake oyó al principio no tenía ningún significado, y el que tuvo después era tan horripilante, que su mente se negó a aceptar la explicación. El aullido de las arpías de las torres había sido terrorífico por su extraña bestialidad; el grito que llegaba ahora de la iglesia era mucho peor, porque sólo podía haberlo exhalado una garganta humana en el ápice más extremo del sufrimiento.

—¡Erskine!

Estaba de rodillas, con la pistola en las manos embotadas por el frío. Un puño de acero lo agarró y lo hizo agacharse.

Al escuchar un segundo grito, Blake trató de zafarse. Era imposible que se quedaran allí, escuchando aquello, sabiendo que su propio amigo estaba...

—No es Erskine —fueron las palabras que atravesaron la roja neblina que tenía en la cabeza—. Es algún nativo con el que se están divirtiendo. Nosotros no podemos hacer nada. Nos matarían antes de que diéramos dos pasos. Los centinelas de la puerta tienen escudos.

Era ya plena noche y Blake escuchó otros ruidos. El rechinar de unos pasos incautos, una tos ahogada.

—¿Qué...? —susurró.

Esta vez fue Saxton y no Kittson quien se entretuvo en explicarle:

—Son los hombres del Parque que están avanzando para atacar. Nosotros dormimos a los centinelas para lograr el propósito que vamos buscando, y ellos han podido pasar por el hueco sin que nadie les dé el alto. Traen un cañón y lo están colocando de forma de poder batir a la iglesia. Esto se está transformando en una batalla. Han acorralado al enemigo y tratarán de aniquilarlo en una sola operación.

—¿Lo han hecho ustedes? —preguntó Blake.

Saxton soltó una risita:

—En cierto modo. Realmente no nos atrevemos a interferir, como tú sabes; pero imbuimos unas cuantas ideas en sus cabezas, de forma que crean que la ocurrencia ha sido de ellos. Si podemos conseguir mantener apartado a Pranj, podremos expulsarlo de este nivel y dejar que los nativos se labren su propio destino.

—Es hora de marcharnos —anunció Kittson—. Tú ponte entre nosotros, Walker. Engánchate al cinturón de Saxton y deja que él te guíe.

Los agentes usaban todos sus poderes para mantenerse invisibles.

Llevaban unos minutos andando cuando de pronto surgió un obstáculo invisible.

—¡Una barrera sónica! —exclamó Kittson.

—Hace diez minutos que empezó a funcionar —informó Hoyt, que apareció en aquellos momentos—. Pranj está ya dentro. Según el informe de Erskine, ha hecho ya tres viajes con cargamento.

—¿Dónde está la barrera? —preguntó Kittson.

—Al final de esta calle.

Kittson le habló a Blake.

—Corre a ver si puedes llegar hasta el final de la calle y cruzar por allí. Si puedes, informa inmediatamente.

Sin comprender, Blake obedeció las órdenes. Por lo que podía ver, no existía ante él barrera de ninguna clase. Los montones de escombros no eran más altos ni más prohibitivos que muchos de los que habían cruzado ya aquella noche.

Se adentró en el rajado pavimento de la calle que cruzaba a la otra. Por un instante hubo en su cabeza un estridente chillido, un ruido que era también dolor. Pero, al paso siguiente, aquello había ya desaparecido y caminó sin vacilación hacia el otro lado, se detuvo allí un momento y luego volvió junto a los tres agentes que lo aguardaban, a pocos pasos de donde el estridor lo había golpeado.

—Pranj ha establecido una barrera sónica que no puede cruzar ningún telépata. ¿No sentiste ninguna molestia? —le preguntó Kittson.

—Nada más que un ruido dentro de la cabeza.

—Bueno, ahora vas a volver allá. Tendrás que hacer uso nuevamente de tu escudo, o sea, pensar que eres un hombre asustado perdido en un mundo extraño. Pranj sabe que estás abandonado aquí; él puede estar esperando que vuelvas.

—¿Que vuelva con la esperanza de localizar el transportador?

—Eso es.

—Tienes que apagar esa barrera sónica. La produce una caja negra de metal de unos treinta centímetros. Tiene una pequeña bombilla de cristal que asoma bajo la tapa. Tu primer movimiento debe ser aplastar esa bombilla. En el mismo momento en que lo hagas, podremos seguirte.

Hoyt se desbrochó la chaqueta y sacó de allí el gatito.

—Pranj tiene un verdadero horror a los gatos, una auténtica manía. El animalito hará lo que se le ha enseñado. No puedes llevar armas, pero el gato te ayudará.

Blake soltó la pistola y los puñales y se metió el gato dentro del chaquetón. Sintiéndose completamente indefenso, empezó a caminar por el sitio que le indicó Hoyt. Cruzó una vez más la barrera y vio al frente un débil resplandor verdoso y un distante zumbido que le indicaron que el transportador estaba en funcionamiento.

Apartó de su mente aquella idea y se concentró con toda su fuerza en la figuración de que era un pobre ser abandonado, perdido y asustado.

Dio la vuelta a un montón de escombros, descubrió la cueva por la que había hecho su entrada en aquel mundo, se asomó y, presa de un repentino desvanecimiento, perdió el equilibrio y cayó al fondo.

Cuando volvió en sí, a los pocos segundos, vio a los ixanilianos del mundo del laboratorio y vio a Erskine atado a una columna.

Había también dos criados de capa roja, uno de los cuales lo ató con presteza. Pero Blake tuvo tiempo para ensayar un truco que le había enseñado su padre adoptivo y que consistió en poner las muñecas muy rígidas mientras el otro se las ataba. Estaba casi seguro de que, con un pequeño esfuerzo, podría librarse de aquellas ligaduras.

Blake alzó la mirada hacia Erskine. Aquellos ojos pálidos le enviaron un mensaje irresistible. Blake se dejó caer al suelo como derrumbado. Uno de los criados le dio una patada en las costillas y él reaccionó con un aullido de dolor. Pero aquello le había valido descubrir dónde estaba el aparato que le habían descrito como productor de la barrera sónica.

El problema era cómo llegar hasta allí sin que los demás se dieran cuenta. El gatito se le movía contra el pecho, clavándole en la piel las agujas de sus uñas. Blake probó la fuerza de las cuerdas en sus muñecas, comprobando que cedían como su padre adoptivo le había asegurado.

Empezó a sentirse más tranquilo, pero en aquel momento la oleada de la advertencia de peligro le traspasó el cerebro como con un cuchillo. ¡Pranj debía de estar al llegar!

En efecto, el transportador apareció con su típica burbuja verde y Pranj se hizo visible tal como en realidad era. Casi ni le prestó atención. Sonrió desdeñosamente mientras recibía la respuesta mental de hambre, frío, soledad, miedo, miedo, soledad...

Mientras Pranj se apartaba, Blake hizo un esfuerzo supremo y ahogó una diminuta llamarada de triunfo. Tenía las manos libres. Ahora se le presentaba una débil oportunidad de poder actuar. Era necesario que sucediese algo que distrajese la atención de los allí reunidos. Y aquello sucedió. Sonó un retumbo distante, sombrío, ominoso. La gente de la bodega se quedó en silencio. Las mano de Blake volaron al pecho y abrieron el chaquetón mientras guardias y nobles se apelotonaban junto a la puerta mirando a la noche. Los hombres del sargento habían empezado a cañonear la iglesia.

Un segundo cañonazo rugió entre las ruinas, y su eco pareció como si hubieran sido diez descargas. Blake, mientras sujetaba con una mano al gato, que se revolvía, encogía las piernas dispuesto a dar el salto hacia el aparato generador de la barrera sónica.

Pranj dio media vuelta. Y en aquel mismo instante, Blake estalló. Soltó el gato ante el forajido y se lanzó hacia la izquierda.

Hubo un grito, pero Blake sólo tenía ojos para el aparato. Aunque tropezó, pudo alargar un brazo y sus dedos rozaron el borde de la caja. El golpe, aunque pequeño, lanzó la máquina contra el montón de cajones de armas y una de ellas cayó encima del aparato. Blake trató de acercarse más, pero una lanzada de dolor torturante le corrió por la espalda y le hizo perder el conocimiento.

Oleadas de sonidos pasaban por su cabeza en sucesión vertiginosa. Ahora se daba cuenta ya de gritos y vociferaciones. Una verdadera batalla estaba desarrollándose en el sótano. Hoyt saltaba sobre el cuerpo de un ixaniliano.

Así es que había tenido éxito. El arma caída sobre la cajita sónica había roto el cristal.

El retumbo oscuro del cañón fue substituido por el crepitar de los rifles. Y entonces vio a Pranj. Tenía una mano rígidamente extendida ante él, y en su palma descansaba un objeto ovoide de un azul brillante. Tenía contorsionados los labios en una mueca de alocada rabia. Aquel rostro desfigurado no era ya el de un hombre cuerdo. El forajido era ahora doblemente peligroso.

Con la otra mano, sostenía aquella que llevaba el objeto ovoide, como si se tratara de algo tan precioso o tan peligroso, que no debía ser sacudido siquiera. Un profundo silencio se había hecho en el sótano. Podía ser que los que todavía estaban vivos se sintieran tan preocupados por la seguridad de aquella pelotita azul como el que la llevaba.

Pranj retrocedía hacia el transportador. Con la misma lentitud, avanzaba hacia él Hoyt, seguido por Kittson. Tenían pistolas en las manos, pero los cañones apuntaban al suelo.

El forajido reía locamente. Luego, lanzó el objeto ovoide al aire y dio un salto hacia el transportador. Hoyt se lanzó tras él con el grito de una fiera que se dispone a matar. Pero Kittson permaneció donde estaba, clavados los ojos en la bolita azul. Esta caía hacia él pero luego se detuvo suspendida en mitad del aire como si la detuviera una red invisible. Había un arroyo de sudor corriendo por aquella mejilla cuando la miró Blake, pero el agente continuó mirando con fijeza la bola azul. Era visible que la mantenía suspendida únicamente por el poder de su voluntad.

El resplandor verdoso y el zumbido del transportador no medicaron aquella situación. Erskine apareció andando de espaldas hacia la puerta. Cogió al gato. Y luego, Saxton se encargó de recoger a Blake y de llevarlo hasta la puerta donde Erskine ayudó a sacarlo. Los ixanilanos yacían inmóviles. Kittson continuaba sosteniendo el objeto ovoide.

—Yo me encargaré de la cosa —dijo Saxton—. Retírate tú.

Kittson retrocedió y en aquel momento la bolita marcó un ligero tambaleo, descendió como una pulgada y luego volvió a quedarse quieta de nuevo. Kittson recogió a Blake como si el muchacho no pesara mucho más que Jack, y salió al exterior en dos grandes zancadas. Erskine los estaba aguardando allí, y a continuación vino Saxton, andando de espaldas hacia la puerta, clavada todavía su mirada en un punto del sótano.

Después de soltar a Blake en el suelo, Kittson se tendió detrás de un muro próximo donde también se les juntó Erskine. Cuando Saxton cayó de un salto en medio de los otros tres, el mundo se desgajó con un terrible estallido de sonido y de luz.

 

XVII

 

El retumbo distante del cañón de infantería sonaba de una manera regular, interrumpido de vez en cuando por el crepitar de armas de fusilería. Blake yacía boca abajo sobre un soporte inestable que oscilaba y se tambaleaba bajo su peso. No trataba de comprender lo que oía, ni trataba de fijarse en lo que lo rodeaba, contentándose con aguardar lo que sucedería a continuación.

—Suena como si fuera una guerra de verdad —fueron las palabras que se pronunciaron por encima de él.

—Eso les mantendrá fija la atención ahí, por lo menos durante un rato —fue el comentario de respuesta.

—La bomba D debe de haberle cortado la entrada.

—Esperémoslo. —Había una nota de desconfianza en aquella frase—. Cuanto antes podamos llegar a Ixanilia, mejor.

Blake iba hundido en la semiinconsciencia. De vez en cuando, se incorporaba lo bastante para captar la vislumbre de una luz que iba al frente, guiando a los que lo llevaban sobre la improvisada camilla. Avanzaban a un ritmo que él no hubiese creído posible entre aquellas ruinas. Pero la luz gris del alba los alcanzó antes de llegar a su destino, Cuando la camilla fue depositada en el suelo y se retiraron sus portadores, Blake luchó por incorporarse.

—¿Ya has recobrado el conocimiento? —le preguntó Erskine.

—¿Dónde estamos? ¿Qué sucedió?

—Pranj voló su propia estación de tránsito. Ahora vamos a alcanzarlo.

Blake contuvo el aliento para resistir la punzada de dolor que le recorría los hombros. Veía ante él un cubo de metal oscuro tan grande como una habitacioncita. Salió de allí Kittson. Había un expresión de impaciencia en el agente principal.

—¿Algún mensaje de Hoyt? —preguntó Erskine.

—Está en Ixanilia. No tenemos más remedio que seguirlo.

Se acercó a Blake dispuesto a recogerlo como si se tratara de una maleta, pero el muchacho había conseguido ponerse ya en pie. Erskine entró por la puertecita del cubo, y Blake lo siguió apoyado en Kittson. Una vez dentro de aquella estructura, descubrió que tenía poco parecido con el transportador de Pranj. Aquí había un cuadro de mandos más completo, asientos almohadillados, departamentos para los víveres.

Blake se acomodó en el asiento más próximo, y Kittson se hizo cargo del mando. Saxton se mantenía alerta sosteniendo sobre las rodillas un arma parecida a la pistola lumínica de los ixanilianos.

Aunque Blake no podía ver a través de los muros del cubo, experimentaba una vez más aquella misteriosa sensación de no estar en un tiempo ni en un espacio estables. Sabía que estaban viajando entre niveles. Kittson apretó un botón y la sensación desapareció. Una vez más estaban fijos en el tiempo.

Kittson ayudó a Blake a salir del asiento donde estaba y a trasladarse a un lugar junto a los mandos. Después de colocar allí al muchacho, el agente sacó del bolsillo un tubito y eligió una píldora.

—Métete esto debajo de la lengua —ordenó—, deja que se disuelva lentamente.

Blake se metió la píldora en la boca. Pero Kittson no había terminado aún. Cogió la mano derecha de Blake y la hizo descansar sobre el panel del mando justamente debajo de un botón que relucía con una llamarada de fuego.

—Si recibes la orden —le dijo el agente recalcando las palabras—, aprieta este botón. ¿Comprendes?

Blake tuvo fuerzas para asentir con una inclinación. Se marcharon los tres y se quedó solo.

A medida que pasaba el tiempo, se sentía la cabeza más clara y le disminuían los dolores en el cuerpo. Poco a poco, llegó a sentirse cansado de estar allí, mirando el botón, esperando. Lo que más necesitaba era dormir.

El cubo se tambaleó. Aquello tenía que haber sido un terremoto. ¿O era que por un error terrible había apretado el botón y había iniciado el viaje?

Un estrépito le hizo volver la cabeza. A distancia de segundos, entraron los tres agentes y Kittson le dio la orden.

—¡Venga, en marcha!

Una vez más el zumbido, el vértigo y la débil náusea. ¿Adonde caminaban ahora? ¿Al propio nivel de él?

No notó que habían llegado a su destino hasta que Kittson se puso en pie; luego, pudo andar sin que lo ayudaran, en pos de los otros, por un sótano muy normal. El agente principal estaba consultando su reloj.

—Las ocho y veinte. El Pájaro de Cristal está cerrado. Pero hay esa otra tienda al otro lado de la plaza. —Se volvió hacia Blake—. ¿Recuerdas si cuando te atraparon te llevaron a un establecimiento de tejidos que hay al otro lado de la plaza?

Blake parpadeó. Aquella aventura le parecía estar muy lejos.

—Creo que sí. Pero me metieron allí dentro de una caja. No podría asegurar nada.

Salieron del sótano al piso superior de la casa de Patroon Place. La cocina estaba vacía y no había señales de cocinera ni de doncella.

Desayunaron. Blake notó que era una comida rara; sospechó que consistía en raciones del mundo de ellos, aunque el café era del mundo de él.

Comieron rápidamente y se encaminaron luego al garaje, entraron en el coche y Kittson lo llevó hasta el Parque. Durante un momento de confusión, Blake se preguntó si no irían a tropezar con las fuerzas del sargento. Era difícil ir por aquel camino y recordar que no estaba en el otro mundo, que éste era el suyo, que siempre lo había sido.

La plaza donde se hallaban tanto El Pájaro de Cristal como la tienda de tejidos, estaba muy tranquila a aquellas horas de la mañana. Uno o dos transeúntes esperaban en la parada de autobús, pero no había signos de vida ni en el club nocturno ni en la tienda. Kittson paró ante esta última.

Los tres penetraron en el establecimiento y descendieron al sótano. Estaban ya cerca de la meta cuando Blake recibió en su fuero interno la advertencia de peligro. Cogió a Erskine por el brazo.

—Pranj debe de estar cerca.

Ni le contestaron, ni aflojaron el paso. Pero cuando doblaron un recodo del pasillo, se vio una luz al frente y Blake reconoció la abertura del sitio donde Pranj aparcaba su transportador.

Avanzaron y vieron en efecto al transportador de niveles. Agazapado en él, estaba Pranj con una chispa rojiza en los ojos. Sobre sus rodillas balanceaba una pistola calorífica apuntada contra Hoyt. El rostro del agente estaba consumido y estragado. Tenía el aspecto de un hombre que ha llegado al fin de sus fuerzas. Pero su mirada no se apartaba del forajido.

Blake empezó a entender. La fuerza psíquica del uno mantenía quieto al otro con invisibles lazos. Mientras cada uno se mantuviera firme, su oponente no podría moverse. Y ninguna de aquellas figuras silenciosas e inmóviles prestó la menor atención a los recién llegados.

Lo que sucedió a continuación fue una batalla, el más salvaje y fantástico encuentro que se pudiera concebir. Ninguna pesadilla había preparado a Blake para aquel acontecimiento. Pranj de una manera física; ni siquiera avanzaron hasta el transportador. Pero Blake se daba cuenta de que se estaban desatando fuerzas inmensas.

Una vez, la pistola fue sorbida de las manos de Saxton, revoloteó por el aire hasta quedar situada frente a su propietario, sólo para caer al suelo un segundo después. Pero Saxton no hizo el menor movimiento para recogerla. Una pelota de cruz rojiza anaranjada se materializó en el centro de la habitación, pasó rozando junto a la cabeza de Kittson, sólo para estallar en una fuente de chispas que se apagaron. La luz que había en la habitación se enturbió, se extinguió casi, pero luego brilló de nuevo.

Entonces, una criatura empezó a arrastrarse desde debajo del transportador, una mezcla absurda de lagarto y serpiente, con talones en los pies y una lengua bífida saliéndole de mandíbulas llenas de dientes. A medida que avanzaba, se hacía más sólida, más amenazadora. Por último, aquella lengua chispeante se pegó a la bota de Hoyt. Pero él no le hizo el menor caso. Saltó sobre él con un chillido silbante, ¡y desapareció! Blake retrocedió hasta la pared. Estaba seguro de que aquello no eran más que ilusiones, armas misteriosas. Pero, ¿qué objeto tenían? Como no fuese distraer a los combatientes...

Pranj continuaba sobre la balsa, con su mueca de rata atrapada. No estaba derrotado; todavía podía mantener a raya a los agentes. El ataque final se produjo por el pasillo. Un disparo, y luego otro, y un grito. El forajido vociferó:

—¡Aquí, Scappa, aquí!

Pero tropezó con una invisible barrera con la que chocó con tanta fuerza, que cayó derribado al suelo. Los agentes, saliendo de su inmovilidad, empezaron a trabajar con la mayor rapidez. Hoyt colocó las manos de Pranj a espaldas de éste y las aprisionó con unas horquillas de metal que Kittson tenía dispuestas. Luego, el agente colocó sobre la cabeza del prisionero una capucha plateada.

Colocaron luego al forajido sobre el transportador y Hoyt y Saxton se fueron con el prisionero en la máquina de éste.

Se quedaron Erskine, Kittson y Blake. Salieron a la plaza y entraron en el camión.

—Desde luego, una «solución satisfactoria» —fue el comentario de Erskine.

—No del todo —le corrigió su comandante.

Blake iba inclinado hacia adelante, los codos sobre las rodillas, la barbilla en las manos. Tenía sueño, los párpados le pesaban como el plomo. Desde el momento en que la lucha con Pranj había acabado, aquel cansancio se apoderaba no sólo de su cuerpo sino de su mente.

Lo único que le interesaba ahora era descansar.

Pero cuando regresaron a Patroon Place se vio arrancado de su soñarrera y por primera vez se preguntó qué iba a pasarle ahora. Contó con los dedos los días de la semana. Sólo el lunes pasado había comenzado aquella aventura; ¿cuánto no había viajado desde entonces? Y ahora estaba en cierto modo seguro de que nunca volvería a aquella vida que había tenido antes de abrir la puerta de al habitación de aquel hotel.

Una vez de nuevo dentro de la casa, Kittson se dirigió directamente al sótano, siguiéndolo sus compañeros. El agente principal no habló hasta que llegaron al cubo transportador. Miró a Blake y le dijo:

—No podemos dejarlo a usted aquí.

El no trató de contestar nada. El otro siguió hablando:

—Podemos manipular en una mente abierta, como la de Jack. El volverá a su propio mundo con el falso recuerdo de que usted murió en la explosión de la casa. Pero esta barrera que usted tiene nos impide hacer lo mismo con usted. —Blake escuchaba gravemente, impresionado por el tono paternal y por el «usted» ceremonioso—. Y, con la información que usted posee ya sobre nosotros, no podemos dejarlo aquí. Así, pues —vaciló, y por vez primera desde que Blake lo conocía, pareció estar algo apurado—, así pues, tenemos que quebrantar la primera regla del Servicio y llevarle con nosotros.

El agente aguardó como si esperase una encendida protesta. Pero, entre la fatiga y la extraña convicción de que no había mas salida que aquella, Blake se sintió sin fuerzas para decir nada. Entraron en el cubo; la puerta se cerró sobre el mundo que Blake conocía. Pero ni siquiera volvió la cabeza para dirigirle una última mirada.

 

Epílogo

 

El inspector dedicó toda su atención a los informes colocados en la pantalla. El resumen estaba ya terminado. Sólo la mera curiosidad le había hecho demorarse aquella mañana. Tenía la debilidad de querer ser el primero en conocer los finales de las distintas historias.

Cuando supo que el caso 4678 había tenido un final de «solución satisfactoria», deseó enterarse del resto. Y al contemplar el documento que estaba ahora leyendo, soltó un silbido inaudible. Después de todo, era un caso único. Habían de vigilar para que aquello no sentase un precedente lamentable.

...Como el Consejo ha sido advertido, no nos quedó otra alternativa que traer a Vroom a este individuo del mundo E641. El informe del para-sicologista Avan Tor Kimar (anexo) manifiesta que el sujeto posee juntamente con la facultad de presciencia, una barrera mental natural de fuerza 10a, fuerza que hasta ahora nunca se había descubierto. Hay también motivos para sospechar que el sujeto pueda pertenecer al nivel inexplorado EX508 que fue destruido en una explosión por reacción encadena hace unos veinte años. Las circunstancias de la introducción del sujeto en E641 son sospechas, y EX508 estaba a punto de descubrir el viaje de niveles por su propia cuenta cuando estalló la última guerra desastrosa. Avan Tor Rimar está investigando ahora eso.

Pero, no pudiendo dejarlo en E641 con falsos recuerdos, lo transportamos a Vroom. El sujeto, aunque joven, es discreto y conserva nuestro secreto tan bien como cualquier recluta. Es responsable del descubrimiento del nivel Neo 14, todavía inexplorado. Además, tiene capacidad para adaptarse y otras cualidades útiles.

La opinión de este grupo es que se trata de material agente aunque no de nuestro tiempo o raza. Coincidimos en recomendarlo para posterior instrucción e ingreso.

Toda una novedad. El inspector tomó nota mental: Blake Walker. Podría ser interesante vigilar aquel hombre en los rollos, de ahora en adelante.

Apretó un botón y la pantalla quedó limpia. «Solución satisfactoria» era lo que necesitaba del Servicio. Cuanto más expedientes pudieran presentarse así al Consejo, tanto mejor. Bostezó y se preparó a cerrar la oficina. Blake Walker... Había que preguntar por aquel nombre, pongamos al cabo de tres o cuatro años...

 

 

 

 

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