© Libro No. 438. El Maestro De
Petersburgo. Coetzee, J. M. Colección
Emancipación Obrera. Junio 29 de 2013.
Título original: © The Master of
Petersburg
Versión Original: © J. M. Coetzee. El Maestro De Petersburgo.
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conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos: Libros
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Título original: The Master of Petersburg
Diseño de la portada: Departamento de diseño de Random
House Mondadori
Directora de arte: Marta Borrell
Diseñadora: María Bergós
Fotografía de la portada: © J. A. Hampton/GettyImages
Tercera edición en esta colección: abril, 2004
©1994.J. M. Coetzee
Publicado por acuerdo con Peter Lampack Agency Inc.,
551 Fifth Avenue, Suite 1613, Nueva York, NY 10176
0187 USA
© 2001, de la edición en castellano para todo el mundo:
Grupo Editorial Random House Mondadori, S. L.
Travessera de Gracia, 4749. 08021 Barcelona
© 2001, Miguel MartínezLage, por la traducción
Traducción cedida por Grupo Anaya, S. A. (Anaya y Mario
Muchnik)
Printed in Spain
Impreso en España
ISBN: 8497930371 (vol. 342/3)
Depósito legal: B. 16.669
2004
Compuesto en Fotocomposición 2000, S. A.
Impreso en Novoprint, S. A.
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P 830371
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©
Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
J. M. Coetzee
El Maestro
De
Petersburgo
J. M. Coetzee nació
en Ciudad del Cabo en 1940 y se crió en Sudáfrica y Estados Unidos. Es profesor
de lite¬ratura en la Universidad de Ciudad del Cabo, traductor, lingüista,
crítico literario y, sin duda, uno de los escrito¬res más importantes que ha dado
estos últimos años Sudáfrica. En 1974 publicó su primera novela, Dusklands. Le
siguieron En medio de ninguna parte (1977), con la que ganó el CNA, el primer
premio literario de las letras sudafricanas; Esperando a los bárbaros (1980),
también premiada con el CNA; Vida y época de Michael K. (1983), que le reportó
su primer Booker Prize y el Prix Étranger Femina; Foe (1986); La edad de hierro
(1990); El maestro de Petersburgo (1994); Desgracia (1999), que le valió un
segundo Booker Prize, el premio más presti¬gioso de la literatura en inglés,
Infancia (Mondadori, 2000) y Juventud (2002). También le han sido concedidos el
Jerusalem Prize y The Irish Times International Fiction Prize. En 2003 le fue
concedido el Premio Nobel de Literatura
Un novelista ruso
exiliado regresa a San Petersburgo para conocer las circunstancias que rodean
la muerte de su hijastro Pavel. Obsesivamente asediado por el recuerdo, se ve
inmerso en la violencia revolucionaria de 1869. J. M. Coetzee, premio Nobel de
Literatura 2003, recrea la figura de Fiodor Dostoievski, el gran novelista del
siglo XIX, en una obra de ficción que es a la vez un apasionante relato de
misterio y un documentado retrato psicológico.
Coetzee,
J. M.- El maestro de
petesburgo
1
PETERSBURGO
Octubre, 1869. Un
droshky baja lentamente por una de las calles del barrio del mercado de San
Petersburgo. Frente a un alto edificio de viviendas, el cochero tira de las
riendas del caballo.
El pasajero mira el
edificio con ojos dubitativos.
—¿Está seguro de que
es aquí? —pregunta.
Calle Svechnoi, 63.
Es lo que usted me ha dicho.
El pasajero baja del
coche. Es un hombre de mediana edad, aunque ya ronde cerca de la vejez: lleva
barba y va cargado de espaldas, tiene la frente despejada y unas ce¬jas muy
pobladas, que le dan un aire sobrio, absorto y ensimismado. Viste un traje oscuro,
de un corte algo pa¬sado de moda.
—Espéreme ahí mismo
—indica al cochero.
Bajo las fachadas
desconchadas y agrietadas, las casas del barrio del mercado todavía conservan
algo de su ele¬gancia original, aunque a estas alturas la mayor parte se han
convertido en pensiones para funcionarios, estu¬diantes y obreros. En los
intersticios que separan un edi¬ficio de otro, aprovechando a veces las
medianeras, se han erigido temblequeantes estructuras de tablones, de dos y a
veces hasta tres plantas, que son madrigueras de cuartos y alcobas, hogar de
los más pobres.
El número 63, uno de
los edificios más viejos, está flanqueado a ambos lados por estructuras de esa
clase. En efecto, una telaraña de vigas y puntales atraviesa la fachada a media
altura, y le da un aspecto de confina¬miento. Los pájaros han anidado en los
recovecos de los refuerzos y sus excrementos ensucian la fachada.
Unos niños que han
estado trepando por los puntales para lanzar desde allí pedradas a los charcos,
y que luego saltaban para recuperar los proyectiles, hacen un alto en sus
juegos para examinar al recién llegado. Los tres más pe¬queños son chicos. La
cuarta, que parece ser la cabecilla, es una niña de cabellos rubios y ojos
llamativamente oscuros.
—Buenas tardes
—saluda—. ¿Sabéis alguno dónde vive Anna Sergeyevna Kolenkina?
Los niños no
contestan, lo miran con obstinación. La niña, al cabo de un momento, suelta sus
piedras y se le acerca.
—Venga por aquí
—dice.
La tercera planta del
número 63 es una madriguera de cuartos conectados entre sí, a la que se accede
desde un rellano en lo alto de la escalera. Sigue a la niña por un pa¬sillo
oscuro y en forma de hoz, en donde huele a berza y a ternera hervida; pasan por
delante de un lavadero y lle¬gan a una puerta pintada de gris que ella empuja y
abre.
Se encuentran en una
estancia alargada, de techo bajo, iluminada por un solo ventano que hay al
fondo, a la al¬tura de la cabeza. El lúgubre ambiente lo intensifica un
recargado brocado que adorna la pared más larga. Una mujer vestida de negro se
pone en pie para recibirlo. Tendrá unos treinta y tantos años y los mismos ojos
os¬curos, las mismas cejas bien esculpidas que tiene la niña, solo que sus
cabellos son negros.
—Discúlpeme por venir
sin anunciarme dice él. Me llamo... —titubea— Tengo entendido que mi hijo ha
sido huésped suyo.
De la valija saca un
objeto envuelto en una servilleta blanca. Es el retrato de un chico joven, un
daguerrotipo con un marco de plata.
—Tal vez lo reconozca
—dice. Pero no le pone el retrato en las manos.
—Es Pavel
Alexandrovich, mamá —susurra la niña.
—Sí, estuvo viviendo
con nosotras —dice la mujer—. Lo siento muchísimo —a sus palabras sigue un
silencio em¬barazoso—. Tenía un cuarto alquilado desde el mes de abril
—prosigue—. Su cuarto está tal cual lo dejó; ahí es¬tán todas sus pertenencias,
quitando algunas cosas que se llevó la policía. ¿Quiere usted verlo?
—Sí —dice con
ronquera—. Si se debe algo por el alqui¬ler, yo me hago responsable, claro
está.
El cuarto de su hijo,
aunque en realidad no sea más que una realcoba separada del resto de la
vivienda, tiene su entrada individual, así como una ventana que da a la calle.
La cama está hecha con esmero; por lo demás, no hay más que una cómoda, una
mesa con una lámpara, una silla. Al pie de la cama hay una maleta con las
inicia¬les P.A.I. repujadas en el cuero. La reconoce: es un re¬galo que él le
hizo a Pavel.
Se acerca a la
ventana y mira fuera. En la calle aún es¬pera el droshky.
—¿Quieres hacerme un
favor? —pregunta a la niña—. ¿Le dices al cochero que se puede marchar, y de
paso le pagas lo que le debo?
La niña toma el
dinero que le da y se marcha.
—Quisiera estar unos
momentos a solas, si no le impor¬ta —dice a la mujer.
Lo primero que hace
cuando ella lo deja solo es retirar la colcha de la cama. Las sábanas están
limpias. Se arrodi¬lla y aprieta la nariz contra la almohada, pero solo
consi¬gue percibir el olor del jabón y del hilo secado al sol. Abre los
cajones. Han sido vaciados.
Deposita la maleta
sobre la cama y la abre. Encima de todo encuentra un traje de algodón blanco
bien dobla¬do. Aprieta la frente contra el tejido y muy débilmente le llega el
olor de su hijo. Respira hondo una y otra vez, pensando: es su espíritu, que entra
en mí.
Arrastra la silla
junto a la ventana y se sienta a mirar a la calle. Cae la tarde y se ahonda la
oscuridad. La calle está desierta. Pasa el tiempo; sus pensamientos se
estancan. Meditación, piensa, «esa es la palabra. Esa cabeza amodo¬rrada, esos
párpados que le pesan: es el plomo que se le asienta en el alma.
La mujer, Anna
Sergeyevna, y su hija están cenando, sentadas frente a frente a la mesa, con
una lámpara entre las dos. Se quedan calladas cuando entra él.
—¿Sabe usted quién
soy? —pregunta.
Ella lo mira con
firmeza, a la espera de lo que él pue¬da decir.
—Quiero decir, ¿sabe
que no soy Isaev?
—Sí, lo sabemos.
Sabemos bien la historia de Pavel.
—Por favor, no
interrumpan su cena ¿Le importa que de momento deje la maleta? Le pagaré hasta
fin de mes. Mejor aún, le pagaré también el mes de noviembre. Me gustaría
quedarme con el cuarto, si es que no lo tiene comprometido.
Le da el dinero,
veinte rublos.
—¿Le importa que
venga de vez en cuando por las tardes? ¿Hay alguien en la vivienda durante el
resto del día?
Ella vacila un
instante. La niña y ella intercambian una mirada. Él sospecha que ya se lo está
pensando mejor. Sería preferible que se llevase la maleta ahora mismo y que no
volviera nunca, de modo que la historia del inquilino muerto pudiera cerrarse y
el cuarto quedara li¬bre. Ella no quiere tener en la vivienda a ese hombre
en¬lutado, un hombre que irá proyectando la oscuridad a su paso. Pero ya es
demasiado tarde, el dinero ya lo ha ofre¬cido él, ella lo ha aceptado ya.
—Matryosha está en
casa por las tardes —dice ella sin in¬mutarse—. Le daré una llave. ¿Podría
pedirle que haga uso de mi propia entrada? La puerta entre el cuarto del
inquilino y esta sala no cierra con pestillo, pero lo habi¬tual es que no la
utilicemos.
—Perdone, no me he
dado cuenta.
Matryona
Durante una hora
deambula por las calles conocidas del barrio del mercado. Luego regresa
atravesando el puente Kokushkin a la posada donde el día anterior al¬quiló un
cuarto a nombre de Isaev.
No tiene hambre.
Completamente vestido se tiende en la cama, cruza los brazos y procura dormir.
Pero vuelve con¬tinuamente al número 63, al cuarto de su hijo. Las cortinas
están abiertas. La luz de la luna baña la cama. Ahí está: de pie junto a la
puerta, sin apenas respirar, concentrada la mirada en la silla del rincón,
esperando a que la oscuridad se espese, que se convierta en tinieblas de otra
clase, en ti¬nieblas de una presencia. En silencio mueve los labios al
pronunciar el nombre de su hijo tres y cuatro veces.
Intenta lanzar un
encantamiento, pero ¿sobre quién? ¿Sobre un espíritu o sobre sí mismo?. Piensa
en Orfeo cuando camina hacia atrás, paso a paso, susurrando el nombre de la
mujer muerta, para engatusarla y obligarla a salir de las entrañas del
infierno; piensa en la esposa envuelta en el sudario, con los ojos ciegos,
muertos, que lo sigue con las manos extendidas ante sí, inertes, como una
sonámbula. No hay flauta, no hay lira: solo la pala¬bra, la única palabra, una
y otra vez. Cuando la muerte siega todos los demás lazos, aún queda el nombre.
El bautismo: la unión de un alma con un nombre, el nom¬bre que llevará por
siempre, para toda la eternidad. Ape¬nas respira, pero forma de nuevo las
sílabas: Pavel.
La cabeza le da
vueltas. «Ahora he de irme», susurra, o cree más bien que susurra. «Volveré.»
Volveré: la misma
promesa que hizo cuando llevó al muchacho a la escuela por primera vez. No te
abandona¬ré. Y lo abandonó.
Se está quedando
dormido. Se imagina precipitándose desde lo alto de una catarata hacia el agua,
allá abajo, y se entrega a ese descenso libre.
2
EL CEMENTERIO
Se encuentran en el
transbordador. Cuando ve las flores que lleva Matryona, nota que le entra
cierto fastidio. Son pequeñas, blancas, modestas. Desconoce si Pavel tendrá una
flor favorita entre todas las demás, pero serán rosas, da igual cuánto cuesten
las rosas en pleno mes de octubre, rosas rojas como la sangre, son lo menos que
él merece.
—Pensé que podríamos
plantarlas —dice la mujer, le¬yéndole el pensamiento. He traído una azadilla.
Se lla¬man serradellas. Florecen bastante tarde.
Y es entonces cuando
ve en efecto que las raíces van envueltas en un paño húmedo.
Toman el pequeño
transbordador de la isla de Yelagin, que él no visita desde hace años. Si no
fuese por dos vie¬jas vestidas de negro, serían los únicos pasajeros. Hace un
día frío, neblinoso. A medida que el transbordador se acerca a la costa, un
perro gris y escuálido comienza a corretear por el muelle de punta a punta,
aullando con ansiedad. El piloto del transbordador lo ahuyenta con el bichero;
el perro se retira a cierta distancia, hasta sentirse a salvo. La isla de los
perros, piensa él. ¿Habrá jaurías en¬teras que merodean entre los árboles,
esperando a que se vayan los dolientes antes de ponerse a escarbar la tierra?
En la caseta del
guarda está Anna Sergeyevna, a la cual aún sigue considerando la casera, que
pregunta por dónde ir mientras él la espera fuera. Luego caminan por las
ave¬nidas entre los muertos. Él ha empezado a llorar. ¿Por qué ahora?, se dice,
irritado consigo mismo. Sin embargo, las lágrimas le sientan bien a su manera,
como un suave velo de ceguera que se interpone entre el mundo y él.
¡Mamá, por aquí!
llama Matryona.
Se encuentran ante un
montón de tierra entre otros muchos montones, con estacas en forma de cruz
clava¬das sin más complicaciones; todas llevan una placa con números pintados.
Intenta que ese número, el número de su hijo, no se aloje en su mente, pero no
antes de ha¬ber visto los sietes y los cuatros, ni antes de haber pensa¬do que
nunca volverá a apostar al siete. Nunca más.
Es el momento en el
que debería postrarse sobre la tumba. Pero todo es demasiado repentino, ese
lecho de tierra en concreto es demasiado extraño, no encuentra en su corazón ni
una migaja de sentimiento por ese mon¬tón de tierra. También desconfía de la cadena
de manos indiferentes por las cuales ha debido de pasar el cuerpo de su hijo
mientras él aún estaba en Dresde, ignorante como los borregos. Del muchacho que
aún pervive en su memoria al nombre que figura en el certificado de defunción y
al número de la estaca, todavía no está pre¬parado para aceptar la secuela que
ha impuesto la fatali¬dad. Es provisional, piensa: no hay números definitivos,
todos son provisionales; en caso contrario, el juego ten¬dría que terminar
tarde o temprano. Al cabo de poco dará vueltas la rueda, empezarán a moverse
los números, todo irá bien otra vez.
El montón de tierra
tiene el volumen e incluso la for¬ma de un cuerpo yacente. De hecho, no es nada
más que el volumen de tierra fresca que ha desplazado un ataúd de madera tosca
en cuyo interior hay un joven bastante alto. Hay en todo esto algo que no tolera
pen¬sar, algo que quiere alejar de su lado. Ocupan el lugar del pensamiento los
recuerdos amargos como la hiel de lo que estuvo haciendo en Dresde durante todo
el tiem¬po en que aquí en Petersburgo se llevaba a cabo con total indiferencia
el proceso del depósito, la numeración, el embalaje, el transporte, el entierro
¿Por qué no hubo ni un soplo de presagio en el aire de Dresde? ¿Es que han de
perecer multitudes antes de que tiemblen los cielos?
Entre las imágenes
que regresan agolpadas hay una en la que él mismo se encuentra en el cuarto de
baño del piso de Larchenstrasse, recortándose la barba frente al es¬pejo.
Reluce la grifería de cobre en el lavabo; el rostro del espejo, absorto en su
tarea, es el de un desconocido del pasado. Yo ya era viejo entonces, piensa. Se
había dicta¬do sentencia, y la carta de la sentencia, a mí destinada, iba de
camino y pasaba de mano en mano, solo que yo no lo sabía. La alegría de tu vida
ha terminado. Eso dictaba la sentencia.
La casera abre un
hoyo al pie del montón de tierra.
—Por favor —le dice,
y hace un gesto. Ella se hace a un lado.
Se desabrocha el
gabán, se desabrocha la chaqueta, se arrodilla y se inclina con torpeza hacia
adelante, hasta quedar totalmente tendido sobre el montón de tierra, con los
brazos bien extendidos longitudinalmente. Llora con total libertad; le chorrea
la nariz. Se frota la cara con la tierra húmeda, entierra en ella la cara.
Cuando se levanta, la
tierra le ensucia la barba, el ca¬bello, las cejas. La niña, a la que no ha
prestado ninguna atención, lo mira con ojos de asombro. Se sacude la tie¬rra de
la cara, se suena la nariz, se abrocha los botones. ¡Qué escenificación tan judía!,
se dice. ¡Que lo vea, que lo vea bien! ¡Que se entere de que uno no es de
piedra! ¡Que se dé cuenta de que no hay límites!
Algo destella en sus
ojos cuando la mira; ella se vuelve confundida y se aprieta contra su madre.
¡Vuelve al nido! Una terrible maldad brota de él con destino a todos los seres
vivos, y sobre todo a los niños vivos. Si en esos momentos hubiera allí un recién
nacido, lo arrancaría de brazos de su madre y lo arrojaría contra una roca.
Herodes, piensa: ¡ahora sí que entiendo a Herodes! ¡Que la perpetuación de la
especie termine de una vez!
A las dos les vuelve
la espalda y se aleja caminando. Pronto deja atrás la zona más reciente del
cementerio y deambula entre piedras antiguas, entre los que llevan mucho tiempo
muertos.
Cuando regresa, se
encuentra con que la serradella está plantada.
—¿Quién va a cuidar
de la planta? —pregunta con hos¬quedad.
Ella se encoge de
hombros, no es una pregunta que a ella le toque responder. Ahora le toca a él,
le toca decir: yo vendré todos los días a cuidar de la planta, a regarla y
recortarla, o decir si no: Dios tendrá que cuidar de ella, o incluso: Nadie va
a cuidar de ella, así que mejor será dejarla morir.
Las florecillas
blancas se mecen alegremente con la brisa.
Sujeta a la mujer por
el brazo.
—No está aquí, él no
está muerto —le dice, aunque se le quiebra la voz.
—No, claro que no
está muerto, Fiodor Mijailovich— le habla con naturalidad, con ánimo de
consolarle. Más aún: en esos momentos es también maternal, no solamente con su
hija, sino también con Pavel.
Tiene las manos
pequeñas, los dedos esbeltos y algo infantiles, aunque tenga un tipo algo
entrado en carnes. Es absurdo, pero a él le gustaría apoyar la cabeza sobre su
pecho y sentir cómo esos dedos le acarician el cabello.
La inocencia de las
manos, renovada siempre. Un re¬cuerdo vuelve a él: el tacto de una mano, un
tacto ínti¬mo, en la oscuridad. Pero ¿de quién es esa mano? Las manos emergen a
la luz del día como animales desver¬gonzados, desmemoriados.
—Debo tomar nota del
número —dice evitando mirarle a los ojos.
—Ya tengo el número
—contesta ella.
¿De dónde viene ese
deseo? Es un deseo agudo, feroz: quiere tomar a esa mujer del brazo,
arrastrarla detrás de la caseta del guarda, levantarle el vestido, copular con
ella.
Piensa en los
dolientes en un velatorio, piensa en cómo se abalanzan sobre la comida y la
bebida. Hay en eso una especie de exultación, una jactancia que se espe¬ta a la
cara de la muerte: ¡a nosotros no nos tienes!
Vuelven al muelle. El
perro gris se les acerca a hurtadi¬llas, con cautela. Matryona quiere
acariciarlo, pero su madre la disuade. Hay algo raro en ese perro: una llaga
abierta, enconada, le recorre el dorso desde la base de la cola. En todo
momento gime muy bajo, o bien se deja caer de cuartos traseros, y ataca la
llaga con los dientes.
Volveré mañana,
promete: volveré solo, hablaremos tú y yo. En la idea de regresar, de cruzar el
río, de hallar el camino hasta el lecho de su hijo y de estar a solas con él en
la neblina, hay una sofocada promesa de aventura.
3
PAVEL
Se sienta en el
cuarto de su hijo con el traje blanco sobre el regazo, respira muy quedo,
intenta perderse de alguna forma, intenta evocar un ánimo que ciertamente no
puede haber abandonado aún los alrededores.
Pasa el tiempo. De la
habitación contigua, a través del tabique, le llegan las voces amortiguadas de
la mujer y la niña, los sonidos de la mesa que una de las dos estará po¬niendo.
Deja el traje a un lado, llama a la puerta. Las vo¬ces callan bruscamente.
Entra.
—Me marcho —dice.
—Como verá, estamos a
punto de cenar. Si quiere ce¬nar con nosotras, es usted bienvenido.
Los alimentos que le
ofrece son bien sencillos: sopa, patatas con sal, mantequilla.
—¿Cómo vino mi hijo a
alojarse con usted? —le pregunta en un momento dado. Aún pone todo su cuidado
en lla¬marle mi hijo: si pronuncia su nombre, se echará a temblar.
Ella vacila, él
entiende por qué. Podría decirle: era un joven agradable, enseguida nos cayó
muy bien. Pero el obstáculo es ese cayó: es el canto rodado que bloquea el
paso. Hasta que no haya una manera de eludir la pala¬bra en lo que tiene de
esencia escueta del pasado, ella no podrá decirla delante de él.
—Nos lo recomendó un
inquilino anterior —dice al fin. Y eso es todo.
Le sorprende por lo
delicada que es, delicada como el ala de una mariposa. Es como si entre la piel
y las ena¬guas, entre la piel y el dorso de las medias negras que sin duda
lleva calzadas, se interpusiera una fina capa de ce¬niza, de modo que, al soltársele
a la altura de los hom¬bros, las prendas que viste se le deslizarían al suelo
sin que mediase ningún gesto de persuasión.
Le gustaría verla
desnuda, ver desnuda a esa mujer en el último florecer de su juventud.
No es lo que podría
entenderse por una mujer educa¬da, aunque ¿cabe oír alguna vez un ruso más
bellamente hablado que el suyo? Su lengua es como un ave que ale¬tea en su
boca: suaves plumas, suave batir de alas.
En la hija no percibe
ni un atisbo de esa suave sequedad de la madre. Muy al contrario, hay en ella
algo líquido, algo propio de una cervatilla, confiada y, sin embargo, nerviosa
cuando estira el cuello para olisquear la mano del desconocido, tensa y preparada
para alejarse de un brinco. ¿Cómo puede esa mujer morena haber engendrado a una
niña tan rubia? A pesar de todo, los signos están ahí y son reveladores: los
dedos pequeños, casi sin formar, lustrosos, como los de los santos bizantinos;
la finura esculpida de la frente, inclusive ese aire de melancolía caprichosa.
¡Qué raro es que en
una niña un rasgo pueda adquirir su forma perfecta, mientras que en su madre o
en su pa¬dre bien parece mera copia!
La niña alza la
mirada un instante, se encuentra con la suya, que la sondea, y aparta los ojos
sumida en la con¬fusión. En él surge un impulso iracundo. Quiere tomar¬la por
el brazo y zarandearla. ¡Mírame bien, niña! Eso es lo que quisiera decirle:
¡mírame bien, aprende!
A él se le cae el
cuchillo al suelo. Con gesto agradeci¬do, lo busca a tientas, agachándose. Es
como si la piel se le hubiese caído a tiras de la cara, como si muy a su pe¬sar
las encarase a las dos cubierto por una máscara espan¬tosa y ensangrentada.
La mujer vuelve a
hablar.
—Matryona y Pavel
Alexandrovich eran buenos amigos —dice con firmeza y con cuidado. Y a la niña
le pregun¬ta—: Él te dio clases, ¿verdad que sí?
—Me enseñó francés y
alemán. Sobre todo francés.
Matryona: no es el
nombre más adecuado para ella. Es nombre de vieja, de viejecita con cara de
ciruela pasa.
—Me gustaría que
tuvieras algo de él dice. Algo que te sirva para recordarlo.
Una vez más, la niña
levanta los ojos con su mirada de aturdimiento, y lo inspecciona como
inspecciona un perro a un desconocido, sin oír apenas lo que le dice. ¿Qué está
ocurriendo? Llega la respuesta: no puede imaginar que yo sea el padre de Pavel.
Está procurando ver a Pavel en mí, pero no puede. Y piensa más aún: para ella,
Pavel toda¬vía no ha muerto. En algún recóndito lugar de su interior él sigue
con vida, respira su cálido y dulce aliento de ju¬ventud. En cambio, esta
negrura mía, esta barba, este ser huesudo debe de ser para ella tan repugnante
como la muerte en persona: la muerte, con las caderas huesudas y los dientes
largos, de un palmo al menos, con el sonique¬te de los tobillos que chocan
entre sí al caminar.
No siente deseos de
hablar de su hijo. De oírle hablar de él sí, desde luego, pero no de hablar él.
Aritmética¬mente, hace diez días que Pavel ha muerto. Con cada día que pasa,
los recuerdos que aún puedan flotar en el aire como las hojas de otoño van cayendo
al barro, y allí son pisoteados, o se los lleva el viento por los cielos
ce¬gadores. Solamente él aspira a recoger y a conservar esos recuerdos. Todos
los demás suscriben el orden que im¬pone la muerte primero, el duelo y el
llanto después, y luego el olvido. Si no olvidamos, dicen, pronto el mundo no
será más que una inmensa biblioteca. Pero solo de pensar que Pavel pueda ser
pasto del olvido monta en cólera, se convierte en un toro viejo e irritable, de
mira¬da fulminante, peligroso.
Quiere oír anécdotas.
Y la niña está milagrosamente a punto de contar una.
—Pavel Alexandrovich
—mira de reojo a su madre, como si quisiera confirmar que tiene permiso para
pro¬nunciar el nombre muerto —dijo que solamente se iba a quedar un poco más en
Petersburgo, y que después se marcharía a Francia.
Se calla. Él espera
con impaciencia a que prosiga.
—¿Por qué quería irse
a Francia? —pregunta la niña, di¬rigiéndose ahora solamente a él—. ¿Qué hay
allá en Francia?
—¿En Francia?
—No quería ir a
Francia. Solamente quería irse de Ru¬sia —contesta él—. Cuando uno es joven, se
muestra im¬paciente con todo lo que lo rodea. Uno es impaciente con la madre
patria, porque la madre patria le parece vieja, revenida. Quiere ver cosas
nuevas, conocer nuevas ideas. Uno piensa que en Francia, en Alemania o en
In¬glaterra hallará el futuro que su propio país, de puro mo¬nótono, nunca le
podría proporcionar.
La niña frunce el
ceño. Él dice Francia, dice madre pa¬tria, pero ella oye otra cosa muy
distinta, algo que repta bajo las palabras: el rencor.
—Mi hijo tuvo una
educación azarosa —dice dirigiéndo¬se no a la niña, sino a la madre—. Tuve que
llevarlo de una escuela a otra, por una razón muy sencilla. No se le¬vantaba
nunca por las mañanas. No había forma humana de despertarle. Puede que esté
haciendo una montaña de un grano de arena, no lo sé, pero nadie puede contar
con matricularse en una escuela si luego no asiste a las clases.
¡Qué cosa tan extraña
para decirla en un momento como este! No obstante, mira ahora a la hija, y
vuelve a la carga.
—Su francés no era
muy fiable, seguramente te habrás dado cuenta de eso. Tal vez por eso quisiera
ir a Francia, para mejorar su dominio del francés.
—Solía leer muchísimo
—dice la madre—. A veces, la lámpara de su cuarto se quedaba encendida toda la
no¬che —habla con voz baja, neutra—. A nosotras no nos im¬portaba; siempre fue
muy considerado con nosotras. Le teníamos cariño a Pavel Alexandrovich, ¿verdad
que sí?
Le dedica a la niña
una sonrisa que a él le parece una caricia.
Fue. Ya lo ha sacado
a relucir.
Frunce el ceño.
—Lo que aún no
consigo entender es...
Se hace un silencio
embarazoso, que él ni siquiera in¬tenta paliar. Muy al contrario, se eriza como
un lobo que guardase a su cachorro. Cuidadito, piensa: ¡corres grave peligro si
pronuncias una sola palabra contra él! Yo soy su padre y su madre, yo lo soy
todo para él, y más aún. Hay algo contra lo que desea enfrentarse, dar la cara,
gritar si es preciso. ¿Qué es? ¿Quién es el enemigo al que desafía de ese modo?
Del fondo de su
garganta, de allí donde no alcanza a sofocarlo, emana un sonido, un gemido. Se
cubre la cara con las manos; las lágrimas le corren entre los dedos.
Oye que la mujer se
levanta de la mesa. Espera a que la niña también se retire, pero no lo hace.
Al cabo de un rato,
se seca los ojos y se suena la nariz.
—Lo siento —le
susurra a la niña, que sigue sentada ahí, con la cabeza inclinada sobre el
plato vacío.
Cierra la puerta del
cuarto de Pavel después de entrar. ¿Lo siente? No, la verdad es que no lo
siente. Lejos de sentirlo, le puede la rabia contra todo el que está vivo,
rabia de que su hijo esté muerto. Siente rabia sobre todo contra esa niña, a la
que por su misma mansedumbre de¬searía descuartizar miembro a miembro.
Se tumba en la cama,
con los brazos cruzados en ten¬sión sobre el pecho, intentando expulsar el
demonio que se está apoderando de él. Sabe que ahora mismo a nada se parece
tanto como a un cadáver tendido, y que lo que él llama demonio bien puede ser
poco más que su alma apesadumbrada, que bate las alas. Pero estar vivo es en
estos momentos una especie de náusea. Desea estar muer¬to. Más aún: extinguido,
aniquilado.
En cuanto a la vida
que haya al otro lado de la muerte, no tiene ninguna fe. Cuenta con pasar la
eternidad a la orilla de un río, con ejércitos de otras almas muertas,
es¬perando una barcaza que nunca ha de llegar. El aire será frío y húmedo, las
negras aguas del río lamerán la orilla, la ropa que lleve se le pudrirá sobre
los hombros y le cae¬rá en andrajos a los pies, nunca volverá a ver a su hijo.
Con los dedos fríos y
cruzados sobre el pecho, vuelve a contar los días. Es así como se siente al
cabo de diez días.
La poesía podría
devolverle a su hijo. Tiene cierta idea del poema que le haría falta, una idea
de su música, pero él no es poeta: es más bien un perro que ha perdido el
hueso, que escarba aquí y allá.
Espera a que el
brillo de la luz que se cuela por debajo de la puerta se haya apagado, y luego
sale sin hacer ruido del cuarto para volver a su alojamiento.
Durante la noche
tiene un sueño. Primero va nadando, luego bucea. La luz es azul y mortecina.
Toma impulso y se desliza con facilidad, con elegancia; parece que ya no lleva
sombrero, pero su traje negro le hace sentirse como una tortuga, como una
tortuga grande y vieja en su ele¬mento natural. Encima de él hay ondas en
movimiento, pero en el fondo, donde él se encuentra, el agua está quieta.
Atraviesa campos de algas; los flácidos dedos de las algas le rozan las aletas,
si es que de aletas se trata.
Sabe bien qué es lo
que busca. Mientras nada, a veces abre la boca y emite lo que cree que debe ser
un grito, una llamada. A cada grito o a cada llamada, el agua le llena la boca;
cada sílaba es sustituida por una sílaba de agua. Se vuelve más lento y más
pesado, hasta sentir que con el esternón roza el légamo del río.
Pavel está boca
arriba. Tiene los ojos cerrados. Su ca¬bello, mecido por la corriente, es suave
como el de un niño.
De su garganta de
tortuga sale un último grito, que a él más le parece un ladrido, y se precipita
hacia el mu¬chacho. Quiere besarle la cara, pero cuando lo toca con sus labios
duros, no está del todo seguro: quizá le esté mordiendo.
Es entonces cuando
despierta.
Según una vieja
costumbre, pasa la mañana sentado ante el escueto escritorio de su cuarto.
Cuando la doncella viene a limpiar, la despacha con un simple gesto. Pero no
escribe ni una palabra. No es que esté paralizado; su corazón bombea la sangre
a buen ritmo, tiene la cabeza des¬pejada. En cualquier momento podría empuñar
la pluma y formar las letras sobre el papel. Pero se teme que la es¬critura
fuese la de un demente: página tras página de vile¬zas, obscenidades
indomeñables. Piensa en la demencia como si fluyera por la arteria de su brazo
derecho hasta llegarle a la yema de los dedos, a la pluma y al papel. Flu¬ye
como un arroyo, no tendría siquiera que mojar la plu¬ma una sola vez. Lo que
fluye y se posa sobre el papel no es ni sangre ni tinta, sino un ácido negro
que se pone de un repugnante color verdoso si le da la luz de refilón. Sobre el
papel no se seca: si alguien pasara el dedo por encima, notaría una sensación
líquida y eléctrica a la vez. Una escritura que hasta los ciegos podrían leer.
Por la tarde regresa
a la calle Svechnoi, al cuarto de Pavel. Cierra la puerta interior que da a la
vivienda y apoya una silla contra el pestillo. Luego extiende el traje blanco
sobre la cama. A la luz del día ve que los puños están bastante sucios. Olisquea
los sobacos y el olor le llega con claridad: no es el de un niño, sino el de
otro hombre adulto. Aspira ese olor una y otra vez. ¿Cuántas veces se podrá
oler antes de que se desvanezca? Si el tra¬je estuviera guardado en una urna de
cristal, ¿se preser¬varía también ese olor?
Se desviste y se pone
el traje blanco. Aunque la cha¬queta le queda holgada y los pantalones son
demasiado largos, no se siente como un payaso.
Se tiende en la cama
y cruza los brazos. Es una postu¬ra teatral, pero está dispuesto a ir allí
adonde le lleven sus impulsos. Al mismo tiempo, no tiene ninguna fe en el
impulso.
Imagina una visión de
Petersburgo, la ciudad extendi¬da en toda su vastedad, achatada, bajo las
estrellas inmisericordes. Una palabra en caracteres hebreos aparece es¬crita en
un pergamino que ocupa el cielo entero. No sabe leer esa palabra, pero sí sabe
que se trata de una condena, de una maldición.
Se ha cerrado una
verja detrás de su hijo, una verja ahora asegurada con siete llaves y candados
de hierro. La tarea que tiene encomendada es abrir esa puerta.
Pensamientos,
sensaciones, visiones. ¿Confía en todo eso? Vienen de lo más profundo de su
corazón, pero no tiene mayor razón para confiar en el corazón que en la razón
misma.
Voy de retirada de un
lugar a otro, piensa; cuando haya concluido la retirada, ¿qué quedará de mí?
Se imagina que
volviera a la matriz, o que volviera al menos a algo que fue suave, fresco,
gris. Tal vez no sea solo una matriz: tal vez se trate del alma, tal vez así
sea co¬mo se presenta el alma.
Oye un susurro bajo
la cama. ¿Un ratón ocupado en sus quehaceres? Le da igual. Se da la vuelta, se
lleva la chaqueta blanca a la cara, aspira.
Desde que tuvo
noticia de la muerte de su hijo, en él ha ido menguando algo que considera
firmeza. Soy yo el que está muerto, piensa; mejor dicho, yo he muerto, pero mi
muerte no terminó de llegar. La idea que tiene de su propio cuerpo es que
resulta fuerte, robusto, y que no cederá de por sí. Su pecho es como un barril
de re¬cias duelas. Su corazón seguirá latiendo largo tiempo. Sin embargo, algo
lo ha sacado del tiempo de los hom¬bres. La corriente que lo lleva no deja de
fluir, aún sigue su curso, puede que obedezca incluso a una intención
determinada, pero esa intención ha dejado de responder a la vida. Esa corriente
que lo lleva es agua muerta, es una corriente inerte.
Se queda dormido.
Cuando despierta, ha anochecido y el mundo entero está en silencio. Enciende un
fósforo, intenta despejarse, sacudirse el embotamiento. ¿Pasa ya de la
medianoche? ¿Dónde ha estado?
Se mete debajo de la
ropa de cama, duerme de manera intermitente. Por la mañana, de camino al
lavabo, desali–ado y maloliente, tropieza con Anna Sergeyevna. Con el pelo
recogido bajo una pañoleta, con las botas grandes, parece cualquier tendera del
mercado. Lo mira con asombro.
—Me quedé dormido,
estaba muy cansado —le explica. Pero no se trata de eso. Es el traje blanco,
que él aún lle¬va puesto. Si no le importa— prosigue—, me alojaré en el cuarto
de Pavel hasta que me marche. No serán más que unos cuantos días.
—Ahora no puedo
hablar con usted, voy con prisa —le contesta. Está claro que no le agrada esa
idea. Tampoco le ha dado su consentimiento. Pero él ya ha pagado, ella no puede
hacer nada al respecto.
Se pasa la mañana
entera sentado ante la mesa, en el cuarto de su hijo, con la cabeza entre las
manos. Ni si¬quiera puede fingir que está escribiendo. Mentalmente vuelve cada
dos por tres al momento en que murió Pavel. Lo que no soporta es pensar que, en
la última frac¬ción del último instante antes de su caída, Pavel supo que ya
nada iba a salvarlo, que estaba muerto. Quiere creer que Pavel estuvo protegido
contra esa certidumbre más terrible que la aniquilación misma, aunque solo
fuera por la precipitada confusión de la caída, por ese modo que tiene la mente
de volverse éter ante todo lo que sea de¬masiado inmenso de sobrellevar. Quiere
creerlo de todo corazón. Al mismo tiempo, sabe que desea creer para hacerse
éter también él frente a la constancia de que Pa¬vel, al caer, lo sabía todo.
En momentos como
este, no distingue a Pavel de sí mismo. Son la misma persona, y esa persona no
es ni más ni menos que un pensamiento, ya sea Pavel que piensa en él, o él que
piensa en Pavel. Ese pensamiento mantiene vivo a Pavel, suspendido en su caída.
De lo que quiere
proteger a su hijo es de saber que está muerto. Mientras yo viva, piensa,
¡déjame a mí ser el que lo sepa! Mediante cualquier acto de voluntad que sea
preciso, déjame a mí ser el animal pensante que se arroje al vacío.
Sentado ante la mesa,
con los ojos cerrados y apreta¬dos los puños, aleja de Pavel el conocimiento de
la muer¬te. Piensa en sí mismo como si fuera el tritón de la Piazza Barberini
de Roma, el que se lleva a los labios una concha de la cual mana una fuente
constante y cristalina. De día y de noche insufla la vida en el agua. Los
tendo¬nes del cuello, plasmados en bronce, se tensan en ese es¬fuerzo.
4
EL TRAJE BLANCO
Ha llegado noviembre,
y con él las primeras nieves. El cielo está lleno de aves acuáticas que emigran
hacia el sur.
Se ha instalado en el
cuarto de Pavel; en cuestión de días ha pasado a ser parte de la vida del
edificio. Los ni–os ya no dejan de jugar para volverse a mirarlo cuando pasa,
aunque todavía bajan un poco la voz. Saben quién es ¿Quién es? Es el infortunio,
el padre del infortunio.
A diario se dice que
tiene que regresar a la isla de Yelagin, a la tumba. Pero no lo hace.
Escribe a su mujer, a
Dresde. Sus cartas son tranquili¬zadoras, pero están vacías de sentimiento.
Pasa las mañanas en
el cuarto, mañanas completamen¬te en blanco, que terminan por destilar su
propio placer, insidioso y mortal. Por las tardes recorre las calles, aun¬que
rehuye la zona que hay alrededor de la calle Meshchanskaya y de Voznesensky
Prospekt por miedo a que alguien lo reconozca; suele hacer un alto de una hora
en un salón de té, siempre en el mismo.
En Dresde
acostumbraba a leer los periódicos rusos, pero ahora ha perdido todo interés
por el mundo que lo rodea. Su mundo se ha contraído; su mundo le cabe aho¬ra
dentro del pecho.
Por consideración
hacia Anna Sergeyevna regresa al cuarto solo cuando ha anochecido. Hasta que lo
llaman a cenar, permanece sin hacer ningún ruido en ese cuarto que es y no es
suyo.
Está sentado en la
cama con el traje blanco sobre el re¬gazo. No lo ve nadie. No ha cambiado nada.
Siente el cordón del amor que va de su corazón al de su hijo, tan tangible como
si fuera una soga. Siente que esa soga se retuerce y le aprieta el corazón. Se
le escapa un fuerte gemido. «¡Sí!», susurra como bienvenida al dolor; estira
las manos y da otra vuelta más a la soga.
La puerta se abre a
sus espaldas. Sobresaltado, se da la vuelta, inclinado todavía sobre sus
rodillas, feo, con el traje hecho un amasijo entre las manos.
—¿Quiere cenar ya?
—pregunta la niña.
—Gracias, pero hoy
prefiero estar a solas.
Vuelve poco después.
—¿Le apetece un poco
de té? Se lo puedo traer yo misma.
Trae con solemnidad
una tetera, un azucarero y una taza sobre una bandeja.
—¿Es ese el traje de
Pavel Alexandrovich?
Deja a un lado el
traje y asiente.
Ella se planta al
alcance de su mano y lo mira mientras sorbe el té. Al él vuelven a sorprenderle
la finura de sus sienes y de sus pómulos, los ojos líquidos y oscuros, las
cejas morenas, el cabello rubio como el maíz. Nota un atropello de emociones
contradictorias, como dos olas que revientan una contra otra: el apremio de
protegerla, el apremio de azotarla por el mero hecho de estar viva.
Vale más que esté
encerrado, piensa. Tal como me en¬cuentro, no soy apto para tratar con la
humanidad.
Espera a que la niña
diga algo; quiere que hable. Es una exigencia impensable para hacérsela a una
niña, pero a pesar de todo formula su demanda. Alza la mirada hacia ella. Nada
hay velado. La mira fijamente con lo que solo puede ser desnudez.
Por un instante, ella
lo mira también a los ojos. Luego aparta la mirada, retrocede con perplejidad,
hace una rara y torpe reverencia, y sale corriendo del cuarto.
Él se da cuenta,
incluso a medida que se desarrolla, de que este es un incidente que nunca
olvidará, y que in¬cluso un buen día tal vez lo recree en sus escritos. Le
embarga una vergüenza pasajera, aunque superficial y transitoria. Primero en su
escritura y ahora en su vida, la vergüenza parece haber perdido poder, como si
su sitio lo hubiese ocupado una pasividad ciega y amoral que no se arredra ante
ningún extremo. Es como si por el rabi¬llo del ojo viese que las nubes avanzan
hacia él a una ve¬locidad terrorífica. Son nubes de tormenta. Todo lo que se
interponga en su camino será arrasado. Con temor, pero también con algo de
excitación, espera a que arre¬cie la tormenta.
A las once en punto
según su reloj, sin anunciarse, sale del cuarto. La cortina está echada a la
entrada de la alco¬ba en que duermen Matryona y su madre, aunque Anna
Sergeyevna sigue en pie, sentada ante la mesa, cosiendo a la luz de la lámpara.
Cruza la habitación y se sienta frente a ella.
Tiene diestros los
dedos, sus movimientos son preci¬sos. Él aprendió a zurcir en Siberia por pura
necesidad, pero nunca podría zurcir con esa gracia y esa fluidez. En sus dedos,
una aguja es una curiosidad, una flecha lilipu¬tiense.
—La luz es demasiado
escasa para una labor tan fina —murmura.
Ella inclina la
cabeza como si fuese a decirle: lo he oído. Pero también podría haber repuesto:
¿y qué pre¬tende que haga?
—¿Es Matryona su
única hija?
Ella lo mira
directamente. A él le gusta esa mirada di¬recta. Le gustan sus ojos, que no son
ni mucho menos dulces.
—Tuvo un hermano,
pero murió cuando era muy pe¬queño.
—De modo que entiende
lo que significa...
—No, no lo entiendo.
¿Qué quiere decir?
¿Que la muerte de un niño peque¬ño es más fácil de soportar? Ella no se lo
explica.
—Si me lo permite, le
regalaré una lámpara mejor que esa. Es una pena que arruine la vista siendo aún
tan joven.
Ella inclina la
cabeza como si fuera a decirle: gracias por haberlo pensado, no le obligaré a
cumplir la promesa.
Tan joven: ¿qué
pretende decir?
Sabe desde hace algún
tiempo que cuando lleguen las palabras que vienen a continuación, él no hará el
menor intento por contenerlas.
—Tengo verdadera
ansia por hablar de mi hijo —dice—, pero mayor es el ansia por que los otros me
hablen de él.
—Era un joven
espléndido —aventura ella— Lamento que lo tratásemos tan poco tiempo. Acto
seguido, como si se diera cuenta de que no es suficiente, añade: A Matryona le
leía cuando ella se acostaba. Ella se pasaba el día esperando el momento en que
él le leyese. Los dos se tenían verdadero cariño.
—¿Qué leían?
—Ahora me acuerdo de
El gallito de oro. Cosas de Krylov. También le enseñó algunos poemillas en
francés. Aún sabe recitar uno o dos.
—Es bueno que tenga
usted libros en casa —Hace un gesto hacia una estantería en la que habrá veinte
o trein¬ta volúmenes—. Es bueno para una niña que está en edad de crecer,
claro.
—Mi marido era
impresor. Bueno, trabajaba en una imprenta. Leía mucho; la lectura era su
principal recreación. Esos libros son solo unos pocos de los muchos que tenía.
Cuando vivía, la casa estaba repleta de libros, ya no cabían más —titubea unos
momentos—. Tenemos un libro suyo, Pobres gentes. Era uno de sus preferidos.
Se hace el silencio.
La lámpara empieza a titilar. Ella baja la llama y deja en la mesa su labor.
Las esquinas de la estancia se inundan de sombras.
—Tuve que pedirle a
Pavel Alexandrovich que no invi¬tase a sus amigos a su cuarto por las noches
—dice ella—. Ahora lo lamento. Fue por una vez que no nos dejaron dormir;
estuvieron charlando y bebiendo hasta muy al¬tas horas de la noche. Tenían
algunos amigos bastante rudos.
—Sí, era demócrata en
sus amistades. Sabía cómo ha¬blar con la gente llana de las cosas que más les
importa¬ban. La gente llana tiene hambre de ideas. Él nunca les habló con
desprecio.
—Tampoco le habló a
Matryosha con desprecio.
La luz es cada vez
más escasa; el pabilo empieza a hu¬mear. Una salva de palabras, piensa él,
restregadas allí donde más duele. Y yo ¿quiero curarme de veras?
—Era una persona muy
seria a pesar de su juventud —insiste él—. Pensaba mucho en Rusia, en las
condicio¬nes en que aquí se vive. Le importaban las cosas que les importan a
las gentes de a pie.
Hay una larga pausa.
Un homenaje, piensa: le estoy rindiendo homenaje, por vacilante que sea, por
muy tar¬de que llegue, y también intento que ella le rinda su ho¬menaje. ¿Por
qué no?
—Llevo algún tiempo
preguntándome por lo que dijo el otro día —dice ella con aire pensativo—. ¿Por
qué con¬tó aquello de que Pavel no se despertaba a tiempo de ir a la escuela?
—¿Por qué? Pues
porque aunque no parezca ahora im¬portante, desbarató en buena parte su vida.
Debido a su incapacidad de madrugar tuve que llevarlo de escuela en escuela.
Por eso no se matriculó en la universidad. Al fi¬nal, se encontró aquí en
Petersburgo, en los márgenes más alejados de la vida estudiantil, en donde
realmente no se le había perdido nada, ya que no pertenecía por derecho propio
a ese medio social. Y no era por simple pereza, no. Lo que pasaba es que era
imposible que se levantara: ni a gritos, ni a sacudidas, ni con amenazas, ni
con súplicas. ¡Era como proponerse despertar a un oso en plena hibernación!
—Lo entiendo. Hay
niños que nunca se acostumbran a la escuela, pero no es eso. Me refería a otra
cosa. Perdó¬neme que se lo diga, pero lo que me trastornó cuando le oí contarlo
fue lo enojado que parecía estar usted con él todavía hoy.
—¡Pues claro que
estaba enojado! Su madre murió, debe de recordarlo, cuando tenía quince años.
No fue fácil ocuparme yo solo de su educación. Tenía mejores cosas que hacer,
antes de ponerme a convencer a un muchacho de esa edad para que se levantara a
tiempo, y menos aún tratarlo con mano izquierda. Si Pavel hubie¬se concluido
sus estudios, como todo hijo de vecino, nada de esto habría ocurrido.
—¿De esto?
Él hace un gesto
impaciente con un brazo, como si borrase de un plumazo la vivienda, la ciudad
de Peters¬burgo, incluso la gran bóveda de la noche que se yergue sobre ellos
dos.
Ella lo mira con
calma y con tesón; es bajo esa mirada cuando él empieza a entender con todas
sus consecuen¬cias lo que ha dicho. Se adueña de él un temblor que empieza por
la mano derecha. Se levanta y comienza a caminar por la habitación, con las
manos cruzadas a la espalda. Algo viene de camino, algo cuyo nombre mis¬mo
procura rehuir. Intenta decir algo, pero le sale una voz estrangulada. Me estoy
conduciendo como un per¬sonaje de libro, piensa. Pero ni siquiera le sirve de
ayuda burlarse de sí mismo. Le tiemblan los hombros. Sin ha¬cer ruido, comienza
a llorar.
En un libro, la mujer
reaccionaría ante su pena con una oleada de compasión. Esta mujer no actúa así.
Se sienta ante la mesa, bajo la luz titilante, con la mirada huidiza y la labor
en el regazo. Es tarde, no hay nadie que los vea, la niña está durmiendo.
¡Maldito sea el
corazón!, se dice él. ¡Malditas emocio¬nes! ¡La piedra angular no es el
corazón, ni cómo se siente el corazón, sino la muerte y cómo se siente el
muchacho muerto!
En este momento
accede a la más clara de las visiones, una visión en la que Pavel le sonríe, o
se sonríe de su mal humor, de sus lágrimas y su histrionismo, y también de lo
que se oculta bajo su histrionismo. No es una son¬risa despectiva, sino una
sonrisa de amistad y de perdón. Él lo sabe, piensa: ¡lo sabe y no le importa!
Le atraviesa una oleada de gratitud, de alborozo y de amor. ¡Ahora es se¬guro
que tendré un ataque! También lo piensa, pero es a él a quien no le importa.
Renuncia a contener las lágri¬mas; a tientas vuelve junto a la mesa, esconde la
cabeza entre los brazos y suelta un alarido de pesar tras otro.
Nadie le acaricia el
cabello, nadie le murmura al oído una palabra de consuelo. Pero cuando al fin
alza la cabe¬za, a la vez que con torpeza rebusca el pañuelo en el bolsillo, es
la niña, Matryona, la que se halla ante él y la que lo observa con atención.
Lleva un camisón blanco; el pelo bien cepillado le cae sobre los hombros. No
pue¬de por menos que notar los pechos que despuntan tras la tela. Él intenta
sonreírle, pero la expresión de la cara con que ella lo mira no cambia lo más
mínimo. Ella también lo sabe, piensa. Ella sabe qué es falso y qué es
verdadero; si no, con esa mirada honda se propone averiguarlo.
Se recupera. Mientras
derrama las últimas lágrimas, su mirada se entrelaza con la de la niña. En ese
instante pasa algo entre ellos dos, algo ante lo cual él se encoge como si le
hubiera atravesado un hierro al rojo vivo. Luego, los brazos de su madre la
envuelven, se oye una palabra en un suspiro, la niña se retira a la cama.
5
MAXIMOV
—Buenos días. He
venido a reclamar —le sorprende la firmeza de su voz— las pertenencias de mi
hijo. Mi hijo sufrió un accidente el mes pasado, y la policía se hizo cargo de
algunos de sus objetos personales.
Desdobla el resguardo
y lo posa sobre el mostrador. Según Pavel perdiese la vida antes o después de
la me¬dianoche, el impreso está fechado el mismo día o al día siguiente de su
muerte. Solo hace referencias a «cartas y otros papeles».
El sargento
inspecciona el resguardo con recelo.
—12 de octubre. Aún
no ha pasado un mes. El caso aún no estará resuelto.
—¿Cuánto tardará en
resolverse?
—Puede que dos meses,
tal vez tres. Puede que sea un año, quién sabe. Depende de las circunstancias.
—No hay
circunstancias. No se trata de un crimen.
Sujetando el papel
con el brazo extendido, el sargento sale de la oficina. Cuando regresa, se le
nota una mayor hosquedad.
—¿Se llama usted,
señor...?
—Isaev. Su padre.
–Sí, señor Isaev. Si
hace el favor de sentarse, lo atende¬rán enseguida.
Se le encoge el
corazón. Simplemente esperaba que le entregaran las pertenencias de Pavel para
salir de allí cuanto antes. Lo que menos le interesa, por ser un lujo que no
puede permitirse, es que la policía le preste la más mínima atención.
—Dispongo de poco
tiempo para esperar —dice tajante¬mente.
—Sí, señor. Estoy
seguro de que el investigador lo reci¬birá muy pronto. Siéntese, póngase
cómodo.
Consulta su reloj, se
sienta en el banco, mira a su alre¬dedor con fingida impaciencia. Es temprano;
no hay más que otra persona en la antesala, un joven vestido con un sucio
sobretodo de pintor de brocha gorda. Sentado con la espalda muy erguida, parece
dormido. Tiene los ojos cerrados y la boca abierta; emite un ronquido apagado.
Isaev. En su interior
aún no se ha asentado la confu¬sión. ¿No sería preferible desechar cuanto antes
la histo¬ria de Isaev, antes de quedar atascado en ella? ¿Cómo iba a
explicarlo? «Sargento, se ha cometido un leve error. Las cosas no son del todo
como parecen. En cierto modo, yo no soy Isaev. El Isaev cuyo nombre que razones
de mi sola incumbencia he empleado hasta ahora, y son ra¬zones que no detallaré
aquí y ahora, si bien son razones perfectamente fundadas, lleva muerto algunos
años. No obstante, yo eduqué a Pavel Isaev como si fuese mi pro¬pio hijo, y lo
quiero como si fuera sangre de mi sangre y carne de mi carne. En ese sentido
llevamos el mismo apellido, o al menos deberíamos llevarlo. Esos papeles que él
ha dejado son para mí de un valor incalculable. Esa es la razón de que haya
venido.» ¿Y si reconociese esta realidad sin que nadie se lo hubiera pedido? ¿Y
si nadie sospechara nada en ningún momento? ¿Y si hu¬biesen estado a punto de
devolverle los papeles, y al sa¬berlo optasen por retenerlos? «Vaya, vaya. ¿Qué
tenemos aquí? ¿Es que hay gato encerrado?»
Mientras permanece
sentado, sin decidirse entre con¬fesar o seguir adelante con la impostura, al
sacar el reloj y mirarlo con gesto de contrariedad, procurando pasar por un
impaciente y atareado hombre de negocios incó¬modo en esa sala cerrada, en uno
de cuyos rincones hu¬mea una estufa, tiene la premonición de un síncope, y en
ese mismo gesto reconoce que un síncope sería una artimaña, la artimaña más
infantil de todas para salir de una situación comprometida, al tiempo que en
algún rincón cae de golpe la sombra molesta de un recuerdo: no cabe duda, ha
estado antes aquí, en esta misma ante¬sala, o en una muy parecida, y también
tuvo un episodio o un desmayo. Pero ¿a qué se debe que recuerde el epi¬sodio
tan remotamente? ¿Qué tiene que ver ese recuerdo con el olor de la pintura
fresca?
—¡Esto es demasiado!
Los ecos de su grito
rebotan por la sala. El pintor que dormitaba se despierta sobresaltado; el
sargento del mos¬trador alza la mirada sorprendido. Él intenta disimular su
propia confusión.
—Lo que quiero decir
—dice bajando la voz— es que ya no puedo esperar más, que tengo una cita a la
que no puedo faltar, ya se lo he dicho.
Se ha puesto en pie y
se ha abrochado el abrigo cuan¬do el sargento lo llama a gritos.
—El consejero Maximov
lo recibirá ahora mismo, señor.
En el despacho al
cual es conducido no hay ningún banco de respaldo alto. Al margen de un enorme
sofá cuya tapicería es de imitación de piel, está amueblado al estilo neutro de
los edificios oficiales. El consejero Maximov, investigador judicial encargado
del caso de Pavel, es un hombre calvo, con la planta rechoncha que tendría una
campesina, y que no para de moverse hasta estar có¬modamente sentado, momento
en el que abre ante él un abultado cartapacio y se pone a leer largo y tendido,
mur¬murando algo para sus adentros, mientras sacude la ca¬beza de vez en
cuando.
—Triste asunto...
Triste asunto, ya lo creo...
Por fin levanta la
mirada.
—Mis más sinceras
condolencias, señor Isaev.
¡Isaev! ¡Es hora de
tornar una decisión!
—Gracias. Verá, he
venido a pedir que me sean devuel¬tos los papeles de mi hijo. Me doy cuenta de
que el caso no está cerrado, pero no entiendo por qué pueden tener interés para
su investigación unos papeles privados, ni tampoco veo qué relevancia pueden
tener para su... pro¬ceder.
—¡Sí, sí, desde luego
que sí! Como usted bien dice, son papeles privados. De todos modos, dígame una
cosa: cuando habla de papeles, ¿a qué se refiere exactamente? ¿De qué papeles
se trata?
Los ojos del hombre
despiden un brillo acuoso. Tiene blancas las pestañas, como las de un gato.
—¿Cómo quiere que lo
sepa? Los papeles se los lleva¬ron del cuarto de mi hijo, yo aún no los he
visto. Serán cartas, papeles...
—Así que usted no los
ha visto, y sin embargo cree que no pueden ser de ningún interés para nosotros.
Lo en¬tiendo. Entiendo que un padre quiera creer que los pape¬les de su hijo
son cuestión puramente personal, o al me¬nos cuestión de familia. Sí, le entiendo
bien. No obstante, se está llevando a cabo una investigación... Puede que no
pase de ser mera formalidad, pero es una formalidad cuyo cumplimiento la ley
exige, y que no puede por tanto dar¬se por concluida con un simple chasquido
con los dedos, con un simple gesto, como si no hubiera pasado nada. Y los
papeles son parte de la investigación. Por lo tanto...
Une las yemas de los
dedos de ambas manos, inclina la cabeza, parece sumirse en profundos
pensamientos. Cuando de nuevo levanta la mirada ya no sonríe en cambio, ostenta
una expresión de absoluta determinación.
—Le creo —dice—,
desde luego que le creo. Y también creo tener una solución que satisfará a las
dos partes. Como el caso no está cerrado, sino que, a decir verdad, apenas
acaba de abrirse, no puedo devolverle los papeles, pero sí voy a permitirle que
los vea. Estoy de acuerdo con usted: es injusto, es sumamente injusto
arrebatárse¬los a la familia en un momento tan trágico como este, y mantenerlos
por un tiempo fuera de su alcance.
Con un gesto súbito,
como el del jugador de cartas que liga una baza ganadora, extrae una sola hoja
del car¬tapacio y la coloca delante de él.
Es una lista de
nombres, nombres rusos, solo que es¬critos con caracteres latinos. Todos ellos
empiezan por «A».
—Debe de haber un
error. Esa no es la caligrafía de mi hijo.
—¿Que no es la
caligrafía de su hijo? Hum...— Maximov retira la hoja y la examina—. En tal
caso, ¿tiene us¬ted alguna idea de quién puede ser, señor Isaev?
—No reconozco esa
caligrafía, pero puedo asegurarle que no es la de mi hijo.
Del final del
cartapacio, Maximov selecciona otra pá¬gina y la desliza sobre la mesa.
—¿Y esta otra?
Ni siquiera le hace
falta leerla. ¡Qué estúpido!, piensa. Le abruma cierto sonrojo, un leve mareo.
Su voz, al ha¬blar, diríase que llega desde muy lejos.
—Es una carta que yo
le escribí. Yo no soy Isaev. Sola¬mente utilicé el nombre...
Maximov mueve una
mano como si quisiera espantar una mosca, como si desechase sus palabras, como
si exi¬giera silencio; sin embargo, él se sobrepone al mareo y concluye su
declaración.
—Utilicé el nombre
pensando en no complicar más las cosas, nada más que por eso. Pavel
Alexandrovich. Isaev es mi hijastro, el único hijo de mi difunta esposa. Pero
para mí es como si fuera mi propio hijo. Aparte de a mí mismo no tiene a nadie
en el mundo.
Maximov le quita la
carta, que él sostenía con manos trémulas, y de nuevo la examina. Es la última
carta que le escribió desde Dresde, una carta en la que regañaba a Pavel por
gastar demasiado dinero. ¡Qué mortificación, estar ahí sentado mientras la lee
un perfecto desconoci¬do! ¡Qué mortificación, haberla escrito de su puño y
le¬tra! ¿Cómo iba uno a saber, cómo iba él a saber qué día habría de ser el
último?
—«Tu padre que te
quiere, Fiodor Mijailovich Dostoievski» —murmura el magistrado antes de mirarle
a la cara—. Hablemos, pues, con claridad. Usted no es Isaev. Usted es
Dostoievski.
—Sí. Ha sido una
treta, un error estúpido, pero inofen¬sivo, que ahora de veras lamento.
—Comprendo. No
obstante, viene usted aquí y afirma ser... En fin, ¿hay que utilizar esa fea
expresión? Utilicé¬mosla cautelosamente, por así decir, al menos de momen¬to, a
falta de otra mejor. Afirma ser el padre del difunto Pavel Alexandrovich Isaev
y solicita que le sean devueltas sus pertenencias, cuando lo cierto es que no
es usted esa persona. Esto no tiene buena pinta, ¿verdad que no?
—Ya le he dicho que
fue un error que ahora lamento amargamente. Pero el difunto sí es mi hijo, y yo
soy su custodio legal.
—Hum. Veo aquí que
tenía veintiún años, veintidós casi, en el momento de su fallecimiento. Si
hablamos con propiedad, el mandato judicial que le garantiza la custodia ya
había expirado. Un hombre de veintiún años es su propio dueño y señor, ¿no es
así? Legalmente, es una persona libre.
Es esta burla la que
finalmente le aguijonea. Se pone en pie.
—No he venido aquí
para hablar de mi hijo con desco¬nocidos —dice, levantando el tono de voz—. Si
insiste usted en retener sus papeles, dígamelo directamente, que yo daré otros
pasos encaminados a obtener su devolución.
—¿Que si insisto en
retener los papeles? ¡Por supuesto que no! Mi querido señor, hágame el favor de
sentarse. ¡Por supuesto que no, qué cosas tiene! Por el contrario, me gustaría
muchísimo que examinase usted los papeles, tanto en su beneficio como en el
nuestro. El consejo que pudiera usted darnos al respecto sería muy de
agra¬decer, mucho. Para empezar, veamos esto. —Coloca ante él una docena de
hojas escritas por las dos caras, la lista completa de nombres, cuya primera
página ya había vis¬to, la correspondiente a los que empiezan por «A». No es la
caligrafía de su hijo, ¿verdad?
—No.
—Desde luego, eso lo
sabemos. ¿Tiene idea de quién puede ser la caligrafía?
—No la reconozco.
—Pertenece a una
mujer joven que actualmente reside en el extranjero. Su nombre es lo de menos,
aunque tengo la sensación de que si se lo dijera se quedaría usted bastante
sorprendido. Es amiga y colaboradora de un hombre llamado Nechaev, Sergei
Gennadevich Nechaev. ¿No le dice nada ese nombre?
—No conozco
personalmente a Nechaev, y dudo mu¬cho que mi hijo lo conociera. Nechaev es un
conspira¬dor y un insurrecto, cuyos planes repudio con total con¬tundencia.
—Dice usted que no lo
conoce personalmente, pero lo cierto es que usted ha tenido contacto con él.
–No, no he tenido
contacto con él. Asistí una vez a una reunión abierta al público, en Ginebra,
en la cual tomaron la palabra numerosas personas, entre ellas Nechaev. Hemos
estado juntos en la misma sala, a eso se re¬duce todo el trato que he tenido
con él.
—¿Cuándo fue esa
reunión?
—Fue en el otoño de
1867. La reunión fue convocada por la Liga para la Paz y la Libertad, tal como
se hace lla¬mar esa organización. Asistí a ella abiertamente y sin ta¬pujos, en
calidad de ruso y de patriota, para enterarme de lo que pudiera decirse de Rusia
desde todos los pun¬tos de vista. El hecho de que oyera hablar a ese joven
lla¬mado Nechaev no quiere decir, ni mucho menos, que respalde sus ideas. Por
el contrario, se lo repito, rechazo todo aquello que defiende, y esto es algo
que he sosteni¬do en infinidad de ocasiones, tanto en público como en privado.
—¿Incluyendo el
bienestar del pueblo? ¿No defiende Nechaev el bienestar del pueblo? ¿No es eso
lo que se esfuerza por lograr?
—No consigo entender
a qué viene la vehemencia con que me formula estas preguntas. Nechaev defiende
en primer lugar y por encima de todo el derrocamiento violento de todas las
instituciones de la sociedad, en nombre de un principio de igualdad, de felicidad
igual para todos o, si no, de desdicha igual para todos. No es ese un principio
que haya intentado siquiera justificar. A decir verdad, parece que desprecia la
justificación en general y que la considera una pérdida de tiempo, un inútil
empeño del intelecto. Por favor, le ruego que no intente relacionarme con
Nechaev.
—Muy bien, acepto sus
argumentos. De todos modos, debería añadir que me sorprende, pues nunca le
hubiese imaginado yo como un apasionado defensor de los prin¬cipios. En fin,
vayamos al grano. La lista que tiene de¬lante ... ¿no reconoce ninguno de esos
nombres?
—Reconozco algunos,
un puñado.
—Es una lista de las
personas que han de ser asesinadas, tan pronto se dé la señal convenida, en
nombre de la Venganza del Pueblo, que es la organización clandestina que, como
bien sabe usted, ha creado Nechaev. Los ase¬sinatos tiene por objeto precipitar
una revuelta generali¬zada que conduzca al derrocamiento del Estado. Si pasa
usted al final de esas hojas, encontrará un apéndice se¬gún el cual hay
relaciones de personas que, subsiguien¬temente, una vez logrado ese
derrocamiento, han de ser condenadas a una ejecución sumarísima. Entre ellas se
encuentran los altos funcionarios judiciales, todos los oficiales de policía,
los oficiales de la Tercera Sección con el rango de capitán o rangos
superiores... Esa lista fue encontrada entre los papeles de su hijo.
Tras haber puesto
sobre la mesa esta información, Maximov inclina la silla hacia atrás y sonríe
amistosamente.
—¿Significa eso que
mi hijo es un asesino?
—¡Por supuesto que
no! ¿Cómo iba a serlo, si nadie ha sido asesinado? Lo que tiene usted ahí
delante solamente es, por así decir, un borrador, un borrador especulativo. De
hecho, en mi opinión, y es la opinión de un particu¬lar, esa es la lista que
bien podría haber elaborado un jo¬ven con motivos de queja contra la sociedad
en general en el espacio de una sola tarde, puede que como forma de darse tono
ante la mujer misma a la que está dictando. Así se jacta de su poder sobre la
vida y la muerte, de un poder completamente ilusorio. No obstante, el
asesina¬to, la trama del asesinato, es una amenaza directa contra los altos
funcionarios del Estado, y eso ya es una cues¬tión más grave. ¿No está de
acuerdo?
—Muy grave. Su deber
está bien claro, no creo que re¬quiera mis consejos. Si Nechaev regresa a su
país natal, en cuanto llegue tiene usted que arrestarlo. En lo que se refiere a
mi hijo, ¿qué se puede hacer? ¿También va a arrestarlo?
—¡Ja, ja! ¡Como broma
no está mal, Fiodor Mijailovich! No, no podemos arrestarlo por más que
quisiéra¬mos, pues ya se ha ido a un lugar mejor que este. Pero ha dejado
algunas cosas aquí. Ha dejado papeles, más pa¬peles de los que debiera poseer
cualquier conspirador que se precie. También nos ha dejado algunos
interro¬gantes. Por ejemplo, ¿por qué se quitó la vida? Permíta¬me que se lo
pregunte directamente. ¿Por qué cree usted que se quitó la vida?
La sala da vueltas
ante sus ojos. El rostro del investigador parece elevarse como un enorme globo
de color rosa.
—Él no se quitó la
vida —susurra—. Usted no ha enten¬dido nada, no sabe nada de él.
—¡Por supuesto que
no! De su hijastro y de las vicisitu¬des de su existencia no he entendido ni un
adarme, ni tampoco pretendo saber nada. Lo que sí espero enten¬der, en un
sentido material e inquisitivo, es qué motivos le impulsaron a morir. Por
ejemplo, ¿había sido amena¬zado? ¿Le amenazó uno de sus correligionarios con
de¬nunciarle? Y el miedo a las consecuencias de la denuncia ¿le inquietó tanto
que llegó a quitarse la vida? ¿O es aca¬so posible que no se quitara la vida?
¿Es posible que, por razones que aún desconocemos, fuese tenido por traidor a
la causa de la Venganza del Pueblo y fuera asesinado entonces de una manera
particularmente cruel? Esas son algunas de las preguntas que no me puedo quitar
de la cabeza. Esa es la razón por la cual he aprovechado esta fortuita ocasión
de hablar con usted, Fiodor Mijailovich. Y es que si usted no le conoce,
habiendo sido su padras¬tro y su protector durante tantos años, en ausencia de
sus padres naturales, ¿quién le conoce?
»Además, cómo no, hay
que tratar el asunto de la be¬bida. ¿Estaba habituado a beber en abundancia, o
es algo que solo hizo recientemente, debido a las tensiones pro¬pias de su vida
de conspirador?
—No le comprendo.
¿Por qué hablamos de la bebida?
—Porque la noche en
que murió había bebido muchí¬simo. ¿No lo sabía usted?
Él menea la cabeza
con gesto aturdido.
—Está muy claro,
Fiodor Mijailovich, que hay muchas cosas que usted desconoce. Vamos, permítame
ser since¬ro con usted. Tan pronto supe que había venido usted para reclamar
los papeles de su hijo, metiéndose, por así decir, en la boca del lobo, estuve
seguro, o casi seguro, de que no tenía usted la menor sospecha de que hubiese
nada indigno o pernicioso. Y es que si hubiera sabido usted que existía una
relación entre su hijastro y la banda criminal de Nechaev, es totalmente seguro
que no ha¬bría venido usted. Al menos, es seguro que habría deja¬do bien claro
desde el primer momento que solamente deseaba reclamar las cartas cruzadas
entre usted mismo y su hijastro, nada más. ¿Me sigue?
—Sí, yo...
—Y como ya están en
su poder las cartas que pudo en¬viarle su hijastro, eso habría supuesto que
solamente de¬seaba usted la devolución de las cartas que usted mismo le hubiese
escrito. En cambio, ¿por qué...?
—Las cartas, desde
luego, pero también todo lo demás, todo lo que sea de naturaleza estrictamente
privada. ¿Qué sentido puede tener que lo hostigue usted ahora como a un perro?
—¡Eso me pregunto yo!
Qué trágico... En fin, volva¬mos al asunto de los papeles. Usted utiliza la
expresión «de naturaleza estrictamente privada». Se me ocurre en cambio que,
habida cuenta de las actuales circunstan¬cias, es difícil precisar qué significa
«de naturaleza es¬trictamente privada». Por supuesto que debemos respe¬tar a
los muertos, que debemos hacer valer los derechos que su hijastro ya no está en
situación de defender, en este caso el derecho a la decencia y a la intimidad.
La posibilidad de que después de nuestra defunción venga un desconocido a
husmear entre nuestras pertenen¬cias, a abrir nuestros cajones, a violar los
sellos, a leer cartas íntimas... Sería una posibilidad harto dolorosa para
cualquiera de nosotros, no me cabe duda. Por otra parte, en algunos casos
podríamos preferir que fuese un desconocido sin el menor interés el que
de-sempeñase este feo pero necesario oficio. ¿Estaríamos más cómodos ante la
idea de que nuestros asuntos más íntimos fueran abiertos, cuando las emociones aún
es¬tán a flor de piel, ante la mirada cándida de una espo¬sa, de una hermana,
de una hija? Mejor, en ciertos as¬pectos, que se ocupe de esto un desconocido,
alguien que no pueda sentirse ofendido, ya que nada somos para él, ya que
también estará endurecido, por la natu¬raleza de su profesión, y protegido
contra las ofensas de todo tipo por una costra que solo dan los años de
ejercicio de la profesión.
«Claro está que esto
en cierto modo no es más que ha¬blar por hablar, ya que al fin y a la postre es
la ley la que dispone, la ley de sucesión: los herederos son los que to¬man
plena posesión de los papeles privados y de todo lo demás. Y en caso de que alguien
muera sin haber nom¬brado a su heredero, las reglas de la consanguinidad
bas¬tan para zanjar todo lo que haya que zanjar.
»Así pues, las cartas
cruzadas entre miembros de una misma familia, estamos de acuerdo, son papeles
privados que han de tratarse con la apropiada discreción. En cam¬bio, las
comunicaciones recibidas del extranjero, las co¬municaciones de naturaleza
sediciosa, las listas de perso¬nas señaladas para proceder a su asesinato, por
ejemplo, no son de ninguna manera papeles privados. Aquí, sin embargo, nos
encontramos con un caso muy curioso.
Está hojeando el
cartapacio, mientras con las uñas tam¬borilea sobre la mesa de manera
irritante.
–Aquí nos encontramos
con un caso muy curioso, un caso muy curioso repite en un murmullo. Un cuento
—anuncia inesperadamente—. ¿Qué puede decirse de un cuento, de una obra de
ficción? ¿Diría usted que un cuen¬to es un asunto privado y personal?
—Es un asunto
privado, total y absolutamente privado y personal de un autor, hasta que sea
dado a conocer al mundo entero.
Maximov le lanza una
mirada burlona, y luego desliza sobre la mesa lo que ha estado leyendo. Es un
cuaderno de ejercicios como los que usan los niños en la escuela, de páginas
pautadas. Reconoce a primera vista la caligrafía inclinada, el arrastre de los
ganchos y las tildes. Es la es¬critura de un huérfano, piensa: tendré que
aprender a amarla. Coloca la mano sobre la página con ademán pro¬tector.
—Léalo dice con
indolencia su antagonista.
Intenta leer, pero no
puede concentrarse; cuanto más lo intenta, más se fija exclusivamente en los
detalles de la caligrafía. Además, tiene la mirada empañada por las lágrimas.
Se las seca con una manga para que no caigan sobre el papel y emborronen la página.
«Desiertos de nieve sin una sola huella», lee, y siente deseos de corre¬gir la
redundancia del tópico. Trata sobre un hombre a la intemperie, sobre el frío.
Sacude la cabeza y cierra el cuaderno.
Maximov lo alcanza y
se lo quita con amabilidad. Vuelve las páginas y al final encuentra lo que
busca; lue¬go lo desliza de nuevo sobre la mesa.
—Lea esta parte —le
dice—, no son más que una o dos páginas. Nuestro héroe es un joven condenado
por conspiración y traición, que ha sido desterrado a Siberia. Escapa de la
prisión y logra llegar a la casa de un terrateniente, en donde una criada, una
campesina, le ofrece refugio y alimento sin que nadie lo sepa. Son jóvenes los
dos, entre ellos nacen sentimientos románticos, etcétera. Una noche, el
terrateniente, que ha sido retratado como un grosero que se entrega sin freno a
todos los placeres de la sensualidad, intenta forzar a la muchacha. Ese es el
pasaje cuya lectura le sugiero.
De nuevo sacude la
cabeza.
Maximov recupera el
cuaderno.
—El joven no puede
tolerar el espectáculo ni un minuto más. Sale de su escondite e interviene
—comienza a leer en voz alta—. «Karamzin», que es el terrateniente, «se dio la
vuelta sobre los talones y soltó un bufido. "¿Quién eres? ¿Qué estás
haciendo aquí?" Luego se fijó en el uni¬forme gris hecho andrajos, en la
argolla rota que aún lle¬va sujeta al tobillo "¡Aja, eres uno de
esos!", exclamó. "¡Muy pronto me ocuparé de ti!" Se dio la
vuelta y salió bamboleándose de la estancia.» Esa es la palabra que uti¬liza,
«bambolearse». Me gusta. El terrateniente es descri¬to como un bruto con cara
de pequinés, de orejas pelu¬das y piernas cortas y gruesas. No es de extrañar
que nuestro héroe se sienta ofendido: ¡la vejez y la fealdad manosean a su
bella criada! Toma un hacha que encuen¬tra junto a la chimenea. «Con todas sus
fuerzas, estreme¬ciéndose, desplomó de un solo golpe el hacha contra el pálido
cráneo del hombre. A Karamzin se le doblaron las rodillas bajo su peso. Con un
gran resoplido, como un animal, cayó cuan largo era sobre el suelo de la
cocina, con los brazos en cruz y un temblor en los dedos que por fin quedaron
quietos. Sergei», que así se llama nues¬tro héroe, «se quedó clavado en el
sitio, con el hacha en¬sangrentada en la mano, incapaz de dar crédito a lo que
había hecho. En cambio, Marfa», que es la heroína, «con una presencia de ánimo
que él no esperaba, agarró un paño húmedo y lo colocó bajo la cabeza del
hombre, para que la sangre no se derramase por todo el suelo.» Simpático toque
de realismo, ¿no le parece?
»En fin, el resto del
cuento es poco más que un esbo¬zo, así que le ahorraré la lectura.
Posiblemente, cuando ya no queda ni rastro del obsceno Karamzin, la
inspira¬ción de nuestro autor comenzó a flaquear. Sergei y Marfa arrastran el
cuerpo y lo arrojan a un pozo que no se usa desde hace años. Luego emprenden
viaje en plena noche «absolutamente resueltos»; esa es la frase que usa. No
está del todo claro que se propongan huir. Pero per¬mítame mencionar un último
detalle. Sergei no abando¬na el arma del crimen, sino que se la lleva consigo.
¿Para qué?, le pregunta Marfa. Cito textualmente su respuesta: «Porque es el
arma del pueblo ruso, nuestro medio de defensa y nuestro medio de cobrarnos
venganza». El ha¬cha ensangrentada, la venganza del pueblo... La alusión no
podría ser más diáfana, ¿no cree?
Mira a Maximov con
incredulidad.
—No puedo creer lo
que estoy oyendo —susurra— ¿De veras se propone instrumentar este escrito como
prueba contra mi hijo? ¡Si no es más que un cuento, una fanta¬sía, escrita en
la privacidad de su cuarto!
—¡Oh, no, Fiodor
Mijailovich, no! ¡Ni mucho menos! ¡Me interpreta usted mal! —Maximov se
arrellana en su sillón y menea la cabeza con aparente aflicción—. Está fuera de
toda consideración el hostigar a su hijastro (por utilizar la palabra que ha
usado usted antes). El caso está cerrado, al menos en el sentido que más
importa. Le he leído esta fantasía, como usted mismo la llama, simple¬mente
como indicación de lo muy profundamente que había caído él bajo la influencia
de los partidarios de Nechaev, que sabe el cielo a cuántos jóvenes
impresio¬nables y volubles han descarriado, sobre todo aquí, en Petersburgo,
casi todos ellos, para colmo, de buena fa¬milia. Diría incluso que es una
auténtica epidemia esto del nechaevismo. Una epidemia, o quizá tan solo una
moda.
—No, no tiene nada de
moda. Lo que usted llama nechaevismo es algo que siempre ha existido en Rusia,
aunque fuera con otros nombres. El nechaevismo es tan ruso como el
bandolerismo. Pero yo no he venido para hablar de Nechaev y sus partidarios. He
venido por una razón muy simple: a llevarme los papeles de mi hijo. ¿Me los
puedo llevar? Si no es así, ¿puedo retirarme?
—Puede retirarse, es
usted libre de retirarse, por des¬contado. Ha estado usted en el extranjero y
ha regresado a Rusia con un nombre falso. No le pediré el pasaporte que pueda
llevar encima. Pero tiene usted total libertad para marcharse. Si sus acreedores
se enteran de que está aquí en Petersburgo, también son igualmente libres, por
supuesto, para dar los pasos que estimen oportunos. Eso no es asunto mío; es un
asunto entre ellos y usted. Le repito que es muy libre de marcharse de este
despacho. No obstante, le prevengo de que no puedo de ninguna manera conspirar
con usted para mantener en pie su tre¬ta. Doy por sentado que lo entiende.
—En este momento,
para mí nada tiene tan poca im¬portancia como el dinero. Si he de ser acosado
por viejas deudas, así sea.
—Ha sufrido usted una
grave pérdida y se encuentra bajo de ánimo, por eso adopta esa actitud. Lo
entiendo perfectamente. Pero no olvide que tiene esposa y una hija que dependen
por entero de usted. Aunque sola¬mente sea por ellas, no puede usted permitirse
la insen¬satez de abandonarse al destino. En lo que respecta a su solicitud de
devolución de estos papeles, con pesar debo denegársela. No pueden ser
devueltos, pues forman par¬te de un asunto policial aún por resolver, en el
cual se investiga la relación de su hijastro con los partidarios de Nechaev.
—Muy bien. Antes de
marcharme, permítame que cam¬bie de opinión y que le diga tan solo una cosa
sobre los partidarios de Nechaev. Y es que al menos he visto y he oído a
Nechaev en persona, lo cual es más, corríjame si me equivoco, de lo que ha
visto y ha oído usted.
Maximov levanta la
cabeza con un gesto de interro¬gación.
—Proceda, se lo
ruego.
—Nechaev no es un
asunto policial. En definitiva, Ne¬chaev no es un asunto que incumba a las
autoridades en modo alguno, al menos en lo que respecta a las autori¬dades
civiles.
—Siga.
—Puede que consigan
ustedes seguir el rastro de Sergei Nechaev y encarcelarlo, pero eso no querrá
decir que el nechaevismo haya sido borrado del mapa.
—Estoy de acuerdo,
estoy totalmente de acuerdo. El nechaevismo no es más que una idea en el
extranjero; el propio Nechaev no es más que su encarnación. El nechaevismo no
será erradicado hasta que no cambien los tiempos que corren. Nuestro objetivo,
por consiguien¬te, debe ser algo más modesto y bastante más práctico: se trata
de impedir que se extienda esta idea, y allí don¬de ya se ha extendido, se
trata de impedir que pase a la acción.
—Sigue usted sin
comprenderme. El nechaevismo no es una idea. Desprecia las ideas, está fuera de
la esfera de las ideas. Es un espíritu, y el propio Nechaev no es su
encarnación, sino su anfitrión. Mejor dicho, está poseí¬do por él.
La expresión de
Maximov es inescrutable. Vuelve a la carga.
—Cuando vi por
primera vez a Sergei Nechaev en Gi¬nebra, se me antojó un joven poco atractivo,
taciturno, intelectualmente mediocre, un joven normal y corrien-te. No creo que
esa primera impresión estuviera equivo¬cada. De todos modos, en ese vehículo tan
improbable ha entrado un espíritu, un espíritu sombrío, resentido, asesino. En
ese espíritu tampoco hay nada que sea digno de destacar. ¿Por qué ha optado por
residir en ese joven en concreto? Yo no lo sé. Tal vez sea porque lo conside¬ra
un anfitrión en el que es muy fácil entrar y salir. Pero que Nechaev tenga
seguidores es debido a que el espíri¬tu reside en él. Son seguidores de ese
espíritu, no de ese hombre.
—¿Y qué nombre es el
que tiene ese espíritu, Fiodor Mijailovich?
Realiza el esfuerzo
de imaginar a Sergei Nechaev, pero todo lo que logra ver es una cabeza, de
buey, los ojos vi¬treos, la lengua que asoma, el cráneo partido por el hacha
del carnicero. A su alrededor revolotea una nube de moscas. Se le ocurre un
nombre, que en ese preciso instante pronuncia en voz alta.
—Baal.
—Qué interesante. Una
metáfora, puede ser, no del todo clara, pero que vale la pena tener en
consideración. Baal. Sin embargo, debo preguntarme si es realmente práctico
hablar de espíritus y de posesiones del espíritu. ¿Es práctico hablar también
de ideas que van por la tierra de un sitio a otro, como si las ideas tuvieran
brazos y piernas? ¿Nos servirá esa manera de hablar para llevar a cabo nuestras
tareas? ¿Servirá de ayuda para Rusia? Dice usted que no deberíamos encerrar a
Nechaev porque está poseído por un daimon. ¿Le parece bien que lo llame¬mos
daimon? Eso de espíritu suena a falsedad, me parece a mí. En tal caso, ¿qué
hemos de hacer? Al fin y al cabo, no somos un orden meramente contemplativo,
sino que pertenecemos al brazo encargado de investigar.
Se hace un silencio.
—De ningún modo
pretendo descartar lo que dice us¬ted. Maximov reanuda su exposición. Usted es
un hombre de grandes facultades, un hombre dotado de una especial perspicacia,
tal como sabía antes incluso de que nos conociéramos. Y esos conspiradores que
en el fondo son simples niños, en comparación con sus predeceso¬res son
efectivamente harina de otro costal. Se tienen por inmortales. En ese sentido,
esto es desde luego co¬mo luchar contra un daimon. Y son implacables. Llevan en
la sangre, por así decir, el desearnos el mal a nuestra generación. Han nacido
con ese impulso. Y no es fácil ser padre, ¿verdad que no? Yo también soy padre,
aun¬que por fortuna solamente tengo hijas. En los tiempos que corren, no me
gustaría haber tenido hijos. Claro que su padre de usted... ¿no tuvo algunos
roces con su padre, o me engaña a mí la memoria?
Tras sus blancas
pestañas, Maximov lanza una miradita de sorna antes de proseguir.
—Por eso me pregunto,
al final, si el fenómeno de Nechaev es una aberración del espíritu, tal como
usted da a entender. Quizá solo sea en definitiva la vieja pugna en¬tre padres
e hijos, la que siempre ha existido, solo que en esta generación en particular
adquiere una naturaleza más mortífera, más inexorable. En tal caso, quizá lo
más sabio fuera también lo más simple, atrincherarse y aguan¬tar más que ellos,
esperar a que maduren. Al fin y al cabo, ya aguantamos antes a los
decembristas, y después a los del 49. Ahora, los decembristas son ancianos, al
menos los que siguen con vida. Estoy seguro de que el daimon que pudiera
haberlos poseído huyó hace mucho tiempo. En cuanto a Petrashevski y sus amigos,
¿qué opinión le merecen? ¿Estaban Petrashevski y los suyos también poseídos por
un daimon?
—¡Petrashevski! ¿Por
qué saca a colación a Petrashevski?
—No estoy de acuerdo.
Lo que usted llama el fenóme¬no de Nechaev tiene una coloración propia. Nechaev
es un sanguinario. Los hombres a los que estaba usted ha¬ciendo el honor de
referirse eran idealistas, y fracasaron porque, hay que anotárselo en su haber,
no fueron intri¬gantes, y mucho menos sanguinarios. Petrashevski, ya que usted
menciona a Petrashevski, denunció desde el primer momento esa clase de
jesuitismo que excusa los medios en nombre del fin que se pretende alcanzar.
Nechaev es un jesuita, un jesuita laico que abiertamente defiende la doctrina
de que el fin justifica los abusos más cínicos y el aprovechamiento más
insensible de la ener¬gía que pongan sus seguidores a su disposición.
—En ese caso, hay
algo que se me escapa. Explíqueme de nuevo: ¿por qué los soñadores, los poetas,
los jóvenes inteligentes como su hijastro, se sienten atraídos por ban¬didos
como Nechaev? Y es que, según su relación, Nechaev no pasa de ser eso: un bandido
con un leve barniz de educación.
—No lo sé. Tal vez
sea porque en los jóvenes hay algo que aún no se ha adormecido, algo a lo que
apela el espí¬ritu que habita en Nechaev. Quizá esté en todos noso¬tros: es
algo que hemos pensado que lleva siglos amorta¬jado, pero que solo estaba
adormecido. Le repito que no lo sé. Soy incapaz de explicar en qué consiste y a
qué se debe la conexión de mi hijastro con Nechaev. Para mí ha sido una
sorpresa. Yo solo había venido a recoger los pa¬peles de Pavel, que para mí son
preciosos hasta un extremo que usted sin duda no alcanza a entender. Lo que yo
quie¬ro son esos papeles, nada más. Vuelvo a preguntárselo: ¿piensa
devolvérmelos? Para usted no tienen ninguna uti¬lidad. No le dirán por qué los
jóvenes inteligentes caen bajo el dominio de los malhechores. Y es evidente que
le dirán todavía menos, porque no sabe usted cómo leerlos. Mientras estuvo
usted leyendo el relato de mi hijo, per¬mítame que se lo diga, me percaté de
que se mantenía usted a cierta distancia, de que erigía una barrera de
ridiculización, como si esas palabras hubieran podido saltar de la página y
estrangularlo.
Algo ha empezado a
incendiarse en él mientras habla¬ba, y le satisface que así sea. Se inclina un
poco, agarrán¬dose a los brazos del sillón.
—¿Qué es lo que tanto
miedo le da, consejero Maximov? Mientras leía la historia de Karamzin, o de
Karamzov, o como se llame, cuando el cráneo de Karamzin se parte en dos igual
que un huevo, dígame la verdad: ¿sufre usted con él, o se siente usted exultante,
aunque en secreto, como si fuera suyo el brazo que empuñaba el hacha? Y
permítame que conteste por usted: la lectura consiste en ser el brazo y ser el
hacha y ser el cráneo que se parte; la lectura es entregarse, rendirse, no
mantenerse distante ni burlón. Si se lo preguntase, estoy seguro de que me
respondería que está usted a la caza y captura de Nechaev, con el objeto de
llevarlo a juicio, a un jui¬cio como es debido, con los abogados de la defensa
y los fiscales, etcétera, para encerrarlo después de por vida en una celda bien
limpia y bien iluminada. Pero mírese bien, Maximov, y dígame si en el fondo es
ese su autén¬tico deseo. ¿No preferiría antes bien cortarle la cabeza y
chapotear en su sangre?
Se respalda, algo
sonrojado.
—Es usted un hombre
muy inteligente, Fiodor Mijailovich. Pero habla usted de la lectura como si
fuera lo mismo que estar poseído por un daimon. Según esa me-dida y ese
criterio, me temo que soy un pésimo lector, sin duda, un lector aburrido y
pedestre. Sin embargo, me pregunto si en estos momentos no tendrá usted
fie¬bre. Si pudiera verse en un espejo, estoy seguro de que entendería lo que
le digo. Además, hemos tenido una larga conversación, desde luego que
interesante, pero muy larga, y yo tengo numerosos asuntos que atender.
—Y yo le digo que los
papeles que tan celosamente pre¬tende guardar bien podrían estar escritos en
arameo, por el escaso provecho que les va a sacar. ¡Devuélvamelos!
Maximov se ríe.
—Me ha dado usted las
razones más benévolas y de ma¬yor peso para no acceder a su solicitud, Fiodor
Mijailovich. Se lo diré de otro modo: teniendo en cuenta el es¬tado en que se
encuentra, el espíritu de Nechaev podría saltar de la página y apoderarse por
completo de usted. Ahora, hablando en serio, me dice usted que sabe cómo leer.
En alguna fecha que ya precisaremos, ¿querría usted leerme estos papeles, todos
ellos, los papeles de Nechaev, de los cuales este no es más que un cartapacio
entre mu¬chísimos mas?
–¿Leérselos?
—Sí. Hacerme una
lectura de ellos.
—¿Por qué?
—Porque según dice
usted, yo no sé leer. Hágame una demostración de cómo leer. Enséñeme a leer.
Explíqueme estas ideas que no son ideas.
Por vez primera desde
que recibió el telegrama en Dresde, se echa a reír: siente cómo se le quiebran
las rí¬gidas líneas de sus mejillas. La risa es áspera y no destila alegría.
—Siempre me han dicho
—dice— que la policía consti¬tuye los ojos y los oídos de la sociedad, y ahora
me vie¬ne usted con una petición: quiere que yo le ayude. No, no pienso hacerle
una lectura.
Cruzando las manos
sobre el regazo, con los ojos cerra¬dos, más parecido que nunca a un Buda sin
edad y sin sexo, Maximov asiente.
—Gracias —murmura—.
Ahora, debe marcharse.
Se encuentra de nuevo
en la antesala ¿Cuánto tiempo ha pasado encerrado con Maximov? ¿Una hora? ¿Más?
El banco está lleno de gente, y hay más personas que es¬peran apoyadas de
espaldas contra las paredes, hay gente en los pasillos, y el olor a pintura fresca
sigue siendo asfi¬xiante. Todas las conversaciones quedan en suspenso; todos
los ojos se vuelven hacia él sin la menor simpatía. ¡Cuántos son los que buscan
justicia, cuántos tienen una historia que contar!
Es casi mediodía. No
soporta la idea de volver a su cuarto. Camina hacia el este por la calle
Sadovaya. El cielo está bajo, gris, y sopla un aire frío; hay placas de hielo
en algunos sitios, y las aceras están resbaladizas. Un día lúgubre, un día para
caminar a duras penas, con la cabeza gacha. Sin embargo, no puede detenerse, y
los ojos se le mueven incansables de una figura que pasa a la siguiente, en
busca de la inclinación de unos hombros, de una manera de andar que pudieran
pertenecer a su hijo perdido. Por sus andares le podrá reconocer: prime¬ro los
andares, luego el perfil.
Intenta recordar con
precisión la cara de Pavel, pero la cara que en cambio se le aparece, la cara
que se le pre¬senta con una sorprendente viveza, es la de un joven de cejas
espesas y barba rala, de labios delgados y prietos. Es la cara de un joven que estuvo
sentado detrás de Bakunin en la platea del Congreso por la Paz de hace dos
años. Tiene la piel estropeada por cicatrices que resaltan más lívidas debido
al frío. «¡Márchate!», dice intentando apartar de sí esa imagen. Pero la imagen
no cede. «¡Pa¬vel!», susurra, invocando en vano a su hijo.
6
ANNA SERGEYEVNA
No había estado antes
en la tienda. Es más pequeña de lo que había imaginado, oscura y de techos
bajos, en parte por debajo del nivel de la calle. YAKOVLEV COMES¬TIBLES Y
VERDURAS, reza el rótulo. Tintinea una campa¬nilla cuando abre la puerta. Le
cuesta un rato adaptar su mirada a la penumbra.
Es el único cliente.
Tras el mostrador ve a un anciano con un delantal blanco y sucio. Finge
examinar las exis¬tencias: sacos abiertos de alforfones, harina, alubias
pin¬tas, alfalfa para caballos. Luego se aproxima al mostrador.
—Un poco de azúcar,
por favor —dice.
—¿Eh? —dice el
anciano carraspeando. Por las lentes que lleva, sus ojos parecen pequeños como
dos botones.
—Querría un poco de
azúcar.
Ella sale de una
puerta acortinada que hay al fondo de la tienda. Si le sorprende encontrarlo
allí, no lo de¬muestra.
—Yo atenderé al
cliente, Avram Davidovich dice con calma, y el anciano se aparta a un lado.
—¿Azúcar? —esboza una
remotísima sonrisa en los labios.
—Sí, cinco kopeks.
Con destreza, dobla
una hoja de papel y le da forma de cucurucho, cierra el fondo de un pellizco y
vierte el azúcar a cucharadas; lo pesa y cierra el cucurucho. Tiene manos
ágiles.
—Acabo de estar en la
comisaría. Intenté que me de¬volviesen los papeles de Pavel.
—¿Sí?
—Han surgido
complicaciones que no había previsto.
—Ya los recuperará a
su debido tiempo. Todo lleva su tiempo.
Aunque no hay causa
que lo explique, lee en este co¬mentario un doble sentido. Si el anciano no
estuviese remoloneando detrás de ella, se acercaría más al mostra-dor para
tomarla de la mano.
—¿Cuánto es...?
Son cinco kopeks.
Al tomar el
cucurucho, deja que sus dedos rocen los de ella.
—Me ha alegrado el
día le susurra tan quedo que quizá ella no lo oye. Hace una inclinación, y otra
hacia Avram Davidovich.
¿Son imaginaciones
suyas, o ha visto antes en algún lugar al hombre de la pelliza de piel de
cordero, al hom¬bre de la gorra calada que, después de haberse detenido al otro
lado de la calle a ver cómo unos obreros descar¬gaban ladrillos de una carreta,
se vuelve ahora igual que él en dirección hacia la calle Svechnoi?
Y el azúcar. ¿Por qué
pidió azúcar, entre todas las co¬sas que podía haber pedido?
Escribe una nota
dirigida a Apollon Maykov.
«Me encuentro en
Petersburgo y he visitado la tum¬ba», escribe. «Gracias por haberse hecho cargo
de todo. Gracias también por la gran amabilidad que tuvo con P. a lo largo de
los años. Estoy eternamente en deuda con usted.» Firma la nota con una D.
Sería fácil acordar
un encuentro discreto, pero no de¬sea poner en un compromiso a su viejo amigo.
Maykov, generoso siempre, lo entenderá de sobra, se dice: estoy de luto, y las
personas de luto rehúsan la compañía de los demás.
Es una buena
disculpa, pero es mentira. No está de luto. Ni siquiera se ha despedido de su
hijo, pues aún no ha renunciado a su hijo. Muy al contrario, quiere que su hijo
regrese a la vida.
Escribe a su esposa:
«Aún está en su habitación. Tiene miedo. Ha perdido su derecho a estar en el
mundo, pero el otro mundo es frío, es tan frío como los espacios que separan
las estrellas, y allí no se es bien recibido». Tan pronto concluye la carta, la
rompe. Carece de sentido; es además una traición hacia lo que queda entre su
hijo y él.
Su hijo está dentro
de él, un niño muerto en una caja de hierro, en la tierra helada. No sabe cómo
resucitar a ese niño, o bien —al final, da lo mismo— carece de vo¬luntad para
hacerlo. Está paralizado. Incluso cuando ca¬mina por la calle se considera paralizado.
Todos los gestos que hace con las manos tienen la lentitud de un hombre
congelado. No tiene voluntad; mejor dicho, su voluntad se ha solidificado, como
una piedra que ejerce todo su peso sordo para arrastrarlo a la inmovi¬lidad y
al silencio.
Sabe qué es la pena.
Esto no es pena. Esto es la muerte, una muerte que llega antes de estar en
sazón, que llega no para abrumarlo y devorarlo, sino que llega simplemen¬te
para estar con él. Es como un perro que hubiese venido para quedarse a vivir
con él, un perro grande y gris, ciego y sordo, y estúpido, inconmovible. Cuando
duerme, el perro duerme; cuando despierta, el perro despierta; cuan¬do sale de
la casa, el perro se arrastra tras él.
Sigue pensando con
pereza, pero también con insis¬tencia, en Anna Sergeyevna. Cuando piensa en
ella, piensa en ágiles dedos que cuentan monedas. Las monedas, las puntadas con
que cose, ¿qué representan?
Se acuerda de una
joven campesina que vio una vez a la puerta del convento de Santa Ana, en Tver.
Estaba sentada con un bebé muerto en brazos, apartando de sí a las personas que
intentaban arrebatarle el minúsculo ca¬dáver, sonriendo beatíficamente, sonriendo
de hecho igual que santa Ana.
Son recuerdos como
hilachas de humo. Una valla de juncos en mitad de ninguna parte, gris y
quebradiza, y la hilacha de una figura que se cuela entre los juncos, pla¬na,
ingrávida, la figura de un muchacho de blanco. Una aldea en la estepa, un
arroyo y dos o tres árboles, una vaca con la esquila al cuello, el humo que
asciende al cielo. La espalda del más allá, el fin del mundo. Un mu¬chacho que
va y viene entre los juncos, de un lado a otro, en una metamorfosis suspendida,
una figura expia¬toria.
Son visiones que
vienen y van, veloces, efímeras. No tiene dominio de sí mismo. Con cuidado,
aparta el papel y la pluma al extremo más alejado de la mesa y se sujeta la
cabeza entre las manos. Si voy a desmayarme, piensa, que sea por lo menos
estando en mi puesto.
Otra visión. Junto a
un pozo, una figura que le acerca a los labios un cuenco de agua; él es un
viajero a punto de partir; sobre el brocal, los ojos ya están abstraídos, ya
es¬tán en otra parte. El roce de una mano contra una mano. El cariño de ese
tacto. «¡Adiós, viejo amigo!» Y se va.
¿Por qué esta
persecución lenta y pesada, campo a tra¬viesa, en pos del rumor de un fantasma,
del fantasma de un rumor?
Porque yo soy él.
Porque él es yo. Hay ahí algo que pretendo aferrar: el momento previo a la
extinción, cuando la sangre aún fluye, el corazón todavía late. El corazón, ese
buey fiel que da vueltas a la piedra del molino, que levanta no tanto una
mirada a hurtadillas, una mirada de desconcierto cuando el hacha está alzada en
el punto más alto, pero acepta el golpe y se dobla sobre las patas y expira. No
es el olvido final, sino el momento anterior, el momento en que llego jadeando
a ti, ante el brocal del pozo, y nos miramos el uno al otro por última vez, a
sabiendas de que estamos vivos, compartiendo esta vida, nuestra única vida.
Todo lo que me queda por aprehender es el momento de esa mirada, una mirada de
saludo y despedida al mismo tiempo, más allá de las dis¬cusiones y las súplicas
«Hola, viejo amigo. Adiós, viejo amigo.» Los ojos secos. Las lágrimas hechas
cristal.
Te sostengo la cabeza
entre mis manos. Te beso la fren¬te. Te beso los labios.
La regla: una mirada,
solamente una; no vale mirar de nuevo. Pero yo vuelvo a mirar.
Estás junto al pozo,
el viento te alborota el cabello, no un alma, sino un cuerpo rarificado,
elevado a su prime¬ra, segunda, tercera, cuarta, quinta esencia, mirándome con
los ojos de cristal, sonriendo con labios dorados.
Siempre vuelvo a
mirar. Quedo absorto para siempre en tu mirada. Un campo de puntos de cristal
que bailan y parpadean, y yo soy uno de ellos. Las estrellas del cie¬lo, las
hogueras que les responden desde la llanura. Dos dominios que se hacen señales
uno al otro.
Se duerme sobre la
mesa, y pasa durmiendo el resto de la tarde. A la hora de cenar, Matryona llama
a la puerta, pero él no despierta. Las dos cenan sin él.
Mucho más tarde,
después de que la niña se haya acos¬tado, aparece vestido para salir a la
calle. Anna Sergeyevna, sentada de espaldas a él, se vuelve ligeramente.
—Entonces, ¿va a
salir? —dice ¿no tomará un poco de té antes de irse?
Hay en ella cierto
nerviosismo, pero la mano que le ofrece la taza es firme.
No lo invita a
sentarse. Se toma el té en silencio, de pie ante ella.
Hay algo que él desea
decir, pero le da miedo no ser capaz de sacárselo de dentro, e incluso le da
miedo ve¬nirse abajo otra vez delante de ella. No tiene ningún do¬minio de sí
mismo.
Deja la taza vacía
sobre la mesa y le apoya una mano sobre el hombro.
—No —dice ella
sacudiendo la cabeza, apartándose de su mano— Yo no hago así las cosas.
Lleva el cabello
recogido en la nuca con un pesado pa¬sador de esmalte. Él suelta el pasador y
lo deja sobre la mesa. Ahora ella ya no se resiste; menea el cabello hasta que
le cae suelto sobre los hombros.
–Todo lo demás vendrá
después, lo prometo dice él. Es consciente de su edad; en su voz ni siquiera
nota esa mordiente de tono erótico ante la cual las mujeres en otros tiempos
respondían en el acto. En cambio, hay algo a lo cual no se preocupa de dar nombre.
Un instru¬mento resquebrajado, una voz que ha vuelto a cambiar por segunda
vez—. Todo —repite.
Ella lo mira a la
cara con una atención y una honradez que no dejan margen al error. Luego pone
su labor a un lado. Escurriéndose entre las manos de él, desaparece tras la
cortina de la alcoba.
El espera, sin saber
qué hacer. No ocurre nada. Deci¬de seguirla atravesando las cortinas.
Matryona está
profundamente dormida, con los labios entreabiertos y el cabello rubio
extendido sobre la almo¬hada como un nimbo. Anna Sergeyevna tiene el vestido a
medio desabrochar. Con un gesto y una mirada atrave¬sada, en la que sin embargo
hay un toque de picardía, le ordena que salga.
Él se sienta a
esperar. Ella sale con la combinación, descalza. Se le marcan las venas
azuladas de los pies. No es una mujer joven; no es una inocente en el acto de
en¬tregarse. Pese a todo, cuando él le toma las manos, las siente frías y
temblorosas. No está dispuesta a mirarle a los ojos.
—Fiodor Mijailovich
—susurra—, quiero que sepa que esto es algo que no había hecho nunca.
Lleva una cadena de
plata al cuello. Con el dedo, él si¬gue el trazo de la cadena hasta llegar al
pequeño crucifi¬jo. Lo toma y se lo acerca a ella a los labios; cálidamente y
sin titubear ella lo besa. Pero cuando él intenta besarla, ella aparta la cabeza.
—No, ahora no
—susurra.
Pasan la noche juntos
en el cuarto de su hijo. Lo que sucede entre ellos sucede a oscuras de
principio a fin. Cuando hacen el amor, a él le asombra sobre todo el ca¬lor que
desprende el cuerpo de ella. No es en modo al¬guno como lo había imaginado. Es
como si tuviera las entrañas en llamas. A él le excita intensamente, y le
ex¬cita también estar haciendo con ella algo tan férvido y tan arriesgado con
la niña dormida en la habitación contigua.
Se queda dormido. En
mitad de la noche, despierta junto a ella, en la estrecha cama de su hijo.
Aunque está exhausto, intenta despertar en ella el deseo. Ella no le responde.
Cuando se le impone, se ha convertido en algo inerte entre sus brazos.
En el acto no hay
nada que él pueda llamar placer, sensación siquiera. Es como si estuvieran
haciendo el amor a través de una sábana, a través de la sábana grisá¬cea y
desgarrada de su pena. En el momento del clímax, él se arroja de vuelta al
sueño como si se hubiese arroja¬do a un lago. Al hundirse, Pavel asciende para
encon¬trarse con él. La cara de su hijo está deformada de pura desesperación:
le estallan los pulmones, sabe que se está muriendo, sabe que ya no hay ninguna
esperanza, llama a su padre porque eso es lo último que puede hacer, lo último
que le queda en este mundo. Esa es la visión que en su fealdad extrema se
abalanza sobre él, que sale des¬de el vórtice de las tinieblas hacia el cual
desciende desde dentro del cuerpo de la mujer. Le estalla en la cara, le posee,
se acelera.
Cuando despierta ya
es de día. La vivienda está desierta.
Pasa el día sumido en
una febril impaciencia. Al pen¬sar en ella se estremece de deseo igual que un
joven. Pero lo que le posee no es esa douceur que sentía como un nudo en la
garganta veinte años atrás. Se siente más bien como una hoja o una semilla a merced
de una fuer¬za brutal, como una semilla alada y arrastrada por un vendaval
desacordado, zarandeada hasta la náusea por encima del océano.
A la hora de la cena,
Anna Sergeyevna está serena, muy dueña de sí misma, distante; limita sus
atenciones a la niña, escucha con todos los sentidos la dispersa narra¬ción del
día en la escuela. Cuando tiene que dirigirse a él, es cortés, pero reservada y
fría. Esa frialdad no hace más que inflamarlo. ¿Cómo puede ser que las ávidas
mi¬radas que hurta al cuello de su madre, a sus labios y a sus brazos, pasen
del todo inadvertidas para la niña?
Aguarda el silencio
que le indique que Matryona se ha ido a la cama. En cambio, a las nueve en
punto se apaga la luz de al lado. Espera otra media hora, y luego media hora
más. Luego, con la vela protegida por la mano, des¬calzo, sale sigilosamente.
La vela proyecta enormes som¬bras oscilantes. La deposita en el suelo y cruza
hacia la alcoba.
En la penumbra
adivina a Anna Sergeyevna en el lado más lejano de la cama, de espaldas a él,
con los brazos gra¬ciosamente por encima de la cabeza, como los de una
bai¬larina, con el negro cabello suelto. En el lado más próxi¬mo, acurrucada y
con el pulgar en la boca, con un brazo abandonado sobre su madre, está
Matryona. Tiene la in¬mediata impresión de que está despierta, de que lo
observa a la vez que custodia a su madre, pero cuando se inclina sobre ella
descubre que respira profunda y regularmente.
Susurra su nombre:
—¡Anna!
Ella no se mueve.
Vuelve a su cuarto
intentando calmarse. Existen razo¬nes muy sólidas, se dice, por las cuales esta
noche tal vez prefiera dormir sola. Pero él se encuentra más allá de donde
alcanza su propio poder de persuasión.
Por segunda vez llega
de puntillas hasta la alcoba. Nin¬guna de las dos se ha desperezado. Tiene de
nuevo la cu¬riosa sensación de que Matryona lo está observando. Se acerca más.
No se equivocaba:
fija la vista en dos ojos abiertos, que no parpadean. Le recorre un escalofrío.
Duerme con los ojos abiertos, se dice. Pero no es verdad. Está despierta, y lo
ha estado en todo momento, con el pul¬gar en la boca, ha estado observando cada
uno de sus movimientos vigilante, sin tregua. Mientras él la mira conteniendo
la respiración, a ella parecen doblársele le¬vemente hacia arriba las comisuras
de los labios en una sonrisa victoriosa, una sonrisa de murciélago. Además,
tiene el brazo extendido, no abandonado, sobre la cade¬ra de su madre. También
le recuerda un ala.
Pasan juntos una
noche más, después de la cual se cierra el portón. Es ella la que se acerca a
su cuarto cuando ya es tarde y sin previo aviso. Una vez más, a través de ella,
ingresa en las tinieblas y se adentra en las aguas donde flota a la deriva su hijo
entre otros ahogados. «No tengas miedo», eso desea murmurarle. «Yo estaré
contigo, yo hendiré contigo la amargura.»
Despierta abierto de
piernas y de brazos sobre ella, con los labios cerca de su oído.
—¿Sabes dónde he
estado? susurra. Ella se sale de de¬bajo de él—. ¿Sabes adonde me has llevado?
En él existe el
apremio incontenible de mostrarle al muchacho, de enseñárselo en plena
primavera de su po¬derío, con sus ojos centelleantes y su mentón preciso, con
su boca deliciosa. Desea vestirlo de nuevo con el traje blanco, desea que la
voz profunda y clara se oiga de nuevo saliendo de su pecho. «¡Mira qué tesoro
se pierde el mun¬do!», desea exclamar. «¡Mira sin qué nos quedamos!»
Ella le da la
espalda. Él acaricia su larguísimo muslo con apremio, de arriba abajo. Ella lo
detiene.
—Debo irme —dice, y
se levanta.
A la noche siguiente
no regresa, permanece con su hija. Él le escribe una carta y la deja sobre la
mesa. Cuan¬do se levanta por la mañana, la vivienda está desierta y la carta
sigue en su sitio, sin que nadie la haya abierto.
Visita la tienda. La
encuentra en el mostrador, pero nada más verlo se desliza en la trastienda y
deja que sea el viejo Yakovlev quien le despache.
A última hora de la
tarde él la espera a la salida, y la si¬gue hasta su casa como si fuera un
salteador de caminos. La alcanza a la entrada.
—¿Por qué me rehuyes?
—No le estoy
rehuyendo.
La toma del brazo.
Está a oscuras, ella lleva una cesta, no se puede soltar. Se aprieta contra
ella y aspira el aro¬ma a castaño de su cabello. Intenta besarla, pero ella
aparta los labios, y le roza la oreja. En la presión de su cuerpo no hay nada
que le responda. La desgracia, pien¬sa: es así como se cae en la desgracia.
Se hace a un lado,
pero por la escalera de nuevo la al¬canza.
—Una palabra más
—dice—. ¿Por qué?
Ella se vuelve hacia
él.
—¿Es que no salta a
la vista? ¿Tengo que decirlo con todas las letras?
—¿Qué salta a la
vista? Nada salta a la vista.
—Estaba sufriendo.
Estaba usted suplicando.
Él se retrae.
—Eso no es verdad.
—Estaba necesitado de
cariño. No hay por qué aver¬gonzarse. Pero ahora está hecho. No le haría ningún
bien seguir así, y a mí tampoco me hará bien ser utiliza¬da de este modo.
—¿Utilizada? ¡Yo no
te estoy utilizando! ¡Nada más le¬jos de mi intención!
—Me está utilizando
para llegar a otra persona. No se altere. Solo pretendo explicarme, no acusarlo
de nada. No quiero dejarme arrastrar más lejos. Usted tiene su propia esposa.
Debería esperar hasta que esté de nuevo con ella.
Su propia esposa.
¿Por qué mete a su esposa en esto? ¡Mi mujer es demasiado joven! Eso es lo que
quiere decir. ¡Es demasiado joven para mi! Pero ¿cómo va a decir tal cosa?
Sin embargo, lo que
ella le dice es verdad, es más verdad de lo que ella misma imagina. Cuando
regrese a Dresde, la esposa que lo reciba con un cálido abrazo habrá cam¬biado,
quedará teñida por la huella que él se lleve de esta viuda sutil y dotada del don
de la sensualidad. Mediante su esposa estará intentando llegar a esta mujer,
igual que a través de esta mujer intenta alcanzar... ¿a quién?
¿Le delata lo que
está pensando? Con un súbito y eno¬jado sonrojo, ella se suelta a tirones de la
mano con que él la sujeta de la manga y sube las escaleras dejándolo plantado.
El la sigue, se
encierra en su cuarto e intenta apaci¬guarse. Los latidos de su corazón van más
despacio. ¡Pavel!, susurra una y otra vez, usando la palabra como un hechizo.
Pero lo que llega no es la forma de Pavel, sino la de ese otro: la de Sergei
Nechaev.
Ya no puede seguir
negándolo: empieza a abrirse un abismo entre el muchacho muerto y él. Está
furioso con Pavel, furioso por sentirse traicionado. No le sorprende que Pavel
se dejara arrastrar hacia los círculos radicales, ni tampoco le extraña que no
dijera ni palabra en sus cartas. Pero Nechaev es otra cuestión. Nechaev no es
un estudiante exaltado, no es un joven nihilista. Es el mon¬gol que ha quedado
inscrito en el alma de Rusia, des¬pués de que el más grande nihilista de todos
los nihilistas se retirase a los desiertos de Asia. ¡Y Pavel, precisamente
Pavel, un simple soldado raso en su ejército!
Recuerda un panfleto
que se titulaba «Catecismo de un revolucionario», que circuló por Ginebra y fue
atribuido a Bakunin, aunque su inspiración e incluso su expresión fuesen
claramente de Nechaev. «El revolucionario es un hombre condenado», así
empezaba. «No se interesa por nada, no tiene sentimientos, no tiene lazos que
le unan a nada, ni siquiera tiene nombre. En él, todo está absor¬bido por una
pasión única y total la revolución. En las profundidades de su ser ha roto
amarras con el orden ci¬vil, con la ley y la moralidad. Si sigue viviendo en
socie¬dad, es solo con la idea de destruirla » Y más adelante decía: «No espera
misericordia alguna. Todos los días está dispuesto a morir».
Está dispuesto a
morir, no espera misericordia, qué fácil es decir esas palabras. ¿Qué niño
podría comprender ple¬namente su significado? Pavel no, desde luego; puede que
tampoco Nechaev, ese joven que no ama ni es amado.
Regresa ahora un
recuerdo del propio Nechaev, de pie y a solas en un rincón del salón donde se
celebró la recepción en Ginebra, fulminando a todos con la mira-da, engullendo
la comida como un lobo. Menea la cabeza, intenta suprimirlo, «¡Pavel, Pavel!»,
susurra llamando al ausente.
Un golpe en la
puerta. La voz de Matryona,
–¡La hora de cenar!
En la mesa hace un
esfuerzo por ser agradable. Maña¬na es domingo: sugiere una excursión a la isla
de Petrovski, donde por la tarde habrá una banda de música y atracciones de
feria, Matryona está deseosa de ir. Para su sorpresa, Anna Sergeyevna consiente.
Dispone encontrarse
con ellas a la salida de la iglesia. Por la mañana, cuando sale de la vivienda,
tropieza con un bulto que hay en el portal, un mendigo que duerme tapado por
una manta raída y mohosa. Suelta un impro¬perio; el hombre gime y se incorpora.
Llega a San Gregorio
antes de que termine la misa. Mientras las espera en el pórtico, aparece ese
mismo mendigo con los ojos enrojecidos, maloliente. Se vuelve hacia él.
–¿Es que me está
siguiendo? —le interpela. Aunque no están ni a dos palmos uno del otro, el mendigo hace como que no lo oye, como que
no lo ve. Molesto, le repite la pregunta. Los fieles van saliendo y los miran
con curiosidad.
El hombre se aleja
renqueando. A media manzana de distancia se detiene, se apoya contra una pared,
finge un bostezo. No lleva guantes; hace uso de la manta bien en¬rollada para
protegerse las manos.
Aparecen por la
puerta Anna Sergeyevna y su hija. Hay una larga caminata hasta el parque,
primero por Voznesenskv Prospekt y luego por la orilla de la isla de
Vasilevski. Antes incluso de llegar al parque sabe que ha cometido un error, un
estúpido error. El quiosco de la banda está desierto, el campo que circunda el
estanque de los patinadores solo está ocupado por las gaviotas que se pasean de
un lado a otro. Pide disculpas a Anna Sergeyevna —Tenemos muchísi¬mo tiempo, ni
siquiera es mediodía —responde ella con buen animo— ¿Damos un paseo?
Su buen humor le
sorprende, más le sorprende que ella le tome del brazo. Con Matryona al otro
lado de Anna Sergeyevna echan a caminar a paso largo por los campos. Una
familia, piensa bastaría con un cuarto miembro para estar al completo. Como si
le hubiese leí¬do el pensamiento, Anna Sergeyevna le aprieta el brazo.
Pasan junto a un
rebaño de ovejas apiñadas cerca de un juncal. Matryona se aproxima a ellas con
un puñado de hierba, el rebaño se dispersa al verla llegar. Del juncal sale un
pastor, un chiquillo, que la regaña. Por un instante es como si sus palabras fuesen
demasiado duras. Luego, el chiquillo lo piensa mejor, Matryona vuelve adonde
es¬tán las ovejas.
El ejercicio le da un
gracioso rubor en las mejillas. Todavía llegara a ser una gran belleza, piensa
él, romperá mil corazones.
Se pregunta qué
pensaría su mujer. Hasta la fecha, las indiscreciones que él ha cometido han
venido seguidas por el remordimiento, pisándole los talones al remordi¬miento,
por una voluptuosa necesidad de confesar. Esas confesiones a su esposa, de
expresión torturada aunque vagas en lo que se refiere a los detalles, la han
confundido primero y la han enfurecido después, endemoniando su matrimonio mas
aun que las infidelidades mismas.
Pero en este caso en
concreto no siente ni atisbo de culpa. Por el contrario, tiene la invencible
sensación de es¬tar en su pleno derecho. Se pregunta qué es lo que oculta esa
sensación de estar en su derecho, pero la verdad es que no lo quiere saber. Por
el momento, basta con que haya algo parecido a la alegría en su corazón.
Perdóname, Pavel, susurra para sus adentros. Pero de nuevo nota que no va en
serio.
Si dispusiera de mi
vida de nuevo, piensa, si fuese jo¬ven otra vez. Y quizá también se dice: ¡dispusiera de la posibilidad de usar la
vida, de la juventud que Pavel desperdició…!
¿Y la mujer que
camina a su lado? ¿Lamenta ella ese impulso por el cual se entregó a él? Si eso
nunca hubiera ocurrido, la excursión de hoy podría señalar el inicio de un
cortejo como es debido, ya que eso es lo que sin duda desea la mujer ser
cortejada, halagada, persuadida, conquistada. Incluso cuando se rinde, lo que
desea es rendirse no con franqueza, sino en una deliciosa bruma de confusión,
resistiendo sin resistirse, cayendo, si, pero sin que sea la suya una caída
irrevocable. No caer y vol¬ver después entre los caídos, rehecha, virginal,
lista para ser halagada y para volver a caer. Un juego con la muer¬te, un juego
de resurrección.
¿Que haría ella si
supiera lo que él está pensando? ¿Encerrarse en si misma, rechazar el ultraje?
¿Sería ese gesto parte del juego?
La mira a
hurtadillas, y en ese instante lo entiende con todas las de la ley yo podría
amar a esta mujer. Más que el tirón del cuerpo, siente lo que solo sabe
calificar de afi¬nidad con ella. Los dos comparten una misma clase, una misma
generación. Y de repente caen en su debido lu¬gar todas las generaciones Pavel
y Matryona y su esposa Anna a un lado, él y Anna Sergeyevna al otro. Los niños
frente a los que no son niños, los que tienen edad sufi¬ciente para reconocer
en los juegos del amor el primer paladeo de la muerte. De ahí la urgencia de
aquella no-che, de ahí el calor. Ella fue en sus brazos como Juana de Arco
presa de las llamas el espíritu que lucha contra sus ataduras mientras el
cuerpo arde y se consume. Una lu¬cha contra el tiempo. Algo que un niño o una
niña ja¬más podrían comprender.
—Pavel dijo que
estuvo usted en Siberia.
Sus palabras lo
sobresaltan y ponen punto final a su ensoñación.
Diez años. Allí
conocí a la madre de Pavel, en Semipalatinsk. Su marido era aduanero, murió
cuando Pavel tenía siete años. Ella también murió, hace ya unos cuan¬tos años.
Supongo que se lo habrá dicho Pavel.
—Y entonces se volvió
a casar.
—Sí. ¿Qué dijo Pavel
al respecto?
—Solamente dijo que
su esposa es joven.
—Mi esposa y Pavel
son más o menos de la misma edad. Vivimos los tres juntos durante un tiempo, en
una vivienda de la calle Meshchanskaya. No fue una época feliz para Pavel;
sentía cierta rivalidad con mi esposa. De hecho, cuando le dije que íbamos a
casarnos, se le acer¬có y le advirtió con bastante seriedad, le dijo que yo era
demasiado viejo para ella. Después, muchas veces se re¬fería a sí mismo en
tercera persona; se refería a sí mismo y decía el huérfano: «Al huérfano le
apetece otra tostada», «El huérfano no tiene dinero», etcétera. Fingimos que se
trataba de un chiste, pero no lo era. Era buena muestra de un hogar sobre todo
perturbado.
—Me lo puedo
imaginar, pero es fácil sentir simpatía por él, desde luego que sí. Tuvo que
haber sentido que lo estaba perdiendo a usted.
—¿Cómo iba a haberme
perdido? Desde el día en que me convertí en su padre, no le fallé ni una sola
vez ¿Es que le estoy tallando ahora?
—Por supuesto que no,
Fiodor Mijailovich, pero los niños, ya se sabe, son muy posesivos. Pasan por
fases de celos, como todos los demás. Y cuando estamos celosos, inventarnos
historias en contra de nosotros. Estimulamos nuestros sentimientos, nos asustamos
casi sin darnos cuenta.
Basta con girar muy
levemente sus palabras, como si fueran un prisma, para darles otro ángulo y
para que re¬flejen un sentido muy distinto. ¿Es eso lo que pretende?
Él lanza una mirada a
Matryona. Lleva unas botas nue¬vas, con forro de borrego que le sobresale por
los bor¬des. Al apisonar la hierba húmeda, al clavar los tacones, deja tras de
sí un rastro de huellas dentadas. Tiene frun¬cido el ceño a tuerza de concentración.
—Dijo que lo
utilizaba para llevar mensajes.
Lo atraviesa una
puñalada de dolor. ¡Así que Pavel se acordaba!
—Sí, es cierto. El
año antes de que nos casáramos, el día de su onomástico, le pedí a Pavel que
llevase un rega¬lo mío a mi prometida. Fue un error del que me arre¬pentí
después. Lo lamenté profundamente, y fue inex¬cusable. Lo hice sin pensar ¿Fue
lo peor?
—¿Lo peor?
—¿Le habló Pavel de
alguna cosa peor que esa? Me gustaría saberlo, al menos para que cuando pida
perdón sepa de qué soy culpable.
Ella lo mira con
extrañeza.
—Esa no es una
pregunta justa, Fiodor Mijailovich. Pa¬vel atravesaba por episodios de gran
soledad. El se ponía a hablar, yo lo escuchaba. Iban saliendo las historias, no
siempre historias agradables. Una vez abierto su pasado, tal vez podría
entonces dejar de dolerse por todo ello.
—¡Matryona! —él se
vuelve hacia la niña—. ¿Te dijo Pa¬vel alguna cosa ..?
Pero Anna Sergeyevna
le interrumpe.
—Estoy segura de que
no —dice, y se vuelve hacia él con delicadeza, pero con furia. ¡A una niña no
puede hacerle preguntas como esa!
Se detienen y se
miran uno al otro en medio del cam¬po. Matryona aparta la mirada con el ceño
fruncido, los labios muy apretados. Anna Sergeyevna lo fulmina con la mirada.
—Empieza a hacer frío
—dice—. ¿Volvemos?
7
MATRYONA
No las acompaña a
casa, y esa noche cena en una taber¬na. En la trastienda se juega una partida
de cartas. Pasa un rato mirando, bebe algo, no juega. Es bastante tarde cuando
regresa a la vivienda a oscuras, al cuarto vacío.
A solas, con el ánimo
solitario, se concede una punza¬da de nostalgia, no del todo desagradable en sí
misma, por Dresde y por la cómoda regularidad de la vida allí, donde tiene una
esposa que guarda celosamente su inti¬midad y que organiza el día a día de la
familia alrededor de sus costumbres.
En el número 63, no
logra sentirse como en casa, y nunca podrá sentirse como en casa. No solo es el
inquilino más transitorio, no solo es su excusa para alojarse allí tan oscura
para los demás como para él, sino que nota además la tensión implícita de vivir
en tan reducido espacio, con una mujer de humor voluble y una niña que con
demasiada facilidad podría empezar a tener por ofensiva su sola presencia
física en la vivienda. En com¬pañía de Matryona tiene aguda conciencia de que
sus ropas empiezan a oler mal, de que su piel está reseca y se le desescama, de
que las placas dentales que lleva puestas entrechocan y hacen un ruido
desagradable cuando ha¬bla. Además, sus hemorroides le causan interminables
molestias. La férrea complexión que le sirvió para aguan¬tar en Siberia empieza
a resquebrajarse; el espectáculo de su decrepitud puede ser tanto más
desapacible para una niña, bastante melindrosa con la limpieza, a cuyos ojos ha
suplantado además a un ser de fuerza y belleza divinas. Cuando sus compañeros de
juegos le pregunten por ese fúnebre visitante que se niega en redondo a
re¬coger sus pertenencias y a marcharse, ¿qué contestará?, se pregunta.
Estaba usted
suplicando cuando piensa en las palabras de Anna Sergeyevna, se estremece. Mira
que haber sido en todo momento simple objeto de compasión...! Se arro¬dilla,
apoya la cabeza sobre la cama, intenta hallar el ca¬mino de la isla de Yelagin,
el camino que le lleve a Pavel, a su fría tumba. Pavel al menos no le volverá
la espalda. En Pavel puede confiar, en Pavel y en el gélido amor de Pavel.
El padre, mera copia
desvaída de lo que fue el hijo. ¿Cómo ha podido contar con que una mujer que
con¬templó al hijo investido por el orgullo de sus mejores tiempos mire al
padre con benevolencia?
Recuerda las palabras
de un compañero de prisión en Siberia: «¿Por qué se nos da la vejez, hermanos?
¿Por qué? Para que al final podamos empequeñecernos tanto como para pasar a
rastras por el ojo de una aguja» Sim¬ple sabiduría campesina.
Se arrodilla e
implora, pero Pavel no acude. Suspiran¬do, por fin se acuesta en la cama.
Despierta desbordado
por la sorpresa. Aunque aún es de noche, se siente como si hubiese descansado
durante siete noches con sus días. Se siente renovado, invencible; los tejidos
mismos de su cerebro le parecen recién lava¬dos. Apenas logra contenerse. Es
como un niño la ma¬ñana de Pascua, que espera en ascuas a que la casa entera se
despierte para compartir con todos su alegría. Quiere despertar a ella, a la
mujer, quiere que los dos bailen por toda la vivienda: «¡Cristo ha
resucitado!». Eso es lo que tiene ganas de gritar, y tiene ganas de oírla
contestar: «¡Cristo ha resucitado!», y de que ella haga chocar so¬noramente su
huevo de Pascua contra el suyo. Quiere que los dos bailen, que den vueltas y
más vueltas con los huevos pintados, que Matryona haga lo propio to¬davía con
el camisón puesto, con el sueño en los ojos, tropezando feliz entre las piernas
de los dos adultos, y que el espíritu del muerto entreteja también sus idas y
ve¬nidas entre ellos, torpón, con los pies grandes, sonrien¬te: como niños reunidos,
recién nacidos, libres de la tumba. Y sobre la ciudad rayará el alba, y
cantarán los gallos en todos los patios para dar la bienvenida al nue¬vo día.
¡Asoma la alegría
como raya el alba! Pero no es más que un instante. No es solamente que las
nubes comien¬cen a surcar este cielo nuevo, radiante, es como si en el instante
mismo en que sale el sol con todo su esplendor, apareciese también otro sol
antagónico que se deslizara por delante del sol. La palabra presagio atraviesa
su mente con todo su influjo siniestro y ominoso. El sol naciente no ha salido
con todas las de la ley, sino para sufrir el eclipse nada más, la alegría
resplandece solo para revelar cómo ha de ser la aniquilación de la alegría.
De un solo gesto
presuroso salta de la cama. Los minu¬tos que siguen se extienden ante él como
un oscuro pai¬saje a través del cual ha de escabullirse. Debe vestirse y salir
de la vivienda antes de que descienda sobre él la vergüenza del ataque; debe
encontrar un sitio que no esté a la vista, un sitio desde el cual no puedan
oírlo las personas decentes, donde pueda capear el episodio de la mejor manera
posible.
Sale. El corredor
está negro como boca de lobo. Ex¬tiende los brazos como un ciego y llega a
tientas hasta el rellano de la escalera, sujetándose allí a la balaustrada,
paso a paso empieza a descender los peldaños. En el re¬llano de la segunda
planta se apodera de él una oleada de terror, un terror sin sentido. Se agacha
en un rincón y se sujeta la cabeza. Le huelen las manos a algo que ha toca-do,
pero no se las frota. Que venga, piensa con desespe¬ración. Yo he hecho todo lo
que he podido.
Se oye un grito cuyo
eco sacude la caja de la escalera, tan fuerte y tan aterrador que arranca del
sueño a los que duermen. En cuanto a él, no oye nada. Ya no está, ya no le
queda tiempo.
Cuando despierta,
está envuelto en una oscuridad tan intensa que nota como si le presionara las
órbitas de los ojos. No tiene idea de dónde está, no sabe quién es. Es pura
vigilia, pura conciencia: eso es todo. Es como si hubiese nacido hace un
minuto, como si hubiera nacido en un mundo en el que la noche no da cuartel.
Calma, dice esa
conciencia para sus adentros, inten¬tando sofocar su propio pánico: ya has
estado antes en otras parecidas; aguarda, que algo volverá.
Un cuerpo cae a
plomo, una caída libre en su espacio interior. Ese cuerpo es él. El paso
vertiginoso del aire: él es quien percibe ese paso vertiginoso. Una garganta
asfi¬xiada de terror: él es esa garganta.
Que muera, piensa.
¡Que muera!
Procura mover un
brazo, pero el brazo está atrapado bajo su cuerpo. Estúpidamente intenta
liberarlo a tiro¬nes. Algo huele mal, tiene húmeda la ropa. Como el hielo que
se forma en el agua, los recuerdos por fin em¬piezan a coagularse: quién es,
dónde está. Junto con el recuerdo, le invade el deseo urgente de irse muy lejos
de este lugar, antes de ser descubierto en plena ignominia.
Estos ataques son el
fardo que arrastra consigo por el mundo. A nadie ha confesado jamás cuánto
tiempo se pasa al acecho de las premoniciones, en un intento por leer los
signos que las anuncien. ¿Por qué esta maldi¬ción?, grita en su interior,
golpea la tierra con el cayado, exige a la roca que le dé una respuesta. Pero
él no es Moisés, la roca no se resquebraja. Tampoco sus trances le dan acceso a
la iluminación: no son visitaciones. Lejos de serlo, no son nada: bocanadas de
su propia vida que son arrebatados como si los sorbiera un torbellino que no
deja a su paso siquiera un recuerdo de tinieblas.
Se yergue y recorre a
tientas el último tramo de la es¬calera. Tiembla, tiene helado todo el cuerpo.
Raya el alba cuando sale por fin a la intemperie. Ha vuelto a nevar. Sobre el
manto de nieve se ha posado un halo es¬carlata que titila. El color no está en
la nieve; está en su mirada y no puede desprenderse de él. Se le mueve
con¬vulso y de forma tan irritante un párpado que termina por apretárselo con
la mano helada. Le duele la cabeza como si dentro tuviera un puño que se
abriese y se ce¬rrase, se abriese y se cerrase. Ha perdido el gorro por la
escalera.
Con la cabeza
descubierta y las ropas sucias, avanza trabajosamente por la nieve camino de la
pequeña iglesia del Redentor que está cerca del puente de Kameny, y allí se
resguarda hasta estar seguro de que Matryona y su madre han salido de la
vivienda. Entonces regresa, ca¬lienta un poco de agua, se desnuda y se lava.
También lava sus calzoncillos y los cuelga a secar en el lavadero. ¡Qué suerte
que Pavel no tuviera que sufrir esta enfer¬medad indigna, qué suerte que no
nació de mí! La ironía de sus palabras revienta entonces con fuerza, contra él,
y tiene que apretar los dientes hasta que rechinan. La cabeza le retumba de
dolor, el halo encarnado aún lo colorea todo. Se tiende con el batín puesto y
se estreme¬ce hasta quedar adormecido.
Una hora después
despierta enojado e irritable. Es como si largos conos de dolor le entrasen por
los ojos y le llegaran hasta el fondo del cráneo. Tiene la piel como el papel,
muy sensible al tacto.
Desnudo bajo el
batín, recorre la vivienda de Anna Sergeyevna abriendo los cajones, mirando los
armarios. Todo está en orden, primorosamente limpio y recogido.
En uno de los
cajones, envuelto en un paño de pana, encuentra un retrato de Anna Sergeyevna.
Es mucho más joven, y está al lado de un hombre; supone que es el impresor
Kolenkin. Endomingado, con sus mejores prendas, Kolenkin parece adusto y
demacrado, fatigado y viejo. ¿Qué clase de matrimonio vivió con él esa mu¬jer
aún joven, morena, guapa y vehemente? ¿Por qué está ese retrato guardado en un
cajón? Al dejarlo en su sitio, ensucia adrede el cristal del retrato, dejando
su hue¬lla dactilar sobre el rostro del muerto.
De niño, espiaba a
las personas que visitaban su casa e invadía subrepticiamente su privacidad. Se
trata de una debilidad que hasta ahora ha relacionado con su negativa a aceptar
los límites de lo que está permitido saber, con la lectura de libros prohibidos,
y por tanto con su voca¬ción. Hoy, de todos modos, no se siente propenso a ser
caritativo consigo mismo. Está subyugado por un espíri¬tu de maldad
insignificante, y de sobra lo sabe. Lo cierto es que rebuscar de este modo en
las pertenencias de Anna Sergeyevna mientras ella está fuera le produce un
voluptuoso estremecimiento de placer.
Cierra el último
cajón y sigue dando vueltas sin des¬canso, sin saber qué hacer a continuación.
Abre la maleta de
Pavel y se pone el traje blanco. Has¬ta hoy se lo ha puesto como gesto hacia el
muchacho muerto, como gesto de desafío y de amor. Ahora, vién¬dose en el
espejo, solamente encuentra una sórdida im¬postura, algo soterrado y obsceno,
cuyo lugar propio queda más allá de las puertas cerradas con llave, más allá de
las ventanas tapadas por las cortinas, donde hay hombres que se ponen pelucas y
que desnudan sus traseros para ser azotados.
Pasa de mediodía y
aún le duele la cabeza. Se tumba un rato, cubriéndose los ojos con un brazo,
como si qui¬siera protegerse de un golpe. Todo le da vueltas; tiene la
sensación de caer en una negrura infinita. Cuando vuel¬ve en sí ha perdido de
nuevo toda idea de quién es. Co¬noce la palabra yo, pero mientras la mira con
terquedad se convierte en algo tan enigmático como una roca en medio del
desierto.
No es más que un
sueño, piensa; en cualquier mo¬mento despertaré y de nuevo estaré bien. Por un
instan¬te se le permite creer. Luego la verdad le estalla encima y lo abruma.
Cruje la puerta, se
abre una rendija y Matryona se aso¬ma. Está claramente sorprendida de verlo.
—¿Está enfermo? —le
pregunta frunciendo el ceño.
El no se esfuerza por
responder.
—¿Por qué se ha
puesto ese traje?
—Si no me lo pongo
yo, ¿quién se lo va a poner?
Un destello de
impaciencia brilla en su cara.
—¿Conoces la historia
del traje de Pavel? dice él.
Ella niega con la
cabeza.
El se incorpora y le
hace un gesto para que se siente a los pies de la cama.
—Ven. Es una larga
historia, pero te la voy a contar. Hace dos años, cuando yo aún estaba en el
extranjero, Pavel se fue a vivir con su tía en Tver. Solamente iba a pasar el
verano. ¿Sabes dónde está Tver?
—Está cerca de Moscú.
—Sí, está en el
camino de Moscú. Es un pueblo bas¬tante grande. En Tver vivía un oficial del
ejército ya ju¬bilado, un capitán, cuya hermana le atendía y se ocupa¬ba de él.
La hermana se llamaba María Timofeyevna. Era una lisiada. También estaba un
poco tocada de la cabeza. Un alma cándida, solo que incapaz de cuidar de sí
misma.
Se percata de lo
deprisa que adopta los ritmos del rela¬to, igual que un motor de pistones, que
no puede ejecu¬tar otro movimiento.
—El capitán, el
hermano de María, era por desgracia un alcohólico. Cuando se emborrachaba, le
daba por mal¬tratarla. Y después no se acordaba de lo que había hecho.
—¿Qué le hacía?
—Le pegaba, eso era
todo. Le pegaba a la antigua, como se ha pegado siempre a las mujeres en Rusia.
Ella no se lo echaba en cara. Es posible que, en su sencillez, inclu¬so pensara
que el mundo es así: un lugar en el cual te pegan.
Dispone de toda su
atención. Da otra vuelta de tuerca.
—Al fin y al cabo,
así es como un perro tiene que ver el mundo. O un caballo ¿Por qué iba a verlo
María de otra manera? Un caballo no entiende que ha venido a este mundo para
tirar de una carreta. Solo piensa que está aquí para ser golpeado. Piensa que la
carreta es un enor¬me objeto al cual está atado, de forma que no pueda es¬capar
mientras se le golpea.
—No... —susurra ella.
Él lo sabe, la niña
rechaza con toda su alma la visión del mundo que él está ofreciendo. Ella
quiere creer en la bon¬dad, pero su creencia es indecisa, no tiene
flexibilidad. El no siente piedad de ella. ¡Esto es Rusta!, tiene ganas de
de¬cirle, de imponerle las palabras a la fuerza, restregándoselas por la cara.
En Rusia, nadie puede permitirse ser una flor delicada. En Rusia, para ser flor
hay que ser una bardana o un diente de león.
—Un día, el capitán
fue de visita. No es que fuera muy amigo de la tía de Pavel, pero de todos
modos fue de vi¬sita, y llevó también a su hermana. Quizá hubiera estado
bebiendo. Pavel no estaba en casa en ese momento.
»Otro visitante que
había venido desde Moscú, un jo¬ven que no estaba al corriente de la situación,
trabó conversación con María y logró que se mostrase más co¬municativa. Puede
que solamente lo hiciera por cortesía, pero tal vez lo hizo por maldad. María
se excitó y su imaginación empezó a jugarle una mala pasada. Confió a este
visitante que estaba comprometida o, como dijo ella, "prometida".
"Y, dígame, ¿es su novio de la re¬gión?", preguntó el visitante.
"Sí, es de por aquí cerca", repuso ella, dedicando a la tía de Pavel
una sonrisa tími¬da y coqueta. Ten en cuenta que María era una mujer bastante
alta, desgarbada, con voz estridente, de ninguna manera joven, ni mucho menos
guapa.
»Para mantener las
apariencias, la tía de Pavel tuvo que hacer como que la felicitaba, y fingió
felicitar además al capitán. Este, cómo no, había montado en cólera con su
hermana, y tan pronto llegaron a su casa, la golpeó sin misericordia.
—Entonces, ¿no era
verdad?
—No, no era verdad
nada más que en su imaginación. Y de pronto salió a la luz que el hombre con el
que ella se había convencido de que se iba a casar era nada me¬nos que Pavel.
No tengo ni idea de dónde pudo sacar esa ocurrencia. A lo mejor es que un día
él le sonrió, o puede que le hiciera un cumplido sobre su sombrero; Pavel era
de corazón afable, y esa era una de sus cualida¬des más gratas, ¿verdad? Y ella
tal vez se volviera a su casa soñando con él, y en un abrir y cerrar de ojos
soña¬se que estaba enamorada de él y que él la correspondía con su amor.
Mientras habla, mira
a la niña de soslayo. Está agitada, y por un instante incluso llega a meterse
el pulgar en la boca.
—Puedes imaginarte
cómo se lo pasaron en Tver a cuen¬ta de María y de su pretendiente fantasma.
Pero ahora deja que te hable de Pavel. Cuando Pavel se enteró de lo que se
contaba, fue directamente a encargar un traje blanco muy elegante. Y en cuanto
lo tuvo hecho fue a visitar a los Lebyatkin, con su traje blanco y con un ramo
de flores, creo que eran rosas. Y aunque el capitán Lebyatkin no se lo tomó al
principio de buen grado, Pa¬vel lo conquistó enseguida. A María la trató con
mucha consideración, con gran cortesía, como un perfecto ca¬ballero, aunque
todavía no había cumplido veinte años. Siguió visitándoles durante todo el
verano, hasta que se marchó de Tver para volver a Petersburgo. Fue una lec¬ción
para todo el mundo, una lección de auténtica caba¬llerosidad. Fue una lección
también para mí. Así era Pa¬vel. Y esa es la historia del traje blanco.
—¿Y María?
—¿María? María aún
vive en Tver, al menos por lo que yo sé.
—Pero ¿lo sabe?
—¿Que si sabe lo que
le ha ocurrido a Pavel? Lo más seguro es que no.
—¿Por qué se quitó la
vida?
—¿Tú crees que se
quitó la vida?
—Mamá dice que se
quitó la vida.
—Nadie se quita la
vida, Matryosha. Uno puede poner su vida en peligro, pero nadie puede matarse
de veras. Es más probable que Pavel decidiera correr un riesgo para averiguar
si Dios lo amaba lo suficiente y si estaba dis¬puesto a salvarle. Hizo a Dios una
pregunta: ¿me salva¬rás? Y Dios le dio su respuesta: No. Dios dijo: muere.
—¿Dios lo mató?
—Dios dijo que no lo
iba a salvar. Dios podría haberle dicho que sí, que lo salvaría, pero prefirió
decir que no.
—¿Por qué? —susurra.
—Él le dijo a Dios,
si me amas, sálvame. Si estás ahí, sálvame. Pero solo encontró el silencio. Y
dijo después: se que estás ahí. Me
juego la vida a que me salvarás. Y Dios siguió sin decir nada. El añadió por
muy callado que estés, sé que me oyes. Voy a correr el riesgo ¡ahora! E hizo su
apuesta. Y Dios no apareció. Dios no in¬tervino.
—¿Por qué? —susurra
de nuevo.
Él le sonríe con su
fea sonrisa, torcida y barbuda.
—Pues ¿quien sabe? A
lo mejor a Dios no le gusta que le tienten. Quizá el principio de que Dios no
ha de ser tentado es mas importante para el que la vida de uno de sus hijos. O
quizá la razón sea sencillamente que Dios anda algo duro de oído. A estas alturas.
Dios debe de ser viejísimo, por lo menos tan viejo como el mundo, o tal vez
mas. A lo mejor es duro de oído, a lo mejor también le falla la vista, tomo a
cualquier viejo
Ella se siente
derrotada. No hay más preguntas. Ahora está preparada, piensa él. Y da unas
palmadas sobre la cama.
Cabizbaja, se acerca
a el. El la abarca con un solo brazo, la siente temblar. Le acaricia el pelo,
las mejillas. Por últi¬mo, ella cede al impulso y, apretándose contra el,
cerran¬do los puños bajo el mentón, solloza sin contenerse.
—No lo entiendo—
solloza ¿Por que tema que morir?
A el le gustaría
decirle no ha muerto, está aquí, yo soy él. Pero no puede.
Piensa en la semilla
que siguió viviendo un tiempo en el cuerpo después de que cesara la
respiración, sin saber aún que nunca iba a encontrar salida.
—Se que tú lo
quieres— murmura él con aspereza. El lo sabe también. Tienes un gran corazón.
¿Si esa semilla
pudiera haber sido arrebatada al cuerpo, aunque nada mas fuera una, y si se le
hubiese dado un hogar?
Piensa en una pequeña
estatua de terracota que vio en el museo etnográfico de Berlín, era Shiva, el
dios indio, tendido de espaldas, muerto, azulado, mientras sobre él cabalgaba
la imagen de una diosa terrible, de múltiples brazos y de ancha boca, de ojos
fijos, en éxtasis cabalga¬ba sobre el para extraerle de dentro la divina
semilla.
No le cuesta imaginar
el éxtasis de esta criatura. Su imaginación parece no tener límites.
Piensa en un bebé
helado, muerto, enterrado en un ataúd de hierro, bajo un montón de tierra
nevada, a la espera del invierno, a la espera de la primavera.
La violación no va
más allá, la niña amparada por su brazo, los cinco dedos de su mano, blancos y
entumeci¬dos, la sostienen por el hombro. Pero igual podría estar tendida,
desnuda, abierta de piernas. Una de esas niñas que se entregan porque su
inclinación natural no es otra que ser buenas, someterse. Piensa en las niñas
pros-titutas que ha conocido aquí y en Alemania, piensa en los hombres que
buscan a esas niñas, porque bajo el ma¬quillaje llamativo y bajo las ropas
provocativas encuen¬tran algo que los ultraja, una especie de inviolabilidad,
una virginidad intacta. Así prostituye a la Virgen, suele de¬cir ese hombre al
reconocer el sabor de la inocencia en el gesto con que la niña se cubre los
pechos con ambas manos para que él la vea, o en el movimiento con que separa
los muslos. En el reducido cuarto, con sus olores rancios, ella despide un
débil y desesperado aroma de primavera, de flores, que el no puede soportar.
Delibe¬radamente, con los dientes apretados, le hace daño, y le hace daño otra
vez, y otra, mirándolo en todo momento a la cara, en busca de algo que vaya más
allá de una sim¬ple mueca, de un mero gesto de dolor en busca de esa mirada
repentina, atónita, del ser que comienza a enten¬der que su vida corre peligro.
La visión, el acceso,
el rictus de la imaginación por fin termina. La apacigua por última vez, retira
el brazo, en¬cuentra una manera de estar con ella parecida a la de antes.
—¿No va a hacer una
hornacina? —dice ella.
—No lo había pensado.
—Puede hacer una
hornacina fácilmente, en esa esqui¬na, con una vela. Luego, basta con poner su
retrato. Si quiere, yo mantendré la vela encendida mientras usted no esté aquí.
—Una hornacina se
hace para que permanezca por siempre, Matryosha. Y tu madre querrá alquilar el
cuar¬to cuando yo me haya marchado.
—¿Cuándo se va a
marchar?
—Aún no estoy seguro
—dice evadiéndose de la trampa que ella le tiende. El llanto por un ser
querido, sobre todo por un niño, no termina nunca. ¿Es eso lo que quieres que
diga? Pues lo digo. Es verdad.
Ya sea porque ella
nota que ha cambiado de tono, o porque él le ha tocado la fibra más sensible,
la niña se asusta notoriamente.
—Si tú murieses, tu
madre te lloraría durante el resto de su vida. Y yo también— añade,
sorprendiéndose ense¬guida por lo dicho.
¿Es verdad? No, aún
no lo es, pero quizá esté a punto de serlo.
Entonces, ¿puedo
encender una vela por él?
—Sí, claro que
puedes.
—¿Y puedo mantenerla
encendida?
—Sí. Dime una cosa.
¿Por qué es tan importante la vela?
Incómoda, la niña se
retuerce.
—Pues para que no
esté a oscuras —dice por fin.
Es curioso, pero así
es como algunas veces también lo ha imaginado él. Un barco en la mar, una noche
tor¬mentosa, un muchacho que cae al agua. Manotea entre las olas, se mantiene a
flote como sea; el muchacho grita aterrorizado respira y grita, respira y grita
después de que el barco que ha sido su hogar deje de serlo del todo.
A popa hay un farol
en el que fija la vista, un ápice de luz en una desolación de agua y noche.
Mientras alcance a ver esa luz, se dice, no estaré perdido.
—¿Puedo encender la
vela ahora? —pregunta ella—
—Como quieras Pero todavía no pondremos el retrato ahí.
Todavía no.
Ella enciende una
vela y la coloca bajo el espejo. Lue¬go, con una confianza que a él le pilla
totalmente des¬prevenido, vuelve a la cama y apoya la cabeza contra su brazo.
Juntos contemplan la llama de la vela. Desde la calle llegan los ruidos de los
niños que juegan abajo. Sus dedos se cierran sobre el hombro de la niña, la
estrecha con fuerza hacia sí. Siente cómo se pliegan sus jóvenes huesos, uno
sobre otro, tal como se pliega el ala de un ave.
8
I VANO V
Ingresa en el sueño
tal como ingresa en el sueño cada noche, con la intención de hallar un camino
que le lleve a Pavel. Solo que esta noche se despierta casi de inme¬diato, a lo
que parece cuando oye una voz, una voz es¬cueta hasta el punto de resultarle
descarnada, que llama desde la calle ¡Isaev!, llama la voz una y otra vez, con
paciencia.
El viento en los
juncos, eso debe de ser, se dice, y vuelve a rodar agradecido por la pendiente
del sueño. Es verano, sopla el viento en los juncos, el cielo está azul,
moteado solamente por algunas nubes altas, y él va de paseo por la orilla del
riachuelo, silbando, lleva un bas¬tón en la mano con el que a veces acaricia
perezosamen¬te los juncos. El canto de unos pájaros tejedores. Se de¬tiene, se
queda quieto, a la escucha. También cesa el canto de las chicharras, solo se
oye su respiración pausa¬da y los juncos mecidos por el viento ¡Isaev!, llama
el viento.
Se sobresalta y se
despierta del todo. Es la hora más honda de la noche, la casa entera está en
silencio. Se acerca a la ventana, mira la luz de la luna y las sombras, espera
a que se oiga de nuevo la llamada. Y por fin la oye. Tiene el mismo tono, la misma
extensión, la misma inflexión que la palabra que aún le resuena en los oídos,
pero no es una voz humana. Es el desdichado gemir de un perro.
No es Pavel, pues,
que llama para ser recogido; no es más que algo que no le incumbe, un perro que
aúlla lla¬mando a su padre. Bien, pues que sea el padre del perro, quien quiera
que sea, el que salga a desafiar el frío y las tinieblas para tomar en brazos a
ese niño grosero y ma¬loliente. Que sea él quien lo apacigüe, quien le cante
nanas para arrullarle y adormecerlo.
El perro vuelve a
aullar. Nada remite a las llanuras de¬siertas, a la luz plateada, es un perro,
no un lobo. Es un perro, no su hijo ¿Por lo tanto? Por lo tanto, tiene que
sobreponerse a este letargo! Como no es su hijo, no debe volver a la cama, sino
vestirse y responder a esa lla¬mada. Si acaso espera que su hijo llegue a él
como un la¬drón envuelto por la noche, y si solamente atiende la lla¬mada del
ladrón, no lo verá nunca. Si cuenta con que su hijo hable con la voz de lo
inesperado, nunca lo oirá. Mientras espere lo que no se espera, lo que no se
espera no llegará. Por lo tanto una paradoja dentro de otra, la oscuridad
envuelta por las tinieblas, debe responder a lo que no se espera.
Desde el tercer piso
le había parecido que sería fácil encontrar al perro, pero cuando llega a la
calle se siente confuso ¿Venían los aullidos de la izquierda o de la derecha?
¿No vendrían quizá del patio de uno de los edifi¬cios próximos? ¿De qué edificio?
¿Y qué de los aullidos, que ahora parecen no solo más cortos, más graves, sino
también de un timbre diferente, casi como si ni siquiera fuesen los mismos,
sino tal vez otros gritos?
Busca por aquí y por
allá, hasta que encuentra el calle¬jón que utilizan los barrenderos por las
noches. En un recoveco del callejón por fin encuentra al perro. Está atado a
una cañería por una frágil cadena, la cadena se le ha enredado en una de las
patas delanteras, y tira de ella con torpeza cada vez que se tensa. Cuando se
aproxima, el perro se retira todo lo que puede, gimiendo sin cesar. Aplana las
orejas, se postra, se tumba de espaldas.
Es una perra. Se inclina sobre ella y desenrolla la cadena. Los perros
olfatean el miedo, pero incluso con el frío que hace nota él ese terror fétido
del perro. Le acaricia detrás de la oreja. Aún de espaldas, tímidamente le lame
la mano.
¿Será esto lo que
tendré que hacer durante el resto de mis días?, se pregunta. ¿Mirar a los ojos
a los perros y a los mendigos?
El perro se pone en
pie de un brinco. Aunque no le caen bien los perros, de este no se aparta, sino
que se agacha y deja que con su lengua húmeda y cálida le lama la cara, las
orejas, la sal acumulada en su barba.
Le hace una última
caricia y se pone en pie. A la luz de la luna ya no distingue su cara
vigilante. El perro da tirones de la cadena, gime ansioso por verse suelto.
¿Quién habrá sido capaz de encadenar a un perro en la calle, en una noche como
esta? No obstante, él no lo suelta. Por el contrario, bruscamente se da la
vuelta y se marcha, perseguido por los aullidos desamparados.
¿Por qué a mí?,
piensa al marcharse apresurado. ¿Por qué tengo que soportar yo las pesadas
cargas de este mundo? Por lo que atañe a Pavel, si no va a poder tener nada
más, que al menos se quede con su muerte para él solo, que su muerte no le sea
arrebatada y convertida en una ocasión para la reforma de su padre.
De nada sirve. Su
razonamiento —especioso, desprecia¬ble— no le convence ni por un momento. La
muerte de Pavel no pertenece a Pavel: eso no es más que una mala pasada que le
juega el lenguaje. Mientras siga aquí, la muerte de Pavel es su muerte. Allí
adonde vaya lleva a Pavel consigo, como un niño azulado por el frío. («¿Quién
ha de salvar al niño azulado?», le parece oír en su inte¬rior, y son palabras
quejumbrosas que vienen no sabe de dónde, en una voz cantarina, de campo).
Pavel no dirá nada,
no le dirá desde luego qué hacer. «Levanta eso que es lo último y al menos
acarícialo»: si supiera que esas palabras vienen de Pavel, las obedecería sin
pensarlo dos veces. Eso es que es lo último: ¿es lo últi¬mo ese perro
abandonado al frío? ¿Es el perro eso que ha de liberar y llevarse consigo,
cuidar y acariciar, o es acaso el asqueroso mendigo borracho del abrigo
desas¬trado que se resguarda bajo el puente? Le inunda una terrible
desesperanza que está relacionada, aunque no sepa como, con el hecho de que no
tiene ni idea de la hora que es, aunque su meollo sea la creciente certeza de
que ya nunca saldrá en plena noche para atender la llamada de auxilio de un
perro, de que esa oportunidad de abandonarse tal como es ahora y de convertirse
en lo que podría llegar a ser ya ha pasado sin que la aprovecha¬se. Soy el que
soy, piensa con desesperación, estoy enca¬denado a mí hasta el día en que me
muera. No sé qué fue lo que aleteó hacia mí, pero fui indigno, y ahora se ha
retirado y ha vuelto allá de donde vino.
Sin embargo, incluso
en el instante en que cierra la puerta sobre sí mismo se da cuenta de que sigue
exis¬tiendo una posibilidad de volver al callejón, de soltar al perro, de
llevárselo al portal del número 63, de hacerle una especie de lecho al pie de la
escalera, aunque tam¬bién sabe que una vez lo haya llevado tan lejos, el perro
insistirá en seguirle adonde vaya, y si lo encadenase de nuevo volvería a gemir
y a ladrar hasta que el edificio entero se despertase. No es mi hijo, no es más
que un perro, protesta. ¿ Qué representa para mí? Pese a todo, a la vez que
protesta sabe cuál es la respuesta: Pavel no se habrá salvado hasta que él no
haya liberado al perro, hasta que no se lo haya llevado a su cama, hasta que no
haya llevado lo último, al mendigo y a la mendiga también si hace falta, y
muchas más cosas de las que todavía no tiene no¬ción. Y ni siquiera entonces
tendrá la certeza.
Emite un gran gemido
de desesperación ¿ Qué voy a hacer? Si al menos estuviese en contacto con lo
más pro¬fundo de mi corazón, ¿no me sería dada la ocasión de saber? Pero no es
su corazón lo que ha perdido contacto con la verdad. Tampoco es la verdad —es
la otra cara del mismo pensamiento— aquello con lo que ha perdido todo
contacto, en absoluto, muy al contrario, la verdad ha estado cayéndole encima
como cae un chaparrón, sin moderación ninguna, hasta que ahora se siente
empapa¬do, ahogado en ella. Y entonces piensa (invierte el pen-samiento e
invierte la inversión, con esas artimañas je¬suíticas hay que pensar hoy en
día) me ahogo bajo lo que está cayendo, ¿qué me hace falta? Más agua más
inundación, ahogarme más al fondo.
De pie en medio de la
calle cubierta de nieve, se lleva las manos heladas a la cara, huele en ellas
el olor del perro, toca las frías lágrimas en sus mejillas, las prueba. Sal
para quienes necesitan la sal. Sospecha que no salvará al perro, ni esta noche
ni mañana por la noche, en el caso de que haya una noche más. Está esperando
una señal, y apuesta (no hay palabra más grandiosa que se atreva a usar aquí) a
que el perro no es la señal, no es ninguna señal, no es más que un perro entre
los demás perros que aúllan en la noche. Pero también sabe que mientras intente
dis¬tinguir a fuerza de astucia las cosas que solo son cosas de las cosas que
son señales, no se salvará. Esa es la lógica en virtud de la cual saldrá
derrotado, nota su férrea dureza, pero está a punto de perder los estribos,
igual que un perro encadenado que se rompe los dientes desviviéndose por roer
los eslabones. Y cuidado, cuidado, se dice el perro encadenado, el segundo
perro, nada es en sí mismo, no es iluminación, solo es semejanza animal.
Con los puños
cerrados dentro de los bolsillos, la ca¬beza gacha, las piernas rígidas como
postes, se planta en medio de la calle y siente como se le va congelando en la
barba la saliva del perro.
¿Es posible que en
este mismo instante, en el sombrío portal del número 63, alguien aceche y lo
vigile? Del cuerpo del vigilante no puede estar muy seguro, hasta ese
manchurrón de clara oscuridad que interpreta como su rostro bien podría ser
eso, una simple mancha en la pared. Pero cuanto mas tiempo pasa mirándolo, más
atentamente parece mirarle a él una cara ¿Una cara de verdad? Tiene la
imaginación repleta de hombres barbu¬dos con los ojos centelleantes, que se
ocultan en lúgu¬bres corredores. No obstante, cuando entra en la negru¬ra del
portal, la sensación de que hay otra presencia se hace tan aguda que un
escalofrío le recorre la espalda. Se detiene, contiene la respiración, escucha.
Y enciende un fósforo.
En un rincón se
agazapa un hombre que parpadea para defenderse de la luz. Aunque lleva una
bufanda de lana que le envuelve la cabeza, aunque una manta le cu¬bre los
hombros, reconoce en él al mendigo al que in¬terpeló en el pórtico de la
iglesia.
—¿Quién es usted? le
pregunta con voz quebrada— Es que no puede dejarme en paz?
Se le apaga el
fósforo. Enciende otro.
El hombre sacude la
cabeza con vehemencia. Sale de la manta una mano que aparta la bufanda a un
lado.
—A mí no me puede dar
ordenes —dice. El aire se llena de un hedor a pescado putrefacto.
Se apaga el fósforo.
Comienza a subir las escaleras pero la paradoja vuelve tediosamente a
repetirse. Espera a ese que no te esperas. Muy bien, pero ¿ha de ser tratado
como un hijo pródigo todo mendigo con el que se encuentre? ¿Ha de abrazarlo,
darle la bienvenida, celebrar su vuelta? Sí, eso es lo que diría Pascal,
apuesta a todos, a todos los mendigos, a todos los perros sarnosos, y solo así
tendrás la total segundad de que el Único, el hijo verdadero, el ladrón en la
noche, no se te escapará entre las redes. Herodes estaría de acuerdo:
asegúrate, asesina a todos los niños sin excepción.
Apostar a todos los
números... ¿sigue siendo ese el juego? Sin el riesgo, sin someterse a la voz
que habla desde otra parte con cada golpe de los dados, ¿qué queda que sea
realmente divino? Sin duda que Dios lo sabe, sin duda tendrá misericordia del
jugador de corazón. Sin duda que la esposa cuyo marido se arrodilla ante ella y
confie¬sa que se ha gastado en el juego hasta el último rublo, cuyo marido se
golpea en el pecho y besa el dobladillo de su vestido, la esposa que lo ayuda a
ponerse en pie y que le seca las lágrimas, la que sin decir palabra sale a la
casa del prestamista a empeñar su alianza de boda y vuel¬ve con el dinero
(«¡Toma!»), para que él pueda regresar a la sala de juegos y hacer una última
apuesta que lo redi¬ma de todo, sin duda que esa mujer está tocada por la
divinidad, esa mujer que se la juega apostando al hom¬bre al que no le queda
nada, una mujer que, cuando la alianza es empeñada primero y perdida después,
sale por segunda vez en una misma noche y vuelve con más di¬nero para una nueva
apuesta.
¿Está ungida por esa
divinidad la mujer de ahí arriba, esa mujer cuyo nombre parece haber olvidado
por aho¬ra, a la cual llega a confundir con aquella Gnadige Prau, con su casera
de Dresde? De ella ni siquiera sabe lo más elemental, lo primero, de ella solamente
sabe lo último, lo más secreto: solo sabe cómo se entrega. Por cómo se entrega
una mujer ¿puede adivinar un hombre cómo se entregará al dios del azar? Una
mujer así ... ¿está mar¬cada por el abandono, por un abandono tal que ya no
importa adonde la lleve, si al placer o al dolor, y que usa el cuerpo y lo
sensual como mero vehículo, que lo usa únicamente por no poder disfrutar de una
vida incorpó¬rea? ¿Existe acaso una manera de hacer el amor, una ma¬nera que
ella representa, y en la cual los cuerpos se aprie¬tan uno contra otro, dentro
y a través del otro, hasta ingresar en una oscuridad donde nada se oye, salvo
el batir de las sábanas como si fuesen alas?
Los recuerdos de las
noches que ha pasado con ella vuelven de golpe y lo alcanzan de lleno, y todo
lo que en él estaba enmarañado se endereza y apunta como una flecha hacia ella.
El deseo, con todos sus lujos, con toda su sensualidad, lo abruma Ella, piensa:
es ella, ella es quien yo quiero. Por tanto..
Por tanto, sonríe
para sus adentros, vuelve a bajar pre¬suroso la escalera y a tientas llega al
rincón donde ha anidado el hombre, el mercenario, el espía.
—Venga —dice en la
oscuridad. Tengo una cama para usted.
—Este es mi puesto, y
debo permanecer en mi puesto —replica el hombre con descaro.
Pero ahora nada va a
estropear su buena disposición.
—El que usted espera
terminará por llegar al tercer piso, se lo aseguro. Llamará a la puerta,
aguardará con paciencia a que le abran, rehusará marcharse con las ma¬nos
vacías.
Se oye un prolongado
forcejeo y un crujir de papeles.
—No tendrá más
lumbre, ¿verdad? —dice el hombre.
Enciende un fósforo;
el hombre embute atropellada¬mente sus cosas en un bolso y se pone en pie.
Tambaleándose a
oscuras, igual que dos borrachos, su¬ben las escaleras. Ante la puerta de su
cuarto le susurra al hombre que no haga ruido y lo toma de la mano para
guiarlo. Es una mano desagradable, fofa.
Una vez dentro,
enciende la lámpara. Le cuesta trabajo calcular qué edad tendrá el desconocido.
Tiene la mirada juvenil, pero el cabello ralo y algo anaranjado, la calva
pecosa y con manchas en la piel, así como su modo de conducirse, le hacen
pensar en alguien agostado por los años y las desgracias.
—Me llamo Ivanov,
Piotr Alexandrovich dice el hom¬bre a la vez que amaga un taconazo, haciendo
una des¬mañada reverencia— Funcionario, jubilado.
Hace un gesto hacia
la cama.
—Acomódese —le dice.
—Seguramente se
estará preguntando— dice el hombre a la vez que prueba el lecho— cómo es
posible que una persona de mi posición termine por ser vigilante. Así es como
lo llamamos en mi medio vigilar. —Se tiende en la cama y se estira.
Tiene el incómodo
presentimiento de haberse enreda¬do con uno de esos mendigos que, incapaces de
hacer juegos malabares o de tocar el violín, se sienten en la obli¬gación de
corresponder a las limosnas relatando la histo¬ria de su vida.
—Por favor, no
levante la voz dice—. Y quítese los za¬patos.
—Usted es el hombre
cuyo hijo fue asesinado, ¿verdad? Mi más profunda condolencia. Algo sé de lo
que siente. Ojo, no todo, pero sí una parte. Yo he perdido dos hijos. Me fueron
arrancados de los brazos, ¿sabe? Fiebre me¬níngea, así lo llaman los médicos.
Mi esposa nunca se ha recuperado de un golpe tan terrible. Y es que podrían
haberse salvado los dos, con que solo hubiésemos tenido dinero para pagar a un
buen médico. Una tragedia, desde luego, aunque ¿a quién le importa? Hoy en día
hay tra¬gedias por todas partes. La tragedia se ha convertido en moneda
corriente. Se incorpora. Si siguieras mi con¬sejo, Fiodor Mijailovich, y confío
en que no te importe que apeemos el tratamiento, si quieres saber cuál es el
consejo de uno que ha pasado, por así decir, por la piedra de amolar, cede a tu
pena, no la resistas, llora como una mujer. Ese es el gran secreto de las
mujeres, eso es lo que les da ventaja sobre los hombres como nosotros. Saben
cuándo ceder, cuándo echarse a llorar. Nosotros, tú y yo, no lo sabemos. Aguantamos,
embotellamos la pena dentro de nosotros, la encerramos a cal y canto, hasta que
se convierte en el mismísimo demonio. Y en¬tonces nos da por cometer alguna
estupidez, solo con tal de librarnos de la pena, aunque no sea más que un par
de horas. Sí, cometemos alguna estupidez que luego habremos de lamentar durante
toda la vida. Las mujeres no son así, porque conocen el secreto de las
lágrimas. Tenemos que aprender del sexo débil. Fiodor Mijailovich; tenemos que
aprender a llorar. Fíjate: a mí no me avergüenza llorar. El mes que viene se
cumplirán tres años desde que sobrevino la tragedia ¡Y no me avergüenza llorar!
Es cierto que las
lágrimas le ruedan por las mejillas. Se las frota con el puño, pero le siguen
rodando. Mientras habla, parece que no tenga ninguna dificultad para llo¬rar. A
decir verdad, parece incluso bastante animado.
—A veces pienso que
lloraré por mis niños durante el resto de mis días —añade.
Mientras Ivanov habla
de sus «niños», él se distrae ¿Será que la gente le cuenta sus historias
simplemente por ser escritor? ¿Es que se piensan que él no tiene sus propias
historias que contar? Está fatigado; no se ha mi¬tigado del todo el dolor de
cabeza. Sentado en la única silla, mientras empiezan a piar los pájaros ahí
fuera, está desesperado por dormir, o desesperado, a decir verdad, por la cama
que ha cedido al otro.
—Ya hablaremos más
tarde —le interrumpe con caute¬la—. Ahora, duerme. Si no, ¿que sentido
tiene...?
—¿Esta obra de
caridad? —concluye Ivanov taimadamen¬te—. ¿Es eso lo que ibas a decir?
Él no contesta.
—Permíteme
tranquilizarte, porque no tienes que aver¬gonzarte de la caridad continúa con
un punto de dul¬zura. Desde luego que no. Es igual que la pena, y de la pena no
tienes por qué avergonzarte. Tanto una como otra son impulsos generosos. Parece
como si nos rebaja¬sen estos impulsos generosos que a veces tenemos, pero la
verdad es que nos exaltan. Y Él los ve, Él anota cada uno de estos impulsos
nuestros, pues no en vano ve has¬ta lo más recóndito de nuestros corazones.
Con ímprobo esfuerzo
logra entreabrir los párpados. Ivanov está sentado en la cama, con las piernas
cruzadas como si fuese un ídolo. Qué charlatán, piensa. Cierra los ojos. Cuando
despierta, Ivanov sigue ahí mismo, es¬tirado sobre la cama, con las manos unidas
bajo una me¬jilla, durmiendo a pierna suelta. Tiene la boca abierta; entre los
labios, pequeños y rosados como los de un niño, le sale un delicado ronquido.
Hasta muy avanzada la
mañana permanece con Ivanov. Ivanov, el comienzo de lo inesperado, piensa
¡veamos, pues, adonde nos lleva lo inesperado! Hasta ahora, nunca había
transcurrido el tiempo tan lentamente. Nunca había estado el aire tan
desprovisto de revelaciones. Por fin, hastiado, despierta al hombre.
—Hora de irte, tu
turno ha terminado dice.
Ivanov parece ajeno a
la ironía. Está despejado, anima¬do; ha descansado bien.
—¡Uh! —bosteza—.
¡Antes debo ir al lavabo! Y luego, al volver—: No tendrás nada que compartir
para desayunar, ¿verdad?
Conduce a Ivanov a la
vivienda. Su desayuno está pre¬parado y la mesa puesta, pero él no tiene
apetito. A Iva¬nov le brillan los ojillos, una gota de saliva le baja por el
mentón. Pero come con decoro, y sorbe la taza de té con el meñique extendido y
ganchudo. Cuando termi¬na, se arrellana y suspira contento.
—¡Cuánto me alegro de
que nuestros caminos se hayan cruzado! comenta. El mundo puede que sea frío y
de¬sabrido, Fiodor Mijailovich, como seguramente sabes por experiencia propia.
No me estoy quejando, cuidado. Cada cual tiene lo que se merece, en el sentido
más ele¬vado de la palabra. No obstante, a veces me pregunto si no mereceremos
también, todos y cada uno, un refugio donde podamos beneficiarnos de la piedad.
Lo planteo como simple pregunta, como interrogación filosófica. Aun cuando no
figure en las Escrituras, ¿no es propio del espíritu de las Escrituras? ¿No nos
merecemos lo que no nos merecemos? Dime, ¿qué te parece?
—Sin duda, pero esta
vivienda por desgracia no me pertenece. Ya es hora de que te marches.
—Solo tardo un
momento; permíteme una última ob¬servación. No fue hablar por no callar, y tú
lo sabes bien, lo que te dije anoche, aquello de que Dios ve has¬ta lo más
recóndito de nuestros corazones. Puede que no sea yo un santurrón como Dios
manda, pero eso no me impide decir la verdad. La verdad puede llegarnos, bien
lo sabes, por caminos tortuosos y llenos de misterios. Se golpea con dos dedos
en la frente, con un ges¬to intencionado. Nunca llegaste a soñar, ¿a que no?,
la primera vez que me viste, que un buen día íbamos a es¬tar juntos los dos,
tomando un té como dos personas ci¬vilizadas. Sin embargo, ¡aquí estamos!
—Lo lamento, pero no
te sigo; tengo la cabeza en otras cosas. Ahora de veras tienes que irte.
—Sí, tengo que irme.
Yo también tengo obligaciones que cumplir. —Se levanta, se echa la manta sobre
los hombros como si fuera un capote, le tiende una mano. Adiós. Ha sido todo un
placer conversar con un hombre tan culto.
—Adiós.
Le alivia librarse de
él, pero persiste en su cuarto un olor viciado, nauseabundo. A pesar del frío,
tiene que abrir la ventana.
Media hora más tarde
alguien llama a la puerta de la vivienda. ¡No será ese hombre otra vez!,
piensa, y abre la puerta con una mueca de hostilidad.
Ante él se encuentra
una niña, una muchacha bastante gorda, con un vestido oscuro, como el que
llevan las no¬vicias. Tiene la cara redonda e inexpresiva, y los pómu¬los tan
saltones que los ojos se le quedan casi escondidos en las cuencas. Lleva el
pelo recogido hacia atrás, muy tirante, en una coleta corta.
—¿Es usted el
padrastro de Pavel Isaev? le pregunta con voz sorprendentemente grave. El
asiente. Ella entra y cierra la puerta—.
—Yo era amiga de
Pavel —anuncia. El se espera el pésame de rigor, pero este no llega. En cambio,
la muchacha se cuadra delante de él, con los brazos pega¬dos a los costados, y
lo mira de hito en hito, desprende un aire de sosiego impasible y vigilante, el
sosiego de un luchador en espera de que empiece el combate. El pecho le sube y
le baja con una respiración uniforme.
—¿Puedo ver qué ha
dejado? —dice por fin.
—Ha dejado muy poca
cosa. ¿Puedo saber cómo se lla¬ma usted, joven?
—Katri. Aunque sea
muy poca cosa, ¿puedo verlo? Es la tercera vez que vengo de visita. Las otras
dos veces, su estúpida casera no quiso dejarme entrar. Pero confío en que usted
no sea tan cerril como ella.
Katri. Un nombre
finés. Ella también parece finesa.
—Estoy seguro de que
la casera tiene razones de peso. ¿Conocía usted bien a mi hijo?
Ella no responde a la
pregunta.
—¿Se da usted cuenta
de que fue la policía la que mató a su hijastro? dice con desenvoltura. El
tiempo se detiene. Él oye cómo le late el corazón.
—Lo mataron ellos, y
luego hicieron correr por ahí el bulo del suicidio. ¿Qué pasa, no me cree? Si
no quiere, no tiene por qué creerme.
—¿Por qué lo dice?
—susurra él con sequedad.
—¿Por qué? Porque es
verdad. ¿Por qué, si no?
No es solo que sea
beligerante; es que además co¬mienza a inquietarse. Ha empezado a balancearse
rítmi¬camente, desplazando el peso de un pie a otro, y mueve los brazos a la
vez. A pesar de su complexión robusta, da cierta sensación de agilidad. ¡No es
de extrañar que Anna Sergeyevna no quisiera saber nada de ella!
—No—sacude la
cabeza—. Lo que haya dejado mi hijo es un asunto privado, de familia. Haga el
favor de expli¬carme, si tiene la amabilidad, a qué se debe su visita.
—¿Hay algunos
papeles?
—Había papeles, pero
ya no queda ninguno. ¿Por qué lo pregunta?
—añade ¿Es usted una de las agentes de Nechaev?
La pregunta no la
desconcierta. Al contrario, sonríe, enarca las cejas y le muestra los ojos a
las claras por vez pri¬mera son unos ojos chispeantes, triunfantes. ¡Por
supuesto que es una de las agentes de Nechaev! Una guerrera: su balanceo no es
más que el inicio de una danza de gue¬rra, la danza de alguien que se muere de
ganas por ir a la guerra.
—Si lo fuese, ¿usted
cree que se lo diría? replica con una carcajada.
—¿Sabe que la policía
tiene esta casa vigilada?
Ella le mira
fijamente, balanceándose ahora de delante hacia atrás, como si lo retase a que
descubriera algo en su mirada.
—Hay un hombre ahí
abajo. Está ahí en todo momen¬to— insiste él.
—¿Dónde?
—Usted no ha reparado
en su presencia, pero puede es¬tar segura de que el sí se ha fijado en usted.
Finge ser un mendigo.
Su sonrisa se ilumina
y se ensancha hasta delatar que se esta divirtiendo.
—¿De veras piensa que
un simple espía de la policía es tan listo como para descubrirme? —dice ella. Y
hace algo sorprendente. Se recoge el dobladillo del vestido y da dos pasos,
para dejar al descubierto unos sencillos zapa¬tos negros, con calcetines blancos
de algodón.
Tiene razón, piensa
podría tomársela por una niña, pero una niña sometida sin embargo al dominio de
un diablo. El diablo que hay en ella se retuerce, brinca, in-capaz de estarse
quieto.
—¡Ya basta! dice él
con firmeza— Mi hijo no dejo nada para usted.
—¡Su hijo! ¡Su hijo!
¡Si no era hijo suyo!
—Es mi hijo y siempre
lo será. Ahora le ruego que se vaya. Estoy harto de esta conversación.
Abre la puerta y le
indica el camino. Al marcharse, la muchacha tropieza adrede contra él. Es como
si chocase contra un cerdo.
No hay ni rastro de
Ivanov cuando sale después por la tarde, ni tampoco cuando regresa. ¿Debería
importarle? Si el cometido de Ivanov es ver sin ser visto, ¿por que debería ver
el a Ivanov? Aun cuando en la charada que se repre¬senta Ivanov solo desempeñase
el papel de ángel del Señor —un ángel que lo es solo en virtud de no serlo en
absolu¬to, ¿por qué iba a ser su papel encontrar al ángel? Que sea el ángel
quien venga a llamar a mi puerta, se dice, y yo no fallaré, yo le daré cobijo,
con eso basta para cumplir mi parte del trato. Sin embargo, incluso al
decírselo se percata de que se esta mintiendo, de que está a su alcance, pues
tiene el poder requerido de eximir a Ivanov total y absolu¬tamente de su frío
puesto de vigilante.
Por eso vacila y
titubea, sin saber qué hacer, hasta que no le queda más remedio que bajar al
portal y buscar al hombre. Pero el hombre no está en el portal, ni tampo¬co en
la calle, ni en ninguna parte. Suspira aliviado. He hecho lo que he podido,
piensa.
Pero en el fondo sabe
que no es así. Podría hacer bas¬tante mas, mucho más.
9
NECHAEV
Al día siguiente va
por los alrededores del mercado, cuando delante de sí atisba la figura
rechoncha, casi esfé¬rica, de la muchacha finesa. No va sola. A su lado se
en¬cuentra una mujer alta y flaca, que camina tan deprisa que la finesa tiene
que ir a saltos para no quedarse atrás.
Acelera el paso.
Aunque por momentos las pierde de vista entre el gentío, no le han tomado
demasiada venta¬ja cuando entran en una tienda. Al entrar, la mujer más alta
echa un vistazo a la calle en derredor. A él le llama la atención el azul de
sus ojos, la palidez de su piel. Su mi¬rada pasa por encima de él sin
detenerse.
Cruza la calle y se
entretiene a la espera de que salgan de la tienda. Pasan cinco, diez minutos.
Tiene frío.
La placa de latón
anuncia el Taller La Fay, o La Fée, sombrerería de señoras. Abre la puerta;
tintinea una campanilla. En una sala estrecha y bien iluminada, unas jóvenes de
vestido gris, todas iguales, están sentadas ante dos largas mesas de costura.
Una mujer de mediana edad se adelanta a recibirle.
—¿Monsieur?
—Una conocida mía ha
entrado aquí hace unos minu¬tos; es una joven damisela. Pensé que ... mira a su
alre¬dedor, recorre el establecimiento con los ojos, no hay ni rastro de la
finesa ni de la otra mujer—. Lo lamento, creo que me he equivocado.
Las dos costureras
más cercanas se ríen por lo bajo de su azoramiento. En cuanto a Madame La Fay,
ha perdi¬do su interés por él.
—Deben de ser las
estudiantes dice con cierto des¬dén—. Nosotras no tenemos nada que ver con las
estu¬diantes.
Vuelve a pedir
disculpas y se dispone a marcharse.
—¡Por ahí! —dice una
voz a sus espaldas.
Se da la vuelta. Una
de las muchachas señala una por¬tezuela situada a su izquierda.
—¡Por ahí!
Pasa a un callejón
tapiado, al que no se podría acceder desde la calle. Una escalera de hierro
sube a la planta su¬perior. Titubea, pero por fin asciende.
Se encuentra en un
oscuro corredor que huele a coci¬na. De una planta superior llega el sonido de
un violín carrasposo, una melodía gitana. Sigue la música, sube dos plantas más
y llega a la puerta entreabierta de una buhardilla. Llama con los nudillos. La
finesa sale a reci¬birle. Su cara impasible no da muestras de sorpresa.
—¿Puedo hablar con
usted? dice.
Ella se hace a un
lado.
El violín lo toca un
joven vestido de negro. Al ver al desconocido, se detiene a mitad de una frase,
mira rápi¬damente a la mujer más alta, recoge su gorra y, sin me-diar palabra,
se marcha.
Él se dirige a la
finesa.
—La vi por la calle y
la he seguido. ¿Podemos hablar en privado?
Ella se sienta en un
sofá, pero no le invita a sentarse. Los pies apenas le llegan al suelo.
—Hable —dice.
—Ayer hizo usted un
comentario sobre la muerte de mi hijo. Me gustaría saber algo más, aunque no
por es¬píritu de venganza. Si lo pregunto, es solo por mi propio consuelo. Es
decir, para mayor alivio mío.
Ella lo mira con
gesto burlón.
—¿Para mayor alivio
suyo?
—Quiero decir que no
he venido a Petersburgo para implicarme en ninguna clase de investigación
—continúa empecinadamente—, pero una vez dicho lo que dijo us¬ted sobre el modo
en que aconteció su muerte, ya no puedo ignorarlo. No puedo quitármelo de la cabeza.
Hace una pausa. La
cabeza le da vueltas, de repente se encuentra exhausto. Cierra los ojos y ve a
Pavel cami¬nando hacia él. Hay una joven a su lado, la joven con la que ha
decidido casarse. Pavel está a punto de decir algo, a punto de presentarle a la
joven, él está a punto de pen¬sar: ¡bien, por fin tocan a su fin todos estos
años de pa¬ternidad, por fin tiene otras manos en las que caer! A pun¬to está
de sonreír a Pavel, y en su sonrisa hay alegría, pero también alivio. Ahora
bien: ¿quién puede ser la no¬via? ¿Puede ser esa mujer tan alta (casi tan alta
como el propio Pavel), la de los ojos azules y penetrantes?
Se desembaraza de la
ensoñación. La siguiente frase que va a pronunciar ya aflora en lo que le
parece un mo¬nótono zumbido.
—Tengo con él un
deber que no puedo ni quiero rehuir —dice.
Eso es todo. Las
palabras llegan a su fin, se secan. Se hace un silencio que se alarga y se
alarga más. Hace un esfuerzo por revivir la visión de Pavel con su novia, pero
es nada menos que Ivanov quien acude a su mente, o al menos las manos de
Ivanov, esas manos pálidas, fofas, de dedos amorcillados, que emergen como
lombrices de los mitones de lana verde. En cuanto a la cara, flota empa–ada
por una neblina azufrada, sin llegar a estabilizarse lo suficiente para que su
mirada se pose en ella. La impresión que tiene, no obstante, es de una sonrisa
taimada e insistente, como si el hombre supiese algo perjudicial para él, como
si sobre todo quisiera hacerle saber que lo sabe.
Menea la cabeza e
intenta recuperar la compostura. Pero diríase que las palabras le rehuyen. Se
encuentra de pie delante de la finesa, igual que un actor que ha olvi¬dado su
papel. El silencio pende con todo su peso sobre la habitación. Es un peso o es
una paz, piensa: qué paz, desde luego, si todo quedase inmóvil, si las aves del
aire quedaran suspensas en su vuelo, si este gran planeta se suspendiera en un
punto de su órbita. No le cabe duda: un nuevo acceso viene de camino; nada
puede hacer para contenerlo. Saborea los últimos instantes de esa cal¬ma. ¡Qué
pena que la calma no pueda durar para siem¬pre! Desde muy lejos le llega un
chillido que debe de ser suyo: habrá llanto y crujir de dientes, las palabras
centellean delante de él, y después es el fin.
Cuando vuelve en sí
es como si hubiese estado en un país lejano, como si allá lejos hubiera
envejecido y enca¬necido. Pero lo cierto es que se encuentra en la misma
habitación de antes, con una mano a medio levantar. Y las dos mujeres siguen
estando con él, en las posturas que recuerda de antes, aunque la finesa tiene
ahora un aire precavido.
—¿Puedo sentarme? —
murmura como si la lengua no le cupiera en la boca.
La finesa le hace
sitio y se sienta junto a ella en el sofá, mareado, con la cabeza gacha.
—¿Sucede algo?
—pregunta la finesa.
Él no contesta. ¿Qué
quiere decir? ¿Por qué está tan cansado en todo momento? Es como si una espesa
bru¬ma se le hubiera asentado en el cerebro. Si fuera un per¬sonaje de un
libro, ¿qué diría en un momento como este, cuando está claro que es el corazón
el que habla, si es que la página no queda en blanco?
—No puedo decirle
—habla con lentitud, que triste y qué ajeno a todo me siento a su lado. El
juego a que us¬ted se dedica es un juego en el que yo no puedo partici-par. Lo
que a usted la atrae, lo que tuvo que haber atraído también a Pavel, a mí no me
atrae. Si he de ser sincero, me repugna.
Sin mediar palabra,
la joven más alta sale de la habita¬ción. El crujido de su vestido y el rastro
de un olor a lavanda cuando pasa despiertan en él un inesperado vuelco del
deseo. ¿Deseo de qué? ¿De esa muchacha? Seguro que no. Al menos no solo de
ella. Si acaso, de la juven¬tud, de lo que ha perdido para siempre, de la
libertad de las ropas sueltas, de los cuerpos desnudos. Aun así, su propia
reacción le turba. ¿Por qué aquí, por qué ahora? Será algo debido en parte al
agotamiento, pero quizá también debido a Pavel, debido a que se encuentra en el
mundo de Pavel, en el entorno erótico de Pavel.
—Me han mostrado las
listas de las personas señaladas para ser ejecutadas —dice.
La finesa lo observa
con los ojos entornados.
—Esas listas están en
poder de la policía... Espero que se dé cuenta. Se las llevaron del cuarto de
Pavel. Lo que de¬seo preguntar es si cada uno de ustedes tiene simplemen¬te un
determinado número de personas que asesinar, o si hay en esas listas personas
en concreto que están asigna¬das a cada uno de ustedes, solamente a cada uno.
Y, de ser este el caso, quiero saber si se cuenta con que estu¬dien a esas
personas antes de proceder, y que se familia¬ricen con ellas, con su vida
cotidiana. ¿Las espían uste¬des en sus casas?
La finesa intenta
decir algo, pero él empieza a recobrar la vida, y su voz se alza sobre la de la
joven.
—De ser así, ¿no se
familiarizan forzosamente con su víc¬tima más incluso de lo que sería deseable?
¿No pasan a ser como alguien que ha sido llamado de la calle, un mendigo, por
ejemplo, al que se le ofrecen cincuenta kopeks a cam¬bio de que liquide a un
pobre viejo y ciego, un mendigo que toma la soga y hace el nudo corredizo y acaricia al perro
para que se calme, que murmura dos o tres palabras, y que al hacerlo nota cómo
fluye una corriente de senti¬mientos, de modo que desde ese instante y en lo
sucesivo el perro y él ya no son desconocidos, y lo que tendría que haber sido
un simple trabajo rápido se ha vuelto la más ne¬gra de las traiciones, una
traición tal, de hecho, que el rui¬do que hace el perro cuando es ahorcado,
cuando él lo ahorca, lo obsesiona después durante días enteros, sin que pueda
olvidar ese gañido de sorpresa, que se traduce por un ¿Por qué tú? ¿No les
disuadiría semejante idea?
Mientras ha estado
hablando, la mujer alta ha regresa¬do. Se ha arrodillado en la esquina más
alejada de la ha¬bitación, doblando sábanas, enrollando un colchón. La finesa,
por otra parte, ha recobrado plenamente la vida. Sus ojos despiden chispas, se
muere de ganas de hablar. Pero él prosigue.
—Y si un simple perro
es capaz de eso, ¿qué poder de obsesionarles no tendrán los hombres y las
mujeres que ustedes se propongan liquidar? Me da la impresión de que por muy
científicamente que se seleccionen esos enemigos del pueblo, carecen ustedes de
un medio de matarlos que sea realmente eficaz, un medio que no ponga en peligro
sus propias almas. Por ejemplo: ¿quién era el propuesto para ser la primera
víctima de Pavel? ¿A quién tenía el deber de matar?
—¿Por qué lo
pregunta? ¿Por qué lo quiere saber?
—Porque me propongo
ir a casa de esa persona y arro¬dillarme ante la puerta, para dar gracias de
que Pavel nunca llegara hasta allí.
—Entonces, ¿se alegra
de que Pavel fuera asesinado?
—Pavel no está
muerto. Habría muerto, pero gracias a una inmensa fortuna huyó con vida.
Por vez primera habla
la otra mujer.
—¿No quiere venir a
sentarse aquí, Fiodor Mijailovich? —le dice a la vez que señala la mesa situada
junto a la ventana, en la cual hay dos sillas.
—Es mi hermana
—explica la finesa.
—Hermanas, sí, pero
no de los mismos padres— dice la otra. Sus risas son cómodas, naturales.
Tiene acento de
Petersburgo, tiene la voz grave. Una voz adiestrada. Le invade la sensación de
que la ha cono¬cido antes. ¿Será una cantante? ¿No la conocería enton¬ces de
los tiempos en que iba a la Ópera? No, no cabe duda de que es demasiado joven
para eso.
Ocupa una de las
sillas; ella se sienta frente a él. La mesa es estrecha; sus pies se tocan un
instante, y él cam¬bia de postura.
Aunque ella está de
espaldas a la ventana, ahora com¬prende por qué lleva tantísimo maquillaje.
Tiene la piel totalmente picada de viruela. Qué pena, se dice, no es una
belleza, pero pese a todo sigue siendo bien parecida.
El pie de ella de
nuevo toca el suyo y descansa en el suelo rozándole el interior del suyo.
Una turbadora
excitación le recorre el cuerpo. Igual que el ajedrez, piensa: dos jugadores
frente a frente, en una pequeña mesa, ejecutan sus movimientos con toda
deliberación. ¿Es esa intencionalidad lo que le excita, el pie contrario
levantado como si fuera un peón y coloca¬do frente al suyo? Y la tercera
persona, el vigilante que no ve, la inocente que mira a donde no debe: ¿también
desempeña su papel? Intencionalidad y relumbrón, un relumbrón que tiene visos
de resultar a su manera apa¬sionante. ¿Dónde habrán aprendido tanto de él, de
sus deseos?
Una cantante, una
contralto: una reina contralto.
—Usted conocía a mi
hijo —dice.
—Era un mero
seguidor, una mascota.
Está familiarizado
con este término y le duele. Una mascota: un advenedizo en los círculos
estudiantiles, útil para hacer los recados y poco más.
—Pero ¿era amigo
suyo?
Ella se encoge de
hombros.
—La amistad es algo
afeminado. No nos hace ninguna falta la amistad.
Afeminado: ¡extraña
palabra en labios de una mujer! Ya empieza a tener la sensación de que sabe más
de lo que desea saber. El pie sigue apoyado contra el suyo, pero ahora hay algo
inerte en su presión, inerte y pesa¬do, amenazador incluso. Deja de ser un pie
para ser una bota. Pavel no se prestaría a estos juegos. La visión de Pavel
vuelve en toda su intensidad: Pavel caminando ha¬cia él, con la joven al lado,
su novia, que queda sin em¬bargo ocluida. Pavel sonríe, y su sonrisa dimana una
es¬pecie de gloria. ¡Mi amigo!, piensa. Un feroz amor le retuerce el corazón. Y
esto, piensa, ¿es esto lo que he de aceptar en vez de ti, y encima conformarme?
—Si no les hace
ninguna falta la amistad, Dios les asista —murmura.
Se levanta de la mesa
y da la espalda a las dos mujeres. ¿Qué aspecto tendré?, se pregunta. No hay
espejos a su alcance. Cuando vuelve a sentarse, las lágrimas que lo amenazaban
han desaparecido.
—¿Qué hicieron con mi
hijo? —pregunta con voz apagada.
La mujer se apoya con
los codos sobre la mesa y lo traspasa con su mirada azul. A través de la capa
de ma¬quillaje, en los cráteres del mentón, descubre cañones que la cuchilla no
ha llegado a afeitar. Y la espesura de las cejas unidas sobre el puente de la
nariz es excesiva. Cualquier mujer habría optado por depilárselas, cual¬quier
mujer le habría dicho que lo hiciera. ¿Será la fine¬sa también un muchacho, un
chaval regordete? De golpe se siente asqueado por los dos.
Ella, o él, le habla.
Es Nechaev en persona, de eso no le cabe la menor duda. El disfraz se le hace
de improviso transparente. El recuerdo le llega con súbita claridad: en el
vestíbulo del salón en que se celebraba el Congreso por la Paz, durante un intermedio
entre dos sesiones, Nechaev a solas en una esquina, comiéndose como un lobo los
bocadillos, fulminando a todos con la mirada, retador en aquella sala llena de
adultos: Si, reíros si os atre¬véis, reíros del pequeño colegial. Su cara tenía
el aire de un colegial sorprendido en el retrete con los pantalones ba-jados,
vulnerable, pero desafiante. Reíros, que un buen día me devolveréis lo que me
pertenece.
Recuerda un
comentario hecho por la princesa Obolenskaya, la amante de Mrockowski: «Puede
que sea el enfant terrible del anarquismo, pero la verdad es que más le valdría
hacer algo para arreglarse la viruela».
—Teniendo en cuenta
lo que la policía hizo a su hijo—dice ahora Nechaev, me sorprende que no esté
usted encolerizado. Ya lo dice el Evangelio: ojo por ojo, dien-te por diente.
—Maldito embustero,
¡eso no está en el Evangelio! ¿Qué me está diciendo de Pavel? ¿Por qué va
vestido con ese ridículo atuendo?
—Espero que no haya
creído usted la historia del suici¬do. Isaev no se quitó la vida, eso no es más
que una pa¬traña que la policía ha puesto en circulación. No pueden aplicar la
ley en contra de nosotros, y por eso perpetran esta clase de repugnante asesinato.
Claro está que usted debe de tener sus dudas. Si no, ¿por qué está aquí?
Toda la afectada
suavidad del hombre ha desaparecido: la voz es la suya. Mientras va de un lado
a otro de la ha¬bitación, el vestido azul susurra. ¿Lleva pantalones deba¬jo, o
va con las piernas desnudas? ¿Qué se sentirá al ca¬minar con las piernas desnudas
y sin embargo ocultas, rozándose una con otra?
—¿Cree usted que no
estamos todos nosotros en peli¬gro? ¿Cree usted que lo que más me apetece es
tener que esconderme por ahí, circular disfrazado por mi propia ciudad, la que
me vio nacer? ¿Sabe qué se siente al ser mujer y estar sola por las calles de Petersburgo?
—Levanta la voz, la cólera se adueña de él—. ¿Sabe qué cosas hay que oír? Los
hombres no te dejan a sol ni a sombra, te susurran porquerías como no se podría
ima¬ginar, y nada puede hacer uno para defenderse. —Se domina. ¡Quién sabe, tal
vez lo imagine usted perfec¬tamente! Tal vez lo que le describo le resulte
perfecta¬mente familiar.
La finesa ha tomado
un cuenco de patatas que apoya en el regazo a la vez que las monda. Tiene la
cara en paz; más que nunca parece una abuelita.
—Empieza a hacer
frío—dice.
¡Locos, están locos
los dos! ¿Qué estoy haciendo aquí?, se dice. ¡He de encontrar el camino que me
lleve de vuelta a Pavel!
—Por favor, repita...
Repita, si es tan amable, lo que es¬taba diciendo sobre mi hijo —dice.
—Como quiera;
permítame que le hable de su hijo. El veredicto oficial es que se suicidó. Si
usted se lo cree, es verdaderamente un alma cándida, por no decir que es un
alma criminalmente cándida. ¿No fue usted un revolu¬cionario en los viejos
tiempos, o me equivoco? No me cabe duda de que sabe usted perfectamente que la
lucha nunca ha terminado. ¿O es que ha firmado usted la paz por su cuenta y
riesgo? Los que estamos en el frente so¬mos acosados, apresados, torturados y
asesinados. Siem¬pre hubiese dicho que usted lo sabría, y que habría es¬crito
algo al respecto, especialmente si se piensa que la gente nunca sabrá la verdad
sobre su hijo y sobre tantos otros que han sido asesinados como él, menos aún
por nuestros vergonzosos periódicos rusos.
La voz de Nechaev se
torna más baja, más intensa.
—Lo que le ocurrió a
su hijo puede ocurrirnos cual¬quier día a mí o a cualquiera de nuestros
camaradas. Us¬ted dice no saber nada de esto. Pero le bastará con ir a las
calles, ir a los mercados y tabernas en donde se reúne el pueblo, para
descubrir que el pueblo sí lo sabe. ¡No sé cómo, pero lo sabe! Y cuando llegue
el día del juicio, aquí nadie olvidará quién sufrió y quién murió por ellos, y
quién no movió ni un dedo.
Cristo encolerizado,
piensa: ése es el modelo en que quiere verse. El Cristo del Antiguo Testamento,
el Cris¬to que expulsó a correazos a los usureros del templo. Hasta el disfraz
resulta adecuado: no es un vestido, sino una túnica. Es un imitador, un impostor,
un blasfemo.
—¡A mí no me venga
con amenazas! —le replica—. ¿Con qué derecho habla usted en nombre del pueblo?
El pue¬blo no es vengativo. El pueblo no pasa su tiempo tra¬mando conjuras.
—El pueblo sabe
quiénes son sus enemigos, el pueblo no gasta las lágrimas en llorar a sus
enemigos cada vez que estos terminan como se merecen. En cuanto a no¬sotros,
¡al menos sabemos qué hay que hacer! ¡Al menos lo estamos haciendo! Es posible
que usted también lo supiera, pero de eso hace ya tiempo, y ahora no puede más
que balbucear, menear la cabeza, llorar. Eso es una blandura. Nosotros no somos
blandos, no lloramos, no perdemos el tiempo en conversaciones inteligentes. Hay
cosas de las que se puede hablar y cosas de las que no se puede hablar, cosas
que solo pueden hacerse cuanto an¬tes. Nosotros no hablamos, no lloramos, no
pensamos sin cesar en que por una parte tal, por otra parte cual. ¡Nosotros lo
hacemos, y punto!
—¡Excelente! Ustedes
lo hacen, y punto. ¿Y de dónde obtienen sus instrucciones, me pregunto yo?
¿Obedecen acaso a la voz del pueblo, u obedecen a su propia voz, tenuemente
disfrazada, eso sí, para que no sea obligato¬rio reconocerla?
—¡Otra pregunta
inteligente! ¡Otra pérdida de tiempo! Estamos hartos, asqueados de la
inteligencia. Están con¬tados los días que le restan a la inteligencia. La
inteligen¬cia es una de las cosas de las que hay que deshacerse. Llega el día
de la gente de a pie, y la gente de a pie no se distingue por ser inteligente.
La gente de a pie lo que quiere es que se hagan las cosas. Y en cuanto estén
he¬chas las cosas, será la gente de a pie la que decida qué será cada cosa, y
también decidirá si va a estar permitida esa inteligencia.
—¡Y decidiremos si
los libros inteligentes y todas esas cosas van a estar permitidas! —La finesa
se suma a la con¬versación bastante enardecida, excitada incluso.
¿Será posible, piensa
con profundo disgusto, que Pavel haya sido amigo de personas como estas,
capaces de dar¬se esas ínfulas, siempre ansiosas de azotarse hasta alcanzar ese
frenesí de superioridad moral? Ese lugar es como un convento en España en tiempos
de Loyola: muchachas de buena familia que se autoflagelan, que se echan a
ro¬dar por el suelo presas del éxtasis, que babean sin conte¬nerse, o que
ayunan, que rezan durante un sinfín de ho¬ras, que aspiran a ser llevadas a los
brazos del Salvador. Extremistas todos ellos, sensualistas hambrientos del
éx¬tasis de la muerte, matar o morir, lo mismo da una cosa que otra. ¡Y Pavel
entre ellos!
Le estalla de pronto
en las manos la idea del último momento de Pavel, del cuerpo de un joven de
sangre caliente, de un ser en lo mejor de la vida, al chocar con¬tra la tierra;
la idea del aliento contenido en los pulmo¬nes, del quebrarse de los huesos, la
sorpresa, sobre todo la sorpresa ante el hecho de que el final fuese real, de
que no hubiese una segunda oportunidad. Por debajo de la mesa se retuerce las
manos presa de esa agonía. Un cuerpo que golpea la tierra: ¡la muerte, la
medida de to¬das las cosas!
—Demuéstreme...
—dice—. Demuéstreme lo que dice sobre Pavel.
Nechaev se acerca más
a él.
—Lo llevaré si quiere
al lugar de los hechos. Le ofrece, y separa cada palabra con nitidez—. Le
llevaré al lugar de los hechos y allí le abriré los ojos.
En silencio, se pone
en pie y se tambalea camino de la puerta. Encuentra la escalera y desciende,
pero se pierde al llegar al callejón. Llama al azar a la primera puerta que ve.
No hay respuesta. Llama a otra puerta. Le abre una mujer de aspecto cansino, en
zapatillas, y se hace a un lado para dejarlo entrar.
—No —dice—. Solo
quiero saber por dónde se sale.
Sin añadir palabra,
ella cierra la puerta.
Desde el final del
corredor llega el zumbido de las vo¬ces. Hay una puerta abierta; entra en una
estancia de te¬chos tan bajos que parece una jaula. Se encuentra a tres jóvenes
sentados en sendos sillones; uno de ellos lee en voz alta un periódico. Se hace
el silencio.
—Estoy buscando la
salida —dice.
—Tout droit —contesta
el que está leyendo, con un gesto para que desaparezca, antes de volver a su
periódico. Lee la relación de una escaramuza entre estudiantes y gen¬darmes
delante de la Facultad de Filosofía. Levanta la mirada y comprueba que el intruso
no se ha movido—. ¡Tout droit, tout droit! —le ordena. Sus compañeros se ríen.
Entonces aparece a su
lado la finesa.
—Cielos, mete usted
las narices en los sitios más raros —le comenta al parecer de muy buen humor.
Lo toma del brazo y lo guía como si él fuese ciego, primero ba-jando otras
escaleras, luego por un corredor sin ilumi¬nar, atestado de cajas de todos los
tamaños, hasta llegar a un portón de barras que abre con facilidad. Están en la
calle. Ella le tiende la mano—. Así pues, tenemos una cita —le dice.
—No. ¿Qué cita
tenemos?
—Espere en la esquina
de Gorojovaya con la Fontanka esta noche a las diez en punto.
—No pienso estar
allí, se lo aseguro.
—Muy bien, pues no
vaya. Quién sabe, a lo mejor sí que va. ¿No tiene usted sentimientos de
familia? No pensará traicionarnos, ¿verdad que no?
Ella le ha hecho la
pregunta en broma, como si él no tuviese realmente el poder de perjudicarles en
modo al¬guno.
—Se lo digo, ya sabe
usted, porque hay quien dice que usted nos traicionará pase lo que pase
—prosigue—. Hay quien dice que usted es traicionero por naturaleza. ¿Qué piensa
al respecto?
Si tuviese un bastón,
la golpearía. Pero solo con las manos, piensa, ¿en qué parte se golpea un
cuerpo tan redondo, tan obtuso?
—De nada sirve tener
conciencia de la propia naturale¬za, ¿no? —sigue ella en tono de reflexión—.
Quiero decir que la naturaleza siempre nos lleva adelante, sin que im¬porte
gran cosa que nosotros lo sepamos o que lo desco¬nozcamos. ¿De qué sirve colgar
a una persona si su deli¬to está en su naturaleza? Sería como colgar al lobo
por haber devorado al cordero. Eso no cambiará la naturale¬za de los lobos,
¿verdad que no? Y colgar al hombre que traicionó a Jesús tampoco sirvió de
nada, ¿a que no?
—A ese no le colgó
nadie —replica él con irritación—. Se ahorcó él solo.
—Lo mismo da. No
sirve de nada, ¿se da cuenta? Quie¬ro decir que es igual que lo cuelguen o que
se ahorque él solo.
Algo terrible empieza
a asomar al fondo de esta cháchara.
—¿Quién es Jesús?
—pregunta con dulzura.
—¿Jesús? Cae la
noche; son las dos únicas personas que hay en esa bocacalle fría y desangelada.
Ella lo mira con incredulidad—. ¿No sabe usted quién es Jesús?
—Cuando dice que yo
soy Judas, ¿quién es Jesús?
Ella sonríe.
—No es más que una
manera de hablar —dice. Y luego, como si hablase para sus adentros, añade—: No
entienden nada. —Vuelve a tenderle la mano—. A las diez en punto en la
Fontanka. Si no va nadie a reunirse con usted, es que algo ha ocurrido.
Él rechaza la mano
que ella le tiende y echa a andar. A sus espaldas, oye una palabra medio
susurrada ¿Qué pa¬labra es? ¿Judío? ¿Judas? Sospecha que es Judío.
Extraor¬dinario: ¿piensan entonces que esa palabra viene de ahí? ¿Y por qué ese
fastidioso prurito que le conmina a no tocarla? ¿Será porque ella puede haber
conocido a Pavel, porque de hecho lo ha conocido muy bien, carnalmente incluso?
¿Son las mujeres compartidas en común por Nechaev y los demás? Le cuesta
trabajo imaginar a esa mujer como propiedad del común. Es más probable que sea
ella la que tiene a los hombres en común. Incluso a Pavel. Se resiste a esa
idea, pero luego cede. Ve a la fine¬sa desnuda, entronizada en un lecho de
cojines color es¬carlata, sus gruesas piernas separadas, sus brazos abiertos
para que se vean bien los pechos y un vientre rotundo, sin vello, a duras penas
maduro. Y ve a Pavel de rodillas, listo para ser cubierto y consumido.
Se sacude para
librarse de la idea. ¡Envidiosas imagi¬naciones! Un padre igual que una vieja
rata gris se arrastra en pos de la escena amorosa, solo por ver qué queda para
él. Sentado sobre el cadáver, a oscuras, agu¬za el oído, royendo, atento,
royendo. ¿Será esa la razón de que las escuadrillas de la policía persigan tan
venga¬tivamente a la juventud libre de Petersburgo, con Maximov, el buen padre,
la gran rata, al frente de todas ellas?
Recuerda el
comportamiento de Pavel después de su matrimonio con Anya. Pavel tenía
diecinueve años y se obstino sin embargo en no aceptar que ella, Anna
Grigoryevna, se acostara en lo sucesivo en el lecho de su pa¬dre. Durante el
año en que vivieron todos juntos, Pavel sostuvo la ficción de que Anya no era
más que la compañera de su padre, tal como una mujer ya vieja puede tener a una
compañera, una persona que se ocupa de la casa, hace la compra, se encarga de
la colada. Cuando el anunciaba, quizá después de una partida de cartas, que se
iba a dormir, Pavel no permitía que Anya lo siguiera de inmediato, la retaba a
otras ondas («¡Solo los dos!») e
in¬cluso se negaba a entender cuando ella, sonrojada in¬tentaba retirarse («¡Esto no es el campo,
no tienes que madrugar para ordenar a las vacas!»)
¿Son siempre iguales
entre padres e hijos esas bromas que enmascaran la rivalidad más intensa que se
pueda imaginar? ¿Y es esa la verdadera causa de su desolación a saber, que como
han desaparecido los cimientos sobre los que estaba edificada su vida, la
competición continúa con su hijo, y sus días han quedado vacíos de toda
emoción? No, no es la Venganza del Pueblo Sino la Venganza de los Hijos, he ahí
lo que de veras subyace a revolución, los padres que envidian a sus hijos y a
sus mujeres, los hijos que urden la trama para robar los ahorros de sus padres.
¿Es eso? Menea la cabeza con fatiga.
10
LA CHIMENEA DE LA
FUNDICIÓN
Al llegar a casa, le
sale al paso Matryona, presa de una gran agitación.
—¡Ha venido aquí la
policía, Fiodor Mijailovich! ¡Están buscando a un asesino!
Se detiene el tiempo:
él se queda helado.
—¿Por qué iban a
venir aquí?
Las palabras han
brotado de su boca, pero él las oye como si vinieran de lejos, como si fueran
las palabras de otro.
—¡Están buscando por
todas partes, por todo el edificio!
De Anna Sergeyevna
consigue una versión más ajusta¬da de los hechos.
—Están interrogando a
todos acerca de un mendigo que rondaba por la vecindad. Yo supongo que lo habré
visto, pero la verdad es que no me acuerdo. Dicen que se cobijaba en este
edificio.
En ese preciso
instante podría revelar que Ivanov ha pasado la noche en su vivienda, pero
calla.
—¿De qué se le acusa?
—prefiere preguntar.
—La policía no suelta
prenda. Matryona dice que mató a alguien, pero eso es puro rumor.
—No es posible. Yo
conozco a ese hombre, he hablado con él largo y tendido, y no es un asesino.
Pero luego resulta
que no es un rumor. Es cierto que se ha producido un crimen: el cuerpo de la
víctima, que no es otra que el mendigo, ha sido encontrado en un callejón que
da a la calle. Eso lo sabe gracias al porte¬ro, y se conmueve.
Ivanov: uno de esos
individuos que son como la falsa moneda, de los que se encuentran hasta en la
sopa, en el lecho de muerte, en la tumba, pero no de los que suelen morir
primero.
—¿Están seguros de
que no se ha muerto de frío, sin más ni más? —pregunta—. ¿Por qué tiene que
haber sido un asesinato?
—Ah, está clarísimo
que ha sido un asesinato —contesta el viejo con cara de sabérselo todo—. Lo que
me sorpren¬de es que se tomen tantas molestias por un don nadie.
A la hora de la cena,
Matryona no habla más que del asesinato. Está exaltada: le brillan los ojos,
las palabras le salen a borbotones. Por lo que a él respecta, también tie¬ne
que contar su propia historia, pero habrá de esperar hasta que su madre la apacigüe
y se la lleve a dormir.
Cuando cree que la
niña está dormida, comienza a contarle a Anna Sergeyevna su encuentro con
Nechaev. Habla con dulzura, consciente de que el susurro de los adultos
—traicionero, fascinante— puede desgarrar el sue¬ño más profundo de los niños.
Anna Sergeyevna
reconoce el nombre de Nechaev, pero parece que solo tiene una vaguísima idea de
quién es. No obstante, está dispuesta a darle un consejo, y su consejo no puede
ser más firme.
—Tiene que asistir a
la cita. No podrá descansar tran¬quilo hasta que no sepa qué ocurrió realmente.
—Pero es que ya sé
qué ocurrió. No necesito saber nada más.
Ella hace un gesto de
impaciencia. Esa falta de nervio tan propia de él, para ella no tiene ni pies
ni cabeza: ella no ve más que apatía. ¿Cómo va a conseguir él que lo entienda?
Para hacerla entender, tendría que hablar con una voz que surgiera desde el
fondo del agua, una voz clara y campanuda, de muchacho, que le suplicara algo
desde la más profunda oscuridad «¡Cántame algo, queri¬do padre!», tendría que
decir esa voz, y ella tendría que prestar toda su atención. En algún rincón,
dentro de sí, tendría que encontrar no ya la voz, sino también las pa¬labras,
las palabras verdaderas. Aquí y ahora carece de las palabras. Quizá —tiene un
presentimiento— le están espe¬rando en alguna de las antiguas baladas. Pero la
balada no está en ningún libro: está en algún lugar, en el cora¬zón del pueblo
ruso, que él no alcanza. O quizá se en¬cuentre en el corazón de un niño.
—Pavel no es
vengativo —dice por fin para zanjar la disputa—. Sea quien sea el que lo mató,
eso ya es agua pasada. Se ha cortado la cuerda, está libre de esa persona.
Quiero que él me lo enseñe. No quiero que me empon¬zoñe el deseo de venganza.
Hay mucho más que
decir, pero ahora no puede. Como, por ejemplo, que Pavel no tiene ganas de
relatar cómo cayó al vacío. Que Pavel por encima de todo está solo, y que en su
soledad necesita arrullos y consuelo, que necesita garantías de que no será
abandonado al fondo de las aguas.
Se hace el silencio
entre la mujer y él. Desde el domin¬go, es la primera vez en que están solos
los dos. Ella parece fatigada. Tiene alicaídos los hombros, las manos
fláccidas, arrugas en el cuello. Es más vieja que su esposa, vuelve a
recapacitar: no es de una generación anterior, pero por poco. Ojalá no hubiese
tenido que verlo. Es demasiado reciente su regreso tras el encuentro con
Nechaev, joven y demoníaco, pictórico de energía, tal como son todos los
demonios inferiores. Impulsivamente, le toma de la mano. Ella levanta la mirada
sorprendida.
—Yo no le apremio a
la venganza —dice ella con lenti¬tud—. Tiene toda la razón, Pavel no era de
natural ven¬gativo, pero sí tenía muy claro qué es lo correcto, qué es justo.
No falte a su cita. Descubra todo lo que pueda. Si no, nunca quedará en paz
consigo mismo.
Él aún le sostiene la
mano. En ella nota una leve presión que responde a la suya, y que solo puede
ser amabilidad.
Justicia reflexiona.
Una gran palabra, tal vez dema¬siado grande. ¿Puede trazar alguien una línea
precisa en¬tre la justicia y el ánimo de venganza? —como ella parece atónita,
añade—: ¿No es esa la originalidad de Nechaev, hacerse llamar la Venganza del Pueblo,
y no la Justicia del Pueblo? Al menos es sincero.
—¿De veras? ¿Es eso
lo que el pueblo quiere oír, que es la venganza lo que persigue con tanto
ahínco, y no la justicia? Yo no lo creo. ¿Por qué iba a tomarse en serio el
pueblo a Nechaev? ¿Por qué iba a tomárselo nadie en serio, si no es más que un
estudiante, un joven excitable? Después de todo, ¿qué poderes tiene?
—No es el poder de la
vida, desde luego, sino el poder de la muerte. Si lleva dentro el ánimo
necesario para hacerlo, el niño puede matar igual que mata el hombre. Es
posible que esa sea la originalidad de Nechaev: que dice con todas las letras
lo que nosotros ni siquiera osamos imaginar acer¬ca de nuestros hijos, aparte
de ser portavoz de algo insen¬sato y brutal que ahora arrasa en la joven Rusia.
Nosotros no queremos saberlo, y hacemos oídos sordos. Luego vie¬ne él con el
hacha y verá si lo oímos, ya verá.
La mano de ella, que
ha tenido vida propia, de pronto se vuelve inerte. Es una mujer de sentimiento,
piensa él cuando la suelta. Como su hija. Y puede que se sienta herida con la
misma facilidad.
Desea abrazarla,
estrecharla, reparar lo que se haya frac¬turado. Tendría que poner fin a esta
conversación, que a ella solo le repele, la lleva a perder afecto. Pero no lo
hace.
—Al fin y al cabo,
nunca será posible reclutar a nadie para la causa si se invoca un espíritu que
a la gente le re¬sulte ajeno, que nada signifique. Nechaev tiene discípu¬los y
seguidores entre los jóvenes porque hay en ellos un espíritu que responde al espíritu
que él encarna. Él no lo explica de esta manera, por supuesto. Él dice ser un
ma¬terialista. Pero eso no es más que la jerga que se lleva ahora. La verdad,
para mí, es que tienen lo que los grie¬gos llamaban daimon. Ese daimon le habla
directamente, y es la fuente de su energía.
Vuelve a decirse:
ahora he de callar, solo que esas pala¬bras secas y mortales siguen viniéndole
a los labios. Sabe que ha perdido el contacto que le unía a ella.
Ese mismo daimon tuvo
que estar en Pavel. Si no, ¿por qué habría respondido Pavel a su llamamiento?
Es grato pensar que Pavel no era de talante vengativo. Es grato pensar bien de
los muertos. Pero eso a él solo le adula. No nos pongamos sentimentales; en la
vida de cada día fue tan vengativo como cualquier otro joven.
Ella se ha puesto en
pie. Él cree saber qué palabra va a decir ella; aunque solo sea por las formas,
está listo para defenderse. Se hace pasar por el padre de Pavel, pero yo no
creo que le quisiera... Es lo que se está esperando. Pero se equivoca.
—Yo no sé nada de ese
anarquista, de ese Nechaev dice ella—, pero a medida que le escucho hablar, se
me hace di¬fícil saber cuál de los dos, Nechaev o usted, desea más que Pavel
perteneciese a ese partido de la venganza. Yo no soy nada de Pavel, no soy su
madre, ni mucho menos, pero a él y a su memoria les debo mi protesta. Nechaev y
usted deberían librar sus pugnas sin arrastrarlo a él a la pelea.
—Nechaev no es un
anarquista. Ese es el error que co¬mete todo el mundo. Es otra cosa muy
distinta.
—Anarquista,
nihilista o lo que sea, ¡no quiero oír ni una palabra más! ¡No quiero que las
luchas intestinas y el odio se adentren en mi casa! ¡Bastante alterada está ya
Matryona; no quiero que se contagie más de todo esto!
—No es anarquista ni
tampoco nihilista —prosigue él con terquedad. Al ponerle etiquetas, se le
escapa lo que tiene de único. Él no actúa en nombre de las ideas; actúa cuando
siente que la acción se le agita en el cuerpo. Es un sensualista, un extremista
de los sentidos. Aspira a vi¬vir en un cuerpo al límite de la sensación, al
límite del conocimiento corporal. Por eso puede decir que todo está permitido.
¿Por qué iba a decir tal cosa si no fuera tan indiferente a la hora de
explicarse a sí mismo?
Hace una pausa; de
nuevo cree saber qué quiere decir¬le ella. Mejor dicho, sabe qué quiere
decirle, aunque ella no lo sepa: ¿ Y usted? ¿ Tan distinto se cree?
—¿Por qué cree que
escoge el hacha? —sigue diciendo—. Si se para a pensar en el hacha, en lo que
significa..
Alza las manos en un
gesto de desesperación. No acier¬ta a encontrar con decencia las palabras
adecuadas. El ha¬cha, el instrumento de la venganza del pueblo, el arma del
pueblo, tosca, pesada, incontestable... oscila gracias al peso del cuerpo que
la empuña, un cuerpo y un peso vi¬tal de odio y de resentimiento, almacenados
en ese cuer¬po, balanceados con siniestro placer.
Se hace el silencio
entre ellos.
—Hay personas a
quienes las sensaciones no les llegan por medios naturales —dice por fin, más
ponderado—. Así se me presenta Sergei Nechaev desde el principio un hombre que,
por ejemplo, no podría mantener una rela¬ción natural con su mujer. Me pregunté
incluso si no se¬ría eso lo que está detrás de sus múltiples resentimientos.
Pero tal vez así haya de ser en el futuro: ya no se tendrán sensaciones por los
medios de antaño. Esos medios se habrán agotado del todo. Me refiero al amor.
Habrá quedado gastado, agotado. Y habrá que encontrar nue-vos medios.
—Ya basta —dice
ella—. No quiero hablar más. Son más de las nueve. Si tiene la amabilidad de
irse... Él se pone en pie, inclina la cabeza, se marcha.
A las diez en punto
acude a la cita en la Fontanka. Sopla un viento huracanado, llueve a ráfagas y
se erizan las ne¬gras aguas del canal. Las farolas del muelle desierto crujen
en un nervioso concierto de aldabeos discordantes. De los tejados y de las alcantarillas
llega el gorgoteo del agua.
Se refugia en un
portal; se siente cada vez más irritado. Si se resfría, piensa, será la gota
que colme el vaso. Y se resfría con facilidad. Igual que Pavel desde que era
niño. ¿Llegó a resfriarse Pavel alguna vez mientras vivió con ella? ¿Le cuidó
ella misma, o dejó sus cuidados en ma¬nos de Matryona? Se imagina a Matryona
entrando en el cuarto con un vaso humeante de té con limón, paso a paso, para
que no se derrame ni una gota; se imagina a Pavel sonriendo, su cabello negro
revuelto sobre la blan¬ca almohada. «Gracias, hermanita», dice Pavel con ronca
voz de adolescente. ¡Una vida de adolescente, del todo normal! Como no hay
nadie que le oiga, agacha la cabe¬za y gime como un buey enfermo.
Entonces se la
encuentra delante, lo inspecciona con curiosidad... no Matryona, sino la
finesa.
—¿No se encuentra
usted bien, Fiodor Mijailovich?
Avergonzado, niega
con un gesto.
—Pues venga —le dice.
Lo guía hacia el
oeste, tal como él se temía, siguien¬do el canal hacia el Muelle Stolyarny y
hacia la vieja chimenea de la fundición. Subiendo el tono de voz para hacerse
oír a pesar del viento, ella charla amistosa¬mente.
—¿Sabe usted, Fiodor
Mijailovich? —dice—. No se ha hecho usted justicia al hablar hoy del pueblo tal
como le oímos hablar. Nos ha decepcionado usted, teniendo en cuenta su
formación, su pasado... A fin de cuentas, usted tuvo que ir desterrado a
Siberia por sus convicciones. Lo respetarnos por eso. Hasta Pavel Alexandrovich
lo respe¬taba. No debería permitirse estas recaídas...
—¿Pavel también?
—Sí, también Pavel.
Usted sufrió en sus tiempos, y ahora también Pavel se ha sacrificado. Tiene
todo el de¬recho del mundo a llevar la cabeza bien alta; puede estar orgulloso
de él.
Parece muy capaz de
charlar animada y despreocupa¬damente a la vez que camina muy deprisa. Él en
cambio nota enseguida un dolor agudo en el costado; le cuesta trabajo respirar.
—Más despacio —jadea.
—¿Y usted? —dice por
fin—. ¿Qué me dice de usted?
—¿Sobre qué?
—¿Qué me dice de
usted? ¿Podrá llevar la cabeza bien alta en el futuro?
Ella se acaba de
parar bajo una farola que se balancea enloquecidamente. La luz y la sombra
juegan sobre su cara. Estaba muy equivocado al quitarle entidad, al pen¬sar que
no era más que una niña jugando a los disfraces. A pesar de su cuerpo sin
contornos precisos, descubre ahora en ella una distante feminidad.
—Yo no cuento con
estar aquí demasiado tiempo, Fiodor Mijailovich —dice—. Y tampoco cuenta con
du¬rar mucho Sergei Gennadevich. Ni ninguno de noso¬tros. Lo que le pasó a
Pavel nos puede pasar a todos en cualquier momento. Yo que usted no haría
bromas. Si se ríe de nosotros, no lo olvide, también se está riendo de Pavel.
Por segunda vez en lo
que va de día tiene ganas de golpearla. Y salta a la vista que ella percibe esa
ira; lo cierto es que estira el mentón y lo mira como si le retase a
intentarlo. ¿Por qué está tan irascible? ¿Qué le está ocurriendo? ¿Está
empezando a ser uno de esos viejos incapaces de controlar su temperamento? ¿O
es algo aún peor, es decir, que ahora que su sucesión se ha ex¬tinguido se ha
convertido no solo en un viejo, sino también en un fantasma, en un espíritu
iracundo y de¬senfrenado?
La chimenea del
Muelle Stolyarny está en pie desde que fue construida la ciudad de Petersburgo,
pero hace mucho tiempo que no se utiliza. Aunque hay un letrero que prohíbe el
paso, se ha convertido en uno de los sitios preferidos por los chavales más osados
de la vecindad, que trepan por una espiral de asideros de hierro clavados por
fuera, primero hasta el horno de la fundición, a unos treinta o cuarenta metros
sobre el suelo, y luego mucho más arriba, hasta lo alto de la chimenea de
ladrillo.
Las grandes puertas
claveteadas están cerradas a cal y canto, pero la portezuela de atrás ha sido
derribada a pa¬tadas, hace mucho tiempo, por estos vándalos. A la som¬bra de
esta entrada les espera un hombre. Saluda a la fi¬nesa en un murmullo; ella le sigue
dentro.
El aire huele a
excrementos y a argamasa enmohecida. De lo oscuro les llega un apagado chorro
de obscenida¬des. El hombre enciende un fósforo con el que prende un farol.
Casi bajo sus pies hay tres personas apiñadas en un jergón. Él aparta la
mirada.
El hombre del farol
es Nechaev; lleva un capote negro de oficial de granaderos. Tiene una palidez
innatural. ¿Se le ha olvidado lavarse el maquillaje?
—Las alturas me dan
vértigo, así que yo espero aquí abajo —dice la finesa—. Él le enseñará el
lugar.
Una escalera de
caracol asciende por el interior de la torre. Sujetando el farol bien alto,
Nechaev comienza a subir. En ese espacio cerrado, las pisadas de los dos ha¬cen
un ruido tremendo.
—Llevaron a su
hijastro por aquí —dice Nechaev—. Lo más probable es que antes lo
emborrachasen, para que les fuese más fácil la tarea.
Pavel. Aquí.
Suben y suben. El
pozo de la chimenea, allá abajo, es engullido por las tinieblas. Cuenta hacia
atrás los días que han pasado desde la muerte de Pavel, llega a veinte, pier¬de
la cuenta, empieza de nuevo, la vuelve a perder. ¿Es posible que hace tantos días
Pavel subiera por esos mismos peldaños? ¿A qué se debe que no logre contarlos?
Los pel¬daños, los días... algo tienen que ver unos con otros. Cada peldaño
sustrae un día más de la suma de Pavel. Una suma y una resta paulatinas y
simultáneas ¿Será eso lo que le confunde?
Alcanzan la cima de
las escaleras y salen a una ancha grada de acero. Su guía columpia el farol
alrededor.
—Por aquí —dice.
Vislumbra la
maquinaria oxidada.
Salen luego muy por
encima del muelle, a una plata¬forma que corona el exterior de la torre y que
circunda una balaustrada que le llega a la cintura. A uno de los la-dos se ve
encastrado en la pared el mecanismo de una polea y el gancho de una gruesa cadena.
El viento los
zarandea nada más salir. Se quita el som¬brero y se agarra a la balaustrada,
procurando no mirar abajo. Es una metáfora, se dice, eso es todo: otra palabra
que designa la pérdida de la conciencia, el no estar aquí, una ausencia. Nada
nuevo. El epiléptico lo sabe todo: la aproximación al borde, la mirada hacia
abajo, el empu¬jón del alma, el pensar que piensa que enloquece una y otra vez,
como si una campana tocase a rebato dentro de su cabeza. El tiempo tocará a su
fin, y no habrá muerte.
Se aferra con todas
sus fuerzas a la balaustrada, mueve la cabeza para despejar el vértigo.
Metáforas... ¡qué ton¬tería! No hay más que la muerte, solo la muerte. La
muerte no es metáfora de nada. La muerte es la muerte. Nunca debería haber
accedido a venir. Ahora, durante el resto de mi vida veré todo esto, una visión
fantasmal: los tejados de San Petersburgo lustrados por la lluvia, la hilera de
minúsculas farolas que jalonan el muelle.
Con los dientes
apretados, se repite esas palabras no tendría que haber venido. Pero todos los
noes empiezan a hacerse añicos, igual que pasó con Ivanov. No debería estar
aquí, luego aquí debería estar. No veré nada más, luego lo veré todo. ¿Qué
mareo es este, qué enfermedad del raciocinio?
Su guía ha dejado
dentro el farol. Tiene una intensa conciencia del joven cuerpo que está junto
al suyo, sin duda recio, nervudo, dotado de una fuerza infatigable. En
cualquier momento podría sujetarlo por la cintura, levantarlo en vilo, dejarlo
caer al vacío. Pero ¿quién es el que está en la plataforma? ¿Quién es él?
Despacio, se vuelve a
mirar al joven.
—Si es verdad que
Pavel fue conducido aquí para ser asesinado —dice—, le perdono que me haya
traído. Pero si esto no es más que una monstruosa treta, si fue usted quien lo
empujó, le advierto que no habrá perdón.
Están a poco más de
un palmo de distancia. La luna está velada, les azotan las ráfagas de lluvia, y
él sigue sin embargo convencido de que Nechaev no se le resiste. Con toda
probabilidad, su adversario ya ha pasado por ese juego de principio a fin y lo
conoce en todas sus va¬riantes: de todo lo que pueda decir, nada le
sorprenderá. Si no, es un demonio al que las maldiciones le resbalan como si
fuesen agua.
—Debería darle
vergüenza hablar así —dice Nechaev—. Pavel Isaev fue uno de nuestros camaradas.
Nosotros fui¬mos su familia cuando no tenía familia. Usted se marchó al
extranjero y lo abandonó aquí. Usted perdió todo contacto con él, se convirtió
en un extraño para él. Ahora aparece como caído del cielo y no hace más que
lanzar acusaciones infundadas contra las únicas personas realmente cercanas a
él que encontró en este mundo. —Se ciñe mejor el capote—. ¿Sabe a qué me
recuerda us¬ted? Al típico pariente lejano que aparece en el entierro con el
bolso al hombro, venido a saber de dónde, para reclamar una herencia de una
persona a la que no vio en toda su vida. Para Pavel Alexandrovich, usted no es
más que un primo segundo, un primo tercero, y no su padre. Ni siquiera su
padrastro.
Es un golpe bajo,
doloroso. A duras penas intenta dejar a un lado a Nechaev, pero su antagonista
le impide el paso.
—¡No haga caso omiso
a lo que le estoy diciendo, Fiodor Mijailovich! Usted perdió a Isaev y nosotros
lo sal¬vamos. ¿Cómo se atreve a sospechar siquiera que noso¬tros pudimos haber
causado su muerte?
—¡Júremelo por la
inmortalidad de su alma!
Mientras lo dice, se
da cuenta del retintín melodramá¬tico que ha dado a sus palabras. De hecho,
toda esta es¬cena —dos hombres subidos a una plataforma que solo ilumina a
ratos la luna, a gran altura y desafiando a los elementos, gritando para
entenderse por encima del viento, denunciándose el uno al otro— es falsa y
melo¬dramática. Ahora bien, ¿dónde han de encontrarse pala¬bras más verdaderas,
palabras a las que Pavel asintiera con un gesto, con su lento sonreír?
—No pienso jurar por
algo en lo que no creo —dice Nechaev sin espontaneidad—. Pero la razón misma
debe¬ría persuadirle de que le estoy diciendo la verdad.
—¿Y qué me dice de
Ivanov? ¿También debería indi¬carme la razón que es usted inocente, que no tuvo
nada que ver en la muerte de Ivanov?
—¿Quién es ese
Ivanov?
—Ivanov era el nombre
que utilizaba el desgraciado cuya misión era vigilar el edificio en que vivo,
en el que vivía Pavel, en donde me visitó su amiga.
—¡Ah, el chivato de
la policía! ¡El que hizo buenas mi¬gas con usted! ¿Qué le ha pasado?
—Ayer lo encontraron
muerto.
—¿Y qué? Nosotros
perdemos a uno, ellos pierden a otro.
—¿Que pierden a otro?
¿Está equiparando a Pavel con Ivanov? ¿Es así como llevan las cuentas?
Nechaev menea la
cabeza.
—Deje a un lado las
personalidades; solo sirven para añadir confusión. Los colaboracionistas tienen
infinidad de enemigos. El pueblo los detesta. La muerte de ese Ivanov no me
sorprende en modo alguno.
—Yo tampoco era amigo
de Ivanov, ni me agradaba el trabajo que hacía. Pero eso no es motivo
suficiente para asesinarlo. Y lo que dice del pueblo, ¡qué estupidez! El pueblo
no lo ha hecho. El pueblo no trama asesinatos. Ni tampoco disimula sus huellas.
—El pueblo sabe bien
quiénes son sus enemigos, y el pueblo no vierte lágrimas cuando mueren sus
enemigos.
—Ivanov no era un
enemigo del pueblo; era un hom¬bre sin blanca, con una familia que mantener,
igual que decenas de miles de ciudadanos. Si él no era parte del pueblo,
¿quiénes lo son?
—Sabe usted de sobra
que, en el fondo, Ivanov no esta¬ba con el pueblo. Decir que era parte del
pueblo no es más que hablar por hablar. El pueblo lo forman los cam¬pesinos y
los obreros. Ivanov no tenía ningún lazo que lo uniera al pueblo; ni siquiera
fue reclutado entre las fi¬las del pueblo. Era una persona absolutamente
desarrai¬gada, un borracho, presa fácil, que fácilmente se volvería contra el
pueblo. Me sorprende que usted, con lo inteli¬gente que es, caiga en una trampa
tan simple como esa.
—Tanto si soy
inteligente como si no lo soy, no puedo aceptar ese monstruoso razonamiento.
¿Por qué me ha traído a este lugar? Dijo usted que me iba a dar pruebas de que
Pavel fue asesinado. ¿Dónde están esas pruebas? Estar aquí no constituye prueba
alguna.
—Por supuesto que eso
no prueba nada. Pero este es el lugar donde se cometió el asesinato, un
asesinato que fue de hecho una ejecución planeada y perpetrada por el Estado.
Lo he traído aquí para que lo vea con sus pro¬pios ojos. Ahora ya ha tenido
ocasión de comprobarlo; si todavía se niega a creerlo, tanto peor para usted.
Se aferra a la
balaustrada y mira ahí abajo, la oscuridad que cae en picado. Entre aquí y ahí,
una eternidad, un tiempo tan inmenso que la mente no lo aprehende. En¬tre aquí
y ahí Pavel estuvo vivo, más vivo que nunca. Vi¬vimos más intensamente mientras
nos precipitamos al vacío; es una verdad que le atenaza el corazón.
—Si no quiere
creerlo, no lo creerá nunca —repite Nechaev.
Creer otra palabra
más. ¿Qué significa eso de creer? Creo en el cuerpo sobre el suelo, allá abajo.
Creo en la sangre y en los huesos. Alzar el cuerpo destrozado y abrazarlo: eso
significa creer. Creer y amar: es una y la misma cosa.
—Creo en la
resurrección—dice. Son palabras que le sa¬len de dentro sin premeditación. El
tono de locura y las ganas de echar pestes han desaparecido de su voz. Al
de¬cir esas palabras, al oírlas, siente una pronta alegría, no tanto por las
palabras en sí mismas cuanto por el modo en que han llegado a él, por el modo
en que las ha dicho como si las dijera otro. ¡Pavel!, piensa.
—¿Qué? —Nechaev se
acerca más a él.
—Creo en la
resurrección de la carne y en la vida eterna.
—No es eso lo que le
he preguntado.
El viento arrecia con
tal potencia que el joven ha de gritar. Su capote le azota los flancos; se
agarra con más fuerza para enderezarse.
—¡Da igual, es lo que
yo digo!
Aunque pasa de la
media noche cuando llega a casa, Anna Sergeyevna le ha esperado. Sorprendido
por su preocupación, le habla del encuentro en el muelle, le re¬fiere las
palabras de Nechaev en la chimenea. Le pide entonces que le repita una vez más
qué pasó la noche en que murió Pavel. ¿Está del todo segura, por ejemplo, de
que Pavel murió en el muelle?
—Eso es lo que me
dijeron —responde ella—. ¿Qué otra cosa iba a creer? Pavel salió a primera hora
de la noche sin decir adonde iba. A la mañana siguiente llegó un mensaje: había
sufrido un accidente, me esperaban en el hospital.
—Pero ¿cómo supieron
que debían informarle a usted?
—Por los papeles que
encontraron en sus bolsillos.
¿Y entonces?
—Fui al hospital y lo
identifiqué. Luego se lo hice saber al señor Maykov.
—Pero ¿qué
explicación le dieron?
—No me dieron
explicación alguna; fui yo la que tuve que darles explicaciones. Tuve que ir a
la comisa¬ría de policía y responder a sus preguntas: quién era, dónde vivía su
familia, cuándo lo vi por última vez, cuánto tiempo vivió con nosotras, quiénes
eran sus ami¬gos, etcétera, etcétera. Todo lo que accedieron a decir¬me fue que
ya estaba muerto cuando lo encontraron, y que había ocurrido en el Muelle
Stolyarny. Ese fue el mensaje que yo envié al señor Maykov. No sé qué es lo que
él le dijo.
—Él utilizó la
palabra desventura. No cabe duda de que había hablado con la policía.
Desventura es la palabra que emplean para designar el suicidio. Fue un
telegra¬ma, así que no pudo explayarse.
—Eso es lo que yo
entendí. Quiero decir que eso en¬tendí que había ocurrido. En cambio, nunca
pude enten¬der por qué lo hizo, si es que realmente lo hizo. A nosotras no nos
advirtió de nada. No hubo el menor atisbo de lo que iba a ocurrir.
—Una última pregunta.
¿Qué ropa llevaba aquella no¬che? ¿Llevaba algo que le hubiese llamado la
atención?
—¿Cuando salió de la
casa?
—No, cuando lo vio
usted... después.
—No lo sé, no
recuerdo. Había una sábana. Y no quie¬ro hablar de eso. Pero parecía en paz,
eso sí quiero que lo sepa.
Él le da las gracias
de todo corazón, y ahí termina el intercambio de pareceres. Sin embargo, cuando
se en¬cuentra en su cuarto no consigue dormir. Recuerda el retrasado telegrama
de Maykov (¿por qué le costó tanto remitirlo?). Fue Anya quien lo abrió; fue
Anya quien acudió a su estudio y quien pronunció las palabras que incluso esta
misma noche le resuenan en la cabe¬za como mortecinas campanas, cada una de las
cuales repica con todo su peso inapelable: «Fedya, Pavel ha muerto».
Él tomó el telegrama
con sus propias manos, lo leyó una y otra vez, se quedó mirando la ridícula
hoja azula¬da, procurando que aquellas palabras en francés dijeran algo
distinto de lo que decían. Muerto, ido para siempre de un mundo de luz a la
cárcel del pasado, sin posibili¬dad de regreso. Y el funeral ya se había
llevado a cabo. Las cuentas estaban zanjadas, ajustadas las cuentas con la
vida, cerrado el libro. La versión definitiva, como suelen decir los
impresores.
Mésaventure: la
palabra cifrada de Maykov. Suicidio. ¡Y ahora Nechaev pretende decirle lo
contrario! Se siente inclinado de todo corazón a no creer en Nechaev, a dejar
que la versión oficial siga en pie. ¿Y por qué? ¿Porque detesta a Nechaev,
tanto su persona como su doctrina? ¿Porque quiere guardar a Pavel, siquiera sea
retrospecti¬vamente, lejos de sus garras? ¿O tiene acaso un motivo más
mezquino, como el de esquivar mientras sea posible el imperativo de que haga
justicia a su hijo?
No en vano reconoce
en sí una inercia de la cual la muerte de Pavel no es más que la causa
inmediata. Está haciéndose viejo; cada día que pasa se va convirtiendo en lo
que sin duda será definitivamente: un anciano en un rincón, sin otra cosa que
hacer aparte de repasar las páginas en que estén anotadas sus pérdidas.
Soy yo quien ha
muerto y quien fue enterrado, piensa. Es Pavel el que vive y el que siempre ha
de vivir. Lo que ahora me esfuerzo por hacer es solo comprender qué for¬ma es
esta en la que he regresado de la tumba.
Recuerda a un
convicto al que conoció en Siberia, un hombre alto, encorvado y gris, que había
violado y es¬trangulado a su hija, una niña de doce años. Lo habían encontrado
después de cometer el crimen, sentado a la orilla del estanque de los patos,
con el cuerpo inerte en sus brazos. Se había entregado sin resistencia,
insistiendo únicamente en llevarse a la niña muerta en brazos, para dejarla
tendida sobre una mesa, en su casa; todo esto lo hizo, según se contaba, con
infinita ternura. Desprecia¬do por los demás prisioneros, no hablaba con nadie.
Por las noches se sentaba en su litera con una apacible sonri¬sa en sus labios,
que movía a la vez que leía los Evange¬lios. Con el tiempo, cualquiera hubiese
supuesto que el ostracismo remitiría, que su contrición sería aceptada. Pero
siguió siendo despreciado y rechazado, no tanto por un crimen cometido veinte
años antes, cuanto por aquella sonrisa, en la que había algo tan taimado y tan
demente que helaba la sangre del que la veía. Esa misma sonrisa, se decían unos
a otros, de cuando hizo lo que hizo: en su corazón no ha cambiado nada.
¿Por qué se le
presenta ahora esa imagen de un hom¬bre a la orilla del agua, con la niña
muerta en brazos, una niña amada hasta el exceso, una niña que fue objeto de
tal intimidad que ya no le estuvo permitido vivir? Una ternura homicida, un
tierno instinto homicida. El amor es vuelto del revés como un guante, y quedan
a la vista las feas costuras de su interior. ¿De qué están he¬chas las costuras
del amor? Invoca una vez más la imagen del hombre, lo mira con atención a la
cara concentrán¬dose no en los ojos, que tiene cerrados como si estuvie¬ra en
trance, sino en la boca, que se mueve de modo inapreciable. No es una
violación, es rapiña. ¿Es eso? Los padres que devoran a sus hijos, que los
crían bien para comérselos después y saborearlos cuando estén en sazón.
Delicias.
¿Explica eso el ánimo
vengativo de Nechaev, el que sus ojos se hayan abierto y hayan visto a los
padres sin ta¬pujos, a la bandada de padres cuyo apetito ya no disimu¬lan? ¿Qué
clase de hombre será el viejo Nechaev, el pa¬dre Gennady? Cuando un día reciba
la noticia, y sin duda así ha de ser, de que su hijo ya no existe, ¿se senta¬rá
en un rincón a llorar, o sonreirá en secreto?
Menea la cabeza como
si quisiera desembarazarse de una plaga de demonios. ¿Qué está corrompiendo la
in¬tegridad de su pena, lo que insiste en que solo es un lúgubre disfraz? En
algún sitio, en su interior, la verdad se ha extraviado. Es como si en el laberinto
de su cere¬bro, pero también en el laberinto del cuerpo —venas, huesos,
intestinos, vísceras—, un niño muy pequeño errase sin rumbo, buscando la luz,
buscando la salida. ¿Cómo podrá encontrar al niño que se ha perdido dentro de
él, cómo va a darle una voz para que entone su triste canción?
El silbido en un
hueso. Le viene a la mente un viejo cuento, el de un joven que fue asesinado,
mutilado y después esparcidos sus miembros: su fémur, cuando so-pla el viento,
silba un lamento y nombra a sus asesinos. Uno por uno, es cierto, van viniendo
todos los viejos cuentos, los cuentos que oía contar a su abuela, los cuen-tos
cuyo significado desconocía, los cuentos que se han amontonado con insensatez,
como los huesos, cara al fu¬turo. Un gran osario de cuentos que datan de antes
de que empezara la historia, cuentos ideados y mimados por el pueblo. ¡Que
Pavel encuentre el camino que le lleve a mi fémur, que me silbe desde allí!
Padre, ¿por qué me has dejado en el bosque tenebroso? Padre, ¿cuándo vendrás a
rescatarme?
La vela que arde ante
el icono no es más que un char¬co de cera; el ramillete de flores languidece.
Después de colocar la hornacina, la niña la ha olvidado quizá adrede. ¿Adivina
acaso que Pavel ha dejado de hablarle a su pa¬dre, que también se ha perdido,
que las únicas voces que ahora escucha son voces demoníacas?
Endereza el pábilo,
lo enciende, se arrodilla. Los ojos de la Virgen están fijos en su bebé, el
cual lo mira desde la estampa a la vez que eleva un minúsculo dedo admonitorio.
11
EL PASEO
Durante la semana
transcurrida desde la última vez que tuvieron relaciones íntimas, se ha
levantado entre Anna Sergeyevna y él una barrera de incómoda formalidad. Los
modales con que ella le trata han terminado por ser tan constreñidos que él
está seguro de que la niña, que obser¬va y escucha a todas horas, habrá llegado
a la conclusión de que ella desea que se marche cuanto antes de la casa.
¿En beneficio de
quién mantienen los dos esa aparien¬cia de distanciamiento? No por ellos, eso
está bien claro. Solamente la mantienen a ojos de los niños, los dos: la
presente y el ausente.
Sin embargo, él
anhela tenerla en sus brazos otra vez. Tampoco cree que ella sea del todo
indiferente. A solas, se siente como un perro que da vueltas persiguiéndose el
rabo, en círculos más cerrados cada vez. Con ella, a salvo en la oscuridad,
tiene el palpito de que sus extremidades se distenderán y su espíritu quedará
liberado, el espíritu que en estos momentos parece anudado a su cuerpo por los
hombros, las caderas y las rodillas.
En la médula de su
anhelo radica un deseo que en la primera noche aún no había reconocido
plenamente, pero que ahora parece haberse centrado en el olor de ella. Como si
los dos fuesen animales, a él le atrae algo que husmea en el aire alrededor de
ella, el olor del oto–o, el olor de las avellanas en particular. Ha comenzado
a comprender cómo viven los animales y también los ni¬ños pequeños, atraídos o
repelidos por las neblinas, las auras, los ambientes. Se ve a sí mismo encima
de ella como un león, acariciándole con el hocico el cabello del cuello,
enterrando el morro en su axila, frotándose la cara contra su entrepierna.
La puerta no tiene
cerrojo. No es concebible que la niña se adentre en el cuarto a una hora como
esta, y que llegue a verlo en ese estado de... Se aproxima a la palabra con
disgusto, pero es la única palabra acertada: ese esta¬do de lujuria. Y son
muchos los niños que padecen so¬nambulismo: también podría ella levantarse en
mitad de la noche y entrar en su cuarto sin haberse despertado si¬quiera. ¿Se
transmiten de madres a hijas estos olores tan íntimos? ¡Pensamientos
descarriados, deseos escarria¬dos! Todos tendrán que ser enterrados en su
interior, es¬condidos para siempre, de todos, salvo de uno. Y es que Pavel
ahora está en su interior, y Pavel nunca duerme. A lo sumo puede rezar para que
una debilidad que en tiempos habría repugnado al muchacho ahora le lleve una
sonrisa a los labios, una sonrisa divertida y tolerante.
Tal vez también
Nechaev, cuando haya cruzado el río oscuro camino de la muerte, cese de ser un
lobo y apren¬da a sonreír de nuevo.
Y así aguarda frente
a la tienda de Yakovlev a la noche siguiente, cuando por fin sale Anna
Sergeyevna. Cruza la calle y saborea la sorpresa que le produce verlo.
—¿Damos un paseo? —le
propone.
Ella se abriga,
ciñéndose el chal sobre los hombros.
—No sé. Matryosha
estará esperándome.
No obstante, dan un
paseo. El viento ha dejado de so¬plar, el aire es frío y tonificante. Por las
calles, a su alre¬dedor, se nota un placentero bullicio. Ninguno de los dos
presta atención a lo que sucede. Podrían ser cualquier pareja casada.
Ella lleva una cesta
que él le quita de las manos. Le gusta cómo camina ella, con largas zancadas,
los brazos cruzados bajo los pechos.
—Tendré que marcharme
muy pronto —le dice.
Ella no contesta.
La cuestión de su
esposa se interpone ahora delicada¬mente entre los dos. Al aludir a su partida,
se siente como el jugador de ajedrez que ofrece un peón, y que tanto si es
aceptado como rechazado, complicará poste¬riormente la partida ¿Son los asuntos
entre hombres y mujeres siempre como este, en el cual uno trama y el otro urde
una trama opuesta? ¿Es la trama un elemento del placer, ser el objeto de las
intrigas del otro, dejarse llevar a una esquina y verse dulcemente presionado
hasta capitular? Mientras ella camina a su lado, ¿no estará tam¬bién a su
manera tramando algo contra él?
—Tan solo espero que
la investigación siga su curso. Ni siquiera he de quedarme hasta su resolución.
Lo único que quiero son los papeles, para mí, el resto carece de importancia.
—¿Y entonces se
vuelve a Alemania?
—Sí.
Han llegado al paseo
fluvial. Al cruzar la calle, él la toma del brazo. Al lado el uno del otro, se
apoyan en la barandilla, mirando el agua.
—No sé si detestar
esta ciudad por lo que hizo a Pavel —dice— o si sentirme más estrechamente
unido a ella por eso mismo, porque ahora es el hogar de Pavel. Ya nunca lo
abandonará, nunca viajará tal como deseaba.
—Qué ridiculez,
Fiodor Mijailovich —replica ella con una sonrisa de soslayo. Pavel va con
usted; usted es su auténtico hogar. Él va en su corazón, y viaja con usted por
donde quiera que vaya. Salta a la vista.
Le toca el pecho
levemente con la mano enguantada.
Él siente que se le
desboca el corazón, como si las ye¬mas de sus dedos hubiesen tocado de hecho el
órgano. Pura coquetería. ¿De eso se trata, o es que el gesto brota con
naturalidad del corazón de Anna Sergeyevna? Lo más natural del mundo sería
tomarla ahora en sus brazos. Él nota sin lugar a dudas que su mirada está
devorando su boca bien delineada, en la que aún luce una sonrisa. Y ella no se
defiende de esa mirada. No es una mujer joven; no es una niña. Se miran uno a
otro por encima del cuerpo de Pavel, y los dos lanzan sus desafíos. El
par¬padeo de una idea: ¡si al menos él no estuviera aquí..! Lue¬go, la idea se
desvanece a la vuelta de una esquina.
A un vendedor
callejero le compran unos pastelillos de pescado para la cena. Matryona abre la
puerta, pero cuando ve quién viene con su madre se da la vuelta y se va. En la
mesa está de un humor irritante, e insiste en que su madre preste atención a un
largo y confuso relato de una pelea habida en la escuela entre una compañera y
ella. Cuando él interviene para defender tímidamente a la otra niña, Matryona
suelta un bufido y no se digna contestar.
Ella ha tenido que
notar algo, él lo sabe, e intenta re¬clamar a su madre, afirma que le pertenece
a ella ¿Por qué no? Tiene todo el derecho. Sin embargo, ¡si al menos ella no
estuviera aquí! Esta vez no reprime la idea. Si no estuviese la niña, él no malgastaría
ni una palabra más. Apagaría la luz de un soplido y, a oscuras, los dos se
en¬contrarían de nuevo. Disfrutarían de la cama grande para ellos solos, la
cama de viuda, la cama viuda del cuerpo de un hombre desde hace... ¿Cuánto
dijo? ¿Cua¬tro años?
Tiene una visión de
Anna Sergeyevna que resulta cru¬da por su sensualidad manifiesta. Tiene las
enaguas le¬vantadas, de modo que por debajo quedan los pechos desnudos. Él se
encuentra entre sus piernas: los largos y pálidos muslos de ella lo estrechan.
Tiene la cara ladea¬da, los ojos cerrados, respira jadeando. Aunque el hom¬bre
que copula con ella no es otro que él mismo, de al¬gún modo él lo ve todo como
si estuviera junto a la cama. Son los muslos de ella los que dominan la visión:
sus manos se curvan en torno a ellos, él se los aprieta contra los flancos.
—Venga, acábate lo
que tienes en el plato —apremia la madre a su hija.
—No tengo hambre, me
duele la garganta —se queja Matryona. Juguetea con la comida un momento más,
luego la aparta a un lado.
Él se pone en pie.
—Buenas noches,
Matryosha. Espero que mañana te encuentres mejor.
La niña no se toma la
molestia de contestar. Él se reti¬ra, la deja en posesión del campo.
Reconoce la fuente de
la visión: una postal que hace años compró en París y que destruyó junto al
resto de su colección de postales eróticas cuando se casó con Anya. Una
jovencita de largo cabello negro que yacía bajo un hombre bigotudo. AMOR
GITANO, decía la leyenda con mayúsculas alambicadas. Sin embargo, las piernas
de la muchacha eran gruesas en la postal, y sus carnes fláccidas; vuelta hacia
el hombre (que se sostenía erguido con rigi¬dez sobre los brazos), su cara
parecía desprovista de toda expresión. Los muslos de Anna Sergeyevna, de la
Anna Sergeyevna que él recuerda, son más esbeltos, más fuer¬tes; hay algo que
parece decidido en su forma de aferrarlo, algo que él relaciona con el hecho de
que no sea una jovencita, sino una mujer madura, ávida. Madura plena¬mente, y
por tanto abierta (esa es la palabra que se insi¬núa con insistencia) a la
muerte. Un cuerpo en sazón, lis¬to para la experiencia, pues sabe que no por
siempre ha de vivir. Es un pensamiento excitante, pero también per¬turbador. A
esos muslos les da igual quién se encuentre apresado entre ellos; visto desde
arriba, desde un lado de la cama, el hombre de la imagen es y no es él.
Hay una carta sobre
su cama, apoyada contra la almo¬hada. Por un instante piensa despavorido que es
de Pavel, que se ha materializado en el cuarto. Pero la letra es de la niña.
«He intentado dibujar a Pavel Aleskandrovich», dice (con la falta al escribir
el nombre), «pero no me sale bien. Si quieres, colócalo en la hornacina.
Matryona.» En el reverso hay un dibujo a lápiz, algo desvaído, de un joven con
la frente despejada y los labios carnosos. El dibujo es tosco, la niña no sabe
aplicar sombras; no obstante, en la boca, y particularmente en la mirada
osa¬da, ha logrado captar a Pavel.
—Sí —susurra—, sí, lo
pondré en la hornacina.
Se lleva la imagen a
los labios, la apoya contra la pal¬matoria y enciende una nueva vela.
Sigue mirando la
llama cuando una hora más tarde lla¬ma a la puerta Anna Sergeyevna.
—Le traigo su ropa
limpia —dice.
—Pase, siéntese.
—No, no puedo.
Matryosha está inquieta; creo que no está nada bien.
No obstante, toma
asiento al borde de la cama.
—Nos tienen firmes
los dos, estos hijos nuestros —co¬menta él.
—¿Que nos tienen
firmes?
—Velan por nuestra
moral. Nos tienen separados.
Es un alivio que no
esté la mesa del comedor entre ambos. También la vela aporta una reconfortante
pla¬cidez.
—Lamento que tenga
que marcharse—dice ella, pero tal vez sea mejor que se marche de esta triste
ciudad. Tal vez sea lo mejor para usted y también para su familia.
—Estarán echándole de
menos. Y usted también les echará de menos.
—Cuando regrese, seré
una persona distinta. Mi mujer no me reconocerá. O sí, pensará que me conoce,
pero estará equivocada. Preveo que serán tiempos difíciles para todos. Yo
estaré pensando en usted. ¿Cómo la lla¬maré en mis pensamientos? Mi mujer
también se llama Anna, ya ve.
—Ese es mi nombre
antes de que fuera el suyo —res¬ponde ella de modo cortante, sin ánimo de
jugar. De nuevo lo ve con claridad meridiana: si ama a esta mujer, es en parte
por no ser joven. Ya ha cruzado una línea a la que aún ha de llegar su esposa.
Puede o no puede serle más querida, pero definitivamente está más cerca de él.
Regresa el tira y
afloja indudablemente erótico, pero con más fuerza que nunca. Hace una semana,
estaban los dos abrazados en esa misma cama. ¿Es posible que ella no esté
pensando en eso ahora mismo?
Él se inclina y le
deposita la mano sobre el muslo. Con la colada aún sobre el regazo, ella
inclina la cabeza. Él se acerca más. Entre el índice y el pulgar la sujeta por
el cuello, acerca el rostro al suyo. Ella eleva la mirada: por un instante, a
él le parece mirar a los ojos de un gato, un gato cauteloso, apasionado,
codicioso.
—Debo irme
murmura—ella. Se suelta con un movi¬miento y se va.
La desea
ardientemente. Más aún: la desea, pero no en esa estrecha cama de niño, sino en
la cama de viuda que tiene en la habitación contigua. La imagina así al verla
tendida junto a su hija, con los ojos muy abiertos y relu¬cientes. Por vez
primera se da cuenta de que pertenece a un tipo de mujer sobre el cual nunca ha
escrito en sus li¬bros. Las mujeres a las que está acostumbrado no carecen de
intensidad propia, aunque sea una intensidad de piel y de nervio. Las
sensaciones que tienen son intensas, eléctricas, inmediatas: acontecen en la
superficie. En cam¬bio, con ella se adentra en un cuerpo que sangra, un cuer¬po
visceral, cuyas sensaciones tienen lugar en lo más pro¬fundo.
¿Será un rasgo que
pueda trasladarse a otras mujeres, cultivarse en otras? ¿En su esposa, por
ejemplo? ¿Existe acaso una cualidad de la sensación que tiene ahora liber¬tad
de hallar en otras, tras haberla hallado en ella?
¡Qué traición!
Si tuviera mayor
confianza en su dominio del francés, canalizaría esta perturbadora excitación a
través de uno de esos libros que no pueden publicarse en Rusia, un li¬bro de
los que se pueden dar por terminados de un tirón, en dos o tres semanas,
incluso sin copista, diez seudóni¬mos diferentes, trescientas páginas. Un libro
de la noche, en el que todos los excesos fueran representados y nin¬gún límite
se respetase. Un libro que jamás fuese relacio¬nado con él. Remitiría el
manuscrito por correo, de Dresde a París, a Paillard, para que fuera impreso
clandes¬tinamente y vendido luego bajo cuerda en la orilla iz¬quierda del Sena
Memorias de un noble ruso, un libro que Anna Sergeyevna, su verdadera
engendradora, nunca lle¬gase a ver, con un capítulo en el que el noble que
redac¬ta sus memorias lee en voz alta a la joven hija de su amante un relato
sobre la seducción de una joven, en el que él mismo surge con creciente
claridad como auténti¬co seductor. Un relato repleto de detalles íntimos y
alu¬siones psicológicas que en modo alguno seduce a la hija y que, por el
contrario, la aterra: le perturba, le quita el sueño, la lleva a dudar tanto de
su pureza que tres días después se entrega a él desesperada, de forma
infinita-mente vergonzosa, de una forma tal como nunca hubiera podido concebir
una niña, a no ser que la historia de su propia seducción y el modo en que se
lleva a cabo no es¬tuvieran hondamente grabados en ella de antemano.
Recuerdos
imaginarios. Memorias de la imaginación.
¿Será esa la
respuesta a la pregunta que él se formula? ¿Será que ella lo deja en libertad
para escribir un libro sobre el mal? ¿Con qué finalidad? ¿Para que él se libre
del mal, o para que se desgaje del bien?
Ni una sola vez, a lo
largo de esta dilatada ensoñación, se le ocurre pensar en Pavel. La casa había
quedado en silencio, y ahora lo nota regresar entre gemidos, pálido, en busca
de un sitio donde recostar la cabeza. ¡Pobre muchacho! ¡El festival de los sentidos
que le hubiese de¬jado por herencia le ha sido robado! Tumbado en la cama de
Pavel, no puede por menos que notar un estremeci¬miento siniestramente
triunfal.
Por lo común, por las
mañanas disfruta de la vivienda para él solo. Pero hoy Matryona no ha ido a la
escuela, está arrebolada, tiene una tos seca, le cuesta trabajo res¬pirar. Con
ella en la vivienda, es menos capaz que nunca de concentrarse en la escritura.
Se descubre al acecho, procurando en todo momento oírla arrastrar los pies en
la habitación de al lado. Hay momentos en los que po¬dría jurar que siente sus
ojos taladrarle por la espalda.
A mediodía, el
portero trae un mensaje. Reconoce en el acto el papel gris y el sello rojo. El
final de la espera: recibe la orden de presentarse en el despacho del
investi¬gador judicial, el consejero P. P. Maximov, en relación con el asunto
de P. A. Isaev.
De la calle Svechnoi
se dirige a la estación de ferro¬carril para hacer una reserva, y de ahí va a
la comisaría. La antesala está repleta de gente. Se identifica en el mos¬trador
y se dispone a esperar su turno. Cuando el reloj da las cuatro, el sargento que
le atendió en el mostrador guarda la pluma, se estira, apaga la lámpara y
comienza a conducir a los presentes hacia la salida.
—¿Qué sucede?
—protesta.
—Es viernes, cerramos
antes —dice el sargento—. Vuelva usted mañana por la mañana.
A las seis está
esperando delante de Yakovlev. Al verlo ahí, Anna Sergeyevna se muestra
alarmada.
—¿Matryosha...? —le
pregunta.
—Dormía cuando me
marché. He pasado por una far¬macia para comprarle algo que le alivie la tos.
Le muestra un
frasquito de cristal marrón.
—Gracias.
—Me ha vuelto a citar
la policía por algo relacionado con los papeles de Pavel. Espero que mañana
mismo po¬damos zanjar el asunto de una vez por todas.
Caminan un rato en
silencio. Anna Sergeyevna parece preocupada. Por fin toma la palabra.
—¿Hay alguna razón en
especial por la cual tenga que apoderarse de esos papeles?
—Me sorprende que me
lo pregunte. ¿Qué otra cosa suya ha dejado Pavel al morir? Para mí, no hay nada
tan importante como esos papeles. Para mí, son su palabra. —Y al cabo de un
rato en silencio añade—: ¿Sabía usted que estaba escribiendo un relato?
—Escribía a ratos.
Sí, ya lo sabía.
—El que le digo
trataba sobre un convicto que se fuga...
—Ese no lo conozco. A
veces nos leía a Matryosha y a mí lo que estaba escribiendo, más que nada por
ver qué nos parecía. Pero nunca leyó un relato sobre un con¬victo.
—No se me había
ocurrido que hubiera otros relatos...
Ah, pues claro que
escribía otros relatos. Y también poemas... aunque era cohibido, y los poemas
apenas nos los enseñaba. Tuvo que llevárselos la policía, claro, cuan¬do se
llevaron todo lo demás. Pasaron mucho tiempo en su habitación registrándolo
todo. No se lo había dicho, pero levantaron incluso los tablones de la tarima.
Se lle¬varon todos los papeles.
—Entonces... ¿Es así
como Pavel pasaba el tiempo? ¿Es¬cribía?
Ella lo mira con
extrañeza.
—Pues ¿cómo pensaba
usted, si no?
Él contiene el deseo
de darle una rápida respuesta.
—Teniendo por padre a
un escritor, ¿qué otra cosa se podía esperar? —sigue ella.
—Escribir no es cosa
de familia.
—Tal vez no. Yo no
soy quién para juzgarlo, pero nadie le obligó a escribir para intentar ganarse
la vida. Puede que solo fuese una forma de aproximarse a su padre, de
alcanzarlo.
Él hace un gesto de
exasperación: ¡yo también lo hubiese querido sin relato ninguno!, piensa.
—Nadie tiene que
ganarse a pulso el cariño de su padre —dice por el contrario.
Ella titubea antes de
volver a hablar.
—Hay algo que
quisiera advertirle, Fiodor Mijailovich. Pavel convirtió en figura de culto a
su padre: idealizó a Alexander Isaev, quiero decir. No se lo diría si no
supusiera que antes o después encontrará rastros de ese culto entre sus
papeles. Debe usted ser tolerante. A los niños les agrada idealizar a sus
padres. La misma Matryona...
—¿Idealizar a Isaev?
Isaev era un alcohólico, un mal es¬poso, un don nadie. Su propia esposa, la
madre de Pavel, al final ya no lo aguantaba. Lo habría abandonado, de no ser
porque él murió sin darle tiempo. ¿Cómo es posible idealizar a una persona así?
—Viéndolo de forma
borrosa, por supuesto. A Pavel le costaba mucho verlo a usted de forma borrosa.
Si me permite que se lo diga, usted es demasiado inmediato para él.
—Eso es porque fui yo
el que tuvo que criarlo día a día. Yo lo quise como a un hijo, y como a un hijo
lo traté cuando todos los demás le dieron de lado.
—No exagere. Sus
padres no le dieron de lado: simple¬mente murieron. Además, si usted ejerció el
derecho de elegirle a él por hijo, ¿por qué no iba él a tener derecho de elegir
a su padre?
—¡Porque él era mucho
mejor que Isaev! Esto de que los jóvenes den la espalda a sus padres, a sus
casas, a su crianza, solo porque no son de su agrado, terminará por convertirse
en una de las peores lacras de nuestro tiem¬po. Poco a poco no habrá nada que
les satisfaga, nada, sal¬vo ser hijos de Stenka Razin o de Bakunin.
—Está usted diciendo
tonterías. Pavel no escapó de su casa: usted sí que escapó de él.
Cae un enojoso
silencio. Cuando llegan a la calle Gorojovaya, él se disculpa y la deja.
Caminando de un
extremo a otro del paseo fluvial, medita sobre lo que le ha dicho ella. Sin
dudarlo, él ha permitido que emergiese algo vergonzante y muy suyo, de modo que
le invade el resentimiento por el hecho de que ella fuese testigo de ese
trance. Al mismo tiempo, le da vergüenza esa mezquindad. Se siente atrapado en
un dilema moral que le resulta conocido, tan familiar, de hecho, que ya no lo
altera, razón por la cual debería ser tanto más vergonzante. Pero hay otra cosa
que también le incomoda, igual que la punta de un clavo que empie¬za a asomar
por la punta del zapato, si bien no puede o no quiere definirla.
Hay aún cierta
tensión en el aire cuando vuelve a la vivienda. Matryona se ha levantado de la
cama. Lleva el abrigo de su madre por encima del camisón, pero va descalza.
—¡Me aburro! —gimotea
una y otra vez. A él no le presta ninguna atención. Aunque se sienta con ellos
a la mesa, no prueba bocado. Despide un olor agrio; estor¬nuda, y de vez en
cuando tiene un incontenible acceso de tos seca.
—No deberías estar
levantada, mi niña —comenta él con dulzura.
—A mí no me digas qué
he de hacer, que tú no eres mi padre—le replica.
—¡Matryosha! —la
recrimina su madre.
—¿Qué? ¿Lo es o no lo
es? —insiste ella, y acto seguido calla y adopta un gesto arisco.
Después de que él se
haya retirado, Anna Sergeyevna llama a la puerta de su habitación y entra. Él
se levanta con cautela.
—¿Cómo está?
—Le he dado la
medicina que compró usted, y parece más descansada. Tendría que guardar cama,
pero es una chiquilla muy obstinada, y yo no puedo impedirle que se levante.
Pero he venido a pedirle disculpas por lo que le dije, y también a preguntarle
qué planes tiene para mañana.
—No tiene por qué
disculparse. La culpa la tengo yo. He hecho una reserva para el tren de mañana
por la no¬che, pero aún estoy a tiempo de cambiarla.
—¿Por qué iba a
cambiarla? Mañana tendrá los papeles que tanto desea. ¿Por qué iba a quedarse
más de lo estric¬tamente necesario? Al fin y al cabo, no querrá convertirse en
el eterno huésped. ¿No hay un libro que se titula así?
—¿El eterno huésped?
No, no que yo sepa. Además, todas las decisiones pueden modificarse, incluidas
las de mañana. No hay nada definitivo. Claro que en este caso no está en mis
manos esa modificación.
—¿En manos de quién
está?
—En las suyas.
—¿En mis manos?
¡Desde luego que no! Sus decisiones están solamente en las manos de usted, yo
nada tengo que ver en lo que usted decida. Por la mañana no podré verlo; tengo
que madrugar, porque es día de mercado. Puede dejarme la llave puesta por
dentro.
Así ha llegado el
momento. El respira hondo. Tiene la mente en blanco. A partir de ese blanco
empieza a ha¬blar rindiéndose a las palabras que afluyen a sus labios, yendo
allí adonde le lleven.
—En el transbordador,
cuando me llevó usted a ver la tumba de Pavel— dice, las miré a Matryosha y a
usted cuando estaban sujetas a la barandilla, mirando de frente la neblina. ¿Se
acuerda que aquel día era espesa la nebli¬na? Y me dije entonces: «Ella lo
devolverá. Ella es —res¬pira hondo otra vez— una conductora de almas». No es
esa la palabra que se me ocurrió en el momento, pero ahora sé que es la palabra
adecuada.
Ella lo contempla
inexpresiva. Él le toma la mano en¬tre las suyas.
—Lo quiero de vuelta
—dice—. Tiene usted que ayudar¬me. Quiero besarle en los labios.
A la vez que
pronuncia cada palabra se da cuenta de lo enloquecidas que son todas ellas.
Diríase que entra y sale de la locura como entra y sale una mosca por una
venta¬na abierta.
Ella se ha puesto
tensa, lista para huir. Él la sujeta con más fuerza, la retiene.
—Es la verdad. Es así
como la considero. Pavel no llegó aquí por casualidad. En alguna parte estaba
escrito que había de ser conducido... hacia la noche.
Cree y no cree en lo
que está diciendo. Se le pasa por la mentes un fragmento de un recuerdo, un
cuadro que ha visto en una galería, ni siquiera sabe dónde: una mu¬jer vestida
de oscuro, con severidad, de pie ante una ventana, con un niño al lado. Los dos
miran el cielo cu¬bierto de estrellas. Más vividamente que la imagen re-cuerda
las volutas sobredoradas del marco.
La mano de ella está
inerte entre las suyas.
—Está en su poder
—prosigue, siguiendo todavía a las palabras como si fueran faros, escrutando
por dónde han de llevarle. Usted puede devolvérmelo, aunque no sea más que un
minuto. Solo un minuto.
Recuerda ahora qué
seca le pareció cuando se encon¬traron por vez primera: como una momia, secos
huesos envueltos en los trozos de lienzo que se harán polvo en cuanto uno los
toque. Cuando ella le habla, la voz se le quiebra en la garganta.
—Lo quiere usted
tanto —dice— que sin duda lo verá de nuevo.
Él le suelta la mano.
Como si fuera una cadena de huesos, ella la retira. ¡No me tome el pelo! Eso es
lo que le entran ganas de decirle.
—Usted es un artista,
un maestro. Está a su alcance, y no al mío, devolverlo a la vida.
Maestro. Es una
palabra que él asocia al metal, al tem¬ple de las espadas, a la forja de las
campanas. Un maestro herrero, el maestro de una fundición. Maestro de la vida:
extraña expresión, aunque él está preparado para refle¬xionar sobre ello. Dará
cobijo a todas las palabras y a to¬das las expresiones, sin que importe cuan
extrañas, cuan extraviadas sean, siempre y cuando haya alguna posibili¬dad de
que formen un anagrama de Pavel.
—Estoy muy lejos de
ser un maestro —dice—. Me re¬corre de lado a lado una grieta. ¿Qué se va a
hacer con una campana agrietada? Una campana agrietada no tie¬ne arreglo.
Es verdad lo que
dice. Pero al mismo tiempo recuerda que una de las campanas de la catedral de
la Trinidad de Sergiyev está rajada, y que lo está desde antes de los tiempos
de Catalina la Grande. Nunca la han descolgado para fundirla. Todos los días se
la oye tañer por toda la ciudad. La gente la llama «la pata de palo de San
Sergio».
Ahora nota una cierta
exasperación en la voz de ella.
—Lo lamento por
usted, Fiodor Mijailovich, pero con¬viene que recuerde que no es usted el
primer padre que ha perdido un hijo. Pavel vivió veintidós años. Piense, pues,
en todos los hijos que han muerto en la más tierna infancia...
—¿Y...?
—Y reconozca que es
la regla, y no la excepción, sufrir y llorar la pérdida. Y pregúntese si se
duele por Pavel o si se duele más bien por usted mismo.
La pérdida. Se
instala entre ambos una distancia gla¬cial.
—No lo he perdido
Pavel, no está perdido —dice entre dientes.
Ella se encoge de
hombros.
—Si no está perdido,
usted ha de saber dónde está. Cier¬tamente, no se encuentra en esta habitación.
Mira a su alrededor.
Ese amontonarse las sombras en un rincón, ¿no podría ser la huella del aliento
de la sombra de su espíritu?
—Nadie vive en un
sitio para marcharse sin dejar nada suyo en él —susurra.
—No, claro que no.
Siempre se deja algo por donde uno pasa. Eso es lo que ya le dije esta tarde.
Pero lo que él haya dejado no está en esta habitación. Él se ha ido de aquí, y
aquí no lo podrá encontrar. Hable con Matryona. Haga las paces con ella antes de
marcharse. Su hijo y ella estuvieron muy unidos. Si él ha dejado huella, tiene
que haber sido en la niña.
—¿Y en usted?
—Yo le tenía mucho
cariño, Fiodor Mijailovich. Fue un joven bueno y generoso. En calidad de hijo
suyo, de usted, su vida no fue nada fácil. Estaba solo, inseguro de sí mismo,
tuvo que luchar por encontrar su camino. De todo eso me di perfecta cuenta. Pero
yo no soy de su generación. Conmigo no podía hablar como hablaba con Matryona.
Los dos juntos podían ser como niños —hace una pausa—. Muchas veces tenía la
sensación, y déjeme señalarlo ahora, ya que estamos siendo sinceros el uno con
el otro, de que el niño que Pavel llevaba den¬tro tuvo que dejar de serlo
cuando aún era demasiado pronto, sin haber tenido tiempo suficiente de jugar.
No sé si se le habrá ocurrido pensar en esto, puede que no, pero todavía me
sorprende su enfado con él por algo tan trivial como es el hecho de dormir
hasta tarde.
—¿Por qué le
sorprende?
—Porque esperaba de
usted una mayor simpatía. Usted es un artista, ¿no? Hay niños que sueñan de
noche, y otros en cambio esperan a la mañana para soñar. Debería pensarlo dos
veces antes de despertar a un niño que está soñando. Cuando Pavel estaba con
Matryona, el niño que había en él encontraba de nuevo una ocasión para salir a
la superficie. Ahora me alegro de que ocurriese, me alegro de que no perdiera
la oportunidad.
Vuelve a él una
imagen de Pavel tal como era a los sie¬te años, con su abrigo a cuadros grises,
su gorro calado hasta las orejas y las botas demasiado grandes para su ta¬lla,
correteando por la nieve, gritando como un loco. En esa imagen descuella por la
esquina algo más, algo que rechaza.
—Pavel y yo nos
conocimos en Semipalatinsk cuan¬do él ya tenía siete años —dice—. Yo no le caí
bien. Yo era simplemente el desconocido con el cual iban a vi¬vir su madre y
él, era el hombre que iba a arrebatarle a su madre.
Su madre, la viuda.
El hijo de una viuda.
Lo que ha rechazado
en todo momento, lo que ha querido quitar de en medio, lo que regresa con
insisten¬cia mientras habla, es lo que solamente puede calificar de trasgo, un
ser pequeño y deforme, pelirrojo, con la barba roja también, no más alto que un
niño de tres o cuatro años. Pavel sigue corriendo y gritando por la nie¬ve; las
rodillas le chocan una con otra como si fuera un potrillo. En cuanto al trasgo,
permanece a un lado, mi¬rándolo todo. Lleva un jubón color herrumbre, con el
cuello abierto. No parece que tenga frío.
—... difícil para un
niño... —Anna Sergeyevna dice algo a lo que él solo puede atender a medias.
¿Quién es ese trasgo?
Escruta su cara con más empe¬ño. Se sobresalta cuando lo entiende. La piel
cubierta de cráteres, las huellas de la viruela hinchadas y endurecidas por el
frío, la barba rala que crece entre las pústulas... es de nuevo Nechaev, un Nechaev
empequeñecido, un Nechaev que en Siberia persigue los orígenes de su hijo. ¿Qué
sentido tiene esa visión? Gime suavemente para sus adentros, y Anna Sergeyevna
se calla en el acto.
—Lo siento —dice a
modo de disculpa, pero es verdad que la ha ofendido.
—Seguro que tiene
cosas que hacer —dice ella—. Aún no ha preparado su equipaje.
A pesar de sus
disculpas, se marcha.
12
ISAEV
Es conducido al mismo
despacho que la otra vez, pero el oficial que lo recibe sentado ante su mesa no
es Maximov. Sin presentarse siquiera, este hombre le indica una silla.
—¿Se llama? —dice.
Da su nombre.
—Pensé que me iba a
recibir el consejero Maximov.
—Ya llegaremos a eso.
¿Ocupación?
—Escritor.
—¿Escritor? ¿Qué
clase de escritor?
—Escribo libros.
—¿Qué clase de
libros?
—Relatos. Cuentos.
—¿Para niños?
—No, no
particularmente para niños. Pero aspiro a que los niños puedan leerlos.
—¿Nada indecente?
—¿Nada indecente?
—sopesa la pregunta—. No, nada que pudiera ofender la sensibilidad de un niño—
contesta al fin.
—Bien.
—Claro que el corazón
tiene sus lugares oscuros añade con reluctancia—. Uno no siempre lo sabe.
Por vez primera, el
hombre levanta la mirada de sus papeles.
—¿Qué quiere decir?
Es más joven que
Maximov. El ayudante de Maximov, tal vez.
—Nada. Nada.
El hombre deja la
pluma sobre la mesa.
—Vayamos al asunto
que nos ocupa, el fallecimiento de Ivanov. ¿Conocía usted a Ivanov?
—No lo entiendo.
Pensé que me habían citado por algo relacionado con los papeles de mi hijo...
—Cada cuestión a su
debido tiempo. Primero, Ivanov. ¿Cuándo tuvo su primer encuentro con él?
—Hablé con él por
primera vez hará... una semana. Es¬taba perdiendo el tiempo, como si no tuviera
nada me¬jor que hacer, ante la puerta de la casa en la que actual¬mente estoy
alojado.
—Calle Svechnoi,
sesenta y tres.
—Calle Svechnoi,
sesenta y tres, sí. Hacía bastante frío y le ofrecí que se resguardara. Pasó la
noche en mi habi¬tación. Al día siguiente me enteré de que hubo un ase¬sinato y
de que él era sospechoso. Fue solo más tarde cuando...
—¿Ivanov era
sospechoso? ¿Sospechoso de asesinato? ¿Entiendo bien lo que me está diciendo?
¿Dice usted que Ivanov era un asesino? ¿Por qué lo cree?
—¡Por favor,
permítame terminar! Por todo el edificio corrió un rumor en ese sentido. A
menos que la niña que me repitió el rumor no lo hubiese entendido del todo,
claro. No lo sé. ¿Qué más da, si está muerto? Me sorprendió y me abrumó que una
persona como él fue¬se asesinada. Era absolutamente inofensivo.
—Pero no era lo que
parecía ser, ¿verdad?
—¿Quiere decir un
mendigo?
—No era un mendigo,
¿o sí?
—En cierto modo, no,
no lo era. Pero si se piensa bien, o si se piensa de otro modo, sí que lo era,
desde luego.
—No me habla usted
con claridad. ¿Quiere decir acaso que usted no estaba al corriente de las
responsabilidades de Ivanov? ¿Por eso le sorprendió lo ocurrido?
—Me sorprendió que
alguien pudiera poner en grave peligro su alma inmortal al asesinar a un don
nadie ino¬fensivo.
El funcionario lo
mira sardónicamente.
—Un don nadie, ya...
¿Es así como lo llaman en cris¬tiano?
En este momento,
Maximov en persona entra en la sala, al parecer con mucha prisa. Lleva bajo el
brazo un montón de cartapacios sujetos con badulaques de un rosa desvaído. Los
deja sobre la mesa, saca un pañuelo y se seca la frente.
—¡Qué calor hace
aquí! —murmura—. Gracias —añade, dirigiéndose a su colega. ¿Ha terminado?
Sin decir palabra, el
hombre recoge sus papeles y se marcha. Suspirando, secándose aún la cara,
Maximov ocupa su sillón.
—Lo lamento mucho,
Fiodor Mijailovich. Muy bien: el asunto de los papeles de su hijastro. Mucho me
temo que vamos a vernos obligados a conservar uno de ellos, a saber, el listado
de las personas que han de ser, como di¬cen nuestros amigos, liquidadas. Estoy
seguro de que es¬tará usted de acuerdo si le digo que de ninguna manera
conviene que circule ese papel, ya que solo causaría alar¬ma. Además, a su
debido tiempo formará parte de las pruebas que se aduzcan en el juicio contra
Nechaev. En cuanto al resto de los papeles, son suyos. Hemos termi-nado con
ellos y, por así decir, ya les hemos sacado todo el jugo.
»De todos modos,
antes de entregárselos definiti¬vamente, hay una cosa más que me gustaría
decirle, siempre y cuando me haga usted el honor de prestar atención.
»Si yo meramente me
tuviera por un funcionario en cuyo deber y en cuyo camino se hubiera cruzado
usted por azar, le devolvería estos papeles sin más historias. Soy también, si
me permite usted decirlo así, alguien que tie¬ne buena voluntad, alguien que tiene
su propio interés muy en consideración. Y por ello tengo serias reservas a la
hora de entregárselos. Permítame expresarle esas reser¬vas. Se trata de que aún
le aguardan a usted nuevos descu¬brimientos sin duda dolorosos, descubrimientos
además innecesarios. Si fuera posible que aceptase usted mi hu-milde consejo,
yo podría indicarle una serie de páginas en concreto en las que más le valdría
no detener su mirada. Claro está que, conociéndolo como yo lo conozco, es
de¬cir, tal como se conoce a un escritor por el hecho de ha¬ber leído sus
libros, es decir, de una manera íntima y sin embargo ilimitada, doy por
supuesto que mis esfuerzos tendrán solamente el efecto contrario, y mucho me
temo que aviven su curiosidad. Por consiguiente, permítame decirle tan solo lo
siguiente: no me culpe por haber leído esos papeles, que esa es, al fin y al
cabo, la responsabilidad que me encomienda la Corona, y no se irrite conmigo
por haber predicho con toda corrección (si es que así fue¬ra) cuál iba a ser su
manera de reaccionar antes estos pape¬les. A menos que se produzca un giro
imprevisto en el curso de los acontecimientos, usted y yo no tendremos más que
tratar. No hay razón por la cual no deba usted pensar que yo he dejado de
existir, así como puede decir¬se que deja de existir el personaje de un libro
tan pronto lo cerramos y lo devolvemos a su anaquel. Por mi parte, le puedo
asegurar que mis labios están sellados. Nadie me oirá decir una sola palabra
sobre este triste episodio.
Dicho esto, solo con
el dedo corazón de la mano de¬recha, Maximov empuja el cartapacio por encima de
la mesa, el cartapacio sorprendentemente grueso que con¬tiene los papeles de
Pavel.
Él se pone en pie,
toma su cartapacio, hace una leve inclinación y ya se dispone a marchar cuando
Maximov habla de nuevo.
—Si me permite que lo
retenga un minuto más, aun¬que por una cuestión algo distinta: ¿no habrá tenido
por casualidad algún contacto con la banda de Nechaev durante el tiempo que ha
pasado aquí en Petersburgo, verdad?
¡Ivanov! ¡Nechaev!
Así pues, esa es la razón de que le hayan convocado. Pavel, los papeles, los
reparos y la puntillosidad de Maximov... ¡no eran más que una cues¬tión
colateral, una añagaza!
—No entiendo qué
relación pueda tener conmigo su pregunta —responde con rigidez. No entiendo con
qué derecho me hace esa pregunta, ni qué derecho le asiste a esperar que yo
conteste.
—¡Ningún derecho!
Puede usted descansar tranquilo, que no se le acusa de nada. Solamente era una
pregun¬ta. En cuanto a la relación que tenga con usted, nunca hubiese dicho que
fuera algo tan difícil de adivinar. Ha¬biendo hablado de su hijastro como ha hablado
conmi¬go, deduje, quizá ahora sí que le sería más llevadero ha¬blar de Nechaev.
Y es que en nuestra conversación del otro día me dio la impresión de que lo que
usted opta por decir muchas veces tiene un doble sentido. Era como si cada
palabra llevase otra palabra oculta bajo ella, para entendernos. ¿Qué piensa al
respecto? ¿Estaba yo equivocado?
—¿Qué palabras? ¿Qué
hay tras ellas?
—Eso es algo que
usted tendrá que decir.
—Se equivoca. Yo no
hablo con adivinanzas. Todas y cada una de las palabras que utilizo quieren
decir lo que dicen. Pavel es Pavel, no Nechaev.
Con esto, se da la
vuelta y se dispone a marchar. Tam¬poco lo llama de nuevo Maximov.
Por las sinuosas
callejas del barrio de Moskovskaya lle¬va la carpeta hasta el número 63 de la
calle Svechnoi, sube al tercer piso, a su habitación, y cierra la puerta.
Desata la cinta. El
corazón le martillea de forma desa¬gradable. Que en sus prisas hay algo
desabrido es algo que no puede negar. Es como si acabara de ser devuelto a la
adolescencia, a las largas y sudorosas tardes que pasaba en el dormitorio de su
amigo Albert, ojeando los libros sustraídos de los anaqueles del tío de Albert.
El mismo terror de que alguien lo sorprendiera con las manos en la masa (un
terror en sí mismo delicioso), ese mismo en¬frascarse de manera apasionada.
Recuerda que Albert
le enseñó a dos moscas en pleno acto de la copulación, el macho encaramado a la
espalda de la hembra. Albert tenía las moscas en la palma de la mano. «Mira»,
le dijo. Pellizcó con delicadeza una de las alas del macho entre las yemas de
sus dedos, y dio un levísimo tirón. El ala se desprendió del cuerpo sin que la
mosca prestase la menor atención. Le arrancó luego la otra. La mosca, con su
rara espalda desprovista de extre¬midades, siguió a lo suyo. Con un gesto de
desagrado, Albert arrojó la pareja de moscas al suelo y las aplastó.
Imaginó cómo sería
mirar los ojos de la mosca frente a frente mientras las alas le eran
arrancadas: estuvo segu¬ro de que ni siquiera parpadearía, y puede que ni
si¬quiera lo viese. Era como si, mientras durase el acto, su alma se
introdujera en la hembra. La idea le hizo estre¬mecerse; le dieron ganas de
aniquilar a todas las moscas de la tierra.
Una respuesta
infantil frente a un acto que no enten¬día, un acto que temía, porque a su
alrededor, entre su¬surros y sonrisas, todos parecían insinuar que un buen día
también de él se esperaría que lo realizase. «¡No lo haré, no lo haré!», quiere
exclamar el niño entre jadeos. «¿Que no harás el qué?», contestan quienes lo
contem¬plan, de improviso boquiabiertos, desconcertados. «San¬to Dios, ¿de qué
habla este niño tan raro?»
La carpeta contiene
un diario encuadernado en cuero, cinco cuadernos pautados, de escolar, unas
veinte o vein¬ticinco hojas sueltas, aunque sujetas entre sí, un fajo de cartas
atadas con un cordel y algunos panfletos impresos: folletones con textos de Blanqui
y de Ishutin, un ensayo de Pisarev. Le resulta más inesperado el De Officis de
Cicerón, extractos del original con una traducción al francés. Lo hojea. En la
última página, con una caligrafía que no reconoce, se encuentra dos
anotaciones: Salus populi suprema lex esto y, debajo, en una tinta más clara,
talis pater qualis filius.
Un mensaje, o
mensajes. Pero ¿de quién a quién?
Toma el diario y, sin
leerlo, pasa con el pulgar las pági¬nas como si airease una baraja. La segunda
mitad está sin escribir. Con eso y con todo, el cuerpo de lo escrito no es
despreciable. Echa un vistazo a la fecha de la primera entrada, el 29 de junio
de 1866, día de la onomástica de Pavel. El diario tuvo que ser un regalo, sí,
pero ¿de quién? No logra recordarlo. 1866 destaca en su memoria por ser
exclusivamente el año de Anya, el año en que cono¬ció a la que iba a ser su
mujer, el año en que se enamoró de ella. 1866 fue un año en el que Pavel fue
ignorado del todo.
Como si fuese a tocar
un plato muy caliente, recién sacado del horno, alerta y listo para retroceder,
da lectu¬ra a esa primera entrada. Es una narración, un tanto ela¬borada por
cierto, de lo que hizo Pavel a lo largo de ese día. Es obra de un diarista aún
novato. No hay acusacio¬nes, no hay denuncias. Aliviado, cierra el libro.
Cuando llegue a Dresde, se promete, cuando tenga tiempo, lo lee¬ré entero.
En cuanto a las
cartas, son todas suyas. Abre la más re¬ciente, la última que remitió antes de
la muerte de Pavel. «Envío cincuenta rublos a Apollon Grigorevich —lee—. Es
todo lo que por el momento podemos permitirnos. Te ruego que no presiones a A.
G. para que te dé más dinero. Has de aprender a vivir con los medios de que
dispones.»
Son las últimas
palabras que dijo a Pavel, ¡y qué mez¬quinas palabras! ¡Es eso lo que leyó
Maximov! No es de extrañar que le advirtiese que no leyera. ¡Qué ignomi¬nia! Le
gustaría quemar la carta, borrarla de la historia.
Busca entre los
papeles el cuento que Maximov le leyó en voz alta. Maximov tenía razón: como
personaje, el joven héroe, Sergei, deportado a Siberia por haber encabezado una
revuelta estudiantil, es un fiasco. Pero el cuento es más largo de lo que
Maximov le había hecho creer. Durante varios días, después del asesinato del
pér¬fido terrateniente, Sergei y su María huyen de los solda¬dos, se refugian
en graneros, en establos, con la ayuda de los campesinos que les dan cobijo y
alimento, y que re¬ciben los interrogatorios de sus perseguidores fingiendo
desconocimiento, estupidez absoluta. Al principio duer¬men el uno al lado del
otro en casta camaradería, pero el amor crece con fuerza entre los dos, un amor
que se ex-presa no sin sentimiento, no sin convicción. Pavel clara¬mente
prepara una escena pasional. Hay una página en la que abundan las tachaduras,
en la cual Sergei confiesa a Marfa, con genuino ardor juvenil, que ella es para
él mucho más que una simple compañera de lucha, que le ha robado el corazón; en
vez de ese pasaje, Pavel parece haberse inclinado por una secuencia mucho más
intere¬sante, en la cual Sergei confiesa a Marfa la historia de su infancia
solitaria, sin hermanos ni hermanas, y le habla de su juvenil torpeza con las
mujeres. La secuencia ter¬mina con el balbuceo de Marfa al iniciar su propia
con¬fesión. Le dice: «Puedes... puedes. ».
Pasa las hojas. «No
tengo padre ni madre —dice Sergei a María—. Mi padre, mi auténtico padre, fue
un noble exiliado a Siberia por haber simpatizado con los revolu¬cionarios.
Murió cuando yo tenía siete años. Mi madre se casó por segunda vez. Su marido
no me tenía ningún aprecio. En cuanto tuve edad suficiente, me envió a la
escuela de cadetes. Fui el chico más pequeño de la clase, y allí fue donde
aprendí a luchar por mis derechos. Des¬pués regresaron a Petersburgo, se
instalaron allí y me mandaron llamar. Entonces murió mi madre y me que¬dé solo
con mi padrastro, un lúgubre individuo que prácticamente no me dirigía la
palabra durante días en¬teros. Me sentía solo; mis únicos amigos eran en parte
los criados. Gracias a ellos tuve conocimiento de cómo sufre el pueblo.»
No dista de la
verdad, no es totalmente falso, y sin em¬bargo, ¡qué sutilmente retorcido! ¡«No
me tenía ningún aprecio»! Era bien fácil sentir lástima del pequeño que no
tenía amigos a sus siete años de edad, y en cambio ¿cómo iba a quererlo, si era
tan suspicaz, tan poco dado a las sonrisas, si se aferraba casi con uñas y
dientes a su madre, como una lapa, y se quejaba a cada instante que no pasa¬ba
con ella, si en una sola noche se oía más de media do¬cena de veces, desde la
habitación contigua, esa vocecilla aguda e insistente que llamaba a su madre,
que le pedía que matase a los mosquitos que le estaban picando?
Deja a un lado el
manuscrito. ¡Un noble que fue su auténtico padre! ¡Pobre criatura! ¡Cuánto más
penosa era la verdad! La auténtica verdad era lo más penoso de todo. Claro que
¿quién, salvo el ángel de las crónicas, iba a preocuparse por escribir toda la
verdad, la penosa verdad? ¿Había escrito él con parecida dedicación a los
veintidós años?
Hay algo de
abrumadora importancia, y es algo que desea decirle al muchacho, aunque el
muchacho ya no podrá oírlo nunca. Si estás tocado por el don de la escri¬tura,
quiere decirle, ten en cuenta cuál es la fuente del don. Escribes precisamente
porque estuviste solo en tu infancia, porque no tuviste amor. (Aunque esa
tampoco es toda la historia, quiere añadir; sí que tuviste amor, y lo ha¬brías
tenido siempre, solo que tú elegiste que no te quisieran. ¡Qué confusión! ¡Un
simio lo haría mejor tocando las teclas de un armónium!) No escribimos gracias
a la ple¬nitud, quiere decirle; escribimos gracias a la angustia, a la
carencia. ¡No cabe duda: en el fondo de tu corazón tienes que saberlo! En
cuanto al que tú llamas tu autén¬tico padre, en cuanto a sus simpatías
revolucionarias, eso son tonterías. Isaev era un chupatintas. Si hubiera
segui¬do vivo, si tú hubieras seguido su ejemplo, simplemente te habrías
convertido en un amanuense, y nunca habrías dejado esta historia a tu muerte.
(Sí, sí oye la voz aguda del niño—, sí, ¡pero estaría vivo!)
¡Unos jovencitos
vestidos de blanco, jugando a ese juego francés, el croquet, o croixquette, el
juego de la crucecita, y tú en el prado, entre ellos! ¡Vivo! ¡Pobre chiquillo!
En las calles de Petersburgo, en esa cabeza que allí se vuelve para mirar atrás,
en el gesto de esa mano, te veo a ti, y cada vez que me pasa mi corazón se
eleva como se eleva una ola. En ningún lugar y en todas par¬tes, desgarrado y
esparcido cual Orfeo. Joven en sus días, chryseos, dorado, bendito.
La tarea que a mí me
queda: acaparar todo cuanto queda, ensamblar los pedazos esparcidos. Poeta,
tañidor de lira, mago, señor de la resurrección, eso es lo que a mí me queda
por ser. ¿Y la verdad? La espalda bien recta ante el escritorio, el dolor de un
corazón que se mueve con lentitud. Corazón de tortuga.
Llegué demasiado
tarde a levantar la tapa del ataúd, a besarte en la frente fría. Si mis labios,
tiernos como las yemas de los dedos de un ciego, hubieran podido rozarte solo
una vez, no habría dejado esta existencia con tan¬ta amargura contra mí. Pero así
te has ido con el nombre de Isaev, y yo, viejo y peregrino, aquí me quedo hasta
que haya de seguirte, perseguidor de una sombra violen¬ta sobre gris, un eco.
Con eso y con todo,
aquí estoy yo, no el padre Isaev. Si al ahogarte echaras mano de Isaev, tan
solo te sujeta¬rías a una mano fantasma. En el concejo de Semipalatinsk, en los
polvorientos archivos, en una caja que hay en las escaleras de atrás, su firma
aún está por leerse; por lo demás, no hay rastro de él aparte de este
recordatorio, el recordatorio de un hombre que quiso a su viuda y a su hijo.
13
EL DISFRAZ
El caso de Pavel se
ha cerrado. Nada más le retiene en Petersburgo. El tren sale a las ocho en
punto; el martes podrá estar con su mujer y con su hija en Dresde. A me¬dida
que se acerca la hora, sin embargo, empieza a parecerle cada vez más
inconcebible que llegue el instante en que retire las imágenes de la hornacina,
apague la luz de un soplido y deje la habitación de Pavel en manos de un
desconocido.
Pero si no se marcha
esta misma noche, ¿cuándo se marchará? ¿«El huésped eterno»? ¿De dónde habrá
saca¬do la frase Anna Sergeyevna? ¿Cuánto tiempo puede se¬guir esperando a un
fantasma? Es imposible, a menos que establezca otra relación con la mujer, a menos
que ten¬gan un trato totalmente distinto. Pero, en tal caso, ¿y su mujer?
Su mente es un
torbellino, no sabe qué quiere; todo lo que sabe es que las ocho en punto es
una hora que pen¬de sobre él como si fuera su sentencia de muerte. Busca al
portero y tras un largo tira y afloja consigue que un recadero lleve su billete
a la estación para cambiar la re¬serva para el tren del día siguiente.
Al volver, se asombra
cuando descubre que la puerta de su cuarto está abierta y que hay alguien
dentro: es una mujer que está de espaldas a él, al parecer inspeccio¬nando la
hornacina. Durante un instante de culpabilidad piensa que es su esposa, que ha
venido a Petersburgo de¬cidida a localizarle. Luego reconoce quién es, y ahoga
un grito de protesta en el último momento: Sergei Nechaev, con el mismo vestido
y cofia azul que la otra vez.
En ese instante entra
Matryona por la puerta que da a la vivienda. Sin darle tiempo a hablar, ella
toma la iniciativa.
—¡No debería usted
espiar a los demás de esa forma! —exclama.
—Pero... ¿qué están
haciendo los dos en mi habitación?
—Tenemos tanto
derecho... dice con vehemencia Ma¬tryona, pero Nechaev la interrumpe.
—Alguien nos ha
echado encima a la policía —dice, y se acerca un paso—. Espero que no haya sido
usted.
Bajo el aroma de
lavanda percibe el fétido sudor de hombre. El maquillaje que lleva en el cuello
está resque¬brajado; los cañones de la barba empiezan a brotar.
—Esa es una acusación
que solo merece mi desprecio, mi más absoluto desprecio. ¿Qué está haciendo en
mi cuarto, le digo? Se vuelve a Matryona. Y tú... ¡Estás enferma, tendrías que
guardar cama!
Sin hacer caso de sus
palabras, Matryona saca de un ti¬rón la maleta de Pavel.
—Le he dicho que se
puede quedar con el traje de Pa¬vel Alexandrovich —dice, y sin darle tiempo a
poner ob¬jeciones, añade—: ¡Sí, sí que puede! Pavel lo compró con su dinero, y
Pavel era amigo suyo.
Desata la correa de
la maleta y saca el traje blanco.
—¡Ahí lo tiene! —dice
con gesto desafiante.
Nechaev echa una
rápida mirada al traje, lo extiende sobre la cama y comienza a desabrocharse el
vestido.
—Por favor, le repito
que me explique...
—No hay tiempo para
eso. También necesito una ca¬misa.
Saca los brazos de
las mangas con cierta dificultad, y el vestido cae hasta sus tobillos;
permanece en pie, cubier¬to con una mugrienta ropa interior de algodón y con
sus botas de cuero negro. No lleva calcetines; tiene las piernas entecas y
peludas.
Lejos de sentirse
azorada, Matryona comienza a ayu¬darle a ponerse la ropa de Pavel. Él quiere
protestar, aunque ¿qué podría decir a los jóvenes cuando hacen caso omiso y
cierran prietas las filas frente a los viejos?
—¿Qué ha sido de su
amiga finesa? ¿No está con usted?
Nechaev se pone la
chaqueta. Le queda demasiado larga, demasiado holgada de hombros. No tiene una
complexión tan espléndida como la de Pavel. Siente un desolado orgullo por su
hijo. ¡La muerte se ha llevado al que no debía, en vez de llevarse al otro!
—Tuve que dejarla—
contesta Nechaev. Era crucial marcharse cuanto antes.
—Dicho de otro modo,
la ha abandonado.
Y no da tiempo a que
Nechaev responda.
—Lávese la cara, que
pa¬rece un payaso.
Matryona se marcha y
vuelve con un paño húmedo. Nechaev se frota la cara.
—En la frente también
—dice la niña—.
—Déjame —le qui¬ta el
paño y le limpia el maquillaje que se le ha empasta¬do en las cejas.
Qué hermanita
pequeña. ¿También era así con Pavel? Algo le corroe el corazón: pura envidia.
—¿De veras aspira a
escapar de la policía como si fuese un veraneante en pleno invierno?
Nechaev no muerde el
anzuelo.
—Necesito dinero
dice.
—De mí no obtendrá
nada.
Nechaev se vuelve a
la niña.
—¿Tienes dinero?
Ella sale corriendo
del cuarto. La oyen arrastrar una silla de un lado a otro de la vivienda;
regresa con un tarro lleno de monedas. Lo vuelca sobre la cama y se pone a
contarlas.
—No es suficiente
—musita Nechaev, pero sigue espe¬rando.
—Cinco rublos y
quince kopeks— anuncia la niña.
—Necesito más.
—Pues váyase a la
calle a mendigar. De mí no obtendrá nada. Váyase a pedir limosna en nombre del
pueblo.
Los dos se fulminan
con la mirada.
—¿Por qué no le da
dinero? — dice Matryona. ¡Si es amigo de Pavel!
—No tengo dinero que
darle.
—¡Eso es mentira! A
mamá le ha dicho que tiene usted muchísimo dinero. ¿Por qué no le da la mitad?
Pavel Alexandrovich le hubiese dado la mitad.
¡Pavel y Jesús!
—Yo no he dicho eso.
No tengo muchísimo dinero.
—¡Vamos, démelo!
—Nechaev lo sujeta por el brazo; los ojos le centellean.
De nuevo percibe el
olor del miedo en el joven. Muy fiero, sí, pero asustado: ¡pobre desgraciado!
Es entonces, con toda decisión, cuando cierra la puerta a la compasión.
—De ninguna manera.
—¿Por qué es usted
tan mezquino? —estalla Matryona, pronunciando la palabra con todo el desdén de
que es capaz.
—Yo no soy mezquino.
—¡Pues claro que es
mezquino! ¡Fue mezquino con Pavel y es mezquino ahora con sus amigos! Tiene
usted muchísimo dinero, pero se lo guarda todo para usted. —Se vuelve a
Nechaev—. Le pagan miles de rublos por escribir libros, y todo se lo guarda
para él solo. ¡Es ver¬dad! ¡Me lo dijo Pavel!
¡Qué ridiculez! Pavel
no sabía nada de asuntos de di¬nero.
—¡Es verdad! ¡Pavel
lo descubrió en su escritorio! ¡Miró sus libros de cuentas!
—¡Maldito Pavel!
Pavel no sabe ni leer un libro de conta¬bilidad. ¡Ve solamente lo que quiere
ver! ¡Desde hace años arrastro deudas que ni siquiera cabe imaginar! —Se vuelve
a Nechaev—. Esta conversación es ridícula. No tengo dinero que darle; creo que
debería marcharse cuanto antes.
Sin embargo, Nechaev
ya no tiene prisa: incluso está sonriendo.
—No, de ridícula no
tiene nada esta conversación dice. Al contrario, es muy instructiva. Siempre he
te¬nido una sospecha al pensar en los padres, y es que su auténtico pecado, el
que nunca llegan a confesar, es la codicia. Lo quieren todo para ellos. Nunca
se despren¬den de la bolsa del dinero, ni siquiera cuando llega el momento,
porque la bolsa del dinero es lo único que realmente les importa. Les trae
totalmente al fresco lo que pueda ocurrir como consecuencia. Yo no quise creer
lo que me contó su hijastro, porque tenía entendido que era usted un jugador, y
siempre pensé que a los jugado¬res no les preocupa el dinero. Pero ya veo que
en el jue¬go hay algo más, ¿no es cierto? Tendría que haberlo su¬puesto. Debe
de ser usted de los que juegan porque nunca están satisfechos con lo que
tienen, porque siem¬pre les gana la codicia, el ansia de tener más.
Es una acusación
absurda. Piensa en Anya, allá en Dresde, pasando privaciones para que la niña
esté bien alimentada, bien vestida. Piensa en sus propias camisas, con los
cuellos y los puños vueltos; piensa en los aguje¬ros de sus calcetines. Piensa
en las cartas que ha escrito año tras año, todas ellas ejercicios de
humillación, de re¬bajamiento, tanto a Strajov como a Kraesvski, tanto a
Lyubimov como sobre todo a Stellovski, suplicándoles algún adelanto.
Dostoievski, l'avare... ¡Qué desatino! Se lleva la mano al bolsillo y saca sus
últimos rublos.
—¡Esto exclama—
pasándole el puñado de billetes arru¬gados y monedas sueltas por debajo de las
narices, esto es todo lo que tengo!
Nechaev observa con
frialdad esa mano cerrada, y en un único movimiento le arrebata el dinero,
todo, salvo una moneda que cae y rueda por debajo de la cama. Matryona se lanza
a por ella.
Él intenta recuperar
su dinero, e incluso forcejea con el joven. Pero Nechaev se lo quita de encima
con facili¬dad, con el mismo movimiento con el que hace desapa-recer el dinero
en su bolsillo.
—Espere... espere...
espere... —murmura Nechaev. En lo más profundo de su corazón, Fiodor
Mijailovich, en lo más profundo de su corazón, en nombre de su hijo, sé que
desea dármelo.
Da un paso atrás y se
alisa bien el traje, como si quisie¬ra hacer ostentación de su esplendor.
¡Qué falsario! ¡Qué
hipócrita! ¡La Venganza del Pue¬blo, faltaría más! Y no puede negar en cambio
que una especie de alegría se le cuela en el corazón, una alegría insensata que
reconoce al punto, la alegría del marido manirroto. Por supuesto que es preciso
avergonzarse de esos arranques de imprudencia. Por supuesto: cuando regrese a
casa sin blanca, cuando lo confiese a su mujer y agache la cabeza, cuando
aguante sus reproches y le jure que nunca más volverá a caer en esa trampa, por
supuesto que será sincero. Pero en el fondo de su corazón, en el fondo, muy por
debajo de la sinceridad allá donde so¬lamente Dios alcanza a ver, sabe que él
tiene razón y que ella se equivoca. El dinero está ahí para gastarlo, ¿y qué
forma de gasto es más pura que el juego?
Matryona alza la mano
con la palma hacia arriba: en ella hay una moneda de cincuenta kopeks. Parece
no sa¬ber del todo bien a quién debe dársela. Se la ofrece a Nechaev, pero este
la rechaza.
—Dásela a él, que la
va a necesitar.
Nechaev se la mete en
el bolsillo.
Bien. Lo hecho, hecho
está. Ahora le toca el turno de adoptar la postura del virtuoso que no tiene
blanca; a Nechaev le toca el turno de inclinar la cabeza y de aguantar la
reprimenda. Ahora bien, ¿qué tiene que de¬cirle? Nada, nada en absoluto.
Tampoco se preocupa
Nechaev de esperar. Hace un fardo con el vestido azul.
—Encuentra un buen
sitio donde esconder esto —orde¬na a Matryona—, y no en la casa, sino en otro
lugar.
También le da la
cofia y la peluca; se mete el dobladi¬llo de los pantalones dentro de las botas
relucientes, se echa por encima el abrigo y le da una distraída palmadita en la
cabeza.
—He perdido demasiado
tiempo —musita—. ¿Tiene us¬ted...? —se lleva el gorro de piel que estaba
colgado sobre la silla y se dirige a la puerta, dispuesto a marcharse. Parece
que se acuerda de algo y se da la vuelta. Es usted un hom¬bre interesante,
Fiodor Mijailovich. Si tuviese una hija en edad de merecer, no me importaría
nada casarme con ella. Sería una muchacha excepcional, estoy seguro. En cuanto
a su hijastro, estaba hecho de otra pasta, no tenía nada que ver con usted. No
estoy seguro de haber sabido qué hacer con él. No tenía... Ya sabe usted, no
tenía lo que hay que tener. Esa es mi opinión, valga lo que valga.
—¿Y qué es lo que hay
que tener?
—Él era demasiado
santurrón. Hace usted bien en po¬nerle velas.
Mientras lo dice, ha
agitado suavemente la mano sobre la vela, haciendo bailar la llama. Ahora pone
un dedo di¬rectamente encima de la llama y lo deja ahí quieto. Pasan los
segundos: uno, dos, tres, cuatro, cinco. No se le mueve ni un músculo de la
cara. Es como si estuviera en trance.
Aparta la mano al
fin.
—Esto es lo que él no
tenía. Era un poco mariquita, la verdad.
Rodea a Matryona con
un brazo y le da un achuchón. Ella responde sin reservas y aprieta su rubia
cabecita contra el pecho de Nechaev, devolviéndole así el abrazo.
—Wachsam, wachsam!
—susurra Nechaev con toda in¬tención, y por encima de la niña agita el dedo
quemado mirándole a él. Acto seguido se va.
Le cuesta unos
instantes sacar algo en claro de esas ex¬trañas sílabas. E incluso después de
reconocer la palabra sigue sin entenderlo. Vigilante: ¿vigilante de qué?
Matryona está en la
ventana, asomada a la calle. Le han brotado unas lagrimitas, pero está tan
excitada que no puede sentirse triste.
—¿Estará a salvo?
¿Usted qué cree? —pregunta, pero no espera respuesta—. ¿Me voy con él? Podría
fingir que es ciego y que yo le guío.
Solo es una idea
pasajera.
Él está detrás de
ella, muy cerca. Casi ha oscurecido; empieza a nevar. Su madre volverá pronto a
la casa.
—¿Te cae bien? le
pregunta él.
—Humm.
—Tiene una vida
agitada, ¿verdad?
—Humm.
Ella apenas lo
escucha. ¡Qué desigual competición! ¿Cómo va a rivalizar con esos jóvenes que
vienen quién sabe de dónde, que se van como por ensalmo, que hue¬len a aventura
y a misterio? Vidas agitadas, desde luego: es ella la que debería estar
wachsam.
—¿Por qué te gusta
tanto, Matryosha?
—Porque es el mejor
amigo de Pavel Alexandrovich.
—¿De veras lo crees
así? —rebate él sin demasiada convic¬ción—. Yo creo que soy yo el mejor amigo
de Pavel Ale¬xandrovich. Yo seguiré siendo su amigo cuando todos los demás lo
hayan olvidado. Yo soy su amigo de por vida.
Ella se da la vuelta,
se aleja de la ventana y lo mira con extrañeza, a punto de decir algo. ¿Qué?
Tal vez, «Usted no es más que el padrastro de Pavel Alexandrovich». O puede que
diga algo muy diferente, algo como, por ejemplo, «No me hable en ese tono de
voz».
La niña se aparta el
cabello de la cara en un gesto que él ha terminado por reconocer como indicio
de su azoramiento, e intenta arrimársele y meterse bajo su brazo. Él la detiene
físicamente, impidiéndole el paso.
—Tengo... —susurra—.
Tengo que ir a esconder la ropa.
Le concede un momento
más para que sienta su inde¬fensión. Luego, se hace a un lado.
—Tírala por el
excusado —dice—. Nadie mirará ahí.
Ella arruga la nariz.
—¿Ahí...? —dice.
¿En...?
—Sí, haz lo que te
digo. Si no, dámela y vuelve a la cama. Yo lo haré por ti.
—Por Nechaev no, pero
por ti sí.
Envuelve la ropa en
una toalla y baja las escaleras sigi¬losamente, hacia el excusado. Pero
entonces se lo piensa dos veces: ropa entre los excrementos. ¿Y si estuviera
subestimando a los barrenderos que vienen de noche a llevarse los desechos?
Se percata de que el
portero lo está observando desde su cubil, así que sale decididamente a la
calle. Se da cuenta de que ha salido sin abrigo. Al subir las escaleras, se
encuentra de manos a boca con Amalia Karlovna, la vieja que vive en el primero.
Sostiene un plato de paste¬les de canela, como si quisiera darle la bienvenida.
—Buenas tardes, señor
—dice ceremoniosamente. El murmura un saludo y pasa deprisa a su lado.
¿Qué es lo que está
buscando? Un agujero, una oque¬dad en la que pueda desaparecer ese fardo que de
repen¬te y con obstinación es suyo, un escondrijo donde pueda olvidarlo. Sin
causa que lo justifique ni razón que lo explique, se ha convertido en una muchacha
con un recién nacido muerto en los brazos, o en un asesino con un ha¬cha
ensangrentada. La ira que siente contra Nechaev crece de nuevo en él. ¿Por qué
arriesgo mi vida por ti, quiere gritar, si tú para mí no eres nada? Pero al
parecer es demasiado tarde. En el instante en que aceptó el fardo de manos de
Matryona tuvo lugar una transformación: ya es imposible volver a lo que fue
antes.
Al final del
corredor, en una habitación vacía, sabe que hay un montón de yeso y de
escombros. Escarba sin mucho ánimo, solo con la punta de la bota. Un albañil
deja la paleta y, por la puerta entreabierta, lo mira con desconfianza.
Al menos no le sigue
ningún Ivanov. Quién sabe: pue¬de que Ivanov haya sido sustituido por otro.
¿Quién será el nuevo chivato? ¿No será ese albañil el que recibe un dinero por
no perderlo de vista? ¿Será quizá el portero?
Se embute el fardo
bajo la chaqueta y de nuevo sale a la calle. El viento es como un paredón de
hielo. Dobla por la primera esquina, dobla por la siguiente: llega al mismo
callejón sin salida en donde encontró al perro. Hoy no hay ningún perro. ¿Murió
el perro durante la noche en que él lo abandonó a su suerte?
Deja el fardo en un
rincón. Los rizos, sujetos a la cofia con horquillas, ondean al viento tan
cómicos como si¬niestros. ¿De dónde habría sacado Nechaev los rizos? ¿De una de
sus hermanas? ¿Cuántas hermanitas tendrá, todas ellas muriéndose de ganas por cortarse
sus rizos de doncella para entregárselos a él?
Quita las horquillas
e intenta en vano partir la cofia en dos; la arruga e intenta introducirla por
la cañería a la que estaba atado el perro. Luego procura hacer lo propio con el
vestido, pero la cañería es demasiado estrecha.
Nota una mirada que
le taladra por la espalda; se da la vuelta. Desde una ventana del segundo, dos
niños lo miran fijamente. Detrás de ellos se vislumbra la sombra de una tercera
persona, más alta que los dos.
Hace lo posible por
sacar la cofia de la cañería, pero no lo consigue. Maldice su estupidez. Con la
cañería atascada, la alcantarilla se desbordará. Alguien vendrá a investigar, y
encontrará la cofia. ¿Quién metería una co¬fia por un canalón? ¿Quién, salvo un
alma atormentada por la culpa?
Se acuerda otra vez
de Ivanov: Ivanov, tantas veces ha dicho Ivanov que el nombre se le ha posado
como un sombrero. Ivanov fue asesinado, pero Ivanov no llevaba sombrero, y
menos aún una cofia de mujer. Así pues, la cofia no será relacionada con
Ivanov. Por otra parte, ¿no podría ser la cofia del asesino de Ivanov? Qué
fácil para una mujer matar a un hombre: basta con que lo engatuse y lo lleve
con arrumacos hasta un callejón, basta con que acepte su abrazo y sus embates
de espaldas contra una ta¬pia, y en el momento culminante del coito basta con
que le busque las costillas y le hinque el alfiler del sombrero en el corazón.
Un alfiler largo y punzante, que no deja rastro de sangre. A lo sumo, una
herida minúscula.
Se arrodilla en el
rincón en que arrojó las horquillas, pero está tan oscuro que no las encuentra.
Le hace falta una vela. ¿Qué vela aguantaría encendida con ese ven¬daval?
Está tan cansado que
le cuesta trabajo ponerse en pie. ¿Estará enfermo? ¿Le habrá contagiado
Matryona? ¿O es un nuevo ataque que viene de camino? Esa fatiga tre¬menda ¿es
eso lo que augura?
A cuatro patas,
levanta la cabeza y olfatea el aire como un animal salvaje; intenta concentrar
toda su atención en su horizonte interior. Si lo que se adueña de él poco a
poco es un ataque, también se está adueñando de sus sentidos. Tiene los
sentidos tan entumecidos como las manos.
14
LA POLICÍA
Se ha dejado la llave
dentro, de modo que tiene que lla¬mar a la puerta. Abre Anna Sergeyevna y lo
mira sor¬prendida.
—¿Ha perdido el tren?
—pregunta. Se percata de su as¬pecto desaliñado y de que está alterado, las
manos tem¬blorosas, el hilo de saliva que le cae por la barba. ¿Le ocurre algo?
¿Está usted enfermo?
—No, enfermo no. Solo
he aplazado mi viaje. Se lo ex¬plicaré todo más tarde.
Hay alguien más en la
vivienda, junto a la cama de Matryona: evidentemente un médico, joven y bien
rasu¬rado, al estilo de los alemanes. En la mano sostiene el frasco de cristal
marrón que él trajo de la farmacia, que primero olisquea y luego cierra con el
corcho, con gesto de reprobación. Cierra su bolsa de cuero y corre la cor¬tina
de la alcoba.
—Estaba diciendo que
su hija tiene una inflamación bronquial —dice dirigiéndose a él—. Los pulmones
no es¬tán afectados. Además...
Le interrumpe.
—No es hija mía. Yo
no soy más que un inquilino.
El médico se encoge
de hombros con impaciencia y vuelve a hablar con Anna Sergeyevna.
—Además, no puedo
dejar de comentarlo, hay cierto elemento de histeria.
—Eso... ¿qué quiere
decir?
—Quiere decir que
mientras persista su actual estado de excitación, no podemos confiar en que se
recupere como es debido. La excitación forma parte de su enfer¬medad. Es
preciso que se calme. Cuando haya consegui¬do calmarse, podrá volver a la
escuela en pocos días. Fí¬sicamente está sana, no hay nada problemático. Por
eso, el tratamiento que le recomiendo es sobre todo de repo¬so, de calma y
tranquilidad. Debería guardar cama y to¬mar alimentos ligeros. No le dé leche
en ninguna de sus formas. Le dejo una embrocación para que se la aplique en el
pecho y una pócima para dormir; utilícela como crea conveniente, aunque sea
para calmarla. Pero admi¬nístrele solamente una dosis infantil, ojo: solo media
cucharadita de té.
En cuanto el médico
se marcha, él intenta explicarse, pero Anna Sergeyevna no está de humor para
escuchar.
—¡Matryosha dice que
usted le ha gritado! —le interrum¬pe con un tenso susurro. Eso no pienso
consentirlo.
—¡No es verdad! ¡Yo
no le he gritado!
A pesar de que hablan
en cuchicheos, él está seguro de que Matryona, detrás de la cortina, los oye y
se regodea. Toma a Anna Sergeyevna por el brazo, la lleva a su pro¬pio cuarto,
cierra la puerta.
—Ya ha oído lo que
dijo el médico... Está sobreexcita¬da. A mi entender, no puede usted creer ni
una palabra, teniendo en cuenta su estado. ¿Le ha contado todo lo que ocurrió
hoy?
—Dice que vino un
amigo de Pavel y que usted estuvo desconsiderado con él. ¿Se refiere usted a
eso?
—Sí...
—Pues permítame
terminar. Lo que pase entre usted y los amigos de Pavel no es asunto mío. Pero
si también ha perdido usted los estribos con Matryosha y ha sido
des¬considerado con ella, eso no lo pienso tolerar.
—El amigo del que
ella le ha hablado es Nechaev, Nechaev en persona, nada menos. ¿Se lo ha dicho
ella? Ne¬chaev, un fugitivo de la justicia, estuvo hoy aquí, en su vivienda.
¿Me va a echar la culpa por haber estado eno¬jado con ella, teniendo en cuenta
que ella lo dejó entrar y se puso además de parte de... ese farsante, ese
hipócri¬ta, y en contra de mí?
—Sin embargo, ¡usted
no tiene ningún derecho a per¬der los estribos con ella! ¿Cómo iba a saber ella
que Ne¬chaev es una mala persona? ¿Cómo iba a saberlo yo? Us¬ted dice que es un
farsante. ¿Y usted? ¿Qué me dice de su propia conducta? ¿Actúa en todo momento
de todo corazón? Yo no lo creo.
—No puede decirlo en
serio. Yo actúo de todo cora¬zón, se lo aseguro. Es posible que hace tiempo no
lo hi¬ciera, pero ahora sí, se lo aseguro. Esa es la verdad.
—¿Ahora? ¿Y por qué
le ha dado por ahí, así tan de re¬pente? ¿Por qué iba yo a creerle? ¿Por qué
iba usted mis¬mo a creer lo que dice?
—Porque no deseo que
Pavel sienta vergüenza de mí.
—¿Pavel? Pavel no
tiene nada que ver con todo esto.
—No quiero que Pavel
se avergüence de su padre, aho¬ra que puede verlo todo. Eso es lo que ha
cambiado: ahora sí existe una medida de todas las cosas, incluida la verdad, y
esa medida no es otra que Pavel. En cuanto a que haya perdido los estribos con
Matryona, de veras que lo siento, lo lamento, y le pediré disculpas. De todos
mo¬dos, como usted bien sabrá —extiende los brazos en cruz—, yo a Matryona no
le caigo nada bien.
—Ella no entiende qué
está haciendo usted aquí, eso es todo. Sí entendió por qué vivía Pavel con
nosotras; he¬mos tenido otros estudiantes antes que él, pero un inquilino ya
mayor como usted no es lo mismo. Y a mí también me lo está poniendo difícil, si
quiere que le diga la verdad. No pretendo echarlo de cualquier mane¬ra, Fiodor
Mijailovich, pero debo reconocer que sentí un gran alivio cuando usted anunció
que hoy se mar¬chaba. Durante cuatro años, Matryona y yo hemos lle¬vado una
vida muy apacible. Ninguno de nuestros inquilinos ha tenido permiso para
alterar nuestra vida. Ahora, desde que murió Pavel, la vida no ha sido más que
un continuo tumulto, y eso no es bueno para una niña. Matryona no estaría hoy
enferma si el ambiente que reina en la casa no fuera tan imprevisible. Lo que
dice el médico es la pura verdad: está excitada, y esa ex¬citación la convierte
en una niña vulnerable.
Él espera a que ella
llegue al meollo del asunto: que Matryona es consciente de lo que está
ocurriendo entre su madre y él, y que se ha vuelto más posesiva, por ser
vícti¬ma de un frenesí de celos. Pero le da la impresión de que ella aún no
está dispuesta a sacar esta cuestión a relucir.
—Siento mucho la
confusión, siento mucho todas las perturbaciones que pueda haber causado. Me ha
sido imposible marcharme hoy, tal como había previsto. No le comentaré las
razones, porque no tienen ninguna im¬portancia. Aún me quedaré otro día más,
dos a lo sumo, hasta que reciba algún dinero de mis amigos. Entonces le pagaré
lo que le debo y me iré.
—¿A Dresde?
—A Dresde o a otra
pensión. Todavía no lo sé.
—Muy bien, Fiodor
Mijailovich. En cuanto al dinero, pongamos las cuentas claras, y cuanto antes
mejor. No tengo ningunas ganas de estar en la larga lista de perso¬nas a las
que usted debe dinero.
Hay en su enojo algo
que él no entiende. Nunca le había hablado de forma tan hiriente.
Se sienta de
inmediato a escribir a Maykov. «Le sor¬prenderá saber, querido Apollon
Grigorevich, que todavía me encuentro en Petersburgo. Espero que sea esta la
última vez en que por causas de fuerza mayor necesito apelar a su inmensa
amabilidad. Lo cierto es que me en¬cuentro en tal aprieto que, a menos que
empeñe el abri¬go, no dispongo de medios para pagar lo que debo por
alojamiento, y no digo ya nada del regreso junto a mi fa¬milia. Con doscientos
rublos me sacaría usted de esta.»
A su esposa también
le escribe: «Cometí la imperdo¬nable estupidez de consentir que un amigo de
Pavel me convenciera de que le prestara dinero. Maykov tendrá que acudir una
vez más a rescatarme. En cuanto cumpla con mis obligaciones, enviaré un
telegrama».
Así pues, una vez más
recae el peso de la culpa sobre el generoso corazón de Fedya. Pero la verdad es
que Fedya no tiene generoso el corazón. El corazón de Fedya...
Alguien llama con
vehemencia a la puerta de la vi¬vienda. Antes de que Anna Sergeyevna tenga
tiempo de abrir, él se pone a su lado de un salto.
—Debe de ser la
policía —susurra. Solo la policía ven¬dría con la hora que es. Déjeme, yo me
ocupo de ellos. Quédese con Matryona. Lo mejor es que no interro-guen a la
niña.
Abre la puerta: se
encuentra con la finesa, flanqueada por dos policías de uniforme azul. Uno es
un oficial.
—¿Es este? pregunta
el oficial.
La finesa asiente.
Él se aparta y los
deja entrar; antes entra la finesa, a empellones. A él le pasma el cambio que
ha dado su apariencia. Tiene la cara blanca como el papel, se mueve como una
marioneta cuyas extremidades estuvieran su¬jetas por sendos hilos.
—¿Podemos pasar a mi
cuarto? —dice él—. Ahí al lado hay una niña enferma a la que no conviene
molestar.
El oficial cruza la
vivienda a grandes zancadas y corre la cortina de un tirón. Anna Sergeyevna
está inclinada sobre su hija, con gesto protector. Se da la vuelta
brusca¬mente, con una mirada fulminante.
—¡Déjenos en paz!
—sisea. Despacio, el oficial vuelve a dejar la cortina como estaba.
Los hace pasar a su
cuarto. En el modo en que arrastra los pies la finesa, piensa que hay algo
conocido. Luego lo ve: lleva grilletes en los tobillos.
El oficial
inspecciona la hornacina y la fotografía.
—¿Quién es ese?
—Mi hijo.
Hay algo raro en la
hornacina, algo que ha cambiado sustancialmente. Se le hiela la sangre en las
venas cuando reconoce de qué se trata.
Comienza entonces el
interrogatorio.
—¿Ha estado hoy aquí
un hombre llamado Sergei Gennadevich Nechaev?
—Sí, aquí ha estado
una persona de la que sospecho que es Nechaev, aunque no se presenta con ese
nombre.
—¿Qué nombre es el
que usa?
—Un nombre de mujer;
de hecho, iba disfrazado de mujer. Llevaba un abrigo oscuro sobre un vestido
azul oscuro.
—¿Y a qué se debe que
esa persona viniera a verlo a usted?
—Vino a pedirme
dinero.
—¿Solo por eso?
—Solamente por eso,
al menos que yo sepa. No soy amigo suyo.
—¿Le dio usted el
dinero?
—Me negué. No
obstante, se llevó el dinero que tenía sin que yo se lo pudiera impedir.
—¿Está usted diciendo
que le ha robado?
—Se llevó el dinero
en contra de mis deseos. No me pareció prudente intentar recuperarlo. Si le
parece con¬veniente, puede afirmar que fue un robo.
—¿Cuánto dinero se
llevó?
—Unos treinta rublos.
—¿Y qué más ocurrió?
Decide arriesgarse y
mirar a la finesa. Le tiemblan los labios sin que emita ningún sonido. Lo que
le hayan he¬cho durante el tiempo que ha pasado en sus manos ha transformado su
porte por completo. Ahí de pie, parece un animal en el matadero, esperando a
que le caiga el hacha sobre la cerviz.
—Hablamos de mi hijo.
Nechaev era en cierto modo amigo de mi hijo, por eso conocía esta casa. Mi hijo
se hospedaba aquí. De no ser por eso, no hubiese venido nunca.
—¿Qué quiere decir
con eso de que «no hubiese veni¬do nunca»? ¿Está insinuando que él contaba con
ver a su hijo, y no a usted?
—No. De los amigos de
mi hijo, ninguno cuenta con verlo nunca más. Lo que quiero decir es que Nechaev
vino no porque contase con que yo lo recibiera con los brazos abiertos, sino en
aras de esa amistad ya pasada.
—Sí, lo sabemos todo
sobre el trato delictivo de su hijo con ciertos individuos.
Él se encoge de
hombros.
—Quizá no fuera
culpable. Quizá no fueran delictivos esos tratos de los que usted habla; quizá,
quién sabe, no fueran más que amistades. En cualquier caso, vale más dejarlo
como está. Es una cuestión que nunca llegará a juicio.
—¿Tiene idea de
adonde ha ido Nechaev?
—No, ni la menor
idea.
—Muéstreme sus
papeles.
Le entrega su
pasaporte: el suyo, no el de Isaev. El ofi¬cial se lo guarda en el bolsillo y
se encasqueta el gorro.
—Mañana por la mañana
debe presentarse en la comi¬saría de la calle Sadovaya, donde le será tomada
declaración por extenso. Después, hasta nuevo aviso se perso¬nará usted en la
misma comisaría antes de mediodía, los siete días de la semana. No le está permitido
abandonar Petersburgo. ¿Queda claro?
—¿Y quién corre
mientras tanto con los gastos de mi estancia?
—Eso no es de mi
incumbencia.
Hace a su compañero
una señal para que se lleve a la prisionera. Ya en la puerta, aunque hasta ese
momento no ha dicho ni palabra, la finesa se resiste.
—¡Tengo hambre! —dice
quejumbrosamente. Cuando el guardia la sujeta de la muñeca e intenta forzarla a
salir, planta las manos y los pies en las jambas de la puerta. ¡Tengo hambre,
necesito comer algo!
En su grito hay algo
doloroso y desesperado. Aunque Anna Sergeyevna está más cerca de ella, su
llamamiento está inconfundiblemente dirigido a la niña, que se ha in¬corporado
sin hacer ruido, se ha levantado de la cama y la mira con el pulgar metido en
la boca.
—¡Déjame! —dice
Matryona, y en un visto y no visto corre al armario de la cocina, regresa con
un mendrugo de pan de centeno y un calabacín; también ha cogido al paso su
pequeño monedero. ¡Quédate con todo! dice con gran excitación, y lanza los
alimentos y el dinero a las manos de la finesa. Luego da un paso atrás y,
menean¬do la cabeza, hace una extraña y anticuada reverencia.
—¡Nada de dinero!
—advierte el guardia con ferocidad. La obliga a quedarse con el monedero.
Ni una palabra de
gratitud dice la finesa, que tras ese instante de rebelión ha recaído en su
pasividad. Es como si hubiesen apagado a golpes, piensa, la chispa que tenía
dentro. ¿La habrán golpeado, como sospecha, o quizá es algo peor? ¿Es algo que
de alguna manera Matryona in¬tuye? ¿Es esa la fuente de su compasión? ¿Cómo
puede una niña saber tales cosas?
Tan pronto se han
marchado, él regresa a su cuarto, apaga la vela, deja el icono, las estampas,
la fotografía en el suelo, retira la bandera de las tres barras que estaba
extendida sobre la mesilla. Vuelve después a la vivienda. Anna Sergeyevna está
sentada junto a Matryona; está co¬siendo. Arroja la bandera hecha un guiñapo
sobre la cama.
—Si hablo con su
hija, con toda seguridad volveré a perder los estribos —dice—, así que tal vez
pueda usted preguntarle, de mi parte, cómo es que estaba esto en mi cuarto.
—¿De qué está
hablando? ¿Qué es eso?
—Pregúnteselo a la
niña.
—Es una bandera
—contesta Matryona con hosquedad.
Anna Sergeyevna
extiende la bandera sobre la cama. Tiene más de un metro de largo y ha sido
obviamente utilizada muchas veces, ya que los colores blanco, rojo y negro, en
tres barras verticales de igual anchura— están desteñidos, gastados por la
intemperie. ¿Dónde la ha¬brán hecho ondear? ¿En el tejado del taller de Madame
La Fay?
—¿De dónde sale esto?
pregunta Anna Sergeyevna.
Él espera a que la
niña responda.
—Del pueblo. Es la
bandera del pueblo—dice por fin, aunque de mala gana.
—Ya basta— dice Anna
Sergeyevna. Besa a su hija en la frente—. Es hora de dormir. —Y corre la
cortina.
Cinco minutos después
está en su cuarto; trae la ban¬dera, doblada en pliegues muy pequeños.
—Explíquese —le dice.
—Eso que tiene ahí es
la bandera de la Venganza del Pueblo. Es la bandera de la insurrección. Si
quiere que le explique qué representan esos colores, se lo puedo de¬cir. Si no,
pregúnteselo a Matryona; estoy seguro de que también lo sabe. No se me ocurre
ningún acto más provocativo, ni que más incrimine a quien lo comete, que
desplegar esa bandera. Matryona la extendió en mi cuar¬to aprovechando mi
ausencia; la extendió allí donde la policía pudiera verla. No entiendo qué se
le ha metido en la cabeza. ¿Es que se ha vuelto loca?
—¡Ni se le ocurra
decir eso de ella! No tenía ni idea de que iba a venir la policía. En cuanto a
la bandera, si tan comprometedora es, yo misma me la llevaré para que¬marla.
—¿Quemarla? —se pone
en pie, asombrado. ¡Qué sim¬ple! ¿Por qué no quemó el vestido azul?
—Pero permítame
decirle —añade—, que esto es el final de este asunto. Punto final. Está usted
arrastrando a Ma¬tryona a una situación que no es nada adecuada para una niña.
—Estoy totalmente de
acuerdo con usted, pero no soy yo el que la arrastra. Es Nechaev.
Lo mismo da. Si usted
no hubiera venido, aquí tam¬poco habríamos visto a ningún Nechaev.
15
EL SÓTANO
Ha nevado
copiosamente durante la noche. Al salir a la intemperie, le aturde esa súbita
blancura. Se para en seco y se agacha, abrumado por la sensación de rotar no de
izquierda a derecha, sino de arriba a abajo. Si intenta moverse, lo nota, se
caerá de bruces al suelo.
No puede ser más que
el preludio de un ataque. A ra¬chas de aturdimiento y de palpitaciones
cardiacas, al es¬tar exhausto e irascible, ese ataque ha venido anuncián¬dose
durante varios días, sin llegar a producirse nunca. A no ser que el estado en
que vive a cada paso pueda considerarse un ataque.
De pie a la entrada
del número 63, preocupado por lo que está pasando dentro de sí, no oye nada
hasta notar que el brazo le es sujetado con fuerza. Sobresaltado, abre los
ojos. Está cara a cara con Nechaev.
Nechaev sonríe
enseñándole las encías. Tiene los fo¬rúnculos lívidos por el frío. Él intenta
soltarse, pero su captor no cede: lo sujeta más estrechamente.
—Esto es una soberana
idiotez —dice—. Debería haberse marchado de Petersburgo mientras pudo. Ahora es
segu¬ro que lo detendrán.
Con una mano le
sujeta por el brazo cerca de la axila, y con la otra por la muñeca. Nechaev le
obliga a volverse. Hombro con hombro, como un perro reacio con su dueño,
caminan por la calle Svechnoi.
—A lo mejor, en
secreto, lo que desea es que lo de¬tengan.
Nechaev llega una
gorra negra, cuyas orejeras se agi¬tan cuando sacude la cabeza. Habla con un
sonsonete, pero con paciencia.
—Fiodor Mijailovich,
a todas horas atribuye usted mo¬tivos perversos a las personas. Y nadie es
realmente así. Piénselo bien: ¿por qué iba a querer yo que me detuvie¬sen y que
me encerrasen? Por otra parte, ¿quién va a re¬parar en una pareja como nosotros
dos, padre e hijo, que han salido a pasear?
Se vuelve hacia él
con una sonrisa de inequívoco buen humor.
Han llegado al final
de Svechnoi. Con una leve pre¬sión, Nechaev lo guía hacia la derecha.
—¿Tiene usted idea de
lo que está pasando su amiga?
—¿Mi amiga? ¿Se
refiere usted a la finesa? No se preo¬cupe, que no se vendrá abajo. Yo tengo
plena confianza en ella.
—No diría lo mismo si
la hubiera visto.
—¿Usted la ha visto?
—Dos policías la
trajeron a mi cuarto, para que me identificase.
—No se preocupe, no
hay que temer por ella. Es va¬liente, cumplirá con su deber. ¿Tuvo oportunidad
de ha¬blar con la pequeña de su casera?
—¿Con Matryona...?
¿Por qué iba a hablar con Matryona?
—Por nada, por nada.
Es que le gustan los niños. Dése cuenta: ella misma es una niña, muy sencilla,
muy can¬dorosa.
—Los policías me
interrogaron, y me volverán a in¬terrogar. No les oculté nada; tampoco ocultaré
nada la próxima vez. Le advierto que no puede utilizar a Pavel contra mí.
—No me hace falta
utilizar a Pavel contra usted. Pero sí puedo utilizarle a usted contra sí
mismo.
Están en la calle
Sadovaya, en el corazón del mercado. Hinca los tacones y se detiene.
—Usted dio a Pavel
una lista en la que figuraban las personas que usted quería matar —dice.
—De la lista ya hemos
hablado, ¿o no se acuerda? No era más que una lista de tantas. Y hay muchísimas
copias de todas esas listas.
—No ha contestado a
mi pregunta. Lo que quiero saber...
Nechaev alza
bruscamente la mirada y se echa a reír. Le sale una bocanada de vapor.
—¡No me lo diga!
¡Quiere saber si estaba usted inclui¬do en ella!
—Quiero saber si esa
es la razón por la cual Pavel riñó con usted, quiero saber si vio que yo estaba
señalado en su lista, si se negó.
—¡Qué idea tan
disparatada, Fiodor Mijailovich! ¡Usted no figura en ninguna lista, por
descontado! Es usted una persona demasiado valiosa. De todos modos, y entre
noso¬tros dos, le diré que no supone ningún cambio qué nom¬bres vayan en las
listas. Lo que sí importa es que esas perso¬nas sepan que les aguarda una seria
represalia, lo que importa es que se meen encima. Eso es algo que el pueblo
entiende y aprueba. Al pueblo no le interesan los casos in¬dividuales. El
pueblo ha vivido padecimientos de toda cla¬se desde tiempo inmemorial; ahora,
el pueblo exige que sean ellos los que sufran. No se preocupe. Aún no le ha
llegado la hora. De hecho, nos haría muy felices disponer de la colaboración
desinteresada de personas como usted.
—¿De personas como
yo? ¿Qué personas son como yo? ¿Es que espera que escriba panfletos para
ustedes?
—No, claro que no. Su
talento no sirve para los panfle¬tos; es usted demasiado sincero para eso.
Venga, camine¬mos. Quiero llevarle a un sitio. Quiero plantar una se¬milla en
su alma.
Nechaev lo toma del
brazo y reanudan la caminata por la calle Sadovaya. Se les acercan dos
oficiales que llevan los capotes verde oliva del regimiento de dragones.
Ne¬chaev les cede el paso, saludándoles con la mano en alto. Los oficiales
contestan a su saludo con un gesto.
—He leído Crimen y
castigo, su libro —prosigue—. Y de ahí saqué la idea. Es un libro excelente;
nunca he leído cosa igual. A veces me aterraba. La enfermedad de Raskolnikov y
todo eso. Tiene que haber oído alabanzas de mucha gente. Pero da igual, se lo digo
sinceramente. —Se golpea con la palma abierta sobre el pecho y, como si se
arrancase el corazón, le acerca a la cara la mano abierta. Diríase que la
rareza de su gesto a él mismo le sorprende, pues se sonroja.
Es el primer acto no
calculado que ha visto en Ne¬chaev, y le sorprende. Un corazón virginal, se
dice, que enloquece con su propia agitación. Es como esa criatura del doctor
Frankenstein cuando cobra vida propia. Sien¬te un primer amago de compasión por
ese joven rígido y repulsivo.
Están en pleno
mercado. Nechaev lo conduce por ca¬llejuelas estrechas, repletas de tenderetes
y carromatos de mercachifles, atravesando una masa de maloliente huma¬nidad.
En un portal hacen un
alto. Nechaev saca del bolsillo una bufanda de lana azul.
—Tengo que pedirle
que me permita vendarle los ojos —dice.
—¿Adonde me lleva?
—Hay algo que quiero
enseñarle.
—Ya, pero ¿adonde me
lleva?
—Al sitio en donde
vivo ahora, un sitio del pueblo. A los dos nos será más fácil. Así podrá decir
con toda hones¬tidad que no sabe dónde localizarme.
Con la bufanda bien
prieta sobre los ojos, se permite el lujo de volver al acogedor ámbito de las
tinieblas. Nechaev lo guía; tropieza con la gente que circula por la calle, se
lleva un par de empujones, pierde pie una vez, a punto está de caer, pero recibe
ayuda a tiempo.
Dejan atrás la calle
y se internan por lo que parece un patio. De una taberna llegan canciones, el
rasgueo de una guitarra, gritos de jaleo. Huele a alcantarilla y a des¬pojos de
pescado.
Siente que Nechaev le
lleva la mano hasta apoyarla en una barandilla.
—Vaya con cuidado
—dice Nechaev—. Esto está tan os¬curo que de nada serviría quitarle la bufanda
de los ojos.
Se arrastra por las
escaleras como si fuera un anciano. El aire está húmedo, rancio, quieto. Por
algún sitio oye el goteo del agua. Es como entrar en una cueva.
—Atención dice
Nechaev, cuidado con la cabeza.
Se paran y le quita
la bufanda. Están al pie de una es¬calera de tablones, a oscuras, ante una
puerta cerrada. Nechaev llama con los nudillos: primero cuatro golpes, después
tres. Esperan. No se oye más que el gotear del agua. Nechaev repite la clave.
No hay respuesta.
—Tendremos que
esperar —dice—. Venga por aquí.
Llama a otra puerta,
del otro lado de la escalera. La abre y se aparta a un lado.
Están en un cuarto de
sótano, tan bajo que tiene que agacharse. La única iluminación es un ventanuco
cerra¬do con papel encerado, que queda a la altura de la cabe¬za. El suelo es
de piedra. De pie, nota cómo se le cuela el frío a través de las suelas de las
botas. Por la unión de la pared con el suelo pasan varias tuberías. Huele a
yeso húmedo, a ladrillo húmedo. Aunque sea imposible, parece como si bajasen
por las paredes láminas de agua sin cesar.
Al otro extremo del
sótano hay una cuerda tendida de lado a lado; de ella penden algunas ropas tan
grises como el sótano mismo. Bajo el tendedero hay un catre en el cual están
sentados tres niños en idéntica postura: de es¬paldas a la pared, con las rodillas
pegadas a los mentones, abrazados a las pantorrillas. Están descalzos; llevan
cami¬sas de hilo. La mayor es una niña. Tiene el pelo alboro¬tado y grasiento;
los mocos resecos le llegan al labio su¬perior, que se lame lánguidamente. De
los otros, uno aún no sabe andar. Ninguno hace el menor movimien¬to, ni emite
ningún ruido. Con sus ojillos acuosos, ob¬servan indiferentes a los intrusos
que los miran.
Nechaev prende una
vela y la coloca en una hornacina que hay en la pared.
—¿Es aquí donde vive?
—No, pero eso no
tiene importancia.
Comienza a caminar de
un lado a otro. De nuevo tie¬ne una impresión de energía confinada. Se imagina
a Pavel a su lado. No, Pavel no fue conducido como él. Ya no es tan difícil
comprender por qué lo aceptó Pavel como cabecilla.
—Permítame decirle
por qué lo he traído aquí, Fiodor Mijailovich —dice Nechaev—. En el cuarto de
al lado te¬nemos una imprenta manual. Es ilegal, por supuesto. El idiota que
guarda la llave por desgracia ha salido, aun¬que me aseguró que iba a estar
aquí. Lo que quiero es ofrecerle el uso de esta imprenta antes de que se marche
de Petersburgo. Cualquier cosa que quiera decir la po¬demos poner en
circulación en cuestión de horas. Miles de ejemplares. En un momento como este,
cuando es¬tamos al borde de grandes acontecimientos, cualquier aportación suya
podría tener un efecto inmenso. Su nombre es ampliamente respetado, sobre todo
entre los estudiantes. Si está usted dispuesto a escribir y a firmar con su
nombre el relato de cómo perdió la vida su hi¬jastro, no cabe duda de que los
estudiantes se echarán a la calle para expresar su justa protesta. Deja de
caminar de un lado a otro y lo mira de frente. Lamento que Pavel Isaev haya
muerto. Era un buen camarada, pero no podemos limitarnos a contemplar el pasado.
Debe¬mos hacer uso de su muerte para encender una llama. Él estaría muy de
acuerdo conmigo. Le apremiaría a que diera usted una buena finalidad a la ira
que le em-barga.
Mientras dice estas
palabras, parece como si se diera cuenta de que ha ido demasiado lejos. Se
corrige de for¬ma poco convincente.
—Su ira y su
tristeza, quiero decir. De ese modo, su muerte no habrá sido en vano.
Encender una llama:
¡es demasiado! Se da la vuelta, se dispone a marchar. Pero Nechaev lo sujeta,
lo retiene.
—¡No puede irse
todavía! —dice con los dientes apreta¬dos. ¿Cómo puede usted abandonar Rusia y
regresar a su despreciable existencia de burgués? ¿Cómo es posible que ignore
usted un espectáculo como este? —Señala con un gesto lo que hay al fondo del
sótano—. Es un espec¬táculo que puede multiplicarse por mil, por un millón, a
lo largo y a lo ancho de todo el país. ¿Qué ha sido de usted? ¿Es que no le
queda nada de chispa? ¿Es que no ve lo que tiene delante de los ojos?
Se da la vuelta y
contempla el húmedo sótano. ¿Qué es lo que ve? Tres niños ateridos, famélicos,
que esperan al ángel de la muerte.
—Lo veo igual de bien
que usted replica—. O mejor.
—¡No! Cree que lo ve,
pero no ve nada. La visión no es solo cosa de los ojos; es cuestión de
comprender co¬rrectamente las cosas. Lo único que ve usted son las mi¬serables
circunstancias que prevalecen en este sótano, en el que ni siquiera se debería
condenar a vivir a una rata, a una cucaracha. Ve el patetismo de tres niños que
se mueren de hambre; si espera un poco, también verá a su madre, una mujer que
para traer a casa un mendrugo de pan tiene que venderse por las calles. Ve cómo
han de vivir los pobres de solemnidad en Petersburgo. Pero eso no es ver, eso
no es más que puro detalle. No consigue usted reconocer qué fuerzas son las que
determinan la vida a la que están condenados estos seres. Las fuerzas: ante eso
sí que está usted ciego.
Con un dedo, traza
una línea en el suelo (se agacha a tocar el suelo; las yemas de los dedos se le
humedecen) que llega hasta el ventanuco para perderse en el cielo.
—Aquí terminan las
líneas, aunque ¿dónde cree usted que empiezan? Empiezan en los ministerios y en
el teso¬ro, en la bolsa de valores y en los bancos. Empiezan en las
cancillerías de toda Europa. Las líneas de fuerza co¬mienzan ahí, e irradian en
todas direcciones, hasta ter¬minar en sótanos como este, en donde viven bajo
tierra estos pobres desgraciados. Si usted lo escribiera, verda¬deramente
podría despertar al mundo. Claro está —ríe con amargura— que si lo escribiese
nadie se lo permitiría publicar. Le dejan a usted escribir lo que quiera sobre
el mudo sufrimiento de los pobres, hasta hartarse y aplacar su corazón, e
incluso le aplauden, cómo no, pero jamás le permitirían publicar la auténtica
verdad. Por eso le ofrezco la imprenta. ¡Haga algo! Dígales a todos qué fue de
su hijastro, por qué fue sacrificado.
Sacrificado. Tal vez
se haya distraído, tal vez es que está cansado, pero no logra entender cómo fue
sacrifica¬do Pavel, ni menos aún por quién. Tampoco le con¬mueve este derroche
de vehemencia sobre las líneas. Y no está de humor para aguantar arengas de ese
estilo.
—Veo lo que veo —dice
fríamente—. Y no veo ninguna línea.
—¡En tal caso, lo
mismo daría que siguiera usted con la bufanda sobre los ojos! ¿Es que debo
darle una lección? Le atormenta a usted la cara repugnante del hambre, de la
enfermedad y la pobreza, pero el hambre, la enferme¬dad y la pobreza no son el
enemigo. No son sino medios por los cuales se manifiestan las auténticas
fuerzas de este mundo. El hambre no es una fuerza; es un medio, igual que el
agua es un medio. Los pobres viven en el hambre como viven los peces en el
agua. Las auténticas fuerzas tienen su origen en los centros de poder, en la
colusión de intereses que allí tiene lugar. Me dijo antes que le daba miedo que
su nombre pudiera estar en las listas. Se lo aseguro de nuevo, se lo juro: no
está. En nuestras listas solo se nombra a las sanguijuelas y arañas que se
apoltro¬nan en los centros de cada telaraña. Una vez sean des¬truidas estas
arañas y sus telas, los niños como estos ten¬drán libertad. Por toda Rusia, los
niños serán capaces de salir por fin de sus sótanos. Habrá alimentos y ropa,
casas para todos, casas como es debido. ¡Y habrá trabajo que hacer, muchísimo
trabajo que hacer! En primer lugar, arrasar los bancos, destruir las bolsas de
valores, los mi¬nisterios del gobierno; arrasarlos tan por completo que nunca
puedan ser reconstruidos.
Los niños, que en un
principio parecían atender, han perdido todo interés. El más pequeño ha caído
de lado y duerme sobre el regazo de su hermana. Es una niña más pequeña que
Matryona, aunque también, y le llama la atención, más apagada, más aquiescente.
¿Habrá empe¬zado ya a decir sí a los hombres?
Hay algo extraño en
su forma de mirar en silencio. Nechaev no les ha dicho nada desde que llegaron,
ni tampoco ha dado muestra alguna de saber siquiera cómo se llaman. Especimenes
de la pobreza urbana: ¿son para él algo más que eso? ¿Es que debo darle una
lección? Re¬cuerda el malicioso comentario de la princesa Obolenskaya: que el
joven Nechaev había querido ser maestro de escuela, pero que no aprobó los
exámenes de ingreso, y que había recurrido a la revolución para vengarse de
quienes lo examinaron. ¿Es Nechaev otro pedagogo, como su mentor Jean Jacques?
Y las líneas: sigue
sin estar seguro de qué quiere decir Nechaev al referirse a las líneas. No le
hace ninguna falta que nadie le repita que los banqueros amasan el dinero, que
la suya es una codicia que a cualquiera le encogería el cora¬zón. Pero Nechaev
insiste en otra cosa. ¿En qué? ¿En rosa¬rios de números que atraviesan el papel
encerado del venta¬nuco y que golpean a esos niños en los estómagos vacíos?
De nuevo la cabeza le
da vueltas. Darle una lección. Respira hondo.
—¿Tiene usted cinco
rublos? pregunta.
Nechaev se tienta los
bolsillos con gesto distraído.
—¡Esa niña de ahí,
véala! —él la señala con un gesto del mentón—. Si le diera usted un buen baño y
le cortase el pelo, si le pusiera un vestido nuevo, podría proporcio¬narle la
dirección de un establecimiento en el que esta misma noche, sin esperar a más,
ella le daría cien rublos a cambio de una inversión de cinco. Y si le diera de
co¬mer como es debido, si la mantuviera bien limpia y no la aprovechase en
exceso ni dejara que se pusiera enfer¬ma, podría ganar para usted cinco rublos
por noche, al menos durante otros cinco años. Es fácil.
—¿Qué...?
—Escúcheme bien. En
los sótanos de Petersburgo hay niñas de sobra, y por las calles de Petersburgo
hay caba¬lleros de sobra, con los bolsillos forrados de dinero y con un gusto
especial por probar la carne joven, tantos como para traer la prosperidad a todos
los pobres de la ciudad. Lo único que hace falta es mantener la cabeza fría. A
es¬paldas de sus hijos, los que habitan en los sótanos po¬drían salir a la luz
del día.
—¿Qué sentido tiene
su depravada parábola?
—Yo no hablo nunca
con parábolas. Igual que a usted, me indigna el sufrimiento de los inocentes. A
mi no me engaña, Sergei Gennadevich. Durante bastante tiempo no estuve
dispuesto a creer que mi hijo pudiera haber sido uno de sus seguidores. Ahora
empiezo a entender qué es lo que veía en usted. Usted ha nacido con el
espí¬ritu de la justicia en el cuerpo, y aún no se ha apagado ese espíritu.
Estoy seguro de que si a esa niña la arrastra¬se con arrumacos a un callejón
uno de nuestros liberti¬nos de Petersburgo, y si los encontrase usted de
repente, por ejemplo, si hubiese decidido no perderla de vista y estar
vigilante por lo que le pudiera suceder, no vacilaría usted al hincarle al
hombre un puñal por la espalda, con tal de salvarla a ella. Y si fuera demasiado
tarde para sal¬varla, con tal de vengarla al menos.
»Esto no es una
parábola: es una historia acerca de los niños, acerca del uso que se les puede
dar a los niños. Con la ayuda de una niña, las calles de Petersburgo po¬drían
quedar libres de una sanguijuela, quizá incluso de un banquero de los que según
dice usted chupan la san¬gre del pueblo. A su debido tiempo, la esposa y los
hijos del difunto también podrían ser arrojados a la calle, para introducir así
un mayor nivelamiento.
—¡Es usted un cerdo!
—No, no es ese el
lugar que me corresponde en la his¬toria. Yo no soy el cerdo, no soy el hombre
que se que¬da atascado como un cerdo en ese callejón. Se lo vuelvo a decir: no
es una parábola, sino una historia, un cuento. Los cuentos pueden tratar sobre
otras personas: nadie está obligado a encontrar el lugar que le corresponde en
ellos. Pero si el espíritu de la justicia no le permite hacer caso omiso del
sufrimiento de los niños inocentes, ni si¬quiera en un cuento, hay muchas otras
formas de casti¬gar a las arañas que los acechan y se ceban en ellos. No hace
falta ser una niña, por ejemplo, para conducir a un hombre por un callejón
oscuro. Basta con afeitarse bien la barba y empolvarse la cara, ponerse un
vestido e ir siem¬pre por la sombra.
Ahora sonríe Nechaev,
o al menos le muestra los dientes.
—¡Todo eso está
sacado de uno de sus libros! ¡Es parte de sus perversas engañifas de cuentista!
—Puede ser, pero aún
me queda una pregunta que ha¬cer. Si hoy fuese usted libre de vestirse a su
antojo y de ser quien quisiera, de seguir sin reparos los acicates del
espíri¬tu de la justicia (un espíritu, sigo convencido, que reside en su
corazón), ¿en qué situación nos veríamos mañana, una vez se hubiese obrado la
tempestad de la venganza del pueblo, cuando todo el mundo estuviera nivelado?
¿Se¬guiría usted siendo libre de ser quien quisiera? ¿Seríamos todos por fin
libres de ser quienes quisiéramos ser?
—Eso ya no sería
necesario.
—¿No sería necesario
vestirse como uno quisiera? ¿Ni siquiera los días de carnaval?
—Esta conversación es
una estupidez. No serían nece¬sarios los días de carnaval.
—¿No habría días de
carnaval? ¿Ni vacaciones?
—Habría días de
recreo. El pueblo podría elegir entre descansar o irse al campo a ayudar en la
cosecha.
—Sí, ya he oído
hablar de los días de cosecha. A buen seguro cantaremos mientras estemos
trabajando. Pero vuel¬vo a mi pregunta. ¿Qué sería de mí? ¿Qué lugar tendría yo
en su utopía? ¿Me estaría permitido vestirme como una mujer, si el espíritu me
llevase por esos derroteros, o bien como un joven dandy de traje blanco? ¿O
solo se me permitiría un único nombre, una dirección, una edad, una paternidad?
—No soy yo quien ha
de estipular tales cosas. El pueblo le dará su respuesta. El pueblo le dirá qué
le estará per¬mitido hacer.
—Pero ¿cuál es su
dictamen, Sergei Gennadevich? Lo digo porque, si no es usted del pueblo, ¿quién
es usted, qué futuro tiene? ¿Gozaré aún de la libertad de hacerme pasar por
quien quiera, por un joven, por ejemplo, de¬seoso de pasar sus horas libres
dictando listas de personas que no le agradan, ideando sanguinarios castigos
para esas personas, o hacerme pasar por el responsable del al¬macén cuyo
cometido es encargar el serrín que ha de llenar la cesta situada debajo de la
guillotina? ¿Tendré esa libertad? ¿O más bien habré de tener muy en cuenta lo
que le oí decir una vez en Ginebra, esto es, que ya esta¬mos hartos de
Copérnico y sus semejantes, y que si apa¬reciese otro Copérnico habría que
sacarle los ojos de las cuencas?
—Usted delira. Usted
no es Copérnico.
—Eso es muy cierto,
yo no soy Copérnico. Cuando alzo la mirada a los cielos solamente veo las
estrellas que nos contemplaban cuando nacimos, y que nos contem¬plarán cuando
muramos, al margen de cómo queramos disfrazarnos, al margen de lo recónditos y
profundos que sean los sótanos en los que decidamos escondernos.
—Yo no me escondo;
simplemente, me he mezclado con la gente invisible de esta ciudad, con las
condiciones que me han hecho posible. Claro que usted de ninguna forma alcanza
a ver cuáles son esas condiciones.
—¿Me permite que le
sea sincero? Está usted diciendo tonterías. Puede que no vea las líneas y los
números en el cielo, pero no estoy ciego.
—¡No hay más ciego
que el que no quiere ver! Ve a esos niños muriéndose de hambre en un sótano,
pero se niega en redondo a entender qué es lo que determina las condiciones en
que viven esos niños. ¿Cómo puede de¬cir que ve? Claro está que usted y también
quienes le pagan tienen un interés en cualquier niño famélico, cualquier niño
de mirada hueca. A fin de cuentas, esas son las cosas sobre las que les gusta
leer: niños enternecedores y de mirada hueca, niños de vocecillas inaudi¬bles.
Pues deje que le diga cuál es la verdad sobre el hambre. Cuando lo miran, ¿sabe
usted qué ven esas cria¬turas de mirada hueca? ¡Pregúnteselo! Se lo voy a decir
yo. No ven más que mejillas gruesas y una lengua bien jugosa. Esos inocentes
podrían lanzarse sobre usted igual que las ratas, y podrían masticar sus carnes
si no supieran que es usted más fuerte y que los destrozaría a palos. Pero
usted prefiere no reconocerlo. Usted prefiere ver ahí a tres angelitos que han
hecho una breve visita a la tierra.
»Cuanto más hablo con
usted, Fiodor Mijailovich, menos entiendo cómo es posible que haya escrito
usted sobre Raskolnikov. Raskolnikov al menos estuvo vivo hasta que contrajo
aquella fiebre, o lo que fuese. ¿Sabe qué impresión me causa usted en este
momento? La misma que un caballo viejo, con orejeras, que da vueltas y vueltas
sin fin, que rueda y amasa a diario el mismo cuento de siempre, un día y otro
sin cesar. ¿Qué dere¬cho tiene de hablarme de disfraces? No sabría usted
en¬domingarse siquiera para salvar la vida. No es usted más que un viejo
reseco, un viejo caballo de tiro al que poco le falta para que se le acabe la
vida. ¿No va siendo hora de que intente compartir la existencia con los
oprimi¬dos, en vez de sentarse en su casa a escribir sobre ellos para ponerse
luego a contar el dinero que ha ganado? En fin, ya veo que empieza usted a
ponerse nervioso. Ima¬gino que lo que quiere es irse cuanto antes a su casa
para anotar en su libreta cualquier cosa sobre este sótano y esos niños, antes
de que el recuerdo se diluya. ¡Me da asco!
Hace una pausa, se
acerca, lo mira.
—¿Voy acaso demasiado
lejos, Fiodor Mijailovich? —si¬gue diciendo, quizá con más delicadeza—. ¿Estoy
quizá traspasando los límites de la decencia, desvelando algo que no debería
desvelar? ¿Será que lo hemos calado to¬dos nosotros, su hijastro también? ¿Por
qué calla ahora? ¿Se acerca demasiado el cuchillo al hueso? Saca la bu¬fanda
del bolsillo— ¿Querrá que le pongamos la venda de nuevo en los ojos?
¿Que se ha acercado
al hueso? Sí, puede ser que haya dado en el clavo. Y no es la acusación misma,
sino la voz que oye detrás: la de Pavel, la queja de Pavel ante su amigo, el
amigo que reserva esas palabras como si fueran veneno.
Con gesto de desánimo
aparta la bufanda.
—¿Por qué intenta
provocarme? —dice. Usted no me ha traído aquí para mostrarme su imprenta, ni
para mos¬trarme a esos niños famélicos. Eso no son más que pre¬textos. ¿Qué es
lo que quiere realmente de mí? ¿Quiere que me invada la rabia y que me largue
de estampida, que le traicione y lo delate a la policía? ¿Por qué no se ha ido
de Petersburgo? En vez de huir, como cualquier persona sensata, se está
comportando como Jesús en las afueras de Jerusalén, a la espera de un asno que
lo lleve a presen¬cia de sus enemigos, de quienes quieren buscarle la rui-na.
¿Confía acaso que sea yo ese asno? Se imagina usted que es el príncipe
escondido, el príncipe y el mártir, a la espera de que lo llamen. Quiere usted
robarle la Pascua a Jesús. Esta es la segunda vez que me tienta, pero yo no
estoy tentado.
—¡Ya basta, no cambie
de conversación! Estamos ha¬blando de Rusia, no de Jesús. Y ya basta de echarme
a mí la culpa. Si me traiciona, lo hará solamente porque me odia.
—Yo no le odio. No
tengo por qué.
—¡Sí, sí tiene por
qué! Quiere devolverme el golpe porque yo abro los ojos de la gente, que así ve
cómo es usted en verdad, usted y los de su generación.
—¿Y cómo soy yo en
verdad, yo y los de mi generación?
—Se lo voy a decir.
Sus días están contados. Lo que ocurre es que en vez de hacer mutis y abandonar
el es¬cenario sin hacer ruido, quieren arrastrar al mundo en¬tero con ustedes.
Les irrita que las riendas pasen a manos de hombres más jóvenes y más fuertes,
hombres que van a construir un mundo mejor. Así es como son ustedes. Y no me
venga con el cuento de que usted fue un revo¬lucionario, que fue condenado a
diez años en Siberia por sus creencias. Sé al dedillo que a usted lo trataron
en Siberia como si fuese parte de la nobleza. Usted no compartió los
sufrimientos del pueblo, en modo alguno: todo eso es mera falsedad. ¡Los viejos
como usted me dan asco! El día en que cumpla treinta y cinco años, me vuelo la
tapa de los sesos, se lo juro.
Esas últimas palabras
le salen con tal petulancia que él no puede disimular una sonrisa. El propio
Nechaev se sonroja, presa de la confusión.
—Ojalá tenga ocasión
de ser padre antes de llegar a esa edad, para que sepa a qué sabe este cáliz.
—Yo nunca seré
padre—musita Nechaev.
—¿Cómo lo sabe? No
puede estar tan seguro. Todo lo que puede hacer el hombre es derramar la
simiente; des¬pués, esta tiene vida propia.
Nechaev sacude la
cabeza con vehemencia. ¿Qué pre¬tende decir? ¿Que él no derrama su simiente?
¿Que ha jurado voto de castidad, como Jesucristo?
—No puede estar tan
seguro —repite con más cautela—. La simiente se convierte en hijo, el príncipe
se convierte en rey. Cuando un día esté usted sentado en el trono (si es que
para entonces no se ha volado la tapa de los sesos, claro está), cuando la tierra
esté llena de principitos es¬condidos en sótanos y en buhardillas, tramando
todos su caída, ¿qué es lo que hará? ¿Ordenar a sus soldados que los degüellen
a todos?
Nechaev está que se
sube por las paredes.
—Pretende usted
enojarme con sus tontas parábolas. Lo sé todo sobre su propio padre; Pavel
Isaev me habló de él, me dijo que era un tiranuelo, que todo el mundo le
odiaba, hasta que sus propios aparceros lo mataron. Cree usted que, como su
padre y usted se odiaban el uno al otro, la historia del mundo ha de ser
simplemente la his¬toria de las guerras que se libran entre padres e hijos. No
entiende usted el sentido de la revolución. La revolución es el fin de todo lo
antiguo, incluidos padres e hijos. Es el fin de la sucesión y las dinastías. Y
se renueva incesan¬temente, si es revolución de verdad. Con cada nueva
ge¬neración, la vieja revolución queda invalidada y la his¬toria empieza de
nuevo. He ahí la nueva idea, la idea verdaderamente nueva. Año uno. Carta
blanca. Todo se reinventa, todo se borra y renace: la ley, la moralidad, la
familia, todo. Todos los prisioneros son puestos en liber¬tad, todos los
delitos son perdonados. La idea es tan tre¬menda que usted no alcanza a
entenderla, como tampo¬co la entienden los de su generación. Mejor dicho, usted
la entiende demasiado bien, y pretende asfixiarla en su cuna.
—¿Y el dinero? Cuando
se perdonen los delitos, ¿se re¬distribuirá el dinero?
—Mucho más que eso.
De vez en cuando, en el mo¬mento en que menos se lo espere la gente,
declararemos que el dinero existente carece de valor y emitiremos una nueva
moneda. Ese fue el error de los franceses, permitir que el dinero antiguo
siguiera en circulación. Los fran¬ceses no hicieron una verdadera revolución,
porque no tuvieron el valor de ir hasta el final. Liquidaron a la
aris¬tocracia, pero no eliminaron la antigua manera de pen¬sar. En nuestras
escuelas se enseñará la manera de pensar propia del pueblo, la que ha estado
reprimida durante todo este tiempo. Todo el mundo irá de nuevo a la escuela,
incluidos los profesores. Los campesinos serán los maestros, y los maestros
pasarán a ser alumnos. En nues¬tras escuelas haremos hombres y mujeres nuevos
del todo. Todos renacerán con un nuevo corazón.
—¿Y Dios? ¿Qué
pensará Dios de todo eso?
El joven se ríe de
puro júbilo.
—¿Dios? Dios estará
verde de envidia.
—Así que usted cree
en Dios.
—¡Por supuesto! ¿Qué
sentido tendría no creer? Lo mismo daría prenderle fuego a todo, convertir el
mundo en ceniza. No; iremos ante Dios, nos presentaremos de pie ante su trono,
lo llamaremos. ¡Y vendrá! No le que¬dará más remedio que escucharnos. ¡Y entonces
por fin estaremos todos juntos en un mismo pie de igualdad!
—¿Y los ángeles?
—Los ángeles formarán
círculos a nuestro alrededor en¬tonando el hosanna. Los ángeles estarán
embelesados. También ellos serán libres para caminar por la tierra como hombres
de a pie.
—¿Y las almas de los
muertos?
—¡Qué cantidad de
preguntas hace usted! También las almas de los muertos, Fiodor Mijailovich,
también, si así le parece. Las almas de los muertos volverán a caminar por la
tierra, por supuesto. Si así le parece, también Pavel Isaev. Lo que podemos
hacer no tiene límite.
¡Qué charlatán! Sin
embargo, él ya no sabe quién domi¬na la situación: no sabe si está jugando con
Nechaev o si es Nechaev el que juega con él. Es como si todas las barreras se
hicieran añicos al tiempo: la barrera que contiene las lá¬grimas, la barrera que
contiene la risa. Si Anna Sergeyevna estuviera aquí, y es una idea que le acude
a la memoria sin que él quiera, estaría en condiciones de decirle las pala-bras
que han faltado en todo este tiempo.
Da un paso adelante
y, con lo que le parece la fuerza de un gigante, abraza a Nechaev y lo
estrecha. En su abrazo, atrapa los brazos del muchacho contra sus costa¬dos, y
nota el hedor agrio de su carne forunculada; so¬llozando, riendo, lo besa en
ambas mejillas. Cintura contra cintura, pecho contra pecho, permanece
entrela-zado con él.
Se oyen pasos por las
escaleras. Nechaev se libra como puede de su abrazo.
—¡Por fin vienen!
—exclama. Los ojos le brillan triun¬fales.
Se vuelve. En la
entrada hay una mujer vestida de ne¬gro con un incongruente sombrerito blanco.
En la pe¬numbra, con los ojos borrosos por las lágrimas, no sabe qué edad
tendrá.
Nechaev parece
decepcionado.
—¡Ah! —dice—.
¡Perdone! Pase, pase.
Pero la mujer
permanece donde está. Lleva bajo el brazo algo envuelto en una tela blanca. Los
niños tienen un olfato más agudo que el suyo. Todos juntos, sin me-diar
palabra, se dejan caer del catre y pasan por entre los dos hombres. La niña
tira de la tela y el olor del pan re¬cién hecho inunda el sótano. Sin mediar
palabra parte dos trozos y se los da a sus hermanos. Apretados contra las
faldas de su madre, con las miradas ausentes e inex¬presivas, se ponen a comer.
Como los animales, piensa: saben de dónde viene, y no les importa.
16
LA IMPRENTA
Hace una inclinación
de cabeza ante la mujer. Bajo el ridículo sombrerito que lleva asoma una cara
un tanto tímida, juvenil, pecosa. Siente un rápido aleteo de inte¬rés sexual
por ella, pero se apaga enseguida. Debería lle¬var una corbata negra, o un brazalete
negro, a la italiana, y así su posición en el mundo estaría mucho más clara,
inclusive para él. Y no sería un hombre en plenitud de facultades, sino
solamente medio hombre. Si no, debería llevar en la solapa una medalla con la
efigie de Pavel. Su mejor mitad, la que ha perdido, la mitad que aún estaba por
ser.
—Debo irme dice.
Nechaev lo mira con
desdén.
—Váyase —dice—, nadie
se lo impide. Se cree —dice a la mujer— que no sé adonde piensa ir.
El comentario le
resulta gratuito.
—¿Adonde cree que voy
a ir?
—¿Quiere que se lo
diga con todas las letras? ¿No es esta su ocasión de vengarse?
Vengarse: después de
lo que acaba de ocurrir, esa pala¬bra es como si una vejiga de cerdo le fuese
aplastada contra la cara. Es la palabra de Nechaev, el mundo de Nechaev: un
mundo de venganza. ¿Qué tiene que ver con él? Con todo, esa fea palabra no le ha
sido arrojada a la cara sin razón. Se acuerda de algo: la conducta de Nechaev
cuando se conocieron, el roce de las faldas contra el respaldo de su silla, la
presión del pie por debajo de la mesa, el modo en que hizo uso de su cuerpo,
desver¬gonzado y sin embargo torpe y falto de aplomo. ¿Tiene ese muchacho una
idea clara de lo que quiere, o simple¬mente se limita a ver como puede por qué
camino le lleva? Es como yo; yo era como él, piensa; solo que yo no te¬nía ese
valor. Y añade: ¿Será esa la causa de que Pavel lo si¬guiera, será que
intentaba adquirir el valor? ¿Será esa la causa de que aquella noche subiera a
la chimenea?
Cada vez se aclaran
más las cosas: Nechaev no quedará satisfecho hasta caer en manos de la policía,
hasta haber probado también eso. De ahí que insista tanto en poner a prueba su
valor y su resolución. Y saldrá indemne; no cabe la menor duda. No se vendrá
abajo. Poco importa que lo apaleen, que lo tengan a pan y agua, que él no
cederá, que si quisiera caerá enfermo. Puede que pierda toda la dentadura, pero
mantendrá intacta su sonrisa. Arras¬trará sus extremidades tronzadas, rugiendo
con la fuerza de un león.
—¿Quiere acaso que me
vengue? ¿Quiere que salga y lo traicione? ¿Es eso lo que se pretende conseguir
con toda esta charada de los laberintos y los ojos vendados?
Nechaev se ríe con
excitación, sabedor de que se en¬tienden perfectamente.
—¿Por qué iba yo a
querer tal cosa? —contesta con voz meliflua y maliciosa, mirando a la niña de
reojo, como si quisiera incluirla en su broma—. No soy un joven des¬carriado,
como lo era su hijastro. Si va usted a la policía, sea honesto. No me haga objeto
de su sentimentalismo, no finja que no es usted mi enemigo. Conozco bien su
tendencia al sentimentalismo. Es lo que hace con las mujeres, estoy seguro. Con
las mujeres y con las niñas pequeñas —se vuelve hacia la niña—. Tú lo sabes
bien, ¿verdad que sí? Sabes cómo lloran los hombres de ese tipo cuando te están
haciendo daño, solo para lubricar su conciencia y excitarse un poco más.
Para la edad que
tiene, es extraordinario cuánto ha aprendido. Más incluso que una mujer de la
calle, por¬que no en vano es de por sí espabilado. Tiene mundo. A Pavel le
hubiese ido bien tener un poco más de mun¬do. En el repulsivo y bamboleante oso
viejo de su cuen¬to —¿cómo se llamaba? ¿Karamzin?— había más vida, más realidad
que en el relamido héroe que con tanto dolor construyó. Era demasiado pronto
para su muerte. Un la¬mentable error.
—No tengo la menor
intención de traicionarle —dice con hastío—. Váyase a casa, váyase con su
padre. En alguna parte tendrá a su padre; en Ivanovo, si mal no recuerdo. Vaya
a verlo, arrodíllese ante él, pídale que le esconda. Lo hará. No tiene límites
lo que un padre puede hacer.
A Nechaev se le
escapa un bufido, una risotada. Ya no puede quedarse quieto: echa a andar por
el sótano, apar¬tando a los niños de en medio.
—¡Mi padre! ¡Qué
sabrá usted de mi padre! Yo no soy un tontaina, como lo era su hijastro. Yo no
me cuelgo de las personas que me oprimen. Me fui de la casa de mi padre cuando
cumplí dieciséis años; nunca he vuelto, nunca pienso volver. ¿Sabe usted por qué?
Porque me pegaba. Le dije que me golpease una sola vez más, y que nunca
volvería a verme. Me pegó y no me ha vuelto a ver el pelo. Desde ese día dejó
de ser mi padre. Ahora, yo soy mi padre. Me he hecho a mí mismo empezando desde
cero. No me hace falta que me esconda ningún padre. Si he de esconderme, el
pueblo me esconderá.
»Dice usted que no
tiene límites lo que un padre pue¬de hacer. ¿Sabe usted que mi padre muestra
mis cartas a la policía? Escribo a mis hermanas, pero él les roba las cartas,
las copia, se las enseña a la policía, y la policía le paga, cómo no. Ya ve
cuáles son sus límites. Y así se de¬muestra qué desesperada está la policía,
que llega a pagar por tal cosa: se agarran a un clavo ardiendo, a lo que sea,
porque yo no he hecho nada, ¡nada!, que pruebe lo que pretenden demostrar.
Desesperado, sí.
Desesperado porque le traicionen; de¬sesperado incluso por encontrar a un padre
que le trai¬cione.
—Tal vez no puedan
demostrar nada, pero la policía sabe, como lo sabe usted y como lo sé yo mismo,
que usted no es lo que se dice inocente. No se ha conforma¬do con redactar esas
listas, ¿verdad que no? Tiene las manos manchadas de sangre, ¿no es cierto? No
le voy a pedir que confiese. No obstante, y en el más hipotético de los
sentidos, ¿por qué lo hace?
—¿Hipotéticamente?
Fácil: porque si uno no mata, na¬die le toma en serio. Es la única prueba de
seriedad, lo único que cuenta.
—Pero ¿por qué
necesita que lo tomen en serio? ¿Por qué no ser joven y no tener preocupaciones
al menos mientras pueda? Tiempo de sobra tendrá después para ser todo lo serio
que usted quiera. Y tenga a bien pensar aunque solo sea un instante en esos
seres más débiles, en los que cometen el error de tomarle a usted muy en
se¬rio. Piense en su amiga la finesa, piense en lo que está pasando en estos
momentos, a consecuencia de haberle tomado a usted en serio.
—¡Deje ya de insistir
tanto con mi presunta amiga la fi¬nesa! ¡Ya nos hemos ocupado de ella, ya no
tiene que su¬frir más! Y no me diga que espere a ser viejo para que me tomen en
serio. Ya he visto qué ocurre cuando uno enve¬jece. Cuando sea viejo, habré
dejado de ser el que soy.
Es una acertada idea
que fácilmente habría imputado a Pavel, pero nunca a Nechaev. ¡Qué desperdicio!
—Ojalá —dice—, ojalá
hubiera podido oírles hablar jun¬tos a Pavel y a usted.
En cambio, no dice
esto otro: igual que dos sables, dos sables desenvainados.
Sin embargo, ¡qué
inteligente por parte de Nechaev haberle prevenido para que no cayera en la
compasión! Y es que eso mismo es lo que está a punto de sentir: compasión por
un niño perdido en alta mar, que lucha y que se ahoga. Así pues, se equivoca al
detectar algo tal vez demasiado estudiado en el sombrío aspecto de Ne¬chaev (y
es que, por sorprendente que sea, acaba de ca¬llarse), en su mirada
meditabunda: algo no solo estu¬diado, sino también, puede ser, astuto. ¿Cuándo
fue la última vez en que pudo confiar que las palabras viajasen directas de un
corazón a otro? Época de falsificaciones, ésta en que vive: época de disfraces
y disimulos. Pavel era demasiado niño, estaba demasiado chapado a la anti¬gua
para medrar. El héroe y la heroína de Pavel conver¬saban en aquel divertido,
farfullante y anticuado lengua¬je del corazón. «Ojalá... ojalá...» «Puedes...
puedes...» Sin embargo, Pavel cuando menos intentó proyectarse en un pecho
ajeno. Es imposible imaginarse a Sergei Nechaev como escritor. Es un egoísta, o
incluso algo peor. También es un mal amante, de seguro. Sin senti¬miento, sin
piedad. De sentimientos a lo sumo inmadu¬ros, esquivos, estancados, como un
enano. Un hombre del futuro, puede que del siglo venidero, un hombre de
monstruoso cerebro y monstruosos apetitos, pero nada más. Solitario, apartado
de todo. Su lugar adecuado, un trono en una estancia vacía. El trono de las
ideas. Un pope de las ideas, de ideas mortecinas. ¡Dios salve en¬tonces a los
fieles, Dios salve a los que se sometan a su gobierno!
Sus pensamientos son
interrumpidos por un ruido de pasos en las escaleras. Nechaev corre a la
puerta, escucha, sale. Se oye un furioso cuchicheo, una llave que en¬tra en un
cerrojo, el silencio.
Todavía con su
sombrerito blanco, la mujer se ha sen¬tado al borde del lecho para dar de mamar
al niño más pequeño. Al mirarle a los ojos, se sonroja y alza el men¬tón con un
gesto desafiante.
—El señor Ishutin
dice que a lo mejor usted puede ayudarnos.
—¿El señor Ishutin?
—El señor Ishutin, su
amigo de usted.
—¿Y por qué iba a
decir tal cosa? Bien sabe él en qué situación me encuentro.
—Nos han desahuciado
por impago del alquiler. He pagado el de este mes, pero no puedo pagar los
atrasos; es demasiado.
El niño deja de mamar
y se retuerce. Ella lo suelta; se resbala de su regazo y sale del cuarto. Lo
oyen aliviarse debajo de las escaleras, gimiendo suavemente mientras lo hace.
—Lleva algunas
semanas enfermo —se queja ella.
—Enséñeme los pechos.
Ella se suelta otro
botón y expone ambos pechos. Los pe¬zones se le yerguen por el frío. Alzándolos
entre los dedos, los manipula con suavidad. Aparece una gota de leche.
Él lleva encima cinco
rublos que pidió prestados a Anna Sergeyevna. Le da dos. Ella toma las monedas
sin decir palabra y las envuelve en un pañuelo.
Regresa Nechaev.
—Ya veo que Sonya le
ha dicho que está en un grave aprieto —dice—. Pensé que su casera podría hacer
algo por ellos. Es una mujer generosa, ¿verdad que sí? Eso es lo que dijo
Isaev.
—Ni hablar. ¿Cómo iba
a llevar...?
La muchacha —¿se
llamará Sonya realmente?— aparta la mirada para esconder su vergüenza. El
vestido, que es de una tela estampada de flores, barata e inapropiada para la
crudeza del invierno, se abotona de arriba a abajo por delante. Se ha echado a
temblar.
—De eso hablaremos
más tarde—dice Nechaev. Quie¬ro mostrarle la imprenta.
—No me interesa su
imprenta.
Nechaev, sin embargo,
lo sujeta por el brazo, y a me¬dias lo conduce, a medias lo arrastra a la
puerta. Él vuel¬ve a sorprenderse de su propia pasividad; es como si se hallara
en un trance moral. ¿Qué pensaría Pavel si lo vie¬ra utilizado de este modo por
su asesino? ¿O es de hecho Pavel quien lo conduce?
Reconoce la imprenta
de inmediato; es el mismo mo¬delo anticuado, una Albion fabricada en
Birmingham, igual que la que utilizaba su hermano para imprimir pas-quines,
octavillas, programas de mano. Nada de miles de ejemplares; si acaso,
doscientos por hora.
—La fuente del poder
que tiene todo escritor —dice Nechaev dando una palmada sobre la máquina—. Su
co¬municado será distribuido entre las células esta misma noche, y mañana
estará en la calle. Si lo prefiere, pode¬mos esperar hasta que usted haya
cruzado la frontera. E incluso si le acusan, siempre podría decir que es una
fal¬sificación. Para entonces ya no tendrá ninguna impor¬tancia, porque habrá
surtido su efecto.
Hay otro hombre en la
estancia, mayor que Ne¬chaev: un hombre enjuto, de pelo negro, tez cetrina y
ojos negros, sin brillo, encorvado sobre la mesa de composición, con el mentón
entre las manos. No les presta ninguna atención, y Nechaev tampoco lo pre¬senta.
—¿Mi comunicado?
—pregunta.
—Sí, su comunicado.
Cualquier comunicado que quie¬ra hacer. Puede ponerse a escribir aquí mismo,
ahora, para ganar tiempo.
—¿Y si decido contar
la verdad?
—Le prometo que lo
que usted escriba, sea lo que sea, nosotros lo distribuiremos.
—La verdad tal vez
sea más de lo que puede aguantar una imprenta manual.
—Déjalo en paz. —La
voz es la del otro, que sigue repa¬sando el texto que tiene delante. Es un
escritor, él no trabaja así.
—Entonces, ¿cómo
trabaja?
—Los escritores
tienen sus propias reglas. No pueden trabajar si alguien los mira por encima
del hombro.
—Deberían aprender
nuevas reglas. La privacidad es un lujo sin el cual todos podemos pasar. El
pueblo no nece¬sita la privacidad.
Ahora que tiene
público, Nechaev ha retomado su ta¬lante de siempre. En cuanto a él, está
harto, asqueado de sus torpes provocaciones.
—He de irme— dice
otra vez.
—Si no escribe usted,
lo tendremos que hacer nosotros.
—¿Qué quiere decir?
¿Escribir por mi?
—Sí.
—¿Firmando con mi
nombre?
—Con su nombre,
claro. No tenemos otra alternativa.
—Eso no lo aceptará
nadie. No le creerá nadie.
—Los estudiantes sí
lo creerán. Tiene usted una gran acogida entre los estudiantes, ya se lo dije.
Sobre todo si no tienen que leer un grueso volumen para recibir el mensaje. Los
estudiantes están dispuestos a creer cual¬quier cosa.
—¡Vamos, Sergei
Gennadevich! —dice el otro con una voz que nada tiene de sorna. Se le marcan
las ojeras; ha encendido un cigarro que fuma con nerviosismo. ¿Qué es lo que
tienes contra los libros? ¿Qué tienes contra los estudiantes?
—Lo que no pueda
decirse en una sola página es que no vale la pena decirse. Por otra parte, ¿por
qué van a sentarse cómoda y lujosamente unos pocos a leer libros, si hay muchos
que no saben leer, que no pueden leer aunque sepan? ¿Tú te crees que Sonya, la
de ahí al lado, tiene tiempo para leer? Los estudiantes, por cierto, ha¬blan
demasiado. No hacen otra cosa que sentarse a dis¬cutir, a desperdiciar sus
energías. La universidad es un si¬tio en donde te enseñan a discutir, de modo
que nunca tengas que hacer realmente ninguna otra cosa. Es igual que los judíos
cuando le cortan los cabellos a Sansón. Las discusiones son una trampa. Solo
sirven para pensar que hablando podrán hacer un mundo mejor; no en¬tienden que
las cosas tienen que empeorar antes de que puedan ser mejores.
Su camarada bosteza;
su indiferencia parece incitar a Nechaev.
—¡Es verdad! ¡Por eso
hay que provocarles! Si los dejas a su antojo, siempre recaerán en las charlas
y los debates, y todo terminará por irse al garete. Así era su hijastro, Fiodor
Mijailovich: no hacía más que hablar. La gente que sufre no necesita hablar,
sino pasar a la acción. Nuestro objetivo es conseguir que actúen. Si logramos
provocar¬les para que actúen, habremos ganado la mitad de la bata¬lla. Puede
que los aplasten, puede que se recrudezca la represión, pero eso creará más
sufrimiento, más indigna¬ción, más deseos de pasar a la acción. Así son las
cosas. Además, si algunos sufren, ¿qué justicia habrá hasta que no sufran
todos? Así se acelerarán las cosas; le sorprende¬rá con qué rapidez puede
avanzar la historia, siempre y cuando consigamos ponerla en marcha. Los ciclos
serán cada vez más cortos. Si actuamos hoy, el futuro lo ten¬dremos encima
antes de que nos demos cuenta.
—A lo que veo, está
permitida la falsificación. Todo está permitido.
—¿Por qué no? ¿Qué
novedad hay en eso? Todo está permitido si es en aras del futuro. Lo dicen
incluso los creyentes; no me extrañaría que estuviera en la Biblia.
—Le aseguro que no lo
está. Eso es algo que solo dicen los jesuitas, y no tendrán perdón. Usted
tampoco.
—¿Que no tendré
perdón? ¿Quién sabe? Estamos ha¬blando de un panfleto, Fiodor Mijailovich. ¿A
quién importa quién escriba realmente un panfleto? Las pala-bras se las lleva
el viento, hoy están aquí, mañana en otra parte. Nadie es dueño de las
palabras. Y estamos hablan¬do de las masas. Imagino que habrá estado usted en
me¬dio de una muchedumbre: a las masas no les interesan nada las cuestiones de
la autoría. Una muchedumbre no tiene intelecto, solo tiene pasiones. ¿O acaso
pretende decir otra cosa?
—Quiero decir que si,
en nombre del futuro, impone adrede el sufrimiento sobre esas desdichadas
criaturas de ahí al lado, usted tampoco tendrá perdón.
—¿Adrede? Y eso ¿qué
quiere decir? No hace usted más que hablar de los entresijos de las personas,
de la mente. La historia nada tiene que ver con los pensa¬mientos, la historia
no es una creación mental. La histo¬ria se hace en las calles, y no me diga que
ahora hablo de pensamientos. Eso no es más que otro truco de debate, tal vez
muy inteligente, sí, como tantos otros con los que se confunden los
estudiantes. Yo no hablo de pensa¬mientos, y aun cuando así fuera, poco
importaría. Pue¬do pensar una cosa ahora y otra dentro de un minuto, y eso no
importa un comino mientras pase a la acción. La gente actúa. Además, ¡se
confunde usted! ¡No tiene ni idea de teología! ¿No ha oído hablar de la
peregrinación de la Madre de Dios? Al día siguiente del último día, después de
que todo se haya decidido, después de que se hayan cerrado a cal y canto las
puertas del infierno, la Madre de Dios dejará su trono en el cielo y
peregrinará al infierno para suplicar por los condenados, se hincará de
rodillas y se negará a ponerse en pie hasta que Dios ceda y los perdone a
todos, incluso a los ateos y a los blasfemos. Así pues, ya ve usted que se
equivoca, que le contradicen los libros que usted mismo maneja.
Y Nechaev le lanza
una fulminante mirada de triunfo.
El perdón de todos.
Le basta con pensar en eso y la ca¬beza le da vueltas. Y serán reunidos el
padre y el hijo. Por el hecho de venir de la indigna boca de un blasfemo, ¿no
ha de ser verdad? ¿Quién ha de promulgar en dónde residirá la Madre de Dios? Si
Cristo está oculto, ¿por qué no iba a ocultarse aquí, en estos sótanos? ¿Por
qué no iba a estar aquí en este preciso instante, en el niño que se alimenta a
los pechos de la mujer de al lado, en la niña de los ojos apagados, sagaces, o
en el propio Sergei Nechaev?
—Está usted tentando
a Dios. Si lo juega todo a la carta de la misericordia de Dios, tenga por
seguro que lleva las de perder. Mejor que no se le ocurra ese pensamiento,
hágame caso, o caerá irremisiblemente.
Lo dice con voz tan
espesa que a duras penas logra dar forma a las palabras. Por vez primera el
camarada de Ne¬chaev levanta la vista de su mesa, observándole con interés.
Como si percibiese su
debilidad, Nechaev se le echa encima y lo acosa como a un perro.
—Han pasado dieciocho
siglos desde la época de Dios, casi diecinueve. Estamos a punto de entrar en
una nueva época en la que seremos libres de pensar lo que quera¬mos. ¡No habrá
nada que escape a nuestro pensamiento! Seguramente ya lo sabe. A la fuerza lo
sabe usted: ¡es lo que dijo Raskolnikov en su libro, poco antes de caer
en¬fermo!
—Es usted un demente,
ni siquiera sabe leer —murmu¬ra. Pero ha perdido, y lo sabe. Ha perdido, porque
en todo este debate no cree en sí mismo. Y no cree en sí mismo porque ha
perdido. Todo se derrumba: la lógica, la razón. Mira fijamente a Nechaev y ve tan
solo un cristal que titila a la luz del desierto, un cristal encerrado en sí
mismo, inexpugnable.
—Ande con cuidado
—dice Nechaev meneando un dedo con gesto significativo—. Tenga cuidado con las
palabras que emplea conmigo. Yo soy de Rusia; cuando dice que soy un demente,
está diciendo que Rusia es de¬mente.
—¡Bravo! —dice su
camarada, y da un aplauso tenue y burlón.
Intenta por última
vez darse ánimo.
—No, eso no es
verdad. Es puro sofisma. Usted no es más que parte de Rusia, solamente una
parte de la de¬mencia de Rusia. Yo soy el que... —se lleva la mano al pecho, y
perplejo por lo afectado de su gesto, la deja caer. Yo soy el que lleva a
cuestas la demencia. Es mi sino, mi carga, no la suya. Usted aún es un niño,
todavía no puede ni empezar a soportar siquiera ese peso.
—¡Bravísimo! —dice el
hombre, y aplaude—. ¡Ahí te tie¬ne pillado, Sergei!
—Así pues, quiero
hacer un trato con usted —prosigue—. Al fin y al cabo, escribiré algo para su
imprenta. Contaré la verdad, toda la verdad, en una sola página, tal como usted
me exige. Mi única condición es que lo imprima tal cual, sin cambiar una coma,
y que lo haga circular.
—¡Hecho! Nechaev se
enardece claramente, conven¬cido de su triunfo. ¡Me gustan los tratos! ¡Dale
papel y pluma!
El otro coloca un
tablón sobre la mesa de componer y saca un papel.
Escribe lo siguiente:
«La noche del 12 de
octubre del año de Nuestro Señor de 1869, mi hijastro Pavel Alexandrovich Isaev
halló la muerte al caer al vacío desde la chimenea de la fundi¬ción que hay en
el Muelle Stolyarny. Ha corrido el ru¬mor de que su muerte fue obra de la Tercera
Sección de la Policía Imperial. Este rumor es una artera patraña. Es¬toy
convencido de que mi hijastro fue asesinado por su falso amigo, Sergei
Gennadevich Nechaev.
»Que Dios se apiade
de su alma.
»F. M. Dostoievski.
»18 de noviembre de
1869.»
Con un leve temblor,
entrega el papel a Nechaev.
—¡Excelente! —dice
Nechaev, y pasa el papel al otro—. La verdad, tal como la ve un ciego.
—Imprímalo.
—Prepara la
composición— ordena Nechaev al otro.
Este le mira con
gesto dubitativo.
—¿Es verdad?
—¿Verdad? ¿Qué es la
verdad? —exclama Nechaev con una voz que resuena por todo el techo del sótano—.
¡Prepáralo! ¡Bastante tiempo hemos perdido!
En ese instante
comprende con toda claridad que ha caído en una trampa.
—Permítame una
corrección —dice él. Toma el papel, lo arruga, se lo guarda en el bolsillo.
Nechaev no inten¬ta impedírselo.
—Demasiado tarde, ya
no hay retractación posible di¬ce—. Usted lo ha escrito delante de un testigo.
Lo im¬primiremos tal como le he prometido, palabra por pa-labra.
Una trampa, una
trampa demoníaca. A fin de cuentas, no es él, en contra de lo que había
pensado, una figura salida entre bastidores que se interpone como un intruso
incómodo en una disputa entre su hijastro y Sergei Ne¬chaev, el anarquista. La
muerte de Pavel solo ha sido el señuelo para hacerle viajar de Dresde a
Petersburgo. Él ha sido la presa en todo momento. Ha sido engatusado para salir
de su escondrijo, y ahora Nechaev se le ha echado encima y lo ha sujetado por
el cuello.
Lo mira enfurecido,
pero Nechaev no cede un ápice.
17
EL VENENO
El sol cabalga bajo
en el cielo pálido y claro. Al salir de la maraña de callejuelas tortuosas a
Voznesensky Prospekt tiene que cerrar los ojos; el mareo y el aturdimien¬to han
vuelto, hasta el punto de que casi echa de menos una venda sobre los ojos, una
mano que lo guíe.
Está hastiado del
torbellino infernal de Petersburgo. Dresde lo llama de lejos como un islote de
paz: Dresde, su esposa, sus libros y sus papeles, un centenar de míni¬mas
comodidades que es lo que constituye un hogar, y entre todas ellas no
desdeñable el placer de la ropa inte¬rior limpia. Y todo esto, precisamente
ahora que, sin pa¬saporte, no se puede marchar. «¡Pavel!», susurra, repi¬tiendo
el ensalmo. Pero ha perdido todo contacto con Pavel y con la lógica que le
indica el porqué; solo por-que Pavel murió aquí, está atado a Petersburgo. Ya
no lo retienen el recuerdo de Pavel, ni tampoco Anna Sergeyevna, sino el hoyo
excavado para él por el hombre que traicionó a Pavel. No tuerce a la izquierda,
hacia la calle Svechnoi, sino a la derecha, en dirección a la calle Sadovaya,
donde está la comisaría de policía; confía, algo irri¬tado, en que Nechaev lo
siga, lo espíe.
La sala de espera
está tan llena como antes. Ocupa su lu¬gar en la cola; al cabo de veinte
minutos llega al mostrador.
—Dostoievski. Me
persono tal como se me ha exigido dice.
—¿Se lo ha exigido
quién? —el funcionario que le atiende es joven, ni siquiera viste uniforme de
policía.
Alza las manos
exasperado.
—¿Cómo quiere que lo
sepa? Se me ha exigido que me persone aquí, y eso es lo que vengo a hacer.
—Siéntese, enseguida
le atenderán.
Su exasperación se
desborda.
—¡No hace falta que
me atienda nadie; basta con que esté aquí! Ya me ha visto usted en carne y
hueso. ¿Qué más pretende? ¿Y cómo quiere que me siente, si no hay asientos
libres?
El funcionario se
queda claramente de una pieza por este arranque de vehemencia; el resto de los
presentes también lo miran con curiosidad.
—Anote mi nombre y
terminemos de una vez —le exige.
—No puedo escribir un
nombre así, sin más —contesta el funcionario con un tono razonable—. ¿Cómo
quiere que sepa que es su nombre? Muéstreme el pasaporte.
No logra contener la
cólera.
—¡Primero me
confiscan el pasaporte y ahora me exige que se lo enseñe! ¡Qué insanía! ¡Quiero
ver al concejal Maximov!
Pero si cuenta con
que el funcionario se atemorice por el nombre de Maximov, está muy engañado.
—El concejal Maximov
está ocupado. Lo mejor será que se siente y se tranquilice. Lo atenderán en
cuanto sea posible.
—¿Y cuánto va a
tardar?
—¿Cómo quiere que lo
sepa? No es usted el único que tiene problemas —hace un gesto hacia la sala
atestada de gente. En todo caso, si desea hacer una reclamación o expresar una
queja, lo correcto es que la presente por es¬crito. No podemos ponernos en funcionamiento
hasta que lo tengamos por escrito; ya sabe usted, necesitamos algo donde hincar
el diente, por así decir. Me parece que es usted un hombre cultivado;
seguramente aprecia la escritura en lo que vale. Y se vuelve al siguiente de la
cola.
No le cabe la menor
duda de que, si pudiera recibirlo Maximov, canjearía a Nechaev por su
pasaporte. Si lle¬gara a vacilar, sería solo por estar convencido de que ser
traicionado, y más traicionado por él, por Dostoievski, es exactamente lo que
Nechaev necesita. ¿O es acaso peor, y aún queda una nueva vuelta de tuerca?
¿Será po¬sible que, tras las abundantes insinuaciones que Nechaev ha ido
sembrando acerca de su potencial, el de Dos¬toievski, de traicionarle, exista
la intención de confun¬dirle e inhibirle? A cada paso tiene la impresión de
haber sido derrotado, y derrotado quizá porque desea perder, ser derrotado por
un jugador que, desde el día en que lo conoció y quizá desde mucho antes,
admitió el placer que a él le produce ceder, dejarse enmarañar en la intri¬ga,
dejarse engatusar, seducir, de modo que ha sabido aprovechar ese conocimiento
para sus propios fines. ¿Cómo, si no, iba a explicar esta estúpida pasividad
suya, este estado medio aletargado, medio drogado, en que se halla su
conciencia?
¿Fue igual con Pavel?
¿Fue Pavel en lo más hondo de su ser un genuino hijo de su padrastro,
suscepti¬ble de ser seducido por la voluptuosa promesa de la seducción?
Nechaev hablaba de
los financieros tildándolos de ara¬ñas, pero en este instante se siente como
una mosca atra¬pada en la telaraña de Nechaev. Tan solo acierta a pensar en una
araña más grande que Nechaev: la araña de Ma¬ximov sentado ante su mesa, mojándose
los labios con la lengua, saboreando por adelantado la siguiente presa. Confía
en que devore a Nechaev, en que lo engulla entero, le aplaste los huesos y
escupa los restos resecos de su cuerpo.
Así, después de
felicitarse, se ha hundido en el ánimo vengativo más inicuo que pueda imaginar.
¿Podrá caer más bajo aún? Recuerda el comentario de Maximov: bendito, con los
tiempos que corren, por haber tenido solo hijas. Si ha de haber hijos varones,
mejor engen¬drarlos de lejos, como las ranas o los peces.
Se imagina a la araña
de Maximov en su hogar, sus tres hijas alborotadas a su alrededor,
acariciándole con sus garras, siseando quedamente, y a su pesar siente también
un infinito resentimiento.
Había esperado
recibir rápida respuesta de Apollon Maykov, pero el portero se muestra
inflexible e insiste en que no hay mensajes para él.
—¿Está seguro de que
mi carta fue franqueada?
—A mí no me pregunte,
pregúntele al mozo que la llevó.
Intenta localizar al
chico, pero nadie sabe dónde está.
¿No debería escribir
otra vez? Si la primera petición llegó a Maykov y si este no hizo caso, ¿no le
parecerá abyecta una segunda intentona? Aún no es un mendigo. Pero la ingrata
verdad es que vive día a día gracias a la caridad de Anna Sergeyevna. Tampoco
puede confiar en que su presencia en Petersburgo siga siendo un secreto y pase
inadvertida durante mucho más tiempo. Tarde o temprano se correrá la noticia,
si es que no se ha difun¬dido ya; en ese instante, media docena de acreedores
po¬drían iniciar el debido procedimiento judicial para que sea arrestado. Su
indigencia no le serviría de protección: un acreedor fácilmente puede suponer
que, como últi¬mo recurso, su esposa o la familia de su esposa, o incluso sus
colegas escritores, podrían reunir el dinero necesario para salvarlo de la
ignominia.
¡Razón de más, por
tanto, para irse de Petersburgo! Tiene que recuperar el pasaporte como sea; si
no lo consigue, tendrá que arriesgarse a viajar otra vez con los papeles de
Isaev.
Ha prometido a Anna
Sergeyevna ocuparse de la niña enferma. Se encuentra abierta la cortina de la
alcoba; Matryona está sentada en la cama.
—¿Qué tal te
encuentras? —le pregunta.
Ella no contesta;
parece absorta en sus pensamientos.
Se acerca un poco
más, le palpa la frente con la mano. Tiene coloreadas las mejillas, respira de
forma muy su¬perficial, pero no parece que haya fiebre.
—Fiodor Mijailovich
dice ella hablando muy despacio y sin mirarle—, ¿morirse duele?
Le asombra el rumbo
que ha tomado su pensamiento.
—¡Mi querida
Matryosha! —le dice—. ¡Tú no vas a mo¬rir! Anda, acuéstate, duerme un poco, que
te sentirás me¬jor. Dentro de muy poquitos días volverás a la escuela; ya oíste
lo que dijo el médico.
Pero mientras habla,
ella menea la cabeza.
—No lo digo por
mí—dice. Solo quiero saber si duele, ya sabes, cuando una persona se muere.
La niña se ha puesto
seria.
—¿En el momento de la
muerte?
—Sí. No cuando estás
muerto del todo, sino un poco antes.
—¿Cuando sabes que
estás muerto?
—Sí.
Le colma una gratitud
inmensa. Durante varios días, ella se ha cerrado a él, encastillándose en lo
obtuso, en lo infantil, entregada al resentimiento, negándole el precia¬do
recuerdo de Pavel que ella lleva dentro. Ahora vuelve a ser la de siempre.
—A los animales no
les cuesta ningún trabajo morir —dice con dulzura—. Tal vez deberíamos aprender
de ellos la lección. Tal vez por eso están con nosotros en la tie¬rra, para
enseñarnos que vivir y morir no es tan difícil como nosotros pensamos.
Hace una pausa;
prueba otra solución.
—Lo que más nos
asusta de la muerte no es el dolor. Es el miedo de dejar atrás a los que nos
aman, y de viajar solos. Pero no es así, no es tan simple. Cuando nos mo¬rimos,
nos llevamos a los seres queridos en nuestro cora¬zón. Por eso, Pavel te llevó
consigo cuando se murió, y me llevó a mí consigo, y también a tu madre. Aún nos
lleva dentro a todos. Pavel no está solo.
Ella, todavía con
aire perezoso, abstraído, insiste.
—No estaba pensando
en Pavel.
Se siente
intranquilo; sigue sin entender, aunque ha de pasar un momento más hasta darse
cuenta de qué modo tan absoluto sigue sin entender.
—Entonces, ¿en quién
estás pensando?
—En la chica que
estuvo el sábado aquí.
—No sé de qué chica
me hablas.
—La amiga de Sergei
Gennadevich.
—¿La finesa? ¿Lo
dices porque la trajeron los policías? ¡No tienes que preocuparte por eso! le
toma de la mano y le da unas palmaditas con las que quiere sosegar¬la—. ¡No se
va a morir! ¡Los policías no matan a nadie! Como mucho, la obligarán a volver a
Karelia. Tal vez la tengan una temporada en prisión, pero nada más.
La niña retrae la
mano y se vuelve de cara a la pared. Él empieza a percatarse de que tal vez ni
siquiera ahora haya entendido nada; tal vez ella no le pide que la so¬siegue,
ni que alivie sus miedos infantiles, tal vez, me¬diante un rodeo, esté intentando
decirle algo que él no sabe.
—¿Te da miedo que la
ejecuten? ¿Es eso lo que te da miedo? ¿Es por algo que ella hizo y que tú
sabes?
La niña asiente con
la cabeza.
—Pues entonces me lo
tienes que decir. No puedo adi¬vinarlo yo solo.
—Todos han jurado que
nunca los apresarán. Todos han jurado que antes se quitarán la vida.
—Es muy fácil hacer
esos juramentos, Matryosha, pero mucho más difícil es cumplirlos a rajatabla,
sobre todo si tus amigos te han dejado en la estacada y tienes que ve¬lar por
ti misma. La vida es algo precioso, y ella tiene todo el derecho del mundo a conservarla
a toda costa, así que no le eches la culpa.
La niña rumia un rato
la respuesta, jugando abstraída con las sábanas. Cuando habla, lo hace en un
murmullo y con la cabeza inclinada hacia la pared, de modo que él apenas
entiende lo que dice.
—Le di un veneno.
—¿Que le diste el
qué?
Ella se aparta el
pelo de la cara, y él ve qué es lo que estaba ocultando: la más leve sonrisa.
—Veneno —dice con la
misma suavidad—. ¿Duele el veneno?
—¿Y cómo lo hiciste?
—pregunta él para ganar tiempo, mientras la mente se le dispara.
—Cuando le di un
trozo de pan. No lo vio nadie.
Rememora la escena
que de forma tan extraña le afec¬tó: aquella reverencia a la antigua usanza, la
ofrenda de comida a la prisionera.
—¿Y ella lo sabía?
—musita con la boca seca.
—Sí.
—¿Estás segura?
¿Seguro que sabía qué era?
Asiente. Al recordar
qué rígida, qué desagradecida es¬tuvo la finesa en aquel momento, no duda más
de ella.
—Pero ¿cómo
encontraste tú el veneno?
—Lo dejó Sergei
Gennadevich para ella.
—¿Qué más cosas dejó?
—La bandera.
—¿La bandera y qué
más?
—Algunas otras cosas.
Me pidió que se las guardase.
—Enséñamelas.
La niña se levanta
como puede; se arrodilla, busca a tientas entre los muelles del somier y saca
un envoltorio de lienzo. Lo abre sobre la cama. Un revólver americano y
cartuchos. Panfletos. Un monedero de algodón con un largo cordel de cierre.
—El veneno está ahí
—dice Matryona.
Afloja el cordel y
vierte el contenido: tres cápsulas de cristal que contienen un fino polvo de
color verdoso.
—¿Esto es lo que le
diste?
Asiente.
—Tenía que haber
llevado uno igual atado al cuello, pero se olvidó—hábilmente se cuelga el
cordel del cue¬llo, de modo que el monedero le cuelga entre los senos, como un
medallón—. Si lo hubiese llevado, nunca la ha¬brían detenido.
—Así que le diste una
de estas...
—Ella la necesitaba
para cumplir su juramento. Haría cualquier cosa por Sergei Gennadevich.
—Puede ser. Eso es lo
que dice Sergei Gennadevich, desde luego. Sin embargo, si no le hubieses dado
el veneno, le habría sido más fácil incumplir la promesa que le hizo a Sergei
Gennadevich y que tan difícil es de cumplir, ¿no?
Ella arruga la nariz:
es un gesto que él ha terminado por reconocer. Se siente arrinconada, y eso no
le gusta. No obstante, él sigue adelante.
—¿No te parece que
Sergei Gennadevich se toma de¬masiadas libertades cuando se trata de la muerte
de los demás? ¿Te acuerdas del mendigo al que mataron? Pues lo mató Sergei
Gennadevich, o al menos le dijo a al¬guien que lo matase, y esa otra persona le
obedeció, igual que tú le has obedecido.
Vuelve a arrugar la
nariz.
—¿Por qué? ¿Por qué
quería matarlo?
—Supongo que por
enviar un mensaje al resto del mundo: que él, Sergei Gennadevich Nechaev, es un
hombre con el cual no se juega. Si no, habrá sido para comprobar solamente si
la persona a la que ordenó que lo matara le obedecía o no. No lo sé. Yo no veo lo
que hay en el fondo de su corazón, y tampoco quiero seguir mi¬rando.
Matryona se queda
pensativa.
—A mí no me gustaba
—dice por fin—. Olía a pescado que apestaba.
Él la mira sin
parpadear, y ella le sostiene la mirada con todo candor.
—Pero a ti en cambio
sí te gusta Sergei Gennadevich.
—Sí.
Lo que aspira a
preguntar, lo que no se atreve a pre¬guntar, es esto otro: ¿le amas? ¿Harías
cualquier cosa por él? Pero ella entiende perfectamente lo que él querría
decir, y ya le ha dado su respuesta. Así pues, no queda más que una pregunta
por formular.
—¿Más que a Pavel?
Titubea. La ve
sopesarlos a los dos, los dos amores, uno en la mano derecha, otro en la
izquierda, como si fueran manzanas.
—No —dice por fin con
lo que para él no puede ser más que gracia—. Todavía me gusta Pavel más.
—Es porque no podrían
ser más diferentes entre sí, ¿a que no? Se parecían como un huevo a una
castaña.
—¿Un huevo a una
castaña? —a ella le hace gracia la idea.
—Es una manera de
hablar. Como un caballo y un lobo. Como un ciervo y un lobo.
Ella considera la
nueva semejanza, aunque con recelo.
—A los dos les gusta
pasarlo bien... Les gustaba —corri¬ge, patinando en el verbo.
Él niega con un
gesto.
—No, en eso te
equivocas. En Sergei Gennadevich no hay ánimo de pasarlo bien. Sí que tiene
espíritu, un es¬píritu seguramente único, pero no es un espíritu amigo de la
diversión —se acerca más a ella, le aparta el mechón de negros cabellos que le
oculta la cara, le acaricia la mejilla. Escúchame, Matryosha. Esto no se lo
puedes ocultar a tu madre dice, señalando los mortíferos ins¬trumentos—. Yo me
desharé de ellos, igual que me des¬hice del vestido. No importa lo que diga
Nechaev; no los puedes guardar aquí. Es demasiado peligroso. ¿Lo entiendes?
Se le entreabren los
labios, le tiemblan las comisuras de la boca. Se va a echar a llorar, piensa
él. Pero nada de eso. Cuando levanta los ojos, él se siente envuelto por una
mirada a un tiempo despectiva y descarada. Ella le aparta la mano con la que le
acariciaba la mejilla.
—¡No! dice él. La
sonrisa que ostenta la niña es hi¬riente, provocativa. Pasa entonces el
encantamiento y vuelve a ser una niña igual que antes, confundida,
aver¬gonzada.
Es imposible que lo
que acaba de ver haya ocurrido de veras. Lo que ha visto no procede del mundo
que él co¬noce, sino de otra existencia. Es como si por vez prime¬ra hubiese
estado presente y consciente durante un epi¬sodio, de modo que por vez primera sus
ojos han estado abiertos hacia donde está cuando sufre el ataque. En rea¬lidad,
tiene que preguntarse si episodio sigue siendo la palabra más adecuada, y
preguntarse después si la palabra no habrá sido siempre posesión, averiguar si
todo lo que durante los últimos veinte años se ha dado bajo el nom¬bre de
episodio no habrá sido un mero presentimiento de lo que ahora está ocurriendo,
el temblor violento y el baile del cuerpo, un dilatado preludio de un temblor
del alma.
La muerte de la
inocencia. Jamás, en toda su vida, se ha sentido tan solo. Es como un viajero
en medio de una vasta llanura. Allá arriba se amontonan nubes de tor¬menta; los
relámpagos refulgen en el horizonte; las ti¬nieblas se multiplican pliegue tras
pliegue. No hay re¬fugio; si alguna vez tuvo un destino al que llegar, hace
mucho que lo ha perdido; cuando más se agolpan las nu¬bes, más pesadas se
tornan. ¡Qué reviente!, implora: ¿qué sentido tiene aplazarlo más?
Son las seis y las
calles aún están llenas cuando se apresu¬ra con el paquete encima. Por la calle
Gorojovaya llega al Canal de Fontanka y se apiña entre todos los viandan¬tes
que cruzan el puente. A medio camino se detiene y se asoma por el pretil.
El agua está helada
al menos en la superficie; no corre más que una hilacha por el centro. ¡Qué
amasijo tiene que haber bajo el hielo, en el lecho del canal! Con el deshielo,
en primavera, se podría agavillar una auténtica cosecha de culpables secretos: cuchillos,
hachas, ropas ensangrentadas. Cosas peores. Es fácil matar el espíritu, pero
más difícil es deshacerse de lo que queda después. El entierro y sus ensalmos
se dirigen, la verdad sea dicha, no al alma, sino al cuerpo obstinado, y lo
conjuran para que no se levante, para que no regrese.
De ese modo, con
cautela, como un hombre que sondea su propia herida, readmite a Pavel en sus
pensa¬mientos. Bajo su manta de tierra y de nieve, en la isla de Yelagin,
Pavel, sin apaciguar aún, sigue existiendo con terquedad. Pavel se tensa para
aguantar el frío, los eones que debe aguantar hasta el día de la resurrección,
cuando los sepulcros se abran de cuajo y bostecen las tumbas, apretando los
dientes de su cráneo pelado, so¬portando lo que ha de soportar hasta que brille
el sol sobre él y pueda distender sus miembros tensados. ¡Po¬bre niño!
Una joven pareja se
ha detenido a su lado; el hombre rodea a la mujer con el brazo por los hombros.
Se aleja poco a poco de ellos. Bajo el puente, el agua negra corre
perezosamente, lamiendo una caja de madera rota y fes¬toneada de carámbanos.
Sobre el pretil acuna el paquete de lienzo sujeto a un cordel. La muchacha lo
mira, pero aparta la mirada. En ese instante da un codazo al paquete.
Cae sobre el hielo a
un lado del canal, y ahí queda quieto, a la vista de todo el mundo.
No puede creer lo que
ha ocurrido. Está directamente encima del canal, pero le ha salido mal. ¿Será
un truco de la perspectiva? ¿Habrá objetos que no caigan en ver¬tical?
—Ahora sí que se ha
metido en un buen lío oye decir a una voz a su izquierda. Un hombre con gorra
de obre¬ro, viejo, de barbas grises, le dedica una ancha sonrisa. ¡Qué rostro
demoníaco!. No se podrá pisar el hielo al menos hasta dentro de una semana, creo
yo. ¿Qué pien¬sa hacer, eh?
Es el momento
perfecto para un acceso, piensa. Será la gota que colme el vaso. Se ve a sí
mismo en plena con¬vulsión, soltando espumarajos por la boca; ve la multitud
que se congrega a su alrededor, ve al de las barbas grises señalar, en
beneficio de todos, en dónde está la pistola posada sobre el hielo. Un acceso
igual que un rayo del cielo, caído para abatir al pecador. Pero ese rayo no
llega.
—¡Ocúpese de sus
asuntos, amigo! susurra. Y se mar¬cha a buen paso.
18
EL DIARIO
Es la tercera vez que
se sienta a leer los papeles de Pavel. No logra saber qué es lo que tanto
dificulta la lectura, pero su atención oscila entre el sentido de las palabras
y las palabras mismas, va de las letras sobre el papel al trazo de la pluma, de
los movimientos de la mano a las som¬bras que ha dejado la presión de los
dedos. Hay momen¬tos en los que cierra los ojos y se lleva la página a los
la¬bios. Querido: cada arañazo que hay sobre ese papel me es queridísimo, se
dice.
Pero en su
reluctancia hay algo más. Hay algo que afea su intrusión en las cosas de Pavel;
hay algo sin duda obs¬ceno en el Nachlass de un niño.
El cuento siberiano
de Pavel está echado a perder, para su sensibilidad, quizá para siempre, por el
ridículo de Maximov. No puede alegar ya que el estilo no sea ju-venil, ni
ignorar tampoco que carece de originalidad. Y, sin embargo, ¡qué poco costaría
insuflarse algo de vida! Le invade una comezón por tomar la pluma y re-tocarlo,
por tachar los largos pasajes sentimentales o doc¬trinales, por añadir esos
toques que le darán vida propia, que está pidiendo a gritos. El joven Sergei es
un perso¬naje relamido, convencido de estar en posesión de la verdad, del cual
conviene distanciarse si se trata de verlo desde un prisma más humorístico,
sobre todo en la so¬lemne disciplina que impone a su propio cuerpo. Hasta donde
a él se le alcanza, lo que le hace tan atractivo a ojos de la muchacha
campesina difícilmente puede ser la promesa de una vida conyugal (una dieta de
pan y cebo¬lla, desnudos tablones para dormir), y sí su aire de estar presto
para afrontar un destino misterioso. ¿De dónde sale esa idea? De Chernishevski,
desde luego, pero tam¬bién de más allá de Chernishevski: de los Evangelios, de
Jesucristo, de una imitación de Cristo tan obtusa y tan pervertida a su manera
como lo es la del ateo Nechaev, que reúne a una banda de discípulos y les
ordena cum¬plir sus encargos homicidas. Un flautista con una piara de cerdos
que bailan pegados a sus talones. «Hará cual¬quier cosa por él», dijo Matryona
de Katri, la cerda de la piara. Cualquier cosa, soportar cualquier humillación,
la muerte incluso. Han quemado toda vergüenza, todo el respeto que una persona
se debe a sí misma. ¿Qué pasó entre Nechaev y sus mujeres en el cuarto de
arriba del taller de Madame La Fay? ¿Y Matryona? ¿No estaba sien¬do también
adiestrada para ingresar en su harén?
Cierra el manuscrito
de Pavel y lo deja a un lado. Si empezara a escribir sobre esas páginas, con
toda certeza lo convertiría en una abominación.
Luego está el diario.
Al hojearlo, se fija por vez prime¬ra en un rastro de marcas a lápiz, nítidas
señales que no son de Pavel, y que por tanto solo pueden ser de Maximov. ¿A
quién están destinadas? Lo más probable es que sean para el copista; sin embargo,
en su situación solo puede tomarlas como indicaciones destinadas a él.
«Hoy vi a A.», dice
la entrada señalada del 11 de no¬viembre de 1868, hace casi un año exactamente.
14 de noviembre: una críptica «A». 20 de noviembre: «A. en casa de Antonov».
Todas las referencias a «A», de aquí en adelante, están marcadas.
Vuelve atrás las
páginas. La primera «A» es del 6 de ju¬nio, si se exceptúa la entrada del 14 de
mayo, en donde dice «Larga conversación con —», que lleva una marca a lápiz y
un signo de interrogación en el margen.
14 de septiembre de
1869, un mes antes de su muerte: «Esbozo de un relato (la idea es de A.). Una
verja cerra¬da, fuera de la cual nos encontramos: llamamos a gritos, aporreamos
los portones para que nos dejen entrar. Cada tantos días se abre una rendija y
un guardia llama a uno de nosotros para que entre. El elegido es despojado de
todo lo que tiene, incluso de sus ropas. Se convierte en un siervo, aprende a
reverenciar a sus amos, a hablar siempre en voz baja. Como siervos, eligen a
los que con¬sideran más dóciles, más fáciles de domesticar. A los fuertes les
impiden el paso.
»Tema: extender el
espíritu entre los siervos. Primero murmullos, luego ira, ánimo rebelde; por
último, unir las manos, pronunciar un voto de venganza. Se cierra con un
anciano y fiel criado, de cabellos blancos, con aire de abuelo, que viene con
un candelabro para "apor¬tar su granito de arena" (eso dice él) y
prender fuego a los cortinajes.»
Es una idea para una
fábula, para una alegoría, no para un relato. Carece de vida propia, de centro.
De espíritu.
6 de julio de 1869:
«En el correo, diez rublos de la Snitkina por mi onomástica (aunque tarde), con
orden expresa de no decirle nada al Amo».
«La Snitkina»: Anya,
su esposa. «El Amo»: él mismo. ¿A eso se refería Maximov cuando le avisó de que
algu¬nos pasajes iban a hacerle daño? En tal supuesto, Maxi¬mov debería haber
sabido que esa es una flecha de pig¬meo. Aún puede aguantar más, mucho más.
Pasa las páginas
hacia atrás, hacia los primeros días.
26 de marzo de 1867:
«Tropecé anoche, en plena ca¬lle, con EM. Estuvo huidizo (¿habría estado con
una puta?), así que hube de fingir que estaba más borracho de lo que en
realidad estaba. "Guió mis pasos hacia casa" (le encanta jugar al
padre que perdona al hijo pródigo), me tendió en el sofá como si fuese un
cadáver y tuvo con la Snitkina una larga pelea en susurros. Yo había perdido
los zapatos (tal vez los había regalado, no sé). Terminó como F. M. en mangas
de camisa, intentando lavarme los pies. Todo muy deplorable. Esta mañana dije a
la S. que por fuerza he de vivir por mi cuenta; le pedí que a toda costa
intentase que él diera su brazo a tor¬cer, que utilizara todas sus artimañas.
Pero le tiene de¬masiado miedo».
¿Doloroso? Sí, sin
duda que hacen daño: está confor¬me con Maximov. Pero si hay algo que pueda
conven¬cerle de que abandone la lectura, no es el dolor, sino el miedo: miedo,
por ejemplo, de que la confianza que tie¬ne en su esposa salga minada. Miedo,
también, de su confianza en Pavel.
¿Para quién fueron
pergeñadas estas malhadadas pági¬nas? ¿Las escribió Pavel pensando en los ojos
de su padre, para morir después y dejar sus acusaciones sin respuesta posible?
No, claro que no: ¡qué demente es pensar en eso! Es más bien como una mujer que
escribe a un amante, solo que con la figura familiar y fantasmal de su marido
leyendo lo que escribe por encima del hombro. Cada palabra tiene un doble
sentido: para uno, la pasión y la promesa de la entrega; para el otro, la
súplica, el re¬proche. Una escritura dividida, obra de un corazón divi-dido.
¿Se habrá dado cuenta Maximov?
2 de julio de 1867,
tres meses después: «¡Liberación de los siervos! ¡Por fin libre! Me despedí de
EM. y de su novia en la estación de ferrocarril. Luego, de inmediato, me
presenté en este imposible alojamiento en que me ha metido (mi propia taza, mi
propio servilletero, toque de queda a las diez y media). V. G. ha prometido que
me puedo quedar con él hasta que encuentre otro sitio me¬jor. Tengo que
convencer al viejo Maykov de que me dé a mí el dinero para pagar directamente
la pensión».
Vuelve las páginas
adelante y atrás algo distraído. El perdón: ¿es que no hay una sola palabra de
perdón, por ambigua que sea, por disimulada que esté? Será imposi¬ble vivir los
días que le queden con un niño en su inte¬rior, un niño cuya última palabra no
ha sido de perdón.
Dentro del cofre de
plomo, un cofre de plata. Dentro del cofre de plata, un cofre de oro. Dentro
del cofre de oro, el cadáver de un joven vestido de blanco, con las manos
cruzadas sobre el pecho. Entre sus dedos, un tele¬grama. Observa el telegrama
hasta que se le va la vista, buscando la palabra perdón que no figura. El
telegrama está escrito en hebreo, en arameo, en unos símbolos que nunca había
visto.
Alguien llama a la
puerta. Es Anna Sergeyevna, viene con su ropa de calle.
—Quiero darle las
gracias por cuidar de Matryona. ¿Le ha causado alguna molestia?
Le cuesta un instante
recogerse, recordar que ella no sabe nada del abominable uso que Nechaev ha
hecho de la niña.
—No, en modo alguno.
¿Qué tal se encuentra?
—Está durmiendo, no
quiero despertarla.
Ella se fija en los
papeles extendidos sobre la cama.
—Veo que después de
todo ha decidido usted leer los papeles de Pavel. No le interrumpo más.
—No, no se vaya. No
es una tarea precisamente grata.
—Fiodor Mijailovich,
permítame que se lo ruegue otra vez: no lea cosas que no fueron escritas para
usted. Solo conseguirá hacerse daño.
—Ojalá pudiera seguir
su consejo. Por desgracia, no es esa la razón por la que estoy aquí. No he
venido para ahorrarme el daño. Estaba repasando el diario de Pavel, y he topado
con un incidente que recuerdo demasiado bien, un incidente que ocurrió hace dos
años. Es muy esclarecedor verlo ahora con los ojos de otro. Pavel vol¬vió a
casa en plena noche, sin tener ningún dominio de sí mismo. Había bebido en
abundancia. Lo desvestí y me llamó la atención una cosa que hasta entonces me
había pasado desapercibida: qué pequeñas tenía las uñas de los pies. Era como
si no le hubiesen crecido desde que era niño. Tenía los pies anchos, carnosos,
imagino que como su padre, pero con unas uñas muy pequeñas. Había perdido los
zapatos, o puede que se los hubiese regalado a alguien. Tenía los pies como dos
témpanos de hielo.
Pavel descalzo y sin
rumbo por las calles, pasada la me¬dianoche: un ángel perdido, un ángel
imperfecto, uno de los parias de Dios. Tenía los pies de un hombre he¬cho a
caminar, de un hombre hecho a hollar nuestra gran madre tierra: los pies de un
campesino, no de un bailarín.
Luego, ya tumbado en
el sofá, con la cabeza dándole vueltas, se vomitó encima, manchándose la ropa.
—Le di un par de
botas viejas y lo vi marcharse por la mañana, de muy mal humor, con las botas
en la mano. Y eso fue todo, pensé yo. Estaba en una edad difícil, cla¬ro;
tendría dieciocho, diecinueve años, es difícil para to¬dos, incluso cuando
están ya bien crecidos, pero aún no pueden marcharse del nido. Tienen todo el
plumaje, pero aún no saben volar. Comen a todas horas, siempre tienen hambre.
Me recuerdan a los pelícanos: son des¬garbados, son las aves más feas, hasta
que por fin desplie¬gan sus grandes alas y despegan del suelo.
»Por desgracia, no es
así como recordaba Pavel aquella noche. En su relación no se dice nada de aves
ni de án¬geles. No se habla del cuidado que dan los padres a sus hijos. Ni se
menciona el amor paterno.
—Fiodor Mijailovich,
no va a conseguir nada por más que siga lacerándose de este modo. Si no está
dispuesto a quemar esos papeles, al menos ciérrelos un tiempo bajo llave,
vuelva a mirarlos cuando haya hecho las paces con Pavel. Escúcheme, haga lo que
le digo. Es por su propio bien.
—Gracias, mi querida
Anna. Escucho sus palabras, me llegan al corazón. Pero cuando le hablo de
ahorrarme el daño, cuando le hablo del porqué estoy aquí, no me re¬fiero a esta
vivienda, ni tampoco a Petersburgo. Lo que quiero decir es que no estoy aquí en
Rusia, en estos tiempos que corren, para llevar una vida libre de daño. Se me
exige vivir... ¿Cómo llamarlo? ¿Una vida rusa? Una vida dentro de Rusia, o con
Rusia bien dentro de mí, sea lo que sea Rusia. No es un destino del que me
pueda evadir.
»Lo cual no significa
que pregone a los cuatro vientos la importancia que tiene. No es la mía una
vida que so¬porte un examen detenido. De hecho, no es del todo una vida, sino
más bien un precio, una moneda. Es algo que pago por escribir. Eso es lo que Pavel
no entendió nunca: que yo también pago.
Ella frunce el ceño.
El entiende ahora de dónde saca Matryona el amaneramiento. Qué poca paciencia
cuan¬do se trata de desgarrarse las entrañas. Bien, ¡pues mere¬ce todos los
honores por eso mismo! En Rusia hay de¬masiada afición a desgarrarse las entrañas.
No obstante, yo
también pago: lo diría otra vez si ella sufriese al oírlo. Lo diría otra vez, y
diría más. Pago y vendo: esa es mi vida. Vendo mi vida, vendo la vida de los
que me rodean, los vendo a todos. Soy un Yakovlev que comercia con las vidas de
todos. La finesa, a fin de cuentas, tenía razón: un Judas, no un Jesús. La
vendo a usted, vendo a su hija, vendo a todos los seres que amo. Vendo vivo a
Pavel y ahora venderé al Pavel que llevo dentro, si encuentro la manera de
hacerlo. Espero en¬contrar también la manera de vender a Sergei Nechaev.
Una vida sin honor:
traición sin límites, confesiones sin fin.
Ella interrumpe sus
pensamientos.
¿Todavía tiene
previsto marcharse?
—Sí, por supuesto.
—Se lo pregunto
porque hay una persona interesada por el cuarto. ¿Adonde piensa ir?
—Primero, a ver a
Maykov.
—Pensé que había
dicho que no podía ir a verlo.
—Él me prestará
dinero, eso es seguro. Le diré que lo necesito para volver a Dresde. Luego
encontraré algún otro sitio donde quedarme.
—¿Por qué no regresa
a Dresde? ¿No resolvería así to¬dos sus problemas?
—La policía aún tiene
confiscado mi pasaporte. Y exis¬ten otras consideraciones.
—Se lo digo porque
seguramente usted ha hecho todo lo posible. Seguramente, en Petersburgo ya solo
puede perder el tiempo.
¿Es que no ha oído lo
que él acaba de decir? ¿O es que intenta provocarle? Se pone en pie, recoge los
papeles, se vuelve hacia ella.
—No, mi querida Anna,
no estoy perdiendo el tiempo, ni mucho menos. Tengo toda clase de razones para
se¬guir aquí. No hay en el mundo nadie que tenga más ra¬zones. Y seguro que en
el fondo de su corazón usted lo sabe.
Ella sacude la
cabeza.
—No, no lo sé—
murmura, aunque es la voz de una persona lista para que la contradiga el otro.
—Hubo un tiempo en
que estuve convencido de que us¬ted podría conducirme hasta Pavel. Me imaginé
que iría¬mos los dos en una barca, usted en la proa, pilotando entre la
neblina. Esa imagen era tan clara como la vida misma. Puse en usted toda mi
confianza.
Ella vuelve a sacudir
la cabeza.
—Tal vez me
equivocase en los detalles, pero el senti¬miento no era equivocado. Desde el
principio tuve ese sentimiento hacia usted.
Si ella quisiera
detenerlo, tendría que detenerlo ahora. Pero no lo hace. Parece en cambio:
beber sus palabras tal como bebe agua una planta. ¿Y por qué no?
—Nos lo pusimos muy
difícil los dos, yendo tan depri¬sa... a donde llegamos tan deprisa—sigue.
—Yo también tuve la
culpa— apostilla ella. Pero ahora no quiero hablar de eso.
—Ni yo. Déjeme decir
tan solo que durante esta sema¬na pasada he terminado por comprender cuánto
signifi¬ca para nosotros la fidelidad, para los dos. Hemos tenido que recuperar
nuestra fidelidad. ¿Me equivoco?
La examina con gran
atención, pero ella solo espera a que él diga más: espera a estar segura de lo
que significa la fidelidad.
—Quiero decir, por su
parte, la fidelidad hacia su hija. Por la mía, claro está, la fidelidad hacia
mi hijo. No po¬demos amar mientras no contemos con sus bendiciones. ¿Me
equivoco?
Aunque sabe que ella
está de acuerdo, aún no va a de¬cir palabra. Contra esa suave resistencia sigue
presio¬nando.
—Me gustaría tener un
hijo suyo.
Ella se sonroja.
—¡Qué disparate! Ya
tiene una esposa y una hija.
—Son de otra familia.
Usted es de la familia de Pavel, igual que Matryona. Las dos lo son, y yo
también soy de la familia de Pavel.
—No entiendo qué
quiere decir.
En el fondo, sí que
lo entiende.
—¡En el fondo, no lo
entiendo! ¿Qué es lo que está proponiendo? ¿Que críe a un niño cuyo padre
vivirá en el extranjero, y que quizá me envíe un dinero por co-rreo? ¡Es
absurdo!
—¿Por qué? Usted
cuidó de Pavel.
—¡Pavel era un
inquilino, no era un niño!
—No tiene que tomar
aún ninguna decisión.
—Pero pienso
decidirlo ahora mismo. ¡De ninguna ma¬nera! Ya sabe cuál es mi decisión.
—¿Y si estuviese
embarazada?
Ella se enoja.
—¡Eso no es asunto
suyo!
—¿Y si yo no
regresara a Dresde? ¿Y si me quedase aquí y enviase en cambio el dinero a
Dresde?
—¿Aquí? ¿En el cuarto
que me sobra? ¿En Petersburgo? Pensé que la razón por la cual no puede quedarse
en Petersburgo es que sus acreedores terminarán por me¬terlo en la cárcel.
—Puedo saldar mis
deudas. Me bastaría con un solo éxito.
Ella se echa a reír.
Es posible que esté enojada, pero no ofendida. A ella le puede decir lo que
sea. ¡Qué contras¬te con Anya! Con Anya correrían las lágrimas, atrona¬rían los
portazos, le haría falta una semana de súplicas para gozar otra vez de su favor.
—Fiodor
Mijailovich—dice ella, mañana despertará y no recordará ni palabra de todo
esto. No fue más que una idea descabellada. No la ha pensado a fondo ni por un
instante.
—Tiene toda la razón.
Así se me ha ocurrido. Y por eso tengo confianza en esa idea.
No se entrega a sus
brazos, pero tampoco lo rechaza bruscamente.
—¡Eso es bigamia!
—dice suavemente, en tono de burla, y de nuevo se estremece al reír. Luego, en
un tono más pausado, añade: ¿Le gustaría que viniese esta noche con usted?
—No hay en el mundo
nada que desee tanto.
—Pues ya veremos.
A media noche
regresa.
—No puedo quedarme
dice, pero ya está cerrando la puerta a sus espaldas.
Hacen el amor como si
pendiera sobre ellos una sen¬tencia de muerte, absortos, embebidos. Hay
momentos en que él no sabe quién es quién, quién el hombre, quién la mujer;
momentos en que son como esqueletos, ensam¬bladuras de huesos y ligamentos
apretados uno contra el otro, la boca contra la boca, el ojo contra el ojo,
entrela¬zadas las costillas, enredados los huesos de las piernas.
Después, ella yace
con él en la cama estrecha, apoyada la cabeza sobre su pecho, con una pierna
montada grá¬cilmente sobre las suyas. A él la cabeza le da vueltas dul¬cemente.
—¿Así que esto tenía
por finalidad lograr el nacimiento del salvador? —murmura ella. Y como él no
entiende, añade: Todo un río de simiente. Ya veo que querías es¬tar bien
seguro. La cama está empapada.
Esta blasfemia le
interesa. Cada vez encuentra en ella algo nuevo y sorprendente. Es inconcebible
que, si se va de Petersburgo, no regrese algún día. Es inconcebible que no la
vuelva a ver.
—¿Por qué dices
salvador?
—¿No es eso lo que
habrá de hacer, salvarte, salvarnos a los dos?
—¿Cómo estás tan
segura de que será un salvador?
—Ah, porque una mujer
entiende estas cosas.
—¿Qué pensará
Matryosha?
—¿Matryosha? ¿De un
hermanito? No hay nada que le pueda complacer más. Podría ser su madrecita
hasta sa¬ciar su corazón de contento.
Aparentemente, su
pregunta es por Matryosha, pero en realidad no es más que la versión desviada
de otra pregunta, una pregunta que no llega a formular, porque ya conoce la
respuesta. Pavel no dará la bienvenida a un hermano. Pavel lo agarraría del pie
y estamparía los sesos contra la pared. Para Pavel nunca sería un salvador,
sino un farsante, un usurpador, un taimado diablillo vestido de carne regordeta
de bebé. ¿Y quién podría jurar que se equivocaba?
—¿Siempre lo saben
las mujeres?
—¿Quieres decir si sé
con seguridad si estoy preñada? No te preocupes, no pasará —y añade—: Si me
quedo un poco más, me quedaré dormida.
Arroja a un lado la
ropa de cama y pasa por encima de él. A la luz de la luna encuentra sus ropas y
se viste.
Él siente una especie
de aguijonazo. Se revuelven los recuerdos de antiguas sensaciones; el joven que
hay en él, que todavía no ha muerto, intenta hacerse oír; el ca¬dáver que hay
en él aún no está enterrado. Muy poco le falta para caer a plomo y enamorarse
de un modo tal que no habría reservas de prudencia suficientes para sal¬varle.
De nuevo el vértigo, la enfermedad o una versión distinta.
Ese impulso es
fuerte, pero al final remite. Es fuerte, aunque no lo suficiente. Nunca volverá
a ser lo bastante fuerte, a menos que encuentre una muleta en alguna parte.
—Ven un momento —le
susurra.
Ella se siente en la
cama; él le toma la mano.
—¿Puedo hacer una
sugerencia? No creo que sea buena idea que Matryosha se relacione con Sergei
Nechaev y con sus amigos.
Ella retira la mano.
—Pues claro que no.
Pero ¿a qué viene eso ahora? —su voz es fría, cortante.
—Es que no creo que
sea bueno dejarla sola en casa cuando él puede venir de visita.
—¿Qué estás
proponiendo?
—¿No puede pasar el
día abajo, con Amalia Karlovna, hasta que tú regreses a la casa?
—Es mucho pedirle a
una anciana que cuide de una niña enferma, sobre todo si se piensa que
Matryosha y ella no se llevan nada bien. ¿Por qué no es suficiente con decirle
a Matryosha que no abra la puerta a ningún des¬conocido?
—Porque no te das
cuenta del alcance que tiene aquí el poder de Nechaev sobre ella.
Anna se levanta.
—Esto no me gusta
dice. No veo por qué hemos de hablar de mi hija en plena noche.
El ambiente entre
ellos dos es de pronto más glacial que nunca.
—¿Es que no puedo ni
decir su nombre sin que te vuelvas tan irritable? —le pregunta ya desesperado—.
¿O es que piensas que sacaría este asunto a colación si su bienestar no me
importase muchísimo?
Ella no contesta. La
puerta se abre y se cierra.
19
LAS HOGUERAS
El salto de la
intimidad renovada al renovado alejamien¬to, a la falta de afecto, lo deja
perplejo y hundido en la melancolía. Se debate entre el ansia de hacer las
paces con esa mujer difícil, susceptible, y la exasperada urgen¬cia de lavarse
las manos no solo para desentenderse de una historia que no guarda la menor
compensación, sino también de una ciudad de luto, de duelo y de intrigas, con
la que ya no percibe ningún lazo vivo que le una.
Trastabilla. ¡Pavel!,
susurra al intentar recuperar el equilibrio. Pero Pavel le ha soltado la mano,
Pavel ya no lo salvará.
Se pasa la mañana
encerrado, sentado con los brazos en torno a las rodillas, la cabeza inclinada.
No está solo, aunque la presencia que siente en el cuarto no es la de su hijo.
Es la de un millar de inicuos demonios que bu¬llen en el aire como langostas recién
sueltas de un tarro.
Cuando por fin se
anima a levantarse, es solo para qui¬tar las dos imágenes de Pavel, el
daguerrotipo que se tra¬jo de Dresde y el esbozo que dibujó Matryona,
envol¬verlas cara a cara y guardarlas.
Sale a presentarse
como cada día en la comisaría. A su vuelta, Anna Sergeyevna ya está en casa,
horas antes que de costumbre, y en un cierto estado de agitación.
—Hemos tenido que
cerrar la tienda —dice—. Durante todo el día ha habido escaramuzas entre los
estudiantes y la policía. Sobre todo el barrio de Petrogradskaya, aun¬que
también a este lado del río. Todos los comercios han cerrado; es demasiado
peligroso andar por la calle. El so¬brino de Yakovlev volvía del mercado con la
carreta y le tiraron un adoquín sin motivo ninguno. Le dio en la muñeca; tiene
muchos dolores, no puede mover los de¬dos, creen que se ha roto un hueso. Dice
que los obreros se han sumado a las escaramuzas. Y los estudiantes han vuelto a
prender hogueras.
—¿Podemos ir a verlo?
—grita Matryona desde la cama.
—¡Pues claro que no,
hija! Es peligroso. Además, sopla un viento helado.
No da el menor
indicio de recordar lo ocurrido la no¬che anterior.
Él sale de nuevo, se
refugia en un salón de té. En los periódicos no se dice nada de las escaramuzas
en las ca¬lles, pero sí hay un recuadro que anuncia que, debido «a la extendida
indisciplina entre el cuerpo estudiantil», la universidad permanecerá cerrada
hasta nuevo aviso.
Son más de las
cuatro. A pesar del viento cortante, se encamina al este, siguiendo la orilla
del río. Todos los puentes están cortados; los gendarmes de uniforme azul cielo
y casco con plumas montan guardia con las bayo¬netas caladas. En la orilla
opuesta resplandecen las ho¬gueras a la luz del crepúsculo.
Sigue el curso del
río hasta llegar a ver de lejos los pri¬meros almacenes saqueados y humeantes.
Ha empezado a nevar; los copos de nieve se quedan en nada al contac¬to con las
maderas calcinadas.
No cuenta con que
Anna Sergeyevna vuelva a su lado. Pero lo hace, y con tan pocas explicaciones
como antes. Como Matryona se encuentra en la habitación contigua, su furor al
hacer el amor le sorprende por su intrepidez.
Sus jadeos y sus
gritos solamente los sofoca a medias; no son ni han sido nunca sonidos de
placer animal, según empieza a comprender, sino el medio que emplea para entrar
en un trance erótico.
Al principio, su
intensidad pasa por encima de él como un ciclón. Hay un largo trecho durante el
cual pierde de nuevo el sentido y no sabe quién es él, quién es ella. Alrededor
de ambos se cierra una incandescente esfera de placer; dentro de la esfera flotan
como geme¬los, girando lentamente.
Nunca ha conocido a
una mujer que se entregue tan sin reservas a lo erótico. No obstante, cuando
Anna al¬canza el frenesí, él comienza a alejarse. Hay en ella algo que parece
ir cambiando. Las sensaciones que en su pri¬mera noche juntos tenían lugar en las
profundidades de su cuerpo ahora parecen emigrar hacia la superficie. De hecho,
se está poniendo «eléctrica», como tantas otras mujeres que él ha conocido.
Ella ha insistido en
dejar encendida la vela en la mesi¬lla. A medida que se acerca al clímax, sus
ojos oscuros lo miran a la cara con más y más atención, incluso cuando le
tiemblan los párpados y comienza a estremecerse.
En un momento
determinado musita una palabra que él solo entiende a medias.
—¿Qué? —le pregunta.
Pero ella se limita a sacudir la cabeza de un lado a otro, con los dientes bien
apretados.
A medias, sí, aunque
sabe no obstante qué es: demo¬nio. Es una palabra que él mismo emplea, aunque
no puede creer que sea en el mismo sentido que le da ella. El demonio: ese
instante en que se inicia el clímax y el alma se retuerce al salir del cuerpo
para comenzar su espiral descendente hacia el olvido. Cuando agita la ca-beza
de lado a lado, con las mandíbulas bien prietas, no es difícil verla también a
ella como si la poseyera el de¬monio.
Por segunda vez, e
incluso con mayor ferocidad, se arroja a copular con él. Pero el pozo se ha
secado, y bien pronto los dos lo saben.
—¡No puedo! —jadea
ella al quedarse inmóvil. Con las manos levantadas y abiertas, yace como si se
hubiera rendido. ¡No puedo seguir!
Comienzan a rodarle
las lágrimas por las mejillas.
La vela arde
intensamente. Él estrecha su cuerpo des¬madejado. Las lágrimas le siguen
brotando sin que haga nada por impedirlo.
—¿Qué sucede?
—No tengo fuerzas
para seguir. He hecho todo lo po¬sible, estoy agotada. Por favor, ahora déjanos
en paz.
—¿Que os deje en paz?
—Sí, a nosotras, a
las dos. Nos estamos ahogando bajo tu peso. No podemos respirar.
—Haberlo dicho antes.
Yo había entendido las cosas muy de otro modo.
—No te echo la culpa.
He intentado encargarme yo de todo, pero ya no puedo más. Me he pasado el día
entero de pie, no dormí anoche, estoy agotada.
—¿Piensas que te he
utilizado?
—Sí, bueno, no de esa
manera, pero sí me utilizas como medio para llegar a mi hija.
—¡A Matryona! ¡Qué
estupidez! No lo dirás en serio, ¿verdad?
—Muy en serio. Es
verdad, y cualquiera se dará cuenta. Me utilizas como medio para llegar a ella,
y no lo puedo soportar. —Se sienta en la cama, cruza los brazos sobre los
pechos desnudos y se balancea con tristeza de ade¬lante hacia atrás. Estás
poseído por algo que no alcanzo a comprender. Parece como que estás aquí, pero
en rea¬lidad no lo estás. Yo estaba muy dispuesta a ayudarte, porque... Los
hombros se le estremecen sin que pueda remediarlo. Pero ya no puedo más.
—¿Por Pavel?
—Sí, por Pavel, por
lo que tú dijiste. Estaba dispuesta a intentarlo al menos. Pero me cuesta
demasiado, me agota. Nunca habría llegado tan lejos, de no ser porque me daba
miedo que utilizaras a Matryosha de la misma forma.
Él alza la mano y le
cubre los labios.
—Baja la voz. Esa es
una acusación terrible. ¿Qué es lo que te ha dicho la niña? Nunca le pondría un
dedo en¬cima, lo juro.
—¿Que lo juras? ¿Y
por quién? ¿En qué, en quién crees tú como para ponerlo por testigo? De todos
mo¬dos, no tiene nada que ver con que le pongas las manos encima, bien lo
sabes. Y no me digas que me calle —apar¬ta la ropa de cama y busca su bata.
Tengo que estar sola; si no, me volveré loca.
Una hora más tarde,
cuando está a punto de quedarse dormido, ella vuelve a su cama; viene con calor
en la piel, se aferra a él, le entrelaza con las piernas.
—No tengas en cuenta
lo que he dicho le dice. Al¬gunas veces pierdo la razón y no soy la que soy,
tienes que acostumbrarte a eso.
Él vuelve a despertar
una vez más en plena noche. Aunque las cortinas están cerradas, el cuarto está
ilumi¬nado como si hubiese luna llena. Se levanta y se asoma a la ventana. Las
llamaradas se yerguen en la noche a menos de un kilómetro de distancia. Al otro
lado del río, el incendio es tan enorme que podría jurar que nota el calor.
Vuelve a acostarse
con Anna. Es así como los encuen¬tra Matryona por la mañana: su madre, con el
pelo re¬vuelto, está profundamente dormida y abrazada por él, y ronca
ligeramente; él acaba de abrir los ojos y ve a la niña muy seria en la puerta.
Una aparición que muy
bien podría ser un sueño. Pero él sabe que no lo es. Ella lo ve todo, todo lo
sabe.
20
STAVROGIN
Una nube de humo
cubre la ciudad. Del cielo caen ce¬nizas; hasta la nieve misma es gris en
algunos sitios.
Pasa la mañana
sentado a solas en el cuarto. Ahora ya sabe por qué no ha ido a la isla de
Yelagin. Es porque teme encontrarse la tierra removida, la tumba abierta de
cuajo como un bostezo, el cuerpo desaparecido. Un ca¬dáver pésimamente
enterrado; enterrado ahora dentro de sí, en su pecho, que ya no llora, que
rezuma locura, que le susurra que caiga.
Está enfermo, y sabe
cómo se llama su enfermedad. Nechaev, la voz de los tiempos que corren, la
llama áni¬mo vengativo, pero existe un nombre más certero, me¬nos
grandilocuente: resentimiento.
Se le ofrece una
elección. Puede ponerse a gritar en medio de su vergonzosa caída, batir los
brazos como alas, invocar a Dios o a su esposa para que lo salven. Puede
entregarse de lleno, rechazar el cloroformo del terror o de la inconsciencia,
vigilar, verlo y oírlo todo en espera del momento que tal vez llegue, tal vez
no —pues no está en su mano forzarlo—, en que de ser un cuerpo que se precipita
en las tinieblas pase a ser un cuerpo en cuyo in¬terior tenga lugar una caída
en las tinieblas, un cuerpo que contiene su propia caída, sus propias
tinieblas.
Si hay alguien a
quien le haya sido prescrito vivir a despecho de la locura de nuestro tiempo,
según dijo él mismo a Anna Sergeyevna, no es otro que él. No se tra¬ta de salir
impune de la caída, sino de lograr lo que no logró su hijo: luchar contra las tinieblas
sibilantes, absor¬berlas, hacer de ellas su medio; hacer de la caída un vue¬lo,
aunque sea un vuelo tan lento, tan anciano, tan torpe como el de una tortuga.
Vivir allí donde murió Pavel. Vivir en Rusia y oír cómo murmuran las voces de
Rusia en su interior. Albergarlo todo dentro de sí: Rusia, Pa¬vel, la muerte.
Eso es lo que dijo.
Ahora bien: ¿era verdad, o era mera jactancia? La respuesta no importa, al
menos mientras él no se eche atrás. Tampoco importa que hable de forma
figurada, haciendo de su sórdida y despreciable enferme¬dad el malestar
emblemático de la época en que vive. La locura está en él y él está en la
locura; se piensan uno a la otra; lo que se llamen uno a otro, ya sea locura,
epilepsia o venganza, no tiene la menor trascendencia. No reside en una casa de
huéspedes de la locura, ni es Petersburgo una ciudad de locura. El loco es él;
quien admita que él es el loco también está loco. De todo lo que dice, nada es
verdad, nada es falso, nada es digno de confianza, nada se puede descartar. No
hay nada a qué agarrarse; no hay nada que hacer, salvo precipitarse libremente.
Saca el recado de
escribir que lleva en una caja de via¬je y dispone los materiales. Ya no es
cuestión de escu¬char cómo le llama el niño perdido desde la corriente oscura,
ya no es cuestión de ser fiel a Pavel cuando todos lo han abandonado. Ya no es
cuestión de fidelidad. Muy al contrario, es cuestión de traiciones: en primer
lugar, de traición al amor, y luego de traición a Pavel y a la madre, a la hija
y a todos los demás. Perversión: todo, to¬dos han de ser aprovechados de otro
modo, deben ser sujetados por él, precipitarse con él.
Recuerda al ayudante
de Maximov y la pregunta que le hizo: «¿Qué clase de libros escribe usted?».
Sabe ahora qué debería haber contestado: «Escribo perversiones de la verdad.
Escojo los caminos más tortuosos, me llevo a los niños a los rincones más oscuros.
Sigo la danza de la pluma».
En el espejo se ve de
refilón inclinado sobre la mesa. En esa luz grisácea y sin lentes, podría
confundirse con un desconocido; la barba oscura podría ser un velo, o una
cortina de abejas.
Mueve la silla para
no tener que verse en el espejo, pero persiste la sensación de que hay alguien
más en el cuarto: si no es una persona de carne y hueso, es una fi¬gura de
pega, un espantapájaros vestido con un traje vie¬jo, con un saco de azúcar
relleno en vez de la cabeza y un pañuelo sobre la boca.
Está distraído,
irritado consigo por estar distraído. El espíritu mismo de la distracción
mantiene al espantapá¬jaros perversamente vivo, y su muda indiferencia frente a
su irritación reduplica la irritación que siente.
Da la vuelta al
cuarto, cambia la mesa de sitio por se¬gunda vez. Se inclina sobre el espejo,
examina los poros de su piel. No puede escribir; ni siquiera puede pensar.
Si no puede pensar
siquiera, entonces, ¿qué? No ha ol¬vidado al ladrón de noche. Si ha de
salvarse, será gracias al ladrón de noche, por el cual ha de guardar constante
vigilancia. Pero es obvio que el ladrón no vendrá hasta que el que vive en la
casa lo olvide y se duerma. El que vive en la casa no puede estar vigilante de
por vida, en todo momento; de lo contrario, la parábola no se cum¬plirá nunca.
El que vive en la casa tiene que dormir; si tiene que dormir, ¿cómo puede Dios
condenar su des¬canso? Dios ha de salvarlo, pues Dios no obra de otro modo. Sin
embargo, atrapar a Dios en una red de razo¬nes es una provocación y una
blasfemia.
Está en el viejo
laberinto de siempre. Es la historia de su afición al juego, solo que relatada
de otro modo. Jue¬ga porque Dios no habla. Juega para hacer hablar a Dios. Pero
hacer hablar a Dios en vez de a una carta es una blasfemia. Solo cuando Dios está
callado, solo entonces habla Dios. Cuando Dios parece hablar, es que Dios no
dice nada.
Se pasa las horas
sentado ante la mesa. No mueve la pluma. Intermitentemente vuelve el
espantapájaros, ese arrugado, avejentado travestido de sí mismo. Está
blo¬queado, encarcelado.
Por tanto... Por
tanto, ¿qué?
Cierra los ojos, se
fuerza a mirar de frente esa figura, insiste hasta que se torna más clara.
Sobre la cara aún lle¬va un velo que él parece incapaz de retirar. Eso es algo
que solo podrá hacer la propia figura, y no lo hará antes de que se lo pida.
Para pedírselo, por fuerza ha de saber su nombre. ¿Cómo se llama? ¿Es Ivanov?
¿Es Ivanov el oscuro, el olvidado, que está de vuelta? ¿O es Pavel? ¿Quién era
el inquilino que ocupaba el cuarto antes que él? ¿Quién era P. A. I., dueño de
la maleta? ¿Es esa P. la inicial de Pavel? ¿Era Pavel el verdadero nombre de
Pa¬vel? Si a Pavel lo llama por un nombre falso, ¿vendrá Pavel alguna vez?
En otro tiempo era
Pavel el que se había perdido. Ahora es él quien está perdido, tan perdido que
ni si¬quiera sabe cómo pedir ayuda.
Si suelta la pluma,
¿la empuñará esa figura que hay en el cuarto, se pondrá a escribir?
Piensa en Anna
Sergeyevna, en lo que le dijo: Está us¬ted de luto por sí mismo.
Las lágrimas que le
ruedan por las mejillas son de una transparencia absoluta, y casi no saben a
sal. Si se está obrando una purgación, lo que se purga es de una extra¬ña
pureza.
En definitiva, no le
será dado devolver al muchacho muerto a la vida. En definitiva, si desea
reunirse con él, tendrá que reunirse con él en la muerte.
Está la maleta. Está
el traje blanco. En algún lugar aún debe existir el traje blanco. ¿Hay alguna
forma, empe¬zando por los pies, que lo lleve a construir el cuerpo dentro del
traje, hasta que por fin le sea revelado el ros¬tro, aunque sea el rostro bovino
de Baal?
La cabeza de la
figura al otro lado de la mesa es quizá demasiado grande, no mucho, pero más
grande en todo caso de lo que debiera ser una cabeza humana. De he¬cho, en
todas sus proporciones hay algo sutilmente erró¬neo. Hay algo excesivo en la
figura.
Se pregunta si no
estará aquejado de fiebre él también. Es una pena que no pueda llamar a
Matryona para que le palpe la frente.
Por la figura no
siente nada, nada en absoluto. Mejor dicho, siente a su alrededor un campo de
indiferencia que tiene una fuerza tremenda, como un envoltorio te¬nebroso.
¿Será esa la razón de que no encuentre el nom¬bre, y no porque el nombre esté
oculto, sino porque la figura es indiferente a todos los nombres, a todas las
pa¬labras, a todo lo que de ella se pueda decir?
La fuerza tiene tal
potencia que siente cómo le presiona, cómo choca con él cada onda silenciosa,
unas tras otras.
La tercera prueba. Lo
que le dijo a Anna Sergeyevna: he sido destinado a llevar una vida rusa. ¿Es
así como se manifiesta Rusia, en esta fuerza, en estas tinieblas, en esta
indiferencia por los nombres?
¿O es que el nombre
que para él envuelven las tinie¬blas es el nombre del otro muchacho, del que él
repudia, el nombre de Nechaev? ¿Es eso lo que ha de aprender, que a los ojos de
Dios no existen diferencias entre ellos, Pavel Isaev y Sergei Nechaev, gorriones
del mismo peso? ¿Es que va a renunciar al final a su fe en la inocencia de
Pavel, es que va a reconocerlo al final como simple camarada y seguidor de
Nechaev, como un joven inquieto que respondió sin reservas a todo lo que
Nechaev le propuso, no solo la aventura de las conspiraciones, sino también el
éxtasis del trato con la muerte, ese éxtasis que hincha el alma? Así como
Nechaev odia a los padres y les ha declarado una guerra implacable, ¿habrá que
dejar que Pavel lo siga?
Mientras se formula
estas preguntas, mientras deja que Pavel pruebe por primera vez el odio y la
sed de sangre, nota que algo se agita también en él: los arranques de una furia
que contesta a Pavel, que contesta a Nechaev, que les contesta a todos. Padres
e hijos: enemigos: ene¬migos hasta la muerte.
Así que sigue
paralizado. Una de dos: o Pavel sigue es¬tando con él, en él, niño encerrado en
la cripta de su tristeza, llorando sin cesar, o suelta a Pavel en el
torbelli¬no de su ira contra las reglas de los padres. También pue¬de soltar su
propia rabia, como se suelta un genio de su lámpara, contra la impiedad y la
ingratitud de los hijos.
Eso es todo lo que
alcanza a ver: una elección que no es tal elección. No puede pensar, no puede
escribir, no puede dolerse ni llorar más que por sí y para sí. Hasta que Pavel,
el verdadero Pavel, venga a visitarlo sin que él lo evoque, será un prisionero
en su propio pecho. Y no hay certeza de que Pavel no haya llegado ya en plena
noche; no hay forma de saber si ha hablado ya.
A Pavel le es dado
hablar solamente una vez. No obs¬tante, no puede aceptar que no tendrá perdón
por haber estado sordo, haberse dormido, haber sido un estúpido cuando fue
pronunciada la palabra. Lo que por tanto es¬pera oír es la segunda palabra de
Pavel. Está absolutamen¬te convencido de que no se merece una segunda palabra,
de que no habrá una segunda palabra, pero cree con total convicción que esa
segunda palabra ha de llegar.
Sabe que corre el
peligro de jugárselo todo a la segun¬da oportunidad. Tan pronto haga su apuesta
y lo fíe todo a la segunda oportunidad, habrá perdido la partida. Ha de hacer
lo que no puede hacer de ninguna forma: resignarse a lo que haya de sobrevenir,
ya sea palabra, ya sea silencio.
Teme que Pavel haya
hablado. Cree que Pavel ha de hablar. Las dos cosas. El huevo y la castaña.
Ese es el ánimo con
que está sentado ante la mesa de Pavel, con los ojos fijos en el fantasma que
se halla frente a él, cuya atención no es menos implacable que la suya. Es el
fantasma que a él le ha sido dado devolver a la vida.
No es Nechaev, eso
ahora ya lo sabe. Es mayor que Nechaev. Tampoco es Pavel. Quizá sea Pavel, pero
tal como podría haber llegado a ser un día, crecido y madu¬ro hasta dejar muy
atrás su juventud, hasta convertirse en uno de esos hombres apuestos y de rostro
impávido a los que ningún amor alcanza a tocar, ya sea siquiera la ado¬ración
de una niña que hará lo que sea por él.
Es una visión que lo
perturba. No es la verdad; aún no es la verdad. Pero de esa visión de Pavel, ya
crecido has¬ta dejar atrás la niñez, el amor, y crecido no de forma humana,
sino a la manera de un insecto que cambia por completo de forma en una determinada
etapa de su evo¬lución individual, de esa visión nota que le llega un
es¬tremecimiento. Encarar esa visión es como descender a las aguas del Nilo y
encontrarse cara a cara con algo enorme, algo frío y gris, que tal vez en su
día naciera de mujer, pero que con el paso de los siglos se ha converti¬do en
piedra y no es de este mundo, sino algo que atur¬de y desbarata su capacidad de
concepción.
También lo abruma
Cristo en el Calvario, pero la fi¬gura que se halla ante él no es la de Cristo.
En ella no detecta ni rastro de amor, sino que solo percibe la fría y sólida
indiferencia de la piedra.
Esta presencia, tan
gris, tan sin rasgos... ¿es eso lo que él ha de engendrar, es eso lo que debe
recibir su carne, su sangre, su vida? ¿O es que acaso lo ha entendido mal, y lo
ha entendido todo mal desde el principio? ¿No será más bien que es preciso dejar
a un lado todo aquello que es, todo lo que ha llegado a ser, incluidos sus
rasgos, y que vuelva a ser un recién nacido? ¿No es exactamente eso que tiene
delante lo que engendra en realidad la vida? ¿No debe acaso entregarse a eso
que tiene delante, para dejarse engendrar por ello?
Si así ha de ser, si
esa es la verdad y si ese es el camino de la resurrección, está dispuesto a
hacerlo. Lo dejará todo a un lado. Seguirá esa sombra y entrará desnudo como
vino al mundo en las fauces del infierno.
Le viene de golpe una
imagen de la que se ha defendi¬do durante todo el último mes que ha
transcurrido: Pavel, desnudo y destrozado y ensangrentado, en el depó¬sito de
cadáveres. También la semilla en su cuerpo está muerta, o está si no
muriéndose.
Ya no hay nada que
sea privado. Sin parpadear, al me¬nos en la medida en que puede no parpadear,
mira aquellas partes del cuerpo sin las que no puede engen-drarse a un hijo. Y
su mente regresa en el acto a la monstruosa deidad del museo de Berlín, empeñada
en arrancar la semilla del cadáver, en salvarla.
Así es como por fin
llega el momento, y la mano que empuña la pluma comienza a moverse. Pero las
palabras que traza no son palabras de salvación. Por el contrario, hablan de
moscas, o de una única mosca negra que zum¬ba y rebota contra una ventana
cerrada. Es cuando más aprieta el verano en Petersburgo, caluroso y pegajoso;
de abajo, de la calle, sube el ruido, la música. En la habita¬ción, una niña de
ojos castaños y cabello lacio yace des¬nuda junto a un hombre. Los pies
esbeltos de la niña apenas llegan hasta las pantorrillas del hombre, y la niña
apoya la cara sobre su hombro, donde parece haberse acomodado y dormir como un
bebé.
¿Quién es ese hombre?
El cuerpo está formado con tanta perfección como el de un dios, pero desprende
una frialdad tan marmórea que es imposible que una niña abrazada por él no se
hiele hasta el tuétano de los huesos. En cuanto a la cara, la cara no ha de
verse.
Se sienta con la
pluma en la mano conteniéndose, procurando no caer en un descenso que lo lleve
a las re¬presentaciones que no tienen lugar en este mundo, a punto de
desmoronarse, encerradas en un instante en el que toda la creación yace abierta
a sus pies, el momento en que él pierde pie y empieza a caer.
Es un momento del
cual empieza a ser un refinado y voluptuoso conocedor. Y por eso habrá de
condenarse.
Inquieto, se levanta.
De la maleta toma el diario de Pavel y vuelve las páginas hasta la primera que
está vacía, la página que el niño no llegó a emborronar porque ha¬bía muerto.
En esa página comienza por segunda vez a escribir.
En su escritura se
encuentra en esta misma habitación, sentado ante la mesa, tal como ahora mismo
está sentado. Pero la habitación es de Pavel, solamente de Pavel. Y él ha
dejado de ser él: ya no es un hombre que vive el cua¬dragésimo noveno año de su
vida. Por el contrario, es de nuevo un joven y tiene toda la arrogancia y la
fuerza de la juventud. Lleva un traje blanco perfectamente cortado, a la
medida, por el sastre. Es hasta cierto punto Pavel Isaev, aunque Pavel Isaev no
es el nombre que se va a dar.
En la sangre de este
joven, esta versión de Pavel, corre una sensación de triunfo. Ha atravesado las
puertas de la muerte y ha regresado; ya nada puede tocarle. No es un dios, pero
tampoco es humano. Está en cierto modo más allá de lo humano, más allá del
hombre. No hay nada de lo que no sea capaz.
Mediante este joven,
el edificio, con sus corredores malolientes y estancados, con sus ángulos
ciegos, co¬mienza a escribirse por sí solo: un edificio de Petersburgo, de
Rusia.
Encabeza la página
con mayúsculas bien perfiladas: LA VIVIENDA. Y escribe:
Duerme hasta bien
tarde, rara vez se levanta antes de mediodía, cuando en la vivienda hace tanto
calor que las sábanas están empapadas de sudor. Luego tro¬pieza de camino al
cuarto de aseo que hay en el rella¬no y se salpica la cara con el agua, se lava
los dientes con el dedo y vuelve tropezando a la vivienda. Sin afeitar, con el
cabello revuelto, despacha el desayuno que la casera le ha dejado (la
mantequilla está ya de¬rretida, las gachas de avena flotan en el cuenco de
le¬che); se afeita y se pone la ropa interior del día ante¬rior, la camisa del
día anterior y el traje blanco (las arrugas del pantalón marcadas como
cuchillos por ha¬ber pasado la noche planchadas bajo el colchón), y se humedece
el cabello y se lo alisa; y así, una vez prepa¬rado para el día que le espera,
pierde todo interés, pierde capacidad motriz: se sienta de nuevo ante la mesa
aún ocupada por el desayuno y cae en una enso¬ñación, o bien se tumba a
limpiarse las uñas con un cuchillo, a la espera de que algo suceda, o que la
niña vuelva de la escuela a casa.
Si no, vaga por la
vivienda, abre los cajones, toca todo lo que encuentra.
Halla una alacena en
la que hay fotografías de su ca¬sera y su marido ya difunto. Escupe sobre el
cristal y lo abrillanta con el pañuelo. Con brillantez, los dos se miran uno al
otro en su minúscula prisión emparejada.
Hunde la cara en la
ropa interior de ella. Percibe un vago olor a lavanda.
Está matriculado como
estudiante en la universidad, pero no asiste a las clases. Se ha unido a un
kruzhok, un círculo cuyos miembros experimentan el amor li¬bre. Una tarde se
lleva a una muchacha a su cuarto. Se le ocurre que debería cerrar la puerta con
llave, pero no lo hace. La muchacha y él hacen el amor y luego se quedan
dormidos.
Se despierta al oír
un ruido. Sabe que alguien los observa.
Toca a la muchacha y
esta se despierta. Los dos están desnudos, hermosos, en la flor de la juventud.
Hacen el amor por segunda vez. En todo momento, él tiene en cuenta que la
puerta se ha abierto solo una rendija y que la niña está mirando. Vive un intenso
placer que por sí solo se comunica a la muchacha; nunca habían experimentado
ninguno de los dos tan oscura dulzura.
Cuando después
acompaña a casa a la muchacha, deja la cama sin hacer, de modo que la niña, si
la ex¬plora, pueda familiarizarse con los olores del amor.
En lo sucesivo, todos
los miércoles por la tarde, du¬rante el resto del verano, se lleva a la
muchacha a su cuarto, siempre a la misma muchacha. Cada vez, cuan¬do llega el
momento de despedirse, la vivienda parece desierta; cada vez, y él lo sabe, se
ha colado la niña si¬gilosamente y los ha mirado o los ha escuchado, y aho¬ra
está oculta en algún rincón.
—Hazlo otra vez—
susurrará la muchacha.
—¿Que haga el qué?
—¡Eso! —musita ella,
arrebolada por el deseo.
—Primero di lo que
has de decir —dice él, y la obliga a decir las palabras—. Más alto —añade.
Decir las pala¬bras es algo que excita a la muchacha hasta extremos
intolerables.
Él se acuerda de
Svidrigailov: «A las mujeres les gus¬ta que las humilles».
Piensa en todo esto
como si estuviera creando un gusto en la niña, tal como uno se crea un gusto
por alimentos que no son naturales, como las ostras o las mollejas.
Se pregunta por qué
lo hace, y es esta la respuesta que se da: la historia toca a su fin, los
viejos libros de contabilidad pronto habrán ido a las hogueras; en este tiempo
muerto entre lo viejo y lo nuevo todo está permitido. No es que tenga especial
fe en su respuesta, pero tampoco la pone en duda. Le sirve.
Si no, esto es lo que
se dice: todo es culpa del vera¬no en Petersburgo, estas largas, calurosas y
encerradas tardes en las que las moscas se estrellan contra los cris¬tales,
estas noches en las que reverberan los mosquitos. Que aguante al menos hasta el
fin del verano, que aguante hasta que acabe también el invierno; cuando llegue
la primavera me habré marchado a Suiza, a las montañas, y seré una persona
diferente.
Suele comer y cenar
con la casera y con su hija. Un miércoles por la noche, fingiendo estar de buen
hu¬mor, se inclina sobre la mesa y le revuelve el cabello a la niña. Ella se
aparta. Él se da cuenta de que no se ha lavado las manos, y ella ha notado el
olor aún presente del amor en sus dedos. Sonrojada, confusa, la niña se inclina
sobre su plato y no lo mira a los ojos.
Todo esto lo escribe
con letra clara y esmerada, sin ta¬char una sola palabra. En el acto de la
escritura experi¬menta hoy un placer excepcionalmente sensual, tanto en el
tacto de la pluma como en la comodidad con que le encaja en el hueco entre el
índice y el pulgar, pero más aún en la sensación de que su mano es arrastrada y
des¬viada levemente de su curso natural sobre la página por la forma estricta e
invariable de las letras, la disciplina del alfabeto.
Anya, Anna Snitkina,
fue su secretaria antes de ser su mujer. La contrató para que pusiera en orden
sus ma¬nuscritos y luego se casó con ella. Era a su modo una muchacha que algo
tenía de hada, que él llamó para que desenmarañase el embrollo de su escritura
y para que en¬contrase el hilo bueno. Si hoy escribe con tanta claridad es
porque ya no está escribiendo para que ella lo lea. Está escribiendo para sí
mismo, está escribiendo para la eter¬nidad. Escribe para los muertos.
Y sin embargo,
mientras permanece sentado con tanta calma, es un hombre apresado por un
torbellino. Son torrentes de papel, fragmentos de una vida antigua, los que se
sueltan con el rugido de la espiral ascendente, los que vuelan a su alrededor.
Es transportado muy por encima de la tierra, sostenido por las corrientes del
aire, antes de que el viento amaine un instante, antes de que empiece a caer, y
goza ahí de un instante de total calma y claridad, del mundo abierto bajo sus
pies como si fue¬ra un mapa del mundo mismo.
Cartas del
torbellino. Hojas esparcidas que él recoge. Un cuerpo esparcido que él ensambla
de nuevo.
Oye que llaman a la
puerta: es Matryona, en camisón, quien por un instante le observa sorprendida,
como su madre.
—¿Puedo pasar? —dice
con la voz algo ronca.
—¿Aún te duele la
garganta?
—Mmm.
La niña se sienta en
la cama. Incluso a esa distancia él se percata de la dificultad que tiene al
respirar.
¿Por qué está ahí?
¿Es que quiere hacer las paces? ¿Es que también ella está agotada?
—Pavel se sentaba así
también cuando estaba escribien¬do —dice—. Cuando entré, pensé que eras Pavel.
—Estoy atareado—dice
él. ¿Te importa si continúo?
Ella permanece en
silencio, sentada a sus espaldas, y lo observa mientras él escribe. El aire de
la habitación está cargado de electricidad; hasta las partículas de polvo
pa¬recen en suspenso.
—¿Te gusta tu nombre?
—le pregunta él al cabo de un rato.
—¿Mi nombre?
—Sí, Matryona.
—No, lo aborrezco. Lo
eligió mi padre. No entiendo por qué he de llevarlo. Era el nombre de mi
abuela, y ella murió antes de que yo naciera.
—Tengo otro nombre
para ti, Dusha— escribe el nom¬bre en el encabezamiento de la página y se lo
enseña. ¿Te gusta?
Ella no contesta.
—¿Qué es lo que de
verdad le ocurrió a Pavel? —dice él—. ¿Lo sabes?
—Creo... Creo que ya
no pudo más.
—¿Por qué no pudo
más?
—Por el futuro.
Prefirió ser uno de los mártires.
—¿Qué es un mártir?
Ella titubea.
—Es el que ya no
puede más, se entrega y renuncia a seguir por el futuro.
—¿Fue la muchacha
finesa también una mártir?
Matryona asiente.
Él se pregunta si
Pavel también se acostumbró a hablar mediante fórmulas, aunque solo fuese al
final. Por vez primera piensa que tal vez lo mejor es que Pavel haya muerto. Y
ahora que esa idea se le ha pasado por la ca¬beza, la afronta con calma, sin
repudiarla.
Una guerra: jóvenes
contra viejos, los viejos contra los jóvenes.
—Ahora tienes que
irte —le dice—. Tengo trabajo que hacer.
La siguiente página
la titula LA NIÑA, y escribe:
Un día llega una
carta para él: su nombre y su direc¬ción están escritos con letra de molde,
clara y espacio¬sa. La niña la recoge en portería y la deja apoyada con¬tra el
espejo de su habitación.
Esa carta... ¿quieres
saber quién la envía? le pre¬gunta él al desgaire la siguiente vez en que están
a so¬las. Y le relata la historia de María Lebyatkin, de cómo deshonró María a
su hermano, el capitán Leb¬yatkin, y de cómo se convirtió en el hazmerreír de
Tver al afirmar que un admirador suyo, cuya identi-dad se negó a revelar con
tozuda coquetería, había pedido su mano.
—¿Esa carta es de
María? —pregunta la niña.
—Espera y lo sabrás.
—Pero ¿por qué se
reían de ella? ¿Por qué no quería nadie casarse con ella?
—Porque María era una
simple, y es mejor que los simples no se casen, no sea que tengan hijos simples
como ellos, y así sucesivamente, hasta que el mundo entero se llene de gente
simple. Como una epidemia.
—¿Una epidemia?
—Sí. ¿Quieres que
siga? Todo ocurrió el verano pasa¬do, mientras estaba en casa de mi tía. Oí
contar la his¬toria de María y de su admirador fantasma, y decidí hacer algo.
En primer lugar, me encargué un buen traje de color blanco, de modo que
pareciese un galán, a la altura del papel que iba a desempeñar.
—¿Es este traje?
—Sí, este traje.
Cuando el traje estuvo listo, todo el mundo sabía qué se estaba cociendo,
porque en Tver la noticias vuelan. Me puse el traje y con un ramo de flores en
la mano me fui a visitar a los Lebyatkin. El capitán no entendía nada, pero su
hermana se dio cuenta de lo que ocurría. Nunca había perdido la fe. A partir de
aquel día fui a verlos a diario. Una vez la llevé a dar un paseo por el bosque,
solos los dos. Fue el día antes de que me viniese a Petersburgo.
—Entonces, ¿fuiste su
admirador en todo momento?
—No, las cosas no
fueron así de sencillas. Su admira¬dor no fue más que un sueño que ella tuvo.
Los sim¬ples no saben distinguir entre los sueños y la realidad. Creen en los
sueños. Ella creyó que yo era el sueño. Y es que me comporté, ¿sabes?, como si
fuera un sueño.
—¿Y no vas a volver a
ver cómo está ella?
—No, no lo creo. La
verdad es que no pienso volver. Y si por un casual ella viniese a visitarme, no
dejes de ninguna manera que pase. Dile que he cambiado de alo¬jamiento. Di que
no sabes dónde vivo, o dale una di¬rección falsa. Invéntate una. A ella la reconocerás
en el acto. Es alta, huesuda, tiene dientes de conejo y no hace más que
sonreír. La verdad, es una especie de bruja.
—¿Es eso lo que dice
en su carta, que piensa venir?
—Sí.
—Y ¿por qué...?
—¿Por qué hice lo que
hice? Por hacer una gracia. El verano en el campo es tan aburrido... No tienes
ni idea de lo aburrido que es.
No le lleva más de
diez minutos escribir esa escena, sin tener que tachar ni una palabra. En una
versión definiti¬va tendría que redondearla, pero por el momento le bas¬ta. Se
levanta, deja las dos páginas sobre la mesa.
Es una violación de
la inocencia de una niña. Es un acto por el cual no puede esperar perdón. Con
ese acto ha cruzado el umbral. Ahora es Dios quien ha de hablar, ahora es Dios
quien ya no puede permanecer callado. Corromper a una niña es obligar a Dios.
El artilugio que ha ideado se abre y se desata como una trampa, una trampa para
cazar a Dios.
Sabe bien lo que está
haciendo. Al mismo tiempo, en esta competición en la que se mide la astucia
entre Dios y él mismo, él está fuera de sí, quizá está fuera de su alma. No
sabe bien dónde, pero se pone en pie y obser¬va cómo Dios y él se acechan el
uno al otro. El tiempo está en suspenso, todo está en suspenso antes de la
caída.
He perdido mi sitio
en mi alma, piensa.
Recoge su gorro y
abandona su alojamiento. No re¬conoce el gorro, no tiene ni idea de quién es el
calzado que lleva puesto. A decir verdad, nada reconoce de sí mismo. Si ahora
tuviera que mirarse en un espejo, no le sorprendería que fuese otro rostro el que
encontrase, el que lo mirase a ciegas.
Ha traicionado a
todos; tampoco entiende que esas traiciones podrían ir aún más allá. Si alguna
vez quiso sa¬ber si la traición sabe más a vinagre o a hiél, ahora ha llegado
el momento.
Pero en su boca no
hay sabores que él reconozca, así como no hay peso en su corazón. Su corazón,
de hecho, le parece vacío. De antemano nunca supo que estaría así. ¿Cómo habría
podido saberlo? No hay tormento, sino una mortecina ausencia de tormento. Es como
un solda¬do alcanzado en el campo de batalla, un soldado que sangra, que ve su
sangre, que no acusa el dolor, que se pregunta: ¿no estaré ya muerto?
Le da la impresión de
que es un precio enorme el que ha de pagar. Le pagan muchísimo dinero por
escribir libros, dijo la niña, repitiendo lo que había oído al niño muer¬to. Lo
que ninguno de los dos alcanzó a decir fue que a cambio había de entregar su alma.
Ahora empieza a
probar ese sabor, y sabe a hiél.


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