© Libro No.504. Ensayos y Artículos. Mutis, Álvaro. Colección E.O. Octubre 19 de 2013.
Título original: © Ensayos y Artículos. Álvaro Mutis
Versión Original: Ensayos y Artículos. Álvaro
Mutis
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza
una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos.
Este libro en
particular fue extraido de:
Libros Tauro. http://www.LibrosTauro.com.ar
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los
autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.
Portada E.O. de
Imagen original
http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/21325/Alvaro_Mutis/
©
Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
Ensayos y artículos
Álvaro Mutis
LA DESESPERANZA
«El conocimiento de un ser es un
sentimiento negativo; el sentimiento positivo, la realidad, es la angustia de
ser siempre un extraño para la persona a quien amamos. Pero ¿se ama alguna
vez?».
«El tiempo hace desaparecer a veces esta
angustia, el tiempo solamente. No se conoce jamás a un ser, pero uno cesa a
veces de sentir que lo ignora... Conocer por la inteligencia es la vana
tentación de no hacer caso del tiempo».
«El verdadero fondo del hombre es la angustia,
la conciencia de su propia fatalidad; de allí nacen todos los temores,
incluyendo también el de la muerte... pero el opio nos libera de esto y allí
está su sentido...»
ANDRE
MALRAUX ‑ La condición humana
Para situar el término dentro de un
común denominador a fin de que hablemos de una y la misma cosa, me parece lo
mejor establecer un ejemplo, resumir una situación de desesperanza, a mi manera
de ver la más clásica, no tanto por ser la primera que en la literatura aparece
con todas sus fecundas consecuencias, sino por tener esa simplicidad de trazo,
esa parquedad de elementos que la acerca a ciertas tragedias de Sófocles. Me
refiero a la aventura y muerte de Axel Heyst en la isla de Samburán, tema de la
obra de Joseph Conrad titulada, con amarga clarividencia, Victoria.
Alcanzada ya la cuarentena, Heyst se ha hecho
cargo de la administración de un yacimiento carbonífero en la isla de Samburán,
perdida entre las mil que forman el archipiélago malayo. No alcanzó a
intervenir propiamente en la explotación de la mina, pues la compañía
propietaria de la misma entró en liquidación en Londres y Amsterdam y Heyst
figuraba como gerente en los trópicos, mientras se adelantaban interminables
trámites burocráticos.
Hijo de
un noble sueco de ideas liberales, había aprendido de su padre ese peligroso
juego que consiste en eliminar con la razón aquellos motivos pascalianos que,
nacidos del corazón, la mente no conoce. Con esta semilla adentro, deambuló por
el archipiélago durante años, y de isla en isla, de puerto en puerto, fue
forjando su rostro a la vez ausente e intenso, su amor a la soledad y una
cierta curiosa propensión a la bondadosa justicia, no tanto par razones morales
cuanto por algo que pudiéramos llamar «economía de sentimientos». Es tal vez
como más fácilmente puede cumplirse ese destino de convivencia con el hombre
que, sea en el nivel que fuere, siempre deja una amarga cicatriz, un cierto
daño.
Va pues
Heyst a recalar a Samburán y allí, en medio de las derruidas instalaciones de
lo que fuera la mina de carbón, desembarcan a visitarlo de vez en cuando
algunos amigos. Día y noche un volcán lanza al estrellado cielo de los trópicos
el rojizo vaho de su erupción. En una de sus raras salidas de la isla, conoce
en un hotelucho de otro puerto una muchacha que toca en una de esas lamentables
orquestas femeninas que tienen algo de último reducto de una mezquina decencia.
Algo ve en la muchacha, una mezcla de feroz fidelidad y de generosa entrega,
que lo impulsa a proponerle que lo acompañe a Samburán. Ella acepta y deja tras
sí los celos irritados e irreconciliables de Schomberg, el administrador del
hotel. Este, para vengarse, envía al poco tiempo a Samburán a dos personajes
que habían llegado a su hotel en busca de ingenuos que se dejasen timar con los
naipes. Insinúa que Heyst esconde un inmensa fortuna. Y allí llegan los dos
malhechores, uno de los cuales interesa especialmente por tener a mi juicio una
cierta calidad de negativo de la imagen que nos hemos hecho de Heyst. Es quien
a sí mismo se llama Míster Jones a secas, un tahúr de nervios helados y maneras
finas que mata por cansancio y pasea por el trópico una tuberculosis que lo
lleva lentamente a una muerte que él observa con indiferencia y tranquila
lucidez. Desde el primer encuentro, Heyst comprende que la partida que va a
jugarse es a muerte y trata de poner al margen a la muchacha que se apega a él
con la trágica fidelidad de quien acepta y pide compartir hasta el último trozo
del destino.
Por una
especie de desenlace a lo Hamlet, todos mueren tras una larga noche de fintas y
diálogos que, en el caso de Heyst y Míster Jones a secas, se llevan a cabo
dentro de la más ordenada urbanidad y las más serenas maneras. Estos son, en
escueto resumen, los hechos sobre los cuales flota, como una presencia siempre
evidente, la desesperanza. En efecto, desde el primer momento nos damos cuenta
de que Heyst forma parte de esa dolorosa familia de los lúcidos que han
desechado la acción, de los que, conociendo hasta sus más remotas y desastrosas
consecuencias el resultado de intervenir en los hechos y pasiones de los
hombres, se niegan a hacerlo, no se prestan al juego y dejan que el destino o
como quiera llamársele, juegue a su antojo bajo el sol implacable o las
estrelladas noches sin término de los trópicos. Pero, no hay una pasividad
búdica, un renunciamiento ascético a participar en la vida, por parte de los
desesperanzados. Heyst ama, trabaja, charla interminablemente con sus amigos y
se presta a todas las emboscadas del destino, porque sabe que no es negándose a
hacerlo como se evitan los hechos que darán cuenta de su vida; sabe que sólo en
la participación lúcida de los mismos, puede derivarse algo muy parecido a un
sabor de existencia, a una constancia de ser, que hace posible el paso de las
horas y los días sin volarse los sesos concienzudamente. De allí el
desconcierto de Mr. Jones a secas, al verse frente a Heyst y comprender que se
encuentra ante uno de su misma especie que ha escogido el otro extremo de la
cuerda. Y que desde allí lo está observando serenamente y trata de descubrir,
uno por uno, los tenues hilos que lo han traído hasta Samburán, hilos que
comienzan a mover un presente que se precipita constante y vertiginoso y en el
cual se advierten las huellas del desastre.
Estamos
ya en posibilidad de precisar y ordenar los signos que determinan la
desesperanza y los elementos que la componen. Más adelante la veremos aparecer
en ciertas zonas y bajo ciertas condiciones en las más diversas y disímiles
zonas de la literatura contemporánea.
Primera
condición de la desesperanza es la lucidez. Una y otra se complementan, se
crean y afirman entre sí. A mayor lucidez mayor desesperanza y a mayor
desesperanza mayor posibilidad de ser lúcido. A reserva, desde luego, de que
esta lucidez no se aplique ingenuamente en provecho propio e inmediato, porque
entonces se rompe la simbiosis, el hombre se engaña y se ilusiona, «espera»
algo, y es cuando comienza a andar un oscuro camino de sueños y miserias.
Segunda
condición de la desesperanza es su incomunicabilidad. Heyst será siempre para
los demás, el Hechizado, el Loco, el Solitario de Samburán. Ni su íntimo amigo
Morrison, por quien sabemos toda la historia, comprenderá nunca el secreto
mecanismo de su conducta ni la razón soterrada de su destino. La desesperanza
se intuye, se vive interiormente y se convierte en materia misma del ser, en
substancia que colora todas las manifestaciones, impulsos y actos de la persona,
pero siempre será confundida por los otros con la indiferencia, la enajenación
o la simple locura.
Tercera
característica del desesperanzado es su soledad. Soledad nacida por una parte
de la incomunicación y, por otra, de la imposibilidad por parte de los demás de
seguir a quien vive, ama, crea y goza, sin esperanza. Sólo algunas mujeres, por
un cierto secreto y agudísimo instinto de la especie, aprenden a proteger y a
amar a los desesperanzados. Esta soledad sirve de nuevo para ampliar el campo
de la desesperanza, para permitir que en la lenta reflexión del solitario, la
lucidez haga su trabajo, penetre cada vez más escondidas zonas, se instale y
presida en los más recónditos aposentos.
Cuarta
condición de la desesperanza es su estrecha y peculiar relación con la muerte.
Si bien lo examinamos, el desesperanzado es, a fin de cuentas, alguien que ha
logrado digerir serenamente su propia muerte, cumplir con la rilkeana
proposición de escoger y moldear su fin. El desesperanzado no rechaza la
muerte; antes bien, detecta sus primeros signos y los va ordenando dentro de
una cierta particular secuencia que conviene a una determinada armonía que él
conoce desde siempre y que sólo a él le es dado percibir y recrear
continuamente.
Por
último ‑y aquí se presenta la ineficaeia de la palabra que he escogido para
nombrar esta charla‑ nuestro héroe no está reñido con la esperanza, lo que ésta
tiene de breve entusiasmo por el goce inmediato de ciertas probables y efímeras
dichas, por el contrario, es así como sostiene ‑repito‑ las breves razones para
seguir viviendo. Pero lo que define su condición sobre la tierra, es el rechazo
de toda esperanza más allá de los más breves límites de los sentidos, de las
más leves conquistas del espíritu. El desesperanzado no «espera» nada, no
consiente en participar en nada que no esté circunscrito a la zona de sus
asuntos más entrañables.
Tal vez
desesperanza no sea la palabra para nombrar esta situación, en vano he buscado
otra y queda al arbitrio de cada uno de ustedes escoger la que mejor se ajuste
a las condiciones que acabo de enumerar.
Yo
quisiera, antes de pasar revista a una galería de desesperanzados, leer unas
páginas de un escritor francés olvidado por muchos años y ahora de nuevo
apreciado por una generación que, al parecer, ve más lejos que quienes le
dejaron morir con la altanera y mezquina indiferencia de jueces. Indiferencia
por lo demás estéril, ya que tuvo como contrapartida la más definitiva y honda
desesperanza de que yo tenga noticia. Se trata de Drieu la Rochelle, quien se
suicidó en 1945 ante la imposibilidad y la inanidad de explicar nada, de
comprender nada, de rescatar nada. Veintitrés años antes, en un libro de
juventud titulado La suite dans les idées ‑terrible y justo título a la
luz de su fin‑ escribe el siguiente prólogo, en el que se enumeran con lucidez
incuestionable las razones que lo mueven para entrar a la desesperanza. No
tengo noticia, con excepción de la Saison en enfer de Rimbaud, de un más
hermoso acto de fe, de una más absoluta rendición de cuentas. Dice así:
«Tan
lejos como puedo remontarme en la conciencia de mi vida, encuentro siempre el
deseo de ser hombre.
»He
querido ser soldado, o sacerdote, tanto en el tiempo de la infancia como en el
tiempo de la pureza.
»Luego,
el fuego del sexo comenzó a latir en mis entrañas; hice entonces voto de ser un
amante inolvidable. Pero este voto se consumió en una ardiente rectitud: jamás
mi mano tomó esa llama para tornarla en contra mía, de tal suerte que salí sin
mancha de la adolescencia, y pude renovar mi impulso hacia el heroísmo o la
santidad.
»Durante un cierto tiempo me parece que a
punto estuve de ser un guerrero, un atleta, un poeta.
»Pero
la mujer no podía ya excluirse de mi ser. Era uno de los estratos vitales que
conformaban mi sombra de la que, de tiempo en tiempo, la pasión, gran
destasadora, arrancaba de su tronco grandes trozos que blandía, escurriendo
savia roja a pleno sol. A esto se mezclaron Dios, la tierra y la sangre; la
plegaria, la guerra y el amor. Nací de una prostituta y un soldado, pero un
asceta marcó, desde mi más tierna infancia, una imborrable señal de ceniza
sobre mi piel.
»Sí,
recuerdo este deseo de ser hombre, es decir, erguido, fuerte, el que golpea, el
que ordena o el que asciende a la hoguera. Sinembargo, y desde entonces,
permanezco sentado, el cuerpo lacio, soñando, imaginando y dejando que se pudra
‑debido a una muy precoz inclinación de mi destino‑ el germen de toda
realización nacida de la fuerza.
»Desde
mi infancia me alejé de los hombres. Desde mi infancia descuidé mi cuerpo y
transformaba el hervor agresivo de mi sangre en dulces brasas que alimentaban
el fuego inofensivo de mi cerebro: las puertas del alma daban paso al miedo y a
la timidez.
»Y
ahora, a los treinta años, veo que no soy un hombre, que nunca lo he sido. Al
no cumplir mi deseo, he malogrado mi vida.
»No soy
hombre porque he dejado escapar de mí la fuerza y la destreza. No tengo aptitud
para juego alguno ni para ninguna hazaña. Valga como ejemplo que no sé domar un
potro, ni salvar un obstáculo, ni dar un salto mortal.
»Sin
embargo, sé, en lo profundo de mi instinto y a la vez de mi meditación sobre la
naturaleza humana, que si el hombre no cuida de su cuerpo, comienza a dejar de
serlo.
»Y
desgarra mi conciencia la certeza de que el hombre no se conserva íntegro en
mí.
»Y
tampoco soy hombre porque no soy un amante. Entre las mujeres he perdido a la
que pudo haber sido mía; me lancé sobre el rebaño y gasté mi apetito. He
agotado mis riñones y del toro que ayer era, hoy sólo resta el buey que dobla
las rodillas para recibir sobre la nuca el golpe del mazo. Y en mis ojos
sanguinolentos crece una vegetación ávida de visiones que nubla mi mirada.
»Tampoco soy un hombre porque no soy un santo:
soy incapaz de soledad y por ende de oración... no he tenido jamás la fuerza de
retraerme en Dios.
»Tampoco soy hombre porque no soy un poeta.
Nunca pude cumplir en mí esta inmovilidad que logra que todos los aromas del
mundo refluyan en el limo, destilando poco a poco sus esencias en una densa
miel hecha de un renunciamiento tajante y atroz.
»He
tenido miedo en la guerra y he tenido miedo en la paz. No supe esperar una
mujer y no me atreví a morir. Yo, que no soy ningún jefe entre los hombres, no
me resuelvo a dejarlos. Adiós guerras, revoluciones y vastas soledades.
»Hoy
sólo puedo detenerme, harapiento, en la esquina de una calle malfamada y cantar
esta ronca queja. No he escrito más que lamentos y pesar. Despliego mi flaqueza
con perversa obscenidad. Y sin embargo, espero de la exhibición de mis miembros
lastimosos y de mis carnes llagadas una limosna de asombro y de admiración. Con
astucia transformo en fuerzas mi flaqueza. Ni guerrero, ni sacerdote, ni
atleta, ni amante: sin soldados, sin altar, sin músculos, sin mujer me he hecho
escriba.
»Pero
en el orden de los escribas, me encuentro en lo más bajo de la jerarquía. No
soy inventor ni de dramas ni de novelas. Encerrado en lo más estrecho de mí
mismo, no sé sacar provecho de esos bellos personajes, resplandecientes de la
vigorosa vida imaginaria, largamente conquistada en los días del autor, y
animados por su propia sangre; personajes que transitan entre los hombres, en
sus ciudades, alabados por la muchedumbre como los últimos dioses.
»No.
Por haber encerrado todo en mi entraña avara y vacilante, soy la caricatura de
todo en medio de lo que sólo es podredumbre.
»Es la
razón por la que el contenido de este libro se asemeja al zurrón de un mendigo.
Es un amasijo de desechos desfigurados, en los que perdura un recuerdo
irrisorio de todo lo que participa de la diversa fortuna de los hombres: una
cabeza de ídolo olvidado, el fragmento de un encaje arrancado en la penumbra al
paso de una mujer, un trozo de puñal y una moneda de oro de algún reino
desdeñado por los exploradores.
»Me
entrego en cuerpo y alma a la histeria. Perezoso y las más veces enfangado en
una calleja, me yergo de repente, meciendo mi cuerpo mancillado en una lúbrica
danza, tal vez porque la silueta de un semejante se desliza por la esquina.
»Oh
caminante, oh lector, éste es mi último libro. Después de esto no escribiré más
que novelas y desapareceré, ya que he comprendido que la última nobleza que me
queda estriba en desaparecer. No soy un hombre.
»No sé
si existan hombres en alguna parte, pero he de escribir grandes fábulas para
que entre tú y yo, a la faz del mundo, pueda elevarse, a pesar de todo, la
figura del hombre. Que no se diga que el hombre no ha existido.
»En
fin, he desahogado mi bilis, para ti mis vómitos.
»He
aquí, en caótico desorden, todo lo que tengo. Varias ideas oscuras manchan un
puñado de hojas de papel. No tengo la fuerza para consumir todo esto en el
fuego y, de un filtro de brujas hecho de tinta, sangre, corazones de mujeres,
sudores de angustia, tesoros, forjar un bello instrumento de metal, elegante y
templado para traspasar tu corazón y brillar a la luz del sol.
»He
aquí las ideas reptantes de la melancolía. He aquí el resplandor de la
impotencia. Un furor de amor destruido por la distracción, la repentina
languidez y el deseo de largarme de paseo o de dormir.
»Si tú
supieras de qué ignorancias y de qué trucos se compone un libro. Pero en este
libro sin afeites podrás descubrir mi tontería a la vuelta de una frase y mi
esterilidad al final de una página.
»Amo
escribir, amo la belleza, pero por encima de todo amo a las mujeres y a los
hombres. Pero para escribir necesito dejarlos un momento, lo cual es demasiado.
»Pero
apenas estoy con ellos empiezo a aburrirme y termino por creer que yo, el
escriba, el mendigo, el inútil, el retórico gandul, este vanidoso sin
consecuencia no existe más de lo que tú existes y sin embargo toda nuestra
existencia se halla en mí.
»Por lo
demás, siempre podrás decir que en este fárrago, no te has reconocido».
Un
contemporáneo de Drieu y en cierto sentido el hombre que hará pensar más en él
a medida que más frecuentemos su obra, sobre todo sus novelas, llevará la
desesperanza a los límites más absolutos, la hará el tema constante, la razón
última de su obra. Hablo de André Malraux. Mientras
no se llega a descubrir la soterrada corriente de desesperanza que atraviesa su
obra, no se alcanza el verdadero sentido y el perdurable propósito que la
anima. Hay un peligro en la obra novelística de Malraux, peligro en el que han
caído, al criticarla, sus detractores comunistas y católicos. Es no encontrar
en ella sino un elogio, una recreación de la aventura por la aventura. Nada más
lejano al verdadero propósito del autor de La condición humana.
Las
novelas de Malraux son la más inteligente, la más lúcida autopsia de la
desesperanza; como también el más definitivo rechazo de la aventura como tal.
El primer síntoma que nos sorprende, que llega a chocarnos en esta obra, es la
extrema inteligencia de sus personajes.
En una
nota al libro que sobre él escribió Gaetán Picón, Malraux, de su puño y letra,
transcribe este diálogo con Gide:
«G ‑ No
hay imbéciles en sus libros.
»M ‑ Yo
no escribo para fastidiarme. Para idiotas, basta la vida.
»G ‑ Es
que usted es todavía muy joven».
Descubierto este factor esencial de la
lucidez, empezamos a encontrar que el Perken en La vía real, Gisors en La
condición humana, Hernández de La Esperanza, Claude y Garine en Los
conquistadores, son uno y mismo ser que, habiendo alcanzado el cero
absoluto, habiéndose desvestido de todo ropaje, de toda máscara posible, maneja
los hechos, se deja penetrar por ellos, los ve alejarse, cambiar, tornar con
otro nombre sin «esperar» nada de ellos, sin participar en su necio desorden.
Gaetán
Picón lo anota con precisión en su libro: «Los primeros héroes de la obra ‑dice
refiriéndose a la novelística de Malraux‑ no actúan para crear cosa alguna,
sino únicamente para combatir, para no aceptar. Si Garine se une a la
Revolución es porque ella es menos edificación que ruptura, porque ‑explica-
«sus resultados son lejanos y siempre en transformación»».
«¿Vivir, actuar, vencer? Nada de eso. Sólo
probarse a sí mismo que no ha rechazado la inevitable derrota, así sea en el
momento fulgurante de una muerte con las armas en la mano. «Ser muerto ‑habla
Malraux‑, desaparecer, poco le importaba; no se sentía unido a sí mismo... Pero
sí, aceptar, vivo, la vanidad de su existencia como un cáncer, vivir con esa
tibieza de muerte en la mano. ¿Qué era esa necesidad de lo desconocido, esa
provisional destrucción de las relaciones entre prisionero y amo, que aquellos
que no la conocen llaman aventura, sino su propia defensa contra ésta?».
Y a
este párrafo comenta Malraux, esta vez de su puño y letra al margen: «Esta
palabra ‑aventura ‑ gozó, hacia 1920, de un gran prestigio en los medios
literarios; prestigio al cual se opusieron más tarde la cómica anexión por el
comunismo francés de las virtudes burguesas y la seria anexión del orden por el
stalinismo.
»Es
natural que el espíritu revolucionario no se muestre hostil al aventurero
cuando éste es un aliado contra un enemigo común, pero sí lo sea cuando el
aventurero es un adversario.
»El
aventurero está evidentemente fuera de la ley; el error está en creer que lo
sea únicamente de la ley escrita, de la convención. El aventurero se opone a la
sociedad en la medida en que ésta es la forma de la vida, él se opone menos a
sus convenciones racionales que a su naturaleza. El triunfo lo mata: Lenin no
es un aventurero, tampoco lo es Napoleón. El equívoco tiene origen en Santa
Helena. Tampoco lo hubiera sido Lawrence si hubiera aceptado gobernar Egipto
(lo cual rechazó; pero sin duda no hubiera rechazado responsabilidad alguna en
1940). De la misma manera como el poeta substituye la relación de las palabras
entre sí, con una nueva relación, el aventurero intenta substituir la relación
de las cosas entre sí ‑ las llamadas «leyes de la vida» por una relación
particular. La aventura comienza con el desarraigo, y a través del mismo el
aventurero terminará loco, rey o solitario; la aventura es el realismo de lo
feérico. De ahí el peso de Harrar en el mito Rimbaud: se antoja (y en parte
debió serlo) Les illuminations de su vida. El riesgo no define la
aventura; la legión está llena de antiguos aventureros, pero los legionarios
sólo son soldados audaces».
Sólo
así concebida, puede la aventura ser aceptada por quien ya no par
delicatesse sino par lucidité, ha perdido su vida. Es por eso que en
la obra de Malraux la acción toma un aspecto espectral, único e indefinible.
Ella sólo toca a sus héroes en la medida en que éstos van usando, al
frecuentarla, la vana servidumbre de sus sentidos, la secreta e inútil materia
de la vida. Y es por eso también que la muerte le llega con una clara aura de
tranquila certeza, sin sorpresa alguna, con la serenidad de quien sabe que
también ella está en el juego y que a tiempo que forma parte del mismo,
secretamente lo conforma y lo guía.
Vemos
cómo los personajes de Malraux cumplen con dos condiciones de los
desesperanzados: sun lúcidos al grado sumo y como tales aceptan y se relacionan
con la muerte. Ahora bien, para hallar las otras tres condiciones, bastaría
recorrer dos o tres páginas de cualquiera de sus novelas, y nos saldrá al paso
la presencia constante de ese doble fenómeno de soledad e incomunicación que
hace de sus personajes un solo ser inconfundible. Ni el compañerismo en la
aventura política de Los conquistadores, ni la experiencia del sexo
cumplida como una intensa y fugaz llama de dicha y de dolor en La vía real,
ni el sufrimiento físico y el erotismo en La condición humana, bastan
para arrancar estos hombres del aislado y fervoroso cúmulo de sus cosas más
secretas y esenciales. Y sin embargo, no está ausente la esperanza en ninguna
de estas obras, no en vano una de ellas la lleva por título. Es esa dolorosa
esperanza de saber que, de rechazo en rechazo, de batalla en batalla y de
abrazo en abrazo, podamos confirmar cada vez con mayor certeza y no sin cierta
dicha inconfesada, nuestra ninguna misión ni sentido sobre la tierra, como no
sea la confirmación, a través del cuerpo, de un cierto existir inapelable, del
cual somos conscientes y que nos proporciona, gratuitamente, esa «condición
humana» en cuyo examen y exploración ha ganado Malraux la categoría de uno de
los pocos, si no el único auténtico clásico de nuestro tiempo.
Hemos
citado tres ejemplos de desesperanza, diferentes entre sí en muchos conceptos.
La desesperanza en Conrad, con una indudable raíz eslava, expuesta con un
acento lírico y una tenue nostalgia romántica, la brutal y desgarrada de un
lúcido intelectual francés que resolvió matarse antes que seguir fabricando
razones maravillosamente lúcidas para encubrir ante los demás su fatal
desesperanza y, finalmente, la de un novelista admirable y un pensador riguroso
que eleva la desesperanza a categoría absoluta y la explica en los diversos
planos de la acción, la revolución, el amor y la muerte.
Hay
muchos más ejemplos, desde luego. Hay también la posibilidad ‑yo diría, la
necesidad‑ de profundizar mucho más sobre el tema. Lo que estoy haciendo aquí
es únicamente enunciarlo con evidente desorden, anotar su presencia en algunos
ejemplos, a mi parecer los más evidentes y ricos. Pero haría falta que un
verdadero profesional de la crítica, alguien que con la disciplina y formación
filosóficas que a mí me faltan, se lanzara por el camino de ofrecernos una
«Fenomenología de la desesperanza». ¿No es éste un tema apasionante y actual
como ninguno? Yo así lo creo. Sería interesante tratar de contestar algunos
interrogantes tales como: ¿Hasta qué punto hay desesperanza en la obra de
Camus? ¿Por que no hay desesperanza en Hemingway? ¿Por qué la desesperanza es
un fenómeno contemporáneo? ¿Cuáles son los nexos entre el Romanticismo y la
desesperanza? ¿En qué proporción es auténtica, es decir, valedera como
experiencia, la desesperanza de Ulrich de Musil? ¿Por qué Malcolm Lowry es un
clásico de la desesperanza?
Dejo
estos interrogantes y los demás que ustedes quieran plantear, para quien con
mejores títulos y más aptos instrumentos de los que yo dispongo, desee trabajar
en ellos.
Hemos
querido dejar de lado así fuera un rápido recorrido en busca de la desesperanza
en la poesía. Sería éste un tema para otra ocasión. Lo que sí no podemos pasar
por alto es la mención del máximo poeta de la desesperanza, Fernando Pessoa.
Basta la lectura de uno cualquiera de sus poemas, para conocer hasta dónde
alcanzó su afanoso buceo por las más quietas y oscuras aguas de la
desesperanza.
LISBON REVISITED
(1923)
(Versión de Francisco
Cervantes)
No; no quiero nada.
Ya dije que no quiero nada.
¡No me vengan con conclusiones!
La única conclusión es
morir.
No me traigan estéticas.
¡No me hablen de moral!
¡No me muestren sistemas
completos, ni me enumeren conquistas
de las ciencias (¡De las
ciencias, Dios mío, de las ciencias!)
de las ciencias, de las
artes, de la civilización moderna!
¿Qué mal les hice yo a todos los dioses?
Si tienen la verdad, ¡guárdensela!
Soy un técnico, pero tengo técnica sólo
dentro de la técnica.
Aparte de eso estoy loco,
con todo el derecho a estarlo.
¿Lo oyeron? ¡Con todo el
derecho a estarlo!
¡No me den lata, por el amor de Dios!
¿Me querían casado, fútil, cotidiano y
tributante?
¿Me querían lo contrario de
esto, lo contrario de cualquier cosa?
Si fuese otra persona, les
haría a todos su voluntad.
¡Así como soy, ténganme
paciencia!
¡Váyanse al diablo sin mí
o déjenme que me vaya solo
al diablo!
¿Para qué habríamos de irnos
juntos?
No se me prendan del brazo.
No me gusta que se me
prendan del brazo.
Quiero estar solo.
¡Ya dije que estoy solo!
¡Ah, de manera que querían
que sirviera de compañía!
¡Oh cielo azul ‑el mismo de mi infancia‑
eterna verdad, vacía y
perfecta!
Oh, suave Tajo, ancestral y
mudo, Pequeña verdad donde el cielo se
refleja.
Nada me das, nada me quitas,
nada eres de lo que yo me sintiera.
(Oh pena, vista de nuevo,
Lisboa tan anterior a hoy).
¡Déjenme en paz! No me tardo, que yo
nunca me tardo...
¡Y en tanto tardan el Abismo o el Silencio
quiero quedarme sólo!
Les propongo, finalmente, explorar
un poco en lo que podríamos llamar «el meridiano de la desesperanza» ¿Es por
casualidad que Victoria de Conrad se desarrolla en los trópicos malayos?
¿Lo es también que igual escenario sea el de La vía real y Los
Conquistadores de Malraux? Yo creo que no. Hay, sin lugar a dudas, una
relación directa entre la desesperanza y ciertos aspectos del mundo tropical y
la forma como el hombre los experimenta. Y tan así es que, adelantándome un
momento a lo que nos ocuparemos en breve, como ejemplo admirable, eficaz y que
se ajusta con tanta fidelidad como Malraux o Conrad a las condiciones que hemos
propuesto para definir y localizar la desesperanza, existe en Suramérica la
obra de Gabriel García Márquez, el novelista colombiano que encontró en el
húmedo y abrasador clima de Macondo y en la mansa fatalidad que devora a sus
gentes, un inagotable motivo de desesperanza.
El
trópico, más que un paisaje o un clima determinados, es una experiencia, una
vivencia de la que darán testimonio para el resto de nuestra vida no solamente
nuestros sentidos, sino también nuestro sistema de razonamiento y nuestra
relación con el mundo y las gentes.
Lo
primero que sorprende en el trópico es precisamente la falta de lo que
comúnmente suele creerse que lo caracteriza: riqueza de colorido, feracidad
voraz de la tierra, alegría y entusiasmo de sus gentes. Nada más ajeno al
trópico que estos elementos que más pertenecen a lo que suele llamarse en
Suramérica la tierra caliente formada en los tibios valles y laderas de los
Andes y que nada tienen que ver con el verdadero trópico. Tampoco la selva
tiene relación alguna, como no sea puramente geográfica y convencional, con lo
que en verdad es el trópico. Una vegetación enana, esqueléticos arbustos y
desnudas zarzas, lentos ríos lodosos, vastos esteros grises donde danzan las
nubes de mosquitos en soñoliento zig‑zag, pueblos devorados por el polvo y la
carcoma, gentes famélicas con los grandes ojos abiertos en una interior
vigilancia de la marea de la fiebre palúdica que lima y desmorona todo vigor,
toda energía posible; vastas noches húmedas señoreadas por todos los insectos
que la más loca fantasía no hubiera imaginado, lechosas madrugadas cuando todo
acto en el día que nos espera se antoja mezquino, gratuito, imposible, ajeno
por entero al torpe veneno que embota la mente y confunde los sentidos en una
insípida melaza. Este más bien pudiera ser el trópico. La isla de Samburán con
su turbia erupción volcánica que todo lo mancilla, la maleza en donde yacen
olvidados los grandes dioses que busca Claude en la península malaya y en donde
la muerte alcanza a Perken con la voraz gangrena producida por un leve flechazo
en una pierna; Hong‑Kong, mugroso paraíso de las moscas en donde Garine hace ‑hay
que hacer un énfasis especial en el peso del verbo hacer en este caso‑
la revolución y, Macondo, en donde un viejo coronel de las guerras civiles de
Colombia espera en vano, espera con lúcida desesperanza, una carta que él sabe
que no llegará nunca, pero cuya constante inminencia permite continuar la vida
que hace muchos años perdiera todo posible sentido, toda probable esencia.
Tales son los lugares en donde anida, en donde crece como un hongo sabio nacido
de complicadas y hondas descomposiciones, la desesperanza. La semilla ha sido
puesta mucho antes que estos seres llegaran al trópico, sería ingenuo pensar
que ella pueda producirse en tan desolados lugares; la semilla viene de las
grandes ciudades, de los usados caminos de una civilización milenaria, de los
claustros de las viejas universidades, de los frescos ámbitos de las catedrales
góticas, o de las empedradas y discretas calles de las capitales de la antigua
colonia, en donde los generales con alma de notarios y los notarios enfermos
del mal del siglo forjan interminables y retóricas guerras civiles. Pero es en
el trópico en donde la desesperanza logra la más pura, la más rica, la más
absoluta expresión de su desolada materia.
Me
refería antes a la novela de García Márquez El coronel no tiene quién le
escriba, como otro de los modelos de la desesperanza. Yo creo que sobre
este libro tendrán que volver cada día con mayor atención y frecuencia los
críticos, porque en sus breves y escuetas páginas se desarrolla, otra vez con
una limpidez clásica, la elemental y siempre renovada tragedia de un hombre con
sus fantasmas más singulares y antiguos. Decíamos que el coronel no tiene en
Macondo razón alguna que le sostenga para seguir viviendo distinta de esa carta
que él sabe que no vendrá nunca, pero que le proporciona una rutina de actos
simples, casi ceremoniales, en los que usa el tiempo con la desesperada avidez
de los desesperanzados. Tiene también un gallo de pelea con el cual dice
esperar grandes ganancias. Se engaña quien pueda pensar que el animal tiene
importancia alguna para el coronel. El gallo es un viejo símbolo para burlar a
su asmática esposa anémica de hambre y de furia. Cada vez que habla del gallo,
cada vez que sacrifica por él algunos mendrugos, adivinamos la sonrisa
hierática del viejo luchador de las guerras civiles, sepultado en el polvoso e
interminable verano de Macondo, el pueblito que «mana hacia el río como un
absceso» al igual que la ciudad de Crusoe. Si alguna vez un especialista
avisado encuentra que esta búsqueda de la desesperanza en la literatura de los
últimos cincuenta años vale la pena, y resuelve hacer una Antología de la
Desesperanza, en ella deberá aparecer, junto a las páginas en donde Malraux relata
la muerte de Perken o los diálogos de Gisors con Ferral, las dos últimas de la
novela de García Márquez que rematan con la fecal exclamación escueta en donde
se resumen, humildemente, las más altas conquistas de la desesperanza. (México,
Febrero, 1965)
¿QUIÉN ES BARNABOOTH?
Conferencia dictada en la Casa del
Lago de la Universidad Autónoma de México en 1965
Vamos a evocar esta tarde la figura, hoy
casi por completo olvidada, del rico amateur, del multimillonario peruano, hijo
de americano y australiana, A. O. Barnabooth. Nos ocuparemos también de sus
obras: un cuento corto con mucho de fábula moral y un breve número de poemas.
Las circunstancias de la aparición en el mundo de las letras del personaje, la
razón de su existencia, pertenecen tan por entero al mundo particular de las
preferencias, al marco de la vida de su autor y artífice, que ambas se mezclan
y confunden en muchos puntos, cuando no van paralelas por larguísimos trechos.
No faltan antecedentes de este fenómeno en la historia de las letras: todo lo
que de Hamlet tenía «el viejo Will», lo quijotesco de don Miguel de Cervantes,
la identidad de Julián Sorel con Henry Beyle, el Lucien de Rumbempré que
escondió siempre en su obesa humanidad el sufrido Balzac, todo lo que de
Wolkonski había en Tolstoi y la sorprendente mas harto comprensible aclaración
Flaubertiana sobre aquello de que «Madame Bovary soy yo». Los ejemplos podrían
multiplicarse en inmenso número, tantos como obras perdurables tiene la
literatura universal. Pues bien, la identidad existente entre A. O. Barnabooth,
el rico amateur y Valéry Larbaud, el amable erudito y hombre de letras por
excelencia, heredero de ricos manantiales y vastos hoteles en Vichy y dueño de
una gran fortuna, esta identidad sólo deja de existir cuando el personaje
cumple con ciertos dictados del destino que le es imposible atender al autor. Y
esto es natural si se tiene en cuenta la ilimitada libertad de que gozaba
Barnabooth en manos de quien tuvo tan poca en la infancia y casi ninguna en los
sombríos años en que la parálisis lo dejara inmóvil y mudo hasta el día de su
muerte.
Hablemos un poco de Larbaud, de Valéry Larbaud
‑siempre con la mente puesta en Barnabooth, que cuando lo hagamos con éste será
en Larbaud en quien tengamos que pensar.
Descendiente de una severa familia protestante
del bourbonais, Larbaud vive su niñez y su infancia bajo el dominio implacable
de la voluntad materna. De niño viaja a España, aprende el español hasta
escribirlo correctamente ‑más tarde, autor famoso, publicará en La Nación,
de Buenos Aires, largos artículos escritos en un castellano fluido y eficaz‑,
en otras vacaciones viaja a Italia, un nuevo idioma se suma a su acervo
linguístico que cuenta ya también con el inglés ‑una buena parte de su Diario
íntimo lo escribirá en este idioma. Visita Alemania. Vive largas temporadas en
Suiza. Conoce la tranquila modorra de los grandes Palace, el ocio lujoso de los
hoteles con liftier de librea y cuyos amplios comedores con mucho de
invernadero y profusa escultura en yeso fin de siglo, se llenan a las horas de
comida de parejas de distraidos ingleses con anteojos de armadura de oro y
manos temblorosas; de prusianos de mirada intensa y hábitos precisos y de
sudamericanos de voz lenta y cabellos oscuros impecablemente peinados, que
gastan las inmensas fortunas de las chacras de las pampas, de las salitreras
chilenas, del guano del Perú y del café de Colombia.
Una
salud endeble lo libra del colegio y su educación corre por cuenta de
institutores que lo preparan en su casa durante las largas convalescencias.
Llega la época del colegio y es internado en el de Sainte‑Barbe des Champs,
allí descubre dos elementos que serán fundamentales en su formación: el
cosmopolitismo de un colegio en donde estudiaban hijos de ricos armadores
ingleses, de industriales de Pittsburg, jóvenes suramericanos multimillonarios
y los hijos de los maharajas indúes que buscaban en Francia un barniz
occidental que molestaría particularmente a los amos ingleses: este
cosmopolitismo será un rasgo definitivo y definitorio de la obra larbaudiana.
El otro elemento es la religión católica, que atrae poderosamentc a este hijo
de severos protestantes y que muy pronto abrazará cuando llegue a la mayor
edad. Estudiante modelo, sus estudios progresan y se amplían y como premio de
su esfuerzo en las vacaciones le esperan nuevos viajes. He aquí algunos de sus
itinerarios que luego serán los mismos, o casi, de Barnabooth: en 1898, a los
17 años: Burdeos, San Sebastián, Burgos, El Escorial, Madrid, Toledo, Córdoba,
Sevilla, Ronda, Algeciras, Gibraltar, Tanger, y de regreso por Granada,
Zaragoza y Barcelona. Al año siguiente, en compañía de su mentor Monsieur
Voldoir ‑que luego será el Jean Martin de Barnabooth‑ visita Lieja, Colonia,
Berlín, San Petersburgo, Cronstadt y Moscú. En 1900, luego de pugnar en su
tierra natal de Valbois un fracaso en el Liceo Louis le Grand, va a París a
presentar sus exámenes para el bachillerato, fracasa también y se consuela con
un viaje a Italia: Génova, Pisa, Roma, Nápoles, Florencia, Boloña, Rímini, San
Marino, Venecia, el Lido, Milán y Turín.
Tras
dolorosas crisis interiores, logra independizarse de su familia y consigue el
manejo autónomo de su fortuna. Hace varios viajes a Inglaterra en donde vive
largas temporadas. Comienza a hacerse conocer en las letras e inicia esa
incansable labor de traductor y descubridor de valores extranjeros desconocidos
o mal difundidos en Francia. En mengua de su propia obra de creador
originalísimo, se ocupará por años en traducir al francés la obra completa de
Samuel Butler, de hacer conocer a Ramón Gómez de la Serna, Gabriel Miró, Walt
Withman, José Asunción Silva, Mariano Azuela, Gerard Manley Hopkins, James
Joyce, Ricardo Güiraldes, Alfonso Reyes y muchos más. Dos tomos de su obra
están consagrados a revaluar o descubrir nuevos nombres, el título que comparten
es bastante larbaudiano: Ese vicio impune, la lectura, un tomo se
subtitula Dominio Francés y el otro Dominio Inglés. El material
de un Dominio Ibérico quedó desparramado en otros libros. Asombra hoy
día contemplar ese gigantesco trabajo, que le dejó tiempo todavía para seguir
viajando, leer sus clásicos latinos preferidos, reunir la colección más
completa que se conoce de soldaditos de plomo y ocuparse largamente de esos
países minúsculos de Europa que tanto le atraían: San Marino, Andorra,
Lichtenstein, Montenegro. En agosto de 1935, cae fulminado en el jardín de su
casa por una congestión cerebral que lo priva de la palabra y del movimiento.
Durante 22 años arrastrará una existencia casi vegetal, con pequeños intervalos
de alguna lucidez, hasta morir tranquilamente en 1957, en medio de una Europa,
de un mundo que se había esmerado en destruir torpemente todo lo que fuera para
Valéry Larbaud la única razón de existir: el culto sereno y agudo de la
belleza, el respeto a la persona como individuo y como misterio insondable, el
confort de los grandes expresos, un cordial humanismo paneuropeo y un perpetuo
homenaje sin medida hacia las mujeres hermosas o dignas de serlo.
He
querido pasar fugaz y sucintamente por esta vida llena de esencias y de riqueza
cordial, precisamente para dejar que sea R. O. Barnabooth quien nos diga, a
través de esa pudorosa tercera persona que son los personajes, cómo pensaba,
cómo vivía o hubiera querido vivir y cuáles fueran las pasiones confesadas y
secretas de Valéry Larbaud.
Hagamos
primero una breve incursión bibliográfica a fin de podernos escapar luego
tranquilamente por el mundo y los días del que llamara una picante muchacha de
su fantasía: «cet imbécile de Barnabousse».
Cuando
en 1908 hace Barnabooth su entrada en el mundo literario, Valéry Larbaud traía
consigo la efigie desde hacía muchos años. Una idea vaga del personaje parece
ser que nació en los tiempos de su infancia con la lectura del libro de Louis
Boussenard El Secreto del Señor Síntesis, cuyo personaje principal es un
hombre tan rico que puede de un día para otro comprar toda «la propiedad raíz
del globo». Valéry Larbaud leyó este libro cuando tenía nueve años y le llamó
la atención el poder ilimitado del personaje. Igual sensación de sorpresa iba a
tener a los quince años con la lectura de La historia romana de Victor
Duruy, al descubrir la vasta omnipotencia de los jóvenes emperadores de la
decadencia cuya extrema juventud disponía ya de un poder absoluto.
Por los
mismos años un asunto aparecido en los periódicos vino a contribuir a la
cristalización de sus reflexiones sobre el destino de ciertos seres al parecer
privilegiados. El hijo de un petrolero multimillonario, Max Lebaudy, por no
haber sido tratado a tiempo y dispensado del servicio militar, muere a los 23
años en el cuartel. El destino lamentable de este adolescente, víctima de su
inmensa fortuna ‑la opinión de entonces hubiera tachado de favoritismo y
corrupción cualquier esfuerzo por librarlo del servicio‑ impresionó vivamente a
Larbaud, quien inclusive pensó en dedicar un poema al asunto.
Un
viaje a Londres hecho por Larbaud en 1902, en compañía de un amigo que acababa
de heredar varios millones, viene a madurar por completo el personaje. Es
entonces cuando Barnabooth adquiere presencia definitiva en el espíritu de este
precoz turista de 18 años. El nombre del personaje resulta de combinar el de
una localidad cercana a Londres, Barnes, y la marca Booth que distingue un
consorcio farmacéutico ampliamente difundido en Inglaterra. Larbaud comenzó
entonces a escribir sus Charlas de sobremesa y anécdotas de A. O. Barnabooth,
texto del que casi nada permanecerá en las publicaciones posteriores y que
corresponde más bien a un primer bosquejo necesario para la elaboración de un
personaje definitivo. También en 1902 escribe un cuento que titula El Pobre
Camisero, especie de parodia modernizada de los cuentos morales del siglo
XVIII, en donde se fija ya la personalidad de Barnabooth. De 1902 a 1908, al
abrigo de su gira por Europa entera y de sus largas estadas en el extranjero,
Valéry Larbaud madura casi todos los materiales que le servirán para componer
la Biografía, el Diario y los Poemas de Barnabooth.
El 4 de
julio de 1907 aparece, en una edición privada de cien ejemplares, un volumen en
el que Larbaud reúne las que llama «obras francesas del Señor Barnabooth» y que
son El Pobre Camisero y los Poemas. A estos textos les precede
una Vida de Barnabooth atribuída a X. M. Tournier de Zamble. En este
libro no aparece nombre alguno de otro autor. La biografía utiliza los
borradores antiguos a los que aludimos antes y en ella Barnabooth aparece como
un «encantador joven de 24 años, de talla pequeña, vestido siempre con la mayor
sencillez, delgado, de cabellos tirando a rojos, ojos azules, piel blanca y que
no lleva ni barba ni bigote». Había nacido, dice Tournier de Zamble, en América
del Sur en 1883 y adquirido la ciudadanía norteamericana en el estado de Nueva
York. Larbaud mismo nació en 1881 y si la vida novelesca de Barnabooth no
presenta ninguna analogía con la suya, no puede decirse lo mismo del carácter
de este joven millonario igualmente apasionado por el arte, la literatura, los
viajes y las mujeres. Barnabooth, citado por Tournier de Zamble, declara:...
«Yo tengo todas las virtudes con excepción de la hipocresía»... «Soy un
patriota cosmopolita»... «Es lástima para un poeta francés como yo el no saber
francés. Bien sé que no soy el único, pero eso en nada me consuela...». Este
humor cercano al cinismo es un trasunto, amplificado, del espíritu irónico de
Larbaud. En cuanto a los poetas preferidos por Barnabooth son los mismos que
prefiere Valéry Larbaud: entre los extranjeros Walt Withman, José Asunción Silva,
James Withcombe, Riley, Hugo von Hoffmansthal, y entre los franceses Rimbaud,
Viéle‑Griffin, Henri de Regnier, Francis Jammes, Claudel y Maeterlinck.
Los
poemas de un rico amateur, como se titulan en esta primera edición, son en
número de cincuenta y están divididos en dos partes: los Borborigmos y Ievropa.
Representan el resultado de las búsquedas de Larbaud hacia su intento de dar a
conocer una obra que no sea una verdadera confidencia y que le permita crear un
tipo de poeta exterior a sí mismo, por intermedio del cual expresará sus
estados de alma permanentes, algunas de sus reacciones de viajero mezcladas con
sentimientos e impresiones de su invención. El hombre de letras cosmopolita que
escribe en francés, utiliza una manera prosódica harto libre y no teme
mostrarse como discípulo entusiasta de Withman y de Wordsworth, así como de
Rimbaud, de Corbière, de Laforgue y también de Ronsard.
La
crítica recibe el libro con entusiasmo. Gide anota en su diario «Divertidos
estos poemas de Valéry Larbaud. Leyéndolos he comprendido que en mis Alimentos
terrestres hubiera debido ser más cínico». Hablando de Valéry Larbaud,
Philippe decía a Ruyters: «Siempre es un placer leer a alguien junto al cual
Gide parece pobre». En la Nouvelle Revue Française Gide hace el elogio
del libro y critica la biografía por encontrarla un poco larga y sin embargo
insuficiente.
Esta
biografía desaparecerá en la siguiente edición y será reemplazada por un Diario
que Valéry Larbaud compone entre 1908 y 1913. Es ese año cuando aparece la
nueva edición y esta vez la definitiva bajo el signo de la NRF y con título de A.
O. Barnabooth. Sus obras completas, o sea un cuento, sus poemas y su Diario
íntimo. Para seguir fiel con la ficción nacida en el libro anterior, Valéry
Larbaud se hace aparecer en éste como ejecutor testamentario de Barnabooth.
Convención inútil por lo demás.
Barnabooth surge en este diario más humano,
menos obviamente excéntrico. Sus poesías han sido sometidas a una poda
rigurosa. Quedan reducidas a quince y muchas de ellas aparecen generosamente
recortadas.
Hasta
aquí la que pudiéramos llamar ubicación bibliográfica del personaje.
Ahora,
para transitar por su vida y por los meandros complicados y a veces oscuros de
su carácter, ningún guía más indicado que su propia obra. En ella hay un poema,
a mi modo de ver el más eficaz en cuanto a la manifestación de sus principales
claves. Se titula Europa ‑en la primera edición el título había sido eslavizado
como Ievropa‑ y tras una graciosa dedicatoria a su biógrafo Xavier Maxence
Tournier de Zamble, Barnabooth describe cómo desde el trasatlántico que se
aproxima al continente descubre el primer faro, girando como un demente;
Gira su cabeza flamígera en la noche,
derviche gigante, y en su vértigo de luz
ilumina los caminos del campo, los setos de flores, la cabaña,
el retardado ciclista, el coche del médico por las landas, y los abismos desiertos que cruza el
paquebote.
He visto el fuego girante y he callado.
Mañana al desayuno las gentes del salón,
subiendo al puente exclamarán con entusiasmo «Tierra»
y se extasiarán tras sus binóculos.
Europa ¡entonces, eres tú! Yo te sorprendo en
la noche, vuelvo a encontraros en vuestros lechos perfumados.
¡Oh mis amores!
He visto la primera y la más avanzada de todas
tus luces.
Allá, en esa breve esquina de la tierra
roída toda por el océano que abraza islas
inmensas, en los millares de repliegues de sus abismos incógnitos, allá están las naciones civilizadas, con sus enormes capitales, brillando en la
noche hasta teñir el cielo de un color rosa, aún sobre los jardines en sombra.
Los suburbios se prolongan hacia las ralas
praderas, los faroles alumbran las rutas que parten de la ciudad;
los trenes iluminados se deslizan sobre sus
rieles;
los vagones restaurantes están llenos de gente
a la mesa;
los coches esperan en oscuras hileras
la salida de los teatros, cuyas blancas
fachadas se yerguen bajo la luz eléctrica, que silba en la lechosa
incandescencia de los bombillos.
Las ciudades manchan la noche como
constelaciones.
Las hay en la crma de las montañas, en el nacimiento de los ríos, en medio de las
llanuras, y en las aguas mismas en donde reflejan sus fuegos rojos...
«Mañana todos los almacenes estarán abiertos,
alma mía!»
Europa ¡tú satisfaces esos ilimitados
apetitos del saber, y los apetitos de la carne, y los del vientre y los
apetitos indecibles y más que imperiales de los poetas, y todo el orgullo del
infierno, (me he preguntado a menudo si
no serías tú uno de los escalones, un
Cantón adyacente al inferno).
¡Oh musa mía! hija de las grandes capitales,
tú reconoces tus ritmos
en el ronroneo incesante de las calles
interminables.
Ven, quitémonos nuestros trajes de noche y
vistamos, yo este usado abrigo y tú un traje de lana, y mezclémonos con el
pueblo que ignoramos.
¡Vamos a los bailes de los estudiantes y las
modistillas!
¡Vamos a encanallarnos al Café‑concert!
Esta nostálgica evocación de Europa
y de los lugares que alberga amorosa la memoria del rico «amateur», junto con
otras que veremos más adelante, nos revelan algunos de los más secretos
resortes de Barnabooth. Se trata evidentemente de un americano, un americano
que lleva en sí todas las sangres y la carga de todos los paisajes del nuevo
continente: su padre era oriundo de Oswego, en un estado de la Unión Americana,
su madre una bailarina australiana con la que casó en Chile el viejo Tycoon.
Barnabooth nació en Campamento, cerca de Arequipa, en donde tenía su padre
inmensos depósitos de minerales. De joven recibió esa educación tan
característicamente americana en la que las humanidades, enseñadas por
preceptores traídos de Europa, se combinan con la vida dura de la cordillera,
el llano o la pampa y la fraternidad democrática con los peones y caporales.
Europa será siempre para estos ricos herederos de América, que traen los
sentidos despiertos y aguzados hasta el dolor, un denso y apacible recinto
cargado de luces, de confort en donde la belleza se acumula metro a metro, a
diferencia de las vastas extensiones americanas vacías, solitarias y, a la
larga, tóxicas en su poder de disolver en el agua gris de sus grandes cielos
los más sólidos puntales de la persona. Todo en Europa está a la mano, desde
una catedral gótica hasta una finísima encuadernación en piel, desde un ávido
lector de Teócrito, hasta la «poule de luxe» que conoce a fondo los
impresionistas y los mejores vinos. Esta Europa que a la gran masa de sus
habitantes le es algo natural, vedado a menudo en sus más refinados placeres,
es gozada en toda su intensa y capitosa esencia por estos americanos del sur y
del norte que la invaden a fines de siglo. Entiéndase, de paso, que no hay
referencia posible en todo esto a los días actuales, hablamos de un pasado hace
tiempo enterrado, de un pasado que sepultó sus últimos testigos en el barro del
Marne y entregó sus entrañas a la metralla de Verdún. No hay paralelo posible,
ni comparación que valga con los días que siguieron.
Decíamos que Barnabooth ve a Europa como un
extranjero que la ha hecho suya (»vuelvo a encontraros en vuestros lechos
perfumados. ¡Oh, mis amores!») hasta conocerla como no pueden hacerlo ya sus
cansados habitantes confundidos entre un lumpen‑proletariat que crece y muere
de hambre y una burguesía desaforada que no encuentra salida ni razón a su
existencia. Hay en Barnabooth otro rasgo enteramente americano; definitivamente
criollo, su debilidad por los objetos de lujo, su sensibilidad desaforada por
lo muelle, por lo probado por los siglos, por la luz tamizada ya sea de Londres
o Florencia, un aferrarse a las cosas como tablas de salvación de la memoria,
como faros que luchan contra la oscura invasión de la tumba. Las cosas se
convierten en testigos permanentes de un pasar de los demás, que saben guardar
un cierto aroma peculiar, un determinado juego de luces y, que los hace
memorables. Pero este que pudiéramos llamar fetichismo estético, no tiene
límites y cuando se tiene el poder ilimitado de un Barnabooth que todo puede
comprar y hacer suyo, que tiene su vagón de lujo uncido a los grandes expresos
europeos, se llega entonces a encontrar en las cosas que nos sirven, esas
secretas voces que los europeos de otros tiempos escucharon en la armonía de la
piedra, en el ritmo mesurado y desvaído de un paisaje o en la palabra escondida
con sabiduría milenaria; es por eso que Barnabooth puede escribir esta Oda a
los trenes de lujo:
Préstame tu fuerte ruido tu viva
marcha tan suave, tu deslizamiento
nocturno a través de Europa iluminada, ¡oh tren de lujo! y la angustiosa música
que zumba a lo largo de tus pasillos de cuero dorado, mientras detrás de las
puertas laqueadas, con picaportes de macizo cobre, duermen los millonarios.
Recorro canturreando tus pasillos
y sigo tu carrera hacia Viena y Budapest, mezclando mi voz a tus cien mil voces, ¡oh Harmonika‑zug!
Por primera vez sentí toda la dulzura de
vivir en una cabina del Nord‑Express, entre Wirballen y Pskow.
Nos deslizábamos a través de praderas donde
pastores al pie de grupos de grandes árboles, semejantes a colinas, estaban vestidos con pieles de corderos
saladas y sin curtir...
(Las ocho de la mariana en otoño, y en la
cabaña de al lado cantaba la hermosa cantante de ojos violeta).
Y vosotros, anchos ventanales, a través de los
cuales vi pasar Siberia y los montes del Samnium, Castilla áspera y sin flores
y el mar de Mármara bajo una lluvia
tibia, prestadme, oh Oriente Express, Sud‑Brenner‑Bahn,
prestadme
vuestros maravillosos ruidos en sordina y
vuestras vibrantes voces de prima de violín;
prestadme la respiración ligera y fácil
de las locomotoras altas y esbeltas, con
movimientos tan fáciles, las locomotoras de los rápidos, que preceden sin
esfuerzo a cuatro coches amarillos, con letras de oro, en las soledades
montañosas de Serbia
y, más lejos, a través de Bulgaria llena de
rosas.
¡Ah! es necesario que esos ruidos y ese
movimiento entren en mis poemas y digan
para mí mi vida indecible, mi vida
de niño que no quiere saber nada, sino esperar eternamente cosas vagas.
Barnabooth lleva a Europa, además, otra noción absoluta y por entero nueva
para los europeos: su conducta democrática, semejante en mucho a la de los
antiguos griegos, esa noción withmaniana de fraternidad que le permite alternar
con la más exclusiva nobleza serbia o prusiana con una naturalidad y un señorío
que esta clase va perdiendo, a tiempo que comparte sus placeres con el pueblo y
aprende a vivir en su entraña con la misma espontánea sencillez. Un día ‑y esta
anécdota pertenece al primer borrador de Barnabooth‑ un actor en desgracia
acude a él, diciéndole: «Yo soy un artista». «Y yo ‑contesta Barnabooth‑ yo soy
un burgués», y ordena que le pongan en la puerta. Otro día le pregunta a la
sobrina del administrador y curador de sus bienes, una bella rubia de 16 años:
«¿Eres honesta?» ‑ «¡Señor, por favor!», contesta la muchacha.‑ «Hacemos
Hamlet, ¿no lo ves pequeña?», responde el millonario riendo y agrega: «No
quiero las mujeres honestas, sólo los hijos de... valen algo». Es por eso que
no hay snobismo cuando Barnabooth frecuenta príncipes, ya que para él sólo
interesan como seres, desde luego, dueños de un poder y de una educación que le
atraen por su propia virtud y no porque estén unidas al prestigio de un nombre.
De la misma manera cuando trata burgueses o gentes humildes va con ellos al
grano, sin afectada sencillez y sin condescendencia. Pero no debe confundirse
jamás este aspecto democrático en la relación personal con el que cunde y se
desprestigia hoy miserablemente en la política. Barnabooth es democrático cada
vez que entra en contacto con otro ser. Cuando se trata de la multitud, de la
opinión pública, del bienestar de la mayoría, Barnabooth, un buen americano,
nacido cerca del Ecuador, evita de inmediato a la bestia de mil cabezas, la
teme y la desprecia y se convierte en el más aislado y aristocrático de los
solitarios.
Otro
aspecto enteramente americano de Barnabooth es su desmesurado sentido del
espacio, su conocimiento, dominio y provecho de las grandes extensiones.
Recorrer en su vagón de lujo unido al Orient‑Express el camino de Estambul
hasta Estocolmo, viajar en su yate desde Valparaíso hasta Cádiz o desde
Koebenhavn hasta Bangkok, no es para él el periplo desmesurado y novelesco que
sería para cualquier europeo, sino un viaje más para calmar sus nervios, olvidar
una irascible amante toscana o devolver la visita de un amigo. No olvidemos que
el gaucho que viaja desde el interior de la Pampa hasta Buenos Aires, o el
sembrador de Matto Grosso que va hasta Río, o el llanero que viaja hasta
Caracas o Bogotá, o el bussinesman que va de San Francisco a Chicago,
recorren un espacio en el que caben tres o cuatro países de Europa. En otro
fragmento de su poema «Europa» el millonario peruano rumía sus itinerarios:
En Colombia o en Nagasaki yo leo los
Baedekers
de España y Portugal o del Imperio Austro‑Húngaro
Y más adelante:
Y vosotros puertos de Istria y de
Croacia
costas dálmatas en verde, gris y blanco
puro...
Sólo los grandes espacios pueden
apaciguar algo la sangre contradictoria y las noches de insomnio de este
«buscador de lo absoluto», que urga en Europa como quien busca de prisa, en un
cofre que guarda los antifaces de una fiesta olvidada, aquel que va a cubrirle
esa parte del rostro por donde se le están revelando los lentos desgarramientos
interiores que nunca le permitirán paz ni sosiego.
Y es
que hasta aquí hemos evocado únicamente algunos atributos exteriores, los más
evidentes y los que forman la armadura circunstancial del personaje y a los que
él mismo alude cuando se ofrece como esposo a la muchacha inglesa que bailaba
en el Savonarola y llevaba una vida algo más que escandalosa: «Mi nombre es
Archibaldo Orson Barnabooth, de Campamento; tengo veintitrés años y una renta
anual de cerca de diez millones ochocientas setenta mil libras esterlinas. Mi
familia, originaria de Suecia, se estableció a principios del siglo XVIII a
orillas del Hudson. Mi padre, aún joven, emigró a California, luego a Cuba y
finalmente a Sur América en donde hizo fortuna. Soy huérfano, sin hermano ni
hermana, absolutamente libre de vivir donde y como quiera. Gozo, por lo tanto,
de amplios medios de vida, de una absoluta independencia y pertenezco a una
familia honorable...» Sobre tan escuetos datos Larbaud ofrece la historia de un
hombre. Hubiera sido un pasatiempo literario muy ingenuo para tan avisado
conocedor como él dejar a la fantasía tejer sobre las posibilidades de la
inmensa fortuna de Barnabooth y el cruce pintoresco dc sangres y paisajes que
chocaba en sus venas. La otra cara, el hondo pozo sin esperanza por el que se
precipitan los días del hombre, se nos revela desde las primeras páginas del
diario del rico «amateur». Ha llegado a Florencia desde Berlín. «Estoy hace
cuatro horas ‑anota en la primera página‑ en esta curiosa ciudad americana,
construida en el estilo del Renacimiento Italiano y en donde hay demasiados
alemanes». Barnabooth acaba de vender todas sus propiedades, incluído su yate,
sus automóviles, sus villas. A los 23 años desea ya ser eso que con tanta
intención llama «un hombre libre» y su inmensa fortuna es el primer obstáculo
que se le presenta para lograrlo. En Inglaterra ha vendido sus caballerizas y
lo esperan en vano, en las verdes praderas de Warwick sus compañeros de polo,
los Santa Pau, Pablo Barnero, Ladislao Sáenz, José María O'Rourke, los Peña‑Tarrat.
Barnabooth ha roto con su pasado de suramericano multimillonario y mundano y
está tratando de cumplir con la experiencia de ser un hombre desasido del
asfixiante tejido de compromisos en que lo tuviera preso su clase, su
civilización y su juventud. Y a medida que avanza el diario vamos asistiendo a
este encuentro del joven peruano con su propia y temprana madurez. Poco a poco
nos vamos dando cuenta de que Barnabooth «ya sabe». Ya sabe que las grandes
pasiones desembocan y se esfuman en ese usado y variable instrumento que es el
hombre; ya sabe que detrás de toda empresa al parecer perdurable, de toda obra
nacida del hombre, está el tiempo que trabaja tenaz para llevarlo todo al único
verdadero paraíso posible: el olvido; sabe que nunca podrá comunicarse con otro
ser, ni esperar de persona alguna esa compañía que tanto anhela, porque cada
uno lleva consigo su propia, incompartible y turbulenta carga de sueños.
Barnabooth ya sabe todo esto y cuando accede al diálogo lo sostiene a sabiendas
de que es un juego con cartas marcadas, en el que cada uno juega su propio
juego sin querer ni poder parar mientes en el de su contrario.
Entonces el Diario es simplemente el
testimonio de cómo, a medida que ese conocimiento de Barnabooth va haciéndose
más sólido y va penetrando zonas más profundas de su conciencia, en igual
medida va él desligándose del placer superficial y exquisito de gozar esa
Europa que se precipita hacia Sarajevo con sus complicados juegos mundanos y
sus grandes expresos de lujo. Oigámoslo increpar al Viejo Continente:
«Yo soy
un colonial. Europa nada quiere conmigo, nunca seré en ella otra cosa que un
turista. Tal es el secreto de mis iras. Porque todavía hay en Europa países en
donde la riqueza, que es una fuerza respetable, es respetada, y en donde los
empleados de las tiendas en plan de estetas y de ruskinismo, no se befan aún de
los ricos. Tenemos nuestra antigua casa, con su humilde fachada blanca dividida
en cuadros por las viejas vigas oscuras: Inglaterra. Y existe la santa España
de grandes iglesias doradas. Y a ellas venimos, nosotros los coloniales, como
si el descubrimiento hubiera ocurrido hace unos días. Venimos plenos de
recuerdos de las guerras indígenas, de la llegada de los Padres Peregrinos, del
desembarco de Villegagnon en la bahía de Río y de los 'Old Thirteen'. Todo esto
ayer.
»¡Ah!,
sentarse a la mesa de la gran civilización; ver al Papa, a los Reyes, a los
Obispos asistir a la ceremonia de Creación de nuevos caballeros, a las misas
pontificias, a la entrada del Lord Alcalde de Londres!, y tocar las Columnas
del Partenón, las ruinas romanas de Nimes y de Pola, los pilares de las
catedrales góticas, los tréboles emplomados de los vitrales de las casas
Tudor!.»
Después
del episodio con Florrie Bailey, la bailarina de café‑concert a quien se ofrece
en matrimonio y ante el asombro de ser rechazado por la vigorosa razón y buen
sentido de la joven prostituta, averigua que ella forma parte del grupo de
espías que vigilan cada paso suyo por instrucciones de su curador Cartuyvels.
Barnabooth deambula por las calles de Florencia noches y días, sin regresar a
su hotel, hasta que topa de manos a boca con su automóvil de lujo que vendiera
hace un año a su amigo el marqués de Poutuarey. Sube al coche y cuando va a
arrancar, el marqués sale de una casa galante y estrecha en sus brazos al amigo
que se desmaya de hambre y cansancio en los mullidos cojines de la Vorace. Al
día siguiente parten hacia San Marino. El retrato que hace Barnabooth de
Poutuarey indica ya cómo ha aprendido a juzgar a los hombres sin rencor, pero
sin esperanza. Ante la expresión de amistad cordial que le depara el marqués en
un momento del diálogo, Barnabooth anota:
«Poutuarey piensa que es halagador poder
tratar de 'mi querido amigo' al hombre más rico del mundo. Me gusta esta
vanidad humilde de las gentes que se muestran orgullosas de sus relaciones, de
su dinero, de sus títulos nobiliarios, de su saber, de sus talentos. Lo
encuentro conmovedor, yo que sufro por haber alcanzado el centro de la
indiferencia y ver que las gentes gustan dejarse engañar por las apariencias de
la vida. ¿Hay, pues, hombres lo suficientemente ingenuos como para, siendo
nobles, despreciar a quienes no lo son? ¿Siendo sabios, creerse superiores a
los ignorantes? ¿Siendo ricos, creerse por encima de los pobres? ¡Quién
tuviera, ¡ay!, la frescura de alma de estos inocentes! Ser el abarrotero que
detesta de todo corazón al abarrotero de enfrente, o el rico negociante
retirado que se muere de ganas por ser recibido en casa de su vecino el
hidalgo, o el hombre de letras que se cree importante porque hablan de sus
libros. Pero, por otra parte, ¿no es también conmovedora la gran vanidad del
orgullo que me invade al sentirme superior a todas esas pequeñas vanidades?»
Estas o iguales reflexiones se irán sucediendo, cada vez más a menudo, en el
diario del rico amateur. Su viaje con el marqués a San Marino y a Venecia. Su
visita luego a Moscú, Sergievo y San Petersburgo. Su paso por Copenhague y su
estancia en Londres, son un lujoso peregrinaje por gentes, ciudades y paisajes
que fueron todo para él y de los cuales se va despidiendo para siempre, con
anticipada nostalgia de quien no volverá a verlos nunca. En Londres, Barnabooth
se casa con una paisana suya, Conchita Yarza. Ella y su hermana habían sido
educadas en los mejores colegios de Inglaterra, por un capricho y un romántico
impulso del joven multimillonario, que había recogido las dos huérfanas y se
hiciera cargo de ellas, con el secreto designio, confiesa, de casarse con una
de las dos. Y llegamos a las últimas páginas de su Diario, que nos muestran en
toda su evidencia los secretos resortes de Barnabooth. Dicen así:
«Londres 8 de Enero. ‑ Me doy cuenta de que
cometo un error al condenar en bloque todo mi pasado. Aun en los años peor
empleados, encuentro algunas acciones de las cuales aún puedo felicitarme. Por
ejemplo: cuando, habiendo recogido a las señoritas Yarza, me propuse que fueran
instruidas y educadas con todo cuidado, ya entonces pensaba que una de ellas
pudiera ser para mí una agradable compañía.
«Es
más, había contemplado la posibilidad de mi matrimonio con Concha. Pero ora lo
consideraba como una derrota, ora como una solución extrema. Yo era el típico
hombre que se resigna a casarse con su amante. El mundo no iba a examinar si
Concepción Yarza era o no mi amante. 'Se casó con una de esas muchachas a
quienes sostenía', escuchaba ya decir a uno de mis conocidos, con ese tono
artificial de ciertos grupos. Era precisamente una de esas cosas que no debían
haberme sucedido. Mi matrimonio, por el contrario, debía ser un golpe maestro
que superase todo lo que las gentes de mi mundo pudieran prever. Me colocaría
definitivamente en la gran aristocracia europea. Yo soñaba con la corona de
Lady Barnabooth de Briarlea. En otras ocasiones mi matrimonio con Concepción
Yarza adquiría un valor simbólico. La antigua idea pueril, la necesidad de
`reparación social', entraba en juego. Qué desafio lanzado a mi mundo, ¿cómo
explicar mejor a todas las jóvenes de la aristocracia de sangre y de dinero, el
caso que yo hacía de ellas?
«Cuán
tímido era entonces, cuán preocupado por la opinión, aun en mi propia rebelión
contra ella. El gran signo, por el cual conozco que me he despojado de la
antigua tontería, es que cuido ‑al fin‑ de gustarme primero a mí mismo.
Presiento que voy a ser feliz; ¿debo confesar que aún vacilo en serlo?
«No
continuaré con mi Diario, lo escrito hasta aquí estará mañana en la noche en
París, en donde será publicado, poco me importa cómo y cuándo, con una nueva
edición de mis Borborygmos. Es el último capricho que me pago. Mis amigos de
Chelsea, me habían pedido, a manera de recuerdo, esas que llaman, sin reír, mis
obras completas. Pues bien, las van a tener; desde Francia les enviarán el
volumen. Pero lo que ellos piensen... eso me es igual. Publicando este libro me
desembarazo de él. El día en que aparezca será el mismo en que dejaré de ser
autor. No reniego de él por entero: él termina y yo comienzo. No me busquéis en
él; yo estoy en otra parte, estoy en Campamento, América del Sur.
«Acabo
de levantar la cortina y de mirar a la noche. He visto el square que duerme,
entre las rejas, sin movimiento ni color entre la bruma. He aquí las casas
respetables que no abandonan jamás su dignidad, ni aun en su sueño. Y detrás de
ellas la falsa jerarquía del Viejo Mundo, sus pequeños placeres sin variedad y
sin peligro, cuántas emboscadas miserables me ha tendido, las brillantes
carreras que ha propuesto a mi actividad: negocios, políticas, literatura... Me
imagino si continuará escribiendo poesía en versos libres franceses, publicando
de tiempo en tiempo una colección de pastiches del género de la Oda a Tournier
de Zamble: Ievropa, o diluyendo mis impresiones de Italia. Gracias a Dios ya no
estoy enfermo y nadie me obliga a guardar cama. Otros poemas no aparecerán
jamás. «Pequeña feria de vanidades,
dulzuras de Europa, muy pronto tomaríais todo de mí, todo excepto lo que
ofrezco con tanto amor: la sabiduría adquirida tan penosamente y mi espíritu de
aplicación y obediencia. Qué bella calma en las pálidas fachadas con las
cortinas corridas. Pero bien pronto habrán de despertar a su fea existencia:
servidumbre y patrones. Y su respetabilidad considerará, con aire de altiva
desaprobación, el desorden de mi partida. ¡Ah! cómo comprendo ese reproche: Viejo
Mundo, nos separamos enojados. Y me siento tan ajeno a todo lo que aquí se
hace, que bien pudiera quedarme si no hicieran tanta falta a mis ojos los Andes
y las pampas. Viejo Mundo, ¡olvídame como yo te olvido!, comienzo a perder el
hábito de pensar en francés. Mi lengua natal, poco a poco, al hablarla todos
los días en familia, torna a ser mi lenguaje interior. Una a una se reaclimatan
en mi espíritu esas palabras castellanas que me traen tantos recuerdos, los más
oscuros y los más queridos, de los confines mismos de mi vida. Olvídame,
Europa; arrastra mi nombre y mi recuerdo por el lodo. Ahí tienes tus monedas,
recógelas, ¿quieres mi espolio, quieres mi honor? Me despojo como si fuese a
morir y me voy, desnudo y contento...
«Cuatro de la mañana. Esperaré el alba. He encendido todas las luces de
la casa y el papagayo al que la claridad ha despertado y que se agita en su
jaula en la cumbre de una pila de valijas no cesa de hablar: `Loro... lorito.
Lorito real'...»
El
Diario termina con un poema titulado Epílogo, que cierra para siempre la vida
europea de hombre libre y las obras del rico amateur, dice así:
EPILOGO
Con el blanco barniz de los
estrechos pasillos, los techos bajos, el
dorado de los salones, el piso que vibra
en un secreto temblor y la oscilación
del agua en las garrafas, comienza ya,
aquí, antes de la partida y del oleaje,
la nueva vida.
Me acordaré de la vida europea:
del pasado que sonríe recostado en los
tejados, las campanas, el camposanto,
las voces tranquilas, la bruma y los
tranvías, los bellos jardines
y las lisas y azules aguas del Sur;
recordaré los veranos, las tormentas, el cielo malva con pozos de sol y el viento
tibio, escoltado de insectos, que pasa
violando la tierna desnudez de las
hojas, y al atravesar todos los setos y
todos los bosques, canta y silba y en
los parques reales, consternados,
retumba, mientras que sobre la
floresta, el árbol vampiro, el cedro,
alzando sus negras alas, ladra.
Recordaré ese sitio en donde el invierno
se refugia en los meses de estío:
esa morada de hielo y rocas negras y negros
cielos, donde en medio del puro
silencio se encuentran Germania y Roma.
Ya sé que en breve
volveré a ver ese otro lugar de aguas
nuevas donde el Mersey, limpio al fin de
ciudades, inmenso, lentamente ola por
ola, se vacía en el cielo y en
donde, primera y última voz de Europa,
en el umbral de los mares, sobre su cuna
de madera, en su jaula de hierro, una
campana desde hace cuarenta años habla sola.
Así mi vida, así el grave amor sellado, y la paciente plegaria, hasta el momento
en que la muerte, con su mano de huesos
ha de escribir...
FIN
Y así se despide Barnabooth de Europa y
de sus lectores y torna para siempre a la vasta y virgen extensión de su patria
andina. ¿Qué moraleja, si es que alguna hay, cabría deducir de esta historia?
Muchas, tal vez tantas como lectores recorran sus páginas, como es el caso de
todas las historias memorables. Permítaseme, entonces, enunciar la mía: Yo veo
en la vida y las obras de Barnabooth un agudo tratado sobre el exilio. No valen
al rico «amateur», ni la inmensidad de su fortuna, ni la agudeza de su ingenio,
ni los goces que ambos le proporcionan al combinarse infinitamente en las
sabias encrucijadas europeas. Siempre será Barnabooth un exiliado, siempre lo
hubiera sido, a no ser por el advenimiento de su madurez y con ella el
descubrimiento de una verdad esencial: sólo podemos ser nosotros, sólo tienen
nuestras palabras y las voces más secretas del alma una respuesta cabal y
apaciguadora, en la tierra y entre las gentes que tejieran con nosotros los
largos sueños de la infancia, allí donde al agua es el agua y en modo
particular a nosotros nos habla, allí donde las altas montañas enredan el
viento y lo precipitan en las grandes tormentas del trópico, allí donde una
mirada es un diálogo permanente y nunca truncado, sólo allí nos será dado vivir
sin la contradicción dolorosa de una sangre que reclama su suelo. Quien
pretenda, por otros caminos, buscar en lo ajeno a su ser una razón permanente
de vida, vivirá la secreta miseria del exilio. Barnabooth regresa a Campamento
con una dulce y anticipada nostalgia de Europas, de la Europa de los grandes
expresos, las altas catedrales y las ciudades iluminadas, pero sabe que esa
nostalgia le hará más grato el encuentro y rescate de su tierra, la cual quiso
olvidar y negar un día vanamente. Descubre que toda la fuente de su angustia
insatisfecha, paseada por los grandes Palace y los mullidos cojines de su yate
o de su vagón uncido a los expresos de lujo estaba en ser y permanecer un
extranjero, en ser, como dijera Perse:
«Gente de poco peso en la memoria de
estos lugares».
***
LOS TEXTOS DE ALVAR DE
MATTOS
PEQUEÑA HISTORIA DE UN GRAN NEGOCIO
Krishna Menon me habló del asunto,
sin darle importancia, en el bar de los delegados de las Naciones Unidas. Meses
después, Jan Grobiezki me lo volvió a mencionar en el Quai des Orfèvres. Cuando
formé parte de la delegación de mi país a la toma de posesión del nuevo
presidente del Brasil, un agregado comercial colombiano, con quien había hecho
amistad en Ginebra, tocó el tema en un pasillo de Itamarati, como algo que
lesionaba seriamente los intereses de su país. El hecho de que tan diferentes
personas me hablaran en lugares tan distintos sobre la misma cosa, tenía su
explicación en el desempeño de mis Funciones como miembro de la Comisión
Internacional del Mercado del Oro y que lo que a todos preocupaba era el
contrabando de ese metal que venía en aumento desde el fin de la guerra y
suponía una poderosa organización con ramificaciones en el mundo entero. Al año
siguiente de tales conversaciones, viajé a Ginebra con el objeto de participar,
de acuerdo con la Interpol, en la elaboración de un plan destinado a reprimir
el contrabando mundial del oro. Este trabajo dio lugar a algunos episodios, más
dignos de una película de Alfred Hitchcock que de la tranquila rutina
diplomática en un ya vetusto palacio de la que fuera la Sociedad de las
Naciones.
El
primer paso afectó, precisamente, a mi buen amigo Jan Grobiezki con quien
comparto un sastre en Londres y una colección de ediciones originales numeradas
de Valéry Larbaud. Como buen polonés, Jan no ha tenido jamás noción alguna del
peligro y, de haberla tenido tampoco le hubiera hecho ningún caso. Grobiezki
desapareció de su apartamento de la Rue Monsieur le Prince sin dejar huella. De
su oficina llamaron para preguntar si había amanecido enfermo; al no contestar
el teléfono, su secretaria inquirió discretamcnte en los dos o tres bares en
donde Jan ahoga de vez en cuando sus rachas de eslavismo. Supo que no había
estado allí en la noche anterior. Funcionarios de la Embajada Americana y
miembros de la Interpol colaboraron con la gente del Quai des Orfèvres en la
búsqueda de mi amigo. Los resultados fueron nulos. No había dejado ningún
rastro. Nadie sabía nada. La portera no lo había visto y sus dos o tres amigas
del momento nada podían decir tampoco. La noticia llegó a Ginebra en la mañana
y esa misma tarde recibí una carta firmada por Grobiezki que me alarmó en
extremo. Decía así:
«Mi querido De Mattos
«He
resuelto tomar unas vacaciones. Viajo a Karachi con unos amigos. No me guardes
rencor si no te lo avisé a tiempo y dile lo mismo a nuestros amigos. Mis
compañeros de excursión quisieran que no trabajaras tanto en la Comisión del
Oro, dicen que a tu edad estos esfuerzos pueden costarte caro y merezcas unas
vacaciones como las mías. Ocúpate de Adela y paga mis deudas donde Brianski.
Abrazos
Jan»
Tres puntos de la carta me dieron las
pistas de por dónde iniciar la búsqueda: muy grave debía ser el aprieto de mi
amigo para que me instara a hablar con Adela de Manzi, a quien yo le presenté
cuando llegué al convencimiento de que las complicaciones de un alma eslava
convenían mejor a la muchacha que la abulia soleada de un escéptico portugués.
Jan jamás dejó nada a deber en el restaurance de Brianski, a donde iba en muy
contadas ocasiones por no confiar mucho en el presente patriotismo polonés del
dueño. Karachi no era la ciudad en donde estaba. La luz me vino cuando recordé
algo que Jan solía repetir con mucha frecuencia, al hablar de las letras
francesas: «Para llegar a gran poeta en Francia hay que haber sido cónsul en
Karachi o primer secretario en Río». La piedra iba contra Morand, Perse y
Claudel, que no eran santos de su especial devoción. Se me ocurrió pensar que
Jan indicaba a Río de Janeiro como el lugar de su paradero. Por cierta
intuición gratuita, tuve la certeza de que así era. Aclarado esto, me lancé,
cun dos agentes de la Interpol, a la búsqueda de Adela de Manzi. Llegamos a
París en las primeras horas de la mañana y fuimos directamente a la «Boule
Blanche» en donde Adela hacía su famoso número de strip‑tease con ayuda de
animales disecados tras de los cuales se escondía desnuda, comenzando por el
ciervo y terminando con la breve golondrina. El relato de Adela dio más luz al
misterio. Había ido donde Brianski con Jan. Cuando estaban cenando, el dueño se
acercó discretamente a la mesa y le dijo a aquél que unos señores querían
hablarle en uno de los reservados. Jan siguió a Brianski hacia el fondo del
restaurante. Adela esperó un buen rato y ya cansada salió de allí creyendo que
se trataba de uno de los muy poloneses arranques de humor de mi amigo.
Dos
días después, Brianski, bajo la presión de la policía confesó haber sido
cómplice en el rapto del economista Jan Grobiezki. Regresé a Ginebra y allí
completamos el rompecabezas. Jan regresó de Río de Janeiro en donde había sido
alojado en un lujoso apartamento sobre la Avenida do Ouvridor. Sus
secuestradores trataron de presionarle, sin violencia, pero usando todos los
argumentos posibles, para conseguir su colaboración y con ella, ciertos datos
respecto al control internacional del oro. Lo dejaron una mañana en el hall del
Hotel Quintandinha y desde allí Jan me telefoneó anunciándome su libertad y su
urgencia de hablar conmigo. Días antes, un hecho insólito sucedido en Estocolmo
nos permitió conocer con todo detalle la intrincada urdimbre de uno de los más
bizarros negocios de esta era atómica ya de suyo harto complicada.
Al
trasladar de un lado a otro de las bodegas de los muelles de Estocolmo un
vistoso convertible marca Dodge, procedente de la India y que nadie había
reclamado, se notó que el lugar del chasis en donde se habían asegurado las
cadenas de la grúa, brillaba en forma extraña. Al averiguar el origen de tal
brillo se encontró con que la totalidad del chasis era de oro de 18 kilates. Se
examinaron los papeles de aduana y los sellos de ensamblaje del vehículo y se
encontró que éste había sido vendido en el Brasil. Del informe rendido por
Grobiezki y de lo investigado acerca del Dodge resultó lo siguiente:
El
sindicato mundial de contrabandistas de oro monopolizaba el tráfico ilegal del
mismo y daba a sus afiliados cotizaciones que les permitían conocer, cada día,
los países a donde y desde donde era productivo el contrabando del precioso
metal. Los cambios de precio son a veces tan intempestivos que, como en el caso
del coche en Estocolmo, había que dejar a medio camino una operación hasta que
las circunstancias tornaran a ser favorables. Las personas que no estaban
afiliadas al sindicato y que se arriesgaban a actuar por su cuenta, eran
entregadas a los policías locales por los miembros del sindicato que vigilaban
cada movimiento del mercado.
Pero
las ambiciones del sindicato iban más lejos. El día en que pudieron controlar
ciertas variaciones del precio del oro determinadas por la comisión y por los
gobiernos en ella representados, el radio de acción y el poder del sindicato
serían incalculables. Grobiezki era el punto clave para alcanzar este
propósito. Fallaron por desconocimiento del sentido del honor que tienen los
hijos del legendario y pío monarca Juan Casimiro y por ignorar también que los
sueños de Barnabooth ‑el personaje de Valéry Larbaud tan caro a mi amigo y que
era dueño de «toda la propiedad raíz del mundo»‑ no eran ya los del juicioso
profesor de economía que detesta los sacos de tres botones, las corbatas a
rayas y las mujeres con talento. Era de oír al nervioso Grobiezki cuando
relataba en su cuarto de hotel en Ginebra, el desfile de increíbles proposiciones
que le hicieran sus raptores a fin de convencerlo de que colaborara con ellos
desde su cargo en altos organismos económicos internacionales. «Me ofrecieron ‑decía‑
una suma colocada en efectivo en distintos bancos, a nombre de quien yo
quisiera y que tenía siete ceros. Les expliqué que cierta modestia de medios
era para mí la clave de la felicidad. Me amenazaron luego con asesinar a Adela
de Manzi. En los ojos me debieron ver que con ello me solucionaban un problema.
Me comunicaron que podía yacer en un saco en el fondo de la bahía de Río de
Janeiro y mi curiosidad por conocer las profundidades marinas y descender a
ellas, dando tumbos como informa Rimbaud en su Bateau ivre, los
decepcionó notablemente. Me mostraron fotostáticas de mi firma al pie de una
carta en donde yo ofrecía mis servicios al sindicato y amenazaron con enviarla
a mis jefes. Yo les indiqué la inconveniencia de dar publicidad a un documento
en donde se protocolizaba la existencia de una organización de tal índole.
Dejaron de llevarme comida un día y me amenazaron con debilitarme hasta
obligarme a acceder a su voluntad y les expliqué que precisamente mi problema
era perder unos kilos de más y que me caía muy bien la dieta. Ya sabes que una
de las reglas del sindicato es jamás llegar hasta el homicidio ni complicarse
en ningún asunto jurídico distinto del contrabando del oro. Ellos no sabían que
yo conocía ese rígido principio de la banda y allí estaba mi fuerza. Cuando la
Interpol se movió en Río para buscarme y el chasis del Dodge optó por brillar
en Estocolmo, me dejaron en el Quintandinha tranquilamente».
Nunca
he sabido hasta dónde tuvo miedo este polonés sorprendente y siempre burlón. A
veces sospecho que se dejó raptar con demasiada facilidad sólo para saborear la
aventura. Así fue como en París dos miembros del sindicato lo llevaron a un C‑54
de matrícula venezolana y en el camino al aeropuerto se ingenió la manera de
escribirme la carta en donde estaban todas las claves. La escribió en el
sanitario de una estación de gasolina y la puso al correo en una farmacia a
donde entró con el pretexto de comprar un remedio para el mareo. Uno de sus
raptores era americano y el otro evidentemente napolitano aunque trataba de
hablar el francés con acento del mediodía. Le hubiera sido muy fácil engañarlos
y escabullirse, pero prefirió seguirles el juego esperando así llegar a conocer
a fondo la organización sobre cuyas huellas estábamos. Sus previsiones se
cumplieron y el sindicato se desarticuló repentinamente. El colmo de la ironía
fue descubrir que su sede estaba en la misma Ginebra, en donde todos los años
nos reuníamos por el otoño para deliberar sobre el mercado mundial del oro.
No se
necesita ser un lector muy avisado para notar en este relato cierras lagunas y
datos obviamente truncados para despistar. Sería mucho pedirme que, a más de
narrar algunas anécdotas sabrosas de mi vida diplomática, traicione el secreto
profesional, en favor del morboso afán del público de enterarse de lo que, en
el fondo y si bien lo vemos, bien poco le incumbe. Por ejemplo, este relato
debería terminar como todos los de su género y de acuerdo con el código Hayes,
con el castigo de los culpables y el premio para los inocentes. Siento mucho
desilusionar a mis lectores diciéndoles que el contrabando del oro sigue
operando en el mundo entero y que si ven a un apresurado viajero que cambia
inopinadamente de avión en Panamá y en lugar de seguir a Santiago, viaja a
Kingston, o si ayudan a cambiar de tren a una atractiva rubia con acento sueco
que descubre de repente que el tren a Madrid no le conviene y es mejor para
ella el tibio aire de Ankara, están asistiendo, muy probablemente, a un
episodio de rutina en el ingenioso tráfico mundial del oro. Pero mi consejo es
que se mantengan al margen y dejen pasar las cosas como si nada hubiera que
pudiera interesarles menos, a no ser que tengan el temple y el robusto sentido
del humor de mi amigo Jan Grobiezki que, desde luego, no se llama así, pero sí
se viste en Londres donde mi sastre y comparte conmigo la única colección
completa de las ediciones originales numeradas de Valéry Larbaud.
MEMORIA DE DRIEU LA ROCHELLE
PAUL VANDROME, EN SU LIBRO SOBRE
DRIEU DICE LO SIGUIENTE:
«Antes de morir, Drieu envió esta
carta a su discípulo Lucien Combelle: «Mi querido Combelle, usted fue un buen
amigo, mi último amigo. Espero que vivirá usted y que defenderá lo que hemos
amado: un socialismo orgulloso, viril. Por lo que a mí respecta no he tenido
más que un solo pie en la política, el otro estaba ya en otra parte. Deseo
permanecer fiel a la imagen que he trazado en la plenitud de mi edad. Lo
saludo, etc...» Lucien Combelle nos ha relatado que durante la última
conversación que sostuvo con Drieu, la víspera de su primera tentativa de
suicidio, éste le había pedido que, si sobrevivía a la depuración, se uniera a
Thorez».
Fue Zachary Anghelo quien me
presentó a Drieu la Rochelle en el verano de 1939. Anghelo trataba de salvar en
la moviola un film de Henri Decoin, Battement du coeur. Los productores
lo habían llamado de Hollywuod en un vano intento de recuperar sus inversiones
gracias a la sabia experiencia de mi amigo. Había aparecido en mi habitación
del Hôtel du Colisée con el aire agorado de quien desea olvidar una pesadilla.
«Vamos al Bar del Prince, me dijo, tengo una cita con Drieu que acaba de llegar
de Alemania y quiero que lo conozcas. Difícilmente podrás olvidarlo después».
Le seguí un poco a disgusto. Tengo que confesar que ni las novelas Drôle de
voyage y L'homme couvert de femmes, ni el libro de ensayos Notes
pour comprendre le siècle, que eran los únicos libros suyos que había
leído, lograron interesarme tanto como para intentar la peligrosa experiencia
del conocimiento personal de alguien que, como Drieu, tenía ya en su contra
buena parte de las letras francesas y había ganado la simpatía de quienes
comenzaban a caer en la maraña tejida por Otto Abetz. Sin embargo, la
preponderante situación de La Rochelle en la NRF, el respeto que le
testimoniaban gentes tan difíciles y avaras en elogios como Gide y Montherlant,
me impulsaban tras las inalcanzables zancadas de Anghelo quien, en su costumbre
de hablar a gritos, enteraba a los viandantes y ocasionalmente a mí, de sus
puntos de vista, harto personales por cierto, sobre el escritor. «Vas a conocer
al último francés lúcido que trata de sobrevivir en este burdel ‑yo estaba
acostumbrado a las exageraciones de mi amigo cineasta, pero ésta era ya algo
difícil de pasar, sobre todo por aquellos días. Drieu sabe que ya no hay nada
que hacer, que estamos acorralados todos, ellos y nosotros. Que la trampa es
tan vieja como el hombre y que lo que hay que organizar es esa muerte personal
y rilkeana a la que tanto te opones tú, portugués sentimental y diplomático
impenitente. Drieu es un clásico en su estilo y desde la época de Nerón y de
Calígula no habían dado los latinos un preceptor que viera tan lejos en el
destino del hombre y conociera tanto de prostitutas, de gramática y de
licores».
Entramos en la fresca penumbra del Bar Prince
deslumbrados por el sol del verano. Avanzamos torpemente por entre mesas y
criados silenciosos y me hallé de repente ante un rostro agudo, unos ojos
azules por los que se paseaba esa secular inocencia gala que ha engañado a
tantos pueblos, acogido por una voz tímida, insegura, inteligente, con altos y
bajos por los que se deslizaban astutamente un impecable acento con mucho de
Guermantes y ciertos lunares de sorbonnard. Ya acostumbrado a la media
luz, me di cuenta de que Drieu pertenecía, casi sin él mismo saberlo, a la
tradición de dandismo francés que desde los mignons de Enrique III,
pasando por Barbey a Baudelaire hasta Montesquieu y Charles Haas, se ha
diferenciado del inglés por la peligrosa intrusión cartesiana de la
inteligencia en el fresco y efímero mundo de la elegancia. Llevaba un traje
gris ligero, una camisa de un peligroso mostaza claro y una corbata azul oscura
de seda tejida. Todo se salvaba en un hilo y él, en buen dandy, no se daba
cuenta. Todo parecía escogido al azar, y tal vez lo fuera, y la combinación
pudo nacer en el desorden de unas maletas a medio abrir y la precipitación de
una cita eventualmente olvidada.
Hablamos al principio un poco de todo.
Portugal, el atardecer en Braga, la vida en Estambul, la vulgaridad de Berlín,
la enfermedad de Valéry Larbaud, los proyectos de la Reinfesthal de
coproducción con Francia, la enfermedad de Milhaud, las ramificaciones de la
American Legion con organizaciones nazis de los Estados Unidos, otra vez
Portugal y, de pronto, dos alusiones centraron la conversación en un tema que
hoy recuerdo como singularmente profético y doloroso: la frase del rey
portugués herido de muerte que dice a sus vasallos que se apresuran torpemente
alrededor de su lecho: «Morer, simmais devagar» y el suicidio de Mario de Sá‑Carneiro
en París en su alcoba del Hôtel de Nice. El torrente desarticulado en que
habíamos caído se ordenó, por obra de Drieu, en un lento canal de aguas
tranquilas. Habló del suicidio, su permanente obsesión. «He visitado muchas
veces esa habitación, nos dijo, no tiene naturalmente, nada de particular.
Nadie sabe allí que en ese cuarto se disparó un balazo un hombre de letras de
Portugal y de Europa. Varias veces he tomado ese cuarto por semanas y solo o
acompañado he pasado allí largas temporadas de descanso. Para quien como yo
sabe que ha escogido el camino más peligroso, buscando en la turbia aventura
nazi el último aliento para una Europa que se nos desmorona y comienza otra vez
a convertirse en una península más del Asia, estas curas de reposo traen una
gran salud».
«¿Pero
cree usted realmente que Alemania tenga alguna probabilidad esta vez de salirse
con la suya?» le pregunté yo, usando el viejo truco diplomático de plantear a
boca de jarro lo que nunca debe mencionarse.
«Alemania desde luego que no», me contestó La
Rochelle sin inmutarse, «si usted lo piensa un poco, Alemania no ha existido
jamás. La falta de sentido histórico de Francia, con la vista siempre hacia el
Atlántico en los últimos cien años, la estolidez de la política austríaca, la
astucia inglesa y el sentido demasiado elemental del equilibrio de la política
exterior rusa han sido las razones para que exista eso que se llama Alemania.
Hitler, un austríaco, le ha prestado a esa federación caótica, una mística,
espuria o no, pero una mística con la cual debemos estar todos los que creamos
aún en algo que se pueda llamar Europa. El nazismo es el primer paso, después
cada país, por su propio camino, hallará la salida contra una tenaza que se
cierne para borrarnos de la civilización o mejor para borrar `nuestra'
civilización: los Estados Unidos por un lado y Rusia por el otro».
Anghelo
objetó la sangrienta represión racista, los campos de concentración, la chata
ideología con tufo a cerveza de gentes como Himmler o Hess. Drieu repuso: «De
repente nos hemos vuelto todos de una delicadeza algo inesperada. ¿Es que los
políticos que pelotean el presupuesto hace cincuenta años en Francia valen más
que la pandilla nazi? ¿O cree usted acaso que quienes manejan la política
inglesa, con el señor Chamberlain a la cabeza, son personas de la mayor altura
y del más desinteresado humanismo? ¿O me va usted a decir que Stalin y su
sistema de purgas son mejores que Buchenwal y la represión en los sudetenlands?
¿Dónde estaban estos últimos dos años, cuando hemos visto agonizar a España sin
mover una mano, los que hoy se aterran y claman contra Alemania? ¿Por qué no
actuaron y gritaron entonces?». La requisitoria se alargó por varios minutos.
Yo intervine para de nuevo tratar de aplicar un cauterio en la lisa y al
parecer insensible piel del inquieto escritor: «Pero un hombre como usted, uno
de los fundadores de la NRF, alguien que representa tan cabalmente todo lo que
Francia puede dar para un mejor conocimiento del hombre y de su destino, no
puede estar al lado de algo que, por lo menos, vuelve a ser de nuevo el por
ustedes tan temido desorden idealista alemán».
Drieu
se volvió contra mí, imperturbable y seguro: «Es precisamente por lucidez que
he escogido esta infamia y no la otra. Si es asunto de asco, más me lo produce
la bondad inocua de León Blum que el cinismo felón de un Ribbentrop o de un
Ciano. Justamente para que Francia sobreviva, los que tenemos el dudoso
privilegio de la inteligencia, debemos escoger una infamia a nuestra medida,
una infamia total, una infamia que nos purgue de sueños imbéciles y de
liberalismos estériles. Yo juego con todas las cartas sobre la mesa. Malraux,
en cambio, esconde los triunfos y ya veremos muchas transformaciones suyas
antes de que suba a donde él realmente sueña y que ustedes ni se lo sospechan.
Montherlant, en cambio, quemó la baraja, pero sigue sentado con los ojos en el
tapete con clarividencia medieval. Estoy con él en muchas cosas, pero no admito
ese quedarse suyo al margen y al mismo tiempo gozar de las emociones del
juego».
«¿Ha
pensado usted en la posibilidad de perder?» le pregunté curioso de comprobar en
mi interior una certeza que se me hacía cada momento más clara.
«Yo no
pierdo, amigo. No tengo nada que perder. Es más, sé que no es ésta la jugada
principal en la suerte de Europa, éste es apenas el comienzo. Yo he escogido el
camino de la derrota y la vergüenza porque en el fondo me da igual, puesto que
ya tengo escogida mi última carta. Ningún hombre que se precie de serlo y a
quien al mismo tiempo le haya dado el azar una gota de razón, debe sobrevivir a
sus cincuenta años. Pase lo que pase en el mundo, es mi cuerpo, mi mente, mi
ser quienes han tomado la determinación final y para ello atiendo sólo a lo que
ellos me dictan a través de esa vida secreta, intransmisible y única que cada
uno de nosotros vive en compañía de sus tejidos, de sus células, de sus
personales transformaciones y catástrofes. Recuerde a Sá‑Carneiro. Lo
miserable, en cambio, del mito de Rimbaud es que la segunda parte de su vida
sólo es el lento suicidio de un pequeñoburgués desesperado por la visita del
genio en que ardieron sus primeros años. Y sin embargo, ese huir a Etiopía para
comerciar con marfil y con esclavos es, quién lo duda, más valedero que un
éxito a lo Cocteau o a lo Aragón».
«Pero
está usted arriesgando también, con su posición, todo lo que pueda significar y
servir su obra para la grandeza de Francia», le dije ingenuamente.
«¡Ah,
qué portuguesa, qué ibérica esa manera de pensar! Perdóneme que se lo diga. Ha
de saber usted que quienes hoy me acusan de pactar con los enemigos de Francia,
de abrir las puertas a quienes atentan contra nuestra libertad como nación y
como pueblo, los que me llenan, desde la izquierda y desde el centro de
improperios y basura, a esos, a los puros, a los que caen siempre con los pies
sobre la tierra después de cada pirueta, a los administradores perpetuos de la
justicia y del honor, les será muy fácil hundir mi obra, que por lo demás bien
poco vale en el fondo, en un olvido de donde ya nada ni nadie podrá rescatarla.
Desde que escribí la primera línea sabía que estaba perdiendo el tiempo. En
cambio cada vez que fundan una nueva casa de citas, inauguran un burdel con
personal escogido o abren un bar confortable y tranquilo, me refugio en ellos
con la certeza de estar participando en algo más perdurable, más sano y menos
calculado que mi obra o el futuro de la tercera república».
Seguimos hablando un rato más. Drieu nos
relató su viaje a Austria, nos describió la fría lobreguez de los pasillos de
Schönbrunn, el encanto populachero y amable de Prater y ciertos matices del
dialecto vienés que deja ver todo el ingenio que les hace falta a los
berlineses. Volvimos un momento al tema del suicidio y, de pronto, mirando el
reloj se puso en pie y se despidió de nosotros. Salimos con él hasta la puerta
en donde lo esperaba un flamante Delahaye gran sport conducido por una mujer
morena, de tipo eslavo pero que bien podía ser inglesa por la frescura de la
piel y cierta seguridad en los ademanes. Drieu nos hizo un gesto de despedida
con la mano y se perdió en la corriente del tránsito en donde alcanzamos a ver
todavía, por un instante, la mancha amarilla de la capota del coche.
Veintitrés años después, en la precipitación
de un cambio de trenes, compro para leer en el viaje el Récit secret de
Drieu la Rochelle publicado por la NRF. Me había enterado de su colaboración
con las tropas alemanas, de su huida a Ginebra, su regreso, su juicio y su
suicidio con barbitúricos y gas en su apartamento de París. Pero ningún
testimonio de amigos ni enemigos me dio más luces sobre los motivos secretos
que lo llevaron a matarse. En este breve libro póstumo, en este amargo
testamento de hombre libre, estaban expuestas todas las razones de su fin.
Recordé nuestra charla en el Bar de Prince, fui reconstruyendo frases y gestos
suyos y supe cuán firmemente, desde entonces, había tomado la determinación de
morir por el camino de la razón y la lucidez, escogiendo libremente lo que
entonces eran la infamia y la vergüenza y hoy tal vez se llamarían de muy
distinta manera. En medio del suave deslizarse del tren por las grises llanuras
de Flandes, releo una y otra vez las últimas palabras de Drieu la Rochelle, el
suicida de quien casi nadie se atrevía a hablar hasta ahora que les tira a los
«componedores» de Argel, estas palabras escritas el día de su muerte:
«Ante
todo no reconozco vuestra justicia. Vuestros juegos y vuestros jurados han sido
escogidos en forma tal que descarta la idea de la justicia. Hubiera preferido
la corte marcial. Hubiera sido de parte vuestra más sincero y menos hipócrita.
Además, ni la instrucción, ni el proceso son llevados según las reglas que
constituyen la base misma de vuestra concepción de la libertad.
»Por
otra parte, no me quejo de estar ante una justicia que tiene casi todas las
características de una justicia fascista o comunista. Anoto únicamente que para
justificarse plenamente a mi ojos, sería preciso que las obras de vuestra
pretendida revolución estuvieran a la altura de su pomposa justicia. Pero por
el momento, la revolución de que se vanagloria la Resistencia vale lo que la
revolución de que se ufanaba Vichy. La Resistencia sigue siendo una fuerza mal determinada
y mal justificada, entre la reacción, el antiguo régimen de la democracia
parlamentaria y el comunismo, participando de todos ellos y no tomando de parte
alguna su verdadera fuerza.
»Yo voy
a ser condenado aquí, como tantos otros, por algo tan transitorio y efímero que
mañana nadie osará proclamarlo sin duda ni temor.
»No me
reconozco culpable. Considero que he actuado como podía y debía actuar un
intelectual y un hombre, un francés y un europeo.
»En
este tnomento no rindo cuentas a vosotros, sino de acuerdo con mi rango, a
Francia, a Europa y al hombre».
HISTORIA Y FICCION DE UN PEQUEÑO MILITAR SARNOSO: EL GENERAL
BONAPARTE EN NIZA
Rodando por las calles de Niza,
mientras hacía tiempo hasta cuando se instalara la Comisión Internacional del
Mercado del Oro que debía reunirse en Ginebra, y en la cual representaría a mi
país, me interné por una red de callejas antiguas llenas de un particular sabor
marino muy siglo XVIII. Vine a parar a un callejón formado por dos grandes
edificios que se reunían al fondo en una pequeña plaza de armas. Una placa de
mármol oxidado, que se confundía casi con la verdinosa vetustez de las paredes,
indicaba a quien quisiera saberlo, que ese lugar lo ocupó el estado mayor del
ejército de Italia cuya gloria y fortuna estuvieron ligadas a las del Emperador
Napoleón I. Me entretuve un rato mirando las viejas paredes, el patio de
adoquines desportillados, los grandes portones cerrados. Todo el conjunto lo
usaba ahora como bodega una compañía de colorantes químicos y despedía un vago
olor a farmacia y a tinta. De regreso al hotel, he ido reconstruyendo una
escena que me gusta recrear a menudo en la memoria y que creo constituye el
punto de partida, la primera revelación, la prueba inaugural del genio del
general Bonaparte: su posesión del mando del ejército de Italia. Porque no creo
que haya sido ni la conducta en Tolón, ni la actuación en París al repeler los
ataques de la chusma contra la Convención, ni menos su amistad con Barras y el
círculo de Josefina, los factores que determinaron su fulgurante carrera. Es su
primer mando como general de un ejército lo que le va a permitir mostrar de un
golpe, con eficacia magnífica, la autoridad de su talento como militar y la
certera fuerza de su carácter. Ahora que por el azar del ocio me ha sido
posible conocer el lugar de los hechos, vuelvo una vez más a reconstruir la
escena. El ejército de Italia, acampado en las afueras de Niza y a lo largo de
la costa, se ha ido deshaciendo durante cuatro interminables años de inacción y
pillaje, hasta convertirse en una turba de soldados harapientos y famélicos
comandados por oficiales inescrupulosos y haraganes. Divisiones enteras desertan
y se lanzan al campo asolando pueblos y campos y sembrando la destrucción y la
miseria. Los hechos heroicos del ejército del Rhin llegan hasta aquí como un
ejemplo que en vez de levantar la moral de las tropas, sume a éstas en la
apatía ignominiosa de su inmovilidad. La idea de conceder al joven general de
27 años el mando de semejante ejército me ha parecido siempre muy dentro del
estilo cínico y mordaz del ci devant vizconde de Barras, amigo de
Josefina, miembro del Directorio y artífice consumado de cuanta intriga y
latrocinio han denunciado, cada vez con menos énfasis, los periódicos y
pasquines que él sabe callar tan hábilmente. El hecho de casar a Josefina, la
deslumbrante criolla, con ese corso flacucho de voz chillona que habla de todo
con propiedad y lucidez incómodas y que se permite ideas propias sobre asuntos
harto comprometedores, constituyó una broma más de la «banda» a la que se
sumara también el diabólico ciudadano Talleyrand-Perigord y otros
revolucionarios cuyo talento había consistido, al decir de Sieyés, en
sobrevivir a la carnicería de los últimos quince años. Pero después de casarlo
con Josefina, era preciso alejarlo de París. Bonaparte mostraba tener más
talento del que era tolerable y una probidad que en nada convenía a los ávidos
propósitos de sus bienhechores.
Así fue
como se apareció el enfermizo y pálido muchacho con cara de niña y raído
uniforme sin adornos, en la oficina de Barras para recibir instrucciones sobre
su nuevo destino. Mallet, Reubell y otros muchos, no pueden creer en que el
cinismo de los miembros del Directorio pueda llegar a tal punto. «Apenas puedo
creer que usted haya cometido una falta semejante», escribe Dupont de Nemours a
uno de los directores, «¿es que no sabe acaso de lo que son capaces estos corsos?
¿No ve que todos tienen su fortuna por hacer?». Barras debe sonreír pensando
cuán fácil ha sido envolver a este pobre diablo de corso y alejarlo de París.
Bonaparte, entretanto, se sumerge en los planos de la región en donde está su
ejército desperdigado. Consulta, toma apuntes, mide distancias, calcula
tiempos, estudia cosechas, vientos, climas. Una ciudad tras otra, van quedando
todas en su memoria, con sus murallas, sus puertas, sus edificios públicos, sus
acueductos, sus matices regionales y políticos, «agota» ‑la palabra le gustará
siempre y la usará ya se trate de pueblos o de personas‑ toda la vasta zona que
lleva hasta los lejanos valles del Piamonte. Toma datos sobre los generales,
comandantes de división que forman su estado mayor, interroga hasta el
cansancio a los compañeros de armas que los conocen. De Augereau se acuerda
todavía, un gigante irascible, parisiense de pura cepa, inteligente a pesar de
su aparente grosería, de maneras vulgares y comunes pero valiente, audaz y
terco como pocos. Masséna, astuto y fuerte, cuyo genio militar será reconocido
muy pronto, Serurier, otro gigante pero, a diferencia de Augereau, tranquilo,
reflexivo, vanidoso, buen conocedor de la teoría y con una larga práctica de
batallas. La Harpe, un suizo gigantesco, bueno y sencillo como el pan, resuelto
e incansable en el combate y, finalmente, Stengel, el jefe nato de caballería,
alemán rudo y simplote, el mejor entrenador de tropa que tiene el ejército.
Todos le aventajan en edad, todos vienen guerreando desde hace varios años y
han conocido ya la crueldad de los combates, el dolor de las heridas, el
agotamiento de las grandes marchas y la ebriedad de la victoria. Todos están ya
formados con sus defectos y sus virtudes, haciendo parte inmodificable de su
persona. Hechos a la vida y a las intrigas del cuartel, capaces de todo el
valor y de toda la astuta maña de quienes han arriesgado muchas veces la vida y
conocen lo que ésta vale y cuán triste y feo es perderla en el desorden de una
batalla. En un coche destartalado, Bonaparte se pone en marcha, quemando etapas
hacia Niza entre un desorden de mapas, libros, listas del ejército e informes
de los inspectores. La sarna adquirida en Tolón le ha llenado el rostro
delicado de pequeñas costras que suele arrancarse distraídamente mientras lee y
toma notas; la sangre le corre por el rostro, le mancha las camisas, se seca en
los papeles. Antes de salir se casó precipitadamente con Josefina. Piensa en
ella, sueña con ella, se quema en una fiebre delirante que le cava el rostro y
le hunde los ojos en grandes ojeras de insomnio. En las paradas desciende
mientras cambian de caballos. La gente se queda esperando que baje el verdadero
general y cuando se dan cuenta de que es el esquelético muchacho que da órdenes
en un francés salpicado de corso y con una voz irregular y aguda, piensan que
muy mal han de andar las cosas en París para que pueda llegar a general tan
frenético y débil personaje. Vuelve a subir, torna a sumergirse en los mapas y,
sin sentir el frío ni el cansancio, sigue calculando, hora por hora, metro por
metro, la campaña que le dará la gloria. Avanza hacia el Mediodía en donde ya
había estado hace unos años como oficial de artillería en Tolón. El coche se
pierde en la noche de los caminos por los que comienzan a aparecer, cada vez
con mayor frecuencia, las sombras famélicas de los soldados del ejército de
Italia que desertan en grupos hacia sus casas.
En
Niza, en el Cuartel General, los comandantes de división han acabado de cenar y
comentan las noticias de París. La más importante para ellos, el nombramiento
del nuevo general en jefe a quien suponen todavía en la capital preparando su
viaje. Los grandes penachos de sus sombreros se mecen en la sombra de la
estancia iluminados por algunos pocos candelabros requisados quién sabe dónde.
Habla Augereau:
‑A
Bounapata, Bounaparra o como se llame, le vi un momento cuanda entraba con el
joven Murat al Ministerio de la Guerra. Tiene una cara de niña picada por la
sarna y da la impresión que se va a desmayar de un momento a otro. ¿A quién
diablos se le pudo ocurrir nombrarlo general? La canalla del directorio debe
estar ciega o loca para cocinar semejante broma.
‑Lo que
me parece aún más increíble ‑agrega Masséna, quien se muestra pensativo desde
cuando llegó la noticia‑ es que lo nombren aquí. Si nosotros que tenemos
experiencia y nos hemos quemado el c... en tantas batallas no podemos poner
orden ni salir del atolladero, ¿cómo va a hacerlo ese pobre títere corso de
quien se dice que todavía es virgen? Yo conozco algo de la familia y creo que
debemos andarnos con cierto cuidado. Es un clan odioso y han pasado tales
hambres que la ambición debe quemarles el fundillo y empujarlos a las mayores
locuras. En su francés tartajoso, Stengel se suma a la conversación: «Yo no
estoy dispuesto a obedecer a semejante tipejo. Que se las arregle solo con la
caballería. A ver con qué voz ordena una carga de dragones el muy marica. Yo
pido mi cambio al Rhin mañana mismo. Están locos en París o ya no les importa
sino robar y llenar de joyas a sus condenadas amantes», y soltó tres tacos en
donde el Ser Supremo salía bastante mal parado.
‑¡Y
quién habla de obedecer! ‑vocifera Augereau energúmeno‑. Que me diga primero en
qué batalla ha estado antes de esperar que yo le reconozca como general en
jefe. Todos ríen estrepitosamente. Ya conocen de lo que es capaz este inmenso
parisiense que es un saco de malicia y buen humor y cuyos repentinos arranques
de ira han dejado helado a más de un curtido granadero.
En el
patio se oye un ruido de armas. Grita algo un centinela. Se abre una reja que
chilla lastimeramente. Como una tromba entra un coche lleno de tierra
arrastrado por unos caballos que ya no pueden dar un paso más y de cuyas bocas
sale una tibia espuma sanguinolenta. Los comandantes salen a ver quién ha
llegado. Al abrir la puerta se alumbra un poco la portezuela del coche que da
paso a la más extraña figura que hayan visto en su vida de soldados. Temblando
de fiebre, con la camisa manchada de sangre, los ojos inmensamente abiertos, la
tez pálida y tensa, el uniforme en desorden, el sable arrastrándole por el
suelo a causa de su reducida estatura, los cabellos largos y lacios pegados al
rostro como los de una muchacha, desciende el general Bonaparte. Alguien
contiene una risa. Otros se alzan de hombros acostumbrados como están a las
grotescas fantasías de una revolución que agoniza en los peores extremos.
Bonaparte avanza hacia ellos y sin decir palabra, entra a la habitación en
donde han retirado ya los ordenanzas los restos de la cena. Va a recostarse
contra la chimenea y pasea sus ojos por los presentes, que a su vez le miran
fijamente.
‑Buenas
noches, señores oficiales ‑dice llevándose la mano al sombrero en ademán de
descubrirse. Uno a uno, los otros se van quitando los empenachados bicornios.
Él baja la mano y deja cubierta su cabeza. Nadie se atreve a pronunciar una
palabra. De los grandes ojos soñadores y femeninos ha salido la famosa «mirada
que atraviesa» que los ha dejado a todos congelados. De la fina boca parten un
torrente de órdenes que los circunstantes no dejarán ya de escuchar y obedecer
hasta cuando mueran en el campo de batalla, o se retiren en el atardecer de
Waterloo. Son órdenes precisas, concretas, minuciosas hasta el último detalle,
que denotan una memoria, un poder de percepción y un sentido del tiempo que se
antojan sobrehumanos a estos rudos guerreros que aguantan el chaparrón sin
atreverse a decir palabra.
«General Masséna, prepáreme un informe sobre
la moral de las tropas, número de desertores, regiones donde se encuentran,
arma a la que pertenecen, provincia de origen, tiempo que hace que desertaron,
rango y entrenamiento que hayan recibido. Cerque los pueblos en donde se
encuentran, doble las raciones de quienes se encarguen de la tarea y manténgame
informado cada tres horas de su trabajo. Comience ya. Muchas gracias». Le mira
al rostro: Masséna, el cínico y valiente. Masséna estará desde ese momento dispuesto
a dar la vida por el pequeño corso que le hace sentir un extraño mareo cuando
se le queda mirando. Se cubre y sale en silencio. «General Augereau», continúa
Bonaparte sin tomar aliento, «requise todos los víveres de la región, organice
un sistema de rancho que le permita a la tropa comer tres veces al día.
Prepáreme un informe sobre la paga, cuánto se debe, desde cuándo y a quiénes. A
los contadores que se halle culpables de malversación o robo, fusílelos
inmediatamente como escarmiento. En diez días necesito que me tenga
abastecimientos suficientes para diez días de marcha. Hágame un informe sobre
el parque, estado de la artillería, cuánta polvora y cuántas municiones hay y
cómo se pueden movilizar rápidamente. Gracias».
El
gigante pelirrojo se tambalea de una pierna a otra. Incómodo, azorado, trata de
hablar y las palabras no le salen. Por fin se le oye decir con voz ronca: «Mi
general, no tenemos parque, ni pólvora y...»
Una voz
seca y cortante le interrumpe: «Consígalos... Gracias». Augereau se retira y en
la oscuridad choca contra Masséna que regresa de dar órdenes. «Ese tipo ha
estado a punto de darme miedo», comenta éste, quien tampoco las tiene todas
consigo. Se pierden en la obscuridad y todo el cuartel se pone en movimiento.
«General Stengel», prosigue imperturbable la
voz vidriosa y aguda, «usted es el mejor sable del ejército. Demuéstremelo.
Requise todos los caballos de la región, organice dos cuerpos móviles ligeros y
seis de dragones. Prepáreme un informe sobre las posibilidades de marcha de su
cuerpo, alcance del mismo, provisiones que necesita, deserciones que haya
tenido, moral de sus tropas y días que necesita para poner en orden su
comandancia... De usted tal vez dependamos todos. No le permito equivocarse. Un
oficial como usted no se equivoca. Muchas gracias». El alemán no sabe qué ha
sucedido. Se siente diez años más joven, suena ya con sus dragones, su
caballería ligera, en la garganta le hierven las voces de mando. Se cubre y
precipitadamente se retira. «General La Harpe, coordine las labores de los
generales Masséna y Augereau y ponga en orden las cuentas del ejército. Tiene
seis días para hacerlo. Muchas gracias». El suizo sale en silencio abrumado por
la tarea que le espera, y que cumplirá al pie de la letra.
Se han
quedado solos Bonaparte y Serurier. Éste es un curtido oficial del Estado
Mayor, estudioso, serio, tímido e inseguro pero, como todos los otros, de un
valor a toda prueba en el campo de batalla. Napoleón le mira fijamente, lo
mide, lo cala hasta sus últimas fibras de hombre de armas. «General Serurier»
le dice, «tome papel y plumas y copie lo que le voy a dictar». Comienza a
pasearse recorriendo a grandes zancadas la pequeña habitación. Es un paseo que
no parará ya en muchos años, que pondrá en conmoción al mundo y creará un orden
nuevo en Francia, Serurier está listo. Se oyen las primeras palabras de la
escalofriante Proclama al ejército de Italia: «Soldados: estáis desnudos y mal
comidos, el gobierno os debe mucho y nada puede daros. Vuestra paciencia y el
valor que demostráis en estas montañas son admirables, pero no os van a
procurar ninguna gloria, ni un rayo de ella brilla para vosotros. Os voy a
conducir a las llanuras más fértiles del mundo. Ricas provincias, grandes
ciudades estarán a vuestra merced; allí encontraréis gloria y riquezas.
Soldados de Italia: ¿Os irán a faltar el valor y la constancia?...» Y así
comienza la última epopeya escrita sobre las rutas de Europa por un solo
hombre, la última página de una gesta radiante que comenzara con el Cid, con
Rolando y con Sigfrido. La última leyenda.
EL INCIDENTE DE MAIQUETIA O «ISAAC
SALVADO DE LAS JAULAS»
En los anales privados de mi vida
diplomática suelo llamar esta historia «El incidente de Maiquetía», en primer
lugar porque sucedió en el aeropuerto de Caracas y, en segundo, porque la
palabra incidente, seguida de un nombre de ciudad, le da ese cariz de momento
crítico en las relaciones de dos países, cosa que estuvo a punto de serlo. Los
hechos ocurrieron como sigue:
La
torpeza de un empleado portorriqueño en Miami para entender mi inglés de
Cambridge y la mía al intentar llegar al español a través de la lengua de
Camôes, en lugar de hacerlo por encima de ella, fueron culpables de que, para
ir de Florida a Caracas, tuviera que tomar un avión de los que suelen llamar
«lecheros». Si bien es cierto que su destino final era la capital venezolana,
el avión tocaba antes tres islas del Caribe y dos puertos colombianos sobre el
mismo mar. Cartagena de Indias y Barranquilla. Yo viajaba, designado por la
Comisión de Derechos Humanos de la ONU, para asistir como observador a la
Conferencia en donde se acordó concederle a Foster Dulles el placer de disponer
libremente de Guatemala para beneficio de la United Fruit Co.
Al
bajar en Barranquilla me encontré en el bar del aeropuerto con dos antiguos
compañeros de la Sociedad de las Naciones que formaban parte de la delegación
colombiana a la Conferencia. Con ellos estaba el héroe de esta historia. Se
trata de don Isaac Tafur Abinader, opulento periodista de origen libanés quien
merced a un estilo sui géneris y por demás convincente, había fundado varios
periódicos en Colombia, de los cuales recibía pingües utilidades. Su método
consistía en conocer a fondo las más escondidas debilidades de los grandes
industriales y banqueros y hacerles saber, por medio de ciertas sibilinas
señales que comenzaban a aparecer en sus diarios, que era dueño de secretos que
dejarían de serlo de no aparecer en sus periódicos la publicidad de las
empresas que dirigían. Caló don Isaac tan hondo en su labor de conocer las
interioridades de los poderosos, que llegó también a cosechar en los dominios
de los políticos, los cuales no tuvieron más remedio que plegarse mansamente a
los cada día más vastos intereses de don Isaac.
Pero
había otra razón para explicar el poder que alcanzó Tafur en varios órdenes de
la vida en su país, y era su caudalosa simpatía. Alto, fornido, con unos
grandes ojos sonrientes medio escondidos por el desorden de unas cejas
entrecanas y retozonas, su gran nariz levantina de aletas móviles y
ultrasensibles iba a morir voluptuosamente a la orilla de unos delgados labios
casi femeninos. La generosa pilosidad que por orejas y nariz le asomaba, era
como un testimonio de su irrefrenable potencia vital. Tenía unos brazos de
estibador y unas manos de violinista zíngaro. Todo el conjunto remataba en una
abundante cabellera de un negro profundo. Hablaba incansable y sabrosamente y
poseía la facultad de convencer a quien con él conversaba, de que era dueño de
la solución amable e inmediata de todos sus problemas. Tal era mi inolvidable
Isaac Tafur, compañero de viaje a Caracas quien, al subir al avión, después de
una hora de espera y de haberlo conocido, me llamaba ya «nuestro perilustre
diplomático lusitano», mezclándose en ese posesivo plural en vaya a saber qué
picarescas y complicadas historias. Para mayor abundamiento, había pasado dos
años en Lisboa como diplomático de su país ‑una ausencia remunerada, exigida
por el cariz escandaloso de algunas de sus «operaciones»‑ y guardaba de mi
patria los mejores y más inesperados recuerdos. Fácil es imaginarse el momento
que pasé en el avión, cuando, con su voz potente me relató su visita a un
burdel lisboeta habitado por enanas con el labio superior adornado de gruesos pelos
como cerdas de cepillo. En las tres horas que duró el viaje nuestra amistad se
consolidó notablemente y cuando anunciaron la proximidad de Maiquetía y nos
abrochamos los cinturones de seguridad, ya nos tratábamos de tú y habíamos
intercambiado recetas para las naturales dolencias y molestas insuficiencias de
quienes entraban a los cincuenta años tras una vida algo más que agitada.
Descendimos del avión. A los colombianos les
esperaba el personal de su embajada y a mí un sueco y un pakistano que me
servirían de secretarios. Cuando nos entregaban los equipajes y me despedía de
mi amigo Isaac Tafur, con la promesa de vernos con toda la frecuencia que nos
permitiera el ajetreo de la Conferencia, se acercaron tres gigantescos mestizos
con uniforme de la policía y altas gorras al estilo de los SS y le dijeron unas
palabras al oído. Sin inmutarse, Isaac se despidió de mí y siguió a los gendarmes
que lo rodearon inmediatamente. Pensé que se trataba de una recepción de
rutina, destinada a los periodistas acreditados ante la Conferencia y volví a
mis equipajes. Al llegar al Hotel Tamanaco, la bomba había estallado. Los
colombianos me informaron que habían detenido a Isaac y que era imposible
averiguar su paradero. La cosa se complicaba porque Tafur era dueño de un
flamante pasaporte diplomático cuya inmunidad había sido violada. Mis amigos no
lograban explicarse lo sucedido, pero temían lo peor, dados los tormentosos
antecedentes de nuestro jocundo compañero de viaje. Bajamos al bar para saber
algo por boca de funcionarios de la Embajada de Colombia y hallamos al primer
secretario que, recostado en la barra, miraba a un negro vacío y con el rostro
desencajado. «Es un asunto de drogas ‑nos dijo‑, y la cosa es muy grave». De
inmediato me di cuenta de la situación en que se hallaba su Embajada. Un
pasaporte diplomático, mezclado en un tráfico de estupefacientes, es un
problema de esos que pueden arruinar para siempre la más limpia carrera del más
gris y eficiente de los primeros secretarios. Además el escándalo era el menos
indicado para un país que se sumaba a la cruzada «contra el peligro comunista
en nuestro continente». Pasaron las horas y no llegaban noticias de ninguna
parte. Las autoridades venezolanas se mostraban herméticas ante cuanta gestión
intentara la calenturienta imaginación de quienes nos preocupábamos y nos
ocupábamos por la suerte de Tafur Abinader. Me fui a dormir pasada la medianoche,
dejando a los compatriotas de Isaac en la desolada incertidumbre sobre lo que
le hubiera acaecido y lo que a ellos mismos les sobrevendría.
Al día
siguiente me despertaron unos discretos golpes en la puerta de mi cuarto. Miré
el reloj. Eran las diez de la mañana. «Adelante», dije todavía medio dormido.
Entró un carrito con varias botellas de champaña que se helaban en cubos de
plata, bandejas con caviar y suntuosas tajadas de paté de foie de
Estrasburgo. Empujaba tan extraña aparición un silencioso criado que no cerró
tras sí la puerta, lo que me indicó que alguien le seguía. En efecto, tras
breve pausa, irrumpió mi amigo Isaac con una de sus mejores sonrisas y uno de
sus más detestables trajes de acetato. «Mi perilustre diplomático lusitano,
vengo a celebrar contigo mi salvación de una larga condena por tráfico de
estupefacientes». De todas las sorpresas que me ha deparado la vida, ésta es la
que recuerdo como distinguida por los más delirantes elementos de lo absurdo.
Después de los efusivos abrazos y de brindar con una champaña que me resbalaba
por la garganta con un voluble sabor entre veneno de los Borgia y agua de seltz
con lavanda, me senté a escuchar la desopilante historia de Isaac recién
salvado de las jaulas.
«Cuando
te dejé ‑comenzó‑ me llevaron a un Cadillac negro en donde esperaban los
detectives. Ya para entonces la recepción me pareció que rebasaba los límites
diplomáticos más calurosos. Pregunté a dónde íbamos y uno de los detectives,
con voz tranquila y opaca me contestó: «A la Dirección General de Seguridad. Es
un trámite sin importancia. Allá le dirán». Mencioné, aterrado, mi pasaporte
diplomático y mi credencial de periodista acreditado ante la Cancillería
venezolana y sonrieron bondadosamente. A partir de ese momento, me di cuenta de
que algo grande se me venía encima. Por más que lo examinaba, no encontraba en
el archivo de mis «asuntos» nada que pudiera «estallar» en Venezuela.
Penetramos a un moderno edificio con aspecto de escuela de MIT de Massachusetts
y en un vasto salón blanco me sentaron frente a una pequeña mesa. Allí estuve
cerca de un cuarto de hora, sostenido por los pocos ánimos que todavía emanaban
de mi curiosidad. Aquellos se esfumaron y ésta se congeló a la entrada de un
joven oficial, vestido con un impecable uniforme de caqui y el breve y huesudo
rostro envuelto en una piel delicada semejante a la de los portugueses del sur.
Un delgado bigotito negro le prestaba a la cara inexpresiva un rasgo que la
mejor de las voluntades hubiera tachado de algo parecido a una sonrisa.
»‑¿Señor
Isaac Tafur Abinader?
»‑Sí,
señor.
»‑¿Es
usted colombiano de nacimiento o naturalizado?
»‑De
nacimiento como consta en mi pasaporte. ‑¿Por qué la palabra pasaporte les
causaba tan beatífica expresión?
»‑¿Tiene
usted antecedentes con policías de otros países o con la Interpol?
»‑Ninguno,
señor oficial, y exijo que un funcionario de mi embajada esté presente en este
interrogatorio cuya causa desconozco por completo. Esto es un atropello. Si le
hubiera hablado en libanés le habría dado más por enterado.
»Siguió
uno de los más agotadores, pormenorizados e implacables interrogatorios a que
se haya sometido un inocente. No se les escapaba ni el menor detalle de mi vida
privada, de mi vida pública y de la vida que a veces hasta yo mismo ignoro que
vivo, de tan escondida que la llevo. Lo más inquietante era que ninguna de las
preguntas me orientaba hacia la causa de todo el enredo. Habían pasado ya
cuatro horas de tortura cuando, tomando una hoja de su escritorio, el oficial
me dijo: «Voy a leer una lista de ciudades. Bajo la gravedad del juramento
dígame en cuáles ha estado y en qué fecha». Comenzó a leer: «Hong‑Kong, Lima,
México, Los Angeles, Valencia, Estambul, Santos, Tokio, Chiclayo, Sidney,
Londres, Marsella, Pola, Orán».
»Con
excepción de una fantasía de Julio Verne, la lista no me sugería nada. Le
contesté que, fuera de México, Londres y Marsella no había estado en ningún
puerto de la lista. El oficial oprimió un botón y entraron al momento dos
empleados, uno traía varias carpetas con papeles y otro algo parecido a un
botiquín.
»En el
colmo ya del terror pensé: «¡Pentotal! ¡De lo que se van a enterar estos
tipos!». Los recién llegados tomaron asiento junto al oficial. El que traía los
papeles comenzó a hablar con un tono entre de confesor y pregonero asmático:
«Isaac Tafur Abinader, colombiano, de 52 años; a reserva de los resultados que
arrojen los Laboratorios de Investigación Criminal de la Dirección General de
Seguridad de los Estados Unidos de Venezuela, tengo el deber de informarle que
se le sospecha culpable de tráfico de estupefacientes, delito condenado por el
artículo 147 del Código Penal con pena mínima de 6 años y máxima de 20, sin
derecho a libertad bajo fianza. ¿Tiene usted algo que declarar?».
»En mi
vida he estado más elocuente y pocas veces he puesto tanto empeño en que se me
creyera lo que, excepcionalmente, por esta vez, era la verdad. Mi requisitoria
terminó con estas palabras: «Señores, exijo que en presencia de un abogado
libremente designado por mí para defenderme, se me hagan conocer las razones en
que se basa una acusación tan grave como injusta. Muéstrenme el más leve
indicio, la más pequeña prueba de tamaña monstruosidad como la que se me achaca».
»El
oficial, sin inmutarse, me respondió: «Las pruebas están en este gabinete. Va
usted a verlas», e hizo seña al que lo traía de que abriese el gabinete y me
mostrara su contenido. Al reconocer algunos objetos de mi uso muy personal no
pude menos, mi querido lusitano, de explotar en una homérica carcajada con la
que me liberara generosamente de la tensión agobiante de las últimas horas.
Cuando terminé de reír e iba a explicarlo todo, el impasible oficial de la piel
aceitunada me preguntó: «¿Cómo explica usted la presencia en su equipaje de
estos guantes de caucho para cirugía y de esta serie de frascos, algunos de los
cuales contienen materias pulverizadas muy semejantes a ciertos alcaloides?».
»Señores ‑les contesté poniéndome de pie‑ a
los cincuenta años cualquiera es libre de teñirse las canas como mejor le
parezca. Yo lo hago mezclando varias substancias que fijan la tintura por mucho
tiempo y tal operación la hago con guantes de caucho, ¡para no mancharme los
dedos!»
»Los
tres me miraron como si les hubiera hablado un demente peligroso y se retiraron
apresuradamente. Pasados diez minutos y cuando admiraba desde la ventana la
paranoica fantasía de las modernas construcciones caraqueñas, entró un nuevo
personaje que mostraba ser un funcionario de mayor rango que los anteriores y
quien, deshaciéndose en melosas excusas, me invitó a reunirme con los miembros
de la Embajada de Colombia que me esperaban en su oficina. Lo peor, mi querido
De Mattos, es que ahora ya es vox populi que el turco Isaac peina canas
como en las peores novelas del romanticismo danés».
Cuando,
mediada la segunda botella de champaña, algo me anunció que era inminente pasar
del caviar a una taza de café bien cargado. Mi buen amigo Isaac Tafur seguía
bordando la fantasía de sus andanzas por las ciudades que le enumerara el
«escriba», como él dio en llamarlo, y en las cuales se proponía establecer y
fomentar, ahora sí en serio, la distribución y consumo de estupefacientes.
«Voy a
ir de alcaloide en alcaloide hasta la victoria final» vociferaba para
escándalo, según supe después, de mis vecinos de cuarto, que pertenecían a la
atildada delegación uruguaya.
***
UN REY MAGO EN POLLENSA
Para Camila, Catalina y Nicolás
No había vuelto a encontrarme con él
desde cuando mi esposa y yo fuimos a verlo a Pollensa y allí nos relató su
historia con Jamil, el hijo de Abdul Bashur y de Lina Vicente, y la
irremediable tristeza que le había causado el tener que separarse del niño que
partió al Líbano con su madre.
Varios
años después tuve que viajar a Amberes, invitado por la Televisión Belga para
participar en un programa sobre belgas ilustres emigrados a Latinoamérica. En
un descanso de la grabación se me acercó uno de los ayudantes del diredor y en
voz baja me dijo rápidamente: «Su amigo Maqroll está en el hospital de la
Marina Mercante. Vaya a verlo. No es nada grave pero su visita le hará bien».
No pude obtener más detalles parque siguió de inmediato mi diálogo con el presentador
y, al terminar, no conseguí saber quién era el que me había hablado al oído. A
la salida de los estudios detuve un taxi y, cuando le expliqué a dónde quería
ir, me contestó en un exceso de honestidad poco frecuente en esa profesión:
«Ese hospital está a la vuelta de los estudios, al fondo de una calle sin
salida. Le toma tres minutos llegar allí». Así lo hice y cuando pregunté en la
recepción por mi amigo, una enfermera que llenaba el formulario de una historia
médica, me dijo en flamenco: «Venga conmigo, yo lo acompaño». Era una típica flamenca
de formas generosas y rostro de tez transparente de una frescura admirable. Por
sus facciones corría una sonrisa con ese vago acento de congoja, siempre
presente en las vírgenes de la pintura de Flandes.
Allí
estaba Maqroll, con las dos piernas enyesadas sentado en una silla de ruedas y
con la mirada perdida en algún paisaje interior hecho de mar, desesperanza y
resignada aceptación. «Por el hermano de Renée ‑me explicó señalando a la
enfermera‑ supe que usted venía y con él le envié el recado de venir a verme».
La sonrisa de la mujer se extendió en una franca señal de simpatía y, después
de arreglar las almohadas que sostenían la cabeza del Gaviero, se retiró
despidiéndose de mí en flamenco. Para darle las gracias y expresarle mi
simpatía, tuve que desempolvar las pocas palabras de esa ardua lengua que había
aprendido en mi niñez en Bruselas. Maqroll hizo algún comentario en el mismo
idioma que no logré entender pero consiguió que subiera el rubor a las mejillas
de la amable Renée.
«¿Pero,
qué le pasó, por Dios. A qué horas vino usted a parar a este hospital del
puerto que más ha frecuentado en su vida según usted mismo suele repetir?» ‑le
pregunté en verdad intrigado ante esa forzada inmovilidad de alguien enquien la
quietud se me había siempre antojado inconcebible.
«Me
fracturé las dos piernas en las bodegas del puerto cuando fui a revisar una
carga que íbamos a subir al «Aconcagua», un carguero de mala sombra en el que
navegaba como asistente del contramaestre, cargo, como usted debe saber,
desconocido en la marina mercante pero que el Capitán, viejo amigo, inventó
para mí. Se soltaron las amarras que aseguraban en la plataforma de la guía
unos cajones de maquinaria y un engranaje de cincuenta kilos vino a estrellarse
contra mis piernas, con el resultado que usted ve. Alguna alarma debió notarme
en la cara, porque, de inmediato, me tranquilizó: «Nada serio, volveré a
caminar normalmente cuando suelden los huesos. Ni sueñe que me va a ver andando
con muletas el resto de la vida». -Y soltó una carcajada de esas tan suyas que
van a perderse al fondo del pecho sin salir nunca totalmente al exterior.
Ya más
tranquilo, me lancé a esa serie de preguntas sobre su vida y milagros después
de nuestro último encuentro, que constituyen siempre lo esencial de nuestra
relación. Es así como nos internamos en una cadena de episodios, todos teñidos
de esa semitiniebla en la que transcurren los días de mi viejo amigo. Estaba ya
muy entrado el mes de diciembre y, no sé por qué, se me ocurrió, de pronto,
comentarle que, de seguro, tendría que pasar la Navidad en esa silla de ruedas
bajo la afable vigilancia de Renée la enfermera. ‑«Es unabuena muchacha y sabe
acompañar con esa mansa discreción de las hembras de su raza». No necesitaba yo
mayores explicaciones para adivinar a dónde iba a terminar, Maqroll ya
recuperado, tan al parecer inocente relación. Desde luego no le hice ningún
comentario al respecto, en primer término porque hubiera sido de una obviedad
rayana en lo necio y, segundo, porque no es el Gaviero hombre que suela
franquearse en ese terreno.
-«Pero,
volviendo a la Navidad, ‑pasó a comentarme Maqroll‑ le confieso que ahora es
una época que tiene la curiosa condición de comunicarme una mezcla de nostalgia
y agradable bienestar que antes no conocía. Esa fecha solía pasarme casi
inadvertida. Y ¿sabe a quién le debo ese rescate de un tiempo gozoso? Al pequeño
Jamil. Desde la primera Navidad que pasamos juntos en Pollensa, cambió para mí
por completo mi relación con ese día».
-«Pero
qué tiene que ver Jamil en ese cambio. Es algo que no puedo imaginar»- le
comenté un poco para distraerlo en su inmovilidad y otro poco por pura y simple
curiosidad ante una reacción tan ajena al Gaviero, al menos al que había
conocido antes de su encuentro con el hijo de Abdul.
«Es muy
sencillo, ‑contestó‑ se lo voy a contar porque ahora caigo en la cuenta de que
es algo que no mencioné cuando nos vimos en Pollensa y les conté mi vida con
Jamil en ese puerto. Pues bien, recuerda usted que quien me ayudó con tanto
cariño como empeño en darle al niño un marco familiar y una cierta educación
fue nuestro querido Mossén Ferrán, que en paz descansé, y en cuya casa nos
reunimos con ustedes en una noche inolvidable. Mossén Ferrán insistió en que
Jamil asistiera a la escuela parroquial y así se hizo. El resultado, como
recordarán, es que el niño acabó hablando un mallorquín fluido y participando
en la vida cotidiana de sus compañeros de estudios. Cuando llegó el mesde
Diciembre y comenzaron los preparativos de Mossén para celebrar la Navidad,
este me participó su propósito de que Jamil actuará en una breve representación
de la visita de los pastores y de los Reyes Magos que se iba a efectuar en la
iglesia parroquial durante la misa de medianoche que ustedes llaman Misa de
Gallo. Se trataba de un cuadro sin diálogo que se presentaría en un pesebre
construido al efecto en una de las capillas de la iglesia contigua a la
sacristía. Le pregunté a Mossén qué papel pensaba él que le correspondería a
Jamil y me contestó que el que el niño escogiera; podía ser o pastor o rey
mago. Esa misma noche, en nuestra buhardilla de los astilleros, le conté a
Jámil el proyecto de Mossén y él, sin dejarme terminar, me dijo con aire que no
dejaba lugar a dudas: «Yo quieró ser Rey Mago. Seré por una vez Jamil al Malik».
No creo necesitar decirle que Malik quiere decir rey en árabe, lengua materna
de Jamil. Si quiere que le confiese algo, le digo que desde ese instante me di
cuenta de qué habíamos desencadenado en el hijo de Abdul todo un abigarrado
mundo de fantasía bien propio de su raza y de su temperamento soñador y febril
y propio de sus cinco años. El asunto ya no tenía remedio y al día siguiente
así se lo comuniqué a mi amigo el Párroco quien se limitó a sonreír, encantado
con el giro que tomaba su idea. Faltaba una semana para la Navidad y Jamil
comenzó a participaren los ensayos con un empeño y una convicción que iban
creciendo al paso de los días. Dos antes de la celebración se hizo el ensayo
general con trajes. Y allí comenzó lo que debía ser para mí la razón profunda
de mi rescate de la fiesta navideña, que había dejado en el olvido durante
tantos años como los que he dedicado a navegar por esos mares de Dios desde
terminada mi niñez y apenas iniciada mi adolescencia. Los intérpretes de la
modesta pastorela, si así podía llamársele, se vistieron con sus trajes
adecuados a la ocasión en la sacristía. Mientras tanto yo esperaba sentado
junto a Mossén Ferrán en la primera fila de las sillas destinadas al público en
la nave de la iglesia. Entró primero la pareja de niños que hacían de San José
y la virgen María, siguieron luego los pastores vestidos con unas pieles de
cordero tampoco convincentes como sus rostros regocijados y bien poco devotos
en su expresión. Por fin, aparecieron los reyes magos. El primero, con la cara
embadurnada de hollín, representaba al rey negro; el segundo, con una barba
rubia de Carlomagno de pacotilla, trataba de ajustarse la corona de papel
dorado que se le caía sobre la frente a cada instante. De último entró Jamil.
Me quedé estupefacto. Caminaba con la altiva severidad de un monarca, la mirada
fija en una distancia indefinible, una mano en el pecho y la otra llevando el
cetro de cartón y hojalata con una naturalidad de monarca nacido en la púrpura.
Sus facciones, de marcado diseño levantino, tenían la inmovilidad de un Califa
impartiendo justicia. Mossén Ferrán volvió a mirarme con gesto entre asombrado
y divertido. A las instrucciones escénicas que impartió a los actores, todos
obedecieron con torpeza apresurada, menos Jamil que se desplazaba como si
siempre hubiera vivido en la corte de los Omeyas. Mossén repitió los ensayos
hasta qué los intérpretes memorizaron a la perfección los gestos, bien
sencillos por cierto, que debían ejecutar.
Poco
después salieron de la sacristía empujándose unos a otros y repitiendo en burla
los pasos y gestos que habían aprendido. Jamil apareció de último, sereno y con
la mirada febril. Llegó a mi lado y me dijo con seriedad que llegó a imponerme:
«‑Vámonos, todo era muy fácil. La corona me apretaba un poco, pero ya la
arreglé».
«‑Al
día siguiente ‑prosiguió el Gaviero, en un tono que traicionaba un entusiasmo
que en vano trataba de controlar‑ Jamil no quiso salir a pescar conmigo, ni
tampoco ir a la escuela donde se ultimaban otros preparativos para la fiesta.
Se mantuvo largas horas asomado a la ventana de la buhardilla, mirando a la
bahía y al puerto, abstraído de seguro en sus fantasías de monarca destronado.
A las ocho de la noche ya estaba vesddo con sus galas de rey mago y ensayaba
una y otra vez la corona de cartón dorado, tratando de que se mantuviera firme
en su cabeza. Llegamos a la misa de gallo dos horas antes y él se refugió en la
sacristía en donde el sacristán iba y venía preparando el pequeño escenario al
lado derecho del altar. Yo salí al atrio para fumar una pipa y allí me
sorprendió Mossén Ferrán, quien, al verme tan temprano, entendió de inmediato
de qué se trataba y se limitó a sonreír mientras me comentaba: «¡Ay,Gaviero, me
temo que vamos a tener rey para rato!». Asentí resignado y esperé a que
comenzara a llenarse la iglesia para ocupar mi sitio en la primera fila de
bancas, junto a los notables del lugar. Bien, ya sé que usted atribuirá a mi
nostalgia de Jamil y a la ternura intacta que aún conservo por él, si le cuento
que la breve escena preparada por mi amigo el párroco fue un espectáculo
conmovedor. Mi atención estaba centrada en el hijo de Abdul que extremó esa
noche la interpretación de su personaje, hasta tener en cada gesto una
hierática majestad de emperador bizantino. En el momento en que se inclinó ante
el muñeco de porcelana que, con los brazos abiertos hacia él, figuraba al Niño
Jesús, se me humedecieron los ojos con lágrimas que no recordaba haber venido
desde mis años de niñez. Terminada la misa y, con ella, el cuadro alegórico,
los figurantes entraron a la sacristía para cambiarse de ropas. Esperé un buen
rato, hasta cuando Mossén Ferrán se asomó para hacerme seña de que entrara con
él. Ya no había allí nadie distinto del sacristán que guardaba las prendas de
los actores y los ornamentos del celebrante en un enorme baúl forrado en piel y
Mossén Ferrán que miraba hacia una esquina en donde Jamil, altivo y silencioso,
se negaba a despojarse de sus atributos reales. Me acerqué para explicarle que
debía hacerlo porque no nos pertenecían ni podíamos llevarlos a los astilleros
sin riesgo de dañarlos. No hubo argumento que valiera y, finalmente, el buen
párroco asintió compasivo y partimos a nuestro refugio. En el trayecto Jamil no
me dirigió la palabra pero escuché que murmuraba en voz baja largas frases en
árabe que no alcancé a oír claramente.
Jamil
se metió en su lecho y dejó sobre una pequeña repisa, donde estaban alineados
algunos de sus tesoros rescatados en la playa, la corona dorada y el cetro de
cartón y hojalata. Le confieso de nuevo que toda esta actitud del niño me
conmovía a tal punto que no supe qué decirle distinto de desearle la buenas
noches y darle un beso en la frente. Me fui a dormir, no sin tener que esperar
a conciliar un sueño que no venía. En la mañana, me despertaron unos ruidos inusitados
en el tejado de zinc del galón principal y abrí la ventana para ver de qué se
trataba. Imagine mi pánico al ver a Jamil, en la parte más alta del tejado,
donde se unen las dos alas del mismo, vestido con su disfraz de Rey Mago y
arengando en un árabe salpicado de dialecto tunecino, que hubiera puesto la
piel de gallina a su padre que se preciaba de hablar el árabe mas puro. Se
dirigía a los habitantes de Pollensa, que aún dormían sin duda, a los que
llamaba sus súbditos. Algunas palabrns malsonantes dedicó a los nórdicos
turistas, con los que nunca había simpatizado. Le digo que mi susto fue
mayúsculo. Un movimiento en falso y el niño iba a rodar por el tejado de zinc y
a estrellarse en el suelo sin remedio. En voz lo más tranquila posible le pedí
que se quedase allí lo más quieto que pudiera mientras yo lo rescataba con una
escalera de extensión. Me miró con soberano desdén y comentó, volviendo la cara
hacia la bahía: «Los reyes no se caen, Gaviero». Fui por la escalera y al
llegar a donde él éstaba se me lanzó a los brazos y noté que temblaba de miedo.
Al
mediodía asistimos a la comida de Navidad, fiesta que allí se celebra el día
25, que ofrecía el párroco nuestro amigo y protector. Allí se despojó Jamil de
sus arreos reales sin decir palabra. Sentado a mi vera, en la mesa del modesto
banquete navideño, se acercó a mi oído para decirme en voz muy baja: «Ya no soy
Jamil al Malik, Gaviero». Una vez más se me hizo un nudo en la garganta y
apenas conseguí sonreírle sin mayor convicción.
Pues
bien, mi querido cronista y amigo, esa misa de medianoche y esa comida navideña
me rescataron, para el resto de mis días, la alegría espontánea e indeleble, de
las fiestas navideñas. Por eso las espero aquí, clavado en esta silla, con una
ilusión que antes se me había borrado de la memoria».
Le
comenté que me alegraba en extremo que hubiese reconquistado esa dicha de la
infancia y medispuse a partir. En ese momento entró la bella Renée para
decirnos que se terminaba el tiempo de las visitas. Maqroll le pidió en
flamenco que me acompañase hasta la salida del hospital y ella asintió con
sonrisa encantadora.
Ya en
la puerta de su habitación, no sé por qué se me ocurrió preguntarle, «‑Pero
dígame, Maqroll, cuándo aprendió usted tan bien el flamenco». «‑Lo aprendí de
mi madre‑» me repuso en tono cordial pero levemente desafiante. En ese instante
me di cuenta, con asombro, que era la primera vez en ya casi medio siglo de
conocerlo, que mencionaba un dato en relación con su familia y su niñez.
Caminando por las calles de Amberes, en dirección a mi hotel, seguí meditando
sobre esta inesperada noticia que interpreté, no sé muy bien por qué, como un
adiós de mi errante y siempre inasible amigo. Me invadió una vaga tristeza que
me llevó a no dejar mi habitación hasta el momento de tomar el tren que debía
llevarme a París. Muchos días después perduró esta impresión de pérdida
irremediable que me tortura aún de vez en cuando.
***
MI
VERDADERO ENCUENTRO CON AURELIO ARTURO
No recuerdo quién nos presentó. Tal
vez fue Carlos Villar Borda o quizá Fernando Charry Lara. Recuerdo, sí, muy
bien, la vez siguiente en que nos vimos. Me fue a saludar a mi oficina en el
edificio en donde entonces estaba El Espectador. Y recuerdo también que, de
nuevo, tornó a inquietar mi curiosidad su aspecto y sus maneras. No tenía
Aurelio ninguno de los signos convencionales que en nuestra juventud admiramos
como propios del poeta. Ni el engallado y envolvente entusiasmo de Carranza, ni
el halo de silencio y distancia de Maya, ni la elegante bohemia de Angel
Montoya, ni, desde luego, el vikingo y picante colorido de León de Greiff, para
referirme a los que solíamos ir a ver en las mesas del Café Asturias o del
Molino y a quienes contemplábamos a distancia alelada mientras terminábamos la
modesta cerveza o el ya abolido ¡hélas! sorbete de curuba. Recuerdo que el
aspecto exterior de Aurelio y cierta reticencia de su trato personal me
inhibieron para hablarle de literatura. Su corbatín siempre en el clásico
estampado «pays‑ley», sus trajes escogidos con cierta intención en donde la
fantasía se hallaba gravemente encauzada por un vago dandysmo del Harvard de
los años veinte, su hablar apagado, casi monótono si no hubiera estado siempre
al servicio de una como desdibujada ironía, su saber de las letras escanciado
siempre con el dosificado entusiasmo de quien regresa de una experiencia con el
escepticismo de los lúcidos, hicieron de mi trato con Aurelio una de las
experiencias más gratificantes, tonificantes y exigentes de mis años de
aprendizaje en las letras y en la vida.
Nos
veíamos con mucha frecuencia. Rota cierta prudente defensa que Aurelio sabía
imponer a nuestros fervores literarios, tan efímeros a menudo, solíamos hablar
larga y calurosamente de nuestras aficiones ya probadas por el tiempo y la
relectura. Sana costumbre ésta que le debo precisamente a Aurelio. Sería tan
larga la lista de los autores y libros que tienen para mí todavía, y tendrán
siempre, el prestigio de haber sido indicados por Aurelio o haber corroborado
con él mi entusiasmo. No solamente Eliot, Pound, Cecil Day Lewis o Hart Crane,
sino también el Dickens de Barnaby Rudge ‑aún escucho su risa gozadora
cuando recordábamos al cuervo aquel que soltaba impertinencias desde el hombro
del personaje principal de tan deliciosa obra‑ y de Great expectations;
Norman Douglas, los Garnett, Lytton Strachey y algunos otros miembros del grupo
de Bloomsbury, Léon Paul Fargue y, obviamente, Milocz; las novelas policíacas
de Dashiel Hammet, en fin, la lista se haría un tanto larga y demasiado
personal por nostálgica y entrañable.
Mi
exilio en México suspendió nuestros encuentros, mas no, desde luego, la amistad
y cariño ya para entonces harto firmes. No hubo día en que no lo recordara en
las páginas de un libro, en un rincón de Nueva Inglaterra, en ciertas tardes de
lluvia cuando volvía a sus poemas como una manera de estar más cerca suyo, de
dialogar de nuevo con quien fuera uno de mis mejores amigos de una Colombia,
entonces lejana e imposible. Y aquí viene a cuento algo que me sucediera con la
poesía de Aurelio Arturo y que quiero evocar ahora que ya no está con nosotros,
a manera de homenaje al poeta y al amigo.
Yo
había leído Morada al Sur y otros poemas, antes de conocerlo. Esa poesía
me atrajo poderosamente por su ámbito de nostalgia y al mismo tiempo su rigor y
transparencia; pero nunca fue, durante los años de nuestra amistad, la que más
retuviera mi entusiasmo. Jamás hablé con él de sus poemas. No se prestaba a
ello y evadía la menor alusión al asunto. En el exilio lo leía por un acto de
afecto y una necesidad de diálogo, apreciaba de nuevo su condición marginal y
su espléndida calidad, pero volvía de nuevo a mis poetas habituales extrañando
a Aurelio y dejando su poesía en una penumbra de semiolvido.
En uno
de esos veranos que se instalan sobre México como un propósito deliberado de
esta tierra de dioses sangrientos, de dar una lección a los hombres ajenos que
la habitan ahora, resolví pasar un fin de semana en Tepoztlán al abrigo de los
altos y frescos acantilados que la encierran misteriosamente. Llevé algunos
libros de posible lectura. Entre ellos, vaya yo a saber debido a qué misteriosa
señal secreta de mi inconsciente, estaba la edición de Morada al Sur
hecha por el Ministerio de Educación de Colombia: en Tepoztlán me sumergí en la
delicia de ese ámbito de leve brisa que recorre como un pájaro ciego los altos
farallones en donde pueden verse aún rastros de los toltecas y hasta una
pirámide que se levanta en un lugar de imposible alcance, lo que suma aun más
misterio al que su forma y su propósito ceremonial despiertan. La lectura se me
hacía premiosa, difícil, esquiva. Ningún libro logró ganar mi curiosidad y
alejarme del lugar que acaparaba toda la atención de mis sentidos y mi divagar
sin pausa ni sosiego. Una tarde abrí el libro de Aurelio Arturo y empecé a leer
sus poemas. Por una red de circunstancias que me niego a examinar, en ese
instante las palabras de cada poema empezaron a decirme la plena y secreta
hermosura de su designio, a mostrarme los más escondidos caminos que el poeta
se propusiera recorrer en ese afán ciego y sin esperanza de crear para el
hombre otros mundos y otros sueños que casi nunca merece. No recuerdo cuántas
veces leí el breve libro. Lo que sí recuerdo muy bien es que durante un largo
tiempo me fue imposible volver a ninguna otra poesía. Los poemas de Aurelio me
acompañaban tan totalmente que no había cabida en mí para otras voces que no
fuera la suya, para otra nostalgia sin salida que no fuera la de esas tierras
del sur y esa infancia dichosa evocadas por él. Esta deslumbrada invasión de la
poesía no me había ocurrido nunca antes ni creo que me ocurra ya jamás. Es un
milagro que no puede repetirse.
Regresé
a Colombia. Torné a ver a Aurelio en mis esporádicas visitas a Bogotá. Hablamos
de nuevo de nuestros asuntos, que nos habían esperado, intactos, durante diez
años y nunca encontré palabras para contarle lo que me había sucedido con sus
poemas. Siempre me proponía hacerlo en una ocasión más propicia y siempre había
algo en él que me lo impedía. Ahora lo hago en la apresurada torpeza de estos
recuerdos. Algo me dice que así ha sido mejor, que así lo hubiera querido el
amigo y el poeta cuya ausencia empobrece mi vida para siempre. (1977)
***
DONDE SE VATICINA EL DESTINO DE UN
LIBRO INMENSO
La publicación que hace el Instituto
Colombiano de Cultura de Escolios a un texto implícito de Nicolás Gómez
Dávila, propone algunas consideraciones sobre un hecho insólito. Me refiero, en
primer término, a la creación y edición de una obra prima del pensamiento
occidental, como es el caso del libro que nos ocupa, en una modesta república
cuya trayectoria en esa vasta y majestuosa órbita sería en vano rastreada por
el más minucioso de los observadores y estudiosos. ¿Cómo pudo suceder un hecho
semejante? La explicación nos llevaría a invadir un territorio celosamente
conservado en la penumbra, en donde hemos circulado por virtud de una generosa
y en extremo cara amistad que nos obliga a un silencio cuya razón, además,
compartimos por entero. Pero llegaríamos a pensar, por otra parte, que para un
lector avisado y devoto de los Escolios a un texto implícito la
explicación del inusitado fenómeno estaría en la materia misma del libro y en
forma, por cierto, harto explícita.
Salta,
luego, otra consideración: ¿Cuántos lectores de la índole anotada, podrán tener
entre nosotros una tan amplia «suma» de saber, sembrada como está de alusiones
y elusiones cuyo pleno disfrute supondría largas vigilias con los textos
esenciales de nuestra herencia judaica, helénica, romana, cristiana y
occidental? Y este «nosotros» alude, desde luego, al espacio geográfico que
habla nuestra lengua.
Queda
al azar de los años, al complicado y vasto tejido de coincidencias y
renacimientos que determinan el destino de un libro, el contestar esta
pregunta, por lo demás un tanto inútil, sobre todo por lo que toca al autor del
libro cuya curiosidad en estas materias debió agotarse hace muchos años.
Cabe,
en cambio, predecir un cierto tufillo de escándalo cuando nuestros políticos y
sus correspondientes cronistas lean algunos de los Escolios de Nicolás Gómez
Dávila, que les conciernen muy de cerca y muy de frente. Estos herederos de la
tradición liberal y democrática nacida con la reforma protestante, incubada en
el siglo de las luces y bautizada con sangre en las jornadas de 1789, estos
hombres públicos de una y otra orilla, van a pasar un mal rato o van a gozar
plenamente con estos textos, según sea el nivel de saludable escepticismo que
hayan logrado preservar en su paso por la política.
Pero
esta sorpresa y disfrute, según se cumpla la condición anotada, le espera
también al lector de los Escolios a un texto implícito, ya sea poeta,
filósofo, hombre de industria, historiador, comerciante y simple homo
qualunque. Por cierto que a este último están dedicados algunos de los más
sabrosos, aprovechables y urticantes Escolios. Porque esta obra soberbia que al
mismo tiempo plantea una fértil teoría de la historia y una inobjetable
doctrina política, una esencial meditación sobre la poesía y un no menos
definitivo examen del pensamiento metafísico y teológico, por mencionar apenas
algunos de los más notorios campos que ocupan a Gómez Dávila en su libro; esta
obra también y en forma que se me antoja un tanto preferente, se ocupa de los
lelos, de los intonsos habitantes. Y como entre éstos militamos todos buena
parte de nuestros días, esta obra por insólita y vasta que se nos presente,
acaba atañendo también muy de cerca nuestros cotidianos asuntos. Tengan muy en
cuenta esta advertencia los futuros lectores, para provecho de su espíritu.
Como es
fácil de ver, he logrado eludir hasta ahora toda intención crítica o de
exégesis de este libro impar y por tantas razones inquietante. A todas luces se
nota, además, que carezco por entero de la preparación y conocimiento
necesarios para ello. Por esto me quiero limitar únicamente, por tratarse de un
campo en donde he ejercido una modesta tarea que monopoliza la casi totalidad
de mi atención, a dirigir la de los lectores de Escolios a un texto
implícito hacia la majestuosa belleza del idioma en que fueron escritos. No
conozco antecedente en castellano de una más transparente y hermosa eficacia de
estilo. Cada palabra da plenamente en el blanco y no pocas veces un humilde
sustantivo, un verbo servicial o un adjetivo irreemplazable, soportan con natural
elegancia el peso abrumador de un luminoso hallazgo del pensamiento.
Algunos
de estos Escolios llegan a tener a veces la honda, nocturna y ebria corriente
del poema por virtud y gracia del sabio ritmo impuesto a la frase y por la
certeza con la que nombra las más delgadas, las más inasibles regiones del
alma.
Sé de
lectores de este libro que ya no lo abandonarán jamás y sabrán derivar de él,
cada día, las no siempre accesibles razones para llegar al final de sus días
con una cierta luz interior útil, al menos, para enfrentar a la muerte. (1979)
***
ALEGRIA DE RELEER
Hastiado con lo que periódicamente
aparece como novedad literaria, perdido todo apetito por lo insulso del estilo
y la pobreza de temas que se repiten con monotonía desesperante, me entrego
cada vez con mayor frecuencia al útil y recomendable placer de la relectura. Si
la mezquindad del panorama literario es universal, hay que reconocer, con
tristeza, que es en Francia donde esta crisis toma caracteres más alarmantes.
Los múltiples premios ‑Goncourt, Medicis, Renaudot, Femina, Academia, etc.‑ son
ya prácticamente ilegibles. Le ha tocado ahora, en este mi propósito
restaurador de relecturas, el turno a Anatole France. Entre los grandes autores
que hicieron las delicias de nuestros padres y abuelos, yo creo que France es
el más olvidado. Sus temas, sus preocupaciones, sus ambientes, su estilo
perdieron rápidamente vigencia ante el cambio radical de los gustos que se
operó inmediatamente terminada la Primera Guerra Mundial. Acabo hoy la
relectura de los tres primeros tomos de su Historia contemporánea: El olmo
del paseo, El maniquí de mimbre y El anillo de amatista y debo confesar mi
asombro y mi delicia ante un estilo al que no le ha salido la más mínima arruga
y una destreza y finura en la presentación de los personajes y situaciones,
como sólo volveríamos a gustar, después, en Proust, desde luego, y en algunas de
las novelas de Mauriac y Montherlant. Tanta basura literaria como ha aparecido
después, había asfixiado estas páginas de una permanencia y una belleza a las
que ya no estábamos acostumbrados.
Yo debo
confesar que había olvidado por completo estas obras de France. Un vago
recuerdo de intrigas políticas y parroquiales en una ciudad de provincia
francesa y algunos rasgos del señor Bergeret ‑trasunto del autor‑ era todo lo
que recordaba de esta admirable tetralogía. Ahora que he vuelto a leer los tres
primeros volúmenes, no salgo de mi sorpresa al encontrar un cuadro de la vida
provinciana de una vigencia y de una profundidad asombrosas. Toda la intriga
que se va tejiendo alrededor de la elección de un obispo y los intereses que
tal nombramiento pone en juego, nos dan una lección genial sobre la conducta
humana, sus flaquezas, sus miserias y sus escondidas sordideces. Todo dicho en
un francés que fluye con la claridad y eficacia de las grandes páginas de
Voltaire, de Diderot, de Stendhal y, a veces, hasta de Flaubert. Yo recomiendo,
además, la frecuentación de esta Historia contemporánea de Anatole
France a quienes deseen recibir una enseñanza incomparable sobre los verdaderos
secretos, los escondidos caminos, de lo que hoy se llama en México la «grilla»
y la «polaca». No hay páginas comparables a éstas de France para darnos una
imagen, inolvidable y fiel hasta la inmisericordia, de lo que esas dos palabras
significan en verdad y del mundo a que ellas aluden con su fresca indecencia de
argot popular. Estamos, por cierto, en fechas harto propicias para aconsejar
esta lectura. (1980)
***
APOLLINAIRE 1880‑1980
El pasado 26 de agosto se cumplieron
cien años del nacimiento en Roma, de padres desconocidos, de Guillaume
Apollinaire, quien luego adoptaría la ciudadanía francesa y sería, sin lugar a
dudas, el creador de la poesía moderna y el impulsor incansable de los más
grandes nombres de la pintura contemporánea: Picasso, Braque, Rousseau, Juan
Gris. Cuando ya se hizo famoso se supo que su madre era polaca y se llamó
Angélique Alexandrine Kostrovicka y su padre, un oficial italiano, Francesco
Flugi D'Aspermont, quien tuviera dos hijos más con la madre de Apollinaire y en
nada participó para levantar esta familia. La irregularidad de su nacimiento
marcó para siempre la vida del poeta. Se firmó a menudo como de Kostrivicki y
luego puso a circular la especie de que su padre era un gran prelado romano.
Apollinaire vivió apenas 38 años. Herido en la guerra del 14 mientras luchaba
bajo bandera francesa, murió, en plena convalecencia, a causa de la gripe
española, el 9 de noviembre de 1918. Entre estas dos fechas transcurre una de
las existencias más pintorescas y nace una de las obras con más vastas
ramificaciones en la lírica y la plástica contemporáneas. Nunca se ha dicho lo
suficiente todo lo que Picasso le debió a Apollinaire en la difusión de su
pintura en los medios artísticos de Francia. Picasso no se distinguió jamás por
cultivar esa tan rara y hermosa condición del hombre que se llama gratitud.
Como
poeta, Apollinaire creó una obra hecha de gracia, ligereza y una dosis de la
desgarrada melancolía que a menudo acaba por disolverse en una alquimia verbal
al servicio de cierto exotismo no siempre de un gusto muy seguro.
De allí
que de sus poemas proviene todo lo bueno y todo lo malo de la lírica moderna.
Hay en Apollinaire una facilidad, un tono alado que a menudo llega a
confundirse con el de las canciones de arrabal y los aires de moda hacia el fin
del siglo en Francia. La corriente de su lirismo es de una encantadora
transparencia que suele desparramarse en gratos pero poco profundos meandros,
donde sólo el desabusado aire de tristeza que los tiñe logra darles una
permanencia y una validez ajenas al trabajo de los años. Lo malo fue cuando los
discípulos y seguidores del poeta intentaron repetir el extraño milagro de
Alcools y de Calligrammes y se cayó en una hueca retórica cuyo daño ha sido
incalculable principalmente en la poesía francesa, y, por ende, en la española
y latinoamericana que se alimentó en esa fuente. Todas estas reflexiones nos
las hacemos un tanto a contrapelo. Basta volver a leer Zone, La chanson du mal
aimé o Le bestiaire, para que caigamos de nuevo en esa magia leve, pero
inolvidable e inconfundible en que nos envuelven esos versos que, con la música
de Verlaine, nos entregan un inagotable sabor de novedad, de mundo recién
inaugurado, pero ya con su cuota de dolor y deseo inseparable en toda
existencia. (1980)
***
EL ALTO EJEMPLO DE ANNA AJMATOVA
Termino de leer los Entretiens avec
Anna Ajmátova de Lidia Tchukovskaia, aparecidos hace algunas semanas en París.
Estas conversaciones de una novelista notable, hija de un gran hombre de letras
ruso, con la más alta voz poética de Rusia en este siglo, Anna Ajmátova, no es
libro para reseñar en el breve espacio de estas columnas. Es más, tal vez no
sea posible escribir sobre una obra de tales características. ¿Quién, por
ejemplo, ha escrito un comentario valedero sobre Recuerdos de la casa de los
muertos, de Dostoievski? Cuando la suma del dolor humano, de la vileza opresora
de una burocracia sádica e imbécil, llega a ciertos límites, sólo el documento
directo, el testimonio desgarrado y veraz de las víctimas inocentes, tiene la
palabra. Durante 24 años Lidia Tchukovskaia visitó a Anna Ajmátova en su
estrecha y destartalada alcoba de Leningrado. En pequeños papeles y usando
ciertas claves anotó las conversaciones sostenidas con esa mujer, que unía la
belleza espléndida de su figura a las más excepcionales condiciones de
intuición poética y a una grandeza de alma sin paralelo entre sus
contemporáneos. La Ajmátova fue calificada por la voz oficial del sistema
soviético, que juzgaba las artes y las letras en esa gran prisión sombría que
es la Rusia de nuestros días, Jdanov, como «poetastra antipopular» y «arribista
de la literatura». Su primer marido, el gran poeta Gumiliov, fue asesinado por
Lenin en 1921. Su hijo Liova sufrió repetidas veces la cárcel y los trabajos
forzados en Siberia por el solo hecho de tener la madre que tuvo. El sistema
sabía que ésta era la forma de herir y humillar más eficazmente al mayor poeta
de la Rusia actual.
De
todos los libros que han escrito en Rusia o en el exilio los disidentes del
sistema soviético ‑y creo haberlos leído casi en su totalidad‑ ninguno alcanza
la desgarradora grandeza, la deslumbrante y aterradora verdad, de estas
conversaciones entre dos mujeres enfermas, envejecidas prematuramente, que
gastan la mayor parte de sus horas haciendo cola para llevar algunas ropas o
comida a la cárcel en donde perecen lentamente el marido, en el caso de la
Tchukovskaia, y el hijo, en el de la Ajmátova. Desfila por estas páginas todo
el universo de horror que es la vida de quien se permite tener sensibilidad y
lucidez en la patria del socialismo y, también, ¡y con qué inteligente y honda
certeza!, el juicio y el balance que le merecen a la Ajmátova la persona y la
obra de escritores, pintores, músicos, críticos y científicos que fueran sus
contemporáneos en Rusia y en el mundo entero. Sobre Pasternak y sobre Proust,
sobre Modigliani y sobre Joyce, sobre Alexander Block o sobre Hemingway, Anna
Ajmátova opina con una honestidad y una agudeza tales que nos obligan a revisar
nuestra propia opinión que creíamos ya formada para siempre. Y esto transcurre
en medio del hambre, la enfermedad y la sórdida, implacable y continua
vigilancia de una policía omnipresente y obtusa. Es por eso que el libro de
Lidia Tchukovskaia me parece otro de esos cada vez menos frecuentes pero más
necesarios alegatos del hombre en favor de la preeminencia y salvadora función
del espíritu, en un mundo que se precipita en idiota frenesí hacia la oscuridad
de un materialismo asfixiante y sin sentido. México, 2 de agosto de 1980
***
LOS OLVIDADOS
Los periódicos de hace algunos días
anunciaron que la aparición en Alemania de los Diarios de Thomas Mann había
sido recibida con notoria indiferencia. El autor de La montaña mágica dispuso
que estos diarios sólo se publicaran al cumplirse los veinte años de su muerte.
Esta frialdad de los lectores alemanes, hacia uno de sus más famosos escritores
de los últimos cincuenta años, me ha llevado a reflexionar un poco sobre el
fenómeno del olvido de nombres que fueran ilustres en un determinado momento de
la vida literaria.
Por lo
que toca a Thomas Mann, es preciso reconocer que, si bien fue el autor de la
Montaña mágica, de Doctor Faustus y de La muerte en Venecia, también lo fue,
por desdicha, de las confesiones del estafador Félix Kruhl, de Las cabezas
trocadas, de La engañada y de otras obras aun más débiles y farragosas. Su
estilo pomposo solía caer con frecuencia en un soso y profesoral cubileteo de
ideas, a menudo manidas y, en algunos casos, prestadas artificiosamente a los
grandes autores de la literatura y el pensamiento germanos. Hay en Mann, no
siempre por fortuna, un regodeo y un coqueto énfasis en su propio ingenio, esa
debilidad del actor cabotin que se mira actuar y cae en la obviedad y el
mal gusto. Tal vez los Diarios estén llenos de tales pasajes y de allí la
indiferencia de los paisanos del autor que anota el cable.
Pero
este caso de Mann me ha llevado, decía, a otros nombres y a otros lugares. Qué
ha pasado, por ejemplo, con André Gide. Ese Gide que llenó nuestra adolescencia
de inquieta y febril esperanza en una vida plena, en donde los sentidos iban a
ensanchar sus posibilidades hasta horizontes insospechados. El Gide de Les
nourritures terrestres y de Les faux monnayeurs y, luego, más tarde, el Gide
del Journal, que nos deslumbró con la certeza de un estilo espléndido. ¿Quién
lee hoy a Gide? En Francia casi nadie. Hace mucho que sus obras no se editan,
ni llegan al gran público lector. Pero lo que aún es para mí, más inquietante:
¿Quién recuerda hoy a Jean Giraudoux, al novelista delicioso de Simon le
pathétique, Sigfried et le limousin, y Suzanne et le Pacifique? Esa prosa
tersa, eficaz, rápida de Giraudoux, que a nuestros deslumbrados veinte años nos
daba la impresión de estar leyendo un clásico, un escritor intemporal y
soberbio que nos acompañaría el resto de nuestros días; esa prosa ha sido
ignorada por las nuevas generaciones de lectores de Francia y del mundo. No se
edita ya tampoco a Giraudoux. Pasando al terreno de nuestro idioma, me pregunto
también: ¿Quiénes leen hoy a Gabriel Miró, a Azorín o a Pérez de Ayala? Ellos
que, en su momenco, nos dieron también al leerlos, la impresión de estar
frecuentando y gozando a un clásico de nuestro idioma, a un escritor que había
vencido la fama pasajera y la acción corrosiva del tiempo. ¿Quién los lee hoy
en España y América, con excepción de algún estudiante en trance de tesis? ¿Y
quién lee hoy a Norman Douglas, a Aldous Huxley, a Knut Hamsun, a Panait
Istrati, a Charles Morgan, a John Dos Passos, a tantos otros que deslumbraron
nuestra adolescencia y nuestra juventud?
Ya
hemos caído en la villonesca lamentación que conduce a la autopiedad estéril, a
la saudade innecesaria. Pienso yo que, tras este primer regreso al
olvido nivelador y no siempre justiciero, hay un regreso ‑o varios, según el
tiempo y la obra, como es obvio‑, que es el que nos permite ahora leer, bajo
una nueva luz reveladora de inesperadas y magníficas zonas, antes ocultas, la
obra de Valle Inclán, de Céline, de Musil, de Arnold Bennet, de Gustav Meirink,
de Joseph Roth, y de otros grandes novelistas, que regresan de la penumbra de
un relativo olvido, para inquietar de nuevo y enriquecer una vez más el ámbito
literario del que se hallaban ausentes.
Bello
libro, digno de Thibaudet o de un Edmund Wilson, aquel que analizara los
secretos mecanismos que mueven esta marea de la fama, hasta conseguir
desentrañar el secreto de este fenómeno insusitado y a menudo absurdo que
llamamos un clásico.
***
CALUMNIAS DE TACITO
Me resulta de notorio alivio
recorrer de cuando en cuando las páginas de algunos historiadores de la
antigüedad, sobre todo para recordar que no siempre el mundo estuvo regido por
la mediocridad, la tartufería y el «lumpen» político que hoy nos abruma por
donde quiera que volvamos la vista. Es así como fui a dar con un tomo de los
Anales de Tácito en la castiza y noble traducción que en el siglo XVII, hiciera
don Carlos Coloma. El castellano de Coloma logra casi el milagro de recrear esa
«concisión al rojo fuego» que admiraba Hugo en el historiador latino.
Pero
una vez más, noto con asombro y no poco fastidio que esa tan justamente
celebrada concisión de Tácito, proverbial ya entre quienes trajinan los
latines, sólo sirvió al amargado cronista de los Césares para verter todo su
veneno contra la familia Julia Claudia y ensartar, una tras otra, las más
siniestras calumnias contra los miembros de esa casa tan llena de desventura y
muerte, pero no exenta, a través de algunos de sus miembros, en especial las
mujeres, de una soberbia grandeza. La forma como Tácito se ensaña, por ejemplo,
contra Tiberio, gobernante probo, rígido, preocupado de conservar la adusta
herencia de costumbres y sistemas recibida de la Roma republicana, llega a la
ingenuidad del más sucio libelo. Tácito recoge los imnundos chismes nacidos y
trajinados en el barrio de Suburra, nido de gladiadores, rameras y malhechores
de la peor laya y los eleva a la categoría de incontrovertible verdad
histórica, acuñada en la maravilla de su estilo hecho de sencillez y concisa
elocuencia. Y así sigue el sospechoso cronista enlodando la memoria de pobres
dementes como Calígula o Nerón y mujeres admirables como Livia, Antonia y
Agripina, hijas, madres y esposas de emperadores, modelos acabados de las
grandes familias romanas, virtudes en las que descansó y se afirmó, a través de
cinco siglos, una de las más grandes y fecundas civilizaciones del orbe.
Historiadores de todas las épocas han ido
desmenuzando y destruyendo la urdimbre de infamia tejida en tan noble estilo
por Tácito. Pero y esto es lo que debe preocuparnos y enseñarnos a leer los
testimonios escritos en los que se basa la historia, los infames colores con
los que el autor de Los Anales tiñe su crónica sobre los primeros Césares,
siguen prevaleciendo y dando lugar a una caudalosa literatura cuya inmensa
difusión le da fuerza de verdad. Ahora, el cine y la televisión recogen de
nuevo los viles infundios de Tácito y nos muestran, en glorioso tecnicolor, la
más distorsionada versión de hechos que fueron decisivos en el destino
posterior de Europa y de la humanidad. Triste fuerza, sórdida eficacia esta de
la calumnia, cuando se ha vertido en un soberbio estilo, en un idioma
impecable, inmune al trabajo del tiempo y del olvido. ¿No valdría la pena
preguntarse cuál será el Tácito de nuestra época? Necia pregunta, porque
tampoco hay hombres como Tiberio o Germánico, ni mujeres como Livia o Agripina.
Podemos estar tranquilos. Nuestros Tácitos se llaman Harold Robbins, James A.
Michenner e Irving Wallace y con esa materia no se llega ni al decenio.
***
EL ULTIMO SAMURAI
En breve se cumplirán diez años de
la muerte de Yukio Mishima, el más grande escritor del Japón contemporáneo.
Yukio Mishima fue, también, el último samurai. Con el dinero que le producían
sus obras, Mishima sostuvo un ejército de 70 hombres, todos ellos devotos
observadores de las leyes del bushidoo, que norman la vida de un samurai
desde hace mil años. Como protesta por la vertiginosa occidentalización de su
patria, convertida en el paraíso y el principal proveedor de la sociedad de
consumo Mishima tomó por asalto, con sus setenta adeptos, los cuarteles del
Estado Mayor japonés, arengó a los soldados reunidos en el patio principal, fue
abucheado por ellos y regresó al despacho del jefe de Estado Mayor, quien,
amarrado a una silla, asistió horrorizado a la ceremonia del sepukú
durante la cual Mishima se abrió el vientre de acuerdo con reglas varias veces
seculares. Un amigo suyo terminó la atroz agonía cortándole la cabeza con un
sable de samurai; este amigo procedió también a abrirse el vientre, y otro compañero
le cortó a su vez la cabeza en la misma forma. Cuando este tercer discípulo del
gran escritor procedía a abrirse el vientre, llegaron las autoridades a
suspender el sacrificio de los últimos servidores de un ideal caballeresco
anterior al de los Amadises, Durandartes, Oliveros y Tristanes de la Europa
medieval.
¿Locura?, ¿ciego fanatismo?, ¿afán demente de
figuración? Ninguna de estas explicaciones, puramente occidentales, cuadra al
impresionante suicidio de uno de los más lúcidos y penetrantes novelistas de
este siglo. Yo creo que en la muerte de Mishima debemos ver, más bien, la
expresión elocuente y definitiva de su rechazo a un mundo para él por completo
inaceptable. Ya, en su obra, el examen de este proceso deshumanizante a que es
sometido el hombre por las fuerzas asfixiantes de una tecnología gigantesca por
él mismo inventada y sostenida, es uno de los temas principales y recurrentes.
Sus Memorias de una máscara sus Piezas modernas de Noh y su hermosa tetralogía
El Mar de la Tranquilidad constituyen, además de muchas otras cosas, también
una denuncia feroz del mundo que estamos viviendo. Y esta denuncia cobra, en el
caso de Mishima, una fuerza muy particular. Mishima, en efecto, la plantea
desde su profunda fe en el ideal caballeresco de los samurais, en la
observancia estricta de las reglas que lo norman y que han perdurado, intactas,
por muchos siglos. O sea, no es desde el desencanto de un escepticismo
anárquico que Mishima juzga nuestra época. Es desde la compleja, densa y
substanciai estructura de normas que rigen la conducta cotidiana de un hombre,
llenándola para él de sentido y de trascendencia. Este conjunto de reglas se
llama bushidoo, y no hay paso en la vida de quienes viven dentro de él
que no esté prescrito y determinado con un claro sentido ético y, también, y
muy principalmente, estético. Todo eso suena un tanto rancio y por demás
extraño al hombre de nuestros días, desvestido ya de todo ideal y entregado por
completo a un proceso de «cosificación» que lo nivela por los más elementales y
sórdidos estratos de conducta. Pero esto no es culpa de los samurais y de sus
principios. La culpa es de nuestro tiempo y de su desoladora y gris necedad,
cada vez menos humana y más sosa. Que Mishima haya escogido la muerte, dentro
del código de su fe y que haya querido hacer de esta muerte una viva lección de
protesta, me parece plenamente válido. Que la memoria de los hombres todo lo
borre y regrese a la nada, no quita al gesto de Mishima una indudable grandeza.
Queda,
además, su obra. Algunos de sus libros están ya vertidos a nuestro idioma. Sus Piezas
modernas de Noh lo fueron en forma admirable por Kasuya Sakai. Además del
intenso placer y el interés cálido que despierta su lectura, esas páginas
dejarán testimonio de la más alta, valerosa y lúcida inconformidad y el tiempo
nada podrá contra ellas ni contra su autor. Es así como Mishima acaba
finalmente, por imponernos su razón y la verdad de sus convicciones. (1980)
***
IN MEMORIAM HENRY MILLER
No fui lector asiduo de Henry
Miller, el último miembro de la Lost generation, muerto recientemente en su
hogar de California. Creo no terminé de leer ninguno de sus dos Trópicos, un
tanto hastiado por ese erotismo frenético que acaba por gastar todo su poder de
sorpresa o de imprecación a la tercera página. La obscenidad nunca ha ido muy
lejos en literatura. El erotismo de ciertas escenas de El sobrino de Rameau,
de Diderot; de Rojo y negro de Stendhal; de la Comedia humana de
Balzac o de las novelas de Mauriac, me sigue pareciendo insuperable. No es
llamando las cosas por su nombre y describiendo minuciosamente los diversos
aspectos y posibilidades del acto sexual, como se logra la mejor dosis de
erotismo en literatura. En esa impetuosa corriente de sexo y procacidad que
corre por las novelas de Miller no dejan de percibirse fácilmente varias
generaciones de protestantes reprimidos y obsesionados con el pecado. Por otra
parte, también me incomodó siempre en Miller su afán europeizante y parisino
que tampoco lo llevó muy lejos. Era mucho más americano, para bien y para mal,
de lo que él creía y hubiera deseado.
Su
inclusión dentro de la generación perdida, que bautizara Gertrude Stein,
reuniendo bajo tal definición a Scott Fitzgerald, Hemingway, Faulkner y John
Dos Passos, no creo que corresponde ni es apropiada. Pero hay que reconocer que
comparte con los autores mencionados esa impresión que da su obra de algo no
totalmente terminado, de una pasta siempre demasiado fresca, que «no agarró»,
para usar un término culinario que era grato a mis tías. Ni Faulkner se libra
de esa condición, a pesar de Absalón, Absalón, y Luz de agosto. Además nos
basta leer las novelas de la generación norteamericana inmediatamente anterior
a la guerra del 14, Henry James y el mismo Dreiser, para disfrutar de una
madurez y una plenitud de concepción que a su vez heredaron de Melville y
Hawthorne, éstos sí, los auténticos grandes de la novelística estadounidense.
Sin
embargo, hay una obra de Miller que me sigue pareciendo maestra en su género y
que releo con placer siempre intacto: me refiero a sus recuerdos del viaje que
hiciera a Grecia a mediados de los años treinta y que tituló El coloso de
Maroussi. Este libro tiene una frescura, un vigor descriptivo y un exaltado
disfrute del paisaje, la comida y las gentes de Grecia, que nos reconcilia por
entero con su autor y nos enseña a apreciar y a gozar sus cualidades y
calidades de americano inteligente, sarcástico y enemigo de toda hipocresía y
de toda rutina. La evocación del poeta griego Katzimbalis y de las
pantagruélicas hazañas de este ejemplar inolvidable del Mediterráneo que toma
la vida entre las manos y la reparte con una generosidad ilimitada, es, a mi
juicio, lo más perdurable de Miller.
También
algunos de sus ensayos literarios son un ejemplo de originalidad y buen gusto.
Sus juicios sobre la literatura francesa de su tiempo y sobre sus compañeros de
generación en Estados Unidos, son páginas inolvidables y rigurosamente
necesarias. En estos artículos de crítica es donde se transparenta con mayor
verdad el auténtico Henry Miller, desvestido de su afán escatológico, que
siempre sospeché como un disfraz y como algo con lo que trataba de ocultar a la
auténtica persona, a la cual parecía tener muy secretas y hondas razones de
negar.
De
todos modos, con la muerte de Miller desaparece el último de los notables
escritores norteamericanos de la primera Postguerra y no parece existir, en el
panorama de las letras de ese país, nadie que pueda, ni de lejos, intentar
reemplazarlo. (1980)
***
ENRIQUE MOLINA
Enrique Molina, el poeta argentino
que, sin proponérselo, como es obvio, disputa a Borges el lugar del más
importante poeta de su tierra, acaba de publicar un nuevo libro donde reúne
poemas de estos últimos años. Se titula Los últimos soles y ya en esta forma de
bautizar su reciente poesía, encontramos a Molina de cuerpo entero, con ese
golpe de verdad y sueño, de clara desesperanza y larga sabiduría, que son los
signos de su escritura poética y de su alma de errancia inagotable y perpetua
curiosidad adolescente.
Ya
había publicado Monte Avila en Caracas una espléndida antología de Enrique
Molina, con ese tufillo a testamento y a desgarrada despedida que tienen tal
clase de obras. La selección de los poemas fue de un acierto tan feliz, que
quien lea el libro habrá tenido una visión bastante exacta y rica de una obra
nada fácil de apreciar y harto esquiva en sus dones para quienes no tengan la
familiaridad y el uso cotidiano de ciertas claves que abren los secretos
territorios del mundo de Molina y de los seres que lo transitan en el
duermevela de sus lúcidos delirios.
Ahora,
en Los últimos soles, Enrique Molina regresa a algunas de las obsesiones y
demonios de sus primeros libros, pero teñidos por el occiduo sol de la
milagrosa tarde de sus años. Hay un «saber» tan hondo en estos poemas de
Molina, un acercarse sereno y desarmado al delicioso y doloroso paso de los
días, con su cortejo familiar de pequeños desastres y la punzante llamada de un
deseo siempre renovado; hay una tan vieja y cierta mirada a ese lado secreto,
pero esencial que guarda cada cosa, cada ser, cada visión que nos visita, que
hacen de Los últimos soles un libro capital de la poesía contemporánea en
nuestro idioma. Oigamos esa voz movida por la corriente de la más alta poesía y
el más saludable delirio:
Aquí está mi alma, con su extraña
insatisfacción, como los dientes del
lobo; la narradora de naturaleza cruel e
insumisa que nunca encuentra la palabra,
por allá se aleja un viejo tren, momentáneo y perdido, como una luz en la lluvia, pero vuelve a
repetir su jadeo férreo y a llevarnos de nuevo en el verde aire de los amores
errantes.
Pues un tren no sólo moviliza sus hierros
sino sangre soñadora deslumbrada por el viaje.
Se entiende ahora por qué una poesía
de esta magnitud ha merecido la atención y el fervor de críticos como Octavio
Paz entre nosotros o André Coyné, en Francia.
(1980)
(Reproducido en el «Magazín Dominical de El Espectaáor, 24 de mayo de
1981.)
***
JUAN JOSÉ ARREOLA RECUERDA
Narrar los
recuerdos de infancia, recrear con verdad perdurable, los años, las gentes, los
lugares, los sentimientos de la niñez, es tarea literaria de las más difíciles.
Existe siempre el peligro de caer en la complacencia narcisista, en la
escrupulosa nimiedad o en el sentimentalismo nostálgico y estéril. Cada uno
recuerda su infancia como un paraíso perdido para siempre, como un territorio
cargado de esencias y resonancias que vivimos como únicas y que en verdad lo
son; cuyo signo entrañable es el de ser incompartibles. Tal vez una de las más
altas tareas del poeta o del narrador sea el de ser capaces de trasladar a la
palabra esa delgada materia con la que se teje la memoria de los primeros años
de la vida, haciéndolos así posibles de ser gozados, lamentados y sentidos por
sus lectores como si fueran propios. Pocos nombres recuerdo de quienes han
logrado tan raro milagro. Proust, desde luego y el primero en la escala de mis
preferencias; Tolstoi en su recuerdos de Infancia y juventud, uno de sus
libros más bellos; Kipling en Algo sobre mí mismo; Joyce en su Retraro del
artista adolescente y, «last but not least», Valéry Larbaud en su Fermina
Márquez y sus Enfantines. En América tal vez José María Argüedas en Los ríos
profundos y, desde luego, Mark Twain en su Vida en el Mississippi.
En días
pasados tuve la fortuna de asistir a este milagro de recreación deslumbrada y
compartida, al escuchar a Juan José Arreola en el primero de la serie de
programas que, bajo el título de Memorias improvisadas, inició en el Canal Once
de Televisión. Recordaré siempre esa hora emocionada durante la cual, un
escritor, dueño de uno de los más certeros y sabios estilos de cuantos conozco
en nuestra América, nos evocó su infancia en Zapotlán el Grande y nos trajo en
persona, por virtud de su palabra verdadera y de la claridad de su emocionada
nostalgia, a seres tan inolvidables como su padre, el artesano cumplido y el
amante de las letras y de nuestro idioma; a su tío, el cura multisapiente que
colgara los hábitos para dedicarse a la sismografía y a otros saberes aun más
abscónditos; a ese pintor de carrozas que preparaba él mismo los colores y
lograba en las paredes acabados que lindaban con el esmalte; y a tantas otras
gentes que acompañaron su infancia y que hoy frecuentarán ya para siempre el
resto de nuestra vida de tan verdaderas y entrañables como Arreola supo
traerlas ante nuestra maravillosa presencia.
Pensando, después, cómo había sido posible un
tan hermoso testimonio de hombre y de artista, llegué a la conclusión de que
solamente merced a una vigilante y sabia sinceridad y a una sabiduría y nobleza
del corazón conseguidas, no sin un arduo trabajo de años de meditación y
diálogo con los clásicos, es posible dar un testimonio de tal valor, y de tan
perdurable recuerdo. Ni qué decir tengo que no hablo de la sinceridad y cordial
bondad de los lelos. Muy al contrario. Sólo a quien se ha debatido, como es el
caso de Arreola, con sus propios demonios y con los ajenos; sólo quien regresa
de hondos abismos y fragorosos socavones, puede rendir cuenta de su vida y de
los seres y lugares que la designan, con tan inteligente eficacia literaria.
Vivimos en una fea época de confusión en donde los pedantes encuentran amplio
campo al ejercicio de su necedad. Qué refrescante experiencia ésta de oír a un
escritor evocar su vida sin esconderse y escudarse en el rebuscado
intelectualismo, que sólo dice de la muerte del espíritu, o en la empobrecida
argumentación en favor de ideas y sistemas de necesaria moda entre quienes
renegaron ya para siempre de la aislada e innegociable condición de individuos.
RESCATE DE GILBERTO OWEN
Éramos adolescentes y nuestro
bachillerato se iba desvaneciendo entre el billar y la poesía en el Bogotá de
los últimos treintas. En las tardes, era obligado sentarse en una mesa del Café
Molino, vecina de la que ocupaban los grandes de nuestras letras de entonces.
Allí campeaba Jorge Zalamea con su aire arrogante de Dorian Gray, su voz
también altanera e inteligente; León de Greiff con las barbas de vikingo aún
rojizas entreveradas ya de no pocas canas, sus ojos azules de fiordo y su
acento de Antioquia para decir escasas palabras, pero siempre lapidarias; Luis
Vidales con su aire malicioso y su sonrisa aguda, que ocultaba, vaya uno a
saber, qué sarcásticas visiones de pesador de almas; Eduardo Caballero
Calderón, aún sin barbas, ya claudicante, con un aire malhumorado más
superficial que sus comentarios, siempre hechos a costa de alguno de los
presentes. A este grupo se sumaba a menudo un hombre de aspecto un tanto hindú,
elegante, de pocas palabras, con una mirada oscura, honda y para nosotros
cargada de misterio. Era Gilberto Owen, el poeta mexicano radicado entonces en
Bogotá y casado con una rica heredera antioqueña. Los poemas de Owen aparecían
en revistas y suplementos literarios de la época, el de El Tiempo,
particularmente. Entonces se me figuraron llenos de oscuridad y no logré
desentrañar lo que detrás de esas hermosas palabras se escondía. Era una poesía
por completo ajena a nuestras simpatías del momento: el García Lorca de Poeta
en Nueva York, el Vallejo de España, aparta de mí este Cáliz, Cernuda
y, desde luego, el Neruda de la segunda Residencia en la Tierra. Así
mirábamos, desde la mesa vecina, desfilar lo que nos parecía la suma de la
gloria literaria. Pasados los años pudimos sentarnos a la mesa con Zalamea y De
Greiff, pero Owen ya había desaparecido. Yo preguntaba por él a los presentes y
siempre me respondían con una mezcla de honda simpatía y de respeto, como se
habla de alguien que vino de regiones ocultas con el misterio. Debo confesar
que, a pesar de haber leído después con detenimiento y placer la obra de Owen,
siempre hubo en ella para mí una zona oculta que se negaba a entregarme su
secreto y el placer de su conocimiento.
Hoy, un
contemporáneo mío a quien admiro, en un libro esencial y necesario, me ha
revelado, «con luz no usada», la clave de la poesía de Gilberto Owen. Me
refiero a Poesía y alquimia ‑Los tres mundos de Gilberto Owen, de Jaime
Garcia Terrés, aparecido en Ediciones Era. Esta hermosa y cierta indagación del
aspecto hermético de la poesía de Owen pertenece a ese escaso y arduo quehacer
literario que tendría que llamarse en forma distinta de crítica, palabra
empobrecida y gastada como pocas por el abuso de necios y pedantes. Con
imaginación deslumbrada, con inteligencia incesante, con intuición de poeta,
García Terrés renueva el milagro espléndido del rescate de un texto y de su
autor que ya habíamos gozado con Paz en Quadrivio y con Xirau en Poesía
y conocimiento. Cada uno, como es obvio, por el personalísimo camino de su
vocación y de sus sueños.
Poesía
y alquimia de Jaime García Terrés viene, además, a confirmar plenamente el
lugar de excelencia que ocupa México en el campo de la crítica, tanto en España
como en Latinoamérica. Un trabajo como éste sobre Owen no se emprendía desde
hace muchos años en este ámbito. La crítica de café y una indigestión de
estructuralismo que nos está asfixiando, son lo usual tanto en el reino como en
esas repúblicas. Yo, por mi parte, agradezco a García Terrés el que me haya
develado el hermoso misterio de Owen, como me había mostrado ya, bañada en la
luz de su inteligencia, la perpetua poesía de lo helénico.
***
PROUST: EL ORDEN DE LAS POTESTADES CELESTIALES
Gaceta del Fondo de Cultura Económica Nº
174, 1985.
Para el
lecror nato la lectura es como una segunda vida, una existencia paralela que
corre al lado de la cotidiana sólo en apariencia más real que aquella. Tiene
todos los accidentes y características que señalan nuestro paso por la tierra:
nacimiento, primeras sorpresas, entusiasmos que en el momento nos parecen
perdurables, amores a primera vista, rechazos injustificados, decepciones,
amargas enseñanzas, mundos enteros que se abren al apetito de nuestros sueños,
amistades difíciles y antipatías incomprensibles, maduras revisiones,
reencuentros decepcionantes, rectificaciones aleccionadoras, amistades para
toda la vida, arduos intentos de establecer una relación y que terminan en
tristes distanciamientos: dos o tres títulos al pie de nuestro lecho de agonía,
últimas palabras que nos llegan al oído dichas por alguien que, en ese
instante, nos revela quizás un secreto celosamente guardado. Así vive el lector
su relación con los libros, así la disfruta y así la padece hora tras hora, día
tras día, año tras año. Si las cosas no suceden de esta manera, sencillamente
es que estamos ante una falsa vocación, ante un fariseo de los muchos que en
este terreno existen o, simplemente, ante alguien que buscó otros caminos de
conocimiento, otras secretas rutas para alimentar sus sueños, otra manera de
encontrar las respuestas, efímeras o intermitentes como vanos espejismos ya
destinadas a calmar la sed que no se sacia.
Para
quien vive la lectura de esta manera totalizadora y entrañable, el encuentro
con ciertos autores significa siempre una esquina decisiva, un crucero fatal
que ha de cambiar la vida y marcarnos para siempre. La importancia que dichos
nombres puedan tener para nosotros depende de los secretos hilos que mueven
nuestro destino, nuestros terrores y nuestros sueños y que, en un momento
determinado, son los mismos que mueven al autor que nos deslumbra. Son esas
afinidades secretas sobre las cuales el viejo Goethe construyó el impecable y
airoso edificio de su novela inmortal: Las afinidades electivas. Sólo
que en este caso estamos, no ante otro ser de carne y hueso que aparece de
repente en nuestro camino, sino de alguien que nos habla desde las frágiles
páginas de un libro. En el fondo, la diferencia es casi imperceptible. Ahora
bien, es una verdad de Perogrullo el que la lectura de esos compañeros de ruta,
de esos cómplices de nuestras más secretas aventuras, va cambiando a medida que
pasan los años. También es caer en la obviedad advertir que el autor que no
releemos con la regularidad que marca lo indispensable de su compañía, nunca
podrá pertenecer a esta familia perdurable e imprescriptible. Y es entonces
cuando nos damos cuenta que cada lectura tiene un ámbito, una relación, un
juego de preguntas y respuestas, por entero diferente de la anterior. Porque a
medida que la vida nos va formando y deformando, también los libros nos van
abriendo distintas perspectivas y más amplios horizontes o nos van cerrando puertas
que antes nos conducían a paraísos o a infiernos que ya nos son vedados o aún
no están listos para nuestra frecuentación. Trataré de ilustrar este fenómeno
limitándome únicamente al campo de la ficción novelada, con un ejemplo, con
seguridad a todos accesible. Tomemos como modelo la novela de Feodor
Dostoievski Los hermanos Karamazof. Si el libro cae en nuestras manos
durante la adolescencia ‑tal fue mi caso‑ lo leemos con el interés y la pasión
con los que devoramos una novela policíaca. Nos interesa, primordialmente,
saber quién fue el asesino del viejo y antipático padre de Dimitri, Iván y
Aliocha. Estos se nos aparecen como seres un tanto enigmáticos, delirantes en
ocasiones y por entero incomprensibles en su abstrusa conducta. Tal vez
sintamos una ligera simpatía por alguno de ellos. Las escenas y diálogos se nos
alargan en forma que nos parece bastante gratuita y corremos hacia el desenlace
final sin parar mientes en el vasto mundo que ha ido desfilando ante nuesrros
ojos. Pasan los años, aprendemos algunas cosas y olvidamos otras, cambiamos, en
fin nos vamos gastando para dejar al descubierto ese que se supone que debemos
ser. Tornamos a leer la obra de Dostoievski. Sabemos que la primera lectura
había sido de una superficialidad inadmisible ante la vastedad de la trama y de
las verdades que postula. Esta segunda lectura sucede en esos años en que
creemos haber capturado, intacta e inmutable, la verdad, la única, la que no
nos abandonará jamás. Es muy seguro que, entonces, nos pongamos del lado de
Iván Karamazof, de su dogmática certeza, de su frío razonamiento que anuncia ya
al comisario, Dimitri nos parece reaccionario y perdido en un mar de confusión
y delirante egoísmo, Aliocha se nos antoja un descarriado, un sentimental sin
brújula, por completo sometido a la vana idea de un sacrificio irracional. El
padre se nos figura el retrato acabado del burgués ávido de satisfacciones
elementales, pataleando en el barro de sus apetitos desenfrenados, el hombre
que debe desaparecer y que el autor sacrifica como lección que debe entenderse
y seguirse al pie de la letra. (Permítanme que les confiese que no fue así mi
segunda lectura de la famosa novela; pero sí la de muchos de mis amigos y
contemporáneos de entonces). Puede seguir luego una tercera lectura
correspondiente a los años de la serena madurez ‑término convencional como
pocos, destinado a hacernos más tolerables los efectos del desencanto, del
enfriamiento de nuestro corazón y de nuestros ya un tanto rancios delirios. Si
tal lectura sucede nos hallamos entonces frente a una obra de muy complejas
proposiciones. Vemos que los tres hermanos pueden ser, tal vez, un tríptico que
se confunde y unifica con eso que suele llamarse el alma rusa, descubrimos que
la leyenda del Gran Inquisidor es de una actualidad aterradora, que Iván ha
sido el inventor y sostenedor de todos los «Goulags» y policías secretas que
nos acechan cada día, nos provocan y hacen todo lo posible por destruir el
ansioso aliento de nuestro espíritu. Se nos revela la posibilidad de salvación
que esconde el ejemplo de Aliocha, cada día, eso sí, con menos probabilidades
de cumplirse sobre la tierra y nos identificamos por entero con Dimitri en
quien vemos al viejo, conmovedor y lamentable amigo que se nos aparece cada
mañana en el espejo cuando nos estamos rasurando.
Demás
está decir que para este ejemplo bien pudiera haber escogido cualquier otra de
las grandes novelas, obras maestras del género: la Cartuja de Parma o Ana
Karenina, las Ilusiones Perdidas o David Coperfield, El Molino junto al Floss o
Madame Bovary Las distorsiones, transformaciones, descubrimientos y sorpresas
no hubieran sido muy diferentes en su esencia aunque sí en los elementos
puestos en juego.
Llegados a este punto surge la pregunta: ¿Y
qué sucede con la lectura de Marcel Proust? Siendo esta, sin lugar a duda, la
obra más vasta, importante y necesaria que se haya escrito en los últimos cien
años y uno de los mayores logros literarios de todos los tiempos, estará sujeta
a este paulatino proceso de descubrimiento y ensanchamiento de intereses que
hemos propuesto para otras grandes novelas del pasado. No, definitivamente, no.
En busca del tiempo perdido es una obra que se escapa por entero a esta
ley que hemos intentado establecer y plantea sus propias y muy diferentes
reglas al lector, por razones que vamos a intentar establecer en seguida.
Si bien
es cierto que cada lectura de la obra de Proust es diferente de la anterior y
que nuestros descubrimientos también estarán sujetos al cambiante módulo de
nuestra conducta y, por ende, de nuestra vida, en el caso del escritor francés
nos vamos a encontrar, desde el primer instante, con un mundo visto,
descubierto, ofrecido a nuestra sensibilidad con una riqueza, una vastedad y
una complejidad sin esperanza, por entero diferentes al de todo libro anterior
o posterior. Aquí nos hallamos, de repente y sin regreso posible, envueltos en
la materia misma de nuestra existencia, somos nosotros mismos los que vamos
avanzando por el implacable proceso de conocimiento a que nos somete Proust y
en cada diferente época de la vida que nos acerquemos a esta obra sin límites,
las revelaciones que nos plantea, más tienen que ver con los secretos resortes
y subterráneas corrientes que mueven nuestra alma que con el mundo que nos
rodea, cuya inmutable aridez se nos aparece como una insoportable letanía. Yo diría que la lectura de Proust, en el
curso de nuestras vidas, en lugar de correr en un sentido horizontal y plano
como en el caso de cualquier otro libro que nos sea familiar, acontece en forma
espiral, en círculos que se suceden y engendran a sí mismos, como en la
concepción dantesca del infierno, como el orden de las potestades celestiales.
Para mejor explicarme voy a recurrir a un testimonio para mí de incomparable
valor, ya que viene de alguien que, como Proust, forma ya parte consubstancial
de mi existencia. Se trata de un intento de acercamiento a la obra de Proust
escrito por Joseph Conrad y que aparece en una carta suya a la editora
Gallimard que le proponía contribuir con unas líneas al homenaje a Proust que
reunía grandes escritores de Europa y América con motivo del fallecimiento del
novelista, acaecido en 1922. Homenaje que apareció en el número de la Nouvelle
Revue Française correspondiente a enero de 1923. Conrad, al tiempo que se
disculpa por no escribir algo que satisfaciera a su acostumbrado rigor, dice
estas reveladoras palabras que transcribo en su totalidad por parecerme que
ningún juicio ha sido más feliz que este del puño de otro grande de nuestro
tiempo, tan ajeno, sin embargo, al estilo y a la obra proustiana. Dice Conrad: «En cuanto a Marcel Proust como creador, no
creo que se haya escrito mucho sobre él en inglés. Lo que he leído me parece
muy superficial. Se han elogiado, en efecto, sus maravillosos cuadros de la
vida parisina y provinciana: pero eso ya nos había sido admirablemente ofrecido
antes que él, con amor, con odio o con sencilla ironía. Hubo un crítico que
llegó a decir que el gran arte de Proust alcanza lo universal y que al pintar
su propio pasado, reproducía para nosotros la experiencia general de la
humanidad. Me permito dudarlo. Admiro a Proust más bien porque devela un pasado
diferente al de los demás, porque amplía notablemente, por así decirlo, la
experiencia general de la humanidad aportándole algo que jamás había sido
registrado anteriormente. De todas maneras esto no es muy importante. Lo
importante es que antes se nos había dado un análisis aliado con el arte
creador, grande en su concepción poética, en la observación o en el estilo,
mientras que en el caso particular de Proust, el arte creador que le es propio
se basa por completo en el análisis. Pero es en realidad algo más que esto. Se
trata de un escritor que ha llevado el análisis a un punto en donde este se
vuelve creador. Toda esa muchedumbre de personajes, en su infinita variedad, en
todos los grados de la escala social, nos es revelada y se nos hace visible por
la sola virtud del análisis. No digo que Proust carezca del don de describir y
del de caracterizar, pero, para tomar un ejemplo en los dos extremos de la
escala, Françoise, la sirvienta fiel y devota y el Barón de Charlus, ese
retrato perfecto ¿cuántas líneas de descripción ocupan en esta obra inmensa?
Una página, tal vez, cada uno, sumando las líneas. Y, sin embargo, ninguna
persona inteligente puede, por un momento, poner en duda su plástica y colorida
existencia. Podría pensarse que este método (y Proust no dispuso de otro porque
éste era la expresión de su temperamento) fue llevado por él demasiado lejos,
pero debemos convenir en que jamás se vuelve aburrido. Puede haber, aquí y
allá, en el curso de este millar de páginas, un párrafo que nos parezca
demasiado sutil, un trozo de análisis llevado tan al extremo que acaba por
perderse en la nada. Pero estos son ejemplos muy escasos y mínimos. El placer
intelectual no se agota jamás porque siempre se tiene la sensación de estar
escuchando la última palabra sobre un tema muy estudiado, sobre el cual se ha
escrito mucho y que tiene un interés humano innegable: la última palabra sobre
su época, en suma. Quienes han descubierto la belleza de las páginas de Proust,
tienen plena razón. Allí está. Lo que sorprende es su carácter inexplicable. En
esa prosa tan llena de vida, no hay ni ensueño, ni emoción, ni ironía, ni calor
de convicción, ni siquiera un ritmo marcado que halague nuestro oído. Esa prosa
apela a nuestro sentido de lo maravilloso y gana nuestra admiración, por su
velada grandeza. No creo que haya habido jamás en toda la literatura un ejemplo
tal de poder de análisis y, lo digo con plena certeza, no creo que vuelva a
haberlo jamás».
Estas
lúcidas palabras del autor de Lord Jim sobre un escritor tan alejado, al
parecer, de su sensibilidad y de sus preocupaciones de novelista, nos dan la
clave de porqué la lectura de Proust se escapa, en el curso de nuestra
existencia, al modelo que suele cumplirse en nosotros con otras frecuentaciones
de nuestros autores favoritos. En efecto, cada vez que tornamos a Proust
vuelven a aparecer, en toda su plenitud, pero con luces y con intensidades
diferentes, grandes zonas de nuestro ser sobre las cuales creíamos saberlo todo
y apenas habíamos desbrozado las primeras tinieblas. El implacable haz de luz
del faro proustiano nos va revelando, con dantesca regularidad y con inapelable
precisión, la esencia misma de nuestro ser, al margen del tiempo y de sus
arteros engaños. Es cierto que cuando lo leímos en nuestra adolescencia no
entendimos muy bien a qué tanto detenerse en ese desfile de marquesas,
burgueses delicuescentes y altos personajes del mundo de la ciencia, las letras
y la política. Pero desde esa primera lectura sentimos ya el llamado
ineluctable de un arte que iría descubriéndonos, sin pausa ni prisa, las
desoladas verdades de nuestro breve tránsito entre los hombres y la piadosa
obra que el olvido y nuestro poder de fabulación y ocultamiento van tejiendo
para ampararnos de la nada. Por eso propongo para la frecuentación de Proust
esta imagen de los círculos del Infierno que nada tiene que ver con nuestra
experiencia de lectores de cualquiera de las otras obras cuya lectura ocupa
parte de nuestra vida. Una vez internados en el universo proustiano, nunca más
volveremos a salir de su generosa maraña de personajes, situaciones, pasiones,
miserias, parvas alegrías, dolorosas sorpresas y laboriosas caídas en el ciego
pozo del deseo. A cada paso nos saldrá al encuentro una escena del vasto mural
viviente que es esa obra impar e incesante. Los proustianos se buscan, se
reconocen, se miden entre sí, prueban sus argucias y saberes de frecuentadores
de ese universo, de esa jungla sin escape que se sustenta de sus propios e
inagotables jugos. No se agota nunca Proust, no lo agotamos jamás. Hace algunos
días, conversando con mi admirado amigo y proustiano de primera fila, José
Antonio Alcázar, de repente me sale al encuentro para recordarme esos breves
pero inolvidables párrafos que describen la vida de la servidumbre del Hotel de
Balbec, a donde ha ido Marcel de niño con su abuela y regresa joven y
desencantado. Bastó al admirable escritor y músico excepcional que es Alcázar
el haber apoyado esa tecla para que surgiera de nuevo todo un rico tejido de
recuerdos, olores, susurros, gestos, ceremonias, mezquindades y graciosos
desquites del mundo de downstairs de ese Hotel de verano en la costa
normanda. Esa noche quise regresar a esas páginas evocadas por José Antonio y
no pude detenerme hasta casi agotar el tomo que las incluye. Por eso diría yo,
forzando un tanto la paradoja, que no hay una primera lectura de Proust o
varias en orden sucesivo: hay una única, constante, insaciable visitación a En
busca del tiempo perdido, cuyas páginas, muy seguramente, velarán abiertas
nuestra última noche sobre la tierra, como los libros de Bergotte supieron
hacerlo a la muerte del escritor. Ojalá así sea. (1985)
***
EL GENERAL EN SU LABERINTO
En 1963 comencé a trabajar en una
novela sobre los últimos días de Bolívar, a quien le hacía encontrarse con un
coronel imaginario de los lanceros poloneses. Su diálogo me permitía mostrar la
decadencia física y política del Libertador, mediante el recuerdo nostálgico de
sus brillantes años europeos. En París él había sido un dandy, y no tenía más
que una idea: regresar a Francia. Creo que bajando por el Magdalena hacia el
puerto marítimo donde debía embarcarse, pudo advertir el desastre que dejaba
como herencia y murió a causa de ello; murió de repugnancia y desesperación.
Sin
embargo, abandoné el proyecto al darme cuenta de la enorme documentación que
debía consultar. Uno puede inventar o reinventar todo cuando escribe de
Bizancio. No sobre el General Bolívar, que dejó 42 mil cartas y de quien no se
ignora nada. Yo no tenía ni la paciencia ni la formación y menos aún la
vocación para emprender largos años de búsqueda. Por eso, para evitar la
funesta maceración de los remordimientos, quemé toda aquella obra negra con la
excepcion de unas quince páginas. Ellas forman un cuento que publiqué hace
tiempo bajo el título de El último rostro. Un día, hace tres años, Gabriel García
Márquez viene a verme a la casa. El y yo nos visitamos con frecuencia: en
México vivimos a tres minutos el uno del otro y nos une, desde hace cuarenta
años, una amistad sin sombras. Aquella mañana Gabo no se tomó ni el tiempo de
servirse algo. Simplemente venía a preguntarme: «Alvaro, ¿te acuerdas de esa
novela que escribías sobre el final de Bolívar y de la cual publicaste un
fragmento?». Le contesté que la había quemado. «Pero, ¿por qué?». Le repuse que
había renunciado ante la abundacia del material. Con su talante directo, muy
cortante, me anunció entonces: «Pues bien, yo la voy a hacer». Le respondí que
me parecía bien, que le cedía voluntariamente la idea y con ella todos los
libros que poseía sobre el asunto en mi biblloteca. Los tomó de inmediato. Todavía lo veo embutir
los quince tomos en la bodega de su BMW que no se había tomado la molestia,
contrariamente a su costumbre, de poner a la sombra en mi garaje. Al momento de
partir me dijo: «Ya sabrás de mí». No se había demorado más de un cuarto de
hora. Gabo me dedicó El General en su
laberinto. La edición en francés lleva una dedicatoria «Para Alvaro Mutis»,
que remite al prefacio explicativo de Gabo. La edición original es más
explícita. Ahí se precisa: «Para Alvaro Mutis, que me regaló la idea de
escribir este libro».
En
realidad, de ninguna forma se trata de un regalo que yo le haya hecho. Su
misiva es muy generosa: yo no le regalé nada, pues él tenía otra idea de Simón
Bolívar, muy diferente a la mía. El ve
en el Libertador a un hombre sagaz, lo que desgraciadamente no era; a un hombre
capaz de cálculos políticos cuando se comportó sobre todo como un niño
consentido; en fin, a un conductor de hombres dotado de una madurez que jamás
poseyó, en un continente donde la madurez ha brillado siempre por su ausencia.
En política resulta fundamental escogerse bien los enemigos y mantenerlos, a
toda costa, en la adversidad, cosa que Bolívar no hizo jamás por un constante
deseo de grandeza poco sutil. En
resumen, Bolívar pertenece al personaje de tipo romántico, como Byron y
Chateaubriand. Vuestro querido vizconde era un pésimo político, y nuestro
hidalgo de las colonias fracasó por las mismas razones, es decir, debido a una
equivocada elección del entorno y a una especie de amarga lucidez, donde su
soledad pudo deleitarse, pero que le impidió realizar su gran diseño de un
continente jamás reunido. De hecho, como general, Bolívar perdió todas las
batallas en las que se hallaba comprometido: la única que ganó, en Boyacá, ¡no
dejó ni una sola víctima! Tuve
rápidamente la sensación, para no decir la certeza, de que la novela de Gabo
sería mal comprendida tanto en los países bolivarianos como en los europeos. Al
presentar un hombre de carne y hueso, roído por la fiebre y las dudas, él
demitificó al intocable, al padre emblemático de América Latina. Por otra parte, en Francia y en Europa, esta
América no cuenta para nada: la época del realismo mágico, tal como la han
ilustrado Borges, Carpentier, Asturias, el mismo Vargas Llosa, está muerta. Hay
que comprender que para nosotros Bolívar está presente todavía en la guerrilla
que libramos aquí y allá. ¿Cuándo será que esos héroes de teatro aceptarán
desencantarse? La lectura del manuscrito
de Gabo me reafirmó en mis inquietudes, aun si El general en su laberinto
ocupa un lugar en una obra inmensa dentro de la cual, desde el punto de vista
literario, este libro no desmerece. Pero yo heredé de mis ancestros el
anarquismo antibolivariano que me caracteriza. Mi bisabuelo tuvo el honor de
recibir en su casa a Bolívar. El General se dirigía a la Convención Política de
Ocaña y en el camino hizo un alto para pasar la noche en la hacienda de Domingo
Mutis. En la casa había un retrato del Libertador que a éste se le ocurrió
voltear. En el dorso había dos versos escritos a mano por el dueño del lugar.
«Pues, amigo Mutis, yo no sabía que usted era poeta», comentó Bolívar. Los dos
versos decían: «Este santo y Napoleón / no son de mi devoción».En «Cuadernos
del Herne», 1986
***
MONNY DE BOULLY: «ACOGIDA AL CAPITAN»
Revista Gradiva, 1992
Monny de Boully nació en 1904 en
Terasije, cerca de Belgrado, y murió en París en 1968. Había llegado a la
capital francesa, alentado por Dusan Matic, en 1925. Allí entró en relación con
André Breton y los demás surrealistas que rodeaban al gran pontífice del
movimiento, quienes lo aceptaron con entusiasmo. En 1927, entra en conflicto
con Breton debido a sus simpatías por el grupo de la revista Clarté. Monny de
Boully reprocha a Breton su alejamiento del carácter experimental del
Surrealismo. Al abandonar el Surrealismo Boully entra a colaborar en Discontinuité,
antes de unirse, en septiembre de 1928, al notable equipo que publicaba la
revista Grand Jeu, lo que determinó a Breton a emprender el proceso del grupo
en cuestión. Monny de Boully se convirtió en el niño mimado de los redactores
de Grand Jeu. René Daumal, uno de los cabecillas de esta escuela, dijo de él:
«Es un joven lleno de buena voluntad en todos los sentidos del término y muy
valioso para nosotros por sus hallazgos». Cuando se disuelve el equipo de Gran
Jeu, en 1932, Monny se manifiesta de tiempo en tiempo publicando su poesía en
pequeñas «plaquettes» y en revistas de corta vida. Entre estos
poemas se distinguen: «Accueil au Capitaine» (Cahiers du Sud, 1937) y «Er
l'Aménien» (Editions Sagesse, 1938). Se
convirtió en comerciante de objetos preciosos y obras de arte. Había perdido
toda su fortuna durante la revolución yugoslava y por aquel medio trató de
mantener el nivel de vida refinado que hasta entonces había llevado. Murió de
un paro cardiaco el 2O de marzo de 1968. Dos días después salía a la luz en su
patria un libro con sus escritos de juventud.
La
edición original de «Accueil au Capitaine» me fue obsequiada en París el año
pasado por mi querido amigo Dominique Rabourdin, gran coleccionista de primeras
ediciones de poesía de vanguardia en Francia y conocedor exquisito de la buena
cocina, los buenos vinos y la gran poesía de nuestra época. Cuando leí el
deslumbrante poema de Boully quedé atónito ante ciertos paralelismos en los
temas y en el tono con muchos de mis poemas. Traducirlo ha sido un trabajo
laborioso, en donde mi identificación con este autor que hasta hoy conozco ha
ido pareja con la casi imposibilidad de verter al castellano la laberíntica
maravilla de su poesía. Reconozco en mi trabajo fallas que me han parecido
imposibles de superar. Ojalá el lector sepa ver en él un homenaje, menguado
pero caluroso, a quien me antecedió sabiamente en no pocas de mis torturadas
pesadillas y mis viajes abismales.
ACOGIDA AL CAPITAN
a Hendrik Cramer
I
«¡Salud
al modesto carguero negro de hollín, rojizo de orín, salud a la cuna de las
tempestades!
«¡Salud
a los ángeles de la tripulación; pero, primero, salud a ti, Capitán, bienvenido
seas entre nosotros, tus amigos probados, tus segundones por la conciencia!
«Nuestras vidas son, o muy plenas o muy
dispersas, muy densas o muy ardientes, y nuestra soledad es la de una mano
muerta.
«¡La
sangre de la razón espera ser vivificada!»
¿Volveremos jamás a ver este triste brazo de
mar, el mar jalando las amarras de hierro? La luna plena a punto de estallar,
la bruma ligera, el zócalo aplastante de la noche. EVANGER (¿puede creerse?)
está de vuelta: ¡una vuelta al mundo!
Dice el
Capitán:
‑»El
viejo alcohol de nuestras calas no perturba la sangre de la razón. ¡Bebed a la
salud de nuestras vidas! ¡Bebamos!»
Y los
ángeles de la tripulación y los guardianes del puerto y los aduaneros a medio
despertar y un personaje apodado el Correo y una mujer ya madura que estaba
allí llorando (¿por quién?, ¿por qué?) y el Capitán y sus amigos probados,
todos, de pie, destinados por su estrella al mismo sueño, vaciaron sus botellas
de aguardiente.
‑»¡Es
el más bello viaje de mi vida!» ‑cantaba aquél cuyo apodo era León de Tormenta.
Y, los
ojos poderosamente imantados, el Capitán habla:
‑»Todos
los matices del silencio, la riqueza equívoca de tanto brillante discurso, la
salud desbordante o vacilante, los cuerpos que el sexo precipita unos contra
otros, unos sobre los otros, los unos gimientes, los otros triunfantes, el
cielo abierto sobre nuestras cabezas y el atlas abierto sobre esta mesa, el
tópico del corazón, el empuje hacia las lejanías o el temor de una partida
inminente, todos los signos inscritos en el destino humano o en el curso de las
cosas (continuad en vosotros mismos la apasionante lectura), todos los signos
tienen doble faz, fasta o nefasta, bendita o maldita.
«Tú,
Salomón de Babilonia, a lo largo de esta larga travesía, tu frente más de una
vez se inclinó sobre el agua de mi sueño.
«Vestido de negro y sin sombrero, permanecías
cerca de la puerta en un vagón del metro. Distraído por muy precisos
pensamientos, tu expresión era serena como los recuerdos de quienes mueren sin
rencor.
‑»¡Enfermo
al alba, muerto al crepúsculo! ‑me confió mi voz más secreta.
«A
través del Atlántico desencadenado, he llorado (temblando de angustia o tal vez
sólo soñando que lloraba) al mejor de mis amigos.
«¡Y
ahora, hete aquí, adornado con lágrimas de dicha, próspero en la felicidad y
libre, saludándome en voz alta!»
En voz
baja, para que sus auditores sean todo oídos, el Capitán prosiguió:
‑»Me ha
parecido sorprender el alma de un amigo, pero sólo era su doble!
«Así,
oh mis probados amigos, cuando hayáis reconocido el sentido de los signos que
se inscriben en el destino humano o en el curso de las cosas, recordad que todo
en verdad está en el poder del ojo que ve. Y el sentido de cada signo tiene
doble faz, buena o mala, fasta o nefasta, bendita o maldita, pero doble
eternamente».
II
En
verdad, el añejo aguardiente de las calas del EVANGER no perturba la sangre de
la razón.
¿Una
felicidad tan rara no será el signo de una gran desdicha?
La
angustia desgarraba en mil pliegues el fuego mortecino de nuestros rostros.
Pero ya
las lámparas de casas lejanas anuncian, próximas, nuestras casas y el disfrute
del retorno enciende un fuego nuevo sobre nuestros rostros.
III
«Esta
lámpara es la de mi vida. Su claridad se demorará paciente sobre la blancura de
tus sábanas, probará el gusto de alimentos muy simples.
«¡Oh
indecapitable! ¡Oh sellado‑con‑el‑sello‑de‑oro!
«Sed el
huésped bienamado de los ángeles soberanos de mi vivienda. Capitán de grandes
travesías sometido a la secreta travesía de cada estrella, hombre grave y
tranquilo, juzga entre nosotros sobre leyes y constelaciones, «las constelaciones a toda mirada visibles y
aquellas que tú sólo disciernes en el polvo celeste y en los polvos de la
tierra.
«Soy de
aquellos a quienes mucho claror ciega. Tiemblo de confundir la propia luz con
las luces que se reflejan. Del drama que en mí se representa, la trama y la
secuencia son de la misma vena.
«¡Y
ahora, cuando de nuevo compartes tu espera con nosotros, Oh Geodésico‑de‑zonas‑oscuras,
Oh Geognóstico‑de‑estratos‑futuros, traza, te lo suplico, un justo itinerario a
nuestras delicias: rompe, te conjuro, los goznes de puertas condenadas!
«Inscrito en la blanca estela de tus viajes,
tu libro de a bordo revela un orden sin tacha; y cuando cartas venían de lejos,
nuestras manos guardaban largo tiempo la impronta de tus manos.
«Desde
la Montaña nos respondiste:
‑»Nos
amontonamos en los hospitales‑prisión de las grandes ciudades, porque la luna y
el sol se juraron nuestro infortunio. Limosna por limosna, ultraje por ultraje,
el peso del cielo vuelca los embusteros pesos de nuestras balanzas. Hablo de
razones y no de causas».
«A la
sombra del barco que te llevaba, a la hora de los adioses, nos dijiste:
‑»Aquello
que nos ve primero y que nosotros enseguida vemos, es lo imprevisto».
«Pero
de Nueva York tu escritura era apenas legible:
‑»Europa
me llena de un sentimiento de blando horror. Y, sin embargo, a fuerza de
partir, me he quedado en casa, entre vosotros, Oh mis probados amigos, porque
todo lo que soy, todo lo que sigo, se detiene aún en las rutas que fui. Europa
me obsede, me tienta, me atormenta, es la úlcera que nos roe los tuétanos, es
la lepra que comerá nuestro rostro».
«Así
tus palabras se grabaron en llamas vivas en el saber de tus amigos probados,
tus menores por la conciencia, tú, el más fiel de los amigos y el más recto de
los sabios.
«Y
ahora, que de nuevo compartes tu espera con nosotros, velando o durmiendo,
recordando o callando, acepta, Capitán, este envío sin artificio:
«Tu
palabra y tu silencio
«Son de
un oro igualmente puro, «Tu presencia y
tu ausencia
«Son
lazos igualmente seguros».
IV
Y aquel
cuyo apodo era León de Tormenta fue a dormir a su cabaña de pescador.
Y el
último eco de nuestras canciones apenas apagado, el fuego de las lámparas
declinó de repente.
Y en la
sala de vigas bajas, el Capitán y Salomón de Babilonia, se sentaron cara a
cara, frente al fuego.
Entonces, el Capitán habló:
‑»Has
de saber, hijo mío, que hay dos maneras, vanas la una sin la otra, de viajar:
«en la
superficie (que es en el Espacio) y en profundidad (que es en el Color).
«A ti
la tarea de cubrir esa palabra‑superficie, a ti la de llenar esa palabra‑profundidad.
«A ti,
pues, corresponde clavar o arrancar esa palabra clave, a ti envainar la palabra‑cuchillo,
a ti contar en tus dedos la palabra‑diez, a ti fecundar de amor la palabra‑hembra,
a ti arder en las llamas de la palabra‑fuego, a ti el saciar tu sed en la
palabra‑manantial, para ti el arar la palabra‑tierra, a ti, a ti, hermano mío,
el sobrevivir a la palabra‑muerte!»
Y
Salomón de Babilonia interrogó:
‑»¿Cómo
escoger el pan escondido tras el grano de futuras cosechas?», Y el Capitán respondió:
‑»Esto
no se puede aprender, hijo mío; eso jamás puede perderse. La vida entera está
en el sentido de los signos y cada signo en la noche del ojo que ve. Basta una
mirada y tu destino se esclarece.
«Pero si miras un poco más, «todo se enturbia
«porque
el sentido de cada signo
«es
siempre doble».
***
ASOMBRO DESLUMBRADO
Fue en la cátedra de Literatura que
impartía en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario Eduardo Carranza, tu
padre, donde merced al fervor que sabía transmitir Eduardo hacia el luminoso
misterio del poema, comencé a leer a Silva con el deslumbrado asombro que
podrás imaginar. Hablé de ello con Carranza, quien, con esa entrega, esa
generosa disponibilidad con la que sabía escuchar a los alumnos que se le
acercaban a plantearle sus dudas y sus perplejidades, me oyó con franciscana
paciencia y me dio un consejo: «No abandones la frecuentación de esa poesía.
Haz que Silva te acompañe toda la vida». Le expresé luego algo que ya entonces
me torturaba en extremo: la imagen oficial de Silva como un dandy ocioso y
lleno de melindres y cuya egoísta vanidad había causado la quiebra de su padre.
Veo el rostro de Eduardo, como si fuera hoy, con una mezcla de fastidio y pena
en sus facciones. «No hagas caso de esas necedades; la única manera, a estas
alturas, de conocer a Silva es a través de su poesía. Olvida el resto».
Así lo
hice con alternada fidelidad, porque otras voces se iban entrecruzando en el
camino. Hubo épocas en las que Silva estaba ausente por completo de mis días y
hasta llegué a participar, como fiscal acusador en un programa de radio llamado
«Procesos literarios» y allí acumulé, para mi perpetua vergüenza y pena,
juicios que más tenían que ver con la caricatura que los contemporáneos del
poeta tuvieron a bien poner en marcha, que con la verdadera, atormentada y radiante
personalidad del más grande poeta de Iberoamérica, junto con Rubén Darío. Muy
pronto hube de arrepentirme de mi inexcusable ligereza. Valga el dato de que
quien estuvo a cargo de defender a Silva en el programa de marras fue el poeta
Luis Vidales, y lo hizo con acento y argumentos tan convincentes que dejó mi
intervención en el rincon del bochorno y el olvido. Pero más que las palabras
de Vidales durante el programa, fueron las que me dijo al día siguiente en el
café donde solíamos reunirnos los poetas de mi generación con quienes considerábamos
y tratábamos como nuestros mayores. Movido por la vehemencia de Luis torné a la
poesía de Silva y, atendiendo el aviso de Carranza, busqué a la persona en la
dolorida y sabia música de sus versos.
Mi
fidelidad a Silva me ha servido de perpetua lección y disciplina. Debo
confesar, sin embargo, que a medida que iban pasando los años más difícilmente
me conformaba con la imagen que del poeta dejaron quienes lo conocieron. Más
frecuentaba esos testimonios, más seguro estaba de que se apartaban mucho de la
verdad. O se quedaban en una superficial y, en apariencia sincera simpatía como
era el caso de Sanín Cano, dejando de lado el torturante misterio de un destino
por entero ignorado de sus contemporáneos y sobre el cual apenas adelantaba
algunos comentarios insustanciales y anecdóticos. Otros, como Arias Argáez y,
luego, Ismael Enrique Arciniegas, caían de lleno en la insoportable y por
entero gratuita conseja del dandy feminoide y exquisito. Me preguntaba
intrigado a qué se debió el que se le volviera la espalda y se llenara de
escarnio a quien, como poeta, significaba un motivo de gloria y orgullo para
Colombia y, como hombre, había dado muestras de una entereza, una gallardía y
una rectitud no muy frecuentes en el medio que le tocó vivir.
Así las
cosas, recibí tu amable invitación a participar con un prefacio para alguna de
las ediciones en buena hora preparadas por la Casa de Poesía para conmemorar el
primer centenario de la muerte de Silva. Esto me llevó a prometerte un poema
inedito, poema en el que he venido pensando desde hace muchos años y que forma
parte de esos proyectos, siempre aplazados y siempre presentes, que nos dejan
cada día un leve amargor de culpa y de promesa incumplida. Volví a leer la obra
de Silva en verso y en prosa y las cartas suyas que hasta ahora se han
publicado. A esta lectura se unió, también, un repaso de lo que sabemos del
poeta y lo que se ha revelado recientemente sobre los arduos problemas de orden
comercial y práctico a los que dedicó con severa austeridad lo mejor de sus
últimos años. La marioneta del petrimetre exquisito y egoísta se disolvió en la
nada donde había nacido y me ha quedado la presencia desgarradora de un hombre
de letras dotado de auténtico genio y condenado a luchar sin tregua contra la
crisis económica que devastó a Colombia, debida a circunstancias externas e
internas que nadie pudo controlar. A esta ola de adversidad se sumaba, en
contra de Silva, el asfixiante ambiente de agriada parroquia y de envidiosa
inquina en el que con esmero realmente diabólico, se dedicaron los
conciudadanos y contemporáneos del poeta a deformar y escarnecer a quien les
resultaba un incómodo ejemplo de lo que ellos nunca quisieron ni supieron ser.
Así nació el apodo de Jose Presunción Silva Pandolfi, que le fuera aplicado por
un compañero que luego intentó vanagloriarse de haber sido su amigo.
Es así
como me encuentro ahora frente a una de las figuras al mismo tiempo más
entrañables y admiradas de las letras en nuestro idioma y uno de los seres más
ignorados y vejados que hayan vivido en nuestra tierra. Ni el pxefacio ni el
prometido poema son posibles en estas circunstancias. Tengo, María Mercedes
querida, que asimilar y poner en orden los sentimientos contrarios y en extremo
penosos que me ha despertado esta patética aparición de una presencia más digna
de las páginas de Sófocles y Shakespeare, que de la historia de las letras en
nuestro sufrido y amado pais, de memoria tan corta como ingrata.
Me doy
cuenta de que puedes pensar qué, en lugar de esta larga explicación, hubiera
podido hacer el poema o el prólogo prometidos, pero quien escribió Vainas y
otros poemas bien sé que lo entenderá todo.
Carta a
María Mercedes Carranza
(EL
TIEMPO, Lecturas Dominicales, abril 14 de 1996)
***
LA
CONSPIRACION DE LOS ZOMBIES (1997)
Jamás en su vida sobre la tierra el
hombre ha vivido más solo, más aislado de sus semejantes, más vejado por sus
propios inventos destinados a borrar en él hasta el último rasgo de humanidad,
como en este tiempo donde se pregonan las supuestas virtudes de una
comunicación que constituye, hoy en día, el más grave atentado, el más brutal y
eficaz, contra la condición humana que conmovía a Malraux. Hasta no hace mucho
tiempo, menos de un siglo, el hombre solía comunicarse con sus congéneres
gracias al impacto directo de su voz viva, al calor de su piel, al fulgor de
sus ojos, al aura de sus humores. Ninguna de estas herramientas de relación
suelen ser propensas a la mentira y al engaño institucionalizado que usan hoy
los medios electrónicos sin medida ni pausa, sin la menor consideración por esa
intimidad que cada hombre guarda en su interior para ofrecerla como una prueba
de amor o como un argumento para afirmar su ser en el mundo ‑su sein im der
Welt‑ del que habló Heidegger. Toda razón que se trata de esgrimir en favor
de esta conspiración de aparatos que comienzan ya a intentar sentir y
expresarse por nosotros, no me parece válida frente al daño irreparable que nos
causan. Y ello, con el beneplácito de estos ingenuos herederos del siglo XIX ‑
«el siglo idiota», lo llamó en buena hora León Daudet‑ que no despiertan aún
del tóxico espejismo de un «futuro radiante», que les fuera prometido con falaz
convicción y que hemos acabado pagando a un precio suicida.
Conversaba el otro día con un profesor
universitario de los Estados Unidos, quien me hizo esta confesión: «Cada día ‑me
dijo‑ me espanta más en mis alumnos ese aire de robots ausentes, movidos por
instintos primarios que no se conocen ni siquiera en los animales. Ya no
consiguen plantear en clase la pregunta más simple. Se quedan absortos mirando
hacia una nada desoladora y esa mirada me persigue ya hasta en mis sueños.» La
transcripción de este testimonio es literal, lo aseguro. Tratando de buscar de
dónde venía esa deshumanización sin esperanza de una juventud que en breve
tendrá las riendas del mundo, llegamos, mi amigo y yo, a la certeza de que el
daño reside, en buena parte, en la proliferación de los famosos medios
electrónicos que nada comunican distinto de esa mediatizada ‑la palabra viene
como anillo al dedo‑ entrega al paraíso impostor de la llamada sociedad de
consumo, este vasto supermarket en el que estamos naufragando sin remedio. ¿Ese
era el «futuro radiante» que nos prometieron los falsos profetas hace un siglo?
Me niego a suponer que tuvieran siquiera la imaginación para presentir tal
horror. Recordemos las palabras del historiador y orientalista francés René
Grousset, con las que inicia su libro «Bilan de l'Histoire»: «Después de
Dachau, después de Buchenwald, después de Aushwitz ‑yo añadiría de Hiroshima y
Vietnam‑, no tenemos ya derecho de abrigar ilusión alguna sobre la fiera que
duerme en el hombre...» La asoladora propagación de los medios electrónicos
destinados a la llamada informática, alimenta generosamente a esa fiera.
Ahora
bien, lo que aquí me corresponde sería adelantar, en la escasa medida de mis
conocimientos lingüísticos, cual pueda ser la suerte del castellano sumergido
ya en el vértigo de la informática o como quiera o deba llamársela. Pienso, en
primer lugar, que el entusiasmo de los entendidos en este campo, con motivo de
haber sido incluida nuestra lengua en ese universo devorante, me parece, o por
lo menos, un tanto apresurado. He tenido oportunidad de leer algunos textos
escritos en lo que ahí se llama castellano y lo único que he logrado descifrar
parcialmente es una sarta de anglicismos ligeramente españolizados y cuyo
sentido se me escapa por entero. Escuché, en una reunión de vocales del
patronato del Instituto Cervantes, celebrada hace poco más de un año en el
palacio de Miraflores, en Segovia, al poeta José María Valverde, quien leyó una
columna publicada en un periódico de Madrid y redactada enteramente en ese
novísimo papiamento. Sólo sé decir que, al terminar la lectura, no supimos si
reír o mostrar nuestro sobresalto. Pero creo que hacer patente el rechazo a
esta novedad es mostrar una inocencia inexcusable. Hace mil años que vive el
castellano; durante los primeros siglos se llenó de voces árabes, engarzadas en
términos y construcciones latinas y en no pocos vocablos griegos, y a esta
mezcla vino a sumarse el Euzcaro, el germano y hasta el celta. Que yo sepa,
nadie se alarmó entonces. Dejemos ahora que el castellano viva su destino,
confiemos en su poder de supervivencia y de transformación, y no intentemos
ser, en este caso, más papistas que el Papa. Nos queda un refugio, ya nos lo
dijo bellamente, hace unos días, Octavio Paz: «A su vez la palabra es hija del
silencio, nace de sus profundidades, aparece por un instante y regresa a sus
abismos.» El silencio, el silencio que pedía Rimbaud para el poema absoluto.
No nos
inquietemos por la suerte de nuestra lengua, inquietémonos más bien por nuestra
precaria posibilidad de subsistir en esta época atroz en donde se oyen ya las
trompetas del Apocalipsis.
***
LA
COLOMBIA DE HOY, Enigmas torturantes (1992)
Alvaro Mutis
País de abogados y de juristas, de
poetas y oradores, de hábiles políticos, de gramáticos rigurosos y de
humoristas, Colombia había encontrado el medio a principios de siglo,
fortalecida tras sus ochenta años de guerras fratricidas ininterrumpidas, de
bautizarse a sí misma «La Suiza de América». Mi primera imagen consciente de
Colombia data de mis nueve años y la conservo en mí intacta, después de medio
siglo dedicado a recorrer el país en todos los sentidos hasta sus confines más
alejados y más secretos. Llegaba de Bruselas, donde mi padre había ocupado el
puesto de primer secretario de la Legación de Colombia. Habíamos desembarcado
en Buenaventura, un puerto del Pacífico que no pasaba de ser en la época un
fondeadero improvisado construido sobre una laguna y, a la mañana siguiente,
nos habíamos dirigido por la carretera a la hacienda de mis abuelos maternos,
en las estribaciones de la cordillera Central. Allí, al descubrir lo que en
Colombia llaman la tierra caliente, me quedé deslumbrado. Era, y sigue siendo,
un paisaje de una belleza paradisíaca donde se alternan las grandes
plantaciones de café y de caña de azúcar. La casa se encontraba en la
confluencia de dos ríos cuyas aguas torrenciales discurren, espumeantes y
arremolinadas, entre los grandes árboles que dan sombra a las plantas del
famoso café de altura, ese café cuyo suave aroma ha dado a conocer en todo el
mundo el nombre de Colombia.
Las
flores de un anaranjado intenso o de un lila pálido, que se abren todo el año
en la copa de los árboles, los pétalos blancos de los cafetos, o en la época de
la recolección, sus frutos rojo cereza, dan un aire de fiesta permanente, de
exuberancia sin desmesura, de eterna armonía, difícil de expresar con palabras.
Sí, todavía hoy, en mi exilio mexicano, cuando cierro los ojos y pienso en
Colombia, en tan extremada belleza, en esa serenidad de un Edén al sexto día de
la Creación, vuelvo a encontrar aquella imagen intacta.
Con el
hilo de los años iría sabiendo que Colombia está compuesta de muchas regiones
muy diferentes, cuya variedad y contrastes nunca acaban de sorprender. Situada
en el ángulo noroeste del continente suramericano, en el cruce de tres inmensas
cadenas montañosas surgidas de la rotura del Macizo Andino, bañado por dos
océanos, el territorio del que fue el reino de Nueva Granada, ofrece como una
fiel planoplia, una colección completa de todos los paisajes, de todos los
climas, de todos los caprichos de la «locura geográfica» del continente.
Desde
la península desértica de La Guajira a los llanos del Este, sabanas de
horizonte ilimitado donde pacen rebaños inmensos e innumerables, o a la selva
que conserva, guardada por los grandes ríos tributarios del Amazonas y del
Orinoco, un tesoro cuya riqueza constituirá tal vez mañana la última
oportunidad de un mundo que el fantasma apocalíptico del hambre atormenta cada
vez con más insistencia, pasando por el valle del Cauca cuyo fondo está
constituido por una capa vegetal de dieciséis metros que permite el cultivo
continuado de la caña de azúcar, con refinerías construidas a pares con el fin
de poder funcionar sin tregua, o pasando por las planicies de Tolima donde
crece el arroz con igual fecundidad, Colombia da al viajero la impresión de
suntuosa opulencia, de riqueza sin límites.
Treinta
años de guerra civil jamás declarada y que no es sino la continuación, después
de un corto intervalo de calma relativa a principios de este siglo, de la
sucesión devastadora de guerras fratricidas, la primera de las cuales se
remonta a la Independencia, hacen de esta maravilla, de este prodigio de la
naturaleza, el teatro atroz de un holocausto que ha tomado proporciones
demenciales. Existe seguramente una gran cantidad de razones muy diversas para
esta especie de suicidio colectivo, pero no estoy seguro de que sea éste el
lugar para investigarlas ni de que sea yo la persona más indicada para tal
empresa. Lo primero que sorprende al viajero cuando penetra en el país es la
diferencia sumamente marcada de costumbres, la variedad de caracteres y de comportamientos
según las regiones. Las tres cadenas de montañas cuyos picos nevados se pierden
en el cielo delimitan una serie de asentamientos humanos aislados que se han
desarrollado cada uno para sí y guardan una indomable tendencia a vivir según
sus propias normas, ignorando y rechazando a la gente de fuera. Una discusión
entre un descendiente de arrieros o de propietarios de haciendas que han hecho
la riqueza de los actuales departamentos de Antioquia, Caldas, Quindío y
Risaralda, y un ganadero de las regiones bordeadas por el mar de las Antillas
no puede sino sumir en una confusión inextricable, llena de intereses
contrapuestos y de mutuos reproches exacerbados. Lo mismo cuando un hombre de
vastas planicies del Este trata de comunicarse con un habitante circunspecto y
cerrado del altiplano de Bogotá.
Es
cierto que toda nación está formada de regiones que conservan entre sí
diferencias importantes, pero en Colombia la desmesura y la fantasía de la
geografía hacen este diálogo de sordos más agudo y más conflictivo que en
cualquier otra parte. Sería, seguramente, tan ingenuo como inútil explicar de
este modo el fenómeno de la violencia. El problema hunde sus raíces en las
capas más profundas del comportamiento del colombiano y sería preciso recurrir,
para sacarlas a la luz, a una aplicación rigurosa de los métodos de Jung:
nadie, hasta ahora, se ha arriesgado a ello, o ha dispuesto de la objetividad
suficiente para llevar a un buen término tal tarea.
El colombiano desborda de imaginación y de
vida; es inestable y fácilmente proclive a abandonar sus empresas a medio
camino. Su inteligencia natural salta de un tema a otro, de una solución a
otra, lo que hace que la historia del país esté sembrada de las contradicciones
más imprevisibles y más insolubles.
El
colombiano es incomparable a la hora de transformar en realidades perentorias
los prnductos más exaltados de su imaginación.
Una
leyenda que no he podido verificar pretende que Eliseo Reclus, de paso por
Bogotá, viera a algunos ciudadanos paseando delante del atrio de la catedral en
la Plaza Mayor, discutiendo con animación. Se atribuye al célebre geógrafo y
primer teórico del anarquismo este comentario que es una obra maestra de
insignificancia y banalidad: «Hablan al caminar, como los atenienses». De ahí a
bautizar nuestra capital la Atenas americana hay un paso que no tardó en
producirse. No sé, repito, si la anécdota es cierta, pero dá una buena idea de
lo que mis compatriotas son capaces. Conviene, sin embargo observar, para
compensar ese aspecto de nuestro carácter nacional, que los diversos
presidentes de Colombia que se cultivaron en el dominio de las letras fueron al
mismo tiempo notables gobernantes, hombres honrados y patriotas, espíritus
justos y ponderados. Un Miguel Antonio Caro, traductor de La Eneida y
gramático de fama universal, supo dirigir el país de manera ejemplar. En el
siglo XX, muchos altos magistrados han dado pruebas de los mismos talentos y
las mismas cualidades políticas. Parece que Miguel de Cervantes, en la época en
que solicitaba de la Corona un empleo de las Indias, había pedido ser enviado
de preferencia a Cartagena, el puerto del que salía una gran parte del oro del
continente, y que hoy día no ha perdido nada de la arquitectura armoniosa y
severa de sus murallas y sus fuertes. El bueno de don Miguel no sabía nada, o
casi, de ese puerto caribeño que ha conservado tantos atractivos.
Pero,
en cambio, sabía seguramente que en Nueva Granada la gente que tenía una pluma
hábil y experiencia en los complicados asuntos comerciales de la Corte de
Austria era perticularmente bien recibida. Además, la región tenía fama de ser
el refugio de los copistas expertos en el arte de interpretar las leyes y de
confundir las pistas para su mayor provecho y el de su variopinta clientela.
Probablemente don Miguel había oído hablar también de eso, y debía contar con
el reino de la Nueva Granada para arreglar su desastrosa situación y encontrar
un poco de respiro para su vida de vagabundeos e infortunios. No obtuvo ese
empleo y tuvo que quedarse en España para gloria de las letras y miseria de su
familia. Y los colombianos perdieron la ocasión de ver figurar en su historia
literaria un huésped ilustre. Cuento la anécdota por lo que vale; sobre todo he
querido mostrar que, en aquella época, nuestra tierra era el lugar ideal de los
hombres de pluma y derecho, y que continuaría siéndolo hasta el siglo XX.
El aislamiento en que vivieron los
diferentes puntos del país se ha quebrado bruscamente, de manera radical y
definitiva. Trazar vías férreas capaces de atravesar las enormes cordilleras
era un sueño irrealizable. El Gobierno había querido abrir carreteras, pero su
construcción estaba igualmente fuera del alcance de las mejores capacidades en
materia de puentes y calzadas. Así que como a principios de los años 20, los
colombianos pasaron directamente de la mula al avión, fórmula repetida hasta el
hastío pero que, por una vez, traduce con toda exactitud la realidad.
La
compañía de aviación que comenzó a funcionar en Colombia hacia finales de 1819
fue, históricamente hablando, la segunda del mundo: sin los holandeses de la
KLM que nos habían precedido en apenas unos días, hubiéramos sido los primeros.
Los pilotos eran alemanes supervivientes de la Primera Guerra Mundial, y los
capitales eran colomblanos y alemanes. La compañía se llamaba Scadta ‑Sociedad
Colombo Alemana de Transportes Aéreos‑ y ofrecía sus servicios a lo largo del
río Magdalena, que atraviesa el país de sur a norte y fue el vector esencial de
nuestra entrada en el mundo moderno. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial,
el Gobierno colombiano decidió nacionalizar la empresa... para descubrir que
los alemanes habían vendido sus acciones bajo manga a la Panamerican Airways.
Así nació Avianca, que hoy día es mayoritariamente colombiana y une las
principales ciudades del país, ofreciendo la ventaja de la seguridad en
comparación con las carreteras, que se han vuelto peligrosas, en muchos puntos,
por las operaciones del Ejército contra las diversas guerrillas que atenazan al
país desde hace más de treinta años.
Igual
de repentino y radical fue el paso de la apacible República cuyas instituciones
democráticas y la alternancia en el poder de los dos partidos tradicionales,
liberal y conservador, apenas tenían equivalente en el continente, a la
violencia. El 9 de abril de 1948 era asesinado en Bogotá el líder populista
Jorge Eliécer Gaitán: este se presentaba bajo las banderas del liberalismo e
inflamaba a las masas con una demagogia desenfrenada, y acababa de perder,
después de una carrera fulgurante, las elecciones presidenciales debido a las
divisiones en su partido, de las que él era el único responsable. A las pocas
horas, el pueblo desfilaba llorando por las calles de la capital, pero
permanecía relativamente tranquilo. Y luego, bruscamente, el dolor se transformó
en furor astutamente atizado por una izquierda radical que solo esperaba esta
ocasión. Al poco tiempo, toda la ciudad estaba en llamas. Llamado de las
provincias vecinas, el Ejército trató de restablecer el orden y, durante dos
días, Bogotá fue el teatro de una batalla campal que nos dejó estupefactos y
aterrados.
Así
nació la violencia política, de siniestro renombre, que ha hecho entrar a
Colombia en las páginas de la crónica roja del planeta. Unas horas bastaron
para que la «Suiza de América» pereciera en las llamas, y vimos surgir en su
lugar un país que nos resulta inexplicable y que nada tiene que ver ya con la
nación pacífica de nuestra infancia. Simple problema por otra parte, de mala
memoria; porque, como hemos dicho, el siglo XIX fue el teatro de una sucesión
ininterrumpida de guerras civiles que no tenían nada que envidiar, en materia
de irracionalidad y de oscurantismo, a la de hoy. Conviene añadir que Colombia
no era entonces el único país de América Latina en sufrir este fenómeno: todo
el continente fue víctima de esta especie de eco de las guerras carlistas en la
ex metrópoli, cuya locura, digna de un Caín narrado por Dante, sirvió de tema
para las mejores novelas de Pío Baroja y Valle‑Inclán.
Y llegamos a la Colombia de hoy, que se
sitúa por su complejidad y sus contrastes fuera de toda explicación posible: un
país cuya riqueza reconocen los expertos en economía de Harvard y Yale y que,
al mismo tiempo, es víctima en su capital y en muchas grandes ciudades de
provincias del fenómeno monstruoso de los gamines y los sicarios. Los primeros
son niños de ocho a dieciséis años organizados en sociedades creadas que viven
de la delincuencia, con leyes que sólo ellos fijan y que aplican sin tener que
dar cuentas a nadie, sin permitir la menor injerencia exterior. Los segundos
son adolescentes que, por una suma de dinero convenida, ejecutan a quienes les
designan, en la calle y a pleno día, sin preocuparse por la Policía o el
Ejército, cuya vigilancia burlan con una impunidad asombrosa. Una potente moto
y una metralleta les bastan para cumplir la misión que les enconmiendan unos
poderes ocultos que jamás son identificados. La arquitectura colombiana es
objeto de estudios y de exposiciones en las capitales europeas. Su originalidad
y empleo de materiales como el ladrillo y la piedra labrada, integrados con una
eficacia y una armonía sorprendentes, hacen de los arquitectos colombianos ‑muchos
de los cuales se formaron en París en los años 50‑ profesionales prestigiosos
de nivel internacional.
Al
mismo tiempo, el urbanismo de ciudades como Bogotá y Medellín es un caos
delirante en que los estragos son ya irreparables. Tribus aborigenes como los
kogis, que viven en la sierra Nevada de Santa Marta, inmenso macizo cubierto de
nieves perpetuas que domina un mar Caribe de un azul intenso y magnífico, son
poseedores de una sabiduría ancestral y de una mitología cuya riqueza y serena
bondad nos transportan a un mundo utópico que nuestro presente cínico y brutal
no puede ni imaginar. Estos sabios, supervivientes de una edad de oro, se ven
hoy día obligados a subir a las cumbres, cada vez más arriba, para escapar a
las maniobras criminales de aquellos que codician sus tierras y hacen de todo
para eliminarlos radicalmente. Los antropólogos colombianos y extranjeros han
denunciado este brutal holocausto mientras el país guarda un silencio
indiferente, cuando no cómplice. Los Kogis llaman a sus compatriotas «nuestros
hermanos pequeños» y tratan de transmitirles su conocimiento de ciertos
síntomas alarmantes del creciente desastre ecológico, como la desecación de las
fuentes que, para la región, representan la vida. Debajo de ellos, al pie de la
sierra nevada, se está edificando una ciudad de grandes hoteles a imitación de
Miami, paraíso de una clase media enriquecida con una rapidez sospechosa.
Explicar estos contrastes brutales necesitaría
de la ayuda de la antropología, de la economía, incluso del psicoanálisls, lo
que se saldría del propósito de estas páginas ‑suponiendo, cosa que dudo, que
el autor posea las cualificaciones requeridas para tal tarea‑. La Colombia de
hoy es uno de los enigmas más torturantes de América Latina, que ciertamente no
se resolverá con la retórica vacía y el desfile superficial de lugares comunes
con que nos preparamos, a ambos lados del Atlántico, a celebrar la hazaña de
Cristóbal Colón, el cual dio prueba como navegante de una habilidad y de una
seguridad que lo sitúan en la categoría de los grandes genios de la navegación,
pero que mereció, como civilizador y como colonizador de las tierras por él
descubiertas, las cadenas con que le cargó la corona española. Probablemente
fuera entonces cuando comenzaron a manifestarse las terribles contradicciones y
las desdichas de las que el continente sigue pareciendo incapaz de librarse y
que le mantienen al margen de todo progreso social y político auténtico.
Para
concluir, diría que los destinos de Colombia están hoy en manos de un hombre
que apenas sobrepasa los cuarenta años, pero que ha comenzado a instaurar con
una calma, una prudencia y una madurez que hacen renacer la esperanza, reformas
cuya audacia y consecuencias son incalculables. Una nueva generación se
despierta, tal vez, a una Colombia mejor y más equilibrada. A veces pienso que
si César Gavirla no logra realizar lo que ha emprendido, nadie entonces, jamás,
podrá salvar este paraíso que hemos creído perdido.
El
País, Madrid, 1992
***
LECCIÓN INAGOTABLE
Recuerdos sobre una especial amistad con
el director español.
Alvaro Mutis
Feb. 2000
«Lo que me impresionó en mis
primeros contactos con Luis Buñuel y que después se convirtió en una
deslumbrante y aleccionadora certeza, fue su integridad. Su integridad de
artista y su integridad de hombre en el cotidiano y pálido trajín que a todos
nos sale al encuentro. Su integridad de artista ya me había sido revelada
cuando vi su película Los olvidados. Allí estaba el Buñuel de las obras
que iban a venir. Ninguna concesión al público, ninguna debilidad al servicio
de la implacable taquilla.
Nuestra
amistad se fue consolidando y fue entonces cuando percibí su integridad de
hombre. Nos unieron, desde el principio de esta nueva etapa y hasta el último
día en que nos vimos, la compartida admiración por escritores como Georges
Bataille, René Crevel, Lautréamont, la picaresca española, en particular el Guzmán
de Alfarache y la novela gótica inglesa. También contó nuestra certeza de
que el dry martini que cada uno de los dos preparaba, con una fórmula muy
personal, era el mejor del mundo. Había que escuchar a Buñuel desplegar, con
jesuítica y lúcida precisión, las virtudes de su martini y tratar de reducir,
con igual e impecable rigor, las del mío. Yo lo escuchaba y pensaba para mis
adentros: está usando la misma severidad de razonamiento con la que trabaja en
la filmación de sus películas. Me invitó a que lo acompañara algunas veces
durante la filmación de Nazarín. Era sorprendente comprobar cómo tenía
en la mente la idea y la imagen más claras, más profundas y más absolutas, de
lo que quería que quedara en la cinta. No era particularmente minucioso y
exacto en las indicaciones a los actores cuando no le satisfacía la primera
toma. En un lenguaje impreciso y entrecortado, transmitía al actor, por una
comunicación de orden casi hipnótico, exactamente lo que quería. Los actores y
actrices actuaban en seguida exactamente como Buñuel quería. Su autoridad,
durante este proceso de creación, era absoluta. En ningún momento escuché a un
actor hacer siquiera una tímida pregunta.
En el
intermedio de una de esas sesiones de filmación, Buñuel, con su mirada entre
inquisitiva y pícara que lo caracterizaba, me preguntó de sopetón: «Tú qué has
leído de Galdós». Le respondí que hacía años había leído Gloria y Misericordia,
pero que poco recordaba de esa lectura. «Eso no es leer a Galdós», me contestó
con un énfasis que no dejaba rendija por donde escaparse. No supe qué
contestarle y prosiguió: «Tienes que leer las novelas de Torquemada, Tormento
y Angel Guerra y luego hablamos». Así lo hice y debo confesar que quedé
deslumbrado. Se lo comenté a Buñuel y, sin más comentarios, me indicó: «Se me
olvidó mencionarte Miau. Ya me dirás». Fue así como, gracias a Buñuel, a
esa autoridad cariñosa e infalible, que era uno de sus más entrañables rasgos
de carácter, me compenetré de la que es para mí la más grande obra novelística
de España y una de las más valiosas del mundo occidental de todos los tiempos.
Leo y releo a Galdós y cada vez mi asombro es más consciente, justificado y
tonificante. Con Buñuel no volvimos a hablar mucho sobre esto. Un día
discutiendo no recuerdo sobre qué novela europea, le comenté que para mí Tormento
no tenía parangón en ningún país ni en varios siglos de letras europeas. Me
miró fijamente, sonrío afectuoso y pasó a hablar de otro tema. Esa deuda con
Buñuel no tengo cómo pagarla, como muchas otras que nacieron de su amistad
invaluable.
En la
amistad, Buñuel tenía la misma autoridad, pero entretejida con un afecto y una
atención por el amigo en verdad conmovedores. Como ejemplo elocuente de esto,
quisiera contar una anécdota que me concierne. Hablábamos un día de la novela
gótica inglesa y sus particulares condiciones de ambiente y argumento. Yo le
comenté que a ese género era también posible darle vida en pleno trópico. El
insistió en que el castillo frente al mar, la espesa bruma, la doncella perseguida
por el castellano que ha pactado con el diablo, la noche tempestuosa y helada,
etc., eran condiciones sine qua non del género. No discutí más y al
regresar a casa me lancé a escribir La mansión de Araucaíma. Novela
gótica de tierra caliente. Semanas después, terminado el relato, le llevé a
Buñuel una copia del original. Vio el título y, sin otro comentario, me dijo:
«Vamos a ensayar un martini». En la tarde del día siguiente me llamó por
teléfono y me dijo, con la austeridad que usaba en estos casos: «Mutis, tenías
razón». En varias ocasiones me expresó su deseo de hacer una película inspirada
en mi relato, pero fue entonces cuando encontró en Francia al productor que
había necesitado toda la vida y que se arriesgó a financiar las películas con
las que Buñuel soñaba hacía tantos años. Y así, vieron la luz obras maestras
como Belle de Jour, La vía láctea, El discreto encanto de la burguesía,
Tristana, El fantasma de la libertad y Ese oscuro objeto del deseo. A
excepción de Tristana, todas fueron producidas por Silberman, de quien
dijo Buñuel en palabras que no dejan duda: «Es Silberman, sin discusión, el
mejor promotor de cine que conozco». Vale tener en cuenta que estas películas,
que pertenecen a la más alta y perdurable tradición en la historia del cine,
fueron creadas por un hombre que había sobrepasado los 60 años y cuya salud
empezaba a declinar. Dejé de verlo en el año 74, desde algunos años antes
acostumbraba a pasar largas temporadas en España y en París. En una de sus
estadías en México, fui a visitarlo. Seguía siendo el mismo, con la mente y el
corazón dispuestos siempre para sus amigos, pero el cuerpo ya no tenía la
vitalidad de antes.
He
abusado, de seguro, en estas líneas, de la primera persona, pero era
irremediable caer en este feo vicio a cambio de dejar un testimonio de esa
amistad que ha sido una lección inagotable y siempre presente para mí».
(N. del
E. Mutis añadió aquí un párrafo a esta nota publicada por la revista de la
emisora HJCK El Mundo en Bogotá).
***
ALVARO MUTIS
LOS ELEMENTOS DEL DESASTRE
Para Fernando López
«204»
I
Escucha Escucha Escucha
la voz de los hoteles, de los cuartos aún sin arreglar, los diálogos en los oscuros pasillos que
adorna una raída
alfombra escarlata, por donde se apresuran los sirvientes que
salen al amanecer como
espantados murciélagos.
Escucha Escucha Escucha
los murmullos en la escalera; las voces
que vienen de la cocina, donde se fragua
un agrio olor a comida que muy pronto estará en
todas
partes, el ronroneo de los ascensores.
Escucha Escucha Escucha
a la hermosa inquilina del «204» que
despereza sus miembros y se
queja y
extiende su viuda desnudez sobre la cama. De su cuerpo
sale un
vaho tibio de campo recién llovido.
¡Ay qué tránsito el de sus noches
tremolantes
como
las banderas en los estadios!
Escucha Escucha Escucha
el agua que gotea en los lavatorios, en
las gradas que invade un
resbaloso y maloliente verdín. Nada hay sino
una sombra, una
tibia y
espesa sombra que todo lo cubre.
Sobre esas losas ‑cuando el mediodía
siembre de monedas el mugriento piso‑ su cuerpo inmenso y blanco sabrá moverse,
dócil para las lides del tálamo y conocedor de los más variados caminos. El
agua lavará la impureza y renovará las fuentes del deseo.
Escucha Escucha Escucha
la incansable viajera, ella abre las
ventanas y aspira el aire que viene de la calle. Un desocupado la silba desde
la acera del frente y ella estremece sus flancos en respuesta al incógnito llamado.
II
De la ortiga al granizo
del
granizo al terciopelo
del
terciopelo a los orinales
de los
orinales al río
del río
a las amargas algas
de las
algas amargas a la ortiga
de la
ortiga al granizo
del
granizo al terciopelo
del
terciopelo al hotel.
Escucha Escucha Escucha
la oración matinal de la inquilina
su
grito que recorre los pasillos
y
despierta despavoridos a los durmientes,
el grito del «204»:
¡Señor,
Señor, por qué me has abandonado!
HASTIO DE LOS PECES
Desde dónde iniciar nuevamente la
historia es cosa que no debe preocuparnos. Partamos, por ejemplo, de cuando era
celador de trasatlánticos en un escondido y mísero puerto del Caribe. Mi nueva
profesión, nada insólita y muy aburrida por épocas, me dejaba pingües ganancias
en ciertos frutos de cuya nuez salía por las tardes un perfume muy semejante al
de poleo.
La voz
de este relato mana de ciertos rincones a donde no puedo llevaros, pese a mi
buena voluntad y en donde, de todas maneras, no sería mucho lo que podría
verse. Los buques han necesitado siempre de un celador. Cuando se quedan solos,
cuando los abandona desde el capitán hasta su último fogonero y los turistas
desembarcan para dar una vuelta y desentumecer las piernas, en tales ocasiones
necesitan de una persona que permanezca en ellos y cuide de que el agua dulce
no se enturbie ni el alcohol de los termómetros se evapore en la sal de la
tarde.
Con
plena conciencia de mis responsabilidades, recorría todos los sitios en donde
pudiera esconderse el albatros vaticinador del hambre y la pelagra o la
mariposa de oscuras alas lanosas, propiciadora de la más vasta miseria. Los
capitanes me confiaban los planos de blancos veleros o de veloces yates
destinados a la orgía de ancianos sin dientes y yo interpretaba los signos que
en tales cartas indicaban sitios sospechosos o nidos de terror.
Con la
savia de los cocoteros, arena recogida en la playa, a la madrugada del Viernes
Santo, la camisa de un viejo marino muerto en el malecón del sur en una
epidemia de tifo y otros elementos que ya no recuerdo, realizaba la limpieza de
los ojos de buey turbios de miel y sacrificios y de las torres de radio
adornadas con vistosas banderolas.
Mi
jornada nunca sobrepasó las cinco horas y jamás dejé ver mi cara a los turistas
que regresaban con hondas ojeras de desgano.
Recostado en la barandilla de popa, pude
presenciar una tarde la muerte de un coleccionista de caderas, a manos de una
anciana vendedora de tabaco. La cabeza le quedó colgando de unas tiras pálidas
y le bailaba sobre el pecho como una calabaza iluminada por resplandores de
cumbia. Una última sombra le cubrió los ojos y tuve que encargarme de enterrar
el cadáver. Lo cobijé con algas gigantes y nunca percibí fetidez alguna.
Muchos
años serví en el puerto a que me vengo refiriendo. Tantos, que olvidé los
rasgos sobresalientes de las bestias que luego me acompañaron en mi peregrinaje
por las Tierras Altas, donde moran los conciliadores de los Cuarenta Elementos.
Entre
los buques que cuidé con mayor esmero y cariño se cuenta uno con matrícula de
Dublín, de sucio aspecto y de forma poco esbellta, pero llena de plantas
salutíferas y huellas de hermosísimas mujeres.
Mis
noches transcurrían en ese ambiente pesado que dejan los fardos de lana en las
bodegas o el exceso de comida en los mineros. Uno que otro sol me halló tendido
en la playa. Las estrellas nunca aparecieron por esas latitudes. Siempre me han
repugnado los planetas. El arribo de un barco era anunciado al alba con el
vuelo de enormes cacatúas de grises párpados soñolientos, que gemían desoladas
su estéril concupiscencia. Jamás faltaron a su cita esos pájaros portentosos.
Mi criado venía a despertarme cuando el buque tocaba el muelle y yo partía
embotado aún por el sueño, arreglándome presuroso las ropas con que había
dormido. Esto lo digo para mi descargo, pues hubo quienes pretendieron acusarme
de incumplimiento, con la manifiesta intención de perjudicar mis labores, tan
ricas en el trato de criaturas superiores, de seres singulares estancados en el
placer de un viaje interminable.
En otra
oportunidad relataré mi vergonzosa huida y mi subsecuente castigo.
ORACION DE MAQROLL
Tu as marché par les rues de chair.
RENE CREVEL
No está aquí completa la oración de
Maqroll El Gaviero.
Hemos reunido sólo algunas
de sus partes más salientes, cuyo uso
cotidiano recomendamos a
nuestros amigos como antídoto eficaz contra la incredulidad y la dicha
inmotivada.
Decía Maqroll El Gaviero:
¡Señor, persigue a los adoradores de la
blanda serpiente!
Haz que todos conciban mi
cuerpo como una fuente inagotable de tu infamia.
Señor, seca los pozos que
hay en mitad del mar donde
los peces copulan sin lograr
reproducirse.
Lava los patios de los
cuarteles y vigila los negros pecados del
centinela. Engendra, Señor,
en los caballos la ira de tus
palabras y el dolor de
viejas mujeres sin piedad.
Desarticula las muñecas.
Ilumina el dormitorio del
payaso, ¡Oh Señor!
¿Por qué infundes esa
impúdica sonrisa de placer a la esfinge de trapo que predica en las salas de
espera?
¿Por qué quitaste a los
ciegos su bastón con el cual rasgaban la densa felpa de deseo que los acosa y
sorprende en las tinieblas?
¿Por qué impides a la selva
entrar en los parques y devorar los caminos de arena transitados por los
incestuosos, los rezagados amantes, en
las tardes de fiesta?
Con tu barba de asirio y tus
callosas manos, preside ¡oh
fecundísimo! la bendición de
las piscinas públicas y el
subsecuente baño de los
adolescentes sin pecado.
¡Oh Señor! recibe las preces
de este avizor suplicante y
concédele la gracia de morir
envuelto en el polvo de las
ciudades, recostado en las
graderías de una casa infame e iluminado por todas las estrellas del
firmamento.
Recuerda Señor que tu siervo
ha observado pacientemente las leyes de la manada. No olvides su rostro.
Amén.
LOS
ELEMENTOS DEL DESASTRE
1
Una pieza de hotel ocupada por
distracción o prisa, cuán pronto nos revela sus proféticos tesoros. El
arrogante granadero, «bersagliere» funambulesco, el rey muerto por los
terroristas, cuyo cadáver despernancado en el coche, se mancha precipitadamente
de sangre, el desnudo tentador de senos argivos y caderas 1.900, la libreta de
apuntes y los dibujos obscenos que olvidara un agente viajero. Una pieza de
hotel en tierras de calor y vegetales de tierno tronco y hojas de plateada
pelusa, esconde su cosecha siempre renovada tras el pálido orín de las
ventanas.
2
No espera a que estemos
completamente despiertos. Entre el ruido de dos camiones que cruzan veloces el
pueblo, pasada la medianoche, fluye la música lejana de una humilde vitrola que
lenta e insistente nos lleva hasta los años de imprevistos sudores y agrio
aliento, al tiempo de los baños de todo el día en el río torrentoso y helado
que corre entre el alto muro de los montes. De repente calla la música para
dejar únicamente el bordoneo de un grueso y tibio insecto que se debate en su
ronca agonía, hasta cuando el alba lo derriba de un golpe traicionero.
3
Nada ofrece de particular su cuerpo. Ni
siquiera la esperanza de una vaga armonía que nos sorprenda cuando llegue la
hora de desnudarse. En su cara, su semblante de anchos pómulos, grandes ojos
oscuros y acuosos, la boca enorme brotada como la carne de un fruto en
descomposición, su melancólico y torpe lenguaje, su frente estrecha limitada
por la pelambre salvaje que se desparrama como maldición de soldado. Nada más
que su rostro advertido de pronto desde el tren que viaja entre dos estaciones
anónimas; cuando bajaba hacia el cafetal para hacer su limpieza matutina.
4
Los guerreros, hermano, los guerreros
cruzan países y climas con el rostro ensangrentado y polvoso y el rígido ademán
que los precipita a la muerte. Los guerreros esperados por años y cuya
cabalgata furiosa nos arroja a la medianoche del lecho, para divisar a lo lejos
el brillo de sus arreos que se pierde allá, más abajo de las estrellas.
Los
guerreros, hermano, los guerreros del sueño que te dije.
5
El zumbido de una charla de hombres
que descanzaban sobre los bultos de café y mercancías, su poderosa risa al
evocar mujeres poseídas hace años, el recuento minucioso y pausado de extraños
accidentes y crímenes memorables, el torpe silencio que se extendía sobre las
voces, como un tapete gris de hastío, como un manoseado territorio de
aventura... todo ello fue causa de una vigilia inolvidable.
6
La hiel de los terneros que macula los
blancos tendones palpitantes del alba.
7
Un hidroavión de juguete tallado en
blanda y pálida madera sin peso, baja por el ancho río de corriente tranquila,
barrosa. Ni se mece siquiera, conservando esa gracia blanca y sólida que
adquieren los aviones al llegar a las grandes selvas tropicales. Qué vasto
silencio impone su terso navegar sin estela. Va sin miedo a morir entre la
marejada rencorosa de un océano de aguas frías y violentas.
8
Me refiero a los ataúdes, a su
penetrante aroma de pino verde trabajado con prisa, a su carga de esencias en
blanda y lechosa descomposición, a los estampidos de la madera fresca que
sorprenden la noche de las bóvedas como disparos de cazador ebrio.
9
Cuando el trapiche se detiene y
queda únicamente el espeso borboteo de la miel en los fondos, un grillo lanza
su chillido desde los pozuelos de agrio guarapo espumoso. Así termina la
pesadilla de una siesta sofocante, herida de extraños y urgentes deseos
despertados por el calor que rebota sobre el dombo verde y brillante de los
cafetales.
10
Afuera, al vasto mar lo mece el
vuelo de un pájaro dormido en la hueca inmensidad del aire.
Un ave
de alas recortadas y seguras, oscuras y augurales, el pico cerrado y firme,
cuenta los años que vienen como una gris marea pegajosa y violenta.
11
Por encima de la roja nube que se cierne
sobre la ciudad nocturna, por encima del afanoso ruido de quienes buscan su
lecho, pasa un pueblo de bestias libres en vuelo silencioso y fácil.
En sus
rosadas gragantas reposa el grito definitivo y certero. El silencio ciego de
los que descansan sube hasta tan alto.
12
Hay que sorprender la reposada
energía de los grandes ríos de aguas pardas que reparten su elemento en las
cenagosas extensiones de la selva, en donde se crían los peces más voraces y
las más blandas y mansas serpientes. Allí se desnuda un pueblo de altas hembras
de espalda sedosa y dientes separados y firmes con los cuales muerden la dura
roca del día.
UNA PALABRA
Cuando de repente en mitad de la
vida llega una palabra
jamás
antes pronunciada, una densa marea nos
recoge en sus brazos y comienza
el
largo viaje entre la magia recién iniciada,
que se levanta como un grito en un inmenso hangar
abandonado donde el musgo cobija las
paredes, entre el óxido de olvidadas
criaturas que habitan un
mundo
en ruinas, una palabra basta, una
palabra y se inicia la danza pausada que nos lleva
por
entre un espeso polvo de ciudades, hasta
los vitrales de una oscura casa de salud, a patios
donde
florece el hollín y anidan densas sombras,
húmedas sombras, que dan vida a cansadas mujeres.
Ninguna
verdad reside en estos rincones y, sin embargo,
allí sorprende el mudo pavor
que
llena la vida con su aliento de vinagre ‑rancio
vinagre
que corre por la mojada despensa de una humilde casa de placer.
Y
tampoco es esto todo.
Hay
también las conquistas de calurosas regiones, donde los insectos vigilan la
copulación de los guardianes del sembrado que pierden la voz entre los
cañaduzales sin límite surcados por rápidas acequias
y
opacos reptiles de blanca y rica piel.
¡Oh el
desvelo de los vigilantes que golpean sin descanso sonoras latas de petróleo
para
espantar los acuciosos insectos que envía la noche
como
una promesa de vigilia!
Camino
del mar pronto se olvidan estas cosas.
Y si
una mujer espera con sus blancos y espesos muslos
abiertos como las ramas de un florido písamo
centenario, entonces el poema llega a su
fin, no tiene ya sentido su monótono treno de fuente turbia y siempre renovada
por el cansado cuerpo de viciosos gimnastas.
Sólo una palabra.
Una
palabra y se inicia la danza
de una
fértil miseria.
EL MIEDO
Bandera de ahorcados, contraseña de
barriles, capitana del desespero, bedel
de sodomía, oscura
sandalia que al caer la tarde llega hasta mi
hamaca.
Es entonces cuando el miedo hace su
entrada.
Paso a
paso la noche va enfriando los tejados de
cinc,
las cascadas, las correas de las máquinas, los
fondos
agrios de miel empobrecida.
Todo,
en fin, queda bajo su astuto dominio.
Hasta
la terraza sube el olor marchito del día.
Enorme
pluma que se evade y visita otras comarcas.
El frío
recorre los más recónditos aposentos.
El
miedo inicia su danza. Se oye el lejano y manso
zumbido
de las lámparas de arco, ronroneo de planetas.
Un dios olvidado mira crecer la hierba.
El
sentido de algunos recuerdos que me invaden, se
me
escapa dolorosamente: playas de tibia ceniza,
vastos aeródromos a la madrugada, despedidas
interminables.
La
sombra levanta ebrias columnas de pavor.
Se
inquietan los písamos.
Sólo
entiendo algunas voces.
La del
ahorcado de Cocora, la del anciano minero
que
murió de hambre en la playa cubierto inexplicablemente por
[brillantes hojas de plátano; la de los
huesos
de mujer hallados en la cañada de La Osa;
la del
fantasma que vive en el horno del trapiche.
Me sigue una columna de humo, árbol
espeso de ardientes raíces.
Vivo
ciudades solitarias en donde los sapos mueren
de sed.
Me inicio en misterios sencillos elaborados
con
palabras transparentes.
Y giro eternamente alrededor del dijunto
capitán de
cabellos de acero.
Mías
son todas estas regiones, mías son las agotadas
familias del sueño. De la casa de los hombres
no sale
una voz
de ayuda que alivie el dolor de todos mis
partidarios.
Su dolor diseminado como el espeso aroma
de los zapotes maduros.
El despertar viene de repente y sin
sentido. El miedo se desliza vertiginosamente, para tornar luego con nuevas y
abrumadoras energías.
La vida sufrida a sorbos; amargos tragos
que lastiman hondamente, nos toma de nuevo por sorpresa.
La mañana se llena de voces:
voces
que vienen de los trenes
de los
buses de colegio
de los
tranvías de barriada
de las
tibias frazadas tendidas al sol
de las
goletas
de los
triciclos
de los
muñequeros de vírgenes infames
del
cuarto piso de los seminarios
de los
parques públicos
de
algunas piezas de pensión
y de
otras muchas moradas diurnas del miedo.
EL HUSAR
A Casimiro Eiger
I
En las ciudades que conocen su nombre y
el felpudo galope de su caballo lo llaman arcángel de los trenes, sostenedor de escaños en los parques, furia de los sauces.
Rompe
la niebla de su poder ‑la espesa bruma de su fama de hombre rabioso y rico en
deseos‑ el filo de su sable comido de orín y soledad, de su sable sin brillo y
humillado en los zaguanes.
Los
dorados adornos de su dolmán rojo cadmio, alegran el polvo del camino por donde
transitan carretas y mulos hechizados.
¡Oh la
gracia fresca de sus espuelas de plata que rasgan la piel centenaria del
caballo
como el
pico luminoso de un buitre de sabios ademanes!
Fina
sonrisa del húsar que oculta la luna con su pardo morrión y se baña la cara en
las acequias.
Brilla
su sonrisa en el agua que golpea las piedras del río, las enormes piedras en donde lloró su madre
noches de abandono.
Basta
la trama de celestes venas que se evidencia en sus manos y que cerca su
profundo ombligo para llenar este canto,
para darle la gota de sabiduría que merece.
Memoria
del húsar trenzada en calurosos mediodías cuando la plaza se abandona a una
invasión de sol y moscas metálicas.
Gloria
del húsar disuelta en alcoholes de interminable aroma.
Fe en
su andar cadencioso y grave, en el ritmo
de sus poderosas piernas forradas en paño azul marino.
Sus
luchas, sus amores, sus duelos antiguos, sus inefables ojos, el golpe certero
de sus enormes guantes, son el motivo de
este poema.
Alabemos hasta el fin de su vida la doctrina
que brota de sus labios ungidos por la ciencia de fecundas maldiciones.
II
Los rebaños con los ojos irritados par
las continuas lluvias, se refugiaron en bosques de amargas hojas.
La
ciudad supo de este viaje y adivinó temerosa las consecuencias que traería un
insensato designio del guardián de sus calles y plazas.
En los
prostíbulos, las caras de los santos iluminadas con humildes velas de sebo,
bailaban entre un humo fétido que invadía los aposentos interiores.
No hay
fábula en esto que se narra.
La
fábula vino después con su pasión de batalla y el brillo vespertino del acero.
«En la
muerte descansaré como en el trono de un monarca milenario».
Esto
escribió con su sable en el polvo de la plaza. Los rebaños borraron las letras
con sus pezuñas, pero ya el grito circulaba por toda la ciudad.
El mar
llenó sus botas de algas y verdes fucos,
la arena salinosa oxidó sus espuelas,
el viento de la mañana empapó su rizada cabellera con la espuma recogida
en la extensión del océano.
Solitario,
esperaba el paso de los años que derrumbarían su fe, el tiempo bárbaro en que su gloria había de
comentarse en los hoteles.
Entre
la lluvia se destacaría su silueta y las brillantes hojas de los plátanos se
iluminan con la hoguera que consume su historia.
El
templado parche de los tambores arroja la perla que prolonga su ruido en las
cañadas y en el alto y vasto cielo de los campos.
Todo
esto ‑su espera en el mar, la profecía de su prestigio, y el fin de su generoso
destino‑ sucedió antes de la feria.
Una
mujer desnuda enloqueció a los mercaderes...
Este
será el motivo de otro relato. Un relato de las Tierras Bajas.
III
Bajo la verde y nutrida cúpula de un
cafeto y sobre el húmedo piso acolchado de insectos, supo de las delicias de un
amor brindado por una mujer de las Tierras Bajas.
Una
lavandera a quien amó después en amargo silencio, cuando ya había olvidado su
nombre.
Sentado
en las graderías del museo, con el morrión entre las piernas, bajó hasta sus
entrañas la angustia de las horas perdidas y con súbito ademán rechazó aquel
recuerdo que quería conservar intacto para las horas de prueba.
Para
las difíciles horas que agotan con la espera de un tiempo que restituya el
hollín de la refriega.
Entretanto era menester custodiar la
reputación de las reinas.
Un
enorme cangrejo salió de la fuente para predicar una doctrina de piedad hacia
las mujeres que orinaron sobre su caparazón charolado. Nadie le prestó atención
y los muchachos del pueblo lo crucificaron por la tarde en la puerta de una
taberna.
El
castigo no se hizo esperar y en el remolino de miseria que barrió con todo, el
húsar se confundió con el nombre de los pueblos, los árboles y las canciones
que habían alabado el sacrificio.
Difícil
se hace seguir sus huellas y únicamente en algunas estaciones suburbanas se
conserva indeleble su recuerdo:
la fina
piel de nutria que lo resguardaba de la escarcha en la víspera de las grandes
batallas
y el
humillado golpe de sus tacones en el enlosado de viejas catedrales.
¡Cantemos la Corona de Hierro que oprime sus
sienes y el ungüento que corre por sus caderas para siempre inmóviles!
IV
Vino la plaga.
Sus
arreos fueron hallados en la pieza de una posada.
Más
adelante, a la orilla de una carretera, estaba el morrión comido por las
hormigas.
Después
se descubrieron más rastros de sus pasos:
Arlequines de tiza y siempreviva, Ojos rapaces y pálida garganta. El mosto del
centenario vino que se encharca en las bodegas.
El
poderío de su brazo y su sombra de bronce.
El
vitral que relata sus amores y rememora su última batalla, se oscurece día a
día con el humo de las lámparas que alimenta un aceite maligno.
Como el
grito de una sirena que anuncia a los barcos un cardumen de peces escarlata,
así el lamento de la que más lo amara,
la que dejó su casa a cambio de dormir con su sable bajo la almohada y
besar su tenso vientre de soldado. Como
se extienden o aflojan las velas de un navío, como el amanecer despega la
niebla que cobija los aeródromos, como la travesía de un hombre descalzo por
entre un bosque en silencio, así se difundió la noticia de su muerte, el dolor de sus heridas abiertas al sol de la
tarde, sin pestilencia, pero con la notoria máscara de un espontáneo
desleimiento.
Y no
cabe la verdad en esto que se relata. No queda en las palabras todo el ebrio
tumbo de su vida, el paso sonoro de sus mejores días que motivaron el canto, su
figura ejemplar, sus pecados como valiosas monedas, sus armas eficaces y
hermosas.
V
LAS BATALLAS
Cese ya el elogio y el recuento de
sus virtudes y el canto de sus hechos. Lejana la época de su dominio, perdidos
los años que pasaron sumergidos en el torbellino de su ansiosa belleza, hagamos
el último intento de reconstruir sus batallas, para jamás volver a ocuparnos de
él, para disolver su recuerdo como la tinta del pulpo en el vasto océano
tranquilo.
1
La decisión de vencer lo lleva sereno en
medio de sus enemigos, que huyen como ratas al sol y antes de perderse para
siempre vuelven la cabeza para admirar esa figura que se yergue en su oscuro
caballo y de cuya boca salen las palabras más obscenas y antiguas.
2
Huyó a la molicie de las Tierras Bajas.
Hacia las hondas cañadas de agua verde, lenta con el peso de las hojas de
carboneros y cámbulos‑ negra substancia fermentada. Allí tendido se dejó crecer
la barba y padeció fuertes calambres de tanto comer frutas verdes y soñar
incómodos deseos.
3
Un mostrador de cinc gastado y húmedo
retrató su rostro ebrio y descompuesto. La revuelta cabeza de cabellos sucios
de barro y sangre golpeó varias veces las desconchadas paredes de la estancia
hasta descansar, por una corta noche, en el regazo de una paciente y olvidada
mujerzuela.
4
El nombre de los navíos, la humedad de
las minas, el viento de los páramos, la sequedad de la madera, la sombra gris
en la piedra de afilar, la tortura de los insectos aprisionados en los vagones
por reparar, el hastío de las horas anteriores al mediodía cuando aún no se
sabe qué sabor intenso prepara la tarde, en fin, todas las materias que lo
llevaron a olvidar a los hombres, a desconfiar de las bestias y a entregarse
por entero a mujeres de ademanes amorosos y piernas de anamita; todos estos
elementos lo vencieron definitivamente, lo sepultaron en la gruesa marea de
poderes ajenos a su estirpe maravillosa y enérgica.
NOCTURNO
La fiebre atrae el canto de un
pájaro andrógino
y abre caminos a un placer
insaciable
que se ramifica y cruza el
cuerpo de la tierra.
¡Oh el infructuoso navegar
alrededor de las islas
donde las mujeres ofrecen al
viajero la fresca balanza de sus
senos y una extensión de terror en las
caderas!
La piel pálida y tersa del
día cae como la cáscara de un fruto
infame.
La fiebre atrae el canto de
los resumideros
donde
el agua atropella los desperdicios.
TRILOGIA
DE LA CIUDAD
¿Quién ve a la entrada de la ciudad
la sangre vertida por
antiguos guerreros?
¿Quién oye el golpe de las
armas
y el chapoteo nocturno de
las bestias?
¿Quién guía la columna de
humo y dolor
que dejan las batallas al
caer la tarde?
Ni el más miserable, ni el
más vicioso
ni el más débil y olvidado
de los habitantes
recuerda algo de esta
historia.
Hoy, cuando al amanecer
crece en los parques
el olor de los pinos recién
cortados, ese aroma resinoso y brillante
como el recuerdo vago de una hembra magnífica o como el dolor de una bestia
indefensa, hoy, la ciudad se entrega de
lleno a su niebla sucia y a sus ruidos cotidianos.
Y sin embargo el mito está
presente, subsiste en los rincones donde
los mendigos inventan una temblorosa cadena de placer, en los altares que muerde la polilla
y cubre el polvo con manso y
terso olvido, en las puertas que se
abren de repente para mostrar al sol un opulento torso
La caspa luminosa de los chacales
‑blanda fruta muerta, aire
vano de alcoba‑.
En la paz del mediodía, en
las horas del alba, en los trenes
soñolientos cargados de animales
que lloran la ausencia de
sus crías, allí está el mito perdido,
irrescatable, estéril.
DEL CAMPO
Al paso de los ladrones nocturnos
oponen la invasión de
grandes olas de temperatura.
Al golpe de las barcas en el
muelle
la pavura de un lejano
sonido de corneta.
A la tibia luz del mediodía
que levanta vaho en los patios el grito sonoro de las aves que se debaten en
sus jaulas.
A la sombra acogedora de los
cafetales
el murmullo de los anzuelos
en el fondo del río turbulento.
Nada cambia esa serena
batalla de los elementos mientras el tiempo devora la carne de los hombres y
los acerca miserablemente a la muerte como bestias ebrias.
Si el río crece y arranca
los árboles y los hace viajar majestuosamente por su lomo, si en el trapiche el fogonero copula con su
mujer mientras la
miel borbotea como un oro
vegetal y magnífico, si con un gran
alarido pueden los mineros parar la carrera del viento, si estas y tantas otras cosas suceden por
encima de las palabras, por encima de la
pobre piel que cubre el poema, si toda
una vida puede sostenerse con tan vagos elementos, ¿qué afán nos empuja a decirlo, a gritarlo
vanamente?
¿en dónde está el secreto de
esta lucha estéril que nos agota y lleva
mansamente a la tumba?
DE LAS MONTAÑAS
Una serpiente de luz se despereza y
salta y remonta las cascadas con su verde brillo de mediodía pleno y
transparente.
Un inmenso caballo se
encabrita en el cielo y tapa de pronto el sol. La sombra recorre
vertiginosamente la tierra y opaca las carreteras por donde transitan camiones
cargados de café y especias y lanas y animales.
Torna la luz con renovadas
energías y el reptil comienza su ascensión por aguas privilegiadas. La voz de
los hombres, sus mezquinos deseos, las más oscuras habitaciones, participan
generosamente de la opulenta claridad.
La sombra no tiene ya más
refugio que las solitarias graderías de los estadios o las vastas salas de los
hospitales de caridad o el torpe gesto de los inválidos.
Un pájaro que viene de lo
más alto del cielo es el primer mensajero de la desesperanza. Un ojo gigantesco
se abre para vigilar el paso de los hombres y ya la luz no es sino un manto
obediente que esconde la miseria de las cosas.
En los patios se encienden
hogueras con hojas secas y grises desperdicios.
El humo reparte en la tierra
un olor a hombre vencido y taciturno que seca con su muerte la gracia luminosa
de las aguas que vienen de lo más oscuro de las montañas.
LA ORQUESTA
1
La primera luz se enciende en el segundo
piso de un café. Un sirviente sube a cambiarse de ropas. Su voz gasta los
tejados y en su grasiento delantal trae la noche fría y estrellada.
2
Aparte, en un tarro de especias vacío,
guarda un mechón de pelo. Un espeso y oscuro cadejo de color indefinido como el
humo de los trenes cuando se pierde entre los eucaliptos.
3
Vestido de amianto y terciopelo,
recorrió la ciudad. Era el pavor disfrazado de tendero suburbano. Cuántas
historias se tejieron alrededor de sus palabras con un sabor de antaño como las
nieves del poeta.
4
Así, a primera vista, no ofrecía belleza
alguna. Pero detrás de su cuerpo temblaba una llama azul que arrastraba el
deseo, como arrastran ciertos ríos metales imaginarios.
5
Otra luz vino a sumarse a la primera.
Una voz agria la apagó como se mata un insecto. A dos pasos de allí, el viento
golpeaba ciegas hojas contra ciegas estatuas. Paz del estanque... luz opalina
de los gimnasios.
6
Sordo peso del corazón. Tenue gemido de
un árbol. Ojos llorosos limpiados furtivamente en el lavaplatos, mientras el
patrón atiende a los clientes con la sonrisa sucia de todos los días.
Penas de mujer.
7
En las aceras, el musgo dócil y las
piernas con manchas aceitosas de barro milenario. En las aceras, la fe perdida
como una moneda o como una colilla. Mercancías. Cáscara débil del hollín.
8
Polvo suave en la oreja donde brilla una
argolla de pirata. Sed y miel de las telas. Los maniquíes calculan la edad de
los viandantes y un hondo, innominado deseo surge de sus pechos de cartón.
Mugido clangoroso de una calle vacía. Rocío.
9
Como un loco planeta de liquen, anhela
la firme baranda del colegio con su campana y el fresco olor de los
laboratorios. Ruido de las duchas contra las espaldas dormidas.
Una mujer pasa y deja su
perfume de cebra y poleo. Los jefes de la tribu se congregaron después de la
última clase y celebran el sacrificio.
10
Una vida perdida en vanos intentos por
hallar un olor o una casa. Un vendedor ambulante que insiste hasta cuando oye
el último tranvía. Un cuerpo ofrecido en gesto furtivo y ansioso. Y el fin,
después, cuando comienza a edificarse la morada o se entibia el lecho de
ásperas cobijas.
EL FESTIN DE BALTAZAR
En la sombra de las altas salas de
casta piedra, murmura aún la bestia del
banquete su rezo interminable.
Un quieto polvo reunido por
los años, apaga la música
de los amargos cobres que
anunciaron las últimas palabras.
Descansa su débil materia en
el perfil de las bestias
detenidas en el amplio gesto
del león que se debate
contra las duras lanzas del
día, contra las aguas de la muerte.
Sus fauces dicen aún de la
violenta grandeza del pasado, cuando los
mulos de dura carne coceaban indefensos
en los patios interiores y los sirvientes salían
a contemplarlos en los
intermedios obligados del festín.
En la vasta oquedad de los
aposentos, un ruido seco y extendido de madera con madera, de agua con hollín
en los vertederos del puerto, despierta
los ciegos insectos y ondea las telarañas
como banderas en la niebla de una emboscada matutina.
Son sus pasos que perduran,
el ruido de sus armas, el crujir de sus
ágiles huesos de guerrero, el parpadeo
febril de sus ojos, su tacto seguro
sobre las cosas cotidianas, ese moverse
suyo sobre la tierra, como quien llega
para dar una orden y parte de nuevo.
No le bastaron las violentas
y espumosas torrenteras, a donde iban a
morir los peces contra las lisas piedras
marcadas con su paso de
cinco hermosos dedos de hábil cazador.
No bastaron a su desordenada
condición de príncipe, los bosques
sombríos en donde las hojas metálicas de los árboles murmuraban la plegaria de un otoño inminente.
Nada hubo para el sosiego de
su ira
como zarza que arde en ronco
duelo.
Ni los continuos viajes al
reino de las reposadas soberanas
cuyo sexo regía un balanceo
intermitente y solar de las caderas, ni
menos aún su peregrinación por las playas expósitas, anchas como la hoja del banano
y visitadas por un mar en
extremo frío.
‑Ceniza diluida en los
blancos manteles del alba‑.
Cuando el cansancio le cerró
todos los caminos, surgió la idea del
banquete.
Las cosas sagradas
acumularon su hastío
y prepararon el lecho de su
último día.
Lo de los vasos no tenía
importancia.
Otros antes que él los
habían profanado
con intenciones aún más
oscuras.
Ellos mismos, embrutecidos
por la contemplación
de su Dios cauteloso y
artero, habían, en ocasiones, pecado con
los vasos, haciendo rodar por el suelo
los pesados candelabros del templo
y rasgado los grises velos
del altar.
Tampoco la bulliciosa
presencia de las rameras
fue la causa de la ira. Su
país era un país de mujeres.
Frías a menudo y descuidadas
de su placer, pero en ocasiones viciosas
y crueles, ávidas e insaciables
como las rojizas arenas en
viaje
que cubren ciudades y
penetran largamente en el mar.
La ira vino por más
escondidos caminos, por fuentes aún más
secretas
que manaban de la soledad de
su mandato, como la herida que libera
sus duelos
o como se oxida el metal de
las quillas.
La fecha señalada se
acercaba por entre semanas de sopor y
fastidio.
Días y días de creciente
quietud y de notorio silencio,
precedieron al pausado desfile de los elegidos.
Una gran tristeza se hizo en
el reino.
El plazo se acercaba y la
tranquilidad del monarca
se extendió como un oscuro
manto de lluvia tibia y menuda
que golpea en el seco polvo
de la espera.
¿Cómo decir de este tiempo
durante el cual se prepararon tantos
hechos?
¿Cómo compararlo en su
curso, al parecer tan manso
y sin embargo cargado de tan
arduas y terribles especies?
Tal vez a un cable que veloz
se desenrolla dividiendo el hastío.
O, mejor, al sueño de
caballos indómitos
que detiene la noche en
mitad de su furia.
Las sombras en las paredes,
humo sin alma de las antorchas, huyeron
con la llegada de los invitados.
Unos acudían con un ave en
el hombro y perfil de moneda.
Otros, untuosos y con
razones de especiosa prudencia.
Muchos con la gris sencillez
del guerrero
y algunos, los menos,
observaban desconfiados
sabiendo con certeza lo que
más tarde vendría, pues llegaban de muy
lejos y esto los hacía agudos y sabios.
Del rojizo brillo de las
armas
que amontonaron en un rincón
del recinto, partió la orden.
Los humildes, los oscuros
servidores, contemplaban la tierra
vagamente, como si buscaran en su pasado
la hora del sosiego o la
parda raíz de su duelo.
Adentro, todos los hombres
de pie, los soberbios invitados, alzan
el brazo y proclaman su presencia en altas voces.
Y así comenzó el monótono
treno del festín.
Así se inició el pesado
oleaje de palabras y gestos
que marca el vino con la
blanca señal de su paso, con su corona
de doble filo.
De lo demás, ya se sabe.
Es una antigua secuencia de
trajinada memoria.
Después de las tres
palabras, cuando la mano que las había
escrito
se disolvió en la sombra del
techo de cedro, el reino supo de su fin,
de la consumación de su gloria.
La gestión del desorden se
hizo a la madrugada, el cuerpo rígido
esperaba en imponente extensión, con los
ojos fijos ya para siempre en la tranquila guarida
que buscara con tanto
empeño.
Vidrios azules de la noche,
astros en ruta.
Fija rueda sin dientes con
la lisa huella del desastre.
Viento destronado del alba
que pasa sin tocar las más
altas copas de los árboles, sin barrer
las terrazas del mercado, sin sombra siquiera.
La mansa tierra de su reino
apaciguado, sostiene sus despojos, en
espera del funeral de olvido que se prepara en el fondo de
sus ojos, como la llegada de una nube antigua
nacida en medio del mar que
mece el sol del mediodía.
LOS TRABAJOS PERDIDOS
Por un oscuro túnel en donde se
mezclan ciudades, olores, tapetes, iras y ríos, crece la planta del poema. Una
seca y amarilla hoja prensada en las páginas de un libro olvidado, es el vano
fruto que se ofrece.
La poesía substituye, la palabra substituye;
el hombre substituye, los vientos y las aguas substituyen...
la derrota se repite a
través de los tiempos
¡ay, sin remedio!
Si matar los leones y alimentar las
cebras, perseguir a los indios y acariciar mujeres en mugrientos solares,
olvidar las comidas y dormir sobre las piedras... es la poesía, entonces ya
está hecho el milagro y sobran las palabras.
... Pero si acaso el poema viene de
otras regiones, si su música predica la evidencia de futuras miserias, entonces
los dioses hacen el poema. No hay hombres para esta faena.
Cruzar [Pasar] el desierto cantando, con
la arena triturada en los dientes y las uñas con sangre de monarcas, es el
destino de los mejores, de los puros en el sueño y la vigilia.
Los días partidos por el pálido cuchillo
de las horas, los días delgados como el manantial que brota de las minas, los
días del poema... Cuánta vana y frágil materia preparan para las noches que
cobija una lluvia insistente sobre el zinc de los trópicos. Hierbas del dolor.
Todo aquí muere lentamente,
evidentemente, sin vergüenza: hasta los rieles del tren se entregan al óxido y
marcan la tierra con infinita ira paralela y dorada.
La gracia de una danza que rigen
escondidos instrumentos. La voz perdida en las pisadas, las pisadas perdidas en
el polvo, el polvo perdido en la vasta noche de cálidas extensiones... o
solamente la gracia de la fresca madrugada que todo lo olvida. El puente del
alba con sus dientes y sombras de agria leche.
Poesía: moneda inútil que paga pecados
ajenos con falsas intenciones de dar a los hombres la esperanza. Comercio
milenario de los prostíbulos.
Esperar el tiempo del poema es matar el
deseo, aniquilar las ansias, entregarse a la estéril angustia... y, además, las
palabras nos cubren de tal modo que no podemos ver lo mejor de la batalla
cuando la bandera florece en los sangrientos muñones del príncipe. ¡Eternizad
ese instante!
El metal blando y certero que equilibra
los pechos de incógnitas mujeres
es el poema
El amargo
nudo que ahoga a los ladrones de ganado cuando se acerca el alba
es el poema
El tibio y dulce hedor que
inaugura los muertos
es el poema
La duda entre las palabras
vulgares, para decir pasiones innombrables y esconder la vergüenza
es el poema
El cadáver hinchado y gris
del sapo lapidado por los escolares
es el poema
de mujer
que despierta entre naranjos


Publicar un comentario